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febrero 07, 2010
CONDENSADO DE "DO ROBINS COUGH?". © 1996 POR BEVERLY PEBERDY, PUBLICADO POR ORION BOOKS LTD., DE LONDRES. REPRODUCIDO MEDIANTE CONVENIO CON LA AGENCIA JOHN PAWSEY, DE WORTHING, INGLATERRA. FOTO: © STEVE BENBOWSECCION LIBROSEl recuerdo de sus ojos tristes la persiguió sin cesar desde que vio los reportajes televisivos. Quería hacer algo por ellos; pero como solo era una modesta secretaria que no podría brindarles ninguna ayuda. Lo único que tenía era un inmenso cariño… Después resultó que eso era justamente lo que más necesitaban.
Por Beverly PeberdyMÁS QUE A CONTRIBUIR a Mía causa humanitaria, sentía que me llevaban a ejecutar un asalto militar. Corría febrero de 1991 y, junto con otros cinco británicos e irlandeses, acababa yo de llegar a Rumania a trabajar de voluntaria en un asilo de huérfanos minusválidos.
Nos habíamos hospedado en un hotel de la ciudad de Bacau, centro industrial del noreste del país. Allí pasó a recogernos una camioneta equipada con bancas de madera laterales, y enfilamos hacia el poblado de Ungureni por un camino de tierra. Como no teníamos de donde asirnos, nos golpeábamos la cabeza con el techo cada vez que pasábamos por un bache.Remontamos cumbres nevadas y dejamos atrás pintorescas cabañas y carros tirados por caballos y bueyes. Más de una hora después, alejados ya unos 25 kilómetros de Bacau, paramos frente a un portalón que cerraba un largo muro de bloques de cemento y ceniza. El conductor bajó del vehí-culo, y en cuanto abrió la puerta para hacernos salir, me sentí embargada de temor y tristeza.Un desaliñado guardia con sombrero de cosaco y un enorme abrigo de piel de oveja abrió el portalón y nos condujo por un sendero que llevaba a un amplio patio. Nos detuvimos a la entrada de un edificio de muros parduscos cuyas ventanas, que se veían aherrumbradas y negras de polvo, estaban cubiertas con cortinas grises. Oí que daban golpecitos a un vidrio y, al alzar la mirada, vi a un pequeño asomarse. Meneó una mano y yo le devolví el saludo. Por fin habíamos llegado a nuestro destino: el Hospicio de Minusválidos y Desahuciados.Cuando el guardia abrió las puertas, que estaban cerradas con llave, un ramalazo de aire pútrido me hizo volver la cara y retroceder. Dentro, todo era tenebroso y húmedo; sólo el fondo del pasillo, de techo alto y sin ventanas, estaba iluminado por la mortecina luz de una bombilla.El frío y la humedad me hicieron temblar, pero lo peor era el ruido. De unos altavoces ocultos brotaba una música folclórica distorsionada y ensordecedora, pero ni eso apagaba los llantos y los gemidos de dolor que parecían surgir de todas partes.Allí había 186 niños discapacitados de entre 3 y 18 años, atendidos por 142 personas. En tiempo de Nicolae Ceausescu, todos los huérfanos, al cumplir tres años de edad, eran sometidos a una prueba de aptitud física y mental que duraba cinco minutos. Quienes no la pasaban eran considerados inútiles y enviados a orfanatos como el de Ungureni.Subimos las escaleras y vimos a unos 100 niños, la mayoría de los cuales se hallaban aún en las cunas maltrechas y herrumbrosas en que vivieron durante la dictadura. Casi todos estaban muy quietos en sus camitas (colocadas sobre frías y húmedas hojas de linóleo), cubiertos tan sólo con unas mantas hechas jirones. Muchos yacían en postura fetal y miraban inexpresivamente, sin reparar en nadie, como si nada más estuviesen esperando la muerte.Algunos tenían horrendas deformidades, y otros se mecían como autómatas de atrás hacia adelante, chupándose los dedos. En sus rapadas cabezas se veían unas marcas rojizas, huellas de los golpes que se daban contra los barrotes de las camas.¿Qué se sentirá estar tan sucio y padecer tanto frío y hambre?, me dije. Los pobres no tienen un espacio propio y viven sin cariño ni cuidados.Esa noche no pude dormir. En un solo día había visto más sufrimiento y horror de lo que la mayoría de las personas como yo ve en toda su vida. Pensé que tendría que reconocer mi error y volver a casa. Me sentía una intrusa, sin derecho de inmiscuirme en la existencia de aquellos inocentes, y tan empavorecida por su miseria, que temí no poder serles de utilidad.
IMPERIOSO DESEO
Dos MESES ANTES, en un noticiario de televisión, había visto a unos reporteros que visitaron los hospicios y los "manicomios" de Rumania tras el derrocamiento de Ceausescu. Presentaron imágenes de niños que parecían esqueletos, consumidos en las condiciones de abandono más atroces.
Era un cuadro de inhumanidad aterrador, comparable al de los campos de concentración nazis. La causa del sufrimiento de esos niños era bien sencilla: no encajaban en la visión que el tirano tenía del futuro de su país.Experimenté un imperioso deseo de ayudar. A mis 40 años, llevaba una vida tranquila y segura, pero sentía que me faltaba algo. Trabajaba de secretaria en un banco en la ciudad de Milton Keynes, Inglaterra. En las noches, al volver a casa, me recibían John, mi comprensivo y cariñoso marido, Russell, mi hijastro, a quien había criado desde hacía casi 20 años como si fuera carne de mi carne, y nuestros dos perros.A veces fantaseaba con salir al mundo y hacer algo que cambiara la vida de otros seres menos afortunados, pero John me hacía ver con mucho tacto que difícilmente alguien querría contratar a una persona de mi edad, sin estudios de medicina o experiencia como educadora.Yo pensaba que tenía razón. Además, no me sentía lo bastante segura para buscar otro empleo o renunciar al que tenía —y que necesitaba mucho— a fin de adquirir la preparación que me faltaba.Luego, una semana antes de Navidad, mientras hojeaba un diario me fijé en un anuncio de cierta organización llamada Fideicomiso de Orfanatos de Rumania, el cual solicitaba voluntarios para trabajar en un asilo de huérfanos minusválidos. Justo lo que buscaba.El anuncio decía que necesitaban enfermeras, médicos, maestros y fisio-terapeutas. Al principio me sentí decepcionada, pero luego recordé aquello de que "al que no pide, Dios no lo oye". Así pues, decidí intentarlo y, con una mezcla de nerviosismo y emoción, marqué el número telefónico que venía en el diario.—No soy médica ni maestra —le confesé a la mujer que contestó la llamada—, pero soy buena para organizar y conseguir que se hagan las cosas. Me gustan mucho los niños y estoy acostumbrada al trabajo duro.Estaba buscando con desesperación otras virtudes a fin de convencerla, pero ella se mostró vacilante.—Me temo que necesitan personas con habilidades específicas para cuidar niños enfermos —dijo—. De todas formas le enviaré con gusto una solicitud.Si bien no era una promesa de aceptación, su respuesta me llenó de entusiasmo.A los pocos días llegó el formulario. El principal requisito era poder quedarse en Rumania al menos un mes. Sabiendo de sobra que al gerente del banco no iba a parecerle bien que me ausentara tanto tiempo, guardé la solicitud en un cajón y, apesadumbrada, resolví olvidarme del asunto.Esa misma noche, John y yo vimos otro reportaje sobre un orfanato rumano. Al ver el terrible estado en que se hallaban los pequeños, me dije: ¿Será posible que no pueda hacer nada por estos niños? Podría bañarlos y darles de comer, jugar con ellos y abrazarlos. No debía darme por vencida tan fácilmente.Me senté entonces a la mesa de la cocina y llené la solicitud. Al final escribí: "Por favor, lean la nota adjunta". En una hoja aparte recalcaba que era una persona muy optimista, siempre dispuesta a cumplir las tareas que me encomendaban.John se sorprendió más que yo cuando recibí una invitación para una entrevista. Luego de explicarme todos los aspectos del trabajo en el hospicio, tanto los buenos como los malos, la doctora Judith Darmady, asesora en pediatría del organismo, me preguntó:—¿Todavía quiere ir?—Sí, por supuesto.—La necesitamos con urgencia. ¿Podría partir dentro de dos semanas y quedarse allá tres meses?Al oír esto, me puse de pie, tomé de la mano a la pediatra, la besé en la mejilla y le di un efusivo abrazo.—No me cabe duda ahora —dijo, muy sonriente— de que los niños van recibir mucho cariño de usted, Bev.Contra lo que me temía, mi jefe se mostró gratamente sorprendido cuando le pedí permiso para faltar tres meses sin goce de sueldo.—¡Estupendo! —exclamó luego de explicarle los motivos—. Yo mismo iré al departamento de personal a realizar el trámite.Las dos semanas siguientes fueron de intensa actividad y planeación. Mi esposo aún no terminaba de creer que me hubiesen aceptado y que partiría muy pronto.—Estoy orgulloso de ti —me dijo.Luego, mientras hacía yo las maletas, fijó una única condición:—¡Pero no vayas a volver con un bebé, por favor!Nos echamos a reír.El día del viaje, cuando me despedí de él en el aeropuerto, me invadió el pánico. ¿Cómo me las iba a arreglar sin su apoyo y su compañía? En 20 años de matrimonio nunca nos habíamos separado. Mientras entraba a la sala de salida, me volví, con los ojos arrasados, a mirarlo por última vez. Instantes después se marchó, y yo me quedé enteramente sola.PRISION DE PESADILLA
LA NOCHE en que llegamos a Ungureni, el jefe del grupo me dijo que me habían asignado a la sala 1, donde estaban varios niños desahuciados y algunos de los que tenían discapacidades más graves.
La primera vez que oí hablar de los huérfanos rumanos recluidos en asilos, mi mayor anhelo fue sacarlos al aire fresco y alegrar un poco su vida. Pero pronto me di cuenta de que iba a ser difícil animarlos a hacer algo mientras padecieran frío y hambre. Pasaba casi todo el tiempo bregando con ellos para asearlos y vestirlos, y viendo cómo mi sueño se disipaba.La sala 1 se hallaba en el primer piso. Había en las camas unos 15 niños, envueltos en harapos sucios. Mientras hacíamos nuestras tareas, Jenny, la voluntaria británica a cargo de la sala, me contó cuanto sabía de ellos, que no era mucho, pues sólo de unos pocos se conservaban expedientes médicos.—¿Qué edades tienen? —pregunté.—Entre tres y catorce años.Apenas pude creerlo, pues todos me parecían mucho menores; sin embargo, examiné más de cerca a una pequeña y vi que sus dientes eran los de una muchacha de por lo menos 12 años.Me enteré de que, hasta hacía poco, la mayoría habían vivido siempre acostados. Antes de que los medios informativos denunciaran lo que ocurría en los orfanatos, a muchos de los niños les ataban las manos a la espalda y las piernas al pecho para facilitar a las empleadas la tarea de cuidarlos. Alegaban que, estando bien sujetos, no podrían bajarse de las camas y causar estropicios.En consecuencia, muchos conservaban la postura fetal en que los habían tenido amarrados y, aunque ya no tenían ataduras, presentaban una grave atrofia de articulaciones y músculos.Cuando me ponía frente a ellos, ni siquiera reparaban en mí. Si trataba de abrazarlos, se encogían como cachorros heridos y soltaban unos gritos horribles.Los primeros días que pasé en Ungureni fueron una pesadilla, y no me dio más seguridad el que, una semana después de mi llegada, Jenny volviera a Inglaterra y me dejara a cargo de la sala. Como yo soy de esas personas que prefieren acatar órdenes que tomar decisiones, temí no poder con el paquete. Sin embargo, aún me ilusionaba la idea de llevar a los niños a dar un paseo al aire libre.Una de las primeras cosas que hice fue escribir el nombre de cada niño arriba de su cama. Eso reforzaba un poco su individualidad y nos ayudaba a tener la certeza de que recibían la medicación debida.Todas las mañanas entraba presurosa a la sala y decía: "¡Vamos, levántense! ¡Arriba, arriba!"; luego pasaba a besar a todos y llamaba a cada uno por su nombre. Los más incapacitados se resistían a que los sacara de la cama. Pero descubrí que, si los envolvía con mantas y les daba golpecitos en los brazos, las piernas y la cara para darles seguridad, se relajaban y entonces podía sentármelos en el regazo.La fisioterapia que usé estaba basada en el sentido común. Al final me permitieron acostar a los niños en una alfombra, donde les hacía cosquillas o los hacía rodar a fin de estimularlos. Para ayudarlos a sostenerse de pie, los asía de las manos y, alentándolos con un estribillo, hacía que se balancearan de atrás hacia adelante.Algunos de los otros voluntarios se reían de mí porque les hablaba a los niños en inglés, pero yo estaba convencida de que, como muchos de ellos ni siquiera hablaban, no importaba la lengua. En mi opinión, lo que más necesitaban era oír una voz humana.Otra forma de terapia consistía en darles un baño espumoso. Augustina, la directora, se horrorizó al verlos en la vieja bañera. Creía que se iban a morir de un resfriado.—¡No, no! —objeté con vehemencia—. Es algo científico que hacemos en Inglaterra.Aunque no muy convencida, no puso más reparos.Un día le pedí que apagara la música que se oía en todo el edificio, pues pensé que si eso me calmaba a mí, con más razón calmaría a los niños. Augustina accedió, y fue un gran alivio que el ruido cesara.En vez de aquel estruendo, les puse rimas infantiles y valses de Strauss, que era lo que más les gustaba. Me ponía a cantar y a bailar con ellos, los hacía aplaudir y agitaba sonajas frente a sus ojos, que por fin empezaban a mirarme.PASO A PASO
AL PRINCIPIO, las tres empleadas rumanas —Lucia, María "la Grande" y María "la Guapa"— se resistían a aceptar mis propuestas y a veces incluso se mostraban hostiles. Pero cuanto más gruñonas eran conmigo, tanto más amable era yo con ellas. Decidí aprender los rudimentos de su lengua para comunicarme mejor y demostrarles que también podrían beneficiarse de los cambios que hiciéramos en el orfanato.
Por ejemplo, cuando comencé las sesiones de fisioterapia, Lucia, pese a ser animosa, me aseguró que estaba perdiendo el tiempo. "Bevey", me decía meneando la cabeza, "estos niños nunca van a caminar"."Tal vez no", admitía yo, "pero hay que intentarlo. Y, aun así, a algunos quizá les sirva de algo".Una vez que los niños aprendieron a ponerse de pie en la cama, los bajaba y me ponía a jugar con ellos. Con sorpresa y alegría descubrí que mi corazonada había resultado cierta: unos huérfanos que estaban aislados del mundo porque no se les creía capaces de nada, sonreían y se interesaban por la vida.Un pequeño llamado Lazlo fue el primero en caminar. Requirió varias semanas de trabajo constante, pero al final dio unos cuantos pasos.Esta pequeña victoria significó mucho para Lucia y sus compañeras. De inmediato empezaron a señalar los logros de los niños a otros empleados.—¿De verdad ya camina Lazlo? —preguntó una mujer de otra sala.—Sí —se ufanó Lucia—, y ahora estamos trabajando con los demás.Cuando llegué a Ungureni creí que las empleadas del hospicio eran unas soberanas arpías, pero al ir conociéndolas caí en la cuenta de que trataban mal a los huérfanos por ignorancia, no por crueldad.SORPRESAS Y AMIGOS
EL TIEMPO TRANSCURRIÓ y casi todos los días mi ingenio era puesto a prueba. En las tardes trabajaba con los niños mayores, que eran capaces de agredir a mordiscos y golpes. Al principio me intimidaron, pero encontré la manera de vencer el miedo y eché mano de mi sentido del humor.
Por ejemplo, los niños mayores, que eran algo así como 90, planteaban un problema serio, pues los reunían en el comedor al mismo tiempo. Los alimentos se servían en grandes tazones, pero no alcanzaban para todos, así que cuando los chicos entraban allí, siempre se armaba una rebatiña. La comida terminaba regada en el piso y todos se disputaban como fieras la que alcanzaban a recoger.La escasa comida quedaba en manos de los más fuertes y rudos, quienes incluso se la sacaban de la boca a los más pequeños y débiles. Jamás olvidaré esas escenas tan violentas y tristes.
Al principio, varias de las empleadas rumanas del orfanato se mostraron hostiles con la autora (la segunda, de derecha a izquierda).La solución fue dividir en grupos a los chicos a fin de controlarlos mejor. Conseguimos tazones y cucharas para todos y los hicimos sentarse a la mesa. Al principio se ponían a gritar, creyendo que no recibirían comida suficiente; pero nosotros no cejamos. Cada uno se hizo cargo de una mesa y, de pie detrás de ellos, los ayudamos a llevarse la cuchara a la boca, hasta que lograron hacerlo solos.A mí me tocó lidiar con los más ariscos, quienes hasta sentados tiraban comida. Cierto día vi a uno de ellos arrojar un tazón de frijoles humeantes. No me agaché a tiempo, y las legumbres me cayeron en la cabeza, me escurrieron por el pelo y se me metieron en las orejas.Lo único que se me ocurrió decir fue:—¿Debo entender que no le gustó este manjar, señor?Mis compañeros soltaron la carcajada y, cuando tradujeron a los rumanos mis palabras, éstos también se rieron y me ayudaron a limpiarme.Al ir mejorando las cosas decidí por fin llevar a los niños afuera, pues quería que sintieran la brisa en el rostro, que oyeran cantar a los pájaros, que vieran pasar las nubes y olieran por vez primera las flores.Lejos de maravillarse, los chicos se aterraron. Apenas los sacamos al aire libre, se nos aferraron a las piernas. El reclamo de las aves y el ulular del viento entre los árboles los llenó de confusión. Un día se soltó la lluvia, y los pobres niños chillaron empavorecidos, pues nunca habían visto algo semejante.En nuestros paseos abundaban las sorpresas. A Patrika, un chico obeso que no había caminado más que en pisos llanos de concreto, le dio tanto miedo descender de una colina, que se requirió de mí y de otra persona para ayudarlo a bajar. Se me colgó del cuello y, temblando como una hoja, no paró de gemir: "¡Bevey, Bevey!"Los chicos acabaron por enamorarse de las excursiones. Lo triste era llevarlos de vuelta. En cierta ocasión, un hermoso niño rubio llamado Mihai nos suplicó llorando que lo dejáramos fuera; tuvimos que meterlo a rastras al edificio. Tanta pena sentí por él que también lloré, ya que quizá no volvería a salir en una semana.Conforme pasaron los días, varios de los chicos y yo nos hicimos buenos amigos. Uno de ellos fue Szuzannah, de 14 años, quien sufría parálisis cerebral y cuya edad mental era muy inferior a la cronológica; además, era gitana —una paria para los rumanos—. Como no podía sostenerse en pie a causa de su enfermedad, se arrastraba para desplazarse. Me miraba con ojos tristes, hambrienta de atención y de cariño. Si alguno de los pequeños me gritaba, ella salía rápidamente en mi defensa.Cierta tarde estaba yo trabajando con los niños mayores cuando de repente la vi entrar. En eso, un muchacho que era particularmente impredecible se enfureció sin motivo aparente y atravesó la sala corriendo con intención de golpearme.Szuzannah se asió con fuerza de una cama, se puso en pie haciendo un esfuerzo supremo y se colocó entre el chico y yo. El puñetazo que recibió la mandó de espaldas al suelo.—¡Deja en paz a Bevey! —le dijo llorando al grandulón.Si bien el trabajo me complacía, esos incidentes me llenaban de tensión; por eso era siempre un alivio telefonear a casa y desahogarme con mi esposo. "No te aflijas", me aconsejaba. "Sólo concéntrate en lo que tienes que hacer".LAS HEMANAS
Poco A POCO fuimos volviendo más grata la vida de estos huérfanos. Día con día celebrábamos pequeños triunfos: un niño sonreía por primera vez o salía de la sala sin gritar, o un juguete cautivaba la atención de otro...
Luego recibimos una ayuda inesperada. Poco antes de llegar yo a Ungureni, visitó Rumania la madre Teresa de Calcuta, quien, consternada por el estado de los hospicios, emprendió la creación de cuatro albergues, uno de ellos en Bacau. Un día nos visitaron dos religiosas de la orden que ella fundó, las Misioneras de la Caridad. Se quedaron un buen rato en la sala 1, viéndome trabajar. Yo, por mi parte, observé cómo les hablaban a los niños y quedé impresionada por su bondad y entereza.Ofrecieron llevarse a varios huérfanos de cada sala al albergue de Bacau. Para entonces ya conocía yo muy bien a los de mi sala y estaba ansiosa por comunicar a las hermanas todo lo que sabía de ellos. Anoté los gustos y las aversiones de cada uno, la música y los juguetes que preferían y cómo les agradaba que los consoláramos cuando estaban tristes.
Como quería saber a dónde los llevarían, las monjas me invitaron a conocer el nuevo hogar, una casa muy modesta en un barrio gitano, la zona más pobre de Bacau que había visto. Las paredes interiores estaban pintadas en tonos pastel; las camas eran blancas, y había catres plegadizos para los chicos mayores. A diferencia del asilo de Ungureni, el albergue contaba con baños provistos con agua caliente.En las primeras semanas que pasaron en Bacau, los niños se interesaron aún más en las cosas y se mostraron muy contentos. Empezaban a crecer. Y no había ningún misterio en todo ello: sólo trabajo arduo.Uno de los más pequeños se llamaba Ionel. Como su madre no pudo criarlo cuando nació, lo enviaron primero a un orfanato estatal y luego a Ungureni.El niño tenía año y medio de edad y había pasado casi todo ese tiempo en una cuna. Aparte de sus incesantes gemidos, no mostraba señales de vida. Había que cuidarlo día y noche porque sufría una afección bronquial crónica y era muy enfermizo.Al igual que los otros, durante meses lo habían atado de pies y manos, de modo que no podía sentarse. Tenía las piernas atrofiadas y disparejas, quemaduras de cigarrillo en el pecho y marcas de mordeduras de los perros callejeros que, antes de la revolución, vagaban con entera libertad por el hospicio. Cuando lo trasladaron a Bacau, ni siquiera tuvo fuerzas para gritar: se dejó llevar en el regazo de una de las monjas, con la mirada perdida y jadeando.Resultaba difícil saber si la discapacidad de algunos de los niños sólo era física o también mental. Varios parecían sufrir ambas sólo porque estaban privados de afecto, ejercicio y una alimentación decente. Ionel era uno de ellos. De lo que nadie dudaba era que, dada su precaria salud, difícilmente iba a sobrevivir.Sin embargo, luego de varias semanas en Bacau, se volvió un comilón voraz. Al ir subiendo de peso, las hermanas le hallaron un parecido con Dom Patreascu, el velador del albergue, un tipo alto y gordo a más no poder. Empezaron a llamarlo "Patreascu chico", y el mote se le quedó.Sus constantes gritos y gemidos me ponían nerviosa, pero tuve que admitir que comenzó a mostrar un gran espíritu aventurero. Una vez que se sintió fuerte, aprendió a escaparse de la cuna alzando el colchón por un borde y deslizándose por el hueco que había debajo de los barrotes. Cuando creció y ya no pudo pasar, se impulsaba con la pierna más fuerte hasta encaramarse sobre los barrites, y luego saltaba al piso con pasmosa agilidad.También observé que, cuando se terminaba de oír un lado de una cinta en la grabadora, el niño conseguía voltearla para escuchar el otro. No cabía duda: Patreascu tenía más posibilidades de lo que pensé al principio.RETORNO DIFICIL
POCO ANTES DEL FINAL de mi estancia en Ungureni, muchos de los niños mostraban ya indicios de independencia y participaban con entusiasmo en las actividades. Yo quería continuar lo que había empezado y no estaba muy segura de si debía volver a casa.
Ansiaba estar nuevamente con mi esposo, pero al meditar en lo que estaba haciendo en Rumania, me pareció que no tenía sentido regresar a Inglaterra y a mi empleo. Mejorar, aunque fuera un poco, la vida de esos huérfanos me había permitido descubrir un nuevo mundo.Un tanto renuente, a fines de mayo volví a casa, que John decoró con globos y letreros para darme la bienvenida. Pasé los primeros días esperando en vano sentirme feliz de hallarme de nuevo con mi familia.Regresé al banco a trabajar, pero ya todo me parecía tedioso e inútil. Deseaba volver a Rumania a reanudar mi verdadera misión.Casi cualquier cosa me hacía recordar a los niños. Un día, cuando abrí el clóset, me remordió ver que mientras a mí me sobraba ropa, mis amiguitos rumanos andaban en andrajos. En otra ocasión me percaté de que tenía cinco abrigos. ¿También mis amigos tendrán tantos?, me dije. Quizá pueda convencerlos de que envíen algunos a las hermanas.Decidida a dejar de lamentarme, puse manos a la obra y empecé a pedir a mis conocidos ropa y zapatos. Fui a muchas casas a recoger prendas, alimentos y medicinas y envié cartas a varias empresas.Pronto, nuestra cochera se atiborró de donativos. Un día me encontré con que John había colocado un letrero pintado a mano que decía: "Estación de paso a los albergues rumanos de la madre Teresa".Si alguien me decía que deseaba ayudar a los niños de Rumania, lo ponía en contacto con la hermana Jane, la superiora. Ésta sólo contaba con cuatro monjas y seis empleados para atender a 52 pequeños, así que recibía gustosa a los voluntarios.Sabiendo que las religiosas querían construir una escuela para los niños minusválidos, eché mano de la seguridad en mí misma que había adquirido allá y logré que el banco se uniera a una campaña para reunir fondos. El personal de relaciones públicas me ayudó a diseñar un cartel con la foto de un niño rumano y esta leyenda: "Este pequeño ya no tiene frío y se alimenta bien; lo que ahora necesita es educación".Fue un éxito. El público aportó dinero suficiente para construir una escuela, un cuarto de lavado y lo que más falta hacía: un dispensario. Cada semana, las monjitas atendían allí a cientos de pacientes.Un día me telefoneó la hermana Jane.—Bevey —me dijo—, quiero que busque un cirujano pediatra ortopedista para que opere a Szuzannah.Cuando le hablé del asunto a John, preguntó:—¿Y cómo espera que puedas ocuparte de eso? ¿Acaso no sabe que trabajas en un banco?Ciertamente, la petición se salía de lo común; pero me emocionó la idea de seguir colaborando. Lo que ignoraba era que mi vida estaba a punto de tomar otro sesgo extraordinario.UNA NUEVA MISION
APENAS SEIS MESES ATRÁS me hubiera faltado coraje para buscar un cirujano y pedirle ayuda, pero en ese instante en que había que conseguir lo que tanto necesitaban los niños de Rumania, me sentía capaz de todo. Mi duda era cómo empezar.
Un compañero del banco me habló del hospital Saint Gerard, situado en las afueras de Birmingham y administrado por unas religiosas católicas. La hermana Beatrice, jefa de enfermeras, me dio referencias del doctor Nigel Dwyer, cirujano pediatra, y me prometió ponerlo en contacto conmigo apenas estuviera disponible.Pocos meses después, la hermana me telefoneó y preguntó si quería hablar con él. Emocionada, respondí que sí.—¿Sí? Dígame qué quiere —gruñó una voz de hombre.Una vez que se lo expliqué, quiso que precisara ciertos datos médicos, pero como no pude hacerlo terminé diciendo:—Sería mejor que fuera a Rumania y viera usted mismo a los niños.—¿Qué? —exclamó—. ¿Me está pidiendo que cancele mis citas y me vaya de viaje una semana?—Sí, doctor —contesté, negándome a dejar que me intimidara.Entonces le propuse ir a verlo para explicarle por qué, y aceptó. Tenía que convencerlo a como diera lugar.Dwyer era un hombre ceñudo, de barba tupida y grueso cabello entrecano. Respiré aliviada cuando me dijo que había pensado mucho en la posibilidad de atender a los niños. Aun así, buscó mil pretextos para no ir a Rumania, entre ellos, que su pasaporte había expirado y que casi nunca viajaba. Yo rebatí todas sus excusas hasta que accedió, no sin antes agregar:—Ahora lo que veo difícil es conseguir un boleto de avión.—Ya le reservé uno —repuse—. Estaba segura de que iba a terminar por decir que sí.Dwyer fue a Bacau en enero de 1992 y, luego de examinar a los niños, señaló que a muchos de ellos los podría ayudar con remedios no quirúrgicos —como férulas y aparatos ortopédicos— y que a unos 15 habría que llevarlos a Inglaterra para operarlos.
La primera paciente iba a ser Szuzannah. Mi protectora tenía ya 16 años y había que operarla pronto, antes de que sus huesos perdieran flexibilidad.Nigel (para entonces, el doctor y yo nos tuteábamos) también quería traer a Patreascu. Reconoció de inmediato que el niño había padecido polio. No sólo tenía atrofiadas ambas piernas, sino que una era 15 centímetros más corta que la otra.Al parecer, también sufría retraso mental profundo y perturbaciones anímicas. No hablaba, gemía constantemente y no reaccionaba a las caricias ni a los besos. Con todo, ya había dado pruebas de determinación y Nigel pensaba que podría ayudarlo a ganar movilidad.Emprendimos la engorrosa tarea de obtener permiso para trasladar a Inglaterra a Szuzannah y a Patreascu. Primero debíamos conseguir una solicitud del hospital y cartas de algunos médicos rumanos que hicieran constar que en su país no contaban con los tratamientos necesarios. Luego, las dependencias oficiales encargadas de los minusválidos debían autorizar el traslado de los chicos y, en caso de que tuvieran padres, tratar de localizarlos.Me faltaba resolver el asunto de los fondos. No sabía cómo iba a llevar a los niños a Inglaterra y pagar los tratamientos, pero presentí que algo bueno ocurriría. Y así fue.Los presos de la cárcel de Wandsworth se pusieron en contacto conmigo. Nunca logré averiguar cómo supieron de mí, pero lo importante es que habían reunido dinero trabajando para pagar los pasajes de los niños. Por su parte, los alumnos de una escuela de la localidad donaron sus ahorros y organizaron actividades a fin de reunir más fondos y pagar la estancia de Patreascu en el hospital.En febrero de 1992, ocho meses después de mi partida, regresé a Bacau. Las monjas me habían pedido volver para que las ayudara a lidiar con los burócratas, que se negaban a expedir los documentos necesarios.A mi llegada al albergue, tardé varios segundos en reconocer a los niños: les brillaban la piel y los ojos. Un verdadero milagro.—Bevey —me dijo la hermana Jane al día siguiente—, venga con nosotros a misa.—¡No, hermana! —respondí—. Me sentiría una intrusa. No olvide que soy atea.—Ande —insistió—, sólo venga a ver a los niños.Al entrar en la capilla me quedé boquiabierta: los indóciles chiquillos que yo había dejado estaban sentados tranquilamente en las sillas o en el suelo. Atendían a la misa muy contentos y en silencio, y muchos decían las oraciones a la perfección.Me conmovió profundamente ver cuánto habían progresado desde que los conocí. Me rodaron lágrimas de alegría por ellos, y de tristeza por los que se habían quedado en Ungureni.Más tarde, las religiosas me revelaron la verdadera razón por la cual me habían llamado.—Corren rumores de que quieren llevarse a los niños a Inglaterra para hacer experimentos quirúrgicos con ellos o para quitarles órganos y usarlos en trasplantes.—¿Eso cree la gente? —pregunté.—No se explican por qué un especialista de la talla del doctor Dwyer vino de tan lejos a examinar a unos chicos casi desahuciados.Las hermanas me llevaron a las oficinas de gobierno y me presentaron como la mujer que viajaría con los niños a Inglaterra, los cuidaría y los repatriaría una vez terminado el tratamiento. Supongo que mi aspecto de madre bonachona tranquilizó a los funcionarios, pues expidieron cuanto hacía falta. Así, volví a mi país con renovadas esperanzas.SZUZANNAH
JOHN SE ALARMÓ cuando le dije que pensaba regresar a Bacau y traer yo sola a dos niños.
—Van a necesitar atención especial —repuso—. ¿Quieres que te acompañe y te ayude?Su ofrecimiento me sorprendió gratamente. Yo deseaba con toda el alma que él sintiera por los chicos lo mismo que yo.Al llegar al albergue, la hermana Jane le presentó a los niños. Como yo les había mostrado fotos de él, gritaron "¡Johnny!" al reconocerlo. Asombrados por su estatura, lo rodearon para tocarle la mano o la chaqueta.Luego le cantaron una canción que lo hizo llorar. Nunca se imaginó que le darían a él la bienvenida y lo conmovió tanta calidez.Cuando conoció a Patreascu y vio que no cesaba de gemir, pensó que tendría que hacer algo para poder viajar con él. La siguiente vez que el niño se quejó, soltó también un gemido, como si se tratara de un juego. Esto desconcertó a Patreascu, quien, luego de poner a prueba varias veces la reacción de John, dejó de gemir por primera vez en su vida.Szuzannah y yo viajamos juntas, y mi esposo llevó a Patreascu en el regazo casi todo el vuelo. John también tenía la impresión de que el chico era más listo de lo que parecía.En el aeropuerto aguardaba una ambulancia para trasladarnos al hospital. Nigel operó a Szuzannah en abril de 1992. Encima de la parálisis cerebral, el haber permanecido atada tantos años había deteriorado notablemente su salud.Después de la operación, Nigel le enyesó las piernas a fin de enderezárselas. En junio le colocaron unos soportes ortopédicos y por primera vez pudo caminar. Se movía con dificultad, pero sin duda era un gran avance.Szuzannah pronto se granjeó el afecto del personal del Saint Gerard. Hizo mil progresos bajo el cuidado de las enfermeras e incluso ayudaba a dar té a los pacientes mayores y a limpiarles los labios. Al parecer, esos gestos de bondad obedecían a su inmenso deseo de dar y recibir cariño. Era un placer verla.La hermana Maria, la fisioterapeuta, procuraba tenerla de pie todo el tiempo posible, así que cuando iba a casa a visitarnos, yo la ponía a pelar verduras, a lavar platos y a hacer otras cosas por el estilo. También le gustaba hornear pasteles y decorarlos. Yo esperaba que esta muchacha demostrara a sus compatriotas que los niños del albergue podían realizar labores sencillas y asumir ciertas responsabilidades.Al final, cuando Szuzannah llevaba ya diez meses en Inglaterra, comprendimos que podría progresar más rápidamente en su terruño. La chica se moría por volver a Bacau y mostrar a las religiosas y a sus amigos lo que los médicos habían hecho por ella.Esta vez compré los boletos de avión con mis ahorros y la llevé de regreso al albergue, donde le dieron una calurosa bienvenida.Llegado el momento de marcharme, la oí decir algo que casi me hizo llorar:—En el suelo es para perros; estar de pie es bonito. ¡Eso dice Bevey!MESES DE TORTURA
PARA ALARGARLE la pierna corta, Nigel iba a someter a Patreascu a una operación que duraría cinco horas y media y de la cual el chico tardaría un año en recuperarse.
Primero le hizo cuatro incisiones en la pierna y después, con un taladro, cuatro orificios en el fémur y cinco en la tibia. Luego atornilló en los orificios nueve varillas de acero cuyos extremos sobresalían de la carne: los del fémur hacia la parte externa de la pierna, y los de la tibia hacia la interna.Nigel salió exhausto del quirófano, pero antes de retirarse a descansar pasó a ver al pequeño. Lo vi asirlo cariñosamente de la muñeca para tomarle el pulso.—Pobrecito Patreascu —se lamentó con los ojos humedecidos. Luego se volvió hacia mí y me dijo—: Ahora tendrás que dejar tu trabajo, Bev.Nigel me advirtió que el niño tenía los nervios aún intactos y se mostraría muy sensible al dolor. Me pregunté cómo podría soportar tanto sufrimiento. Como cabía esperar, hasta un leve roce lo hacía gemir.Si se golpeaba la pierna por accidente, e incluso si se acomodaba en la cama del lado equivocado, las varillas lo atormentaban. El dolor no lo dejaba dormir más de 15 minutos seguidos.Para cambiarle las vendas de la pierna, primero las mojaba y trataba de quitarlas sin tocar las varillas, pero aun así resultaba un suplicio para él. Cuando por fin lo lograba, lo envolvía con una manta y lo abrazaba hasta que dejaba de estremecerse de dolor.Una semana después de la operación empezó la segunda parte de la terapia: cuatro veces al día, una enfermera hacía girar una llave conectada a las varillas a fin de separar un poco más los huesos. Esto favorecía la acumulación de calcio y, por ende, la formación de tejido óseo.Las primeras veces que se sometió a esta tortura, Patreascu aulló de dolor. Sin embargo, con el tiempo se acostumbró y, al cabo de varios meses terribles, la pierna le creció 15 centímetros y se emparejó con la otra. El tratamiento había sido un éxito.En las ocasiones en que iba yo al hospital, recorría las salas y me entristecía ver a otros pacientes con sus familiares; entonces procuraba ir más a menudo y pasar más tiempo con él.Naturalmente, esto me hizo desatender un poco a mi familia. Sin embargo, John nunca dejó de apoyarme.En cuanto Patreascu se sintió fuerte, comenzó a pasar con nosotros los fines de semana. Al principio fue muy difícil porque, si bien tenía ya cuatro años, aún no sabía hablar ni controlaba sus esfínteres. Era como un bebé enorme.Con todo, saltaban a la vista sus grandes progresos. Los ojos inexpresivos que tenía en Ungureni ahora brillaban de curiosidad. Mientras que antes parecía ajeno al mundo, ahora se solazaba hasta con las cosas más sencillas, como ayudarme a desyerbar el jardín, a plantar bulbos y a regarlos.Dado que no lo atraían los juguetes, resultaba difícil mantenerlo ocupado. Yo solía llevarlo al bosque en la silla de ruedas, acompañados por mis perros. A veces nos encontrábamos a mi cuñada, Joy, y a su enorme pastor alemán. El niño asía las correas de los animales y dejaba que tiraran de él y lo llevaran por los senderos.En una ocasión los perros vieron un ciervo y salieron disparados tras él, llevándose a Patreascu con todo y silla, como los corceles a los aurigas romanos en Ben Hur. Aunque lo había sujetado bien, me horrorizó la idea de que pudiera chocar; él, en cambio, lo tomó a juego. Cuando logramos detenerlo, daba gritos de alborozo.Yo le hablaba todo el tiempo y le señalaba los gatos, las flores y los pájaros, pero no sabía si registraba algo en su cerebro. No parecía ser capaz de atender más que unos cuantos segundos y no respondía con palabras. Pensé, pues, que todavía no estaba listo para hablar, que estaba aguardando un mejor momento para usar la información que acumulaba día con día.De lo que no había duda era que estaba empeñado en aprender a caminar. Al final dejó de usar la silla de ruedas y empezó a desplazarse con ayuda de una andadera. Poco a poco se fue fortaleciendo la pierna derecha. Nigel nos explicó que el escaso músculo que tenía en la parte izquierda de la cadera le permitiría balancear la pierna al caminar y apoyar ésta para sostenerse de pie.Los domingos lo llevábamos de regreso al hospital. En algún momento descubrí que lo echaba mucho de menos el resto de la semana y que me dolía saber que tarde o temprano volvería a su país. Tuve que reconocer que estaba siendo egoísta.Aunque al principio el niño aceptaba que lo dejáramos en el hospital, una noche prorrumpió en llanto y tuve que quedarme con él hasta que se quedó dormido.Entonces me pregunté llena de remordimiento si estábamos haciendo lo debido. ¿Era justo dejarlo disfrutar un poco de la vida familiar para luego privarlo de ella y enviarlo de regreso a Rumania?Decidí ir a ver a su pediatra, el doctor Mike Tarlow, para preguntarle cómo iban las cosas en el hospital. Su respuesta me sorprendió:—¡De maravilla! El chico está empezando a tratar con la gente y a mostrar cierto comportamiento normal.—¡Pero si el otro día estaba desolado —repliqué.—Se está adaptando a vivir con los demás. Ése es un gran adelanto.UNO MAS EN LA FAMILIA
VARIOS MESES DESPUÉS de la operación, le quitaron las varillas y le enyesaron la pierna desde la punta de los dedos hasta la ingle, así como el torso, desde la cintura hasta la axila. Con ello buscaban protegerle los frágiles huesos durante tres meses, hasta que cicatrizaran los orificios dejados por las varillas. Poco a poco le retiraron los yesos y el niño aprendió a caminar con muletas.
En diciembre de 1992, Patreascu cumplió cinco años y lo llevamos a ver la comedia musical Cats. Al comienzo de la obra los actores se acercaron a él con sus vistosos disfraces y, en vista de que se asustó, se alejaron un poco y empezaron a estirarse frente a las butacas. Patreascu alargó el brazo para tocar a un felino blanco que volvió a acercarse y que lo dejó pegar la cara a su piel. A partir de ese momento estuvo fascinado.En el intermedio nos invitaron a ir detrás del escenario a conocer al elenco. Los actores lo dejaron tocar sus disfraces y lo animaron a que les mostrara cómo caminaba con las muletas.De nuevo en nuestros asientos, el niño siguió viendo muy atento el espectáculo. De pronto se fijó en el personaje que más lo había cautivado y con quien había pasado casi todo el intermedio.—¡Ca-to! —exclamó con emoción.Fue su primera palabra.A partir de entonces su vocabulario aumentó rápidamente. Un buen día comenzó a llamarnos papá y mamá. Cada vez que lo oía pronunciar esas palabras mágicas, sentía una alegría inmensa, pero enseguida me aterraba porque sabía que nunca sería su madre.En esos días recé por que alguien lo adoptara. La madre Teresa quería que los niños que pudieran ser adoptados se ofrecieran primero a familias rumanas y, si no se lograba nada, había hecho arreglos para tratar de conseguirles padres en Italia. Hasta entonces nadie se había interesado en Patreascu.Lo que yo deseaba en el fondo era quedarme con el niño, pues ya lo sentía como mío. Pero cuando abordé el tema de la adopción con mi esposo, comentó que ya estábamos "demasiado viejos, gordos y caducos" para ser padres.En parte tenía razón. A sus 50 años, estaba haciendo ya grandes sacrificios para ayudarme con los niños y, como Russell, nuestro hijo, ya se había convertido en adulto, no quería echarse a cuestas la responsabilidad de criar a otro pequeño cuyas capacidades y cuyo futuro era incierto. Así pues, no insistí.
Pese a todo, al final del día mis pensamientos eran siempre para Patreascu. Admiraba su valentía, su enorme deseo de complacer y su disposición para dar y recibir cariño. Me encantaba en especial bañarlo y pasar un rato con él antes de ir a dormir. Mientras lo tenía sentado en el regazo y le cantaba, me embargaba una dicha que jamás había sentido pero que al mismo tiempo me parecía de lo más natural.Muchas veces desperté en la madrugada con la terrible certeza de que el niño no estaría siempre con nosotros. Y llegó por fin el día que tanto temía. En la siguiente ocasión en que fuimos a su consultorio, Nigel anunció:—Bueno, creo que este jovencito ya está listo para volver a Rumania.Sus palabras se me clavaron como dagas en el corazón. Sentí que me faltaba el aire; me sonrojé y el pulso se me aceleró.—¿Estás seguro?—Absolutamente —repuso, sin percatarse de mi sufrimiento—. Ha progresado muchísimo.Lo que aún no sabía yo era que John también se había atormentado pensando en que quizá no volveríamos a verlo. El 1 de enero de 1993 pronunció las palabras que cambiarían nuestra vida pa-ra siempre:—Sigo pensando que ya estamos muy viejos, gordos y caducos, pero creo que debemos tratar de adoptar a Patreascu. Lo miré, y sólo pude decir:—Debemos discutirlo con Russ.Poco después, con cierta cautela, John le habló del asunto a nuestro hijo.—Russ —comenzó—, quizá ya te diste cuenta de que Patreascu tendrá que volver a Rumania pronto...—¡Cómo! —lo interrumpió —. Eso es ridículo. ¿Por qué no lo adoptan?No podíamos creerlo. Cuando telefoneé a la hermana Jane para decírselo, se alegró mucho.—Siempre creímos que debían quedarse con el niño —confesó—, pero preferimos esperar a que ambos lo desearan."¿LOS PETIRROJOS TOSEN?"
PARA COMENZAR LOS TRÁMITES de adopción, tuvimos que telefonear a Calcuta y hablar con la madre Teresa. Ella prometió enviar las cartas pertinentes a las autoridades rumanas. También nos comunicamos con los Servicios Sociales Británicos, cuyos empleados nos advirtieron que nuestra edad podría ser un impedimento para adoptar.
Mientras las cosas se resolvían, decidimos traer al niño a casa para que permaneciera con nosotros al menos unas semanas, si es que al final no había más remedio que llevarlo de regreso a Rumania. Para abril de 1993, Patreascu estaba poniendo a prueba toda su fuerza de voluntad y su deter-minación. Una de las frases que más pronunció en los meses siguientes fue: "No, yo lo hago".Dejó de usar una de las muletas, y luego la otra, hasta que aprendió a caminar sin ayuda, aunque vacilaba un poco.Estaba ya en camino de volverse independiente. La primera vez que intentó vestirse solo, tardó dos horas y media, pero poco después ya podía lavarse, peinarse y hacer la cama.En tanto lidiábamos con la burocracia y con los gastos de la adopción, John y yo le buscamos un buen colegio, donde no lo molestaran por sus limitaciones ni lo consintieran mucho. Al final nos decidimos por una escuela católica en la que reinaba la alegría y la calidez.Cuando Patreascu empezó a ir a clases nos preocupó que las experiencias amargas de sus primeros años hubiesen dejado huella en su personalidad, pero por fortuna no fue así. Tuvo que enfrentar la pena de usar un soporte ortopédico y no poder correr, pero aunque esto le dolía en el alma, siempre se le veía contento y amable.Como cualquier chico normal, de vez en cuando hacía travesuras. Un día, por platicar en clase, la subdirectora de la escuela, Kate Harper, lo envió a su oficina con orden tajante de esperar allí con la cara contra la pared y sin moverse.Cuando Kate entró, el niño se volvió a mirarla con ojos tristes y le dijo:—¡Querida Harper, mucho siento!En sus 20 años de maestra, ningún alumno la había llamado así.En el verano de 1995 llevamos a Patreascu de vacaciones a su país, y John y yo aprovechamos para visitar a la familia que lo entregó al hospicio. Allí pudimos constatar que vivían en la miseria. Su madre, una mujer rabia y bonita cuyos ojos verdes miraban con tristeza, nos dijo que no dudaba de que Patreascu iba a ser enviado a un lugar donde podrían cuidarlo mejor que ella. Le informamos de que queríamos adoptarlo, y ella lo tomó muy bien.En octubre de ese mismo año concluimos felizmente el largo proceso de la adopción, y Patreascu es hoy nuestro hijo. Ya no trabajo en el banco. Ahora dedico todo mi tiempo a cuidarlo y a ayudar a las religiosas de la madre Teresa en su labor con los pobres, los minusválidos y los desamparados de Rumania.Al dejarme compartir su misión sin nunca predicar, las hermanas me hicieron comprender que el cristianismo era la religión apropiada para mí. He empezado a instruirme en un templo católico y pronto recibiré la primera comunión.Para Patreascu, la vida sigue siendo una lucha constante. La pierna izquierda le impide caminar bien y hace que corra peligro cuando sube y baja escaleras. No obstante, en vacaciones le fascina ir a caminar por un terreno que hasta para un niño normal resulta muy abrupto.La pierna le resta movimiento, mas no curiosidad. Mañana, tarde y noche nos bombardea con preguntas acerca de mil cosas.—¿Por qué tantas preguntas? —le dije en una ocasión.—Bueno —respondió—, tengo que aprender, mamá, y esto es lo que hacen los niños.Un día, en la primavera de 1995, mientras esperábamos a John en el coche, Patreascu se puso a observar a una familia de petirrojos y a decir cosas graciosas que yo escuchaba a medias. De pronto me preguntó: —¿Los petirrojos tosen? Yo me quedé muda un instante. Luego contesté sonriendo:—Supongo que sí, cuando se enferman.Entonces me quedé pensando en lo lejos que el niño había llegado: de una vida preñada de dolor, había pasado a otra de sufrimiento y lucha, y de allí a otra de alegría e incluso de felicidad. Patreascu simboliza todo aquello en lo que creo: que todos los niños (y todos los humanos) son dignos de recibir amor y que jamás debe decirse de nadie que no tiene esperanzas.