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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL HUECO (German Castro Caycedo)

    Publicado el sábado, marzo 13, 2010

    La entrada ilegal de colombianos a Estados Unidos por México, Bahamas y Haití

    A Fernando Vega Carees y Julio Sánchez Cristo


    UNA SILLA EN LA HERRADURA


    Ese jueves de febrero esperábamos a algún personaje, pero ya en El dorado, la línea aérea anunció que el vuelo de Buenos Aires traía un retardo de cinco horas. Eso es normal en Colombia y por la costumbre, uno encuentra pasatiempos que le ayudan a quemar la espera. El más común para los periodistas es visitar dependencias, hablar con los empleados, tomar café con la gente de las aerolíneas o recorrer las áreas de seguridad.

    Entonces el DAS (policía secreta), tenía unas pequeñas oficinas prácticamente escondidas en la zona de entrega de equipajes internacionales, por las cuales pasaban algunas veces casos insólitos, pero aquella tarde, aparte de tres deportadas que venían del Japón, no había "nada especial".

    El jefe era un hombre que sumaba a su experiencia como policía, el don de saber contar las historias que vivía en el trabajo. Desde luego, prefería aquellas que tuvieran que ver con mujeres y eso lo centró en el de las deportadas:

    Las colombianas que devuelven del Japón son muy buenas. Buenísimas. Regresan por Los Angeles y llegan aquí demacradas por el cansancio del viaje y por la falta de baño... Pero sin embargo se ven bellas. Mire, esas viejas son algo especial: Una vez las agarran sin visa de trabajo, las dejan dos o tres semanas en el calabozo en Tokio. Luego las mandan a California (cerca de doce horas en avión) y prácticamente sin dormir, las meten en un vuelo de ocho horas hasta aquí. Y, ¿sabe una cosa? Llegan riéndose porque quince días o un mes después se vuelven a hacer lo mismo pero en yenes, una moneda más dura que el dólar.

    Por lo que sé, el asunto funciona más o menos así: Aquí en Colombia hay una cadena, (con japoneses metidos en el negocio), que las contacta y se las lleva primero a trabajar en el Caribe, generalmente Aruba. Allá las prueban y si resultan cariñosas, es decir, buenas trabajadoras, las regresan y luego son embarcadas para Tokio. Ellas dicen que les quitan más o menos la mitad de lo que ganan y sin embargo logran guardar muy buen dinero para traer un año después. Ahora, por lo que cuentan, se ve que los japoneses no capturan ni a un uno por ciento de las que se van".

    Los deportados llegan a estas oficinas y de allí son remitidos a la central del DAS en la ciudad, donde luego de repasar los archivos y cerciorarse de que no tienen antecedentes penales, los dejan libres.

    La historia era nueva para mí y la mañana siguiente fui hasta la Oficina de Deportados, cuya jefe, la abogada Diva Rojas, era aficionada a las estadísticas. Ella llevaba en pequeños cuadernos el dato de todos los colombianos que iban siendo devueltos por las autoridades de otros países, pero al mirarlo, más que un acopio interminable de nombres, cédulas y direcciones —generalmente falsas— me pareció encontrar allí todo un mapa con los caminos del emigrante colombiano que abarcaba desde Australia hasta los Estados Unidos, incluyendo al Japón, Holanda, Alemania, España, Francia, Italia, México, Ecuador, Panamá y lógicamente, Venezuela.

    En adelante frecuenté esa oficina con alguna regularidad y en febrero de 1984 la abogada dijo que el número de personas que estaban abandonando el país era algo sin antecedentes, a juzgar por la cantidad de deportados. Las estadísticas mostraban a los Estados Unidos en primer lugar, y de todas las ciudades norteamericanas, Nueva York era el punto clave.

    Durante las semanas siguientes busqué una base de trabajo en Nueva York, pensando en algún sitio común para la colonia colombiana, lejos de aquella angustia que determina la vida de las grandes sociedades industriales. Un lugar que conservara algo de familiaridad, en el cual hubiera tiempo para sentir y para vibrar y, de golpe, para dejar correr el reloj y darse cuenta de que aún se estaba vivo, sin tener que arrepentirse más tarde por haberle robado espacio a las horas extras en la fábrica.

    Luego de descartar una serie de posibilidades, a finales de marzo hice contacto telefónico con Rubén Peña, propietario de La Herradura, un restaurante típico ubicado en Queens, suburbio donde vivían entonces alrededor de trescientos mil colombianos —buena parte indocumentados— y por lo que alcanzamos a hablar, pensé que había encontrado el lugar ideal. Dos días más tarde, el 26, llegué a Nueva York.

    Queens está separado de la gran ciudad por el East River y desde el corazón de Manhattan, el tren elevado emplea cuarenta minutos, tiempo suficiente para alejarse de Norteamérica.

    En la misma estación de partida, parece ocioso buscar el número siete y la circunferencia violeta que identifican la línea del "subway", porque las caras cetrinas, los ojos negros o casta—ños, los crucifijos de oro colgando sobre el pecho, los mocasines brillantes con incrustaciones metálicas en el tacón, la ropa de verano cuando aún son necesarios un paraguas o una gabardina o una buena chaqueta para torear la lluvia, permiten confirmar que definitivamente, uno se ha ubicado en la calzada correcta: allí se detendrá el tren que cruza por Jackson Heights, cuya traducción al colombiano es, "Chapinerito".

    A las cuatro y media de la tarde, los ascensores de los edificios, las calles, los paraderos de buses, las estaciones del tren y del subterráneo están invadidas por el hormiguero humano que se mueve a zancadas en busca de transporte. Muchos han comenzado a cenar mientras caminan, sorbiendo de un gran vaso de cartón, sopa o café caliente acompañados por un emparedado que devoran con dificultad porque también llevan portafolios o el diario para leer durante el viaje de regreso a casa.

    Pero los latinos se distinguen, entre otras cosas, porque en lugar de comer en la calle, hablan a grandes voces y en el momento de abordar el tren, arremeten llevándose por delante a quien se les atraviese. Desde luego, al ingresar a la estación uno que otro se cuida de no comprar el "token" que sirve como pasaje y en su lugar embute en la máquina de control un trozo de latón moldeado. Anteriormente introducían una moneda colombiana de veinte centavos.

    El "subway" hace una serie de paradas antes de abandonar Manhattan y luego se sumerge en el túnel que atraviesa el río para salir a la superficie en las primeras calles de Queens: Vernon Boulevard, Doce, Quince, Veintiuna... La numeración va creciendo a medida que avanza hacia el Este y más adelante corre por una plataforma de acero, construida a manera de segundo piso sobre la Avenida Roosevelt.

    En Woodside (cincuenta y ocho) parece establecerse una frontera donde comienza el territorio colombiano, cuya zona comercial fuerte ocupa la Roosevelt y parte de las calles que la cruzan.

    Jackson Heights se extiende desde la 82 hasta Junction, (la misma 94), pero La Herradura está en la 103, (Plaza Corona), que para la policía neoyorkina representa el lugar "más caliente" del sector. No obstante, el área colombiana es ostensiblemente menos peligrosa que sitios como el Lower Manhattan, el East Side, el sur de Bronx, Brooklyn, o Harlem, zonas deprimidas, pobladas por negros y puertorriqueños, donde los "junkies" adictos a la heroína matan y atracan para conseguir sus dosis.

    En este sentido, Queens es seguro. Allí vive gente que generalmente trabaja de sol a sol y se apretuja en edificios limpios, de la misma altura, uniformes, difíciles de distinguir unos de otros, con apartamentos en los cuales no hay un espacio libre porque la emigración es tan grande que cada día llegan y llegan gentes en busca de un techo en casa del pariente o del vecino de calle en Colombia y todos se van acomodando en las habitaciones y cuando allí no caben más, los que siguen duermen en la sala y los que siguen, algunas veces ocupan los estrechos pasillos... Es el mismo problema de vivienda del país, transplantado a Nueva York.

    La fama de su peligrosidad tiene que ver con algo diferente al atraco y nació una década atrás, el 29 de diciembre de 1975 en un edificio de la calle 94. El número, 30—10, donde vivía Osear Toro desde antes de ingresar a la cárcel, acusado de traficar con marihuana. El afrontó un juicio y salió airoso, pero cuando regresó a Queens halló en el sótano a su hija Susana de 5 años colgando de una viga del techo. Los asesinos la estrangularon, encimándole cuatro puñaladas en la cabeza y el vientre.

    Toro se refugió entonces en Northern Boulevard, Sunnyside, (también en Queens), y nueve días más tarde tuvo que separar de una columna los cadáveres apuñaleados de su hijo Oscar de 10 años y de Liliana Bustamante, la niñera, de 17. Ella fue violada antes de morir.

    Las calles de Chapinerito son estrechas y al lado de los restaurantes y de las fuentes de soda funcionan decenas de pequeñas agencias de turismo cuya cantidad indica el flujo de viajeros que genera el lugar. A través de algunas de ellas, las gentes envían sus ahorros semanales a Colombia, puesto que las cartas son saqueadas en oficinas de correos norteamericanas, donde bandas de empleados norteamericanos se quedan con el dinero.

    También abundan los "Grosery Stores", que a diferencia de los del resto de la ciudad, ofrecen cilantro, mazorca, papas criollas, yuca, panela y areparina y como en las zonas céntricas de nuestras ciudades, cada veinte locales hay un indio amazónico o un brujo, alternando con los consultorios de José Gregorio Hernández y las oficinas de abogados que gestionan "en cosa de semanas" la separación matrimonial. Estos pagan un buen volumen de avisos en los diarios hispanos y en "La Cubanísima", una emisora de gran sintonía entre la colonia.

    Allí cada mes, decenas de hombres y mujeres indocumentados contraen matrimonio "de paro" con puertorriqueños o latinos residentes para obtener sus visas. Pero el negocio le cuesta al "cónyuge" colombiano quince mil dólares que se pagan anticipadamente, uno sobre otro, en efectivo, bien contados, después de lo cual deben permanecer un año simulando que viven con su pareja. Luego viene la separación.

    En la zona de boutiques, Florsheim tiene dos tiendas grandes, pero los zapatos no son los mismos, austeros, livianos o pesados que ofrece en sus sucursales de Manhattan. Aquí los hay grises, azules, caramelo y blanco, todos de charol, todos de suela muy delgada, porque de lo contrario no competiría con el resto de los almacenes del sector, surtidos con mocasines Pino Guiardim, Top Fox o Vittorio Fori, también de charol pero combinados: azul oscuro con blanco, negro con blanco, piel de caimán café y gamuza crema, para hacerle el juego a lujosos trajes blancos, que algunos de mis paisanos llevan preferencialmente con camisa negra y corbata del mismo color de las medias, generalmente blancas o azules claras.

    El traje "sin engallamientos" podía costar entonces unos setecientos dólares, pero si uno se metía a adquirirlo debía sumar media docena de camisas Uomo o Mirto —cuello normal— que fluctuaban entre noventa y ciento veinte dólares. Eso para "vestir", porque para ir los domingos a Flushing Park a jugar golf y comer fritanga, la onda era camisa de seda con rayas anchas y cuello Nehru.

    Y están también los restaurantes típicos como Las Acacias y La Aguacatala, decorados a manera de patios coloniales, tejas de barro, ponchos, carrieles, letreros con chistes viejos, y meseros genuinamente paisas, en los cuales, claro que hay fríjoles con garra o "Antioquenian Beans", pero también "Spanish yellow potatoes" que en buen boyacense quiere decir papas criollas, "Colombian Tamals", "Mondongo Spanish". "Ox tail soup", o sea, sancocho con cola de buey, y desde luego "Cold Oates" cuya versión vallecaucana es, ¡Avena helada!, ve...

    La Herradura es uno de los restaurantes colombianos más antiguos en Nueva York y está ubicado donde parece terminar la zona comercial, al sur de la pequeña Plaza Corona. Para esa época no había sido ampliada hasta ocupar toda la esquina y su prestigio dentro de la colonia obedecía a la imagen de rectitud de Rubén, el propietario.

    El es un chiquinquireño de 52 años a quien la ciudad parece haberle agudizado aquella malicia boyacense con la cual se marchó hace veintinueve, "sin conocer una sola palabra de inglés pero con la seguridad de que era capaz de abrirme camino en una forma honesta y por mis propios medios".

    Entonces allí prácticamente no se hablaba español y Queens estaba habitado básicamente por italianos que fueron abandonando el lugar en la medida que crecía la presión de los emigrantes latinos. Primero llegaron allí los dominicanos y luego aparecieron los colombianos. Rubén trabajó inicialmente en el área electrónica de la firma Bulova —que más tarde fabricaría los mecanismos de precisión para las bombas utilizadas en el Vietnam— y con lo primero que logró guardar se trasladó al sector y en 1975 puso a funcionar este restaurante de cuarenta y ocho sillas y una barra amplia en la cual se refugia diariamente un buen grupo de colombianos unidos por su añoranza del país.

    La mayoría trabaja incansablemente para ahorrar unos dólares y enviárselos a su familia en Cali, en Pereira, o en Medellín, pero muchos sienten que no podrán volver jamás por simple orgullo: han sido incapaces de alcanzar aquel "sueño americano" que los atrajo en busca de la riqueza y desde luego, de la respetabilidad que les niega Colombia.

    En general, los que conocí estaban limitados por un jornal reducido y difícil de ganar, entre otras cosas porque no se habían preocupado por aprender el inglés y esto los condenaba a ser ciudadanos de segunda por el resto de sus días.

    Los más antiguos llegaron sin problemas porque hasta hace unos años, cuando la presión no era tan grande, podían obtener fácilmente una visa de turismo y gracias a ella ingresaban y se quedaban. Ahora los controles son minuciosos y prácticamente la totalidad ha venido por "el hueco", es decir, en forma clandestina a través de la frontera con México, desde Bahamas en bote o en avión, e incluso algunos por Haití, mezclados con centenares de emigrantes locales que cruzan el mar en pequeñas embarcaciones buscando las costas de la Florida.

    Para ninguno de ellos el éxodo ha sido fácil. Por ejemplo, el Caribe entre las Bermudas y los Everglades, llegó a convertirse a principios de la década en sepultura de decenas de hombres, mujeres y niños que se embarcaban en Bimini con destino a Miami: era tal la cantidad de colombianos que llegaban tras lo mismo, que los dueños de las lanchas metían hasta el doble del cupo y algunas veces naufragaban en un mar embravecido buena parte del año. La zona está dentro del Triángulo de las Bermudas.

    De la ruta de Haití, inicialmente encontré la referencia de un hombre de apellido Gaviria, de Medellín, que se embarcó con su esposa en Puerto Príncipe y arribó viudo a Miami. Ambos fueron escondidos dentro de la bodega de una embarcación menor atestada de personas y ella se asfixió durante el crucero. Gaviria vivió algunos meses en Nueva York y luego se trasladó a California. Nadie conocía su dirección, pero su historia como las de decenas de casos similares, es parte de un patrimonio nacional que tiene asiento diario en La Herradura.

    El restaurante lucía limpio y alegre. Al fondo y muy cerca de la barra había una rocola de monedas que disparaba permanentemente música del Caribe y tanto el cocinero como Ana, Lucy y Marisol, las meseras, eran dominicanos que se habían integrado de tiempo atrás con la clientela y conocían parte de sus secretos y, desde luego sus gustos, de manera que el ambiente resultaba familiar, muchas veces íntimo.

    Para Rubén, el secreto de la supervivencia del negocio estaba en mantenerse a la vez cerca de las expectativas de los colombianos pero bien lejos de sus problemas y por tanto la primera regla consistía en vender solamente un aperitivo y luego el licor que acompañara las comidas. Esto hacía del lugar un sitio tranquilo.

    Yo llegaba todos los días a las cinco de la tarde. A esa hora me acomodaba en la barra, pedía una cerveza y permanecía hasta cuando cerraban, cerca de la media noche. Con la ayuda de Rubén pude meterme rápido en el medio y fui conociendo uno a uno los personajes, sus historias y a través de ellos parte de la vida íntima de Queens, un gigantesco barrio colombiano, hasta cierto punto lejano de los Estados Unidos no sólo por la nostalgia sino por el idioma y las costumbres. Queens, como cualquiera de nuestras capitales, es un conglomerado que se hacina en la ciudad pero cuyos habitantes continúan atados a la tradición rural y provinciana. Al fin y al cabo vinieron de allí y la impresión es que esa huella los persigue hasta el día de su muerte, así vivan a cuarenta minutos de la urbe más importante del mundo.


    AQUI NO SE LAS TIRE DE PAISA PORQUE LO CLAVAN


    Superficie Tamiami, este es el November Diez—Veinte. —November Diez—Veinte: Superficie Tamiami. Prosiga.
    —November Diez—Veinte en plataforma Norte para zona de maniobras, Este. Visual.
    —Recibido. Está autorizado. Carretear a la pista Cero—Nueve. Viento de los noventa grados con diez nudos. Altímetros treinta—veinte. Hora: uno—tres, uno—cinco.

    Nueve y quince minutos de la mañana del 17 de agosto. El pequeño avión Cessna 150 salió lentamente de su plataforma y se fue en busca de una bahía situada a pocos metros de la cabecera de la pista, donde se realizaría el último chequeo antes de decolar.

    El sol brillante de verano producía un reflejo sobre el tablero y Gabriel Jaime —antioqueño, 28 años— se empinó sobre su asiento simulando que observaba algo en la nariz del monomotor, pero en realidad estaba buscando descargar la tensión que le producía aquel inspector silencioso, sentado a su derecha.

    Veinte minutos antes había emprendido un riguroso examen, tras el cual esperaba graduarse como piloto privado y sabía que cualquier falla de su parte sería suficiente para aplazar los planes, de manera que se concentró aún más y mientras avanzaba, repasó mentalmente parte de lo que había hecho desde el momento de acercarse al avión: ("Alerones con recorrido normal... llantas bien, frenos bien, tubo Pitot en buen estado, revoluciones. 1.700, bien; corté magneto y el indicador de revoluciones cayó... ¿70?... ¿75?... De todas maneras estaba bien; temperatura del aceite, 130 grados, bien...").

    En la bahía miró de reojo al inspector y una vez más lo vio rigurosamente sentado, con la mirada fija en el tablero y los labios endurecidos y decidió olvidarse de él. Al fin y al cabo —pensó— sabía lo que estaba haciendo y no iba a permitir que aquella especie de momia le echara a perder el esfuerzo realizado durante las últimas semanas, por lo cual tomó la lista de instrucciones y repitiendo en voz alta se dirigió al amperímetro que cargaba normalmente y luego repasó velocímetro, altímetro, horizonte, brújula, palo y bola, puertas y ventanas bien cerradas, puso la nave en movimiento y en el punto de espera inició un nuevo diálogo con la torre, y luego cambió la frecuencia de la radio y dijo con la mayor seguridad posible.

    —Torre Tamiami. November Diez—Veinte... a lo cual un controlador le contestó lo de rigor, ordenándole luego que rodara "a posición libre despegar" y corrigió a ocho nudos el viento de los noventa grados.

    Desde una ventana del segundo piso de la escuela, Bill Connell, su instructor, vio cómo ocupaba la cabecera de la pista y realizaba el decolaje correctamente para más tarde describir el primer viraje de un cuarto de circunferencia. "Ahora comienza a limpiar el área de maniobras. Lo está haciendo como debe ser", pensó y se retiró de allí sonriendo.

    A pesar de haberlo tratado poco, Bill sentía por el muchacho una estimación especial, porque, además de ser uno de sus mejores alumnos en los últimos tiempos, tenía una serie de rasgos que le gustaban en la gente: sincero, directo, con una inteligencia penetrante y una enorme facilidad para aprender y para aceptar cuando se equivocaba.

    Una hora más tarde el N 1020 se posó en tierra, carreteó hasta su plataforma y cuando apagó el motor, Gabriel Jaime vio que el instructor, sin pronunciar palabra, levantaba la mano izquierda y cerrando el puño, lo sacudía irguiendo el dedo pulgar. Había aprobado.

    Para él, esa fue una de las mañanas de su existencia en que recuerda haberse sentido más feliz, no tanto por comprobar que ya era capaz de dominar los aires o que sin la ayuda de alguien podía experimentar la libertad de las gaviotas, o porque decolando en las noches estaría más cerca de las estrellas, sino, simplemente, porque había hallado una mina de oro. En aquel momento ignoraba la leyenda de Icaro o el sueño de los hermanos Wright. Lo único importante era que en Bahamas había un enjambre de colombianos indocumentados que ansiaban pasar a la Florida y estaban dispuestos a pagarle dos mil dólares por el favor... Gracias a ellos iba a atesorar una fortuna en poco tiempo y eso para él lo era todo. Es que precisamente con ese fin se había marchado al Norte siete años atrás.

    La historia comenzó, bueno, veinte días antes. Sólo veinte. El verano estaba en su punto más alto y habían salido al porche con Mario para comerse un pedazo de carne que ellos mismos prepararon. Mario fue a buscar un par de cervezas pero cuando se disponía a abrir la nevera sonó el teléfono y se quedó allí pegado varios minutos, al cabo de los cuales regresó con la noticia de que Bob, el piloto norteamericano, necesitaba dinero.

    —Doce mil verdes. Lo del trabajo de ayer. Dice que se los mandemos esta misma tarde porque necesita dinero en efectivo, no sé para qué cosa. Ponte la camisa y te vas a llevárselos. Yo me quedo esperando la llamada de Medellín, propuso, pero Gabriel Jaime se quedó mirándolo en silencio y un poco después estiró el dedo apuntándole a las cejas y dijo:
    —Vea hombre: nosotros estamos haciendo el papel del bobo porque somos los que tenemos las conexiones, los que conseguimos la gente y además se la subimos al avión. El la trae, se lleva mil dólares por cabeza y nos da los otros mil... ¿Por qué no hacemos todo nosotros y nos ganamos los dos mil?
    —Y, ¿cómo lo vamos a hacer, si no somos aviadores?, comentó Mario, a lo que Gabriel Jaime respondió mientras se alejaba en busca de la camisa:
    —Pues aprendiendo a volar. ¡Volviéndonos pilotos!

    Aún sin abotonarse se trepó en el auto, lo prendió y apuró a Mario para que saliera pronto. El aeropuerto de Tamiami quedaba a sólo seis cuadras de allí y él quería matricularse inmediatamente en una escuela de aviación. Todas las decisiones de su vida habían sido tomadas igualmente rápido y esta vez no había ningún motivo para cambiar.

    Los dos hombres se habían conocido al comienzo de la primavera en Nueva York, en torno al tráfico subterráneo de cosas. Gabriel Jaime se dedicaba entonces a llevar a Colombia maletas llenas de dólares y Mario a introducir a los Estados Unidos colombianos indocumentados a través de las Bahamas. Era un guía conectado con varias agencias de turismo que enganchaban la gente en el occidente colombiano y como tenía visa de residente, podía moverse sin problemas entre los dos países, manipulando rebaños de colombianos que deseaban huir de su tierra.

    Hasta entonces la vida había sido generosa con Gabriel Jaime, un hombre de veintiocho años y diecinueve títulos como técnico en el ramo de la construcción, trabajo que abandonó unos meses antes cuando conoció en Queens a un paisano suyo que le propuso algo en lo cual ganaría mucho más que como soldador, pero trabajando muy poco.

    El negocio era fácil: "Solamente tienes que viajar una vez por semana al platanal llevando, por ahora, una maleta llena de dólares. Todo está arreglado allá. Tu labor consiste en recogerla aquí —cada vez te decimos dónde—, irte hasta el aeropuerto, chequearla y viajar acompañándola. Una vez abandones el terminal de Medellín, te vas y la entregas en el sitio que te digamos antes de cada vuelo, ¿listo?

    —Listo. ¿Cuándo hay que comenzar?
    —Mañana.
    —Mañana comienzo.

    Hizo el primer viaje trayendo una maleta de tamaño normal, dentro de la cual habían acomodado dos millones de dólares en billetes de cien, "empacados por fajos, entre cajitas de unas 15 pulgadas de largo por 7 de ancho, que envolvían muy bien con papel de regalo. En Colombia ya sabían cómo era la cosa, de manera que yo reclamé mi equipaje, fui hasta la aduana y cuando me abrieron la maleta, uno de los guardias dijo:" Ahhh" mirando a sus compañeros y luego me ordenaron cerrar "esa vaina" y salir de allí.

    Trabajé seis semanas... o sea que hice seis viajes sin ningún contratiempo y en los tres últimos llevé de a cuatro millones que cabían en tres maletas porque las cajitas iban bien ordenadas. En ese mes y medio transporté veinte millones, me gané unos buenos pesos pero como iba conociendo gente importante, entré a otros ambientes que pintaban mejor. Uno de ellos era el de Bahamas y decidí irme con Mario para Miami donde él dominaba la situación.

    Allí había un negocio más atrayente que le permitía a uno independizarse —así corriera riesgos— porque si nos pescaban metiendo gente ilegal a Estados Unidos, la condena era de cinco años por cada paciente que lleváramos en el momento de la captura. (Eso no sucedía con el transporte de dólares, pues en ese tiempo —hablo del año ochenta y dos— usted sacaba de los Estados Unidos lo que quisiera y nadie le tocaba el equipaje).

    El trabajo de Mario consistía en comunicarse diariamente con Medellín y tomar nota del número de personas que viajaban a las Bahamas, poniéndole cuidado a los grupos recomendados por unas treinta agencias de turismo que trabajaban en llave. Después de esto, se trasladaba a Nassau, y más tarde a Bimini, Gran Caimán o Saint Andrews donde se los entregaba a Bob. Desde luego, antes de partir dejaba en Miami gente responsable que los recibiera si él no podía hacerlo. En esta forma trabajé unas cuantas semanas hasta cuando vi que las cosas marcharían mejor si nosotros mismos manejábamos nuestros propios aviones.

    Aprender a volar fue fácil. Aquella misma tarde nos fuimos hasta el aeropuerto sin perder tiempo y en la primera escuela preguntamos por los cursos de pilotaje. Valían dos mil quinientos dólares que uno podía pagar, bien de contado o por horas de vuelo. Dije que estaba bien e inmediatamente nos llevaron a dar una vuelta a bordo de una Cessna 150. Al día siguiente comenzamos el curso, pero Mario se retiró una semana después. En Nueva York encontró algo que le parecía mejor.

    Mientras tanto yo me quedé estudiando duro y volando bastante... Recuerdo que asistía a mis clases de tierra entre las siete de la mañana y las doce del día o una de la tarde, descansaba un poco y luego volaba tres y cuatro horas, sin fijarme si eran sábados o domingos. Muchas veces iniciaba vuelos, bajábamos y durante el descanso agarraba una clase de 'ground school' y luego otra vez al avión. Por eso conseguí mi licencia de piloto privado para monomotor en sólo veinte días.

    A la mañana siguiente —no se podía perder tiempo— renté un Cessna 150 (igual al del curso) y di varias vueltas para conocer mejor la zona. Por la tarde renté otro y anduve por pistas, por caminos, por diferentes aeropuertos y ya con ese conocimiento, un día más tarde me fui hasta Bimini, la isla más grande de Bahamas y la más cercana a la Florida, (veinticinco minutos de vuelo). Allá agarré mi primer pasajero y me gané mis primeros dos mil dólares como aviador independiente. Recuerdo que esa noche tomé otra decisión: el 150 era muy pequeño y con toda la cantidad de gente que esperaba, estaba perdiendo dinero, así que amaneció, me fui para el aeropuerto y renté un 172, con capacidad para tres pasajeros. Lo volé, hice el chequeo oficial para ese nuevo equipo y como fui aprobado, adicioné mi licencia para naves un poco más grandes.

    En el primer vuelo saqué la inversión y comencé a dar en el clavo porque entonces pagaba 800 dólares por el alquiler del avión, pero cobraba 6 mil por el viaje, de manera que me estaba ganando 5.200 por trayecto. Solamente ese día hice tres viajes, 15.600 dólares, 150 mil en los primeros diez días. Eso era una fortuna.

    En la primera semana de trabajo me empezaron a conocer tanto en Bahamas como en la Florida, mientras en Medellín las agencias tuvieron referencias mías y me llamaban a todas horas: que vaya por fulano de tal, que lo espera perano, que hay cincuenta personas atascadas esperando varios vuelos. Me hablaban de Nueva York, de New Jersey, del mismo Miami para que volara a traer señoras, hijos, hermanos de colombianos que ya estaban viviendo aquí... y así comencé a andar de allá para acá y viceversa, haciendo dos o tres vuelos diarios, pero al poco tiempo volví a pensar que estaba perdiendo dinero porque la clientela era muchísima, muchísima, así que hice arreglar un Cherokee Six, (de seis puestos) y lo compré: 125 mil dólares, o sea lo que me ganaba en una semana con el avión anterior.

    Recuerdo que para recuperar rápido el dinero, durante los ocho días siguientes le metí al 'Six' veinte vuelos. Eso son 120 pasajeros, o sea 240 mil dólares libres en una semana, sin tener que darle cuenta ni razón a nadie.

    Pero era tan grande el éxodo de colombianos que había trabajo para cinco aviones más y todavía se quedaba mucha gente. Mucha... en ese momento éramos dos pilotos gringos, dos colombianos y un argentino y no dábamos abasto porque semanalmente llegaban unas quinientas personas con el ánimo de meterse a los Estados Unidos. Y la inmensa mayoría lo lograba.

    Ahora... burlar a las autoridades se me volvió una rutina. El sistema era decolar para un vuelo local —cómo si fuera a mantenerme en un área próxima al aeropuerto— y una vez en el aire sobrevolaba la ciudad, enrumbaba hacia el mar para hacerme que miraba un barco y una vez allí apagaba los radios, o bien mantenía mi ayuda de radar y entonces bajaba a treinta metros sobre la superficie del agua (llegué a volar a quince metros) y me iba para Bahamas con toda tranquilidad porque sabía que no me estaban monitoreando. Cuando me acercaba a Bimini levantaba y unas veces me reportaba con un nombre, otras con otro... Allí no había torre de control sino un sistema de comunicaciones llamado 'unicom', que es escuchado solamente por los aviones que están en el tráfico local y se utiliza para evitar accidentes. (Ejemplo: impedir que haya simultáneamente dos naves sobre la pista).

    Cuando aterrizaba, encontraba abajo tres guardias: un policía, uno de la aduana y otro de migración que ganaban muy bien y se peleaban ese servicio porque les dábamos 100 dólares por viaje a cada uno y ellos se encargaban de cuadrarle a uno los pasajeros. Cargaba mi gente y salía de allí, bien volando muy bajo o si el día estaba nublado me subía a siete u ocho mil pies y ya en las proximidades de Miami volvía a descender por los lados del puerto, daba vueltas por la ciudad y finalmente me reportaba pidiendo pista para aterrizar: unas veces lo hacía en el Tamiami, otras en el Opa—Locka, otras en el Homestead General. (Es que durante un vuelo local uno no tiene que estarse reportando sino que lo hace al salir y al llegar y mientras tanto nadie le pone cuidado. Yo aprovechaba eso para ir por la gente y volver).

    Al poco tiempo de estar operando y como la frecuencia de los vuelos era tan grande, comencé a descartar los aeropuertos: sucede que en los Everglades —un parque natural— hay... qué sé yo: doscientas cincuenta, trescientas calles y caminos solitarios en un área de cuatrocientos cincuenta kilómetros cuadrados. Algunos son pavimentados, otros empedrados, otros de tierra, a lado y lado bosque, manglares y pantanos y como no se veía nunca ninguna autoridad de migración, era posible elegir cada día una pista diferente.

    Entonces empecé a bajar allí. Las escogía cercanas a la autopista que conducía hasta 'la civilización' para que la gente no tuviera que caminar tanto y yo pudiera terminar rápido mi labor y una vez me detenía —sin apagar motores, ni darle siquiera vuelta al avión porque eran pistas muy largas— hacía saltar a los pasajeros y decolaba inmediatamente. A ellos los recogía una 'van' que mantenía esperándome con instrucciones sobre el camino que iba a utilizar y esa los llevaba a mi apartamento. Yo volaba al Tamiami, dejaba el 'Six', tomaba el auto, los recogía y empezaba a repartirlos. De regreso almorzaba y salía para otro vuelo.

    Aun cuando siempre me movía por lugares donde estaba casi seguro de no encontrarme con las autoridades de migración, nunca confié en nada y por eso me mantenía ideando nuevos procedimientos, nuevas maneras de meter a la gente. Por ejemplo, utilicé varias veces una pista para planeadores que hay cerca del Homestead General, un aeropuerto situado entre Cayo Hueso y Orlando. En ese sitio volaban unos planeadores checos de aluminio que se elevaban tirados por un Cessna 172, en el que cabían pasajeros y un piloto certificado por la FAA. El vuelo duraba algunos minutos y luego regresaban a tierra. Una tarde yo lo hice, medí el tiempo y trabé amistad con Howard, el administrador. Después le prometí que iba a colaborar con él llevándole turistas colombianos y el tipo quedó muy agradecido, de manera que, en adelante, algunas veces lo llamaba y le hablaba de un grupo. Fijábamos una hora determinada para los vuelos y entonces me iba tranquilo a Bimini y de regreso aterrizaba en esa pista, metía a la gente en los planeadores y una vez se divertían, salía con ellos en carro sin el menor contratiempo. Yo creo que cada vuelo costaba unos veinticinco dólares. Esos los pagaba yo.

    Posteriormente volví a operar una vez que otra desde el mismo Tamiami, donde anunciaba vuelos para traer gente de Marathón, un pequeño pueblo al sur de la Florida, sobre la carretera a Key West. Como se trata de un sitio muy turístico, la autoridad realmente creía el cuento y decían, 'ese muchacho viene con amigos, dejémoslo tranquilo'. Pero es que la cosa no era totalmente gratis porque yo cargaba entre el avión un pequeño almacén con bermudas, gafas oscuras, chancletas, pavas para las señoras, bombas desinfladas o pequeñas pelotas para los niños, y una vez en el aire los hacía disfrazarse, dejábamos la ropa adentro y les decía que bajaran mirando para el cielo como cualquier turista despistado. Eso caminaba bien".

    Hoy Gabriel Jaime es un hombre de treinta y seis años. Cuando tenía dieciséis, en 1968, dejó de estudiar y su padre le dictó una sentencia: "Sigue en el colegio, trabaja o se larga de aquí". El se largó y terminó en Queens en lo que terminaban sus paisanos: aseo de platos, trabajo en lavandería, lucha, rebusque, pequeños ahorros, pero le sumó algo que no es muy común: tomó con toda seriedad un año de inglés y cuando sintió que se defendía bien, continuó asistiendo por las noches a un "high school" donde revalidó los tres años de bachillerato cursados en Colombia y terminó estudios básicos.

    Para entonces se había conectado con algunos albañiles calificados que lo llevaron a una obra y sin saberlo hacer del todo bien, dijo que era un experto en pintura con pistola, apoyándose en las contadas instrucciones que le había dado un amigo durante la semana anterior. Al fin y al cabo contaba con un gran sentido, cuando lo hizo por primera vez, convenció al capataz y se quedó con el puesto.

    Hasta cierto punto era un trabajo de riesgo porque se trataba de pintar en alturas y como resultó haciéndolo no solamente bien sino rápido y con iniciativa, se lo llevaron más tarde a trabajar en la planta nuclear de Bridgman en Michigan.

    —Allí —recuerda— comencé en el salón de controles, pero antes de entrar pasé por una habitación donde me desnudé y recibí una muda de ropa completa. Con ella ingresé al sitio, trabajé quince minutos y luego me hicieron salir y entregar la ropa para ser enterrada. Así trabajé varios días, pero una tarde, estando encaramado sobre unas estructuras me puse a mirar a los carpinteros y vi que trabajaban menos que yo, se ensuciaban menos y ganaban más y me dije, "carajo, eso es lo que tengo que hacer".

    Al sábado siguiente buscó una ferretería, compró las primeras herramientas y se fue donde unos amigos a practicar. De regreso al trabajo observó largamente a los carpinteros y cuando creyó que podía, se trasladó a Virginia y consiguió un empleo en el que fracasó porque se le fue todo el primer día colocando una columna. Al final de la tarde el capataz lo llamó y le dijo, "tú no eres ni carpintero ni un carajo. ¡Vete de aquí!".

    El dio por aceptada la lección. Sin embargo, esa noche se rapó la cabeza para transformar su apariencia y como tenía varios cartones del Seguro Social, cambió el que había utilizado hasta entonces, ("Los comprábamos por diez, quince dólares a amigos norteamericanos. O uno iba normalmente y se lo expedían sin preguntarle si uno era legal o ilegal... eran otras épocas"), se volvió a presentar a la misma obra, esta vez como pintor y desde luego lo aceptaron. Pero desde el primer momento se mantuvo cerca de los carpinteros, observándolos, preguntando, averiguando acerca de las herramientas y la manera de utilizarlas, tratando de ayudarles en los ratos libres y a la vez que aprendía trababa amistad con una cuadrilla que finalmente lo invitó a Waynesboro, en Georgia.

    En total eran catorce trabajadores calificados, de los cuales solamente dos hablaban bien el inglés: él y otro. Los demás eran mexicanos y por tanto el capataz les pidió que se dividieran en dos grupos y pusieran a la cabeza de cada uno de ellos a quienes se podían comunicar con él. Por el servicio de traducción les ofreció cincuenta centavos más por cada hora.

    La primera tarea consistió en hacer una formaleta de 12 por 16 pies pero él no sabía armarla. Le preguntó a uno de sus compañeros cómo se hacía, le explicaron y la dejó bien. Así comenzó su nueva especialización pero un año más tarde se dedicó a mirar a los soldadores y advirtió que trabajaban todavía menos que él y, como en el caso anterior, ganaban mejor. Entonces se fue a una escuela a aprender soldadura, curso que demoraba tres años, pero luego del primer examen pudo ascender y logró lo que quería: trabajar menos y ganar más.

    Terminando el curso y gracias a sus conexiones, halló un puesto mejor que el anterior en la planta nuclear de Daisy, en Tennessee y allí encontró parte del paraíso con que había soñado hasta entonces:

    —Dos o tres puntos de soldadura a la semana. No hacía más que eso. Durante el resto del tiempo me dedicaba a leer libros técnicos para mejorar mis conocimientos, a echar siesta y a rascarme la barriga porque imagínese que entrábamos temprano en la mañana y nos daban la orden de soldar un tubo, pero esa orden llegaba por ahí a las tres de la tarde, cuando un operario comenzaba a cuadrar el tubo y terminaba sobre las cinco. A esa hora estaba finalizando la jornada y entonces le pegábamos un martillazo, lo soltábamos y nos íbamos para la casa. Al otro día temprano poníamos el punto de soldadura y nos sentábamos a esperar la orden siguiente y así se nos iba la semana entera. El sueldo era bueno: dos mil ochocientos dólares al mes. Fue cuando mejor gané en mi vida de jornalero. Sin embargo nunca tuve un ahorro, nunca guardé nada porque a medida que progresaba quería vivir mejor y compraba más, consumía más y me lo gastaba todo. Esa es la trampa.

    Como el tiempo libre comenzó a mortificarlo, decidió aprender a manejar grúas y con ese fin se hizo amigo de uno de los mejores operarios, a quien visitaba diariamente en su sitio de trabajo. Allí preguntaba cuanto podía y poco a poco fue logrando que le soltara los controles hasta que una tarde el mayordomo preguntó quién era capaz de hacer de maquinista transitoriamente y él se ofreció. En adelante fue un auxiliar clave en ese campo, pero nunca quiso trabajar de asiento porque allí la soldadura es la labor mejor paga del mundo.

    Para él, aprender constantemente es lo más importante de su vida, así que una vez logró dominar las grúas más pesadas miró hacia otro campo: el de los amarradores de hierro, una labor ruda y difícil, pero logró hacerlo tan bien que fue contratado como jefe de taller —con mando sobre un contingente de obreros— para la construcción de la presa más grande del mundo hasta ese momento y trasladó toldas a Bath County, en Virginia.

    Terminada esa obra, estaba a punto de partir con un equipo de técnicos al río Paraná, (entre Brasil y Paraguay) donde se iniciaban los trabajos de la hidroeléctrica de Itaipú, pero le ofrecieron algo mejor en Alaska y decidió marcharse a vivir un semestre a cincuenta y cuatro grados bajo cero. De regreso, se detuvo algunos días en Nueva York y cuando saboreaba un plato de "antioquenian beans with garra" en La Herradura, se le acercó aquel amigo que le propuso transportar a Colombia maletas llenas de dólares.

    La ruta de los colombianos comenzaba especialmente en Cali, Medellín y Pereira, desde donde se transportaban en aerolíneas locales a Panamá. Allí tomaban los jueves un avión de British Airways que volaba a Londres haciendo una escala técnica en Nassau, pero también utilizaban líneas regulares entre Panamá y Nassau o se iban a Caracas y de allí volaban, también a Nassau, en las Bahamas. Luego se trasladaban hasta Bimini en los aviones de la Short Airways o la TIA.

    Bimini son dos islas diminutas. Una al norte con seis o siete hoteles turísticos que permanecen ocupados por pescadores deportivos y otra más pequeña, al sur —donde preferiblemente eran llevados los colombianos—, con cuatro casas y un galpón de mala muerte. Allí se hacinaban emigrantes de todas las pelambres: gente de clase media con recursos para viajar en avión, o mujeres, hombres y niños más pobres que estaban condenados a cubrir el trayecto por agua.

    El galpón fue dividido en cuartos de unos tres metros por lado y en cada uno acomodaban diez, doce personas, sin contar los niños, pero aún así resultaba insuficiente, y muchos dormían en los corredores o regresaban al norte por la noche, en vista de la falta de cupo dentro de las lanchas que cubrían la ruta hasta la Florida.

    Entre las dos islas hay sólo quinientos metros que se cubren en lancha. En Bimini Sur, la pista se halla a unas veinte cuadras hacia el extremo opuesto del paso.

    Para 1983, antes de que las autoridades de migración de los Estados Unidos taponaran ese hueco, operaban allí alrededor de setenta botes de diferentes tamaños. El mismo Gabriel Jaime recuerda cómo "me tocó ver embarcaciones de veinte pies (seis metros), en las cuales metían hasta veinte personas. Eso es demasiado porque están construidos para llevar seis pasajeros. Y si tenían camarote, pues les acomodaban treinta. Una barbaridad".

    El pasaje costaba entonces quinientos dólares por persona, pero esa suma no les garantizaba nada. El sobrecupo, accidentes y algunas veces la calaña de los guías, ocasionaban continuos naufragios y muertes absurdas.

    —Por ejemplo —dice Gabriel Jaime—, a un muchacho que era amigo mío se le explotó la parte trasera del bote porque tenía un escape de gasolina y alguien tiró allí mismo un cigarro prendido. Esa vez murieron siete personas y otras tantas resultaron con quemaduras graves... También al llegar a la costa en Florida morían muchos porque los lancheros cubanos, y algunos colombianos, sentían miedo de atracar en la playa y fondeaban unas dos cuadras antes. Para desocupar la embarcación y alejarse rápido, hacían bajar a la gente encañonándola con una pistola. Pero sucede que muchos no sabían nadar, especialmente los niños, y eso no les importaba y los lanzaban a la muerte.

    Los desembarcos se realizaban preferentemente en zonas pantanosas cubiertas por manglares para aprovechar la soledad y la complicidad del bosque —agrega— y cuando arrimaban, allí mismo los hacían bajar. La gente corría desesperada por entre el agua y luego avanzaba trechos largos hasta encontrar tierra seca. No llevaban equipaje, no llevaban una muda de repuesto, no llevaban nada porque no se lo permitían ni en Colombia ni en Bahamas (y si la llevaban se la botaban), entonces, así mojados, embarrados, generalmente con hambre, salían a las autopistas a pedir un 'auto stop' o a deambular en busca de un teléfono —que la mayoría no sabía manejar— para comunicarse con sus amigos o sus parientes.

    Los que se sentían más llevados del bulto regresaban a Colombia dizque a pedir dinero prestado, otros a atracar o a robar, algunos a trabajar nuevamente para volver a conseguir la plata, pero todos se veían dispuestos a repetir el viaje.

    Los guías generalmente eran unos... Muchas veces recogían las cuotas finales de dinero cuando arribaba la gente, pero esa misma noche se lo jugaban en el casino y a la mañana siguiente agarraban un avión y volaban a Miami dejando treinta, cuarenta pobres abandonados allí mismo... Yo recuerdo que no había semana en que uno no encontrara muchachitas jóvenes acostándose con el que se lo propusiera, a cambio de veinte, treinta dólares... Y duraban así tantos días cuantos fueran necesarios para completar los quinientos que les cobraban por pasarlas. Y la violación... pues la violación y el atropello eran comunes en esa isla, especialmente porque los guías abusaban de las mujeres y las niñas: 'Usted pasa si se acuesta conmigo o si no la dejamos aquí tirada', les decían, y ellas por miedo de quedarse en las garras de un tigre, pues...

    Uno ayudaba hasta cierto punto, pero sucedían tantas cosas que resultaba imposible dedicarse a solucionar dramas. En 1984 recogí a una mujer joven, bonita, de unos diecinueve; con la cara cortada porque la noche anterior un tipo trató de obligarla a acostarse con él y como ella no quiso, le pasó la navaja por las mejillas. Cuando llegué por la mañana me enteré y la llevé sin pérdida de tiempo a la Florida. Al día siguiente le di para que se fuera a Nueva York a buscar a su padre.

    Ahora... de cada cien personas que yo transportaba —eso no fallaba— ochenta eran hombres, quince mujeres y el resto niños. Mujeres y niños correspondían a personas que ya estaban aquí más o menos organizadas para poderse llevar a la señora y al hijo porque generalmente el colombiano se va adelante, solo.

    Había muchos guías y todos eran colombianos. Yo calculo unos treinta, de los cuales veinte eran caleños y el resto de Antioquia. La mayor parte atendían a la gente en sus casas de Cali o Medellín pues eran independientes y cobraban entre mil quinientos y dos mil dólares por llevarla a Panamá, trasladarla a Bahamas y luego meterla a Miami. Esa plata incluía comida, dormida y transporte en lancha y los interesados conseguían por su lado los pasajes aéreos. Según les prometían en Colombia, en caso de fracasar la entrada a los Estados Unidos, los devolverían al país sin ningún costo, pero una vez allá, los dejaban tirados... Imagínese el lío porque uno en una isla, sin dinero, sin para dónde salir, sin hablar el inglés que es una de las cosas más crueles que puede haber... Muchos guías no conocían el idioma y entonces uno encontraba a la gente haciendo gestos o sonidos con la garganta para comprar la simple comida. O mordiéndose el brazo y haciendo 'guau, guau' para expresar que querían un perro caliente. Los negros los veían haciendo esas pendejadas y se morían de la risa. Eso le da a uno lástima y no es capaz de dejar a cierta gente embarcada.

    Otra parte de esos guías —la minoría— trabajaban para una cadena de treinta agencias de turismo que funcionan solamente en Medellín, (fuera de las de Cali, Pereira y Bogotá), pero esas treinta a la larga se unen en una o dos empresas que le entregan la gente a media docena de personas.

    Con el correr de los meses, las cosas se fueron volviendo más complicadas en Bahamas a causa de nuestro desorden, pues creímos que eso era tierra de nadie y llegó un momento en que todos querían llevar gente 'a la cañona' y se fueron descarando más y más: ahora los botes entraban por aquí y por allá... Ya no eran cinco guías como al principio, sino ochenta o noventa. Es el milagro de la multiplicación de los colombianos donde se ve un negocio y, claro, las autoridades norteamericanas comenzaron a darse cuenta y se pusieron las pilas.

    Para esa época yo volaba solamente en casos especiales: era dueño de dos aviones de seis puestos cada uno y conseguí dos pilotos gringos a quienes les pagaba cerca de la mitad de cada pasaje. Entonces mi trabajo consistía en quedarme en casa y atender el teléfono. En cierta forma volví al principio, pero con una diferencia: que ahora ya tenía con qué comer el resto de mi vida.

    Por ese motivo, solamente agarraba una de las naves cuando se trataba de gente muy bien recomendada, amigos con quienes nos íbamos a pescar o a farrear pues generalmente llegaban buenas viejas de Cali, Pereira o Medellín y una mañana me confirmaron que mi tía, un hermano, una hermanita mía y un sobrino habían decidido venirse para los Estados Unidos. Arreglamos las fechas y ellos se tiraron en British hasta Nassau. Yo les reservé hotel en Bimini Norte pero sucede que en la fecha convenida para recogerlos vinieron tres días de muy mal tiempo y se cerraron las operaciones aéreas. Al cuarto pude salir, hice el recorrido y cuando aterricé vi un Volkswagen azul con dos rubios adentro —eso es raro en Bahamas— pero no les puse cuidado. Cuadré el avión, me tomé una cerveza, le di a los guardias sus trescientos dólares y me fui por mi familia al Norte.

    Al regreso, cuando agarramos una 'van' frente al hotelucho de Bimini Sur para trasladarnos hasta la pista, volví a ver que el Volkswagen con los mismos monos arrancaba adelante de nos—otros, pero tampoco le paré bolas. Nunca había pasado nada, de manera que, ¡hágale!

    Después de decolar yo tenía por costumbre darle una vuelta a la isla. Ese día la di y volví a divisar el mismo auto allá abajo, esta vez en el aeropuerto y tampoco pensé nada irregular hasta cuando tomé pista en el Homestead General y vi que se me atravesaba un helicóptero adelante. Inmediatamente intenté salirme por una pista de carreteo para volver a arrancar pero esta vez se me pusieron al frente dos helicópteros y me dijeron por radio: 'Deténgase y apague el motor'. Lo hice y le dije a la familia mía que si les preguntaban alguna cosa, respondieran que yo los había recogido en Marathón, que andábamos dando una vuelta y que nos disponíamos a guardar el avión para regresar después a la casa... Y que si querían saber más, que le preguntaran al abogado. Que no contestaran nada más.

    Cuando me detuve nos bajaron, uno de ellos trasladó el avión hasta la gerencia del aeropuerto y a nosotros nos treparon en un helicóptero y nos llevaron a una oficina. Pero el chofer que me estaba esperando se dio cuenta del lío y partió a llamar a mi abogada.

    Mientras tanto yo mandé a la hermanita mía para el inodoro y le dije que volviera picadillo los pasajes y los tirara a la taza. Yo antes de entrar hice que iba a orinar en un matorral y escondí allí todos los pasaportes menos el mío. Después empezó una especie de audiencia:

    —¿De dónde vienen?
    —De Marathón. Estábamos dando una vuelta y ya íbamos a guardar el avión, respondí.
    —¿Trae droga?
    —Señor —le contesté—, ¿parezco un drogadicto?
    —No... ¿Trae armas?
    —¿Parezco un pistolero?
    —No.

    El gringo miró para todos lados y mandó pedir un intérprete porque se dio cuenta de que los demás no hablaban inglés. Vino un mexicano, interrogaron a mi hermano y él repitió lo que yo le había dicho. Entonces llamaron a la hermanita mía y lo mismo: 'Estábamos en Marathón dando una vuelta...' (Ella ya había tirado los pasajes y estábamos limpios. No tenían ninguna prueba). Entonces llamaron a mi tía... Hombre, ella es mi tía desde hace sesenta años y del susto me cambió hasta el nombre. Cómo sería la tembladera que por allá en el bolsillo le sonaban unas llaves que había guardado entre la billetera. Cuando el gringo le dijo 'Venga yo le hago unas preguntas', le dije, 'Tía, no le diga nada', pero el gringo ordenó que me callara.

    —Yo tengo derecho a hablar en este país, le repliqué y él se puso colorado.

    En todo caso la tía mía habló todo. En ese momento llamó la abogada y me pasaron al teléfono.

    —No seas bruto, me dijo. Aquí no te las puedes dar de paisa con las autoridades porque te va peor. Diles la verdad que ya voy para allá.

    ¿Qué hice? Pues decirle todo al gringo. Veníamos de Bahamas... Escondí los pasaportes, déjeme salgo por ellos y los traigo, bla, bla, bla y tal. Allí nos dieron las cuatro de la tarde y como ellos eran de aduanas, llamaron a migración y después de las siete de la noche se llevaron a las mujeres y al niño para una estación migratoria, al hermanito mío para el Dade County Jail, una cárcel, y yo salí con una especie de fianza gracias a la abogada. Al día siguiente madrugué a comprarles pasajes para Colombia y los deportaron. Pero, ¿sabe una cosa? A los ocho días los volví a meter a los Estados Unidos en la misma forma: renté un avión y los traje de Bahamas.

    En tanto a mí me quitaron el pasaporte, la licencia de conducir, el avión, la licencia de piloto, todo. Pero como yo no había cometido ninguna infracción aeronáutica, llamé a la FAA y tres días más tarde me expidieron una copia de la licencia de piloto porque migración no tiene nada que ver con eso. Lo mismo hice con el pase. Pero entonces estaba embolatada mi residencia y pedí Corte. A los dieciocho meses comparecí ante un juez que me dijo: 'A pesar de tratarse de su familia, usted cometió un delito. Entonces escoja': y levantó las dos manos. En una mostraba el pasaporte y en la otra las llaves del 'Six'. Tenía que decidirme entre perder mi residencia aquí o dejar que decomisaran el avión. Agarré el pasaporte y quedé tranquilo porque en ese momento me dije: 'Carajo, si me hubieran agarrado con gente que no es mi familia, estaría ya en la cárcel pagando veinte años de condena: cinco por cada uno'.

    Antes del juicio, Gabriel Jaime se retiró de la "aviación" y hoy vive en New Jersey con toda su familia. Y como dice él mismo: "Si quisiera, no trabajaría más porque ya tengo con qué comer el resto de mi vida". Y de verdad que lo tiene.


    EL HOMBRE DE LA CALAVERA


    Al llegar al 202 sacó del bolsillo superior de la chaqueta un registro del Señor de los Milagros de Buga laminado en plástico, lo besó detenidamente y luego tomó una pequeña calavera de marfil que apretó entre la mano derecha y con ella tocó a la puerta.

    El abogado, un hombre blanco y de baja estatura, abrió personalmente y mirándonos de pies a cabeza por encima de las gafas, dijo que siguiéramos. En el pequeño apartamento ocupado por él, su mujer y dos niñas, funcionaba también el "bufete", compuesto por un escritorio y a la espalda, una biblioteca hecha con ladrillos y tablas pulidas en las cuales descansaban tres docenas de libros amarillentos y cubiertos por el polvo.

    —¿Cuál de ustedes es el señor Monsalve?, preguntó señalándonos con los ojos y Yezid se identificó, explicándole que yo era un amigo, también colombiano, que simplemente había ido a acompañarlo. En ese momento una de las niñas chilló adentro y su madre respondió con un grito más fuerte, y el doctor Forero abandonó su silla y cerró la puerta interior para tratar de alejar el ruido. Eran las doce y media y el olor grasoso que salía de la cocina anunciaba que la familia estaba próxima a almorzar. Yezid preguntó si deberíamos regresar más tarde pero el abogado, hablando en un cerrado tono bogotano, le dijo que no. Se trataba de una consulta breve.
    —Maritza me dijo que usted puede ayudarme a tramitar el divorcio de mi propia mujer colombiana, usando las leyes norteamericanas, comenzó diciendo Yezid, para luego aclararle que él se había casado cuatro años antes por lo católico en La Unión, norte del Valle, y que tenía dos hijos. Toda la familia vivía en Cali.
    —Lo importante es que haya contraído también por lo civil allá mismo... Cuénteme: ¿Después de lo de la Iglesia fueron a una notaría?, preguntó secamente y Monsalve le dijo que sí, tras lo cual sacó un documento y se lo alcanzó.
    —Es posible tramitar el divorcio, siempre y cuando su mujer esté de acuerdo... Mejor dicho, si su mujer envía un documento certificado, diciendo que acepta la separación. Cuando lo tenga, tráigalo y comenzamos los trámites. Es cosa de seis a siete semanas.
    —¿Cuánto me va a valer esto?, inquirió Monsalve y luego de explicarle que la cosa no era tan sencilla, el abogado habló de seiscientos dólares, solicitándole un anticipo de trescientos.
    —Es que apenas vengo a hacerle la consulta, aún no tengo el certificado de mi mujer...
    —¿Pero usted ya habló con ella? ¿Le explicó de qué se trataba?, dijo el cachaco impacientándose y Monsalve le contestó nuevamente que sí.
    —Entonces, ¿cuál es el problema? Estamos entre gente mayor. Si usted quiere contraer aquí, primero debe divorciarse allá y para eso hay que comenzar unos trámites... ¿O no?
    —Claro, pero es que no puedo dejarle ahora más que cien...

    El abogado asintió con la cabeza y Monsalve, aún sin desdoblar el puño porque continuaba con la calavera aprisionada entre la mano, dejó escurrir dos dedos entre el bolsillo, sacó un billete arrugado y se lo entregó. Acordaron reunirse nuevamente tan pronto su mujer despachara el certificado.

    Yezid Monsalve es un vallecaucano de treinta y dos años que había llegado a los Estados Unidos cinco meses atrás y al darse cuenta de que resultaba prácticamente imposible conseguir una visa de residente por las vías legales, apeló al matrimonio ficticio como única salida, pues no estaba dispuesto a abandonar el país. Por lo contrario: sus planes eran esperar un año más y luego, si las cosas iban bien, intentaría traer a toda su familia.

    Una vez abandonamos el bufete del abogado, tomamos Roosevelt en busca de La Herradura y caminando sin una aparente prisa, empezamos a recorrer las veinte calles que nos separaban de la Plaza Corona. El día era soleado y la caminata nos ayudaría a abrir el apetito.

    —Me vine buscando la ruta de Haití, pero terminé metiéndome por Bahamas, porque Maritza —la guía— resultó una charlatana y nos enredó un poco la vida... Bueno, lo importante es que estoy aquí.
    —Qué hace Maritza...
    —Hombre, pues trae gente de Cali y Medellín, especialmente mujeres que trabajan de noche. Usted sabe... Ella tiene su visa de residente y se mueve permanentemente entre Colombia, Miami y Nueva York'. Cobra mil dólares dizque por ayudarlo a uno.
    —¿Por qué dice usted, "dizque"?
    —Hombre, es que ese viaje fue un camello. Imagínese que salimos de Colombia empezando el mes de noviembre y llegamos hasta Puerto Príncipe sin ningún contratiempo. Pero una vez allá comenzaron los problemas porque ella, ni conocía como nos lo dijo antes de partir, ni tenía conexiones y lo peor de todo es que, una vez embarcados en la aventura, no sabía cómo sacarnos de ella. Nosotros éramos seis, tres mujeres y tres hombres y reuníamos entre todos unos trece mil dólares que nos debían alcanzar, no solamente para pagar el viaje en avioneta hasta Miami, sino para el pasaje a Nueva York, para pago de hoteles y, en mi caso, para la compra de una tarjeta "hechiza" del Seguro Social. A falta de otros documentos, esa era la que me iba a defender en Estados Unidos.

    Ya en Haití salimos a buscar un piloto pero ella no tenía su dirección, de manera que tuvimos que llamar a Miami. En el teléfono que ella dijo, nadie contestó y como la vi vacilar, me hice cargo del grupo. Orientarse allí no es muy fácil para uno porque el idioma es bien complicado y entonces todo se demora mucho. Sin embargo, tres días más tarde logré dar con una agencia de pilotos que se dedicaban a meter gente a los Estados Unidos en forma ilegal, pero allá nos cobraron cuatro mil dólares por cabeza. Una fortuna y, claro, no pudimos hacer nada. Ante esto, llamé a un amigo que vivía en Union City para ver si él nos daba un contacto y, efectivamente, me dictó el número telefónico de un piloto gringo en Miami. Hablé con él y dijo que cobraba dos mil dólares por persona, pero también era una suma imposible para nosotros.

    Averiguando y averiguando se completó una semana y sin que mediara nada, una mañana apareció en el hotel el piloto de Miami y nos dijo que se podía llevar a cinco. Nosotros nos pusimos de acuerdo y decidimos que las mujeres debían viajar primero. Como el dinero solamente alcanzaba para cuatro, ofrecí quedarme con Guillermo que era el más despierto y a los demás les pareció bien.

    Antes de partir, Maritza me dejó cuatrocientos dólares. Yo tenía mil y como ella dijo que regresaría por nosotros unos días después, no me preocupé por nada. Pero empezó a pasar el tiempo y al completarse la semana se nos habían ido cuatrocientos dólares porque allí la vida es muy cara. Viendo eso llamé a su jefe en Medellín y le pregunté qué hacíamos. Dijo que nos devolviéramos para Colombia y que él más tarde nos despachaba, pero conociéndolo como es, no acepté.

    —Hombre —respondió—, pero qué se van a quedar haciendo ustedes allá, sin dinero, sin nada.
    —No —le dije—. Tengo unos dólares para conseguir el Social Security cuando llegue arriba, pero me puedo defender unos días aquí con esa plata y usted después nos ayuda.
    —Bueno, entonces quédense ahí, gasten de eso que yo se los repongo más tarde, contestó.

    Aprovechando el ocio, en esos días conseguí una entrevista con el cónsul de Bahamas y él me aseguró que los colombianos no necesitábamos visa para entrar a su país.

    Ante la noticia, llamé una vez más a Medellín, les conté el asunto y me dijeron que Maritza estaba allá y que pronto viajaría a Haití. Ella se apareció un mes y tres días más tarde, acompañada por tres personas de Antioquia. (Traía cinco mil quinientos dólares y a mí me quedaban en ese momento, quinientos). Fuimos a una agencia de viajes y compramos pasajes a Kingston, en Jamaica, donde debíamos hacer una escala de dos días y luego volaríamos a Nassau, capital de las Bahamas. Desde allí se daba el salto a Estados Unidos.

    Al día siguiente hicimos lo que estaba previsto, pero una vez en Nassau nos retuvieron en el aeropuerto con el anuncio de que no poseíamos visas y a las veinticuatro horas nos deportaron a Montego Bay, la segunda ciudad de Jamaica. De camino al avión me sorprendí al ver al piloto de Miami siguiéndonos con la vista y cuando lo miramos, hizo señas para que disimuláramos. A lo mejor pensó que estábamos legales y trataba de indicarnos que se hallaba listo para viajar a Miami.

    Mientras tanto Maritza logró conseguir un cupo en el mismo vuelo y se fue con nosotros. Esa noche partimos para Kingston y más tarde regresamos a Puerto Príncipe: Otra vez Haití, pero con tres mil dólares menos.

    Como a Maritza sólo le quedaban dos mil, dijo que tocaba regresar a Colombia, pero yo insistí en seguir adelante y por tanto le cobré mil dólares que me debía y acordamos separarnos.

    A todas estas, el piloto parecía haberse convertido en nuestro ángel de la guarda pues apareció nuevamente en Puerto Príncipe diciendo que tenía dos puestos libres. Le anuncié que lo acompañaría y luego de tomarnos una cerveza salimos para el aeropuerto. Los que habían venido con Maritza de Medellín se quedaron en Haití y ella arrancó para Miami en un vuelo de línea regular.

    En la avioneta íbamos cuatro pasajeros y después de cinco horas y media aterrizamos en una pista sin mayor vigilancia. Allí el comandante dejó avanzar la nave hasta una cabecera y prácticamente sin dejarla que se detuviera, nos ordenaron saltar y correr a escondernos entre unos matorrales desde los cuáles podíamos ver una portada que daba acceso a la pista. Mientras tanto, el piloto llamó por 'walkie—talkie' a su hermano para que nos recogiera en un auto. Cuando éste llegara, teníamos que saltar la cerca y abordar el vehículo sin pérdida de tiempo, pero nosotros pensamos que el hombre iba a aparecer por el frente ya que más allá de la portada escuchábamos el ruido de una autopista que pasaba por allí.

    No habían transcurrido tres minutos cuando llegó una camioneta y al sentirnos sorprendidos pensamos que era la policía y nos abrimos a correr entre el bosque para protegernos mejor. Cada uno salió por su lado y como no vi que alguien me siguiera, paré y de pronto escuché la voz del piloto llamándome. Fui hasta donde se encontraba y me preguntó por los demás, le dije que estaban por allí escondidos y unos segundos después fueron saliendo uno a uno, embarrados, rasguñados y sudorosos.

    —Suban, suban rápido, ordenó el chofer y nos tiramos en la parte trasera del auto que partió muy rápido, agarró una autopista y nos condujo hasta la casa de la mamá del piloto, una señora gringa muy amable.

    Ella nos prestó el baño para que nos aseáramos, nos brindó un cafecito y cuando estábamos en eso, apareció Maritza dispuesta a llevar a la gente a sus sitios de destino en la Florida. Yo debía volar a Nueva York con uno de los muchachos que me acompañaron en el viaje pero él no tenía dinero. Maritza tampoco. Entonces le dije que le podía prestar y él prometió pagarme en Long Island una vez arribáramos. Trato hecho.

    Inmediatamente después pedí prestado el teléfono y llamé a Elkin Darío, un amigo palmirano que vivía en Union City. La llamada fue 'a colet', es decir pagando allá, y él me dio el número de Carlos, en la misma ciudad: 'Si él te dijo en Colombia que te recibía, llámalo ahora mismo'.

    Hice la segunda llamada y Carlos se mostró sorprendido. —¿Quién? ¿Quién habla?, preguntó.

    —Yezid, el esposo de la hija de Martha Olga de Castillo. Como allá en Cali usted le dijo a doña Martha que yo al llegar aquí podía arrimar a su casa para que me ayudara a conseguir documentos y algún trabajo, pues le pido el favor de que me reciba.
    —Hombre, qué problema —respondió vacilante—. Yo no te puedo recibir porque viajo esta misma noche o mañana para Colombia... Entonces, como tú comprenderás, mi esposa queda sola y eso es muy incómodo para ella y para ti...
    —Bueno, no hay problema don Carlos, yo vuelvo a llamara Elkin Darío a ver qué me dice.

    Llamé por tercera vez a Union City y Elkin aceptó que me fuera para allá y de alguna manera me acomodaban por unos días. En ese momento me sentí tranquilo pero con tanta llamadera se hizo tarde, en el aeropuerto dijeron que no había cupos para esa noche y, entre charla y charla, la señora gringa dijo que esperáramos un poco más y luego que no nos dejaba ir sin comer y finalmente decidió que nos quedáramos. Esa noche dormimos en su casa y madrugamos a conseguir avión.

    En Nueva York hacía un frío bárbaro. Yo estaba vestido con un pantalón y dos camisas, una encima de otra y así, tiritando, fuimos a una oficina de información y allí nos explicaron que teníamos que coger un bus y luego un tren. Yo le eché habilidad y logramos hacer lo que nos dijeron. Una vez en la estación, conseguimos un taxi y le mostramos al chofer un papel con la dirección.

    Long Island está a unas dos horas del terminal aéreo. Allá esperaban al muchacho y me pagaron el dinero que le había prestado, pero antes de despedirme la señora de la casa me dijo, 'Usted se va a morir de frío. El viaje hasta Union City es largo y necesita algo que lo abrigue... Yo le voy a prestar una chaqueta de mi esposo y usted me la devuelve luego por correo'. Me comprometí a hacerlo y ella me la colocó sobre la espalda.

    Debían ser las tres de la tarde y la temperatura, realmente estaba muy baja. La señora nos dio un café caliente y le pregunté cómo hacía para llegar a Union City.

    —Vayase nuevamente hasta la estación —me explicó—. Allí toma un tren que corre por encima. Ese lo lleva hasta Penn Station, en Nueva York. Allá se baja y coge otro tren que lo deja en la Fourty Second Street... Mejor dicho, en la calle 42. Ahí sale y toma un bus que va a Union City... Pero, usted no sabe inglés, veo muy difícil que llegue a su destino...
    —Tranquila que yo me defiendo. A mí no me da miedo nada, le contesté y salí.

    En la estación tomé el primer tren que salía y durante todo el viaje me fui pegado a la ventanilla, pegado a la ventanilla sin perder un solo detalle y donde vi 'Pennsylvania Station' me bajé, cogí otro que efectivamente me llevó hasta la 42 y luego subí por una escalera hasta la calle... Manhattan es un mundo de edificios enormes pero no vi ninguna terminal de buses. Di varias vueltas por ahí, esperé un poco y finalmente me acerqué a un señor y le dije:

    —Exquiusme... bus... Union City. —¿What do you say?, respondió.
    —Bus... Bus... Union City, repetí y él llamó a otra persona que resultó ser un puertorriqueño.
    —Qué es lo que te pasa, chico. Qué problema tú tienes. —Busco un bus para ir a Union City.
    —¿Union City? Chico, eso está lejísimos de acá. Tú lo que tienes que hacer ahora es caminar dos cuadras: ahí hay una entrada, bajas y agarras un tren que dice Jersey City. Esa es una ciudad que queda cerca de Union City. Allá, buscas una guagua (bus) o un taxi y te vas al sitio que buscas.

    A las dos cuadras encontré otra estación, bajé, observé que la gente compraba una ficha y yo la compré, me fui detrás de una señora y, tal como ella lo hizo, la metí en una registradora y esa me dejó pasar. Al frente había unos diez trenes esperando para partir y me puse a buscar, hasta que vi el letrero: 'Jersey City'.

    En Jersey City busqué a alguien que hablara español y encontré a un cubano que llamó un taxi, me dijo que valía doce dólares y me embarqué, pero al llegar a la dirección, en lugar de casa encontramos un solar. El chofer me dijo algo señalando la valla que había al frente y como no le entendía ni un carajo, le pagué y me quedé allí. El número que yo anoté era 506... ¿Qué era lo lógico? Pues hombre, que buscara el 516, el 526, el 536... Alguno de esos tenía que ser, de manera que, andando. Y efectivamente: en el 516 vi una portería y sobre la pared unos buzones. El número 7 decía, Torres Family'. Esa era la mía.

    El último semestre, Monsalve aprendió a comer poco, a no beber, a no fumar. El mismo confesaba que solamente ahora había descubierto el valor real del dinero y por tanto le daba importancia a un simple centavo. Eso me permitió entender el porqué de su insistencia para que hiciéramos la larga caminata desde el bufete del abogado hasta el restaurante y una vez se lo dije, aceptó con una leve sonrisa.

    —Hombre, es que los setenta y cinco centavos del "subway" pueden ser mucha plata en un momento determinado... Y si uno se los puede ahorrar, ¿por qué no hacerlo?, respondió.

    Algo similar ocurrió cuando pedimos la carta y se inclinó por una taza de caldo y una arepa, mientras yo señalaba el plato del día, más abundante y de todas maneras, acorde con la caminada y con la hora, pero en vista de su resistencia, entendí que no había escuchado cuando le comenté que se trataba de una invitación. Repetí y entonces pareció comprender menos. Ahora se movía en un país donde generalmente nadie le paga una cuenta a nadie y esta clase de homenajes no figuran en el diccionario cotidiano.

    En cuanto a su decisión de casarse, me contó que a partir del primer mes en Union City se convenció de que la única vía para obtener visa de residente era el matrimonio "de paro", y viajó a Nueva York pensando en un empleo decoroso. Pero llegó aquí y como su suerte no cambió, empezó a conseguir una serie de préstamos con gente de la colonia y en ese momento había logrado acumular unos siete mil dólares: seis mil para pagarle a la mujer con quien contraería matrimonio y el resto para cubrir los honorarios del abogado y algunos gastos extras que suponía la operación.

    Ahora lo único concreto era que estaba empeñado hasta el cuello pero pensaba que si legalizaba su situación, podría aspirar a un sueldo que por lo menos le permitiera pagar esas deudas.

    Aprender a hablar el inglés en forma fluida no aparecía dentro de sus planes a pesar de que una semana atrás le ofrecieron un trabajo bien remunerado en Alaska pero perdió la oportuni—dad porque no sabía el idioma. Para Monsalve la solución era dejar transcurrir uno o dos años y confiar en el oído, así el precio fuera muy alto. En su diccionario tampoco figuraba la palabra "escuela".

    —Y la mujer, ¿cómo la consiguió?
    —En la primera fábrica donde trabajé hice amistad con un puertorriqueño y a través suyo conocí a su mamá que tenía un puesto en la oficina de servicios sociales. Desde el primer día, la señora se mostró interesada, hasta el punto de prestarme dinero para unas fotografías personales y así tratar de conseguirme algún documento legal, pero al cabo del tiempo dijo que todo había resultado imposible. Entonces tuve la idea del matrimonio y ella se ofreció también a colaborar. La verdad es que yo no comprendía por qué tanto interés, hasta que una noche se quedó mirando este anillo de calavera que he llevado siempre y me preguntó por él. Yo tengo mis motivos para conservarlo y a pesar de una promesa, le expliqué más o menos la razón. Ella se entusiasmó bastante y también resolvió abrirse un poco. Terminamos hablando de magia... Bueno... Son cosas de uno, que...
    —Qué sucedió luego.
    —Prometí conseguirle uno en Colombia a través de mi familia y ella en agradecimiento llamó a una amiga y le pidió que se casara conmigo. Pero sucede que la mujer cobraba doce mil dólares por hacer el favor, y la doña me dijo: "Monsalve, no te preocupes que yo la hago bajar el precio". Y así fue: nos pusimos de acuerdo en seis mil.
    —Y, ¿qué opina su esposa de todo esto? —Ella no opina. Hace lo que yo digo.


    LILIANA LA DURA


    Detrás de Juan y Hernando se vino Esperanza y detrás de Esperanza saltó Beatriz y detrás de Beatriz se coló José y detrás de José lo hizo Pablo y detrás de Pablo llegó Luz Elena. Hernando repitió "torcida", porque había entrado en el setenta, regresó a Colombia un año más tarde y en el ochenta y cinco, arrepentido, enmendó lo que para él fue un error y regresó ilegalmente por Bahamas.

    Estos nombres corresponden a siete hermanos quindianos que se vinieron para Nueva York y además trajeron a sus hijos con sus nueras, a sus hijas con sus yernos y como era lógico, también arrastraron con sus nietos. Son tres generaciones de emigrantes establecidas allí "para siempre". Pero no son la única familia que abandona masivamente el país. Como los Villegas —así es su apellido— hay centenares de padres, hijos y nietos que un día despertaron y sintieron que la vida era tan estrecha y tan dura y tan peligrosa, que resultaba mejor arriesgarse y huir para convertirse en extranjeros por el resto de sus vidas.

    Todos los Villegas trabajan o estudian pero permanecen unidos. Hoy viven en el corazón de Queens y gracias a lo que se llamó la ley de amnistía en los Estados Unidos, en noviembre de 1988 consiguieron parte de la legalidad y ahora tienen papeles de residentes. Por eso dicen con tanta seguridad que seguirán aquí "para siempre".

    Pero mire usted: aun cuando parezca confuso, vale la pena volver atrás y seguirlos uno a uno —porque aquí no se trata de memorizar nombres ni de entender el parentesco exacto entre ellos, sino de sentir la fuerza del éxodo colombiano que arrastra familias completas hacia los Estados Unidos—, hasta desembocar en Luz Elena y Liliana. La una cruzó el Río Bravo trepada en un neumático cuando tenía cincuenta años, y la otra se arriesgó por el Caribe y a los veintisiete nadó sin saber nadar, hasta ganar las costas de la Florida.

    La historia es así:

    En 1970 aún resultaba fácil colarse ilegalmente a los Estados Unidos porque los consulados excedían las visas de turismo sin mayores exigencias. Entonces se trataba de venir en plan de paseo y quedarse definitivamente. En esta forma ingresaron Juan y Hernando. Juan tenía diecinueve y Hernando treinta y uno. Pero Hernando se devolvió un año más tarde y regresó en una época en que la situación se había puesto difícil por lo cual debió arriesgarse a través de México, en compañía de su esposa y de Fernando, uno de los muchachos de la tercera generación. Parte del dinero del viaje lo pidieron prestado en Colombia y parte se lo enviaron sus familiares en Estados Unidos. Tenían que llegar a trabajar pronto, y en lo que fuera, para pagar la deuda.

    En julio de 1972, Esperanza emprendió vuelo —también con visa de turismo—, gracias al dinero que le envió Juan. Había cumplido veintidós años y era soltera. Se casó en Estados Unidos y tiene dos hijos norteamericanos.

    En septiembre del mismo año, Esperanza le mandó unos dólares a Beatriz que cruzaba por los veintinueve y también era soltera. Ella llegó por la misma vía, consiguió trabajo, se casó con un griego residente y tuvieron un hijo.

    Todos reunieron más dólares y en 1981 trajeron a Pablo (de 31) por México...

    En 1982 se aventuró José (54 años) pasando por Tijuana dentro de un grupo de caleños que debió caminar ocho horas a través del desierto hasta llegar a San Diego, California. Pero al tomar el avión que los conduciría a Nueva York, fueron detenidos por agentes de migración. Cinco días después quedó libre gracias a una fianza de tres mil dólares presentada por su familia y una vez afuera hizo lo que hacían todos: se perdió en el país a cambio de lo cual las autoridades retuvieron el dinero.

    En 1983, aun cuando estaba separado en Colombia, su esposa (de 49) lo siguió a través del Río Bravo, acompañada por Luz Elena, su cuñada —la mujer de cincuenta que navegó sobre un neumático—, por su sobrina Liliana (29 años) y por un niño de dos años, hijo de ésta.

    En cuanto a Luz Elena, una mujer morena, menuda, de ojos pequeños, boca pequeña, nariz diminuta y un coraje inmenso, tiene tres hijos: Liliana, quien la trajo; Fernando (de 31) que se vino con su esposa y un hijo, pero se separaron aquí y ella agarró para Woodside donde su familia —que también vino "torcida" por Bahamas—, y está formada por dos hermanos con sus esposas colombianas, tres hijos colombianos, y una hermana soltera, nacida en La Tebaida... Y Alfonso (de 27), que llegó aquí con su esposa y una hija de cuatro años, nacida en Calarcá.

    El deseo de partir hacia los Estados Unidos fue madurando en Luz Elena a medida que sus hermanos, sus hijos y algunos de sus nietos iban desapareciendo de su lado y en agosto de 1983, un poco después de separarse de su esposo, tomó la decisión y Liliana —que a su vez también se había separado—, vino a rescatarla del volante de una pequeña máquina de bordar, a la cual había permanecido pegada durante muchos años en Armenia.

    Para entonces dentro de la clientela clandestina de "el hueco" la imagen de México ya era siniestra en el occidente colombiano. Un año antes de su viaje los diarios y las emisoras locales habían divulgado ampliamente el hallazgo de una serie de cadáveres indocumentados en el desierto que une a México con los Estados Unidos, señalando que habían sido abandonados por los guías que los dejaron morir de hambre y de sed y cuando le contó a sus amigas que ella iba a emprender esa ruta, no solamente le pidieron que desistiera sino que le agregaron una serie de historias espeluznantes, conocidas a través de quienes se habían marchado anteriormente y relataban sus experiencias en cartas familiares.

    No obstante, su decisión era vertical. Prefería afrontar cualquier riesgo con tal de comenzar una vida nueva y la mañana del día 5 volaron a Bogotá y Ciudad de México con dos mil dólares entre el bolsillo para pagar los servicios de un "patero" que las colara a Texas.

    Yo conocí la mayor parte de esta familia en La Herradura durante mi cuarto viaje en busca del rastro de colombianos en Nueva York, el 24 de noviembre de 1988, día de Acción de Gracias en los Estados Unidos. Ese jueves había oscurecido antes de las cinco de la tarde y los últimos coletazos del otoño se diluían en temperaturas de dos y tres grados centígrados y un sol amarillento y débil que acompañaba las últimas horas de luz.

    Hasta entonces el día había estado tranquilo en el restaurante, porque al parecer, los colombianos preferían reunirse en casa —como cualquier norteamericano— para celebrar en familia una fecha tan destacada como esa, pero a partir de las cuatro empezaron a llegar parejas que acompañaban el típico plato de pavo relleno y brócoli hervido, con una botella de vino y a las seis fueron entrando los Villegas, en busca de una mesa grande donde cupieran los viejos, los jóvenes y los niños, pero eran tantos que fue necesario unir ocho bajo una serie de manteles que finalmente los acogieron con sus sonrisas amables y una conversación mesurada que denotaba cuántos años llevaban allí.

    Todos lucían bien calzados y bien abrigados y me llamó la atención cómo los jóvenes y los niños no solamente habían esperado a que los mayores se acomodaran para tomar luego sus puestos, sino que, a medida que transcurría la velada, escuchaban atentamente lo que decían los viejos. Me quedé observándolos desde mi mesa, pero uno de ellos me reconoció y aproveché para saludar. Se trataba de Fernando, un ingeniero industrial de 31 años que había venido con el último grupo en 1985 y quien me presentó al resto de la familia.

    Entre todos, me pareció que Liliana —una rubia de 32 años, con largas botas de cuero negro y tacones puntilla que le llegaban hasta el muslo—, tenía personalidad atrayente y le pregunté cómo había llegado a Nueva York. Al escucharlo sonrió con cierta malicia y tras mirar a su alrededor dijo: "Igual que todos nosotros... por abajo".

    —¿México?
    —Una vez por Bahamas y otra por México, respondió ante la sonrisa general, mientras Fernando agregaba, "es la más veterana de la familia. Ella y yo somos hermanos".
    —No. Hernando también es veterano porque también ha pasado dos veces, dijo ella y Luz Elena, su madre, agregó:
    —Pero Hernando entró la primera vez cuando era fácil. Liliana es la dura.

    Dos días más tarde, el sábado, me recibieron en casa de Luz Elena, sus hijos y sus nietos, todos descendientes del viejo Ramón Villegas, "un buen rebuscador que negociaba con café, con ganado y que llegó a tener varias fincas, pero a partir del año cincuenta las vendió por cualquier cosa y corrió a esconderse con su familia porque querían matarlo... Imagínese: cosas de política. Últimamente fue carnicero en Armenia pero ya estaba viejo y cansado —hoy tiene 86— y no pudo arrancar con nosotros... No pudo y no quiso. Es que si a Paparramón le falta el Quindío, se muere".

    Liliana habla pausadamente mientras su madre y sus hermanos la escuchan sin quitarle los ojos de encima y algunas veces, Rara ayudarle a recordar algo, mueven un dedo o carraspean y ella sonríe y levantado la cara levemente parece decirles que hablen. Entonces lo hacen con un acento paisa muy leve mientras ella sigue sonriendo y asintiendo con la cabeza. "Eso es así, ni más ni menos", parece decir, despreocupándose totalmente de la grabadora que está funcionando sobre un pequeño mueble, lejos de ellos.

    Pues cuando tomé la decisión —dice—, me acababa de separar de mi primer matrimonio y ya estaban aquí cinco de mis tíos. Ellos me ayudaron económicamente para el pasaje y además me buscaron la conexión. Era mayo de 1981. Un lunes. Salimos de Armenia a Cali con un tío, una prima y un guía, pero allá se unieron más personas y otra guía que se veía más experimentada y además hablaba inglés. El vuelo partía de allí y seguía a Medellín y Panamá, donde tomamos British que nos llevó a Kingston y luego a Nassau, en las Bahamas. En total... déjeme ver... éramos doce personas: ocho mujeres y cuatro hombres.

    El viaje fue de un día completo porque habíamos partido de Cali sobre las siete de la mañana y aterrizamos en Nassau como a las diez de la noche, hicimos inmigración sin ningún problema porque la señora había pasado por allí muchas veces llevando colombianos y entonces no sólo conocía a los funcionarios de extranjería, sino a los de aduanas, a los de los taxis locales, a la gente del hotel...

    Sobre las nueve de la mañana del día siguiente, martes, nos llevaron a una pista aparentemente clandestina, sin torre de control, ni autoridades y nos embarcamos en un avión pequeño y muy miedoso por lo destartalado, que aterrizó en Bimini Norte sobre el mediodía, con un calor salvaje y ahí mismo nos llevaron a la casa de una familia negra donde permanecimos hasta las tres y media de la tarde. A esa hora ocupamos un bote y pasamos a Bimini Sur, que está muy cerca.

    A las cuatro nos embarcamos en una lancha pequeña, de dos pisos, manejada por un par de norteamericanos que acomodaron la mayor parte de la gente abajo, dejando arriba a tres de nosotros para que hiciéramos el papel de turistas. El mar estaba bien quieto, sereno, se veía muy bien para todos lados y como a una hora de navegación pasó sobre nosotros una avioneta que voló bajito y los gringos se asustaron. Uno de ellos prendió el aparato de radio y comprobó que se trataba de la policía que estaba pasando una alerta a Miami. Ahí mismo se detuvieron, dieron la vuelta y comenzaron a retroceder hacia Bimini. Les preguntamos qué pasaba y explicaron que no se arriesgaban, ni nos arriesgaban a nosotros. Que era mejor regresar.

    Nuevamente en Bimini fuimos a una casa de la cual nos pidieron no salir mientras aparecía otra lancha que se le midiera al paso. Eran aproximadamente las seis de la tarde.

    Allí nos encontramos con otras ocho personas, dos hombres y seis mujeres, desesperadas porque un guía de Medellín se había volado con parte de su dinero y estaban esperando a ver cómo hacían para salir pronto, de manera que la señora que nos acompañaba los recogió y quedamos formando un grupo de veinte ilegales: catorce mujeres y seis hombres.

    Cenamos cualquier cosa y sobre las nueve empezamos a salir por parejas, tratando de no llamar la atención y separados por un intervalo de unos siete minutos —calculando que los que iban adelante fueran llegando hasta la embarcación— y más o menos al cuarto para las once terminamos de acomodarnos en la parte de abajo de un yate, conducido por dos cubanos.

    Esta vez el mar estaba miedoso. Había un oleaje alto que mecía el yate como si fuera de juguete y claro, a los cinco minutos de camino empezó la gente a trasbocar allí mismo y con ese olor y ese calor empezamos a sudar y a sentir el estómago en la garganta, de manera que le dije a mi prima que subiéramos un segundo a tomar aire, pero allí fue peor porque había unas olas más altas que el yate y preciso en ese momento caímos como entre un hueco formado por el mar, y pensamos que era preferible bajar nuevamente. Por lo menos allá no veíamos nada de lo que pasaba afuera.

    Allí nos acomodamos como pudimos, cerramos las narices y los ojos y como a la una de la mañana, tal vez por el cansancio y la tensión, nos quedamos dormidas, pero a las cuatro y media nos despertó el ruido de un vidrio roto. Era el ayudante del yate que lo estaba quebrando con una pistola. Cuando terminó, la descargó y la tiró al agua y dijo, 'el que sepa nadar, tírese porque nos cogieron', y la gente toda asustada empezó a gritar, 'qué pasó, qué pasó...'.

    —Pues que nos cogieron. La policía viene detrás de nosotros.

    ¿Qué había sucedido? Pues que ya entrando al canal se le acabó la gasolina a la lancha. Entonces se fueron las luces mientras los cubanos tanqueaban nuevamente y ese prender y apagar nos delató y los guardacostas vinieron a ver qué sucedía.

    Pues bien: 'el que sepa nadar tírese porque nos cogieron' y la primera que se lanzó fue la guía y detrás de ella el dueño de la lancha y detrás unos, otros, otros, todos los que sabían nadar. Por nuestro lado se veían muy cerca... tal vez a una cuadra, o a dos, las luces de un puerto, pero en la noche resulta difícil calcular en qué punto está uno, máxime si sigue el movimiento, porque nunca nos detuvimos. Cuando el dueño se lanzó, el ayudante agarró el timón y siguió para adelante, avanzando, avanzando rápido hacia las luces y la prima mía me dijo, 'tirate'.

    —Yo no sé nadar. No sé nadar, le respondí. —Liliana, tirate que yo te ayudo, insistió.
    —No, tirate vos primero, le repetí y se tiró. En ese momento saqué la cabeza y vi que en cosa de segundos ella se quedaba atrás, muy lejos por la velocidad del yate y cuando estaba en esa indecisión, entre lanzarme o no lanzarme al agua, el ayudante me gritó de arriba:
    —Chiquita, ¿tú sabes nadar?
    —No. No sé.
    —Entonces no te tires, no te tires que te ahogas. Espérate un poco, y entonces sentí que le dio toda la máquina y se fue de medio lado hasta pegar el yate contra un muro de contención porque en ese momento un guardacostas lo cerró. Ahí, ya detenidos contra el muro nos gritó a los cinco que quedábamos, 'todos al agua. Tírense, tírense'. Y nos tiramos. Pero eso debía ser muy profundo de manera que sin saber nadar, bracié algunos metros tragando agua y con mucha desesperación porque creía que algo me halaba hacia abajo, pero inmediatamente sentí algo duro y afilado y me agarré de allí con las dos manos. Era un muro de roca picada y por encima pasaba una avenida que más tarde supe, es la que une a Miami con Miami Beach.

    Allí esperé unos minutos, respiré, me tranquilicé y fui subiendo poco a poco el muro hasta llegar arriba. Miré bien y vi las luces de una ciudad a este lado, y las de otra ciudad al otro y empecé a correr pero las piernas y las manos me ardían bastante porque me había cortado con las rocas. No recuerdo haber escuchado a nadie gritar, ni a nadie hablar sino hasta cuando empecé a correr. Era la policía que me ordenaba detenerme, pero no hice caso y seguí. Detrás de mí corría una muchacha y cuando cruzamos la avenida me encontré con mi tío que había saltado mucho antes. Nos miramos y así, fatigados y sin decirnos ninguna palabra, seguimos los tres corriendo por una avenida, sin saber para donde íbamos. Tal vez una cuadra abajo cruzamos una zona verde y allí había un vago acostado en una banca. Nos miró y sin saber qué sucedía, pegó un brinco y empezó a correr al lado nuestro. Ya éramos cuatro. Ahí empezamos a escuchar las sirenas de los carros de la policía y la muchacha que saltó conmigo, dijo: 'Corramos, busquemos un auto que nos saque a la ciudad porque allá nos podemos defender mejor'. (Ella había venido antes por allí, pero esa vez también fracasó y estuvo catorce horas a la deriva, de manera que sabía cómo era la cosa).

    Avanzamos más, pero por ahí tampoco había donde esconderse. Sin embargo más adelante encontramos un parquecito dividido por setos de pino bien podados y nos metimos allá pero en ese momento apareció la policía armada con reflectores y yo me tiré por encima de uno de los setos y, caramba, no alcancé a pasar y quedé encaramada y allí me acabé de raspar el cuerpo porque unos íbamos en vestido de baño y otros en pantaloneta... ¡Dios! Allí trepada, mojada, temblando, en vestido de baño, con las chanclas en la mano, a las cuatro de la mañana.... (Sonríe estrepitosamente y los ojos azules se le llenan de lágrimas). Su madre y hermanos completan el coro y ella misma se hace una serie de chistes que alargan varios segundos la carcajada general, al final de la cual se pasa un pañuelo por los párpados y aún acezante, continúa:

    Pues bueno. Yo vi que la muchacha siguió corriendo y se metió por debajo de los pinos pero en ese momento un policía me dijo: 'Quédese tranquila que no le va a pasar nada' y me ayudó a bajar mientras advertía que no fuera a correr. Mi tío estaba cerca pero él no intentó saltar. Se quedó como una estatua al lado mío, con su pantalonetica, temblando también y aceptando la caída... Pero es que estaba rígido, blanquito, con sus boticas en la mano...''. (Nueva sonrisa, algunos apuntes, un sorbo de vino, una galleta y otra vez a la carga):

    Finalmente nos metieron al tío y a mí en la patrulla... y arrancaron, por Dios, en ese bendito carro por todo el parque y pare y arranque, levantando a los vagos que estaban dormidos en las bancas, para mirar cómo estaban vestidos. Buscaban 'turistas' made in Colombia para arrastrárselos y siguieron hasta que por allá en una esquina se detuvieron y metieron a la muchacha que había estado corriendo a mi lado. La pobre... Oiga: ¿Sabe dónde estaba? Encaramada en un árbol. Encaramada, descalza y con su vestido de baño de dos piezas y una salida de playa rota y embarrada. Tuvieron que bajarla de allí (sonrisa general). Ella me dijo que no sabe a qué horas se subió al palo... La encontraron ayudados por los perros que llevaban para buscarnos como a conejos. Bueno, para que se bajara le pusieron las luces y mientras daba pasos por las ramas los policías le gritaban: 'Con calma, con calma, tómese su tiempo pero hágalo sin resbalar'. Cuando entró al carro estaba muerta de susto. Cerraron la reja y siguieron andando como locos porque se metían por huecos, por calles ciegas, por recovecos y a una velocidad tremenda, con sirenas, luces, todo ese escándalo que acostumbran a hacer los gringos en estos casos.

    Más adelante encontramos otra patrulla y vimos que en ella llevaban a una de las muchachas del paseo, que nos miró con una cara de tristeza tremenda porque, imagínese que ella se tiró con las primeras, nadó más de una cuadra y logró llegar al muro de contención. Dice que allá se sostuvo agarrada, sacando del agua no más que la cabeza y al rato, cuando creyó que todo había pasado porque ya no se escuchaban las sirenas, subió hasta la avenida y empezó a caminar hasta ver un par de luces y ahí mismo pensó, 'un taxi'. Le puso la mano y el carro se detuvo: ¡Era la policía!

    En cambio a mi prima le sucedió todo lo contrario: lo de ella fue un milagro. Imagínese que nadó un buen trecho y llegó a la misma parte de nosotras, se agarró de las mismas piedras y estuvo un buen rato dentro del agua, pero al cabo del tiempo los que nos esperaban, vieron el camino libre, se acercaron al sitio y la recogieron en una camioneta. Arrancaron y adelante rescataron más gente. Ya de camino al punto donde las iban a alojar vieron un cerco de policía y sobre la marcha, hicieron acostar en el piso a la mayoría, dejando algunos normalmente sentados para despistar. El chofer aminoró la velocidad y así, con nadadito de perro, cruzaron por entre el cordón de guardias sin que los hicieran detener.

    De allí fueron a una zona de 'trailers', pero al poco tiempo los sacaron en un auto porque alguien dijo que la policía andaba rondando por el lugar. Ella había perdido todos sus papeles y no recordaba los teléfonos de mis tíos en Nueva York, no tenía dinero, no tenía ropa y además se había herido los pies y las manos con aquel muro. Andando en aquel auto —cuenta ella— pensó qué hacer, pero no encontró una solución y finalmente se detuvieron frente a una casa y adentro encontraron una familia colombiana. La gente los acogió, les prestaron la ducha y entre café y café escucharon la historia y... ¡Óigame bien! Esa gente conocía a mis tíos y tenían sus teléfonos. ¿Eso no es un milagro? Lo demás fue magia.

    —Volviendo al relato inicial, eran las cinco y media de la mañana. ¿Qué pasó con usted?

    Cinco y media de la mañana: llegamos a unas oficinas de la aduana, las dos muchachas, una señora que traía a su hija de cinco años —las capturaron en la lancha—, mi tío y yo y tan pronto entramos, un guardia agarró a Hernando por la camisa y le dijo: 'No trate de volarse porque le va a ir muy mal'. (Sucede que la víspera otro grupo de colombianos se les había escapado y estaban tan prevenidos, que pusieron como a diez policías a cuidarnos mientras abrían las oficinas).

    A las siete entraron con el ayudante de la lancha sin dejarlo siquiera mirarnos y a las ocho nos trasladaron a una celda en otro sitio. Allí vimos por una ventanita que afuera estaba arrumado todo el equipaje del yate, compuesto por maletines pequeños con una o dos mudas de ropa adentro —que era todo lo que nos dejaban llevar— y un poco después una guardia dijo: 'Salgan y tomen, no solamente lo suyo sino las prendas que les sirvan entre todo este equipaje, porque ustedes van a estar bastante tiempo detenidos y esto lo vamos a botar más tarde'. Salimos, escogimos algo y empezamos a vestirnos porque el frío era bárbaro... Teníamos nervios, sueño, cansancio, tristeza por haber fracasado después de tanto esfuerzo y como las bancas de la celda eran de cemento, me estiré y quedé profunda no sé por cuánto tiempo.

    En la tarde fuimos conducidos hasta migración en un bus con barrotes y puertas de seguridad y al llegar allá el guardia que nos recibió le preguntó al que nos llevaba:

    —¿Esta gente ya comió? —No. Nada.
    —Por favor. Son las tres de la tarde y ellos fueron capturados en la madrugada. ¡Por favor!

    Subimos al sexto piso y encontramos un sitio donde había carritos con frutas, leche, jugos, sánduches y luego de comer lo que quisimos, pasamos a otra celda... Resumiendo, estuvimos detenidos unas setenta y dos horas, porque un juez nos señaló como testigos contra el tipo de la lancha, lo que suponía ciertas ventajas como vivir en la casa de alguien que firmara una fianza de diez mil dólares y quedarse allí —con dirección registrada— mientras se definía el juicio.

    Al cabo de ese tiempo vino uno de mis tíos desde Nueva York, firmó la fianza y registró la dirección de la casa de unos puertorriqueños amigos suyos, donde me debía quedar el tiempo que determinara la Corte. Una vez allí cambió mi estado de ánimo, especialmente porque no me habían deportado para Colombia, cargando con una deuda grandísima —tres mil dólares que me prestaron para el viaje—, y sin la esperanza de conseguirlos allá porque no había trabajo. Ahora la situación era bien diferente y valía la pena celebrar.

    Esa noche salimos a comer y a conocer un poco la ciudad con la esperanza de quedar libre dos días más tarde, pero en ese momento apareció Charlie, un muchacho puertorriqueño amigo de aquella familia y mi tío tuvo la idea de decirle que se casara conmigo, 'de mentiras', para que yo pudiera conseguir mi residencia en Estados Unidos. Charlie sonrió y dijo que sí y entonces decidimos casarnos. Pero para hacerlo, yo tenía que quedarme con él, en casa de su familia, previendo las visitas que hace migración para confirmar estos matrimonios. Lo hicimos así, pero la cosa de mentira se volvió en serio: nos gustamos y unos días más tarde quedé embarazada. A los cuatro meses —cuando por fin conseguí un nuevo pasaporte colombiano—nos casamos.

    Una vez nació el pequeño, viajé a Colombia con el fin de que Charlie me pidiera, y se iniciaran los trámites para obtenerla residencia, pero resulta que no me la dieron porque su declaración de renta era muy baja y los funcionarios del consulado estimaron que carecía de medios suficientes para sostenernos. Según ellos, yo debía esperar un año más mientras él presentaba una evidencia económica mejor. Pero, mientras tanto, ¿qué sucedió? Que Charlie fue a Armenia, recogió al niño y regresó con él a los Estados Unidos. Yo quedé allá con mi madre y el hijo de mi primer matrimonio —que entonces tenía dos años de edad— y una mañana, en vista de que estábamos en el atolladero, mi mamá, la esposa de mi tío José, mi hijo colombiano y yo, partimos para México y dos días más tarde estábamos en Nueva York.

    A mi regreso encontré a Charlie totalmente cambiado, muy raro, apático y huraño. Sin embargo vivimos juntos cuatro meses más, pero la relación se enfrió, las cosas cambiaron y resolvimos separarnos. En el juicio yo perdí la tutela del hijo y, además, quedaron muchas cosas claras: la primera, que él había iniciado los trámites de divorcio mientras yo estaba en Colombia y nunca antes me lo dijo. Segundo: aprovechando mi ausencia declaró ante un juez que yo había abandonado el hogar y por tanto vinieron una serie de citaciones a las cuales no acudí. Eso aparentemente comprobaba su declaración. Y tercero, que quería quitarme al hijo, lo que consiguió sin dificultad porque finalmente le dieron a él la patria potestad del niño.

    Hoy no sé nada del pequeño porque Charlie se fue para España sin dejar rastro. Yo sin embargo fui el año pasado a preguntar por el niño pero su familia no quiso decirme dónde lo tenían. Luego llamé, escribí y como no me contestaron, regresé a Miami hace unos meses y por pura casualidad cuando llegué frente a la casa, vi al niño asomado en una ventana: 'Regresaron de España', me dije y ahí mismo partí en busca de un abogado para iniciar pleito y evitar que él se lo volviera a llevar. En pocos días fue puesta una demanda buscando hacer respetar mis derechos, pero aún así, Charlie se lo volvió a llevar del país, negándome la ilusión de verlo periódicamente como me corresponde. Por este motivo, hoy él está acusado de rapto, y si vuelve, lo van a poner preso... Es que según la ley, yo tenía que autorizar el viaje del niño.

    Hace tres años, Liliana La Dura se casó por tercera vez en Nueva York y actualmente vive en Queens con su esposo, un colombiano que también entró ilegalmente por Bahamas, pero gracias a ella, ahora es residente legal.

    La Dura le dio esa oportunidad.


    ¿A COLOMBIA? HOMBRE... ¡PREFIERO EL VIETNAM!


    Para comenzar a contar esta historia tomemos el 8 de diciembre de 1941, fecha en que Colombia rompió relaciones diplomáticas con las naciones del Eje. O, en otras palabras, el día que le declaramos la guerra a Alemania.

    Justamente esa mañana, mi madre estaba cumpliendo diecinueve años y mi abuelo le preguntó qué quería de regalo.

    —Que me manden para Europa porque mi sueño es estudiar arte. Pero allá.
    —¿Estudiar? ¿Europa? ¿Arte?

    Por Dios, si estábamos en Bucaramanga. 1941, edad de piedra de una sociedad de machos para los cuales el único arte que podía permitirse a la mujer, era el de aprender a administrar un hogar.

    Mi abuelo y sus hermanos eran cuatro cultivadores de tabaco que adquirieron fortuna en Capitanejo y una mañana alzaron con sus mujeres y sus hijos y se radicaron en Bucaramanga porque deseaban progresar. Desde luego, su progreso llegaba hasta tener una buena casa en la ciudad, ampliar los negocios, vestir mejor, pero, óigame bien: eso de que una mujer de diecinueve hablara de estudios en Europa... eso, ¿qué quería decir?

    —Mire mija —le aconsejó el viejo acariciándole la mano sin ocultar su contrariedad—, esos tales pinceles que le viene regalando su mamá hace varios años y esas telas y ese bendito piano que me hizo comprarle, como que me la están trastornando, ¿no? Usted lo que tiene que hacer es aprender a bordar mejor y a manejar su casa, porque...

    Y realmente sonaba extraño que en los cuarentas, en un ambiente ruralizado, en una capital de provincia, una mujer de menos de veinte quisiera ser artista y supiera que al otro lado del mar había... bueno, digamos impresionismo, que fue lo primero que la apasionó.

    Pero para seguir contando esta historia, volvamos al 8 de diciembre de 1941: mi padre.

    El era un alemán luterano, culto, estupendo arquitecto que había llegado a Bogotá a finales de los veintes y gracias a las cuatro o cinco obras que logró realizar, y a que era blanco y extranjero, se relacionó con lo mejor de la sociedad.

    Ese 8 de diciembre, además de declararle la guerra a Hirohito, Mussolini y Hitler simultáneamente, el gobierno determinó habilitar algo que llamaron "el campo de concentración de Fusagasugá" y meter allí, por lo menos a los alemanes.

    Frente a semejante noticia, mi padre movió palancas y alguien de Palacio le hizo saber unos días más tarde que, hecha una excepción muy especial, podía pedir como cárcel una ciudad de provincia. Y él, acaso siguiendo la ruta de Alfinger y Federman, escogió a Bucaramanga.

    Ahora los tenemos reunidos allá: Eugenio y Soledad.

    El acaba de cumplir treinta y nueve y ella diecinueve. Ella lo ve por primera vez y piensa: "Este es el hombre. El día que se acabe la guerra volverá a Alemania y yo me iré con él porque allá está la cultura. ¡Voy a casarme con él!".

    Y se casaron.

    Pero terminó la guerra y Eugenio, enamorado de Bucaramanga, nunca regresó a su tierra.

    Eugenio y Soledad le pusieron Wenceslao al mayor de sus hijos. El es actualmente profesor de pintura en la Universidad de Nueva York, donde estudió Bellas Artes y más tarde se especializó en este campo. Además de dictar clases, su oficio diario es leer, ir al cine con su esposa y escuchar música clásica.

    Ambos viven al sur de Manhattan en una zona del Greenwich Village reservada para intelectuales y desde un pequeño café con ambiente europeo donde estamos ahora sentados, se puede ver el balcón de hierro de su apartamento tupido por una enredadera cuyas hojas verdes han resistido hasta ahora la carcoma del frío. Es diciembre de 1988.

    Yo lo había conocido tres años antes porque Carlos Alvarez, uno de los contertulios de La Herradura, me habló insistentemente de él. Wenceslao le había conseguido un puesto de utilero o algo así en la Escuela de Bellas Artes y el muchacho sentía por él una mezcla de admiración y agradecimiento. Un sábado por la tarde me lo presentó en este mismo sitio.

    Recuerdo que cuando llegamos me dirigí a su mesa sin que Carlos lo señalara porque era imposible equivocarse: un hombre con anteojos de montura delgada, zapatos de gamuza, pantalón de pana negra, chaleco de lana negra, chaqueta del mejor paño inglés, un portafolios relleno de papeles sobre la silla del frente y los ojos perdidos en una página del "Post" mientras la taza de café se enfriaba en su mano derecha, tenía que ser profesor universitario.

    Sin embargo cuando advirtió nuestra presencia bajó el diario y su cara juvenil me hizo dudar un poco. En ese momento tenía cuarenta años pero le calculé unos treinta y cinco, tal vez por su contextura delgada y aparentemente fuerte.

    Esa tarde sonrió unos segundos después de que le propuse que hablara de su vida y luego dijo que sí, pero bajo la condición de que omitiera su apellido. Al fin y al cabo eran cosas tan personales y todavía quedaba algo de familia en Colombia, pero... hombre —señaló—, lo voy a hacer hasta por ejercicio, pues nunca he intentado escarbar con detenimiento en el pasado.

    Así surgieron en este relato Eugenio y Soledad que ahora tienen dos hijos: Wenceslao y Herber. Es 1951 y los colombianos se han olvidado de la Guerra Mundial, por lo cual Eugenio encuentra amplias posibilidades de trabajo y todos se marchan a vivir en Bogotá.

    Wenceslao apura un sorbo de café frío y empieza a hablar con calma, haciendo pausas mientras asocia las ideas o cuando trata de forzar ciertos episodios que al parecer se niegan a aflorar. Entonces los intervalos son mayores pero luego retoma el ritmo y vuelve a engarzar recuerdo tras recuerdo en forma emotiva, aunque sin permitirle una sola concesión a la sensiblería:

    Bogotá: —dice— vivíamos en un barrio que de alguna manera he asociado con la austeridad de mi padre. Yo había hecho el kinder en Bucaramanga y allí me matricularon en un buen colegio cerca de la casa.

    En 1951 Herber cumplió dos años y yo tenía seis. Vida normal, hogar normal, pero de un momento a otro resultó que papá y mamá se separaron... Déjeme ver: fue una noche. Mi papá dormía en un cuarto y Herber, mi mamá y yo estábamos en otro. No sé la hora pero ella se encontraba tejiendo y de pronto él salió y dijo que debíamos apagar la luz: le molestaba el reflejo por debajo de la puerta.

    Mi mamá respondió que no, que necesitaba ver, pero él aisló el fusible y la casa quedó a oscuras. Mamá conectó la luz nuevamente. El viejo apareció con una chancleta, la tomó con fuerza y empezó a darle nalgadas... No recuerdo exactamente qué sucedió porque ahí se me corta la película y salto a otra secuencia:

    Han pasado unos minutos. Vamos por la calle descalzos y en pijama. Ella en camisa de dormir. Buscamos la casa de una tía que vive a tres cuadras de allí.

    Ahí se me borran las imágenes y las recupero nuevamente al lado de la señora Juana, una mujer que consiguió mi padre para que se encargara de los asuntos de la casa. La señora Juana está empacando las cosas de mi madre porque él se la llevó y con la autorización de mi abuelo, la encerró en la cárcel de mujeres. La acusaba de infidelidad. Inmediatamente entró al lugar, ella empezó a pagar una condena impuesta por él, sin haber cometido nada. Sin que se le hubiera probado nada. Simplemente "porque se acabó el matrimonio".

    Después de esto, mi padre vendió la casa a puerta cerrada, es decir, con todo lo que tenía dentro: porcelanas que había coleccionado a través de su vida, regalos de boda, bordados y pinturas de mi madre y a mí me envió "requi—interno" a una especie de orfelinato: una reacción muy rara, tal vez fruto de su propia frustración, de su imposibilidad para continuar con lo que él soñaba. Todo esto, agravado por la diferencia de edades: él cruzaba entonces por los cuarenta y nueve y mamá por los veintinueve.

    Herber entró al pequeño colegio de doña Elvira, una señora aristocrática que se convirtió en una especie de madre para él y a su lado recibió una buena porción del cariño que había perdido. Una vez organizadas así las cosas, papá regresó a Bucaramanga y se encerró en sí mismo.

    Como le digo, yo tenía seis años y hasta ese momento había contado con un padre, con una madre y con una familia y me golpeó mucho aquel cambio entre un ambiente cálido al lado de una madre con tanto arte entre sus venas, tan suave, tan elegante (es pintora, escritora, le gusta el piano. Todo lo que tenga que ver con sentimientos y con vida la hace vibrar), y el ambiente gélido de un reformatorio para niños y adolescentes.

    Hoy, tantos años después, conscientemente tengo contados recuerdos de aquel lugar: unas duchas comunales, similares a un tubo inmenso y largo a donde íbamos todos los días a bañarnos a las cinco de la mañana, los muchachos acezando por el frío del agua que parecía congelar los pulmones, un comedor largo y oscuro con mesas desnudas y llenas de platos de aluminio, la disciplina... A lo mejor no es coincidencia que yo haya estado posteriormente en el ejército de los Estados Unidos y más tarde en Vietnam. De pronto algo de aquellas fijaciones infantiles me hizo escoger la guerra como camino para obtener mi ciudadanía norteamericana que en ese momento era lo más importante para mí.

    Pues bien. Aquel reformatorio parecía una guarnición militar. Yo recuerdo que a esa edad aún me orinaba en la cama y eso ponía furibundo a mi papá. (Una de las cosas que me dijo después y que me permitió comprender por qué me había mandado a aquel lugar, es que yo era un flojo. Esa fue su explicación). Yo en cambio sabía que era muy sensitivo, parecido a ella. Es que mi mamá jugó un papel definitivo en nuestras vidas y por eso la entendemos demasiado bien y hemos reaccionado igual que ella. Estamos, en parte, muy dedicados a las cosas a que ella se dedicó... Por ejemplo, yo pinté desde pequeño. Ahora la recuerdo en nuestra casa en Bogotá: ella hacía cunas para bebés, decoradas al óleo o bordadas y nosotros le ayudábamos. Escuchábamos la música que ella escuchaba, inclusive, trabajábamos el color que ella trabajaba con mayor placer: el magenta. Para mí hay una imagen recurrente de los dos en esa casa: ella pintando y yo tratando de dibujar a su lado.

    Pero además, desde los cinco años iba con ella a corridas de toros, o a ver los espectáculos que llegaban al Teatro Colón, óperas, zarzuelas, conciertos. Visitábamos exposiciones, íbamos a conferencias. Era una vivencia muy sentida entre ella y nosotros.

    Me fui del tema... Ah. Estábamos en que me orinaba en la cama y en que mi padre se enfurecía con esto y desde luego los profesores también. En ese lugar, muchas veces me despertaba por las noches y si era sorprendido intentando rehacer la cama o tratándome de secar la piel con la parte seca de la sábana, me obligaban a levantarme, enrollar el colchón y trotar alrededor del patio con él al hombro: en calzoncillos, en Soacha, en ese frío aterrador de las madrugadas.

    Recuerdo muy bien que nos azotaban con un garrote largo, pintado de amarillo y rojo que era el personaje central de un rito diario llamado "disciplina", donde los profesores hacían un recuento de la jornada y después leían sus listas negras. Quienes habían fallado pasaban adelante y recibían dos, tres, cinco garrotazos: uno debía recostar la cabeza contra el muro y las manos en la espalda y el profesor encargado de aplicar el "remedio", iba pasando y le iba descargando el garrote con fuerza, con sadismo.

    Aquel reformatorio era un lugar a donde supuestamente llevaban muchachos problema, pero nunca me pareció así. Sabía que mis compañeros eran de todos los puntos cardinales del país, gente normal, alegre de día, triste en las noches, indiferentes entre sí, individualistas... Pienso que apelaban a él cuando querían salir de los hijos. Cuando se convertían en un problema para sus padres. Solamente eso.

    Yo no sé si aquel año marcó algo trágico dentro de mi infancia. Por lo menos, ahora no estoy consciente de sentirlo, pero no lo puedo descartar porque fue un cambio violento. Fue pasar de una vida en un colegio exclusivo, de tratar con estupendos profesores, de compartir con mis padres y mi hermano, de cuidar a mis perros, de mi bicicleta, de los fines de semana elevando cometas, de dormir en mi propio cuarto, solo, dueño de una gran privacidad, a aquel sitio frío, helado, en Soacha, una zona desapacible, erosionada, gris, y a aquel campo de concentración con disciplina militar.

    No sé cuántos meses habían transcurrido allí, cuando una tarde vi a mi mamá en el reformatorio. Apareció de un momento a otro. Irrumpió en el salón con unos ojos, con un ademán que nunca podré olvidar. Estaba desesperada por verme. Se abalanzó sobre mí y me aprisionó con un abrazo eterno. Ella recordaba luego que me había encontrado hecho una miseria. Como un muchacho de la calle. Traía un paquete del cual salieron luego salchichas, cremas, galletas... Yo la veía llorando y no entendía por qué. Entonces me llevó a las duchas, me bañó, me dio ropa limpia y me volvió a abrazar. Sentía sus lágrimas en mi cabeza.

    ¿Qué había sucedido? Luego de varios meses en la cárcel mi madre logró volarse gracias a una monja con quien había logrado trabar amistad. Ella cuenta cómo una tarde, la monja le miró las manos y luego le preguntó por qué se encontraba allí.

    —No lo sé —contestó mi madre—. Un buen día me trajo aquí mi esposo con la venia de mi padre y desde entonces estoy recluida en este pabellón.
    —Pero... —dijo la monja—. ¿No está de por medio la sentencia de un juez?
    —No. No hay ninguna sentencia. Sólo la voluntad de mi padre y de mi esposo.

    La monja pensó unos segundos, volvió a mirar sus manos y le dijo:

    —Mire sus manos. Usted es tan diferente a las demás reclusas.. He observado bien lo que borda y lo que habla y lo que escribe y... Dígame la verdad: ¿No hay una orden judicial contra usted? ¿Está segura?

    Posiblemente ella lo confirmó en los archivos y un par de días más tarde mi madre abandonaba la cárcel disfrazada de monja.

    En toda esta situación, el único apoyo que ella había recibido venía de mis tíos Alejandro y Nicanor, así que una vez en la calle se fue para Cúcuta —donde vivían ellos— y Nicanor la recibió en su casa. Ella cuenta que fueron días apretados, durante los cuales su única meta éramos nosotros. Pero para podernos ver, para alcanzarnos así fuera durante unos minutos, necesitaba dinero.

    Yo creo que quien inventó la decoración de vitrinas en Cúcuta fue ella, porque en su necesidad logró convencer a los dueños de algunos almacenes y comenzó a tener algún éxito en su labor. Trabajó mucho y en diferentes cosas a la vez, porque también pintaba y vendía algunos cuadros, bordaba, puso un pequeño almacencito con Nicanor... Otras veces viajaba a Caracas y traía ropa de mujer... Hacía cuanto podía y guardaba hasta el último centavo.

    A partir de allí transcurrió una época de lucha por la custodia de sus hijos que, desde luego, estaba en poder de mi padre por decisión de la curia y la visita al orfelinato determinó que mi papá elevara una protesta y se le prohibiera a ella volverme a ver.

    Por este motivo los encuentros siguientes fueron llenos de problemas. Yo recuerdo todavía a mi madre gritando afuera del salón y tratando de colarse a la fuerza para llegar hasta donde yo estaba y abrazarme, pero se lo impedían.

    Sin embargo, ella averiguó los horarios y descubrió que algunos días nos sacaban a caminar lejos del internado. Nuestros paseos consistían en recorrer los alrededores de Soacha. Andába—mos mucho: tal vez unas cuatro horas de ida y otras tantas de regreso y una mañana mi mamá apareció en un taxi. Al vernos lo hizo detener y descendió con los brazos abiertos hasta donde yo estaba. Traía refrescos y comida en abundancia para todos... Se volvió el centro del grupo. Pasó el resto del día con nosotros, cantó, dibujó, pintó caricaturas de los unos y de los otros y luego desapareció.

    Ella siempre hizo cosas increíbles para poderme ver. Yo diría que esa situación se mantuvo meses y meses a través de los cuales la constante era su lucha por ver a los hijos y el inmenso deseo de nosotros por tenerla cerca.

    Luego supe que también iba a visitar a Herber con las mismas dificultades, con la misma pobreza pero con la misma ilusión que la llevaba a trabajar en lo que fuera para poder transportarse y comprar una muda de ropa o unos cuantos panes para nosotros y nuestros compañeros de internado. Sin embargo, a pesar del gran esfuerzo, eran momentos esporádicos. Las oportunidades de vernos resultaban cada vez más fugaces... O me parecían así. Y siempre a escondidas, siempre con miedo. Siempre huyendo de algo.

    Por fin llegaron las vacaciones de diciembre y me llevaron a Bucaramanga. Aquí retengo una cosa: estuve muy solo en un apartamento, sin permiso para salir y me acuerdo de una noche, ya muy tarde, cuando se fue la luz y corrí a la ventana gritando "Papá", "Papá", pero no podía salir porque la puerta estaba asegurada afuera por miedo a que mi mamá nos robara, cosa que por fortuna ocurrió varias veces con posterioridad: ella llegaba en un taxi y nos perdíamos en la finca de algún amigo hasta cuando aparecían los detectives para "rescatarnos".

    Transcurrieron varios años sin que la situación cambiara. Doña Elvira murió luego de que Herber terminó sus estudios de primaria y mi padre lo llevó a estudiar en Pamplona. A mí me sacaron del orfelinato y entré a un colegio elegante en Bogotá y permanecí allí diez años, hasta terminar bachillerato...

    Herber en cambio truncó sus estudios puesto que la única obsesión que lo ocupaba era escapar en busca de mamá y eso lo llevó a fugarse varias veces del colegio. Yo recuerdo que en una de ellas terminó en Cúcuta porque sabía que allí estaba mi tío Nicanor y que allá lo recibían y que allá lo protegían, pero su libertad duró hasta cuando, unos días después, mi papá se enteró de su paradero y logró que el tío lo trajera de regreso. Pero como Herber fue un rebelde desde temprano —entonces tenía doce años—, no aceptó esa primera derrota.

    Pocos meses después terminó en Bogotá, nuevamente al lado de mi madre y tal vez buscando ponerse a salvo los dos, partieron para San Andrés, consiguieron trabajo y unas ocho semanas más tarde, los detectives le echaron mano y se lo llevaron para donde mi padre... Yo no sé hasta qué punto esos fueran sus derechos, pero lo cierto es que él siempre insistía en que en manos de mi mamá nos íbamos a hacer criminales porque, según él, ella era una mujer incapaz y su responsabilidad consistía en educarnos.

    Es que mi padre fue un crítico constante. Un perfeccionista y necesitaba que, de acuerdo con sus percepciones, sus hijos fueran diez en todo. Por eso ante cualquier sentimiento, anteponía siempre el pensamiento frío, el cálculo y el plan. Era muy puritano, muy luterano y muy calvinista... Es que encima de él había toda una tradición severa, dura.

    No obstante, esto se mantuvo dormido dentro de él hasta la separación, porque cuando mi madre habla de los primeros años, dice que fue un hombre encantador. De novio era de los que encaramaba un piano en un camión y le llevaba serenatas. Estando recién casados, tuvo que viajar a La Guaira a realizar la revisión de unas bodegas que había construido con anterioridad y durante el tiempo de ausencia, diariamente ella recibió en su casa una pequeña caja con una orquídea adentro. Entonces, si reúno ahora todos estos recuerdos, ¿cómo puedo juntar lo uno con lo otro?

    Pero volvamos a Herber y su rebeldía. La tercera fuga terminó nuevamente en Bogotá. Yo aún estudiaba bachillerato y me enteré que lo habían localizado en un pequeño apartamento al lado de mi madre. La verdad es que yo sabía del sitio porque ella me llamó una mañana para decirme que se sentía feliz al lado del niño. Que me extrañaban mucho.

    Un día después, el viejo se comunicó conmigo y me dijo: "Yo sé dónde están, pero esta vez no voy a pelear con ellos. Ahora no quiero que lo traigan los detectives pero te pido que trabajemos juntos".

    —¿Qué debo hacer?, le pregunté y él, sin vacilar, me dijo:
    —Quiero que vayas y les digas que el muchacho debe volver porque sólo le faltan dos meses para terminar su año de estudios. Ya hablé en el colegio y me prometieron que lo volverán a recibir —así lleve un mes por fuera— si se presenta ahora. ¿Por qué no vas y le dices a Soledad que esta vez no habrá castigos? Que el pequeño se venga porque esta es su casa. Que termine el año. Que estudie.

    Logré convencerlos y nos fuimos los tres para Bucaramanga pero al llegar a la puerta de la casa, mi padre nos empujó a nosotros hacia adentro, sacó a mi mamá a la calle y cerró con violencia. Desde allí la escuchábamos llamándonos. Simultáneamente, él tomó una manguera y ató a Herber. Yo traté de intervenir pero me encerró con llave en otra habitación. Hombre, es que papá hacía cosas casi sobrehumanas para alejarnos de ella.

    Durante nuestra separación, mi madre no desperdiciaba un solo día en su batalla ante los tribunales, tratando de que por fin fuéramos suyos, pero no tenía dinero porque en Colombia la mujer no contaba con muchas oportunidades de independizarse económicamente.

    Recuerdo que su lucha fue tan tenaz y tan incansable, que inclusive logró la manera de llegar hasta doña Carola Correa de Rojas Pinilla, la primera dama de la nación, para implorar el derecho a vernos... La prohibición de mi papá con la venia de la Iglesia parecía una ley. Hasta hace poco tiempo, mi madre conservaba unos documentos de la curia que no se diferencian en nada de los registros del medioevo.

    Yo nunca he podido saber si este apoyo de los curas y algunos gobernantes obedecía a las relaciones sociales del viejo, o si era la presencia de ese Estado machista y asfixiante que reinaba en Colombia... O, que, simplemente, influyeron su estampa de hombre blanco y su acento extranjero en un país sin identidad en el cual todo lo que venga de afuera es superior y merece reverencia.

    De todas maneras, el caso se ventiló en un par de juzgados de Bucaramanga y fue remitido años después a la Corte Suprema de Justicia, en Bogotá, donde terminó aquella guerra por nosotros, cuando yo tenía dieciocho años. Sólo entonces le reconocieron a mamá la Patria Potestad de sus hijos.

    El tiempo transcurrió sin que variaran demasiado las cosas y por fin terminé bachillerato en Bogotá. Me presenté en la facultad de Arquitectura, salí aprobado y viajé a Santander a entrevistarme con papá, pues necesitaba dinero para ingresar. Su respuesta fue concreta:

    —Mira, en Alemania cuando yo estudié arquitectura, inicialmente uno tenía que desempeñarse un año como albañil trabajando en las diferentes áreas: primero aprendía a mezclar el cemento con la arena, luego se dedicaba a pegar ladrillo, otro tiempo manejaba la plomada y luego obtenía un permiso para ingresar a la universidad. Y yo quiero que tú hagas lo mismo. Debes hacerlo. Cuando me traigas el certificado de un arquitecto con quien hayas trabajado en esas labores básicas, te pagaré los estudios... aun cuando yo no creo que tú sirvas para eso. Además, mira una cosa: la arquitectura es una profesión que hoy por hoy no camina. Es un lujo. Yo te recomiendo ingeniería o economía. Te pago cualquiera de esas dos carreras.

    Un par de semanas después, mi madre logró acceso al presidente de una compañía muy importante del Estado —cucuteño, amigo de la familia—, y conseguimos que esa empresa me diera una beca. Así pude ingresar a la universidad.

    Era 1962 y para organizamos mejor, mi madre localizó a una señora de Bucaramanga que tenía una casa para arrendar y habló con ella, dando como referencia el nombre de mi abuelo. Al día siguiente la ocupamos con los pocos muebles que había, pues atravesábamos un momento bien difícil. Yo recuerdo que muchas veces recorrí a pie las sesenta calles que había entre la casa y la facultad porque no tenía con qué pagar el bus y aun cuando me estaba yendo bien en los estudios, tuve que retirarme. Cursaba cuarto semestre de carrera. Era noviembre del año 1964 y creo que hasta entonces sólo habíamos pagado una tercera parte de la renta, de manera que tomamos la decisión de volver a Santander.


    EL SUEÑO AMERICANO


    Regresar a Bucaramanga hubiera significado una derrota si con anterioridad mi madre no hubiera abierto ante nuestros ojos la imagen de los Estados Unidos. Posiblemente fue durante el viaje o una hora antes, cuando le escuchamos decir que allá estaba nuestro futuro: "Esa es una tierra de promisión. Se consigue trabajo, se consigue vivienda, hay oportunidades para el que las busque", dijo y sin que mediara una palabra más, creo que los tres nos hicimos a esa idea como una decisión que no merecía ser discutida.

    Durante los meses que siguieron, ella consiguió pasaportes y visas norteamericanas —entonces no resultaba difícil lograrlo—, y cuando estuvo todo listo, habló con una amiga cuyo hijo vivía en Westbury, un pueblo de Long Island, y tomó la decisión de que Herber se fuera adelante. En ese momento él había cumplido quince años y corría el mes de febrero de 1965, el punto más crudo del invierno en los Estados Unidos. Pero eso no la impresionó. La estrechez económica y los inmensos deseos de abrir un nuevo panorama en nuestras vidas eran cosas más importantes que el frío.

    Meses más tarde, Herber contaba que una vez en Westbury se encontró con una barra de muchachos colombianos mayores que él, gente dura, fría, absorbida por el nuevo mundo en que se movían, trabajando como caballos, luchando individualmente para tratar de salir adelante y que a su lado se sintió explotado. Inicialmente le consiguieron el trabajo clásico de todos los colombianos que emigraban en esa época: lavador de platos en un restaurante. Pero además de eso, debía asear el apartamento, tender las camas, cocinar algunas veces. A cambio, obtenía un pequeño rincón donde dormir.

    No obstante, un mes después recibimos su primera carta y con ella un billete de cien dólares conseguidos con su trabajo —cien dólares era una cantidad importante de dinero en Co—lombia—, los cuales no solamente confirmaban los anuncios de mi madre unas semanas atrás sino que abrieron en nosotros una esperanza muy grande.

    A finales de mayo y buscando que el vuelo a Nueva York coincidiera con el de una azafata ocañera amiga nuestra, mi madre compró el pasaje para que yo siguiera los pasos de Herb y el 5 de junio de 1965, cuatro días después de haber cumplido los diecinueve, me metí entre un avión.

    La partida fue dura porque sentía que dejaba atrás la universidad y que me iba para un mundo desconocido sin saber a qué. Desde luego estaba consciente de que no iba a afrontar ninguna situación difícil dentro de lo que estaba acostumbrado en Colombia, pero, de todas maneras me sentía inseguro. Por ejemplo, yo nunca en mi vida había trabajado y siempre pensé que sólo lo haría una vez me graduara como arquitecto. Ahora tenía ese camino por delante y lo iba a recorrer porque, pensaba, era la única forma de cubrir los costos para finalizar mi carrera. No me asaltaba entonces otra obsesión.

    Llegué al aeropuerto La Guardia en las horas de la noche, con un par de ginebras en la cabeza y la azafata simplemente me indicó el pasillo que debía seguir para llegar a inmigración y luego se despidió de mí.

    Afuera no había nadie esperándome, así que marqué el teléfono de la casa de Herb, que en este momento estaba mejor organizado —compartía una pequeña habitación con un muchacho colombiano—, y me contestó una voz en inglés pero no comprendí nada. Entonces busqué a alguien que hablara español y encontré un maletero que me dijo, "Long Island está muy lejos: más o menos una hora de camino". El mismo consiguió un taxi y me embarcó por dieciocho dólares. Una fortuna.

    La casa donde vivía mi hermano era pequeña y al lado del mar. Su dueño, un italiano rudo que trabajaba en la limpieza de jardines, se encuadró frente a la puerta en calzoncillos, pero yo no le entendía nada de lo que me decía, por lo que entró a la casa y regresó unos segundos después mostrándome el telegrama que le habíamos puesto la víspera a Herb para anunciarle mi llegada. Entendí que como no lo había recibido, yo tendría que esperar allí hasta que apareciera, pero justo en ese momento sentí que se detenía un auto y adentro estaba él sonriente. Era un Chevrolet blanco que me impresionó muchísimo. Herb venía con Adolfo Sarria —su compañero de habitación—, un muchacho caleño de su misma edad quien, según me dijo más tarde, estudiaba ópera y canto.

    Después de saludarnos, Herb se mostró orgulloso del auto de su amigo —algo que no se veía en Colombia— y antes de entrar a la casa me acomodaron en él y salimos a dar una vuelta por los alrededores. "Fito" conducía con elegancia y aunque era primavera, usaba una fina bufanda de seda, característica de los cantantes de ópera.

    La casa era limpia. La pequeña habitación limpia y ordenada. El vecindario estaba compuesto por construcciones amplias con antejardines y zonas verdes para separarlas. Durante el recorrido, vi a Herb muy despabilado, dominando la situación, explicándome el nombre de las calles por las cuales cruzábamos. Nos detuvimos para tomar un refresco y escuché que lo ordenaba en inglés. Y capté también que tenía a "Fito" encaramado en un pedestal porque era quien poseía el mejor auto y el mejor apartamento de la pequeña colonia colombiana en el lugar.

    Con el correr de los días pude ubicar a Westbury como un vecindario de clase media. Era un buen suburbio y la razón por la que habían comenzado a llegar colombianos allí era su ubicación cerca de una zona de restaurantes campestres, espaciosos y elegantes. (Las fuentes de trabajo.)

    Herb trabajaba como lavador de platos en un "dinner", uno de aquellos restaurantes típicos norteamericanos compuestos por una especie de vagón de ferrocarril dividido en dos por el mostrador. Comida rápida: desayuno, almuerzo y cena.

    Los dueños eran unos griegos que lo querían mucho por su carisma, sus pilas bien cargadas, su sonrisa permanente de oreja a oreja y porque era un trabajador de gran capacidad. En esa época laboraba desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche y ganaba unos ciento veinte dólares semanales.

    Desde el momento de llegar allá, uno soñaba con un apartamento, pero resultaba imposible alquilarlo porque había que depositar inicialmente el valor de dos meses de renta, además de una fianza y eso desde luego no estaba al alcance de nadie. Un auto era otra cosa porque se conseguía con doscientos dólares.

    Durante la primera semana estuve tratando de adaptarme a la nueva vida y cuando la colonia de colombianos se enteró de que había llegado "uno nuevo" empezaron a buscarme trabajo con tal éxito que en un par de días tenía noticias de cuatro o cinco oportunidades porque cada uno venía y me decía, "en mi restaurante necesitan un lavaplatos, en el de fulano de tal están buscando a alguien...". Para otro tipo de empleos era necesario saber algo de inglés. Por esto los colombianos siempre estaban metidos en la cocina que era la dependencia de la alegría, de los gritos, del movimiento. Generalmente el calor allí es violento y los muchachos se mueven como máquinas separando la comida que va a unas canecas muy grandes y pasando los platos por el agua, por la esterilización, por el secado, de mano en mano en una actividad febril.

    La colonia estaba compuesta en estos días por siete colombianos jóvenes. Herb era el menor de todos y antes que una gran hermandad, existía la necesidad de reunimos, de estar juntos, así hubiera categorías de acuerdo con la clase de trabajos que desempeñara cada uno en su restaurante.

    Los de más abajo, desde luego, eran los lavaplatos. Un poco más arriba estaban los que se desempeñaban como "bus boy", una especie de ayudante de mesero que debe saber algunas palabras claves en inglés y que, como consecuencia, gana un poco más, y en la cúpula los meseros. Todo colombiano que llegaba tenía solamente esa meta: "el día que seas mesero, estarás hecho en este país", decían.

    En aquel grupo había uno y lo llamábamos "el rey". Fue quien llegó primero a Westbury y luego de unos cinco años de lucha logró conseguir un "apartamento" independiente. Se trataba de una habitación con un baño estrecho y oscuro, pero al fin y al cabo el sueño de todos y eso parecía darle mucho estatus frente a los demás. El hombre —no recuerdo su nombre—, nos invitaba allí algunos fines de semana "para que compartamos un refrigerio" y no se contentaba con ofrecernos una cerveza o un refresco sino que preparaba los cocteles más sofisticados según él: un "Pink Lady" o un "Black Russian" le llenaban la boca y el alma solamente al pronunciarlos y yo veía cómo en esos momentos él estaba exteriorizando toda esa mentalidad que va desarrollando el inmigrante colombiano una vez que cree haberse metido en aquel país. Es decir que ya había cumplido su ambición y podía dictar cátedra en cuanto a lo que era la vida en los Estados Unidos. Pero a la vez yo veía que algunos lo envidiaban. Los de su misma limitación de ambiciones o de sueños. Sin embargo los admiraba a todos porque habían logrado romper ese lastre que significa creer que existen profesiones denigrantes y con el cual nacemos y morimos los colombianos en nuestro país.

    Inicialmente no me pude liberar de esto y me sentía mal viendo cómo Herb y los demás habían aceptado sin reticencia esa primera etapa de lavadores de platos. Recuerdo que los visitaba en sus sitios de trabajo y sentía un rechazo muy grande, que trataba de justificar pensando en lo que yo creía que era y en lo que esperaba ser en el futuro. Y no lavé platos nunca.

    Como pensaba permanentemente en mi carrera futura busqué algo que tuviera que ver con ella y encontré un trabajo con relativa facilidad: en el pueblo vivía un indio quechua especialista en jardinería y necesitaba un obrero, de manera que me presenté una tarde y sin que mediaran muchas palabras el hombre se quedó mirándome de arriba abajo, revisó mis brazos, la espalda y las manos —posiblemente buscando fortaleza— y luego sacudió la cabeza. Entendí que necesitaba a alguien más duro pero sin embargo aceptó que comenzara al día siguiente.

    El tipo tenía un pequeño camión, herramienta, algunas máquinas, y se dedicaba a diseñar, sembrar, construir jardines y además pagaba por el trabajo mejor que en los lavaderos de platos.

    Comencé muy temprano, una mañana calurosa en lo alto del verano, esto son treinta y cuatro, treinta y cinco grados centígrados sobre el mediodía, pero la ilusión de producir no me dejó pensar mucho en la temperatura de aquella estación. Mi primera labor consistió en manejar una máquina que vibraba con mucha fuerza, luego debía cargar una serie de vigas, hacer los huecos, sepultarlas en la tierra, terminar, cargar la herramienta en el camión y partir para otro lugar y de allí para otro y para otro. Medio día podando pasto y el resto colocando vigas con las manos plagadas de ampollas. Después fue peor porque se me convirtieron en llagas. La semana siguiente comencé a acostumbrarme y se esfumó el dolor de las manos. Me hice buen amigo del calor y de un negro buena gente que me ayudaba por ratos sin que el indio se diera cuenta. No obstante, la dificultad para comunicarme me angustiaba un poco, pues entendía que la vida estaría de acuerdo con la calidad del idioma que hablara. La libertad misma dependía de la lengua. Era duro llegar de un sitio en el cual te precias de poder escribir más o menos bien, de dominar un idioma que además quieres y del cual dependes totalmente, a sentirte mudo de un momento a otro. Es tensionante.

    La amistad con aquel negro me mostró en forma muy clara la injusticia del racismo, que había comenzado a aprender allí —cosa curiosa—, a través de los colombianos, que a su vez lo habían aprendido de sus patrones alemanes, griegos o italianos ignorantes, en los restaurantes del lugar. Aquellos, como mis paisanos, deseaban hacerse gringos pronto y por tanto una manera de lograrlo era odiando al negro. "Estos negros nos van a dañar el país", decían con frecuencia y a mí me sonaba a chiste.

    Mi relación con la gente de color siempre fue buena, aun en momentos difíciles. Por ejemplo, varias veces al salir del trabajo en el atardecer me encontraba con grupos de tres o cuatro negros armados de cuchillos que me rodeaban y me decían: "El dinero, venga el dinero" y yo lo único que podía decirles era que no entendía. Inmediatamente me preguntaban de dónde era y yo les explicaba que suramericano.

    —Suramérica... Oh, oh, hermano, brother, respondían e inmediatamente guardaban sus armas y estiraban las manos para que nos diéramos palmas y me dejaban continuar. Algunos años después, cuando ya hablaba buen inglés me sucedió lo mismo un par de veces y lo que hice fue fingir que estaba recién llegado y que no entendía nada. El resultado fue el mismo.

    La actitud frente a los negros de alguna manera parecía mostrarme la mentalidad estrecha de buena parte de los colombianos, que también se traducía en sus pequeñas metas: una mujer, un automóvil, unos hijos en la escuela pública y la pensión a los sesenta y cinco años. En esto, Herb era bien diferente a todos porque siempre soñó con cosas grandes, con grandes aventuras, con mucho dinero. En sus sueños nunca proyectó poner un negócio para reparar llantas, o en conseguir un restaurantico, por ejemplo. Siempre pensó en negocios inmensos, con derroche. Recuerdo que cuando aún estaba en el "dinner", compró un carro que apenas andaba —le había costado veinticinco dólares—, lo compró para tenerlo allí estacionado porque tampoco podía conducir por su edad —quince años—. Entonces en sus momentos de descanso, quince minutos, media hora, se ponía al timón y daba algunas vueltas en el parqueadero del restaurante.

    Con el quechua trabajé hasta un día que me vio las manos llenas de llagas y me despidió. Dijo que no quería problemas con las autoridades.

    No había transcurrido una semana, cuando logré entrar a un restaurante, pero no a lavar platos sino como "bus boy" porque ya entendía las palabras suficientes para defenderme. Desde mi llegada había aprovechado el tiempo estudiando y ampliando las bases que ya tenía, de manera que cuando completé el primer mes allí, empecé a ver progresos. El puesto de "bus boy" era realmente bien pago... estoy hablando de unos trescientos dólares a la semana, mil doscientos al mes, frente, por ejemplo, al de un cajero de banco que redondeaba mensualmente unos cuatrocientos ochenta dólares.

    Me impactó mucho el tener que ponerme un uniforme de mesero, con chaqueta amarilla, con un corbatín y un pantalón blanco. Aún recuerdo el momento de salir al restaurante y enfrentarme a mi nueva realidad. Inicialmente me creí incapaz. Luego di dos pasos adelante y esperé que todo el mundo se quedara mirándome, mirando a un payaso... Pero lo hice y nadie, absolutamente nadie me volvió a mirar. Entonces me convencí que no era más que un montañero con un lastre inmenso de complejos y que haber sido estudiante de arquitectura en la Universidad, no representaba absolutamente nada en la vida y que allí tenía que comenzar a recorrer un camino nuevo.

    Para Herb, tener un auto, —"Pero un auto de verdad, con placas y con matrícula... y que camine de verdad"— era muy importante, entre otras cosas porque representaba una buena porción de independencia. Hasta entonces, ir a la playa durante los días de descanso o realizar cualquier gestión personal nos ataba a los caprichos del resto de los colombianos y nos hacía sentir demasiado dependientes, coartados, así que tres meses después de mi llegada reunimos entre los dos doscientos ochenta dólares y adquirimos un Ford 56 verde, muy regular de máquina, pero, por fuera, sin un rasguño a la vista.

    Para mí lo prioritario era el apartamento y después el auto, pero la realidad me convenció muy pronto de lo contrario. Long Island es un área suburbana inmensa donde todo queda muy lejos y no tiene la disposición de una ciudad regular con un punto central y áreas comerciales, de restaurantes, etcétera. No. Es algo muy diferente. Es el suburbio donde, por ejemplo en invierno te paras media hora esperando un bus y te congelas, o donde debes cambiar de bus tres veces para llegar al trabajo... Por eso allí el carro es absolutamente indispensable. Es una herramienta.

    Una vez conseguido el auto, tener la licencia de conducción era un paso obligado y urgente, de manera que me encerré tres o cuatro días a consultar las bases para un examen escrito y diccionario en mano me preparé como mejor pude, estudié los códigos de tránsito y otras cosas y me presenté a la oficina correspondiente, con buen éxito: me dieron la licencia.

    A su vez, Herb progresaba rápido en el idioma. Tenía facilidad y aún sin poseer bases gramaticales, se defendía perfectamente dejando ver un acento parecido al de los griegos del restaurante en el que trabajaba.

    La adquisición de ese auto no me produjo demasiada alegría. En cambio Herb pareció transformado por la felicidad. El auto representaba muchas cosas importantes para él. Recuerdo que siempre lo mantuvo como un espejo. Diariamente se levantaba a las cinco de la mañana, una hora antes de salir para el trabajo y se dedicaba a lavarlo, a encerarlo, a asearle las llantas y sentado al lado mío, viéndome conducir, parecía el ser más orgulloso de la vida. Hoy, tantos años después, me parece que no ha transcurrido el tiempo cuando lo veo en el suyo con la misma felicidad de esa época.

    Para entonces Queens, el gran barrio de los colombianos en Nueva York, comenzaba apenas a poblarse y recuerdo que había un solo restaurante de comida típica. Se llamaba El Refugio y era de una señora muy simpática. Allí íbamos generalmente los fines de semana. Yo creo que los primeros emigrantes colombianos comenzaron a llegar al lugar unos cinco años antes, pero aún no se palpaba esa presión, ese gran crecimiento que marcó lo que hoy es Queens, una zona más poblada de paisanos que muchas de las capitales del país. Yo podría decir que en ese momento la colonia cabía toda en El Refugio y que la gran avalancha de colombianos comenzó mucho más tarde, por ahí para el año sesenta y ocho.

    En ese momento las relaciones con mi madre eran muy cercanas. Nos escribíamos con alguna frecuencia, nos contábamos hasta las historias más pequeñas y, desde luego, cada semana que transcurría solamente teníamos en la mira una cosa: llevárnosla para los Estados Unidos. Pero para conseguirlo teníamos que estar en condiciones de rentar una casa o un apartamento donde reorganizar nuestro hogar.

    Sin embargo, apenas a los seis meses de haber llegado yo y cuando aún nuestra situación era muy estrecha, porque aparte del carro solamente habíamos logrado quedarnos a vivir solos en la pequeña pieza en casa del italiano, recibimos un telegrama de mi mamá que sin preámbulos ni rodeos decía secamente: "Llego esa hoy vuelo Avianca".

    Era una decisión cumplida que no admitía nada, que no daba ninguna espera. ¿Qué hicimos? Sonreír por unos segundos prácticamente sin pronunciar palabra y como reacción inmediata salir, lavar muy bien el carro, brillarlo como nunca y partir para el aeropuerto de Nueva York, sin un dólar entre el bolsillo porque justamente esos días habíamos pagado la renta y el resto se lo habíamos enviado, como lo hacíamos cumplidamente en forma periódica.

    Seguramente ella traía en la cabeza una imagen de abundancia y prosperidad enorme. Debía haberse dibujado el sueño americano en todo su esplendor porque unas semanas antes, Herb se hizo dos fotografías, una en la cocina del "dinner", sentado en una butaca y rodeado de platos y canecas de basuras, que le envió a mi papá con un par de palabras al respaldo: "Aquí en mi estudio pensando en ti". ¿Qué lo movía a hacerlo? No sé. Un arranque de humor negro, una tomadura de pelo... Así es Herb. Y la segunda —que le envió a mamá— era bien diferente: posaba al lado del auto, que se podía ver muy brillante en medio de una zona de jardines florecidos.

    La espera en el aeropuerto fue eterna. La buscamos en los terminales, arriba, abajo sin poder hallarla y sobre la media noche, desconsolados, regresamos a casa, pensando que tal vez en el fondo era mejor que hubiese aplazado su venida porque no estábamos listos para reunimos. El sitio donde vivíamos era muy estrecho, el dinero que recibíamos era muy estrecho. La vida, en una palabra, muy estrecha aún. Estábamos hablando de todas estas cosas cuando tocaron a la puerta... Serían las dos de la mañana. Salimos a mirar y claro, mi mamá. Estaba allí de pies, sonriente y detrás una señora amiga de ella que venía a comprar mercancía a Nueva York y un muchachito que había adoptado horas antes. Tres personas con varias maletas, con paquetes, con toda clase de envoltorios que seguramente esperaban llegar a una gran mansión. Conociendo la mente desbordante de mi madre nos la imaginábamos hablándole a la gente de nosotros, invitándola a Nueva York "donde tienen un pent—house espacioso porque uno es diseñador de jardines y el otro, medio dueño de un gran restaurante y si no creen, vean el cheque que me envían cada mes. Les sobra el dinero..."

    Para el italiano esto era una cosa de locos. Su casa invadida a la madrugada por una gente que hablaba duro, que se saludaba, que lloraba de la emoción al encontrarse nuevamente. Recuerdo verlo en el segundo piso, en calzoncillos, protestando, diciendo que allí no cabía nadie más, que se fueran inmediatamente. No quería siquiera que Herb y yo subiéramos a explicarle que era cosa de esa noche, que nos diera espera mientras amanecía y nos tratábamos de organizar contra el frío, porque llegaron en pleno invierno, un invierno para el cual ni siquiera nosotros nos habíamos preparado bien porque no podíamos.

    ¿Y el niño? No había sido una adopción formal. Lo conoció en una pensión donde paró por algunos días en Colombia y resolvió redimirlo de la pobreza y llevárselo "para aquel paraíso donde viven mis hijos y donde hay oportunidades de sobresalir en la vida". El muchacho debía tener unos diez años.

    Finalmente terminamos todos acomodados en el pequeño zarzo esperando a que amaneciera para buscar rápidamente dónde irnos a vivir. Creo que el italiano nos dio uno o dos días de plazo para abandonar, pero eso era muy poco tiempo porque para los latinos no es fácil conseguir una vivienda: se necesitan depósitos por lo menos que igualen el valor de tres meses de renta, fianzas, muchos papeles como respaldo y no teníamos en ese momento más de treinta o cuarenta dólares en el bolsillo.

    Como es lógico, resultó imposible conseguir un apartamento para albergar tanta gente y terminamos en otro suburbio aledaño a West Bay que se llama Mineóla, donde una señora dominicana nos arrendó el segundo piso de su casa compuesto por dos pequeñas piezas, un baño y un sitio para cocinar.

    En aquel punto viví sólo una semana, porque tuvimos un roce que me alejó de su lado: Sucede que una noche al salir del restaurante donde trabajaba me tomé algunos tragos y al llegar a la casa alguien me increpó por gastarme los pocos centavos con que contábamos y yo no les di una respuesta amable. No recuerdo las palabras sino una palmada en la boca y el respectivo sabor a sangre. Entonces tomé el auto y terminé durmiendo en casa de algunos amigos.

    Abrí tolda aparte y unos días más tarde me cambié para un nuevo empleo, esta vez como mesero en un restaurante de alemanes. El sueldo era bueno, muy bueno para el momento porque lograba redondear unos cuatrocientos dólares y conseguí una magnífica habitación en casa de una señora alemana.

    Durante los dos primeros meses me dediqué a la gran vida. Sin embargo, quince días después del incidente estaba en el restaurante preparándome para la hora del almuerzo, cuando se me acercó el gerente y me dijo: "Te necesita un policía. Ve a hablar con él". ¿La policía? ¿Yo? Yo no he hecho nada malo, me dije y fui a buscarlo saliendo por detrás de la cocina. Eran dos policías amables que me dijeron que venían acompañando a mi mamá. (¿Mi mamá?) Miré bien y pude ver tres autos policiales y una limosina detrás de ellos.

    Pregunté de qué se trataba y dijeron que ella había llegado a la comandancia alegando que un hijo suyo la había robado y se hallaba desaparecido y que necesitaba localizarlo con su ayuda. Al parecer no le pararon muchas bolas al principio pero insistió tanto que buscaron un puertorriqueño para que hiciera de traductor y finalmente le recibieron una declaración formal. Inmediatamente después el comisario del pueblo la acomodó en su carro oficial y la envió a buscarme con tres patrullas más. Me imaginé cómo debió haber sido el escándalo para que la atendieran en esa forma. Recuerdo que cuando vi aquello comencé a sentir un sudor helado que me corría por la frente pues aún era invierno. Los guardias me dijeron que comprendían que se trataba de una cosa personal pero que, por favor, calmara a la señora porque se encontraba muy excitada. Mi primera reacción fue no hablar con ella y preferí preguntarle a los policías qué era lo que, según ella me había robado, mientras la veía allá, al fondo, muy sentada en la limosina con el muchachito, mirándome de reojo y tal vez diciéndose "yo consigo siempre lo que me propongo, sea al precio que fuere". Así es ella.

    —La acusación de su madre es que usted se llevó un equipaje, dijo el agente. Entonces traté de serenarme un poco y pensé que había que cambiar la estrategia porque de lo contrario se agrandaría el problema, y me acerqué a la limosina y la saludé:
    —Hola mamá, ¿cómo estás? ¿Qué pasa?, le dije y ella me respondió muy seria.
    —Arrodíllate. Arrodíllate.
    —¿Cómo? Si vengo a saludarte. ¿Qué pasa? ¿Qué son este escándalo y estas peloteras tuyas?
    —¿Peloteras? Hijo malagradecido... Te me robaste unas cosas fuera de todo, ¿no?, decía en forma tan impersonal que yo no aterrizaba, y entonces le volví a preguntar, qué sucedía.
    —Tú lo sabes muy bien y no necesito explicarte nada, respondió. Arrodíllate y besa el suelo que estás ante tu madre.
    —Déjate de cosas mamá. Yo no me he traído ninguna maleta con ropa, le dije pero ella interrumpió:
    —Esta gente dice que te pueden encerrar y yo estoy dispuesta a que te guarden antes que me faltes al respeto. Y además tú no has vuelto a la casa y eso no puede ser, dijo ya abiertamente contrariada.

    Continuamos con la discusión sobre si yo me había llevado o no me había llevado una maleta que unas semanas atrás, ella misma había acomodado dentro del baúl del carro. Era un trasto viejo lleno de ropa que no usaba... ropa de verano o algo así, y entonces le dijo a los policías que revisaran el auto. Claro, al abrirlo la hallaron y cuando vi la escena me dije: "La maldita maleta... Ahora sí me tiene en sus manos. Y como está de brava es capaz de hacerme encerrar. Tengo que hacer algo". Entonces me acerqué a la limosina y le dije:

    —Claro que ahí estaba la maleta, yo no sabía que la habías guardado, pero perdóname porque mi intención no fue traérmela...
    —Yo sé eso, pero arrodíllate de todas maneras o te hago encerrar.
    —Mamá, por Dios —le respondí—, cómo te vas a poner en esas, mejor yo voy esta noche y conversamos, te lo prometo, pero no agrandemos esto, por favor...
    —Nada mi hijito. La ofensa es pública, el perdón también. Arrodíllate, o...

    Pues me arrodillé ahí en el suelo, entre el barro que deja la nieve, porque no estaba dispuesto a hacerme encerrar. Los policías parecían muy serios, como no entendiendo mucho lo que sucedía. Tal vez para ellos era algún ceremonial de locos latinos o algo extraño. Cuando me puse de pies, ella volvió a hablar:

    —Ve, dame una platica que necesitamos en la casa. Y... ¿Cuándo vas a ir?
    —Es que ya con estas que me has hecho, yo no sé, le respondí, pero ella endureciendo el gesto, insistió:
    —¿No sabes? Esta noche vas a ir. Esta noche.

    Tomó unos cincuenta dólares que yo tenía entre el bolsillo en ese momento, me miró detenidamente una vez más y sin agregar una sola palabra cerró la puerta de la limosina, levantó la cara y el chofer arrancó siendo seguido por las tres patrullas con sus luces intermitentes y sus sirenas funcionando.

    Yo quedé contrariado y no solamente no fui esa noche sino que me demoré más o menos un mes y medio sin verlos, aun cuando pasaba cada semana a dejarles la platica para los gastos de la familia.

    Por esos días mi mamá dijo que tenía que trabajar en algo y una mañana se fue con un grupo de señoras latinas para una fábrica de cremalleras, donde había algunas vacantes. Su labor consistía en situarse en medio de la línea de producción en cadena y hacer no sé qué cosa. Como es costumbre, allá se trabaja unas dos horas continuas y luego vienen diez, quince minutos de descanso para tomar café o refresco. Pero sucede que al poco tiempo de comenzar sintió deseos de tomar algo, se fue poniendo de pies y se alejó del sitio, de manera que en la línea se formó un enredo con las cremalleras, los mecánicos debieron detener la producción unos minutos y, como consecuencia vino una supervisora a llamarle la atención.

    —Usted siéntese. Solamente se puede mover de aquí a las diez de la mañana, le dijo a mamá.
    —¿A las diez? Como así que a las diez —respondió mi madre—. Yo quiero hacerlo ya... ¿No ve que tengo sed?

    Pues el trabajo le duró apenas un par de horas. La despidieron inmediatamente.

    Donde la dominicana vivieron unos cincuenta días porque, al parecer, la mujer "se les encendió" una mañana que mi mamá empezó a poner la casa en orden sin contar con ella. Debía estar muy descuidada, pero de todas maneras a la mujer no le gustó la cosa y tuvieron que mudarse a un apartamentico en el segundo piso de una discoteca. Recuerdo que fui a ayudarles al traslado y a llevar platica y a ayudar a hacer el mercado y a inaugurar el sitio.

    Me parece que lo mejor de la estancia en aquella casa fue que la dominicana se encariñó bastante del muchachito "adoptado" y decidió acogerlo y desde luego, a esa altura mamá no tuvo ninguna objeción. Nosotros volvimos a saber de él más tarde porque al parecer consiguió trabajo y se robó algunos dólares para comprar un par de zapatos, pero la cosa se descubrió y terminó en las dependencias de Inmigración.

    Los funcionarios comenzaron a buscar alguien que respondiera por él y llegaron a donde mamá que ya tenía su visa para vencerse —habían pasado seis meses desde su llegada— y a raíz del incidente debió abandonar los Estados Unidos.

    No sé qué sucedió con el muchacho en ese momento, pero un tiempo después supe que estaba trabajando aquí y se había traído a su familia.

    Por su parte, mamá no quiso regresar a Colombia y se embarcó para Nicaragua donde tenía buenas relaciones sociales, porque años antes y gracias a la ayuda de un embajador colgó una exposición de pintura y logró conectarse con aquella sociedad que giraba en torno de los Somoza.

    El diplomático, que para entonces había enviudado, la recibió bien, le ayudó a conseguir vivienda, ella se dedicó a pintar y al poco tiempo realizó otra exposición y vendió todos los cuadros.

    Pero pronto surgieron problemas. Los hijos del diplomático montaron en celos porque veían cómo el viejito se enamoraba de ella y calculando un posible matrimonio y como consecuencia la evaporación de parte de su herencia, decidieron declararle la guerra. Esto se volvió un lío tremendo, y los herederos llegaron hasta entablar un juicio legal contra mamá.

    Había transcurrido un año desde cuando llegué a los Estados Unidos y sentí que me aburría trabajando como mesero. Me parecía que las cosas se estancaban y aunque ganaba buen dinero, lo único que poseía era un auto convertible rojo que desgraciadamente estrellé quince días después de haberlo comprado. Por su parte, Herb tenía un Volkswagen, también abollado y pensando por una parte en mamá y por otra en cambiar de negocio, surgió la idea de conseguir autos de segunda y llevarlos por tierra hasta Nicaragua, donde nos dijeron que se vendían bien.

    Como punto de partida decidimos arreglar los que teníamos y arrancar después. Yo contaba con los dólares que me reconoció el seguro por las averías del convertible y Herb había reunido otra suma. Entonces compramos los repuestos necesarios en un "junk yard", (donde venden piezas de carros estrellados) y durante los días libres nosotros mismos los reparamos.

    Cuando decidimos que estábamos listos, recogimos los dolaritos que pudimos, entregamos las habitaciones y empacamos nuestra ropa, unos cuantos libros y partimos. (Más tarde esas pocas pertenencias fueron útiles porque con ellas pagábamos, por ejemplo, la gasolina. Imagínese en México, en Guatemala, una camisa con marca gringa... Pues caramba, con ella uno conseguía un tanque completo.)

    Durante las primeras jornadas dentro de Estados Unidos, —de Nueva York a Laredo, Texas— andábamos diez o doce horas prácticamente sin detenernos y ya por las noches mercábamos en cualquier tienda enlatados y comida hecha y buscábamos las áreas de descanso de las autopistas. En ellas tú encuentras café, ducha, mesitas donde se puede cocinar y sitio donde acomodar el auto. Una vez hecha la cena, dormíamos en el convertible que era más grande.

    En Laredo nos dimos cuenta que no teníamos dinero suficiente para llegar con los dos autos hasta Nicaragua, porque en adelante debíamos entrar a carreteras duras que exigían mayor consumo de gasolina y por tanto buscamos un parqueadero por meses, dejamos el convertible y continuamos en el otro.

    Luego de un año en los Estados Unidos, atravesar la frontera con América Latina es algo que te sacude, porque ya estás acostumbrado al aseo, a la disciplina y al respeto... entonces, llegar al puesto aduanero mexicano donde los mismos uniformes de los guardias denotan otro mundo, donde los funcionarios del gobierno empiezan a asediarte para ver cómo te roban dinero desde cuando pisas la puerta, es regresar al caos que habías dejado con mucho esfuerzo.

    En total le regalamos a los guardias unos diez dólares en el primer puesto, pero adelante hay veinte más donde la única función aparente de la autoridad es mirar a ver cómo te tumban, cómo te quitan... Algo muy típico de nuestros países.

    Sin embargo logramos pasar sin mayores contratiempos, animados por ese sabor de aventura que te da una energía y una vitalidad enormes porque estás rompiendo las rutinas y viviendo a cada kilómetro algo diferente de lo que habías dejado atrás... Carreteras más angostas, con líneas mal pintadas, sin letreros que anuncian el peligro, ni barandas en las curvas, ni zonas de seguridad a los lados. El norte de México es una estepa desértica donde muy rara vez te topas con un rancho, por allá perdido entre los cactus.

    A partir de ese punto dejamos de detenernos a dormir en la vía y preferimos reemplazarnos al timón durante las noches de manera que, cuando uno conducía el otro descansaba. Creo que un par de noches después de ingresar a México tuvimos un pequeño accidente: las luces del Volkswagen no alumbraban a fondo y en un tramo muy oscuro, sin luna, cuando avanzábamos, por fortuna lentamente, hallamos en medio de la autopista una masa oscura contra la cual chocamos. Era una vaca que dormía tranquilamente en la carretera y al sentir el golpe salió corriendo. Pero el auto, reparado con tanto sacrificio, se volvió a abollar. Poco después, en Tuxtla, buscamos un taller donde nos ayudaron a arreglarlo y pagamos el servicio con una herramienta vieja de las que habíamos comprado para reparar los autos. Esa chatarra no sirve para nada en los Estados Unidos, pero cruza uno la frontera y se vuelve valiosa. Inclusive entre el convertible dejamos algunas baterías, llaves, martillos y un poco de basura que habíamos acomodado con este fin.

    En Guatemala intentábamos viajar mucho más rápido especialmente durante las noches porque nos habían advertido que allí la situación política era tensa y la guerrilla controlaba parte del territorio. Según la información se trataba de zonas muy peligrosas, pero decíamos: "Nosotros no llevamos nada valioso, no sabemos nada de política... ¿Qué nos van a hacer?". Eso parecía tranquilizarnos un poco.

    Antes de entrar a El Salvador por la Carretera Panamericana, nos advirtieron que debíamos tener cuidado con una curva que llaman "La Canora" porque era muy cerrada y no tenía señales de ninguna clase, pero se nos olvidó el dato y nos agarró la noche en medio de un aguacero, íbamos cansados y con un deseo enorme de llegar pronto a San Salvador cuando de un momento a otro sentimos que el precipicio estaba a pocos centímetros de la trompa del auto. Herb timoneó, luego frenó pero el carro dio tres vueltas, siguió patinando en medio de las chispas y finalmente se detuvo sobre el asfalto, recostado sobre mi lado. Nos habíamos volcado y ahora Herb descansaba encima de mí.

    No sé cuánto tiempo transcurrió mientras nos repusimos del susto y de la sorpresa, pero lo cierto es que el carro permanecía con la ignición prendida, y lo primero que hice tan pronto pude moverme fue apagarlo, salir de él y ayudarle a mi hermano a abandonarlo.

    No recuerdo tampoco de qué hablamos pero estábamos de pies al borde del abismo viendo una rueda del auto, todavía moviéndose sobre el vacío. Era una carretera desolada porque nadie se aventuraba en ella durante la noche por miedo a las guerrillas y durante todo el trayecto —a partir del atardecer— no nos habíamos cruzado con nadie. Sin embargo un poco después aparecieron las luces de un Pontiac viejo en el cual se acomodaban un cura y otras personas que iban para un rancho cercano a llevarle la extremaunción a un moribundo. Ellos se detuvieron y nos auxiliaron.

    Con poco esfuerzo le dimos la vuelta al Volkswagen y logramos ponerle las cuatro llantas sobre la carretera, lo prendimos y arrancamos nuevamente con mucha ansiedad porque calculábamos que mi mamá y la casa estaban a una jornada de aquel sitio. Un par de horas más tarde comenzó a clarear y por fin entramos a El Salvador. Fue la frontera con más problemas porque los guardias no entendían, primero, por qué estábamos viajando de noche y luego por qué no llevábamos dinero. Finalmente, luego de una requisa detenida y de miles de preguntas, nos dejaron pasar, pero quince minutos más tarde, se reventó el cable del "closh" y ahí quedamos. Siete de la mañana, varados, sin un peso, con sueño, con hambre...

    Había una aldea cerca y vimos que de allí salían patrullas del ejército que llegaron pronto a donde estábamos nosotros y sin mediar palabra nos rodearon, nos encañonaron y nos sacaron del auto a golpes, mientras otros lo destapaban por todos lados. Abrieron las maletas y lanzaban las cosas lejos. Los que nos vigilaban colocaron los cañones de sus fusiles a milímetros de nuestros ojos y empezaron a inculparnos, no sé si de ser gringos por las placas del carro o de guerrilleros por nuestro aspecto. No sé qué estaba pasando allí pero su actitud era tan hostil que los pocos campesinos que se arrimaron al sitio les decían: "No mi teniente, esa no es gente mala", pero inmediatamente escuché que alguien respondió: "No, qué va. Estos hijueputas no tienen por qué venir a este país a cagarse en todo. Son unos hijueputas y van detenidos".

    Pues sí. Detenidos. Nos llevaron a un barranco, tomaron datos, se guardaron nuestros pasaportes y un rato más tarde nos reportaron. Entonces vino un oficial de más alta graduación y ya le contamos que trabajábamos en Nueva York y que íbamos a Nicaragua a visitar a la familia y entonces aceptó llamar una grúa y dejarnos ir con nuestro auto para el taller.

    El arreglo costaba doscientos cincuenta dólares y en ese momento sólo teníamos veinte. Sin embargo dijimos que comenzaran a repararlo.

    ¿Dónde estábamos? En Acajutla, un puerto hermoso, con un mar azul encrespado y un clima tibio por la brisa. Durante el día caminamos por la ciudad, fuimos al mar, nos bañamos, en alguna parte comimos algo y fue llegando la noche. Herb ha sido siempre abstemio pero aceptó tomarse un par de cervezas en un pequeño bar. Cuando lo cerraron vimos que afuera había dos bancas y dijimos: "Aquí nos ganamos la noche" porque sin hablar más, cada uno se acostó en una. Clima delicioso: ni zancudos, ni nada que molestara aparte de la dureza de la cama.

    Al día siguiente lo importante era resolver nuestra situación económica pero como no teníamos el teléfono de mamá en Managua, le pusimos un telegrama a San Lázaro —un sufridor profesional que lavaba platos en Nueva York y era amigo de Herb— para que nos enviara un giro de quinientos dólares. San Lázaro era un tipo extraño. Tenía sus pesos ahorrados además de varias casas en Colombia y quería mucho a mi hermano porque era el único que andaba con él, puesto que como lloraba tanto y se quejaba de todo, los demás colombianos le sacaban el cuerpo. Herb no.

    La segunda noche tuvimos más suerte porque nos fuimos a buscar un bar y resultó que llegamos a la casita de citas del puerto, conocimos dos muchachas y de salida les contamos la verdad y como estábamos jóvenes y fuertecitos, se armó el romance y allá nos estuvimos quince días muy organizados, muy bien... Claro que nos tocaba dejarlas trabajar en paz, pero bueno, organizados con la comidita, la dormida, bañito en el mar pues la casa estaba situada en la playa... Sufríamos sí un poco durante la noche, porque no nos podíamos acostar a dormir antes de que cerraran el lugar. Entonces nos íbamos a caminar a la playa, mientras tanto. Ellas eran hermosas, fabulosas, querendonas. No recuerdo sus nombres, pero eran muy bellas.

    Unos días después llegó el giro por trescientos dólares y a las dos semanas nos entregaron el carro reparado por el daño del "closh", por el golpe de la vaca y por la volcada y quedaron unos pocos dólares para la gasolina y desde luego para un regalito a las novias, de quienes nunca nos despedimos porque así lo habíamos acordado unos días antes cuando a ellas se les ocurrió que decirse adiós en esos casos no tenía razón de ser. Estuvimos de acuerdo y así lo hicimos: una mañana dejamos los regalos sobre las camas, tomamos el auto y partimos.

    Veinticuatro horas después estábamos en Managua. Mamá no se hallaba económicamente bien como unos meses atrás —se había gastado el dinero que ganó en la exposición— y compartía la casa con dos muchachos colombianos. Cuando la encontramos nos pareció una gallina protegiendo a sus polluelos. Ellos la llamaban "mamá". Uno de apellido Cuesta, antioqueño, tocaba la guitarra y el otro —no recuerdo su nombre— era muy buena persona. Ocupaban una pieza a la que le hicieron una división y con el dinero del arrendamiento compraban el mercado para todos. Durante el día ellos salían a trabajar y mamá pintaba o se desempeñaba en cuanto podía para poder sobrevivir.

    Allí vendimos el auto. No fue un negocio del otro mundo, pero se consiguió un margen que cubría lo que había costado, lo de los arreglos, los gastos del viaje y sobró algo, y a la semana siguiente regresé en avión a Laredo para recoger el segundo carro y traerlo a Nicaragua. Herb enrumbó hacia Nueva York en busca de San Lázaro que era el hombre del capital y se trataba de hacerlo socio en un negocio que ya habíamos visto funcionar.

    Mi proyecto era regresar inmediatamente, pero me demoré siete meses en el viaje, porque al llegar a Tuxtla, en una fuente de soda conocí una gente muy querida, entre ellos una muchacha, y me enredé seis meses. Ella era una mujer culta, hija de un ranchero acaudalado del lugar a quien conocí pocas horas más tarde. El viejo era sencillo y amable, igual que su mujer, y tal vez la calidez humana y la descomplicación de aquella familia se me fueron metiendo en la cabeza, de manera que me olvidé por un momento de mi rumbo y resolví hacer una etapa en aquel lugar.

    Desde un principio ellos insistieron en que viviera en el rancho, una estancia colonial muy típica del norte, pero no me pareció bien y preferí hospedarme en una pensión del pueblo. Pero el proyecto inicial de quedarme por allí una o dos semanas se fue alargando. Cada día me sentía más cerca de ellos y la relación con la muchacha se hizo cálida, amorosa y antes de completar el primer mes, cedí a la presión de los viejos y me mudé al rancho.

    Yo creo que iba a finalizar otoño, un otoño que nunca he olvidado y que en ese mismo momento me sustrajo de todas mis obligaciones porque cuando me di cuenta, parecía haber renunciado a los planes que trazamos seis semanas antes con Herb y a la responsabilidad que creía tener con mi madre. Desde luego la presión que ella podría significar en ese momento había cedido porque escribí a Managua y mamá contestó que me quedara en México. Sus asuntos estaban marchando sin problemas. Herb se hallaba aún en Nueva York, y aunque no había logrado convencer a San Lázaro, ya veía la manera de llevar un supercarro, pues no estaba dispuesto a continuar luchando con cacharros viejos que, a la larga, representaban mal negocio.

    Corrieron las semanas en el rancho hasta llegar un momento en el cual me parecía que no debía continuar alimentando una situación falsa y tenía que definir mi relación con la muchacha. Esa definición no era otra que el matrimonio, pero una mañana me puse a pensar que mis planes no eran México, ni un rancho ni un matrimonio prematuro. Fui incapaz de conseguir argumentos para darle una explicación y, debo reconocerlo, al día siguiente, portándome como un abusivo, tomé el auto y desaparecí... Hoy miro atrás y admito que lo hice por irresponsable, pero... ¿Qué les podía decir? ¿Que la quería mucho pero que no deseaba casarme? Y, si era así, ¿por qué me había quedado a su lado todo ese tiempo?

    En Nicaragua no fue fácil vender el auto porque tenía un motor de ocho cilindros y consumía mucha gasolina —allí era muy costosa— y por otro lado su caja de cambios era automática y eso no les gustaba. Para completar, tres días después de mi llegada lo estrellé en una esquina de la ciudad y sufrió abolladuras grandes. Como yo tuve la culpa, debíamos pagar el arreglo del taxi con el que choqué y volvimos una vez más a las mismas: se necesita dinero pero no hay dinero. A nosotros nos favorecía que el convertible —sin ser del otro mundo— resultaba un carro raro y elegante en Managua. Por este motivo un mecánico aceptó arreglar los dos vehículos siempre y cuando yo le firmara un documento mediante el cual, una vez lo vendiera, él pudiera cobrar fácilmente su dinero. La reparación tomó un mes, pero se complicaron las cosas porque el mecánico resultó un vivo y quería que se lo vendiésemos a un cliente conseguido por él, a menor precio del que realmente valía. Al saber esto, una amiga de mamá me dio un consejo:

    —Mira, aquí la gente es muy despierta. Es mejor que hagas los documentos del auto a mi nombre y te vayas para los Estados Unidos. Déjame que yo arreglo esto como debe ser y luego le doy el dinero correspondiente a Soledad.

    Yo creí que esa era la mejor salida porque, además de todo, el mecánico intentó enrolarme en un lío político. Sucede que recién llegué a Managua, conocí una muchacha hija de árabes, jefe del movimiento estudiantil anti—somocista que luego supe, estaba fichada por la policía. A mí me atrajeron su inteligencia, su personalidad recia y luego una convivencia muy íntima: en esos días hubo un temblor de tierra muy fuerte —anterior al terremoto de 1972— que destruyó parte de su casa y entonces tuvo que irse con su familia a vivir en una carpa. Mamá y yo nos solidarizamos mucho con ellos, los ayudamos en la medida de nuestras posibilidades y eso me fue metiendo en su círculo de amigos que ya pensaban en la manera de provocar la caída de Somoza.

    A todas estas, el mecánico se dio cuenta de que yo estaba tramitando los papeles de propiedad del vehículo a nombre de la amiga de mi madre y, aprovechando el control que había sobre los extranjeros, parece que se quejó ante la policía y me llamaron para interrogarme y advertirme el problema en que podía meterme en caso de que le fallara al mecánico. Para concluir, me anunciaron que no podía salir del país antes de presentarme previamente a una comandancia para dar aviso de mi posible viaje y obtener un sello especial, como correspondía a todo extranjero.

    Como mi amiga la líder conocía bien esas cosas, me dijo inmediatamente: "Wenceslao si te llamaron a la policía puedes tener problemas cerca, de manera que debes salir ya del país. Yo tengo gente en el aeropuerto que te deja pasar sin el sello. Es mejor que te vayas pronto".

    —Pero necesito tiempo para conseguir treinta dólares que vale el pasaje, le respondí y me dijo que solucionara las cosas rápido. No tuve más camino que aceptar el dinero de la señora del documento y confiar en que ella negociaría el auto y le daría algún dinero a mamá.

    Partí para Nueva York un día más tarde sin equipaje, sin siquiera una camisa extra. Sólo llevaba el pasaporte y veinte dólares, pero iba feliz porque estaba escapando de lo que ya se veía como un problema con la guardia nicaragüense.


    * * *

    Nueva York, cinco de la tarde, pleno invierno. Yo estaba en mangas de camisa. La señora alemana abrió la puerta de aquella casa donde viví por última vez y me dio un té caliente: "No importa que no tenga dinero, más adelante me lo paga. Su habitación aún está libre. Quédese", me dijo.

    Dos días después, el FBI llegó en mi búsqueda. Debía presentarme a la milicia. Ese año las bajas habían sido grandes y Vietnam esperaba con brazos abiertos a los latinos. Entonces yo tenía únicamente dos caminos: Colombia o la guerra en Asia. Si me negaba a acudir a las filas tendría que devolverme para mi país y esa era una mala propuesta. Preferí la guerra al futuro que podía ofrecerme Colombia.


    QUIERO MATAR UN AMARILLO


    Base de Parris Island, Carolina del Sur. Enero de 1968.

    Habían transcurrido apenas dieciséis días desde mi regreso de Nicaragua y ahora estaba acomodado en uno de los buses que conformaban el convoy con reclutas de la Infantería de Marina. La columna avanzó dentro de la guarnición y redujo su velocidad. Aún sin detenerse totalmente, el chofer abrió la puerta y vimos que penetraba un sargento:

    —Mujercitas, mariquitas hijas de puta, ¿a dónde creen que llegaron? ¿A la casa de mamá? Abaaaajoooo todo el mundo. Y sin que mediara una palabra le descargó una cachetada a uno, alzó por los hombros a otro y le acomodó una patada en el trasero y así sucesivamente, mientras íbamos abandonando el bus, nos iba golpeando con fuerza.

    En el campo nos esperaban dos instructores más que también nos recibieron a patadas mientras se organizaba una fila de muchachos con cara de terror. El saludo fue media hora al trote con los equipajes al hombro, más insultos y más patadas. Desde ese momento y hasta cuando cumplimos los primeros tres meses, el tratamiento fue similar: Nos hablaban dirigiéndose a mujeres: "A ver, nenas mariconas...". "Putas hijas de perra..."

    Toda una filosofía de degradación para lavarnos el cerebro y enseñarnos a odiar al civil, queriendo demostrar además que quien no lleva un uniforme ni tiene pistola al cinto es inferior y que nosotros mismos no éramos nadie porque una vez traspasamos la puerta de la Base, dejamos de ser miembros de una familia y pasamos a ser de propiedad de la Infantería de Marina, sin tener siquiera derecho a un nombre. Ahora éramos "La puta número tal..."

    El cuadro se completó al final de una marcha al trote, cuando nos entregaron una caja dentro de la cual debimos acomodar todo lo que llevábamos encima, ropa, papeles, relojes, hasta quedar completamente desnudos. Mañana de invierno, mangueras con desinfectante que te empapan de pies a cabeza, dos patadas más y a la ducha fría. Calzoncillos verde oliva y otra fila. Al fondo hay diez peluqueros, cada uno con su máquina de esquilar que te despachan en cosa de minutos. Luego una tula, después los primeros uniformes de fatiga... En adelante ya no puedes volver a caminar como un civil. Es decir, como una puta, porque de ahora en adelante vamos a tratar de ser machos y lo seremos una vez nos den el arma y sepamos disparar.

    Por las mañanas nos levantábamos antes de las cinco y con un salto nos parábamos al lado del catre y quedábamos firmes. A partir de ese momento teníamos dos minutos para ir al sanitario y volver, pero allí no había sino diez inodoros y diez orinales y nosotros éramos cien. El baño no tenía puertas ni divisiones interiores. ¿Usted se imagina el despelote de cien hombres corriendo para solucionar una necesidad apretada — porque era prohibido levantarse durante la noche — tratando de llegar primero y abriéndose paso a codazos y golpes?

    Bueno, pues uno llegaba y se apoderaba de un trono de esos, pero una vez se sentaba, ¿te imaginas la presión que significa ver a tres más haciendo cola al frente tuyo, mirándote cagar y contando el tiempo porque ellos también necesitan pasar? Y si no lo hacían en ese momento no iban a tener otro chance porque una vez fuera de las barracas había actividades permanentes que no permitían nada más. Yo recuerdo que los primeros ocho días no pude funcionar... Y estaba comiendo como un animal porque es tal la cantidad de ejercicio (de las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche) que el hambre se magnifica.

    La tendida de la cama y el arreglo del dormitorio eran muy misteriosos, todo medido en centímetros, todo muy preciso, todo lleno de detallitos ínfimos, pequeños, mezquinos.

    Allá no se camina para nada. Todo se hace marchando, deteniéndose para ponerte firme, arrancando nuevamente con un zapatazo contra el suelo... Tres meses sin hablar, sin fumar, mirando siempre al frente. Siempre al frente. Te pescan volteando los ojos hacia algún lado y te rompen la boca de un golpe. "Maricona, los hombres miran al frente, ¿okey?".

    El primer trote de la mañana era hasta el comedor. Allí a base de marcha y medias vueltas buscábamos el puesto frente a unas mesas largas y luego, también marchando y zapateando, había que ir a buscar la comida, abundante, bien balanceada, pero con una gran frustración, especialmente al principio —es parte del ataque sicológico a todos tus sistemas— porque después de todo ese ceremonial cada uno se ponía firmes, con la cara alta y su bandeja en la mano. Y una vez estábamos los cien en esa posición, el instructor decía, ¿Bueno? Listaaaas... ¡Siéntense!

    —No. Lo hicieron muy despacio manada de putas callejeras... O, ¿están creyendo que son muy ágiles?
    —Señor: ¡No señor!, contestábamos en coro.
    —¿Quieren intentarlo una vez más, nenas mariconas?
    —Señor: ¡Sí señor!
    —Todas al tiempo y rápido, ¡Mariconas!

    Ensayaba nuevamente, le parecía lento y cuando lográbamos complacerlo, el tiempo para comer estaba a punto de terminar, de manera que salíamos de allí con menos de medio desayuno en el estómago, porque cuando decían "Ya" para anunciar que se había acabado el tiempo, había que parar automáticamente. De lo contrario te partían la mano de un golpe.

    Durante los ejercicios hay una permanente evocación del sexo que tratan de asociar con el arma. Para ellos el pene no es un miembro sino un arma. El arma es lo que te hace hombre. Sin arma no eres nadie. El rifle es tu mujer, es tu amor. Encónate de él. Antes de acostarnos, la oración, gritada, dicha en coro ante la mirada de los instructores, era más o menos así:

    Este es mi rifle / Hay otros parecidos / Pero éste es mío / ...Sin él soy un inútil / Sin fusil no valgo nada / Mi rifle y yo somos defensores del país / Con él dominamos a nuestros enemigos / ...Así será hasta que no haya enemigos /. Amén.

    Durante las, marchas se cantaban coros como:

    No hay nada mejor / Que el sexo de una mujer / Qué bueno / se siente bien / Sabe bien, muy bien / Yo soy el macho / Porque tengo fusil /.

    Durante la primera semana sufrí mucho porque tenía los músculos anquilosados y me dolían igual que fracturas en todo el cuerpo. La tercera noche, no se me olvida, lloraba físicamente y aun cuando trataba, no podía dormirme sabiendo que necesitaba hacerlo porque al otro día venía una dosis igual.

    Quienes no podían dominar desde un principio los ejercicios, eran enviados al campo "de motivación". Nunca estuve allá pero los que regresaban decían que era horrible: toda una semana con el agua al cuello marchando por entre ciénagas y cantando permanentemente las mismas canciones alusivas al sexo o al fusil o a la sangre que repetíamos todos mientras trotábamos. Cosas como:

    —"Voy a matar un amarillo... Voy a ver correr su sangre y entonces seré yo muy feliz. Sangre, sangre de amarillo, un, dos. Un, dos. Un, dos".

    Y, desde luego, cuando estás en una fila, que es casi a toda hora, no te puedes mover... La Isla se halla rodeada por una zona cenagosa, y la nube de zancudos es insoportable. Eso tiene una explicación, porque te están preparando para los sitios a donde vas a ir: la Infantería de Marina está compuesta por tropas anfibias que miran hacia el trópico, al Asia... Y desde cuando llegas están tratándote de inmunizar contra estos climas. Por ejemplo, diariamente hay una formación rígida, en calzoncillos bajo el sol para que te piquen los zancudos. Solamente para eso. Si en ese momento inconscientemente levantas una mano para rascarte, antes de que la vuelvas a su posición original ha llegado un sargento que te la agarra con fuerza y va apretándotela poco a poco: "Ahhhh, perra hijueputa, mataste un zancudo. ¿Sabes una cosa? Ese zancudo que mataste es de propiedad de la Infantería de Marina, acabas de destruir propiedad oficial porque todo lo que hay aquí es del gobierno". Y terminas en el suelo porque a medida que te van diciendo eso, te van torciendo el brazo hasta derribarte. Ya en el piso, pues te dan un par de patadas y otra vez a la fila. Más sol y más zancudos.

    Por otra parte, el entrenamiento trata de lograr que elimines de la mente la noción de individuo porque allí lo que vale es la cosa colectiva, que todos sean uno, que sean un solo cuerpo y lo que más te castigan es que hagas algo diferente a los demás. Quieren que te muevas al mismo tiempo, que reacciones simultáneamente. "Y no puedes usar la cabeza como los civiles que son unas putas indisciplinadas. Tú no puedes pensar, mariquita. Tú tienes que obedecer. Si piensas te demoras en obedecer. La orden se da y debe ser acatada inmediatamente. Ustedes están aquí sólo para obedecer", nos repetían.

    Y no se puede hablar en primera persona sino en tercera. Y siempre que hables tienes que comenzar y terminar la frase con la palabra "¡Señor!".

    Hay varios campos con obstáculos. Diariamente asistes a entrenamientos muy duros y a medida que progresas físicamente, aumenta la dificultad del campo. Allí se busca, desde luego adquirir fuerza y destreza física, y cosas como desafiar el vértigo, lograr buen equilibrio, reflejos, etcétera. Como complemento sale uno de allí extenuado y empieza largas sesiones de lucha cuerpo a cuerpo.

    En aquella isla, totalmente rodeada de ciénagas, no entra nadie, ni prensa, ni policía, ni nada de lo que existe en el mundo exterior, de manera que cuando uno cruza la puerta solamente va a tener contacto con los instructores, y con nadie más. Ellos son Dios y pueden hacer contigo lo que les dé la gana. Porque... Si crees que están abusando mucho de ti, puedes quejarte, pero mientras esa queja llega a los canales normales, te acaban. Te destrozan.

    Los instructores saben muy bien que abusan y que el recluta vive bajo una presión enorme. Por eso en sitios como el polígono se mantienen a la defensiva (allí han matado a uno que otro) y durante las prácticas de tiro nadie puede intentar siquiera volver la cabeza porque ellos están encima para evitarlo.

    Bueno, pues se aprenden infinidad de cosas y al cabo de noventa días todo se hace casi perfecto. Uno se vuelve una máquina, rápida, exacta y convencida de que realmente es superior a los demás.

    Iba a terminar la primavera cuando salimos a vacaciones. En San Francisco me reuní con un grupo de amigos, estudiantes unos, profesionales otros, pero en general, personas intelectual—mente inquietas. Para ellos era absurdo que yo aceptara ir a la guerra —algo contra lo cual estaba parte de la juventud norteamericana— y ninguno parecía comprender que si no aceptaba ese camino, tendría que regresar a Colombia... Y aquello me parecía peor.

    Desde luego, hasta ese momento nadie había dicho que me mandarían para el Vietnam, pero yo estaba seguro porque los latinos ocupábamos la primera fila. Ahora: cuando tomé esa determinación, sabía que estaba corriendo un riesgo inminente y que era posible que nunca regresara. Pero, ¿qué alternativa tenía?

    Al fin y al cabo si regresaba, iba a conseguir mi visa de residente y una oportunidad para estudiar y trabajar y vivir en un país en paz. Vietnam estaba en guerra, era cierto, pero esa era una guerra donde uno sabía a qué se enfrentaba y una guerra donde, a lo mejor tenía posibilidades de defenderse y donde sabía a qué atenerse. Y eso no sucedía en Colombia donde podías morir... hombre, a la salida de un cine sin que nadie te lo anunciara y sin que nadie te hiciera justicia. Para mí era mejor Vietnam.

    Después de las vacaciones fui destinado a la escuela de choferes donde debía especializarme en dos cosas diferentes: la primera, reparación, mantenimiento y conducción de toda clase de vehículos y, la segunda, manejo de gasolina de aviación: tanqueo de aviones y helicópteros en cualquier tipo de condiciones... No era complicado. Se trataba de clases de mecánica y muchas horas de manejo de camiones y carrotanques de noche, sin luces, en caravanas, metidos por el monte, guiándose por la escasa luz de los cocuyos algunas veces, otras por la silueta de los demás si había luna, o por el ruido de los carros que marchaban adelante. También había pruebas milimétricas al mando de vehículos pesados marchando hacia atrás y describiendo eses muy cerradas por entre estacas o señales. Hablo de carros de dieciocho llantas y cinco mil galones de gasolina encima, pero de todas maneras eran cosas para las cuales solamente se necesitaba una capacidad mecánica que cualquiera aprendía sin dificultad.

    En cuanto a la gasolina había que conocer el octanaje de todos los tipos de combustible, aprender a mantenerlos en su punto de calor de acuerdo con las diferentes estaciones y desde luego se necesitaba un buen conocimiento de los aviones y helicópteros, tanto de transporte como de combate, especialmente sus áreas de abastecimiento: manera de colocar mangueras, forma y velocidad del bombeo, cantidades, mezclas si eran necesarias, tiempo disponible para la operación según las situaciones de combate, seguridad de vehículos y depósitos bajo el fuego enemigo... En este último caso, por ejemplo, todos podían correr a las trincheras menos uno, porque la misión era alejar de los aviones el peligro que representa el combustible. En total fue un curso de unos sesenta días pero sin aquella presión de los tres primeros meses.

    Camp Pendleton, California, fue mi segunda base. A los diez meses de servicio me ascendieron a algo que llaman "Lance Corporal" y veinte días después partí para el Vietnam.


    EL SONIDO DE LA GUERRA


    Da Nang, madrugada del 12 de mayo de 1969.

    El avión entró muy alto y cuando estuvo cerca de la base, prácticamente se tiró en picada y aterrizó con violencia. Unos minutos antes habían apagado las luces interiores y exteriores de la nave y alguien anunció que la evacuación sería de emergencia. Tropa acomodada al lado izquierdo saldría por la puerta delantera y tropa del derecho por la de atrás. Una vez en tierra buscaríamos la izquierda del avión, donde nos esperaba una serie de trincheras cavadas a pocos metros de la pista.

    Afuera todo estaba oscuro y cuando el jet desaceleró las turbinas pude ver que a lo lejos, tal vez sobre algunas colinas, estallaban los proyectiles disparados desde la Base: fuego de artillería para responder el ataque del Viet Cong cuando advirtió la proximidad de nuestro 707. Luego supimos que esto era normal. Los vietnamitas buscaban siempre cobrar este tipo de blan—cos con morterazos en el momento del aterrizaje.

    Yo creo que el cambio de disparos duró media hora, al cabo de la cual sonaron tres toques de sirena para anunciar calma. Durante el entrenamiento yo había escuchado el sonido de la artillería, pero ahora los golpes tenían otro sentido. Era la guerra de verdad y todos estábamos asustados.

    Amaneció en calma y así permaneció todo el día, pero en la noche, cuando empezaron a aproximarse aviones grandes, volvieron a sentirse las cargas de mortero y cohete sobre el aeropuerto. La Base respondió y salieron patrullas para batir la zona, pero regresaron con el calor impresionante del mediodía sin haber hecho contacto con el enemigo. Así transcurrieron quince días hasta cuando abordé un transporte liviano que me llevó a mi verdadera guarnición, la Base de Chu Lai, a una hora de allí.

    Inmediatamente decolamos le pregunté al piloto cómo era Chu Lai pero, sin siquiera voltear la cabeza dijo: "Mi orden es llevarlo allá" y continuó mirando al frente. Volábamos muy alto y durante todo el tiempo pude ver una selva espesa, que se abría algunas veces al lado de pequeñas quebradas brillantes por el sol.

    Finalmente apareció el mar plateado por el verano y aterrizamos en una pista desierta, sin casas, ni gente. Una zona árida, compuesta por dunas sobre las que no se movía nada. No se movía una sola hoja. No se movía una rama de pasto. Hacía mucho calor. Lo único que se veía al frente era una caseta pequeña, también desolada y le pregunté al piloto, qué tenía que hacer ahora. Esta vez me volvió a mirar y dijo: "Yo no sé, ese es su problema" y movió la cabeza para indicarme que debía bajar ya. Cuando puse los pies en el suelo aceleró a fondo e inició el decolaje. Avancé hasta la caseta y encontré un teléfono con un letrero que decía: "Personal entrando levante el auricular y repórtese para que lo transporten".

    —Aló, sí, estoy aquí en el aeropuerto. Favor recogerme. —¿En cuál aeropuerto? —En el aeropuerto, aquí. —¿En cuál aeropuerto?
    —Bueno, me acaban de traer de Da Nang y estoy aquí en la caseta.
    —¿En cuál aeropuerto?
    —No sé, donde está la caseta...
    —Pues mire el número del cartel gran cabrón.
    —Setenta y siete raya tres.
    —Ahhh. Espere ahí.

    (Luego supe que cuando la gente llevaba algún tiempo allá se volvía así, seca, peleando contra un almanaque, pensando que nunca iba a regresar).

    Esperé una hora y finalmente llegó un campero descapotado y el conductor me preguntó para dónde iba. Le dije que no sabía. (Es que realmente no lo sabía).

    —¿Cómo así que no sabe? ¿Acaso no tiene una orden?, respondió.
    —No. Me dijeron que fuera a Chu Lai y aquí estoy... ¿Aquí no es Chu Lai?
    —Vamos al cerco y allá le dicen cuál es su puesto.

    El cerco era una oficina. Adentro un sargento sudoroso, barbado y lleno de cadenas en el cuello. Afuera vi los primeros infantes con las botas sin amarrar, otros sin camisa y buena parte con el pelo largo y pequeñas pañueletas de colores Hadas en la frente. Algo distinto a las costumbres en bases en los Estados Unidos y en el mismo Da Nang, porque aquí ya se respiraba de cerca el ambiente de la guerra y desaparecía esa disciplina limpia de las guarniciones normales.

    —Yo acabo de llegar...
    —Y, ¿qué? Qué es lo que va a hacer o qué, respondió el sargento y ya sin ganas de hablar, le estiré el papel que me habían entregado esa mañana en Da Nang. Sólo en ese momento me di cuenta que era una orden cifrada y por eso yo no entendía ni un carajo de lo que estaba pasando. El hombre la leyó y me dijo: "Usted ha sido asignado a MAG—12 (una unidad de aviación) pero tenemos mucha gente en su clasificación. Hay que esperar unos días a ver qué le ponemos a hacer". Llamó a un soldado y le dijo que me llevara a mi alojamiento, un bohío rodeado por trincheras y levantado sobre postes, muy cerca al mar. Los vietnamitas les decían "hooths" y en cada uno se acomodaban cuatro hombres, pero como yo no tenía puesto asignado, me tocó solo.

    Dejé allí la tula que llevaba como equipaje y salí a buscar quién me diera arma y ropa de fatiga, pero no encontré ninguna oficina... Bueno, era que los bohíos también servían como oficinas pero no tenían ninguna distinción, de manera que lo tomé olímpicamente. Me acerqué a una y pregunté: "¿Aquí es donde dan fusiles?".

    —No joda, vayase pa' la mierda.
    —Otra casita: "¿Dónde dan los rifles?".
    —Vaya busque.

    Es la historia del ejército. A mí me la hicieron antes y tengo que desquitarme con los que vienen atrás. Entonces a uno se le van los primeros días viendo cómo se lo gozan. Sin embargo me tomé todo mi tiempo y al final conseguí un M—16, munición abundante, chaqueta antigranada, field jacket, casco, ropa, me registré en la oficina de pagos (250 dólares al mes), en la dentistería...

    Estando en estas vueltas, una noche conocí a un muchacho de Ohio y hablando de todo le conté que aún no tenía ocupación fija y me dijo: "Hay dos unidades diezmadas y aunque usted no tiene entrenamiento para infantería, corre el riesgo de que de pronto lo metan a la selva. Es remoto pero no imposible. El trabajo de los comandos es fuerte allá adentro... Dos meses en el monte, sales unos días y luego otra vez: adentro. A matar amarillos o a que te maten ellos. Mira, tú debes ubicarte rápido. Yo estuve en las 'Medevac Units', algo así como unidades paramédicas de rescate de heridos y sé que ahora hay vacantes para voluntarios. A ratos se trabaja duro, a ratos no. Como todo aquí, pues tienen su riesgo, pero, amigo, nunca tan grande como el de la infantería allá adentro. Ahí te matan rápido".

    Al día siguiente me presenté a esa unidad pero me dijeron que debía esperar. ¿Cuánto tiempo? Tal vez tres meses, tal vez cuatro. Las vacantes habían sido ocupadas con rapidez. De todas maneras fui inscrito en una lista de aspirantes.

    Por este motivo regresé a mi cabaña y me dediqué a trabajar en la trinchera que la rodeaba, con el fin de ganarme el derecho de usarla... Es que, mire: al lado de cada casa hay un hueco para dos personas. Del nivel del piso hacia arriba se levanta unos cuantos centímetros a base de sacos llenos de arena y encima se cubre también con sacos y objetos de metal, cosas resistentes, de manera que durante el bombardeo te arrastras y te cuelas allí rápidamente. Cuando alguien se va, los que quedan agarran los sacos y el que llega nuevo debe hacer su trabajo... Es una labor permanente porque los costales se deterioran con las esquirlas de mortero o por los balazos. La simple lluvia y el paso del tiempo dañan las cosas y como la trinchera es parte de la vida, pues tú estás cuidándola permanentemente.

    Esto lo aprendí mejor veinticuatro horas después: debía ser la una y media de la mañana. Yo acababa de dormirme porque el día y el comienzo de la noche fueron muy calientes, y de golpe empezaron a caer morterazos que alumbraban el campo. Eso aterroriza, asusta mucho porque te sientes impotente. Inicialmente caen más o menos lejos y luego los impactos van barriendo el objetivo, se van acercando, se van acercando, pero después de los dos primeros ya estás a salvo allá abajo... con el tiempo aprendes a calcular a qué distancia pegan y, aunque uno no se acostumbra nunca a esa sensación de peligro, sí va tomando las cosas con un poco de calma y entonces mete la carrera cuando ya los siente muy cerca. En Chu Lai podía pasar un mes sin que cayera uno y épocas durante las cuales nos mantenían quince, veinte días continuos dándonos todas las noches sin faltar una sola.

    Para estos ataques los guerrilleros del Viet Cong utilizaban un mortero de 81 milímetros fabricado en Vietnam del Norte que realmente era una copia del M—l norteamericano. Como se trataba de un aparato muy portátil porque lo podían desarmar en tres piezas separadas para que lo transportara un solo hombre, se convirtió tal vez en el arma más popular entre los comunistas. Pero ellos usaban también un lanzacohetes portátil, el RPG—7 de fabricación soviética, pequeño, ligero y con gran "golpe". Este artefacto dispara la granada mediante percusión y cuando ella ha recorrido unos diez metros, se activa un motor que la impulsa con gran velocidad unas cinco cuadras. El proyectil es capaz de perforar una plancha de blindaje de cuarenta centímetros de gruesa.

    En total permanecí inactivo cuatro días, al cabo de los cuales fui llamado a trabajar en la pista de aviación haciendo lo que me habían enseñado: tanqueo de aviones.

    Allí la primera semana transcurrió normalmente tal vez por la novedad, pero el octavo día comencé a sentir un tremendo aislamiento por falta de información sobre lo que estaba suce—diendo, no sólo en el mismo Vietnam sino en los Estados Unidos y eso me llevó a trabar amistad con los periodistas del mismo Cuerpo de Marines y con cuantos corresponsales de guerra llegaban de diferentes partes del mundo. En esta forma —y a partir de aquel momento— logré mantenerme más o menos al tanto de los acontecimientos.

    Esto era muy importante para mí, porque justamente en enero de ese año, había subido al poder el presidente Nixon, aparentemente partidario de acabar con la guerra.

    Desde luego yo no estaba esperando que de un momento a otro dijeran "nos vamos a casa ya" sino que de acuerdo con los sucesos políticos y con la presión de la opinión pública norteamericana para que el presidente pusiera fin a la intervención, pensaba que el conflicto podría hacerse cada vez menos intenso. Entonces era asunto de dejar que transcurrieran los once meses en el frente para regresar a casa.

    A finales de mayo me enteré que efectivamente, Nixon estaba hablando de "la vietnamización", es decir, que los Estados Unidos irían saliendo de allí poco a poco, mientras se dejaba el peso de las acciones al ejército survietnamita.

    En ese momento, millones de norteamericanos veían diariamente a través de la televisión la crueldad del conflicto. Miles de madres, padres, hermanos, hijos, parientes y amigos de los combatientes palpaban en forma real y para ellos sobrecogedora, la manera como sus seres queridos caían en el frente y eso produjo aquella tremenda corriente de opinión en contra de la guerra. Parte de la estrategia del gobierno para reducir las bajas era la "vietnamización".

    Justamente dos días después de mi llegada, el 14 de mayo, había comenzado algo importante dentro de todo este ajedrez político: el ataque de "Hamburguer Hill", conocida allí como la colina 937, a una milla de la frontera con Laos.

    Esa mañana, unidades del ejército vietnamita y tropas norteamericanas de la División 101 de Transporte Aéreo, asaltaron la colina. Los ataques iniciales fueron repelidos por grupos de guerrilleros Viet Cong que se hallaban atrincherados y luego vino una batalla entre los cuerpos de infantería de ambos lados. Finalmente, luego de nueve asaltos (seis días), bajo un fuego muy nutrido que ocasionó gran número de bajas, los nuestros se tomaron aquella posición... Pero sucedió algo inesperado: la abandonaron muy poco después.

    En ese momento el ataque de la infantería norteamericana fue catalogado como un imperdonable error táctico, muy costoso en vidas y en esfuerzos. Según los críticos, la situación debía haberse sorteado con el uso de artillería o de los bombarderos B—52.

    Para la prensa norteamericana, la manera como se abandonó esta colina después de una lucha tan salvaje, fue un ejemplo típico de la inutilidad de la guerra y de allí se agarraron los políticos y luego la opinión pública para arreciar la protesta en contra del gobierno de Nixon. La toma de "Hamburguer Hill", que fue una de las mayores operaciones durante 1969, recibió en los Estados Unidos un enorme despliegue de publicidad.

    A mi manera de ver, esto aceleraba las cosas y, por primera vez, empecé a pensar en serio que sería posible regresar a casa. Yo no sé si estaba exagerando pero lo cierto es que sentí inmediatamente que las noticias comenzaban a actuar en mi estado de ánimo, generalmente indiferente aun al mismo miedo, porque mi presupuesto no contemplaba con mucha ilusión aquella posibilidad.

    Tal vez por esos días recibí un par de cartas de California en las cuales, gente de la universidad de Berkeley a las que ahora me unían buenos lazos de amistad, me contaban que un debate público por "la matanza de My Lai" estaba atizando aún más la hostilidad contra la participación norteamericana en Vietnam y que el gobierno aparentemente se hallaba contra la pared.

    La historia de My Lai comenzó en abril de ese mismo año cuando un veterano llamado Ronald L. Ridenhour le escribió una carta al presidente Nixon y a otros personajes del gobierno y del Congreso, en la que relataba las atrocidades cometidas por tropas de la Compañía "C", Primer Batallón, 20° de Infantería, en mayo del año anterior:

    Según él, la tarde del día 16 una compañía de soldados norteamericanos llegó en helicópteros cerca a My Lai, una aldea situada en la zona de fuego y poco distante de la capital de la provincia de Quang Ngai. La mayoría de ellos eran jóvenes inexpertos que habían sido heridos por las balas o por trampas cavadas en el suelo y se encontraban desmoralizados, pero esperaban atrapar allí al Viet Cong. Sin embargo, lo que encontraron fue ancianos, mujeres y niños, y los asesinaron y después quemaron sus ranchos. La investigación iniciada esos días hablaba de la muerte de 347 personas inocentes.

    Más tarde, el teniente William L. Calley Jr. fue culpado por el asesinato de un centenar de estas personas y se abrieron cargos contra otros quince oficiales, incluyendo al entonces comandante de la división, el Mayor General Samuel Koster que en ese momento ocupaba el cargo de Superintendente de la Academia Militar de West Point.

    Estos resultados dejaron aturdida a la opinión pública norteamericana mientras alguien en el ejército insinuaba que se trataba de "un ardid de la prensa sensacionalista".

    Pero lo que escandalizó más al país fue la decisión del ejército de retirar los cargos a los oficiales más antiguos, mientras el teniente Calley era condenado a cadena perpetua. Claro que cuando amainó el escándalo su pena fue reducida a 20 años y un poco después pasada "a revisión".

    Los reportes que nos llegaban a Vietnam decían que este par de episodios y los consecuentes escándalos, estaban disminuyendo las acciones, pero la verdad es que en nuestra Base el movimiento seguía siendo igual durante las veinticuatro horas del día. Por ejemplo, la actividad nocturna de la pista continuaba demandando mucho trabajo porque siempre había aviones entrando o saliendo, a medida que las unidades de infantería pedían apoyo desde la selva. Y como esto era permanente, durante el primer mes dormía poco, así estuviera descansando en la cabaña. Pero el ruido del combate es algo a lo que uno se acostumbra tarde o temprano y llega el momento en que no le importa un pepino que tiemble o que no tiemble la tierra. Por ejemplo, en Chu Lai el ambiente estaba generalmente muy congestionado porque si no nos encontrábamos bajo el fuego del enemigo, la gente hacía polígono o nuestros mismos aviones descargaban una cantidad enorme de bombas cerca de la base.

    Sucede que una vez decolaban armados, no podían aterrizar con los explosivos encima y, por tanto, los soltaban en una zona especial antes de encontrar la cabecera de la pista. Usted queda loco si mira una guerra como esa, solamente desde el punto de vista de las cifras: un Phantom F—4 —de los cuales había trescientos solamente allí— partía con 18 bombas de 340 kilos cada una, 11 bombas de "Napalm" de 150 galones cada una, 4 misiles aire—superficie o algunas veces 15 cohetes aire—superficie.

    Cada una de las bombas de 340 kilos costaba en ese momento aproximadamente 15 mil dólares, o sea que estamos hablando de 270 mil dólares por vuelo, sin incluir el costo del "Napalm" —gasolina gelatinosa que al explotar impregna e incendia lo que agarra— ni de los cohetes, ni del combustible, traído de enormes distancias en buques que atracaban allí mismo.

    Según cada misión, el F—4 era cargado con diferentes tipos de armas muy costosas. Muchas veces salían veinte o treinta con todo ese poder destructor y diez o quince más, equipados con seis misiles "Sparrow III" y cuatro "Sidewinder" (aire—aire) en previsión de posibles combates con aviones enemigos. Algunos llevaban ametralladoras de 20 milímetros que para aquel año habían demostrado mayor efectividad tumbando Migs soviéticos (al servicio de la Fuerza Aérea de Vietnam del Norte), que los mismos misiles.

    El F—4 era utilizado por nuestro Cuerpo de Marines como bombardero y como caza a la vez, pues se desempeña maravillosamente en cualquier tipo de clima. Para la época en que estuve allí, este mismo avión ya había diezmado considerablemente a la aviación comunista y sucedían pocos combates aéreos. Entonces lo utilizaban especialmente para bombardear posiciones en tierra o como nave de reconocimiento.

    En este campo el avión era impresionante. Recuerdo que estaba dotado de computadores que no solamente le facilitaban navegar y bombardear sino que determinaban automáticamente el momento de disparar las ametralladoras en todas las formas de ataque: en picada, a nivel, de noche o con mal clima. Algunos de ellos lanzaban misiles teledirigidos y bombas guiadas por rayos láser. Y no era un aparato gigantesco: sólo diecisiete metros de largo, pero con tal capacidad de destrucción que se convirtió en el héroe del aire en Vietnam (derribó 108 de los 137 Mig norvietnamitas puestos fuera de combate por la Fuerza Aérea norteamericana) y, claro, todos sentíamos cariño por él, no tanto desde el punto de vista técnico sino porque representaba algo así como nuestra seguridad más próxima.

    La actividad de la Base era tan intensa que, por decir algo, decolaban ochenta, noventa vuelos diariamente en misiones de este tipo, además de cantidades de operaciones con helicópteros o con naves como el Corsario, un avión de líneas muy aerodinámicas y de los cuales allí había muchísimos. Pero, además de todo ese despliegue de cazas, permanentemente teníamos encima dos o tres B—52, unos monstruos pertenecientes al Comando Aéreo Estratégico que operaban desde la base Andersen en la isla de Guam, lejos del alcance del Viet Cong.

    El "Luz de Arco" —así era su nombre en clave— es un bombardero pesado de cincuenta metros de largo. (Eso es media cuadra). Para volar utiliza ocho turbinas —el doble que un jumbo— y generalmente decolaba con 27 toneladas de bombas debajo de las alas y en un "gran estómago", acondicionado para carga adicional.

    Según la misión que fuera a cumplir, afuera le acomodaban, unas veces 24 bombas de 227 kilos, y otras, el mismo número de bombas pero de 340 kilos cada una.

    Entre la cantidad de cosas que posee, recuerdo un sistema por medio del cual las unidades de radar en tierra no solamente lo dirigían sobre el blanco enemigo sino que le indicaban el momento exacto para lanzar las bombas. Dentro de la tropa era famosa la campaña de 1966 cuando resultó derrotada la Novena División del Viet Cong. Esa vez los B—52 volaron con su carga máxima de explosivos en 225 misiones de apoyo y más tarde participaron en golpes como la batalla de Dak To, en la cual cumplieron la bobada de dos mil misiones.

    Todas estas cosas se conversaban con frecuencia y uno iba grabando en su cabeza una especie de itinerario de la guerra así no le gustara el tema ni lo atrajeran los recuentos de la destrucción causada, pero formaba parte, digamos de una "cultura" bélica de la que no te podías escapar porque era lo que estabas viviendo día y noche. En ese sentido y especialmente al comienzo, uno sólo podía tomar referencias de las proporciones de la guerra escuchando a algunos oficiales. De lo contrario resultaba imposible imaginarse lo que estaba ocurriendo allá puesto que cada unidad se mantenía aislada del resto y, por otro lado, pues éramos soldados rasos que nos limitábamos a realizar una rutina diaria, sin acceso a alguna información oficial. Nuestra misión era cumplir órdenes.

    Solamente pude imaginarme las proporciones de aquella cosa cuando supe que a finales de 1965 los B—52 habían realizado 300 misiones mensuales. Esta cantidad —que ya parece gigantesca—subió a 800 en enero de 1967 y a 1.200 durante las primeras semanas de febrero. En 1969, el año que yo llegué, operaban 1.600, un poco menos que doce meses antes, cuando se dio una batalla famosa, la de Keh Sahn (enero a marzo del 68). Allí tuvieron lugar aproximadamente 2.700 misiones mensuales. En ellas, los B—52 depositaron 110 mil toneladas, óigame bien: ciento diez mil toneladas de bombas en territorio vietnamita.

    La manera de operar era característica: durante los momentos críticos de la batalla, cada media hora hacía su aparición una célula de tres bombarderos de este tipo y descargaba cerca de noventa toneladas de explosivos. En esa forma destruyeron fortines enemigos, volaron depósitos de municiones y de provisiones e inclusive lograron excavar tan profundo que acabaron con muchos kilómetros de túneles localizados cerca del perímetro de Keh Sahn. Se reportó que sólo durante un ataque sencillo de los B—52 había sido diezmado el setenta y cinco por ciento de un regimiento norvietnamita compuesto por mil ochocientos hombres.

    Aquello me pareció increíble en ese momento. Sin embargo era pequeño junto a acciones como la "Linebaker II" ocurrida entre el 18 y el 29 de diciembre de 1972, (once días, descontando una tregua durante la Navidad). En ella se efectuaron 740 misiones del bombardero en un ataque masivo contra blancos en el área de Hanoy—Haiphong. Los objetivos eran líneas de ferrocarril, plantas de energía, redes de comunicación, radares de defensa aérea, puertos, embarcaciones, arsenales y las principales bases de aviones Mig de la Fuerza Aérea norvietnamita.

    El enemigo respondió con todo lo que tenía: unos mil misiles tierra—aire y una cortina de fuego muy nutrida lanzada por su artillería antiaérea que logró derribar quince B—52. Para el 26 ó 27 de diciembre las defensas del enemigo estaban muy apaleadas y se les habían agotado prácticamente todos los misiles, de manera que durante los últimos dos días, los bombarderos sobrevolaban la zona "como Pedro por su casa". En esa batalla los norvietnamitas sólo pudieron reunir 32 aviones Mig, de los cuales les derribaron diez. Dos de ellos cayeron por el fuego de las ametralladoras que tienen en la cola los B—52.

    Hasta 1973, sólo los aviones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos arrojaron en el sur del Asia, seis millones de toneladas de bombas. Eso es tres veces más de lo que cayó durante la Segunda Guerra Mundial. Allí, habían explotado dos millones de toneladas, según las estadísticas.

    Tanquear aviones y helicópteros resultaba un trabajo, yo no diría agotador. Era pesado pero no agotador. En la pista lo que lo cansaba a uno era la rutina permanente, y aprender acerca de cada nave resultaba interesante porque permitía que uno se asomara a la verdadera tecnología bélica de la que seguramente había escuchado hablar en la vida civil, pero en forma elemental, fraccionada... Y allí había oportunidad de conocerla teniendo los aviones y los helicópteros en la punta de la nariz, decenas, centenares de veces al día.

    Tal vez la operación más espectacular que se podía ver en algunas bases era el despegue de las fuerzas de asalto, que se transportaban con sus materiales en una flota compuesta por cincuenta o sesenta helicópteros de seis clases diferentes, de tamaños y características distintas y con los más variados armamentos.

    Cuando sucedía esto, se elevaban primero los Iraquois, de tamaño mediano, llevando cada uno trece o catorce hombres que conformaban lo que se llamaba "el grupo de control" de la zona de aterrizaje que era una vanguardia cuya misión consistía en despejar de enemigos el área, o de mantenerlos alejados mientras llegaba el resto. Estos recibían el apoyo de una flotilla de "Dragones Voladores", aviones subsónicos pequeños pero muy versátiles y bien armados.

    Posteriormente partían los "Chinooks", unos helicópteros gigantescos dotados con dos rotores o hélices, que transportaban hasta 44 infantes con sus equipos y armamentos y detrás de ellos los CH—47, muy parecidos a los anteriores, pero encargados de transportar cañones livianos, ametralladoras de buen tamaño y bultos muy voluminosos con municiones de todo calibre. Esta carga nunca iba dentro sino colgando de la barriga del helicóptero con el fin de que fuera descargada en cosa de segundos, luego de lo cual abandonaban el área —en la mayoría de los casos sin siquiera tocar tierra— pues por su tamaño y por la clase de misión que cumplían, ofrecían un blanco fácil.

    Durante la operación de desembarco, el "grupo de control" estaba en comunicación radial permanente con el comandante de la fuerza que sobrevolaba en un Iraquois más pequeño que los que habían transportado a la vanguardia y también con los "mosquitos", del "Equipo Rosado", compuesto por una cantidad de helicópteros marca Hughes que volaban rasantes y a gran velocidad hostigando posiciones enemigas o rastreando huellas.

    Simultáneamente con los "mosquitos" partían flotillas de "Cobras", encargados de guardarles las espaldas, a la vez que los "Sky Crane" hacían lo propio llevando artillería pesada. Finalmente iban los "Bell Kiowa" cuya misión era observar visualmente el área y detectar los blancos sobre los cuales caerían más tarde hombres y helicópteros artillados.

    El comandante controlaba las operaciones desde su Iraquois, equipado con una consola de radio que le permitía comunicación por tres cadenas diferentes, de manera que no había el menor riesgo de aislamiento con su tropa. En ese helicóptero se acomodaban además, un oficial del Estado Mayor, un oficial de enlace aéreo que controlaba la ayuda aérea durante los ataques y el oficial de enlace de artillería, cuyo trabajo era solicitar el apoyo necesario a las bases más cercanas. Toda una pesadilla de ruidos, viento, gritos, sudor y nubes de tierra que precisamente utilizó Francis Ford Coppola para realizar "Apocalypsis Now", la mejor película que yo he visto posteriormente sobre el Vietnam.

    De todos esos helicópteros me acuerdo en particular del "Cobra", una nave mediana que cargaba dos mini ametralladoras de cuatro mil proyectiles por minuto cada una, dos lanzadores de granadas de 40 milímetros con 300 proyectiles cada uno, otra mini ametralladora y un lanzador de granadas adicionales y, por si esto fuera poco, llevaba bajo las alas entre setenta y setenta y seis cohetes de 2,75 pulgadas. Era muy veloz. Como estábamos a nivel del mar podía volar a una velocidad de 300 kilómetros por hora, llevando su cupo máximo de combustible y armamento. En la operación de Cambodia y la combinada que tuvo lugar en Laos, los "Cobras" utilizaron cohetes y ametralladoras para dispersar las formaciones enemigas e incluso para destruir tanques que operaban cobijados por la baja visibilidad que ofrecía el clima en la época de lluvias. Como tenían un magnífico acorazamiento, muchos de ellos fueron alcanzados por el fuego enemigo pero regresaban a sus bases y generalmente volvían al combate. Mire una cosa: para saber qué es esa máquina, le puedo decir que, volando a trescientos kilómetros por hora, puede pasar sobre un campo de fútbol y colocar una bala cada metro cuadrado.

    Los helicópteros jugaron un papel bien importante en Viet—Nam porque con su movilidad permitieron afrontar una guerra de guerrillas de tantas proporciones. Yo escuchaba inicialmente la descripción de cada batalla y encontraba que las operaciones estaban llenas de imaginación, llenas de audacia desde el punto de vista táctico porque, por ejemplo, era posible trasladar las fuerzas en cosa de segundos de un lugar a otro, teniendo en cuenta que las órdenes llegaban sobre la marcha. Allí el helicóptero fue la caballería moderna y reemplazó a las columnas de carros ligeros, con la ventaja de que podían realizar un ataque fulminante y desaparecer con la misma rapidez que habían entrado en combate.

    En Chu Lai abastecíamos también aviones de transporte de diferentes tipos, porque las condiciones de la guerra impusieron que la gran movilización de tropas y de todo tipo de provisiones se hicieran por el aire, en vista de que los caminos estaban trazados por la selva y esto facilitaba las emboscadas y las trampas permanentes y mortíferas del Viet Cong. Tal vez el que más conocí fue el Hércules que, si no me traiciona la memoria, podía lanzar la carga en paracaídas, volando tan alto como para ponerse fuera del alcance de las armas antiaéreas livianas. Esta carga era tirada según las instrucciones de los operadores de radares en tierra.

    Cuando lo que se transportaba era muy pesado para que lo dejaran caer desde esas alturas, las tripulaciones lo colocaban al borde de la portezuela trasera que iba abierta y le colgaban una cuerda con un gancho en la punta. Así, al llegar al sitio requerido, el piloto volaba prácticamente tocando el piso y el gancho se engarzaba en una cuerda que había atravesado la infantería, de manera que la carga caía amortiguada por un paracaídas. Era una operación escalofriante porque algunas veces se realizaba bajo el fuego del enemigo.

    Ese avión era tan, tan versátil, que lo utilizaban también en operaciones especiales como la de lanzar bengalas para iluminar el blanco de las naves de combate que iban a descargar sus bombas, o de las patrullas de infantería que estaban abajo, entre la selva. También eran empleados para esparcir una serie de sustancias químicas que producían barro o lluvia, o rociaban herbicidas para quemar la jungla y millares de hectáreas de arroz que se presumía, servían de abastecimiento al Viet Cong. Pero, además de todo, decolaban llenos de combustible, se elevaban a alturas considerables y allí, en pleno vuelo, reabastecían a los aviones de combate que habían partido de sus bases bien cargados de armamento pero con poca gasolina, porque las condiciones de calor y humedad del Vietnam limitaban mucho su operación.

    El tiempo corría lentamente pero en cambio los sucesos que determinaban el futuro de la guerra, sucedían ahora con más dinamismo que antes de venirme. El 8 de junio Radio Hanoi informó que Nixon se había reunido con el presidente de Vietnam del Sur en la isla Midway y allí dijo que estaban siendo retirados veinticinco mil soldados norteamericanos. Más tarde, el 16 de septiembre, anunció la salida de otros treinta y cinco mil de Vietnam y seis mil con base en Tailandia, de los cuales la mayoría eran aviadores que debían pertenecer a tripulaciones de bombarderos estratégicos.

    No sé si sería por causa de mi ansiedad o porque allí había tanta gente —550 mil efectivos norteamericanos cuando llegué en mayo— pero me costaba trabajo creer lo que escuchaba puesto que en Chu Lai, más bien parecía intensificarse la guerra.

    Durante un largo período de tiempo dejé de recibir correspondencia de California y a mi vez escribí poco. No sabía qué sucedía con mi familia pues nunca les avisé que venía para Viet—nam con el fin de evitarle molestias a mamá y recuerdo que pasaron varias semanas durante las cuales me asaltó una especie de apatía por los sucesos políticos en torno a la guerra. Eso creo que me sirvió porque olvidé el calendario.

    En tanto, los aviones y helicópteros parecían estar jugando permanentemente con el enemigo, a "quién se esconde mejor y cuál encuentra primero al otro". Los comunistas poseían buenas defensas contra el espionaje aéreo que se realizaba mediante cámaras y radares ubicados en nuestras naves y por eso, muy temprano en la guerra, empezaron a hacer sus acercamientos, a montar emboscadas y a trasladar provisiones durante la noche. Esto condujo a la utilización de equipos sofisticados para la vigilancia.

    Por ejemplo, llegaron los "censores" que fueron instalados en naves de reconocimiento y búsqueda. Uno de ellos era el detector infrarrojo, un aparato capaz de localizar allá abajo fuentes de calor, es decir hogueras, fogatas pequeñas cerca de sus madrigueras y aun incendios provocados por el mismo Viet Cong como señuelo de las tropas norteamericanas. Una vez localizado el foco, una película —también infrarroja— grababa variaciones de calor como las causadas por un convoy de camiones. Esto se complementaba con cámaras de televisión especiales para ver a bajos niveles de luz y con intensificadores de imagen, pero el invento más curioso de todos era el olfateador de personas que reaccionaba por el olor del cuerpo humano. Con su ayuda fueron localizados centenares de pequeños grupos guerrilleros mientras se desplazaban en la selva.

    Todos estos equipos, más los sistemas que los hacían funcionar fueron montados en un programa llamado "Iglú Blanco" que costó alrededor de mil setecientos millones de dólares entre 1966 y 1971. A mí me tocó cuando estaba en su furor.

    Dentro de todo ese andamiaje, el instrumento principal para la vigilancia del enemigo era un tubo de 90 centímetros de largo con forma de cohete, (el "Adsíd"), que lanzaban desde el F—4. El aparato caía con una violencia única y al llegar abajo se enterraba totalmente entre el barro de la selva, y por tanto lo único que sobresalía era una antena pequeña perdida entre el follaje y comenzaba a enviar señales continuas durante un mes y medio, tiempo que duraban sus baterías.

    Como el aparato registraba cualquier vibración en el piso dentro de un radio más o menos amplio, se comenzaron a detectar rápidamente movimientos de vehículos, gente llevando cargamentos y almacenándolos cerca, o movimientos de columnas con bastante personal.

    El "Adsid" transmitía sus señales a un avión que volaba permanentemente. Este las pasaba a otra aeronave que se encontraba aún más alta y de allí la retransmitían al Centro de Infiltración y Vigilancia —ubicado a bastante distancia del área de operaciones— donde era analizada por un computador que suministraba, en cosa de minutos, información clave para coordinar los ataques aéreos.

    Había también aeroplanos dirigidos mediante un sistema de control remoto —desde tierra o desde el aire— en los cuales acomodaban cámaras fotográficas y equipos de televisión que transmitían continuamente sus informaciones a aviones operando a grandes distancias de ellos. Digamos que el radio de acción de estos aparatos era, máximo 240 kilómetros. Las grabaciones y las fotografías se tomaban a bajas alturas, (unos mil quinientos pies) y el avión que recibía la señal estaba encumbrado a cincuenta mil, mucho más alto que un jet de pasajeros convencional, (éstos vuelan a treinta mil). Los datos pasaban de allí al mismo Centro de Infiltración y Vigilancia.

    Pero además de todo, la selva estaba sembrada con centenares de radares pequeños, ocultos y bien camuflados que podían identificar vehículos a una distancia de diez kilómetros y personas a cinco kilómetros. Un operador ubicado a cierta distancia, interpretaba la información emitida y podía señalar blancos de artillería con márgenes de error que nunca pasaban de quince metros.

    Generalmente las patrullas de infantería llevaban una lente especial, capaz de detectar al enemigo a un kilómetro de distancia en plena selva y de noche, gracias a un dispositivo que intensificaba la luz cuarenta mil veces. También equiparon miles de fusiles con miras que le daban al soldado la posibilidad de ver en la noche a una distancia de cuatrocientos metros (un poco más de cuatro cuadras).

    Óigame bien: es que esta guerra vista desde el punto de la tecnología era de locos, porque para donde uno mirara, veía cosas nuevas, unas aparentemente absurdas pero la mayoría real—mente inconcebibles hasta ese momento.

    Como era "de bola a bola", al principio utilizaron helicópteros dotados con reflectores y equipos infrarrojos para patrullar en las noches, pero no dieron resultado por el ruido de sus motores. Entonces por encargo de la Fuerza Aérea, la fábrica Lockheed inventó y construyó un avión de reconocimiento, (el YO—3A), que era prácticamente silencioso. Los estrategas decían que volando a sólo 400 pies de altura (unos 120 metros sobre la tierra), no hacía más ruido que las hojas secas de los árboles cuando había viento. Yo lo vi volar y era increíble: totalmente silencioso después de despegar.

    Bueno, pero volviendo al hilo de la historia, a comienzos de diciembre recibí la orden de presentarme en el comando de las "Medevac Units", aquellos cuerpos de rescate de heridos cuya solicitud había olvidado por completo y el día nueve ingresé a uno de los equipos que operaba entre la base y el campo de batalla. Con las primeras instrucciones pude darme cuenta que el trabajo era aparentemente sencillo aunque con riesgo, pero eso no me importó. En aquel momento continuaba desconectado del mundo exterior, había suspendido el diario, no hablaba con periodistas ni corresponsales de guerra y el deseo por conservarme vivo mientras se cumplían los once meses del servicio en el frente, parecía haberse perdido en medio de la rutina de la pista.

    Para entonces y contando desde 1962, las unidades de rescate habían sacado de la selva 373 mil soldados heridos, cifra aterradora que dejaba ver, desde un ángulo diferente, las dimensiones de esa guerra.

    Según los instructores, la proporción de muertes por armas pequeñas era cerca de un 32 por ciento más grande que en la Segunda Guerra Mundial y 33 por ciento mayor que en la de Corea. Esto lo atribuían, principalmente a la aparición del AK—47 soviético, un fusil ligero cuyo proyectil alcanzaba velocidades impresionantes, dejando grandes heridas de entrada y de salida con daños severos en los músculos y en las venas por donde pasaba.

    Según nos lo advirtieron, el otro tipo de heridas que íbamos a hallar con más frecuencia eran aquellas producidas por minas y trampas explosivas, con frecuencia grandes y sucias ya que normalmente la víctima se encontraba cerca del artefacto cuando hacía explosión.

    Nuestra misión consistía en rescatara los heridos y trasladarlos inmediatamente a hospitales en zonas de retaguardia donde eran atendidos por equipos de personal médico y paramédico, pero se encontraban casos en los cuales las lesiones eran tan graves que se ordenaba su evacuación a bordo de los aviones de la Fuerza Aérea que mantenían un puente continuo con Norteamérica. En estos casos, los instructores se mostraban orgullosos porque decían que dentro de aquellos que alcanzaban a llegar con vida a los hospitales en los Estados Unidos, se salvaban noventa y siete de cada cien, mucho más que durante la Segunda Guerra Mundial.

    Ellos atribuían el éxito a la utilización del helicóptero, que en adelante sería la principal herramienta en mi trabajo, porque en él eran rescatados prácticamente todos los heridos. En Vietnam yo nunca vi aquellas imágenes del cine en que los camilleros van corriendo grandes trechos para auxiliar a un soldado caído. No. Allí llegábamos, muchas veces sin haberse acabado el combate y el helicóptero aterrizaba cerca del enfermo, de manera que la evacuación se realizaba en cosa de segundos porque sabíamos que una vida puede perderse con la misma rapidez. En esos casos esperábamos las instrucciones del comandante de la nave y si la situación no era muy clara abajo, saltábamos dos, disparando el M—16 para proteger el helicóptero, mientras los otros dos acomodaban al herido en la máquina.

    Allí cada división tenía un batallón médico que contaba con helicópteros—ambulancia en los que podíamos acomodar hasta seis pacientes, pero cuando no era posible aterrizar en la zona, nos avisaban por radio y decolábamos en helicópteros grúa, dotados de un cable que penetraba por entre los árboles sin enredarse con las ramas. Abajo ataban técnicamente al soldado y partíamos con él izado hasta el primer punto descubierto, donde se realizaba una operación para meterlo dentro. Durante estos rescates el helicóptero se mantenía en vuelo estacionario, convirtiéndose, desde luego, en un blanco fácil para el enemigo. El año anterior a mi llegada habían sido derribados 35 y en éste llevábamos 39.

    Cuando había más de un hombre esperando ayuda, o en caso de no haber terminado el enfrentamiento, partíamos en helicópteros Bell "Dust Off" y aterrizábamos en sitios que habían sido despejados previamente con explosivos y sierras eléctricas o de gasolina y la operación era un poco más complicada porque siempre quedaban troncos de árboles y en general obstáculos no siempre visibles que podían perforar el fuselaje. La tripulación constaba de dos pilotos, un oficial de vuelo y cuatro de nosotros más un auxiliar de medicina que proporcionaba tratamiento de emergencia durante el vuelo. Esa era generalmente mi labor.

    En Vietnam, los helicópteros cambiaron mucho los sistemas de atención médica de urgencia porque como la evacuación era tan rápida, los hospitales ya no tenían que ser tan móviles y todo eso ayudaba a salvar vidas de gente muy joven. Es que allá fueron a luchar, yo diría que niños.

    En las "Medevac Units", generalmente el trabajo era fácil. Creo que los dos meses que permanecí en ese grupo, pasé la mayor parte del tiempo jugando cartas y esperando las llamadas de emergencia y me sorprendió el final del año cuando parecía haber perdido casi por completo la noción del tiempo. Por allá el 24 de enero volví a tener algún contacto con las cifras de la guerra pues se nos informó que la evacuación de tropas avanzaba.

    En ese momento quedaban todavía en Vietnam 474 mil soldados norteamericanos, es decir, 76 mil menos que cuando llegué, pero al día siguiente dijeron que el presidente Nixon había anunciado la salida de cincuenta mil hombres más, en abril. Yo tenía que ser uno de ellos porque el 15 de ese mes cumplía mi tiempo de servicio y el solo hecho de ver que había pasado lo más difícil acompañado por la suerte, me hizo renacer la idea del regreso. En ese momento se estaba dando a conocer el balance de 1969 y las cifras eran atortolantes: 9.249 soldados norteamericanos muertos. 70 mil heridos y 112 desaparecidos, contra 132 mil comunistas dados de baja.

    Se calcula que los norvietnamitas tenían un pie de fuerza de 365 mil hombres, de los cuales 50 mil eran guerrilleros Viet Cong.

    Pues bien. En el nuevo trabajo, rutinariamente recogíamos infantes con heridas de fusil, algunos en muy mal estado por las minas y las trampas, pero no recuerdo haberme impresionado con ninguno más de lo normal. Sin embargo, ya sobre mediados de febrero y cuando sentía cerca el mes de abril, me sacudió la evacuación de un muchacho con el vientre abierto. En el momento de recogerlo, sus compañeros ya le habían inyectado morfina para el dolor y estaba muy callado, con la mirada perdida y las dos manos sobre el estómago. Estaba "zombie", como decíamos allá... Pero se le salían porciones de intestino por entre los dedos y él se daba cuenta de lo que sucedía.

    Ya había visto algo similar y me sorprendió sentir que esta vez la presencia de la sangre me estaba sacudiendo. No obstante, cuando lo descargamos en la pista olvidé el asunto y no volví a pensar más en ello, porque las cosas sucedían tan rápido que no había tiempo de pensar en nada. Es que todo pasaba como un "flash": estábamos jugando cartas, llamaban, recogíamos al herido y a los diez minutos nos encontrábamos otra vez allí sentados jugando a las cartas y si llegaba a recordar algo, me decía: ¿Eso lo soñé? O sucedió de verdad... Y continuaba.

    Hasta ese momento creía haber manejado la cabeza bien, pero un día me desperté y dije inconscientemente: "¡Quince!". Efectivamente era 15... de febrero y yo lo estaba asociando con el 15 de abril. Lo cierto es que me vestí y una hora después estaba en mi puesto, fresco, listo para trabajar, pero cuando dijeron "al helicóptero", sentí miedo y eso no me había sucedido ni cuando nos bajaron, lo que se dice, bajados a plomo.

    En esa oportunidad hacíamos aproximación para descender y rescatar a alguien, cuando de pronto el rotor empezó a perder potencia y el helicóptero a menearse y a bajar y a bajar hasta que caímos entre el barro de un pequeño arrozal, distante del punto protegido sobre el que teníamos que caer. Una vez en el suelo escuchamos un tableteo nutrido y tomamos posiciones de defensa mientras el piloto pedía otro helicóptero. Dijeron que sí y procedimos a incendiar el nuestro porque el área estaba plagada de guerrilleros. Al cabo de pocos minutos vinieron dos por nosotros: un Iraquois artillado y otro de transporte.

    Antes y después de esto, recuerdo que regresábamos y generalmente contábamos los huecos de bala en el fuselaje del aparato sin darles mayor importancia. Pero ahora sentía miedo. Cuando llegamos al área rescatamos un infante con una pierna quemada por la explosión de una mina. Era una herida fea. Lo encaramamos y durante el viaje de regreso ya lo que experimentaba no era miedo sino pánico, acompañado de náuseas. No tenía malaria, no sufría de nada físico, no conocía el mareo durante el vuelo, ¿qué era? Esa noche encontré la explicación fácilmente: el almanaque me había trastornado. Una cosa era estar allí al comienzo del servicio, pensando que tal vez iba a ocurrir algo y otra diferente cuando se sabía que faltaban sesenta miserables días y que sería muy cruel caer en ese momento, cuando ya uno tenía un pie en los Estados Unidos.

    Al día siguiente visité al médico y sin haberle confesado nada me dijo: "Hombre, usted ya lleva un tiempo prudencial aquí y lo que lo está afectando es el amor a la vida. Eso le pasa a mucha gente al final y es explicable".

    Me dio una recomendación y fui trasladado a la columna de transportes a donde llegué como veterano. Con esto quiero decir que era tranquilo, no jodia a nadie, nadie se metía conmigo y estaba familiarizado con esa nueva "disciplina" de la guerra. Como los demás, algunas veces me afeitaba, otras permanecía barbado y mechudo y no se hablaba del asunto porque eso era natural en grupos como aquel con gente dura que había estado entre el monte varios meses y a quienes ya no les importaba nada que no fuera el regreso. En las bases los oficiales se cuidaban mucho de abusar de la gente porque en cualquier momento les tocaba salir con la tropa a campo abierto y ahí les podían pegar un balazo. Eso era famoso allá.

    Pero un día llegó un teniente nuevecito, recién desempacado, afeitadito, oliendo a loción, con su cuello almidonado. Yo estaba en una oficina revisando algún papel y tenía una lata de cerveza en la mano. Cuando él entró tal vez se sintió aún en la academia y aunque le respondimos el saludo, nadie interrumpió su labor: seguramente esperaba ver una columna bien cuadrada diciendo: "Señor: ¡Sí señor!" y al verse ignorado gritó:

    —Todo el mundo al frente. Pasen a saludar al oficial..., ante lo cual yo dije con toda naturalidad.
    —Mi teniente, estamos ocupados ahora, y seguí escribiendo pero sentí que él se vino hasta la mesa y me gritó, ordenándome que me cuadrara y lo saludara. Le dije: "No me grite y no joda más que estoy ocupado" y continué escribiendo. Pero él se acomodó y me pegó un berrido en la cara y yo saqué la mano, le acomodé un golpe y vi que trastabillaba. Luego tropezó contra un asiento, rodó la gorra... Bueno.

    Nunca había tenido ese temperamento pero ahí se me salieron cosas que tal vez llevaba guardadas y prendí en ira mientras escuchaba que él decía: "Podía llevármelo ya para los talleres y volverlo mierda a golpes, pero no. Me voy a cagar en usted: le voy a meter una Corte Marcial".

    Me detuvieron, perdí los dos ascensos que había conseguido y para evitar la Corte acepté culpabilidad. Entonces fui trasladado a la cárcel que era una serie de carpas dentro de un área cerrada con alambre de púas en la que no reinaba una disciplina para delincuentes sino más bien cierta camaradería.

    Yo sabía que me quedaba menos de un mes de servicio y tomé las cosas como había que tomarlas a esa altura: "En la cárcel voy a estar seguro, allá no hay combates, ni carros llenos de gasolina que pueden explotar de un momento a otro por un morterazo, ni me van a sacar para mandarme a echar plomo a la selva. Entonces es buena suerte estar allá guardado", me dije y afronté la detención.

    Durante el día, el castigo consistía en cumplir con una serie de trabajos forzados, duros y sucios (recoger la porquería de los tanques—letrinas y depositarla en huecos en la playa) y de noche permanecer encerrado.

    Cuando no había mierda para recoger teníamos que llenar bolsas con arena para las trincheras de todo el mundo o nos llevaban a la playa a rastrillar la arena durante tres o cuatro horas bajo un sol espectacular. La arena quedaba muy linda pero cada minuto subía el mar y borraba la obra de arte y nosotros debíamos repetir la rutina hasta que nos veían agotados y nos ponían otra labor. Se trataba de jodernos pero como ya me quedaban trece días, doce, once, diez, nueve... Me reía del castigo y me reía de cada historia que escuchaba por las noches. Conmigo estaba detenido el que le pegó a otro oficial, el que le había metido una granada debajo de la cama a un sargento, el que rehusaba pelear porque acababa de convertirse a una religión especial, el poeta que había abandonado el fusil porque perdía tiempo "para tañir la lira frente a la epopeya", otro que de día se hacía el esquizofrénico pero no había podido convencer al siquiatra... Una manada de locos deliciosos, gente diferente al resto.

    El 15 de abril salí de allí. Estaba vivo, iba de regreso a California y no lo podía creer: yo era uno de los cincuenta mil hombres que había prometido evacuar el gobierno ese mes. Antes de zarpar, en el muelle una banda naval tocó la despedida clásica: "My beautiful balloon" y sentí una emoción enorme. Luego partimos.

    Diecisiete días más tarde llegué a San Diego, me dieron la baja y luego la visa de residente. Por fin la había conseguido. Por fin era un habitante legal en este país, por fin tenía derechos claros y definidos y, además, podía quedarme a estudiar y a vivir aquí el resto de mi vida.


    CITA EN TIJUANA


    Cuando cruzó la puerta me pareció una mujer elegante. Es rubia, de mediana estatura y aunque no vestía ropa de la Quinta Avenida, lucía aquello que las señoras bogotanas llaman "porte".

    Debían ser las once de la mañana, hora en que Ana, el cocinero y el encargado de la despensa disponen los últimos detalles antes de comenzar a atender al público. Yo estaba tras la barra buscando un vaso para llenarlo con limonada pero cuando se dio cuenta que la observaba, se acercó y me preguntó por Rubén. Le dije que regresaría en media hora y mientras lo esperaba se dedicó a mirar detenidamente la serie de fotografías de Félix Tisnés que adornan las paredes del restaurante.

    —Son muy buenas, comentó.
    —¿Fotógrafa?
    —No. Negocié un tiempo con algo similar.
    —¿Aquí?
    —No.
    —Pero... ¿Conoce esos sitios en Colombia?
    —Algunos.

    Tomó asiento en una mesa distante, Ana se acercó a atenderla y después de un saludo caluroso, vino a servirle un café y me miró sonriente:

    —A ver, sicólogo: ¿Cómo es ésta?
    —Déjame ver... de pocas palabras, apacible, introvertida, dominante, tal vez separada de su esposo, honrada...
    —¿De qué parte?
    —Antioqueña, indocumentada.

    Le llevó una gran taza de café con crema y como aparentemente la había atendido antes, se quedó hablando con ella varios minutos, al cabo de los cuales regresó y mientras abría un cartón de cigarrillos, movió la cabeza hacia los lados y desembuchó:

    —No es de pocas palabras sino desconfiada. Impresionantemente desconfiada. ¿Apacible?, sí. ¿Introvertida? Hhh, yo creo que más bien poco sociable. ¿Dominante?, no. Digamos, con personalidad. ¿Antioqueña?, sí. Y además indocumentada. Correcto. ¿Separada?, ja, ja: ¡Recién casada!... ¿Honrada?, creo que sí... y fumadora: me pidió una caja de Winston.
    —¿Nueva York?
    —No. Miami y Los Angeles, pero dentro de dos días regresa del todo a Colombia. Lo demás lo tienes que averiguar tú. Me parece que puede ser una buena historia.

    Era el dos de diciembre de 1988, un viernes. Rubén llegó tan puntualmente como siempre y luego de darle la bienvenida me la presentó: se llamaba Astrid, vino a Nueva York prácticamente en luna de miel y en ese momento regresaba del aeropuerto de despedir a su esposo que había viajado a Miami: un adiós lacrimógeno porque los esperaban ocho meses de separación.

    Rubén los conocía por referencias y habló con ellos varias veces durante su viaje a Nueva York, porque venían o lo llamaban frecuentemente para consultarle acerca de algunos secretos de la ciudad: zonas comerciales donde se pudiera comprar más barato, líneas del "subway", determinados sitios para conocer y en esta forma nació cierta amistad, detrás de la cual esa mañana afloraron pequeñas intimidades que aparentemente ella quería confiarle, y por tanto anuncié que me retiraba.

    —Quédese. Usted es amigo de Rubén y eso me basta, dijo secamente y continuó hablando.

    Le preocupaba saber si la ley de amnistía para los indocumentados sería efectiva, pues de eso dependía que Alfredo, su esposo, consiguiera visa de residente. Ambos habían entrado por "el hueco" hacía algo más de tres años jugándose una aventura cinematográfica y esa visa parecía determinar buena parte de su futuro.

    —Y, ¿qué piensa Alfredo?, preguntó Rubén.
    —Hoy parecía no pensar nada. Lo dejé nervioso y muy golpeado por mi viaje. Creo que se nos olvidó vivir solos.

    Alfredo es un hombre de treinta y uno, dos años menor que ella. Cuando se conocieron en Medellín, en abril de 1985, él le habló de los Estados Unidos. Había permanecido cuatro años en la Florida en plan de estudiante de inglés, pero llegó un diciembre y resolvió volver para saludar a sus padres, a sabiendas de que no podría regresar libremente por falta de visa. De todas maneras —pensó—, me cuelo por "el hueco" y sigo viviendo aquí.

    En marzo probó cruzar de México a California. Caminó siete horas a través de una montaña, quedándose rezagado del grupo en que marchaba y en las proximidades de San Isidro uno de los "coyotes" —guías mexicanos— lo auxilió. Avanzaron penosamente a causa de su gordura pero sobre las tres de la mañana, cuando estaban a punto de reunirse con los demás, cayó en manos de la policía. Cinco días más tarde fue deportado a Colombia.

    Astrid le hizo repetir la historia con pelos y señales una y otra vez porque la apasionaba. Es que ella siempre había soñado no solamente con los Estados Unidos sino con una vida de aventuras, acaso como respuesta a su soledad. En ese momento estaba bien acomodada en un cargo oficial, poseía un auto y un pequeño apartamento alquilado, donde por fin logró reunirse con su madre en forma estable. Pero le faltaban aún muchas cosas: tal vez un compañero, el calor de una familia... Cuando cumplió un año quedó huérfana de padre y un tiempo después su madre contrajo matrimonio por tercera vez. Entonces la envió a un internado en Bogotá y comenzó una vida nómada, solitaria, aislada, procurándose lo que necesitaba sin mayor ayuda. Ese mes de abril de 1985 había estudiado tres semestres en la escuela de delineantes de arquitectura, un curso de inglés y secretariado bilingüe y finalmente se graduó en hotelería y turismo: gama de profesiones disímiles y una búsqueda insatisfecha que tal vez correspondía a la trashumancia que en ese momento marcaba treinta años de su vida.

    Desde un principio la impresionó la nobleza de Alfredo y empezó a acostumbrarse a su trato amable, a su sentido del humor y terminaron por gustarse.

    El mismo día que él le contó su aventura, ella le confesó que también había soñado con viajar desde hacía varios años. Primero solicitó dos veces la visa de turista pero se la negaron. Y después escuchó hablar de "el hueco", pero "nunca tuve un apoyo moral para medírmele a ese riesgo, nunca tuve una compañía, alguien que me empujara y a mí me daba temor hacerlo sola. El me escuchó y dijo que nos fuéramos. Si teníamos una sola salchicha la partiríamos para los dos, si sólo había un pan sería para ambos y eso me gustó. Era como sentir realizado algo que se me había metido en la cabeza y si se me había metido ahí, tarde o temprano lo iba a hacer. Así soy yo".

    Al día siguiente la situación parecía haber cambiado un tanto. Ahora Alfredo era quien se sentía temeroso por su experiencia del mes anterior en San Isidro y Astrid se hallaba a la ofensiva:

    —Mira, pero si yo no siento temor, ¿por qué te va a dar miedo a ti? —le dijo—. Ya acordamos ser uno solo, entonces démosle adelante. ¿Sabes qué voy a hacer esta misma noche? Visitar a unos amigos y pedirles que me den una buena conexión con "el hueco". Y hecho. El asunto está en que la conexión sea seria. Nada más.

    Ahí —dice— sentí por primera vez que Alfredo... funcionaba con un ritmo vital más lento que el mío (por decirlo de alguna manera) y había que empujarlo. Entonces comprendí que en adelante yo era quien debía tomar buena parte de las decisiones. Pero eso no me parecía un defecto. Era una manera de ser. En cambio él tenía cosas extraordinarias. Por ejemplo, esos días pude conocer a parte de su familia, una linda familia, una familia unida y empecé a ver que encontraba en ella el calor que yo nunca había tenido y eso empezó a llenar un vacío enorme en mi vida. En ese momento vi que entraba a una familia y, mire una cosa: yo en treinta años era la primera vez que sabía lo que significaba eso, porque nunca conocí la de mi padre. Y por parte de mi madre hemos sido... muy independientes: tres hermanos de tres matrimonios diferentes que no se ven casi nunca. Al conocer la familia de Alfredo supe que eso me había hecho mucha falta y me sentí feliz. Así comencé a atarme a él desde el primer momento.

    La mañana siguiente lo llamó temprano y le contó que tenía la dirección de una agencia de turismo que se encargaba del paso y a la hora del almuerzo fueron para inscribirse. Quedaron en que los llamarían tan pronto se formara un grupo. Eso ocurrió antes de que terminara la semana: el lunes siguiente debían acudirá una reunión preparatoria en la misma agencia.

    En aquella oportunidad éramos pocos: el gerente de la agencia, una 'vendedora'. Alfredo, una much