DIABÓLICO AMO DE LOS ROMPECABEZAS
Publicado en
mayo 20, 2012

Los apasionados de estos juegos de paciencia le pagan enormes sumas para que los desquicie.
Por Richard WolkomirLLEVO HORAS batallando con un rompecabezas tan complicado, que literalmente me está partiendo la mollera. La compañía que fabrica este género de pasatiempos, Stave Puzzles, Inc., los vende con una garantía que incluye el costo de un frasco de aspirinas. Al decir de Steve Richardson, uno de sus fundadores, su objetivo es diseñar rompecabezas "posibles de armar, pero que nadie puede armar".
Richardson, de 56 años, es un ex analista de informática de sonrisa afectuosa. Sin embargo, detrás de esa sonrisa se oculta un verdadero demonio. El rompecabezas ha ido evolucionando durante más de dos siglos, y Richardson personifica la malévola culminación del proceso.En su taller, situado en Norwich, Vermont, inventa trampantojos que hacen rechinar los dientes. Por ejemplo, hay rompecabezas que se pueden armar de tres maneras, pero sólo una de ellas es correcta.Otros modelos tienen tres capas, o bien, piezas que sólo encajan si se voltean. Por lo visto, las víctimas de Richardson desean enloquecer y están dispuestas a pagar por ello. Un modelo "pequeño" de Stave cuesta unos 95 dólares, y uno de lujo, más de 7000. "Somos el Rolls-Royce de los rompecabezas", dice Richardson.Isabel II de Inglaterra tiene varios rompecabezas de Stave, al igual que Barbara Bush, la esposa del ex presidente norteamericano. Pero cualquiera puede adquirir uno. Lo que el cliente recibe es un cromo original pegado a un refuerzo especial de madera contrachapada. Este se corta en piezas con una sierra de arco eléctrica, cuya hoja es del grueso de un pelo de cola de caballo. Los cortadores trabajan a pulso para que cada rompecabezas sea diferente.Algunas de las piezas se cortan al gusto en configuraciones distintivas, llamadas "siluetas", que al quedar unidas forman las iniciales del nombre de una persona, una fecha memorable o figuras que representan una afición, un deporte, un animal o lo que el cliente quiera.Los caprichos de la clientela son muy variados. Un administrador de 26 años radicado en Texas, por ejemplo, mandó hacer un insólito rompecabezas para su novia. Al armarlo, la chica fue descubriendo la figura de una recatada novia que se vestía para su boda, y cuando colocó las últimas piezas leyó este mensaje: "¿Quieres casarte conmigo?"La especialidad de Richardson, empero, no es la ternura ni el amor, sino la "adicción", las imprecaciones y el masoquismo. Un cliente satisfecho describió así uno de los modelos menos difíciles de Stave: "Entre tres personas tardamos unos 40 minutos en armarlo, con un poco de vino y muchos gritos. ¡Gracias!"Antes de ser fabricante de rompecabezas, Richardson trabajó en una agencia de contabilidad en Nueva Jersey. Aburrido de la vida urbana, se fue en 1969 a trabajar en una pequeña empresa de Nueva Hampshire, de donde lo despidieron al cabo de seis meses. Entonces fundó una compañía diseñadora de juegos con Dave Tibbetts, compañero de su empleo anterior.Cierto día, un hombre telefoneó para ofrecerles 300 dólares por un rompecabezas de madera, lo cual desconcertó a los socios. Richardson fue a ver al cliente, y éste le mostró un rompecabezas decorativo hecho con finas reproducciones de pinturas europeas pegadas a un refuerzo de madera contrachapada, cortado a la medida. "Me quedé perplejo", recuerda. "Las piezas eran muy bellas".Para apreciar mejor la importancia de Stave en la evolución de este juego de paciencia, fui a visitar a Anne Williams, en Maine, quien posee la que quizá sea la colección de rompecabezas más grande del mundo: más de 5000 modelos.Entre sus muchos rompecabezas insólitos hay uno hecho de chocolate, y otro cuyas piezas son tan diminutas que hay que armarlo con pinzas de relojero. Ann también tiene uno de los rompecabezas más antiguos, diseñado en 1766 por el cartógrafo londinense John Spilsbury. Este pegó un mapa de Europa en un tablero de caoba y lo cortó en piezas siguiendo las fronteras de los países, para facilitarles el aprendizaje de la geografía a los niños. En aquel tiempo, las piezas de los rompecabezas no se trababan al unirlas, y la menor sacudida, podía dar al traste con la labor de toda una tarde.Estos pasatiempos se convirtieron en un medio publicitario. En un rompecabezas diseñado en 1932 aparecía una niña restregándole la dentadura a un perro con un cepillo de cierta marca. Las ventas del producto se cuadruplicaron.Hacia el inicio de la Primera Guerra Mundial, los fabricantes de rompecabezas ya habían experimentado con diversas maderas, tanto duras como blandas, y se habían decidido por la madera contrachapada, que permite hacer cortes más intrincados. Algunos empezaron también a fabricar rompecabezas de cartón, por barato.Muchos de los trucos de Richardson son clásicos de su oficio. Confecciona piezas de bordes rectos que parecen ser parte de la orilla del rompecabezas pero no es así. También diseña rompecabezas con "esquinas divididas" formadas por dos piezas, ninguna de las cuales parece ser parte de la esquina de un rectángulo. Otra trampa muy socorrida son las piezas que encajan de 63 formas incorrectas y sólo una acertada.Richardson se la pasa inventando nuevos trucos, como el del "borde embrujado", en el que dos piezas colindantes no casan. "Es para volverse loco, porque se necesita una tercera pieza para trabarlas", revela con una sonrisa burlona."Los amantes de los rompecabezas son un poco compulsivos", dice Betty Ford, de Pensilvania. Según un estudio de comportamiento que realizó durante un torneo de rompecabezas celebrado en Ohio, lo que más los apasiona es transformar el caos en orden.Sea cual sea el encanto de este pasatiempo, mantiene atareados a Richardson y a sus 16 empleados. Pero a Steve a veces le sale el tiro por la culata. En una ocasión diseñó un rompecabezas para el Día de los Inocentes, cuyo nombre insinuaba mediante un juego de palabras que era fácil de armar. La broma estaba en que, se armara como se armara, siempre había una pieza que no encajaba. Sin embargo, a los compradores no les hizo gracia: llamaron por teléfono para suplicar que les dieran la solución, pero no la había. "Me devolvieron los 30 rompecabezas", recuerda con amargura.Su momento de mayor angustia ocurrió en abril de 1995, cuando empezó a temer que se le hubiera agotado la inspiración. Pero un buen día, mientras dibujaba garabatos en la arena de una playa, tuvo una idea genial.El maquiavélico Richardson hace una mueca burlona al pensar en ella. Asegura que con sus próximas creaciones sus clientes quedarán frustrados, confundidos y ofuscados: será un verdadero tormento, o, lo que es lo mismo, quedarán satisfechos.©1990 POR RICHARD WOLKOMIR. CONDENSADO DEL "SMITHSONIAN" (MAYO DE 1990), DE WASHINGTON, D.C.