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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    MIS PRETENDIENTES (Corín Tellado)

    Publicado el domingo, septiembre 15, 2013

    Argumento:

    La experiencia de una mujer que, sin saberlo, estaba enamorada de alguien ante cuya sola presencia sentía siempre una vaga sensación de malestar… porque su mirada era como fuego en su carne.

    La pasión, la ternura y el amor, como elementos que sitúan este relato en la mejor tradición de la auténtica "vuelo" «rosa».


    Capítulo 1


    Eugenia y Tomás contemplaron, arrobados, la figura femenina y gentil que atravesaba la calle en aquel instante en dirección a la parada del autobús. Ambos, cuando la joven se perdió entre el conglomerado de personas que formaban la cola, se miraron uno a otro y Tomás suspiró:

    —¿No te parece imposible que sea nuestra hija, Eugenia?

    La mujer suspiró.

    —En efecto, Tomás —Y con ternura—: ¿No tomas el café? Llegarás tarde al trabajo.
    —Es cierto —Y suavemente—: Mirando a nuestra hija me olvido de todo. Dime la verdad, Eugenia, ¿no es Elena digna de ser la esposa de un príncipe?

    La madre sonrió enternecida.

    —Conformémonos con un hombre honrado y bueno que la haga feliz.

    Tomás sentóse ante la mesa y Eugenia colocó en ésta el tazón de café con leche y un trozo de pan. El hombre empezó a desayunar y, mientras lo hacía, comentaba con entusiasmo:

    —Es maravilloso tener una hija tan bonita, Eugenia. ¿Te has fijado? Todos los chicos del barrio están enamorados de ella.
    —Calla, Tomás, calla. Te ciega la pasión.
    —Eso sí que no. ¿No es Elena la joven más bonita de la barriada?
    —Sí, sí; pero tú, en calidad de padre, eres el menos indicado para decirlo.
    —Si no expansiono mi entusiasmo contigo, ¿con quién voy a hacerlo?

    La esposa sonrió indulgente y el marido le agradeció aquella sonrisa con otra llena de amabilidad.

    —Me gustaría que Elena se casara con ese novio que tiene, Eugenia. Es hijo de un coronel.
    —Demasiada categoría para nuestra hija, Tomás —adujo la esposa que era menos soñadora que el marido.

    Éste dejó de mojar pan en el café, y su semblante, bonachón e ingenuo, se alteró un tanto.

    —¿Demasiado para Elena? Pero, Eugenia, si nuestra hija merece un trono.
    —No seas visionario, Tomás. Hoy día las chicas sin dote no se casan con príncipes ni con hijos de coroneles. Y nuestra hija, Tomás, no posee más que la preparación que le hemos dado a fuerza de sacrificios, un palmito elegante, una cara bonita y su empleo de mecanógrafa.
    —¿Y no es bastante para conformar a un hombre?
    —Para un hombre sencillo tal vez se necesite menos, pero para un personaje opulento como tú lo deseas para nuestra hija, lo dudo.
    —Pues yo te digo…
    —Anda. Tomás, anda. No sueñes y ponte la chaqueta, que llegarás tarde al trabajo.
    —¡Hum! —refunfuñó el esposo.

    Eugenia se aproximó a la ventana y miró al final de la calle, donde se alzaba el pequeño taller de Pedro Ochoa.

    —Están abriendo el taller, Tomás.
    —Ya voy, ya voy, mujer. Ni siquiera me permites entusiasmarme con los sueños que acaricié toda mi vida.
    —Sueños que nunca llegarán a realizarse.
    —¿Y por qué no? Te puedo citar a muchas mujeres bellas casadas con opulentos personajes.
    —En el cine y en las novelas.
    —Que no, Eugenia. También las hay en la realidad.

    La mujer suspiró resignadamente. ¡Qué manía tenía Tomás con aquellas cosas! Ella no deseaba un príncipe para su hija, ni siquiera el hijo del coronel que la acompañaba aquellos días. No se fiaba de los hombres ricos. Para Elena le bastaba un muchacho honrado, trabajador y cabal, como su propio padre. ¿No había sido feliz con Tomás? Claro que sí. Y ella había sido tan bella como su hija. Y cuando se casó, Tomás era un simple aprendiz de mecánico. Con el tiempo y el esfuerzo llegó a ser oficial de primera. Y cuando Pedro Ochoa puso aquel taller de reparaciones de automóviles y le propuso ser encargado del mismo, Tomás no dudó en aceptar. Ganaba un buen sueldo y no le fatigaba el trabajo. Pero antes de ser encargado del pequeño taller, había sido un obrero corriente y moliente y ella nunca echó de menos el dinero de un príncipe ni de un simple comerciante. ¿Por qué Elena no podía seguir su ejemplo?

    —Te digo —insistió el marido, al tiempo de ponerse en pie y vestir la zamarra de cuero— que también en la realidad. Los príncipes italianos…
    —Tomás, por el amor de Dios, que no estamos en el mundo estelar del cine. Pisamos tierra firme y ésta no vacila bajo nuestros pies.
    —Toda la tierra es firme. ¿Por qué no puede un personaje casarse con nuestra hija?
    —Si le metes esas ideas en la cabeza, estamos perdidos.

    El obrero se encaminaba a la puerta, con el pitillo colocado en la boca y abrochándose la zamarra.

    —Las tiene bien metidas —rió feliz—, Elena no es una cabeza loca. Sabe bien lo que desea y se mira al espejo todos los días. Te digo que hará lo posible para sacar partido de su belleza.
    —Bastas tú para alimentar sus esperanzas.
    —Es el deber de todo padre.
    —Te equivocas, Tomás. El deber de todo padre es educar a sus hijos y evitar que caigan en el pecado de la vanidad.
    —Ta, ta. Eso era antes. Hoy los tiempos han cambiado.
    —¿Sabes lo que te digo, Tomás? Si todos los padres pensaran lo mismo, yo no me hubiera casado contigo.

    Tomás la contempló perplejo. Pero de súbito sonrió triunfal y dijo:

    —Yo era un buen mozo, Eugenia, y te enamoraste de mí.
    —¿Y no cabe la posibilidad de que Elena se enamore de un hombre vulgar y sin dinero?
    —En estos tiempos las mujeres no se enamoran como antes. Son más listas.

    Y se marchó riendo, convencido de lo que decía.


    Eran las tres de la tarde. Pedro Ochoa se hallaba recostado en la puerta de su taller. Hacía frío, la calle estaba húmeda. Pedro vestía pantalón de lana oscuro, jersey azul subido hasta el cuello y sobre éste una zamarra de cuero. Calzaba botas de doble suela y cubría la cabeza con una boina negra.

    Era un hombre moreno, fuerte, de estatura corriente. Tenía los ojos oscuros y serios, de mirar quieto. Pedro sonreía rara vez y cuando lo hacía, más que sonrisa era una mueca lo que curvaba el dibujo de su boca, tras la cual se ocultaban unos dientes blancos y fuertes que rara vez enseñaba.

    La vida había sido dura para él. Hijo de un oficial de panadero, conoció pronto las penurias y las necesidades. Murió su padre dejándolo poco menos que en la miseria. Hubo de mantener a su madre y a los catorce años empezó a trabajar. Una ocupación en un taller de mecánica que alternaba con sus estudios. A los veinte años era maestro industrial y a los veinticuatro perito, si bien para llegar hasta aquí hubo de pasar hambre, sueño, y muchas amarguras que compartió con su madre, y a solas los dos en el humilde hogar. Fue ahorrando como pudo; un jefe de taller le apoyó y le dio trabajos extras. Un día se decidió a solicitar un préstamo. Le fue otorgado. Puso aquel taller y trabajó por su cuenta.

    Pedro pensaba en todo esto apoyado en el marco de la puerta. Una tenue sonrisa, casi inexpresiva, brilló en sus ojos. Desde entonces las cosas iban mejor, mucho mejor, como jamás se atrevió a soñar. Pagó la deuda, compró maquinaria nueva y tenía excelente clientela.

    Elena Urdiales salía del portal de la barriada. Pedro dejó de pensar y empequeñeció los ojos. La bella joven pasó a su lado.

    —Buenas tardes, Pedro.
    —Buenas tardes, Elena —saludó todo lo amable que pudo.
    —¿Mucho trabajo?
    —No me quejo.

    Caminaba y hablaba a la vez. Pedro la siguió con la mirada entrecerrada. Un brillo inusitado apareció en sus pupilas. La boca se cerró con fuerza.

    —Hasta luego, Elena.

    Se alejaba. Se perdía en la cola de los que aguardaban en la parada del autobús. Como todos los días, mañana y tarde…, se quedó allí, recostado en el marco, con un pitillo perdido en la comisura izquierda de su boca. Quieto, firme, silencioso, con el pensamiento puesto en su infancia, en su adolescencia.

    Era un muchacho de doce años cuando en el barrio se dijo que los Urdiales tenían una hija. Todos apreciaban a los Urdiales. Era un matrimonio joven, amable, enamorado, sencillos y humildes los dos. Eugenia era una espléndida mujer. Él aún la recordaba cuando, pasados unos días, salía paseando con el cochecito de la niña. Esta creció. Primero era una niñita que correteaba por el patio de la barriada obrera tras los chiquillos mayores que ella. Después empezó a ir al colegio. Los Urdiales se diferenciaban de las de más familias obreras. No querían que su única hija se educara en una escuela pública, y la enviaron a un colegio de monjas. Para nadie era un secreto el sacrificio que para los Urdiales suponía aquello; pero ellos no dudaron en privarse de lo más necesario a fin de hacer de su hija una chica culta. Y lo consiguieron. La niña que fue primero, se convirtió en una adolescente bonita. Más tarde, al cumplir los dieciocho años, en una mujer espléndida.

    Pedro tiró lejos la punta del cigarrillo y su semblante se hizo más adusto.

    Elena empezó a trabajar. Ganaba para sí, según decía su padre. Y éste también decía que Elena llegaría a hacer una gran boda.

    Sonrió haciendo una mueca. ¡Una gran boda! ¿Qué entendía Tomás por una gran boda?

    Él la veía llegar desde la ventana de su piso sobre el taller, con un hombre joven y muy elegante… ¡Una gran boda! Se mordió los labios y entró en el taller. Restregó las manos en una estopa empapada de gasolina y sin prisas se aproximó a dos hombres que manipulaban un lujoso automóvil.

    —Esta pieza está gastada, Pedro —dijo un obrero—. ¿La reparamos o la ponemos nueva?
    —Ponla nueva —replicó con su habitual sequedad.

    Y se dirigió al torno ante el cual había un hombre puliendo una pieza de hierro.

    —Eso tiene que estar listo al atardecer, Ricardo —dijo.

    Y siguió su camino.

    Tomás Urdiales se le acercó.

    —¿Hay alguna novedad, Pedro?
    —Ninguna. Únicamente que al atardecer vendrán a recoger ese coche. Procure que los muchachos no se duerman. Si me necesita, estaré en la oficina.
    —Vete tranquilo.

    Lo estaba con respecto al trabajo. Cuando propuso a Tomás un puesto de encargado a su lado, supo lo que se hacía. Tomás era un obrero eficiente, cuanto más un encargado.

    Desde la puerta de la oficina, contempló la nave del taller. Había quince hombres trabajando para él y todo aquello le pertenecía. Ya no era un pobretón.

    Giró en redondo y se cerró en la oficina. Una joven mecanógrafa le saludó. Le miró con ojos lánguidos. A Pedro le tenían muy sin cuidado las coquetas miradas de la vistosa mecanógrafa. Él amaba a una muchacha y no era de los hombres que cambiaban de sentimientos como de chaqueta.

    Y con fiera amargura pensó en las pretensiones de Tomás Urdiales. ¡Una buena boda!


    Anita Santos y Elena Urdiales salieron juntas a la calle. Anita era una joven morena, de grandes ojos gitanos, gentil y femenina. No se dejaba querer fácilmente por los hombres. Elena era infinitamente más bella y nadie sabría decir por qué. Su pelo era rubio oscuro y lo peinaba a la moda; sus ojos, azules como puras turquesas. No era una belleza clásica, tal vez sus rasgos no guardaban gran armonía, pero el conjunto era de un atractivo extraordinario. Además era esbelta como un junco, sus formas estaban bien definidas y la sonrisa de su rostro iluminaba cuanto de bello había en su persona. Los muchachos de la oficina decían de ella que todas las bellezas de la Naturaleza se habían recopilado, volcándose en su persona. Y era bien cierto. Ganaba para ella y vestía con gusto a la última moda. Sus ropas, sus zapatos, sus perfumes, eran de calidad y las que la envidiaban, comentaban entre sí: «Es una presumida.»

    Mentían. Elena no estaba enamorada de su persona. Era sencilla y cordial, pero deseaba casarse con un hombre rico. Era, por decirlo así, la única aspiración de su vida e iba camino de conseguirla. Su novio se llamaba Alejandro Miranda, pertenecía a una familia de militares opulentos y era hijo tercero de un coronel que ostentaba el título de conde. ¡Casi nada! Las amigas, exceptuando Anita Santos, le envidiaban, y los hombres envidiaban a él, si bien ambos sentimientos dejaban a Elena indiferente.

    Cuando salieron a la calle, Anita miró a un lado y otro y comentó:

    —¡Maldita lluvia! ¿No viene Alejandro a buscarte?
    —Hoy no.
    —¿Y eso?
    —Tenía que acompañar a su madre a una sala de modas. ¡Un fastidio para Alex! Pero ya sabes lo que son las madres encopetadas.

    Anita no respondió. Cogió el brazo de su amiga y ambas se guarecieron bajo el paraguas de Elena.

    Anita no aspiraba a tanto como su amiga: su novio era sargento de Aviación y se hallaba destinado fuera. Le escribía dos cartas a la semana y pensaban casarse dos años después.

    —¿Vamos al cine? —propuso Anita. Elena casi se espantó.
    —¿Crees que tengo ganar de oír a Alex? Es muy celoso y me tiene prohibido ir a ninguna parte sin él.

    Anita nunca aprobó aquel noviazgo, y no tenía reparo en decírselo a su amiga, si bien ésta nunca se lo tomaba a mal. Anita y ella fueron juntas al colegio. Siempre se quisieron. Fue Anita la que, al ser mujer, se colocó primero, e influyó para colocar en su misma oficina a Elena. Entonces, la amistad se hizo más estrecha. Anita era hija de un contratista de obras y vivían bien, casi con lujo. Ocupaba con sus padres el quinto piso de un edificio nuevo, en una calle bastante céntrica, y, como Elena, ganaba para sí.

    Nadie al verlas les habría tomado por vulgares oficinistas. Parecían hijas de potentados.

    —Pero él no duda en divertirse en su esfera social —apuntó Anita contestando a su amiga.
    —Es como un deber.
    —No entiendo esa clase de deberes. Yo, en tu lugar, no le guardaría tanta consideración.
    —Anita, por Dios.
    —Escandalízate todo lo que quieras, pero yo repito lo mismo.
    —Alex me quiere mucho.
    —¿Te habló de boda?
    —Mujer, hay tiempo para eso.
    —Hace seis meses que eres su novia, Elena. Al mes, Esteban y yo señalábamos la fecha de nuestra boda.
    —En el gran mundo no se hacen las cosas tan precipitadamente.

    Anita sonrió, desdeñosa.

    —Mira, chica, piensa lo que quieras, pero yo… no opino igual. Yo, en tu lugar, no confiaba tanto. Alejandro es ingeniero e hijo de personas de abolengo, y me parece un pájaro de cuenta.
    —¡Anita!
    —Lo dicho, y no me mires con esa expresión de espanto. No te confíes mucho. A los hombres les gusta pasear a las chicas guapas y presumir con ellas, pero a la hora de casarse buscan una mujer de su igual.
    —Anita, me estás poniendo carne de gallina.
    —Ten cuidado, es lo que te digo. Y no seas tonta. No guardes ausencia a quien seguramente se está divirtiendo de lo lindo.
    —Vamos al cine —dijo Elena ingenuamente.

    Anita sonrió triunfal.


    Capítulo 2


    Al salir del cine, encontraron a Pedro Ochoa. Abandonaba el local cuando ellas, Anita ya lo conocía de haberlo visto en la puerta del taller, cuando ella iba a buscar a Elena.

    Pedro las saludó con un escueto «hola» y Anita, más dicharachera que Elena, entabló conversación. Pedro era parco en palabras, pero pronunciaba alguna y Anita tenía la virtud de hacer hablar a las piedras.

    Caminaron los tres juntos hasta el final de la calle. Hablaban del tiempo pésimo que hacía, de la película, que había sido vana y vulgar, y del trabajo… Elena no tomaba parte en la conversación, salvo que la abordaran directamente. Al final de la calle. Pedro se despidió y se perdió en una tasca. Ellas continuaron su camino.

    —¿No le tienes simpatía? —preguntó Anita.
    —Me impone un poco. Es como una estatua —dijo alzando los hombros.
    —Su conversación es interesante.
    —¿A qué llamas interesante?
    —A sus mismos silencios prolongados. Es un hombre serio y gusta hablar con él.
    —No comparto tu gusto. Será que siempre lo vi en el barrio.
    —Puede ser eso. A fuerza de ver siempre a una persona, llegas a cansarte. Yo no estoy en tu lugar. Lo conozco desde que tú trabajas. Y es un hombre que no dice tonterías ni frivolidades. Hoy hay pocos hombres así.
    —Cuidado, Anita. Parece que te gusta.
    —Estoy enamorada —replicó Anita deliciosamente—, pero si no lo estuviera… ¡Quién sabe! Aunque no me parece hombre fácil de conquistar.
    —Nunca le conocí novia.
    —¿Y vivió siempre en el barrio?
    —Yo siempre lo vi por allí.
    —¿Vive solo?
    —Con su madre. Es una viejecita pulcra y bondadosa. Papá admira mucho a Pedro. Dice que ha sido un muchacho de tesón.
    —Y parece que vive bien.
    —Mujer, tiene un taller de reparaciones. Pasó años muy malos. Eso lo cuenta papá cuando narra casos de la vida de sus vecinos.
    —¿Y no te parece eso muy meritorio?
    —Naturalmente; pero no querrás que por eso ame a Pedro.

    Anita rió divertida.

    —No imagino —dijo regocijada— a una joven tan bella y delicada como tú amando a un hombre tan… ¿cómo diría…?
    —Tosco —atajó Elena.
    —No —reprobó la otra pensativamente—, tosco no es la palabra. Yo diría mejor, enigmático.
    —Te advierto que sólo tiene treinta y un años.
    —¿Nada más?
    —Nada más.
    —Le echaría por lo menos treinta y cinco.
    —Yo también. Pero papá dice que tiene treinta y uno y trabaja en talleres desde los catorce, y lo curioso del caso es que estudió la carrera de perito al mismo tiempo.
    —¡Extraordinario! ¿Dónde vive?
    —En el primer piso sobre el taller. Viven él, su madre y Juana.
    —¿Quién es Juana?
    —Una mujer que se dedicaba a limpiar portales. Y desde hace tres años está de sirvienta en su casa. La madre de Pedro tiene muchos años.
    —Ya. ¿Y por qué vestirá así?
    —Nunca lo vi de otra manera. Pantalones, jersey y botas fuertes. Es muy vulgar.
    —¿Qué entiendes tú por vulgar?
    —Lo que es Pedro Ochoa.
    —Su físico y su indumentaria tal vez sean vulgares —admitió Anita pensativamente—, pero su idiosincrasia no lo es. Yo diría que es todo lo contrario.
    —¿Sueñas?
    —No por cierto. Expreso en alta voz lo que observé en él.
    —¿Y qué observaste en él? —preguntó Elena regocijada e incrédula.
    —El mirar de sus ojos, la mueca que crispa la boca. Hay algo bajo todo eso. Algo que lo diferencia de los demás hombres.
    —Tal vez me equivoque —aceptó, alzándose de hombros—, pero… no es fácil.

    Se detuvieron al final de una céntrica calle. No había cola para el autobús. Era ya las diez de la noche. Anita se despedía. Vivía en la calle paralela. Elena tendría que tomar el autobús que iba hacia el barrio.

    —Ves visiones, Anita. Hasta mañana.
    —Sí, ya seguiremos hablando de eso.
    —No, por Dios. Es un tema aburrido.

    El auto frenó a su lado. Era un «Seat 600» de color azul, ya bastante usado.

    —Voy para casa, Elena —dijo la voz de Pedro, sacando la cabeza por la ventanilla—. Si quieres subir…

    Las dos amigas se miraron. Una regocijante sonrisa brillaba en la mirada de ambas.

    —Claro que subo, Pedro —dijo. Y mirando a su amiga—: Hasta mañana. Anita.
    —¿Es tuyo? —preguntó Elena cuando el auto había ya arrancado.
    —No. Pero como si lo fuera. Lo reparamos en el taller y lo estoy probando.
    —Es verdad. No me acordaba que tú casi siempre vas en coche.
    —Aunque no sean míos.

    Elena, sin responder, se limitó a sonreír. Hubo un silencio. De pronto, Pedro aminoró la marcha y la miró. Elena pensó en Anita. Tal vez tenía razón. Los ojos de Pedro eran serios, pensadores, no eran los ojos joviales de un joven feliz que lo expone todo en la mirada. Pedro ocultaba más bajo su mirada que en sus silencios.

    —Elena, quiero decirte algo.

    Ella no dio importancia a la solemnidad de aquella voz.

    —Dilo.
    —Tú sabes que no soy un sentimental.

    La joven frunció el ceño. ¿Qué le importaba a ella que Pedro fuera o no un sentimental?

    —No te conozco, Pedro.
    —¿Que no me conoces?
    —Para los efectos, no. Te he visto siempre en el barrio, pero te traté poco.
    —No obstante, sabes que soy un hombre leal y consciente.
    —Me lo pareces.
    —Nunca he tenido novia.

    Se volvió un poco, para mirarlo mejor. Las mandíbulas de Pedro estaban cuadradas. Su mirada era o parecía más oscura. Sintió curiosidad. ¿A qué fin le decía aquellas cosas? A ella le importaba un pepino que Pedro hubiera tenido novia o no.

    —Al menos —dijo amable—, nunca te conocí ninguna.
    —No la he tenido. No sirvo para engañar a una mujer. ¿Y sabes por qué no la he tenido?
    —Supongo que porque no te gustó ninguna bastante.
    —No. No la tuve porque nunca estuve en disposición de casarme.
    —¡Ah!

    Y no supo más que decir. Su cerebro trabajaba a velocidad supersónica, buscando una causa que justificara el porqué Pedro le decía aquellas cosas. No la encontró.

    —Hoy puedo casarme. Mantener a una mujer con holgura.

    Elena se estremeció. Al fin su cerebro encontraba una causa. ¿Real? ¿Sería posible? Se aturdió y sintió aquella vaga sensación de malestar que sentía cuando pasaba junto a Pedro y éste la seguía con sus inquietos ojos.

    —Elena, yo…

    Lo supo con clara nitidez en aquel instante. Y tuvo miedo. Un miedo absurdo tal vez, pero miedo al fin y al cabo. Miedo de lo que él iba a decir y miedo de su respuesta, que había de doler a un leal vecino y ella no era tan vanidosa como para gozarse en una negación que a toda costa hubiera deseado evitar.

    —Elena.
    —No me lo digas —saltó impulsiva—. No, Pedro. Te lo suplico.

    El «Seat» se detuvo ante una plaza solitaria a aquella hora de la noche.

    —Tengo que decírtelo.
    —No lo hagas. No deseo hacerte daño. Eso… debiste callarlo siempre.
    —Sabes —dijo sin preguntar.
    —Lo adivino.
    —¿Sabes desde cuándo, Elena?
    —No quiero saberlo. No deseo saberlo.

    Y en su voz casi había súplica. El la contempló pensativamente. Sus ojos le parecieron a Elena más oscuros que nunca.

    —No eres mala —dijo grave—. Hay en ti grandes virtudes, además de tu belleza exterior. Por eso te quise desde que eras una niña.
    —Pedro —suplicó—, pon el auto en marcha y olvidemos esto. Dalo por no dicho. Yo lo daré por no oído.
    —No —dijo con firmeza—, he de hablar. Después haz tú lo que quieras No soy hombre elocuente, Elena, ni sé conquistar a una mujer, pero te juro que a mi lado serías feliz.
    —No —se tapó los oídos—. Tú sabes que tengo novio. Sabes que nunca pensé en ti como posible marido. Compréndelo, Pedro.
    —Sabía que ibas a contestar eso.

    Alzó la cabeza y lo miró extrañada.

    —Si lo sabías, ¿por qué me haces pasar esta violencia? ¿Por qué la pasas tú?

    Pedro puso el coche en marcha antes de responder. Cuando lo hizo, su voz era suave y serena.

    —Sé que tienes novio. Un chico rico y despreocupado. No se casará contigo, Elena.
    —¡Pedro, no te permito…!
    —Perdona. Pese a lo mucho que te quiero, que siempre te quise en silencio, desearía equivocarme. Porque ante todo deseo tu felicidad. ¿Qué importo yo?
    —¡Pedro, no quiero que sufras por mi culpa!
    —Es inevitable. Esta noche te busqué para decirte que si algún día me necesitas en cualquier condición que sea, yo estaré siempre dispuesto a ayudarte.
    —Ojalá no te necesite.
    —Ojalá, Elena, pero si eso ocurre…

    El auto se detenía en la barriada y Elena saltó al suelo y echó a correr sin dejarlo continuar. Iba impresionada y a la vez furiosa. Pedro metió el auto en el garaje y bajó de él. Una tibia sonrisa curvaba sus labios. Lo había dicho ya. Estaba más tranquilo.


    La habían enseñado a no ocultar nada. A decirlo todo. Y aquella noche, cuando llegó, Eugenia y Tomás observaron alarmados la alteración y palidez del bello rostro.

    —¿Qué te ocurre? —preguntaron casi a un tiempo.

    Elena se quitó la gabardina y como un autómata la dejó tirada sobre una silla, junto con el bolso, el pañuelo y los guantes. Después se sentó como si se derrumbara, sobre una butaca.

    —Elena…
    —Acabo de recibir una impresión violenta. Estoy asustada, turbada y molesta.
    —¿Qué pasó?

    Lo refirió con voz entrecortada, concluyendo con pesar:

    —No quiero hacerle daño. Lo estimo como vecino, pero nada más. Y yo no soy una vanidosa chiquilla que goza rechazando a los hombres. Él, que me conoce, no debió hablar —alzó los ojos húmedos—. ¿Verdad que no debió hablar, papá?

    Papá bajó la mirada al suelo, sin responder. Tenía la frente fruncida y una mueca indefinible en los arrugados labios. La mirada de Elena fue desde su padre a buscar una tentadora sonrisa en la madre. Pero la halló silenciosa y pétrea.

    —Mamá…, ¿verdad que no debió decírmelo?
    —Elena —empezó el padre…
    —Sí, papá, es tu amigo y le estimas. Pero yo…
    —No iba a decir eso, hija. Iba a decirte que no todos los hombres saben callar cuando aman.
    —Pero yo no tengo la culpa de que él me ame. Nunca hice nada por alentar sus sentimientos, que siempre desconocí y que desearía seguir desconociendo. ¿Tú qué me dices, mamá?

    Eugenia se sentó frente a su hija. Le tomó las manos entre las dos suyas.

    —Elena, si yo diera satisfacción a mí misma y si mi consejo te sirviera de algo, te diría: cásate con Pedro. Es de los hombres que hacen felices a las mujeres. Pero ¿serviría de algo mi consejo?
    —De nada.
    —Por eso me callo.
    —Pero ya lo has dicho —intervino el padre.

    Eugenia lo miró escrutadora.

    —¿Qué dices tú? Entre el novio que Elena tiene actualmente y Pedro, ¿cuál de los dos elegirías para tu hija?
    —Hum…
    —Ya lo tengo elegido, papá —saltó, impulsiva, la muchacha—. Pero puedes hablar con sinceridad, no influirán para nada tus palabras.

    Tomás encendió un cigarrillo. La experiencia le había demostrado en diversas ocasiones, que con un pitillo entre los dedos, resultaba más elocuente.

    —Mira, Elena. Voy a ser sincero, sabiendo de antemano que mis palabras no van a influenciar en ti. Jamás torceré por gusto los deseos de tu corazón, pero como padre tengo que contestar a tus preguntas.
    —Sigue, papá.
    —El deseo de tu padre, Elena, es que subas a un trono —apuntó Eugenia con cierto desdén.
    —Esta vez te equivocas, Eugenia. Esta mañana hablamos de eso y yo manifesté mi contento por el novio que tienes. Pero… nunca creí que Pedro Ochoa te amara, ésa es la verdad. Ante un príncipe, el novio que tienes y Ochoa… elijo a este último.
    —¡Papá!
    —Tomás.
    —Sí, Eugenia. Hay que vivir junto a Pedro para conocerle bien. Y es… un hombre admirable. Eso es todo lo que tengo que decirte —Se puso en pie y aplastó el cigarrillo en el cenicero—. Me voy a la cama, Elena. No tomes en cuenta mis deseos.
    —No, papá —replicó con firmeza—. Amo a Alejandro y Pedro es para mí un vecino, pero nada más.

    Tomás se retiró sin responder y Eugenia sirvió la cena a su hija sin hacer otro comentario.


    Capítulo 3


    Salió de casa más pronto que de costumbre, para no tropezar con él en la puerta del taller. Pasó por allí casi corriendo y subió al autobús a trompicones. Se sentía aturdida. No durmió pensando en ello y sentía un horrible dolor de cabeza. Como si una pesadilla gravitara sobre ella.

    Otra, en su lugar, se sentiría halagada. Ella no. Y no por ella precisamente, sino por él, y cuando volviera a verle experimentaría aquel absurdo malestar que era aturdimiento y turbación.

    A la salida del trabajo propuso a Anita entrar en un café.

    —¡Qué raro en ti! —exclamó su amiga—. ¿No tienes miedo que te vean los amigos de Alejandro?
    —Es que me duele la cabeza y voy a tomar una aspirina. Además, quiero hablarte.
    —Diablos, ¿qué te ocurre? Te vi como ausente toda la mañana. Tú que nunca cometes faltas en las cartas comerciales, esta mañana las llenaste de erratas.
    —Estoy como aturdida.

    Estaban sentadas ante una mesa del café. Elena refirió todo lo ocurrido la noche anterior. Hubo un largo silencio. Elena sorbió el café y se tragó la aspirina sin masticar.

    —Así producen úlcera.
    —¿Qué dices?
    —Me refiero a la aspirina.
    —¡Ah! —un silencio—. De lo otro… ¿qué?

    Anita jugó con un cortadillo.

    —No me gusta el café tan azucarado —dijo, como si sólo pensara en aquello—. Llevaré este cortadillo para el canario.
    —Anita.
    —Dime.
    —¿Qué? ¿No me dices nada?
    —¿Y qué puedo decirte? ¿Quién soy yo para dilucidar en estas cuestiones?
    —Ayer te reías ante la sola posibilidad de un noviazgo entre Pedro y yo.

    Anita reflexionó la respuesta.

    —Mira —dijo apreciativa—, en efecto me reí y tal vez me ría aún. Sois diametralmente opuestos. Tú eres fina, exquisita. Ni más ni menos estás hecha para ser la esposa de un hombre como Alejandro. El es adusto, difícil de comprender, pero… ¿Sabes acaso cómo quiere y siente ese hombre? Muchos hay con físicos vulgares, mirada dura y boca cruel que guardan en su corazón un mundo de ternura. ¿Por qué no ser Pedro uno de éstos?
    —Yo no le amo.
    —Lo sé.
    —No le amaré nunca.
    —Lo sé asimismo, pero te duele haberle rechazado.
    —Es un vecino y le estimo. Además, gracias a él mi padre disfruta de un trabajo descansado.
    —No te duele haberle rechazado por eso, Elena.
    —¿No?
    —No. Te duele, porque de igual modo te dolería rechazar a otro chico cualquiera del barrio. Lo mejor es que olvides todo eso y, puesto que amas a Alejandro, procures casarte con él cuanto antes.
    —Y seria causando a Pedro otro dolor.

    Anita enarcó una ceja.

    —¡Y qué te importa Pedro! Me asombras, Elena.
    —Compréndeme.
    —Trato de hacerlo desde que empezaste a hablar.
    —Es un hombre mayor —arguyó Elena aturdida—. No es un muchacho veleidoso, y los hombres de su condición no aman dos veces. Además —continuó bajo los analíticos ojos de su amiga—, siempre que le vea, recordaré y sentiré su humillación como si fuera la mía propia.
    —Tu cariño fraternal —se burló Anita— te hace parecer a mis ojos como una hermanita de la caridad.
    —No te burles.
    —Sí no me burlo, hija. Pienso en alta voz. ¿Pagas tú o pago yo? No vamos a quedarnos aquí sentados hasta la hora de volver a la oficina.

    Pagó ella, pues Elena parecía alelada aquella mañana. Salieron de nuevo a la calle, cogidas del brazo.

    —Lo mejor de todo es que olvides el incidente —aconsejó Anita—. Y cuando te tropieces con él háblale con naturalidad, como si no hubiera ocurrido nada.
    —Pero él sufrirá.
    —Y dale con lo mismo. Y tú, ¿no sufres tú?
    —Pero es distinto.
    —No veo la diferencia por ningún lado.


    * * *

    Había nevado aquella tarde. Hacía un frío espantoso. Elena salió de casa envuelta en un elegante abrigo gris de corte inglés. Pisó con fuerza el hielo que formaba la nieve y el agua.

    Le vio recostado en la puerta del taller. Era la primera vez que le veía desde el día anterior. Estuvo a punto de cambiar de dirección, pero le pareció ridículo hacerlo y siguió su camino con aparente naturalidad. Esperaba ver pesar o tristeza en los ojos de Pedro. Y fue mucho su asombro cuando le vio sonreír con naturalidad.

    —Vas a mojarte —le dijo, como otras veces le decía «Buenas tardes, Elena».
    —Voy protegida —replicó ella, rechazando su mirada.
    —Hace un día espantoso, ¿eh?
    —Sí. En efecto.
    —Hasta luego, Elena.

    Le dio rabia. Y se consideró absurda. ¿Por qué le fastidiaba si, precisamente, lo que deseaba era aquella indiferencia? ¿Pero por qué le habló de aquel modo, para olvidarse tan pronto? Incomprensible. Cuando el jefe dejó la oficina. Anita se aproximó.

    —¿Vamos al cine?
    —No. Alejandro vendrá a buscarme.
    —¡Ah!
    —Lo siento. Anita.
    —No te preocupes —Y con rápida transición—: ¿Qué hay del mecánico?

    Elena se alzó de hombros con desdén.

    —Estoy más tranquila —dijo—. Lo he visto en la puerta del taller y me habló como si nada.
    —Un hombre listo.
    —¿Qué dices?
    —¡Oh, nada! Pensaba en alta voz.
    —Ya.
    —¿Y de qué te habló?
    —Del tiempo.
    —Ya.
    —¿Qué piensas?
    —Nada. Ahí viene el jefe.

    Y corrió a su mesa.

    Alejandro esperaba a la salida. Era un chico alto, rubio, distinguido, de mirada sarcástica. A Anita no le gustaba nada «aquel tipo». Parecía burlarse hasta de su sombra y con eso de que su padre era coronel y conde, además, se llevaba el mundo por delante. Vaticinaba una gran lección para Elena. Y dada la dignidad de ésta, iba a sufrir mucho con el trallazo, porque el golpe moral iba a ser tremendo. Eso lo sabía ella bien.

    Les vio perderse calle abajo, cogidos del brazo y emparejó con un compañero.

    —¿Qué, Anita? —rió burlón el charlatán—. ¿Piensa tu amiga ser condesa?
    —No puede serlo, amigo. Es el tercer hijo.
    —Pierde cuidado, que no lo sería de ningún modo. Esos tipos, cuando deciden casarse lo hacen con una de su igual.
    —Elena es muy guapa —defendió con calor.

    Una cosa era lo que ella pensara y otra aprobar lo que decía aquel memo. El léxico de Anita no era muy pulido al referirse silenciosamente a sus semejantes.

    —¿Guapa? Sí, por mil diablos. Lo es hasta la saciedad y nos gusta a todos, pero esos tipos no miden a las mujeres por su belleza, sino por su dinero y sus títulos de nobleza. No me irás a decir tú, tan lista, que esperas una boda de ese fugaz noviazgo.
    —Lo que yo pienso no te importa —rezongó—. ¿Qué te has creído?
    —Lástima —rió el muchacho sin ofenderse. Todos conocían los ex abruptos de Anita— que tengas un novio sargento. ¿Qué te parece si te hago el amor?
    —Pierdes el tiempo.
    —Volviendo a la guapa de la oficina.
    —Te digo que te calles…
    —¿Por qué, mujer?
    —Porque estás muerto de envidia.
    —Es verdad —admitió noblemente—. Envidio a ese tipo y te aseguro que si hace una faena a Elena le rompo la crisma.

    Anita se despidió de él sonriendo.


    —Estás muy callado, Alex.
    —Pienso.
    —¿No puedo compartir tus pensamientos?

    Se hallaban en una sala de fiestas. Ambos sentados ante una mesa, parecían sumidos cada uno en hondas reflexiones. Alex tenía cara de aburrido y Elena parecía preocupada.

    —Pienso en nosotros dos —dijo él.
    —¿Qué pasa?
    —Mis padres se enteraron de mis relaciones contigo.
    —¿Y bien?
    —No les agrada.

    Elena se estremeció casi imperceptiblemente. Su subconsciente le dijo que Alejandro no debía ser tan rudo para decírselo. Pero no hizo mención de ello.

    —¿Qué objeciones ponen?
    —Tu condición.
    —Soy una muchacha honrada. Alex, y tú lo sabes.

    El hijo del coronel hizo un gesto aburrido.

    —Sin duda, pero eso no interesa.
    —¿Cómo?
    —Piensa con la cabeza. Elena.
    —Con los pies no voy a pensar. Siempre lo hice con la cabeza.
    —Pues si ésta es razonadora, convendrás conmigo que entre una chica frívola de mi mundo, y una muchacha intachable del tuyo la elección para mis padres es obvia.

    Elena apuró el contenido de la taza de té sin parpadear.

    —No me interesa —dijo nerviosa— lo que piensan tus padres, sino lo que piensas tú.
    —Pero te harás cargo de que a mí me interesa mucho lo que piensan mis padres.
    —¿Qué significan tus palabras?

    Alejandro contempló impasible las bellas pupilas de la animadora. Una chica estupenda. También Elena lo era. Quizá más perfecta que la animadora, pero… demasiado ingenua, demasiado pegada a su honradez, de la cual hacia un culto. Y él estaba cansado de aquella monotonía. ¿Sus padres? ¡Bah! No se habían metido jamás en nada. Es más, casi estaba por asegurar que ignoraban sus relaciones con la muchachita de barrio. Sabía muy bien que cuando le llegara la hora de casarse no lo haría con una mujer inferior a él. Sus dos hermanos tuvieron docenas de novias, modistillas, oficinistas, azafatas: pero a la hora de la verdad (como le sucedía a él), se casan con jóvenes de su clase, e igualdad de condiciones social y económica.

    —Significa. Elena —dijo reflexivo—, que tendremos que vernos menos.
    —¿Menos? Esta semana has venido a buscarme tres veces.
    —Para la semana próxima serán solamente dos.
    —Alex… ¿has dejado de quererme?

    Alejandro se impacientó. Las chicas sentimentales siempre le cargaron. Y Elena era una sentimental empedernida.

    —Claro que no —dijo meloso—. Es por mis padres.
    —Pero quien se va a casar contigo soy yo.

    Se quedó suspensa. No hubiera querido decirlo, pero estaba dicho. Alejandro la contempló de modo raro. Y tras un silencio de meditación, dijo:

    —Eso es cierto. ¿Bailamos?

    Nunca, durante mucho tiempo, supo por qué, pero lo cierto es que aquella noche, como tantas otras, se negó al deseo de Alejandro de ser besada. Elena era una chica puritana, moderna sólo en su exterior, y una voz interna le aconsejaba no permitir familiaridades a Alejandro. Además, se había hecho el firme propósito de ser sólo besada por su marido. Por lo tanto, jamás había sido besada por Alejandro. Y éste, aquella noche, intentó una y otra vez hasta el extremo de alejarse enfadado. Ella quedó triste y atravesó su calle con paso lento.

    —Buenas noches, Elena.

    Se detuvo sobresaltada. No pensaba en Pedro en aquel instante. Pensaba en la rara conducta de Alex. Miró hacia la oscuridad, de donde salía la voz de Pedro. Éste cerraba la puerta del taller en aquel instante. Su pétrea cara, bajo la sombra que proyectaba el farol callejero, ponía una extraña neblina en sus oscuros ojos.

    —Muy tarde cierras —dijo ella sin entonación.
    —Hemos tenido trabajo extra. Tu padre acaba de marcharse.
    —Buenas noches, Pedro.
    —Oye…, ¿saldrás una noche conmigo?
    —No. Ya sabes que tengo novio.
    —Si —dijo con acento monótono—. Ya te vi llegar con él. Perdona.
    —De nada.

    Siguió en dirección a su casa. Le dio rabia que él se conformara tan pronto.

    Durante la semana siguiente sintió una terrible humillación.

    Elena era afectuosa y noble, pero tenía una dignidad extremada y la ofensa le llegó muy hondo.

    —¿Qué os ha pasado? —preguntó Anita, extrañada.
    —No lo sé. En toda la semana no ha venido.

    Empezaron las ironías de los compañeros de la oficina.

    Si fuera Anita, habría seguido las bromas. Ella era de otra pasta.

    —¿Ya se ha cansado el condesito, Elena? —le preguntaban unos.

    Otros se miraban sin decir nada y era para Elena más humillante. Uno de ellos le dijo una tarde:

    —He visto a tu ex con una chica guapísima de la alta esfera.

    Aquello colmó el vaso, ya de por sí bastante lleno. No replicó, pero se hizo el firme propósito de aceptar otro noviazgo. Quienquiera que fuera aquel novio suponía un desquite y, por supuesto, no pensó en ningún compañero de oficina. Muy al contrario, era ante ellos precisamente, donde deseaba dejar bien sentado que el desaire de Alejandro le tenía muy sin cuidado. Ni siquiera a Anita participó sus propósitos. Era su mejor amiga, la única verdadera, pero aun así, ante ella misma se sentía humillada.

    Había muchos hombres que la miraban con admiración. Bastaba una sonrisa suya para iniciar una amistad que más tarde se habría convertido en relaciones amorosas. No obstante, no le agradó ninguno. No se encontró con fuerza para empezar de nuevo con un desconocido.

    Estaba desorientada. Humillada en lo más vivo. Ella no se consideraba una mujer vulgar ni de la calle, para merecer el desprecio silencioso de Alejandro. Ella creía merecer una explicación, pero Alejandro no parecía dispuesto a darla. Dejó de ir a buscarla, como si ella fuera ni más ni menos que una cualquiera. Esto producía en su dignidad de mujer un desconsuelo que era insoportable y humillante.

    Una tarde, al regreso de la oficina, ella y Anita caminaban silenciosas por una céntrica calle. De un elegante salón de ésta salía una pareja. Anita miró a Elena y ésta mantuvo inmóvil su cara. Mas lo cierto es que en su interior sentía la ofensa como una bofetada física. Aquel hombre era Alejandro. Llevaba del brazo a una elegante muchacha. Pasaron por su lado. Las ignoró, como si jamás las conociera. Elena y Anita les vieron atravesar la calle y subir a un elegante automóvil aparcado al borde de la acera El auto se alejó conducido por la mujer. A su lado iba un Alejandro obsequioso, galante.

    Las dos jóvenes siguieron silenciosas su camino. Elena muy pálida. Anita nerviosa, como deseando a toda costa desvanecer la humillante impresión recibida por su amiga. No era fácil, ella bien lo sabía, pero aun así, habló del tiempo con serenidad aparente, lo mismo que de trajes y cines.

    Elena le siguió la corriente, y cuando se despidieron, Anita no pudo por lo menos de decir:

    —Hay que ser fuerte, Elena. No merece la pena preocuparse.
    —¿Preocuparme? No lo estoy.
    —¿No duele?
    —No —rotunda y, en contraste, tenía unos horribles deseos de llorar—, ¿Mañana, domingo, vamos al cine?

    Anita la contempló escrutadora. ¿Sería posible que no doliera? Ella conocía a Elena. Sabía mucho de su fina sensibilidad. Conocía asimismo el grado de dignidad que dominaba los actos de su amiga. ¿Cómo era posible, pues, aquella indiferencia? ¿Era fingida o verdadera?

    Alzóse de hombros. Como quiera que fuese, lo esencial era que Elena no se sintiera afectada.

    —Sí —dijo—, iremos al cine. Y si te parece, por la mañana salimos a tomar el vermut como dos potentadas.
    —De acuerdo.
    —¿Acordamos hoy la hora, o te llamo mañana por teléfono? Puedes cambiar de planes.
    —¿A qué fin? —preguntó con altivez.

    Le dolía que ante ella no fuera franca, pero al mismo tiempo pensaba que ella, en idénticas circunstancias, tal vez hubiera obrado igual.

    —De todas formas te llamaré por teléfono a las once.
    —Está bien. Hasta mañana.

    Se perdieron en dirección contraria. Anita se dirigió a su casa lentamente. Elena a la parada del autobús, que había de llevarla a la barriada obrera.


    ¿La esperaba? Nunca lo supo. Era demasiada coincidencia encontrarlo siempre a aquella hora de la noche, cerrando el taller. Y fue aquella noche como si el destino de Elena diera una voltereta. Al ver a Pedro se detuvo en seco. Su cerebro trabajó a velocidad supersónica. ¿Por qué no? No era un hombre elegante ni pertenecía al gran mundo. Pero era completo y le serviría para ocultar su humillación.

    —Buenas noches, Elena.
    —Hola, Pedro.

    Otras veces saludaba sin detenerse. Aquella noche paró en seco frente a él. Pedro vestía un pantalón azul de lana, jersey subido hasta el cuello, zamarra de cuero. El subconsciente de Elena le dijo: «Cuando sea tu novio, tendrá que vestir de otro modo.» ¿Novio? ¿Pero se había hecho ella el firme propósito de ser la novia de Pedro? Se estremeció a su pesar.

    —¿Tienes ya los planes formados para mañana domingo? —le preguntó.

    «Tal vez sabe lo de Alejandro y él me ama. Me lo ha dicho. Su amor me turba, lo que nunca me ocurrió con Alejandro, pero…»

    —No.
    —¿Hacemos planes juntos?

    «No —pensó—. Iré con Anita.» Y asombrada se encontró diciendo:

    —Bueno.
    —Mañana dispongo de un «Renault». Podemos ir a tomar el vermut a Barajas y por la tarde a la parrilla del Rex.

    «¿Vestido así? —se horrorizó—. Si Alejandro me ve, se reirá de mí. No, no aceptaré.»

    —Bueno —dijo.
    —A las once te esperaré junto a tu casa.
    —Está bien.
    —Hasta mañana, Elena.
    —Buenas noches.

    Siguió su camino. Le ardía la espalda como si los ojos de Pedro taladraran la oscuridad de la noche y quemaran su carne. Cuando llegó al portal de su casa se volvió. Sí, seguía allí, inmóvil como un fantasma, rígido en mitad del camino. Ella entró en el portal y echó a correr escalera arriba.

    Intuyó que sus padres habían penetrado en su estado de ánimo. Se mostraban con ella más cariñosos, como si pretendieran resarcirla con su cariño, de sufrimientos ocultos. Desde el fondo de su corazón agradeció su discreción y su ternura. Nada preguntaron. Se limitaban a extremar su afecto, y la sensibilidad de Elena, de por sí agudizada, salía aquellos días a flor de piel. Lloró en la cama con la cara oculta en la almohada. ¿Si amaba a Alejandro? Lo ignoraba. No sabía si sufría su corazón o su orgullo humillado de mujer, pero de lo que si estaba segura era de sentir un sufrimiento insoportable.

    Se levantó con ojeras. Miróse al espejo y procedió a pintarse. Era preciso borrar toda huella de amargura. Por encima de todo había de mostrarse alegre y animada. Nadie, ni los compañeros de oficina, ni Anita. ni siquiera sus padres, y menos Pedro, habían de notar su desánimo. Era preciso no sólo levantar la cabeza con desafío, sino su voluntad, que, a veces, se derrumbaba con el dolor.

    La llamó Anita por teléfono. Apretó el auricular y dio a su voz una sonoridad nueva, como si su vida fuera una desbordante felicidad.

    —¿A qué hora te espero, Elena?
    —Oye, ¿sabes que Pedro me invitó a ir a Barajas esta mañana?
    —¡Ah…! —hubo una vacilación. Después—: ¿Aceptaste?
    —Sí.
    —¿Y por la tarde?
    —Quedé en ir con él a la parrilla del Rex.
    —¡Qué lujo!
    —¿Nos acompañas?
    —No. Dedicaré la tarde —mintió— a escribir a mi negrito.
    —Entonces, hasta mañana en la oficina.
    —Que te diviertas, Elena.
    —No te enfadarás, ¿verdad?
    —Claro que no, Elena.

    Y no se enfadaba. Elena podía decir y hacer lo que quisiera, mas no por ello la engañaba. ¿Pedro como desquite? No le agradó. Pedro parecía un hombre bueno, honrado, sencillo. Elena no obraba bien. Algún día ella se atrevería a decirlo.

    En su casa, Elena, creía haber engañado a Anita. Colgó el teléfono, y cuando sonó de nuevo, el corazón le dio un vuelco. ¿Pedro?

    —Diga.
    —¿A qué hora voy a buscarte?
    —A las doce.
    —Entonces voy a vestirme. Acabo de levantarme.
    —Hasta ahora —dijo Elena, y colgó.
    —¿Vas a salir? —preguntó su madre tras ella.
    —Sí.
    —¿Con Anita?
    —No —se alejaba hacia su alcoba—. Con Pedro.

    Eugenia parpadeó. Cuando Elena se marchó, la madre miró a Tomás.

    —¿Qué dices?
    —Nada.
    —Tengo miedo, Tomás. Es tan impulsiva y se siente tan humillada.
    —Esperemos.

    Temía que le hablara de amor. No fue así. Se mostró amable y cortés, siempre dentro de su seriedad. Era adusto y parecía frío, mas, a veces, cuando sorprendía su mirada, sentía aquel absurdo aturdimiento. Era la mirada de Pedro como fuego en su carne. Una mirada, encendida y brillante, si bien aquella sensación se desvanecía pronto.

    Tomaron el vermut en Barajas. En el mismo bar del aeropuerto y vieron cómo aterrizaban y despegaban los aviones que volvían de distintos puntos del mundo.

    —Nunca viaje en avión —dijo ella. Y con soñadora expresión—: Tiene que ser interesante.
    —Cuando te cases lo harás.
    —¿Casarme? Sí —rió nerviosa—. Quizá entonces viaje en avión.
    —¿Nunca has salido de Madrid?
    —Nunca. Fuera de aquí soy una paleta.
    —Un madrileño nunca es paleto en ninguna parte.

    Hablaron mucho, de naderías, de trivialidades, sin rozar el tema que estaba latente, y los dos, como de mutuo acuerdo, lo soslayaban de continuo. Para Elena fue una mañana entretenida. Cuando regresaban al auto ella lo analizó. Era la primera vez que veía a Pedro vestido con decencia. No eran su traje y su gabardina prendas lujosas, pero si correctas. Peinaba el cabello hacia atrás, y despejaba la frente inteligente. Sus oscuros ojos eran en su cara como dos cristales opacos. Elena se dijo que le sería muy difícil penetrar en el secreto de aquella mirada. Y al pensar en el secreto lo hizo teniendo en cuenta también aquel otro que, vago e impreciso, guardan todos los humanos tras su mirada.

    Le agradeció que no abordara el tema amoroso. ¿O quizá había dejado de quererla? No. Un hombre de la talla moral de Pedro, no ama hoy a una mujer para olvidarla al día siguiente… ¿Por qué, pues, no hablaba de ello? ¿Se debía a su discreción, o era que la creía enamorada de Alejandro? Fuera como fuese se mostró discreto y ello logró ganar su estimación.

    La devolvió a casa a las dos de la tarde.

    —¿Vengo a buscarte por la tarde?
    —Bueno.
    —No quisiera ser pesado.
    —No lo eres.
    —¿Lo has pasado bien?
    —Sí.
    —Gracias.
    —¿Por qué me las das?
    —Por tus palabras. Si no son ciertas, es un consuelo. Si es verdad, es para mí una satisfacción.
    —Es verdad.
    —Mejor. Vendré a buscarte a las seis.
    —Bien.
    —Antes de ir al Rex podemos tomar algo en la terraza de un café.
    —Me parece bien.

    La vio alejarse, perderse en el portal. Subió de nuevo al auto y lo aparcó frente a su casa. Subió despacio las escaleras. Al entrar en su casa tiró la gabardina sobre una silla.

    —¿Eres tú, Pedro?
    —Sí, mamá.
    —Ven.

    Entró en la salita. Rita era una mujer bajita, regordeta, pulcra. Sus cabellos eran blancos como la nieve. Sus ojos negros y usaba lentes. Pedro se aproximó a ella y la besó en la frente. Luego se sentó a su lado.

    —Estás preocupado, ¿verdad?
    —Sí.
    —No te hagas demasiadas ilusiones, hijo mío. Es tan joven y bonita…
    —Sí —y pasó la mano por la frente.
    —¿Y el novio, Pedro?

    Éste crispó el rostro. Una arruga profunda marcó su frente.

    —No ha vuelto a buscarla.
    —¿Sin explicaciones?
    —Eso creo.
    —Ella no te lo dijo —apuntó sin interrogar.
    —No. Lo supe…
    —No debieras enamorarte así de esa muchacha, Pedro. Sé cómo eres, temo por ti.

    El perito alisó el cabello con ademán maquinal. Se le notaba nervioso y él era ecuánime por naturaleza.

    —Pedro…
    —No me digas nada, mamá. Prefiero aguardar el después.
    —Pero siempre existe y a veces es doloroso.
    —Lo sé.
    —¿Sales con ella esta tarde?
    —Sí.

    Y abandonó la salita, dejando preocupada a la buena mujer. Ella sufría por él. Le conocía, no en vano era su madre y había vivido a su lado toda la existencia de aquel hijo modelo.

    También sería un marido modelo. Y amaba como un loco a la vecinita. Y Pedro era de los que aman para siempre, o no aman nunca.


    Capítulo 4


    Le vio nada más llegar. Le flaquearon las piernas y dos rosas rojas tiñeron su bella cara. Allí estaba, entre una pandilla elegante de muchachas y hombres. Se inclinaba galante hacia la misma distinguida joven, con la cual salía de la sala de té la noche anterior. Pedro la llevaba cogida del brazo. En su fuero interno agradeció a Pedro que se vistiera casi elegante aquella tarde, pero aun así no dejaba de ser un hombre de treinta y dos años, vulgar y corriente. Sintió dentro de sí una incontenida irritación.

    Alejandro también la vio. Sus ojos, al tropezar con los suyos, brillaron irónicos. Elena sintió la humillación en las fibras más sensibles de su ser. Pasó junto a él con la cabeza erguida. Supo que Alejandro hacía un comentario y todos la miraron. Ella miró a Pedro. Pensó: «No se ha dado cuenta de nada.» Se equivocaba. El hombre había «visto», había «sentido» y una gran irritación lo agitó, pero supo disimularlo.

    Por la mañana la había «sentido» a su lado. En cambio, por la tarde, fue una tarde desagradable en extremo y la «sintió» ausente y odió al petimetre rubio que, a pesar suyo, acaparaba la atención de Elena.

    Le pidió un baile. Elena se disculpó. Habló de mil cosas sin sentido, sin ilación y Pedro deseó fervientemente que la tarde terminara. Terminó al fin. La ayudó a ponerse el abrigo. Vio los ojos de Alejandro en su persona. Se sintió analizado desde los pies a la cabeza.

    «Dentro —se dijo irritado—, no penetrará: no es nada fácil.»

    Salieron. Elena respiró a pleno pulmón. Él hizo un comentario trivial de la noche. Luego subieron silenciosos al «cuatrocuatro». En el mismo silencio hicieron el recorrido. Al llegar ante la barriada, él preguntó con naturalidad:

    —¿Salimos de nuevo mañana?
    —Ve a buscarme a la salida de la oficina.
    —De acuerdo.

    Y salieron un día y otro. Los compañeros de trabajo dejaron de reír irónicos. Eran hombres leales y entre Alejandro y Pedro (a quien sólo conocían de verlo aparecer al final de la calle y emparejar con Elena), éste salía ganando.

    —Tú te casarás con éste —le dijo un día el más parlanchín y atrevido de todos—. Este es un hombre. El otro era un figurín.

    No respondió. No dio explicación primero: menos después.

    Anita se mostraba muy discreta. Veía, oía y callaba. Pero una tarde, Pedro no fue a buscar a Elena, y las dos jóvenes emparejaron.

    —¿Cómo no ha venido?
    —Está ausente.
    —¡Ah!

    Un silencio. Elena no deseaba continuar hablando de Pedro. La otra, sí. Era sincera y apreciaba a su amiga.

    —¿Qué hay?
    —¿Qué hay, dónde?
    —Entre tú y Pedro.
    —Nada.
    —¿Nada? ¿No tienes confianza en mí?
    —Dejemos eso, Anita.
    —No. Por el contrario, hablemos de ello. Tú necesitas hablar. Estás como perdida en el marasmo de tu propia debilidad.
    —Te aseguro que no.
    —Amaste a Alejandro. No me digas que lo has olvidado. Tú no eres de las que olvidan a cada instante.

    Elena mordióse los labios.

    —Prefiero hablar de otra cosa.
    —Somos de la misma edad —apuntó comedida Anita—. Por lo tanto, nuestra experiencia en la vida y el amor es idéntica, pero analizan mejor los ojos ajenos que los propios. Y yo te estoy observando a ti desde que sales con Pedro.
    —No me interesa saber lo que has sacado de tu examen.
    —Elena —se dolió Anita—. ¿Ya no somos amigas?
    —¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro?
    —Tiene mucho. Si siguieras apreciándome, no te mostrarías reservada conmigo.

    Elena se detuvo y cogió febril el brazo de su compañera.

    —Te ruego que no me hagas más preguntas.
    —Por despecho no, Elena.

    Esta empezó de nuevo a caminar. Anita continuó persuasiva:

    —Con amor hay mucho que oír y pasar en el matrimonio. Imagínate sin él.
    —¡Cállate!

    Llegaron a la parada del autobús. Llegaba éste. Elena subió al vehículo de un salto.

    Anita la siguió con los ojos, unos ojos pensativos y tristes.

    —Hasta la tarde, Anita.

    Esta no respondió. Aún permaneció allí unos minutos. Hasta que el autobús se perdió en el final de la calle.


    * * *

    No esperaba encontrarlo, y por eso, al tenerlo delante, bajo el farol callejero, sintió como una bofetada en plena cara.

    —Elena.
    —¿Tú? —y su asombro no era fingido.
    —Sí, yo. ¿Tan raro te parece?
    —Raro, no; inconcebible, sí.
    —Ni lo uno ni lo otro. Nos debemos una explicación.
    —¿Explicación? —exclamó soberbia—. Te equivocas, Alejandro. Por otra parte —añadió satisfecha del desquite—, no deseo que me vean contigo.

    Se hallaban uno frente a otro en el comienzo de la plaza que conducía a la barriada obrera. Ella había descendido del autobús sin pensar en nada definido en aquel instante. Pedro había ido a Barcelona y no regresaría hasta finales de la semana. ¿Lo echaba de menos? No. Le apreciaba, no se aburría a su lado, pero eso no era suficiente, y ella bien lo sabía. Su amor seguía siendo de Alejandro, pero no por ello lo admitiría de nuevo en su vida. Por eso al verle de nuevo a su lado sintió como un trallazo moral y miles de recuerdos atropellados acudieron a su memoria.

    —Elena, te debo una explicación y voy a dártela. No quiero que me juzgues incorrecto.

    Presintió que Alejandro iba a anunciarle su próxima boda con aquella distinguida joven de su mundo. Quiso adelantarse. Recibir otra humillación de él, ésta peor que la otra, sería insoportable. Pedro le había dicho que estaría siempre a su disposición.

    —Elena.
    —No tienes explicación que darme —dijo—. A decir verdad —añadió, mintiendo con aplomo—, yo también te la debo. Estamos iguales. Me caso. Ya pensaba hacerlo cuando salía contigo. Siempre estuve enamorada de Pedro.
    —¡Elena! —exclamó Alejandro, regocijado—. Qué satisfacción me produce la noticia. Yo que venía tímido a decirte que me caso…
    —¿Tu también? Ni que nos pusiéramos de acuerdo.

    Sintió fuego en la cara y un dolor insoportable en el corazón. La tenue luz del farol impedía que Alejandro observara su alteración. La voz de Alejandro fue febril al decir.

    —No podré amar a una mujer como te quise a ti, pero… hazte cargo, Elena. Mi posición… estoy habituado a vivir en un ambiente ilimitado, sin ataduras económicas. No soy capitalista, dependo de mis padres. Tú eres una muchacha pobre. Al cabo de algún tiempo seríamos unos desgraciados. ¿Lo comprendes?
    —No se trata de eso, Alejandro —repitió altiva y hasta con cierta indulgencia que molestó al hombre—. Nunca he pensado en el dinero. Mido el noviazgo y el matrimonio desde mi pedestal sentimental, y a ti no te amé nunca.
    —Entonces me has mentido.
    —No.
    —Aseguraste amarme, y yo, leal, vengo a disculpar mi proceder.
    —Nos equivocamos con frecuencia, Alex. Eso me ocurrió a mí.
    —Muy lamentable, Elena.
    —¿Acaso deseabas que me echara a llorar?
    —No. Pero me hubiera gustado que me comprendieras, y fuéramos amigos en el futuro.
    —¿Es una ofensa?
    —Perdona.
    —Olvidémoslo. Te felicito. A tu vez puedes felicitarme a mí.
    —No.
    —¿No?
    —Saberte en brazos de otro hombre será una tortura.
    —¿Cómo hemos de llamar a eso?

    Alejandro hizo un ademán ambiguo con la mano.

    —No siento remordimiento de conciencia —dijo frío—, pero si irritación. Y pesar, Elena. ¡Eres tan bonita! —añadió con fervor, que desagradó a la joven—. Renunciar a ti cuesta, ¿sabes? Y pensar que te llevará aquel paleto vulgar…

    ¡Paleto vulgar! Sí, eso era Pedro. Alejandro lo había definido de modo contundente y preciso.

    —Te prohíbo que hables de Pedro en esos términos.

    Ella misma se encontró ridícula. Y escapó en la oscuridad. Alejandro no trató de detenerla. Elena había sido para él un sueño rosado. Algo demasiado imposible. ¿Su amante? Había abrigado una leve esperanza. Vaga, desde luego. No era Elena Urdiales de esa clase de mujeres, pero costaba, sí, renunciar a ella. Y en el fondo de su corazón envidió al hombre que iba a poseerla.


    * * *

    Se lo dijo su padre. Y no parecía dirigirse a ella, pero Elena supo que lo decía para que lo supiera.

    —Ayer llegó el jefe, Eugenia. He de ir pronto al trabajo.

    Padre e hija tomaban juntos el desayuno. Elena no parpadeó al saberlo. Fue su madre la que dijo:

    —Pues Rita no lo esperaba hasta el sábado.
    —Lo sé. Tampoco nosotros. Pero llegó ayer a las doce. Acaba de decírmelo por teléfono —Y con admiración y entusiasmo—: Ha traído un «Seat» pequeño: se lo adjudicaron la semana pasada. Llegará lejos ese muchacho. Hablando ayer con el contable, éste, me decía que Pedro no se dejaba atar por dos millones.
    —¡Caray! —exclamó la esposa—. Eso es mucho dinero.
    —Y tanto. Ahora adquirió maquinaria. Pronto se ampliará la nave del taller.

    Se levantó casi con precipitación. Si lo decían para que ella lo supiera, perdían el tiempo. Como hombre, ni rico ni pobre le interesaba. Como desquite, sí.

    Había dicho a Alejandro que se casaba con Pedro y aceptaría a éste tan pronto le hablara de boda. Estaba decidida. Sintió mal sabor de boca y una irritante picazón en los ojos, pero, soberbia, siguió pensando en su locura. Las consecuencias, las obligaciones que iban inherentes a la unión matrimonial, no la preocupaban en aquel instante. Era como una obsesión, y ésta no cejaría hasta que Alejandro la viera casada.


    El encuentro con Pedro tuvo lugar minutos después. Lo vio recostado en la puerta del taller, enfundado en los mismos pantalones oscuros y el jersey azul. Su rostro vulgar estaba vuelto hacia ella. La miraba avanzar y había en sus ojos aquel brillo cegador e inusitado.

    Se detuvo a su lado. El seguía mirándola.

    —Hola —saludó ella.

    Pedro no respondió. Continuaba mirándola, y sus ojos le parecían a Elena más oscuros y enigmáticos que nunca.

    —Hola —repitió ella, como autómata, y un tanto aturdida, añadió—: Te has quedado tonto.

    El reaccionó.

    —Un poco.
    —¿Qué tal el viaje?
    —Bien; ¿qué has hecho tú durante mi ausencia?
    —Nada extraordinario. Creo que te has traído un «Seat».

    El rió.

    —Sí. Lo tenía solicitado hacia tiempo. ¿Quieres estrenarlo esta tarde?
    —Bueno.
    —Iré a recogerte por la tarde. A la una no puedo. Tengo una cita de negocios.
    —Está bien.

    Se alejaba. El la seguía con los ojos. Al desaparecer la joven se volvió hacia el taller. Atravesó éste y se perdió en el interior de la oficina. Tomás lo siguió pensativo con los ojos.

    A la salida de la oficina, Anita quiso reanudar la conversación interrumpida tres días antes. Elena no lo deseaba. Había cosas que prefería dejar muertas, y que la vida la condujera por el lado que quisiera.

    —¿Cuándo llega Pedro?
    —Ha llegado ya.
    —¿Sí? ¿No decías que llegaría para la semana próxima?
    —Pues llegó ayer. Esta tarde salgo con él.
    —¿Y qué, Elena?
    —¿Que qué?
    —¿En qué va parar eso?
    —En boda.

    Anita se detuvo en seco. Parecía anonadada.

    —Elena, vas demasiado lejos. Además él, Pedro, es un hombre leal y consciente, no merece que le hagas una faena así.
    —Me ama.
    —Al hombre que ama de veras no le basta con amar, ha de sentirse correspondido.
    —¿Y por qué no le puedo corresponder yo?
    —Porque tú aún amas a Alejandro.

    No le dijo que lo había visto la noche anterior. ¿Para qué? Sería hacerle ver que se casaba por despecho. Era la verdad, pero Anita lo ignoraba.

    —Eso era antes —dijo desdeñosa. Anita no creyó en su desdén.
    —Elena, si quieres un consejo…
    —¡No!
    —Lo necesitas.
    —Te equivocas. Si me caso con Pedro lo haré bien segura de mí misma.
    —Dios mío, Elena, nunca pensé que tu orgullo fuera tan grande. Ni tampoco que tu amor por Alejandro fuera tan… apasionado.
    —¿Quieres callarte? —Y sin transición, con indiferencia—: Ya llega mi autobús. Hasta la tarde, Anita.

    Esta no respondió.

    Como tres días antes, quedó muy quieta en el borde de la acera.


    Capítulo 5


    El flamante «Seat» se perdió en la calle. Anita lo siguió con la mirada. Alzóse de hombros y echó a andar con paso lento.

    —¿Tenemos boda? —preguntó el parlanchín, emparejado con ella.

    Anita le miró como si no le viera. Su mirada era ausente y huidiza.

    —Pronto se consoló —rió impertinente.
    —¿Tienes envidia?
    —Lo confieso… La tuve del petimetre, y la tengo más de éste.

    Anita se interesó.

    Le gustaba oír la opinión de los hombres. Siempre era interesante y suponía una nueva experiencia.

    —¿Por qué más de éste?
    —Mujer, éste es un hombre.
    —¿Sí? ¿Es que Alejandro era una damisela?
    —Era un crío antojadizo.
    —Explícate.
    —¿Te parece interesante mi breve disertación?
    —Me parece narices.
    —Entonces no sigo.
    —Sigue.
    —Mi nariz se resiente.
    —¿Quieres dejar de decir tonterías? Cuando quieres eres irritante.
    —Con Alejandro, Elena no tenía dónde apoyar su fragilidad femenina.
    —Curioso en verdad. Continúa.

    El impertinente que siempre suspiró por Elena y nunca trató de disimularlo, se echó a reír burlonamente.

    —Hay hombres y hombres, Anitina —ironizó—. El primero me parece un crío que jugó a querer a Elena. Éste la quiere y no es un crío.
    —Pero el amor…
    —Lo pintan verde o color rosa. ¿Qué color prefieres para tu Cupido?
    —Eres irritante.
    —Soy leal.
    —Desde tu realidad —dijo sin preguntar—. Vaticinas felicidad para la muchacha que hubieras deseado para ti.
    —Exacto. Junto a ese hombre que viste tan descuidadamente, lo auguro.
    —Llega tu autobús —dijo Anita.
    —No importa. Lo dejaré seguir. ¿Te acompaño?
    —Sé muy bien el camino.
    —Me gustan las rubias, pero no me importaría quedarme con una morena. Oye, ¿qué te parece si entre los dos olvidamos a tu sargento?
    —Déjate de bobadas, Rafael.
    —No son bobadas.
    —Hasta mañana.
    —Pero…
    —Ahí te quedas.

    Rafael suspiró burlonamente, y Anita se alejó indiferente.

    A mitad de su calle se encontró con una vecina, con la cual salían ella y Elena alguna vez.

    —¿Qué es de Elena? —preguntó—. La semana pasada la vi con un hombre que no me pareció pareja para ella.
    —Pues creo que se casa con él.
    —¿Qué dices?
    —Eso.
    —Hum.
    —¿Qué pasa?
    —No me pareció hombre para ella, ya te lo dije.
    —Nunca sabemos quién es para quién.

    Echaron a andar jumas.

    —Es verdad. Se me olvidaba decirte… Mi compañero de oficina tiene una hermana que es la institutriz de los hijos de un hermano de Alejandro y nos ha dicho que éste se casa.

    Anita dio un respingo. ¿Lo sabría Elena? Sí, indudablemente lo sabía, y de ahí su reacción. Sintió pena.

    —Se casa —continuó informando Cris— con una chica de familia opulenta. Su abuelo es marqués. Creo que tiene mucho dinero. Ya se hizo la petición oficial y la boda está señalada para la primavera próxima. ¿Lo sabe Elena?
    —No sé —Y con decisión que engañó a la otra—: A Elena no le interesa. Está muy enamorada de Pedro.
    —El hombre que la acompaña, ¿se llama así? No me gusta para ella.

    Anita introdujo el llavín en la cerradura y sin volverse, dijo:

    —El amor es ciego. Por otra parte, Pedro me parece un hombre interesante.
    —Mujer, no digas eso.
    —Hay que conocer a las personas para juzgarlas.

    Y era sincera.

    La otra alzóse de hombros, y sin responder se adentró en su piso.


    El «Seat» se deslizaba por la carretera de La Coruña. Pedro lo conducía con habilidad. Elena, a su lado, con la cabeza recostada en el asiento y los ojos cerrados, parecía dormitar.

    —¿En qué piensas, Elena?

    Abrió los ojos y se incorporó.

    —Casi me había dormido —exclamó como aturdida.
    —Si te hablara…. ¿me escucharías?

    El corazón femenino dio un vuelco en el pecho. Sí, le escucharía. Estaba deseando que hablara cuanto antes.

    Ella tenía que casarse antes que Alejandro, con Pedro o con quien fuese, pero puesto que era Pedro, mejor.

    —Sí, claro que te escucho.
    —No soy hombre parlanchín, ni sé decir con elegancia lo que siento.
    —Lo que sea, dilo como puedas.
    —Te lo dije una noche…. ¿recuerdas?
    —Sí.
    —Sigo pensando igual.

    Ella no respondió.

    —Elena…
    —Sí, sigue.
    —Prefiero no repetir lo que ya sabes. Sólo te preguntó, ¿quieres? Te ruego —añadió con un acepto bronco que ella nunca le oyó— que medites la respuesta y seas sincera al dármela. Te quiero mucho, más de lo que sé expresar, pero… no te deseo sin amor. Si no correspondes a mi cariño, prefiero perderte. Un engaño no te lo perdonaría jamás.

    Sus palabras fueron pronunciadas con sequedad, casi como una sentencia. Y en el transcurso de su vida había de recordarlas Elena más de una vez. En aquel instante, sólo la afectaron momentáneamente. Las olvidó con fuerza, como si las ahogara dentro de sí.

    —Por eso te pido sinceridad —prosiguió Pedro—. Y no me contestes ahora. Piensa en ello, medita…
    —Ya lo tengo meditado.

    Pedro frenó el auto y se volvió inquisidor hacia ella.

    —¿Es… —preguntó bajo, como deslumbrado— que tú me quieres?

    Y ella no vaciló en responder.

    —Sí.
    —¡Elena! Cielos, es como un deslumbramiento.

    La miraba. Elena sostuvo valientemente aquella mirada.

    No sentía dentro de sí remordimiento alguno. Sólo pensaba en su desquite, sin darse cuenta de que Pedro no tenía la culpa de lo que había hecho Alejandro.

    —Elena, lo has dicho y no puedo creerlo.

    Hablaba quedamente, emocionado, tembloroso y por un instante Elena se asustó. Si tuviera más edad, pensaría con cordura. Se daría cuenta de que su deslealtad era indescriptible jugando con los sentimientos de aquel hombre formado, que la amaba de veras. Pero Elena, además de ser muy joven, desde que se sintió humillada había cambiado mucho. Ya no era la muchachita cariñosa y leal que admiraban sus padres y sus amigos.

    Era una mujer dura, inflexible, y tendría que amar mucho para volver a ser lo que fue.

    —Elena, dime que no estoy soñando.
    —Te…. te lo digo.

    Se acercaba a ella. Le tomaba las manos, le rodeaba la cintura.

    —Elena…. no sé qué decirte.
    —No…. no me… digas nada.
    —Pero tengo que besarte. ¡Lo he deseado tanto…! ¡He soñado noches y días con este instante, considerándolo inalcanzable, y de pronto…!

    La atrajo hacia sí. Olía a hombre. A tabaco bueno, a loción… Elena pensó en Alejandro. Nunca se había dejado besar por él. Iba a ser aquélla la primera vez que recibiría la experiencia, y sintió rabia de que fuera Pedro y no Alejandro quien se la proporcionara.

    Se sintió apretada sobre el pecho masculino. No intentó retroceder. Los labios de Pedro se cerraron sobre los suyos con fuerza, con habilidad. No era un novato. Era un hombre hecho y derecho que sabía manejar a las mujeres. No hubo más que un beso que la encendió, que puso en sus pupilas extrañeza, alarma.

    El la soltó.

    —He sido… brusco.
    —No —dijo con un hilo de voz—. Has sido como tenías que ser.

    Huía aturdida de su mirada. Sentía fuego en las mejillas y una extraña alteración en todo su ser.

    —Nos casaremos en seguida —determinó Pedro, poniendo el auto en marcha.

    ¡En seguida! Sí, cuanto antes, ella no deseaba arrepentirse.


    Lo dijo cuando daban fin a la cena. Ni Eugenia ni Tomás parpadearon. Hubo un silencio. Lo rompió Tomás para decir.

    —¿Con… amor?
    —Claro, papá.
    —Ten cuidado. Pedro no es un niño.
    —Papá.
    —Lo repito. Ten cuidado. Con Pedro no se juega.
    —No lo pretendo.
    —Elena…
    —Dime, mamá.
    —¿Estás… muy enamorada de él?
    —Lo bastante.
    —Pedro está loco por ti. Y no es un amor de dos días. Es añejo.
    —Lo sé.
    —Es para mí una satisfacción saber que te casas con Pedro —intervino el padre—. Pero temo…
    —¿Qué temes, papá?
    —No lo sé.

    Evidentemente se alegraban, pero en contraste, se quedaron tristes.

    Elena se retiró temprano. Necesitaba pensar, enfrentarse con la realidad, pero a la hora de hacerlo a solas consigo misma sintió miedo, un miedo extraño que no pudo definir, y ahogó el loco marasmo que se debatía en su cerebro.


    Al día siguiente, cuando se dirigía a la oficina, Pedro estaba donde siempre, recostado a la puerta del taller, pero sus ojos no miraban del mismo modo. Había en el fondo de las pupilas el recuerdo de un beso que puso dos rojas amapolas en las mejillas de la joven. Aquel beso, sí que le causó temor, inquietud y ¿placer? Sí, un raro y estremecedor placer que era temor al mismo tiempo.

    —Hola —saludó con un hilo de voz.

    Y él replicó fuerte; con aquella voz tan varonil que la turbaba:

    —¿Has pensaba en mí, Elena?
    —Sí.
    —Se lo he dicho a mi madre, ¿sabes? —parecía un niño grande, él que era aparentemente más hombre que ningún otro—. Se ha puesto muy contenta. Me preguntó cuándo nos casábamos. No supe qué decirle. ¿Cuándo, Elena?

    «Hay tiempo, hay tiempo —pensó—. Aún tengo que pensar un poco más. Quizá voy a hacerle mucho daño. No tengo derecho a mofarme de esa sinceridad que leo en él, de este desbordamiento que es cariño, al cual yo no correspondo.»

    Y con gran extrañeza se encontró diciendo:

    —Cuando tú digas.
    —¿Cuando yo diga? —pareció deslumbrado—. Pues entonces, pronto. En seguida. Y… por favor, ve despidiéndote de la oficina. Hoy mismo hablaré con tu padre. Te compraré la sortija.

    Él, tan adusto de ordinario, tan serio, tan comedido, y hablando del futuro de los dos parecía como un niño de repente.

    —Sí, sí —susurró.

    Y casi escapó de su lado, aduciendo que se le hacía tarde.

    Iba sobresaltada, inquieta como nunca desde que oyó de él la primera declaración de amor, ¿Qué iba a ocurrir? ¿Podría ella corresponder algún día a aquel amor que la asustaba?

    Anita la encontró nerviosa. Se lo dijo.

    Ella alzóse de hombros, denotando indiferencia.

    —Me caso —dijo a la salida.

    Anita no pareció sorprenderse.

    —Alejandro también.

    Fue ella la que se detuvo.

    —¿Quién…. quién te lo dijo?
    —Creí que no te dolía.
    —Y no me duele.
    —Pues camina de nuevo. Vamos a perder el paso de este semáforo.

    Caminó veloz. Anita la seguía. Su mirada analizaba a Elena.

    Lo hacía abiertamente.

    —Elen…
    —Sí, sí, me caso con Pedro.
    —Bien.
    —Y no quiero que hagas observaciones.
    —Vas al caos. Por despecho…
    —No.
    —Sé sincera, Elen.
    —Te digo que por despecho no.
    —¿Por amor?
    —¿Y por qué no?
    —Porque estabas demasiado enamorada de Alejandro.
    —Aquello pasó.

    Anita la cogió del brazo. Se lo aprisionó nerviosamente.

    —Elen…
    —No quiero sermones, ni deseo tus agudezas.
    —No iba a lanzarte un sermón. Iba a decirte que es la primera vez que pierdes la confianza en mí… ¿Y sabes por qué? Porque sabes que no haces bien. Porque tú misma reconoces el mal que vas a hacer a Pedro, y lo que es peor, a ti misma.
    —Llega mi autobús.

    Anita se resignó a soslayar el tema. Pero antes preguntó:

    —¿Cuándo… te casas?
    —Pronto. Cuando él diga.
    —¿Así?
    —¿Así cómo?
    —A lo simple.
    —¿Y qué somos él y yo sino dos seres simples?


    Capítulo 6


    Mi madre quiere conocerte.

    —¿Pero no me conoce?
    —Dice que la última vez que te vio fue vestida de uniforme. Ya sabes que mi madre hace años que no sale de casa. Se pasa la vida sentada, haciendo prendas de punto o ganchillo. El reuma le hace sufrir mucho.

    Se hallaban sentados en una sala de fiestas. Pensaban casarse a finales de la semana siguiente. Pedro había pedido su mano y colocó en el dedo femenino una bonita y costosa sortija de brillantes. Elena aún no había pensado en el paso trascendental que iba a dar. Sólo sabía una cosa. Que se casaba antes que Alejandro. Y esto producía en su interior una honda satisfacción. El hecho que desde la semana próxima tendría que dejar su hogar y a sus padres para seguir a Pedro, las obligaciones a que se sometía y demás, aún no había preocupado su cerebro. No digo su corazón, porque el corazón de Elena no tomaba parte en aquel paso que era únicamente obra de su cerebro.

    Notó que a Pedro le gustaba hablar de su madre. Se apreciaba bien lo mucho que amaba y admiraba a la autora de sus días, y ella se limitó a secundarlo.

    —Mi madre es una mujer muy buena. A su lado no toparás jamás con una suegra intransigente. Está muy contenta, ¿sabes? Ella no ignoraba lo mucho que te amaba, y cuando le di la noticia de nuestro noviazgo, me abrazó y se echó a llorar como una niña. Los tres seremos muy felices en el hogar tranquilo. Ya lo verás.

    Por primera vez se asustó un poco. Intuía que su vida en el futuro iba a ser un continuo sufrimiento. Un fingir constantemente, un doblegarse, sometiéndose a duras pruebas.

    Y le molestaba que Pedro fuera así, sencillo, honrado, franco. Y aún le molestaba más que Rita, su madre, desease verla.

    Pero fue. Rita, desde el fondo de su sillón, la contempló con arrobo, admiración y ternura. Ella, Elena, se consideró súbitamente menguada, como si se creyese insignificante, pequeña, y hasta falsa y perversa, entre aquella franqueza desbordante.

    —Eres más bonita, infinitamente más de lo que yo imaginé.

    La besaba.

    Y sentía los ojos de Pedro fijos en ella como una callada admiración.

    «Me ama demasiado —pensó aturdida—. Me asusta ese amor. Por primera vez me siento responsable de la felicidad de este hombre. ¿Tengo derecho a engañarle? Mi proceder es vil. Y esta mujer… Esta mujer de bondadosos ojos con quien he de convivir en el futuro… No soy buena, porque pese a lo que pienso con respecto a ellos dos, no retrocederé. Sabré fingir. ¿No se casan otros miles de mujeres en las mismas circunstancias que yo?»

    —La última vez que te vi —seguía diciendo la anciana, con suave acento—, vestida de uniforme de colegiala; tendrías quince años tal vez. ¿Cuántos tienes ahora?
    —Hago veinte dentro de dos meses.
    —¡Cómo pasa el tiempo! Aún recuerdo cuando desde la ventana de mi cuarto te vi salir del patio de la barriada con el traje de primera comunión. Hace muchos años —añadió con resignada amargura— que no salgo de casa. Me paso los días postrada en este sillón, y cuando camino por la casa ha de ser apoyada en un bastón —sonrió como dándose ánimos a sí misma—. No os daré mucho la lata. Tal vez me muera pronto. Pero quisiera antes de morir conocer un nieto…

    Se estremeció. ¡Un nieto! Un nieto significaba vivir con Pedro, compartir su intimidad. Y no concebía la intimidad con aquel hombre. Era absurda y ella misma se calificó de tal, doblegando los locos pensamientos que la agitaban en aquel instante.

    Pedro estaba de pie a su lado, y su mano caía posesiva de su hombro. Oprimió éste de modo íntimo, y dijo, refiriéndose a su madre:

    —No digas eso, mamá. No has de conocer sólo uno —rió con ternura mirando a la joven—: tendremos varios hijos, ya verás.

    Respiró tranquila cuando se vio con él en la calle. El hogar de Pedro tenía una extraña atracción. Y Rita era una anciana de ojos bondadosos, y Pedro un hombre confiado y bueno…. y ella, ella…

    Sintió los dedos protectores de Pedro en su brazo y se estremeció imperceptiblemente.

    —¿Qué te pasa?
    —¿Me… me pasa algo?
    —Te has estremecido: ¿tienes frío?
    —Al salir de tu casa y encontrarme con la noche —mintió— sentí frío, sí.
    —¿Qué te pareció mi madre?
    —Encantadora —y esta vez era sincera.
    —Ha sido —pensó él en voz alta— la gran compañera de mi vida, consejera… He pasado a su lado fatigas, alegrías y penas… Venero a mi madre, Elen. La venero mucho —añadió pensativamente—. Ella, y ahora tú, sois únicamente las dos únicas satisfacciones de mi vida.

    Llegaban al portal de la casa de Elena. Y como todas las noches, la llevó al rincón oculto entre las puertas, y la apretó en sus brazos. Elena ya conocía sus labios y sus manos, que al acariciar ponían en ella un extraño adormecimiento. Y sus besos eran hondos, interminables. Besos que no se podían olvidar fácilmente.

    —Me amas —reprochó él, bajo—, y a veces, casi siempre, cuando te beso, me da la sensación de que toleras, admites incluso, pero no sientes.

    Ella, como tantas veces, se disculpaba con su inexperiencia y Pedro admitía fascinado la disculpa. Así un día y otro, hasta que llegó la mañana de la boda…


    * * *

    En la barriada había una cafetería, especie de salón para bodas y bautizos. Allí se celebró el banquete de la boda de Elena y Pedro. Había muchos invitados. Los compañeros de oficina de Elena. Los empleados del taller, amigos, conocidos, vecinos… Fue, en verdad, la boda más espléndida celebrada en el barrio obrero. Ella, la novia, lucía bellísima; él, serio, muy en su papel de hombre sesudo que sabe lo que va a pasar.

    Y Anita, en un rincón, contemplando pensativa y triste la ceremonia. Todo se efectuó dentro de la normalidad habitual, y cuando se inició el banquete, Elena se acercó a ella y le dijo:

    —Voy a cambiarme de ropa… ¿Me acompañas, Anitita?

    La siguió sin responder. Pedro les atravesó el camino. Anita observó en sus oscuros ojos el gran amor que aquella muchacha le inspiraba, y notó asimismo el parpadeo de Elena. Se asustó. Ella conocía a Elena. Y supo desde aquel instante que no amaba a su marido.

    —Nos iremos de viaje en seguida —dijo Pedro, deteniendo así los pensamientos de Anita—. Yo también iré a cambiarme de traje. Pero aún tengo que atender esto una hora más. Tú, cariño, descansa una o dos horas. Anita te acompañará.
    —Gracias, Pedro.

    Éste miró a Anita.

    —Cuídamela, Anita Es… lo más grande de mi vida.

    Ni una ni otra respondieron. Pedro se inclinó hacia la que ya era su esposa, y le dijo con indescriptible ternura:

    —Estás pálida, amor mío.
    —Estoy… cansada.
    —Lo comprendo.

    Se alejaron. El quedó allí con los ojos fijos en la esbelta silueta vestida de blanco, que atravesaba el salón y se perdía en el interior del portal fronterizo. El gran amor de su vida. La quiso desde que era una niñita. Aún recordaba cuando la vio llegar sin sus rubias coletas. Se las había cortado aquella tarde… ¿Cuánto tiempo transcurrido desde entonces? Años, muchos, ya. Siguió día a día las evoluciones de Elena. Cuando se puso las primeras medias, cuando dejó el pensionado, cuando estrenó los primeros zapatos de tacón, más tarde, cuando la vio asistir a una fiesta.

    Recordó haber bailado con ella. Él ya era un hombre con múltiples ocupaciones. Empezaban a salirle canas prematuras. No se atrevió a decirle nada y continuó amándola en silencio.

    Y recordó también cuando la vio llegar con su primer acompañante. Todas sus esperanzas por tierra. El primer fracaso y el gran dolor que reunió solo durante semanas y meses. Más tarde se atrevió a hablar… Y aquel anhelo infinito era ya suyo. Iba a poseer a Elena. ¡A Elena! Le pareció imposible y era bien cierto. Una agitación le invadió. Un algo que latía en su corazón y brillaba en sus ojos.

    —¿En qué piensas, muchacho?

    Se volvió como cogido en falta.

    —¡Ah, es usted! —le agarró del brazo.

    Por eso propuso a Tomás hacerse cargo de su taller. Sabía que el padre de Elena trabajaba mucho y ganaba poco. Quiso ayudarle, no por él sino por Elena. Apreciaba a Tomás y a Eugenia. Eran en el barrio obrero ejemplo de honradez y amor. Así deseaba ser él con Elena. Y también como ellos, se sacrificaría por los hijos y haría de ellos seres cultos, honrados, sanos… Pensó en el hogar feliz junto a Elena. Una súbita ternura le invadió.

    —¿Y Elena? —le preguntó Tomás.
    —Ha ido a cambiarse.
    —Aún no sé el lugar elegido para vuestro viaje de novios.

    Pedro se echó a reír. Sí, hasta sabía reír. Y reía. Y Tomás pensó: «Cuánto hace el amor en la vida y en el carácter de un hombre.» Aquél había cambiado. No había adustez en su rustro, y sus ojos sonreían y la boca, que siempre se mantuvo cerrada, se abría con amplitud y hablaba, era una boca humana y comprensiva.

    —Tampoco yo lo sé —dijo alegre—. Iremos a la aventura.
    —¿En tu coche?
    —Desde luego. Donde Elena quiera detenerse nos detendremos. Dejo el taller en su poder, Tomás.
    —Vete sin miedo. Lo atenderé bien.
    —Lo sé. Y quiero decirle, Tomás, que haré feliz a su hija. La quiero demasiado.
    —Nunca se quiere demasiado a una mujer. Sé que la harás feliz.
    —Elena merece todas las venturas de este mundo.
    —Como toda mujer que es bien amada.

    Les rodearon un grupo de invitados. Hubieron de brindar. Pedro lo hacía con el mismo entusiasmo que los demás.

    Cuando pudo escabullirse lo hizo. Atravesó la calle. Entró en la casa de Elena. Sentía voces que llegaban de la alcoba de su novia. De súbito se detuvo como paralizado. Tensa palidez cubrió su semblante. Como sonámbulo siguió avanzando… El llanto de Elena se mezclaba con frases entrecortadas. Se detuvo junto a la puerta. Sólo tenía que empujarla para hacer acto de presencia. Pero no la empujó.

    Quiso saber. Sí, con morboso placer, se enteraba… de la gran desventura.


    * * *

    —Pero, Elena…
    —Ya lo sabes.
    —Es… terrible, Elen. Lo sabía, pero aún me quedaba alguna esperanza. Pedro es un hombre digno de ser amado. ¿Por qué no habrías de amarlo tú?

    Crujió el lecho. Pedro la imaginó derrumbada sobre la cama, con el rostro sujeto entre las manos.

    —Mi amor es de Alejandro, tú bien lo sabes.
    —¡Elen!
    —Sí, sí. ¿Por qué he de continuar fingiendo contigo? Bastante tengo que fingir con él —su voz se enronqueció de repente—. Sus besos. Sus malditos besos. Anita, su fogosidad, su ternura…, todo me abruma. No soy buena, lo sé; pero…
    —Tenías que casarte antes que Alejandro.
    —Sí —casi gritó—. Eso era lo que tenía que hacer. Y lo hice. No estoy arrepentida. Si hubiera que volver a repetirlo lo haría sin titubear. ¿Te das cuenta?
    —Me doy cuenta —dijo la voz ahogada de Anita— de que has cometido una atrocidad. Pedro no merecía esto, ya te lo dije aun sin saber lo que sentías. ¿Por qué no has seguido callándotelo? Yo no quisiera saberlo. Preferiría seguir ignorándolo… Me aterras, Elena.
    —No pensaba decirte nada. Pero los hechos se precipitan. ¿Te das cuenta? Soy la esposa de Pedro, su mujer, cielo santo. Y la sola idea de vivir junto a él, de ser suya…

    Pedro oyó un gemido. Apretó los labios. Ya no era palidez lo que cubría su cara, sino rubor, un rubor que era, sin duda, la primera y más dolorosa humillación de su vida. Con un esfuerzo sobrehumano de voluntad, continuó firme al otro lado de la puerta, oyendo cómo su vida, sus esperanzas, sus tocos anhelos de hombre se derrumbaban.

    —Es tu obligación. Elena.
    —Una obligación —replicó ésta con amargo acento— que me será muy penosa… ¿Te das cuenta, Anita? Tendré que soportar sus besos, sus transportes de ternura… ¡Dios mío!
    —Me asustas, Elen. Tu dignidad ofendida llegó demasiado lejos, y lo peor de todo es que haces de un hombre honrado, responsable inocente de tu humillación. ¿Has pensado en que Pedro no es merecedor de tu engaño?
    —Antes morir —exclamó con ardor— que Alejandro se mofara de mí. Yo —añadió sofocada— supe antes que nadie que se casaba. Me lo dijo él mismo.
    —¡Elen!
    —Sí, sí, fue cuando yo decidí aceptar a Pedro, e hice todo lo posible porque éste me lo propusiera.
    —¿Y eso es honrado?
    —Antes que Pedro y que todo era mi dignidad ofendida.
    —¡Tu dignidad!… —respondió Anita—. ¿Por qué haces alarde de una cosa de la cual careces? ¿Crees tú que es dignidad de mujer engañar a un hombre? ¿A un hombre como Pedro?
    —¿Y qué tiene Pedro más que otro cualquiera? —Y con ira—: Yo fui engañada por un hombre. ¿Se apiadó éste de mí?
    —Pedro no es responsable de lo que te haya hecho otro.
    —Para mí es suficiente el hecho de que sea un hombre.

    Hubo un silencio. Pedro tenía la mano en el pomo. Una mano blanca, crispada a causa del esfuerzo que estaba realizando. Por un instante sintió el deseo casi incontenible de entrar y matarla. Si, apretar su cuello. Apretar y apretar hasta destruirlo como ella, sin piedad, destruía su vida. Aquella vida que él soñó junto a ella.

    —Me das mucha pena, Elen, pero aún me compadezco más a Pedro.

    Elena lloraba. Era un llanto intenso, doloroso, como gemidos arrancados del fondo de su mismo corazón. Como alaridos incontenibles.

    —Compadéceme a mí —dijo entrecortadamente—. Tú no sabes lo que es vivir junto a un hombre que te ama, que te besa…. y has de soportar sus caricias y sus besos, que son como fuego en mis labios.
    —Cállate, Elen.
    —¡Callarme! He venido haciéndolo desde que soy su novia. Y cuando él me besaba, yo sentía rabia, y luego, a solas, cuando estaba en mi alcoba, me restregaba la boca, pretendiendo borrar el sabor que él me había dejado…
    —Y nunca lo has conseguido.
    —No, nunca… Por eso le detesto. Le detesto con todas las fuerzas de mi corazón.
    —¡Cállate, Elen!
    —Le odiaré mientras viva.
    —Elen, eres injusta. Yo le admiro por lo mucho que te quiere.
    —Odio su amor —casi gritó—. Le odio y le odiaré siempre.

    La puerta cedió. Ambas, asustadas, se volvieron hacia ella. Pedro estaba allí. Firme, quieto, sin nervios. Parecía una estatua.

    Elena dio un sallo. Se tambaleó.

    —Pedro…

    Él, sin dejar de mirarla, dijo, refiriéndose a Anita:

    —Por favor, sal un instante.
    —Sí. Pedro —dijo Anita con un hilo de voz.


    Capítulo 7


    Aún vestía el traje de novia, que sobre su cuerpo parecía una burla, algo incongruente. Derrumbóse sobre el borde del lecho, bajo los ojos quietos de Pedro. Era aquel hombre que la miraba, el dueño del taller de antaño. Aquel ser adusto, silencioso, frío… Y Elena tuvo miedo de aquella mirada.

    —Ya lo sabes. Pedro —dijo con un hilo de voz—, lo has oído todo.
    —Sí.
    —Pues no te quedes tan callado y escúpeme a la cara.

    Una indefinible sonrisa curvó los labios del hombre.

    —No acostumbro hacer una cosa así a una mujer. Siempre las he respetado y tenido en el más alto concepto.
    —Yo no soy merecedora de tu consideración.
    —No.
    —¿Es eso lo único que tienes que decirme?
    —Tendría mucho que decirte —replicó con una voz velada que ella desconocía en él—. Pero no pienso decirte nada.
    —¿Es ésa tu venganza?

    Él volvió a esbozar una sonrisa que no llegó a los ojos.

    —Una vez te pedí lealtad. Prometiste dármela. Te creí. También te dije que no te perdonaría una deslealtad.
    —Y he sido desleal.
    —Mucho.

    Lo dijo con firmeza y Elena se estremeció. Prefería la ira, el pesar, e incluso una bofetada, antes que aquella mirada helada y aquella voz que parecía bailar en la superficie, como si no saliera de un cuerpo humano. Comprendió en aquel instante el mucho daño que le había hecho, y con intenso anhelo deseó desvanecerlo.

    —Pedro —empezó—, yo creo que… —tartamudeó—, que… —se puso en pie—. ¡No me mires así! —gritó, excitándose por momentos.

    Él no respondió.

    —Pedro… —susurró, retorciéndose nerviosamente una mano contra la otra—. Yo…
    —Descansa, Elena. Lo necesitas.
    —Voy… a cambiarme de traje.
    —No te apures. Hazlo todo con calma —Y con brusquedad, al tiempo de dar la vuelta y dirigirse hacia la puerta—: No iremos de viaje.

    Ella se estremeció de pies a cabeza.

    —¿Qué dices?
    —Que no habrá viaje.
    —No… no pretenderás que pasemos… en el barrio… nuestra luna de miel.

    Ya estaba junto a la puerta. La abría con presteza.

    —No habrá luna de miel —dijo.

    Y salió.

    Elena quedóse de pie junto a la cama. Mordía nerviosamente el pañuelo de encaje y sus ojos parecían espantados, fijos en el hueco de la puerta que él había dejado libre.

    Así la encontró Anita minutos después.

    —Elena.

    Esta la miró como ausente.

    —Elena…

    Seguía mirándola y eran sus ojos diferentes.

    —Elena…. ¿quieres reaccionar al fin? ¿Qué te dijo?

    La recién casada se dejó caer en el lecho. Con la cara vuelta hacia el techo quedóse inmóvil, como si en vez de ser de carne y hueso, fuera de piedra. Anita inclinóse hacia ella y susurró:

    —¿Qué te dijo?
    —Nada.
    —¿Nada?
    —No me reprochó, no me pegó, no me escupió —se sentó de golpe. Ocultó la cara entre las manos y gimió—: Y lo merecía, ¿verdad que lo merecía, Anita?
    —Sí, Elen, lo merecías.
    —Y se limitó a mirarme, pero era su mirada como una acusación, peor mil veces que una bofetada, Anita —lloró con desconsuelo—. He sido una loca. He sido injusta. ¿Verdad que lo he sido?
    —Sí. Elen. Lo has sido. Pero no te juzgues así. Ahora no tiene remedio.
    —¿Y qué debo hacer? Dime, ¿qué tengo que hacer?
    —Esperar.
    —No iremos de viaje, ¿sabes?
    —¿No? —se espantó—. ¿Y qué va a ocurrir?
    —No lo sé.


    * * *

    No ocurrió nada extraordinario, excepto que el viaje no se realizó. A las siete de la tarde. Elena y Anita entraron en el salón donde los invitados continuaban divirtiéndose. Él estaba allí. Al verlas se aproximó. Era su cara como una máscara y Elena se asombró observando lo que en unos instantes puede cambiar la expresión de unos ojos y una boca humana. Pedro no parecía de carne, sino de piedra. Algo inmóvil e insensible que miraba sin ver y sonreía sin sonreír.

    —Estarás cansada —dijo él—; será mejor que te retires a casa. Despídete de tus padres y que Anita te acompañe. Mamá está sola.

    Así, con naturalidad. Y Anita pensó que existían hombres más terribles bajo su capa de indiferencia que furiosos por la ira. Aquél era de los primeros y vaticinó para Elena grandes y terribles humillaciones.

    Observó que Elena daba la vuelta en redondo y se dirigía a sus padres. Observó asimismo cómo él la seguía con los ojos. Unos ojos de mirada indefinida, en el fondo de cuyas pupilas ella leyó, o quiso leer, una profunda pena.

    —Pedro… —dijo bajo.

    Se volvió. La miró primero como si no la reconociera. Luego esbozó una sonrisa.

    —¿Qué?
    —Si yo te dijera…
    —Nada.
    —Pues quisiera decirte…
    —Nada —cortó—, nada, Anita.
    —Ten en cuenta que Elen es muy joven.
    —También tú lo eres.
    —Yo he vivido más en contacto con los sufrimientos, Pedro.
    —Dejemos eso, Anita.
    —Permíteme…
    —Nada.

    Y se alejó. Le siguió. Se acercaba el grupo formado por Elena y sus padres.

    En aquel momento decía Tomás:

    —Supongo que os marcharéis en seguida.

    Elena parpadeó. Tras ella dijo la voz de Pedro:

    —Hemos cambiado de parecer… No saldremos de viaje.

    Lo contemplaron con extrañeza.

    —¿Por qué?
    —He recibido unos encargos. Merecen toda mi atención —y volviéndose a Elena—: Vete, Elena, tienes aspecto de cansada.

    Anita notó que Elena iba a gritar. Notó asimismo que iba a dar un espectáculo en plena fiesta, y se apresuró a tomarla del brazo. Elena la miró reaccionando.

    —Vamos, Elen. Pedro se nos unirá después.

    Besó a sus padres. Lloraba. Pedro se alejó a paso largo.

    —Hasta mañana, papá.
    —Hasta mañana, hijita.

    La abrazaban estrechamente, con emoción.

    Anita vio a Pedro al otro extremo del salón contemplar la escena con rara y reconcentrada expresión.

    «Un hombre destrozado —pensó—. Un hombre que minutos antes era feliz y ahora se considera un fracasado.»

    Y con pesar siguió pensando:

    «Así es la felicidad. Algo tenue, que va y viene con evoluciones de loca. Algo que palpamos hoy, y huye mañana.»

    Tomás y Eugenia se miraron. Elena y Anita salían del salón.

    —¿No lo encuentras raro, Eugenia?
    —Sí.
    —Pedro sigue allí. Míralo.
    —Lo vengo mirando desde hace una hora. Parece que le han propinado un mazazo y aún no salió del desvanecimiento.
    —¿Qué pudo ocurrir?
    —Tal vez son figuraciones nuestras, Tomás.
    —Sí, tal vez.

    Pero no quedó convencido, si bien tampoco hizo mención de ello.

    En el piso de Pedro, entraron silenciosas las dos amigas. Rita las recibió con alborozo, con intima emoción, que se expresaba en los ojos llenos de lágrimas. Besó a Elena. Le pasó un brazo por los hombros y con gran alarma de Anita, su amiga se arrodilló al lado de la anciana, puso la cabeza en el regazo de ésta y empezó a llorar, como si sus ojos fueran surtidores.

    —Querida —decía la anciana—. Querida mía, han sido demasiadas emociones en un solo día.

    Anita continuó mirando. Elena cesaba poco a poco de llorar.

    —Os iréis de viaje en seguida.
    —No. Nos quedamos a su lado.
    —¿Os quedáis? ¡Dios os bendiga!


    —Ven, hijo. Has tardado mucho.
    —Los invitados. ¿Y Elen?
    —Le dije que se retirara a descansar. Han sido demasiadas emociones para un solo día.
    —Sí.

    Se sentó junto a ella. Encendió un cigarrillo.

    —Pedro.
    —Dime, mamá.
    —Te encuentro extraño.
    —¿Extraño? —y esbozó una leve sonrisa.

    Ella, su madre, no tenía la culpa de nada. Era, entre todas las mujeres, quizá la única buena.

    —Estás pálido y no pareces contento.

    Nunca tuvo secretos para ella. Pero aquello era demasiado doloroso… No lo sabría nunca. Era muy mayor para compartir su amargura.

    —Estoy contento, mamá… ¿Qué habitación ocupa Elena?
    —La que tú le has destinado. La nueva.
    —Ya.

    Pensó en la suya. En la que siempre descansó pensando en ella. La noche anterior se había despedido de sus paredes, de sus objetos personales. Volvería a ella. Seguiría como si aún continuase admirándola a través de la ventana.

    —Pedro…
    —Dime, mamá.
    —Decididamente, te encuentro extraño.

    Se puso en pie y la besó.

    —Estoy rendido, eso es lo que estoy.

    Juana le decía la mañana siguiente a la anciana:

    —Pedro durmió en su alcoba de soltero.

    Rita se estremeció.

    —¿Sí?
    —Sí, señora. Me extrañó, por eso se lo digo.
    —Arréglala, y cuando se levante Elena nos pones el desayuno a las dos. Pedro se fue al trabajo muy de mañana.
    —Qué raros los novios de hoy —comentó Juana—. Al otro día de casados reanudan su vida como si tal cosa.
    —Deja tus comentarios y trabaja.
    —Sí, señora.

    Se quedó sola y pensativa. Era muy raro aquello.

    Apareció Elena en la salita. Venia recién bañada, envuelta en la bata de casa. ¡Estaba muy bonita bajo aquella densa palidez!

    —Buenos días.
    —Ven, querida —la contempló por encima de los lentes—. ¿No estás muy pálida?
    —Tal vez.

    No supo por qué, pero lo cierto es que no se atrevió a preguntarle por qué Pedro había dormido en su alcoba.

    —¿Desayunamos juntas?
    —Bueno. Luego iré a casa de mis padres. Pedro… ha salido muy temprano, ¿verdad?
    —Sí.

    Todo parecía natural, pero Rita veía que no lo era. No podía serlo, si bien no pensaba hacer comentarios al respecto. Hablaron de muchas cosas sin importancia. Luego Elena fue a vestirse y apareció de nuevo.

    —Voy a ver a mamá.

    Rita pensó: «En mis tiempos todo era diferente. Una recién casada no salía de casa al día siguiente de su boda por nada del mundo. Pero esta juventud de hoy…»

    Elena la besó y ella la siguió con la mirada.

    A la una y media entró Pedro. Venía como siempre, manchado de grasa y con los cabellos en desorden.

    —Hijo, qué poco cuidadoso. ¿Qué diría Elena si te ve así?
    —No soy nada nuevo para Elena, mamá. Me ha visto de todas las maneras. ¿Dónde está?
    —Ha ido a ver a su madre. ¿Sabes, Pedro? Yo estaba pensando que antes los matrimonios eran diferentes.
    —Todo evoluciona con el tiempo, mamá —dijo despreocupado, y sin transición—: ¿Dónde está el periódico?
    —¿Vas a leer?
    —¿Por qué no?
    —Yo qué sé.

    Un silencio. Pedro salió y regresó minutos después con las manos limpias, peinado y aseado y con el diario en la mano. Se hundió en un sillón junto a su madre y desplegó el periódico.

    —Pedro…
    —Dime —preguntó sin que su rostro apareciera, pues seguía oculto tras el periódico.
    —Juana se extrañó de que durmieras en tu alcoba de soltero.

    Las facciones ocultas se contrajeron.

    La voz sonó normal:

    —No os metáis en esas cosas, mamá, y prohíbe a Juana que haga comentarios —y con malicia, que satisfizo la curiosidad de la anciana—: Elena y yo somos un matrimonio moderno… Nos unimos cuando lo deseamos.
    —Ya.

    Se oyeron voces en el vestíbulo.

    —Es Elena —dijo Rita con acento feliz.

    Pedro plegó el periódico, lo tiró sobre una butaca y salió de la salita a paso largo.

    Se quedaron frente a frente en medio del pasillo.

    —Pedro… —susurró ella, tartamudeando.
    —Vamos a tu alcoba —cortó él—. Quiero hablarte.

    Se hallaba ante él, tímida, sumisa, tal vez violenta.

    —No deseo que mi madre se entere de ciertas cosas —dijo breve.
    —Pedro…
    —Déjame continuar.
    —Antes permíteme decirte…
    —No.
    —No se condena a una esposa, sin permitirle una explicación.
    —¿Quieres que me ría, Elena? —exclamó fríamente—. ¿Qué explicación puedes dar tú después de haberte oído?
    —En un instante, una puede cambiar de parecer.
    —No deseo tu volubilidad.
    —Al menos…
    —Cállate, Elena. No hagas más violento mi fracaso. Yo no me llamo Alejandro, ni soy un muñeco. Soy un hombre. Lástima que todo lo que oí después de mi boda no haya sido antes.
    —Me hubieras dejado plantada.
    —Sí —afirmó rotundo—. Tendría valor para dejarte ante el altar. Ello te demuestra de la forma que me has herido. Pero puesto que no tiene remedio, y que nos pertenecemos (de la manera que nos pertenecemos) —añadió mordaz— hasta el fin de nuestra vida, pretendo que mi madre viva en la creencia de que somos felices. Mi madre y tus padres. Todos. Nadie tiene la culpa de tus errores.

    Se dirigía a la puerta.

    —¿Adónde vas?
    —A leer el periódico. No tengo más que decirte.

    Y salió.

    Días después, Anita visitó a su amiga, y ésta, sollozando, derrumbada en la cama, le decía:

    —Es como una piedra.
    —Elen, no seas injusta. Le has herido en lo más vivo. Y Pedro es un hombre de veras. No se parece en nada al muñeco de Alejandro. ¿Sabes que éste se casa dentro de unos días?

    Elena alzóse de hombros. Una patética mueca curvaba sus labios.

    —Si te dijera lo que siento, te burlarías de mí.

    Anita negó una y otra vez con la cabeza. En voz alta dijo:

    —No me burlé de ti en ningún momento. Y menos ahora que observo que de una humillación pasajera has hecho el drama de tu vida.

    Elena quitóse las manos de la cara y se quedó mirando a Anita con expresión desalentada.

    —No me importa que Alejandro se case, ni que me pasee a la esposa diariamente bajo mi ventana. Cuando hace seis días, Pedro apareció en la puerta de la alcoba de mi casa, mis sentimientos sufrieron un rudo cambio.
    —¡Elen!
    —Sí. ¡Para qué vamos a engañarnos! Me bastó aquel instante y seis días más para sentir en lo más hondo el silencio, la negación de la persona que debiera de ser mía y es más que un extraño para mí.
    —No querrás culpar a Pedro de lo que tú misma destruiste —apuntó Anita quedamente.
    —No lo pretendo —y con desesperación—: Estoy enamorada de Pedro, ¿sabes? Y no me creas una embustera, porque me ofenderías. Fue en aquel instante, al verlo en la puerta, mirándome con aquellos ojos, al perderlo, porque en su mirada lo advertí, cuando me di cuenta que su pérdida era para mi peor que la muerte.

    Se hablaban ambas en la alcoba de Elena. Anita se dejó caer en el borde de la cama sin dejar de contemplar a su amiga con expresión escrutadora. La creía. En los ojos de Elena había desesperación y en la boca sinceridad y tal patetismo en todo el semblante, que Anita no pudo por menos de exclamar.

    —Cuando me hablaste el día de tu boda, estabas enamorada de Alejandro. Sólo el despecho te llevó a Pedro. Dime, Elen, tú no eres voluble. ¿Cómo es posible que tus sentimientos hayan cambiado tan rápidamente?

    Elena cayó en el borde de una butaca y juntó las manos con desesperación.

    —No sé explicarlo —confesó con acento entrecortado—. Ocurrió de modo brusco, sin que yo misma me diera cuenta, ¿no me crees?

    Anita la creía y se lo dijo así, afirmando con la cabeza y al tiempo de decir bajísimo, como para sí misma:

    —Con frecuencia ocurre así. Tenemos el amor de un hombre y no le damos importancia hasta que lo perdemos. Y es entonces cuando comprendemos que nuestra razón de vivir dependía de aquel amor cuyo interés nos fue nulo durante un tiempo indeterminado.
    —Sí, eso me sucedió a mí.
    —¿Quieres un consejo?
    —Lo necesito.
    —Todo eso que me has dicho a mí, díselo a Pedro.

    Elena fue poco a poco poniéndose en pie, hasta quedar erguida y temblorosa ante su amiga.

    —Elena —exclamó ésta—. ¿Por qué me miras así?
    —¡Dios mío, Anita! ¿Cómo puedes aconsejarme eso, tú que conoces un poco a Pedro?
    —Él te ama.
    —Me amaba, querida. No hables en presente, habla en pasado, porque es así como acertarás.
    —Los hombres como Pedro, cuando aman de veras no olvidan fácilmente.
    —El daño que le hice lo hirió en lo más vivo. Además, no podría soportar la ironía de Pedro, en el supuesto de que yo hablara.
    —Pues mi consejo sigue siendo el mismo. Pedro es un hombre comprensivo y te comprendería.
    —Me violenta pensar que pueda escucharme.
    —Has de arriesgarte.

    Elena no respondió. Dejóse de nuevo caer en el borde de la butaca y se quedó inmóvil, contemplando el suelo.

    —Elen, ¿en qué piensas?
    —En él, en su amor —susurró con amargura—. En sus besos, que hoy son el gran anhelo de mi vida.
    —¿No ha vuelto a besarte?

    Elena miró extrañada.

    —¿Besarme? Ni siquiera me toma la mano. Y lo peor de todo es su naturalidad para tratarme. Me habla con naturalidad, de tal modo que nadie puede sospechar nada.
    —Aún ignoro lo que ocurrió el día de la boda, cuando él llegó a casa.
    —No lo vi.

    Anita se extrañó.

    —¿Que no lo viste?
    —No lo vi. Juana, la criada, arregló mi cuarto, se hizo cargo de mis maletas. Yo me senté en el borde de la cama y allí estuve esperando oír abrirse la puerta. Esperaba sus reproches, sus insultos… No ocurrió nada. Muy tarde, hallándome como anonadada, sentí cómo se abría la puerta de la calle. Esperé con los nervios destrozados. Oí voces en la salita. Supuse que saludaría a su madre y que a renglón seguido vendría a nuestro cuarto. Al fin sentí sus pasos. El corazón empezó a saltarme. Te juro que si abre en aquel momento, casi le habría pedido perdón.
    —Era tu deber.
    —Y mi deseo. Algo se tergiversaba dentro de mí. Entonces creí que sería la humillación de él, de la cual era responsable, pero no. Eran mis propios sentimientos que cambiaban…
    —Sigue. ¿Entró en vuestra alcoba?
    —Pasó de largo.
    —¿Sin una explicación?
    —Sin nada.
    —¿Y al día siguiente?
    —No dormí, y cuando me levanté, con intención de provocar yo una explicación, él ya se había marchado.
    —¿Y después?
    —Fui a casa de mis padres. Mamá se extrañó de que no hiciéramos viaje de novios. Le di una excusa.
    —¿No le dijiste a tu madre nada de lo ocurrido?
    —No se lo diré nunca.
    —Pero ella, dada vuestra actitud, puede sospechar.
    —Si sospecha será igual, porque nada me dirá. Además, ya te he dicho que la actitud de Pedro es normal.
    —¿Es que te demuestra amor delante de su madre y tus padres?
    —No. Pero dado su carácter, y que nadie desconoce su adustez, cabe suponer que todo es normal entre nosotros.
    —Pero tú sabes que no es así.
    —Naturalmente. Pedro, enamorado, es el hombre más maravilloso del mundo. No puedo olvidar fácilmente sus besos, sus miradas, sus susurros…
    —No me extraña. Tengo que marchar —dijo Anita poniéndose en pie—. Mi consejo ya sabes cuál es. Yo, en tu lugar, volcaría mi corazón y después de él dependería la felicidad de vuestra unión. ¿Nunca salís juntos?
    —Nunca —confesó desalentada—. Me trata como si hiciese veinte años que estamos casados y tuviéramos nietos.
    —Reconozco que has hecho mal, pero el castigo es demasiado.
    —Es tan duro como una roca, ya te lo dije —murmuró entre sollozos—. Si aún me reprochara algo… Pero no, es demasiado orgulloso para humillarse ni siquiera por medio de un reproche. Sale solo. Se entretiene por ahí. Va más descuidado que nunca. Yo le preparo la ropa, él no se la pone… es una terrible cruz la mía, Anita.
    —Hemos de reconocer que tú la buscaste, pero, repito, el castigo es superior al delito cometido —hizo una rápida transición y consultó el reloj—. Tengo que dejarte. Dentro de unos días volveré por aquí y si todo se soluciona satisfactoriamente, llámame a la oficina.
    —Lo haré. Pero no tengo esperanzas de que se arregle nada.


    —¿Y Elena?
    —En la alcoba. ¿Cómo has tardado tanto?

    Pedro había menguado de peso, estaba pálido y ojeroso. Diríase que llevaba varias noches sin dormir e incluso sin comer. Se sentó frente a su madre y encendió un cigarrillo.

    —Estuve en la peña motorista con unos amigos.
    —Elena no quiso cenar sin ti.

    Una indefinible mueca curvó los labios de Pedro. Se puso en pie.

    —Iré a llamarla.
    —Oye, Pedro.

    Este detuvo sus pasos, pero no se movió. Sin volverse, preguntó:

    —¿Qué, mamá?
    —Os encuentro extraños a los dos. Tú estás delgado. Pareces siempre preocupado y apenas si te detienes en casa. Diríase que huyes de la intimidad del hogar. Ella, Elena parece sonámbula… También bajó de peso, está pálida y me da la impresión de que vive como suspendida en el aire, muy lejos de todo cuanto la rodea. Y hace sólo un mes que os habéis casado, hijo. ¿Es que no os amáis?
    —Son figuraciones tuyas, mamá.

    Y salió sin dar más explicaciones, dejando a su madre más preocupada aún.

    Atravesó el pasillo. Llamó con los nudillos en la puerta de aquella alcoba que nunca había traspasado desde que la ocupara Elena y que él había amueblado con tanta ilusión.

    —¿Puedo pasar, Elena? —preguntó con acento sereno.

    Se abrió la puerta y apareció la joven. Se miraron con expresión reconcentrada. El sintió un loco golpetazo en el corazón. Ella se sintió turbada.

    —¿Puedo pasar?
    —Pasa.

    Y le franqueó la entrada.

    Pedro pasó y lo observó todo con rápida mirada. La alcoba tomaba un gusto distinto.

    Las ropas intimas de la esposa se hallaran esparcidas por la cama. Aquellas ropas que él mismo vio y que le produjeron un cosquilleo de rara excitación en la sangre. Ella nada notó en él. Diríase que Pedro estaba allí todos los días y cada instante.

    —¿Qué deseas, Pedro? —le preguntó con voz tranquila.
    —Mamá dice que no has cenado aún.
    —No.
    —¿Por qué?
    —Esperaba que llegases tú.
    —No me esperes nunca. No merece la pena.
    —Pedro, yo…
    —Sigue.
    —Mientras me mires así, no voy a poder.
    —No sé mirar de otra manera.
    —¡Sabes!

    Cortó con un breve ademán. Su voz sonó dura:

    —No he venido aquí a discutir mis miradas.
    —Yo… quiero decirte algo.
    —Dilo.
    —Te quiero.

    Pedro la miró primero con ansiedad, después con burla y al fin se dejó caer en el borde de una butaca y empezó a reír como un loco. Era su risa nerviosa bronca como del hombre que desea ocultar su emoción por medio de carcajadas histéricas.

    —¡Pedro! —reprochó.

    El levantó la cabeza dejó de reír y comentó jocoso:

    —Es regocijante.
    —Pedro.
    —Regocijante, querida mía.
    —Estoy enamorada de ti.
    —Una frase muy literaria —comentó burlón. Y poniéndose en pie añadió, al tiempo que se dirigía hacia la puerta—: Te espero en el comedor.
    —No iré mientras no me escuches.
    —Pues pierdes el tiempo y te debilitas —Y con dureza—: No te creeré nunca. ¿Es que aún no te has dado cuenta de que con mis sentimientos no juega una muñeca como tú?

    Y salió, cerrando la puerta con seco golpe. Aquella noche, Elena no fue a cenar y nadie la reclamó. Lloró mucho, tendida como un fardo en la cama. Oyó, ya muy tarde, los pasos de él que avanzaban indiferentes junto a su puerta. Y cuando se levantó a la mañana siguiente, ya no estaba en casa.

    Apareció en la salita cuando Rita devanaba una madeja de lana.

    —Espera, mamá —dijo presurosa—. Yo le ayudo.
    —Te lo agradezco, hijita. ¿Qué te parece esta lana?
    —Es un gris bonito. ¿Qué vas a hacer?
    —Un jersey para Pedro.
    —¿Tú?
    —¿Por qué no? Si tú quieres ayudarme…
    —Me gustaría —dijo con un titubeo— hacerlo yo. Tú sigue con tu ganchillo.

    El rostro de la anciana se iluminó.

    —¿De veras lo harás tú?
    —Sí.
    —A Pedro le ilusionará.

    No replicó.

    Cuando Pedro regresó, a la hora de comer, Elena no estaba. Había ido a visitar a su madre.

    —¿No sabes, querido? Elena va a tejer un jersey para ti.

    Parpadeó.

    —¿No te ilusiona?
    —Desde luego, mamá.

    Y se enfrascó en la lectura del periódico.


    Capítulo 8


    El tenía prisa. Comió y se fue. La encontró en la escalera. Llevaba el periódico doblado en la mano. Al verla se detuvo, lanzó sobre el bello rostro una mirada.

    —Creí que te quedabas a comer con tus padres —dijo, deteniéndose.

    Ella alzó los hombros. Vestía una falda de gruesa lana y un jersey blanco de estambre bajo la zamarra de ante. Llevaba un pañuelo en la cabeza y calzaba altos zapatos. Resultaba encantadora. La falda estrecha modelaba sus caderas de modo incitante. El la envolvió en una mirada que hizo a la joven ruborizarse. Iba a decirle algo. Lo presintió por el movimiento de sus labios, pero éstos se cerraron sobre el pitillo y quedaron sellados.

    —Sin advertirte —dijo Elena con tenue acento— no me hubiera quedado allí.
    —Ya —inició el paso—. Hasta luego.
    —Por la tarde voy a salir de compras con mamá, si no tienes inconveniente.
    —No lo tengo.

    Dicho lo cual, siguió su camino.

    Fue con su madre. Estuvo toda la tarde como ausente. Cuando Eugenia le pedía su parecer sobre esto o aquello, se limitaba a sonreír pálidamente.

    —Pareces alelada, hija —comentó la madre cuando salían de un almacén. Y como Elena no contestaba, añadió—: Ya hemos terminado. ¿Merendamos en un sitio elegante? Hace años que no me considero una potentada.
    —¿Te has considerado así alguna vez?

    Eugenia sonrió.

    —Recuerdo que una vez tu padre y yo echamos una cana al aire. Fue cuando tú hiciste la primera comunión. Nos tocó la lotería. Unas pesetas, ¿sabes? Creo que eran tres mil. Teníamos todas las necesidades cubiertas y decidimos gastar en nosotros aquellas pesetillas con las cuales no contábamos.
    —¿Y qué hiciste? —se interesó la joven.

    Era lo que Eugenia deseaba. Que se distrajera. Que tomara sabor a lo que ella decía. Intuía algo raro en el matrimonio de su hija. No era normal la actitud de ella, ni la de Pedro, ni aquel viaje que con tanta ilusión preparó Pedro y luego se suspendió de modo inopinado. Había hablado con Tomás respecto a ello, y ambos estaban de acuerdo, intuyendo una densa nube en la felicidad conyugal de Elena y Pedro.

    Tomás aseguraba que si algo malo existía entre ellos, Pedro no tenía la culpa. Pedro, en el concepto de Tomás, era un gran hombre. En cambio, su hija era caprichosa e impulsiva y a él le constaba que había estado muy enamorada de aquel señoritingo llamado Alejandro.

    —Pues muy poco —replicó, interrumpiendo sus pensamientos—. Con tres mil pesetas nunca se hizo mucho, ¿sabes? Salimos a merendar. Nos costó la cuarta parte de las tres mil pesetas. Cenamos fuera y fuimos a un baile.
    —¡Mamá!
    —Fue —dijo la madre, soñadora— como rejuvenecer otra vez —y con nostalgia—: No cabe duda que todos estos son seres felices.

    Y miraba en tomo, contemplando el conjunto humano que merendaba en la sala de té.

    —¿Por qué los consideras felices?
    —Porque pueden pagarse sin temores sus caprichos.
    —El dinero no hace la felicidad. ¿Cuántos de los que ves aquí enjoyados y elegantes darían toda su fortuna por un poco de la felicidad que tú disfrutas junto a papá?
    —¿Tú crees?
    —Estoy segura de ello. Ven, vamos a sentarnos en aquella mesa. Es la más discreta de todas.

    Le vio al cruzar. Alejandro la miró con pasión. Ella no sintió excitación alguna. Ni temor, ni nostalgia. Era Alejandro un hombre que estaba muerto en su corazón. Él la saludó con un movimiento de cabeza. Apenas si correspondió al saludo.

    —¿Quién era?
    —Uno.
    —¿Uno qué?
    —Un hombre que conocí no sé dónde, mamá.

    Su madre supo que era Alejandro y se percató de la mirada que el hombre clavó en su hija.

    —¿Por qué no llamas a Pedro por teléfono? —preguntó Eugenia—. Ya cerrarían el taller.
    —Sí, lo haré.

    Se levantó. Eugenia observó que Alejandro la seguía con los ojos. A su lado había una elegante joven, a la cual no prestaba mucha atención. Elena surgió al instante.

    —Vendrá en seguida —dijo.

    Y procedió a tomar el té que le habían servido.

    Vestía un traje oscuro y parecía más fuerte y vulgar que otras veces. Elena pensó en las frases de Anita. Pedro era un hombre vulgar en apariencia, pero de vulgar no tenía nada.

    —Hola —saludó, sentándose frente a ella—. Salía del taller cuando me llamaste. Tomás no pudo venir, tiene pendiente un trabajo delicado. Hoy no irá a casa hasta las diez. Y por la noche tendrá que volver al taller.

    Eugenia se asustó.

    —Entonces tengo que irme. Tendré que hacerle la cena. Vosotros os quedáis, ¿verdad?
    —Si Elena quiere…
    —Bueno.

    Era la primera vez desde que se casaron que se quedaban solos en un sitio público. Le satisfacía aquella soledad. Eugenia se fue y Pedro, al despedirla, vio a Alejandro. Una rara crispación curvó sus labios, pero no dijo nada. Cuando Eugenia se perdió tras la puerta encristalada. Pedro llevóse la jícara de té a los labios y miró a Elena por encima de ella.

    —¿Te agrada este lugar?
    —Sí.
    —Tiene una vista excelente.
    —¿Vista?
    —A tu espalda —dijo, queriendo ser indiferente— tienes a tu adorador.
    —¡Pedro!
    —¿Para qué me has llamado? Te advierto que no soy hombre pacífico. Si me desmando le rompo la cara a ese petimetre.
    —Pedro…
    —Ya lo sabes —Y poniéndose en pie—: Vamos.

    Lo siguió en silencio. Ella obró con sencillez. Si la interesara Alejandro, nunca hubiera llamado a Pedro. Pero Alejandro era para ella un pasaje pasado de moda. Algo que le causaba risa y llanto. Porque de no haber existido él, ella hubiera llegado a Pedro de otra manera. Sintió los dedos de Pedro en su brazo como garfios de hierro. Estaba segura de que aquella noche tendría las huellas amoratadas de los dedos de Pedro marcadas en su carne.

    —Me haces daño —no pudo por menos que decir.

    Él la miró con dureza. Llegaban a la calle, junto al auto.

    La soltó.

    —Sube, sube presto.
    —Pedro, yo no tengo la culpa.
    —Yo mucho menos. Y te advierto —añadió ante el volante— que soy endemoniadamente celoso.
    —¿Celoso? —se maravilló, y con ternura—: Un hombre celoso ama.
    —Por supuesto.
    —Y si tú me amas a mí…
    —¿Cuándo dejé de amarte?

    Ella se atragantó. El auto corría por una calle cualquiera. No importaba cuál. Sólo importaba lo que decía Pedro.

    —¿Me amas?
    —Nunca dejé de amarte.
    —Entonces…

    La miró breve.

    —¿Es que pensaste alguna vez que podría dejar de amarte?
    —Tu actitud así lo demuestra —replicó con un hilo de voz.
    —Yo no soy hombre que ame una vez cada día —dijo rotundo—. Amo una vez y para siempre.
    —Pedro…

    El cortó con un gesto y siguió diciendo con acento helado:

    —El que te ame y no te perdone son dos cosas distintas —Y tras rápida transición, sin admitir réplica—: Vamos a casa y otra vez no me llames. Acudí por cortesía, porque estabas con tu madre.
    —Eres… duro.
    —Como tú me hiciste.


    Empezó el frío del invierno. Nevaba en Madrid. El frío se hacía cada día más insoportable. No salía de casa. Una visita cada día a sus padres y luego a tejer en la salita, al pie del brasero junto a la anciana.

    Pedro apenas si se detenía en casa. Hablaba poco. Se mostraba cada día más adusto.

    Aquella noche, cuando los dos se hallaban en la salita junto a la anciana, Pedro leyendo el periódico, ella haciendo punto en el jersey gris. Rita dijo dulcemente, como siguiendo el curso de sus pensamientos:

    —¡Qué falta hace en esta casa la alegría de un niño! —los miró. No notó el parpadeo de Elena ni el estremecimiento de Pedro—. ¿Es que no pensáis tener hijos?
    —El tiempo lo dirá —cortó Pedro—. No depende de nosotros.
    —¿No te gustan los niños, Elena, querida hijita?

    La joven se estremeció.

    —Sí —dijo con un hilo de voz.
    —Pues hay que pensar en tenerlos.

    Ni uno ni otro contestaron. Cuando Rita se retiró. Pedro no se levantó. Por lo regular se retiraba antes que su madre. Aquella noche quedó allí.

    Pedro se puso en pie, dobló el periódico y fue a cerrar la puerta. Junto a ésta, mirando a la joven, dijo:

    —Supongo que no habrás mentido.

    Los dedos de Elena tejieron sin parar, nerviosamente. Alzó los ojos un instante. Aquellos bellos ojos que encendían la sangre de Pedro constantemente. Posó su mirada en la cara de Pedro un breve instante. La apartó con la misma presteza.

    —¿Qué quieres decir?
    —Me refiero a lo que has dicho a mi madre… —Se le tiñeron de púrpura las mejillas. Parpadeantes se obstinó en mantener los ojos en los dedos. Estos se agitaron—. Has dicho que te gustan los niños.

    No respondió, pero afirmó con la cabeza. Pedro encendió un cigarrillo. Lo llevó a la boca y aspiró.

    Sus facciones quedaron difuminadas entre las espesas volutas. Y con dureza dijo:

    —También a mí me gustaría tener un hijo.

    Elena dobló la calceta, se puso en pie y le dio la espalda.

    —Elena.
    —Ya… te oí.
    —¿Y qué dices?

    Se volvió hacia él.

    Los bellos ojos parpadeaban sin cesar. Pedro la amaba, pero estaba herido. Profundamente herido y sintió odio de su propio amor.

    —Digo —susurró nerviosa— que no tienes piedad.

    Pedro se echó a reír sarcásticamente.

    La curva de su boca era dura y el mirar de sus oscuros ojos fríos.

    —¿Piedad? ¿La has tenido tú conmigo? Las mujeres, Elena, olvidáis fácilmente el daño que causáis a los hombres.
    —Me arrepentí al instante. Te lo hice saber así. ¿Qué más humillación deseas de mi?
    —No deseo tu humillación —replicó Pedro—. Deseo tu sinceridad.
    —He sido sincera.
    —Yo también —apuntó mordaz—. Me has dicho que me amabas. Yo te dije que no creía en tu amor.
    —Entonces… ignórame. Déjame en paz. Prefiero vivir sojuzgada el resto de mi vida que sometida a tu amor, un amor que odias por tu propia debilidad.
    —En efecto —afirmó rotundo—. Odio este amor que te tengo. Odio al hombre que te separó de mí. Y odio hasta el instante en que pude poseerte, cuando este instante fue para mí el más anhelado de mi existencia.
    —Siendo así —dijo bajo—. ¿Por qué me torturas mencionando a unos hijos que nunca tendremos?
    —Porque si me amas como aseguras, te será fácil admitirme en tu intimidad.
    —Y me odiarás más.
    —Sí, te odiaré más porque el placer que me cause tu pasión será tan falso como tu persona.
    —Por lo visto he de llevar mi falta como una espina siempre sangrante.
    —No te creo ligada a mí.

    No contestó. ¿Por qué decirle que su razón de vivir era él?

    —Buenas noches. Elena.
    —Que… descanses.
    —Desde que te conocí no descansé —Y salió.

    Elena dejó de nuevo el punto. Lo puso sobre la cestita y muy lentamente se dirigió a su alcoba. Al otro extremo del pasillo veía la puerta del cuarto de Pedro. Nunca había entrado allí. No entraría jamás.

    La luz se filtraba por las rendijas y sentía los pasos de Pedro que, nervioso, iba de un lado a otro.

    No le guardaba rencor por su actitud Aquello lo había provocado ella y justo era que el hombre la deseara y la rechaza al mismo tiempo.

    Pensó en la monotonía de su vida, en la adustez de Pedro. En Alejandro… ¡Qué ciega había sido! Alejandro nunca había significado nada en su vida. Fue una nube que dejó honda huella en su dignidad. Pero no en su corazón.

    Se tendió sobre la cama. Cerró los ojos.


    Capítulo 9


    Estaba sola en la salita cuando él entró. Lo esperaba.

    Desde hacía varios días apenas si se cruzaban unas palabras.

    —Hola —saludó frío.

    Ella no respondió al saludo. Con suavidad dijo:

    —Te esperaba.
    —¿Qué deseas?
    —Que te pruebes el jersey.

    La miró ceñudo.

    —No necesito jerseys. Cuando lo necesito lo compro hecho.

    Más que las palabras le hirió el acento con que fueron pronunciadas.

    —Tu madre tiene interés en que te lo haga yo.
    —¡Qué sabe mi madre!
    —Se… disgustará.
    —Déjame en paz.

    Se hundió en un sofá. Cruzó una pierna sobre otra y desplegó el periódico. Pareció enfrascado en su lectura. De pronto, sin soltar el periódico, preguntó:

    —¿Dónde está mi madre?
    —Le dolía la cabeza y se retiró a descansar.

    Se puso en pie con presteza. Su semblante se alteró.

    —Eso es lo que tenías que decirme cuando llegué.

    Salió ligero. Ella ocultó el rostro entre las manos. El amor que Pedro sentía por su madre era enternecedor.

    «¿Qué soy yo comparada con Rita? —se preguntó—. En realidad es lógico. No tengo celos de ella, pero me siento más menguada cada día. Más sola, por mucho consuelo que me den mis padres.»

    Aquella noche ya no volvió a verlo. Cenó sola. Juana que siempre charlaba por los codos, estuvo silenciosa mientras le servía.

    —¿Cómo está mamá? —preguntó Elena.
    —Mal

    Se alarmó.

    —¿Mal? ¿Desde cuándo?
    —Pedro fue a llamar al médico.
    —Debiste advertirme, Juana.
    —Creí que te lo había dicho Pedro.
    —¿Dónde está ahora mi marido?
    —Dijo que cenaba fuera. Que tenía que resolver unos asuntos con un cliente.

    Hasta Juana, una simple criada burda y vieja, sabía mucho más que ella de su propio marido. A Pedro ya no le interesaba disimular.

    Dejó la cena a medias y se dirigió a la alcoba de Rita. Esta parecía tranquila y nadie al verla hubiera dicho que estaba enferma de cuidado.

    —¿Cómo estás, mamá? —preguntó cariñosa.

    Y sentía en lo más hondo aquel cariño Era la madre de Pedro y ella lo amaba. Precisamente amaba a sus silencios, su adustez, su brutalidad para decir las cosas. Amaba sus duras miradas, aquellos besos que eran como llagas en su boca. Los besos que recibió a cambio de su mentira. Después, él jamás intentó reanudar los momentos que entonces eran pesares y después fueron recuerdos queridos de una felicidad que no alcanzaría nunca más.

    —Siéntate, queridita. Me encuentro bien. Sólo tengo un poco de dolor de cabeza, pero se me pasará.

    Se sentó a su lado, junto a la cabecera de la cama.

    —¿Se ha ido Pedro?
    —Sí.
    —¿Cenó?
    —Si —mintió.
    —Este hijo mío es demasiado sensible. Cuando me vio en la cama, salió disparado a llamar al médico. Tengo tensión arterial, ¿sabes? Lo de siempre. Pero no es nada de peligro.

    Le tomó una mano entre las suyas. Se la oprimía con ternura. La anciana la miró.

    —Querida hijita, estás triste.
    —Te aseguro que no, mamá.
    —¿No eres feliz?
    —Claro… claro que sí.
    —Pedro es un poco raro. También su padre lo era, pero yo fui muy feliz a su lado. Y Pedro te ama mucho.

    No respondió. Rila siguió diciendo suavemente:

    —Te quiere desde que eras una niña. Recuerdo cuando atisbaba desde este balcón tu salida. Él ya era un hombre en edad de casarse, y tú aún vestías el uniforme de colegiala. Él me lo decía: «Cuando pasen unos años, mamá, le pediré que se case conmigo.» Y se ha casado.
    —Sí —fue lo único que pudo decir… Y añadió con ternura—: Duerme. Descansa. No emplees ahora tu imaginación en cosas pasadas.
    —Es que el pasado es ahora presente.
    —Duerme, mamá.


    Estaba en casa de sus padres, cuando llegó Tomás del trabajo. Ella, sentada al lado del brasero, escuchaba como ausente cuanto su madre le decía. Al entrar Tomás, Elena se puso en pie.

    —¡Qué tarde se me hizo! —exclamó—. Pedro ya habrá regresado.
    —Salió antes que yo —dijo el padre, besando a Elena en la frente—. Fui yo quien cerró el taller. Ya me dijo que su madre se encontraba mejor.
    —Se levantó hoy por primera vez, después de una semana. ¿Hace mucho que regresó Pedro? —preguntó sin transición.
    —Bastante. Se marcha a Barcelona esta noche.

    Se estremeció casi imperceptiblemente. Tomás añadió esta vez interrogante:

    —¿No vas con él?
    —No voy a dejar… sola a su madre.
    —Es verdad.

    Se hizo como que conocía las intenciones de Pedro de marchar de viaje.

    —Ya me voy.

    Los besó. Cuando la puerta se cerró tras ella, los esposos permanecieron silenciosos unos instantes. Aquel silencio lo rompió Tomás para decir:

    —Tú me dirás qué te parece.
    —¿Yo?
    —Sí, Eugenia: no nos engañemos más. Estamos solos y podemos hablar con claridad. Tú piensas, yo pienso, y parece que ambos tememos confesarnos nuestros mutuos pensamientos.

    Eugenia se sentó frente a él sin responder.

    Tenía la frente fruncida y en los ojos una rara expresión reflexiva.

    —Eugenia…
    —Dime, Tomás.
    —Ella no sabía nada del viaje de Pedro.
    —Puedes equivocarte.
    —No. No tengo una carrera, ni soy inteligente, pero soy padre y tengo ojos.
    —Puedes equivocarte.
    —¿Otra vez con lo mismo? ¿Desde cuándo me dices igual?
    —Elena está muy enamorada de Pedro. Eso lo ve un ciego.
    —Y lo curioso del caso —dijo Tomás reflexivo— es que Pedro lo está de ella. ¿Qué sucede, pues, entre los dos?
    —Tal vez nada.
    —Tal vez mucho.
    —Tomás.
    —Si se me hinchan las narices le hablo a Pedro.
    —Y Pedro te dirá que te metas en tus cosas.
    —Sus cosas y las de mi hija son mis cosas.
    —Tomás, tengo miedo de tu genio.
    —Adoro a mi hija —dijo resuelto—. Deseo, por lo tanto, su felicidad, y esta felicidad no existe. Me consta, Eugenia. Una mujer que es feliz no mira como Elena.
    —¿Pero qué tiene la mirada de Elena? —preguntó Eugenia nerviosa.
    —Una mirada melancólica, pensativa. Siempre parece ocultar algo. Como si temiera que los demás penetrasen en su secreto. Y existe secreto, Eugenia. Eso es evidente.

    Eugenia se levantó y dio varias vueltas por la cocina. Tomás exclamó enojado:

    —Cesa en tus paseos, querida. Saquemos alguna conclusión plausible de todo esto. Primero se iban de viaje, luego lo suspendieron aduciendo Pedro un trabajo en el taller, que hubiera vigilado yo. Al principio, me refiero a antes de casarse, eran dos seres felices. Al menos eso parecían. Después, como si fuesen ajenos uno al otro. No salen nunca juntos. Ella pasa la mayor parte del día sentada en esa silla, como si estuviera a miles de kilómetros de aquí. ¿Qué deduces tú de todo esto? Porque no intentes decirme que te has entontecido de repente, tú que siempre has sido un lince para cazar las inquietudes ajenas.

    Eugenia se dio por vencida. No quería admitir el fracaso sentimental que adivinaba en la vida de su hija. Temía el genio de Tomás: el gran cariño que profesaba a su hija, y que por aquel cariño saltaría por encima de todo.

    —Eugenia…
    —Sí, sí.
    —¿Lo ves? ¿Qué debemos hacer?
    —Esperar, Tomás, sólo eso.
    —¿Esperar con los brazos cruzados a que la vida de Elena se agote?
    —Mira, Tomás. Yo veo, ¿cómo no voy a ver si se trata de mi propia hija? Pero antes de hacer ni decir nada, te voy a poner un ejemplo. Imagínate que Elena y Pedro somos tú y yo. Imagínate asimismo que no todo va bien entre los dos. Que tus padres lo observan, que tu padre se enfrenta conmigo, o mi padre contigo…
    —Mal hecho.
    —¿Lo ves? No se puede nadie meter en la vida matrimonial. A la corta o a la larga quien sale perjudicado es el que se mete. Porque, y éste es el ejemplo que deseo ponerte, si mi padre te llama la atención, yo sería la primera en defenderte, y eso haría Elena.
    —Pero…
    —Sí, Tomás. Elena ama a Pedro y éste la ama a ella. Lo que haya entre los dos ya pasará.
    —¿Y si no pasa?
    —Entonces será Elena quien te pida ayuda. Y será el momento de hablar.

    El hombre reflexionó.

    —Sí —dijo—. Creo que tienes razón.


    Entró en su alcoba directamente. Al instante oyó los pasos de Pedro. Pensó en salirle al encuentro, pero no lo hizo. Se mantuvo inmóvil al lado de la cama, fijos los ojos en la puerta cerrada.

    Los pasos se detuvieron al otro lado. La voz serena de Pedro, preguntó:

    —¿Puedo pasar, Elena?

    No contestó. Avanzó y abrió la puerta. Se quedaron uno frente a otro, silenciosos, quietos, con los ojos en los ojos.

    —¿Permites que entre?

    Le franqueó la entrada.

    El avanzó hasta la mitad de la alcoba. Lo miró todo con rara expresión. De súbito dijo:

    —He comprado todo esto con mucha ilusión. Recuerdo que en el almacén me consideraron un poco ingenuo —se volvió hacia ella y un conato de sonrisa entreabrió sus labios—, ¿Te parece absurdo?
    —No.
    —Ya —Un silencio—. Me voy de viaje.

    No respondió.

    —Te he dicho que me voy de viaje.
    —Te oí.
    —Solo.
    —Bueno.
    —Te agradeceré que atiendas a mi madre.
    —Siempre lo hago.
    —Ahora con mayor interés. Mamá no está bien.
    —La atenderé como si fuera la mía.
    —Eso espero.
    —¿Quieres que… te haga el equipaje?
    —Ya lo tengo hecho. Juana se ocupó de ese detalle.

    Se mordió los labios.

    —Siempre humillándome —dijo sin poder contenerse—. Soy la esposa y parezco una extraña.
    —Recordarás que yo no tengo la culpa.
    —Me guardarás rencor hasta la muerte.

    El dio la vuelta sin responder. Cuando lo hizo ya estaba en la puerta.

    —Cuando olvide.
    —¿No temes que cuando tú olvides empiece a recordar yo?
    —Entonces tendré que pensar que tu amor, ese que me has confesado, es un cuento como tantos tuyos.
    —Pedro, no salgas aún. Quisiera decirte algo.

    Lo miró. Se mantuvo inmóvil al lado de la puerta cerrada.

    —Dime, Elena.
    —Eres muy duro, Pedro. Yo, en tu lugar, no podría guardarte rencor.
    —Si todos los seres fuéramos iguales, el mundo sería… una estupidez. Hasta la vuelta, Elena.
    —Espera —pidió anhelante.
    —Dime. Tengo prisa.
    —Así, no.
    —¿Cómo, pues?
    —Márchate, Pedro. Márchate cuanto antes. ¡Pienso que llegaré a odiarte tanto!

    Ella no esperaba aquella reacción de Pedro. Se quedó asustada. El avanzó y la apresó en sus brazos. Antes de aplastar los labios sobre los suyos, susurró desesperadamente:

    —Me has hecho mucho daño. Quiero olvidar y no puedo. ¡No puedo! Pero eres… la mayor ventura de mi vida y a la vez la más grande pesadilla.
    —Pedro…, llévame contigo.
    —Cállate.
    —¡Llévame contigo!
    —Cállate, Elena. ¡Cállate!

    Se calló, pero al ver en los suyos los ojos de Elena, todo acudió a su mente, como si aún oyera la voz femenina decir:

    «Le odio. Amo a Alejandro…»

    La soltó, como si ella pinchara.

    —Pedro…

    Escapó de su lado sin mirarla de nuevo. Se quedó inmóvil, temblorosa, con los labios doloridos, el corazón palpitando locamente.

    —Pedro —susurró como si él la oyera—. Pedro, has llegado a ser la máxima ansia de mi vida. Y tú lo sabes.

    Derrumbóse sobre el lecho y dejó que lágrimas corrieran libremente por sus mejillas…


    Capítulo 10


    Hacía muchos días que no veía a Anita. Casi dos meses desde la última vez que hablaron en aquella alcoba. Por eso se alegró cuando Juana anunció su visita.

    Corrió a la salita. La anciana aún no se había levantado. Era domingo y Elena acababa de regresar de la iglesia.

    —Anita —exclamó.
    —Querida Elena. Ya está visto que si yo no vengo a verte, tú… me olvidas.

    La besaba.

    —Olvidarte, no.
    —No me dirás que no tienes un rato libre para dedicármelo.
    —Lo tengo. Pero… Siéntate, hazme el favor.
    —¿Y él…?
    —No está en Madrid. Hace dos semanas que se ha ido a Barcelona.
    —¿Cómo van las cosas?
    —Igual. ¿Pero no te sientas?
    —Sí, claro. Supongo que podemos salir juntas a tomar el vermut.
    —No.
    —¿Le tienes miedo?
    —No es eso. No tengo humor.
    —El castigo que hiciste a los demás, cayó sobre ti.
    —Casi siempre sucede así.
    —Sí.

    Y se quedó pensativa.

    —Elena, ¿no hay forma de ablandar a Pedro? No concibo que un hombre ame y sea tan duro con el objeto de su amor.

    Le refirió la última entrevista. Guardaron silencio las dos. Lo interrumpió Anita, sentenciosa:

    —Te ama, sí, pero… ¿no tienes tú arte para atraerlo? ¿Para vencerlo? Hay momentos en que el hombre no es dueño de sí mismo y ese momento tienes que aprovecharlo tú.
    —Tal vez Pedro sea diferente a todos. No pierde el juicio en ningún momento.
    —La gran personalidad del hombre. Por eso yo lo admiré tanto —Y con rápida transición—: ¿Qué dice su madre? ¿Notó algo?
    —Nada. Y si lo nota, se lo calla.
    —¿Y tus padres?
    —Igual.
    —Lo que te sucede lo tienes bien merecido, pero… es más duro el castigo que el delito cometido.

    Se oyó el bastón de la anciana.

    —Viene mamá —dijo ella—. Ten cuidado con lo que dices.
    —Señora —exclamó Anita, poniéndose en pie al entrar Rita.
    —Hola, hijita. ¿Vengo a interrumpir?
    —Claro que no, mamá.
    —He venido a invitarla a pasar un día conmigo —dijo Anita—. Pero se niega.
    —Eso sí que no. Te vas con Anita. Por mí no te preocupes. Esta tarde vienen tus padres a hacerme la visita acostumbrada.
    —Teme —rió Anita— que a Pedro le parezca mal.
    —En modo alguno. Pedro es muy comprensivo.

    Fue empujada por la misma anciana.

    Ante el vermut, comentaba Anita:

    —Ha dicho que su hijo era muy comprensivo.
    —Para ella lo es.
    —Para ti, no —dijo sin preguntar.
    —No. Para mí es como una piedra.
    —Dime, Elena: ¿Nunca intentó un acercamiento?
    —Nunca. Sólo el día que se marchó —y con nostalgia—: Me apretó en sus brazos. Creí que me deshacía… Me besó. Pensé que iba a suspender el viaje y quedarse a mi lado.
    —Quizá hayas tenido tú la culpa de que no lo hiciera así.

    Elena sonrió tristemente.

    —Hice todo lo posible porque olvidara su viaje. Te juro que lo hice y no deliberadamente, sino porque me salía de dentro, porque lo sentía en lo más profundo de mi ser. Cuando me miró a los ojos, vi en los suyos una luz extraña. Estoy segura que en aquel instante recordó todo lo que yo te decía el día de mi boda. Aquel día, que es como una pesadilla en mi vida.
    —¿Y qué hizo?
    —Me soltó y huyó. Huyó, ¿sabes? No se iba. Huía como si de pronto sintiera miedo de su propia debilidad.


    * * *

    Vio el «Seat 600» ante el taller. El corazón empezó a saltarle locamente dentro del pecho. Alargó el paso y subió las escaleras casi corriendo. Iba a introducir la llave en la cerradura, cuando la puerta se abrió. Alzó las cejas. Se quedó mirando a Pedro como si éste fuera una visión y no un ser real.

    —Te he visto llegar —dijo él.

    Sin responder, pasó a su lado. Pedro empujó la puerta y se acercó a ella. Sin palabras, la apresó por la espalda y le dio la vuelta sobre su pecho. No buscó sus ojos. Los adivinaba parpadeantes. Aquel parpadeo de Elena le era muy conocido, como asimismo el motivo por el cual parpadeaba. Su boca buscó la de Elena. La encontró cálida, sumisa, apocada. Al tenerla perdida en su pecho, Pedro perdió un poco su compostura y Juana, que atravesaba hacia la cocina en aquel instante, se quedó con los ojos muy abiertos fijos en la pareja que se besaba.

    El ruido que hizo la puerta que cerró Juana sobresaltó a Elena.

    —Suéltame —pidió con un hilo de voz.
    —No voy a poder.
    —Puedes.
    —¿Lo deseas?
    —No.
    —Elena.
    —No —susurró roja como la grana—. No lo deseo, pero Juana…
    —Deja a Juana.
    —Pedro —y lo apartó un poco, pero mirándole a los ojos—. Mírame bien.
    —Te miro —dijo en voz baja.
    —¿Qué ves en mis ojos?
    —No sé.
    —Lo sabes.
    —Prefiero no saberlo.
    —Hay sinceridad. No debes dudarlo.
    —Quisiera no dudarlo.
    —Eres duro, Pedro. Duro para perdonarme el daño que te hice.

    Frunció la frente.

    —¿Olvidamos los dos?
    —Para recordar mañana, no.
    —Hay algo dentro de mí que me aconseja creerte. Ha de ser mi propio amor. Y luego existe también otro razonamiento.
    —Razonamiento, no.
    —Sí. Por encima de mi corazón está el cerebro.

    La empujaba hacia el fondo del pasillo. Ella se dejaba llevar. Cuando llegaron frente a la puerta de la salita, ella dijo:

    —Te eché de menos.
    —Y yo a ti.

    Parecían simples los dos. No obstante, ambos sabían que algo se estaba dilucidando en su vida. Algo que tenía para los dos gran trascendencia.

    Penetraron en la salita. Allí estaba Rita envuelta en la manta, con los vivos ojillos vueltos hacia ellos.

    —Pedro ya estaba dispuesto a ir a buscarte —dijo.
    —¿Por qué no has ido?

    Y lo miraba. Pedro huyó de aquellos ojos, para volver a ellos como si tuvieran imán para los suyos. Y pensó con intensidad en la soledad de aquel viaje, en lo que había decidido durante él. En el ansia incontenible que llevó en sus labios y que con la ausencia se hacía más vivo.

    Tenía que creer en ella. Era demasiada la necesidad de su amor.

    Toda la vida queriéndola y de pronto, la renuncia y el dolor. Pero no más. Al fin y al cabo él no era de bronce. Era, por el contrario, de carne y hueso y la amaba como un loco.

    —Di —insistió—. ¿Por qué no has ido?

    Se echó a reír, para disimular su ansiedad.

    —Mamá —dijo en respuesta, huyendo de sus apasionados ojos y buscando a la madre—. Me la llevo.
    —Sí, hijo, sí.

    Y reía con ternura. Algo veía en ellos diferente. Algo que llevaba a su corazón un mensaje de paz, de tranquilidad. La nube que había en la vida de los dos se desvanecía de pronto.

    Sus ojos intuitivos se lo decían.

    —Iros, queridos. Después de tantos días tendréis mucho que deciros.

    La tomó de la mano. Huyó con ella. Y sin decirse nada se perdieron en aquella alcoba que con tanta ilusión había elegido él para su amor.

    —¿Es cierto, Elena, que tenemos mucho que decirnos?
    —No —susurró ella, ruborizándose—. Nada tenemos que decirnos. Pedro; todo lo tenemos dicho.

    El se acercó y Elena se perdió en el lazo apasionado, ardiente, de sus brazos. Alzó éstos y su dogal apresó el cuello masculino.

    —Perdóname, Pedro —pidió con un hilo de voz—. Mírame a los ojos y verás en ellos cuán sincera soy.

    No necesitó mirarla. Lo sabía. La absorbió con sus labios y fueron éstos más claros, más sinceros, más vivos que sus palabras. Aquella noche ni uno ni otro acudieron al comedor, y la anciana, desde su sillón de enferma, elevó la mirada al cielo y susurró.

    —¡Gracias, Dios mío!


    Tomás llamó alarmado por teléfono.

    Contestó Juana.

    —¿Qué ocurre, Juana? Pedro no ha venido hoy al taller.

    Juana lanzó una risita.

    —¿Es que no lo sabe? Pedro y Elena han salido de viaje este amanecer.
    —¿Qué?
    —Que se han ido, señor Urdiales.
    —Pero si él nada nos dijo.
    —Tampoco a nosotros, señor. Sólo nos dijo adiós.
    —Extraordinario.

    Y colgó.

    Cuando llegó a su casa aquel mediodía, entró riendo.

    —¿Qué pasa? —preguntó su mujer.
    —Todo está solucionado.
    —¿Todo? Ignoraba que tuvieras algo pendiente de solución.
    —Yo no; pero tu hija, sí.
    —¿Cómo? ¿Quieres decir…?
    —Sí. Se han ido de viaje.
    —Dios nos ampare, Tomás, qué alegría me das.
    —La que yo tengo. Oye —añadió sin transición—. ¿Qué te parece si esta noche echamos los dos una canita al aire? Podemos sentirnos dos potentados como aquella vez, ¿recuerdas?
    —Recuerdo. Tomás. Aún me parece que fue ayer. Lo recuerdo todos los días.
    —Pues prepara tus mejores galas para esta noche.


    * * *

    En un hotel desconocido, en una ciudad desconocida, Elena y Pedro se miraban. Se habían dicho tantas cosas en aquellas horas, que en algunos instantes sólo sabían mirarse. Y él, con veneración, la atrajo hacia sí e inclinado sobre ella susurró con ternura:

    —Elena, vida mía, eres tan bella, te he considerado tan inalcanzable, que el hecho de que hoy seas mía, de que me hayas pertenecido, de que me pertenezcas para el resto de tu vida, me produce una plenitud que me hace otro hombre. La vida sin ti fue para mí un suplicio y hoy…

    Le tapó la boca con los dedos. Se los acarició con ternura. Y muy bajo, como una caricia sutil, que era en verdad una apasionada caricia, susurró:

    —Cállate, por favor, Pedro. Sé todo lo que sientes, porque tus sentimientos, tu plenitud, tu amor, es mi propio amor, mi propia plenitud.
    —Para siempre.
    —Sí, para siempre.
    —Y aquel hombre…
    —Aquel hombre existió en la mente de la adolescente. A tu lado soy mujer. Tu mujer, Pedro, amor mío.

    Lo era. Él lo sabía. Miró a través del ventanal… La luz del amanecer brillaba en los cristales. Volvió los ojos hacia ella y dijo bajísimo:

    —No soy hombre erudito, ni siquiera elocuente.
    —Amé tus silencios. Cuando te vi en aquella puerta…
    —¿Dejamos de recordar? —preguntó, atajándola.

    Ella se echó a reír y le pasó el dogal de sus brazos por el cuello.

    —Sí —musitó—, dejemos de recordar. Vivamos estos instantes.

    Los vivieron.

    Y la luz del amanecer brillaba cada vez más en los cristales empañados por el rocío de aquella noche que ni uno ni otro podrían olvidar jamás. Su noche. Esa primera noche que no se olvida, porque forma el eslabón de una vida entera.


    Fin