SOLO CONTRA LA CORRUPCIÓN SINDICAL
Publicado en
marzo 25, 2012

Bill Hinote jamás había huido de nadie, y no pensaba hacerlo ahora a pesar de la violencia y de la intimidación de sus compañeros.
Por Randy FitzgeraldPOCO ANTES del alba, una húmeda mañana en el sur de Texas, Bill Hinote, de 50 años de edad, se encaminó a la camioneta en la que casi siempre iba a su trabajo. De pronto, un disparo de rifle rompió la calma. Hinote sintió un intenso dolor en el costado. Otras dos balas le desgarraron un muslo; una más le penetró una rodilla; y un quinto disparo le atravesó una mano.
Cuando, al doblársele la rodilla herida, Hinote se desplomó, sonaron más disparos. Se puso de pie con grandes esfuerzos. Llegó tambaleándose al sendero de acceso y, al fin, entró en su casa.—¡Me dispararon! —dijo con voz entrecortada a su esposa, Barbara, que corrió a ayudarlo. Sobrecogida de pánico, pensaba que Bill se desangraría hasta morir.—¡Dios mío! —imploró Barbara en voz alta—, ¡te lo suplico, no dejes morir a Bill!Sintió que la invadía una oleada de ira, y supo con certeza quién había tramado esa emboscada y por qué.HUELGA ODIOSA
Bill Hínote empezó a trabajar en la refinería Port Arthur, propiedad de American Petrofina, en 1958, a la edad de 26 años. Como casi todo el personal de la planta, se afilió a la Sección 4-23 del Sindicato Internacional de Trabajadores de las Industrias Petrolera, Química y Atómica. A lo largo de esa zona costera del golfo de México, desde Houston hasta Louisiana, el OCAW (siglas en inglés de ese organismo) y otros sindicatos constituían una de las fuerzas dominantes en la industria y en la política.
Cada dos años, entre 1972 y 1980, la Sección 4-23 organizaba paros en las instalaciones de Port Arthur. En general, las causas se relacionaban con salarios, horas de trabajo y prestaciones. Pero cuando el 7 de enero de 1982 expiró el contrato de la Sección 4-23 con Petrofina, los líderes sindicales organizaron un nuevo paro. En esta ocasión les preocupaban mucho los proyectos de la compañía de reformar el reglamento laboral a fin de fusionar ciertos puestos. El sindicato se opuso a ello por temor a que hubiera despidos. A pesar del paro, en el que participaron los casi 300 empleados de la refinería, esta siguió operando con supervisores y trabajadores no sindicalizados, procedentes de otras refinerías de Petrofina.Al cabo de un mes, la huelga tomó mal cariz. Se destrozó a balazos un vehículo de la compañía, y con disparos de rifle se acribilló un puesto de vigilancia ocupado por tres guardias. Milagrosamente, no hubo heridos. Se acuchillaban las llantas de los autos de administradores de la refinería, y se causaron daños a por lo menos dos vehículos estacionados en casa de sus dueños, empleados de la empresa. Se esparcieron clavos en los caminos que conducían a la refinería. Con cámaras de video colocadas en las entradas de la planta se registraron muchos incidentes, y así se sorprendió nada menos que al capellán del sindicato arrojando clavos y tachuelas. La violencia prosiguió durante meses, y la policía parecía incapaz de poner coto a los desmanes.Bill llevaba casi nueve meses sin trabajar; se sentía frustrado. Había respaldado huelgas anteriores, y a menudo se incorporó a los piquetes de huelguistas colocados en las entradas para atajar a los esquiroles. Sin embargo, esta vez los líderes sindicales parecían más interesados en reafirmar su poder que en negociar un acuerdo. Al prolongar la huelga, opinaba Hinote, iban en contra de los intereses de los trabajadores. Bill se desilusionó al ver que no se adelantaba en la solución del conflicto laboral.AL OTRO LADO
Hinote, alto, fornido, tenía a su cargo un cuarto de calderas de la refinería. Este hombre amante de su familia, cortés, de hablar suave, era querido y respetado por sus compañeros.
Ante varios de sus colegas abordó el tema de la reanudación de labores. Ellos tampoco estaban de acuerdo con la huelga, pero temían que pudiera suceder algo si atravesaban el piquete de huelguistas. Uno de ellos incluso procuró, inútilmente, influir en Barbara Hinote para que disuadiera a Bill de su propósito.—Ya me cansé de que los dirigentes del sindicato nos utilicen cada dos años —se quejó Hinote con su esposa. Wendy, su hija de 18 años, ya iba a entrar a la universidad, y Bill no quería que se esfumaran los ahorros de la familia, como había sucedido en huelgas anteriores—. Si no se reanudan las pláticas con la empresa, voy a tener que pasar sobre el piquete.Barbara se mostró nerviosa, pero dispuesta a apoyarlo.—Haz lo que consideres tu deber —le dijo.El miércoles 22 de septiembre por la mañana, Hinote traspuso la línea de los huelguistas, con lo cual se convirtió en el primer afiliado al OCAW que obraba así en los 45 años de existencia de la refinería.Más tarde, aquel mismo día, amenazaron a Barbara por teléfono.—Dile a Bill que nos la pagará —le aseguró un hombre que no se identificó—. ¡Y vigilen bien a su hija!Un día después, al presentarse Bill a trabajar, había una efigie de tamaño natural colgada de un árbol, junto al piquete de huelguistas, con un letrero que rezaba:ASÍ TRATAMOS A LOS ESQUIROLES
El domingo siguiente por la tarde, Bill y Barbara estaban descansando en la sala, cuando apedrearon su casa. Luego, durante toda la noche, fueron acosados con llamadas telefónicas. Más aún: un huelguista empezó a seguir a Bill cuando este regresaba de la refinería.Bill estaba seguro de obrar bien al desafiar a los líderes, y de que llegaría el momento en que otros lo respaldarían. En efecto, una semana después del retorno de Hinote a la planta, Emery Fontenot, veterano que llevaba 13 años en Petrofina, asqueado de la huelga, regresó a sus labores. Poco después, la esposa de Fontenot y su hija, de 12 años de edad, recibieron algunas llamadas telefónicas en las que las amenazaban con violarlas. En otra llamada, le aseguraron a la aterrorizada niña que su padre iba a morir pronto.Las defecciones indicaron a los líderes sindicales que estaban perdiendo el control de la situación. Si no lograban que los agremiados acataran la política del sindicato, la huelga fracasaría. Entre el piquete de vigilancia corrió la voz de que un esquirol iba a recibir su merecido. El 1 de octubre por la noche (según se reveló en declaraciones posteriores), varios afiliados al OCAW oyeron decir al enlace sindical Glenn Gonsoulin: "Algo va a pasar esta noche".PESADILLA FAMILIAR
El 2 de octubre, poco después de las 5 de la mañana, Barbara Hinote despertó a gritos a Wendy: "¡Le han disparado a tu padre!"
De un salto llegó Wendy al comedor, donde encontró a Bill reclinado en una silla; lo ayudó a recostarse en un sofá, en tanto que Barbara telefoneaba para pedir auxilio. Mientras llevaban en la ambulancia a Hinote, este iba repitiendo, como si no creyera lo sucedido: "Al viejo Bill, no. No se atreverían a dispararle al viejo Bill".Lo trasladaron de inmediato al hospital, donde le atendieron las heridas. Como había perdido mucha sangre, se le internó en la unidad de terapia intensiva. No les resultó fácil a los médicos reparar las desgarraduras del cartílago de la rodilla de Bill.El acoso no terminó con los disparos. El lunes siguiente, alguien telefoneó a la tienda donde trabajaba Barbara y, creyendo que hablaba con ella, le dijo a Gwen Bruno, otra empleada del establecimiento: "No salió bien el asunto con tu marido, ¡pero ahora te toca a ti!"(Durante el juicio, Gwen identificó la voz de quien hizo esa llamada: era la del vicepresidente de la Sección 4-23.) Como en otros telefonemas se amenazó con volar la tienda si no despedían a Barbara, esta solicitó licencia para ausentarse.Mientras Hinote convalecía en el hospital, llegó al periódico local y a la refinería una carta que había sido redactada por el capellán de la Sección 4-23, Roy Lynch. La misiva decía: "A muchos de nosotros nos hubiera gustado hacerlo (dispararle a Hinote en el trasero) por haber traspuesto el piquete de huelguistas". Posteriormente le notificaron a Hinote su expulsión del sindicato.Al cabo de dos semanas, Bill regresó a casa. Sus heridas estaban sanando, pero aún cojeaba mucho. A los dos meses del ataque, se atrevió a volver al trabajo. "Nunca he huido de nadie", le dijo con firmeza a Barbara, "y no lo voy a hacer ahora".Poco después del regreso de Hinote, el sindicato decretó el fin de la huelga. Al cabo de más de 11 meses, no habían logrado impedir los cambios propuestos por la empresa, cuya gerencia, para evitar despidos, decidió que se fusionaran puestos conforme se redujera el número de trabajadores por renuncia, fallecimiento o jubilación.Tras lo ocurrido a Hinote, nadie más había traspuesto el piquete. Emery Fontenot dejó de trabajar en la refinería poco después de terminada la huelga, porque no pudo soportar el ostracismo a que lo sometieron sus compañeros. Bill se quedó verdaderamente solo. Sus amigos de antes lo eludían para no meterse en líos.—Bill, me gustaría hablar contigo, pero... entiende que no puedo hacerlo —le confesó un compañero que había sido amigo suyo desde hacía 15 años.—No te preocupes —repuso Hinote—; comprendo perfectamente tu actitud.¿JUICIO JUSTO?
Cuando habían trascurrido siete semanas desde el ataque a mano armada, un anónimo indicó a la policía dónde se encontraba arrumbado un rifle al que le habían borrado el número de serie. Los investigadores opinaron que ni así tenían pruebas suficientes para acusar a alguien por el atentado. No obstante, Hinote quería tomar medidas, aunque fueran simbólicas, para que con nadie se volvieran a cometer actos de violencia por estar en desacuerdo con el sindicato.
A nombre de Hinote, la Fundación Nacional para la Defensa Legal del Derecho a Trabajar, de Springfield, Virginia, entabló demanda civil contra la Sección 4-23 y contra cuatro de sus dirigentes. Se les acusó de conspirar para coartar a Hinote su derecho a trabajar, en desacato a las leyes del estado de Texas. "Dudo que podamos encontrar un jurado imparcial para instruir un juicio justo en Port Arthur", comentó con Hinote uno de sus abogados. El sindicato contaba con muchos simpatizadores en el condado. Durante la huelga, 26 funcionarios locales, entre ellos dos jueces y el fiscal de distrito, habían suscrito un desplegado, pagado por el sindicato y publicado en la prensa, en el cual se apoyaban las demandas de los huelguistas.El juicio se abrió en septiembre de 1986. Muchos testigos rindieron testimonio sobre diversos actos de violencia y amenazas relacionados con la huelga, los cuales culminaron en la agresión contra Hinote. Con todo, el jurado no halló culpables a los líderes sindicales.NO TENGO MIEDO
La familia Hinote se desmoralizó por completo. Sin embargo, poco después del juicio, sus abogados lograron probar que una integrante del jurado no había dicho nada sobre su parentesco con uno de los huelguistas acusados. Otro jurado firmó una declaración, bajo juramento, en la cual afirmaba que esa mujer había influido en el veredicto al dar instrucciones a otros miembros del jurado sobre cómo votar. El juez Jack King ordenó que se instruyera un nuevo juicio, y el caso se llevó a Huntsville, a 150 kilómetros de allí.
En octubre de 1987 se abrió el segundo proceso. Esta vez, el jurado votó unánimemente a favor de la familia Hinote, y señaló una indemnización de 1.2 millones de dólares. "Recibamos o no algún día algo", comentó entonces Barbara, "lo importante es que 12 personas sí nos creyeron".Al mes de pronunciarse la sentencia, el caso volvió a tomar un sesgo raro: el juez que presidió el tribunal, alegando "insuficiencia de pruebas", sometió el caso al Tribunal de Apelaciones de Texas. En julio de 1989, ese tribunal ratificó el veredicto, y dictaminó que el sindicato había reconocido actos de violencia sin sancionar a los culpables. Cuando la Corte Suprema de Texas se negó a reconsiderar el caso, la Sección 4-23 se declaró en quiebra.Bill y Barbara siguieron viviendo en la misma casa, de la que son dueños desde hace casi 30 años. Wendy se casó, y hoy es maestra. A Bill le han seguido tratando la rodilla lesionada, pero los médicos insisten en sustituírsela con una prótesis.Él concluye que, de no ser por lo que sufrieron su esposa y su hija, si fuera necesario volvería a actuar de igual manera. "Traspuse el piquete de huelga", añade, "para que los trabajadores y sus familias dejen de tener miedo".