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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    PAVANA (Keith Roberts)

    Publicado el domingo, septiembre 01, 2013

    Esta eterna noche, esta eterna noche,
    esta eterna noche y todo lo demás,
    fuego y tránsito y luz de velas,
    y Cristo recibiendo tu lamento...
    La endecha del velatorio


    Prólogo

    En una cálida noche de julio del año 1588, en el palacio real de Greenwich, en Londres, una mujer yacía postrada en su lecho de muerte a causa de unas balas asesinas alojadas en su pecho y abdomen. Tenía el rostro arrugado, los dientes oscuros, y la muerte no le otorgaba ningún tipo de dignidad; pero su último aliento inició un eco que conmovió a todo un hemisferio. Porque la Reina Virgen, Isabel I, soberana suprema de Inglaterra, se había ido...

    La furia de los ingleses no conoció límites. Una palabra, un suspiro, eran suficientes; un muchacho medio tonto, arrasado por la chusma, pedía la bendición del Papa... Los católicos ingleses, desangrados por las multas, llorando aún a la reina de los escoceses y recordando el sangriento Levantamiento del Norte, tuvieron que enfrentarse a nuevas persecuciones. Sin desearlo, en defensa propia, alzaron sus armas contra los campesinos, mientras la llama prendida por las masacres de Walsingham se extendía por todo el territorio, confundiéndose la luz de las balizas con la lúgubre luminosidad de los autos de fe.

    Las noticias se extendieron: a París, a Roma, a la extraña fortaleza de El Escorial, donde Felipe II meditaba aún su campaña contra Inglaterra. La noticia de un país desgarrado por una guerra intestina llegó a las grandes naves de la Armada que franqueaban el Lagarto para unirse con el ejército invasor de Parma en la costa flamenca. Por un día, mientras Medina-Sidonia paseaba por la cubierta del San Martín, el destino de medio mundo pendió de un hilo. Fue entonces cuando tomó su decisión; y uno a uno los galeones y las carracas, las galeras y las pesadas urcas, giraron en dirección norte, hacia Hastings y el antiguo campo de batalla de Santlache, donde la historia había sido escrita hacía ya varios siglos. La confusión que sobrevino vio a Felipe cómodamente instalado como soberano en Inglaterra; en Francia, los seguidores de Guise, alentados por las victorias al otro lado del Canal, destituyeron finalmente a la ya débil Casa de Valois. La Guerra de los Tres Enriques finalizó con la Santa Liga como triunfadora, y la Iglesia fue devuelta, una vez más, a su antiguo poder.

    A cada vencedor su trofeo. Con la autoridad de la Iglesia Católica ya asegurada, la nueva nación de Gran Bretaña desplegó sus fuerzas al servicio de los Papas, extirpando a los protestantes de Holanda y destruyendo el poder de las ciudades-estado alemanas en las interminables Guerras Luteranas. Los nuevos colonos del continente norteamericano quedaron bajo la soberanía de España, y Cook enarboló en Australasia la bandera azul cobalto del Trono de Pedro.

    En Inglaterra, de por sí mitad antigua y mitad moderna, dividida como en tiempos primitivos por barreras idiomáticas, de clase social y de raza, se alzaban, imponentes todavía, los castillos medievales; milla tras milla de bosques vírgenes que cobijaban criaturas de otros tiempos. Para algunos, los años que pasaron fueron años de satisfacción, del resurgir definitivo de la Obra de Dios; para otros, en cambio, fueron una nueva vuelta al oscurantismo, obsesionados por cosas algunas muertas, otras quizás olvidadas: osos y gatos monteses, lobos monstruosos y hadas y duendes.

    Por encima de todas las cosas, el largo brazo de los Papas se extendía para castigar y recompensar: la Iglesia Militante ejercía su supremacía. Pero a mediados del siglo XX los murmullos de descontento fueron haciéndose eco entre la población. Una vez más, la rebelión estaba en el aire...


    Primer Compás
    LA LADY MARGARET


    Durnovaria, Inglaterra, 1968.

    Llegó la mañana señalada, y enterraron a Eli Strange. El ataúd, con los adornos lilas y negros dejados a un lado, fue bajado a la fosa; las blancas cuerdas se deslizaron por entre las manos de los portadores in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti... La tierra cobijó de nuevo lo que le pertenecía. Y a muchas millas de distancia, la Margaret de hierro lloró, fría y rodeada por el vapor provocado por su propio llanto, lanzando su gran voz de océano a través de las colinas.

    A las tres de la tarde, los hangares de las máquinas ya estaban oscuros con la tenue penumbra de la noche que se avecinaba. La luz, azul e imprecisa, se filtraba por entre las largas tiras de las claraboyas, mostrando los tirantes rígidos y fríos del techo como angulares huesos metálicos. Debajo, las locomotoras esperaban, pesadas y tranquilas masas de más de dos veces la altura de un hombre, con sus toldos rozando las vigas del techo. Los haces de luz aparecían en forma de destellos apagados, aquí en la junta de una caldera, allí en el saliente en forma de estrella de un volante. Las enormes ruedas motrices quedaban sumergidas en charcos de sombra.

    Por entre la penumbra apareció caminando un hombre. Avanzaba con gesto firme, silbando entre dientes y arrastrando el claveteado de sus botas sobre el desgastado suelo de ladrillo. Vestía unos tejanos y la pesada chaqueta de paño típica de los transportistas, con el cuello de la chaqueta subido para protegerse del frío. Llevaba un gorro de lana encasquetado en la cabeza, originalmente de color rojo, pero que ahora se veía manchado de aceite y suciedad. El cabello que sobresalía por debajo del gorro era de un negro denso; una lámpara que se mecía en su mano lanzaba atisbos de luz que saltaban por entre el marrón ceniciento de las máquinas.

    Se detuvo al lado de la última locomotora de la fila y colgó la lámpara en la trompeta de la bocina. Permaneció un momento contemplando las impresionantes formas de las máquinas, frotándose inconscientemente las manos, mientras captaba el perenne y repulsivo hedor del humo y del aceite. Luego se subió a la plataforma de la máquina y abrió las puertas de la boca de carga del hogar. Se agachó, trabajando con meticulosidad, y con el rastrillo raspó el emparrillado; su aliento brotaba como humo y se alzaba ligero sobre su hombro. Preparó cuidadosamente el fuego, distribuyendo papel, añadiéndole un entramado de bastoncillos y ramas y echando paladas de carbón del ténder con movimientos rítmicos de sus brazos. Al principio no debía haber demasiado fuego, no al menos debajo de una caldera fría. Un calor repentino significaba una expansión repentina, y eso podía dar como resultado una fisura, escapes en los tubos del recalentador y un sinfín de problemas. Con toda su fuerza y potencia, las locomotoras tenían que ser mimadas como niños, halagadas y persuadidas de hacer su trabajo lo mejor posible.

    El transportista dejó la pala a un lado y se acercó a la boca del hogar para echar un poco de parafina que tenía en una lata. Empapó un trapo, prendió una cerilla... La cerilla llameó intensamente, chisporroteando. El aceite prendió con un ahogado aullido. Entonces cerró las puertas y abrió las llaves reguladoras del tiro de aire para crear una corriente. Se levantó, limpiándose las manos con un trapo de algodón, saltó de la plataforma del maquinista y empezó a frotar de forma mecánica el lado de la máquina. Sobre su cabeza, unas largas placas ostentaban el nombre de la firma propietaria escrito en letras sobrecargadamente adornadas: Strange e Hijos, de Dorset, Transportistas. Más abajo, al lado de la gran caldera, estaba el nombre de la locomotora: Lady Margaret. La mano que sujetaba el trapo se volvió más lenta a medida que se acercaba a la placa de metal; la limpió lentamente, con cariño.

    La Margaret silbó con suavidad mientras un resplandor anaranjado empezaba a surgir por los orificios de la boca de carga. El encargado de zona había llenado la caldera, así como los depósitos y el ténder, aquella misma tarde; el tren de la Lady Margaret aguardaba enganchado al lado de la zona de carga del almacén. El transportista añadió más combustible al fuego, al tiempo que observaba como se elevaba la presión hacia el punto que señalaba que ya estaba lista para funcionar. Luego retiró los pesados topes de roble de las ruedas y los colocó debajo de la caldera, al lado de los indicadores de grueso cristal que señalaban el nivel del agua. El gran cilindro de la caldera se estaba calentando ya, y desprendía un suave calor que llegaba hasta la cabina.

    El conductor lanzó una pensativa mirada al cielo. Era mediados de diciembre, y parecía como si Dios estuviera escatimando la luz del sol para que los días transcurrieran como en un suspiro. Se preveían fuertes heladas para más adelante. De hecho, hacía ya un frío espantoso; los charcos de agua habían crujido y cedido bajo sus botas, ya que la capa de hielo que se había formado la noche anterior no se había fundido. Mala época para los transportistas; muchos de ellos habían cerrado ya sus puertas. Era el tiempo ideal para que los lobos salieran de sus madrigueras, al menos los que aún quedaban en ellas. Y los routiers..., ésta sí era su estación, ideal para las incursiones rápidas y los ataques, ricos botines en los últimos trenes de carretera del invierno. El hombre se encogió de hombros bajo el abrigo. Ésta sería su último viaje a la costa, al menos durante un mes, a no ser que aquella cabra loca de Serjeantson intentara un rápido ida y vuelta con su gloriosa Fowler de triple compresión. En ese caso, La Margaret saldría de nuevo, porque Strange e Hijos eran quienes hacían siempre la última salida a la Costa. Como siempre había sido y como siempre sería...

    Presión, ciento cincuenta libras por pulgada. El conductor colgó la lámpara en el saliente de la chimenea, subió de nuevo a la plataforma, comprobó que la marcha estuviera en punto muerto, abrió las espitas de los cilindros y, poco a poco, fue moviendo el regulador. La Lady Margaret despertó: los pistones golpearon fuertemente mientras se deslizaban dentro de sus guías. Los gases salieron despedidos contra el bajo techo, retumbando como truenos. El vapor se arremolinó hacia atrás y el humo, denso y lleno de cenizas, se pegó a la garganta. El conductor simuló una sonrisa, gris y malhumorada. La ceremonia de encendido formaba ya parte de él, quemaba su mente. Comprobar marchas, espitas de cilindros, regulador... Sólo había fallado una vez: años atrás, cuando aún era un muchacho, había encendido una Roby de cuatro caballos con las espitas cerradas, y había dejado que el agua condensada delante del pistón desfondara el cilindro. Su corazón saltó en mil pedazos al oír la rotura del hierro; pero aún así el viejo Eli no dudó ni un instante en tomar su cinturón claveteado y golpearle con él hasta que creyó que iba a morir.

    Cerró las llaves, movió el cambio desde marcha atrás a directa total, y abrió el regulador de nuevo. El viejo Dickon, el encargado de zona, se había materializado entre las tinieblas del cobertizo; apoyó su espalda contra las pesadas puertas mientras La Margaret, lanzando vapor a chorro, salía atronadora al aire libre, situándose a la cabeza de su tren. Dickon, sin abrigo pese al frío, colocó el enganche sobre la barra de tracción de la Lady Margaret y ajustó los seguros en posición. Tres vagones de carga y el ténder del agua: por una vez, el transporte era ligero. El encargado de zona se quedó de pie delante de la Lady Margaret, con las manos en las caderas. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa roñosa sobre cuyo cuello se rizaban los mechones de su canoso pelo.

    —Sería mejor que me dejase ir con usted, maese Jesse...

    Jesse agitó sombrío la cabeza, con la mandíbula firmemente apretada. Ya habían pasado anteriormente por aquello. Su padre nunca había permitido que hubiera demasiados trabajadores: había hecho rendir duramente a sus pocos hombres por el salario que les pagaba, y por Dios que les había extraído un buen beneficio. Aunque en el ánimo de todos flotaba la pregunta de cuánto tiempo iba a durar esa situación, dada la cada día más rígida e intransigente actitud del Gremio de Mecánicos... Eli había permanecido en la carretera hasta pocos días antes de su muerte; incluso Jesse había conducido para él no hacía ni una semana, llevando a La Margaret por los pueblos de la colina encima de Bridport para recoger la sarga y la lana peinada de los cardadores de la zona: parte de la carga que ahora salía con destino a Poole. No existía el descanso para el viejo Strange, y su muerte había significado una merma importante para la firma; no había motivos para tomar nuevos conductores ahora que el fin de la temporada estaba a pocos días vista.

    Jesse tomó a Dickon por el hombro.

    —No podemos pasarnos sin ti, Dick. Ve corriendo a ver si mi madre está bien. Esto es lo que él hubiera querido. —Hizo una breve mueca—. Si todavía no soy capaz de llevar La Margaret solo, ya va siendo tiempo de que aprenda.

    Caminó al lado del tren, tirando de las cuerdas que sujetaban las lonas. El ténder y los números uno y dos estaban en perfecto estado, con todo bien sujeto. No era necesario revisar la carga de cola; él mismo la había preparado el día anterior, y se había pasado sus buenas horas en ello. Lo comprobó todo como siempre, verificó que las luces de cola y la lámpara del número de matrícula estuvieran encendidas antes de tomar el manifiesto de carga de manos de Dickon. Subió de nuevo a la plataforma, y se enfundó los pesados guantes de conducir con las palmas cubiertas de piel.

    El encargado le observaba impasible.

    —Cuidado con los routiers. Esos bastardos normandos...
    —Deja que sean ellos los que tomen cuidado —gruñó Jesse—. Yo me ocuparé del resto, Dickon. Espérame mañana.
    —Vaya con Dios...

    Jesse aflojó el regulador hacia delante y alzó el brazo mientras la rechoncha figura del otro hombre quedaba atrás. La Margaret, arrastrando su tren, resonó bajo el arco del portalón de salida y por entre las conocidas calles de Durnovaria.

    Jesse tenía muchas cosas en las que ocupar su mente mientras conducía su carga por el interior del pueblo. Por un momento, los routiers se convirtieron en el menor de sus problemas. Ahora, con los recuerdos de aquel primer dolor intenso a punto de alejarse, se estaba empezando a dar cuenta de cuánto iban a echar todos de menos a Eli. La compañía era una carga demasiado pesada para que cayera sobre los hombros de uno sin previo aviso, y podían sobrevenir tiempos difíciles. Con la Iglesia apoyando abiertamente el clamor del Gremio en demanda de menos horas y más dinero, parecía como si las compañías de transporte tuvieran que volver a apretarse de nuevo los cinturones, aunque Dios era testigo de que los márgenes de beneficio eran ya demasiado pequeños. Y había rumores acerca de más restricciones sobre los trenes de carretera: un máximo de seis vagones, por ahora, más un carruaje extra para el agua. Las razones dadas habían sido la creciente congestión alrededor de las grandes poblaciones. Eso, y el estado de las carreteras. Pero, se preguntó amargamente Jesse, ¿qué más podía esperarse, cuando la mitad de los impuestos recogidos en el país eran destinados a comprar barras de oro para sus iglesias? De todos modos, quizá eso no fuera más que el inicio de un nuevo retroceso en el mundo del comercio, como el protagonizado hacía un par de siglos por Gisevio. El recuerdo de aquello aún permanecía vivo, al menos en el oeste. La economía de Inglaterra estaba por el momento equilibrada, por primera vez en muchos años; la estabilidad significaba bienestar económico y reservas de oro. Y ese oro, apilado en cualquier parte que no fueran los casi legendarios cofres del Vaticano, significaba peligro...

    Meses atrás, Eli, maldiciendo los infiernos, había dejado clara su postura acerca de los nuevos reglamentos. Había modificado doce vagones de carga para que pudieran llevar cincuenta galones de agua en un tanque galvanizado detrás de la barra de enganche. Los tanques casi no ocupaban espacio y dejaban el resto de la superficie libre para la carga, y esto tenía que ser más que suficiente para satisfacer la dignidad del sheriff. Jesse podía imaginarse al viejo diablo desternillándose ante su victoria: la única pena era que no había vivido para verla. Sus pensamientos no dejaban de dirigirse hacia su padre, con tanta ineludibilidad como el ataúd había descendido bajo tierra. Recordó su última visión de él, la grisácea y cerúlea nariz asomando por encima de los adornos del féretro mientras los visitantes, entre ellos los conductores de Eli, desfilaban por la sala de recepciones de la casa vieja. La muerte no había suavizado los rasgos de Eli Strange; había asolado su rostro, pero había respetado su fuerza, como el flanco de una colina asediada.

    Era curioso que, cuando uno conducía, pareciera tener más tiempo para pensar. Incluso cuando conducía solo, teniendo que controlar el nivel de la caldera, la cantidad de vapor, el fuego... Las manos de Jesse estaban acostumbradas a captar las vibraciones del volante, a ir acumulando las tensiones repetidas que se iban produciendo durante un viaje largo y que terminaban haciéndose ostensibles en forma de un dolor punzante en hombros y espalda. Sólo que éste no era un viaje largo: veinte o veintidós millas en dirección a Wool, pasando por Great Heath, hasta Poole. Un viaje fácil para La Lady Margaret y también una carga fácil: treinta toneladas a sus espaldas, y un camino llano durante la mayor parte del trayecto. La locomotora sólo tenía dos marchas; Jesse había empezado con la larga, y así pensaba continuar. La potencia nominal de La Margaret era de diez caballos, pero eso era de acuerdo con el sistema antiguo, según el cual un caballo de potencia se estimaba igual a diez pulgadas circulares del área del pistón. En realidad, aquel motor Burrell daría setenta u ochenta caballos al freno: más que suficientes para arrastrar una carga rodante de ciento treinta toneladas. Recordó que el viejo Eli tiró de un tren igual de pesado años atrás en una apuesta, y ganó...

    Jesse comprobó casi de forma automática el nivel de la presión. Diez libras por debajo del máximo. Así iría bien por un rato: podía alimentar el fuego en plena marcha, ya lo había hecho muchas veces anteriormente, pero todavía no había necesidad.

    Llegó al primer cruce, observó a izquierda y derecha, y giró el volante mientras miraba hacia atrás para comprobar que cada vagón del tren girara suavemente en el mismo punto. Muy bien: a Eli le hubiera gustado ese giro. El furgón de cola se saldría bastante del eje central de la calzada, pero eso no le preocupaba: las luces estaban encendidas, y cualquier conductor incapaz de ver a La Margaret y la carga se merecería el golpe que iba a recibir: cuarenta y tantas toneladas cortándole atronadoramente el paso. Mala suerte para los pobres coches mariposa que se le acercaran demasiado.

    Jesse sentía todo el desprecio del mundo hacia las máquinas de combustión interna, aunque había seguido las discusiones a favor y en contra con genuino interés. Quizá algún día la propulsión a gasolina llegase a contar algo, y demás había aquel otro sistema, ¿cómo lo llamaban?, ah, sí, diesel... Pero antes la Iglesia tendría que alzar su mano. La Bula Pontificia de 1910, Petroleum Veto, había limitado la capacidad de los motores de combustión interna a 150 centímetros cúbicos, y desde entonces los transportistas no habían tenido una competencia real. Los vehículos de gasolina se habían visto obligados a adaptarse al uso de una especie de velas para poder avanzar un poco más aprisa; en cuanto al transporte de carga..., podía decirse que era una broma curiosamente pesada.

    ¡Madre de Dios Santísima, qué frío hacía! Jesse se encogió dentro de su chaqueta. La Lady Margaret no llevaba ninguna pantalla paravientos; muchas de las otras máquinas a vapor ya las habían instalado, incluso existían una o dos en la flotilla de Strange, pero Eli había jurado que aquél no sería el caso con la Margaret, absolutamente no... La locomotora era una obra de arte, perfecta en sí misma, tal y como sus constructores la habían creado, y así seguiría. El viejo casi había enfermado ante la idea de adornarla con chucherías. La haría parecerse a una de esas máquinas del ferrocarril que Eli tanto despreciaba. Jesse entrecerró los ojos, obligándoles a mirar contra la cortante fuerza del viento. Bajó la vista hacia el tacómetro: ciento cincuenta vueltas, quince millas por hora. Su enguantada mano tiró de la palanca del cambio: diez era el límite de velocidad fijado por la ley de la región en el interior de los pueblos, y Jesse no tenía ninguna intención de ser multado por excederlo. La compañía de Strange siempre había estado en buenas relaciones con los guardias y los sargentos de policía; esto formaba, en cierto modo, parte de su éxito...

    Al entrar en la larga High Street redujo de nuevo, La Margaret se resistió y lanzó un frustrado tronar cuyo eco retumbó contra las fachadas de los grises edificios de piedra. Jesse captó a través de las suelas de sus botas las retardadas sacudidas de las barras de enganche e hizo girar el volante del freno con rapidez; que un enganche se soltara era la peor cosa que podía ocurrirle a un conductor. Los reflectores situados tras las llamas de las lámparas de cola aumentaron su intensidad, brillando brevemente con más fuerza. Los frenos se agarraron a las ruedas, los compensadores tiraron primero del furgón de cola, estirando los vagones. Aflojó otro punto la palanca de descarga y el vapor condensado en los pistones dio cuenta de la velocidad de la Margaret. Allá delante, las luces de gas del centro del pueblo se mantenían firmes en sus altos pilones, y al fondo se vislumbraban la muralla y la Puerta Este.

    El sargento de servicio saludó con su alabarda e hizo Signo a la Burrell de que pasara. Jesse empujó la palanca y apartó los frenos de las ruedas: demasiada tensión en las zapatas y podía producirse un fuego en algún punto del tren; eso, por supuesto, sería terrible, ya que en esta ocasión la mayor parte de la carga era inflamable.

    Revisó mentalmente el manifiesto de carga. La Margaret llevaba apiladas un buen número de balas de sarga, que ocupaban la mayor parte del espacio de carga. Las lanas inglesas eran famosas en todo el Continente, y de igual modo los cardadores de sarga formaban parte de los grupos industriales más poderosos del sudoeste. Sus talleres y almacenes salpicaban las poblaciones en millas a la redonda, y el monopolio del negocio había ayudado a Eli a mantenerse a distancia de sus rivales. También estaban las sedas teñidas de Anthony Harcourt en Mells, cuyas prendas de vestir, especialmente las camisas, eran buscadas incluso en París. Y las cajas de cerámica, producto de los ceramistas locales, Erasmus cox y Jed Roberts en Durnovaria, y Jeremiah Stringer en Martinstown. Dinero en metálico, bajo el sello del teniente del condado: los últimos impuestos del año, camino de Roma. Y componentes de maquinaria, quesos de calidad superior, y toda clase de otros artículos sueltos: pipas de barro, botones de asta, cintas y encajes, incluso un cargamento de Vírgenes de madera de cerezo de aquella firma de Beaminster financiada por el capital del Nuevo Mundo, ¿cómo se llamaba, Calma del Espíritu S.A.?... Los tejidos de lana y la lana peinada encima del depósito del agua y en el vagón número uno, las cerámicas y el resto de la carga en el número dos. La carga de cola no necesitaba ningún tipo de atención: se cuidaba a sí misma.

    Allá delante apareció la Puerta Este y la oscura masa de la muralla. Jesse disminuyó la velocidad. De hecho, no era necesario; los coches mariposa que aún desafiaban a los elementos en aquella desapacible noche va se habían detenido a un lado, avisados del peligro por las señales de los alabarderos. La Margaret silbó, dejando atrás una nube de vapor que se mantuvo flotando, brillante en medio del cielo nocturno. Pasó por entre los terraplenes en dirección a los matorrales y colinas.

    Jesse se agachó e hizo girar el control de la válvula del inyector. El agua, precalentada por el paso a través de una extensión de la caja de humos, entró a presión en la caldera. La máquina aceleró. Durnovaria desapareció a sus espaldas, perdida en la oscuridad; la noche caía con rapidez. El terreno, tanto a su izquierda como a su derecha, era oscuro e impersonal; ante él sólo estaba el constante y casi invisible girar del cigüeñal y el estruendo de la máquina. El transportista hizo una mueca, excitado por el hecho físico de la conducción. Las llamaradas que escapaban por entre las rendijas de la puerta del hogar ponían en evidencia su amplia y dura mandíbula y la profunda mirada de aquellos ojos enmarcados por unas cejas casi rectas y densamente negras. Dejemos que el viejo Serjeantson intente colar un último viaje, pensó Jesse. La Margaret alcanzaría a su Fowler allá donde estuviese, en las colinas o en la llanura, y Eli se agitaría satisfecho en su recién cavada tumba...

    La Lady Margaret Una escena surgió de forma involuntaria en la mente de Jesse. Se vio a sí mismo cuando era todavía un niño, con la voz aún a medio formar. ¿Cuánto tiempo debía hacer de aquello, ocho o diez años? Los años tenían una forma sutil y apenas perceptible de amontonarse; así era como los hombres jóvenes envejecían casi sin darse cuenta. Recordaba la mañana en que vio llegar por primera vez a La Margaret. Había aparecido resoplando desenfrenada a través de Durnovaria desde los talleres de Burrell en la lejana Thetford, la pintura brillante, el silbato a todo pulmón, los metales reluciendo al sol: toda una locomotora de compresión de diez caballos de vapor, teóricos, de potencia, con un sinfín de detalles especificados, desde la decoración del volante hasta las cadenas de descarga estática. Sobrecalentador, recolector de barro, cargador mecánico de agua; Eli había conseguido a la perfección lo que había solicitado, uno de los mejores generadores de vapor en todo el oeste. Él mismo la trajo, realizando el difícil viaje a través de los muchos condados de Norfolk; a ninguna otra persona le habría confiado la tarea de traer hasta la central al orgullo de su flota. Desde entonces se había convertido en su máquina. Y si aquel viejo pedazo de granito que se hacía llamar Eli Strange había llegado a amar alguna vez a alguien o a algo en este mundo, sin lugar a dudas había sido a la inmensa Burrell.

    Jesse había estado allí para recibirla, al igual que su hermano Tim y los otros: James y Micah, ambos muertos hacía ya tiempo —que Dios hubiera acogido sus almas— a consecuencia de la epidemia que atacó Bristol por aquella época. Recordaba cómo su padre había descendido de la plataforma del maquinista y se había quedado contemplando la locomotora que seguía echando vapor, como si se tratara de algo vivo e inmóvil. El nombre de la firma va había sido pintado, y las letras relucían en sus costados, Pero la Burrell aún no tenía un nombre propio.

    —¿Y cómo la vas a llamar, eh? —había exclamado su madre, alzando la voz por encima del ruido del ralentí; y Eli se había rascado la cabeza mientras, con el rostro ligeramente congestionado, respondía:
    —¡Qué me aspen si tengo la más mínima idea! —Ya habían pensado en nombres tales como Atronadora y Apocalipsis y Oberón y Original Ballard y también La Fuerza del Oeste; todos ellos eran nombres altisonantes, correctos para las máquinas que los llevaban, pero—: ¡Qué me aspen si tengo la más mínima idea! —dijo el viejo Eli mostrando los dientes; y Jesse alzó la voz sin su permiso, y dijo con una desafinada voz juvenil:
    —Lady Margaret, señor... Lady Margaret.

    Era una mala cosa hablar sin ser preguntado. Eli le miró con enojo, se quitó la gorra, se rascó de nuevo la cabeza, y rompió en una carcajada que parecía más un rugido que una risa.

    —Me gusta..., ¡qué me zurzan si no me gusta! —Y desde aquel momento se había convertido en Lady Margaret, por encima de las protestas de sus conductores, e incluso por encima de la cabeza del viejo Dickon, que decía que «traía un montón de mala suerte» llamar a una locomotora como «una puñetera mujer»... Jesse recordaba que sus orejas habían ardido hasta quemarle, no sabía si de orgullo o de vergüenza. Luego deseó que le cambiaran el nombre más de mil veces, pero éste era el que le había quedado. A Eli le gustaba; y a nadie se le hubiera ocurrido llevarle la contraria al viejo Strange, no al menos mientras estaba en plena fortaleza física.

    Y así, un día, Eli murió. Sin previo aviso: sólo la tos, las manos aferrando los brazos de su silla, y una cara que de repente va no era la cara de su padre y tenía la mirada fija en ningún sitio. Una rápida y oscura hemorragia interna, los pulmones debatiéndose entre las bocanadas de sangre y un soplo de aire fresco; y un hombre de color grisáceo tendido en su cama, una lámpara encendida, el sacerdote asistiéndole en sus últimos momentos, y la madre de Jesse observando la escena con una expresión vacía y desesperanzada. El reverendo Thomas había sido duro y falto de comprensión; reprobaba la actitud del viejo pecador. El viento susurraba en torno a la casa, trayendo un frío helado, mientras los labios del sacerdote absolvían y bendecían mecánicamente..., pero aquella escena no simbolizaba la muerte. Una muerte era algo más que un final; era como tirar del hilo de un paño profusamente bordado. Eli había sido una parte de la vida de Jesse, una parte tan importante como su habitación bajo el alero de la vieja casa. La muerte interrumpió el proceso de la memoria, viejos acordes canturreados que quizá fuera mejor dejar donde estaban. Le costó tan poco a Jesse ver a su padre inmóvil, el rostro áspero, las manos curtidas, el grasiento rostro de transportista hundido hasta los ojos, la bufanda anudada, con los extremos enganchados entre los tirantes, el capote, y los viejos y gruesos pantalones de trabajo de pana. Era aquí donde lo echaba de menos, entre los ruidos y la oscuridad, con el caliente olor del aceite y el humo que brotaba por la alta chimenea y que hacía arder los ojos. Era así como había intuido que sería. Quizá era esto lo que había deseado secretamente.

    Era hora de alimentar a la bestia. Jesse echó un rápido vistazo a la carretera que se extendía ante él. La máquina mantendría su rumbo, la dirección a tornillo sin fin era segura. Abrió las puertas del hogar y cogió la pala. Avivó el fuego rápida y eficientemente, manteniendo el máximo de calor. Cerró las puertas y se alzó de nuevo. El sostenido retumbar de la locomotora formaba parte de él, estaba en su sangre. El calor golpeaba con dureza el metal de la plataforma y ascendía luego por sus botas: el cálido aliento que respiraba el hogar era lanzado rítmicamente contra su rostro. Era como retrasar el lento roer del frío y el hielo dentro de sus huesos.

    Jesse había nacido en una antigua casa en los alrededores de Durnovaria, justo después de que su padre empezara allí su negocio con un par de máquinas de arar, una trilladora y un tractor Aveling & Porter. Era el tercero de cuatro hermanos, de modo que nunca había esperado seriamente llegar a poseer la fortuna de Strange e Hijos. Pero los caminos del Señor eran tan inescrutables como las colinas: dos de los hijos de Strange habían ido al seno de Abraham, y, hora le había tocado el turno al mismo Eli... Jesse recordó los largos veranos transcurridos en casa, veranos en los que los cobertizos de las máquinas hervían de calor y olían a, vapor y aceite. Había pasado buenos días allí, observando cómo los trenes iban y venían, ayudando a descargar en las escaleras del almacén, trepando por encima de las interminables montañas de cajas y balas. En aquel lugar también había olores: una gran variedad de frutos secos en sus cajas, albaricoques, higos y pasas; el dulzor del pino fresco y los abetos, la fragancia del cedro, el áspero aroma de los rollos de tabaco curados al ron, champán y oporto para el comercio de lujo, coñac, encajes franceses, mandarinas y piñas, caucho y salitre, yute y cáñamo...

    A veces rogaba que le llevaran a dar una vuelta en la locomotora, hasta Poole o Bourne Mouth, pasando por Bridport, Wey Mouth, o hacia el oeste hasta Isca y Lindinis. Una vez fue hasta Londinium, y de nuevo al nordeste hacia Camulodunum. Las Burrells, las Claytons y las Fodens tragaban las millas como si nada; era divertido sentarse en el furgón de cola de uno de aquellos viejos trenes, con la locomotora a media milla de distancia, o al menos eso parecía, silbando y arrojando vapor. Jesse deseaba con ansia llegar para pagar los derechos de viaje y ayudar a cerrar los portalones con sus largas barras pintadas a rayas blancas y rojas. Recordaba el retumbar de las muchas ruedas, la densa nube de polvo que se levantaba en los mil veces surcados caminos de entrada y salida. El polvo se depositaba en todos los rincones y hacía que las carreteras parecieran cicatrices blancas que cruzaban el país. Ocasionalmente había pasado alguna noche fuera de casa, acurrucado en cualquier rincón de una taberna mientras su padre se emborrachaba. A veces Eli se ponía de malhumor y pegaba a Jesse hasta que se iba a la cama; en otras ocasiones le abría su corazón y se sentaba a contarle historias de cuando él era niño, de cuando las locomotoras tenían los ejes delante de la caldera y caballos para ayudar en las maniobras. Jesse había sido guardafrenos a los ocho años, y conductor a los diez para algunos de los trayectos más cortos. Fue una mala jugada cuando lo mandaron a la escuela.

    Se preguntaba qué era lo que había pasado por la mente de Eli.

    —Debes aprender un poco de esa maldita educación —era todo lo que el viejo había sabido decirle, poniendo énfasis en sus palabras—. Eso es lo que cuenta, muchacho...

    Jesse recordaba cómo se sintió; cómo había vagabundeado por los huertos de frutales de detrás de la casa, contemplando las ciruelas que colgaban gruesas de los viejos, retorcidos y ásperos árboles, como si esperaran ser trepados. Las manzanas blamley, lane y haley; las peras commodore colgando como bombas de piel áspera de las ramas, suavizadas por la luz del sol de setiembre. En otras ocasiones Jesse había ayudado a recoger la cosecha, pero este año no, ya no. Sus hermanos habían aprendido a leer, a escribir y a hacer números en la pequeña escuela del pueblo, y eso era todo; pero Jesse había ido a Sherborne, y se quedó en el campus para estudiar en la universidad. Había trabajado con ahínco en ciencias y letras, y lo había hecho bien; sólo que algo había ido mal. Tuvieron que pasar varios años antes de que se diese cuenta de que sus manos echaban de menos el tacto del acero engrasado y de que su nariz necesitaba la fragancia del vapor. Había hecho el equipaje y había vuelto a casa, y había empezado a trabajar como cualquier otro transportista, y Eli no había dicho ni una sola palabra: ni un elogio, ni una condena. Jesse agitó la cabeza. En el fondo, siempre había sabido, sin el menor género de dudas, lo que quería hacer. En lo más profundo de su corazón él era un transportista: como Tim, como Dickon, como el viejo Eli. Eso era todo, y tendría que ser suficiente.

    La Margaret llegó a lo alto de una empinada cuesta y retumbó en dirección a una pendiente. Jesse lanzó una mirada al largo indicador de vidrio que se hallaba al lado de su rodilla, y el instinto, más que la vista, le hizo abrir los inyectores, dejando pasar el agua de la válvula al interior de la caldera. La locomotora tenía un chasis largo, lo cual significaba precaución al bajar las colinas. Demasiada poca agua en el cilindro, y la inclinación hacia delante de la caldera dejaría al descubierto la corona del hogar y derretiría el tapón fusible. Todas las máquinas a vapor llevaban Piezas de repuesto, pero ésa era una tarea que prefería evitar. Significaba apagar el fuego, introducirse en un hogar tremendamente caliente, y una interminable lucha en la oscuridad contra las piezas situadas sobre su cabeza. Jesse, como cualquier novato, había quemado su cupo de fusibles; y esto le había enseñado a mantener siempre la corona del hogar cubierta por el agua. Por otro lado, el caso contrario, un nivel demasiado alto, significaba que el agua alcanzaría las salidas del vapor, bajando por los laterales de la caldera como un nube hirviendo. Eso también le había ocurrido.

    Giró la válvula, y el silbido de los inyectores cesó. La Margaret avanzó con un ruido sordo por la pendiente, aumentando poco a poco su velocidad. Jesse tiró de la palanca de cambio y accionó los frenos para retener el tren; oyó el desacompasado traqueteo a medida que la locomotora empezaba a acusar la creciente inclinación, y le volvió a dar vapor. Con luz o sin ella, conocía cada palmo de la carretera; un buen conductor debía conocerlo.

    Un solitario destello ante él le indicó que se acercaba a Wool. La Margaret lanzó un grito de aviso al pueblo, retumbando por entre casas y cabañas. Ahora, un recorrido directo a través de los páramos hasta Poole. Una hora para llegar a las puertas del pueblo, y digamos otra hora para bajar hasta el muelle. Todo eso si las retenciones del tráfico no eran demasiado intensas... Jesse se frotó las manos y hundió la cabeza en el cuello del abrigo. El frío empezaba a calarle hasta los huesos.

    Miró a ambos lados de la carretera. Era noche cerrada, y ya había dejado atrás el Gran páramo. A lo lejos vio, o al menos creyó ver, el resplandor de un fuego fatuo atormentando algún hediondo pantano. Un viento helado gimió desde el vacío. Jesse escuchaba el rítmico y continuado traqueteo de la Burrell y tal como antes solía sucederle, la imagen de una embarcación acudió a su mente. La Lady Margaret, una mancha de luz y calor forjada con desechos y desperdicios, parecía un barco cruzando un vasto y hostil océano.

    Éste era el siglo XX, la era de la razón; pero los páramos todavía albergaban gran cantidad de temores supersticiosos: refugio de lobos y brujas, de espíritus y hadas, y de los routiers... Jesse encajó los dientes. «Bastardos normandos», los había llamado Dickon. No podía existir una descripción más precisa. Cierto que ellos proclamaban descender de los normandos; pero en esta Inglaterra Católica, más de mil años después de la Conquista, las sangres normandas, sajonas y las nativas celtas se habían mezclado irremediable mente. Las distinciones que pudieran existir eran más o menos arbitrarias, reintroducidas de acuerdo con las teorías raciales de Gisevio el Grande hacía un par de siglos. La mayoría de la gente poseía al menos un mínimo conocimiento lingüístico de los cinco idiomas del país: el francés normando de las clases dirigentes, el latín de la Iglesia, el inglés moderno del comercio y la industria, el anticuado inglés medio, y el celta de los palurdos. Existían otros idiomas, desde luego: el gaélico, el córnico y el galés, todos ellos por la Iglesia y mantenidos vivos aun después de utilización hubiera caído en desuso. Pero era bueno dividir el país en partes, estableciendo barreras idiomáticas y de clase. «Divide y vencerás», había sido la política de oficiosa al menos, durante mucho tiempo.

    Los mismos routiers se veían rodeados de un halo de leyenda. Siempre habían existido pandillas de forajidos en el sudoeste, y posiblemente siempre existirían: atracaban, y asaltaban los trenes de carretera. Generalmente, pero no de forma invariable, llegaban hasta el asesinato. Algunos años los transportistas sufrían más que otros; Jesse recordar aún a La Lady Margaret avanzando con dificultad hasta casa una noche oscura, con el maquinista muerto por la flecha de una ballesta, medio tren en llamas, y el jurando venganza y destrucción. Cuadrillas procedentes de lugares tan lejanos como Sorviodunum batieron días, pero fue inútil. La pandilla se había vuelto a casa, y si la teoría de Eli era correcta sus miembros se habían convertido de nuevo en nada: los rumores acerca de las fortalezas de los bandidos eran simplemente eso, rumores.

    Jesse alimentó de nuevo el hogar mientras temblaba de frío dentro de su abrigo. La Margaret no llevaba armas; en teoría, no se luchaba contra los routiers en caso de que aparecieran; no si uno quería vivir para contarlo; al menos, no a través de métodos convencionales. Eli había desarrollado sus propias ideas acerca de este tema, aunque no había vivido lo suficiente para verlas llevadas a la práctica. Jesse encajó de nuevo los dientes. Si venían, no podría hacer nada por impedirles que saquearan el tren, pero todo lo que se llevaran de la compañía Strange tendrían que quedárselo, y que les aprovechara. El negocio no había sido construido sobre una base flexible; en esta Inglaterra, el transporte no era un negocio para los débiles.

    Más o menos una milla más adelante un riachuelo, un afluente del Frome, cruzaba la carretera. En este recorrido, los transportistas acostumbraban a parar aquí para llenar los depósitos de agua. No había pozos en los páramos, el coste de construirlos sería prohibitivo, Si el agua estuviera depositada en charcas se volvería salobre y maloliente, poco segura para las calderas; los arroyos deberían ser canalizados con cemento, y una tarea como esa se llevaría los beneficios de medio año a cualquiera que la intentara. La fabricación de cemento estaba rígidamente controlada por Roma, su precio era prohibitivo. La prohibición era deliberada, desde luego: el material resultaba demasiado útil para la rápida construcción de plazas fuertes, En el transcurso de los años se habían producido suficientes revueltas en el país como para enseñar una lección de precaución incluso a los Papas.

    Jesse miró hacia delante y vio un resplandor como de agua o hielo. Su mano fue automáticamente a la palanca de cambio y a los frenos del tren.

    La Margaret se detuvo en la parte más alta de un pequeño puente. Las barandillas exhibían solemnes carteles de aviso acerca de «cargas pesadas», pero pocos eran los transportistas que les prestaban demasiada atención, al menos después de oscurecer. Bajó de un salto y desenganchó un extremo de la pesada manguera del lado de la caldera, y lo lanzó por encima del pretil del puente. El hielo se rompió con un golpe seco. Las bombas de succión empezaron a sorber ruidosamente el agua, mientras el vapor brotaba a profusión por los respiraderos. Unos minutos más tarde y el trabajo estaría hecho. La Margaret podría llegar a Poole e incluso más allá sin problemas; pero ningún transportista que se preciara se sentiría seguro a menos que sus depósitos de agua estuvieran rebosando hasta los topes. Especialmente después de anochecer, con la siempre omnipresente posibilidad de un ataque. La máquina de vapor estaba preparada para el caso de que se produjera una larga y dura batalla.

    Jesse recogió la manguera y sacó las lámparas de carretera del ténder. Cogió cuatro, una para cada lado de la caldera y dos para el eje delantero. Las colgó en su sitio, girando las válvulas para dejar paso al carburo y alzando los cristales delanteros para poder oler el acetileno. De la parte frontal y lateral de las lámparas brotaron unos haces de luz blancos y cristalinos, que hicieron chispear las placas de hielo que se formaban sobre la carretera. Jesse se estremeció de nuevo. El frío era intenso; intuyó que debían estar a varios grados bajo cero, y lo peor de la noche aún no había llegado. Ésta era la parte del viaje donde uno se imaginaba al frío como un enemigo personal. Se te aferraba a la garganta y te hundía sus heladas garras en la espalda; era algo contra lo que se debía luchar sin descanso, con la cabeza y con el cuerpo. El frío podía aturdir a un hombre, congelarlo sobre la plataforma hasta que el fuego estuviera casi apagado y hubiera perdido y no va mucha presión pudiera realimentarlo para poder proseguir. Era algo que había ocurrido antes; más de un transportista había perdido la vida de este modo en la carretera, y seguro que volvería a ocurrir.

    La Lady Margaret seguía rugiendo de modo constante, mientras el lamento del viento se extendía por todo el páramo.

    En el lado de la tierra firme, las casas y las barracas de Poole se amontonaban sin orden ni concierto tras un foso y una recia muralla. A lo largo de las fortificaciones ardían antorchas; su luz era visible desde varias millas a través del desolado terreno. La Margaret siguió la hilera de chispeantes puntos y la rodeó con lentitud. Al acercarse a la Puerta Oeste, Jesse hizo girar el volante del freno y lanzó una maldición, Junto a la muralla, apenas visible a la luz de las antorchas, había una tremenda confusión de tráfico: Burrows, Avelings, Claytons, Fowlers, cada locomotora arrastrando un inmenso tren. Los agentes encargados de regular la circulación se habían escabullido; el vapor inundaba el aire, y aquella increíble multitud de máquinas originaba un apagado y constante estruendo. La Lady Margaret redujo su marcha, lanzando chorros de blancas nubes, como si fueran su propia respiración, en medio del tumulto, y se situó al lado de una Fowler de diez caballos que exhibía los colores de la Comerciantes Aventureros.

    Jesse estaba a unos cincuenta metros de la puerta de entrada, y el embotellamiento parecía indicar que se tardaría una hora o más en ordenar todo aquello. El aire estaba lleno de estrépito; el ruido de las máquinas, los gritos de los conductores, el griterío de los alguaciles y vigilantes del pueblo. Grupos de Ángeles del Papa se metían por entre las gigantescas ruedas, entonando villancicos y alzando sus bandejas para recoger las limosnas. Jesse saludó a un policía de aspecto cansado. El sargento apoyó su alabarda, volvió la vista hacia La Lady Margaret y dijo con tono burlón:

    —¿Otra vez la bendición del obispo Blaize, amigo?

    Jesse gruñó afirmativamente; a su lado, la Fowler soltó una serie de ensordecedores pitidos.

    —¡Míralo a ése! —bramó el policía—. ¿Qué llevas ahí arriba, que tienes tanta prisa?

    El conductor de la Fowler una especie de hombrecillo insignificante envuelto en una bufanda y un capote, escupió una colilla por encima de la barandilla de la máquina.

    —Marisco para Su Santidad —se mofó—. Van a incendiar Roma esta noche, y... —La historia del Papa Orlando cenando ostras mientras sus mercenarios saqueaban Florencia había pasado ya a la leyenda.
    —Continúa así —dijo furioso el sargento—, y verás como te cierro las puertas en los morros. Te tendrás que quedar toda la noche en el páramo, y los routiers te hincarán el diente. Y ahora mueve de una vez ese montón de basura, muévelo te digo...

    Se había abierto una brecha un poco más adelante; la Fowler rugió despectivamente y avanzó hacia ella. Jesse la siguió. Tras una eternidad de desvíos y pitidos consiguió pasar finalmente el embotellamiento y se halló guiando su tren por la larga calle principal de Poole.

    Strange e Hijos mantenían un depósito de mercancías en el muelle, no lejos del viejo edificio de la aduana. La Margaret se encaminó hacia allá, avanzando lentamente por entre los montones de mercancías que se habían desbordado de las zonas de carga. Se veía mucho movimiento en los muelles, teniendo en cuenta que se hallaban a finales de temporada; Jesse pasó al lado de un carbonero escocés, de un gran cargador alemán, un francés, uno del Nuevo Mundo, un ex negrero a juzgar por su estilizada línea, un hermoso clíper sueco que aún no había recogido sus velas y un viejo vapor holandés, el Groningen, del que se sabía que todavía iba equipado con las anticuadas y curiosas calderas de mercurio. Depositó finalmente el tren en el almacén de la compañía con casi una hora de retraso.

    La carga de vuelta ya estaba prácticamente lista; Jesse observó con satisfacción los vagones del fondo, entregó el manifiesto al agente de la compañía y se dirigió hacia el nuevo cargamento. Comprobó de nuevo que la carga de cola estuviera bien asegurada en su vagón, aumentó la presión y se dirigió afuera. El frío le había calado los huesos, las ventanas de las fondas le tentaban con su promesa de calor, bebida y humeante comida, pero esta noche La Margaret no se quedaría en Poole. Eran casi las ocho cuando llegó a las murallas, y observó con agrado que el caos del tráfico había desaparecido. Las puertas le fueron abiertas reluctantemente por un sargento de agrias facciones; Jesse guió el tren a través de la carretera despejada. La luna estaba en lo alto, en mitad de un cielo claro; el frío era intenso.

    Sería un largo camino hacia el sudoeste, pasada la parte alta del puerto de Poole en dirección al lugar donde la carretera de Wareham se desvía a la izquierda de la que conduce a Durnovaria. Jesse giró hacia la izquierda, luego puso a La Margaret a su velocidad máxima, cronometrando veinte millas por hora en la recta de la carretera. Entonces, en Wareham, la difícil curva al lado del cruce del ferrocarril; pasando por delante del Oso Negro con su monstruoso cartel tallado y por encima del estuario del Frome, que marcaba el límite norte de la isla de Purbeck. Después, de nuevo el páramo: Stoborough, Slepe, Middlebere, Norden, vacíos e inmensos, llenos de un viento que no dejaba de soplar. Finalmente un destello de luz pareció destacarse al frente, por encima de la carretera y a la derecha; La Margaret retumbó hacia Corvesgeat, el antiguo paso a través de las colinas de Purbeck. Sobre un montículo, enorme y dominando la carretera, se alzaba el gran castillo de Corfe, con las ventanas resplandeciendo como unos ojos llenos de luz. Eso significaba que el Señor de Purbeck se hallaba en su residencia, recibiendo a sus invitados navideños.

    La máquina de vapor rodeó los altos flancos de la motte y prosiguió hacia el siguiente pueblo. Cruzó la plaza, con las ruedas y los pistones resonando en el clamor vacío de la parte frontal de la Hostería del Lebrel, subió de nuevo por la larga calle principal en dirección al lugar donde una vez más le aguardaba el páramo, llano y desolado, visitado tan sólo por el viento y las estrellas.

    La carretera de Swanage. Jesse, adormecido e insensible por el frío, luchó contra la idea de que La Margaret atravesaba aquel vacío exhalando su aliento en la oscuridad como un espíritu maldito destinado a permanecer en un infierno congelado. Hubiera agradecido cualquier signo de vida, incluso los routiers; pero no había nada. Únicamente el interminable mordisco del viento y la oscuridad extendiéndose a cada lado de la carretera. Daba palmadas con sus enguantadas manos, pateaba la plataforma, y se volvía para ver la masa oscura de la carga oscilando en medio de la noche, con el débil reflejo de las lámparas de cola al final. Se sentía como un tremendo idiota, aunque hacía ya tiempo que había perdido la costumbre de decírselo a sí mismo en voz alta. Hubiera debido quedarse en Poole y partir apenas amaneciera; lo sabía más que suficiente. Pero esta noche tenía la extraña sensación de que no estaba conduciendo, sino que estaba siendo conducido.

    Liberó un poco de agua a través del precalentador, alimentó el hogar, y abrió de nuevo la válvula. Un día reemplazarían estos quemadores de combustible sólido por otros de combustible líquido. Hacía años que existían ya unidades disponibles; pero la combustión de la gasolina era aún una teoría que se hallaba en el limbo, a la espera del veredicto papal. Era posible que se produjera una decisión el año próximo, o quizá el siguiente; o quizá simplemente no hubiera ninguna. Los caminos de la Madre Iglesia eran tortuosos, y no podían ser cuestionados por la chusma.

    El viejo Eli se habría adaptado a las máquinas de gasolina y habría enviado al diablo a los curas, pero sus conductores y pilotos se habrían resistido a la excomunión que seguramente les hubiera supuesto aquello. Strange e Hijos había tenido que bajar la cabeza en esta ocasión, no por primera vez y tampoco por última. Jesse se descubrió pensando de nuevo en su padre mientras La Margaret se apresuraba subiendo una cuesta, de vuelta a las colinas. Era curioso, pero ahora tenía la sensación de que hubiera podido hablar con el viejo. Ahora hubiera podido contarle sus esperanzas, sus temores... Sólo que ahora ya era demasiado tarde, porque Eli estaba muerto y enterrado, con seis pies de sucia y pegajosa tierra sobre su pecho. ¿Era éste el modo en que funcionaban las cosas? ¿Sería que la gente siempre y hablar cuando va tenía la sensación de que podía hablar, era demasiado tarde?

    Pasó por delante del cercado del gran depósito de material para la construcción en las afueras de Long Tun Matravers. Los montones de piedras alineadas, vagamente visibles a la luz de las lámparas de la máquina de vapor, rompían por fin el mortal vacío del páramo. Jesse lanzó un pitido de aviso; la voz de la Burrell, triste e inmensa, se paseó por encima de los techos de las casas. El lugar estaba desierto como un pueblo fantasma. A la derecha, el albergue de la Cabeza del Rey mostraba unas débiles luces; el cartel que lo anunciaba crujía aparatosamente, mecido por el viento. Las ruedas de La Margaret resonaron sobre los guijarros del camino, resbalaron... Jesse accionó los frenos y cerró de golpe la palanca del cambio para cortar la alimentación a los pistones. Se había formado una espesa capa de hielo en aquella zona, y en algunos lugares la carretera parecía cristal. En la cima de la colina, al entrar en Swanage, bloqueó el diferencial. La locomotora se afianzó y pareció agarrarse un poco más al suelo, como buscando un mejor terreno. El viento volvió al ataque, alzando una nube de cristales de nieve sobre las linternas.

    Los tejados del pequeño pueblo parecían agruparse bajo un manto de escarcha. Jesse lanzó otro pitido, y el sonido retumbó descomunal entre las casas. Un grupo de niños apareció de algún sitio, y todos empezaron a correr y a gritar al lado del tren. A pocos metros había un cruce, y unas lámparas amarillas colgaban sobre la puerta del hotel George. Jesse dirigió la locomotora hacia la arcada de acceso al patio. La chimenea de la locomotora rozó la parte superior de la arcada. Era aquí donde se necesitaba un ayudante: el vapor que la Burrell dejaba tras de sí le impedía la visión. Los niños habían desaparecido. Inyectó lentamente vapor a los pistones. El sonido era infernal bajo la arcada, pero la locomotora emergió casi de inmediato al patio, que había sido agrandado unos años antes para dar cabida a los trenes de carretera: Jesse se situó entre una Garret y una Clayton & Shuttleworth de seis caballos, puso la palanca del cambio en punto muerto y cerró el regulador. El ruido cesó al fin.

    El transportista se frotó la cara y se estiró. Los hombros de su abrigo estaban cubiertos de escarcha; se los sacudió y bajó rígidamente de la plataforma, colocando los topes bajo las ruedas de la máquina y apagando las lámparas. El patio del hotel estaba desierto, y el viento soplaba con fuerza en los alrededores; Jesse se detuvo un instante y oyó como la caldera de la locomotora se agitaba suavemente. Se acercó de nuevo y extrajo el exceso de vapor, cubrió el fuego con ceniza y cerró los reguladores de tiro, se subió al eje delantero y colocó un cubo invertido a modo de tapadera sobre la chimenea. La Margaret estaría protegida durante la noche. Se dio la vuelta y observó el calor que todavía desprendía, el leve resplandor de la luz que surgía entre los respiraderos del hogar. Tomó su mochila de la cabina y se encaminó al hotel para registrarse.

    Le mostraron su habitación y le dejaron solo. Fue al baño, se lavó la cara y las manos y salió del hotel. Unos cuantos metros calle abajo, las ventanas de un bar brillaban con una luz rojiza que se distinguía a través de las cortinas echadas. El letrero decía que era el Mesón de la Sirena. Recorrió el callejón que corría paralelo al lado del bar. La sala del fondo estaba llena de gente hablando y el aire repleto de humo de tabaco. La Sirena era un bar de transportistas: Jesse vio a media docena de conocidos, Tom Skinner de Powerstock, Jeff Holroyd de Wey Mouth, y dos de los chicos del viejo Serjeanston, entre otros. En la carretera las noticias viajan rápido; todos se agruparon en torno a él, hablando al mismo tiempo. Murmuró sus respuestas mientras se abría camino hacia la barra. Sí, su padre había sufrido una hemorragia repentina; no, no había sobrevivido mucho tiempo después de ella. A las cinco de la tarde del día siguiente... Se desabrochó el abrigo para tomar la cartera, llamó al camarero, recogió la pinta de cerveza y el whisky doble. Un atizador calentado al rojo hundido unos momentos en la jarra había calentado la cerveza; una espuma cremosa se desbordaba por los lados. El alcohol quemó la garganta de Jesse y le hizo lagrimear Acababa de llegar de la carretera; los otros le hicieron sitio y se acuclilló, con las rodillas separadas, delante del fuego. Bebió la cerveza a grandes sorbos, notando que el calor le invadía los muslos y las caderas y ascendía hasta el estómago. De algún modo, su mente todavía podía oír el ruido de la Burrell, la vibración de las ruedas aún hormigueaba en sus dedos. Y a habría tiempo más tarde para hablar y preguntar, antes era necesario recobrar el calor. Un hombre necesitaba siempre el calor.

    Ella se las arregló para, de alguna forma, situarse a su espalda, y hablarle antes de que él se diera cuenta de que estaba allí. Dejó de frotarse las manos y se levantó con torpeza, muy consciente de cuál era su peso y su envergadura.

    —Hola, Jesse...

    ¿Lo sabría ella? Siempre le asaltaba el mismo pensamiento. Durante todos aquellos años, desde que había bautizado a la Burrell; por aquel entonces ella era sólo una jovencita desgarbada, toda ojos y piernas, pero era la Lady a la que él había querido referirse. Había sido el fantasma que le había perseguido en aquellas cálidas noches adolescentes, paseando su perfume entre los perfumes de las flores del jardín. Y cuando Eli aceptó aquella monstruosa apuesta fue él quien llevó la máquina de vapor, y se sentó y lloró como un tonto porque cuando la Burrell estaba luchando contra aquella última cuesta no sólo perdía las cincuenta guineas de oro para su padre sino que también perdía la gloria para Margaret. Pero Margaret ya no era una jovencita, ya no; las lámparas ponían brillantes destellos de luz en su pelo castaño, sus ojos parpadeaban mientras le miraba, su boca se movía de forma caprichosa...

    —...nas noches, Margaret —gruñó.

    Ella le preparó una mesa en un rincón, le trajo la comida, y se sentó un rato con él mientras comía. Eso hizo que la respiración de Jesse se acelerara: tenía que forzarse para recordar que aquello no significaba nada. Después de todo, no se tiene un padre que muere cada semana en la vida. Ella llevaba un grueso anillo de bisutería con una brillante piedra azul, y tenía la costumbre de darle vueltas sin parar entre los dedos mientras hablaba. Sus dedos eran delgados, con uñas planas y bien pintadas, pero sus manos eran anchas en la zona de los nudillos, como las manos de un chico. Observó que ahora estaban jugueteando con su pelo, repiqueteaban sobre la mesa, echaban la ceniza de un cigarrillo en un platito. Podía imaginarlas barriendo, quitando el polvo, limpiando, y también haciendo otras cosas, esas cosas secretas que se hacen las mujeres a sí mismas.

    Ella le preguntó qué le había traído allí. Siempre hacía la misma pregunta. Él dijo Lady, brevemente, utilizando la jerga de los transportistas. Se preguntó una vez más si ella habría visto alguna vez la Burrell, si sabía que era la Lady Margaret, y si le importaba, caso de saberlo. Entonces ella le trajo otra bebida y le dijo que estaba en su casa, y le dijo también que ahora tenía que volver al bar, y que le vería de nuevo más tarde.

    La observó a través del humo, riendo con los hombres. Tenía una risa extraña, un tipo de risa alegre y sencilla que le hacía levantar el labio superior y exhibir los dientes mientras sus ojos miraban y se burlaban. Era una buena camarera; su padre era un antiguo transportista, que llevaba el negocio desde hacía veinte años. Su esposa había muerto hacía un par de temporadas, y las otras hijas se habían casado y se habían ido, pero Margaret se había quedado. Era la clase de mujer que sabía reconocer una leve insinuación apenas la intuía, o al menos eso se decía entre los transportistas. Pero era una locura, llevar un bar no era trabajo fácil. Jornadas largas los siete días de la semana, limpiar y fregar, arreglar y coser, y cocinar..., aunque disponían de una mujer por las mañanas para ocuparse del trabajo pesado. Jesse lo sabía casi todo acerca de Margaret. Conocía el número de calzado que gastaba, y que su cumpleaños era en mayo; también sabía que su cintura medía sesenta centímetros, que le gustaba el Chanel, y que tenía un perro llamado Joe. Y sabía que había jurado no casarse nunca; decía que la Sirena le había enseñado tanto como deseaba saber acerca de los hombres, y que cinco mil encima del mostrador comprarían sus servicios, pero nada más. Nunca había conocido a nadie que hubiera podido reunir ni la mitad de aquello, la apuesta era imposible. Y quizá ella no había dicho nunca nada parecido: los aires del pueblo estaban llenos de murmuraciones, y los transportistas charloteaban entre ellos como lavanderas.

    Jesse apartó su plato. De pronto sintió un profundo autodesprecio. Margaret era la razón de casi todo: era la razón de que se desviara millas y millas de su camino, y que llevara su tren a Swanage para recoger algunas cajas de pescado congelado que ni siquiera llegarían a cubrir los gastos del transporte. Bien, lo que quería era verla, y la había visto. Ella había hablado con él, se había sentado a su lado, y probablemente no volvería a hacerlo aquella noche. Ahora ya podía irse. Recordó una vez más las lóbregas facciones de la tumba, el puñado de tierra sobre el ataúd de Eli. Esto mismo era lo que le esperaba a él, por todos los hijos de Dios bendito; únicamente que él esperaría la muerte en soledad. Ahora sentía necesidad de beber, de lavar esa imagen en una cálida niebla amarronada de alcohol. Pero no aquí, de ningún modo aquí... Se encaminó hacia la puerta.

    Tropezó con un desconocido, murmuró una disculpa y siguió adelante. Sintió que lo agarraban por el brazo y se volvió, y se halló mirando fijamente a unos ojos color café brillando en un rostro de nariz recta y airosamente bien parecido.

    —No —dijo el recién llegado—. No me lo puedo creer. Por todos los infiernos, Jesse Strange...

    Por un momento la punta de la llamativa barba del otro le desconcertó; luego, casi a su pesar, Jesse empezó a sonreír.

    —Colin —dijo lentamente—. Col de la Haye...

    Col sujetó con su otro brazo el bíceps de Jesse.

    —Bien, demonios —dijo—. Jesse, tienes buen aspecto. Esto hay que celebrarlo con un trago, viejo amigo. ¿Qué es de tu vida? Demonios, tienes buen aspecto...

    Se situaron en una esquina del bar, con un par de pintas llenas hasta el borde delante de ellos.

    —Maldita sea, Jesse, esta suerte asquerosa. Has perdido a tu viejo, ¿eh? Esto es una mierda... —Levantó su jarra y dijo—: A tu salud, viejo Jesse. Por los días felices...

    En la universidad de Sherborne, Jesse y Col se habían hecho rápidamente amigos. Había sido una atracción de polos opuestos: Jesse lento en hablar, estudioso y tranquilo, de la Haye el calavera, el hombre de sociedad. Col era hijo de un hombre de negocios del oeste del país, un mujeriego, un pícaro con vista; sus tutores siempre habían dicho que, al igual que el personaje de Fielding, había nacido para ser colgado. Después de la universidad, Jesse había perdido el contacto con él. Oyó rumores de que Col había abandonado el negocio familiar: importar y almacenar no era lo que mejor iba a su carácter. Al parecer había pasado un tiempo como trovador errante, trabajando en un libro de baladas que nunca llegó a escribirse, y luego había actuado seis meses en los escenarios de Londinium antes de ser herido y mandado a casa, víctima de una pelea en un burdel.

    —Te enseñaría la cicatriz —dijo Col, haciendo horribles muecas—, pero sería un tanto embarazoso aquí delante de todo el mundo, viejo amigo...

    Más tarde trabajó, entre muchas otras cosas, de transportista para una compañía en Isca. Ese trabajo no duró mucho; a mitad de su primera semana de trabajo entró aullando en Bristol con una Clayton & Shuttleworth de ocho caballos, desenrolló la manguera, y desaguó completamente la máquina en el centro mismo del pueblo antes de que los policías lograran cogerlo. La Clayton no llegó a estallar, pero le faltó muy poco. Lo intentó de nuevo, allí en Aquae Sulis, donde no le conocían tanto; en aquella ocasión duró seis meses antes de que un indicador de presión de vidrio reventara, arrancándole la mayor parte de la piel de los tobillos. De la Haye no se había desanimado, sin embargo, y siguió buscando, según él mismo decía, «un empleo menos letal». Ante aquellas palabras Jesse se echó a reír entre dientes y agitó afirmativamente la cabeza.

    —Entonces, ¿qué estás haciendo ahora?

    Aquellos ojos insolentes le sonrieron de forma socarrona.

    —De todo un poco —dijo con voz animada—. Acepto lo que venga: un poco de aquí y un poco de allá... Los tiempos son difíciles, y debemos vivir como podamos. Bebe, Jesse; la siguiente ronda la pago yo...

    Charlaron de los viejos tiempos, mientras Margaret les servía las pintas y tomaba el dinero, alzando las cejas al mirar a Col. La noche en que de la Haye, con unas copas de más, había jurado dejar desnudo el apreciado nogal de su profesor...

    —Lo recuerdo como si fuera ayer —dijo Col felizmente—. Había una luna llena preciosa, clara como el sol... —Jesse había sostenido la escalera mientras Col subía; pero antes de que pudiera alcanzar las ramas, el árbol fue sacudido como por un huracán—. Las nueces caían como maldito granizo —rió Col—. ¿Recuerdas, Jesse? Tienes que recordarlo. Y allí estaba ese... ese maldito viejo bribón de Toby Warrilow, sentado encima con sus botazas, meneando el maldito árbol como si hubiera enloquecido... —Después de aquello, durante semanas, ni siquiera de la Haye había sido capaz de hacer nada malo a los ojos de la ley; y todo el dormitorio de la universidad se había atiborrado de nueces durante casi un mes.

    También estaba el caso de las dos monjas que habían sido raptadas del convento de Sherborne. No era un secreto para nadie que de la Haye era el culpable, pero jamás se le pudo probar nada. Ocasionalmente se producía el rapto de alguna chica que había profesado las órdenes sagradas, eso era del dominio público, pero nunca habían sido raptadas dos a la vez. Y el caso del Poeta y Campesino: el propietario de aquel albergue, debido a algún capricho personal, tenía un gran mono encadenado en los establos. Col, expulsado del lugar después de una noche singularmente alborotada, se las arregló para cortar el collar del animal. Durante un mes, la bestia en libertad causó problemas y temores en toda la zona: los hombres iban armados, las mujeres permanecían en casa. Finalmente la cuestión se resolvió cuando un miliciano lo encontró en su habitación bebiéndose un tazón de sopa y lo mató de un disparo.

    —¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó de la Haye, mientras daba cuenta de su sexta o séptima cerveza—. Porque ahora es tu compañía, ¿no?
    —Sí —dijo Jesse, pensativo, los dedos cruzados y la barbilla apoyada en los nudillos—. Voy a dirigirla, creo...

    Col pasó un brazo por encima de los hombros de Jesse.

    —Te irá todo muy bien —dijo—. Te irá todo de maravilla, amigo. Así que, ¿por qué estás tan triste? Hey, te diré lo que pienso. Agarra ahora mismo a una chiquita, y seguro que te sentirás mejor. Eso es lo que necesitas, viejo Jesse: conozco los síntomas. —Le dio un amistoso puñetazo en las costillas y estalló en una carcajada—. Pasarás la noche más caliente que con una ración de mantas extra. Y eso impedirá que engordes, ¿no?

    Jesse parecía levemente sorprendido.

    —No sé qué decirte...
    —¡Qué demonios! —dijo de la Haye—. Te aseguro que es lo que necesitas. Ah, no hay nada como eso. Mmmmiauuu... —Cerró los ojos, agitó las caderas y empezó a dibujar formas con las manos, esforzándose en parecer embelesado y lascivo a la vez—. Ahora no tienes problemas, viejo Jesse —dijo—. Ahora estás forrado, ¿sabes? Puñetas, hombre, eres lo que se dice un buen partido... Vendrán todas corriendo apenas lo sepan, tendrás que apartarlas con un..., con un palo de escoba, ¿no? —Se echó a reír de nuevo.

    Las once de la noche llegaron con demasiada rapidez. Jesse se metió dificultosamente en su abrigo y siguió a Col por el callejón que corría paralelo al lado del bar. Hasta que el aire frío no le golpeó no se dio cuenta de lo borracho que estaba. Tropezó con de la Haye, y fueron a parar ambos contra la pared. Siguieron tambaleándose calle adelante, entre risas y bromas, y en el George se separaron. Col desapareció en medio de la noche, gritando promesas y juramentos.

    Jesse se apoyó en la rueda trasera de La Margaret y echó la cabeza hacia atrás, mientras notaba que los vapores de la cerveza ascendían hacia su cerebro. Cuando cerró los ojos vio que se iniciaba un lento movimiento; el suelo parecía vibrar hacia delante y hacia atrás bajo sus pies. Pero esa última media hora había estado bien. Había sido de nuevo como en la universidad. Sonrió por lo bajo, y se secó la frente con el dorso de la mano. De la Haye era un maldito bastardo que no valía para nada, pero era un buen chico, un buen chico... Jesse abrió pesadamente los ojos y contempló el tren de carretera. Entonces avanzó cuidadosamente, poco a poco, a lo largo de la máquina, para comprobar la temperatura de la caldera con la palma de su mano. Se izó hasta la plataforma, abrió las puertas del hogar, echó un poco de carbón, controló los reguladores del tiro y también los indicadores del nivel del agua. Todo correcto. Luego bajó de nuevo al suelo, notando algunos copos de nieve sobre su cara.

    Tras varios intentos consiguió meter la llave en la cerradura y abrió la puerta de golpe. La habitación estaba a oscuras y tremendamente fría. Encendió la única linterna que había en ella, dejando el cristal entreabierto. La llama de la vela se estremeció en la corriente. Se echó pesadamente sobre la cama, observando desde aquella posición el punto de luz amarilla que oscilaba hacia delante y hacia atrás. Era mejor descansar para poder marcharse temprano a la mañana siguiente... Su mochila estaba en el mismo sitio donde la había dejado, sobre la silla; pero le faltaba la fuerza de voluntad necesaria para levantarse y deshacerla. Tras un leve intento, cerró los ojos.

    Casi al instante las imágenes empezaron a dar vueltas por su cabeza. En algún lugar de su mente la Burrell estaba funcionando, con aquel ruido característico suyo; cerró las manos, sintiendo el borde del volante temblar entre sus dedos. Así era como las locomotoras lo atrapaban a uno tras una temporada: palpitando hora tras hora, hasta que el ruido pasaba a formar parte de ti, invadía tu sangre y tu mente hasta que no podías vivir sin ella. Levantarse al amanecer, pasar todo el día en la carretera, conducir hasta que era imposible pararse; Londinium, Aquae Sulis, Isca; piedra de las canteras de Purbeck, carbón de Kimmeridge, lana, cereales y estambre, harina y vino, velas, vírgenes, palas, descremadoras, pólvora y proyectiles, oro, plomo, plata; contratos para el Ejército, para la Iglesia..., llaves de cilindro, reguladores, palancas del cambio; el noble hierro haciendo estremecer la plataforma...

    Se agitó sin descanso, murmurando en voz baja. Los colores se hicieron más claros en su mente: el castaño y dorado del uniforme, la saliva roja en la barbilla de su padre, las flores brillantes sobre la tierra fresca; vapor y luz de gas, llamas, y el duro cielo aplastado contra las colinas...

    Su mente jugueteó con los recuerdos de Col; oyó sus frases, le escuchó reír: la pequeña inspiración, chillona y diferente, y luego la aguda metralleta ladrando mientras él cerraba los ojos con fuerza, encogía los hombros y daba un puñetazo sobre el mostrador. Col había prometido ir a verle a Durnovaria, tambaleándose y gritando que no lo olvidaría. Pero lo olvidaría; se perdería, se liaría con alguna mujer, dejaría correr todo el asunto, olvidaría el encuentro. Y todo ello porque Col no era como Jesse. De la Haye no hacía nunca proyectos, jamás sopesaba las posibilidades, vivía sólo el momento, intensamente. Y jamás cambiaría.

    Las locomotoras resonaban, las manivelas giraban, los pistones se hundían, el bronce brillaba y tintineaba al viento.

    Jesse se incorporó a medias, agitando la cabeza. La lámpara ardía ahora con regularidad, su llama era alta y delgada, vibrando solamente en su punta. El viento resoplaba, arrastrando consigo las campanadas del reloj de una iglesia. Jesse escuchó y contó. Doce campanadas; frunció el ceño con desagrado. Había dormido y soñado, y creía que era casi el amanecer. Pero la larga y dura noche apenas había empezado. Se tendió de nuevo, con un gruñido, sintiéndose borracho pero curiosamente despierto. No podía tomar más cerveza, se había puesto melancólico. Quizá aún no había soñado lo suficiente, se dijo.

    Empezó a pensar de nuevo, perezosamente, en las cosas que de la Haye había dicho. Aquello de buscarse una mujer. Era una locura, algo típico de Col. No representaba ningún problema para él, pero para Jesse solamente había existido una niñita. Y ahora estaba fuera de su alcance.

    Su mente, incansable, parecía encenderse y apagarse de una forma regular. Olvídalo, se dijo irritadamente Jesse. Ya tienes bastantes problemas: se te pasará... Pero una parte de él se negaba tercamente a obedecer. Repasó mentalmente las páginas de los libros mayores, sumó, restó, empujando insistentemente los totales en su subconsciente. Gritó, maldiciendo a de la Haye. La idea, una vez arraigada, ya no le abandonaría. Le perseguiría durante semanas, incluso años.

    Se dio por vencido, y se entregó placenteramente a soñar. Ella lo sabía todo acerca de él, eso era cierto: las mujeres siempre sabían ese tipo de cosas. Él se había traicionado cien, mil veces; pequeños detalles, una mirada, un gesto, una palabra..., ella no necesitaba más. La había besado una vez, hacía años. Solamente una vez; por eso permanecía de una forma tan clara y brillante en su mente, por eso aún podía recordarlo. Había sido algo casi accidental; una víspera de Año Nuevo, el bar reluciente y ruidoso, y una veintena o más de clientes del lugar celebrando el paso del año. El reloj de la iglesia había dado las campanadas, el mismo reloj que ahora acababa de marcar las horas, las puertas de las calles del pueblo se habían abierto a todos, comidas populares con pasteles de carne picada y frutas, vino, y la gente se llamaba y besaba en la oscuridad; y ella había dejado la bandeja que sostenía y le había mirado.

    —No nos quedemos fuera, Jesse —había dicho—. También nosotros...

    Recordaba el súbito latir de su corazón, como la aceleración de una locomotora cuando se le da vapor. Ella le había ofrecido su rostro, y él había visto sus labios entreabrirse; entonces ella había insistido, utilizando su lengua y produciendo un sonido muy curioso en lo más profundo de su garganta. Se preguntó si ella haría ese mismo sonido cada vez, de modo automático, como un gato que ronronea cuando se le acaricia el pelo. Y de alguna manera, había sido ella también la que había guiado su mano hasta su pecho, y la había dejado allí, acariciando su seno, cálido bajo el vestido, quemándole casi la palma. Entonces él la había cogido fuertemente por el talle con uno de sus brazos, levantándola un poco del suelo, hasta que ella se deslizó fuera de sus brazos, jadeante.

    —Huau —había dicho—. Bien hecho, Jesse. Uuff... Bien hecho... —Y se había reído de él de nuevo, mientras se arreglaba el cabello; y todos sus sueños pasados y sus visiones futuras habían convergido en un mismo punto de fusión en el Tiempo.

    Recordó cómo había alimentado el hogar de la locomotora durante todo el viaje de regreso, incansablemente, mientras el viento cantaba y las ruedas se abrían paso a través de un paisaje de joyas. Aquellas imágenes volvían ahora; vio a Margaret en mil dulces momentos, arreglándose, acariciándole, desvistiéndose, riendo. Y de pronto recordó una boda: el desgraciado matrimonio de su hermano Micah con una chica de Sturminster Newton. Las máquinas abrillantadas hasta sus últimos rincones, llenas de cintas y cubiertas de banderas, los vagones reluciendo al máximo, montones de confeti como si se tratara de nieve de colores, el sacerdote de pie riendo con su vaso de vino en la mano, el viejo Eli con el pelo engominado y milagrosamente liso y aplastado contra su cabeza y un incongruente collarín blanco rodeando su cuello, radiante y con la cara enrojecida, saludando desde la plataforma de La Margaret con un cuarto de cerveza en la mano. Entonces, de manera igualmente súbita, la escena desapareció, y Eli y su traje de los domingos, su jarra y su brillante pelo, fueron tragados por el oscuro espacio del viento.

    —¡Padre...!

    Jesse se sentó, jadeante. La pequeña habitación parecía apagada ahora, las sombras se agitaban a medida que oscilaba la llama de la vela. Fuera, el reloj dio las doce y media. Permaneció inmóvil, acurrucado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos. No había bodas para él, no había alegría. Mañana tendría que volver a una casa oscura y aún de luto, a las preocupaciones no resueltas de su padre, al negocio familiar y a la misma vieja y monótona rutina...

    En la oscuridad, la imagen de Margaret danzaba como un destello solitario.

    Se sintió horrorizado por lo que su cuerpo estaba haciendo. Sus pies hallaron la dirección de las escaleras de madera, y tropezaron, y estuvo a punto de caer. Sintió que el aire frío mordía su rostro al salir al patio. Intentó razonar consigo mismo, pero parecía que sus piernas ya no le obedecían. Notó un súbito placer, una iluminación. Uno no se resiste al dolor de una muela durante toda la vida, va al barbero, cambia el constante dolor por una agonía más intensa pero más breve, y luego llega la paz bendita. Él y a había soportado aquello durante demasiado tiempo; ahora iba a terminarlo. Inmediatamente, sin mayor dilación. Se dijo a sí mismo que diez años de esperanzas y sueños, de desear calladamente como un animal, tenían que significar algo más. ¿Qué era lo que esperaba que hiciese ella?, se preguntó. No acudiría corriendo a él, suplicante, lanzándose a sus pies; las mujeres no actúan de este modo, ella también tenía su pizca de orgullo... Intentó recordar cuándo se había establecido la línea divisoria entre él y Margaret, y se respondió: nunca, jamás a través de una señal o de una palabra... Él nunca había ofrecido una oportunidad, así que, ¿qué ocurriría si ella hubiera estado esperando también durante todos aquellos años? Esperando simplemente a que él se lo pidiera... Tenía que ser cierto. Sabía, con entusiasmo, que era cierto. Empezó a cantar, haciendo eses por la calle.

    El vigilante nocturno se asomó en un portal y, al ver la oscura silueta, empuñó bruscamente la alabarda.

    —¿Se encuentra bien, señor?

    La voz, penetrante pese a la distancia, hizo que Jesse se detuviera de golpe. Tragó saliva, asintió, murmuró:

    —Sí. Sí, claro... —Fue apenas un balbuceo, mientras señalaba al George con el pulgar—. He traído un... tren hasta aquí. Strange, Durnovaria...

    El hombre se apartó. Su actitud era más que explícita: «Otra vez uno de ésos...».

    —Entonces será mejor que se marche, señor. No querrá perder su tren, ¿verdad?, y yo no querría tener que llevarle... Ya son pasadas las doce, ¿sabe?
    —Sí, ya me voy, oficial —respondió Jesse—. Me voy ahora mismo... —Dio unos pasos, luego se volvió—. Oficial: ¿está usted... casado?

    La respuesta fue firme:

    —Márchese de una vez, señor... —y la figura se desvaneció en la oscuridad.

    El pequeño pueblo estaba dormido. La escarcha brillaba en los tejados, los charcos a la orilla del camino formaban surcos helados, como de hierro, y las casas ya habían cerrado las contraventanas. Un búho ululó en alguna parte; o quizá fuera el ruido de alguna lejana locomotora, allá fuera, en algún lugar de la carretera... La Sirena estaba en silencio, no se veían luces dentro. Jesse llamó con fuerza a la puerta. Nada. Llamó más fuerte. Se encendió una luz al otro lado de la calle. Empezó a respirar con dificultad. Lo había hecho todo mal, ella no abriría. Alguien llamaría al vigilante. Pero ella sabría, sabría quién estaba llamado, las mujeres lo saben todo. Golpeó la madera de la puerta, aterrorizado.

    —Margaret...

    Un haz amarillento de luz se movió al otro lado, luego la puerta se abrió, con una rapidez que lo derribó al suelo. Se levantó, respirando aún pesadamente, intentando aclarar la vista. Ella estaba de pie, con un chal sobre los hombros, el cabello despeinado. Alzó la lámpara y:

    —¿Tú? —Le hizo entrar, cerró la puerta de golpe, corrió el cerrojo, y se dio la vuelta para examinarle—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —Su voz era contenida, furiosa.

    Retrocedió unos pasos.

    —Yo... —dijo—. Yo...

    Observó que el rostro de ella sufría una transformación.

    —Jesse, ¿qué te pasa? —dijo la mujer—. ¿Estás herido, te ha ocurrido algún percance?
    —Yo..., lo siento —balbuceó—. Tenía que verte, Margaret. No podía esperar más.
    —No alces la voz —dijo ella en un susurro—. Despertarás a mi padre, si ya no lo has hecho. ¿De qué estás hablando?

    Jesse se apoyó contra la pared, intentando que la cabeza dejara de darle vueltas.

    —Cinco mil —dijo gravemente—. No es... nada, Margaret. Ya no. Soy rico, Margaret..., que Dios me ayude. Ya no importa...
    —¿Qué?
    —En la carretera —dijo, desesperado—. Los... transportistas hablan. Dicen que quieres cinco mil. Margaret, puedo llegar hasta diez...

    Ella empezó a comprender. Y, por Dios, se echó a reír.

    —Jesse Strange —dijo, agitando la cabeza—. ¿Qué intentas decirme?

    Por fin brotaron las palabras.

    —Te quiero, Margaret —dijo simplemente—. Creo que siempre te he querido. Y..., quiero que seas mi mujer.

    Ella dejó de sonreír de inmediato. Permaneció inmóvil, dejó que sus ojos se cerraran, como si de pronto estuviera muy cansada, luego se le acercó lentamente y le tomó la mano.

    —Vamos —dijo—. Sólo un momento. Ven y siéntate.

    En la parte de atrás del bar el fuego estaba apagándose. Ella se sentó al lado de la chimenea, acurrucada como un gato, observándole con ojos grandes en la penumbra. Y Jesse habló. Le dijo todo lo que jamás se le hubiera ocurrido contarle. Le habló de cómo la había querido, y deseado, aún sabiendo que era inútil; de cómo había esperado durante tantos años que no podía recordar ningún momento en el que ella no hubiera estado en su pensamiento. Margaret permanecía inmóvil, sujetando sus dedos, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar, con el ceño ligeramente fruncido, pensativa. Él le habló de cómo se convertiría en la señora de la casa y de cómo tendría jardines, huertos de cerezos, terrazas llenas de rosas, criados, una cuenta en el banco; y de cómo no tendría nada más que hacer en todo el día excepto ser Margaret Strange, su esposa.

    Cuando terminó de hablar, el silencio se prolongó hasta que el tic-tac del gran reloj del bar se convirtió en algo estridente. Ella removió las cálidas cenizas con el pie, agitando ligeramente los dedos; él sujetó con suavidad su empeine, abarcándolo entre el pulgar y el índice.

    —Te juro que te quiero, Margaret —dijo—. De veras...

    Ella siguió inmóvil, observando con mirada inexpresiva algo que no era visible. El chal había resbalado de sus hombros; ahora podía ver sus pechos, con los pezones empujando enhiestos contra la ligera tela del camisón de dormir. Frunció un poco más el ceño, apretó los labios y le miró de nuevo.

    —Jesse —dijo—, cuando haya acabado de hablar, ¿harás algo por mí? ¿Me lo prometes?

    De repente ya no estaba borracho. El zumbido y el calor desaparecieron, abandonándole en medio de un escalofrío. En alguna parte, estaba seguro de que la locomotora silbaba otra vez.

    —Sí, Margaret —dijo—. Si esto es lo que quieres.

    Ella se le acercó y se sentó a su lado.

    —Córrete un poco —musitó—. Estás ocupando todo el sitio. —Notó su escalofrío, metió su mano dentro de la chaqueta de él y frotó suavemente—. No sigas —dijo—. No hagas eso, Jesse. Por favor.

    La sensación pasó; ella retiró el brazo, se subió el chal, recogió el camisón bajo sus rodillas.

    —Cuando haya dicho lo que voy a decir, ¿me prometes que te irás? ¿Con mucha calma y... sin crearme problemas? Por favor, Jesse. Te he dejado entrar...
    —Está bien —respondió él—. No te preocupes, Margaret; está bien. —Su voz, al hablar, sonaba como la voz de un extraño. No deseaba escuchar lo que ella iba a decir; pero el hecho de escucharla significaba que podría estar a su lado un poco más. Por un instante creyó saber lo que era la sensación de recibir un cigarrillo antes de ser colgado, el hecho de que cada bocanada de humo significaba un segundo más de vida.

    Ella juntó los dedos y miró a la alfombra.

    —Yo..., quiero dejar esto muy claro —dijo—. Quiero... decirlo correctamente, Jesse, porque no deseo herirte. Me gustas... demasiado para hacerte eso.

    »Yo ya conocía tus sentimientos, claro. Los conocí durante todo el tiempo. Por eso te he dejado entrar; porque tú..., me gustas mucho, Jesse, y no quería herirte. Y ahora..., ya ves que te he creído, y no debes decepcionarme. No puedo casarme contigo, Jesse, porque no te amo y nunca podré amarte. Espero que puedas entenderlo. Es tremendamente duro saber..., bien, cómo te sientes y todo eso, y tenértelo que decir, pero debía hacerlo, porque sabía que era algo que no funcionaría, Sabía que esto iba a ocurrir algún día, y solía permanecer despierta por la noche pensando en ello, pensando en ti, de verdad, pero no le veía ninguna solución. Es, simplemente..., que no iba a funcionar eso es todo. Así pues..., no. Lo siento muchísimo, pero... no.

    ¿Cómo puede un hombre basar su vida en un sueño, cómo puede ser tan estúpido? ¿Y cómo puede seguir viviendo cuando el sueño se derrumba por los suelos...?

    Ella vio su alterado rostro y tomó de nuevo su mano.

    —Jesse, por favor, creo..., creo que ha sido tremendamente hermoso por tu parte esperar todo este tiempo, y yo..., ya sé lo del dinero, ya sé por qué lo dijiste, y sé que lo único que deseabas era darme una... buena vida. Fue maravilloso que pensaras esto de mí, y sé... que 1o harías. Pero no funcionaría. Dios mío, es terrible...

    Intentas despertar de lo que sabes que es un sueño, y no puedes. Y no puedes porque ya estás despierto, éste es el sueño al que llaman vida. Te desplazas por el sueño y hablas, aunque algo en tu interior quiera abandonarlo y morir. Acarició su rodilla, notando su firme suavidad.

    —Margaret —dijo—. No deseo que te precipites a una situación desagradable. Mira, tengo que volver dentro de un par de meses...

    Ella se mordió los labios.

    —Sabía... que ibas a decirme eso también. Pero..., no, Jesse. No vale la pena pensarlo. Lo he intentado, y estoy convencida de que no funcionaría. No quiero... tener que pasar por esto de nuevo, herirte otra vez. Por favor, no me lo pidas otra vez. Nunca.

    Él pensó torpemente que no podía comprarla. Que no podía conseguirla ni comprarla. Porque no era lo bastante hombre, y ésa era la verdad simple y llana. No era lo que ella deseaba. Y eso era algo que sabía hacía ya mucho tiempo, en lo más profundo de su ser, aunque nunca lo había afrontado. Había besado sus almohadas por la noche, y susurrado palabras de amor por Margaret, porque no se había atrevido a sacar la verdad a la luz. Y ahora tenía todo el resto del tiempo para intentar olvidar... todo aquello.

    Ella le seguía observando.

    —Por favor —dijo—, intenta comprenderlo...

    Y él pareció sentirse un poco mejor. Que Dios le ayudara, parecía como si se hubiese quitado un peso de encima y por fin pudiera hablar.

    —Margaret —dijo—, todo esto suena realmente estúpido, ni siquiera sé cómo decirlo...
    —Inténtalo...
    —No quiero... agobiarte —prosiguió él—. Sería... egoísta por mi parte, como tener un pájaro en una jaula, poseyéndolo... Sólo que antes no lo veía de este modo. Creo que... te quiero de veras, porque no deseo que te ocurra esto, y no haría nunca nada que pudiera herirte. Estate tranquila, Margaret, todo irá bien. Todo irá bien ahora. Creo que..., bien, me apartaré de tu camino...

    Ella se llevó una mano a la cabeza.

    —Dios mío, esto es horrible, sabía que ocurriría... Jesse, no... no desaparezcas así, sin más. Ya sabes lo que quiero decir: irte y... no volver jamás. Me gustas... muchísimo, como amigo, y me sentiría terriblemente mal si hicieras eso. ¿No pueden seguir las cosas del mismo modo..., como eran antes, quiero decir..., viniendo a verme como hasta ahora? No te vayas así, por favor...

    Incluso eso, pensó él. Dios santo, si ella lo desea, incluso haré eso.

    Ella se levantó.

    —Y ahora debes irte. Por favor...

    Él asintió calladamente.

    —Todo irá bien...
    —Jesse —dijo ella—. No quiero... entrar en más detalles, pero... —Le besó con rapidez. No había sentimiento esta vez. No había pasión. Él se dejó besar hasta que ella se apartó, y entonces se dirigió rápidamente hacia la puerta.

    Oyó, de forma confusa y apagada, el ruido de sus propias botas golpeando contra el suelo. En algún punto, allá delante, había como un leve suspiro, un susurro; podía ser perfectamente la sangre en sus oídos, o podía ser el mar. Los portales de las casas y los oscuros marcos de las ventanas parecían inclinarse por voluntad propia hacia él. Se sentía como un fantasma aferrándose al concepto de la muerte, intentando asimilar una idea demasiado grande para su consciencia. Ahora ya no existía ninguna Margaret, ya no. Ninguna Margaret. Ahora debía abandonar el mundo de los adultos, donde la gente se casaba, se amaba, se unía y se importaba mutuamente, y volver para siempre a su universo infantil de aceite y acero. Y los días llegarían, y los días se irían, hasta que, en uno de ellos, muriera.

    Cruzó la carretera frente al George; y se descubrió caminando hacia la entrada, subiendo las escaleras, y abriendo otra vez la puerta de su habitación. Encendió la luz, y captó el olor ligeramente ácido de las sábanas recién lavadas.

    La cama estaba fría como una tumba.

    Le despertaron las pescaderas, pregonando su mercancía por las calles. En algún lugar se oía el rumor de los cubos de leche; las voces sonaban claras en el frío aire del patio. Permaneció echado boca abajo, y pasó un cierto tiempo en blanco, hasta que de nuevo sintió que el pesar caía sobre él como un jarro de agua fría. Recordó que estaba muerto; se levantó y se vistió, sin sentir apenas el helado aire sobre su cuerpo. Se lavó, se afeitó aquel rostro forastero de pelo casi azulado, y salió hacia donde se hallaba la Burrell. La locomotora brillaba bajo la aún débil luz del sol, cubierta por una ligera capa de escarcha. Abrió el hogar, agitó los rescoldos del fuego y lo alimentó. No sentía ningún deseo de comer; bajó al muelle y empezó a regatear distraídamente por el pescado que pensaba comprar, y dijo que le fuera entregado en el George. Las cajas fueron cargadas a tiempo para asistir al último servicio de la iglesia, y se quedó para confesarse. Ni siquiera pasó cerca de La Sirena; ahora lo único que deseaba era irse, volver a la carretera. Comprobó una vez más que todo estuviera bien en la Lady Margaret, sacó brillo a las placas donde figuraba el nombre de la compañía, a los tapacubos y a las palancas de cobre. Entonces recordó haber visto algo en el escaparate de una tienda, algo que deseaba comprar: un pequeño retablo, la Virgen, José, los pastores arrodillados y el Niño Jesús en el pesebre. Llamó al encargado de la tienda, lo compró y se lo hizo envolver; su madre tenía aquellas cosas en gran estima, y luciría bien en la vitrina por Navidad.

    Por entonces ya era hora de comer. Se obligó a tomar algo, tragando una comida que le sabía a rayos. Casi estuvo a punto de pagar la cuenta, sin saber lo que estaba haciendo: ahora se la cargaban directamente al banco de Dorset, a nombre de Strange e Hijos. Después de la comida fue a uno de los bares del George y bebió para quitarse aquel sabor agrio de la boca. Inconscientemente se descubrió esperando oír unos pasos, una voz conocida, algún mensaje de Margaret en el que le pidiera que se no se fuese, que había cambiado de parecer. Era una mala sensación, pero no podía hacer nada por evitarla. No llegó ningún mensaje.

    Eran casi las tres cuando se encaminó hacia la Burrell y empezó a aumentar la presión. Desenganchó la Margaret y le dio la vuelta, enganchándola de nuevo al convoy y empujando el tren de vuelta a la carretera. Era una maniobra difícil, pero la ejecutó sin pensar. Desenganchó otra vez la locomotora, le dio de nuevo la vuelta, y la volvió a enganchar Accionó la palanca del cambio y abrió poco a poco el regulador. Las ruedas empezaron finalmente a retumbar. Sabía que, una vez lejos de Purbeck, ya no volvería. No podría hacerlo, pese a su promesa. Mandaría a Tim o a uno de los otros; todo aquello que llevaba dentro se resistía a morir, y si la veía de nuevo tendría que matarlo de nuevo de una forma definitiva. Y una vez era más que suficiente.

    Tenía que pasar por delante de la taberna. Salía humo por la chimenea, pero no se veía ningún otro signo de vida. El tren crujía a sus espaldas, atronadoramente obediente. Cincuenta metros más adelante utilizó el silbato, una y otra vez, despertando la inmensa voz de hierro de la Margaret, llenando la calle de vapor. Era algo infantil, pero no podía detenerse. Fue entonces cuando se sintió limpio, vacío de aquella carga. Al menos lo había intentado. Swanage se perdió a lo lejos mientras iniciaba la subida hacia el páramo. Aumentó la velocidad, Iba con retraso; en ese otro mundo que parecía haber abandonado hacía va tanto tiempo, un hombre llamado Dickon estaría preocupándose.

    Allá delante a lo lejos, a su izquierda, se alzaba una torre de señales, rígida e impasible, recortada contra el cielo. Llamó su atención con el silbato, utilizando la llamada propia de todos los transportistas: dos pitidos cortos seguido de uno largo. Por un instante nada se movió; luego vio que los brazos de la señal se alzaban en un movimiento de reconocimiento. Desde allí, un hombre con unos prismáticos Zeiss debía estar contemplándole: los hombres del Gremio habían respondido, y pronto un mensaje viajaría velozmente hacia el norte, precediéndole, a través de las pequeñas torres de señales locales: La Lady Margaret, locomotora, Strange e Hijos, Durnovaria; salida de Swanage con destino a Corvesgeat, quince horas treinta. Todo bien...

    La noche llegó con rapidez; la noche, y el frío implacable. Jesse giró hacia el oeste bastante antes de Wareham, acortando camino directamente a través del páramo. La Burrell rugía firme y segura, agarrándose a la carretera con sus ruedas tractoras de siete pies, dejando a su paso finos rastros de vapor en medio de la oscuridad. Jesse se detuvo una vez, para llenar los depósitos y encender las lámparas, y prosiguió su camino. Se estaba empezando a formar una ligera bruma helada, que se adhería a los baches del abrupto terreno. El viento susurraba amenazador. Al norte de los Pubecks, fuera ya de la estrecha franja costera, el invierno podía golpear rápida y duramente; a la mañana siguiente el páramo podía convertirse en un terreno inaccesible, con los caminos ocultos bajo más de tres palmos de nieve.

    Al cabo de una hora de haber salido de Swanage, la Margaret seguía repitiendo su incansable tonadilla de fuerza y potencia. Confusamente, Jesse pensaba que ella al había sido sincera. Las torres de señales ya no podían verla en la oscuridad; no habría más mensajes hasta que llegara a la central. Podía imaginar ya al viejo Dickon de pie en el portal, bajo las llameantes antorchas, preocupado, inclinando un poco la cabeza para intentar oír la pulsación de los pistones a varias millas de distancia. La locomotora pasó por Wool. Pronto llegaría a casa; a casa, para relajarse en cualquier comodidad de la que aún pudiera disfrutar...

    El desconocido le pilló casi por sorpresa. El tren había reducido su marcha cerca de la cima de un montículo, cuando el hombre se puso a correr a su lado, tendiéndose para subir al estribo de la plataforma. Jesse oyó el sonido de unos zapatos en la carretera; un sexto sentido le avisó de algún movimiento en la oscuridad. Alzó la pala, buscando la cabeza del desconocido, antes de que le detuviera un gañido medio agónico:

    —Hey viejo, ¿es que ya no reconoces a tus amigos?

    Jesse, a punto de perder el equilibrio, se aferró al volante.

    —Col..., ¿qué demonios haces aquí?

    De la Haye, todavía jadeando, le sonrió al reflejo de la luz de las lámparas laterales.

    —Viajar en tu compañía, amigo. Tuve unos cuantos problemas, y creí que iba a tener que pasar la noche en este maldito páramo...
    —¿Qué problemas?
    —Mira, estaba yendo a caballo hacia un lugar que conozco —dijo de la Haye—. Un lugar en las afueras de Culliford, una pequeña granja, para pasar las Navidades con unos amigos. Con unas hijas preciosas. No te lo creerías si las vieras, Jesse. —Le dio un ligero puñetazo en el hombro y se echó a reír. Jesse le miró entre curioso y reprobador.
    —¿Qué le pasó a tu caballo?
    —El maldito animal tropezó y se rompió una pata.
    —¿Dónde?
    —En el camino de allá atrás —dijo descuidadamente de, la Haye—. Tuve que cortarle el cuello y hacerlo rodar hasta un foso. No quería que los malditos routiers lo vieran y me fueran pisando los talones... —Se echó el aliento en las manos y las tendió hacia el hogar, mientras temblaba de modo espectacular bajo su abrigo de piel de oveja—. Maldito frío, es una auténtica mierda... ¿Adónde vas?
    —A casa, a Durnovaria.

    De la Haye le miró con atención.

    —Hey no tienes buen aspecto. ¿Estás enfermo, viejo Jesse?
    —No.

    Col agitó insistentemente el brazo.

    —¿Qué pasa, compañero? ¿Hay algo que un amigo pueda hacer para ayudarte?

    Jesse, con la vista fija en la carretera, le ignoró. De la Haye estalló en una estrepitosa carcajada.

    —Fue la cerveza. La cerveza, ¿no? ¡Viejo Jesse, se te ha encogido el estómago! —Alzó un puño, como queriendo expresar su tamaño—. Como el estómago de un bebé, ¿no? Ya no eres el viejo Jesse que conocí, Ah, la vida es un infierno...

    Jesse miró los indicadores, hizo girar las llaves de los depósitos inferiores, escuchó el ruido del agua al caer sobre el camino, luego tiró de la palanca de control de los inyectores y observó el chorro de vapor que brotaba cuando los mecanismos elevadores empezaron a alimentar la caldera. El ritmo de los pistones siguió siendo el mismo.

    —Sí, creo que fue la cerveza —afirmó con tranquilidad—. Supongo que tendré que empezar a considerar el retirarme a un trabajo un poco más tranquilo. Me estoy haciendo viejo.

    De la Haye le estudió de nuevo escrutadoramente, con una profunda mirada.

    —Jesse —dijo—. Tú tienes problemas, hijo. Tienes problemas. ¿A que sí? Vamos, hombre, suéltalo ya...

    Aquella maldita intuición: de la Haye seguía conservándola. La había poseído durante todo el tiempo que estuvo en la universidad; de algún modo, parecía saber lo que uno pensaba casi en el mismo momento en que la idea acudía a su cabeza. Era la gran arma de Col; la solía utilizar para conquistar a las mujeres. Jesse rió amargamente, y empezó a contarle su historia. No deseaba contársela, pero lo hizo; hasta la última palabra. Una vez hubo empezado, ya no pudo parar.

    Col le escuchó en silencio, y luego se puso a temblar. Pero temblaba de risa. Se echó hacia atrás, apoyándose en una de las barras del lateral de la cabina.

    —Jesse, Jesse, eres un niño. Cristo, nunca cambiarás: jodido sajón... —Se secó los ojos, y tuvo que aguardar a que se calmara un nuevo acceso de risa antes de poder continuar—. Así que te enseñó su bonito trasero, ¿eh? Jesse, eres un chiquillo. ¿Cuándo aprenderás? Pero..., ¿cómo se te ocurre irle con... con esto? —dio una palmada a la Margaret—. Y con tu rostro tan serio y tan lleno de carbón. Casi puedo verlo desde aquí. Mira, amigo, ella no desea tu gran Caballo de Combate de hierro. Por Dios bendito, no... Pero..., te diré lo que has de hacer...

    Jesse frunció las comisuras de los labios y dijo:

    —¿Por qué no me haces un favor y te callas de una vez?

    De la Haye le tomó por el brazo.

    —No, escucha. No te enfades, y escucha. Tú... tienes que cortejarla, Jesse; a ella le gustará eso, es exactamente lo que quieren todas. ¿Me entiendes? Así que ponte tus mejores ropas, hombre, consíguete un coche mariposa, y arréglatelas para llevarla a dar un paseo en él. Seguro que a ella le encantará... Y recuerda, no vayas demasiado aprisa, no le hables de lo que tienes, viejo Jesse. Y no le pidas nada, no vuelvas a hacerlo. Dile exactamente qué es lo quieres, y dile que vas a conseguirlo... Paga la cerveza con una guinea de oro, y dile que recogerás el cambio arriba. Ella lo vale, Jesse; si alguien lo vale, es ella. Es una buena chica...
    —Vete al infierno.
    —¿Es que no la quieres? —De la Haye parecía dolido—. Tan sólo estoy intentando ayudarte, viejo amigo... ¿Has perdido el interés, o qué?
    —Exacto —dijo Jesse—. He perdido el interés.
    —Oh... —Col suspiró—. En fin. Pero es una pena. Un joven amor marchitado... Mira —prosiguió con voz alegre—, te diré lo que he pensado. Me has dado una gran idea, viejo Jesse. Si tú no la quieres, la tomaré yo. ¿De acuerdo?

    Cuando oigas el lamento que te señala que tu padre ha muerto, tus manos seguirán limpiando la guía del pistón. Cuando el mundo se vuelva rojo y estalle en llamas, y oigas tambores redoblando en tu cabeza, tus ojos observarán atentamente la carretera y tus dedos permanecerán inmóviles sobre el volante... Jesse escuchó su propia voz decir secamente:

    —Eres un asqueroso embustero, Col, siempre lo has sido. Ella no va a caer en tus redes...

    Col chasqueó los dedos y se puso a bailar sobre la plataforma.

    —Mira, hombre, si lo tengo casi hecho. Ella es..., huuuy..., muy bonita... ¿Te fijaste que sus ojitos brillaban un poco anoche? Es fácil, hombre, muy fácil... Mira, te apuesto a que es una sádica en la cama. Pero buena, ah, muy buena... —Sus gestos, de alguna forma, sugerían éxtasis—. Le haré el amor cinco veces en una sola noche —dijo—. Y te enviaré una prueba. ¿De acuerdo?

    Quizá no esté hablando en serio. Tal vez esté mintiendo. Pero no, no está mintiendo. Conozco a Col, y Col no miente. No en estos temas, al menos. Lo que decide hacer lo hace... Jesse esbozó una sonrisa, sólo con los dientes.

    —Hazlo, Col. Estrénala. Luego te la robaré. ¿De acuerdo?

    De la Haye rió y apoyó una mano en su hombro.

    —Jesse, eres un chiquillo.

    Ante ellos, lejos y a la derecha, en medio del páramo, se distinguió un breve destello. Col se dio la vuelta y miró hacia donde se había producido, y luego volvió los ojos hacia Jesse.

    —¿Has visto eso?
    —Lo he visto —respondió Jesse secamente.

    De la Haye miró nerviosamente a su alrededor por toda la plataforma.

    —¿Tienes un arma?
    —¿Para qué?
    —Esa maldita luz. Los routiers...
    —No se lucha con un arma contra los routiers.

    Col, sorprendido, agitó la cabeza.

    —Espero que sepas lo que estás haciendo, chico...

    Jesse abrió las puertas del hogar, dejando escapar un estallido de luz y calor.

    —Echa carbón.
    —¿Qué?
    —¡Echa carbón!
    —Muy bien, hombre, muy bien —dijo de la Haye—. De acuerdo... —Cogió la pala, y empezó a alimentar el fuego. Luego cerró las puertas de una patada y se levantó—. Te quiero mucho, pero creo que me iré pronto —dijo...—. Apenas pasemos la luz..., en caso de que la pasemos.

    La señal, porque aquello había sido una señal, no se repitió. El páramo se extendía ante ellos oscuro y vacío. Más adelante se sucedían una serie de bajadas y subidas; la Lady Margaret bramó pesadamente, salvando el primer repechón. Col miró de nuevo a su alrededor, incómodo, se colgó de la cabina para mirar hacia atrás a lo largo del tren. Los altos hombros de las lonas eran vagamente visibles en medio de la noche.

    —¿Qué llevas ahí, Jesse? —preguntó—. ¿Algún cargamento especial?

    Jesse se encogió de hombros.

    —Carga variada. Pienso para animales, azúcar, frutos secos. Nada que merezca la pena.

    De la Haye asintió preocupadamente.

    ¿Qué hay en el furgón de cola?

    —Coñac, sedas. Un poco de tabaco. Suministros veterinarios. Utensilios para castrar animales. —Miró hacia un lado y aclaró—: A base de cuerda. De los que no dejan señal.

    Col pareció sobresaltarse otra vez, pero de pronto se echó a reír.

    —Jesse, eres un chiquillo. Un maldito chiquillo... Pero esto es una buena carga, amigo: un buen botín...

    Jesse asintió, aunque en su interior se sentía vacío.

    —Por un valor de diez mil libras. Cien libras más, cien libras menos.

    De la Haye silbó.

    —Sí. Es una buena carga...

    Pasaron junto al lugar donde había aparecido la luz, y lo dejaron atrás. Hacía casi dos horas que habían salido, y ya no faltaba mucho para llegar. La Margaret bajó la cuesta, y se encaminó a la siguiente subida. La luna apareció clara y diáfana desde detrás de una nube, mostrándoles el largo tramo del camino que se extendía ante ellos. Ya casi habían salido del páramo, y Durnovaria se dejaba entrever en el horizonte. Jesse observó un camino que se separaba de la carretera, casi ocultándose de la luz de la luna, tiñendo de negro la oscuridad.

    De la Haye le dio un apretón en el hombro.

    —Ahora todo irá bien —dijo—. Ya hemos dejado atrás a esos hijos de puta..., todo irá bien. Me bajo aquí, viejo amigo; gracias por el viaje. Y recuerda lo que te he dicho acerca de la chiquita. Entra arrasando, y haz lo que te he dicho. ¿De acuerdo, viejo Jesse?

    Jesse se volvió para verle mejor.

    —Cuídate, Col —dijo. El otro saltó al estribo—. Todo irá bien. Todo irá de maravilla. —Dejó que desapareciera en la noche.

    Col calculó equivocadamente la velocidad de la Burrell. Rodó hacia delante, dio una voltereta en la hierba, y acabó sentado y sonriendo. Las luces del furgón de cola se veían ya débiles a lo lejos. Oyó ruido a su alrededor; de repente, seis hombres a caballo surgieron de la oscuridad. Llevaban un séptimo caballo, con la silla de montar vacía. Col vio el rápido destello del cañón de un arma y la voluminosa forma de una ballesta. Routiers... Se levantó, todavía sonriendo, y saltó a la silla de la montura libre. A lo lejos, el tren se perdía en los bajos bancos de niebla. De la Haye alzó el brazo.

    —A por el último vagón... —Golpeó los flancos de su caballo con los talones y se lanzó al galope tendido.

    Jesse estaba observando los indicadores: a toda marcha, ciento cincuenta libras en la caldera. Su rostro seguía mostrando una expresión enojada. No sería suficiente: al final de la siguiente cuesta su velocidad se habría reducido considerablemente; a mitad de la larga pendiente le cogerían. Movió el regulador a la posición máxima; la Lady Margaret empezó a aumentar la velocidad de nuevo, oscilando cuando sus ruedas encontraban las roderas de otras ruedas. Llegó al fondo de la pendiente a veinticinco millas por hora y empezó a subir, disminuyendo el empuje a medida que el motor empezaba a acusar el peso muerto de la carga.

    Algo golpeó la caldera con un resonante estrépito. La flecha le pasó rozando por encima, iluminando el cielo a su paso. Jesse sonrió, porque ya nada importaba. La Margaret hervía y rugía. Ahora ya podía ver a los jinetes galopando a su lado. Captó un brillo pálido que podía ser muy bien el ribete de un abrigo de piel de oveja. Sintió otra sacudida, y se tensó a la espera del fuerte impacto, en cualquier momento, de una flecha en su espalda. Nunca llegó. Pero esto era típico de Col de la Haye: podía robarte la mujer, pero no tu dignidad: te podía arrebatar la carga de cola, pero no la vida. Las flechas volaron de nuevo, pero no en dirección a la locomotora. Jesse, tendiendo el cuello por encima de los hombros de los vagones, vio que las llamas se estaban extendiendo por los costados de la última lona.

    Estaban a mitad de la subida; la Lady Margaret resollaba afanosamente, llena de rabia. El fuego se propagaba con rapidez, las llamaradas empezaban a lamer ya la parte delantera del furgón de cola. Pronto alcanzarían el siguiente vagón; en unos minutos ardería también. Jesse se agachó y su mano se cerró lentamente, pesarosamente, sobre la palanca de desenganche de emergencia. La empujó hacia delante, y sintió, casi físicamente, cómo se soltaba el enganche, y notó el cambio en el ritmo de la máquina al verse aligerada de parte del peso que debía arrastrar. El vagón en llamas se rezagó, tambaleante, y empezó a ir cuesta abajo, alejándose del resto del tren. Los jinetes galoparon tras la carga en llamas a medida que ésta aumentaba su velocidad hacia atrás a lo largo de la pendiente, y se agruparon a su alrededor en medio de gritos y golpes con sus capas para apagar el fuego. Col les pasó a la carrera, se alzó en su silla y saltó al vagón: un impulso, un grito de triunfo. Los demás routiers estallaron en carcajadas. De pie sobre la parte superior de la carga en movimiento y gesticulando con su única mano libre, su líder estaba orinando valientemente sobre las llamas.

    La Lady Margaret llegaba a la cima de la cuesta cuando la nube apareció de repente por encima de su cabeza, iluminando el cielo con su blanco resplandor. La explosión resonó como un monstruoso latigazo; la onda expansiva golpeó los vagones y desvió la locomotora fuera de su rumbo. Jesse luchó por mantenerla en posición, mientras oía los ecos retumbar de colina en colina. Se apoyó en la barandilla de la plataforma, mirando más allá de los hombros de la carga. A lo lejos se veían aún algunos puntos brillantes de fuego, allá donde dos veintenas de barriles de pólvora compactada con ladrillos y hierro viejo habían desencadenado el infierno, segando y limpiando el valle de toda vida.

    El agua había bajado de nivel. Activó los inyectores y comprobó el indicador.

    —Debemos vivir como mejor podamos —murmuró, sin oír sus propias palabras—. Todos debemos vivir como podamos. —La compañía Strange no había sido fundada sobre bases débiles: aquello que robabas, tenías derecho a quedártelo, y que te aprovechara.

    En algún lugar una torre de señales alzó sus brazos, iluminados con las antorchas de la señal de Alarma. La Lady Margaret arrastrando el resto de su tren, avanzaba en dirección a Durnovaria, a punto de confundirse con el suave tono plateado del siguiente recodo del Frome.


    Segundo Compás
    EL TRANSMISOR DE SEÑALES


    El camino se extendía en largos y moteados recorridos a cada lado de la loma, palideciendo en medio de la helada bruma hasta que los perfiles de las distantes colinas se mezclaban con el denso cielo. El viento susurraba a lo largo de aquella inmensidad, firme y helado, arrastrando ante sí rápidas ráfagas de nieve. Las rachas de nieve llegaban y desaparecían como fantasmas, y eran la única cosa que se movía en aquella visión de vacío.

    Los pocos árboles que había crecían agrupados, en pequeños bosquecillos que se doblaban al viento, con sus ramas entrelazadas para poder protegerse y el aspecto, desde lejos, de grandes surcos de arado. Uno de aquellos bosquecillos coronaba la cima de la loma; bajo las ramas más bajas, y cobijado del viento por ellas, yacía un muchacho, boca abajo, sobre la nieve. Estaba inmóvil, pero no totalmente inconsciente; de vez en cuando su cuerpo se estremecía con los espasmos de la conmoción. Tendría unos dieciséis o diecisiete años, rubio, vestido de pies a cabeza con un uniforme de piel color verde oscuro. El uniforme estaba desgarrado en varios sitios: desde la altura de los hombros, pasando por la espalda hasta la cintura, por las caderas y los muslos. Se podía ver el tostado claro de su piel a través de las rasgaduras del uniforme, y también el lento y resplandeciente brillo de la sangre. La piel estaba empapada de rojo y el largo pelo enmarañado. Al lado del muchacho se hallaba la funda de unos binoculares, las lentes Zeiss sin las cuales ningún miembro o aprendiz del Gremio de Transmisores de Señales se aventuraba a ir a ninguna parte, y un puñal. El filo de la hoja estaba manchado de sangre; la empuñadura descansaba a unos centímetros de su mano derecha. La mano también estaba herida, con un corte superficial sobre el dorso de los dedos y otro profundo en la base del pulgar. La sangre se había extendido a todo su alrededor, formando un halo de color rosa sobre la nieve.

    Una fuerte ráfaga sacudió las ramas de los arbustos, elevando desde algún lugar un largo crujir de protesta. El muchacho se estremeció de nuevo y empezó, con infinita lentitud, a moverse. La mano extendida se arrastró hacia delante, centímetro a centímetro, intentando aliviar el peso que oprimía su pecho. Los dedos trazaron un arco sobre la nieve, con los nudillos crispados. Emitió un ruido, medio gruñido, medio suspiro, y se izó sobre sus codos, deteniéndose para recuperar fuerzas. Se dio la vuelta como pudo, apoyándose en la mano izquierda, que no estaba dañada. Dejó colgar la cabeza, con los ojos cerrados; su intensa respiración resonaba en el bosquecillo. Realizó otro esfuerzo, casi convulsivo, para levantarse, y se encontró sentado sobre la nieve, sosteniéndose en el tronco de un árbol. La nieve azotaba su cara, proporcionándole algo más de consciencia.

    Abrió los ojos. Su aspecto era salvaje y horrorizado, y estaban velados por el dolor. Miró el árbol, tragó saliva e, intentando lamerse los labios, volvió la cabeza para observar el vacío de nieve que le rodeaba. Colocó su mano izquierda sobre el estómago, mientras la derecha descansaba encima, apretando con la muñeca y dejando la parte herida libre de contacto. Por un momento cerró los ojos de nuevo e hizo que su mano bajara, agarrara y apartara la piel verde empapada de sangre que cubría su muslo. Cayó hacia atrás, y empezó a sollozar amargamente por lo que acababa de ver. Su mano, sin fuerzas, rozó la corteza del árbol. Una astilla de madera se hundió en la herida abierta debajo del pulgar, y una desagradable oleada de dolor le hizo caer de nuevo. Desde donde se hallaba en aquel momento, el cuchillo estaba fuera de su alcance. Se tendió pesadamente hacia delante, deseando no moverse, sólo permanecer quieto y morir con rapidez. Sus dedos tocaron el filo; lo sujetó y volvió jadeante al árbol, sentándose de nuevo de la manera que pudo. Descansó, sin aliento; luego pasó la mano izquierda bajo la rodilla y tiró de ella hasta que la pierna, medio paralizada, quedó encogida. Concentrándose, sujetando el cuchillo con las dos manos, colocó la punta de la hoja sobre sus pantalones y apretó lentamente hacia abajo, en dirección al tobillo, cortando la prenda en dos trozos. Luego fue tirando hacia atrás hasta llegar al muslo, consiguiendo que la piel del pantalón quedara suelta.

    Se notaba muy débil ahora; parecía como si pudiera sentir que las fuerzas empezaban a abandonarle, la sensación de desfallecimiento revoloteaba ante sus ojos como los movimientos de un ala negra. Tiró hacia sí del trozo de piel del pantalón, sujetó la punta con los dientes, lo agarró, y empezó a cortarlo a tiras. Era un trabajo lento y poco agradecido; se cortó un par de veces, sin sentir ningún dolor. Finalmente acabó, y empezó a anudar las tiras alrededor de la pierna, intentando apretarlas lo suficiente para que cerraran las grandes heridas abiertas del muslo. El viento soplaba sin cesar, y no se oía más sonido que el rápido jadeo de su respiración. Su rostro, cubierto de sudor, estaba casi tan blanco como el cielo.

    Hizo todo lo que pudo. Su espalda era una intensa tortura, y la corteza del árbol, tras él, estaba teñida de rojo; era insoportable, pero no podía alcanzar las desgarraduras de aquel lugar. Obligó a sus dedos a apretar el último de los nudos, estremeciéndose ante la sangre que seguía brotando incluso bajo los improvisados torniquetes. Dejó caer el cuchillo e intentó levantarse. Tras varios minutos de esfuerzos y gruñidos las piernas todavía se negaban a sostener su peso. Tendió dolorosamente los brazos, mientras sus dedos exploraban el áspero tronco del árbol. Tres palmos por encima de su cabeza tocó el nudoso arranque de una rama baja. Le resbalaba la mano a causa de la sangre; no consiguió hacer presa. Retiró la mano al sentir el hormigueo producido por los cortes al abrirse y cerrarse. Sus brazos y hombros eran fuertes, con los músculos desarrollados por las largas horas pasadas en las torres de señales; se mantuvo en tensión por un instante, con la cabeza echada hacia atrás sobre el tronco y el cuerpo arqueado y tembloroso; entonces sus piernas encontraron un punto de apoyo en la nieve, y se puso en pie.

    Se quedó allá tambaleante, sin sentir el viento, observando cómo la oscuridad brotaba a su alrededor y luego desaparecía de nuevo. Sentía ahora un golpear en su cabeza, al compás del pulso de su sangre. Notó que una suave calidez le recorría el estómago y las piernas, el inicio de una agónica náusea. Se dio la vuelta, con la cabeza baja, y empezó a caminar, desplazándose con los lentos movimientos de un buzo. Al cabo de seis pasos se detuvo, tambaleándose aún torpemente hacia un lado. La funda de los binoculares estaba sobre la nieve, en el mismo lugar donde la había dejado caer. Volvió hacia atrás como mejor pudo, requiriendo con cada paso un nuevo e intenso esfuerzo de su mente en unión con su consciencia para obligar a que su cuerpo obedeciera. Intuía vagamente que debía agacharse para coger la punta, pero sabía que si lo intentaba caería de bruces, y posiblemente ya no volvería a levantarse. Colocó el pie en el bucle de la correa que utilizaba para colgarse los binoculares al hombro. Era lo mejor, y lo único que podía hacer; el cuero se tensaba cada vez que daba un paso, ajustándose en torno al empeine. La funda iba dando trompicones tras él mientras descendía por la colina, alejándose de los árboles. Y a no podía levantar la vista. Veía un círculo de nieve, de unos seis pies de diámetro, ribeteado de color oscuro, o al menos eso era lo que distinguía su deteriorada vista. La nieve se movía a medida que avanzaba, acercándosele bruscamente y retrocediendo del mismo modo. En medio de esta visión corría una hilera de vagas impresiones en el suelo, las huellas que él mismo había dejado. El muchacho las seguía ciegamente. Alguna chispa enterrada en el fondo de su cerebro le mantenía en movimiento; el resto de su consciencia había desaparecido, insensibilizada por la emoción. Más que moverse se arrastraba, con la funda de cuero dando vueltas y deslizándose tras su talón. Con la mano izquierda se apretaba la parte interna del muslo, mientras que la derecha oscilaba blandamente, manteniendo su precario equilibrio. Fue dejando tras él un rastro de gotas de sangre, tiñendo la nieve de un rojo púrpura intenso que palidecía y se extendía hasta convertirse en una mancha rosada antes de helarse por completo. Los rastros de sangre y las pisadas se extendían hacia atrás en una línea desigual en dirección a los árboles. Ante él, el viento soplaba en la llanura; la nieve azotaba su rostro, pegándose en Finas capas a su chaleco.

    Lentamente, con un dolor infinito, aquel punto que se movía sobre la nieve se fue apartando de los árboles. Éstos destacaban a sus espaldas, dando la impresión, a aquella débil luz, de que aumentaban de altura a medida que se alejaban. El viento enfriaba al muchacho, haciendo que el dolor disminuyera paulatinamente; alzó la cabeza, observando ante él la torre de señales que remataba una baja cabina. La estación se alzaba sobre un suave promontorio en el terreno; su cuerpo acusó la inclinación de la cuesta; reaccionó con una profunda inspiración. Siguió caminando, con lentitud debido al esfuerzo. Lloraba de nuevo, ahora con pequeños gimoteos, ruidos indescifrables como los de un animal; un hilo de saliva se deslizaba por su barbilla. Cuando llegó a la cabina, los árboles aún eran visibles a su espalda, destacando grises y pálidos en medio de la nieve. Se apoyó en la puerta de tablas, ahogando un sollozo, casi incapaz de distinguir la textura de la madera. Su mano buscó a tientas el pomo. Tiró de él y la puerta se abrió, precipitándole de rodillas.

    Tras todo aquel tiempo a la deslumbrante luz de la nieve, el interior de la cabaña parecía oscuro. El muchacho avanzó a gatas por el suelo de madera. Había un armario; lo buscó a ciegas, tirando vasos y tazas en el proceso, casi sin oír el estrépito que hacían al caer. Encontró lo que necesitaba, sacó el corcho de la botella con los dientes, se reclinó contra la pared e intentó beber. El alcohol se derramó por su barbilla, deslizándose por su pecho y vientre. Pero tragó lo suficiente para conseguir un momentáneo despertar. Tosió e intentó vomitar. Se puso en pie y encontró un cuchillo, que reemplazó el que había perdido. Un baúl de madera colocado a un lado de la pared contenía mantas y ropa de cama; sacó una sábana y la rasgó a tiras, más anchas y largas en esta ocasión, y se las ató en torno a la pierna. Ni siquiera podía conseguir aflojar los torniquetes de piel. La blanca tela se tiñó al instante de sangre; las manchas se hicieron más grandes, se agruparon y empezaron a brillar. Con el resto de la sábana hizo una especie de bola, que se colocó en medio de las ingles.

    La náusea volvió de nuevo; intentó dominar una arcada, perdió el equilibrio y cayó redondo al suelo. Encima de su cabeza, la litera destacaba de forma confusa como un cielo maravilloso. Si sólo pudiera llegar hasta ella. Era mejor permanecer inmóvil hasta que el mareo desapareciera... De algún modo consiguió cruzar la habitación, apoyarse en un extremo de la litera y rodar sobre ella. Una ola de oscuridad vino a su encuentro, profunda como el mar.

    Permaneció echado largo rato; entonces surgió en él la porción de voluntad que aún le quedaba. Se forzó, reacio, a abrir los pesados párpados. Ya casi era de noche; la lejana ventana de la cabaña aparecía en la oscuridad como un vago rectángulo de color grisáceo. Ante ella, las palancas señalizadoras parecían agitarse, lanzando destellos allá donde la breve luz incidía sobre la madera. Se quedó contemplándolas, dándose cuenta de su estupidez, e intentó bajar rodando otra vez hasta el suelo. Las mantas pegadas a su espalda se lo impidieron. Lo intentó de nuevo, tiritando de frío. La estufa no estaba encendida; la puerta de la habitación estaba entreabierta, lo que permitía que los blancos copos de nieve se acumularan sobre las planchas de madera del suelo. Fuera, el intenso silbido del viento era incesante. El muchacho se debatió, y sus esfuerzos despertaron de nuevo el dolor y las náuseas, los golpes y los rugidos. Las imágenes de las palancas de señales parecían duplicarse, sextuplicarse, desdoblándose hasta formar un centelleante manojo plateado. Respiraba con dificultad, las lágrimas resbalaban hasta sus labios; cerró lentamente los ojos. Cayó en un ruidoso vacío lleno de colores, chispas, resplandores y pinceladas de luz. Estaba tumbado observando las luces, con la boca entreabierta, sintiendo los latidos de su espalda justo allá donde la sangre fresca se derramaba sobre la cama. Tras unos momentos, el ruido desapareció.

    El niño permanecía tendido sobre un amplio pasto, sintiendo el calor del sol atravesar su chaquetilla y quemar sus hombros. Frente a él, en la cresta cónica de la colina, el objeto mágico agitaba lentamente sus alas, orgullosas y perezosas como las de un pájaro. Estaba muy alto, erguido sobre su poste y encima de la colina; el débil y sordo ruido que producía resonaba lejano en el azul del cielo de verano, Los movimientos de sus brazos casi le habían hipnotizado; estaba echado, asintiendo con la cabeza y parpadeando, con la barbilla apoyada en las manos, absorto en su contemplación. Arriba y abajo, arriba y abajo, clac..., y abajo otra vez, y a un lado, arriba y atrás, parando, gesticulando, sin quedarse nunca completamente quieto. El disco de señales parecía vivo, un objeto animado encaramado allí arriba y que decía palabras extrañas que nadie podía entender. Pero eran palabras, repletas de significados y misterios, como las palabras de su libro de Iniciación al inglés moderno. La mente del niño creaba historias fantásticas. Las palabras formaban; ¿y qué historias contaba la torre allí arriba, sola en su colina? Cuentos de reyes y de naufragios, de luchas y de persecuciones, de hadas, de tesoros enterrados... Estaba hablando, lo sabía sin ningún género de duda; murmurando y haciendo ruidos, enviando mensajes y recibiéndolos de las otras torres que formaban las líneas, las grandes líneas que se extendían por toda Inglaterra hasta cualquier punto que uno pudiera imaginar, en cada dirección hacia la que uno pudiera dirigir la mirada.

    Observó las barras de control deslizarse como músculos brillantes por sus engrasadas guías. Desde Avebury, donde él vivía, se podían ver muchas torres: se extendían hacia el sur a través de la Gran Llanura, y trepaban por el oeste hasta las alturas de las Malborough Downs. Aunque aquellas eran más grandes, inmensos objetos manejados por equipos de hombres cuyas señales podían ser vistas desde más de diez millas de distancia en un día claro. Cuando se movían lo hacían de un modo lento y majestuoso, con un rumor atronador provocado por las articulaciones de sus brazos. Las pequeñas torres locales, como la que tenía ahora ante él, eran de algún modo más accesibles, incluso amistosas: charlando y murmurando de sol a sol.

    Había muchos juegos a los que jugaba el niño cuando estaba solo durante las largas horas del verano; generalmente horas robadas, ya que siempre se le encontraba alguna, cosa en la que ocupar su tiempo: las lecciones de la escuela, los deberes, las tareas de la casa o abajo en el pequeño negocio de sus hermanos al otro lado del pueblo; tenía que escapar por la noche, o temprano al amanecer, si quería estar solo para poder soñar. A veces las piedras, esas grandes formas talladas como diamantes que rodeaban el pueblo, le hacían señales. El niño corría por los caminos de su imaginación a lo largo de los fosos de lo que podía haber sido un antiguo templo, subía por las abruptas murallas hasta donde las piedras vibraban al sol matutino, o caminaba por la larga avenida procesional que se extendía hacia el este por entre los campos, imaginando ser un sacerdote o un dios venido a realizar un antiguo sacrificio a la lluvia y al sol. Nadie sabía quién colocó aquellas piedras; algunos decían que habían sido las hadas, en sus días de poder; otros, que habían sido los antiguos dioses, cuyos nombres era incluso pecado murmurar. Otros decían que el diablo.

    La Madre Iglesia cerraba los ojos ante la destrucción de las reliquias satánicas, y los lugareños lo sabían muy bien. El padre Donovan lo desaprobaba, pero no era mucho lo que podía hacer; la gente se obstinaba en su tarea. Sus arados mordían la base de los mojones, rompían los megalitos con agua y fuego y utilizaban los pedazos para remendar las paredes de piedra seca; hacía siglos que lo venían haciendo. Pero había muchas piedras; los círculos permanecían, y los túmulos coronaban las ventosas cimas de las colinas, los hows, donde reposaban en sus lechos mortuorios los muertos muy antiguos, con los huesos rotos. El niño subía a los túmulos y soñaba con reyes envueltos en pieles y joyas; pero siempre, cuando se cansaba de aquello, algo le llevaba a las torres de señales y a su misteriosa vida. Permaneció inmóvil, con la barbilla hundida entre las manos y los ojos adormilados, mientras allá arriba la Silbury 973 silbaba y rechinaba sobre la colina.

    La mano cayó sobre su hombro y lo despertó sobresaltado de sus sueños. Se puso en tensión, se dio la vuelta y deseó echar a correr; pero no había sitio donde ir. Estaba atrapado. Empezó a sollozar, el pobre chiquillo gordito con un largo mechón de pelo cayendo sobre su frente.

    El hombre era alto, tan tremendamente alto que parecía inmenso. Su tez era morena, dorada por el sol, y las comisuras de sus ojos estaban surcadas de arrugas. Los ojos eran profundos y muy azules, destacando sobre el color de la piel; el niño tuvo la impresión de que tenían el mismo tono que uno puede ver en el cielo. Los ojos de su padre hacía ya tiempo que estaban encerradas tras los cristales de unas gruesas gafas; estos ojos eran distintos. Daban una impresión de poder, como si estuvieran acostumbrados a observar distancias muy largas y poder ver claramente cosas que a otros hombres les pasarían por alto. Su propietario iba vestido de verde, con las deslucidas charreteras y el distintivo de los sargentos de señales. En la cadera llevaba las lentes Zeiss que eran la auténtica marca de cualquier transmisor de señales; la tapa de la funda estaba entreabierta, y bajo ella el chico pudo ver los grandes oculares y el desgastado lustre del bronce de los cilindros.

    El hombre del Gremio estaba sonriendo; su voz, cuando habló, fue clara y lenta: la voz de un hombre que conocía mucho sobre el Tiempo, que el Tiempo es para siempre y la precipitación y la agitación pueden esperar. Alguien que podía saber acerca de las viejas piedras de un modo que el padre del chiquillo no sabía.

    —Bien —dijo—, creo que hemos atrapado a un pequeño espía. ¿Quién eres, chico?

    El muchacho se humedeció los labios y repuso, con aspecto de haber sido cazado:

    —R-Rafe Bigland, señor...
    —¿Y qué estás haciendo aquí?

    Rafe se humedeció los labios de nuevo, miró la torre, hizo unos lastimosos pucheros, contempló fijamente la hierba a su alrededor, miró de nuevo al transmisor de señales y respondió rápidamente:

    —Yo..., yo... —Se detuvo, incapaz de seguir. Sobre la colina, la torre rechinaba y aleteaba. El sargento se agachó, aguardando pacientemente, aún con su media sonrisa y observando atentamente al chiquillo. Dejó el maletín que llevaba consigo sobre la hierba. Rafe sabía que había ido al pueblo a recoger la comida de la noche: una de las viejas damas de Avenbury había sido contratada para suministrar las comidas a los transmisores de señales de servicio. Había pocas cosas que él no supiera sobre el funcionamiento de la estación de Silbury.

    Los segundos se convirtieron en un minuto, y la respuesta aguardaba. Rafe se levantó de un salto, mostrando su desesperación. Oyó su propia voz como si fuera la de un extraño, y se preguntó con una parte de su mente cómo habían podido formarse las palabras sin intervención de su consciencia.

    —Disculpe, señor —dijo, casi llorando—. Estaba observando la t-torre...
    —¿Por qué?
    —Yo...

    De nuevo la dificultad. ¿Cómo explicarlo? Los misterios del Gremio no podían ser explicados al primer extraño que pasara. Los códigos de los transmisores de señales y otros secretos más profundos eran celosamente transmitidos a las familias privilegiadas que llevaban los uniformes verdes. La acusación del sargento de que estaba espiando tenía algo de verdad en sí misma; había sonado a presagio.

    El hombre del Gremio le ayudó:

    —¿No puedes leer las señales, Rafe?

    Rafe agitó violentamente la cabeza de forma negativa. Ningún plebeyo podía leer las torres. Y ninguno podría hacerlo jamás. Sintió Un temblor en la boca del estómago, pero de nuevo su voz brotó por sí misma, sin mediación de voluntad alguna.

    —No, señor —dijo con voz firme y aguda—. Pero estaría dispuesto a aprender...

    Las cejas del sargento se alzaron. Se sentó sobre sus talones, con las manos en las rodillas, y se echó a reír. Cuando acabó agitó la cabeza y dijo:

    —Así que estarías dispuesto a aprender... Sí, y una docena de reyes, y muchos hombres de alta reputación, se bajarían los pantalones para poder leer las torres. —Su rostro adoptó súbitamente un aspecto amenazador—. Chico —dijo—, te estás burlando de nosotros...

    Una vez más, Rafe sólo pudo agitar negativamente la cabeza, en silencio. El sargento miró por encima del muchacho hacia el espacio, sentado todavía sobre sus talones. Rafe deseaba explicarle que él nunca, ni en los más secretos de sus sueños, había imaginado ser un transmisor de señales; que era su lengua la que se había movido por sí misma, soltando aquellas increíbles estupideces. Pero ya no podía hablar; se quedó mudo delante del hombre de verde. La pausa se prolongó mientras el hombre observaba distraídamente el lento caminar de un escarabajo sobre los tallos de la hierba. Luego:

    —¿Quién es tu padre, chico?

    Rafe tragó saliva. Iba a caerle encima una buena paliza, de eso estaba seguro, y se le prohibiría volver a acercarse nunca a las torres, o tan siquiera volver a observarlas alguna vez. Sintió un escozor detrás de sus ojos, algo que sabía que señalaba la proximidad de las lágrimas, listas para brotar e inundar su rostro.

    —Thomas Bigland de Avebury, señor —dijo—. Empleado de Sir William M-marshall.

    El sargento asintió.

    —¿Y a ti te gustaría ser transmisor de señales?
    —Sí, señor... —El idioma era inglés moderno, desde luego, el lenguaje de los artesanos y los comerciantes, no la verborrea gutural de los desarraigados palurdos; a Rafe le resultaba incluso fácil incluir las expresiones anticuadas que utilizaban los transmisores cuando hablaban entre ellos.

    El sargento dijo bruscamente:

    —¿Puedes leer en los libros, Rafe?
    —Sí, señor —vaciló brevemente—, si las palabras no son demasiado largas...

    El hombre del Gremio se echó a reír de nuevo y le dio al muchacho una palmada en la espalda.

    —Bien, maese Rafe Bigland, que quieres ser transmisor de señales y puedes leer las palabras de los libros si éstas son cortas; aunque el buen Dios sabe que yo no he aprendido demasiadas cosas de los libros, es posible que te pueda ayudar, siempre que no me hayas dicho ninguna mentira. Ven. —Y se levantó y echó a andar en dirección a la torre. Rafe dudó, parpadeó, se puso rápidamente en pie y trotó detrás suyo como un caballo desbocado, con la cabeza zumbándole historias maravillosas.

    Subieron por el camino que bordeaba la colina. Mientras iban cuesta arriba, el sargento se puso a hablar La Silbury 973 formaba parte de una cadena de Clase C que se extendía desde los alrededores de Londinium, desde la gran estación de relevo de Pontes, a lo largo de la línea de la carretera que iba a Aquae Sulis. Sus efectivos... Pero Rafe ya sabía todo lo que había que saber acerca de sus efectivos: cinco hombres, incluyendo al oficial; sus casas se hallaban algo apartadas del pueblo, en un pequeño promontorio que les proporcionaba aislamiento. Los hogares de los transmisores de señales siempre estaban situados así, ayudaba a conservar los misterios del Gremio. Los hombres del Gremio no pagaban diezmos a las comunidades locales, no obedecían a nada ni a nadie que no formara parte de su propia jerarquía; y aunque en teoría eran responsables ante la ley común, en la práctica eran inmunes. Se autogobernaban de acuerdo con su propio y elevado código; y aquél que se atreviera a medir sus fuerzas con el Gremio más rico de Inglaterra era un valiente o un loco. Había una lapidaria exactitud en lo que el sargento había dicho: cuando los reyes esperaban sus mensajes tan ansiosamente como los plebeyos, eso significaba que no tenían mucho de lo que preocuparse. Los Papas podían cavilar, celosos de su independencia, pero hasta la mismísima Roma había aprendido bien la lección a través de la experiencia. Se sabía que las redes de torres de señales que cubrían todo el territorio del continente servían para algo más que para transmitir solemnes órdenes y quejas. En la medida en que eso era posible en un hemisferio dominado por la Iglesia Militante, los hombres del Gremio eran libres.

    Aunque Rafe había visto bastantes veces el interior de una estación de transmisiones en sueños, nunca había puesto el pie en ninguna en la realidad. Se detuvo de pie en las escaleras de madera, mientras un temblor se apoderaba de él como un obstáculo tangible. Lo único que se le ocurrió en aquel momento para poder controlar aquella sensación fue contener la respiración. Nunca antes había estado tan cerca de una torre de transmisiones; el repentino movimiento y avance de los brazos, el repiqueteo de docenas de minúsculas articulaciones, sonaban a sus oídos como música celestial. Desde aquella posición sólo era visible el extremo de la señal, asomando por encima del techo de la casa. Las varas de madera barnizada tenían un leve color anaranjado, como los mástiles de un barco; los brazos de señales subían y bajaban en el cielo. Podía ver las clavijas y los lazos cerca de las puntas para que, cuando hiciera mal tiempo, o por la noche cuando se debiera transmitir un mensaje de vital importancia, pudieran fijarse unas antorchas. Había visto aquellos fuegos una vez, a muchas millas de distancia en la llanura, la noche que murió el Rey.

    El sargento abrió la puerta y le dijo que entrara rápido. Se quedó inmóvil justo tras cruzar el umbral. El lugar tenía un olor característico que era de algún modo masculino, una mezcla de aceites y betunes y humo de tabaco; y había también algo que recordaba el aspecto de una embarcación. La cabina era baja ventilada, más espaciosa de lo que y parecía desde la parte delantera de la colina. Había una estufa, vacía ahora y reluciente de grasa, con las partes metálicas lanzando vivos destellos. La boca del horno estaba cubierta por una hoja de crepé rojo, tensa; las puertas estaban ligeramente entreabiertas, mostrando el interior. La madera de las paredes estaba pintada de color gris claro, y las listas de los turnos de guardia colgaban cuidadosamente, de forma casi decorativa, en la parte frontal que cobijaba la chimenea de la estufa. En una esquina de la habitación había un grupo de diplomas, enmarcados y vistosamente coloreados; debajo de ellos había un daguerrotipo, descolorido, que mostraba a un grupo de hombres de pie delante de una torre de transmisiones muy alta. En otro de los ángulos de la sala había una litera, con un montón de mantas dobladas dentro de una caja; encima, una foto coloreada a mano de una sonriente muchacha con un gorro verde del Gremio y muy poco más. Los ojos de Rafe pasaron rápidamente por ella, con la levemente vergonzosa indiferencia de la infancia.

    En medio de la habitación, pintada de blanco y cuadrada, estaba la base del mástil de señales, y a su alrededor una pequeña tarima de suave y lisa madera, sobre la que se hallaban dos hombres del Gremio. En sus manos tenían las largas palancas que accionaban los brazos de señales de arriba; las barras de control salían de allí mismo, encajadas en el punto en que atravesaban el techo en aros de tela blanca. Había unas claraboyas a cada lado, abiertas ahora, que dejaban entrar el cálido aire de julio. El tercer oficial de servicio se encontraba de pie en la ventana occidental de la habitación, con las lentes de los binoculares sobre sus ojos, hablando lenta pero fluidamente:

    —Cinco..., once..., trece..., nueve... —Los operadores repitieron las combinaciones, moviendo la empuñadura de las grandes palancas, apoyando el peso de sus cuerpos sobre la fuerza de los brazos de las señales que se encontraban arriba, dejando que cada súbito descenso de uno de ellos les ayudara a tomar posiciones para la próxima cifra. Había un aire concentrado pero no tenso; todo parecía muy fácil y ensayado. Delante de los hombres, apoyado en los puntales del techo, un monitor repetía las posiciones de los brazos, pero los transmisores raramente lo miraban. Años de práctica habían dado a sus movimientos una fluidez que les hacía parecer como si estuvieran ejecutando pasos y posturas de ballet. Los cuerpos se balanceaban, comprobaban, moviéndose en sus arabescos, en medio del crujido de la madera y el leve rumor de las señales que llenaba el aire del lugar de una forma tan continua y sosegada como el zumbido de las abejas.

    Nadie prestó la más mínima atención a Rafe o al sargento. El hombre del Gremio empezó a hablar de nuevo, con tranquilidad, explicando lo que estaba sucediendo. El largo mensaje que llevaban transmitiendo desde hacía casi una hora era una lista actualizada de los precios de cereales y ultramarinos en Londinium. La red del Gremio era inestimable para regular la compleja economía del país: los granjeros y los comerciantes, tomando los precios de Londinium como base, sabían exactamente lo que debían pagar o recibir cuando compraban o vendían. Rafe olvidó decepcionarse: su mente oyó las palabras, memorizándolas y almacenándolas, mientras sus ojos observaban los cambiantes esquemas realizados por los hombres del Gremio, que parecían ser una parte más de la ruidosa y chirriante máquina que controlaban.

    La información realmente transmitida, lo que el sargento llamaba la esencia de la profesión, ocupaba tan sólo una parte de las transmisiones; los mensajes se veían a menudo casi inundados por los códigos necesarios para asegurar su distribución. Las cifras que estaban transmitiendo ahora, por ejemplo, debían llegar a ciertos centros, Aquae Sulis entre ellos, antes de la noche. La forma en que llegaban y la distribución de su camino era la principal tarea de los transmisores de señales subsidiarios a través de cuyas estaciones pasaban las cifras. Fueron necesarios varios anos, junto con un cierto grado de intuición, antes de que se pudieran transmitir las señales de un modo tal que evitaran su paso por líneas que ya se hallaban congestionadas por otras informaciones; y desde luego, mientras una línea estaba siendo utilizada en una dirección, como en este caso, transmitiendo un mensaje complejo que iba de este a oeste, resultaba muy difícil emplearla en sentido opuesto. De hecho, era posible pasar dos mensajes en distintas direcciones al mismo tiempo, y se hacía a menudo en las torres de Clase A. Cuando esto ocurría, cada tercera cifra de los mensajes orientados hacia el norte podía ser parte de otra señal con dirección al sur: transmitían a ráfagas, cambiando los mensajes en uno y otro sentido. Pero la señalización coaxial era detestada incluso por los hombres del Gremio. La línea tenía que estar inicialmente limpia, y se debía acordar un código adecuado; se empleaban dos vigías, cantando alternativamente sus direcciones a los transmisores, e incluso en la estación mejor llevada podía producirse la más total confusión como resultado de un mínimo error, lo cual significaba reiniciar toda la operación.

    El sargento describió con sus manos la señal de fracaso que utilizaría una torre en caso de haberse equivocado: tres extensiones horizontales de los brazos de señales desde los lados a los mástiles. Cuando ocurría esto, dijo riendo siniestramente, solía rodar más de una cabeza; en el caso de una torre de Clase A, el mando estaba bajo la responsabilidad como mínimo de un mayor de transmisiones, un hombre con veinte años o más de experiencia. De él se esperaba que no cometiera errores, y al mismo tiempo que velara para que sus subordinados tampoco cometieran ninguno. La cabeza de Rafe empezó a soñar de nuevo; miró con respeto la desgastada piel verde del uniforme del sargento. Ahora estaba empezando a ver vagamente lo que significaba ser un transmisor de señales.

    Finalmente, el mensaje terminó con un gran aleteo de los brazos de señales. El vigía permaneció en su puesto, pero los operadores bajaron de la tarima, mostrando por primera vez su interés en Rafe. Lejos de las palancas, parecían mucho más normales y causaban menos respeto. Rafe les conocía bien: Robin Wheeler, con quien se cruzaba a menudo en su camino de ida y vuelta de la estación, y Bob Camus, que había partido unas cuantas cabezas en sus buenos tiempos, el día de la fiesta del juego del garrote en el pueblo. Le mostraron los libros de códigos, todas las series de cifras escritas en rojo sobre unos cuadrados negros numerados. Se quedó con ellos para compartir su comida; su madre estaría preocupada y su padre se enfadaría, pero se había olvidado casi por completo de su casa. Al anochecer llegó otro mensaje del oeste; le dijeron que era un asunto de la policía, y lo transmitieron volando hacia su destino. Estaba anocheciendo cuando Rafe abandonó finalmente la estación, con la cabeza en las nubes y un par de peniques en el bolsillo. Fue sólo más tarde, ya en la cama e intentando dormir, cuando se dio cuenta de que su viejo sueño se había realizado. Finalmente cayó rendido en un profundo sopor, sólo para soñar otra vez en las torres de señales por la noche, con las antorchas en los brazos rugiendo en medio del azul oscuro del cielo. Nunca gastó aquellas monedas.

    Una vez su sueño se convirtió en una posibilidad real, su ambición por ser transmisor de señales fue creciendo paulatinamente; pasaba todo el tiempo que podía en la estación de Silbury, encaramada en lo alto de su prehistórica colina. Sus ausencias se reflejaban en las más vivas protestas de su padre. El sueldo del señor Bigland como pasante de un administrador de fincas apenas proporcionaba lo suficiente para mantener a una progenie de cinco hijos; la familia tenía necesidad de cultivar la mayor parte de su propia comida, y para esa tarea cada par de manos representaba una ayuda valiosa. Pero nadie adivinaba la razón de las frecuentes desapariciones de Rafe; y por su parte, él no mencionaba ni una palabra.

    Aprendió, en horas ilícitas, las treinta posiciones impares de los brazos de señales, y algunas de las secuencias de agrupación más corrientes; después de esto se solía echar cerca de la colina de Silbury e iba repasando en voz baja y para sí mismo la mayoría de los números, aunque, sin los códigos que los descifraban, era como si estuviera mudo. En una ocasión, el sargento Gray le permitió ocupar el sitio del observador durante una gloriosa media hora mientras llegaba un mensaje desde Malborough Downs. Rafe se mantuvo rígido en su puesto, con las manos chorreando sudor sobre los tubos de las lentes Zeiss, y leyó las cifras tan alto y claro como pudo para los transmisores que estaban a su espalda. El sargento comprobó discretamente su informe desde el otro lado de la cabaña, pero no cometió ningún error.

    A los diez años Rafe había recibido toda la educación formal que cualquier otro chico de su edad podía esperar. Entonces se planteó la gran cuestión de la profesión que debía escoger. La familia se reunió en cónclave: padre, madre y los tres hijos mayores. Rafe no se sentía impresionado; sabía, hacía semanas ya que lo sabía, el destino que le habían elegido. Iba a ser el aprendiz de uno de los cuatro sastres del pueblo, unos ancianos pequeños y encorvados que se sentaban como ermitaños con las piernas cruzadas tras montañas de tela y se pasaban la vida cosiendo por el tintineo de un puñado de peniques. Apenas esperaba que le consultaran su decisión; no obstante, fue enviado formalmente a buscar, y se le preguntó qué deseaba ser. Aquel fue el momento de la bomba.

    —Sé exactamente lo que quiero ser —dijo Rafe con firmeza—. Transmisor de señales.

    Hubo un momento de conmocionado silencio, tras el cual estallaron las carcajadas. Los miembros del Gremio eran la élite; el padre de Rafe estaba incluso dispuesto a pagar gustoso para que su hijo pudiera entrar en el negocio de la sastrería. Pero los transmisores de señales... Ningún Bigland había sido jamás transmisor de señales. ¡Eso elevaría enormemente el status familiar! Todo el pueblo les trataría con respecto, con un hijo vestido de verde. Ridículo...

    Rafe se sentó tranquilamente hasta que hubieron acabado, con los labios apretados y los pómulos brillantes. Sabía que iba a ser así, y sabía también lo que tenía que hacer. Su compostura molestó a la familia, tranquilizándola lo suficiente como para preguntarle, con burlona seriedad, cómo planeaba conseguir su deseo. Era el momento de la segunda bomba.

    —Yendo al Gremio para someterme a un Examen de Ingreso Común —dijo, repitiendo las palabras que se había aprendido de memoria—. El sargento Gray, de la estación de Silbury, hablará en mi favor.

    En medio del brusco silencio se oyó la confusa tos de su padre. El señor Bigland parecía un cordero viejo, sentado parpadeante tras sus gafas, mordisqueando su fino bigote.

    —Bien —dijo—. Bien, no sé... Bien... —Pero Rafe ya había visto el brillo en sus ojos ante la idea del futuro prestigio. Que un hijo suyo pudiera vestir el verde del Gremio...

    Antes de que pudieran cambiar de idea, Rafe escribió una carta formal, que entregó en persona en la estación de Silbury; en ella pedía al sargento Gray, muy correctamente, si sería tan amable de hablar con el señor Bigland en relación a la entrada de su hijo en la Escuela Universitaria de Transmisores de Señales de Londinium.

    El sargento fue fiel a su promesa. Era viudo, y no tenía hijos; quizá Rafe fuera en parte el hijo que nunca tuvo, tal vez observó en el chico los reflejos de su propio entusiasmo juvenil. A la noche siguiente fue paseando tranquilamente por la calle mayor del pueblo hasta detenerse en la puerta de los Bigland; Rafe, fisgando lo que ocurría desde la habitación compartida en la parte alta del porche, sonrió con complacencia ante el estupor y la curiosidad de los vecinos. La familia estaba completamente agitada; el presupuesto de la casa había sido saqueado para comprar vino y velas, y los objetos de plata y la mantelería nueva estaban expuestos en la sala de visitas: todos se sentían ansiosos por causar la mejor impresión posible. El señor Bigland estaba más que contento; cuando el sargento se fue, una hora más tarde, había firmado la autorización. El mismo Rafe contempló la señal transmitida desde la torre pidiendo a Londinium los papeles de admisión necesarios para el examen anual del Centro.

    El Gremio sólo otorgaba doce plazas al año, y eran vivamente disputadas. En las pocas semanas de que disponía, Rafe se preparó sin descanso. El sargento le asesoró sobre todos los aspectos de las transmisiones que razonablemente debía conocer, mientras el dómine del pueblo, impresionado pese a todo, repasaba los deberes de Rafe e intentaba introducir en su dolorida cabeza los rudimentos del francés normando. Rafe consiguió la plaza; de hecho, nunca había tomado en consideración la posibilidad de fracasar, principalmente porque aquel pensamiento era inconcebible. Realizó el examen en Sorvidonum, el centro regional más cercano a su casa; al cabo de una semana le llegó el mensaje ofreciéndole la plaza, con una lista de la ropa y los libros que iba a necesitar e indicándole que debía prepararse para efectuar su presentación en la Escuela Universitaria de Transmisores de Señales en el plazo máximo de un mes. Cuando partió hacia Londinium, enfundado en una capa nueva, a lomos de un caballo proporcionado por el Gremio y escoltado por dos criados del Gremio vestidos con capotes color bermellón, fue seguido por la envidia de todo un pueblo. Los brazos de la torre de Silbury permanecían inmóviles; pero cuando pasó junto a ella, efectuaron un rápido movimiento de Atención, seguido de inmediato por las cifras de Origen y Localidad Inmediata. Rafe se volvió en la silla, con lágrimas en los ojos, y observó las letras rápidamente deletreadas en lenguaje directo: «Buena suerte...».

    Al lado de Avenbury, Londinium parecía sucio, ruidoso y viejo. La Universidad se hallaba emplazada en un edificio antiguo y destartalado apenas entrar en las puertas de la ciudad; aunque Londinium hacía tiempo que había desbordado sus antiguos límites, extendiéndose al sur por el río y al norte hasta casi Tyburn Tree. Los hijos de los hombres del Gremio eran la habitual multitud de mozalbetes alborotadores y mocosos que formaban parte del grupo de los aprendices de cualquier profesión. Los Herederos del Verde por derecho de sucesión despreciaban a los Novicios Vulgares desde las alturas de su insoportable e imaginaria eminencia; Rafe lo pasó bastante mal hasta que una serie de peleas de dormitorio, todas más o menos sangrientas, demostraron de una vez por todas a sus compañeros que era mejor dejar en paz al joven Bigland. Finalmente fue aceptado como miembro de la comunidad.

    El Gremio, particularmente en los últimos años, había tendido a dar una gran importancia al conocimiento teórico, y el curso de dos años era intensivo. Los aprendices tenían que llegar a obtener un buen dominio del francés normando, porque para su posterior formación deberían ir inevitablemente a las casas de los ricos. Un conocimiento de trabajo de las demás lenguas del país, el córnico, el galéico y el inglés medio, era también indispensable: ningún miembro del Gremio sabía dónde acabaría siendo enviado. También se enseñaba historia del Gremio, y elementos de mecánica y codificación, aunque la mayor parte del trabajo práctico se realizaría en el campo, en las estaciones de prácticas dispersas por todas las costas sur y oeste de Inglaterra, y a través de los caminos de Gales. A los estudiantes incluso se les exigía tener un cierto conocimiento de taumaturgia: aunque Rafe era incapaz de ver cómo la atracción de unos pedacitos de papel por un trozo de ámbar pulido podía tener alguna aplicación en el campo de la transmisión de señales.

    Trabajó intensa y dedicadamente, y superó los exámenes con una nota lo suficientemente alta como para satisfacer incluso a sus maestros. Fue enviado directamente a su estación de prácticas, el complejo Clase A situado en el alto de San Adelmo, en Dorset. Para su intensa satisfacción, fue acompañado de un amigo que se había hecho en el centro de estudios: Josh Cope, un muchacho medio salvaje de ojos negros, un Novicio Vulgar como él, hijo de una familia de mineros de Dorset.

    Llegaron a San Adelmo de la manera tradicional, haciendo autostop, en un tren de carretera tirado por una Fowler. Rafe nunca olvidó su primera visión de la estación. Era mucho más grande de lo que había imaginado, y se extendía sobre un gran promontorio pelado. Por conveniencia, las estaciones eran clasificadas de acuerdo con el peso de las torres que sostenían; pero San Adelmo era también un centro de distribución para las líneas B, C y D, y en torno a las inmensas estructuras acopladas de las torres Clase A había un círculo de transmisores de señales más pequeños, todos girando y claqueteando al sol. Junto a ellos, unos anillos dispuestos para tal fin señalaban los códigos en los que hablaban las torres mediante una serie de círculos y rectángulos de brillantes colores; Rafe, absorto, vio como uno de ellos daba la vuelta, mostrando en dirección oeste una Señal de Siniestro amarilla en el momento en que el brazo superior cambiaba, a mitad de mensaje, de lenguaje directo al complejo Código Veintitrés. Miró de reojo a Josh, se transmitieron una señal con el pulgar hacia arriba, se echaron las mochilas al hombro y se encaminaron en dirección a la puerta principal para informar de su entrada en servicio.

    Durante las primeras semanas ambos muchachos estuvieron contentos de hallarse el uno en compañía del otro. Hallaron la atmósfera de la estación principal de campo muy distinta a la de la Escuela Universitaria; en comparación con esa última, ruidosa y bulliciosa, parecía casi monástica. La formación en el Gremio de Transmisores de Señales era como intentar subir por un palo engrasado, y Rafe y Josh habían resbalado de nuevo hasta la base. Su vida allí era una casi interminable ronda de trabajos en la cantina, pulidos y abrillantados, fregados y secados. Había habitaciones que limpiar, senderos de gravilla que desherbar, lo que parecían millas enteras de raíles de bronce que frotar y pulir hasta que brillaran. San Adelmo era una estación de exhibición, siempre lista para ser inspeccionada en cualquier momento. Una vez fue visitada incluso por el mismísimo Gran Maestre de los Transmisores de Señales, acompañado de su lugarteniente; la locura de la limpieza empezó una semana antes de su visita. Y además estaba el mantenimiento de las torres; renovar los anillos de lona por encima de las barras de control, pintar los brazos de señales, limpiar y engrasar periódicamente sus cojinetes, bajar y reequipar las barras, todo ello siempre de noche, cuando las transmisiones de la jornada ya habían sido efectuadas, y generalmente en medio del peor de los tiempos. La naturaleza semimilitar del Gremio hacía necesaria la instrucción con armas y las prácticas de tiro con arco y ballesta, armas actualmente anticuadas pero aún usadas ocasionalmente en las guerras europeas.

    La estación en sí superaba los sueños más increíbles de Rafe. Su dotación permanente, incluida la docena aproximada de aprendices en constante formación, era de más de cien hombres, de los cuales unos sesenta u ochenta estaban siempre de servicio o de retén. Los grandes brazos de comunicación, los de Clase A, eran manejados por equipos de doce hombres, seis para cada palanca grande, con un maestro de señales para controlar la coordinación y pasar las cifras de los observadores. Con la estación funcionando casi al máximo de su capacidad, la escena era impresionante; las líneas de hombres en los controles, tan sincronizados como un grupo de bailarines; los gritos del maestro de señales; carreras sobre el blanco suelo de madera; el retumbar y el crujir de las barras de control; el intenso atronar de las señales a cien pies de altura por encima del techo. No obstante esto, y según el amargado oficial al mando, no se trataba de transmisiones de señales, sino sólo de «un maldito y poco científico movimiento de maderas». El mayor Stone había pasado la mayor parte de su vida activa en las pequeñas torres Clase C en la cordillera Penina, antes de que una promoción no buscada le hubiera concedido su actual puesto de confianza.

    Los mensajes codificados del tipo A desde San Adelmo a Swyre Head y de allí hasta Gad Cliff tenían que tener en cuenta la región montañosa que dominaba la bahía de Warbarrow. Desde allí, y a lo largo de la costa hasta Golden Cap, la estación dominaba totalmente a unos seiscientos pies por encima el poblado de pescadores de Lymes, para lanzarse a grandes zancadas hacia el oeste, hacia Somerset y Devon y la lejana Cornualles, o de nuevo en dirección norte por encima de las alturas de la Gran Llanura en ruta hacia Gales. En aquel punto, Rafe sabía que pasaban muy cerca de los antiguos anillos de piedra de Avenbury. A menudo pensaba con afecto en sus padres y en el sargento Gray; pero hacía tiempo ya que no sentía aquella intensa nostalgia. Sus días eran demasiado ajetreados para experimentar esa sensación.

    Doce meses después de su llegada a San Adelmo, tres años de su alistamiento en el Gremio, se permitía por primera vez a los aprendices que pusieran sus manos sobre las barras de los indicadores de señales. De hecho, Josh había hallado imposible esperar, y había calmado su ego, unos meses atrás, mandando un divertido mensaje a través de una de las pequeñas torres locales en lo que esperaba que fuera el punto muerto nocturno. Gracias a esa desviación del recto camino tuvo la oportunidad de trabar una íntima y dolorosa amistad con la hebilla de un cinturón de piel de color verde, manejada nada menos que por el mismísimo mayor Stone. Dos corpulentos cabos de señales sostuvieron al hijo del minero mientras éste aullaba y se revolcaba; el resultado final convenció a Josh de que, en ciertos aspectos disciplinarios, el Gremio era inexorable.

    Aprender a realizar las señales era como volver a empezar una vez más. Rafe observó rápidamente que la palanca de un brazo de señales no era un objeto pasivo del que uno podía tirar y mover a placer; un operador, cuando el viento soplaba bajo las grandes velas negras de los brazos, tenía muchas posibilidades de ser arrojado fuera de la tarima por el latigazo de incluso una unidad de treinta pies, mientras que la falta de coordinación, en las torres Clase A, podía llegar a ser, y de hecho lo había sido más de una vez, fatal. Existía un truco, sólo aprendido después de lacerantes horas de práctica: apoyar todo el peso del cuerpo sobre las palancas en vez de utilizar simplemente los músculos de la espalda y de los brazos, emplear la sacudida y el balanceo de los brazos de señales para posicionarlos automáticamente hacia la siguiente cifra. Intentar luchar con ellos en vez de aprovechar el movimiento de retroceso significaba reducir a un hombre fuerte a un trapo empapado de sudor en apenas unos minutos; pero un experto en señales podía trabajar medio día seguido y cansarse muy poco. Rafe enfocó laboriosamente la tarea; seis meses y una clavícula rota más tarde, se sintió capaz de enorgullecerse de la maestría de su destreza. Fue entonces cuando se enfrentó por primera vez con las mortíferas complicaciones de la señalización coaxial...

    Después de dos años en la estación se estimaba que los aprendices estaban finalmente preparados para graduarse como expertos en señales. Entonces llegaba la prueba más dura de todas. El emplazamiento, el ruedo, era un montículo de tierra al aire libre a una media milla del alto de San Adelmo. En la parte superior, mirándose la una a la otra a cuarenta yardas de distancia, se alzaban dos torres Clase D con sus respectivas cabinas. Josh iba a ser el compañero de Rafe en la prueba. Fueron llevados al lugar a primera hora de la mañana, y se les planteó su problema: transmitirse el uno al otro, en lenguaje directo, todo el libro de Nehemías, en versículos alternos, con las cifras correspondientes de Atención, Reconocimiento y Fin de Mensaje al principio y final de cada uno de ellos. Se permitirían varios descansos de diez minutos, aunque se les había advertido a título particular que sería mejor que no hicieran uso de ellos, ya que, una vez abandonaran las tarimas, cabía la posibilidad de que no fueran capaces de obligar a sus cansados cuerpos a volver a las barras de control.

    Era probable que hubiera observadores en torno a la pequeña colina controlando el trabajo minuto a minuto para poder detectar errores, imprecisiones y faltas de estilo. Cuando hubieran terminado los mensajes a su entera satisfacción, los aprendices podrían marcharse y hacerse llamar expertos en señales. Pero no hasta entonces. Nada les impedía abandonar su tarea antes de finalizarla, en caso de desearlo. Nadie mencionaría ni una palabra de condena, y no habría castigo alguno; pero deberían abandonar el Gremio aquel mismo día, y no volver nunca. Algunos muchachos, pocos, abandonaban. Otros se derrumbaban; a ellos se les concedía otra oportunidad.

    Rafe no abandonó ni se derrumbó, aunque hubo momentos en que hubiera deseado hacer ambas cosas. Cuando empezó, el sol apenas empezaba a salir; cuando terminó, estaba hundiéndose en el horizonte occidental. Las primeras dos horas, las primeras tres, no fueron nada; pero entonces empezó el dolor. En los hombros, en la espalda, en las nalgas y en las pantorrillas. Su mundo se hizo angosto; ya no se veía ni el sol ni el distante mar. Para él sólo existían los brazos de señales, las palancas, el texto ante sus ojos, la ventana. A través del espacio que separaba las dos torres podía ver a Josh observando atentamente cada vez que acometía su interminable e inútil tarea. Rafe llegó poco a poco a odiar las torres, el Gremio, a sí mismo, todo lo que había hecho, los recuerdos de Silbury y el viejo sargento Gray; y sobre todo odió a Josh, con su estúpida cara de burbuja blanca, y las señales que claqueteaban sobre su cabeza como una absurda extensión de sí mismo. Con el cansancio sobrevino un estado similar al trance, en el que la lógica quedaba en suspenso y las razones de cada acción se perdían. No quedaba nada por hacer en la vida, nunca había habido nada por hacer excepto permanecer de pie sobre aquella tarima, manejar las palancas, sentir las sacudidas... Su visión se desdobló y se triplicó hasta que las líneas de la copia que tenía ante sí empezaron a oscilar, haciendo su lectura imposible; y la prueba aún no había terminado. En cualquier momento de aquella tarde, Rafe hubiera llegado incluso a asesinar a su amigo de haber podido alcanzarle. Pero no podía alcanzarle; sus pies estaban clavados a la tarima, sus manos pegadas a las palancas de los brazos de señales. Las palancas producían un ruido sordo y extraño; su respiración sonaba en sus oídos de una forma áspera, como un motor. La vista se le nublaba, y el texto emitido por la torre de señales opuesta nadaba en el vacío. Se sintió inmaterial; podía notar sus miembros ardiendo de una forma vaga y confusa. Y de algún modo, de forma agonizante, la transmisión llegó a su fin. Movió el último versículo del libro, lo firmó con una señal de Fin de Mensaje. Se apoyó en las palancas mientras una parte de él, la parte que aún podía pensar, se dio cuenta lentamente de que podía parar. Y entonces, lleno de rabia, hizo algo que sólo otro aprendiz había hecho en la historia de la estación: accionó de nuevo las palancas a la posición de Atención, deletreó con terrible exactitud, letra a letra, el mensaje Dios salve a la Reina, firmó el Fin de Mensaje, no recibió ninguna señal de reconocimiento, y colocó las palancas en posición de Interrupción, Contacto de Emergencia. En una cadena de señales, la alarma sería devuelta a la estación de origen, la información posterior reorientada, y enviado un pelotón para investigar las causas de la interrupción.

    Rafe se quedó contemplando inexpresivo las palancas. Entonces observó que las confusas líneas brillantes que las cubrían eran su propia sangre. Obligó que sus laceradas manos las soltaran, se arrastró hacia la puerta, se abrió paso entre los dos hombres que habían acudido a buscarle, y cayó desmayado a veinte metros, sobre la hierba. Fue llevado a San Adelmo en un carro y acostado inmediatamente. Durmió como un tronco; cuando despertó, supo que tanto Josh como él se habían ganado el derecho de cambiar su chaquetilla con capucha de color rojizo de los aprendices por la de color verde de los expertos en señales del Gremio. Aquella noche bebieron cerveza, torpemente, cogiendo las jarras con las dos manos vendadas; y por segunda y última vez el carro de la estación tuvo que entrar en servicio para llevarles a casa.

    La siguiente parte de su formación fue un puro placer. Rafe se despidió de Josh y fue a casa, con un permiso de dos meses. Terminado éste, fue destinado a la Real Casa de los Fitzgibbon, una de las antiguas familias del sudeste, para servir allí durante doce meses como paje de señales. El trabajo era principalmente ceremonial, aunque en momentos de crisis nacional conllevaría obviamente su cuota de responsabilidad. La mayoría de las familias de origen noble, cuando podían permitírselo, compraban derechos al Gremio y erigían sus propias miniestaciones transmisoras en algún punto de su propiedad; las pequeñas torres Clase E eran incluso más pequeñas que las Clase D, en la que Rafe se había graduado.

    En los lugares por los que no pasaba ninguna línea de fácil acceso visual solían erigirse una o más estaciones por el territorio circundante, y éstas eran mantenidas por jornaleros de señales sin acceso al código; pero la gran casa en forma de H de los Fitzgibbon quedaba casi debajo de Swyre Head, en un vallecito estrecho en pendiente que daba al mar. Rafe, al observar los tejados de aquel lugar la misma mañana de su llegada, esbozó una leve sonrisa. Pudo ver la torre de señales encaramada entre los salientes de la chimenea; aproximadamente a una milla de distancia se hallaba la repetidora Clase A, la torre de su antigua estación de San Adelmo, justo por encima de la colina. Espoleó su caballo, llevándolo a un medio galope. Haría sus señales directamente a la torre Clase A, no había otra vía de salida. No pudo evitar el tragar saliva ante el pensamiento de la cara del mayor cuando tuviera que retransmitir un mensaje a San Adelmo o Golden Cap pidiendo mantequilla, seis docenas de huevos y la asistencia de unos zapateros. Presentó los debidos respetos a la estación, y fue hasta el valle para hacerse cargo de sus nuevas funciones.

    Eran todavía más sencillas de lo que había previsto. El mismo Fitzgibbon se movía libremente por la corte y raras veces paraba en casa, cuyo cuidado estaba en manos de su esposa y sus dos hijas adolescentes. Como Rafe había esperado, la mayoría de los mensajes que se le pedía que transmitiera eran de naturaleza totalmente doméstica. Y disfrutaba de los privilegios de cualquier joven representante del Gremio en su posición: tenía siempre asegurado un lugar caliente en la cocina por las noches, el primer trozo de asado, las muchachitas de servicio más bonitas para que remendaran su ropa y cortaran su pelo. Cualquier lugar para darse un chapuzón en el mar estaba a un tiro de piedra, y los días de fiesta podía viajar a Durnovaria y Bourne Mouth. En una ocasión se estableció en aquellos terrenos una pequeña feria ambulante, una tradición que al parecer se repetía todos los años; y Rafe pasó una deliciosa media hora transmitiendo a la torre Clase A sus pedidos de aceite para sus máquinas de vapor y carne para el oso bailarín.

    El año transcurrió con rapidez; a finales de otoño el muchacho, ascendido ahora a cabo de señales, fue cambiado de destino, y otro tomó su lugar. Rafe se dirigió hacia el oeste, a las colinas que formaban el ángulo sur de Dorset, para iniciar lo que sería su primer cargo de auténtica responsabilidad.

    La estación formaba parte de una cadena Clase D que enlazaba Somerset hacia el oeste sobre las tierras altas. En invierno, con los días cortos y las malas condiciones de observación, las torres no se usaban; Rafe sabía muy bien aquello. Durante aquellos meses se encontraría totalmente aislado; los inviernos en las colinas podían llegar a ser severos, con la nieve imposibilitándolo todo y los hielos perdurando durante semanas. Tendría poco que temer de los routiers, los salteadores de caminos que, según decía la leyenda, rondaban por el oeste en los meses fríos; la estación estaba situada lejos de cualquier carretera y no había nada en su casa, excepto quizá las lentes Zeiss que llevaban los transmisores de señales, que pudiera tentar a un hombre desesperado. Los lobos y los duendes constituirían un peligro mayor, aunque estos últimos se hallaban virtualmente extinguidos en el sur, y él era lo suficientemente joven como para poder reírse de ellos. Reemplazó al aburrido cabo que terminaba su servicio, señaló su llegada a toda la cadena de torres, y se dedicó a hacer un inventario de sus posesiones.

    Según todos los informes, este primer invierno en una estación de un solo hombre era una prueba peor que el test de resistencia. Y de hecho, era una prueba. En algún momento en los oscuros meses que se le avecinaban, a alguna hora del día, llegaría un mensaje por la línea muerta, desde el este o desde el oeste, y Rafe debería estar allí para recogerlo y transmitirlo. Un minuto de retraso en su reconocimiento, y le llegaría una reprimenda formal desde Londinium; aquello podría manchar su promoción durante años, incluso para siempre. Los niveles del Gremio eran altos, y nunca cedían; si era fácil que el mayor de una estación Clase A cayera de su posición, ¡cuánto más fácil sería para un desconocido y poco entrenado cabo! El período de servicio de cada día era corto, unas escasas seis horas, cinco en los oscuros meses de diciembre y enero; pero en el transcurso de aquellas horas, excepto un breve descanso, Rafe debía hallarse permanentemente alerta.

    Una de las primeras acciones que realizó cuando se quedó a solas fue subir a la diminuta pasarela de señales. La construcción de la estación era poco habitual. Para compensar su falta de elevación se había construido una pasarela casi al nivel del techo; la tarima de operaciones se hallaba situada encima de esa pasarela, que disponía de ventanas de cristal a cada extremo para cubrir la visión de este a oeste. Entre ellas, a ambos lados de las palancas de los brazos, había una especie de surco de más de un centímetro de profundidad en las planchas de madera. En los meses siguientes Rafe lo haría un poco más profundo aún, en su constante ir y venir de una a otra ventana, observando los brazos de las siguientes torres de la línea. Los brazos de señales apenas eran visibles; juzgó que se podrían ver a unas dos millas de distancia; no más. Iba a necesitar de toda su capacidad visual, aparte la precisión de las lentes Zeiss, para poder distinguirlos en un día nublado; pero debería observarlos cada minuto durante cada período de servicio porque, tarde o temprano, uno de ellos se movería. Refunfuñó y tocó las palancas de su propia máquina. Cuando esto ocurriera, su reconocimiento estaría resonando antes de que la torre hubiera completado su llamada de Atención.

    Examinó de forma crítica las estaciones con los binoculares. En primavera, cuando partiera hacia su nuevo destino, podría conocer a uno de sus operadores; pero no antes. En las horas de sol ellos, como él, estarían atados a sus plataformas de señales, y en la oscuridad era peligroso intentar llegar a ellos. De todos modos, nadie esperaba tampoco que lo hiciera; era una ley no escrita. En caso de necesidad, de necesidad desesperada, podía pedir ayuda a través de las señales; pero sólo en ese supuesto. Ésta era la auténtica vida de los hombres del Gremio: la agitación de Londinium, el calor y la comodidad del hogar de los Fitzgibbon, habían sido meros episodios. Aquí estaba el resultado final de todos sus anhelos: el silencio, la desolación, la antigua e infinita comunión con las colinas. Había realizado un círculo completo.

    Su vida seguía el esquema de dormir, despertarse y observar. A medida que los días se hacían más cortos, el tiempo empeoraba; unas brumas heladas envolvían la estación; cayó la primera nevada. Durante unas horas infinitas las torres de este a oeste quedaron perdidas en la niebla; si en aquellos momentos tuviera que enviarse algún mensaje, los transmisores de señales deberían encender las antorchas. Rafe preparó ansiosamente los manojos de leña, atándolos a sus jaulas de hierro, colocando éstas al lado de la puerta, junto con la parafina que las empaparía, haciéndolas arder. Se llegó a obsesionar con la idea de que el mensaje va había llegado, y que lo había perdido en la oscuridad. Poco a poco el temor fue disminuyendo. El gremio era duro, pero también justo; no se esperaba que ningún transmisor de señales fuera un superhombre en época invernal. Si un capitán llegaba inesperadamente a caballo hasta la estación preguntando por qué no había respondido a esto o aquello, y veía las antorchas y el aceite preparados y dispuestos para ser usados, sabría que Rafe había hecho todo lo que había estado en sus manos. Nadie llegó, y cuando el tiempo se aclaró las torres siguieron inmóviles.

    Cada noche, después de hacerse oscuro, Rafe examinaba sus señales, moviendo los brazos para liberarlos de la capa de hielo arrastrado por el viento; era satisfactorio sentir el tirón y el empuje de las delgadas alas allá en la oscuridad. Los mensajes que enviaba fútilmente en medio de la noche eran extremadamente caprichosos: notas a sus padres y al viejo sargento Gray, espeluznantes sugerencias a una jovencita de la Real Casa de los Fitzgibbon con la que había habido algo más que un sentimiento caprichoso. Dos veces a la semana utilizaba el período de su comida para trepar hasta lo alto de la torre y comprobar que los ejes estuvieran correctamente engrasados. En una de tales inspecciones quedó aterrado al ver una fisura del grosor de un cabello en una de las barras de control, la primera señal de desgaste del metal. Reemplazó toda la sección por la noche, tomando las partes nuevas del almacén, llevándolas hasta arriba y encajándolas a la improvisada luz de una lámpara de mano. Era un trabajo difícil y peligroso con los dedos helados y el viento golpeándole por la espalda, intentando derribarle del poste sobre el techo que había más abajo. Podía haber desconectado la estación de día, señalando Reparaciones y concediéndose el beneficio de la luz diurna, pero el orgullo se lo prohibía. Acabó su trabajo dos horas antes del amanecer, comprobó que todo funcionara perfectamente en la torre, entró en la casa y se fue a dormir, confiando en que su sentido de transmisor de señales le despertaría con las primeras luces del alba. No le traicionó.

    Las largas horas de oscuridad empezaron a disminuir. Remendar y lavar sólo llenaba una pequeña porción de sus horas libres; leyó todos los libros que había llevado consigo, volvió a leerlos, los dejó a un lado y empezó a buscarse nuevas tareas para mantenerse ocupado, comprobó una y otra vez el inventario de comida y combustible. En medio de la oscura noche, con los largos lamentos del viento resonando sobre el techo, las historias de duendes y hombres lobo en el páramo no le parecían tan descabelladas. Incluso resultaba difícil imaginarse el verano, el lento rumor de las torres en medio del cielo azul brillante y rebosante de luz. Había dos pistolas en la cabaña; Rafe comprobó que sus mecanismos funcionaran correctamente, las cargó y las preparó. Dos veces, después de aquello, le despertaron unos ruidos sobre el techo, como si algo oscuro y extraño estuviera arañando para entrar; pero en cada ocasión no era más, que el viento sobre las claraboyas. Las recubrió con tiras de lona: al cabo de un rato el frío las congeló, sellándolas y dejando de molestarle.

    Llevó un hornillo portátil a la galería de observación, y descubrió el gran número de operaciones que podía llevar a cabo sin apartar los ojos de las ventanas. Preparar café y té era bastante sencillo; al cabo de poco tiempo se las apañaba perfectamente para prepararse algunos bocados calientes. Prefería utilizar sus horas de comida para otros menesteres distintos de la cocina. Sobre todo temía que la inactividad le hiciera engordar; no había señal alguna de que esto fuera a ocurrir, pero aún así prefería no correr riesgos. Cuando las condiciones de la nieve lo permitían, realizaba rápidas expediciones por el campo circundante. En una de ellas, un montículo con su suave corona de árboles atrajo su atención. Caminó rápidamente hacia allá, lanzando chorros de vapor al aire con su aliento y con las lentes Zeiss rebotando en su cadera. En la espesura le aguardaba el Destino.

    El gato montés estaba agarrado al tronco de un abeto, observando el avance del muchacho con ojos que eran estrechas ranuras de odio en la máscara maligna de su rostro. Nadie hubiera podido leer sus pensamientos. Quizás imaginó que iba a ser atacado; quizás era cierto lo que se decía de tales animales: que el frío del invierno los hacía enloquecer. En realidad había muy pocos tan al oeste; la mayoría se habían retirado a las colinas de Gales, a los rocosos picos del lejano norte. La supervivencia de éste era en sí misma un antojo, un anacronismo.

    El árbol sobre el que se hallaba agazapado se encontraba en el camino que Rafe debía tomar. El muchacho siguió avanzando, con la cabeza ligeramente inclinada, concentrado en seguir su camino. A medida que se acercaba, el gato montés enseñó para sí sus afilados dientes, en un enorme y silencioso gruñido, mostrando su rosado y amplio paladar y sus colmillos como puñales. Sus ojos brillaron y sus orejas se aplastaron contra su cabeza, haciendo que su cráneo semejara una especie de bola de piel. Rafe no llegó a verlo, sus listas se camuflaban perfectamente con la aspereza de las ramas y la propia nieve. Cuando pasó por debajo del árbol se abalanzó sobre él, aterrizando sobre sus hombros como una manta lanzada al suelo; le había rasgado la carne del cuello y de la espalda antes de que la sensación de dolor llegara a su cerebro.

    La conmoción y el impacto hicieron que se tambaleara. Retrocedió, gritando; la reacción hizo caer al gato montés, pero el animal giró sobre sí mismo como un rayo, desgarrando su estómago. Rafe sintió el cálido brotar de la sangre, y el mundo se convirtió en una rojiza niebla de horror. El aire se llenó con los gritos del animal. Cogió su cuchillo, pero los dientes del gato montés alcanzaron su mano y lo dejó caer. Se arrastró ciegamente, encontró el arma de nuevo, lanzó un golpe, y sintió como la hoja del cuchillo alcanzaba el cuerpo de la fiera. El felino chilló y se retorció sobre la nieve. Rafe se obligó a clavar su sangrante rodilla contra el lomo del animal, sujetando a la fiera mientras el cuchillo golpeaba de nuevo, hundiéndose una y otra vez en el enloquecido cuerpo; una convulsión final lo liberó, y el gato montés huyó, salpicando la nieve con su sangre. Posiblemente murió en algún lugar entre los árboles. Luego vino la oscuridad, la horrible marcha a rastras de vuelta hasta la estación de señales. Y ahora él también se estaba muriendo, incapaz de llegar a las palancas de los brazos de señales, sabiendo al fin que había fracasado. Jadeaba desesperadamente, postrado en medio de la densa oscuridad.

    Se oían ruidos en la oscuridad. Ruidos caseros. Un rítmico ric-rac, ric-rac; el sonido matutino de un rastrillo siendo pasado por las barras de una reja. Rafe se agitó murmurando, relajándose en el calor que le envolvía. Ahora había luz, una luz anaranjada y vacilante; mantuvo los ojos cerrados, observando el resplandor a través de sus párpados. Pronto le llamaría su madre. Ya era hora de levantarse e ir a la escuela, o al campo.

    Un tintineo, agradablemente musical, le hizo volver la cabeza. Le dolía el cuerpo de la cabeza a los pies, pero de algún modo el dolor ya no era tan intenso. Parpadeó. Esperaba ver su antigua habitación en la casita de campo en Averbury: las cortinas levemente agitadas por la brisa y el sol penetrando por las ventanas abiertas. Le llevó un momento reajustarse a la realidad de la casa en la torre de señales; entonces sus recuerdos regresaron de inmediato. Miró; vio la pasarela, la pequeña tarima y las palancas que accionaban los brazos, las barras que se extendían hacia arriba hasta desaparecer en el techo, la blancura de los aros de lona que él mismo había ajustado el día anterior. Había una tela embreada enganchada a cada lado de las ventanas, cerrando el paso a la luz. La barra de la puerta estaba echada, las dos lámparas encendidas; la estufa estaba también encendida, con las puertas abiertas e irradiando calor. Sobre ella hervían botes y cazos; y cuidando de todo ello había una muchacha.

    Se dio la vuelta cuando Rafe volvió la cabeza y le miró profundamente, con una especie de nerviosismo flotando en sus ojos que le hizo pensar en los de un animal. Mantenía el cabello apartado de su rostro con una cinta que pasaba por detrás de sus pequeñas y puntiagudas orejas; llevaba un vaporoso vestido de un extraño azul celeste, y era muy morena. Morena como el pan bien horneado, aunque Dios sabía que no había habido sol desde hacía semanas para permitirle adquirir aquel color de piel. Rafe retrocedió instintivamente cuando ella le miró, y algo muy dentro de él dio un vuelco que le hizo sentir la necesidad de gritar. Sabía que ella no debería estar allí, en aquella tierra apartada, con su piel morena y su curioso vestido de verano; supo que era uno de los Antiguos, una de esas criaturas en las que se creía a medias, los Cazadores de los páramos, los ladrones de las almas de los hombres, si la Madre Iglesia decía la verdad. Sus labios intentaron formar la palabra «hada», pero no pudo. Estaban llenos de sangre medio seca, apenas se movían.

    Su vista empezaba a oscurecerse de nuevo. Ella se le acercó alegremente, cimbreándose, con el aspecto, en su aturdida mente, de una débil llama; una llama inhumana que un simple soplo podía extinguir. Pero no había nada de etéreo en su contacto. Sus manos eran recias y firmes: enjuagaron su boca, acariciaron su ardiente rostro. Cuando se apartó de nuevo quedó una especie de frescor, y se dio cuenta de que ella había dejado un trapo húmedo sobre su frente. Intentó gritarle de nuevo; ella se dio la vuelta para sonreírle, o al menos eso creyó ver, y comprendió que estaba cantando. No había palabras; el sonido se originaba en su garganta, mágicamente, como sonaría una rueca girando a los oídos de un chiquillo medio dormido. Las palabras parecían a punto de brotar a la superficie de color, pero nunca terminaban de hacerlo. Deseaba desesperadamente hablar, contarle lo del gato montés, el terror que había sentido, sus garras llenas de hielo, pero parecía como si ella supiera ya todo lo que había en su mente. Cuando volvió llevaba un bote de humeante agua, que depositó en una silla al lado de la litera. El canturreo cesó y entonces le habló, pero sus palabras no tenían sentido, le golpeaban y salpicaban como el agua cayendo sobre unas rocas. Sintió miedo de nuevo, porque aquél era el modo en que hablaban los Antiguos; pero el fallo debía hallarse en sus oídos, porque las sílabas se convertían ahora en el inglés moderno del Gremio. Eran palabras dulces y rápidas, llenas de un significado que no significaba nada, insinuando cosas más profundas bajo su propio sonido, que su cansada mente no era capaz de descifrar. Hablaban del destino que le había esperado en el bosque, cayendo bruscamente sobre él desde la rama de un árbol. Las Nornas cambian el destino del hombre o del felino, canturreaba la voz. Sentadas a la sombra del Yggdrasil, el gran Fresno-Mundo, tejen: una Hermana prepara el hilo, la siguiente lo mide, la tercera lo corta por un extremo..., y durante todo el tiempo las manos no dejaban de trabajar, acariciando y calmando.

    Rafe sabía que la muchacha estaba loca o poseída. Hablaba de las cosas Antiguas, las cosas prohibidas por la Madre Iglesia, empujadas por toda la eternidad a la oscuridad y al frío. Levantó con gran esfuerzo una mano, para hacer ante ella la Señal de la Cruz; pero la muchacha sujetó su muñeca, entre risitas, y le obligó a bajarla, al tiempo que empezaba a curarle delicadamente la desgarrada palma, limpiando la sangre de la base de los dedos. Desabrochó el cinturón que le apretaba el vientre, aflojó sus pantalones. Cortó la piel de la prenda, mojándola, tirando de ella poco a poco, despegándola de los profundos desgarrones en las ingles y los muslos.

    —Ay... —exclamó Rafe—. Ay... —Ella se detuvo al oírle, frunció el ceño y trajo algo de la cocina, le levantó suavemente la cabeza para ayudarle a beber. El líquido le calmó, pareció descender desde su garganta a todo su cuerpo como una anestesia destilada gota a gota. Se sumió en un estado en el cual sólo sentía pequeños pinchazos de dolor, y la oyó canturrear mientras le vendaba las piernas. Se dio cuenta de que caía poco a poco en un profundo sueño.

    El día se fue apagando paulatinamente, se convirtió en noche como en un suspiro, luego se convirtió de nuevo en día, y otra vez en oscuridad. Rafe tenía la impresión de formar parte del Tiempo, dormitando y despertando, sintiendo la comodidad de los vendajes sobre su cuerpo y el frescor de las ropas de la cama arropándole; observando las palancas de los brazos de señales como a cien millas de distancia, deseando ir hacia ellas pero sin poder moverse. A veces pensaba que, cuando la muchacha se acercaba, él la atraía hacia sí, hundiendo su rostro en el calor maternal de sus muslos mientras ella acariciaba su pelo y hablaba, y cantaba. Durante todo el tiempo, a través del sueño y el despertar, la voz prosiguió. A veces sabía que sólo la percibía en sus oídos, a veces, en medio de los sueños provocados por su fiebre, creía que las palabras llamaban a las puertas de su consciencia. Formaban una saga poderosa: una historia como nunca antes había sido contada, nunca imaginada en todas las vidas de los hombres.

    Era la historia de la Tierra: la Tierra y una tierra, la región que el pueblo de la muchacha llamaba la Tierra de los Anglos. Sólo una vez no existió la Tierra de los Anglos porque todavía no existían los planetas, ni el sol. No existía nada excepto el Tiempo: el Tiempo y el vacío. Sólo el Tiempo era el vacío, y el vacío era el Tiempo mismo. A través suyo se movían colores, destellos, repentinos cambios de luz. Había murmullos, gritos quizá, tonos musicales como las notas de los órganos que sonaban monótonamente en su cuerpo hasta que vibraba con ellas y llegaba a formar parte íntima de ellas. A veces, en el sueño, Rafe deseaba gritar; pero todavía no podía hablar, y la hermosa blasfemia se asentaba aún más firmemente. Vio las cobrizas volutas retroceder ondeando y susurrando, y a través de ellas el brillo del agua: un mar áspero, frío y sin límites, el océano de un nuevo mundo. Pero el sueño en sí mismo era fluido; las imágenes resplandecían y se alteraban, fundiéndose suavemente las unas en las otras, creando de modo majestuoso un lugar, apagándose en la oscuridad. Llegaron las colinas, rodando tentadoras, retrocediendo, alzando flancos goteantes que se estremecían, se hundían de nuevo y volvían para obstruir el paso antes abierto. El sedimento, el lecho marino, se enriquecía con la nevisca milenaria de pequeñas criaturas agonizantes. El gemido de los minúsculos caracoles cuando caían formaba parte del coro y de la canción, una leve y dulce armonía.

    Y ya había dioses: los antiguos dioses demoníacos, poderosos e infinitos, despreciando, observando, agitando con sus propios dedos el sedimento, agitando la arremolinada masa marrón del mar. Todo ocurría en medio de una oscura luz, el frío resplandor del amanecer. Las colinas se estremecieron, se hundieron y volvieron a emerger como encorvados animales de oro, sacudiéndose el agua de los flancos. El sol se alzaba por encima de ellas, dando calor, añadiendo una especie de vapor a la neblina, haciendo que el mar danzara con múltiples y apagados tonos. Los dioses rieron una y otra vez, de una forma vaga e insegura, brotando del sedimento y hundiéndose de nuevo en él, y las colinas se irguieron otra vez, conformando una tierra informe. La voz cantó, zumbando como una avispa: no había ni «antes» ni «después», sólo un sentido de continuidad, de desarrollo masivo, de la inmensa Eternidad del Tiempo. Las colinas cayeron y volvieron a levantarse; extrañas criaturas se escabullían veloces por entre ellas, aleteaban lánguidamente de cima en cima, y ladraban; las hojas de los árboles se desperezaban al sol] sus reflejos agitaban el agua, los propios árboles se hundían y volvían a erguirse, eran derribados para volver a alzarse de nuevo, llenos de gotas, hinchados. Las rocas que se habían formado se rompieron, se volvieron a formar, se solidificaron y se fundieron otra vez, hasta que a partir de la caótica informidad, de algún modo, fue creada la Tierra: la Tierra de los Anglos, aún sin nombre, con sus extensos pastos, sus campos y sus silenciosas colinas de hierba. Rafe vio los interminables rebaños que merodeaban por ella, yendo de un lado para otro bajo el sol; y los primeros y tenebrosos Hombres. Estaban poseídos por la rabia; cortaban y devastaban cuanto encontraban a su paso, erigían sus círculos de piedra en medio del viento y del vacío, hallando una y otra vez los cuerpos de los dioses en los flancos blanquecinos de las laderas. Hasta que todo acabó; los dioses se cansaron, y el hielo llegó gritando y azotando desde el norte, el sol se hundió y murió en su propia sangre, y se hizo la oscuridad, la nada y el invierno.

    Y en el vacío llegó Él; sólo que Él no era Cristo, el Dios de la Madre Iglesia. Él era Baldur el Bienamado, Baldur el Joven. Recorrió la tierra paso a paso, con el rostro ardiente como el sol, y los Antiguos se arrastraron y le adoraron. El viento tocó los círculos de piedra, quemándolos con hielo, y en la oscuridad los hombres pedían la primavera a gritos. Y así llegó al árbol Yggdrasil. ¿Qué árbol?, gritó con desesperación la mente de Rafe, y la voz se detuvo y rió y dijo sin enfado. Yggdrasil, el gran Fresno-Mundo, cuyas ramas atraviesan las capas del cielo, cuyas raíces se enroscan en todos los infiernos... Baldur llegó al Árbol en el cual debía morir para expiar los pecados de los dioses y de los hombres; y al Árbol lo clavaron, colgándole por las palmas de las manos. Y vinieron a adorarle mientras su sangre resbalaba y goteaba sobre un charco brillante, mientras colgaba sobre los Infiernos de los Trolls y de los Gigantes del Hielo y del Fuego y de la Montaña, debajo de los Siete Cielos donde Tiw y Thunor y el viejo Wotan temblaban en el Valhalla ante la magnitud de lo que estaba sucediendo.

    Y de su sangre brotó de nuevo el calor, y la hierba, y el sol, y las flores de las praderas, y los pájaros que se llamaban y se apareaban. Y finalmente llegó la Iglesia, haciéndose notar y tintineando desde el este, y levantó en los altares unos pasteles de boda de bronce mientras los hombres luchaban y perdían los nervios y teñían el suelo de negro con su sangre, y erigió sus ciudades y sus torres de señales y sus deslumbrantes castillos. Los Antiguos se alejaron, y las hadas, y los cazadores de los páramos, y el pueblo de las piedras, llevándose con ellos a su bienamado Señor sangrante; y los sacerdotes le llamaron desesperadamente, llamándole Cristo, diciendo que en verdad murió en un árbol, en el Lugar del Gólgota, en el Lugar de la Calavera. Las armadas de Roma navegaron por todo el mundo; e Inglaterra despertó, y el vapor brotó de cada minúscula aldea, y el alboroto, y el ruido; mientras la sangre de Baldur aún manando, rebrotaba cada primavera. Y así, después de repetir se día tras día, y semana tras semana, la enorme leyenda se interrumpió, y se cerró sobre sí misma, y acabó.

    La estufa estaba apagada, la casa olía a limpio y fresco, Rafe permanecía tendido, tranquilo, sabiendo que había estado muy enfermo. La habitación era un lugar de tonos marrones y limpios y brillantes azules. El profundo marrón de los muebles, el marrón anaranjado de las palancas de control, o el marrón crema de las tablas. El azul procedía del cielo y penetraba a través de las ventanas y de la puerta, reflejándose en los inactivos brazos de señales en forma de pálidos hilos de azul. Y la muchacha también era marrón y azul; marrón en la morena piel, y el helado azul de la cinta y el vestido. Le miró desde arriba, sonriente, todo el nerviosismo desaparecido.

    —Mejor —canturreó la voz—. Ahora estás mejor. Estás bien.

    Se incorporó. Se sentía muy débil. Ella apartó las mantas a un lado, permitiendo que el aire tocase su piel como si de agua fresca se tratara. Bajó las piernas por el lado de la litera, y ella le ayudó a ponerse en pie. Le flaquearon las rodillas; rió; se sostuvo tambaleante, sintiendo la textura del suelo de la cabaña bajo sus pies, observando su propio cuerpo, viendo el rosáceo entrecruzado de las cicatrices sobre su estómago y muslos, el pene asomando por entre su nido de pelo. Ella le buscó una túnica, le ayudó a ponérsela, mientras se reía de él, tironeando y empujando. Le buscó una capa, se la ató al cuello, y se arrodilló para colocarle las sandalias en los pies. Rafe se apoyó en la litera, con la respiración ligeramente agitada y sintiéndose más fuerte. Clavó la mirada en los brazos de señales; ella agitó la cabeza y lo llevó hacia la puerta.

    —Ven —dijo la voz—. Sólo un momento.

    De nuevo se arrodilló fuera, y tocó la nieve, mientras el viento soplaba fuerte y húmedo del oeste. A su alrededor, las brillantes e inamovibles colinas empezaban a calentarse.

    —Baldur está muerto —canturreó la voz—. Baldur está muerto...

    E instantáneamente pareció como si Rafe pudiera oír el millón de voces del deshielo riendo a carcajadas, o ver las mismísimas flores empujando puntos de color por entre y a través de la nieve. Miró a las señales de la torre, y de pronto le parecieron extrañas, como algo remoto, del pasado. Seguramente también se fundirían y desaparecerían, sin dejar rastro alguno. Formaban parte de la antigua vida y del antiguo sistema; por primera vez podía darles la espalda sin pena. La muchacha se apartó de él. Llevaba unos zapatos bajos que dejaban al descubierto sus tobillos, un fuerte contraste con el blanco de la nieve. Y Rafe la siguió, dudando al principio, más seguro luego, ganando un poco a cada paso. Tras él, la torre de señales quedó abandonada.

    Los dos hombres a caballo avanzaban con firmeza, dejando que sus monturas eligiesen el camino. El más joven iba unos pasos más adelante, enfundado en su capa, con los ojos debajo del ala del sombrero, observando el horizonte. Su compañero montaba el caballo con tranquilidad, de modo fácil y sosegado; era moreno y de pelo cano, con la piel curtida por el viento. Delante de él, en el pomo de la silla de montar, llevaba colgada la funda de unos binoculares Zeiss. Al otro lado llevaba una funda, la de un mosquete; el cañón del arma descansaba ahora a lo largo del cuello del caballo, con la culata libre, justo debajo de la mano del jinete.

    Lejos a la izquierda, una pequeña loma alzaba su corona de árboles al cielo. Más adelante, en la otra ladera del valle, había un punto negro: era la torre de señales, con sus inmóviles brazos colgando. El hombre detuvo el caballo con calma, extrajo los binoculares de su funda y estudió el lugar. Nada se movía, de la chimenea no brotaba ningún humo. Las ventanas cerradas le devolvían la imagen del paisaje a través de los cristales; estudió los caídos brazos de señales, parecidos a las alas de un pájaro muerto. El cabo aguardaba impaciente, su caballo se agitaba y resoplaba, pero el capitán de señales no se inmutó. Finalmente bajó los binoculares y se dio unos golpecitos en los labios con un dedo. El animal avanzó de nuevo, al paso, alzando airosamente las patas y bajándolas con cuidado.

    La nieve era allí más espesa; el valle la había atrapado, y la que se había derretido había dejado impresos unos regueros con una leve capa de hielo. Los caballos avanzaban pesadamente a medida que subían la pendiente en dirección a la cabaña. El capitán desmontó junto a la puerta, dejando que las riendas colgaran libres. Se dirigió hacia la entrada, con los ojos fijos en el dintel y las tablas.

    La marca. Estaba por todas partes: en la puerta, en el marco, escrita sobre las paredes. El círculo con el dibujo del, jeroglíficos o pictogramas, la única cangrejo en su interior; cosa que el Pueblo de los páramos conocía, el único mensaje que tenía aparentemente para los hombres. El capitán lo había visto anteriormente, muchas veces; ya no le sorprendía. Pero el cabo no lo había visto nunca. El capitán oyó la profunda inspiración, y también el ruido cuando fue amartillada la pistola. Observó el rápido e instintivo movimiento de la mano, el gesto que le resguarda a uno del Mal de Ojo. Sonrió levemente, casi inconscientemente, y empujó la puerta. Sabía lo que iba a encontrar, y sabía que no había peligro.

    El interior de la casa estaba frío y oscuro. El hombre del Gremio echó un lento vistazo por la habitación, con las manos caídas a los lados y los pies separados sobre las tablas del suelo. Fuera, uno de los caballos mordisqueaba el freno de la rienda, y resopló una bocanada de aire cálido que salió despedida como un chorro de vapor. Vio los binoculares colgados de su gancho, el suelo barrido, la estufa brillante, el fuego preparado cuidadosamente y listo para ser encendido; la marca del hada bailaba por todas partes en las maderas.

    Avanzó unos pasos y echó otro vistazo a la cosa tendida en la litera. La sangre se había ennegrecido a causa del frío; las heridas del estómago parecían bocas en forma de hoja; los ojos estaban hundidos y apagados; una de las manos aún estaba extendida hacia las palancas de señales, ocho pies más arriba.

    Tras él, el cabo dijo ásperamente, usando su ira como baluarte contra el miedo:

    —Él... Pueblo ha estado aquí. Fueron ellos quienes hicieron esto...

    El capitán agitó negativamente la cabeza.

    —No —dijo con lentitud—. Fue un gato montés.
    —Pero ellos estuvieron aquí —dijo el cabo con gravedad. Y la rabia brotó de nuevo cuando recordó la nieve libre de marcas—. Pero no había huellas, señor. ¿Cómo se las arreglaron para llegar?
    —¿Cómo llega el viento? —preguntó el capitán. Miró de nuevo el cadáver en la litera. Conocía un poco la historia de aquel muchacho, y su ficha. El Gremio había perdido un hombre valioso. ¿Cómo pudieron llegar? El Pueblo de los páramos... Su mente evitó usar los nombres que les daba el vulgo. ¿Qué aspecto tenían, cuando venían? ¿De qué hablaban en las habitaciones cerradas con los moribundos? ¿Por qué dejaban su marca...?

    Pareció como si las respuestas se formaran de forma automática en su mente. Fue como si cristalizaran en el frío aire del lugar, ligeramente dulzón, acompañadas por el murmullo del viento. Todo esto acabará pasando, dijeron sus pensamientos, y se extinguirá como un sueño. Ya no habrá más manos sangrantes sobre las palancas, ni más niños helándose en las solitarias observaciones. Las Señales atravesarán continentes y mares, veloces como el pensamiento. Todo esto pasará, para bien o para mal...

    Agitó la cabeza, como un oso, como si quisiera librarla del maleficio que colgaba sobre aquel lugar. Sabía, con un destello de visión interior, que no podría averiguar nada más. El Pueblo de los páramos, los Antiguos; se habían marchado, con su magia y su saber. Siempre hacia el interior, dentro de la aún perenne oscuridad. Todo hasta que un día desaparecieran en el aire, en una bruma: aquellos que eran y sin embargo no eran...

    Sacó una libretita de su cinturón, anotó algo con rapidez, y arrancó la hoja.

    —Cabo —dijo calmadamente—. Si tiene la bondad... Envíelo a través de Golden Cap.

    Fue hacia la puerta, y se detuvo para observar por entre las colinas el extremo superior de la torre del este, apenas visible recortada contra el cielo. Desplegó mentalmente un mapa; vio el mensaje siguiendo la cadena, con cada estación recogiéndolo, enviándolo, encaminándolo a través de sus señales a su destino final. En Golden Cap, donde las grandes señales recorrían la línea del mar helado; por el norte de la línea A hacia Aquae Sulis, y de nuevo a lo largo de la Gran Ruta del Oeste. Antes de una hora llegaría a su destino en Silbury Hill, y un hombre con expresión grave, vestido de verde, bajaría por la calle principal de Avebury, llamaría a una puerta...

    El cabo subió a la pasarela, clavó el mensaje sobre una tabla, empujó ligeramente las palancas hacia delante, comprobando que no estaban bloqueadas por el hielo. Cuadró los hombros y tiró con fuerza. La silenciosa torre despertó, y sus brazos de señales se agitaron en medio de la quietud. Atención, Atención... Luego la señal de origen, y la cifra para la línea del este. Los movimientos desencadenaron una pequeña lluvia de cristales helados, que cayeron suavemente, resplandeciendo contra el manto gris del cielo.


    Tercer Compás
    EL HERMANO JOHN


    El taller era oscuro y de techo bajo, iluminado solamente por un par de ventanas redondas y con rejas en su extremo más alejado. A lo largo de las paredes del tosco sillar se alineaban montones de piedras. En un rincón de la sala había una artesa bastante grande, alimentada por una serie de cañerías y grifos anticuados y medio rotos, y a su lado un banco de trabajo; se percibía un ligero olor en el aire, el crudo e intenso aroma de la arena mojada.

    Había un hombre trabajando en el banco; era bajo y de cara rojiza, ligeramente corpulento, y vestía el rojo oscuro de los que pertenecían a la orden de San Adelmo. Mientras trabajaba silbaba entre dientes una tonada indescifrable y casi inaudible. Este hábito había traído más de una vez sobre la cabeza tonsurada del hermano John la desaprobación de sus superiores, pero era algo que formaba parte de su naturaleza, y no podía evitarlo.

    En el banco, delante del monje, había una losa de piedra caliza de unos dos pies de longitud por cuatro o más pulgadas de grueso. A su lado había unas cajas de arena plateada; el hermano John estaba enfrascado en pulir la superficie de la piedra, vertiendo la arena a través de los orificios de un pulverizador circular de hierro que hacía girar con bastante destreza, removiendo la emulsión de agua y abrasivo sobre la losa de piedra. El trabajo exigía un considerable esfuerzo y atención; cuando terminara, la piedra no debía mostrar ningún rastro de curvatura o inclinación hacia ningún lado. De vez en cuando comprobaba la ausencia de concavidades colocando una barra de acero completamente recta sobre su superficie. Al cabo de algunas horas, la losa de piedra estaba casi lista, pero le faltaba el punto más importante. La superficie pulida tenía que estar completamente libre de defectos; el maestro Albrecht detectaría sin la menor duda cualquier imperfección, y el hermano John conocía perfectamente el resultado de eso. Si no se ajustaba a lo solicitado, tomaría un corto punzón de hierro, especial para ese menester, y con su afilada punta realizaría una profunda incisión en forma de cruz sobre la superficie de la losa de piedra caliza, lo cual le daría a John el hondo placer de volver a pulirla. De hecho, acababa de borrar precisamente una de esas señales que mostraban la desaprobación del gran hombre.

    Lavó cuidadosamente la piedra, empleando una manguera conectada a uno de los grifos. Comprobó una vez más que estuviera perfectamente lisa, trabajando delicadamente, evitando todo contacto de sus dedos pese a que estaban a todas luces limpios. La menor sospecha de grasa, una mancha del tímpano de una prensa, el roce de una mano sudorosa, desencadenaría el desastre. Era sabido que, a la hora de realizar su trabajo más delicado, los monjes de la sección de litografía llevaban mascarillas de tela para evitar contaminar las piedras con su aliento.

    Todo estaba en orden; John procedió, silbando todavía, a aplicar el último y definitivo pulido, utilizando para ello la arena más fina. El trabajo, por fin, estaba acabado; un último examen crítico de la hermosa superficie cremosa, y un último lavado, apoyada contra la pared, para eliminar la arenilla de la base y de los costados. Luego la trasladó, jadeando, a través del taller, y la colocó sobre la plataforma del pequeño montacargas construido en el interior de la pared. Un tirón de la cuerda de la campana que había a su lado, una apenas audible respuesta desde arriba, y el objeto de su trabajo fue elevado suavemente fuera de su vista. Puso su equipo en orden, devolviendo los frascos de arena a sus estanterías numeradas, y luego limpió la artesa. El desagüe del suelo se obstruyó ruidosamente; lo desatascó con un palo hasta que fue engullida la última gota de agua, y luego siguió el camino de la piedra por una escalera de caracol que ascendía hasta la superficie.

    En contraste con el taller de pulido, el estudio principal de litografía era majestuoso y brillante. Una serie de altas ventanas se abrían sobre una vista de ondulantes colinas, el lujuriante campo agrícola del límite de Dorset y Somerset, alegre ahora al sol de abril. A lo largo de una de las paredes de la habitación había más piedras apiladas; al lado de otra, una baja tarima confería a la mesa de trabajo del maestro Albrecht una posición de dignidad. Detrás de la mesa estaba la puerta que daba a su diminuto despacho, un cubículo lleno a rebosar de albaranes, facturas y recibos de esto y de aquello; a su lado se abría otra puerta que daba al taller de tintas, en donde una serie de latas de deliciosos colores estaban escrupulosamente ordenadas en hileras sobre estantes de madera de pino. El almacén de tintas también tenía su olor especial, profuso y dulce.

    En el centro de la habitación, dos largas y limpias mesas estaban llenas de montañas de trabajo; a su alrededor cuatro de la media docena de novicios pertenecientes al departamento permanecían pacientemente sentados, recortando el trabajo con unas tijeras. Detrás de las mesas, sobre una segunda base, estaban las prensas: tres de ellas, colocadas espaciadamente a lo largo de la pared, limpias y relucientes. Eran el orgullo y la delicia principal del maestro Albrecht. Las máquinas eran sencillas. Cada asiento era elevado hasta la altura de impresión por una alta palanca, y era movido por una pesada rueda de radios de madera; encima del asiento, un marco de hierro sujetaba una cuña cubierta de piel, ajustable a presión. Un tímpano de bronce, engoznado en el extremo más alejado del asiento y tensado por unos tornillos de plomo, protegía la piedra contra la corrosión y el desgaste. Los tímpanos habían sido en una ocasión, en el pasado, la causa de un contretemps del que el hermano John había sido figura prominente. Desde tiempos inmemoriales habían sido engrasados con un producto etiquetado como grasa de oso, acerca de cuya composición John había expresado sus más serias dudas. En épocas de calor apestaba de forma abominable; y John, para cuyo sensible olfato los malos olores representaban una ofensa, se propuso agenciarse un bote de la recién inventada grasa mineral del garaje del pueblo, y untó las prensas con ella. La furia del maestro Albrecht no tuvo límites; durante varias semanas después de que John hubiera efectuado el cambio le impuso una serie de penitencias de naturaleza especialmente desagradable, una de las cuales había sido sacar la grasa mineral y reponer la tradicional grasa de oso. El pequeño hermano se había resignado con tanta aceptación y paciencia como era posible bajo aquellas circunstancias, aunque prometió, solemnemente y de forma privada, que si las abrumadoras alturas algún día llegaba a alzarse hasta de maestro en litografía, la nociva mezcla sería totalmente desterrada de sus dominios.

    Al lado de las prensas había más artesas, y también la boca superior del montacargas que comunicaba con el taller de pulido; a su lado, la piedra, aprobada por el maestro Albrecht, había sido apoyada sobre un lado, y estaba siendo secada por un muchacho con un molinete de cartón montado sobre una varilla. En la pared había unos estantes dispuestos con unos rodillos de piel para el entintado, finos y suaves; debajo de ellos, unas losas de piedra caliza servían como paletas. En una de ellas trabajaba el hermano Joseph, un novicio con bastante cabello, con el cráneo aún sin tonsurar.

    Cuando entró, el hermano John aún seguía silbando; el sonido cesó bruscamente, borrado del firmamento por la fiera mirada del maestro Albrecht. Se abrió paso por la habitación, se detuvo a esperar impaciente mientras el hermano Joseph acababa de extender la tinta y la distribuía sobre un rodillo. Había una piedra preparada sobre la platina de la prensa más cercana, y a su lado un montón de pruebas a dos colores. John pasó suavemente una esponja sobre la losa, humedecida con el agua de un cubo que había al lado de la prensa, y se apartó cuando su ayudante se acercó con el rodillo. La imagen fue fijada, primero de forma delicada y luego más firmemente; John invirtió una de las pruebas, pasando a través del papel las dos agujas montadas al extremo de sendos pinceles y que se utilizaban para señalar en las pruebas las marcas del contrarregistro. Luego, otra vez con el tímpano: bajarlo cuidadosamente para la impresión; un pequeño ajuste en la cuña, y adelante con el trabajo. John aflojó el asiento, lo retiró, alzó el tímpano y luego, con más cuidado, la hoja de papel, observando el dibujo recién impreso a contraluz. Los colores brillaban alegremente: la imagen de una lozana campesina sosteniendo un manojo de cebada, y la inscripción: La cerveza de los segadores; elaborada bajo licencia en el monasterio de San Adelmo, Sherborne, Dorset.

    La señal de la campana de la tarde puso fin al trabajo; los monjes, liberados temporalmente de su voto de silencio, salieron en orden, charlando, en dirección al comedor. John y el hermano Joseph llevaron sus almuerzos hacia una mesa de la esquina, y se sentaron algo apartados de los demás para planificar las operaciones de la tarde; después se verían privados del beneficio de la palabra hablada y de la escritura, que, aparte de ser tediosa, era más o menos desaprobada como modo alternativo de comunicación.

    A las dos, cuando se levantaban de la mesa para acudir de vuelta a la sala de litografía, se les acercó un novicio con un papel escrito en la mano. Entregó el mensaje al hermano John; el pequeño monje lo leyó, se rascó la coronilla, y se lo mostró fugazmente al hermano Joseph mientras agitaba los ojos en una exhibición de burlón pesar. Había sido convocado ante la augusta presencia de su abad. Se apresuró a buscar en su mente una lista de pecados de comisión u omisión por lo que se le pudieran pedir cuentas.

    La media hora de espera en la antecámara del gran hombre hizo poco por mejorar su estado mental; John se sentó, se empezó a poner nervioso, y observó las figuras reflejadas por el sol moviéndose por las paredes, mientras el maestro Thomas, el contable del monasterio, le miraba de forma intermitente con una fijación fríamente acusadora, sin dejar de escribir, con una horrible y chirriante pluma, sobre unos interminables rollos de pergamino en los cuales se guardaban los registros de la Orden. A las dos y media, el hermano John fue finalmente llamado ante la presencia de su superior espiritual.

    Los acontecimientos tendían a repetirse: el padre Meredith, leyendo una interminable lista de notas, levantaba la vista de vez en cuando por encima de sus pequeñas gafas cuadradas cada vez que el hermano John se impacientaba y resoplaba, con la cara roja de inquietud. Las visitas de John al sanctum habían sido pocas, y su recuerdo, en líneas generales, no era muy alentador. Sus ojos se movían incansablemente, recuperando en su memoria los detalles que recordaba de la habitación. El estudio del reverendo padre era menos austero en carácter que los del resto del monasterio de San Adelmo; una alfombra de intrincados dibujos persas cubría el suelo, una pared estaba cubierta de libros, mientras que en una esquina había una bola del mundo sostenida por un grupo de hermosos céfiros de bronce. Sobre el cuero que cubría la mesa se amontonaban descuidadamente más libros y papeles. Allí estaba también la máquina de escribir del abad: una máquina monumental, con su superestructura enmarcada por unos pilares corintios que acababan de forma detestable en unas patas de hierro colado. Un mueble bar con las puertas entreabiertas, mostraba unas estanterías bien surtidas; una pietà del Renacimiento colgaba encima del mueble, mientras que sobre la mesa del padre Meredith destacaba un espantoso crucifijo español.

    A través de las ventanas podían verse las colinas, resplandecientes a la luz del sol; el hermano John apartó los ojos de la inquietante figura del Cristo y los dirigió al horizonte. El tiempo transcurrió lentamente mientras contemplaba las nubes pasajeras, el lento y continuo movimiento de aquella masa blanca y cambiante; cuando finalmente el padre Meredith habló, su voz le llegó como un leve impacto:

    —Hermano John —dijo—, ha ocurrido algo, ejem..., interesante.

    John sintió un breve resurgir en su esperanza. Quizá, después de todo, su abad no le hubiera mandado llamar para castigarle con severidad por un crimen medio olvidado. Consiguió adoptar con rapidez, con tanta rapidez como sus móviles cejas le permitían, una expresión de interés combinado con una sumisión adecuadamente devota. El intento tuvo un cierto éxito. El padre Meredith hizo chasquear nervioso los dedos.

    —Puede hablar, hermano... —Los adelmianos eran una apacible orden monástica de artesanos; el silencio diario era quizá su única regla firme, pero la seguían escrupulosamente.

    John tragó saliva, agradecido.

    —Gracias, reverendo padre —balbuceó. En aquellos momentos, poco más había que decir.

    El padre Meredith rebuscó entre sus papeles y carraspeó: fue un sonido pequeño y distante, como el balar de una oveja.

    —Ah... sí. Parece que se nos ha pedido que suministremos un, esto..., un artista. El asunto, en su conjunto, es un tanto misterioso, no sé mucho al respecto, pero pensé que un... cambio de aires, digamos, podría serle, hermano..., beneficioso...

    El hermano John inclinó humildemente la cabeza. Parecía como si el maestro Albrecht tuviera algo que ver con ese último comentario. John no había tenido oportunidad de verle cara a cara desde el asunto de la grasa de oso. Y también había algo en el tono con que había sido dicha la palabra «artista»... John siempre había estado más que dispuesto a ser guiado en los asuntos espirituales; incluso en los asuntos estéticos, siempre era culpable del pecado de orgullo.

    —Estoy enteramente a disposición del reverendo padre... —murmuró.
    —Ejem —dijo agudamente el abad. Siguió observando a John, durante otro instante, por encima de sus gafas. Conocía bien la procedencia de su interlocutor. John venía de una familia pobre; en su familia eran, y habían sido durante generaciones, zapateros en Durnovaria. Desde temprana edad, John no había mostrado inclinación alguna por seguir el negocio familiar; cuando se le encomendaba una tarea, se le descubría al cabo de un rato haciendo dibujos con un trozo de tiza sobre el banco de trabajo, realizando caricaturas a lápiz de sus hermanos y de los clientes de la pequeña tienda. Su padre, más de una vez, le había dado una buena paliza con la correa al bribonzuelo y se había esforzado en sacarle el demonio del cuerpo para ponerle en su lugar un poco de ángel; pero el rollizo muchachito, en otros aspectos amable e indolente, se había mostrado en esto inesperadamente terco. Las tizas y los lápices raras veces se encontraban lejos de sus manos; cuando no tenía nada con que dibujar, utilizaba el carbón de la chimenea o las tapetas de las suelas de los zapatos. Sus dibujos y borrones se amontonaban en las irregulares paredes de su habitación; su propio trabajo se hacía más irregular cada día. Parecía que lo único que se podía hacer era dejarle seguir adelante con su afición; al menos, razonó su padre, la familia se vería ali viada de la necesidad de alimentar una boca inútil. En esta Inglaterra sólo había un modo a través del cual se pudiera aprovechar el talento de John: tomó las Sagradas Ordenes, y a la edad de catorce años entró cono novicio en el monasterio de San Adelmo, a unas veinte millas de su hogar.

    Los primeros meses fueron un tiempo de prueba para el joven muchacho, y también para sus instructores; como hijo de la clase obrera, John nunca había aprendido a escribir, y esto, en lugar del arte, constituyó el primer tema a tratar. Finalmente, el novicio comprendió que sólo a través de las letras conseguiría su auténtica ambición; derramó sudor sobre sus libros, y un año más tarde era admitido formalmente en las clases impartidas en el monasterio por el hermano Pietro, el maestro de dibujo.

    Incluso entonces John se vio condenado a la decepción: el dibujo al natural no estaba permitido, y el joven estudiante se pasó incansables horas trabajando con los modelos de yeso. El antiguo método de estudio mejoró su trazo y le inculcó una medida de disciplina que hasta entonces le había faltado, pero siguió dejándole insatisfecho. La litografía fue su salvación; aunque al principio aborreció su complejidad y su larga e insustancial historia, desde las listas de lavandería de Senefelder en adelante, que el hermano Pietro insistía en que debía aprenderse de memoria, el color y la textura de las piedras y las muchas formas de trabajarlas atraían al artesano latente que había en él. Aunque las bellas artes raras veces eran requeridas, había un reto técnico en la mayoría de los trabajos comerciales mundanos; John trabajó con diligencia, aprendiendo y reconociendo con el paso de los años la amplia gama de etiquetas para botellas y embalajes producidas por la Casa. El maestro Albrecht, reconociendo que, si no un genio, sí era al menos un artesano de primera clase, le dejó amplia libertad de movimientos, y a los treinta años John ya era bien conocido en los círculos profesionales. (A veces se autodenominaba, con un retorcido humor, el Maestro de la Botella de Salsa). La elaboración de la cerveza sólo era una de las muchas industrias en las que la Iglesia tenía grandes intereses, y empezaron a llegar encargos de otros centros de casas de negocios eclesiásticas que carecían de su propia plantilla de creativos. El consiguiente crecimiento de las arcas de los adelmienses fue la razón principal de que los ocasionales arranques temperamentales de John fueran tolerados sin demasiadas quejas, incluso por el colérico maestro en litografía. John era un buen dibujante y, cuando se le dejaba en libertad, era un trabajador entusiasta; los adelmienses valoraron más estas cualidades que la obediencia ciega a los principios y una más o menos estéril piedad. Aunque a veces, a veces...

    El hermano John interrumpió el flujo de pensamientos de su superior.

    —Reverendo padre, ¿podría usted...? Quiero decir, ¿tiene alguna idea acerca de la naturaleza del trabajo?
    —Ninguna. —El abad fue un poco menos que sincero; ordenó los papeles de su mesa, los colocó en un montón, luego volvió a distribuirlos—. Todo lo que le puedo decir es que conllevará un largo viaje. Tendrá que ir a Dubris; cuando llegue, se pondrá a disposición del obispo Loudain. Estará fuera durante algunos meses, es probable que, esto..., en el Tribunal del Bienestar Espiritual, bajo las órdenes del padre Hieronymus. Le puedo asegurar que el trabajo será, esto..., de alto nivel, la tarea viene encomendada directamente desde Roma. —Tosió de nuevo, con aire incómodo—. Realizará una labor de gran valor, hermano —dijo con cierta rigidez—. Un auténtico servicio a la Iglesia. Mejor que las etiquetas de cerveza, al menos.

    El hermano John guardó silencio. Su mente, acostumbrada a recorrer sin prisa sendas rutinarias, estaba por una vez trabajando furiosamente. Había mucho que decir respecto a la proposición; como el padre Meredith había señalado, significaría un cambio de aires, y un viaje por Inglaterra en primavera, la estación, para John, más atractiva del año. De todos modos, sus posibilidades de elección parecían severamente limitadas: si el maestro Albrecht, por los motivos que fueran, deseaba apartarle de su camino durante un tiempo, él no tenía más remedio que obedecer. También había una parte de orgullo profesional: su selección, lo sabía muy bien, era un signo de honor. Pero..., nada decente, nada bueno, podía surgir de las acciones del Tribunal del Bienestar Espiritual, y el padre Meredith lo sabía mejor que nadie. Porque hubo un tiempo en que el Tribunal tenía otro nombre, un nombre que incluso en el territorio occidental de la Iglesia tenía una triste reputación.

    La Inquisición...
    John entró en el gran castillo de Dubris a través de la Puerta Vieja, mezclado con una ruidosa multitud de visitantes: mendigos, soldados, vecinos que habían salido a pasar el día fuera con cestas de picnic y cerveza, los hombres fanfarroneando con su traje de los domingos y las mujeres con los niños en brazos y berreando sobre sus blusas. Dentro, el pequeño monje se detuvo involuntariamente; el sacerdote de rojo que era su guía aguardó impaciente, agitando nervioso el fajo de libros fuertemente atados que llevaba y pasando el peso de su cuerpo de un pie a otro por entre los empujones de la chusma. Delante de John se alzaba la segunda cortina del castillo; encima, sombría, se alzaba la enorme torre del homenaje, intimidante en su volumen y densidad. En la muralla exterior, allá donde se curvaba hacia la derecha hasta la gran barbacana de la Puerta del Condestable, se había establecido todo un cercado para una feria. El aire estaba lleno de vapor; órganos, silbatos y trompetas repetían una y otra vez sus incansables tonadillas; los autómatas se movían desacompasadamente; las ninfas, doradas y desnudas, daban vueltas; y los caballos y animales legendarios resplandecían en medio del bullicio. Los perros amaestrados ladraban y aullaban, hombres de piel oscura escupían bocanadas de fuego, bailarinas y juglares posaban ante un público imaginario, mientras los espectáculos marginales prometían todo el erotismo del Oriente. Cerca de allí, sobre plataformas improvisadas con caballetes y barriles de cerveza, unos luchadores de bastones partían las cabezas de sus oponentes sobre unas tablas previamente pintarrajeadas con sangre, jóvenes contorsionistas vistiendo ajustados calzones de color azul claro se fustigaban las piernas con finas varas de avellano. Entre los establos corrían los chiquillos, niños y niñas; había curas, pitonisas, marineros con coletas embreadas que sobresalían enhiestas de sus cuellos del brazo de sonrientes y pechugonas mujeres; el Azul Pontificio era muy evidente en todas partes, al igual que las túnicas rojo escarlata de los oficiales de la Inquisición que se entremezclaban con la multitud para realizar los más diversos encargos. Todo era ruido, color y confusión. Cerca de la torre del homenaje el humo se elevaba en una gruesa columna, tiñendo el cielo. Sobre toda aquella amplia zona, al lado del estandarte color cobalto del Papa Juan, se agitaba la bandera rojo sangre de la Corte.

    El guía tiró de la manga de John, y éste le siguió, aturdido por el griterío. Se encaminaron hacia la barbacana, con el cura arremetiendo y empujando para poder abrirse camino en medio de la multitud. En la muralla había una atracción adicional: una hilera de jaulas abiertas por arriba albergaba la primera remesa de prisioneros. A su alrededor, la multitud hervía y gritaba. John, atónito, vio a un hombre golpeando a quienes le habían estado torturando con un palo que de algún modo había conseguido arrebatar a uno de ellos; sus ojos estaban enrojecidos, manchas de espuma cubrían su barba. Más allá, una vieja lanzaba insultos y maldiciones, agitando sus huesudos puños; se había hecho un corte en la cabeza, al parecer con una piedra, y la sangre resbalaba profusamente por su cara y cuello. A su lado, una hermosa muchacha de cabellos largos amamantaba de modo desafiante a un bebé. John se apartó de allí, desaprobándolo todo profundamente, y siguió las ondeantes vestiduras del cura hasta la parte superior de la muralla. Sus deberes ya le habían sido explicados: debía registrar, en beneficio le Roma, todo el procedimiento seguido por el Tribunal del padre Hieronymus, Cazabrujas General del Papa Juan. Su trabajo empezaría con el interrogatorio de los prisioneros.

    La habitación destinada a dicho menester estaba emplazada bajo la misma torre del homenaje, y se llegaba a ella a través de una escalera de caracol. John cruzó el gran salón, con sus paredes adornadas de rojo escarlata en preparación del trabajo que debía realizarse en ella. En la parte superior de la encajonada escalera había Un hombre vestido con el azul pontificio, de pie, en posición de descanso, la alabarda blandamente apoyada contra las losas del suelo. Pareció volver bruscamente en sí cuando el guía de John pasó ante él, y se cuadró. El cura bajó las escaleras medio inclinado, arrastrando las sandalias sobre el suelo de piedra; John le siguió, agarrando sus libros de bosquejos y su maletín atestado de botellas y frascos, tinta, pinturas, pinceles, plumas y gomas de borrar, todos los trastos de un artista. El pequeño monje, consciente de su situación, intentaba calmar sus nervios a flor de piel.

    La habitación en la que se halló al cabo de unos instantes era larga y amplia, desprovista de ventanas, excepto a un lado, donde una hilera de rejas se apretujaba inmediatamente debajo del techo, dejando pasar unos leves atisbos de luz. En el extremo más alejado de la habitación ardía una lámpara de aceite, y bajo ella se apiñaba un grupo de figuras. John vio a unos hombres fornidos vestidos con ropas oscuras con la insignia del Tribunal, la mano empuñando el martillo y el rayo, blasonada al pecho; un capellán murmuraba algo sobre unas bandejas de instrumentos cuya finalidad no llegó a reconocer. Había rodillos claveteados, hierros extrañamente moldeados, torniquetes con molduras metálicas; finalmente identificó otros instrumentos alineados uno al lado del otro, y sintió un frío impacto. Los pequeños armazones con sus diminutas manijas dobladas y sus mordazas dentadas eran grésillons. Empulgueras. Aparatos que le apretaban a uno los pulgares hasta reventárselos. Esos aparatos existían de verdad. A su lado, una especie de tosca mesa, montada con unos rodillos accionados a manivela a cada extremo, evidenciaba más claramente su uso. El techo del lugar estaba cubierto de poleas, algunas de las cuales parecían preparadas para ser utilizadas de inmediato; un brasero ardía vivamente, y cerca de él había lo que parecía ser un montón de pesas de plomo.

    El sacerdote que estaba al lado del hermano John prosiguió en voz baja la explicación que había iniciado cuando salieron de sus alojamientos, y que se había prolongado mientras cruzaban la población.

    —Porque en este caso podemos suponer —dijo—, que los crímenes de brujería y herejía, la invocación de demonios, las relaciones carnales con íncubos y súcubos y otras abominaciones de este estilo, así como el comercio con el mismísimo Señor de las Moscas, que son crímenes más del espíritu que del cuerpo, crimen excepta, no pueden ser juzgados, y no se pueden presentar ni aceptar evidencias, bajo la jurisdicción legal normal. La admisión de evidencias espectrales como prueba parcial de culpa sujeta a confesión durante el Interrogatorio es, por lo tanto, de vital importancia para el funcionamiento de nuestro Tribunal. Sobre este principio se basa también nuestra explicación del uso de la tortura y su justificación; la muerte del culpable desbarata el ataque de Satanás a la obra del Señor, tal y como le fue revelado a la Madre Iglesia a través de su Vicario en la Tierra, nuestro Papa Juan; si muere en penitencia, el hereje el salvado de un mayor hundimiento en el pecado de la subversión, y halla finalmente su sitio en el Reino de Dios.

    El hermano John, con la expresión contraída en anticipación del dolor, aventuró una pregunta:

    —¿Pero es que no se les da a los prisioneros la oportunidad de confesar? ¿No pueden llegar a confesar sin tener que sufrir el Interrogatorio?
    —No puede haber confesión sin coacción —dijo el otro—. Al igual que no puede haber contraprueba a la evidencia espectral, cuyo uso, por definición, invalida la inocencia del acusado. —Dejó que sus ojos se clavaran en una de las poleas y su oscilante cuerda—. La confesión —dijo— debe ser sincera. Tiene que brotar del corazón. Una falsa confesión, realizada para evitar el dolor del Interrogatorio, es inútil por igual a los ojos de la Iglesia y a los de Dios. Nuestro propósito es la salvación: la salvación de las almas de esos pobres desdichados a nuestro cargo, aunque debamos romper todos los huesos de sus cuerpos. Cualquier acción que no esté encaminada en esta dirección es paja al viento.

    Las palabras del sacerdote que se hallaba al otro extremo de la habitación cesaron de pronto. El guía de John sonrió levemente, sin humor.

    —Bien —dijo—. Su espera ha terminado, hermano. Pronto empezarán.
    —¿Qué estaban haciendo? —preguntó el hermano John.

    El otro sacerdote se volvió hacia él, ligeramente sorprendido.

    —¿Haciendo? —dijo—. Estaban bendiciendo los instrumentos del Interrogatorio, desde luego...
    —Pero —dijo el hermano John, frotándose la coronilla como era su costumbre cuando se sentía desconcertado—, lo que no creo entender es la impregnación por el íncubo. Si, como dice usted, el íncubo, el demonio en su forma masculina, es capaz de fertilizar físicamente a su víctima, entonces el concepto de engaño diabólico queda invalidado. La procreación por un esbirro de Satanás es, indudablemente...

    El sacerdote le dirigió una rápida e intensa mirada, con ojos chispeantes.

    —Le aconsejaría —dijo— que lo entendiera todo con absoluta claridad. Se halla usted ahora en un terreno peligroso. Más peligroso de lo que se imagina. El demonio, siendo como es una entidad sin sexo definido, es incapaz de procrear, ya que su Dueño es impotente a los ojos de Dios. Pero recibiendo en súcubo la semilla del hombre, y transportándola de forma invisible a través del aire, el asunto puede ser arreglado; y se arregla, como podrá ver por usted mismo. Yo no soy un hereje, hermano.
    —Ya entiendo —dijo John, pálido hasta los labios—. Tiene usted que disculparme, hermano Sebastian; nosotros, los adelmienses, somos técnicos y mecánicos, simples jornaleros, y no nos destacamos, dentro de nuestras jerarquías inferiores, por nuestros conocimientos en tan profundos temas...

    Hubo un distante resonar de trompetas, apagado por la enormidad de las murallas.

    El hermano John abandonó Dubris por un camino serpenteante que recorría una zona de pequeños montículos al norte del pueblo. Montaba de forma descuidada su caballo, echado hacia delante sobre la silla y con los ojos clavados en el suelo. La polvorienta túnica roja, manchada y raída ahora en el dobladillo, se enredaba en sus pantorrillas; sostenía débilmente las riendas, y esto hacía que el animal deambulara de lado a lado de la carretera, eligiendo el camino a su antojo. Cuando paraba, lo cual ocurría a menudo, John no hacía ningún intento por forzarle a seguir. Permanecía sentado con la mirada perdida; una vez alzó la cabeza para contemplar, inexpresivo, el horizonte. Su cara había perdido el color, adquiriendo un brillo grisáceo, como el del rostro de un cadáver; se sentía convulsionado por, espasmos de escalofríos; tenía fiebre. Había perdido bastante peso: su cíngulo, que en otros tiempos había permanecido fuertemente apretado en torno a su cintura, colgaba ahora flojo sobre su estómago. La mochila con su equipo colgaba todavía del pomo de la silla, pero los libros de dibujo habían desaparecido, iban camino de Roma en un correo especial, si había que creer en la palabra del hermano Sebastian. Antes de su marcha, el Inquisidor había felicitado a John por su aplicación y la exactitud de su trabajo, y había intentado animarle indicando que el tremendo desaliento que le había invadido durante el examen de los testigos había sido sin duda provocado por la frustración que había sufrido el demonio de Kent ante las sesiones del Tribunal; pero al no observar ninguna respuesta en el otro, lo había dejado, no sin antes lanzarle una o dos miradas escrutadoras, dirigidas a su espíritu antes que a su cuerpo, en busca de una respuesta. Había llegado al convencimiento, durante las semanas que estuvieron trabajando juntos, que en algún punto del corazón del hermano John ardía la herejía. Hubo veces en las que casi se sintió tentado de llevar el asunto a la atención del padre Hieronymus, pero ¿quién sabía las repercusiones que esta acción podía llegar a traer? Los adelmienses, pese a lo que el mismo John había descrito como una cierta falta de erudición, eran una Orden respetada y valorada en todo el país, y después de todo el dibujante había recibido su encargo directamente de Roma. El padre Sebastian era un fanático, incansable en la prosecución de su fe; pero hay veces en que incluso el devoto considera aconsejable cerrar los ojos y simular no haber visto nada...

    El carro de una granja pasó estrepitosamente por su lado, arrastrando una nube de blanquecino polvo. El caballo de John se encabritó y el sacerdote refunfuñó inexpresivamente. A través de los profundos canales de su mente aún podía oír los ecos de los sonidos. Era un susurro que se elevaba y descendía como el oleaje de un penetrante mar infernal: los alaridos de los condenados y de los moribundos; el chirriar de los braseros; los chasquidos de los látigos abriendo la carne; el crujir del cuero y la madera; los chirridos y los chasquidos sordos de los tendones a medida que las máquinas se dedicaban a destruir la Obra de Dios. John lo había visto todo: las tenazas al rojo vivo alrededor de los pezones, los hierros de marcar entrando humeantes en las bocas de aquellos infelices, botas hasta la pantorrilla rellenas de plomo fundido, las sillas ardientes, los asientos claveteados sobre los cuales sentaban a sus víctimas para apilar después sobre sus mulos barras de plomo... El Territio, las Questiones Preparatoire, Ordinaire, Extraordinaire; y el strappado, el potro de tortura y la pera asfixiante; los Interrogadores desnudos y sudorosos, mientras el gran juez enloquecido arrancaba de la espuma de los epilépticos confesión tras confesión... El lápiz y el pincel iban registrando fielmente las escenas, volando sobre el papel con infinita habilidad, mientras el hermano Sebastian se mantenía en su puesto y fruncía el ceño, mordisqueándose los labios y agitando la cabeza. Parecía como si las manos de John trabajaran solas, llenando hoja tras hoja, buscando las tintas y lanzando las pinceladas mientras los dibujos crecían en profundidad y realismo. La brillante luz lateral; la capa de sudor sobre los cuerpos que se distendían y jadeaban en medio de un éxtasis de dolor; brazos desarticulados por los pesos y las poleas, vientres reventados por el potro, brillantes ramificaciones de sangre nueva corriendo por el suelo. Parecía como si el artista tratara de reflejar el hedor, la miseria, hasta el último sonido, sobre el papel; el hermano Sebastian, impresionado muy a pesar suyo, se había llevado finalmente a John a la fuerza, pero no había podido hacer que dejara de trabajar. Dibujó un brujo en el exterior de la muralla, descuartizado por cuatro jacas Suffolk; los hombres y las mujeres sentenciados, sentados sobre sus barriles de brea, a la espera de la antorcha; los cuerpos rígidos e inanimados que quedaban después de que las llamas se apagaran. No tolerarás que una bruja viva, había dicho Sebastian cuando le despidió. Recuérdalo, hermano, no tolerarás que una bruja viva... Los labios de John se agitaron, repitiendo en silencio las palabras.

    La noche le sorprendió a media docena de millas escasas de Dubris. Desmontó en la oscuridad, torpemente, ató el caballo mientras iba a por agua a un riachuelo. Dejó caer la mochila con los pinceles y las pinturas en medio de la suave corriente, y se quedó largo rato observándola, aunque la oscuridad le impidió ver cómo se hundía, volvía a salir a flote y era arrastrada por el agua.

    Al ritmo de viaje que llevaba, le supuso varias semanas regresar a su hogar. A veces tomaba caminos equivocados; a veces la gente le daba de comer, y entonces les bendecía y lloraba. En una ocasión fue asaltado por una banda de forajidos, pero la palidez de sus labios y su mirada les retuvo, y tuvieron miedo de que les hechizara o les contagiara la peste. Finalmente llegó a Dorset por la parte de Blandford Forum, con varias millas de desvío de la ruta habitual. Durante un tiempo siguió los meandros de la parte oeste del Frome; pasado Durnovaria, se desvió en dirección a Sherborne. Alguien reconoció el hábito color carmesí y le devolvió al camino, llenándole la bolsa de pan, que nunca comió. A mediados de julio llegó al monasterio; a sus puertas le regaló el caballo a un muchachito andrajoso. El abad, preocupado, lo hizo recluir en la enfermería y tomó medidas inmediatas para recuperar el animal, pero éste y su nuevo dueño habían desaparecido. John fue instalado en una habitación alegre, resplandeciente de flores veraniegas, fucsias y begonias y rosas de los campos del monasterio, desde donde podían verse las manchas del sol brillando sobre las paredes y el blanco cúmulo de nubes en el azul del cielo. Sólo habló una vez, y fue con el hermano Joseph; incorporándose, con ojos asustados y fuera de control, agarrándose a la muñeca del muchacho, musitó, con voz apenas audible:

    —Lo disfruté, hermano. Que Dios y los santos me ayuden, disfruté de mi trabajo...

    Joseph intentó calmarle, pero no consiguió nada.

    Pasó un mes antes de que pudiera levantarse y vestirse por sí mismo. Durante aquel tiempo había tomado poco alimento; estaba delgado hasta el punto de tener un aspecto demacrado, y sus ojos poseían un brillo febril. Se puso a trabajar en una de las prensas de litografía; el maestro Albrecht seguía refunfuñando, pero lo ignoraba. John se esforzaba en su trabajo todo el día, durante el descanso del almuerzo, durante la cena y la llamada a vísperas. La noche y la luna le vieron trabajar, tintando la piedra que sus ojos no podían ver enjuagándola, bajando el tímpano, moviendo los radios de la rueda, bajando la platina, tintando, bajando el tímpano... El hermano Joseph se quedó con él en una ocasión, observando acurrucado en las sombras, pero al cabo de un rato él también se marchó, sorprendido por algo que no podía llegar a entender.

    Fue de madrugada cuando John empezó a vacilar en su penitencia. Se quedó ligeramente inclinado, una sombra oscura recortada por el resplandor de la luna, escuchando, contrayendo su expresión como si tratara de atrapar los ecos de algún ruido más allá del alcance del oído humano. Los gimoteos venían de él mismo; se tambaleó como un borracho en mitad del suelo, y cayó boca abajo, con los brazos tendidos. Encima, el recién llegado viento hacía tintinear una claraboya; se sentó en el suelo, observando a su alrededor en busca del origen del sonido, si era un sonido aquello que había oído. Fue entonces cuando sufrió la primera de las visiones o alucinaciones que le perseguirían durante todo el resto de sus días. Su inicio fue un rápido golpe seco, como un tambor retumbando sobre una gran extensión de terreno. La habitación se oscureció, luego resplandeció. John balbuceó, se cubrió la cara e intentó rezar.

    Hubo una vez una muchacha en Dubris, una hermosa joven cuyo crimen, monstruoso y antinatural, había sido la concepción de un íncubo. Finalmente la soltaron; pero antes de hacerlo, cercenaron una de las pequeñas manitas de su hijo y se la dieron envuelta en un trozo de tela. El hermano John volvió a verla de nuevo, con una claridad fantasmal a la luz de aquella luna. Cruzó la habitación, maullando descontenta; y tras ella se arrastraba la comitiva de los horrores, los brazos y piernas cortados, las cabezas tronchadas, los cuerpos rotos en el potro, traspasados y quemados por las sillas de hierro candente. Gritos y aullidos brotaban de todos ellos, un mugido como la llamada de vacas espectrales, trinos de pájaros muertos, un llanto, un ruego... El rostro de John se tiñó de un extraño color: a su alrededor brillaban intensas luces, las ruedas de las prensas parecían girar como soles de oscuros rayos. Se vio asaltado por truenos y extraños ruidos; sus ojos giraron hacia arriba, dejando al descubierto su blanco a las luces de la habitación. Golpeó rabiosamente el suelo con los puños, y lloró desconsolado. Finalmente se quedó tendido, inmóvil, en medio de la habitación.

    A la mañana siguiente los hermanos, al no encontrarle en su celda, lo buscaron en los talleres, luego por todo el monasterio, más tarde por los sótanos. Pero todo fue inútil: el hermano John se había ido.

    Su eminencia el cardenal arzobispo de Londinium suspiró profundamente, se frotó la barbilla, bostezó, se paseó arriba y abajo por su despacho, de la mesa al ventanal que daba a la parte exterior del palacio episcopal. Se detuvo al lado de la ventana durante un rato, con las manos a la espalda y el mentón hundido en el pecho. Los jardines estaban radiantes de color, con lilas y, gladiolos y las recién llegadas rosas McGredy. Su Eminencia era un gourmet de todas las cosas temporales. Sus ojos observaron de forma ausente la exhibición de belleza, los árboles, las plantas y los estanques del fondo, donde envejecían una multitud de peces de colores. Más allá de los estanques, y más allá de los jardines de plantas con sus tortuosos senderos pavimentados, se alzaba el muro exterior. Encima de éste se levantaba, lóbrego, el paredón repleto de ventanas tipo prisión de la Escuela Universitaria de Transmisores de Señales. Los sonidos del laberinto de calles de Londinium llegaba débilmente a la zona de los estudiantes: los gritos de los vendedores ambulantes, el retumbar sordo y continuo de las ruedas de los carros, y en alguna parte el repicar de campanas. La mente de Su Eminencia reconoció de forma automática los sonidos. Contrajo los labios y prosiguió con su tortuosa y nada agradable línea de pensamiento.

    Volvió lentamente a su mesa. Sobre ella, un archivo abierto desbordaba con una pequeña marea de papeles. Recogió uno, con expresión preocupada. Bajo el encabezamiento formal y una exposición aún más formal, se hacía muy patente la cólera de un hombre honesto y piadoso:

    Monseñor,

    Permítaseme implorar la indulgencia de Su Eminencia al hacerle patente un asunto de la más horrible y atroz naturaleza: la tortura, la agonía, las más inmundas indignidades vistas, en el nombre de Cristo, sobre la gente de ésta mi diócesis. Sobre los pobres y los débiles, los ancianos y los de mente simple..., sobre los niños y los viejos en plena senectud, sobre las madres encinta..., sobre los padres por sus hijas e hijos, sobre los esposos por sus esposas; ya no puedo, Monseñor, mantener por más tiempo la paz en presencia de las iniquidades, de los horrores...

    Su Eminencia detectó un error gramatical en aquel impetuoso texto en latín; su pluma de tinta roja, intransigente y automática, trazó un enérgico tachón.

    ...de los horrores perpetrados sobre nosotros, sobre este pueblo leal, antiguo y libre de toda culpa. Sobre inocentes y necios, sobre sujetos indefensos de una Iglesia y de un Dios que sólo profesa amor, caridad e iluminación... Este loco, este profanador de la decencia, y lo que él llama su Tribunal Espiritual...

    El cardenal fue pasando las páginas hasta el final, sin dejar de agitar la cabeza. El obispo Loudain de Dubris era un hombre valeroso pero imprudente; aquella carta, entregada a la persona adecuada, aseguraría a Su Gracia un encuentro personal con aquellos mismos grésillons de los que tan ardientemente se quejaba. El asunto olía a herejía... El cardenal alzó cuidadosamente el documento con la punta de los dedos y lo depositó en su archivo. Tomó otro, más breve y conciso, del comandante de la guarnición estacionada en Durnovaria.

    ...el renegado conocido entre la gente como el hermano John sigue eludiendo nuestras fuerzas. Últimamente se han producido tumultos provinentes directamente de sus enseñanzas y de las de sus seguidores en Sherborne, Sturminster, Newton, Shaftesbury, Blandford y la misma Durnovaria. La gente, atribuyendo sus escapadas ante nuestras tropas a una intervención milagrosa, se hace cada día más difícil de controlar. Pido seriamente permiso para obtener nuevas tropas a caballo y un mínimo de cuatrocientos hombres de infantería con las armas y reservas apropiadas, con el propósito de rastrillar la región desde Beaminster hasta Yeovil, lugar donde se cree que están actualmente acuartelados los insurgentes. Sus fuerzas se calculan en estos momentos entre los cincuenta y los cien hombres; están bien armados, y poseen un notable conocimiento del terreno. Los intentos de darles caza empleando los métodos normales han demostrado ser, una y otra vez, inútiles...

    Su Eminencia dejó caer impaciente la carta. Ésta, y una docena más de su mismo estilo, habían sugerido su propio documento formal de excomunión. La sentencia había sido transmitida al hermano John hacía seis meses, pero parecía que la desaprobación de la Iglesia, y la consiguiente maldición de su alma, habían causado en él poco efecto. Sus seguidores se habían lanzado a grandes excesos; un destacamento de dos docenas de jinetes había sido derrotado y masacrado a plena luz del día, y sus armas y equipo robados; un capitán de los Dragones Romanos había sido capturado y bárbaramente apaleado, y enviado de vuelta a Durnovaria, atado y al galope, con una serie de mensajes insultantes prendidos en su túnica; la efigie del Papa había sido quemada en Woodhenge y Badbury Rings. El cardenal era demasiado consciente de los peligros inherentes al martirio, y ello le hacía sentirse incómodo; hubiera preferido ignorar enteramente a John, dejando que todo el desdichado asunto sufriera una muerte natural. Pero se veía obligado a tomar medidas.

    Repasó el breve informe de la vida y cualidades del rebelde, llevado hasta Londinium, a petición suya, por un Eminencia inusualmente manso adelmiense cuyas orejas Su hubiera deseado enormemente poder devolver al padre Meredith en una bandeja, por permitir en primer lugar que su confundida gente llegara a tales extremos. Los adelmienses, aunque no por su culpa, se estaban convirtiendo rápidamente en el leitmotiv de un nuevo e inquietante movimiento popular. El resurgimiento de la fuerza del anglicanismo se alimentaba de reliquias de antigua adoración. ¿No había sido el propio San Adelmo quien convirtió amplias zonas del país a la Fe, siglos antes incluso de que el clero, reunido tras los talones de los conquistadores normandos, restableciera en Bretaña los preceptos de Roma? La comunión anglicana había sido un hecho histórico, pese a que la Iglesia intentaba incansablemente negarlo, y la causa aún podía hallar defensores. Habían transcurrido muchos años entre la abolición Papal por parte de Enrique y la excomunión de Isabel, años en los cuales la Iglesia de Inglaterra había coexistido presumiblemente en estado de Gracia. Posiblemente existieran untuosas excusas, pero había también ideas peligrosas que circulaban libremente entre la población, carente en general de una correcta instrucción sobre los principales puntos teológicos. La antigua consigna de la Iglesia, someterse y adorar, ya no era suficiente; se tentaba a la gente una vez más a que estableciera su propia jerarquía espiritual, y John o cualquier otra figura similar estaba hecho a la medida para encabezar dicho movimiento.

    El renegado había asistido a las últimas sesiones del Tribunal del Bienestar Espiritual; y aquello, pensó Su Eminencia mientras releía unos hechos que ya se había aprendido de memoria, era claramente el inicio de todo ese asunto tan ridículo. ¿Cómo explicarlo? ¿Hasta qué punto podía mantenerse calmada la ira de un hombre como Loudain, con datos y hechos, a través de argumentos políticos? Su Eminencia se encogió cansadamente de hombros. En toda la historia del mundo no había existido una fuerza como la fuerza de la segunda Roma. Sostener la mitad de un planeta en la palma de una mano; hacer juegos malabares, equilibrar unas frente a otras unas fuerzas que la mente de un hombre casi no podía llegar a comprender... El furor de las naciones era como la rabia del mar, que no podía contenerse con cañas y barro. El anglicanismo ya había dividido una vez al país, su historia estaba toda contenida allí, en los grandes libros que se alineaban en las paredes del estudio. Luego Inglaterra había ardido desde el pie de Cornualles hasta la columna vertebral de los Peninos con el resplandor de los autos de fe. Había habido algún dolor, un poco de derramamiento de sangre, pero pronto habían desaparecido y habían sido olvidados; eso, y la enorme sabiduría de la Iglesia.

    Demasiado a menudo, pensó el cardenal; el temor a la amenaza del Fuego del Infierno en vez del señuelo del Reino del Amor... El padre Hieronymus, loco como indudablemente estaba, había sido útil en el pasado, pero en esta ocasión su sangriento circo había desencadenado un clamor que podía envolver fácilmente toda Inglaterra. Una serie de pensamientos tan sorprendentes como poco caritativos daban vueltas en la mente del arzobispo de Londinium. Se levantó de nuevo para seguir meditando de pie, observando los jardines, lo cual era su mayor placer. Le parecía ver las rosas destrozadas por pies irreverentes, las lilas pisoteadas en medio de una tierra ensangrentada, su casa destruida e incendiada, sus bodegas de vinos profanadas, sus despensas y cocinas, sus estudios y bibliotecas en llamas. La única solución era destruir al padre Hieronymus y destruir a los adelmienses, y por encima de todo destruir al hermano John... Su Eminencia, debido a la naturaleza de su posición, era tanto un economista y un político como un hombre de Iglesia: en sus ratos de humor más cínico creía ver todo el amplio espectro de la Iglesia extendido como una reluciente manta, como una colcha de hilo de oro, sobre el cuerpo de un gigante. En ocasiones como aquella, el gigante se removía y resoplaba en un sueño intranquilo; pero pronto despertaría.

    Apartó resueltamente la idea, volvió a su escritorio, extrajo de un cajón el documento formal en el que había estado trabajando la mayor parte de la mañana anterior, dictándoselo a su amanuense:

    Por cuanto el hereje conocido como hermano John, ex miembro de la Orden de San Adelmo, cuyo cuerpo hemos excomulgado y cuya alma hemos arrojado a las profundidades del Fuego Eterno, continúa mofándose de la Voluntad de Dios y de su Verdadera Iglesia en esta Tierra, es nuestro deber comunicar esta solemne Advertencia:

    Cualquier persona que dé asilo al hereje o a cualquier miembro de su banda; cualquier persona que le suministre comida, bebida, armas, municiones y pólvora o cualquier otra vitualla;

    Cualquier persona en posesión de cartas, proclamas u otro asunto originado por el hermano John o algún miembro de su banda, o que ayude a distribuir ese tipo de propaganda subversiva para la posterior causa de Satanás contra la gloria de Dios;

    Cualquier persona que oculte información acerca del paradero del mencionado hereje o cualquier miembro de su banda; cualquier persona que asista a alguna reunión, orgía o cualquier exhibición representada por ellos, y que no declare acerca de ella, con todos los datos que posea al respecto, a un sacerdote, a un comandante de guarnición o a un oficial de la ley en el plazo de un día después del delito;

    Será excomulgada y vista como un ser horrible y abominable ante los ojos de Dios; y por esta sola prueba declarada culpable ante cualquier Tribunal de Justicia de la Paz o Eclesiástico, y ahorcada y descuartizada, y sus pedazos salados y embreados, y exhibidos de la manera que se juzgue más adecuada para el aviso y educación de otros herejes o traidores a Dios y a la causa de su Iglesia.

    Otrosí es nuestro deber proclamar las siguientes recompensas:

    Por la información que conduzca a la captura, vivo o muerto del hermano John o de cualquier otro miembro de su banda, veinticinco libras de oro;

    Por la captura, vivo o muerto, de cualquier miembro de la banda del hermano John, cincuenta libras de oro.

    Por la captura, vivo o muerto, del propio hermano John, doscientas libras de oro, que serán pagadas en nuestro Palacio Episcopal de Lambert tras la recepción del cuerpo del hereje, o a través de una prueba buena y suficiente de la destrucción del cuerpo del hereje.

    Y para que así conste, lo rubricamos de nuestro puño y letra este día vigésimoprimero del mes de junio del año de Nuestro Señor de mil novecientos ochenta y cinco.

    El cardenal asintió finalmente con una sombría señal de aprobación. La Iglesia se hallaba en una situación en la que necesitaba imperiosamente uno o dos santos bien disciplinados: en el caso de John iba a desperdiciarse un hombre de primera categoría. Su Eminencia permaneció dubitativo unos instantes, tras lo cual llamó a un secretario para que le trajera su sello privado.

    La infantería se había desplegado en semicírculo a la entrada del estrecho valle. Otros soldados, con el azul de sus uniformes claramente distinguible, se alineaban en las rocas de la hondonada, bajo cuya cima se apreciaban las bocas de varias cuevas. Esporádicas nubes de humo brotaban de ellas cuando los defensores, rodeados por un número excesivo de atacantes, disparaban al azar. A doscientas yardas del reducto se estaba montando una pieza de artillería. La pieza había sido protegida con una media luna de rocas apresuradamente erigida; detrás del parapeto, un grupo de sudorosos hombres colocaba cuñas bajo las ruedas de la cureña. Una serie de vigas encajadas bajo los aros levantaban el arma varios grados, pero el blanco estaba demasiado alto; el capitán temía que, a la primera descarga, el retroceso destrozara el arma contra el suelo. Cerca del cañón, un enardecido mayor, con la espada desenvainada y montado en un inquieto caballo, se desgañitaba en gritos e improperios contra sus hombres para que se esforzaran más. Los ataques frontales habían resultado costosos: en la parte superior del valle unas manchas de tela azul señalaban los lugares donde los herejes se habían cobrado su cuota de víctimas entre la infantería. El mayor, que no era un hombre propenso a arriesgar inútilmente sus tropas, agitó el sable hacia el reducto y lanzó a sus ocupantes una andanada de insultos. Una nube de humo le respondió, la bala de cañón destrozó en mil pedazos una roca a unos veinte pies a su izquierda y siguió silbando pendiente abajo. Una descarga lanzada sin objetivo aparente por las tropas que se cobijaban en la hondonada hizo retroceder a los defensores; el mayor creyó oír, mezclado con los ecos de los disparos, el rumor de un grito.

    El primer disparo del gran cañón lanzó por los aires mil pedazos de roca de un saliente a una yarda escasa por debajo de las bocas de las cuevas; el segundo desencadenó una pequeña avalancha por encima y a la derecha. El tercero desmontó la pieza de su rudimentaria plataforma, aplastando las piernas de uno de sus servidores. El capitán maldijo los huesos de aquellos hombres, deseando tener un mortero, pero no había ninguno a su alcance. El cañón fue montado de nuevo y elevado de forma más segura; los papistas ocuparon sus posiciones para cañonear la posición rebelde hasta reducirla.

    La diminuta figura enfundada en su túnica color rojo oscuro estaba ya a unas veinte yardas de las grietas, corriendo por encima de las rocas de un camino de cabras, antes de que la pieza fuera colocada de nuevo en posición. Unas nubecillas de polvo se alzaron en torno al fugitivo; el mayor, gritando, cabalgó a lo largo de la línea de tiro de sus hombres, aguijoneándoles, indicándoles que apuntaran certeramente. El renegado fue derribado a unas veinte yardas de la cima del precipicio y bajó rodando una gran distancia antes de ser detenido por el propio terreno accidentado, pero aún le quedó suficiente vida para apuntar una pistola y reventarle la rodilla a un hombre a la derecha del mayor cuando la infantería lanzó su carga final. El mayor gruñó y se agachó para retirar la capucha del adelmiense. Bajo su densa mata de pelo, el muchacho le dirigió una sonrisa repleta de dolor, con los dientes llenos de sangre.

    Al lado del mayor, su ayudante dijo, lleno de asco:

    —Discipulus...
    —Más bien escoria —murmuró el otro. Agarró al muchacho por los cabellos y lo zarandeó—. Bien, muchachito malo —dijo—, ¿dónde está el jodido del culo de tu amo?

    No hubo respuesta. Lo zarandeó de nuevo. El hermano Joseph se incorporó a medias, escupiendo algo rojizo al rostro del hombre que estaba sobre él. El ayudante del mayor agitó negativamente la cabeza.

    —No hablarán, señor. Ninguno de esos búlgaros...
    —Eso ya lo sabía —dijo secamente el mayor—. Que vengan los camilleros, sargento...

    El soldado bajó corriendo la colina. La respiración del muchacho era agitada. Se alzó de nuevo, y antes de desmayarse cerró algo en su puño manchado de sangre. El mayor se arrodilló, evitando con cuidado la sangre que manaba a chorros de aquel cuerpo, y le abrió la mano casi a la fuerza. Se levantó, mientras daba vueltas entre sus dedos al pequeño medallón con la figura del cangrejo.

    —Esto —dijo suavemente— es todo lo que necesitamos...
    —Metió la marca de los duendes en el bolsillo de su uniforme antes de que su ayudante pudiera verla.

    La cueva, una vez inspeccionada, ofreció gran cantidad de trofeos. Seis cuerpos, tres de ellos intactos, suficiente para satisfacer al más recelosos de los empleados papales. La recompensa había subido ahora a ciento cincuenta libras por rebelde; esto hacía un total de novecientas libras, y en conjunto más de mil. Un hermoso botín para el batallón. Además, había suministros de comida y armas, libros y documentos herejes, y montones de panfletos a la espera de ser distribuidos. El mayor ordenó que estos últimos fueran quemados. Al fondo de la cueva, bastante destrozada por los cañonazos, estaban los restos de una prensa Albión y cajas dispersas de letras y caracteres de impresión. El mayor mandó a buscar un martillo, al tiempo que removía el montón de panfletos con la punta de su bota.

    —Bien, al menos en el futuro no habrá tanta basura de ésta por el mundo —señaló filosóficamente a su ayudante.

    Pero la maniobra había fallado en su objetivo más importante. Una vez más, el hermano John había escapado.

    Con el transcurso de las semanas, los rumores fueron creciendo. John estaba aquí, estaba allí; las tropas se desplazaban apresuradamente en mitad de la noche, los pueblos eran registrados, y las recompensas eran reclamadas un millón de veces, pero nunca llegaban a pagarse. Apareció una historia que decía que John, en unión a la gente de los páramos, podía trasladarse con gran rapidez, mediante métodos mágicos, lejos del peligro.

    —Transvestismo —gruñó Roma, y dobló el importe de la recompensa. Las informaciones llegaban de todas partes; se quemaban casas, se purificaban pueblos enteros. Los cadáveres se balanceaban en los cruces de caminos, cargados de horripilantes cadenas, carroña para torres de negros pájaros. El gigante roncaba y se agitaba incansablemente.

    La catedral de Wells fue profanada, aunque la profanación no fue muy grave. No había señal alguna de que se hubiera realizado acción alguna contra el altar, excepto que, con un profundo respeto, habían colocado sobre él, a la vista de todos, un cartel con una cierta inscripción. El documento, desde luego, fue confiscado y quemado de inmediato, pero se difundió el rumor de que las palabras habían sido extraídas de un texto de las Sagradas Escrituras, traducido por un hereje al inglés medio y moderno: Mi casa ha sido llamada la casa de oración, pero vosotros habéis hecho que se convierta en una guarida de ladrones... El mismo caso ocurrió en Aquae Sulis: Vended todo lo que tengáis y dádselo a los pobres, y en la residencia del mismísimo obispo de Dorset: Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un hombre rico entre en el reino de los cielos. Pero tales acciones eran obra de discípulos, declarados o secretos; el propio John viajaba constantemente, predicando y rezando. A veces, las visiones llegaban a atormentarle tanto que caía rodando por los suelos, echando espuma y golpeando la tierra con los puños ensangrentados, rasgándose las vestiduras y arañándose la piel hasta que sus seguidores retrocedían, llenos de miedo. Quizá los fantasmas, el redoble de los tambores y los gritos, las manos y los miembros cercenados, le seguían a través de los lóbregos páramos del oeste; quizá los Antiguos acudían a su encuentro para reconfortarle, se sentaban juntos y le contaban su antigua fe al lado de las piedras de los templos que ya eran viejos antes de que llegaran los romanos, bajo las nubes en constante movimiento y las interminables fantasías de la luna y el sol. John regaló sus zapatos, su manto y su bastón; algunos murmuraban que este último fue clavado en el suelo y floreció, como el bastón del beato José en Glastonbury.

    Si el rumor llegó a oídos de John, éste no pareció darse por aludido. Se movía como un fantasma; sus labios murmuraban, sus ojos no observaban, el viento y la lluvia caían a ráfagas a su alrededor; y, de algún modo, la gente le escondía y le daba de comer mientras los soldados de azul de Dorset de acuartelaban cansadamente desde Sherborne a Coversgeat, desde Sarum Rings hasta el Valle del Gigante en Cerne. El precio por la cabeza de John subía progresivamente: de quinientas libras a mil, de mil a mil quinientas, y de eso a unas increíbles dos mil libras, pagaderas de las arcas del palacio episcopal de Londinium. Pero no había el menor rastro del hombre. Los rumores volvieron a volar. Algunos decían que planeaba un levantamiento contra Roma, que se estaba ocultando hasta que hubiera reclutado un ejército lo bastante grande; otros decían que estaba enfermo, o herido, o que había abandonado el país; y, finalmente, el rumor acabó diciendo que había muerto. Sus seguidores, que en aquellos momentos se contaban ya por miles, esperaban y se lamentaban. Pero John no había muerto: simplemente había vuelto a las colinas, acompañando a los leprosos, siguiendo su rastro a través de sus solitarias y tristes campanillas.

    Las casas del pueblo se apiñaban sobre una expuesta zona de los páramos. Las cabañas estaban construidas con piedra gris, tenían las contraventanas cerradas, y su aspecto era absolutamente desolado. Los pocos árboles que crecían allí eran pequeños y raquíticos, retorcidos por el viento hasta adoptar extrañas y complicadas formas; sus ramas se inclinaban sobre los tejados, como buscando protección. Del pueblo partía una carretera de tierra que se extendía por el yermo terreno hasta perderse en la distancia.

    Al otro lado del páramo, vagamente visible a la extraña luz, se alzaba una alta cadena de colinas. Desde ellas, en un día claro, un oteador hubiera podido divisar la cercanía del mar; ahora, el mortecino y polvoriento cielo se veía vacío y plano. En medio de aquella visión soplaba un viento de marzo, húmedo y enormemente violento. El viento jugueteaba con el manto de la muchacha que permanecía sentada pacientemente al lado de la carretera, a unos cien metros de distancia de la última cabaña. Con una mano sujetaba apretado contra su garganta un áspero trozo de tela; su cabello, que asomaba por debajo de su capucha, se agitaba largo y oscuro, cubriendo ocasionalmente su rostro. Observaba con atención, escudriñando la extensión marrón grisácea del páramo hasta las distantes siluetas de las colinas. Esperó pacientemente una hora, quizá dos; el viento agitaba los arbustos, y durante un breve instante una ráfaga de lluvia cruzó la carretera. Las colinas empezaban a palidecer con la creciente oscuridad cuando la muchacha se levantó y fijó su vista, con la mano a modo de visera, en un punto lejano, forzando los ojos para distinguir con mayor claridad aquel borroso objeto de color gris que había aparecido al límite de su visión. Permaneció inmóvil varios minutos; apenas pareció respirar mientras la lejana mancha iba avanzando poco a poco, se convertía en una oscura cabeza de alfiler, y finalmente se definía como la figura de un jinete. Entonces la muchacha emitió un lamento, un extraño sonido, como un medio gemido surgido de lo más profundo de su garganta, y se dejó caer de rodillas, mirando horrorizada hacia las casas que se alineaban a lo largo de la carretera. El jinete siguió avanzando, pero a los asustados ojos de la muchacha parecía como si se moviera siempre en un mismo lugar, agitándose como una marioneta bajo la inmensidad del cielo. Sus dedos escarbaron la tierra que tenía delante, se alisó la falda sobre los muslos, y se apretó el costado para calmar los latidos de su corazón.

    El hombre montaba relajadamente, dejando que el animal fuera a su paso. Sus pies colgaban sueltos a ambos lados de la barriga del asno, meciéndose rítmicamente, rozando los tallos más altos de la hierba. Iba descalzo, con los pies cruzados con las rayas oscuras de la sangre de antiguos cortes; el manto que llevaba estaba roto y manchado debido al constante uso, su marrón original se había convertido en un gris rojizo. Su rostro era delgado, con señales y hendiduras en la carne que indicaban un aspecto anterior más lleno, y los ojos que asomaban por encima de su enmarañada barba eran brillantes y enloquecidos como los de un pájaro. De tanto en tanto murmuraba algunas palabras, iniciando bruscamente estrofas de alguna canción, echando la cabeza hacia atrás y riéndose del sombrío cielo, agitando una mano en vagos gestos de bendición hacia la gran desolación que le rodeaba.

    El asno llegó finalmente a la carretera y se detuvo, como inseguro del camino que debía tomar. El jinete aguardó, canturreando y murmurando; y sus brillantes e incansables ojos se dieron cuenta lentamente de la presencia de la muchacha. Ella seguía aún arrodillada en la carretera, con la cara inclinada hacia el suelo; alzó la cabeza para mirar al desconocido que la saludaba, con la mano todavía medio alzada. Entonces corrió hacia él, se echó a sus pies y agarró el roto dobladillo de su túnica. Empezó a llorar; las lágrimas brotaron sin control de sus ojos, formando regueros a lo largo de su sucia cara.

    El jinete se la quedó mirando, vagamente sorprendido; luego se inclinó e intentó levantarla. Ella se estremeció ante el contacto y se le agarró más fuerte todavía.

    —Has... venido... —murmuró, como si le hablara al asno—. Has venido...
    —Que la bendición de un proscrito sea contigo —murmuró el desconocido con dificultad, quizá debido a la poca costumbre que tenía de hablar. Hizo un esfuerzo, como si intentara recordar—. Qué hermosos —dijo, inconsecuentemente— son sobre las montañas los pies de aquél que trae buenas nuevas... —Se restregó la cara, se pasó los dedos por el pelo—. Un hombre —murmuró con lentitud— me habló algo acerca de unas curaciones. ¿Quién me necesita, hermana? ¿Quién ha llamado al hermano John?
    —Yo... lo hice... —Su voz sonó de forma entrecortada; seguía aferrada a la tela de su manto, besando y frotando su rostro contra el pie del hombre.

    La débil atención de John se afianzó; de nuevo intentó levantarla, torpemente.

    Yo no puedo hacer otra cosa más que rezar, y la oración está al alcance de todos los hombres...

    —Para curar... —La muchacha tragó saliva e inspiró fuertemente, tratando de no pronunciar las palabras. Pero surgieron incontenibles de sus labios—. Para curar..., por la imposición de las manos...
    —¡Levántate!

    Ella sintió como si la alzaran de un tirón, sostenida a la altura de aquellos ardientes ojos cuyas pupilas estaban contraídas como oscuras cabezas de alfiler.

    —No existe más curación —susurró John entre dientes— que la misericordia de Dios. Su misericordia es infinita. Su compasión nos envuelve a todos. Yo simplemente soy su indigno instrumento; no existe fuerza alguna, excepto la fuerza de la oración. El resto es herejía, un mal para la destrucción y la muerte de los hombres... —La apartó de sí; y luego pareció tranquilizarse. Se secó la frente, bajó torpemente del asno—. Te ruego que seas tú quien lo monte, hermana —dijo—. Ya que no sería correcto que yo emulara a Aquél que entró en Su Reino montando un animal como éste... —Las palabras se perdieron en un murmullo que se llevó el viento—. Iré a ver a tu marido —dijo el hermano John.

    La cabaña era baja y menuda, rebosante de un olor agrio; un bebé lloraba desconsolado en alguna parte un perro se arrastraba por el suelo, quitándose las pulgas. John se agachó al pasar por la puerta, guiado por la temerosa mano de la muchacha aferrada a su muñeca; ella cerró la puerta tras él, asegurándola con una correa y un pestillo.

    —Lo tenemos todo a oscuras —dijo en voz muy baja—, porque él cree que puede ayudar...

    John avanzó cuidadosamente unos pasos. Al lado del fuego había un hombre rígidamente sentado, con las manos apoyadas contra las rodillas. Sus ropas eran ásperas, sus pantalones y chaquetilla estaban reforzados con trozos de cuero, a la manera de los picapedreros. A su lado, sobre una mesa medio desvencijada, había un plato de comida casi lleno y una jarra de cerveza; una pipa yacía caída en el suelo. Llevaba el cabello muy largo, colgando en gruesos mechones por los lados de las orejas. Sus cejas eran negras y espesas, pero sus ojos invisibles. Sobre ellos, a modo de venda, llevaba un pañuelo de colores anudado en la parte de atrás de su cabeza.

    —Ha venido —dijo tímidamente la muchacha—. Él te va a curar... —Apoyó una mano sobre su hombro. El hombre no respondió; en vez de ello, sujetó suavemente su brazo y lo apartó. Ella se volvió hacia el hermano John y, reprimiendo las lágrimas, dijo—. Esto lleva durando más de seis meses. —Su tono era desesperado—. Primero creía que eran unas telarañas echadas sobre su cara. No podía Ver casi nada, sólo el sol. No dejaba de decir que todo estaba oscuro. Estaba oscuro todo el tiempo...
    —Hermana —dijo John con tranquilidad—, ¿tienes un farol? ¿Una antorcha?

    Ella asintió calladamente, con los ojos fijos en su rostro.

    —Entonces tráemelo.

    La muchacha trajo la luz, y la encendió con una astilla del fuego. John situó la lámpara de modo que su lado abierto iluminara el rostro del hombre ciego.

    —Déjame ver...

    Los ojos al descubierto eran oscuros y temibles, a tono con el rostro orgulloso y duro. El hermano John alzó el farol, dirigiendo su luz hacia las pupilas, al tiempo que giraba la cabeza del ciego, colocando los dedos debajo de aquella mandíbula de tonos oscuros. Los contempló largo rato, observando tras las córneas el pálido y lechoso reflejo de la luz; luego bajó la lámpara hasta la chimenea. Un largo silencio, y después:

    —Te compadezco, hermana —dijo sombríamente—. No hay nada que yo pueda hacer excepto rezar..., su mirada está vacía.

    La muchacha le miró mostrando una total incomprensión; luego se llevó las manos a la boca y empezó a llorar de nuevo.

    John pasó aquella noche en una dependencia de la cabaña, murmurando y agitándose sobre un montón de paja; sólo fue a la llegada del amanecer que las trompetas y los tambores dejaron de sonar en su cerebro y pudo finalmente dormir.

    El picapedrero se levantó antes de que asomaran las primeras luces, y se vistió silenciosamente, sin prisas. A su lado, su mujer permanecía inmóvil; tocó su brazo, y ella dijo algo ininteligible en sueños. La dejó y cruzó la cabaña, con los dedos extendidos, tocando suavemente los muebles y los familiares respaldos de las sillas. Quitó el seguro de la puerta, y sintió el aire de la mañana, fresco y puro, acariciar su rostro. Una vez fuera ya no necesitó más guías. La vida de la gente de aquel lugar estaba gobernada por el trabajo de la piedra; las pequeñas canteras distribuidas entre las colinas iban pasando de padres a hijos de generación en generación. Con el paso de los años, sus pies y los pies de sus antepasados habían ido formando un sendero desde la cabaña y a través del páramo. Se limitó a seguirlo, con el rostro levantado para poder captar la mancha gris que era todo lo que sus ojos podían mostrarle del amanecer. La costumbre le había hecho coger la linterna; rebotaba contra su rodilla, resonando a cada paso que daba. Finalmente llegó a la cantera, y apartó el palo que cerraba simbólicamente su entrada. Se quedó de pie dentro, inmóvil, durante largo rato, apoyando las palmas de sus manos contra la fría piedra; luego buscó sus herramientas y las acarició, sintiendo la particular suavidad que les había dado el uso y sus manos. Empezó a trabajar.

    John, despertado por los distantes golpes del martillo contra la piedra, huyó de un febril sueño y volvió la cabeza para localizar el ruido. Se levantó, metió sus pies en las sandalias que alguien había colocado a su lado, y se dirigió al encuentro de la fría mañana, dejando tras él una pequeña nube de vapor con cada exhalación que acompañaba a cada uno de sus pasos.

    La muchacha ya estaba en la cantera; estaba inclinada fuera, mirando en silencio. En su interior se oía el rítmico tintineo mientras el invidente trabajaba sobre la roca, midiendo, tanteando, cortando con el tacto. Había un montón de bloques de piedra apilados junto a la entrada; mientras John observaba, el picapedrero apareció arrastrando otro bloque, y luego volvió a su trabajo sin mediar palabra alguna.

    Los ojos de la muchacha estaban fijos en el rostro de John, asombrados. Él agitó la cabeza.

    —Sólo puedo rezar —murmuró—. No puedo hacer más que rezar...

    Transcurrió la mañana, luego la tarde, y el martilleo no cesó. En una ocasión la muchacha fue a buscar comida, pero John no dejó que se acercara a su marido; el mazo que golpeaba incesantemente la piedra le hubiera partido la cabeza. Cuando el cielo empezó a oscurecer, el montón de piedras alcanzaba los dos metros de altura, obstruyéndole la visión; cambió de posición, desde donde sus rodillas habían formado dos pequeñas oquedades en el suelo, a otro lugar desde donde pudiera ver. El corto día, a medio camino entre el invierno y el verano, finalizó; pero el hombre no necesitaba luz allí dentro. El martillo seguía repiqueteando; y finalmente John adivinó su propósito. De nuevo rezó intensamente, postrado sobre el suelo. Horas más tarde se durmió, pese a la fuerza del viento. Cuando despertó estaba demasiado, rígido para moverse con soltura. Ante él, el martillo seguía resonando en la oscuridad. La muchacha volvió al amanecer, llevando al bebé bajo su manto; alguien le trajo algo de comida, que ella rechazó. John se sentía atormentado por los calambres; sus manos y pies estaban morados de frío. Durante todo el día había soplado el viento, rugiendo hacia el páramo.

    Los habitantes de Dorset eran extraños, gente con mentes retorcidas. Los hombres del pueblo fueron llegando uno a uno y se sentaron a observar, pero ninguno de ellos intentó arrancar a aquel hombre de su tarea. Hubiera sido inútil: habría vuelto, tan cierto como que el viento vuelve una y otra vez a los matorrales y a las más escondidas colinas. El martillo caía sobre la roca desde el amanecer hasta el anochecer; la lluvia se mezclaba con las ráfagas de viento, cubriendo la espalda de John, empapando todo su cuerpo a través de la túnica. Él se limitaba a ignorarla, al igual que ignoraba los helados dolores en su vientre y espalda, el retumbar de los truenos y los destellos en su cerebro. Los antiguos dioses lo habrían comprendido, pensó: aquellos que rugían y sudaban durante todo el día, arrancándose los intestinos los unos a los otros en interminables guerras para caer, morir y despertarse con cada sombra del anochecer emborrachándose para despedir la noche en su palacio del Valhalla. Pero ¿y el Dios cristiano? ¿Qué pensaría Él? ¿Aceptaría el sacrificio de la sangre, como aceptó las almas desgarradas de Sus brujas? Desde luego, murmuró el cansado cerebro de John, porque es El mismo. Su bebida es la sangre. Su comida es la carne. Sus sacramentos son el trabajo y la miseria y un interminable y desesperanzado dolor...

    Con la llegada del segundo amanecer, los montones de piedra se extendían ya varios metros sobre el suelo; y el mazo aún seguía cayendo, vacilante e irregular, cortando más. Piedras para los palacios de los ricos, catedrales para la gloria de Roma... El tremendo viento rugía entre las colinas, agitando el manto de la muchacha mientras permanecía sentada, paciente como una vaca, con las manos cruzadas sobre las piernas, los ojos brillando con un dolor medio compartido, medio comprendido. John se agachó, derrotado, incapaz de seguir en pie, con los dedos congelados en una posición inconsciente, mientras la gente del pueblo observaba severa desde el otro lado de los matorrales.

    Y llegó el final; el sacrificio fue ejecutado y aceptado; el trabajador de la piedra vació boca abajo, el material para un sinfín de leyendas. Una vena pulsaba en pequeñas convulsiones en su cuello de curtida piel, la sangre brillaba vivamente en su boca y garganta; su cuerpo tosió y se agitó, intentando buscar una mejor posición, y John, arrastrándose hacia delante sobre sus inútiles rodillas y manos, supo antes de llegar a él que estaba muerto.

    Se levantó, con un agónico crujir de huesos. La muchacha se quedó observando tristemente a sus pies, como una piedra más entre las grises colinas de piedra; su sombra se extendía ante él, delgada y larga, ajustándose a la densa hierba de los matorrales.

    El hermano John se dio la vuelta lentamente, sintiendo que el ataque de los tambores empezaba una vez más en su cerebro; alzó su pálido rostro hacia un sol que brillaba de forma extraña. Se hizo más y más brillante, un fantasma cósmico, un algo imposible suspendido en medio del tempestuoso cielo que iba aumentando a cada segundo. John gritó roncamente, alzando los brazos al aire; y alrededor de la esfera se formó un círculo, nacarado y resplandeciente, y luego otro y otro más, llenando el cielo, sumergiéndolo todo, quemado, helado como la nieve, hasta que con un silencioso trueno sus diámetros se unieron, formando una cruz de llamas de plata, ondulantes e inmensas. En los puntos de intersección brillaban otros soles, y otros, y más y más, consumiendo el cielo; y John vio ahora con la suficiente claridad las feroces multitudes de ángeles descendiendo y elevándose. Llegó un ruido procedente de ellos, un ruido grande y dulce de júbilo que pareció entrar en su cansada mente como una espada. Gritó de nuevo, un grito inarticulado, tambaleándose hacia delante, arrastrando los pies y corriendo mientras tras él su gran sombra se agitaba y daba saltos. Entonces la gente echó a correr también, unos hacia los páramos, otros por la calle mayor del pueblo, como si él fuese el centro de divergencia, llamando y golpeando las cerradas puertas de las casas mientras la palabra de movía más rápido que los pies, mucho más rápido que el más veloz de los caballos: decía que los cielos se habían abierto en torno al hermano John, transfigurados de gloria. La historia empezó a crecer, alimentándose a sí misma, hasta que Dios mismo en persona bajó la vista para mirar con sus propios ojos a través del arco azul del cielo.

    Los soldados lo oyeron, en Golden Cap y en Wey Mouth y en Wool en el interior del páramo; los telégrafos cliquetearon la noticia de que un distrito rural se estaba alborotando. Se enviaron mensajes pidiendo refuerzos, municiones y pólvora, caballería, armas pesadas. Durnovaria respondió, al igual que Bourne Mouth y Poole; pero el revuelo estaba ya en las torres, derribándolas como débiles árboles. A mediodía las líneas estaban silenciosas, incluso Golden Cap era un amasijo de palos rotos. El comandante de la guarnición allí destacada reclutó un batallón de infantería y dos de caballería, y partió a marchas forzadas, esperando contra toda esperanza abortar la rebelión en su inicio. Un hombre y sólo un hombre podía acaudillar el populacho e incitarlo a luchar: el hermano John. Esta vez, de un modo u otro, el hermano John tenía que desaparecer.

    La gloria se desvaneció; pero la gente seguía llegando, reuniéndose en los páramos, luchando con sus carros y sus carretas en las colinas, encallándose en los empantanados caminos mientras intentaban llegar hasta él. Algunos le traían ropa, dinero y comida, ofertas de cobijo, caballos rápidos. Le rogaban que escapara, le advertían que los soldados se estaban apresurando para cortarle el paso; pero el ruido que aún retumbaba en sus oídos le ensordecía, y las visiones del sol, brillando en su cerebro, cegaban los últimos vestigios de su razón. Las huestes, el ejército de harapientos, crecía a sus espaldas mientras él se tambaleaba por entre los matorrales, con el rostro tendido hacia el gran viento del sur. Algunos trajeron armas: horcas, guadañas y cuchillos montados al extremo de un palo, fusiles que habían permanecido escondidos en el techo de paja de una veintena de cabañas. Entonando cánticos, llegaron al mar; y siguieron, a caballo y a pie, por los empinados caminos de Kimmeridge, hasta llegar a una pequeña ensenada y a la ferocidad del agua. Allí se enfrentaron finalmente al contingente de Golden Cap. Los soldados de azul atacaron; pero los rebeldes eran demasiados. Una carga, una dispersión, un hombre derribado, pisoteado y degollado; los gritos fueron transportados por el viento, algo rojo quedó abandonado sobre la hierba, agitándose todavía, un caballo que corría sin jinete fue herido por unas picas... Los papistas se retiraron, manteniendo la columna a tiro de mosquete, hostigándola sin cesar para obligar a la vanguardia a que les hiciera frente.

    El hermano John ignoró la escaramuza; o quizá nunca llegó a saber de ella. Iba montado a caballo, y guiado por las voces y sonidos de su mente llegó al borde del acantilado. Allá abajo se extendía una gran superficie de agua agitada y blanca, precipitándose en el horizonte e incluso más allá. Pero aquí arriba no había olas; el huracán, sobre el que un hombre hubiera podido recostarse, descabezaba las crestas espumosas. Desde una multitud de grietas en el acantilado caían chorros de agua a la bahía; pero los pequeños cursos de agua eran atrapados por las ráfagas de viento y lanzados contra las aristas de las rocas, formando arcos ascendentes que alimentaban un agitado mar de aluvión. En los acantilados, John detuvo su caballo; el animal se giró, resistiéndose, con la crin ondeando al viento. John alzó los brazos, llamando a la gente para que se apiñara a su alrededor: hombres de rostros oscuros con jerseys, gorras y botas, mujeres impasibles anudándose las bufandas en tomo a sus cuellos, muchachas de pelo oscuro de Dorset, con sus robustas piernas enfundadas en brillantes pantalones tejanos. Lejos, a la izquierda, la caballería se arremolinaba y avanzaba a empujones, con las carabinas al hombro; el humo de las descargas era arrastrado lejos en forma de fugaces destellos blancos. Una bala pasó rozando por encima de la cabeza de John; otra destrozó el pie de una muchacha que estaba a un lado de la multitud, El gentío avanzó peligrosamente. Los jinetes retrocedieron. Uno de los cañones, tirado por un grupo de mulas, se estaba acercando desde los cuarteles de Lulworth, pero hasta que llegara a su destino el capitán sabía que estaba desamparado: lanzar a su puñado de hombres contra aquella chusma era enviarlos a una muerte segura. A varias millas de distancia, en medio de los arbustos, las mulas tiraban del armón de la culebrina; los cuadrados carros de munición iban dando tumbos detrás, encabezando una columna de infantería. Pero ya no había caballería, no podía confiarse en ningún refuerzo; no había tiempo...

    Por encima de la cabeza del hermano John volaban las gaviotas. Él seguía alzando los brazos una y otra vez, parecía llamar a los pájaros, mientras las aves permanecían como colgadas, inmóviles en pleno cielo. La multitud guardó silencio, y John empezó a hablar.

    —Pueblo de Dorset..., pescadores, granjeros, y vosotros, marmolistas y pedreros que arrancáis las viejas piedras de las colinas..., y vosotros, hadas y Pueblo de los páramos, espíritus que pueblan el viento, oíd mis palabras y recordad. Que ellas marquen vuestras vidas, que las marquen para siempre; ahora y en los años venideros, que ningún hogar se quede sin oír la historia... —Las palabras brotaban en un hilo de voz débil y agudo, como pulverizadas por el viento; e incluso la muchacha herida cesó en sus lamentos y se echó al suelo, apoyándose sobre las rodillas de sus amigos, esforzándose para escuchar. John les habló acerca de ellos mismos, de su fe y de su trabajo, de su solitaria existencia escarbando en las piedras, en las rocas y en la miseria; les habló de la Iglesia que mantenía al pals aferrado por la garganta, ahogando su respiración con su guante bordado. Las visiones aún hervían y zumbaban en su mente; les habló del poderoso cambio que sobrevendría, barriendo para siempre la oscuridad, la miseria y el dolor, dirigiéndoles finalmente hacia la Época Dorada. Vio claramente, elevándose por encima de las colinas, los edificios de esa nueva época, las fábricas y los hospitales, las plantas energéticas y los laboratorios. Vio las máquinas volando por encima de la tierra, brotando como burbujas sobre la superficie del mar. Vio maravillas: la luz en un hilo, las indómitas ondas del mismísimo aire cantando y hablando. Todo aquello ocurriría, todo aquello y mucho más. La época de la tolerancia, de la razón, de la humanidad, de la dignidad del alma humana.
    —Pero —gritó, y su voz empezaba ahora a agrietarse, perdida entre el gran rumor del viento—, pero, durante un tiempo, debo dejaros... He de seguir el rumbo que me ha sido mostrado por Dios, quien en Su sabiduría juzgó oportuno convertirme..., a mí, al menos valioso de entre toda Su gente..., en su instrumento y el vehículo de Sus deseos. Porque me mostró una señal, y la señal ardió en el cielo, y yo debo seguirla y obedecer...

    La multitud se agitó nerviosa; un murmullo brotó de ella, primero suave, luego más fuerte, elevándose al final por encima del rugir del viento. Cien voces gritando: Dónde... dónde..., y John se volvió, con la manga de su túnica agitándose violentamente en su brazo, y señaló al brillante y amplio mar.

    —A Roma... —La palabra se elevó por encima de la gente—. Al padre de todos nosotros sobre la tierra..., la Roca, el custodio del Trono de Pedro..., el designado por Cristo y su representante sobre la Tierra..., para rogarle la sabiduría de su entendimiento, la misericordia de su compasión, la caridad de su generosidad sin límites..., en el nombre de Cristo que todos adoramos y cuyo honor se mancha demasiado a menudo en este mundo...

    Hubo más, pero se perdió en el rugir de la multitud. La palabra se extendió como el fuego hasta los miembros más alejados del grupo, y decía que iba a realizarse un milagro. John iría a Roma; volaría; una señal, y caminaría sobre las aguas. Dirigiría las olas...

    Los más juiciosos gritaron pidiendo una embarcación; y una mujer exclamó de pronto, con su voz elevándose por encima de todas las demás:

    —La tuya, Ted Armstrong... Dale la tuya...

    El hombre al que se había dirigido agitó furioso los brazos y dijo:

    —Tranquila, mujer, que esto es todo lo que poseo...

    Pero su protesta se perdió, fue apartada junto con quien la había formulado en un movimiento de agitación que llevó a John y a sus seguidores por un caminito del acantilado bordeado de enebros y zarzas que corría casi paralelo al mar. Para los soldados que observaban la escena, fue casi como si aquella masa humana se estuviera arrojando al agua; los hombres, resbalando y cayendo al barro, llevaron la embarcación hasta la rampa y la deslizaron por ella. Permaneció flotando y agitándose sobre los remolinos de las olas; entonces le colocaron los remos, y John subió a ella. Las muchachas, agrupadas encima de un montón de cestos de langosta apilados y atados sobre la playa, volvieron a subir por los acantilados entre la fina lluvia de agua que caía. La barca, sin gobierno, sufrió un bandazo e hizo un trompo, alzándose hasta mostrar su quilla, luego se enderezó de nuevo cuando el viento golpeó su mástil, y se orientó hacia la primera de las agitadas crestas de espuma. A cada lado se alzaban los extensos promontorios de la bocana, hierro negro contra el resplandeciente cielo; y ante él se extendían millas y más millas de agua, hasta llegar al fin del mundo. Los observadores, esforzándose por mirar a contraluz, vieron que la quilla se alzaba y caía como un golpe de martillo, escorando entre dos olas. Empezó a hacer agua, y se alzó de nuevo, empequeñecida en medio de aquel mar embravecido. Y otra vez, más lejana aún en medio de aquella espuma blanca que hervía y rugía, hasta que los cansados ojos, llorosos y medio cegados por el viento, ya no pudieron distinguir lo que estaba sucediendo.

    Situaron el cañón en la punta oeste, lo prepararon y lo cargaron con metralla; retumbó amenazador en el borde del promontorio, mientras la oscuridad empezaba a apoderarse de la gran extensión de agua que se abría abajo y ante ellos. Pero a lo único que amenazaba era a una playa vacía: toda aquella multitud se había ido. Los soldados permanecieron de guardia hasta el amanecer, enfundados en sus capotes, dándole la espalda al viento y protegidos por el frío hierro del arma mientras el terrible huracán se retiraba poco a poco...

    Y las olas, todavía llenas de espuma, golpearon la quilla de una embarcación hundida, lanzándola a empellones contra la arena de la orilla.


    Cuarto Compás
    CABALLEROS Y DAMAS


    El grupo de personas reunido en torno al lecho tenía algo de la fría quietud de un cuadro escénico. Una lámpara, colgada de una de las pesadas vigas sobre sus cabezas, hacía resaltar los contornos de sus rostros, acentuando la palidez del enfermo que yacía con un extremo de la estola color violeta del padre Edwards metido bajo su cuello, con la tela estirada entre ellos como un estandarte de fe. Los ojos del anciano giraban sin cesar; sus manos se aferraban a la colcha mientras inhalaba cortas y dolorosas bocanadas de aire.

    Apartada del grupo, como formando parte de una pintura cuyo marco era la ventana de la habitación y cuyo fondo era el cielo, había una muchacha sentada, envuelta por las últimas luces del cielo azul de mayo. Su larga y rubia melena estaba recogida en un moño sobre su nuca; se le había soltado un mechón de pelo, que caía sobre su hombro. Rozó su mejilla cuando volvió la cabeza; lo apartó irritada y miró por la ventana, hacia los cobertizos de las máquinas, donde la última locomotora giraba aún en el patio, entre estruendos y sacudidas, maniobrando en dirección a su muelle. El aroma a aceite y vapor parecía filtrarse por la ventana; Margaret creyó sentir el momentáneo calor de la máquina de vapor contra su rostro, llenando el aire con un gigantesco aliento. Culpable, volvió la vista hacia el interior de la habitación. Su mente, medio aturdida, traducía fragmentos del murmullo en latín que brotaba de los labios del sacerdote:

    —Yo te exorcizo, el más vil de los espíritus, la mismísima encarnación de nuestro enemigo, el espectro total... En el nombre de Jesús Cristo..., sal y aléjate de esta criatura de Dios...

    La muchacha entrecruzó los dedos sobre su regazo, apretándolos para sentir cómo los nudillos se fundían entre sí, y bajó la mirada. La lámpara holandesa que colgaba del techo se balanceaba ligeramente, su llama titilaba, pese a que no había viento.

    El padre Edwards hizo una pausa y alzó la cabeza con tranquilidad para echar un vistazo a la lámpara. La llama se calmó y ardió de nuevo alta y brillante. Se oyó un sollozo ahogado procedente de la vieja Sarah, a los pies de la cama; Tim Strange se le acercó y apretó su mano.

    —El que te dirige, aquél que te ha ordenado descender desde las alturas del cielo hasta las profundidades de la Tierra, el que a ti te manda, aquél que manda en el mar, los vientos y las tormentas... Escucha pues y teme, oh Satanás, enemigo de la fe, peligro de la raza humana...

    Abajo, la locomotora seguía chirriando, más suavemente ahora. Margaret se volvió, reacia. Era extraño cómo el sonido de acero engrasado podía evocar un tal cuadro de imágenes: las carreteras en las noches de verano, líneas de un gris blanquecino extendiéndose hacia la oscuridad, con el calor del sol aún presente y el murmullo de un búho o el chillido de un murciélago cazando; el zumbido de algunos insectos en el aire de la madrugada, los polluelos de los pájaros piando por su alimento; hierba alta hasta la rodilla, densa como el terciopelo negro bajo la luz de la luna; altos y gruesos troncos rebosantes con el perfume de sus flores. Deseó, en un intenso instante de ansiedad, alejarse de aquella habitación y de la casa y poder correr y bailar, dejarse caer rodando por la hierba hasta que las estrellas dieran vueltas sobre su cabeza, salpicándola con sus destellos.

    Tragó saliva, e instintivamente hizo la Señal de la Cruz. El padre Edwards la había aconsejado muy especialmente acerca de tales veleidades de pensamiento, cualquier aberración que pudiera anunciar el advenimiento de un espíritu posesivo y vengador.

    —Porque has de saber, hija mía —le había advertido solemnemente el sacerdote, citando un pasaje del Enchiridion de Von Berg— que se acercarán dócilmente, pero después dejarán tras ellos sólo dolor, desolación, molestia y brumas en la mente...

    Una vena latía en la sien del padre Edwards. Margaret se mordió los labios. Sabía que ahora debería ir con él, unir el esfuerzo de sus plegarias a las del sacerdote, pero no podía moverse. Algo la retenía; la misma Cosa que había bloqueado su habla durante la confesión no la dejaba acercarse ahora. Parecía, si eso era posible, como si la larga habitación estuviera puesta al revés; girada de un modo, extraño, con las paredes sin continuidad, el suelo curvándose y moviéndose en ondulaciones hacia unas dimensiones que iban más allá de los sentidos. Como si la corta distancia que la separaba del grupo al lado de la cama se hubiera convertido en un abismo que ella hubiera cruzado para hallarse en otro planeta.

    Agitó la cabeza como para intentar apartar aquella idea que la irritaba; pero la fantasía proseguía. Sintió un momento de vértigo, un balanceo sobre la nada, la terrible sensación de caída propia de una pesadilla. La habitación se asentó en sus nuevas dimensiones; la parte de «arriba» era ahora representada por dos direcciones distintas; la lámpara, colgando inmóvil parecía estar inclinada hacia ella; a sus espaldas, la ventana se inclinaba hacia el lado opuesto. Inspiró lentamente una bocanada de aire, sintiéndose sofocar, y los olores y las visiones volvieron de nuevo, reconfortantes y tranquilizadoras, ofrendas del infierno. El dulce aroma de las hierbas, un vivo hedor de surcos nuevos donde se enterraba el pan y otras cosas en claro desafío a la Madre Iglesia... Deseaba desahogarse, aferrar la túnica del sacerdote e implorar su perdón, decirle que interrumpiera sus plegarias porque la ofensa y el mal yacían en ella. Trató de gritar, y creyó haberlo hecho, pero una parte en lo más profundo de su ser supo que sus labios no se habían movido. Todavía podía ver al padre Edwards como a través de un cristal oscuro, la mano subiendo y bajando, haciendo la señal de la cruz una y otra vez; podía oír la perseverante voz, pero tenía la sensación de hallarse a un millón de millas, lejos en medio del frío calor de las estrellas y las hogueras sobre montones de muertos desde donde observaban los Antiguos. Era débilmente consciente de un vivo repiqueteo que iba elevándose de forma paulatina. Las cortinas se agitaron de pronto, inesperadamente, ante la ventana. La llama de la lámpara osciló de nuevo, adoptando un tono dorado.

    —RÍNDETE PUES; RÍNDETE Y NO ANTE MÍ, SINO ANTE EL MINISTRO DE CRISTO, PUESTO QUE LA FUERZA DE ÉL TE DOMINA, LA DE AQUÉL QUE TE SUBYUGÓ HASTA LA CRUZ; TIEMBLA ANTE SU BRAZO...

    El ruido en la habitación era atronador. Margaret cayó hacia arriba, hacia la noche.

    Una voz brotó de la oscuridad, estridente y clara.

    —¡Margaret!
    —¡MARGARET!

    Una pausa; y luego:

    —Vuelve ahora mismo...

    Pero la voz podía ser perfectamente ignorada, hasta la llamada definitiva:

    —Margaret Belinda Strange, haz el favor de volver ahora mismo...

    Aquello, la mística invocación de su segundo nombre, no debía ser desatendido nunca. Desafiarlo hubiera significado una clara invitación a una bofetada, a ir a la cama sin cenar; y eso hubiera sido una cosa terrible en una cálida noche de verano.

    La jovencita estaba de puntillas, agarrándose con los dedos a la parte de arriba del escritorio. Su plana superficie se extendía a unos pocos centímetros de su nariz. El reflejo mostraba todos los nudos y vetas de la madera, brillante, mágica, con esa magia especial de las cosas de los adultos.

    —Tío Jesse, ¿qué estás haciendo?

    Su tío dejó la pluma, se pasó los dedos por entre su denso pelo, aún negro, aunque tocado con alguna nota plateada en las sienes. Se subió las gafas de montura metálica hasta que se acoplaron al puente de su nariz, y su voz retumbó en los oídos de la niña:

    —Ganando dinero, supongo... —Nadie hubiera podido llegar a decir si estaba sonriendo o no.

    Margaret alzó el botón que era su naricita.

    —Bufff... —El dinero era para ella un asunto incomprensible; la palabra cobraba en su mente una forma voluminosa y amarronada como los libros de cuentas sobre los que se afanaba su tío: algo lejano y falto de interés, pero vagamente siniestro—. Bufff... —Sus rollizos deditos se afianzaron en el borde de la mesa—. ¿Y ganas mucho dinero?
    —No está mal, supongo... —Jesse volvió de nuevo al trabajo, y su puño disimuló las líneas de elegantes cifras que acababan de nacer sobre el grueso papel. Margaret alzó la cabeza hacia él, intentando verle la cara y frunciendo de nuevo su naricita. Esto último era un verdadero logro, y se sentía orgullosa de él. Repentinamente dijo—: ¿Te molesto?

    Jesse sonrió, con la mente llena de cifras.

    —No, bonita...
    —Sarah dice que siempre molesto. ¿Qué estas haciendo?

    Sin pensar, la eterna respuesta:

    —Ganando dinero...
    —¿Y para qué quieres tanto?

    El robusto hombre se quedó boquiabierto, con los brazos a medio alzar: un gesto extraño. Lanzó una mirada al techo, con el total de lo que había estado sumando borrado de su mente, y se volvió para alzar a la niña hasta sus rodillas, sonriendo de nuevo.

    —¿Para qué? Bien, señorita, creo que..., creo que no sabría decírtelo en este momento.

    Margaret permaneció sentada, observándole, frunciendo un poquito el ceño y olfateando el aroma de tabaco que provenía de él, con sus regordetas piernas colgando y las rodillas muy sucias. La parte trasera de sus calzas estaba negra de tierra y grasa de jugar con Neville Serjeantson en el huerto de detrás de los almacenes, al lado de las cajas y los raíles viejos de acero. El encargado de zona había colocado los raíles para que los niños pudieran jugar y para que no molestaran. Siempre se les podía encontrar en los cobertizos, y era fácil controlarlos cuando se agrupaban para ver pasar las grandes máquinas de hierro: aquellos críos eran la perdición de su existencia.

    —Creo... —dijo Jesse. Se detuvo de nuevo, pensando y riendo—. Bien, es para poder poner cien mil allá donde una vez sólo ponía diez. Sólo que tú no puedes entenderlo, ¿verdad? —Le acarició levemente el pelo, y sus dedos se enredaron en un mechón que había sido rubio y que ahora estaba amazacotado y negro por la grasa de las máquinas—. ¿Has estado otra vez en los cobertizos? Sarah te va a dar una buena paliza, que me aspen si no va a hacerlo...
    —No voy a ir con Sarah. Me quedo contigo. —La niña se revolvió, tendió un brazo para coger un sello de goma y lo estampó en el papel secante; luego, a falta de otras superficies dañables, la mano de Jesse sirvió de base. Las palabras aparecieron ligeras, azul brillante sobre las arrugas de la piel: Strange e Hijos, de Dorset, Transportistas...
    —Margaret Belinda Strange...

    Jesse la bajó al suelo y se echó a reír, sacudiéndose el polvo de los pantalones mientras ella echaba a correr.

    El recuerdo permanecía en Margaret; uno de aquellos curiosos y arbitrarios momentos de la infancia que parecen enrollarse en torno a la conciencia para no ser olvidados nunca. El rostro de su tío, duro, lleno de arrugas, con su eterna expresión melancólica, cerca y por encima de ella; los rayos del sol extendiéndose sobre la mesa; Sarah llamando; el sello con su protuberante pomo negro y la pequeña muesca de bronce que señalaba dónde estaba el pie cuando se estampaba sobre el papel. Fue un momento bastante especial, va que Jesse nunca fue un hombre extrovertido. Su sobrina le llamó luego para darle las buenas noches, y se quedó en la ventana de su habitación para verle salir de la casa, con la chaqueta colgando del hombro, en dirección al Hauliers’ Arms, justo al final de la calle, a tomar una cerveza con sus hombres. Pero por entonces ya había cambiado de nuevo; todo lo que recibió de él fue un leve y hosco movimiento de la comisura de sus labios, el gruñido que usaba para responder a cualquiera mientras cerraba la puerta con un golpe seco y salía con paso fuerte, arrastrando por el patio los talones de sus crujientes botas.

    Jesse Strange era un hombre de pocas palabras; y a nadie se le ocurría llevarle de buena gana la contraria. Era un conductor: conducía a sus hombres, conducía sus máquinas, pero principalmente se conducía a sí mismo. Si elegía beber, era capaz de dejar al mejor de sus hombres borracho debajo de una mesa; ya había ocurrido algunas veces, de madrugada, en el bar del pueblo. Pero él volvía siempre a casa con paso firme; y los rezagados que deambulaban por la calle a última hora solían ver a menudo la luz encendida en su oficina o en los cobertizos, donde lo creyeran o no estaría desmontando el eje de válvulas de alguna de las locomotoras o limpiando la caldera o simplemente abrillantando los radios de sus enormes ruedas. Se solían preguntar si Jesse Strange se cansaba alguna vez, y cuándo dormía.

    Él ya había ganado sus primeros cien mil hacía mucho tiempo, y más tarde su primer medio millón. Parecía que el trabajo era un sacramento para él, una panacea para todos sus males. La compañía Strange e Hijos había crecido, extendiéndose más allá de Dorset, con almacenes en lugares tan lejanos como Isca y Aquae Sulis, Jesse arruinó a Serjeantson, su único competidor en Durnovaria, haciendo trabajar sus trenes a tarifas asesinas, quitándole una carga tras otra de debajo mismo de sus narices. Dijeron que, en lo más reñido de aquella guerra, ningún tren le había dado beneficio alguno durante casi un año; hubo peleas y palizas entre los conductores, sangre derramada sobre las plataformas; pero arruinó a Serjeantson y le compró el negocio, añadiendo cuarenta máquinas de vapor a la inmensa flota de los Strange. Los cobertizos y almacenes que se habían añadido a la vieja casa de Durnovaria se fueron extendiendo una y otra vez hasta que ocuparon más de un acre; y aún así no era suficiente. Jesse arruinó a Roberts y a Fletcher en Swanage; luego a Bakers, y a Caldecotts, y a Hofman y a Fletcher allá en Shaftesbury; y luego compró la totalidad de Baskett y Fairbrother, de Poole, con más de cien Burrells y Fodens en la carretera, y Strange e Hijos pasaron a poseer y a dominar el negocio del transporte en todo el oeste del país. Y después de eso incluso los routiers dejaron sus trenes en paz, porque el dinero hace maravillas en los lugares adecuados, y un ataque contra una locomotora de Strange conllevaba un sinfín de problemas con la infantería acosándoles por todas partes, y un juego así no valía la pena. Las ovaladas placas marrones y amarillas que señalaban el nombre de la compañía eran conocidas desde Isca hasta Santlache, desde Poole hasta Swindon y Reading-on-the-Thames; los otros conductores les cedían el paso, la policía de tráfico limpiaba las carreteras para ellos. Finalmente, Jesse se ganó el respeto de todos, incluso el de sus enemigos. Pagaba sus deudas, y no regalaba nada; y lo que uno le robara, podía quedárselo, y que le aprovechara.

    Muchos se preguntaban qué era lo que le movía. En la universidad había sido un soñador, con la cabeza en las nubes; pero alguien, en algún lugar, le había enseñado lo que era la vida. Algunos murmuraron que en una ocasión había matado a un hombre, a un amigo, y el imperio que había construido era en cierto modo su expiación; corría incluso el rumor de que fue plantado por una camarera, y que ésta era su respuesta al mundo. Era cierto que nunca se casó, aunque hubo bastantes mujeres que más tarde se dieron cuenta de que habrían aceptado su forma de ser, y hombres que hubieran vendido sin pensárselo a sus hijas con tal de unir su familia al nombre de Strange; pero nadie lo consiguió. Nadie se atrevió a preguntarle de un modo directo y sincero, nadie excepto su sobrina; y aunque ella recordaba lo que él le había contado, no lo entendía.

    Margaret sintió que el tiempo avanzaba bruscamente para ella. Ahora iba a la escuela, a unas veinte millas de Sherborne, para su primera estancia en un internado. Media milla de camino por las calles de Durnovaria, una muñequita pequeña dando trompicones del brazo de Sarah; llevaba un uniforme nuevo y una cartera de piel colgada del hombro, repleta de manzanas y dulces, compasivos trozos del hogar. Con la cabeza alta y simulando un rostro sereno, inspirando ruidosamente el aire para poder detener los lloros y gritos contra la injusticia de todas las cosas, mientras iba de camino hacia la muerte o algo peor... Sarah parecía inmensa, los ladrillos del pavimento, los guijarros y las viejas casas inclinadas parecían inmensos, del mismo modo que las tardes y las mañanas habían parecido inmensas, cada cosa era una entidad separada en su mente a medida que iba marcando los días que faltaban para el inicio de la escuela. La noche pasada, la mañana pasada, una inevitabilidad ante la que parecía suspendida, un sueño dentro de un sueño. La mañana de setiembre era azul, llena de bruma y frío, y ella caminaba llena de escalofríos mientras imágenes varias flotaban remotas y sin conexión, y su cuerpo era una máquina transportada por unas piernas casi olvidadas. Por la calle pasó un tren de carretera, y la luz del hogar de la locomotora resplandeció sobre el rostro del conductor y el piloto, y la niña deseó, con una súbita amargura, dar un paso al frente y ser llevada, ocultarse bajo una lona de carga en medio del estruendo y de la oscuridad para finalizar algún misterioso circuito cerrado en su propia habitación de casa; pero en vez de ello giró mecánicamente hacia la izquierda, en dirección a la estación, colgada todavía del brazo de su aya. La vieja Sarah, a menudo odiada, parecía encantadora ahora, pero en ella no cabía la compasión. El tren aguardaba, repleto y húmedo; Margaret se sintió atraída hacia él, permaneció con su carita pegada a las ventanillas, llenándose la nariz y los dedos de carbonilla mientras Sarah, la estación y el resto del mundo se concentraban en un punto que se iba consumiendo tras ella y que finalmente desapareció para siempre.

    Y allí estaba la escuela, la gran casa oscura y fría, y las extrañas monjas con sus sorprendentes capuchas blancas y almidonadas, con sus murmullos y el ruido de sus pies cruzando el suelo de piedra de las salas. Un crepúsculo de soledad, sombrío e insoportable, roto finalmente por breves destellos de esperanza; cartas a casa, un pastel, una caja de fruta depositada sobre una mesa del salón. Los días de juego congelados en vívidas imágenes, conversaciones de dormitorio en voz baja, los primeros atisbos de amistad... El tiempo pasó con rapidez, mientras África se convertía en un continente y Πr2 era obligado a igualar el área de un círculo y César luchaba contra los galos. Otros días y otros meses transcurrieron de forma imposible, y se acercaron las Navidades. Un concierto, servicios para el fin de trimestre en el gran salón; velas encendidas en sus candelabros de pared durante los cortos días de diciembre, distribución de billetes de tren, la excitación de preparar la maleta y esperar; la última mañana, cuando Margaret fue misteriosamente encomendada al cuidado de su señorita de labores del hogar, la hermana Alicia. Gritos en los jardines, sonidos que se oían cristalinos en el claro aire de invierno; el aleteo y la alegría de los coches mariposa que se apiñaban ante la escuela mientras Margaret aguardaba sintiéndose perdida y la hermana sonreía, reservada. Y la gran sorpresa: primero un rumor, distante pero conocido, un sonido que su sangre nunca podría olvidar; y una firme nube de vapor, un destello metálico mientras la locomotora, inmensa e increíble, avanzaba por el camino, marcando la preciosa grava de la madre superiora con sus grandes huellas, soltando bocinazos, rugiendo y avasallando en medio de los coches mariposa, con unas ruedas tan altas como el más alto de los mástiles de cualquiera de ellos. Tiraba de un sólo vagón, con su zona de carga casi vacía, y la conducía su tío. Margaret sabía que había venido especialmente a buscarla, y empezó pese a todo a dar gritos, mientras la hermana Alicia murmuraba niña ridícula, niña ridícula... e intentaba inculcarle un poco de sentido común con sus dolorosamente huesudos dedos.

    Fue levantada en brazos con expectación para que tirara de la cuerda que despertaba la profunda e inmensa voz de la Burrell, mientras los niños se agrupaban alrededor de las ruedas, llenos de admiración y de sonrisas, hasta que Jesse les hizo subir a todos para darles una pequeña vuelta. Colocó la marcha atrás, situó el regulador, y puso la máquina en marcha con un aparatoso movimiento de válvulas y de pistones y un gran chorro de vapor. Margaret se colgó de una de las barras de sujeción interiores mientras miraba hacia atrás y decía adiós con la mano a medida que la escuela se hacía más y más pequeña, borrada por los vapores de la máquina, hasta perderse y ser olvidada durante toda una vida que iba a durar tres semanas completas. A menudo, desde entonces, su tío la iba a buscar, o le decía a alguno de sus hombres que se desviara de su trayecto. Si era él quien iba, siempre lo hacía con la Lady, la vieja Burrell que era todavía el orgullo de la flotilla de trenes, y Margaret alardeaba interminablemente ante sus amigos y sus señoritas diciendo que la locomotora había sido bautizada en honor a ella, era su tren particular. Jesse solía reírse a veces, mientras se pasaba los dedos por el pelo y decía que era curioso ver cómo las cosas se arreglaban por sí mismas. Porque la madre de la niña también se había llamado Margaret; su padre regentaba una taberna camino de Portland y, cuando murió, no le dejó ningún lugar donde vivir, y ella se sintió más que contenta de poder establecerse con un hombre que era varios años más joven que ella, aunque esto le había costado a Tim Strange su trabajo y su hogar... Pero a la mujer no le costó demasiado cansarse de ser la esposa de un simple transportista; dos años más tarde huyó con un juglar del Señor de Purbeck; Tim volvió a casa con la carga de aquel bebé, mientras Jesse se reía tranquila y plácidamente y le cedía la mitad de su negocio. Pero todo aquello había ocurrido hacía mucho tiempo, antes de que Margaret fuera lo suficientemente mayor como para poder recordarlo.

    Otras situaciones posteriores estaban aún frescas en su mente, otras facetas de su extraño e irregular tío. Recordaba claramente cómo un día, corriendo hacia él con una caracola en la mano, le dijo que escuchara atentamente porque podría oír las olas dentro. Entonces él había robado una parte del interminable tiempo dedicado a ganar dinero y se la había llevado a las colinas, donde habían encontrado una cantera y habían sacado un fósil de las rocas, que ella se llevó también a la oreja por indicación suya, y pudo escuchar la misma canción, y él le había dicho que era el ruido que hacían los años, todos los millones de años que se encontraban allí encerrados, y que zumbaban en su intento por liberarse. Después de aquello mantuvo la piedra contra su oreja durante largo rato; y cuando hubo pasado más tiempo y descubrió que los ruidos y murmullos no eran más que los ecos de sus propios latidos, no se sintió molesta, porque ella había oído lo que había oído, el sonido de la eternidad atrapada.

    El crecimiento de la compañía había envejecido mucho a Jesse: eso, y la junta de la caldera que reventó y le arrancó la piel de la mitad de la espalda antes de que pudiera reaccionar a la primera impresión y ponerse a salvo. Las locomotoras cobraban de una forma muy curiosa sus impuestos a los hombres que las utilizaban. Jesse se había precipitado, intentando llevar él solo aquella gran carga de piedras que tenía que ser entregada en Londinium. Margaret debía tener trece años por aquel entonces, toda piernas y brazos, con los pechos empezando a insinuarse ya debajo de su blusa. Le había cuidado bien, sentándose a su lado y leyendo para él durante las largas y tranquilas noches de todas unas vacaciones de verano, mientras Jesse permanecía tendido y malhumorado, observando el techo y pensando Dios sabía en qué. Pero este hecho le marcó para siempre, y pronto adoptó el aspecto de un viejo enfermo, frío, amarillo y esperando la muerte. El sacerdote, a su lado, movía las manos realizando la Señal de la Cruz en medio de un profundo olor a incienso, murmurando palabras ininteligibles...

    La caída cesó. Margaret miró a su alrededor, aturdida; había atravesado varios años de su vida en cuestión de momentos, pero la habitación no había cambiado mucho. Su padre cabizbajo, con la cara delgada y de aspecto demacrado a la luz de la lámpara, la vieja Sarah rechoncha, sentada en una silla y nerviosa, agitando los dedos sobre sus rodillas. El padre Edwards entonando todavía frases con el libro en la mano y la estola rígidamente estirada. La llama de la lámpara volvía a estar inmóvil, clara al amanecer primaveral. Margaret se secó furtivamente el rostro, con la mano apoyada sobre el vestido, apretando las rodillas para dominar el temblor.

    Aquella última semana había sido mala. La casa en penumbras, rondada por espectros... La mente de Margaret huyó de la palabra. «Poseída» era aún peor y hasta ahora no se le había ocurrido usarla. Los ruidos, los golpes y los rumores, los suspiros nocturnos y el desasosiego, como las sombras de una antigua culpa, no expiada e inmutable. Mientras la muerte se acercaba más y más, inexorable, como el fluir de los ríos, la inmersión del sol en la roja noche tras las inamovibles piedras de los páramos. En una ocasión Jesse se incorporó, horrorizado y rígido, agitando las manos, viendo cosas que no debían ser vistas; otra vez, una criada gritó al sentir la helada caricia del vacío aire en la cocina; en otra ocasión, el rellano de la escalera se puso a dar vueltas bajo los pies de Margaret, un accidente en el Tiempo que le reveló fugazmente la figura del doppelgänger, la sombra de sí misma, extraña en la cálida noche. Margaret era el nombre que había ahora en los labios del viejo, y su sobrina pensó durante un tiempo que se trataba de ella, pero no era así. Sus manos se agitaban, empujando la nada; sus ojos observaban asustados cómo la brisa de la primavera cruzaba la habitación, haciendo oscilar los bronces que colgaban de las vigas, agitando las lámparas y haciendo que los ahusados destellos amarillos se reflejaran en los adornos del dosel y sobre las barras de la cabecera de la cama. La locomotora, pensó Sarah; pobre viejo, ahora le tenía miedo, al ver su sombra sobre las lámparas y los bronces oscilantes. Pero no, había un rumor... La muchacha permaneció sentada, tiritando, observando a su alrededor en su soledad; había vivido el tiempo suficiente con los transportistas como para empaparse hasta la médula de sus ridículas historias. La Burrell no iría en esta ocasión a buscar a su jefe, estaba encerrada abajo en el cobertizo de las máquinas, con el fuego apagado, las lonas sobre la caldera y los topes de roble encajados debajo de las ruedas. No obstante, hubo una locomotora que sí vino, o al menos así era como lo contaba la leyenda: la Cold Bess, ondulante, oscura en la noche y alta, con el infierno en sus entrañas y dos faroles encendidos en lugar de ojos. Existió en su día una auténtica Cold Bess, allí en el oeste; su conductor precintó la válvula de seguridad para ganar una apuesta, y la Cold Bess lo envió al reino del más allá; pero después de esto aún se la podía oír volviendo a casa, con el volante chirriando, el rumor de sus ruedas y su silbato llenando las colinas por la noche. Eso fue hacía años, nadie podía decir cuántos, pero el rumor persistió y se convirtió en una leyenda para asustar a los niños en la cama. Cuando los transportistas hablaban de la Cold Bess, se referían a la Muerte. Margaret, educada, se volvió a santiguar, ya sin esperanza, y sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo. La Cold Bess estaba en la habitación...

    Retiraron todos los bronces, las velas y los ornamentos, y cubrieron el cabezal metálico de la cama para que el reflejo de la luz no molestara a aquel viejo tonto; pero las Presencias no desaparecían. Margaret podía sentirlas dando tirones y murmurando; unas motas heladas flotaban sobre las escaleras; incluso, una vez, le fueron arrancados los guantes de las manos y arrojados contra la pared. Fue entonces cuando mandaron a buscar al cura, y el padre Edwards expresó claramente sus sentimientos a través del servicio que eligió leer. Existían oraciones para el exorcismo del Ruidoso, el Poltergeist; pero él las había ignorado. El buen padre no albergaba ninguna duda respecto de dónde residía el problema: estaba desarrollando el rito para la expulsión de un demonio. Pero se equivocaba, se dijo Margaret a sí misma, se equivocaba; y lloró en silencio...

    —Y así te conjuro, draco nequissime, en nombre del cordero inmaculado, que caminó aplastando al áspid y al basilisco, a que te apartes de este hombre..., a que te apartes de la Iglesia de Dios...

    La voz se fue apagando, perdida bajo la aparición de otros sueños.

    Margaret, sudorosa de nuevo, trató de rebelarse porque volvía la pesadilla y, como en todos esos sueños, ella se acercaba más y más a lo que no deseaba ver. Se preguntó si era cierto entonces que ellas, las Cosas que tocaban y golpeaban, podían ser los cazadores de la noche, los Antiguos que su mente susurraba, los Antiguos..., ¿podían hacer tales cosas? ¿Podían arrancarla del Espacio y del Tiempo, de entre los dedos del mismísimo sacerdote? ¿Se atreverían? Gimió, indefensa. Eran el Pueblo de los páramos, las hadas, los duendes, todos los que en su tiempo habían conocido un antiguo poder.

    Se hallaba sentada en una playa. El sol, cálido y despiadado, golpeaba sus hombros, sus brazos y sus rodillas bajo el pequeño tabardo que era la moda obligada en aquella estación. Aunque de piel clara, no tenía problemas para broncearse rápido, las pecas estallaban literalmente alrededor de su boca y su nariz, y también en la parte superior de su espalda. Le gustaba estar morena, le gustaba echarse sobre la arena de la playa y llenarse del calor y de la luz; había luchado por este día de excursión, discutido con Tom Merryman para que desviara su Foden y así pudiera dejarla por la mañana y recogerla por la tarde. Sarah, fiel y quejumbrosa, la había acompañado, dando tumbos sobre la plana plataforma de carga del tren, medio asfixiada por el polvo de las blancas carreteras de tierra batida. Tras ellos corrían los coches mariposa, girando y empujando, con sus minúsculos motores chisporroteando y sus listadas velas llenándose con las ráfagas de aire; Margaret dejó que sus largas piernas colgaran, mientras se reía de los conductores que hallaban a su paso hasta llegar a Durnovaria. En Lulworth, Tom descargó una caja de herramientas para maquinaria antes de girar en dirección a la costa hacia Wey Mouth. Más allá del pueblo, la Foden torció de nuevo hacia la montaña, encaminándose a Beaminster. Margaret había bajado arrastrando a Sarah, concentrada en su día de playa; y allí se quedó saludando hasta que la Foden desapareció bajo la nube de polvo que ella misma producía. Entonces Sarah se sintió un poco indispuesta, sin duda debido al calor, y fue a sentarse bajo un árbol. Margaret aprovechó para echar a correr hacia el agua, y se sentó a solas en la orilla, hasta que llegó el barco y toda la gente empezó a correr.

    Entonces se preguntó por qué siempre se metía en el centro de los problemas. En lo más profundo de su ser, estaba convencida de que era una cobarde; la realidad nunca era tan terrible como los horrores de su imaginación. La ocasión en la que el viejo William perdió la mitad de los dedos de una mano en un torno del taller, ella oyó el espantoso sonido, vio como el mandril dejaba de girar cuando el encargado apretó el freno de emergencia, y tuvo que correr con rapidez hasta la penumbra en la que Will permanecía con la cara muy pálida, sujetándose la muñeca, y contemplar con ojos fascinados la sangre que brotaba de los muñones. Más tarde le dijeron lo valiente que había sido, y ella hubiera podido regocijarse ante los elogios, e incluso disfrutar de ellos, pero sabía que no era lo apropiado. No soportaba la sangre, le producía náuseas, pero se sentía obligada a mirar...

    Llevaban a los turistas de Wey Mouth hasta las playas y el puerto: allí podía pescarse el lenguado, la langosta e incluso tiburones cuando era la estación propicia, las pequeñas tintoreras que no hacían daño a nadie pero cuya pesca constituía un buen deporte. Era un barco de pesca el que estaba llegando; el muchacho que lo timoneaba se había enganchado el brazo con una cabria, y nadie sabía cómo había conseguido llegar hasta la playa. Margaret se abrió paso a empujones entre la multitud, sintiendo que la náusea se apoderaba de ella y que unas sombras oscuras empezaban a tomar forma en su visión, pero era incapaz de detenerse. Vio la herida: parte del tendón y el hueso estaban al descubierto, y el chico, enrojecido y manteniéndose en pie gracias a una odiosa dignidad, no sabía qué hacer.

    El coche llegó traqueteando hasta la playa, levantando un surtidor de arena; se detuvo, y el conductor saltó por encima de la portezuela y se metió a empellones entre la multitud. Debió tomar a Margaret por una comadrona o algo así, pero la garganta de la muchacha estaba demasiado seca para poder decirle que se equivocaba. Sin darse cuenta se encontró en el asiento trasero del coche, apretando un torniquete, sosteniendo al herido y viendo resbalar la sangre y manchar la tapicería del vehículo. En las afueras del pueblo, una pequeña enfermería de primeros auxilios atendida por media docena de adelmienses hacía las funciones de algo parecido a un hospital; el conductor entró allí, y Margaret se sentó mientras el muchacho era llevado por un pasillo y ella se preguntaba si era mejor sentirse enferma entonces o más tarde. Al cabo de un rato salió, sin ser plenamente consciente de lo que estaba haciendo, y empezó a caminar. Sarah quedó olvidada; se sentía medio deprimida y le parecía ver a toda la humanidad como bolsas de piel a la espera de ser reventadas y morir llenas de dolor, ella misma era una mujer atrapada en un cuerpo frágil, sangrando en el parto, sangrando en el primer acto. Estaba muy impresionada, y se sintió morir.

    La playa a la que finalmente llegó parecía extenderse a lo largo de millas y más millas. Siguió los acantilados que la bordeaban, recorriéndola de punta a punta, observando el mar azul y blanco, los reflejos de la sal que el viento dispersaba, sin objetivo y sin objeto. Llegó al agua a través de un camino de arena, pensó que tal vez pudiera darse un baño, pero inmediatamente recordó que tenía algo que hacer y vomitó tras una aulaga. Luego se sentó sobre una roca que le lastimaba el trasero y se puso a meditar, recogiendo piedrecitas de alrededor de sus pies y lanzándolas al agua, observando cómo el sol quemaba el mar en madejas y rizos de luz. Cuando le llegó la voz, apenas penetró en su consciencia; el desconocido tuvo que gritar de nuevo:

    —¡Hola...!

    Era corpulento y llevaba barba, tenía el rostro enrojecido, y no parecía acostumbrado a que le ignoraran. Margaret se dio la vuelta y le miró abatida.

    —¿Qué demonios crees que estás haciendo?

    Se encogió de hombros, como indicando Mar... y Tirando piedras en él...

    Él bajó hasta su lado.

    —Bien que me has hecho bailar, maldita sea... —La cogió insolentemente por la barbilla, con una mano de gruesos y callosos dedos—. Sí —dijo, asintiendo con la cabeza—. Un buen baile...

    Ella lo atravesó con la mirada. Luego:

    —¿Está muerto?

    Hizo la pregunta como si no sintiera el menor interés; el momento de rabia había pasado, dejándola vacía y abatida.

    El desconocido se echó a reír.

    —No ese bastardo plebeyo... El envenenamiento de la sangre podría acabar con él, pero dudo mucho que ocurra. Ese tipo de hombres generalmente sobreviven...
    —¿Qué le hicieron? —Había un leve tono de interés en su voz.

    El normando —pues estaban hablando, casi inconscientemente por parte de Margaret, en francés normando— se encogió de hombros.

    —Nada especial. Lo dejaron listo en un abrir y cerrar de ojos. La cuchilla del carnicero, un bote de brea. Se dejan las suturas de la vena un poco salidas, y se arrancan tan pronto empiezan a pudrirse...

    Ella apretó los labios. La mano del hombre se apoyó de nuevo en ella. La apartó de un manotazo.

    —Déjame en paz...

    Hubo un forcejeo.

    —Eres una muchacha hermosa —dijo él—. ¿De dónde vienes, que nunca te he visto...?

    Ella le lanzó un puñetazo.

    —Fils de prêtre...

    Él reaccionó como si ella lo hubiera atravesado con una bayoneta. La empujó con fuerza, la derribó hacia atrás, se inclinó sobre ella; por un instante Margaret creyó que iba a golpearla; pero entonces él se apartó, lleno de desprecio.

    —Eso no ha sido muy inteligente por tu parte —dijo. Le había entrado arena en un ojo; se lo frotó furioso, mientras maldecía a los infiernos, y empezó a subir de nuevo por el acantilado. A media subida se volvió y dijo—. Estás asustada...

    Silencio.

    —Eres una pequeña presuntuosa...

    No hubo reacción.

    —El camino de vuelta es condenadamente largo...

    Margaret se incorporó, con las aletas de la nariz temblando, hinchadas de rabia, y le siguió hasta el coche.

    Estaba parado allí, levemente sobrecalentado, con las correas que cruzaban la capota vibrando; sus ruedas, muy separadas, le daban la impresión general de que estaba como agazapado. La ayudó a subir —la puerta tendría unas cinco pulgadas de grosor—, luego entró él, soltó los frenos y apretó lo que parecía ser el regulador. El motor Bentley fue ganando velocidad con una serie de malignas sacudidas, en medio de un silencio que era casi sobrenatural, dejando un rastro de vapor. Margaret permanecía rígida, sintiendo el cuero recalentado por el sol bajo sus muslos, preguntándose por qué nunca había sido capaz de resistir un reto, quizá hubiera en ella algo incapaz de madurar. El conductor se apartó de la costa y giró de nuevo en dirección este. Las carreteras de tierra batida no eran buenas para el motor; al cruzar una de ellas exclamó algo así como «Daría doscientas libras por un poco de macadán», tras lo cual volvió el silencio. Margaret se dio aún más cuenta de lo que antes ya sabía, que él no era un hombre cualquiera. Técnicamente, los coches de vapor estaban permitidos; pero sólo los más ricos se atrevían a poseerlos, de hecho eran los únicos que podían mantenerlos. El Petroleum Veto había sido tácitamente reconocido desde hacía mucho como una prohibición para limitar la movilidad de las clases obreras.

    Al pasar por Wey Mouth, Margaret pensó en la vieja Sarah, que debía estar desesperada buscándola y volviendo loca a la gente que rondara por allí. Le gritó que parara, pero el conductor la ignoró; sólo el brillo del rabillo de su ojo, malhumorado e intenso, le indicó que la había oído. A la salida del pueblo empezó a llover. Margaret había notado hacía ya rato que se estaba preparando una tormenta: las nubes borrascosas allá al frente, de un color entre gris y amarillo polvo, amontonándose las unas sobre las otras en el azul del cielo de verano. Se sobresaltó cuando las primeras gotas la alcanzaron, colándose por encima del minúsculo parabrisas. Sin mirarla, él refunfuñó:

    —No he traído la maldita capota...

    Una milla más adelante disminuyó el vapor y se dignó parar bajo un enorme roble, pero por aquel entonces ella ya estaba tan empapada que no le importó, de hecho se sintió contenta cuando él decidió continuar, apartándose del movimiento incesante de las ramas.

    Corvesgeat apareció en el horizonte, un grupo de torres que parecían colmillos de piedra. La lluvia empezó a disminuir. Cruzaron el pueblo, y una jauría de perros les siguió, enloquecida por los agudos ultrasonidos de los pistones del Bentley. El conductor atravesó la plaza y penetró en el castillo, cruzando el pórtico de la barbacana exterior. El guardia de la entrada les saludó al verles pasar. Había una feria instalada en la parte exterior de la muralla: Margaret vio dragones dorados, cariátides de formas eróticas y mojadas por la lluvia. Las máquinas del espectáculo formaban un grupo compacto, sólo ligeramente más adornadas que la propia Lady Margaret. El Bentley pasó traqueteando por encima de la hierba, apartando a la gente de su camino con sus bocinas de bronce. En la Puerta del Mártir los rastrillos estaban casi bajados para alejar a la gente de las murallas superiores y de los recintos de la torre del homenaje; Margaret vio brotar de la gran piedra un chorro de vapor cuando las manivelas alzaron el enrejado de hierro para que el coche pudiera pasar. Cruzaron la Puerta, subiendo una cuesta que parecía llegar hasta el cielo, con la capota del motor por encima del nivel de sus cabezas. El Bentley se detuvo finalmente en el interior de un garaje de roca situado debajo de las elevadas murallas de la fortaleza.

    Por encima de ellos, a lo lejos, ondeaban estandartes; la oriflama, antigua y espectacular, lanzada al viento solamente en los días de los santos y de las fiestas; el azul brillante de Roma; la bandera de la Unión de Gran Bretaña, en forma de cola de golondrina; los leopardos y las flores de lis de los Señores de Purbeck estaban ausentes, eso quería decir que Su Señoría no estaba en la residencia. Margaret vislumbró las banderas y las altas murallas, iluminadas ahora por el sol, a través de los pasadizos sin techo, mientras caminaba a trompicones tras su captor, con una de sus muñecas aprisionada en su zarpa y demasiado cansada para seguir discutiendo. Perdió todo sentido de la orientación; el castillo se convirtió en una enorme y confusa masa de piedra, sala tras sala, edificio tras edificio, apiñados y añadidos alrededor del colosal macizo de la torre del homenaje. Vio, a través de las estrechas aberturas de una semiderruida torre, una enorme extensión de tierra yerma que se prolongaba hasta el puerto de Poole; ascendió por una escalera de caracol que daba a una cámara donde Lord Robert de Wessex, hijo de Edward, señor de Purbeck, agitó irritadamente una campanilla que amenazó con desintegrarse ante su insistencia. Margaret fue puesta a cargo, sin contar con su furiosa oposición, de una corpulenta mujer con la librea marrón y escarlata de la Casa.

    —Haz algo con esto —exclamó Robert, agitando los brazos—. Llévatelo y báñalo o haz algo, antes de que empiece a estornudar. Apesta a mar...

    Margaret, furiosa, intentó revolverse contra él, pero la puerta claveteada de hierro ya se había cerrado de golpe. Ante sus balbuceantes acusaciones de haber sido raptada, la sirvienta se limitó a echarse a reír...

    —¿Qué, con su madre en casa? El mantiene su nido bien limpio, puedes estar segura de ello... Uff... Vamos, no seas terca... Ay, condenado animalillo...

    La habitación a la cual fue arrastrada y dejada Margaret era pequeña en comparación con el resto de la casa. Unos delicados arcos ojivales sostenían las ventanas cuyas vidrieras repetían en brillantes colores los motivos heráldicos de los leopardos y los lirios. Parte de las paredes estaban cubiertas con tapices; en el suelo había un inmenso baño construido con bloques de mármol pulido de Purbeck. Encima de él destacaba un recargado grifo lacado en negro, repleto de anillos y relucientes adornos de cobre pulido. Un enrejado en las paredes disimulaba lo que evidentemente eran las salidas del sistema de calefacción. Margaret, muy a su pesar, se sintió impresionada; su hogar en Durnovaria estaba bien equipado, pero éste era un nivel de lujo que nunca había visto.

    Dos muchachas la atendieron. Las observó con recelo, a punto de despedirlas sin contemplaciones: no estaba acostumbrada a que la bañaran. La única había sido la hermana Alicia, que solía lavarla a veces cuando fue a la escuela por primera vez.

    —Ven aquí, bichito desabrido —solía decirle, tras lo cual la lanzaba a una de las grandes bañeras cuadradas repletas de agua helada y la restregaba con un cepillo de cerdas durísimas. A veces casi había disfrutado con aquello, pero era algo que había ocurrido hacía mucho tiempo, y muchas cosas habían cambiado desde entonces.

    Margaret se encogió de hombros y se quitó el albornoz. Si a ese joven y chiflado aristócrata no le importaba que sus sirvientas perdieran el tiempo con ella, entonces la oportunidad era demasiado buena para desaprovecharla; posiblemente nunca volvería a ocurrir.

    El baño se llenó rápidamente, con mucho ruido de burbujas y de la presión del agua en el grifo; las sirvientas recogieron su cabello, y una de ellas añadió algo en el agua que produjo una infinidad de espuma de colores. Eso intrigó a Margaret: nunca había visto nada así. Una hora más tarde se sentía casi inclinada a mostrarse cortés de nuevo: había sido lavada, acariciada y masajeada, e incluso tuvo que arrodillarse mientras le rociaban los hombros con algo que olía a sándalo y que ardía como el fuego, y que distendió los músculos de su espalda y la alivió al instante de la tensión y el cansancio. Había un vestido preparado para ella, algo formal, con un amplio escote y metros de vaporosa falda, y una diadema de diamantes para su cabello. La ropa le caía a la perfección; se agitó en su interior, sintiendo la satinada limpieza de su piel bajo la tela, y se preguntó con curiosidad hasta qué punto tenía Robert equipado el castillo con sus aparatos de seducción. Más tarde descubrió que había ordenado que saquearan el guardarropa de su hermana, ausente en aquellos momentos; cualesquiera que fuesen sus errores, ciertamente no hacía las cosas a medias. Ahora se sentía muy preocupada por Sarah y sus padres, pero los acontecimientos parecían haber pasado ante ella al galope; ya le resultaba bastante difícil tratar de seguir el ritmo.

    Se hizo de noche sin que ella se diese siquiera cuenta. El ocaso llenó toda la zona de sombras largas y finas, con intensos y luminosos reflejos de las ventanas de cristales múltiples; el castillo parecía chocar contra la inmensa niebla del oeste como la proa de un barco de piedra. Los sonidos de la feria flotaban en las murallas: gritos, el estrépito de los órganos, las roncas vibraciones de los coches. La cena se sirvió en el salón del siglo XVI construido al lado de la torre del homenaje; los comensales, elegantemente vestidos, dieron un paseo cogidos del brazo en medio de un ambiente cálido. Margaret se sintió levemente decepcionada cuando oyó que la gran fortaleza había servido únicamente, durante siglos, como almacén y armería.

    En ocasiones especiales y en días de fiesta, los Señores de Purbeck acostumbraban a tomar sus comidas a la antigua usanza reintroducida por Gisevio; los invitados menos favorecidos se sentaban en largas mesas en el centro del salón, mientras que la familia y los amigos personales comían en una tarima elevada en uno de los extremos. Las lámparas ardían profusamente, iluminando de forma brillante el lugar; la galería de los trovadores estaba ocupada por una pequeña orquesta; los sirvientes y doncellas corrían de un lado para otro y tropezaban constantemente con los perros, brachets y mastines que cubrían el suelo. Margaret, aún algo aturdida, fue presentada a Lady Marianne, la madre de Robert, y a la media docena de invitados importantes. Su mente, no muy clara, se negó a aceptar sus nombres: Sir Frederick algo, Su Eminencia el arzobispo de alguna parte... Hizo las reverencias de forma automática, y finalmente se dejó llevar hasta un lugar a la derecha de Robert. Un frío hocico empezó a hurgar en su falda; acarició distraídamente al brachet, rascándole detrás de las orejas, y esto sorprendió a su anfitrión...

    —¿Sabes?, estás recibiendo un gran honor. Por lo normal nunca se acerca amistosamente a nadie. El otro día tuvo un pequeño altercado con los vigilantes. —Sonrió, alegre—. Le costó dos dedos a un sargento...

    Margaret retiró cuidadosamente la mano. La mutilación parecía ser una fuente de diversión importante para Robert.

    Él había oído el nombre de Margaret en más de una ocasión, la había presentado por él al menos una docena de veces, pero parecía como si no acabara de recordarlo. Ella le pidió, con toda la dignidad que fue capaz de reunir, que enviara un mensaje a su casa. Sus ojos no habían pasado por alto la torre de señales medio camuflada al lado de la fortaleza, ni la otra torre de enlace en una colina cercana. Él la escuchó con atención, mostrándose levemente sorprendido, inclinando un poco la cabeza para oír mejor; luego chasqueó los dedos para llamar la atención al paje de señales, que andaba por allí cerca.

    —Strange —dijo—. ¿Qué Strange?
    —Mi padre —dijo fríamente Margaret— es Timothy Strange, de Strange e Hijos, Durnovaria.

    La bomba causó su efecto. Robert carraspeó, alzó las cejas, bebió un largo trago de vino y empezó a repiquetear con los dedos sobre un dibujo del mantel.

    —Maldita sea —dijo—. Maldición. Bien, me casaré con una maldita búlgara...
    —¡Robert! —Oyó la voz de Lady Marianne, un poco más allá en la mesa.

    Hizo una inclinación hacia su madre, sin mostrar vergüenza alguna.

    —Ya veo —dijo—. Bien, eres una jovencita de muy mal carácter, y creo que esto explica... —Trazó unos garabatos en una libretita, que entregó al paje de señales—. Apresúrate a enviarlo, muchacho, o se nos irá la luz. —El chico se marchó corriendo; unos minutos más tarde, Margaret oyó el claquetear de los brazos de señales, y el ruido de la respuesta de la torre de la colina. Fue recibida una señal de reconocimiento antes de que se hiciera de noche: un escueto «Mensaje recibido y entendido». Margaret intuyó que desde aquel momento había caído en desgracia.

    La noche transcurrió con rapidez, incluso demasiada para el gusto de Margaret; podía imaginar muy bien la recepción que la aguardaba en casa. La cena fue seguida por un espectáculo a cargo de un grupo de acróbatas con perros amaestrados que saltaban aros y corrían de un lado para otro sobre sus patas traseras, vestidos con faldas y pantalones; la exhibición fue un éxito. El peligro de muerte que corrió uno de los artistas, atrapado y zarandeado por los quisquillosos perros de Robert, apenas deslució la sesión. El número de los animales fue seguido por un juglar, un hombre de largo rostro y mirada lastimera que, evidentemente aleccionado por Robert, lanzó al aire una serie de rimas en un cerrado dialecto que Margaret apenas pudo seguir pero que hicieron las delicias de Robert. Luego pasaron bandejas con frutas y nueces, y más vino; la fiesta finalizó bien pasada la medianoche, con Robert pidiendo a gritos que acudieran los pajes para acompañar a Margaret a la habitación que había sido dispuesta para ella. Decidió, mientras intentaba permanecer de pie sin tambalearse, que hubiera sido mejor que nadie la hubiera recogido aquella noche: el oporto, antaño limitado a las mesas de los reyes y del Papa, había demostrado ser casi demasiado para ella. Sucumbió ante una cálida bruma, murmurando despedidas de buenas noches a la mujer que la ayudó a desvestirse, y se quedó dormida en pocos minutos. Despertó poco después de amanecer, y permaneció tendida, escuchando el ruido que la había despertado. Lo oyó de nuevo: un perro ladrando, lejano y claro. Se levantó con el pelo alborotado, enrolló una sábana bordada en torno a su cuerpo y se apoyó sobre el amplio alféizar de la ventana. Vio allá abajo, por encima de una maraña de techos, a Robert, con dos brachets rondando por entre las patas de su caballo, cabalgando a lo largo de la muralla inferior hacia la poterna, con un halcón perchado sobre su enguantada muñeca, como un ridículo caballero de otros tiempos. Los agudos ladridos de los perros resonaron durante un buen rato en el aire, incluso después de que su amo hubiera desaparecido de la vista.

    A las once de la mañana, una Foden de color marrón se abrió camino con indignados resoplidos a través de la barbacana exterior, y su conductor pidió por una tal señorita Strange; y poco más tarde Margaret decía pesarosamente adiós al gran castillo del Portal de Corfe.

    Una vez en casa, vio que las cosas no eran tan malas como había temido: la familia, con excepción de Sarah, se mostraba más impresionada que enojada por su inesperada excursión. Hacía falta mucho para impresionar a un Strange, pero los Señores de Purbeck eran dueños de la mayor parte de Dorset, sus dominios se extendían hasta más allá de Sherborne. Años atrás fueron incluso los señores de la casa del propio Jesse, hasta que éste, sacando un poco de aquí y ahorrando un poco de allá, había comprado la propiedad libre de cargas. Su tío lo había aprobado, a su clásica manera silenciosa, y eso tenía mucha importancia. Esa noc