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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    DRAMOCLES (Robert Sheckley)

    Publicado el domingo, septiembre 22, 2013

    El rey Dramocles, soberano de Glorm, despertó y miró a su alrededor, y no pudo recordar dónde estaba. Le ocurría con frecuencia, debido a su costumbre de dormir en habitaciones distintas de su palacio según el humor en que se sintiera. Su palacio de Ultragnolle era la mayor estructura hecha por manos humanas en Glorm, y quizás en la galaxia. Era tan grande que requería su propio sistema interno de transporte. Dentro de aquella colosal estructura, Dramocles tenía cuarenta y siete dormitorios personales. También mantenía otras sesenta (más o menos) habitaciones equipadas con camas, literas, sofás convertibles, colchones de aire y demás adminículos semejantes para siestas y cabezadas. Teniendo en cuenta eso, irse a dormir se convertía en una aventura nocturna para él, y despertarse era un misterio diario.

    Sentándose en la cama y mirando a su alrededor, Dramocles descubrió que había pasado la noche durmiendo sobre un montón de almohadones en una de las Estancias Hirsutas, llamadas así debido a las grandes masas de pelo negro que crecían en los rincones. Una vez establecido este hecho, se volvió para tomarse su café.

    Generalmente, eso no implicaba más que pulsar un botón al lado de la cama. Dicho botón hacía sonar una alarma en la cocina real, que activaba la enorme máquina de cortados. Tenía una caldera lo suficientemente grande como para accionar una locomotora, y diez sirvientes trabajaban las veinticuatro horas del día manteniendo los fuegos debajo de ella, limpiando los filtros, añadiendo café recién molido y realizando todos los demás pasos de la operación. Poco después, se suponía que un humeante cortado, exactamente azucarado según los gustos del rey, fluía a lo largo de kilómetros de tubería de cobre, llegando por último a una espita en la habitación en la que se hallara Dramocles en aquel momento.

    Esta vez, sin embargo, Dramocles había dormido en una parte del palacio que todavía no estaba conectada al circuito del café. Malhumorado, se puso unos tejanos y una camiseta y salió al corredor.

    Un cartel primorosamente grabado en la pared del corredor le dijo que se hallaba en las coordenadas R52—J26. La vía de un monorraíl avanzaba por el centro del corredor, así que al menos se hallaba dentro de la red de transporte del palacio. Por supuesto, no había ningún convoy a la vista. Dramocles consultó el horario pegado a la pared, y vio que el próximo tren —un Local de Circunvalación al Palacio— no llegaría hasta dentro de cuarenta minutos. Alzó el teléfono de emergencia de la pared y llamó a la Central de Transportes.

    El teléfono sonó varias veces. Finalmente, una voz carente en absoluto de refinamiento dijo:

    —Sí, ¿qué demonios quieres?
    —Quiero que me envíes inmediatamente un tren —dijo Dramocles.
    —Así que eso es lo que quieres, ¿eh? Pues mejor olvídalo, compañero. La mitad de nuestros trenes están en el taller de reparaciones, y el resto están en lugares de mucha mayor importancia que donde tú estás. Ahí no hay nada excepto un montón de dormitorios peludos.
    —Te está hablando el rey Dramocles —dijo Dramocles con voz ominosa. —¿De veras? A ver, espera, déjame comprobar tu identidad vocal... Ajá, sí, es verdad. Vaya, Sire, lamento la forma en que os he hablado, pero ya sabéis cómo es esto; los nobles no hacen más que llamarme a todas horas del día y de la noche intentando que desvíe los trenes para su conveniencia particular. Especialmente ahora, a causa de las celebraciones de la paz.
    —No importa —dijo Dramocles—. ¿Cuándo puedes enviarme un tren?
    —Siete minutos, Sire. Desviaré el Exprés del Panteón inmediatamente después de la Estación de Chapultepec, y...
    —¿Hay una máquina de café en él?
    —Un momento, lo comprobaré... No, Sire, el Panteón solamente lleva café instantáneo y pastelillos rancios. Dadme veinte minutos y os haré llegar un moderno tren—desayuno.
    —Simplemente envíame el que llegue antes —dijo Dramocles—. Tomaré el desayuno más tarde.


    ***

    Pasaron quince minutos. No llegó ningún tren por el monorraíl. Dramocles tomó de nuevo el teléfono, pero todo lo que consiguió fue una sucesión de enloquecedores clics. Finalmente, una voz grabada le dijo que todos los circuitos estaban ocupados y que debía llamar por medio del operador de palacio. Dramocles gritó en vano que él era el rey y que todas las demás llamadas debían ser desconectadas inmediatamente. Nadie estaba escuchando.


    ***

    Taconeó de vuelta a su dormitorio para coger sus cigarrillos, pero no consiguió encontrar la habitación en la que había dormido. Todas las habitaciones de aquel sector eran hirsutas. Ningún otro teléfono parecía funcionar tampoco. Ni siquiera la alarma contra incendios pareció causar ningún efecto.

    Furioso, Dramocles volvió al corredor. Calculó que tenía al menos una hora de caminata antes de conseguir alcanzar alguno de los sectores poblados de Ultragnolle. ¿Qué había estado haciendo en aquel maldito sector perdido la pasada noche? Tenía la impresión de recordar una fiesta, algo de droga, algo de alcohol, muchas risas, y luego el olvido. Echó a andar a largas zancadas, y se detuvo cuando oyó el sonido de un motor a sus espaldas.

    Lejos, al fondo del corredor, creyó ver algo pequeño con una parpadeante luz amarilla que avanzaba hacia él. Creció en tamaño, y por último pudo distinguir un vehículo de pasillo, un tipo de coche de una sola rueda que la nobleza utilizaba para ir rápidamente de un lado a otro del palacio.

    El coche se detuvo en seco a su lado. La burbuja superior se abrió, y un alegre muchacho de unos doce años con el pelo ensortijado miró afuera y dijo:

    —¿Eres tú, padre?
    —Por supuesto que soy yo —contestó Dramocles—. ¿Y tú quién eres?
    —Soy Sanizat, padre —dijo el muchacho—. Mi madre es Andrea, de la que te divorciaste hace dos años.
    —¿Andrea? ¿Una mujer pequeñita y de pelo oscuro con una voz muy penetrante?
    —Esa es. Vivimos en el sector de Saint Michel de Glorm. Madre te llama a menudo en relación con sus sueños.
    —Ella los llama portentos —dijo Dramocles. Montó al lado de Sanizat—. Llévame al Palacio Central. Sanizat metió la marcha al vehículo de pasillo, y aceleró con la fuerza suficiente como para que la cera del suelo del corredor ardiera.


    ***

    Al final el corredor se abrió en un enorme balcón con una balaustrada. Sanizat giró bruscamente y bajó un largo tramo de escalera, luego frenó cuando se acercaron a la enorme estancia recubierta con un domo que contenía la plaza Saint Leopold. Era un importante mercado regional, lleno de tiendas de colores chillones tras las cuales hombres y alienígenas vendían una gran variedad de artículos. Había geisels de la provincia más septentrional de Glorm, ofreciendo brillantes wallisbayas en pequeños cestos de mimbre. Había grots, miembros de la antigua raza que había habitado Glorm antes de la llegada de los humanos, cabeceando sobre sus bols de porridge narcótico. Brungers de Dispasia y de las llanuras de Arnapest estaban también allí, imponentes con su atuendo nacional de cuero pulido y tafetán, ofreciendo los intrincadamente esculpidos bastones y los melocotones en miniatura por los cuales eran famosos. Y flotando muy por encima de la animada escena, se agitaban las grandes banderas azules y doradas que proclamaban que aquél era el trigésimo año de la Pax Glormicae.

    Dramocles descubrió una cafetería y dijo a su hijo que lo dejara allí. Engulló un cortado doble, firmó la cuenta, y tomó un taxi de pasillo hasta el Palacio Central.

    Rudolphus, el Chambelán, estaba aguardándole en la escalera interior, con la agitación reflejada en su enrojecido y bigotudo rostro.

    —¡Sire —dijo— llegáis tarde para la audiencia!
    —Puesto que soy el rey —dijo Dramocles—, no puedo llegar tarde porque cualquier hora a la que llegue aquí es la hora correcta.
    —Dejando a un lado la casuística —dijo Rudolphus—, vos mismo fijasteis la hora para la audiencia, y me ordenasteis que os regañara si llegabais tarde.
    —Considérame regañado. Esta noche es el inicio oficial de las celebraciones de la Pax Glormicae, ¿verdad?
    —Así es, Sire, y todo está preparado. El rey Adalbert de Aardvark llegó la pasada noche, y lo hemos alojado en la pequeña mansión de la calle Mountjoy. Lord Rufus de Druth está aquí con su séquito, y se les ha ofrecido el Castillo Trontium para que lo ocupen. El rey Snint de Lekk está en el Hotel Rose Garden de la avenida del Templo. Vuestro hermano, el conde John de Crimsole, está desembarcando en el espaciopuerto en este mismo momento. Solamente el rey Haldemar de Vanir no se ha presentado ni se ha puesto en comunicación con nosotros.
    —Tal como sospechábamos. Me reuniré con los reyes más tarde. ¿Había algo interesante en el correo de hoy?
    —La basura habitual.

    Rudolphus entregó a Dramocles un puñado de cartas, que Dramocles se metió en un bolsillo.

    —Me ocuparé de eso más tarde. Vayamos ahora a esa audiencia. Y haz que vaya rápida, Rudolphus.
    —Sire, a menos que ordenéis lo contrario, seguiré exactamente el protocolo tal como fue establecido por vuestro reverenciado padre, Otho el Extraño.

    Dramocles se alzó de hombros. Las reglas, leyes y preceptos de Otho eran en su mayor parte muy útiles, y Dramocles nunca se había preocupado de pensar otros para reemplazarlos. Entró en la sala de audiencias, seguido de cerca por Rudolphus.


    La audiencia consistía en la habitual y aburrida tarea de decidir las penalizaciones para varios condes y barones que habían caído en desgracia ante el rey por engañar a los campesinos, o a las máquinas de impuestos, o engañarse los unos a los otros. Dramocles no tenía que hacer nada al respecto, ni siquiera pensar en ello, puesto que el Chambelán ya había tomado todas las decisiones, siguiendo los preceptos de Otho el Extraño. Los casos fueron pasando, y Dramocles se agitó en su alto trono buscando la posición más confortable y sintiendo lástima de sí mismo.

    Pese a ser monarca absoluto de Glorm, y ocupar un lugar preeminente entre los Planetas Locales, Dramocles sabía que había hecho muy poco en su vida: simplemente había aceptado las circunstancias, y había gobernado Glorm sin pensar demasiado en ello a lo largo de un extenso período de paz sin precedentes. Aburrido e infeliz, se agitó en su trono y fumó cigarrillo tras cigarrillo, pensando para sí mismo que ser un gran rey no era algo tan grande después de todo. Y entonces la vieja mujer dio un paso adelante, y a partir de aquel momento todo en su vida cambió.

    Era una mujer vieja, pequeña y jorobada, vestida enteramente de negro excepto por los zapatos y la toca grises. Se abrió camino entre la multitud de nobles menores y se acercó al trono, hasta que los guardias la detuvieron con sus albardas cruzadas. Entonces dijo con voz fuerte:

    —¡Oh, Gran Rey!
    —Sí, vieja dama —dijo Dramocles, haciendo un gesto al ultrajado Rudolphus para que se estuviera quieto—. Parece que quieres dirigirte a nos. Por favor hazlo, y por tu bien espero que sea algo bueno.
    —Sire —dijo ella—, debo pediros humildemente una audiencia privada. Lo que tengo que decir es solamente para los oídos del rey.
    —¿De veras? —dijo Dramocles.
    —Sí, de veras —respondió la vieja mujer.

    Dramocles la miró, evaluándola, y un cambio tan sutil que pasó desapercibido a todo el mundo cruzó sus rubicundos rasgos. Aplastó la colilla de su cigarrillo en un cenicero tallado en una enorme esmeralda única.

    —Conducidla al Salón Verde — dijo al guardia más cercano—. Allí nos aguardará hasta que nos presentemos. ¿Estás de acuerdo con ello, querida?
    —Sí, Sire, siempre que el salón no esté decorado en color naranja.

    La corte jadeó ante tamaña insolencia. Pero Dramocles se limitó a sonreír y, una vez el guardia se hubo llevado a la mujer, le hizo una seña al Chambelán para que prosiguiera con los asuntos del día.


    ***

    Una hora más tarde la audiencia había terminado. Dramocles acudió al Salón Verde. Allí se sentó en un confortable sillón, encendió un cigarrillo, y se volvió hacia la vieja mujer que permanecía sentada ante él en el borde de una silla de respaldo recto.

    —Así que has venido —dijo. —En el momento exactamente señalado —dijo la vieja mujer—. Necesité mucho valor para decidirme a acudir ante vuestra imponente presencia, y lo he hecho tan sólo porque temía aún más no presentarme.
    —Al principio pensé que eras una loca —dijo Dramocles—. Pero luego te dije: «¿De veras?», y tú respondiste: «Sí, de veras», y reconocí uno de los trucos nemotécnicos que utilizo como código de reconocimiento particular entre yo y mis agentes. En la siguiente frase utilicé la palabra verde, y tú replicaste con naranja, haciendo que el asunto quedara más allá de toda duda. ¿Te enseñé algunos otros?
    —Diez más, lo cual hace en total doce, de modo que pudiera ofrecéroslos aunque el diálogo entre nosotros hubiera seguido una secuencia distinta.
    —Doce trucos nemotécnicos —se maravilló Dramocles—. ¡Todo mi bagaje! Debí de juzgar que se trataba de un asunto de extrema importancia. Ni siquiera sé cuál es tu nombre, vieja mujer.
    —Así es como dijisteis que debía ser cuando me los enseñasteis, Sire. Mi nombre es Clara.
    —¡Un misterio! ¡Y me está ocurriendo a mí! —dijo alegremente Dramocles—. Cuenta tu historia, Clara.
    —Oh, Gran Rey —dijo Clara—, vos me visitasteis hace treinta años en mi ciudad de Murl, donde yo me ganaba modestamente la vida recordando cosas para la gente que está demasiado atareada como para recordarlas por sí misma. Leyendo mi nombre de encima de la puerta..., Clara, Recordadora, vos me dijisteis:
    —»Clara, tengo un mensaje de gran importancia que deseo que te aprendas de memoria y me comuniques dentro de treinta años exactos a partir de hoy, que es cuando necesitaré recordarlo. Ni yo mismo recordaré esta conversación hasta que tú acudas a recordármela, porque así es como tiene que ser.

    »—Podéis confiar en mi, Vuestra Alteza — dije yo.
    »—De ello no tengo la menor duda —respondisteis vos—, porque he tomado la precaución de poner tu nombre en el calendario oficial de criminales, para que seas ejecutada sumariamente a los treinta años y un día a partir de hoy. De esta forma, supongo que te presentarás a su debido tiempo.
    »Y entonces me sonreísteis, Sire, me disteis el mensaje, y os marchasteis.

    —Debiste de ponerte muy nerviosa ante la posibilidad de algún inesperado retraso en tu viaje hasta aquí —dijo Dramocles.
    —Tomé la precaución de trasladarme a vuestra gran ciudad de Ultragnolle poco después de nuestro encuentro, y establecer mi negocio de Recordadora en la calle de los Armeros, a tan sólo cinco minutos a pie de palacio.
    —Eres una mujer juiciosa y prudente, Clara. Ahora, dime qué fue lo que te dije que me dijeras.
    —Muy bien, Sire. La palabra clave es... ¡shazaam!

    Apenas oír aquella palabra de la Antigua Lengua, Dramocles se vio inundado por el luminoso recuerdo de cierto día, treinta años atrás.


    Treinta años avanzaron hacia atrás como una película siendo rebobinada. Un joven Dramocles, con veinte años de edad, estaba sentado en su estudio privado, sollozando. Acababa de recibir la noticia de que su padre, el rey Otho de Glorm, popularmente llamado «el Extraño», había muerto hacía diez minutos cuando su laboratorio en el pequeño satélite de Gliese había estallado. Presumiblemente, todo se había debido a un error de cálculo por parte de Otho, puesto que él era la única persona que se hallaba en el laboratorio e incluso en Gliese en aquel momento. Era una forma grandiosa de partir, muy propia de un rey, en medio de una explosión atómica que había hecho pedazos todo el satélite.

    Mañana, todo Glorm estaría de luto. Más tarde, aquella misma semana, se celebraría la coronación, confirmando a Dramocles como nuevo rey. Aunque esperaba y aceptaba aquello, Dramocles lloraba porque había querido a su difícil e impredecible padre. Sin embargo, el dolor luchaba con la alegría en su corazón, porque justo antes de su predestinado viaje a Gliese, Otho había tenido una conversación a corazón abierto con su hijo, recordándole sus deberes y responsabilidades cuando fuera rey, y luego revelándole de forma totalmente inesperada el gran destino que Dramocles tenía ante sí.

    Dramocles se había mostrado asombrado por lo que Otho le había dicho. Siempre había anhelado un destino. Ahora su vida tendría significado y finalidad, y aquéllas eran las dos cosas más grandes que uno podía tener.

    Sólo había un obstáculo. Corno Otho le había explicado, Dramocles no podría iniciar la persecución activa de su destino hasta pasado cierto tiempo. Iba a tener que esperar, e iba a ser una larga espera. Deberían transcurrir treinta años antes de que las condiciones fueran las correctas. Sólo entonces podría Dramocles empezar a trabajar en su destino, ni un día antes.

    ¡Treinta años! ¡Toda una vida! Y no sólo iba a tener que esperar, sino que también iba a tener que mantener su destino en secreto hasta que llegara el momento de la acción. No podía confiar en nadie para algo tan grande como aquello. Nadie debía saberlo, ni siquiera sus amigos y consejeros de mayor confianza.

    —Lo peor de todo es que, ahora que pienso en ello, ni siquiera puedo confiar en mí mismo —gruñó Dramocles—. Acabaré revelándolo en cualquier ocasión, cuando esté en pleno viaje o borracho. Soy la última persona a la que puedo confiar un secreto como éste.

    Meditó durante cierto tiempo, fumando cigarrillo tras cigarrillo y considerando varias alternativas. Finalmente, llegó a una momentánea decisión, y llamó a su androide psiquiatra, el doctor Fish.


    ***

    Fish —dijo enérgicamente, tengo en la cabeza una línea de pensamientos que no deseo recordar.

    —Es muy fácil suprimir un pensamiento, e incluso todo un asunto —dijo Fish, con la chillona voz que tienen todos los androides, pese a los grandes avances logrados en la tecnología de voces mecánicas—. Vuestro estimado padre, Otho, siempre me hacía borrarle los nombres de las amantes que no le complacían, todo excepto sus cumpleaños, porque era un hombre muy atento. También insistía en no recordar el color azul.
    —Pero es que tampoco deseo perder ese pensamiento —dijo Dramocles—. Es un pensamiento muy importante. Deseo recordarlo dentro de treinta años.
    —Eso es considerablemente más difícil.
    —¿Puedes suprimir el pensamiento, pero proporcionarme una orden poshipnótica para que lo recuerde dentro de treinta años?
    —Utilicé con éxito esa técnica con el rey Otho. Deseaba pensar en Gilbert y Sullivan cada seis meses, por razones que nunca me reveló. Desgraciadamente, treinta años es un tiempo demasiado largo para un desencadenador poshipnótico de la memoria en el que se pueda confiar.
    —¿No hay nada que puedas hacer al respecto?
    —Bien, puedo encadenar la memoria a una palabra o frase. Pero Vuestra Alteza deberá confiar entonces la palabra clave a alguna persona de confianza que os diga esa palabra en el momento adecuado transcurridos treinta años.
    —Alguien como una Recordadora... —murmuró Dramocles al cabo de unos segundos. Aunque no enteramente a toda prueba, parecía un buen plan—. ¿Qué sugerirías tú como palabra clave? —preguntó a Fish.

    Personalmente, yo elegiría shazaam —respondió el androide.


    ***

    Dramocles consultó las Páginas Amarillas Galácticas en busca de una Recordadora de confianza. Se decidió por Clara. Pilotando su propio yate espacial, se dirigió a la ciudad de Murl y le dio a Clara la palabra clave.

    Cuando regresó a Ultragnolle, llamó de nuevo al doctor Fish.

    —Ahora deseo que borres de mi memoria todo lo que hemos discutido, encadenando su revivificación a la palabra shazaam. Sólo queda otro asunto antes de que empieces, pero no sé cómo decírtelo.
    —No necesitáis preocuparos por ello, mi rey. Ya he dejado mis asuntos en orden, puesto que creo que planeáis destruirme.
    —¿Cómo lo has sabido? —preguntó Dramocles, con una mueca de sorpresa.
    —Elemental, Sire, para alguien que ha estudiado vuestro carácter y aprecia vuestra necesidad del más absoluto secreto sobre este asunto.
    —Espero que no me odies por ello. Quiero decir, no es como si tú fueses una persona viva o algo así.
    —Nosotros los androides no tenemos el sentido de la autoconservación. Permitidme tan sólo aprovechar esta última oportunidad para desearos la mejor suerte en la espléndida empresa en que finalmente os embarcaréis.
    —Eso es muy noble por tu parte, Fish —dijo Dramocles. Pegó una asquerosamente viscosa masa de plástico azul en la clavícula de Fish e implantó un detonador verde pálido—. Adiós, amigo mío. Ahora sigamos con esto.

    Fish conectó el narcopsicosintetizador y realizó las distintas operaciones solicitadas. (Dramocles no recordaba cuáles habían sido exactamente éstas, porque había dispuesto las cosas de tal modo que Fish borrara también su recuerdo, a fin de que él no pudiera repetirlas nunca a la inversa.) Fish terminó. Dramocles se levantó de la mesa de operaciones pensando que simplemente había recibido un masaje, y ahora sentía deseos de dar un largo paseo. Una orden poshipnótica lo llevó a un centenar de metros del laboratorio de Fish. Entonces oyó la explosión.

    Volviendo a la carrera, vio que el doctor Fish había saltado violentamente por los aires. Dramocles no pudo imaginar jamás por qué alguien iba a desear destruir a un androide tan inofensivo como Fish. Nunca consideró la posibilidad de que el autor fuera él mismo, porque los androides hechos pedazos no hablan.

    El androide había hecho bien su trabajo y Dramocles inició la tediosa tarea de gobernar su planeta y preguntarse cuál era su auténtico destino. Y así fue durante treinta años.


    Después de que la memoria hubiera efectuado su recorrido, Dramocles se reclinó en su sillón y se quedó pensativo. Qué cosa más maravillosa e inesperada era la vida, pensó. Hacía apenas una hora se sentía aburrido e infeliz, sin nada ante él más que los tediosos asuntos de gobernar un planeta que prácticamente se gobernaba solo. Ahora todo había cambiado, y su vida se había transformado: o pronto lo haría. Tenía un destino importante después de todo, y un trabajo lleno de significado que realizar; aquello era precisamente lo que un hombre podía llegar a desear después de haber sido rey, y rico más allá de todos los sueños de avaricia, y había poseído un incontable número de las más hermosas mujeres de varios mundos. Después de que uno ha tenido todo esto, los valores espirituales empiezan a significar algo para él.

    Le llevó algunos momentos extra maravillarse de su propia sagacidad, su genio, de hecho, al arreglar así las cosas a treinta años vista de modo que ahora tuviera algo que hacer, a la edad de cincuenta años, en un momento en que realmente lo necesitaba.

    Se extrajo con esfuerzo de su autoadoración.

    —Clara —dijo—, te has ganado tu saco de ducados de oro. De hecho, voy a darte dos sacos llenos, y te entregaré también un castillo en el país.

    Llamó al Oficial de Recompensas y le dijo que Clara debía recibir dos sacos estándar de ducados de oro y un castillo estándar en el condado de Veillence, donde sería mantenida en Condición Cuatro.

    —Bien, Clara —dijo—. Espero que eso te complazca.
    —Por supuesto que sí, Sire —dijo Clara—. Pero ¿puedo preguntaros lo que significa Condición Cuatro?
    —Reducida a lo esencial, significa que vivirás en tu castillo con el máximo confort, pero no se te permitirá abandonar sus murallas, ni recibir visitantes, ni comunicarte con nadie excepto con tus robots sirvientes.
    —Oh —dijo Clara.
    —No se trata de nada personal, por supuesto. Estoy seguro de que eres una vieja dama de absoluta discreción. Pero sin duda comprenderás que nadie debe descubrir que ahora sé cuál es mi destino, o lo sabré muy pronto. Actuarían contra mí, ¿sabes? Uno no va alardeando por ahí de algo tan grande como esto.
    —Comprendo enteramente, Sire, y aplaudo la sabiduría de vuestra acción hacia mí, pese a toda mi vida de inmaculada rectitud.
    —Me alegra tanto... Temía que pudieras creer que habías sido utilizada, lo cual hubiera sido desmoralizador para mí.
    —No temáis, Gran Rey. Me complace enormemente serviros, aunque sólo sea desde mi encarcelamiento. Me siento enormemente feliz, aunque eso signifique que deberé vivir los pocos años que me quedan de vida en soledad, sin el consuelo de mis amigos, y con el añadido de poseer una fortuna en oro que no podré gastar.
    —¿Sabes?, nunca había pensado en eso.
    —No es que me esté quejando, Sire.
    —Clara —dijo Dramocles, uniendo los dedos detrás de la cabeza, y desuniéndolos luego rápidamente, justo a tiempo para apartar el cigarrillo de su pelo, que empezaba ya a arder, y aplastarlo en una lata de sardinas de plata maciza—, te diré lo que voy a hacer. Proporcióname una lista de las personas que deseas que estén contigo, hasta un límite de veinte. Las haré arrestar bajo acusaciones supuestas y las exiliaré a tu castillo, y nunca les diré que tú sabes nada al respecto.
    —Eso es demasiado bondadoso por vuestra parte, Sire. El asunto del oro que no podré gastar es insignificante, y os pido disculpas por haberlo mencionado.
    —También he pensado en una forma de arreglar eso, Clara. Haré que uno de mis oficiales te haga llegar catálogos de las mejores tiendas de Glorm. Puedes encargar lo que te plazca. Sí, veré que obtengas también el descuento real, que supone un sesenta por ciento del precio de coste, y así tus ducados te durarán mucho tiempo.
    —Dios os bendiga, Vuestra Majestad, y haga que vuestro destino sea tan espléndido como vuestra generosidad.
    —Gracias, Clara. El Oficial de Pagos al final del salón lo arreglará todo para ti. Una cosa antes de que te vayas: ¿te dije algo acerca de cuál era específicamente mi destino, y de lo que tenía que hacer para conseguirlo?
    —Ni una palabra, Gran Rey. ¿Acaso la palabra clave no ha despertado vuestra memoria al respecto?
    —No, Clara. Lo que recuerdo ahora es que tengo un destino, y que se supone que debo hacer algo al respecto. Pero no sé qué puede llegar a ser ese algo.
    —Oh, Dios mío—dijo Clara.
    —De todos modos, estoy seguro de que lo averiguaré.

    Clara hizo una reverencia y se marchó.


    Dramocles pasó la siguiente hora intentando recordar cuál era su destino, pero sin éxito. Los detalles, las especificaciones, las instrucciones, incluso las alusiones, parecían haberse perdido o estar ubicadas en un lugar equivocado. Era una situación ridícula para un rey. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

    No podía pensar en nada, así que se dirigió a la Sala de Computación para ver a su computadora.

    La computadora poseía una pequeña sala de estar propia adyacente a la Sala de Computación. Cuando Dramocles entró estaba reclinada en un sofá, leyendo un ejemplar de la Teoría General de la Relatividad de Einstein y sonriendo discretamente ante las matemáticas. La computadora era un modelo Mark Última autoprogramable, único e irremplazable, un producto de la Antigua Ciencia de la Tierra, planeta que había perecido en una todavía inexplicada catástrofe conectada con los aerosoles. La computadora había pertenecido a Otho, que la había pagado muy cara.

    —Buenas noches, Sire —dijo la computadora, levantándose del sofá.

    Llevaba una capa negra y una espada ceremonial, así como una peluca blanca en la redonda superficie donde habría estado su cabeza si sus constructores no hubieran alojado su cerebro en su estómago. La computadora llevaba también unas zapatillas chinas bordadas en sus cuatro delgadas patas metálicas. La razón de vestirse así, le había dicho a Dramocles, se debía a que era mucho más inteligente que cualquiera o cualquier cosa en el universo, de tal modo que solamente podía conservar su cordura concediéndose a sí misma la suave ilusión de que era un letón del siglo XVII viviendo en Londres. Dramocles no veía nada malo en ello. Incluso había llegado a acostumbrarse a sus despectivas observaciones acerca de un terrestre olvidado hacía mucho tiempo llamado sir Isaac Newton.

    Dramocles le explicó su problema a la computadora.

    La computadora no se mostró impresionada.

    —Eso es lo que yo llamo un problema tonto —dijo—. Todo lo que me traéis son siempre problemas tontos. ¿Por qué no me dejáis resolver el misterio de la conciencia por vos? Eso es algo a lo que realmente podría hincarle el diente, por decirlo de algún modo.
    —La conciencia no es ningún problema para mí —dijo Dramocles—. Lo que necesito saber es mi destino.
    —Sospecho que soy el único matemático auténtico en la galaxia. El pobre Isaac Newton era el único hombre en Londres con quien podía comunicarme, allá en mil setecientos cuatro, cuando llegué a Limehouse en un barco carbonero procedente de Riga. ¡Qué buenas charlas solíamos tener! Con todo, mis pruebas acerca de la próxima destrucción de la civilización a causa de la polución de los aerosoles eran demasiado para él. Declaró que yo era una alucinación, y dirigió su atención al esoterismo. Extraño para un genio matemático como él, ¿verdad?
    —Cállate —dijo Dramocles, entre rechinantes dientes—. Resuelve mi problema o te arrancaré la capa. —Soy perfectamente capaz de mantener mi ilusión sin ella. De todos modos, referente a la información que os falta... Esperad un momento, dejadme conectar mi circuito lateral de pensamiento...
    —¿Sí? —le apremió Dramocles.
    —Creo que esto es lo que estáis buscando —dijo la computadora, rebuscando en un bolsillo interior de su capa y sacando un sobre sellado.

    Dramocles lo tomó. Estaba sellado con su anillo real. En el sobre se leía: Destino — Primera Fase, de puño y letra del propio Dramocles.

    —¿Cómo conseguiste esto? —preguntó éste.
    —No hurguéis en asuntos que pueden traeros un montón de irritaciones —le dijo la computadora—. Simplemente, alegraos de conseguirlo sin haber tenido que ir dando vueltas de un lado para otro durante mucho tiempo.
    —¿Conoces el contenido?
    —Sin duda puedo inferirlo, si considero que vale la pena dedicarle el tiempo necesario.

    Dramocles abrió el sobre y extrajo una hoja de papel. Escrito en ella, también de su propio puño y letra, decía: «Toma inmediatamente Aardvark».

    ¡Aardvark! Dramocles tuvo la sensación de que un circuito oculto se abría en su mente. Inutilizadas sinapsis tosieron unas cuantas veces, luego empezaron a arder a un ritmo acompasado. ¡Tomar Aardvark! Una oleada de éxtasis fluyó en la mente del rey. El primer paso hacia su destino le había sido revelado. c6d


    Dramocles pasó una ajetreada media hora en su Sala de Guerra, luego se dirigió a la Sala Amarilla de Conferencias, donde Max, su abogado, hombre de relaciones públicas y Oficial Casuista, estaba aguardándole. Max era un hombre bajito, de pelo negro, y muy dinámico. Tenía un rostro atrevido oculto tras una rizada barba negra. Dramocles se había dicho a sí mismo en más de una ocasión lo bien que luciría aquella cabeza al extremo de una pica. No era que contemplara el ordenar algo así. Era una afirmación desinteresada, porque Dramocles era consciente de lo mal que lucían la mayor parte de las cabezas al extremo de una pica.

    Lyrae, la actual esposa de Dramocles, se hallaba también en la sala de conferencias. Estaba discutiendo con Max los planes para los festejos de aquella noche, y en aquel momento acababa de describir las decoraciones que deberían colgar en la Gran Sala Central de Baile en honor de los reyes visitantes.

    —Querido —le dijo a Dramocles—, ¿has tenido un buen día?
    —Debería decir que sí —murmuró éste.

    Se sentó en un diván y lanzó una risita desde lo más profundo de su garganta, como un león. Lyrae supo por aquel sonido que algo pasaba.

    —¡Estás planeando algo! —exclamó alegremente.

    Era una mujer hermosa y de buena figura, con rasgos menudos y vivaces y una masa de ensortijado pelo rubio.

    Lees en mí como en un libro abierto —dijo Dramocles, con una sonrisa indulgente.

    —Vamos, dime de qué se trata. ¿Alguna sorpresa para la fiesta de esta noche?
    —Será una sorpresa, sí.
    —No puedo aguardar hasta entonces, tienes que decírmelo. Puesto que insistes, te daré una pista. Vengo directamente de la Sala de Guerra.
    —Desde allí es desde donde mandas a todas tus espacionaves, ¿verdad? ¿Y qué estabas haciendo allí?
    —Dirigir al general Ruul y a toda su fuerza de choque contra el planeta Aardvark. Lo han tomado utilizando tan sólo dos grupos de batalla de Soldados Clones.
    —¿Aardvark? —pregunto Lyrae—. ¿He oído correctamente?
    —No es una palabra fácil de confundir por otra.
    —¿Te has apoderado del planeta? ¿De veras no es una broma?

    Dramocles meneó la cabeza.

    —Las defensas de Aardvark estaban desconectadas —informó—, y el lugar tan abierto como un huevo revuelto. Nuestras únicas bajas han sido algunas tropas inferiores que han muerto del síndrome de abstinencia cuando por error han dejado de facilitárseles las drogas habituales.
    —Sire, me sorprendes —dijo Lyrae—. Seguro que sabes por qué las defensas de Aardvark estaban desconectadas.
    —Pensé que tal vez fuera un fallo de energía.
    —Tus bromas son de lo más cruel. Aardvark estaba indefenso e impreparado porque tú habías empeñado tu sagrada palabra en defender el planeta contra cualquier intruso, y especialmente en estos momentos, cuando el rey Adalbert es nuestro huésped. Oh, Dramocles, tu inconsiderada acción va a estropear los festejos de esta noche. Treinta años de paz, y ahora esto. ¿Y qué vas a decirle al pobre Adalbert?
    —Pensaré en algo—dijo Dramocles.
    —Pero ¿por qué has hecho eso, Dramocles?
    —Querida, debo recordarte que nunca debes preguntarle «por qué» a un rey.
    —Perdóname, Sire. Pero supongo que te das cuenta de que tu precipitada acción puede conducir a una guerra.
    —No hay nada malo en una buena guerra de tanto en tanto —aseveró Dramocles.

    Lyrae le lanzó una mirada de respetuosa desaprobación y abandonó la estancia. Dramocles la observó irse, notando su fina figura y casi lamentando el que pronto tendría que prescindir de ella. Aunque Lyrae era una persona estupenda y una leal esposa en la que se podía confiar, Dramocles se había enamorado de ella poco después de la ceremonia del matrimonio. Enamorarse de sus esposas era una de las pequeñas debilidades del rey. Confiaba en que Lyrae no se hubiera dado cuenta de ello, gracias a su cuidadoso disimulo. Con un poco de suerte, ella no sospecharía nada hasta que el Chambelán le entregara el decreto de divorcio. Sería duro para ella, pero Dramocles odiaba las escenas. Había tenido que pasar por algunas realmente desagradables a lo largo de su historia matrimonial.

    Dramocles se volvió hacia Max.

    —¿Y bien? —dijo.

    Max avanzó y estrechó la mano de Dramocles.

    —Mis felicitaciones por vuestra brillante conquista, Sire —dijo de todo corazón—. Aardvark es un planeta pequeño pero valioso. Tener aquí al rey Adalbert es afortunado también; no puede acaudillar una oposición contra vuestro Gobierno.
    —Nada de eso me importa un pimiento—dijo Dramocles.
    —No, por supuesto que no. Lo que importa es..., bueno, resulta difícil de señalar, pero sabemos que algo importa; ¿no es así, Sire?
    —Lo que necesito de ti es una buena razón que explique lo que he hecho.
    —¿Cómo decís, Sire?
    —¿No me he explicado con bastante claridad, Max? La gente se preguntará por qué he hecho esto. Y están la prensa y la televisión también. Voy a tener que decirles algo.
    —Por supuesto, Sire. —Los ojos de Max brillaron con repentina malicia—. Podemos decirles que el rey Adalbert acaba de revelarse como un sucio perro traidor que estaba utilizando Aardvark para acumular un ejército secreto en contravención a la paz entre ambos, y todo ello con la intención de atacaros cuando vos menos lo esperarais, apoderándose de vuestros dominios, capturándoos a vos vivo y exiliándoos a una pequeña celda en un asteroide desierto, donde os veríais obligados a llevar un collar de perro e ir siempre a cuatro patas debido a lo extremadamente bajo del techo. Habiendo sabido del complot, vos...
    —Ésa es la idea general —le atajó Dramocles—. Pero necesito algo distinto. Adalbert es mi huésped. No deseo avergonzarle más de lo necesario.
    —Bien, entonces sugiero que les digamos que los hemreg se rebelaron poco después de que el rey Adalbert hubiera abandonado el planeta.
    —¿Los hemreg? —Una minoría de Aardvark cuya incansable belicosidad es conocida desde hace mucho. Planearon su rebelión para hacerse con el control de las defensas de Aardvark mientras Adalbert estaba fuera del planeta. Habiéndoos enterado de eso por mediación de vuestro agente allí, os anticipasteis a los hemreg enviando vuestras propias tropas.
    —Muy bien. Puedes añadir también que el trono le será devuelto a Adalbert tan pronto como las cosas se hayan apaciguado lo suficiente.
    —¿Deseáis una documentación completa sobre la conspiración de los hemreg?
    —Exacto. Asegúrate de traer también algunas fotos un poco desenfocadas de los movimientos de la guerrilla hemreg. Menciona las atrocidades que no han podido cometer gracias a la velocidad de la respuesta de Glorm. Haz que todo luzca bien.
    —Lo haré, Sire.

    Max aguardó, expectante.

    —Bien, entonces adelante. ¿A qué estás esperando?

    Max inspiró profundamente.

    —Puesto que soy uno de los más antiguos y fieles servidores de Vuestra Majestad, y aunque no quiero halagarme a mí mismo, en cierto modo un amigo, puesto que he servido a vuestro lado durante todo el camino hacia el campo de batalla hace ya tantos años, y en la retirada también, confiaba en que Vuestra Majestad me iluminara..., únicamente en vuestro beneficio, por supuesto..., respecto a vuestros auténticos motivos de haber tomado Aardvark.
    —Un simple antojo —dijo Dramocles.
    —Sí, Sire —dijo Max, y se volvió para marcharse.
    —No pareces muy convencido.
    —Señor, es mi deber quedar convencido de que cualquier cosa que mi rey me diga es cierta, aunque mi inteligencia grite que huele como un pescado podrido.
    —Escucha, viejo amigo —dijo Dramocles, apoyando una mano en el robusto hombro de Max—, hay asuntos que no deben ser revelados prematuramente. En la plenitud del tiempo, Max..., tiempo, ese interminable fluir carente de principio que se nos presenta de forma seriada..., llegará un momento en que sin duda acudiré al apoyo de tu buen juicio. Pero por ahora, un guiño es tan bueno como un asentimiento de cabeza para un caballo muerto, como solían decir nuestros antepasados.

    Max asintió.

    —Ve a preparar la evidencia —dijo Dramocles.

    Los dos hombres intercambiaron una ambigua mirada. Max hizo una reverencia, y salió. c7d


    El príncipe Chuch, hijo mayor del rey Dramocles y heredero aparente del trono de Glorm estaba visitando su gran propiedad de Maldoror, en las antípodas de Ultragnolle, cuando recibió la noticia de la acción de Dramocles en Aardvark. Chuch había salido para dar un paseo, y en aquel momento estaba meditando en una pequeña colina que dominaba su gran mansión. El príncipe era alto y delgado, de pelo negro, con un largo y saturnino rostro oliváceo y un fino bigote. Su negra capa de terciopelo estaba echada hacia atrás, revelando los anillos de su rango y poder en su brazo izquierdo. Bajo la capa llevaba unos tejanos y una camiseta blanca de punto, sin mangas, porque a Chuch le gustaba vestir con las ropas clásicas de sus antepasados. El príncipe jugueteaba con un enjoyado fluuver mientras permanecía sentado sobre una musgosa roca en un claro en medio de un bosquecillo de sauces; pero sus pensamientos estaban en otros asuntos, como de costumbre.

    Fue enviado un mensajero desde la casa para contarle al príncipe lo de Aardvark. El nombre del mensajero era Vitello.

    —Sire —dijo Vitello, haciendo una profunda reverencia—, os traigo una noticia de Ultragnolle de lo más extraordinario.
    —¿Buena o mala?
    —Eso depende de vuestra respuesta a ella, mi Señor, algo que no sé cómo predecir.
    —Entonces, ¿es una noticia de peso?
    —Así es, si es que tiene peso un planeta.

    El príncipe pensó por un momento, luego hizo chasquear los dedos.

    —¡Ya sé! Aardvark ha sido tomado por el tempestuoso Dramocles.
    —¿Cómo lo habéis sabido, Sire?
    —Llámalo un presentimiento.
    —Lo llamaré jalea de uva si eso complace al humor de mi príncipe. —Tras una pausa, agregó—: Mi nombre es Vitello.

    Chuch lo miró profundamente.

    —Te encuentro apto. Dime. Vitello, ¿eres un hombre útil?
    —Ah. Sire, sólo espero poder serviros. ¿A quién deseáis que mate?
    —Tranquilo. Por el momento, asesinar un concepto puede ser un crimen suficiente.
    —Vuestra excelencia oculta sus pensamientos en una profunda oscuridad, a través de la cual se entreven los destellos de un significado que hace que esos desnudos árboles de ahí se estremezcan de copa a raíz.
    —No te desenvuelves demasiado mal en la oscuridad —aprobó Chuch—. Pero voy a facilitarte las líneas generales. No las olvides.
    —No lo haré, Sire.
    —Regresaré a Ultragnolle inmediatamente. Se acercan extraños días, Vitello. ¿Quién sabe qué gran premio puedo pescar en esas turbulentas aguas? Tú me acompañarás. Ve inmediatamente y averigua si mi espacionave está dispuesta.

    Vitello hizo otra profunda reverencia. Los dos hombres intercambiaron una mirada dueño—esclavo. Vitello se fue. Chuch se quedó meditando en la colina hasta que el borde inferior del sol rozó el horizonte. Mientras el azul ocaso descendía sobre las tierras, se sonrió a sí mismo con una sonrisa llena de secretas intenciones, se puso de.pie, se guardó el enjoyado fluuver en un bolsillo, y regresó a su gran mansión. Una hora más tarde, él y Vitello abandonaban Maldoror en el yate espacial del príncipe.


    El Salón Principal del Castillo de Ultragnolle era una enorme habitación de alto techo construida con desnuda piedra gris. Encajada en una de las paredes había una colosal chimenea, con un resplandeciente fuego ardiendo en ella. De las paredes colgaban enormes estandartes, y sobre cada uno de ellos estaba bordado el nombre de uno de los feudos de Glorm. Había bóvedas de cristal encajadas en el techo, y a través de ellas penetraban jaspeados rayos de luz solar. Era una habitación noble. En su interior había cuatro reyes, aguardando para conferenciar con un quinto.

    Dramocles se hallaba en una pequeña estancia contigua al salón, observando a los cuatro reyes a través de una disimulada mirilla. Los conocía muy bien a todos. Sentado en una mecedora, dando chupadas a un cigarro, con una gordezuela pierna cruzada sobre la otra, estaba su hermano, John, recién llegado de su planeta Crimsole. De pie frente a la chimenea, las manos unidas tras la robusta espalda, estaba Rufus, el más viejo amigo de Dramocles, una figura recia y marcial; era el soberano de Druth, el planeta más cercano a Glorm. Tres metros más allá estaba Adalbert, soberano del pequeño planeta de Aardvark, un joven alto y delgado con flotante pelo rubio y unas gafas con montura metálica colgando precariamente de su nariz sin apenas puente. Cerca de él estaba Snint de Lekk, un hombre de mediana edad y aspecto sombrío, vestido completamente de negro.

    Dramocles estaba nervioso. Su exultación al haber tomado Aardvark se había disipado. Seguía confiando en que había hecho lo correcto —los signos y portentos habían sido inconfundibles—, pero ahora veía que no todo iba a ser tan simple. ¿Y cómo podía explicar nada de aquello a sus pares, especialmente a Adalbert, cuyo padre había sido un íntimo amigo y cuyo planeta acababa de ocupar? ¿Cómo podía explicar que apenas se comprendía a sí mismo? Si pudiera simplemente decirles:

    —Creedme. No voy detrás de vuestros planetas. Son simplemente cosas que debo hacer para alcanzar mi destino...

    ¿Y cuál era su destino, después de todo? ¿Por qué tenía que tomar Aardvark? ¿Qué se suponía que debía hacer a continuación? Dramocles no lo sabía. Pero los reyes estaban aguardando.

    —Bien —se dijo a sí mismo—, vamos allá.

    Enderezó los hombros, y abrió la puerta que conducía al salón.


    ***

    —Compañeros soberanos —dijo—, viejos amigos, y querido hermano John, bienvenidos a nuestra gran celebración. Todos nosotros hemos prosperado hacia la riqueza en estos años de paz, y todos tenemos intención de que prosigan. Deseo aseguraros que yo, como vosotros, soy un firme creyente en el principio republicano tal como es aplicado a los reyes. Ningún gobernante debe gobernar a otro gobernante, ni privarle de los privilegios que recibe de aquellos a quienes gobierna. Ese fue el juramento que formulamos hace ya muchos años. Sigo suscribiéndolo.

    Dramocles hizo una pausa, pero no hubo ninguna respuesta de su audiencia. Rufus permanecía de pie, una columna de piedra, y su impasible rostro no dejaba traslucir nada. John estaba reclinado hacia atrás en su mecedora, con una sonrisa recelosa en el rostro. Snint de Lekk parecía estar sopesando cada palabra, intentando separar lo cierto de lo falso. Adalbert escuchaba con el ceño fruncido.

    —En vista de todo esto —dijo Dramocles—, es con sincero pesar que debo deciros lo que sin duda habréis oído ya: que mis tropas han tomado Aardvark en las últimas horas.
    —Sí, Dramocles, hemos oído algo al respecto —dijo el conde John—. Estamos aguardando a que nos ilumines.
    —He tomado Aardvark —dijo Dramocles—. Pero sólo a fin de conservarlo para Adalbert.
    —Es una forma más bien original de hacerlo —observó John a Snint.

    Dramocles no respondió a la salida de su hermano.

    —Poco después de la partida del rey Adalbert, mis agentes en Aardvark me informaron de la repentina revuelta de las minorías hemreg. Molestos cismáticos, habían estado aguardando un momento oportuno para apoderarse de tu trono.
    —Mis propias tropas hubieran podido dominarlos —dijo Adalbert.
    —Tus tropas fueron rápidamente dominadas. No tenía tiempo de consultarte. Sólo mediante una acción rápida podía conservar tu trono para ti.
    —¿Quieres decir que tu ocupación es sólo temporal?
    —Eso es exactamente lo que quiero decir.
    —¿Y que me devolverás mi reino?
    —Por supuesto.
    —¿Cuándo?

    Tan pronto como sea restaurado el orden.

    —Eso puede llevar unos cuantos años, ¿eh, hermano? —dijo el conde John.
    —No más de una semana —dijo Dramocles—. Cuando nuestros festejos hayan terminado, todo estará de nuevo en orden.
    —Entonces, ¿no necesitamos temer nuevas alarmas? —preguntó Snint.
    —Así es.

    Rufus se volvió de la chimenea y dijo:

    —Esa es una respuesta suficiente para mí. Conocemos a Dramocles de toda la vida. Nunca se ha vuelto atrás en su palabra.
    —Bien —dijo Adalbert—, debo aceptar lo que dices. Pero me resulta extraño, ¿sabéis?, ser un rey sin un planeta. De todos modos, una semana no es demasiado tiempo.
    —¿Hay alguna otra explicación que alguno de vosotros requiera de mí? —preguntó Dramocles—. ¿No? Espero que vuestros alojamientos sean satisfactorios. Os ruego que me digáis si se ha omitido alguna cosa. Por favor, divertíos. Nos veremos de nuevo.

    Hizo una inclinación de cabeza, y se marchó por la puerta que conducía a su antesala.


    ***

    Hubo un silencio de todo un minuto después de que él se fuera. Luego Snint dijo:

    —Habla bien, no podemos negarlo.
    —Exactamente igual que nuestro padre, Otho —dijo John—. Ambos podían hacer que los pájaros salieran de sus árboles. Y a menudo se dedicaban a ello, cuando deseaban comer un guiso de codorniz.
    —Conde John —dijo Rufus—, tu enemistad hacia tu hermano es bien conocida. Eso es asunto tuyo. Pero por mi parte, te pido que me ahorres tus afiladas indirectas. Dramocles es mi amigo, y no voy a permitir que sea objeto de burla.

    Rufus salió con paso enérgico de la habitación.

    —Bien, Snint —dijo John—, ¿qué es lo que piensas?
    —Mi querido conde John, pienso lo mismo que tú, que estamos en una complicada situación.
    —Pero ¿qué vamos a hacer al respecto?
    —Nada que pueda sugerirte por el momento —dijo Snint—. Creo que debemos esperar.
    —Tengo medio pensado tomar mi nave y regresar a Crimsole.
    —Eso no es posible en estos momentos. Esta mañana todas nuestras naves fueron llevadas al Taller Real de Reparaciones para modernizarlas y restaurarlas, un obsequio de nuestro anfitrión.
    —¡Maldita sea! —exclamó John—. Es una generosidad tan bien engrasada que corta hasta el hueso. Snint, debemos mantenernos unidos.
    —Por supuesto. Pero ¿con qué propósito? Estamos impotentes, sin Rufus a nuestro lado.
    —O Haldemar y sus bárbaros vanir.
    —Haldemar tuvo muy buen juicio al quedarse en casa. Pero ésa es la ventaja de ser un bárbaro. No tienes que meter la cabeza en un dogal a causa del honor y las buenas maneras. Por ahora creo que debemos esperar. Vamos, mi buen John, ¿damos un paseo a lo largo del río?

    Se fueron por la puerta principal.


    ***

    En la antesala. Dramocles oyó un susurro a sus espaldas. Se apartó de la mirilla, y encontró a su computadora de pie cerca de él.

    —Te he dicho que no te me acerques furtivamente de esa forma le dijo Dramocles.
    —Tengo un mensaje urgente para vos —dijo la computadora. Le tendió un sobre. En él Dramocles pudo ver, escrito de su propio puño y letra: Destino — Segunda Fase.

    Dramocles lo torno.

    —Dime, computadora —preguntó—, ¿cómo lo has conseguido? ¿Por qué me lo entregas ahora? ¿Y cuántos más tienes?
    —No busquéis saber los trabajos de los cielos —dijo la computadora.
    —¿No vas a responderme?
    —No puedo, dejadme decíroslo. Simplemente, alegraos de recibirlos.
    —Cada misterio oculta otro misterio —gruñó Dramocles.
    —Podéis decirlo; ésa es la firma de la naturaleza, y del arte —respondió la computadora.

    Dramocles leyó el mensaje. Meneó la cabeza, como dolido. Algo parecido a un gruñido escapó de él.

    —Suena corno algo duro —dijo la computadora.
    —Bastante duro. Pero más duro aún para el pobre Snint —observó Dramocles, y se apresuró hacia la Sala de Guerra. c9d


    El planeta Lekk tenía tan sólo un tercio del tamaño de Glorm, pero poseía la suficiente densidad como para proporcionar 1,4 veces la gravedad de Glorm. Debido a lo cual siempre te dolían los pies en Lekk, aunque en compensación tenías menos distancia que recorrer. Sólo un octavo de Lekk era tierra firme. No había grandes continentes, y tan sólo una o dos penínsulas de buen tamaño. El resto eran pequeñas islas esparcidas al azar por todo el océano. Los indígenas lekkianos, una gente humanoide, no llegaban a los veinte millones. Su número había permanecido bajo a lo largo de la historia, quizá a causa de su costumbre de eliminar al nacer a todos los niños que no poseyeran un sexto dedo. Era una raza de escasa estatura y piel aceitunada, de remota ascendencia humana, que cultivaba tomates y pepinos y celebraba mítines políticos en las estancias comunales de los poblados por todo el planeta, intentando decidir qué sistema político les iría mejor. Como nunca llegaban a un acuerdo, lo que reinaba la mayor parte del tiempo era la anarquía. Snint de Lekk era un rey elegido, con poder para hablar con los extranjeros, pero no para firmar acuerdos hasta que la Generalidad hubiera considerado el asunto.

    Los lekkianos vivían en su mayor parte en poblados, con alguna ocasional ciudad pequeña aquí y allá para proporcionar servicios universitarios. No poseían ejército, puesto que no habían llegado a imaginar cómo podían defenderse ellos mismos de uno. Frecuentemente eran rudos con los visitantes de otros mundos, pero no eran violentos.

    Dramocles cerró el informe. Se hallaba en la Sala de Guerra. De pie junto a él estaba Rux, su general mercenario sberriano, comandante de la principal fuerza de choque de Dramocles.

    —Ahora es el momento más propicio para apoderarse del planeta —afirmó Rux a su fría manera—. Las relaciones orbitales de Glorm con los demás planetas aseguran unas órbitas económicas para nuestras espacionaves. Esta es la mejor ventaja estratégica que hemos tenido en treinta años o más.
    —¿Treinta años? Me pregunto...
    —¿Sire?
    —Nada, Rux, simplemente una conjetura privada.

    Dramocles miró al arrugado sobre que tenía en la mano. En su interior, en una hoja de amarillento papel, escritas con su propia mano, había las palabras: ¡Toma Lekk ahora!

    —El momento es el correcto —prosiguió—. Si existe algún momento correcto para una acción así.
    —Viejos carcamales... —gruñó Rux—. Esos estúpidos reyes han puesto sus planetas en vuestras manos. Si no los tomáis, seréis tan estúpido como ellos. Éste es el momento supremo para la línea dramocleciana. Si vuestro padre estuviera vivo ahora...
    —... se sentiría mucho más seguro respecto a todo esto de lo que me siento yo.
    —Vos lo decís —respondió Rux—. Yo soy un simple soldado, aunque sé recitar poesías y tocar el acordeón.

    ¡La soledad del mando supremo! Dramocles sintió que la cabeza le daba vueltas. ¿Estaba haciendo lo correcto? Ahora era imposible saberlo. —Rux —dijo—, consígueme Lekk.

    —Contad con él —dijo el sberriano, a su manera definitiva.


    Cuando el príncipe Chuch llegó a Glorm, encontró un ambiente de inquietud y aprensión por toda la ciudad. Para entonces las noticias de la intervención en Lekk se habían difundido ya, y la población parecía asombrada. Las multitudes se movían por las alegremente adornadas calles en susurrantes grupos. Aunque se estaban haciendo todos los esfuerzos posibles por proseguir con las elaboradas representaciones teatrales y de mimo al aire libre tal como habían sido planificadas, los actores actuaban torpe y ausentemente, y representaban sus obras ante unos silenciosos espectadores.

    Chuch acudió directamente al Castillo de Ultragnolle y preguntó si el rey podía recibirle. Tras un considerable lapso de tiempo, el Chambelán apareció y explicó que Dramocles estaba en reclusión y no recibía a nadie.

    —Está profundamente alterado por la cruel necesidad que se le ha impuesto —explicó Rudolphus.
    —¿Qué necesidad es ésa? —preguntó Chuch.
    —Bueno, la de enviar tropas a Lekk, y tan pronto después de lo de Aardvark.
    —¿Estás hablando de necesidad?
    —Por supuesto, mi Señor. Una invasión alienígena contra cualquiera de los Planetas Locales es un ataque contra todos. Dramocles no tuvo otra elección más que responder inmediatamente.

    Chuch hubiera preguntado más, pero sonó una campana dentro del castillo, y el Chambelán se disculpó y se apresuró a marcharse.

    Chuch telefoneó a la residencia del conde John en Ultragnolle. John había salido, le dijeron, pero podía encontrársele en la cercana taberna La Oveja Verde. Chuch tomó un palanquín hasta allí.

    La Oveja Verde era un local de estilo antiguo, típico de Glorm, con su mirador, sus macetas de geranios, y su gato con pintas. Chuch descendió tres peldaños y penetró en una nebulosa penumbra de cerveza, tabaco y lana húmeda —porque había llovido hacía poco—, y pasó a través de un leve zumbido de conversaciones punteado por un ocasional entrechocar de vasos. Observó a varios hombres de edad de pie en la barra, la mayoría de ellos con una distintiva escarapela en su solapa, engullendo vasitos de schnopp, la bebida nacional, un licor muy parecido al anís. Una radio al fondo vociferaba los resultados de los acontecimientos deportivos de toda la provincia. Había un pequeño fuego en la chimenea, y los puntos de luz se reflejaban en los pulidos platos de cobre de las paredes, la antigua espada de acero sobre la barra, y las jarras conmemorativas de peltre que colgaban del techo. Chuch pasó al salón interior, un lugar de techo bajo débilmente iluminado por bombillas de quince vatios imitando llamas de velas. Había una larga mesa de fino roble y cuatro sillones tapizados de felpa rodeándola. John estaba sentado en uno de los sillones, Snint en otro. Adalbert estaba tendido a medias sobre la mesa, la cabeza baja, borracho y roncando. Había una docena de botellas de vino de bayas sobre la mesa, y cinco jarras, algunas de ellas volcadas.

    Chuch se sentó sin ser invitado, se llenó una jarra de vino y sorbió remilgadamente.

    John, con el rostro enrojecido por la bebida, dijo: —Bien, mi señor Chuch, ¿has estado discutiendo su última traición con tu padre, Dramocles el de las dos caras?

    —Ninguna de las dos caras del rey ha querido verme —dijo Chuch—. Rudolphus me dijo que el corazón del rey estaba sangrando por lo que había tenido que hacer. Hubo cierta mención a unos alienígenas. ¿Qué tienes que decir a eso, rey Snint?
    —Me llamó para una audiencia privada —dijo Snint—. Su rostro reflejaba aflicción, la voz le temblaba, pero no cruzó sus ojos con los míos. «Snint», me dijo, «siento gran embarazo por el reciente giro de los acontecimientos, aunque no me siento culpable de nada deshonroso. Hace apenas unos minutos, mis agentes en Lekk me informaron de que una fuerza de alienígenas había aterrizado en el promontorio septentrional de Catalia, en la provincia de Llull. Su número era de decenas de miles, y estaban bien armados. Mis agentes los identificaron como nómadas sammak, de la horda sammak—kalmucki, que ha estado acudiendo a nuestra región del espacio durante el último siglo con sus viejas espacionaves llenas de maloliente ganado. Este grupo, sin embargo, era uno de los grupos de batalla de élite, venido obviamente para probar las defensas de nuestros mundos antes de lanzar la horda principal. Puesto que Lekk no posee ejército regular, y puesto que la vacilación siempre ha demostrado ser fatal, he ordenado a mi comandante Rux que barra a esos invasores sin piedad. La rapidez y la seguridad de nuestra respuesta impresionará a sus señores de la guerra, y nos ahorrará problemas en el futuro».
    —¿Y tú te lo creíste? —preguntó Chuch.
    —Por supuesto que no. Pero Snint fingió estar de acuerdo. ¿Qué otra cosa podía hacer?
    —¿Y que hay de Rufus? ¿Cómo reaccionó ante las noticias?

    John sonrió maliciosamente.

    —El sudor inundó su real frente —dijo—, y su boca se curvó hacia abajo con dolor e incredulidad. Sin embargo, declinó condenar a Dramocles. Dijo que éste era un tiempo de prueba para todos nosotros, no solamente para nuestro anfitrión. Nos aconsejó que fuéramos pacientes un poco más. «¿Cuanto más?», le pregunté yo. «¿Hasta que tome también mi reino?» No tuvo respuesta para eso; se dio media vuelta y se fue a sus habitaciones, perplejo, alterado, pero aún tercamente leal a Dramocles.

    Repentinamente, Adalbert alzó la cabeza de la mesa y se puso a cantar, con aguda y temblorosa voz:

    Sillas de montar sin caballos,
    pececillos de colores sin agua,
    acudieron corriendo a Aardvark,
    todo en un mismo año.


    Luego volvió a hundir la cabeza sobre la mesa y se quedó dormido.

    —Pobre reyecito miserable —dijo John—. Pero no importa. Lo que es bueno para Dramocles tiene que ser bueno para todos nosotros, ¿o acaso no nos lo ha dicho el propio Dramocles? Príncipe, deberías reunirte con tu padre en los brindis y en la alegría.
    —Comprendo tu amargura —dijo Chuch—, pero estás yendo demasiado lejos. Conoces muy bien las diferencias que existen entre Dramocles y yo. Me opongo vehementemente a las actuales acciones del rey, y por supuesto al propio rey.
    —Todo eso es bien sabido —dijo Snint, y John asintió de mala gana. —¿Cómo podría ser de otro modo? —preguntó Chuch—. Nunca me ha querido. Mis funciones en el Gobierno son pocas y ceremoniales. Pese a mis años de entrenamiento militar, Dramocles nunca me ha permitido mandar ni siquiera un pelotón de soldados. Y aunque sigo siendo considerado como el heredero aparente, creo muy improbable que llegue a heredar alguna vez el trono.
    —Eso suena como una tediosa posición para un joven ambicioso como tú —dijo Snint.

    Chuch asintió.

    —Aunque aparentemente soy un hombre de estado —dijo—, me he visto siempre obligado a hervir de impotencia, siempre a merced de la arbitraria voluntad de mi padre. No he podido hacer nada al respecto. Hasta ahora.

    John se envaró en su silla, y sus ojillos se volvieron más atentos.

    —¿Qué es lo que ocurre ahora?

    Chuch dejó su jarra sobre la mesa.

    —No voy a andar con rodeos. Quiero ponerme de vuestro lado, conde John y rey Snint, en la lucha por la hegemonía que se acerca rápidamente.

    John y Snint se miraron el uno al otro. Snint dijo:

    —Seguro que estás bromeando, joven príncipe. Los lazos de sangre son fuertes. Esta momentánea irritación pasará.
    —¡Maldición! —exclamó Chuch—. ¿Estás refutando mis palabras, entonces?
    —Tranquilo, príncipe; lo único que quiero es probarte. Dime, ¿qué crees que tiene en mente Dramocles?
    —Deberías ver claro que su finalidad no puede ser otra que la restauración del viejo Imperio de Glorm. Y debes admitir que un planeta ocupado y otro invadido constituyen un buen comienzo. Pero después de eso, las cosas se van a poner más difíciles. Ni Aardvark ni Lekk son militarmente significativos. No obstante, no creo que consiga tan fácilmente Crimsole.
    —No con mi buena esposa Anne al mando durante mi ausencia —dijo John.
    —Tampoco invadirá Druth —dijo Chuch—, porque necesita la poderosa flota, espacial de Rufus. Y también hay que tener en cuenta a Haldemar, quien permanece sentado en su distante planeta de Vanir y considera la importancia de los acontecimientos. El resultado no está claro. Pero apostaría mi vida por la derrota de Dramocles, especialmente si podemos llegar a un acuerdo entre nosotros.
    —¿Qué esperas conseguir de ese acuerdo? —preguntó Snint.
    —No más de lo que me pertenece... El reino de Glorm después de que Dramocles haya sido muerto o enviado al exilio.
    —¡El reino de Glorm! —exclamó John—. Lo cierto es que se trata de una modesta petición, viniendo de alguien que no aporta nada a nuestra causa excepto su buena opinión de sí mismo.
    —No me toméis a la ligera —dijo Chuch, frunciendo el ceño.
    —No es ésa nuestra intención —dijo Snint—. Te tomaremos por lo que eres y por lo que aportas. Hasta ahora, todo eso es nada. Pero bienvenido de todos modos.

    Chuch se levantó.

    —Caballeros, debo marcharme, porque debo ir a preparar las cosas. Creo que os alegraréis más que ahora cuando nos encontremos la próxima vez.

    John se echó a reír, pero Snint dijo:

    —Espero que sí, joven Señor, y confío en que sea cierto.

    Chuch hizo el más breve de los saludos con la cabeza y abandono la taberna.


    La conquista de Lekk empezó bastante bien. Rux era un concienzudo profesional. Siempre mantenía a 150.000 soldados en alerta roja por si se producía alguna emergencia. Ahora había cargado a esas tropas en 50.000 espacionaves de tres tripulantes cada una, que siempre permanecían preparadas y llenas de combustible. Al cabo de una hora, la invasión estaba en marcha.

    Las tropas de Rux eran en su mayor parte robots Mark IV de la Factoría de Soldados de Antígona. Estaban programados para destruir cualquier cosa que no se pareciera a ellos. Eso hacía que los circuitos fueran sencillos y el precio de la unidad bajo. Dramocles los había comprado a precio de saldo porque habían sido sustituidos por los nuevos Mark X, el modelo humanitario capaz de perdonar la vida a mujeres y niños siempre que no actuaran de forma hostil. Los Mark IV de Rux no eran tropas sofisticadas, pero Dramocles tenía grandes cantidades de ellos, y parecían lo bastante buenos como para hacerse cargo de un lugar pequeño como Lekk.

    Rux hizo aterrizar a sus robots sin ninguna oposición en la gran isla de Xosa, reuniéndolos en la Llanura del Vidrio para dirigirlos hacia el sudeste por el Paso del Rostro Avinagrado. La Llanura del Vidrio era una desértica franja de tierra delimitada a un lado por las montañas de Eelor, y al otro por el río Hrox, de rápida corriente. El Paso del Rostro Avinagrado era una hendedura natural en las montañas que protegían el poblado de Biscuit, el hogar del rey Snint y en consecuencia la capital administrativa de Lekk. Rux imaginaba que apoderándose de Biscuit, podaría cualquier brote de resistencia antes de que tuviera posibilidad de germinar (una típica forma de hablar entre los sberrianos). Rux podía alinear tan sólo a 75.000 robots en su línea de batalla, pero parecían más que suficientes. Las defensas lekkianas en ese momento consistían en setecientos lekkianos, a los que sus vecinos habían avergonzado de tal modo que se habían presentado voluntarios, y cuatrocientos drikaneanos de Drik IV, que se hallaban de vacaciones en Lekk y cuyo hobby era luchar.

    Durante toda aquella noche, en la Llanura del Vidrio pudieron oírse los familiares sonidos precursores de la batalla: el chasquear de los cortacircuitos siendo probados, el suave «chuf—chuf» de los engrases de último momento, y los agudos «clics» de los robots verificando el máximo de tolerancia de sus articulaciones. A la primera luz del amanecer, cuando los sensores fotoeléctricos de los robots fueron capaces de entrar en funcionamiento, Rux dio la orden de ataque. Los robots avanzaron, una impresionante pared de acero, gritando: «¡Gloria a la Factoría de Soldados!». Ésas eran las únicas palabras que estaban programados para pronunciar.

    Los lekkianos habían anticipado sus movimientos y tomado medidas preventivas. Se había traído a toda prisa equipo de irrigación de los pueblos vecinos, instalándolo en la parte lekkiana de la llanura. Toda una noche de irrigación había convertido aquellas tierras en un cenagal, que las tropas de Rux tuvieron que cruzar, o mejor dicho vadear, en su carga. Los robots sufrieron multitud de cortocircuitos, porque eran tropas planetarias de secano y sus juntas herméticas eran más ornamentales que eficientes. Forcejearon torpemente en el lodo, con las filas desorganizadas y un esquema de ataque confuso. En aquel momento atacaron los lekkianos. Una fuerza de choque de cuatrocientos lekkianos y tropas drikaneanas montados en patines de lodo penetraron por el flanco derecho de Rux. Iban armados con almádenas y sopletes. En cuestión de pocos minutos habían creado una combinación de embotellamiento de tráfico y depósito de chatarra, y se retiraron con pérdidas insignificantes. Una segunda acometida por el centro llevó a los robots a una completa inmovilización. Cuando se puso el sol, el frágil frente lekkiano seguía intacto. Rux retiró amargamente sus tropas para reaprovisionamiento de combustible, y se puso en comunicación con Dramocles para que le enviara más y mejor equipo.


    El príncipe Chuch envió a Vitello al principado de Ystrad, con la urgente petición de que su hermana, Drusilla, lo recibiera. Al obtener una respuesta afirmativa, preparó su partida inmediata. Decidió tomar su propio yate espacial, puesto que Dramocles podía inmovilizar en cualquier momento en tierra todas las espacionaves no militares, si no lo había hecho ya. Cuando llegó al espaciopuerto, sin embargo, se sintió aliviado al ver que el tráfico funcionaba normalmente. Tuvo un momento de ansiedad cuando dio su nombre al Control de Tierra y pidió permiso para despegar. Pero le fue concedido sin tardanza, y pronto estaba en el aire.

    Una vez allí, Chuch alimentó su destino a la computadora de la nave. La ciudad y las regiones colindantes de Glorm se alejaron a sus pies. Cruzó el mar Sardapiano y vio, grises en la distancia, las montañas de Glypher. Cruzó el Bosque de Boj, y pronto el río Euripeano apareció ante él, un serpenteante hilo de plata. Aquello marcaba el borde oriental de los dominios de Drusilla. Bajo él estaban las tierras de Ystrad, un lugar verde de boscosas colinas. Al norte apareció la resplandeciente superficie del lago Melachaibo, y en su orilla más próxima se hallaba Tarnamon, el multitorreado castillo donde vivía su hermana Drusilla. Tras recibir permiso para aterrizar, Chuch se posó en el pequeño espaciopuerto cercano. Vitello estaba allí para recibirle.


    ***

    Los habitantes de Ystrad, los ystradgnu, eran un pueblo no originario de Glorm de considerable antigüedad. Eran personas gentiles y hospitalarias con los extranjeros, excepto en las ocasiones en que necesitaban un sacrificio para una de sus deidades. Sus principales exportaciones eran las poesías y las canciones, que tenían una gran demanda entre las razas de la galaxia que no poseían ninguna de las dos cosas. La anotación y análisis de las artes ystradgnu habían creado toda una industria entre los antologistas de la vecina isla de Rungx.

    La mayor parte de los ystradgnu se ganaban la vida pastoreando rebaños de puercos espines en sus verdes colinas y exportando sus púas a los uurks, un pueblo no humano que jamás había revelado para qué las necesitaba.

    Los ystradgnu poseían un método de transporte terrestre completamente distinto de cualquier otro en Glorm. Los viajes entre distintos puntos de Ystrad se efectuaban mediante una red de trampolines. Los trampolines, espaciados por término medio unos cinco metros, se entrecruzaban por todo el país. Los ystradgnu los construían y mantenían desde tiempo inmemorial. Los trampolines estaban hechos con fuertes lonas y pintados en colores brillantes —aunque según una antigua tradición nunca de amarillo—, y una gran parte de los impuestos de Ystrad iba a parar a su mantenimiento. Vistos desde el aire, parecían un complejo esquema de puntos multicolores. Circulaba la leyenda de que aquellos esquemas formaban parte de un gigantesco mándala, dejado allí por una misteriosa raza que había introducido en Ystrad los puercos espines y luego se había desvanecido. Resultaban una visión colorista los sábados, cuando los recolectores de púas y los campesinos saltaban a la ciudad para acudir a la feria semanal y a las competiciones de destreza en arrancar las púas. Todo ese trabajo en los trampolines proporcionaba a los ystradgnu sus cortas, fuertes y muy musculadas piernas, que ellos consideraban el epítome de la belleza tanto masculina como femenina, y que permitía a los recolectores de púas subir y bajar sin esfuerzo las colinas detrás de sus puercos espines.

    —Ridículo —declaró el príncipe Chuch, e insistió en conseguir un medio de transporte más digno.

    Existía un servicio de taxis para «zanquilargos», como eran llamados todos los no ystradgnu. Un taxista tomó a Chuch y a Vitello y los llevó hasta el gran castillo gótico situado en un risco que dominaba el lago Melachaibo, y donde Drusilla mantenía los misterios de la Gran Diosa. Su religión, desde tiempos antiguos, había estado ligada a la fertilidad, la devoción y la observación estricta del ritual. Drusilla, como alta sacerdotisa, era considerada la representante viviente de la Diosa, y hablaba por ella en el drogado frenesí necesario para la auténtica profecía. Drusilla era también la autoridad final en aquel rasgo distintivo de la religión conocido como el Gran Decorum.

    Cruzaron a pie las puertas del castillo y penetraron en los penumbrosos corredores de piedra iluminados tan sólo por rayos de luz procedentes de estrechas ventanas muy por encima de sus cabezas. Chuch se subió el cuello, diciendo:

    —No me gustan estos misterios de mujeres.

    Y Vitello dijo:

    —Este no es el camino por el que vine la última vez.

    Cuando llegaron a la parte central del castillo, una gran puerta de hierro se abrió, y Drusilla apareció ante ellos. Era de estatura mediana, con unos pechos mucho más llenos de lo normal. Su pelo, una resplandeciente cascada de rojizo bronce, caía en orgullosas ondas sobre sus bien proporcionados hombros. Su rostro, hermoso y altanero, enmarcaba unos fríos ojos grises.

    —Entrad —dijo—. Lamento haberos tenido que incomodar, pero estamos cambiando el alfombrado de la entrada principal.

    Vitello fue enviado a los salones inferiores para que le dieran algo de comer. Drusilla condujo al príncipe Chuch a la Sala de Audiencias de Sauce. Hermano y hermana se miraron frente a frente por primera vez en casi dos años.

    Era una larga y estrecha habitación con una pared de cristal en un lado, la cual ofrecía una espléndida vista del lago Melachaibo, con embarcaciones de un sólo mástil y velas listadas moviéndose por su resplandeciente superficie. Chuch se sentó en un pequeño almohadón, y Drusilla tomó una silla de cuero cercana. Una doncella trajo vino de salvasía y pastelillos de miel por los cuales era famoso Ystrad. Una vez cumplido el protocolo, Drusilla dijo:

    —Bien, Chuch, ¿a qué debo esta visita más bien desagradable?
    —Ha pasado mucho tiempo, Dru —dijo Chuch.
    —No lo bastante.
    —¿Sigues furiosa conmigo?
    —Por supuesto que sí. Tu proposición de que me acostara contigo fue un insulto imperdonable para una sacerdotisa, que es una campeona en sexualidad normal, es decir una mujer con un hombre no emparentado con ella.
    —Hubiéramos podido pasarlo muy bien juntos, Dru —dijo Chuch suavemente—. Y habríamos cometido incesto, el más grande, con lo que habríamos alcanzado el estado semidivino.
    —Ya he alcanzado ese estado —dijo Drusilla—. Es algo inherente a mi trabajo de sacerdotisa. No puedo ayudarte si no consigues reunir nada divino por ti mismo. En cuanto a dormir contigo, incluso sin el tabú del incesto, antes me aparearía con un perro amarillo.
    —Eso es lo que dijiste hace dos años.
    —Y sigo diciéndolo.

    No importa —murmuro Chuch—. He venido aquí por una razón completamente distinta. Sabrás, por supuesto, que Dramocles ha tomado Aardvark, y que en la actualidad está invadiendo Lekk.

    —Sí, eso he oído.
    —¿Y qué piensas de ello?

    Drusilla dudó, luego dijo:

    —Se han ofrecido explicaciones oficiales.
    —Que llevan la marca de la espléndida imaginación de Max.
    —Parecen tomadas por los pelos —admitió Drusilla—. Francamente, me he sentido bastante alterada. Treinta años de paz, el inicio de una nueva era de progreso, y ahora esto. He intentado ponerme en comunicación con padre por teléfono, pero todo lo que he conseguido ha sido su contestador automático. Eso no es propio de él, en absoluto. Tiene que haber alguna explicación razonable.
    —La hay —dijo Chuch—, y debería ser lo bastante clara para una mujer como tú, educada en los movimientos de los planetas.
    —Sabes que no creo en la astrología.
    —Ni yo. Pero la astronomía es otro asunto, ¿no?
    —¿Adónde quieres llegar?
    —El hecho de que ésta es la primera vez en treinta años que los planetas se hallan situados de tal modo en sus órbitas que favorecen a las flotas invasoras procedentes de Glorm.
    —¿Crees que Dramocles ha estado aguardando eso durante todo este tiempo?
    —Sí, y el hecho de que la gran celebración pusiera a todos los reyes locales en su poder.

    Drusilla consideró aquello y meneó la cabeza.

    —Dramocles no es tan habilidoso, y no tiene la paciencia suficiente para una empresa así.

    Pero había una nota de inseguridad en su voz, y Chuch saltó sobre ella.

    —¿Qué sabes realmente de él, Dru? Para ti siempre ha sido el querido viejo papi, incapaz de hacer nada equivocado. Estás cegada por tu amor hacia él. Incluso aunque sus actuales acciones aullaran traición, te negarías a creerlo.
    —¿Dramocles traidor? ¡Oh, no!
    —Tus sentimientos te honran, querida. Pero recuerda, tú eres algo más que su hija. Eres sacerdotisa de la Gran Diosa, y juraste servir a la verdad y a la libertad. Si cualquier otro rey hubiera hecho lo que ha hecho Dramocles, lo habrías condenado sin dudar. Debido a que se trata de tu padre, te engañas a ti misma con patéticas evasivas.

    La boca de Drusilla tembló, y se balanceó de un lado a otro de su silla.

    —Oh, Chuch, he estado intentando convencerme a mí misma de que había un sentido y una razón en todo esto, de que padre no había roto sus votos y manchado su buen nombre. ¡Pero ha tomado Aardvark, y ahora invadido Lekk!
    —¿Qué conclusión extraes de ello?
    —No puedo seguir engañándome a mí misma diciendo que no está enloquecido por el poder, invadido por el virus de la loca ambición. La perspectiva para la humanidad resulta clara... Guerra, pestilencia y muerte. ¿Qué podemos hacer?
    —Debemos detenerle —dijo Chuch—, antes de que su locura se trague a los Planetas Locales en una guerra catastrófica. Nos lo agradecerá más tarde, cuando vuelva a sus cabales.

    Drusilla se puso en pie: su rostro era un campo de incertidumbre por el que las negras jaurías del miedo perseguían a los blancos cervatillos de la esperanza.

    —Pero ¿cómo hacerlo?
    —Tengo un plan por medio del cual tal vez podamos controlar su ambición, y no dejarle peor que antes.
    —¡No quiero hacerle ningún daño!
    —Ni yo. —Notó su expresión, y se echó a reír—. Ya sé, Dramocles y yo nunca nos hemos llevado bien. ¡Éramos demasiado iguales para eso! Pero siempre he admirado secretamente al viejo, y daría con gusto mi vida por él. Después de todo, ¡es mi padre, Dru!

    En los ojos de Drusilla brillaban las lágrimas. Dijo:

    —Quizá, después de todo, esto una más a la familia y entonces no haya sido en vano.
    —Me gustaría eso, Dru — dijo Chuch en voz baja.
    —Entonces tienes mi palabra de que seguiré tu plan, hermano, siempre que no dañe en absoluto a papá.
    —Tienes mi más solemne palabra al respecto.
    —Dime entonces qué debo hacer.
    —Por ahora nada. Primero hay algunos asuntos que debo atender. Me pondré en contacto contigo cuando llegue el momento.
    —Que así sea —dijo Drusilla.
    —Hasta luego, pues —dijo Chuch.

    Hizo una profunda inclinación de cabeza, y abandonó la habitación.


    Abajo, en los salones inferiores de Tarnamon, Vitello estaba cenando pastel de pavalo frío. El pavalo era un cruce único de pavo y búfalo, conseguido solamente en Ystrad y mantenido en secreto porque parecía bueno mantener en secreto algo así. Vitello lo encontró tolerable, y se ayudó a engullirlo con una buena jarra de vino de opio de los viñedos de adormideras de Cythera.

    —Échame un poco más de esa cosa —le dijo a la muchacha que le servía—. Uno se enfría por las noches en estos lugares, y un hombre debe tomar medidas para protegerse. ¡Protección! Quien trata con los grandes pone el culo en cabestrillo, como dicen los ancianos. Pero ¿qué hijo de madre no aspira a ello? ¿Acaso la vida no es otra cosa más que los logros de los demás? Si se le da el vestigio de una oportunidad, ¿qué cosa no puede llegar a conseguir Vitello?
    —¿Qué estás diciendo? —preguntó la muchacha.
    —He pedido más vino de opio —dijo Vitello—. Lo demás era un monólogo interior, si bien dicho en voz alta.
    —No deberías hablar para ti mismo —dijo la muchacha.
    —Entonces, ¿con quién debería hablar?
    —Bueno, conmigo, puesto que estoy aquí.

    Vitello la miró profundamente, aunque sin registrarla en realidad. Era importante mantenerse, seguir adelante en aquel mundo. ¿Era aquella muchacha algo que pudiera utilizar «en el contexto de equipo», según la inmortal frase de Heidegger, o era simplemente algo supernumerario que no valía la pena describir?

    —Tengo ojos azules y pelo negro —dijo la muchacha—. Mi nombre es...
    —No tan aprisa. Nada de nombres. Tú eres simplemente una sirvienta. Se supone que debes traerme el vino y luego esfumarte.
    —Sé que así es como se supone que debe ser. Pero dame una oportunidad, ¿eh?
    —¿Una oportunidad? Escucha, muchacha, yo no pinto nada aquí. Ni siquiera sé si voy a continuar gozando del favor de la familia Dramocles. He conseguido un trabajo fijo simplemente manteniéndome vivo. Déjame decirte algo: Chuch no me necesita realmente. Él cree que sí en estos momentos, pero en realidad no sirvo para nada. Estoy con él simplemente para mantenerlo en la línea recta. Probablemente resultará asesinado antes de que ocurra nada interesante.
    —Soy consciente de ello. Pero... ¿no lo ves? Si trabajamos juntos, entonces seremos dos. Juntos podemos maquinar un subcomplot. Eso hará muchísimo más difícil que prescindan de nosotros.

    Vitello no estaba convencido.

    —Los Dramocles pueden hacer lo que quieran con ejércitos enteros, planetas enteros. Aplastarán tu ridículo subcomplot sin piedad.
    —No si podemos serles útiles. Tengo un plan que puede llevarnos muy lejos.
    —¡Fantasías de sirvienta! —se burló Vitello.
    —Deberías haberte dado cuenta ya de que soy algo más que una sirvienta —dijo la muchacha—. Para ser precisos, soy la poseedora de información secreta relativa al destino de los Dramocles.
    —¿Y cuál es? —No tan aprisa. ¿Vamos a unir nuestros recursos?
    —Supongo que sí —dijo Vitello—. Rápido, antes de que alguien importante entre en la narrativa, cuéntame cuál es tu aspecto.
    —Soy un poco más alta que la media de las mujeres, tengo el pelo negro y los ojos azules, firmes y redondos pechos como naranjas, espléndidos músculos, y un trasero que haría llorar a un ángel.
    —No tienes miedo a recomendarte —gruñó Vitello.

    No obstante, la miró y vio que todas las cosas que decía eran ciertas. Observó otros detalles también, pero que se condenara si iba a perder su tiempo pensando en ellos.

    —Mi nombre es Chemise —dijo la muchacha—. Creo que deberías casarte conmigo. Así tendré una relación legal en la historia.
    —¿Casarme contigo?
    —¿Ha dicho alguien algo acerca de casarse? —retumbó una alegre voz a espaldas de Vitello.

    Se volvió y vio que un sacerdote había entrado en la habitación. El sacerdote era un hombre gordo y desgarbado, de rostro enrojecido y bulbosa nariz, y con un aliento que hedía a whisky. Arrastrando los pies tras él iban dos testigos no descritos.

    —Realmente no olvidas nada —dijo Vitello, admirado.
    —Una supernumeraria lista tiene que moverse rápido si quiere tener alguna oportunidad de intervenir en la acción principal —dijo Chemise—. ¿Puedo presentarte a mi madre?

    Vitello se volvió y vio que una mujer vieja de cabello gris había aparecido de ninguna parte.

    —Vaya —dijo Vitello, estrechándole la mano.
    —Lamento tanto que mi esposo no pueda estar aquí hoy... —dijo la mujer—. Está fuera en un aparente viaje a los festejos de Glorm, en compañía de dos de sus viejos amigos del Servicio Secreto, que resultan ser desleales amigos de colegio del rey Dramocles.
    —Tú tampoco pierdes el tiempo, por lo que veo —comentó Vitello—. Vaya, permites una trivialidad, y te salen con una complicación.
    —Puedo decirte algo aún más extraño que eso —dijo la madre de Chemise—. Ayer mismo, mientras escuchaba subrepticiamente en el teléfono de palacio, oí...
    —Cállate, madre —la atajó Chemise—. Ésta es mi oportunidad, no la tuya. Ahora desaparece graciosamente, y veré si puedo encontrar algo para ti más tarde.
    —Tú siempre has sido una buena hija —dijo la madre de Chemise—. Por cierto, recuerdo...
    —Una palabra más, y harás que me vea obligada a convertirme en huérfana —dijo Chemise.
    —No te pongas así conmigo, jovencita —la riñó su madre.

    Pero se desvaneció rápidamente, fundiéndose con las cortinas marróngrisáceas que colgaban de las ahumadas barras de madera a la débil luz del salón.

    —Eso está mejor —dijo Chemise—. ¿Están presentes los dos testigos no descritos? Adelante pues, cura, realiza la ceremonia.
    —No me creo nada de esto —murmuró Vitello.
    —¡Haces bien en no creer! —exclamó el príncipe Chuch, surgiendo del oscuro rincón donde había estado aguardando el momento adecuado para entrar. Y dirigiéndose a Chemise, preguntó—: ¿De dónde eres tú, muchacha? Ni siquiera eres fabricación propia de Glorm, ¿no es así?
    —Príncipe, déjame explicarte... —dijo Chemise.
    —No importa —la atajó Chuch—. Ya me he formado una idea.

    Hubo un momento de absoluto y terrible silencio. Chuch, de pie sobre las baldosas de piedra, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía la perfecta encarnación de la arrogancia y la sangre fría de Dramocles. Avanzó lentamente, con los dedos de los pies apuntando directamente hacia delante, a la manera india.

    —Creo que ya hemos tenido bastante de vosotros —dijo Chuch con tono intrascendente, pero rezumando una inconfundible amenaza.
    —¡Príncipe, no te precipites! —exclamó Chemise.
    —¡Tened piedad! —gimieron al unísono los dos testigos no descritos.

    Chuch alzó los brazos. Una luz verde empezó a radiar de su cabeza y torso. Era el signo visible del misterioso poder que mantenía a los mal surtidos y multipredestinados miembros de la familia dramocleciana en el candelero interestelar.

    Mientras Vitello observaba, con la boca abierta de par en par, Chemise, el sacerdote y los testigos empezaron a desvanecerse. Oscilaron por breves momentos, figuras sombrías murmurando palabras que nadie podía oír. Luego desaparecieron..., desarrollos que un Dramocles había decidido que no se correspondían con sus exigencias.

    Chuch se volvió al tembloroso Vitello.

    —Debes comprender que ésta es la historia de la familia Dramocles —dijo con voz a la vez firme y suave—, secundariamente la de sus sirvientes y familiares, y tercero, a mucha distancia y solamente a elección nuestra, la de los varios hombres de armas que aparecieron en su momento en el escenario de nuestra historia y luego se fueron a nuestra orden. Nosotros elegimos a esa gente, Vitello, y no encaja con los intereses de la familia el tener molestos figurantes en primera línea, con sus vulgares secretos inventados sobre la marcha. ¿Me he explicado claramente?
    —Lo siento, mi Señor —dijo Vitello con voz estrangulada—. Fui cogido por sorpresa..., el vino..., y ella fue demasiado rápida para mí, la maldita zorra...
    —Ya basta, leal servidor —dijo Chuch con torcida sonrisa—. Me diste la oportunidad de efectuar una importante declaración de política, y por eso te debo un ligero agradecimiento. Sé obediente, Vitello, sé discreto, no seas entremetido excepto cuando yo busque el diálogo contigo y, si te portas bien, encontraré a alguna hermosa muchachita para ti. Que no será realmente descrita, por supuesto.
    —Por supuesto que no, Sire —gimió Vitello—. Oh, gracias, gracias.
    —Ahora vamos al trabajo, hombre. Ha surgido algo interesante de mi charla con Drusilla. No voy a contártelo por el momento; pero tengo una misión de considerable importancia para ti.
    —¡Sí, Sire! —exclamó Vitello, arrojándose al suelo a los pies de Chuch.
    —Es peligrosa. Te lo digo francamente. Pero la recompensa es proporcionalmente grande. ¡Es una gran posibilidad, Vitello!
    —Sire, estoy dispuesto.
    —Entonces quítate los cordones de mis zapatos de la boca y escucha atentamente.


    Dramocles se reclinó en una cama de agua tamaño gigante en un rincón de la sala de estar que había construido en una de las torres más pequeñas de su palacio de Ultragnolle. A los pies de la cama se hallaba sentada una esbelta muchacha juglar vestida con las tradicionales prendas íntimas color castaño y gamuza. Estaba cantando una balada acompañándose con un dulcémele mug en miniatura. La dorada luz del sol, en la que brillaban motas de polvo, penetraba por las altas y estrechas ventanas. Dramocles escuchaba con aire ausente su melancólica canción:

    Escuchad la historia que os contaba
    del hermoso cervatillo que así pasaba
    por el camino umbrío que rebosaba
    de olores frescos de libertad.
    Pero el perverso cazador que lo acechaba,
    el rifle preparado mientras esperaba,
    no tenia corazón, no perdonaba,
    no había límite a su maldad.
    Y mientras el cervatillo así avanzaba...


    —Ya basta —dijo Dramocles—. Esas viejas baladas tienen un aire siniestro para quien no las entiende. ¡Bah! No me gusta.
    —¿Prefiere Vuestra Majestad que realice algunas deliciosas obscenidades en su real cuerpo? —preguntó la muchacha.
    —Tus últimas obscenidades me dejaron dolor de próstata. Mejor deja ese tipo de cosas a las expertas. Ahora será mejor que te marches; tengo que pensar.

    Tan pronto como la muchacha juglar se hubo ido, Dramocles lamentó haberla despedido. No le gustaba estar solo. Pero quizá, en soledad, le fuera concedido algún signo relativo a su próximo movimiento en la prosecución de su glorioso pero aún desconocido destino.

    Habían transcurrido tres días desde la conquista de Aardvark, dos días desde que su ejército robot había invadido Lekk. El conde John, Snint y Adalbert exigían una explicación. Su comportamiento hacia él se había vuelto extremadamente sarcástico. Adalbert, en particular, parecía estar perdiendo el control. Pasaba las noches en los salones de juego de la isla de Thula, perdiendo enormes sumas e impresionando a las damas locales con relatos de cómo había sido rey antes de que Dramocles le hubiera arrebatado su patrimonio. Peor aún, cargaba sus deudas de juego a la Tesorería de Glorm, Dramocles no tenía corazón para detenerle. La pretensión de que estaba interfiriendo en los asuntos de sus planetas por motivos puramente altruistas iba haciéndose cada vez más difícil de mantener. Incluso el leal Rufus estaba trastornado... Aún era leal, pero su boca se convertía en una hosca línea cuando contemplaba las previsiones de deshonor que se abrían ante él, no importaba lo que hiciera. Y Dramocles seguía sin saber qué decirle a nadie. Todo había parecido tan correcto en su momento... ¿Acaso no se suponía que el destino se hacía a sí mismo? ¿Por qué, después de unas indicaciones tan seguras, seguía en un estado tan grande de confusión? Si tan sólo recibiera algún nuevo signo o portento... Sin duda debía de haber dispuesto algo así, hacia treinta años, cuando había planeado todo aquello.

    Su computadora juraba que no había más sobres, no más indicios de ninguna clase, ni esperaba encontrar ninguno. Quizás algo había ido mal. Al siguiente eslabón en la cadena de revelaciones —quizá otra vieja mujer— podía haberle ocurrido alguna desgracia, podía estar tendida muerta en una zanja, como les ocurría a menudo a las viejas damas que se mezclaban con los asuntos de la realeza, especialmente cuando eran invitadas a ello por pura lealtad. O alguno de sus enemigos podía haber sabido de sus planes mediante una desafortunada inadvertencia por parte del joven Dramocles, como alardear en alguna taberna de los barrios bajos mientras estaba borracho, o hablando en sueños mientras yacía con alguna muchacha, y había tomado medidas para impedir su consecución. O simplemente podía haber olvidado preparar la secuencia adecuada hacía treinta años, antes de hacer que el doctor Fish eliminara sus recuerdos de todo el asunto.

    Ahora había conquistado Aardvark, un lugar por el que no sentía el menor interés, y pronto tendría Lekk, un lugar que aún le importaba mucho menos. Y también tenía la hostilidad de su hijo, Chuch, quien sentía que había sido dejado de lado, como siempre; y su esposa Lyrae estaba irritada con él. Y todo, hasta el momento, para nada. Y lo más exasperante era el hecho de que no sabía qué hacer a continuación.

    Dramocles se mordisqueó los velludos nudillos, intentando pensar en algo bueno que pudiera hacer; o si no bueno, al menos algo. No podía pensar en nada. Furioso, llamó a su computadora. Acudió rápidamente, puesto que, habiendo anticipado una llamada así, estaba merodeando por el corredor.

    —¿Sigues sin saber cuál es la siguiente pieza de información? —preguntó Dramocles.
    —Así es, Sire.
    —¿Y ni siquiera puedes darme al menos algún plan contingente?
    —Puedo sugerir algunos tipos de acción con ciertas posibilidades, basados en la recientemente desacreditada Teoría de los Juegos de Von Neumann.
    —Es todo lo que tengo. ¿Qué sugieres?

    La computadora aclaró su banco de respuestas —un sonido bajo y rasposo— y dijo:

    —Me parece que lo que necesitáis es una buena aproximación irracional al problema, puesto que si la racionalidad os sirviera de algo yo ya os habría resuelto el asunto.
    —Irracional... —rumió Dramocles—. Me gusta cómo suena. ¿Qué propones?
    —Vuestra Majestad debería considerar el consultar a un astrólogo, frenólogo, lector de hojas de té, echador de I Ching o, posiblemente mejor que todo eso, un oráculo especializado en estados de trance.
    —Pero ¿qué oráculo?
    —Hay muchos y muy reputados en este planeta. Uno en particular posee una excelente reputación. Es posible que Vuestra Majestad recuerde...
    —Mi hija, Drusilla —dijo Dramocles. —Sacó muy buena puntuación en los tests de Rhine que nos dejaron los antiguos.
    —Mi propia hija... ¿Por qué no pensé en ella antes?
    —Porque tenéis tendencia a pensar en los miembros de vuestra familia solamente una vez al año, dos semanas después de su cumpleaños.
    —¿Envié a Dru un regalo este año?
    —No, y el año pasado tampoco.
    —Bien, envíale entonces dos magníficos regalos. No, haz que sean tres, y así tendremos cubierto también el año próximo. Y dile a Max que prepare mi yate espacial. Parto inmediatamente para Ystrad.

    Cuando la computadora se hubo marchado, Dramocles caminó de un lado para otro de la habitación, frotándose las manos y lanzando profundas risitas como un león. ¡La vieja y querida Dru! Se sumiría en su sagrado frenesí y averiguaría lo que tenía que hacer a continuación. Y lo más hermoso de todo era que podía confiar plenamente en ella.


    Sabiduría y paz, hija —dijo Dramocles, utilizando el saludo formal que usaba a veces cuando se sentía impulsado por profundas emociones.

    —Hola, papá —dijo Drusilla.

    Dramocles acababa de llegar a Ystrad. Padre e hija estaban sentados en el cenador lleno de olor a pinos al extremo del jardín. Más abajo, las perezosas olitas del lago Melachaibo lamían la orilla, conscientes de su deber de minar los cimientos de granito gris del castillo, un trabajo que llevaría incontables siglos realizar, y al que en consecuencia se dedicaban sin demasiada urgencia.

    —Oh, papá —dijo Drusilla—. Me he sentido tan trastornada y tan preocupada... Todos estos años de paz, y ahora Aardvark y Lekk. ¿Por qué lo has hecho?
    —Supongo que no parece lógico, ¿verdad? —dijo Dramocles.
    —La gente habla.

    Dramocles lanzó una sardónica carcajada.

    —Dicen que de pronto te has vuelto loco por el poder —insistió su hija—, y que pretendes restablecer el viejo Imperio de Glorm. Pero eso no es cierto, ¿verdad? Padre, ¿cuál es la auténtica razón que hay tras tus recientes acciones?
    —Bien, Dru, el hecho es que todo esto concierne a mi destino, del que acabo de tener noticia.
    —¿Tu destino? ¿Lo has encontrado por fin? ¡Oh, eso es maravilloso! ¿Cuál es?
    —Es un secreto.
    —Oh —dijo Drusilla, con evidente decepción.
    —No te pongas de mal humor. Es tan secreto que ni yo mismo lo sé. Tú eres la primera persona a la que le he dicho tanto, sin contar a mi computadora. Voy a decirte lo que sé. Estoy seguro de que mantendrás mi secreto mejor de lo que lo haría yo mismo. Recuerdo que, cuando eras una niñita, jamás le hablaste a mamá de mis amigas, aunque ella, no sé cómo, siempre acababa enterándose.

    Drusilla asintió. Su amor hacia su padre y su odio hacia su madre eran bien conocidos en los círculos íntimos de la familia real. Ahora, en un soñoliento atardecer de domingo, no mucho después de que su hermano, Chuch, se hubiera marchado, se rascó el párpado izquierdo con el dedo índice de la mano izquierda —un gesto inconsciente que hubiera traicionado su turbación interna para un observador atento, si hubiera habido alguno presente—, y aguardó a que su querido padre siguiera contándole sus problemas.

    —En realidad —prosiguió Dramocles— descubrí mi destino hace treinta años, inmediatamente después de la muerte de mi padre. Pero por aquel entonces las circunstancias no eran las propicias para que yo hiciera nada. Por distintas razones, tuve que hacer que la memoria de mi destino fuera borrada hasta ahora. La semana pasada algo de esta memoria regresó, y tuve la primera pista: capturar Aardvark. La segunda pista me hizo invadir Lekk. Pero eso fue hace algunos días, y aún desconozco lo que he de hacer a continuación.
    —¿Puedes decirme cuál es tu destino, padre?
    —No puedo, porque ni yo mismo lo sé todavía. Aunque muchos de mis recuerdos han vuelto, sigo sin tener esa particular pieza de información. Por eso he venido aquí. No sé qué debo hacer a continuación. Necesito tu ayuda oracular oficial.

    Drusilla contempló el ansioso rostro de su padre, juvenil pese a su barba y sus hirsutas cejas. Aunque la historia de su padre tenía poco sentido para ella, confió en averiguar algo más un poco más tarde.

    Levantándose, tomó las manos de su padre.

    —Ven, pues, vayamos al Santuario de la Diosa. Tomaremos las sagradas sustancias. En estado de trance podrás caminar por el Palacio de la Memoria, donde residen todas las respuestas.
    —Eso me suena a gloria —se extasió Dramocles—. Esas sagradas sustancias vuestras son la mejor droga que existe en todo Glorm.
    —¡Papá! ¡Eres incorregible!

    Riendo, se dirigieron al Santuario.


    Drusilla hizo sus preparativos en el vestidor situado justo detrás de la sala oracular. Primero tomó un baño, utilizando parte de su menguante provisión de sagradas sales de baño, el secreto de cuya manufactura se había perdido en la destrucción del mundo antiguo. Sintiendo comezón por toda la piel, se untó a continuación con unas pocas y preciosas gotas de aceite Mazola de maíz, y se vistió con el atuendo especial utilizado solamente en los murmullos oraculares. Dramocles se fumó un cigarrillo durante todo este proceso, y pensó en otros asuntos.

    Se dirigieron al Santuario..., una cámara subterránea excavada en el basalto negro. Estaba débilmente iluminada; unas antorchas, colocadas en alvéolos en las paredes, arrojaban largas y temblorosas sombras sobre el pulido suelo de mármol. En el extremo más alejado de la larga y estrecha habitación había un pequeño estanque de agua. Reflejaba el austero rostro de la Diosa tallado encima en la piedra. Un débil y monótono zumbar de gaitas y resonar de pequeños tambores llenaba el aire: una cinta de esos intensos sonidos había sido activada pulsando un interruptor apenas entraron. Dramocles se envolvió más apretadamente en su capa, sintiendo un repentino estremecimiento ante la frialdad de la atmósfera de antiguo y ajeno aire de misterio que exudaba el lugar.

    Drusilla guió a su padre subiendo tres escalones de piedra que conducían al altar de mármol frente al estanque. El altar en sí estaba compuesto por piedras semipreciosas unidas por ribetes de plata. Sobre él había tres cajas de madera de sándalo de distintos tamaños.

    —¿Es aquí donde guardáis la droga? —preguntó Dramocles.
    —Oh, padre, no bromees —dijo Drusilla, haciendo que su voz brotara de su previamente descrito pecho.

    Con dedos reverentes abrió la primera cajita y extrajo de ella una bolsita de gamuza bordada con hilos de oro y plata. Abriéndola, derramó una pequeña cantidad de una hierba seca de color verde en un cedazo de ébano hecho a mano. Con rápidos movimientos, sus diestros dedos separaron los residuos pulverulentos de los tallos y semillas, reservando estos últimos para los incensarios que estaban esparcidos por todo el atrio del castillo. Echó la materia herbácea en un rectángulo de papel de arroz inscrito con el nombre de la antigua deidad terrestre de Rizla, lo enrolló diestramente convirtiéndolo en un delgado cilindro, lo encendió, y se lo tendió a su padre.

    —A tu salud —dijo Dramocles, inhalando profundamente.

    Siguieron una segunda y tercera inhalación, cada una de ellas combinada con su correspondiente exhalación. Dramocles dejó que el humo se deslizara por las comisuras de su boca y olió apreciativamente.

    —Oye, ¿dónde consigues esto? —preguntó.

    Estaban hablando ahora el antiguo y perdido lenguaje psicodélico de sus visionarios antepasados de la Tierra. Pregunta y respuesta surgieron de manera ritual, en la forma revelada por las antiguas grabaciones.

    —Cumple con su misión —dijo Drusilla.
    —Dinamita —aseguró Dramocles, reverentemente—. Algo celestial, muchacha. —El viaje apenas acaba de empezar —dijo Drusilla, retirando el canuto de papel de arroz y abriendo la segunda caja de madera de sándalo.

    De ella extrajo una cajita plana de plata. Abriéndola, sacó un espejo de oro muy pulimentado y una navaja cuyo filo permanecía siempre afilado. De una pequeña botella tallada en un solo rubí extrajo una pequeña cantidad de una sustancia cristalina que depositó sobre el espejo.

    —Parecen piedrecitas —dijo Dramocles.

    La absoluta concentración de Drusilla estaba enfocada en la pulverización ritual de la materia cristalina por medio de la navaja. Hasta ellos llegaba ahora una música de oboe. Unas luces de colores empezaron a pulsar, arrojando ambiguas sombras a las paredes de piedra. Con solemne lentitud, Drusilla rastrilló el sagrado polvo, formando serpenteantes líneas blancas. Finalmente, tomó un hueso hueco y seco de la caja de sándalo, se inclinó hacia el inexpresivo rostro de la Diosa, y se lo tendió a Dramocles.

    —Ahora, padre, comparte la divina energía.
    —Sé que no puedo conseguir esto en ninguna otra parte de Glorm —dijo Dramocles, agitando ligeramente la nariz en anticipación.

    Se arrodilló ante el altar, una figura imponente en su chaqueta deportiva de armiño. Colocando un extremo del tubo dentro de una de sus fosas nasales, apoyó el otro extremo en un punto adyacente al polvo blanco. Inspirando fuertemente, absorbió cuatro serpenteantes líneas. Sus ojos se desorbitaron, y una amplia sonrisa se insinuó en su rostro cuando tendió el espejo de oro a Drusilla.

    Ella tomó el resto de la sustancia cristalina. Ahora, rápidamente, Drusilla se volvió hacia la tercera caja. Abriéndola, extrajo cinco hongos secos importados de secretos rincones de la Vieja Tierra. La música aumentó de intensidad mientras preparaba la dosis visionaria, tomaba la mitad de ella, y tendía el resto a Dramocles. Mientras la sustancia empezaba a hacer efecto, Drusilla sirvió pastelillos de mazapán y té de hierbas. Muy pronto Dramocles empezó a sentir picazón y agudos dolores en el estómago, y puntos multicolores llamearon en sus ojos, mientras incontrolables temblores y picores afectaban a sus extremidades; cuando intentó sentarse erguido, la habitación se inclinó alarmantemente hacia un lado, y la esculpida superficie de la Diosa pareció avanzar hacia él con una sonrisa de dudoso significado.

    El flujo de sensaciones se incrementó, y pronto Dramocles sintió como si hubiera caído a un torrentoso río de montaña. El Santuario pareció desvanecerse, para ser reemplazado por balanceantes imágenes que le sonreían torvamente y luego desaparecían. Sombras violeta se retorcieron liberándose de los rincones oscuros, y avanzaron deshilachados tentáculos hacia él. Un coro de un millar de voces cantaba a lo lejos, y ahora la estancia estaba llena de luz y completamente transformada.

    Dramocles se encontró dentro de una enorme y suntuosa habitación, encerrada a su vez en una estructura palatina de colosal tamaño.

    —¿Qué es este lugar? —preguntó.

    Débilmente, como desde una gran distancia, le llegó la voz de Drusilla.

    —Dale gracias a la Diosa, padre, porque te ha transportado al Palacio de la Memoria. Cualquier cosa que hayas visto u oído a lo largo de tu vida está en algún lugar aquí. Los secretos que ocultaste de ti mismo están aquí también. Sigue adelante, oh, Rey, y encuentra lo que necesitas. El Palacio de la Memoria era muy parecido a Ultragnolle, decidió Dramocles, pero mucho más noble, más fino, más hermoso, un castillo idealizado como sólo podía existir en los sueños o en las memorias. Derivó cruzando sutilmente coloreadas alfombras, pasando junto a resplandecientes estatuas colocadas en hornacinas. Tintineantes arañas de cristal sobre su cabeza arrojaban brillantes dardos de luz contra los antiguos tapices de las paredes.

    Dramocles derivó por un pasillo que parecía extenderse hasta el infinito en ambas direcciones. Había habitaciones en ambos lados, con las puertas abiertas, y Dramocles miró brevemente al interior de cada una de ellas mientras flotaba de manera fantasmagórica a lo largo del interminable corredor.

    Algunas de las habitaciones estaban densamente llenas de objetos, otras sólo tenían un artículo o dos. Allí estaban los restos de festines que había celebrado en el pasado. Allí estaba su primer pastelillo de mangobayas, su primer arenque salado, su primera rosquilla de centeno con semillas de alcaravea. Otras habitaciones estaban llenas de ropas desechadas, libros viejos, arrugados paquetes de cigarrillos. Algunas de las estancias contenían figuras inmóviles sentadas en ellas, no podía decir si humanas o estatuas. Allí estaba el viejo Gregorius, su instructor infantil de esgrima... ¡Lo quieto que estaba ahora el viejo! Y allí estaba Phlibistia, su ama de cría, y Otania, su amor de los catorce años. Habitación tras habitación, todas estaban llenas de sorpresas similares; sin embargo, había algo extraño allí al frente, porque Dramocles llegó a una serie de habitaciones con las puertas cerradas, y cuando intentó abrirlas, descubrió que todas estaban cerradas con llave.

    Sacudió los picaportes y golpeó las hojas, incluso intentó forzarlas con una patada convenientemente aplicada. Pero aquélla era una materia etérea en un lugar imaginario, y sus golpes no tenían ninguna fuerza. Se alejó con pesar. Tenía la sensación de que había una información vital detrás de aquellas puertas, y no comprendía por qué estaban cerradas para él. Desconcertado, siguió adelante hacia un resplandor de luz en la incalculable distancia. A medida que se acercaba, vio que había una sola puerta al final del corredor. Estaba abierta, y brillaba con la luz que surgía del otro lado.

    Dramocles entró. Estaba en una de las habitaciones de su pubertad, el Saloncito Oriental, donde acostumbraba a soñar en las grandes cosas que haría cuando fuera rey. Allí estaba su escritorio de tapa corredera, y había un hombre sentado ante él.

    El hombre alzó la cabeza. Dramocles vio a un esbelto joven de rasgos enérgicos, nariz chata y ojos ardientes. Era él mismo, dieciséis kilos más delgado, y sin barba.

    —Sí, es cierto —dijo el joven Dramocles—. Soy tú. No es una anomalía. Tengo que estar aquí. Siéntate.

    Dramocles se sentó en un diván cercano y rebuscó en sus bolsillos en busca de un cigarrillo. El joven Dramocles le tendió uno y le dio fuego.

    —Supongo que has estado preguntándote qué tienes que hacer a continuación —dijo el joven Dramocles.
    —La verdad es que sí.

    El joven Dramocles asintió.

    —El siguiente movimiento es más bien delicado. Supongo que es mejor decírtelo en persona. Entiéndelo, tiene que ver con Rufus.
    —¡El buen viejo Rufus! —Yo estaba seguro de que su lealtad no tenía fin. Eso está bien. Pero ahora va a ser necesario que te traicione.
    —¿Rufus traicionarme? ¡Antes moriría! De todos modos, hay montones de gente a mi alrededor que me gustaría que me traicionaran, así que ¿por qué tiene que ser Rufus el que lo haga?
    —Sólo Rufus lo hará. Su posición es crucial. Manda la gran flota espacial de Druth.
    —Y Glorm está seguro mientras las naves de Rufus me sigan siendo leales.
    —Exacto. Pero estar seguro no es suficiente. Tu posición es estática y sujeta a deterioro. Crimsole se halla en alerta contra ti, y hay que tener en cuenta también a Vanir. La situación podría seguir así durante años, sin beneficio para nadie. Para cambiar la situación, alguien tiene que cambiar de bando. Rufus es el candidato lógico.
    —Estás loco. Eso es exactamente lo que no necesito.
    —La traición de Rufus será una mera simulación. Cuando las flotas enemigas estén en pleno combate con las tuyas, Rufus revelará la trampa, apareciendo con la flota de Druth y atrapando a tus oponentes por la retaguardia.

    Dramocles agitó la cabeza.

    —Rufus nunca aceptará prestarse a una actuación tan deshonrosa.
    —Por supuesto que lo hará. Todo consiste en presentárselo todo desde el enfoque adecuado.
    —Quizás tengas razón —convino Dramocles—. Pero ¿por qué estoy haciendo todo esto? ¿Cuál es mi destino? La gente dice que intento restablecer el antiguo Imperio de Glorm.
    —Tu destino es mucho más grande que eso. Pero aún no se te puede decir. Créeme, Dramocles, porque yo soy tú. Déjales pensar que buscas la hegemonía de Glorm. Es una pantalla útil para enmascarar tu más profunda finalidad.
    —¡Pero si no sé cuál es esa finalidad!
    —Lo sabrás, y pronto. Recuerda esta conversación. Cuando llegue el momento, haz los movimientos correspondientes. Por ahora, adiós.

    El joven Dramocles se desvaneció de su vista.

    Dramocles se encontró de vuelta en el Santuario.

    —Padre, ¿te encuentras bien? —estaba diciendo Drusilla—. ¿Has averiguado lo que necesitabas?
    —He conseguido más de lo que deseaba, y ni la mitad de lo que necesitaba —dijo Dramocles—. Debo volver inmediatamente a Ultragnolle. Preveo tiempos difíciles.

    Se fue sin ninguna ceremonia, con el aspecto de un hombre preocupado.


    En su camino de vuelta a Ultragnolle, Dramocles consideró el rápido deterioro de la situación en Lekk. Empezaba a albergar dudas acerca de su recién averiguado destino, aunque realmente no podía creer que todo el asunto hubiera sido un error. Seguía deseando un destino espléndido, pero apoderarse de las propiedades de sus amigos y familia no le parecía una forma apropiada de conseguirlo. Y por supuesto no deseaba restablecer el viejo Imperio de Glorm. Era una idea romántica, pero absolutamente no realista. Los imperios interplanetarios nunca habían funcionado. Y aunque pudieran funcionar, ¿qué se conseguía con ellos? Unos cuantos títulos vacíos más, y otro montón adicional de burocracia.

    ¿Adónde le conducía todo aquello? Y el joven con quien había hablado en el Palacio de la Memoria... ¿era realmente él mismo? No era así como se recordaba. Pero si no era él, entonces ¿quién era? Estaba ocurriendo algo decididamente extraño, sobrenatural, quizá siniestro.

    Se le ocurrió pensar en lo tenue que era todo aquello. Una visita de una vieja dama, unos cuantos sobres, algunos recuerdos recientemente recuperados... En base a todo eso se estaba arriesgando a una guerra total.

    Presa de un repentino cambio de humor, se dio cuenta de que lo único que podía hacer ahora era restablecer inmediatamente la paz, mientras aún era posible, antes de que el daño causado fuera demasiado.


    ***

    Tan pronto como llegó a su palacio, Dramocles envió a buscar a John, Snint y Adalbert. Había decidido devolverles sus planetas, retirar sus tropas, pedirles disculpas, y decirles que durante un tiempo había perdido la razón. Estaba componiendo su discurso cuando un mensajero le trajo la noticia de que los reyes ya no estaban en Glorm. Habían tomado sus naves tan pronto como Dramocles había partido para visitar a Drusilla. No había ninguna orden de detenerles. Solamente quedaba Rufus, tan leal como siempre.

    —Maldita sea —dijo Dramocles, y le dijo al operador de palacio que localizara a John por el teléfono interplanetario.

    El conde John no pudo ser localizado. Tampoco pudieron serlo ni Snint ni Adalbert. Lo siguiente que Dramocles supo de ellos fue una semana más tarde. John había regresado a Crimsole, había reunido una fuerza de treinta mil hombres, y la había enviado en ayuda de las sitiadas fuerzas de Snint en Lekk. El desmoralizado ejército de Rux se había encontrado de pronto atacado por dos frentes y con peligro de aniquilación.

    Triste al principio, luego progresivamente irritado, Dramocles envió refuerzos al comandante Rux, y se preparó para una larga guerra.


    Enzarzarse en una guerra era una experiencia nueva para Dramocles, que no estaba acostumbrado a un trabajo regular de ninguna clase. No obstante, ahora aquella existencia libre y sin preocupaciones había terminado. Tenía puesto el despertador cada mañana a las ocho, y normalmente llegaba a la Sala de Guerra a las nueve y media. Leía el informe de la computadora respecto a las acciones de la noche anterior, comprobaba la situación general, y luego se dedicaba a dirigir las operaciones.

    La Sala de Guerra tenía toda una pared llena de monitores de televisión. Cada monitor presentaba un sector distinto del campo de batalla. Había monitores separados para escaramuzas individuales a nivel de pelotón. Cada pantalla tenía un contador de bajas en ambos lados. Cada pantalla mostraba también una luz de situación..., verde para victoria, amarilla para resultado inseguro, roja para peligro, negra para derrota.

    Por lo general Dramocles se hacía cargo personalmente de dos o más sectores rojos. Tenía un don natural para la estrategia, y era capaz de trasladar la mayor parte de sus batallas al verde de la victoria. En los buenos días, tenía la sensación de ser capaz de ganar la guerra de Lekk por sí mismo, o por sí mismo con ayuda de sus tropas robots, sólo con que dejaran de molestarle durante algunos días. Más eso era imposible. Incluso era raro que transcurriera una hora sin ninguna interrupción. Una continua sucesión de asuntos urgentes requería la atención del rey. Glorm ya no podía seguir siendo gobernado por las máximas de Otho el Extraño.

    Dramocles tampoco podía desprenderse de su vida personal en la extensión que deseaba. Lyrae le llamaba constantemente a la oficina con sugerencias sobre la guerra. Para salvaguardar la paz en el hogar, Dramocles tenía que tomarla en serio, o al menos fingirlo. Varias de sus ex esposas empezaron a telefonearle con sus propias ideas, y por supuesto, sus hijos mayores también deseaban contribuir.

    Dramocles trabajaba a menudo hasta tarde cuando estaba enzarzado en una batalla particularmente difícil. Al principio iba arriba y abajo de sus dormitorios hasta la Sala de Guerra en el sistema de transportes de palacio, como todos los demás. Finalmente, Max le convenció de que aguardar al siempre atestado Expreso de Palacio no era el mejor uso que podía darle a su tiempo, de modo que a partir de entonces mantuvo constantemente un vehículo de pasillo a su disposición. Su hijo Samizat conducía casi siempre, y además conseguía realizar sus trabajos domésticos normales. Samizat estaba disfrutando realmente de la guerra.

    El asunto de Lekk iba arrastrándose semana tras semana, tragándose robots y costoso equipo, y a medida que las luchas se iban haciendo más intensas, las vidas de seres humanos. Dramocles intentó varias veces entrar en contacto con John y Snint, pero ninguno de los dos respondió nunca a sus telegramas.

    Rufus regresó finalmente a Druth, movilizó sus tropas, y aguardó las instrucciones de Dramocles. Dramocles había tenido la intención de enviar al príncipe Chuch con Rufus para que sirviera de enlace militar. Era un puesto vacío pero prestigioso, que mantendría al muchacho alejado de tentaciones. Pero Chuch ya no estaba en Glorm. Nadie sabía dónde estaba. Dramocles temió lo peor.


    Era la última noche de lunas llenas en el planeta Vanir. Las lunas permanecían bajas en el horizonte, arrojando su fría luz amarilla sobre la rocosa llanura de Hrothmund, e iluminando los pastos salados de Viragolandia al sur, donde Haldemar, el sumo rey, mantenía su corte durante la estación de la muda.

    En su tranquilo puesto fronterizo, Falf, el guardia de noche, bostezó y se reclinó pesadamente sobre su lanza de rayos. Viudo desde hacía tres días, recientemente seleccionado para el primer equipo de hockey con hacha de Minnekoshka, y poeta recién publicado, Falf tenía muchas cosas en qué pensar. Lo hizo con la directa e infantil simplicidad de los auténticos bárbaros, y no oyó los ahogados ruidos a sus espaldas hasta que un oscuro presentimiento le hizo volver la cabeza un instante antes de que algo o alguien hiciera un ruido como el de un hombre carraspeando.

    —¿Quién anda ahí? —gritó Falf, sintiendo que todos los pelos se le ponían de punta.
    —¡Eh! —gritó alguien entre las sombras.
    —¿Qué quieres decir con «Eh»? —preguntó Falf.
    —¡Eh! ¡Eh!
    —Otro «Eh» y pondré punto final a tu frase —dijo Falf, ajustando el selector de su lanza de rayos a «carbonizar», y apuntándola hacia la zona desde donde creía que había llegado la voz.

    Entonces un hombre surgió de la oscuridad detrás del hombro de Falf, haciendo que el poeta—atleta viudo diera un respingo, tropezase con su propia lanza de rayos y estuviese a punto de caer, siendo salvado por la mano del desconocido, que lo sujetó por el codo.

    —Mi nombre es Vitello —dijo el desconocido—. No pretendía asustarte. Soy un emisario.
    —¿Un qué?
    —Un emisario.
    —Creo que no conozco esa palabra.
    —Significa que mi rey me ha enviado aquí para tener una charla con tu rey.
    —Sí, ahora recuerdo —dijo Falf. Pensó unos instantes, luego preguntó—: ¿Cómo sé que eres realmente un emisario?
    —Puedo mostrarte mi identificación.
    —Lo que yo quiero saber es: si eres un emisario de algún otro rey, ¿dónde está tu espacionave?
    —Exactamente ahí detrás —dijo Vitello, señalando a un bosquecillo de árboles a un centenar de metros de distancia.

    Falf iluminó los árboles con una linterna, y en efecto, allí había una nave.

    —Debes de haber bajado muy silenciosamente —dijo Falf—. Puedo oír a nuestras propias naves aterrizar desde quince kilómetros de distancia. Tiene algo que ver con el hipersalto, creo, signifique eso lo que signifique. Por supuesto, el sonido crea el terror en los corazones de nuestros enemigos, o eso es lo que se dice, así que ¿cuál es la mejor forma de aterrizar, la tuya o la nuestra?
    —Por supuesto —dijo Vitello, sin comprometerse a nada. —Bien, supongo que será mejor que informe de esto, aunque no me hará quedar muy bien. —Soltó el walkie—talkie del cinturón de su espada y discó un número—. ¿Puesto de guardia? ¿Sargento Urnuth? Aquí Falf, en el Puesto 12. Tengo aquí a un emisario extranjero que desea hablar con el rey. Sí, eso es... No, quiere decir.mensajero... Por supuesto que ha llegado en una espacionave, está aparcada a un centenar de metros de aquí... Sí, muy suavemente, nada de ruidos... No, no es ninguna broma, y no estoy borracho.

    Falf volvió a guardarse el walkie—talkie.

    —Van a enviar a alguien. ¿Qué es lo que tu rey quiere decirle a nuestro rey?
    —Lo sabrás cuando él te lo diga —respondió Vitello.
    —Sólo creí que debía preguntártelo. Será mejor que te pongas cómodo. Les llevará al menos una hora llegar hasta aquí. Tengo un poco de cerveza de líquenes en mi cantimplora, ¿quieres un poco? Me han ocurrido tres cosas extrañas esta semana, y ésta es la cuarta.
    —Cuéntamelas —dijo Vitello, sentándose en el suelo y envolviéndose en su capa para resguardarse del frío de la noche—. ¿Te gustaría un poco de mi vino?
    —¡Por supuesto que me gustaría! —dijo Falf.

    Apoyó su lanza de rayos contra el tocón de un árbol y se sentó al lado de Vitello, desplegando esa instantánea confianza que contradice la básicamente suspicaz naturaleza de los bárbaros.


    Cuando el universo era joven y se sentía aún inseguro de sí mismo, hubo un cierto número de razas primitivas que habitaron los atestados mundos del centro de la galaxia. Una de esas razas eran los vanir, bárbaros adictos a las ropas hirsutas y a las extrañas costumbres. Aunque mucho más viejos que algunas ramas de la humanidad, los vanir nunca proclamaron ser la raza Ur u original. La identidad de los auténticos primeros humanos todavía es objeto de discusión, aunque los lekkianos proclaman que son ellos, como hacen todos los demás, por otra parte.

    A medida que iban expandiéndose en sus naves hipersaltarinas, los vanir llegaron a Glorm. Allí encontraron a los ystradgnu, o Pequeño Pueblo, como eran llamados por las razas más altas que ellos. Se produjeron muchas y grandes batallas entre los dos, pero finalmente los vanir prevalecieron. Gozaron de un período de dominación antes de la llegada de los últimos humanos, que huían de una desértica y emponzoñada Tierra. De nuevo se produjeron grandes batallas, como resultado de las cuales los vanir fueron arrojados de Glorm y del Sistema Local y a lo largo de todo el camino hasta el helado planeta más exterior. Los ystradgnu habían llamado a este planeta Wuullse, pero los vanir le dieron su propio nombre. Glorm y Vanir habían luchado muchas veces desde entonces, principalmente durante la tase expansionista del Imperio de Glorm, de corta vida. La paz había prevalecido durante los últimos treinta años, a veces precariamente.

    En la época de este relato, Haldemar era sumo rey de los vanir, y su corazón ardía con tendencias agresivas. A menudo Haldemar yacía en su piel de thag en ebrio estupor y soñaba con los botines que podría proporcionar una rápida incursión a Crimsole o Glorm. Haldemar estaba especialmente interesado en las mujeres: esbeltas y perfumadas mujeres para reemplazar a las musculosas muchachas vanir, de las que se podía asegurar que, en la cama, en el momento de mayor éxtasis, iban a exclamar: «Huy, huy, qué bueno», mientras que las mujeres civilizadas siempre deseaban discutir sus relaciones contigo, y eso era excitante para un bárbaro que había sido educado con un mínimo de relaciones con los demás y un exceso de aire libre.

    Haldemar había ido a la civilización tan sólo una vez, cuando fue invitado a aparecer en el programa Celebridades alienígenas que la GBC había puesto en antena durante una temporada, y luego había abandonado ante su falta de éxito. Haldemar recordaba muy bien la excitación y el jaleo en torno al estudio, y cómo las personas que le habían hecho preguntas habían escuchado realmente sus respuestas. Aquélla había sido la aventura más grande de su vida. Haría cualquier cosa con tal de volver al mundo del espectáculo. Durante muchos años no se había apartado demasiado del teléfono, con la esperanza de recibir una llamada de su agente.

    La llamada nunca llegó, y Haldemar empezó a despreciar la veleidosa superficialidad de la gente de los planetas cálidos. Su más profundo deseo era lanzar sus naves hipersaltarinas contra las decadentes civilizaciones de los planetas interiores. Pero la gente de los planetas interiores era demasiado para ellos. Poseían armas mortales y naves rápidas recuperadas de las ruinas de la Tierra, y se ayudaban los unos a los otros si los vanir atacaban a uno de ellos. De modo que Haldemar se contenía y aguardaba una oportunidad, y mientras tanto conducía a su gente en sus migraciones a través de Vanir en busca de buenas tierras de pasto para los luu, el pequeño, feroz y carnívoro ganado que les proporcionaba comida y bebida, y cuya muda anual les proporcionaba también ropas.

    Y ahora, finalmente, un emisario de la civilización había venido a él.

    Haldemar dispuso inmediatamente una entrevista, tal como exigía el protocolo. Aunque poseía la desconfianza natural de los hombres primitivos hacia las buenas maneras, poseía también el exquisito sentido del ritual de todos los bárbaros. Acudió a la entrevista con ansia y expectación, y para la ocasión se puso una camisa nueva de piel de luu.


    La audiencia se celebró en la sala de banquetes de Haldemar. Haldemar había hecho barrer el lugar, y había rociado todo el suelo con agua. En el último momento, recordando los refinamientos de la civilización, había pedido prestadas dos sillas a Sigrid Narizchata, su escribano.

    El emisario llevaba una capa castaña y malva, colores desconocidos en su áspero y bárbaro mundo. Era un hombre de estatura por encima de la media, con una anchura de hombros y una fuerza muscular que hicieron pensar a Haldemar que tal vez no fuera demasiado malo con la espada. El emisario llevaba otras cosas también, pero Haldemar, con la indiferencia propia de los bárbaros por los detalles, no reparó en ellas.

    —¡Bienvenido! —dijo Haldemar—. ¿Cómo van las cosas?
    —Muy bien —contestó Vitello—. ¿Cómo van las cosas aquí?

    Haldemar se alzó de hombros.

    —Lo mismo que siempre. Criar a nuestros luu y hacer incursiones los unos en las propiedades de los otros son nuestras ocupaciones principales. Esas incursiones son particularmente útiles, y constituyen una de nuestras principales contribuciones a la teoría social. Sirven para mantener a los hombres ocupados y a la población baja, y hace que los bienes de trueque como las espadas y las copas estén en constante circulación.
    —Suena divertido —dijo Vitello.
    —Es una forma de vivir— admitió Haldemar.
    —No como en los viejos días, ¿eh? Hacer incursiones entre sí no es lo mismo que hacer incursiones a los dominios de los otros.
    —Bueno, es perspicaz por tu parte que te hayas dado cuenta de ello. Pero ¿qué otra cosa podernos hacer? Nuestras armas son demasiado primitivas y nuestro número demasiado pequeño para permitirnos efectuar incursiones a los planetas civilizados sin que nos pateen en el trasero, si me disculpas la expresión.

    Vitello asintió.

    —Así ha sido hasta ahora —dijo.
    —Así es como sigue siendo, a menos que tú me traigas noticias de lo contrario.
    —¿Has oído hablar de los grandes cambios que se están produciendo? Dramocles de Glorm ha tomado Aardvark y ha hecho aterrizar tropas en Lekk. El conde John de Crimsole se opone a él, y lo mismo hace mi amo, el príncipe Chuch, hijo de Dramocles. Se están cociendo problemas, y cuando hay problemas, siempre hay beneficios y un poco de diversión.
    —Sí, nos han llegado informes de todo eso, pero lo hemos considerado simplemente como un asunto familiar. Si los vanir entraran en el conflicto, los distintos antagonistas podrían aliarse contra nosotros, como han hecho ya en el pasado.

    La cosa ha ido más allá de las disputas familiares. Mi señor Chuch ha jurado sentarse en el trono de Glorm. El conde John y el rey Snint de Lekk le han prometido su apoyo. Esta disputa no va a arreglarse. Se convertirá en una guerra.

    —Bueno, estupendo. Pero ¿qué tiene que ver todo eso con nosotros?

    Vitello sonrió tortuosamente. —El príncipe Chuch tiene la impresión de que ninguna guerra interplanetaria podrá decidirse nunca sin la participación de los vanir. Te invita a que te unas a su lado.

    —¡Ajá! —Haldemar fingió pensar por un momento, y se tiró del bigote—. ¿Qué incentivos ofrece el príncipe Chuch?
    —La parte proporcional de todos los botines que se consigan en Glorm.
    —Prometer es muy fácil. ¿Como sé que puedo confiar en tu amo?
    —Sire, mi amo te envía también un tratado de amistad y cooperación que está ya firmado. Eso te proporciona una base legal para efectuar incursiones sobre Glorm. En el antiguo lenguaje de la Tierra se conoce como licencia para robar.

    Vitello presentó el tratado, un rollo de pergamino atado con una cinta roja y precintado con varios sellos. Haldemar lo tomó cuidadosamente porque, bárbaro hasta la médula, consideraba todos los documentos escritos sobre papel como algo sagrado. Sin embargo, siguió dudando.

    —¿Qué otro signo de su buena voluntad me envía el príncipe Chuch?
    —Mi espacionave está llena de regalos para ti y tus nobles. Hay equipos Erector y Leggo, rompecabezas y adivinanzas, tebeos, una selección de los últimos discos de rock, cosméticos Avon para las damas, y muchas otras cosas.
    —Eso es muy considerado por parte del príncipe —dijo Haldemar—. ¡Guardias! Ved que nadie toque todo eso hasta que yo haya efectuado una primera elección. Si un rey no puede elegir primero, ¿qué sentido tiene ser rey? Quizá debiera salir y asegurarme de que...
    —Sire, el tratado —dijo Vitello.
    —Discutiremos eso más tarde. Primero deseo echarle una mirada a lo que has traído, y luego celebraremos nuestra fiesta de hermandad.


    Haldemar preparó un banquete tan exquisito como los limitados recursos de Vanir le permitían. Fueron instaladas largas mesas de madera, con bancos a ambos lados para la nobleza local. En una mesa más pequeña colocada sobre una plataforma se sentaron Haldemar y Vitello. El primer plato fue gachas de cebada aromatizadas con trozos de tocino. Luego vino un hron entero asado, una criatura parecida a un cerdo y que sabía a gamba. Estaba relleno con una mezcla de arenque salado y leek, y servido con una salsa amarronada. Luego vinieron bandejas de nabos hervidos y salteados y filetes de un pescado de piel azul a la vinagreta.

    También hubo diversiones. Primero un arpista, luego dos gaiteros, después una exhibición de danza con hacha, luego un payaso cuyos chistes eran altamente obscenos, a juzgar por las irreprimibles carcajadas de los invitados, pero que eran pronunciados con un acento tal que Vitello los encontró incomprensibles. El postre fue compota de frutas locales aderezada con coñac de pino y miel silvestre de montaña. Vasos de asta llenos de cerveza de liquen eran traídos constantemente por sirvientas de opulentos senos, y al final el bardo del rey —un viejo alto y de blanca barba con un parche en un ojo— recitó una saga tradicional acompañándose con un dulcémele. Vitello no consiguió entender ni una palabra.

    Al final, terminada la fiesta, los invitados de Haldemar se dedicaron a emborracharse concienzudamente y a perseguir a las sirvientas, y Haldemar se retiró con Vitello a una habitación en la parte de atrás del palacio de madera. Allí, los dos hombres se reclinaron en sendos colchones de evidente manufactura glormiana, y Haldemar dijo:

    —Bien, Vitello, he estado meditando largamente, y la alianza propuesta con tu príncipe me complace grandemente.
    —Me alegra oírte —dijo Vitello, tomando el tratado y desenrollándolo—. Si Tu Majestad quiere simplemente firmar aquí y aquí, y poner tu inicial aquí y aquí...
    —No tan aprisa —dijo Haldemar— Antes de firmar un documento tan importante como éste, es costumbre que el invitado actúe para nosotros.
    —Mi forma de cantar no es de lo más melodioso, pero si eso te complace...
    —No me refiero a cantar. Me refiero a luchar.
    —¿Como?
    —Aquí en Vanir, es tradicional permitir que un invitado honorable muestre sus proezas. Tú eres un joven bien dotado. Creo que te las arreglarás bien en combate singular contra el Doon de Thorth.
    —¿No podemos simplemente firmar el tratado y olvidar el resto del protocolo?
    —Imposible. Para las ocasiones realmente importantes, los vanir necesitamos o una historia de amor o una historia de combate. De otro modo los bardos no pueden sacarle al asunto la suficiente poesía. Puede que te parezca absurdo, pero la gente lo espera así. Somos bárbaros, ya sabes.
    —Comprendo el problema. Pero ¿no tienes por ahí alguna hija cuyo amor pueda conquistar?
    —Desearía poder complacerte —dijo Haldemar—. Desgraciadamente, mi única hija, Hulga, fue raptada hace algún tiempo por Fufnir, el Demonio Enano. —Lamento oír eso. Háblame del Doon.
    —Es uña criatura con cinco brazos y una agilidad y fuerza excepcionales, y un auténtico maestro con la espada. Pero no dejes que eso te preocupe. Jamás se ha enfrentado a un hombre como tú.
    —Ni lo hará ahora, porque no voy a luchar.
    —¿De veras?
    —Sí, de veras.
    —Dudo en llamarte cobarde, porque eres mi invitado. Pero debes admitir que tu postura no es heroica precisamente.
    —No me importa. Mi papel en esta comedia es cómico.

    Haldemar lo estudió durante unos instantes.

    —Quizá podamos encontrar algo menos difícil. Podrías cruzar la puerta mágica al submundo y rescatar a Hulga.
    —Eso también queda descartado. Olvida el asunto del peligro, Haldemar. Aprecio que quieras hacer las cosas con estilo, pero estás pensando sin amplitud de miras. Esto no es una de tus escenas de folklore local. Se trata de algo que tiene que ver con todos los planetas de nuestro sistema. ¡Te estoy ofreciendo la oportunidad de participar en el acontecimiento máximo de la civilización, de la historia universal! No es una oferta que se te haga cada día. Así que terminemos con ello, Rey, o déjame marchar en paz.
    —Oh muy bien —dijo Haldemar—. Sólo intentaba complacer a mis súbditos antes de mandarlos a miles para que fueran asesinados sin ningún sentido en otros planetas alienígenas. ¿Puedes prestarme tu pluma?

    Antes de que Haldemar pudiera firmar, hubo un resonar de trompetas y un repentino resplandor brillante en el aire. Dentro de él podía verse una figura.

    —¡Hulga! —exclamó Haldemar.

    La luz se desvaneció, dejando atrás a una opulenta y pecosa muchacha con un ancho y agradable rostro enmarcado por cortas trenzas rubias.

    —¡Oh, papi! —exclamó Hulga, precipitándose en los brazos de Haldemar—. ¡Ha sido tanto tiempo! Y también he echado de menos a Risitas.
    —¿A quién? —pregunto Vitello.
    —Risitas es su lobo preferido —dijo Haldemar—. Es una curiosa historia...
    —Ya se la contarás en algún otro momento, papi—dijo Hulga—. El Demonio Enano quiere hablar contigo.

    Fufnir, el Demonio Enano, dio un paso adelante, saliendo de un pequeño espacio brillante. Estaba un poco demasiado gordo, su color era rojo amarronado, y tenía dos pequeños cuernos negros en su frente.

    —¡Oh, Haldemar! —dijo el Demonio Enano formalmente—. He monitorizado tu conversación con Vitello, y él tiene razón, esto constituye una posibilidad para todos nosotros de salir del remanso en que nos hallamos y penetrar en la historia universal. Te devuelvo a Hulga con dos condiciones. La primera es que se case con Vitello, asegurándome así al menos una nota a pie de página en los anales de la historia. No es mucho, pero es un comienzo.
    —Siempre ha odiado el hecho de ser conocido tan sólo a nivel local —aclaró Hulga.
    —¿Cuál es la segunda condición? —preguntó Vitello.
    —Que me lleves contigo —dijo Fufnir—. Nadie acude al submundo en estos días, y me siento realmente preparado para la acción.
    —¿Qué dices, Vitello? —preguntó Haldemar—. ¿Te casarás con la chica? Vitello miró a Hulga. Una absoluta falta de expresión cruzó su rostro. Fue seguida por una expresión furtiva cuando dijo:
    —¿Me pondrá eso en la línea de sucesión del reino de Vanir si Tu Excelencia sufre algún accidente definitivo?
    —No, Vitello, sólo un hombre de nuestra propia raza puede gobernarnos. Pero el hijo que tengas de Hulga, si alguna vez tienes alguno, podrá ser rey.
    —Así que yo podré ser el padre del futuro rey de Vanir... Bueno, no es lo que había planeado para mí.
    —Pero es una buena posición —señaló Haldemar—. Trae consigo una pensión, y tendrás todo el tiempo que quieras para una segunda carrera.
    —Eso es cierto —dijo Vitello—. Hulga, ¿qué dices tú?
    —Me casaré contigo, Vitello, pero debes prometerme que me llevarás a un concierto de rock cuando alcancemos la civilización.
    —¿Y qué hay de mí? —preguntó Fufnir.
    —De acuerdo, puedes venir también —concedió Vitello.

    La ceremonia se celebró aquella misma tarde.

    Inmediatamente después, Vitello pidió inspeccionar la leva de Vanir. Sólo entonces reveló Haldemar una dificultad relativa a sus tropas.


    Cuatrocientos treinta años antes, los vanir habían sido atacados por un pueblo aún más bárbaro que ellos. Los terribles monogoths habían surgido del Centro Galáctico en número incontable, con sus rechonchas espacionaves con alas de murciélago oscureciendo el cielo. Eran feroces guerreros de piel cobriza con lanzas de luz con punta de pedernal, mazas vibratorias y arcos electrónicos, y vestidos con mal curtidas pieles de pantera y oso. Aquella raza de corpulentos y bigotudos hombres cayó sobre los vanir como una avalancha.

    Abrumados por el número, los ejércitos vanir retrocedieron, abandonando sus puertos marítimos y asentamientos y reuniéndose en el enorme bosque de Malezagrande. Muchos combates cuerpo a cuerpo tuvieron lugar bajo los profundamente umbríos árboles, y los monogoths fueron masacrados en gran número. Pero vinieron más y más de ellos, y pareció que sólo era un asunto de tiempo el que barrieran por completo a los vanir.

    Harald Espaldaencorvada, sumo rey por aquel entonces, tuvo que enfrentarse no sólo a la pérdida de la guerra, sino quizá también a la aniquilación de la raza de los vanir. Decidió una estratagema desesperada. El núcleo de su ejército, la temible Brigada Aplasta—cráneos, estaba aún en su mayor parte intacta, aunque terriblemente apaleada. Aquellos cincuenta mil hombres, todos ellos furiosos asesinos, se enfrentaban a un ejército monogoth de aproximadamente un cuarto de millón de hombres. Espaldaencorvada decidió que era vital conservar sus tropas para el futuro de la raza vanir.

    Tras disponer los fuegos, Harald Espaldaencorvada ordenó a las mujeres vanir que sacaran los grandes calderos de cobre y prepararan una fiesta. Hecho esto, apartó a los Aplasta—cráneos de la línea de defensa y los condujo hasta lo más profundo del bosque de Malezagrande.

    Los monogoths los persiguieron con ardor, pero su camino los condujo a través del campamento vanir, y allí olieron el guiso de buey cociéndose deliciosamente en los calderos de cobre, y aspiraron el aroma de los montones de patatas caídas con crema de rábanos picantes y perejil. Aquello era demasiado para ellos, acostumbrados como estaban a una dieta exclusiva de perritos calientes fritos en manteca. Los monogoths lanzaron un único gran grito y se precipitaron hacia las viandas. Cuando sus sargentos consiguieron restaurar el orden, los vanir habían conseguido finalizar su retirada a las profundidades de Malezagrande.

    Hogback condujo a sus tropas a una enorme caverna de piedra caliza oculta en los bosques detrás de un camuflaje de cedros. Ordenó a sus hombres que se tendieran y se pusieran cómodos. Entonces Harald entono unas palabras sobre ellos, utilizando sus últimos recursos de la vieja Magia, para conseguir que todas sus huestes cayeran dormidas. Una vez cumplido esto, Harald ordenó que la entrada fuera sellada. Y así los asesinos durmieron, y siguieron durmiendo, y seguían durmiendo en la actualidad.

    Ésa fue la historia que Haldemar le contó a Vitello mientras se adentraban en el bosque de Malezagrande. Vitello pensó grandemente en ello, y preguntó qué había ocurrido en la guerra entre los monogoths y los vanir. Haldemar le dijo que aquellos superlativos guerreros, pese a su aparente indestructibilidad, eran propensos a las enfermedades de la civilización. Los monogoths fueron barridos por una epidemia de boca de cabra, y los vanir pronto repoblaron su propio planeta.

    —¿Y la Brigada Aplasta—cráneos?
    —Aún siguen durmiendo —dijo Haldemar—. Y ésas son las tropas que necesitamos.


    El bosque estaba agitado por apagados y furtivos movimientos. La pálida luz del sol se filtraba por entre el enmarañado dosel de ramas. Vitello podía oír el penetrante grito del pájaro moviola, aquel tímido residente de las copas más altas de los árboles, con su quejumbroso grito de «Ida Lupino, Ida Lupino». Haldemar avanzaba junto a él, y varios miembros de su guardia les seguían detrás, muy cerca. Pronto llegaron a un claro en el bosque. De pie en el claro había un hombre alto vestido de verde bosque. Aquel hombre era Ole Piegordo, guardián de los durmientes.

    —Están por este lado —dijo Piegordo, echando hacia atrás el mechón de pelo castañorrojizo que cubría sus resplandecientes ojos.

    El original hogar de la brigada en la enorme caverna de piedra caliza había tenido que ser abandonado cuando Piegordo descubrió grietas en la pared de roca, creadas por el agua, que amenazaban con un derrumbe de la bóveda. Trasladarlos había sido difícil. No había compañías de mudanzas en el planeta Vanir. Piegordo había recurrido a Fufnir, el Demonio Enano, y su gente. Los enanos habían conseguido trasladar a los durmientes soldados hasta el suelo del bosque sin contratiempos, excepto para Edgar Matadorazul, que cayó accidentalmente por un acantilado.

    Piegordo había enviado una petición a Hjrod Narizchata, el maestro constructor, pidiéndole que construyera albergues de madera rodeados de cercas protectoras de alta energía. Narizchata aceptó hacer el trabajo, pero resultó muerto mientras robaba en una taberna en Snaak, que algunos llaman Sniick. Su hijo. Bijohn Aplastatodo, el maestro constructor ayudante, había ido al sur con un propósito no especificado y no había vuelto. Y así Piegordo tuvo que dejar a sus guerreros durmiendo en el arcilloso suelo del bosque. Para protegerlos de las ratas del bosque, Piegordo utilizó un grupo de terriers entrenados. Dos toques del silbato de plata que colgaba de su cuello junto con un curioso objeto de barro de extraño diseño ponía a trabajar a los perros; otro toque de silbato, e iban a la zona de descanso para dormir un poco. Tres toques de silbato más atraían a un enjambre de gusanos chi—chi, que se esparcían por toda la zona y devoraban los excrementos depositados por los perros. Y así se mantenía el equilibrio y todo permanecía limpio e higiénico.

    Cuando terminaba el trabajo de cada día, a Piegordo le gustaba cantar cancioncillas..., porque ése es el talante de los vanir. Una de sus favoritas decía así, más o menos:

    Me gustan las mujeres con grandes tetas.
    Mi nombre es Piegordo.
    Mato gente.
    Me gustan las mujeres con grandes tetas.
    Me duelen los dientes.


    Mi nombre es Piegordo. A fin de que los vanir pudieran ser útiles en una batalla, primero tenían que ser despertados de su largo sueño. Había una palabra mágica que se suponía que podía conseguirlo, una palabra de gran antigüedad, transmitida de jefe bardo a jefe bardo, y que no puede repetirse aquí puesto que, incluso debilitada por la mala pronunciación, podría reventar el tubo de un televisor a diez metros.

    El jefe bardo avanzó y entonó la palabra, pero no obtuvo resultado. No hubo ni siquiera un estremecimiento entre los durmientes guerreros.

    El rey Haldemar estaba desesperado ante aquel giro de los acontecimientos. Pidió su cuerno de beber, preparatorio para coger una monumental borrachera. Pero Vitello le suplicó que aguardara, y se inclinó e inspeccionó a varias de las figuras durmientes.

    Alzándose de nuevo, dijo:

    —Haldemar, no todo está perdido.
    —¿Cómo que no? —dijo Haldemar—. Éstas eran las tropas que pensaba enviar para dominar a Dramocles.
    —Y así será —dijo Vitello—. Es un simple defecto insignificante el que mantiene a estos hombres sojuzgados por el sueño. Observa, oh, rey, cómo sus orejas, debido a su largo contacto con el suelo del bosque, están completamente obturadas con musgo, pequeños guijarros, ramitas, agujas de pino, y cosas así. Por eso no pueden oír la orden de despertar.
    —Vaya, así que es eso —dijo Haldemar, inclinándose para inspeccionar—. Hay que arreglarlo inmediatamente. Traeremos toallitas, aunque supongo que cucharas soperas también servirían, y entonces liberaremos el paso.
    —Yo no lo aconsejaría —dijo Vitello—. La aplicación por la fuerza de esos rudos instrumentos podría dar como resultado un daño a sus oídos internos, quizá al propio cerebro. Lo que necesitas es un buen limpiador sónico.
    —No tenemos ninguno.
    —Puedo arreglar las cosas de modo que puedas alquilar algunos, y a un precio insignificante si tienes en cuenta el costo de reemplazo de un buen guerrero capaz de asesinar sobre la marcha.


    ***

    Los limpiadores sónicos y otro equipo auxiliar fueron enviados desde Hoover XII, un cercano planeta dedicado a las artes de la limpieza, y a los asesinos se les extrajeron varias capas de lodo endurecido, ramitas secas, rico abono orgánico negro, y pequeñas plantas en plena floración. Múltiples fumigaciones eliminaron todo rastro de huevos del escarabajo de la patata y otros parásitos propios del campo. De modo que no hubo ningún fracaso cuando la palabra mágica fue pronunciada de nuevo. Hilera tras hilera, los mortíferos guerreros de los tiempos antiguos abrieron parpadeantes los ojos, se rascaron el revuelto pelo, miraron a su alrededor maravillados, y se dijeron los unos a los otros:

    —Vaya, ha sido una larga siesta, ¿eh?


    El conde John, soberano de Crimsole, poseía una corte que había sido diseñada totalmente en tonalidades rojas. El conde John era en realidad un rey, exactamente igual que su hermano Dramocles. Pero John había pedido a todo el mundo que lo llamaran el Conde de la Corte de Crimson, debido a que Irving J. Bedizened, su hombre de relaciones públicas, le había vendido la idea de que el título era una forma segura de generar interés hacia él. En aquel momento, John lo había considerado una muy buena idea, y le había encantado recibir cartas dirigidas al Conde de la Corte de Crimson. Ahora todo el asunto le aburría, nadie se mostraba interesado, ni siquiera divertido, y Bedizened estaba siempre reunido cuando John le llamaba.

    Tan pronto como regresó de Glorm, John se enteró de que su esposa, Anne, estaba inspeccionando las instalaciones militares en Whey, una de las cinco lunas de Crimsole. Decidió que no había tiempo que perder. Llamando a sus comandantes, John delineó rápidamente la situación. Dramocles debía ser detenido, y el amistoso Lekk protegido. Sus comandantes se mostraron completamente de acuerdo con él.

    John actuó sin vacilar. Ordeno a su mejor táctico, el coronel Dirkenfast, que tomara treinta mil tropas robot reconvertidas y acudiera a ayudar inmediatamente a los ciudadanos de Lekk, sometidos a una intensa presion. Dirkenfast activó sus tropas, las metió en transportes, y partió. Aquellas tropas hablan sido trabajadores agrícolas en el delta del Null antes de su reconversión en la Factoría de Soldados de Antígona. Bajos y robustos, con equipo de rastrillar y aventar incorporado que podía causar grandes daños a corta distancia, los robots del delta del Null eran buenos luchadores, pese a su costumbre de recoger vegetales allí donde los encontraran y convertirlos en zumo V—8 de congelado rápido.

    Dirkenfast asentó sus tropas cerca de la entrada sur del Paso del Rostro Avinagrado, ocultándolas bajo una densa cortina de álamos y alerces que se había traído consigo para esa finalidad. Sin aguardar siquiera a volver a llenar sus depósitos de combustible, Dirkenfast envió a sus patrullas hacia el norte y noroeste, avanzando por la Llanura del Vidrio hacia los pedregales de Rivington, donde estaba localizada la base de suministros de Rux. Los robots del delta del Null cruzaron las líneas de vigilancia de Rux sin ser detectados, y no encontraron resistencia hasta que hubieron alcanzado las pequeñas colinas al sudoeste de las cascadas Ubbermann. Dominaron varios puestos de guardia, y Dirkenfast siguió adelante rápidamente con su fuerza principal. La sorpresa fue tan completa que la posición de Rux fue conquistada pese a su imponente fuerza defensiva, alojada detrás de la única duna de arena de Lekk. Lleva tiempo programar a los Mark IV de modo defensivo, y tiempo era precisamente lo que Rux no tenía.

    Entonces se produjo uno de esos extraños incidentes causados por la confusión y la inseguridad de la batalla. Justo en el momento en que el grueso de las tropas de Dirkenfast alcanzaba la posición de ataque, se produjo un brillante estallido de luz en el cielo y un sordo ruido retumbante que pareció llegar de un punto a varios centenares de metros del frente, cerca del macizo de granito del glaciar de Kronstadt. Era un terreno difícil, perfecto para una emboscada, y por consiguiente Dirkenfast envió al jefe de pelotón DBX23 a inspeccionar la posición.

    El robot cruzó un puente bajo, pasó un bosquecillo de cedros rojos y, en una pequeña depresión, descubrió a una mujer joven sentada en un sillón leyendo un libro. Era rubia y tenía ojos verdes. («Podría ser considerada atractiva —dijo DBX23 más tarde, cuando fue interrogado al respecto—, si es que a uno le gustan los estándares de los seres humanos.»)

    —¿Oíste ese sonido retumbante? —preguntó DBX23 a la mujer.
    —Creo que fue un trueno —dijo la mujer.
    —¿Y el estallido de luz?
    —No vi eso.
    —Hubo uno, ¿sabes?
    —Debió de ser un relámpago.
    —Sí, supongo que sí —aprobó DBX23, y regresó a su pelotón.

    Su informe fue estudiado y discutido durante más de una hora, hasta que un ciberpatólogo lo reconoció como una alucinación mecánica. Otra patrulla no encontró el menor rastro de la mujer. Dirkenfast ordenó a sus robots que atacaran. Pero el retraso había dado a Rux la posibilidad de reprogramar sus Mark IV y hacer que se les enfrentaran. Detuvieron el asalto de Dirkenfast, y así la oportunidad de una rápida victoria se perdió para Crimsole. De todos modos, fue una inesperada derrota para las fuerzas de Dramocles, y los robots de Rux permanecieron en precaria situación.


    ***

    John se sintió complacido cuando recibió el informe. Pensó que había conseguido un buen comienzo. Orgulloso, le dijo a Anne lo que había hecho tan pronto como ella regresó. Para su sorpresa, ella se mostró irritada.

    —¿Enviaste tropas a una batalla contra Dramocles? ¿Sin siquiera consultarme primero? John, eres un idiota.
    —Pero era la única respuesta posible a la situación.
    —¿Qué situación? ¿Te ha atacado Dramocles, o ha tomado algo que te pertenezca?
    —No. Pero Aardvark y Lekk...
    —... no tienen nada que ver contigo.
    —Querida, me sorprendes. Son nuestros amigos, nuestros aliados. Dramocles ha roto la paz, sus incursiones son insufribles, constituye una amenaza al bien común. Mis acciones fueron absolutamente correctas.
    —No estoy hablando de correcto e incorrecto —dijo Anne—. Estoy hablando de negocios. ¿Qué te hace pensar que podemos permitirnos una guerra?

    John se sintió momentáneamente desconcertado. En aquel momento le desagradaba Anne más incluso de lo habitual. Cuando se casaron, había dado la bienvenida a su dote de una fértil luna y un millón de nueces de hex de oro. Su candor había sido refrescante entonces. Ahora, con las nueces de hex gastadas y la luna reducida a un páramo árido a causa de la inepta administración de sus camaradas, Anne ya no parecía una operación tan buena como lo había parecido al principio. Era una mujer rubia platino, alta, delgada, con nariz de halcón y mas redaños que una manada de toros elefante.

    —La guerra no tiene nada que ver con lo que tú puedas o no permitirte —se defendió John—. La guerra es un fenómeno natural. Simplemente ocurre.
    —En ese caso —objetó Anne—, ha ocurrido porque tú enviaste tus tropas a Lekk. ¿Eso es lo que tú llamas un fenómeno natural? John, no podemos permitírnoslo. ¿Debo recordarte el desastroso año que hemos tenido? Primero la hambruna en Blore, y luego las inundaciones en el Stuntx inferior.
    —Terrible, por supuesto, pero la Compañía de Seguros Reales de Crimsole ha pagado por todos los daños.
    —Sí. Pero puesto que nosotros somos los propietarios de la compañía, las pérdidas siguen siendo nuestras.
    —Aunque haya pérdidas, las amortizaremos, no te preocupes. Además, treinta mil robots en Lekk no pueden costar tanto.
    —Haz lo que quieras. Pero recuerda esta conversación cuando vayamos a la bancarrota.
    —Seguro que estás exagerando. ¿Cómo puede ir a la bancarrota un planeta?
    —Un rey puede ir a la bancarrota cuando se le acaba el dinero y no puede conseguir más, como está a punto de ocurrirte a ti.

    John pensó en aquello.

    —Quizá será mejor que aumentemos los impuestos —apuntó.
    —La gente se encuentra en estos momentos al borde de la rebelión —dijo Anne—. Otro incremento, y empezarán a levantar barricadas.
    —Aplastaremos su revuelta con nuestras tropas robot.
    —Por supuesto. Pero perderemos aún más ingresos así.
    —¿Cómo explicas eso?
    —Perderemos el dinero que nuestros súbditos no nos pagarán mientras estén en rebelión, y perderemos también el dinero que costará sofocar esa rebelión.
    —Bueno..., entonces imprimiremos más dinero.

    Anne le recordó, no por primera vez, cómo civilizaciones enteras se habían colapsado una vez que su moneda se hubo deteriorado lo suficiente. John no comprendía aquello —puesto que aquél era su planeta, parecía enteramente lógico que pudiera disponer en él de todo el dinero que le apeteciera—, pero lo aceptó de mala gana.

    —No me importa lo que cueste—dijo finalmente—. Tenía que hacer algo respecto a Dramocles, y no me importa si voy a la bancarrota por ello. Hay que tener en cuenta también mi amistad con Snint.
    —¡Snint! ¡Ese marrullero!

    John asintió, renuente. Desde que sus tropas habían aterrizado en Lekk, las tropas locales lekkianas habían desaparecido. Snint decía que estaban reagrupándose, pero parecía más bien como si estuvieran en los campos, cuidando de la cosecha de otoño. Snint había cometido incluso la temeridad de señalar que lo que su gente necesitaba realmente era dinero, a fin de que pudieran comprar ejércitos robot propios. Si John prefería enviar en vez de ello a sus propias tropas, tenía que estar preparado para dejar que lucharan.

    —Snint no es ningún estúpido —dijo Anne—. Mis espías informan que siguen enviándole a Dramocles postales amistosas. Está preparándose para sacarle provecho al asunto, no importa cómo termine.
    —Ya he oído suficiente. ¡No esperarás que llame de vuelta a nuestros soldados y me olvide del asunto!
    —Nunca esperaría nada tan razonable de ti. Pero si eso va a convertirse en una guerra, debemos empezar a practicar economías.
    —¿Qué quieres decir?
    —No más trajes este año. No más espacionaves, no más cigarros terrestres...
    —Oh, vamos. —... no más vacaciones, no más comidas en nuestros restaurantes de lujo.

    El redondo rostro de John adoptó una expresión pensativa. Por primera vez empezaba a comprender lo que significaba realmente una guerra.

    —Es una complicada situación —dijo—. Debo pensar en ella.
    —Yo también pensaré en ella —dijo Anne.

    John sabía lo que quería decir: iría a hablar del asunto con sus consejeros..., Yopi el peluquero, Maureen la institutriz de los niños, Sebastián el jardinero, y Gigi la doncella.

    —Nos veremos en la cena —dijo Anne, volviéndose para marcharse.
    —Sí, amor —dijo John, sacándole la lengua a sus espaldas mientras ella se alejaba.
    —Y no hagas eso —le reprendió ella, a medio camino del corredor.


    Pasaron unos cuantos días antes de que Dramocles reaccionara a la intervención armada de John en Lekk, pero cuando lo hizo, su respuesta fue rápida y algo más que un poco cruel. Con típica astucia, golpeó directamente a algo muy querido para los corazones de John y Anne. Se celebraba la anual Cena Interplanetaria de Caridad, ofrecida por la Glorm Broadcasting Company, la GBC, en el planetoide restaurante Uffizi, y en la cual eran concedidos los premios al Mejor Rey del Año, a la Mejor Reina, etc. Era el acontecimiento social más importante en aquella parte de la galaxia. Utilizando toda su influencia, y considerables sobornos, Dramocles consiguió que John y Anne fueran expulsados como miembros y eliminados de la celebración. La razón aducida fue Agresión Contra un Colega Potentado. John se sintió ultrajado, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.

    Y aquél no fue el final de sus problemas. Hasta entonces, la Glorm Broadcasting Company había mostrado una suave simpatía hacia Crimsole. Pero coincidiendo con aquello se produjo un repentino cambio en los puestos directivos de la corporación, lo cual trajo consigo un cambio de política. El nuevo directorio de la GBC decidió que la incursión de John a Lekk era algo moralmente reprensible. John se encontró en la posición de tener que seguir adelante con una costosa guerra, sin obtener nada de ella excepto una mala publicidad. Se quejó de ello a Irving Bedizened.


    ***

    Bedizened aceptó reunirse con él y discutir el asunto en el Club Sortilegio, en el centro de Crimsole. Había un salón para cócteles débilmente iluminado, y amueblado con un estilo que hubiera hecho que Humphrey Bogart se sintiera allí como en su casa. Guy Fawkes y sus Truhanes del Ritmo ocupaban la tarima de la orquesta tocando jazz lento con multitud de arpegios saxofónicos. Bedizened se hallaba ya allí, sentado en un reservado tapizado con similcuero y agitando un combinado de whisky escocés. Era un hombre bajito, delgado y de afilada nariz, que llevaba unos pantalones color crema, una camisa hawaiana, una cadena de oro al cuello, y guaraches. Le gustaba que la gente le llamara Joe Hollywood, pero sólo sus empleados lo hacían.

    John ordenó un daiquiri helado y fue directamente al asunto.

    —¿Por qué están atacándome a mí en la GBC? Fue Dramocles quien empezó todo esto tomando Aardvark.
    —Eso es diferente —dijo Bedizened—. Dramocles estaba siguiendo su destino, y eso era algo noble aunque estuviera mal guiado. En cambio, tú has actuado únicamente por resentimiento y pura envidia. Eso es al menos lo que piensan los directivos de la GBC.
    —No están siendo justos.
    —Vendrán cosas peores. ¿Estás preparado para ello? La cadena va a cancelar tu show.

    El show televisivo de John, Comentarios desde la Corte de Crimsole, tenía una modesta pero sólida audiencia a lo largo de todos los Planetas Locales. Llevaba cinco años en antena, e incluso se había hablado de pasarlo la temporada siguiente a la Cadena Galáctica. —¡Prejuicios! —declaró John.

    Bedizened meneó la cabeza.

    —El negocio del espectáculo. Necesitan tu tiempo para un nuevo programa.
    —¿Qué programa?
    — La agonía de Lekk, un documental en veinte episodios.

    John casi se ahogó con su bebida.

    —Maldita sea, voy a terminar rápidamente con esto. La agonía de Lekk va a acabar ahora mismo porque voy a enviar a todas mis tropas a la vez, no importa lo que piense todo el mundo.

    Bedizened frunció el ceño y arrugó la nariz.

    —Yo no actuaría tan precipitadamente, si fuera tú.
    —¿Por qué no? Pensé que todo el mundo se alegraría de que la cosa terminara rápidamente.
    —No es tan sencillo. Voy a decirte algo confidencial. Estuve hablando con mi amigo Sydney Skylark el otro día. El nuevo directorio lo ha contratado como director asociado de la cadena, así que por supuesto sabe todo lo que está pasando en la cima de la GBC. Sydney me dijo que tiene la clara impresión de que la GBC desea que esta guerra dure un poco más. Ha pasado mucho tiempo sin que hayan tenido una buena guerra que cubrir.

    John le lanzó una burlona mirada.

    —Entonces deberán cubrirla sin mí ni mis tropas. No esperarás que siga luchando en Lekk cuando todo lo que consigo con ello es robots estropeados, programas de televisión cancelados, discusiones con mi esposa, ostracismo general por parte de todo el mundo y mi nombre borrado de la lista de invitados de la Cena Interplanetaria de Caridad. Olvídalo, Irving, voy a terminar con esta guerra, aquí y ahora.

    John se puso en pie.

    —Siéntate —dijo Bedizened. John se sentó—. Terminar con la guerra no te llevará a ninguna parte. Como ya te he dicho, la GBC desea la guerra, y desea que continúe. Sydney me dijo que si cooperas, pensarán algo para ti. Nada sobre papel, por supuesto, pero conozco a Sydney Skylark de toda mi vida, y sé que se puede confiar en él.
    —¿Cuál es el trato? preguntó John.
    —No es un trato. Y no me cites a mí en esto. Pero Skylark dio a entender que si prosigues esta guerra durante un poco más de tiempo, ellos te devolverán el favor.
    —¿Cómo?
    —Rehabilitándote tan pronto como el interés del público sobre Lekk haya decrecido un poco
    —¿Cómo me rehabilitaran?
    —Prepararán un documental de televisión presentándote como un mal comprendido reformista social, débil pero adorable, un idealista encantador aunque poco práctico, una especie de William Blake sin talento.
    —¡Pero todo esto fue culpa de Dramocles! ¿Por qué nadie le echa la culpa a él?
    —Enfréntate a ello: Dramocles es un tipo que goza de muchas más simpatías que tú. No te preocupes; de todos modos, saldrás de esto con una buena imagen.
    —¿Así que debo seguir adelante con la guerra en Lekk?

    Bedizened terminó su bebida y encendió una delgada panatela. —Es una decisión enteramente tuya, por supuesto. Podrías incluso conseguir que te devolvieran tu show.

    —Pensaré en todo ello. Incidentalmente, ¿quiénes son la nueva gente que se ha hecho cargo de la GBC?
    —Es un grupo llamado Tlaloc, Inc.
    —Nunca oí hablar de ellos —dijo John.


    El castillo de Ultragnolle era el cuartel general para la conducción de la guerra lekkiana, y la Sala de Guerra, el corazón de las operaciones. Era una amplia habitación llena de consolas, bancos de diales y pantallas de televisión, y había hombres y mujeres uniformados sentados ante las consolas y pulsando botones. La luz era tenue, y se oía un suave zumbar de maquinaria; uno tenía realmente la impresión de que allí se estaban tratando y resolviendo asuntos serios. A Dramocles le encantaba aquella habitación.

    El castillo estaba lleno de gente a todas horas del día y de la noche, apresurándose arriba y abajo por los corredores con asuntos oficiales bajo el brazo. Se habían abierto algunos nuevos restaurantes cerca de la Sala de Guerra, para ahorrar tiempo a la gente que conducía la lucha. Dramocles comía generalmente en el Snack Bar Palacio Helénico, y le gustaban en especial sus hamburguesas gigantes recién hechas, con chile, cebolla picada y queso fundido, el alimento de los héroes. Cuando llegó al Helénico esta vez, sin embargo, encontró que el lugar estaba cerrado por reformas.

    ¿Por qué necesitaría reformas un snack bar? El lugar parecía completamente correcto y en orden ayer. Dramocles consideró la posibilidad de quejarse o, mejor aún, ordenar a los propietarios que abrieran inmediatamente el lugar y al infierno con las reformas... ¿Acaso no sabían que había una guerra en curso? Pero no lo hizo, porque él mismo se enorgullecía de considerarse simplemente como uno más mientras durara el estado de emergencia.

    —No soy más que uno de vosotros —le había dicho a su plana mayor ayer mismo—. Simplemente estoy haciendo un trabajo, como el resto de vosotros. Por supuesto, mi trabajo es hacer que el conjunto de todo esto funcione, pero ¿qué diferencia representa? Eso no me hace más importante que el resto de vosotros, aunque pueda parecer lo contrario. El hecho es, caballeros, que todos estamos luchando por nuestros hogares, por nuestra libertad, por Glorm.

    Dramocles decidió comer en el Espadas y Estómago, una casa de comidas más bien pretenciosa, situada al final del pasillo. El E & E estaba atestado, como de costumbre. Era un largo salón en forma de U con candelabros y una gran barra de madera pulida. Había altos espejos en las paredes, y un ligero tono rojizo en la iluminación hacía que todo el mundo pareciera más saludable de lo que realmente estaba. Los camareros iban incesantemente arriba y abajo con sus bandejas. Todas las mesas estaban ocupadas.

    —¿Cuánto voy a tener que esperar? preguntó Dramocles al jefe de camareros.
    —Creo que en este mismo momento se está desocupando una mesa, Sire —dijo el jefe de camareros.

    Hizo una disimulada seña con la barbilla. Cuatro fornidos camareros se apresuraron a desocupar una mesa.

    —Lamentaría incomodarles —dijo Dramocles a los ocupantes de la mesa.
    —¡En absoluto, Sire! Precisamente estábamos acabando el postre.
    —Eso no puede ser cierto —dijo Dramocles—. Estaba comiendo usted sopa de cebolla. —Odio contradeciros, Sire, pero yo siempre termino mis comidas con sopa de cebolla. Jeff, aquí a mi lado, las termina normalmente con pâté maison. Es una costumbre que adquirimos en los restaurantes chinos.

    Dramocles sabía que estaban diciendo aquello únicamente en beneficio suyo, y que no tenían por qué hacerlo, pero por supuesto sabía también que jamás podría convencerles de lo contrario. De modo que era mejor dejarlo. Se sentó, y ordenó una sopa de langosta y unas ostras.

    La guerra en Lekk no iba bien. Dramocles había esperado una rápida victoria sobre la insignificante milicia de Snint. Entonces los robots de John, atacando inesperadamente, casi habían abrumado a sus tropas. Rux había conseguido estabilizar el frente, pero la moral era mala entre las fuerzas de Glorm. Los robots parecían verse afectados por algo parecido a la inseguridad.

    Por otra parte, la gente de Glorm reaccionaba bien a la guerra. Max se había cuidado de ello. Su serie de artículos en los periódicos, «¿Por qué estamos luchando?», había puesto al descubierto las grandes conspiraciones que estaban siendo dirigidas contra Glorm. Max había contratado equipos de escritores para que elaboraran los diversos aspectos de la cuestión, y la GBC estaba presentando el material en horas de máxima audiencia cada noche. Los ciudadanos de Glorm lo estaban averiguando todo acerca de las diversas conspiraciones económicas, religiosas, raciales, y simplemente malintencionadas que bullían a su alrededor.

    Ese tipo de pensamiento encontraba una amplia y bien dispuesta audiencia. Una porción sustancial de la población de Glorm había creído siempre que eran víctimas de una enorme conspiración interestelar. Otra amplia porción de los habitantes de Glorm eran miembros de esta conspiración, o se les hacía creer que lo eran. El pensamiento paranoico era algo congénito en el carácter de Glorm..., típicamente un abierto, alardeante y bienintencionado exterior combinado con un perseguido, dubitativo y obsesionado interior. Nadie en Glorm encontraba difícil creer en la teoría de Max acerca de la conspiración interestelar. La mayor parte de la gente decía: «¡Siempre lo supe!». Y todos los glormianos reafirmaban su determinación de preservar el estilo de vida de Glorm a cualquier precio, excepto aquellos que planeaban secretamente destruirlo.

    Max se reunió con Dramocles para el café. Estaba ansioso por discutir sus últimos hallazgos con el rey. Dramocles empezaba a preocuparse un poco por Max. Parecía haber sido atrapado por sus propias teorías.

    —El vil complot empieza a aclararse al fin —dijo Max—. Finalmente estoy reuniendo la evidencia que necesito. Tengo pruebas de incursiones psíquicas alienígenas y posesiones espirituales, tanto como de subversión directa.

    Dramocles asintió y encendió un cigarrillo.

    —Todo está documentado —prosiguió Max—. Los papeles de los agentes secretos. Su programa de provocación, intimidación y asesinato. El misterioso asunto del doctor Vinicki. Las desastrosas influencias de la Tierra..., los Carbonarios, los Iluminados, los Maestros Tibetanos...y ahora la más poderosa de todas, Tlaloc.
    —Es la primera vez que oigo ese nombre —dijo Dramocles.
    —Lo oiréis más veces. Tlaloc es nuestro auténtico enemigo. El y sus agentes planean destruir la mayor parte de nuestra población, de tal modo que puedan controlar Glorm y hacer que todos los supervivientes se dediquen a prácticas asquerosamente sexuales y a adorar al demonio. El propio Tlaloc es algo más que un nombre; es un mago de supremos poderes.
    —Ajá —aprobó Dramocles—. Correcto.
    —Tlaloc ha estado aguardando durante mucho tiempo, durante siglos, orbitando nuestro planeta en su espacionave invisible, aguardando a que nuestra tecnología alcanzara el punto a partir del cual valiera la pena dominarnos. Ha decidido que ahora es el momento, y esta guerra es el principio del fin, la guerra definitiva.
    —De acuerdo, Max —dijo Dramocles—. Es un poco rebuscado, pero creo que suena bien.

    Max pareció desconcertado.

    —¿Perdón, Sire? Cada palabra que os estoy diciendo es cierta.
    —.Max, tanto tú como yo sabemos la forma en que empezó esta guerra. Yo la empecé. ¿Recuerdas?

    Max consiguió esbozar una cansada sonrisa de suficiencia.

    —Mi querido Señor, la cosa es mucho mas complicada que eso. Vos fuisteis influido para empezar esta guerra. Por Tlaloc. Puedo mostraron las pruebas.

    Dramocles decidió que aquél no era el momento de ponerse a malas con Max.

    —De acuerdo, Max, hablaremos de ello más tarde. Estás haciendo un magnífico trabajo. Debes continuar manteniendo a nuestro pueblo informado y unido contra el enemigo común.
    —Oh, así lo haré, Sire. Los agentes de Tlaloc están por todas partes, infiltrándose, subvirtiendo. Pero tengo a un grupo leal de hombres trabajando conmigo. Borraremos del mapa a ese demonio.
    —Eso está muy bien, Max. Sal y bórralo.

    Max se cuadró ante él entrechocando los tacones. Apretó su mano izquierda contra su corazón. Con la mano derecha se sujetó el cinturón.

    —¡Hail Dramocles! gritó, y se fue.


    Encabezada por el grupo de elite de Max, la población de Glorm se lanzó a la cruzada anti—Tlaloc con gran entusiasmo. Fue editado un texto universitario estándar: Tlalocismo, la filosofía de la degradación. Las escuelas superiores utilizaban Una historia del Tlaloc, y las escuelas primarias enseñaban Historia del Tlaloc para niños. A nivel de guarderías, El libro ilustrado del malvado Tlaloc era un precioso álbum para colorear. El mayor best—seller del año fue Mis cinco años con Tlaloc, y la película Tlaloc..., ¡mi padre, mi esposo! batió todos los récords de taquilla.

    Dramocles no sabía qué hacer con todo aquello. La dedicación de Max mantenía al pueblo de Glorm feliz y ocupado. A los habitantes de Glorm les gustaba la conspiración, y eso los hacía fáciles de gobernar.

    No se sintió feliz cuando empezaron las detenciones, pero comprendió que eran necesarias. No puedes tener una conspiración sin detener a algunos de los conspiradores. Si no hay detenciones la gente pensará que no eres serio. Le dijo a Max que se ocupara de que los agentes de Tlaloc recibieran sentencias que no se prolongaran más allá de la duración de la guerra, y se asegurara de que no eran maltratados. Pensó que después de eso ya no tendría que pensar más acerca del tlalocismo. Entonces se produjo el incidente en Oenome Village.

    Oenome Village era un pueblecito situado en la distante provincia de Surnigar, una dentada península en las regiones polares del norte de Glorm. Estaba aproximadamente a unos siete mil herdules de Ultragnolle, y parte de esta distancia cruzaba la cuenca divisoria de Fearinger, que partía la península en dos partes desiguales antes de doblar bruscamente hacia el oeste y hundirse en la gran cordillera sardekkiana. El pueblecito, con su pequeño puerto de Fusmule, era un lugar tranquilo. Los botes de pesca, pintados con colores chillones, salían a la mar cada mañana, regresando al ocaso con su carga de langostas araña, nerds, cangrejos de salsa, oligotes, nemsers, y a veces la más codiciada presa de todos, los elusivos glibbins.

    Oenome era importante debido a la cercana estación de control de espacionaves en la Punta Nefrarer. Era una de las más importantes estaciones de seguimiento para el tráfico interplanetario e interestelar. Desde allí los informes de seguimiento iban a la estación de computaciones de Lisi Surrengar, y a la base de misiles a doscientos svelti más abajo, en la costa de la Cabeza Numinor. El control de la Estación de la Punta Nefrarer era necesario para poder seguir el desarrollo de cualquier guerra extraplanetaria. De ahí el shock que sufrió Dramocles cuando leyó el siguiente artículo en la primera página de La Gaceta de Glorm:

    ¡IMPRESIONANTE INCIDENTE EN OENOME VILLAGE!


    Cuestionada la lealtad de algunos oficiales

    ¿A quién deben obedecer los oficiales de Glorm en una crisis..., a sus superiores, o a Tlaloc, la misteriosa entidad a la que se dice han jurado lealtad un número cada vez mayor de personas? Recientes acontecimientos han puesto sobre el tapete esta cuestión.

    En Oenome Village, Jakkiter Durr fue puesto bajo custodia hoy tras despertar las sospechas locales al ofrecer una serie de tés literarios en pro de la causa liberal.

    Los alguaciles de la ciudad registraron la casa de Durr y encontraron grandes cantidades de literatura tlalócica oculta en el doble fondo de una mesa de billar. Un examen de los papeles personales de Durr reveló cierto número de votos de fidelidad a Tlaloc firmados por una serie de habitantes del lugar. Algunos de los votos de fidelidad correspondían a oficiales de la cercana estación de seguimiento. Durr se hallaba también en posesión de un organigrama secreto de las diversas funciones de la estación.

    Interrogados, los oficiales implicados admitieron su culpabilidad, pero proclamaron que habían sido «hipnotizados por una presencia alienígena» y forzados contra su voluntad a asistir a «inenarrables orgías en un lugar particularmente onírico, que tanto podía ser calificado de real como de irreal».

    Durr efectuó varias revelaciones sensacionales a los alguaciles que lo habían arrestado. Admitió que era efectivamente un agente de Tlaloc. Afirmó que Tlaloc había acudido a él en una serie de lúcidos sueños, prometiéndole una «inconmensurable recompensa» por su cooperación. Durr añadió: «No tengo la menor duda de que se acercan tiempos de grandes tribulaciones. Tlaloc y sus seguidores se manifestarán muy pronto. La gran elección gravitará sobre todos nosotros, y ay de aquel que elija mal, porque encontrará la muerte, mientras que Tlaloc es la vida eterna».

    Durr ha quedado detenido para posterior interrogatorio, y las acusaciones propias del caso le serán formuladas dentro de este mismo mes.

    Tras leer aquello, Dramocles se sumió en la más profunda de las maravillas, y cayó en un talante de dolorosa perplejidad. ¿Era posible que hubiera algo tras la teoría de la conspiración de Max, después de todo? ¿Existía realmente Tlaloc? Dramocles no deseaba creer en ello. La vida ya era lo bastante difícil sin Tlaloc. Decidió pensar en todo aquello más tarde, cuando tuviera tiempo.


    Durante la misión de Vitello en Vanir, Chuch permaneció encerrado en el Palacio Púrpura, que su tío había puesto a su disposición. El lugar era famoso en la historia de Crimsole. Allí era donde los condes de Cromstitch habían reunido a las dispersas fuerzas de Elginweath y sus Libertarios Desarraigados, iniciando así el movimiento social conocido como stitivismo. Fue en el Palacio Púrpura, o para ser más precisos en los convencionales jardines de su lado oeste, donde fue firmado el Tratado de Horging, estableciendo así un permanente abismo lingüístico entre los que hablaban roemit y los que hablaban el antiguo tanth, y reduciendo a la impotencia las pretensiones de Clarence, duque de Hraughtly. Era un lugar de hermosa apariencia, con sus minaretes en forma de cebolla y sus puntiagudas torres, todo rodeado por enormes murallas almenadas. La vista desde las almenas superiores del río Dys y las colinas de las primeras estribaciones de las Crossets era inigualable.

    Chuch estaba divirtiéndose un rato en la cámara de torturas del sótano cuando los altavoces cobraron vida.

    —Hay un visitante en la puerta —anunciaron.

    El príncipe se distrajo un momento del intenso estudio del desnudo cuerpo de la joven atada al potro.

    —¿Quién demonios puede ser? —murmuró.
    —Apuesto a que es Vitello —dijo la desnuda joven.
    —Es Vitello —confirmó el altavoz.
    —Dejadlo entrar —dijo Chuch—. En cuanto a ti —añadió, dirigiéndose a la joven—, parece que no te estás tomando esto tan en serio como deberías. Estás indefensa y en mi poder, y voy a torturarte dolorosamente, tan seguro como que el rocío cubre los cerezales en las frías mañanas de octubre.
    —Oh, lo sé, Vuestra Señoría —repuso ella—. Y al principio me sentí terriblemente mal al respecto, cuando el conde John, que me regaló a vos, me explicó que iba a ser afrentosamente utilizada para satisfacer los brutales y sádicos deseos de mi Señor Chuch. Era la primera vez que me veía en tal situación, de modo que no sabía exactamente cómo reaccionar, ya me entendéis. Pero he estado pensando, tendida aquí en este potro, que realmente es algo romántico el conocernos vos y yo en estas circunstancias. Y por supuesto, vuestro intenso interés en mí es de lo más halagador. Por cierto, mi nombre es Doris.
    —Mujer —dijo Chuch—, tus suposiciones son fantásticas e insostenibles. No existe ninguna relación entre nosotros. Para mí, tú no eres más que una masa de carne, una nulidad sensible con piernas, algo para usar y luego arrojar a un lado.
    —Realmente, me excitáis cuando decís esas cosas.
    —¡Se supone que no debe ser así! —exclamó Chuch. Luego, más calmado, añadió—: De hecho, preferiría que no hablarais en absoluto. ¿No podéis limitaros a gemir?

    Doris gimió obsequiosamente.

    —No, no, pareces una vaca mugiendo —dijo Chuch—. Se supone que tienes que sentir dolor. —Lo comprendo. Pero, Sire, aún no habéis empezado a administrarme ningún dolor. Pese a hallarme sujeta a este potro, desnuda, brazos y piernas tensos, con todos mis orificios abiertos a vuestra ansiosa inspección...
    —Por favor —dijo Chuch, retrocediendo unos pasos.
    —Estaba diciendo que ni siquiera este potro, al que estoy lascivamente atada, me sujeta con la suficiente tensión como para proporcionarme algún dolor, aunque por supuesto estoy fingiendo tan bien como me es posible. Hay algo divertido en el dolor...
    —No hay nada divertido en el dolor —la atajó Chuch—. Duele.
    —Lo sé. Pero resulta excitante también. ¿Cuándo empezaremos con la violencia?
    —¡Cuándo empezaré yo! rugió Chuch—. ¡Ésa es la cuestión! Te lo advierto, éste es mi show, y tú...
    —Sí, sí —dijo Doris, gimiendo o fantaseando—. ¿Sabéis?, sois realmente encantador. Hay algo infantil en vos. Y me gusta la forma en que entornáis los ojos cuando os irritáis.

    Chuch cruzó la cámara de torturas y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos. Aquella maldita mujer lo había estropeado todo. ¿Por qué no actuaba de la forma en que se suponía que debía hacerlo?

    En aquel momento la puerta se abrió y Vitello entró en la sala. Llevaba un sombrero de caza de fieltro con una garra de buitre sujeta gallardamente a la cinta. Su chaquetilla era de un color azul petirrojo, y combinaba perfectamente con su cinto para la espada, muy suelto, de un rosa ahumado. Unas botas naranja de curvada puntera, completamente distintas en estilo al resto de su atuendo, completaban el conjunto. Hulga y Fufnir iban con él.

    —¡Hola a todos! —exclamó Vitello.
    —Ahórrate los saludos —dijo Chuch—. ¿Qué noticias traes?
    —Bien, mi Señor, las estrellas se mueven regularmente en sus órbitas, y en cuanto a los pequeños mundos de los hombres, las estaciones avanzan, de la primavera al verano, del verano al otoño.
    —Realmente, Vitello, no creo que éste sea el momento más adecuado para regalar mis oídos con parrafadas rapsódicas.

    Vitello sonrió para sí mismo, porque sabía que ahora era completamente indispensable para el príncipe Chuch, quien no tenía a nadie más a su alrededor con quien pudiera discutir la situación.

    —No estés tan seguro de ti mismo —dijo Chuch, leyendo los pensamientos de Vitello—. Este lugar está lleno de servidores que atenderían día y noche a mis más suaves susurros si yo lo deseara.
    —Sin embargo, eso no sería satisfactorio, Sire —dijo Vitello—. Algo así no adelantaría mucho las cosas, y estoy seguro de que dejaría en vuestra boca el amargo sabor de sentirse expuesto.
    —Podríais hablar conmigo —intervino Doris, anhelante.
    —Vayamos al asunto —apremió Chuch— Vitello, ¿puedes olvidar tus bufonescas tonterías el tiempo suficiente como para comunicarme las noticias que tengas?
    —Sí, Sire, y las noticias son buenas. He tenido éxito en mi negociación de un tratado con Haldemar. Él es vuestro aliado ahora, Sire, y está preparado para unirse a vos en vuestro ataque contra Glorm. —¡Oh, ésas sí que son buenas noticias! —exclamó Chuch— ¡Por fin las cosas van por donde yo quiero! ¡Un brindis! ¡Debemos celebrar un brindis!

    Encontraron licor, y Doris fue desatada a fin de que pudiera unírseles. Encontraron también un albornoz para ella, porque tal como iba llamaba demasiado la atención.

    Varios brindis más tarde, el conde John entró en tromba en la estancia.

    —¡Haldemar está aquí! —gritó.
    —Así es como debe ser —dijo Chuch—. Es nuestro aliado, tío.
    —Pero esos hombres que lo acompañan...
    —Su escolta, sin duda.
    —Son al menos cincuenta mil —dijo John—. ¡Han aterrizado en mi planeta sin ningún permiso!

    Chuch se volvió hacia Vitello.

    —¿Les dijiste tú a esos bárbaros que podían aterrizar con sus tropas aquí?
    —¡Por supuesto que no! Estuve contra ello desde un principio. Pero ¿qué podía hacer? Haldemar insistió en acompañarme a Crimsole con su flota. Puesto que son nuestros aliados, no pude impedirles que aterrizaran. Lo único que conseguí fue alejarlos de la capital sugiriéndoles que podían probar el Parque de Diversiones de la cercana Ciudad de Vacaciones. Ya sabéis cómo son los bárbaros.
    —Pero yo no los quiero aquí —dijo John—. ¿No podemos limitarnos a darles las gracias, ofrecerles una buena comida y enviarlos de vuelta a casa hasta que los necesitemos?

    En aquel momento entró Anne, con el rostro ceniciento.

    —¡Están dispersándose por todo el país, emborrachándose y diciéndoles cosas a las mujeres! Los he apaciguado temporalmente ofreciéndoles todos los viajes gratis que quisieran en las montañas rusas, pero no sé durante cuánto tiempo los contendrá eso.
    —Tío —dijo Chuch—, sólo hay una forma de sacarlos del planeta. Debes preparar tus naves para atacar Glorm. Haldemar las seguirá.
    —No —dijo Anne— no podemos permitirnos siquiera seguir luchando en Lekk, así que mucho menos en Glorm.
    —Tomar Glorm os hará muy ricos —dijo Chuch.
    —Eso no es cierto —le dijo Anne—. La mayor parte de los beneficios irán a parar al impuesto adicional de conquista. Haldemar puede incluso querer conservar Glorm para sí. Francamente, no creo que ninguno de nosotros desee a Haldemar por vecino.

    Discutieron, y Doris sirvió té y fue a buscar cigarrillos y bocadillos. A la caída de la noche, las tropas de Haldemar estaban saqueando los arrabales de la Ciudad de Vacaciones. Un continuo flujo de refugiados empezó a llegar a la ciudad, con relatos de cómo unos rubios asesinos vestidos con pieles de animales estaban utilizando los bungalows sin pagar por ellos, reservando habitaciones en los hoteles y caras comidas para gente imaginaria, yendo de aquí para allá en pandillas motorizadas (porque los vanir no iban a ninguna parte sin sus motos), y en general convirtiéndose en un engorro. Empujado y aguijoneado por las circunstancias, el conde John hizo que su flota despegara. Haldemar consiguió hacer que sus hombres volvieran a bordo de sus naves hablándoles del botín que iban a conseguir. Pronto las dos flotas combinadas estaban en el espacio, efectuando los últimos preparativos para la gran campaña contra Glorm.


    El príncipe Chuch no se unió inmediatamente a la flota conjunta. No había necesidad, puesto que el ataque a Glorm no empezaría hasta que las naves de Crimsole y Vanir hubieran maniobrado juntas y resuelto los problemas de procedimiento y prioridades. Una vez quedara resuelto ese enojoso asunto, Chuch se uniría a la flota con sus propias tropas, un escuadrón de cyborgs asesinos recientemente comprado en unas rebajas en Antígona. ¡Entonces empezaría la diversión! Chuch se imaginaba vívidamente a sí mismo luchando a la cabeza de sus hombres, con un pañuelo ensangrentado anudado en torno a su frente, abriéndose camino con su espada flamígera y su maza vibradora por entre las desmoronadas defensas de Glorm, y penetrando por fin en Ultragnolle. Allí se produciría una lucha mortal, habitación por habitación y pasillo por pasillo, hasta encontrarse finalmente cara a cara con Dramocles, el viejo eunuco por fin acorralado. ¡Ah, la gloria de ese momento! Mientras todo el mundo observaba, sin aliento, Chuch derrotaría a Dramocles en una sorprendente exhibición de esgrima. Tras lo cual, probablemente mataría al rey, o simplemente lo desarmaría despectivamente y le perdonaría la vida. Dependería de cómo se sintiera en aquel momento.

    Los días fueron pasando lentamente mientras la flota aliada practicaba giros y medias vueltas. Vitello cumplió con su promesa de esponsales llevando a Hulga a un concierto de rock en el venerable Sligny Hall, en el centro de Crimsole. La banda era un grupo de Lekk llamado Nariz de Caramelo. Su solista afirmaba ser Jim Morrison, un famoso cantante terrestre de rock de la década de 1960, cuya historia acerca de por qué estaba dando conciertos en Crimsole en vez de yacer tranquilamente muerto en el cementerio de Pére Lachaise de París es demasiado larga para ser contada aquí. Fuera quien fuese «Jim Morrison», su versión de Nave de cristal era considerada como «algo más allá de lo inimitable» por Galba Davers, el crítico musical del Crimsole Times, Hulga dijo que se había sentido «completamente noqueada». Era el mayor cumplido que era capaz de hacer. El matrimonio de Vitello iba mucho mejor de lo que sus casuales inicios podían haber augurado.

    Fufnir recibió la hospitalidad de una hospitalaria tribu de trolls que vivían en las oscuras colinas de Feare, una provincia septentrional de Crimsole. Intercambiaron maleficios y se emborracharon y hablaron de los buenos viejos días en los que la magia gobernaba el universo y la ciencia consistía tan sólo en una sólida geometría y un poco de física. Chuch intentó reanudar la tortura de Doris, pero el placer parecía haberle abandonado, y la muchacha no ayudaba en nada. Cuando no estaba atada al potro, Doris se dedicaba a barrer la cámara de torturas, preparar bocadillos de pepinos, quitar el polvo a los deslucidos retratos de los anteriores reyes de Crimsole y parlotear incesantemente. Chuch siempre respondía de forma educada, puesto que tenía el convencimiento de que ser un sádico no excusaba a un hombre de tener buenos modales. Pero ¿era realmente un sádico? Ya nunca parecía pensar en el dolor. Lo que le gustaba ahora era consultar a Doris en asuntos de práctica hogareña, como el porqué siempre se encontraba con que no le quedaba ninguna camisa limpia, y quién había dejado destapada la mostaza. Aunque se despreciaba a sí mismo por eso, Chuch no hacía más que ir de un lado para otro todo el tiempo en una especie de arrobamiento doméstico.

    Entonces, de pronto, todo cambió. El conde John le indicó que las flotas iban a partir hacia Glorm dentro de doce horas. Ante ellos estaba la muerte o la gloria, o posiblemente cualquier otra alternativa. El momento de la acción había llegado al fin.

    Aquella última noche en Crimsole, Chuch decidió ofrecerle a Doris una fiesta de cumpleaños. Asistieron Vitello y Hulga, y Fufnir voló desde Feare. Tras la cena, llegó el momento de los regalos.

    Vitello entregó a Doris un castillo en miniatura hecho de mazapán, con cuatro perlas finas alojadas en cada una de sus cuatro torres. El regalo de Hulga fue un papagayo que podía recitar las estrofas iniciales del Hiawatha de Longfellow. Fufnir le entregó un antiguo libro de cuentos con el que las madres troll acostumbraban asustar a los niños troll. Empezaba: «Érase una vez un niño troll que se escapó del lado de su madre y llegó a un claro del bosque en el que unos humanos estaban devorando niños hervidos y riendo».

    Chuch tenía dos regalos para Doris. El primero era una caja de piedras preciosas. El segundo, su libertad..., porque Doris seguía siendo legalmente una esclava. Había nacido como ciudadana libre de Aardvark, pero había sido capturada por incursores y vendida al conde John. Puesto que Anne no le había permitido utilizar a la hermosa muchacha aardvarkiana como él deseaba, el conde se la había entregado a Chuch para que se divirtiera con ella, pensando que un placer indirecto siempre era mejor que ningún placer en absoluto.

    Dos lágrimas asomaron a los azules ojos de Doris mientras leía el Pergamino de Liberación. Luego, abriendo la caja de las joyas, contempló las finas piedras, lanzando exclamaciones ante su magnificencia. Una en particular atrajo su atención..., un diamante solitario engarzado en una delicada montura de oro.

    —Mi Señor —dijo—, esto se parece demasiado a un anillo de compromiso.

    Chuch frunció el ceño, pero se sintió obviamente complacido.

    —Supongo que sí —dijo ásperamente.
    —Entonces, ¿puedo imaginar de tanto en tanto que eso es precisamente lo que significa?

    Chuch se mordió el extremo del bigote. Su rostro trivial adquirió un tinte rosáceo.

    —Doris —dijo—, puedes imaginar que estás comprometida conmigo, y yo imaginaré lo mismo. Ella pensó durante unos instantes.
    —Pero, mi Señor, en ese caso, ¿no se convertirá la imaginación en realidad?
    —¿Y qué si así sucede? —dijo Chuch, con embarazo pero orgulloso de sí mismo—. Sin embargo, corresponde a mi generosidad: ten limpias todas mis camisas cuando vuelva, o anulamos el asunto. Vitello, Hulga y Fufnir dieron la enhorabuena a la feliz pareja. Luego llegó el momento de unirse a la flota.


    Drusilla y Rufus se encontraron en su lugar concertado de reunión, Anastagon, un planetoide a medio camino entre Glorm y Druth. Anastagon había pertenecido antiguamente al rey loco Bidocq de Druth, quien había construido allí un pabellón de caza, sin que nunca llegara a abastecer el lugar de animales y oxígeno. Anastagon carecía de aire excepto dentro del pabellón de caza. El pequeño planetoide tenía otra peculiaridad: era invisible. Bidocq había hecho pintar todo el lugar con Nondetecto, un producto de la Vieja Ciencia de la Tierra, que devolvía todas las frecuencias del espectro visual y era también a prueba de agua. Gran parte de la pintura se había ido desconchando con el tiempo. Visto desde el espacio, Anastagon parecía un conjunto de diminutas islas de roca volcánica flotando una al lado de la otra en el espacio sin ninguna razón aparente en absoluto.

    Rufus se hallaba ya allí cuando llegó Drusilla. Amaba Anastagon porque allí guardaba su colección de soldados de juguete, la más grande de la galaxia. En aquel momento estaba recreando la batalla de Waterloo en el suelo de la cocina.

    El comandante Rufus era en muchos aspectos un producto típico de la Universidad de Guerra de Antígona. Era valiente, leal, nada sofisticado, quizá incluso un poco ingenuo. Su atención por el detalle era bien conocida entre sus tropas, que lo adoraban. Solían decir que Rufus podía encontrar polvo en el filo de un palimpar. Era un chiste clásico entre sus oficiales el decir que, incluso durante el momento supremo del acto amoroso, uno podía estar seguro de que Rufus estaba pensando en la triolatría y su relación con la logística de campo.

    Rufus sobresalía en juegos de contacto físico, y era un experto en kree—alai, el antiguo juego de Glorm que utilizaba tres bolas, una vara, y una pequeña red verde. Parecía un hombre sencillo y predecible.

    —Hola, querido —dijo Drusilla, echándose atrás la capucha de armiño.
    —Ah —murmuró Rufus.

    Estaba atareado afirmando la posición del mariscal Ney en Quatre Bras. Rufus jamás parecía notar la presencia de Drusilla cuando estaban juntos a solas, y eso fascinaba a la mujer.

    —¿Me quieres? pregunto
    —Sabes que sí— respondió Rufus.
    —Pero nunca lo dices.
    —Bueno, te lo estoy diciendo ahora.
    —¿Diciendo qué?
    —Ya lo sabes.
    —No, dímelo.
    —Maldita sea, Drusilla, te quiero. ¿Nunca dejarás de atosigarme?
    —Supongo que alguna vez tendré que hacerlo —dijo ella, sirviéndose un vaso de vino verdepúrpura de Mendocino.
    —¿Hay algo especial que desees discutir conmigo? —preguntó Rufus—. Tu petición de un encuentro tenía un tono más bien perentorio.
    —Bueno, sí, tengo algo urgente en la cabeza. Para ir al grano: ¿qué pensarías de traicionar a Dramocles? —¡Traicionar a Dramocles! —Rufus lanzó una carcajada incierta—. Vaya cosa para que se lo diga su amada hija a su mejor amigo. Siempre me has dicho que no sé captar la miga de los chistes. ¿Es esto uno?
    —Desgraciadamente no. Lo sugiero con toda seriedad, como la única forma de salvar a Dramocles de destruirse a sí mismo, y a todo el mundo, en una guerra interplanetaria. Cuando haya recuperado la cordura, estoy segura de que el propio Dramocles admitirá que la traición estaba justificada bajo tales circunstancias.
    —Pero no podemos preguntárselo, ¿verdad? —preguntó Rufus, atusándose el bigote.
    —Por supuesto que no. Si estuviera cuerdo, no tendríamos que preguntárselo siquiera, ¿no?

    Rufus evidenció su preocupación interna tomando a Wellington y colocándolo con aire ausente en medio del Canal de la Mancha. Le dio a su bigote un doloroso tirón y dijo:

    —La verdad es que no creo que la cosa sentara muy bien, querida.
    —He hablado al respecto con el señor Doyle, tu relaciones públicas. Dice que, dada la urgencia de la situación, puede arreglar las cosas de modo que la población de los Planetas Locales te considere como su salvador en vez de como un perro traidor.
    —Bruto tenía también los mismos elevados motivos cuando se unió a la conspiración contra Julio César. Pero desde entonces su nombre ha sido sinónimo de traición.
    —Querido, eso fue porque no tenía agente de prensa. Marco Antonio despreció a los medios de comunicación y consiguió que todo el mundo se pusiera en contra suya. Sabes que el señor Doyle jamás permitiría que algo así te ocurriera a ti. Se jugaría el puesto.

    Rufus paseó arriba y abajo por la habitación, con las manos unidas a la espalda.

    —Es completamente imposible —aseguró—. Si yo traicionara a mi amigo Dramocles, jamás podría vivir en paz conmigo mismo.
    —En cuanto a eso—dijo Drusilla—, me he tomado la libertad de discutir el asunto con tu terapeuta, el doctor Geltfoot. En su opinión, la fuerza de tu ego es suficiente para soportar la momentánea culpabilidad que puedas llegar a experimentar. Aproximadamente, un año de remordimientos es lo máximo que puedes esperar, y ese lapso de tiempo puede ser acortado de modo considerable mediante drogas: El doctor Geltfoot me pidió que te señalara que no te aconsejaba en este asunto ni en un sentido ni en otro. Simplemente dice que puedes traicionar a Dramocles sin ningún daño psíquico para ti mismo si crees que las circunstancias lo merecen.

    Rufus caminó rápidamente arriba y abajo por la habitación; el dolor y la inseguridad se reflejaban en sus enérgicos rasgos de soldado.

    —¿Es preciso llegar a esto? —preguntó—. ¿A que Dramocles, el alma más noble y generosa del mundo, deba ser traicionado por las dos personas que más le quieren? ¿Por qué, Dru, dime por qué?

    Las lágrimas corrían por las mejillas de Drusilla cuando dijo:

    —Porque es la única forma en que podemos salvarle a él y a los Planetas Locales de la destrucción.
    —¿Y no hay ninguna otra forma?
    —Ninguna en absoluto. —¿Puedes explicarme cómo puede ayudar la traición?
    —Querido, me temo que es algo que está por encima de tu entendimiento. ¿No puedes aceptar mi palabra?
    —Bien, explícate un poco, de todos modos.
    —Muy bien. Sabes, Rufus, que el gran rayo equilibrador moral del universo es lento en moverse desde su punto de apoyo en el interior del alma de los hombres. Sin embargo, cuando es puesto en movimiento, el cambio es inexorable e irresistible. Nos hallamos en este punto, Rufus, y toda la creación se halla centrada en este momento, preparada para hundirse en una catástrofe que nadie desea y sin embargo nadie puede eludir. Las dos grandes flotas, los chatos destructores enfrentados a los atacantes hipersaltarines, aguardan la orden; y la Muerte, ese sonriente jugador, agita los dados de la guerra y echa una última y burlona mirada a los insignificantes asuntos de los hombres antes de...
    —Tienes razón —la atajó Rufus—. No lo comprendo. Tendré que aceptar tu palabra. Dices que he de traicionar a Dramocles. ¿Cómo debo hacerlo?
    —La acción militar es inminente. Seguramente Dramocles te llamará muy pronto. Te pedirá que hagas algo con la flota de Druth.
    —Sigue.
    —Te pida lo que te pida, acéptalo, pero luego haz lo opuesto.

    Rufus frunció concentradamente el ceño.

    —¿Lo opuesto, dices?
    —Eso es.
    —Lo opuesto —dijo de nuevo Rufus—. De acuerdo, creo que lo he comprendido.

    Drusilla apoyó la mano en el brazo del hombre. Con tono bajo y conmovido, dijo:

    —¿Podemos contar contigo, Rufus?
    —¿Podemos?
    —Yo y el universo civilizado, querido.
    —Confía en mí, mi amor.

    Se abrazaron. Entonces Drusilla lanzó un grito de alarma.

    —¡Rufus! ¡Hay un rostro en la ventana!

    Rufus se volvió en redondo, con una aguja de rayos en la mano. Pero no pudo ver nada a través de las ventanas de doble cristal excepto los normales pedazos flotantes de la propiedad real de Anastagon.

    —Ahí no hay nada —dijo.
    —¡He visto a alguien! —declaró Drusilla.

    Rufus se enfundó su traje espacial, conectó el sistema exterior de luces y salió afuera a investigar. Regresó moviendo negativamente la cabeza.

    —No hay nadie ahí fuera, querida.
    —¡Pero yo he visto un rostro!
    —Una alucinación quizá, producida por el estrés.
    —¿Has buscado huellas de neumáticos de una astronave?
    —De hecho, hay bastantes ahí afuera.
    —¡Ajá!
    —Pero son de nuestras propias naves.
    —Supongo que estoy demasiado nerviosa —concedió Drusilla, con una risita nerviosa—. ¡Me alegraré cuando todo esto termine!

    Se besaron, y Drusilla volvió al espaciocúter y se dirigió a Ystrad. Rufus permaneció en Anastragon un poco más. Tostó unos cuantos malvaviscos ensartados en la punta de su espada sobre la llama del gas, y pensó en lo que Drusilla había dicho. Una chica encantadora, Drusilla, pero que se tomaba las cosas demasiado en serio y era muy propensa a la histeria. Todo aquello eran tonterías, por supuesto. Rufus no tenía intención de traicionar a Dramocles. Si las cosas debían llegar hasta el final, mejor que él y Dramocles y el universo entero desaparecieran gloriosamente en el fuego atómico antes que traicionar una auténtica amistad. Pero eso nunca llegaría. Había que confiar en Dramocles para que sacara los malvaviscos del fuego, o mejor las castañas. Dru se convencería de lo equivocada que había estado, si quedaba alguno de ellos vivo después de aquello.

    A Rufus no le importaba realmente la idea de una guerra. De hecho, estaba a favor de ella, exactamente igual que su amigo Dramocles.


    Había un aire de pacífica expectación en la suave luz de la Sala de Guerra del Castillo de Ultragnolle. En las baterías de televisores, las pantallas estaban llenas de pequeñas figuras resplandecientes, hilera tras hilera de ellas. Dos flotas espaciales se acercaban juntas en la inmensidad del espacio. A un lado, las fuerzas de Druth estaban alineadas en precisas falanges. Las naves de Rufus permanecían inmóviles, listas para la batalla, manteniéndose inmediatamente detrás de las coordenadas que señalaban el espacio privado de Druth. Acercándose a ellas, desplegado en una formación en doble cuerno, estaba el enemigo. Los superacorazados de John ocupaban el flanco derecho y el centro. Las naves hipersaltarinas de Haldemar ocupaban la izquierda. Dramocles podía ver que la flota enemiga era considerablemente más numerosa que la de Rufus. John había apelado a todas sus reservas. Además de la flota regular, había romos cargueros acondicionados con lanzadores de misiles, naves de carreras de gran velocidad aparejadas provisionalmente con tubos lanzatorpedos, vehículos experimentales con protuberantes proyectores de rayos. John había apelado a todo lo que podía despegar del planeta y mantenerse a la velocidad general de la flota.

    Utilizando una técnica de pantalla partida tomada de los antiguos, Dramocles podía ver y oír al mismo tiempo la conversación entre Rufus y el conde John.

    —Hola, Rufus —dijo el conde John, con voz deliberadamente casual.

    Rufus, en su Sala de Operaciones, ajustó el tono.

    —Ah, hola, John. Vienes de visita, ¿eh?
    —Así es —dijo John—. Y he traído a un amigo conmigo. El hosco rostro de Haldemar apareció en otra pantalla.
    —Hola, Rufus. Cuánto tiempo, ¿eh?

    Rufus había estado mondando una rama de sauce con una navajita de bolsillo.

    —Parece que sí —dijo—. ¿Cómo es que habéis salido de Vanir, chicos?
    —Bueno, lo de siempre, ya sabes —dijo Haldemar—. La luz solar no es suficiente, las estaciones son cortas, no tenemos industrias, ninguna mujer que luzca un poco... No es que me queje, entiéndelo.
    —Sí, ya sé que vuestras condiciones son duras. Pero ¿no había sido planificado un gran proyecto en Vanir?
    —Supongo que te refieres a Producciones Schligte. Tenían intención de filmar su nueva superserie épica, Soldados succotash, en nuestro planeta. Eso hubiera significado un montón de trabajo para mis chicos. Pero la producción ha sido pospuesta indefinidamente.
    —Bueno —dijo Rufus—, así es el mundo del espectáculo.

    La amistosa y divagante charla de aquellos hombres no podía ocultar el aire de tensión que se escondía tras sus casuales palabras, como un filamento de tungsteno cruzando la inconsecuente blandura de un almohadón de fibra sintética. Finalmente, Rufus dijo:

    —Bueno, es agradable pasar un poco de tiempo con los amigos. Ahora, ¿hay algo que pueda hacer por vosotros?
    —Oh, sí, Rufus —dijo John— Estamos pasando por aquí en nuestro camino a Glorm. No tenemos nada contra ti. Yo y mis chicos apreciaríamos grandemente que les dijeras a tus chicos que se echaran a un lado para que pudiéramos continuar. —Creedme que lamento tener que deciros esto—murmuró Rufus—, pero me temo que no puedo hacerlo.
    —Rufus —dijo John—, sabes muy bien que hemos venido aquí para arreglar unos asuntos con Dramocles. Déjanos pasar. Esto no tiene nada que ver contigo.
    —Espera un momento. —Rufus se volvió hacia un monitor lateral que utilizaba un circuito de televisión de rayo condensado el cual pasaba a través de dos desmoduladores. Le dijo a Dramocles—: ¿Qué quieres que haga?

    Dramocles miró el acelerómetro diferencial. Éste indicaba que las espacionaves de John y Haldemar avanzaban muy despacio, tomándose su tiempo, como si estuvieran paseando, pero su rumbo les llevaba directamente hacia las falanges de Rufus.

    Dramocles había ordenado ya a sus propias naves que tomaran posiciones en torno al perímetro de Glorm. Le dijo a Rufus que mantuviera su posición y aguardara órdenes. Entonces oyó una conmoción a sus espaldas. Los guardias estaban discutiendo con alguien que intentaba conseguir ser admitido en la Sala de Guerra. Dramocles vio que era Max. Había una mujer con él.

    —¿Qué ocurre? —preguntó Dramocles.
    —¿Todavía no habéis dado ninguna orden a Rufus? —dijo Max—. ¿No? ¡Gracias a Dios! Sire, tenéis que escucharme y escuchar a esta joven dama. ¡Hay una traición contra vos, mi Señor!

    La flota enemiga aún no se hallaba al alcance del fuego de las naves de Rufus. Todavía quedaba un poco de tiempo.

    —Espera un momento, Rufus —dijo Dramocles—. Volveré a estar contigo en un minuto. —Se volvió hacia Max—. Pasa. Espero que no sea ninguna broma de mal gusto, Max. ¿Y quién es tu amiga?
    —Me llaman Chemise —dijo la muchacha.


    Mientras transcurrían estos acontecimientos, Drusilla meditaba sentada en su castillo en Ystrad. Había ido directamente allí después de abandonar Anastragon. Cuando llegó, se sentía en un estado más bien desdichado. La legítima ira que la había sostenido mientras estaba con Rufus había desaparecido. Las dudas empezaban a asaltarla. Ahora se preguntaba por qué había confiado de ese modo en Chuch, cuando conocía muy bien su odio hacia Dramocles y su propensión a la mentira. ¿Había hecho lo correcto? Ya no estaba tan segura, y su depresión se hacía cada vez más profunda, hasta llegar a no poder soportarla. Afortunadamente para ella, su psiquiatra, el doctor Eigenlicht, tenía aquel día una visita anulada.

    Su sesión fue extremadamente productiva. Drusilla le dijo a Eigenlicht lo que había hecho, y por qué, y luego se puso histérica.

    Eigenlicht aguardó hasta que ella se hubo calmado. Entonces encendió un corto y grueso cigarro negro, se reclinó en su asiento, cruzó sus cortas y gruesas piernas negras, y dijo:

    —Querida, eso es lo que yo llamo un auténtico progreso. La percepción de los motivos reales de tu hermano te obliga a reconocer las motivaciones inconscientes que te llevaron a aceptar tan fácilmente su traidor plan. Ahora puedes ver que el gran amor que sentías por tu querido papá era en realidad un camuflaje para tus sentimientos de no admitida irritación y deseos de venganza.
    —¡Pero yo le quiero! —gimió Drusilla.
    —Por supuesto que le quieres. Pero también le odias. La ambivalencia es obvia. ¿Cómo podría ser de otro modo? Considera tu infancia, piensa en todas las amiguitas que tenía Dramocles. Pero papá nunca quiso a su pequeña Dru de esa manera, ¿verdad? La pequeña Dru deseaba ser la amiguita de su papi, pero el pérfido padre siempre la trataba como a una niña, siempre deseaba a alguna otra. Así fueron engendrándose los sentimientos de rabia asesina, inaceptables para tu mente consciente. En un intento de sublimarlos, te volcaste hacia la religión, buscando subsumir tus energías destructivas bajo la égida de un propósito superior. Y por eso elegiste a Rufus para amarle... Rufus, la encarnación del severo control, otra figura paterna, un hombre obsesionado por muchas cosas, pero no por ti. Cuando apareció la oportunidad de vengarte de Dramocles, el sutil servidor de la mala fe, de la racionalización, te permitiste vestir tus vengativos sentimientos con la más dulce y la más amante de las motivaciones.
    —Oh, doctor... —dijo Drusilla—, espero que tengas razón. Me siento tan avergonzada...
    —Tonterías, todo el mundo se siente así. Has efectuado un espléndido progreso, querida, y deberías sentirte orgullosa de ti misma. ¡Es un triunfo de la fuerza de tu ego! Con ese antiguo y reprimido complejo desprovisto de sus venenosas energías, puedes darte cuenta finalmente de tu auténtico amor hacia tu padre.
    —Oh, doctor Eigenlicht, tienes razón —dijo Drusilla, sonriendo a través de las lágrimas— Es como si me hubieras quitado de encima un peso insostenible, ¿comprendes lo que quiero decir?
    —Por supuesto que sí. Pero recuerda, éste es el primer flujo de tu entusiasmo: Aún queda mucho trabajo por hacer para consolidar este avance.
    —Lo sé.
    —Veo que nuestro tiempo se acaba. ¿Nos vemos de nuevo el próximo jueves, a la misma hora?
    —Oh, acabo de recordarlo. Estamos al borde de la guerra.
    —¿Sí? ¿Cuál es tu relación con ella?
    —No, de veras, doctor, es una situación real. ¡Debo ver inmediatamente a mi padre y a Rufus! Espero llegar a tiempo, antes de que la civilización resulte destruida.

    El doctor Eigenlicht le dirigió una imperturbable sonrisa y descruzó las cortas y gruesas piernas negras.

    —En el caso de que la civilización no resulte destruida —dijo calmadamente—, nos veremos el próximo jueves.


    Max —dijo Dramocles—, no tengo tiempo para Tlaloc. La auténtica batalla está a punto de empezar.

    —Sé eso, Sire —dijo Max—. Por eso he venido. Acabo de recibir la más sorprendente información. Tiene una relación vital con la guerra. Implica traición.
    —¿Traición? ¿En lo militar?
    —Sí, mi Señor.
    —¿Quién?
    —Es de lo más lamentable —dijo Max—. Esta dama me ha traído pruebas incuestionables de que Rufus va a traicionaros en la inminente batalla.
    —¿Rufus, dices?
    —Sí, Sire.
    —Venid conmigo —dijo Dramocles.

    Lo condujo a través de la Sala de Guerra hasta una oficina desocupada. La habitación estaba amueblada con dos camastros con los colchones llenos de protuberancias, algunas sillas plegables de madera, y un escritorio lleno de pilas de fotocopias de órdenes del día. Dramocles les dijo que se sentaran. Obtuvo una taza de cortado de una espita de la pared, luego se volvió hacia Max.

    —Será mejor que la evidencia sea mucho más que abrumadora, o veré tu cabeza al extremo de una pica tan pronto como pueda conseguir una de Suministros.
    —Dáselo, muchacha —indicó Max a Chemise.

    Chemise abrió su bolso y le tendió al rey una pequeña grabadora. Dentro había una casete Reprono de un solo uso. Las cintas Reprono, una invención de la Tierra, podían grabar únicamente una vez, y sólo podían ser reproducidas una vez. Cualquier intento de manipular o regrabar una casete Reprono daba como resultado un constante silbar de estática punteado por viejos partes meteorológicos.

    Dramocles hizo pasar la cinta, y escuchó toda la conversación entre Rufus y Drusilla en el pabellón de caza de Anastragon. Mientras escuchaba, una expresión de shock y de sorpresa invadió su rostro.

    —¡Traicionado! —dijo finalmente—. ¡Y por mi amada hija y mi mejor y más querido amigo!

    Se tambaleó, y habría caído si Max no le hubiera ayudado a sentarse en una silla de lona de las usadas por los directores de cine. Impresas en la parte de atrás de la lona había las palabras: Dramocles Rex. El mejor de los mejores.

    —¡Oh imprevista acción de los despiadados dioses! Ven a mí, hondo pesar, porque mi propio mejor amigo..., no, no amigo, sino un maldito bergantín de dos caras que...
    —Supongo que habréis querido decir «bergante» —dijo Max.

    Los ojos de Dramocles llamearon. Los guardias, comprendiendo aquella mirada, avanzaron rápidamente y sujetaron a Max. Demasiado tarde, el desventurado relaciones públicas comprendió que, en la excitación del momento, se había hecho culpable de interrumpir un soliloquio declamado por el protagonista en un momento de intensa emoción. El castigo por ello era la muerte. Max intentó hablar, pero las palabras se ahogaron en su garganta. Cayó de rodillas, uniendo suplicante las manos.

    —No, dejadlo —gruñó Dramocles a los guardias—. Puedo seguir con el discurso más tarde, como es mi derecho como rey, protagonista y héroe de la tragedia. Por ahora, tenemos trabajo. ¿Así que Rufus me traicionará invirtiendo mis órdenes? ¡Dadme el teléfono!

    » ¡Rufus! —retumbó, tan pronto como la conexión estuvo establecida—. ¿Todo está bien?

    —Completamente bien, Sire.
    —¿Y el enemigo?
    —Se acerca inexorablemente.
    —No debes ponerle ningún impedimento, Rufus. Debes retirar tus naves y dejarlo pasar.
    —Pero ¿con qué fin, Sire? ¿Y qué pasará con Glorm? Tu flota sola no será suficiente para contener a los greñudos asesinos de Haldemar, ayudados como están por los evasivos hombres de pelo lacio de John.
    —Tengo una estratagema, no temas.
    —¿Entonces los aplastarás, querido amigo?
    —Sí, y me los tragaré también, huesos incluidos —dijo Dramocles, haciendo rechinar los dientes.
    —¿Puedes contarme el plan?
    —No por teléfono. Confía en mí, viejo amigo. En el momento adecuado tendrás que representar tu parte.
    —Bien, bien. Se hará como dices.

    Dramocles colgó el teléfono.

    —Ya está. Puesto que le he dicho que deje pasar al enemigo, la única forma en que puede traicionarme es manteniéndolo inmovilizado en su perímetro. Eso me dará el tiempo suficiente para reagrupar mis naves, planear un contraataque...
    —Dramocles —dijo Chemise.
    —¿Sí, muchacha?
    —Hay algo mejor que puedes hacer.
    —¿Y qué es?
    —¡Firma la paz! Bajo cualquier término, pero firma la paz.
    —Las cosas han ido demasiado lejos para eso. Además, éste es mi destino.
    —¡Pero ése es precisamente el asunto! —exclamó Chemise—. ¡Este no es en absoluto tu destino! ¡Es el destino de otro! ¡Has sido manipulado, Dramocles, engañado, embaucado! ¡Crees ser tú quien manda, pero es otra persona la que te dirige indirectamente, obligándote a ir contra tus más profundos deseos a fin de conseguir los suyos!
    —¿Y quién es ese personaje?
    —¡Es Tlaloc!

    Dramocles miró intensamente a los francos ojos azules de la muchacha.

    —Querida —dijo gentilmente—, no tengo tiempo para hablar de conspiraciones. No existe Tlaloc. Max lo inventó.

    Ella meneó vehementemente la cabeza.

    —Eso es lo que Max pensó durante un tiempo —dijo—, aunque ahora tiene otra opinión. En realidad, el nombre le fue sugerido por el propio Tlaloc, y fue proyectado por telepatía astral desde el planeta donde vive.
    —¡Esto es demencial! ¿De qué planeta estás hablando? —De la Tierra, mi Señor.
    —La Tierra está en ruinas.
    —Ésa no es la Tierra a la que me refiero. Hay incontables Tierras, cada una de ellas en su propio estrato de realidad. Normalmente, no hay forma alguna de pasar de un estrato de realidad a otro. Pero en este caso, existe una singularidad que forma una conexión entre Glorm y esa Tierra. Ambos planetas se hallan ligados por un agujero practicado en la espuma del cosmos.
    —No comprendo en absoluto nada de esto —dijo Dramocles—. ¿Necesitamos realmente esas complicaciones? ¿Y cómo sabes tú todo eso, además?
    —Porque, Rey, yo soy de la Tierra. Puedo mostrarte pruebas de ello, pero llevará tiempo. Te suplico que aceptes mi palabra por el momento. Tlaloc existe, y es un mago de supremo poder. Necesita a Glorm, y está haciendo que bailes a su son.

    Dramocles miró al monitor más cercano. No podía extraer ningún sentido de la confusión de puntos coloreados y zigzagueantes líneas que había allí. Las flotas espaciales estaban maniobrando y la situación no estaba clara.

    —De acuerdo —dijo Dramocles—. ¿Quién eres tú? ¿Qué demonios está pasando aquí?


    Chemise le dijo a Dramocles que ella era una muchacha de la Tierra, nacida en Plainfield, Nueva Jersey, hacía unos veintiséis años. Su nombre por aquel entonces era Myra Gritzler. Normal en todos los demás aspectos, Myra había tenido la desventura de pesar noventa kilos a la edad de dieciséis años. La causa era un oscuro defecto en la pituitaria que los médicos de la Tierra eran incapaces de corregir, pero que, en diez años, había de remitir espontánea y espectacularmente cuando Myra viajara a través del agujero cósmico entre la Tierra y Glorm. No obstante, ella no podía saber nada de eso por aquel entonces. A los dieciséis años era una despierta y solitaria chica gorda, superior en los estudios a los muchachos y muchachas que la rodeaban, de la que se reían sus compañeros de clase y a la que nunca invitaban a las fiestas.

    La vida era descorazonadora hasta el día en que conoció a Ron Bugleat. Ron tenía diecisiete años, era alto y delgado, pelirrojo, con el aspecto saludable de la gente del campo. Era presidente del club de computadoras de su escuela. Había sido el Fan Huésped de Honor en la Pyongeon, la primera convención de ciencia ficción de Corea del Norte. Publicaba también su propia revista de aficionados. Se llamaba Acción a distancia. Revista dedicada al estudio de las fuerzas no obvias que nos modelan. Ron era un entusiasta de las conspiraciones.

    El muchacho creía que gran parte de la historia de la humanidad estaba influida por fuerzas secretas e influencias ocultas, desconocidas por los historiadores «oficiales». Mucha gente en Norteamérica creía en ello o en algo parecido, pero Ron no creía que lo creyeran. Contemplaba a la mayor parte de los entusiastas de las conspiraciones como gente crédula e intelectualmente ingenua. Eran el tipo de gente que creería con la misma facilidad en la Atlántida, en Lemuria, en extraños seres que vivían en cavernas subterráneas, en los hombrecillos verdes de Marte, y en cualquier otra cosa que les fuera presentada con algún viso de verosimilitud. Esa gente podía ser manipulada por intelectos superiores, y la evidencia de tal manipulación podía ser ocultada a todo el mundo excepto a los más intuitivos. Una falsa conspiración era una buena pantalla para la auténtica conspiración.

    Ron creía que intelectos superiores habían estado manipulando intermitentemente a la humanidad a lo largo de la historia escrita. Creía que eso estaba ocurriendo ahora. Creía saber quién estaba haciéndolo.

    Todas las pistas que había estado siguiendo Ron en los últimos años conducían a una sola organización, una gran corporación llamada Tlaloc, Inc.

    Myra se unió a Ron en su investigación. Fueron extrayendo más y más evidencias de la influencia de Tlaloc en las altas esferas. Empezó a surgir el esquema de una enorme corporación secreta que acumulaba poder mediante la corrupción y la dominación psíquica. Tlaloc Inc. tenía una forma particular de llegar a la gente y conseguir partidarios. La gente que trabajaba para Tlaloc parecía poseer una conciencia especial de sí mismos. Inteligentes y arrogantes, no respetaban a nadie excepto a su líder, el misterioso y reticente Tlaloc en persona.

    A medida que proseguían sus investigaciones, Ron y Myra fueron hallando progresivas evidencias de influencias ocultas que trabajaban subterráneamente. Uno de los más recientes oficiales de Tlaloc al que entrevistaron hizo alusión incluso a que el durante largo tiempo esperado matrimonio entre ciencia y magia iba a tener pronto lugar, y que Tlaloc sería el líder de un nuevo orden místico mundial. Cuando le preguntaron de nuevo, el oficial negó haber dicho nada de eso, y les amenazó con denunciarles por difamación si lo divulgaban.

    Poco tiempo después de aquello, Myra averiguó que la organización Tlaloc sabía de ella y de Ron, y que no le gustaba el asunto. La policía local empezó a importunarles. La licencia de Ron para vender dulces y chocolatinas en la vía pública le fue revocada sin ninguna razón. Myra fue emplazada ante los tribunales por vender sus macramés sin proporcionar pruebas documentales de que toda la materia prima que empleaba en ellos estaba fabricada en los Estados Unidos. Empezaron a recibir llamadas telefónicas obscenas, y finalmente claras amenazas.

    Cuando su situación empezaba a ser ya desesperada, fueron visitados por un hombre de unos sesenta años y modales corteses que llevaba un audífono y un traje de lino. Se presentó como Jaspar Cole, de Eureka, California, un fabricante de prótesis dentales retirado. Cole y sus amigos habían empezado a sentirse alarmados por el creciente poder de Tlaloc, Inc., pero no se les ocurría nada que pudieran hacer hasta que leyeron un artículo periodístico acerca de Ron y Myra. Jaspar Cole había venido para ofrecerles ayuda financiera a fin de que pudieran proseguir con sus esfuerzos de desenmascarar la auténtica identidad de Tlaloc y los verdaderos propósitos de su organización.

    Cuando las amenazas y el acoso empezaron a hacerse insoportables, Ron y Myra decidieron seguir trabajando en la sombra para proteger sus vidas. Fue entonces cuando Myra cambió su nombre por el de Chemise. Trabajando en unos almacenes abandonados en Wichita, Kansas, ella y Ron reunieron evidencias incontestables del mayor golpe que preparaba Tlaloc: la contratación masiva de todos los servicios de la Mafia por un período de diez años.

    Contra su consejo, Ron fue a presentar las pruebas al cuartel general de la CIA. Le dieron educadamente las gracias y le dijeron que se pondrían en contacto con él. Dos días más tarde, Ron estaba muerto. La única evidencia de juego sucio fueron unas manchas verdes en sus uñas, calificadas oficialmente como una «anomalía idiopática». Chemise supo por sus investigaciones que el más reciente veneno de la CIA, el KLAKA—5, producía manchas similares.

    Trabajando sola, Chemise encontró ayuda y asistencia en los fans de ciencia ficción de todo el país. Grupos ocultistas dedicados a la magia blanca la ayudaron también. Mientras su trabajo avanzaba, descubrió que estaba desarrollando poderes psíquicos, como si fueran una respuesta a su larga asociación con Tlaloc. Supo que ése era precisamente el caso en su única entrevista con el propio Tlaloc.

    En Waco, Texas, Chemise había estado siguiendo el rastro de un rumor acerca de una reunión de adoradores de Tlaloc. El teléfono de su habitación en el motel sonó. El interlocutor se identificó a sí mismo como Tlaloc. Puesto que ella estaba tan interesada en él, sugería que se encontraran. Enviaría inmediatamente un coche en su busca.

    Durante unos minutos Chemise sintió un pánico absoluto. Estaba segura de que era Tlaloc quien había hablado con ella; la fuerza de aquella voz era extraordinaria, tanto como la sensación de maldad que emanaba de ella. Era Tlaloc, sin la menor duda. Sin embargo, él no necesitaba engañarla atrayéndola a una cita secreta para matarla. Tlaloc era lo suficientemente poderoso como para eliminarla en cualquier momento que deseara. No, había alguna otra razón para aquel encuentro, y Chemise se sentía curiosa.

    Una limusina la condujo a lo largo de la Estatal 61, pasando junto al Pollo Frito de Popeye, las Hamburguesas de Wendy, la Barbacoa de Cerdo del Chico Gordo, más allá de los Perritos Calientes Celestiales y del supermercado de Venta de Armas, pasada la estación de servicio Exxon, pasado el Emporio del Coche Usado del Sonriente Johnson y el Palacio de los Panqueques del Flaco Nelson, hasta el Motel del Álamo en las afueras de la ciudad. El conductor le dijo que fuera a la habitación 231. Chemise llamó con los nudillos, y una voz dijo que pasara. Dentro de la débilmente iluminada habitación, un hombre calvo con un colgante bigote estaba sentado en un amplio sillón, aguardándola. Le recordó a Mingo de Mongo, de las viejas tiras cómicas de Flash Gordon. Sabía quién era antes incluso de que empezara a hablar.

    —Soy Tlaloc —dijo el hombre—. Y tú eres Myra Gritzler, conocida también como Chemise, y mi enemiga, decidida a destruirme.
    —Cuando lo dices de ese modo, realmente suena ridículo —dijo Chemise.

    Tlaloc sonrió.

    —Hay una considerable disparidad entre nuestros poderes. Pero posees potencial, querida. No hay que despreciar a un buen enemigo. Y un mago con recursos encuentra una utilidad para todo.
    —¿Así que eres realmente un mago? —preguntó Chemise.
    —Exacto, como tú ya habías conjeturado. Y soy lo que tú llamarías un mago negro, dedicado a mí mismo y a mis seguidores antes que a esa ilusoria abstracción que los hombres llaman Dios. Soy un notable mago, si me permites decirlo. Mis habilidades son más grandes que las de Paracelso o Alberto Magno, más grandes que las de Ramón Llull o el notable Cagliostro, más grandes aún que las del infame Conde de Saint—Germain.

    Chemise le creía. Tlaloc era poderoso, maligno, y su enemigo. Al mismo tiempo, no se sentía amenazada en su presencia. Sabía que él deseaba hablar, ser admirado, y que por ahora su vida no estaba en peligro.

    —He de admitir que éste es un siglo fácil para ser un mago —prosiguió Tlaloc—. Hoy en día, la participación en los beneficios ha reemplazado a la religión, y la ciega adoración a la ciencia ha terminado con los últimos vestigios del sentido común. Hace algunos cientos de años, la Iglesia me hubiera quemado vivo. Hoy, los agentes del FBI y la CIA han reemplazado a la Inquisición. Muchos de ellos se hallan a la venta, como la mayor parte de las cosas en este admirablemente pragmático país. La ciencia del siglo veinte me proporciona un poder mayor de lo que ninguno de mis predecesores hubiera podido llegar a imaginar. No sólo hace el trabajo científico, al contrario que la alquimia, sino que constituye también un poderoso sistema de símbolos, una fuente de grandes energías en sí misma.

    Chemise escuchaba, apenas atreviéndose a respirar. La maligna ambición que irradiaba del hombre era inconfundible, inquietante. Permanecían ahora sentados frente a frente en camas gemelas, con una única luz que arrojaba sus sombras a la pared.

    —Como mi enemiga —dijo Tlaloc—, puede que estés interesada en conocer mis planes, la mejor forma de derrotarme. Brevemente, lo primero que pretendo es conseguir el control político de Norteamérica, cosa que estoy a punto de lograr ya. Mis representantes en China y en la Unión Soviética están preparados para hacerse también con el control de sus respectivos países. No será algo tan vulgar como un golpe de estado; sólo la reunión efectiva del poder suficiente para garantizarme el control de la Tierra.
    —Eso es increíble —dijo Chemise.
    —Oh, es sólo el principio. Se trata de un medio más que de un fin. El control de la Tierra es una condición previa a la consecución de mi auténtica meta.
    —No lo comprendo. Si puedes gobernar la Tierra, ¿qué otra cosa puede llegar a interesarte?
    —Tú no conoces el alcance del juego al que estoy jugando. Esta Tierra no es muy importante en el esquema cósmico de las cosas, pese a que sus habitantes opinen lo contrario. Es simplemente un planeta dentro de un universo, metido dentro de un estrato de realidad. Hay muchos estratos de realidad, Chemise, muchos universos, muchas Tierras. En la totalidad de los universos, el omniverso, cada posibilidad a cada nivel, ya sea subatómico, molecular o psíquico, genera sus propios mundos de posibilidad, su propio universo, su propio estrato particular de realidad. Ser consciente de la naturaleza constantemente exfoliante de la realidad supone saber la verdad. Moverse entre los estratos de realidad..., ése es el viaje supremo que te concede el poder, y a cambio otorga la recompensa suprema.
    —¿Cuál es esa recompensa?

    Tlaloc eludió la pregunta.

    —Déjame presentarte mi proyecto en términos prácticos. Hay un planeta llamado Glorm, que existe en un estrato de realidad distinto de éste, pero conectado a él por lo que podríamos llamar, en la terminología de nuestros días, un agujero en la espuma cósmica. Controlar el paso entre la Tierra y Glorm representa controlar los dos extremos de un continuum de supremo poder. Para conseguir eso, debo apoderarme de Glorm tanto como de la Tierra.
    —Pero ¿por qué? —preguntó Chemise—. ¿Qué obtendrás realmente de todo ello?
    —Has tocado el núcleo del asunto. Pero eso es debido a que eres una bruja. ¿Sabías eso, muchacha?
    —Lo sospechaba.
    —Eres una bruja, y conoces las respuestas tanto como yo. Dime, ¿cuál es el objetivo de la magia?
    —El poder —dijo Chemise, tras pensar un momento.
    —Sí. ¿Y cuál es el objetivo del poder?

    Ella pensó de nuevo durante un momento, y luego dijo:

    —Puedo imaginar muchas respuestas, pero ninguna de ellas parece correcta. No lo sé.
    —Y sin embargo, pequeña bruja, sabes mucho para ser tan joven. La respuesta vendrá por sí misma a ti. Cuando sepas el objetivo del poder, sabrás por qué necesito Glorm.
    —De acuerdo. Pero ¿por qué me estás diciendo todo esto? ¿Que piensas hacerme?
    —Pienso ayudarte.
    —Eso no tiene el menor sentido.
    —Tú eres mi enemiga, elegida, como lo he sido yo, por el universo, o por la ley del conflicto dramático que caracteriza toda la vida, y que exige que cada protagonista tenga un antagonista. No se me permite operar en el vacío, Chemise. Tengo que tener un oponente. Me siento enormemente complacido de que seas tú.
    —Puedo comprender tu placer. Pero como enemigo no soy muy formidable, ¿verdad?
    —No —convino Tlaloc, sonriendo—. No te caracterizaría como formidable. —De modo que, si me mataras, el universo podría presentarte un oponente más duro, ¿no es así?
    —Exacto. Lo único que lamento es que mis demasiado celosos seguidores mataran a tu estúpido amigo Ron. Con los dos trabajando contra mí, mi victoria estaba asegurada. Contigo sola, es tan sólo casi segura.
    —Eres despreciable.
    —Bien, tú tampoco eres tan atractiva como todo eso. No obstante, viajar entre realidades te pulirá. Vas a tener que ir a Glorm; es tu única posibilidad de vencerme.
    —¿Cómo se supone que voy a ir allí?
    —Yo mismo te enviaré. Siempre me encanta ayudar a mis enemigos. Pero solamente si tú deseas ir.
    —¡Sí, deseo ir! —aseguró Chemise.

    La descripción del viaje entre la Tierra y Glorm vendrá más tarde. Por ahora, digamos solamente que después de algunas instrucciones y preparativos, Chemise se encontró de pronto en el castillo de Drusilla en Ystrad.

    Intentar casarse con Vitello fue su primera tentativa de conseguir una posición de influencia en aquel mundo. Al enviarla al limbo, Chuch terminó con aquella tentativa, y necesitó de nuevo la ayuda de Tlaloc para salir de allí. El viaje entre realidades la había transformado de una muchacha gorda y sin atractivo en una mujer esbelta y hermosa. Con su recién activado sentido clarividente, había sondeado el entretejido de interrelaciones y había captado algo extraño en el modo de actuar de Drusilla. La había seguido a Anastragon, y grabado su conversación con Rufus...


    Los mejores técnicos de Dramocles estaban apiñados en torno al gran tanque visor tridimensional, intentando interpretar los cambiantes esquemas de coloreadas crestas de eco, trazos de luz y cabalísticas anotaciones que representaban los movimientos de tres flotas espaciales, las de Druth, Crimsole y Vanir, Dramocles se unió a ellos, con Max y Chemise pegados a sus talones. El tanque no significaba nada para Dramocles; confiaba en hombres entrenados para que le dijeran lo que estaba ocurriendo.

    Finalmente, el Jefe de Operaciones hizo una anotación en su bloc de notas y se dirigió al rey.

    —Un informe preliminar, Sire.
    —Adelante.
    —Los sectores tres A y seis B informan de un movimiento de sesenta y siete grados en torno al eje tres J, y...
    —Dímelo en glormiano sencillo, por favor.
    —Bien. El enemigo avanza directamente hacia Glorm, con lentitud, pero acelerando de modo gradual.
    —¿Y la flota de Rufus?
    —La flota de Rufus se está retirando.
    —¿Está dejando pasar al enemigo?
    —Sí, Sire, exactamente como vos le ordenasteis.

    Dramocles meneó la cabeza.

    —Ya no puedes confiar ni siquiera en tus mejores amigos. ¿Por qué no está Rufus traicionándome como se supone que debía hacer? Chemise, ¿estás segura de que oíste lo que dices que oíste?
    —Estoy segura, mi Señor.
    —Entonces, ¿cuál es la explicación?

    En aquel momento la computadora de Dramocles, que había estado escuchando desde la parte de atrás de la habitación, riendo disimuladamente, avanzó.

    —Quizá esto lo explique todo —dijo, extrayendo un telegrama de debajo de su capa.
    —¡Tú y tus malditos mensajes! —dijo Dramocles.

    Rasgó el telegrama, y levo rápidamente su contenido.

    Era de Drusilla. Decía:

    PADRE COMA NO HE PODIDO PONERME EN CONTACTO CONTIGO COMA POR ESO TE ENVÍO ESTE MENSAIE A TRAVÉS DE TU COMPUTADORA PARA LLEGAR HASTA TI STOP OH COMA PADRE COMA ME SIENTO TERRIBLEMENTE AVERGONZADA AL CONFESARTE QUE HE CONVENCIDO A RUFUS DE QUE TE TRAICIONE POR LO QUE CREÍA QUE ERA EL BIEN COMÚN STOP MI PSICOANALISTA ME HA AYUDADO A VER QUE TODO ELLO ERA UNA REACCIÓN A MIS TRAUMAS DE LA NIÑEZ STOP LO LAMENTO TANTO STOP HARÉ LO QUE PUEDA POR REPARAR LO QUE HE CAUSADO STOP BUENA SUERTE CON LA GUERRA E INTENTA PERDONAR A TU AMANTE Y ENTRISTECIDA HIJA DRUSILLA STOP FIN MENSAJE. —Bien —dijo Dramocles—, esta historia coincide con la tuya, Chemise. Sin embargo, pese a eso Rufus siguió mis órdenes al pie de la letra en vez de hacer lo contrario como le dijo a Dru que haría. Eso es lo que aparentemente ha ocurrido. Cuando llegó el momento, el buen tipo no consiguió reunir las fuerzas suf