EL NOVIO DE MI HIJA (Corín Tellado)
Publicado en
junio 30, 2013
Argumento:
Lorna Jayston, viuda, hermosa y joven todavía, tuvo por primera vez la secreta intuición de que se casaría de nuevo, de que, pese al recuerdo entrañable de su marido, la vida le ofrecía de nuevo una perspectiva de felicidad.
Pero Lorna era madre de una seductora muchacha con arrolladora personalidad y radiante, irresistible belleza. Y esto podía cambiarlo todo… aunque no hasta el punto que temiera Lorna.
Capítulo 1
Mónica Jayston (Moni para los amigos e incluso para su hija) a sus sesenta y siete años resultaba aún joven y, a veces, hasta casi atractiva.
Alta y delgada, de cabellos completamente blancos, ojos de un marrón muy claro y dientes muy arreglados, con una elegancia depurada, muy propia de su edad, sin rebuscamiento, se hallaba en aquel momento sentada apaciblemente en un butacón junto al ventanal abierto.
Habitaba en un chalecito, tipo dúplex, en una avenida residencial de Norfolk, con su hija, su nieta y la muchacha que, desde tiempo inmemorial, servía a la familia Jayston.
Y si bien las cuatro habitaban en el chalecito, cada familia tenía su propia vida. Es decir, en el ala derecha del chalecito vivía Mónica Jayston con su criada Mey, y en el ala izquierda Lorna con su hija Janet, y Mey, muy gentilmente y siguiendo una norma previamente establecida, se ocupaba de ordenar las dos alas de la vivienda, pues Lorna ocupada en su sala de arte, de la cual era propietaria, y Janet estudiante de selectivo de medicina, apenas si tenían tiempo de ocuparse de los quehaceres de la casa.
En cuanto a las comidas, tanto Lorna como su hija Janet las hacían con la vieja dama, madre de una y abuela de la otra, la cual tenía mucho gusto de sentarlas a su mesa cada mañana y cada tarde.
No es que Lorna pudiera acudir siempre a aquellas comidas, pues, debido a su trabajo, más de una vez había de quedarse a comer en un autoservicio o bien con un cliente…
Es por esta razón que Moni y Lorna se hallaban reunidas aquel atardecer en la salita del ala derecha, a la cual la había citado la primera con el fin, sin duda, de hablar de Janet.
Lorna se hallaba de pie junto al ventanal y de vez en cuando dejaba de contemplar el pequeño jardín o la no demasiado lejana avenida, y lanzaba una mirada interrogante sobre su madre.
—Es imposible escapar a ciertas responsabilidades —decía Moni con su voz siempre inalterable, dulce y persuasiva.
Lorna ya lo sabía.
La culpa no la tenía ella. La tenía más bien su trabajo y la vida, que, por suerte o desgracia, le había tocado vivir.
—Tener una hija y saberla comprender —insistía la dama—, no es cosa fácil.
Lorna dejó el ventanal y sin prisas fue a sentarse ante su madre.
Era una mujer hermosa.
Podían calculársele veintitantos años pero lo cierto es que contaba treinta y cuatro recién cumplidos.
Precisamente, la semana anterior su madre le había dicho:
«Lorna, supongo que celebrarás tu cumpleaños».
A lo cual respondió Lorna con firmeza:
«No celebraré más cumpleaños en mi vida».
Poseía esa depurada elegancia natural que da una clase innata a la personalidad. De carácter serio, de casi grave continente, resultaba imposible pasar al lado de Lorna Jayston sin percatarse de su presencia. Los cabellos de un castaño claro, los ojos canela, de una belleza extraordinaria, una boca de cálido dibujo de largos labios húmedos, unos dientes nítidos e iguales.
Lorna Jayston más llamaba la atención por su auténtica belleza, que por ser la dueña de una sala de arte importante, donde se exponían cuadros y esculturas de los más depurados artistas consagrados.
En aquel momento vestía un modelo de tarde de firma cara. Unos zapatos altos, se adornaba con un collar de perlas auténticas, un reloj de oro blanco y una sortija de brillantes. Ese era todo su atuendo. Pero Moni la miraba y pensaba que Janet, su nieta, con ser muy linda jamás podría comparársele a su madre.
—Por supuesto que no es nada fácil —dijo Lorna con aquel acento suyo de voz cálido y peculiar, de una suavidad estremecedora—. Pero da la casualidad. Moni, que yo a ti nunca te di dolores de cabeza.
—Tal vez porque eran otros tiempos, Lorna. Es posible que esto que digo sea un tópico absurdo, pero es la pura verdad. Cuando una hija de antes, tú por ejemplo, me decías: «Voy a tal sitio», yo te respondía que no, y tú no preguntabas por qué, aceptabas y acatabas mi decisión considerándola irrevocable. Hoy en día, los hijos no aceptan así como así las decisiones de su madre. Si dices no, preguntan el porqué, discuten o dialogan, y al final convencen y hacen lo que les da la gana. Yo no sé si es mejor o peor, pero si sé que es así. A mi modo de ver, eres demasiado blanda con tu hija.
Lorna cruzó cuidadosamente una pierna sobre la otra y balanceó un pie con cierto nerviosismo.
—Yo no me sentí emancipada hasta que no me casé, mamá.
—Claro —saltó Moni con decisión—, y resulta que te casaste a los dieciséis años.
Lorna no se inmutó. Se diría que esperaba aquella respuesta.
—A decir verdad, creo que siempre estuviste de acuerdo, Moni.
La dama sonrió. Se inclinó un poco hacia adelante y palmeó con suavidad los finos dedos de su hija.
—No tenía motivos para contrariarte. Leonard era un buen chico, tú le querías, él te amaba y podía ofrecerte una excelente posición social y económica. Por otra parte, más prefería ver a mi hija casada y recogida que buscando novio entre las pandillas que en aquel entonces andaban siempre sueltas por Norfolk —sonrió con suavidad—. Lorna, fue una lástima que perdieras a Leonard tan pronto, y siempre te he dicho que debiste volver a casarte. Que aún debes de pensar en ello. Consagraste demasiado a tu hija, le diste todo cuanto le apeteció, y ahora que la muchacha tiene diecisiete años, has de continuar en tu tónica porque sería del género tonto que te negaras, porque Janet ya no sabría admitirlo.
Lorna se puso en pie.
Tenía en aquel instante como una sombra en sus bonitos ojos melados.
—Siéntate. Hace días que venimos discutiendo esto y creo que es hora de que entres en razón.
—Por lo visto, Janet vino a ti, a buscar tu ayuda. ¿No es eso?
—Vino —dijo Moni con gravedad—. Es posible que se trate de uno de sus tantos caprichos o es posible que, como tú hace años, se trate de algo muy serio. Por otra parte, si hasta ahora le has dado todo cuanto quiso y te pidió, no veo normal que ahora te opongas a sus relaciones.
—Yo no he sido feliz por haberme casado a los dieciséis años, mamá. No es que Leonard fuera un mal marido, pero estoy segura que a aquella edad yo era una muchacha inmadura. Me gustaría que Janet estuviera madura para casarse.
Moni se sentó mejor.
Miró a su hija con detenimiento.
Después dijo:
—El hecho de que Janet tenga novio y pretenda presentártelo, no quiere decir ni mucho menos que por el momento se vaya a casar mañana.
Capítulo 2
Lorna había vuelto a sentarse y miraba a su madre con reflexión.
—Iré a buscar el té, Moni —dijo.
—¿Evadirte otra vez, Lorna? ¿Sabes cuántos días llevamos discutiendo esto?
—De todos modos, iré a buscar el té. Entretanto lo tomamos, seguimos discutiéndolo, si te parece.
—De acuerdo.
AI rato vio volver a Lorna empujando la mesa con el servicio de té, primorosamente servido.
—Nunca te adaptarás a la vida práctica de hoy —rió la dama—. Seguirás siendo señora toda tu vida —y riendo con picardía—: ¿Sabes, Lorna? Cuando Janet llega y decide tomar el té, va a la cocina, lo hace y viene con la taza en la mano removiéndolo como si estuviera en un garito sin importancia.
—Me llamas vieja todos los días debido a lo que yo sólo considero clasicismo, Moni.
—Y es verdad, Lorna. No serás vieja jamás. Pero no estamos tratando de ti, querida mía. Estamos tratando de Janet. Tiene novio, quiere traerlo a casa para que ambas lo conozcamos.
Lorna sirvió el té a su madre sin decir palabra.
Después se sirvió a sí misma y volvió a cruzar con sumo cuidado y elegancia una pierna sobre otra.
—Estás equivocada, Moni —dijo al rato, después de reflexionar—. Si crees que me opongo a las relaciones de Janet, una vez más te digo que te equivocas. Estudia selectivo de medicina. Conoce a montones de chicos de su edad o algo mayores. Por ejemplo, el mismo Sean Wilder es un muchacho muy apropiado para ella. Le hace la corte, es de conocida familia, y Janet ni le hace caso. ¿Te das cuenta?
—El amor es algo muy complejo, Lorna. ¿Qué culpa tiene la chica de no amar a Sean?
—¿No sería más apropiado a su edad?
—No conoces a ese hombre que tu hija ama.
—¿Ama? ¿Estás segura? Tú misma me has dicho que he consentido a Janet toda mi vida desde que ella nació. Que hizo cuanto le dio la gana. Es posible. Pero… ¿no será un capricho más? No me gusta que Janet me traiga cada mes un hombre diferente a casa. Recuerda cuando hace un año, nos trajo aquel muchacho llamado Richard no sé cuántos… Tanto tú como yo creímos que se trataba del futuro marido. Ya sé, ya sé —movió la cabeza con pesar—, todo se debe, para ti y para mi, a mi pasado. Yo un día te traje a Leonard y al cabo de seis meses me casaba con él. Pero tú misma has dicho que aquéllos eran otros tiempos. No han pasado tantos años, pero sin duda eran, como tú bien dices, otros tiempos… No quisiera cobrar de nuevo afecto a un muchacho, para que un día cualquiera llegue Janet y nos diga tranquilamente que ha terminado con él, y en cambio nos hable de otro amor encendido y verdadero que, según ella, ha de ser el último —meneó la cabeza de nuevo—. Mamá, me aterra esa idea. No me agrada conocer rostros nuevos todos los días, ni aceptar, por las buenas, todo cuanto Janet quiera o diga hacer.
—Entonces… ¿qué decidimos?
—Lo pensaré. Deja que Janet siga con ese muchacho. A eso no podré oponerme. Conociéndola, he de admitir que además de variable, es superficial. Estudia una carrera porque resulta snob, ¿no se dice así? Pero estoy segura de que la medicina no le interesa más que mi sala de arte, y tú sabes que mi sala de arte, de la cual vivo y vive ella, no le interesa en absoluto.
—Ciertamente —admitió Moni—, la juventud es un poco alocada, pero si uno no va con la corriente le llaman anticuada. Por mi no me importa, pero por ti si…
Lorna sonrió apenas.
Había un cierto desdén en su mirada.
—Me tiene sin cuidado la opinión de una muchacha tan poco constante como Janet, aunque sea mi hija, mamá.
—Una cosa, Lorna, ¿no has pensado en volver a casarte?
—¿Yo?
—Si. ¿Por qué no? ¿Tan mal te fue en tu primer matrimonio?
Lorna entrecerró los ojos. Reflexionó un rato. ¿Le había ido mal?
No. Por supuesto que no. Leonard era un buen hombre. Un hombre muy guapo, muy despreocupado… Muy de sociedad… A su lado se hizo mujer, pero casi podía asegurar que se hizo mujer más por decepción que por ser esposa de Leonard.
Y no fue porque Leonard la hiciese infeliz. Eso, no. Más bien porque al cabo de un tiempo de estar casada se dio cuenta de que su vida era de una monotonía aplastante, pues creía haber confundido la amistad con el amor y, por supuesto, jamás conoció un amor profundo y verdadero. Al cabo de cinco o seis años, Leonard enfermó y falleció, y ella no tuvo jamás tentación alguna de volver a casarse, ni tampoco tuvo, la verdad, aventuras amorosas de ningún género.
Montó aquella sala de arte, se dedicó a ella, tuvo amigos, conatos de flirteos, y de ahí jamás pasó. Nunca se le ocurrió volver a contraer matrimonio ni mantener relaciones ilícitas con un hombre. Y no tanto por respeto a sí misma, como por sentirse escéptica ante lo que los hombres llaman amor.
—No me has contestado, Lorna.
—¿Cómo?
—Te preguntaba si tan mal te fue en tu primer matrimonio.
—No me fue mal. Nunca me he quejado, ¿verdad? Pero no estamos hablando de mi, Moni. Hablábamos de mi hija.
—Ciertamente. ¿Qué decides? Janet me instó para que te dijera que quería traer a Omar Boyle a casa mañana a la tarde.
—Y tú…
—Yo le dije que tenía que contar contigo.
—Moni, ¿te ha dicho la edad que tiene ese hombre?
—Eso es lo peor —adujo la dama—. Si que me lo ha dicho y es lo que me tiene un poco encogida. No me gustan los hombres jóvenes, pero tampoco los muy mayores. Y según Janet… el tal Omar Boyle cuenta treinta y ocho.
—Es absurdo que Janet pretenda casarse con un hombre de esa edad. Por otra parte, ¿quién es él? ¿Qué sabemos de él?
—Es ingeniero naval y trabaja en los astilleros Norfolk.
Lorna se puso en pie otra vez y con ademán un poco automático, empezó a recoger la mesa.
La llevó a una esquina, tocó un timbre y apareció Mey.
—Llévate todo eso, Mey. Gracias.
Se volvió hacia su madre.
—Déjamela a mí, mamá. No tengo demasiado tiempo de hablar con ella. Es posible que ése sea el motivo de su irreflexión. Debido a mis muchas ocupaciones, casi nunca estoy en casa cuando ella llega. Pero esta noche iré a su cuarto y le hablaré. Tal vez logre convencerla o averigüe que su amor es profundo y verdadero y me vea imposibilitada de convencerla.
—Me parece muy acertada tu postura. Háblale y veremos qué ocurre.
Capítulo 3
Omar Boyle la recogió a la salida de la escuela, y Janet, con su desenvoltura habitual y aquel aire de niña «sabelotodo» subió a su lado gritando:
—Me parece que tengo metido en el bote al profesor de anatomía. Tú verás qué susto les pego a mi madre y a mi abuela, que se ríen de mi porque pretendo ser médico.
Omar puso el auto en marcha.
Miraba a Janet con ilusión. Ciertamente, a su lado se sentía casi como un chiquillo retozón. Era una chica estupenda aquella muchacha. Bonita en verdad, pero más que bonita alegre y divertida.
Sus amigos le decían:
«Pero… ¿cómo vas a casarte con una chiquilla así? ¿Qué vas a hacer con ella?».
Pues quererla, eso iba a hacer. Quererla y que ella aprendiese a quererle.
Prefería una muchachita como Janet, que podía dominar y amoldar a su modo de ser, que una mujer de su edad, cansada y hastiada de todo, monótona para la vida en común.
¡Quiá!
Prefería una muchachita como Janet, que le alegraba la vida, que le animaba, que le hacía sentirse joven como ella.
—¿Adónde vamos?
Janet se volvió hacia él y le estampó dos besos en la mejilla.
—A bailar.
—¿Bailar? ¿No dices que andas liada con la anatomía? ¿No tienes que estudiar?
—Después. Ahora quiero dar vueltas al son de una orquesta. ¿No te gusta bailar? ¿Di? ¿No es divino dar vueltas y vueltas? A mi me chifla.
Eso era lo peor. Janet lo pasaba divinamente en una discoteca. Él había empezado a bailar a los veinte años, y llegado a los treinta y ocho hubiera preferido sentarse y charlar, o dar vueltas en el auto o sentarse en un teatro o ante una buena película.
—Omar, no me digas que no quieres ir a bailar.
Omar mostró su reloj.
—Si se enfada contigo tu madre…
—¿Mi madre? —rió Janet divertida—. Apuesto a que no está en casa.
—Pero tu padre…
—Ah… ¿no te lo he dicho? No tengo padre —y como Omar la miraba interrogante, añadió riendo—: No pienses mal, ¿eh? Claro que lo he tenido, pero cuando yo tenía seis o siete años él falleció. ¿Nunca te hablé de eso?
—Pues… no.
—Mi madre es viuda. Mira, toma por esa calle. Te diré dónde trabaja mi madre.
—Pero… trabaja.
—Claro. Desde siempre. Si yo casi no la veo, Omar. Yo a quien veo todos los días es a mi abuela Moni. Verás qué tía más fenomenal.
—¡Janet!
—¿Sí? ¿Qué?
—No está bien que al referirte a tu abuela le digas así, tan groseramente, tía.
—Es un decir, hombre, es un decir. Tú eres como mi madre. Dice que nuestro lenguaje es odioso. ¿A que tú también lo piensas?
Omar sonrió apenas.
Era un hombre alto, fuerte. De cabellos negros y ojos tan negros como sus cabellos, resultaba tremendamente interesante. Vestía deportivamente. Un pantalón claro, un suéter tipo cisne de color negro y una americana sport muy adecuada a su indumentaria.
—Frena un poco —dijo Janet, riendo—. Ahí es donde trabaja mi madre.
—Es una sala de arte.
—Por supuesto. Es de ella. De Lorna.
—¿Lorna?
—Mi madre, hombre. Ya verás, mañana o pasado te llevo a casa. Quiero que conozcas a las dos mujeres.
—Janet… no les tienes demasiado respeto.
—Las quiero —dijo Janet a gritos, al tiempo de levantar los brazos—. Son formidables las dos. Algo severas, ¿sabes? Algo anticuadas… pero fabulosas.
Omar sintió que revivía.
La alegría de Janet, aquel aire suyo tan juvenil, aquella risa contagiosa… todo le encajaba a él. Estaba harto de conocer mujeres de vuelta de todo. De saberlo todo, de desear casarse para luego vivir a su costa… Era delicioso, pues, encontrar a una chiquilla ingenua como Janet. Dicharachera, llena de alegría. No soportaba la existencia pesimista, ni las amarguras o las tristezas, y Janet tenía tanta fuerza en su vida, tanta alegría que todo lo desbordaba.
Instintivamente soltó una mano del volante y asió los dedos de Janet entre los suyos.
—Creo que te quiero mucho, Janet —dijo—. Me gustaría, si, conocer a tu madre y a tu abuela.
—Le hablé a mi abuela, ¿sabes?
—A tu madre… ¿no?
Janet hizo un mohín de disgusto.
—No es fácil de cazar.
—¿De… qué?
—Bueno, quiero decir, que no es nada fácil que mamá se detenga, Lorna siempre está ocupada. O en su sala de arte, o bien en su despacho de casa, o con los contables… O con sus amigos.
—¿Sale mucho?
—Sí, desde luego.
—Y no ha vuelto a casarse.
—¿Mamá? —reía Janet divertida—. Oh, no. Mamá es así. Ni aventuras amorosas ni nada de eso. No soporta los flirteos. Ella a lo suyo. Es muy práctica… Yo no sé si pensar que quiso tanto a mi padre que no pudo olvidarlo nunca o que se cansó tanto que no quiso en modo alguno reincidir. Verás, cuando yo era más niña no pensaba. ¡Qué iba a pensar! Después fui madurando y entonces si que tuve que pensar, y saqué esas dos conclusiones. O no le quiso nada o le quiso tanto que nunca puso a otro en su lugar —y sacudiendo la cabeza, como si olvidara a su madre y todo lo demás, añadió feliz—: ¿Qué, quieres que vayamos a bailar o no vamos?
Fueron.
En la discoteca se encontró con unos amigos que miraban a Janet envidiosos.
Omar pensaba, y no pensaba mal, que Janet era una de las chicas más guapas de todas las que había en el salón.
Esbelta, de buena estatura, creciendo aún tal vez, de pelo rubio y ojos azules, de sonrisa siempre a flor de labios… resultaba de un atractivo subyugante.
Uno de sus amigos le guiñó un ojo, pero él no se dio por aludido. Sin duda pensaban que su asunto con aquella rubita estudiante era pasajero o una aventura facilona o algo, parecido.
Pues no.
Sentía que necesitaba a Janet. Era ni más ni menos que el complemento de su vida.
Él era un tipo más bien serio. Muy maduro.
Estaba harto de mujeres como él.
Aquella Janet daría a su vida un aliciente nuevo, una nueva vitalidad.
Aunque se cansara bailando.
Porque… la verdad, se cansaba un poco. En realidad, Janet empezaba a bailar aquellos días y se entusiasmaba. Él, por el contrario, llevaba demasiados años bailando.
Pero no importaba. Un día, cuando ambos se casaran, ya adaptaría él a Janet a la alegría sana de su propia vida.
Capítulo 4
Dejó a Janet ante el chalecito y en su auto se dirigió a su apartamento.
Iba pensando en cómo y cuándo la conoció.
Fue en una tertulia literaria, hacía escasamente unos meses. Le llamó la atención la risa fácil, la mirada alegre. Después alguien se la presentó:
«Janet Jayston, estudiante de medicina».
Ella le miró como deslumbrada.
Omar no olvidaría con facilidad aquella mirada. Hacia siglos que no la apreciaba, dirigida a él por mujer alguna. Todas o casi todas ponían ojos lánguidos, haciendo muecas, se ponían en plan de conquista…
Janet no hizo nada de eso. Le dio la mano, le preguntó si le gustaba la obra que acababan de leer y él le dijo que si.
Janet entonces murmuró con toda sencillez:
—Pues yo no la he entendido.
—¿No?
—No. En absoluto. No sabes cuánto daría porque alguien me la explicara.
—Ven al bar. Te invito a una copa y de paso te explico lo que deseas.
Así lo hicieron.
Janet le oyó atentamente, y Omar pensó que era la primera vez que una muchacha le escuchaba sin interrumpirle y con tanta atención.
Es más, cuando los amigos fueron a recogerla, Janet gritó:
—Me quedo —y mirándole a él con naturalidad—. ¿Me llevas tú a casa? Si me llevas me quedo un rato más para que sigas explicándome.
—Por supuesto que te llevo.
—Gracias. Pues continúa —y mirando a sus amigos que parecían atónitos—. Os veré mañana en la Facultad.
Así empezaron.
La llevó a casa, y al día siguiente fue a buscarla a la Facultad, y al otro y todos los demás, hasta que un día se encontró con que a su lado se sentía muy a gusto.
No es que Janet le inspirara un gran amor, pero se sentía feliz a su lado, alegre, rejuvenecido.
Janet estaba tan llena de vida, que sin remedio la contagiaba a todo el que la tratase y a él más, pues estaba harto de todo y lo único que no había experimentado era aquella plácida serenidad al lado de una muchacha tan llena de vida como Janet Jayston.
Detuvo el auto ante un semáforo y de repente vio que una cabeza asomaba por la ventanilla.
—Gary —gritó—. Tú…
El aludido se deslizó dentro.
—Acabo de llegar de California. Fui a tu apartamento y nadie me contestó.
—¿Comemos juntos? —propuso Omar—. Vengo de llevar a casa a mi chica.
Gary le miró entre divertido y extrañado.
—¿No has parado aún?
—¿Parado?
—De jugar a enamorarte, hombre.
—Casi. Esta vez va en serio.
—¡Ji!
—Te digo que lo es, Gary. Es más, creo que me caso.
—No me digas…
—Ya veo que te burlas.
—Y no es para menos. Tú casado… Mira —reía el llamado Gary—, no te imagino casado por más que digas. De aventura en aventura, bueno, pero casado tú…
—Pues esta vez va en serio. Es más, creo que conoceré a la familia de mi novia un día de éstos.
Gary se puso serio.
—¡Porras! —exclamó—. Tú nunca has conocido a las familias de tus chicas.
—¿Lo ves?
—No irás a salirme con ésas de que los chicos de hoy van a casa de sus novias al día siguiente de conocerlas, y que tú pretendes ser un chico de ésos.
Omar se puso grave.
—He encontrado a la mujer que he buscado siempre.
Gary soltó la risa.
—¿Cuántas veces me has dicho lo mismo?
Omar detuvo el auto.
—Podemos comer en el club y luego te hablo de ella.
Gary no parpadeó.
Sin duda Omar, al fin, había encontrado su media naranja.
—No me mires así —dijo Omar descendiendo del auto y asiendo el brazo de su íntimo amigo—, esta vez es en serio. Va siendo hora de que decida el futuro de mi vida. No soporto más esta soledad.
—Y ella te comprende.
—Por supuesto.
Entraron en el club.
—Podemos tomar algo en el bar antes de sentarnos. Después más tranquilo, hablamos si quieres.
—¿De tu futuro?
—Gary, sigues tomándolo a broma.
—Desde luego —le miraba entre serio y burlón—. Recuerda aquella vez que estuviste a punto de ir a la iglesia. Pero de la noche a la mañana rompes con Elisa.
—Descubrí que de vez en cuando metía los dedos en las narices.
Los dos rieron alegremente. Después pidieron sendas copas y entablaron una seria conversación.
Capítulo 5
Recostados ambos en la barra ante dos whiskys, Gary miraba a su amigo con expresión entre dubitativa e interrogante.
—No te imagino en relaciones formales —decía Gary poco después, ante la gravedad del rostro de su amigo—. Con una aventura fácil, entre mujeres que no exigen responsabilidad posterior, aún, pero con novia y dispuesto a conocer a la familia de tu futura, no, qué quieres que te diga, no puedo dar crédito de lo que oigo.
Omar tenía una voz bronca, firme y resuelta.
Conocía a Gary desde que ambos, recién terminada la carrera, se emplearon en la misma empresa. Durante años continuaron juntos y hasta viviendo en un mismo apartamento pagado por mitad, hasta que Gary decidió casarse, formar su propia familia con Michele, y más tarde fue destinado a otro lugar. Pero la amistad entre ambos continuó firme y seria, si bien apenas se veían. No obstante cuando Gary pasaba por la ciudad de Norfolk jamás dejaba de visitar a su amigo y, si como aquella noche, no lo encontraba en su apartamento, lo buscaba en el club o donde fuese, pero jamás regresaba sin antes haber saludado a su buen amigo.
—Pues esta vez puedes creerme. Tengo treinta y ocho años. Hasta la fecha he vivido como un loco sin preocuparme del futuro. No tengo familia. Me veo solo y sin más amigos que tú, y tú lejos de mí, y además consagrado a los tuyos, lo cual me parece muy lógico. ¿Qué puedo hacer? Continuar haciendo el tonto con mujeres que no me interesan más allá de una noche.
—Pensar así es de tipos sensatos, y tú nunca has sido un sensato, pero… ¿es tanto tu amor? ¿Estás seguro de que serás feliz a su lado?
Omar reflexionó.
—Creo que si —dijo tras aquella reflexión—. Janet es una chica deliciosa, me infunde seguridad y me da una tranquilidad absoluta. Es ingenua, es bonita, es jovencísima.
—Alto —rió Gary—. ¿Cuántos años tiene tu novia?
Era lo peor. Demasiado pocos.
Costaba trabajo dar la cifra exacta porque Gary se iba a reír de él.
Por eso dijo en cambio:
—Es posible que no la ame intensamente, Gary. Al fin y al cabo, ¿cuándo amé yo así? Jamás. Me entretuve y llegué a entretenerme tanto, que nunca me tocó vivir un amor loco. Es decir, jamás me entró el deseo de casarme.
—Y ahora, que de repente te entró, crees que la amas.
—¿No es suficiente?
—Según se mire —rió Gary—. Yo creo que no es suficiente, pero no vamos a discutir eso ahora. Yo, como tú, conocí a muchas mujeres. Infinidad de ellas, y jamás las amé. Me gustaban, lo pasaba divinamente a su lado, me divertía, me hinchaba la felicidad, pero maldito si jamás me dieron un dolor de cabeza cuando me faltaban o decidía yo dejarlas. Pero un día conocí a Michele e inmediatamente me di cuenta de que ella era la mujer de mi vida. Esa que el destino nos pone delante, que la vemos y no la vemos, pero que sin duda es la nuestra. Si la dejamos pasar casi no volvemos a encontrar otra igual. Si nos casamos formamos la felicidad para el resto de nuestra vida. Es como una lotería, Omar. Juegas cada semana, pero ignoras si algún día te tocará y si te toca, la apresas y te sientes casi tranquilo el resto de la existencia. Eso es amor. Yo te puedo asegurar que después de tener dos hijos, de pasar una buena media docena de años casado, me siento el hombre más dichoso del mundo y continúo sintiendo por Michele el mismo fervor que cuando me casé con ella. Es más, ya sabes el pendón que fui siempre, como tú y como tantos otros, pues desde que me casé con ella aunque continúo viajando y me separo de Michele por un mes o dos, me aguanto, pero no soy capaz de serle infiel. ¿Absurdo? Pues es así.
Omar ya lo sabía.
—Claro —dijo—, claro. Por eso yo me voy a casar con Janet. Estoy seguro que no intentaré siguiera serle infiel.
—Pero… ¿sientes por ella esa fuerza, esa ansiedad, ese anhelo indoblegable?
—Hombre, no.
—Muchacho, y crees que le vas a ser fiel a una mujer que no te llene de modo que todas las demás te parezcan adefesios.
—Al lado de Janet me siento feliz.
—Bien, si es así…
—Pero no siento eso que tú dices. En realidad lo he deseado sentir toda mi vida, pero nunca lo he sentido y tal vez por eso me caso. De no encontrar esa mujer que el destino nos depara, por la cual uno siente deseo, ansiedad, anhelo, pasión… lo mejor es aceptar un cariño plácido, tranquilo…
—No estoy de acuerdo. Pero por lo que veo, tú estás decidido a cambiar de estado con Janet.
—Lo estoy.
—¿Qué edad tiene ella?
Pensó que a Gary se le había olvidado aquel detalle.
Mojó los labios con la lengua.
—Diecisiete —dijo titubeante.
Gary dio un salto. Se quedó mirando atónito a su amigo como si aquél fuese un fantasma.
—Oye, Omar, ¿he oído bien?
—Pues… si.
—Muchacho, tú estás loco.
No creía estarlo.
Dio una patada en el suelo exclamando:
—¿Cuántos años le llevas tú a Michele? —farfulló.
—Sí, algunos. Pero no tantos. ¿Sabes de lo que es capaz una muchacha de diecisiete años? De volver tarumba a un tipo tan cansado como tú. Muchacho, muchacho, recapacita. ¿Has lanzado una visión hacia el futuro? ¿Te has visto a ti con diez años más? ¿Y a ella con, también, diez años más? Pero, hombre, que yo te creía un poco más sensato, pero de repente te veo como un chicuelo loco.
—No quiero oírte —dijo entre dientes—. Estoy harto de mujeres que sólo buscan el bienestar futuro. ¿Me oyes? Quiero sentir alegría, felicidad a mi lado. Un optimismo que ya empieza a decaer en mí.
Gary le miraba boquiabierto.
—Oye, Omar, no me marcho esta noche. Tengo aquí asuntos pendientes hasta la semana próxima. ¿Quieres invitarme a tu casa estos días? Podemos hablar del asunto e, incluso, presentarme a tu… novia.
—De acuerdo. Es mejor.
Capítulo 6
Le gustaba estar sola en su cuarto. Y pensar o no pensar, pero sí estar sola.
No podía quejarse de que su madre interrumpiera su soledad.
La verdad es que rara vez pasaba por su alcoba, y si un día tenía algo que decirle o que pedirle (casi siempre era más pedirle que decirle) iba por la sala de arte a la salida de la Facultad.
No obstante, aquella noche deseaba que su madre, al cruzar ante la puerta de su cuarto, entrara y le hablara de lo que seguramente le había transmitido ya la abuela Moni. No es que la abuela estuviese muy de acuerdo con ella, pero en el fondo nunca le había negado nada y pensaba que aquella vez habría convencido a su madre para que recibiese al futuro marido de su hija.
Oyó sus pasos e inmediatamente se incorporó en el lecho.
Cualquiera otra noche, mamá hubiera tocado con los nudillos en la puerta y sin abrir habría dicho: «Buenas noches, Janet» y ella hubiera contestado o no hubiera contestado, según le pareciese. Pues muy bien podría estar durmiendo, pero aquella noche, su madre empujó despacio la puerta, asomó la cabeza y dijo:
—¿Duermes?
Janet se apresuró a exclamar:
—No, no, mamá.
Lorna pasó y cerró de nuevo. Una tenue lucecita brillaba desde la mesita de noche iluminando apenas el juvenil rostro de su hija. Lorna no se conformaba con tan poca luz, al menos aquella noche. Por eso apretó el botón del conmutador y la estancia se inundó de luz.
—Mamá, cuánta luz… ¿no puedes apagar dos?
Lorna se acercó al lecho se sentó en el borde.
Era bonita su madre. Tenía no sé qué…
¿Cómo no se casaría de nuevo? Admiradores no le faltaban, seguro. Máxime teniendo, como tenía, una sala de arte en la cual se pasaba el dia conversando con hombres interesantísimos.
—Creo que tienes algo que decirme, Janet.
—Pues… si. Moni ya te habrá puesto en antecedentes.
—Por supuesto.
—¿Y bien, mamá?
—¿Estás segura de que le amas?
—Me siento feliz a su lado.
—Eso no es amor, Janet.
—¿Qué es el amor entonces?
—Muchos sentimientos y deseos juntos, muchos anhelos y muchas renuncias. Una simple atracción física no es un sentimiento tan fuerte como para llevar a dos seres al matrimonio.
Janet hizo una pregunta que dejó un tanto desconcertada a su madre.
—¿Tú… has sido feliz? ¿Has amado así como dices que es el amor, mamá?
Lorna entornó los párpados.
Había una extraña crispación en sus labios.
Todo fue por una fracción de segundo, porque su voz, al sonar de nuevo, nada tenía que ver con la mueca súbita y confusa que Janet vio en su rostro.
—Era muy joven, querida. Ha pasado mucho tiempo.
—Tenías dieciséis años, mami…
—Sí —aceptó vagamente—. Esa edad. A los diecisiete naciste tú…
—Entonces no digas que yo estoy loca por traerte a mi novio a casa. No es que me vaya a casar mañana, mamá. Sólo pretendo que conozcas a mi novio. Que le analices, que te encariñes con él… Omar es una buena persona.
—De treinta y ocho años.
—Bueno, si ¿y qué? La madurez es importante en un hombre.
—Me has preguntado antes si he sido feliz. Yo no sé exactamente si lo he sido, Janet. Tenía dieciséis años, y a esa edad una se lanza a lo loco. Pero si te puedo asegurar que tu padre tenía veinticinco…
—Bueno, ¿qué me dices con eso?
—Que me parece una barbaridad que intentes formalizar unas relaciones con un hombre de esa edad, cuando ni siquiera has empezado a vivir. Supongo que él será un hombre harto de aventuras y amoríos…
En ese momento Janet se echó a reír con desenfado. A su madre le pareció una bonita insensata.
—Y es lo que más me gusta de él, mamá. No soporto a chicos como Sean, como Bob, como Jim… Se pasan la vida diciendo tonterías. A mí me gustan los hombres que hablan de cosas serias… que sean de continente grave…
—¿Y tú… sabes hablar también de cosas serias, hijita?
Janet se echó a reír alegremente.
—A veces sí y a veces no, pero teniendo a tu lado quien hable por ti… ¿no es más cómodo?
—¿Y qué dice él cuando habla tanto y tú no dices nada?
—Pues dice que le da gusto que yo le escuche.
—O sea, que es un tonto.
—¡Mamá!
—Perdona, pero entiendo que tienes edad para escuchar algunas cosas que tal vez ignoras. Por ejemplo, dentro de quince años tú tendrás treinta y dos, y ese hombre con el cual quieres formalizar tus relaciones, tendrá ni más ni menos que cincuenta y tres. Tú estarás en lo mejor de la vida, desearás la firmeza y la intensidad de un amor, querrás vivir como corresponde a tu edad y no te habrás cansado todavía de bailar, de vivir, de reír y de gozar, ¿no te parece todo eso lógico?
—Me parece… —dijo Janet un tanto desconcertada sin saber adónde iría a parar su madre.
—Bien, pues tu marido, suponiendo que llegues a casarte con él, estará harto de todo, no querrá bailar ni salir por las noches. Preferirá sin duda, quedarse junto a la chimenea, sentado cómodamente en un sillón del salón, ante una tabla de ajedrez y con los pies calentitos dentro de unas zapatillas. Y lo peor, Janet, es que a esa edad, los hombres, que poco a poco van perdiendo la fuerza y el ímpetu de su juventud, se tornan celosos, insoportables, y cuando tienen esposas de su edad son muy felices porque los gustos son afines, pero si la tienen joven y con ganas intensas de vivir, hacen un infierno de la vida conyugal.
—¡Cómo pones las cosas, mamá!
—Te planteo la realidad. Acéptala o déjala, pero me gustaría que, si estás dispuesta a aceptarla, lo hagas con todas las consecuencias, responsable y firme para un futuro un tanto… ¿quieres que digamos complicado?
—¿Y por qué he de pensar en el futuro, teniendo delante un bonito e interesante presente?
—Porque no hay presente sin futuro, Janet, ve metiendo eso en tu loca cabeza. De todos modos, si sigues pensando en formalizar tus relaciones con ese hombre, no hay inconveniente en que lo traigas a casa. Yo lo recibiré el domingo por la tarde, ¿te parece?
—Eres un encanto, mamá. Un verdadero encanto.
Más tarde Lorna le decía a su madre:
—Es tan insensata, que ni tomó en cuenta cuanto le he dicho. Pero déjala. ¿Quiere formalizar las relaciones? Lo siento por el tal Omar. Estoy segura de que antes de seis meses, lo planta. No es Janet muchacha de firmes convicciones ni firmes criterios.
Capítulo 7
Has vivido lo tuyo —decía Gary muy serio—. Y no has vivido poco, Omar. ¿Te has dado cuenta de lo que puede ser tu vida dentro de veinte años? Ella tendrá treinta y siete y tú…
—¿Te quieres callar? Llevas más de seis horas con lo mismo.
—Tú tendrás cincuenta y ocho. Dos menos de sesenta, y a los sesenta un tipo como tú… estará cascado.
—¡Gary!
—Si además no la amas intensamente, Omar. Si es como si dijéramos un capricho de señor maduro. ¿No lo entiendes? Te has hartado de todo. Has vivido como un desenfrenado, y de súbito aparece ante ti una flor nueva y la quieres colocar en el ojal a toda costa. Pues ten cuidado que no te la quiten, y eso para tu inconmensurable personalidad, para tu dignidad, será como si te apuñalaran.
Omar se tendió en la cama y a continuación apagó la luz.
—Duerme, Gary.
—¿Y tú vas a dormir?
—Lo intentaré.
—Oye, Omar…
—No, por mil demonios que no, Gary. Déjame en paz. Te he dicho que ya me va a presentar a su familia. Hace dos días que estás dándome la lata y es como si me machacaras el cerebro, pero ni aun así desistiré. Mañana es domingo y Janet me ha invitado a merendar con su abuela y su madre. ¿Qué dices a eso?
—Que te pesará.
—Tú no conoces a Janet.
—Pero conozco a la madre.
Omar se sentó de golpe en la cama.
—¿Qué? ¿Cuándo la has conocido si puede saberse?
Gary empezó a reír.
Tenía una mirada pícara en sus ojos claros.
—Te interesa, ¿eh?
—No, pero… ¿a qué fin la has conocido? ¿Quién te la ha presentado?
—Nadie.
—¿Entonces?
—Calma, hombre, calma. Ha sido muy fácil. La sala de arte está abierta a todo el mundo. Con asistir a una exposición, basta para conocerla. Me refiero a la dueña. No hablé con ella, desde luego. Pero jamás persona alguna estuvo más tiempo ante unos cuadros, importándole un bledo la pintura. Creo que exponía un buen pintor, pero… maldito lo que vi de tal pintura. La vi a ella. Creo que se llama Lorna Jayston.
—¿Y bien?
—Esa sí es una mujer. Bueno, supongo que si la hija se le parece…
—¿Es joven?
Gary sonrió burlón.
—Tan joven me ha parecido que me es imposible creer que tenga una hija con la cual tú pretendes casarte.
—Iré mañana mismo.
—Te olvidas de que es domingo y no abren la exposición.
—Ah.
—Acuéstate otra vez, Omar.
Omar, automáticamente, obedeció. Hubo un silencio.
—No se me ha ocurrido eso, Gary —dijo al rato—. Debí ir a la sala antes de ir a su casa.
—Eso sería lo primero que yo haría en el caso tuyo. Porque además… ¿estás seguro de que quieres ir mañana a merendar a casa de tu novia?
Omar encendió la luz. Saltó del lecho.
En pijama aún parecía más grande. Salió del cuarto sin decir palabra, para regresar momentos después con un whisky.
—Muy bonito —dijo Gary sarcástico—. ¿Y yo?
—Tú duerme.
—Omar, me parece que te metí el miedo en el cuerpo.
—¿Miedo?
—Te veo caduco, lleno de celos, rabioso porque ya no puedes hacer feliz a tu mujer. Y ella buscará amigos fuera de casa.
—¿Quieres callarte?
—Esa es la realidad, Omar. La pura realidad. Biológicamente te veo hecho un guiñapo cuando tu mujer…
—Oh, no, no. No te soporto. ¿Sabes lo que te digo? Mañana te cambias de casa. Te vas a un hotel y me dejas en paz.
—¿En paz? ¿Estás seguro? Mira, Omar, en serio, yo cuando veo a un tipo de cuarenta años casarse con una muchacha de veinte, me pongo a temblar por él. Me refiero al marido. No los veo cuando se casan, te lo aseguro, los veo veinte años después. Él con sesenta y ella con cuarenta. Ella deseando el goce constante. Está en lo mejor de la vida. Ha madurado. Desea al hombre. ¿Y qué desea él? Sopitas y buen vino, ¿no se dice así?
—Gary… me estás poniendo negro.
—Pues ve asimilando eso, y si aún quieres casarte con esa joven, allá tú. No pienso molestarme más en disuadirte. ¿Qué te gusta tanto? Pues bien, Omar, hazla tu amante.
—¡Gary!
—¿Qué? ¿No lo has hecho más veces?
Omar bebió el contenido del vaso de un solo trago. Después apretó el vaso con intensidad.
—No soy un sádico —dijo con fuerza—. Cuando hice mi amante a una mujer, es que ella estaba de acuerdo. Pero a una joven de esa edad, jamás.
—Eso es cierto. Pero… ¿Quién te dice a ti que ella no lo prefiriera?
—Gary, me estás resultando odioso.
—Está bien. Me callo para siempre. Allá tú y tu futuro. Mañana me cambio al hotel y no volveré por aquí hasta que no me des la noticia, o bien de que te has casado con Janet o bien de que has reflexionado y la has dejado.
—Me casaré con ella.
—Me parece de perlas. Chao, muchacho.
Se tendió en la cama paralela a la de su amigo y se tapó la cabeza con la almohada. Pero antes dijo:
—Cuando gustes puedes apagar la luz.
Omar así lo hizo.
Después se tendió en su lecho, pero al rato murmuró:
—La madre, ¿tiene aspecto de mala persona?
—Hum.
—¿Cómo es?
—Ya la verás mañana, Omar. Mañana. Ten un poco de paciencia.
—Maldita sea…
—Y no te olvides de llamarme al hotel, para decirme qué te ha parecido la madrecita…
—Gary, ¿te burlas de mi?
—Mucho. Pero tal vez la vida se burle de ti más que yo mismo. Buenas noches, amigo mío.
—Maldita sea…
Y también él se tapó con la almohada.
Capítulo 8
Omar, asido de la mano de Janet, se vio, como había dicho su amigo, un poco ridículo.
Janet tiraba de él, y él no sabía qué hacer, ni para dónde mirar.
Realmente era la primera vez en su vida que sentía aquella sensación de infantilismo.
Había dejado el auto aparcado ante la verja del chalecito y le iba diciendo a Janet:
—No corras tanto. ¿Estás segura de que me van a recibir tu madre y tu abuela?
Janet reía tirando de él.
Lo que a Omar le estaba pareciendo ridículo, a ella, realmente, le divertía.
El que amase más o menos a Omar le importaba un rábano.
El caso era salirse con la suya, demostrar a sus amigas que tenía un novio de rechupete, y por otra parte, demostrar a su madre y a su abuela que era capaz de enamorar a un hombre de aquella edad, tan interesante y tan capaz.
—Claro que te voy a presentar a ambas, ¿no te lo he dicho?
Y tirando de él atravesaba el jardín.
De nuevo sintió Omar como si su amigo Gary estuviera metido en su oído diciéndole aquellas cosas.
¿Serían así, como las planteaba Gary?
Claro que no.
Al fin y al cabo, ¿por qué uno tenía que mirar al futuro y no conformarse con el presente?
Se vio bajo el porche y respiró profundamente.
Janet le miró.
—¿Estás asustado?
—Pues…
—Moni es muy simpática.
—¿Moni?
—Mi abuela, hombre.
—Ah.
—Y Lorna, no te digo.
—¿Lorna?
—Mi madre, Omar, ¡qué cara más rara pones!
—¿Llamas Lorna a tu madre?
—A veces —dijo Janet, riendo—. También ella le llama Moni a la suya.
—¿Son… muy simpáticas? ¿Hablan mucho?
—Moni, si, muchísimo. Mi madre, no. Se gasta la lengua en la sala de arte, y en casa, a veces, ni dos palabras seguidas.
Bonito papel el suyo.
¿De qué podía él hablar con su futura suegra y con la dama a la cual llamaban Moni?
¿De diseños de barcos? ¿Del negocio naval? ¿De trapos?
—Omar, te quedas ahí parado… ¿Quieres andar?
—Oh… si, claro… claro.
Janet ya entraba gritando:
—Moni, Moni, ¿dónde estás? Aquí traigo a Omar.
El aludido se vio como si fuera un parvulito, y hasta sintió una vergüenza que en su vida experimentó.
—Moni… ¿dónde andas?
Una dama alta, delgada, de agradable aspecto y elegante presencia apareció en el vestíbulo.
—Janet —reconvino—, ¿qué forma es ésa de comportarte? —miró al acompañante de su nieta—. Buenas tardes, mister Boyle, porque supongo que será usted…
Omar enrojeció. Se inclinó sobre la mano que la dama le tendía y la besó con suma delicadeza.
—Yo soy, si, señora. Supongo que usted…
—Soy la abuela de Janet. Puede llamarme Moni como todos —rió con dulzura y muy amable—. Pase, pase al salón. En seguida bajará Lorna.
Janet saltó en torno a ellos.
—¿La voy a buscar, Moni?
—No… No tardará en bajar. Haz el favor de hacer los honores a tu amigo…
Janet se prendió del brazo de Omar y los tres juntos pasaron al salón.
—Sírvele una copa a Omar, Janet —pidió la abuela—. ¿Qué prefiere, Omar?
El aludido se sintió mejor. Menos ridículo.
La amabilidad de la dama, su mundología, restaba superficialidad a la nieta.
—Whisky, por favor.
Janet ya iba hacia el mueble bar.
—Siéntese, Omar —le invitó la dama—. Póngase cómodo. Yo también tomaré una copa de oporto. De vez en cuando —aquí una encantadora sonrisa—, puedo hacerlo.
Janet se dispuso a servirles.
En aquel instante, Lorna apareció en el umbral.
Elegante, bonita, fabulosamente joven… fabulosamente atractiva… Seria, grave…
Omar fue poniéndose en pie poco a poco en el momento de hacer su aparición Lorna.
Moni decía con su suavidad habitual:
—Omar, ésta es mi hija Lorna. La mamá de Janet…
Omar entrecerró los ojos. Sintió en su mirada la mirada canela, interrogante, ¿inexpresiva?
Capítulo 9
Se sintió menguado. Como si de repente el salón empezara a dar vueltas en torno a él. Como si fuera un muñeco en vez de un hombre y se viera en mitad de una tempestad y diera tumbos sin saber dónde iba a detenerse.
Como un autómata avanzó hacia ella, Lorna avanzaba a la vez.
Mayestática. Sin rebuscamientos, con aquella personalidad suya muda, pero verdadera y que se apreciaba nada más mirarla.
—Señora —dijo Omar con voz rara.
—Hola, ¿cómo está usted?
Alargaba la mano.
Omar no supo qué decir. Apretó aquella mano. Mucho. De una forma rara. Como si de repente no supiese hablar y toda la fuerza la metiera en sus dedos o se la metiera alguien.
No veía a Janet. La muchacha andaba dando vueltas.
Hablaba sola, servía las copas y preguntaba a su madre:
—¿Qué tomas tú, Lorna?
Lorna sentía en sus ojos, aquellos otros ojos negros.
Pero su voz decía sin alterarse en absoluto:
—Un oporto, Janet.
Omar quiso decir mil cosas.
Entablar una conversación fluida o superficial aunque no fuese tan fluida. Pues no podía.
Sentía en las sienes como fuertes golpetazos y en la boca la cerradura de la estupidez. No obstante, era incapaz de dejar de mirar a Lorna.
Desde sus pies primorosamente calzados, hasta su vestido de tarde de una distinción innata. Su pelo casi dorado, con crenchas marrones, sus ojos color de la miel, su boca… su busto túrgido apenas notado a través del vestido color avellana…
Moni más ducha en aquellas entrevistas casi forzadas, se dio cuenta del asombro de Omar ante una madre como Lorna… Y se dio cuenta asimismo de la impresión que aquel hombre acababa de causar en su hija, por eso empezó a hablar de mil cosas distintas.
Omar respondía apenas.
Lorna no decía palabra.
Janet iba en torno a ellos, moviéndose como un torbellino diciendo a su madre:
«¿Qué te parece Omar, mamá?», con aquella su tremenda irresponsabilidad.
Omar pensaba que nunca había visto a Janet así.
Tan vacía. Tan irresponsable. Tan superficial, tan… niña. ¡Claro, era eso!
¡Tan niña!
¿Quién tenía la culpa?
¿La abuela con su mundología, su don de gentes, su suave elegancia? ¿O la madre con su belleza impresionante, su majestad, aquel mirar sereno de sus ojos, aquel cuadro de la boca húmeda y sensual que no pronunciaba palabra?
No lo sabía.
Lo que si sabía es que estaba como paralizado, y que cuando Janet le entregaba el vaso, apenas pudo decir:
—Gracias, Janet.
—Mey tiene el día libre —decía Moni con naturalidad—. Tendréis que servir vosotros la merienda.
Lorna, que se había sentado, se puso en pie sin apresuramiento.
—Yo lo haré, Moni —dijo.
Omar entrecerró los ojos.
La miró a través de los párpados entornados.
Jamás mujer alguna produjo en él mayor impresión. ¡Jamás!
¿Qué diría Gary si lo supiera?
¿Y qué diría Lorna si conociera los pensamientos, que le agitaban?
¿Y Janet? ¿Qué diría Janet?
—Yo te ayudaré, mamá —decía Janet en aquel momento.
Las dos se fueron.
Omar se había puesto en pie cuando Lorna se levantó y aún seguía de pie como si lo plantaran en el suelo.
—Omar —dijo la dama con su habitual dulzura—, siéntese…
—Gra… gracias…
—Janet nos habló mucho de usted.
—Oh…
—Nosotros, tanto Lorna como yo nos resistíamos a recibirlo. Comprenda. Janet es tan niña.
Claro.
¡Niña!
¡Así la vela él en aquellos momentos! ¿Estuvo ciego?
¿Qué cosa pensó él de toda su vida y la vida de Janet unidas?
—Lorna se casó a los dieciséis años —decía la dama—, y si bien en aquella época estuve de acuerdo, hoy no lo estaría. Se lo digo yo para que no tenga que decírselo la misma Lorna. Lo entiende, ¿verdad?
¿Entender?
¿Qué tenía que entender? No lo sabía. Pero asintió con un correcto movimiento de cabeza.
La dama añadió:
—Además, cuando Lorna tenía dieciséis años, era mucho más madura de lo que es hoy su hija… Antes las muchachas pensaban con mayor sensatez. No obstante, nosotros, ni Lorna ni yo, pensamos contrariar a Janet, aunque, sin embargo, nos gustaría que lo pensase bien. ¿Lo ha pensado usted, Omar?
¿El qué?
Miró a la dama.
Ella sonrió apenas.
Quedamente dijo:
—Le pregunto si ha pensado bien eso de casarse con Janet. Janet dice que si, que ambos lo han pensado.
Él sonrió también. Se dio cuenta de que su sonrisa era algo idiota.
Capítulo 10
La llegada de madre e hija empujando la mesa de ruedas con el servicio de la merienda, primorosamente servido, le impidió responder.
Con su corrección habitual se levantó rápidamente y fue hacia ellas, con el fin, tal vez de ayudarles.
Janet le dijo riendo:
—No te preocupes, Omar. Tú ve a sentarte junto a Moni. Mamá y yo servimos la merienda. ¿Qué te parecen mi madre y mi abuela?
Omar parpadeó.
Estaba mirando a Lorna.
La miraba con ansiedad, aunque él no se diera cuenta, una loca ansiedad que asomaba a sus ojos. Tropezó con los de ella.
Le pareció que se aturdía. Incluso que se ruborizaba.
A sus años… ¿Cuántos?
Pocos.
Tal parecía como Janet, pero diferente.
Con una sensibilidad que parecía asomarle a los labios.
—Omar —le gritó Janet—. Chico, que pareces espantado.
—Oh —dijo él—, perdona.
Y dejó de mirar a Lorna. Miró a Janet.
La vio…
Apretó los labios y trató de esbozar una tibia sonrisa.
—Me parecen encantadoras —dijo—. Encantadoras.
Y tal se diría que, de repente, limitaba su lenguaje.
—Sentaos —dijo Moni a su hija y a su nieta—, porque de lo contrario vais a tener a Omar derecho toda la tarde.
Madre e hija se sentaron y Omar lo hizo a su vez.
Tenía a Janet a su lado y a Lorna delante. Tan delante que la veía casi aunque no la mirara. Varias veces tropezó con sus ojos. Y varias veces notó que ella retiraba los suyos con presteza.
Janet decía cosas.
Que si su carrera. Que si no pensaba casarse aún, que ella aunque se casara sin terminar la carrera, después de casada la terminaría. Que si el deporte, que si las excursiones… De repente se encontró con que era ella la que hablaba, la única que hablaba.
—Parece que los tres os quedáis mudos —dijo de súbito.
Moni sonrió diciendo:
—Es que tú hablas tanto, querida.
—¿Hablo mucho? ¿Es cierto eso, Omar?
Omar se encontró pensando que no lo sabía. Que apenas la había oído.
—Omar, diles que yo no hablo mucho.
—No… claro que no.
Y deseó fervientemente escuchar la voz de Lorna.
Le había oído decir unas pocas palabras. Era una voz personal. Una voz diferente. Una voz que hubiera deseado oír para sí solo, en un lugar diferente a aquél. Cerrar los ojos y escucharla…
¿Estaba loco? ¿Qué cosas le pasaban a él por la mente?
—Mamá —decía Janet olvidando un segundo a su novio—. Omar quiere hablarte.
¿Hablarle? ¿De qué? Ah, si. De ellos, de él y de Janet. Pero… ¿quería realmente?
Oyó su voz.
La voz de Lorna, grata, queda, cálida, suave… pastosa…
—Estoy aquí para escucharos, querida.
Omar la miró.
Por un segundo, sus cuatro ojos se quedaron presos unos en otros.
Fue ella la que desvió los suyos. La que dijo a media voz:
—Escucho…
Janet asió el brazo de Omar.
—Habla, habla, Omar. Mamá dice que tienes demasiados años para mí, que tal vez no te pueda hacer feliz, ni tú a mí.
—Querida Janet —intervino Moni con dulzura—. ¿No eres demasiada niña? Ahora como nunca lo estás demostrando…
—Déjela —sonrió Omar aturdido—. Realmente lo que opina… su hija, es verdad.
—¿Cómo que es verdad, Omar?
Omar hubo de mirar a Janet.
Le sonrió como hubiera sonreído a una niña pequeña.
—Los temores de una madre siempre son fundados, al menos en su modo de pensar con respecto a los hijos.
—Pero, Omar… nosotros nos queremos.
—Por supuesto. Y somos nosotros… los que hemos de demostrarle que podemos ser felices juntos. Eso es lo que tu madre quiso decir, ¿no es cierto, señora…?
—Puede llamarme Lorna.
—Gracias. ¿No es cierto?
—Lo es —dijo serenamente.
Pero no sostuvo la mirada que él posaba sobre ella.
Fue una tarde deliciosa y a la vez dura para Omar. Como un suplicio gozoso.
Como si por primera vez en toda su existencia sintiese aquella corriente electrizante que Gary decía debía sentir un hombre por una mujer para casarse con ella.
¿Estaba loco Gary? ¿O lo estaba él?
No supo cuándo se vio solo en el auto. Solo y reflexivo. Destrozado. Inquieto, diferente.
Hubiera dado algo por no haber enviado a Gary al hotel, pero a la vez lo prefería. Prefería no hablar con nadie de todo aquello.
¿Qué había hecho?
Bueno, después de todo… no tenía tanta importancia. El que la madre le hubiera impresionado, no tenía nada que ver para que un día se casara con la hija. Quiso ver con la mente la silueta de Janet. Sus múltiples atractivos, pero no, no podía. En cambio de Janet, veía a Lorna. Lorna con sus ojos melados, su boca de beso, su pelo castaño, su cuerpo de diosa… Su cuerpo, si mayestático. Su tremenda y apabullante personalidad.
Capítulo 11
¿Puedo pasar, Lorna?
Lorna prefería que no pasase, que no hablase de aquello.
Pero sabía, a la vez, que Moni tenía que hablar.
No habían comentado nada la noche anterior.
Janet estaba presente. Janet con su voz atiplada, su superficialidad. Para ella Omar era un actor de cine y nada más. El hombre al que había conquistado y le envidiaban sus amigas. Sólo sabía decir eso, y Moni y ella no mencionaron el asunto. Escucharon a Janet, y Janet parecía tener aquella noche menos sentido que nunca.
Pero Moni si tenía sentido.
Y ella tenía miedo de tanto sentido de Moni.
—Lorna, ¿puedo pasar?
—Pasa Moni.
La madre pasó.
Miró a su hija a través del espejo ante el cual Lorna daba los últimos retoques a su tocado mañanero.
—Lorna…
—Si, Moni…
—No hablamos nada de ese hombre.
No quería hablar.
Tenía miedo de hablar.
¿Qué había visto su madre en las miradas cruzadas entre aquel hombre y ella? ¿Es que el hombre había sentido las mismas sensaciones terribles que ella?
—Lorna, estuve esperando que tu hija se fuera a la Facultad.
—Ah.
—No quiero hablar de… Omar ante tu hija.
Necesitaba toda su serenidad. La madre no tenía por qué saber. Pero… ¿Había algo que saber? Había. Lo que ella sintió después de tantos años de quedarse viuda. ¿Estaba loca?
—Lorna, ¿no podemos hablar?
—Verás, Moni… se me hace tarde. Se me han pegado las sábanas. Entiende, abro la sala a las once y faltan cinco minutos. Con el tráfico que hay… y el auto que lo tengo cerrado en el garaje… no llegaré a tiempo.
Moni no hizo caso. Moni era su madre y la conocía.
¿O no la conocía?
La tarde anterior creyó no conocerla. Pero no, la conocía.
—Es tu sala —dijo, buscando una butaca donde se sentó—, nadie va detrás de ti. Un lunes aunque abras más tarde no pasa nada.
—Pero me gusta abrir a la hora prevista.
Daba vueltas por la estancia.
Buscaba algo. O tal vez, en opinión de Moni, no buscaba nada y trataba únicamente de evitar la respuesta y hasta la mirada inquisitiva de su madre.
—Lorna… empecemos por esto.
—¿Por qué?
—Lorna, me gustaría que dejaras de dar vueltas. Que me oyeses atentamente.
Hubo de sentarse.
Tantos años libre, viuda… y sólo al conocer a aquel Omar Boyle sintió ella como si todo el cuerpo se le deshiciera. Como si una corriente terrible la sacudiese.
¿Por qué?
—Lorna…
—Si, mamá.
—No te sientas.
—Es verdad. Pero te digo… que llegaré tarde.
—Otras veces llegas y no te apuras.
—Es que…
—Lorna —la voz de Moni cobraba una energía desusada—. ¿Crees que Omar es el hombre apropiado para tu hija?
Claro que no. Era un desatino.
Demasiado hombre para tan poca mujer como era Janet…
Sin embargo, dijo:
—Yo qué sé.
—Sabes.
No quería saber. Por primera vez hubiera dado la mitad de su vida por escapar de aquello.
—Mira, Lorna, yo estoy inquieta.
¿Por quién lo estaba? ¿Por Janet?
Oh, no, Janet no sufría nunca. Janet era así como era. Hoy estaba prendada de Omar y mañana lo estaría del profesor de biológicas o del último bedel si era joven.
—Lorna, me has oído, ¿no?
—Si, claro.
—Pero no te sientas.
Se sentó. Quedó algo tensa. No miraba a su madre. Tenía miedo de sus ojos. De los suyos y de lo que su madre leyera en los de ella.
—Tengo que irme, Moni. La sala es mucho para mí. Tú lo sabes.
—Ese hombre es demasiado hombre para la poca mujer que es tu hija, Lorna.
Ya lo sabía. Precisamente era lo que ella pensaba. Lo que le daba miedo pensar. Pero… al fin y al cabo si ellos se amaban…
—Se aman, Moni.
—¿Que se aman? ¿Estás segura?
—Pues…
—¿Quieres quedarte sentada, Lorna?
No podía. Por eso se puso en pie y fue a buscar su abrigo.
Capítulo 12
Pero Moni que era ágil y fuerte, se le plantó delante.
—Ese hombre vendrá más veces. Vendrá todas las que quiera, dado que Janet ya nos lo ha presentado, y hemos de saber que…
—¿Saber qué, Moni?
—Que no es hombre para Janet.
—Puede que tú te equivoques.
—¿Y tú? —le gritó Moni perdiendo por un segundo su habitual compostura.
Después quedó frenada.
—Perdona, Lorna.
—De nada, mamá.
—No sabes de qué y por qué te pido perdón.
¡Qué más daba! Ella necesitaba evadirse. Huir de sí misma. De todo lo que ella pensaba. De la noche de insomnio. De aquellas terribles pesadillas.
—Lorna…
—Si, Moni.
—¿Sólo sabes decir eso?
—¿Y qué quieres que te diga?
—No sé. Pero algo, algo más concreto. Omar no es hombre para Janet, ni Janet para Omar. Por otra parte…
Lorna no le dejó terminar. Se ponía el abrigo. Lo hacía con apresuramiento.
—No quieres hablar de eso, ¿verdad?
—¿De qué?
—Te ha impresionado.
—¿A mi?
—¿Puedes asegurar que no?
—Pues, no.
—Y tú a él, Lorna. ¿Piensas que soy ciega? Yo no soy Janet, Lorna. Soy tu madre. Tengo demasiados años y demasiada experiencia.
—Mamá…
—Puedes llamarme Moni, suena mejor.
—Es que…
—Sé lo que es.
¡Qué iba a saber! ¡Aquello que le pasaba a ella no podía imaginárselo nadie!
¡Ni su madre con ser su madre!
—Podemos hablar en otro momento —dijo serenándose—. Por otra parte, es posible que Janet nos dé un día una lección de sensatez, de estabilidad. ¿Por qué no? Un día tendrá que madurar.
—Pero no para ese hombre, Lorna.
—No lo sabemos, Moni. Si ellos se gustan.
—¿Se gustan?
—Supongo.
—Vete, Lorna, vete. Pero me gustaría quitarte esa inquietud.
Lorna, que había ido hasta la puerta de su cuarto, se detuvo en seco. No se volvió en seguida, pero cuando lo hizo los ojos canela tenían como puntitos negros difusos que parecían fundirse en una nube.
—No tengo inquietud —dijo todo lo serena que pudo.
—Ojalá, Lorna, ojalá…
Se fue. Necesitaba aire. Respirar profundamente. Aunque fuese para meter en sus pulmones toda la polución de Norfolk.
Cuando empuñó el volante de su automóvil deportivo sintió más fuerza. Como si el volante le diese valor. ¿Qué cosa le pasaba? ¿Es que de repente despertaba en ella toda la femineidad dormida?
Era absurdo. Pero era. Ella sabía que era, y lo sabía Moni y tal vez lo sabía… aquel hombre. Atravesó la ciudad a la velocidad moderada.
Y cuando se vio en la sala de arte se entregó con fiereza a su trabajo.
Más que nunca necesitaba aquel trabajo, que apenas si dejaba tregua de descanso. ¿Por qué?
¿Por qué tenía ella que estar así de inquieta? Pasó una mañana atroz pese a sus propósitos de olvidarse de lo ocurrido, y a las dos de la tarde se fue a la cafetería próxima con el fin de tomar cualquier cosa que la mantuviera en pie hasta la tarde.
Nunca había fumado. Y de súbito necesitó encender un cigarrillo, pero no pudo fumarlo. Lo aplastó con saña en el cenicero.
Hubiera dado algo por no haber conocido a Omar Boyle.
Capítulo 13
Se lo dijo la secretaría.
—Es mister Sanson.
¿Gary? ¿Qué quería Gary de él?
—Páseme la comunicación por mi teléfono particular —dijo.
Y su voz era hueca, distinta. Tanto, que la secretaria le miró un segundo asombrada.
—Dime, Gary —estaba preguntando segundos después.
Al otro lado hubo una risita. Sardónica, burlona, muy propia de Gary.
—¿Qué tal? —preguntó aquél con la misma sarcástica risita.
Omar sintió la sensación de que su amigo lo veía por dentro. Que sabía, sin saber, por supuesto, todo cuanto él sentía, todo cuanto se acumulaba en su cerebro.
—¿Qué hay de qué? —preguntó evasivo.
—Pero, Omar, amigo mío… ¿es que no has ido ayer a conocer a tu futura familia?
Omar hinchó el pecho.
Al fin y al cabo no lo veía. No podía saber. Podía suponer, desde luego… pero ver… saber, en modo alguno.
Por otra parte, si como bien había dicho, conoció a… Lorna. ¡Lorna! ¡Dios!, él nunca creyó que una mujer, aunque fuese Lorna, le impresionara de aquel modo. Era como si estuviese muerto de veinte días y supiese que lo estaba, y el solo hecho de ver a Lorna, produjera en él el milagro y resucitase con todos los sentidos alerta…
—Omar, ¿te has quedado mudo?
—Ah… te refieres a la familia de Janet —con voz hueca, como si el asunto se hubiera borrado de su mente, y lo cierto es que lo tenía como clavado en cada célula de su cuerpo—. Claro, por supuesto. Oye —aquí una risita queda y comunicativa—, no has exagerado nada. ¡Vaya mujer! Me refiero a Lorna —y muy presuroso—. Una mujer bandera, ¿eh? Algo sofisticada, ¿no? Muy mujer para la sencillez de estos tiempos, ¿no te parece? La abuela es más… ¿cómo te diré? Más asequible, más normal. La madre de Janet tiene como un paraguas en la espina dorsal, ¿no crees?
—¿Es así la hija? —preguntó Gary interesado—. Porque si la hija es así, no me extraña en absoluto que te tenga completamente loco.
Omar quiso desvanecer aquella idea de la mente de su amigo. No sabía por qué, pero prefería mantener firme su equilibrio mental, y si no lo tenía, por lo menos que Gary lo creyese.
—Tanto como loco, hombre, no exageres. Es mona y estoy enamorado, pero no loco. A mi edad, y después de tanto como he vivido, uno busca el remanso, la paz, el equilibrio sentimental, pero no pierde el sentido.
—O sea, que no te ha impresionado la madre de tu novia.
—¿Impresionado?
—Pues claro. Es para impresionar. Si yo estuviera en relaciones con la hija de una mujer así, al conocer a la madre, me enamoraba de ella y olvidaba a la hija. ¡Seguro! Tú, además, no la has visto en la sala de arte. Aquello es como un hormiguero. Estoy seguro de que van más por ella que por el expositor. Tiene un empaque algo serio, Omar. Una personalidad que apabulla, una belleza que atonta… Además… ¿cuántos años lleva viuda esa mujer?
Omar sudaba. Sentía que le aparecían gotas en las sienes y le bañaban la epidermis.
Pero su voz continuó firme en su aparente normalidad.
—Mira que eres exagerado. Mira que eres impresionable —y para distraerle—: Si lo sabe Michele…
—Michele es una mujer estupenda —se apuró Gary—. Yo la amo y la necesito. Pero la misma Michele sabe que soy ferviente admirador de la belleza femenina, y si conociera a esa mujer, estoy seguro de que también ella la hubiera admirado. Dime, ¿desde cuándo está viuda?
—¿Y yo qué sé?
—Oye, ¿comemos juntos? Podemos continuar hablando de eso.
Ni pensarlo. No tenía nada que hacer excepto trabajar en la oficina, pasar después a los comedores de los astilleros y comer con sus compañeros, y más tarde regresar a su despacho para continuar el trabajo. Pero no pensaba hacer lo que hacía todos los días. Pensaba ir por la sala de arte, comer donde le diera la gana y regresar a la oficina si le apetecía, pues nadie mandaba en aquel apartamento sobre él y tenía toda la intención de reflexionar sobre aquella andadura vivida el dia anterior.
¿Para bien o para mal? Lo ignoraba.
—No dispongo ni de un minuto, Gary —mintió—. Podemos vernos otro día.
—Pero si me marcho mañana por la noche.
—Bien, pues mañana comemos juntos. Llámame aquí a esta misma hora. Hoy tengo un compromiso pendiente con unos clientes de Nueva York.
—Está bien. De todos modos, sigo pensando que me gustaría verte. Oye, ¿qué? ¿Hay boda?
¿Boda? ¿Con quién? ¡Ah, si…!
Se había olvidado.
—Es de suponer —dijo evasivo y luego se apresuró a añadir—: Hasta mañana, pues, Gary. Llámame.
Colgó. Quedó mirando al frente.
Él, que había vivido siempre sin inquietudes… hete aquí que de repente se le acumulaban en el cerebro, como si aquella iniciada inquietud partiera toda su vida.
Como si nada existiese antes ni nada sabía si existiría después.
Pero en aquel instante, él se consideraba como un hombre nuevo. Menos equilibrado, más impresionable. Más dominado. ¿Por qué? ¿Por quién?
Por aquel sentimiento instintivo, poderoso, que le embargaba.
Se puso en pie. No podía soportar por más tiempo el encierro.
Jamás, hasta entonces, odió más su oficina, la cara de la secretaria, los avisos que le pasaban por teléfono y los compromisos profesionales que tenía pendientes.
Cortar todo por lo sano era lo mejor y más conveniente.
Y así lo hizo.
Capítulo 14
Tampoco sabía adónde iba. ¡Qué más daba!
Bajó por el ascensor, se perdió en el patio y al rato viajaba en su coche por las populosas calles de la ciudad de Norfolk.
Nunca iba a buscar a Janet a aquella hora, salvo si era viernes, día en que ambos comían juntos en cualquier cafetería.
¿Janet? Era curioso. Absurdo. De repente, la veía distinta. Como una niña pequeña. Una niña bonita y buena y sencilla, pero niña al fin y al cabo, y era lo peor que podía ocurrirle a una muchacha, con respecto al parecer de un hombre que pudiera pensar en ella.
Pasó los dedos por el pelo y lo alisó maquinalmente varias veces seguidas.
¿A qué fin aquella mordedura que él sentía dentro? Automáticamente miró el reloj. Las dos menos diez.
Bueno, ¿y qué? ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? No había dormido.
Se había sentido como prisionero entre sentimientos, ansiedades y anhelos incontenibles.
¿Así era una atracción?
Él quiso a muchas mujeres, al menos pensó que las quería, pero jamás a ninguna deseó y veneró a la vez de aquella absurda manera. Porque aquello que sentía era absurdo.
¿Qué diría Gary si lo supiera. Se reiría de él. Y no era para menos. Frenó el auto ante la sala de arte. Estaba seguro que hallándose solo en la oficina hablando con Gary pensó en ir allí, pero cuando dejó su despacho, lo único que intentaba era evadirse. Dejar el recuerdo a un lado. Dominarlo, incluso maltratarlo…
Pero lo cierto es que estaba allí, que sus ojos veían la sala de arte cerrada. ¿No se había abierto? Descendió del auto.
De nuevo, al avanzar, la vio con la imaginación.
Alta, flexible, cálida. ¿Qué había bajo aquellos ojos melados? Una gran emotividad. Sí, lo hubiese asegurado. Una grande y profunda emotividad.
Después de quedarse viuda, ¿no tuvo amigos íntimos, ni amores… ni hombres simplemente?
Daba esa impresión. Que no, que no los había tenido.
En sus ojos había limpidez. En su boca, pureza.
¿Estaba loco pensando aquello?
¿Es que encima de dominarlo, de sobrecogerlo, la sublimizaba?
Hubiera querido saber cosas de ella. Cosas feas, odiosas, sucias, que barrieran de su mente aquella ansiedad. Pero ni siquiera se las imaginaba.
Todo en Lorna Jayston resultaba de una sensibilidad, de una sublimidad extraña.
Dio la vuelta en torno al bajo comercial donde se hallaba instalada la sala de arte.
Nadie había por allí.
Las puertas cerradas, y en los anchos escaparates una enormes acuarelas. No analizó la técnica de aquellos cuadros. No hubiera podido. Si los miraba, aun sin proponérselo, la veía a ella, su rostro grave, sus ojos hondos, su boca húmeda, sus senos menudos y túrgidos y, sobre todo, aquella hondura grave de su mirada.
¿Cómo era aquella mujer?
¿Cómo era realmente? ¿Qué ocultaba de sus sentimientos bajo aquella mirada impasible?
Un muchacho se le acercó. Parecía un botones.
—Señor…
Se volvió en redondo. Parecía más alto. Vestía un pantalón azul oscuro, un polo tipo cisne blanco y una americana de color gris, muy abierta por los lados. Era un tipo fuerte. Deportista, sano, moreno de piel…
Los ojos muy negros. El cabello del mismo color.
—¿Qué deseas? —preguntó al botones.
—Está usted mirando los escaparates…
Él sonrió. Un tanto aturdido. Un tanto intranquilo.
—Miro las acuarelas —aclaró, no siendo cierto.
—Por eso mismo, señor —dijo el botones—. La sala no se abre hasta las tres y media, y son las dos y cinco.
—Ah… Me gustaría hablar con la dueña.
El botones alargó la mano. Señaló la cafetería de enfrente.
—Está almorzando allí.
—Ah.
—Vendrá más tarde, pero se meterá en su despacho y no abrirá la sala hasta las tres y media. ¿Quiere comprar algo? ¿Quiere que avise a la señorita Lorna?
—No, gracias. Si acaso… iré yo a hablar con ella. ¿Sabes si está en los comedores o en la misma cafetería?
—En la cafetería, señor. Casi siempre, cuando se queda a comer aquí, lo hace sentada en una banqueta en el mismo mostrador.
—Gracias.
Atravesó la calle a paso ligero. Mucho más ligero de lo que él suponía.
Nada más abordar la cafetería, la vio.
Estaba allí. De espaldas a la puerta. Vestía un modelo marrón, de firma cara.
Todo en ella denotaba la clase innata de su tremenda personalidad. Su delicadeza, su femineidad…
Omar mojó los labios con la lengua. ¿Qué hacia él allí?
Era el novio de la hija, y sin embargo… ¿Por qué?
Avanzó unos pasos y de nuevo se detuvo.
De súbito, él, tan desenvuelto, tan de vuelta de todo, se sentía como sobrecogido, como incapacitado.
No era ningún muñeco, ni ningún inmaduro, y… no obstante, cualquiera al verlo diría que era la primera vez que intentaba abordar a una mujer.
Pero… ¿para qué intentaba abordarla? No lo sabía. Sabía que estaba allí y, de momento, lo creía más que suficiente.
Capítulo 15
Tenía ante si un plato combinado, un vaso de agua y una aspirina. Le dolía la cabeza.
La falta de sueño, el trabajo, los múltiples problemas que se amontonaban…
—Buenas tardes, Lorna.
Se volvió como si miles de demonios la pincharan.
¿Qué hacia Omar allí?
Si jamás hasta entonces, lo había visto por aquellos contornos, ¿a qué fin?
Parpadeó bajo la mirada fija de Omar.
—¡Hola! —dijo.
Y su voz era, por primera vez, vacilante.
—Pasaba por aquí —dijo Omar sonriente, tratando de serenarse—, y de repente recordé que tenías aquí tu sala de arte.
La tuteaba. Lorna pensó que iba a pedirle que no lo hiciera, pero pensó también que era una soberana ridiculez.
¿Qué diría él? ¿Que Janet tenía una madre de otro siglo?
—Estuve en la sala de arte —explicaba Omar con naturalidad verdadera o aparente, pero más aparente que verdadera—, y me acordé de ti… Estaba cerrada y por eso me vine aquí a tomar una copa.
—¿A esperar que abriese?
Él rió de buena gana.
Mostró unos dientes nítidos e iguales, los cuales, en la morenez de su rostro, resultaban sumamente atractivos.
—No, por supuesto. Pero ya que estás aquí… ¿te importa que me encarame a una banqueta y pida un plato como el tuyo? —y riendo otra vez al tiempo de hacer lo que decía, y encaramarse en una banqueta, quedando sentado a su lado—: Parece apetitoso. ¿Siempre comes aquí?
—Alguna vez…
—¿Te importa que te acompañe?
—No —pero de súbito, sin transición—: ¿No has ido a buscar a Janet?
Él parecía haberse olvidado de Janet. De la Facultad, de que la tarde anterior estuvo con Janet en casa de su madre. Es más, tal parecía al verla que conocía a Lorna de toda la vida y que les unía una firme amistad.
—Pues, no. Nunca voy por la mañana. Yo también soy una persona muy ocupada.
—Ya.
—¿Me permites?
—Por supuesto.
—Gracias.
Y pidió al camarero un plato combinado.
—Uno, cuando vive solo sabe cuando sale de casa, pero no sabe dónde va a comer ni dónde tomará el café. Claro, a ti no te pasa eso.
—¿Eso… qué?
—Vivir sola.
—No, claro.
—He visto las acuarelas que expones —dijo presuroso, como si tuviera miedo de la parquedad de ella, que cortara allí mismo la conversación, que si bien carecía de interés, era una forma como otra cualquiera de conocer mejor a Lorna—. Siempre expones pintores buenos, ¿no?
—No siempre. El público es el entendido —dijo ella como si prefiriera hablar de su profesión, y soslayar el interés mutuo y personal—. El que tiene la última palabra. A veces expones con todo interés un trabajo que crees que tendrá un éxito arrollador y no vendes ni un cuadro. Y otras veces expones sin darle demasiada importancia, pones unos precios caros, y llega el público y en una mañana lo vendes todo. Son cosas así. A medida que me fui adiestrando en este trabajo me fui dando cuenta de un fenómeno extraño. El público casi siempre tiene los mismos gustos. Pasa igual con la literatura. Cuando un libro gusta se vende a montones, lo cual te indica, una vez más, que si sólo gustara a un sector del público, no sería rentable.
—Eso es cierto. Pasa igual cuando ves una mujer bonita. La mira un hombre y de repente descubres que otros muchos están haciendo igual. Pero yo creo que eso es cuestión de afinidad humana. Y que la belleza tiene para todos los ojos la misma panorámica. Lo bello gusta siempre, y no es extraño que el lector de tantos ojos y de tantas mentes, a la hora de calibrar, tenga sólo un ojo humano.
—Es posible.
El camarero sirvió a Omar. Los dos comieron silenciosos. De repente, dijo él:
—Dirás que soy un entrometido… pero dime, ¿sales mucho?
Ella elevó la cara. Sus ojos melados parpadearon bajo la mirada ansiosa del hombre.
—¿Salir?
—Si haces vida social.
—Pues…
—No me taches de entrometido. Lo que pasa es que…
—Que no te tacho —le atajó temiendo que dijera lo que ella no quería que dijese—. Al fin y al cabo, vas a ser mí… yerno.
Lorna se puso a beber agua.
—Yo prefiero la cerveza —dijo—. Camarero… por favor, tráigame una cerveza —la miró rápido—. ¿No quieres tú?
—Prefiero el agua.
—No creas que soy aficionado a la bebida —murmuró al tiempo de servirse la cerveza que el camarero había puesto a su lado—, pero para la comida… la prefiero al agua —y como si en aquel instante recordara lo dicho por ella con respecto a su futuro parentesco, dijo a media voz, como si reflexionara sobre ello—: Entiendo que tengas miedo. Lo disculpo, y, si he de serte sincero, lo comparto.
Lorna alzó una ceja.
Había en su seno una pequeña vacilación.
Omar pensó que, al fin y al cabo, casi podía asegurar que, si impresionado estaba él, impresionada y sobrecogida estaba ella.
Oyó su voz confusa.
Algo velada, como si un dejo raro la agitara:
—¿Miedo?
—Me refiero al futuro de tu hija.
Y la miraba de frente.
Lorna no pudo sostener aquella mirada. Había terminado de comer y con voz hueca pedía un café al camarero.
—Al instante, señorita Lorna.
—Deme otro a mí —pidió Omar.
Después intentó de nuevo encontrar sus ojos, pero Lorna obstinadamente los fijaba en la calle por la cual a aquella hora cruzaban autos y transeúntes.
El camarero los sirvió y Omar puso un billete sobre la mesa.
—Cóbrese todo —dijo.
Lorna se agitó.
—No… no. Yo creo…
—¿Es que no me permites convidarte?
—Pues…
—Haga lo que le digo, camarero.
—Si, señor.
Se fue.
Los dos permanecieron silenciosos.
Fue Omar, con voz rara, el que rompió aquel embarazoso silencio.
—Yo también lo tengo. ¡Es tan joven! Todavía no me explico por qué me metí yo en este lío.
Lorna elevó vivamente la cabeza.
—¿Lío?
Él sonrió aturdido. Como cortado. Cohibido.
—Pues yo creo que si, lío. Janet ama su juventud, sus estudios. Ya sabes…
Sabía. Pero no quería saber. Y menos que él se lo dijera.
Debía mantener por medio el obstáculo de su hija, sólo así podría ella evadirse de aquella fuerte atracción física.
Porque era sólo física. Ella lo sabía, como no debía ignorarlo Omar Boyle.
Esperó que él no continuara hablando de Janet. No lo soportaría.
Y no por celos. ¡Aún no! Sino por lo mucho que la conversación sobre Janet podía acercarlos a ambos. Y era contra lo que luchaba.
Contra lo que lucharía cuanto le fuera preciso. Y ella era capaz de luchar hasta morir.
—Tengo que irme —dijo descendiendo de la alta banqueta—. Me alegro de verte… Omar.
—Te acompaño —dijo él, al tiempo de recoger el cambio—. Si eres tan amable de enseñarme la sala de arte.
—No puedo.
Omar, que iba a su lado, se detuvo. La dominaba con su estatura.
Ella no era baja, al contrario era alta, pero la estatura de Omar sobrepasaba con mucho la de Lorna.
Ella continuaba su camino.
—¿No puedes? ¿Por qué? ¿No es tuya? ¿Quién te da órdenes?
Era posesivo. Tenía una personalidad abundante. Mucha.
¿Cómo pudo aquel hombre prendarse de su hija Janet?
La muchacha era bonita y joven, pero… inmadura. Y aquel hombre parecía tan maduro que su madurez empezaba a empequeñecerla a ella.
Lo sintió caminar de nuevo a su lado.
Salieron del local. Atravesaron juntos la calle.
—Mira donde tengo mi auto —dijo Omar con el fin de romper aquel silencio—. Lo dejé como tirado en una esquina.
—Es igual —dijo ella—, de ahí no te lo quitan. Es un aparcamiento particular de la sala…
—Entonces no veo el porqué no has de enseñarme la sala.
—Tengo mucho trabajo pendiente. He de arreglar unas cosas. Pasado mañana inauguro otra exposición, y el pintor vendrá esta tarde.
—¿Son… todos amigos tuyos?
Llegaban ante la puerta de la sala. Se volvió. Lo miró de forma rara.
Se diría que intentaba por todos los medios escudriñar su cerebro y saber qué intención llevaba la pregunta.
—Muchos, sí —dijo.
Y prefirió no dar importancia al sentido de la pregunta.
Omar se le plantó delante.
—Entonces —murmuró Omar cortado—, no me dejas conocer tu sala de arte.
—Prefiero que vengas cuando la tenga abierta.
—Solo… así… no. ¿Por qué, Lorna?
Es verdad, ¿por qué?
¿Qué pensaría él? ¿Leía en ella? ¿Sabía que tenía miedo de su amistad, de su intimidad?
—Bueno —decidió—, pasa.
Pasó. Lo miró todo con detenimiento.
—Es decir, que tu vida y esta sala es casi la misma cosa.
—Si.
—¿No sales nunca… con los pintores?
—¿Con…?
—Bueno —rió aturdido—. Perdona. Uno hace preguntas estúpidas.
—Eso creo.
Y se fue a su despacho, añadiendo:
—Puedes mirarlo todo sin prisas. Pero yo lo siento porque no puedo atenderte. A la noche llega el contable y he de tener todo dispuesto…
Omar nunca supo cuándo se vio de nuevo en la calle. No había ido a interrumpirla al despacho. No había podido.
Era como si una inmensa nube los separara, y un fuego a cada lado de la nube intentara por todos los medios, silenciosamente, ardientemente, atravesar aquella nube. Y él tenía miedo de que el fuego devorara la nube. Por eso salió como si huyera.
Capítulo 16
Se hallaba en su cuarto cuando oyó la voz de su hija y después la de él. Mejor.
Era una barrera. Una barrera que ella deseaba por todos los medios que existiese, aunque doliese.
Mey llegó más tarde a su cuarto.
—Señorita Lorna… el señor Boyle está aquí.
Su voz, la de Omar, era demasiado personal para no advertirlo.
Tantos pretendientes como ella tuvo, sobre todo desde que abrió la sala de arte… y jamás hombre alguno le conmovió, y de súbito…
—Lo sé.
—La señora Moni dice si baja.
—Imposible ahora. Tengo mucho que hacer, Mey. Díselo así a Moni.
—Bueno.
Se fue.
Empezó a sacar documentos. A mezclarlos todos nerviosamente sin saber a ciencia cierta qué hacía.
¿Por qué había ido a verla? ¿Por casualidad?
No. Sabía que no.
Que de ahora en adelante la casualidad era una palabra borrada de la vida de Omar Boyle y de la suya propia.
Trabajaba con afán. Inclinada sobre el secreter intentaba coordinarse. Pasar al libro los apuntes del nuevo expositor.
No tenía necesidad de hacerlo. Podía hacer aquello al día siguiente en la misma sala, pero prefería entretenerse allí.
Más tarde oyó el motor del auto y después las voces de Moni y Janet.
Las dos parecían discutir. Moni hablaba demasiado alto. Parecía nerviosa.
Oyó las protestas de Janet y en seguida sus pasos precipitados.
—Mamá, ¿puedo pasar?
—Pasa, Janet —dijo, y su voz resultaba un poco forzada.
Janet pasó haciendo mucho ruido. Siempre hacia ruido Janet. Era imposible esperar de su hija sobriedad o mansedumbre.
—Estabas discutiendo con Moni, Janet. Te he dicho muchas veces que Moni siempre tiene razón.
—¿Estás segura?
Y se plantaba delante de su madre con expresión alterada.
Cuanto más alterada se ponía Janet, más tranquilidad y equilibrio entraba en Lorna. Miró a su hija con mansedumbre.
—¿Qué pasa, querida?
—Moni me ha dicho que no estoy enamorada.
¡Bendita Moni!
¿Qué había visto en ella, en su propia hija, no en Janet? ¿O en las dos?
¿Qué pretendía Moni persuadiendo a Janet de que no amaba a Omar?
—¿Y por qué dice eso Moni? ¿Qué sabe Moni?
—Eso es lo que yo me pregunto, mamá. Moni es algo entrometida —y bajando la voz—: Con su experiencia piensa que lo sabe todo.
—Sabe mucho, Janet —opinó Lorna conciliadora.
—No se lo discuto, pero ¿por qué tiene que saber cosas de mí? ¿Lo que yo siento? ¿A lo que yo aspiro?
Lorna dejó el libro sobre el que apuntaba notas.
Cruzó los brazos sobre él y miró fijamente a su hija.
—¿Le… amas?
—¡Mamá!
—Tienes muy pocos años. ¿Son suficientes para saber que le necesitas?
—Mamá, yo… —miraba al frente con obstinación. Tenía las cejas juntas—. Nos vamos a casar, mamá.
Lorna se estremeció.
Mejor, mejor que se casaran. Tierra por medio. Deberes sagrados por medio. Miles de obstáculos por medio. Era lo que ella necesitaba, pero… ¿por qué lo necesitaba? ¿No era suficiente su dignidad femenina? ¿La que ella mantuvo incólume durante años, sin temor a una embestida?
Si, claro.
Pero aquello era distinto. Tremenda y dolorosamente distinto.
—¿Cuándo… Janet?
A Janet se le había olvidado lo último que había dicho.
—¿Cuándo qué, mamá?
—Os vais a casar.
—Oh, qué sé yo. Un día. Un día nos vamos a casar. A mi me gusta Omar. Me gusta tanto que por nada del mundo lo pienso dejar.
Por supuesto. Era lo que ella se imaginaba, pero… ¿era suficiente para cimentar la felicidad que dos personas de distinto sexo se gustaran?
—¿Y a él… le gustas tanto… tú?
—Pues creo que si.
—Ah, lo crees nada más.
—Mamá, sé que lleno la vida de Omar. No tiene familia, ¿sabes? Vive solo. Tiene sus años… su tremenda experiencia… Comprende.
Lorna no sabía qué cosa comprender. Pero tampoco importaba. Sacudió la cabeza y contempló distraída el libro que tenía delante.
—No le hagas mucho caso a Moni, al menos cuando se trata de defender tu felicidad, Janet. A Moni le debes todo el respeto del mundo, pero tú sé madura para defender lo que crees amar.
—Tú también lo pones en duda, mamá. Dices lo que creo amar.
—Dada tu edad he de pensar así. Sería un poco temerario por mi parte pensar de otro modo. Pero tú estáte tranquila… Y no tengas demasiada prisa en casarte. Siempre se llega a tiempo.
—Dices las cosas de una forma, mamá…
—Como son. No podemos poner en la vida tanto optimismo. No es muy optimista la vida, Janet. Ya te darás cuenta de ello —y sin transición, con sumo cariño—: Ahora… ¿quieres dejarme sola?
—Omar preguntó por ti.
Quedó tensa. Apretó fieramente el lápiz que sostenía, pero Janet no se dio cuenta.
—Dijo que un día de éstos pasaría a saludarte por la sala de arte.
O sea, que no le había dicho que ya había estado allí. ¿Por qué?
Sintió el timbrazo y supo que era él, Gary. Lo que menos deseaba en aquel momento era la presencia de su amigo.
Él necesitaba pensar. Reflexionar. Verla de nuevo.
Cerrar los ojos y verla de nuevo. Clavarla en su retina, en su pensamiento, en sus sentimientos.
Se levantó de donde estaba tumbado y fue hacia la puerta.
Gary entró bufando.
—Hace un frío en la calle como para morirse hasta los pájaros —y sin transición—: ¿Qué vas a hacer estas Navidades? —y sin esperar respuesta—: Porque no me dirás que ya estarás casado.
¿Casado? ¿Con quién? Ah, si…
—No creo —dijo evasivo.
—¿Qué tal?
—¿Qué tal, qué?
Y parecía desafiarlo.
Gary rió con todas sus ganas.
—No me digas —comentó sarcástico—, que después de conocer a Lorna… no te has sentido sobrecogido.
—¡No hablemos de eso por la mañana!
Gary se desplomó en un butacón después de despojarse del gabán, que tiró sobre otra butaca.
—¿No has sentido —preguntó de nuevo sin que Omar dijera nada—, curiosidad por verla de nuevo? Es un recreo para la vista y para los sentidos y aunque parezca raro que lo diga yo, hasta para el alma.
—Tú estás loco…
—¿Adónde vas?
—A servirme algo, ¿quieres tú?
—Un brandy fuerte.
—Vale.
Se situó de espaldas a su amigo manipulando en la mesa de ruedas que hacia de bar.
Gary se quedó sentado.
—Si, Omar, si. Mirar a esa mujer produce escalofríos y placer y goce… A uno le entran ganas de mil cosas.
Si, era eso. Le ocurría a él, pero si también le ocurría a Gary… ¿por qué inquietarse? Lo malo sería que le ocurriera a él tan sólo.
—Menos mal que yo pienso en Michele —añadía Gary haciendo polvo la esperanza de Omar—. Y al pensar en mi mujer me digo que igual me ocurrió cuando la conocí. Cuando decidí casarme con ella. ¿Sabes que yo decidí casarme con Michele a la semana justa de conocerla? Me entró un avasallamiento, un temor a perderla. ¡Yo qué sé! Pues cuando vi a Lorna sentí igual, pero al darme cuenta de que tenía en mi casa tanto o más de lo que Lorna podía ofrecerme, decidí mirarla con respeto y así hice. Pero tú estás libre.
—¿Libre? —y sin esperar respuesta—: Toma tu copa.
Gary la tomó en sus dedos y miró a su amigo con expresión analítica.
—Estás algo pálido.
—¿Yo?
—¿O inquieto? ¿Es por todas las tonterías que te digo? Perdóname. ¿Sabes? Es que no concibo que un hombre como tú piense en casarse con una estudiante que ayer andaba, seguramente, en calcetines.
Cierto.
Le ocurría a él.
Hasta el día anterior sólo pensaba en Janet. Pero ¿con amor? Con ternura, con cariño, con afecto. Deseoso de cambiar de estado de una vez. Formar un hogar apacible con Janet. Tener incluso hijos que alegraran su hogar.
Pero a la sazón… todo era distinto.
Entraba en él como una ansiedad ardiente. No se conformaba ya con un hogar apacible. Deseaba, sentía una pasión. Una loca y desmedida pasión.
Deseaba goce, complacencia, y sentía que deseaba a Lorna como jamás deseó cosa alguna.
Pasó los dedos por el pelo y los alisó maquinalmente.
—¿Te sientes mal, Omar?
Le miró como si hasta aquel instante estuviera solo.
—¿Mal? No… Me siento… como siempre.
Y de repente deseó con ansiedad, con fiereza, salir, aturdirse, irse con Gary, comer juntos por ahí… dar un paseo en auto, incluso alternar con alguna mujer.
—¿Echamos una cana al aire? —preguntó, animado.
—Pero…
—¿Salimos?
—Pensé que me ibas a invitar a comer, Omar.
—Sí —se apresuró a decir entretanto buscaba la americana—. Te invito. Pero fuera. Aquí no tengo nada. Me he quedado sin nada, y hoy no mandé a la portera que me subiera cosas… Vamos, Gary.
Gary pensó que Omar, tan sereno siempre, tan equilibrado, perdía aquella noche la compostura. ¿Por Janet? ¿Por Lorna?
Concebía que se perdiese por Lorna, pero por Janet… lo dudaba. Al menos tratándose de un hombre tan hombre como Omar Boyle.
Capítulo 17
Anochecía.
Dado lo avanzado del invierno, a las seis de la tarde el día iba muriéndose poco a poco para dar paso a la noche. Los dos ayudantes de Lorna, así como el botones, se habían ido ya, y Lorna empezó a encender las luces de la sala. Los curiosos que acudían a la sala de arte hacía media tarde, iban desapareciendo para entrar los que tenían por costumbre contemplar los cuadros a través de la luz artificial. También los había de esos que cruzan la calle, sienten frío y al ver una sala de arte abierta para todos, la consideran un refugio y se deslizan en ella sin ningún interés artístico.
A las seis y media, Lorna lo vio.
Alto, firme. Con aquella expresión confusa en sus negros ojos. Enfundado en una gabardina clara, el sombrero como colgándole de una mano, el cigarrillo en los labios…
Iba de un cuadro a otro. Despacio, como si la pintura para él, de súbito, cobrara un interés especial.
Lorna, desde una esquina, se preguntaba sobrecogida por qué Omar no estaba con Janet. A aquella hora nunca dejaba de imaginarle con su hija. Era… como un cilicio, pero ella lo aceptaba como un descargo de conciencia…
Lo vio avanzar. Buscarla afanoso con los ojos.
Hubiera querido huir. Ser, de repente, una espectadora más.
Una curiosa de la pintura o una apasionada de la misma, pero sin tener nada que ver con aquel visitante nuevo…
—Hola, Lorna.
Así. Ya iba conociéndolo. Su saludo parco, breve… ¿confuso?
Si, como sus ojos.
—Hola.
—No veo nada interesante —dijo mostrando con un gesto todos los cuadros alineados bajo las luces que los iluminaban—. No me parece que el pintor estuviese muy inspirado.
—Es… italiano —dijo Lorna por decir algo.
Y sintió, a la vez, que habiendo en la sala más de veinte personas, silenciosas, yendo de un lado a otro embebidas en la contemplación de la obra, que ambos estaban solos.
Luchó por hurtarle los ojos y lo estaba consiguiendo. No era capaz de sostener la mirada de Omar. Su ansiedad, que si bien íntimamente compartía, mil veces prefería pasar por descortés a que él pudiera saber qué cosa le agitaba por primera vez en su vida.
—Lo sé —murmuró Omar ajeno a sus pensamientos o tal vez demasiado dentro de ellos—. Tengo el catálogo.
Y lo mostró con una media sonrisa de indiferencia.
—Perdona —exclamó ella a media voz—. Parece que aquel cliente me reclama. Es posible que sea un futuro comprador.
La vio alejarse. Gentil, delicada, frágil. Muy bonita. ¡Bonitísima!
Tenía aire de mujer reprimida, femenina, sensual pese a los esfuerzos que ella hacía por no parecerlo.
Desde que se quedó viuda ¿qué hizo Lorna?, pensaba Omar.
¿Tendría amistad intima con algún hombre? ¿Uno de sus clientes, un pintor… un amigo cualquiera? ¿Un gran amor? ¿Y como había amado aquella mujer a su marido? ¿Mucho? ¿Tal vez por eso, después de tantos años, continuaba sola?
La vio hablando con el cliente. Anotaba algo. El cliente señalaba un cuadro determinado. Omar vio que Lorna tomaba nota del mismo. Asentía con la cabeza. Después alargaba la mano y despedía al cliente hasta la puerta.
Omar seguía allí, en una esquina de la sala. Paralizado, confuso, erguido y a la vez sintiendo que cuanto más se estiraba, más encogido se sentía.
La vio regresar de nuevo. A paso elástico. Tan esbelta… Con aquella mirada color de miel y aquel pelo con una melena semicorta. Moderna, joven…
Sintió que Lorna, como decía Gary, aunque él ante su amigo no lo admitiese, inspiraba mil encontradas sensaciones, mil ansiedades. Pureza, pasión, deseo infinito de sublimizar, de poseer, de perder el juicio. Era como un goce indescriptible mirarla, recrearse en ella, conocer cada uno de los pensamientos y deseos que la agitaban.
Sacudió la cabeza.
—Si —dijo llegando de nuevo a su lado—, he vendido un cuadro. Por lo visto al cliente le encanta la pintura del italiano.
—¿Y a ti?
—¿A mi…?
—¿Te encanta?
Sacudió la melena. Sonrió apenas.
Tenía un encanto especial para sonreír aquella mujer.
Producía deseos inconfesables y, a la vez, anhelo de contemplarla como si fuese algo valioso, precioso… inalcanzable.
—No. Le encuentro demasiada fantasía. Trazos sofisticados. Me gustan las cosas más reales, más feas si quieres, pero más… vivas —y sin transición, como inculcándose a si misma aquel deber suyo de poner la nube por medio, que el fuego no podía ni debía nunca destruir—: ¿Es que no has ido a buscar a Janet?
Lo suponía. Sabía que ella se lo preguntaría.
—Hoy ha ido a una merienda con unos amigos estudiantes. No sé qué cosa celebran.
—¿No… cabías tú?
Él rió. Una risa grata. Parecía llenarlo todo. Poderosa, fuerte, amable… íntima.
—No. Son demasiado jóvenes para mi todos ellos.
Y de repente se quedó mudo, confuso. Lorna pedía de nuevo perdón y se iba al lado de otro cliente.
Poco a poco la sala iba quedando vacía.
Algún rezagado aún contemplaba los cuadros, haciendo el recorrido despacio, con el catálogo en la mano.
Lorna esperaba que Omar se fuera con los últimos, pero ya quedaban sólo dos clientes y Omar no parecía dispuesto a moverse de aquella esquina. Se diría que lo hablan plantado allí.
—Voy a cerrar en seguida —dijo Lorna acercándose de nuevo a él.
—Desde luego. Es hora…
Lorna decidió enfrentarse con la realidad.
Le miró. Al fin le miró de frente, y para ello hubo de levantar vivamente la cabeza.
—Omar, ¿no te vas… tú?
El aludido pareció sorprenderse.
La miró a su vez. Por un segundo sus ojos se dijeron mil cosas.
Los apartó ella. La voz de Omar sonó ronca, rara, vibrante:
—Te espero.
Notó su sobresalto.
La oscilación de su pecho. Su súbito parpadeo.
—Te advierto que aún tengo que hacer en el despacho.
El último cliente se iba y Lorna empezó a bajar persianas.
Omar se acercó a su lado.
—¿Te ayudo?
—Omar… ¿de qué quieres hablarme?
Él se agitó.
—¿Hablarte?
—¿De Janet?
—De… Oh, no.
—Entonces…
—Lorna… —la rozaba casi con su cuerpo—, Lorna… ¿hemos de hablar de Janet por necesidad? ¿Estás segura de que ése es el tema que nos une?
Que no se metiera en aquellas honduras. Que la dejara sola.
Bajó la última persiana sin responder. Sentía que él iba junto a ella. Que a veces era él quien bajaba la persiana adelantándose.
Sabía que la realidad estaba allí. Que no era posible escapar. Que ambos, por lo que fuera, iban a abordarla en aquel instante o instantes después.
—Te digo —insistió como si no hubiera oído las últimas palabras de Omar—, que tengo trabajo en el despacho.
Omar no respondió en seguida. Se fue hacia la puerta y la cerró, incluso bajó las persianas.
Después, aún sin responder, fue apagando luces hasta dejar tan sólo una lámpara de pie al lado de la entrada.
Luego, la miró. A distancia, con firmeza.
—Lorna…
—¡No! —gritó ella.
Y se dio cuenta de que con aquel grito pretendía que Omar se abstuviera de hablar de los dos, de los dos en común, se entiende.
—No sabes lo que voy a decirte.
—No… Pero… supongo que querrás irte. Yo tengo mucho que hacer. No puedo…
—¿No puedes?
Por todos los medios intentaba buscarle los ojos.
—Lorna, ¿por qué los hurtas?
—Te digo…
—Dices, ¿estás segura que dices?
Respiró profundamente. Huyó de él, fue hacia la escalera de caracol que daba acceso al altillo donde ella tenía su oficina.
Pero súbitamente Omar la asió por el codo.
Quedó paralizada. Sentía los dedos masculinos como llamas en su brazo. Quedóse allí, de espaldas, sin dar un paso, sujetada por él.
—Lorna, tú sabes que es inútil. Inútil la lucha para mí y para ti.
Que no lo dijese. Ella siempre pensó que era mujer fuerte, equilibrada, firme en sus convicciones, pero en aquel momento se daba cuenta de que toda su vida estuvo luchando por aferrarse a su dignidad femenina y que en dos días… la perdía por completo o estaba a punto de perderla.
—Lorna —decía Omar roncamente—, es algo más fuerte que uno. Tú lo sabes. ¡Lo sabes!
Sacudió la cabeza.
Lo hacia con súbita energía, como si aun sin abrir la boca le pidiera a gritos que no siguiese, que se fuese, que tuviera piedad de ella y de sus debilidades, debilidades que nunca creyó que existiesen, pero… existían. ¡Ya sabía que existían!
—Ve a buscar a mi hija —dijo, y su voz se quebraba—. Por Dios te lo pido.
Rescató su brazo. Quedó un poco jadeante.
Omar sintió como si toda la sangre le diera vueltas locas por el cuerpo. La conocía un poco más. Sabía cómo se reprimía. Lo que costaría vencerla. O tal vez sabía ya que no la vencería nunca.
Pero sabía, también, que sentía que bajo su mayestática figura había una mujer palpitante, sensible y sensitiva. Una mujer capaz de doblegarse hasta morderse las carnes como si la inducción al pecado significara el gran suplicio de su vida.
Omar quedó como desarbolado en el comienzo de la escalera.
Con los brazos caldos a lo largo del cuerpo. Como si aquel cuerpo se perdiera holgado, desvaído dentro de la gabardina.
—¿Crees que eso evitará…?
—Omar, te lo suplico.
—¿Y tú? ¿Crees que ella se sacrificaría por ti?
—Por el amor de Dios…
—Perdona. Te admiro…, te…
—¡Cállate! Te pido, te exijo que te calles. Y vete. ¡Vete! Cuanto antes, ¿oyes?
Claro. Se iría. No soportaba verla sufrir, y comoquiera que fuera ya estaba sufriendo, como también sufría él.
—Te suplico que te marches —le oyó aún decir.
Y notó la ansiedad de su voz, la necesidad que ella tenía de quedarse completamente sola, tal vez de llorar, de morderse la ira y la pena.
—Pero es igual, Lorna —dijo roncamente—. Es igual. Me marche o me quede, tú sabes… sabes lo que nos pasa. Lo desprevenidos que nos ha pillado esto. Pero estamos los dos atrapados sin remisión.
Oía sus pasos alejándose. Llegó al altillo y apretó las dos manos en el pecho.
No supo cuándo regresó a casa. Tarde, desde luego.
Capítulo 18
No esperaba que Moni estuviera levantada.
Pero lo estaba. Allí, en la penumbra, perdida en un sillón orejero.
En una esquina del salón. Intentó cruzar a su lado como si no se percatara de su presencia.
—Lorna…
Quedó envarada.
Fue girando el cuerpo poco a poco casi sin mover los pies. Apenas si se veía dentro del abrigo de pieles con el cuello levantado.
—Lorna… acércate.
Iba a leer en sus ojos.
Siempre estuvo demasiado cerca de su madre. Tan cerca que temió lo inquisitivo de su mirada. Pero nunca tuvo Moni demasiadas cosas que descubrir. Penas, desazones, soledades…
¡Aquello, no!
—Janet ha llegado temprano. Vino sola, Lorna.
—Ah.
—¿No te acercas?
—Pues… es tarde.
—Eso digo yo.
¿Era un reproche?
No. Moni era demasiado amiga suya, mujer actualizada para cometer la ridiculez de regañarla porque llegase tarde. Por otra parte, Moni ya sabía que si llegaba tarde sus motivos tendría.
—Lorna…
—Di, mamá.
—Omar no vino con Janet. Ella fue a una comida de compañeros estudiantes. Omar se excusó… ¿Le has visto?
A Moni no podía engañarla. Sería empresa inútil, pero aunque no lo fuese, tampoco lo intentaba ella.
—Sí.
—Ah…
Sólo eso.
La sintió ponerse en pie. De repente, la estancia se iluminó y Lorna, pálida, como encogida, parada bajo el potente foco de luz.
—Lorna… ¿qué vas a hacer?
¿Sabía?
¿Qué sabía?
—Moni, yo…
—¿Estuvo hasta ahora contigo?
—No —se sofocó—. No, estuve sola en mi despacho de la sala de arte.
—Rumiando tu pena, dominándote. Tú sabes dominarte, Lorna, pero hay veces que la voluntad no sirve de nada. ¿Qué piensas hacer?
—¿Hacer?
—Decírselo a Janet.
—No —gritó—, no.
Y corrió hacia las seis escaleras que la separaban del vestíbulo superior.
Sabía que Moni la entendía tanto que conocía hasta el más oculto de los rincones de su ser. De todo cuanto batallaba en su mente. En sus sentidos, en sus sentimientos… Y, por supuesto, que no intentaría retenerla porque, como ella, sabía que necesitaba estar sola.
No pudo dormir. Intentó razonar. Darse explicaciones a sí misma. Huir de aquella atracción… ¿física? Era más que eso. Ella sabía que era mucho más, como lo sabía Moni, como lo sabía… Omar.
Se levantó muy temprano y se fue aprisa. No sabía si iba para la sala de arte o iba a dar un paseo en auto o se iba a sentar a una cafetería.
Las cosas vistas a la luz del día cobraban mayor realismo, más firmeza, más franqueza ante sí misma.
Trabajó toda la mañana. No supo si con afán desmedido, con una inercia falsa o con monotonía.
No iría a comer a su casa. No soportaría la voz de Janet. Lo que ella estaba sintiendo por el novio de su hija y no poder mirarla de frente. Se fue a la cafetería y pidió un plato combinado. Fue cuando lo vio.
Sin gabardina, pálido, mudo en una esquina, avanzando despacio al verla llegar. Se encaramó como ella a una alta banqueta. No hubo apenas frases, unas pocas, tan pocas y tan diferentes a lo que ambos deseaban decir, que Lorna respiró mejor.
Era considerado Omar. Si sabía… si sentía… lo mismo que sabía y sentía ella, era considerado… Era delicado para respetarla y respetarse a si mismo.
—Si no te quitas el abrigo, aquí… tendrás calor. ¿Qué pides?
¿Por qué estaba allí? ¿Por qué la sometía a aquel suplicio?
—Voy a marcharme en seguida —dijo Lorna.
—¿Qué comes?
—Lo del… otro día.
Y de repente, mirándolo de frente con ansiedad:
—Tampoco hoy has ido a buscarla.
—No. No voy nunca a esta hora.
—Omar…
—Di.
No, no quería decir. Tenía miedo a decir. No era capaz de odiar a su hija, y si continuaba tratando a Omar…
—Omar —su voz de repente cobraba ansiedad—, te pido que no vuelvas…
—¿Por aquí?
—Ni por la sala.
—¿Y crees que eso lo arregla todo? —y con una suavidad que la conmovió hasta lo infinito—: ¿Fuiste feliz con tu marido?
No, que no ahondara allí. Aquello era suyo. Si fue infeliz, para ella fue. Si fue alegre y dichosa…
—Di, Lorna.
—No quiero hablar de mí.
—¿Crees que no hablas? Pues hablas, Lorna. Sin abrir los labios hablas. Basta mirarte a los ojos…
—Omar —se agitó—, te prohíbo…
Él, súbitamente, deslizó una mano por la barra. Asió aquellos dedos. Estaban helados. Los apretó con fiereza y a la vez con cálida ansiedad, con ternura, con anhelo. Ella intentó rescatarlos. Pero Omar se los apresaba con sus dos manos.
—Es inútil que intentemos escapar de esto. Tú lo sabes, Lorna.
No lo soportaba. Por la misma verdad que decía, no lo soportaba. Fue por eso que dio un tirón, rescató sus dedos, se tiró de la banqueta. Y se quedó erguida, temblorosa ante él que la miraba con desesperación.
—No vuelvas —susurró intensamente—. No… no vuelvas.
—Lorna.
—Te lo pido. Jamás pedí una cosa así… así, con tanta necesidad.
Giró sobre sí y se alejó.
Janet apareció en la sala hacia las siete de la tarde. Lorna se quedó envarada. ¿Qué sabía su hija? Era la primera vez que Janet aparecía por allí a aquella hora.
Había mucho público en la sala de arte y Lorna se multiplicaba para atenderlos a todos. Janet sé le acercó y la besó en la mejilla.
—Hola, Lorna.
—Hola, hijita —y haciendo un esfuerzo—: ¿Cómo es que andas por aquí…?
—Moni me dijo que nunca venía, que era una vergüenza… —le siseó Janet al oído.
¡Bendita Moni! ¿Qué suponía? ¿Que ella necesitaba ver a su hija delante para recobrar la cordura?
En cierto modo, sí. Tenía razón Moni. Moni la conocía bien.
—¿Te gusta? —preguntó señalando la labor pictórica.
—No entiendo un pimiento, mamá.
Le gustaba que la llamase mamá. Le parecía que oyéndola llamarle así, la barrera entre ella y Omar era mayor. Más abismal, pero… ¿lo era?
No lo era. Había cosas que no se podían alejar de una. Que tanto camine una, tanto gravita el sentimiento y el pensamiento.
—¿No ha ido… tu novio a buscarte?
—No quedamos en nada —dijo Janet alzándose de hombros—. Omar es así.
¿Así? ¿Cómo? ¿Cómo era Omar? No lo preguntó. Tuvo miedo de saber demasiadas cosas de Omar.
—¿Estáis… enfadados?
—¿Nosotros? ¿Omar y yo? —rió Janet—. Oh, no. Omar nunca se enfada. Es el ser más pacífico que conozco.
¿Pacífico? No lo era. Ella conocía a Omar desde otro prisma, desde otro punto opuesto al que conocía de él su hija Janet. Pero se mordió los labios sin hablar de ello.
En cambio, preguntó:
—¿Tampoco ayer estuviste con él?
—Ah, ¿no te lo he dicho? —y miraba distraída cuanto le rodeaba—. He ido a una merienda de amigos estudiantes. A Jim le quedaba una asignatura pendiente y la ha sacado ahora. Por eso lo celebramos.
—¿Estaba Sean… Wilder?
—Claro —rió Janet divertida—. Como siempre, ya sabes, haciéndome la corte.
—Y tú…
—¿Yo? Ni fu ni fa. A mí me gusta Omar —y en voz baja—: Mamá, tengo que irme. He quedado con Marta en vernos en el conservatorio. Ya sabes, Marta estudia música en sus ratos libres, y hemos pensado ir al cine esta noche. ¿Te importa que duerma en su casa?
Lorna cobró fuerzas.
—Pero, Janet, ¿es que no vas a ver hoy a Omar?
—¿No te lo he dicho? No me puse de acuerdo con él.
—Pero tal vez a él le moleste que te marches con una amiga, que te vayas al cine con ella, que duermas en su casa.
Janet se echó a reír.
—Pero. Lorna, ¿qué crees que es Omar? No es un anticuado. Ya ves, tú crees que tiene demasiada edad para mí, pero yo pienso que no es la edad lo que separa a un hombre y una mujer, sino la mentalidad. Según te mentalices, así te comportas. Omar no es celoso y me permite hacer lo que quiera. Omar es un hombre de esta época —besó a su madre—. Que me perdone Moni, pero no soporto a tanta gente junta. Sólo me gusta cuando bailo y los veo bailar en torno a mí. Chao, mamá.
Se fue.
Quedó desolada. Sabía que él aparecería de un momento a otro.
Empezó a despedir a sus clientes, y cuando ya estaba sola y cerraba la última persiana, lo vio acercarse a la puerta.
—Tú…
—Hola —dijo él—. Hola, Lorna.
La muchacha aspiró hondo. Tal se diría que iba a huir, pero se quedó allí, en la semipenumbra, diciendo a media voz:
—Janet estuvo aquí… Yo pensé…
Omar entró y cerró tras de si. Se quedó plantado mirando a Lorna. Una mirada larga, sin interrogante. Apacible y, a la vez, en el fondo, terriblemente, ardientemente apasionada.
—Hoy… has cerrado más tarde —dijo.
Y se diría que nada tenía que ver su voz con su mirada, pero Lorna pensó que si bien la voz se contenía, la mirada se expansionaba.
Se fundía en la suya. Se agitaba como la de ella.
—Te invito a comer por ahí conmigo —le oyó decir.
Capítulo 19
No quería ir. Tenía miedo de ir, pero sabía que iría. ¿Y Moni? ¿Qué pensaría Moni al verla llegar, al leer en sus ojos?
—Gracias —dijo.
Y dio la vuelta. Caminó delante de él. Iba haciendo cosas. No sabía qué cosas. Recogiendo catálogos, apagando luces, cerrando puertas… Lo sentía detrás de si. Respirar hondo, fuerte. Agitado.
—Lorna… no has dicho si aceptabas.
—No.
—Lorna.
—¡No!
Le salía rara la voz. Como enronquecida. ¡Ella tan serena… y de repente se convertía en una persona excitada! ¡Ella tan equilibrada y notaba que no lo era!
Sintió las dos manos masculinas en su hombro. Que no la tocara. Que no la besara. ¡Tanto tiempo sin besos! ¿Cuánto? Desde que se quedó viuda, y los anteriores… ¿fueron besos? ¿Sintió ella como beso lo que su marido hacía en sus labios?
—Lorna…
—¡Por el amor de Dios!
—¿De qué vale Dios aquí? No somos santos. No estamos para ganar el cielo. Sólo vivimos para respetarnos, para llegar a una paz eterna flexible… Pero… ¿es suficiente nuestro propósito? Lorna —sus manos se crispaban en sus hombros—, Lorna, ¿no somos humanos? ¿No sentimos como tales?
Se sacudió. Intentó alejarse. Pero la ligereza de Omar la sujetó mejor. Le hizo dar una vuelta y quedó enfrente de él. Temblaba. Él lo notó.
Hubiera dado algo por evitarle un sufrimiento, pero… ¿no lo compartía él? ¿Acaso podía él evitar que aquello sucediese?
—Omar, te lo suplico…
Él cerró los ojos. No quería leer la súplica en los de ella.
No podía evitar tampoco que aquello estuviera ocurriendo. No era dueño de si, ni en aquel instante deseaba serlo.
Por eso, inesperadamente, sus manos resbalaron. Cayeron como desvaídas en la cintura femenina. Así la miró a los ojos.
No supo si mucho o poco tiempo. Vio, eso si, temblar perceptiblemente los labios femeninos. Y vio cómo los párpados brillaban y cómo los párpados se abatían.
No pudo más. Se dio cuenta de que la sensibilidad femenina era mucha y de que él naufragaba en aquella sensibilidad y que nadie en este mundo podría evitar, ni ellos siquiera, que se amasen con ansiedad.
Fue así que la apretó contra su cuerpo. La sentía temblar contra si. Menguada. Una cosa. Una deliciosa cosa. Notó asimismo que ella intentaba huir de aquel contacto. Que pretendía alejarse, pero no podía.
Tomó la boca femenina en la suya. Primero con súbita ansiedad, con intensidad. Después como un recreo, como un goce indescriptible.
Fue como una plenitud nunca vivida. Él, no, nunca la había vivido. Besar a una mujer es fácil. Se puede hacer cada día, a cada instante. Pero besar a la mujer que uno ama y siente que necesita, es muy diferente.
Y eso estaba ocurriendo en aquel instante.
—No —decía Lorna menguadísima—. No, te pido…
Pero no huía de él. Era como si una fuerza superior la mantuviera en aquel cuerpo, pegada a aquel cuerpo.
Sentía su calor y la locura, a la vez, de sus labios gozando con los suyos.
No supo Omar en qué instante se le escurrió de los brazos y quedó muda, de espaldas, menguada, pegada como si dijéramos a su propia desolación.
—Lorna…
—No —le gritó—. No. No hables. Vete…
—Es que…
Ya sabía lo que era. Pero no, era diferente. En él cabían cuantos amores quisiera. En ella uno sólo. Fuerte y vigoroso, culpable o no culpable, pero sólo uno. Aquél.
—No vienes a comer conmigo —dijo en voz baja.
—No —se agitó—. No. Necesito…
—¿Qué necesitas? ¿Crees que vas a adelantar algo? —y dando un paso al frente—: Lorna, es inútil. Se lo diremos a Janet. Lo entenderá. ¿Oyes? Tiene que entenderlo.
Lorna dio la vuelta sobre si misma. Se pegó a la pared. Se pegó tanto, que las manos tras la espalda dolían como si algo terrible se las aprisionase. Pero lo prefería.
De alguna manera tenía que torturarse, y aquél era un suplicio físico que necesitaba para resarcirse de su remordimiento. ¿Lo lograba?
No, sabía que no.
—¿Por qué no lo pensaste primero? —dijo calladamente—. ¿Por qué? Janet es una niña. Janet es una muchacha inmadura. No lo entenderá, y aunque lo entendiera yo… no se lo diría. ¡No podría! No puedo. ¿No entiendes? Hacerle daño a mi hija —ocultó la cara entre las manos—. No lo soportaría.
Y como él la miraba sin decir palabra, añadió desgarradoramente:
—Ya sé que ella no puede quererte hondamente. No está preparada. No tiene madurez, ni experiencia, ni nada que pueda comprenderte a ti. Pero… ¿por qué? ¿Por qué te acercaste a ella? ¿Estabas desorientado? Haber buscado otro tipo de mujer.
—Lorna, no te atormentes así.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que ría? ¿Qué es esto para ti? Para mi es… es…
—¡Lorna!
—¿No te das cuenta de lo que es?
Se la daba. Se la estaba dando.
—Sé lo que siento —dijo intentando serenarse—. Sé que esto es fuerte, definitivo. Sé que toda mi vida anduve buscando una mujer como tú. No sabía que existía, pero sin duda, subconscientemente, la buscaba porque nada más verte me di cuenta. Eso es lo que sé. ¿Tiene alguien derecho a pedirme milagros? ¿Qué sabía yo cuando conocí a tu hija, que tú estabas ahí? ¿Que tú existías? ¿Y tiene alguien derecho a pedirme un sacrificio tan inmenso? ¿El sacrificio de renunciar a ti para contentar a una niña?
Lorna abatió los párpados. Se podía ver en ella una emoción emotiva.
Se agitaba su pecho. Había un temblor convulso en sus labios.
De repente dijo con ronco acento:
—No podría, ¿entiendes? No quiero ser cruel contigo. No quiero jugar a esto. Es… demasiado peligroso. No soy tan fuerte como creí. No soy capaz de renunciar a ti viéndote. ¿Lo entiendes? Pues si lo sabes, si me amas, vete, olvídame. Deja a mi hija, pero no me obligues a que yo supla su falta. Estaría a tu lado y su sombra se interpondría entre los dos. Estaría gozando a tu lado y me sabría amargo el goce. ¿Te das cuenta? Di, di…
De repente parecía histérica.
Omar avanzó. Fue a acercársele, pero ella se retiró de la pared.
Quedó jadeante en una esquina del salón.
—Lorna… tu renuncia no servirá para nada. Yo le hablaré a Janet.
—¿De mi? —gritó espantada.
—De mi, Lorna, de mí. De mis sentimientos hacia ella desaparecidos. De mi indiferencia ante sus encantos. Que me odie si quiere, que me desprecie. Pero es que es tu hija, y yo no puedo engañarla. Yo ya no puedo mentir un amor que no siento.
Pasó los dedos por el pelo. Lo alisó una y otra vez nerviosamente. Se diría que estaba solo. Miraba al frente, o hacia sus pies, o lanzaba sobre ella, sobre Lorna, una mirada vaga.
Se diría que estaba solo, que reflexionaba en alta voz, que intentaba darse una razón a sí mismo de todo cuanto había ocurrido y estaba ocurriendo y aún podía ocurrir.
—Sabía que en mi vida faltaba algo. Algo fuerte, vigoroso, lleno de plenitud. Pero nunca sospeché que fuera esto, esto que siento por ti. Mira, Lorna, escucha. Por favor, razona. Que no nos volvamos a ver no soluciona nada. Yo sin darme cuenta buscaba esto. ¿Que lo vi en tu hija? No. Había renunciado ya a encontrar un gran amor, una gran comprensión, una gran pasión. Y había decidido mi vida apaciblemente. Pensaba yo que tu hija podía darme esa paz, esa serenidad, pero ahora, al conocerte, me doy cuenta de que Janet es joven, se mantendrá joven y yo envejeceré. Y me doy cuenta asimismo que deseo y necesito que la mujer que comparta mi vida, envejezca conmigo.
—Cállate, Omar, cállate.
—¿Sirve de algo? ¿Crees que tú y yo somos tan fuertes como para poder escapar de esto? ¿De esto tan profundo que nos une?
No quería oírle. Sabía que tenía razón. Que no era tan fuerte. Que pensó que lo era, pero, desgraciada o afortunadamente, no lo era.
—Un día u otro —seguía diciendo Omar con fiereza—, los dos nos daremos cuenta de que somos débiles, de que la tentación es más fuerte que la fuerza y nos veremos como perdidos en nuestros propios pecados. Por eso opino que es mejor ir por la vida con la verdad por delante. Diciendo lo que pasa, lo que sentimos. Lo que los dos necesitamos.
—Olvida eso.
—No puedo —le gritó—. ¿Oyes? No puedo, ni puedes tú. ¿De qué te sirve huir o echarme de tu lado? ¿Acaso crees que te basta decir para hacer? No, Lorna. Una cosa es que los dos, por consideración uno a otro y a este sentimiento hondo que nos acerca y que es más superior que nuestra voluntad, nos pongamos de acuerdo. Intentemos superar la crisis. Pero peor es huir uno de otro. Tarde o temprano… volveremos a encontrarnos y empezaremos de nuevo a sufrir.
Y como Lorna parecía sumida en una total desolación, a continuación él añadió suavemente:
—Te doy mi palabra de que no volveré a besarte, Lorna. Es que no puedo besarte, ¿no lo comprendes? Si vuelvo a besarte, te esclavizaré y tú me esclavizarás a mí, y no habrá fuerza humana que pueda evitarlo. Y tú sabes eso como lo sé yo. Por eso te doy mi palabra de que te respetaré y te ayudaré a ti a que me respetes a mí. No eres mujer de juego, ni de frivolidades, eso está claro. Siendo así, tal cual eres tú, nos será fácil a los dos superar esta ansiedad, dominarla, echarla a un lado. ¿Hasta cuándo? No lo sé. Pero de momento si podremos. Pero no me pidas que no sea tu amigo, que no te vea… No soporto la idea, Lorna.
Sintió pena de él y de ella y de aquel sentimiento honesto que era tan fuerte como la propia deshonestidad.
—Vamos a comer algo por ahí, Lorna —dijo Omar sin que ella respondiera aún—. Vamos, anda. Librémonos de esta soledad, de este suplicio. Sintamos el aire de la noche en nuestros rostros y en nuestros sentimientos, para que nos sean purificados.
Sin darse apenas cuenta, obedecía. Caminaba delante de él, apagando luces automáticamente, yendo hacia la puerta.
—Dame la llave —le siseó al oído él—. Yo cerraré.
Se la quitó de los dedos. Quedó pegada a la fachada apretando las dos manos contra el abrigo de pieles. Hada un frió intenso.
La noche era oscura. Amenazaba lluvia.
—Te llevaré a un sitio tranquilo —le dijo asiéndola por el brazo—. Lleno de gente, donde nos rodeen otros seres y, a la vez, estemos solos. Solos con nosotros mismos, Lorna.
Capítulo 20
Era grato estar allí. Ver el espectáculo y a la vez comer ante una mesa, en medio de la cual había sólo una lucecita roja.
El rostro de Omar era más grave, más serio. El de ella pálido, pero iluminado apenas por la lucecita roja, ni se notaba. Estaba pensativa. Sensitiva. Se le notaba en la voz, y en aquel mirar suyo de los ojos canela, que bajo el abatimiento de los párpados parecían ocultar toda una sensibilidad a flor de piel. No supo cuándo fue. A los postres quizá.
La voz de Omar tenía un dejo tierno, suave, comprensivo.
—Lorna… ¿fuiste feliz en tu matrimonio?
Era la hora de la sinceridad. ¿Ante Omar tan sólo o, más que nada, ante sí misma que siempre pretendió escapar de la íntima y muda interrogante propia?
—No.
—Lo suponía.
—Te casas joven, siendo una niña… —su voz cobraba una súbita intimidad cálida, como si hablara más la amistad que el amor, la comprensión que la curiosidad—. Buscas milagros en el amor, consagraciones físicas y psíquicas… y de repente te encuentras con el trallazo en plena cara, en plena moral, desarmándote, deshaciendo todos los sueños forjados. ¿Si tuvo la culpa él? No, yo creo que no. Tuvimos la culpa los dos o nuestra inmadurez…
Por encima de la mesa le asió sus dedos. Lorna no los rescató. Necesitaba aquel calor, aquella silenciosa comunicación de comprensión. Era la primera vez que ella hablaba en voz alta de algo que siempre estuvo metido, incrustado en su verdadero yo.
—No debemos culpar a los demás de incomprensión e intolerancia —seguía diciendo a media voz—. Somos todos culpables de todo. Por eso me aterra la idea de casar a Janet joven, que aprenda a vivir, que sepa diferenciar, y repetiré aquel tópico tan viejo, que no confunda con oro lo que tan sólo es oropel… Te aseguro que adquirí más experiencia en mis soledades, en los libros, en la vida que se movía en torno a mí hallándome viuda, que mientras estuve casada. Es curioso y hasta ridículo, si me apuras, eso que acabo de decirte, pero es la pura verdad.
—Lo entiendo.
—No lo puedes entender. Tú eres hombre. La vida para vosotros hasta ahora fue como un privilegio reservado sólo al sexo masculino. Parece que las cosas cambian y eso es importante. Pero quien tiene un criterio formado de las cosas de la vida, de la moral, de los deberes y las responsabilidades, de nada sirve que el mundo avance, que las ideas se aclaren, que el ser humano evolucione. Todo queda estacionado y la vida se mueve en torno a uno y los seres humanos gozan y otros se quedan callados como simples espectadores.
—Lorna, una pregunta concreta.
—Hazla.
—No te ofendas.
—No.
Y sus dedos se relajaron dentro de la mano masculina.
Él la miró largamente.
—No has tenido aventuras después.
—¿De quedar viuda? —con naturalidad.
—Si, claro. Después.
Meneó la cabeza. Despedía un sutil perfume. Hablaba de su femineidad. De su don de mujer. De su sensibilidad…
—Nunca —dijo—. No se me ocurrió. No concibo la aventura sin amor.
—No lo has sentido.
—No.
—¿La concibes con amor?
Se agitó. Miró al frente. Sus ojos parecían ir lejísimo.
—Hay cosas que no se pueden evitar. La naturaleza manda. El amor exige… No sé. Lo disculpo con amor. Sin él lo condeno —de repente miró el reloj—. Es tarde. Tengo que volver. No por mi ni por Moni, por Janet.
—No… le vas a decir.
—No —rápidamente—. No —como si se ahogara.
—Se lo diré yo. Tenemos que casarnos. No podemos continuar así. Viéndonos a escondidas o no viéndonos.
—No viéndonos —dijo ella levantándose.
Omar le ayudó a ponerse el abrigo. No la soltó. Dejó un billete sobre la nota que momentos antes le había presentado el camarero, y la sujeto a ella por los hombros con un brazo.
—Vamos —dijo.
Se alejaron a paso largo. Mudos, como perdidos en sí mismos, atravesaron la calle hasta el aparcamiento.
—Lo haré yo —dijo sin añadir a qué se refería.
No era preciso. Ella lo sabía. Por eso su voz cobró una intensidad vibrante.
—No. No lo hagas. No puedes hacerlo.
—¿Y continuar así? ¿A qué fin?
—Lo siento, Omar. A todos los fines. No dañaré a mi hija por nada del mundo.
—¿Y por ella que no entiende nada de todo esto que los dos sentimos, vas a renunciar a ti misma, a tu felicidad?
Se ahogaba ella. Apretaba las manos contra el regazo.
—Si te pido un favor…, ¿me lo concederás?
Omar soltó los frenos. Apretó las manos en el volante.
—Di. ¿De qué se trata?
—Deja de verme.
—¡Imposible!
—Por lo que ambos sentimos uno hacia el otro, tiene que ser posible. Un tiempo, el que sea. Esperemos. Tenemos ambos el deber, ese deber. Tú por ser su novio, yo por ser su madre. Los dos porque la queremos… Tenemos que dejar de vernos.
El auto cruzaba una calle céntrica. Omar aminoró la marcha.
—Lorna, vivo aquí. En la quinta planta… —y como si recordara lo que ella le pedía—: No sé cuánto tiempo aguantaré sin verte. No lo sé, Lorna. Me pides lo que más me cuesta —de súbito hizo alto, casi detuvo el auto—. Lorna… si te pido que subas conmigo a mi apartamento…
No le dejó terminar.
Su voz sonaba ahogada, confusa, pero firme.
—No… no me lo pidas.
—Pero suponte que te lo pidiera.
—No quiero… que me lo pidas.
Omar respiró fuerte. Apretó el acelerador y dijo a media voz:
—No te lo pido, Lorna.
Sus dedos se separaron del volante y buscaron a tientas la mano enguantada. La oprimió mucho. Se dijeron en aquel apretón lo que uno ni otro se atrevían a decir con la boca.
Después él la llevó a su casa. Al despedirla, soltando la mano femenina, murmuró:
—Una semana, Lorna. No más.
—Ya te hablaré.
Y dicho lo cual desapareció tras la verja de hierro, pintada de verde.
Lo sabía. Que Moni la estaba esperando era obvio. Por eso no se asombró. Atravesó el salón medio en penumbra y fue a su lado. Se había dormido perdida en la orejera. La besó en el pelo, a lo cual Moni dio un salto.
—Quién… Ah —la miró largamente—, eres tú.
—Sí, mamá.
Raro que Lorna la llamara mamá. Se lo llamaba siempre que se sentía dolida o gozosa.
¿Qué era lo que sentía Lorna en aquel instante?
La miró a los ojos. Quiso leer en ellos. Vio ansiedad. Ni felicidad ni amargura. Confusión, sí, y tal vez aquella ansiedad reprimida…
—Has estado con él.
No preguntaba. Lo afirmaba más bien, y su hija lo confirmó dando una cabezadita, asintiendo.
—¿No es peligroso, Lorna?
—¿Él?
—Los dos juntos.
—¿No ha venido Janet?
—No. Ha llamado. Preguntó por ti y le dije que no habías vuelto… Se quedó en casa de Marta.
—Ya.
—Lorna…
—Estoy cansada, mamá.
—Cansada o es que no quieres enfrentarte con la verdad.
—Más eso, si.
—¿Hasta cuándo?
—No lo sé.
Y pasó los dedos por el pelo, echándolo hacia atrás.
Moni se puso en pie.
—Díselo.
La vio estremecerse.
—¿Estás loca?
—Si fuera ella a ti, seria distinto. Los sentimientos en tu madurez dejan huella. Son distintos. En Janet… son soplos, nubes de verano que pasan.
—¿Por qué lo sabemos, Moni?
—Lo pensamos y lo podemos afirmar las dos. Por su temperamento caprichoso. Su volubilidad. Por su falta de carácter. Todo lo indica así, Lorna.
No todo. Si bien Janet era inmadura, Omar todo lo contrario.
Podía existir verdadero amor en Janet.
Podía ser fuerte y hondo aquel sentimiento y ella, su madre, prefería sufrir la renuncia y ahogarse en ella, que causarle un pesar a su hija.
—Dejémoslo así, mamá.
—¿Y tu tortura?
—Pasará. Ya verás.
—En ti, no —rotunda—. Tú eres firme en tus convicciones, en los conceptos que formarás, en los sentimientos…
Necesitaba soledad. No para meditar ni pensar en lo que Moni decía. Para evadirse. Para tratar de dormir, y en la inconsciencia, olvidarse de que, por primera vez en su vida, navegaba por un camino difícil entre olas gigantescas.
—Es inútil —decía Moni tras ella.
—Vete a la cama, Moni.
—¿Y tú?
—También.
—A rumiar tu pena.
—A lo que fuese.
—Mañana es otro día. Las ideas estarán más lúcidas para las dos.
—Para mi lo están.
—Si no le hablas tú a Janet, le hablaré yo.
—¡Mamá!
—Un día u otro le hablaré. No consentiré que renuncies a la felicidad que jamás has tenido, por un capricho de tu hija. Después de ser él tan tuyo, ¿crees que puede continuar con Janet?
—Quiero… necesito que continúe.
Se fue a su cuarto. Se cerró en él. Hubiera dado algo por no haberle conocido. Hasta verle a él, todo fue fácil, solitario, amargo si se quiere, pero en el fondo o en la superficialidad plácido, tranquilo, equilibrado. Y a la sazón todo era una lucha. Una lucha sorda y terriblemente dolorosa.
Se desvistió como una autómata. A continuación se echó en la cama. Imposible dormir. Imposible cerrar los ojos. Cuanto más los cerraba, más veía.
Se levantó temprano para no ver a su madre.
Empezaron a pasar los días.
Capítulo 21
Nadie mencionó a Omar en casa de las Jayston. Fueron días casi silenciosos.
Pero aquel día en la mesa, Moni dijo a su nieta:
—No has vuelto a traer por aquí a tu novio.
Janet sonrió. Había como una mueca amarga en sus labios.
—Apenas le veo.
—¿Y eso, Janet?
—No sé qué le pasa.
Moni buscó avariciosa los ojos de Lorna. No pudo hallarlos, mas era igual, pues le constaba que tampoco Janet lo veía.
—¿Y eso, Janet? ¿Habéis roto?
—No sé cuándo empezó a enfriarse todo. No sé, Moni.
—Lo sientes.
No preguntaba.
Lorna alzó la cara. Sus ojos ávidos miraron a su madre como suplicándole silencio.
Pero ya Janet respondía:
—Claro que lo siento. Le amaba.
—Pero él… también parecía amarte.
—Claro. Es lo que no comprendo. Ahora nunca me espera. Varias veces le llamé a su oficina. Siempre pone excusas. Así que yo ando por ahí con la pandilla… Ya sabes, Moni y tú, Lorna, supongo que opinaréis igual, no voy a pasarme la vida guardándole ausencia a Omar. Le amo y le necesito, pero pese a mi juventud —parecía dolida profundamente—, no soy capaz de andar detrás de un hombre. No entiendo qué palabra y qué personalidad tiene Omar. No soy capaz. Pero uno de estos días os aseguro que le pediré explicaciones. De momento no puedo. Está en cama.
Lorna se agitó. Sintió en sí la mirada viva de Moni. La miró a los ojos a su vez. Pero ninguna de las dos dijo palabra.
Janet siguió diciendo:
—He llamado hoy para citarme con él, y la secretaria me ha dicho que, debido a un fuerte resfriado, se quedó en la cama.
—Y no has ido a verle —dijo Moni suavemente.
Janet elevó los ojos riendo.
—¿A verle? No, claro que no. Ni pienso ir. No por él, sino por mis amigos que dicen que me ha plantado.
Lloraba.
Lorna y Moni se levantaron casi a la vez.
Janet había ocultado la cara entre las manos y sollozaba.
—Janet… ¿es tanto lo que le quieres? —preguntó Moni agitadísima.
Lorna no decía nada.
Enfermo. Pero…
—Vive solo, Moni —decía Janet—. No tendrá quien lo cuide. Pero yo no voy. Mis amigos dicen eso, que me ha plantado.
—Calla, Janet —pidió su madre.
Janet calló de repente. Su madre tenía una voz ronca, diferente. La miró con ansiedad.
—Mamá, por mí no sufras.
—¿No… sufres tú por el desvío de… Omar?
—Sufro, si, claro que sufro. Pero… espero que me pase. Que él me diga… Todo es una nube de verano, mamá. Ya verás. Se habrá enfadado porque salí unos días con Sean… Sean es divertido. Baila muy bien. Dice cosas bonitas. No es que me guste. A mi me gusta Omar, pero es serio. Omar es muy serio y nunca dice las cosas que dice Sean.
Otra vez Moni y Lorna se miraron. Después, Lorna desvió sus ojos. Miró el reloj.
—Tengo que irme —dijo—, y tú, Janet, tranquilízate y ve a la Facultad. Ya se arreglará todo.
—Si, mamá.
Lorna se apresuró a irse. No quería hablar con su madre a solas. Que no le preguntase nada.
Ella tenía que ir. No iría en aquel mismo instante, pero a la tarde… cuando cerrara la sala de arte. No soportaba aquella incertidumbre. Enfermo y solo.
¿Qué clase de amor sentía Janet por Omar que así lo abandonaba a su soledad?
Pasó un día horrendo. No fue a almorzar a casa y cuando al fin, a las siete y media, pudo cerrar la sala de arte, subió a su auto y se fue. Minutos después, se perdía en el ascensor. No supo cuándo pulsó el timbre.
¿Estaba loca? ¿Qué voluntad era la suya?
No existía. Pero sí existía una gran necesidad de saber de él, de ayudarle, de consolarle, de decirle…
—Lorna —decía la voz de Omar.
Lorna se agitó.
—Tú… Lorna —repitió él quedamente—. Tú… —y como reaccionando—: Pasa, pasa… Ya ves cómo estoy. Me va pasando, pero tuve hasta temperatura alta. Creo que he delirado —como ella parecía inmóvil, mirándole, Omar asió sus dedos y tiró de ella y cerró la puerta—: Me da vergüenza que me veas así, en pijama. Espera que me vista. Oh, Lorna.
Apenas si había luz en el vestíbulo, pero ella le veía perfectamente. Vestía un pijama azul, y sobre él un batín corto de un crema algo confuso. Calzaba chinelas. Tenía el cabello negro y seco y se apreciaba en sus sienes prematuras hebras de plata…
—Lorna…
—No… no… debí venir.
Él tiraba de ella. La acercaba a su cuerpo.
—Debiste, debiste… ¡Oh, Lorna!
Y de súbito la apretó contra si. La apretó mucho.
—Lorna…
—Calla, calla —susurró—. Calla.
Callaba. Pero la besaba. En plena boca. Como una quemazón. Todo en ellos se agitaba, vibraba. Era distinto.
Allí todo era distinto. Sentía los labios de Omar gozando en los suyos, agitándose, transmitiéndole todo aquel anhelo contenido.
¿Cómo fue?
Nunca lo supo.
Más tarde recordaría sus propias palabras dichas días antes:
«Con amor, disculpo. Sin amor, condeno».
¿Qué había dicho?
Llegó a casa muy tarde. Tal vez las dos o las tres.
Sentía en su ser aquellos momentos vividos como una condenación y a la vez como la mayor plenitud de su vida.
Y sentía también una vergüenza y un pudor que parecían levantarla en vilo, pero al mismo tiempo, como si aquella comunicación física y psíquica fuera más fuerte que todo razonamiento y aclarara cada rebeldía interior, cada protesta ante si misma.
—Moni —llamó.
Sabía que estaba allí. Jamás antes su madre la había esperado. Pero es que jamás, antes, ella estuvo enamorada, y su madre lo sabía.
—Estoy aquí —dijo la voz apagada de Moni.
La buscó en la penumbra. Moni iba a saber. Nada más mirarla a los ojos, iba a saber. Pero, no. No sabría.
Ella ocultaría todo lo que sentía. Mirarla a su madre con alegría. Le mentiría. Sería la primera vez que le mentía a su madre, pero ella sabía que su madre necesitaba aquella mentira.
Su madre, si, prefería que le mintiese a conocer la verdad.
—Lorna… hoy has tardado más.
—Sí.
Le daba la espalda. Cosa rara, Moni no le pedía que le diera la cara, que la mirara.
Más se reafirmó en mentirle. En saber que su madre deseaba que le mintiese.
—Estuve… con un pintor nuevo. Me ha dado… la lata. Expondrá el mes próximo, y hemos estado cambiando impresiones y poniéndonos de acuerdo.
—Claro.
Buscó fuerzas donde no las tenía. Pero encontró un resquicio para decir con aparente naturalidad:
—Estoy rendida. Me… voy a la cama —y de súbito al descuido—: Supongo que Janet estará en casa.
—No está.
Se volvió como si miles de pinchos la impulsaran.
—¿No? ¿Dónde ha ido?
—Con Marta. Han venido las dos a eso de las diez. Marta se empeñó en que Janet se fuera con ella. Les di permiso.
—¿Está… muy disgustada por lo de… él?
Así. Como si las palabras le salieran de la boca a empujones. Tampoco Moni se dio por aludida. Pero si dijo con suma suavidad, ¡bendita mamá!:
—Menos de lo que se podía suponer. No sé si le duele el fracaso o el amor propio. Estoy por decir que más esto último. Pero nunca se sabe —y sin transición, como si deseara que se fuera cuanto antes—: Buenas noches, Lorna.
Se fue. Ligera a veces, otras parecía que arrastrando los pies.
Moni se quedó allí sola, dolida. Pensando que tenía que hacer algo.
¿Qué cosa?
Precipitar los acontecimientos. Ayudar a su hija, a Omar y a Janet. A los tres podía ayudar con ayudar sólo a uno.
Lloró.
Ella, tan serena para aceptar la realidad humana, lloró. Tal vez por aquella misma realidad humana que vivía Lorna…
Lorna siempre ignoró aquel silencioso llanto de su madre, que se agitaba en la soledad de sí misma y en la penumbra, oculto como un pecado.
No fue aquel día tan sólo. La fuerza íntima la empujó muchas veces. Era como su delito, y su purgatorio, y su goce más infinito.
Cuantos más días pasaban, más firme era la ansiedad, más se marginaba el deber y la responsabilidad.
Sólo a veces, en aquellos días que transcurrieron viéndose a solas, cuando volvía a casa y veía a Janet sentada a la mesa junto a su madre, se preguntaba qué tipo de mujer era ella.
¿Qué tenía de realidad? Toda. Pero era terrible aquella realidad que vivía.
¿Y si se fuera? Hace años, ¿cuántos?, que no realizaba un viaje.
Podía evadirse, luchar sola donde nadie la viera, doblegarse, buscar en la distancia el sedante a su pecado, a su dolor, a sus renuncias.
Pero también eso era duro.
Cuando oía a Janet decir:
—Tengo que ver a Omar. Saber qué le pasa. Al fin y al cabo, no se puede dejar así, sin más a una mujer con la cual pensaba casarse.
Entonces sí, entonces se hacía el firme propósito de renunciar a él, a aquellas citas clandestinas.
Pero cuando él lo notaba y notaba siempre su íntima inquietud, le decía al oído:
—Yo se lo diré. Te digo que se lo digo yo.
—Tú, no —gemía—. Tú no, no. Yo se lo diré.
Pero nunca llegaba el momento. Nunca se sentía con valor.
Vivía sus besos, sus caricias, su enloquecimiento.
¿Cuándo había cambiado ella? ¿Cuándo descubrió en ella que había otra mujer y que aquella mujer no tenía fuerza para negarse a aquel sentimiento que se gozaba en el otro sentimiento masculino?
¡Qué más daba! Existía. Estaba allí. Era real y humano y se vivía como tal. Se condenaba, pero se vivía.
Era como una necesidad. Como si aquella comunicación formara parte de su propia existencia.
Capítulo 22
Tal vez no lo notase si Moni no se lo advierte. Pero Moni se lo dijo:
—¿Te has fijado? Janet viene todos los días acompañada por Sean.
—¿Si?
—Lorna, a veces… pareces en las nubes.
Lo estaba. Moni lo sabía. Por mucho que ella quisiera disimularlo, Moni leía en ella, estaba segura.
—Se han hecho novios.
—¡Oh!
—Un día se casarán… cuando los dos terminen la carrera.
—Te lo ha dicho… Janet.
—No. Lo veo yo.
—Y…
—No ha vuelto a verle, al menos eso es lo que ella dice.
No intentó escudriñar. Le daba miedo. Por eso, cuando se vio con él en su apartamento aquel anochecer, se lo dijo. Como si se ahogara.
Omar sonrió. Le dijo a su vez, perdiéndose en su cuerpo:
—Estuve con ella.
—¿Qué?
—No te muevas.
Tenía que moverse. ¿No se daba cuenta Omar?
—Te lo pensaba decir. Sé lo que sufres por todo esto. Sé lo que doblegas tu amargura… Sé que estás conmigo y muchas veces no estás. Por eso tenía que arreglar esto.
Dio un salto.
Quedó jadeante. Tan impresionada que él corrió a su lado para sostenerla.
—Lorna…
—¿Cuándo? —parecía súbitamente enloquecida—. ¿Cuándo? ¿Qué le has dicho?
—Calma, cariño. No has visto aún a Janet. Yo la cité, la llamé y la cité. Estaba en casa de Marta. Por eso la cité a un lugar escondido. Hablamos.
—¡Oh, Omar!
—No llores, Lorna. Por favor, tranquilízate.
—¿Le has dicho lo nuestro? —llevaba las manos a la cara, la tapaba. Decía entre gemidos—: ¿Qué habrá pensado? ¿Qué dirá de mí? ¿Qué tipo de madre soy?
—Por favor, Lorna, amor mío, cállate ya. Déjame decirte…
—¿Decirme? ¿Es que se apagará mi terror con que me lo digas? ¿Y qué cosa me vas a decir? ¿No ves cómo me veo yo?
—Eres de una sensibilidad extrema, querida Lorna.
—No me toques —susurró—. Por Dios, no.
Tenía que tocarla. Tranquilizarla. La tomó en sus brazos y poco a poco, acariciándola, la fue tranquilizando.
—Janet se daba cuenta.
—¿Cuenta?
—Se la dio de que yo estaba enamorado de otra mujer.
—¿Qué le has dicho? ¿Que esa mujer era yo? ¿Que… nos vemos aquí?
—Le dije que me iba a casar con esa mujer.
—Oh…
—Que la amaba más que a mi vida.
—Omar…
—Que no podía prescindir de ella. Que cuando ella tuviera mi edad lo comprendería todo.
—No debiste decírselo. Yo… yo…
Logró llevarla al diván. Logró poco a poco tranquilizarla. Lorna sollozaba.
—No soy fuerte —decía angustiada—. No soy fuerte. ¿Qué cosa soy? ¿Qué cosa, que así me dejé llevar por mis instintos?
—No digas eso —la besaba en la boca. Ella callaba un rato, entretanto él la besaba—. Sientes un gran amor como lo siento yo. Los dos somos débiles y humanos. No somos capaces de dominarnos. ¿Puede alguien, amando así? Lorna, escucha, déjame decirte.
No quería saber. Le daba miedo.
Pero, de repente, Omar gritó, sujetándola fuerte:
—Le he dicho que la mujer que yo amo eres tú.
Pensó que se le escapaba. Que intentaba tirarse por la ventana. Hubo de sujetarla entre sus brazos y besarla y acariciarla y hablarle muy bajo. Bajísimo, persuasivo, estremecedoramente amoroso.
—Janet me condenaría —susurró ya más calmada, pero inmensamente dolida—. Diría…
—No ha dicho nada.
—¿Nada?
—Sólo que comprendía.
—¿Le hablaste de… de… nuestras últimas citas?
—Lorna…
—Di, di —otra vez parecía enloquecerse.
—No, cariño. Le dije que nos íbamos a casar hoy mismo. Que se hiciera cargo de la sala de arte. Que tú y yo nos íbamos.
—Omar…
—Y ella sonreía. ¡Si vieras cómo sonreía!
Se escapaba de sus brazos.
—Lorna, ¿adónde vas?
—A verla. A decirle… ¿Qué le digo, Omar? ¿Qué puedo decirle yo a mi hija que justifique esto mío, esta debilidad que siento por ti?
La alcanzó en la puerta.
—Voy contigo —dijo resuelto—. A estas horas tu madre ya sabe también. Janet se lo habrá dicho.
¿Su madre? ¿Pero es que Omar creía que su madre era ciega? ¿Qué madre que ama a su hija es ciega?
—Lorna, te ruego que me dejes poner la americana. Voy contigo.
—No. Para esto tengo que ir sola. Tengo que decirle a Janet… que no me di cuenta. Que no supe cómo ocurría. Que ocurrió sin darme cuenta… No sé, no sé lo que le diré.
—Espera.
No esperaba. Quería ver a solas a su hija. Justificarse si podía. Pero… ¿podía?
Ella sabía que no podía, que había faltado, que estaba faltando, que por Omar faltaría toda la vida.
Salió corriendo. Oía la voz de Omar llamándola. Pero ella no esperaba. No podía. Cuando llegó a su casa, Janet acababa de llegar.
Nada más ver a su madre, feliz corrió hacia ella. Lorna se quedó paralizada y Moni debía de saber ya. Las miraba a las dos como si de súbito recobrara la paz perdida.
—Mamá, Omar me dijo… Me dijo cuánto os queríais. Que os casabais hoy. Mamá, me alegro. Me alegro mucho, mamá.
Le llamaba mamá.
Parecía estar más cerca de ella. Si tenía hijos con Omar jamás permitiría que le llamaran por su nombre. Aquel mamá llegaba al alma.
—Mamá, no dices nada —miró en torno—. ¿Dónde está Omar? Te ama mucho…
Omar entró jadeante. Miró a todas partes. Después de contemplar por un segundo el cuadro formado por madre e hija, fue hacia Moni. Le besó la mano y luego la mejilla.
—Se lo he dicho a Janet —susurró—. Tenía que decírselo. Lorna sufría. Yo no podía con el sufrimiento de Lorna.
—Lo comprendo, Omar —susurró a su vez Moni con voz temblona—. Ya me lo ha dicho Janet.
—Lorna piensa que Janet sufre. Pero Janet ya anda acompañada. Janet tiene derecho a ser feliz con un hombre de su época, de su temple. Ya sabe, Moni.
—Sé, Omar. Janet dice que os casáis hoy. Que marcháis hoy mismo.
—Si, así es.
Y sonriente fue al lado de las dos mujeres. Las asió por los hombros a las dos. Las miró primero a una y luego a otra.
—¿Qué? ¿Te has tranquilizado ya de una vez, Lorna?
Lorna respiraba hondo. Muy hondo.
Su rostro tenía expresión plácida. Tranquila. Una gran paz la inundaba.
—Me quedaré en tu lugar, mamá. Me ayudará Sean…
Sintió los dedos de Omar en su hombro. Le comunicaba su ternura, su ansiedad. La que ella sentía. La que a solas le comunicaba siempre. La que no podía comunicarle en aquel momento.
Pero alzó sus dedos y los puso sobre los de Omar.
Y se quedó así. Silenciosa, sintiendo dentro de ella de nuevo la serenidad, el equilibrio.
Capítulo 23
Pero después, no. Estaba con él. Era su esposa. Su mujer. Su mujer plenamente, con todos los derechos que concede el matrimonio.
Solos ambos en un hotel de Norfolk. Ni el piso de él ni la casa de ella.
Un terreno neutral, y él reía. La veía menguada dominando su temperamento.
¿De qué le servía?
Él la conocía. Conocía su fogosidad, su vehemencia, su locura para quererlo.
—Expansiónate —le decía Omar acariciándola dulcemente—. Puedes. Eres mi mujer. Al fin todas las pesadillas han desaparecido. Estamos aquí con todos los derechos y mañana nos iremos. ¿Por cuánto tiempo? No sé. ¡Qué más da! Por el tiempo que sea, el que necesitemos los dos.
Se arrebujaba contra él, le pasaba los brazos por el cuello, le decía a media voz perdiendo sus labios en los suyos.
—Es que nadie llegó a mí como tú. Tú, si. Es como si… como si…
Amanecía. No terminaba la frase. Omar no la dejaba.
Le susurraba quedamente:
—¿Eres feliz? Di, di. ¿Lo eres?
No podía decírselo. Pero se lo demostraba.
Y Omar parecía perder el sentido con ella y vivía aquella intensidad apasionante, inigualable.
En su casa, allá en el chalecito, Janet se ponía grave y decía a su abuela:
—Moni, ¿dónde andarán? Apuesto a que habrán llegado a Florida.
Moni conocía a su hija y creía conocer a Omar. Pero no dijo que sospechaba que no habían salido de Norfolk.
Janet añadió quedamente:
—Me gusta Sean. Me sigue gustando. Pero no pienso casarme hasta terminar la carrera. Si Sean no quiere esperar por mi, peor para él.
En el hotel desconocido, una pareja conocida vivía.
Vivía intensamente su noche de bodas.
Su noche, que era su noche de verdad. Sin trabas, sin preocupaciones, sin remordimientos.
Fin
El novio de mi hija (1983)
Título Original: El novio de mi hija
Editorial: Bruguera
Sello / Colección: Corín Tellado 10
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Omar Boyle y Lorna Jayston