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    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    S1
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    B4
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    CUARENTENA (Greg Egan)

    Publicado el domingo, septiembre 15, 2013

    PRESENTACIÓN

    Bruce Sterling dijo una vez que los poetas eran los legisladores no reconocidos del mundo, y que los escritores de ciencia ficción eran los bufones de su corte. El australiano Greg Egan, como bufón, es uno de los más cautivadores que ha dado la ciencia ficción en la década que termina.

    Egan empezó a ganarse la reputación que hoy ostenta ya desde sus primeros cuentos publicados en la revista británica Interzone y en varias antologías y revistas australianas. Con posterioridad vendrían las apariciones en la revista americana Asimov's Science Fiction Magazine, que acabarían afianzando su carrera y preparándolo para dar el salto a la distancia larga.

    Cuando la crítica habla de la obra de Egan, se sacan a colación varios nombres recurrentes entre los que destacan Stanislaw Lem y Philip K. Dick. La huella de estos dos escritores es apreciable en ciertos enfoques y temas utilizados por el autor de Perth, aunque éste destila un distanciamiento —con el que pone casi en entredicho la propia condición humana— que lo aparta de los tratamientos esgrimidos por el polaco y el californiano. Pero comparte con ellos la preocupación por los temas metafísicos, que desarrolla de forma claramente recursiva a lo largo de su obra. Gracias a una suerte de repetición más propia de la música tecno que de la escritura, el autor despliega una panorámica de estados de ánimo, de estados del ser humano, rica en matices sutilmente diversos, agridulces y enriquecedores.

    Egan pasó la mayor parte de 1990 escribiendo la presente novela, Cuarentena. Era su primera novela de ciencia ficción y su segundo libro publicado (tras An Unsual Angle, una novela de juventud escrita a los 17 años y publicada seis años más tarde, en 1983, por la editorial australiana Norstrilia Press). Constituye la primera entrega de lo que su autor denominaría después el Ciclo de la Cosmología Subjetiva, que se completa con Ciudad permutación y El Instante Aleph. En ella, a partir de los postulados sobre mesurabilidad de la mecánica cuántica, Egan desarrolla una intrincada trama en la que un peculiar y metódico investigador privado sigue la pista de una joven desaparecida de un instituto psiquiátrico.

    La novela contiene muchos de los rasgos que caracterizan al autor: personajes racionalistas hasta extremos enfermizos y/o empáticamente distantes; la presencia de tecnologías increíbles y sus truculentas aplicaciones; situaciones tan extrañas como lógicamente consistentes; puntos de vista perturbadores; secundarios impagables; e ideas que podrían ser paladeadas sólo por el propio vértigo que producen.

    Hoy, en 1999 y con cuatro novelas del género a su cargo, Egan goza de un amplio reconocimiento y es sin lugar a dudas el artífice de alguno de los capítulos más destacados de la ciencia ficción contemporánea. No es, sin embargo, un autor muy popular entre el público norteamericano; aunque ha sido nominado varias veces a los premios más emblemáticos del género (Hugo y Nébula), nunca ha obtenido ninguno de ellos. Sí ha merecido, en cambio, el John W. Campbell Memorial, concedido por jurado, y el premio Ditmar en Australia en dos ocasiones.

    Egan hace gala de un estilo sencillo, directo y fácilmente asimilable, pero no está interesado en ofrecer narraciones reconfortantes, ni escribe el tipo de ciencia ficción diseñada para ratificar creencias caducas o afianzar nuestra visión del mundo. No ofrece placebos, sino auténticas medicinas. Medicinas que saben mal, que tienen efectos secundarios y que, si uno no está terminalmente enfermo, pueden llegar a curar.

    Desde sus primeros e ingenuos esfuerzos, hasta sus relatos más escrupulosamente dañinos, Greg Egan salpica sus historias con toques de desesperación, atmósferas de incertidumbre y latidos de desasosiego que, hurgando en la llagas del ser humano, logran aproximarnos a él y brindarnos una especie de aliento irónico. «Somos patéticos, ¿y qué?», parece preguntarse una y otra vez.

    Y eso es precisamente lo que ofrece Cuarentena: un modo de hacer ciencia ficción que analiza los temas abordados hasta sus límites epistemológicos; personajes no necesariamente diseñados para que nos identifiquemos con ellos; una literatura para mentes inquietas, que derriba mitos e intenta, desde el disfraz de un género, acercarse a la razón última de las cosas.

    Póngase pues cómodo y deje que este payaso sabio juegue con su cerebro; déjese deslumbrar por sus piruetas de saltimbanqui. Pero tenga cuidado, porque cuando lo vea alejarse, le habrá invadido una profunda sensación de extrañeza; pero no será el mundo el que haya cambiado, sino sus ojos.

    Carlos Pavón



    PRIMERA PARTE
    1


    SÓLO LOS CLIENTES más paranoides me telefonean cuando estoy durmiendo.

    Nadie quiere que una llamada de naturaleza confidencial sea descifrada electrónicamente y expuesta en la pantalla de un videófono corriente, por supuesto; incluso suponiendo que la habitación no esté pinchada, las emisiones de radiofrecuencia de la señal descodificada pueden ser captadas a una manzana de distancia. Aun así, casi todo el mundo se contenta con recurrir a la solución habitual: una pequeña modificación neural permite que el cerebro lleve a cabo el desciframiento por sí solo y pase los resultados directamente a los centros visuales y auditivos. La modalidad que utilizo, Criptodependiente (Neurocom, 5.999$), incluye también una opción de laringe virtual que garantiza seguridad total en ambos sentidos.

    Pero incluso el cerebro desarrolla filtraciones bajo la forma de tenues campos eléctricos y magnéticos. Un detector superconductor no más grande que una partícula de caspa implantado en el cuero cabelludo puede acceder al flujo de datos neurales involucrado en un acto de percepción simulada, y es capaz de traducirlo casi instantáneamente a los sonidos e imágenes correspondientes.

    De ahí La centralita nocturna (Axón, 17.999$). Las nanomáquinas que se encargan de llevar a cabo esta modificación pueden necesitar hasta un máximo de seis semanas para cartografiar los esquemas idiosincráticos del usuario —es decir, las reglas que determinan cómo quedarán codificados los significados dentro de las conexiones neurales—, pero en cuanto han terminado, ya puedes prescindir de la intermediación del lenguaje sensorial. Si tu comunicante quiere que sepas algo, lo sabrás sin ninguna necesidad de alucinar una cabeza parlante que te lo diga de viva voz, y la firma electromagnética a nivel craneal es, a todos los efectos prácticos, totalmente inescrutable. El único problema es que, en el estado consciente, a la mayoría de personas les resulta un poco molesto —y en el peor de los casos, incluso traumático— sentir que la información se está cristalizando dentro de su cabeza sin haber pasado por los preliminares convencionales. Por ello, para recibir la llamada tienes que estar dormido.

    No hay sueños. Sencillamente despierto sabiendo.

    Laura Andrews tiene treinta y dos años, mide un metro cincuenta y seis centímetros y pesa cuarenta y cinco kilos. Cabellos castaños, lisos y más bien cortos; ojos azul claro; una nariz larga y delgada. Rasgos angloirlandeses y piel muy negra porque, como les ocurre a la inmensa mayoría de australianos, nació sin una protección adecuada contra el ultravioleta y ha sido equipada con genes que aumentan la producción de melanina y el grosor de la epidermis.

    Laura Andrews sufre severas lesiones cerebrales congénitas: puede andar y comer, aunque con bastante torpeza, pero es totalmente incapaz de comunicarse, y los expertos aseguran que su nivel de comprensión del mundo no se encuentra muy por encima del de un niño de seis meses. Desde los cinco años, Laura ha permanecido ingresada en el Instituto Hilgemann local.

    Cuando un celador abrió la puerta de su habitación para servirle el desayuno hace cuatro semanas, Laura no estaba allí. Después de haber registrado el edificio y los jardines, la dirección llamó a la policía. Los agentes repitieron el registro, lo extendieron y llamaron a la puerta de todas las casas de los alrededores, pero no dieron con ella. La habitación de Laura no mostraba ninguna señal de que alguien hubiera entrado por la fuerza, y las grabaciones de las cámaras de seguridad no proporcionaron ninguna pista. La policía entrevistó a todo el personal, pero nadie se derrumbó y confesó haber hecho desaparecer a Laura.

    Cuatro semanas después, nada. Nadie había visto a Laura Andrews. No había cadáver. No había demandas de rescate. La policía no había abandonado el caso, por lo menos oficialmente: se habían limitado a rebajar su prioridad, a la espera de nuevos acontecimientos.

    Nadie esperaba que se produjeran.

    Mi trabajo consiste en encontrar a Laura Andrews y devolverla al Hilgemann sana y salva —o en localizar sus restos, si está muerta— y reunir las pruebas suficientes para asegurar que los responsables de su secuestro puedan ser juzgados.

    Mi cliente, que ha preferido permanecer en el anonimato, cree que Laura ha sido secuestrada, pero no ha sugerido ningún motivo para ello. Por el momento, yo tampoco tengo nada que decir. No estoy en condiciones de mantener ninguna opinión al respecto: tengo la cabeza llena de conocimientos recibidos coloreados por la perspectiva de mi cliente, que incluso podría estar deformada por las mentiras.

    Abro los ojos, me levanto de la cama y voy a la terminal del rincón, porque tengo por norma no confiar en mi cabeza para los asuntos financieros. Pulsar unas cuantas teclas basta para confirmarme que mi cuenta acredita el ingreso provisional de un pago inicial satisfactorio, por lo que aceptar el depósito indicará al cliente que he aceptado el caso. Dedico unos momentos a repasar mentalmente los detalles del encargo, intentando convencerme de que realmente lo he entendido bien todo —ese tipo de llamadas siempre vienen acompañadas por una tenue sombra de la lógica de los sueños, con la leve pero implacable sospecha de que por la mañana nada de cuanto acabo de saber tendrá el menor sentido—, y luego autorizo la transacción.

    Hace una noche bastante calurosa. Salgo al balcón y contemplo el río. Incluso a las tres de la madrugada, las aguas están llenas de embarcaciones de recreo de todos los tamaños, desde tablas de vela luminiscentes que relucen con suaves resplandores anaranjados o verde lima hasta yates de doce metros de eslora recorridos por los haces de reflectores más potentes que el sol. Hacia el este, gigantescos hologramas de cartas, dados y copas de champán ejecutan piruetas por encima del casino entre guiños estroboscópicos. ¿Es que ya nadie duerme nunca?

    Alzo la mirada hacia el vacío negro del cielo y me siento inexplicablemente fascinado. Esta noche no hay luna, nubes ni planetas, y la oscuridad, monótona y repetitiva, se niega a tolerar cualquier reconfortante ilusión de escala: podría estar contemplando el infinito, o el reverso de mis propios párpados. Una oleada de náuseas recorre todo mi ser, en una mezcla contradictoria de claustrofobia superpuesta a la vertiginosa percepción de las dimensiones inhumanas de la Burbuja. Me estremezco —un solo, violento temblor—, y después la sensación desaparece de repente.

    Una alucinación modular de Karen, mi esposa muerta, de pie en el balcón junto a mí, desliza un brazo alrededor de mi cintura y dice: « ¿Nick? ¿Qué te ocurre?». Su piel está fría y sus dedos se extienden sobre mi abdomen, desplegándose como antenas. Estoy a punto de preguntarle, a manera de explicación, si nunca echa de menos las estrellas, y entonces comprendo lo ridículamente sentimental que sonaría eso, y consigo volver a cerrar la boca antes de haber hablado.

    Sacudo la cabeza.


    —Nada

    Los jardines del Instituto Hilgemann permanecen todo lo verdes que ha podido llegar a volverlos la ingeniería genética —y la reticulación implantada mediante la fuerza bruta—, durante el apogeo de un verano en el que deberían estar muertos y marrones. El césped brilla bajo el calor de la mañana igual que si estuviera empapado de rocío, sin duda irrigado constantemente justo por debajo de la superficie, y avanzo por el camino de acceso principal bajo la sombra de lo que parece una especie de arce. Una imagen muy cara de mantener, desde luego: las tarifas para los usos frívolos del agua, ya exorbitantes, se duplicarán en algún momento de los próximos meses. El tercer conducto Kimberley, que traerá agua desde presas situadas a dos mil quinientos kilómetros al norte, ya ha rebasado el presupuesto en un cuatrocientos por cien, y los planes para una planta desalinizadora han vuelto a ser abandonados: al parecer, un repentino exceso de producción en el mercado de los minerales oceánicos ha minado la viabilidad del proyecto.

    El camino termina en una calzada circular que rodea un soberbio arriate de llores en espectacular floración policromática. Los colibríes de genes confeccionados, marca registrada por SI, revolotean como flechas de un lado a otro o flotan inmóviles sobre las flores. Me detengo un momento para contemplarlos, esperando —en vano— presenciar cómo uno de ellos contraviene su programación apartándose del círculo.

    Todo el edificio ha sido construido con falsa madera, y la disposición general sugiere un motel. Hay Institutos Hilgemann en todas partes, sin que se pueda culpar a ningún Hilgemann de ello: todo el mundo sabe que Servicios Internacionales pagó una pequeña fortuna a sus asesores comerciales a cambio de que les proporcionaran el nombre «óptimo» para su departamento de hospitales psiquiátricos. (En cuanto a si el conocimiento público del origen del nombre ha invalidado dicho efecto de optimización, o si en realidad es su base más sólida, no sabría decirlo.) SI también dirige y administra hospitales médicos, centros de atención infantil, escuelas, universidades, prisiones y, desde hace poco, varios monasterios y conventos. A mí todos me parecen moteles.

    Me dirijo al mostrador de recepción, pero no necesito llegar a él.

    — ¿Señor Stavrianos?

    La doctora Cheng —la Directora Médica, con la que hablé brevemente por teléfono— ya me está esperando en el vestíbulo, una cortesía inusual que, educadamente, me priva de cualquier posibilidad de husmear por ahí sin la supervisión adecuada. Nada de batas blancas en el Instituto Hilgemann: el vestido de la doctora Cheng luce un complicado dibujo escheriano de pájaros y flores entrelazadas. La doctora me conduce hasta su despacho a través de una puerta de uso reservado al personal de la institución y un laberinto de corredores. Nos sentamos en cómodos sillones, lejos de su escritorio espartano.

    —Ya sé que está muy ocupada, y le agradezco que haya accedido a recibirme.
    —Puedo asegurarle que deseamos encontrar a Laura tanto como ustedes, y estamos dispuestos a cooperar en todo lo posible. Pero debo decir que no entiendo qué espera conseguir su hermana demandándonos. Eso no va a ayudar a Laura, ¿verdad?

    Respondo emitiendo un carraspeo lleno de simpatía, pero cautelosamente neutral. La hermana, o sus abogados, quizá sea mi cliente, pero de ser así ¿por qué tanto secreto? Aun suponiendo que no hubiera venido hasta aquí para presentarme ante la oposición —y no he recibido instrucciones de no hacerlo—, los abogados del Hilgemann habrían dado por sentado que la hermana de Laura acabaría recurriendo a un investigador tarde o temprano. Ellos también habrán recurrido a uno, y ya debe de hacer tiempo de eso. —Cuénteme qué piensa que le ha ocurrido a Laura.

    La doctora Cheng frunce el ceño.

    —De una cosa estoy segura, y es que no puede haber escapado por sí sola. Laura ni siquiera podía hacer girar el pomo de una puerta. Alguien se la llevó. El instituto no es una prisión, desde luego, pero nos tomamos muy en serio todo lo referente a la seguridad. Sólo un profesional cualificado que dispusiera de abundantes recursos podría haberla sacado de aquí..., pero no tengo ni idea de para quién podía trabajar o del porqué se la ha llevado. Si se tratara de un secuestro a estas alturas ya deberíamos saber qué rescate pretendían exigir, y en cualquier caso su hermana no tiene mucho dinero.
    — ¿Cree que pueden haberse equivocado de persona? Quizá pretendían secuestrar a algún otro paciente, alguien cuyos familiares pudieran reunir un rescate lo suficientemente elevado, y no se dieron cuenta de su error hasta que ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto.
    —Sí, supongo que es una posibilidad.
    — ¿Algún candidato obvio? Me refiero a algún paciente con familiares particularmente ricos que...
    —Realmente no puedo...
    —No, claro. Discúlpeme. —A juzgar por su expresión, diría que Cheng está pensando en varios candidatos..., y lo último que quiere es que yo vaya a ver a sus familias—. Supongo que habrán incrementado las medidas de seguridad, ¿no?
    —Me temo que tampoco puedo hablar de eso.
    —No, por supuesto. Entonces hábleme de Laura. ¿Por qué nació con esas lesiones cerebrales? ¿Cuál fue la causa?
    —No estamos seguros.
    —Pero aun así deben de tener alguna idea. ¿Cuáles son las posibilidades? ¿Rubéola? ¿Sífilis? ¿SIDA? ¿Consumo de drogas por parte de la madre? ¿Efectos secundarios de algún fármaco, o de un pesticida, o de un aditivo alimentario...?

    Sacude enérgicamente la cabeza.

    —Estamos casi totalmente seguros de que no se trató de nada de eso. Su madre recibió la atención médica y los cuidados prenatales habituales, no padecía ninguna enfermedad grave y no tomaba drogas. Y en cuanto a los agentes teratógenos y los mutágenos químicos, producen efectos distintos a los que hemos observado en nuestra paciente. En el caso de Laura no hay malformaciones, desequilibrio bioquímico, proteínas defectuosas, anormalidades histológicas...
    — ¿Y entonces por qué ese retraso mental tan acentuado?
    —En el caso de Laura parece como si ciertos senderos cruciales del cerebro, ciertos sistemas de conexiones neurales que deberían haberse formado a una edad muy temprana, no hubieran logrado llegar a manifestarse. Posteriormente su ausencia imposibilitó el desarrollo normal que habría debido producirse a continuación. La pregunta es por qué esos senderos iniciales no llegaron a formarse. Como acabo de decirle, no podemos estar seguros, pero sospecho que se debió a un efecto genético complejo producido durante la fase uterina, un proceso muy sutil en el que estuvieron involucrados varios genes.
    —Pero si se tratara de algo genético podrían confirmarlo, ¿no? Siempre pueden examinar su ADN, ¿verdad?
    —Laura no presenta ningún defecto genético reconocido o catalogado, si es que se está refiriendo a eso..., lo cual sólo demuestra que algunos de los genes cruciales para el desarrollo cerebral todavía no han sido localizados.
    — ¿Algún historial familiar del mismo fenómeno? —No, pero si hay varios genes involucrados, eso no tiene por qué ser sorprendente: la probabilidad de que un familiar compartiera la misma anomalía podría ser muy pequeña. —Frunce el ceño—. Discúlpeme, pero ¿realmente cree que algo de lo que le estoy diciendo puede ayudarlo a encontrarla?
    —Bueno, si la causa hubiera sido un producto farmacéutico o de consumo, los fabricantes podrían estar tratando de proteger sus intereses. Ya sé que ha transcurrido mucho tiempo desde entonces, pero siempre cabe la posibilidad de que algún equipo de investigadores de los defectos congénitos acerca del que nadie sabía nada se disponga a publicar un estudio donde se afirma que el fármaco maravilloso x, el antidepresivo milagroso de los años treinta, hace que uno de cada cien mil fetos acabe convirtiéndose en una Laura. Supongo que habrá oído hablar de Productos de Salud Holística, esa firma de los Estados Unidos: seiscientas personas se encontraron con que sus riñones habían decidido dejar de funcionar después de que hubieran tomado su «suplemento energético», así que los directivos contrataron a una docena de asesinos a sueldo para que empezaran a eliminar a las víctimas, fingiendo muertes por accidente. Cuando hay cadáveres de por medio, las indemnizaciones por daños y perjuicios se reducen enormemente. Admito que el secuestro no parece tener mucho sentido, pero ¿quién sabe? Quizá necesitaban estudiar a Laura para extraer alguna clase de información que luego podría serles de utilidad en los tribunales.
    —Todo eso me suena a paranoia pura.

    Me encojo de hombros.

    —Deformación profesional, ya sabe.

    Se ríe.

    — ¿A qué profesión se refiere, a la suya o a la mía? Bueno, ya le he dicho que la causa era heredada.
    —Pero no puede afirmarlo con total seguridad.
    —No.

    Hago las preguntas usuales sobre el personal: ¿alguien ha sido contratado o despedido durante los últimos meses, saben de alguien que tenga deudas o problemas o que, por el motivo que sea, pueda querer vengarse del Instituto Hilgemann? Los policías ya habrán hecho todas esas preguntas, pero después de cuatro semanas de pensar en la desaparición, alguna cuestión trivial que al principio no había parecido digna de mención puede haberse vuelto mucho más significativa.

    No tengo tanta suerte.

    — ¿Puedo ver su habitación?
    —Desde luego.

    Los corredores por los que pasamos disponen de cámaras instaladas en el techo a intervalos de diez metros, así que supongo que cada una de las rutas de aproximación a la habitación de Laura estará cubierta por un mínimo de siete cámaras. Un auténtico profesional del secuestro trabaja con presupuestos lo suficientemente elevados como para poder permitirse el lujo de emplear siete camaleones de datos, por supuesto: cada robot del tamaño de una cabeza de alfiler habría memorizado la secuencia de bits de un fotograma mientras el corredor estaba vacío después de haber accedido a la señal de una cámara, y luego la habría escupido repetidamente para que sustituyera a la imagen real. Seguramente cada entrada-salida de los datos falsos estaría acompañada por tenues emisiones de ruido de alta frecuencia, pero éstas no habrían sido lo bastante intensas para dejar imperfecciones delatoras en una grabación digital con esos niveles de tolerancia al ruido. A menos que hasta el último metro de fibra óptica sea examinado con un microscopio electrónico, lo cual permitiría localizar las minúsculas cicatrices indicadoras de en qué puntos intervinieron los camaleones, no hay forma de saber si esa manipulación tuvo lugar o no.

    Interferir el funcionamiento de la puerta —cuya cerradura es controlada por un sistema remoto— habría resultado igual de fácil.

    La habitación es pequeña y no tiene muchos muebles. Una pared está cubierta por un alegre mural de llores y pájaros. No es el tipo de visión con la que me gustaría encontrarme cada mañana al despertar, pero no puedo saber qué opinaba Laura al respecto. Hay un solo ventanal junto a la cama, sólidamente incrustado en la pared y sin que nadie se haya molestado en crear la impresión de que fue diseñado para abrirse. El panel de plástico especial podría resistir incluso el impacto de una bala pero, con el equipo adecuado, podría ser cortado y vuelto a sellar sin dejar ninguna señal visible. Saco mi cámara de bolsillo, tomo una instantánea del ventanal bajo la luz polarizada de un flash láser y después proceso la imagen hasta obtener un mapa coloreado de los índices de fatiga del material, pero la pulcra lisura de los contornos no muestra ningún defecto o anomalía.

    La verdad es que no puedo hacer nada que el equipo forense de la policía no haya hecho antes y mejor. La alfombra habrá sido holografiada para detectar impresiones de pisadas, y después le habrán pasado el aspirador para recoger cualquier resto de fibras y detritos biológicos; las sábanas habrán sido analizadas; y los alrededores de la ventana habrán sido examinados en busca de indicios microscópicos. Pero ahora por lo menos la habitación ha quedado grabada en mi mente, con lo que dispongo de un fondo sólido sobre el que desplegar mis especulaciones acerca de los acontecimientos de aquella noche.

    La doctora Cheng me acompaña de vuelta al vestíbulo.

    — ¿Me permite hacerle una pregunta que no tiene nada que ver con Laura?
    — ¿Cuál?
    — ¿Tienen muchos pacientes con fiebre de la Burbuja?

    La doctora Cheng se ríe y menea la cabeza.

    —Ni uno solo. La fiebre de la Burbuja ya está pasada de moda.

    Porque soy un profesional que trabaja por su cuenta, y porque podría —en teoría— avalar un crédito, puedo averiguar ciertas cosas acerca de cualquier persona sin necesidad de esforzarme en lo más mínimo.

    Martha Andrews tiene treinta y nueve arios y trabaja para Ferrocarriles del Oeste como analista de sistemas. Está divorciada, y el tribunal le adjudicó la custodia de sus dos hijos. En el aspecto económico, tiene unos ingresos medios y unas deudas del mismo nivel, y además es propietaria del cuarenta y dos por ciento de un piso barato de dos dormitorios. Ha estado pagando al Hilgemann con el dinero de un fideicomiso que heredó de sus padres: su padre murió hace tres años, y su madre murió al año siguiente. No es lo bastante rica para que valga la pena extorsionarla.

    En esta fase, la hipótesis que parece más plausible es la de que se llevaron a la persona equivocada: no encaja demasiado bien con la profesionalidad del secuestro, pero nadie es perfecto. Lo que necesito, suponiendo que quiera seguir adelante con esa idea, es una lista de los pacientes del Hilgemann. Ciertos detalles sobre el personal también podrían serme de utilidad.

    Llamo a mi servicio de hackers habitual.

    La señal de llamada parece reverberar en las profundidades de mi cráneo. Estoy seguro de que los neurólogos del departamento de comercialización de Neurocom escogieron esa acústica tan extraña para producir una fuerte impresión de intimidad, pero no sólo no me impresiona, sino que lo único que consigue es provocarme claustrofobia. Al mismo tiempo, mi visión externa queda limitada al blanco y negro: se supone que eso sirve para reducir el factor de distracción, pero en realidad sólo es otro truquito estúpido.

    Bella, como siempre, responde al cuarto timbrazo. Su rostro parece flotar en el aire a un metro de distancia, nítidamente definido contra los grises de la realidad para esfumarse de repente a la altura del cuello igual que si estuviera siendo revelado por el haz de un reflector mágico. Me dirige una sonrisa helada.

    —Me alegro de verte, Andrew. ¿Qué puedo hacer por ti?

    «Andrew» es el nombre que he escogido para una de mis máscaras de Criptodependiente. El rostro humano sintético de Bella también podría ser una simple máscara que está repitiendo palabra por palabra las intenciones orales de una persona de carne y hueso, aunque también podría ser un puro artefacto, la interfaz de cualquier cosa desde un contestador hiperdesarrollado hasta un sistema que se encarga del noventa y nueve por ciento del trabajo a la hora de buscar datos. En realidad me da igual quién o qué sea Bella: ella /él/ello/ellos/ellas obtienen resultados, y eso es lo único que me importa.

    —El Instituto Hilgemann, delegación de Perth. Quiero todos los historiales de sus pacientes y todos sus registros de personal.
    — ¿Hasta cuándo quieres remontarte?
    —Bueno... Treinta años, si figuran en la red. Si el material antiguo está archivado, y si acceder a esos datos va a costar una fortuna, entonces olvídalo.

    Bella asiente.

    —Dos mil dólares.

    Experiencias anteriores me han enseñado que intentar regatear no sirve de nada.

    —Perfecto.
    —Vuelve a llamarme dentro de cuatro horas. Tu contraseña es «paradigma».

    Mientras la habitación recupera sus tonalidades normales, pienso que para Martha Andrews dos mil dólares tienen que ser un montón de dinero, y eso por no mencionar los quince mil que ya he recibido como anticipo. Pero si sus abogados estuvieran razonablemente seguros de que van a obtener una generosa indemnización de la que se quedarán con un buen porcentaje en concepto de honorarios, para ellos quince mil no serían nada. Su deseo de permanecer en el anonimato podría no ser más siniestro que mi utilización de un seudónimo cuando trato con Bella: si estás quebrantando la ley, siempre es aconsejable contar con unos cuantos mamparos que te protejan del riesgo de ser acusado de conspiración.

    ¿Hablo con Martha? No creo que eso pueda disgustar a sus abogados, e incluso si me ha contratado personalmente (una posibilidad que aún no puede ser completamente descartada, ya que sus finanzas quizá abarquen profundidades ocultas) lo cierto es que escogió el anonimato en vez de optar por la alternativa de darme instrucciones explícitas de que me mantuviese alejado.

    En realidad, lo único que puedo hacer es actuar como si no hubiera dedicado ni un solo instante de mi tiempo a pensar en la identidad de mi cliente..., aunque la verdad es que, hasta el momento, el pequeño detalle de la identidad es lo que encuentro más fascinante de todo este caso


    ****

    Martha se parece mucho a su hermana, con un poco más de carne y un montón de preocupaciones más. Cuando hablamos por teléfono me preguntó si trabajaba para el hospital. Cuando le dije que no podía revelar el nombre de mi cliente, pareció interpretarlo como una respuesta afirmativa. (De hecho, eso es pura y simplemente inconcebible: SI posee una gran parte de las acciones de Investigaciones Pinkerton, por lo que el Hilgemann nunca contrataría a un profesional independiente.) Ahora que la tengo delante, estoy casi seguro de que cree que trabajo para el Hilgemann.

    —Realmente, soy la persona que menos puede ayudarla a encontrar a Laura. Eran ellos quienes cuidaban de Laura, no yo. No entiendo cómo pueden haber permitido que llegara a ocurrir algo semejante.
    —Oh, claro. Pero olvidémonos de la incompetencia por un momento. ¿Tiene alguna idea de por qué alguien podría querer secuestrar a Laura?

    Sacude la cabeza.

    — ¿Laura? ¿De qué puede servirle Laura a nadie? —La cocina, en la que estamos sentados, es minúscula y está impoluta. En la habitación contigua, los hijos de Martha están jugando con la nueva locura de este verano, Demonios zen tibetanos flipados contra dioses del vudú haitianos colgados, y no dentro de sus cabezas, como hacen los niños ricos. Un alarido teatralmente prolongado seguido por una ensordecedora explosión líquida y una oleada de vítores en directo hace que Martha tuerza el gesto—. Ya le he dicho que si hay alguien que pueda responder a esa pregunta, no soy yo. Quizá no fue secuestrada. Puede que el Hilgemann le hiciera daño de alguna manera, tal vez sometiéndola a malos tratos o probando un nuevo fármaco que no dio los resultados esperados, y que toda su historia sobre la desaparición de Laura sólo sea una tapadera. No son más que conjeturas, naturalmente, pero creo que debería tener presente esa posibilidad. Eso suponiendo que realmente quiera descubrir la verdad, por supuesto.
    — ¿Mantenía una relación muy íntima con Laura?

    Frunce el ceño.

    — ¿Íntima? ¿Es que no se lo han explicado? Lo de su estado, quiero decir.
    —Bien, pero ¿procuraba mantenerse en contacto con ella? ¿La visitaba con frecuencia?
    —No. Nunca. Visitarla no habría tenido ningún sentido, porque Laura no hubiese podido entender lo que significaba el que fuera a verla. Ni siquiera se habría enterado de lo que estaba ocurriendo.
    — ¿Y sus padres pensaban lo mismo que usted?

    Se encoge de hombros.

    —Mi madre solía ir a verla una vez al mes. No se engañaba a sí misma, porque sabía que a Laura le daba igual que fuera a verla o no, pero creía que era lo correcto a pesar de todo. Quiero decir que... Bueno, ella sabía que si no iba a verla se sentiría culpable, y cuando por fin dispusieron de módulos que podían eliminar esas sensaciones, ya estaba tan acostumbrada a visitarla que no quería cambiar. Pero yo nunca he tenido ese problema: Laura no es una persona, por lo menos en lo que a mí concierne, y si intentara fingir que lo es sólo conseguiría sentirme como una hipócrita.
    —Pero supongo que cuando comparezca ante el tribunal se mostrará un poco más sentimental, ¿verdad?

    Se ríe, sin dar muestras de sentirse ofendida.

    —No. Les hemos demandado por daños punitivos, no para obtener una compensación por «sufrimiento emocional». La cuestión a debatir será la negligencia del hospital, no mis sentimientos. Tal vez sea una oportunista, pero no estoy dispuesta a cometer perjurio.


    ****

    En el tren que me lleva de vuelta a la ciudad me pregunto si Martha puede haber organizado el secuestro de su hermana para conseguir una indemnización por daños punitivos. El que no quiera exprimir al máximo las posibilidades del pleito podría ser un movimiento cuidadosamente calculado, una forma de asegurarse la simpatía del jurado mediante una aparente renuncia a explotar el caso. Pero esa teoría tiene como mínimo un punto débil: ¿por qué no exigir un rescate, que luego podría ser recuperado del Hilgemann a través de los tribunales? ¿Por qué permitir que el motivo del secuestro se convierta en un misterio que pide a gritos una explicación, lo cual contribuirá a que se sospeche que todo es un fraude?

    Salgo de la opresión carente de aire del metro para encontrarme con que las calles están casi igual de atestadas, ya que han sido invadidas por hordas de compradores vespertinos cargados de gangas postnavideñas y artistas callejeros tan desprovistos de talento —natural o de otra clase— que siento la tentación de plantarme ante ellos y ajustar sus máquinas de crédito en la modalidad de devolución.

    —Estás hecho un auténtico bastardo —dice Karen, y asiento en silencio.

    Mientras voy hacia el hombre-anuncio, me digo que pasaré de largo junto a él como si no lo hubiera visto, pero después de haber dado unos cuantos pasos dejo de andar y me vuelvo para mirarlo. Su rostro apaciblemente inclinado hacia abajo es tan pálido como una babosa — ¡Dios no quiere que juguemos con nuestra pigmentación!— y lleva un traje negro que debe de ser un auténtico purgatorio con este calor. Inmóvil entre el gentío vestido con prendas de vivos colores que dejan al descubierto los brazos y las piernas, parece un misionero del siglo xix perdido en un mercado africano. Ya he visto a ese mismo hombre con anterioridad, cargado con el mismo imaginativo mensaje, repetido delante y detrás:

    ¡ARREPENTIOS,
    PECADORES!
    ¡EL DÍA DEL JUICIO
    ESTÁ CERCA!


    ¡Cerca! ¡Después de treinta y tres años, está cerca! No me extraña que mantenga los ojos clavados en el suelo. ¿Qué coño habrá estado ocurriendo dentro de su cerebro durante las últimas tres décadas? ¿Se despierta cada mañana pensando —y con esa vez ya irán diez mil— «Hoy es el día»? Eso no es fe, es parálisis.

    Permanezco inmóvil durante unos momentos y me dedico a observarlo. El hombre va y viene lentamente por un sendero prefijado, deteniéndose cuando la corriente de compradores le opone una resistencia insuperable. La mayoría de personas ignoran su presencia, pero veo que un adolescente lo aparta de un brusco empujón después de haber chocado deliberadamente con él, y me siento invadido por una vergonzosa oleada de deleite.

    No tengo ninguna razón para odiar a este hombre. Hay milenaristas de todas las clases imaginables, desde dóciles idiotas hasta astutos timadores, de acuarianos perdidos en el éxtasis a terroristas genocidas. Los miembros de los Niños del Abismo no recorren las calles con un par de tableros para anuncios colgados del cuello, y culpar de la muerte de Karen a este patético muñequito de cuerda no tendría ningún sentido.

    Pero mientras sigo andando, no puedo evitar disfrutar con una deliciosa visión de su rostro convertido en pulpa ensangrentada.


    ****

    Cuando las estrellas se apagaron, yo tenía ocho años.

    Quince de noviembre del año 2034. De las 8:11:05 a las 8:27:42, hora del meridiano de Greenwich.

    No presencié la aparición del círculo de oscuridad, el cual fue creciendo a partir del punto antisolar igual que la boca de un gusano cósmico tan negro como el carbón que se abriera para engullir el planeta. En la televisión sí que la he visto, un centenar de veces y desde una docena de lugares distintos, pero en la televisión sólo parece el efecto especial más barato imaginable (en las imágenes transmitidas por los satélites todavía resulta menos convincente, y en los planos tomados con filtros antiluminosidad se podía ver cómo la «boca» se cerraba exactamente detrás del sol, en una simetría tan poco plausible que apestaba a maquinación humana).

    No pude verlo en directo, naturalmente. En Perth la tarde ya se estaba aproximando a su fin, pero la noticia nos llegó antes de la hora del crepúsculo y salí al balcón, junto con mis padres, para esperar entre la penumbra. Cuando apareció Venus y la señalé con un dedo, mi padre se puso furioso y me mandó dentro. No recuerdo exactamente qué dije: estoy seguro de que ya sabía distinguir los planetas de las estrellas, pero quizá se me escapó alguna tonta broma infantil. Cuando miré por la ventana de mi dormitorio —pudiendo elegir entre cristal sucio o rejilla antimoscas llena de polvo— y vi, bueno, la nada, realmente había que hacer un considerable esfuerzo de voluntad para sentirse impresionado. Luego, cuando por fin pude contemplar el cielo vacío sin que nada se interpusiera entre él y yo, intenté obedientemente sentirme atónito y aterrado, pero no lo conseguí. Aquello era tan poco espectacular como una noche nublada. Sólo años después comprendí lo aterrorizados que debían de estar mis padres.

    El Día de la Burbuja hubo disturbios por todo el planeta, pero los peores actos de violencia tuvieron lugar allí donde la gente había visto el acontecimiento con sus propios ojos, y eso dependía de una combinación de la longitud y del tiempo que hiciera. La noche se extendía desde el oeste del Pacífico hasta Brasil, pero una gran parte de las Américas estaba cubierta de nubes. Había cielos despejados sobre Perú, Colombia, México y el sur de California, por lo que Lima, Bogotá, Ciudad de México y Los Ángeles sufrieron consecuencias mucho más graves. En Nueva York, a las once y tres minutos de la mañana hacía mucho frío y estaba nublado, y eso salvó a la ciudad. Brasilia y Sao Paulo fueron salvadas por la claridad del amanecer.

    En este país no se produjeron grandes disturbios. El crepúsculo llegó demasiado tarde incluso en la costa este, y al parecer casi todos los australianos pasaron toda la noche pegados a sus televisores, contemplando cómo otras personas se encargaban de saquear e incendiar. El Fin del Mundo era algo tan importante que sólo podía estar ocurriendo en otras tierras. En Sydney hubo menos muertes que durante la Nochevieja del año anterior.

    Que yo recuerde, el acontecimiento propiamente dicho fue seguido prácticamente al momento por el anuncio de una explicación (o, al menos, de algo que intentaba ser una explicación). El análisis de los momentos en los que se produjeron los ocultamientos había revelado casi inmediatamente la geometría de lo que había ocurrido, y es posible que eso me bastara como respuesta. A continuación transcurrieron casi seis meses antes de que las primeras sondas se encontraran con la Burbuja, pero el nombre ya había sido utilizado desde el primer momento para referirse a lo que descubrirían, fuera lo que fuese.

    La Burbuja es una esfera perfecta de doce mil millones de kilómetros de radio (unas dos veces la órbita de Plutón) centrada en el Sol. Apareció como un todo completo y acabado que surgió repentinamente de la nada, pero como la Tierra se encontraba a ocho minutos luz de su centro, el tiempo que tardó en llegar hasta nosotros la última luz estelar fue variando a través del cielo, y esa variación produjo el efecto del círculo de oscuridad que iba creciendo con enorme rapidez. Las estrellas desaparecieron primero desde la dirección en la que la Burbuja estaba más próxima, y en último lugar de aquella en la que se encontraba más alejada, exactamente al otro lado del Sol.

    La Burbuja presenta una superficie inmaterial que se comporta, en muchos aspectos, como una versión cóncava del horizonte de sucesos de un agujero negro. Absorbe la luz del sol a la perfección y lo único que emite es un hilillo indiferenciado de radiación térmica (mucho más fría que el ruido de fondo cósmico de la microonda, que ya no llega hasta nosotros). Las sondas que se aproximan a la superficie sufren el deslizamiento hacia el rojo y la dilatación del tiempo, pero no experimentan ninguna fuerza gravitacional mesurable que pueda explicar estos efectos. Aquellas cuyas órbitas intersectan la esfera parecen experimentar una paulatina reducción de velocidad que termina culminando en una detención asintótica, y luego se desvanecen: la mayoría de los físicos creen que dentro del tiempo local de la sonda, ésta atraviesa la Burbuja a gran velocidad sin encontrar ningún obstáculo, pero están igualmente seguros de que también lo hace en nuestro infinitamente distante futuro. No sabemos si hay otras barreras más allá de ella, y aun suponiendo que no las haya, la pregunta de si un astronauta que emprendiera el viaje del cual no se puede volver acabaría descubriendo que el universo exterior no había envejecido, o emergería justo a tiempo de presenciar el momento de su extinción, todavía carece de respuesta.

    Después de que les leyeran varios informes que sólo contenían una frase familiar en todas sus páginas, los medios de comunicación (a los que se había mantenido entretenidos durante seis meses con teorías todavía más disparatadas que la verdad) se apresuraron a declarar que el Sistema Solar se había «caído dentro» de un enorme agujero negro, con lo que provocaron una reaparición del pánico global antes de que la confusión pudiera ser aclarada. El horizonte de sucesos nos rodeaba y, en un error perfectamente comprensible, los medios de comunicación llegaron a la conclusión de que eso significaba que teníamos que estar dentro de él. La verdad, sin embargo, es que se trata justamente de lo contrario: el horizonte de sucesos no nos rodea, sino que «rodea» todo lo demás.

    Aunque un puñado de valerosos teóricos hicieron denodados esfuerzos para construir un modelo que explicara la Burbuja como un fenómeno natural espontáneo, en realidad —siempre, y desde el primer momento— sólo hubo una explicación plausible: una raza alienígena inmensamente superior había erigido una barrera para aislar al Sistema Solar del resto del universo.

    La gran pregunta era por qué.

    Si el objetivo era disuadirnos de que nos lanzáramos al espacio y conquistáramos toda la galaxia, no tendrían que haberse tomado tantas molestias. En el año 2034, ningún ser humano había ido más allá de Marte. La base lunar estadounidense, que había permanecido ocupada durante dieciocho meses, ya llevaba seis años cerrada. Las únicas naves espaciales que habían abandonado el Sistema Solar eran las sondas que fueron enviadas a los planetas exteriores hacia finales del siglo xx, y que siguiendo trayectorias que acababan de perder todo su sentido, se alejaban lentamente del Sol. Los planes para enviar una misión no tripulada a Alfa Centauro el año 2050 acababan de ser modificados y la nueva fecha escogida era el año 2069, con la esperanza de que el centenario del Apolo xi contribuiría a la recogida de fondos.

    Una civilización alienígena capaz de viajar por el espacio quizá se enfrentara a ese tipo de cuestiones partiendo de una perspectiva a más largo plazo, naturalmente. Para ellos, los mil años que deberían transcurrir antes de que los seres humanos pudieran embarcarse en algún programa remotamente parecido a la conquista interestelar tal vez sólo fueran un juicioso margen de seguridad. Aun así, la idea de que una cultura capaz de manipular el espacio-tiempo de formas que apenas éramos capaces de comprender pudiera temernos resultaba ridícula.

    Los Hacedores de la Burbuja tal vez fueran unos benefactores que nos habían salvado de un destino infinitamente peor que el de vernos confinados a una región del espacio dentro de la que, si no cometíamos imprudencias, podríamos prosperar durante centenares de millones de años. El núcleo galáctico quizá estuviera estallando, y la Burbuja podía ser el único escudo posible contra la radiación. Otras razas alienígenas hostiles quizá estaban sembrando el caos en la región, y la Burbuja era la única forma de mantenerlas a raya. Las variaciones menos dramáticas sobre este tema abundaban. La Burbuja tal vez estuviera allí para proteger a nuestra frágil cultura primitiva de las implacables realidades del comercio interestelar. El Sistema Solar podía haber sido declarado Zona de Herencia Galáctica.

    Unos cuantos intelectuales aguafiestas argumentaron que cualquier explicación que pudiera parecemos plausible probablemente no sería más que una tontería antropomórfica, pero nadie los invitó a los debates televisivos.

    En el otro extremo, la mayoría de sectas religiosas no se lo pensaron dos veces a la hora de extraer respuestas prefabricadas de sus ridículas mitologías. Fundamentalistas de distintos credos se negaron a admitir la existencia de la Burbuja, y todos proclamaron que las estrellas desaparecidas eran un signo de la ira divina que ya había sido anunciado —con distintos grados de licencia profética— por sus textos sagrados.

    Mis padres eran firmemente ateos, mi educación había sido secular, y mis amigos de la infancia o no profesaban ninguna religión o, en el caso de los nietos de los refugiados indonesios, se conformaban con un budismo marginal. Pero los medios de comunicación de habla inglesa de todo el planeta fueron invadidos por las opiniones de los fundamentalistas cristianos, con la consecuencia de que fueron sus imbecilidades las que llegué a conocer mejor y aquellas que acabaron pareciéndome más despreciables. ¡Las estrellas se habían apagado! Si eso no era puro Apocalipsis, ¿qué podía serlo? (De hecho, en el Libro de las Revelaciones las estrellas caían sobre la tierra, pero nunca hay que tomarse las cosas demasiado al pie de la letra.) Incluso aquellos fanáticos cuyos fetichismos milenaristas se escribían con eme minúscula tenían motivos para estar contentos: los años 2000 y 2001 tal vez hubieran estado frustrantemente desprovistos de portentos cósmicos, pero, dadas las inexactitudes de los registros históricos, el año 2034 (o eso se afirmaba) muy bien podía corresponder con toda exactitud al bimilenario, no del nacimiento de Cristo, sino de su muerte y resurrección. (¿El 15 de noviembre como Pascua? Los fundamentalistas ofrecieron abstrusas explicaciones —que incluían algo llamado «deriva pascual»—, pero nunca fui lo suficientemente masoquista para tratar de entenderlas.)

    Era el Día del Juicio reescrito por la cámara de comercio de alguna pequeña ciudad del Cinturón de la Biblia. La televisión seguía funcionando y nadie necesitaba la marca de la bestia para comprar y vender, y mucho menos para entregar y recibir donaciones deducibles de impuestos. Las grandes iglesias emitieron cautelosas declaraciones que, en resumen, venían a decir que los científicos probablemente estaban en lo cierto, pero sus templos se vaciaron y la industria de la salvación a cambio de dinero experimentó una prosperidad sin precedentes.

    Aparte de los grupos post-Burbuja que habían abandonado sus religiones establecidas originales, también aparecieron miles de cultos nuevos, la mayoría de ellos organizados según los principios sólidamente comerciales inventados por los empresarios religiosos del siglo xx. Pero mientras las oportunidades se multiplicaban, los verdaderos psicóticos florecían. Los Niños del Abismo necesitaron veinte años para darse a conocer, pero naturalmente, haber nacido del Abismo —el Día de la Burbuja o con posterioridad a él— era un prerrequisito imprescindible para todos los miembros. Empezaron el año 2054, envenenando el suministro de agua potable de un pueblo del Maine en el que mataron así a más de tres mil personas. Ahora actúan en cuarenta y siete países, y ya llevan acumuladas casi cien mil víctimas. Marcus Duprey, su fundador y gran profeta por autodesignación, escupe un chorro incoherente de parloteo cabalístico a medio digerir y escatología de cómic, pero al parecer hay miles de personas cuyo cerebro ha sufrido exactamente el tipo de avería necesario para que hasta la última de sus palabras les parezca estar llena de verdades.

    Que empezaran a volar edificios escogidos al azar porque «vivimos en la Era de la Destrucción» fue un mal comienzo, pero desde que Duprey y diecisiete Niños más fueron enviados a la cárcel, muchos de sus seguidores decidieron convertir su liberación en la meta final del movimiento; y con un objetivo tangible (si bien inalcanzable) alrededor del cual concentrar sus esfuerzos, todo ha empeorado. Lo que yo piense o deje de pensar no tiene ninguna importancia, pero algunas noches la pregunta me ronda por la cabeza durante horas. No deseo que lo dejen en libertad: lo que deseo es que nunca lo hubieran arrestado.

    La enfermedad mental no quedó confinada a los milenaristas: las mentes seculares dispusieron de la fiebre de la Burbuja, una reacción «claustrofóbica» incapacitadora a la convicción de estar «atrapado» en un volumen de espacio ocho trillones de veces más grande que el disponible en la Tierra. Ahora la fiebre de la Burbuja parece más bien risible y nos resulta casi tan pintoresca como cualquiera de esas dolencias que afirmaban padecer las clases altas del siglo xix, pero millones de personas sucumbieron a ella durante el primer año. Atacó en prácticamente todos los países, y las autoridades sanitarias predijeron que su coste para la economía mundial sería superior al del sida. Pero en cinco años el número de casos había caído en picado.

    Las guerras y las revoluciones que se han ido sucediendo alrededor del planeta han sido atribuidas a la Burbuja —aunque me pregunto cómo alguien puede afirmar que está en condiciones de separar sus efectos desestabilizadores de los de la pobreza, la deuda, el cambio climático, la hambruna y la contaminación—, y también se la ha culpado de todo ese fanatismo religioso que, pese a todo, habría acabado apareciendo de todas maneras. He leído que en los primeros días se hablaba seriamente del «derrumbamiento» de la civilización y de la inminencia de una nueva Edad Oscura. Ese tipo de afirmaciones no tardaron en desaparecer, pero incluso ahora, sigo sin tener muy claro si el que las ondas del shock cultural hayan sido tan tenues me parece milagroso o, sencillamente, inevitable. La Burbuja lo cambia todo: prueba la existencia de alienígenas dotados de poderes divinos, alienígenas que nos han encerrado en el Sistema Solar sin ninguna explicación o aviso previo..., y que nos han robado nuestro destino en el universo. La Burbuja no cambia nada: los alienígenas se mantienen ocultos y no nos afecta en nada su existencia. Las estrellas son totalmente irrelevantes para las necesidades humanas; el sol sigue brillando y las cosechas siguen creciendo, la vida de este planeta continúa como siempre lo ha hecho..., y hay mundos suficientes a nuestro alcance para que podamos pasamos milenios explorándolos.

    A comienzos de la década de los cincuenta, sencillamente «se sabía» —sin que existiera ninguna razón obvia para ello— que los Hacedores de la Burbuja estaban a punto de presentarse y justificar todo lo ocurrido: los cultos del contacto con alienígenas florecieron y los fraudes relacionados con los ovni alcanzaron niveles absurdos, pero a medida que los años iban transcurriendo en el silencio, las esperanzas de obtener aunque sólo fuera una sucinta explicación de nuestro estado de cuarentena se fueron desvaneciendo.

    Ahora ya ni siquiera me pregunto por qué. Después de treinta años de oír una hipótesis delirante e improbable detrás de otra, he dejado de interesarme por el asunto. (Admito que el fenómeno, indirectamente, mató a mi esposa... Pero, indirectamente, yo también la maté.)


    ****

    Bella, como siempre, cumple el plazo acordado. Descargo los registros en los generosos buffers intracraneales de Criptodependiente, y estoy a punto de transferirlos a la terminal de mi escritorio cuando, en un momento de precaución, o de paranoia, cambio de parecer y decido guardar los datos dentro de mi cabeza, al menos por ahora.

    Estoy cansado, pero sólo son poco más de las nueve. No quiero dormir, pero la perspectiva de abrirme paso a través de los historiales del Hilgemann me parece insoportablemente tediosa.

    Invoco Trabajos de oficina (Axón, 499$) y lo voy guiando por lo que quiero que haga con cada nombre: en primer lugar, comprobar mi memoria natural en busca de posibles asociaciones (después de todo, hay muchas probabilidades de que los familiares de alguien a quien valga la pena secuestrar sean figuras públicas en mayor o menor grado); después contactar con el Sistema de Referencias Crediticias, obtener los detalles financieros actuales y añadirlos al archivo. Pienso que quizá debería activar una notificación si los recursos financieros rebasan cierto nivel, pero no consigo decidirme por ninguna cifra y, en cualquier caso, cuando el trabajo esté terminado siempre puedo clasificarlos según su valor en la red. Doy instrucciones al módulo de que me interrumpa únicamente si se tropieza con un nombre que yo conozca.

    Me dejo caer sobre la cama y conecto el sistema de audio de la habitación. El ROM de control que he estado escuchando últimamente, «Paraíso», de Angela Renfield, es uno de los centenares de millares de copias idénticas de esa obra, pero te garantizan que cada una de las piezas que crea es única. Renfield ha fijado ciertos parámetros para la música, pero una serie de funciones seudoaleatorias sembradas con la fecha, la hora y el número de serie del sistema de audio se encargan de proporcionar otro conjunto de parámetros.

    Al parecer esta noche me he tropezado con una valoración francamente excesiva de la influencia minimalista. Después de varios minutos de nada excepto el mismo acorde (aunque de una resonancia impresionante, debo admitirlo) repetido a intervalos de cinco segundos, pulso el botón de RECOMPONER. La música se interrumpe de repente, y después de una breve pausa, se inicia una nueva variación que supone una clara mejora sobre la anterior.

    He usado «Paraíso» cosa de un centenar de veces. Al principio me parecía imposible que todas esas ejecuciones independientes tuvieran algo en común, pero con el paso de los meses he empezado a percibir la estructura subyacente. La veo como una especie de árbol genealógico, o como una clasificación filogenética de especies. Pero la metáfora no es del todo exacta, naturalmente: una pieza puede ser considerada como prima cercana o lejana de otra, pero en realidad el concepto de la descendencia no tiene cabida dentro de este contexto. Cuando pienso en las piezas más sencillas me digo a mí mismo que son primordiales y que «dan lugar» a variaciones más complejas, pero más allá de cierto punto la decisión que determina cuál engendró a tal otra, o cuál evolucionó hasta convertirse en tal otra, se vuelve totalmente arbitraria. He oído afirmar a algunos críticos que, después de una docena de audiciones, cualquier persona dotada de una mínima educación musical debería ser capaz de entender las reglas elegidas por Renfield, con lo que cualquier audición subsiguiente se volvería insoportablemente redundante. Si es así, me alegro de mi ignorancia. La segunda pieza de esta noche es como una brillante hoja de escalpelo que estuviese pelando una capa de piel muerta detrás de otra. Cierro los ojos mientras un fraseo de trompeta se va desarrollando e incrementa rápidamente su timbre para mutar de repente, imposible, grácilmente, en el sonido líquido de las metaarpas. Las flautas se añaden a la melodía con un tema elegantemente recargado, pero ya me parece discernir en él, escondido debajo de todos esos adornos y amaneramientos, los atisbos de una perfecta aguja plateada que reaparecerá bajo un centenar de apariencias distintas; que será aguzada, acallada y vuelta a aguzar después; y que luego me será mostrada, por última vez y para que la admire, antes de ser hundida en mi corazón.

    De repente cuatro líneas de texto luminiscente aparecen en la parte inferior de mi campo visual:

    [Trabajos de oficina:
    Asociación de memoria natural.
    Casey, Joseph Patrick.
    Jefe de seguridad el 12-6-2066.]


    Había olvidado que también solicité los registros del personal, porque de lo contrario los habría excluido. Pienso en esperar a que la música termine, pero no tendría ningún sentido porque ya sé que no sería capaz de disfrutarla. Pulso el botón de PARO, y otra encarnación única de “Paraíso” desaparece para siempre.


    ****

    Casey tiene cinco años más que yo, por lo que su retiro, producido poco después del mío, no fue tan prematuro. Está sentado en un rincón del bar atestado bebiendo cerveza, y me uno al ritual. Supongo que es una forma bastante extraña de pasar el tiempo, cuando ni un microgramo de etanol llegará a ninguno de nuestros torrentes sanguíneos —los módulos computan nuestro consumo y sustituyen el efecto real, espantosamente tóxico, por una suave euforia puramente neural—, pero al fin y al cabo, si este fósil cultural ha perdurado mil años y ha logrado sobrevivir a cualquier recuerdo de sus orígenes, quizá deberíamos empezar a pensar que existe alguna razón oculta para ello.

    —No te vemos nunca, Nick. ¿Dónde te has estado escondiendo?

    «¿Vemos?» Necesito unos momentos para comprender que no se refiere a sí mismo y a su esposa ausente, sino al bar lleno de policías y ex policías; la «comunidad de los agentes de la ley», como dirían los políticos —de la misma manera en que solían hablar de la comunidad griega, china o italiana—, como si las modificaciones neurales y físicas que compartimos nos hubieran convertido en una especie de blanco demográfico homogéneo. Recorro el bar con la mirada y, afortunadamente, descubro que apenas conozco a nadie.

    —Bueno, ya sabes cómo son estas cosas...
    —¿Y qué tal andan los negocios? ¿Van bien?
    —Me gano la vida. Lo último que supe de ti es que estabas trabajando para la Corporación de Rehabilitación. ¿Qué ocurrió?
    —Que SI la compró para que dejaran de hacerles la competencia. —Ah, sí. Ya me acuerdo. Echaron a un montón de gente a la calle, ¿verdad?
    —Tuve suerte. Tenía contactos y conseguí que me trasladaran a otro departamento. Tipos que llevaban treinta años trabajando para ellos se encontraron sin empleo de la noche a la mañana.
    —¿Y qué tal es el Hilgemann? —Se ríe.
    —Oh, ya te lo puedes imaginar. Si acabas en un sitio como el Hilgemann, y hoy en día sólo vas a parar allí si tienes el tipo de problemas que no pueden resolverse con un módulo, tienes que estar hecho un auténtico zombi. La seguridad no es un problema.
    —¿No? ¿Qué me dices de Laura Andrews?
    —¿Estás trabajando en eso?

    No muestra más sorpresa de la que requiere la cortesía. Cheng tuvo que hablar con él antes de devolverme la llamada para asegurarse de que no le crearía problemas en el caso de que accediera a recibirme.

    —Sí.
    —¿Para quién?
    —¿Quién crees que puede haberme contratado?
    —Que me cuelguen si lo sé. Para la hermana no, desde luego: Winters está trabajando para la hermana. Eso sí, no le han encargado que encontrara a Laura: su trabajo consiste en llenarme de mierda. Esa zorra probablemente se pasa el día entero fabricando pruebas falsas delante de un ordenador en algún sitio.
    —Probablemente.

    «Para la hermana no, desde luego.» ¿Para quién, entonces? ¿Un familiar de otro paciente? ¿Alguien que cree que si el secuestro se hubiera llevado a cabo según lo planeado ahora le estaría diciendo adiós a un montón de dinero..., y que quiere asegurarse de que no haya un segundo intento coronado por el éxito?

    —En realidad ni siquiera hay un caso que investigar. No cometimos ninguna negligencia. ¿Te acuerdas de aquel tipo que demandó a los propietarios del Hilton de Sydney después de que secuestraran a su hija en una de las habitaciones del hotel? Los abogados del Hilton acabaron haciéndolo puré, y aquí ocurrirá exactamente lo mismo.
    —Quizá.

    Casey deja escapar una carcajada llena de amargura.

    —Y en cualquier caso a ti te importa una mierda lo que ocurra, ¿no?
    —Oh, claro que me importa. Y tú tampoco deberías adoptar esa actitud. SI no te despedirá ni siquiera si pierden el caso. No son idiotas: asignan cierta cantidad de dinero al presupuesto de seguridad, el necesario para mantener a los pacientes dentro del centro. Si quisieran disponer de una especie de fortaleza, saben que tendrían que pagarla. Llevan administrando prisiones el tiempo suficiente para entender sus costes.
    —¿El necesario para mantener a los pacientes dentro? —dice tras un instante de vacilación—. Sí, ¿eh? Pues Laura Andrews había salido del Hilgemann dos veces antes. —Me fulmina con la mirada—. Y como la hermana llegue a enterarse, te rompo tu jodido cuello.

    Lo contemplo en silencio, sonriendo escépticamente mientras espero a que me aclare el chiste. Casey se limita a devolverme la mirada con expresión sombría y sin abrir la boca.

    —¿Qué quieres decir con eso de que ya había salido dos veces? ¿Cómo?
    —¡Cómo! ¡Oh, mierda! No sé cómo lo hizo. Si supiera cómo lo hizo, entonces no habríamos permitido que volviera a hacerlo.
    —Pero... Creía que ni siquiera podía hacer girar el pomo de una puerta.
    —Eso es lo que dicen los médicos. Bueno, nadie la ha visto hacer girar el pomo de una jodida puerta. Nadie la ha visto comportarse de una manera lo suficientemente inteligente para avergonzar a una cucaracha. Pero una persona que puede burlar a las cámaras y los sensores de movimiento sin que las puertas cerradas con llave logren detenerla, y que además lo ha hecho tres veces, no es lo que aparenta ser a primera vista, ¿verdad?

    Suelto un bufido.

    —¿Adónde quieres ir a parar, Casey? ¿Crees que Laura Andrews lleva más de treinta años fingiendo imbecilidad total? ¡Pero si ni siquiera ha aprendido a hablar! ¿Crees que empezó a fingir que sufría lesiones cerebrales cuando tenía doce meses?

    Se encoge de hombros.

    —¿Quién puede saber qué fue lo que ocurrió hace treinta años? Los registros dicen una serie de cosas, pero yo no estaba allí. Lo único que sé es lo que Laura Andrews ha hecho durante los últimos dieciocho meses. ¿Cómo lo explicarías?
    —Quizá sea una idiote savante. O una idiota que es capaz de escaparse de cualquier sitio. —Casey pone los ojos en blanco—. De acuerdo, no tengo ni idea. Pero... ¿Qué ocurrió? Las primeras dos veces, quiero decir. ¿Hasta dónde consiguió llegar?
    —La primera vez, hasta los jardines. La segunda logró alejarse un par de kilómetros. A la mañana siguiente la encontramos vagando de un lado a otro con su expresión de inocencia atontada habitual en la cara. Yo quería poner una cámara en su habitación, pero el Hilgemann no me autorizó debido a no sé qué convención de las Naciones Unidas sobre los derechos de los enfermos mentales. SI tuvo tantos problemas por lo de aquella prisión de Texas que se han vuelto ultracautelosos. —Se ríe—. ¿Y cómo iba a convencerlos de que necesitaba más equipo de vigilancia? Los pacientes son vegetales. Las habitaciones tienen una puerta y una ventana, y las dos se encuentran bajo observación durante las veinticuatro horas del día. ¿Cómo podía justificar un incremento de las medidas de seguridad? Quiero decir que... Bueno, no podía ir a ver a la maldita directora y decirle: «Si es usted tan lista, explíqueme cómo lo hace y dígame qué debemos hacer para detenerla».

    Sacudo la cabeza.

    —Laura Andrews no hizo nada de todo lo que dices que hizo. No puede haberlo hecho. Alguien se la llevó. Las tres veces.
    —Ah, ¿sí? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Y qué término usarías para las dos primeras veces: pruebas, ensayos o qué?
    —¿Desinformación, quizá? —digo tras un instante de vacilación—. Alguien intentó convenceros de que Laura podía salir de su habitación por sí sola, porque así cuando por fin se la llevaran creeríais que... —Casey está fingiendo una incredulidad tan severa que roza el dolor físico—. De acuerdo, de acuerdo. Sí, a mí también me parece ridículo. Pero no puedo creer que se escapara del Hilgemann ella sola.


    ****

    Tardo una eternidad en quedarme dormido. Jefe (Dignidad humana, 999$) puede haberlo convertido en una cuestión de elección consciente, pero, aun así, he conseguido seguir padeciendo insomnio: siempre tengo alguna razón para retrasar la decisión, siempre tengo algún problema sobre el que quiero reflexionar, como si todas esas preguntas acuciantes que me han mantenido en vela a lo largo de mi vida todavía tuvieran que ser respondidas al viejo estilo, pese a todos los adelantos.

    O quizá sencillamente estoy desarrollando lo que llaman Letargía de Zeno. El que tantos aspectos de la vida sólo estén sometidos a la elección ha hecho que los cerebros de las personas empiecen a darse por vencidos. Ahora que tenemos tantas cosas a nuestro alcance, literalmente con sólo desearlas, los seres humanos están añadiendo nuevas capas a sus procesos mentales para protegerlos de todo ese poder y toda esa libertad, extraviándose en regresiones cuasiinfínitas que van de querer tomar una decisión a querer tomar la decisión de querer decidir qué coño quieren en realidad.

    Lo que quiero, en este momento, es entender el caso Andrews, pero ninguno de los módulos de mi cabeza puede satisfacer ese deseo.

    —De acuerdo —dice Karen—. No tienes ni idea de por qué la secuestraron. Bueno, perfecto. Concéntrate en los hechos. Dondequiera que la hayan llevado, alguien tiene que haberla visto en el trayecto. Olvídate de los motivos por ahora y limítate a averiguar dónde está.

    Asiento.

    —Tienes razón. Como siempre, claro. Insertaré un anuncio en el sistema de noticias...
    —Por la mañana.

    Me río.

    —Sí, de acuerdo, por la mañana.

    Con su calor familiar junto a mí, cierro los ojos.

    —¿Nick?
    —¿Sí?

    Me besa, apenas rozándome con los labios.

    —Sueña conmigo.

    Y así lo hago.


    2


    ¡ALELUYA! ¡Puedo verlas! ¡Puedo ver las estrellas!

    Me vuelvo, sobresaltado, para ver a una mujer bastante joven arrodillada en medio de la calle llena de gente con los brazos extendidos, el rostro extasiado y los ojos clavados en el deslumbrante cielo azul. Durante un momento parece que se ha quedado paralizada —o tal vez fascinada, completamente absorta en lo que está contemplando—, y después vuelve a gritar: «¡Puedo verlas! ¡Puedo verlas!», y empieza a darse puñetazos en las costillas, balanceándose hacia atrás y hacia adelante sobre las rodillas, jadeando y sollozando.

    «Pero si ya hace veinte años que desapareció ese culto...»

    La mujer chilla y se estremece convulsivamente. Dos amigos que no saben qué cara poner permanecen inmóviles junto a ella mientras el tráfico fluye rápidamente alrededor de la escena. La contemplo, sintiéndome cada vez más consternado a medida que los recuerdos infantiles de místicos callejeros que deliraban y se convulsionaban empiezan a inundar mi memoria.

    —¡Todas las hermosas estrellas! ¡Todas las magníficas constelaciones! ¡Escorpión! ¡Libra! ¡Centauro!

    Las lágrimas se deslizan por su cara.

    Intento reprimir una mezcla de pánico y revulsión que está creciendo hasta adquirir proporciones incomprensibles. Esa mujer sólo es otra chiflada, nada más. El hecho de que su pequeño espectáculo me parezca tan digno de atención sólo demuestra que la consideramos como una auténtica rareza y que la inmensa mayoría de personas se han adaptado, que han aceptado la Burbuja y han seguido adelante con sus vidas. ¿De qué tengo miedo? ¿Temo, quizá, que hasta la última forma de histeria de la Burbuja, hasta la última oscura secta religiosa y la última y extravagante psicosis de masas estén destinadas a ser revividas?

    Empiezo a dar la vuelta cuando de repente los acompañantes de la mujer se echan a reír. Un instante después ella se une a sus carcajadas y, aunque un poco tarde, creo entender lo que ha ocurrido. Esfera astral ha vuelto a ponerse de moda, eso es todo. Un planetario dentro del cráneo. Un artilugio, no una epifanía. He leído las críticas: el módulo ofrece una amplia gama de entornos que van desde un panorama realista de las estrellas «exactamente tal como serían» —con movimientos diurnos y estacionales meticulosamente calculados, ocultación por nubes y edificios, y convincentes apariciones durante el crepúsculo y desvanecimientos durante el amanecer incluidos— hasta la disolución de todos los obstáculos (la atmósfera iluminada por los rayos solares y el planeta bajo tus pies incluidos), con la opción complementaria de trasladar el punto de vista milenios hacia el pasado o el futuro, o bien de desplazarlo media galaxia.

    El trío de adolescentes intercambia abrazos mientras siguen riéndose. Se están burlando del culto, no reviviéndolo. Deben haberlo visto en algún viejo documental. Sigo andando, sintiéndome un poco tonto... pero muy aliviado.

    Cuando llego a mi edificio, subo la escalera sin apresurarme, no muy deseoso de volver a enfrentarme con un registro de llamadas vacío. Los anuncios que he insertado en todos los sistemas de noticias ya llevan cuatro días en circulación, y de momento ni siquiera han atraído la llamada falsa de algún aspirante a timador. El Año Nuevo tendría que haber ayudado: los sistemas de noticias siempre son más leídos durante las fiestas, que es cuando la gente no tiene nada mejor que hacer. Diez mil dólares quizá no sean una recompensa lo suficientemente elevada, pero dudo que a mi cliente le hiciera mucha gracia que la doblase. Tampoco es que haya hecho ningún progreso en lo que concierne a averiguar su identidad, desde luego. Los registros de pacientes del Hilgemann no contienen a nadie que tenga vínculos familiares con la fama o con un nivel de riqueza realmente espectacular y, ahora que lo pienso, eso no me sorprende. Los muy ricos se habrán asegurado como mínimo de que los registros fueran meticulosamente falseados, y los obscenamente ricos mantendrán encerrados a sus familiares dementes allí donde no puedan causarles problemas, en alas insonorizadas de sus propias e impenetrables mansiones. Siento la tentación de profundizar un poco más, pero no lo haré. Puede que esté experimentando el impulso (puramente estético) de incorporar a mi cliente al Esquema General, pero todavía no tengo ninguna buena razón para creer que eso pudiera ayudarme a encontrar a Laura.

    No ha habido llamadas.

    Reprimo el deseo de atizarle un puñetazo al sofá: la tapicería ya ha sido dañada hasta ese punto en el que infligir nuevos daños apenas te produce satisfacción. El momento en el que tendré que contratar otro día de inserción para el anuncio se va aproximando. Solicito el texto a mi terminal y lo contemplo con expresión sombría, preguntándome si, aparte de añadir uno o dos ceros a la recompensa, podría introducir algún cambio para que fuese más efectivo. He utilizado una foto de Laura sacada de los registros de pacientes del Hilgemann que se corresponde casi a la perfección con mi imagen mental recibida, lo cual sugiere que el conocimiento de la apariencia de Laura que posee mi cliente se basa en esa misma foto. Su rostro está muy nítido, pero ¿quién sabe qué aspecto puede tener ahora? No habría ninguna necesidad de recurrir a la cirugía plástica, ya que bastaría con una buena máscara de piel sintética.

    Vuelvo a contratar el anuncio, aun sabiendo que eso no va a servirme de mucho. Si Laura fue secuestrada por accidente, ya debe de llevar mucho tiempo muerta..., y dudo que vaya a encontrar el cadáver, así que ya ni hablemos de las personas responsables. Mi única esperanza real es que sus secuestradores no sólo tuvieran alguna oscura razón para llevársela deliberadamente, sino que, fuera cual fuese, esa razón les obligara a hacer algo más arriesgado que limitarse a mantenerla prisionera o matarla.

    Como sacarla ilegalmente del país, por ejemplo.

    Meter a Laura en un avión no resultaría demasiado complicado. Su imbecilidad sería casi tan fácil de ocultar como su cara: existen docenas de módulos ilegales que podrían transformarla en la marioneta ambulante de un compañero de viaje, o incluso en un «robot» semiautónomo, capaz de llevar a cabo tareas rudimentarias como reír y llorar en todos los momentos adecuados durante la película que proyectarían durante el vuelo.

    Introducir un registro de salida/visado falso en la base de datos de Asuntos Extranjeros no es algo que plantee grandes dificultades. Después se desvanecería en cuanto hubieran transcurrido un par de horas, y los registros de la compañía de aviación también serían adecuadamente corregidos. Asuntos Extranjeros, Aduanas y las compañías de aviación están siendo timadas y exprimidas continuamente, veinticuatro horas al día, por cien hackers distintos..., e, irónicamente, eso es lo que hace posible, con un poquito de suerte, seguirle la pista a una persona que esté viajando de manera ilegal. Los hackers pueden bailar el vals con los arcaicos sistemas de seguridad de su objetivo, pero no pueden evitar anunciar su presencia a los otros hackers. Durante el proceso de capturar datos esenciales para su propio trabajo, no pueden evitar capturar detalles concernientes a otras violaciones en curso. Como ocurre con toda la información, esos datos también están en venta.

    Aparte de proporcionarme datos de su cosecha, Bella también está actuando como mi intermediaria. La llamo y grabo otro cargamento. La relevancia que pueda llegar a tener un montón de datos en estado bruto es pura cuestión de suerte, naturalmente. Cuantos más datos compres, más probabilidades tendrás de dar en el blanco, pero cuando el acontecimiento que estás intentando localizar tuvo lugar (si es que ocurrió) en un aeropuerto desconocido y en un momento desconocido de las últimas seis semanas, entonces no cuentas con ninguna garantía de éxito.

    Localizar los visados de salida falsos es sencillo. El propio hecho de que tengan que ser borrados para escapar al (lento y poco eficiente) escrutinio oficial delata su existencia dentro de cualquier secuencia temporal de instantáneas ilegales de la base de datos. El problema es encontrar a Laura entre la multitud, porque hay más de cien salidas ilegales a la semana. Gracias al Hilgemann, dispongo de la firma de su ADN, sus huellas dactilares, sus patrones retinianos y sus mediciones óseas. Aduanas no utiliza el ADN (cualquier proceso masivo de toma de muestras a los viajeros internacionales traería consigo demasiadas complicaciones, tanto culturales como legales), pero los otros tres apartados siempre son comprobados, y deben cuadrar con los datos oficiales para que te concedan el permiso previo a la partida. Después de eso, sin embargo, la práctica habitual es cambiar todos esos detalles en el registro falso del visado, precisamente para ponerles las cosas un poco más difíciles a los tipos como yo. Aunque el registro debe persistir durante el tiempo que dure el vuelo, con el nombre y la foto intactos (para evitar que se activen las distintas rutinas de chequeo antiterroristas empleadas por las compañías de aviación), los datos biológicos no volverán a ser solicitados hasta que el pasajero pase por el servicio de aduanas después de haber llegado a su destino. Por lo tanto, sólo hay dos breves períodos durante los que el registro del visado debe contener algo que se corresponda con la realidad. En teoría, esos períodos de tiempo podrían medirse en milisegundos, pero en la práctica no se puede operar con semejante grado de precisión y las ventanas tienen que durar varios minutos. De todas maneras, las huellas dactilares y los patrones de la retina pueden ser alterados con relativa facilidad mediante nanocirugía, lo cual quiere decir que sólo se puede confiar en las longitudes de los huesos. Si se está realmente desesperado dichas longitudes también pueden ser modificadas, pero, marioneta o no, nadie sube a un avión inmediatamente después de esa clase de reconstrucción y, además, viajar exhibiendo un grado de invalidez tan obvio equivaldría a llevar un cartel colgado del cuello.

    Analizo la última serie de instantáneas, y en cuestión de segundos descubro que me es tan inútil como el resto.

    Repaso distraídamente los gigabits de basura que he acumulado, vuelo tras vuelo desde los diez aeropuertos internacionales del país, todo desde los menús hasta los planos de distribución del pasaje pasando por... los manifiestos de carga. Laura podría haber sido enviada como carga, naturalmente, pero eso no habría sido una elección muy inteligente. Toda la carga es examinada mediante rayos X o manualmente, por lo que los seres humanos sólo pueden aspirar a imitar una clase de carga: un cadáver humano. Obtener el parecido no supondría ningún problema, dado que los fármacos que desactivan el metabolismo durante un par de horas, sin dañar el cerebro ni ningún otro órgano, están disponibles desde hace décadas. Lo que hace que el método sea tan poco atractivo es su relación señal-ruido: el elevado número de pasajeros ilegales vivos ya constituye una especie de camuflaje por sí solo, pero sólo uno o dos cadáveres son sacados del país cada semana por vía aérea.

    Aun así, no tengo nada mejor que hacer, por lo que examino los registros de carga contenidos en los datos que he recopilado hasta el momento, y me encuentro con siete cadáveres.

    Las imágenes radiológicas rutinarias de seguridad tomadas a cada pasajero también proporcionan la base para procesar el conjunto de medidas del esqueleto utilizado como comprobación de identidad. Pero los cadáveres no son sometidos a ninguna comprobación de identidad: al igual que ocurre con cualquier otra carga, las imágenes de rayos x (un par estereoscópico) son sometidas a una simple inspección visual, y después son almacenadas en el manifiesto. Tardo media hora en rastrear una copia del algoritmo que usa el aeropuerto para procesar las longitudes óseas. Descubro que viene programado en las máquinas de rayos x que suministra el fabricante y que opera de forma independiente a los sistemas principales de pasaje, por lo que no está presente en ninguna de las series de datos robados que he ido acumulando. Verme obligado a componer mi propia versión del algoritmo no me habría hecho ninguna gracia, por supuesto: las operaciones matemáticas necesarias para convertir datos sacados de pares estereoscópicos en coordenadas tridimensionales tal vez sean triviales, pero automatizar la identificación de los distintos huesos no lo es.

    Empleo el programa con mis siete cadáveres, buscando una correlación con los datos de Laura..., y obtengo siete resultados negativos consecutivos que, en el colmo de la perversidad, aparecen justo cuando se me acaba de ocurrir una razón por la que los secuestradores quizá no hayan elegido ese camino después de todo. Las lesiones cerebrales de Laura podrían haberles impedido usar un módulo marioneta, ya que muchos de los módulos ilegales confían explícitamente en la existencia de ciertas estructuras neurales que se supone «todos» tenemos en común, pero de las que Laura podría carecer. Sin duda esos problemas podrían ser solventados si se dispusiera del tiempo necesario, pero cartografiar el cerebro no estándar de Laura y reprogramar las nanomáquinas de manera acorde con los resultados no tendría nada de trivial. Otras soluciones habrían parecido mucho más tentadoras.

    La falta de resultados positivos no descarta nada, puesto que las imágenes radiológicas incluidas en el registro de carga podrían haber sido manipuladas unos minutos después de que hubieran sido tomadas. La información computarizada es tan evanescente como el vacío cuántico, con verdades y falsedades virtuales apareciendo y desapareciendo incesantemente. Los engaños de cualquier orden de magnitud son siempre posibles si se opera dentro de una escala temporal suficientemente corta; las leyes sólo se aplican a los datos que permanecen inmóviles el tiempo suficiente para ser capturados.

    Echo un vistazo al programa del análisis radiológico, sintiendo curiosidad por saber cómo funciona, pero el código para el reconocimiento de las características anatómicas consiste en una lista de reglas y excepciones interminable y francamente aburrida; el resto se reduce a unas pocas líneas de fórmulas. Durante un momento me asaltan las dudas y pienso que las diferencias geométricas entre los sistemas radiológicos de la carga y los pasajeros me pueden haber estado proporcionando resultados-basura, pero de hecho todas las dimensiones relevantes están almacenadas junto a los pares de imágenes y han sido pulcramente identificadas mediante descriptores estándar, lo cual significa que el programa no da nada por supuesto.

    Una vez procese los datos de las longitudes óseas, se establecerá una correspondencia si cualquier posible discrepancia no rebasa un límite de tolerancia que depende de la edad, lo cual admite la posibilidad de que hayan aparecido pequeños cambios desde que se emitió el visado. La tolerancia es máxima para niños y adolescentes, por supuesto, y la edad de Laura no tiene asignado un margen excesivamente grande. Me pregunto si no debería incrementarlo. Puede que el servicio de aduanas prefiera pecar por el lado de los negativos falsos, pero yo prefiero cometer el error opuesto.

    Y entonces, con un repentino sobresalto, comprendo cuál ha sido el estúpido error que no he parado de cometer: todavía estoy pensando en términos de pasajeros. Un cadáver falso no tiene por qué ser capaz de caminar. Ninguna reconstrucción ósea puede ser descartada, por muy incapacitadora que sea, lo cual me deja sin un solo dato en el que pueda confiar.

    Eso no es totalmente cierto. Casi todos los huesos se pueden alterar a condición de que un período de convalecencia entre dentro de lo aceptable, pero es prácticamente imposible alterar ciertas partes del cráneo sin que las manipulaciones resulten tan peligrosas como obvias.

    Modifico los criterios de correlación, eliminando el resto de comparaciones. Cuando empleo esta nueva versión, el mensaje de correlación aparece casi al instante:

    REF. CARGA: 184309547
    Vuelo: QUANTAS 295
    Salida: Perth, 13:06, 23 de diciembre del 2067
    Llegada: Nueva Hong Kong, 14:22, 23 de diciembre del 2067
    Contenido: Restos humanos [Han, Hsiu-Lien]

    Remitente: Consulado general de Nueva Hong Kong
    St. George’s Terrace, 16
    Perth 6000-0030016
    Australia

    Receptor: Funerales Wan Chei
    Calle Lee Tung, 132
    Wan Chei 1135-0940132
    Nueva Hong Kong


    Una correlación obtenida sobre la base de cinco mediciones craneanas podría ser una coincidencia. También podría ser un dato falso introducido deliberadamente. Después de todo, los secuestradores podrían haber alterado las imágenes radiológicas y, al hacerlo, habrían eliminado incluso esta tenue sombra de la verdad.

    Compruebo la hora en que fue tomada la instantánea: las doce cincuenta y tres. La carga habría pasado por los rayos x sólo dos o tres minutos antes, ya que nadie corre el riesgo de alterar unos datos justo cuando cabe la posibilidad de que estén siendo inspeccionados por un agente del servicio de aduanas. Diez minutos más, sin embargo, y Laura Andrews habría desaparecido sin dejar rastro.

    Meneo la cabeza, todavía no demasiado muy convencido. No suelo tener tanta suerte.

    —Ésa es la definición de «suerte», idiota —dice Karen inclinándose sobre mi hombro—. Ahora ve corriendo a hacer las maletas.


    ****

    Nueva Hong Kong fue fundada el 1 de enero del año 2029. Dieciocho meses antes —en el trigésimo aniversario de la absorción de Hong Kong por la República Popular China—, las manifestaciones contra la suspensión de la Ley Básica habían terminado con una violenta represión y feroces represalias contra los disidentes, con el consiguiente incremento de la emigración ilegal. Mientras que el resto de naciones de la zona ofrecían a los emigrantes míseros campos de refugiados rodeados de alambre de espino, junto con la perspectiva de pasar la mitad de sus vidas en un limbo carente de estado, la Confederación de Tribus de la Tierra de Arnhem les ofreció dos mil kilómetros cuadrados de una península infestada de manglares en el norte de Australia. En esta ocasión no hubo ningún arrendamiento por noventa y nueve años, sino una cesión de soberanía a perpetuidad a cambio de un porcentaje sobre los beneficios.

    La Tierra de Arnhem, donde los restos de media docena de tribus aborígenes estaban intentando restablecer su casi aniquilada cultura, no había obtenido la independencia hasta el año 2026, y en Australia se empezaba a hablar de suprimir la ayuda que la había mantenido a flote, en parte como respuesta a las amenazas de sanciones comerciales emitidas por los chinos, pero también por puro resentimiento infantil al ver que la incipiente nación había osado tomarse en serio su autonomía. (En cuanto al gobierno australiano, su asombrosamente creativa propuesta había consistido en alojar a sesenta mil refugiados en una colonia de leprosos abandonada de la costa noroeste, comprometiéndose a mantenerlos allí durante todas las décadas que pudieran ser necesarias para repartirlos por el planeta a un ritmo políticamente aceptable.) La ayuda sobrevivió, pero el proyecto fue considerablemente ridiculizado por los medios de comunicación australianos y sus economistas domesticados, que empezaron a referirse a él como un intento de «subarrendar la nación» y pronosticaron un desastre social y financiero.

    Pero los inversores internacionales no eran de la misma opinión, y el dinero no tardó en llegar. No hubo nada humanitario en ello, por supuesto, ya que sencillamente reflejaba la situación económica global del momento. Los coreanos, especialmente, estaban haciendo desesperados intentos de encontrar proyectos que pudieran absorber su exceso de riquezas. Crear la infraestructura partiendo de cero tuvo que exigir un esfuerzo impresionante, pero la zona se encontraba razonablemente cerca de los florecientes centros industriales del sureste asiático, donde había ingenieros y mano de obra de sobra. Sacando el máximo partido posible de las nuevas técnicas de construcción, el núcleo de la ciudad estuvo en condiciones de funcionar, y fue ocupado, en tan sólo siete años. La inauguración llegó en el momento justo, naturalmente: el año 2036 la RPC invadió Taiwán, desencadenando una nueva oleada de refugiados.

    Durante las décadas siguientes, todos los ciclos de reforma política y económica que se fueron sucediendo en Beijing acabaron generando un éxodo de miembros de la clase media acosados y desilusionados que sólo tenían un sitio al que ir. Mientras China se iba volviendo cada vez más pobre y aislada, Nueva Hong Kong prosperó. En el año 2056, su producto nacional bruto ya superaba al de Australia.

    Viajando a más de dos mach, tres mil kilómetros requieren poco más de una hora. No tengo ninguna ventanilla cerca, pero sintonizo mi pantalla de entretenimiento con el canal panorámico y contemplo desfilar el desierto. Dejo los auriculares desconectados para evitar el pomposo comentario auditivo, pero no consigo hacer desaparecer la distracción representada por el texto con sus gráficos superpuestos, así que acabo pidiéndole a Jefe que lo bloquee hasta que lleguemos.

    La lluvia monzónica azota la pista cuando el avión aterriza, pero cinco minutos después salgo del aeropuerto para encontrarme con un sol cegador y —después de una hora ininterrumpida de veinte grados artificiales— un calor y una humedad tan palpables como un bofetón en la cara.

    Hacia el norte, puedo distinguir las grúas del puerto alzándose entre los rascacielos; hacia el este, un retazo de azul, el golfo de Carpentaria. Estoy justo al lado de una entrada del metro, pero como ha dejado de llover, decido ir a mi hotel andando. Es mi primera visita al NHK, pero he cargado Déjá vu (Rostro global, 750$) junto con un paquete de información y un mapa actualizado de las calles.

    Esbeltas torres negras de los primeros tiempos se alternan con el estilo moderno de fachadas ornamentales que imitan el jade y el oro, talladas con ingeniosos relieves fractales que atraen la mirada dentro de una docena de escalas distintas. Cada edificio está coronado por el gigantesco logotipo de algún gran servicio financiero o de información. Siempre me ha parecido absurdo que el dinero o los datos deban necesitar un pabellón bajo el que cobijarse, pero las leyes cambian muy despacio, y al parecer la laxitud de los reglamentos de esta zona ha tentado a centenares de transnacionales a desplazar sus sedes centrales a esta jurisdicción, aunque sólo sea para aguardar el día en el que podrán incorporarse incorpóreamente, como oleadas de datos libres de impuestos que fluyen entre superordenadores orbitales.

    Al nivel de la calle, las torres quedan casi ocultas por la proliferación de pequeños comerciantes. El aire se llena de hologramas diurnos en paihua e inglés, cada uno con su propio torrente de dardos centelleantes que señalan una angosta entrada o un diminuto cubículo que, de otra forma, pasaría fácilmente desapercibido. Hay procesadores, ROMS de entretenimiento y módulos neurales puestos a la venta a escasos metros de la bisutería barata, la comida rápida y los nanocosméticos.

    La multitud a través de la que avanzo parece próspera: hay ejecutivos, comerciantes, estudiantes y montones de turistas de la clase más codiciada. La mayoría de turistas septentrionales no irán más allá de doce grados al sur del ecuador: quieren un bronceado invernal, no la promesa de un melanoma. Décadas después de que finalmente se prohibieran los últimos contaminantes que destruían el ozono, la atmósfera sigue estando polucionada, y el agujero que cada primavera se extiende desde la Antártida sigue siendo lo bastante severo como para invertir las ecuaciones latitud/riesgo de cáncer: la luz solar es más peligrosa en la franja templada del hemisferio sur que en los trópicos. Es mejor que prescinda rápidamente de mi prejuicio provinciano de la franja ultravioleta, y que deje de pensar en la piel blanca como la marca que identifica a fanáticos religiosos y chillados de la pureza genética. Pocas personas nacidas aquí (o en el antiguo Hong Kong) se habrán tomado la molestia de incrementar sus niveles de melanina, pero hay una parte visible de «sureños» de piel negra —inmigrantes nacidos en Australia— de origen tanto europeo como asiático, así que mi presencia quizá no resulte tan conspicuamente extranjera como temía.

    El Hotel Renacimiento era el menos caro que he podido encontrar, pero aun así sigue siendo una mole desconcertantemente lujosa de rojos, alfombra dorada y murales gigantes con bocetos de Leonardo da Vinci. En NHK no hay alojamientos baratos, supongo que porque los mochileros que no tienen ni un centavo sencillamente no consiguen su visado. Odio que me lleven el equipaje, pero el jaleo que supondría rechazar esa atención me resultaría todavía más odioso. Varios discretos letreros me aconsejan no dejar propinas, pero Déjá vu me aconseja lo contrario y me informa de los porcentajes establecidos actuales.

    Mi habitación es lo suficientemente pequeña para hacerme sentir un poco menos derrochador, y el panorama se limita a una porción del edificio Axón, la fachada del cual está elegantemente adornada con los nombres de los módulos neurales que más se venden, escritos en una docena de idiomas y repetidos en todas direcciones, como una abstracta pauta geométrica formada por baldosas. No se puede decir que las letras talladas en el mármol de imitación negro atraigan la mirada, pero eso quizá sea intencionado: después de todo, Axón creció a partir de una firma que comercializaba «herramientas de aprendizaje subliminal», cintas de audio y vídeo que contenían mensajes inaudibles o invisibles que, o eso se suponía, eran percibidos «directamente» por el subconsciente. Al igual que el resto de los elixires milagrosos para la automejora de nuestra época, esas herramientas hacían algo más que proporcionar efectos placebo a los crédulos y enormes ganancias a los comerciantes del timo: en cuanto la tecnología que realmente surtía efecto fue inventada, también crearon un mercado para ella.

    Deshago el equipaje, me ducho, por fin me acuerdo de adelantar una hora y media todos los relojes que llevo dentro de la cabeza, y después me siento en la cama e intento decidir cómo voy a encontrar a Laura en una ciudad de doce millones de personas.

    Las necrológicas dicen que Han Hsiu-lien fue incinerada el 24 de diciembre, y sin duda el cuerpo que entró en el horno era idéntico al suyo aunque, presumiblemente, la verdadera Han Hsiu-lien nunca salió de Perth. La sustitución de cadáveres es fascinante, pero no me lleva muy lejos. Si hablo con algún empleado del servicio de pompas fúnebres, corro el riesgo de alertar a los secuestradores. Hablar con los empleados del servicio de carga de las líneas aéreas supondría correr el mismo riesgo. Las personas con más probabilidades de haber visto algo que resultara de utilidad son también las que tienen más probabilidades de haber participado en la sustitución.

    ¿En qué situación me deja eso? Sigo sin saber nada sobre los secuestradores, sus motivos y sus planes. Aparte de haber reducido el ámbito geográfico de la búsqueda, he vuelto a la primera casilla. Lo único de que dispongo para seguir adelante es la misma Laura, inmóvil y con el cerebro dañado. A todos los efectos prácticos, es como si estuviera intentando localizar un objeto inanimado.

    Pero Laura es un ser humano que está convaleciendo de una operación de reconstrucción esquelética, y no un objeto inanimado. Convaleciendo... ¿Qué implica eso? Fisioterapia y cuidados altamente profesionales, siempre que supongamos que sus secuestradores quieran evitar que acabe permanentemente lisiada. Medicación, ciertamente: si vale la pena mantenerla con vida, tienen que estar prestando una cierta atención a su salud. Pero, ¿qué medicación, qué fármacos? No tengo ni idea. Así pues, más vale que lo averigüe.

    Mi excavador de conocimientos favorito es el doctor Pangloss. A diferencia de Bella, que roba datos supuestamente confidenciales y protegidos, Pangloss saca a la luz de manera legal hechos a los que —risiblemente— se supone que todo el mundo puede acceder sin ninguna dificultad, sólo con pulsar unas cuantas teclas y a cambio de pocos dólares. Su máscara, con peluca empolvada y lunar ornamental, siempre me recuerda más a Moliere que a Voltaire, y su acento es pura exageración. Pero sus capacidades mineras están fuera de toda duda: el doctor Pangloss tarda treinta segundos exactos en responder mi pregunta. Podría haber consultado personalmente los mismos sistemas expertos, bases de datos y bibliotecas, pero habría necesitado horas para hacerlo.

    Una paciente en el estado de Laura presenta varias necesidades farmacológicas, cada una de las cuales puede ser atendida con un gran número de sustancias, cada una de ellas comercializada bajo varios nombres comerciales distintos y adquirible a través de varios proveedores locales. Pangloss dispone toda esa información dentro de un elegante diagrama arbóreo suspendido en el aire, y luego me envía una copia por el canal de datos.

    Llamo a Bella, le paso la lista de los proveedores farmacéuticos y le pido que me consiga sus registros de entregas de los últimos tres meses.

    —Cinco horas —dice Bella—. Tu contraseña es «nocturno».

    Cinco horas. Invierto diez minutos en mirar por la ventana, tratando de que se me ocurra alguna idea útil. No me viene nada a la cabeza, así que decido ir a comer.


    ****

    El restaurante de la planta baja del hotel tiene aspecto de ser bastante caro, así que salgo a la calle para ir en busca de un poco de comida rápida. NHK tiene su propia cocina: su origen es básicamente cantonés, pero está llena de peculiaridades locales (como la carne de cocodrilo de la Tierra de Arnhem, que según Déjá vu es deliciosa siempre que no te eche atrás la posibilidad de cometer un acto de canibalismo secundario al ingerirla). Acabo optando por un plato de arroz frito.

    Todavía me quedan varias horas que matar, así que me dedico a pasear sin rumbo fijo. Me digo a mí mismo que voy a pensar en el caso, pero la verdad es que estoy harto de perseguir los mismos detalles en los mismos círculos interminables, y permito que la mente se me quede en blanco. La multitud de la hora punta se agita a mí alrededor, llena de rostros tensos y preocupados: normalmente eso hace que, a mi vez, empiece a sentirme tenso y preocupado, pero por el momento parezco inmune al efecto, como si todavía no hubiera establecido una conexión con la ciudad y sus estados de ánimo no me afectaran.

    Entro en un falso ocaso creado por la sombra de la torre del Banco PanPacífico, un cilindro de cien pisos recubierto de oro viejo. Déjá vu me suelta el discurso destinado a los turistas: «La obra más famosa y controvertida de Hsu Chao-chung, terminada el año 2063. El recubrimiento de apariencia metálica en realidad es un polímero; la dimensión fractal de la superficie es de 2,7, un índice todavía no sobrepasado que...». El comentario es más abstracto que una alucinación auditiva, como la banda sonora de un documental que puede ser escuchada a voluntad en cualquier momento sin necesidad de forzar la memoria. El truco está en que el módulo también emite un subtexto deliberado: una sensación de creciente familiaridad, la impresión de que estás adquiriendo el conocimiento más profundo e íntimo imaginable, la convicción de que con cada fragmento de trivialidades predigeridas que engullas te aproximarás con creciente rapidez a una comprensión del lugar que podrá rivalizar con la de cualquier ciudadano que siempre haya vivido en él. Es precisamente el tipo de engaño ilusorio que buscan todos los turistas, pero personalmente prefiero mantener una actitud un poco menos complaciente.

    El cielo se oscurece rápidamente en cuanto se oculta el sol. Karen camina junto a mí, al principio en silencio, pero sólo necesito su presencia en el rabillo de mi ojo, y el tenue olor de su piel, para que mi soledad se vuelva más fácil de soportar.

    Acabamos llegando a un mercado al aire libre, una interminable sucesión de puestos y mesas repletas de recuerdos, baratijas y basura de alta tecnología para los consumidores. Las oleadas de luz multicolor derramadas por los hologramas que chocan entre sí por encima de los puestos, agitándose como otros tantos pregoneros demoníacos, hacen que todo adquiera las tonalidades más extrañas imaginables.

    —¿Queremos un preparador de ensaladas inteligente? «Más rápido y diestro que cualquier simple ser humano con un módulo de alta cocina.»

    Karen menea la cabeza.

    —¿Qué me dices de esto? Un eliminador de llaves. «Memoriza e imita las propiedades geométricas, eléctricas, magnéticas y ópticas de hasta mil llaves distintas, activas o pasivas.»
    —No creo que lo necesitemos.
    —Vamos, vamos... La factura de mi hotel quedará por debajo de la cuota: he de comprar algo, o nunca me volverán a dejar entrar. El ordenador de la Cámara de Comercio vetará todas mis solicitudes de visado.
    —¿Qué te parecería un horóscopo? —me pregunta de repente, dirigiendo una inclinación de cabeza a una cabina que ofrece servicios astrológicos.

    Siento un repentino nudo de tensión en el estómago. —¿Desde cuándo crees en toda esa mierda?

    Un chico se vuelve hacia mí para contemplar cómo le hablo al aire, pero su amigo lo coge por el codo y se lo lleva, murmurando una explicación.

    —No creo en ella. Venga, dame ese gusto.

    Vuelvo la cabeza hacia la cabina y consigo soltar una carcajada.

    —Astrología..., sin una puta estrella. Con eso ya está dicho todo.

    El rostro de Karen es indescifrable.

    —Venga, dame ese gusto.

    Noto que se me revuelve el estómago, pero consigo controlarme.

    —De acuerdo. Si quieres un horóscopo, te compraré un horóscopo. El 10 de abril.

    Karen sacude la cabeza.

    —El mío no, idiota. El de Laura.

    La miro y luego me encojo de hombros. Discutir no serviría de nada. Todavía llevo los registros de todos los pacientes del Hilgemann dentro de la cabeza. Laura nació el 3 de agosto del año 2035.

    La cabina está ocupada por una niña de cuatro o cinco años que lleva la cabeza afeitada y luce prendas de seda falsa y un aparatoso surtido de bisutería de cristal. Le doy los detalles de Laura. La niña se sienta sobre un almohadón, cruza las piernas y escribe con una pluma de bambú sobre una hoja de pseudopergamino. Su caligrafía es rápida pero innegablemente elegante: el módulo debe de haberle costado una fortuna, ya que las habilidades manuales siempre son caras. Cuando ha llenado la hoja, le da la vuelta y escribe una versión inglesa en el reverso. Le entrego mi tarjeta de crédito y pongo el pulgar sobre el sensor. Cuando cojo el falso pergamino, la niña entrelaza las manos y me hace una reverencia.

    Karen ha desaparecido. Leo la predicción, que consiste básicamente en éxito en los negocios y felicidad en el amor (después de muchas tribulaciones). Hago una bola con la hoja, la tiro a una papelera y vuelvo al hotel.


    ****

    Llamo a Bella, cargo los datos de los proveedores farmacéuticos y me pongo a buscar patrones ocultos. Prefiero no confiar en la terminal de la habitación del hotel, así que llevo a cabo el análisis dentro de mi cabeza: Criptodependiente es una auténtica estación de trabajo, y cuenta con todas las opciones de manipulación de datos habituales.

    Pangloss especificó cinco categorías de fármacos. Ciento noventa y nueve firmas distintas ofrecen los cinco. Empiezo a abrirme paso a través de las presentaciones animadas que han insertado en el directorio telefónico: como era de esperar, parece que todas resultarán ser o bien grandes hospitales en los que se llevan a cabo operaciones de reconstrucción ortopédica, o clínicas de cirugía cosmética especializadas en la clase de procesos por los que debe de haber pasado Laura. Modificaciones de la nariz y de las mejillas, extracción de costillas, remodelación de las manos, ajustes de las vértebras, reducciones y extensiones de miembros... Apenas puedo creer que alguien esté dispuesto a someterse a esta clase de mutilaciones meramente por seguir la moda, pero docenas de clientes sonrientes testimonian su satisfacción delante de mis ojos.

    Un soborno lo suficientemente generoso evitaría cualquier pregunta incómoda, por lo que Laura podría estar escondida en cualquiera de esos lugares. Pero cada agente exterior incorporado al secuestro es un aficionado más en el que no se puede confiar, otro informador en potencia. No, siempre es más prudente confiar en tus propios recursos. La entrada número noventa y tres, Desarrollo Biomédico Internacional, sólo contiene un logotipo animado tan poco informativo como su nombre —las letras DBI formadas por relucientes tubitos cromados atrapadas en una incesante rotación mientras relucen incansablemente con destellos luminosos no excesivamente plausibles— y una sola línea de texto: «Investigaciones por contrato en los campos de la biotecnología, la neurotecnología y los productos farmacéuticos».

    Examino el resto de la lista pero aparte del Grupo de Investigación Osteoplástica de Nueva Hong Kong, todas las entradas corresponden a algún hospital o clínica que anda a la caza de clientes. Eso no demuestra nada, pero me gustaría saber qué clase de contratos de investigación ha estado ejecutando DBI últimamente.

    Estoy a punto de llamar a Bella, pero al final decido no hacerlo. Si realmente me estoy aproximando, entonces será mejor que empiece a tener más cuidado. Bella es muy buena en su oficio, pero ningún hacker puede garantizar que no será detectado, y lo último que quiero es que los secuestradores se asusten y vuelvan a trasladar a Laura.

    Encuentro DBI en un directorio comercial. No cotizan en bolsa, por lo que los requisitos de confidencialidad son mínimos. Fundada el año 2065. Propiedad absoluta de Wei Pai-ling, un ciudadano de NHK. He oído hablar de él, y sé que es un empresario moderadamente rico con una amplia gama de provechosos pero no muy espectaculares intereses tecnológicos.

    Son las dos y media. Salgo de Criptodependiente y me dejo caer sobre la cama. Desarrollo Biomédico Internacional... Quizá haya estado en lo cierto desde el primer momento y alguna empresa farmacéutica cuyo producto le hizo polvo el cerebro a Laura está preparando un futuro pleito. Entonces todo tendría sentido. Bueno..., casi todo. ¿Qué razones podría tener DBI —o las personas a las que contrataron para que les trajeran a Laura, sean quienes sean— para entrar en el Hilgemann con el único objetivo de sacarla de su habitación, dos veces, antes del secuestro propiamente dicho? ¿Por qué tomarse tantas molestias? Si lo único que pretendían era crear la impresión de que Laura podía escaparse por sus propios medios, ¿a quién creían que iban conseguir engañar?

    Mientras contemplo el techo intentando escoger el sueño, el incidente con la pequeña astróloga me viene una y otra vez a la cabeza. Karen no está obligada a comportarse tal como lo habría hecho mi esposa: a veces se mantiene fiel a mis recuerdos, a veces es puro deseo convertido en realidad, a veces sus acciones son tan crípticas como la estructura de un sueño. Pero ¿por qué debería «soñar» que, de entre todas las cosas posibles, me ha pedido nada menos que el horóscopo de Laura? ¿Perversidad pura y simple? Karen nunca habría hecho algo semejante ni en un millón de años.

    Intento relajarme y olvidarlo, pero no lo consigo. La ironía no se me escapa: no hay nada que me ofenda más que la asignación patológica de significado —religión, astrología, cualquier clase de superstición—, y aquí estoy, buscando significado en las acciones de una alucinación de mi esposa muerta controlada por mi subconsciente. ¿Qué clase de ridícula necromancia es ésta?

    Horóscopos. Aniversarios propicios. Me estremezco. Vuelvo a cargar los datos robados al Hilgemann. Laura nació el 3 de agosto del año 2035. El parto fue ligeramente prematuro, y los registros médicos informan de que el período de gestación abarcó entre treinta y siete y treinta y ocho semanas. Eso significa que la concepción se produjo siete días antes del 15 de noviembre del 2034, puede que incluso el mismo Día de la Burbuja.

    En sí, esto no significa nada para mí. Tampoco habría significado nada para Karen. En el planeta probablemente hay diez mil millones de personas a las que les importa una mierda que las estrellas desaparecieran justo cuando el padre de Laura estaba empezando a correrse.

    La pregunta es: ¿qué significa eso para los Niños del Abismo?


    ****

    Marcus Duprey nació el Día de la Burbuja, en un pueblecito del Maine llamado Hartshaw, en algún momento de los últimos dieciséis minutos de luz estelar de que gozó la Tierra. Nadie sabe a qué edad empezó a atribuirle significado a este hecho: Duprey guarda silencio al respecto y sus padres, abuelos, tías, tíos y primos y la mayoría de sus profesores y conciudadanos murieron más o menos simultáneamente el día de su vigésimo aniversario, que Duprey celebró introduciendo un cultivo de bacterias tóxicas en el suministro de agua potable de Harthsaw. Sus profesores de tercer y séptimo curso, que tuvieron la suerte de haber decidido ir a vivir a otro pueblo, apenas tienen ningún recuerdo de él. Los ex compañeros de clase supervivientes lo describieron como callado y un poquito reservado, pero no estudioso, y tampoco lo suficientemente introvertido como para haber atraído las burlas. ¿Carismático? ¿Capaz de influir sobre los demás? ¿Un líder nato? ¿Un profeta? No.

    Los registros de los ordenadores tenían muy poco que añadir. Sus padres no eran religiosos. El historial académico de Duprey fue mediocre y su comportamiento en clase no tuvo nada de particular o, por lo menos, nadie se fijó en él. Después de terminar los estudios secundarios, Duprey trabajó para la planta de agua del pueblo, encargándose de lo que los archivos describen como «trabajos de mantenimiento no cualificados y semicualificados». Sin duda accedió repetidamente a las bibliotecas de la red durante su juventud, pero la mayor parte de los sistemas sólo conservan unos cuantos meses de datos, y cuando a alguien se le ocurrió investigar las lecturas formativas de Duprey, los detalles ya habían sido borrados hacía mucho tiempo. Si alguna vez llegó a comprar libros o ROMS, se los llevó consigo cuando huyó: el cuarto alquilado en el que vivía no contenía ninguna posesión de naturaleza personal. (¿Y qué habría podido justificar o explicar tres mil cadáveres? ¿Libros sobre Jim Jones o Charles Manson? ¿Un diario lleno de alienación adolescente? ¿Una baraja de tarot, una carta astral? ¿Pentáculos trazados con sangre sobre el suelo?)

    Duprey fue capturado más de seis años después cuando se estaba escondiendo en el Quebec rural. Pero a esas alturas, sus seguidores esparcidos por todo el planeta estaban ya muy ocupados volando trenes y edificios, envenenando conservas o tiroteando a los compradores de los grandes almacenes. La mayoría de las víctimas fueron escogidas al azar, pero un grupo europeo de los Niños asesinó a seis miembros de un equipo de investigadores que estudiaba la Burbuja, y después vendrían muchos asesinatos similares. Para los Niños, la ciencia que pretenda estudiar la Burbuja es la peor blasfemia imaginable: después de todo, cualquier comprensión detallada de la verdadera naturaleza de la Burbuja minaría su visión del cielo vacío como un portento cósmico de esa «Era de la Destrucción» a cuyo advenimiento creen estar contribuyendo.

    Duprey fue considerado lo suficientemente cuerdo para ser juzgado. No era un esquizofrénico paranoide: no oía voces y no tenía visiones, y sus delirios y alucinaciones eran los habituales en los líderes religiosos. Leí las transcripciones filtradas de una de sus evaluaciones psiquiátricas. Cuando se le preguntó si creía que el genocidio de Hartshaw podía ser justificado o si pensaba que había sido un acto totalmente injustificable, Duprey respondió diciendo que comprendía los conceptos, pero que estaba convencido de que habían dejado de ser aplicables. «Esa simetría se rompió durante las fases iniciales del universo, pero ahora ha sido restaurada. Las dos fuerzas se han unificado de nuevo, y el bien y el mal son indistinguibles.» La mayoría de sus respuestas fueron del mismo estilo: metáforas de la ciencia y la religión sacadas de su contexto e hibridizadas al azar hasta obtener un repertorio asombrosamente ecléctico de disparates y aforismos carentes de sentido. Misticismo cuántico, trascendentalismo oriental, escatología occidental... Duprey, omnívoro, lo había engullido todo y, ya que no las ideas, por lo menos había conseguido unificar la jerga. Los psiquiatras nunca llegaron a dar un nombre a su estado, pero al parecer éste no permitía una defensa basada en la locura.

    Karen y yo, que por fin habíamos logrado sincronizar nuestros turnos de trabajo, vimos las transmisiones en directo del juicio a primera hora de la madrugada. Yo estaba intentando ser ascendido a una unidad anti terrorista, de modo que quería acumular toda la información posible sobre los Niños. Karen estaba trabajando como archivista en el Departamento de Bajas del nuevo hospital de los Suburbios del Norte, un trabajo que solía sonar más policial que el mío. Tanto su carrera como la mía se encontraban en un punto muerto: ella había terminado sus estudios de medicina hacía diez años, y yo llevaba catorce vistiendo el uniforme. Los dos teníamos la impresión de que las últimas oportunidades se nos escurrían de entre los dedos.

    Ni la fiscalía ni la defensa deseaban que Duprey tuviera ocasión de hacer ningún discurso, ni cualquier otra cosa que pudiera enardecer a sus discípulos, por lo que Duprey nunca fue llamado al estrado de los testigos, y la cuestión del motivo apenas salió a relucir. La evidencia que lo relacionaba con el traficante de armas (convertido en testigo de la acusación) que le proporcionó la bacteria manipulada que había usado era compleja y tediosa, pero también, y en última instancia, inatacable: el juicio se prolongó durante meses, pero todo el mundo sabía cómo terminaría.

    El año 2061 el cometa Halley no ofreció ningún gran espectáculo, por lo menos visto desde la Tierra. La geometría no era favorable: en el punto de mayor aproximación el Halley era engullido por la luz solar, con lo que desde el planeta apenas podía ser visto sin usar instrumentos. Aun así, una docena de sondas lo persiguieron: sus motores de fusión les permitían tratar de igualar su difícil órbita, y hasta un par de viejos telescopios espaciales construidos y lanzados antes de la Burbuja fueron reactivados para la ocasión. Las imágenes proporcionadas por esas fuentes eran impresionantes; durante los meses de junio y julio los noticiarios holográficos estuvieron ocupados por las mismas dos historias casi cada noche, dos imágenes de las que se podía estar prácticamente seguro serían mostradas la una a continuación de la otra: el cometa, esparciendo estelas de polvo blanco amarillento y reluciente plasma azul, surgiendo de la oscuridad y del Abismo para dirigirse hacia el sol..., y Marcus Duprey, impasiblemente sentado en la sala de un tribunal del Maine.

    El 4 de agosto, Duprey fue sentenciado a seis mil ochocientos cuarenta años de cárcel. Sólo se lo había juzgado por la masacre de Hartshaw, pero a lo largo del 2060 y el 2061, los Niños habían conseguido infiltrarse en muchas ciudades, y un total de diecisiete dirigentes más habían sido encarcelados, ¡EL FIN DE LA ERA DE LA DESTRUCCIÓN!, proclamó NewsLink debajo de una foto de un muñequito vudú que tenía el rostro de Duprey atravesado por diecisiete agujas y rezumando sangre de cada herida.

    El 4 de septiembre, tres ex miembros del jurado fueron asesinados. (Los demás fueron sometidos inmediatamente a custodia protectora, y posteriormente se les proporcionó protección policial a perpetuidad, pero, aun así, hasta la fecha dos más han sido asesinados.)

    El 4 de octubre, la juez que se había encargado del proceso sobrevivió a la explosión de la bomba que destruyó su casa. El fiscal del distrito, y su guardaespaldas, fueron muertos a tiros dentro de un ascensor.

    El 4 de noviembre, la sala en la que se había juzgado a Duprey fue destruida por una explosión. Hubo dieciséis muertos.

    ¿Por qué había tantas personas dispuestas a seguir a Duprey y a vengar su encarcelamiento? De las personas arrestadas, algunas sufrían psicosis congénitas que habrían acabado matándolas de todas formas y en su caso los Niños se habían limitado a proporcionar un pretexto, así como acceso a las armas y los explosivos. Pero la mayoría mostraban un perfil distinto: se habían unido a los Niños porque eran sencillamente incapaces de aceptar que las estrellas habían desaparecido y que eso no significaba nada y no cambiaba nada. Duprey había proclamado que el Abismo indicaba el fin de todo orden moral, ¿y qué puede tener mayor relevancia humana que eso? Para que el mundo siguiera teniendo un sentido y para autopreservarse de la indiferencia de la Burbuja, esas personas habían aceptado con entusiasmo sus lúgubres conclusiones. Pero no puedes confirmar el fin de todo orden moral dirigiendo un telescopio hacia el Abismo, de la misma manera en que no hay ningún aparato que te permita medirlo. Si quieres —si necesitas— creer en eso, tienes que salir a la calle y hacer que ocurra. Tienes que volverlo real.

    A medida que se aproximaba el vigesimoséptimo aniversario del Día de la Burbuja, ni una sola ciudad del planeta permaneció totalmente inmune a la tensión. Los culpables de que Duprey estuviera en la cárcel se habían ganado un castigo individual, pero en el pasado —y especialmente el 15 de noviembre— los Niños habían matado al azar, y nadie creía que hubieran abandonado esa práctica. Los grandes almacenes radiografiaban y cacheaban a sus clientes (y el comprar desde casa volvió a ponerse súbitamente de moda). Los horarios de los trenes se derrumbaron bajo el peso abrumador de interminables controles de seguridad (y el televiaje experimentó un resurgimiento).

    El 9 de noviembre, Duprey dio una conferencia de prensa en la cárcel. No respondió a ninguna pregunta, y se limitó a leer una declaración denunciando todos los actos de violencia en la que pedía a sus seguidores que lo imitaran. Di por sentado que lo habían sobornado o que había sido sometido a alguna clase de coacción, y dudaba que alguien pudiera saber cuántos de los Niños lo obedecerían, pero los medios de comunicación insistieron en que la declaración era una especie de amnistía tan inesperada como milagrosa, y la histeria pública disminuyó. En cuanto a mí, sólo esperaba que los seguidores de Duprey pudieran ser manipulados con tanta facilidad como el resto de nosotros.

    Cuatro días después la verdad salió a relucir: las palabras de Duprey no le pertenecían, y todo había sido un montaje preparado mediante un módulo marioneta. Además toda la operación había sido ilegal, naturalmente, ya que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos había reafirmado, pocos meses antes, que la aplicación forzosa de un módulo neural era inconstitucional fueran cuales fuesen las circunstancias y, en cualquier caso, el estado de Maine ni siquiera había intentado promulgar una ley que permitiera su uso. El gobernador de la cárcel presentó su dimisión. El burócrata con más años de servicio de la rama estatal del FBI se voló la tapa de los sesos. Lo peor de todo era que resultaba difícil imaginar nada que hubiera podido poner más furiosos a los Niños.

    Fue el 15 de noviembre, justo después de las dos de la madrugada, cuando Vincent Lo y yo respondimos a una alarma en un almacén de contenedores del muelle. Después la gente nos preguntó cómo podíamos haber cometido la «temeridad» de enfrentarnos «solos» a un «peligro» tan obvio. ¿Qué demonios se creían? ¿Que cada uno de los ochenta mil atracos cometidos diariamente en el planeta podía ser tratado como una atrocidad terrorista en potencia, al coste de aproximadamente un millón y medio de dólares cada uno? Maine quedaba al otro lado del planeta. Los Niños únicamente habían actuado una vez en Australia, en un intento fallido de colocar una bomba que sólo mató a quien intentaba colocarla. Entramos en el almacén, naturalmente.

    Pero antes accedimos a su sistema de seguridad. Las cámaras de vigilancia no mostraron nada raro, pero alguien había activado un detector de movimientos. (¿El paso de un tren? No habría sido la primera vez.) Los contenedores estaban alineados en hileras, y empecé a avanzar por un pasillo y Vince avanzó por otro mientras A2 nos permitía ver, simultáneamente, a través de nuestros ojos y de cualquiera de las dieciséis cámaras instaladas en el techo, de todas ellas. Activé un pequeño artilugio pirotécnico que esparció al azar tenues hebras de humo coloreado por todo nuestro campo visual expandido, un truco que delata la presencia incluso del más sofisticado de los camaleones de datos. Las cámaras estaban limpias. Estábamos solos en el edificio.

    Unos segundos después los dos sentimos cómo el suelo vibraba de manera casi imperceptible. Compartimos datos sensoriales para obtener un paralaje más preciso, y A2 localizó la fuente de las vibraciones en un contenedor de la segunda hilera a partir de la izquierda. Me disponía a pasar la cámara superior al infrarrojo esperando que revelara algo, por poco que fuera, cuando de repente ya no hubo necesidad de hacerlo: un chorro de plasma de un azul tan pálido que casi era transparente se abrió paso a través del acero de una de las paredes del contenedor, cerca de una de las esquinas superiores, y empezó a descender rápidamente.

    Vincent interrogó al sistema principal del almacén y dijo:

    —Un robot minero Hitachi MA52 en camino hacia los yacimientos de oro.

    Entonces fue cuando sentí un escalofrío, siempre dentro de los límites que A3 impone a esa clase de sensación. El contenedor tenía quince metros de altura. Yo había visto los MA52 en los noticiarios holográficos: parecían un cruce entre un tanque y una excavadora mecánica, ambos considerablemente agigantados, del que brotaban una docena de apéndices de acero, cada uno de los cuales terminaba en un amplio surtido de herramientas de aspecto bastante amenazador. Los MA52 disponían de un programa de automantenimiento, lo cual explicaba la presencia del soplete de plasma. No hace falta decir que se suponía que los robots mineros siempre debían permanecer desactivados mientras eran transportados de un sitio a otro y, activado o no, aquel robot minero no habría debido ser capaz de despertar espontáneamente durante el viaje y tomar la decisión de liberarse. Como mínimo tenía que haber sido sometido a una reprogramación completa, y probablemente también habría sufrido manipulaciones mecánicas. Todas las reglas que gobernaban la conducta del modelo estándar podían considerarse anuladas, por lo que tratar de localizar la documentación para los códigos desactivadores de emergencia sólo habría sido una pérdida de tiempo.

    Íbamos armados, por supuesto. Nuestras armas habrían podido abrirse paso a través de la plancha exterior del robot en poco más o menos de una década.

    Informé al centro de control y pedí refuerzos. El chorro de plasma llegó al final de su trayecto descendente y ejecutó un impecable giro hacia la horizontal.

    Había seis enormes grúas suspendidas del techo del almacén, una para cada hilera de contenedores. Cuando volví a echarles un vistazo, Vincent ya las tenía bajo control. Pero la que necesitábamos se hallaba estacionada en el extremo del edificio más alejado del sitio en el que necesitábamos que estuviera, y se arrastró a lo largo de sus rieles con una increíble languidez. Invoqué el enjuiciamiento de distancias y velocidades de A5 y luego hice lo mismo para el progreso del chorro de plasma, y descubrí que, como mínimo, el contenedor quedaría abierto quince segundos antes de que pudiéramos empezar a elevarlo. Pero se encontraba a una hilera de distancia del límite de la parrilla, y los pasillos sólo tenían tres metros de anchura: eso quería decir que el MA52 no dispondría del espacio suficiente para salir disparado del contenedor, y que antes tendría que abrirse un camino. Eso nos proporcionaría bastante más de quince segundos.

    El rectángulo de acero se desprendió y después se deslizó a lo largo del pasillo con un chirrido ensordecedor, manteniéndose en equilibrio sobre su borde hasta que acabó chocando con la pared del fondo. Mientras el robot, impulsado por grupos de orugas maniobrables, emergía en la medida de lo posible, el impulso hizo que el contenedor recorriera una corta distancia en la dirección opuesta. Sólo diez o veinte centímetros, no más.

    —¡Subóptimo! —masculló Vincent en voz baja.

    La grúa dejó caer su garra manipuladora sobre el techo incorrectamente alineado del contenedor. Pernos de sujeción tan gruesos como mi brazo se extendieron en busca de agujeros dentro de los que introducirse para luego retraerse, sorprendidos, y repetir estúpidamente el mismo ciclo de acción cuatro veces antes de darse por vencidos. Una luz roja empezó a parpadear en la garra, una sirena capaz de reventar los tímpanos aulló dos veces y después todos los mecanismos de la grúa se autodesconectaron.

    Nos habíamos mantenido prudentemente alejados y necesité veinte segundos para llegar hasta la vertical de la grúa por el lado ciego del robot, que a esas alturas ya había empezado a embestir al contenedor que se interponía en su camino. Cada vez que retrocedía, su propio contenedor resbalaba un poquito más hacia adelante, y cada vez que avanzaba ocurría lo contrario, pero el movimiento neto resultante era de claro retroceso. El robot iba a permanecer atrapado durante varios minutos, pero cualquier perspectiva de poder alinear la garra que había fallado su objetivo se iba esfumando rápidamente.

    Cada contenedor estaba provisto de una escalerilla soldada sobre uno de sus lados. El azar había querido que el lado cortado y desechado fuera precisamente ése, por lo que subí al contenedor de enfrente y salté la brecha. Conseguir que la garra empezara a balancearse resultó mucho más difícil de lo que me había esperado: la garra colgaba de seis cables dispuestos en tres pares, y el emparejamiento complicaba el movimiento y lo frenaba. Fui aumentando las oscilaciones gradualmente hasta que la garra empezó a recorrer un arco lo bastante grande para compensar el desplazamiento del contenedor.

    Ya sólo faltaba escoger el momento adecuado.

    La cámara del techo más cercana permitía que Vincent tuviera una visión perfecta de todo lo que yo estaba haciendo, por lo que no fue necesario que lo avisara. A5 extrapoló sin ninguna dificultad el movimiento de balanceo de la garra, pero los bamboleos del contenedor eran impredecibles. La programación de la garra no nos facilitaba las cosas: cada vez que Vincent le ordenaba que intentara coger el contenedor, la garra pasaba por un ciclo de cinco intentos y luego se desconectaba. El grado de libertad de Vincent se reducía a escoger el momento en el que iniciaba la secuencia. Tres bruscos desplazamientos del contenedor desbarataron todos sus cálculos. La cuarta vez, comprendí que era nuestra última oportunidad. Podía hacer que la garra incrementara su desplazamiento horizontal, pero el arco de su movimiento la llevaría tan arriba que los pernos de sujeción no podrían entrar en sus agujeros.

    Cuando ocurrió, pareció tan milagroso e improbable como algo sacado de una película proyectada hacia atrás: todo encajó mágicamente, igual que los fragmentos de un jarrón roto. Todo salvo un perno de sujeción, que falló el blanco por la ridícula distancia de una fracción de milímetro y quedó inmovilizado junto al borde de su agujero mientras los demás seguían avanzando hacia sus metas. Ya podía imaginarme cómo volverían a retraerse en el instante en que algún microprocesador idiota renunciara a sus últimas esperanzas de desatascar aquel perno.

    Lo pateé con todas mis fuerzas y el perno entró en el agujero. Inducido o no, experimenté un instante de inmenso júbilo. Pasé por entre los cables y crucé el pasillo de un salto mientras los motores de la grúa cobraban vida con un gran estrépito. Después bajé por la escalerilla y eché a correr.

    El contenedor se elevó rápidamente y el MA52, todavía con dos tercios de su masa dentro, no tuvo otra elección que subir con él. Cuando sus orugas se aproximaron al techo del contenedor que le había obstruido el paso casi pude verlo saltando hacia la libertad, pero la distancia a recorrer era demasiado grande. El robot siguió ascendiendo hacia el techo, donde acabó quedando atrapado a cincuenta metros por encima de nuestras cabezas.

    Ya podía oír sirenas que se aproximaban rápidamente, indicando que nuestros refuerzos estaban a punto de llegar. Me reuní con Vincent en la entrada del almacén.

    —Y ahora esperaremos a que venga el ejército para que convierta en metralla a ese cabrón.

    Vincent meneó la cabeza.

    —No será necesario.
    —¿Qué quieres decir?
    —Las especificaciones de seguridad de este sistema dejan mucho que desear —dijo.

    Y Vincent dejó caer al robot.

    Posteriormente entre los restos se encontraron armas que habrían podido demoler un par de suburbios y fue únicamente la incompetencia de los Niños la que impidió que eso llegara a ocurrir, ya que resultó que habían corrompido el sistema de seguridad del almacén que no era. Si no hubiéramos recibido aquel aviso, al final el ejército habría tenido que destruir al MA52 en las calles. En tres ciudades africanas eso fue exactamente lo que ocurrió, con un gran número de muertes. En otros lugares, naturalmente, los Niños hicieron estallar sus bombas habituales, que incluían desde artefactos incendiarios hasta cartuchos químicos que esparcían neurotoxinas. No quería saberlo, así que eché un rápido vistazo a los titulares y después fui saltando de una pantalla a otra, porque no me sentía capaz de tener que digerir tan pronto la amarga verdad de lo microscópica que había sido nuestra victoria.

    A pesar de que sólo habíamos tenido mucha suerte, Vincent y yo, predeciblemente, fuimos presentados como héroes. No me importó, pues eso significaba que tendría prácticamente garantizado el ascenso a la unidad antiterrorista. La atención de los medios de comunicación era agotadora, pero apreté los dientes y esperé a que se disipara. Karen lo llevó mucho peor, y no podía culparla: ninguna de nuestras amistades parecía querer hablar de otra cosa, y mi esposa debía de estar tan harta de escuchar la historia como yo lo estaba de contarla.

    Lo peor de todo fue que el hermano de Karen, con las mejores intenciones, se presentó en nuestra casa un domingo por la tarde con copias de todas las entrevistas que yo había concedido —en estado de activación, porque el departamento había insistido en ello— y de las que nos habíamos mantenido cuidadosamente alejados cuando fueron emitidas. Tuvimos que verlas todas, desde la primera a la última. Karen no soportaba verme activado, un espectáculo que le resultaba casi tan aborrecible como a mí. «El boy scout zombi», me llamaba, y la verdad es que tenía razón: el policía con mi cara que aparecía en los noticiarios holográficos era tan aséptico, tan asquerosamente prudente y deseoso de complacer y tan incapaz de percibir la realidad que me entraban ganas de vomitar nada más verlo. (Puede que haya personas que nacen así, pero no abundan, y te inspiran compasión.) Cada agente de policía dispone de un mínimo de seis «módulos activadores» estándar, que van del A1 al A6, pero es A3 el que impone el estado mental más acorde con el cumplimiento de tu deber y el que verdaderamente te «activa». Siempre había tenido muy claro que lo que hacía en realidad era lisiarte el cerebro: su influencia, eficiente y perfectamente reversible, te convertía en un policía mucho más competente, pero yo no veía ninguna razón para andarse con rodeos o emplear eufemismos. Los módulos activadores creaban policías mejores, los módulos activadores salvaban vidas..., y los módulos activadores nos convertían, temporalmente, en una mera imitación de seres humanos. Yo podía vivir con esa desagradable realidad, siempre que no me la restregaran por las narices con excesiva frecuencia. Las «drogas activadores» de los malos viejos tiempos —un intento tan tosco como puramente farmacológico de suprimir las respuestas emocionales, incrementar la capacidad sensorial y reducir los tiempos de reacción— producían un gran número de efectos secundarios, como por ejemplo transiciones impredecibles entre el estado activado y el estado desactivado, pero la aparición de los módulos neurales había eliminado todas esas complicaciones. Mi vida tenía una partición simple, nítida y absoluta: de servicio estaba activado; si no, desactivado. No había ninguna posibilidad de ambigüedades, ni de que un lado contaminara al otro.

    Karen no se había implantado ningún módulo profesional. Los médicos, los eternos conservadores, todavía recelaban de la tecnología, pero los diferenciales de la escala de primas para los seguros de negligencia profesional, entre otras cosas, iban erosionando gradualmente su resistencia.

    El 2 de diciembre, unas horas antes de que leyera la noticia en el noticiario de la noche, me enteré de que mi ascenso había sido aprobado. Eso ocurrió un viernes y el sábado Karen, yo, Vincent y su esposa María salimos a cenar para celebrarlo. A Vincent también le ofrecieron un puesto en la unidad, pero él había rechazado la oferta.

    —Creo que has tomado la decisión equivocada —le dije, mitad en broma y mitad en serio. No habíamos tenido ocasión de hablar del asunto con anterioridad: cuando estabas activado, esos temas no podían ser mencionados—. El antiterrorismo es un sector en rápido proceso de crecimiento. Diez años en esa unidad y podré dejar el cuerpo para convertirme en un asesor de multinacionales escandalosamente bien pagado.

    Vincent me lanzó una mirada bastante extraña.

    —Supongo que no soy tan ambicioso —dijo. Después le cogió la mano a María y se la apretó suavemente. El gesto difícilmente podía considerarse extravagante, pero no pude sacármelo de la cabeza.

    Desperté a mediados de la madrugada del domingo y no conseguí volver a conciliar el sueño. Me levanté. Karen siempre podía percibir mi insomnio, y siempre parecía afectarla mucho más que mi ausencia. Me senté en la cocina e intenté tomar una decisión, pero sólo conseguí enfurecerme y aumentar mi confusión. Me odiaba a mí mismo, porque no se me había ocurrido pensar ni por un solo instante que podía estar poniendo en peligro a Karen. Tendríamos que haber hablado de ello antes de que hubiera aceptado el ascenso, pero la mera idea de mantener esa clase de conversación me parecía obscena. ¿Cómo podía preguntarle qué pensaba del asunto? ¿Cómo podía admitir aunque sólo fuese la más diminuta posibilidad de que existiera un peligro real y, a continuación, proclamar que, en el caso de que contara con su permiso, sí, seguiría adelante y aceptaría el ascenso? Y si, en vez de aceptar el puesto, me limitaba a cambiar de parecer y rechazaba la oferta sin consultarla, Karen acabaría sonsacándome la razón..., y después nunca me perdonaría que la hubiera excluido de la decisión.

    Fui hasta una ventana y contemplé la calle brillantemente iluminada. Desde la Burbuja, o al menos eso me parecía, las farolas habían ido aumentando de potencia a cada año que pasaba. Dos ciclistas pasaron por la calle. El panel de cristal estalló hacia afuera, y mi cuerpo siguió a los fragmentos a través del marco repentinamente vacío.

    Los módulos activadores cobraron vida por sí solos.

    Me hice un ovillo antes de chocar con el suelo y rodé unos cuantos metros —A4 se ocupó de ello—, y después permanecí inmóvil sobre el césped durante un par de segundos, sangrando y sin aliento. Podía oír las llamas detrás de mí, y podía sentir cómo mi corazón aceleraba su pulso y mi piel se iba enfriando a medida que A1 desconectaba la circulación periférica —en una versión controlada de la respuesta adrenalínica natural—, pero me encontraba aislado de la agitación de mi cuerpo y no me quedaba otra opción que permanecer calmadamente analítico. Me levanté y me volví para evaluar la situación. El césped estaba lleno de tejas: la bomba debía de haber sido colocada en el tejado, cerca de la pared trasera de la casa y probablemente justo encima del dormitorio. Pude ver cómo enormes glóbulos de una burbujeante sustancia gelatinosa resbalaban por los restos de los tabiques interiores, transportando consigo cortinas de llama azul.

    Sabía que Karen estaba muerta, no herida ni en situación de peligro. Al no haber nada que pudiera protegerla de la onda expansiva, tenía que haber muerto al instante.

    Desde entonces he pensado muchas veces en lo ocurrido, y siempre he acabado llegando a la misma conclusión: cualquier persona normal que se hubiera encontrado en aquella situación habría entrado corriendo en la casa y habría arriesgado su vida. Aturdida por el shock, confusa y llena de incredulidad, habría optado por el curso de acción más fútil y peligroso imaginable.

    Pero el boy scout zombi sabía que no había nada que pudiera hacer, por lo que giró sobre sus talones y se fue.

    Sabiendo que ya no podía hacer nada para ayudar a los muertos, centró su atención en las necesidades del superviviente.


    3


    INTENTO, SIN CONSEGUIRLO, encontrar una sola razón irrebatible que explique por qué los Niños no pueden estar involucrados en este asunto. Secuestrar pacientes con lesiones cerebrales cuya concepción tuviera lugar el Día de la Burbuja quizá no sea algo que hayan hecho con anterioridad, pero sin duda no debe de haber muchos candidatos adecuados y, pese a la ausencia de un precedente, no cabe duda de que lo absurdo del crimen apunta a los Niños del Abismo. También es cierto que todavía no se ha detectado ninguna actividad de los Niños en Nueva Hong Kong, pero eso no significa que no puedan disponer de una célula y de un refugio clandestino en algún lugar de la ciudad. De hecho, cuatro o cinco personas habrían bastado para traer ilegalmente a Laura hasta aquí.

    Empiezo a pasear por la habitación, intentando no perder la calma. Siento más indignación que miedo, como si mi cliente hubiera debido prever esta posibilidad y no se hubiera molestado en prevenirme. Eso es absurdo, por supuesto, pero la verdad es que no me pagan lo suficiente para que me dedique a perseguir terroristas, y todavía menos a una célula de los Niños. Puede que los Niños no se hayan dignado hacer un segundo intento de matarme —una política que parecen aplicar a todas las personas que consiguen sobrevivir a sus atentados, como si se negaran a admitir el fracaso—, pero no tengo ninguna intención de recordarles que existo, y mucho menos de proporcionarles una nueva razón para que vuelvan a incluirme en su lista de objetivos.

    Llamo al aeropuerto y me informan de que hay un vuelo a las seis. Reservo una plaza. Hago el equipaje. Unos cuantos minutos han bastado para que ya no me quede nada más que hacer. Después me siento en la cama y me dedico a contemplar la maleta y, gradualmente, empiezo a recuperar un cierto sentido de la perspectiva.

    Bien, así que Laura fue concebida el Día de la Burbuja o en una fecha muy próxima a él. Pero ¿eso es información o mero ruido? Los departamentos policiales de todo el planeta han programado ordenadores para que investiguen incansablemente las obsesiones de los Niños —fechas, numerología, conjunciones celestiales... ad nauseam—, y los resultados siempre han sido los mismos: ficheros monstruosamente grandes llenos de falsas correlaciones y coincidencias carentes de significado, terabytes de basura. De una manera u otra, el veinte por ciento de todo puede ser manipulado de tal forma que acabe pareciendo potencialmente significativo para los Niños. La fracción genuina de ese porcentaje es infinitesimal, y el método resulta tan útil como el de postular que toda persona que tenga los ojos del mismo color que Marcus Duprey debe ser considerada sospechosa de terrorismo.

    Estoy seguro de que, si se le informara de la fecha en que fue concebida Laura, hasta el último miembro de los Niños atribuiría un gran significado a su secuestro, pero esgrimir eso como prueba de que están involucrados es ridículo. La pregunta a formular no es qué significado tiene esto para los Niños. Si los Niños realmente tuvieran algo que ver con cada uno de los crímenes en los que pueden llegar a ver algún portento cósmico, entonces el número de seguidores con que cuenta Duprey tiene que haber sido subestimado por un factor de un millón.

    Huir sería una reacción patética.

    Aun así... Lo único que puedo perder es dinero, ¿no? Nada me impide pecar de exceso de cautela y abandonar el caso. Oh, sí, y también podría unirme a las filas de quienes están tan aterrorizados por las atrocidades de los Niños que examinan obsesivamente todas las pautas de sus vidas en busca de señales de peligro, y se encierran en sus casas cada aniversario de cada ridícula fase del insignificante martirio sin sangre por el que ha pasado Duprey, observando las fiestas de guardar de su religión del miedo particular.

    Deshago el equipaje.

    Falta poco para que amanezca. La falta de sueño, como suele ocurrir, ha hecho que experimente una peculiar sensación de claridad: siento como si hubiera logrado escapar al ciclo ordinario de la mente y hubiese conseguido establecer una nueva y profunda relación con el mundo. Invoco a Jefe para que obligue a mi sistema endocrino a entrar en fase, y la ilusión no tarda en evaporarse.

    Comparada con las fulminantes revelaciones de la conexión terrorista, la información que he logrado acumular hasta ahora parece desesperantemente ambigua. Pero he de empezar por algún sitio, y Desarrollo Biomédico Internacional es la única empresa de la lista que carece de una razón aparatosamente inocente para estar comprando los fármacos que necesita Laura. Y si DBI no tiene accionistas a los que impresionar y recurrir a los hackers es demasiado arriesgado, entonces tendré que utilizar medios más directos para averiguar qué es lo que están investigando.

    Saco una cajita de mi maleta y la abro con mucho cuidado. Envuelto en papel de seda, un mosquito duerme dentro de ella.

    No dispongo del módulo especialista que se usa para programar el insecto, pero un segundo compartimiento de la caja contiene un ROMS cuyo programa secuencial al viejo estilo me permitirá obtener el mismo resultado final, si bien más despacio. Saco el chip del compartimiento y lo activo. Reluce invisiblemente en infrarrojo modulado, y las células transceptoras que la bioingeniería ha esparcido por la piel de mis manos y mi cara recogen la señal y la desmodulan. Red roja (Neurocom, 1.499 $) recibe los impulsos nerviosos de esas células, descodifica los datos y los almacena.

    Paso el programa a Von Neumann (BioLógica Continental, 3.150 $). Simular un ordenador polivalente no es algo que una red neural sea capaz de hacer con excesiva eficiencia y de ahí la necesidad de usar módulos especializados, físicamente optimizados para sus tareas, en vez de un único «ordenador-dentro-del-cráneo» programable. Pero nadie puede permitirse comprar todos los módulos del mercado, y además, si «requisaras» tantas neuronas probablemente perturbarías las funciones cerebrales normales. Por eso, y por muy graciosamente anticuado que pueda parecer, a veces la única solución práctica es cargar un ROM lleno de programas secuenciales.

    Culex explorator es puramente orgánico, pero ha sido considerablemente modificado tanto genéticamente como durante el postdesarrollo: la mayor parte de la manipulación genética sólo pretende garantizar que —además de contar con sus propios transceptores infrarrojos, por supuesto— el insecto maduro dispondrá de las neuronas suficientes para que las nanomáquinas puedan recablearlas. Selecciono los parámetros de conducta que deseo emplear de los menús que llevo dentro de la cabeza, espero cinco minutos mientras el programa los codifica en el lenguaje de los esquemas neurales del mosquito, y después pongo la mano encima de la caja para proporcionar la máxima potencia posible a la señal e introduzco mis decisiones en el diminuto cerebro del mosquito. El protocolo de Red roja cuenta con una interminable sucesión de capas comprobadoras de errores, pero aun así llevo a cabo una lectura completa de los datos, la cual me confirma el éxito.

    Durante el trayecto hasta el metro veo que las calles distan mucho de estar vacías. Los vendedores de comida montan guardia junto a carritos humeantes y los compradores acuden a ellos en bandadas, ignorando las seductoramente fotografiadas —pero olfativamente desérticas— tentaciones holográficas de las máquinas expendedoras. Compro una bolsa de fideos y me los voy comiendo mientras ando. Ejecutivos, banqueros y agentes de datos impecablemente vestidos pasan junto a mí caminando con largas y rápidas zancadas, una multitud de personas que podrían trabajar desde sus casas o llevar a cabo todas sus actividades dentro de sus propios cráneos e incluso, con la ayuda de los módulos, elegir que les gustara hacerlo. Aunque me cueste admitirlo, debo confesar que la visión de esos infócratas —siluetas armadas de paraguas que pasan rápidamente junto a mí irradiando autoimportancia— casi me parece una afirmación del espíritu humano. La luz se debilita de repente, y alzo la mirada para ver dos capas de nubarrones grises que se están persiguiendo a través del cielo. Unos segundos después, estoy empapado.

    El corazón del sector de la investigación y el desarrollo de Nueva Hong Kong queda a veinte kilómetros al oeste del centro de la ciudad. Salgo del metro para entrar en un mundo casi desierto de enormes edificios de cemento rodeados por extensiones de césped tan perfecto que tanto pueden ser reales como no serlo. La sensación de espacio parece casi escandalosa después de las multitudes y torres de la ciudad: muchos de los laboratorios y factorías tienen quince o veinte pisos de altura, pero las calles son lo suficientemente anchas y los jardines lo bastante espaciosos para impedir que la arquitectura llegue a ocultar un cielo que, después de haber sufrido un cambio mercurial, ya vuelve a estar azul de un horizonte al otro.

    Me detengo para sacudir la caja y depositar a Culex sobre la palma de mi mano, y el mosquito se aferra a mi piel. Poniéndome la mano delante de los ojos, apenas si puedo distinguir las minúsculas motas de los doce camaleones de datos adheridos a los lados del tórax. Antes de seguir andando, curvo los dedos sin llegar a apretar el puño; adoptar un paso tranquilo y despreocupado cuando transportas equipo de espionaje por valor de veinte mil dólares en la palma de la mano requiere un cierto esfuerzo de voluntad.

    La región laberíntica que se extiende al norte del metro muestra claramente todas las señales de haber consistido en una serie de «parques de la ciencia» independientes y dominados por una timidez que los impulsaba a tratar de pasar desapercibidos que, con el transcurso del tiempo, han ido invadiendo los espacios intermedios. Todos debían disponer de su propia planificación urbana de vanguardia —de concepción meticulosa, si bien un tanto extraña— y de ciertas simetrías y jerarquías peculiares y exclusivas, y todos han alcanzado un cierto grado de éxito a la hora de propagar la pauta más allá de sus límites originales; pero allí donde dos o más diseños incompatibles han entrado en conflicto, el resultado sólo puede ser descrito como patológico. DBI se encuentra al final de un callejón sin salida —lo que impide emplear el truco de pasearse tranquilamente por delante de la entrada principal—, pero toda la zona se ha convertido en una masa tan finamente capilarizada de callecitas extendidas sobre ramas inconexas que debería poder acercarme lo suficiente a la parte trasera del edificio sin dejar de fingir que estoy dirigiéndome hacia un destino totalmente distinto.

    Las calles están tan silenciosas que hasta puedo oír el canto de los pájaros. Un ciclista que pasa junto a mí me lanza una segunda mirada llena de perplejidad: no parece haber ningún otro peatón por la zona y, prematuramente, me siento un intruso no autorizado. Estas calles quizá sean públicas, pero todas conducen a un pequeño número de destinos particulares. En la improbable eventualidad de que alguien me pare para ofrecerme instrucciones, tendré que recurrir a mi mejor imitación del turista idiota que se ha perdido.

    Finalmente, a unos cien metros por delante de mí diviso lo que espero sea DBI, una caja de zapatos de cemento blanco visible a través del hueco que separa Ecocontrol

    Transgénico de Morfogénesis Industrial. Desde este ángulo de observación no puedo ver ningún logotipo o letrero identificador, pero vuelvo a consultar el mapa que llevo dentro de la cabeza, y no cabe duda de que he encontrado el edificio que andaba buscando.

    Me sorprendo pensando que es una tapadera improbable para los Niños del Abismo, y un instante después esa observación «tranquilizadora» hace que suelte una carcajada. Los Niños no están involucrados en este asunto, y no necesito buscar excusas para poder creerlo. En lo que respecta a DBI, el «riesgo» más serio al que me enfrento es el de que al final resulte que no han tenido nada que ver con el secuestro.

    Introduzco una copia de mi campo visual en el buffer de imágenes del programa del mosquito. Marco claramente el edificio, y después envío este último mensaje al insecto. Levanto la mano y separo los dedos: el mosquito emprende el vuelo de inmediato, describe un par de círculos por encima de mi cabeza y después desaparece.


    ****

    Paso la mayor parte del día examinando la información públicamente disponible sobre Wei Pai-ling, el dueño de DBI. Repaso con diligencia veinticinco años de cobertura del sistema de noticias —con un promedio de seis artículos al año dedicados a Wei— sin encontrar nada digno de mención. El único informe de naturaleza no estrictamente comercial es el dedicado a la inauguración de una nueva ala del Museo de la Ciencia de NHK. Wei presidió el consorcio que reunió los fondos, y el artículo cita una frase de su vacuo discurso lleno de tópicos y lugares comunes: «El futuro de nuestros niños depende de que estimulemos su intelecto e imaginación desde la más temprana edad...».

    Me sorprende un poco que Wei no tenga ni un solo interés visible en ninguna firma que lleve operando el tiempo suficiente para poder ser la causa del estado de Laura: mi empresario tiene cincuenta y pocos años, y parece haber preferido fundar nuevos negocios a practicar la conquista de firmas ya establecidas. Eso no demuestra nada acerca de los clientes de DBI, naturalmente.

    A última hora de la tarde, se me están acabando las distracciones productivas. Los temores irracionales que me inspiran los Niños vuelven a mi mente una y otra vez: sé qué he de hacer para expulsarlos de mi cabeza, pero no quiero hacerlo. Todavía no.

    Enciendo el holo en mitad de un anuncio y hago zapping sin ningún resultado. Los panuncios no implican colusión activa entre las cadenas rivales (cómo podría nadie pensar eso); da la sencilla casualidad de que todas ellas han establecido la práctica de permitir que los anunciantes puedan especificar la franja horaria que desean con una precisión superior a la centésima de segundo. Podría salir del tiempo real y buscar algo que cargar, pero el esfuerzo no parece merecer la pena cuando lo único que quiero hacer es matar el tiempo.

    —¿... vida carece de sentido y busca un propósito? —está diciendo un joven—. ¡Axón tiene la respuesta! ¡Ahora puede adquirir todas las metas que necesita! Vida familiar..., éxito profesional..., riqueza material..., satisfacción sexual..., expresión artística..., iluminación espiritual. —Apenas pronuncia cada frase, un cubo conteniendo una escena relacionada con ella se materializa en su mano derecha y el joven lo lanza al aire para dejar sitio al siguiente, hasta que está haciendo gráciles malabarismos con los seis cubos—. Axón lleva más de veinte años ayudándolo a disfrutar de los tesoros de la vida. ¡Ahora podemos ayudarlo a desearlos! Después de haber pillado la última mitad de un thriller surrealista incomprensible —pero visualmente impresionante—, apago el holo y empiezo a ir y venir por la habitación, cada vez más inquieto y preocupado. Faltan cuatro horas para mi cita con Culex. ¿Por qué aguantar cuatro horas más de aburrimiento y ansiedad? ¿Por el placer masoquista de soportar el peso aplastante de unas cuantas emociones humanas auténticas? A la mierda con eso: ya he tenido mi dosis de emociones humanas esta mañana, y he estado a punto de abandonar el caso.

    Invoco A3.

    A veces el subtexto del siéntete-bien es más descarado que de lo habitual. «Estar activado es la manera correcta de vivir: racional, eficiente, libre de distracciones, capaz de pensar con rapidez...» Todo eso es cierto aunque, irónicamente, el estado mental analítico estimulado por A3 hace que me resulte muy difícil pasar por alto el hecho de que dicha actitud me ha sido impuesta arbitrariamente. Prácticamente todos los módulos que alteran la personalidad salen de fábrica conteniendo la afirmación axiomática de que usarlos es beneficioso. Los críticos de la tecnología afirman que se trata de mera propaganda, pero quienes defienden los módulos dicen que sólo es una medida esencial para evitar un conflicto potencialmente incapacitador, y que dicha afirmación constituye una especie de salvaguarda contra una (metafórica) respuesta inmunitaria mental. Cuando no estoy activado, tiendo a aceptar la postura cínica. Cuando estoy activado, admito que carezco de la capacidad y de los datos necesarios para evaluar dichos argumentos y llegar a una conclusión definitiva.

    Dedico diez minutos a repasar todo lo que sé sobre el caso. No alcanzo ninguna nueva revelación, lo cual no es ninguna gran sorpresa: A3 elimina las distracciones y facilita concentrar la atención —y, con ello, razonar más deprisa—, pero no te concede ningún incremento mágico de la inteligencia. Los otros módulos activadores proporcionan distintas capacidades: A1 puede manipular la bioquímica del usuario, A2 aumenta la capacidad de procesamiento sensorial, A4 es un conjunto de reflejos físicos, A5 refuerza el enjuiciamiento espacial y temporal, A6 es el responsable de la codificación y las comunicaciones... Pero el papel de A3 se reduce básicamente a actuar como un filtro que selecciona el estado mental óptimo de entre todas las posibilidades naturales del cerebro e inhibe la intrusión de aquellas modalidades del pensamiento que considera inadecuadas.

    Ahora lo único que puedo hacer es esperar. Así pues, incapaz de experimentar aburrimiento y sin verme turbado por más temores irracionales, espero.


    ****

    Me acerco todo lo posible al punto de liberación, pero la precisión no es necesaria: el mosquito me encuentra mediante el olfato, y se habría mantenido alejado de un desconocido que se encontrara en el mismo sitio que yo. El insecto se posa sobre la palma de mi mano para entregar su información al examen de los infrarrojos.

    La misión ha sido llevada a cabo con éxito. Para empezar, Culex encontró su propia ruta de entrada y salida del edificio: no ha necesitado entrar sobre la espalda de nadie, y ahora tampoco tiene problemas para volver. Una vez dentro localizó el centro de seguridad, siguió la trayectoria de un haz de cables hasta el techo, entró en el conducto y colocó los doce camaleones. A continuación amplió su radio de exploración, mientras el programa se ocupaba de convertir los datos que había recogido en un esquema detallado del edificio. Finalmente, estableció contacto de nuevo con los camaleones, que habían descifrado el protocolo de validación de la señal del sistema de seguridad, y éstos le informaron de que, tras examinar los treinta y cinco cables, habían identificado doce por medio de los cuales podía crearse un conjunto utilizable de puntos ciegos contiguos.

    Contemplo instantáneas eidéticas extraídas del cerebro del mosquito que han sido procesadas de tal forma que jamás permitiría adivinar que se han originado en unos ojos compuestos. No hay grandes sorpresas. Técnicos. Ordenadores. Equipo variado de análisis y síntesis química. Ni rastro de pacientes que deban guardar cama, aunque a estas alturas Laura quizá ya sea capaz de levantarse y además no tengo ni idea de qué aspecto puede tener: el de la difunta Han Hsiu-lien, posiblemente, pero no apostaría por ello.

    Los primeros planos de pantallas de las estaciones de trabajo muestran diagramas de flujo de procesos de laboratorio, esquemas de moléculas proteínicas, secuencias de datos de ADN y aminoácidos..., y varios mapas neurales. Pero las mapas no están identificados con ninguna etiqueta que me proporcione nuevas pistas: en vez de algo del estilo de ANDREWS, L. O PRIMER ESTUDIO DE DAÑOS CEREBRALES CONGÉNITOS, solo hay hileras de números de serie carentes de significado.

    El esquema del edificio ya ha quedado completado dentro de mi mente, y me dedico a pasear por él. Cinco pisos, dos sótanos; despachos, laboratorios, cuartos de material; dos ascensores, dos escaleras. Hay varias regiones indicadas con el código azul claro que indica AUSENCIA DE DATOS, aquéllas en las que Culex no ha podido entrar por sí solo y no ha tenido ocasión de usar un medio de transporte involuntario: la más grande, de unos veinte metros cuadrados, ocupa el centro del segundo sótano. Podría tratarse de alguna clase de instalación especial —una sala aséptica, un almacén criogénico, un laboratorio de radioisótopos, un área de peligro biológico— donde la gente sólo entra en raras ocasiones y la mayor parte del trabajo es llevado a cabo mediante sistemas remotos. Pero las instantáneas sólo muestran un muro blanco vacío y una puerta no identificada: no hay advertencias de radiación o peligro biológico, y tampoco hay signos de ninguna clase.

    Los camaleones están preprogramados para las dos de la madrugada —por si se daba el caso de que el edificio resultara estar protegido contra la intrusión del mosquito fuera de la jornada laboral—, pero ya no hay ninguna necesidad de respetar esa limitación horaria. Envío de nuevo a Culex al edificio para que les diga que se activen dentro de siete minutos, a las once cincuenta y cinco. Los camaleones son demasiado pequeños para poder recibir señales de radio, lo cual probablemente en realidad sea una suerte porque la radio ofrece un nivel de seguridad muy bajo.

    Mientras me aproximo al edificio, paso el esquema a A2, que lo superpone a mi visión real. Los campos visuales de las cámaras de vigilancia y las regiones monitorizadas por detectores de movimiento brillan con tenues auras rojas: resulta tentador pensar en esto como «peligro vuelto visible» —igual que si dentro de mi cabeza hubiera algún módulo capaz de «percibir» por arte de magia la acción de cada sistema de seguridad—, pero en realidad sólo es un mapa teórico, que puede ser completo y correcto o puede no serlo.

    A las 11:55:00, hago que doce zonas rojas pasen al negro puramente por una cuestión de fe. No tengo ninguna prueba de que esos puntos ciegos realmente hayan cobrado existencia. Pero si no ha sido así, no tardaré en descubrirlo.

    El perímetro está protegido por una valla de alambre de espino, y mi medidor de campo dice que las hebras superiores están electrificadas a sesenta mil voltios, muy por debajo del umbral que soporta el aislante de mis guantes y zapatos. Los pinchos parecen terriblemente afilados, pero tendrían que estar remachados con diamantes industriales —y girar a varios miles de revoluciones por minuto— para dejar una huella perceptible en las fibras compuestas de mis guantes. Paso al otro lado y me dejo caer, aterrizando tan suavemente como puedo: hay detectores de movimiento todavía activos cerca y no conozco su nivel de sensibilidad.

    Rajo el panel de cristal de una ventana de la planta baja y entro en un cuarto sin iluminación que debe de ser alguna clase de laboratorio. A2 adapta rápidamente mi visión a la sensibilidad máxima sin que eso me sirva de mucho, pero es el mapa de Culex el que me ayuda a esquivar los obstáculos razonablemente deprisa. Con eso quiero decir que me ayuda a esquivar los obstáculos fijos, naturalmente, porque cada vez que «veo» una silla o un taburete perfilados en mi campo de visión fantasma, empiezo a ir más despacio y extiendo un brazo para determinar su posición actual.

    El pasillo también está oscuro, pero veo rojo no muy lejos hacia mi izquierda cuando salgo del laboratorio, y a un centímetro de la puerta de la escalera empieza una segunda región que todavía se encuentra bajo vigilancia. Me dispongo a accionar el picaporte cuando me doy cuenta de que el mecanismo de cierre en forma de codo se encuentra a punto de entrar en la zona de peligro: A5 me deja muy claro que no tengo ni una sola posibilidad de deslizarme a través de la grieta permisible. Levanto el brazo y parto el mecanismo por la juntura, y después dejo sus dos fláccidas mitades junto a la puerta.

    Bajo al sótano inferior. Los camaleones han hecho todo lo que podían llegar a hacer para proporcionarme un acceso lo más espacioso posible a cada uno de los pisos, pero al parecer este sitio apenas se hallaba protegido. Sin cámaras cercanas que puedan captar la efusión lumínica, me atrevo a usar una linterna para aportar detalle al esquema de líneas de mi vista fantasma. Hay grandes contenedores de reactivos y solventes; una hilera de frigoríficos horizontales; una centrifugadora colocada junto a la pared, abierta y con varios tableros de circuitos al aire, como si estuviera siendo reparada o caníbal izada.

    Llego a la región sobre la que no hay datos. Es una gran habitación cuadrada que parece hallarse extrañamente perdida en un área por lo demás indivisa, y a juzgar por su aspecto —y por su olor— no hace mucho que fue construida. Pero si Laura está aquí, ¿por qué iban a tomarse tantas molestias para alojarla? No para mantenerla discretamente oculta, eso está claro: esta prisión improvisada, si eso es lo que es, difícilmente podría ser más conspicua.

    Recorro la habitación. Sólo hay una puerta. La cerradura no presenta ningún gran desafío: un poco de sondeo seguido por un pulso magnético cuidadosamente dirigido bastan para derrotarla, induciendo una corriente en el circuito que acciona el mecanismo de desbloqueo. Desenfundo mi arma y abro la puerta..., y me encuentro contemplando otra pared, a sólo dos o tres metros de distancia.

    Cruzo cautelosamente el umbral. El espacio entre las paredes está vacío, pero la segunda pared no llega a unirse con la primera en ninguno de los lados. Antes de ir más lejos, cierro la puerta detrás de mí y coloco una pequeña alarma en la parte superior del marco. Cuando llego a la esquina de mi derecha, enseguida veo que las dos paredes son concéntricas. Continúo avanzando, y detrás de la siguiente esquina hay una puerta en la pared interior. La cerradura es del mismo modelo barato que la primera. Me gustaría saber a qué viene todo este montaje tan extraño, pero siempre puedo pensar en ello más tarde: lo que importa en estos momentos es averiguar si Laura ha sido enterrada en algún lugar de esta área o no.

    Abro la segunda puerta, y la respuesta es no, pero...

    Hay una cama, que no ha sido hecha desde que fue utilizada por última vez, con las sábanas corridas hacia el lado por el que es de suponer se levantó su ocupante. Un lavabo, un retrete, una mesita y sillas. En la pared del fondo hay un mural de flores y pájaros idéntico al que adornaba la habitación de Laura en el Hilgemann. La cama todavía está un poquito caliente. Bien, ¿adónde se la han llevado a estas horas de la noche? Quizá ha sufrido complicaciones y han tenido que trasladarla a un hospital. Invierto treinta segundos en explorar la habitación, pero no hay gran cosa que examinar: la escena, sin embargo, lo dice todo. Laura se encontraba aquí hace tan sólo unos minutos, estoy seguro de ello, y si no he logrado dar con ella ha sido por una pura cuestión de mala suerte.

    Y quizá todavía esté dentro del edificio. ¿Arriba, siendo sometida a un examen cerebral de medianoche? DBI tal vez esté tan impaciente por completar su contrato que, sin importar lo que eso lleve implícito, podrían estar trabajando durante las veinticuatro horas del día.

    Salgo de la habitación interior. Estoy a punto de girar hacia la derecha y volver sobre mis pasos para tomar la ruta de salida más corta, pero justo entonces cambio de parecer y decido completar el resto de mi recorrido.

    La mujer que está inmóvil justo detrás de la esquina, cansinamente apoyada en un andador, es idéntica a Han Hsiu-Lien. Alza la mirada hacia mí y se echa a llorar. Me apresuro a ir hacia ella y le administro una dosis nasal de aerosol tranquilizante. Su cuerpo se afloja súbitamente; la agarro por debajo de los brazos y me la echo al hombro. No es la manera más cómoda de viajar, pero necesitaré tener las manos libres. El andador es una buena señal: puede que aún no se haya recuperado del todo, pero no cabe duda de que se la puede trasladar sin hacerle demasiado daño. En cuanto haya conseguido sacarla del edificio, podré pedir una ambulancia... mientras esté abriendo un agujero en la valla.

    Me faltan tres pasos para llegar a la segunda puerta cuando una voz masculina surge de la nada detrás de mí.

    —No se vuelva —dice tranquilamente—. Tire él arma y la linterna, y apártelas de una patada.

    Mientras la voz habla, siento que el puntito de calor nítidamente definido de un láser infrarrojo ajustado a potencia mínima se posa sobre la base de mi cráneo. Eso es algo más que una advertencia palpable de que me tienen a tiro: si el arma está funcionando en la modalidad automática, estarán controlando la dispersión del haz y cualquier movimiento repentino por mi parte bastará para que un haz de alta intensidad caiga sobre mí en cuestión de microsegundos.

    Obedezco.

    —Ahora déjela en el suelo con mucho cuidado y luego ponga las manos encima de la cabeza.

    Lo hago. El láser no deja de seguirme ni un solo instante.

    El hombre dice algo en cantonés. Invoco Déjá vu para obtener una traducción: «¿Qué quieres hacer con él?».

    —Lo dejaré fuera de combate —replica una mujer.
    —No se mueva, por favor —dice el hombre en mi idioma.

    La mujer se coloca delante de mí, enfunda un arma y saca una pequeña cápsula hipodérmica de una bolsita que cuelga de su cinturón junto a la pistolera. Pasando por encima de Laura, me sujeta la mandíbula con una mano —yo reduzco mi pulso—, introduce la aguja en una vena de mi cuello —yo limito el flujo de sangre a esa zona—, y después aprieta la cápsula.

    En el mejor de los casos esa reducción circulatoria sólo me dará unos cuantos segundos de margen, pero deberían bastar para que Al evalúe la situación. Si han empleado una sustancia que el módulo puede neutralizar, ahora es el momento de moverse porque, a menos que el plan consista en incinerarme cuando sucumba a los efectos de la droga y me derrumbe, el láser ya no debe de estar ajustado en automático. Si finjo perder el conocimiento, me tambaleo, uso a la mujer como escudo, le quito el arma...

    Pero A1 no me proporciona ningún informe. Intento mover un dedo y fracaso. Un instante después, pierdo el conocimiento.


    4


    DESPIERTO DESNUDO y yaciendo de costado sobre un suelo de cemento. Me duelen los brazos, pero cuando intento moverlos siento una fría presión metálica sobre mis muñecas. Miro a mi alrededor: estoy en un pequeño cuarto de material iluminado por una única ventana pegada al techo. Me han esposado las manos a un módulo de estanterías, lleno de retortas, matraces y vasos de laboratorio, que ocupa toda la pared.

    A5 ha perdido la pista de mi paradero. El módulo confía en una mezcla de pistas perceptuales, sentido del equilibrio y propiocepción que es precisa hasta el milímetro cuando estás consciente y desplazándote sobre tus pies, pero que se vuelve totalmente inútil cuando te han dejado sin sentido y has sido transportado a otro lugar igual que si fueras un paquete. Aun así, A5 afirma haber conservado la orientación cronológica y me informa de que son las 15:21 del 5 de enero. Los relojes de otros módulos corroboran esa afirmación, y dudo que una droga pueda haberlos afectado a todos por un igual. En quince horas, podrían haberme trasladado a cualquier lugar del planeta..., es decir, a cualquier lugar del planeta donde, a juzgar por la luz, las 15:21 del horario de Australia Central correspondan a media tarde o a mediados de la mañana. Cuando por fin se me ocurre examinar el esquema del edificio que llevo dentro de la cabeza para ver si hay alguna habitación que tenga estas dimensiones, descubro que hay una en cada piso. Culex no encontró nada merecedor de que tomara instantáneas fotográficas en ninguna de ellas, pero los diagramas de líneas que fue registrando de manera indiscriminada son lo suficientemente detallados para ubicarme en el cuarto piso.

    Llevo dos pares de esposas, uno de los cuales ha sido metido por una ranura en uno de los soportes verticales del módulo de estanterías. Las estanterías no están sujetas a la pared, y basta con que desplace ligeramente el peso de mi cuerpo para que todo el cristal empiece a tintinear. Podría tratar de romper la cadena de las esposas frotándola contra el canto de la ranura, pero incluso si no me están vigilando, lo único que conseguiría con eso sería provocar una avalancha de cristal.

    Bien, así que estoy atrapado aquí. ¿Con quién tendré que vérmelas?

    Sigue siendo posible que DBI sea exactamente lo que afirman ser: investigadores biomédicos contratados. Que, casualmente, están dispuestos a llegar al secuestro. Que han sido contratados por la empresa farmacéutica cuyo producto lesionó a Laura, in útero, hace treinta y tres años. La Firma X estaría corriendo un cierto riesgo al utilizar los servicios de una tercera parte, pero ese riesgo quizá no sea tan grande como el que supondría ocuparse de Laura en sus propias instalaciones. La Firma X tal vez tenga montones de empleados leales, pero presumiblemente sólo unos cuantos de ellos son criminales, mientras que DBI podría estar especializada precisamente en esa clase de cosas.

    Todo sigue sonando tan plausible como siempre, incluso si la lista de hechos que no consigue explicar se va haciendo más larga. El testimonio de Casey. La arquitectura de la habitación del sótano. Laura paseándose por la brecha que separa los muros de su prisión hecha a medida. Todo eso sugiere una alternativa que tal vez podría explicarlo todo..., y que no suena nada plausible:

    Laura realmente escapó del Hilgemann. Sin ayuda. Dos veces. Por eso fue secuestrada, porque alguien llegó a enterarse de sus fugas y pensó que podría hacer buen uso de sus talentos. Por eso construyeron la habitación de paredes dobles, para que sirviera como prueba a superar para una idiota que, además, es una artista de la fuga. Y cuando me tropecé con ella, Laura ya había superado la mitad de la prueba.

    ¿Qué atrajo a los guardias anoche? Obviamente activé alguna clase de alarma, pero salvo que los camaleones no supieran hacer su trabajo, la habitación no estaba siendo vigilada por ningún sistema conectado con el centro de seguridad del edificio. Si Laura estuviera siendo tratada no como un problema rutinario de seguridad sino como el sujeto de un experimento, no tendría nada de sorprendente que estuviera siendo monitorizada por un sistema totalmente distinto.

    ¿Y qué razones puede tener DBI para estar trazando mapas neurales? Eso no tiene nada que ver con refutar una responsabilidad por daños cerebrales congénitos, sino que están intentando identificar los senderos que hacen de Laura la mayor sensación del arte de la fuga desde los tiempos de Houdini, con la esperanza de poder codificar su talento en un módulo. ¿Por qué sacarla del país como un cadáver en vez de hacerlo como pasajera provista de un módulo marioneta? Porque no querían manipular su cerebro y, con ello, correr el riesgo de destruir lo que la hacía digna de ser secuestrada.

    Todo encaja a la perfección.

    El único problema es que no me lo creo.

    ¿Qué talento hipotético podría tener Laura que pudiera permitirle salir de habitaciones cerradas con llave sin ningún tipo de herramienta? Postular una comprensión intuitiva de los sistemas de seguridad ya me parece altamente dudoso, pero ¿qué podría hacerle alguien, por muy dotado que estuviera, a una cerradura, o a una cámara de vigilancia, con las manos desnudas? Doscientos años de investigaciones afirman que la telequinesis no existe. Aun suponiendo que fueran controlables, los minúsculos campos electromagnéticos del cuerpo humano son un millón de veces demasiado débiles para que puedan resultar de alguna utilidad a la hora de forzar una cerradura electrónica. Ninguna cantidad de daños cerebrales fortuitos podría cambiar eso, al igual que reprogramar un ordenador nunca podrá proporcionarle el poder de levitar.

    ¿Y entonces cómo escapó?

    Sigo pensando en ello cuando se abre la puerta. Un joven tira al suelo un montón de ropa junto a mí, y después empuña un arma y un mando a distancia y dirige este último hacia las esposas. Me apresuro a activar Red roja, con la esperanza de capturar el intercambio. Las esposas se abren, pero no capto nada: la frecuencia utilizada debe de estar fuera del alcance de mis células transceptoras.

    El hombre se planta en el centro del umbral y me apunta con el arma.

    —Vístase, por favor.

    Reconozco la voz de anoche. La expresión de su rostro es entre tranquila y despreocupada, sin la más leve sombra de satisfacción o beligerancia: sin duda él también dispone de sus propios módulos optimizadores de la conducta.

    La ropa no ha sido utilizada nunca y es exactamente de mi medida. A3 veta cualquier reacción que no sea el estoicismo ante la pérdida de todo el equipo que había almacenado en bolsillos ocultos, pero aun así, y durante unos momentos después de que haya acabado de vestirme, una parte de mi cerebro emite una serie de advertencias redundantes ante la ausencia del inventario habitual de bultos tranquilizadores.

    —Póngase unas esposas. Por la espalda.

    En cuanto lo he hecho, me venda. Después me saca de la habitación, caminando junto a mí y sujetando la cadena de las esposas con una mano mientras sostiene el arma sobre mi costado con la otra.

    No oigo gran cosa durante el trayecto: fragmentos de conversación en cantonés e inglés, unos pies que se desplazan sobre la moqueta, equipo que zumba suavemente en la lejanía. Capto un tenue olor a disolventes orgánicos. A5 establece mi situación con toda exactitud, aunque no sé de qué puede servirme eso ahora. Cuando nos detenemos, una mano me empuja suavemente hacia abajo hasta dejarme sentado en un sillón y el arma pasa a apuntarme la sien.

    —¿Quién lo contrató?

    La pregunta, formulada sin ninguna clase de preliminares, ha sido hecha por una mujer que se encuentra a un par de metros de distancia y está vuelta de cara hacia mí.

    —No lo sé.

    La mujer suspira.

    —¿Qué espera conseguir exactamente? ¿Piensa que lo consideramos un caso tan especial que nos tomaremos la molestia de saltar a través de todos los aros tecnológicos? Drogas de la verdad, módulos de la verdad, mapas neurales... ¿Y todo eso en busca de unos recuerdos que pueden haber sido falsificados, o incluso borrados? Si cree que está ganando tiempo, se equivoca. No estoy dispuesta a gastar centenares de miles de dólares para hurgar dentro de su cerebro. Si nos dice la verdad, y si su historia es verificada, nos limitaremos a tomar las medidas estrictamente necesarias. Pero si no coopera, aquí y ahora, lo mataremos, aquí y ahora.

    Está tranquila, pero no se trata de la tranquilidad de un módulo: su tono de condescendencia apenada más bien parece un intento fallido de mostrarse fríamente intimidatoria. Aun así, eso no significa necesariamente que se esté tirando un farol.

    —Le estoy diciendo la verdad. Fui contratado de manera anónima, y no conozco la identidad de mi cliente.
    —¿Y no pudo atravesar esa capa de anonimato?
    —Mi trabajo no consiste en tratar de averiguar esas cosas.
    —Muy bien. Pero debe de haberse formado alguna clase de hipótesis de trabajo. ¿De quién sospecha?
    —Sospecho que es alguien que creía que Laura fue secuestrada por error y que temía que el verdadero objetivo fuese un familiar suyo internado en el Hilgemann.
    —¿Quién, específicamente?
    —Nunca llegué a encontrar un candidato aceptable. Fuera quien fuese, habrían hecho cuanto estuviera en sus manos para ocultar la conexión familiar. La idea de que los secuestradores pudieran haberse llevado a la persona equivocada sólo tendría sentido para alguien que estuviera dispuesto a adoptar cualquier clase de medidas con tal de ocultar la identidad de su familiar. Tenía cosas mejores que hacer, así que no proseguí con esa línea de investigación.

    La mujer titubea, y luego decide conformarse con mi respuesta.

    —¿Cómo nos ha relacionado con Laura?

    Le explico lo de las imágenes radiológicas de la carga y cómo examiné los registros de proveedores de fármacos.

    —¿Y quién más sabe todo esto?

    Cualquier confidente inventado sería revelado fácilmente como ficticio. Podría afirmar que dispongo de programas introducidos en una red pública, camuflados e invulnerables, listos para contárselo todo a la policía de NHK en caso de que yo desaparezca, pero como amenaza no sería gran cosa. Si dispusiera de evidencias suficientes para convencer a la policía, en vez de optar por la alternativa de la entrada ilegal lo primero que hubiese hecho habría sido llevárselas.

    —Nadie.
    —¿Cómo entró en el edificio? Una vez más, no voy a ganar nada mintiendo. A estas alturas ya deben de haber averiguado la mayor parte de los detalles, y confirmar lo que ya saben sólo puede hacerme parecer más creíble.
    —¿Qué sabe sobre el trabajo que hacemos aquí?
    —Únicamente lo que dice su publicidad. Investigación biológica por contrato.
    —¿Y entonces por qué cree que estamos interesados en Laura Andrews?
    —Todavía no he podido encontrar una razón para ello.
    —Debe de tener una teoría.
    —Ya no. —Existen módulos especialistas para mentir convincentemente (para reaccionar como lo haría un ser humano normal convencido de estar diciendo la verdad, en términos de patrones de tensión vocal, temperatura de la piel, pulso, etcétera), pero no los necesito, porque la acción de A3 basta para que todas esas variables se vuelvan completamente opacas—. No dispongo de ninguna teoría que no sea claramente desmentida por los hechos.
    —¿No?

    Ando sobrado de explicaciones improbables con las que apoyar mi ignorancia. Expongo cada una de las hipótesis que me han pasado polla cabeza durante los últimos ocho días, sin importar lo precarias que sean..., salvo la de la Firma X y su demanda por defectos de nacimiento, y la de Laura, la artista de la fuga. Estoy a punto de mencionar mis temores de que los Niños del Abismo estuvieran involucrados en el asunto, pero me contengo: ahora me parecen tan ridículos que estoy seguro de que sonarían a mentira pura y simple.

    Cuando por fin me callo, la mujer dice «De acuerdo», pero no se dirige a mí. Mi guardia aparta el arma de mi cabeza, pero no me levanta del sillón, y de repente comprendo qué es lo que va a ocurrir. Sufro un breve instante de pura frustración —«Inconsciente la mayor parte del tiempo y vendado el resto. ¿Cómo demonios voy a poder averiguar algo?»— antes de A3 reprima ese sentimiento tan improductivo. La aguja entra en mi vena y la droga se difunde por mi torrente sanguíneo. No intento combatir sus efectos. ¿Para qué?


    ****

    Despierto tumbado en una cama, y ni siquiera estoy esposado. Miro a mi alrededor y descubro que me encuentro en un piso, pequeño y casi vacío. Un hombre al que no he visto antes está sentado en una silla en una esquina de la habitación, observándome con el rostro inexpresivo y un arma encima de la rodilla. Puedo oír sonidos procedentes de la calle, que debe de estar a unos quince o veinte pisos de distancia. Son las siete cuarenta y siete del 6 de enero.

    Me levanto y voy al cuarto de baño sin que el guardia haga nada para impedírmelo. Hay un retrete, un lavabo y una ducha; una ventana bloqueada, un cuadrado de unos treinta centímetros de lado, que al estar equipada con un panel de cristal esmerilado no permite ver nada; y, en el techo, una rejilla de ventilación de la mitad del tamaño de la ventana. Orino, y después me lavo las manos y la cara. Con el grifo todavía abierto, llevo a cabo un rápido registro del cuarto de baño, pero no hay nada que pueda ser ni remotamente útil como arma.

    El resto del piso es una sola habitación, con una cocina en una esquina; una pequeña nevera, desenchufada, con la puerta entornada; microondas y placas eléctricas incorporadas a la encimera. Encima del fregadero hay una ventana tapada por una persiana cerrada. —Allí no hay nada que pueda necesitar —dice el guardia cuando doy un paso hacia ese lado—. El desayuno no tardará en llegar. —Asiento y me doy la vuelta. Voy de un lado a otro junto a la cama, estirando mis músculos envarados.

    Poco después, otro hombre nos trae una caja de cartón con un surtido de comida rápida y café. Como sentado en la cama. El guardia no prueba bocado, e ignora todos mis intentos de entablar conversación. Sus ojos sólo se mueven para seguirme, por lo que a veces casi parece hallarse sumido en una especie de estupor, pero he pasado los suficientes turnos de guardia de doce horas en un estado similar para saber que en realidad no puede estar más alerta. Cuando un módulo te concede la capacidad de la vigilancia, eres literalmente incapaz de dejar de montar guardia: el aburrimiento, la distracción y la impaciencia sencillamente se convierten en modalidades del pensamiento a las que no puedes acceder. Desactivado, puedo hacer chistes sobre los zombis; pero cuando estoy activado, sé sin lugar a dudas que es ahí donde se oculta el verdadero potencial de la neurotecnología: no en la creación de nuevos y exóticos estados mentales, sino en la restricción deliberada y consciente de las posibilidades, y en el enfoque y reforzamiento del acto de elegir.

    Esperaba que volverían a drogarme apenas hubiera acabado de comer, pero eso no ocurre. No abuso de mi suerte: me tumbo en la cama y contemplo el techo como un prisionero modelo, suprimiendo así cualquier necesidad de recurrir a las medidas de control. No tengo intención de causar el más leve problema a mis captores, por lo menos hasta que haya muchas más probabilidades de que pueda beneficiarme en algo con ello.

    ¿Y si esa oportunidad no llega a surgir?

    ¿Qué pasa si no puedo escapar?

    Matarme sería la elección más simple en muchos aspectos. Pero ¿cuáles son las alternativas? ¿Qué significaba exactamente esa promesa de limitarse a tomar las medidas estrictamente necesarias hecha por mi interrogadora..., suponiendo, ya puestos a especular, que tuviera algún significado?

    Un borrado de memoria, tal vez. Rápido y poco sofisticado, por supuesto. Si DBI no está dispuesta a gastarse una fortuna en el cartografiado de mi cerebro para extraer información en beneficio propio, difícilmente van a gastarse un montón de dinero para respetar la integridad de mi personalidad. La memoria natural humana nunca ha dispuesto de razones que la impulsaran a dirigir su evolución hacia la meta de ser fácilmente reversible: eliminar un fragmento de conocimiento dado dejando intacto todo lo demás supone enfrentarse a una ingente tarea de proceso de datos. La única forma de ser concienzudo sin gastar demasiado dinero es hacer un corte lo bastante grande.

    Muerto, con el cerebro borrado, o libre. En orden de probabilidad decreciente, claro. Bien, ¿cómo puedo cambiar las probabilidades? ¿Cómo puedo esperar descubrir —o inventar— una razón para que mis captores me mantengan vivo e intacto, cuando sigo sin saber quiénes son y qué están haciendo? ¿Y de dónde voy a sacar esa razón cuando no dispongo de medios para recoger datos?

    Sigo teniendo las instantáneas de Culex dentro de mi cabeza. Vuelvo a examinarlas una a una, por si acaso se me había pasado por alto algo crucial. Todos los planos de las estaciones de trabajo están repletos de información, pero las secuencias de ADN, los modelos de proteínas y los mapas neurales no significan gran cosa para mí. Puedo «leerlos» —en el sentido en que un niño puede ir pronunciando las distintas letras de un texto, por muy difícil que sea éste—, pero nunca podré reconocer ninguna de las estructuras representadas, y mucho menos deducir algo de su función o contexto.

    Vuelven a darme de comer. El guardia es relevado. Barajo los hechos durante horas, pero nada nuevo cristaliza a partir de las contradicciones. La fuga sigue siendo tan improbable como siempre. Atacar al guardia sería un suicidio, y saltar por la ventana y caer a la calle supondría una reducción casi imperceptible de las probabilidades de morir..., pero probablemente recibiría un disparo antes de haber recorrido la mitad de la distancia. Y a medida que las posibilidades se van reduciendo, A3 parece estar introduciéndome en un estado de indiferencia desapasionada que se va volviendo más y más profundo. Quiere que obtenga más datos..., pero sabe que no puedo hacerlo. Pretende que me concentre en estrategias de supervivencia plausibles..., pero admite que no existen. ¿Qué hará cuando todas sus metas hayan sido descartadas, cuando todos sus elaborados criterios de optimización hayan sido convertidos en meras ficciones carentes de significado? ¿Autodesconectarse? ¿Darse por vencido? ¿Permitir que elija por mi cuenta entre opciones igualmente fútiles?

    Hacia el anochecer, el hombre que me llevó al interrogatorio ayer entra en la habitación y lanza unas esposas sobre la cama.

    —Póngaselas por detrás de la espalda.

    ¿Y ahora qué? ¿Otro interrogatorio? Me levanto y cojo las esposas. El otro guardia alza su arma hacia mi frente y la pone en automático.

    —¿Adónde me llevan?

    Nadie replica. Titubeo, y acabo poniéndome las esposas. El primer hombre saca una cápsula hipodérmica de un bolsillo y viene hacia mí. A estas alturas todo empieza a parecerme familiar.

    Oh, claro. La vieja rutina de siempre. Nada que temer. Y es la mejor forma de hacerlo, ¿verdad? La cápsula tiene el mismo color azul pálido que antes, pero los dedos del hombre ocultan el código de identificación.

    —¿No pueden decirme adónde voy?

    El hombre no me caso y le quita el tapón a la cápsula. Me mira a los ojos, pero los módulos han podado su personalidad hasta tal punto que detrás de sus pupilas ya no queda nada que pueda delatarle.

    —Yo sólo...

    El hombre pone dos dedos sobre mi cuello y me estira la piel.

    —Quiero volver a hablar con la mujer que les da las órdenes —digo con voz firme y tranquila—. Hay algo que no le dije. Es algo importante que debo explicarle.

    Ninguna reacción. El amia sigue en automático: si intento ofrecer resistencia, moriré. La aguja entra en la vena. Lo único que puedo hacer es esperar.

    Abro los ojos, parpadeo unas cuantas veces y contemplo el techo brillantemente iluminado, y después miro a mi alrededor. Ni siquiera me han llevado a otro sitio. Pero estoy desactivado. Son las 16:03 del 7 de enero. La silla del guardia, todavía en su sitio, está vacía.

    Permanezco totalmente inmóvil durante un rato, sintiéndome entumecido y desorientado. Cuando intento levantarme, descubro que me encuentro más débil de lo que creía: me siento en el borde de la cama, con la cabeza apoyada en las rodillas, e intento poner un poco de orden en mis pensamientos.

    Una oleada de claustrofobia sofocante recorre todo mi ser. «Habría muerto como un buen robotito obediente», pienso. Eso es lo más horrible de todo: la forma en que, a cada paso del camino, fui aceptando sin inmutarme la pérdida de todas las esperanzas y el estrechamiento de las posibilidades. «Si me lo hubieran pedido, habría cavado mi propia tumba.»

    Pero no me lo pidieron. Así pues, ¿por qué sigo vivo? ¿Para qué me han sedado? Si mi memoria ha sido manipulada, han hecho un trabajo impecable, lo cual es una hazaña improbable para un solo día. (Aunque también pueden haber dedicado un año entero a ese trabajo, en cuyo caso todo lo que me pueda persuadir de lo contrario sólo es una simulación.)

    El ruido de la cerradura al abrirse hace que levante la mirada hacia la puerta. El guardia que me inyectó ayer entra en la habitación: va armado, pero su arma está enfundada, como si supiera en qué estado me encuentro. «Quizá hayan disuelto mis módulos activadores.» Interrogo a A3 y descubro que todavía existe. Estoy a punto de invocarlo, pero al final decido no hacerlo.

    El guardia me arroja algo. Ni siquiera intento pillarlo al vuelo, y el objeto cae junto a mis pies. Es una llave magnética.

    —Es para la puerta principal —dice.

    Lo miro. El hombre casi parece avergonzado: fueran cuales fuesen los módulos de comportamiento que había estado utilizando antes, yo diría que ahora se encuentran desactivados. Coge la silla del rincón, la coloca junto a la cama y después se sienta en ella.

    —Tómatelo con calma, ¿de acuerdo? Me llamo Huang Qing. Tengo algo que decirte.
    —¿Qué?

    Tengo la impresión de que ya conozco la respuesta a esa pregunta.

    Y vuelvo a pensar en la activación —para amortiguar el golpe, para no entrar en estado de shock—, pero de repente pienso que probablemente no hay necesidad de recurrir a ella.

    —Has sido reclutado por el Conjunto —dice Huang, hablando muy despacio y en un tono casi cauteloso.
    —El Conjunto.

    La frase danza por el interior de mi cabeza, accionando interruptores y pulsando botones. Durante un instante, toda esa brillante maquinaria nueva se vuelve claramente visible y queda perfectamente delineada, separada del resto y comprensible, aunque eso quizá no sea más que una ilusión, un efecto secundario, un pequeño fallo momentáneo. En cualquier caso, un segundo después la revelación (o espejismo) ya ha desaparecido, y vuelvo a ser tan incapaz de describir detalladamente lo que se me ha hecho como lo sería de determinar, mediante la introspección, qué neuronas controlan mis funciones intestinales o los latidos de mi corazón.

    —¿Te encuentras bien?
    —Estoy perfectamente.

    Y es cierto. Siento una especie de horror abstracto y una indignación tan remota que más parece un vago acto reflejo que una emoción, pero el puro y simple alivio que acompaña a la revelación final de mi destino, y a la comprensión de su sentido, es muchísimo más intenso.

    Así que cuando la mujer hablaba de «las medidas estrictamente necesarias» se estaba refiriendo a esto, ¿verdad? Estoy vivo. Mi memoria sigue intacta. No me han quitado nada..., pero han añadido algo.

    No tengo ni idea de qué es el Conjunto, pero sí que es lo más importante de mi vida.


    SEGUNDA PARTE
    5


    DESPUÉS DE QUE HUANG se haya ido, dedico unos cuantos minutos a vagar por el piso, haciendo una lista mental de las cosas que tendré que comprar. La ropa que llevaba puesta cuando me introduje en el edificio de DBI ha sido destruida, pero la cartera me ha sido devuelta, intacta. De repente me acuerdo de que todavía tengo ropa en mi habitación del Renacimiento. Cojo la llave de la puerta principal, me la meto en el bolsillo y bajo la escalera, y después busco la placa de una calle y me oriento. Estoy a pocos kilómetros al sur del hotel, así que decido ir andando.

    No puedo evitar imaginarme qué estaría haciendo en estos momentos si mis antiguas prioridades todavía existieran, y el nuevo módulo no hace nada para censurar dichas especulaciones. Distintos escenarios pasan velozmente por mi cabeza, fantasías absurdas de «vencer» al módulo mediante algún heroico esfuerzo de voluntad durante el tiempo suficiente para ponerme en manos de un neurotécnico que pueda devolverme la libertad. No me cabe duda de que eso es lo que «habría» querido hacer, pero estoy igualmente seguro de que ya no es lo que quiero hacer ahora. La disparidad es irritante, pero tampoco me resulta totalmente nueva: mis metas degradadas se agitan en las profundidades de mi mente como los espasmos de una conciencia culpable, insistentes pero muy poco sinceros.

    La humedad es asfixiante y las calles están llenas de gente. Serpenteo por entre las multitudes de la noche del sábado, abriéndome paso a través de ellas con una tranquila persistencia casi mecánica. Atravieso el torrente humano de una pandilla juvenil, sesenta o más adolescentes de ambos sexos, todos con idénticas expresiones burlonas que han tomado como modelo a la misma estrella de un vídeo de culto, todos con los mismos tatuajes luminiscentes repitiendo una y otra vez las mismas pautas psicodélicas en perfecta sincronía. Déjá vu me informa de que no están buscando jaleo, y me dice que sólo quieren ser vistos.

    Cuando llego al hotel no tengo ninguna razón para quedarme en él. Hago el equipaje con rapidez y pago la cuenta. Durante el trayecto de regreso, y sin saber demasiado bien por qué, doy un rodeo para pasar por el aeropuerto. En parte debe ser curiosidad por averiguar si estoy siendo seguido o monitorizado, como si quisiera llegar a saber hasta dónde llega la fe que DBI ha depositado en mi persona. Acaricio la idea de entrar en la terminal de pasajeros y comprar un billete, sólo para ver si alguien me detiene, pero de repente pienso que sería una niñería y sigo andando.

    Casi espero empezar a oír voces o tener visiones, aunque sé muy bien que esas técnicas tan toscas ya han dejado de utilizarse. Los módulos de lealtad no se dedican a susurrarte propaganda desde el interior de tu cráneo. No te bombardean con imágenes del objeto de devoción al tiempo que estimulan los centros de placer de tu cerebro, y tampoco te agreden con el dolor y las náuseas si te apartas del camino del pensamiento correcto. No nublan tu mente con euforias insensatas o paroxismos de fervor fanático, y tampoco te manipulan para que aceptes una sofisticada estructura casuística tan engañosa como elegante. No hay lavado de cerebro, acondicionamiento o persuasión. Un módulo de lealtad no es un agente del cambio, sino el producto final, un fait accompli. No es una causa que te impulsa a creer, sino la mismísima creencia hecha carne..., o mejor dicho, la carne hecha creencia.

    Lo que es más, las neuronas involucradas han sido «selladas», lo que las ha vuelto físicamente incapaces de experimentar nuevos cambios. La convicción es inatacable.

    No consigo decidir si el saber todo esto vuelve mi estado más extraño o menos. El módulo no intenta impedirme pensar en sus efectos y, presumiblemente, sus diseñadores consideran que las ventajas de permitirme entender lo que ha sucedido son tan grandes que permiten pasar por alto la aparición de cualquier posible conflicto entre la sinceridad de mis sentimientos y la conciencia de sus orígenes. Después de todo, si no tuviera ni idea de por qué el Conjunto me inspira tales emociones, probablemente enloquecería intentando averiguarlo. El módulo podría haber sido diseñado para ocultarse a sí mismo, así como para que adoptara ciertas medidas que ni siquiera me permitirían preguntarme qué me había cambiado, pero ese tipo de censura puede ser bastante difícil de instaurar a menos que podes la personalidad del usuario hasta tales extremos que el resultado final será un estado lindante con la idiotez. En vez de eso, me han dejado con la memoria y la razón intactas (hasta donde yo puedo ver, al menos) y, de esa manera y gracias a ello, soy libre de encontrar mi propia manera de aceptar la nueva situación.

    Huang me ha explicado que el Conjunto es una alianza internacional de grupos de investigación. DBI es uno de los líderes de esa alianza. El trabajo que están llevando a cabo es realmente revolucionario, y yo voy a interpretar un pequeño papel en el complicado proceso que permitirá que siga adelante. Todavía me encuentro bajo los efectos de un leve estado de shock, pero a medida que se va disipando, empiezo a darme cuenta de lo emocionante que me parece dicha perspectiva. El Conjunto es muy importante para mí, y el hecho de que esa importancia tenga su origen en la acción de unas nanomáquinas que han recableado parte de mi cerebro, en vez de surgir de razones más tradicionales, no afecta para nada a esa realidad primordial.

    Oh, sí, manipular el cerebro de alguien en contra de su voluntad es un acto horrible y repugnante —generalmente hablando—, pero si se hace por el bien de algo tan vital como la seguridad del Conjunto, entonces está totalmente justificado. Y hace veinticuatro horas DBI y yo éramos adversarios, desde luego, pero no puede decirse que eso constituyera los cimientos de mi personalidad. Sigo siendo la misma persona que he sido siempre, y lo único que pasa es que ahora tengo una nueva carrera y nuevas lealtades.

    Más por la distracción que por el hambre, hago una parada para comer algo en un salón de comidas pequeño y lleno de gente. Descubro que cuanto más tiempo paso sin diseccionar mi situación, algo que después de todo no me sirve de nada y no parece tener ningún sentido, más aceptable me parece ésta.

    «¡Voy a trabajar para el Conjunto! ¿Qué más podría querer?» Y quizá esto sea condicionamiento después de todo —con el módulo recompensándome por adoptar la actitud correcta—, pero no lo creo. Acabar hartándose de analizar las razones de la felicidad seguramente tiene que ser la más natural de todas las respuestas humanas.

    Vuelvo al piso poco después de la medianoche.

    —Dime una cosa: ¿estás enamorado o te ha dado por la religión? —me pregunta Karen.

    Le digo que se vaya.

    «Los módulos de lealtad sólo son unos asquerosos parásitos de la mente —pienso acostado en la oscuridad, sin poder evitar que mi mente haga un nuevo intento de entender lo sucedido—. Pero el Conjunto está haciendo un trabajo muy importante y debe protegerse. Sé que han hecho exactamente lo que tenían que hacer.
    »¿Y por qué pienso que su trabajo es tan importante cuando ni siquiera sé de qué se trata? Debido al módulo de lealtad, naturalmente.» Saber que mis sentimientos me han sido impuestos físicamente no los hace menos potentes. Una parte de mí lo encuentra paradójico; otra parte lo encuentra obvio. Puedo dedicarme a contemplar esta contradicción hasta que me vuelva loco —o hasta que empiece a parecerme de lo más normal y cotidiana—, pero no puedo hacer nada para cambiarla.

    Y no creo que acabe enloqueciendo. He vivido con A3. He vivido con Karen. Hasta ahora nunca me habían impuesto un módulo por la fuerza, pero el principio es el mismo. En lo más profundo de mi ser, ya hace mucho tiempo que acepté la innegable realidad de que no puede haber nada más anatómico que mis emociones, mis deseos y mis valores. A ese nivel, no hay paradojas, contradicciones o problemas. La porción de carne contenida dentro de mi cráneo ha sido sometida a un proceso de reorganización, y eso lo explica todo.

    ¿Y en el mundo de los deseos y los valores? Quiero servir al Conjunto, y en toda mi vida anterior jamás había querido algo con tanta intensidad. Lo único que he de hacer es encontrar una forma de reconciliar esta realidad con mi concepto de quién soy.


    ****

    Huang vuelve por la mañana para ayudarme a organizarme. Con DBI como mis patrocinadores, la inmigración es una mera formalidad. Recurro a los servicios de una empresa de mudanzas para que me envíen el contenido de mi piso en Perth. Unos cuantos segundos bastan para alterar la nacionalidad de mis cuentas bancarias y la dirección física primaria de mi número de comunicaciones.

    Mi cliente debería llamarme el doce para que le presente el informe quincenal. Cargo La centralita nocturna con un mensaje —que será activado por la contraseña que recibí durante nuestro primer contacto (y que el módulo conoce, pero yo ignoro)— en el que explico que he dejado el caso por problemas de salud y solicito un número de cuenta para poder devolver mis honorarios.

    Mientras voy atando cada uno de los cabos sueltos de mi antigua existencia, veo con mayor claridad hasta qué punto era más lógico reclutarme en vez de matarme. De esta manera no hay ningún cadáver del que librarse, ninguna pista de datos que borrar y ninguna investigación policial que deba ser desviada por el camino equivocado. El único engaño que requiere se reduce a unas cuantas mentiras inofensivas y, puestos a hablar de un crimen perfecto y si ya cuentas con la sincera colaboración de la víctima, ¿qué más puedes pedir?

    Esa tarde, Huang me acompaña en un rápido recorrido por DBI.

    La firma cuenta con unos cien empleados, la mayoría de ellos técnicos y científicos, pero sólo se me explica una pequeña parte de la estructura de la organización. Chen Ya-ping (la mujer que me interrogó) se encarga de la seguridad, pero también tiene ciertas obligaciones administrativas y científicas y la denominación oficial de su cargo es la de Directora de Servicios de Apoyo. Vuelve a interrogarme —esta vez sin que un arma me apunte a la cabeza—, y parece un poco decepcionada al ver que mi historia no experimenta casi ningún cambio. El único aspecto en el que puedo confesar haber mentido es el concerniente a mis especulaciones sobre las razones ocultas detrás del secuestro, y cuando describo las dos teorías que hasta ahora me había guardado para mí, Chen no me proporciona ninguna indicación de hasta qué punto he podido aproximarme a la verdad. Reprimo mi desilusión: el Conjunto lo es todo para mí, y quiero saberlo todo sobre ellos..., pero con módulo de lealtad o sin él, soy consciente de que voy a tener que ganarme su confianza.

    Después me enseña algunos lujosos materiales de promoción sobre ciertos descubrimientos revolucionarios que se supone asegurarán que su sistema informático sea invulnerable a los camaleones de datos. Con el mayor tacto posible, le informo de que los últimos modelos de camaleones, que saldrán al mercado a finales de mes, volverán totalmente obsoletas cualquiera de esas caras mejoras. Y aunque no puedo ofrecerle la posibilidad de incluirla en la lista de publicidad de los fabricantes de los camaleones —que aplican un concienzudo sistema de veto a todas las solicitudes de ingreso—, le prometo que le transmitiré cualquier nueva información apenas llegue a mis manos.

    El departamento de seguridad sólo está integrado por cuatro personas, y ya las había visto antes. Además de Huang Qing, están Lee Soh Lung (que me drogó en el sótano) y Yang Wenli y Liu Hua (que me vigilaron en mi piso). Lee, la más antigua, es responsable de los detalles del funcionamiento cotidiano y se encarga de explicarme en qué consiste su trabajo. Siempre hay dos guardias de servicio, veinticuatro horas al día y siete días a la semana: ahora que somos cinco, cada turno pasará a durar nueve horas y treinta y seis minutos. Mi turno abarcará desde las 19:12 hasta las 04:48, y empezaré esta misma noche.

    Después de que haya anochecido llamo a mis padres, que están viajando por Europa, y consigo localizarlos en Potsdam. Parecen aliviados al saber que por fin he encontrado un empleo estable. En cuanto a lo de trasladarme al norte, bueno, ¿por qué no?

    —Dicen que NHK está lleno de oportunidades, ¿verdad? —comenta distraídamente mi madre. Alemania, me cuentan, se está volviendo un poco peligrosa: el Frente Independista de Sajonia ha reanudado sus voladuras de trenes.

    Huang está de servicio conmigo hasta la medianoche, y paso todo el turno activado. Mis cuatro colegas disponen de Centinela, que básicamente es un equivalente comercial de A3. (No intento averiguar nada más al respecto porque, aunque soy muy curioso, no quiero poner nervioso a nadie preguntando si hay alguien más que tenga implantado un módulo de lealtad.) Aparte de los recorridos de patrulla sin horario fijo por el edificio y los jardines —cuya frecuencia, me dice Huang, ha sido incrementada desde mi incursión— no tenemos gran cosa que hacer, porque incluso las imágenes de las cámaras de vigilancia están siendo monitorizadas por los programas. Aun así, nuestra presencia dista mucho de ser una mera redundancia —por sí solo, ningún ordenador habría podido impedir que saliera del edificio con Laura aquella noche—, pero el hecho de ser potencialmente indispensable no ayuda a mantenerte ocupado. Cuando no estamos patrullando matamos el tiempo jugando a las cartas o al ajedrez, pero Huang —quince años más joven que yo— tiene ciertas ideas un tanto anticuadas. «Si estás haciendo algo, siempre te mantienes más alerta. Y además, cada minuto de tu vida que pasas en la modalidad de vigilancia vale por dos.»

    Otros empleados también trabajan de noche, pero apenas tenemos contacto con ellos. Por lo menos había acertado en una cosa: la habitación de Laura dispone de su propio sistema de vigilancia independiente, y los miembros del equipo que la estudia se van relevando durante las veinticuatro horas del día. Disponen de medio piso para ellos solos, y lo han llenado de equipos informáticos. Unos cuantos saludan a Huang cuando pasamos por allí, pero la mayoría ignora nuestra presencia. Echo un vistazo a las pantallas de las estaciones de trabajo: algunas muestran mapas neurales mientras que otras están llenas de fórmulas, y una muestra un diagrama de la habitación del sótano..., durante un momento, antes de que su usuario pase a otra tarea. Empiezo a preguntarme cómo habría terminado mi intrusión si Culex hubiera captado esa imagen, pero ahora ya no tiene ningún sentido pensar en ello.

    A medianoche, Lee ocupa el lugar de Huang. Comparada con él Lee es bastante taciturna, y A3 responde a ello incrementando el nivel de la modalidad de vigilancia. No es que deje de ser consciente del paso del tiempo, sino que ya no me afecta. Cuando Yang llega para relevarme, no siento ni sorpresa ni alivio y, en realidad, no siento absolutamente nada.

    De camino al metro, me desactivo. La disolución gradual de las restricciones de A3 hace que experimente un momento de desorientación, y me detengo para observar lo que me rodea: las serpenteantes calles vacías; las masas cuadradas de cemento de los laboratorios y factorías; el cielo teñido por el gris que anuncia la proximidad del alba. El aire es fresco y limpio. Descubro que estoy temblando de alegría.


    ****

    Huang Qing vive a un par de kilómetros al oeste de mi piso. Comparte un piso con su novia, Teo Chu, que es músico e ingeniero de sonido. Una mañana me invitan a su casa y escuchamos el último ROM de Chu, hipnóticamente hermoso, lleno de extraños ritmos entrecortados, silencios mesurados y repentinas subidas tímbricas. Chu me explica que se ha inspirado en la música tradicional camboyana.

    Los dos vinieron aquí como refugiados, pero ninguno procede del antiguo Hong Kong. Huang nació en Taiwán. Casi todos sus familiares habían sido funcionarios en la administración nacionalista, y once años después de la invasión todavía les estaba prohibido acceder a la mayoría de empleos. Huang tenía cinco años cuando se fueron al sur. Los piratas abordaron su embarcación y mataron a varias personas.

    —Nosotros tuvimos suerte —dice—. Se llevaron el equipo de navegación y destrozaron los motores, pero no lograron encontrar toda el agua potable. Unos días después nos tropezamos con una patrullera que había salido de Mindanao, y nos remolcaron hasta allí para que pudiéramos hacer las reparaciones necesarias. Por aquel entonces Filipinas mantenía una firme postura anti-República Popular China, y fuimos tratados como héroes.

    Chu nació en Singapur. Su madre, que era periodista, lleva ocho años encerrada en una cárcel de Singapur sin que nadie le haya aclarado por qué razón fue encarcelada. Cuando el arresto tuvo lugar, Chu estaba estudiando en la universidad de Seúl, y desde entonces no le habían permitido volver a Singapur. Fue concebida partenogenéticamente, así que no tiene padre. Envía dinero a sus abuelos para financiar la batalla legal de su madre pero, hasta el momento y con la regularidad de un mecanismo de relojería, los tribunales han ido renovando la orden de detención cada dieciocho meses.

    Dudo que Chu sepa que DBI está involucrada en el secuestro, por lo que me muestro muy circunspecto a la hora de hablar de la ruta que me ha llevado a NHK. Huang contempla la moqueta mientras voy tejiendo una hábil mentira sobre mis seis años como funcionario de prisiones, después de los cuales fui despedido cuando SI asumió el control de la Corporación de Rehabilitación. Sin Centinela, Huang parece sentirse algo incómodo cuando me tiene cerca, lo cual es comprensible: ahora estoy seguro de que no se le ha implantado el módulo de lealtad, y no sería humano si mi devoción al Conjunto no le pareciese un poquito inquietante. Después de todo él sabe cuál es su causa pero, a diferencia de mí, no sabe hasta qué punto es justa y necesaria. También estoy razonablemente seguro de que ha recibido instrucciones de cultivar mi amistad, lo cual debe ponerle las cosas todavía más difíciles.

    Durante las semanas siguientes, mi nueva vida empieza a parecerme cada vez menos extraordinaria. La curiosidad que sentía por Laura —y por el trabajo del Conjunto en general— no desaparece, pero he de aceptar que mi ignorancia beneficia al Conjunto. Aun así, desearía poder contribuir con algo más que con nueve horas y media al día en calidad de zombi-vigilante nocturno. Ni siquiera sé de quién se supone que estamos defendiendo a DBI, porque después de todo debo de ser la única persona en todo el planeta que estaba seriamente interesada en encontrar a Laura. Incluso suponiendo que mi ex cliente haya contratado a otro investigador, es más que probable es que mi sucesor no haya tenido tanta suerte como yo, ya que la pista de las compras de productos farmacéuticos ha sido borrada. Así pues, ¿quién es el enemigo?

    No tardo en descubrir que no debo invocar a Karen, porque sus comentarios sarcásticos sólo sirven para confundirme y llenarme de ira. Intento asumir el control y tejer fantasías en las que comparte alegremente esta vida conmigo, pero al parecer mis recuerdos sólo pueden ser deformados hasta cierto punto: de hecho, soy literalmente incapaz de imaginármela aprobando aquello en lo que me he convertido. Pero empiezo a soñar con ella incluso sin usar el módulo, y despierto de pesadillas de herejía, con la ferocidad —ya que no con el sentido— de sus diatribas vibrando dentro de mi cráneo. Ordeno a Jefe que la mantenga alejada de mis sueños. Vivir sin ella no resulta nada agradable, pero el Conjunto me da fuerzas.

    De vez en cuando —siempre que intento reunir la energía suficiente para optar por el sueño entre el ruido y el calor de la mañana—, desenvuelvo la contradicción que constituye el núcleo de lo que soy y me dedico a contemplarla una vez más. Siempre está ahí, y nunca cambia. Entonces comprendo, con la misma claridad con la que lo he comprendido siempre, que debería estar «horrorizado» por mi destino..., y, sin necesidad de mentirme a mí mismo, sé que no es así. No me siento atrapado. No me siento violado. Me doy cuenta de que la satisfacción que siento es extraña, irracional e inconsistente, pero, después de todo, en el pasado mis razones para ser feliz tampoco estaban basadas en una elaborada posición lógica o una filosofía cuidadosamente formulada.

    Hay momentos en los que me siento abatido, solitario y perplejo. El módulo de lealtad no responde a ellos dragándome con dosis masivas de éxtasis, porque nunca interviene directamente en mis estados de ánimo. Escucho música, enciendo el holovisor... Dispongo de muchos anestésicos entre los que elegir.

    Pero al final, cuando la música más delicada y dulce se desvanece, cuando la imagen más fascinante se desintegra, me veo obligado a mirar dentro de mí mismo y tengo que preguntarme para qué estoy viviendo. Y ahora, por primera vez, tengo una respuesta que dar a esa pregunta.

    Estoy sirviendo al Conjunto.


    6


    CUANDO CHEN YA-PING me hace acudir a su despacho por primera vez en seis meses, no puedo evitar ponerme un poco nervioso. Mi rutina cotidiana se ha convertido en una parte tan inamovible de mi vida que el mero hecho de usar esa línea de metro que me es tan familiar a una hora que no me resulta familiar hace que me sienta incómodo. Examino mi conciencia buscando incumplimientos de mis obligaciones para con el Conjunto, y los encuentro en tal abundancia que apenas puedo creer que se me haya permitido escapar al castigo durante tanto tiempo. Bien, ¿qué va a ser entonces? ¿Recibiré una reprimenda? ¿Seré degradado? ¿Me despedirán?

    Chen va directamente al grano.

    —Va a ser trasladado a otras instalaciones para desempeñar un nuevo trabajo. Ayudará a proteger a una de las voluntarias.

    ¿Voluntarias? Durante un momento me pregunto si se trata de un eufemismo —si estarán a punto de recibir a otras personas secuestradas que, como Laura, también sufren lesiones cerebrales—, pero entonces Chen me muestra una foto de Chung Po-kwai tomada durante una ceremonia de graduación universitaria, y comprendo que se está refiriendo a algo que no tiene nada que ver con el caso de Laura.

    —Trabajará en un lugar llamado Investigación de Sistemas Avanzados. No todos sus empleados están familiarizados con el tipo de cosas que hacemos aquí, y hay buenas razones para ello: al Conjunto le conviene que el proyecto se mantenga... compartí mentado. Eso quiere decir que nunca deberá hablar de DBI, o de lo que haya llegado a saber durante su estancia aquí, con el personal de ISA. Tampoco deberá hablar del trabajo que llevan a cabo en ISA con ningún empleado de este centro que no sea yo. ¿Ha quedado claro?
    —Sí.

    Y comprendo, sintiendo un alivio tan inmenso que estoy a punto de marearme, que no se me está castigando, y que ni siquiera estoy siendo trasladado a otro sitio porque se me considere un estorbo. Estamos hablando de un puesto de confianza. Estoy siendo ascendido.

    ¿Por qué yo? ¿Por qué no Lee Soh Lung? ¿Por qué no Huang Qing?

    El módulo de lealtad, por supuesto. No soy digno..., pero el módulo me redime.

    —¿Tiene alguna pregunta?
    —¿De qué estaremos protegiendo exactamente a la señora Chung?
    —De ciertas contingencias —responde secamente Chen después de unos instantes de vacilación.


    ****

    Presento mi dimisión en DBI. Chen me proporciona unas referencias inmejorables y el número de una agencia de empleo especializada en personal de seguridad. Los llamo y, casualmente, sus ficheros contienen un puesto absolutamente ideal para mí. Me entrevistan por videófono, y les remito mis referencias y mi currículum. Cuarenta y ocho horas después, ya he sido contratado. Investigación de Sistemas Avanzados ocupa una torre negro azabache con una fachada que imita el polvo de carbón envuelta por una capa de cinco metros de telarañas plateadas: todo es prácticamente invisible, salvo por los cegadores puntitos de luz que aparecen allí donde las microfibras reflejan el sol. Al principio toda esa ostentación arquitectónica me preocupa levemente, como si de alguna manera pudiera invitar al escrutinio, pero eso es absurdo porque, en esta parte de la ciudad, conformarse con menos sólo serviría para atraer la atención. En cualquier caso, es posible que ISA no tenga nada que temer del escrutinio: carecen de vínculos formales con DBI y, por lo que sé, quizá no participen directamente en ninguna clase de actividad ilegal.

    Sus medidas de seguridad harían palidecer de vergüenza a DBI. Hay guardias estacionados en cada nivel, y el control de acceso es tan estricto como el de muchas prisiones. Chung Po-kwai y los otros voluntarios están alojados en apartamentos del piso número trece. Asignarles guardaespaldas personales después de tal despliegue de seguridad parece un puro exceso de precauciones, pero tiene que haber una razón, y este recordatorio de que el Conjunto realmente tiene enemigos después de todo me llena de rabia, y de una nueva determinación de desempeñar mis responsabilidades con la máxima diligencia. Estando activado no siento ira, claro, pero las prioridades establecidas por mi yo anterior todavía perduran.

    Tong Hoi-man, el Director de Seguridad, me informa sobre mis obligaciones y rellena las solicitudes para proporcionarme los nuevos módulos que voy a necesitar en mi trabajo, y que me permitirán acceder a los elaborados protocolos de seguridad de ISA. Haré tumos de doce horas, de seis de la tarde a seis de la madrugada. El horario de Po-kwai variará: a veces estará en los laboratorios hasta última hora de la noche, y en otras ocasiones pasará uno o dos días descansando. Pero estará siempre dentro del edificio, lo cual va a simplificar inmensamente mi trabajo.

    El día antes de mi incorporación me siento nervioso, pero animado. He dado un paso más hacia el misterio que se oculta en el corazón del Conjunto. Pensar que algún día se me llegará a confiar toda la verdad quizá sea una muestra de arrogancia por mi parte..., pero Chen conoce toda la verdad, ¿no? Y Chen no tiene ningún módulo de lealtad, estoy seguro de ello.

    Y, finalmente, desentierro mis viejas teorías sobre el secuestro de Laura. Después de meses de permitir que mi imagen del Conjunto fuera volviéndose cada vez más abstracta, empezar a imaginar posibilidades concretas, específicas y mundanas resulta un poco inquietante. Pero ¿de qué tengo miedo? ¿De que la verdad pueda devaluar el ideal? Sé que eso es imposible. Cualquier cosa que pueda estar haciendo el Conjunto, por muy prosaica que pueda parecer, seguirá siendo su obra y su trabajo..., y, en virtud de ello, la actividad más importante del planeta.

    Ahora la mayoría de mis ideas originales pareen absurdas. No puedo creer que un equipo de investigación mulitidisciplinaria internacional fuera creado únicamente para investigar los daños cerebrales congénitos causados por alguna oscura empresa farmacéutica. Incluso suponiendo que las responsabilidades potenciales del fabricante fueran a medirse en miles de millones, no veo por qué iban a gastar una cantidad similar meramente para estudiar el problema, cuando sería mucho más barato —y más fiable— encontrar alguna forma de sabotear ese futuro pleito.

    Sólo existe una teoría que siga teniendo sentido, y es la de Laura como genio de la fuga. Y ya que sigo siendo incapaz de conseguir imaginar cómo puede operar su hipotético talento, entonces quizá deberé llegar a la conclusión de que soy demasiado estúpido para encontrar una respuesta a dicha pregunta. Laura escapó del Hilgemann. Laura escapó de la habitación interior del sótano. Dispongo de explicaciones alternativas, pero todas son demasiado retorcidas. ¿Qué debo creer que ocurrió la noche de mi intrusión en DBI? ¿Que alguien se dejó abierta la puerta por error, y que Laura salió de su habitación y después cerró la puerta detrás de ella? Dado el diseño de la cerradura, hacer eso sin disponer de una llave sería una hazaña tan colosal como la de escapar.

    Una cosa está clara: si la telequinesis existe, investigarla y encontrar formas de utilizarla podría ser un proyecto digno de una alianza de las dimensiones del Conjunto.

    ¿Y si DBI ha conseguido introducir las habilidades de Laura en un módulo? Entonces ese módulo tendrá que ser probado y utilizado.

    Por voluntarios.


    ****

    —Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Abajo. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba.

    La voz que resuena en la Habitación 619 es tranquila y regular, pero casi con seguridad humana. Pese a la multitud de embellecimientos antropomórficos que han sido añadidos a los sistemas vocales durante los últimos años, todavía tengo que oír cómo a un instrumento científico se le pone ronca la voz debido al exceso de uso.

    La habitación está repleta de módulos de equipo electrónico colocados en estantes, con la fibra óptica de un bus de control serpenteando de una caja a otra. Entre toda esa acumulación, una mujer ya bastante mayor está sentada delante de una consola central con la mirada fija en una gran pantalla repleta de histogramas multicolores. Dos hombres bastante más jóvenes cuyos ojos no se apartan de la pantalla están de pie junto a ella. Metaexpediente (Bóvedas Mentales, 3.950 $) identifica a los tres en una fracción de segundo tras consultar su lista del personal autorizado: son Leung Lai-shan, Lui Kiu-chang y Tse Yeung-hon, y siempre hay que dirigirse a ellos empleando el tratamiento de «doctor». El doctor Lui vuelve la cabeza hacia mí durante una fracción de segundo y después dirige nuevamente la mirada hacia la pantalla, pero sus colegas no me prestan la más mínima atención. Chung Po-kwai no está visible, pero supongo que la voz que sale del sistema de audio es la suya.

    —Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Abajo. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba.

    Entonces veo a su otro guardaespaldas, Lee Hing-cheung, inmóvil junto a una puerta interior delante de la que flota un holograma rojo suspendido a la altura de los ojos: PROHIBIDA LA ENTRADA. Nos estrechamos la mano, y mi copia de Metaexpediente —a través de Red roja y de las células transceptoras infrarrojas de nuestras palmas— mantiene un rápido diálogo codificado con su gemela instalada dentro del cráneo de Lee, proporcionándonos a ambos otra confirmación de la identidad de cada uno.

    —Cómo me alegro de verte... —murmura Lee—. Cinco minutos más de esta mierda y empezaré a comerme la moqueta.
    —Abajo. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo.
    —¿Qué quieres decir? Llevas Centinela, ¿no?
    —Claro. Pero no te sirve de nada. —Le lanzo una mirada interrogativa y Lee parece disponerse a añadir una explicación, pero entonces cambia de parecer y se limita a sacudir la cabeza con expresión abatida—. Ya lo descubrirás.
    —Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba.
    —¿Sabes qué es lo que está haciendo ahí dentro? —pregunta Lee.
    —No. —Pues está sentada en la oscuridad, contemplando una pantalla fluorescente y anunciando en qué dirección se desvían los iones de plata dentro de un campo magnético.

    No se me ocurre ninguna respuesta inteligente, así que me limito a asentir.

    —Te veré dentro de doce horas.
    —Muy bien.

    Me coloco junto a la puerta, pero no puedo evitar lanzar otra mirada a las imágenes de esa pantalla que los científicos parecen encontrar tan fascinante. Los histogramas tiemblan y ondulan pero, a la larga, hasta el último de ellos parece estar conservando su forma básica: en promedio, las fluctuaciones parecen contrarrestarse las unas a las otras y acaban cancelándose. Supongo que eso significa la dispersión de los iones de plata está superando todas las elaboradas comprobaciones de aleatoriedad representadas por esos gráficos, sean cuales sean exactamente éstas.

    Si hay algo de verdad en mis conjeturas acerca del módulo de telequinesis, entonces Chung Po-kwai está intentando perturbar esa aleatoriedad, para lo cual intenta desviar el movimiento de los iones en una dirección o, para decirlo de otra manera, aprende a usar sus nuevas capacidades con los objetivos más diminutos posibles. Pero no entiendo por qué está anunciando personalmente los datos. Los ordenadores tienen que estar siguiendo el experimento a través de sus propios detectores, así que no comprendo por qué los científicos han impuesto la presencia de una voluntaria que se encarga de proporcionar ese comentario de viva voz.

    Los histogramas parpadean hipnóticamente, pero no estoy aquí para divertirme observando los experimentos. Giro sobre mis talones para no ver la pantalla..., y no tardo en descubrir que las palabras, por sí solas, son igualmente capaces de distraerte.

    —Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba.

    Una parte de mi cerebro se concentra en cada pauta transitoria, cada nuevo falso ritmo..., y cuando la pauta se desintegra y el ritmo se esfuma, hace un esfuerzo todavía más grande para discernir a sus sucesores.

    —Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo.

    Estando activado, debería ser capaz de ignorar todo este espectáculo y mantenerlo fuera de mi campo de atención. Pero, por increíble que pueda parecer, descubro que no soy capaz de hacerlo. Lee tenía razón, y A3 resulta tan poco efectivo como Centinela. No puedo dejar de escuchar.

    —Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Abajo. Abajo. Abajo. Arriba. Abajo. Abajo. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Abajo.

    Lo peor de todo es que —sin quererlo, pero de manera compulsiva— de repente descubro que estoy intentando adivinar cada dirección un instante antes de que sea anunciada. No, peor aún: estoy intentando cambiarla. Lo que estoy haciendo es tratar de imponer un cierto orden. Si no puedo dejar de oír este canturreo carente de significado, entonces lo único que puedo hacer es intentar deformarlo para que adquiera algún sentido.

    Chung Po-kwai, me imagino, siente lo mismo.


    ****

    Cada sesión dura quince minutos, con un descanso de diez minutos entre sesión y sesión. Po-kwai sale de la habitación de los iones —llevando unas gafas de sol del tipo banda para evitar que sus ojos pierdan una parte excesiva de su adaptación a la oscuridad— para tomar un poco de té, estirar las piernas y tabalear fragmentos inconexos de extraños ritmos con las puntas de los dedos sobre las carcasas del equipo. Habla conmigo un momento, por primera vez, pero después conserva la voz. Los científicos, ocupados examinando sus datos y llevando a cabo ciertas esotéricas pruebas estadísticas, no nos prestan la más mínima atención.

    Cada vez que se reinicia el experimento, decido obligarme a ignorar el insidioso canturreo aleatorio: después de todo, A3 quizá me haya fallado pero, activado o no, todavía debería conservar algunos vestigios de mi autocontrol original. No lo consigo, pero al final cambio de táctica y logro alcanzar una especie de nuevo equilibrio que me permite dejar de agravar el problema esforzándome, en vano, por acceder al estado de vigilancia perfecta al cual estoy acostumbrado.

    Los científicos no parecen afectados, pero después de todo ellos no están oyendo ruido sino datos y, en consecuencia, no se encuentran sometidos a ninguna obligación de tratar de ignorarlo.

    No me parece que los resultados vayan mejorando a medida que progresa el experimento, pero me doy cuenta de algo bastante curioso en lo que no me había fijado antes: los histogramas están cambiando después de que las direcciones sean anunciadas. Eso resulta más fácil de ver cuando una serie de iones mantiene la misma dirección: entonces la mayoría de los histogramas se van inclinando hacia un lado, y la tendencia no se invierte hasta que el ion que interrumpe la serie ha sido anunciado. Pero si los ordenadores están obteniendo sus datos directamente del equipo, entonces dicho orden de acontecimientos resulta realmente sorprendente: sean cuales sean los elaborados cálculos necesarios para actualizar los histogramas, es improbable que tarden más de un par de microsegundos en ser llevados a cabo... Y ese período de tiempo es indudablemente inferior al que transcurre entre la percepción visual de un destello luminoso y el anuncio de que ha ido hacia «arriba» o hacia «abajo». ¿Qué significa eso? ¿Que los ordenadores no están conectados al experimento? ¿Están obteniendo sus datos de segunda mano, escuchando las palabras de Chung Po-kwai? Eso no tendría ningún sentido. También cabe la posibilidad de que a los científicos les resulte más fácil seguir los resultados de esa manera, y por eso han programado un retraso intencional.

    La doctora Leung finalmente da por terminado el experimento a las 20:35. Mientras los tres permanecen inclinados sobre la consola, discutiendo la sensibilidad del sexto momento de la distribución del binomio, Po-kwai atrae mi atención con un suave codazo.

    —Me muero de hambre —susurra—. Salgamos de aquí.


    ****

    Una vez en el ascensor, Po-kwai saca de un bolsillo un pequeño aerosol para la garganta y se administra una dosis.

    —Durante el experimento no me está permitido usarlo —explica a continuación—. Lleva montones de analgésicos y antiinflamatorios, e insisten en que no debo contaminar los resultados usando fármacos. —Tose unas cuantas veces, y cuando vuelve a hablar la ronquera ya ha desaparecido—. ¿Y quién soy yo para llevarles la contraria?

    El piso número dieciocho de la torre de ISA cuenta con su propio restaurante privado, y Po-kwai me informa con alegre jovialidad de que su contrato incluye acceso gratuito e ilimitado a la comida. Introduce su tarjeta de identificación en una ranura de la mesa, y aparecen sobre la superficie del tablero varios menús ilustrados. Po-kwai pide rápidamente y después alza la cabeza hacia mí para lanzarme una mirada de perplejidad.

    —¿No va a comer nada?
    —No mientras estoy de servicio.

    Se ríe, llena de incredulidad.

    —¿Va a aguantar doce horas de ayuno? No sea ridículo. Lee Hing-cheung comía cuando estaba de servicio. ¿Por qué no puede comer usted?

    Me encojo de hombros.

    —Supongo que usamos módulos distintos. El módulo que controla mi metabolismo ha sido diseñado para supervisar cortos períodos de ayuno y, de hecho, cuando no le complico las cosas comiendo no necesita hacer un esfuerzo tan grande para mantener el nivel óptimo de azúcar en la sangre.
    —¿Qué quiere decir con eso de complicarle las cosas?
    —Después de comer, normalmente la producción de insulina aumenta. Esa ligera somnolencia que acompaña a la saciedad, ya sabe... Eso puede ser controlado hasta cierto grado, pero confiar en la conversión de los glicógenos siempre facilita las cosas.

    Menea la cabeza con una expresión entre divertida y desaprobadora, y recorre el restaurante atestado de gente con la mirada. Pequeñas nubes de vapor surgen de cada mesa y son aspiradas por el silencioso tirón de los conductos de ventilación del techo, que las convierten en elegantes columnas.

    —Ya, pero... ¿Y todos estos olores no están haciendo que le entre hambre?
    —La conexión está desactivada.
    —¿Quiere decir que ha perdido el sentido del olfato?
    —No, lo que quiero decir es que los olores no afectan a mi apetito. Todos los gatillos sensoriales y bioquímicos habituales están desactivados. No puedo tener hambre: es imposible, ¿entiende?
    —Ah. —Un carrito robot se detiene junto a nuestra mesa y, con una ágil eficiencia mecánica, deposita sobre ella el primer plato de Po-kwai. Prueba un bocado de lo que creo es calamar, y lo mastica con rapidez—. ¿Y eso no es potencialmente peligroso?
    —En realidad no. Si mis reservas de glicógenos llegaran a descender por debajo de cierto nivel, sería informado de ello mediante un simple mensaje factual del módulo relevante, y sería entonces cuando debería decidir si hago algo al respecto. Siempre es preferible a sufrir punzadas de hambre persistentes, que podrían apartar mi atención de algo más acuciante.

    Po-kwai asiente.

    —Así que ha obligado a su cuerpo a que dejara de tratarlo como si fuera un niño. No más toscos castigos y recompensas para estimular el comportamiento correcto, ¿eh? Los animales quizá necesiten toda esa mierda para sobrevivir, pero nosotros los humanos somos lo suficientemente inteligentes para establecer nuestras propias prioridades. —Vuelve a asentir, aunque de mala gana—. Es una buena idea, sí, y puedo entender su atractivo. Pero ¿dónde fija el límite?
    —¿Qué límite?
    —El límite entre «usted» y «su cuerpo»... Entre aquellos impulsos que acepta como «propios» y los que considera constituyen alguna clase de imposición. ¿Por qué aguantar las molestias del hambre? Oh, lo entiendo y me parece muy bien. Pero ya puestos, ¿por qué dejarse distraer por el sexo? ¿O por qué sucumbir al impulso de tener hijos? ¿Por qué dejarse afectar por la culpabilidad? O por la pena, o por la compasión..., o por la lógica. Si va a establecer sus propias prioridades, siempre debería quedar alguien que pueda tener prioridades. Me mira fijamente, como si —ahora que he sido advertido de los horrores a los que podría acabar conduciéndome— esperase verme subir de un salto a la mesa para renunciar, públicamente y por siempre, a la reducción del apetito. No me atrevo a decirle que, en todos los aspectos, ha llegado demasiado tarde.
    —Todo lo que haces cambia quién eres —digo—. Comer te cambia. No comer te cambia. Rociarte con analgésicos te cambia. ¿Qué diferencia hay entre usar un módulo para desconectar el hambre y usar un fármaco para desconectar el dolor? En realidad es lo mismo.

    Po-kwai menea la cabeza.

    —De esa manera se puede trivializar cualquier cosa, porque en realidad todo «es lo mismo» que algo bastante menos intenso y efectivo. Pero los módulos neurales no «son lo mismo» que los analgésicos. Existen módulos que cambian los valores de las personas...
    —¿Y esos valores nunca habían cambiado antes?
    —Poco a poco. Por buenas razones.
    —O por malas razones. O sin que hubiera absolutamente ninguna razón para que cambiaran. ¿Realmente cree que, de repente y un día cualquiera, el hombre de la calle decide sentarse y se construye alguna clase de filosofía moral meticulosamente racional, y que luego la modifica de la manera correspondiente si y cuando descubre sus defectos? Eso es pura fantasía. La mayoría de seres humanos sencillamente se dejan llevar por lo que ocurre en sus vidas y son transformados por influencias que no pueden controlar. ¿Por qué no iban a alterarse a sí mismos..., si eso es lo que quieren y si eso hace que sean felices?
    —Pero ¿quién es feliz? La persona que usó el módulo no, porque esa persona ya no existe.
    —Esa forma de pensar se ha quedado bastante anticuada. Cambio igual a suicidio, ¿no?
    —Bueno, quizá lo sea. —Se echa a reír—. Y supongo que todo esto sonará a hipocresía pura y simple, ¿verdad? Si un poquito de nanocirugía moral crea una persona totalmente nueva, entonces mi módulo, del que sólo existe un ejemplar, probablemente me convierte en miembro de una especie totalmente nueva y...

    Me apresuro a interrumpirla.

    —No debe hablar de eso aquí.

    Po-kwai frunce el ceño.

    —¿Por qué no? Estamos en un restaurante de la empresa. Toda la gente que está comiendo aquí trabaja para ISA.
    —Sí..., pero los empleados de este edificio están trabajando en veintitrés proyectos distintos e independientes. Los niveles de autorización varían según los empleados y los proyectos, y eso es algo que usted no debe olvidar.
    —Lo único que he dicho...
    —Ya la he oído. Lo siento, pero una parte de mi trabajo consiste en asegurarme de que nadie infringe las normas de seguridad.

    Durante un momento Po-kwai parece enfadarse, pero luego se le pasa.

    —Supongo que eso debería tranquilizarme —dice.
    —¿Por qué?
    —Porque prefiero creer que su trabajo consiste en evitar que abra la boca en el lugar equivocado a creer que realmente necesito un guardaespaldas.


    ****

    El apartamento forma parte de una de las secciones interiores del núcleo del edificio y debido a ello carece de ventanas, pero los hologramas en tiempo real que las sustituyen disponen de una resolución tan soberbia y unos ángulos de visión tan grandes que la diferencia es meramente académica..., salvo por las ventajas que supone en lo referente a la seguridad, por supuesto. Llevo a cabo un rápido registro de cada habitación: unos segundos me bastan para comprobar que no hay intrusos humanos, y tampoco voy a perder el tiempo buscando nada más sutil. Un barrido a fondo para localizar microautómatas duraría una semana y costaría varios centenares de miles de dólares. En cuanto a las nanomáquinas y los virus, mejor olvidarlos.

    Me despido de Po-kwai deseándole que pase una buena noche y me siento en la antesala para montar guardia. No me llega ningún sonido procedente del interior —creo que Po-kwai está leyendo—, y si está ocurriendo algo en los apartamentos contiguos, el aislamiento se encarga de impedir que pueda oírlo. Incluso el aire acondicionado es inaudible. De hecho, lo único que puedo oír es la tenue mixtura de ruidos insectiles —probablemente sintéticos— difundida a través del edificio debido a alguna de esas razones pseudopsicológicas que se ponen de moda periódicamente, y que nos obsequia con una imitación del ambiente ecológico de la Tierra de Arnhem concebida para mantenernos en sintonía con la naturaleza. Teóricamente es aleatoria, pero aun así contiene un nivel de orden lo suficientemente elevado para evitar que llegue a volverse irritante y, en todo caso, A3 puede bloquearla sin ninguna dificultad. Entro en la modalidad de vigilancia. Las horas pasan sin que ocurra nada. Lee llega para ocupar mi sitio.


    ****

    El cántico de Chung Po-kwai invade mis sueños. Ordeno a Jefe que lo bloquee, pero el cántico adopta disfraces y sigue infiltrándose en ellos para inyectar una telegrafía aleatoria de puntos y rayas en cada sonido, cada ritmo y cada movimiento, desde mi yo adolescente cuando está botando una pelota, primero con una mano y luego con la otra: derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, izquierda..., hasta el robot minero del almacén cuando, en un ciclo inacabable, entra en su contenedor y sale de él para volver a entrar y salir, una y otra vez, sin importar que se trate de un tema supuestamente prohibido.

    Fallos en A3, fallos en Jefe... ¿Qué es lo que tengo, un tumor cerebral? Llevo a cabo las comprobaciones de integridad en todos los módulos de mi cráneo, y todos se declaran absolutamente intactos.

    El experimento continúa un día tras otro sin ningún aparente. Po-kwai sigue pareciendo tan paciente y tranquila como siempre mientras anuncia los datos, pero cuando está fuera de la Habitación 619 su jovialidad habitual empieza a adquirir un matiz defensivo, y no tardo en descubrir que hablarle de sus resultados sólo sirve para que se enfade conmigo. En realidad no puedo saber si Leung, Lui y Tse están decepcionados: discuten entre ellos y generalmente lo hacen en mi idioma, pero usan una jerga que encuentro incomprensible. Preguntarles por el proyecto es pura y simplemente impensable, por supuesto, ya que para ellos básicamente sólo soy otro componente del sistema de seguridad del edificio, tan poco merecedor de ser informado de los progresos del experimento como una cámara instalada en el techo o un sensor del pasillo. Y tienen razón, naturalmente, ya que ése debería ser mi papel.

    Pero cuando entro de servicio una noche, me encuentro a solas con el doctor Lui dentro del ascensor.

    —Bueno, Nick, ¿qué opina de su trabajo? —me pregunta con una cierta vacilación después de saludarme con una inclinación de la cabeza.

    Me asombra que sepa cómo me llamo.

    —Me encanta.
    —Ah, me alegro. He oído decir que fue... reclutado de una manera especial.

    Guardo silencio. Si me está prohibido hablar de cualquier asunto relacionado con DBI, difícilmente puedo ponerme a charlar del módulo de lealtad y de las circunstancias que llevaron a su imposición.

    No tardamos mucho en llegar al sexto piso.

    —Yo también fui reclutado así —murmura el doctor Lui un instante antes de que se abran las puertas.

    Sale antes que yo y atraviesa el control de seguridad sin mirar atrás. Mientras lo sigo por el pasillo —unos cuantos pasos por detrás de él, en silencio— tengo la absurda sensación de haberme convertido en una especie de conspirador.


    7


    ARRIBA. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Abajo. Arriba.

    Una serie de diez resultados idénticos es lo suficientemente rara como para atraer la atención, pero no tiene ninguna significación especial. Lanza una moneda diez veces y habrá menos de una probabilidad entre mil de que obtengas diez caras seguidas..., pero lánzala novecientas veces y entonces habrá más de una probabilidad entre tres de que obtengas varias series de diez caras o, como mínimo, una. Lánzala nueve mil veces, y las probabilidades serán de casi noventa y nueve entre cien.

    Echo una ojeada a los histogramas. Algunos han sufrido una clara distorsión después de la serie, pero ya puedo ver cómo empiezan a recuperar sus formas habituales.

    Ya hace tiempo que he dejado de fingir que estoy intentando ignorar los datos. Resistirse al efecto sólo sirve para hacerlo más seductor, y en el improbable caso de que un intruso lograra atravesar el resto de las capas de seguridad e irrumpiera en la Habitación 619, dudo mucho que mi tiempo de reacción experimentara un retraso significativo sólo porque me he permitido percibir la última pauta ilusoria en el canturreo de Chung Po-kwai. Recurrir a esta excusa casi hace que tenga la sensación de estar cometiendo una especie de herejía: los módulos activadores tienen como único objetivo y finalidad el mantenerte en un estado óptimo de preparación, y no debería conformarme con nada que se encuentre por debajo de él. Pero después del aparente fallo que experimentó A3, la palabra «óptimo» ha adquirido otro significado, y no me queda más remedio que aceptarlo. Tanto Lee como yo hemos informado del problema a Tong, pero no saldrá nada tangible de ello: ni Axón (los fabricantes de A3 y Centinela), ni ISA (que está claro dispone de sus propios expertos en módulos, y además parece altamente competente en el tema) van a desperdiciar su tiempo y su dinero investigando un fallo tan insignificante e incomprensible.

    —Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Abajo. Arriba. Arriba. Abajo.

    ¡Dieciséis! Un nuevo récord. Introduzco números en el miniprograma que he escrito para Von Neumann. He estado presente en cuarenta y una sesiones de quince minutos, o treinta y seis mil novecientos eventos, lo cual significa que hay un veinticinco por ciento de probabilidades de que se produzca una serie de dieciséis. Pero no tengo tiempo para pensar en ello, porque...

    —Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba...

    Mi concentración desfallece, y pierdo la cuenta. Vuelvo nuevamente la cabeza hacia los histogramas. Todas las familiares formas zigzagueantes han desaparecido, sustituidas por picos de abertura reducida que no paran de volverse más y más estrechos.

    —Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba. Arriba...

    La doctora Leung se ríe.

    —P está en diez a la menos catorce —dice después—. Creo que tenemos un efecto.

    Lui aparta la mirada de la pantalla, visiblemente abrumado por la emoción. El doctor Tse lo mira y frunce el ceño.

    Y lo más extraño de todo es que en la voz de Po-kwai no hay indicación alguna de que sea consciente de su triunfo. Se limita a seguir anunciando los datos tan pacientemente como siempre..., y el sonido de su voz, incluso ahora que está desprovisto del gancho de la aleatoriedad, sigue siendo tan hipnótico como siempre.

    La serie finaliza tres minutos después, decayendo en el ruido habitual durante el resto de la sesión. Cuando Po-kwai sale del cubículo sin sus gafas oscuras, se queda inmóvil durante un momento en el umbral protegiéndose los ojos con el antebrazo y a continuación recorre la sala con la mirada, pareciendo un poco aturdida.

    Y después pone cara de abatimiento.

    —Felicidades —dice el doctor Tse.

    Po-kwai asiente y murmura un agradecimiento con voz enronquecida. Después se rodea el torso con los brazos y se estremece, y luego parece animarse de repente. Se vuelve hacia mí.

    —Lo he conseguido, ¿no?

    Asiento.

    —Bueno, no se quede ahí. ¿Dónde está el champán?

    La celebración improvisada apenas dura una hora: cuatro personas (y un espectador zombi) no pueden organizar una gran fiesta. Sé que hay doce científicos más y otros nueve voluntarios que trabajan en el proyecto —están listados en Metaexpediente—, pero al parecer la doctora Leung no tiene ninguna prisa por compartir la noticia de su éxito con esos equipos rivales.

    Los científicos hablan de su trabajo, discutiendo planes para llenar la cabeza de su sujeto experimental con trazadores que emitan positrones para confirmar ciertos aspectos del «efecto», pero nada de lo que dicen me proporciona ninguna pista acerca de cómo llega a manifestarse dicho «efecto». Po-kwai está sentada junto a ellos, pareciendo cansada pero contenta, y de vez en cuando se une a la conversación, empleando más jerga que los tres doctores juntos.

    —Bien, por lo menos ahora sé que soy la que importa —murmura después de que hayamos entrado en el ascensor.
    —¿Cómo dice?
    —Pues que no me ha tocado hacer de control. ¿No lo sabía? Por las mañanas, otra voluntaria ha estado haciendo exactamente lo mismo: ella también contaba los iones de la misma máquina Stern-Gerlach. Han recurrido al típico experimento de comprobación: una de nosotras disponía de un módulo placebo mientras que la otra usaba el prototipo, y sólo los ordenadores sabían quién hacía qué... hasta ahora. Pobre mujer. Si yo hubiera tenido que pasar por todo eso para nada, ahora estaría furiosa. —Se ríe—. Bueno, puede que eso fuera lo que acabó inclinando la balanza y quizá por me he salvado de ser el control.

    Le lanzo una mirada llena de perplejidad. Po-kwai sonríe de una manera que me deja muy claro que está bromeando, pero no consigo entender el chiste.

    Salimos del ascensor en el piso número trece después de que Po-kwai haya dicho que está demasiado cansada para comer. Como siempre, inspecciono metódicamente el apartamento. Po-kwai suspira.

    —Dígame una cosa: suponiendo que algún rival de ISA llegara a enterarse de nuestro proyecto y consiguiera acceder a los ficheros que contienen la lista de los voluntarios que disponían del prototipo, ¿realmente cree que se tomarían la molestia de tratar de secuestrar a uno de los sujetos?

    DBI fue capaz de secuestrar a Laura para poder acceder a ese mismo talento que Po-kwai posee ahora. Pero hablar de DBI está prohibido, y Po-kwai no sabe nada sobre Laura: a juzgar por ciertos comentarios que ha hecho, resulta evidente que da por sentado —o se le ha dicho— que el módulo fue diseñado, partiendo de cero, mediante un ordenador.

    Me encojo de hombros.

    —Estoy seguro de que preferirían hacerse con las especificaciones del módulo, pero...
    —¡Exactamente! Eso requeriría diez mil veces menos trabajo que secuestrar a alguien, examinar su mente y...
    —... puede estar segura de que las especificaciones están bien protegidas, así que hacer que la alternativa pareciese más tentadora sería una auténtica locura. No creo que deba preocuparse, pero tampoco que ninguna de estas medidas de seguridad sea una pérdida de tiempo. Nunca se sabe hasta dónde puede estar dispuesto a llegar un competidor. No tengo ni idea de cuál puede ser el valor comercial de ese módulo a largo plazo..., pero imagínese lo que podría llegar a ganar en un casino en una sola noche.

    Se ríe.

    —¿Sabe cuántos átomos hay en un par de dados? Me está pidiendo que incremente el resultado en veintitrés órdenes de magnitud.
    —¿Qué me dice de los sistemas electrónicos? Las máquinas de póker, por ejemplo.

    Menea la cabeza, visiblemente divertida.

    —Ni en un millón de años.

    ¿Y las cerraduras? Quizá también haya que descartar esa posibilidad, y puede que Laura necesitara treinta años para aprender a llevar a cabo ese tipo de hazañas. El prototipo seguramente sólo incluye la capacidad primaria, dejando fuera toda la experiencia de Laura a la hora de aplicarla..., pero aun así Po-kwai se merece saber la verdad acerca del talento que ha recibido. Cuanto más sepa, seguramente más provecho podrá sacarle. ¿De qué manera puede beneficiar al Conjunto el que se la mantenga en la ignorancia sobre los orígenes y el potencial del módulo? Quizá no tengo derecho a cuestionar esa decisión, pero no puedo fingir que la comprenda.

    Po-kwai se deja caer en el sofá y se despereza, y después me lanza una mirada de reproche.

    —Acabamos de hacer el gran descubrimiento científico del siglo, ¿y usted me habla de las máquinas de póker?
    —Lo siento, pero el juego fue lo primero que me vino a la cabeza. La verdad es que no he dedicado muchas horas a pensar en las aplicaciones más nobles de la telequinesis.

    Po-kwai hace una mueca.

    —¡Telequinesis! —resopla—. Bueno —añade después de mala gana—, supongo que así es exactamente como lo llamarían los medios de comunicación..., si es que alguna vez podemos olvidarnos de toda esta farsa de la seguridad y llegamos a publicar los resultados.
    —¿Y cómo deberían llamarlo entonces?
    —Oh... Descomposición neurolineal del vector estado, seguida por una alteración de fase y un reforzamiento preferente de los estados propios seleccionados. —Se ríe—. Tiene razón. O le encontramos algún nombre un poco menos complicado, o acabarán inventándose lo que les dé la gana.

    Su descripción carece de significado para mí, pero...

    —¿Estados propios? Tienen algo que ver con la mecánica cuántica, ¿verdad? Po-kwai asiente.
    —Exacto. Durante un segundo tengo la impresión de que se dispone a seguir hablando del tema, pero no lo hace y se limita a bostezar. Aun así, estoy seguro de que le encantaría explicármelo todo (o por lo menos todo lo que sabe) y que bastaría con que le hiciera unas cuantas preguntas: ¿cómo funciona exactamente este módulo? ¿Cuál es el mecanismo, en qué consiste el truco? ¿Cuál es el secreto que se oculta en el corazón del Conjunto? ¿Para qué estoy viviendo?
    —Estoy bastante cansada, Nick... —dice Po-kwai.
    —Por supuesto. Bien, entonces buenas noches. La veré mañana.
    —Buenas noches.


    ****

    Estoy sentado en la antesala, los ojos obedientemente clavados en la puerta que tengo delante...

    ...ya las tres cincuenta y dos, me sorprendo escuchando el trino interminable de los insectos sintéticos y soy consciente de que ese sonido me está llenando de una vaga pero innegable irritación.

    Intento volver a sumergirme en modo de vigilancia, pero lo único que consigo es sentir primero un creciente aburrimiento y luego inquietud. Por vigésima vez en una semana, recurro a los diagnósticos de A3.

    [NO SE HA DETECTADO NINGÚN FALLO.]


    ¿Qué me está pasando?

    No es una enfermedad. No puede serlo, porque todos mis módulos afirman estar intactos e incluso suponiendo que sus sistemas de autocomprobación hubieran quedado corrompidos, los daños aleatorios en las neuronas involucradas difícilmente podrían haber causado exactamente el tipo de cambios susceptibles de generar falsos informes de buena salud.

    ¿Y si el daño no es fruto del azar? ¿Y si un enemigo de ISA está infectando al personal de seguridad con nanomáquinas? Pero si se trata de eso, entonces las tácticas que están empleando son absurdas. ¿Por qué iban a degradar lentamente nuestros módulos, dándonos días enteros durante los que pensar en los síntomas? Habría sido infinitamente más lógico emplear módulos marioneta latentes, que podrían aguardar en silencio, subjetivamente indetectables, hasta que todos fueran activados en algún momento predeterminado.

    ¿Qué puede ser entonces?

    Karen aparece delante de mí. Intento expulsarla, sin conseguirlo. Se limita a permanecer inmóvil y en silencio, el ceño ligeramente fruncido, aparentemente tan incapaz de explicar su presencia como yo.

    —Estoy activado —digo en un tono casi suplicante—. Ya sabes lo mucho que odias verme activado.

    El argumento no la conmueve. A3 puede pensar lo que quiera, pero es evidente que no estoy activado.

    ¿De qué sirve un guardaespaldas cuyos módulos optimizadores ya no funcionan? Y que además sufre alucinaciones incontrolables...

    Cierro los ojos y me tranquilizo. Es muy sencillo: mañana acudiré a la unidad de enfermedades laborales de ISA, les explicaré los síntomas y dejaré que sean los expertos los que se encarguen de buscar la respuesta. Sea lo que sea lo que me está ocurriendo, ellos sabrán cómo arreglarlo.

    La perspectiva de que unos desconocidos lleven a cabo un inventario de mi cráneo es humillante, pero eso no puede ser evitado. Tendré que explicarles lo de Karen..., ¿y que llevo un módulo de lealtad? Bueno, ya encontraré alguna forma de callarme esa parte: después de todo, no tienen por qué conocer todos los detalles. Lo que importa en última instancia es servir al Conjunto, y no podré servir al Conjunto si me estoy haciendo pedazos.

    Abro los ojos. Karen no se ha movido.

    —Bueno, si has decidido quedarte por aquí, ¿qué quieres hacer? —pregunto—. ¿Quieres montar guardia conmigo?
    —No.
    —¿Qué quieres hacer entonces?

    Se inclina sobre mí y me acaricia la mejilla. Le cojo la otra mano, y soy más nítidamente consciente que de costumbre de cómo el módulo intenta evitar que mis dedos atraviesen su carne inexistente. Deslizo el pulgar por encima del dorso de su mano, deteniéndome sobre la forma familiar de cada nudillo.

    —Te echo de menos. Ya lo sabes, ¿verdad?

    Karen no dice nada.

    Tiene que haber alguna forma de recuperarla. Quizá podría aprender a impedir que blasfemara contra el Conjunto, aprender a controlarla de una manera más estrecha..., sin llegar a destruir del todo su ilusión de autonomía. O... podría modificarla, someterla a alguna clase de restricción. ¿Proporcionarle su propio «módulo de lealtad», tal vez? ¿Por qué no habré pensado en eso antes? Los módulos pueden ser adaptados. Todo es posible.

    Levanto la cabeza y la miro a los ojos. El amor tranquilo y libre de inquietudes engendrado por su presencia parece temblar ligeramente, como una imagen reflejada en un lago cuya lisura de espejo fuera sutilmente distorsionada por una corriente profunda oculta. Un escalofrío de anticipación me recorre. No experimento ninguna emoción prohibida —no hay pena, culpabilidad ni ira—, pero la sola idea de que este módulo también pueda fallar —que todo cuanto descarta, aquello de lo que me protege, fuera de nuevo posible— me llena de un miedo tan intenso que siento que la cabeza me da vueltas.

    Le suelto la mano y Karen...

    Llena la habitación.

    Se extiende, volviéndose borrosa y replicándose a sí misma como una aplicación holográfica de la modalidad caja de acuarelas que hubiera enloquecido. Me levanto de un salto, derribando la silla, mientras el espacio que me rodea se va espesando con cada vez más copias de su cuerpo, ilusorio. Me protejo la cara, pero todavía puedo sentirla rozándome por todas partes. Una especie de zumbido procedente de todas las direcciones a la vez surge de la nada: suena deformado e incoherente, pero no cabe duda de que es su voz.

    Grito...

    ...y Karen desaparece.

    En el silencio repentino, la memoria me devuelve los últimos momentos de sonido..., y entonces me doy cuenta de que mi grito casi ha conseguido ocultar otra voz.

    La de Po-kwai.

    Entro en el apartamento con el arma desenfundada. Los carteles publicitarios esparcidos por el paisaje urbano de las falsas ventanas —hologramas de hologramas— alumbran mi camino. A2 afirma no poder localizar el grito e insiste en que los datos son ambiguos, pero sufro la extraña convicción de que sé que procedía del dormitorio. Obviamente ha sido una primera llamada, eso sí que está claro pese a todo. La puerta está entornada, y la abro de una patada. Po-kwai, inmóvil en una esquina de la habitación, se vuelve hacia mí, sobresaltada. Durante un momento permanezco totalmente inmóvil, intentando leer su rostro con la esperanza de captar una señal —algún fugaz movimiento de los ojos que delate la posición del intruso—, pero Po-kwai se limita a parecer perpleja y alarmada por mi presencia. Entro en la habitación.

    —¿Está sola?

    Po-kwai asiente, y después consigue soltar una carcajada entre nerviosa y llena de furia.

    —¿Qué está haciendo? ¿Intenta matarme de un susto?
    —¿No ha gritado?

    Frunce el ceño y parece disponerse a negarlo vehementemente, pero después no llega a hacerlo y recorre la habitación con la mirada, como si se sintiera repentinamente incapaz de explicar la presencia de cuanto la rodea.

    —Me parece que... Debo de haber tenido una pesadilla. Quizá he gritado estando dormida. No lo sé. —Se lleva una mano a la boca—. Lo siento. Habrá pensado que...
    —No se preocupe.

    Enfundo el arma, pues resulta evidente que la está poniendo bastante nerviosa.

    —Lo lamento, Nick.
    —No lo lamente. No ha pasado nada, ¿verdad? Siento haberla sobresaltado.

    Con la presión desaparecida, tengo tiempo para observar: vuelvo a estar activado, y A3 funciona normalmente. Eso es una buena noticia..., pero es tan inexplicable como todo lo demás.

    Po-kwai menea la cabeza, todavía insistiendo en pedirme disculpas.

    —Ni siquiera recuerdo haberme levantado de la cama.
    —¿Es sonámbula?
    —No, nunca he andado dormida. Puede que en el sueño sufriera tal shock que salté de la cama gritando..., pero sólo me desperté cuando ya estaba de pie. No puedo recordarlo, de veras.

    Vuelvo la cabeza hacia la cama y veo que no tiene aspecto de que haya «saltado» de ella. Pero no intento discutir con Po-kwai: si camina dormida, es bueno saberlo; pero si no quiere admitirlo entonces una confesión arrancada a la fuerza sólo servirá para avergonzarla.

    —Claro. Bien... Siento la intrusión. Será mejor que la deje dormir un poco.

    Po-kwai asiente.

    Después de haber vuelto a la antesala, puedo oírla yendo y viniendo por el apartamento. Me siento y espero a que A3 falle, a que Karen aparezca y vuelva a perder el control de sus procesos, pero no ocurre nada. Esperar que el problema se haya esfumado milagrosamente sería engañarme a mí mismo, y prefiero enfrentarme a los doctores como una ruina balbuceante, acosado por el fantasma de mi esposa muerta, que ver cómo me someten a un examen superficial y acaban tratando de consolarme con las mismas palabras carentes de significado a las que han recurrido los módulos: NO SE HA DETECTADO NINGÚN FALLO.

    Diez minutos después, Po-kwai se reúne conmigo.

    —¿Le molestaría que... que me sentara aquí durante un rato?
    —Por supuesto que no.
    —Es demasiado tarde para volver a la cama y demasiado pronto para desayunar. No sé qué hacer conmigo misma. —Saca una segunda silla y se sienta, inclinada hacia adelante y todavía visiblemente nerviosa.
    —Quizá debería hacer venir a un médico —sugiero.
    —No diga tonterías.
    —Los tranquilizantes...
    —¡No! Estoy perfectamente. Es sólo que no estoy acostumbrada a ver cómo un guardia armado irrumpe en mi habitación blandiendo su arma, eso es todo. —Abro la boca para disculparme, pero no me deja hablar—. No me estoy quejando. Me alegro de que esté haciendo su trabajo. Es sólo que... Bueno, por fin he empezado a aceptar el hecho de que su trabajo es necesario. Durante la entrevista no me ocultaron nada y me explicaron con todo detalle qué medidas de seguridad pensaban adoptar, y toda la culpa ha sido mía por no creerlos y haberlo atribuido a pura paranoia por su parte.
    —Pero ¿qué la ha hecho cambiar de parecer? ¿El que yo haya reaccionado de una forma un poco exagerada, tal vez? Lo siento, y ya sé que no debería haber recurrido a ese tipo de métodos. Pero no tiene ninguna razón para sentirse asediada: lo más probable es que fuera de ISA ni siquiera sepan que el proyecto existe.
    —Oh, claro. Es sólo que... Ahora que sé que no soy el control, ahora que el efecto realmente está empezando a producir resultados... Y si pienso en la cantidad de dinero invertido en investigación y desarrollo que he pasado a..., a encarnar... —Sacude la cabeza—. Me metí en esto por la vertiente física: pensaba que sería algo más parecido a una colaboradora, no un mero conejillo de indias. Leung me trata como a una idiota. Tse es idiota. Lui, en cambio, me trata como si yo fuera una especie de frágil deidad menor. Él también tiene un problema, pero en su caso no sé de qué se trata. Y pasarán años antes de que publiquen algo. Esto debería aparecer en la primera pantalla de la edición de mañana de Nature: EL PAPEL DEL OBSERVADOR EN LA MC HA SIDO CONFIRMADO... ¡Y MODIFICADO!
    —¿El papel del...?
    —Observador. En la mecánica cuántica. —Me mira como si acabara de pillarme intentando ocultar algo que salta a la vista, y después lo entiende de repente—. Ni siquiera se lo han dicho, ¿verdad? —Suelta un bufido lleno de disgusto e incredulidad—. Ah, claro. Nick sólo es un guardaespaldas, un esbirro de cuarta categoría... ¿Para qué vamos a molestamos en explicarle por qué está arriesgando su vida?

    Meneo la cabeza.

    —No estoy arriesgando mi vida. Y si no necesito saberlo, quizá sería mejor que...
    —¡Oh, chorradas!
    —Hablo en serio.

    A3 me mantiene tranquilo... pero aun así puedo observar, desapasionadamente, la especie de vértigo espiritual que está empezando a aparecer dentro de mí. «No quiero conocer los secretos del Conjunto. No quiero oír la explicación final que se da al mundo, no quiero atravesar el velo.»

    Pero estando activado, el pánico es remoto e insustancial y se convierte en algo que no me pertenece. Estando activado, me doy por satisfecho con la obediencia literal, y además no he recibido instrucciones de mantener mi ignorancia reverencial. Los adornos cuasimísticos con que he embellecido al Conjunto no proceden del módulo de lealtad, y el boy scout zombi no los necesita para nada.

    En cualquier caso, no tengo elección.

    —Limítese a escuchar, ¿quiere? —dice Po-kwai con firmeza—. Los tecnicismos son complicados, pero las cuestiones esenciales son muy simples. ¿Ha oído hablar del problema de la medición cuántica?
    —No.
    —¿Y del gato de Schrodinger?
    —Por supuesto que sí.
    —Bueno, el gato de Schrodinger es una forma de ilustrar uno de los problema de medición a los que se enfrentan los físicos cuánticos. La mecánica cuántica describe sistemas microscópicos —partículas subatómicas, átomos, moléculas— mediante un formalismo matemático llamado función de onda. Partiendo de la función de onda, puedes predecir cuáles son las probabilidades de obtener distintos resultados cuando efectúas mediciones sobre el sistema.

    »Por ejemplo: supongamos que se tiene un ion de plata, preparado de cierta manera, que atraviesa un campo magnético y que luego choca con una pantalla fluorescente. La mecánica cuántica predice que la mitad de las veces se verá un destello en la pantalla como si el ion se hubiera desviado hacia arriba dentro del campo magnético, y que la otra mitad se verá un destello como si se hubiera desviado hacia abajo. Eso se puede explicar diciendo que el ion tiene un spin que lo hace interaccionar con el campo: el ion se ve impulsado hacia arriba o hacia abajo, dependiendo de la orientación de su spin en relación con el campo. Así pues, cuando se observan los destellos en la pantalla, lo que en realidad se está haciendo es medir el spin del ion.
    »0 supongamos que se tiene un átomo radiactivo con una vida media de una hora. Se dirige hacia él un detector de partículas conectado a un artilugio que rompa una botella de gas venenoso y, de esa manera, mate a un gato cuando el átomo se desintegre espontáneamente. Metemos todo el equipo dentro de una caja opaca, esperamos una hora y luego miramos dentro de la caja. Si se repite el experimento —usando otro átomo y otro gato cada vez—, la mecánica cuántica predice que, al cabo de una hora, la mitad de las veces el gato habrá muerto y la otra mitad estará vivo. Viendo en qué estado se encuentra el gato, se habrá determinado si el átomo se ha desintegrado o no.

    —Bueno... ¿Y dónde está el problema?
    —El problema es el siguiente: antes de que se efectúe una medición en cualquiera de los casos, la función de onda no indica cuál va a ser el resultado; se limita a decir que las probabilidades están repartidas al cincuenta por ciento. Pero una vez que se ha hecho la medición, una segunda medición del mismo sistema siempre dará el mismo resultado: si el gato estaba muerto la primera vez, seguirá estando muerto si se vuelve a mirar. En términos de la función de onda, el acto de realizar la medición la ha alterado, de alguna manera, haciendo que pasara de ser una mezcla de dos ondas, que representaban las dos opciones, a ser una onda «pura» —lo que llamamos un estado propio— que sólo representa a una. Eso es lo que se conoce como «colapsar la función».

    »Pero, ¿por qué debería ser especial una medición? ¿Por qué debería colapsar la función? ¿Por qué un aparato de medición —compuesto por átomos individuales que obedecen presumiblemente las mismas leyes de la mecánica cuántica que el sistema que está siendo medido— hace que una mezcla de posibilidades se colapse en una de ellas? Si en lugar de eso considerásemos el aparato de medición como una mera parte del sistema, en este caso la predicción que haría la ecuación de Schrodinger es que el aparato estaría al final en un estado mezcla, y le debería ocurrir lo mismo a todo lo que interaccionase con él. La botella de gas se describiría por medio de la función de onda de un estado mezcla con partes del estado puro roto y partes del estado puro intacto..., y el gato acabaría siendo una mezcla entre el estado «gato muerto» y el estado «gato vivo». Así pues, ¿por qué siempre vemos al gato en un estado puro, o muerto o vivo?

    —Puede que sencillamente la teoría esté equivocada.
    —No, no es tan fácil. La mecánica cuántica es la teoría científica de mayor éxito que se haya concebido..., siempre que se acepte el colapso de la función. Si la teoría fuera falsa, entonces no tendríamos cosas como la microelectrónica, los láseres, la optrónica, las nanomáquinas, el noventa por ciento de la industria química y farmacéutica... La mecánica cuántica ha superado todas las pruebas experimentales llevadas a cabo a lo largo de la historia, siempre que se dé por sentado que existe ese proceso especial llamado «medición», que obedece a unas leyes totalmente distintas de las que operan el resto del tiempo.

    »En consecuencia, lo que se pretende al estudiar el problema de la medición cuántica es determinar con toda exactitud qué es una «medición» y el porqué es especial. ¿Cuándo se colapsa la función? ¿Cuándo se activa el detector de partículas? ¿Cuándo se rompe la botella? ¿Cuando muere el gato?
    »Una de las respuestas posibles es encogerse de hombros y decir: la mecánica cuántica predice correctamente las probabilidades de los resultados finales y visibles, ¿y qué más se puede pedir? Lo único que sabemos de los átomos es lo que los instrumentos de medición revelan de ellos, y por tanto, si la mecánica cuántica permite conocer con precisión los porcentajes que se obtendrán para cada una de las posibles lecturas —posiciones de destellos luminosos, o mortalidades felinas—, entonces es una teoría completa.
    »Otras personas han intentado demostrar que la función debería colapsarse cuando el sistema alcanza unas dimensiones críticas —o una energía crítica, o un grado de complejidad crítico—, y que los aparatos de medición que podemos utilizar se encuentran muy por encima de ese umbral. La gente ha invocado efectos termodinámicos, la gravedad cuántica, hipotéticos elementos no lineales de las ecuaciones..., toda clase de cosas, ninguna de las cuales ha conseguido explicar los hechos por completo.
    »Y después está la teoría de los muchos mundos...

    —Historias alternativas, universos paralelos...
    —Exactamente. En la teoría de los muchos mundos, la función de onda no se colapsa. Todo el universo se escinde en distintas versiones, una para cada posible medición. Un universo tiene un gato muerto, y un experimentador que vio que estaba muerto; otro universo tiene un gato vivo, y un experimentador que vio que estaba vivo. El problema estriba en que la teoría sólo describe, y no dice por qué debería ocurrir nada de todo eso..., ni siquiera dice en qué punto se escinde el universo. ¿Detector? ¿Botella? ¿Gato? ¿Humano? En realidad no responde a nada.
    —Quizá no haya respuestas. Quizá todo sea un mero sofisma metafísico...

    Po-kwai sacude la cabeza.

    —La metafísica lleva desde 1980 siendo una ciencia experimental. Aunque, personalmente, me gustaría pensar que el campo ha empezado a progresar en serio a partir de hoy. —Echa un vistazo a su reloj—. Perdón, de ayer. Martes, veinticuatro de julio del dos mil ochenta y seis.

    Espera pacientemente —con una sonrisita un poco sarcástica en los labios— hasta que por fin comprendo la importancia de lo que acaba de decir.

    —¿En el cerebro? ¿De alguna manera, han demostrado que el colapso de la función de onda tiene lugar en el cerebro?
    —Sí.
    —Pero... ¿Cómo? Todo lo que me ha dicho, todo eso acerca de... ¿Qué tiene que ver con influir sobre los iones para hacer que todos vayan en una dirección? Supongo que no estará utilizando alguna clase de efecto electromagnético para...
    —¡No! Ningún campo de origen biológico podría llegar a ser lo suficientemente intenso...
    —Eso es lo que había pensado. Pero..., ¿entonces cómo?
    —El módulo hace dos cosas. La primera es impedirme colapsar la función de onda, para lo cual desactiva las partes del cerebro que normalmente se encargarían de hacerlo. Pero si eso fuese todo lo que hace, los iones seguirían mostrando el mismo comportamiento aleatorio del cincuenta por ciento/cincuenta por ciento: lo único que ocurriría es que entonces usted, Leung, Tse y Lui se encargarían de colapsar el sistema, en vez de ser yo quien lo hiciera. »Pero el módulo también me permite manipular los estados propios, porque gracias a él ahora ya no los destruyo, torpe y aleatoriamente, a todos excepto uno. El módulo me permite cambiar sus pesos relativos y, gracias a ello, cambiar los niveles de probabilidad de los distintos finales que puede tener el experimento.

    »En teoría, supongo que entonces yo misma podría colapsar la función, pero usar a la misma persona para que se encargara de las dos cosas haría que el experimento fuese menos elegante. Por lo tanto, las personas que se encuentran en la sala de control colapsan el sistema —que incluye el ion de plata, la pantalla fluorescente y a mi persona—, pero sólo después de que yo haya alterado las probabilidades para que dejen de ser de cincuenta-y-cincuenta.

    —¿Me está diciendo que todas las personas que se encuentran en la sala de control forman parte del experimento? ¿Y que por eso los histogramas no cambian hasta después de que usted haya anunciado las direcciones de los iones... porque si conociéramos los resultados antes de que hubiese intentado influir sobre las probabilidades, entonces colapsaríamos los iones aleatoriamente?
    —Exacto.

    Reflexiono durante unos momentos.

    —Ha dicho que colapsamos «todo el sistema». ¿Quiere decir que hasta que oímos su voz usted existe bajo la forma de una mixtura?
    —Sí.
    —¿Y qué... se siente?

    Po-kwai se ríe.

    —Eso es lo más frustrante de todo: ¡no lo sé! Literalmente no lo recuerdo. En cuanto he sido colapsada, acabo teniendo un único conjunto de memorias y sólo recuerdo haber visto un destello de luz en la pantalla. Ni siquiera recuerdo qué se siente al operar la parte del módulo que actúa sobre el estado propio... ¿Nunca se ha preguntado por qué estaba necesitando tanto tiempo para conseguir que el módulo surtiera efecto?

    Y tampoco sé si llego a «ver» dos destellos, aunque sólo sea por un momento: sospecho que mis dos estados evolucionan demasiado independientemente para permitirlo. Lo que ocurre quizá guarde cierto parecido con el modelo de los muchos mundos, aunque dentro de una escala muy pequeña. Efectivamente, puede que haya dos versiones casi independientes de mí..., aunque sólo sea durante una fracción de segundo antes de que sea colapsada. Pero ocurra lo que ocurra en el resto de mi cerebro, no cabe duda de que los dos estados del módulo interaccionan: sus funciones de onda se interfieren, reforzando un estado propio y debilitando el otro. Si no fuera así, todo el experimento sería una pérdida de tiempo y no produciría absolutamente ningún resultado, y entonces sí que nos encontraríamos ante un mero sofisma metafísico.

    Titubeo, aturdido y perplejo, e intento retroceder mentalmente a lo largo de la discusión hasta llegar al punto en el que perdió todo contacto con la realidad.

    —¿Realmente cree en algo de todo lo que me ha dicho? —pregunto finalmente—. ¿Hablaba en serio, o sólo me estaba tomando el pelo? Como una forma de darme mi merecido por haber irrumpido de esa manera en su habitación, quiero decir... Porque si se trata de eso, ha ganado y admito mi derrota. Ha conseguido liarme hasta tal extremo que no sé qué partes son auténticas y cuáles se ha inventado.

    Po-kwai parece sentirse ofendida.

    —Yo nunca haría eso. Todo lo que le he dicho es verdad.
    —Es sólo que... Bueno, todo esto empieza a sonar como la clase de paparruchadas que sueltan los místicos cuánticos, y...

    Sacude la cabeza vehementemente. —No, no... Ellos afirman que la conciencia incluye un elemento no físico, algo independiente del cerebro, alguna entidad «espiritual» enigmática y no definida que colapsa la función. El experimento de ayer demostró que no pueden estar más equivocados. Las partes del cerebro que el módulo se encarga de incapacitar no hacen nada místico: llevan a cabo una acción altamente sofisticada, desde luego, pero totalmente comprensible y física.

    »Ya sé que suena extraño, pero lo importante es que en realidad se trata de algo que no puede ser más normal y cotidiano. Todas las personas se pasan la vida colapsando los sistemas con los que interaccionan. Esa idea es muy antigua: muchos de los pioneros de la mecánica cuántica creían que el observador tenía un papel crucial a interpretar, y que por sí solo un aparato de medición no bastaría para colapsar la función. Pero hemos necesitado más de un siglo para localizar la parte del observador en la que ocurre eso.

    Sigo sin saber si debo creer una sola palabra de cuanto me ha dicho. Pero Po-kwai parece muy convencida, así que por lo menos se merece que intente comprender exactamente qué es lo que cree. Hago a un lado mi escepticismo e intento seguir su exposición.

    —De acuerdo... Así que no basta con un «aparato de medición», y necesitas tener un observador. Pero ¿qué constituye un observador? Los seres humanos, sí... Pero ¿qué me dice de los ordenadores? ¿Qué pasa con los gatos?
    —Ah. Los ordenadores existentes, decididamente no. Colapsar la función es un proceso físico específico, no un mero subproducto automático de un cierto grado de inteligencia, o autoconciencia, o como quiera llamarlo: los ordenadores sencillamente no han sido concebidos para llevarlo a cabo..., aunque sin duda algunos lo harán, en el futuro.

    »En cuanto a los gatos... Yo diría que lo hacen, pero no soy ninguna experta en neurofisiología comparativa, así que no está obligado a aceptar mi palabra al respecto. Quizá transcurran años antes de que alguien llegue a descubrir exactamente qué especies lo hacen y cuales no lo hacen. Y además está toda la cuestión de la evolución de la característica..., y de lo que significaba la palabra «evolución» en un universo no colapsado. Los seres humanos van a pasar décadas tratando de comprender todas las implicaciones.

    Asiento distraídamente, con la esperanza de que Po-kwai permanezca callada durante unos momentos mientras intento comprender unas cuantas implicaciones por mi cuenta. Si todo esto es verdad, ¿qué me dice acerca de Laura? ¿Podría el «manipular estados propios» permitirle forzar cerraduras y eludir la vigilancia de las cámaras de seguridad? Tal vez, pero... Bueno, si estamos hablando de una mutación producida por el azar, o de una anormalidad congénita igualmente producida por el azar, ¿cómo pueden haberle otorgado unas capacidades tan elaboradas? La mera pérdida de la habilidad de colapsar la función, sí: los daños causados por el azar siempre pueden producir déficits, por supuesto. Pero ¿cuáles son las probabilidades de que una lesión cerebral dé como resultado la clase de sofisticados poderes que Po-kwai afirma que proporciona el módulo? Y sin embargo, Laura tiene que poseer esos poderes. Si no los poseyera, ¿cómo podría haber escapado del Hilgemann? ¿Y cómo podría proporcionarlos el módulo si no? No puedo creer que DBI haya diseñado toda la estructura del módulo partiendo de cero —¡y en seis meses!— meramente para estudiar esa característica humana normal de la que carecía Laura.

    Bien, ¿y qué resulta más ridículo y disparatado? ¿Que el DBI haya inventado la manipulación neural de los estados propios, en menos tiempo del que la mayoría de empresas necesitan para desarrollar un nuevo módulo de juegos..., o un acontecimiento casual que le ha entregado a Laura —y a DBI— el producto acabado en una bandeja de plata?

    Po-kwai sigue hablando.

    —Aunque eso da mucho en que pensar, claro: hasta que uno de nuestros antepasados aprendió este truco, el universo tuvo que ser un lugar radicalmente distinto del que conocemos ahora. Todo ocurría simultáneamente, todas las posibilidades coexistían. La función de onda nunca se colapsaba, y lo único que hacía era ir volviéndose más y más compleja. Y ya sé que el pensar que la vida en este planeta puede haber cambiado las cosas hasta tal extremo suena ridículamente..., grandiosamente... antropocéntrico... o geocéntrico, pero con tanta riqueza y tanta complejidad, quizá era inevitable que en algún lugar del universo apareciese una criatura que acabara minando toda la estructura y que aniquilara esa misma diversidad que le había dado el ser.

    Po-kwai deja escapar una temblorosa carcajada. Parece casi avergonzada, como les ocurre a algunas personas cuando están contando un desastre o una atrocidad.

    —No resulta fácil de aceptar, pero eso es lo que somos. No somos el universo «conociéndose a sí mismo»: somos el universo diezmándose a sí mismo en el acto de adquirir ese conocimiento.

    La miro fijamente, sin poder creer en lo que estoy oyendo.

    —¿Qué está diciendo? ¿Que el primer animal aparecido en la Tierra que poseía esa característica... colapso todo el universo?

    Po-kwai se encoge de hombros.

    —Quizá no ocurrió en la Tierra, pero no existe ninguna razón por la que no pudiera haber ocurrido aquí. Alguien tuvo que ser el primero.

    Y no la totalidad del universo: una rápida mirada al cielo nocturno difícilmente podría haberlo mesurado todo, ¿verdad? Aun así, habría reducido considerablemente las posibilidades: para empezar, habría fijado la Tierra y el Sol, condensándolos a partir de la mezcla de todas las disposiciones de la materia posibles que podrían haber estado ocupando el Sistema Solar. También habría fijado las estrellas más luminosas del campo visual de esa criatura, descartando todas las configuraciones alternativas posibles. Piense en las constelaciones que podrían haber existido entonces, en todas las estrellas y planetas que se esfumaron para siempre cuando ese antepasado nuestro abrió los ojos...

    Sacudo la cabeza.

    —No puede hablar en serio.
    —Hablo en serio.
    —No la creo. ¿Qué evidencias hay? Partiendo de un pequeño experimento con iones de plata, ahora afirma que ese hipotético antepasado de los humanos —y posiblemente de los gatos— transformó lo que era algo así como una gigantesca y maravillosa mezcla de todos los universos posibles que podrían haber cobrado existencia desde el Big Bang en... ¿en la minúscula fracción de dicha estructura que le proporcionaría un único panorama del cielo nocturno a esa criatura? ¿Eliminando todo el resto? ¿Cometiendo una especie de... genocidio cosmológico?
    —Sí, e incluso puede que se tratara de un genocidio en el sentido más literal del término. La vida, y me estoy refiriendo a la vida inteligente, no tenía ninguna necesidad de colapsar la función. Si antes de nosotros existían formas de vida que no la colapsaban, entonces las habríamos colapsado. Y eso quizá supusiera la desaparición de civilizaciones enteras.
    —¿Y cree que seguimos haciéndolo? ¿Cree que seguimos colapsando cosas que se encuentran a años luz de distancia? ¿Otras estrellas? ¿Otras galaxias? ¿Otras formas de vida? ¿Cree que estamos «reduciendo las posibilidades»? ¿Realmente piensa que estamos podando el universo... por el mero hecho de observarlo? —Me echo a reír, acordándome de repente—. O mejor dicho, lo estábamos haciendo hasta que...

    Me interrumpo a mitad de la frase y cierro los ojos durante un momento, sintiendo una mezcla de mareo y claustrofobia. La conclusión que no he llegado a enunciar se despliega dentro de mi cerebro a pesar de todo, y ningún módulo de mi cráneo parece capaz de volverla inofensiva.

    —Sí —murmura Po-kwai—. Lo estábamos haciendo... hasta que apareció la Burbuja.


    8


    DESPUÉS DE UNA MAÑANA en la cámara de ionización confirmando que los resultados de la noche anterior no fueron una mera casualidad, Po-kwai es recompensada con un par de semanas de descanso mientras se llevan a cabo los preparativos para la próxima fase del experimento. Estar confinada en el edificio no parece molestarla, y pasa la mayor parte del tiempo leyendo.

    —Es lo que estaría haciendo de todas maneras —dice—. Y si puedo olvidar que no tengo otra elección, entonces toda la situación es perfecta: tranquilidad y silencio..., y un sistema de aire acondicionado en el que puedes confiar. Esa es mi idea del paraíso.

    El cántico desaparece de mis sueños. A3 funciona a la perfección. Karen no vuelve a aparecer. Interrogo cautelosamente a Lee Hing-cheung sobre sus propios módulos. Me entero de que sólo dispone de Centinela, Metaexpediente y Red roja y, aparte de la perturbación original durante el experimento con los iones, de que no ha tenido ningún problema con ellos. Mi decisión de encontrar la causa del errático comportamiento de mis módulos se va desvaneciendo: si no presento síntomas, acudir a un médico o a un neurotécnico no parece tener ningún sentido y, además, no quiero correr el riesgo de revelar el hecho de que tengo un módulo de lealtad a personas que se supone no deben llegar a saberlo. Me prometo a mí mismo que buscaré ayuda a la primera señal de funcionamiento incorrecto, pero a medida que los días van transcurriendo sin ninguna recaída, la esperanza de que el problema se haya «curado a sí mismo» me va pareciendo cada vez menos inconcebible.

    Habiendo temido alguna ingeniosa, pero en última instancia prosaica, explicación de la «telequinesis» de Laura —habiendo temido la carga de una contradicción más, de una disparidad más entre lo que siento hacia el Conjunto y la verdad sobre sus actividades—, las revelaciones de Po-kwai superan mis más locas esperanzas. El Conjunto está investigando las cuestiones más profundas de la naturaleza de la realidad, de la naturaleza de la humanidad..., y, posiblemente, también está investigando las razones ocultas detrás de la Burbuja. Recordar que estuve a punto de aceptar la idea de que el único propósito de toda esta gran alianza podía ser la grosera explotación de las capacidades para la fuga de Laura me llena de vergüenza. Tendría que haber sabido que se trataba de algo mucho más noble.

    Pero ¿y si la respuesta se hubiera reducido a una «grosera explotación» después de todo? El Conjunto habría seguido siendo lo más importante de mi vida, porque el módulo de lealtad se encarga de garantizarlo. Temer la decepción y alegrarme de la afirmación de mi fe son dos reacciones igualmente absurdas. Doy vueltas a esta observación dentro de mi cabeza, pero no lleva a ninguna parte.

    La asombrosa afirmación de Po-kwai —su teoría de que la vida sobre la Tierra podría ser intrínsecamente hostil al resto del universo— me parece igualmente intratable. La noción de que la humanidad forma, o formó, parte de una necrosis cósmica que despojó al universo de sus posibilidades y que, sin enterarse de lo que hacía, cometió un genocidio inconsciente a una escala que se encuentra más allá de la comprensión, no resulta muy difícil de entender —al menos a la hora de mantenerla como proposición abstracta y aislada—, pero no puede ser analizada o elaborada. Mi horror inicial no tarda en ser sustituido por la incredulidad: me siento como si me hubieran obligado a escuchar la interminable exposición de una de esas falsas «pruebas» matemáticas que afirman poder demostrar que uno es igual a cero. Me apresuro a escapar de ese callejón sin salida mental y busco algún fallo en el argumento. Cuando entro de servicio a última hora de la tarde, Po-kwai interrumpe su lectura y reanudamos la discusión.

    —Usted misma lo ha admitido —digo—. Es ridículamente geocéntrico.

    Po-kwai se encoge de hombros.

    —Sólo si fuéramos los primeros. Quizá no lo fuimos: quizá ocurrió en un millar de planetas más mil millones de años antes de que ocurriese en la Tierra. Creo que nunca llegaremos a saberlo. Pero después de haber identificado las partes del cerebro humano que colapsan la función, lo realmente geocéntrico sería dar por sentado que el resto de criaturas inteligentes del universo hacen exactamente lo mismo.
    —Pero es que no estoy totalmente convencido de que las hayan identificado. No me ha demostrado de manera concluyente que no siga colapsando la función: lo único que me ha demostrado es que el módulo interviene antes del colapso, sea cual sea la causa de éste. Puede que alguna de las viejas teorías estuviera en lo cierto después de todo. Quizá la función se colapsa cada vez que el sistema se vuelve lo suficientemente grande, pero el módulo se las arregla para actuar dentro de una escala de longitud situada justo por debajo de las dimensiones críticas... Eso significaría que consigue llevar a cabo su truco de interferencia justo en el último momento.
    —¿Y entonces qué pasa con las partes del cerebro que el módulo deja incapacitadas? ¿Qué es lo que está ocurriendo dentro de ellas?
    —No lo sé. Pero si parecen haber sido «diseñadas» para producir algún efecto cuántico, entonces quizá sólo sean un tosco intento de hacer exactamente lo mismo que hace la parte del estado propio del módulo: influir sobre la forma en que se colapsa la función, en vez de limitarse a aceptar las probabilidades tal como se presentan. Puede que la evolución nos haya proporcionado una cierta capacidad de afectar a las probabilidades. No puede negar que eso tendría un cierto valor de supervivencia, ¿verdad? Y si la función siempre ha estado siendo colapsada al azar desde el principio del universo cada vez que el sistema llega a ser lo suficientemente grande..., entonces sólo somos culpables de haber empezado a desarrollar un cierto control sobre el proceso.

    Po-kwai me lanza una mirada llena de simpatía, pero mi explicación no parece haberla impresionado.

    —Si no invoco la parte de inhibición del colapso y no bloqueo esos senderos naturales, entonces todo el efecto desaparece y los iones revierten a la aleatoriedad. Eso fue lo primero que comprobamos a la mañana siguiente después de haber obtenido con éxito la primera serie. De acuerdo, admito que su teoría podría seguir siendo válida: incluso suponiendo que no tuvieran nada que ver con el colapso de la función, los senderos naturales podrían interferir de alguna manera los efectos sobre los estados propios generados por el módulo. Pero si los seres humanos poseyeran la capacidad de «afectar a las probabilidades», me parece que a estas alturas dicha capacidad ya habría sido descubierta. No dudo de que el experimento con los iones puede ser explicado de otras maneras..., pero ¿qué pasa con la Burbuja?
    —Si vamos a hablar de eso, hay montones de explicaciones entre las que elegir. Durante los últimos treinta años debo de haber oído por lo menos un millar.
    —¿Y cuántas le ha parecido que tenían algún sentido?
    —Si quiere que le sea sincero, ninguna. Pero ¿realmente le parece que ésta tiene algún sentido? Si los Hacedores de la Burbuja eran vulnerables a nuestras observaciones, ¿cómo han podido sobrevivir durante tanto tiempo? ¿A qué distancia eran capaces de ver nuestros telescopios antes de la Burbuja? ¡A miles de millones de años luz!
    —Sí, pero no sabemos qué clase de daños —o lo que es lo mismo, qué grado de observación— podían llegar a tolerar. Cuando el universo estaba totalmente no colapsado, tal vez había formas de vida que dependían prácticamente de toda esa diversidad y en las que cada individuo se hallaba esparcido a través de una gran parte de la totalidad de los estados propios, ocupando así una enorme gama de lo que nosotros consideraríamos posibilidades mutuamente excluyentes. Para ellas, el primer colapso habría sido como..., como cortar una rebanada muy delgada de un cuerpo humano y tirar el resto.
    —¿Y cómo han conseguido sobrevivir los Hacedores de la Burbuja? ¿Siendo muy delgados desde el principie, quizá?
    —¡Exactamente! En su caso el rango de estados posibles que necesitan debe de ser mucho más reducido. Para ellos el efecto tal vez fuera más parecido al de..., al de un océano profundo que pierde gran parte de su agua. Puede que hayamos observado galaxias que se encuentran a miles de millones de años luz de distancia, pero de momento ni siquiera hemos colapsado el Sistema Solar hasta el último fragmento de polvo de meteorito. Los sistemas planetarios de estrellas distantes todavía tendrían un nivel considerable de grados de libertad. Y aunque un Hacedor de la Burbuja tal vez sea capaz de sobrevivir a prácticamente cualquier cosa, quitando una confrontación cara-a-cara con un ser humano, la creciente precisión de nuestra astronomía estaba empezando a agotar la función —a «secar el océano»—, hasta extremos en los que construir la Burbuja para evitar que empeoráramos aún más la situación acabó siendo la única forma de que pudieran preservar su civilización.
    —No sé si...

    Po-kwai se ríe.

    —Yo tampoco lo sé, y en realidad la Burbuja tiene como único objetivo impedir que lleguemos a saberlo. Pero si esa teoría no le gusta, tengo otras. Puede que los Hacedores de la Burbuja estén hechos de materia oscura fría: axones, o alguna otra partícula de interacción débil que nunca hemos sido capaces de detectar con demasiada eficiencia. Si ése fuera el caso, podríamos haberles hecho relativamente poco daño, pero los Hacedores llegaron a la conclusión de que nuestra tecnología había progresado tanto que se encontraba peligrosamente cerca del punto en el que podría empezar a afectarlos. Durante los años veinte y comienzos de los treinta muchos astrónomos se dedicaron a buscar materia oscura fría..., y su equipo se estaba volviendo un poco más sensible y preciso con a año que pasaba. Quizá ellos sean los culpables.

    En lo que respecta a las abstracciones, puedo pasarlas por alto. Mientras avanzo laboriosamente por las calles, la idea de que la multitud que me rodea está impidiendo, de manera colectiva, que la ciudad se disuelva en una neblina de posibilidades simultáneas parece, no tanto increíble, sino más bien patentemente irrelevante. Por muy elaborados y grotescamente opuestos a lo que nos indica nuestra intuición que sean los fundamentos ocultos de la realidad con la que estamos familiarizados, ésta se empeña tozudamente en seguir siendo familiar. Cuando Rutherford demostró que los átomos eran principalmente espacio vacío, ¿se volvió menos sólido el suelo por ello? La verdad por sí sola no cambia nada.

    Lo que no puedo pasar por alto es el detalle de que el Conjunto está haciendo «ciencia de la Burbuja»..., y el que su hipótesis sea correcta o no, carece de importancia. Lo que importa es la idea. Las capas de seguridad y los guardaespaldas para los voluntarios no tienen nada que ver con ningún miedo a la competencia.

    El Conjunto tiene un enemigo muy claro: los Niños del Abismo.


    ****

    Jefe reacciona a la llamada a la puerta sacándome suavemente del sueño, dejándome con la cabeza perfectamente despejada pero de bastante mal humor: es poco después de mediodía, y sólo he dormido dos horas. Dirijo una orden infrarroja al holovisor para que muestre la imagen tomada por la mirilla electrónica de la puerta. Mi visitante es el doctor Lui. Me visto rápidamente, un poco perplejo. Si necesitaran que entrara de servicio en el edificio por alguna razón, habría recibido una llamada de Tong o de Lee.

    Le invito a entrar. El doctor Lui examina la habitación con una expresión entre sorprendida y apenada, como si se dispusiera a pedirme disculpas y asegurarme que nunca se había imaginado que pudiera vivir en un sitio tan humilde, pero que, ahora que lo sabe, cuento con su más sincera y profunda simpatía. Le ofrezco una taza de té y la rechaza efusivamente. Charlamos de cosas sin importancia, y después hay un incómodo silencio y Lui deja transcurrir un interminable medio minuto, durante el que sonríe como si estuviera sufriendo una auténtica agonía, antes de volver a hablar.

    —Vivo para el Conjunto, Nick —dice por fin, y sus palabras son mitad una afirmación apasionada y mitad una confesión llena de auto-aborrecimiento.
    —Yo también —murmuro después de asentir. Es la verdad, y no debería avergonzarme de ella, pero las señales que está emitiendo Lui son tan intensas y, al mismo tiempo, tan confusas, que no puedo evitar verme infectado por su ambigüedad.
    —Ya sé qué está pasando por un auténtico infierno —dice a continuación—. Las batallas interiores, las paradojas, el tormento... Conozco muy bien todo eso.

    No dudo de él ni por un solo instante, y siento una aguda punzada de dolor y la vaga convicción de que no estoy a la altura de lo que se espera de mí: resulta evidente que el sufrimiento soportado por Lui en la cúspide de las contradicciones del módulo de lealtad ha sido mucho peor que el mío.

    —Y ya sé que no me agradecerá que empeore su dolor, pero la verdad siempre es dolorosa.

    Asiento estúpidamente ante ese tópico hueco, mientras una parte de mí se pregunta si por fin habré llegado a la siguiente etapa. ¿En qué va a consistir? ¿Voy a pasar por una especie de regodeo masoquista en el conflicto creado por el módulo de lealtad, quizá? ¿Me obligaré a meditar sobre la impotencia de mi razón y embelleceré mi agitación de forma romántica hasta convertirla en una especie de sufrimiento místico de revelación? Eso tendría un cierto y perverso sentido: no quiero odiar al módulo, así que no veo por qué no podría tratar de contemplar mi torbellino mental bajo una luz distinta, redefiniendo su significado y declarando que me está conduciendo hacia una fe más sólida y una comprensión más profunda.

    —Los dos queremos servir al Conjunto —sigue diciendo Lui—, pero ¿qué significa realmente eso? Día tras día hacemos nuestro trabajo, obedecemos las instrucciones que recibimos, interpretamos nuestro pequeño papel..., y siempre con la esperanza de que podemos confiar en que quienes ocupan niveles superiores al nuestro dentro de la cadena de mando sólo piensan en defender los intereses del Conjunto. Pero la pregunta que debe formularse a sí mismo es si ellos son merecedores de esa confianza. ¿Están sirviendo al Conjunto con la misma clase de absoluta dedicación que para usted o para mí sería una segunda naturaleza..., o se están limitando a servir sus propios intereses? ¿Cómo podemos estar seguros?

    Sacudo la cabeza.

    —Forman parte del Conjunto. Debemos serles leales...
    —En efecto, son una parte del Conjunto. Y nosotros debemos ser leales al todo.

    No sé qué responder a eso. Es cierto, desde luego..., en el sentido de que el módulo se refiere únicamente al Conjunto, y no a ninguna persona determinada. Pero ¿por qué molestarse en hacer la distinción? ¿Qué trascendencia práctica puede llegar a tener?

    Me remuevo nerviosamente en mi asiento. Lui se inclina hacia mí, su joven rostro lleno de energía y sinceridad resplandeciendo con una especie de urgencia intelectual. «Debemos ser leales al todo...» Estoy empezando a preguntarme si no habrá construido todo un sistema de filosofía moral alrededor de los efectos del módulo de lealtad, y la perspectiva me parece claramente inquietante. No sería la primera vez que la víctima de una enfermedad mental responde a su estado de ese modo, desde luego, pero sí sería la primera vez que me encuentro en la vulnerable posición de tener que compartir la incapacidad del profeta del cerebro lesionado, siendo partícipe de ella hasta la última neurona.

    —Todos tenemos que recibir nuestras órdenes de algún sitio —digo, intentando ser razonable—. Debemos suponer que la cadena de mando funciona. Si no lo hacemos, ¿qué alternativa nos queda en la práctica? Ni siquiera sé cuál es la estructura de los niveles superiores de ISA, así que no hablemos del Conjunto. Y aun suponiendo que dispusiera de esa información, ¿qué me está sugiriendo? ¿Que sólo debo aceptar las instrucciones procedentes de la cumbre? Eso sería absurdo. Entonces todo se detendría y dejaría de funcionar.

    Lui menea la cabeza.

    —No estoy diciendo nada de eso. ¿Recibe sus instrucciones de la cumbre? Pues hay más de una «cumbre». Wei Pai-ling es el propietario de DBI, sí... —Frunzo el ceño y me dispongo a afirmar que no sé nada sobre ese hombre o sobre el acrónimo, pero Lui se apresura a seguir hablando—. Sé cómo se unió a nosotros, así que no malgaste el aliento. Wei es dueño de DBI, pero ¿qué le hace pensar que controla todo lo demás? Ejerce cierta influencia limitada sobre el resto de participantes de NHK, pero en el resto de sitios apenas tiene ningún poder. ¿Realmente creía que DBI encontró a Laura Andrews?
    —Bueno, supongo que...
    —Laura Andrews fue «encontrada» por un grupo de hackers de Seúl cuando estaban trabajando sobre una montaña de datos de las instituciones de Servicios Internacionales que habían robado para otro cliente. Pero esos hackers sabían que el Conjunto había hecho circular una oferta —una buena cantidad de dinero a cambio de datos que encajaran con ciertos patrones—, así que les pasaron la información.
    —¿Patrones? ¿Qué patrones?
    —Todavía no he conseguido averiguarlo.
    —¿Fugas inexplicadas? Creía que el Conjunto se formó después de que DBI se tropezara con Laura..., ¿y ahora me está diciendo que el Conjunto ya existía, y que estaban buscando activamente a alguien como ella?
    —Sí.
    —Pero ¿cómo pudieron llegar a sospechar...?
    —No lo sé, pero eso carece de importancia. Ahora la pregunta que realmente tiene que preocuparle es la de a quién debería otorgar su lealtad. Globalmente, la facción de Wei se encuentra en minoría. Wei tuvo que luchar con uñas y dientes para conseguir que DBI se encargara de examinar a Laura Andrews, y eso a pesar de que la suya era la instalación adecuada más cercana. En realidad si al final la balanza acabó inclinándose en su favor fue únicamente debido al vacío legal de NHK, porque la mayoría de países ejercen un control estricto sobre cualquier tecnología relevante. Pero si Argentina no hubiera aprobado cierta ley... Bueno, entonces usted y yo quizá no habríamos llegado a tener nunca este empleo. Sacudo la cabeza.
    —¿Y qué? Nunca he dado por sentado que Wei estuviera al mando. El Conjunto es una alianza formada por distintas facciones. ¿Por qué debería preocuparme eso? Si ellos pueden vivir con las diferencias de los demás, ¿por qué no voy a poder hacerlo yo?
    —Porque a quien debe ser leal es al Conjunto, y no a la facción que haya conseguido hacerse con el poder en un momento dado. ¿Y si cambiara la alianza? ¿Y si se fragmenta y vuelve a formarse después con nuevos objetivos y nuevas prioridades? ¿Y qué ocurre si se fragmenta y no vuelve a formarse? ¿A quién debería ser leal entonces? ¿A favor de qué grupo disidente lucharía, suponiendo que se acabara llegando a esos extremos?

    Abro la boca para negar que eso pueda afectarme, pero no llego a decir nada. El Conjunto es lo más importante de mi vida, así que no puedo responder a ese tipo de preguntas con un mero encogimiento de hombros como si no fueran de mi incumbencia. Pero...

    —Y si no nos conformamos meramente con ser leales a la facción que ocupa el poder, ¿qué puede significar ser leal al Conjunto «como un todo»? —pregunto—. Eso es un buen principio para los gobiernos... —Lui deja escapar un resoplido burlón—. De acuerdo, no estoy sugiriendo que debamos pensar al mismo nivel de cinismo —digo—. Pero ¿qué es lo que me está sugiriendo exactamente? Todavía no ha expuesto la alternativa.

    Lui asiente.

    —Tiene razón, no lo he hecho. Antes quería que admitiera que era necesaria una alternativa.

    No estoy demasiado seguro de haberlo hecho, pero prefiero no discutir.

    —Sólo existe un grupo de personas que estén cualificadas para decidir cuál de las facciones representa realmente al Conjunto, y eso suponiendo que alguna de ellas lo represente. Es una cuestión que debe ser enjuiciada con la máxima cautela, y no puede convertirse en una mera decisión contingente basada en quién tiene el control o deja de tenerlo en un momento dado. Me imagino que estará de acuerdo conmigo, ¿verdad?

    Asiento, aunque de bastante mala gana.

    —Pero... ¿de qué «grupo de personas» me está hablando?
    —Del formado por aquellos que llevamos módulos de lealtad, naturalmente.

    Me río.

    —¿Usted y yo? Está bromeando.
    —No sólo nosotros. Hay otros.
    —Pero...
    —¿En quién más podemos confiar? El módulo de lealtad es la única garantía: quien no lo lleve —sea cual sea el lugar que ocupe en la organización, incluso si pertenece a los escalones más altos— corre el riesgo de confundir el verdadero propósito del Conjunto con sus intereses particulares. Para nosotros, eso es imposible. Literal, físicamente imposible. La tarea de discernir los intereses del Conjunto debe recaer sobre nosotros.

    Le miró fijamente.

    —Eso es...

    ¿Qué? ¿Motín? ¿Herejía? ¿Cómo puede serlo? Si Lui lleva el módulo de lealtad —y no puedo creer que todo esto sea una mentira—, entonces es físicamente incapaz de convertirse en un amotinado o un hereje. Cualquier cosa que haga será, por definición, un acto de lealtad al Conjunto, porque...

    Y entonces, en una cegadora marea de claridad, la revelación inunda mi cerebro. El Conjunto es, por definición, precisamente aquello a lo que el módulo nos hace ser leales.

    Eso suena tan circular e incestuoso que parece conducirnos directamente hacia una especie de insensatez solipsista..., y así es como debería ser. Después de todo, el módulo de lealtad no es más que una determinada disposición de las neuronas que hay dentro de nuestros cráneos, y se refiere únicamente a sí mismo. Si el Conjunto es lo más importante de mi vida, entonces lo más importante de mi vida, sea lo que sea, tiene que ser el Conjunto. No puedo estar «confundido». No puedo haberme «equivocado».

    Eso no me libera del módulo, porque sé que soy incapaz de redefinir «el Conjunto» como me venga en gana. Y sin embargo, hay algo poderosa e innegablemente liberador en esa revelación. Es como si hasta este momento hubiera tenido que cargar con una montaña de cadenas enrolladas alrededor de algún objeto gigantesco y terriblemente pesado..., y de repente acabara de lograr separar esas cadenas, no de mis tobillos y mis muñecas, pero sí por lo menos de esa ancla que lastraba mis movimientos.

    Lui, siendo mi hermano en la locura, parece haberme leído la mente, o por lo menos la expresión. Asiente serenamente y me doy cuenta de que le estoy sonriendo de oreja a oreja con una mueca de imbécil, pero no puedo dejar de sonreír.

    —La infalibilidad es nuestro mayor consuelo —dice.


    ****

    Cuando Lui se va por fin, la cabeza me está dando vueltas..., y, me guste o no, formo parte de la conspiración.

    Los árbitros con el cerebro dañado que deciden cuál debe ser la naturaleza del «verdadero Conjunto» se hacen llamar el Canon. Todos tienen el módulo de lealtad, pero todos han conseguido autoconvencerse de que el «verdadero Conjunto» al que deben lealtad no es la organización que opera bajo ese nombre.

    ¿Cuál es entonces el «verdadero Conjunto»?

    Cada miembro del Canon tiene una respuesta distinta para esa pregunta.

    Lo único en lo que se muestran de acuerdo es en aquello que no es: la alianza investigadora que se hace llamar el Conjunto es una mentira, un fraude.

    Una vez a solas, sin tener a Lui cerca para que siga sosteniendo esta extraña manera de pensar, me encuentro preguntándome si es cierto que he llegado a dominar las contorsiones mentales necesarias para mantenerla en pie. El Conjunto no es el verdadero Conjunto. ¿Qué clase de ridículo sofisma es ése?

    Y sin embargo... Si de alguna manera consigo llegar a creerlo, eso basta para volverlo verdad. El sentido común y la lógica cotidiana sencillamente no tienen nada que ver con esto: no dispongo de ninguna razón racional para ser leal al Conjunto, y en realidad sólo cuento con el hecho anatómico del módulo de lealtad. El verdadero Conjunto al que se refiere el módulo será aquello —lo que sea, cualquier cosa— que yo sea físicamente capaz de creer que es.

    «Esto es ridículo, no tiene ningún sentido, es puro disparate...»

    Paseo por el piso intentando conservar la calma, buscando con desesperación un paralelismo, una metáfora, un modelo que pueda guiarme, aunque sea de la forma más tosca, hacia alguna manera mínimamente cuerda de imaginar lo que ocurre dentro de mi cabeza. Si el Conjunto no es en realidad el verdadero Conjunto, entonces ¿qué es el verdadero Conjunto? Pues aquello que yo sinceramente crea que es.

    Locura, locura pura y simple. Si cada miembro del Canon es libre de interpretar su lealtad como le venga en gana, igual que si todo se redujese a una mera cuestión de conciencia privada y sin que la autoridad existente pueda intervenir en ello para nada..., acabamos llegando a la anarquía.

    Y entonces por fin lo entiendo.

    He comprendido cómo puedo extraer algún sentido de todo esto, cómo puedo explicármelo a mí mismo.

    Dejo de ir de un lado a otro y digo:

    —Bienvenido a la Reforma.


    ****

    Mi ingreso en las filas del Canon tiene lugar bajo la forma de un proceso gradual. Lui organiza reuniones en varios puntos de la ciudad, con uno o dos miembros en cada ocasión: algunos trabajan en DBI y otros trabajan en ISA, mientras que algunos pertenecen a organizaciones cuyo nombre no llegaré a conocer. Al principio no veo que justificación puede haber para correr semejantes riesgos, puesto que apenas hablamos de nada que Lui no me haya revelado ya y, además, estoy seguro de que tiene que haber formas más seguras de introducirme en el Canon. Pero con el paso del tiempo acabo comprendiendo que este contacto personal juega un papel esencial en el reforzamiento de mis nuevas lealtades, porque sólo hablando cara a cara con estas personas podrán llegar a convencerme —y yo a ellas— de que realmente compartimos el módulo.

    El mero hecho de que los miembros del Canon quieran reunirse, cooperar y hablar entre sí ya resulta paradójico, por supuesto. El consenso debería ser un auténtico anatema para nosotros: el verdadero Conjunto se encuentra claramente definido dentro de nuestros cráneos, por lo que ninguna otra opinión puede tener la más mínima importancia. Después de habernos liberado de las mentiras del falso Conjunto, ¿por qué no nos conformamos con seguir el camino marcado por nuestra propia visión particular, única y perfecta en su independencia de las demás?

    Pues porque solos y divididos, no tenemos absolutamente ninguna esperanza de poder reformar el falso Conjunto, o de llegar a reconstruirlo tal como debería ser. Unidos, la perspectiva es abrumadora, pero no totalmente inimaginable.

    Sigo haciendo mi trabajo como si nada hubiera cambiado. Hay momentos en los que la tentación de confiar en Po-kwai, de explicarle todo aquello por lo que estoy pasando y todo lo que le ha sido ocultado, se vuelve casi irresistible, pero eso nunca ocurre cuando me hallo en su presencia, con A3 concediéndome un autocontrol ilimitado. Las instrucciones de Chen quizá hayan dejado de obligarme a guardar silencio acerca de Laura y DBI, pero ahora la necesidad de proteger al Canon ha adquirido prioridad, y cuando estoy con Po-kwai me mantengo todavía más en guardia que antes. Nuestras conversaciones nocturnas sobre metafísica cuántica y los invisibles Hacedores de la Burbuja llegan a su fin. Estando activado nunca las echo de menos, pero en casa cada mañana, cuando recuerdo las horas vacías y siempre iguales que he pasado sumido en el trance de la vigilancia, siento un extraño y doloroso vacío en el pecho, y esa sensación me impide escoger el sueño.

    Empieza la segunda fase del experimento. Po-kwai entra en la cámara de ionización; su cabeza, llena de glucosa marcada radiactivamente y de precursores de neurotransmisores, está rodeada por una disposición de sensores gamma de alta resolución. Va a ser observada muy concienzudamente, al menos por la maquinaria. Sin embargo, los datos recogidos por los sensores gamma se pueden procesar de varias maneras para revelar, o no, la actividad de distintas partes de su cerebro; la elección de lo que se mostrará a los experimentadores (o más bien coparticipantes) en la pantalla de la sala de control la hará el ordenador, de manera aleatoria y en el último momento.

    —Es un poco como los experimentos de elección retrasada con fotones que Aspect llevó a cabo durante los años ochenta del siglo pasado —explica Po-kwai—. Leung ha elaborado una especie de versión reforzada de la Desigualdad de Bell, una correlación entre la cantidad de unas neuronas determinadas que se activen y las que no, y que debería quedar por debajo de un valor que consideramos indica un umbral..., si nuestras suposiciones son correctas.

    Los tecnicismos me rebasan, pero no he de esforzarme demasiado para entender el meollo de la cuestión: las explicaciones alternativas sobre la posible utilidad de las vías de colapso de la función que haya podido concebir hasta ahora están a punto de ser concienzudamente demolidas.

    ¿Qué significa eso? ¿Que me veré obligado a aceptar un universo en el que soy el heredero de un incomprensible acto de genocidio? Contemplo esta perspectiva con una frecuencia cada vez mayor, pero sigue sin conducir a ninguna parte. Intento llenarme la cabeza con paralelismos reconfortantes sacados de la evolución: nunca me he sentido culpable por lo que les ocurrió a los dinosaurios, ¿verdad? De hecho, y si Po-kwai está en lo cierto, entonces es posible que los dinosaurios no llegaran a existir nunca —en el sentido en el que existen los animales modernos— hasta la aparición de algún mamífero que convirtió el pasado en un evento determinado y único, colapsando todas sus incontables posibilidades en un único sendero evolutivo. Todo ello empieza a sonarme tranquilizadoramente similar a una de esas fatuas conjeturas metafísicas que no podrán llegarse a comprobar nunca: «El universo quizá haya sido creado esta mañana, con recuerdos falsos incluidos para todo el mundo, y con evidencias cosmológicas, arqueológicas, paleontológicas y geológicas impecablemente falsificadas de acontecimientos repartidos a lo largo de los últimos quince mil millones de años...».

    El único problema es que el núcleo de la conjetura de Po-kwai es verificable. Y la idea inalcanzable e inexplorable da vueltas y más vueltas dentro de mi cabeza sin que pueda tocarla o darle respuesta.

    Esta vez, la cámara de ionización ha sido insonorizada, y si Po-kwai continúa murmurando los resultados para sí misma como una forma de ayudarse a mantener la concentración, por lo menos nos ahorramos la tortura de, tener que escucharla. La consola central se ha convertido en el medio a través del que Leung, Lui y Tse harán que se colapsen ciertas partes seleccionadas del cerebro de Po-kwai. De vez en cuando lanzo una rápida mirada a las pantallas, pero las tomografías, los mapas neurales y los histogramas, pese su abigarrado y hermoso colorido, están demasiado saturados de datos y son demasiado crípticos para conseguir mantener mi atención, y puedo darles la espalda sin ninguna dificultad.

    En mi ingenuidad esperaba resultados instantáneos, pero hay fallos que eliminar tanto en el equipo como en los programas y en la misma Po-kwai, cuya capacidad para controlar el módulo parece estar un poco oxidada. Como ya no estoy inmerso en los datos, y al no poder descifrar el contenido de las pantallas, pierdo prácticamente todo interés por lo que me rodea mientras estoy de servicio, e incluso dejo de prestar atención al parloteo de los científicos. Así es como debería ser cuando estoy activado. No tengo forma alguna de saber cuál acabará siendo la decisión del Canon en lo que respecta al valor de estos experimentos, pero mi papel actual no puede estar más claro: hago el trabajo que el falso Conjunto espera de mí, y lo llevo a cabo tan diligentemente como si mis lealtades no hubieran experimentado ningún cambio.

    Fuera de servicio, una vez desactivado me sorprendo preguntándome si el Canon —al igual que la Burbuja, al igual que las verdades de la ontología cuántica— no será una mera ficción carente de importancia. En la práctica, el verdadero Conjunto y el falso Conjunto tal vez nunca lleguen a experimentar la más mínima divergencia... y en ese caso, y por muy crucial que pueda ser para los miembros del Canon, la distinción nunca dejará de ser una abstracción. Hasta el momento ni Lui ni ninguna otra persona me han explicado cuáles serían los cambios que introduciría el Canon si pudiera controlar al falso Conjunto, y mi conocimiento de dichas cuestiones sigue siendo demasiado nebuloso para que pueda mantener opiniones firmes al respecto. Sé que creo que Po-kwai debería ser informada de la existencia de Laura y de cómo ha sido diseñado el módulo, pero no me atrevo a dar ese último paso; soy consciente de que mi situación actual no me permite predecir cuáles serían sus consecuencias.

    Puede que la única función del Canon sea la de hacer que nuestra herejía, que en el fondo es tan teórica como poco efectiva, nos parezca un poco más tangible. Quizá conspiraremos y urdiremos planes sólo para demostrar que somos libres de conspirar y urdir planes..., y al final todo quedará reducido a una conspiración de obediencia.


    ****

    —Hoy hemos obtenido unos datos magníficos —dice tranquilamente Po-kwai cuando salgo del dormitorio en un momento de mi comprobación nocturna del apartamento—. Son prácticamente concluyentes y no cabe duda de que son publicables..., suponiendo que pueda usar la palabra en estas circunstancias, claro. No se lo dije en el restaurante. ¿Ve? Estoy aprendiendo a mantener la boca cerrada.
    —La felicito.
    —¿Por qué? ¿Por haber mantenido la boca cerrada?
    —Por el resultado.

    Po-kwai frunce el ceño.

    —No sea tan razonable, ¿quiere? Me pone enferma. Usted no quería que estuviéramos en lo cierto. No espero que se abra las venas, pero al menos podría mostrarse un poquito... ¿abatido?
    —No estando de servicio.

    Se apoya en el quicio de la puerta y suspira.

    —A veces me pregunto cuál de los dos es menos humano, usted cuando está de servicio o yo cuando estoy esparcida.
    —¿Esparcida?
    —No colapsada; en múltiples estados. Lo llamamos estar esparcido. —Se ríe—. Eso es lo que me hará famosa: soy el primer ser humano de la historia capaz de esparcirse por propia voluntad.

    La ocasión de contradecirla, de mencionar a Laura, flota en el silencio durante un momento de tentación casi irresistible..., pero el riesgo de aquello a lo que podría acabar llevando es demasiado grande. Lo cual no significa que no pueda investigar cautelosamente algunas probabilidades, por supuesto.

    —A voluntad, sí... Pero alguien que hubiera sufrido daños neurológicos y hubiera perdido la capacidad de colapsar la función tal vez también podría hacerlo, ¿verdad?

    Po-kwai asiente.

    —Buena observación. Sí, es muy posible que haya podido ocurrir. El único problema estriba en que nadie se enteraría de ello y por tanto no habría nadie para contarlo. Cada vez que alguien así interaccionara con alguien que colapsaba la función, quedaría reducido de nuevo a una sola historia, un solo conjunto de recuerdos..., y después ni siquiera sabría que algo había cambiado. —Pero... Mientras estaba sola...

    Po-kwai se encoge de hombros.

    —No sé qué sentido tiene esa pregunta. Ya le he dicho que yo misma siempre acabo teniendo un solo conjunto de recuerdos. Los efectos demuestran que he sido esparcida, pero una persona con lesiones cerebrales no dispondría de ningún sistema de control, como el que ofrece el módulo, sobre los estados propios..., que serían colapsados por las demás personas, obedeciendo exactamente a la misma distribución de probabilidades que se aplicaría si esa persona se pudiera colapsar a sí misma. El resultado final sería el mismo. —Se ríe—. Supongo que Niels Bohr habría dicho que esa persona era idéntica a todas las demás. Si nadie, la persona en cuestión incluida, puede llegar a saber qué ha «experimentado» mientras no estaba siendo observada, ¿cómo podemos considerar que ese suceso ha sido real? Y la verdad es que tengo que estar de acuerdo con él. Quiero decir que... Bueno, por muy largos que llegaran a ser los intervalos carentes de observación entre los contactos con otras personas, cada vez que tuviera lugar una observación todos los estados que había ocupado, y todos los pensamientos y acciones que había «experimentado», se colapsarían en una secuencia lineal que no tendría absolutamente nada de particular.
    —¿Y si se la dejara sola con frecuencia? ¿Y si pasara la mayor parte del tiempo sin ser observada? ¿Cree que podría llegar a aprender, de alguna manera, a sacar provecho de lo que estaba ocurriendo? ¿Cree que podría obligar a que se volviera real y permanente, de la misma forma en que usted puede hacerlo con el módulo?

    Po-kwai parece disponerse a rechazar la idea, pero después titubea, la analiza con seriedad durante unos momentos... y de repente sonríe.

    —Pues no sé qué decirle. ¿Qué nivel de improbabilidad deberíamos atribuir a la configuración de neuronas en el módulo? Si una persona permaneciera esparcida durante el tiempo suficiente, desarrollaría toda clase de estructuras neurales enormemente improbables..., junto con toda una serie de estructuras altamente probables. Normalmente eso no tendría ningún efecto, pues las configuraciones más probables seguirían siendo las elegidas cuando tuviera lugar el colapso, y las demás se limitarían a desvanecerse. Pero si una de esas versiones improbables del cerebro poseyera determinadas capacidades de manipulación de los estados propios, quizá podría elevarse a sí misma a un nivel de probabilidades más alto.
    —Y en cuanto una versión que pudiera hacer eso hubiera llegado a volverse «real»...
    —...entonces cuando la persona volviera a esparcirse, dispondría de una ventaja doble. No sólo contaría con la habilidad de influir sobre los estados propios, per se, sino que al mismo tiempo sería un nuevo punto de partida: otros estados con habilidades todavía mayores se podrían volver más probables, y resultarían más fáciles de alcanzar. Sería como una especie de gran bola de nieve. —Sacude la cabeza, visiblemente fascinada—. ¡Evolución en el curso de una sola vida! ¡Probabilidad emergente al ataque! ¡Me encanta!
    —Así que realmente podría ocurrir, ¿eh?
    —Lo dudo muchísimo.
    —¿Qué? Pero si acaba de decir que...

    Po-kwai me da una cariñosa palmadita en el hombro.

    —Es una idea maravillosa. De hecho, es tan maravillosa que yo diría que se rebate a sí misma. Si realmente pudiera ocurrir, ¿dónde están los resultados finales? ¿Dónde están todos esos historiales de personas con lesiones cerebrales que llegaron a ser capaces de manipular los estados propios a voluntad? La primera fase debe de ser demasiado difícil como para que se pueda completar en un periodo de tiempo razonable.

    Estoy segura de que tarde o temprano alguien podrá calcular cuánto tiempo se necesitaría para ejecutar el gran salto inicial, pero la respuesta puede que sea meses, años, décadas... El período de tiempo necesario quizá sea mucho más largo que una vida humana. ¿Y cuánto tiempo llega a pasar a solas un ser humano?

    —Supongo que tiene razón.
    —Bueno, he de defender mi lugar en la historia, ¿no? Es lo único que tengo.


    ****

    —Me gusta —dice Karen—. Es inteligente, cínica y sólo un poquito ingenua. Tu mejor nueva amistad en muchos años, ¿eh? Y además creo que puede ayudarte.

    La contemplo en silencio, parpadeo y dejo escapar un suave gemido. Lo extraño es que no tengo ninguna sensación de haber sufrido una repentina pérdida de control: mis recuerdos vacíos y repetitivos de las últimas tres horas en la modalidad de vigilancia más bien parecen haberse evaporado, como si siempre hubieran sido una mera ilusión.

    —¿Qué es lo que quieres? —pregunto.

    Karen se ríe.

    —¿Qué quieres tú?
    —Quiero que todo vuelva a la normalidad.
    —¡La normalidad! Antes eras esclavo de una banda de secuestradores, y al parecer ahora adoras a la cosa que te ha esclavizado. ¡El Conjunto en la cabeza! Chorradas.

    Me encojo de hombros.

    —No me queda otra elección. El módulo de lealtad no va a desaparecer. ¿Qué esperas que haga? ¿Que enloquezca tratando de resistirme a él? No quiero enfrentarme al módulo. Sé con toda exactitud qué es lo que me han hecho. No niego que sin el módulo querría verme libre de él..., pero ¿en qué situación me deja eso? Si fuese libre, querría ser libre. Y si fuese otra persona, querría cosas completamente distintas. Pero no soy otra persona, y no quiero otras cosas. Es irrelevante. Es un callejón sin salida.
    —No tiene por qué serlo. —¿Qué se supone que significa eso?

    Karen no dice nada. Se da la vuelta y «contempla» la ciudad, y luego alza una mano y —imposiblemente— hace que la ventana aumente el contraste del holograma, reduciendo la pérdida luminosa de los letreros publicitarios y oscureciendo el cielo vacío hasta el negro más intenso imaginable.

    ¿Karen controlando Red roja? ¿O será que el proceso alucinatorio que hace aparecer su cuerpo ha empezado a manipular el resto de mi campo visual? Me enfrento a esas dos explicaciones igualmente improbables con una resignación igualmente aturdida. Seguir esperando que este problema se resuelva por sí mismo no servirá de nada. Los neurotécnicos tendrán que empezar a desmontarme.

    Contemplo la oscuridad perfecta de la Burbuja, involuntariamente fascinado por la visión de ese objeto inexplicable y sin que me importe cuál pueda ser la clase de ilusión —holograma de contraste realzado, o pura creación mental— que da lugar a la «visión» de esa cosa.

    Un tenue puntito de luz aparece en la negrura. Dando por sentado que no es más que un fallo de mi visión, parpadeo y sacudo la cabeza, pero la luz permanece inmóvil en el cielo. ¿Un satélite de órbita alta que se mueve muy despacio y acaba de salir de la sombra de la Tierra? El punto se vuelve más brillante, y de repente otro punto aparece cerca de él.

    Me vuelvo hacia Karen.

    —¿Qué me estás haciendo? —Ssssh. —Me coge de la mano—. Mira.

    Las estrellas continúan apareciendo, doblando su número una y otra vez igual que bacterias celestiales fosforescentes, hasta que el cielo está tan espléndidamente poblado como recuerdo haberlo visto en las noches más oscuras de mi infancia. Busco constelaciones familiares y durante un fugaz instante identifico la tan conocida forma de sartén de Orión, pero no tarda en desaparecer, engullida por la multitud de nuevas estrellas que están surgiendo de la nada alrededor de ella. Mis ojos encuentran nuevas y exóticas pautas, pero son tan transitorias como los ritmos del canturreo aleatorio de Po-kwai, y desaparecen apenas son percibidas. Las imágenes tomadas por los satélites durante el Día de la Burbuja, las más barrocas óperas espaciales de los años cuarenta, nunca tuvieron estrellas como éstas.

    Una deslumbrante franja luminosa —como una versión imposiblemente opulenta de la Vía Láctea— se va engrosando hasta el punto de la solidez, y después sigue volviéndose cada vez más luminosa.

    —¿Qué estás diciendo? —murmuro—. ¿Que el daño que hemos hecho puede ser... borrado? No lo entiendo.

    La banda de luz estalla, extendiéndose a través del cielo hasta que la negrura perfecta se vuelve perfecta y cegadora blancura. Le doy la espalda. Po-kwai grita. Karen desaparece. Giro nuevamente sobre mis talones hasta quedar vuelto hacia el holograma. El cielo suspendido sobre las torres de Nueva Hong Kong está vacío y gris.

    Permanezco inmóvil delante de la puerta del apartamento, y durante unos momentos me conformo con escuchar. No quiero volver a asustar a Po-kwai, pero no tengo ninguna intención de faltar a mis deberes. Nadie puede haber llegado hasta ella sin pasar junto a mí, pero ¿en qué clase de estado me hallaba, alucinando visiones cósmicas, para que me resultara posible saber quién o qué puede haber pasado junto a mí sin que lo haya visto? El episodio entero ya empieza a parecer completamente irreal: si no fuese porque la visión del cielo llameante aún no ha desaparecido de mi mente, juraría que guardo un recuerdo ininterrumpido de haber estado montando guardia, sumido en la modalidad de vigilancia, desde el momento en que le di las buenas noches a Po-kwai hasta el instante en que oí su grito.

    Cuando abro la puerta veo a Po-kwai, los brazos tensos alrededor del torso, entrando en la sala de estar.

    —Bueno, ya veo que no sirve usted de mucho —dice secamente—. A estas alturas podrían haberme asesinado en la cama.

    A pesar de la broma, parece estar mucho más afectada que la última vez.

    —¿Otra pesadilla?

    Po-kwai asiente.

    —Y esta vez recuerdo..., recuerdo qué es lo que estaba soñando.

    No digo nada. Po-kwai me mira y frunce el ceño.

    —Bueno, deje de ser un jodido robot y pregúnteme qué he soñado.
    —¿Qué ha soñado?
    —Soñé que perdía el control del módulo. Soñé que me esparcía. Soñé que... llenaba... toda la habitación, el apartamento entero. Y ya sabe que no soy sonámbula...

    De repente empieza a temblar con gran violencia.

    —¿Qué...?

    Po-kwai extiende la mano, me coge del brazo y me lleva por el pasillo que conduce al dormitorio. La puerta está cerrada. Po-kwai me la señala con una inclinación del cuerpo, se toma un par de segundos para recuperar el aliento y después dice:

    —Ábrala.

    Intento hacer girar el pomo, que se niega a moverse. —Está cerrada. Ese es el nivel de paranoia al que he llegado. Ahora cada noche la cierro.

    —¿Y despertó...?
    —Fuera de la habitación, hacia la mitad del pasillo. —Se coloca en el punto donde despertó—. Después de haber pulsado una combinación de ocho cifras para abrir la puerta, y otra para cerrarla después de salir.
    —¿Soñó... que hacía eso? ¿Soñó que accionaba la cerradura?
    —Oh, no. En el sueño no necesitaba tocar la cerradura, porque ya estaba fuera de la habitación. Estaba dentro y también estaba fuera. No necesitaba moverme... Me bastaba con reforzar el estado propio.
    —Y cree que... —empiezo a decir después de unos instantes de vacilación.
    —Lo único que puedo decir es que creo que mi subconsciente empieza a actuar por su cuenta —dice Po-kwai con firmeza—. Por difícil que resulte creerlo, tengo que haber empleado los códigos correctos mientras dormía. Porque en el caso de que se esté preguntando si el módulo podría haberme permitido atravesar una puerta cerrada, igual que si yo fuese un electrón y la puerta fuera una barrera de potencial, la respuesta es que no puede hacerlo. Y aun suponiendo que ello fuese posible, este módulo no ha sido diseñado para hacer ese tipo de cosas, sino para actuar sobre sistemas microscópicos. Fue diseñado para demostrar los efectos más simples; nada más.

    Imagino mi réplica tan vívidamente que casi puedo oír las palabras: «Este módulo no ha sido diseñado».

    Pero la maquinaria que llevo dentro del cráneo me mantiene callado; lo único que hago es asentir y decir:

    —La creo. Usted es la experta, ¿no? Y era su sueño, no el mío.


    9


    PODEMOS USARLO —dice Lui.

    —¿Usarlo? ¡No quiero usarlo, quiero que esto termine de una vez para siempre! Quiero la bendición del Canon para poder explicarle a Po-kwai qué es lo que está ocurriendo. Quiero que todo este asunto quede bajo control.

    Lui frunce el ceño.

    —Bajo control, sí, pero no debe hablarle de Laura a Po-kwai. Suponga que Chen descubre que la ha desobedecido. ¿En qué situación nos dejaría eso? Estoy seguro de que actualmente nadie sospecha la existencia del Canon. Confían demasiado en el módulo de lealtad, o no lo respetan lo suficiente. No parecen haber comprendido lo poderosa que puede llegar a ser la combinación de la inteligencia y su antítesis. Verá, en la lógica formal, un conjunto de axiomas inconsistentes puede ser usado para demostrar absolutamente cualquier cosa. En cuanto se tienes una sola contradicción, A y no A, ya no se puede derivar nada de ella. Me gusta creer que eso es una metáfora de la clase de libertad completamente nueva que se nos ha concedido. Olvídese de la síntesis hegeliana: nosotros disponemos del doble-pensar orwelliano.

    Cada vez más irritado, aparto la mirada de él para contemplar las extensiones de césped llenas de gente del parque de Kowloon y mis ojos acaban posándose en un arriate de flores que relucen con destellos iridiscentes bajo el calor. No puedo recurrir a nadie más, y al parecer no estoy consiguiendo que Lui me comprenda.

    —Po-kwai se merece saber la verdad —digo.
    —¿Merecer? No es una cuestión de qué es lo que se merece Po-kwai, sino de cuáles podrían ser las consecuencias. Siento el mayor respeto y admiración hacia ella, créame. Pero ¿de verdad quiere sacrificar el Canon meramente para informarla de que ha sido engañada? El falso Conjunto no se limitaría a imponemos módulos más estrictos