EL JUEGO DE LOS HEREJES (César Mallorquí) - Parte 2
Publicado en
abril 22, 2011
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* * *
Durante un rato permanecí pensativa, evaluando las palabras del abogado. Si era cierta la historia que acababa de contarme, a Gálvez le dispararon el mismo día que robó los manuscritos y, al parecer, no habían sido los rusos. Entonces, ¿quién? ¿Quizá el misterioso Vargas y sus amigos? ¿O puede que un cómplice traidor? Por otro lado, ¿qué pensaba hacer el escritor después de apoderarse de aquellos documentos? ¿Irse a casa? ¿Es que no contaba con que los hombres de Cherenko irían a por él? Sin pretenderlo, mis ojos se deslizaron por la carpeta donde se encontraba el dossier, hasta posarse en la invitación de la Sociedad Sigel que había encontrado en el buzón de Gálvez. La conferencia, que versaría sobre «El Yggdrasil y la cosmogonía nórdica», fuera esto lo que fuese, comenzaría a las seis de aquella misma tarde en la sede de la sociedad.
Aquél era un ramal del laberinto que todavía no había explorado; quizá debiera asistir a esa conferencia. Guardé la invitación en el bolso, devolví el dossier al archivador y tecleé en Google «sociedad sigel». La organización no tenía página web, pero encontré abundantes referencias a ella en sitios de Internet dedicados al esoterismo y lo paranormal. Descubrí varias cosas; en primer lugar, que «sigel» es la decimosexta letra del alfabeto rúnico y simboliza el Sol. En segundo lugar, que los miembros de la sociedad eran una mezcla de aficionados al ocultismo y neopaganos; es decir, una panda de pirados. Por último, que la presidenta, líder y alma máter de la Sociedad Sigel era un anciana aristócrata llamada María Eugenia de Santaclara y Acevedo, marquesa de Rocanegra. Encontré una fotografía suya en la Red; era un mujer enfermizamente delgada, con el rostro plagado de arrugas profundas como surcos de arado, dos capas de maquillaje intentando cubrirlas y el pelo teñido de un incongruente rubio platino. En la foto aparecía sentada sobre una silla de ruedas y, aunque el texto aseguraba que tenía setenta y tres años, aparentaba unos ciento veinte mal llevados.
En una de las páginas encontré un artículo sobre la Sociedad Sigel en el que, de pasada, se mencionaba que la marquesa tenía pleitos con cierta congregación católica a causa de la herencia de su marido, pero no decía nada más, así que recurrí a una de mis fuentes de información. Quique Llop, el marido de mi prima Soledad, era periodista free lance y, probablemente, la persona que más y mejor conocía la vida madrileña. Le telefoneé al móvil y, tras un par de timbrazos, su voz de barítono resonó en el auricular:
—Hola, Caperucita; el Lobo te escucha.
«Llop», en catalán, significa «lobo».
—¿Te pillo en mal momento, Quique?
—No hay ningún momento malo para ti; en todo caso, podría haberlos mejores. ¿Cuándo te decidirás a compartir el tálamo conmigo?
—¿Y qué pensaría Solé?
—No hay problema. Ya lo he comentado con ella y dice que entre familiares esas cosas no tienen importancia. Pero si te molesta hacerlo a sus espaldas, podemos invitarla a participar. ¿Qué tal un trío? Piénsalo, podríais sacar a esas lesbianas en celo que lleváis dentro y, además, en plan incestuoso. Mmmm...qué morbo.
Me eché a reír.
—Estás loco, Quique —dije.
Era cierto; Quique Llop estaba todo lo loco que se puede estar sin que un juez dicte una orden de internamiento.
—Hablo completamente en serio —insistió—. ¿Tú sabes lo saludable que es hacer el amor? Y yo soy una máquina de follar; créeme, hay gran número de personas, animales y plantas que pueden atestiguarlo. De hecho, he batido varios récords, tanto en la modalidad individual como en equipo. ¿Qué me dices?
—Que ya tengo quien me provea de esos servicios, pero gracias por ofrecerte.
—¿Te refieres a ese atleta de pacotilla que te sigue a todas partes como si fuera tu mascota?
—El mismo.
—¿Y qué tiene él que no tenga yo?
—Un culo precioso.
—Ah... Entonces lo comprendo, un culo es un culo y reconozco que el mío, pese a estar muy bien, no alcanza el grado de perfección deseable. Poseo otras virtudes, y en gran número, aunque no precisamente ésa. Pero supongo que no me habrás llamado para hablar de culos, ¿verdad?
—Pues no.
—Me lo imaginaba. Y me decepciona, no te creas. En fin, ¿qué puedo hacer por la versión femenina de Sam Spade?
—¿Has oído hablar de la marquesa de Rocanegra?
—Doña María Eugenia de Santaclara y Acevedo. Joder, con esos apellidos o se es marqués o va uno por la vida con cara de gilipollas. Sí que la conozco; está más sonada que un saco de grillos.
—¿Y la Sociedad Sigel?
—La fundó la marquesa hará siete u ocho años. Supuestamente es una asociación cultural, pero en realidad se dedican al ocultismo, las sociedades secretas y esas chorradas; dan charlas, asisten a congresos de pirados, editan folletos... Son cuatro gatos, pero muy activos. Ah, también son medio nazis.
—¿Nazis?
—A medias. ¿Sabes qué es «sigel»?
—Una runa.
—¿Y a qué te recuerdan dos «sigel» juntas?
Tardé unos segundos en caer.
—¡Las SS! —exclamé.
—Premio para la señora. Las SS, que, por cierto, también son las iniciales de Sociedad Sigel. El caso es que las tropas de élite nazis ostentaban el emblema de la doble sigel, pero como estos tipos se conforman con una, sólo son medio nazis. Estudian la mitología germánica, creen en la supremacía de la raza aria y todas esas soplapolleces, pero son inofensivos.
—He leído que la marquesa tiene un pleito con la Iglesia.
—Ah, sí, es una historia cojonuda. Verás, esa tía es marquesa consorte; el título y la fortuna eran de su difunto marido, don Juan Francisco Navas de Bustamente y Gómez-Sauceda, marqués de Rocanegra. Por lo visto, el picarón de Juanfran se tiró media vida siendo un putero y un juerguista. Dicen que no podía conducir porque se bajaba del Rolls para esnifar las rayas de la carretera. Hasta que un día, hará unos diecisiete o dieciocho años, sufrió un ataque cardiaco y estuvo a punto de palmarla. De hecho, su recuperación fue tan milagrosa que el buen marqués la atribuyó a una intervención divina y, desde ese momento, abandonó las putas, las juergas y la coca y se convirtió en un meapilas de cuidado, de los de comunión diaria. Entonces entró en contacto con una congregación religiosa, los Kamikazes de Jesús, o los Mercenarios de la Virgen, no recuerdo cómo se llaman, pero son tan ultras que a su lado los Legionarios de Cristo parecen el club de fans de Sacco y Vanzetti. El caso es que el marqués y esos curas se hicieron uña y carne. Y de repente, hace diez años o así, a don Juan Francisco le dio otro patatús; y esta vez ni intervención divina ni hostias: la espichó. Entonces, cuando se leyó el testamento, doña María Eugenia descubrió que su querido esposo había donado en vida todos sus bienes a la congregación y que a ella sólo le quedaba una no excesivamente generosa pensión. Ni siquiera es suyo el palacete donde vive; lo tiene en usufructo y, cuando muera, pasará a poder de la congregación.
—Vaya palo —comenté.
—Y tanto; estamos hablando de muchos millones de euros. La marquesa demandó a la congregación, alegando que le habían comido el coco a su marido, pero el asunto va para largo y lo más probable es que la tía se reúna con el gilipollas del marqués en el más allá antes de que haya un fallo judicial.
—¿No tiene hijos?
—Qué va; cuando la diñe, los curas se quedarán con todo. Hay que quitarse el sombrero; son unos profesionales.
—¿Y cómo lo lleva ella?
—De puta pena. Hace unos años tuvo un derrame cerebral y se quedó parapléjica; pero mucho antes, cuando fundó la Sociedad Sigel, ya se le había ido la olla. —Hizo una pausa y preguntó—: ¿Investigas a la marquesa?
—No, para nada. Pero la Sociedad Sigel está tangencialmente relacionada con un caso que tengo entre manos.
Hubo un silencio y, de pronto, Quique preguntó:
—¿Algo relacionado con Sebastián Gálvez?
Me quedé de piedra.
—¿Por qué lo dices? —musité.
—Porque Gálvez solía dar conferencias en la Sociedad, y esta mañana me he enterado de que se lo han cargado. —Incluso a través del teléfono pude percibir su astuta sonrisa de zorro—. Así que estás investigando a Sebastián Gálvez... —dijo—. ¿Y no tendrás por casualidad alguna primicia que brindarle a tu querido primito?
Quique Llop estaba loco, pero era condenadamente listo.
—Es un asunto sin importancia —mentí.
—Vamos, quilla, dame algo —insistió—; que triste es pedir, pero más triste aún es robar.
—En serio, no tengo nada para ti. Pero si encuentro algo interesante, te lo haré saber. Ahora debo dejarte; gracias por la información, Quique.
Después de colgar, me sumí de nuevo en un estado reflexivo. Aquella historia iba cobrando sentido poco a poco, pero aún había grandes huecos en ella y no pocos aspectos inexplicables. ¿Quién era Laureano Gil, el hombre-topo, y por qué me había contratado para luego desaparecer? ¿Quién había matado a Gálvez? ¿Quién robó el fragmento de manuscrito que me entregó Thibaut-Rochelle? ¿Y la falsa carta de José de Arimatea? ¿Qué había ocurrido con el nuevo libro de Gálvez? ¿Quién era Vargas y a qué intereses representaba? ¿Quién asesinó a Germán Bosco, el presidente de Ediciones Grimorio, y por qué? ¿Qué era el manuscrito mandeo? ¿La muerte del filatélico Andrés Escobar había sido un accidente o un crimen...? Desalentada, exhalé una bocanada de aire; me estaba mareando con tantas preguntas y, en el fondo, todo se resumía en una única cuestión: ¿quién tenía ahora el manuscrito perdido?
Pero ni siquiera esa pregunta era fácil de formular, porque al parecer no había un solo documento, sino tres: los manuscritos Prayékt Vaskreséniye. Suponiendo que uno de ellos fuera la carta apócrifa de José de Arimatea que encontramos en la casa de Gálvez, ¿dónde estaban los otros dos y qué eran? ¿Y qué significaba Prayékt Vaskreséniye? Necesitaba un traductor de ruso, pero no conocía ninguno. Quizá pudieran ayudarme en la embajada... De pronto, caí en la cuenta: el novio de mi prima Violeta, Nikolai Lubkov, había llegado a Madrid el pasado viernes y era ruso. A toda prisa, cogí el Motorola y llamé a Violeta.
—Buenos días, palomita —me saludó mi prima—. ¿Llamas para disfrutar de mi chispeante conversación o buscando el magistral dominio sobre el ciberespacio que me caracteriza?
—Pues ni una cosa ni otra —respondí—. ¿Llegó tu chico?
—¿Niko? Sí, la Aeroflot me lo trajo el viernes a Barajas. Está viviendo en casa. A mamá le gusta mucho; dice que es demasiado bueno para mí y que, si no adelgazo, cualquier día lo perderé. Qué encanto de madre tengo, ¿verdad?
—¿Está ahí?
—¿Mi madre?
—No, Niko.
—Qué va; ha salido para solucionar no sé qué asuntos en el consulado. ¿Por qué lo preguntas, cielito?
—Quería consultarle algo. He oído un par de palabras en ruso y me gustaría saber qué significan.
—¿Qué palabras?
—«Prayékt Vaskreséniye».
—Vaya... ¿cómo se escribe eso?
—Ni idea. Sólo sé que suena así.
—De acuerdo, espera un momento. —Oí un rápido teclear y Violeta dijo—: Repítelo en voz alta y clara.
—«Prayékt Vaskreséniye».
—Otra vez.
—«Prayékt Vaskreséniye».
—Vale, ya lo he grabado. Se lo pasaré a Niko en cuanto vuelva. ¿Algo más, bomboncito?
* * *
Finalmente, logré apartar de mi cabeza el asunto Gálvez y dedicarme a resolver el trabajo que tenía pendiente. No obstante, dos nuevas llamadas telefónicas me interrumpieron. La primera era de mi hermana Macarena.
—Te llamo por el «amigo invisible», Carmen —dijo—. Este año me ha tocado organizarlo a mí.
Dios santo, el «amigo invisible», lo había olvidado por completo. En mi familia, sólo había tres tradiciones navideñas: la primera, asistir todos juntos a la misa del gallo (algo a lo que yo me negaba en redondo a participar); la segunda, reunimos todos los hermanos, con parejas y prole, en casa de nuestros padres para celebrar la comida de Navidad; y la tercera, hacernos mutuos regalos ese día siguiendo el viejo método del «amigo invisible».
—Vale, ¿quién me ha tocado? —pregunté.
—Te va a encantar, Carmencita —respondió mi hermana en tono socarrón—. Tienes que regalarle algo a mamá.
Sentí que el suelo se hundía bajo mis pies.
—No puede ser —dije—. Si ya me tocó hace un par de años.
—Caprichos del destino. Ha sido por sorteo, lo siento.
—No, no, espera un momento; quizá podamos llegar a un acuerdo...
—¿Estás intentando sobornarme? —Macarena soltó una carcajada—. Tentador, pero no; prefiero ver qué le compras. Y, sobre todo, la cara que pone ella.
Mi madre era la mujer más difícil de obsequiar del mundo. Si el regalo era caro, protestaba porque le parecía excesivo, y si era barato ponía mala cara y casi ni te daba las gracias; si era algo útil, lo consideraba vulgar, si era un objeto inútil, no sabía dónde meterlo; si era ropa, no le sentaba bien, si era un libro, no le gustaba el autor, si era una joya, ella no llevaba esa clase de joyas. Encontrarle un regalo apropiado significaba emprender la búsqueda de un punto medio casi imposible de localizar. Pero me había tocado; desde luego, aquél no era mi año.
La segunda llamada se produjo apenas quince minutos después; era Óscar.
—Vaya, por fin —dije—. Te he estado llamando todo el fin de semana.
—Lo siento; tuve el móvil desconectado. ¿Qué tal estás?
—Bien. ¿Y tú, qué tal en Barcelona?
—Como siempre. Oye, ¿tu hermana sigue viviendo contigo?
Su voz sonaba tan fría, su tono tan distante, que le dije que sí sin atreverme a confesarle que a ella se le había añadido un primo.
—¿Te pasa algo? —pregunté.
—No...bueno, sí, pero no quiero hablarlo por teléfono. ¿Estarás esta tarde en la oficina?
—A última hora. Pero...
—¿Te parece bien que me pase por ahí a las ocho?
—Mejor a las ocho y media. —Titubeé—. Óscar, ¿qué sucede? Adelántame algo...
—Te lo diré en persona. Luego nos vemos; adiós, Carmen.
Cortó la comunicación tan bruscamente como la hoja de una guillotina segando una cabeza. Se avecinaba tormenta; ya oía el fragor de los relámpagos. Acabé de trabajar a las dos y bajé a la taberna de Abilio. Hermes había salido por algún asunto de trabajo y, además, estaba enfadado conmigo, de modo que comí sola; el menú del día consistía en lentejas estofadas, filete empanado y flan de la casa. Justo cuando estaba acabando el plato de legumbres, Violeta me llamó al Motorola.
—¿Puedes hablar? —preguntó—. ¿O te pillo comiendo?
—Me pillas comiendo, pero da igual. Dime.
—Le he preguntado a Niko sobre esas palabras rusas—Hizo una pausa tan larga que me vi obligada a preguntar:
—¿Y sabe qué significan?
—Sí, sí, lo sabe. Pero quiere hablarlo contigo.
—Vale, pásamelo.
—Por teléfono no. ¿Puedes pasarte por casa después de comer?
Consulté el reloj.
—Pero sólo un momento —repuse—. Tengo una cita a las cuatro.
—De acuerdo. No tardes, Carmen; por lo visto, es importante.
Así que di cuenta del menú de Abilio a toda prisa. Hacía tiempo que no oía hablar a Violeta tan en serio.
* * *
Llegué a casa de mi prima a las tres menos diez. Mi tía Marisa, la madre de Violeta, me recibió con un par de besos y me condujo al salón, donde me esperaban, sentados en un sofá, su hija y Nikolai; luego se fue a la cocina para preparar café.
Formaban la pareja más extraña que he visto en mi vida. Violeta acababa de cumplir treinta años, medía un metro setenta y debía de pesar unos ciento cincuenta kilos. Era enorme, gordísima, y sin embargo resultaba de algún modo guapa, con los labios pintados de un rojo intenso, los ojos maquillados y el pelo recogido en una coleta. Parecía una descomunal muñequita. Nikolai debía de tener cuatro o cinco años más que ella, medía uno ochenta, tenía los ojos azules, el pelo rubio y la complexión de un levantador de pesas. No podían ser más diferentes; pero les unía el amor y la informática. Intercambiamos unos besos y me senté en una silla, frente a ellos.
—Carmen tiene prisa, Niko —dijo Violeta—. Dile lo que me has contado antes.
Nikolai se acomodó en el borde del sofá y manoteó el aire, como si las palabras volaran y quisiera atraparlas.
—Perdona mal español mío —dijo—. Estoy aprendiendo.
—No importa; hablas muy bien.
—Gracias, pero todavía no bien. —Hizo una pausa y preguntó—: Esas palabras, Prayékt Vaskreséniye, ¿tú dónde has oído?
—Las pronunció el abogado de unos compatriotas tuyos. ¿Qué significan?
—Significan «Proyecto Resurrección». ¿Sabes qué es?
—Creo que el nombre de unos documentos antiguos.
Nikolai se frotó la nuca, pensativo.
—¿Sabes, Carmen? —dijo—; yo oí hace años esas palabras, Prayékt Vaskreséniye. Amigos hablaron de ellas, cuando yo trabajaba en SVR...
—¿SVR? —le interrumpí.
—Sluzhba Vneshney Razvedki —repuso—. Servicio Inteligencia Exterior.
—Lo que antes era el KGB —aclaró Violeta—. Los espías.
—¿Has trabajado para la inteligencia rusa? —le pregunté a Nikolai, sorprendida.
—Hace años, sí. —Sonrió—. Pero yo analista informático, no agente secreto.
En ese momento entró la madre de Violeta con una bandeja; puso tres tazas sobre la mesa, sirvió el café y luego se retiró discretamente, alegando que tenía cosas que hacer en la cocina.
—Cuando yo trabajé en SVR —prosiguió Nikolai—, todavía gente allí de antigua KGB, y esa gente contaba...
Se interrumpió y frunció el ceño, intentando encontrar la palabra adecuada.
—Puedes hablar en inglés si te resulta más fácil —sugerí.
—No —insistió—. Yo debo practicar español.
—Aún no controla mucho los artículos —terció mi prima—. Pero ¿a que es un encanto?
Finalmente, Nikolai tiró la toalla y, dirigiéndose a Violeta, preguntó:
—¿Cómo dices en español «gossip»?
—Chisme, habladuría —respondió ella.
—Sí, eso —continuó Nikolai—. Compañeros trabajo contaban chismes sobre viejos tiempos KGB y ellos hablaron de Proyecto Resurrección, pero no sé si esto es misma cosa que dices tú.
—Mi cliente —repuse— me ha encargado buscar un documento del siglo primero escrito en arameo. Al parecer, ese documento pertenecía a Stanislav Cherenko, un mafioso que trabajó para el KGB.
—Stanislav Cherenko... —murmuró Nikolai—. No conozco. ¿Qué sabes sobre documento?
—Es un pergamino, ignoro exactamente de qué trata; algo sobre Juan el Bautista y Jesucristo. Mi cliente dijo que había pasado de mano en mano durante generaciones. —Hice memoria—. Dijo que había estado en Auschwitz, y en Berlín, y luego mencionó una plaza, no recuerdo el nombre...
—¿Plaza Lubyanka? —sugirió Nikolai.
—¡Exacto! —exclamé—. ¿Cómo lo sabes?
—En Plaza Lubyanka estaba antigua sede KGB. —Nikolai se masajeó la mandíbula, pensativo—. Aún tengo amigos en servicio inteligencia de mi país, Carmen; ¿tú das permiso a mí para preguntar a ellos sobre Proyecto Resurrección?
—Claro, me harías un gran favor. Pero espera un momento; cuando tus compañeros te hablaron sobre ese proyecto, ¿no te dijeron qué era?
—Oh, sí, sí dijeron —asintió con gravedad—. No conozco detalles, pero Prayékt Vaskreséniye era viejo plan KGB para acabar con Iglesia católica.
* * *
Poco a poco, la historia iba cobrando sentido. Hasta ese momento me preguntaba qué relación podía existir entre un mafioso ruso y un manuscrito arameo del siglo primero, y ahora, gracias a la información que me había proporcionado Nikolai, tenía una respuesta parcial: el documento había estado en algún momento en poder del KGB, formando parte del Proyecto Resurrección, nada más y nada menos que un plan para destruir a la Iglesia católica. ¿En qué clase de locura me había metido?
Salí de casa de Violeta a las tres y media de la tarde y cogí un taxi. Apenas tardé quince minutos en llegar a la calle Espronceda, donde se encontraba el domicilio de Julia Fuentes, la mujer de Andrés Escobar; de modo que, como aún faltaba un cuarto de hora para la cita, decidí acercarme andando a la calle Modesto Lafuente para echarle un vistazo a la filatelia.
Mundopost, una tienda pequeña y discreta, estaba clausurada con una verja metálica corrediza; pegado a la puerta con cinta adhesiva, un cartel escrito con rotulador rezaba: «Cerrado por defunción». En el escaparate, a través de los barrotes, se distinguían sellos, monedas, álbumes, lupas, estuches y toda suerte de artículos para coleccionista; y también otro letrero, éste cuidadosamente tipografiado, donde podía leerse: «Genealogías. Estudio completo de apellidos. Heráldicas». Todo era aburridamente normal, una filatelia como tantas otras, así que me dirigí de nuevo al número 40 de Espronceda.
El piso de Escobar se encontraba en la segunda planta de un feo edificio de los años cincuenta. Me abrió la puerta un hombre de unos treinta años que se presentó como Adolfo Escobar, hijo del difunto Andrés. Iba correctamente vestido con un traje gris de corte clásico y tenía aspecto agradable, incluso atractivo, pero me miraba con manifiesta desconfianza, casi con hostilidad, y su saludo sólo podría haber sido más frío si hubiese empleado nitrógeno líquido para estrecharme la mano. Tras dejar mi abrigo en un perchero, me condujo en silencio a un saloncito donde nos aguardaba su madre sentada a una mesa camilla. Julia Fuentes era una mujer menuda, de apariencia marchita, con el pelo grisáceo y aire cansado; debía de tener cincuenta y muchos años, pero, quizá a causa del vestido negro que llevaba y de la ausencia de maquillaje, aparentaba bastantes más. La saludé, dándole el pésame por la muerte de su marido, y le entregué mi tarjeta; luego me senté en una silla, frente a ella. Adolfo se acomodó al lado de su madre, con aire protector, y le echó un vistazo a la tarjeta.
—¿Es usted detective privado? —preguntó con recelo, como si no acabara de creérselo.
Asentí con un cabeceo.
—Estoy investigando un asunto relacionado con el escritor Sebastián Gálvez —dije—. Al examinar el listado de sus llamadas, descubrí que había telefoneado en repetidas ocasiones a don Andrés Escobar. ¿Saben ustedes algo del señor Gálvez?
—La policía ya estuvo aquí preguntando por eso —dijo Adolfo.
Así que Braulio se me había adelantado; un punto para él.
—¿Y qué contestaron ustedes? —pregunté con la más amistosa de mis sonrisas.
—Que nunca había oído ese nombre —respondió Adolfo.
—Yo sí —intervino la señora Fuentes con voz débil—. Se lo oí mencionar a mi esposo hace unos meses.
—¿Qué dijo?
—Lo siento, no lo recuerdo. Creo que sólo citó su nombre.
—¿Llegó usted a conocer al señor Gálvez?
—No, nunca le vi.
—¿Sabe qué clase de relación tenía con su esposo?
—Supongo que era un cliente.
Negué con la cabeza.
—Gálvez no coleccionaba sellos ni monedas —dije.
La mujer hizo un gesto de impotencia.
—Puede que Andrés le estuviera haciendo un estudio genealógico, pero no lo sé.
—¿Sabía que su marido estuvo visitando regularmente la casa del señor Gálvez durante la primera mitad del año?
La señora Fuentes movió lentamente la cabeza de un lado a otro.
—No, no lo sabía —respondió.
Hice una pausa y paseé la mirada por el salón. Había una cómoda con un espejo, dos butacas de pana verde, una mesita con un televisor encima, la mesa camilla y cuatro sillas en torno a ella. Sobre nosotros, una araña de bronce colgaba del techo. En las paredes se veían reproducciones enmarcadas de estampas ecuestres. Todo era viejo y pasado de moda, como si en aquella casa el tiempo se hubiera detenido en algún momento de los años setenta. Puede que fuera mi imaginación, pero me pareció percibir en el ambiente un leve olor a rancio.
—¿Su marido habló alguna vez acerca de un documento antiguo? —pregunté.
—Constantemente. A Andrés le apasionaba la heráldica y pasaba muchas horas examinando documentos viejos en toda clase de archivos.
—Me refiero a un manuscrito de casi dos mil años de antigüedad, un pergamino escrito en arameo.
La señora Fuentes volvió a negar con la cabeza.
—¿Oyó a su marido mencionar el Proyecto Resurrección? —dije.
—No.
—¿Y el manuscrito mandeo?
De repente, las pupilas de la mujer se dilataron y sus mejillas palidecieron; incluso se echó hacia atrás, como si hubiera recibido un golpe.
—No, no sé lo que es... —musitó.
Mentía. La miré fijamente a los ojos.
—Esto es muy importante, señora Fuentes —dije—. Por favor, cuénteme lo que sepa de ese manuscrito.
—Lo siento... —La mujer, visiblemente turbada, tragó saliva—. No sé de qué me está hablando.
—Yo creo que sí.
—Oiga, no le consiento que presione a mi madre —me interrumpió Adolfo.
Le contemplé en silencio durante unos segundos y luego, procurando ser lo más convincente posible, dije:
—Señor Escobar, sospecho que su padre no fue víctima de un accidente. En realidad, creo que le asesinaron.
Me miró como si fuera una extraterrestre.
—Usted está loca —me espetó—. La policía dijo que había sido un accidente.
—¿Hubo testigos? —pregunté.
—No. ¿Y qué?
—Pues que si no hubo testigos, ¿qué diferencia hay entre un atropello involuntario y uno voluntario? Escuche, ya se han cometido al menos dos asesinatos relacionados con Sebastián Gálvez y con un documento arameo que quizá se llame, aunque no estoy segura, manuscrito mandeo.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —replicó Escobar Jr.—. Ya le hemos dicho que nunca hemos oído hablar de ese documento.
—Me parece que su padre sí lo conocía —dije—. Y creo que la señora Fuentes también.
—¡Bueno, basta ya! —restalló Adolfo, incorporándose—. Haga el favor de irse.
—Por favor, señor Escobar, le ruego que...
—¿Se va o la echo yo? —me cortó, aproximándose con aire amenazador.
—De acuerdo —dije, poniéndome en pie. Luego, miré a la mujer y añadí—: Señora Fuentes, yo sólo quiero lo mismo que usted: descubrir la verdad.
El hijo de Andrés Escobar me cogió de un brazo, tiró de mí hacia la salida, me arrojó a la cara el abrigo y, prácticamente a empujones, me echó de la casa, no sin antes advertirme que no volviera a poner los pies allí.
* * *
Reconozco que aquel asunto me fascinaba, me tenía hipnotizada, era como descifrar un jeroglífico o resolver un crucigrama, algo muy diferente a los aburridos asuntos con los que, usualmente, me veía obligada a lidiar. Pero, al mismo tiempo, estaba harta; no avanzaba, me sentía como si intentara nadar hacia una isla y la corriente me alejara constantemente de ella, con el agravante de que la isla estaba cubierta de niebla. Incluso puede que ni siquiera hubiera isla.
Cuando salí (o me echaron) de la casa de Andrés Escobar, eran las cuatro y media, de modo que aún faltaban noventa minutos para la conferencia de la Sociedad Sigel; poco tiempo para regresar a la agencia y demasiado para tomar un café. Entonces advertí que en la acera de enfrente había un local con un rótulo que rezaba: «La Casa del Masaje», y comprendí que lo que en aquellos momentos necesitaba era, precisamente, un masaje.
Quince minutos más tarde estaba tumbada boca abajo en una camilla, completamente desnuda, salvo por la toalla que púdicamente me cubría el trasero. Mientras las manos de Gladys, una fornida y encantadora masajista colombiana, se dedicaban a colocar en su sitio, uno por uno, todos los músculos de mi espalda, permití que mi mente volara con libertad, pero al final, después de un par de loopings, acabó aterrizando de nuevo en el caso Gálvez. Había sido una lástima que el hijo de Escobar tuviese tan mal genio, aunque en el fondo resultaba comprensible; supongo que cualquiera habría reaccionado igual si una extraña se presentara en su casa afirmando que su padre había sido asesinado. No, yo no había manejado bien aquella entrevista; supongo que me sorprendió la reacción de la señora Fuentes cuando mencioné el manuscrito mandeo. En cualquier caso, ahora sabía que la mujer de Escobar ocultaba algo; el problema era cómo acceder a ella después del numerito que habíamos montado su hijo y yo.
Salí de La Casa del Masaje a las seis menos veinte, tan relajada como un bebé después del baño. Paré un taxi y le pedí al conductor que me llevara al número 2 de la calle del Pastor, donde estaba la sede de la Sociedad Sigel. La calle del Pastor se encontraba al noroeste de Madrid, en las afueras, muy cerca de la Ciudad Universitaria, en una pequeña zona poblada por colegios mayores, chalés y casas bajas. El número 2 correspondía a un palacete con un enorme jardín rodeado por un elevado muro de ladrillo rematado por una verja de hierro forjado. Frente al edificio principal, al otro extremo del jardín, se alzaba una construcción más reducida que, al principio, no pude identificar. En conjunto, el solar ocupaba dos terceras partes de la manzana.
La entrada estaba abierta; a la derecha, atornillados a la jamba por encima de un interfono, había dos rótulos dorados; uno rezaba: «Palacio Rocanegra», y el otro, situado justo debajo: «Sociedad Sigel». Crucé el umbral y un individuo vestido de conserje me salió al paso exigiéndome la invitación; se la entregué y el hombre señaló en dirección al edificio secundario. Eché a andar hacia allí; mientras caminaba, tuve tiempo de examinar con más detalle el palacete. Era una construcción de tres plantas, de estilo neogótico, probablemente erigida en el siglo XIX; reconozco que me pareció tan ostentosa como, en el fondo, hortera. El jardín era enorme, muy frondoso, con una fuente en el medio y gran cantidad de árboles; no obstante, ofrecía una apariencia descuidada, con los setos sin podar, la hierba creciendo salvaje y hojas muertas amontonándose por doquier.
Al doblar un recodo del sendero, justo detrás de cuatro grandes abetos, apareció ante mis ojos el segundo edificio. Era una iglesia; no una capilla, ni una ermita, ni un templete: una iglesia neogótica de buen tamaño, tan incongruente como el edificio principal. En la entrada —un arco ojival rodeado por una arquivolta tallada con motivos vegetales— había un cartel fijado a la madera de la puerta: «El Yggdrasil y la cosmogonía nórdica. Conferencia dictada por don Gabino García-Mesegué». Del interior surgía un murmullo de voces. Empujé la puerta y entré.
La iglesia estaba despojada de todo adorno religioso; no había imágenes, ni cuadros, ni crucifijos, nada, tan sólo un altar desnudo presidido por una runa sigel de bronce. Al pie del altar había una mesa con un micrófono encima y, detrás, dos sillas vacías. A la derecha del recinto, ocupando lo que antes debía de haber sido una capilla, se alzaba una enorme chimenea de mármol en cuyo seno ardían unos troncos. Ocupando la nave central se extendía una doble fila paralela de bancos corridos; como los de cualquier iglesia, pero sin reclinatorio. En aquel momento debía de haber unas ciento cincuenta personas sentadas en aquellos bancos.
Consulté el reloj; eran las seis y cinco. Distinguí a mitad de la bancada derecha un hueco libre y me senté allí sin quitarme el abrigo, pues la chimenea, pese a su tamaño, apenas lograba caldear el ambiente. Miré a mi alrededor; no vi ni rastro de la marquesa, así que me dediqué a examinar a la gente. Había tantos hombres como mujeres, casi todos entre maduros y ancianos; creo que yo era la más joven de la reunión. A juzgar por sus ropas, la mayor parte pertenecía a la clase alta, aunque también vi a algún que otro individuo que parecía extraído de una oficina siniestra.
Minutos más tarde, la puerta de la iglesia se abrió y un murmullo recorrió el público; la marquesa había hecho acto de presencia. Sentada en una silla de ruedas que empujaba un criado de librea, recorrió el pasillo abierto entre las dos bancadas hasta detenerse a la izquierda del altar. Iba vestida de negro y tan maquillada como en la foto que había encontrado en Internet; pese a que varios de los asistentes la saludaron al pasar, la anciana permaneció imperturbable, con la mirada perdida en algún punto situado muy por delante de ella, como una reina indiferente a los vítores de su corte. No sé por qué, pero me pareció un punto grotesca, por anacrónica, la imagen del mayordomo empujando a aquella vieja momia.
Detrás de ellos caminaban una cincuentona con aspecto de institutriz alemana y un hombre, también cincuentón, calvo, con gafas y bigote que me recordó al Rompetechos de Ibáñez. Ambos se aproximaron a la mesa y tomaron asiento en las sillas que había detrás. De pronto, se apagaron las luces, permaneciendo sólo encendidas las que iluminaban el altar. La mujer conectó el micrófono y, tras asegurarse de que funcionaba dando unos golpecitos con el dedo, se presentó como Mercedes Hernández Mendizábal, secretaria de la Sociedad Sigel. Acto seguido, pasó a glosar la figura de don Gabino García-Mesegué —por lo visto, era el Rompetechos que tenía al lado—, afirmando que, aparte de perito industrial, se trataba de uno de los máximos expertos mundiales en mitología.
En ese momento, uno de los espectadores que estaban sentados en la primera fila se levantó y echó a andar hacia la salida. Al principio no le presté atención, pero al poco me pareció advertir algo familiar en él, de modo que le seguí con la mirada, pero tenía el rostro girado a la derecha y no pude distinguir sus facciones. El hombre avanzó pegado al muro, llegó a la puerta y la abrió; antes de cruzarla, volvió fugazmente la cara hacia mí y abandonó la iglesia.
Fue sólo un instante, apenas lo que dura un parpadeo, pero me dio tiempo a reconocerle: era el tipo con pelo engominado y aspecto de zorro al que había sorprendido espiándome cuando entrevisté a Adela Santos. Me incorporé bruscamente y, disculpándome con los que tenían que apartarse para abrirme paso, me dirigí a toda prisa a la puerta y salí al exterior.
Aunque estaba anocheciendo, aún había suficiente luz para comprobar que el jardín estaba desierto. Eché a correr hacia la salida, crucé por delante del conserje, me asomé a la calle y miré a un lado y a otro. El zorro no estaba, había desaparecido, así que me aproximé al conserje y le pregunté si acababa de salir alguien. El buen hombre me aseguró que no y yo regresé a la iglesia caminando despacio. Puede que el espía estuviese oculto en el jardín, pero no me apetecía jugar al escondite.
Para no molestar más, en vez de dirigirme al asiento que había ocupado antes, me acomodé en la última fila de bancos. El conferenciante ya había comenzado su charla y en aquel momento decía algo así como: «... sólo existía el vacío, el Ginnungagap, abismo insondable que contenía el germen de la totalidad de las cosas: Niflheim, al norte, una región brumosa o reino del hielo eterno. Allí murmuraba la fuente Hvergelmir de la cual partían doce ríos helados. Al sur estaba el reino de fuego, el Muspellsheim...». La verdad es que era un coñazo insoportable, así que no tardé en dejar de prestar atención, arruinando toda posibilidad de averiguar qué demonios era el «Yggdrasil». En vez de escuchar la tediosa charla de García—Mesegué, me sumí en mis reflexiones; es decir, me puse a dar vueltas y más vueltas en torno al caso Gálvez. ¿Por qué me seguía el tipo de aspecto zorruno? ¿Quién era y a qué intereses representaba? No tenía aspecto de ruso; entonces, ¿para quién trabajaba? ¿Para el misterioso Vargas? En cualquier caso, pensé, no parecía peligroso; aunque acto seguido caí en la cuenta de que, a primera vista, Ángel tampoco lo parecía —más bien todo lo contrario—, y sin embargo era la persona más letal que había conocido en mi vida.
La charla terminó a las siete y cuarto, pero el turno de preguntas dilató el acto veinte minutos más. Finalmente, tras un cerrado aplauso, las luces se encendieron y yo me levanté dispuesta a acercarme a la marquesa; pero no fui la única que tuvo esa idea, pues un grupo de personas se congregó en torno a la anciana hasta ocultarla por completo, así que volví a sentarme y aguardé a que los cortesanos dejaran en paz a su monarca. Diez minutos después, el grupo se disolvió y la marquesa, empujada por el sirviente, rodó hacia la salida. Entonces me crucé en el camino de la silla de ruedas, obligándola a detenerse, y le ofrecí a la aristócrata mi mejor sonrisa y una de mis tarjetas.
—Buenas noches, señora Santaclara —la saludé—. Me llamo Carmen Hidalgo. Si no tiene inconveniente, quisiera hablar con usted unos minutos.
No fue la anciana quien cogió la tarjeta, sino el mayordomo; la leyó, se inclinó hacia la marquesa y le susurró algo al oído. Ella alzó una ceja y me miró con abierta reprobación.
—¿Eres detective privado?
Pronunció aquellas dos palabras, «detective privado», como si olieran a excrementos de cerdo.
—Sí, soy investigadora —respondí.
—¿Y qué investigas, niña?
—Un asunto relacionado con el escritor Sebastián Gálvez. Creo que usted le conocía, ¿no es cierto, señora Santaclara?
—Si vas a dirigirte a mí —replicó la mujer con sequedad—, hazlo apropiadamente. Mi tratamiento es «ilustrísima» o «señora marquesa», lo que prefieras.
—Disculpe. ¿Conocía usted al señor Gálvez?
—Sí; dictó aquí varias conferencias.
—¿Eran amigos?
Me contempló como si le sorprendiera la simple posibilidad de ser amiga de alguien.
—Claro que no —repuso—; pertenecíamos a ambientes muy distintos. Pero no le niego que sentía un gran respeto por él, pues, aparte de ser un erudito, tenía el arrojo de combatir con sus libros las ponzoñosas mentiras de la Iglesia.
—¿Cuándo le vio por última vez?
—En su última charla. No sé cuándo fue eso; pregúntale a Merceditas, la secretaria de la sociedad. Ella te dirá.
—Sí, pero...
—He leído en el periódico que le han asesinado —me interrumpió—. Es una tragedia, una verdadera tragedia. —Me dedicó una mirada de ave rapaz y agregó—: Yo sé quién le ha matado.
—¿Ah, sí? ¿Quién?
La anciana me indicó con un gesto que me aproximara. Agaché la cabeza y ella me susurró:
—Los dominicos, la Inquisición. —Me apartó con un ademán y prosiguió en voz alta—: Y si no, los jesuitas; el Papa Negro tiene agentes por todas partes. O la Santa Alianza, esa caterva de conspiradores.
—¿Cree que le mató algún miembro de la Iglesia católica?
—Por supuesto. El asesino viste sotana; no lo dudes, niña. Los libros de Gálvez levantaban ampollas en el episcopado, incluso en la curia romana. Había que silenciarle; el Vaticano es experto en cerrar bocas.
—Muy interesante, pero...
—Es la primera vez que vienes aquí, ¿verdad?
—Sí.
—¿Eres católica?
—Bueno, estoy bautizada...
—Yo también, y eso no importa. ¿Vas a misa? ¿Sigues los preceptos papistas?
—La verdad es que no mucho.
La marquesa asintió, aparentemente satisfecha por mi respuesta.
—¿Cómo has dicho que te llamabas? —preguntó.
—Carmen.
—El apellido, niña —exigió con impaciencia.
—Hidalgo.
La mujer murmuró «Hi-dal-go» pronunciando por separado las sílabas, como si saboreara cada matiz de la palabra.
—Es un apellido noble —dijo al fin—. Tienes buena sangre, niña. ¿Sabes si alguno de tus antepasados era judío?
—Ni idea.
—Pues averígualo; esas cosas son importantes.
—Lo haré. Pero ahora...
—Deberías asistir a las reuniones de la Sociedad Sigel —me interrumpió una vez más—. Puede que entre nosotros encuentres una espiritualidad más robusta a la que aterrarte.
Dicho esto, la anciana, como si yo hubiera dejado repentinamente de existir, apartó la mirada y le hizo un gesto con la mano al lacayo que tenía detrás; éste comenzó entonces a empujar la silla y, sorteando mi cuerpo, se dirigió a la salida. A punto estuve de confesarle a su ilustrísima que «Hidalgo» era mi nom-de-guerre y López el verdadero apellido, pero temí defraudarla, de modo que la seguí con la mirada en silencio hasta que desapareció tras la puerta.
Suspiré. Había perdido el tiempo; esa mujer, como dijo Quique Llop, no estaba del todo en sus cabales. No obstante, su teoría de que Gálvez había sido asesinado por un sacerdote me recordó las cruces de aceite de oliva que encontraron en la frente y las manos del editor Germán Bosco. ¿Y si estaba en lo cierto? Consulté el reloj; eran las ocho y diez, y había quedado a las ocho y media con Óscar, así que, sumándome a los últimos invitados, abandoné la iglesia a toda prisa.
* * *
Tardé mucho en encontrar un taxi y luego me vi abducida por un atasco típicamente navideño, así que, cuando llegué a la agencia, Óscar llevaba quince largos minutos esperándome en la recepción.
—Lo siento —dije—. El tráfico estaba fatal.
Ni siquiera hizo amago de besarme; se incorporó, muy serio, y dijo:
—No importa. ¿Podemos hablar ahora?
Asentí y, tras saludar a Gabriel, me dirigí al despacho acompañada por la severa sombra en que se había transformado mi querido ex futbolista. Una vez dentro, dejé el abrigo en el perchero y el bolso sobre el escritorio. Óscar se acomodó en una silla y yo en otra; durante unos segundos nos contemplamos en silencio, aunque en realidad no eran necesarias las palabras, pues en su mirada estaba escrito lo que iba a decirme.
—¿Sabes? —comentó—. He estado todo el fin de semana dándole vueltas a cómo enfocar... esto, a qué decirte y cómo decírtelo, y ahora no le veo sentido. Sencillamente, no sé cómo expresarlo.
—Inténtalo —repuse con una frialdad que me sorprendió a mí misma.
Óscar contuvo el aliento durante unos segundos y lo dejó escapar de golpe.
—Pensaba decirte que teníamos que dejar lo nuestro, pero ahora me doy cuenta de que, si alguna vez hubo un «lo nuestro», acabó hace mucho tiempo; probablemente, antes de empezar.
—Me parece que no te entiendo.
—Pues está muy claro, Carmen; ¿cuántas veces hemos estado juntos durante los últimos seis meses? ¿Veinte, treinta...? No muchas más, desde luego. Es simple: entre tu trabajo y tu familia, no hay sitio para mí.
—Entonces —repuse—, según tú, debería renunciar a mi trabajo, o a mi familia, o a las dos cosas.
—Bastaría con que le robaras un poquito de tiempo al trabajo —replicó—, otro poquito a tu querida familia, y me lo dedicaras a mí. No creo que sea pedir demasiado. —Sacudió la cabeza—. Pero esto ya lo hemos discutido mil veces y no ha servido para nada. Yo no puedo seguir así, Carmen; prefiero cortar ahora y no esperar a que esta absurda relación nuestra se degrade aún más.
No sé a ciencia cierta qué me sucedió; nunca me había ocurrido nada parecido. Quizá el fracaso de mi matrimonio me había provisto de caparazones y escudos que yo misma ignoraba tener; el caso es que, de pronto, dejé de sentir, mi interior se congeló y la única emoción que experimenté fue un profundo y creciente enfado. Me parecía tremendamente injusto lo que estaba diciendo Óscar, puro egoísmo por su parte. No sé cómo ni por qué, pero mi corazón se volvió de piedra.
—Supongo que si has venido hasta aquí para decirme eso —comenté con, ay, tanta frialdad—, será porque lo has meditado mucho. Si ésa es tu decisión, vale, como quieras.
Óscar me contempló con desconcierto; supongo que no esperaba aquella reacción por mi parte (ni siquiera yo la esperaba). Se incorporó, murmuró unas palabras que no pude entender y abandonó el despacho sin mirarme. Entonces me levanté, rodeé el escritorio y me senté en el sillón; posé los ojos en un punto indeterminado de la pared que tenía enfrente y permanecí así no sé cuánto tiempo, inmóvil, sin sentir nada, sin pensar en nada.
Mejor dicho, sí sentía algo: tenía la vaga impresión de que me estaba equivocando, pero no en relación con Óscar, sino respecto a algo que había sucedido ese día. Intuía que había cometido un error, pero era incapaz de discernir qué era.
Finalmente, me puse el abrigo, cogí el bolso y me fui a casa.
* * *
Al entrar en mi piso encontré a Teresa y a Pablo en el salón, rodeados de bolsas con nombres de boutiques y montones de ropa masculina; él se estaba probando unos carísimos pantalones G-Star mientras ella lo contemplaba sonriente. Me los quedé mirando en silencio, con una muda pregunta en las pupilas.
—Hola, Carmen —me saludó mi hermana—. Como Pablo estaba sin ropa, nos hemos ido de compras.
Pasé la mirada por las bolsas que se amontonaban en el suelo y pregunté:
—¿Quién lo ha pagado?
—Pues quién va a ser, hija: yo. Pablo no tiene dinero, ya lo sabes.
Moví la cabeza de un lado a otro, como un censor escandalizado, giré sobre mí misma y me fui a mi cuarto. Teresa vino a verme menos de un minuto después.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó.
—Nada —repliqué—. ¿Y a ti? ¿Sabes lo que estás haciendo?
—No. ¿Qué estoy haciendo?
—Pues, por ejemplo, comprarle ropa a tu amante con el dinero de tu marido. ¿Eso te parece bien?
—Caray, ni que la Visa fuese tuya. Mira, guapa, después de lo que me ha hecho Alberto, creo que puedo permitirme ciertos lujos.
—Ése es el problema —repliqué—. Actúas por despecho. No te has acostado con Pablo para echar un polvo, sino para vengarte de tu marido.
Mi hermana inclinó la cabeza y sonrió con tristeza.
—En eso tienes razón —dijo tras un silencio—. Ayer, cuando me llevé a Pablo a la cama, sólo pretendía pagarle a Alberto con la misma moneda. Pero resulta que me gustó. Mucho. Y esta tarde lo hemos hecho otra vez y me ha vuelto a gustar. ¿Te imaginas algo más patético que tener el primer orgasmo a los cuarenta años? Me siento estafada, Carmen; quiero recuperar el tiempo perdido antes de que sea tarde.
A punto estuve de decirle que es imposible recuperar el tiempo perdido, porque ese tiempo está muerto para siempre, y que ciertas cosas o se hacen en su momento o se hacen mal, pero de pronto me quedé sin ganas de discutir.
—Lo siento, Tere —musité, simulando una sonrisa que me salió marchita—; estoy de mal humor y lo he pagado contigo.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó.
—Nada importante —mentí—. Anda, vete; voy a echarme un rato.
Teresa se despidió con un beso y salió del dormitorio. Yo me tumbé en la cama, apagué la luz y me quedé mirando el juego de luces y sombras que el resplandor de la ventana proyectaba en el techo. Al cabo de un rato, Pablo llamó a la puerta, pero le mandé directamente a hacer puñetas. Una hora después, me desnudé, me puse el pijama y, sin cenar, ni tan siquiera lavarme los dientes, me metí en la cama, pero me costó mucho conciliar el sueño. En parte, supongo, por lo que me había sucedido con Óscar, y también, por supuesto, porque aquella noche mi hermana volvió a gritar repetidas veces.
Pero existía otra razón: mi sexto sentido vibraba a toda potencia avisándome de que se me escapaba algo; había un detalle en el caso Gálvez que chirriaba, algún factor que había malinterpretado. En la oscuridad de la noche, repasé mentalmente todo el asunto una y otra vez, pero no logré encontrar la pieza que encajaba mal. No obstante, tenía la convicción de que me estaba equivocando en algo.
MANUSCRITO SEGUNDO
El cadáver mentiroso
8
Al día siguiente, cuando me levanté, Teresa y Pablo aún estaban dormidos. Desayuné en el bar de la esquina y llegué puntual a la agencia. Hermes ya no parecía enfadado conmigo; me preguntó si había alguna novedad y le respondí que no. Era cierto; la investigación estaba lamentablemente estancada. Durante la primera parte de la mañana atendí a un par de clientes y revisé unos cuantos informes. Trabajaba maquinalmente, como si fuera un robot japonés, concentrándome en cada tarea y eludiendo cualquier pensamiento ajeno al trabajo.
Pero aquello no era normal; el hombre al que amaba me había dejado y mis ojos todavía no habían derramado ni una lágrima. Supuse que estaba conteniendo mis emociones y que, en algún momento, toda la tensión almacenada se desbocaría como una riada, pero de momento el dique contenía con inesperada solidez aquellas aguas revueltas. A eso de las once de la mañana, Gabriel me llamó por la línea interior para anunciarme que una señora quería verme.
—No tiene cita —dijo—, pero asegura que usted la conoce.
—¿Cómo se llama?
—Julia Fuentes.
La mujer del difunto Andrés Escobar. Como impulsada por un resorte, me puse en pie y salí a recibirla. La señora Fuentes vestía, al igual que el día anterior, un modesto traje negro y se cubría con un abrigo de lana gris plomo.
Su apariencia seguía siendo triste y apagada, pero advertí que, al menos, esa mañana se había maquillado un poco. Tras saludarla, la conduje a mi despacho. Colgó el abrigo en el perchero y se sentó en una silla, con la espalda muy recta y el bolso descansando sobre las rodillas. Yo me acomodé en el sillón, al otro lado del escritorio.
—Ante todo —dijo la mujer con voz débil—, quiero disculparme por el comportamiento de mi hijo. Sólo pretendía protegerme.
—Lo entiendo perfectamente; no se preocupe.
—Gracias. También quiero pedirle disculpas por mi propio comportamiento. Mi hijo estaba delante, así que no podía hablar con franqueza; él no sabe nada. El caso es que ayer no dije la verdad.
—Ha oído hablar del manuscrito mandeo, ¿no es cierto?
—Sí; desgraciadamente, sí. —Bajó la mirada, respiró hondo y luego me miró fijamente a los ojos—. Tiene usted razón, señora Hidalgo —dijo—. A mi marido le asesinaron, lo sé con absoluta certeza.
Hubo un largo silencio.
—¿Por qué no me lo cuenta desde el principio? —sugerí.
—Supongo que todo empezó, al menos para mí, hace más de treinta años. —La señora Fuentes hizo una pausa y prosiguió—. Antes de casarnos, Andrés me confesó que guardaba un secreto. Dijo que no se trataba de nada vergonzoso, ni ilegal, pero sí muy peligroso y que por eso, para protegerme de ese secreto, jamás me lo confesaría. Luego, me preguntó si yo podía aceptarlo y le dije que sí, pero mentiría si negase que aquello me provocó una gran curiosidad. Más tarde, ya casados, comencé a notar cierto comportamiento extraño en mi marido. Era coleccionista de sellos y, al abrir la tienda, se dedicó profesionalmente a la filatelia; sin embargo, su verdadera afición, su obsesión en realidad, era la heráldica. Dedicaba todo su tiempo libre a investigar apellidos, a indagar genealogías y enlazarlas entre sí. Con el tiempo, me di cuenta de que aquello no era un simple hobby: Andrés buscaba algo.
La mujer hizo una pausa y se pasó la lengua por los labios, como si tuviera la boca seca.
—¿Quiere algo de beber? —pregunté.
—Un poco de agua, por favor.
Llamé por teléfono a Gabriel y mi fiel secretario se presentó al poco con un botellín de agua mineral y un vaso; dejó ambas cosas sobre el escritorio y abandonó el despacho. La señora Fuentes se sirvió el agua y dio un sorbo.
—¿Qué buscaba su marido? —pregunté.
—Personas —respondió—. Gente que tenía algo en común. Me parece que, al menos en dos ocasiones, creyó encontrar lo que buscaba. Lo supe por su entusiasmo; estaba como un niño con zapatos nuevos. Pero al final ambos casos acabaron en decepción, y de nuevo comenzó la búsqueda, año tras año, durante décadas.
—¿Y usted no le preguntó nunca nada al respecto?
—Sí, en una ocasión, y al final todo derivó en una de nuestras escasas discusiones. Andrés había estado en Francia casi dos semanas, investigando no sé qué archivos; en principio tenía previsto pasar allí sólo cuatro días, pero su estancia se fue alargando. Tuve que ocuparme sola de la tienda y él se gastó mucho más dinero del previsto. Me enfadé y cuando regresó le exigí que me contara en qué estaba invirtiendo tanto tiempo y dinero. Se negó a contestarme, pero yo insistí, hasta que, finalmente, me respondió de muy mal humor que estaba buscando a personas como él. Entonces le pregunté qué tenía él de especial y me contestó algo muy extraño. Dijo: «Soy un mandeo, como lo fue mi padre, o mi abuelo, y a mi abuelo lo mataron por serlo». Luego, se encerró en su despacho y se negó a hablar más del tema.
—¿Dijo que él era un mandeo? —pregunté, extrañada.
—Sí.
—Señora Fuentes, ¿sabe usted lo que son los mandeos?
—Lo consulté —asintió—. Son una secta de Oriente Medio, y eso me dejó muy confundida, porque Andrés no era un hombre religioso. Creo que, en realidad, no se refería a ninguna secta.
—Entonces, ¿a qué se refería?
—No lo sé, pero cuando pronunció esa palabra, «mandeo», lo hizo en tono despectivo, como si fuera un insulto.
Bebió otro sorbo de agua y yo aguardé en silencio a que continuara su relato.
—A comienzos de este año —prosiguió—, Andrés volvió a estar exultante. Un día que se encontraba de especial buen humor me contó que había conocido a una persona, un historiador, que estaba dispuesto a ayudarle en su búsqueda.
—¿Sebastián Gálvez?
—Así es. Dijo que, si encontraban las pruebas necesarias, escribirían un libro sacando a la luz el secreto y así, cuando todo el mundo conociese la verdad, ya no tendríamos que volver a preocuparnos nunca más.
—¿A qué pruebas se refería?
—No me lo dijo. El caso es que este verano, mi marido se enemistó con Gálvez; yo misma le oí discutir con él por teléfono. A partir de ese momento, Andrés se sumió en una profunda depresión. Le pregunté qué le pasaba y él me contestó que Gálvez le había traicionado e iba a publicar el libro por su cuenta. No me explicó nada más, pero era evidente que estaba muy asustado.
—Cuando oyó a su marido discutir por teléfono con Gálvez —dije—, ¿escuchó la conversación?
—Estaba encerrado en su despacho —repuso— y apenas se le entendía. Pero a veces gritaba, algo que Andrés no solía hacer. Me pareció que discutían sobre algo que había aparecido en un periódico; creo que un anuncio, pero no estoy segura.
Sentí un aguijonazo de euforia; de repente, dos piezas separadas del puzle encajaban.
—¿Alguna vez mencionó su marido algo llamado «Documento Q»? —pregunté.
La esposa de Escobar negó con la cabeza. Tras un breve silencio, la invité a proseguir con un ademán.
—Hará unos tres meses —dijo—, Andrés me entregó un sobre cerrado, sin remite ni remitente, en blanco. Me pidió que no lo abriese y dijo que, si a él le sucedía algo, vendría alguien a casa, un desconocido interesándose por su secreto. Cuando eso sucediese, yo debería entregarle el sobre y permitirle que entrara en el despacho y se llevara lo que quisiera. —Tragó saliva—. Aquello me alarmó e insistí en que me contara lo que estaba pasando, pero él se negó; dijo que no quería poner en peligro mi vida y la de nuestro hijo, y me rogó que no le hiciera más preguntas.
—¿Cómo reconocería usted a la persona a quien debía entregar ese sobre?
—Eso mismo le pregunté a Andrés, y él me respondió que no me preocupase, que lo reconocería nada más verle. Y tenía razón. —La mujer suspiró débilmente—. El 8 de diciembre, mi marido no regresó a casa. De madrugada, un policía se presentó para anunciarme que Andrés había sido víctima de un atropello. Encontraron su cuerpo tirado en una carretera de la Casa de Campo; según los resultados de la autopsia, había ingerido mucho alcohol. Más tarde me contaron que la policía sólo barajaba una hipótesis: Andrés se había emborrachado, había acudido a la Casa de Campo, probablemente buscando una prostituta, y un coche le había atropellado por accidente, dándose después a la fuga. —Entrecerró los ojos—. Esa gente no conocía a mi marido —dijo con un punto de rabia—. Andrés era abstemio y no se iba de putas. Entonces, ¿qué hacía de noche en la Casa de Campo con el estómago lleno de alcohol? Sólo hay una explicación: alguien lo asesinó simulando un accidente.
Sus ojos se habían enturbiado por las lágrimas; sacó del bolso un diminuto pañuelo y se las enjugó con cuidado para no estropear el apenas perceptible maquillaje. Luego, dio un nuevo sorbo de agua y prosiguió:
—Cuatro días después de la muerte de mi marido, la primera vez que me quedé sola en casa, tres desconocidos llamaron a la puerta.
—¿Uno menudo y calvo, otro grande y moreno y el tercero oriental? —pregunté, experimentando una intensa sensación de deja vù.
—¿Los conoce? —repuso ella, sorprendida.
—No, pero he oído hablar mucho de ellos. El hombre calvo se llama Vargas, ¿no es cierto?
—Abraham Vargas —asintió—. El grande dijo llamarse Joáo Oliveira y el oriental, Zhang Wei. Afirmaron que eran clientes de mi marido y que sólo habían venido para darme el pésame. Les invité a tomar café, comenzamos a hablar y... —Se estremeció—. De pronto, Vargas empezó a hacerme preguntas muy extrañas, la clase de preguntas que sólo podría formular alguien que supiese que mi marido ocultaba un secreto. Fui a por el sobre y se lo entregué. Contenía una carta; cuando Vargas acabó de leerla, su única reacción fue preguntar: «¿Dónde está el despacho?». Les llevé allí y regresé al salón. Volvieron a salir tres cuartos de hora más tarde; se llevaron muchos papeles, y disquetes, y el ordenador de Andrés.
—¿Y no ha vuelto a saber nada de ellos?
—No. Pero aún no he acabado de contar la historia, señora Hidalgo. Al día siguiente de la muerte de mi marido hice algo vergonzoso, pero de lo que no me arrepiento. Le había jurado a Andrés que no leería la carta que me entregó, pero incumplí la promesa. Rasgué el sobre, leí lo que había escrito mi marido y luego introduje la carta en otro sobre. Pero antes hice una fotocopia.
La mujer sacó del bolso un papel doblado en cuatro y me lo entregó. Al desplegarlo se extendió ante mis ojos la reproducción de un breve texto escrito a mano con pulcra caligrafía.
A quien pueda interesar: el manuscrito mandeo perteneciente a mi familia desapareció el 16 de marzo de 1934 cuando un desconocido asesinó a mi abuelo, don Matías Escobar Sanchís, con el objeto de robarle dicho documento. Actualmente, sólo conservo una copia en pergamino realizada a mediados del siglo XIX y varias transcripciones mecanografiadas. Todo ello, así como el material que he acumulado en la investigación que emprendí hace años sobre los mandeos, se encuentra en mi despacho. Llévenselo; mi esposa está avisada y no pondrá ningún impedimento. Jamás he hablado con nadie acerca del legado mandeo, salvo con el escritor Sebastián Gálvez. En particular, siempre puse gran empeño en que ni mi esposa ni mi hijo supieran nada de tal asunto, pues siempre fui consciente de que, en este caso, mantenerles en la ignorancia era la mejor forma de protegerles. Por ello, y haciendo hincapié en que he colaborado sin reservas, les suplico que respeten la vida de mis familiares. Quizá yo no sea inocente, pero ellos sí.
Debajo figuraba la firma y la fecha. Doblé de nuevo la fotocopia y se la devolví a la mujer.
—¿Por qué no le ha contado todo esto a la policía? —pregunté.
—Antes de irse, Vargas me dijo que no hablara de ellos con nadie, en particular con la policía. Luego, como de pasada, comentó que, habiendo perdido a un esposo, sería una tragedia que le sucediera algo a mi hijo.
La señora Fuentes bajó la mirada y dejó caer la cabeza, como si con ese gesto intentara transmitirme lo dolorosa—mente derrotada que se sentía. Luego, se puso en pie y murmuró que era tarde y debía volver a casa. La ayudé a ponerse el abrigo, y, cuando me disponía a abrir la puerta para acompañarla, se volvió hacia mí y dijo:
—Quiero pedirle un favor, señora Hidalgo: si el criminal que asesinó a mi marido recibe alguna clase de castigo, le ruego que me lo haga saber.
—Por supuesto, cuente con ello.
—Y una cosa más. Si en su investigación descubre cuál era el secreto que ocultaba Andrés, no me lo diga. Prefiero conservar intacto su recuerdo.
La acompañé a la salida y, mientras contemplaba cómo desaparecía escaleras abajo, pensé que aquella mujer era mucho más fuerte de lo que su apariencia frágil y triste dejaba traslucir, y que Andrés Escobar había sido afortunado por tener a su lado a una persona así.
Luego recordé que yo ya no tenía a nadie a mi lado y regresé de mal humor al despacho.
* * *
Ese día comí con Hermes en la taberna de Abilio; dado que en el menú había cocido, el plato estrella de la casa, ambos lo pedimos. Mientras dábamos cuenta del caldo, le relaté la conversación que había mantenido con la señora Fuentes. Luego, mientras esperábamos los garbanzos, la verdura y la carne, expuse mis conclusiones.
—Escobar guardaba un secreto relacionado con un documento antiguo, el manuscrito mandeo (que probablemente es lo mismo que está buscando nuestro cliente). Al parecer, ese secreto resultaba peligroso por algún motivo.
—Peligroso no sólo para él —puntualizó Hermes con intención.
Si seguíamos por ese camino, acabaríamos hablando de guardaespaldas, de modo que no le hice caso y proseguí:
—Por otro lado, sabemos que Escobar buscaba a gente semejante a él.
—Mandeos. Pero no los mandeos—mandeos, sino otros mandeos. Parece un acertijo.
—Pasemos por alto de momento la naturaleza de esos mandeos, pero supongamos que lo que les une es ese manuscrito y el secreto que encierra. La cuestión es: ¿para qué los buscaba Escobar?
Hermes se encogió de hombros.
—Por curiosidad, porque eran de la familia, para montar un club, vete tú a saber.
Negué con la cabeza.
—Recuerda —señalé— que Escobar conocía el texto del documento, pero no tenía el pergamino auténtico, porque se lo robaron a su abuelo. Recuerda también que, según Thibaut-Rochelle, en el siglo primero se hicieron varias copias del manuscrito. Pues bien, yo creo que Escobar buscaba a otros mandeos por si alguno de ellos conservaba el manuscrito original.
—¿Y para qué lo quería si ya conocía el texto? —objetó.
—Como prueba —respondí—; él mismo se lo dijo a su mujer. Vamos a ver, imagínate que ocultas un secreto; se trata de un secreto peligroso, pues hay personas decididas a todo con tal de mantenerlo oculto, gente que acabaría contigo si supiera que lo conoces. Como es lógico, esa situación no te gusta nada; ¿qué haces? Pues publicar el secreto y que todo el mundo lo conozca; de ese modo, ya no hay nada que desvelar y ya nadie tendrá interés en matarte. Pero si quieres que esa revelación pública sea efectiva, necesitas pruebas, y en este caso la única prueba posible es el documento original.
Hermes me contempló con un deje de escepticismo.
—¿De qué clase de secreto estamos hablando? —preguntó.
—No lo sé. Creo que algo relacionado con Jesucristo.
Mi viejo amigo alzó la mirada hacia el techo.
—Ay, señor, señor... —murmuró—; cuánto daño ha hecho El código Da Vinci a la cultura popular.
En ese momento apareció el camarero y dejó sobre la mesa dos humeantes fuentes con el resto del cocido.
—Ya sé que suena novelero —dije, ignorando la comida—, pero es la conclusión más lógica. Siguiendo con mi teoría, Escobar conoce a Gálvez y juntos deciden buscar la prueba que les falta, el manuscrito, para luego escribir un libro revelando el secreto. Pero Gálvez hace algo con lo que Escobar no contaba: publica un anuncio solicitando el manuscrito mandeo.
—Lo cual, si quieres mi opinión, me parece absurdo. Es como si yo buscara las minas del rey Salomón y publicara un anuncio pidiendo el mapa que conduce a ellas.
—A mí también me pareció una tontería al principio, pero si te paras a pensarlo, en realidad no lo es. Thibaut-Rochelle no me dijo cuántos ejemplares del manuscrito se redactaron en el siglo primero, pero supongamos que fueron muchos; de ser así, cabe la posibilidad de que otros mandeos conserven actualmente alguna copia y no se atrevan a sacarla a la luz por los mismos motivos que Escobar. Una forma de contactar con esos supuestos mandeos sería a través de un anuncio. Tiene lógica.
—No sé, Carmen, no lo acabo de ver claro —repuso Hermes mirando de reojo el cocido.
—Fuera como fuese —proseguí—, Gálvez publicó el anuncio; eso es un hecho. Y cuando Escobar se enteró, el mundo se hundió bajo sus pies.
—¿Por qué?
—Escobar se había pasado la vida procurando no llamar la atención, ocultando que era un mandeo, y de repente a su colaborador se le ocurre publicar un anuncio donde se menciona el manuscrito mandeo, un documento cuya existencia nadie debe conocer. Eso es llamar la atención a lo grande, no me digas que no.
—Pero, de todas formas, Escobar pensaba sacar el asunto a la luz —objetó Hermes, sin quitarle ojo a los garbanzos.
—Cuando tuviesen la prueba, no antes. Además, hasta que él libro apareciese publicado era fundamental mantener el secreto, pues si se producía alguna filtración, alguien podía intervenir impidiendo que el libro fuese publicado.
—¿Y quién se supone que es ese alguien? —preguntó con la mirada fija en el chorizo, el morcillo y el pollo.
—No tengo ni idea, pero después de tres asesinatos y la desaparición del texto, está claro que, sea quien sea, ya ha intervenido. El caso es que Escobar se asustó, rompió con Gálvez y lo dejó todo dispuesto por si sucedía lo peor. Por otro lado, el anuncio de Gálvez tuvo respuesta.
—Los rusos —dijo Hermes, siempre contemplando la comida.
—Exacto. Según Thibaut-Rochelle, uno de los ejemplares del manuscrito estuvo en el KGB, y Cherenko trabajó allí, de modo que pudo apoderarse del documento. Ahora bien, quizá los rusos pedían demasiado dinero, o puede que Gálvez prefiriera no pagar; fuera como fuese, lo robó. Mejor dicho, los robó, porque eran tres manuscritos: la falsa carta de José de Arimatea, el manuscrito mandeo y otro documento que todavía desconocemos.
—Disculpa un momento —me interrumpió—. Como decía Anouilh: «A uno que tenga hambre, dale primero de comer y después háblale de lo que sea». El cocido se está enfriando, Carmen...
—Pues venga, sírvete —repuse, invitándole a hacerlo con un ademán. Mientras él comenzaba a acumular legumbres y carne en su plato, yo concluí mi exposición—: Gálvez robó los documentos y ese mismo día dispararon contra él en su casa. Lo lógico es suponer que quien lo mató se quedó con los manuscritos. Luego, asesinaron a Germán Bosco, el editor; supongo que para evitar que publicara el libro que le había enviado Gálvez. Y, por último, se cargaron a Escobar, por ser un mandeo y conocer el secreto del manuscrito.
—¿Y por qué estás tan segura de que el asesino es el mismo en todos los casos? —preguntó Hermes, tendiéndome los cubiertos de servir.
—No estoy segura, pero sabemos que los rusos no mataron a Gálvez, porque no tienen los documentos, y tampoco mataron a Bosco y a Escobar, porque no había ningún motivo. —Me serví una cucharada de garbanzos—. Sabemos también que ese tal Vargas es el responsable de la muerte de Escobar, de modo que Vargas y sus dos amigos son, por exclusión, los principales sospechosos de los otros dos asesinatos.
Hermes masticó, pensativo, un trozo de chorizo y lo tragó acompañado de un sorbo de vino.
—Pero los crímenes varían mucho —dijo—. A Gálvez le dispararon, al editor le envenenaron con curare, lo cual no deja de ser una excentricidad, y en el caso de Escobar fingieron un accidente. No tienen nada que ver entre sí.
Reflexioné mientras me servía la verdura y la carne.
—En realidad —dije—, sólo es diferente el asesinato de Gálvez. En el caso de Germán Bosco, si el forense no hubiese sido tan meticuloso en la autopsia, probablemente habría atribuido su muerte a un infarto. En cuanto a Escobar, la policía cree que ha sido un accidente. Es decir, los dos últimos crímenes simulaban muertes naturales o fortuitas; sólo la muerte de Gálvez es un asesinato evidente.
—¿Por qué no le cuentas todo esto a tu amigo el policía? —preguntó Hermes entre bocado y bocado.
—Porque no puedo traicionar la confianza de la mujer de Escobar —contesté.
Hermes se limpió los labios con la servilleta.
—Así que aquí estamos —dijo—, charlando tranquilamente de asesinatos y tú sigues empeñada en no tener protección. ¿Te importaría explicarme por qué?
—Porque soy pacifista y no creo en la violencia —respondí con una sonrisa irónica.
—Eso es una chorrada, Carmen.
—Sí, una chorrada tan grande como negarte a ser mi socio porque eres anarquista.
Hermes me dedicó una torva mirada y siguió comiendo en silencio. Probé la verdura y comprobé que estaba fría; eso me pasaba por hablar tanto. Cuando acabamos de comer, mientras esperábamos los cafés, mi viejo amigo comentó:
—Tu historia suena bien, Carmen, pero no veo adónde conduce. ¿Qué vas a hacer ahora?
Me encogí de hombros. Más o menos, todo encajaba, pero si hacía caso a mi propia lógica, la única conclusión posible era que el manuscrito se hallaba en poder de Vargas. Pero Vargas sólo era un nombre y una descripción, alguien del que no sabía nada, ni quién era, ni a qué intereses servía, ni, por supuesto, dónde se encontraba. Había llegado a un callejón sin salida y, a menos que sucediese un milagro, no tenía ni idea de qué camino seguir.
El destino, o un azar especialmente burlón, quiso que el milagro llegara aquella misma tarde adoptando la forma de un correo electrónico anónimo.
* * *
Mientras regresábamos a la oficina, caminando por la siempre atestada Gran Vía, me di cuenta de que estaba dando por supuesto que el manuscrito mandeo y el documento que buscaba mi cliente eran lo mismo, pero no lo sabía a ciencia cierta. Debía hablar con Thibaut-Rochelle. Por otro lado, seguía teniendo la sensación de que algo era incorrecto, de que me había equivocado en algún aspecto relacionado con el caso, pero a pesar de que le daba vueltas y más vueltas, no lograba identificar el error. Puede que fuese una falsa impresión, pero por lo general confío en mi subconsciente, y en aquel momento mi subconsciente proclamaba a voz en grito que me había equivocado, aunque el muy puñetero, por algún oscuro motivo freudiano, no se molestaba en decirme claramente en qué consistía la equivocación. Era desesperante.
Llegamos a la agencia a las cuatro menos cuarto, tres cuartos de hora antes de la apertura. Los españoles presumimos de pertenecer a una raza especial, única en el mundo, capaz de afrontar una tarde de trabajo después de comer un cocido; pero es mentira, no podemos. Me senté frente al escritorio, cogí el periódico para echarle un vistazo, me recosté en el sillón, comencé a leer las noticias de portada y me quedé instantáneamente dormida. Y, en algún momento, tuve un sueño; soñé con la rana Gustavo, el famoso personaje de los Teleñecos. Fue un sueño corto y estúpido en el que aparecía la marioneta junto a una silla y decía: «Hoy voy a enseñaros la diferencia entre delante y detrás...». Entonces sonó un timbrazo, pero no formaba parte del sueño: era mi Motorola. Me desperté bruscamente y cogí el móvil; un rótulo en la pantallita revelaba que era Violeta quien llamaba.
—Hola, pichoncito —me saludó—. ¿Puedes hablar?
La verdad es que no podía, pero de algún modo logré responder con voz pastosa.
—Sí, sí, claro; dime...
—Oye, ¿estabas dormida?
—No, no... bueno, sí. —Consulté el reloj; eran las cinco menos diez—. Me he quedado frita casi una hora, qué desastre.
—Ah, cuan muelle vida la del detective privado. En fin, sólo una pregunta y te dejo que sigas sobando: ¿vas a estar esta tarde en la agencia?
—Sí, ¿por qué?
—Niko quiere verte. ¿Te viene bien que nos pasemos por ahí dentro de una hora?
¿Mi prima saliendo de su casa? Eso era todo un acontecimiento. Le dije que sí y ella se despidió deseándome felices sueños. Pero no tenía intención de volver a dormirme, de modo que me preparé un café bien cargado, regresé con él al despacho y, mientras me lo tomaba a sorbitos, telefoneé a Thibaut-Rochelle. Como la vez anterior, una grabación me invitó a dejar un mensaje; lo hice y cinco minutos más tarde mi cliente me devolvió la llamada.
—Buenas tardes, Carmen; tengo entendido que desea hablar conmigo.
—Sí, Constantine, quería preguntarle algo. El documento que me ha encargado que busque ¿se llama «manuscrito mandeo»?
Hubo un silencio; a través del auricular, mezclándose con la respiración de mi cliente, escuché de fondo el sonido de una composición sinfónica.
—Algunas personas lo denominan así, en efecto —respondió al cabo de unos segundos—; pero, sensu stricto, carece de nombre.
—¿Y no se llama también «Documento Q»?
Su risa resonó en mi oído con suavidad.
—Olvídese del Documento Q, Carmen. Eso sólo la distraerá de su objetivo.
—Como quiera. Una pregunta más: ¿quiénes son esos mandeos? Desde luego, no los sectarios de Oriente Medio.
Thibaut-Rochelle demoró tanto la respuesta que llegué a pensar que se había cortado la comunicación.
—¿Constantine? —dije.
—Disculpe, Carmen, estaba pensando qué contestarle. Verá, yo diría que hoy en día, cualquier persona que posea un ejemplar del manuscrito es un mandeo, sobre todo si lo ha heredado.
—El legado mandeo... —murmuré, recordando la carta de Escobar.
—También se le conoce por ese nombre, es cierto.
Exhalé una bocanada de aire, harta de tanto misterio.
—¿Por qué no me lo cuenta todo? —dije—. Tengo la impresión de trabajar a ciegas.
—No le cuento más porque no lo necesita para cumplir con su cometido, y porque en este caso saber demasiado puede ser arriesgado. Confíe en mí, Carmen, y concéntrese en buscar el manuscrito.
—De acuerdo —acepté con resignación—. ¿Conoce a un hombre llamado Abraham Vargas?
—¿Vargas? No, no me suena.
—Suele ir con otras dos personas; un tal Joáo Oliveira y un oriental llamado Zhang Wei.
—No creo conocer a ninguno de esos caballeros. ¿Quiénes son?
—La verdad es que no lo sé; pero sospecho que el manuscrito se encuentra en su poder.
—Bravo, Carmen —dijo el francés en tono optimista—; me complace comprobar que su investigación avanza. No obstante, permítame un comentario: tanto Oliveira como Zhang son apellidos muy comunes en sus respectivos ámbitos culturales; Portugal o Brasil por un lado y China por otro. De hecho, los nombres de esos dos caballeros son el equivalente a José Pérez o John Smith. Sospecho que puede tratarse de identidades falsas.
—Eso me temo...
—En cualquier caso, estoy seguro de que logrará identificarlos. ¿Puedo hacer algo más por usted, Carmen?
Le dije que no, nos despedimos, colgué el teléfono y me entraron ganas de gritar, pero en vez de ello me conformé con apurar el café de un trago. Luego, me volví hacia el ordenador y conecté Outlook; había un montón de mensajes en la bandeja de entrada, la mayor parte spam. Comencé a examinarlos, enviando a la papelera de reciclaje el correo basura, y de pronto mis ojos tropezaron con un e-mail cuyo remitente era vaskreseniye@yahoo.es y la hora de recepción las 16:38. Había llegado cuando estaba dormida. Cliqueé dos veces sobre él y al instante apareció un texto en la pantalla.
Si quieres encontrar lo que estás buscando, acude esta tarde a Arlés, donde yace el gran lagarto, y busca la morada del santo de los libros. Allí, detrás del rostro, hallarás el manuscrito prohibido.
Lo leí tres veces consecutivas, arqueé una ceja y me rasqué la cabeza. ¿Qué demonios era eso?
* * *
Violeta y Nikolai llegaron a la agencia a las seis en punto. Gabriel, mi joven y atlético secretario, se quedó mudo al ver entrar a mi prima, y no es de extrañar, pues era todo un espectáculo contemplar a aquella mujer inmensa avanzando con un suave bamboleo, como un buque en alta mar.
—¡Pero qué oficina más coqueta tienes! —exclamó Violeta cuando salí a recibirles—. ¿Y de dónde has sacado a este bomboncito de recepcionista, picarona? ¿Está de adorno o es tu semental privado?
Gabriel se puso como un tomate. Le expliqué que mi prima era una bromista, la versión femenina de Groucho Marx, y luego la conduje a ella y a su novio a mi despacho.
—Menudo escritorio —dijo Violeta en tono burlón—. Pareces una ministra.
Era la primera vez que mi prima visitaba la agencia; de hecho, se me hacía raro verla fuera de su casa.
—Déjate de tanto cachondeo —dije, sonriendo—. Has puesto colorado a mi empleado.
—¿Sólo tienes uno? Qué decepción...
—Sí, pero ¿a que es guapo?
—Un yogurcín —asintió—. ¿Cómo tiene el culo?
—Escultural.
—Quizá yo sobro aquí —intervino Nikolai simulando enfado—. ¿Mejor voy fuera mientras vosotras habláis de culos de hombres?
Violeta y yo nos echamos a reír.
—No, Niko —dije—; ya se acabó el tema.
—Además, tú también tienes un culo escultural —terció mi prima dándole un azote en el trasero.
De repente, pensé en Óscar —quizá porque él también tenía un culo muy bonito— y sentí una punzada por dentro, como si me clavaran una aguja en el corazón.
—Violeta —dije—, ¿te importaría echarle un vistazo a una cosa antes de que hable con Niko?
Volví la pantalla del ordenador hacia ella y le mostré el e—mail anónimo. Mi prima lo leyó y luego se me quedó mirando con una ceja alzada.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Una adivinanza?
—Algo así, supongo.
—Suena a broma.
—Ya, pero ¿te has fijado en la dirección del remitente? —Señalé la pantalla—. Pone vaskreséniye, «resurrección» en ruso, como el plan del KGB. La persona que lo ha escrito sabe algo que un simple bromista no debería saber.
Violeta se encogió de hombros.
—Bueno, ¿qué significa entonces?
—Ni idea.
—¿Arles no está en Francia?
—Sí.
—¿Y el tipo que ha escrito esto pretende que vayas a Francia esta tarde?
—No tiene sentido, ya lo sé. Pero quizá puedas ayudarme; Yahoo es un gestor de correo libre, de modo que por ahí no vamos a sacar nada, pero a lo mejor puedes averiguar desde dónde se envió el e-mail.
—Claro, pimpollito, eso es pan comido; aunque con esa mierda de ordenador que tienes me va a llevar un buen rato. Anda, quítate de ahí y permite trabajar a una maestra. Y mientras hago magia y prodigios, que Niko te cuente lo que ha averiguado.
Cuando Violeta tomó asiento frente al teclado, mi viejo sillón de cuero crujió y gimió como si fuera a derrumbarse en medio de una nube de astillas y serrín, pero al final, si bien a duras penas, logró soportar incólume el abusivo peso de mi prima. Mientras ella comenzaba a teclear, me senté junto a Nikolai y le pregunté:
—¿Hablaste con tus amigos?
—Sí, han contado a mí historia Proyecto Resurrección. También hablaron sobre hombre tú dijiste, Stanislav Cherenko. Ellos dicen Cherenko en efecto trabajó para KGB hasta 1991. En años ochenta estuvo asignado a Noveno Directorio...
—¿Noveno Directorio? —le interrumpí.
—KGB dividida en varios directorios, como distintos departamentos de empresa. Noveno Directorio se ocupaba de seguridad interna para PCUS e instalaciones secretas. Allí trabajó Cherenko muchos años, pero, a finales 1990, fue trasladado a Directorio T; esto importante.
—¿Qué es el Directorio T?
—Luego digo. Ahora cuento a ti historia de Proyecto Resurrección...
Según el relato de Nikolai, todo comenzó en 1939, mucho antes de que el KGB existiese como tal, cuando el cardenal Eugenio Pacelli fue nombrado Papa, adoptando el nombre de Pío XII. Pacelli era un decidido anticomunista y puso gran empeño en denunciar las persecuciones religiosas que tenían lugar en la Unión Soviética, lo cual les tocaba mucho las narices a los dirigentes del PCUS. Finalmente, al acabar la Segunda Guerra Mundial, el mismísimo Stalin ordenó a su servicio secreto, por aquel entonces llamado MGB, que organizara un plan para desacreditar al Vaticano. Lo primero que hizo la inteligencia rusa fue desarrollar una campaña contra Pío XII, acusándole de antisemita y filonazi. Pero ahí no acabó la cosa; a principios de los cincuenta se comenzó a buscar por todo el mundo pruebas destinadas no sólo a desacreditar al papado, sino a socavar los cimientos de la religión católica. Esta tarea se le encomendó al Directorio T, la sección destinada a robar conocimientos científicos y tecnológicos de otros países.
Durante casi una década, la búsqueda fue infructuosa; entonces, en 1958, cuatro años después de que el MGB se transformara en el KGB, hubo un cambio de enfoque: en vez de buscar pruebas, se falsificarían. Así nació el Prayékt Vaskreséniye, una subsección del Directorio T cuyo objetivo era «crear» descubrimientos arqueológicos que desmintieran las principales doctrinas de la Iglesia.
Nikolai ignoraba cuántas pruebas falsificó el Proyecto Resurrección, pero al parecer sólo desarrolló totalmente un plan: crear la tumba de Jesucristo y su familia. En 1961, un grupo de arqueólogos y técnicos al servicio del KGB descubrió una tumba intacta al sur de Jerusalén, en las colinas de Talpiot. Esa gente penetró en el sepulcro, modificó los osarios añadiéndoles los nombres de Jesús y varios de sus familiares directos, y luego volvió a cubrir con tierra la tumba, dejándola tal y como la habían encontrado. Al mismo tiempo, el KGB falsificó un manuscrito —la carta apócrifa de José de Arimatea— donde se acreditaba la existencia del sepulcro y se detallaba su localización.
Pero los tiempos habían cambiado. Pío XII murió en 1958; el Papa que le sucedió, Juan XXIII, era mucho menos belicoso que su antecesor, y el siguiente, Pablo VI, tampoco le dio especiales problemas al Kremlin, de modo que Vladímir Semichastny, por aquel entonces director del KGB, decidió congelar el Proyecto Resurrección y dejar en stand by todas sus actividades.
Y la falseada tumba de Talpiot quedó olvidada durante casi veinte años, hasta que en 1980 las obras de construcción de una zona residencial la dejaron al descubierto. Fue un descubrimiento accidental, pero el KGB prestó mucha atención a los acontecimientos, aunque realmente no hubo ningún acontecimiento. Lo último que querían los israelitas era enemistarse con el Vaticano, de modo que sus servicios secretos, el Mossad, se ocuparon de ocultar el descubrimiento de la tumba bajo un manto de silencio y olvido.
Aquella total ausencia de resultados fue la puntilla. Ese mismo año, Yuri Andropov, el entonces director del KGB, clausuró definitivamente el Proyecto Resurrección.
—Mucho después, en 1991 —prosiguió Nikolai—, director Kryuchkov utilizó recursos KGB para apoyar golpe de Estado. Kryuchkov fue encarcelado y presidente Gorbachov nombró nuevo director a Vadim Bakatin con orden de disolver KGB. Mucho personal fue despedido y algunos robaron documentos secretos para luego vender en extranjero. Cherenko trabajaba en Directorio T desde 1990; quizá cuando echaron robó de archivos documentos Proyecto Resurrección.
—Pero ignoras qué documentos pueden ser ésos —dije.
Nikolai negó con la cabeza.
—Amigos míos no sabían.
Me quedé pensativa. Según lo que acababa de oír, los documentos que había robado Gal vez eran falsos. Entonces, si el manuscrito mandeo era un apócrifo, ¿qué hacía tanta gente, incluida yo, buscándolo? Era inexplicable, como inexplicables resultaban tantas cosas en aquel asunto.
—Parece mentira que el KGB intentara acabar con el Vaticano —comenté—. Suena a película.
—No intentó sólo una vez —repuso Nikolai—; intentó muchas. ¿Recuerdas Ali Agca? Disparó a papa Wojtyla en 1981.
—Ali Agca es turco —repliqué.
—Pero trabajaba para servicios secretos búlgaros, y servicios secretos búlgaros hacían trabajo sucio para KGB. Wojtyla papa polaco y en Polonia había sindicato Solidaridad muy católico; Vaticano financió Solidaridad para socavar régimen comunista. Por eso Wojtyla objetivo KGB.
Dejé escapar un largo suspiro. «El mundo es mucho más extraño de lo que podemos imaginar», pensé.
—¿Habéis acabado? —preguntó Violeta.
—Sí, ya contado todo —respondió Nikolai.
—Pues yo también he terminado —prosiguió mi prima—. Malas noticias, princesa; el e—mail se envió desde un Work Center situado en el número 40 de la calle María de Molina. El remitente no ha dejado el menor rastro.
—Me lo imaginaba —dije.
—De todas formas, he averiguado algo sobre el anónimo. Acércate, pichoncito.
Me aproximé a Violeta; ella señaló una línea del texto que flotaba en la pantalla y dijo:
—Fíjate donde pone: «Busca la morada del santo de los libros». Lo he mirado en Google y ya sé quién es ese santo: San Jerónimo, patrón de los libreros.
—Tampoco es que eso aclare mucho las cosas —comenté.
—No —convino ella—, no las aclara, es cierto.
Me quedé mirando el texto, pensativa.
—Da la sensación de que se refiere a una iglesia... —murmuré.
—¿Y eso del «gran lagarto»?
—No sé, quizá sea una escultura o algo así. La cuestión es, ¿qué iglesia? ¿San Jerónimo?
Violeta alzó sus gordezuelas manos en un gesto de impotencia.
—A mí no me mires, reina —dijo—. Deberías preguntarle a algún experto en el tema, porque yo estoy pez.
Tenía razón. ¿Y quién sabía más de iglesias madrileñas que mi hermana Teresa?
* * *
En cuanto se fueron Violeta y Nikolai, telefoneé a mi hermana. Había salido con Pablo y estaban dando un paseo por el centro; le pedí que nos reuniéramos en casa media hora más tarde. Tras preguntarme varias veces qué pasaba sin que yo le respondiese, accedió de mala gana. Acto seguido, imprimí el anónimo, recogí mis cosas, me despedí de Gabriel y abandoné la agencia en dirección a mi cada vez menos dulce hogar.
Entré en casa apenas un par de minutos después de que llegaran ellos. Había cinco o seis bolsas en el salón, lo cual me indicó que no había interrumpido un paseo, sino una nueva sesión de compras. Sin duda, pensé, el marido de Teresa se iba a llevar una gran sorpresa cuando le llegase la factura de la tarjeta de crédito.
—¿A qué vienen tantas prisas, guapa? —me interrogó mi hermana con los brazos en jarras.
—Necesito tu ayuda —contesté, tendiéndole el e—mail impreso—. He recibido este anónimo y a lo mejor tú puedas ayudarme a descifrarlo.
Teresa cogió el papel, se acomodó en una butaca y leyó el texto rápidamente. Luego, alzó la cabeza y dijo:
—Ya está. ¿Qué quieres saber?
—¿Se refiere a una iglesia?
—Sí, a la parroquia de San Ginés.
—¿Cómo lo sabes?
—En el mensaje pone Arles y el nombre completo de la iglesia es San Ginés de Arles. Además, está lo del lagarto.
—¿Qué pasa con el lagarto?
—En una de las capillas de la iglesia, la de Nuestra Señora de los Remedios, había un caimán disecado. Por lo visto, estando en América, un feligrés se salvó del ataque de un caimán por intercesión de la Virgen y, cuando regresó a España, donó el bicho a la parroquia, como si fuera un exvoto. Pero creo que lo han quitado.
—¿El «santo de los libros» es San Jerónimo?
—Sí; hay una capilla consagrada a él en San Ginés.
Todo encajaba; el único elemento discordante era el mensaje en sí mismo. ¿Quién lo había enviado y por qué? Se mirara como se mirase, aquello apestaba. Pablo leyó el mensaje por encima del hombro de Teresa y dijo:
—Esto es ridículo; debe de ser una broma.
Le expliqué lo que me había contado Nikolai y añadí:
—En el remite del correo pone vaskreséniye, el nombre del proyecto del KGB, y muy poca gente ha oído hablar de eso. No, no creo que sea una broma.
Pablo se frotó el mentón, pensativo.
—Pues entonces será cosa de esos mañosos rusos —dijo—. Una trampa.
Negué con la cabeza.
—Los hombres de Cherenko sospechan que yo sé dónde están los manuscritos; no tiene sentido que me manden un anónimo ofreciéndome uno de ellos. Además, si quisieran hacerme algo no se molestarían en enviarme textos en clave; me lo harían y punto.
—Entonces, ¿quién lo ha enviado?
—No lo sé, pero sólo se me ocurre una forma de averiguarlo.
—¿Vas a ir a San Ginés? —preguntó Pablo con las cejas arqueadas.
Consulté el reloj: eran las siete y media pasadas. Me puse en pie y recogí el bolso y el abrigo.
—Pues sí —repuse—. Ahora mismo.
—Vamos contigo —dijo Teresa, incorporándose.
—De eso nada —repliqué mientras echaba a andar hacia la salida—. Esperadme aquí; si os necesito, ya llamaré.
* * *
La parroquia de San Ginés se encuentra en el número 13 de la calle Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol. Se trata de un edificio de ladrillo y mampostería erigido en el siglo XVII, con un campanario rematado por un chapitel y una fachada de tres cuerpos rodeada por un patio cerrado. Junto a la entrada, una lápida conmemorativa informa a los visitantes de que en ese templo fue bautizado Francisco de Quevedo y contrajo matrimonio Félix Lope de Vega.
Llegué allí, a bordo de un taxi, a las ocho y diez. La calle Arenal, recientemente peatonalizada, estaba llena de personas que iban de un lado a otro con prisa, como si temieran que las tiendas cerrasen antes de poder realizar sus compras. Había anochecido y las luces navideñas brillaban sobre nuestras cabezas, perdiéndose en una luminosa fuga en dirección a la Puerta del Sol. De uno de los comercios brotaban los sones de un villancico; olía a castañas asadas.
Crucé el patio y entré en la iglesia. En aquel momento, un viejo sacerdote estaba celebrando misa frente al medio centenar de fieles que se congregaba en las primeras filas de bancos. El templo tenía planta de cruz latina, con tres naves separadas por dos filas de robustas columnas. La entrada se encontraba en la nave izquierda, donde se abrían cuatro capillas; después de recorrerlas, descubrí que tres de ellas estaban dedicadas a la Virgen y la cuarta al Cristo de los Afligidos y el Santo Sacramento. En la nave derecha había seis capillas más, todas cerradas con verjas. Comencé por el fondo, junto al órgano, y, mientras el cura proseguía con su ritual, fui avanzando hacia el altar.
Finalmente, la encontré; la quinta capilla estaba dedicada a San Jerónimo. Me detuve frente a ella y escruté con atención el interior de aquel pequeño cubículo; entre dos faroles dorados, se alzaba un pequeño altar sobre el que descansaba un busto de San Jerónimo, justo debajo de un cuadro donde aparecían unas figuras —un hombre y una mujer llevando a un niño de la mano— que no supe identificar. Aparte de eso, sólo había cuatro velones —uno en cada esquina— y un par de cuadros colgando de los muros laterales. Fijé la mirada en el busto de San Jerónimo (sabía que era él porque tenía grabado su nombre en la base) y supuse que ése debía de ser el «rostro» que mencionaba el anónimo. De hecho, detrás del busto había un hueco donde podría ocultarse fácilmente algo no muy grande.
El problema era que la capilla estaba protegida por una verja de hierro trabada con un enorme cerrojo fijado a una cerradura. Aunque, en realidad, no se trataba de ningún problema, pues cuando tanteé el cerrojo descubrí que la llave no estaba echada. No obstante, había demasiada gente en la iglesia para intentar entrar en la capilla, de modo que regresé sobre mis pasos y me senté en un banco de la última fila.
La misa acabó a las ocho y media pasadas; tras darse la paz, los fieles se levantaron y fueron abandonando poco a poco el templo. Diez minutos después, sólo quedaban en la iglesia un par de ancianas situadas al fondo del templo, junto a la capilla del Santo Sacramento, y cerca de ellas un sacerdote sentado en un confesionario. Desde allí no podían verme, de modo que me aproximé a la capilla de San Jerónimo y comencé a empujar la pesada falleba, que se deslizó lentamente con un ruido que se me antojó estruendoso en aquel silencio. Una vez corrido el pasador, abrí la verja en medio de un chirrido igualmente clamoroso y me colé en el interior de la capilla.
Tuve que encaramarme al altar para alcanzar el busto, y mientras lo hacía, pensé que ni en un millón de años lograría encontrar una excusa convincente si alguien me sorprendía trepando por aquellos muros sagrados. Finalmente, logré ponerme de rodillas en la hornacina, tendí el brazo y tanteé el hueco que había tras el busto de San Jerónimo. Al poco, mis dedos tropezaron con un objeto cilíndrico; era un tubo de madera, de palmo y medio de largo, sellado con una tapa. Sin detenerme a examinarlo, lo guardé en el bolso, bajé del altar, salí de la capilla y volví a cerrar la verja. Nadie me había visto ni oído, porque el templo estaba ahora desierto.
De repente, supongo que influida por aquella ominosa soledad, sentí una punzada de miedo irracional y eché a andar con paso rápido hacia la salida. A medio camino escuché —o creí escuchar— un crujido a mis espaldas y a duras penas logré contener el impulso de echar a correr. Por fin, crucé las puertas del templo, atravesé el patio con el corazón acelerado, como un reloj al que se le salta la cuerda, y salí a la calle Arenal. Sólo entonces, rodeada de apresurados desconocidos, me sentí a salvo.
Respiré profundamente para calmarme y eché a andar hacia la Puerta del Sol. Una vez allí, cogí un taxi y le di al conductor la dirección de mi casa. Unos minutos después, cuando ya nos habíamos alejado de la iglesia, saqué del bolso el objeto que había encontrado en la capilla. Era un tubo de madera barnizada con una tapa en un extremo; no pesaba mucho, pero se notaba que había algo en su interior. Quité la tapa, volqué el tubo y sobre mi regazo cayó un viejo pergamino enrollado.
De nuevo mi corazón se empeñó en batir un récord Guinness. Desenrollé cuidadosamente el pergamino y... supongo que esperaba llenarme los ojos de caracteres arameos, pero lo que encontré fue un texto escrito en latín. Decepcionada, exhalé una bocanada de aire y guardé de nuevo el manuscrito en el tubo; en el taxi había muy poca luz y yo había olvidado por completo el escaso latín que estudié en el colegio.
Eran las diez menos veinte cuando llegué a casa; pagué el taxi, entré en el portal, subí a mi piso en el ascensor y abrí la puerta. Las lámparas del salón estaban encendidas, pero no había nadie. Me asomé al pasillo y vi que había luz en el dormitorio de Teresa, de modo que eché a andar hacia allí mientras me quitaba el abrigo.
—¿Estáis ahí? —pregunté en voz alta cuando llegué a la puerta de la alcoba.
Entonces, unos brazos me agarraron desde atrás y una mano me puso sobre la boca y la nariz un pañuelo empapado en un líquido que exhalaba un aroma parecido al limón. Acababa de descubrir cómo olía el cloroformo.
Apenas pude debatirme antes de perder el conocimiento.
* * *
Recobré la consciencia gradualmente, como si estuviera sumergida en un líquido oscuro y mi cuerpo flotara despacio hacia la luminosa superficie. Lo primero que noté fue un intenso dolor de cabeza y luego una sensación de náusea y un agudo escozor en los ojos. Intenté llevarme una mano a la cara, pero no pude. Experimenté un acceso de pánico; estaba sentada en una silla, con las manos atadas a la espalda y los pies a las patas del asiento. Un trozo de cinta adhesiva me sellaba los labios. Abrí los ojos, pero no pude ver nada, pues los tenía anegados de lágrimas. Parpadeé varias veces. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era haber llegado a casa y... alguien me había dejado fuera de combate con un paño empapado en cloroformo. El corazón me dio un vuelco.
Poco a poco, conforme parpadeaba, fui recuperando la vista. Me encontraba en una especie de almacén cerrado, quizá un sótano; había cajas apiladas y estanterías de metal llenas de paquetes y archivadores. Frente a mí, un hombre leía el periódico sentado en un sillón de oficina, con los pies encima de una mesa de acero y cristal. Estaba al lado de una escalera que conducía a una puerta ubicada metro y medio por encima del suelo. La única luz provenía de una lámpara situada sobre la mesa.
Oí un ruido a mi izquierda, algo así como un gruñido; giré la cabeza y el alma se me cayó a los pies: ahí, a mi lado, estaban Teresa y Pablo, sentados en sendas sillas, tan atados y amordazados como yo. Ambos me miraban con los ojos muy abiertos y una expresión de miedo muy apropiada para la ocasión. Nos habían secuestrado, pero ¿quiénes? Apenas tardé un segundo en averiguar la respuesta.
—¿Ya te has despertado? —dijo una voz con acento eslavo.
Volví la mirada; el hombre que leía el periódico —un tipo de treinta y tantos años, fornido, con el pelo castaño cortado a cepillo— se había incorporado y me miraba con curiosidad.
—¿Estás despierta? —insistió, aproximándose—. ¿Me entiendes?
Asentí con un vacilante cabeceo. El hombre sonrió, satisfecho, y echó a andar hacia la escalera; antes de remontar el primer escalón se volvió hacia su izquierda y dijo en voz alta:
—Voy a avisar a Oleg.
Acto seguido, subió la escalera y desapareció tras la puerta. Volví los ojos hacia donde había mirado el sicario y advertí que había otra persona sentada en la oscuridad; era un hombre, pero, al estar medio oculto tras unos cajones, sólo podía verle los pies y parte de las piernas. Durante unos segundos, incongruentemente, me pregunté de qué marca serían sus zapatos; luego, aparté la mirada y me revolví en el asiento, intentando liberarme de las ligaduras, pero resultó un esfuerzo inútil —quien me había atado sabía lo que hacía— y lo único que conseguí fue marearme. Tragué saliva para contener las náuseas; si vomitaba con la boca tapada, me ahogaría.
Ignoro durante cuánto tiempo (puede que sólo unos minutos, pero me pareció una eternidad) Pablo, Teresa y yo permanecimos allí intercambiando miradas de alarma y desolación; luego, la puerta se abrió y el sicario bajó la escalera acompañado por Oleg Kaledin, la mano derecha de Stanislav Cherenko.
Kaledin vestía un impecable traje negro de Armani, una camisa de seda violeta y unos zapatos confeccionados a mano, pero seguía pareciendo un gorila disfrazado. Se detuvo frente a mí, me contempló en silencio durante unos segundos y luego me mostró lo que llevaba en la mano. Era el tubo de madera que contenía el pergamino.
—Hemos encontrado esto en tu bolso —dijo con su cavernosa voz—. Quiero que me digas dónde están los otros dos documentos. Ahora te voy a destapar la boca; si gritas, nadie te oirá fuera de este sótano, pero a mí me molestan los gritos y te pegaré. ¿Me has entendido?
Asentí débilmente. Kaledin tendió una mano y me arrancó la cinta adhesiva de un tirón. Reprimí un gemido y me pasé la lengua por los labios; sólo se me ocurría una forma de afrontar aquella situación: colaborar al cien por cien.
—Encontré la carta de José de Arimatea el viernes pasado en la casa de campo de Gálvez —dije con voz temblorosa—. Pero al día siguiente se la robaron a Pablo Sesma. También le prendieron fuego a su nave industrial, pueden comprobarlo.
—¿Quién la robó? —gruñó el ruso, al tiempo que dejaba el tubo sobre la mesa.
—No lo sé. Pensábamos que podían haber sido ustedes...
—Sigue.
Intenté tragar saliva, pero se me había secado la boca.
—El manuscrito que tiene usted ahí lo he encontrado esta tarde en la iglesia de San Ginés. No sé nada de él; ni siquiera estaba segura de que formara parte de los documentos que les robaron.
—¿Lo encontraste en una iglesia? —me interrumpió Kaledin, mirándome con sorna—. ¿Y quién lo puso ahí?
—Lo ignoro. Recibí un e—mail anónimo diciéndome que en la capilla de San Jerónimo encontraría algo. Está en mi ordenador; compruébelo si quiere.
Kaledin soltó una carcajada y se volvió hacia el sicario.
—Tiene imaginación esta suka, ¿no te parece, Mijail?
Mijail se echó a reír y respondió algo en ruso. Kaledin me dedicó una mirada burlona.
—¿Y qué historia vas a contar sobre el tercer manuscrito? —me preguntó.
—No lo he visto nunca —respondí—. No sé dónde está, se lo juro. Escuche, señor Kaledin, en este asunto estamos implicados Pablo Sesma y yo, pero mi hermana no sabe nada. Déjela marchar, por...
De repente, Kaledin me propinó una bofetada; fue un golpe tan brutal que durante unos instantes me quedé aturdida, al borde del desmayo. Sin darme tiempo a reaccionar, el ruso volvió a ponerme la cinta en la boca, me sujetó por la barbilla y acercó su rostro de bulldog al mío.
—Lo que has contado —masculló, echándome el aliento en la cara— es tan estúpido que hasta puede que sea cierto. Pero no me lo creo.
Retrocedió un par de pasos y se quedó mirándome con fijeza, como si reflexionara sobre qué hacer conmigo. A causa de la bofetada, me ardía la cara y me pitaba el oído izquierdo; de nuevo tenía los ojos empañados.
—¿Sabes lo que hacíamos en Afganistán para obligar a hablar a los pastunes? —dijo Kaledin con una sonrisa de tiburón—. Nos follábamos a sus mujeres y a sus hijas delante de ellos, una y otra vez, hasta que nos contaban lo que queríamos saber. Si no hablaban, cogíamos a una de las mujeres, le incrustábamos un tubo en el cono, metíamos una rata hambrienta por el otro extremo y lo tapábamos. La rata sólo podía salir por la vagina, pero tardaba horas. —Soltó una carcajada, como si lo que estaba contando le trajera buenos recuerdos—. Aquí no tenemos ratas, ¿verdad, Mijail?
—No, Oleg —respondió el sicario, sonriente—; no hay ratas.
Kaledin me contempló con desdén.
—Eres una vulgar zorra —dijo—; ni yo ni ninguno de mis hombres se molestaría en follarte. —Se aproximó a Teresa y la obligó a levantar la cabeza agarrándola del pelo—. Tu hermana es más guapa —prosiguió—, pero es vieja. Tenemos chicas mil veces más jóvenes y hermosas que vosotras. ¿Para qué perder el tiempo con vuestros conos de mierda?
El ruso soltó a Teresa y comenzó a caminar de un lado a otro frotándose el mentón, como si reflexionara. Mi hermana le dirigió una mirada asesina; probablemente le había molestado más el comentario sobre su edad que el hecho de estar secuestrada.
—No tenemos ratas y no os vamos a follar —murmuró Kaledin mientras paseaba—. Entonces, ¿cómo convencerte de que hablo en serio? —Se detuvo y se dio un palmetazo en la frente, fingiendo que se le había ocurrido algo—. Ya lo tengo —prosiguió, burlón—. Dices que tu hermana no sabe nada, ¿verdad? Entonces podemos prescindir de ella. —Giró la cabeza hacia el fondo del sótano y dijo en voz alta—: ¿Puedes venir un momento, Ángel?
¿Ángel...?
Volví la mirada hacia la izquierda. El tercer hombre se había incorporado y caminaba lentamente entre las sombras hacia nosotros; al cabo de unos segundos, cuando la luz incidió sobre él, pude distinguir sus facciones. Era de mediana estatura, menudo, casi frágil, con el pelo castaño claro peinado hacia atrás, mostrando dos grandes entradas; tenía la tez blanca, tan pálida que se apreciaba el entramado de las venas, y unos ojos grises y fríos que jamás parpadeaban. Era el cuarto jinete del Apocalipsis, el caballero pálido, el ángel de la muerte, la mano izquierda de la vieja segadora, el asesino a sueldo a quien tan bien conocía.
Experimenté un súbito acceso de júbilo; era Ángel, mi amigo, e iba a salvarnos... pero tan pronto como llegó, la esperanza comenzó a vacilar. Ángel ni siquiera me dirigió una mirada; ignorándome por completo, se situó al lado de Kaledin con una expectante sonrisa en sus pálidos labios, como un perro aguardando las órdenes de su amo.
—Antes —dijo Kaledin, mirándome a los ojos—, yo mismo me ocupaba de estas cosas, pero siempre acabas manchándote y este traje es nuevo. —Se volvió hacia Ángel y, señalando a Teresa, ordenó—: Mátala.
—¿Rápido o lento? —preguntó Ángel con su débil vocecita de niño pequeño.
—Lento —respondió Kaledin—. Dispárale a las tripas, así Carmencita tendrá tiempo para reflexionar mientras su hermana agoniza. Y procura no salpicarme.
Ángel se cubría con una gabardina beige; sacó del bolsillo derecho una pistola automática y del izquierdo un silenciador que comenzó a enroscar lentamente en el cañón del arma. El pánico me invadió; Ángel era mi amigo, pero estaba loco; era un esquizofrénico, o un psicópata, da igual, el caso es que resultaba absolutamente impredecible. Comencé a revolverme frenéticamente y a hacer ruidos guturales para llamar su atención, pero no me hizo caso; terminó de ajustar el silenciador y, sin perder la sonrisa de niño inocente, apuntó a mi hermana.
Cerré los ojos; no quería ver lo que iba a pasar. De pronto, escuché un ¡pop! y el sonido de un cuerpo desplomándose; y, sin solución de continuidad, el inicio de un grito, un nuevo ¡pop! y otro cuerpo cayendo al suelo.
¿Dos disparos, dos cuerpos...?
Abrí los ojos y vi a Ángel con una sonrisa feliz en los labios, la humeante pistola en su mano derecha y dos cadáveres a sus pies: el de Oleg Kaledin y el de Mijail, ambos con nuevos y nada saludables orificios en la cabeza. Ángel se llevó un dedo a los labios, haciendo el gesto de silencio, subió la escalera y desapareció tras la puerta. Durante dos o tres minutos, no sucedió nada; luego, escuchamos gritos y carreras y finalmente de nuevo el silencio. Teresa, Pablo y yo cruzamos miradas de pasmo e impotencia. Poco después, la puerta del sótano se abrió, dando paso a Ángel, que, siempre pistola en mano, bajó la escalera, se aproximó a mí y despegó con sumo cuidado la cinta adhesiva que sellaba mis labios.
—¿De verdad creías que os iba a matar? —preguntó con aire divertido.
* * *
Cuando Ángel terminó de desatarnos comencé a desgranar una retahíla de preguntas, pero él me interrumpió:
—Debemos irnos de aquí cuanto antes, Carmen. Luego hablaremos.
—Tengo que ir al baño —dijo Teresa—. Me he hecho pis y me gustaría asearme un poco.
—Yo también —terció Pablo con expresión avergonzada.
Ángel me miró y negó con la cabeza.
—Ya os limpiaréis en casa —dije—. Venga, vámonos.
Antes de abandonar el sótano, cogí el tubo de madera; luego, subimos en fila la escalera, cruzamos la puerta y desembocamos en una habitación de servicio llena de herramientas y artículos de limpieza.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—En las oficinas de Kirov —respondió Ángel—. En un parque empresarial al este de la ciudad.
Recorrimos un pasillo y entramos en una pequeña sala de reuniones. Sobre la mesa estaba mi bolso; lo cogí, guardé en su interior el tubo y seguimos andando. Después de atravesar un nuevo corredor, desembocamos en la recepción. Ahí me detuve en seco; había tres hombres tirados en el suelo, todos abatidos por disparos de arma de fuego. El olor a pólvora, mezclado con el de la sangre, me irritó la nariz.
—¿A cuántos has matado? —musité.
Ángel, como un niño enumerando los deberes del colegio, comenzó a contar con los dedos.
—Dos en el sótano —dijo—, tres aquí y otros dos en la primera planta. Siete en total.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no hice ningún comentario. El reloj eléctrico situado sobre la mesa del recepcionista marcaba las 00:16. Sorteamos los cadáveres y los charcos de sangre y salimos al exterior; la noche era gélida y yo no llevaba abrigo, así que no tardé en quedarme helada. Tal y como había dicho Ángel, estábamos en un parque empresarial, rodeados de edificios de oficinas ahora solitarios y oscuros. Mientras nos dirigíamos a la parte trasera de Kirov, advertí que las ventanas de la primera planta se encontraban a cinco o seis metros de altura, y pensé que Gálvez se había jugado la cabeza al robar los documentos descolgándose por una de ellas. Algo muy impropio de un sedentario escritor, me dije.
Llegamos al aparcamiento de la empresa, donde permanecían estacionados cuatro coches y una furgoneta. Ángel se aproximó a un lujoso Mercedes, lo abrió y nos invitó a entrar con un ademán; Teresa y Pablo se acomodaron en los asientos traseros y yo me senté en el del copiloto. Mientras Ángel ponía en marcha el coche, me volví hacia atrás y pregunté:
—¿Estáis bien?
—Sí... —respondió mi hermana con un hilo de voz.
Pablo, pálido como un cadáver, asintió levemente.
—¿Cómo os capturaron? —pregunté.
—Fue poco después de irte tú —repuso Teresa—. Yo estaba en la cocina, preparando café; alguien me agarró por detrás y me puso un paño húmedo en la boca. Debía de ser cloroformo, como en las películas, porque perdí el conocimiento. Luego, me desperté en ese sótano, atada y amordazada junto a Pablo.
—Yo igual —dijo nuestro primo—, sólo que me pillaron en el dormitorio.
—A mí me dejaron fuera de combate nada más volver a casa —comenté.
Habíamos dejado atrás el recinto de Kirov y nos dirigíamos a la salida del parque empresarial. Me giré hacia Ángel y le dije:
—Aún no te hemos dado las gracias.
—No tiene importancia, Carmen —repuso con candidez, como si, en vez de haber matado a siete personas, fuera un boy scout que acabara de ayudarnos a cruzar la calle.
—Nos has salvado la vida —dije—; a mí eso me parece importante. ¿Cómo es que estabas ahí?
—Dosdedos me telefoneó la semana pasada y dijo que tenías problemas con los hombres de Cherenko. Yo había colaborado con ellos varias veces en el pasado, así que fui a hablar con Oleg Kaledin, le conté que estaba mal de fondos y le propuse trabajar para él por no mucho dinero.
Aceptó y, cuando supe que iban a secuestrarte, le ofrecí participar. Eso es todo.
—Pues... gracias.
Se produjo un silencio. Habíamos abandonado el recinto empresarial y ahora circulábamos por la autovía en dirección a la ciudad. Ángel sacó del bolsillo un frasco de píldoras, lo destapó con una mano y se tragó parte de su contenido.
—Los hombres de Cherenko te tenían controlada —dijo de pronto—. Sabían que hoy ibas a tener un documento al que daban mucha importancia. Por eso te secuestraron.
—¿Y cómo lo sabían? —pregunté.
—No lo sé. Quien se ocupaba de vigilarte era Yuri Veksler, el lugarteniente de Oleg.
Evoqué la imagen de Veksler, el tipo rubio y silencioso que acompañaba a Kaledin y al abogado cuando visitaron la agencia.
—¿Lo has...? —Vacilé—. ¿Lo has matado?
Ángel negó con la cabeza.
—No estaba en Kirov —dijo.
De repente, sentí un enorme cansancio. Tenía el estómago revuelto, me dolía la cabeza, me escocían los ojos y aún me pitaba el oído por la bofetada de Kaledin. Me recliné en el asiento e intenté relajarme dejando la mente en blanco. Quince minutos más tarde, Ángel detuvo el Mercedes delante del portal de mi casa.
—Hay algo que debo contarte, Carmen —dijo tras girar la llave de contacto y apagar el motor—. Esta noche, en las oficinas de Kirov, no había siete hombres, sino ocho. He dejado escapar a uno.
—¿Por qué?
—Para que pueda contar que he sido yo el responsable de lo que ha ocurrido. Eso hará que Cherenko vaya a por mí y quizá te deje en paz a ti.
—¿Y qué vas a hacer?
Ángel sonrió como un chiquillo preparando una travesura.
—Los mataré antes de que ellos puedan matarme —respondió.
—Pero... ¿cuántos son?
—Descontando los de hoy, unos cuarenta.
Parpadeé, incrédula.
—Eso es una locura —musité—. No podrás.
La enajenada sonrisa del pálido jinete se amplió.
—Yo sé dónde están ellos —dijo—, pero ellos no saben dónde estoy yo. Sí podré.
Así de sencillo. Al instante, comprendí que no hablaba por hablar, que estaba loco, pero sus palabras no eran fruto del delirio. Se trataba de Ángel, el cuarto jinete del Apocalipsis, la mano izquierda de la muerte, y si se proponía masacrar la vida de cuarenta personas, no habría fuerza en el mundo capaz de impedirlo.
—¿No hay otra solución? —murmuré.
Ángel negó con la cabeza.
—Dicen que Oleg Kaledin era como un hijo para Cherenko, y yo le he matado. El vor ordenará a sus hombres que acaben conmigo. La única forma de impedirlo es que antes yo acabe con Cherenko y su organización. —Hizo una larga pausa y prosiguió—: Durante los próximos días no voy a poder protegerte, Carmen. Los rusos no intentarán nada contra ti esta noche y, como voy a tenerles ocupados, probablemente mañana tampoco. Pero puede que Cherenko acabe pensando que tomándote como rehén podrá detenerme. Si eso ocurriese, yo no me detendría. ¿Lo comprendes?
—Sí.
La perturbadora sonrisa que constantemente dibujaban los labios de Ángel se desvaneció.
—Si Cherenko llegara a secuestrarte —murmuró—, dile de mi parte que siempre he creído que quien se protege detrás de una mujer merece una muerte lenta y dolorosa.
—Lo haré; aunque esperemos que no haga falta.
Ángel recuperó la sonrisa y dejó caer las manos sobre el regazo, como si ya no tuviera nada más que decir.
—¿Quieres subir a mi casa y tomar algo? —pregunté.
—No, Carmen, gracias; tengo asuntos que resolver. Además, debo deshacerme de este coche.
—¿De quién es?
—De Oleg Kaledin. —Soltó una risita traviesa y agregó—: Ya no lo necesitará.
Me lo quedé mirando. Era un monstruo, un asesino implacable, un psicópata; incluso daba grima, como si no fuera del todo humano, pero me acababa de salvar la vida, y no era la primera vez, así que, obedeciendo a un impulso, me incliné hacia él y le besé en la mejilla. Nunca antes le había tocado y notar su piel, fría y seca como la de una serpiente, me causó una profunda repulsión, aunque procuré disimularlo. Por otro lado, creo que mi contacto le produjo idéntico desagrado.
—Gracias otra vez —dije.
Teresa, Pablo y yo nos bajamos del coche, Ángel arrancó y nos quedamos mirando cómo el Mercedes se alejaba hasta perderse de vista al girar la esquina. Luego, nos aproximamos al portal.
—¿Ése es el asesino a sueldo del que hablabais el otro día? —preguntó Pablo.
—Sí —contesté mientras introducía la llave en la cerradura.
—Pues benditos sean los asesinos a sueldo.
* * *
Nada más entrar en casa, me llevé a mi hermana a un aparte y le pregunté si se encontraba bien. A fin de cuentas, aquella noche le habían apuntado con una pistola en un simulacro de ejecución, algo que quebraría el ánimo de cualquiera; pero Teresa me aseguró que estaba perfectamente y, a juzgar por su aspecto, no mentía. Al parecer, era más valiente de lo que yo jamás hubiera creído. Después de adecentarnos, cambiarnos de ropa y tomarnos un ibuprofeno cada uno, nos reunimos en el salón. Teresa preguntó si queríamos cenar algo, pero habíamos perdido el apetito y, aunque eran casi las dos de la madrugada, también el sueño. Supongo que aún nos hallábamos bajo el shock del secuestro. Al cabo de unos minutos de silencio y miradas extraviadas, Pablo comentó:
—¿No deberíamos dar parte a la policía?
—Mejor que no —repuse.
—¿Por qué? Cono, que nos han secuestrado...
—Si acudiéramos a la policía tendríamos que delatar a Ángel —dije—. Además, estoy segura de que dentro de poco no quedará en Kirov ni rastro de lo que ha sucedido. Los hombres de Cherenko tampoco tienen el menor interés en que intervenga la policía.
Nos sumimos en un nuevo silencio. Cogí el bolso, lo abrí y contemplé el tubo de madera que había encontrado en la iglesia.
—¿Sabes leer latín? —le pregunté a mi primo.
—¿Sabes tú rascarte la nariz? —repuso en tono sarcástico.
Saqué el tubo y se lo entregué.
—Encontré esto oculto en la capilla de San Jerónimo —dije.
Durante unos segundos, Pablo contempló el tubo con desconfianza, como si temiera que fuese a explotarle entre las manos; luego, le quitó la tapa, sacó el pergamino, lo desenrolló y comenzó a leerlo. Apenas medio minuto después, se echó a reír a carcajadas.
—¿Qué es? —pregunté.
—La monda —respondió mi primo entre risas—. Esto es la monda.
—Ya; pero ¿qué clase de monda? —insistí.
—Ahora os lo cuento. Espera a que acabe.
Pablo tardó cinco largos minutos en leer el manuscrito. Cuando terminó, nos mostró el documento y preguntó:
—¿Sabéis lo que se supone que es esto?
Teresa y yo negamos con la cabeza.
—Pues nada más y nada menos —dijo— que las actas del juicio contra Jesucristo.
Crucé con mi hermana una mirada de sorpresa.
—¿Y qué dicen? —pregunté.
—Ponen a parir a Jesús y, además, contradicen la versión oficial. Según los sinópticos, Cristo fue prendido en el Huerto de los Olivos por una turba de fariseos enviados por el sumo sacerdote Caifás, y según el evangelio de Juan, por una cohorte de soldados mandados igualmente por Caifás. En cualquier caso, un asunto entre judíos. Al día siguiente le condujeron ante el sanedrín y fue condenado por blasfemar al haber afirmado que era el Mesías. Como los judíos no podían aplicar la pena de muerte, le llevaron ante el prefecto Poncio Pilato, acusándole de traición. Bueno, pues este documento afirma que Jesús fue detenido directamente por orden del prefecto a causa de haber provocados disturbios en Jerusalén durante la Pascua. Según las actas, se le acusó de incitar a la rebelión contra Roma, de predicar contra el pago de impuestos, de sedición, de liderar un grupo de bandidos, de autoproclamarse Mesías, de pretender ser el rey de Israel... en resumen, se le acusa de ser un zelote.
—¿Qué es un zelote? —pregunté.
—Eran los terroristas judíos de la época. Se enfrentaban a los romanos empleando la violencia y el asesinato político. También se les conocía como sicarii; es decir, los que llevan sica, que era el puñal curvo con el que cometían sus atentados.
—Entonces —murmuré, pensativa—, ese manuscrito presenta a Jesús como un individuo violento.
—Sí, pero es un manuscrito falso —respondió, arrojando el documento sobre la mesa.
—¿Cómo lo sabes?
—Por varios detalles, pero sobre todo por dos errores garrafales. En primer lugar, la fecha: las actas están datadas en el año 787 Ab Urbe Condita; es decir, en el año 33 de nuestra era. El gilipollas que falsificó el documento eligió ese año porque se supone que Jesús murió a los treinta y tres años de edad, así que tradujo directamente el año 33 des—pues de Cristo al calendario romano y le salió el 787. Pero se olvidó del error de Dionisio el Exiguo. —Cruzó una pierna sobre la otra y prosiguió—: Nuestro actual calendario se creó en el siglo VI, cuando el papa Juan I le encargó a un monje llamado Dionisio, y apodado el Exiguo por ser bajito, que creara un calendario tomando como punto de partida el nacimiento de Jesús. Dionisio estudió las escrituras y llegó a la conclusión de que Cristo había nacido el 25 de diciembre del año 753 desde la fundación de Roma, así que el primer año de su calendario se correspondía con el 754 del cómputo romano. Pero Dionisio se equivocó, porque las escrituras afirman que Jesús nació bajo el reinado de Herodes el Grande (el de la matanza de los inocentes, ya sabéis), y Herodes murió en el año 750 a.u.c; es decir, en el 4 antes de nuestra era. De modo que Cristo tuvo que nacer entre el 6 y el 4 antes de Cristo, valga la paradoja, y, por tanto, el juicio debió de tener lugar entre los años 781 y 783, pero nunca en el año 787.
Aunque me había hecho un lío con las fechas, no me veía con ánimos de afrontar de nuevo aquella explicación, así que hice como si lo hubiera entendido todo y pregunté:
—¿Y el segundo error?
—Según el documento —respondió Pablo—, el juicio tuvo lugar en la Fortaleza Antonia, que era el palacio del prefecto, guarnición y cárcel, todo a la vez. El falsificador lo sitúa allí porque así lo afirma la tradición cristiana. Sin embargo, no es cierto. El juicio de Jesús fue público, y los juicios públicos no se celebraban en la Fortaleza Antonia, sino en el palacio de Herodes, pues ahí había más espacio para los asistentes. —Hizo una pausa y concluyó—: El manuscrito es falso.
En realidad, resultaba lógico que lo fuese; a fin de cuentas, ese documento formaba parte del Proyecto Resurrección, el plan del KGB cuyo objetivo era falsificar pruebas destinadas a socavar los cimientos de la Iglesia católica. La carta apócrifa de José de Arimatea «demostraba» que Jesús no resucitó y ahora las falsas actas del juicio intentaban probar que, lejos de su imagen pacífica, Jesús había sido una persona violenta. ¿Qué otra «prueba» contendría el tercer documento?
—Tenías razón —le dije a Pablo—: El e—mail anónimo era una trampa, pero no fue cosa de los rusos. Ellos no tienen los documentos.
—Entonces, ¿de quién?
—No sé quién lo hizo, pero sí por qué: pretendía incriminarme.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Teresa.
—Es sencillo. Supongamos que la persona que mató a Gálvez se quedó con los manuscritos; quizá fuera su cómplice, o quizá fue ese tal Vargas, no lo sé, pero en cualquier caso sabía que Cherenko no se iba a quedar de brazos cruzados, de modo que decidió desviar la atención hacia mí. Cuando encontramos la carta de José de Arimatea, avisó de algún modo a los rusos y éstos registraron mi casa y la oficina, pero no encontraron nada, porque la carta estaba en la nave de Pablo, así que...
De repente, me di cuenta de algo, un detalle tan evidente que se me había pasado por alto. Qué burra era, pensé, qué inmensamente burra...
—¿Qué pasa, Carmen? —preguntó Teresa—. Te has quedado pasmada.
—Pasa que soy idiota —respondí, sacudiendo la cabeza—. Encontramos la carta de José de Arimatea en la casa de campo de Gálvez, ¿verdad? Ahora bien, Gálvez robó los documentos el 22 de noviembre y le dispararon en su piso ese mismo día, o al día siguiente como muy tarde. Entonces, ¿cuándo llevó la carta a su casa de Segovia?
—Espera un momento —intervino Pablo—. Lo que no tiene ningún sentido es que Gálvez volviese a su piso después de conseguir los documentos. Cono, se los había robado a unos mañosos, así que debía de esperar que los rusos le buscasen, empezando por su casa. Ya que tenía un refugio secreto, lo lógico es que se ocultase allí.
—Sí, tienes razón. Pero el hecho es que le dispararon en su piso.
Pablo bajó la cabeza y reflexionó durante unos segundos.
—Vale —dijo, chasqueando los dedos—, se me ha ocurrido algo. Supongamos que Gálvez roba los documentos, se va a su casa de campo y los guarda en la caja fuerte. Luego, por algún motivo, tiene que volver a su piso; quizá se dejó olvidado algo, dinero, las llaves, su osito de peluche favorito, lo que sea. El caso es que llega a su casa y allí le está esperando el asesino, llamémosle señor X. «¿Dónde están los documentos?», le dice el señor X, encañonándole con una pistola. Gálvez se niega a hablar y X le pega un tiro, pero no le mata. Gálvez, como es lógico por otro lado, se acojona y le dice dónde están los documentos, la combinación de la caja, todo. Pero el señor X no acaba de fiarse, así que se lleva a Gálvez a ese pueblo de Segovia y, tras comprobar que ha dicho la verdad, se lo carga, coge los manuscritos y luego se deshace del cadáver donde sea. Eso lo explica todo.
—Todo no —repliqué—. Tu señor X no se llevó los tres documentos; dejó la carta de José de Arimatea. ¿Por qué?
—No sé; porque era falsa, imagino.
—También son falsas estas actas y se las llevó. —Hice un pausa y proseguí—: El asesino dejó la carta de José de Arimatea para incriminar a quien la encontrase; es decir, a mí. Y luego, cuando la carta fue robada, decidió repetir la jugada y hacerme llegar las actas, para luego darle el chivatazo a los rusos. Sea quien fuere, lo único que pretende es desviar la atención.
Pablo hizo un gesto de perplejidad.
—Vamos a ver si lo entiendo —dijo—. Un tipo asesina a Gálvez para robarle unos documentos que, además, pertenecen a unos mañosos rusos, y luego, después de tanto follón, ¿te los da a ti?
—Sólo dos —repliqué—, y, según tú mismo has dicho, ambos son falsos. Pero el tercer documento sigue desaparecido; supongo que sólo ése es importante.
—El manuscrito mandeo... —murmuró Pablo tras un fatigado suspiro—. ¿Y ahora qué vas a hacer?
—No tengo ni idea —respondí—. Lo único que sé es que debéis iros de casa mañana mismo. Ya habéis visto lo que ha pasado; no es seguro que os quedéis aquí.
Mi hermana ocultó un bostezo con la mano y se puso en pie.
—Estoy cansada —dijo—. Ya hablaremos de eso mañana; ahora me voy a dormir. —Echó a andar hacia su cuarto y añadió—: ¿Vienes, Pablo?
Aquella noche, mientras intentaba infructuosamente conciliar el sueño, oí gritar a mi hermana tres veces. ¿Cómo podía hacer el amor después de lo que había ocurrido?, me pregunté; pero luego comprendí que el sexo no es más que una reafirmación de la vida frente a la muerte, y lamenté de nuevo no tener a mi lado a nadie con quien compartir caricias y besos para sentirme viva. Pero lo que me mantuvo desvelada no fue la soledad, ni el escándalo erótico de Teresa, ni el estrés del secuestro, sino la cada vez más insistente sensación de que me estaba equivocando en algo.
Cuando finalmente logré dormirme, volví a soñar con la rana Gustavo.
9
Al día siguiente, cuando llegué a la agencia, no le conté a Hermes lo que había sucedido la noche anterior, pues sabía que, de hacerlo, mi viejo amigo se empeñaría en ponerme escolta. Poco después de las diez, me telefoneó mi madre y tuve que permanecer media hora pegada al auricular, respondiendo primero a un concienzudo cuestionario sobre mi vida personal (no le dije que había roto con Óscar, por supuesto) y escuchando después una larga retahíla de admoniciones y advertencias: que fuera a la peluquería antes de la comida de Navidad, que me comprara un traje nuevo, que me hiciera la manicura, que una de mis hermanas me ayudara a maquillarme, porque yo era un desastre... Reconozco que, como me ocurría cada vez que hablaba con mi madre, sentí un inmenso alivio cuando la conversación —en realidad, monólogo— concluyó. Pero, nada más colgar, el teléfono sonó de nuevo. Era Gabriel por la línea interior.
—Tres caballeros desean verla, señora Hidalgo —dijo.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Sólo uno me ha dado su nombre —respondió—: Don Abraham Vargas.
¡Vargas! Casi di un bote sobre el asiento. Durante unos segundos me quedé inmóvil, paralizada por la sorpresa, con el auricular pegado al oído. Ni remotamente me esperaba esa visita y no sabía cómo afrontarla. ¿Debía avisar a Hermes para que me protegiese con su escopeta de cañones recortados? A fin de cuentas, era muy posible que las personas que aguardaban en la recepción fuesen asesinos; aunque, por otro lado, no parecía probable que intentaran hacerme algo en mi propia oficina.
—¿Señora Hidalgo...? —dijo mi secretario tras un largo silencio.
—Eh..., perdona, Gabriel; hazlos pasar.
El aspecto de aquellos tres individuos se ajustaba como un guante a la descripción que me había proporcionado Nuria Castaño, la ex mujer de Gálvez. Vargas, que debía de ser el jefe de los otros dos, rondaba los cincuenta y cinco años de edad; era bajo —más que yo— y menudo, sin un solo pelo en el cráneo, incluyendo las cejas, con los ojos, pequeños e incisivos, parapetados tras unas gruesas gafas de concha. Uno de sus acompañantes, Joao Oliveira, era un cuarentón grande y fuerte, moreno, con el pelo ensortijado, los ojos pequeños y la mirada fría; llevaba un bastón de madera, pero no cojeaba al andar. El tercer hombre, Zhang Wei, debía de rondar los treinta años y su rostro era un ejemplo perfecto de hieratismo oriental. La anticuada cartera de cuero que llevaba en una mano contrastaba con su juventud. Los tres vestían idénticos trajes negros de corte clásico, como si compartieran el mismo aburrido sastre.
Vargas fue el único que me estrechó la mano cuando les recibí, aunque lo cierto es que, en vez de estrechármela, se limitó a tenderla blandamente, como si su extremidad fuera un animal muerto. Tras una breve presentación nos sentamos, yo detrás del escritorio y ellos frente a mí.
—Ustedes dirán... —dije, invitándoles con un gesto a exponer el motivo de su visita.
Nadie contestó. Vargas entrecruzó los dedos y se me quedó mirando con una medio sonrisa en los labios. Cuando el silencio se hizo incómodo, insistí:
—Bueno, ¿qué desean?
—Sabe quiénes somos, ¿verdad, señora Hidalgo? —dijo Vargas, al fin, con voz suave y un poco meliflua.
No me pareció el momento apropiado para hacerme la tonta, de modo que asentí con un cabeceo.
—La señora Castaño le habló de nosotros —prosiguió Vargas—. Y la asistenta de Gálvez. Y también la pobre viuda del señor Escobar.
¿Cómo sabía eso? Esta vez fui yo quien respondió con el silencio. Vargas amplió la sonrisa y dijo:
—Usted está buscando un documento llamado «manuscrito mandeo».
—Lo siento —repuse—; no puedo comentar el trabajo de la agencia.
—No era una pregunta, señora Hidalgo —replicó—; sabemos que está buscando ese manuscrito. De hecho, sabemos muchas cosas acerca de usted. Por ejemplo, que su cliente se llama Constantine Thibaut-Rochelle. Y que, en el transcurso de su investigación, ha encontrado dos documentos apócrifos: una carta de José de Arimatea y unas actas del juicio de Jesús. La carta se la robaron a su colaborador, el señor Sesma, y las actas las tiene guardadas en su casa; pero son una mala falsificación, carecen de importancia. Ambos manuscritos podrían considerarse... chapuzas de los servicios secretos rusos, si me permite expresarlo así. El viejo Proyecto Resurrección, ya lo conoce.
Esta vez sí que había logrado sorprenderme, pero intenté disimularlo poniendo cara de póquer.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.
—Ya nos hemos presentado, señora Hidalgo.
—Sí, pero ¿a quién representan?
—A nosotros mismos —respondió Varga con fingida inocencia.
—De acuerdo —suspiré—. ¿Qué quieren?
La sonrisa se esfumó de sus labios.
—Que abandone el caso, señora Hidalgo. Queremos que llame a Thibaut-Rochelle y le presente su renuncia.
Entrecerré los ojos.
—¿Y por qué tendría que hacer eso? —pregunté.
—Para evitarse problemas. Incidentes desagradables, como el que protagonizó anoche con esos rusos. La ver—dad es que es usted una mujer admirable, señora Hidalgo; parece mentira que, después de haber sido secuestrada, se presente al día siguiente en el trabajo como si no hubiera ocurrido nada. Eso demuestra una gran entereza, pero también cierto grado de imprudencia, ¿no cree?
Decididamente, aquel hombre sabía demasiadas cosas que no debía saber. Me lo quedé mirando; la ex mujer de Gálvez tenía razón: parecía un insecto, una especie de mantis religiosa pálida y desproporcionada.
—Como ya he señalado —dije, pronunciando lentamente las palabras—, el trabajo de esta agencia es confidencial.
Vargas clavó en mí su mirada y movió la cabeza de un lado a otro, como si le hubiera decepcionado.
—Su trabajo, señora Hidalgo —dijo—, consiste en investigar a las personas, porque la gente, más allá de las apariencias, suele tener una vida oculta. Las personas esconden secretos y mentiras. ¿Y sabe qué? Los grupos humanos, las culturas, las sociedades, las empresas, las naciones, también. Por debajo de la historia del mundo que narran los periódicos, hay una historia secreta, una realidad oculta. Y no conviene entrar en esa realidad, señora Hidalgo; es sucia y peligrosa. —Suspiró con pesar—. El problema, amiga mía, es que, sin saberlo, usted se ha metido en un conflicto que no le concierne, en una guerra tan antigua como el tiempo.
—Una guerra... —murmuré—. ¿Quiénes luchan?
—Los más antiguos contrincantes del mundo: el bien contra el mal.
—Y ustedes representan el bien.
—Eso tenemos a gala.
—¿Quiénes son entonces los malos?
Vargas se encogió de hombros.
—Eso depende —respondió—. Según las decisiones que tome, cualquier persona puede militar en las filas del mal. Usted misma, por ejemplo, si se empeña en no hacernos caso.
—De modo que, si no hago lo que usted quiere, me convertiré en su enemiga. ¿Es eso lo que pretende decirme?
Vargas tardó unos segundos en responder.
—Verá, señora Hidalgo —dijo, midiendo con cuidado sus palabras—; si hemos tardado tanto en ponernos en contacto con usted ha sido como muestra de respeto a su cliente, el señor Thibaut-Rochelle.
—¿Le conoce?
—No en persona, pero su reputación le precede. Es un caballero honorable contra el cual no tenemos nada; no obstante, ésta no es su guerra. Y la suya tampoco, señora Hidalgo. Hágase un favor a sí misma y olvide este asunto. Fíjese, por ejemplo, en los dueños de Ediciones Grimorio; decidieron colaborar y todo ha sido mucho más fácil para ellos. Muéstrese razonable y vivirá tranquila.
Contuve el aliento y contemplé a los tres hombres que tenía ante mí. Vargas me miraba con expresión bondadosa, como un padre preocupado por la educación de su hija; Zhang, con su cartera de cuero sobre las rodillas y la mirada perdida, parecía una esfinge oriental; Oliveira jugueteaba con la empuñadura del bastón sin apartar sus gélidos ojos de mí. Solté una bocanada de aire.
—¿Y qué pasó con Germán Bosco, el presidente de la editorial? —pregunté—. ¿No fue lo suficientemente razonable? ¿Como Andrés Escobar? ¿Como el mismo Gálvez? ¿No colaboraron y por eso están muertos?
En vez de responder, Vargas se me quedó mirando con tristeza, como si le inspirara auténtica lástima. Luego, sacó del bolsillo interior de la americana un bolígrafo y una pequeña libreta de cuero, apuntó algo en una hoja, la arrancó y la puso encima de la mesa.
—Éste es mi número de teléfono —dijo, incorporándose. Sus dos acompañantes le imitaron, siempre en silencio—. Si, de la forma que sea —prosiguió—, llega a averiguar el paradero del manuscrito mandeo, será mejor para todos que se ponga en contacto con nosotros. Thibaut-Rochelle le prometió setenta y cinco mil euros más los gastos, ¿verdad?
No respondí.
—Nosotros le pagaremos la misma cantidad —concluyó—, y además le aseguramos que no tendrá ningún problema. Y eso es algo que Thibaut-Rochelle no puede garantizarle.
—¿Por qué es tan importante ese manuscrito? —pregunté—. Lo más probable es que sea una falsificación.
—Claro que es una falsificación, no le quepa duda. Pero las mentiras pueden ser tan peligrosas como las verdades. Buenos días, señora Hidalgo.
Vargas me dedicó una inclinación de cabeza y, seguido por Oliveira y Zhang, salió del despacho. Contemplé la hoja de papel que había dejado sobre la mesa; era un número de móvil, con toda seguridad de prepago, la modalidad telefónica preferida por quienes buscan el anonimato. Al menos, me dije, algo había sacado en claro de aquella entrevista: fuera quien fuese esa gente, no tenía el manuscrito mandeo en su poder. Pero ¿quiénes eran? ¿A qué o a quién servían? A punto estuve de telefonear a Thibaut-Rochelle, pero desistí nada más planteármelo, pues estaba claro que mi cliente no iba a revelarme esa información. No obstante, quizá hubiera otra forma de averiguarlo.
Me levanté, cogí el bolso y el abrigo, y abandoné el despacho a toda prisa camino de Ediciones Grimorio.
* * *
La oficina de Ediciones Grimorio ofrecía el mismo aspecto polvoriento y cochambroso de siempre; incluso me pareció que la anciana recepcionista —que se hallaba sentada a una mesa, leyendo un ¡Hola!— llevaba el mismo vestido. Me aproximé a ella y, recordando que estaba como una tapia, le dije en voz muy alta:
—Soy Carmen Hidalgo. Estuve aquí el otro día, ¿se acuerda?
La mujer alzó la mirada de la revista y me observó con el ceño fruncido.
—No hace falta que grite —dijo, señalando el audífono que llevaba en el oído derecho—. Sí, sí que me acuerdo de usted; es la detective. ¿Qué quiere?
—Hablar con los señores Araciel y Moreno.
—Salvador Araciel ha salido.
—¿Y el señor Moreno?
La anciana me miró de arriba abajo antes de responder:
—Manuel me dijo que, si volvía usted por aquí, la echase. No quiere recibirla. —Hizo una pausa, pero antes de que yo pudiera decir algo, agregó—: De todas formas, Manuel está en el segundo despacho a la derecha yendo por ese pasillo. Si usted se adelanta y va hacia allí, no creo que yo pueda detenerla. El reúma me está matando.
Dicho esto, la anciana bajó la mirada y se enfrascó de nuevo en la lectura de cotilleos, así que, tras unos instantes de duda, eché a andar hacia el despacho. Entré directamente, sin llamar a la puerta; Manuel Moreno estaba sentado frente a su escritorio, en mangas de camisa, absorto en la lectura de un montón de folios impresos. Al verme, puso cara de sorpresa y se incorporó bruscamente.
—¿Qué hace aquí? —preguntó.
—Quiero hablar con usted.
—Ahora estoy muy ocupado; no puedo atenderla, lo siento.
—Sólo le robaré un minuto.
Moreno tragó saliva y negó con la cabeza.
—Váyase, por favor.
En vez de hacerle caso, me aproximé a él y le dije:
—Esta misma mañana me han visitado Abraham Vargas y sus amigos Zhang y Oliveira. Usted los conoce, ¿verdad?
Al oír aquellos nombres, Moreno palideció y volvió a tragar saliva. Parecía incluso más asustado que la última vez que le vi.
—Váyase —murmuró—. No puedo hablar con usted.
—¿Ellos se lo han prohibido?
Moreno abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla, limitándose a asentir débilmente con la cabeza.
—¿Por qué les tiene tanto miedo? —insistí—. ¿Le han amenazado?
—El mero hecho de que esté usted aquí —respondió con voz insegura— me pone en peligro. Por eso, señora Hidalgo, le agradecería que se fuera.
—Si usted está en peligro —dije—, yo también.
—¿Y qué quiere que le haga? —replicó—. Cancelamos su contrato, no tenemos nada que ver con usted. Olvídese de este asunto. Además, no sé nada, no puedo ayudarla.
—Sólo le pido que me diga quién es esa gente.
—No lo sé...
—Yo creo que sí. Si no, no estaría tan asustado.
—Piense lo que quiera, pero lárguese. Si insiste en quedarse, me obligará a llamar a la policía.
Suspiré y me crucé de brazos. Había llegado el momento de las amenazas.
—De acuerdo —dije—, me iré. Pero volveré mañana, y pasado, y al otro; vendré aquí cada día hasta que me responda. El problema es que, por lo visto, me están siguiendo y, ¿sabe?, me parece que no le gustaría que llamase tanto la atención sobre usted.
Durante unos segundos, Moreno se me quedó mirando con una mezcla de miedo, estupor y resentimiento; luego, se dejó caer sobre el sillón y se pasó una mano por los ojos.
—¿Si le contesto me dejará en paz? —dijo en voz baja.
—Le doy mi palabra.
—De acuerdo. —Moreno me miró fijamente a los ojos—. Vargas no nos dijo para quién trabaja, no mencionó ningún nombre. Pero Salvador y yo habíamos oído hablar de cosas así, habíamos leído sobre ellos, aunque al menos yo no creía que fuera cierto. De modo que sólo es una suposición, pero creemos que Vargas y sus hombres pertenecen a L'Entitá.
—¿L'Entitá? —repetí, confundida—. ¿Qué es eso?
—Italiano, señora Hidalgo. Significa «La Entidad», o «El Ente».
—Ya, pero ¿qué es?
El editor se puso en pie y alzó las manos con las palmas orientadas hacia mí, como si quisiera interponer un muro entre él y yo.
—Eso son dos preguntas —dijo—, y yo sólo me he comprometido a responder una. ¿No es investigadora?, pues averígüelo usted misma; pregúntele a un cura. Y ahora, por favor, cumpla con su palabra y márchese.
Aquel hombre estaba aterrado y no parecía saber mucho más, así que le di las gracias y abandoné el despacho. Al pasar por la recepción me despedí de la anciana, crucé la salida y me dirigí al portal, pero antes de llegar a la calle oí que alguien me llamaba por mi nombre; era la vieja recepcionista, que me hacía señas desde el umbral de la puerta.
—¿Sí? —dije, regresando sobre mis pasos.
—Me llamo Asunción —repuso la anciana en voz baja—. Soy la tía de Manuel Moreno; fui secretaria hasta que me jubilé y ahora, para distraerme, le echo una mano a mi sobrino en la editorial.
—Encantada. Ya sabe quién soy yo.
La mujer se me quedó mirando con el ceño fruncido, como si quisiera leerme el pensamiento a base de simple fijeza ocular.
—¿Está usted investigando el asesinato de Germán Bosco? —preguntó de repente.
Negué con la cabeza.
—Investigo otro asunto —dije—, pero al parecer está relacionado con la muerte del señor Bosco.
Asunción desvió la mirada y suspiró.
—Apreciaba mucho a Germán —dijo—; era todo un caballero, de los que ya no quedan. Por eso me revuelve las tripas que mi sobrino y Salvador se porten como unos cobardes.
—¿A qué se refiere? —pregunté.
La anciana me miró de nuevo.
—Vinieron los tres cuervos —gruñó— y Manuel y Salvador se echaron a temblar.
—¿Tres cuervos...? ¿Vargas, Oliveira y Zhang?
—Esos mismos. No sé qué dijeron, pero después de hablar con ellos, mi sobrino y Salvador estaban pálidos como cirios. Le pregunté a Manuel qué había pasado y contestó que no me metiese, que esa gente era peligrosa. —Cruzó los brazos—. ¿Sabe lo que creo?, que esos cuervos tienen algo que ver con el asesinato de Germán. Y también con el de Sebastián Gálvez, el escritor.
—Yo también lo creo.
La anciana movió la cabeza de arriba abajo, evidentemente complacida por el hecho de que yo compartiese sus sospechas.
—El manuscrito del nuevo libro de Gálvez desapareció en casa de Germán —dijo—. ¿Lo sabía?
—Sí.
—Pero lo que no sabe es que volvió a aparecer.
—¿Qué?
—Lo mandaron por mensajero a la editorial; no figuraba el remitente. Eso fue el jueves de la semana pasada.
—¿Y dónde está ahora?
Asunción soltó una risita amarga.
—En el infierno estará —respondió—. Nada más abrir el paquete y ver lo que había dentro, a mi sobrino y a Salvador se les hizo el culo Pepsi-Cola, y disculpe que hable así, pero es que me da mucho coraje. Ni siquiera se atrevieron a leerlo, los muy gallinas. Telefonearon a Vargas y, a la media hora, ya estaban los tres cuervos en la oficina para llevarse el manuscrito del libro. —El timbre de un teléfono comenzó a sonar en el interior de la editorial. Asunción giró la cabeza y volvió a suspirar—. Tengo que volver al trabajo —dijo—. No sé si lo que le he contado sirve para algo, pero pensé que debía saberlo.
La anciana se dio la vuelta y entró en la oficina; antes de cerrar la puerta agregó:
—Le deseo que tenga suerte, señora Hidalgo. Ojalá encuentre al malnacido que asesinó a Germán.
* * *
Cuando abandoné el local de Ediciones Grimorio, mientras buscaba un taxi para regresar a la agencia, pasé por delante de un cibercafé y decidí entrar. Tras sentarme frente a uno de los ordenadores que había libres, escribí en Google «l'entitá» y pulsé enter; como era de esperar, obtuve una barbaridad de entradas, casi siete millones y medio. Con «entidad» y «ente» no tuve mejor suerte; eran palabras de uso habitual y aparecían en textos de todo tipo. No obstante, Moreno había dicho que preguntase a un cura, así que probé con «l'entitá+religión» y conseguí disminuir notablemente el número de entradas, pero aun así sumaban casi quince mil; había cientos de entidades religiosas.
Me recosté contra el respaldo de la silla y, con la mirada perdida en la pantalla del monitor, intenté aclararme un poco las ideas, porque lo que me había contado la anciana me tenía aún más confusa que antes. ¿Quién había mandado de nuevo el manuscrito del libro de Gálvez? Desde luego, no los rusos, ni los cuervos, como los llamaba la tía de Moreno; entonces, ¿el remitente era quien lo había robado en la casa de Germán Bosco? ¿El asesino de Gálvez? Y sobre todo, fuera quien fuese, ¿por qué lo había enviado otra vez a la editorial? Al parecer, unos deseaban que el libro fuera publicado y otros (¿los cuervos?) estaban dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de impedirlo. Siempre y cuando fuese el mismo texto, me dije, el mismo manuscrito del escritor.
Solté un bufido y cliqueé con el ratón para salir de Google. Aquella línea de razonamiento no conducía a ninguna parte; me faltaban las piezas principales del rompecabezas, continuaba dando palos de ciego. Debía seguir avanzando paso a paso, si es que avanzaba en algún sentido, cosa que estaba empezando a dudar. Mi próximo objetivo consistía en averiguar qué era L'Entitá, y Moreno me había sugerido que recurriese a un sacerdote, así que saqué el Motorola y marqué el número de mi hermana, la experta «n sacerdotes.
* * *
Quedé a comer con Teresa y Pablo en casa. Mi hermana había preparado una paella y, mientras dábamos buena cuenta de ella sentados en torno a la mesa de la cocina, les conté lo que había pasado aquella mañana.
—Ese tipo, Vargas —dijo Pablo al tiempo que pelaba un langostino—, ¿te amenazó?
—No directamente —respondí—, pero dejó muy claro que tendría problemas si no hacía lo que me pedía.
—¿Y no sabes quiénes son?
—L'Entitá, eso dijo Manuel Moreno. ¿Te suena?
—Para nada —respondió, comiéndose el crustáceo de un bocado.
—¿Y a ti, Teresa?
Mi hermana, que parecía ausente y desganada, como si su mente se encontrara en algún lugar remoto, negó con la cabeza.
—Hay muchas entidades en la Iglesia católica, Carmen —dijo.
Apuré los restos de paella que quedaban en mi plato —Teresa es una excelente cocinera— y los acompañé con un trago de vino.
—Necesito hablar con un sacerdote —comenté—. Quizá tú puedas presentarme a alguno, Tere.
Saliendo de su ensimismamiento, mi hermana soltó una risa irónica.
—Otra cosa no —dijo—, pero curas puedo presentártelos a porrillo.
—Ya, pero se trataría de un sacerdote especial. Debe ser todo lo contrario a los religiosos que estás acostumbrada a tratar, el polo opuesto.
—¿Un cura rojo?
—Sí, eso estaría bien.
—Pues tengo lo que necesitas: Roberto Pimentel, el párroco de Santa María Magdalena, en Lavapiés. Dice misas saltándose el ceremonial, da la comunión con pan de hogaza, comparte el vino consagrado y, en fin, tiene la parroquia que parece una célula comunista. Es un rojazo.
—¿Y tú de qué lo conoces?
—En la Obra llevan mucho tiempo intentando que le expulsen de la parroquia. Hará un mes o así, nos manifestamos delante de la iglesia.
Parpadeé, confundida.
—¿Le conoces porque intentabas echarle?
—Sí. Pero ahora me da igual; como si le nombran obispo.
—Ya, pero a lo mejor a él no le apetece hacerte un favor. Cono, Tere, que querías dejarle sin trabajo...
Mi hermana se encogió de hombros.
—Es un cura, ¿no? Pues entonces practicará lo de poner la otra mejilla y perdonar a los enemigos. —Se incorporó y comenzó a recoger los platos—. En cuanto recoja esto —concluyó—, nos acercamos a la parroquia.
* * *
Santa María Magdalena, una iglesia pequeña, funcional y austera, ocupaba la mitad de un modesto edificio de ladrillo visto construido en los años setenta. El templo en sí mismo no era más que una nave rectangular sin otro adorno que el crucifijo que presidía el altar, ni más mobiliario que los bancos corridos destinados a los feligreses. El despacho parroquial, donde nos habíamos reunido con el padre Pimentel, estaba situado junto a la sacristía y era tan austero como el resto de las dependencias, con unas cuantas sillas y una vieja mesa de madera por todo mobiliario, y una reproducción del San Francisco de Asís de Giotto colgando de una pared como único adorno.
Roberto Pimentel debía de rondar los treinta y cinco años de edad; era grande y alto, algo grueso, con el pelo negro y abundante, demasiado largo para lo que se espera de un cura, y una cerrada barba cubriéndole el mentón. No llevaba sotana ni alzacuellos; sólo un jersey de lana, unos vaqueros y unas zapatillas deportivas. Parecía más un sindicalista que un sacerdote.
—Disculpe, señora —le dijo a mi hermana cuando nos sentamos en torno a la mesa—, su cara me suena. ¿Nos conocemos?
Teresa cruzó una pierna sobre la otra.
—Sí —respondió con desenvuelta naturalidad y una gran sonrisa—; nos vimos a finales del mes pasado, cuando la protesta.
Las cejas del sacerdote se alzaron impulsadas por la sorpresa.
—Usted es la señora del Opus que estaba al frente de la manifestación... —murmuró.
—Sí, pero eso es cosa del pasado. He dejado la Obra y ahora soy atea, como usted.
—¡Señora, que yo no soy ateo! —protestó el cura.
—Bueno, pues agnóstico, o pagano, o comunista, lo que sea —repuso Teresa, siempre sonriente—. Me da igual; por mí, puede dar la comunión con pan Bimbo si le apetece. Nada de rencores, ¿vale? Asunto olvidado.
Pimentel contuvo el aliento y se quedó mirando a mi hermana con expresión de absoluta perplejidad. Luego, soltó el aire de golpe, puso cara de circunstancias y dijo:
—En fin, ¿qué puedo hacer por usted?
—Por mí nada —respondió Teresa—, pero mi hermana Carmen quería preguntarle algo.
El sacerdote volvió la mirada hacia mí.
—¿Ha oído hablar de L'Entitá, padre? —dije.
Pimentel se echó hacia atrás y me contempló con recelo.
—¿Es usted periodista? —preguntó.
Negué con la cabeza, saqué del bolso una de mis tarjetas y se la entregué.
—Detective privado —musitó el sacerdote tras leer la tarjeta. Luego, volviéndose hacia Pablo, preguntó—: ¿Y usted?
—Soy historiador —respondió mi primo—; me dedico a la arqueología bíblica, así que somos casi colegas.
Pimentel frunció el ceño y me contempló con aire pensativo.
—¿Por qué le interesa L'Entitá? —preguntó.
—Porque creo que, mientras investigaba un asunto, he tropezado con ella.
—¿Sabe lo que es?
—No. Precisamente por eso recurro a usted, padre; me dijeron que un sacerdote podría informarme.
Con expresión ausente, Pimentel sacó del bolsillo un paquete de Ducados, se puso un cigarrillo en los labios y encendió un mechero Bic.
—Perdonen —dijo, saliendo de su ensimismamiento—. ¿Les importa que fume?
Le dijimos que no. El sacerdote prendió el cigarrillo y aspiró una profunda bocanada de humo.
—¿Ha recibido alguna clase de... advertencia por parte de La Entidad? —preguntó.
—Sí, podría llamársele advertencia, en efecto.
Pimentel desvió la mirada y permaneció unos segundos abstraído en sus pensamientos. De pronto, se incorporó y, tras rogarnos que le excusáramos un momento, abandonó el despacho parroquial. Regresó tres o cuatro minutos más tarde; tomó asiento tras la mesa, apagó en un cenicero la colilla que sostenía entre los dedos y dijo:
—En efecto, señora Hidalgo: he oído hablar de La Entidad, pero debo confesarle que sé muy poco acerca de ella. No obstante, creo que si de algún modo se están enfrentando a esa organización, usted y sus amigos corren un serio peligro.
—Eso ya lo sé. Pero ¿qué es La Entidad?
—Como le he dicho, sé muy poco acerca de ella; aunque tengo un amigo que conoce a fondo el asunto. Se llama Santiago Ripoll; acabo de telefonearle a su casa y ha aceptado hablar con ustedes. —Se incorporó—. Vive muy cerca de aquí; podemos ir andando.
* * *
Según contó el padre Pimentel mientras nos dirigíamos a nuestro nuevo destino, su amigo y él se habían conocido cuando estudiaban en el seminario, aunque por lo visto Ripoll había colgado los hábitos hacía tres años y desde entonces trabajaba para una ONG. El ex sacerdote vivía en un piso interior en la segunda planta de un viejo edificio situado a tres manzanas de Santa María Magdalena.
Se trataba de un pequeño apartamento amueblado con productos de Ikea y decorado con reproducciones pictóricas y carteles de cine. Aunque era una vivienda muy humilde, todo estaba en perfecto orden y se apreciaba cierta coquetería en los detalles, como si su propietario no se resignase a aceptar que pobreza y fealdad fueran palabras inevitablemente unidas. Santiago Ripoll debía de tener más o menos la misma edad que Pimentel, pero ahí acababa el parecido, pues, a diferencia del sacerdote, era un hombre bajo y delgado, con el pelo pulcramente cortado y ni asomo de barba. Llevaba un pequeño aro de plata en la oreja izquierda y vestía un pantalón de algodón blanco y una camiseta verde con el logotipo de Greenpeace.
Con un casi perdido, pero todavía perceptible, acento catalán, nos invitó a sentarnos en el salón, una pequeña estancia presidida por una librería de madera abarrotada de libros, la mayor parte ediciones de bolsillo; luego, tras preguntarnos si queríamos tomar algo, se acomodó en una silla de tijera y me preguntó:
—¿Podemos tutearnos?
—Claro.
—Muy bien, Carmen; según me ha contado Santiago por teléfono, tú y tus amigos habéis tenido un tropiezo con La Entidad.
—Eso parece.
—¿Cómo ha sido?
—Esta mañana vinieron tres hombres a mi oficina para sugerirme que abandonara cierta investigación en la que estoy trabajando.
—Santiago dice que eres detective privado...
—Sí.
—¿Esos hombres te dijeron que trabajaban para La Entidad?
—No; me lo sugirió otra persona, alguien que también los conoce.
Ripoll se acarició la barbilla, pensativo.
—No te voy a preguntar por la investigación en que trabajas —dijo—, porque supongo que será confidencial, pero permíteme sólo una cuestión: ¿tiene algo que ver con la Iglesia católica?
—Sí.
—Entiendo. ¿Esos hombres te amenazaron?
—No explícitamente, pero dijeron que podría tener problemas si no les obedecía.
—¿Sabes algo más de ellos?
—Sé que han presionado a algunas personas —respondí—. Y es posible, aunque no tengo pruebas, que hayan cometido uno o dos asesinatos.
Un negro silencio de alquitrán se adueñó del salón.
—Dios mío... —musitó el padre Pimentel sacudiendo la cabeza con pesar.
Ripoll arqueó las cejas y suspiró.
—Cosas como ésta —dijo— son las que me hicieron abandonar el sacerdocio.
—¿Qué es La Entidad? —pregunté de nuevo.
—En realidad, no se llama así —contestó el ex sacerdote—. Ése es el sobrenombre que le dan en el mundo de los servicios de inteligencia, igual que a la CIA le llaman La Compañía, al Mossad El Instituto o al CNI La Casa. Su auténtico nombre es la Santa Alianza, aunque para ser precisos, no tiene nombre, porque se supone que no existe. En cuanto a qué es la Santa Alianza... pues, por decirlo así, el servicio secreto del Vaticano.
—¡Ave María purísima! —exclamó mi hermana.
—¿Pero el Vaticano tiene servicio secreto? —preguntó Pablo.
—El más antiguo del mundo —respondió Ripoll—. Y, según Simón Wiesenthal, el mejor. A fin de cuentas, el Vaticano, aparte de un centro religioso, es un Estado independiente y funciona como tal.
Mi primo le miró con escepticismo.
—Entonces —dijo—, ¿hay curas que van por ahí en plan James Bond?
Ripoll esbozó una sonrisa.
—En el caso de la Santa Alianza —repuso—, las cosas son un poco más complicadas.
—¿Y cómo son? —intervine.
—En realidad, nadie sabe mucho al respecto; casi todo son rumores y habladurías. Pero sí se conocen algunos detalles con certeza. Comenzando por el principio, la Santa Alianza fue fundada en el siglo XVI por el papa Pío V con el objetivo de combatir a Isabel I de Inglaterra, que, como sabéis, era protestante. El nombre de la organización procede precisamente de la alianza secreta que estableció la Santa Sede con la otra candidata al trono, la católica María Estuardo.
—Pues no les fue muy bien que digamos —comentó Pablo.
—En efecto, todos las intentonas de asesinar a Isabel I fracasaron. Al final, fue María Estuardo la que murió ajusticiada y el protestantismo se extendió por toda Inglaterra.
—Un momento —intervino mi hermana—. ¿Estás diciendo que el Papa ordenó un asesinato, como si fuera Tony Soprano?
—Uno no, muchos. Y no sólo Pío V, sino también Gregorio XIII, Sixto V y la mayor parte de los pontífices que les sucedieron.
—Lo que hay que oír —comentó Teresa con cara de alucinada.
—En realidad, no es tan extraño —dijo Ripoll—. Hay que intentar ponerse en la mentalidad de la época; para esa gente, eliminar a un hereje no era un pecado, sino todo lo contrario: un acto de amor a Dios. Es más, era una obligación y, por aquel entonces, Europa se estaba llenando de herejes. Por ejemplo, en 1610, el rey Enrique IV de Francia se disponía a intervenir contra la dinastía católica de los Habsburgo, algo que no era visto con buenos ojos por la Santa Sede. Pues bien, el 14 de mayo, el rey fue asesinado a cuchilladas por un tal Ravaillac que, según se supo después, trabajaba para una sociedad secreta católica llamada Círculo Octogonus.
«Círculo Octogonus»... Paladeé mentalmente aquellas dos palabras como si fueran frutas exóticas y desconocidas. Sonaban a misterio y ocultismo, aunque también a folletín decimonónico.
—Parece una novela —comenté.
—Sí, pero fue real. El Círculo Octogonus existió y, aunque nadie ha podido demostrarlo, muchos creen que en realidad estaba al servicio de la Santa Alianza. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que, a mediados del siglo XVII, el papa Inocencio X fundó una rama de la Santa Alianza llamada Orden Negra, que era una especie de servicio de contraespionaje; aunque en realidad se trataba de una sociedad secreta de asesinos cuya misión consistía en descubrir y eliminar a los espías infiltrados en la Iglesia, en particular los de Mazarino, que por aquel entonces tenía el poder absoluto en Francia. Durante los dos siglos siguientes a su fundación, la Santa Alianza creó una red de espías que abarcaba toda Europa. Intervino en La Fronda, en el intento de invasión de Inglaterra por parte de Felipe II, en la Revolución francesa, en las guerras napoleónicas... sus agentes estaban por todas partes.
Ripoll hizo una pausa y comentó que tenía la boca seca.
—Voy a preparar café —dijo—. ¿Alguien quiere?
Tras unos instantes de titubeo, todos aceptamos el ofrecimiento. El ex sacerdote se dirigió a la cocina y regresó cinco minutos más tarde con una bandeja donde descansaban cinco tazas de loza y una jarra Melitta medio llena de café. Mientras él servía la infusión, comenté:
—Si la Santa Alianza tiene tanta importancia, ¿por qué no es más conocida?
—Porque no se trata de la clase de organización que uno espera —respondió Ripoll mientras volvía a sentarse. Le dio un sorbo a su café y prosiguió—: No tiene sede, ni estatutos, ni organigrama, ni siquiera tiene nombre oficial y el Vaticano ha negado empecinadamente su existencia. Además, no siempre ha sido importante. La mayor parte de los agentes de la Santa Alianza provenían de la Compañía de Jesús y, a mediados del siglo XVIII, hubo un feroz movimiento antijesuita, tanto por parte de los Estados europeos como en el seno de la Iglesia. Finalmente, en 1773, el papa Clemente XIV firmó la supresión de la orden, y eso fue un desastre para la Santa Alianza. Más tarde, en el siglo XIX, la pérdida de los Estados Pontificios casi acabó con el servicio secreto vaticano.
—Pero no del todo —aventuré.
—No, no del todo. De hecho, volvió a resurgir a comienzos del siglo XX, cuando el papa Pío X creó la Sodalitium Pianum, cuyo primer dignatario, por cierto, fue un español, el cardenal Rafael Merry del Val.
—¿Sodalitium Pianum?
—Significa «Asociación de Pío». Al principio, su objetivo consistía en localizar y depurar todo foco de modernismo y masonería en el seno de la Iglesia, pero no tardó en transformarse en el servicio de contraespionaje del Vaticano. Luego, estalló la Primera Guerra Mundial y el espionaje casi se convirtió en una moda, insuflando nuevos aires a la por aquel entonces debilitada Santa Alianza. Por otro lado, la Revolución rusa de 1917 creó un nuevo enemigo a la Iglesia, el comunismo ateo, y eso supuso un reforzamiento de la inteligencia vaticana. —Ripoll apuró su café de un largo sorbo y se sirvió otra taza—. Tras la época de los fascismos —prosiguió—, llegó la Segunda Guerra Mundial. Cuando Alemania fue derrotada, entró en escena la organización Odessa, cuyo cometido consistía en poner a salvo a criminales de guerra nazis. Lo que no todo el mundo sabe es que Odessa había llegado a un acuerdo con la Santa Alianza, de tal modo que el servicio secreto vaticano se comprometía a proporcionar documentación falsa, contactos y medios de transporte para que los prófugos pudieran llegar sin peligro a la Argentina de Juan Domingo Perón. A eso se le llamó el «Pasillo Vaticano» y la Santa Alianza lo hizo única y exclusivamente por dinero. Por el dinero que los nazis habían expoliado en Europa y robado a los judíos. Fue una vergüenza.
De nuevo el silencio se adueñó del salón.
—La Iglesia está formada por hombres y mujeres —comentó el padre Pimentel—, y los seres humanos somos débiles y falibles.
Ripoll se encogió de hombros y bebió un sorbo de café.
—¿Qué pasó después? —le pregunté.
—Muchas cosas. ¿Te suena el escándalo de la Banca Vaticana? ¿El asesinato de Roberto Calvi? ¿La extraña muerte de Juan Pablo I?
—Nadie ha demostrado que la muerte del Papa tuviera que ver con la Santa Alianza —protestó Pimentel.
—Es cierto, nadie lo ha demostrado —asintió Ripoll con una sonrisa irónica—. Pero qué muerte más conveniente la de ese Papa que iba a tirar de la manta de las finanzas vaticanas, ¿verdad?
—Entonces —dije—, ¿el Papa no sabe todo lo que hace la Santa Alianza?
—Claro que no, igual que el presidente de Estados Unidos no sabe todo lo que hace la CÍA. —El ex sacerdote vació su taza de un trago y la dejó sobre la mesa—. Debes intentar entender cómo funciona La Entidad, Carmen. No es una organización rígidamente estructurada, como otros servicios de inteligencia, sino grupos de personas interconectados en secreto y con muchas ramificaciones. De hecho, la Santa Alianza nunca actúa como tal, sino que utiliza organizaciones situadas fuera de la Iglesia. En el pasado, por ejemplo, requirió los servicios del Círculo Octogonus y la Orden Negra, pero también de hermandades secretas menos conocidas, como la Sociedad de los Trece, los Hábitos Negros o los Seguidores de Jehú. Supongo que esas organizaciones ya no existen, pero habrá otras nuevas, no lo dudes. Estoy convencido de que los hombres que te presionaron no tienen en apariencia ninguna relación con la Iglesia, salvo la de pertenecer a alguna comunidad católica. Eso, claro, en el caso de que realmente trabajen para La Entidad.
—Y si así fuera —terció Pablo—, ¿qué deberíamos hacer?
Ripoll intercambió una mirada con el padre Pimentel y luego nos contempló con tristeza, como un médico con malas noticias para su paciente.
—Apartaros de su camino —dijo—. Si realmente se trata de la Santa Alianza, no tenéis la menor oportunidad.
* * *
Le dimos las gracias a Ripoll por la información que nos había proporcionado y abandonamos el pequeño apartamento. Mientras el padre Pimentel se despedía de su amigo en voz baja, percibí en su apretón de manos, más prolongado de lo usual, un grado de intimidad que me hizo sospechar que entre ellos había algo más que una amistad. Era buena observadora, me dije; sobre todo, advirtiendo detalles que no me servían para nada. Cuando llegamos a la calle, el sacerdote se detuvo frente al portal y dijo:
—Tengo que regresar a la parroquia. ¿Puedo hacer algo más por vosotros?
—No, padre; muchas gracias —respondí.
—Le prometo que no volveré a manifestarme delante de su iglesia —terció mi hermana.
—Eh... gracias. —Pimentel se revolvió, dubitativo, y agregó—: Lo que os ha contado Santiago sólo es una parte de la realidad. La Iglesia también tiene cosas buenas.
—Lo sabemos, padre —le aseguré, sonriente.
El sacerdote se despidió con un cabeceo y echó a andar calle abajo. Nosotros permanecimos unos segundos inmóviles y silenciosos, observando cómo se alejaba, hasta que Pablo preguntó:
—Bueno, ¿y ahora, qué?
Señalé un bar que había en la acera de enfrente.
—Vamos a tomar algo —dije.
Era una vieja taberna con paredes de azulejo, barra de madera y estaño, y seis o siete mesas repartidas por el espacio disponible. Nos sentamos a una de ellas y pedimos las consumiciones, Coca—Cola para Teresa y para mí, y una copa de coñac para Pablo. Cuando el camarero se fue en busca de lo que habíamos pedido, nuestro primo comentó:
—No sé a vosotras, pero a mí me ha acojonado lo que nos ha contado ese tipo.
—Por cierto —dije—, si eres un historiador especializado en la Iglesia, ¿cómo es que no sabías nada sobre la Santa Alianza?
—Porque me dedico al cristianismo primitivo —respondió, a la defensiva—, y, por entonces, los apóstoles no contaban con un servicio de inteligencia. Además, tampoco puedo saberlo todo, ¿no?
—¿Por qué no lo dejas, Carmen? —intervino mi hermana, mirándome con seriedad.
—¿El qué?
—Este asunto del manuscrito. Es demasiado raro y peligroso; ¿por qué no abandonas?
—No puedo.
—¿Por qué? Sólo tienes que llamar a tu cliente y presentar la renuncia. Es sencillo.
Desvié la mirada y busqué razones con las que apoyar mi decisión, pero no encontré ninguna. O, mejor dicho, no encontré ninguna razón que pudiera exponer de forma coherente, aunque sí tenía un motivo tan bueno como irracional para seguir buscando el manuscrito: ese caso era lo único que me mantenía alejada del desastre en que se había convertido mi vida. Si renunciaba a él, volvería al viejo tedio de andar tras cónyuges infieles o investigar las trampas de empleados traidores, y eso me proporcionaría demasiadas horas vacías para llenarlas pensando en mí misma, algo que no quería hacer. Por el contrario, aquel caso absorbía mi atención, permitiéndome olvidar que estaba sola, que el hombre al que amaba me había dejado porque yo hacía cualquier cosa menos acompañarle, que estaba malgastando mi vida dedicándola a un trabajo que, en el fondo, no me gustaba. Sí, ésa era la auténtica razón que me impedía renunciar, pero, por supuesto, no podía confesársela a mi hermana, de modo que respondí:
—Soy una profesional; debo cumplir con mi obligación. Pero vosotros no. Es cierto, Tere, este asunto se está complicando; tenemos a los rusos por un lado, a La Entidad por otro y también a sea quien sea que haya robado el manuscrito. Demasiado peligroso todo, y no quiero implicaros. Debéis marcharos de casa.
En ese momento regresó el camarero con las consumiciones y las dejó sobre la mesa. Cuando volvió a irse, mi hermana, que todo el tiempo había estado más seria y callada de lo usual, me contempló con preocupación y dijo:
—Yo me iré mañana, pero no por el peligro. La verdad es que me fastidia dejarte sola, pero es que mañana por la tarde vuelve mi hijo de Estados Unidos y pasado Salomé, mi hija. Debo estar en casa para recibirles.
—Me alegro —asentí—; es lo mejor.
—Pero no vas a quedarte sola —replicó ella—. Pablo y yo lo hemos hablado y él se queda contigo.
Mi primo me dedicó una sombría sonrisa.
—Te protegeré de los malos —dijo con escasa convicción.
—No hace falta que te quedes —repliqué—. En serio, no creo que suceda nada.
—Salvo que vuelvan a secuestrarte, o que te envenenen con curare, o que te peguen un tiro. —Pablo se encogió de hombros—. Ya sé que no podré hacer mucho por evitarlo, pero al menos te acompañaré en tu agonía. Además, ya sabes que no tengo adonde ir; y, en el peor de los casos, ¿qué puede pasar? ¿Que me maten? Sería una desgracia para la arqueología bíblica, sí, pero a estas alturas, después de perderlo todo, tampoco tendría demasiada importancia.
—Ay, chico —protestó Teresa—, no te pongas fúnebre.
Reconozco que no intenté hacerle cambiar de idea; la verdad es que no me hacía ninguna gracia quedarme sola en casa. Pablo apuró su coñac de dos tragos seguidos y me preguntó:
—Entonces, ¿vas a continuar buscando el manuscrito?
—Sí.
—¿Y cuál es el siguiente paso?
Buena pregunta. Después de seguir todas las pistas que tenía, no había llegado a ninguna parte; estaba tan lejos de encontrar el manuscrito como el primer día, así que me vi obligada a responder:
—No tengo la menor idea.
* * *
Después de abandonar la taberna, Teresa y Pablo regresaron a casa en un taxi y yo me dirigí a la agencia, pero antes me pasé por una farmacia y compré tapones para los oídos. Estuve el resto de la tarde en la oficina, repasando de nuevo todos los detalles del caso sin conseguir avanzar lo más mínimo. Había llegado a un punto muerto, a un cul-de-sac, como dicen los franceses y los pedantes, y sencillamente no sabía qué camino tomar. Además, la creciente sensación de estar equivocándome en algo me martilleaba por dentro como la alarma de un despertador.
Regresé a casa tarde, a eso de las diez y media de la noche. Pablo y Teresa estaban encerrados en el dormitorio, así que me preparé un sándwich y cené viendo la televisión. Poco después escuché el primer grito de mi hermana y no pude reprimir una sonrisa. Ésa era la última vez que dormirían juntos, al menos durante un tiempo, lo cual auguraba una noche ruidosa. Pero no me importó; al acostarme me puse los tapones en los oídos y dormí de un ti—ron, ajena al alboroto erótico que tenía lugar a pocos metros de mi alcoba.
Por supuesto, volví a soñar con la rana Gustavo.
Aquello empezaba a ser un poquito cargante.
* * *
Encontré la noticia en las páginas interiores del periódico mientras desayunaba en un bar cercano a mi casa. En realidad, buscaba alguna referencia a las muertes ocurridas en Kirov, pero no la hallé; los hombres de Cherenko debían de haberse deshecho de los cadáveres por su cuenta. No obstante, si lo que esperaba encontrar eran rusos muertos, el diario no me defraudó. Ocupando un pequeño recuadro de la tercera página del suplemento dedicado a Madrid, una reseña ostentaba el siguiente titular: «Ajuste de cuentas mafioso en la capital». A continuación, el cuerpo de texto narraba que el día anterior habían sido asesinados ocho ciudadanos rusos en distintos puntos de la ciudad; tres por la mañana y dos por la tarde —todos ellos tiroteados—, y otros tres a primera hora de la noche, estos últimos fallecidos por la explosión de la bomba que estaba oculta en su coche. La policía barajaba la hipótesis de que fuese un ajuste de cuentas en el seno de las mafias eslavas.
Pero no, no era un ajuste de cuentas, al menos no en el sentido usual del término. Era Ángel, el pálido jinete, dedicándose a ejercer la actividad que mejor se le daba: matar. Un escalofrío me erizó el vello de los brazos. Siete muertos en Kirov y ocho más ahora; en tan sólo dos días, Ángel había acabado con quince miembros de la banda de Cherenko, si es que no había por ahí más cadáveres ocultos. Era como si una fuerza de la naturaleza se hubiera desatado de repente, como si una plaga se extendiera entre los malvados, exterminándolos, igual que hizo el dios bíblico con el faraón y sus huestes. Pero Ángel no era un enviado de Dios, me recordé, sino un agente del demonio, si es que no era el mismo diablo adoptando forma humana. Por fortuna, se trataba de mi demonio particular, me profesaba una lealtad inquebrantable, y no sólo era incapaz de hacerme el menor daño, sino que jamás consentiría que otros me lo hiciesen. Pero, aun así, me aterrorizaba.
Poco después de llegar a la agencia, Hermes se presentó en mi despacho, dejó sobre la mesa un periódico abierto con la noticia de los asesinatos subrayada y me preguntó si la había visto. Asentí con un cabeceo y él agregó:
—¿Has oído la radio?
—No. ¿Por qué?
—Por lo visto, esta mañana han aparecido otros cuatro rusos asesinados. El locutor ha mencionado que pertenecían a la organización de Cherenko. ¿Sabes algo de eso?
Puse mi más convincente cara de inocencia y le aseguré que no tenía ni idea. Era mi colaborador y amigo, no me gustaba mentirle, pero si le decía la verdad se empeñaría en intervenir y bastante expuesta estaba yo como para ponerle en peligro también a él. Además, no quería discutir. Hermes me contempló con desconfianza y dijo:
—Llevo toda la mañana intentando ponerme en contacto con Ángel, pero tiene su móvil desconectado. ¿Ha hablado contigo?
De nuevo le mentí. Hermes, que parecía reticente a creerme, me preguntó entonces qué tal iba el asunto Gálvez, y yo le contesté que estaba miserablemente atascado. Al menos eso era cierto. Finalmente, mi viejo amigo salió del despacho y yo me quedé sola. Demasiado sola, a decir verdad. Me habría gustado poder hablar con alguien y contarle lo que estaba pasando, intentar aclararme las ideas o, cuando menos, encontrar el consuelo de unas palabras amigas, pero no tenía a nadie con quien compartir mi frustración, estaba sola. De repente, sentí el impulso de telefonear a Óscar, pero en el último momento un rapto de orgullo detuvo mi dedo cuando estaba a punto de pulsar la tecla de marcado. A veces me odio a mí misma.
Pasé el resto de la mañana volviendo a revisar todo el material del caso, ni siquiera salí a comer (Gabriel me trajo un bocadillo y una Coca-Cola), pero, una vez más, no saqué nada en claro. Entonces, a primera hora de la tarde, cuando estaba a punto de tirar la toalla y llamar a Thibaut-Rochelle para presentar mi renuncia, el teléfono sonó.
—Tiene una llamada, señora Hidalgo —dijo la voz de Gabriel en el auricular.
—¿Quién es?
—Un caballero llamado Yuri Veksler. Asegura que usted le conoce.
Veksler. El lugarteniente de Oleg Kaledin.
—Pásamelo. —Escuché un clic y dije—: Soy Carmen Hidalgo, ¿qué desea?
—Buenas tardes, señora Hidalgo —respondió una voz con mucho acento eslavo—. Soy Yuri Veksler; estuve el otro día en su oficina, ¿recuerda?
—Sí —contesté en tono distante—. ¿Qué quiere?
—Hablar con usted.
Un silencio.
—Adelante —dije—. Hable.
—Por teléfono no, señora Hidalgo. En persona.
—De acuerdo. Venga a mi oficina.
—Lo siento, no es posible. A usted la vigilan constantemente y no quiero que me vean a su lado. Tenemos que encontrarnos en otro lugar. ¿Conoce el Parque del Oeste?
—Un momento —le interrumpí—. No voy a entrevistarme con usted a solas.
El soplo de un suspiro reverberó en el auricular.
—No correrá ningún peligro, se lo garantizo —dijo—. Piénselo: si quisiera hacerle daño, no necesitaría llamarla por teléfono. Podría hacérselo en cualquier momento; usted no está protegida, señora Hidalgo, es una presa fácil. Pero no se trata de eso, le doy mi palabra.
—Entonces, ¿de qué se trata?
De nuevo el silencio, esta vez más largo.
—Usted está completamente perdida —respondió Veksler al fin—. No conoce el terreno que pisa, lo confunde todo. Pero yo sé la verdad.
—¿La verdad sobre qué?
—Sobre el manuscrito mandeo. Sé quién lo tiene.
—¿Y me lo va a contar así por las buenas? —repliqué con escepticismo.
—No, señora Hidalgo. Se lo contaré si usted hace algo por mí. No pretendo regalarle nada, sino llegar a un acuerdo.
—¿Qué clase de acuerdo?
—Por teléfono no. Escuche: en el Parque del Oeste, más o menos a media altura del Paseo de Camoens, hay una cancha de baloncesto. Estaré allí esta tarde a las seis y media. Si decide acudir a la cita, asegúrese de que no la sigan. Porque la siguen, puedo garantizárselo.
Dicho esto, colgó. Tras pasar unos segundos escuchando el pitido intermitente de una línea muerta, colgué el teléfono y reflexioné acerca de aquella llamada. Olía mal, apestaba a encerrona; sin embargo, Veksler tenía razón en algo: ¿por qué molestarse en tenderme una trampa? Dediqué la siguiente media hora a debatirme entre asistir o no a ese encuentro; aunque, ¿a quién quería engañar? No contaba con ninguna otra pista; claro que acudiría a la cita.
* * *
Salí de la agencia a las cinco y veinte y me introduje en el Metro. Primero tomé la línea 5 hacia el este, justo en el sentido contrario a donde debía dirigirme; al llegar a Diego de León, me cambié a la línea 4, y luego a la 7, y luego a la 10... Finalmente, después de tres cuartos de hora de hacer transbordos al azar, asegurándome de que no me seguía nadie, salí del Metro en Plaza de España, cogí un taxi y me dirigí al Parque del Oeste.
Una de las razones que me había dado a mí misma para acudir a la cita era que tendría lugar en un sitio público, pero estaba completamente equivocada; el Paseo de Camoens se hallaba desierto y, para empeorar las cosas, estaba anocheciendo. Incluso el taxista se mostró preocupado por dejarme en aquel lugar.
—¿Está segura de que quiere bajarse aquí? —dijo—. Esta zona no es muy segura cuando oscurece.
—He quedado con un amigo —respondí mientras pagaba el importe del trayecto—; no se preocupe.
Pero yo sí que me preocupé cuando el taxi desapareció de mi vista y me quedé sola. Afortunadamente, las farolas se habían encendido, pero aun así había demasiadas islas de oscuridad a mi alrededor para sentirme segura. A decir verdad, aquello me evocaba una situación similar que había vivido en el pasado, un desagradable encuentro en el curso del cual había estado a punto de ser violada y asesinada, y ese recuerdo no contribuía precisamente a serenarme.
La cancha de baloncesto estaba circundada por una elevada valla metálica; a su izquierda había un parque infantil, con toboganes, columpios y balancines, y al fondo se alzaban los setos que delimitaban la frontera con las praderas del parque. Aspiré una profunda bocanada de aire y comencé a rodear la zona recreativa, pero allí no había nadie esperándome. Consulté el reloj: eran las seis y media pasadas. Me senté en un banco de madera; el tráfico que circulaba por el paseo era el único signo de actividad a mi alrededor. La noche había caído y me estaba quedando helada, así que al cabo de unos minutos me levanté y comencé a pasear de un lado a otro. De pronto, una voz dijo a mi espalda:
—Señora Hidalgo...
Volví la cabeza y vi a Veksler medio oculto tras unos arbustos; llevaba un abrigo de cuero tan oscuro que su silueta se fundía con las sombras, aunque la rubia llamarada del cabello le delataba.
—Llega tarde —dije, aproximándome a él.
—Hace media hora que estoy aquí —respondió—. Tenía que asegurarme de que no la habían seguido.
—He tomado precauciones. Hace frío; ¿podemos ir a otro sitio?
—No, señora Hidalgo, lo siento. No puedo arriesgarme a que me vean con usted.
—De acuerdo —suspiré—. ¿Qué quiere?
Veksler guardó silencio unos segundos y cuando habló no fue para responderme, sino para plantearme una pregunta:
—Usted es amiga de Ángel, ¿cierto?
—No sé si «amistad» es el término adecuado.
—Pero Ángel la rescató a usted, a su hermana y al señor Sesma en Kirov. Mató a Oleg Kaledin y a seis de nuestros hombres.
—Sí —repuse, sintiendo que nos adentrábamos en un terreno pantanoso.
—Y lo hizo por usted. Debe de apreciarla mucho.
—En una ocasión le salvé la vida.
El ruso clavó en mis ojos el gélido azul de su mirada.
—Ángel nos está cazando como si fuéramos patos, señora Hidalgo —dijo—; está acabando con nosotros. Ya ha matado a más de veinte de los nuestros.
—Lo sé, pero eso no ha sido idea mía. Ángel cree que ustedes intentarán matarle por lo que hizo.
Los labios de Veksler se curvaron en una sonrisa totalmente desprovista de humor.
—Y tiene razón —asintió—. Lo primero que ordenó Cherenko al enterarse de lo que había pasado fue que le buscáramos y acabáramos con él. —Se frotó la nuca con cansancio—. No conozco bien a Ángel —prosiguió—, pero mis hombres dicen que es implacable. También dicen que no es humano.
—A veces —comenté—, yo también lo pienso.
—Mis hombres creen que no hay forma de pararle, que nos matará a todos, que en realidad ya estamos muertos. ¿Qué opina usted?
—Me temo que tienen razón.
Veksler soltó una risa nada alegre y respiró hondo.
—Llevo más de veinticuatro horas sin dormir —dijo— y ni siquiera me atrevo a volver a casa. Y todo por un hombre, por un solo hombre, es increíble... —Movió la cabeza de un lado a otro y resopló—. Quiero llegar a un acuerdo con usted. Quiero que hable con Ángel y le pida que respete mi vida. Escuche: yo no tengo nada contra él. Me da igual que haya matado a Kaledin, era un hijo de puta, y me la suda si se carga a Cherenko y a toda su organización. No intervendré, me mantendré al margen. Lo único que quiero es que se olvide de mí.
Yo sabía que no podría localizar a Ángel, y que, aunque diese con él, jamás lograría hacerle cambiar de idea. Pero no lo dije; aquélla era una ocasión única para obtener información, de modo que decidí seguirle el juego al ruso.
—¿Y qué obtendré a cambio de ese favor? —pregunté—. ¿Me dará el manuscrito?
—No está en mi poder, señora Hidalgo; pero, como le dije por teléfono, sé quién lo tiene. Cuando me dé garantías de que Ángel no irá a por mí, se lo contaré todo.
—¿Y cómo sé que eso es cierto? —repliqué—. A fin de cuentas, si conoce el paradero del manuscrito, ¿por qué no se lo ha dicho a Cherenko?
Veksler asintió un par de veces con la cabeza, pensativo.
—De acuerdo —dijo—; le contaré parte de la historia. ¿Sabe que Sebastián Gálvez publicó un anuncio solicitando el manuscrito mandeo?
—Sí.
—Yo leí ese anuncio. Cherenko nos había hablado de los documentos que robó al KGB y, según decía, hacía tiempo que quería venderlos, así que me puse en contacto con Gálvez y quedé con él en Kirov para enseñarle los manuscritos. Después de examinarlos, Gálvez me dijo que dos eran falsos, pero el tercero auténtico.
—¿Cómo lo sabía?
—Ni idea, señora Hidalgo; no soy historiador. Gálvez me aseguró que el manuscrito mandeo era verdadero y valía una fortuna, pero no podía comprarlo.
—¿Por qué?
—Cherenko pedía un millón y medio de dólares por los documentos y Gálvez no tenía ese dinero. Ni yo tampoco. Pero era la oportunidad de ganar una fortuna, de modo que llegamos a un acuerdo. Gálvez solicitó volver a examinar los documentos y yo le permití que se los llevase.
—¿No los robó?
—Los robamos los dos, pero fingimos que el único culpable era él.
—¿Qué pasó después?
—Que todo se complicó.
—¿Mató usted a Gálvez?
Veksler soltó una risa irónica.
—No, señora Hidalgo. No lo maté.
—Entonces, ¿quién lo hizo?
—No más preguntas —dijo, alzando las manos—. Ésa es toda la información que voy a darle por ahora; le contaré el resto cuando hable con Ángel.
Aquello era como una partida de póquer: los dos teníamos buenas manos, pero a mi modo de ver la mía era mejor, pues, a fin de cuentas, lo que él se jugaba era la vida, así que decidí subir la apuesta.
—Lo siento, pero lo que ha dicho no me sirve para nada —aduje con aire indiferente—. Ni siquiera sé si es cierto.
—He puesto mi vida en sus manos —protestó—. Si usted le contara a Cherenko lo que le he confesado, me mataría.
—¿Sin pruebas? —repliqué—. ¿Su palabra contra la mía? Por favor... Le diré lo que haremos: cuéntemelo todo ahora y, si me convence, intentaré hablar con Ángel.
—Eso es imposible.
Había llegado el momento de echarse un farol.
—Entonces no hay trato —dije con una sonrisa—. Buenas noches.
Me di la vuelta y comencé a alejarme, pero no había dado ni tres pasos cuando Veksler me contuvo:
—Señora Hidalgo.
Me detuve y volví la cabeza.
—No se vaya —dijo—. Hablemos.
Regresé a su lado y le dirigí una mirada inquisitiva.
—¿Y bien?
Veksler contuvo el aliento y cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.
—De acuerdo —aceptó—, lo haremos a su manera. Pero antes tengo que hacer una llamada.
El ruso se llevó la mano derecha al bolsillo interior del abrigo y volvió a sacarla sujetando un objeto plateado. Entonces, de repente, algo impactó contra su cabeza y un chorro de sangre trazó una oscura rúbrica en el aire. Simultáneamente escuché una detonación amortiguada — ¡pop!— a mi espalda. Me quedé paralizada, con el boceto de un grito atrapado en la garganta, contemplando con horror cómo el cuerpo de Veksler se derrumbaba pausadamente, a cámara lenta, sobre la hierba. A la sorpresa y el sobresalto se unió casi instantáneamente una intensa sensación de deja vù. Ya había vivido algo muy semejante en el pasado, así que no experimenté la menor sorpresa cuando giré la cabeza y le vi.
Allí estaba, saliendo de detrás de un seto, empuñando todavía una pistola con silenciador de la que brotaba un hilo de humo. El exterminador, la guadaña, el oscuro Caronte, el jinete pálido, la Muerte.
Ángel.
* * *
—Hola, Carmen —me saludó Ángel con una sonrisa candorosa mientras guardaba la pistola y se aproximaba a mí—. ¿Estás bien?
Le miré, horrorizada; luego, contemplé el cadáver de Veksler y volví a mirar a Ángel.
—Le has matado... —musité.
—Sí.
—Pero... ¿por qué?
—Ya lo sabes —repuso con candidez—. Pertenecía a la organización de Cherenko.
—Pero... pero ¿por qué ahora, delante de mí?
—Metió la mano en el bolsillo y pensé que iba a sacar un arma.
Señalé la mano derecha del cadáver y boqueé un par de veces antes de poder hablar. El horror se estaba convirtiendo a pasos agigantados en indignación.
—No era un arma —dije—, sino un móvil.
Ángel le echó un vistazo al teléfono y se encogió de hombros.
—Me equivoqué. Lo siento.
Miré de nuevo el cadáver de Veksler; su rubio cabello resaltaba sobre el charco de sangre —amarillo sobre rojo— componiendo una especie de macabra bandera. De repente, sentí una náusea y aparté los ojos, volviéndolos hacia Ángel. No me había fijado en su indumentaria, pero llevaba un chaquetón azul marino de fibra sintética y se cubría la cabeza con una ridícula gorra de béisbol. A primera vista parecía un repartidor de pizzas, aunque no era eso precisamente lo que repartía.
—¿Qué hacías aquí? —pregunté—. ¿Me estás siguiendo?
—No, Carmen; le seguía a él. Iba a eliminarle cuando llegó aquí, pero me pareció que estaba esperando a alguien, quizá de su organización, y decidí no hacer nada hasta que llegase, por si podía matar dos pájaros de un tiro. —Desvió la mirada y rio entre dientes, como si aquella frase hecha le resultara especialmente divertida—. Cuando apareciste tú —prosiguió—, me quedé a la expectativa. Luego le vi llevarse la mano al bolsillo y disparé. No quería que te hiciese daño.
Parecía un niño justificando frente a su madre una travesura; «perdona, mamá, he matado a ese señor sin querer». La imagen me resultó tan grotesca como inquietante. Dejé caer los hombros con desánimo.
—Iba a contármelo todo —musité—. Por fin podría resolver este maldito caso...
—Lo siento —dijo Ángel con voz compungida—. Pero ahora tenemos que irnos de aquí, Carmen.
Se alejó un par de pasos y me invitó con un gesto a seguirle. Dudé unos instantes; luego, me incliné sobre el cadáver, cogí el móvil de Veksler, lo guardé en un bolsillo del abrigo y eché a andar hacia el pálido jinete. Abandonamos la zona de recreo y, siguiendo la acera, nos encaminamos hacia el paseo del Pintor Rosales.
—Esto no puede ser —dije al cabo de unos minutos de silencio.
—¿El qué, Carmen?
—Lo que estás haciendo. ¿A cuántos hombres de Cherenko has matado?
—Veintiséis, contando a Veksler.
Lo dijo con su débil voz de niño, inocentemente, como si fuera un escolar enumerando los deberes del colegio.
—Veintiséis muertes... —musité—. No puedes hacer eso.
—Sí que puedo. Es a lo que me dedico.
—Estás matando a gente que no te ha hecho nada —protesté.
—Pero que me lo haría si pudiese. —Me miró con perturbada ternura—. Tu mundo y el mío son diferentes, Carmen. En tu mundo hay leyes, policías, jueces, pero en el mío sólo hay un puñado de reglas, y una de ellas es matar antes de que te maten. Pero no debes preocuparte: Cherenko y sus sicarios no son buenas personas. Tu mundo estará mejor sin ellos.
Casi habíamos llegado a la altura de Pintor Rosales. Ángel se detuvo, sacó del bolsillo un frasco de pastillas, vertió unas cuantas en la palma de la mano y se las tragó de golpe.
—Debo dejarte, Carmen —dijo—. Tengo trabajo que hacer.
Me estremecí al pensar en la clase de trabajo al que se refería.
—Déjalo, Ángel, por favor —dije—. Detén esta masacre.
—No puedo, Carmen, lo siento. Pero procuraré no volver a eliminar a nadie delante de ti.
Me dedicó una sonrisa, giró sobre sí mismo y se internó en el parque siguiendo un sendero. Contemplé cómo se alejaba hasta que, como un fantasma, desapareció en las sombras; entonces me dirigí a Pintor Rosales, paré un taxi y puse rumbo a la agencia. A mitad de trayecto me acordé del móvil de Veksler. Lo saqué del bolsillo; estaba desconectado y, sin el pin, no podría acceder a su contenido. Las cosas nunca son fáciles.
Me recosté en el asiento y volví a guardar el móvil. De acuerdo, no tenía el pin, me dije; pero tenía a Violeta.
* * *
Hermes no estaba en la oficina cuando llegué, lo cual fue un alivio, pues no tenía humor para darle explicaciones ni ganas de mentirle. Le dije a Gabriel que no me pasara llamadas y me encerré en el despacho. En uno de los cajones del escritorio guardaba una botella de ginebra; era sólo para las emergencias, pero aquel momento se me antojaba una emergencia más que razonable, así que la destapé y di un largo trago directamente del gollete. El alcohol estalló en mi estómago como una oleada de fuego y poco a poco se extendió por el resto del cuerpo, relajándome. Guardé la botella, descolgué el auricular del teléfono y llamé a Violeta.
—Hola, querida —me saludó la voz de mi prima—. ¿Qué tal te va con esos mañosos rusos?
—Es una larga historia —respondí—; ya te la contaré otro día. Ahora necesito tu ayuda. Tengo un móvil desconectado y no conozco el pin. ¿Se te ocurre alguna forma de sacar la información que lleva dentro?
Hubo un breve silencio.
—Pues no lo he hecho nunca, palomita —respondió Violeta—, pero siempre hay una primera vez. Mándamelo y a ver qué puedo hacer.
Le di las gracias y colgué; acto seguido, escribí en un sobre acolchado la dirección de mi prima, metí el móvil dentro y se lo di a Gabriel para que lo enviara urgentemente por mensajero. Luego, recogí mis cosas, me despedí de mi fiel secretario y me fui a casa. Me sentía anímicamente exhausta.
Al llegar, encontré a Pablo leyendo en el salón, solo; entonces recordé que Teresa había regresado a su casa y, de repente, pese a lo mucho que podía llegar a irritarme mi hermana, la eché infinitamente de menos. Jamás me había sentido tan sola. Saludé a mi primo, me quité el abrigo, lo dejé junto al bolso encima de un sillón y me derrumbé sobre el sofá.
—¿Qué te pasa? —preguntó Pablo—. Tienes mala cara.
—He tenido un día horrible —respondí, frotándome los ojos.
Pablo cerró el libro que estaba leyendo y lo dejó sobre la mesa.
—Vale —dijo—; cuéntamelo.
No me apetecía hablar de eso, pero tampoco quería guardármelo dentro, así que le hice un resumen de lo que había sucedido durante las últimas horas. Cuando concluí el relato, mi primo se me quedó mirando con incredulidad.
—¿Mató a Veksler delante de ti? —preguntó.
—Sí.
—Joder... ¿Y dices que se ha cargado a veintiséis mafiosos rusos?
—Por ahora.
Sacudió la cabeza, estupefacto.
—¿Pero ese Ángel quién es? ¿Rambo?
—¿Tiene aspecto de Rambo?
—La verdad es que no.
Cerré los ojos; la ginebra me había dejado un poco adormilada.
—Es mucho más letal que un cachas de película —declaré en voz baja—. Es un fantasma que aparece y desaparece, y nunca sabes lo que va a hacer.
Pablo se desperezó y puso los pies encima de la mesa.
—Así que Gálvez y ese ruso estaban conchabados, ¿eh? —comentó.
Sacudí la cabeza.
—No quiero hablar de eso ahora —dije—. Llevo todo el día dándole vueltas a lo mismo; estoy harta. Y quita los pies de ahí.
Mi primo obedeció en el acto. Un silencio pegajoso y cálido se adueñó del salón. Cerré los ojos de nuevo y al poco volví a abrirlos. Parpadeé varias veces; me estaba quedando dormida.
—¿Cuándo se ha ido Teresa? —pregunté.
—Esta mañana, a mediodía. Ha dicho que ya te llamará.
Le miré con curiosidad; la ropa que le había comprado Teresa le confería un aspecto más civilizado, pero seguía sin cortarse el pelo y sin peinarse ni afeitarse. Parecía un clochard reciclado por Armani.
—¿Qué hay entre vosotros? —pregunté.
—Lo que has visto.
—Sólo he visto sexo.
—Pues eso.
Me incliné hacia delante y apoyé los codos en las piernas.
—¿La quieres?
Pablo aspiró una bocanada de aire, como si muy a su pesar fuera a zambullirse en unas aguas oscuras y turbulentas.
—Verás, Carmen —dijo—; tu hermana y yo somos completamente diferentes, no tenemos nada que ver el uno con el otro. Teresa es encantadora, generosa, simpática, divertida y, vale, nos lo pasamos muy bien en la cama, pero eso es todo.
—¿Y no te has parado a pensar en ella? —repliqué—. Su matrimonio acaba de romperse y... joder, eres el segundo hombre en su vida. No sería raro que confundiese sus sentimientos.
Pablo soltó una carcajada.
—¿Crees que Teresa se enamoraría de un tipo como yo?
—Cosas más raras he visto.
Volvió a reír.
—Qué poco conoces a tu hermana —dijo—; esto lo tiene aún más claro que yo. No, ni se ha enamorado ni se va a enamorar de mí. No soy su tipo.
No supe qué responder. Pablo tenía razón en algo: en realidad, yo conocía muy poco a Teresa. Hasta hacía no mucho, para mí sólo había sido un cliché; pero ahora, roto el cliché, ya no sabía quién era.
—¿Sales con alguien? —pregunté.
—Salía —respondió Pablo—. Se llamaba Miriam Stern y era, es, una arqueóloga israelita. También es preciosa. Nos conocimos durante unas excavaciones en Beit Shemesh, en el valle de Sorek. Me dejó el año pasado.
—¿Por qué?
—Por dos motivos. En primer lugar, porque no soy judío. En segundo lugar, porque se cruzó en su camino un apuesto profesor de paleografía de la Universidad de Tel Aviv que sí era judío. Y de origen ruso, por cierto. Últimamente me persiguen los rusos.
—¿Y qué tal lo llevaste?
—Fatal. Estaba enamorado de ella hasta las cachas. Incluso consideré la idea de convertirme al judaísmo; pero chica, eso de la circuncisión me echó para atrás.
—Bueno —comenté—; podrías haberte convertido en judío, pero no en ruso.
—Eso es verdad. —Pablo dejó escapar un suspiro, sin duda dedicado a la hermosa Miriam, y añadió—: Y tú ¿tienes pareja?
—Me dejó la semana pasada —respondí.
—Qué putada, lo siento. ¿Por qué habéis roto?
—Porque, al parecer, yo no pasaba suficiente tiempo con él.
Pablo puso cara de circunstancias y se recostó contra el respaldo del sillón.
—No me extraña —dijo.
—¿El qué?
—Que te dejara.
—Vaya, hombre, gracias.
—No te lo tomes a mal, pero lo único que haces es trabajar. Desde que te conozco, no te he visto parar ni un momento; da igual que sea fin de semana o las tantas de la noche, lo único que piensas es en el trabajo y...
—Bueno, vale ya —le interrumpí de mal humor—. No quiero hablar de eso.
Mi primo frunció el ceño.
—Estás muy selectiva con los temas de conversación esta noche, ¿eh?
Lo que estaba era harta de que todo me saliera mal. Como veía avecinarse un nuevo silencio, comenté:
—Cuando nos conocimos, dijiste que algunos expertos sostienen que Jesucristo nunca existió, porque es un dios solar. ¿A qué te referías?
—Ah, eso... —Pablo reflexionó unos instantes—. Vamos a ver; si te hablara de un dios que nació el 25 de diciembre, hijo de una virgen, que tuvo doce discípulos, que hizo milagros como caminar sobre el agua, que murió, permaneció tres días enterrado y finalmente resucitó, ¿a quién me estoy refiriendo?
—A Cristo —respondí, convencida de que la pregunta tenía trampa.
—Pues sí —asintió mi primo—, podría estar hablando de Jesús, pero también de Horus, o de Mitra, o de Dionisos, o de Krishna... Todos esos dioses tienen idéntica biografía. ¿Sabes por qué?
—No.
—Porque todos ellos representan el Sol.
—¿Y qué?
Pablo ahogó un bostezo.
—Vamos a ver —dijo—. Imagínate que no conoces ningún dios y un día decides que necesitas uno, así que te pones a mirar a tu alrededor y ¿qué eliges?
—¿El Sol?
—Exacto. El Sol nos calienta, nos libra de la oscuridad, nos alimenta haciendo crecer las plantas y, encima, si lo miras fijamente te ciega. En fin, no será un dios, pero se le parece un huevo. Pues bien, a esa misma conclusión llegaron en el pasado la práctica totalidad de los pueblos; a todos les pareció que el Sol era un dios cojonudo, así que se pusieron a estudiarlo y descubrieron unas cuantas cosas. En primer lugar, que durante el ciclo anual el Sol no permanece el mismo tiempo en el cielo ni a la misma altura. En segundo lugar, que no siempre sale y se pone por los mismos puntos del horizonte. Durante seis meses a partir del solsticio de verano, el ocaso va desplazándose más o menos un grado diario hacia el sur. Al mismo tiempo, los días se van haciendo más cortos y el clima más frío, como si el Sol se debilitase. Finalmente, el 21 de diciembre, llega el solsticio de invierno, la noche más larga del año. Simbólicamente, el Sol muere. Y sucede una cosa muy curiosa: durante tres días, el Sol se pone aparentemente por el mismo punto del horizonte; es decir, permanece muerto. Entonces, el 25 de diciembre, el ciclo se invierte: el ocaso comienza a desplazarse un grado diario hacia el norte y los días se van haciendo progresivamente más largos y cálidos. El Sol resucita. Básicamente eso son los dioses solares: divinidades que mueren y resucitan. El asunto, como ves, tiene mucho de astrológico; por ejemplo, los doce discípulos, uno por cada signo del Zodiaco. O la cruz: Horus también murió crucificado, ¿sabes? Pero ¿crucificado dónde? Pues en la cruz que forman los cuadrantes del Zodiaco, que es donde muere el Sol. Y los evangelios son cuatro, uno por cada cuadrante. En fin, ésa es la razón de que las biografías de tantos dioses sean semejantes: todas reproducen simbólicamente el ciclo solar. Y no te creas que los que he mencionado son los únicos dioses solares; también están Odín, Salivahana, Baal, Thamuz, Xamolxis, Crite, Atys, Alcides, Prometeo, Indra... vamos, que hay un huevo.
Lo que relataba mi primo era muy interesante, pero un insidioso sopor se estaba apoderando de mí, obligándome a moverme y abrir mucho los ojos para no quedarme dormida.
—¿Eso qué tiene que ver con que Jesús haya existido o no? —pregunté.
—Es sencillo. Aparte de los mitos astrológicos, los hechos de Jesús que narran los evangelios están determinados por el cumplimiento de ciertas profecías del Antiguo Testamento, sobre todo de Isaías y de los salmos, que anunciaban la llegada del Mesías. Es decir: mitos hebreos. Pues bien, si a lo que sabemos de Cristo le quitamos los mitos solares, los mitos hebreos y algún que otro mito oriental, apenas queda nada, no parece que haya una persona real detrás de todo eso. Por ejemplo, los milagros que se le atribuyen a Jesús. Para los judíos de aquella época, Ja figura histórica más grande, el tío más guay que jamás había existido era Moisés. Pues bien, los milagros de Jesús son calcados a los de Moisés, como si se quisiera equiparar a ambos. Caminar sobre la superficie del agua equivale a abrir las aguas del mar Rojo; multiplicar los panes y los peces se corresponde con el maná; convertir el agua en vino es la réplica de transformar las aguas del Nilo en sangre—Mi primo siguió hablando, pero yo ya no le escuchaba, porque me había quedado profundamente dormida. De pronto, alguien me sacudió suavemente por el hombro y pronunció mi nombre. Me desperté bruscamente y descubrí que estaba tumbada en el sofá, cubierta con una manta, y que Pablo se hallaba a mi lado, mirándome con una sonrisa burlona.
—¿Eh...? —farfullé, adormilada—. ¿Qué estabas diciendo...?
—Pues no lo sé, porque te has quedado frita hace casi dos horas. Debo de haber estado hablando solo un buen rato.
Aparté la manta y me senté en el sofá.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Las doce y media pasadas. Deberías irte a la cama.
Estaba agotada; era como si toda la tensión de la última semana se hubiera abatido de golpe sobre mí a raíz de la muerte de Veksler. Le di las gracias a Pablo (me había arropado con una manta, todo un detalle) y, aunque no llevaba más que un bocadillo en el cuerpo, me fui al dormitorio directamente y, sin tan siquiera lavarme los dientes, me acosté. No tardé ni un minuto en quedarme profundamente dormida.
Y, cómo no, volví a soñar con la rana Gustavo. Pero hubo una diferencia: por fin entendí lo que pretendía decirme.
* * *
La rana Gustavo estaba en un forillo con varias filas de asientos dispuestas en paralelo.
—Hoy, amiguitos —dijo la rana—, voy a enseñaros la diferencia entre delante y detrás.
Acto seguido, el muñeco se dirigió al fondo del decorado, tras la última fila de sillas, y declaró:
—Esto es detrás.
A continuación, avanzó hasta situarse en primer término y dijo:
—Esto es delante.
Volvió a retroceder.
—Detrás.
Volvió a avanzar.
—Delante.
Finalmente, tras repetir el proceso un par de veces más, la rana Gustavo me miró directamente a los ojos, en primer plano, y preguntó:
—¿Ya has entendido la diferencia entre delante y detrás, Carmen?
Entonces me desperté. Bruscamente, pasando sin solución de continuidad del sueño a la vigilia. Sí, pensé, con los ojos como platos en medio de la oscuridad; ya lo he entendido.
Qué estúpida, qué increíblemente imbécil había sido. Me senté en la cama y encendí la lámpara de la mesilla. Eran las dos y veinte de la madrugada. Tras unos instantes de vacilación, me levanté y corrí en busca de mi ordenador portátil.
* * *
Supongo que un inconsciente que emplea a la rana Gustavo, un peluche verde, para comunicarse simbólicamente es un inconsciente muy poco serio, pero esa vez acertó. Ya sabía en qué estaba equivocada, cuál era mi error.
Había ocurrido el lunes anterior, en el palacio Rocanegra, cuando asistí a la conferencia de la Sociedad Sigel sobre el Yggdrasil y vi al hombre con cara de zorro abandonando el recinto a hurtadillas. Advertí quién era cuando el tipo estaba en la parte de atrás, a punto de cruzar la puerta de salida, y saqué la conclusión de que me había seguido hasta allí. Pero, al principio, el hombre—zorro no se encontraba en las filas de detrás, sino sentado en las de delante. Y eso no era lógico. Si me hubiera estado siguiendo, no se habría situado en primera fila, donde yo podría verle, sino en los asientos de atrás, a mi espalda.
Por tanto, el hombre—zorro no me había seguido hasta la Sociedad Sigel, sino que ya estaba allí cuando llegué.
Procurando no hacer ruido para no despertar a Pablo, me senté en el salón con el portátil, me tapé con la manta y entré en Internet. Escribí «sociedad sigel» en la ventanita de Google y pulsé enter. Obtuve mil y pico resultados, pero nada de eso me interesaba, así que hice clic sobre «imágenes» y reduje el número de entradas a menos de un centenar.
Al principio, todo lo que encontré fueron fotografías de la marquesa, del palacio Rocanegra y de alguno de los actos que allí se habían celebrado. Nada de interés; pero, al cabo de unos minutos, tropecé con el ejemplar de enero de una revista electrónica —La Vara de Apolonio— dedicada al mundo del esoterismo. En ella había un reportaje glosando la cena de confraternización celebrada por la Sociedad Sigel el 21 de diciembre del año anterior para conmemorar el solsticio de invierno. El artículo incluía una docena de fotografías del acto.
Y en una de ellas, sentado a una mesa junto con otros miembros de la Sociedad Sigel, estaba el hombre—zorro. Según el texto situado al pie de la foto, se llamaba Román Martínez.
Seguí examinando las fotos, desplazándolas con la rueda del ratón, hasta que, de pronto, detuve las imágenes y me quedé mirando atónita la pantalla. En la octava fotografía aparecía la marquesa sentada en su silla de ruedas junto a un individuo que el texto al pie identificaba como don Herminio Lastra, su secretario particular.
Era un hombre de mediana edad, calvo, con silueta de bolo, cara redonda y gruesas gafas de miope. Y yo le conocía, porque Herminio Lastra, secretario personal de la marquesa de Rocanegra, era el falso Laureano Gil, el hombre-topo, el tipo que me contrató para buscar a Gálvez y luego desapareció. Durante unos segundos contemplé la pantalla preguntándome cómo conseguirían trabajar los detectives privados antes de Internet. Luego, apagué el ordenador, regresé al dormitorio, manipulé el despertador para que la alarma sonase hora y media antes de lo habitual y me acosté satisfecha de mí misma.
De una sentada, había cazado a un zorro y a un topo. Ahora sólo me faltaba ir al palacio Rocanegra y cobrar las piezas.
10
Me desperté a las seis de la mañana y, tras ducharme, vestirme, desayunar un espartano café con leche y comprar el periódico, me dirigí a la calle del Pastor. Eran las siete y diez cuando estacioné el coche frente al palacio Rocanegra; apagué el motor y me dispuse a esperar mientras leía el periódico. En las páginas de sucesos encontré un artículo dedicado a los asesinatos de Ángel; aunque, como es lógico, el texto no mencionaba al pálido jinete, sino que hablaba de una supuesta guerra entre bandas mañosas eslavas. El periodista citaba a la organización de Cherenko, pero distaba mucho de saber qué estaba pasando en realidad.
Sólo fueron tres cuartos de hora de espera en aquella solitaria calle del extrarradio; a las ocho menos cinco, un Renault Mégane azul aparcó frente al palacio y de él descendió el hombre-topo con un anticuado portafolios de cuero en una mano. Mientras el hombrecillo cerraba su coche, salí del mío y me aproximé a él.
—Buenos días, señor Lastra —le saludé—. ¿O debería decir señor Gil?
El hombre-topo se volvió, sobresaltado, y me contempló con una mezcla de sorpresa y consternación.
—¿Qué... qué hace aquí? —balbuceó.
—Quiero hablar con usted.
—Pero yo no... no... —Tragó saliva—. No tenemos nada de qué hablar.
—Pues a mí me parece que sí —repuse con una sonrisa—. A fin de cuentas, es usted mi cliente.
Lastra giró la cabeza a un lado y a otro, como si buscara ayuda.
—Olvídese de eso —replicó, visiblemente nervioso—. Ya no necesito sus servicios.
—No va a ser tan sencillo —dije, siempre sonriente—. Usted me contrató utilizando una identidad falsa y eso es un delito.
Las mejillas del hombre-topo adquirieron un tono intensamente rojizo. Se revolvió, temblando como un flan, sacó un llavero del bolsillo y se dirigió a la entrada del palacio.
—Yo—yo no he hecho na-nada malo —tartamudeó—. Déjeme en paz.
Aquel hombre estaba histérico, no había forma de razonar con él, así que decidí hacer una locura. Metí la mano derecha en el bolsillo del abrigo, extendí el índice y me aproximé a Lastra, que en aquel momento intentaba introducir una llave en la cerradura del portal.
—Estese quieto —dije—. Le estoy apuntando con una pistola.
El hombre-topo se paralizó al instante. Mientras sus mejillas, antes sonrosadas, adquirían un color cerúleo, su mirada saltó varias veces de mi rostro al bulto del bolsillo y viceversa.
—Está loca... —musitó.
—Puede, pero sobre todo estoy harta. Harta de que me engañen, y usted me ha engañado, de modo que más vale que colabore o dispararé. Pero tranquilo, no voy a matarle; aunque quizá le deje cojo.
Lastra tragó saliva tantas veces que temí que fuera a ahogarse. Sus ojillos, convertidos por las gruesas lentes de las gafas en dos minúsculos puntos, se movían a un lado y a otro, como si no se atrevieran a posarse en ninguna parte.
—No fue cosa mía... —dijo con un hilo de voz—. Sólo obedecía órdenes de la señora marquesa...
Bien, pensé; ahí quería llegar.
—De acuerdo —dije, sonriente—. Entonces, vamos a hablar con la señora marquesa.
Bajo la amenaza de mi inexistente pistola, Lastra abrió el portal, recorrió el sendero que, a través del jardín, conducía al palacete, y, tras franquear la entrada principal, nos adentramos juntos en un enorme vestíbulo que parecía obra del decorador de Víctor Frankenstein, con un par de armaduras flanqueando la puerta, un escudo nobiliario presidiendo la estancia y varios óleos y tapices cubriendo las paredes. No había nadie ni se escuchaba nada. Seguí al hombre-topo a través de un largo pasillo adornado con panoplias y cornamentas de ciervos y entramos en una habitación. A tenor de las múltiples librerías de madera que cubrían las paredes, parecía una biblioteca, pero también un despacho, pues junto a uno de los ventanales había un lujoso escritorio estilo Imperio y, en el extremo opuesto, otro escritorio más humilde con una silla detrás. Lastra se aproximó a la mesa más suntuosa y tiró de un cordón de terciopelo que pendía del techo. Apenas un minuto más tarde, un mayordomo se presentó en la estancia.
—Dígale a la señora marquesa que ya he llegado —le dijo Lastra con voz trémula—. Y dígale también que está conmigo la señora Hidalgo.
Tan silencioso como había llegado, el sirviente se fue. Aguardamos unos cinco minutos de pie, en silencio; al cabo de ese tiempo, la puerta volvió a abrirse y doña María Eugenia de Santaclara entró en la estancia sentada en la silla de ruedas que empujaba el mayordomo y ataviada con un anticuado vestido negro de encaje y seda. Al tiempo que el criado abandonaba la habitación, Lastra se aproximó a la aristócrata y le susurró algo al oído. Doña María Eugenia alzó una ceja y me contempló con reprobación.
—Mi secretario —dijo en tono ofendido— afirma que le has amenazado con una pistola.
Saqué la mano del bolsillo y la agité en el aire.
—Le engañé —repuse, sonriente—. No llevo armas.
La anciana fulminó a su empleado con la mirada y luego me fulminó a mí de igual modo.
—¿No crees que es de muy mala educación irrumpir en un hogar ajeno bajo amenazas? —me espetó.
—Pues sí, tiene razón —acepté sin perder la sonrisa—. Pero también es de mala educación engañar a la gente, y usted me ha engañado.
Tras una breve pausa, la aristócrata miró a su secretario y preguntó:
—¿Qué le ha contado?
—Nada, señora marquesa —respondió el hombrecillo—. Esa mujer estaba en la calle cuando llegué y...
—Déjenos solas, Herminio —le interrumpió la anciana.
El hombre-topo, infinitamente aliviado por perderme de vista, salió de la habitación a toda prisa. Durante unos segundos, la anciana se me quedó mirando con severidad, sin decir nada. Como tampoco me invitaba a sentarme, cogí una silla por mi cuenta y me acomodé frente a ella.
—¿Qué quieres? —preguntó entonces doña María Eugenia.
—La verdad —respondí—. Usted le ordenó a su secretario que me contratara para encontrar a Sebastián Gálvez, y que lo hiciera empleando una identidad falsa. Luego, se esfumó. ¿Por qué?
La marquesa bajó la mirada y entrecruzó los dedos de las manos sobre el regazo. Cuando volvió a mirarme, sus ojos no habían perdido ni un ápice de arrogancia.
—No fui del todo sincera la otra tarde —dijo—. En realidad, a Sebastián y a mí nos unía una gran amistad. Por eso, cuando desapareció, decidí recurrir a los servicios de una agencia de detectives para intentar averiguar su paradero.
—¿Y por qué le ordenó a su secretario que empleara una identidad falsa?
—Porque tengo un apellido que proteger, niña —replicó—, y no puedo consentir que yo o mis empleados nos veamos implicados en algo tan prosaico y enojoso como una investigación criminal.
—Entiendo —asentí—. Pero ¿por qué desapareció nada más contratarme?
—Porque irrumpiste en casa de Sebastián y encontraste... en fin, los disparos, la sangre. —Arrugó la nariz—. Luego intervino la policía y el asunto se volvió demasiado desagradable, así que le ordené a Herminio que no volviera a ponerse en contacto contigo.
Le dediqué una mirada irónica y repliqué:
—Pero le ordenó a Román Martínez, uno de los miembros de la Sociedad Sigel, que me siguiera.
Un parpadeo de sorpresa quebró la marmórea altivez del rostro de la marquesa.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó.
—Porque sorprendí a su hombre espiándome y el lunes le volví a ver aquí, durante la conferencia.
Doña María Eugenia torció el gesto.
—Ese inútil de Martínez... —murmuró—. Sí, ordené que te siguieran; aún quería localizar a Sebastián. Pero luego, cuando apareció su cadáver, se acabó todo. Y así sigue este asunto en lo que a mí concierne: cerrado y olvidado.
—¿No le interesa averiguar quién mató a su amigo?
—Ya sé quién le mató —replicó con acritud—. Te lo dije el otro día: los asesinos visten hábitos.
—Ah, sí, la Santa Alianza; recuerdo que lo mencionó. ¿Han intentado ponerse en contacto con usted?
—¿Esas cucarachas? —Los labios de la anciana se fruncieron en un gesto de repulsión—. No, no se han atrevido a emponzoñar mi casa con su hedor. Y que no lo intenten.
Se produjo un silencio que, dada la evidente hostilidad de la anciana, no tardó en volverse incómodo.
—¿El señor Gálvez le habló del libro que estaba escribiendo? —pregunté.
—Me dijo que iba a ser un gran éxito editorial, pero no me contó de qué trataba.
—¿Mencionó un documento llamado «manuscrito mandeo»?
—No. —La marquesa consultó con aire impaciente el reloj de oro y diamantes que rodeaba su muñeca derecha y dijo—: ¿Alguna pregunta más?
Titubeé durante un instante y sacudí la cabeza.
—No. Creo que eso es todo.
—En tal caso, llamaré para que te acompañen a la salida.
—No es necesario —repliqué, incorporándome y echando a andar hacia la puerta—. Encontraré yo sola el camino. Buenos días, señora Santaclara.
Reconozco que empleé su apellido, en vez del título o el tratamiento, totalmente aposta. Crucé la puerta, recorrí el pasillo en sentido inverso, atravesé el jardín, salí a la calle y me monté en el coche, aunque tardé unos minutos en arrancarlo mientras digería los pormenores de aquel encuentro. Evidentemente, no me creía nada de lo que había contado la anciana; era todo demasiado absurdo, demasiado traído por los pelos. Además, doña María Eugenia sabía algo que, en mi opinión, no debía saber. Pero tenía que comprobarlo.
Arranqué el coche y puse rumbo hacia el no muy lejano barrio de Moncloa. Debía averiguar algo en el domicilio del difunto Sebastián Gal vez.
* * *
Encontré a Jacinto, el portero de la casa de Gálvez, encerrado en su garita leyendo el Marca. Afortunadamente, se acordaba de mí y, sobre todo, de mi tendencia al soborno, pues se mostró de lo más colaborador cuando le dije que quería hacerle un par de preguntas.
—¿Ha entrado usted en la casa del señor Gálvez desde que vino la policía? —dije.
—No, señora —respondió—. El piso está precintado.
—Entonces, no ha entrado nadie.
—Que yo sepa, no. Durante los primeros días se pasaron por aquí algunos agentes, pero hace casi dos semanas que no viene nadie.
—Ya veo. Dígame una cosa: ¿ha hablado usted con alguien acerca de la sangre y las marcas de disparos que hay en el piso?
El buen hombre puso cara de sorpresa.
—¿Sangre? —dijo—. ¿Pero hay sangre en el piso?
—¿No lo sabía?
—No, señora, es la primera noticia. ¿Y disparos, dice usted?
Eso era todo lo que quería averiguar. Le entregué un billete de veinte euros, le di las gracias y salí del portal dejándole perplejo, preguntándose sin duda acerca de la hemoglobina y los balazos que yo acababa de mencionar. Subí al coche —lo había dejado aparcado en doble fila—, pero antes de arrancar saqué el Motorola y marqué el número de Braulio Correa.
—Mi madre está perfectamente, gracias —respondió el policía antes de que yo pudiera abrir la boca—. Y no voy a contarte nada.
—Buenos días, Braulio —le saludé.
—Buenos días, Carmen.
—Voy a hacerte una pregunta muy sencillita —dije con voz de niña buena.
—Más sencillito aún será no contestarla —replicó, imitando mi tono.
—Bien, vamos a probar suerte. No he visto por ninguna parte, ni en la prensa ni en la tele, lo de la sangre y los balazos que había en el piso de Gálvez. ¿Es que no lo habéis hecho público?
Un silencio.
—Vale —dijo al fin Correa—, eso sí puedo decírtelo. Los dos detalles que mencionas forman parte del secreto del sumario, así que te agradecería que no lo fueras divulgando por ahí.
—Descuida; soy una tumba.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, no tiene importancia.
—Ya. ¿Qué tal tu investigación?
—Así así. ¿Y la vuestra?
—Tirando...
Podríamos haber estado indefinidamente dando vueltas el uno en torno al otro sin decir nada, de modo que le di las gracias, corté la comunicación y arranqué camino de la agencia. Mientras conducía, pensaba en la marquesa; aparte de mentirme, aquella mujer sabía algo, lo de la sangre y los disparos, que supuestamente sólo conocíamos la policía y yo. Y el asesino, por supuesto. Así que estaba implicada de algún modo, pero ¿hasta dónde? Dado su estado físico, ella no había podido matar a Gálvez, y tampoco me imaginaba a su pusilánime secretario disparando contra nadie, pero sí podía haberlo hecho alguno de los miembros de la Sociedad Sigel; a fin de cuentas, eran una panda de chalados medio nazis. Pero de ser así, ¿por qué me había contratado la marquesa para buscar a Gálvez? Eso no tenía sentido.
En realidad, nada en aquel asunto tenía sentido, nada encajaba; o, mejor dicho, encajaban las partes, pero no la totalidad. Y yo cada vez estaba más harta. Encendí la radio, sintonicé los Cuarenta Principales e intenté olvidar mis problemas tarareando una canción de El Canto del Loco. Cinco minutos más tarde, crucé el portalón del garaje, aparqué en mi plaza y bajé del coche. Entonces, cuando me dirigía hacia el ascensor, un hombre salió de un Audi negro aparcado dos plazas más allá de la mía y se aproximó a mí.
—Buenos días, señora Hidalgo —me saludó con acento cien por cien eslavo.
Me detuve. El tipo, alto y fornido, con el pelo muy corto y una cicatriz en el mentón, llevaba una cazadora de cuero negro, unos vaqueros Levi's y botas Doc Martens. Apestaba a sicario a tres manzanas a la redonda. Sentado al volante del Audi, su compinche aguardaba sin quitarme la vista de encima.
—¿Qué quiere? —pregunté, procurando que no me temblara la voz.
—Que nos acompañe —respondió—. El señor Stanislav Cherenko desea hablar con usted.
—Dígale que puede venir a verme cuando quiera en horario de oficina —repliqué.
El sicario sonrió y se apartó un ala de la cazadora, mostrando la automática que llevaba al cinto.
—El señor Cherenko prefiere que vaya usted a su casa —dijo con suavidad. Y añadió—: Por favor.
¿Qué podía hacer? Ni siquiera llevaba un espray de pimienta en el bolso, y ponerme a dar gritos en aquel garaje solitario se me antojaba una chiquillada inútil, así que reuní mi maltrecha dignidad, eché a andar hacia el Audi y dije:
—Si me lo pide tan amablemente, ¿cómo voy a negarme?
* * *
El conductor del Audi, un tipo calvo y corpulento que me recordó a Don Limpio, enfiló por la Gran Vía en dirección oeste. Cuando, poco después, giró hacia Bailen pregunté:
—¿Dónde vive el señor Cherenko?
Ninguno de los dos sicarios se molestó en contestar, así que cerré la boca y proseguimos el trayecto en ominoso silencio. Me sentía como una oveja camino del matadero, aunque, por algún motivo, no sentía ni pizca de miedo. Puede que estuviese deprimida, no lo sé, pero me importaba un bledo lo que sucediese. A lo sumo, sentía cierta curiosidad.
El Audi abandonó el casco urbano y se dirigió a la carretera de Castilla, para luego enfilar por la de Humera; poco después, se adentró en Somosaguas, una zona residencial de lujo situada cerca de la ciudad, al otro lado de la Casa de Campo. Finalmente, tras cruzar una verja metálica a través de un portalón vigilado por un par de hombres, el Audi se detuvo frente a un suntuoso chalé de dos plantas rodeado por un extenso jardín. El tipo de la cicatriz bajó del coche y me invitó a seguirle con un cabeceo.
Entramos en la casa, atravesamos un salón con grandes ventanales desde los que se divisaba el jardín y parte de la piscina, y nos detuvimos frente a una puerta. El sicario llamó golpeando con los nudillos en la madera y, cuando una voz desde el interior respondió diciendo algo en ruso, abrió la puerta y me cedió el paso con un ademán.
Era un despacho enorme, decorado con el buen gusto que sólo el dinero puede comprar. Un escritorio de diseño italiano, sillones de cuero, un mueble bar art déco, una mesa de reuniones de mármol y cristal, arte moderno en las paredes... Sentí un escalofrío al pensar cómo se había pagado todo aquel lujo. Sentado tras el escritorio, recortándose contra un ventanal, un hombre, sin duda Stanislav Cherenko, me miraba fijamente. Debía de tener sesenta y tantos años de edad, pero era el sesentón más en forma que jamás había visto. Ancho de hombros, fibroso, con el pelo cano cortado a cepillo y un rostro que parecía tallado en granito. Vestía un sobrio traje gris plomo y una camisa azul sin corbata. En cierto modo resultaba atractivo, con el aire romántico de un viejo soldado curtido en mil batallas. Pero sólo era un mafioso, un proxeneta, me recordé. Sin abrir la boca, el sicario abandonó el despacho. Como Cherenko tampoco decía nada, metí las manos en los bolsillos y aguardé.
—Tome asiento, señora Hidalgo —dijo al fin el ruso con una bien timbrada voz de barítono y un acento que no desentonaría en el Kremlin.
Obedecí y me quedé a la expectativa.
—Me alegro de que haya venido —comentó Cherenko en tono inexpresivo—. Por fin nos conocemos.
—Sus hombres son muy persuasivos —repliqué con ironía.
—¿La han molestado?
—Oh, no; me han secuestrado con mucha delicadeza. Al contrario que la vez anterior, por cierto.
Sin dejar de mirarme, apoyó los codos en la mesa y dijo en voz baja;—Me ha causado muchos problemas, señora Hidalgo.
—Yo diría que más bien ha sido al revés.
—Usted se apoderó de mis documentos.
—Ignoraba que fueran suyos. Además, no me apoderé de nada; encontré la carta de José de Arimatea en la casa de campo de Gálvez, y me la robaron. Las actas del juicio me llegaron a través de un anónimo. Las tengo guardadas, pero puedo devolvérselas cuando quiera. Son falsas.
Una tenue sonrisa se insinuó por primera vez en los labios del ruso.
—Los tres manuscritos son falsos—dijo—, como todos los documentos del Prayékt Vaskreséniye. Pretendía vendérselos a algún coleccionista incauto, pero al parecer no son buenas falsificaciones. Es irónico, ¿no cree? Este desagradable incidente comenzó por algo que no vale nada y ahora se nos ha ido de las manos.
—¿Mataron ustedes a Sebastián Gálvez? —pregunté de sopetón.
Cherenko no se inmutó.
—Me gustaría haberlo hecho, no lo niego —repuso—, pero alguien se nos adelantó. Cuando mis hombres fueron a su casa no le encontraron, aunque sí vieron huellas de violencia.
—Y registraron su piso.
—De arriba abajo, pero no estaban los documentos.
—¿Qué es el manuscrito mandeo?
Cherenko extendió una mano y la movió de izquierda a derecha, como si fuera la hoja de un sable.
—Olvídese de eso —dijo—; los documentos ya no importan. Y quédese con las actas como recuerdo, si quiere. El motivo de hacerla venir aquí es otro. Conoce a Ángel, ¿verdad?
—Sí.
—La rescató, a usted y a sus familiares, de Kirov. Y mató a mi lugarteniente y a varios de mis hombres, aun sabiendo que intentaríamos vengarnos. ¿Por qué hizo eso?
—Hace tiempo, le salvé la vida.
—Entiendo. —Cherenko hizo una pausa—. ¿Sabe dónde vive?
—¿Ángel? —Negué con la cabeza—. Creo que nadie lo sabe.
—Eso tengo entendido. ¿Ha leído los periódicos, señora Hidalgo?
—Sí.
—En tan solo tres días, Ángel ha acabado con la mitad de mi organización.
—Lo sé.
Cherenko se reclinó en el asiento y juntó las manos uniendo las yemas de los dedos.
—Permítame una pregunta, señora Hidalgo —dijo—. Teniendo en cuenta lo mucho que la aprecia Ángel, ¿cree que reteniéndola a usted lograríamos detenerle?
Volví a sacudir la cabeza.
—Me parece que haciendo eso sólo conseguiría cabrearle —respondí—. Ángel comentó que algo así podría ocurrir y me pidió que le transmitiera un mensaje. Dijo que, en su opinión, cualquiera que se oculte detrás de una mujer merece una muerte lenta y dolorosa.
Durante unos incómodos e interminables segundos, Cherenko se quedó mirándome inmóvil e inexpresivo, hasta que de pronto soltó una carcajada.
—En eso Ángel y yo estamos de acuerdo —dijo—. Descuide, señora Hidalgo, no la utilizaré como rehén. —Desvió la mirada y respiró hondo—. Mis hombres creen que Ángel no es un ser humano, sino un demonio. Le llaman Vurdalak; en el folclore de mi país es una especie de vampiro, una bestia implacable que no puede morir y siempre acaba con sus presas. ¿Usted qué opina, señora Hidalgo? ¿Ángel es un demonio?
—Es un loco.
—Un loco muy peligroso. ¿Cree que logrará matarme?
Demoré unos segundos la respuesta.
—Creo que yo, en su lugar, me iría lo más lejos posible.
Cherenko negó lentamente con la cabeza.
—Me echaron del KGB —dijo en voz baja, pero firme—. Me echaron de Moscú y me obligaron a abandonar mi país. Ahora nadie me echará de aquí, y menos un solo hombre, aunque sea un vurdalak. —Irguió la espalda y prosiguió en voz más alta—: Conocí a Oleg Kaledin en Afganistán; sirvió a mis órdenes y desde entonces siempre hemos trabajado juntos. Era un gran soldado y un hijo para mí. Ángel le ha matado, y eso es una afrenta que un hombre de honor debe vengar. Pero esto son negocios, y el honor y los negocios no casan bien. Voy a pedirle un favor, señora Hidalgo: quiero que hable don Ángel y le diga que deseo llegar a un acuerdo con él.
—Lo siento, no puedo hacerlo.
—La recompensaré. Soy un hombre generoso.
—No se trata de eso —repliqué—; es que literalmente no puedo. En primer lugar, porque no sé cómo contactar con él y, en segundo lugar, porque aunque pudiera localizarle no me haría caso.
Cherenko descansó las manos sobre el escritorio y me miró en silencio, fijamente, como si estuviera evaluando mi grado de sinceridad.
—¿Podría intentarlo al menos? —preguntó.
—Sí, por supuesto. Pero dudo mucho que lo consiga.
—De todas formas, inténtelo y estaré en deuda con usted.
Sobre la superficie del escritorio sólo había un monitor extraplano, un teclado de ordenador y un pequeño panel con botones; Cherenko pulsó uno de ellos y, casi al instante, la puerta del despacho se abrió, dando paso al sicario de la cicatriz.
—Llevad a la señora adonde desee —le ordenó Cherenko. Luego, volviéndose hacia mí, agregó—: Disculpe las molestias, señora Hidalgo. Le deseo que tenga un buen día.
No hizo amago de levantarse ni de ofrecerme la mano, así que musité un «buenos días», me incorporé y eché a andar hacia la puerta, donde me esperaba el sicario. Antes de abandonar el despacho, volví la cabeza y miré por última vez a Stanislav Cherenko, que se había dado la vuelta y contemplaba a través del ventanal las vistas del jardín. Casi sentí lástima por él. Era un hombre condenado a muerte.
* * *
Los sicarios de Cherenko, siempre silenciosos, me condujeron de regreso al garaje de la agencia y desaparecieron de mi vista sin molestarse en despedirse. Cuando me quedé sola, consulté el reloj: faltaban unos minutos para el mediodía. Poco a poco, conforme la adrenalina dejaba de circular por mi sangre, me invadió un gran cansancio; la noche anterior había dormido poco y la mañana había sido demasiado intensa, así que decidí tomarme el día libre. Telefoneé a Gabriel para decirle que no iría a trabajar, le deseé feliz Navidad, subí al coche y me fui a casa.
No había nadie cuando llegué, de modo que entré en mi dormitorio, me cambié de ropa, me tumbé en la cama y me quedé instantáneamente dormida. Afortunadamente, la rana Gustavo no volvió a darme la tabarra en sueños.
Me desperté de golpe, con la sensación de no haber dormido nada, aunque el despertador marcaba las tres menos veinte, indicándome que había estado en brazos de Mor—feo un par de horas. Al poco, mientras me frotaba los ojos para espabilarme, escuché unos ruidos provenientes de la cocina y me dirigí allí. Pablo estaba junto a los fogones, calentando algo en una cazuela. De repente, me di cuenta del hambre que tenía.
—Hola —me saludó—. No sabía que estuvieses en casa.
—He hecho novillos. ¿Dónde estabas tú?
—Intentando cobrar un dinero que me deben.
—¿Y...?
—Muchas promesas, pero nada de pasta.
Me aproximé a él y comprobé que estaba calentando fabada. La lata de Litoral yacía sobre la encimera, abierta y vacía.
—¿Siempre comes fabada? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Es rápida de preparar —repuso—, es nutritiva y está buena. ¿Qué más se le puede pedir a una comida?
—Que no te destroce el estómago.
—Si yo te contara lo que he tenido que comer estando en el desierto.... —Removió las alubias con una cuchara—. ¿Quieres? Hay más latas.
Decliné la invitación y me preparé una ensalada y unos huevos fritos con patatas. Luego, nos sentamos juntos a comer en la mesa de la cocina.
—¿Alguna novedad? —preguntó Pablo entre bocado y bocado.
Resultaba extraño, y un tanto deprimente, pero mi casi desconocido primo se había convertido en la única persona con la que podía hablar de aquel asunto, así que le conté el descubrimiento de la noche anterior y mis visitas al palacio Rocanegra y a la casa de Cherenko.
—Entonces, ¿se acabaron los problemas con los rusos? —dijo Pablo.
—Parece que sí.
Aliviado, mi primo dio un trago de cerveza.
—Así que esa marquesa está implicada... —comentó, pensativo—. ¿Qué vas a hacer?
Mordisqueé la última patata frita y aparté el plato.
—Debería poner vigilancia en el palacio —respondí con cansancio—; debería intervenir los teléfonos e investigar a la marquesa, a sus empleados y a los miembros de la Sociedad Sigel...
—¿Pero...?
—Pero hoy es viernes, fin de semana, y el domingo es Nochebuena. No me apetece meterme ahora en ese follón. Después de Navidad ya veremos.
Recogimos la mesa y metimos los platos y los cubiertos en el lavavajillas; luego, preparé café y nos sentamos en el salón.
—¿Por qué no sigues con lo que me contabas anoche? —propuse.
—¿Es que te apetece echar un sueñecito? —replicó en tono sarcástico.
—Eh, que me enteré de casi todo —protesté—. Decías que algunos expertos sostienen que Jesús nunca existió, porque si eliminas de su biografía los mitos, no queda nada detrás. Pero la primera vez que nos vimos comentaste que no estabas de acuerdo con eso.
—Y no lo estoy.
—Entonces, crees que Jesús es una figura histórica.
—Creo que hubo un hombre llamado Yeshua Nazráyya al que luego se le atribuyeron muchas cosas que en realidad no era.
—¿Y qué crees que era?
Pablo bebió un sorbo de café.
—¿Sabes lo que significa «mesías»?
—¿Hijo de Dios? —especulé.
—Para nada. Significa «ungido», igual que «cristo» en griego. ¿Y sabes a quiénes ungían los hebreos de aquella época? Sólo a dos clases de personas: a los sumos sacerdotes y a los reyes. Pues bien, Jesús jamás pretendió ser sumo sacerdote, así que sólo queda una alternativa.
—Rey de los judíos... —murmuré.
—Precisamente de eso le acusaron en el juicio, de auto—proclamarse rey de los judíos. Además, los evangelios de Mateo y Lucas proponen dos genealogías de Jesús; ambas difieren bastante, pero coinciden en un nombre: el rey David. Porque ésa era una condición sine qua non para aspirar al trono: pertenecer al linaje de David. Pero hay más. ¿Recuerdas que te hablé acerca de los zelotes?
—Los judíos terroristas.
—Exacto. La mayoría procedía de una escisión en la secta de los fariseos. Eran muy violentos y aguardaban la llegada del Mesías, un enviado de Jehová que vendría a ser una especie de nuevo Moisés destinado a liberar a Israel del yugo extranjero. Se basaban en las profecías del Antiguo Testamento; concretamente en ésa de Isaías que comienza: «De ese tronco que es Isaí sale un retoño...». Bueno, da igual, el caso es que eran unos tipos muy cabreados y que esperaban a un líder para liarse a hostias con los romanos. Pues bien, si nos fijamos en los nombres de los seguidores de Jesús, descubriremos que entre ellos había zelotes. Sin ir más lejos, Simón el Zelote. O Simón Pedro, también llamado Barjona, que en arameo significa «proscrito», nombre que comúnmente se daba a los zelotes. O Santiago y Juan, conocidos como benei ra'ahs, «hijos del trueno», otra denominación de los zelotes. O el mismísimo Judas Iscariote, porque, aunque quizá esté un poco traído por los pelos, puede que «iscariote» sea una contracción de «sicario» y «zelote».
—Un momento —le interrumpí—. Jesús predicaba el amor y el perdón a los enemigos. Era un pacifista.
—En efecto, pero al menos en una ocasión ese pacifista se agarró un buen cabreo. ¿Recuerdas la expulsión de los mercaderes en el templo?
—Sí.
—Pues analiza esa historia. Ocurre durante la Pascua, así que el templo debía de estar abarrotado de gente y vigilado por soldados y sacerdotes saduceos. Entonces va Jesús y se lía a fustazos con los mercaderes y los cambistas. ¿Un solo hombre contra decenas, quizá centenares de personas? Imposible, tuvo que ser una acción en grupo y hay algo que lo corrobora. Después del incidente en el templo, cuando Jesús estaba en el Huerto de los Olivos, apareció Judas con un grupo de hombres armados enviados por Caifás. Tres de los cuatro evangelistas no dicen cuántos hombres eran, pero Juan especifica que se trataba de una cohorte, y una cohorte está formada por cuatrocientos ochenta soldados. ¿Cuatrocientos ochenta soldados para detener a un solo hombre, o como mucho a doce? No tiene sentido. Pero aún hay más. Los cuatro evangelios coinciden en que, cuando los soldados intentaron detener a Jesús, algunos de los apóstoles empuñaron las armas. Marcos dice: «Uno de los presentes desenvainó la espada e hirió con ella al siervo del sumo sacerdote, cortándole de cuajo la oreja», y algo muy similar relata Mateo. Lucas añade:
«Viendo los que estaban con Jesús lo que iba a suceder, le preguntaron: "Señor, ¿herimos ya con la espada?"», y luego cuenta lo de la oreja. Y en cuanto a Juan, dice: «Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó y golpeó con ella al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja». Pues bien, si se trataba de un grupo de pacifistas, ¿por qué iban armados?
La pregunta quedó flotando en el aire como una nube de humo.
—Eso que cuentas —dije— se parece mucho a lo que ponía en las actas del juicio, ¿no?
—Sí, pero las actas son falsas.
—Ya. Sin embargo, tú crees que Jesús era un zelote.
—Yo no he dicho eso. Lo que digo es que en los evangelios hay una serie de detalles que ponen en cuestión la imagen de Jesús que proponen los propios evangelios, y que la única explicación para que esos detalles estén ahí es que sean vestigios de una realidad que luego los propios seguidores de Cristo intentaron borrar. Piénsalo: al principio, el cristianismo no era más que una secta judía; pero luego llegó Pablo de Tarso y amplió su público incluyendo a los gentiles y, como muchos de esos gentiles eran romanos, se hizo necesario eliminar de la historia de Jesús el contenido político antirromano. —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. El problema es que esa imagen, la mesiánica, no es la única que proponen los evangelios. Por un lado está el mago, que realiza prodigios como curar a los enfermos o expulsar demonios; por otro, el profeta apocalíptico, pues Jesús estaba convencido de que el fin del mundo era inminente. Por último, tenemos al maestro, un predicador con mucho talento para las parábolas. Y ahí está lo realmente jodido del asunto, porque los dichos y las enseñanzas de Jesús forman parte fundamental de su figura, pero no encajan con el Cristo mesiánico y político. Es como si los textos hablaran de dos personas distintas fundidas en una.
—O sea, que nadie sabe a ciencia cierta quién era Jesús.
Pablo asintió con un cabeceo.
—Eso es —dijo—; nadie lo sabe.
Apuré el café, que se había quedado frío, y comenté:
—Cherenko dijo que los tres documentos, incluyendo el manuscrito mandeo, son falsos.
—Los dos que he visto desde luego que lo son. Pero el fragmento de pergamino que te dio tu cliente es auténtico, estoy seguro.
—Y se supone que ese fragmento pertenece a una de las copias del manuscrito mandeo —dije, pensando en voz alta—. El texto del fragmento menciona a Jesús, a Santiago, a Pedro y a Juan el Bautista. Según dijiste, Juan el Bautista es el único nexo entre los mandeos y los cristianos, ¿no?
—Sí, más o menos.
—Vale, pues cuéntame algo acerca del Bautista.
Pablo se reclinó en el sillón y cruzó una pierna sobre la otra.
—Después de Jesús —dijo—, probablemente Juan sea la figura más misteriosa de los evangelios. Hoy en día es uno más en el santoral, pero para el cristianismo primitivo debió de ser una figura muy importante. En el evangelio de Mateo, el propio Jesús dice: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nunca uno más grande que Juan el Bautista», y en Lucas se asegura que Juan y Jesús eran primos para enlazar sus figuras con más fuerza. Además, volviendo a los mitos solares, la tradición hizo nacer a Jesús en el solsticio de invierno, pero el otro momento clave del ciclo solar es el solsticio de verano, y precisamente en esa fecha, el 24 de junio, se celebra el nacimiento de San Juan. Es decir, Jesús y Juan ocupan las dos efemérides más importantes del año, como si estuvieran a la par.
—Ya, pero ¿quién era? ¿Qué hacía aparte de bautizar?
Pablo se encogió de hombros.
—Tampoco te creas que sabemos mucho al respecto.
—Por eso dices que es misterioso.
—Es misterioso por lo que ignoramos, pero también por lo que sabemos. Según Lucas, Juan comenzó a predicar en el año decimoquinto del mandato del emperador Tiberio; es decir, alrededor del año 28 de nuestra era. Actuaba como un profeta escatológico, pues anunciaba la inminencia del fin de los tiempos y el advenimiento del juicio de Dios. De hecho, vestía un manto de pelo de camello con un ceñidor de cuero, como el profeta Elías, y actuaba en la orilla del Jordán, también como Elías.
—¿Le imitaba?
—Al menos, buscaba la confusión. Mucha gente pensaba que era Elías resucitado y también muchos creían que era el Mesías.
—¿Otro mesías?
—En el siglo primero, varios tipos se autoproclamaron mesías: Atrongeo, Teudas el Egipcio, Menahem Ben Jair, Eleazar Ben Deinaios, Bar Kochba, Simón Bar Giora... en fin, un huevo; era casi una moda. Aunque, para ser fieles a la verdad, Juan no afirma en ningún párrafo de los evangelios que fuese el Mesías. El caso es que se trataba de un profeta que anunciaba el fin del mundo y predicaba la purificación y el cumplimiento estricto de la ley mosaica. Además, era todo un carácter que llamaba raza de víboras a los fariseos y a los saduceos y ponía a parir a casi todo el mundo. Pero hacía algo más: bautizaba, y eso era nuevo. Es cierto que algunas sectas judías, como los esenios, incluían baños rituales en sus ceremonias con el objetivo de purificar el cuerpo antes de entrar en los recintos sagrados, pero lo que hacía Juan era distinto, pues con el agua borraba los pecados.
—¿Y eso es importante?
—Lo es porque se sigue haciendo ahora. Como decía, Juan debía de tener un par de huevos, porque no se cortó ni un pelo a la hora de echar sapos y culebras contra el rey Herodes por haberse casado con Herodías, la mujer de su hermano Felipe. A Herodes se le hincharon las narices, encerró a Juan en la fortaleza de Maqueronte y, después de tenerlo preso un tiempo, ordenó que lo decapitaran. Fin de la historia. No obstante, antes de eso ocurrió algo que todo el mundo sabe: Juan bautizó a Jesús en el Jordán. Ése es, junto con la crucifixión, el hecho de Cristo más y mejor documentado, pues los cuatro evangelios lo describen igual y además lo hacen al comienzo del texto. De hecho, Marcos, Lucas y Juan empiezan sus relatos hablando del Bautista, no de Jesús. Ahora bien, ¿por qué era tan importante Juan para los primeros cristianos? Pues porque la escena del bautismo sólo admite una interpretación: Jesús ingresó en la secta de Juan.
—Eso ponía en el fragmento de manuscrito —comenté"—, que entre los que seguían a Juan estaban Jesús, Santiago y Pedro.
—Exacto. A los seguidores de Juan les llamaban «los preservadores», que en arameo se dice nazráyya, en griego nazaraneoí y en español nazareos. Pues bien, muchos autores sostienen que el término «nazareno» aplicado a Jesús no se refería a su procedencia de Nazaret, sino a su pertenencia al círculo de Juan. —Pablo ocultó un bostezo con la mano—. Leyendo los evangelios, se deduce que Jesús permaneció en la congregación del Bautista más o menos hasta que Juan fue apresado por Herodes. Entonces, Jesús abandonó la secta y se puso a predicar por su cuenta. En el libro tercero de Mateo se cuenta que Juan, estando prisionero en Maqueronte, ordenó a sus discípulos que espiaran las actividades de Jesús y averiguaran si pretendía ser el Mesías. Digamos que estaba un poco mosqueado. —Volvió a bostezar y agregó—: Si quieres entro en detalles, pero en líneas generales eso es todo lo que puedo contarte acerca de Juan el Bautista.
Me quedé pensativa, intentando asimilar aquel cúmulo de información.
—Hace unos días —dije—, Teresa comentó que quizá el manuscrito mandeo contiene algún secreto que la Iglesia quiere ocultar.
—A estas alturas —murmuró Pablo, somnoliento—, eso parece evidente.
—Tú dijiste —proseguí— que los mandeos creen que Juan el Bautista era el auténtico profeta, el verdadero Me—sías, mientras que Jesús era un impostor. ¿No podría ser ése el secreto del manuscrito, que Jesús era discípulo de Juan?
—Sí, podría ser. Pero tampoco se trataría de un secreto como para tirar cohetes; eso ya lo sabe mucha gente. —Cerró los ojos y agregó en voz baja—: Aunque, con lo paranoica que parece la Santa Alianza, supongo que cualquier cosita que se salga del dogma les pondrá de los nervios—Guardé un breve silencio y pregunté: —¿Qué clase de secreto crees que puede ser? No obtuve ninguna respuesta. Volví la mirada hacia mi primo y descubrí que se había quedado dormido. Es lo que tiene la fabada: digestiones pesadas.
* * *
Durante la tarde, telefoneé varias veces a Ángel, pero su móvil, como ya suponía, estaba desconectado. Pablo se despertó alrededor de las siete; le propuse salir a dar una vuelta y a eso de las ocho cogimos el Metro para dirigirnos al barrio viejo de Madrid. Siempre me ha gustado esa parte de la ciudad, la zona de los Austrias, con sus viejas casonas, sus calles estrechas con nombres inverosímiles —del Codo, de la Pasa, de Puñonrostro—, sus iglesias y sus viejos comercios. Según qué días y según a qué horas, la zona es tranquila, perfecta para el paseo, pero aquella noche, dos días antes de Nochebuena, estaba abarrotada de gente.
Mientras paseábamos entre el bullicio, bajo un dosel de guirnaldas luminosas, escuchando los sones del villancico que brotaban de una tienda, me di cuenta de que no tenía la menor sensación de estar en Navidad. Veía los adornos, los abetos, las bolas de colores, el espumillón, pero todo eso me resultaba ajeno, como si estuviese contemplando la fotografía de algún lugar remoto. Hacía mucho tiempo, sobre todo desde mi divorcio, que aquellas fiestas no me ilusionaban; incluso las consideraba un engorro, con sus atascos y aglomeraciones, pero al mismo tiempo, inconscientemente, seguía sintiendo que eran unas fechas especiales y, sin darme cuenta, abrigaba la nebulosa esperanza de que algo hermoso fuese a ocurrir en cualquier momento. Nunca ocurría nada, es cierto, pero la sensación de magia y prodigio resultaba más estimulante que triste la decepción.
Sin embargo, aquella noche advertí que ya no esperaba nada de la Navidad, y no porque mi corazón se hubiese endurecido a base de desengaños, sino porque no era consciente del momento en que vivía. Y es que no se trataba sólo de la Navidad; tampoco sentía la primavera, ni el verano, ni el otoño. Lo cierto era que mi mundo, todos mis sentidos, se centraban en el trabajo, y en mi trabajo no hay estaciones, sino una monótona sucesión de cónyuges cornudos, delitos y engaños. Ahí vivía yo, en el barrio más feo y triste de la realidad.
De repente, sentí una enormes ganas de echarme a llorar; sólo ganas, no puedo llorar en público, pero hubiera dado cualquier cosa por estar encerrada en mi cuarto soltando lagrimones como puños. Al pasar frente a una ferretería, me detuve; había un nacimiento en el escaparate, con la Virgen, San José, el Niño Jesús, el asno y el buey. Centré la mirada en la figura que descansaba sobre la cuna. Era espantosa; se suponía que representaba a un recién nacido, pero en realidad parecía un preadolescente gay. Además, era casi tan grande como el asno. Sin embargo, no podía apartar los ojos de ese Niño Jesús desmesurado y kitsch. ¿Cuántos millones de personas creían en él?, me pregunté; ¿cuántas esperanzas depositadas en un bebé dormido en una cuna?
De acuerdo, para mí no significaba nada; ni creía ni dejaba de creer, me daba lo mismo. No obstante, suponiendo que el manuscrito mandeo demostrase que Jesús no era lo que la inmensa mayoría de la gente pensaba que era, ¿tenía derecho yo a quebrar las ilusiones de tantas personas? Aunque, pensándolo bien, ¿realmente podía hacerlo?
¿Acaso un viejo manuscrito era capaz de acabar de un plumazo con la fe de millones de seres humanos? Lo dudaba mucho. En el fondo, ¿qué importaba que Jesús fuese un dios, un zelote, un prestidigitador o un gurú? La personas quieren creer, ciegamente, porque eso, con independencia de la solidez de las pruebas, les conforta. En cuanto a mí, sencillamente me daba igual. Entonces, ¿por qué perdía el tiempo y arriesgaba la vida buscando un documento que, en el mejor de los casos, sólo sería —como dijo Thibaut-Rochelle— una nota a pie de página en los libros de historia? ¿Por profesionalidad, por dinero, porque sí...?
De repente, tomé una decisión y en el acto sentí un inmenso alivio. Me volví hacia Pablo y le propuse tomar algo en alguno de los bares y mesones que pueblan la zona. Entramos en La Miguela, un bar—restaurante de la calle Tintoreros, y, tras sentarnos a una de las mesas, pedimos dos cañas y unas tapas. Mientras el camarero atendía el pedido, le dije a Pablo:
—Voy a dejar el caso.
—Ya —repuso, sin mostrar extrañeza.
—¿No vas a intentar convencerme de que siga investigando?
—No.
—¿Y tu precioso manuscrito?
Pablo hizo un gesto vago.
—He estado en Israel muchas veces —dijo tras un silencio—. Es un país menos peligroso de lo que la gente cree, pero a veces, no lo niego, hay follones. Hace tres años, por ejemplo, durante unas excavaciones en el desierto de Ne—guev, un grupo de hombres armados, nunca supe quiénes eran, nos tiroteó. Otra vez, en Jerusalén, una bomba explotó a menos de cien metros de donde estaba. Eso por no mencionar la ocasión en que un enorme judío ortodoxo me pilló mancillando el honor de su hija. —Se rascó la barba—. Pero nunca he tenido tanto miedo como cuando nos secuestraron los rusos. Comprendo que abandones.
—No lo hago por eso —repliqué.
—Da igual; yo sí que respeto por miedo tu decisión. Si siguieras adelante, estaría contigo; a fin de cuentas, tampoco tengo tanto que perder. Pero si decides renunciar, no seré yo quien te lo impida. No hay que tentar a la suerte. ¿Cuándo se lo dirás a tu cliente?
—Después de Navidad, el martes.
—¿Le preguntarás si tiene más fragmentos del manuscrito?
—Sí.
—Vale, gracias. —Suspiró—. Ahora tendré que irme de tu casa.
—Tranquilo, no hay prisa. Cuando te venga bien.
El camarero trajo las consumiciones y dejamos de hablar. Aquella noche dormí de un tirón, con la ingenua tranquilidad de quien cree, equivocadamente, que sus problemas han concluido.
* * *
Al día siguiente me levanté temprano y preparé desayuno para dos. Al ver la mesa de la cocina con el café, las tostadas, la mermelada, la mantequilla y el zumo de naranja, Pablo comentó:
—Vaya, qué amable te has vuelto.
—Espíritu navideño —respondí.
Nos sentamos a la mesa y, mientras untaba una tostada con mantequilla, pregunté:
—¿Dónde vas a pasar la fiestas?
Se encogió de hombros.
—Ni idea. Aquí, supongo.
—¿No te ves con tu madre?
—Mi madre volvió a casarse hace un año —respondió—. Con un francés gilipollas al que mandé a tomar por culo el mismo día de la boda. Creo que no sería bien recibido en su casa de París. ¿Qué vas a hacer tú?
—Pasado mañana iré a casa de mis padres. La comida de Navidad es una tradición en mi familia. Nos juntamos todos; más de treinta personas, contando con mis sobrinos. Podrías venir.
Pablo soltó una carcajada sarcástica.
—Claro —dijo—, y encontrarme con el marido de Teresa. No, gracias; casi prefiero comer con los rusos.
—Como quieras. ¿Te apetece celebrar la Nochebuena conmigo?
Me miró con extrañeza.
—¿Ibas a cenar sola? —preguntó. De pronto, recordó lo que yo le había contado, y dijo—: Ah, ya, pensabas cenar con tu chico.
—Ya no es mi chico —le corregí.
—Vale. ¿Cómo se llama?
—Óscar.
—¿Es un buen tío?
—El mejor que he conocido.
—Entonces, ¿por qué no te dejas de gilipolleces, le llamas y hacéis las paces?
Buena pregunta: ¿por qué no hacía eso?
—Porque él tiene razón —respondí—: No sirvo para vivir en pareja. Siempre lo estropeo todo.
—Chorradas —replicó—. No le llamas por orgullo, y eso es una cagada. ¿Crees que cuando Miriam me dejó yo me di la vuelta y me fui tan digno como Humphrey Bogart al final de Casablanca? Ni mucho menos; lloré, supliqué, pataleé y perdí la dignidad hasta límites insospechados. Jamás un hombre se ha arrastrado tanto como yo.
—¿Y de qué te sirvió?
—De nada, pero al menos lo intenté.
Inspiré una bocanada de aire y la solté de golpe.
—Bueno —dije—, ¿cenas conmigo mañana o qué?
—Será un placer —respondió—. Pero eres idiota.
A media mañana salimos a comprar lo necesario para la cena del día siguiente. Al ser sábado, víspera de Nochebuena, las tiendas estaban atestadas, pero no me importó aguantar las largas colas; en cierto modo, después de todo lo que había sucedido, me resultó reconfortante aquel baño de cotidianidad. Mientras esperaba mi turno en los distintos comercios que visitamos, telefoneé varias veces a Ángel, pero siempre me contestó una voz enlatada informándome de que el teléfono solicitado estaba apagado o fuera de cobertura. También llamé a Hermes, para desearle feliz Navidad e informarle de que iba a renunciar al caso Gal vez. Mi viejo amigo se alegró mucho, y eso que no sabía ni la mitad de lo que había sucedido.
Regresamos a casa, guardamos la compra y preparamos la comida. Nada de fabada; espaguetis y carne a la plancha. Después de comer y recoger la cocina, nos dirigimos al salón para tomar el café y comenzamos a ver una película en la tele. Creo que nos quedamos dormidos a la vez.
Unos timbrazos me arrancaron del dulce sopor en que me había sumergido. Abrí los ojos y consulté el reloj; eran las cinco menos veinte. La televisión seguía encendida y el Motorola sonando. En la pantallita aparecía el nombre de Violeta, así que pulsé el botón verde y dije:
—Hola, prima.
—Tienes voz de dormida, palomita.
—Eh... sí, la siesta.
—Últimamente siempre te pillo sobando; qué vida más intensa la tuya. Bueno, al grano: ya está.
—¿El qué está? —pregunté, frotándome los ojos.
—¿Pues qué va a ser, bomboncito? Lo que me pediste que hiciera con el teléfono que me enviaste.
El móvil de Yuri Veksler; lo había olvidado.
—¿Has conseguido acceder a la memoria? —pregunté.
—¿Hay algo que yo no pueda hacer, sobre todo si es ilegal? —replicó—. Pero me ha costado, no te creas; ya te dije que no lo había hecho nunca. Afortunadamente, tengo amigos en la Red tan sinvergüenzas o más que yo, y sus consejos me han sido muy útiles. En fin, reina mora, te acabo de mandar un e—mail con el contenido de la memoria. Por cierto, la mayor parte de los SMS estaban en ruso, así que Niko te los ha traducido.
—Gracias, Violeta, eres un hacha.
—Soy sencillamente genial, bonita, como siempre. ¿Qué hago con el móvil? ¿Te lo mando, pasas a recogerlo...?
—Quédatelo; o tíralo a la basura, lo que quieras. Su dueño ya no lo va a necesitar.
—Huy, eso suena tan tétrico que ni siquiera me atrevo a preguntar. ¿Puedo serte útil en algo más, querida?
—No, Violeta, muchas gracias. Y feliz Navidad.
—Feliz Navidad también para ti; y dale un beso a Óscar de mi parte. Ciao, principessa.
Corté la comunicación y guardé el móvil en el bolsillo. Al principio, ni siquiera me planteé abrir el correo de mi prima —había dejado el caso, ¿no?—, pero Pablo roncaba suavemente a mi lado y yo no podía ni quería volver a dormirme, de modo que, sólo por matar el tiempo, cogí el portátil y entré en Internet. El archivo que me había mandado Violeta contenía una copia de la agenda telefónica de Veksler, un listado de las llamadas recibidas y realizadas y la traducción de los SMS. Primero examiné los mensajes, pero o eran banales, o eran incomprensibles, con frases como «la niña ha hecho los deberes», «el paquete está en el almacén» o «el gato ha muerto». Supuse que eran claves usadas en la organización de Cherenko y los dejé a un lado.
A continuación, eché un vistazo a la agenda telefónica; había medio centenar de números, aunque, por desgracia, no estaban identificados por nombres, sino por iniciales o grupos de letras. Los repasé con cuidado, pero sólo dos me llamaron la atención: uno, marcado como GV, correspondía al móvil de Gálvez; el otro, designado STS, también pertenecía a un móvil, pero, aunque me sonaba mucho, no lograba recordar de qué. Habría que investigar uno por uno cada número, algo muy tedioso que afortunadamente no iba a hacer yo; incluiría ese listado en el informe final y que se ocupase otro de la tarea.
Apagué el portátil, lo dejé sobre la mesa y me desperecé. Pablo seguía durmiendo plácidamente en el sillón.
Cogí el periódico e intenté leerlo, pero desistí al cabo de unos minutos; no podía quitarme aquel maldito número telefónico, el STS, de la cabeza. ¿De qué me sonaba...? Todos los documentos sobre el caso estaban en mi despacho, de modo que si quería averiguarlo sólo había una manera. Casi sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté, me puse el abrigo, le dejé una nota a Pablo y fui a por el coche para dirigirme a la agencia.
No lo hacía por trabajo, me juré a mí misma; sólo era curiosidad.
* * *
No tardé en encontrarlo. Sentada frente a mi escritorio en la soledad de la oficina, con las luces del ocaso filtrándose a través de la ventana, repasé el dossier hasta que, al final de la tercera página, di con el número telefónico que había encontrado en la agenda de Veksler. STS significaba «santos». Adela Santos, alias Werner Hofmann, la amiga y ocasional amante de Gálvez. ¿Por qué tenía Veksler ese teléfono en su agenda? Vale, Gálvez y él estaban compinchados, pero ¿qué pintaba Adela Santos en ese asunto?
Intenté resistirme, me repetí a mí misma una y otra vez que había abandonado el caso, que no tenía sentido seguir investigando, pero finalmente claudiqué. Fue por curiosidad, lo sé, pero me engañé con la excusa de que, técnicamente, no presentaría mi renuncia hasta el martes, así que cogí el Motorola y marqué el número de Adela Santos.
—Diga —contestó al cabo de cinco timbrazos.
—¿Adela? Soy Carmen Hidalgo, la detective privado. ¿Te acuerdas de mí?
Un breve silencio.
—Sí. ¿Qué quieres?
—Perdona que te moleste. Se trata sólo de una pregunta: ¿conoces a un ruso llamado Yuri Veksler?
Un largo silencio.
—No conozco a ningún ruso —respondió con voz gélida.
—¿Ah, no? Es que, verás, tu número telefónico aparece en la agenda del señor Veksler y me preguntaba por qué...
Un larguísimo silencio.
—No sé de qué cojones me estás hablando —replicó; ahora su voz sonaba tensa y nerviosa—. Haz el favor de dejarme en paz, ¿vale? No vuelvas a llamar.
Y colgó.
Pensativa, guardé el móvil en el bolsillo, devolví el dossier al archivador, apagué las luces y fui en busca de mi coche. Mientras conducía de regreso a casa no podía apartar mis pensamientos de Adela Santos. Aquella mujer estaba implicada de alguna forma, no cabía duda. Pero, me repetí por enésima vez, eso ya no era asunto mío.
* * *
Pablo ya estaba despierto cuando volví a casa, así que le conté lo que había hecho. Él me escuchó en silencio, con una ceja levantada, y cuando acabé preguntó:
—¿No habías abandonado la investigación?
—Y así es —respondí—. Pero sentía curiosidad.
—Ya. Y ahora que sabes que esa mujer está implicada, ¿qué vas a hacer?
Me encogí de hombros.
—Nada. Incluiré el dato en el informe y que mi cliente haga con él lo que quiera.
Estaba firmemente decidida a mantenerme al margen; de hecho, sintonicé en la televisión un canal donde emitían Qué bello es vivir y me senté delante de la pantalla dispuesta a que se me encogiera el corazón con los problemas de James Stewart. Pablo se acomodó a mi lado, fingiendo leer un libro, aunque sus ojos no tardaron en quedar atrapados por las imágenes de Capra. Durante largo rato, mientras contemplaba la película, no pensé en nada, me olvidé por completo del manuscrito y de toda la locura que le rodeaba, hasta que a las ocho y cuarto, justo cuando Stewart acababa de rescatar de las aguas a su ángel de la guarda, mi móvil comenzó a sonar. Era Adela Santos.
—¡Has sido tú! —exclamó con voz agitada cuando contesté la llamada—. ¡Tú tienes la culpa!
—¿Adela?
—¡Tú les has conducido hasta mí, hija de puta!
—Adela, cálmate; no te entiendo.
La mujer tragó saliva.
—¿Cómo... cómo se te ocurre relacionarme con Veksler? —musitó con voz temblorosa—. Ellos te vigilan, han intervenido tus teléfonos...
—¿Quiénes son «ellos»?
—Acaban de estar aquí... —prosiguió, cada vez más incoherente—. No les he abierto, pero están fuera... los he visto... ¡Joder, van a matarme!
—¿De quién estás hablando?
El auricular se llenó de sollozos entrecortados.
—Veksler podría ayudarme —murmuró—, pero está muerto. Y él no me hace caso... le he suplicado y no me hace caso... —Un gemido—. Están ahí, los oigo...
—¿Quiénes? —insistí, alzando la voz—. Adela, cálmate, por favor, y dime quién te amenaza.
Sólo obtuve una sucesión de gimoteos como respuesta.
—Adela, escúchame —dije—: Llama a la policía.
—¡No puedo llamar a la policía, joder! —gritó— ¡¿Es que no entiendes nada?! Yo... yo no sabía que iba a morir gente, te lo juro... no lo sabía...
—¿Dónde estás?
—En casa... Tienes que ayudarme... tú me has metido en este lío... tú...
De repente, escuché un ruido sordo seguido de un grito.
—¿Adela...?
La comunicación se cortó.
—¿Qué pasa? —preguntó Pablo.
En vez de contestarle, pulsé la tecla de rellamada. La señal sonó tres veces y alguien descolgó.
—¿Adela? —dije.
Silencio; sólo se percibía el susurro de una respiración resonando suavemente en el auricular. Se me erizó el vello de los brazos. Al cabo de unos segundos, la llamada concluyó con un clic. Me puse en pie, demudada.
—¿Pero qué pasa? —insistió Pablo—. ¿Quién era?
—Adela Santos —murmuré—. Está en peligro.
—¿En peligro? ¿Qué clase de peligro?
Sin responderle, cogí el bolso y me dirigí al vestíbulo en busca del abrigo.
—¿Y ahora adónde vas? —preguntó Pablo, incorporándose.
—A casa de Adela Santos —respondí.
Mi primo dudó durante unos instantes y echó a andar hacia mí.
—Espera, voy contigo —dijo—. Pero si esa tía corre peligro, ¿no sería más prudente llamar a la policía?
* * *
Adela Santos vivía en la calle Maldonado, no muy lejos del pub Wilde, el lugar donde nos encontramos por primera vez. Llegamos allí a las nueve menos diez y, tras aparcar el coche, Pablo y yo nos dirigimos al número 54, un edificio de apartamentos con fachada de ladrillo y granito. El portal estaba cerrado, así que pulsé el botón del portero automático correspondiente al piso de Adela Santos, el 4o R Nadie respondió.
—¿Ves? —dijo Pablo—; no podemos entrar. Deberíamos llamar a la policía.
Sin hacerle caso, saqué del bolso el juego de ganzúas, miré a un lado y a otro, me incliné sobre la cerradura y apenas tardé medio minuto en abrirla.
—Joder... —musitó mi primo.
Entramos en el portal, nos dirigimos al ascensor y subimos al cuarto piso. El apartamento F se encontraba a la derecha, al final de un corredor; nos dirigimos hacia allí y nos detuvimos frente a la puerta. El marco de madera estaba astillado; habían forzado la cerradura con una palanqueta. Pablo y yo intercambiamos una mirada.
—Ahora sí que hay que llamar a la policía —susurró mi primo.
—Antes deberíamos echar un vistazo ahí dentro —respondí, tendiendo la mano hacia la puerta.
—Espera —me contuvo, siempre en voz baja—. ¿Llevas una pistola en el bolso?
—No.
—Y, aparte de forzar cerraduras, ¿sabes kung—fu o algo así?
—No.
—Vale. Oye, a lo mejor crees que todos los arqueólogos somos como Indiana Jones, pero te equivocas. Si hay alguien ahí dentro y la cosa se pone violenta, yo no voy a serte de mucha ayuda, te lo advierto.
—No hay nadie ahí dentro, Pablo.
—¿Cómo lo sabes?
—La puerta está forzada, cualquier vecino que la viese podría dar la alarma. El que hizo esto no debió de estar aquí mucho tiempo y nosotros hemos tardado más de media hora en llegar. Sea quien sea, ya se ha ido.
—Vale, es una suposición cojonuda; pero entre suponer y saber a ciencia cierta media un abismo de errores y desgracias. Lo más sensato es llamar a la policía.
Sin hacerle el menor caso, entreabrí la puerta y dije en voz alta:
—Adela...
Nadie respondió. Abrí del todo y entré en la vivienda; estaba a oscuras, así que tanteé con la mano en la pared y pulsé el interruptor. Durante un instante, el resplandor de las luces me cegó; luego, cuando mis ojos se acostumbraron a la luminosidad, pude apreciar con detalle el lugar donde me encontraba. Era un apartamento pequeño, con una minúscula cocina adosada al salón y una puerta que debía de dar al dormitorio y al aseo. Los muebles y los adornos eran de baratillo; el típico domicilio de clase media.
—Deberíamos irnos —susurró Pablo.
Le ignoré y avancé unos pasos. El lugar parecía desierto, pero de pronto, al girar la cabeza hacia la izquierda, vi a Adela Santos, tumbada en un sofá de piel sintética, con los ojos cerrados y un brazo descansando sobre el pecho. Aparentaba dormir.
—Adela —dije.
La mujer no se movió; de hecho, ni siquiera parecía respirar. Me aproximé a ella y la sacudí por el hombro; el brazo resbaló hasta quedar colgando por el borde del sofá. Le puse los dedos en el cuello y busqué el pulso. No lo encontré.
—¿Está...? —musitó Pablo, sin atreverse a completar la pregunta.
—Muerta —asentí.
Mi primo masculló algo entre dientes y susurró:
—Pero no hay sangre, ni señales de violencia...
—Curare —dije.
—¿Qué?
—Que probablemente la han envenenado con curare, como a Germán Bosco.
—Joder, qué excentricidad. Oye, ahora sí que tenemos que llamar a la policía—Miré a mi alrededor; el salón estaba en orden, nadie lo había registrado, así que lo que perseguían los asesinos era hacer hablar a Adela Santos y, teniendo en cuenta lo asustada que estaba la mujer cuando me llamó, no les debía de haber costado mucho conseguirlo. Pero ¿qué les había contado? Al pasear la mirada por la habitación, advertí que había un móvil tirado en el suelo, sobre la alfombra; debía de ser el de Adela, así que lo recogí del suelo y comprobé las llamadas realizadas. La última me la había hecho a mí, pero justo antes había realizado tres llamadas casi consecutivas a un número de móvil. Lo señalé con el cursor y pulsé la tecla de llamada.
—¿Qué haces? —susurró Pablo.
Me llevé el índice a los labios y aguardé. La señal sonó varias veces hasta que, de pronto, una voz de hombre respondió en tono desabrido:
—Te he dicho que dejes de llamarme. ¿Qué quieres ahora?
Contuve el aliento.
—¿Adela...? —dijo el desconocido.
Y, tras unos segundos de silencio, colgó.
—¿A quién has llamado? —preguntó Pablo.
—No lo sé —respondí, dejando el móvil sobre una mesa.
A continuación, eché un vistazo al dormitorio y al baño, pero ambos lugares estaban tan en orden como el resto de la casa, así que regresé junto a mi primo y le indiqué con un cabeceo que nos fuéramos. Cuando salimos a la calle, me detuve frente al portal y respiré hondo el frío aire nocturno; aunque cada vez eran más numerosos a mi alrededor, no me acostumbraba a ver cadáveres.
—Bueno, ¿qué? —dijo Pablo—. ¿Llamamos a la policía?
A escasos metros de donde nos encontrábamos había un bar abierto; señalé hacia él y propuse:
—Vamos a tomar algo. Necesito una copa.
Nos sentamos a la barra; yo pedí coñac y Pablo lo mismo. Cuando el camarero sirvió las bebidas, ambos las apuramos de un trago. El alcohol me relajó poco a poco.
—¿Quién crees que la ha matado? —preguntó mi primo—. ¿La Entidad?
—Eso parece.
—¿Y por qué lo han hecho?
Me encogí de hombros.
—Adela estaba implicada —dije—. Supongo que conocía...
Me interrumpí; de repente, una idea había germinado en mi cabeza.
—¿Qué conocía? —insistió Pablo.
—El paradero del manuscrito... —murmuré, pensativa.
A fin de cuentas, Veksler lo conocía y, al parecer, Adela y él tenían algún tipo de relación. Entonces recordé que Adela me había llamado un par de días después de nuestra entrevista para decirme el nombre del pueblo donde estaba la casa de Gálvez; en su momento me pareció extraña tanta amabilidad por su parte, pero ahora estaba clara su intención: quería que encontrase la carta apócrifa de José de Arimatea. Luego, Veksler dio el chivatazo y los hombres de Cherenko registraron mi casa y la oficina, pero no encontraron el documento, porque estaba en la nave de Pablo. Más tarde, recibí el anónimo con las indicaciones para encontrar el segundo manuscrito...
A causa de nuestro inmediatamente posterior secuestro, no me había parado a pensar en aquel anónimo, pero la verdad es que resultaba bastante absurdo, tan melodramático y con esa clave ridícula. Era... novelero. En cualquier caso, ambos documentos habían llegado a mis manos con el único objetivo de involucrarme. Pero la persona que me había metido en aquel asunto fue la marquesa al contratar mis servicios a través de su secretario. Quería que encontrase la casa de campo de Gálvez, porque ahí estaba el primer manuscrito, pero antes de hacerlo entré en el piso del escritor y lo que encontré fue la sangre y los disparos, aunque no el cadáver. Eso apareció después. En cualquier caso, me adelanté a sus planes, hice algo que no esperaban... Pero que no esperaban, ¿quiénes? ¿La marquesa? ¿Veksler? ¿Adela Santos?
No, ninguno de ellos; había alguien más. Alguien que lo controlaba todo desde el principio, alguien que había diseñado el plan, manipulado las pruebas y permanecido todo el tiempo en la oscuridad. La misma persona que había enviado de nuevo el libro de Gálvez a la editorial Grimorio...
—¿Estás pensando o te estás durmiendo? —me interrumpió Pablo.
—Pensando.
—¿En qué?
Dejé el dinero de las consumiciones sobre la barra. —En que tenemos que irnos —dije, echando a andar hacia la salida.
—¿Adónde? —preguntó Pablo, desconcertado. —Al palacio Rocanegra —respondí.
* * *
Aunque Pablo insistió durante todo el trayecto, no le conté nada acerca de mi pequeña teoría; era demasiado retorcida y aún no contaba con ninguna prueba. Lo único que le dije fue:
—Creo que el manuscrito mandeo está en el palacio.
—¿Cómo lo sabes? —replicó mi primo.
No contesté, porque en realidad no lo sabía; pero era la única alternativa lógica, si es que todavía quedaba algo de lógica en aquel asunto. Llegamos al número 2 de la calle del Pastor poco antes de las diez de la noche y aparqué frente al palacio. La zona estaba desierta y silenciosa.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Pablo tras bajarnos del coche.
—Tener una charla con la marquesa —respondí, dirigiéndome a la entrada del palacio.
En una de las jambas del portal había un interfono; pulsé el botón de llamada y aguardé. Nadie respondió. Repetí la operación tres veces, con idénticos resultados, y desistí.
—Es tarde para ir de visita —dijo Pablo—. ¿Por qué no volvemos mañana?
—Porque si estoy en lo cierto, las personas que viven en este palacio corren peligro.
Mi primo se cruzó de brazos y frunció el ceño.
—¿Sabes que estás condenadamente misteriosa esta noche? —dijo.
Sin hacerle caso, me aproximé al coche, trepé al capó y me puse en pie.
—¿Y ahora qué haces? —preguntó Pablo.
—Espiar —respondí, mirando por encima de la valla que rodeaba el recinto.
El palacete estaba completamente a oscuras; sin embargo, se distinguía luz a través de los ventanales de la iglesia y un penacho de humo brotaba de la chimenea. ¿Una reunión de la Sociedad Sigel? ¿A aquellas horas? Bajé de un salto, me aproximé a mi primo, escribí un número de teléfono en un recibo de El Corte Inglés y se lo entregué.
—Escucha —dije—: Éste es el número del inspector Braulio Correa. Tú espérame aquí fuera; si dentro de una hora no tienes noticias mías, llámale y cuéntale lo que ha pasado.
—Espera un momento —me contuvo—. ¿Adónde vas?
—Voy a entrar.
—¿En el palacio?
—Sí.
Me contempló con incredulidad.
—¿Vas a forzar la cerradura?
Le sonreí.
—Tú espérame aquí, por favor —dije.
Luego, me aproximé de nuevo al portal y saqué el juego de ganzúas.
—¿Pero es que te has vuelto loca? —exclamó mi primo, siguiéndome—. No puedes entrar ahí dentro, es ilegal.
—También es ilegal escribir tesis doctorales por encargo —repliqué.
—Pero por hacer eso no me arriesgo a que me peguen un tiro o me envenenen con curare. Joder, Carmen, ¿no habías abandonado el caso?
—Sí, pero ahora sé dónde está el manuscrito, así que renuncio a la renuncia. Además, tengo que avisar a la marquesa del peligro que corre. —Suspiré—. No podemos quedarnos aquí, Pablo, vamos a llamar la atención. Por favor, espérame en el coche.
Dicho esto, me incliné sobre la cerradura y comencé a manipularla con las ganzúas. Al poco, abrí la puerta y eché una ojeada al interior del recinto; el jardín estaba silencioso y oscuro, así que crucé el umbral e intenté cerrar la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo, Pablo se coló por ella.
—¿Qué haces? —pregunté en voz baja.
—Voy contigo —respondió.
—No, quédate fuera.
—De eso nada. Le prometí a tu hermana que cuidaría de ti.
No era cuestión de ponernos a discutir ahí, de modo que, si bien a regañadientes, accedí.
—Como quieras. Pero procura no hacer ruido.
Eché a andar hacia la iglesia.
—¿Adónde vas? —me contuvo Pablo—. La casa está al otro lado.
—Hay una iglesia al fondo, tras esos árboles —susurré—; antes he visto que había luz dentro. Y cállate de una vez.
Amparándonos en la oscuridad, avanzamos por el jardín siguiendo el trazado de la valla. Caminábamos despacio, sigilosamente, ocultándonos tras los árboles y los setos; aun así, el silencio que nos rodeaba era tan absoluto que hasta el siseo de nuestra respiración se me antojaba estruendoso. Finalmente, nos detuvimos al llegar al grupo de abetos y contemplamos la iglesia. No se veía a nadie ni se oía nada, pero las luces del interior del edificio estaban encendidas.
Entonces, de repente, el intenso resplandor de un foco incidió sobre nosotros, cegándonos, y una voz ordenó:
—Quietos ahí. Y arriba esas manos, que podamos verlas.
* * *
Eran tres hombres jóvenes. Tenían el pelo corto y vestían ropa deportiva de marca; al menos uno de ellos llevaba un Rolex en la muñeca. Parecían tres veinteañeros de clase alta, de esos que puedes encontrarte cualquier día en el VIPS o en el barrio de Salamanca; la única diferencia era que éstos iban armados. Uno, el que sostenía el foco, empuñaba una automática; los otros dos llevaban rifles de caza. No nos preguntaron nada ni nos permitieron hablar; se limitaron a trabarnos las muñecas a la espalda con esposas de plástico y a advertirnos que permaneciéramos inmóviles y callados. Luego, uno de ellos entró en la iglesia, para volver a salir apenas un minuto después.
—Seguidme —ordenó.
Escoltados por nuestros captores, entramos en el templo. Había cinco personas en el interior; en el lado derecho del altar, donde aún estaba la mesa de conferencias, se hallaba Joáo Oliveira, uno de los dos acompañantes de Vargas. Permanecía de pie, apoyado en su bastón, mirándonos con gravedad. En el otro extremo, junto a la primera fila de bancos, había una pareja de jóvenes armados y, a su lado, dos personas: una era la marquesa, sentada en su silla de ruedas, con la mirada perdida al frente y una expresión de dignidad ofendida instalada en el rostro; junto a ella, sentado en un banco con las manos atadas a la espalda, un hombre de cuarenta y tantos años, de pelo oscuro y ensortijado, nos contemplaba con expresión de desvalido terror. En la chimenea, una pila de troncos ardía con un suave crepitar.
Uno de los jóvenes, el de la pistola, nos obligó a sentarnos en un banco de la primera fila, a unos tres metros de distancia de los otros dos rehenes, y luego abandonó el templo junto con sus compañeros. Miré a Oliveira e inicié una pregunta:
—¿Qué van a...?
—¡Silencio! —bramó uno de los guardianes—. ¡No abráis la boca a menos que os pregunten!
Dejé escapar un suspiro y me quedé mirando fijamente al cuarentón que permanecía sentado junto a la marquesa. Aunque se había afeitado la barba, no era difícil reconocerle.
—¿Quién es? —susurró Pablo.
Esbocé una sonrisa que me salió un poco amarga y respondí en voz baja:
—Sebastián Gálvez.
11
Durante un buen rato permanecimos en el interior de la iglesia sin hacer ni decir nada. La marquesa, sentada en su silla de ruedas, se mantenía impasible, distante, como si su dignidad de aristócrata fuera un escudo que la protegiese de aquel secuestro. Gálvez, sentado junto a ella, mantenía la cabeza gacha y de vez en cuando miraba a un lado y a otro sin atreverse a posar los ojos en ninguna parte. La pareja de jóvenes guardianes, armados con rifles de caza, se mantenía en pie, pendientes de nosotros, sus rehenes. En cuanto a Oliveira, paseaba de un extremo a otro de la iglesia haciendo repicar su bastón contra las losas del suelo.
Al cabo de quizá veinte minutos, la puerta se abrió y Abraham Vargas entró en el templo acompañado por Zhang Wei. Mientras el asiático se situaba junto a los guardianes, Vargas se aproximó a Oliveira y habló con él en voz baja; luego, se volvió hacia nosotros y nos contempló en silencio. Al fijar en mí la mirada, dijo con expresión afligida:
—Lamento verla aquí, señora Hidalgo.
—Más lo lamento yo, señor Vargas —respondí.
—¿Por qué ha venido?
—Para advertirle a la señora Santaclara del peligro que corría. ¿Qué van a hacer con nosotros?
Ignorando mi pregunta, Vargas se quitó el abrigo y lo dejó sobre un banco. Luego, se giró hacia el escritor y le miró con una ceja levantada.
—Esto sí que es una sorpresa, señor Gálvez —dijo—. Todo el mundo creía que estaba usted muerto.
Gálvez abrió la boca para decir algo, pero, tras un titubeo, la volvió a cerrar y dejó caer la cabeza. Tenía el rostro desencajado. Vargas dejó escapar un suspiro y paseó la mirada en derredor hasta centrarla en la runa de bronce que presidía el altar; entonces, volviéndose hacia la marquesa, preguntó:
—Dígame, señora Santaclara: ¿encuentra algún placer morboso en profanar una iglesia cristiana convirtiéndola en un templo pagano?
La anciana, imperturbable, mantuvo la mirada perdida en algún lugar impreciso situado frente a ella. Ni siquiera parecía haber oído la pregunta. Vargas sacudió la cabeza, se sentó al lado de Gálvez y le dedicó una sonrisa paternal.
—¿Sabe quiénes somos, señor Gálvez? —preguntó.
El escritor asintió con un vacilante cabeceo.
—¿Y sabe lo que eso significa?
Gálvez tragó saliva antes de responder.
—Sí, lo sé y... y estoy dispuesto a colaborar. —La voz le temblaba—. Haré todo lo que ustedes me pidan.
—¡Sebastián! —restalló la marquesa—. Un poco de dignidad, por favor; no te rebajes a tratar con esa chusma.
Gálvez miró a la anciana con desvalimiento.
—Esto se ha acabado, María Eugenia —dijo—. Hemos perdido y no hay nada que hacer. Debemos colaborar con ellos.
Como si de repente el aire se hubiera impregnado de un olor desagradable, la anciana arrugó la nariz y devolvió la mirada al limbo en que había permanecido hasta entonces. Vargas palmeó afectuosamente una rodilla de Gálvez.
—Ésa es la actitud que esperaba, Sebastián —dijo—. ¿Puedo llamarle por su nombre?
—Claro...
—Bien, Sebastián —prosiguió Vargas en tono apacible—, reconozco que me muero de curiosidad por conocerlos detalles de su inesperada resurrección. ¿Sería tan amable de contarnos la historia desde el principio?
Gálvez parpadeó con nerviosismo, tragó de nuevo saliva y comenzó a hablar.
La primera parte de su relato ya la conocía. A comienzos de año, Andrés Escobar se puso en contacto con él y le habló de los mandeos y del manuscrito; de hecho, Escobar pensaba que Gálvez conocía el asunto, pero no era así, jamás había oído hablar del manuscrito mandeo. En cualquier caso, al escritor le fascinó la historia y decidió asociarse con Escobar para escribir un libro sobre el tema y buscar las pruebas que lo apoyasen. Medio año después, Gálvez tenía el libro casi terminado, pero no habían encontrado el menor rastro del manuscrito, ni siquiera una mera referencia, nada, y sabía que, sin pruebas, el libro sólo sería un texto sensacionalista más. Así que decidió publicar un anuncio en un periódico de tirada nacional; no esperaba obtener ningún resultado, pero dos días después de la aparición del anuncio, Yuri Veksler le telefoneó para hablarle de los documentos del Proyecto Resurrección.
Gálvez examinó los manuscritos en Kirov y descubrió que dos de ellos eran falsos, pero el tercero, el texto mandeo, era auténtico. Por desgracia, no disponía ni remotamente del millón y medio de dólares que pedía Cherenko por los documentos. Entonces, Gálvez habló con Veksler y le explicó que el manuscrito mandeo valía mucho más de un millón y medio, algo que Cherenko ignoraba porque lo consideraba tan falso como los otros dos documentos.
Según el escritor, la idea de robar los manuscritos fue de Veksler, aunque probablemente sólo intentaba sacudirse la responsabilidad arrojándola sobre el ruso. En cualquier caso, entre los dos diseñaron un plan para apoderarse del manuscrito. Gálvez solicitaría examinar de nuevo los documentos y los robaría; luego, desaparecería fingiendo su muerte. Para ello, utilizarían un cadáver de más o menos la misma complexión y aspecto que el escritor, dejarían restos orgánicos suyos —pelos, recortes de uñas— en el piso, para que sirvieran de muestra en las pruebas de ADN, simularían un asesinato y finalmente abandonarían el cuerpo desfigurado en algún lugar.
—Disculpe un momento, Sebastián —le interrumpió Vargas—. ¿Un cadáver? ¿De dónde lo sacaron?
Gálvez se revolvió en el banco.
—No lo sé —respondió—. De eso se ocupó Veksler.
Vargas puso cara de perplejidad.
—Pero necesitaban un cuerpo muy reciente, con la sangre todavía sin coagular. Y, además, parecido a usted. La verdad, sólo se me ocurre una forma de conseguir algo así. ¿Asesinaron a un inocente con el único objetivo de simular su muerte, Sebastián?
El escritor se pasó la lengua por los labios. Estaba cada vez más pálido.
—Yo no tu—tuve nada que ver, se lo juro —tartamudeó—. Fue idea de Veksler, él lo hizo todo...
—¿Quién era? —le interrumpió Vargas.
—¿Qué...?
—El hombre al que asesinaron. ¿Quién era?
Gálvez dejó caer la cabeza sobre el pecho.
—No lo sé... —musitó con un hilo de voz—. Veksler dijo que era un emigrante sin papeles... Nadie...
—Nadie no —replicó Vargas con el rostro, por lo usual afable, transformado ahora en una máscara de severidad—: Era un ser humano inocente. —Respiró hondo y añadió—: Continúe, por favor.
El escritor intentó tragar saliva, pero debía de tener la boca seca, pues prosiguió el relato con voz progresivamente pastosa. Después de robar los documentos, Gálvez se ocultó en el palacio Rocanegra. Entonces pusieron en marcha la segunda parte del plan; sabían que Cherenko no dejaría títere con cabeza hasta vengar la afrenta de aquel robo, así que lo dispusieron todo para desviar la atención hacia un tercero. Hacia mí. Contrataron los servicios de la agencia e hicieron todo lo necesario para ha—cerme llegar los dos documentos falsos y luego darle el chivatazo a Cherenko.
—¿Por qué eligieron la empresa de la señora Hidalgo? —preguntó Vargas.
—Es una agencia de detectives pequeña —respondió Gálvez—, con pocos recursos. Además, la propietaria es una mujer y... pensamos que sería más fácil de manejar.
De haberle tenido cerca, creo que le habría dado una patada en donde más le doliese; aquel tipo miserable me había metido en el mayor lío de mi vida sólo porque yo era una mujer. Reconozco que me alegré de que ese cerdo machista lo estuviese pasando tan mal en aquel momento.
—Pues parece que se equivocaron —dijo Vargas—. La verdad es que le hemos encontrado gracias a la señora Hidalgo.
—Todo salió mal desde el principio —prosiguió Gálvez con abatimiento—. Esa mujer entró en mi piso antes de encontrar la casa de Sobremonte y eso no estaba previsto. Luego..., no sé bien qué paso. Los hombres de Cherenko la llevaron a su empresa, pero uno de ellos la rescató y se enfrentó a la organización. Hace dos días asesinaron a Veksler... no sé quién lo hizo.
Sobrevino un silencio matizado por el crepitar del fuego que ardía en la chimenea.
—¿Eso es todo? —preguntó Vargas.
—Sí...
—¿Seguro? ¿No hay nadie más implicado?
—No. Sólo Veksler, la señora Santaclara y yo...
—Ya no hace falta que la proteja —dije en voz alta—. Adela Santos ha muerto.
Gálvez se me quedó mirando demudado, con los ojos muy abiertos.
—¿Ha muerto...? —musitó.
—La señora Hidalgo nos condujo a Adela Santos y Adela Santos nos condujo a usted —dijo Vargas—. ¿Por qué la implicó?
El escritor apretó los labios y entrecerró los ojos; parecía a punto de echarse a llorar.
—Éramos pareja... —dijo en voz baja—. Se lo conté todo y luego... Yo no me fiaba de Veksler; al fingirme muerto, él podría traicionarme y deshacerse de mí fácilmente, así que... Habíamos planeado que me escondiese en mi casa de campo, pero en vez de eso me oculté aquí, en el palacio. Veksler no lo sabía, ni conocía a la señora Santaclara, y la única forma que tenía de contactar conmigo era por teléfono, a través de Adela...
—De modo que también le traicionó a él.
—No... sólo quería protegerme...
Ocultándose detrás de una... no, de dos mujeres, pensé con desdén.
—Bien, Sebastián —dijo Vargas en un tono cada vez menos afable—. ¿Qué pensaba hacer con el manuscrito?
—Venderlo...
—¿A quién?
—No sé... en una subasta...
—¿Ah, sí? —Vargas le dirigió una mirada cargada de escepticismo—. ¿Y cómo pensaba hacerlo? Se suponía que usted estaba muerto, de modo que no podía resucitar de repente. —Frunció el ceño—. Yo creo que su propósito era otro. Al parecer, tenía usted mucho interés en que su libro sobre los mandeos se publicase. Quería llamar la atención de ciertos estamentos, ¿verdad? Luego, se pondría en contacto con las personas adecuadas y les pediría dinero a cambio de no hacer público el manuscrito. Supongo que la señora Santaclara esperaba solucionar de ese modo los problemas con la herencia de su esposo. En resumen, planeaban chantajear a la Iglesia.
—No, yo... —protestó Gálvez.
—Pero ya da igual —le interrumpió Vargas, incorporándose—. Centrémonos en lo importante: ¿dónde está el manuscrito?
—Ni se te ocurra decírselo, Sebastián —ordenó la marquesa.
Pero Gálvez estaba demasiado asustado para ofrecer la más mínima resistencia, así que, ignorando a la anciana, dijo:
—Está ahí, en el altar.
Vargas miró en la dirección que indicaba el escritor.
—¿Dónde? —preguntó.
—En el sagrario. Hay una caja fuerte oculta.
Vargas se aproximó al altar y abrió la dorada puertecita del sagrario. En su interior no se veía nada.
—Corra el panel del fondo —le indicó Gálvez.
Vargas introdujo una mano en el sagrario y desplazó el panel, dejando al descubierto la puerta de una pequeña caja de caudales.
—Me has decepcionado, Sebastián —dijo la marquesa con una mezcla de irritación y amargura—. No te consideraba un cobarde.
Gálvez desvió la mirada y guardó silencio. Vargas profirió un triste suspiro, como un padre apenado por el comportamiento de sus hijos.
—Una caja fuerte en el lugar más sagrado del altar —murmuró—. Qué sacrilegio, Dios mío... —Movió la cabeza de un lado a otro—. En fin, ahora necesitamos la llave y la combinación.
—La señora Santaclara tiene la llave —dijo rápidamente Gálvez—. La lleva al cuello, colgando de una cadena.
Vargas le hizo un gesto a uno de los guardianes; el joven se aproximó a la marquesa, pero ésta le contuvo con un gesto.
—Ni se te ocurra tocarme —advirtió.
A continuación, altiva como una reina, se llevó las manos al cuello, desabrochó una cadenita de oro y le entregó la llave al joven, que acto seguido procedió a dársela a Vargas.
—Ahora falta la combinación —dijo éste, mirando a Gálvez.
—Yo no la sé —aseguró el escritor—. Sólo ella la conoce.
Vargas volvió la mirada hacia la marquesa, expectante.
—Jamás os la diré —repuso la anciana con firmeza.
Vargas suspiró y se volvió hacia el escritor.
—¿Dónde está el manuscrito de su libro y el material que ha usado para escribirlo, Sebastián? —preguntó.
—En el ordenador —respondió Gálvez al instante—. Está en mi dormitorio del palacio.
—¿Hay alguna copia más?
—Las que envié a la editorial.
Vargas asintió, complacido, se aproximó a Oliveira y le dijo algo en voz baja. Oliveira, siempre inexpresivo, dejó el bastón sobre la mesa de conferencias, sacó del bolsillo una pistola y comenzó a enroscar un silenciador en el extremo del cañón. Vargas se acercó entonces a la marquesa e, inclinándose sobre ella, preguntó:
—¿Cuál es la combinación?
La marquesa le miró con desdén.
—No me das miedo —dijo—. Podéis matarme si queréis, pero no lograréis hacerme hablar.
En silencio, Vargas apoyó las manos en los brazos de la silla de ruedas y clavó en la anciana una mirada capaz de arrancar chispas a un pedernal. Entonces, Oliveira, que acababa de enroscar el silenciador al cañón, alzó el arma, apuntó a Gálvez y le descerrajó un tiro en la cabeza.
El rostro del escritor aún mostraba una expresión de sorpresa mientras su cuerpo se desplomaba sobre el frío suelo de piedra.
* * *
Durante unos segundos, todos, incluso los dos guardianes, nos quedamos mirando estupefactos el cadáver de Gálvez; sólo Vargas lo ignoró, manteniendo los ojos fijos en la marquesa.
—Escúcheme bien, señora —dijo, sin el menor vestigio de afabilidad en la voz—: Ustedes son enemigos de la fe, siervos de la oscuridad, el mal encarnado. No se confunda, no crea que por ser una mujer, una anciana, voy a sentir piedad, porque no la merece. Para nosotros, eliminarla sería tan reprobable como aplastar la cabeza de una víbora, así que présteme mucha atención: con o sin su ayuda, abriremos esa caja fuerte, pero si usted no colabora, seguirá la misma suerte que su amigo, sólo que de forma mucho más lenta y dolorosa. Se lo preguntaré una vez más, la última: ¿cuál es la combinación?
El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que casi parecía palpable. La marquesa, cuyo rostro había palidecido, contempló, ya sin rastro de altivez, los ojos de Vargas y lo que vio en ellos no debió de gustarle nada, pues dejó caer la cabeza y pronunció lentamente los ocho números de la combinación. Inmutable, Vargas, se aproximó a la caja fuerte, marcó las cifras, introdujo la llave y abrió la puerta blindada; luego, metió la mano en el cofre y extrajo su contenido.
Ésa fue la primera vez que vi una copia completa del manuscrito mandeo. La verdad es que no parecía gran cosa; era un viejo pergamino enrollado sobre sí mismo y estaba metido en una bolsa de plástico transparente, de esas que se utilizan para congelar los alimentos. Vargas se aproximó al hierático y silencioso Zhang Wei y se lo entregó; el asiático se sentó a la mesa, extrajo el pergamino de la bolsa y lo extendió frente a él; a continuación, abrió su cartera y sacó de ella una serie de objetos que depositó sobre la mesa, junto al documento. Entre ellos había una lupa con luz; la encendió y comenzó a examinar con su ayuda el manuscrito. Pablo me miró de reojo y susurró:
—Mi padre no debió casarse con tu tía.
—¿Y eso?
—Si no lo hubiese hecho, yo no estaría aquí.
Uno de los guardianes nos ordenó de muy malas maneras que cerráramos la boca, así que la cerramos. Durante unos cinco minutos, Zhang permaneció inmerso en la lectura del manuscrito; luego, dejó a un lado la lupa, destapó un frasquito y, con un cuentagotas, aplicó un poco del líquido que contenía en un borde del pergamino. Tras esperar un par de minutos, se puso unas gafas similares a las de soldadura y, bajo la luz violeta de un pequeño foco, escrutó con minuciosidad la superficie del documento, tanto por delante como por detrás. Finalmente, el asiático se quitó las gafas y, mirando a Vargas, asintió con la cabeza.
Vargas cogió entonces el manuscrito y lo sostuvo entre el índice y el pulgar por un extremo, como si fuera un trapo sucio que le asqueara tocar.
—¿Esto es lo que buscabais? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular—. ¿Valían la pena tantas penalidades y esfuerzos por un puñado de mentiras?
Lentamente, se aproximó a la chimenea y, sin el menor atisbo de duda, arrojó el manuscrito a las llamas. Pablo, que hasta entonces había soportado con estoicismo aquella comprometida situación, profirió un gemido que le salió parecido a un sollozo. El pergamino no es un material que arda fácilmente, así que el documento tardó cuatro o cinco minutos en ser pasto de las llamas. Pasado ese tiempo, Vargas esparció las cenizas con un atizador y regresó junto a sus hombres.
—¿Qué habéis hecho con mis sirvientes? —preguntó la marquesa en tono gélido.
—Están encerrados en el palacio —respondió Vargas—. No les sucederá nada.
La anciana soltó una risa semejante al graznido de un cuervo.
—Me extraña —le espetó—. Sois unos asesinos; sólo conocéis el lenguaje de la tortura y la muerte, sois inquisidores. ¿Y tú me llamas a mí sierva de la oscuridad? ¡La única oscuridad que hay aquí es la de vuestras podridas almas!
Vargas volvió la mirada hacia Oliveira y cabeceó levemente. Oliveira alzó entonces la pistola y, con toda naturalidad, le disparó a la marquesa en la frente. La cabeza de la anciana salió violentamente despedida hacia atrás y, después de una sacudida, se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el techo y la sangre empapándole el pelo y la cara, como una gárgola orientada hacia el cielo.
—¡Joder! —masculló Pablo.
Girándose hacia nosotros, Vargas preguntó:
—¿Sois creyentes?
Tragué saliva.
—Escuche —dije, procurando prestarle a mi voz una firmeza que estaba muy lejos de sentir—: En mi oficina están al corriente de todas mis averiguaciones; saben que hemos venido aquí esta noche y si no tienen noticias nuestras...
—No te esfuerces —me interrumpió—. Nadie sabe dónde estás ni qué te proponías hacer. De hecho, le has ocultado la mayor parte de la investigación al señor As—tray, tu colaborador más próximo.
Dejé caer los hombros, derrotada.
—No conocemos el contenido del manuscrito —aduje en tono casi suplicante—. Ni siquiera sabemos quiénes son ustedes...
—Lo sé —repuso Vargas en tono contrito—. Aun así, os habéis entrometido demasiado. Lo siento. Si sois creyentes, disponéis de unos segundos para poner en paz vuestras conciencias.
A juzgar por su expresión, aquel tipo lo sentía de verdad; realmente le apenaba matarnos, pero eso no le iba a impedir hacerlo. Contemplé el cadáver de Gálvez, desmadejado sobre el suelo, y luego el cuerpo de la marquesa, con el rostro hacia arriba, como la foto de una momia precolombina que había visto en la revista National Geographic. Entonces supe que iba a morir. Aquella certeza no me produjo miedo, ni desolación, sino un profundo sentimiento de irrealidad. Eso no podía pasarme a mí, pensé, no estaba preparada para la muerte; aún tenía muchas cosas que hacer, muchos errores que enmendar...
De pronto, a mi primo se le cruzaron los cables.
—¡Bueno, ya está bien! —exclamó, poniéndose en pie.
Acto seguido, echó a andar dignamente hacia la salida; pero, no había dado ni tres pasos, cuando Oliveira le disparó, derribándole al suelo. Ahogué un grito.
—¡La hostia puta! —exclamó Pablo, retorciéndose sobre las losas con las manos a la espalda y un brazo empapado en sangre.
Oliveira avanzó un paso y encañonó a mi primo, dispuesto a rematarle.
Entonces sucedieron varias cosas a la vez. Primero, se oyeron unos disparos procedentes del jardín, simultáneamente sonaron voces y gritos y, sin solución de continuidad, la puerta se abrió bruscamente y cuatro hombres armados con subametralladoras entraron a la carrera en la iglesia. Vestían uniformes negros y llevaban chalecos antibalas, cascos y gafas.
—¡Tirad las armas! —gritó uno de ellos.
Tan rápido que casi no pude percibir el movimiento, Oliveira volvió su pistola hacia los uniformados y disparó, abatiendo a uno de ellos. Automáticamente, los otros tres dispararon contra Oliveira, que cayó al suelo en medio de una lluvia de sangre y balas. Demudados, los dos guardianes dejaron caer sus fusiles y alzaron las manos, al tiempo que Vargas sacaba del bolsillo un pasaporte y lo esgrimía por encima de la cabeza gritando:
—¡Tengo inmunidad diplomática!
De repente, la iglesia se llenó de uniformes negros con la palabra «POLICÍA» rotulada en el pecho y la espalda. Eran geos, miembros del Grupo Especial de Operaciones. Me incorporé e intenté aproximarme a Pablo, que seguía tirado en el suelo, pero dos agentes me cogieron por los brazos y me sacaron a la carrera del templo. El jardín estaba infestado de policías; intenté detenerme, pero los agentes, siempre silenciosos, me llevaron en volandas hasta la calle y se detuvieron junto a un furgón policial. Una vez allí, me quitaron las esposas con una cizalla e, ignorando mis protestas, me introdujeron en la parte trasera del furgón y cerraron las puertas.
* * *
Permanecí encerrada en el vehículo policial por espacio de una hora; durante ese tiempo nadie me prestó la más mínima atención y, al final, a punto estuve de ponerme a dar gritos para que me hicieran caso, porque no sólo me estaba quedando helada, sino que además tenía la cada vez más imperiosa necesidad de ir al servicio. Afortunadamente, cuando estaba a punto de hacerme pis encima, alguien abrió las puertas del furgón; era el inspector Braulio Correa.
—Buenas noches, Carmen —me saludó, con una sonrisa irónica bailándole en los labios—. Anda, sal de ahí.
Bajé del vehículo y le miré con extrañeza.
—No esperaba verte aquí —dije—. ¿Estás al mando de la operación?
—Qué va. Sólo soy un asesor, o algo así. Precisamente vengo a buscarte porque el jefe de este circo quiere charlar contigo. Está en el palacete.
—¿Quién es? —pregunté.
—León Quiroga, te hablé de él.
—¿El agente del CNI?
—El mismo.
—Vaya, me siento importante. Una pregunta: ¿cómo es que estáis aquí? Entiéndeme, jamás me he alegrado tanto al ver a la policía, pero ¿cómo es que habéis intervenido?
—Te seguían.
—¿Vosotros?
—No, los de Inteligencia. Te vieron forzar la entrada del palacio y luego vieron aparecer a Vargas. Entonces saltaron todas las alarmas.
—Afortunadamente.
—Sí, tienes suerte. Anda, vámonos, que el capitán Misterio se estará impacientando.
Echamos a andar hacia el palacio. En el jardín ya sólo quedaban cuatro o cinco policías, pero las luces del edificio principal estaban encendidas y se apreciaban signos de ajetreo en el interior.
—¿Y Pablo Sesma? —pregunté mientras caminábamos.
—Tiene herido un brazo; nada grave, sobrevivirá. Lo han llevado a un hospital.
—Oliveira disparó a uno de los agentes. ¿Cómo está?
—Contusionado, pero bien. El chaleco paró la bala.
—¿Y Oliveira?
—Fiambre —respondió Braulio con policial laconismo.
Dos agentes montaban guardia en la puerta; entramos en el palacio y nos dirigimos hacia las habitaciones del fondo. Se oían voces y ruidos, pero no nos cruzamos con nadie.
—Necesito ir al servicio urgentemente —susurré entre dientes.
Braulio me condujo a un anticuado cuarto de baño situado en la planta baja. Después de aliviar mi maltrecha vejiga, me miré en el espejo; tenía un aspecto horrible, despeinada y con el maquillaje corrido, pero mi bolso había desaparecido, así que tuve que conformarme con eliminar las manchas de rímel usando papel higiénico y arreglarme someramente el pelo con los dedos. Al salir, Braulio me llevó a una sala de estar donde un tipo de cuarenta y tantos años cubierto con un gabán beige hablaba por teléfono móvil mientras recorría la estancia de un extremo a otro.
El tipo —supuse que era el agente del CNI— nos indicó con un gesto que aguardáramos y prosiguió su conversación en voz baja. Un minuto después, guardó el móvil y se aproximó a mí con la mano tendida y una sonrisa en los labios.
—Buenas noches, señora Hidalgo —me saludó, estrechándome efusivamente la mano—. Por fin nos conocemos. ¿Está usted bien?
—Sí, gracias.
—Me alegro, me alegro mucho. En fin, lamento molestarla después del mal trago que ha pasado, pero me temo que es necesario. ¿Tiene inconveniente en que charlemos un rato?
—No.
—Perfecto. —Se volvió hacia Braulio—: ¿Le importaría dejarnos solos, inspector Correa?
El policía asintió levemente y abandonó la estancia, cerrando la puerta al salir. Quiroga, siempre sonriente, señaló un par de butacas de cuero que había en un rincón de la sala, a ambos lados de un velador.
—¿Nos sentamos, señora Hidalgo? —propuso.
Me acomodé en uno de los sillones. Quiroga se despojó del gabán y se sentó frente a mí; llevaba un traje azul marino que le quedaba mal y una horrible corbata amarilla con dibujos de sirenas y tritones. Estaba pasado de peso, tenía una calva en la coronilla y sus zapatos eran de saldo; en conjunto, parecía más un oficinista de la posguerra que un agente secreto.
—Tenga, señora Hidalgo —dijo, ofreciéndome una tarjeta de visita.
En el rectángulo de cartulina sólo aparecía el redondo logotipo azul, blanco y rojo del Centro Nacional de Inteligencia y un nombre: «León Quiroga», pero nada de cargos, teléfonos ni direcciones.
—A sus padres debían de gustarles mucho las coplas —comenté mientras guardaba la tarjeta en un bolsillo.
Quiroga se echó a reír.
—Lo dice por mi nombre y mi apellido —repuso—. Falta Quintero, ¿verdad? Todo el mundo bromea con eso. —Volvió a reír. Luego, se aclaró la voz con un carraspeo y dijo—: Bueno, señora Hidalgo, es tarde y todos queremos irnos a casa lo antes posible, así que vamos a meternos en faena. Menuda historia esta, ¿no es cierto?
—Sí...
—¿Por qué no me la cuenta?
—¿Qué?
—La historia, su implicación en este desagradable asunto. Por favor, cuéntemelo todo desde el principio.
Era un relato condenadamente largo, así que me recliné en la butaca y comencé a hablar. Quiroga sacó del bolsillo interior de la americana una libreta y un bolígrafo Bic y se puso a tomar notas; de vez en cuando me interrumpía para que le aclarase o ampliase algún punto. Al cabo de unos minutos, la puerta se abrió, dando paso a un policía uniformado que le entregó una carpeta a Quiroga y abandonó acto seguido el salón. El agente del CNI dejó la carpeta sobre el velador y me invitó a proseguir con un ademán. Se lo conté todo, desde que el hombre-topo entró en mi despacho hasta que los geos irrumpieron en la iglesia. Finalmente, cuando acabé de narrar mi versión de los hechos, Quiroga se me quedó mirando con las cejas alzadas y una expresión de asombro en el rostro.
—Lo dicho, señora Hidalgo —comentó—: Menuda historia. —Desvió la mirada y se frotó la nuca, pensativo—. Todo este asunto es un lío espantoso, ¿sabe?; un verdadero follón. Tengo ahí a nueve detenidos (dos de ellos heridos de bala) y tres cadáveres.
—Cuatro, contando con el de Adela Santos —le corregí.
—Es cierto, lo había olvidado.
—Y dos más, si añade los asesinatos de Germán Bosco y Andrés Escobar.
—En efecto, un montón de cadáveres. La cuestión, precisamente, es que todavía no sé a ciencia cierta qué hacer con ellos.
Parpadeé, confundida.
—No le entiendo...
Quiroga se cruzó de brazos y puso cara de estar superado por los acontecimientos.
—Verá, en este asunto hemos tropezado con un problema muy espinoso. Esos hombres, por ejemplo el que usted conoce como Vargas...
—¿Sí?
—No podemos detenerles.
—¿Por qué?
—Digamos que poseen un grado muy alto de inmunidad. Podríamos expulsarles del país, por supuesto (de hecho, lo haremos), y acusarles de todas esas muertes, pero no conseguiríamos nada. Al contrario, lo único que logra—riamos es montar un escándalo y organizar un conflicto internacional.
—¿Y eso a qué se debe? —pregunté con el ceño fruncido; estaba empezando a mosquearme—. ¿Es porque pertenecen a La Entidad?
La cara de inocencia que puso Quiroga fue tan convincente que casi me la tragué.
—¿La Entidad...? —dijo con extrañeza.
—La Santa Alianza —aclaré.
El agente del CNI se echó a reír.
—La Santa Alianza no existe, señora Hidalgo. Olvide esos cuentos de conspiraciones; el asunto es más sencillo: tanto Zhang como Vargas tienen inmunidad diplomática; en cuanto a los chavales que les acompañaban, podríamos acusarlos de allanamiento de morada, secuestro, intimidación y resistencia a la autoridad, pero poco más.
—¿Qué país les proporciona la inmunidad? —pregunté—. ¿El Vaticano?
—Eso no importa, señora Hidalgo. El caso es que no podemos emprender ninguna acción legal contra ellos.
Sonreí con amargura.
—Entonces, esos crímenes quedarán sin castigo, ¿no?
Quiroga puso cara de circunstancias.
—Yo no lo veo así —dijo—. Por lo que sabemos, el brazo ejecutor de todos los asesinatos fue el hombre al que conocemos por Oliveira, y está muerto. ¿Qué peor castigo podía tener?
—Era Vargas quien daba las órdenes —objeté.
—Ya. —Se encogió de hombros—. Pero es intocable. —Me sonrió con simpatía—. El caso es que este lío excede las competencias de todo el mundo, incluyendo a la policía; por eso me han enviado aquí, para que intente arreglarlo. Así que vamos a ver cómo podemos plantear el asunto. En primer lugar, Vargas, Oliveira y Zhang no existen; jamás unos extranjeros con esos nombres han entrado en España. Por otro lado, tenemos cuatro cadáveres. El de Sebastián Gálvez no cuenta, porque supuestamente ya estaba muerto.
Adela Santos ha fallecido... digamos que de un infarto; estaba gruesa y bebía mucho, así que no es de extrañar. En cuanto a los otros dos cuerpos, me parece que los hechos sucedieron de la siguiente manera: unos ladrones entraron en el palacio, encerraron a la servidumbre y secuestraron a la marquesa. Pero pasó por allí una patrulla, los policías se mosquearon por algún motivo, penetraron en el palacio, se enfrentaron con los ladrones y, en el curso de la refriega, tanto la marquesa como uno de los delincuentes, Oliveira, resultaron abatidos por los disparos; el resto de los malhechores pudo escapar. —Satisfecho de sí mismo, entrecruzó los dedos de las manos y preguntó—: ¿Qué le parece, señora Hidalgo?
No era la primera vez que vivía una situación semejante, de modo que lo que se proponía hacer el agente del CNI, ocultar el asunto bajo un manto de mentiras, me resultaba tristemente familiar. Dicen que la justicia es ciega, y debe de serlo para no ver todas las trampas y fraudes que se cuecen, no sólo a su alrededor, sino directamente en su nombre. La ley es inflexible con los débiles y sumisa con los poderosos, pensé. Y sentí que se me revolvía el estómago.
—¿Que qué me parece? —dije—. Vomitivo.
Quiroga hizo un gesto de resignación.
—Pero verosímil —replicó—. Mire, si quiere que le sea sincero, me encantaría darles una lección a esos tipos. No me gustan ni me gusta lo que han hecho y, en un mundo perfecto, la justicia se abatiría sobre ellos como un mazo. —Suspiró—. Pero éste no es un mundo perfecto, qué le vamos a hacer, y nos guste o no, esos sujetos están fuera del alcance de la ley. Por tanto, ¿qué sentido tendría airear un asunto en el que tenemos las manos atadas?
—¿Que se conociera la verdad, por ejemplo? —repliqué.
Me miró con indulgencia, como si le enterneciera mi ingenuidad.
—No quisiera que me tomase por un cínico —dijo—, pero me temo que la verdad no es más que lo que aparece en los medios de comunicación.
Cerré los ojos y me los froté con el índice y el pulgar. Estaba cansada y no tenía sentido seguir discutiendo con aquel hombre, así que dije:
—Vale, como usted quiera. ¿Puedo irme ya?
—Sí, sí, por supuesto; en cuanto cumplimentemos un pequeño trámite. —Cogió la carpeta que descansaba sobre el velador, sacó de ella un folio impreso y me lo tendió—. Necesito que firme esto, señora Hidalgo —dijo.
Cogí la hoja y la leí; venía a decir, en resumen, que si firmaba el documento me comprometería a no divulgar nada de lo que había ocurrido aquella noche. En caso de incumplimiento... en fin, me meterían en una celda y tirarían la llave por el retrete. Dejé el folio sobre el velador y le dediqué a Quiroga una sonrisa neutra.
—¿Sabe una cosa? —dije—. Como miembro del CNI usted no tiene la menor autoridad sobre mí.
—Es cierto, no le falta ni un pelo de razón —repuso con aire risueño—. Es más, tampoco tengo autoridad sobre todos esos policías que están ahí fuera. Y sin embargo... —Puso cara de pasmo—. Sin embargo, hacen todo lo que les digo, es sorprendente. —Extendió las manos, mostrando las palmas en señal de franqueza—. No le pedimos que mienta, señora Hidalgo; sólo que tenga la boca cerrada.
—¿Y si me niego a firmar? —pregunté.
Quiroga se llevó una mano a la cabeza en un gesto de exagerada pesadumbre.
—Entonces —dijo en tono contrito—, no me quedaría más remedio que ir a por usted, señora Hidalgo, hacerle la vida imposible. Y no me limitaría a retirarle la licencia de detective, ni mucho menos; la hundiría en la mierda tan profundamente que no podrían rescatarla ni con un batiscafo. Por ejemplo, usted podría ser la asesina de la señora Santaclara; quizá estaba conchabada con Oliveira, quién sabe. La historia se complicaría, pero seguiría siendo verosímil. —Inspiró una profunda bocanada de aire y la exhaló con afligida lentitud—. Pero no me gustaría llegar a eso. Es más, me parece una vergüenza que, en una democracia, un tipo como yo pueda cometer semejantes tropelías. Por desgracia, no sólo podría hacerlo, sino que sería mi deber. —Se inclinó hacia mí con una sonrisa que irradiaba simpatía—. Firme ese documento, señora Hidalgo; por favor, no me obligue a convertir su vida en un infierno.
En fin, eran unos argumentos condenadamente convincentes.
—¿Puede prestarme su bolígrafo? —pregunté.
Me tendió el Bic y estampé mi rúbrica al final del documento. Acto seguido, Quiroga lo guardó en la carpeta y dijo:
—Me alegro de que se muestre razonable, señora Hidalgo. Así será todo más sencillo.
—¿Qué puedo contarle a mi cliente? —pregunté.
—Ah, sí, su cliente... —Quiroga me miró con aire divertido, como si supiera algo que yo ignoraba—. En ese caso concreto, podemos hacer una excepción: cuénteselo todo. Aunque le advierto que Thibaut-Rochelle ya está al tanto; yo mismo se lo he contado hace un rato por teléfono.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Le conoce?
—Digamos que frecuentamos los mismos círculos. —Hizo una pausa y, tras un carraspeo, concluyó—: Bueno, señora Hidalgo, esto era todo. Puede irse ya a descansar, que bien merecido lo tiene.
—Un momento. ¿Dónde está Pablo Sesma?
Quiroga apuntó en una hoja de su libreta el nombre y la dirección de la clínica y me la entregó.
—No podrá verle hasta mañana —dijo—. Pero no se preocupe; está perfectamente.
Luego, me acompañó a la puerta y se despidió de mí con un campechano apretón de manos.
—Buenas noches, señora Hidalgo —dijo—. Y feliz Navidad.
Tras recorrer los vetustos corredores del palacio, encontré a Braulio Correa en el vestíbulo; estaba esperándome con mi bolso en una mano.
—¿Qué tal te ha ido con el espía? —preguntó.
—Pues no sabría qué decirte... Bien, supongo; no me ha hundido demasiado en la mierda.
Los labios del policía se curvaron en una sonrisa socarrona.
—Ya te dije que este asunto te venía grande —comentó.
—Y tenías razón, aunque por lo visto también os venía grande a vosotros.
Correa soltó una risita entre dientes.
—Eso es verdad —aceptó.
—¿A ti también te ha hecho firmar el pacto de silencio?
—Con sangre. Vaya mierda, ¿eh?
—Sí...
El policía me entregó el bolso.
—¿Necesitas que te llevemos a casa? —preguntó.
—No hace falta; tengo el coche aparcado ahí fuera.
—Entonces, buenas noches, Carmen. Y felices fiestas.
Eché a andar hacia la puerta.
—Felices fiestas, Braulio —dije—. Dale recuerdos a tu madre de mi parte.
Al salir al exterior, una ráfaga de aire helado me azotó el rostro. Cerré la cremallera del chaquetón, incrusté las manos en los bolsillos y me dirigí a la salida. Mientras recorría el jardín sentía asco por todo y por todos, incluyéndome a mí misma.
* * *
Debía de estar más cansada de lo que creía, porque aquella noche dormí de un tirón y al día siguiente me desperté muy tarde, pasadas las once de la mañana. Tras desayunar, ducharme y vestirme, cogí unas mudas de ropa para Pablo y me dirigí a la clínica donde estaba ingresado; le encontré en una habitación individual, sentado junto a la cama, embutido en un camisón blanco y con el brazo izquierdo en cabestrillo.
—¿Cómo estás? —le saludé.
—Bien —respondió en tono neutro—. Un poco preocupado.
—Ya ha acabado todo.
—No, no es por eso —replicó—. Verás, anoche estuve dándole vueltas y me di cuenta de que, desde que te conozco, me han robado, me han aporreado la cabeza, me han vuelto a robar, he estado a punto de morir en un incendio, mi hogar ha ardido y he perdido todo lo que tenía, me han secuestrado, me han vuelto a secuestrar y, como fin de fiesta, anoche me pegaron un tiro. Así que, ahora que te veo aquí, no sé, me preocupa un poco que pueda caerme encima un piano o que haya pirañas en el váter.
Sonreí y me senté en la cama.
—¿Te duele? —pregunté, señalando su maltrecho brazo.
—Sólo cuando hago el pino.
—¿Cuándo te darán el alta?
—Mañana, creo.
Sobrevino un silencio.
—¿Ha venido a verte alguien? —pregunté.
—Sí, anoche me visitó un tipo raro con nombre de zarzuela.
—León Quiroga.
—El mismo. Un pedazo de cabrón, pero muy simpático.
—¿Te hizo firmar algo?
—Lo mismo que a ti, según dijo. Nuestros labios están sellados.
Suspiré.
—¿Sabes?, en el fondo, mejor así. No deberíamos volver a hablar de esta historia, ni siquiera entre nosotros.
—Por mí, perfecto, porque me tiene muy hartito.
—Bueno, ¿necesitas algo? ¿Revistas, algún libro...?
—No, nada; gracias.
De nuevo nos quedamos en silencio, como si, aparte del asunto del manuscrito mandeo, no tuviéramos nada que decirnos.
—Hoy es Nochebuena —comenté.
—Ya.
—Tenemos una cena pendiente.
—Pues me temo que no podré asistir.
—Si no puedes ir a la cena, la cena vendrá a ti. Compraré algunas delicatessen y nos las tomaremos aquí esta noche.
—¿Estás loca? ¿Vas a pasar la Nochebuena en un maldito hospital?
—Peor es pasarla sola.
Pablo frunció el ceño.
—¿Por qué no te dejas de gilipolleces y llamas a tu chico?
—¿Y tú por qué no llamas a tu padre? —repliqué.
La discusión acabó en empate. Me quedé un rato más haciéndole compañía y luego me fui a casa, aunque antes pasé por un Club del Gourmet para comprar paté, jamón, vino y otras exquisiteces destinadas a la cena de aquella noche. No hice nada durante la tarde; después de comer, conecté el contestador, apagué el móvil y me quedé tumbada en el sofá, dormitando frente al televisor. De algún modo, conseguí no pensar en nada o, al menos, no pensar en mí misma, pues sabía que esa clase de cavilaciones acabarían conduciéndome a mis sucesivos fracasos, tanto personales como profesionales y, por qué no, también éticos y morales. No quería deprimirme, así que lo mejor era desactivar el cerebro.
A las ocho de la tarde cogí la bolsa con las delicatessen, monté en mi viejo Citroën y puse rumbo a la clínica. Cuando llegué, ya habían servido las cenas en las habitaciones, pero, aunque era Nochebuena y los encargados de la cocina se habían esmerado, aquello no dejaba de ser comida hospitalaria, de modo que la dejamos de lado y nos concentramos en los mucho más apetitosos alimentos que yo había traído. A las nueve de la noche ya habíamos acabado; creo que fue la cena de Nochebuena más temprana y rara de mi vida.
Después de cenar, charlamos un rato mientras compartíamos una botella de Ribera del Duero; Pablo me habló de los orígenes paganos de la Navidad y yo le conté algunas anécdotas de mi (nuestra) vasta familia, pero poco apoco la conversación fue languideciendo hasta desembocar en un circunspecto silencio.
—Ya sé que no íbamos a hablar de eso —dijo de pronto Pablo—, pero menudo hijo de puta el Gálvez de los cojones.
—Pues ya que lo mencionas, sí, un perfecto hijo de puta.
—¿Sospechabas que estaba vivo?
—Hasta ayer por la tarde, cuando llamó Adela Santos, no. Esa mujer hablaba de una tercera persona, de un hombre que al parecer estaba al mando del asunto; luego, cuando encontramos el cadáver de la Santos y pulsé el botón de rellamada de su móvil, me respondió una voz de hombre, alguien que trataba a Adela con mucha familiaridad. Entonces pensé que, si ese desconocido era en realidad Gálvez, todo el asunto cobraba sentido. Por ejemplo, el manuscrito del libro que mandaron anónimamente a la editorial Grimorio, o el hecho de que los presuntos asesinos de Gálvez se llevaran el cadáver; nada de eso resultaba lógico, pero si todo era un truco y el escritor estaba vivo, entonces las piezas encajaban. En cualquier caso, no las tenía todas conmigo.
—Pues a mí ni se me pasó por la cabeza. Eres muy lista.
—Sí, una lumbrera —repuse con ironía—. Para lo que me ha valido—Pablo extravió la mirada y, tras una pausa, dijo:
—¿Sabes lo que más me jode de todo, más incluso que el agujero que tengo en el brazo? Quedarme sin saber qué narices ponía en el puto manuscrito. Cuando Vargas lo quemó, creí que me daba algo.
—Se supone que hay más copias; puede que algún día encuentres otra.
—Sí, claro; durante dos mil años no se han tenido noticias de esos manuscritos y ahora, de repente, van a llover ejemplares.
—Bueno, ya da igual, ¿no crees?
—Sí, pero jode. —Pablo guardó un breve silencio y dijo—: Lo que no entiendo es por qué ese filatélico, Escobar, recurrió a Gálvez.
—¿A qué te refieres?
—Escobar buscaba el manuscrito mandeo para escribir un libro y sacar todo el asunto a la luz pública, ¿no? Entonces, para hacer eso, se asocia con un escritor de ensayos históricos sensacionalistas. Joder, no se me ocurre una forma más rápida y segura de descalificar un descubrimiento.
—Gálvez era un auténtico historiador —repliqué.
—Totalmente desacreditado por sus libros.
—Ya, pero si tenían el manuscrito como prueba...
—Pues más absurdo todavía. De tener pruebas (que no las tenía), lo lógico es que Escobar hubiera recurrido a un historiador solvente. Escribir un libro con Gálvez era hacer oposiciones a que no le tomaran en serio.
—Quizá pensó que Gálvez era el único historiador que le iba a hacer caso —sugerí.
—Puede ser. —Pablo se encogió de hombros, lo que debió de afectarle a la herida del brazo, pues hizo un gesto de dolor—. Pero bueno, ya no importa —prosiguió—; Gálvez y Escobar están muertos y el manuscrito convertido en cenizas. Punto final.
Pasadas las once y media, le prometí a mi primo que volvería a la mañana siguiente para buscarle cuando le dieran el alta y me fui a casa. Siguiendo con mi estrategia, no pensaba en nada concreto mientras me ponía el pijama y me lavaba los dientes, y seguí con la mente en blanco cuando me metí en la cama y cerré los ojos para conciliar el sueño; no obstante, mi subconsciente debía de estar trabajando en secreto, porque aquella noche volví a tener un sueño revelador, aunque afortunadamente esa vez no intervino la rana Gustavo ni ningún otro teleñeco. De hecho, más que un sueño fue un recuerdo; evoqué mi encuentro con Sara Zayat, la abuela de Gálvez, y vi de nuevo a la anciana frente a mí, con una caja de hojalata delante, diciendo: «Me gustaría tanto ver de nuevo a Sebastián... Tengo cosas que darle y mucho que decirle. Además, debo pedirle perdón, porque la última vez le mentí y eso no está bien».
Eran las tres y diez de la madrugada cuando me desperté de golpe, con la frente perlada de sudor e instantáneamente espabilada. ¿Sobre qué le había mentido Sara Zayat a su nieto? ¿Y qué quería entregarle? Encendí la luz, salté de la cama, fui a por mi ordenador portátil y, tras meterme en Google, busqué el origen de algunos apellidos. Cinco minutos después desconecté el ordenador y regresé al dormitorio. Antes de volver a dormirme, fijé la alarma del despertador a las siete.
Tenía mucho que hacer al día siguiente.
* * *
Me presenté en la clínica a las ocho y media de la mañana y removí Roma con Santiago para conseguir que le dieran el alta a mi primo cuanto antes. Finalmente, a eso de las nueve y cuarto, logré que un médico firmara su acta de libertad; luego, prácticamente a rastras, saqué a Pablo de su habitación y le conduje al aparcamiento.
—Pero bueno, ¿a qué vienen tantas prisas? —preguntó.
—Te lo contaré en el coche. Venga, no te pares.
—Vale, vale; pero, joder, ten cuidado, que soy un convaleciente—Subimos al Citroën, arranqué y puse rumbo a la carretera de La Coruña.
—¿Adónde vamos? —preguntó Pablo.
—A un geriátrico —respondí mientras conducía—. Se llama Pradoverde y es donde vive Sara Zayat, la abuela de Gal vez.
—¿Y por qué vamos ahí?
—Porque tenías razón.
—¿Ah, sí? ¿En qué?
—En que no es lógico que Escobar recurriese a Gálvez. Pero anoche se me ocurrió una posible explicación. Vamos a ver, Escobar se dedicaba a buscar mandeos, gente como él, ¿no?
—Sí.
—¿Cómo los buscaba?
—No lo sé; a través de líneas genealógicas, según parece.
—Exacto. Eso quiere decir que, de algún modo, conocía los nombres de algunos de los primeros mandeos, aquellos que recibieron el manuscrito en el siglo primero, y que a partir de esos nombres seguía las genealogías para encontrar a sus descendientes. Ahora bien, teniendo en cuenta que el manuscrito está escrito en arameo, ¿cuál era la nacionalidad de esos primeros mandeos?
Pablo frunció el ceño.
—Judíos —respondió—. Oye, te estás poniendo un poquito cargante con tanto método socrático. Déjate de preguntitas y cuéntamelo de una vez.
—Vale, perdona, me estaba gustando a mí misma —acepté—. Los primeros mandeos tenían apellidos judíos, así que Escobar buscaba apellidos judíos.
—Un momento —me interrumpió—; Escobar era un mandeo y su apellido no es judío.
—Porque los apellidos no duran para siempre —repuse—. Si un mandeo sólo tenía hijas, con la segunda generación el apellido se perdería. El caso es que el nombre completo de Galvez era Sebastián Gal vez Várela. Busqué esos apellidos en Internet y ninguno es de origen judío. Sin embargo, Zayat sí que lo es; se trata de un apellido sefardita.
Pablo volvió la cabeza hacia mí y me contempló con las cejas arqueadas.
—¿Estás sugiriendo que Gálvez era un mandeo? —preguntó.
—En realidad lo es su abuela. Aunque él también, por herencia, supongo.
—¿Y sacas esa conclusión sólo porque Zayat es un apellido judío? Joder, Carmen, que en España hay un huevo de apellidos judíos.
—No es sólo por eso. Escucha: Gálvez nunca visitaba a su abuela; sin embargo, el año pasado, en enero, fue a verla. Justo en las mismas fechas en que conoció a Escobar. Además, Sara Zayat me dijo que estaba arrepentida porque le había mentido a su nieto; pero ¿acerca de qué le mintió? Mira, esto es lo que me imagino que pasó: Escobar se presentó ante Gálvez y le dijo que pertenecía a una estirpe de mandeos a través del apellido Zayat. Gálvez no sabía nada de eso, de modo que visitó a su abuela para preguntarle al respecto, pero la señora Zayat, por los motivos que fuesen, le mintió diciéndole que tampoco sabía nada; aunque creo que sí sabe. Supongo que Gálvez debió de pensar que el manuscrito perteneciente a su familia se había perdido en algún momento, pero el tema le interesó lo suficiente como para colaborar con Escobar.
—O sea, que según tú, Escobar recurrió a Gálvez porque era un mandeo, no por ser historiador.
—Exacto.
—Y crees que la abuela de Gálvez tiene el manuscrito.
—De eso no estoy segura, pero es posible —contesté, recordando la caja de hojalata—. ¿Qué te parece?
Inexpresivo, Pablo apoyó la nuca en el reposacabezas.
—Que está todo muy cogido con alfileres —dijo—, pero este asunto es tan raro que vete tú a saber.
Al ser el día de Navidad, había poco tráfico en las calles y menos aún en la carretera, de modo que apenas tardamos veinticinco minutos en llegar a la Residencia Prado verde. Nos recibió Encarnación, la misma enfermera que me había atendido la primera vez que estuve allí.
—¿Cómo está la señora Zayat? —le pregunté tras presentarle a Pablo.
—Bien —respondió—; aunque un poco apagada. ¿Se ha enterado de lo que le pasó a su nieto?
—Sí, murió. ¿Lo sabe ella?
—No nos hemos atrevido a decírselo; pero estuvo aquí la policía e insistieron en interrogarla. No le contaron nada, pero ella se quedó muy preocupada. —Me miró con aire de extrañeza y preguntó—: ¿Querían verla?
—Sí.
—¿Hoy, en Navidad?
—Es importante.
La enfermera dudó unos segundos y finalmente accedió con un cabeceo.
—De acuerdo —dijo—. Pero procuren no alterarla; recuerden que es una mujer muy mayor.
* * *
Sara Zayat se encontraba en la salita de estar de su apartamento, sentada en la misma butaca que había ocupado en nuestro primer encuentro, al lado de su particular baúl de los recuerdos. No obstante, pese a que sólo habían transcurrido doce días, se advertía un cambio en ella: su mirada era ahora más opaca y mortecina, como si algo se hubiese marchitado en su interior. Al principio no me reconoció, pero cuando le dije mi nombre —y le recordé nuestra anterior entrevista, sus ojos se iluminaron.
—Ah, sí, Carmen, la amiga de Sebastián —musitó—. Me preguntaste por la casa de Sobremonte, ¿verdad?
—En efecto —asentí; luego, señalando a Pablo, agregué—: Él es Pablo Sesma, mi primo.
—Encantada de conocerte —le saludó la anciana—. ¿Qué te ha ocurrido en el brazo?
—Un accidente, señora. Nada importante.
—Vaya, lo siento; espero que te restablezcas pronto. Pero, por favor, sentaos, sentaos—Pablo y yo nos acomodamos en sendas sillas. Durante unos segundos nadie dijo nada; la verdad es que no sabía cómo encarar exactamente el encuentro o, al menos, cómo hacerlo sin perturbar a aquella anciana. Afortunadamente, ella fue la primera en hablar:
—Dime una cosa, Carmen; ¿has visto a Sebastián?
«Basta de engaños», pensé.
—Debo confesarle algo, señora Zayat —dije—. El otro día le mentí: no soy amiga de su nieto; ni siquiera le conozco. En realidad, soy investigadora privada. Lamento haberla engañado.
El rostro de la anciana se ensombreció.
—¿Sebastián tiene problemas? —preguntó en voz muy bajita.
—No investigo a su nieto —respondí, esquivando la pregunta—, pero busco algo que estuvo en su poder.
—¿Y cómo puedo ayudarte?
Respiré hondo y dije:
—Contestando a una pregunta: ¿ha oído hablar de los mandeos?
La señora Zayat bajó la cabeza y guardó un larguísimo silencio. Finalmente, me miró de nuevo y comentó:
—El otro día vino la policía y me hicieron muchas preguntas sobre Sebastián. Sé que sucede algo malo, pero nadie me cuenta nada. Yo también voy a hacerte una pregunta, Carmen. ¿Me dirás la verdad?
—Le doy mi palabra.
—¿Crees que volveré a ver a mi nieto?
Vacilé antes de responder. No quería causarle dolor a aquella pobre mujer, pero la abuela de Gálvez, aparte de una anciana, era un ser humano y las personas merecemos conocer la verdad.
—No, señora Zayat —respondí—; creo que no volverá a verle.
La anciana posó la mirada en el suelo y no dijo nada durante un largo minuto. Cuando volvió a mirarme, la barbilla le temblaba, pero sus ojos estaban secos, aunque, eso sí, heridos por una profunda tristeza.
—Gracias —dijo con un susurro. Luego, tras una larga pausa, comenzó a hablar en voz más alta—: La primera vez que oí la palabra «mandeo» fue cuando era niña. —Suspiró casi imperceptiblemente—. Mi padre era un buen hombre, pero no un hombre de Dios. Yo era hija única y él me quería mucho, aunque no compartía mis creencias. Mi madre era muy religiosa y desde el principio me inculcó su fe, pero mi padre se mantenía al margen; no nos acompañaba a misa, ni conocía siquiera a nuestro párroco; creo que, en realidad, no aprobaba que yo recibiese una educación religiosa, aunque nunca dijo nada, supongo que para no contrariar a mi madre. —Se humedeció los labios con la lengua—. Un mal día de 1934, cuando yo acababa de cumplir quince años, mi padre enfermó; tenía cáncer, los médicos le dieron sólo unos meses de vida. Entonces, una tarde de primavera, mi padre me dijo que tenía que hablar conmigo y me llevó a su despacho. Lo que me contó... —Tragó saliva—. Lo que me contó era horrible. Dijo cosas espantosas del buen Jesús, dijo que todas mis creencias eran falsas, que había vivido engañada. Luego, me reveló que él era un mandeo y me explicó que la misión de los mandeos consistía en preservar la verdad. Entonces me entregó un viejo manuscrito arameo y un traducción del texto, y me dijo que ése era mi legado, que debía conservarlo y entregárselo a mi hijo cuando lo tuviese, para que, en su momento, éste se lo entregase al suyo, y así sucesivamente, con el propósito de que la verdad perdurara.
Supongo que agotada por aquella larga parrafada, la señora Zayat enmudeció. Pablo, que había permanecido en silencio con cara de alucinado, preguntó:
—¿Conserva usted el manuscrito, señora?
En vez de responder, la anciana se inclinó trabajosamente sobre el baúl, lo abrió, extrajo de su interior la vieja caja de galletas de mantequilla y la depositó sobre la mesa.
—Hace muchos años —dijo—, antes incluso de casarme, rompí la traducción, porque aquellas palabras eran terribles; luego, me propuse cientos de veces destruir también el manuscrito, pero nunca me atreví, pues me parecía que hacerlo sería como traicionar la memoria de mi padre. Así que lo oculté e intenté olvidarme de él. Años después, me casé con Ignacio y nació Eduardo, mi hijo; y le vi crecer, le vi hacerse un hombre, le vi casarse con Asunción, formar su propia familia, y nunca le dije nada acerca del manuscrito, nunca me atreví. Entonces, un accidente se lo llevó, tan joven... —Respiró hondo y parpadeó para ahuyentar las lágrimas—. Gracias a Dios, cuando se produjo esa tragedia, Asunción llevaba en su seno a mi nieto. Ignacio, mi esposo, había fallecido hacía años y yo me sentía muy sola, así que el nacimiento de Sebastián fue para mí como un milagro. Adoraba a ese niño... Si hubiese seguido los deseos de mi padre, debería haberle entregado el manuscrito a mi nieto cuando alcanzó la mayoría de edad, pero de nuevo no lo hice. Habría sido como manchar algo hermoso...
Se produjo un silencio.
—Pero el año pasado —aventuré—, su nieto vino a visitarla y le preguntó por los mandeos, ¿verdad?
La señora Zayat asintió con un levísimo cabeceo.
—Nunca supe quién le habló de ello —dijo—. Me pilló desprevenida, no reaccioné bien, así que me hice la vieja loca y le aseguré que no sabía nada de eso. —Dejó escapar un suspiro—. Pero luego me arrepentí de haberle mentido, porque en realidad el manuscrito no me pertenece a mí, sino a él por herencia, como había dispuesto mi padre. Era Sebastián quien debía decidir qué hacer con ese horrible legado, no yo; pero mi nieto no volvió y ahora ya es tarde. —Desvió la mirada durante un instante y, de repente, la fijó en mis ojos con inesperada intensidad—. Hazme un favor, Carmen —dijo, empujando la caja de hojalata hacia mí—: Llévatelo; puedes quedártelo, o tirarlo a la basura, haz lo que quieras con él.
Me quedé helada, incapaz de articular palabra durante unos segundos.
—No puede ser, señora Zayat —protesté—. Si ese manuscrito es auténtico, vale una fortuna.
Una alicaída sonrisa se insinuó en los labios de la anciana.
—¿Y para qué quiero yo una fortuna? —preguntó—. Me queda poco tiempo de vida, Carmen; no necesito dinero, sino sosiego. Ese manuscrito es una herejía, un legado del diablo, y no quiero tenerlo cerca de mí cuando muera. Te lo pido por favor, niña: llévatelo. —Cerró los ojos y reclinó la cabeza contra el respaldo—. Y ahora, si sois tan amables —susurró—, dejadme sola. Estoy muy cansada...
Pablo y yo nos incorporamos y permanecimos unos segundos inmóviles, sin saber qué hacer. Mi primo me miró, miró la caja de hojalata y volvió a mirarme con una pregunta titilándole en las pupilas. Me encogí de hombros, cogí la caja de galletas y, tras despedirnos de la anciana, abandonamos el apartamento.
No dijimos nada hasta llegar al coche. Una vez dentro, me quedé mirando la caja: en la tapa, impresa con desvaída tinta azul, una inscripción rezaba: «Danish Butter Cookies». Cautelosamente, como si temiera que pudiera contener una serpiente venenosa, la destapé; en su interior había algo envuelto en un pañuelo violeta. Con lentitud, sin sacarlo de la caja, aparté los pliegues del pañuelo; primero uno, después otro, y otro más... y ahí estaba, un viejo y amarillento pergamino enrollado sobre sí mismo: el manuscrito mandeo.
Me estremecí. Parecía imposible que algo tan pequeño e inocente, tan frágil, pudiera haber causado tantas muertes y tanto dolor. Sin atreverme a tocar el documento, le entregué la caja a Pablo; mi primo la cogió con la mano sana y se quedó embobado mirando el pergamino.
—¿No lo vas a examinar? —pregunté.
—¿Aquí? ¿Estás loca? —replicó—. Joder, Carmen, que esto no es el Marca, sino un documento con veinte siglos de antigüedad. No podemos examinarlo en un coche; hay que desplegarlo sobre una superficie plana, en un lugar cerrado. Vamos a tu casa.
—La agencia está más cerca —dije.
Y arranqué el Citroën.
* * *
La luz de la mañana se colaba a través de la persiana dibujando hileras luminosas sobre el suelo. Sentado frente al escritorio de mi despacho, Pablo despejó la superficie de la mesa y abrió la caja de galletas. Luego, utilizando unas pinzas y un pañuelo —para no tocar el documento—, sacó el pergamino y lo desenrolló cuidadosamente sobre el tablero. Dado que sólo podía utilizar una mano, le costó bastante realizar todas esas operaciones.
—Está conservado de puta madre —comentó, examinando por encima el documento—; es increíble...
Acto seguido, fijó las esquinas del manuscrito colocando encima de ellas cuatro objetos: una grapadora, un cenicero, un bote de clips y un pisapapeles de cristal. A continuación, movió el flexo para que la luz incidiera directamente sobre el documento y, con ayuda de una lupa, comenzó a leerlo. Mientras descifraba los extraños signos del alfabeto arameo, yo le contemplaba en silencio, reprimiendo el imperioso deseo de morderme las uñas. Unos minutos más tarde, Pablo alzó la cabeza y se me quedó mirando con una sonrisa entre incrédula y divertida.
—¿Qué pone? —pregunté.
—Será mejor que te lo lea literalmente —respondió.
Mi primo posó de nuevo la mirada en el manuscrito y, tras un carraspeo, comenzó a traducir en voz alta aquel texto escrito hacía dos mil años en una lengua hoy casi extinguida.
12
Este es el testimonio de los preservadores, hijos de la luz, discípulos de Juan llamado el Bautista.
En el decimoquinto año del mandato del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, durante el pontificado de Anás y Caifás, Dios nuestro Señor envió a Juan, su hijo más amado, a la orilla oriental del Jordán, en el desierto de Judea, frente a Jericó, para que proclamara el fin de los tiempos y el advenimiento del reino de los cielos, tal y como había anunciado el profeta Isaías cuando dijo: «Una voz clama en el desierto. ¡Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas!».
Juan se cubría con una vestimenta de pelo de camello ceñida a la cintura mediante una cincha de cuero, y se alimentaba de langostas y miel silvestre, y Jerusalén, toda Judea y la región entera del Jordán acudían entonces a él, y Juan los sumergía en el río Jordán mientras confesaban sus pecados. Y Juan les decía a las multitudes que le escuchaban: «¡Raza de víboras! ¿Quién os advirtió de que huyerais de la ira inminente? A ver si dais fruto consecuente al arrepentimiento y dejáis de deciros a vosotros mismos: "Tenemos por padre a Abraham", porque os aseguro que de estas piedras puede Dios sacar hijos para Abraham. Ya está el hacha puesta sobre la raíz de los árboles, así que todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego». Y cuando sus discípulos le preguntaban: «Entonces, ¿qué hemos de hacer?», Juan les contestaba: «Quien tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tenga ninguna; y el que tenga comida de sobra que haga lo mismo».
Con estas y otras muchas exhortaciones, iba dando Juan su mensaje al pueblo, y las gentes estaban a la expectativa, interrogándose todos en su interior si no sería el profeta Elías redivivo o el Mesías prometido, y le llamaban con respeto el Bautista.
Cerca de Deir Mar-Yuhanna moraba Juan el Bautista con sus discípulos, en la orilla oriental del Jordán, y allí acudían las gentes para que Juan las sumergiera en las aguas y limpiara sus pecados. Entre los que seguían al Bautista se contaban Jesús de Nazaret y su hermano Santiago, Simón Pedro y su hermano Andrés, Felipe y Nataniel, y así hasta completar los treinta que formaban el círculo más próximo al profeta; pero de entre todos ellos era Jesús el discípulo más querido, aquél sobre el que Juan descansaba su diestra y a quien confiaba sus enseñanzas más arcanas.
Tiempo después, ocurrió que el tetrarca Herodes, al ser amonestado por Juan a propósito de Herodías, la mujer de su hermano, y de todos los desafueros cometidos por él mismo, añadió todavía el de encarcelar a Juan en la fortaleza de Maqueronte. Al enterarse de esto, Jesús, que se había retirado a orar al desierto, regresó a Deir Mar-Yuhanna para reunirse con su hermano y cuatro de los seguidores del Bautista, junto con quienes emprendió viaje a Cafarnaún, en Galilea. A partir de entonces comenzó Jesús a proclamar: «¡Arrepentíos, que el reino de los cielos está cerca!», y sumergía en las aguas a sus seguidores como si fuera Juan, y predicaba las palabras de Juan como si fueran suyas, y sus discípulos decían: «¡Éste es el Mesías que ha venido a salvarnos!».
Al enterarse de esto, los discípulos de Juan acudieron a Maqueronte y le dijeron al Bautista: «Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, Jesús, anda sumergiendo a la gente y todos acuden a él». Envió entonces Juan a dos de sus discípulos para que indagaran las actividades de Jesús y le preguntaran: «¿Pretendes ser tú el Mesías?». Y Jesús les respondió: «Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo».
Meses después, Juan fue vilmente ajusticiado y sus restos enterrados por sus seguidores, pero Jesús, el discípulo infiel, siguió sumergiendo a las gentes como hacía el Bautista, y continuó predicando las palabras de Juan fingiendo que eran sus palabras, y se hacía llamar el Mesías por quienes le seguían.
Al cabo de dos años, durante la Pascua, Jesús fue detenido por los romanos en Jerusalén a causa de haber provocado disturbios en los alrededores del Templo y pretender ser el legítimo heredero de David. Poco después, fue ajusticiado en la cruz; pero sus discípulos continuaron sumergiendo a las gentes y predicando las palabras de Juan atribuyéndoselas a Jesús, y así siguen haciéndolo hasta nuestros días, propalando los engaños del discípulo infiel, del mesías que mintió.
Así pues, porque los seguidores de Jesús dicen: «Éstas son las enseñanzas de nuestro maestro», nosotros, los hijos de la luz, les acusamos de mentir, pues esas enseñanzas no provienen de Jesús, sino de su rabbí Juan. Por tanto, en testimonio de la verdad, afirmamos que éstas son las legítimas palabras que pronunció Juan el Bautista...
El contenido restante del manuscrito me sonaba muy familiar; ahí estaban las bienaventuranzas, el padrenuestro, las parábolas del grano de mostaza, del banquete, de los siervos y los talentos, del hombre rico, frases archiconocidas como «pedid y se os dará», «si alguien te abofetea en una mejilla, ofrécele la otra», «no juzguéis y no seréis juzgados», «¿cómo puedes buscar la astilla en el ojo de tu hermano y no ver la vara en el tuyo?»...
Las viejas palabras de siempre, las mismas frases que tantas veces se han oído en los colegios, las catequesis, las iglesias, en todas partes. Todo igual, salvo por un detalle: según el manuscrito, quien primero las pronunció no fue Jesús de Nazaret, sino Juan el Bautista.
* * *
—Con razón Gálvez lo llamaba Documento Q —comentó Pablo con la mirada fija en el manuscrito—; ahí están todos los dichos atribuidos a Jesús. Y fíjate en la primera parte del texto: la mayor parte de los párrafos se reproducen casi literalmente en los evangelios. —Me miró a los ojos—. Este manuscrito debe de ser la fuente perdida; los evangelistas la utilizaron como documentación para escribir sus textos, eliminando, claro, todo lo relacionado con la autoría de Juan y la pertenencia de Jesús a su secta.
—¿Crees que es auténtico? —pregunté.
—Habría que datarlo —respondió—, pero desde el punto de vista paleográfico es impecable y no se advierten señales de manipulación. En fin, es pronto para asegurarlo, pero, chica, me jugaría las pelotas a que no es una falsificación.
Contemplé el manuscrito; desde donde estaba —en el lado opuesto del escritorio— lo veía del revés, pero daba igual porque, lo mirase como lo mirase, aquella pléyade de signos extraños no era para mí más que una especie de monótona pintura abstracta.
—Así que ése es el gran secreto... —murmuré.
—Que Jesús era un copión —dijo Pablo—. Es la hostia.
Se produjo un silencio. Por algún motivo, me sentía defraudada; ¿eso era todo? ¿El gran misterio, el enigma que había provocado tanto alboroto y causado tantas muertes consistía en que Jesús de Nazaret había tomado prestadas las enseñanzas de su maestro Juan el Bautista? ¿Ése era el secreto que podía hacer tambalear la civilización occidental? En el fondo, si no fuese porque no tenía maldita la gracia, era para echarse a reír.
—Parece una broma de mal gusto —murmuré.
—¿El qué?
—Ese manuscrito, la gente engañando y matando por él, todo... ¿Qué importancia tiene lo que pone ahí?
Pablo me contempló como si me hubiera vuelto loca.
—Joder, Carmen —replicó—, es el descubrimiento del siglo. En primer lugar, este documento confirma que Jesucristo existió realmente...
—¿Y eso quién lo dudaba? —le interrumpí.
—Muchos especialistas, ya te lo expliqué.
—¿Cuántos especialistas? ¿Cien, doscientos, mil? Porque hay millones de personas que ya están convencidas de que Cristo existió.
—Eso no es ciencia, sino creencia —replicó—. Además, el texto demuestra que Jesús fue discípulo de Juan.
—Algo que los especialistas ya dabais por hecho, según tú mismo dijiste.
—Pero no había pruebas. Y lo más importante de todo: ahora sabemos que la doctrina cristiana es en realidad doctrina juanista.
—¿Ah, sí? ¿Lo sabemos? ¿Porque lo pone ahí? A lo mejor los seguidores de Juan mintieron; quizá fue Juan quien copió los pensamientos de su discípulo favorito. Lo único que veo en ese texto es que los miembros de una secta estaban mosqueados porque otra secta les hacía sombra. —Torcí el gesto—. Pero aunque fuese Juan el autor de esas enseñanzas, ¿qué más da? Lo importante son las palabras, no quien las pronuncia. ¿Al final todo se reduce a que alguien puso en duda los derechos de autor? ¿Eso es suficiente motivo para matar?
Mi primo alzó las manos, como defendiéndose de una agresión.
—Vale, vale —dijo—; no te cabrees. Yo me he limitado a traducirte el texto, no tengo la culpa de lo que pone.
Era cierto; estaba enfadada y sin darme cuenta había alzado la voz.
—Lo siento —musité—; es que no lo entiendo. Todas esas muertes por esta gilipollez...
—No es una gilipollez —replicó—; aunque sólo sea por la pasta que puede llegar a valer. Mira, tú y yo nos parecemos más de lo que piensas: ambos estamos volcados en un trabajo que consiste en buscar pruebas para alcanzar la verdad.
—Eso ya me lo dijo tu padre.
Pablo arrugó la nariz.
—Vaya, pues me jode coincidir con él, pero no por ello deja de ser cierto. La cuestión es que, por pura deformación profesional, carecemos de fe, Carmen, sólo confiamos en las pruebas. Por eso no podemos entender a quienes creen ciegamente en algo. ¿Te has parado a pensar en eso? Tener fe es abrazar un amor inmenso, un amor que no necesita pruebas ni admite dudas. Pero amar tan intensamente también implica odiar en la misma medida, porque cualquier cosa que ataque, o que creas que ataque, al objeto de tu amor se convertirá al instante en tu enemigo.
—Eso no casa muy bien con las enseñanzas de Cristo —objeté—, o de Juan, o de quien sea.
—«Ama a tus enemigos» —musitó mi primo con un deje de ironía—. Ésa es moral para dioses, no para seres humanos.
Dejé escapar un larguísimo suspiro.
—Así que, según tú, ha sido por amor —dije—. ¿Eso lo explica todo?
—Amor mal entendido —me corrigió—. Y explica lo que hacían Vargas y sus amiguitos. El resto actuaba por simple codicia, algo mucho más fácil de comprender.
—Y la codicia —comenté— no es más que amor al dinero.
Intercambiamos una sonrisa y nos quedamos unos segundos en silencio.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó Pablo.
Excelente pregunta, aunque en realidad sólo había una respuesta. Según el reloj de pared pasaban diez minutos del mediodía; cogí el móvil y marqué el número de Thibaut-Rochelle. Como en las anteriores ocasiones, una voz grabada me invitó a dejar un mensaje; cuando sonó la señal, dije:
—Constantine: soy Carmen Hidalgo; finalmente he encontrado lo que usted me encargó que buscase. Llámeme en cuanto pueda.
Y colgué. Pablo me miró con el ceño fruncido.
—¿Quién es ese Constantine? —preguntó.
—Constantine Thibaut-Rochelle —respondí—, mi cliente.
Los ojos de mi primo se dilataron hasta formar dos alarmados círculos.
—¡¿Le vas a dar el manuscrito?! —exclamó, horrorizado—. Escucha, Carmen, no puedes hacer eso. Antes deberíamos...
—Sólo quiero hablar con él —le interrumpí—. Todavía no sé lo que voy a hacer con el documento.
El teléfono sonó al cabo de menos de un minuto.
—¿Carmen? —dijo el francés a través del auricular—. Buenos días, acabo de escuchar su mensaje.
—Buenos días, Constantine —le saludé—. Creo que León Quiroga ya le contó lo que sucedió el sábado por la noche en el palacio Rocanegra, ¿no es cierto?
—Así es. Por eso me ha extrañado tanto su mensaje; tenía entendido que el manuscrito había sido destruido.
—El que estábamos buscando sí —repuse—, pero he encontrado otra copia.
Durante unos segundos, Thibaut-Rochelle no dijo nada; luego, con aquella voz suya siempre imperturbable y caballerosa, dijo:
—Disculpe, Carmen, es Navidad y no tengo derecho a importunarla en un día como éste, pero ¿sería muy descortés por mi parte pedirle que nos reunamos hoy en algún momento? Cuando a usted le parezca bien, por supuesto.
Un encuentro, sí; pero en un lugar público. Al ser Navidad, todo debía de estar cerrado o a punto de cerrar, así que nada de bares o cafeterías. Mejor una plaza, o un parque—De pronto se me ocurrió una idea irónicamente adecuada.
—¿Conoce el Parque del Retiro, Constantine? —pregunté.
—Claro.
—Bien; entonces nos encontraremos en la fuente del Ángel Caído dentro de media hora.
* * *
Dicen que Madrid es la única ciudad del mundo que ha erigido una estatua al diablo. Se encuentra en el Parque del Retiro, en el paseo del Duque Fernán Núñez (el noble que la sufragó) y es obra del escultor Ricardo Bellver. La estatua, situada sobre un pedestal octogonal de granito, representa a un musculoso joven alado en el momento de caer abatido mientras una serpiente le rodea el cuerpo. Alrededor de la base del pedestal hay ocho surtidores con forma de diablos. También dicen, aunque no puedo asegurarlo, que el monumento se encuentra exactamente a 666 metros de altura sobre el nivel del mar. Sin duda, ése es el lugar perfecto para pactar con el demonio.
Aparcamos el coche en la calle de Alfonso XII y nos dirigimos a la entrada del Retiro más próxima al viejo observatorio astronómico. Mientras cruzábamos la verja que circunda el parque, Pablo preguntó:
—¿Por qué hemos quedado aquí?
—Porque es un lugar público —respondí— y así, si todavía me está siguiendo alguien, no tendrá problemas para ver lo que voy a hacer.
—¿Y qué vas a hacer?
—Aún no lo sé.
La plaza del Ángel Caído se hallaba a apenas cincuenta metros de la entrada. El lugar estaba desierto, salvo por la presencia de un hombre que se levantó del banco donde estaba sentado al vernos llegar. Era Constantine Thibaut-Rochelle —con su elegantemente anticuado aire de Mandrake el Mago—, embutido en un impecable terno gris sobre el que llevaba un no menos impecable abrigo de alpaca; en la mano izquierda sostenía un portafolios de Loewe. El francés me estrechó efusivamente la mano y saludó a Pablo de igual manera.
—Usted debe de ser Pablo Sesma —dijo—. Según me han informado, es un gran erudito en arqueología bíblica.
—No debería hacer caso a todo lo que le dicen —respondió mi primo con aire un tanto receloso.
—Oh, no sea humilde. Tengo entendido que hizo un trabajo más que notable en las excavaciones de Tel Hatzor del 99. Al menos, hasta que intervino la policía israelí.
Pablo se quedó con la boca abierta.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó.
—Su fama le precede, doctor Sesma —respondió el francés con una sonrisa—. Por cierto, ¿qué tal el brazo?
—Ha tenido días mejores, pero bien.
—Confío en que no tarde en reponerse. —Thibaut-Rochelle señaló el banco y sugirió—: ¿Nos sentamos?
Pablo se acomodó en el extremo izquierdo, el francés en el derecho y yo me senté en medio. El día era fresco, pero muy luminoso, así que resultaba agradable estar al sol. Tras un breve silencio, Thibaut-Rochelle me señaló con un ademán, como un regidor indicándole a una actriz su entrada en escena.
—¿Y bien, Carmen? —dijo.
Sin comentar nada, saqué la caja de galletas del bolso, la abrí, aparté los pliegues del pañuelo y le mostré el pergamino. El francés lo contempló con curiosidad y, tras un breve silencio, le preguntó a Pablo:
—¿Cree que es auténtico?
—Lo parece.
Thibaut-Rochelle tendió una mano hacia el manuscrito, como si fuera a tocarlo para asegurarse de que era real, pero cambió de idea y volvió a posarla en el regazo, sobre el portafolios.
—¿Dónde lo ha encontrado? —me preguntó.
Cerré la caja, la dejé sobre mis rodillas y procedí a contarle nuestro encuentro con la señora Zayat. El francés me escuchó atentamente y luego, con una ceja levemente alzada, comentó:
—De modo que Sebastián Gálvez era un mandeo y no lo sabía... Resulta paradójico, ¿verdad?
Me crucé de brazos; había llegado mi turno de preguntas.
—¿Por qué los llaman mandeos? —dije—. En realidad, no lo son.
—Es cierto —asintió Thibaut-Rochelle—; técnicamente, no son mandeos. Ése es un nombre despectivo que se les dio tardíamente; antes se les conocía sencillamente como «juanistas» o «nazareos».
—¿Por qué no me cuenta su historia?
—Nadie la conoce a ciencia cierta, Carmen; sólo quedan un puñado de leyendas y tradiciones.
—Pues cuéntemelas —insistí.
—De acuerdo, como quiera. —El francés hizo una pausa y preguntó—: Supongo que han leído el manuscrito, ¿no es cierto?
—Sí.
—Entonces ya saben que refleja el punto de vista de los seguidores de Juan, los nazareos. Verán, tras la muerte del Bautista, la secta se quedó no sólo sin líder, sino también sin doctrina, porque Jesús se la había robado. Muchos nazareos abandonaron la congregación para convertirse en nazarenos, es decir, en seguidores de Jesús, otros se sumaron a los ebionitas, que aceptaban a Jesús como maestro, pero no reconocían su naturaleza divina. También hubo un grupo de nazareos que fundó su propia secta herética, los dositeos. Y, finalmente, se hallaban aquellos que permanecieron fieles al Bautista; la línea oficial, por así decirlo. Estos últimos, como es natural, estaban indignados con los cristianos y se dedicaban a criticar a Jesús, tildándole de embaucador y mentiroso; lo cual, como también es natural, les causó numerosos problemas con la cada vez más poderosa secta cristiana. Tanto es así que los nazareos tuvieron que ocultarse o huir para no padecer las iras de los seguidores de Jesús. —Thibaut-Rochelle se humedeció los labios y comentó—: Supongo que todo esto ya lo sabe, doctor Sesma. Espero no estar aburriéndole.
—Pues todo, lo que se dice todo, no lo sabía —reconoció Pablo—. Continúe, por favor.
Tras aclararse la voz con un carraspeo, el francés prosiguió:
—Al verse hostigados, los nazareos tuvieron que pasar a la clandestinidad; al menos en Palestina. Y elaboraron un plan; a mediados del siglo primero escribieron un texto donde se denunciaba la traición de Jesús y se plasmaban las verdaderas enseñanzas de Juan. Luego, ese texto fue copiado repetidas veces para que cada miembro de la secta contara con un ejemplar. Algunos dicen que se redactaron sesenta copias y otros sostienen que fueron justo el doble, ciento veinte; en realidad, no lo sabemos, aunque debieron de ser muchas si tenemos en cuenta las que todavía perduran al cabo de casi dos milenios. —Volvió a carraspear y prosiguió—: El objetivo de esto era preservar la verdad frente a los ataques de los cristianos. Cada nazareo estaba obligado a predicar en secreto, entre sus más allegados, la doctrina de Juan el Bautista y revelarles la traición de Jesús y sus seguidores. También debían legar el manuscrito a sus primogénitos para que éstos prosiguiesen la labor.
—¿Y qué tiene todo eso que ver con los mandeos? —pregunté.
—Por aquella época, el siglo primero, la secta gnóstica de los mandeos se había establecido en Palestina... —El francés se interrumpió y, señalando a mi primo, sugirió—: Pero, ya que contamos con un experto en la materia, quizá sea mejor que el doctor Sesma le explique la relación entre mandeos y dositeos.
Pablo aceptó con un apenas perceptible encogimiento de hombros.
—Los dositeos —dijo—, como ha expuesto el señor Thibaut-Rochelle, eran un grupo escindido de la secta del Bautista. Al parecer, en algún momento, y por razones que al menos yo desconozco, se unieron a los mandeos. De hecho, la integración fue tan completa que, en el siglo VII, Bar Konai decía, refiriéndose a los miembros de la misma secta, que en el sur se les conocía por mandeos y en el norte como dositeos. En cualquier caso, tanto mandeos como dositeos fueron expulsados de Palestina a mediados del siglo primero o comienzos del segundo.
—Y durante cientos de años, Occidente se olvidó de esa secta —apuntó Thibaut-Rochelle—. Hasta que en el siglo XVII unos misioneros jesuitas entraron en contacto con los mandeos en su actual emplazamiento de Irak. Al principio los denominaron «cristianos de San Juan», pero poco después quedó claro que de cristianos no tenían nada. A partir de entonces comenzó a llamarse «mandeos» de forma despectiva a todos los juanistas, incluyendo a los descendientes de los nazareos que habían heredado el manuscrito.
—¿El documento fue perseguido por la Iglesia? —pregunté, aunque la respuesta era evidente.
—Sobre todo a partir de que Constantino convirtiera el cristianismo en la religión oficial del imperio. Podría decirse que el manuscrito mandeo, o testimonio juanista, por emplear un nombre más apropiado, ha sido y es el texto más prohibido y perseguido de la historia del cristianismo. A lo largo de los siglos se requisaron y destruyeron decenas de copias.
—Por eso no se conserva ningún ejemplar del Documento Q —intervino Pablo.
—Exacto. El Documento Q era peligroso para la doctrina. —Thibaut-Rochelle cruzó la pierna derecha sobre la izquierda y concluyó—: En líneas generales ésa es la historia. ¿Alguna otra pregunta?
—Sí, una —dije—. El Proyecto Resurrección del KGB se dedicaba a fabricar documentos falsos; ¿cómo es que había un manuscrito auténtico?
—No lo sé, Carmen —respondió el francés—. La copia rusa del manuscrito apareció en el campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en 1941. Pertenecía a un pequeño empresario judío llamado Joseph Wasser que intentó utilizarla como moneda de cambio para obtener la libertad, pero Wasser fue ejecutado por los nazis y el documento acabó en poder de las SS, que lo llevaron a Berlín. Cuatro años después, en 1945, las tropas rusas ocuparon la capital del Reich y se apoderaron del manuscrito. Primero lo tuvo el Comisariado Popular para la Seguridad del Estado, que al año siguiente se transformó en el MGB y luego en el KGB. El manuscrito pasó por diversos departamentos y acabó en el Primer Alto Directorio; pero el Proyecto Resurrección formaba parte de otra sección, el Directorio T. Al parecer, la comunicación entre los distintos directorios del KGB no era muy fluida, porque los responsables del Proyecto nunca se enteraron de que tenían en su propia casa la clase de documento que estaban buscando. Muchos años después, y esto es pura especulación, el manuscrito debió de ser remitido al Directorio T; pero el Proyecto Resurrección estaba ya definitivamente congelado, así que imagino que lo archivaron y se olvidaron del asunto.
«Hasta que Stanislav Cherenko lo robó», pensé. Una pareja de japoneses se aproximó a la fuente y comenzaron a fotografiarla desde todos los ángulos posibles. Guardamos silencio durante los tres o cuatro minutos que estuvieron allí; luego, cuando se alejaron, Thibaut-Rochelle abrió su portafolios, sacó del interior un cheque y me lo entregó. El importe era de ochenta mil euros.
—He añadido cinco mil euros a la prima prometida —dijo el francés—. Espero que cubra los gastos.
—Sobradamente —respondí—. Si me da una dirección, le enviaré la factura.
—No necesito factura, gracias.
Doblé el talón por la mitad y lo guardé en la cartera; luego, me quedé mirando expectante a Thibaut-Rochelle. Al poco, el francés señaló la caja de galletas que yacía sobre mi regazo y dijo sonriente:
—¿Me da el manuscrito, Carmen?
Le devolví la sonrisa y negué con la cabeza.
—Usted me contrató para localizar el documento, Constantine —repuse—. Dijo que le haría una oferta a quien lo tuviese. Pues bien, el documento me lo ha regalado la señora Zayat, es mío. Entonces, ¿qué me ofrece?
Thibaut-Rochelle se me quedó mirando con una ceja levantada, imperturbable. Pablo dio un respingo y dijo:
—Espera, Carmen. ¿Podemos hablar un momento antes de...?
—No —le interrumpí sin apartar la mirada del francés.
De repente, Thibaut-Rochelle echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reír a carcajadas. Debió de estar un largo minuto partiéndose de risa, como si le hubiese contado el chiste más gracioso de la historia; finalmente, cuando logró serenar su hilaridad, sacó del bolsillo un pañuelo de hilo y, mientras se secaba las lágrimas, comentó:
—Es usted extraordinaria, Carmen; una dama muy especial. Tiene toda la razón: el documento es suyo y voy a hacerle una oferta. —Carraspeó y, con una amplia sonrisa, dijo—: Le ofrezco un euro por el manuscrito.
* * *
Reconozco que me sorprendió la respuesta del francés, aunque la reacción de Pablo fue mucho más virulenta que la mía, pues yo me limité a quedarme muda, mientras que él se encaró con Thibaut-Rochelle y le espetó:
—¿Está loco? Ese documento vale millones.
Thibaut-Rochelle le contempló con cordial ironía.
—¿Seguro? —preguntó—. Permítame que le exponga mi punto de vista. En primer lugar, ignoramos la fecha en la que fue escrito.
—Es del siglo primero, eso ya ha quedado claro —replicó mi primo.
—No, doctor Sesma, no está nada claro. El fragmento de pergamino que usted dató pertenecía al siglo primero, es cierto; pero desconocemos la datación del pergamino que está en esa caja. Tengan en cuenta que, además de las copias redactadas durante el siglo primero, se realizaron réplicas posteriores. En ocasiones, cuando el documento original se deterioraba demasiado, su dueño lo copiaba en un nuevo pergamino, así que debe de haber copias medievales, renacentistas, de todas las épocas. Y si ese manuscrito fuese, por ejemplo, del siglo octavo, su valor se reduciría sensiblemente, al igual que su Habilidad.
—¿Y si después de datarlo confirmáramos que es del siglo primero? —pregunté.
—Entonces sería aún peor —respondió el francés—. Imaginemos que lo sacan ustedes a la luz pública e intentan venderlo o subastarlo. Les garantizo que sufrirían la mayor campaña de desprestigio que puedan imaginar. Para comenzar, ¿de dónde ha salido ese documento? Lo tenía una anciana que, a su vez, lo había recibido de su padre. Y éste, ¿de dónde lo sacó? —Exhaló un suspiro—. En fin, una historia tan extraña como sospechosa. Tengan por seguro que se alzarían las voces de decenas de expertos poniendo en duda la autenticidad del documento.
—Suelo manejar esta clase de material —replicó Pablo—, y estoy convencido de que el manuscrito es auténtico.
—Pero su convencimiento no basta, doctor Sesma. ¿Cree que es imposible hacer una falsificación indetectable? Supongamos que se utiliza un pergamino virgen del siglo primero y que confeccionamos la tinta con carbón vegetal y resina de la misma época. Eso engañaría al carbono 14 y al Edax, ¿no es cierto?
Pablo titubeó.
—De acuerdo, sí —aceptó—, aunque sería muy complejo...
—Pero posible. De hecho, no hay ninguna forma fiable al cien por cien de confirmar la autenticidad de un documento, salvo que el contexto histórico lo apoye, y en el caso que nos ocupa, sencillamente, no existe tal contexto. Los expertos, incluso los más independientes, se mostrarían escépticos y la Iglesia, no les quepa duda, orquestaría una campaña de descrédito. Al final, no recibirían ni un céntimo por el manuscrito y acabarían acusados de estafa. Y no sería la primera vez que algo así sucede. —Sacudió la cabeza—. Mi oferta de un euro es generosa, créanme.
Una ráfaga de aire helado nos hirió la piel recordándonos que el invierno había comenzado.
—¿Qué haría con el manuscrito si se lo diese, Constantine? —pregunté.
El francés demoró la respuesta, como si quisiera medir con precisión sus palabras.
—No voy a mentirle, Carmen —contestó—. Negociaríamos su entrega con ellos.
—Cuando dice «ellos», ¿se refiere a Vargas y sus amigos?
—Vargas sólo es un peón en una partida más amplia. En realidad, estableceríamos contacto con autoridades más elevadas.
—¿Y a cambio de qué les entregarían el manuscrito?
—Eso depende, hay diversas alternativas. Pero algo es seguro, Carmen: parte del precio consistiría en que respetasen sus vidas.
—¿Nuestras vidas corren peligro? —preguntó Pablo, alarmado.
—No lo sé a ciencia cierta, doctor Sesma —respondió—. Pero es posible que alguien, en algún momento, considere que ustedes saben demasiado y decida resolver la cuestión de una manera tajante y definitiva. En prevención de que algo tan desagradable llegue a ocurrir, incluiríamos en nuestro acuerdo una cláusula que garantice su integridad física.
Mi primo titubeó, debatiéndose probablemente entre el aprecio a su piel y la oportunidad de protagonizar un descubrimiento extraordinario.
—¿Y qué harán «ellos» con el manuscrito? —preguntó—. ¿Destruirlo?
Thibaut-Rochelle hizo un gesto vago.
—Lo ignoro —dijo—: Quizá lo destruyan, quizá no. Por lo que sé, en los archivos secretos de su biblioteca guardan al menos tres ejemplares del testimonio juanista.
Me lo quedé mirando en silencio, con una medio sonrisa. Pese a su aspecto aristocrático, aquel hombre era lo más parecido a un trilero que había visto en mi vida.
—Black Lantern no es una ONG, ¿verdad? —dije.
—No exactamente, Carmen.
—Entonces, ¿qué es?
Thibaut-Rochelle se quedó unos segundos pensativo.
—Verá, amiga mía —dijo—; en este mundo tan extraño se producen en ocasiones conflictos que, por su propia naturaleza, no pueden salir a la luz ni ser dirimidos en los tribunales. Cuando eso ocurre, acontecen desagradables incidentes en las sombras, como los que ustedes, desgraciadamente, han vivido. Entonces intervenimos nosotros, mediamos entre las partes enfrentadas e intentamos alcanzar algún acuerdo equitativo y pacífico.
—Y a cambio obtienen un beneficio.
—Por supuesto, Carmen; ésa es la esencia del capitalismo.
—Así que son una especie de multinacional del secreto.
—Más o menos.
—¿Y siempre recurren a detectives privados para resolver sus problemas?
—No, Carmen, rara vez. Pero usted me inspiró confianza y, como se ve, no me ha defraudado.
Respiré hondo, contuve el aliento y lo solté bruscamente.
—De acuerdo, quédeselo —dije, entregándole al francés la caja de hojalata.
—¡No! —aulló Pablo—. ¡No puedes dárselo, por...!
—Sí que puedo —le corté, blandiendo un dedo delante de su nariz—. No quiero pasar el resto de mi vida asustada, mirando a mi espalda cada vez que entro en un aparcamiento solitario y durmiendo por las noches con un ojo abierto. No quiero que me maten, ni que te maten a ti, ni a mi hermana. Y si quieres que te diga la verdad, me importa un bledo ese maldito pergamino.
Mi primo me miró con ojos de perro apaleado.
—Pero... —musitó sin llegar a completar la frase.
—Carmen tiene razón, doctor Sesma —intervino Thibaut-Rochelle—. De hecho, le sugiero que no comente nada relacionado con el testimonio juanista. En los círculos académicos en los que se mueve, una indiscreción acerca de ese asunto podría traerle muchos problemas. Pero no se desanime, amigo mío. —Abrió el portafolios, extrajo de su interior una carpeta de plástico negro y la sostuvo en una mano—. Según tengo entendido, perdió todas sus pertenencias en un incendio provocado por los hombres de Vargas. ¿Es así?
—No sabía que habían sido ellos, pero sí, me dejaron sin blanca.
—Entonces quizá esto le ayude a recuperarse —repuso el francés, entregándole la carpeta.
Pablo la abrió y se quedó mirando con progresivo asombro su contenido: un viejo pergamino cubierto de caracteres griegos, de un palmo de alto por medio de ancho, fijado entre dos láminas de plástico transparente.
—¿Qué es? —pregunté.
—Un fragmento del evangelio de Marcos —respondió Thibaut-Rochelle—. Según la datación por radiocarbono, fue redactado a finales del siglo cuarto. No contiene ninguna revelación extraordinaria, pero puede alcanzar un buen precio en el mercado de piezas arqueológicas. ¿Cuánto cree que vale, doctor Sesma?
Sin despegar los ojos del documento, Pablo respondió:
—Entre cien y ciento cincuenta mil euros. Quizá más...
Con aire desenvuelto, como si estuviera especialmente satisfecho de sí mismo, el francés sacó una moneda del bolsillo y me la entregó.
—El euro prometido, Carmen —dijo. Luego, tras consultar el carísimo Patek Philippe que llevaba en torno a la muñeca izquierda, añadió—: Es tarde, pero antes de irme quiero felicitarla por el excelente trabajo realizado. Y una cosa más, Carmen: me gustaría que conservase un pequeño recuerdo de esta historia.
Sacó algo del bolsillo del abrigo y me lo entregó. Era un pequeño estuche de madera, un objeto muy familiar—tanto que yo sabía perfectamente lo que contenía antes de abrirlo. Aun así, hice girar la tapa sobre sus bisagras y contemplé el fragmento del manuscrito mandeo que me había entregado el propio Thibaut-Rochelle cuando me contrató y que luego fue misteriosamente sustraído del Centro de Aceleradores de Sevilla.
—¡Usted lo robó! —exclamó Pablo, mirando con asombrada indignación el trocito de pergamino.
—No personalmente, doctor Sesma; lo hizo uno de mis colaboradores.
—¿Por qué? —pregunté—. Era suyo; ¿qué sentido tiene robarse a sí mismo?
—Si no lo hubiéramos hecho nosotros —repuso el francés—, lo habrían robado «ellos», y eso no era conveniente. El objetivo del fragmento del manuscrito consistía en centrar y orientar su investigación, Carmen; una vez cumplida tal misión, lo más conveniente era hacerlo desaparecer.
Y, de paso, ese falso robo había servido para hacerme sentir en deuda y obligarme a proseguir la investigación, pensé (pero no lo dije).
—¿Por qué me lo da? ——pregunté.
—Porque ahora tenemos el manuscrito completo, de modo que ya no necesitamos el fragmento. Puede hacer con él lo que quiera, Carmen, pero le recomiendo que no intente venderlo; y, si lo hace, procure que sea de la forma más discreta posible. Es muy pequeño y aparentemente inofensivo, pero hay dos aspectos en su contenido potencialmente peligrosos. En primer lugar, sugiere que Jesús fue discípulo de Juan, algo que no está doctrinalmente bien visto; en segundo lugar, establece la existencia de un documento desconocido acerca de Jesús. Yo en su lugar lo guardaría como recuerdo y no me desharía de él salvo en caso de extrema necesidad. —Volvió a consultar su reloj y se puso en pie—. En fin, no quiero entretenerles más. Permítanme decirles que ha sido un auténtico placer trabajar con ustedes.
Pablo y yo nos incorporamos. El francés se despidió de mí besándome la mano, y de mi primo estrechándole efusivamente la suya; luego, echó a andar hacia la salida del parque, con la lata de galletas bajo el brazo, pero al poco se detuvo y, volviéndose hacia mí, agregó:
—Por cierto, Carmen, le recomiendo que revise su casa y su oficina. Los teléfonos están intervenidos y debe de haber micrófonos ocultos.
—¿Los pusieron ustedes? —pregunté.
—No, fueron «ellos». Buenos días y feliz Navidad, amigos míos.
Thibaut-Rochelle nos dedicó una inclinación de cabeza y echó a andar en dirección a la calle de Alfonso XII. Mientras se alejaba, Pablo murmuró en tono apesadumbrado:
—Se lleva el manuscrito...
—No te quejes —dije—. Tú vas a sacar más pasta que yo.
—También he perdido más que tú —replicó.
—Eso es verdad.
—Además, si vendes el fragmento del manuscrito te forras. Por una pequeña comisión, yo mismo podría ocuparme de todo.
—¿Para que alguien se mosquee y me envenene con curare? No, gracias. —Guardé el estuche en el bolso y consulté el reloj—. Son las dos menos diez —dije—. Tenemos que estar a y media como tarde en casa de mis padres.
—¿Cómo que «tenemos»? Ya te he dicho que no pienso ir.
—Y yo no voy a permitir que pases la Navidad solo.
—Pero si tus padres no cuentan conmigo —protestó.
—Se supone que iba a ir con Óscar, pero eso se acabó, así que sobra un cubierto. Te vienes.
—Un momento, un momento... ¿Y qué pasa con el marido de Teresa?
—Nada. Puede que no venga; y si viene, da igual. Mira, primito, si te adentras por la senda del adulterio tienes que aprender a fingir y a mentir, así que esto te servirá de entrenamiento. Además, es una oportunidad de oro para que conozcas a tu familia política. Ya verás, somos como un circo...
De pronto, recordé algo y sentí que el suelo se abría bajo mis pies; la había pifiado, había metido la pata hasta el fondo. Volví a sentarme en el banco (más bien me desplomé), puse cara de horror y musité con un hilo de voz:
—Joder...
—¿Qué pasa? —preguntó Pablo, conteniendo el aliento.
—El amigo invisible...
—¿Qué?
—Tenía que comprarle un regalo a mi madre y se me ha olvidado. Me va a matar.
Mi primo respiró aliviado.
—Cono, me habías asustado —dijo—. Explícale que has estado muy liada; es tu madre, lo entenderá.
Sí, mi madre se mostraría muy comprensiva; probablemente no diría nada, pero me dedicaría una de sus famosas miradas cargadas de decepción, una mirada capaz de fundir el plomo y agriarle las fiestas hasta al mismísimo Papá Noel.
Entonces, en un tan repentino como oportuno acto de inspiración, tuve una idea. Me puse en pie, agarré a mi primo por el brazo sano y comencé a tirar de él en dirección a la salida del parque.
—Vamos —dije—. Es tarde y tenemos que pasar antes por casa.
Mientras nos alejábamos, volví la mirada atrás y le dediqué un último vistazo a la estatua del Ángel Caído. A decir verdad, ignoraba si había pactado con un ángel o con un demonio; pero, si he de ser sincera, a esas alturas me daba absolutamente lo mismo.
Epílogo
Aquella misma noche entré en Internet y escribí «black lantern initiative» en la ventanita de Google. La primera vez que lo había hecho, un par de semanas atrás, había obtenido más de trescientos resultados, pero ahora no aparecía ni uno. Encontré una tienda de iluminación llamada Black Lantern, y unos personajes de cómic con ese nombre, y hoteles, y productoras, y restaurantes, pero ni el menor rastro de una ONG bajo esa denominación. Ni siquiera estaba ya su página web oficial; era como si Black Lantern nunca hubiera existido. Y es que, probablemente, jamás existió.
Así pues, ignoro quién era Constantine Thibaut-Rochelle y a qué intereses representaba. Puede que fuera agente de alguna agencia de inteligencia extranjera, quizá trabajaba para La Entidad o a lo mejor estaba realmente al servicio de una secreta multinacional del secreto. Lo reconozco: no sé a quién le entregué el manuscrito mandeo y, en el fondo, casi prefiero no saberlo.
Al día siguiente le conté a Hermes todo lo que había sucedido, sin omitir detalle. Mi viejo amigo se enfadó mucho conmigo, muchísimo, y se mostró muy dolido por la escasa confianza que había demostrado tener en él. No le faltaba razón, y me disculpé por mi comportamiento, pero también le dije que difícilmente podía sincerarme yo con alguien que no confiaba en mí lo suficiente como para contarme las auténticas razones por las que se negaba a ser mi socio.
—Y no me vengas con esa chorrada de que eres el alma gemela de Bakunin —le espeté.
Hermes se cruzó de brazos con aire hosco y, tras un largo silencio, musitó entre dientes:
—Lo que pasa es que soy gafe, maldita sea.
—¿Cómo?
—Que soy gafe, joder, que atraigo a la mala suerte —repuso de mal humor—. Mira, Carmen, he estado cinco veces en la cárcel, las cinco únicas veces en las que el promotor del golpe era yo. Nunca sucedió nada en las docenas de ocasiones en que trabajé para otros, pero si era yo quien organizaba el asunto, todo se iba al garete y acababa en chirona. Y no porque hiciese mal las cosas, qué va, siempre he sido muy minucioso, sino por pura mala suerte. Por eso no quiero asociarme contigo, porque estoy seguro de que si empiezo a tomar decisiones por mi cuenta hundiré la agencia a base de mal fario.
Tras unos instantes de estupor, me eché a reír.
—Mira, lo has conseguido —dije—: Eso es una tontería aún más grande que lo de la dignidad anarquista. Pero si tanto te preocupa, hagamos lo siguiente: yo me quedo con el cincuenta y uno por ciento de las participaciones y tú con el cuarenta y nueve; así yo seré socia mayoritaria, seguiré tomando las decisiones y nuestro humilde negocio no se desintegrará a causa de las maléficas radiaciones que desprendes.
Varios sarcasmos más tarde, después de una reñida negociación, logré que Hermes aceptara una participación del cuarenta por ciento de Investigaciones Hidalgo. Como me preguntaba al principio de esta historia, ¿por qué una chica tan normal como yo está siempre rodeada de gente tan rara?
Poco después telefoneé a Julia Fuentes, la mujer de Escobar, para informarle de que el asesino de su marido había muerto. No le conté, por supuesto, que el responsable último de aquellos crímenes seguía vivo y en libertad, y ella tampoco quiso saber más; no obstante, antes de colgar, añadí:
—Sé que usted me pidió que no le revelara el secreto de su esposo y no lo voy a hacer; pero le aseguro, señora Fuentes, que no se trata de nada deshonesto. Andrés Escobar era un hombre honrado.
Me pareció percibir un sollozo ahogado a través del auricular; luego, la mujer musitó un débil «gracias» y nos despedimos. Jamás la he vuelto a ver.
Una semana más tarde, dos días después de Año Nuevo, leí en el periódico la noticia de que Stanislav Cherenko, presunto jefe de un grupo mañoso eslavo, había fallecido al estallar un artefacto explosivo en su residencia de Somosaguas. La policía barajaba la posibilidad de que los asesinos —probablemente miembros de una banda rival— hubiesen empleado para el atentado un misil portátil de fabricación rusa, quizá un Malyutka o un Kornet.
¡Un misil! ¿De dónde demonios habría sacado Ángel un misil? No lamenté la muerte de Cherenko; había intentado evitarla, pero ni siquiera pude ponerme en contacto con el jinete pálido. En cualquier caso, Cherenko era un mañoso, un proxeneta, un secuestrador y un asesino; el mundo estaría mejor sin él, me dije. No obstante, aquello me dejó un regusto amargo, pues me sentía en parte responsable, no sólo de esa muerte en concreto, sino de la masacre acaecida en el seno de la organización de Cherenko. Es cierto que fueron ellos los que iniciaron la guerra al secuestrarnos, y que el brazo ejecutor de aquellos crímenes no fue el mío, sino el de un asesino a sueldo sin alma; pero, con todo, no podía evitar preguntarme si no debería haber hecho algo más para impedirlo.
Pero todo eso ocurrió mucho después de que sucediera lo más importante, al menos en lo que a mí respecta. El día de Navidad, después de nuestra entrevista con Thibaut-Rochelle y tras pasar un momento por mi piso, Pablo y yo nos presentamos casi media hora tarde en casa de mis padres. Mi madre, alzada sobre el pedestal de la justa indignación, me aguardaba dispuesta a echarme una severa bronca por el retraso, pero la inesperada presencia de Pablo, un pariente desconocido para todos, alejó de mí la tormenta. Así que, mientras mi primo, tan fuera de lugar como un nudista en un salón de moda, besaba mejillas, estrechaba manos y acariciaba cabezas de niños, yo hice mutis por el foro y me dirigí al salón, que en aquel momento se hallaba relativamente vacío, salvo por algunos de mis hiperactivos sobrinitos y por la presencia de la última persona del mundo que esperaba encontrarme.
Óscar Mayoral, mi reciente ex, el hombre a quien quería y al que había renunciado por estupidez y orgullo. Ahí estaba, de pie en el salón, con esa medio barba tan sexy, mirándome sonriente.
—Creí que no ibas a venir... —dije, aproximándome a él, insegura.
—Yo también lo creía —respondió—. Pero en el último momento cambié de idea.
Nos miramos en silencio.
—Óscar, yo... —comencé a decir.
Pero Óscar me hizo callar posando un dedo sobre mis labios. Luego, sacó algo del bolsillo y lo alzó por encima de nuestras cabezas: era una rama artificial de muérdago.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó.
—Muérdago —respondí.
—¿Y sabes lo que dice la tradición que debe hacerse cuando un hombre y una mujer se encuentran bajo el muérdago?
Sonreí.
—No estoy segura. ¿Qué hay que hacer?
—Besarse.
—Pero ese muérdago es de plástico —señalé.
—Entonces, dame un beso de plástico.
Él inclinó la cabeza, yo me puse de puntillas y, mientras un puñado de mocosos correteaba alrededor, nuestros labios se unieron. Más tarde vendrían las disculpas y los perdones, las promesas y los buenos propósitos; sí, todo el ceremonial vinculado a la reconciliación llegaría después, pero en ese momento me limité a disfrutar con los cinco sentidos y todo mi corazón de aquel dulce y prolongado beso.
Mi hermana Teresa se encontraba en casa de mis padres, por supuesto; había ido allí acompañada por Alberto, su marido, y por sus dos hijos, José María y Salomé. Todos, ella la primera, se comportaban con total naturalidad, como si nada hubiera pasado; aunque, al fijarme bien, advertí que Alberto se mostraba un tanto cohibido y mucho menos notarial que de costumbre. Al finalizar la comida, mientras recogíamos los platos, logré interceptar a mi hermana y llevarla a un aparte.
—Bueno, ¿qué? —le pregunté.
—¿Qué de qué? —preguntó ella a su vez, haciéndose la loca.
—Tu matrimonio. ¿Qué ha pasado?
—Ah, eso... —Teresa sonrió, satisfecha de sí misma—. He decidido no divorciarme.
—¿Y ese cambio de planes?
—Pues chica, es que me repateaba los higadillos dejarle el campo libre a la golfa de Luisita Quintana. Me la imagino en plan madre postiza de mi hijos y me dan los siete males.
—Entonces, lo de cambiar de vida...
—Eso sigue en pie. He vuelto con Alberto, pero imponiendo condiciones. Se acabó la Obra, se acabaron las misas, los ejercicios espirituales y los curas. Y, por supuesto, Luisita Quintana a la puta calle.
Me quedé impresionada; era la primera vez que le oía pronunciar un taco.
—¿Y qué pasa con Pablo? —pregunté.
—Ay, sí, pobrecito. ¿Qué le ha pasado en el brazo?
—Pablo está bien, no te hagas la tonta. ¿Qué vas a hacer con él?
—¿Yo? Nada. —Sonrió con picardía—. Supongo que seguiremos viéndonos; a fin de cuentas, somos familia, ¿no?
Después de los postres, tras servir el café y las copas, llegó la hora de repartir los obsequios. Primero apareció mi hermano Julián disfrazado de Papá Noel y comenzó a distribuir regalos entre los más pequeños, provocando un alboroto infantil que mantuvo a Pablo atemorizado en un rincón, como si le preocupara la posibilidad de que aquella jauría de niños saltara sobre él en cualquier momento (algo no del todo descartable, me temo).
Finalmente llegó el turno de los mayores. Mi amigo invisible resultó ser mi hermano Andrés, que, todavía con restos en la cara de la barba de algodón, me entregó una caja envuelta en papel de regalo de El Corte Inglés. Contenía un par de zapatos de Ernesto Espósito, tan bonitos que casi me hicieron derramar unas lágrimas de emoción estética. Siempre me regalan zapatos; soy fácil de contentar.
Poco después le tocó a mi madre, así que me levanté y le entregué el paquete que había envuelto apresuradamente hacía sólo un rato. Mi madre, sabiéndose el centro de toda la atención, lo desenvolvió parsimoniosamente y se quedó mirando su contenido con una ceja levantada. Era un marco de madera labrada, con un gran paspartú marrón; hasta hacía poco había estado en mi dormitorio, exhibiendo un retrato de Óscar, pero había quitado la foto y la había sustituido por un pequeño fragmento de pergamino cubierto de signos extraños.
—Ay, hija, ya sabes que a mí el arte moderno no me va nada... —dijo mi madre, comenzando a torcer el gesto.
—No es arte moderno, mamá —repuse—. Tiene casi dos mil años de antigüedad; es un trocito de manuscrito redactado en arameo en la Palestina del siglo primero, la época de Jesús. El texto menciona a Juan el Bautista, a Jesús, a Santiago y a Pedro. Es una especie de reliquia.
Sus ojos se iluminaron. Oficialmente, mi madre era católica practicante, aunque su forma de entender la religión resultaba, como todo en ella, un tanto especial, pues en su particular teología, ella se situaba justo un escalón por debajo de Dios, convirtiéndose en la única intérprete legítima de los designios divinos. Dicen mis hermanas, aunque no lo he comprobado, que los confesores de su parroquia huyen de mi madre como si fuera el diablo, pues invariablemente es ella la que acaba confesándoles a ellos. En cualquier caso, mi madre sostenía que una persona de bien debía ser católica, así que ella, el paradigma de las personas decentes, no tenía más remedio que acoger con agrado cualquier cosa relacionada con la religión.
—¿Una reliquia? —murmuró, contemplando con nuevos ojos el pergamino.
—Y muy valiosa —añadí.
—No te habrás gastado una fortuna, ¿eh? —replicó, disponiéndose a regañarme por manirrota.
—No, mamá; me la regalaron, pero como es una reliquia única y muy especial, he pensado que tú mereces tenerla mucho más que yo.
Finalmente, los halagos y el influjo divino acabaron derribando los últimos escollos que se interponían entre mi regalo y el corazón de mi madre, así que doña Gloria depuso momentáneamente las armas y me dio las gracias con un par de besos y un maternal abrazo. De hecho, tanto le gustó el obsequio que, en ese mismo momento, le ordenó a mi padre que lo colgara en la sala de estar, junto a una reproducción en plata de La última cena de Da Vinci.
Nada tiene valor en sí mismo; todo depende de la importancia que le damos nosotros a las cosas. A lo largo del tiempo, los seres humanos hemos demostrado con creces que somos muy buenos encontrando motivos estúpidos para matarnos los unos a los otros. Nos matamos por el color de la piel, por el idioma que hablamos, por las banderas que agitamos, por el himen de la Virgen, por preservar secretos que a nadie le importan; matamos por envidia, por celos, por codicia, por venganza, por simple ira, incluso matamos por amor. Amor mal entendido, como dijo Pablo; amor en mal estado.
Así pues, amparándose en una aberrante forma de entender el amor divino, mucha gente había matado a lo largo del tiempo a causa del manuscrito mandeo. Y, sin embargo, ¿qué era ese documento? Una mera nota a pie de página en los libros de historia, una curiosidad, una rareza.
Supongo que por eso me divirtió tanto ver ese trocito de pergamino colgando de la pared del salón de un piso de clase media, rodeado de mocosos gritones, comadres chismosas y alguna que otra víctima de etilismo navideño. Por ese documento habían asesinado, robado, engañado y mentido; ahí, en el lugar más prosaico que pueda imaginarse, estaba el gran secreto que iba a hacer tambalear los cimientos de Occidente.
¿Y qué era en realidad? Muy poca cosa, prácticamente nada; parafraseando al viejo Dashiell Hammett, tan sólo un jirón de la materia con que se fabrican los sueños. Y también las pesadillas.
Fin
Nota del autor
El juego de los herejes es una obra de ficción, pero una parte de su contenido, todo lo referente a la arqueología bíblica, se atiene con la mayor fidelidad posible a los actuales conocimientos sobre la materia. No obstante, si existe una disciplina donde proliferen las discusiones académicas, ésa es sin duda los estudios bíblicos. Por ejemplo, la mayor parte de los expertos sostiene que el de Marcos es el evangelio más antiguo, pero un grupo minoritario, aunque no poco numeroso, de investigadores insiste en que el evangelio primigenio es el de Tomás. Al llegar a esos puntos de conflicto —mucho más frecuentes de lo que cabría suponer— he seguido siempre la doctrina mayoritaria—mente aceptada; en aquellos temas donde no existe consenso ni un criterio unánime, he procurado escoger la teoría más razonable.
Así pues, todos los datos que se aportan en la novela acerca de arqueología bíblica están sustentados en abundante documentación. Eso incluye todo lo relacionado con la secta mandea, así como con el osario de Santiago y la tumba de Talpiot, el supuesto sepulcro de Jesús y su familia (aunque, evidentemente, la manipulación de la tumba por parte del KGB es mera ficción).
Huelga decir que el manuscrito mandeo, o testimonio juanista, no existe. Sin embargo, la tesis que se sustenta en el relato no es tan disparatada como podría parecer a primera vista. Si leemos en los evangelios las partes referentes a Juan el Bautista, si lo hacemos con la mente libre de prejuicios, sólo podemos llegar a una conclusión: Jesús ingresó en la secta de Juan y permaneció en ella durante un tiempo junto con, al menos, Andrés, hermano de Pedro y futuro discípulo suyo. Queda claro, igualmente, que Jesús abandonó la secta del Bautista en algún momento, poco antes o poco después de que Juan fuera encarcelado por Herodes, y que lo hizo para fundar su propia secta. También es fácil deducir de los textos canónicos que en el entorno del Bautista se contemplaban con recelo las actividades de Jesús, y que ese recelo se basaba, cuando menos, en que Jesús imitaba a Juan al practicar el bautismo.
La secta de Juan, los nazareos, no desapareció tras la muerte de su líder. Eso queda claro en los hechos de los apóstoles 18:24-25 y 19:1-7 y en las homilías pseudoclementinas, atribuidas a Clemente de Roma (mediados del siglo III), donde se afirma que algunos discípulos seguían creyendo que Juan era el auténtico Mesías. No obstante, muchos nazareos se convirtieron en seguidores de Jesús, sobre todo tras la muerte de Juan, sumándose a las filas de los ebionitas (que consideraban a Jesús un maestro, no un dios). Eso explica el gran respeto que se mostraba en el cristianismo primitivo hacia Juan, aunque posteriores «retoques» reducirían su figura a la de una especie de heraldo de Jesús; alguien muy importante, pero secundario.
Por otro lado, sabemos que los dositeos, una escisión de los nazareos, se unieron en algún momento con los mandeos, «contaminándolos» con sus creencias. Ese sincretismo se tradujo, por un lado, en que el mandeísmo venerase a Juan, considerándole su último profeta, y por otro en una decidida animadversión hacia Jesús, a quien los mandeos acusan de falso mesías, nigromante (Jesús obraba milagros, algo que Juan nunca pretendió hacer), mentiroso y usurpador de enseñanzas ajenas. De esto, así como de los pasajes evangélicos antes mencionados, se deduce que los seguidores de Juan, aquellos que siguieron fieles a su maestro incluso después de su muerte, consideraban que Jesús había suplantado al Bautista y se había apropiado de algunas de sus prácticas y enseñanzas. En cualquier caso, podemos afirmar con seguridad que cuando Jesús se apartó de los nazareos y fundó su propia secta, imitó a Juan al menos en dos aspectos: anunciar el advenimiento del reino de los cielos y bautizar.
Así pues, cabe preguntarse cuántas de las enseñanzas de Jesús deberían tener en realidad el copyright de Juan. Dudo mucho, desde luego, que toda su doctrina perteneciese al Bautista, entre otras cosas porque Jesús poseía un estilo oratorio muy especial y particular, notablemente distinto al tono más bronco y combativo de Juan. Sin embargo, resulta difícil aceptar que Jesús, después de hacer suya la práctica del bautismo, no hubiese asumido también al menos una parte de las enseñanzas de quien había sido su maestro. Hay en el evangelio de Lucas (11:1-4) un pasaje que resulta revelador en este sentido:
Acaeció que, hallándose Él orando en cierto lugar, así que acabó le dijo uno de los discípulos: «Señor, enséñanos a orar como Juan enseñaba a sus discípulos».
Él les dijo: «Cuando oréis, decid: "Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos cada día el pan cotidiano; perdónanos nuestras deudas, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos pongas en tentación"»1.
Si interpretamos literalmente este pasaje, la autoría de las palabras más repetidas del cristianismo, el padrenuestro, no correspondería a Jesús, sino a Juan el Bautista.
1. Biblioteca de Autores Cristianos, 1968, vigésima octava edición. Traducción Nácar-Colunga.