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    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA ESPECIE (John Shirley y William Gibson)

    Publicado el domingo, septiembre 01, 2013
    PUDO HABER SIDO en el Club Justine, o en Jimbo’s, o en el Sad Jack’s, o en el Rafters; Coretti nunca estuvo seguro de dónde la vio por primera vez. Ella podría haber estado en cualquier momento en cualquiera de esos bares. Buceaba entre la submarina semivida de las botellas y las copas y las lentas volutas del humo de tabaco... se movía en su elemento natural, bar tras bar.

    Ahora, Coretti recordaba el primer encuentro como si lo viese por el lado equivocado de un potente telescopio: pequeño, nítido y muy lejano.

    Se había fijado en ella por primera vez en el Salón Clandestino. Se llamaba Clandestino porque se entraba por un angosto callejón trasero. Las paredes del callejón estaban atiborradas de graffiti; las luces enrejaladas salpicadas de mariposas nocturnas. Bajo los pies crujían las escamas de pintura que se desprendían de los ladrillos pintados de blanco. Y luego se entraba en un sombrío espacio habitado por una impresión ligeramente desorientadora de la media docena de bares diferentes que, en el mismo local y bajo distintas administraciones, habían probado suerte y habían fracasado. Coretti iba a veces porque le agradaba la cansada sonrisa del barman negro, y porque los escasos clientes rara vez trataban de ponerse sociables.

    No era muy buen conversador frente a desconocidos, ni en fiestas ni en bares.

    Era muy bueno en el colegio local, donde enseñaba introducción a la lingüística; podía hablar con el jefe del departamento sobre secuencialización y opciones en aperturas de diálogos. Pero nunca podía hablar con extraños en bares o en fiestas. No iba a muchas fiestas. Iba a muchos bares.

    Coretti no sabía vestirse. La ropa era un lenguaje y Coretti un tartamudo de la indumentaria, incapaz de formular esa especie de enunciado básico, coherente y con estilo que transmite comodidad a los desconocidos. Su ex esposa solía decirle que se vestía como un marciano; que su aspecto era el de alguien que no pertenecía a ninguna parte de la ciudad. Nunca le había gustado oírlo, porque era cierto.

    Nunca había conocido a una chica como la que estaba sentada con el dorso ligeramente arqueado a la luz suboceánica que se derramaba por la barra del Clandestino. La misma luz que se atornillaba en las lentes de las gafas del camarero, que se enroscaba en los cuellos de las botellas, que salpicaba opacamente el espejo. En aquella luz el vestido de la chica tenía el verde de las mazorcas jóvenes, como el de una vaina a medio pelar que mostraba la espalda, el valle de los senos, y gran parte de los muslos por los cortes laterales. Esa noche el pelo de ella era cobrizo. Y esa noche, los ojos de ella eran verdes.

    Coretti avanzó resueltamente entre las desiertas mesas de cromo y fórmica hasta que llegó a la barra, donde pidió un bourbon puro. Se quitó el abrigo de tres cuartos con capuchón y lo recogió en el regazo para sentarse a un taburete de ella. Estupendo, gritó para sus adentros, pensará que estás escondiendo una erección. Y se sorprendió al advertir que tenía una erección que esconder. Se estudió en el espejo que había tras el mostrador: un hombre de unos treinta años, de pelo oscuro y menguante, con un rostro estrecho sobre un pescuezo largo, demasiado largo para el cuello abierto de una camisa de nailon estampada con dibujos de automóviles de 1910 en tres vivos colores. Llevaba una corbata de anchas diagonales marrones y negras, demasiado estrecha, supuso, para las puntas del cuello, que ahora le parecían grotescamente largas. O no combinaba el color. Algo pasaba.

    Junto a él, en la oscura claridad del espejo, la mujer de ojos verdes parecía Irma La Douce. Pero mirando más de cerca, estudiando ese rostro, se estremeció. La cara de la chica era como la de un animal. Una cara hermosa, pero simple, astuta, bidimensional. Cuando sienta que la estás mirando, pensó Coretti, te brindará la sonrisa, la mueca desdeñosa, o lo que sea que esperas.

    Impulsivamente, Coretti dijo: —¿Puedo, eh..., invitarte a una copa?

    En momentos como ése, Coretti se veía poseído por un agónico y rígido tic lingüístico. Ah. Dio un respingo. Ah.

    —¿Quieres, ah... invitarme a una copa? Pues, qué amable de tu parte —dijo ella, desconcertándolo—. Eso estaría muy bien. —Muy de lejos, Coretti notó que esa respuesta había sido tan formal e insegura como su invitación. La chica agregó—: Un Tom Collins sería perfecto para esta ocasión.

    ¿Para esta ocasión? ¿Perfecto? Azorado, Coretti pidió dos tragos y pagó.

    Una mujer grande con téjanos y una camisa vaquera con encajes se apoyó a su lado en la barra y pidió cambio al barman. —Vaya, vaya —dijo. Luego caminó ampulosamente hasta la máquina de discos y tecleó la de Conway y Loretta: «Tú eres la razón de que nuestros hijos sean feos». Coretti se volvió hacia la mujer de verde y murmuró, atropelladamente:

    —¿Te gusta la música country? ¿Te gusta...? —Se hizo un reproche secreto por haber formulado así las cosas, y trató de sonreír.
    —Sí, mucho —respondió ella, con un levísimo timbre en la voz—. Me gusta mucho.

    La vaquera se sentó junto a él y le preguntó a chica: —¿Te está molestando el monstruito éste?

    Y la mujer de verde y ojos de animal replicó: —Oh, qué va, cielo, me gusta. —Y se rió. La risa estrictamente necesaria. El dialectólogo que había en Coretti se movió incómodamente: un cambio de expresión e inflexión demasiado perfecto. ¿Una actriz? ¿Una mimo con talento? La palabra mimético le vino de golpe a la mente, pero la dejó a un lado para estudiar el reflejo de la mujer en el espejo; las hileras de botellas le ocluían los senos como una túnica de vidrio.

    —Me llamo Coretti —dijo él, mientras el duende verbal lo llevaba bruscamente a un estilo de tipo rudo nada convincente—. Michael Coretti.
    —Encantada —dijo ella, con voz demasiado baja para que la otra mujer la oyese, y cayendo, una vez más, en una mediocre parodia de Emily Post.
    —Conway y Loretta —dijo la vaquera a nadie en particular.
    —Antoniette —dijo la mujer de verde, e inclinó la cabeza. Terminó el trago, fingió mirar un reloj, dijo gracias-por-la-copa con excesiva cortesía y se marchó.

    Diez minutos después, Coretti la seguía por la Tercera Avenida. Nunca en su vida había seguido a nadie, y aquello lo aterraba y excitaba al mismo tiempo. Doce metros le parecían una distancia discreta, pero, ¿qué haría si ella miraba hacia atrás?

    La Tercera Avenida no es una calle oscura, y fue allí, a la luz de un poste, como la de un reflector de teatro, donde ella empezó a cambiar. La cañe estaba desierta.

    Ella estaba cruzando la calle. Bajó de la acera y empezó. Comenzó con tonos en el pelo; al principio Coretti pensó que serían reflejos de luz. Pero allí no había neón que proyectase las manchas de color que aparecieron; colores que se deslizaban y se fundían como manchas de aceite. Luego, los colores se disolvieron y a los tres segundos era rubia albina. Pensó otra vez que se trataba de un juego de la luz hasta que el vestido comenzó a retorcerse, arrugándose sobre el cuerpo como un plástico ajustable. Una parte cayó por completo y quedó en la calzada como un jirón rizado, extendida como la piel de un animal fabuloso. Cuando Coretti pasó al lado, era una chisporroteante espuma verde que se disolvía, consumiéndose. Cuando volvió a mirarla, el vestido de la chica era otro, un raso verde de reflejos cambiantes. También los zapatos habían cambiado. Tenía los hombros descubiertos salvo por delgadas cintas que le cruzaban la parte más estrecha de la espalda. El pelo era ahora corto, erizado. Descubrió que estaba apoyado en la vitrina ahumada de una joyería; que el aliento le salía entrecortado y áspero en la humedad de esa noche de otoño. Oyó los latidos de la discoteca, a dos calles de distancia. Los movimientos de ella adoptaron sutilmente un nuevo ritmo: un cambio de énfasis en el balanceo de las caderas, en el modo en que apoyaba los tacones en el pavimento. El portero la dejó pasar con una vaga inclinación de cabeza. Detuvo a Coretti, examinó su licencia de conducir y frunció el ceño al verle el abrigo de capucha. Ansioso, Coretti rastreó con los ojos el aluvión de luces en lo alto de la lechosa escalera de plástico que había detrás del portero. Allí había desaparecido ella, entre los destellos robóticos y el estruendo redundante.

    El hombre lo dejó pasar de mala gana; Coretti subió a trancos la escalera, haciendo temblar las luces bajo los translúcidos escalones de plástico.

    Nunca había estado en una discoteca; se encontró en un entorno diseñado para la satisfacción total por medio de la distracción. Nervioso, se abrió paso entre el movimiento y los estilos y los mecánicos cantos urbanos que estallaban en los altavoces. La buscó casi a ciegas por la pista de baile atiborrada de figuras inmóviles en la luz estroboscópica.

    Y la encontró en la barra, bebiendo un trago en un vaso alto y extravagante y escuchando a un joven vestido con una holgada camisa de seda clara y pantalones negros muy ceñidos. Ella asentía a intervalos que Coretti consideró apropiados. Coretti pidió una botella de bourbon. La chica bebió cinco de esos tragos largos y luego siguió al joven hasta la pista de baile.

    Se movía en perfecta armonía con la música, mostrando una serie de poses; ejecutó toda la secuencia prescrita, con gracia pero sin arte, acoplándose perfectamente. Siempre, siempre acoplándose a la perfección. Su compañero bailaba de modo mecánico, haciendo con esfuerzo los movimientos del ritual.

    Terminado el baile, la chica se volvió abruptamente y se perdió entre la gente. La masa movediza se cerró sobre ella como si se hubiera derretido.

    Coretti se zambulló tras ella, sin quitarle los ojos de encima, y fue el único que advirtió el cambio. Cuando llegó a la escalera, la chica tenía el pelo castaño rojizo y llevaba un vestido largo de color azul. Una flor blanca le asomaba entre el pelo, detrás de la oreja izquierda; el pelo era ahora más largo y liso. Los pechos se le habían agrandado un poco, y las caderas eran un tanto más pesadas. Subió las escaleras de dos en dos, y Coretti empezó a temer por ella. Todos esos tragos.

    Pero el alcohol no parecía hacerle ningún efecto.

    Coretti la siguió sin perderla de vista ni un instante, con el corazón latiéndole más rápido que las disco-pulsaciones que dejaba a sus espaldas, convencido de que en cualquier momento ella se volvería, lo miraría furibunda, pediría auxilio.

    Recorridas dos manzanas de la Tercera Avenida, dobló hacia Lothario’s. Ahora tenía algo distinto en el modo de andar. Lothario’s era un tranquilo conjunto de salas decoradas con helechos y espejos Art Deco. Del techo colgaban lámparas imitación Tiffany que se alternaban con ventiladores de aspas de madera cuya rotación era demasiado lenta para agitar las volutas de humo que flotaban a la deriva entre el zumbido conscientemente leve de las conversaciones. Después de la ruidosa discoteca, Lothario’s resultaba familiar y reconfortante. Un pianista de jazz en mangas de camisa de rayas finas y corbata de nudo holgado competía suavemente con las charlas y las risas de una docena de mesas.

    La chica estaba en la barra; sólo la mitad de los taburetes estaban ocupados, pero Coretti se decidió por una mesa junto a la pared, a la sombra de una palmera enana, y pidió un bourbon.

    Se tomó el bourbon y pidió otro. Esta noche no sentía mucho el alcohol.

    La chica estaba sentada junto a un joven, otro joven con el acostumbrado conjunto de facciones blandas y regulares. Ella le rozaba apenas el muslo con el suyo. No parecían estar hablando, pero Coretti tuvo la impresión de que se comunicaban de algún modo. Se inclinaban el uno hacia el otro, ligera, silenciosamente. Coretti se sintió incómodo. Fue a los lavabos y se mojó la cara. De regreso, se las arregló para pasar a menos de un metro de ellos. Los labios de ellos no se movieron hasta que él estuvo cerca.

    Se turnaban para musitar palabras realistas:

    —...vi sus primeras películas, pero...
    —Pero él es bastante inmoderado, ¿no te parece?
    —Claro, pero en el sentido de que...

    Y por primera vez, Coretti supo lo que eran, lo que debían ser. Eran de la especie que se ve en los bares, que parecen genuinamente cómodos allí. No son borrachos, sino artefactos humanos. Parte de la instalación. Pertenecen a ese sitio.

    Algo en él ansiaba un enfrentamiento. Llegó a su mesa, pero descubrió que no podía sentarse. Dio media vuelta, tomó aliento y caminó rígidamente hacia la barra. Quería darle a la chica un golpecito en el sedoso hombro y preguntarle quién era, y qué era exactamente, y señalar la fría ironía del hecho de que fuese él, Coretti, el que se vestía como un marciano, el que espiaba conversaciones, el forastero, el de la ropa y la conversación que nunca encajaban, quien había por fin adivinado su secreto.

    Pero no se atrevió, y no hizo más que sentarse junto a ella y pedir un bourbon.

    —Pero, ¿no crees —preguntó ella a su compañero— que todo eso es relativo?

    Los dos taburetes detrás del acompañante fueron rápidamente ocupados por una pareja que hablaba de política. Antoinette y Camisa de Golf entraron en el tema político como si nada, reciclando, levantando el volumen de la voz lo estrictamente necesario para ser escuchados. El rostro de ella, al hablar, no mostraba ninguna expresión. Era un pájaro gorjeando en una rama.

    Estaba tan cómodamente sentada en el taburete que parecía instalada en un nido. Camisa de Golf pagaba los tragos. Siempre tenía la cantidad exacta, a menos que quisiera dejar una propina. Coretti los vio consumir metódicamente seis cocteles cada uno, como insectos chupando néctar. Pero en ningún momento subieron la voz, ni se les enrojecieron las mejillas, y cuando al fin se levantaron, lo hicieron moviéndose sin la menor huella de ebriedad: un defecto, pensó Coretti, un punto débil de su camuflaje.

    No le prestaron la más mínima atención mientras los seguía a tres bares sucesivos.

    Al entrar en el Waylon’s, pasaron por una metamorfosis tan rápida que a Coretti le costó seguir las fases del cambio. Era uno de esos sitios donde en las puertas de los lavabos hay placas que dicen «Pointers» y «Setters», y una plaquita en imitación de madera de pino en los recipientes de charqui y salchichas en salmuera: Tenemos un trato con el banco. Ellos no sirven cerveza y nosotros no aceptamos cheques.

    En el Waylon’s era gorda y con ojeras oscuras. Tenía manchas de café en el conjunto de poliéster. El hombre que la acompañaba vestía téjanos y camiseta, y llevaba una gorra roja de béisbol con un parche rojo y blanco de Peterbilt. Coretti casi los perdió mientras pasaba un frenético minuto en el «Pointers», parpadeando desconcertado frente a un letrero de cartón escrito a mano que decía: Apuntamos al buen servicio; apunte usted también al servicio, por favor.

    La Tercera Avenida se perdía cerca de los muelles en una petrificada maraña de ladrillos. En la última manzana, la calzada estaba marcada a intervalos por vómitos brillantes; un anciano dormitaba frente a televisores en blanco y negro, sellados para siempre tras los turbios ventanales ahumados de hoteles decadentes.

    El bar que allí encontraron no tenía nombre. Un as de diamantes se desmoronaba poco a poco en la ventana sin lavar; el barman tenía cara de puño cerrado. Un transistor FM de marfil plástico ofrecía rock suave a las irregulares filas de mesas desiertas. Bebieron cerveza y aguardiente. Eran viejos ahora, dos nulidades que bebían y fumaban a la luz de bombillas desnudas, tosiendo frente a un paquete de arrugados Camel que ella sacó del bolsillo de un mugriento impermeable marrón.

    A las dos y veinticinco de la mañana estaban en la terraza del nuevo hotel que se alzaba sobre el muelle. Ella llevaba un vestido de noche y él iba de traje oscuro. Bebían coñac y fingían admirar las luces de la ciudad mientras Coretti los observaba tras dos onzas de Wild Turkey servido en un vaso de cristal Waterford.

    Bebieron hasta la hora de cerrar. Coretti entró con ellos en el ascensor. Sonrieron por cortesía, pero aparte de eso no le hicieron caso. Había dos taxis frente al hotel; ellos tomaron uno, Coretti el otro.

    —Siga a ese taxi —dijo Coretti atropelladamente mientras enseñaba los últimos veinte dólares al avejentado conductor hippie.
    —Claro que sí, hermano, claro que sí... —El taxista siguió al otro taxi durante seis manzanas hasta llegar a otro hotel, éste más modesto. Ellos bajaron y entraron. Coretti bajó despacio del taxi, respirando ruidosamente.

    Estaba muerto de envidia: por la personificación de la conformidad, esa mujer que no era una mujer, ese empapelado humano. Coretti miró hacia el hotel, y perdió la calma. Dio media vuelta.

    Caminó hasta su casa. Dieciséis manzanas. En un momento dado advirtió que no estaba borracho. Nada borracho.


    * * *

    Por la mañana llamó para suspender su clase de primera hora. Pero la resaca no llegaba. No tenía la boca reseca, y al mirarse en el espejo del baño vio que no tenía los ojos enrojecidos.

    Por la tarde durmió, y soñó con gente de caras ovinas, reflejadas en espejos detrás de hileras de botellas.


    * * *

    Esa noche salió a cenar, solo, y no comió nada. La comida le devolvía la mirada, de alguna forma. La revolvió en el plato para que pareciera que había comido un poco, pagó y se fue a un bar. Y a otro. Y a otro bar, buscándola. Ahora usaba la tarjeta de crédito, si bien ya tenía la Visa muy sobrecargada. Si vio a la chica, no la reconoció.

    A veces vigilaba el hotel donde la había visto entrar. Observaba detalladamente a cada pareja que llegaba y salía. No porque pudiese reconocerla tan sólo por el aspecto, pero tenía que haber una sensación, una especie de reconocimiento intuitivo. Observaba a las parejas y nunca estaba seguro.

    Durante las semanas siguientes visitó de manera sistemática hasta el último agujero de la ciudad donde sirvieran alcohol. Armado al principio con un plano y cinco Páginas Amarillas arrancadas, fue avanzando hasta los locales más tenebrosos, sitios con números telefónicos que no aparecían en las listas. Algunos ni siquiera tenían teléfono. Se hizo socio de dudosos clubs privados, descubrió refugios que funcionaban fuera de horario y sin licencia, a los que había que llevar la propia consumición, y se sentaba nerviosamente en oscuras salas dedicadas a espacios de sexualidad marginal cuya existencia desconocía.

    Pero continuó en lo que había de convertirse en su circuito de todas las noches. Comenzaba siempre por el Clandestino. Ella nunca estaba allí, ni en el sitio siguiente, ni el siguiente. Los camareros lo conocían, y les agradaba verlo llegar, porque consumía continuamente y no parecía emborracharse nunca. Tal vez miraba a los demás clientes con algo de insistencia, ¿y qué?

    Coretti perdió el empleo.

    Había faltado demasiadas veces a clase. Le había dado por vigilar el hotel cada vez que tenía tiempo, hasta de día. Lo habían visto en demasiados bares. No parecía mudar nunca de ropa. Rechazaba clases nocturnas. Interrumpía una clase por la mitad para quedarse mirando distraídamente por la ventana.

    Se sintió secretamente contento por el despido. En el restaurante universitario lo miraban con extrañeza al ver que no podía comer. Y ahora disponía de más tiempo para la búsqueda.

    Coretti la encontró a las dos y cuarto de la madrugada de un miércoles en un bar gay llamado El Establo. El local, de paredes cubiertas con planchas de madera rústica decoradas con cabestros y oxidados implementos agrícolas, era una estridencia de perfumes, risas y cerveza. Ella era la compañera de risas de todo el mundo, con un vestido azul de lentejuelas, una pluma verde en el peinado marrón. Con una avasallante sensación de alivio casi celular, Coretti tomo conciencia de una suerte de admiración, un extraño orgullo que ahora sentía por ella, y por la especie de ella. También pertenecía a ese sitio. Era representativa, una mariquita que no planteaba ninguna amenaza para los maricas ni para sus machos. El hombre que la acompañaba se había convertido en un hombre sin edad, de cejas meticulosamente platinadas, jersey de angora y trinchera.

    Bebieron y bebieron, y salieron riendo —con la clase de risa exactamente adecuada— a la lluvia. Un taxi esperaba, con los limpiaparabrisas que imitaban el ritmo del corazón de Coretti.

    Maniobrando torpemente por la acera mojada, Coretti se escabulló en el taxi, temiendo la reacción de ellos.

    Coretti estaba en el asiento trasero, al lado de ella.

    El hombre de sienes plateadas habló con el conductor. El taxista murmuró algo al micrófono, soltó el embrague y se alejaron bajo la lluvia, por las calles oscurecidas. El paisaje urbano no impresionaba a Coretti que, mirando dentro de él mismo, veía que el taxista detenía el coche, que el hombre gris y a la mujer risueña lo empujaban hacia afuera y señalaban, sonrientes, la puerta de un hospital psiquiátrico. O: el taxi que se detenía, la pareja que le daba la espalda y meneaba apenada la cabeza. Y una docena de veces tuvo la impresión de ver que el taxi paraba en una desierta calle lateral donde metódicamente lo estrangulaban. Coretti muerto, abandonado bajo la lluvia. Porque era un extraño.

    Pero llegaron al hotel de Coretti.

    Bajo el débil resplandor de la luz interior del taxi, observó atentamente cómo el hombre metía la mano en el abrigo para sacar el dinero del viaje. Coretti vio claramente el forro del abrigo, que hacía una sola pieza con el jersey de angora. Ningún abultamiento de billetera, ningún bolsillo. Pero se abrió una especie de ranura. Se abrió cuando el hombre la tocó con los dedos, y la ranura vomitó dinero. Tres billetes doblados fueron suavemente extraídos de la ranura. Estaban algo húmedos. Se secaron mientras el hombre los desdoblaba, como las alas de una mariposa que se asoma por primera vez a la luz.

    —Quédese con el cambio —dijo el hombre, saliendo del taxi. Antoinette se deslizó hacia afuera y Coretti la siguió mientras su mente sólo veía la ranura. La ranura húmeda, bordeada de rojo, como una agalla.

    El vestíbulo estaba desierto y el recepcionista inclinado sobre un crucigrama. La pareja cruzó el vestíbulo silenciosamente hasta el ascensor; Coretti los siguió de cerca. En un momento trató de capturar la mirada de ella, pero ella no le hizo caso. Y una vez, mientras el ascensor subía siete pisos por encima del de Coretti, la mujer se dobló hacia adelante y olfateó el cenicero mural de cromo, como un perro que husmea la tierra.

    Los hoteles, muy avanzada la noche, nunca están en calma. Los pasillos nunca están en completo silencio. Hay innumerables suspiros que apenas se oyen, crujidos de sábanas, y voces apagadas que recitan fragmentos de sueños. Pero en el pasillo del noveno piso, Coretti tuvo la sensación de moverse en un vacío perfecto, silencioso; sus zapatos no hacían ningún ruido sobre la moqueta incolora, y hasta el latido de su corazón de extraño se ahogaba en el vago diseño que decoraba el empapelado.

    Trató de contar los pequeños óvalos de plástico atornillados en las puertas, cada uno con sus tres cifras, pero el pasillo parecía extenderse sin cesar. Por fin el hombre se detuvo frente a una puerta, una puerta revestida como todas las demás con una plancha en imitación de palo de rosa, y puso la mano en la cerradura, aplanando la palma sobre el metal. Se oyó un leve roce, luego un clic del mecanismo, y la puerta se abrió por completo. Cuando el hombre apartó la mano, Coretti vio una astilla de hueso, rosa grisácea y con forma de llave, que se replegaba húmedamente en la carne pálida.

    No había luces encendidas en aquella habitación, pero el tenue aura de neón de la ciudad se filtraba por las celosías y le permitió ver las caras de una docena o más de personas, sentadas en la cama y en el sofá y en los sillones y en los taburetes de la pequeña cocina. Al principio creyó que tenían los ojos abiertos, pero entonces se dio cuenta de que las opacas pupilas estaban ocultas tras una membrana nictitante, un tercer párpado que reflejaba las tenues sombras de neón de la ciudad. Vestían lo que el último bar que habían visitado requería; amorfos abrigos del Ejército de Salvación compartían asiento con prendas informales suburbanas de vivos colores, batas de noche junto a polvorientos uniformes de fábrica, cuero de motociclista junto a un afelpado tweed Harris. Con el sueño, toda falsa humanidad había desaparecido.

    Eran pájaros pasando la noche en su árbol.

    Su pareja fue a sentarse junto a los demás en el borde del mostrador de fórmica de la kitchenette, y Coretti vaciló en medio de la moqueta vacía. Años luz de aquella alfombra parecían distanciarlo de los otros, pero algo lo llamaba desde lejos, prometiéndole paz y descanso. A pesar de eso, vaciló, estremeciéndose con una indecisión que parecía surgir del núcleo genético de cada célula de su cuerpo.

    Hasta que abrieron los ojos, todos simultáneamente; las membranas se deslizaron hacia los lados y mostraron la extraña calma de los habitantes de la más oscura fosa oceánica.

    Coretti gritó, y salió corriendo, y corrió por pasillos y resonantes escaleras de hormigón hasta la lluvia fría y las calles casi vacías.

    Coretti nunca regresó a su habitación del tercer piso de aquel hotel. Un flemático detective doméstico recogió los textos de lingüística, la única maleta de ropa, todo lo cual terminó por venderse en subasta. Coretti alquiló un cuarto en una pensión administrada por una ceñuda abstemia bautista que hacía rezar a sus inquilinos antes de cada una de las recalentadas cenas. No le molestaba que Coretti nunca se sumase a aquellas comidas; él le explicó que en el trabajo le daban de comer gratis. Coretti mentía libre y hábilmente. Nunca bebía en la pensión, y nunca volvía borracho. El señor Coretti era un poco raro, pero siempre pagaba puntualmente el alquiler. Y era muy tranquilo.

    Coretti dejó de buscarla. Dejó de ir a los bares. Bebía de una bolsa de papel mientras iba y venía del trabajo en el depósito de una editorial, en una zona en la que por ser industrial se permitían pocos bares.

    Trabajaba por la noche.

    A veces, al amanecer, sentado al borde de la cama sin hacer, abandonándose al sueño —ahora nunca dormía acostado—, pensaba en ella. Antoinette. Y en ellos. La especie. A veces hacía adormiladas elucubraciones... Quizás eran como los ratones de las casas, la especie de animal pequeño que ha evolucionado para vivir sólo en estructuras hechas por el hombre.

    Una especie de animal que vive sólo de bebidas alcohólicas. Con peculiares metabolismos que convierten el alcohol y las diversas proteínas de las bebidas, del vino y de la cerveza, en todo cuanto necesitan. Y pueden cambiar por fuera, como los camaleones o las escorpinas, para protegerse. Para poder vivir entre nosotros. Y tal vez, pensaba Coretti, crecieran por etapas. En las primeras fases parecerían humanos, comerían lo que los humanos comen, y percibirían que eran diferentes sólo como un vago desasosiego.

    Una especie de animal con su propia astucia, con su propio conjunto de instintos urbanos. Y la capacidad de reconocer a los de su propia especie cuando están cerca. Tal vez.

    Y tal vez no.

    Coretti se hundió en el sueño.

    Un miércoles, pasadas después de tres semanas en el nuevo empleo, la patrona abrió su puerta —nunca golpeaba— y le dijo que lo llamaban al teléfono. Tenía la voz tensa por la habitual desconfianza, pero Coretti la siguió por el oscuro corredor hasta la sala de estar del segundo piso, donde estaba el teléfono.

    Al llevarse el anticuado artefacto negro al oído, lo primero que oyó al principio fue sólo música, y luego una especie de ruido que se fue disolviendo en una fragmentada amalgama de conversaciones. Risas. Nadie se impuso al ruido del bar para hablarle, pero la canción de fondo era «Tú eres la razón de que nuestros hijos sean feos».

    Y luego el tono de marcar, cuando la persona que llamaba colgó.


    * * *

    Más tarde, solo en su habitación, escuchando los firmes pasos de la patrona en la sala de abajo, Coretti se dio cuenta de que no había necesidad de permanecer donde estaba. El llamamiento había llegado. Pero la patrona exigía que quien quisiese marcharse le avisara con tres semanas de anticipación. Eso significaba que le debía dinero. El instinto le dijo que se lo dejara.

    Un obrero cristiano de la habitación vecina tosió dormido cuando Coretti se levantó y bajó al teléfono de la sala. Coretti le dijo al capataz del turno de noche que renunciaba a su empleo. Colgó y volvió a su habitación, cerró la puerta y se quitó la ropa lentamente hasta quedar desnudo frente a la chillona litografía enmarcada de Jesús que había encima del escritorio marrón de metal.

    Contó nueve billetes de diez. Los puso cuidadosamente junto las manos rezadoras que decoraban la tapa del escritorio.

    Era dinero de aspecto agradable. Era dinero perfectamente bueno. El mismo lo había hecho.


    * * *

    Esta vez no estaba para trivialidades. Ella bebía un margarita, y él pidió lo mismo. Ella pagó, sacándose el dinero de entre los senos, que se agitaban bajo un vestido escotado, con un diestro movimiento de la mano. Coretti alcanzó a ver la agalla que se cerraba allí. Se sintió excitado, pero por algún motivo esta vez no tuvo una erección. Tras el tercer margarita las caderas de los dos se tocaron, y algo empezó a propagarse por el cuerpo de él en lentas ondas orgásmicas. El punto de contacto era pegajoso; una zona del tamaño de la yema del pulgar en el sitio donde se abría el vestido de ella. Coretti era dos hombres: el de adentro, fundiéndose con ella en total comunión celular, y la cáscara, sentada con naturalidad en un taburete del bar, con los codos flanqueando el trago, los dedos jugando con una paletilla de agitar cocteles. Sonriendo afablemente al vacío. Tranquilo en la fría penumbra.

    Y una vez, pero sólo una vez, una preocupada y distante parte de Coretti le hizo bajar la mirada hacia donde latían unos tubos de color rubí, y donde se movían, entre los dos, unos zarcillos que remataban en labios afilados. Como los tentáculos entrelazados de dos extrañas anémonas.

    Estaban copulando, y nadie lo sabía.

    Y el barman, cuando les trajo la nueva copa, les ofreció su sonrisa cansada y dijo: —Sigue lloviendo, ¿verdad? No va a parar nunca.

    —Ha llovido así toda la condenada semana —respondió Coretti—. Ha llovido hasta en los tragos.

    Y lo dijo bien. Como un verdadero ser humano.


    Fin