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mayo 06, 2012

Durante medio siglo, los aficionados de todo el orbe al deporte de la vela en aguas profundas han puesto a prueba su ingenio y destreza, su valor, su resistencia, en la Copa del Reto Fastnet, considerada por muchos como el máximo galardón en carreras de océano.
La ruta de 605 millas náuticas (1.120 kilómetros) que parte de la isla inglesa de Wight, llega al sur de Irlanda y vuelve hasta Plymouth, tiene fama por lo impetuoso del mar y por sus demoniacas condiciones, pero en toda su existencia no había cobrado más que una vida (1931), y eso por culpa del mal tiempo. No obstante, hace apenas 13 meses, una horrenda tempestad proveniente del Atlántico convirtió la vigésima octava carrera clásica bienal en el mayor desastre de la historia de este deporte. Y allí, en el mar Céltico, quedó para siempre un sabor a tragedia, a triunfo, a heroísmo.
Por Andrew Jones
Foto de la portadilla © Louis KrukEl 13 de agosto de 1979, el queche Morningtown, que daba servicio de radio frente a Land's End, el extremo sudoccidental de Inglaterra, salía y entraba pausadamente en algunos lunares de niebla mañanera, sumergiéndose y resurgiendo en el oleaje oceánico. El equipo informaba la posición de los participantes en la carrera de 605 millas náuticas en torno de la Roca de Fastnet, al sur de la costa irlandesa. Trescientos tres veleros, los mejores y más rápidos del mundo, debían doblar Land's End antes de salir del Canal de la Mancha y entrar al mar Céltico (también conocido como Contornos Occidentales).
Las embarcaciones mayores, las de la Clase Cero —de hasta 21 metros de eslora— y muchas de la Clase I, habían traspuesto ese punto la noche anterior e iban ya camino a Fastnet. Unas cuantas más habían doblado el cabo a la luz de la Luna en cuarto creciente. Entonces el viento amainó, la niebla se extendió y la mayoría de las naves de las clases II, III, IV y V quedaron quietas en la bruma y con las velas colgando lánguidamente, mientras las silenciosas corrientes marinas las arrastraban en todas direcciones. Aquello parecía más bien una competición de naves a la deriva.La carrera se había iniciado con brillantez dos días antes frente a la isla de Wight, 185 millas náuticas (342 kilómetros) al este, con viento constante del oeste. Era el clímax de la regata de yates más famosa del mundo, la Semana de Cowes. En el Solent, el estrecho que separa la isla de Gran Bretaña de la isla de Wight, se habían concentrado los botes de los espectadores. El ruido de sus bocinas y sirenas apagaba casi los disparos con que 21 cañones de bronce anunciaban la salida desde una de las almenas del castillo de Cowes, sede del Escuadrón Real de Yates. Desde allí hasta Southampton, el Solent estaba invadido de vistosas velas blancas. En el transcurso de una hora seis clases de embarcaciones, una tras otra, habían navegado de bolina hacia la línea de partida, la habían traspuesto al dar la señal el cañón, e iniciado velozmente su carrera.Las mayores tomaron la delantera y poco después se perfilaban ya hacia el Canal o navegaban muy cerca de la costa, con la esperanza de entrar en las bahías y salir de la corriente más fuerte cuando la marea fuera desfavorable.La tripulación del Morningtown había avistado el día anterior dos de esas embarcaciones a la hora del crepúsculo: el balandro australiano Siska y el hermoso Condor of Bermuda, de casco de caoba. Iba también con los punteros el Tenacious, pilotado por el norteamericano Ted Turner, magnate de la televisión, ganador en 1977 de la serie de carreras de la Copa de América correspondiente a naves de 12 metros de eslora, y considerado por muchos como el mejor manipulador de yates del mundo. Para esta carrera Turner había reunido una tripulación inmejorable de marineros de cubierta y de tácticos que —con excepción de Jane Potts, la cocinera del barco— habían navegado con él durante muchos años.En la víspera de la iniciación de la carrera, la Oficina Meteorológica Central de Bracknell había augurado para el fin de semana vientos leves que cobrarían fuerza el lunes y el martes. Una masa de baja presión avanzaba desde Terranova hacia el este a través del Atlántico. Se acercaba aprisa, pero era de depresión leve, lo que indicaba que pasaría por los Contornos Occidentales y las Islas Británicas con el mínimo de turbulencia y con brisas favorables a la navegación.Si el viento resultaba propicio, las primeras embarcaciones llegarían a su destino quizá en el transcurso del cuarto día. En 1971 Ted Turner había establecido la mejor marca de la ruta en su American Eagle: había cubierto la distancia en un tiempo no corregido de 79 horas, 11 minutos y 48 segundos; y ahora quería superarse.Pero el tiempo no cooperaba. Esa mañana muchas naves esperaban la brisa frente a Land's End y recibían los lúgubres sonidos de la costa, oculta en la niebla. Se oían gritos, risas y hasta uno que otro trozo de canción.Más tarde, algunos marineros observarían la mar tendida, con oleaje largo y continuo, lo cual generalmente prenuncia perturbaciones del tiempo. Pero, ¿quién iba a ver desastre en aquella quietud?SE NECESITARA UNA TRAGEDIA
COMO EN años anteriores, la flota se dividiría en dos: 54 naves no sólo competían por la Copa Fastnet, sino también por la prestigiosa Copa del Almirante; y las 249 restantes, únicamente en la Fastnet.
Esta se realizó por primera vez en 1925, con una flota de siete competidores, y desde entonces se efectúa cada dos años. Puede participar en ella quienquiera que posea un bote de 21 pies (6,40 metros) de eslora, o más. Esta competición es también la etapa quinta y final en la serie de la Copa del Almirante, inaugurada en 1957. Cada país entra en un equipo de tres embarcaciones; las reglas ponderan de tal modo la puntuación que ningún equipo puede sacar ventaja suficiente como para declararse campeón sin necesidad de la Fastnet.En menos de dos decenios la Copa del Almirante revolucionó el deporte de la vela y las industrias que lo apoyan. Gente acaudalada de todo el mundo empezó de la noche a la mañana a hacer pedidos de barcos veloces —cuyo costo asciende hasta 250.000 dólares cada uno—, y a reunir tripulaciones experimentadas. Los diseñadores y constructores han recurrido a materiales exóticos de la era espacial para dar a sus obras ligereza y rapidez.Uno de esos diseñadores jóvenes de éxito, el neozelandés Ron Holland, se hallaba ese día a bordo del Golden Apple of the Sun, nave irlandesa de 43 pies (13,10 metros) de eslora, resultado de su propio diseño. El timón de fibra de carbono del Apple es una de las innovaciones más controvertidas en la construcción de yates. Algunos de estos timones se habían roto en carreras anteriores. Holland los reconstruyó en su totalidad con aluminio, y los pedidos inundaron su taller. En esos momentos unas 40 de sus naves competían en la carrera, y de ellas seis lucían aún timón de fibra de carbono."Debemos poner a prueba los materiales nuevos", insistía Holland. "Hay que buscar combinaciones que den celeridad y fuerza". Negó los cargos de que sus diseños eran "radicales". "Todo necesita hacerse por primera vez", sostenía. "Se trata sencillamente de reunirlo".Con las nuevas naves oceánicas de carrera, la velocidad misma se convertía en un problema. Un velero puede alcanzar determinada velocidad sin volverse ingobernable. Por ejemplo, al soplar vientos fuertes, una tripulación inexperta o demasiado ansiosa tiende a izar en los mástiles más vela de la prudente, y entonces la nave describe innumerables giros peligrosos, se levanta sobre la cresta de una ola, cae en un horrible viraje y sepulta su proa en el mar, lo cual hace que se incline por la banda y se pegue al agua.Varias revistas especializadas condenan la sicología de ganar a toda costa, porque creen que lleva a prescindir de la pericia en el gobierno sensato de una nave. A guisa de amonestación, la Guía Oficial correspondiente a la Copa del Almirante de 1979 incluía un artículo acerca de ese punto. Ted Turner unió su voz al coro de protestas: "Habrá pronto una tragedia", barruntó, "y entonces se tomarán medidas de seguridad. Pero se necesitará primero una tragedia".No obstante, entre la fraternidad de los aficionados a la navegación a vela el espíritu de competencia es tan fuerte como la marea. Hace varios años, un veterano de la Copa dijo claramente que "ganar no es todo, pero perder es nada".FRENTE a Land's End, Charles Bentley, al timón del bote canadiense Magistri, estudiaba las formaciones de nubes hacia el oeste. Era uno de los competidores más entusiastas. Quería viento y casi lo veía llegar. Hablando con calma, como si se dirigiera a sí mismo, comentó: "Las nubes se ennegrecen; el agua se ennegrece. Parece que viene el mal tiempo".Al cabo de una hora se sintió una ligera brisa del sudoeste. A bordo del Ariadne, de 35 pies (10,66 metros) de eslora, propiedad de Frank Ferris, norteamericano residente en Londres, la tripulación se afanaba por izar la enorme vela triangular que se emplea cuando el viento arremete por atrás de la manga de la nave, es decir, de un arco de 180 grados en torno a la popa.Todos los marineros se hallaban en cubierta, nerviosos al ver que se henchía de aire la vela, que se erguía y levantaba la nave sin esfuerzo, y que el viento la llevaba, rozando el agua, hacia la costa de Irlanda. Mathew Hunt, de 19 años, daba vueltas a una cabria en la cámara. Estaba en espera de noticias, pues había solicitado ser admitido en el Hospital de la Facultad de Medicina de Saint Bartholomew para otoño. Había navegado toda la temporada en el Ariadne en carreras costeras, pero esta era la primera vez que participaba en la Copa Fastnet. Su padre, cirujano del Hospital Colchester, se hallaba en la neblina a bordo del Morningtown.En algún momento Mathew sintió que su bote cobraba velocidad, notó el ligero levantamiento de la proa y oyó el gorgoteo del mar por los flancos; entonces experimentó el hondo placer que ha sentido hasta el último marino cuando su nave recibe sin mayor esfuerzo una brisa pujante.La flota entera se puso en marcha. Al disiparse la niebla, cada embarcación pudo distinguir a sus vecinos y ver el mar soleado salpicarse de velas triangulares de vivos colores al amparo del Sol.En el transcurso de las tres horas siguientes el viento se avivó a paso lento, pero sin cejar. De no ser por unos cuantos cirros, el firmamento estaría limpio.Casi al mediodía, el Kialoa, que iba en punta, dobló la Roca de Fastnet y enderezó las velas para volver a barlovento hacia las islas Scilly.El casco del Candor of Bermuda había desaparecido ya en el horizonte y el Siska bregaba unas cuantas millas detrás.Entre tanto, los meteorólogos de Bracknell vigilaban la depresión que había cruzado el Atlántico y entraba en la zona. Parecía que una masa de aire caliente procedente de las Antillas iba a chocar con otra de aire frío que descendía de Islandia, lo cual formaría un frente. El sistema de baja presión perdía velocidad y se volvía profundo, con los consiguientes vientos fuertes. Bracknell interpretó todos esos datos y comunicó los resultados a la British Broadcasting Corporation (BBC), que transmitía el pronóstico del tiempo a las 13:55 horas. Llegado el momento, el locutor pronunció como si tal una frase de enorme trascendencia para los que escuchaban a bordo de sus respectivos yates en los Contornos Occidentales: "Tempestad del sudoeste, de fuerza 8, inminente".
CENA A TODA PRISA
MANTENIENDO el equilibrio en la cocina del Tenacious, Jane Potts escuchó el pronóstico y se preguntó en qué iban a acabar sus planes para la cena. Pensaba preparar asado de carne para las dos guardias de marineros.
Ella había pasado ya por una tormenta similar. En la escala de Beaufort, por fuerza 8 se entiende vientos de más de 65 k.p.h., y mayores en las rachas; por fuerza 9, galerna violenta con vientos de 80 k.p.h.y olas de más de seis metros; por fuerza 10, tempestad con vientos de 95 k.p.h. y más. A partir de allí... ni pensarlo.Hacía ya una semana que Jane había planeado cuidadosamente cada comida, comprado las provisiones necesarias y guardado las mismas bajo cubierta. Conocía bien el barco y a sus tripulantes. Su hermano Rives formaba siempre parte del equipo de carrera del Tenacious y ella había estado a bordo con frecuencia. Alguien le había propuesto el trabajo de cocinera durante la carrera de Fastnet, y por eso estaba allí.El navegador Peter Bowker se levantó de su mesa de cartas marinas y aconsejó a Jane que preparara la cena un poco antes de lo normal a fin de que la tripulación pudiera, aprovechando la última luz del día, asegurar la nave en caso de tormenta. La chica oyó los gritos en cubierta cuando una de las naves grandes dobló la Roca y pasó velozmente impulsada por el viento; era el Condor o el Kialoa.Jane conocía a la tripulación de ambas naves. La del Condor estaba compuesta de neozelandeses, de británicos y de un australiano. Se decía que eran los favoritos de la carrera porque habían trabajado juntos durante el último año y porque habían dado la vuelta al mundo en el Condor arrostrando un clima muy poco benévolo. Y todo hacía pensar que esa noche se sentirían en su elemento, pues les encantaban las tormentas.Pocos minutos después de las 7 Turner llamó a cubierta a los tripulantes. Jane vio por la escotilla algo que todos recordarían el resto de sus días: el faro de Fastnet, austero y elegante en su peñón de agudas aristas. Las olas, enormes, se estrellaban contra él, trepaban por sus costados y retrocedían luego lentamente.Para asombro general, varios botes habían salido de la costa de Irlanda y se habían adentrado en el mar a fin de observar a los veleros cuando dieran vuelta a la Roca. Turner ahuecó las manos y contra el viento hizo a gritos esta importantísima pregunta:—¿Cuántas naves van delante de nosotros?—Cuatro —le respondieron.Había motivo de alegría, pues se hallaban aún cerca de las mayores. Cada bote tenía una ventaja de tiempo con base en la longitud del casco, el área de la vela y varios otros factores. Las naves, cuanto más grandes, menos margen de tiempo tenían; es decir, que si el Tenacious se mantenía a poca distancia de ellos, podrían ganar la carrera con tiempo corregido, el único que importaba.El día oscurecía de prisa. Jane olvidó transitoriamente la cena y se embebeció mirando pasar la nave por la Roca e iniciar su viraje hacia el viento. Al instante todo se volvió movimiento en cubierta, como una coreografía de hombres que realizaban con presteza un trabajo muy bien ensayado.Entre el ruido que arrancaba el viento a las cabrias, a las drizas, a las cuerdas de las velas, el foque conocido como Génova se infló con un crujido e inclinó al bote sobre una de sus bordas. Turner, al timón, puso rumbo hacia las islas Scilly, 155 millas náuticas (287 kilómetros) al sudeste.Los problemas de Jane bajo cubierta se acercaban al grado en que sólo le quedaba torcer las manos. La estufa estaba montada en unos balancines que tal vez la mantendrían a nivel por mucho que el barco se encabritara y se estremeciera. Había allí un adminículo de dudosa utilidad, llamado "correa de cocina", que se hacía pasar por debajo de la cadera para sostenerse en un ángulo de 45 grados. ¿Pero qué mantendría el asado en su lugar?Mientras los comensales del primer turno ocupaban sus lugares a lo mesa, Jane y Bowker sacaron del horno el trozo de carne y lo colocaron en la tabla de trinchar. De repente, una ola gigantesca levantó la embarcación y la sacudió. Los platos y los cubiertos volaron de la mesa; el asado salió en una dirección; los guisantes, setas y papas, en otra. Jane y Bowker intercambiaron miradas y soltaron la risa.Pero la cena se salvó y todos saborearon su alimento caliente. Por suerte, ya que necesitarían abundante energía y calor en el cuerpo antes que muriera la noche.PELIGRO DE COLISION
EN UN intento de reconstruir el desastre del mar de Céltico, se han establecido algunos hechos y confirmado ciertas suposiciones; sin embargo, muchas otras siguen sin respuesta y acaso nunca la tengan. Se acusó a la Oficina Meteorológica Central de no informar a la gente acerca de la tormenta que se avecinaba; en realidad, la BBC dio aviso del peligro a las 5:50 de la tarde, pero la Oficina Meteorológica no lo recogió sino hasta las 6:30, cuando muchos yates habían desconectado ya sus radios con el propósito de ahorrar baterías. A las 10:45 se emitió una tercera advertencia, sin duda muy alarmante : "Fuerte tormenta del sudoeste, de fuerza 9, crece a tempestad de fuerza 10".
Desgraciadamente aquel aviso aprovechaba muy poco a la mayoría de los veleros, demasiado retirados ya de la costa para buscar puerto.El despliegue de la flota creó un nuevo problema. Cuando empezó a oscurecer, casi todos los grandes iban ya hacia Land's End. Los yates más pequeños seguían a los mayores en una larga hilera, enfilando todavía hacia el viraje. El viento obligaba a los grandes a apartarse de su derrotero y los llevaba directamente hacia la ruta de los menores. Esta situación de pesadilla se adivina entre las líneas del cuaderno de bitácora del Condor.A la hora del crepúsculo el Condor bregaba a 70 millas náuticas de Fastnet. Su capitán, el neozelandés Peter Blake, lo conducía a todo lo que daba. La tripulación, descansada y bien alimentada, se proponía alcanzar a su archirrival, el Kialoa, que encabezaba a la flota y había doblado hacía casi una hora.De repente, los del Condor vieron en la negrura un par de luces de navegación. Se acercaban de frente a otra nave casi a la velocidad máxima. Para colmo de males, sólo podían ver las lucecitas cuando subían a la cresta de una ola, y aun sí por un instante. Acaso el otro timonel había a su vez visto las luces de ellos, pero ¿hacia qué lado se desviaría para evitar la colisión ?Pasó un momento y no volvieron a ver las luces. Se habían cruzado en las tinieblas, casi rozando. Al comprender que probablemente se hallaban en la corriente principal del tránsito, Blake y sus hombres no tenían más salida que aligerar velamen y avanzar de prisa sin perder de vista el oleaje.Alrededor de las 2 de la madrugada, uno de los tripulantes del Condor creyó ver en el cielo una señal luminosa de auxilio. La primera regla de las carreras oceánicas establece que cuando un yate necesita ayuda, la carrera termina —o, por lo menos, se pospone— para los contendientes cercanos a la nave en aprietos (la Fastnet concede una amplia ventaja en este tipo de circunstancias). Peter Blake sintonizó la radio a la banda de urgencia y de inmediato recogió la señal del Magic, de la clase V, los más pequeños de la flota. El Magic dio su posición y aclaró que no se hallaba realmente en peligro. Había perdido el gobernalle y las olas lo zarandeaban; pero sólo quería avisar al servicio de guardacostas que, de empeorar el tiempo, su situación se agravaría. No habían logrado comunicarse con ninguna estación de tierra.Así pues, el Condor trasmitió a Land's End la posición del Magic, y el oficial de servicio repuso que pondría alerta a todos los barcos de la zona, y que daría aviso a la estación de la Real Institución Nacional de Botes Salvavidas. Peter Blake ordenó estirar las velas y volver a la carrera.
El Tenacious dobla el faro de Fastnet con el capitán Ted Turner al timón.COMPAÑERO EN DIFICULTADES
NO LEJOS de allí brilló en el cielo otra luz roja de bengala. La habían disparado desde una balsa salvavidas ocho hombres que acababan de abandonar el Trophy, alcanzado en la popa por una ola gigantesca. En vista de que se había roto el timón y de que no había modo de gobernar la nave, el propietario y capitán de la misma, Alan Bartlett, determinó dejarla flotar de través (de costado al oleaje) y enviar a cinco de sus hombres a dormir en tanto que él y otros dos permanecían en la parte baja de popa.
A eso de la una de la madrugada, otra banda descomunal volcó el yate lanzando de sus literas a los marineros. La quilla quedó bamboleándose al aire sin ton ni son.Poco después se enderezó la embarcación, pero el mástil se había arqueado mucho. Bartlett fue a dar al agua y se necesitaron seis brazos para volverlo a bordo. Consciente de que si la siguiente ola tiraba a más de un hombre, muy probablemente no consiguieran rescatarlos, el capitán y su gente recurrieron a la luz de bengala y a la balsa salvavidas. Dos veces se volcó esta y dos veces lograron rectificarla, hasta que en algún momento se partió en dos, y entonces quedaron a merced de las olas.Unas cuantas millas al oeste subió otra señal luminosa. La vio Peter Phillips, que hacía su guardia al timón del Fair Judgement. Una hora antes, él y David Dillistone, propietario y patrón de la nave, habían ordenado arriar todas las velas a fin de capear la tormenta a palo seco y reanudar la carrera hacia la Roca de Fastnet apenas amainara el viento. Phillips llamó a cubierta a David, al timonel Bob Brinton y a los cuatro estudiantes que componían la tripulación.—¡Compañero en dificultades a barlovento! —gritó—. Izaremos algo de vela e iremos a ver.Llegaron tras dos horas de navegar con foque de tormenta y vela mayor arrizada, y después de resistir la embestida de mil olas; pero poco podían ver, pues el viento levantaba capas de rocío que daban contra las velas y los ojos, cual si fueran de arena. No obstante, el Fair Judgement venció olas de nueve y hasta diez metros.Había algo asombroso en todo aquello, y es que el cielo estaba limpio y lleno de estrellas... lo cual hizo pensar a Peter en el ojo de un huracán. De buenas a primeras Phillips vio un bulto negro a sotavento.—¡Un casco sin mástil! —gritó.Y allí estaba la nave herida, sin un solo indicio de vida.Trataba aún de imaginar lo que le podría haber ocurrido a la tripulación cuando el monstruo en que el mar se había convertido arremetió contra ellos. Golpeó al yate de través, lo inclinó sobre la manga y arrojó a la tripulación por toda la parte baja de la popa. El Fair Judgement, acostado, se deslizaba por la cara de la ola. Se enderezó por fin y los tripulantes pudieron entonces levantarse y tratar de ver dónde andaban. El mar los había arrastrado como un cuarto de milla del casco que acababan de descubrir. Puesto que la tripulación de esa nave no estaba ya en ella, Peter y David decidieron mantenerse a distancia y arriar las velas. Intentarían una vez más mantenerse a palo seco, pero el oleaje había adquirido ya demasiada fuerza. Nada podían hacer que no fuera presentar la popa y huir con el viento.Justo en ese momento el Tenacious arrostraba el mismo problema que el Condor dos horas antes. Desde una litera de proa, Jane Potts escuchó algunas voces de cubierta: "Bote enfrente. Cambiar de rumbo, ¡cambiar de rumbo!" Por primera vez en las sesenta y tantas horas de marcaje, la chica se preguntó qué hacía allí.Era ya medianoche y no lograba conciliar el sueño. Seguían llegando a sus oídos las inquietantes advertencias del vigía de proa. No sabía si debía ponerse el chaleco salvavidas. El agua del mar Céltico bien podía provocar hipotermia, dolorosísimo descenso de la temperatura corporal que suele matar en cuestión de minutos. Pero cayó en la cuenta de que probablemente no terminaría en el agua si chocaban con otro bote, pues quedaría aplastada en la proa misma y convertida en pulpa. Pensó en ir a popa y ocupar una litera en la manga, pero los marineros que no estaban de guardia se encontraban allí tratando de dormir. Luchó por ordenar sus pensamientos.Pocos minutos después oyó el cambio de guardia. Turner irradiaba felicidad; cuando el viento rugía con mayor furor, él le contestaba a gritos. Al aparecer en la escalera de cámara Gary Jobson, el timonel suplente, el capitán gritó con su voz nasal, monótona:—¡Quítate el sombrero, Jobson! ¡Tienes que oír el viento!Muy bien, discurrió entonces ella. Tenemos al mejor capitán y acaso la mejor tripulación y el mejor barco. Estamos haciendo lo más que puede hacerse en estas circunstancias.Soltó la mampara, se volteó y se quedó dormida.INMINENTE PELIGRO
DESDE la Segunda Guerra Mundial, la Real Fuerza Aérea (RFA) ha tenido en Plymouth un Centro de Coordinación de Salvamento. A las 3:16 de la madrugada del martes sonó el teléfono en ese centro. Era el oficial de guardia de los guardacostas de Land's End, quien informaba escuetamente que varios yates se hallaban en apuros en el mar. Se estaban botando varios barcos salvavidas en las islas Scilly, en Cornualles y en la costa sur de Irlanda. El teniente de vuelo Peter Byrne-Burns llamó inmediatamente a la base de la RFA en Kinloss (Escocia). A las 4:34 ordenó que un Nimrod, reactor tetramotor contra submarinos, que podía realizar también trabajos de exploración, fuese preparado para emprender el vuelo en cuanto rompiese el día.
A continuación la Real Estación Aeronaval de Culdrose, en Cornualles, le informó que ya tenían en el aire un helicóptero Wessex. Oficialmente, Culdrose no daba servicio durante el mes de agosto, pero estaban llamando a cuanto hombre con licencia podían localizar. A más del buque escolta de la carrera —la fragata Overijssel, de la Armada holandesa— que se hallaba ya en su lugar en el mar Céltico, seis naves británicas recibieron órdenes de acudir a esa zona. Así dio principio la operación de salvamento más grande y eficaz de tiempo de paz en la historia del mar.A las 5 de la mañana la tripulación del Nimrod de Kinloss recibió instrucciones, y cuando empezaba a amanecer llegó a la zona de la búsqueda en tanto la tripulación del helicóptero se preparaba en Culdrose. El Nimrod habría de sobrevolar 10.000 millas cuadradas (25.900 kilómetros cuadrados) de prisa y a gran altura, enviaría informes por radio y señalaría la posición de los barcos que estuvieran en aprietos.Los helicópteros volarían más bajo y despacio. Uno de los primeros en llegar fue un Wessex 5 del Escuadrón 771. En él iban el piloto Albie Fox, el tripulante aéreo Gordon Rae y el buzo Lawrence Slater. Al entrar en la tempestad, el aparato avanzaba escasamente a 30 millas aéreas por hora. Adelante y abajo de ellos el cielo negreaba y el mar hervía con desesperación.Se acercaba el helicóptero a una posición que le había señalado por radio un helicóptero Sea King cuando, de improviso, justo debajo de él apareció un yate empujado por la popa al mar abierto, con todo el cordaje a rastras con el objeto de aminorar su carrera. Varios rostros pálidos fijaban la vista en el helicóptero desde la nave. En la popa se leía: Camargue.Puesto que el viento sacudía el mástil sin piedad, resultaba imposible efectuar el salvamento revoloteando sobre el bote. Por señas logró Gordon Rae indicar a los del yate que saltaran uno por uno al agua, desde donde los izarían por medio de un cable. Slater saltó al mar con su traje de buceo y su máscara.A bordo del yate se notaba cierto titubeo, hasta que el capitán empezó a empujar a sus hombres al agua. Allí los náufragos debían apartar la cara del viento, pues la rociada de las olas podía sofocarlos en un instante. Al llegar cada uno cerca de Slater, este los enganchaba en la eslinga del cable y Rae los izaba desde la portezuela del helicóptero. Fox, por su parte, necesitaba mantener una velocidad de 60 millas por hora a fin de seguir en la misma posición, y al mismo tiempo debía levantar repetidas veces el frente del aparato para evitar que las olas mayores lo tocaran. Antes de una hora volaban ya los once hacia Culdrose.Entre tanto, el Dr. Sandy Hunt experimentó una enorme angustia a bordo del barco Morningtown: alguien informaba que habían visto al Ariadne flotar a la deriva, desarbolado y solo. ¡Su hijo Mathew iba en él! Luego se captó un mensaje en la barahúnda de la radio: que un barco irlandés de patrulla había recogido a dos tripulantes del Ariadne. El capitán Rodney Hill se comunicó desesperadamente con la nave irlandesa y preguntó si se hallaba a bordo una persona de apellido Hunt. Transcurrió un silencio de agonía.—No tenemos a bordo a nadie que lleve ese nombre —repuso al fin una voz.HELADO, PERO CON VIDA
POR SUERTE, la realidad era muy distinta. En esos momentos Mathew Hunt y otros cuatro sobrevivientes del Ariadne estaban acurrucados en una balsa salvavidas en algún lugar del océano. En el Centro de Coordinación de Salvamento, en Plymouth, no se podía hacer más de lo que hacían el comandante de vuelo Derek Larkin y sus ayudantes por desenmarañar la andanada de llamadas de auxilio procedentes del mar, ponerse al corriente de los informes que enviaban los aviones Nimrod, los helicópteros y los barcos respecto a la posición de los yates; y ordenar un poco la operación de salvamento. Quienes llegaban a tierra firme debían contestar a una serie de preguntas: ¿Qué les había ocurrido exactamente? ¿ Habían visto otros yates? ¿Qué informes podían dar que sirvieran de algo a los grupos de salvamento?
Empezaban a conocerse algunos detalles. La ola que había tirado de costado al Camargue y arrojado al océano a cuatro miembros de la dotación, le arrancó el reloj de la muñeca a Arthur Moss, el capitán. En ese instante Moss vio pasar flotando de costado a su timonel, que aún sujetaba con firmeza la rueda del timón, partido desde la base. Afortunadamente no se reventaron los arneses de seguridad y los cabos salvavidas, de modo que todos pudieron trepar a bordo sin más percances.La historia del Ariadne no tuvo un final tan feliz. A medianoche el capitán Frank Ferris decidió abandonar la carrera y dejar que la embarcación navegara a palo seco. Un poco más tarde, Hunt, que descansaba bajo cubierta, sintió que la nave se alzaba por la popa y volaba furiosamente en un movimiento espiral que habría de arrancar el mástil del casco.Cuando el bote se enderezó, el agua les llegaba al pecho a los hombres que estaban en la cámara, y Bill Le Fevre tenía una cortada en la cabeza. En seguida pusieron a funcionar la bomba de sentina y se organizaron para sacar con cubetas el agua de la cámara.A eso de las 5 de la mañana volvieron a zozobrar. En esa ocasión, Frank Ferris, David Crisp y Bob Robie cayeron fuera de la borda. Los dos primeros se salvaron gracias a las cuerdas de sus salvavidas, pero a Robie se le habían trozado. Sus compañeros lo vieron flotar en la cresta de una ola, a unos 30 metros de la nave. El rugido de la tormenta no les permitía oír, y sólo alcanzaron a distinguirlo una vez más, fugazmente. Jamás volvieron a verlo. Temeroso de que el yate volviera a voltearse, Ferris ordenó pasar a la balsa salvavidas.Poco después dispararon una luz de bengala y recibieron respuesta de un barco que navegaba con el viento y que tardó una media hora en maniobrar a barlovento de la balsa. Para entonces esta se había volteado de nuevo; los náufragos estaban en el agua agarrados a lo que debía ser el fondo de la balsa.Exhausto, debilitado por la hipotermia y apenas consciente, Mathew sentía sobre él la presencia del barco en un océano algo calmado, a sotavento. Alcanzaba a oír algunos gritos en un idiomá extranjero. Los del barco soltaron una escalerilla. Rob Gilders la sujetó y, echando mano de sus últimas fuerzas, subió a cubierta. Frank Ferris ascendió un par de peldaños, desfalleció y volvió al mar. Bill Le Fevre trató entonces de salvarse, pero tampoco le quedaban fuerzas. Mathew lo vio sacudirse y alejarse hacia el bravío oleaje.Precisamente entonces David Crisp soltó el travesaño de la escalerilla y, sin más, desapareció. Mathew fue el último en intentar. El agua casi había paralizado sus miembros, pero logró aferrarse a la escalerilla y de alguna manera levantar un pie y después el otro. Sintió entonces que unas manos fuertes sujetaban su chaleco salvavidas. Cayó de bruces en cubierta, casi inconsciente, pero con vida.El barco, que era alemán y de cabotaje, radió los nombres de los dos deportistas recogidos. Minutos después el Dr. Hunt se enteraba de que su hijo se había salvado.
La cocinera y el estibador del Tenacious.VALIENTE INTENTO
CON LA madrugada comenzó a apreciarse la verdadera magnitud del desastre. Las comunicaciones se interrumpían porque el mar, al azotar algunos yates, arrancaba las antenas de los mástiles. Los barcos de salvamento tropezaban con despojos, balsas, cascos, cadáveres... Las tripulaciones de los aviones se vieron obligadas a valorar desde el aire la gravedad de cada caso para decidir a quiénes deberían recoger primero. El viento había amainado a 65 k.p.h., pero el mar, en cambio, había ganado en furia hasta el grado de desear muchos timoneles el retorno de la oscuridad para no tener que ver las aguas en que se hallaban.
Ninguna embarcación sufrió tanto corno los veleros más pequeños que recibieron lo crudo de la tempestad a mitad de camino entre Land's End y Fastnet. Las volcaduras habían sido la regla más bien que la excepción. El general de brigada sir Frederick Coates, de 63 años y patrón del New Brig, había caído al mar y vuelto a cubierta con ayuda de sus hombres. Los navíos mayores también estaban estropeados. El Siska había perdido la botavara y Jim Kilroy, del Kialoa, se había fracturado varias costillas al caer sobre él dos de sus tripulantes y aplastarlo contra una cabria.Entre los navíos grandes contendientes en la Copa del Almirante, el Golden Apple of the Sun, con Ron Holland al timón, fue el único que quedó destruido de medio a medio. Había entrado a la carrera en la quinta posición por puntos, y durante la noche no había quedado a la zaga de los lebreles máximos; de hecho, había pasado a dos de ellos que, a diferencia suya, navegaban todavía a palo seco. Al amanecer Ron oyó un rugido en la popa y vio que se abalanzaba sobre ellos una ola monstruosa.Era demasiado tarde para cambiar de rumbo y seguir la dirección de la ola. Su única salida era correr hacia la columna del timón y aferrarse a ella. Se produjo un trueno como disparo de rifle cuando la ola pasó. Minutos después, el gobernalle —una de sus creaciones de fibra de carbono— se le aflojó en las manos y desapareció en la estela de la nave.El salvamento de este equipo fue muy complicado. Al llegar el helicóptero, los tripulantes pasaron a la balsa salvavidas para, desde allí, ser izados; pero el yate insistía en derivar de costado hacia los náufragos, hasta que el buzo del helicóptero bajó a separar ambas embarcaciones; y entonces pudo subir, uno a uno, a los diez navegantes. Concluido el rescate, el aparato hizo rumbo a Culdrose.Había claros en las nubes y arco iris en los claros, pero la tormenta no perdía mucho vigor.Posiblemente el acto más valeroso ocurrió en la madrugada de ese día y junto al Festina Tertia, fletado por un grupo de jóvenes. Sean Thrower reposaba en su litera cuando una ola volcó la nave. Temiendo lo peor, corrió a la escalera y arriba vio que Roger Watts, uno de sus compañeros, se alejaba de la embarcación con su chaleco salvavidas amarillo y su arnés de seguridad roto.El timonel viró en redondo para recogerlo y, ya cerca, le arrojaron un cabo, pero el viento impidió que le llegara. (A Watts lo esperaban en tierra su esposa y un hijo de un mes.) Había una sola manera de sacarlo. Sin decir una palabra, Sean Thrower tomó el extremo de una cuerda larga y saltó al agua.No obstante que la rociada lo sofocaba a cada respiro, estuvo a punto de salvarlo, pero cuando le faltaban unos cuatro metros para llegar a Watts se le soltó la soga. Minutos después su amigo flotaba de espaldas al firmamento, a unos 500 metros de él. Thrower mismo se hallaba en estado comatoso por el frío. En respuesta a la llamada de auxilio de la nave, un helicóptero recogió a Thrower y lo trasladó al hospital naval.LA META
A MEDIODÍA del martes, Plymouth era ya un verdadero pandemónium. Los primeros programas matutinos habían divulgado la noticia de la catástrofe. Multitud de turistas, de curiosos, de gente preocupada, de reporteros, de amantes de lo sensacional... se sumaban en la meta a esas patéticas mujeres que desde hace siglos salen como fantasmas a los muelles británicos a esperar a sus hombres, que andan por el mar. Los conmutadores telefónicos estaban atestados. Llegaban cientos y cientos de llamadas para el Real Club de Carreras Oceánicas (RO RC, por sus siglas en inglés), organizador de la competición.
El centro de la tormenta se había desplazado ya sobre Escocia, pero en su fuga azotaba la región de Devon y Cornualles con fuertes rachas de viento y de lluvia.Esa mañana Jane Turner y Sue Tattersall conducían rumbo a Plymouth. El prometido de una y un amigo de la otra competían en el Acadia (uno de los yates sobre, los que aún no se tenían informes). Las dos habían dejado su trabajo tras escuchar el primer noticiario de la radio, e iban a sumarse al gentío del muelle de Millbay.Allí las noticias no eran de fiar; sólo el descubrimiento e identificación ocasional de una nave por un avión, un bote salvavidas o un barco. El procedimiento de identificación que seguían los helicópteros consistía en volar sobre el yate e inquirir por medio de señas si la tripulación deseaba ser llevada a tierra. De ser la respuesta negativa, daban la posición del barco al Servicio Costanero de Land's End y al Centro de Coordinación de Salvamento, e informaban acerca de las condiciones de la nave y de la ruta que parecía seguir. Los contendientes se dirigían al puerto más cercano; que a veces era Irlanda, a veces Gales o Cornualles.Aclarado el firmamento esa tarde, la poca gente que observaba desde las airosas lomas de Plymouth la rada y el Canal, divisó una pequeña mancha blanca en el horizonte, hacia el oeste. Era el Condor que, con un rizazo de espuma en el pico, apuntaba hacia la meta.La última etapa de la carrera fue rapidísima. La tripulación del Condor había conducido toda la noche a medio paño, doblado las Scilly antes del amanecer y preparándose para seguir el viento en las últimas 100 millas náuticas. Cuando el anemómetro empezó a marcar menos de 40 nudos, izaron una vela triangular de color azul oscuro, la misma que habían desplegado durante los dos últimos años y a lo largo de unas 40.000 millas, siempre en carreras oceánicas. El paño tiró de ellos en calada y a saltos, en la trayectoria más vertiginosa de su vida. Cuando se acercaban a Plymouth divisaron al Kialoa varias millas atrás. Sin saberlo, lo habían pasado durante la noche y, aunque empapados y exhaustos, lanzaron un grito de victoria.El Condor of Bermuda recibió en la meta los honores rendidos al primer yate que la cruzaba —faltaban cinco minutos para las 2 de la tarde—, mejorando en siete horas y tres cuartos la marca de Ted Turner. El Kialoa llegó 28 minutos después; y el Siska, con la botavara rota y el aparejo de la vela mayor "suelto", cuatro horas más tarde. El Condor y el Kialoa pasarán a la historia de Fastnet como los primeros yates que cubrieron la distancia en menos de tres días.EN PUERTO
SIN EMBARGO, en puerto aguardaba a los vencedores la noticia del desastre.
Alguna información no era del todo verídica. Por ejemplo, la prensa interpretó como "perdidos" el "sin noticias" de la lista de embarcaciones que aún no habían sido avistadas. Ocurrió así que Kathy Mattingly, esposa de uno de los capitanes de guardia del Tenacious, recibió mientras desayunaba la llamada desesperada de una amiga, quien le notificaba que según la radio ese barco se había hundido con toda su gente.La confusión también afectaba al Alliance, tripulado por ocho guardias marinas, tres oficiales y un civil de la Academia Naval de Estados Unidos. Se dijo que de ellos no se tenían noticias; pero cuando los reporteros exigieron más detalles, la oficina de relaciones públicas de Annapolis rehusó andarse con especulaciones o dar nombres en tanto no se recibiera información oficial del servicio británico de guardacostas.De hecho, el Alliance estaba en dificultades, pero no más; y el propio Tenacious se dirigía a todo trapo hacia las islas Scilly alimentando la esperanza de ganar la carrera con tiempo corregido.En cuanto cruzó la meta el Tenacious —a las 10:22 de la noche— y fondeó en Millbay, Ted Turner envió a uno de sus hombres a la oficina central del RORC para averiguar su tiempo y el lugar en que habían quedado. El mensajero volvió demudado.—Hay muchas mujeres llorando —dijo—. Quieren saber qué yates hemos visto. ¡Se han hundido varios botes y ha habido muertos! Esto ya no es una carrera, ¡es una tragedia!Dos de esas mujeres eran Jane Turner y Sue Tattersall, quienes en las últimas horas habían andado de la Ceca a la Meca preguntando por el Acadia a todo el que hubiera participado en la prueba. Habían ido al club de yates, a las oficinas del RORC, a las esquinas de las calles y a las tabernas; y hablado con Peter Blake y su tripulación, con los del Siska, del Mistress Quickly y del Kialoa. Nadie sabía nada. Los helicópteros de Culdrose habían puesto en tierra a 72 personas, pero ni ellos ni los barcos de salvamento sabían algo del Acadia.No perdían la esperanza, con todo. Alquilaron un cuarto y a medianoche entraron a un restaurante a tomar un bocado. A pesar de que trataban de darse mutuamente ánimo, compartían el velo de ansiedad y de tristeza que había caído sobre todos los muelles.En lugar de desahogarse en las tradicionales celebraciones que siguen a la carrera, los jóvenes que desembarcaban de los yates corrían a las calles, bañadas con luz de Luna, a enterarse de lo ocurrido, a saber de sus compañeros y amigos, de lo que habían hecho y de lo que no habían podido hacer durante la tormenta.Al salir del restaurante, Sue y Jane se encaminaron una vez más a los muelles, y allí les dieron a unos marineros el teléfono del lugar en que se hospedaban, por si acaso llegaban a tener alguna nueva.
Un helicóptero de la Armada Real suspendido sobre el yate inglés averiado Camargue.TENIA QUE SALIR A LAS TEMPESTADES
AL AMANECER el cielo estaba limpio y soplaba un viento vívido que hinchaba los paños de una larga línea de yates en el Canal. Al este de Punta Lizard, Chuck Bentley iba al timón del Magistri, su yate canadiense que competía en la Copa del Almirante y que avanzaba a toda vela, mientras la tripulación ponía a secar su ropa y sus bolsas de dormir. Detrás iban el Koteru Teru II y el Morning Cloud, japonés uno y británico el otro. Edward Heath capitaneaba al segundo. Como figura principal entre los competidores del Reino Unido y por haber sido primer ministro de Gran Bretaña, Heath había recibido mucha atención por parte de la prensa. Se rumoraba que su nave había quedado desmantelada y que ya la remolcaban a puerto, cuando en realidad el Morning Cloud proseguía en la competición.
Por su parte, el Acadia cruzó la línea a las 7:19 con un buen puesto en la Copa. Neil Harvey y Sam Baderick recibieron en el atracadero el mensaje de las muchachas y llamaron por teléfono a la casa de huéspedes. Desayunaron juntos los cuatro.Esa misma mañana entraron en puerto dos contendientes que habían realizado un curioso intercambio internacional de honores. A las 2:30 de la madrugada del martes, el yate británico Moonstone terminó de recoger a la tripulación del Alvena, francés, abandonado a punto de hundirse. Casi 24 horas antes, en una soberbia demostración de pericia marinera, el velero francés Lorelei rescató de su balsa salvavidas a siete británicos del Griffin. Tanto el Lorelei como el Moonstone, ignorante cada uno de la hazaña del otro, bregaban hacia la rada.La multitud que esa mañana se había reunido a lo largo del malecón era más nutrida que la del día anterior, y más largas y ruidosas las colas fuera de la oficina del RORC. En una conferencia de prensa improvisada en el Hotel Duque de Cornualles, el secretario del RORC intentó explicar a la prensa internacional la razón de que una carrera oceánica, una vez iniciada, no puede ser suspendida porque amenace tormenta.Defendió el secretario el proceder del club al autorizar desde un principio la prueba, pues de acuerdo con el reglamento de seguridad, los capitanes de yate deben cerciorarse de que tanto su nave como su tripulación están en condiciones de resistir el mal tiempo; sólo a ellos corresponde decidir si van —o no— a participar; y, después de haber entrado, si van a continuar en la regata o a retirarse.Los marineros que desembarcaban se reunían a intercambiar impresiones. Había cambiado el estado de ánimo general; crecía el optimismo al referir cada quien sus volcaduras y percances. Describían lo que era estar bajo cubierta, de bruces y entre estufas, anclas, neveras y baterías que volaban de un lado a otro en un cámara completamente oscura. Un hombre que acabó con tres dientes rotos llevó a un periodista incrédulo a ver las huellas de sus pies en el techo del camarote. Las iba á dejar allí como recuerdo.Al terminar el día había 71 yates de la Fastnet en el fondeadero. Cuando amarró el Fair Judgement, un reportero interrogó a Peter Phillips acerca de la tormenta.—Mala —respondió este muy pensativo.—¿Había pasado por una peor?—Sí, frente a Finisterre hace un par de años; pero la configuración de este mar dificultó más el gobierno de las naves —y se le iluminó el rostro al recuerdo de aquella aventura.—Tienes que dar la cara a las tormentas, compañero —siguió—, si quieres salir vivo cuando te caiga una de sopetón. Algunos sujetos se enteran de que tal vez sople algo de viento el día en que pensaban hacerse al mar, y permanecen sin más ni más en el puerto. Así nunca aprenden a afrontar una tormenta inesperada. ¿O me equivoco?El buen hombre rió con la mayor alegría y se fue con sus colegas a limpiar la nave.ULTIMO VIAJE
LA VICTORIA del Tenacious, con un tiempo corregido de 93 horas, 44 minutos y 19 segundos, se confirmó el jueves, cuando el último yate recaló en Plymouth o se supo su destino.
La fragata holandesa Overijssel, nave escolta durante la carrera, atracó en Millbay con 15 náufragos. Entre los tripulantes del Polar Bear se hallaba una de las pocas mujeres marineras de la carrera: Brigid Moreton, quien sacó dos fracturas y una dislocación del desastre de su yate. Así y todo, formó en el alcázar con el resto de la tripulación mientras una guardia de honor despedía a son de flauta dos ataúdes de madera. Llevaban los ataúdes a los navegantes muertos del Trophy.Ya se habían compilado todas las estadísticas pertinentes. De los 303 yates que iniciaron la competición, únicamente 85 la terminaron. Del resto, 24 habían sido abandonados y de 5 no se tenían datos. Los barcos y helicópteros habían salvado 136 vidas, y 15 hombres habían perecido.Por doquier había cundido la noticia. La gente empezaba a exigir investigaciones; la prensa pedía se suprimiera la carrera de Fastnet argumentando que el costo de las operaciones de salvamento corría por cuenta de los contribuyentes. Respecto a esta última cuestión el Gobierno había expuesto ya su punto de vista. Al rendir tributo a los helicópteros de Culdrose en una visita que efectuó el miércoles por la mañana a la Estación Aeronaval, el secretario de Comercio John Nott, sobre quien recae la responsabilidad principal de la seguridad en el mar, habló por los aficionados al deporte de la vela: "Sin lugar a dudas sacaremos lecciones de esta tragedia, pero el hombre continuará desafiando a los elementos, y las pruebas oceánicas proseguirán, ocurra lo que ocurra. Siempre habrá una carrera de Fastnet".La entrega de premios, breve y explícita, se efectuó en el Ayuntamiento de Plymouth a las 5 de la tarde del viernes. El equipo australiano se llevó la Copa del Almirante; el de Estados Unidos quedó en segundo lugar, y el de Italia y Hong Kong empataron por el tercero. El norteamericano Ted Turner recibió la Copa Fastnet. Hubo otros premios menores.Luego, el Comité de la Carrera y los participantes de la prueba iniciaron el desfile hasta la iglesia de San Andrés, donde el obispo de Plymouth ofició en memoria de los muertos.Fuera del templo y en el sosiego de aquella tarde estival, se les unieron muchas personas que de algún modo habían tomado parte en el rescate. El Sol, al morir, bañaba las colinas y ponía en el mar cintas de plata que llegaban hasta el horizonte. Mientras, los fieles entraban en la iglesia y daban principio al servicio religioso. Una vez más la tradición marinera de la ciudad descendía sobre la asamblea, sobre las calles, sobre los edificios y los estuarios. Se abrieron las puertas del templo y la gente paró un momento a escuchar el murmullo de antiguas oraciones y el canto de sus himnos seculares:Escúchanos cuando te roguemos por quienes peligran en el mar.