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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    MEMORIAS ENCONTRADAS EN UNA BAÑERA (Stanislaw Lem)

    Publicado el domingo, septiembre 29, 2013

    PRESENTACIÓN

    A LA REALIDAD POR EL IRREALISMO

    Si la función sociocultural de la ciencia ficción es, en gran medida, relativizar; mejor dicho, mostrar la relatividad de los presupuestos de nuestra civilización, hay que reconocer en Stanislaw Lem a uno de los autores que más hondo ha calado en las posibilidades del género.

    En cierto modo complementario de Lovecraft, Lem consigue, a un nivel eminentemente especulativo, cerebral, lo que el solitario de Providence logra dando amplios rodeos por los tortuosos caminos que bordean el inconsciente. Donde Lovecraft pulsa emociones y evoca símbolos primordiales, Lem arremolina conceptos y sacude esquemas de pensamiento, desmontando silogismos que parecen verdaderos y construyendo otros inverosímiles que, sin embargo, se tienen en pie; si Lovecraft nos hace sentir la inconsistencia de la «realidad» y el orden aparentes, Lem nos la demuestra.

    Y si en el socorrido juego de las referencias y las comparaciones (sin el que críticos y prologuistas estaríamos perdidos) cabe poner a Lem en el reverso de Lovecraft, como exponentes complementarios de un irrealismo capaz de devolvernos la realidad escamoteada, por otra parte es forzoso asociarlo, al menos por lo que a Memorias encontradas en una bañera se refiere, a otros dos irrealistas lúcidos y cerebrales que han creado escuela: Kafka y Lewis Carroll. Del mismo modo que El proceso es un itinerario alegórico desde el sentido de culpa a los esquemas culturales que lo inducen. Memorias... va del absurdo estructural al sinsentido vital de quienes, alienados por una u otra dogmática, buscan un sentido, una clave a su existencia; todo ello en un marco complementario al de Alicia, en un país de las maravillas burocrático, donde la proliferación imprevisible y contradictoria no se da a nivel de entorno material sino conceptual.

    Definida como farsa utópica, Memorias... conjura, con su monstruoso Edificio, una imagen a la vez desternillante y dantesca de nuestra sociedad, una pesadilla grotesca de la que no podemos sustraernos cerrando el libro, porque no es sino el reflejo implacable del mundo en que vivimos.

    CARLO FRABETTI



    Introducción

    LAS NOTAS DE UN HOMBRE DEL NEOGENO constituyen uno de los testimonios más preciados del pasado remoto de la Tierra. Proceden del período del ocaso de la cultura Precaótica, que precedió a la Gran Desintegración. La historia tiene sus paradojas irónicas: una de ellas es el hecho de que sepamos mucho más sobre las civilizaciones del Neogeno Temprano, las protoculturas de Asiría, Egipto y Grecia, que sobre los tiempos paleoatómicos y de la astrogación primitiva. Pues aquellas culturas arcaicas dejaron tras de sí unos vestigios duraderos de hueso, piedra, esquisto y bronce, mientras que en el Neogeno Medio y Tardío la materia a la que fue confiada la tarea de conservar el conjunto de los conocimientos humanos fue el llamado papyr.

    Era un derivado de la celulosa, una sustancia endeble, casi blanca, que se laminaba y cortaba en hojas rectangulares, sobre las que se imprimían, con tinta oscura, toda clase de informaciones; luego se las plegaba y cosía de manera determinada.

    Para entender cómo se llegó a la Gran Desintegración, esa catástrofe que en el transcurso de pocas semanas destruyó todo lo logrado durante siglos, hay que retroceder tres mil años en el pasado. En aquellos tiempos no existían ni la metamnéstica, ni la técnica de cristalización de las informaciones. Todas las funciones de nuestros mnemonitrones y gnóstores de hoy día las desempeñaba el papyr. Es cierto que existían ya unas primicias de la memoria mecánica, pero eran unas máquinas enormes y difíciles de manejar, usadas, por añadidura, para unos fines especiales y limitados. Se llamaban «cerebros electrónicos» en función de la misma exageración, comprensible sólo desde una distancia histórica, que indujo a los arquitectos de Asia Menor a creer que la altura de la torre del Templo de Baa-Bel alcanzaría el cielo.

    No sabemos con exactitud cuándo ni dónde estalló la epidemia de papyrólisis. Probablemente ocurrió en las desérticas regiones meridionales del entonces existente estado Ammer-Ka, donde se construyeron las primeras estaciones cósmicas. Los contemporáneos de aquella época no comprendieron al principio el peligro que les amenazaba. No es difícil estar de acuerdo con el severo juicio pronunciado sobre su ligereza por varios historiadores ulteriores. Es cierto que el papyr no se caracterizaba por una resistencia particular, pero no se puede considerar la cultura Precaótica como responsable de no haber previsto la existencia del catalizador RV, conocido también bajo el nombre de factor de Harcius. Por otra parte, la verdadera naturaleza de este factor fue descubierta por el Prodoctor Sexto Folses sólo en el Período Galáctico, al comprobar que procedía de la tercera luna de Urano. Traído inconscientemente a la Tierra por una de las primeras expediciones orbitales de investigación (según el Prognostor Phaa-Waak, fue la octava expedición maláldica), el factor de Harcius provocó la desintegración en cadena del papyr sobre todo el globo terráqueo.

    No conocemos los detalles de la catástrofe. Según lo transferido oralmente, versión cristalizada no antes del cuarto galactio, los focos de la epidemia fueron las grandes colecciones de papyr que debían conservar para el futuro toda la ciencia de entonces, llamadas bao-blyo-thecas. La reacción transcurría casi instantáneamente. En el lugar de los inestimables depósitos de la memoria social, quedaban montones de polvo gris, ligero como la ceniza.

    Los científicos precaóticos pensaron que se trataba de un microbio que atacaba el papyr, perdiendo mucho tiempo en investigaciones condenadas al fracaso. No se puede negar el acierto de la amarga frase del Histognóstor Cuarto de Táuride que habrían servido mejor a la humanidad si hubieran dedicado aquel tiempo malogrado a grabar en piedra las informaciones que se iban desintegrando.

    El Neogeno Tardío, época en la cual ocurrió la catástrofe, no conocía la gravitrónica, la ciberconomía, ni la sintefísica. La economía de los grupos étnicos respectivos, llamados naciones, tenía un carácter relativamente autonómico, estando al mismo tiempo absolutamente supeditada a la circulación del papyr. De él dependía también la continuidad de los suministros a Marte, donde Tiberis Sirtiana se encontraba entonces en la primera fase de su construcción.

    La papyrólisis no arruinó solamente la vida económica. Aquellos tiempos fueron llamados, no sin acierto, la época de la papyrocracia. El papyr regulaba y coordinaba todas las actividades colectivas de los hombres, definiendo, además, de manera para nosotros incomprensible, el destino de los individuos (gracias al llamado «papyr de identidad»). Tenemos que recordar aquí que hasta hoy en día no se terminaron de catalogar exhaustivamente los significados utilitarios y rituales del papyr en el folklore de entonces (y la catástrofe ocurrió durante el período del máximo auge de la cultura del Neogeno Precaótico). Conocemos algunas de sus acepciones, otras quedaron como nombres vacíos de contenido (car-tel, let-tra, din-ney-ro, docau-min-to, etc.). En aquella época no se podía nacer, desarrollarse, instruirse, trabajar, viajar ni conseguir medios de vida sin la mediación de un papyr.

    Si llegamos a comprender esto, se nos manifiesta, en toda su enorme extensión, la catástrofe que afligió a la Tierra. Fracasaron todos los medios preventivos de seguridad: cuarentena, aislamiento de ciudades y continentes, construcción de refugios herméticos, etc. La ciencia de aquel entonces era impotente ante la estructura subatómica del catalizador, producto de la más insólita evolución anabiótica. Por primera vez en la historia, las condiciones sociales se enfrentaron a la amenaza de una desintegración total. Según la inscripción descifrada sobre la pared de un establecimiento de baños encontrado en las excavaciones de Fri-Sco (una de las ciudades mejor conservadas de Ammer-Ka meridional), grabada por un bardo anónimo del cataclismo, «el cielo se oscureció por encima de las ciudades velado por nubes de papyr descompuesto, luego durante cuarenta días y cuarenta noches cayó una lluvia sucia, y así, con viento y ríos de lodo fue lavada de la faz de la Tierra la historia de la humanidad».

    Indudablemente, fue un golpe cruel asestado al orgullo del hombre del Neogeno Tardío, convencido de haber llegado ya a las estrellas. El monstruo de la papyrólisis absorbía todos los campos de la vida. En las ciudades estallaba el pánico; los hombres, desprovistos de la individualidad, perdían la razón; los suministros de bienes fallaban; por doquier brotaban actos de violencia; se desintegraban y perecían el desarrollo de la ciencia, la técnica, la enseñanza. Si una central energética se detenía, no era posible arreglarla por falta de planos. El alumbrado eléctrico desapareció; sólo las llamas de los incendios iluminaban las tinieblas.

    Así fue la transición del Neogeno a la Era Caótica, que iba a durar más de doscientos años. El primer cuarto de siglo de la Gran Desintegración no dejó ninguna crónica escrita por motivos más que evidentes, de manera que sólo podemos suponer en qué condiciones el gobierno de la Federación Terrestre, creada medio siglo después, se esforzaba en impedir la destrucción de la sociedad.

    Cuanto más alto es el nivel de una civilización, tanto más vital para ella es el mantenimiento de la circulación de las informaciones y mayor su sensibilidad a cualquier perturbación de los intercambios. Y he aquí que aquella circulación vital se estaba paralizando. El único receptáculo de información era la memoria de los profesionales que entonces vivían; ante todo, pues, había que preservar esta información. El problema, en apariencia relativamente sencillo, resultó insoluble. La ciencia del Neogeno Tardío era tan fragmentaria que ningún especialista abarcaba el conjunto de su campo. La reproducción exigía, por lo tanto, una colaboración larga y trabajosa de grupos especializados. Si esta tarea se hubiera emprendido inmediatamente —afirma Laa Bar, Polignóstor Octavo de la Escuela Histórica Bermanda— la civilización del Neogeno se hubiera reconstruido pronto. Hay que contestar al insigne creador de la sistemática cronológica del Neogeno que la acción por él postulada tal vez hubiera tenido por efecto una acumulación de montañas de ciencia, pero no habría habido quien de ellas se sirviera. No hubieran sido capaces de ello las hordas nómadas que abandonaban las ruinas de ciudades devastadas, cuyos hijos, ya medio salvajes, ignoraban el arte de leer y escribir. Se tenía que salvar la civilización en el momento menos propicio, cuando dejaba de existir la industria, cesaba la edificación, se paralizaba el transporte, cuando pedían auxilio las hambrientas muchedumbres de todos los continentes y las colonias de Marte, privadas de los suministros, amenazadas en su existencia. Los especialistas no podían abandonar a la humanidad a su suerte para crear, aislados, nuevas técnicas de memorización.

    No faltaron esfuerzos desesperados. Toda la producción de algunas ramas de la industria de diversión, por ejemplo, lo que se llamaba «films», fue dedicada a grabar de manera sumaria las informaciones sobre los movimientos de barcos y cohetes, cuyo número de catástrofes iba en aumento. Los planos de redes energéticas, reconstruidos de memoria, se imprimían en los tejidos para la ropa de vestir. Todas las existencias de fibra artificial susceptibles de estampación fueron distribuidas a las escuelas. Los físicos vigilaban las pilas atómicas temiendo su estallido. Los equipos profesionales de salvamento se trasladaban de un punto del globo al otro. Sin embargo, todo esto no era más que migajas de orden, átomos de organización que se disolvían en el océano del caos creciente. La inmovilizada Era Caótica, agitada por sacudidas incesantes, en continua lucha contra la marea de analfabetismo, ignorancia, retroceso, no debe ser juzgada por las pérdidas de lo que habían acumulado siglos de trabajo, sino por lo que, a pesar de todo, supo salvar.

    El enfrentamiento a la primera ola de la Gran Desintegración exigió los mayores sacrificios. Fueron salvadas las bases terrestres de Marte y reconstruida la tecnología, espina dorsal de la civilización. Cintotecas y micrófonos sustituyeron las colecciones de papyr destruido. Desgraciadamente, las pérdidas sufridas en otros campos fueron crueles.

    Puesto que la producción de nuevos medios de escritura no daba abasto a las necesidades más urgentes, se sacrificó, para salvar los cimientos de la cultura, todo lo que no era imprescindible. Las disciplinas humanísticas sufrieron el mayor daño. La información se transmitía oralmente bajo la forma de conferencias, cuyos oyentes se convirtieron luego en educadores de la generación siguiente. Fue uno de los increíbles primitivismos de la Era Caótica, por cuya culpa la Tierra emergió de la catástrofe habiendo sufrido pérdidas irreparables en el campo de la historia, historiografía, paleología y paleoestética. Fue salvada tan sólo una fracción ínfima de la riqueza literaria. Se convirtieron en polvo millones de volúmenes de crónicas históricas, reliquias inestimables del Neogeno Medio y Tardío.

    Se llegó finalmente, en el ocaso de la Era Caótica, a la más paradójica de las situaciones, cuando, junto a una técnica relativamente avanzada (estaban ya en funcionamiento las primicias de la gravitrónica y tecnobiótica después de los éxitos del transporte masivo cisgaláctico), la humanidad no sabía nada, o casi nada, de su propio pasado. Lo que perduró hasta hoy día del enorme capital cultural neogénico, constituye apenas unos vestigios dispersos y dispares, relaciones de hechos cambiadas hasta hacerlos incomprensibles, deformadas por múltiples transmisiones en la tradición oral; justamente esta clase de historia, de cronología de los hechos de la mayor importancia, hasta ahora insegura, llena de lagunas, de manchas blancas en los cristales del conocimiento, es nuestra única herencia.

    Sólo podemos repetir con el Subgnóstor Nappro Leis que la papyrólisis ocasionó una historiólisis. Es sobre este telón de fondo que aparece en sus proporciones reales la obra del Prognóstor Wid-Wiss, quien, trabajando en solitario, reñido con la historiografía oficial, descubrió Las notas de un hombre del Neogeno, la voz de uno de los últimos habitantes del desaparecido estado Ammer-Ka, que nos habla a través del abismo de los siglos. La importancia de este monumento del pasado es todavía mayor gracias a su unicidad, ya que no se le pueden comparar los hallazgos papyránticos que la expedición arqueológica del Paleognóstor Mnemonita Bradrah Sirtiano extrajo de las margas del Preneogeno Inferior. Se refieren éstos a unas creencias reinantes en Ammer-Ka en la época de la Dinastía VIII, y hablan de varios Peligros: el Negro, el Rojo, el Amarillo; eran, probablemente, unas palabras mágicas de la cabalística de entonces, vinculadas con la enigmática deidad Raij, a la que se inmolaban, según parece, víctimas humanas. En todo caso, esta interpretación constituye todavía ahora el tema de una discusión entre la escuela Transadénica y la Gransirtiana, y el grupo de alumnos del insigne God-Waad.

    Debemos suponer, por desgracia, que la mayor parte de la historia del Neogeno quedará para siempre oculta para nosotros, ya que ni siquiera los métodos de cronotracción pueden suministrarnos detalles más esenciales sobre la vida social. La descripción del sector de la historia que pudo ser parcialmente reconstruido no puede ser presentada dentro del marco de esta introducción. Nos limitaremos únicamente a un puñado de observaciones al objeto de hacer más accesible la comprensión de las Notas. La evolución de las creencias antiguas sufrió una curiosa bifurcación. En el período primero (Arqueocredónico) existían varias religiones basadas en la aceptación de un elemento sobrenatural, inmaterial, creador de todo lo existente. Del Arqueocredónico quedaron, como monumentos duraderos, unas pirámides (procedentes del Neogeno Temprano), así como excavaciones mesogénicas (templos puntiagudos de Lafransia).

    En el período segundo (Neocredónico), la fe adquirió un carácter diferente. El elemento metafísico se incorporó en cierta manera al mundo material, terrestre. Prevalecía entonces, como uno de los principales, el culto de la deidad Kap-Eh-Taal (o Kappi-Thaa en la transcripción de los apuntes palimpsésticos cremones). Esta deidad fue venerada en todo el territorio de Ammer-Ka, su culto abarcaba además la Australoindia y una parte de la Península Europea. La vinculación de las imágenes de elefante y asno, encontradas en los terrenos de Ammer-Ka, con el culto de Kap-Eh-Taal, parece dudosa. Estaba prohibido pronunciar el nombre mismo de Kap-Eh-Taal (interdicción análoga a las de Iz-Rael); en Ammer-Ka el nombre que se daba a la deidad era el de Thoolar. Tenía además varios otros nombres litúrgicos, de cuya valoración corriente se ocupaban unas órdenes especiales (p. ej. la de la Bool-Sah). La fluctuación del valor aceptado de los nombres (¿o cualidades?) de la deidad Kap-Eh-Taal constituye hasta ahora un enigma hermético. La dificultad de comprensión de esta religión precaótica (la última) consiste en el hecho de que a Kap-Eh-Taal no se le atribuía una existencia sobrenatural. Por tanto, no era un espíritu; no se le consideraba tampoco como un ser (lo que pone de manifiesto rasgos totémicos de aquel culto, insólitos para una época de ciencias exactas bastante desarrolladas), y se lo identificaba, al menos en sus actividades prácticas, con bienes materiales muebles e inmuebles. Fuera de ellos, no tenía existencia. Sin embargo, está comprobado que se le hacían ofrendas de cosechas de caña de azúcar, café y trigo, sobre todo en los períodos de dificultades económicas, como si los hombres quisieran aplacar la ira de esa deidad cruel. La contradicción aquí mencionada se vuelve todavía más honda a causa del hecho de que en el culto de Kap-Eh-Taal existiesen elementos de revelación: según sus cánones, el mundo se apoyaba en la llamada «propiedad privática». Los intentos de refutar este dogma eran severamente castigados.

    Como sabemos, la época de cibereconomía global fue precedida, en el ocaso del Neogeno, por los primeros esbozos de la sociostasis; a medida que el culto de Kap-Eh-Taal, organizado en complejos ritos corporativos y ceremonias institucionales, fue perdiendo con el tiempo un territorio terrestre en beneficio de los adeptos de la economía seglar sociostática, se incrementaba el conflicto entre la extensión de la dominación de aquella religión trasnochada y el mundo restante.

    El centro de la fe más fanática fue hasta el final, o sea hasta la creación de la Federación Terrestre, el estado Ammer-Ka, gobernado por las sucesivas dinastías de los Presínidos. En la estricta aceptación de la palabra, no eran sacerdotes de Kap-Eh-Taal. Los Presínidos (o Press-Denn-Thidos, según la grafía de la escuela tirrena) construyeron en los tiempos de la Dinastía XIX el Pentágono. ¿Qué era aquella edificación del Neogeno Decadente, primera de la serie de unos gigantes de piedra? Los prehistoriadores de la escuela aquilina las tomaron primero por tumbas de los Presínidos, por analogía con las pirámides egipcias. Sin embargo, esta hipótesis fue abandonada ante unos descubrimientos ulteriores. Se supuso también que eran templos de Kap-Eh-Taal, donde se planificaban cruzadas contra los pueblos infieles y estrategias de una eficaz conversión de los herejes,

    A falta de fuentes fidedignas que permitiesen zanjar este problema, sin duda alguna primordial para la comprensión de la última fase del gobierno de las Dinastías XXIV y XXV, los historiadores pidieron la ayuda del Instituto de Temporística. Gracias a la actitud benévola del Instituto, se pudo sacar provecho de los más nuevos descubrimientos en el campo de cronotracción para aclarar el enigma de los Pentágonos. El Instituto efectuó doscientos noventa sondajes en la profundidad del tiempo pasado, usando diecisiete trillones de erg-segundos de los depósitos de tiempo puestos en órbita alrededor de la Luna.

    Conforme a la teoría de la cronotracción, el movimiento hacia atrás en el tiempo sólo es posible lejos de las grandes masas materiales, ya que cualquier acercamiento a ellas absorbe enormes cantidades de energía. Por esta razón, las observaciones del tiempo pasado fueron efectuadas por sondas suspendidas muy arriba en la estratosfera. Sus repentinas apariciones y desapariciones en el cielo tuvieron que constituir un tremendo enigma para los hombres del Neogeno. El Prognóstor Sturlprans Segundo afirma que el paso de una sonda retrocronal se manifiesta en el pasado bajo la forma de un disco convexo, semejante a dos platos unidos desplazándose libremente en el espacio.

    Las cronosondas retroactivas aportaron un material abundante; entre otras cosas disponemos, gracias a ellas, de unas fotografías auténticas del Primer Pentágono durante su construcción. Este edificio, de forma de un pentágono regular cuyo lado tenía 460 infos de largo, era un verdadero laberinto de piedra y cemento armado. El Histognóstor Ser Een calcula la longitud de sus corredores en 17 o 18 millas de entonces. Doscientos sacerdotes de rango inferior vigilaban noche y día las entradas. Las crónicas, excavadas en las ruinas de Was-En-Ton, facilitaron, gracias a la aplicación de una nueva serie de sondeos en el tiempo, el descubrimiento del Pentágono Segundo, menos imponente que el Primero, ya que su mayor parte estaba construido bajo tierra. Unos párrafos de las crónicas más arriba mencionadas evocaban la existencia de otro Pentágono más, el Tercero, que debía constituir un sistema enteramente autónomo, una especie de estado dentro de otro estado, gracias a un camuflaje especial y enormes reservas de alimentos, agua y aire comprimido. Sin embargo, cuando un sistemático sondeo cronaxial por encima de todo el territorio de Ammer-Ka del siglo XX no descubrió ninguna huella de esa edificación, la mayoría de los historiadores se adhirió a la tesis de que en las crónicas excavadas se hablaba del Pentágono Tercero sólo en sentido figurado, que aquel edificio fue construido —como obra de fe e imaginación— en la mente de los fieles, y que la difusión de las noticias sobre su existencia real tenía que servir para alentar los ánimos de los adoradores de la deidad Kap-Eh-Taal, cuyo número iba en disminución. Esta era la versión oficial de la historiografía terrestre, cuando el Prognóstor Wid-Wiss, entonces joven, inició su actividad arqueológica.

    Después de haber estudiado con sus propios métodos todos los materiales accesibles, publicó un trabajo en el cual afirmaba que los Presínidos, viendo que su poder se debilitaba y se encogía el territorio por ellos dominado, emprendieron la construcción de un nuevo centro de poder lejos de las congregaciones humanas, en una de las desérticas regiones montañosas de Ammer-Ka, a gran profundidad bajo las rocas, para proporcionar a Kap-Eh-Taal un último refugio, inaccesible a los no iniciados. Wid-Wiss consideraba que el hipotético Pentágono de la Ultima Dinastía constituía una especie de cerebro guerrero colectivo, cuya tarea consistiría en la vigilancia de la pureza de la fe en Kap-Eh-Taal, así como en la conversión de los pueblos que la habían abandonado.

    Los círculos profesionales recibieron con frialdad la hipótesis de Wid-Wiss, puesto que era contraria a la mayoría de los hechos conocidos. En particular los críticos, como los Supergnóstores Yoo-Na-Waka, Quirlsto y Pisuovo de la escuela marciana de paleografía comparativa, demostraron unas contradicciones intrínsecas en el sistema cronológico de los acontecimientos postulado por Wid-Wiss.

    La crítica reveló sobre todo el hecho de que, según el análisis de Wid-Wiss, el Ultimo Pentágono habría sido construido apenas unos decenios antes de la catástrofe del papyr. Si —decía la crítica— el Pentágono Tercero hubiese existido realmente, los Presínidos en él refugiados habrían intentado, sin lugar a dudas, aprovechar las circunstancias de anarquía que surgieron después de la catástrofe para apoderarse, en los albores de los tiempos caóticos, de toda la Tierra. Aun suponiendo que este golpe de estado contra el gobierno de la Federación hubiera sido reprimido, habría dejado por lo menos algún recuerdo en la tradición oral. Sin embargo, la historiografía no ha anotado nada parecido.

    Wid-Wiss defendió su tesis afirmando que cuando la población de Ammer-Ka se pasó a los «infieles» incorporándose a la Federación, los amos del Ultimo Pentágono ordenaron su cierre. El Moloch subterráneo, habiéndose aislado de este modo de toda la humanidad, perduró hasta la catástrofe del papyr y los tiempos caóticos, sin tener contacto alguno con lo que acontecía en la superficie del globo.

    Wid-Wiss reconocía que un aislamiento tan perfecto y hermético del mundo exterior de una comunidad hipotética de sacerdotes y servidores guerreros de Kap-Eh-Taal parece inverosímil. Llegó hasta a afirmar que el Ultimo Pentágono poseía unos medios de observar lo que sucedía sobre la Tierra, pero consideraba que aquel cerebro guerrero colectivo de la Ultima Dinastía no era ya capaz de una acción agresora, ni aun sólo de guerrilla. No pudo emprender un ataque ni golpe de estado contra la Federación porque, una vez encerrado en el interior de las rocas, desprovisto del contacto con el curso de la historia, se acorazó no sólo con los muros, sino con todo el sistema de las condiciones interiores. Viviendo ya solamente del mito, de la leyenda sobre el antiguo poder de Kap-Eh-Taal, vigilaba, controlaba y luchaba contra la herejía, dentro de sí mismo.

    La historiografía guardó silencio sobre las últimas tesis de Wid-Wiss. No obstante, el científico no se dio por vencido. Durante veintisiete años, junto con un reducido grupo de colaboradores adictos, efectuó sistemáticas investigaciones a lo largo de todo el macizo de las Montañas Rocosas. Su obstinación triunfó finalmente cuando el mundo ya casi le había olvidado. El 28 de Maa del 3146, un grupo avanzado de arqueólogos, habiendo despejado centenares de toneladas de fragmentos de roca al pie de la montaña Haar-Vurd, se encontró ante una gran pieza convexa y circular de metal, pintada con colores de camuflaje, perfectamente conservada: la entrada del Ultimo Pentágono...

    El examen del interior del edificio subterráneo resultó ser una empresa que exigía fuerzas y medios extraordinarios, ya que en el año setenta y dos de su aislamiento del mundo, el Pentágono de la Ultima Dinastía fue víctima de un cataclismo natural. A consecuencia de un insignificante desplazamiento en el interior del cuerpo granítico del macizo principal de la cordillera, se produjo una fisura en la capa del fondo que provocó el contacto directo con los profundos estratos del magma. La construcción protectora de cemento armado adherida a la profundidad de la roca excavada no resistió la enorme presión. La lava líquida irrumpió en el edificio, llenándolo hasta los techos; así, aquel hormiguero de la enigmática actividad subterránea de los últimos Presínidos se convirtió en un gigantesco fósil muerto que esperó a su descubridor durante mil seiscientos ochenta años.

    No es de nuestra incumbencia la presentación de las inestimables riquezas de las excavaciones del Tercer Pentágono. El lector interesado encontrará toda la información en unos trabajos dedicados especialmente a este tema. Añadiremos tan sólo unas pocas frases como introducción a la lectura de las Notas.

    Fueron descubiertas en el tercer año de los trabajos de excavación, en el nivel cuarto, en el sistema de los corredores interiores donde se encuentran establecimientos de baños. En uno de ellos, lleno como todos los demás de lava petrificada, se encontraron fragmentos de dos esqueletos humanos y, debajo de ellos, un rollo de papyr, el original de las Notas.

    El lector podrá convencerse de que las atrevidas hipótesis del Histognóstor Wid-Wiss son, en su mayor parte, acertadas. Los apuntes reflejan el destino de la comunidad encerrada bajo la tierra, que, aislada del conocimiento de los acontecimientos reales, fingía ser el cerebro y el estado mayor de un poderío que se extendía hasta las galaxias más cercanas; la ficción se convirtió en una creencia, y la creencia en certidumbre. El lector podrá observar cómo unos fanáticos servidores de Kap-Eh-Taal crearon el mito de lo que llamaban el «Antíedificio», cómo gastaban su vida en espiarse mutuamente, en examinar su lealtad y dedicación a una «Misión» legendaria, aun cuando la última sombra de realidad de aquella «Misión» hubo tenido ya tiempo de evaporarse de su mente y sólo les quedaba el hundimiento cada vez más profundo en el abismo de la locura colectiva.

    La ciencia histórica no ha pronunciado todavía su última palabra sobre las Notas, también llamadas Memorias encontradas en una bañera, por el sitio donde fueron descubiertas. Tampoco hay unanimidad con respecto a cuándo y en qué orden fueron redactadas las partes del manuscrito —los Gnóstores de Hybériades consideran las primeras once páginas como un texto apócrifo de años ulteriores—; sin embargo, para el lector estas disputas de los especialistas no son esenciales. Ya es hora, pues, de que nos callemos para que pueda elevar su propia voz este último mensaje de la época neogénica del papyr.



    I


    ...NO PUDE ENCONTRAR LA ESTANCIA cuyo número figuraba en el pase. Entré primero en la Sección Verística, luego en la Sección de Desinformación, donde un funcionario de la Sección de Presiones me dijo que debía subir al octavo piso, pero allí nadie quiso ni siquiera hablarme; iba extraviado entre una multitud de altas jerarquías, cada corredor resonaba de enérgicas pisadas y golpes de puertas y tacones; se mezclaba con estos ruidos marciales la música cristalina de unas campanitas que me recordaban cascabeles de trineos. De vez en cuando unos ujieres transportaban teteras humeantes, me metía por equivocación en los aseos donde varias secretarias se estaban maquillando apresuradamente, agentes disfrazados de ascensoristas charlaban conmigo amistosamente, uno de ellos, provisto de una prótesis de inválido, me había transportado tantas veces de piso en piso que ya me hacía señales de lejos, y hasta dejó de sacarme fotografías con el pequeño aparato metido en el ojal de su solapa como un clavel. Alrededor del mediodía empezó incluso a tutearme y me enseñó su tesoro, un magnetófono escondido bajo el suelo del ascensor; pero mi mal humor no me dejó interesarme por él.

    Iba obstinadamente de habitación en habitación sin parar de hacer preguntas como si me hubieran dado cuerda, pero todas las contestaciones eran falsas; seguía encontrándome fuera de la continua corriente del secreto que animaba al Edificio, pero ¡qué diablos!, tenía que penetrar en ella en algún sitio. Dos veces me introduje sin querer en la cámara del tesoro subterránea y hojeé unas actas secretas que nadie había guardado, pero tampoco en ellas encontré la menor indicación para mí. Al cabo de varias horas, ya muy irritado y hambriento (había pasado ya la hora de la comida y ni siquiera había podido encontrar una cantina), decidí emplear una táctica diferente.

    Recordaba que la mayoría de altas jerarquías canosas vivía en el piso cuarto; me dirigí, pues, allí; por una puerta con grandes letras encima SOLO PARA LOS CONVOCADOS entré en la subsecretaría, en aquel momento vacía, y de allí, por una salida lateral provista de la consigna LLAMAR, a una sala llena de planos de movilización puestos a secar, donde me enfrenté con un problema: había en ella dos puertas, una con el letrero EXCLUSIVAMENTE PARA LOS EQUILIBRADORES, la otra llevaba la inscripción PROHIBIDO EL PASO. Después de un momento de reflexión abrí esta segunda puerta, e hice bien, ya que me encontré en la secretaría del jefe supremo, el general Kashenblade. Puesto que entré por aquella puerta, el oficial de guardia, sin una sola pregunta, me llevó ante el jefe.

    También aquí temblaba en el aire un suave sonido cristalino. Kashenblade estaba removiendo su té. Era un anciano calvo, de complexión robusta. Sus mejillas colgantes como un delantal y los múltiples pliegues de su papada reposaban sobre el cuello de su uniforme cubierto de distintivos en forma de galaxias. Tenía ante sí sobre el escritorio dos filas de teléfonos flanqueadas por unos aparatos de escucha secreta y, en el centro, tarros con etiquetas de varios especímenes; sin embargo, salvo alcohol, nada vi en ellos. Con la calva hinchada de venas, estaba muy ocupado en apretar botones que silenciaban al momento cualquier teléfono que empezara a sonar. Si varios llamaban a la vez, daba un puñetazo a todo el teclado. Es lo que hizo al verme. Reinó un silencio que sólo interrumpía el tintineo de la cucharita.

    — ¡Ah, es usted! —exclamó. Su voz era muy potente.
    —Así es, soy yo —contesté.
    —Espere, no hable, yo tengo memoria —gruñó, clavando en mi cara una mirada por debajo de las espesas matas de sus cejas—. X-27, retranspulsión contraestelar Cygni Eps, ¿eh?
    —No —dije.
    — ¿No? ¡Ah! ¡No! ¡Ya! ¿Morbilatrinx B-KuK ochenta y uno, coma, operación Clavito? ¿Bi como Bipropoda?
    —No —dije, tratando de ponerle ante los ojos mi convocatoria, pero la rechazó, malhumorado.
    — ¿Nnno...? —farfulló. Parecía herido en su orgullo. Se ensimismó, revolvió el té; sonó un teléfono. Lo acalló con un gesto leonino—. ¿De plástico? —me espetó de repente a la cara.
    — ¿Quién, yo? — pregunté—. No, más bien... normal.

    Kashenblade ahogó de un golpe el ruido de varios teléfonos y volvió a contemplarme.

    —Operación Hiperdios... Mammaciclogastrozauro..., entama, pentacla... — seguía probando, sin querer aceptar la inesperada laguna en su infalibilidad. Al no contestarle yo, se apoyó con ambas manos en el teclado y rugió—: ¡Fuera!

    Parecía que él también quería echarme, pero yo estaba demasiado decidido, y me sentía demasiado civil, para obedecer sin protestar. Así que seguí allí con la mano extendida, alargándole mi convocatoria. Kashenblade la tomó finalmente, sin mirar, y la echó con un ademán despreciativo a la rendija de un aparato que tenía delante. El aparato susurró y empezó a hablarle en voz baja. Kashenblade escuchaba, se le nubló la cara, le llamearon las pupilas. Me miró de reojo y se puso a apretar los botones. Primero sonaron los timbrazos de los teléfonos, en tal cantidad que parecían un concierto de música concreta. Los acalló y siguió apretando. La brigada de aparatos que le rodeaba gritaba a cuál más fuerte y más aprisa cifras y criptónimos. El escuchaba, severo, temblándole un párpado, pero yo ya veía que la tormenta se había desviado. Frunció el ceño y gruñó:

    — ¡Déme ese papelucho!
    —Ya se lo he dado...
    — ¿A quién?
    —A usted.
    — ¿A mí?
    —A usted, señor.
    — ¿Cuándo, dónde?
    —Hace un segundo, aquí lo ti... —empecé, pero me mordí la lengua.

    El general me echó una ojeada y sacó de un tirón el cajoncito del aparato. Estaba vacío. Dios sabe a dónde se habría encaminado ya mi documento; desde luego, ni se me ocurrió pensar que lo había metido allí por error. Llevaba ya tiempo sospechando que la Jefatura de la Región Cósmica, por supuesto demasiado compleja para resolver individualmente cada uno del trillón de asuntos que de ella dependían, adoptó el sistema de actuaciones confiadas al azar, basado en el principió según el cual cada documento, circulando entre miles de escritorios, forzosamente tiene que encontrar al final el que le corresponde. Es un procedimiento algo lento, pero infalible. El Cosmos mismo funciona conforme a unos principios parecidos; para las instituciones tan imperecederas como él —el Edificio lo era— la velocidad de todas las evoluciones y perturbaciones no podía tener, naturalmente, ninguna importancia.

    Sea como fuere, mi documento había desaparecido. Kashenblade cerró con ímpetu el cajón y fijó la mirada en mí, parpadeando. Me mantenía inmóvil ante él; la sensación de estar allí con las manos vacías no era nada agradable. El parpadeaba con insistencia, yo, como si no lo viera; cuando me guiñó el ojo con nerviosismo, le correspondí con un guiño parecido, lo que pareció calmarle.

    —Essstá bien —masculló entre dientes, volviendo a apretar botones.

    Los aparatos entraron en trance. Empezaron a soltar largas cintas de distintos colores que se amontonaban sobre el escritorio. Kashenblade rompía algunas, leía los trozos, echaba otras sin mirarlas en unos aparatos que hacían copias, enviando los originales a una papelera automática. Finalmente, de uno de ellos salió una hoja blanca que llevaba impreso INSTRUCCIÓN B-66-PA-PRA-LEBL con letras tan grandes que pude leerlas desde el otro lado del escritorio.

    —Irá... delegado... a una Misión... Especial —decía rítmicamente el general—. Penetración profunda, asunto de una acción subversiva. ¿Había estado antes allí? — preguntó, volviendo a parpadear.
    — ¿Dónde?
    —Allí.

    Levantó la mano sin dejar de pestañear. No dije nada.

    Me miró con desprecio.

    —Eso es un agente —dijo—. Un agente, ¿en?... Un agente... de hoy día... ¡Un agente!

    Su cara se iba ensombreciendo. Pronunciaba esa palabra en todos los tonos, la escupía, la silbaba, se la pasaba por el agujero de un diente; de repente ahogó nerviosamente todos los teléfonos y estalló:

    — ¡Hay que explicárselo todo! ¿No lee los periódicos? ¡Las estrellas! ¡Las estrellas!, ¿qué? ¿Qué hacen? ¡Venga!
    —Brillan —dije tímidamente.
    — ¡Y eso ha de ser un agente! ¡Brillan! Pero ¿cómo? ¿Cómo brillan? ¡Venga! ¡Dígalo!

    Me hacía señales con los párpados.

    —P...parpadean —dije, bajando sin querer la voz.
    — ¡Qué inteligente! ¡Por fin! ¡Sí, parpadean, parpadean! ¿Pero cuándo? ¿No lo sabe? ¡Naturalmente! ¡Ese es el material que se me manda a mí! ¡De noche! ¡De noche! ¡Parpadean, tiemblan cuando se hace oscuro! ¿Qué pasa? ¿Quién parpadea? ¡De noche!, ¿qué? ¿Quién tiembla?

    Rugía como un león. Yo no movía ni un dedo, pálido, tieso como una cuerda de violín, esperando que amainara la tormenta, pero no amainaba. Kashenblade, amoratado, hinchado, estallándole la calva, tronaba a todo el despacho, a todo el Edificio:

    — ¿Y la huida de las nebulosas? ¿Qué? ¿No sabe nada? ¡La huida! ¿Qué es esto? ¿Quién huye? ¡Es sospechoso, más todavía, es la confesión de un delito!

    Me aplastó con la mirada, sin aliento, cerró los ojos y me espetó firmemente con acerada voz:

    — ¡Imbécil!
    — ¡Usted se está propasando, señor! —grité a todo pulmón.
    — ¿Qué? ¿Qué? ¿Usted se...? Usted se está pro... ¿Qué es esto? ¡Ah! ¡Santo y seña! El santo y seña, muy bien. Esto es otra cosa. Un santo y seña es un santo y seña.

    Empezó a clavar violentamente los dedos en el teclado. Los aparatos susurraron como la lluvia en un tejado de hojalata. Saltaban de ellos cintas verdes y doradas, enrollándose, temblorosas, sobre el escritorio. El anciano las leía con avidez.

    — ¡Bien! —concluyó, arrugándolas todas—. Su misión: investigar en el lugar, averiguar, buscar, eventualmente provocar, denunciar. Punto. El día N, a la hora enésima, en el enésimo sector de la región enésima será usted enesimado de la cubierta de la unidad N. Punto. El grupo de emolumentos criptónimo Nene, dietas planetarias con suplemento de oxígeno, liquidación de cuentas esporádica según la importancia de las denuncias. Informar al día. Contacto en-lu-méníco, protector de formato Lyra PiP, si cae en la acción, distinción póstuma con la Condecoración de Grado Secreto, honores militares, retreta, lápida conmemorativa, inscripción laudatoria en las actas... ¿Le va? — gritó la última palabra.
    — ¿Y si no caigo...? —pregunté.

    Una gran sonrisa indulgente iluminó la cara del general.

    —Un sabihondo —dijo—. Un sabihondo, ¿eh? Vaya con el sabihondo..., si esto, si lo otro... ¡Basta! ¡Conmigo no hay «si» que valga! ¿Has recibido tu misión? ¡La has recibido! ¡Basta! ¿Sabes qué significa esto? ¿Eh? —me espetó con su profunda voz. Sus mejillas ondearon suavemente, los dorados cuadriláteros de sus condecoraciones centellearon—. ¡La Misión es una cosa grande! ¡Y una Especial, ya me dirás! ¡Una Misión Especial! ¡Enhorabuena, N! ¡Vete, muchacho, y no dejes que te descalabren!
    —Lo intentaré —dije—. ¿Y cuál es mi cometido?

    Apretó varios botones, escuchó las llamadas, las hizo callar. Su calva, antes de un rojo oscuro, empezó a volverse rosada. Me miró con bondad, como un padre.

    —Muy, muy difícil —dijo—. Muy peligroso. ¡Pero no importa! ¡No lo haces por mí! ¡No soy yo quien te manda! ¡Es para el Bien General! Ay, tú, enésimo, te tocó un hueso duro. ¡Ya lo verás! Difícil, pero hay que hacerlo, porque... porque eso...
    —El Deber —sugerí rápidamente.

    Se le iluminó la cara. Se levantó. Las condecoraciones se mecieron sobre su pecho, tintinearon, los aparatos y los teléfonos callaron, se apagaron las lucecitas. Arrastrando tras de sí una maraña de cables multicolores, se me acercó y me tendió la mano, una poderosa mano peluda de estratega. Me taladraba con los ojos, sus cejas eran como dos montes boscosos encima de unos pliegues un poco menos abultados, y así estábamos, uno frente al otro, unidas las manos en un fuerte apretón: el jefe supremo y un emisario secreto.

    — ¡El Deber! —dijo—. Un duro deber, muchacho. El Deber... ¡¡¡Que te vaya bien!!!

    Saludé, me cuadré y salí. Al cruzar la puerta oí cómo sorbía su té, que debía estar ya frío. Era un anciano poderosísimo el general Kashenblade.


    II


    ENTRÉ EN LA SECRETARÍA muy impresionado por mi conversación con el Jefe. Las secretarias estaban pintándose y removiendo su té. Del tubo neumático del correo saltó un legajo de papeles con mi nombramiento firmado por el general. Una de las funcionarías estampó en todos el sello alto secreto y los entregó a otra que anotó todo el fascículo en un registro; acto seguido el registro fue cifrado con una máquina manual, la clave del cifrado destruida ante una comisión, y todos los originales quemados. La ceniza, después de cribarla y anotar en otro registro, quedó cerrada en un sobre lacrado con mi número encima y fue enviada inmediatamente a la cámara de tesoro subterránea. Aturdido por la inesperada marcha de los acontecimientos, no pude dedicar la atención debida a este complicado procedimiento. Las enigmáticas frases del general se referían, sin duda alguna, a asuntos tan secretos que sólo se podía hablar de ellos en términos alusivos. Tarde o temprano alguien tenía que esclarecerme el misterio, ya que de otra manera no podría cumplir mi Misión. Ni siquiera sabía si mi nombramiento tenía algo que ver con el documento perdido, pero esta duda quedaba desvaída ante mi imprevisto ascenso.

    Interrumpió estas reflexiones la aparición de un joven moreno, de uniforme y con la espada ceñida; se me presentó como el ayudante secreto del general, el teniente Blanderdash. Con un ademán de manos significativo, me dijo que había sido destacado para ocuparse de mí y me llevó a otro despacho, al otro lado del pasillo. Me ofreció una taza de té y empezó a ensalzar mis aptitudes, que, según él, debían ser extraordinarias, puesto que Kashenblade me había confiado un hueso tan duro de roer. Admiró la naturalidad de mi cara, sobre todo la de mi nariz, hasta que me di cuenta de que creía que ambas eran postizas. Yo me dediqué a remover en silencio el té de mi taza, juzgando que lo que más me convenía era la prudencia. Al cabo de un cuarto de hora el teniente me llevó por un pasadizo camuflado, sólo para oficiales, a un ascensor de servicio, cuya puerta desellamos entre ambos, y me acompañó abajo. Cuando ya tenía un pie fuera del ascensor, dijo de repente:

    —Ahora que recuerdo, ¿es usted propenso a bostezar?
    —No me fijé en ello. ¿Por qué lo pregunta?
    —Oh, por nada..., verá, a uno que bosteza se le puede mirar muy adentro... ¿No suele roncar?
    —No.
    —Eso está muy bien. Muchos hombres de los nuestros se perdieron por lo de roncar...
    — ¿Qué les pasó? —pregunté a la ligera.

    Sonrió, tocándose la funda que cubría las insignias de su uniforme.

    —Si le interesa, podríamos ver nuestras colecciones. Es justo en este piso..., allá donde las columnas... Sección Museológica.
    —Encantado —dije—, pero no sé si podemos disponer tan libremente de nuestro tiempo.
    —Oh, desde luego —contestó, indicándome el camino con un leve saludo— no será por simple curiosidad... En nuestra profesión, cuanto más se sabe, mejor...

    Abrió ante mí una puerta corriente, barnizada de blanco, detrás brillaba otra, blindada. El teniente compuso las letras de una cerradura cifrada y me dejó pasar primero. Nos encontramos en una gran sala, profusamente iluminada, sin ventanas. Su techo artesonado descansaba sobre columnas, las paredes estaban cubiertas de magníficos gobelinos y tapices, en cuyas tonalidades prevalecían el negro, oro y plata; nunca había visto nada semejante: parecían hechos de pieles. Entre las columnas había, sobre el reluciente parque, unas vitrinas de cristal y grandes arcones con tapas levantadas. En el que tenía más cerca se amontonaban pequeños objetos brillantes como joyas: eran miles de gemelos de puños de camisa. De otro arcón se elevaba una verdadera montaña de perlas alargadas. El ayudante secreto me condujo hacia las vitrinas; detrás de los cristales se veían, bien iluminados sobre un fondo de terciopelo, postizos de toda clase: orejas, dentaduras, narices, imitaciones de uñas, verrugas, pestañas, hinchazones y jorobas artificiales, algunas mostradas en corte para que se viera su estructura interior; muchas eran de crin, pero las había también hinchables. Al retroceder, tropecé con el arcón de perlas y temblé. Eran dientes y muelas de todas las formas y tamaños: grandes, pequeños, con raíz o sin ella, algunos con caries, los de leche, de juicio, incisivos, etc...

    Miré a mi guía, que me estaba indicando, sonriendo con modestia, el gobelino que teníamos más cerca. Estaba confeccionado con luengas barbas, patillas, pelucas, cosidas con tal destreza que las de pelo dorado formaban en el centro un gran escudo nacional. Pasamos a la sala siguiente, todavía más grande. Bajo unos focos cromados relucían vitrinas repletas de objetos de regalo trucados, juegos de naipes, quesos; del artesonado del techo colgaban brazos y piernas postizos, corsés, vestidos; no faltaban siquiera insectos muy bien imitados; estos últimos, elaborados con una precisión posible sólo para una poderosa organización de espionaje con ilimitados medios a su alcance, ocupaban cuatro filas de armarios de cristal. El teniente no me abrumaba con explicaciones, convencido, por lo visto, de que los corpora delicti allí reunidos eran lo suficientemente elocuentes; sólo a veces, cuando, entre la multitud de objetos expuestos, me amenazaba el riesgo de pasar por alto alguno digno de interés, me lo indicaba con un ademán discreto. De este modo llamó mi atención sobre unos granos de adormidera colocados sobre seda blanca debajo de un cristal, tallado de manera tan ingeniosa, que se convertía directamente encima del montoncito de granos en una potente lupa. Mirando por ella, vi con asombro que cada grano estaba vaciado. Estupefacto, me dirigí al teniente con una mirada de interrogación, pero él sólo sonrió y separó los brazos, dándome a entender que no podía decir nada; sus labios, sombreados por un bigotito negro, dibujaron sin pronunciar la palabra secreto. Al momento de abrir la puerta siguiente, dijo solamente:

    —Tenemos trofeos interesantes... ¿verdad?

    El eco de nuestros pasos llenó una sala todavía más esplendorosa. Un gobelino cubría toda la pared de enfrente; era una composición artística, toda en tonalidades rojizas y negro azabache, que representaba un solemne acto estatal. El ayudante secreto me indicó, no sin un ligero embarazo, unas patillas negras bien recortadas que formaban parte del manto de un dignatario. Comprendí, gracias a una discreta alusión suya, que habían pertenecido a un agente por él desenmascarado.

    Un soplo de aire más fresco entre las columnas anunciaba que estábamos llegando a una ancha galería. Yo ya no veía nada; perdido, estupefacto, seguía los pasos de mi guía a través del hormigueo de objetos expuestos violentamente iluminados, pasaba por las secciones que enseñaban cómo se abrían las cajas fuertes, se inducía en tentación, se perforaban muros y montañas, se secaban los mares; admiraba las enormes máquinas de varios pisos para copiar de lejos planos de movilización general, o bien para convertir la noche en un día artificial o al revés. Bajo una gigantesca bóveda de cristal pasamos por el aula de falsificación de manchas solares y órbitas planetarias; engarzadas en placas de un material precioso, relucían imitaciones de constelaciones y galaxias falsificadas, provistas de etiquetas y cifras explicativas; junto a las paredes trabajaban silenciosamente poderosas bombas de vacío que mantenían la alta rarefacción y fuerza de radiación adecuadas para que pudieran durar los átomos y electrones artificiales. La cabeza me daba vueltas por exceso de sensaciones. Blanderdash debía de darse cuenta de mi estado, ya que me propuso, que nos encamináramos hacia la salida. Ante la puerta, provista de un cierre de relojería, rompimos los sellos del bolsillo superior de su guerrera y al sacó el sobre con el santo y seña, que leímos en voz alta.

    Más o menos a mitad del camino a través de la Sección Museológica había empezado a formular en mi cabeza las frases de encomio que diría después de visitar toda la colección, pero no fui capaz de pronunciar una sola palabra. Blanderdash comprendía mi silencio y no intentaba interrumpirlo; así llegamos al ascensor, donde nos esperaban dos jóvenes oficiales, secretos igual que él. Saludaron, me pidieron amablemente perdón y se llevaron a Blanderdash aparte. Tuvieron un corto intercambio de frases, que observé apoyándome en el marco de la puerta. Blanderdash parecía ligeramente sorprendido. Hablaba enarcando las cejas al oficial de más edad, pero éste le hizo callar con un gesto, indicándome disimuladamente con un codo. En esto se terminó la escena. El teniente, sin despedirse de mí, se alejó con el oficial mayor; el más joven se me acercó y manifestó con una sonrisa afable que debía conducirme a la Sección.

    No tenía ningún motivo para oponerme. Estábamos entrando ya en el ascensor desellado, cuando preguntó por el que había sido mi cicerone hasta entonces.

    — ¿Decía usted? —preguntó el oficial acercando el oído a mi boca y apretándose el pecho con la mano, como si le doliese el corazón.
    —Le pregunto por Blanderdash... ¿le llamaron para otro servicio? Sé que no debería hacer preguntas... —añadí.
    —No, no, no hay ningún inconveniente —se apresuró a tranquilizarme el oficial. Una extraña sonrisa lenta apareció en sus labios—. ¿Qué apellido mencionó usted? — preguntó, reflexivo.
    —Blanderdash. Es así como se llama el ayudante. ¿No es cierto? ¿O me equivoco?
    —Sí, sí, no hay error, no hay ningún error —dijo rápidamente, pero su sonrisa se volvió más soñadora todavía—. Blanderdash... —masculló cuando el ascensor se estaba deteniendo—. Blanderdash..., aja... Blanderdash..., vaya, vaya...

    No sabía a quién se refería aquel «vaya», tal vez a mí, porque justamente estaba abriendo la puerta; me hubiera gustado mucho saberlo, pero ya andábamos aprisa por el pasillo, dirigiéndonos hacia una de las relucientes puertas blancas. El oficial la abrió, me hizo pasar y volvió a cerrarla inmediatamente. Me encontraba en una estancia larga y estrecha, sin ventanas; en los cuatro escritorios brillaban focos marcadamente inclinados hacia abajo. Cuatro oficiales trabajaban sentados ante ellos en mangas de camisa, porque hacía calor; sus guerreras colgaban de los respaldos de las sillas. Uno de ellos levantó la cabeza y fijó en mí una penetrante mirada. Tenía ojos negros y brillantes tras las gafas.

    — ¿Usted, en qué asunto?

    Reprimí un gesto de impaciencia.

    —Misión Especial, orden del general Kashenblade.

    Me equivoqué, si había pensado que, al oír estas palabras, los demás oficiales levantarían la cabeza.

    — ¿Cómo se llama? —me preguntó el oficial con gafas en el mismo tono de voz, duro y concreto. Tenía manos de deportista, musculosas y bronceadas, con un pequeño tatuaje cifrado.

    Dije mi nombre. Casi simultáneamente apretó las teclas de un pequeño aparato sobre su mesa.

    — ¿Carácter de la Misión?
    —Especial.
    — ¿Su objetivo?
    —Me tenía que enterar de él aquí.
    — ¿Ah, sí? —dijo. Se puso la guerrera, la abrochó, rectificó las fundas de sus charreteras y se dirigió hacia la puerta—. Haga el favor de seguirme. Salí tras él al pasillo; miré con el rabillo del ojo y vi que el oficial que me había llevado hasta allí no se había marchado todavía. Mi nuevo guía encendió un foco sobre un escritorio y se me presentó, antes de sentarse: —Subcifrador Dasherblar. Siéntese, por favor.

    Pulsó un timbre; una joven, seguramente una secretaria, trajo dos tés y los puso sobre la mesa. Dasherblar se sentó frente a mí removiendo, en silencio, su té con una cucharilla.

    —Está usted esperando que le introduzcan en la esencia de su Misión, ¿eh?
    —Así es.
    —Ya. Es una misión difícil y complicada..., sí..., más bien un poco... particular, señor..., perdone, ¿cuál es su nombre?
    —El mismo de hace un rato —contesté con una leve sonrisa.

    El oficial sonrió igualmente. Su dentadura era soberbia; en aquel momento toda su cara resplandecía de afabilidad y franqueza.

    —Ja, ja, excelente, excelente. Le felicito. Así pues, ¿un cigarrillo?
    —Gracias, no fumo.
    —Perfecto, es un rasgo muy bueno. El hombre no debe tener vicios, ningún vicio, sí..., un momento. Se levantó y encendió la lámpara del techo; vi entonces una enorme caja fuerte de color plomizo, que ocupaba toda la anchura de una pared. Dasherblar maniobró las siete cifras del cierre; cuando la pesada placa de acero se abrió sin ruido, se puso a buscar entre montones de carpetas, separadas por unas barandillas de metal.
    —Voy a darle las instrucciones —dijo; en aquel momento zumbó en voz baja un avisador de la comunicación interior. El oficial interrumpió la frase, se volvió y me miró—, Perdone..., se ve que es algo urgente. ¿Querrá esperarme? No tardaré más de unos cinco minutos...

    Hice un signo afirmativo con la cabeza. Dasherblar salió cerrando la puerta tras de sí sin ruido. Me quedé solo en la luz del foco, frente a la caja fuerte abierta.

    « ¿Habrán querido someterme a una prueba? ¿A una prueba tan ingenua y vulgar?», pensé con indignación. Estuve sentado tranquilamente durante un rato, pero algo, a pesar mío, me hizo girar la cabeza hacia la caja. Miré al instante en dirección contraria y allí también vi, reflejados en un espejo, los estantes repletos de actas secretas. Decidí dedicarme a contar las tablillas del parque. Por desgracia, el suelo estaba enmoquetado. Enlacé fuertemente las manos y fijé la vista en los nudillos de mis dedos, hasta que me embargó la ira. ¿A santo de qué no podía mirar donde me pluguiera? Había carpetas negras, verdes y rosadas, también unas amarillas, muy pocas. De éstas, justamente, colgaban cordeles con redondos sellos de lacre. Una de ellas, encima de otras varias, tenía ángulos estropeados. «No sé por qué me tengo que preocupar», pensé. Al fin y al cabo, era el general mismo quien me había confiado la Misión, y en caso de necesidad, podía acudir a él; pero ¿en qué clase de necesidad exactamente estaba pensando?

    Miré la hora. Pasaron diez minutos desde la salida del oficial. A mis oídos no llegaba el menor ruido; cada momento transcurrido me hacía notar más la dureza de mi silla. Crucé las piernas, pero era peor todavía. Me levanté, me subí los pantalones para que no se arrugara la raya y me volví a sentar. Ya me molestaba hasta el escritorio en el cual apoyaba el codo. Conté las carpetas una y otra vez, estiré los brazos. Los minutos pasaban. Empezó a molestarme el hambre. Bebí lo que quedaba de mi té y escarbé el azúcar del fondo de la taza. Ya no podía ni ver aquella caja, de rabia que me daba todo esto. Miré otra vez el reloj. Llevaba allí ya casi una hora solo. Al cabo de una hora más empecé a perder la esperanza de que el oficial volviera. Algo debía de haberle pasado. ¿Pero qué? Tal vez lo mismo que había provocado la desaparición súbita de Blanderdash. ¿Se llamaba así, o quizá Kashlerblad? ¿Aldarklarsh? ¿Dalderblarl? ¿Baldaklash? De ningún modo podía recordarlo, tenía demasiada rabia y hambre. Me levanté y me puse a pasear arriba y abajo por el despacho. Llevaba casi tres horas a solas con la caja abierta, llena de actas secretas; esto me olía muy mal. « ¡Una buena trastada me ha hecho ese..., ese, ¿cómo se llama ése?!» Si alguien me preguntara a quién estaba esperando... Tomé la decisión de salir de allí. Muy bien, pero ¿por dónde? ¿Volver al despacho por donde había entrado en éste? Me harían preguntas. Mi historia no tendría nada de verosímil. Ya veía las caras de los jueces: « ¿Un oficial, cuyo apellido usted ni siquiera recuerda, le ha dejado solo en el despacho con una caja fuerte abierta? Interesante, pero anticuado... ¿y si pensara en un cuento más original?» Tenía calor, el sudor me resbalaba por la nuca y la espalda, se me secó la garganta. Bebí el té del oficial, eché una mirada rápida por todo el despacho e intenté cerrar la caja. La cerradura no quería funcionar. Hice un sinfín de combinaciones con las cifras, pero la puerta rebotaba tercamente, sin el menor deseo de cerrarse. De repente me pareció oír pasos en el corredor. Me eché atrás, mi manga enganchó un montón de carpetas que cayeron todas al suelo. El pomo de la puerta se movió. Cometí entonces una verdadera locura: me metí debajo del escritorio. Sólo veía las piernas del hombre que había entrado, en pantalones de uniforme, y sus zapatos negros y puntiagudos. Durante un rato no se movió. Luego cerró cuidadosamente la puerta, se acercó a la caja y desapareció de mi vista. Oí crujidos de papeles y otro sonido más, una especie de ligeros chasquidos. Comprendí: estaba fotografiando las actas secretas. Por tanto..., por tanto, no era un verdadero oficial sino...

    Salí a cuatro patas de debajo del escritorio, avanzando en la misma posición hacia la puerta. Al alcanzarla me incorporé y en un brinco me encontré en el pasillo. Mientras la cerraba con ímpetu, vislumbré en una fracción de segundo la pálida cara del otro, desfigurada por el miedo; la máquina fotográfica se le cayó de las manos, pero, antes de que me llegara el ruido de su caída, yo ya estaba lejos. Erguido y tieso, avanzaba acompasadamente, sin desviar la mirada. Dejé detrás de mí ángulos y vueltas del pasillo e hileras de puertas pintadas de blanco, que dejaban oír ruidos de trabajo, junto con aquel sonido cristalino que ahora ya no me parecía misterioso.

    ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? ¿Hacer un informe sobre todo el acontecimiento? Pero aquel hombre no debía de estar allí, seguro que habría huido inmediatamente. Quedaría solamente la caja abierta y los papeles esparcidos por toda la estancia. De repente tuve un sobresalto: había dicho mi nombre en voz alta en el despacho contiguo y, además, me había conducido allí aquel oficial joven. Ya lo deben de saber todo. En todo el Edificio se habrá dispuesto el estado de alarma secreto. Me estarán buscando. Todas las escaleras, salidas, ascensores, vigilados...

    Miré a mí alrededor. En el pasillo había un ajetreo normal. Unos oficiales llevaban carpetas, parecidas como dos gotas de agua a las de la caja fuerte. Pasó un ujier con una tetera humeante. De un ascensor salieron dos ayudantes. Pasé a su lado, pero no me dedicaron ni una mirada. ¿Por qué está todo tan tranquilo? ¿Por qué nadie me está buscando, persiguiendo? ¿Sería todo esto..., todo esto, la continuación de la prueba?

    Acto seguido tomé una decisión. Me llegué a la puerta más cercana y leí su número: 76.941. No me gustó. Continué hasta la que llevaba el número 76.950. Allí me detuve. ¿Llamar? No tenía sentido.

    Abrí la puerta y entré. Dos secretarias se disponían a tomar el té, la tercera ordenaba bocadillos en un plato. No advirtieron mi presencia. Atravesé la estancia y entré por otra puerta en el despacho contiguo.

    — ¿Ah, es usted? Por fin... Pase, pase, póngase cómodo.

    Desde el otro lado del escritorio me sonreía un anciano menudo, con gafas con montura de oro. Su pelo, blanco como la leche, cubría escasamente una pequeña calvicie de un rosado ingenuo. Tenía ojos como dos avellanas. Con gestos llenos de hospitalidad me indicó una cómoda butaca. Me dejé caer en ella.

    —Destacado a una Misión Especial por el general Kashenblade... —empecé, pero no me dejó terminar.
    —Sí, sí, desde luego... ¿usted permite?

    Sus dedos temblorosos ya pulsaban las teclas de un aparato.

    —Señor... —comencé. Se levantó, solemne y serio, aunque continuara sonriendo. El párpado inferior del ojo izquierdo se le agitaba levemente.
    —El escucha Bassenknack. ¿Me permite estrechar su mano?
    —Con mucho gusto —dije—. ¿Usted sabe, pues, quién soy?
    — ¡Cómo podría ignorarlo!
    — ¿De veras? —farfullé aturdido—. ¡¿Entonces, tiene instrucciones para mí?!
    — ¡Oh, por favor! No corra tanto, no corra..., años de soledad lejos de todo..., el zodíaco... ¡El corazón duele sólo al pensarlo! Esas distancias..., sabe..., aunque todo esto sea cierto, a uno le cuesta creerlo, aceptar, ¿no le parece? Ah, soy un viejo, hablo demasiado..., yo, sabe usted, nunca he volado..., es la profesión..., siempre detrás del escritorio, con fundas sobre las mangas para no estropearlas, dieciocho pares de fundas he gastado y... por eso disculpe al viejo charlatán... ¿me hace el favor?

    Me indicó una puerta detrás de su butaca. Me levanté.

    Entramos en una enorme sala, toda decorada en verde; el suelo brillaba como un lago; lejos, al fondo, había una mesa verde, rodeada de elegantes sillas labradas. Nuestros pasos resonaban como en una nave de iglesia. El viejecito se apresuraba a mi lado sonriendo, subiéndose a cada momento las gafas, que resbalaban sobre su corta nariz. Me acercó una silla tapizada, con un escudo esculpido en el respaldo, se sentó en otra, se llevó a los labios la taza de té, murmuró: «Está frío...» y me miró. No dije nada. Se inclinó hacia mí y dijo en tono confidencial:

    —Seguramente usted estará un poco sorprendido.
    —No, en absoluto...
    —Oh, ya se lo podría decir a un viejo..., aunque no insisto, no insisto..., sería por mi parte..., pero, entienda: la soledad, la puerta del enigma abierta, una profundidad que alienta, así nace la tentación. ¡Es tan humano! ¡Tan comprensible! ¿Qué es la curiosidad? Es el primer impulso del recién nacido. ¡Un impulso más que natural! Es el eterno deseo de descubrir la causa que origina el efecto que, a su vez, se convierte en el germen de actos futuros, crea la continuidad..., y ya tenemos unas cadenas que nos aprisionan..., aunque todo haya empezado tan ingenuamente. ¡Tan inocentemente! ¡Tan simplemente!
    —Con su permiso —pregunté, un poco aturdido por sus palabras—, ¿de qué me está hablando y adonde quiera ir a parar?
    — ¡Exactamente! —chilló su débil vocecita—. ¡Exactamente! —Se inclinó más todavía, la luz bailaba en sus gafas—. ¡La causa y el efecto! ¿De qué? ¿Por qué? ¿Para qué? ¡Ah, nuestro pensamiento no puede admitir que estas preguntas queden sin contestación, y la da él mismo, colma las lagunas, deforma, a veces quita un poco, a veces añade...!
    —Me perdonará —dije—, pero no entiendo una palabra.
    —En seguida. ¡En seguida, querido señor! No todo va a ser siempre hermético y oscuro. Intentaré, según mis posibilidades... Disculpe usted a este viejo, ¿qué deseaba de mí?
    —Instrucciones.
    —Instr... —se interrumpió, sorprendido—. ¿Está usted seguro?

    No le contesté. Cerró los ojos, sus labios se movían sin proferir palabras, como si contara. Me pareció leer en ellos: «dieciséis, dejo uno, seis sigue...»

    Me miró con una sonrisa confiada.

    —Sí, perfectamente, perfectamente. ¿De qué se trata? Instrucciones..., papeles..., planos..., actas..., esquemas de acciones agresivas..., cálculos estratégicos, todo secreto, único. ¡Qué daría el enemigo, el abyecto y astuto enemigo, qué daría por apoderarse de ello! ¡Por poseerlo, aunque sea una sola noche, un momento! —su voz era casi un canto—. Envía, pues, a unos hombres enmascarados, entrenados, disfrazados, profesionales, ¡para que se deslicen, penetren, roben y copien! —gritaba, excitado.

    » ¿Y cómo impedirlo? Si ya han robado... En cien, en mil casos descubriremos, cortaremos la mano criminal, quitaremos el antifaz a las conjuras, neutralizaremos el veneno, pero ellos vuelven a la carga; en el lugar del cortado brota un tentáculo nuevo... y el final, el final ya se conoce: lo que un hombre tapa otro destapa. Es el curso natural de las cosas, muy natural, querido señor.

    Le faltó el aliento, su sonrisa pedía mi indulgencia. Esperé sin decir nada.

    —Pero, trate de imaginar —continuó—; ¿y si hubiera varios planos? No una variante, ni dos, ni cuatro, sino mil. O diez mil. O un millón. ¿Los robarían? Podría ser, pero... ¿de qué serviría? El primero desvirtúa el séptimo, el séptimo el que lleva el número novecientos ochenta, y este último, todos los demás. Cada uno dice algo distinto, ¿cuál es el verdadero? ¿Cuál es el único, el exacto, el bueno?
    — ¡Hombre, el original! —se me escapó, a pesar mío.
    — ¡Aquí está! —gritó triunfalmente, lo que le costó un acceso de tos, tan fuerte que casi se ahoga. Las gafas se le cayeron, las cogió en el último momento; me pareció que junto con ellas se le había desprendido un trozo de nariz, pero debió de ser una ilusión óptica, porque realmente estaba azul de tanto toser. Cuando se hubo calmado, se pasó la lengua por los marchitos labios y volvió a hablar, temblándole las manos—: Pero si hay miles de cajas..., miles de originales..., en todas partes, en todos los pisos, con sus cerrojos, sus combinaciones cifradas. Todo lo que contienen son originales, piezas únicas, hay millones de originales, ¡cada uno distinto de los demás!
    —Perdone, ¿quiere usted decir que, en vez de un solo plan operacional o de movilización, existen muchos?
    — ¡Eso es! ¡Exactamente! Me ha comprendido muy bien. Muy bien, querido señor.
    —De todos modos debe existir uno auténtico, o sea, aquel según el cual, si hace falta, si hay necesidad...

    Dejé la frase sin terminar, viendo cómo cambiaba su cara. Me estaba mirando con espanto, como si me hubiera convertido de repente en un monstruo.

    — ¿Es lo que usted... opina? —murmuró roncamente. Los párpados se le agitaban como dos mariposas resecas, enmarcadas por la montura de sus gafas.
    —Dejémoslo. Digamos que las cosas son como usted afirma. Muy bien, pero... ¿esto qué tiene que ver conmigo? Y, si me permite la pregunta, ¿qué relación tiene con mi Misión?
    — ¿De qué Misión está hablando?
    —De la Misión Especial que se me ha encargado..., pero si ya se lo dije al principio, ¿no recuerda?..., que me ha encargado el jefe supremo, el general Kashenblade...
    — ¿Kashen...?
    —Claro, Kashenblade. No querrá hacerme creer que ignora el nombre de su superior de grado más alto.

    Cerró los ojos; cuando los volvió a abrir, ya no eran vivarachos y expresivos.

    —Dispénseme... —farfulló con esfuerzo—, permita que le deje solo un momento. Volveré en seguida...
    —No —contesté firmemente. Como ya se levantaba, le así fuertemente del brazo—. Lo siento, pero no irá usted a ninguna parte mientras no resolvamos mi problema. Vine aquí a por las instrucciones y deseo obtenerlas.

    Al viejecito le temblaron los labios.

    —Pero, querido señor..., no sé cómo debo interpretar este... esta...
    —Como causa y efecto —dije secamente—. ¡Haga el favor de decirme cuál es el cometido, el objetivo y el contenido de mi acción!

    Palideció.

    — ¡Le escucho!

    Silencio.

    — ¿Por qué me ha hablado de la multiplicidad de los planos? ¿Quién le ordenó esta gestión? ¿No quiere hablar? Muy bien. Tenemos tiempo. Puedo esperar.

    El viejecito entrelazaba y desentrelazaba las manos, temblando.

    — ¿Así que no tiene nada que decirme? ¡Se lo pregunto por última vez!

    Bajó la cabeza, sin hablar.

    — ¡¿Qué está haciendo?! —grité, asiéndolo por los hombros. Su cara se transformó en un solo instante, se volvió morada, hinchada, terrible. Saltándosele los ojos, mordía la piedra engarzada en una sortija que llevaba en el dedo anular. Oí un ligero chasquido, como si la punta de un clavo pequeño chocara contra un objeto de metal, y noté que sus músculos se relajaban bajo mis manos. Un segundo después, el hombre que sostenía en mis brazos era cadáver. Cuando le solté se cayó, inerte, al suelo, rígido, los labios exangües. Se le cayeron las gafas y, junto con ellas, su sonrosada calvicie bajo el ralo pelo blanco, dejando al descubierto unos cabellos negros como el ala de cuervo... Me quedé inmóvil, escuchando el estruendo de mi propio corazón, con el muerto a mis pies. Mis ojos saltaban de un objeto a otro. ¿Cómo huir? De un momento a otro alguien podía entrar y encontrarme allí con el cadáver de un hombre que ocupaba un cargo de responsabilidad... No pude recordar qué cargo era. ¿Jefe de cifradores? ¿El de escuchas? ¡Lo mismo daba! Me fui hacia la puerta, pero me detuve pensativo a mitad del camino. ¿Podré pasar? Me van a reconocer. Esta vez será más difícil. ¿Cómo lo voy a explicar? ¿Cómo arreglármelas?

    Volví, levanté el cuerpo del suelo, recogí su peluca, ¡cómo le había rejuvenecido la muerte!, y se la coloqué en la cabeza, venciendo la repulsión de tocarlo, ya casi frío. Sosteniéndolo por las axilas, lo arrastré hacia la puerta. «Diré que se ha encontrado mal de repente», pensaba. Era una idea bastante loca, pero ni peor ni mejor que cualquier otra. Tenía que probar suerte.

    El despacho en el cual habíamos tenido la conversación estaba vacío. Había en él dos puertas; por una se entraba en la secretaría; la otra llevaba, probablemente, al pasillo. Le puse en la butaca, tras el escritorio; rectifiqué su posición porque se había encorvado hacia adelante, pero fue todavía peor. Al fin, le dejé como estaba y me escapé por la segunda puerta. ¡Que pasara lo que hubiese de pasar!


    III


    ERA, POR LO VISTO, LA HORA DE COMER. Oficiales, funcionarios, secretarias, todos se agolpaban ante los ascensores. Me mezclé en el grupo más numeroso. Al poco rato estaba bajando, cuanto más lejos de aquel maldito sitio, mejor.

    La comida era modesta: un potaje de patatas y pan frito, un asado bastante correoso, una compota aguada y café, negro como el azabache, pero sin aroma ni gusto. Nadie pedía dinero, nadie presentaba la cuenta. Por fortuna, no hubo conversaciones en la mesa. Ni siquiera se decían «buen provecho»... En cambio, todo el mundo estaba enfrascado en rompecabezas, logogrifos, crucigramas y algoritmos. Para no llamar la atención, me puse a garabatear algo con un lápiz en un trozo de papel que encontré en el bolsillo. Al cabo de tres cuartos de hora, me abrí paso entre la gente que salía del comedor y me encontré de nuevo en el pasillo. Los grandes ascensores absorbían grupos de personas que volvían a su sitio de trabajo. En los pasillos no quedaba ya casi nadie; yo también, pues, tuve que ir a algún sitio. Entré en el ascensor entre los rezagados, y ni siquiera supe en qué piso nos habíamos detenido. El pasillo, como todos los que antes había visto, no tenía ventanas, solo dos filas de puertas blancas. La luz de bolas de cristal lechoso se reflejaba en las plaquitas esmaltadas de los números: 76.347, 76.948, 76.950...

    Me paré en seco. Era aquella misma puerta...

    En el corredor no había nadie. ¿Por qué extraña circunstancia había vuelto justamente aquí, después de haber cambiado el rumbo al azar tantas veces? Detrás de aquella puerta —si aún no lo había encontrado nadie— reposaba un muerto, la frente apoyada en el escritorio, con la montura dorada de sus gafas incrustada en la cara...

    Oí unos pasos. No podía quedarme allí. Hice un enorme esfuerzo para no echar a correr alocadamente. En aquel instante salió del recodo del pasillo un oficial de estatura elevada, sin gorra. Quise dejarle pasar, pero venía directamente hacia mí, con una sonrisa enigmática en su cara de tez oscura.

    —Tenga la bondad, señor —dijo en voz baja, a tres pasos de mí—; ¿quiere hacer el favor de acompañarme?

    Me indicó con un gesto la puerta siguiente.

    —No comprendo —contesté tan por lo bajo, como lo hizo él—, debe de tratarse de un error...
    —No, no, puede estar seguro..., venga, por favor...

    Abrió aquella puerta y me esperó. Di un paso, luego otro, y me encontré en un despacho amarillo claro. Salvo un escritorio con teléfonos y unas sillas, no había allí nada más. Me detuve cerca de la puerta. El la cerró con cuidado de no hacer ruido y me ofreció una silla.

    — ¿Usted sabe quién soy? —pregunté lentamente.

    El oficial afirmó con un gesto de la cabeza.

    —Sí, lo sé. Tome asiento, por favor.
    —No sé de qué quiere hablarme.
    —Comprendo muy bien su actitud, pero le prometo guardar una discreción absoluta.
    — ¿Discreción? ¿A qué se refiere?

    No me había sentado todavía. Se me acercó tanto que casi me llegaba el calor de su aliento. Sus ojos se clavaron en los míos, se desviaron y volvieron a escudriñarme.

    —Usted actúa aquí fuera del... programa —dijo en un murmullo—; en principio no debería, naturalmente, cruzarme en su camino, pero sería mejor sí le diera ciertas... si hablara con usted así, a solas, esto podría eliminar complicaciones innecesarias.
    —No se me ocurre ningún tema de conversación entre nosotros —repuse secamente. Más que sus palabras y su tono, me devolvieron los ánimos sus miradas, tan humildes, tan poco militares. Pero tal vez sólo quisiera tranquilizarme adrede, para luego...
    —Entiendo —dijo después de una pausa. Un tono de desesperación tembló en su voz. Se pasó la mano por la cara—. En circunstancias semejantes..., cumpliendo una misión de esta clase... cada oficial se comportaría como usted; sin embargo, para el bien superior, se puede, a veces, hacer una excepción.

    Le miré a los ojos. Le temblaron los párpados. Me senté.

    —Le escucho —dije, apoyando las puntas de los dedos en el escritorio—. Dígame lo que, según usted, debe decirme.
    — ¡Gracias...! ¡Gracias...! No voy a andarme con rodeos...; usted actúa por una orden superior; teóricamente, no sé nada sobre una superrevisión..., pero usted sabe cómo pasan las cosas. ¡Hay fugas! ¡Usted no lo ignora!

    Esperaba con ansia una sola palabra mía, un guiño, pero yo callaba, impasible, sin un gesto. Entonces, exclamó, con ojos brillantes como de fiebre, ruborizándose y palideciendo como si tuviera frío:

    — ¡Escuche! Este viejo trabajaba desde tiempo para ellos... Cuando lo desenmascaré, obteniendo su confesión, en vez de entregarle a la Sección DeEse, lo que, formalmente, era mi deber, decidí mantenerle en el mismo puesto... Ellos seguían creyendo que era agente suyo, pero él trabajaba desde entonces para nosotros..., debían mandarle ahora a un hombre suyo, un correo, así que preparé una trampa... Desgraciadamente, en vez de éste llegó usted y...

    Hizo un gesto con las manos.

    —Un momento... ¡¿dice que trabajaba para nosotros?!
    — ¡Naturalmente! ¡A causa de mi presión! La Sección DeEse hubiera hecho lo mismo, pero entonces el asunto escaparía a mi Sección, ¿entiende?, y aunque yo le desenmascarara, otro se hubiera apuntado un tanto a su favor, pero yo no lo hice por esto, sino para simplificar, apresurar... Por el bien del servicio...
    —De acuerdo, de acuerdo..., pero, en este caso, ¿por qué se ha...?
    — ¿Por qué se ha envenenado? Porque le tomó a usted por el correo que estaba esperando y porque suponía que usted estaba al corriente de su traición..., era un peón...
    —Ah, sí...
    —Sí... es un asunto sencillo... Confieso que transgredí los límites de mi competencia dejándole el cargo. Le enviaron directamente al viejo para comprometerme. ¡Es una intriga!
    — ¡Pero si yo entré en su despacho por pura casualidad! —se me escapó.

    Antes de que tuviera tiempo de lamentar mis palabras, el oficial sonrió irónicamente.

    — ¿Y qué sabe usted de lo que le esperaba en otros despachos? —murmuró, bajando la vista.
    — ¿Qué me está diciendo...?

    La visión, sugerida por sus palabras, de una serie de los mismos viejecitos, blancos y rosados, con gafas de alambre de oro, sonriendo con paciencia detrás de sus escritorios dentro de toda una larga fila de despachos aseados y claros, me hizo estremecer profundamente.

    — ¿Así que no era sólo aquel despacho?
    —Claro. Tenemos que trabajar sin correr riesgos...
    — ¡¿Todos los de aquel pasillo?!

    Afirmó con la cabeza.

    — ¿Y todos esos hombres?
    —Comparsas, naturalmente.
    — ¿Para quién trabajan?
    —Para nosotros... y para ellos. Ya sabe cómo funcionan estas cosas; pero como les tenemos bien agarrados, su trabajo para nosotros tiene... mayor rendimiento.
    —Entonces, ¿por qué me habló de planos de moví..., de incontables variantes del original...?
    —Oh, hablaba en clave, una clave de orientación..., un santo y seña..., usted no le comprendió porque usaba la clave de ellos, mientras que él creyó que no quería comprender, o sea, que ya conocía su traición, puesto que todos llevamos unos aparatos descifradores en el pecho...

    Desabrochó su guerrera y me enseñó una cajita plana, escondida debajo de la camisa. Recordé entonces cómo el oficial que me había acompañado en el ascensor se apretaba el corazón.

    —Habló usted de una intriga. ¿Quién la urdió?

    El oficial palideció. Un estremecimiento pasó por su cara. Cerró los ojos y guardó silencio durante unos segundos.

    —Alguien de una posición muy alta, muy, muy alta, busca mi perdición — murmuró—, pero soy inocente... Si usted quisiera hacer uso de sus amplios poderes, aunque sea parcialmente y...
    — ¿Y qué?
    —Y echar tierra a este asunto, yo sabría demostrarle mi agradecimiento...

    Mientras hablaba, escudriñaba mi cara de cerca con ojos inmóviles, muy abiertos. Con las manos en las rodillas, alisaba, pellizcaba y retorcía el paño de su uniforme.

    —Novecientas sesenta y siete por dieciocho por cuatrocientas treinta y nueve — suplicó en una voz apenas audible.

    No dije nada.

    —Cuatrocientas..., cuatrocientas once..., seis mil ochocientas noventa y cuatro por tres... ¿No? ¡Entonces, por cuarenta y cinco! ¡¡Por setenta!! —me apremiaba su temblorosa voz. No despegué los labios. Se levantó, pálido como un cadáver—. Die...diecinueve... —intentó una vez más en un gemido.

    Seguí guardando silencio. Abrochó lentamente su guerrera.

    — ¿Es eso, pues? Comprendo. El dieciséis..., bien..., conforme con..., discúlpeme.

    Antes de que hubiera podido hacer nada, salió al cuarto contiguo.

    — ¡Hombre! —grité—. ¡Espere! Yo...

    Tras la puerta entornada tronó un disparo, seguido por el ruido de un cuerpo que cayó al suelo. Pasmado, con el pelo erizado, no pude hacer ni un gesto. ¡Huir! ¡¡¡Huir de aquí!!! me rugía en la cabeza. Al mismo tiempo, todo oídos, estaba al acecho de los sonidos que venían de la habitación vecina. Primero un ruido apagado, como si un tacón golpeara el suelo, luego otro más y..., silencio. Un silencio total. Por la rendija se veía una pernera del uniforme. Sin quitarle la vista de encima, retrocedí hacia la salida, encontré a. tientas el pomo de la puerta, lo apreté...

    El pasillo —lo averigüé en dos ojeadas— estaba vacío. Cerré la puerta, giré y me pegué a ella de espaldas. Enfrente, en una puerta abierta, apoyando una mano en su marco, había un oficial rechoncho que me miraba, impasible. El estómago se me subió a la garganta. Contuve la respiración y me aplasté más todavía bajo su mirada indolente, un poco aburrida. Su cara, ancha, de mejillas llenas, expresaba el desprecio. Sacó del bolsillo un pequeño objeto, ¿era un cortaplumas?, lo hizo saltar varias veces en la mano sin quitarme la vista de encima, lo asió firmemente, lo tocó con el índice y, con un ligero «clic», hizo salir la hoja. Probó el filo con un pulgar, sonrió sólo con las comisuras de los labios, bajó lentamente los párpados como si dijera «sí», retrocedió y cerró la puerta de su cuarto. Esperé sin moverme. Oí, en medio del silencio, el susurro nasal de un ascensor que subía. Cuando se hubo borrado, volví a oír tan sólo los latidos de mi propio pulso. Despegué las manos de la puerta barnizada. ¿Me estaba mirando alguien por el ojo de la cerradura? No, no era más que una manchita negra. Di un paso, luego otro..., andaba..., andaba, otra vez solo, entre los innumerables corredores, que se unían, se separaban, desprovistos de ventanas, llenos de luz, con paredes sin mácula, con hileras de puertas blancas como la nieve, rendido, demasiado débil para intentar una vez más entrar en algún sitio, penetrar en uno de los miles de despachos, protegidos por sus muros insonorizados. De vez en cuando me apoyaba en las paredes, pero eran demasiado lisas, demasiado verticales para descansar en ellas. No había dado cuerda a mi reloj, estaba parado no sé desde cuánto tiempo, perdí la cuenta de si era de noche o de día, si soñaba o estaba despierto. Hubo momentos en que perdía la conciencia, me devolvía bruscamente a la realidad el chasquido de una puerta, el susurro de un ascensor, pasaban a mi lado hombres con carpetas, los corredores se vaciaban, se volvían a llenar de gente, unos cortejos de oficiales se dirigían en la misma dirección (tal vez se trabajara aquí veinticuatro horas al día), veía a unos que salían y otros que les sustituían, y ya no sé qué pasó después. No recuerdo nada, en realidad, de las horas que pasaron luego, porque, aunque estuviera andando, metiéndome en los ascensores y saliendo de ellos, contestando a frases accidentales —me parece que alguien me deseó las «buenas noches»—, mi cerebro no recibía nada, reflejando solamente lo externo, como si se vertiera un chorro de agua sobre un bloque de barro reseco. Finalmente, no sé verdaderamente cómo, me encontré en el vestíbulo de unos aseos. Abrí la puerta y entré en un cuarto de baño parecido a un quirófano, reluciente de cromados y porcelanas, con una bañera de mármol esculpida como un sarcófago; apenas me senté en su borde, sentí que me dormía. Hice el último esfuerzo para apagar la luz, pero no encontré el conmutador. Estuve todavía un rato sentado en el ancho reborde de la bañera, cabeceando; las chispas de luz, reflejadas por los cromados, me herían los ojos, pinchaban mis párpados, me bailaban en las pestañas, pero me dormí a pesar de esa tortura, tapándome la cara con las manos. Me deslicé en un lecho duro, me di un golpe en la cabeza contra un saliente, pero ni siquiera el dolor me despertó.

    No sé cuánto tiempo estuve durmiendo. Me iba despertando muy lentamente, venciendo obstáculos deformes, inertes aunque livianos, agolpados en el umbral de mi conciencia. Aparté finalmente el último, como sí fuera la tapa de un ataúd, y se me clavó en las pupilas el resplandor de una bombilla, colgada del techo blanco y labrado.

    Yacía sobre la espalda junto a la bañera. Los huesos me dolían, como si se hubieran roto a pedazos. Me despojé aprisa de la ropa y tomé una buena ducha. Junto a la bañera había jabón líquido en un frasco plateado y unas estupendas toallas de rizo con bordados de ojos abiertos; bajo su contacto, la sangre empezó a circular mejor en mi cuerpo. Refrescado y limpio, me vestí sin perder tiempo. Hasta entonces, no había pensado en mi futuro inmediato. Con la mano en el pomo de la puerta, me di cuenta de repente, por primera vez desde que me había despertado, de la realidad que me rodeaba. Este pensamiento fue como una sacudida eléctrica. Vi en la imaginación el implacable laberinto blanco que me esperaba detrás de las paredes de mi escondrijo, me vi a mí mismo andando infinitamente por la maraña de corredores, miles de despachos separados por paredes insonorizadas, que acechaban mi paso para absorberme y volver a echarme fuera. Temblé bajo el impacto de esta visión, tentado de salir corriendo y pedir socorro a gritos; afortunadamente, este acceso de debilidad me duró muy poco. Respiré profundamente, me enderecé, estiré mi chaqueta, llegué hasta arreglar el nudo de mi corbata en un espejo colocado encima del lavabo para estar seguro de mi aspecto, y salí con paso tranquilo, ni lento ni demasiado rápido, como hacían todos los que se movían en el Edificio.

    Antes de abandonar el cuarto de baño puse las ocho en mi reloj. Lo hice al azar, para orientarme por lo menos relativamente en el transcurso del tiempo, ya que ni siquiera sabía si era de noche o de día. El pasillo al cual salí era un ramal corto y poco frecuentado de un corredor principal, donde, al acercarme, observé el ajetreo acostumbrado. El trabajo seguía su curso. Bajé en un ascensor, alentado por una débil esperanza de que, tal vez, fuera la hora del desayuno y encontraría abierta la cantina, pero su puerta de cristales estaba cerrada.

    Dentro estaban haciendo la limpieza. Desanduve el camino y subí al tercer piso. Escogí justamente éste, porque el botón de su número brillaba más que los otros, como si se lo usara con más frecuencia. En el corredor, idéntico a los demás, no había nadie.

    En su punto extremo un soldado raso guardaba una puerta, el primer militar sin graduación que veía en el Edificio. Un cinturón blanco ceñía su uniforme, sus manos enguantadas sostenían un arma automática. Erguido allí como una estatua en posición de firmes, ni siquiera me miró cuando pasaba a su lado. Di unos pasos más, giré bruscamente y me encaminé sin vacilar hacia la puerta que él custodiaba. Si era la entrada oficial a los aposentos del Jefe Superior, había pocas probabilidades de que me dejara entrar, pero corrí el riesgo. Le miré por el rabillo del ojo, asiendo el picaporte. No me hizo el menor caso, perfectamente indiferente, fija la mirada en algún punto de la pared de enfrente. Abrí la puerta y entré. Lo primero que vi, estupefacto, fue una escalera de caracol con peldaños ahuecados por el uso, que arrancaba de una plataforma de madera, vieja y agrietada. Al poner el pie en el primer peldaño, noté una corriente de aire helado. Empecé a subir. Arriba vislumbré en la penumbra la mancha más clara de una puerta de cristal, entreabierta. Me encontré en el umbral de una capilla. La escasa luz que la iluminaba venía desde el fondo, donde, debajo del crucifijo, unos cirios rodeaban un ataúd abierto. Las vacilantes llamas echaban sobre la cara del difunto un resplandor débil y confuso. A ambos lados del pasillo central, se dibujaban en la semioscuridad amarillenta las compactas formas negras de los bancos. Detrás de ellos, pude divisar en las paredes unos nichos, impenetrables y oscuros. Oí el ruido de unos pasos sobre el suelo de piedra, pero no vi a nadie. Avancé lentamente, pensando sólo en dónde iría al abandonar la capilla, cuando mi mirada, perdida entre las móviles sombras, alcanzó el rostro del muerto. Sereno y transparente, parecía labrado en una cera muy pura. Le reconocí al instante. En el ataúd, cubierto hasta la mitad del pecho con la bandera, cuyos pliegues, abundantes y artísticamente dispuestos, descendían por las gradas hasta el suelo, reposaba el viejecito. Rodeaban su cabeza unas ricas blondas muy almidonadas; las gafas de oro habían desaparecido y, gracias a esto y también, quizá, porque estaba muerto, sus rasgos habían perdido la expresión de travesura forzada. Reposaba rígido, solemne, como el que llega al final del camino. Me iba acercando a él lentamente, en la onda de aire helado que parecía desprenderse del ataúd. A ambos lados de la bandera alisada con esmero, asomaban sus manos, juntas sobre el pecho. Sólo el meñique de una mano no se había doblado y me estaba apuntando en un gesto de advertencia o de burla. En algún sitio, arriba, sonó una y otra vez una nota solitaria o, más bien, el ronco soplido de un tubo de órgano, como si un principiante buscara notas en el teclado; luego, otra vez reinó el silencio.

    Los honores que se hacían al difunto me extrañaron un poco, pero fue una reflexión superficial. En el fondo, estaba demasiado preocupado por mi propia situación para pensar en los demás. Estaba allí al lado del ataúd, helándoseme los pies, y aspiraba el tibio olor de la estearina. Uno de los cirios chisporroteó, sentí un leve toque en mi hombro y una voz muy baja murmuró junto a mi oído:

    —Ya le han registrado...
    — ¡¿Qué?! —salté, sobresaltado. A pesar de no haberla dicho en voz muy alta, la palabra volvió en un eco profundo y fuerte, reflejada por el techo invisible. Detrás de mí, casi tocándome con el cuerpo, estaba un oficial de estatura elevada, de cara pálida, ligeramente hinchada, con la nariz azulada de frío. Entre las solapas de su uniforme vi la tira blanca y lisa de un cuello duro.
    — ¿Me decía usted algo, señor... cura? —pregunté en voz baja. Bajó lentamente los párpados, como si quisiera saludarme con la mayor discreción posible.
    —Oh, no, fue un error..., le había confundido con otra persona. Además, no soy cura, sino... hermano.
    — ¿Ah, sí?

    Ambos guardamos silencio. El hermano ladeó la cabeza, totalmente rasurada, con un pequeño casquete en la coronilla.

    — ¿Era usted, tal vez, si me permite la pregunta..., un colega del difunto?
    —En cierto sentido..., pero lejanamente..., muy lejanamente —contesté. Sus ojos (en realidad, sólo veía en ellos un reflejo disminuido de las llamitas de cirios) se separaron de mi cara muy lentamente, y con la misma lentitud volvieron a mirarme.
    — ¿Un último favor? —me llegó al oído su voz, casi inaudible, matizada de una familiaridad desagradable.

    Le contesté con una mirada dura y fría,

    — ¿Está en... delegación? —inquirió humildemente.

    No le contesté.

    —En seguida..., en seguida celebrarán la misa —dijo, muy servicial—; primero exequias y luego la misa. Si usted desea...
    —Eso carece de importancia.
    —Claro, claro...

    Tenía cada vez más frío. Unos soplos helados circulaban entre los cirios, agitando sus llamas. Me llegó lateralmente a los ojos un reflejo de luz. Había allí, bastante cerca del ataúd, un gran frigorífico que expelía ráfagas de aire helado a través de una reja cromada.

    —No está mal —dije con indiferencia.

    El fraile-oficial siguió mi mirada y tocó mi manga con una mano blanca y fofa como un pedazo de queso.

    —Si me permite informarle, no todo va tan bien... —susurró—; muchos errores..., tardanzas..., negligencias en el servicio..., el oficial prior no cumple...

    Hablaba con parsimonia, escudriñando al mismo tiempo mi cara de cerca para poder batirse en retirada en cualquier momento, pero yo guardaba silencio observando las sombras en la cara del muerto, sin moverme. Esto le alentó.

    —No es asunto mío..., apenas me atrevo... —jadeaba junto a mi sien—, sin embargo, si me autorizara a preguntar, en la esperanza de poder ayudar, como un acto de servicio, usted... ¿actúa por una orden superior?
    —Sí —contesté. Abrió la boca en éxtasis, mostrando grandes dientes caballunos.

    Así quedó un rato, sonriendo embelesado, como si se deleitara con mi respuesta. —Me permite, pues, decirle..., ¿no le molesto? —No. —Gracias... Son cada vez más numerosos los fallos del servicio...

    — ¿Divino? —le sugerí. Su sonrisa se volvió inspirada.
    —Dios no nos olvida jamás..., me refería a los asuntos de nuestro Departamento.
    — ¿Qué Departamento es?
    —El Teológico. El padre Amnion, de la sección de confidentes, cometió últimamente una malversación...

    Seguía hablando, pero perdí el hilo, porque el meñique del difunto se había movido. Helado, notando la respiración repulsiva del fraile-oficial en mi cogote, fijé la vista en aquel dedo. Todos los otros, doblados, fuertemente apretados, parecían modelados en el mismo pedazo de cera; sólo aquél, un poco más grueso, sonrosado, se estremecía como por un capricho imposible. Me parecía volver a encontrar en esta increíble travesura el carácter animoso y disipado del viejecito. Al mismo tiempo había en esos movimientos algo incorpóreo e ingrávido que alejaba mis pensamientos de la posibilidad de una resurrección, llevándolos a esos ínfimos y rapidísimos gestos de los insectos, que, antes de que echen a volar, hacen casi invisibles sus alas. Mis ojos, muy abiertos, seguían aquel temblor, cada vez más manifiesto y continuo.

    — ¡No puede ser! —exclamé, sin darme cuenta.

    El fraile casi se me echó a los pies, medio doblado.

    — ¡Es cierto! ¡Se lo juro! ¡Aunque fuera sólo por mi estado, de mi boca nunca sale una mentira!
    — ¿De veras? Cuénteme..., pues..., hermano, sus preocupaciones —contesté con la mente en otra parte. Me di cuenta de que prefería su repugnante insistencia a la soledad en compañía del viejecito, como si tuviese la esperanza de que ante dos testigos el muerto no se atrevería a nada más.
    —Los informes de las confesiones se preparan descuidadamente..., no hay control..., la mitad de nuestros contactos, quemada..., el oficial portero descuida la entrega puntual de pases y resúmenes de conversaciones..., en la sección de las almas se dejó enteramente de lado la actividad de provocación...
    — ¿Qué me está diciendo..., hermano? —farfullé. El dedo se había calmado. Debía irme de allí cuanto antes, pero ya estaba demasiado metido en la escena con el fraile—. ¿Cómo se presentan... las prácticas religiosas? —inquirí de pronto, asumiendo, a pesar mío, el papel de un visitador en plena inspección.

    Su excitación iba en aumento; ya no hablaba: silbaba con ojos brillantes y desorbitados; le embargaba el gozo de delatar, cubriendo sus labios la espuma de saliva.

    — ¡Prácticas! ¡Prácticas! —hizo una mueca de impaciencia, animado por el peso de las acusaciones que iba a formular—. Las pláticas no incitan a ningunas manifestaciones, no tienen resultados numéricos, las normas de la organización de escucha no se aplican, y en la sección del Objetivo Superior las malversaciones provocaron un escándalo, al que se echó tierra porque el hermano secreto Malchus tiene amistad con el sacristán, al que, favor por favor, manda peregrinas del ocho, desde luego, adecuadamente aleccionadas; pero el cura oficial Orfini, en vez de informar a quien corresponde, se distrae con la mística..., habla de los castigos en el más allá...
    — ¿Cósmicos?
    — ¡Ojalá fuera eso! No, no, señor..., no conozco, lo siento, su gracia...
    —No importa, no hace falta...
    —Entiendo. ¡Hablar del Juicio Final cuando se dispone de unas posibilidades mucho más efectivas gracias a los colegas de la Turca...! Como si fuera poco, el hermano secreto Malchus dice a diestro y siniestro que ha descifrado la Biblia... ¿Se da cuenta usted de lo que significa esto?
    —Una blasfemia —sugerí.
    —Dios es más fuerte que las blasfemias, no le importaría una más. ¡Se trata de toda nuestra orden monacal! ¡De las bases teológicas de un Cisma de Dios!
    —De acuerdo, de acuerdo —dije con impaciencia—, dejemos de lado las teorías. Ese hermano secreto Malchus es lo que me interesa. Pero sea breve, por favor.
    —A la orden. Llevamos tiempo sabiendo que era un agente triple: sus maneras durante los salmos..., ya me entiende, el hermano Almigens estaba encargado de descubrirlo..., le hemos engañado poniéndole al lado a unos civiles..., postrado, les hacía señales; en una infracción del parágrafo catorce..., durante el análisis trimestral se encontraron en la casulla de su oficial confesor unos hilos de plata, doblados...
    — ¿Unos hilos? ¿Para qué le iban a servir?
    — ¡¿Cómo para qué?! ¡Para el enchufe de un videófono! Yo, personalmente, efectué una investigación entre los comulgantes.
    —Gracias —dije—, con eso basta. Ya voy orientado más o menos. Puede retirarse.
    —Pero si apenas he em...
    —Adiós, hermano.

    El fraile se cuadró y salió. Me quedé solo. ¿Así que las prácticas religiosas ni siquiera eran una ocupación secundaria, ni siquiera un hobby, sino una simple pantalla, detrás de la cual se escondían las actividades normales de los funcionarios? Miré al muerto. El dedo se movió. Me acerqué al ataúd, pensando: «Me voy a marchar de aquí». Metí la mano en el bolsillo, pero salió como si tuviera voluntad propia, y se puso sobre las del viejecito. Me quedó en la memoria, aunque el contacto fuera instantáneo, el recuerdo de su piel fría y reseca. Aquel dedo que apenas había rozado se me quedó en la mano. Lo solté instintivamente. Rodó entre los pliegues de la bandera y allí se detuvo, rosado y gordito como una pequeña salchicha. No podía dejarlo en el suelo. Lo recogí y lo miré de cerca. Parecía hecho de membrana de vejiga, tenía las arrugas pintadas encima y hasta una uña. ¡Era un dedo falso! Oí unos pasos que se acercaban. Guardé aquella cosita elástica en el bolsillo. Unas personas entraron en la capilla llevando una corona. Me escondí tras una columna, viendo cómo desplegaban las cintas fúnebres con letras doradas. En el altar apareció un sacerdote con un monaguillo detrás. Giré la cabeza. Justo detrás de mí, al lado de un bajorrelieve con la escena de la negación de San Pedro, había una puerta estrecha, cerrada con un pasador de madera. Al otro lado encontré un pequeño pasillo que giraba a la izquierda. En su extremo, ante una especie de gran nicho al que llevaban tres peldaños, estaba sentado un monje en una banqueta de tres patas, vestido con hábito y sandalias de madera. Sus dedos, endurecidos y llenos de callosidades, volvían las páginas de un breviario. Al notar mi presencia, levantó la cabeza y me miró. Era muy viejo. Sobre el cráneo, completamente calvo, llevaba un casquete de color terroso.

    —¿Adónde se va por aquí? —pregunté, indicando la puerta del nicho.
    —¿Eh? —masculló roncamente, rodeándose la oreja con la mano.
    —¡¿Adónde lleva esta puerta?! —grité, inclinándome sobre él. Un destello de comprensión animó su mirada.
    —No, señor, a ninguna parte..., es la celda... del padre Marfeón, la celda de nuestro... ermitaño ...
    —¡¿Qué?!
    —Una celda, señor...
    —¿Se puede entrar a verle? —pregunté, estupefacto.
    —No, señor, no se puede, es una ermita...

    Después de un breve momento de duda subí los peldaños y abrí aquella puerta. Vi una especie de pequeño vestíbulo sumido en la penumbra, lleno de trastos. El suelo desaparecía bajo montones de bolsas viejas y sucias, peladuras de cebolla, latas vacías, puntas de salchichones, papeles arrugados, polvo de carbón, dejando sólo un estrecho paso despejado donde se podía poner los pies, que iba hacia otra puerta, frente a mí, hecha de toscos maderos sin cepillar. Vadeando este vertedero de basuras me llegué a ella y apreté el enorme picaporte de hierro forjado. Oí el ruido de pasos apresurados, de voces ahogadas y violentas y vi a la escasa luz de una vela pegada al suelo la huida caótica de unas formas humanas que se escondían en los rincones y se metían a cuatro patas debajo de la mesa y del camastro.

    Uno de los fugitivos apagó la vela. Todo desapareció en la oscuridad compacta, llena de iracundos cuchicheos y bufidos. El aire olía a cuerpo humano mal lavado. Retrocedí al instante. El viejo monje separó la vista del breviario.

    —¿No le ha recibido el ermitaño, señor? —preguntó.
    —Estaba durmiendo —dije lacónicamente al pasar.

    Me estaba alejando, cuando oí su frase:

    —Cuando se viene la primera vez, siempre dice que duerme, pero a la segunda, ya se quedan más rato...

    Tuve que volver por la capilla. Las exequias estaban terminadas, puesto que el ataúd, las banderas y las coronas habían desaparecido. En el pulpito, el cura predicaba con énfasis, agitando los brazos; una forma cuadrada se dibujaba en su pecho bajo el brocado de su casulla.

    —...y dicho está: «Y habiendo dado fin a toda tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno...» —la voz sonora del predicador hacía vibrar la bóveda del techo—. «Hasta otro tiempo oportuno» ha sido dicho, pero, ¿dónde tiene su morada? ¿Acaso en la marea roja que fluye bajo nuestra piel? ¿Acaso en la naturaleza? ¡¿Pero oh, hermanos, no somos nosotros mismos la inconmensurable naturaleza?! ¡¿No suena el murmullo de sus árboles en el crujido de nuestros huesos?! ¡¿Son los torrentes de nuestra sangre menos salobres que el océano que ruge en los esqueletos calcáreos de sus simas?! ¡¿No quema el fuego perenne el desierto de nuestros ojos?! ¡¿Y, finalmente, no somos nosotros la obertura ruidosa de la paz, el lecho nupcial del polvo, y el cosmos y la eternidad sólo para los microbios que, en nuestras venas ocultos, quieren conquistar nuestro mundo?! Impenetrables somos como lo que nos ha creado, lo impenetrable es nuestro alimento, en lo impenetrable vivimos...
    —¿Lo está oyendo? —me cuchicheó alguien al oído. Vi por el rabillo del ojo la pálida cara del fraile-oficial—. ¡Los alimentos! ¡¿Y esto ha de ser una plática provocadora?! Ni la menor alusión a nada. ¡Valiente provocación!
    —¡No busquéis la llave del misterio, porque solo encontraríais una ganzúa! ¡No penetréis en lo impenetrable! ¡Humillaos! —tronaba bajo la bóveda de piedra la voz desde el pulpito.
    —Es el padre Orflni. Ya está terminando, voy a llamarle. ¡Usted debe denunciarle! ¡Que se explique ante la superioridad! —el aliento impuro del fraile me quemaba la cara. Los fieles que nos rodeaban empezaron a mirarnos.
    —¡No, déjelo! —le ordené, pero ya corría hacia el altar por el pasillo lateral.

    El cura desapareció. El comportamiento del monje llamó la atención de los presentes sobre mí. Tuve ganas de escapar de allí antes de que volviera, pero me separaba de la salida demasiada gente. Mientras tanto, se me acercó el fraile, acompañado por el sacerdote, vestido de uniforme. El fraile le cogió por la manga, lo empujó hacia mí con un guiño expresivo, y se mezcló con la gente, desapareciendo de mi vista. Todos los fieles abandonaron la capilla; nos quedamos solos, el sacerdote y yo.

    —¿Desea usted... confesarse? —me preguntó. Su voz era melodiosa y suave. Tenía el pelo muy corto, plateado en las sienes, la cara tensa y enjuta de asceta y, en la boca, un diente de oro que me recordó al viejecito.
    —No, nada de eso —contesté rápidamente e, impulsado de pronto por una idea repentina, añadí—: Sólo necesito cierta... información.

    El confesor movió la cabeza afirmativamente.

    —Venga conmigo, por favor.

    Me precedió, conduciéndome detrás del altar, donde había una puerta baja, teñida de rosa por la luz de una lamparita rubí, encendida encima de un cuadro. Entramos en un corredor casi oscuro, en el cual se alineaban a ambos lados unas figuras de santos, vueltas de cara a la pared. Me introdujo en una estancia inundada de luz; una enorme caja fuerte ocupaba toda la pared frente a la puerta. Sobre su mole de acero se erguía una cruz negra de gran tamaño, incrustada de esmaltes. El cura me indicó una butaca y se sentó tras una mesa, colmada de papeles y libros antiguos. A pesar de llevar el uniforme, todo en él hacía ver que era un sacerdote. Sus manos eran blancas con visibles tendones de pianista; una red de venas azuladas marcaba sus sienes, cuya piel parecía tensarse directamente sobre los huesos. Todo él era calma y sosiego.

    —Usted dirá...
    —¿Usted conoce, padre, al jefe del Departamento de Instrucciones? —pregunté. Enarcó ligeramente las cejas.
    —¿Al comandante Erms? Sí, le conozco.
    —¿Sabe el número de su despacho?

    El sacerdote se azoró; pasó la mano por los botones de su guerrera, como si fuera una sotana.

    —¿Es que ocurre...? —empezó, pero no le dejé terminar la frase.
    —¿Cuál es su número, padre?
    —Nueve mil ciento veintinueve... pero no entiendo, por qué yo...
    —Nueve mil ciento veintinueve —repetí lentamente. Estaba seguro de no olvidarlo.

    El cura me miraba, sorprendido.

    —Perdone, pero el hermano Persuasio me dio a entender...
    —¿El hermano Persuasio? ¿El monje que nos puso en contacto? ¿Cuál es su opinión sobre él?
    —No comprendo, de veras... El hermano Persuasio tiene a su cargo la sección de artesanía de los monjes.
    —Es una actividad útil —observé—; ¿y qué es lo que esta sección confecciona, si puede saberse?
    —En principio, utensilios y vestiduras litúrgicas, devocionarios...
    —¿Y nada más?
    —Bueno, a veces, por un encargo especial, por ejemplo para el Departamento EsDe, hicieron últimamente, según tengo entendido, una partida de pequeños calentadores para el té, con micrófonos incorporados. La Sección de Gerontofilia produce ropa y varias chucherías para los ancianos enfermos: guantes con pulsógrafos entre otras cosas.
    —¿Con pulsógrafos?
    —Sí, para registrar excitaciones secretas... Almohadas con magnetófonos destinadas a los que hablan en sueños, etc. Pero ¿es que el hermano Persuasio le ha hablado... de mí?
    —Me ha hablado de varios... —interrumpí la frase.
    —¿Funcionarios de nuestro Departamento?
    —Se habló de tantas cosas...
    —Dispénseme.

    El sacerdote se levantó de un brinco de la butaca, corrió hacia la caja y en tres hábiles movimientos manejó los discos con cifras. La puerta de acero se abrió con un chasquido, dejando al descubierto montones de carpetas selladas, de varios colores. El padre las revolvió febrilmente, cogió una de ellas y volvió hacia mí su cara, llena de gotitas de sudor, pequeñas como puntas de alfiler.

    —¿Puede esperarme un momento? Vuelvo en seguida.
    —¡No! —grité, levantándome de un salto—. ¡¡Déme esa carpeta!!

    Actué como bajo una inspiración.

    La apretó sobre el pecho con ambas manos. Me acerqué a él, clavé la mirada en sus ojos y tiré de la carpeta. No quiso soltarla.

    —Diecinueve... —dije lentamente. Una gota de sudor le resbaló por la cara como una lágrima. La carpeta se encontró de repente en mis manos. La abrí. Estaba vacía.
    —El deber... recibí... una orden... —farfulló el padre.
    —Dieciséis... —dije.
    —¡No! ¡Por piedad! ¡¡¡No!!!
    —Siéntese. Usted no saldrá de este cuarto mientras no reciba una llamada telefónica. ¡¿Comprende?! —¡Sí! ¡Sí!
    —¡Y no llamará a nadie!
    —¡No! ¡Se lo juro!
    —Está bien.

    Salí, cerrando la puerta, por el corredor, la capilla vacía, bajé la escalera de caracol; fuera no estaba ya el centinela. Al llamar el ascensor, me di cuenta de que tenía aún en la mano la carpeta amarilla que quité al sacerdote.

    El despacho 9129 se encontraba en el octavo piso. Entré sin pedir permiso.

    Una secretaria hacía media, otra comía pan con jamón y removía su té. Busqué con la mirada la puerta del despacho del jefe, pero no había ninguna. No supe qué pensar.

    —Deseo ver al comandante Erms, en Misión Especial —dije. Las secretarias me ignoraron, como si no hubieran oído. La de la media contaba a media voz los puntos.

    «Tal vez sea una señal convenida», pensé. Pasé otra vez la mirada por la estancia. Junto a las paredes se alineaban estrechas estanterías llenas de ficheros. Encima de una había un micrófono pintado de florecitas. Dirigirme otra vez a las secretarias equivaldría a aceptar la derrota. Dejé mi carpeta sobre el escritorio de la chica que estaba comiendo. La miró, masticando con la boca abierta y dejando ver los dientes y pálidas encías. Iba apartando con el meñique la servilleta de papel que envolvía su bocadillo, regulando así el tamaño del bocado que mordía. Me acerqué a los armarios de ficheros y vi en un espacio libre entre dos de ellos una superficie blanca, medio oculta por los estantes: era una puerta. Sin pensarlo dos veces, empecé a empujar el mueble. La fila de ficheros se balanceó peligrosamente encima de mi cabeza.

    —Dieciséis... diecisiete... diecinueve... —contaba la otra secretaria, levantando la voz cada vez más. Logré apartar más la estantería y descubrí el pomo de la puerta, que se abría hacia afuera. La empuje y me introduje de costado entre su marco y el armario.


    IV


    POR FIN SE DIGNÓ APARECER! —me saludó una voz juvenil.

    Tras el escritorio de caoba se levantó de su asiento un oficial rubio en mangas de camisa. En el despacho hacía mucho calor.

    Sacó de un cajón un pequeño cepillo.

    —Se ha llevado un poco de pintura de la pared...

    Cepillando mi manga, me dijo:

    —Le estoy esperando desde ayer. Espero que no haya pasado la noche demasiado mal. El trabajo no me ha dejado salir hoy, pero no me quejo, porque así estaba seguro de que nos encontraríamos... Un momento, aquí queda todavía un poco de cal... Me tiene que perdonar, pero estoy tan enterado de su asunto que le trato como a un viejo amigo, aunque, en realidad, nos veamos hoy por primera vez. Soy Erms, usted ya lo sabe...
    —Sí, lo sé —dije—, gracias, no se moleste más, comandante, no tiene importancia. ¿Tiene usted las instrucciones para mí?
    —Claro, si no, no estaría aquí. ¿Un poco de té?
    —Sí, gracias.

    Me acercó una taza, guardó el cepillo en el cajón y se sentó, sonriendo. Era verdaderamente encantador. Tenía el aspecto tan juvenil, que quedé sorprendido al ver, observándole de cerca, las arrugas que rodeaban sus alegres ojos azules; debían de ser arrugas de expresión. Su dentadura era blanca y fuerte, como la de un perro joven.

    —¡A trabajar pues, querido amigo, a trabajar! Aquí están sus instrucciones... vaya, ¿dónde las habré metido?
    —No me diga, por favor, que tiene que salir para buscarlas —dije con una sonrisa un tanto cansada. El estallido de risa con que acogió mis palabras fue tan fuerte que le llenó los ojos de lágrimas.

    Arreglándose el nudo de la corbata, exclamó:

    —¡No está mal el chiste! No tengo que ir a ninguna parte, las tengo aquí —me indicó con un gesto de la mano una pequeña caja de caudales empotrada en la pared. Manipuló el disco del cierre en un abrir y cerrar de ojos, sacó del interior un grueso pliegue de papeles atados con un cordel, lo echó sobre el escritorio, apoyó en él las manos, grandes y fuertes, y dijo—: Vaya hueso que le ha buscado nuestro viejo. Va usted a sudar. Es su primer trabajo, ¿eh?
    —En principio, sí —dije, y al ver que sus ojos expresaban tanta bondad, añadí— : Si estuviera aquí más tiempo, me convertiría en un profesional de primera fila sin haber cumplido ninguna misión. Aquí uno se empapa, sin querer, de este, este... —no supe qué palabra emplear.
    —¡Este color local! —exclamó, prorrumpiendo otra vez en carcajadas. Yo también me reía, sintiéndome contento y relajado. Ni siquiera tuve que sobreponerme para remover mi té. Hasta me pareció estrafalaria la asociación de ideas que esto me había sugerido hasta ese momento.
    —¿Puedo verlo? —pregunté, indicando el legajo de papeles.
    —Está a su disposición... —dijo, entregándome el paquete, bastante pesado.
    —Si me permite...

    Su voz baja, llena de una suave insistencia, me impidió abrir el legajo:

    —Tal vez deberíamos arreglar antes ciertos asuntos prioritarios... aquí usamos este feo término oficial. Me prestará ayuda, ¿no es cierto?
    —¿Ah, sí? —pronunciaron mis labios, que se volvieron de repente tiesos y torpes.
    —¿No debería hacer una llamada telefónica...? —murmuró, bajando con discreción los ojos.
    —¡Es verdad! ¡Lo he olvidado por completo! Debo llamar a un sacerdote del Departamento Teológico; gracias por recordármelo. ¿Puedo usar su aparato?
    —Oh, ya lo he hecho yo, en su nombre...
    —¿Usted? ¿Cuándo? ¿Cómo...?
    —¿Qué importancia tiene? Quedaría otro pequeño detalle más ¿eh?
    —No sé qué debo hacer. ¿Quiere que se lo cuente?
    —No quiero insistir...
    —Todo esto fue una prueba, comandante, ¿verdad? ¿Se me sometió a una prueba?
    —¿Qué entiende usted por «prueba»?
    —Qué sé yo..., una especie de examen previo. Comprendo muy bien que la utilidad de alguien que es, hasta cierto punto, un novato, puede constituir una incógnita; se le pone, pues...
    —¡Pero, querido señor...!

    El comandante se escandalizó, se puso triste.

    —¿Incógnitas? ¿Exámenes? ¿Pruebas? ¡Cómo se le pudo ocurrir algo semejante! Yo me refería a lo que usted... se llevó de allá... para entregármelo a mí, ¿verdad? ¡Qué poca memoria tiene! —sonrió, divertido por mi confusión—. Allá, en la capilla. Lo lleva encima, seguramente en un bolsillo, ¿no es así?
    —¡Ah!

    Saqué del bolsillo el dedo y lo entregué al comandante.

    —Gracias —dijo—. Lo adjuntaré a las actas de su proceso. Será un cargo importante contra él.
    —¿Tiene algo dentro?
    —No, no es por eso...

    Me enseñó la salchichita rosada a contraluz, transparente y vacía.

    —Se incluirá, simplemente, en las actas, como una prueba de ostentación: agravará bastante su caso.
    —¿El del viejecito?
    —Claro.
    —¡Pero si está muerto!
    —¿Y qué? ¡Fue un hecho hostil! ¡Usted mismo lo vio! ¡Junto a la bandera, aquel dedo...!
    —¡Era un cadáver!

    Se rio por lo bajo.

    —Querido colega, puedo llamarle así, ¿verdad?, estaríamos bien arreglados si la muerte nos liberara de toda responsabilidad. Bueno, dejemos esto. Gracias por su colaboración. Volvamos a lo nuestro. Antes de que se vaya, le esperan todavía algunas cosas...
    —¿Qué cosas?
    —Nada desagradable, se lo aseguro. Una simple preparación, una clase de propedéutica. ¿Se orienta usted, por lo menos, con la cantidad, muy reducida, de cifrados que debe dominar?
    —No, es cierto, no me oriento.
    —Ya ve. Hay cifrados de llamada, cotidianos, departamentales y especiales — sonrió— que cambian todos los días. ¡Es inevitable, pero cuántas molestias trae! Cada departamento tiene, además, su propio cifrado interior, lo que significa que si se entra y dice algo, la misma palabra o apellido tiene un significado diferente en cada piso.
    —¿Los apellidos también?
    —Naturalmente. ¡Oh, qué cara pone! ¡Ja, ja, sería una bonita historia si todos conocieran el apellido auténtico del jefe supremo, pongamos por caso! ¿No le llamó la atención lo raro que suenan los apellidos de su estado mayor?
    —Sí, me parecieron muy especiales.
    —Ya ve usted.

    Dejó de reír y continuó:

    —Están cifrados, igualmente, los grados, los cargos, los saludos...
    —¿Los saludos?
    —Sí, hombre. Digamos que habla usted por teléfono con alguien de fuera y dice, por ejemplo, «buenas noches». De esto podría deducirse que trabajamos también durante la noche, por turnos, lo que sería una información importante... para alguien — recalcó la última palabra—. Por otra parte, cada conversación...
    —¡¿Cómo?! Y ahora, mientras nosotros...

    Carraspeó con un poco de embarazo.

    —Inevitable, querido amigo.
    —Perdone, pero de verdad no comprendo...

    Fijó en mí la mirada y dijo en voz baja y entristecida:

    —Oh, ¿por qué dice usted esto? Usted comprende, comprende muy bien. «Lo olvidé»... «No sé de qué se trata»... «Una prueba»... «Examen previo»... ¿Llega a entender? Sí, claro, veo muy bien que sí. ¿Y por qué pone esta cara de desespero? ¿Para qué? Cada persona emplea el cifrado como puede, y usted también aprenderá a servirse de él como un especialista. No pasa nada, estamos de acuerdo, ¿verdad?
    —Bueno, si usted lo dice...
    —¡Más confianza en sí mismo, querido amigo! El trabajo es el trabajo, el curso de los asuntos ha de ser impersonal, hay complicaciones, retrocesos, pero usted, designado para una Misión tan difícil, no se va a desanimar por las nimiedades, tanto más que son necesarias. Irá ahora al Departamento de los Cifrados, allí unos especialistas, mejores que yo, le esclarecerán todo lo imprescindible, no dándole clases como en una escuela, sino en una conversación amistosa... Mientras tanto, las instrucciones le esperarán aquí.
    —Ni siquiera les he echado una ojeada...
    —¿Y quién se lo prohíbe?

    Abrí el paquete. Pasé la mirada por los renglones mecanografiados, hasta que de repente me saltaron a la vista estas palabras:

    «Tu cerebro no percibía nada, reflejando solamente lo externo, como si se vertiera un chorro de agua sobre un bloque de barro reseco...»

    Unas cuantas líneas más abajo, leí:

    «Hasta entonces, no habías pensado en tu futuro inmediato. Con la mano en el cerrojo de la puerta, te diste de repente cuenta, por primera vez desde que te habías despertado, de la realidad que te rodeaba... Viste en la imaginación el implacable laberinto blanco que te esperaba detrás de las paredes de tu escondrijo...»

    —¿Qué es esto? —barboteé, mirando al comandante. Tenía miedo. Un temor indecible me invadió el pecho como una ola de fuego—. ¿Qué es esto?
    —Un cifrado —dijo con indiferencia, buscando algo entre los papeles—. Las instrucciones siempre son cifradas.
    —Pero esto... esto suena como... —dejé la frase sin terminar.
    —Un cifrado debe parecerse a todo, menos al cifrado —repuso.

    Inclinándose encima del escritorio, me quitó las instrucciones de las manos. Mis dedos se abrieron, sin fuerzas.

    —¿No podría... llevarlas conmigo?
    —¿Para qué? Aquí le estarán esperando —dijo, sorprendido.
    —Me las podrían traducir, quizá, en ese Departamento de Cifrados.
    —Sí, desde luego, se ve que es usted un novato —comentó, riéndose—. No se preocupe. Ya le penetrarán en la sangre los usos y costumbres de esta Casa. ¿Cómo podría yo soltar de las manos sus instrucciones, puesto que nadie está al corriente de su Misión salvo tres personas: el Jefe Supremo, el Jefe de su estado mayor y yo mismo?

    Sin contestar, acompañé con la mirada el fajo de papeles que volvió a colocar dentro de la caja; el comandante daba vueltas a los discos del cierre, como si jugara con ellos.

    —Dígame al menos en qué consiste mi Misión. Así, a grandes rasgos, en pocas palabras.
    —A grandes rasgos, ¿eh? —exclamó. Se mordió el labio inferior; un rebelde mechón de su pelo rubio le tapaba el ojo izquierdo, pero no lo apartó. Apoyado en el escritorio, reflexionaba empujándose las mejillas con la lengua como un niño. Suspiró luego y sonrió. Tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda—. ¿Qué hago con usted, qué voy a hacer con este testarudo? —repitió.

    Volvió hacia la caja, sacó los papeles, la cerró y dijo:

    —Usted tiene una carpeta, ¿verdad? Meteremos en ella todo el tinglado, bien puesto...

    Cogió la carpeta vacía que yo había dejado antes sobre la mesa y guardó en ella el paquete de hojas.

    —Aquí lo tiene —dijo entregándomela con un alegre guiño—. Ya tiene sus instrucciones y, por si fuera poco, ¡en qué carpeta! ¡Una maravilla, ni más ni menos!
    —¿Significa algo este color? —pregunté.

    Mi ingenuidad le divirtió, pero procuró no reírse.

    —¿Si significa algo? ¡Esta sí que es buena! ¡Y tanto que significa, hombre! Y ahora iremos juntos, mejor que le guíe, así no perderá tiempo, por aquí, si me hace el favor...

    Entré tras él, apretando mi voluminosa carpeta bajo el brazo, en la estancia contigua, larga como una sala de clase. Por encima de las cabezas de los hombres sentados tras los escritorios, colgaban de las paredes láminas con dibujos de acueductos y presas de embalse; más arriba, llegaban hasta el techo mapas de los hemisferios de un planeta rojo. Reconocí en ellos los canales de Marte. El comandante me precedía en el estrecho espacio libre entre las mesas; nadie levantó la cabeza para mirarnos. Entramos en otra estancia espaciosa. Una gran lámina de color mostraba el corte del cuerpo de una rata, de la cola a la cabeza, muy aumentado. Unas cajas de cristal contenían esqueletos de roedores, bien pulidos, como si los hubieran compuesto con cáscaras de nueces. La forma de la sala no era corriente: hacía un recodo, en cuyo ángulo varias personas trabajaban con microscopios. Todos tenían al alcance de la mano plaquitas de cristal, pincetas, tarros con un líquido viscoso, probablemente un pegamento. Disponían en las plaquitas unos jirones de papel, arrugados y sucios, los alisaban con unas varitas de cristal y los unían con precisión de relojero. El aire estaba saturado de un fuerte olor a cloro.

    Detrás de los hombres con microscopios había una puerta que llevaba al corredor.

    —Ah, antes de que se me olvide —murmuró el comandante, tomándome con familiaridad del brazo, cuando nos encontramos a solas entre las blancas paredes—; si quisiera destruir algo o tirar un papel sin importancia, una nota, un borrador, no se sirva de un excusado. Esto sólo proporciona a nuestros hombres un trabajo innecesario.
    —¿Cómo dice? —pregunté. Enarcó las cejas con impaciencia.
    —Es verdad, a usted hay que explicárselo todo a por a y be por be; el fallo es mío. Lo que acaba de ver era el Departamento de Alcantarillado, vecino del mío. Hemos pasado por ahí porque el camino es más corto. Pues bien: las aguas de cloaca se cuelan y filtran, ya que son caminos potenciales para la comunicación eventual de las informaciones... He aquí nuestro ascensor.

    Cuando nos disponíamos a entrar, salió de él un oficial con un abrigo largo y un estuche de violín bajo el brazo. Nos pidió que esperásemos, porque tenía que sacar varios paquetes, y volvió a desaparecer en el ascensor. En aquel preciso momento, algo retumbó como un trueno muy cerca de nosotros. El oficial saltó afuera, cerró de golpe la puerta con un pie, nos tiró con ímpetu los paquetes que llevaba en los brazos y echó a correr por el pasillo, forcejeando con el estuche. Un pesado paquete me alcanzó en el pecho como un obús; vacilé bajo el impacto y me apoyé, aturdido, en la puerta del ascensor. Detrás del recodo del pasillo tronaba una ametralladora, sonó un chasquido encima de mi cabeza, todo el pasillo se llenó de polvo de yeso.

    —¡A tierra! ¡¡¡A tierra!!! —gritó Erms, tirándome del brazo. Me eché a su lado entre los paquetes, ensordecido por el estruendo de los disparos que atronaban todo el corredor de punta a punta; las balas silbaban por encima de nosotros, géiseres de polvo de los impactos surgían de las paredes. El oficial, que corría recogiéndose los faldones del abrigo, cayó al llegar al recodo. El estuche se abrió, dejando escapar una nube de trocitos de papel, volátiles como copos de nieve. El olor a pólvora quemada me oprimía la garganta. El comandante me puso en la mano una pequeña ampolla—. ¡¡¡A mí señal, a la boca y morder!!!—me gritó al oído. Alguien venía corriendo.

    Un nuevo trueno me desgarró los tímpanos. Erms empezó a arrancarse del bolsillo unos sobres lacrados, se los metía en la boca y los masticaba aprisa, escupiendo los sellos como si fueran pepitas. Retumbó un trueno más.

    El oficial caído tenía estertores de agonía. Su pierna izquierda se agitaba golpeando el suelo de piedra. Erms contó los golpes, se apoyó en los codos, y con el grito:

    —¡Dos y cinco, se acabó la gresca! —se levantó de un salto. Todo estaba tranquilo.

    Se sacudió el polvo, recogió la carpeta del suelo y me la entregó, diciendo:

    —Nos vamos. Intentaré todavía arreglarle los bonos para la comida.
    —¿Qué... qué ha sido esto? —balbuceé. El agonizante seguía golpeando el suelo, dos y cinco veces alternativamente.
    —Nada. Uno que han desenmascarado.
    —¿Y... nosotros... nos vamos a marchar?
    —Sí. Allí —hizo un ademán hacia el agonizante— ya no es mi Departamento, ¿sabe?
    —Pero este hombre...
    —Ya se ocuparán de él los del siete. ¿Ve usted?, ya vienen del Teológico.

    En efecto, vi al cura-oficial que se acercaba, precedido por un muchachito con la campanilla. Entrando en el ascensor, oí aún el golpeo de la agonía cifrada. Llegamos al piso noveno; antes de abrir la puerta del ascensor, el comandante dijo:

    —¿Quiere darme la ganzúa?
    —¿Qué ganzúa? —pregunté, extrañado.
    —Bueno, aquella ampolla.
    —Ah, es verdad.

    La tenía todavía en la mano. La guardó en un estuche de piel, parecido a una cartera de bolsillo.

    —¿Qué es? —volví a preguntar.
    —Oh, nada, que le interese. Ahora todo va bien.

    Entramos en una estancia cuadrada, donde un oficial, extraordinariamente obeso, sentado tras una mesa comía caramelos, sacándolos, uno tras otro, de una bolsa de papel, y removía su té. Estaba solo. En la pared del fondo había una pequeña puertecita negra, por la que sólo un niño podría pasar.

    —¿Dónde está Prandtl? —le preguntó Erms. El oficial gordo le enseñó tres dedos, sin dejar de masticar ruidosamente. Su uniforme estaba desabrochado sobre el corpachón voluminoso, que se desbordaba por ambos lados de la silla. Su cara y los tres pliegues de su nuca estallaban de grasa. Respiraba jadeando, como en un ataque de asma—. Muy bien —dijo el comandante—. Prandtl estará aquí de un momento a otro y se ocupará de usted. Cuando esté libre, pase por mi despacho para buscar sus bonos. ¿De acuerdo?

    Le prometí hacerlo sin falta. Una vez fuera el comandante, me dediqué a observar al gordo. Los caramelos le rechinaban entre los dientes. Me senté en una silla junto a la pared. Giré la cabeza para no ver más aquella obesidad enfermiza, porque me exasperaba su masticación y su aspecto que hacía pensar en un inminente ataque de apoplejía. Los pliegues de su cogote tenían un peligroso color azulado. La grasa era la cruz, la tortura de aquel hombre. Respiraba con un esfuerzo que me parecía imposible de sostener durante tanto tiempo, pero no se comportaba como un enfermo de gravedad: respiraba luchando contra la asfixia y masticaba caramelos. Tuve ganas de arrancarle de las manos la bolsa de las golosinas; se atracaba de ellas, las tragaba, se ponía rojo y azul y cogía otras con sus dedos pringosos. Desplacé la silla y me coloqué de costado a él. No podía ponerme de espaldas, no tanto por ser incorrecto, sino por miedo a que se ahogara de un momento a otro; no quería tener un cadáver detrás de mí. Cerré los ojos y traté de pensar en otra cosa.

    Hubiera dado mucho para que me explicaran si mi situación había mejorado. Me parecía que sí, pero una multitud de reparos se contraponía a aquel «sí». No me inquietaba en absoluto el hecho de que Erms hubiera querido envenenarme (el contenido de la ampolla era obvio). Bastante peor era el asunto del viejecito de gafas de oro. Estaba muy poco seguro de haberme liberado de aquel problema. Sea como fuere, tampoco esto me parecía demasiado peligroso para mi futuro. Mi mayor preocupación era otra: las instrucciones. No por el hecho de que se parecieran tanto a un informe sobre mis movimientos dentro del Edificio y sobre mis propios pensamientos. Al fin y al cabo, tal vez continuara sometido a una prueba, a pesar de las protestas categóricas de Erms. El mismo había confesado que nuestra conversación no tenía un significado literal, sino cifrado, o sea que era una referencia, una recurrencia a otros significados ocultos que la controlaban, impalpables. No era esto lo peor, sino el hecho de que, en mi fuero interno, empezaba a dudar de la existencia misma de las instrucciones. Trataba de convencerme de que me equivocaba, de que mi recelo no tenía sentido, ya que nadie se interesaría por mí ni me sometería a unas pruebas si no existiera el proyecto de enviarme a una Misión de gran importancia. No tenía nada sobre la conciencia y no era persona de importancia, salvo por aquella candidatura inesperada, aquel ascenso siempre aplazado, suspendido y vuelto a confirmar.

    Si en aquel momento hubiera podido hacer una pregunta, sólo una, habría sido ésta: ¿qué quieren de mí? ¿Qué es lo que quieren realmente?

    Aceptaría con alivio cualquier respuesta, todas me parecerían buenas, salvo una...

    Me sobresalté de repente, perdiendo el hilo de mis cavilaciones: el oficial gordo había emitido un ronquido estridente. Se sonó, miró el pañuelo y lo guardó jadeando con la boca abierta.

    Se abrió la puerta. Entró un oficial, alto, delgado y encorvado. Había en él algo, difícil de concretar, que le daba aspecto de un civil disfrazado de militar. Tenía en la mano unas gafas que hizo girar rápidamente, deteniéndose a un paso de mí.

    —¿Viene usted a verme a mí?
    —Quería ver al señor Prandtl, del Departamento de Cifrados —repuse, levantándome a medias de la silla.
    —Soy yo. El capitán Prandtl. No se levante. Se trata de los cifrados, ¿no?

    El «no» sonó como un disparo, cuyo blanco fuera yo.

    —Sí, mi capitán.
    —No mencione mi grado. ¿Un té?
    —Se lo acepto.

    Se acercó a la puertecita negra y, de la mano que ya se había asomado, cogió una bandeja con dos tazas. La puso sobre la mesa y se caló las gafas. Su cara cambió de expresión, delgada e insolente, todo en ella se inmovilizó en una posición de «firmes».

    —¿Qué es el cifrado? —me espetó brevemente—. Diga todo lo que sepa.
    —Es un sistema de señales que se puede traducir al lenguaje corriente gracias a una clave.
    —¿Ah, sí? Y el aroma de una rosa, por ejemplo, ¿es un cifrado, o no?
    —No, porque no es ninguna señal, sino lo que realmente es: un aroma. Si significara algo distinto, entonces podría, como símbolo, convertirse en un signo del cifrado...

    Daba contestaciones de buen grado, porque podía demostrar en ellas mi capacidad de pensar con lógica. El oficial gordo se inclinó hacia mí, exponiéndose al riesgo de hacer saltar los botones de su uniforme sobre la montaña de grasa de su vientre. Ni le miré, vuelto hacia Prandtl, que se había quitado las gafas para hacer molinetes con ellas; su cara perdió su firmeza.

    —Según su criterio, la rosa, ¿huele como tal por oler, o bien con un fin definido?
    —Quizá, para atraer las abejas que la fecundan con el polen...
    —Sí —asintió con la cabeza—. Pasemos ahora a las cuestiones de carácter más general. El ojo transforma un rayo en un cifrado nervioso, que el cerebro descifra como luz. ¿Y el rayo mismo? Tiene que venir de alguna parte. Lo envía una lámpara o una estrella. La información sobre ello está implicada en su estructura. Se la puede leer...
    —Pero esto no es ningún cifrado —le interrumpí—. Ni la estrella ni la lámpara se esfuerzan en esconder nada, mientras que el cifrado esconde su contenido ante los no iniciados.
    —¿Ah, sí?
    —¡Me parece que es evidente! Todo consiste en la intención del que envía la información.

    Dejé de hablar y me acerqué mi taza de té. Nadaba en él una mosca que, estaba seguro, no estaba antes allí. ¿La habrá echado en la taza el oficial gordo? Le miré; se estaba hurgando las narices. Pesqué la mosca con la cucharita y la dejé caer en el platillo. Oí un golpecito. La toqué: era de un metal muy ligero.

    —¿En la intención? —repitió Prandtl, calándose de nuevo las gafas.

    El gordo (vuelto hacia mi mentor, procuré no perderle de vista) buscaba algo en los bolsillos, ahogándose. La cara se le hinchó más todavía, su papada era como un balón. Daba asco.

    —Volvamos a nuestro rayo —reanudó Prandtl—. Lo había enviado una estrella. ¿Qué clase de estrella? ¿Una grande o una pequeña? ¿Caliente o fría? ¿Cuál es su historia, su pasado? ¿Puede deducirse esto del rayo?
    —Se puede, si se posee el conocimiento adecuado.
    —¿Y qué es ese conocimiento?
    —¿Qué es, según usted?
    —Una clave. ¿No le parece?
    —Bueno... —tardé un poco en contestar—, un rayo no es un cifrado.
    —¿Ah, no?
    —No, porque nadie infundió en él esas informaciones; por lo demás, si seguimos esta línea de razonamiento, concluiremos que todo es un cifrado. —Y con mucha razón, señor mío. Todo, todo es un cifrado, o un camuflaje.

    Usted también.

    —¿Es una broma?
    —No, es la verdad.
    —¿Yo soy un cifrado?
    —Sí. O un camuflaje. Hablando estrictamente, la relación es ésta: cada cifrado es una máscara, un camuflaje, pero no cada máscara es un cifrado.
    —En último caso, podría aceptar lo del cifrado... —dije, pesando mis palabras— ; seguramente se refiere usted a la herencia, a esos diminutos retratos nuestros que llevamos en cada célula del cuerpo para imprimirlos como un sello en nuestros descendientes... ¿pero el camuflaje? ¿Qué tengo que ver con él?
    —¿Usted? Perdone —contestó Prandtl—, pero no es asunto mío. No soy yo quien toma decisiones acerca de usted. No es de mi incumbencia.

    Se fue hacia la puertecita. De la mano que apareció en ella (tenía que ser una mano femenina, porque advertí la laca roja de las uñas) recogió una cinta de papel y me la entregó.

    «Peligro de maniobra envolvente -stop —leí— dirigir refuerzos al sector VII-19 431 -stop jefe del VII Grupo Operacional Ganzmirst Cor Dipl -stop.»

    Dejé la cinta sobre la mesa y me incliné con disimulo para dar una ojeada a mi té. Nadaba en él otra mosca. El oficial gordo debía de haberla echado en la taza mientras estaba leyendo. Le miré. Bostezaba. Parecía un agonizante con la boca abierta de par en par.

    —¿Qué cree que es esto? —preguntó Prandtl. Su voz me llegó de lejos, como en sueños. Traté de volver en mí.
    —Un telegrama descifrado.
    —No, es un cifrado sin traducir todavía.
    —Pero si es, concretamente, una noticia secreta...
    —No —volvió a negar con la cabeza—. El camuflaje de cifrado bajo una forma inocente, como cartas particulares o poemas, ha pasado a la historia. Cada parte trata de convencer a la otra de que lo que envía no está cifrado. ¿Lo comprende?
    —Hasta cierto punto...
    —Le enseñaré ahora el mismo texto pasado por la DES; es el nombre que damos a nuestra máquina.

    Se acercó otra vez a la puertecita, arrancó de unos dedos blancos una cinta y volvió con ella a la mesa.

    «BAREMISOCITURIA IMPECLANCIBILISTICA MANTENTESE PARA CANCEPUDROLIVAR AMBREDANFIGIANTURELIA NOCOCIVRACIPOMABLE», leí en la cinta. Miré a Prandtl sin ocultar mi estupefacción.


    —¿Esto se ha de descifrar?

    Sonrió con indulgencia.

    —Es la segunda etapa —me aclaró—. El cifrado fue construido de manera que su traducción diera una sarta de absurdos. Con esto se proponían convencernos definitivamente de que el contenido del primer telegrama no era cifrado, o sea, que la noticia era auténticamente la que usted había leído.
    —¿Mientras que, en realidad...? —sugerí. Asintió con la cabeza.
    —Lo verá en seguida. Traeré ahora el texto pasado otra vez por la máquina.

    Una mano presentó una cinta nueva a través de la rendija en la puertecita negra. Pude ver una cosa encarnada que se movía dentro, pero Prandtl tapó con su cuerpo la rendija. Tomé la cinta; estaba tibia, no sé si por el contacto de las manos, o por el de la máquina.

    «ABRUPTIVAMENTE CANCELERAR DERVICHES LLEVANDO BARBIMOSCOSAS DORMIBOLAS POR TURMANDIA CELERATIVAMENTE INDICADA VIGILANCIA.»


    Este era el texto. Sacudí la cabeza.

    —¿Qué va a hacer con esto? —pregunté.
    —Aquí termina el trabajo de la máquina y empieza el del hombre. ¡¡Kruuh!! — gritó.
    —¿Eeeh? —barbotó el oficial gordo, arrancado de la somnolencia. Levantó sus ojos de pescado muerto hacia Prandtl, que le espetó a la cara:
    —¡Cancelerar!
    —Noooo —baló el gordo en falsete.
    —¡Derviches!
    —¡Hayayayyy!
    —¡Llevando!
    —Cont... conté... —gimió. Hilos de saliva se le pegaban a los labios.
    —¡Barbimoscosas!
    —Mm... mmosss... falsas... mosc... c... ¡¡cas!! ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja! —el gordo estalló en carcajadas incontenibles que se convirtieron en estertores; de los ojos le caían lágrimas que desaparecían en los pliegues de grasa de sus mejillas, mientras luchaba, hipando, con la asfixia.
    —¡Basta! ¡Kruuh! ¡¡¡Basta!!! —vociferó el capitán—. Es un lapsus —me dijo— . Una asociación falsa. Por otra parte, ya ha oído casi todo el texto.
    —¿El texto? ¿Qué texto?
    —«No hay contestación». Eso es todo. ¡¡Kruuh!! —volvió a gritar. El gordinflón, aún sacudido por el ataque de risa, se agarraba a la mesa con los dedos, gordos como salchichones. El grito de Prandtl le calmó; ya sólo gemía débilmente, pasándose las manos por la cara, como si quisiera consolarse a sí mismo.
    —«No hay contestación» —repetí en voz baja. Me parecía haber oído antes estas palabras, pero no podía recordar quién las había pronunciado y dónde—. Un mensaje más bien escueto —dije mirando a Piandtl, cuya boca, hasta ahora inmóvil y torcida como si saboreara algo amargo, sonrió levemente.
    —Si le enseñara un mensaje más explícito, ambos podríamos lamentarlo después. Aun así...
    —Aun así, ¿qué? —pregunté casi con violencia, como si estas breves palabras se hubieran referido a algo tremendamente importante para mí. Prandtl se encogió de hombros.
    —Nada. Le acabo de enseñar un fragmento de un cifrado moderno, muy poco complicado. Por ser un cifrado utilitario, poseía un camuflaje múltiple.

    Hablaba con rapidez, como si quisiera hacerme olvidar aquella alusión que no había terminado de formular. Quise volver a ella, abrí la boca, pero dije solamente:

    —Usted dijo que todo era cifrado. Supongo que una metáfora.
    —No.
    —¿O sea, que cada texto...?
    —Así es.
    —¿Y un texto literario?
    — También. Acérquese, por favor.

    Nos dirigimos juntos hacia la puertecita. Prandtl la abrió, enseñándome no una habitación, como esperaba ver tras ella, sino una placa de color oscuro con un pequeño teclado, ajustado al marco de la puerta, con una rendija bordeada de níquel en el centro; asomaba a ella, como una lengua de serpiente, la punta de una cinta de papel.

    —Dígame un párrafo de una obra literaria —me pidió Prandtl.
    —¿Puede ser de... Shakespeare?
    —Lo que usted quiera.
    —¿Afirma usted que sus dramas son una colección de telegramas cifrados?
    —Depende de lo que usted entiende por un telegrama. ¿Y si hiciéramos sencillamente una prueba? Diga algo.

    Bajé la cabeza. Durante un rato no pude recordar nada, salvo la exclamación de Otelo: «¡Oh, adorable criatura!», pero esta cita me pareció demasiado corta e inadecuada.

    —¡Ya lo tengo! —dije de pronto, levantando los ojos—. «Ni cien palabras mi oído ha bebido de tu boca, pero conozco tu voz. ¿Eres Romeo? ¡Habla!»
    —Muy bien.

    El capitán pulsó rápidamente las teclas, grabando el párrafo. De la rendija emergió balanceándose una serpiente de papel. Prandtl la cogió con cuidado y me la entregó. La sostuve entre los dedos, esperando; la cinta surgía de la rendija, centímetro tras centímetro. Tensándola ligeramente, sentí la vibración interior del mecanismo que la empujaba. De repente dejé de notar el temblor tenue, transmitido por la cinta. La máquina no imprimía más palabras. Me puse a leer el texto impreso.

    «Ca na lla Mat hews Ca na lla bra zos y piernas le ma cha ca ría con goce celestial Mat hews hijo de cer da Mat hews Math.»

    —¡¿Pero, qué es esto?! —exclamé, indignado. El capitán meneó la cabeza.
    —Supongo que Shakespeare, mientras escribía esta escena, estaba animado por sentimientos poco amistosos hacia el individuo llamado Mathews, y los puso en cifrado en el texto del drama.
    —¡Vaya, hombre! ¡Jamás me hará creer esta historia!

    En otras palabras, ¿metió adrede en este maravilloso diálogo lírico unas palabrotas de bajos fondos dirigidas a un tal Mathews?

    —¿Y quién le dice que lo ha hecho adrede? Un cifrado es un cifrado, sin que se tenga que tomar en cuenta las intenciones de su autor.
    —¿Me permite? —pregunté. Me acerqué a la placa y yo mismo tecleé el texto ya descifrado. La cinta empezó a salir retorciéndose en espirales. Vislumbré una sonrisita singular en los labios de Prandtl, quien, sin embargo, no hizo comentario alguno.

    «Si me diera ole ole si me ole diera eh eh eh si diera ay si ay diera ay me diera», decían las bien impresas letras de la cinta.

    —¿Y esto a qué viene? ¿Qué significa?
    —Es el estrato subyacente. ¿No lo había previsto? Hemos penetrado en una capa más profunda todavía de la psique de un inglés del siglo diecisiete. Eso es todo.
    —¡No puede ser! —exclamé—. ¡Así que este maravilloso poema no es más que una funda en cuyo interior pululan unas cerdas, oles y ayes?! ¡¿Y si usted pone en su máquina los más nobles monumentos de la literatura, las más elevadas obras del genio humano, poemas inmortales, sagas, obtendrá balbuceos inarticulados?!
    —Es que s o n balbuceos —contestó fríamente el capitán—. Unos balbuceos de diversión. El arte, la literatura, ¿sabe usted para qué sirven? Para desviar la atención.
    —¿De qué?
    —¿No lo sabe?
    —No...
    —Muy mal. Debería saberlo. En este caso, ¿qué hace usted aquí?

    No contesté. Con la cara rígida, tensa como la piel de un tambor, dijo en voz baja:

    —Un cifrado traducido sigue siendo cifrado. El ojo de un profesional lo despoja de un camuflaje tras otro. Es inagotable. No tiene límites ni fondo. Se puede ir atravesando sus estratos, cada vez más inaccesibles, más profundos, pero es un viaje sin término.
    —¿Cómo? ¿Y... «No hay contestación»? —le apremié—. Usted me enseñó esta frase como un resultado definitivo.
    —No. Era sólo una etapa. Dentro del marco de un proceso determinado, una etapa esencial, pero nada más. Si reflexiona, llegará a la misma conclusión.
    —No comprendo.
    —Comprenderá cuando venga el momento, pero esto también sólo constituirá un paso más.
    —¿No podría usted ayudarme?
    —No. Tiene que conseguirlo por sí mismo. No sólo usted: todos. Es una exigencia grande, pero usted, puesto que le han llamado, conoce bien las exigencias de aquí... No puedo dedicarle más tiempo. En el futuro, haré lo que pueda, dentro del marco del servicio, naturalmente.
    —Pero... ¡si yo sigo sin saber nada! —protesté consternado—. Usted tenía que enseñarme los cifrados que necesito para mi Misión.
    —¿Su Misión?
    —Sí.
    —Haga el favor de nombrarla.
    —No... no conozco los detalles, supongo que figuran en las instrucciones, las tengo aquí, en la carpeta, pero no se las puedo enseñar, un momento... ¡¿Dónde está mi carpeta?!

    Me levanté de un salto de la silla, miré debajo de la mesa: la carpeta no estaba. Me volví hacia el gordo. Tenía la mirada de pescado muerto como antes; el aire silbaba en su boca entreabierta.

    —¡¿Dónde está mi carpeta?! —grité.
    —Cálmese —dijo Prandtl detrás de mi espalda—, aquí no se puede perder nada. ¡Kruuh! ¡Kruuh! —le reprendió severamente—. ¡Devuélvela! ¿Me oyes? ¡Devuélvela!

    El gordo se movió y la carpeta cayó al suelo. La cogí, la palpé para averiguar si estaba llena y me enderecé.

    ¿Habría estado sentado sobre ella? ¿Cuándo la quitó de la mesa estando yo delante? A pesar de las apariencias, debía de ser muy hábil. Ya iba a abrir la carpeta, cuando me di cuenta de que no podría leer las informaciones necesarias de un texto cifrado, y el capitán, sin saber de qué se trataba, no me daría una clave adecuada. Era un círculo vicioso. Se lo dije.

    —Supongo que es un descuido del comandante Erms —añadí.
    —No lo sé —repuso.
    —¡Iré a verle! —exclamé en un tono casi insolente, dando a entender: iré y le diré que entorpecía una Misión encomendada por el jefe supremo—. ¡Iré ahora mismo! —volví a anunciar, exaltado.
    —Hará usted lo que considere oportuno —contestó Prandtl, añadiendo con una especie de vacilación—: ¿Está usted al corriente de la pragmática obligatoria?
    —¿La misma por cuya culpa me voy sin haber obtenido nada? —pregunté con frialdad.

    El capitán se quitó las gafas; su cara, desnuda como si se hubiera quitado un antifaz, expresaba vulnerabilidad y cansancio. Sentí que quería decirme algo, pero no podía hacerlo. Se desvaneció, de pronto, la hostilidad que había ido creciendo entre nosotros durante la conversación. En el trasfondo de toda la confusión que se había adueñado de mí, encontré un atisbo, tal vez insensato, de simpatía hacia aquel hombre.

    —¿Verdad que cumple usted órdenes? —preguntó en voz apenas audible.
    —Sí, las cumplo...
    —Yo también...

    Abrió la puerta ante mí y esperó, sin moverse, que saliera. Cuando pasaba a su lado, entreabrió los labios. No salió de ellos ninguna palabra, sólo sentí sobre mi cara su aliento, como un ligero soplo tibio. Retrocedió inmediatamente y cerró la puerta antes de que hubiera podido darme cuenta del significado de su gesto. Me encontré en el corredor con mi carpeta bajo el brazo. Aun admitiendo que mi visita al Departamento de Cifrado no me había proporcionado nada de lo que de él esperaba, ya que mi conocimiento de la Misión no progresó en absoluto, por lo menos ahora sabía adonde ir, que ya era algo. 9129, repetí para mis adentros. Sabía muy bien que no haría a Erms ningún reproche. Iría simplemente a buscar los bonos que me había prometido. Era un buen pretexto para empezar una conversación.

    Había andado ya un buen trecho entre las hileras de puertas blancas, cuando pensé, de repente, en el contenido de mi carpeta. Si todo el cifrado (lo llamaba así aun en mis pensamientos, porque ya me lo habían inculcado) se parecía a los fragmentos leídos en el despacho de Erms, sus párrafos ulteriores podían contener la descripción de mis siguientes diligencias en el Edificio, incluso las que no había emprendido aún. La idea no me pareció descabellada. Puesto que dondequiera que entraba se me daba a entender que todos mis pasos eran muy bien conocidos, puesto que ni siquiera mis pensamientos guardaban su secreto (me lo demostró el fragmento que había leído), ¿no podía la carpeta contener un plano futuro de mis peregrinaciones, incluyendo lo que me esperaba al final?

    Tomé la decisión de abrir la carpeta, extrañado de que no se me hubiera ocurrido antes. Tenía en las manos mi propio destino y podía conocerlo.


    V


    EN LA PARED DEL LADO DERECHO, la fila de puertas se interrumpía. Detrás había seguramente una sala larga. Un poco más lejos encontré un ramal lateral del corredor, que me condujo a los aseos de aquel piso. La puerta del vestíbulo estaba entornada. Empujé la del cuarto de baño; no había nadie, me encerré, pues, dentro, y sentándome ya en el borde de la bañera, advertí un pequeño objeto de color oscuro en una repisa debajo del espejo. Era una navaja de afeitar, medio abierta, como si invitara a que se la usara, pulcramente colocada sobre una servilleta inmaculada. Me pareció sospechosa, no sé por qué. La cogí para mirarla de cerca: era nueva. Pasé una mirada escrutadora por todo el aposento, reluciente de limpieza como un quirófano. Dejé la navaja en su sitio, pero su presencia me quitó las ganas de estudiar mis instrucciones. Salí del cuarto de baño para dirigirme al que me dio cobijo la noche anterior.

    Lo encontré también vacío, en el mismo estado en que lo había dejado; sólo habían cambiado las toallas. Me senté, desaté el cordel de la carpeta y saqué un grueso pliegue de hojas blancas. Me temblaron las manos. Antes sólo había visto el papel de encima, cubierto de un texto mecanografiado, pero ahora no estaba. Hojeé rápidamente todo el legajo; ni una sola letra. ¡Todas las hojas en blanco! La cañería emitió uno de aquellos sonidos salvajes y absurdos que se producen a veces cuando se abre un grifo en el piso de arriba. Era un gemido casi humano que terminó en un barboteo, cada vez más débil y lejano, a medida que se extendía por los intestinos de hierro del Edificio. Yo seguía contemplando los papeles y contándolos maquinalmente, no sé para qué. Al mismo tiempo, mis pensamientos volvían al despacho de Prandtl; acometía en la imaginación al gordo, le pegaba, pateaba su corpachón asquerosamente inflado. ¡Ojalá hubiera podido tenerle delante en carne y hueso!

    La rabia me abandonó tan de repente como me había invadido. Sentado en el borde de la bañera ordenaba las hojas, hasta que comprendí súbitamente el significado del extraño soplido del capitán: ¡todo había sido dispuesto de antemano para robar mis instrucciones! Pero ¿para qué todo aquel enredo? Hubiera sido más sencillo si Erms se hubiera negado a entregármelas.

    De repente tuve un sobresalto: en el montón de hojas encontré dos diferentes de las demás. En la primera había un plano del Edificio, trazado a mano, junto con un pequeño mapa de la Montaña de San Juan, en cuyo interior se hallaba; en la segunda, cosido a aquélla con hilo blanco, figuraba el proyecto de una operación de diversión, llamada «La Estocada», dividido en doce puntos. Sobrecogido, preparé mentalmente mis actividades inmediatas. Entregaría estos papeles a las autoridades. Conseguiría, tal vez, que se me creyera, si contaba cómo habían llegado a mis manos. Pero ¿cómo iba a demostrar que no había leído las informaciones, seguramente secretas, que contenían? ¿Que no había grabado en mi memoria la situación del Edificio (ciento dieciocho millas al sur de la cima del Harvurd), ni su plano, la distribución de despachos y jerarquías? ¿Que ignoraba todo lo que se refería a «La Estocada»? Mi causa estaba perdida irrevocablemente. Intuí con certeza cómo mis peregrinaciones anteriores iban componiendo un plan preconcebido y consecuente, cómo las apariencias de unas casualidades inconscientes se convertían en una trampa que me engullía cada vez más profundamente, hasta el momento presente, tan significativo.

    Las manos se me iban solas para romper esos papeles comprometedores y tirarlos al retrete, pero recordé al momento la advertencia de Erms. ¿Así pues, nada ocurría sin haber estado previsto? ¿Cada palabra por ellos pronunciada, cada gesto, cada mirada, cada sonrisa... todo estaba calculado, toda esta máquina gigantesca trabajaba con una precisión matemática sólo para destruirme? Me sentí hundido en las profundidades de una montaña de ojos que me espiaban. Tuve que sobreponerme para no caer desmayado. ¡Ojalá pudiera esconderme, aplastarme en alguna rendija! ¡Ojalá pudiera dejar de existir! ¡¡La navaja!! ¿Era para esto que la había encontrado? ¿Sabían que buscaría la soledad y la pusieron adrede en aquella repisa?

    Mis manos, como las de un autómata, se movían ordenando los papeles. A medida que se llenaba la carpeta, se desvanecía el enjambre de ideas que se me ocurrían para mí salvación, así que, buscando todavía una salida, un truco ingenioso gracias al que pudiera, como un jugador de ventaja, poner en el último momento la suerte de mi parte, veía con una nitidez creciente mi propia cara, pálida y humillada, la cara de un condenado a muerte. Unas cuantas formalidades más, y éste sería mi destino. «¡Quiero que sea rápido y fácil —pensé—. ¡Ahora que estoy perdido, ya no me amenaza nada peor!» Debía de llevar este pensamiento en mi mente ya desde hacía tiempo, porque surgió sin titubeos, como una salvación, entre la multitud de mis ideas barrocas.

    En el momento de aceptar definitivamente mi nueva dignidad de reo, se escapó de los pliegues y cayó a mis pies una tarjeta de cartulina con el número, un poco borroso, 3883. La recogí lentamente del suelo. Como si se quisiera evitar cualquier equívoco, una mano distinta había escrito delante del número, con letra pequeña y pulcra, la abreviatura «Desp.»-despacho.

    ¿Se me daba la orden de ir allá? Muy bien. Até el cordel de la carpeta y me levanté. Desde la puerta eché todavía una mirada a aquel interior de porcelana; del espejo, como de una ventana oscura, me miré mi cara, rota en planos fluidos; era debido a las propiedades del cristal, pero yo creí verla sumida en las heladas llamas del miedo. Estuvimos mirándonos, yo y yo, y así como antes me fui metiendo desde dentro, si puede decirse, en la piel un tanto incómoda de un traidor, ahora observaba los cambios ocurridos en mi exterior. La idea de que aquella cara afeada por el miedo, reluciente como si estuviera mojada, dejaría de existir, no era desagradable. De hecho, llevaba tiempo sospechando que mi asunto iba a terminar de este modo.

    Saboreaba el gusto de la derrota con una especie de placer perverso, fruto del acierto de mis previsiones y, al mismo tiempo, pensaba: «¿Y si dejara disimuladamente estos papeles en algún sitio? Me quedaría entonces sin nada. No sería nadie, ni convocado, ni siquiera engañado y traicionado.» ¿Me hallaba quizá, entre la espada y la pared, había penetrado, tal vez, sin saberlo, en el juego de una gran intriga, expuesto a que me destruyeran los engranajes de unos intereses encontrados? En tal caso, el recurso a una instancia superior podría salvarme...

    Opté por dejar la habitación 3883 como último recurso, e ir antes a ver a Prandtl. Sea corno fuere, aquel soplido... tenía que significar algo. Si me fuera hostil, no hubiera soplado. Podía ser un aliado mío en potencia. Por otra parte, bien era verdad que había distraído mi atención para que el gordo pudiera robar más fácilmente mi carpeta. Sería porque no tenía más remedio. El mismo me dijo que cumplía órdenes.

    Me dirigí, pues, hacia su despacho, corriendo casi por el pasillo vacío para no tener tiempo de cambiar de idea. Esperé el ascensor bastante tiempo. Arriba había mucho ajetreo. Varios oficiales habían ocupado el ascensor cuando yo había salido. Mientras me acercaba al Departamento de Cifrado, iba aminorando el paso. La futilidad de mi diligencia me parecía ahora manifiesta. A pesar de esto, entré. En la mesa detrás de la que estaba antes sentado el gordo, había unas tazas vacías sobre un montón de papeles manchados. Reconocí la mía por las moscas artificiales, puestas como unas pepitas de fruta en el borde del platillo. Esperé un rato, pero nadie venía. Sobre un escritorio, junto a la pared, vi varios pliegos de actas; empecé a hojearlos, con una débil esperanza de encontrar mis instrucciones, o por lo menos parte de ellas. Allí había una carpeta amarilla como la mía, pero contenía solamente una lista de pagos, que leí. En otras circunstancias le hubiera dedicado más atención, ya que figuraban en ella profesiones interesantes, como las de Informador Secreto, Desenmascarador de I Grado, Macerador, Fecalista, Invigilador, Filtrador, Desmentista Oficioso, Cremador, Osteófago; pero, tal como me encontraba, la aparté con indiferencia. De pronto, el teléfono que tenía junto a mi mano sonó, dándome un sobresalto. El timbre insistía, hasta que levanté el auricular.

    —¡Oiga! —dijo una voz masculina—. ¿Oiga?

    No contesté. Entonces ocurrió lo que a veces pasa: un cruce. Otra persona estaba en la línea, de modo que pude oír la conversación entre ambas voces.

    —Soy yo —dijo la voz que había hablado primero—. No sabemos qué hacer, capitán.
    —¿Qué pasa? ¿Tan mal está?
    —Cada vez peor. Tememos que suceda algo.
    —¿No sirve? Lo he pensado desde el principio. ¿Verdad que no sirve?
    —No digo eso. No estaba mal, pero usted sabe cómo van las cosas. Este asunto hay que cuidarlo mucho.
    —Dígaselo a los del seis, no a mí. ¿Qué quiere que haga?
    —¿No puede hacer nada?
    —¿Por él? No se me ocurre nada en absoluto.

    Yo escuchaba casi sin respirar. La impresión de que se hablaba de mí se convertía en una certidumbre. En el aparato reinó el silencio.

    —¿De veras no puede?
    —No. Es un caso para el seis.
    —Pero esto significaría que se le quita el cargo.
    —Pues claro.
    —¿Entonces tenemos que renunciar a él?
    —Y usted no quiere, por lo visto.
    —No se trata de lo que yo quiero, pero, verá, él ya se ha acostumbrado un poco...
    —Arréglense ustedes. Tienen sus propios especialistas. ¿Qué dice Prandtl?
    —¿Prandtl? Desde aquel resoplido, nada. Está en una reunión.
    —Llámele, pues. Yo no pienso ocuparme de este asunto. No me incumbe.
    —Le enviaré unos confidentes del Departamento Médico.
    —Como quiera. Me perdonará, pero estoy ocupado.
    —Adiós.
    —Adiós.

    Ambos auriculares chasquearon, colgados. El mío sonaba en mi oído como una concha marina. Me preguntaba, ya menos seguro, si la conversación se refería a mí.

    Me había enterado, por lo menos, de que Prandtl no vendría. Colgué el aparato y, al oír pasos en el cuarto contiguo, salí rápidamente al pasillo. Lo lamenté en seguida, pero ya no tuve valor de volver. Me quedaban dos posibilidades: Erms, o el despacho 3883. Me puse a caminar, reflexionando. El número 3883 debía de estar en el cuarto piso. ¿No sería el Departamento de Investigación? Seguramente, sí. No saldría ya más de allí. Las peregrinaciones por los corredores no eran, al fin y al cabo, tan desagradables. Se podía descansar en un ascensor, pararse un ratito, entrar en un aseo...

    Recordé la navaja. ¡Qué extraño, no haber pensado en ella durante todo este tiempo! ¿Estaba, o no, preparada para mí? Posiblemente. No podía opinar con seguridad. Estaba demasiado excitado. Bajé por la escalera, ligeramente mareado. El quinto piso. El cuarto. Un corredor muy limpio, igual que los demás. 3887, 3886, 3885, 3884, 3883.

    El corazón me saltaba en el pecho. No hubiera podido hablar encontrándome así; me detuve, pues, para darle tiempo de calmarse. «En último caso, puedo echar solamente un vistazo ahí dentro —pensé—. Si me preguntan, diré que estoy buscando al comandante Erms y que entré por equivocación. Nadie me va a arrancar la carpeta de las manos a la fuerza. Al fin y al cabo, son mis documentos; si hace falta, exigiré que telefoneen al Departamento de Instrucciones.» No sé por qué inventaba estas divagaciones: ellos, en cualquier caso, lo sabían todo; podía, pues dejar de discutir conmigo mismo. Traté de recapitular todas las aventuras que tendría que describir en mi declaración. Si me cogieran en una contradicción, tendrían un cargo nuevo contra mí. Pero había tantas cosas, que empecé a perderme en la maraña de los hechos. ¿Qué pasó primero, la historia con el viejecito o la detención de mi primer guía? Claro, lo del viejecito fue después. Cerré los ojos y abrí la puerta.

    Suerte que no había nadie en aquella gran estancia, llena de cartotecas y ficheros, porque todavía no hubiera sido capaz de pronunciar una sola palabra. Junto a las paredes se alineaban unos escritorios colmados de enormes infolios, montones de papeles atados con cuerdas, tarros de cola blanca, tijeras, tinta china, sellos de goma y todo el material de papelería imaginable. Alguien venía, arrastrando los pies. En una puerta lateral, abierta sobre un abismo de tinieblas, apareció un viejo desaseado con un uniforme sucio.

    —¿El señor viene a vernos? —croó—. Bien venido. No tenemos muchas visitas. ¿Qué se le ofrece? ¿Alguna consulta?
    —Yo..., mmm... —tartamudeé, pero el antipático individuo siguió hablando, sorbiéndose los mocos. De la punta de su nariz colgaba una gota viscosa.
    —El señor va de paisano, será, pues, para el catálogo..., aquí lo tiene, a su servicio...

    Se acercó, cojeando, a un mueble que parecía un armario grande y sacó con destreza unos cajones largos y estrechos. Mientras tanto, yo observaba la sala, atestada de fajos de papeles polvorientos, amontonados en el suelo, bajo las sillas, en todos los rincones; el aire olía a polvo y a trastos viejos. Al captar mi mirada, el viejo musitó:

    —El señor encargado del archivo, Gloubl, no está. Una conferencia, qué le vamos a hacer. El señor ayudante principal tampoco está, por desgracia. Se marchó, si me permite la expresión. Así que yo solo me cuido aquí de todo: Anteo Kappril, para servirle, conserje, 9.° grado de la escala, jubilación después de 48 años de servicio. Me dicen los señores oficiales que ya me toca descansar, pero yo, el señor se habrá dado cuenta, hago mucha falta aquí. Ay, pero si charlo y charlo, y el señor a lo mejor tiene prisa. El encarguito se pone en esta cajita, se llama fuerte con la campanita, vendré al acto, encontraré lo que haga falta, je, je, los ojos viejos no son peores que los jóvenes, traeré lo que haya pedido, y si es para leer aquí, listos. Si es para llevárselo, tendrá que poner su numerito en la ficha, en la columna cuatro por be, y ya está.

    Terminó este discurso ronco juntando las piernas en la posición de «firmes», pero le salió como si las tuviera paralíticas, y me indicó los cajones del gigantesco catálogo. Cuando empezaba a renquear hacia la puerta por la cual había entrado, dije sin mirarle:

    —Señor Kappril, ¿se encuentra en este piso la Fiscalía?
    —¿Cómo dice el señor? —contestó, rodeándose la oreja con la mano—. ¿La Fisc...? Nunca he oído hablar de eso. No, señor, ¡nunca!
    —¿Y... el Departamento de Investigación? —insistí, sin tomar en cuenta las posibles consecuencias de mi falta de diplomacia.
    —¿El Departamento...? —La sonrisa se fue borrando de sus labios, convirtiéndose en una expresión de extrañeza—. Tampoco hay ningún Departamento, señor. No puede haberlo, aquí sólo estamos nosotros, nada más...
    —¿El Archivo?
    —Sí, el Archivo, el Catálogo Mayor, la Biblioteca, todo lo nuestro, si se puede decir. ¿Puedo servirle en algo más?
    —No..., gracias.
    —No hay de qué darlas. Es mi deber. Aquí tiene preparada la campanita, señor. En este platillo. Así será más cómodo.

    Salió con paso lento y torpe. Al traspasar la puerta, tuvo un acceso de tos senil, desgarradora como si le apretaran la garganta. La oía cada vez más lejana, hasta que me quedé solo en el silencio tibio de la sala, ante la fila de cajones con placas de latón.

    «¿Qué significa todo esto? —reflexioné, sentándome en la silla que el viejo me había preparado—. ¿Habrán querido sondear mis aficiones? ¿Con qué fin? ¿De qué les serviría?» Al mismo tiempo leía maquinalmente las voces grabadas en las placas. El catálogo seguía el orden de materias, no el alfabético, con temas como: SERVILISTICA, ESCATOSCOPIA, TEOLOGÍA, PONTI y MISTIFICATORICA, CADAVERISTICA APLICADA. Miré dentro del cajón de teología. Alguien había mezclado las fichas, dejándolas en desorden.


    ÁNGELES. — Ver: Comunicación aérea, Id.: Ordenes del día.

    AMOR. — Ver: Diversión. Id.: Gracia.

    RESURRECCIÓN. — Ver: Cadaverística.

    COMUNIÓN DE LOS SANTOS. —Ver: Contactos.


    «¿Qué más da, al fin y al cabo?», pensé, escribiendo en el formulario el número de uno de los órdenes del día sobre los ángeles. Había también varias placas con voces incomprensibles, por ejemplo: INFERNALISTICA, CUBONAUTICA, INCEREBRACION, GUARDIAESPALDISTICA, DESCARNACION, pero no tuve ganas de perder tiempo con esos temas: el catálogo era demasiado grande. Sostenido por unas columnas de madera, llegaba hasta el techo, se extendía como un océano; su examen, aun superficial, ocuparía semanas. Las fichas que iba sacando de los cajones, verdes, rosadas y blancas, empezaron a desbordarme, se caían, aleteando, al suelo, cogía varias a la vez; finalmente, viendo que no entraba nadie, las metí de cualquier manera, todas mezcladas, en los cajones.

    ¿Tal vez el desorden del catálogo fue causado por otras visitas que entraron aquí de la misma manera que yo? Se me esbozó en la imaginación una sospecha vaga. Enderecé la espalda. Al lado del catálogo, reposaban sobre un escritorio gruesos volúmenes negros de una enciclopedia. Abrí uno al azar. ¿Qué decía aquella placa? ¿CUBONAUTICA? Busqué en la C. «CEBOLLA —una clase de operación en múltiples etapas.» No, no era eso. «CUBONAUTICA — ciencia supletoria de navegación en un cubo. Cf. Pseudognosis y Ciencias de Ficción y Camuflaje.»

    Cuando quise apartar el volumen, se me abrió en una de las primeras páginas de la letra A. Me saltó a la vista una larga columna de las voces que empezaban por «AG» —AGENTE..., AGENCIERO..., AGENCIOSO..., provista de un artículo con el título: AGENTES Y AGENCIAS A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS.

    Al lado había otro tomo, abierto, con una voz subrayada en rojo: «PECADO ORIGINAL— el mundo dividido en información y desinformación.» ¡Qué enciclopedia tan especial! —pensé, dejando pasar entre los dedos grandes cantidades de susurrantes hojas. Mi vista saltaba al azar por las páginas, descubriendo cada vez una definición nueva: «DESCARNACION — acción de desproveer de las carnes, convertir en incorpóreo, descorporeizar (cf. desterrar), ver: APARATOS DE INVESTIGACIÓN:» Busqué esos aparatos y encontré toda una lista de extrañas máquinas, como: descuartizadora, quebrantahuesos, despellejadora, lavasesos alias INCEREBRADOR DE LA VERDAD SUPREMA, etc. Me aparté finalmente del escritorio con los dedos sucios de polvo. Estaba harto de aquella lectura, había perdido toda la curiosidad y sólo quería salir de allí cuanto antes, ver a Erms; Erms me ayudaría, ¡se lo diría todo! Estaba buscando mi carpeta, cuando oí el chapoteo de unos pasos que ya conocía. El viejo volvía. Me miró desde la puerta subiéndose las gafas hasta la calva, con una atención que se convirtió al momento en una sonrisa servil. Qué extraño: hasta ahora no me había dado cuenta de que era bizco. Cuando me apuntaba con un ojo, el otro subía, como si aquella parte de la cara se sumiera en un éxtasis piadoso.

    —¿El señor ha encontrado lo que buscaba?

    Entornó los ojos, silbó quedamente, no sé si en señal de respeto o de reflexión y, al ver en la caja otra ficha que puse allí sin leerla siquiera, se inclinó ante mí.

    —Aja, ¿esto también? —dijo, frunciendo los labios como para dar un beso. Me pareció todavía más dejado, lleno de polvo, con aquellas manos, la cara, las orejas despegadas; sólo la calva brillaba como latón bruñido—. En ese caso, tal vez... ¿Quiere venir conmigo? Son unos libros..., sería difícil para un viejo cargar con unos tomos tan pesados. No todos, pero..., si es usted de la profesión..., ¿tendrá al brigadier Mlassgrack por jefe? No, no, yo no pregunto nada. El secreto del servicio..., el reglamento prohíbe, je, je. Sígame, si me hace el favor, tenga cuidado de no ensuciarse, hay tanto polvo...

    No paraba de hablar mientras me precedía por los tortuosos pasos entre las atiborradas estanterías de las estancias contiguas. Me rozaban los lomos deshilachados de los atlas y grandes libros, mientras me hundía en la profundidad de aquel laberinto mal iluminado.

    —¡Aquí! —exclamó triunfalmente mi guía.

    Una fuerte bombilla sin pantalla alumbraba una sección de la biblioteca. Entre unas escaleras de mano, colgadas de un carril de metal, se agolpaban en los estantes combados filas de tomos, encuadernados en piel cenicienta.

    —¡Tort! —profirió con éxtasis, agitando ante mis ojos la desdichada ficha del catálogo.

    Efectivamente, sólo había en ella esta palabra, caligrafiada con tinta china.

    —¡Tort! —repitió; la gota se le columpiaba de emoción bajo las narices, reluciente como un diamante en la luz de la bombilla—. Tort. Tortita, aquí tiene, je, je, arriba, la extracción de declaraciones, aquí la esplacnoscopia, alias viscerología, con sus visceradoras y desvisceradoras; tenemos en esta sección una posición muy interesante: De crucificatione modo primario divino, siglo II, ejemplar único, perfectamente conservado, con ilustraciones; fíjese en las manecillas. Habla de tratamientos para la piel, estudios de la resistencia individual... No, no, señor, allí ya no: las torturas físicas llegan hasta aquí. Estas dos alas, de arriba abajo, contienen, a la izquierda: los tensadores, a la derecha: los enfiladores...
    —¿Cómo dice? —la pregunta se me escapó sin querer.
    —Pues claro, un enfilador puede ser, por ejemplo, un palo, palito palo: son estos dos estantes. La estilística: de un lado romo, de otro, puntiagudo; se usa caoba, abedul, roble, fresno..., los tensadores pueden ser de varias clases..., pero ¿por qué se lo cuento?, usted lo sabe mejor que yo... Esta sección se consulta ahora muy poco, no recuerdo que haya venido nadie desde hace años. Ha sido un placer enseñársela. ¡Un verdadero placer! Perdone el atrevimiento de confesárselo. Los señores dicen que son cosas anticuadas, anacrónicas.
    —¿Anticuadas? —repetí en voz baja. Afirmó con la cabeza. Me pregunté si se le caería la temblorosa gota, pero nada: aguantaba con firmeza.
    —Sí, señor. Es lo que dicen. Lo dejamos para los carniceros, dicen. Carne picada..., tripas... Es el teniente Pirpitschek quien gasta estas bromas. Ahora está más de moda lo de esta otra sección, aquí empieza, donde el señor se encuentra. Las subsecciones están numeradas para que sea más fácil orientarse; sólo que este polvo..., este polvo maldito.

    Lo limpió con la manga y leyó en voz alta: —Tort., de la alusión... Tort., de la predestinación... Tort., de la espera... Una sección muy completa, ¿no es cierto? Sólo la espera tiene noventa piezas, ni una más, ni una menos, je, je, la memoria todavía funciona... Tort. Parece una pastelería, dice nuestro brigadier, hombre muy humano, muy campechano, mucho, aunque sea jefe de un Departamento tan importante. Cuando viene, le digo: «El conserje Kappril, para servirle», y él no me sale con un número, a secas, no es un burócrata, ni mucho menos, sino que tararea «tiutiu», «tra la la», «torr» y yo en seguida entiendo qué es lo que quiere... El señor doctor Mrayznorl se cuida de esta sección. ¿Qué es esto? De strangulatione systematica occulta; alguien lo debió de poner por descuido, es de la otra sección, la física. Ay, ¿la mumificación también aquí? Una equivocación igualmente. No, ahí ya no es esto, es la criptología; pero si desea echar una mirada, tendré mucho gusto, también hay posiciones interesantes. Lo que el señor acaba de sacar, me permite, quitaré el polvo, ¡qué peste de polvo!, peste apesta, dice nuestro archivista-general, la homonímica es su flaco, ji, ji, bueno pues, lo que usted tiene en la mano es El cosmos visto como un cajón, pse..., nada extraordinario, un poco anticuado, pero puede pasar, el señor archivista subdependiente tiene una opinión positiva y es un especialista como no hay muchos, señor... ¿A ver esto? Vidas en los establecimientos de baño. No, no vale la pena, no le interesará, es bastante reciente.

    Dejé aquel libro y tomé otro: Sobre la disimulación en los objetos de culto. Tenía un vacío en la cabeza. Me molestaba, además, el insoportable olor, difícil de definir, que se desprendía de toda aquella multitud de volúmenes viejos. No era un olor concreto, como el moho, o el de polvo de arena y papel, sino una exhalación, pesada y dulzona, de una putrefacción secular, pegajosa y omnipresente. Hubiera debido decidirme, coger cualquier libro e irme de allí, pero seguía escogiendo como si de veras buscara algo determinado. Dejé en su sitio la Deontología de la traición, la pequeña y voluminosa Imitación de la nada, de hojas gastadas, y el bien proporcionado tomo de tapas negras Cómo materializar lo trascendente, colocado, no sé por qué, en la sección de espionaje. Junto a él se alineaban unos librotes gruesos con tapas petrificadas por los años. Los títulos estaban impresos en xilografía sobre el papel manchado y amarillento: Sobre la fortuna de los espías o Consejos de espionaje perfecto, en libros tres con parergones y parali-pómenos, por el nugator Jonaberi O. Paupa. Entre estos volúmenes encontré un librito antiguo sin tapas, un incunable apenas legible: Cómo sospechar palpablemente. Había tantos que ni siquiera pude leer todos los títulos: Cómo controlar de lejos el desorden; Soborno, ayuda necesaria para el espía; Teoría de invigilancia, brevemente esbozada, incluyendo un índice de la literatura escoptológica y escoptognóstica, escoptofilia y escoptomanía al servicio del espionaje; Machina speculatrix, o Táctica del espionaje; un atlas encuadernado en piel negra: Goces de Invigilancia; manuales de tacto en el espionaje; Arte de delatar o Delator perfecto; Apuntes sobre la denunciatórica; Convictos y confesos, álbum con figuras plegables; Trampas y señales; incluso algo de arte: un cuaderno de notas musicales con el título trazado a mano con tinta violeta: Pequeño provocatorio para cuatro manos, y un libro de sonetos: Agujitas.

    Detrás de un tabique alguien gemía terriblemente, cada vez con más dolor. Escuché un rato, colocando los libros en sus estantes con el corazón acongojado por los agudos chillidos, hasta que, no pudiendo más, agarré al viejo por la manga:

    —¡¿Qué es esto?!
    —Nada. Los señores aspirantes están escuchando unos discos. Allí está el seminario de agonalística y simultanasia; son los jóvenes obitualistas, como se dice aquí —rezongó.

    Se oían, en efecto, puestos otra vez desde el principio, roncos estertores de agonía. Estaba harto, harto a la enésima potencia, pero el maldito viejo charlatán parecía en trance de una excitación enfermiza; corría renqueando de estantería en estantería, se ponía de puntillas, arrastraba las escaleras, que chirriaban con estridencia sobre su soporte de metal oxidado, subía a los anaqueles más altos, cerraba de golpe las tapas llenando la estancia de nubes de polvo, todo esto para ofrecerme un espécimen vetusto más, otro incunable en trozos. No dejaba de hablar, esforzándose en elevar la voz lo bastante para cubrir aquellos aullidos que no cesaban. De vez en cuando clavaba en mí una mirada de reojo, cortante como un cuchillo; su bizquera, más fuerte que nunca, dominaba toda su cara, gris de polvo, del mismo color que todo lo que nos rodeaba; aquellas miradas me paralizaban, entorpecían mis movimientos, cada gesto mío era artificial y forzado; temía revelar con alguna imprudencia lo ficticio de la situación, me daba miedo el pensar que el viejo pudiera descubrir en mí a un ignorante, un intruso. Sin embargo, él, en su fervor senil, jadeante, sin aliento, quitaba el polvo de los librotes, me los traía y se afanaba buscando los siguientes. El volumen negro de Criptología que me puso en las manos se abrió sobre unas palabras al principio de un capítulo: «El cuerpo humano se compone de los siguientes escondrijos...»

    —Eso es Homo sapiens como corpus delicti..., una obra muy buena, buenísima, un compendio... Esto, El juego antes y ahora, y aquí tiene la lista de los autores de teorías en la materia. Mire: Meern, Birdhoove, Fishmi, Cantovo, Karck; también están los nuestros, también: el profesor Barbeliese, Klauderlaut, Grumpf..., una bibliografía completa del tema. ¡Un ejemplar único, señor! ¡Fíjese en esto! El Morbitrón, de Glaubl. Poca gente sabe que él es también autor de este folleto...

    Me enseñó unas hojas descosidas, amarillentas, con bordes rasposos y gastados.

    —Umbílico-Murología..., trata de la cría de nutrias..., sí, sí..., lo tenemos todo..., para el ombligo, claro, los señores oficiales dicen que están pasado de moda..., ¡je, je! Pero lo que ve aquí es rigurosa actualidad. La moda de ahora. El corte de camisas de fuerza muy elegantes, cosas así y otras por el estilo. ¿Le ha interesado El cosmos visto como un cajón? ¡Claro que sí! Cajón, o cofre..., tienen un suplemento: Consultorio para el coleccionista de las pruebas de su propia culpa, ¿se ha fijado? ¡Je, je! «Autoeducación en el autojuicio» se llama la sección.

    Vuelto de espaldas a él para aislarme, aunque fuera de este modo, de su verborrea, ¡qué impresión tan poderosa!, me envolvía en un sudario de impureza mezclada con el polvo, hojeaba al azar, con rabia, un libro de formato pequeño, pero bastante grueso, encontrando todo el tiempo unos términos muy extraños, unas trampas dobles, cifrofichas, redes y aberturas de cerrojo, superesposas múltiples, introvisores con cierre, rellenos corpóreos, etc. El autor de Criptología era el ayudante mayor de cátedra, Privat Pinntsher.

    Aproveché el corto intervalo en la actividad de Kappril cuando se le cayó en brazos todo un montón de libros mal colocados, y dije que, sintiéndolo mucho, tenía que marcharme ya. Miró su reloj. Pregunté si podía poner a la hora el mío, porque se me había parado, pero no pude leer nada en su gran trasto de plata.

    —¿Es un reloj secreto? —se me escapó sin querer.
    —¿Por qué? —rezongó—. Pues sí, es secreto. ¿Le extraña?

    Lo guardó, cerrando cuidadosamente la cubierta de la esfera cifrada. Le devolví el libro que tenía en la mano, mascullando que vendría cuando tuviera más tiempo y, mientras tanto, reflexionaría sobre la selección de mis lecturas. Casi no me escuchaba, tan excitado estaba. Quería llevarme a otras secciones, me enseñaba el camino bajo las bombillas desnudas, que iluminaban, como unas estrellas caídas del cielo, los interiores, sepultados en el polvo, de los armarios repletos de papeles, los anaqueles que no podían con su carga de fardos vetustos. Ya en la puerta, me puso en las manos el manual del Arte de desmovilización; pasaba sus rígidas hojas alabando la obra, como si yo fuera un comprador en potencia, y él, un coleccionista medio loco y al mismo tiempo vendedor de un ejemplar raro de una librería de lance.

    —¡Pero usted no se lleva nada, nada! —exclamaba lastimeramente cuando volvimos a la sala del catálogo; le dije entonces, para librarme de él, que me trajera aquella cosa sobre los ángeles y, no sé por qué, un manual de astronomía. Puse una firma ilegible en la ficha y, apretando bajo el brazo un fajo de hojas sueltas (aquel ensayo angelológico no era una obra impresa, sino un manuscrito, lo que Kappril subrayaba con admiración), salí, inspirando con un alivio indecible el aire puro del corredor. Mucho tiempo después, toda mi ropa olía aún a cuero enmohecido, cola de carpintero y tela podrida. Era una mezcla de hedores muy tenaz. Tenía la impresión, muy desagradable, de despedir un tufo a matadero.


    VI


    ESTABA YA A UNAS DECENAS DE PASOS del archivo, cuando, impulsado de súbito por un presentimiento, volví para comparar el número de la puerta con el que llevaba mi tarjeta. Efectivamente, había podido ocurrir un error. Mi número estaba escrito, como he dicho antes, de manera muy poco clara, así que el segundo ocho podía pasar por un tres; en ese caso, hubiera debido dirigirme a la habitación 3383.

    La idea de haberme podido equivocar fue para mí un gran alivio; empecé a pensar de manera muy diferente, Al principio, yo mismo no comprendía por qué aquella posibilidad me había animado tanto, hasta que ordené en mi cabeza todos los acontecimientos. Lo que había hecho hasta ahora sólo tenía la apariencia de ser un resultado de actos fortuitos; teniendo la impresión de actuar conforme a mi propia voluntad, de hecho me comportaba tal como ellos habían planeado. Sin embargo, la visita al archivo no formaba parte de aquella planificación previa de mis seudoiniciativas, y aunque fuera yo quien hubiera cometido el error, cargué toda la culpa al Edificio. Al escribir el número tan descuidadamente, se había cometido respecto a mí un error muy humano, lo que me convenció de que, a pesar de todo, ellos tampoco eran infalibles; por lo tanto, cabía admitir un vislumbre de libertad e independencia.

    Así pues, era en la habitación 3383 donde debía presentarme; puesto que yo, el objeto de la prueba, me había equivocado, también podía hacerlo el juez de instrucción. Convencido de que ambos nos reiríamos de este malentendido, me dirigí a paso ligero al piso siguiente.

    La habitación 3383 era, a juzgar solamente por la cantidad de teléfonos sobre los escritorios, la secretaría de un personaje de posición importante. Sin pensarlo dos veces, me encaminé directamente hacia la puerta tapizada de cuero, que carecía de pomo. Sorprendido, me detuve ante ella. La secretaria me preguntó qué deseaba. Mis explicaciones, bastante embrolladas, puesto que procuraba no decirle la verdad, la dejaron completamente indiferente.

    —Usted no figura en la lista de visitas —repetía tercamente. Después de insistir mucho, pedí que me apuntara en aquella lista y me indicara a qué hora podría ser recibido, pero ni a esto accedió, alegando no sé qué reglamentos. Mi deber era presentar una petición por escrito, por conducto oficial, o sea, pasando en primera instancia por el jefe de mi Departamento. Levanté la voz, aludí a la importancia de mi Misión, a la necesidad de una conversación a solas, pero ni siquiera me contestó, entregada de lleno a atender las incesantes llamadas telefónicas. Pronunciaba tres o cuatro palabras lacónicas, apretaba los botones, conectaba y desconectaba las líneas, echándome de vez en cuando miradas ausentes, bajo las cuales me sentía cada vez más inexistente, como si no fuera más que un mueble de aquel despacho.

    Al cabo de un cuarto de hora de mi presencia allí, llegué a pedir, a suplicar que hiciera algo por mí, y al encontrarme con la misma indiferencia, le enseñé todo el contenido de mi carpeta, le revelé el plano secreto del Edificio y el proyecto de la operación diversiva: igual le hubiera podido enseñar periódicos viejos. Era una secretaria absoluta: ciega y sorda a todo lo que salía de su competencia. Enloquecido, tembloroso, le espetaba cosas tremendas, le hablé del pálido espía de la caja fuerte, de mi usurpación que provocó el suicidio del viejecito y del capitán y, al ver que los hechos más espeluznantes no le llamaban la atención, empecé a mentir, acusándome de alta traición, sólo para que me dejara entrar; dispuesto a ser detenido, cubierto de infamia, la provocaba a gritos. Ella, indiferente como una piedra, seguía sacando y metiendo clavijas, ahuyentando a veces mis palabras con un gesto del codo o de la cabeza, como si fueran unos insectos zumbadores. Sin haber conseguido nada, me dejé caer, sudoroso y agotado, en una silla vacía, puesta en un rincón. Ni de esto se dio cuenta. Sea como fuere, tomé la decisión de no moverme de aquel sitio: el juez de instrucción, el fiscal o quienquiera que fuera, agazapado tras aquella puerta de cuero, tenía que salir, tarde o temprano. Le saldría entonces al paso, no podría eludirme. Mientras tanto, pensaba acortar el tiempo de espera hojeando el libro y los papeles. Pero mi mente estaba en tal estado de confusión y ofuscamiento, que no sabía ni de qué hablaban. El manuscrito contenía una serie de órdenes del día sobre la visión de los ángeles, y el manual de astronomía estaba dividido en varios párrafos difíciles de entender: creo que trataban del camuflaje de galaxias ocultándolas dentro de unas nebulosas, de la manera de separar las estrellas de sus constelaciones, del intercambio y ahuecamiento de los planetas, de la diversión cósmica. No me acuerdo absolutamente de nada de esos temas; a pesar de todo el esfuerzo que hacía para concentrarme, leía una frase diez veces sin comprender nada. El hecho de que se me tratara en aquel despacho como si no existiera, se convertía para mí, a medida que pasaban las horas, en una pesadilla cruel que me atormentaba más que mi sentencia de muerte, imaginada antes por mí. Me levanté varias veces con la garganta seca, encorvado, agotado, para pedir, con voz débil y enronquecida, una información sobre las horas de trabajo de su jefe, cuándo solía ir a comer y, finalmente (fue ya una derrota total), dónde se encontraba el despacho de algún otro juez de instrucción, o un fiscal, o cualquier organismo judicial. Pero ella, ocupada con sus aparatos y clavijas, con sus notas y pajaritos que dibujaba en las márgenes de grandes hojas impresas, repetía siempre lo mismo: «Diríjase a Información». Después de pedírselo varias veces, me dio por fin el número de aquella sección, interrumpiendo un instante la conversación telefónica que la absorbía: 1593. Recogí todos mis papeles, la carpeta, el libro, y salí, hecho un guiñapo. Traté de recuperar, durante el camino, un poco del equilibrio y seguridad que sentía aquella misma mañana, pero no hubo nada que hacer. Una mirada al reloj (indicaba un tiempo relativo, ya que no tuve ocasión de regularlo; tampoco vi, dicho sea de paso, ningún calendario en el Edificio, así que perdí por completo la noción de los días pasados allí) me informó de que había pasado cuatro horas en la secretaría. La última habitación en el corredor del segundo piso llevaba el número 1591. Busqué el que la secretaria me había indicado en el piso inmediato, pero allí la numeración empezaba por el dos. Entré en varias estancias con placas «Secreto», «Altamente secreto», «Estado Mayor»; me esforcé luego en encontrar la puerta por la cual había penetrado al principio en el despacho del jefe supremo, pero no la hallé; habían cambiado, por lo visto, las placas de numeración. Los papeles se ablandaron asquerosamente por el sudor de mis manos; debilitado por el hambre (no había comido nada desde el día anterior) vagaba por los corredores sintiendo los pinchazos de mi barba sin afeitar. Llegué hasta a preguntar a los ascensoristas por aquella habitación inalcanzable. El que llevaba un aparato de escucha en la pierna artificial me dijo que Información «no figuraba en la lista», y que primero debía llamárseles por teléfono. Cuatro horas más tarde (logré dos veces usar el teléfono en unos despachos donde no había nadie, pero los números de Información comunicaban), el movimiento en los corredores aumentó notablemente. Los funcionarios bajaban en masa a la cantina. Me uní a ellos, casi a pesar mío, arrastrado por el gentío agolpado delante de un ascensor. Nos dieron fideos con queso rociados con mantequilla fundida, demasiado hervidos. ¡Los detesto! Tragué de prisa, sin saber si era comida o cena. Los fideos, por más asquerosos que fueran, me dieron un momento de respiro antes de volver a empezar mis peregrinaciones. Tenía ganas de ir a ver a Erms, pero lo iba aplazando por miedo de no tener ningún recurso más si mi visita fuera un fracaso. Saliendo de la cantina con los labios grasientos y gotas de sudor frío en la frente por haber llenado el estómago con demasiada rapidez, pensaba en las confesiones y en las autoacusaciones que no me fueron aceptadas. No me sorprendía. Ya no me sorprendía nada. Tenía sueño y todo me daba igual. Subí a la planta de arriba y me fui directo a mi cuarto de baño; comprobé que estaba vacío; me hice con toallas una especie de cama junto a la bañera y traté de conciliar el sueño. Me embargó inmediatamente el miedo. No era el miedo de algo concreto; sencillamente, sentía un terror tan grande que volví a transpirar. En todo el cuerpo notaba el frío del suelo de piedra, la cabeza me daba vueltas y vueltas, hasta que me levanté, todo dolorido, me senté en el borde de la bañera y procuré pensar en todo lo que me había pasado y lo que me esperaba todavía. La carpeta, el libro y el manuscrito estaban junto a mis pies. Podía pisotearlos y mandarlos lejos con un puntapié, pero no lo hice. Estaba reflexionando. Cuanto más pensaba, más vacía tenía la cabeza, Me levantaba, paseaba por el cuarto de baño, abría y cerraba los grifos para ver si gorgoteaban las cañerías, hacía muecas frente al espejo, e incluso lloré un poco. Al fin, me quedé sentado largo rato, con la cabeza apoyada en las manos. Se me pasó el sueño. Me preguntaba si seguía sometido a una prueba. El error en el número podía ser intencionado. El antipático conserje me había llevado casi instantáneamente a la Sección de Torturas. Me parecía ahora evidente que su celo, su entusiasmo, su trajín exagerado, con aquella gota colgándole de la nariz, eran forzados y artificiales, como si desempeñara un papel aprendido. ¿Por qué hizo hincapié en lo anacrónico de los tormentos físicos? ¿Por una casualidad? ¡Ni mucho menos! Y la tortura de la espera, ¿no me habló de ella? Tal vez quisiesen ablandarme, macerarme hasta un punto conveniente para comprobar mi resistencia, necesaria para una Misión tan difícil como la mía (todos ellos subrayaban su enorme dificultad); en este caso, ¿era yo todavía el hombre escogido y predestinado? Si fuera así, no tendría por qué preocuparme: la mejor táctica consistiría en demostrar siempre un aplomo tranquilo y frío, una pasividad moderada. Estaría seguramente previsto que la secretaria me despidiese sin haberme concedido nada, y que los teléfonos de Información estuviesen comunicando. De hecho, mis fatigas eran otros tantos exámenes; en una palabra, todo iba bien. Habiéndome levantado de este modo la moral, me lavé la cara y salí, para ir, por fin, al despacho de Erms. Antes de llegar al Departamento de Instrucciones, encontré un grupo de hombres que lavaban el suelo. Me extrañó un poco que fueran tantos. Todos a cuatro patas, llevaban unas gabardinas nuevas con bolsillos que reventaban de llenos. No me pareció que trabajaran con demasiada aplicación; más bien echaban por todas partes unas miradas de reojo, un poco bizcas por lo incómodo de la posición. Alguien tosió. Se levantaron todos, iguales como hermanos, macizos, anchos de hombros, con los sombreros hundidos hasta las cejas. Me detuve, sorprendido. Ellos se daban codazos, mascullando entre dientes: «Ojo, colega Merdas, ojo... Ojo, colega Brandzl, colega Slips, ojo...»

    Aparecieron varios oficiales con uniformes de gala y sables. Pidieron los documentos de los civiles, los civiles comprobaron los de los oficiales, entre tanta gente, yo pasé inadvertido. «Aja —pensé—, son guardaespaldas.» Me quedé allí, un poco por curiosidad y porque lo de Erms podía esperar un rato más. De súbito, sonó una diana, el ascensor se paró en nuestro piso, todos se precipitaron, los sables tintinearon, los guardaespaldas metieron las manos en los bolsillos para quitar los seguros, supongo, las alas de los sombreros bajaron, las cabezas se levantaron, el ascensor se abrió, dos oficiales cargados de cordones de plata se abalanzaron sobre el pomo de la puerta.

    —¡El almiradier! ¡El almiradier! —pasó de boca en boca.

    Los oficiales formaron en fila; conjeturé que había llegado un dignatario de los más importantes y el corazón empezó a saltar en mi pecho de excitación. De un ascensor muy particular, una especie de salón en miniatura, adornado con mapas y escudos, tapizado con seda encarnada, salió un viejecito pequeño y frágil con un uniforme cuajado de oro, arrastrando un poco la pierna izquierda. Pasó una mirada aguda por la fila de oficiales y, canoso, seco, moteado, gritó sin ningún esfuerzo gracias a una larga práctica, como si hiciera restallar un látigo:

    —¡Señores oficiales!
    —¡¡Mi almiradier!! —atronó todo el corredor. El anciano torció el gesto, como si hubiera captado una nota desafinada, pero no dijo nada, hizo sonar solamente los yacimientos de oro que revestían su pecho y empezó a pasar revista. No sé cómo había ocurrido, pero me encontraba en la fila, el único civil entre los militares. Sorprendido, tal vez, por la mancha gris de mi traje, se detuvo frente a mí.

    «¡Es el momento! —me pasó por la cabeza—. ¡Caer a sus pies, confesar, suplicar!»

    No hice nada de todo esto; me limité a mirarle con una devoción extrema. El clavó en mi cara una mirada marcial, reflexionó, tintineó y preguntó:

    —¿Civil?
    —Sí, señor, civil, señor...
    —¿Sirves?
    —Sí, se...
    —¿Mujer, hijos?
    —Tengo el hon...
    —Bieeen... —dijo bondadosamente. Frunció el ceño, blanco y frondoso, moviendo la verruga bajo la nariz—. Un sabueso —musitó—. Un sabueso, se ve en seguida. Uno de los buenos..., hace su oficio... ¡A mí!

    Me llamó con un dedo de la mano enguantada de blanco que reposaba en su biricú, entre cordones y estrellas. Di un paso al frente, con el corazón en la garganta. Los guardaespaldas susurraron detrás, pero el de los hombros más anchos tosió la retreta. Ajusté el paso al del anciano, siguiéndole de cerca en medio de los murmullos del séquito, lleno de esperanza. Nos fuimos por el corredor. Junto a las puertas, los oficiales se ponían firmes, poniendo a prueba sus cervicales. Ante el Departamento de Imposición y Despojo de las Condecoraciones, nos esperaba su jefe, un coronel de edad avanzada, con sable. Dejamos atrás las Salas de Diplomacia, Exhumación, Lactancia, Tolerancia y Rehabilitación. El almiradier se detuvo delante de las dos últimas Salas, las de Degradación y Condecoración, y yo también, guardando una distancia respetuosa. El jefe del Departamento se precipitó a su encuentro.

    —¿Y bien? —susurró el almiradier en tono confidencial—. ¿Qué solemnidad es?
    —Una contrasolemnidad, mi almir...

    El resto de la frase fue murmurado junto a la oreja cerúlea del dignatario; se trataba del orden de la ceremonia: a mí oído llegaban solamente unos fragmentos de palabras: «cinco..., anear..., per..., fetear.»

    —¡Yyya! —pronunció firmemente el dignatario. Se dirigió a paso lento hacia la puerta de la Sala de Degradación y se detuvo en el umbral.
    —¡El sabueso! ¡A mí!

    Me puse a su lado de un salto. Él no se movía, rígido como una estatua. La cara se le puso severa y adusta se tocó las medallas y entró con paso marcial. Yo le seguí. Era una verdadera sala del trono, pero, al mismo tiempo, fúnebre. Los pliegues de crespón negro cubrían las paredes, cuerdas negras sostenían unos enormes espejos de cristal veneciano, casi opacos, que absorbían toda la luz de la sala; en los rincones se erguían, parecidas a catafalcos, placas de cristal grueso, enmarcadas en ébano; entre ellas, como unos ojos despavoridos, arrojaban destellos mortecinos unos grandes discos de metal plateado. En los espejos cóncavos, todo se agrandaba hasta la monstruosidad, mientras los convexos encogían la sala, reduciéndola a una miniatura. Entre aquellos testigos mudos de la contrasolemnidad que se preparaba, estaban de píe, sobre una alfombra esplendorosa, con diseños de serpientes y Judas, cinco oficiales en posición de firmes, vestidos de uniforme de gala, con charreteras, correajes y sables. Mortalmente pálidos, petrificados, sólo las estrellas de sus condecoraciones centelleaban y se estremecían sus cordones plateados.

    La magnificencia de su aspecto parecía desmentir lo que acababa de oír, pero comprendí en seguida mi error. El almiradier pasó delante de la fila una y otra vez, se detuvo en su extremo, y exclamó:

    —¡Infames!

    Se interrumpió, como si no estuviera satisfecho, y me ordenó con un gesto que apagara las luces altas. El centro de la sala se hundió en la penumbra, de la cual emergían, como fantasmas, los espejos. Retrocedió fuera del círculo de las luces bajas, pero era todavía peor. Volvió, pues, y aspiró profundamente el aire.

    —¡¡¡Infames!!! —les espetó y volvió a repetir—: ¡¡¡Infames!!! —se interrumpió otra vez, inseguro de si valía el primer grito, proferido a modo de ensayo, puesto que con tres bastaba; pero le rodeaba la cabeza la aureola plateada de las canas, las medallas tintinearon alentándole, así que tronó—: ¡¡Deshonra!! ¡¡Del uniforme!! ¡¡Canallas!! ¡¡Traidores!!

    Se le calentaba la sangre, pero refrenó su ira.

    —¡¡Las Banderas!! —invocó, venerable—. ¡¡El Deber!! —y—: ¡¡¡Degradación!!!

    Pensaba, cuando disparó aquella última terrible palabra, que en esto terminaría todo, pero él apenas había empezado. Se precipitó sobre el primero de la fila, se puso de puntillas y agarró la estrella, cuajada de brillantes, que el oficial llevaba sobre el pecho. Tiró de ella, primero con poca fuerza, como si quisiera desprender una pera madura; tal vez le diera pena la difamación de una condecoración tan alta; pero ya se le quedó en la mano, y no tuvo más remedio que seguir. Empezó a arrancar, como de un cadáver, las charreteras, los cordones, los distintivos, todo lo que podía. Saltó sobre el segundo; las costuras, debilitadas previamente por unos sastres que conocían su oficio, se soltaban con gran facilidad; tiraba al suelo los brillantes y el oro, los pisoteaba, los chafaba, y ellos, oscilando levemente bajo sus acometidas, pálidos como la muerte, bombeaban el pecho para facilitarle la tarea. Los espejos multiplicaban el reflejo de la noble ira del anciano y de la infamia de los traidores, prolongando hasta el infinito la fila de los humillados. El anciano, cansado, tomó un momento de reposo apoyándose en mi brazo antes de repartir bofetadas. Luego me ordenó romper en mi rodilla los sables. El hecho de que lo hiciera yo, un civil, aumentaba todavía más su vergüenza. Eran muy duros y me costó lo mío terminar con los cinco. En cuanto esto estuvo hecho, abandonamos la Sala de la Degradación y, atravesando la de las Condecoraciones, también llena de espejos, llegamos a una puerta tapizada de gamuza, con marco labrado, que un ayudante de plaza abrió de par en par ante nosotros.

    Entré detrás del almiradier y nos quedamos solos en el enorme despacho.

    En el centro había un escritorio con columnitas, grande como un castillo, con una butaca confortable detrás. De las paredes miraban, desde unos marcos dorados, los ojos del almiradier, llenos de autoridad y sabiduría. En cada retrato llevaba un uniforme distinto, todos de un lujo extremo. En un rincón cabalgaba sobre un corcel una estatua suya de mármol. El anciano se quitó el chacó y el sable, y me los entregó sin mirarme. Mientras yo buscaba con la mirada dónde dejar estos objetos incrustados de oro, que pesaban mucho, se desabrochó el cuello y el cinturón suspirando con alivio; finalmente se soltó también, sonriendo con un poco de timidez, el botón superior de los pantalones. Tratado con tanta familiaridad, pensé contestarle con otra sonrisa, pero consideré que sería demasiado atrevido. Él se sentó, tomando grandes precauciones, en el butacón, y se dedicó a respirar trabajosamente. Se me ocurrió que le ayudaría mucho quitándole el peso de oro del pecho, pero esto era, evidentemente, imposible. Muy envejecido desde que se había despojado del arma y del chacó, musitó:

    —Un sabueso..., je, je..., un agente secreto... —como si le divirtiera mi profesión supuesta o, tal vez, chocheaba ya un poco a pesar de su poderío. Sin embargo, me incliné por la suposición de que, viviendo siempre en uniforme, rodeado de gente uniformada, sentía una cierta simpatía hacia los civiles, que tenían para él el sabor de un fruto prohibido. Ya me disponía a contarle, de rodillas, todo lo que me había pasado, cuando volvió a decir—: Un sabueso, vaya con el sabueso...

    Esta vez su manera de llamarme me pareció menos agresiva, como si tratara de suavizar un poco la palabra. La pronunciaba en tono bonachón, chasqueando ligeramente la lengua, se tiraba de los dedos haciendo crujir las articulaciones, movía la cabeza con aprobación, pero se intuía en todo ello una inquietud oculta. Se tranquilizaba a sí mismo con una tosecita senil; sin embargo, su mirada se volvía más escurridiza. ¿Desconfiaría de mí? Tenía la impresión de que sospechaba algo.

    —¡Tú, sabueso! —barbotó.

    Me precipité, pero me detuvo, levantando las manos.

    —¡No! ¡No! ¡No te acerques tanto! ¡No me gusta...! ¡Canta, sabueso! ¡Canta lo que piensas! —gritó de repente. Comprendí: consciente de la omnipresencia de la traición, el sabio anciano me daba la orden de expresar mis pensamientos cantándolos en voz alta, para que no pudiese ocultarle nada.
    —¡Qué método tan extraordinario! —entoné la primera frase que se me vino a la boca. Luego ya fue fácil. Me indicó con una mirada un cajón lateral del escritorio, que saqué, cantando. Estaba lleno de tarritos y frascos que despedían un aroma a farmacia antigua. El anciano respiraba con menor dificultad, mirando con recelo cada botellita que le ponía delante. Me mandó rectificar con una regla la hilera de medicamentos y, enderezándose en la butaca con fuerte crujido de huesos, se quitó con la mayor delicadeza posible un guante y descubrió un dorso de la mano seco, lleno de venas, manchas y verrugas. Cortó mi canción con un gesto y me ordenó en voz baja darle primero una píldora de un tarrito dorado; le costó mucho tragarla, pero lo logró. Luego quiso que vertiera unas gotas en un poco de agua.
    —Son muy fuertes... —murmuró confidencialmente—. ¡Ve con cuidado! ¡No te equivoques! ¡No te equivocarás, ¿eh?!
    —¡Puede estar tranquilo, mi almiradier! —exclamé, conmovido por tanta confianza. Su mano senil temblaba mientras yo iba vertiendo las gotas de un frasquito violeta.
    —Una... dos... tres... cuatro... —contábamos ambos; a la dieciséis (al pronunciar este número me temblaron los dedos), chilló—: ¡Basta!

    ¿Por qué dieciséis? Me asusté. El también. Le puse el vaso en la mano.

    —Je, je... buen chico... un sabueso decente... —decía nerviosamente—. Tú, je, je... ¿qué quería decir?... prueba tú un poquito primero...

    Tomé un traguito de medicina. Después de esperar diez minutos con un cronómetro en su mano temblorosa, empezó a beber él. No fue nada fácil: los dientes le castañeteaban contra el cristal; le traje, pues, otro vaso con agua, donde los puso como una pulsera blanca, rota en dos, y apuró, con aire de victoria, el líquido saludable. Le sostuve la mano para ayudarle; los huesos se movían en ella como unas piedrecitas en una bolsa de cuero. Tuve un miedo atroz de que se me pusiera enfermo.

    —Mi almiradier... —murmuré—, ¿permite que le exponga mi problema?

    Ocultó los cansados ojos tras los párpados, e inmóvil en la butaca, se fue encogiendo poco a poco en sí mismo. Mientras escuchaba en silencio mi relato febril, su mano se tendió hacia mí; comprendí que tenía que quitarle el otro guante. La puso, ya desnuda, sobre la otra, tosió con mucha delicadeza, escuchando con atención los gorgoteos de su pecho. Yo hablaba sin parar, desplegando ante él el embrollado cuadro de mis tormentos, convencido de que, gracias a su avanzada edad y larga experiencia era accesible a las debilidades humanas, o que, por lo menos, podía comprenderlas. Su cara, cubierta de manchas oscuras (debía de padecer del hígado), parecía pequeña entre las grandes orejas de color de cera que, para un espíritu vulgar, podían sugerir una asociación de ideas con un extraño aparato volador. Para mí, su vetustez y decrepitud eran dignas de respeto y piedad filial, ya que todas estas manchas, verrugas y excrecencias (sobre todo la del cráneo, grande como un huevo), eran otras tantas heridas, sufridas en la lucha contra el tiempo implacable.

    Deseando que mi confesión estuviera desprovista de todo servilismo, me senté al lado del escritorio y le narré la historia de mis errores, torpezas y derrotas con una sinceridad absoluta. Él estaba de acuerdo en todo, alentándome con su respiración tranquila y acompasada; sus ojos seguían cerrados para no intimidarme, una sonrisa amistosa distendía de vez en cuando sus labios, entreabiertos por la intensidad de su atención. Estaba terminando ya mi relato, inclinado hacia él, apoyado de codo en el escritorio, pero él aceptó con indulgencia este exceso de familiaridad. Lleno de las mejores esperanzas, emocionado por mis propias palabras, pregunté al final, en una voz vibrante de súplica apasionada:

    —¿Me ayudará? ¿Qué debo hacer, mi almiradier?

    Al cabo de un rato de silencio que no me atreví a romper para darle tiempo de reflexionar más profundamente, volví a repetir mi pregunta:

    —¿Qué debo hacer ahora?

    No me contestó, pero seguía moviendo la cabeza, como si quisiera estimular más todavía mi confianza. No podía ver su cara, vuelta hacia otro lado (¿estaría avergonzado por la manera con que se me trataba en el Edificio y por su parte de responsabilidad que su cargo implicaba?), solamente advertía los acompasados destellos de sus pequeños lentes, enmarcados en finísimo hilo de oro para que no pesaran a su ancianidad, cansada pero aún imprescindible.

    Reteniendo el aliento, me acerqué más todavía para deducir algo de su expresión... y se me cayó el alma a los pies. Estaba durmiendo. Había estado dormido todo aquel tiempo; le habían ido bien las gotas que le había administrado. Desde que dejé de molestarle con el ruido de mi voz, su sueño se hizo más profundo, empezó a emitir unos silbidos agudos, unos ronquidos que se interrumpían y volvían a sonar, cada vez más firmes y decididos; entre los ecos del tumulto de una caza lejana tronaba la música de cuernos, ladridos de la jauría, balidos de animales heridos de muerte, de vez en cuando un disparo cortaba el concierto, imponía el silencio, hasta que de nuevo un alalí de las trompas diera la señal de que la caza no había terminado. Yo, subyugado por el despliegue de riqueza de aquella gama de sonidos viriles, me levanté a medias de la silla y me incliné para observar de cerca todas aquellas manchas, excrecencias, la multitud de verrugas, algunas blandas, otras secas y planas (las había también con una especie de cresta de gallo), pelos en las orejas, otros, más recios, en la nariz: una proliferación gallarda, tan en desacuerdo con la delicadeza senil, tan invasora...

    Ya me había dado cuenta antes de hasta qué punto el uniforme era su refugio y fortaleza, de cómo, al desabrocharlo imprudentemente, había deteriorado la integridad de su persona. De cerca, la cosa era peor todavía... ¡No por nada exigía que se le hablara de lejos, a distancia! Por un lado, silbidos, ronquidos, jadeos, por otro, una proliferación periférica intensiva, una invasión alevosa e incontrolable como un trabajo de topo. ¿Sería una locura de la piel, sueños de un renacimiento tardío? ¿Una actividad autógena encima de unas venas calcificadas? No lo sé. Creo que era, más bien, una rebelión, un pronunciamiento, un pánico en las provincias del organismo, un intento de escapar, de dispersarse, una huida solapada en todas las direcciones. ¡Con qué disimulo crecían las verrugas, se alargaban las excrecencias y las uñas, deseando alejarse a todo coste de la progenitura fatigada! ¿Para qué? ¿Para evitar, por separado, lo inevitable?

    ¡Qué falta de formalidad! ¡Permitirse, todo un almiradier, unos caprichos incoherentes para perdurar disimuladamente, para multiplicarse en unas vulgares verrugas!

    Volví a pensar en mi situación. El anciano, era evidente, no podía ayudarme. El mismo necesitaba ayuda. Sin embargo, si no podía darme una solución, un indicio, ¿tal vez iba yo por un camino falso? ¿Tal vez él mismo era un indicio, una señal?

    Me extrañó enormemente mi propia idea. Me dediqué, pues, a contemplarle de nuevo detenidamente.

    No cabía duda: sus quistes, granos y protuberancias le colocaban fuera de los límites de la decencia; criaba unos frutos extraoficiales, se multiplicaba, disimulaba su propio color bajo el de sus manchitas, trozos de su piel se convertían en callos o en alas de insectos, un lunar bajo el ojo tenía un engañoso matiz rosado, fingiendo que nacían en él unas fuerzas nuevas... ¡Era una verdadera vergüenza!

    Todas aquellas pretensiones quiméricas y autónomas, toda aquella manía de la búsqueda de una expresión nueva, de unas formas hasta ahora desconocidas, fracasaban ante la falta de inventiva y esterilidad de ideas, produciendo solamente unos tubérculos vergonzosos, plagios de formas vegetales, imitaciones de setas e incluso figuras de aves. Llamando las cosas por su nombre, diríamos que eran, sencillamente, actos de piratería.

    ¡Y si fuera sólo esto! ¡Pero no, había cosas más graves! ¡¡De hecho, era el abandono de las posiciones, una deserción, una traición!! ¡Era increíble esta insistencia maniática, esta terquedad insensata, esta cosecha enana, fertilizada por el sudor mortal de un anciano! Tenía ante mí, ¡oh infamia!, una burla sangrienta de la venerabilidad de un futuro despojo mortal, merecedor del más grande respeto.

    ¿Podía seguir dudando? No era una alusión ni sugerencia, sino una respuesta, concreta y repulsiva, a mis explicaciones, a mis intentos de salir indemne de las dificultades, expresada con el acompañamiento sarcástico de silbidos y ronquidos...

    Me senté, anonadado. No valía la pena preguntarse quién hablaba: él, por sí mismo, o ellos a través de él, porque era la misma cosa. El jefe representaba el Edificio, y el Edificio al jefe. ¡Un verdadero trabajo de precisión que sabía convertir un óbito próximo y sus signos precursores en un artículo de ley!

    A pesar de reconocerlas, no podía admirar esas sutilezas, tanto más que, contrariamente a mi primera impresión, comprendí al recuperar la serenidad cuán lejos me encontraba todavía de una solución definitiva. Se me había dado a entender que se sabía todo de mis pecadillos, subterfugios y usurpaciones, e incluso de mis amagos de traición; pero el almiradier, dormido, me lo había comunicado cerrando los ojos, y la noticia en él cifrada era un aplazamiento y no una condena despiadada. Me comunicaba, sencillamente, que mi hora no había llegado todavía.

    Yo, imbécil, creía que, o cortaría aquel nudo gordiano, o me asfixiaría con él, limpio de toda culpa e inmaculado como la nieve, o bien sentenciado a muerte, como si mi destino fuera poseer una estatua, erigida delante de este o aquel Edificio... ¡Ojalá irrumpieran ahora mismo en este despacho unos guardianes para atraparme, encerrarme definir quién soy!... Pero sabía de sobra que no vendrían; encadenarme sería un anacronismo... Ellos, a su vez, sabían que no iba a quedarme velando el sueño del anciano, sino que, habiéndome percatado de lo que me anunciaba, seguiría mi camino solitario como un perro enfermo...

    Me empezó a embargar la ira. Me levanté y me paseé por el despacho hollando la lujosa alfombra a paso rápido. No me molestaba la presencia del almiradier, encogido en el fondo de la butaca, tan diferente de los retratos, llenos de vigor, que me miraban imperiosamente desde todas las paredes. Mi vista saltaba de un objeto a otro, de los costosos muebles a sedas, brocados y cuadros, hasta que se detuvo en el escritorio. Me sofocaba la sensación de ser un personaje neutro, sin relieve, sin méritos ni delitos graves; deseaba con ardor llamar la atención, elevarme a gran altura, o caer en el abismo, destacarme, aunque fuera por una derrota definitiva, por algún crimen monstruoso...

    Me acerqué a pasos contados al escritorio, erizado de cierres y cerrojos. Me arrodillé ante los cajones y tiré del aro de cobre de la cerradura. El cajón rebosaba de cajitas de cartón y fajos de recetas... «tres cucharaditas al día»... Abrí una caja de metal labrado, pero estaba también llena de píldoras. En el cajón siguiente, lo mismo. Por lo visto, aquel lado servía al anciano de farmacia. Recordé entonces que el almiradier había dejado encima del escritorio un manojo de llaves. No estaba equivocado: empecé a buscar las que correspondían a los cierres. ¡Esto, desde luego, no podía estar previsto! ¡No podían haber presentido que sería capaz de registrar con perfidia unos escondrijos secretos en la presencia de un jerarca, aunque estuviera durmiendo! «Me estoy hundiendo yo mismo —pensaba—, me estoy enterrando vivo, aquí ya no habrá justificación que valga.» Con manos temblorosas iba sacando caja tras caja, paquetes atados con cordeles, desgarraba los envoltorios para ver qué contenían, el papel crujía peligrosamente, pero ya me daba lo mismo. ¡Qué terrible decepción! Todo lo que vi fueron otros frascos, tarros de pomada, gotas, tranquilizantes, vendas, plantillas para pies planos, fajas para herniados, polvos que me irritaban la nariz, almohaditas, alfileres, algodón, una caja de metal llena de cuentagotas; en el fondo de todo algo brillaba enigmáticamente: era una lavativa. No había nada más. ¡No podía ser! ¡No era verdad! ¡¡Tenía que ser un camuflaje!! ¡¡¡Un camuflaje!!! Me abalancé sobre otros cajones como un tigre que huele la sangre. Tiré de las empuñaduras, golpeé los listones, hasta que uno cedió. Oí, con el corazón en la garganta, el chasquido de un resorte secreto. Dentro, en un cajoncito blindado, encontré una bellota, una ramita seca, una piedrecita moteada, un pétalo de flor y, ¡por fin!, un pequeño paquete sellado. Me inquietó un poco su reducido tamaño, pero desgarré el papel. Se desparramaron unas estampitas de color, como las que contienen algunas marcas de chocolate. ¡¿Y qué más?! ¡¿Qué más?! Nada...

    Las miré, en cuclillas, una por una, en medio de los ronquidos del anciano. Eran unas fotos de animales: asno, cebra, búfalo, mandril, hiena, elefante y un huevo de pájaro. ¿Qué significaba el asno? ¿Que yo era burro? No podía ser... ¿Y el elefante? Torpe, tosco. ¿La hiena? Las hienas comen carroña..., un cadáver, un cadáver que pronto habrá, el desierto, ¿sería posible? El mandril se comprendía muy bien: es un mono, los monos remedan, fingen, hacen muecas... Puesto que pusieron allí estas estampas alusivas, habían previsto que forzaría el escritorio sin escrúpulos, lo habían previsto todo. Pero ¿y el huevo? ¿Qué significaba el huevo?

    Miré el otro lado de la foto. Era un huevo de cuco: ¡Representaba el subterfugio, la traición, la falsedad! ¡¿Qué debía hacer?! ¡¿Qué posibilidad me quedaba?! ¿Echarme sobre el anciano, asesinarlo? Pero ¿cómo hacerlo ante todas esas botellitas, ramitas y piedrecitas? ¿Cómo atacar a un viejo inerme? Y todas aquellas verrugas... No podría...

    —Pi, pi... —silbó por la nariz, sopló, gimió y terminó con un trino finísimo, como si tuviera dentro un ruiseñor pequeño y tierno...

    Era el fin. Rápidamente, de cualquier manera, eché a los cajones todas las cajas y papeles, sacudí el polvo de mis rodillas y, evitando pisar los aromáticos charcos de las medicinas derramadas, me senté en la silla, no para reflexionar y planear lo que debía hacer, sino porque me abandonaron de súbito todas las fuerzas.


    VII


    NO SÉ CUÁNTO TIEMPO ESTUVE ALLÍ SENTADO. El anciano con el uniforme desabrochado se movía de vez en cuando en sueños, pero esto no me sacaba de mi inercia. Varias veces me levanté y fui a ver a Erms, pero sólo en la imaginación, porque en realidad no moví ni un dedo. Tenía ganas de quedarme allí, de no hacer nada: por fin hubieran tenido que ocuparse de mí, pero recordé las largas horas de la espantosa espera en la secretaría. Aquí podía pasar lo mismo.

    Me levanté, pues, recogí mis papeles y me dirigí al despacho de Erms. Estaba sentado tras su escritorio, apuntando algo en las actas y removiendo torpemente el té con la mano izquierda, sin mirar. Cuando entré, levantó sus ojos azules, que brillaron de alegría al verme mientras sus labios pronunciaban, todavía sin voz, unas palabras del texto que estaba leyendo; parecía divertirse con cualquier cosa, como un cachorro (un cachorro... un cachorro... ¿tendría un sentido oculto esta palabra?). No pude seguir preguntándomelo, porque él exclamó con júbilo:

    —¡¿Usted?! ¡Cuánto ha tardado! ¡Pensaba que se había perdido! ¡¿Dónde estuvo todo este tiempo?!
    —En el despacho del almiradier —musité, sentándome frente a él. No lo dije con ninguna intención especial, pero él debió de entenderlo a su manera, porque ladeó la cabeza con un respeto fingido.
    —Vaya —dijo, muy satisfecho—, vaya, hombre. No ha perdido el tiempo. Estoy orgulloso de usted.
    —¡No, por favor, comandante! —casi grité, levantándome a medias de la silla— . ¡No necesito que me diga estas cosas!
    —¿Por qué? —preguntó, sorprendido, pero le corté. Se abrieron en mí unas compuertas de elocuencia, hablé rápidamente, tartamudeando un poco, sin interrupciones, de mis primeros pasos en el Edificio, del jefe supremo y sus aparatos, de las sospechas que ya entonces nacían en mí sin que lo supiera y, apoderándose de mí como unos microbios, emponzoñaban mis actividades ulteriores; le conté cómo crecieron en mi mente, cómo llegué a considerar que eran mi destino ineludible, dispuesto ya a aceptar el papel terrible, impuesto por el miedo y por las circunstancias, de un inocente sentenciado sin haber cometido el crimen; pero cómo incluso esto me fue negado, cómo se me dejaba a mí mismo, sin ayuda, al menos en apariencia, y cómo iba de puerta en puerta, de puerta en puerta, con todo aquel peso absurdo encima, del que nadie quería librarme... Dije tantas cosas, hablé tanto tiempo, que hubiera debido conseguir algo, pero no conseguía nada... Yo —repetía— de mí, para mí, por mí, me embrollaba, sintiendo la debilidad de mis aseveraciones: les faltaba algo, no eran convincentes, hasta que, inspirado más bien por mi lengua que por mis ideas, emprendí un análisis general del problema. Dije que, si tenía que servir para algo, para cualquier cosa, sin pretensiones, ni ambición, no era bueno destruir hasta este punto mi moral. ¿Qué provecho sacaría el Edificio, si me deshiciera, si anulara todas mis facultades? ¡Ninguno! Entonces, ¿para qué todo esto? ¿De verdad no era todavía la hora de entregarme, mejor dicho, de devolverme las instrucciones, darme a conocer la naturaleza de mi Misión, cualquiera que fuera?; y yo, por mi parte, manifiesto: procuraré con todas las fuerzas, lealmente, con toda la responsabilidad...

    Desgraciadamente, mi discurso, caótico al principio, no mejoró nada hacia el final y, jadeante, con nervios deshechos, me callé inopinadamente a la mitad de la frase, ante la mirada reprobatoria de aquellos ojos azules. Erms bajó la vista, revolvió su té, jugó, demasiado rato con la cucharita, como si no supiera qué hacer con ella: ¡Estaba avergonzado, avergonzado por mí!

    —Verdaderamente, no sé —empezó a decir en un tono amistoso y cordial que, mientras hablaba, se volvía cada vez más severo—, no sé qué hacer con usted. ¡Estas autoacusaciones! ¡Esta falta de formalidad! ¡Registrar los cajones, jugando con medicamentos y cromos!... Me sorprende usted. ¡Todo esto es un absurdo! ¡Se ha imaginado Dios sabe qué!

    A pesar de su brusquedad, yo, decidido a no salir de allí sin unos resultados concretos, le espeté:

    —¿Y las instrucciones? ¡¿Por qué no me las explicó?! ¡Prandtl ni siquiera quiso hablarme de ellas! Además... además me las robó y...
    —¡¿Qué está diciendo?!
    —No digo que haya sido él mismo. Estaba allí aquel oficial gordo... pero Prandtl lo sabía, estoy convencido.
    —¡Convencido! ¡Esta sí que es buena! ¡¿Y las pruebas?! ¡¿Posee usted las pruebas?!
    —No tengo pruebas —confesé, pero en seguida volví al ataque—: Si usted es sincero y quiere ayudarme, dígame, es lo único que le pido, qué decían mis instrucciones; ¡no sé nada, ni una sola palabra!

    Le estaba mirando intensamente a los ojos, para que no pudiera bajarlos ni desviar, él también me miraba a mí, me miraba hasta que se estremecieron sus labios, se distendieron: Erms soltó una alegre carcajada.

    —¡¿Así que se trata de eso?! — exclamó—. ¡Querido amigo! Las instrucciones... ¡Pero si no me las sé de memoria! No quiero engañarle. No me acuerdo, sencillamente, no me acuerdo, ¡tengo tantas! ¡Mire, mire las que hay aquí! —decía, levantando montones de hojas sujetadas con grapas, agitándolas ante mis ojos y volviendo a tirarlas sobre la mesa—. ¿Usted sería capaz de recordar todo lo que hay aquí? ¿A qué no? Diga, diga usted mismo si tengo razón.
    —¡No! —dije con firmeza, sin levantar la voz—. ¡No le creo! ¿Usted afirma que no recuerda nada? ¿Ni una palabra? ¿Ni una idea general? ¿Nada? ¡¡Pues... yo... no le creo!!

    Después de haberle espetado esto, me callé asustado, sin aliento, porque era el último hombre con el que todavía contaba, era mi última esperanza, no sé por qué, ni cómo. Si cediera bajo mi presión, confesando que su comportamiento estaba dictado por órdenes superiores, que él no era Erms, un muchacho rubio de mirada bondadosa, sino un mero engranaje del Edificio, entonces... entonces sólo me quedaría el cuarto de baño del piso superior...

    Erms tardó bastante en tomar la palabra. Se frotó la frente, se rascó detrás de la oreja, suspiró y, finalmente, lijo:

    —Usted ha perdido las instrucciones. Esto sí, es un lecho concreto, sujeto a sanciones disciplinarias. Aunque no quiera, tengo que entablar la causa. Pero no tiene mayor importancia, siempre y cuando —me echó una mirada escrutadora— no haya salido del Edificio. ¿Estuvo aquí todo el tiempo?
    —Sí.
    —¡Gracias a Dios! —respiró—. En este caso, será sólo una formalidad. Lo arreglaremos después. En cuanto a sus últimas palabras, no las he oído, ¿me comprende? No estaría nada bien, si tuviera... si pudiera ofenderme cualquier frase, dictada por el nerviosismo, de un colaborador valioso. Sería la prueba de que éste — golpeó la mesa con el puño— no es mi sitio. Usted no cree en mi cordialidad. Se pregunta por qué le tengo simpatía. Efectivamente, nos conocemos poco y... en su situación... Pero las cosas no son así. Fíjese bien en lo que voy a decirle: yo no soy solamente un funcionario con la nariz metida en estos desgraciados papelotes —les asestó un puñetazo que por poco vuelan—, un burócrata estrecho de miras, sino, y sobre todo, una estación terminal, un puerto del cual salen nuestros mejores hombres hacia allá. Supongo que no tengo que contarle, a usted, distinguido con una Misión Especial, lo que allá le espera... Así que, aunque no le conozco, aunque no tenemos ninguna relación privada, sé, estoy seguro, a causa del honor que le fue concedido (una Misión de esta clase no se confía a cualquiera), que usted merece respeto, confianza, cordialidad, tanto más que no son unos fines personales los que le van a privar durante un tiempo indefinido de estos sentimientos y exponerle a graves peligros... ¡Sería el peor de los canallas si no procurara, en esta situación, ayudarle en la medida de mis fuerzas, no sólo en lo que implican mis funciones oficiales, sino en todos los aspectos y asuntos! Usted se enfada porque no recuerdo el contenido de sus instrucciones. Y, tal vez, con razón. Yo, de verdad (y no me quiero justificar por el sinfín de cosas de que debo ocuparme), tengo mala memoria. Pero mis superiores no me lo reprochan, porque en nuestra profesión no es bueno recordar demasiadas cosas. Por ejemplo, pongamos por caso que usted se va para cumplir la Misión, y yo, sin querer, en sueños o por distracción, menciono un detalle, aparentemente inocuo que, transmitido allá, puede causar su perdición. ¡Su perdición, ¿lo comprende?! ¡¿No es, pues, mejor que, en vez de controlarme sin cesar (ya lo hago de todos modos), lo olvide todo en seguida?! Por otra parte (no lo digo para molestarle), no es frecuente que se pierda una cosa tan importante, tan esencial, como unas instrucciones; no puedo, por tanto, estar preparado para esos extremos... Le pido, pues, que no me guarde rencor. El procedimiento se tendrá que entablar, es inevitable, pero lo más importante es que usted arroje lejos de su mente esas sospechas infundadas...
    —Bien —dije—, le comprendo o, por lo menos, trato de comprenderle. Pero ¿cómo recuperaré las instrucciones? ¡Debe existir un original!
    —¡Naturalmente! —dijo, apartando de su frente los rubios mechones con un gesto característico suyo—. Naturalmente, existe, en la caja fuerte del jefe supremo. Pero, para obtenerlo, hay que disponer de un permiso especial; se da cuenta, ¿verdad? No es cosa de cinco minutos. Así y todo, lo haremos cuanto antes —añadió rápidamente, como si quisiera tranquilizarme.
    —Se lo ruego. ¿Podría dejar esto aquí, o sea, depositarlo en su despacho? — pregunté, poniendo sobre el escritorio la carpeta que llevaba conmigo.
    —¿Qué es eso?
    —¿No se lo he dicho? La carpeta que me dieron en vez de la mía.
    —¡Otra vez con la misma historia! —exclamó, moviendo la cabeza—. No sé si no debería enviarle al Departamento Médico...

    Desató, diciendo esto, los cordeles y contempló, con una expresión extraña, las dos hojas cosidas con hilo blanco, puestas encima de las otras.

    —-Fiu... fiu... —silbó entre dientes. Levantó hacia mí su mirada azul y dijo:
    —¿Permite que le deje solo un momento? Un minutito exactamente...

    No protesté, contento de que se llevaba unos documentos que me comprometían. Pasó a un cuarto de al lado, sin ni siquiera cerrar la puerta tras de sí; oí que arrastraba una silla, después hubo un silencio que sólo interrumpieron unos levísimos crujidos. Me levanté y me acerqué con cautela a la puerta entornada.

    Erms estaba sentado ante una mesita, de espaldas a mí, copiando con suma atención el plano del Edificio. Estupefacto, traspasé el umbral. El suelo crujió bajo mi pie. Erms volvió la cabeza, me vio en la puerta, y el estremecimiento que le había crispado la cara se trocó en una amplia sonrisa.

    —Ya está —dijo, levantándose—, no quise cometer la incorrección de trabajar en su presencia, y por eso...

    Tiró la copia del plano sobre la mesa ostentando una indiferencia exagerada y me tendió el original.

    —Pero si yo quería dejarlo aquí —barboteé, sin saber qué debía pensar de toda esta escena.
    —¿Y a mí, de qué me sirve? Deposítelo en la Sección del Registro del Departamento de Trámites. De todos modos tiene que ir allí para hacer la declaración sobre la pérdida de las Instrucciones. Si no hubiera la obligación de hacer estas cosas personalmente, se lo arreglaría yo, naturalmente...

    Volvimos al despacho y nos sentamos, él tras el escritorio, yo frente a él.

    —¿Qué haremos respecto al original de las instrucciones? ¿Debo esperar el final del procedimiento disciplinario? —tomé la palabra primero y, sin esperar la contestación, añadí en el mismo tono, sorprendiéndome a mí mismo—: ¿Por qué ha copiado el plano?
    —¿Copiarlo? —Erms negó con la cabeza, sonriendo—. Se equivoca usted. Sólo quería comprobar su autenticidad, comparándolo con uno verdadero. Circulan tantas falsificaciones, usted lo sabe...

    Quise gritar: ¡No es cierto! ¡Lo he visto muy bien! ¡Usted lo ha copiado!; pero dije solamente:

    —¿Ah, sí? Y qué, ¿es bueno?
    —De hecho, no debería decírselo, pero... —se inclinó hacia mí con una sonrisa traviesa—. En algunos sitios es correcto, en cambio las alas segunda y tercera no concuerdan... no lo repita a nadie, por favor. ¿Me lo promete?
    —¡Desde luego! —contesté. Me había levantado ya para despedirme, cuando se acordó de que tenía para mí los vales para las comidas. Se puso a buscarlos palpándose los bolsillos e insultándose a sí mismo.
    —Dónde los he metido, demonios... ¡Qué birria de cabeza! ¡No hay otra igual! —repetía con rabia en voz baja, tirando sobre el escritorio todo lo que llevaba en los bolsillos: advertí que él también tenía una piedrecita moteada, plana, recogida seguramente en una playa...

    Le estaba mirando, las manos apoyadas en el respaldo de la silla. ¿Era cierto lo que acababa de decirme? ¡Con mis propios ojos había visto que no comparaba el plano con otro, sino que lo copiaba! ¡Podría jurarlo! ¿Qué debía pensar de él, pues? ¿Para qué necesitaba la copia de un plano secreto?

    ¡El jefe del Departamento de Instrucciones que trabaja al mismo tiempo para... absurdo! ¡Una imbecilidad mía! Demasiadas veces llevaba ya rebasando los límites de una desconfianza anormal: ¿acaso no olía a desequilibrio mental la escena que representé para mí solo en el despacho del almiradier, al tomar el sueño, muy normal en un anciano cansado, los desperfectos causados en él por la vejez, y hasta unos inocentes cromos de chocolate, por las pavorosas garras de una mafia omnipotente que iban a apresarme? Sin embargo, Erms había copiado de verdad el plano que, según sus propias palabras, no tenía nada que ver con su Departamento, hasta tal punto que no quiso guardarlo cuando se lo ofrecí... Pero ¿por qué no cerró la puerta para hacerlo? ¿Tanto se fiaría de mi ingenuidad boba y de mi falta de experiencia que se entregaba a mis manos sin temor alguno? Hubiera sido muy arriesgado, a menos que...

    «A menos que te tomara por un cómplice», resonó una voz en mi cabeza, tan fuerte que temí que pudiera oírla él. En el mismo momento, Erms exclamó con júbilo, extrayendo de su cartera de bolsillo unos vales plegados en cuatro:

    —¡Aquí están, por fin! Vaya ahora al 1116, a los Trámites, para entregar los papeles y prestar la declaración sobre la pérdida de las instrucciones; les llamaré desde aquí para prevenirles; hágame solamente el favor de ir allí directamente y no extraviarse por el camino —bromeó, acompañándome a la puerta.

    No reaccioné, pasivo, tan aturdido por los pensamientos que me hervían bajo el cráneo, que no fui capaz de pronunciar unas palabras de despedida. Ya me había alejado un poco, cuando se asomó por la puerta y gritó:

    —¡Pásese luego por aquí!

    Proseguí el camino. Si me creyera cómplice suyo, no tendría miedo, claro está, de que le traicionara. Aunque poco versado en los mecanismos del espionaje, sabía que los agentes que actúan en los territorios limítrofes no se conocen entre ellos, gracias a lo cual disminuye la posibilidad de descubrimiento de toda una red de organización secreta. Al corriente de mi designación y, al mismo tiempo, de todos los cargos que contra mí se acumulaban, Erms podía tomarme por uno de esos agentes, sin tener prisa, por las razones que acabo de mencionar, de quitarse el antifaz él mismo. Una sola cosa no cuadraba en mis cálculos: si él fuera realmente un emisario del enemigo, una pieza falsa en el alto cargo de jefe del Departamento de Instrucciones, me hubiera puesto en guardia, como a uno de los suyos, a un protagonista independiente de la misma causa, en vez de inducirme a errores, de engañarme...

    ¡Alto ahí! Me detuve de súbito, tan ensimismado que apenas veía nada de lo que me rodeaba. ¿No cometía un error esencial, pensando cómo pensaba? ¿Acaso existía una solidaridad de los agentes, hombres a sueldo en el fondo, sin escrúpulos excesivos? ¿No me sacrificaría Erms, sin un momento de vacilación, aunque lucháramos por la misma causa, si esto le proporcionara un éxito, o tan sólo un paso adelante en el cometido que le fue confiado?

    Sí, no cabía duda. ¿Qué podía hacer? ¿Adónde ir? ¿A quién apelar? De repente noté que no llevaba nada en las manos: había olvidado el libro y los papeles en el despacho de Erms. Era un buen pretexto para volver. Desanduve, pues, el camino, tratando de lucir una expresión distraída y despreocupada; atravesé la secretaría y, sin llamar, abrí la puerta.

    ¡Aunque lo hubiera pensado cien años, no habría adivinado en qué estaría ocupado!

    ¡Sentado cómodamente en una silla inclinada hacia atrás golpeaba rítmicamente la taza con la cucharilla, y... cantaba!

    ¡Debía de tener buenos motivos para estar tan contento! ¡No en vano había copiado el plano!, me pasó por la cabeza. Erms dejó de cantar y dijo con gran naturalidad, riéndose a carcajadas:

    —¡Me ha cogido! ¡¿Qué le vamos a hacer?! ¡Estaba holgazaneando, es cierto! ¡Uno hace lo que puede para que no le esclavice el papeleo! Viene a buscar el libro, ¿verdad? Aquí lo tiene. Es usted digno de admiración... estudiando incluso en las salas de espera... los papeles también —se levantó para entregármelos.

    Le di las gracias con un gesto de cabeza y, cerca ya de la puerta, me volví y le dije por encima del hombro:

    —Señor Erms...

    Era la primera vez que le llamaba así; hasta ahora, me dirigía siempre a él nombrando su grado: comandante. La sonrisa se borró de su cara.

    —Dígame.
    —Toda nuestra conversación era cifrada, ¿verdad?
    —Pero...
    —Era un cifrado... —repetí tercamente y creo que incluso logré sonreír—. ¿Verdad? ¡¡Todo, todo fue cifrado!!

    Le dejé así, boquiabierto tras su escritorio, y salí, cerrando la puerta sin ruido.


    VIII


    SE ALEJABA DE ALLÍ CASI A LA CARRERA, como si temiera que me perseguiría. ¿Por qué se lo dije? ¿Quería asustarle? Hubiera podido ahorrarme el trabajo. ¿Cómo me tendría miedo a mí, enmarañado en unas redes inextricables, que él y sus pares manejaban a su antojo? Sea como fuere, mi moral volvió a levantarse. ¿Por qué? Reflexionando sobre esta pregunta, llegué a la conclusión de que se lo debía a Erms. El provocó un cambio en mí, no con su vana palabrería, naturalmente, sino con su cordialidad y atención fingidas que tomé en serio un momento, sólo porque tanto las necesitaba, sino gracias a la escena que había observado desde la puerta. Mi razonamiento me decía que si él, ocupando un cargo tan alto, podía ser un agente de aquéllos, esto significaba que era posible engañar y buscar al Edificio en sus centros más neurálgicos, o sea, que toda su infalibilidad y omnisciencia sólo existían en mi imaginación. Este descubrimiento abría ante mí unas perspectivas inesperadas.

    A la mitad del camino hacia el Departamento de Trámites, cambié de pronto de parecer. Fue Erms quien me había enviado allí. Puesto que deseaban que fuera a aquel sitio, debía hacer algo diferente y escapar del círculo embrujado de actuaciones previstas para mí de antemano. Pero ¿adónde podría ir? A ninguna parte, y él lo sabía. Quedaba sólo el cuarto de baño. Al fin y al cabo, no era un sitio tan malo. Allí, en silencio y soledad, podía reflexionar, analizar los acontecimientos, tan numerosos, podía intentar ordenarlos en un conjunto coherente, estudiarlos desde un punto de vista nuevo, y, finalmente, afeitarme. Mi barba desaliñada me diferenciaba demasiado de todos los funcionarios del Edificio, que, seguramente aleccionados, fingían no verla.

    Subí en un ascensor al baño donde había encontrado la navaja y volví abajo, «a mi casa», como solía llamar aquel sitio cuando pensaba en él. Ante la puerta de mi cuarto de baño me pareció recordar que, cuando salí de él la primera vez, Erms mencionó la necesidad de afeitarse. ¿Habría previsto también esta alternativa? Estuve un buen rato allí, mirando la puerta como un sonámbulo. ¿Entrar? ¿No entrar? ¡Pero, de esto, de verdad, no dependía nada! Tanto más que podía quedarme el tiempo que se me antojara en este refugio. ¡Nadie me lo podía dictar!

    Entré, pues, seguro de no encontrar a nadie, como otras veces. El vestíbulo, con una entrada lateral a los retretes, estaba alumbrado con una bombilla diferente, más fuerte, pero tal vez fuera una ilusión óptica. Abrí la puerta del baño y la volví a cerrar inmediatamente: había alguien dentro. Un hombre estaba acostado en el suelo, en el mismo sitio que yo antes, junto a la bañera, con una toalla debajo de la cabeza. Mi primer impulso fue batirme en retirada, pero no lo obedecí. «Han previsto que huiría — pensé—, lo que sería de lo más natural; en vista de esto, entraré y me quedaré.»

    Así lo hice. Me acerqué al durmiente de puntillas, pero, aunque di un traspié ruidoso en el umbral, ni siquiera se movió. Dormía como un lirón. Le estaba mirando desde la cabeza, que reposaba a un metro de mis pies, así que aun si le hubiera visto antes, no habría podido reconocerle. Por otra parte, no parecía pertenecer al Edificio. Vestía de paisano, en mangas de camisa, con la chaqueta puesta encima como una manta; se había descalzado, dejando los zapatos junto a sus pies. Sobre la camisa rayada, no demasiado limpia en los puños, llevaba un jersey delgado; se había metido una mano, envuelta en la toalla, bajo la cabeza y, con las rodillas encogidas, respiraba tranquila y acompasadamente.

    «¿Qué importa? —pensé—. Hay otros cuartos de baño. Puedo trasladarme adonde me plazca.» Me lo decía para serenarme; lo del traslado era ridículo: salvo mi propia persona, no tenía otro bagaje.

    Decidí aprovechar su sueño para afeitarme; esto sí que no podía tener nada de sospechoso o prohibido.

    Puse la navaja en un estante junto al espejo y, por encima del durmiente, cogí el jabón de una jabonera de la bañera. Al abrir el grifo de agua caliente, le miré de reojo para ver si no le había despertado el ruido del chorro. Viendo que seguía tan tranquilo, me volví hacia el espejo. Mi cara tenía de veras un aspecto muy desagradable, como la de un condenado a galeras. La barba la oscurecía y la hacía más pequeña; tres o cuatro días más, y se la comería hasta más arriba de la boca. La tarea de enjabonarme fue harto difícil, ya que tuve que hacerlo sin brocha; en cambio la navaja resultó estar afilada a la perfección. El hombre dormido no me molestaba en absoluto, así que pude dar rienda suelta a las cavilaciones (el afeitado siempre ayuda mucho a pensar) sobre mi suerte, tan adversa.

    Empecé por el principio: el encuentro con el general Kashenblade terminó con la adjudicación de la Misión; después de la visita de las colecciones fue detenido el oficial que me acompañaba, luego desapareció el segundo, dejándome a solas con la caja fuerte abierta; sorprendí a un espía, hui, encontré al viejecito de gafas doradas, después de su muerte ocurrió el suicidio del otro oficial, el tercero; siguió la visita en la capilla con el cadáver de cuerpo presente, le saqué al padre Orfini el número del despacho de Erms; después Prandtl, moscas en el té, desaparición de las instrucciones, mi desespero, la errónea (no —me corregí— no quiero sugestionarme), no errónea, sino, s