Publicado en
febrero 19, 2010
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Título original: Frankenstein Unbound
A Bob y Kathy Morsberger
que aprecian lo que Mary
Shelley inició.
¡Ay, extraviado mortal! ¿Qué relación tienes con huéspedes semejantes? Tiemblo por ti. ¿Por qué no deja de mirarte, y no dejas de mirarlo? Ah, ya descubre el rostro: lleva impresa en la frente la cicatriz del trueno, y en su mirada relumbra la inmortalidad de los infiernos...
Byron: Manfred
Harás al abatido y conquistado de tez pálida, con cejas enarcadas y enmarañadas, y en la piel por encima de las cejas pondrás surcos de dolor; a cada lado de la nariz mostrarás las arrugas que ascienden en arco desde la aleta hasta la comisura del ojo, y mostrarás la dilatación de las ventanas de la nariz que es causa de esos surcos, y los labios los harás entreabiertos, como en aquellos que lloran lamentándose.
Leonardo da Vinci: Tratado de la Pintura
PRIMERA PARTE
I
Carta de Joseph Bodenland a su esposa, Mina:
20 de agosto de 2020 Nueva Houston
Mi queridísima Mina:
Confiaré esta carta al bueno y añejo servicio de correos, pues he sabido que la CompC, tanto más compleja y perfecta, ha quedado totalmente desmantelada a raíz de las violentas incursiones de los últimos días. RUPTURA DEL ESPACIO/TIEMPO, ANUNCIAN LOS CIENTÍFICOS, dice esta mañana el titular del Instantáneo. ¿Qué no se ha deteriorado? Abriguemos al menos la esperanza de que la crisis llevará a una inmediata conclusión de la guerra; de lo contrarío ¡quién sabe dónde estaremos todos dentro de seis meses!
Pero hablemos de cosas más alentadoras. La rutina ha vuelto a nuestro hogar, aunque todos te extrañamos terriblemente (y yo más terriblemente que nadie). Al anochecer, en el silencio de las habitaciones desiertas, oigo el rumor de tus pisadas. Durante el día, en cambio, los nietos ocupan hasta el último rincón. Nurse Gregory es muy cariñosa con ellos.
Estuvieron fascinantes esta mañana, cuando no sospechaban que yo los estaba observando. Una de las ventajas de ser un asesor presidencial destituido: todo el antiguo instrumental de espionaje puedo utilizarlo ahora como diversión. He de confesar que me he convertido, a la vejez, en un fisgón incorregible; con qué intensa curiosidad observo a los chicos. Se me ocurre que en este mundo demencial, la suya es la única actividad que tiene aún algún significado.
Desde el día que mataron a Molly y Dick, ni Tony ni Poll han vuelto a mencionarlos; acaso el sentimiento de haber perdido a los padres sea en ellos demasiado profundo, aunque los juegos no parecen indicarlo. ¿Quién sabe? ¿Qué adulto puede comprender lo que pasa por la mente de un niño? Esta mañana, me parece, hubo cierto morbo. Pero la inspiradora del juego fue una chiquilla apenas algo mayor. Doreen, que vino a jugar con ellos. Tú no conoces a Doreen. Es de una familia de refugiados, gente muy agradable en lo poco que los he visto. llegados a Houston después de tu partida para Indonesia.
Doreen vino en su ciclomotor —tiene apenas la edad suficiente para manejarlo— y los tres fueron luego al parque de la piscina. Era una hermosa mañana, y todos estaban en traje de baño.
Ahora, hasta la pequeña Poll ha aprendido a nadar. Como tú dijiste, la del fina ha sido una inmensa ayuda, y Poll y Tony la adoran. La llaman Risueña.
Los tres nadaron con Risueña. Los observé un rato y luego me esforcé por trabajar en mis memorias. Pero me sentía demasiado ansioso y no podía concentrarme; Dean Reede, el Secretario de Estado, vendrá a verme después del mediodía, y la entrevista, sinceramente, no me seduce para nada. Los viejos enemigos son siempre viejos enemigos, aun cuando uno ya no pertenezca al gobierno; y a esta altura de mi vida mostrarme cortés ¡no me causa ya ningún placer!
Cuando volví a mirar a los chicos, estaban sumamente atareados. Se habían trasladado al patio de arena, lo que ellos llaman la Playa. Imagínate la escena: unas malvarrosas altas, en plena floración, ocultan casi del todo el muro de piedra gris que separa los campos de juego de la zona de la finca. Junto a los cobertizos de los vestuarios hay canteros de salvia y los jazmines de la columnata están todos florecidos; en el aire perfumado zumban las abejas. Un lugar perfecto para los niños en una época terrible como la nuestra.
¡Estaban sepultando el ciclomotor de Doreen! Habían llevado las palas y baldes y transportaban arena, levantando un montículo sobre la máquina. Parecían absortos en lo que hacían. Ninguno de ellos ordenaba las operaciones. Trabajaban al unísono. Sólo Poll parloteaba como de costumbre.
La máquina quedó al fin enterrada, y entonces los tres desfilaron alrededor solemnemente, para cerciorarse de que hasta la última porción reluciente había quedado bien cubierta. Luego de una brevísima discusión, se alejaron rápidamente en distintas direcciones, buscando cosas. Yo observaba los cuerpos gráciles que se multiplicaban en las diferentes pantallas, a medida que iba poniendo otras cámaras en acción. Era como si el mundo se hubiese poblado de pronto de pequeñas y diligentes criaturas salvajes. ¡Una ilusión verdaderamente seductora!
Una y otra vez, volvieron a la tumba, trayendo tallos y ramitas que arrancaban de las acacias; pero más a menudo capullos de flores. Hablaban entre ellos a gritos mientras corrían.
Nurse Gregory tenía la mañana libre, de manera que jugaban solos.
Recordarás que las cámaras y los micrófonos se encuentran casi todos ocultos en la columnata. No alcanzaba a oír bien lo que los chicos decían a causa del zumbido incesante de las abejas (¿cuántos secretos de Estado habrán resguardado estos mismos insectos?). Pero Doreen hablaba de una Fiesta. Lo que estaban haciendo, insistía, era una Fiesta. Los otros no cuestionaban lo que ella decía. Asentían, por el contrario, muy excitados.
—Pondremos montones y montones de flores y entonces será una Fiesta muy, muy grande —le oí decir a Poll.
Renuncié a trabajar y me senté a observarlos. Ya te dije que la suya me parecía la única actividad significativa en este enloquecido mundo en guerra. Y para mí, era inescrutable.
Finalmente, la sepultura quedó por completo cubierta de flores. Habían plantado ramas de acacia en lo más alto del túmulo, tachonado de grandes malvarrosas de color morado, castaño, amarillo, naranja, con capullos escarlatas de salvia aquí y allá, y un ramillete de flores azules cortado por Poll. Para terminar, ordenaron alrededor de la tumba las ramas más pequeñas.
Todo, por supuesto, con la mayor naturalidad del mundo. Parecía hermoso.
Entonces Doreen se arrodilló y se puso a rezar, indicando a nuestros dos solemnes nietos que hicieran lo mismo.
—¡Dios te bendiga, Jesús, en este claro día! —dijo—. ¡Que esta sea una buena Fiesta, en Tu nombre!
Dijo muchas cosas más que no alcancé a oír. Las abejas estaban tratando de polinizar los micrófonos, de veras. Pero sobre todo los niños salmodiaban: "¡Que esta sea una buena Fiesta, en Tu nombre!" Luego bailaron una especie de danza saltarina alrededor de la bonita tumba.
Te extrañará este súbito arranque de cristianismo en nuestra agnóstica familia. Te diré que en un principio lamenté haber reprimido tanto tiempo mis propios sentimientos religiosos, de acuerdo con el racionalismo de nuestra época, y quizá en parte por ti, cuya inocente visión pagana del mundo siempre admiré, y a la que aspiré vanamente. Que yo sepa, Molly y Dick jamás enseñaron a sus hijos una sola plegaria. A lo mejor lo que estos huérfanos necesitaban era precisamente el tradicional consuelo religioso. ¿Qué importa que ese consuelo sea una ilusión? Hasta los científicos dicen ahora que la estructura espacio-temporal se ha desgarrado, y que la realidad —sea lo que fuere— se está haciendo añicos.
No tenía que preocuparme demasiado. El rito de la Fiesta era fundamentalmente pagano; las fórmulas cristianas meros efectos teatrales. Pues la danza de los chicos entre las flores era, estoy seguro, una exaltación instintiva de su propia salud física. ¡Vueltas y más vueltas alrededor de la tumba! De pronto, la danza concluyó, de manera un tanto intempestiva. Tony se abrió el pantaloncito y le mostró el pene a Doreen. Ella hizo un comentario, sonriendo, y así terminó la cosa. Echaron a correr y se zambulleron de nuevo en la piscina.
Cuando sonó la campana del almuerzo y todos nos reunimos en la galería, Poll insistió en que yo echara una mirada a la tumba.
—¡Abuelito, ven a ver nuestra Fiesta!
Los niños viven en el mito. Bajo el golpe implacable de la escuela, irrumpirá el intelecto —ese feroz depredador, el intelecto— y entonces el mito se marchitará y morirá como las flores brillantes que ahora adornan la misteriosa tumba.
Sin embargo, esta no es la verdad. ¿Acaso no es también un mito la creencia dominante en nuestra época de que una producción y una industrialización siempre crecientes procurarán el máximo de felicidad al mayor número y en todo el mundo? Un mito que suscribe la inmensa mayoría. Pero este es un mito del Intelecto, no un mito del Ser, si se me permite la distinción.
Otra vez estoy filosofando. ¡Una de las razones por las que me echaron del gobierno!
Dean Reede no tardará en llegar. Mi justo merecido, dirán algunos...
Escribe pronto.
Tu siempre amante esposo, Joe
P.S. Te incluyo un instantáneo del editorial del Times de hoy. Pese al tono cauto y mesurado, dice muchas cosas.
II
The Times, 20 de agosto de 2020:
RELACIONES MORTÍFERAS
Los hombres de ciencia occidentales concuerdan en general, aunque no enteramente —pues hasta en el dominio de la ciencia las opiniones rara vez son unánimes—, en que la humanidad enfrenta hoy la crisis más grave de su existencia, una crisis que no tendrá salida, pues es la crisis de la no-salida.
Las crisis cuando son aún una mera amenaza parecen únicas en su género y del todo funestas; retrospectivamente tienden a adoptar un aire de familia. Advertimos que fueron críticas, pero no definitivas. Y esto no es un mero juego de palabras. Lo expresado ayer en San Francisco por el profesor James Ransome pone en sus justos términos las noticias cada vez más alarmantes sobre la inestabilidad de la infraestructura del espacio; justos términos que sonarán particularmente gratos a los oídos de ese público que hasta hace apenas quince días ignoraba la existencia de una llamada infraestructura del espacio, y más aún que la actividad nuclear hubiese podido desequilibrar esa misma infraestructura. El comentario del profesor Ransome en el sentido de que la actual inestabilidad entraña "el colmo absoluto de la polución" debiera recordarnos que el mundo ha sobrevivido, durante más de cincuenta años, a los fantasmas de una polución ominosa.
Hay, empero, fundadas razones para pensar que la crisis actual es en verdad nada menos que única en la historia. Los tres bandos en guerra —las potencias occidentales, las sudamericanas y las del Tercer Mundo— han estado utilizando armas nucleares de calibre cada vez mayor dentro de las órbitas del sistema Tierra-Luna. Nadie ha ganado nada, a menos que se incluya el dudoso beneficio de haber destruido las colonias civiles de la Luna, pero el hecho de que esas armas fueran utilizadas por encima y no por debajo de la estratosfera, trajo un sentimiento general de alivio.
Ese alivio, lo vemos ahora, era prematuro. Estamos aprendiendo una nueva y amarga lección sobre la indivisibilidad de la Naturaleza. Comprendimos, mucho tiempo atrás, que el mar y la tierra eran una unidad inseparable. Ahora —Por desgracia demasiado tarde, al decir del profesor Ransome y sus colaboradores— descubrimos una relación hasta hoy inadvertida entre nuestro planeta y la infraestructura del espacio que lo circunda y sostiene. Esa infraestructura ha sido destruida o al menos dañada hasta tal punto que ha empezado a fallar de manera impredecible. y nos loca ahora afrontar las consecuencias. El tiempo y el espacio se han salido de quicio, por así decir. Ya no podemos ni siquiera confiar en el ordenamiento de la progresión temporal; quizá mañana será la semana pasada, o el siglo pasado, o el tiempo de los faraones. El Intelecto ha hecho de la Tierra un planeta peligroso para el intelecto. Somos víctimas de esa maldición que cayó sobre el barón Frankenstein en la novela de Mary Shelley: por pretender dominar demasiado, hemos perdido el dominio de nosotros mismos.
Antes que la locura nos destruya, es imprescindible que la guerra más terrible de la historia, una guerra en gran parte irracional entre distintos tonos de piel, cese inmediatamente. Si la cumbre de la civilización, que la humanidad ha escalado con tan largo esfuerzo, ha de ser evacuada, tengamos al menos el valor de encaminarnos a las tinieblas en perfecto orden. Acaso entonces comprendamos al fin (y esta frase, "al fin", tiene ahora muy oscuras resonancias) que si la relación entre el espacio, los planetas y el tiempo es más íntima e intrincada de lo que nosotros descuidadamente imaginábamos, quizá lo sea también la relación entre negro, blanco, amarillo, rojo y todos los matices de piel intermedios.
III
Carta de Joseph Bodenland a su esposa, Mina:
22 de agosto de 2020 Nueva Houston
Mi queridísima Mina:
¿Dónde estuviste ayer, me pregunto? La finca, con todo su cargamento de seres humanos —en cuya categoría incluyo a nuestros nietos, esas criaturas sobrenaturales—, pasó todo el día de ayer y gran parte de anteayer en una ignota región del tiempo que quizá era la Europa medieval. Fue nuestra primera experiencia de un deslizamiento de tiempo importante. (¡Con qué facilidad adoptamos la jerga protectora: deslizamiento de tiempo no suena más ominoso que deslizamiento de tierra! Pero tú sabes lo que quiero decir: una falla en la estructura del espacio.)
Ahora estamos todos de regreso en El Presente. Esta expresión, "El Presente", será cada vez menos exacta a medida que se repitan los deslizamientos de tiempo. Pero comprenderás que me refiero a la fecha y la hora que el cronómetro-calendario señala con precisión implacable, aquí, en mi estudio.;Es una suerte que hayamos regresado? ¿Hubiéramos podido continuar a la deriva, llevados por la marea del tiempo? Una de las cosas más aterradoras de este suceso aterrador es que se lo entienda tan poco y tan mal. Y es posible que en una nada de tiempo —escribí la frase automáticamente— los hombres del intelecto no tengan ni siquiera la oportunidad de cotejar notas.
Me es difícil pensar con claridad. No esperes una carta coherente. La conmoción fue total. La conmoción suprema, fuera de la muerte. Quizá la hayas conocido... Me muero de ansiedad pensando en ti. ¡Mina, vuelve en seguida a casa! Así podremos estar entre los incas o huyendo dé Napoleón, ¡pero juntos al menos! La realidad se nos está yendo a pique. Una cosa es cierta: jamás conseguimos aprehender la realidad, aunque así lo creíamos. Ahora, los únicos que pueden reírse son los charlatanes de ayer, los parapsicólogos, los chiflados, los maniáticos de la percepción extrasensorial, los reencarnacionistas, los escritores de ciencia-ficción, y quienquiera que nunca haya creído del todo en el transcurso homogéneo del tiempo.
Perdón. Procuraré atenerme a los hechos.
La finca fue arrastrada por un deslizamiento de tiempo (hay más de uno, el nuestro no merece una D mayúscula). De pronto volvimos, de dondequiera que fuese.
Dean Reede, el secretario de Estado, me acompañaba en aquel momento. Creo haberte dicho en mi última carta que vendría a verme. Está, por supuesto, firmemente instalado en el bolsillo del Presidente; es carne y uña con Glendale, y tan duro como Glendale, cosa que siempre supimos. Dice que ellos nunca abandonarán la lucha; que en la historia misma hay pruebas incontrovertibles de que una civilización inferior ha de doblegarse ante otra superior. Cita como ejemplos la destrucción de la Polinesia, la extinción de los indios de la Amazonia.
Le dije que no había una manera objetiva de determinar qué grupo social era inferior, cuál superior: que entre los polinesios el valor máximo parecía haber sido la felicidad, y que los indios de la Amazonia habían vivido en perfecta y compleja armonía con el medio. Metas ambas que nuestra civilización dista mucho de haber alcanzado.
Reede me trató entonces de botarate, de liberal alevoso (naturalmente, sabiendo que esto iba a ocurrir, registré nuestra discusión en el grabamemorias). Según él yo sería el culpable de muchos de los problemas que hoy afectan a las potencias occidentales y esto a causa de mis actitudes melindrosas en la época en que yo actuaba como asesor presidencial. Yo hubiera debido comprender que mis absurdas reformas en materia de régimen policial, viviendas, permisos de trabajo, etcétera, conducirían a la rebelión de los negros. Históricamente, toda reforma lleva a la rebelión. Etcétera.
Una discusión absolutamente inútil y desagradable; pero, por supuesto, tuve que defenderme. Y sigo convencido de que la historia, si la hay, terminará por reivindicarme. Poco tendrá que decir, por cierto, en favor de Glendale y sus secuaces. Hasta tuvo el descaro de poner nuestra pinacoteca privada como ejemplo de mis errores.
Habíamos llegado a los gritos, cuando de pronto la luz cambió. Más que eso: la textura de la atmósfera cambió. El color del cielo pasó del habitual azul diluido a un gris sucio. No hubo sacudimientos ni trepidaciones; nada semejante a un temblor de tierra. Pero la sensación fue tan brusca, tan repentina que Reede y yo nos precipitamos hacia los ventanales.
Era inaudito. Una nube avanzaba cubriendo el cielo y una niebla densa se acercaba por encima de la llanura. Pocos instantes después la niebla pasaba por encima del muro como una marea inundando el patio y el jardín.
Y no sólo eso. Delante, yo alcanzaba a ver la tierra que se extendía como de costumbre y las techumbres bajas de los antiguos establos. Pero más allá de los tejados, ¡los cerros habían desaparecido! Y a la izquierda, el camino de acceso a las cocheras y los pastizales se habían esfumado también. En su lugar se veía un campo aterronado, muy verde y desparejo y salpicado de árboles verdes; jamás hubo en Texas nada semejante.
—¡Cielo santo! ¡Nos han metido en un deslizamiento de tiempo! —exclamó Reede.
Aunque yo estaba bastante confundido, advertí que la observación era característica de Reede. Como si el deslizamiento fuese algo personal que le hacían a él. Era así, sin duda, como él lo veía.
—Tengo que buscar a mis nietos —dije.
Poll y Tony correteaban ya por el patio, chillando. Los alcancé y los tomé de las manos, esperando poder protegerlos del peligro. Pero no había ningún peligro, salvo el más insidioso, la amenaza a la cordura humana. Nos quedamos allí, mirando la niebla como alucinados. Nurse Gregory salió a reunirse con nosotros, tomándolo todo con su imperturbable calma habitual.
Al cabo de unos pocos minutos, cuando empezábamos a recobrarnos del primer sobresalto, di unos pasos hacia el sitio donde antes estaba el camino para coches.
—Yo en su lugar no me movería, Joe —me aconsejó Reede—. No sabe lo que puede haber más allá.
Lo ignoré. Los chicos tironeaban adelantándose.
Había una nítida línea divisoria allí donde terminaba el patio de arena. Del otro lado, un césped exuberante, perlado de plata por la lluvia, llegaba a las rodillas de los niños. Y doquier, grandes encinas hirsutas. Un sendero se abría entre los árboles.
—Allá veo una cabaña, abuelito —señaló Tony.
Era una mísera cabaña de troncos, techada con maderos. Detrás de la cabaña había un cobertizo, también de madera, y una cerca de estacas puntiagudas, rodeada de matorrales. Cada vez más inquieto, vi que dos personas, quizás un hombre y una mujer, miraban obstinadamente en nuestra dirección desde el otro lado del cerco. Se las señalé a los niños.
—Será mejor que volvamos adentro —aconsejó Reede—. Llamaré a la policía para saber qué demonios pasa. —Y desapareció.
—No nos harán daño, ¿verdad? —dijo Tony sin apartar los ojos de los dos desconocidos.
—No, a menos que nosotros los amenacemos —opinó Nurse Gregory, lo que me pareció un poco demasiado optimista.
—Imagino que estarán tan alarmados como nosotros —dije.
De pronto, el hombre que estaba junto a la cerca dio media vuelta y fue hacia los fondos de la casa. Cuando volvimos a verlo, corría a lo lejos, hacia las lomas. La mujer desapareció de nuestra vista y entró en la casa.
—Demos un paseo, abuelito, ¿podemos? —suplicó Tony—. Me encantaría subir a ese cerro, a ver dónde fue el hombre. A lo mejor allá arriba hay un castillo. La proposición parecía plausible, pero la perspectiva de abandonar el refugio relativo de nuestra casa me angustiaba demasiado. Recordé que tenia en mi escritorio una anticuada pistola automática Colt 45; sin embargo, la idea de llevarla conmigo me repugnaba. Los chicos seguían acosándome, y al fin cedí. Avanzamos los tres bajo los árboles, dejando a Nurse Gregory a salvo en la casa, del otro lado de la línea de peligro— ¡No se alejen demasiado! —nos gritó. ¡Así que algunas veces ella tenía miedo! —No nos pasará nada malo —respondí, como si esto pudiera tranquilizarnos a todos.
Bueno, nada malo nos sucedió, pero yo no dejé de estar preocupado ni un instante. ¿Y si la casa retornaba sin previo aviso al año 2020, dejándonos abandonados en algún ignoto paraje de ese bosque misterioso que ahora explorábamos? ¿O si de pronto apareciese —me avergüenza ahora escribirlo— algo terrible y nos atacara, algo que nosotros no conocíamos?
Y había una tercera inquietud; vaga sin duda pero no por ello menos perturbadora. ¿Y si lo que nos estaba aconteciendo fuese un fenómeno puramente subjetivo, algo que ocurría tan sólo en el interior de mi propio cráneo? Costaba convencerse de que aquello no era Una especie de sueño.
Los niños insistían en ir hasta la casa de madera, para tratar de ver a la mujer. Los llevé en la dirección opuesta. Detrás de la cerca había un perro echado, dormitando. La idea de hablar con alguien de... ese mundo, o como quieras llamarlo, me espantaba.
Poll fue la primera en ver al jinete.
Se acercaba cabalgando desde la cresta de una loma cercana. Lo acompañaba un hombre a pie, sujetando el ación con una mano y tironeando con la otra de la traílla de un enorme mastín. Avanzaban a paso lento y cauteloso, y estaban todavía a cierta distancia. A pesar de todo, parecían resueltos: el jinete vestía túnica y calzones ceñidos, y tenía en la mano una espada corta y llevaba un yelmo curvo.
—Hagan como que no los han visto —dije a los chicos— y volvamos a rasa.
¡Hipócrita! A no ser por los queridos niños, me hubiera adelantado a enfrentarlo.
Los niños me siguieron dócilmente sin volver la cabeza. Poll se tomó de mi mano. Llegamos a la puerta de adelante, nos detuvimos en el umbral, y miramos desde allí.
El jinete y su acompañante seguían avaluando. El perro tironeaba de la traílla. Los tres nos clavaban los ojos. Llegaron a la línea donde terminaba el césped verde, y comenzaba el suelo tejano, y se detuvieron.
El caballo era un pobre rocín macilento. El jinete parecía bastante alto. Tenía barba y ojos oscuros y serenos. El cabello y la tez eran también oscuros. Cabalgaba fácilmente, mostrando firmeza y decisión. El hombre que marchaba a su latió —el campesino de la cabaña de troncos, quizá— era rechoncho y fornido y en sus ademanes y movimientos había temor.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Hablan inglés? —grité.
Los hombres siguieron mirándonos.
—¿Son de Nueva Houston? —gritó Tony, intrépidamente.
No obtuvimos ninguna respuesta verbal. Pero el caballero alzó la espada. ¿A modo de saludo o de amenaza? Luego, el hombre dio media vuelta, y casi tristemente, pensé, se alejó cabalgando por donde había venido.
—Le dije que no nos harían daño —comentó Nurse Gregory, lanzándome una mirada de alivio.
Tony los llamó a gritos una vez más, pero ellos no volvieron la cabeza, y nosotros los seguimos con la mirada hasta que desaparecieron detrás de la loma.
Pensarás que este espeluznante cuento de suspenso concluye de una manera poco digna, y alégrate de que así sea, querida mía. Nunca más volvimos a ver a esos hombres. El deslizamiento de tiempo se prolongó treinta y cinco horas, poco más o menos, pero no vimos que nadie se acercara.
Mi temor era que el jinete hubiese ido en busca de refuerzos. A lo mejor había un castillo en las cercanías, como Tony había supuesto en el primer momento. Reuní a los tres serviles y los reprogramé para que montasen guardia; afortunadamente, yo tenía a mano un programa de defensa. Reede y yo reforzábamos de tanto en tanto la guardia, sobre todo en horas de la noche, cuando encendíamos los reflectores de la casa y los parques. He de agregar que los teléfonos con el mundo exterior no funcionaban, pero por supuesto el generador nuclear nos proporcionaba la energía eléctrica necesaria.
Durante la noche, oímos ladridos y aullidos de perros en las colinas; quizá también chacales. Eso fue todo.
Esta mañana nos encontramos de nuevo en El Presente; el retorno fue tan silencioso y sereno como la partida. Y aquí estamos, corno antes, ¡pero el área que regresó no es exactamente la misma que partió! Esta mañana, después de una breve siesta, salí en el auto a inspeccionar los daños. Nurse Gregory vino con los chicos y la salida se convirtió en paseo.
Recordarás lo que llamamos la cananita verde, el depósito de manzanas, detrás de las corrieras. Ha desaparecido. En su lugar hay ahora una pradera natural cuyo verdor nuestros soles téjanos agostarán muy pronto. Y en vez de la entrada para coches, tenemos una hilera de hayas y encinas corpulentas. Los robots están trabajando en el desmonte, a fin de abrir una vía de acceso a la carretera. Felizmente, el portón que da al camino está todavía en su sitio. No se movió del año 2020 en ningún momento, o por lo menos eso creemos.
Estoy haciendo talar una de las encinas, y pienso enviarla junto con muestras del suelo al Departamento de Ecología Histórica de Ja Universidad. Quizá Sitger pueda analizarla y tener alguna idea del emplazamiento primitivo, aunque será la primera vez que se encuentre Con un problema como éste. ¿A dónde fuimos? ¿A Inglaterra? ¿A Europa? ¿A los Balcanes? El tipo del caballo era caucasiano. ¿Qué época, qué siglo? Supongo que estábamos en la Tierra. ¿O sería alguna otra Tierra? ¿Habré estado con los chicos en alguna Tierra posible donde el año era el 2020, pero no había habido Revolución Industrial? ¿Habré perdido la cabeza? ¿Cómo puedo formularme semejantes preguntas? ¿Cuándo será el próximo deslizamiento?
Mina, querida mía, debes regresar, si puedes llegar hasta aquí, con o sin guerra. Si este cisma en la trama del espacio-tiempo continúa, la guerra, inevitablemente, tendrá que terminar. ¡Vuelve! Los chicos necesitan a su abuela.
En momentos como éste, he de invocar a Dios y decir, ¡Dios sabe que yo te necesito!
Tu siempre amante esposo, Joe
IV
Cable CompC de Nurse Sheila Gregory a la señora Mina Bodenland:
25 de agosto de 2020 Nueva Houston
LAMENTO INMENSAMENTE ANUNCIARLE DESAPARICIÓN SEÑOR JOSEPH BODENLAND AL AMANECER EN BREVE DESLIZAMIENTO DE TIEMPO VEINTICINCO MINUTOS DURACIÓN PUNTO POLICÍA EXPLORANDO REGIÓN RESULTADOS NEGATIVOS PUNTO NIÑOS AFLIGIDOS PREGUNTAN POR USTED PUNTO RUEGO ENVIAR INSTRUCCIONES URGENTES Y REGRESAR NUEVA HOUSTON PUNTO NURSE SHEILA GREGORY.
CMP31535 0825 90IAA593 CI44
V
Extracto de la radio-tele-conversación entre la señora Mina Bodenland y Nurse Sheila Gregory, grabada por la W. Central Telecable:
—Espero estar con ustedes mañana por la mañana, a eso de las diez y media, hora de allá, si no hay demora en los vuelos, que bien puede haberla. Déme, por favor, los detalles de la desaparición de mi marido.
—Sí. El deslizamiento de tiempo fue esta mañana a eso de las siete menos veinte. Me despertó y despertó al señor Bodenland, pero los niños siguieron durmiendo. Me encontré con él en el vestíbulo, y él me dijo: "Ahí afuera hay un lago y montañas". Yo ya los había visto desde el dormitorio. Había montañas nevadas y un camino junto al lago, y un carruaje que avanzaba tirado por dos caballos.
—¿Y mi marido salió solo?
—Insistió en que yo me quedara en la casa. Miré desde la sala y lo vi sacar el Felder del garaje. Fue hacia el nuevo paisaje. No había camino, sólo un prado, y avanzaba muy lentamente. Después dejé de verlo, pues desapareció detrás de una arboleda, un bosque, me parece. Empecé a preocuparme.
—¿No pudo convencerlo de que se quedara en casa?
—Estaba decidido a ir, señora Bodenland. Se da cuenta, creo que él supuso que este deslizamiento tendría la misma duración que el anterior, un día y medio. Tal vez sólo quería llegar hasta el lago, para saber dónde se encontraba; era un lugar mucho más grato que el paisaje desolado de la otra vez, cuando el hombre del caballo se acercó a observarnos. Fui a la cocina a prepararme un café y en el momento en que volvía a la sala, el deslizamiento cesó de golpe, así, como si tal, y todo volvió a la normalidad. Corrí afuera y llamé a voces a su esposo, pero todo fue inútil.
—¿Veinticinco minutos, dijo?
—Sí, nada más. Volví a la casa y telefoneé a la policía y luego le telegrafié a usted. Tony y Poll se asustaron muchísimo cuando despertaron. No han hecho otra cosa que llorar todo el día, preguntando por usted y la mamá.
—Dígales que voy para allá. Y por favor, que no salgan de la casa. Probablemente usted ya lo sabe; la sociedad organizada se hace pedazos. El mundo está enloqueciendo, literalmente. Mantenga a los robots programados para defensa.
SEGUNDA PARTE
EL DIARIO GRABADO DE JOSEPH BODENLAND
I
Por la salud mental de todos, es imprescindible que lleve un, diario. Por fortuna, los viejos hábitos no mueren fácilmente; arrumbado junto con un montón de chatarra traía mi grabamemorias. Comenzaré desde el momento en que cayó la noche.
Después de vagar sin rumbo por horribles carreteras, llegué por fin a una aldea o ciudad pequeña. Cuando vi los edificios, llevé el Felder fuera del camino y lo oculté detrás de un crestón de roca, esperando que allí estaría seguro de noche, y que además pasaría inadvertido. Por muchos peligros que pudieran esperarme en ese pueblo, supuse que si llegaba a pie llamaría menos la atención que encaramado en un vehículo de cuatro ruedas y sin caballo. Allí, estaba seguro, no había ese tipo de carruajes.
No había comido nada más que un trocito de chocolate que Tony había olvidado en el auto, rociado por una lata de cerveza que encontré en la refrigeradora. Mi necesidad de una cama y un plato de comida era impostergable.
Aunque hasta ese momento me había mantenido apartado de la gente y las aldeas, sabía que me encontraba en una bien poblada región de nuestro mundo. Había mucha gente a la distancia. El paisaje era alpino, con anchos valles verdes circundados por cumbres montañosas. A lo lejos, los picos eran más altos, y coronados de nieve. En los fondos de los valles había rápidos arroyos, y senderos serpentinos, y aldeas pintorescas de bonitas casas de madera, apretadas unas contra otras. Todas las aldeas tenían iglesia y campanario, y las campanas que tañían en los campanarios tocaban todas las horas; el claro sonido descendía a los valles. Flores primaverales salpicaban las laderas de las montañas. Había vacas en los pastizales, vacas que llevaban al pescuezo cencerros solemnes, que tintineaban con cada movimiento. Arriba, pequeñas cabañas de troncos se encaramaban en prados más altos.
Era un lugar hermoso y apacible. Nada semejante hubieras encontrado en Texas, aunque retrocedieras o avanzaras un millón de años. Pero se parecía mucho a Suiza.
Conozco bien a Suiza, o mejor dicho, la conocía bien en mi época.
Mis años en la embajada norteamericana de Bonn no pasaron en vano. Aprendí a hablar corrientemente en alemán y dediqué casi todas mis licencias a recorrer Europa. Suiza terminó por convertirse en mi país predilecto. En una época hasta llegué a comprar un chalet en los suburbios de Interlaken.
Entré, pues, en el poblado. Un letrero en las afueras indicaba el nombre, Sècheron, y anunciaba los horarios de la santa misa. Balcones voladizos, rimeros de leña prolijamente apilados contra los muros. Un intenso olor de humo de estiércol y madera, picante para mi estropeado olfato. Y una posada de ciertas dimensiones que proclamaba ser, en letras antiguas, el Hotel Dejean. Las paredes exteriores estaban decoradas con cuernos de ante y astas de ciervos.
Me sentí excitado de pronto. Sí, junto a la baja puerta de entrada, dos hombres descargaban algo de una carreta. ¡El cadáver de un oso! Nunca había visto nada semejante. Y lo que es más, entendía lo que los hombres decían; aunque con acento extraño, hablaban un alemán perfectamente comprensible.
Ni bien entré en un acogedor salón de baja techumbre, iluminado por lámparas de petróleo, el posadero acudió a recibirme. Me hizo un montón de preguntas suspicaces, y me llevó al fin a la que era sin duda la más miserable de las habitaciones de la casa, sobre la cocina, frente a un gallinero. No me importó. Una criada me alcanzó agua, y me lavé y me tendí a descansar antes de la cena. Me quedé dormido.
Cuando desperté, no tenía la más remota idea de la hora. El deslizamiento de tiempo había alterado mis ritmos circadianos. Sólo sabía que era de noche, desde hacía rato. Me quedé acostado escuchando, como en éxtasis, un profundo mundo de sonidos. La casona de troncos crujía y resonaba como un galeón a toda vela. Oía las voces de la madera y las voces humanas, y también ráfagas de música y canciones. En algún lugar sonaban las esquilas; quizá las vacas volvían a los establos. ¡Y además, ese maravilloso mundo de aromas y olores! Podrías decir que el pensamiento que dominaba mi mente era éste: ¡Joe Bodenland, has escapado del siglo XXI!
El sueño me había reanimado. Al principio me sentí al borde mismo de la desesperación. Guiando el Felder volví la cabeza y descubrí que la tinca había desaparecido. Yo había salido hacía apenas veinte minutos. Aterrorizado, di media vuelta y llevé el Felder hacia el lugar donde poco antes se encontraba la casa. Podía reconocerlo perfectamente, pues una de las matas de cortadera seguía allí, y en el centro de la mata un juguete de Tony, una pelota de colores. Pero nada más. La finca, los niños, todo había saltado bruscamente al tiempo normal.
¡La más negra desesperación... y de pronto una completa euforia! Me sentía un hombre nuevo, vigoroso, ávido de aventuras. Algo que había dicho el posadero cuando le presenté mis excusas por no traer equipaje me vino entonces a la memoria.
—Herr Bonaparte tiene muchas cuentas que saldar. Quizá por ahora lo hayan sacado otra vez del medio, pero cuánta gente honesta ha quedado sin techo y sin sustento.
¡Me había tomado por una especie de refugiado de las guerras napoleónicas! Recordé que habían finalizado en 1815, con el destierro de Napoleón a Santa Elena. De manera que la fecha era algo posterior.
¿Te imaginas que podía tomar con serenidad tal descubrimiento? Mina, ¿escucharás algún día esta grabación? ¿Te das cuenta? Hasta donde yo sabía, yo era el primer hombre que hubiese sido alguna vez desplazado en el tiempo, aunque sin duda los deslizamientos frecuentes estarían convirtiendo mi aventura en un hecho cotidiano. Recordé haber leído la vieja obra clásica de la literatura infantil, La máquina del tiempo, de Herbert Wells; pero el viajero del tiempo de Wells viajaba al futuro. ¡Cuánto más placentero era volver al pasado! ¡Cuánto más seguro!
Era extraordinario lo que me acontecía. El deslizamiento de tiempo me había llevado atrás en la historia. Cuando al fin me levanté de la cama, me sentí curiosamente distinto de mí mismo. O más bien, sentía en mi interior al antiguo y cauteloso Bodenland, pero era como si un hombre nuevo, aventurero y decidido, se hubiese adueñado de mí. Baje las escaleras a pedir la cena.
Un grupo de hombres bebía junto a un fuego de leña, bajo un reloj de cucú. Había algunas mesas, dos vacías, dos ocupadas; en una un hombre, mujer e hijo, arremangados frente a grandes lonjas de carne; en la otra un hombre solo, enjuto de rostro pero elegante, vestido con ropas oscuras; mientras comía, leía un periódico a la luz de un candil.
Normalmente, yo hubiera elegido una mesa vacía. En mi nuevo estado de ánimo, me acerqué al hombre solitario y le dije con desenvoltura, mientras aproximaba una silla:
—¿Me permite compartir su mesa?
Por un instante creí que no me había entendido a causa de mi acento. Luego el hombre dijo:
—No puedo impedirle que se siente aquí —y bajó la cabeza, absorto una vez más en la lectura.
Me senté. La hija del posadero se acercó, dándome a elegir entre trucha y carne de venado. Pedí trucha y vino blanco como acompañamiento. La muchacha volvió prestamente trayendo una botella de vino frío y panecillos de costra dorada y crujiente y miga tierna y esponjosa, que partí y devoré reprimiendo mi gula. ¡Qué excitado me sentía paladeando esa comida histórica!
—¿Puedo ofrecerle una copa de vino? —pregunté a mi compañero de mesa. El nombre tenía al lado una jarra de loza con agua.
Levantó la vista y volvió a escudriñarme.
—Usted puede ofrecer, caballero, y yo puedo rehusar. El contrato social admite ambos actos.
—Quizás el mío sea mutuamente-más beneficioso que el suyo.
Acaso le gustó mi respuesta. Lo cierto es que asintió. Llame a la joven y le pedí que trajera otro vaso de vino.
—¿Puedo beber a su salud sin verme obligado a escuchar su conversación? —preguntó mi indeciso compañero—. Pensará acaso que soy descortés, pero quizá pueda excusarme si le digo que es la descortesía de la pesadumbre.
—Me apena mucho lo que me dice. Que tiene motivos para estar apesadumbrado. En circunstancias así, hay quienes encuentran alivio en la distracción.
—¿Distracción? ¡Toda mi vida fui un hombre que desdeñó las distracciones! Hay mucho que hacer en este mundo... tantas cosas que indagar...
Se contuvo bruscamente, alzó la copa a modo de brindis y apuró un sorbo.
¡Qué bien sabía aquel vino, aunque más no fuese, pensaba yo secretamente, por el hecho de provenir de quién sabe qué rara, añeja vendimia, anterior sin duda; a la batalla de Trafalgar!
—Soy mayor que usted, caballero —dije, y con cuánta naturalidad me brotaba ya ese cortés "caballero"—. Lo suficiente para saber que las indagaciones suelen llevar a estados de ánimo menos placenteros que la mera ignorancia.
Mi interlocutor lanzó una carcajada áspera y breve.
—El punto de vista de un ignorante, diría yo. Advierto, empero, que es usted hombre de cultura, y forastero. ¿Por qué permanece en Sècheron y se niega los, placeres de Ginebra?
—Me gusta la vida sencilla.
—Yo tendría que estar en Ginebra ahora... Llegué allí demasiado tarde, después de la caída del sol, y encontré cerradas las puertas de la ciudad. De lo contrario, estaría en casa de mi padre...
Una vez más calló bruscamente. Frunció el ceño y clavó la mirada en las vetas de la mesa. Yo tenía muchas ganas de hacerle preguntas, pero temía revelar 1 mi absoluta ignorancia de la vida local.
La muchacha me trajo la sopa y luego mi trucha, la mejor y más fresca que probé en mi vida, aunque las patatas que la acompañaban no eran tan buenas. No hay refrigeración, pensé; ni una mísera lata de conserva en toda la comarca. La idea me pareció chocante. Un choque cultural. Un choque temporal.
Mi compañero aprovechó la oportunidad para esconderse detrás de sus periódicos. Me dediqué entonces a escuchar la cháchara de los viajeros a mi alrededor, con la esperanza de oír algo de la historia presente. Pero ¿de qué estaban hablando? ¿De las consecuencias de las guerras napoleónicas? ¿De la creciente industrialización de la época? ¿Del primer buque de vapor que había surcado el Atlántico? ¿Hablaban acaso de Walter Scott, de Lord Byron, de Goethe o de Metternich? ¿O del tráfico de esclavos o el Congreso de Viena? (¡Todos temas que a mi entender eran vitales y contemporáneos!) ¿Dedicaron por ventura una palabra a esa nueva y valiente nación americana del otro lado del Atlántico?
Nada de eso.
¡Hablaban de la última noticia —un crimen abominable— y de una mujer, una sirvienta, que al día siguiente sería juzgada en Ginebra! Sólo las excelencias de la trucha y el vino impidieron que suspirase lamentando las miserias de la naturaleza humana.
Al fin, dejé sobre el plato mi tenedor y mi cuchillo, advertí la sombría mirada de mi compañero de mesa y me aventuré a decir:
—Me imagino que mañana estará usted en Ginebra, a tiempo para ver cómo se hace justicia a esa malvada mujer.
El semblante se le endureció, los ojos le centellearon de cólera. Depositando los periódicos sobre la mesa, dijo en voz baja:
—¿Justicia, dice usted? ¿Qué sabe usted del caso para prejuzgar de antemano la culpabilidad de esta dama? ¿Qué le hace desear que la manden en seguida al patíbulo? ¿Qué mal le hizo a usted... o a cualquier alma viviente?
—Tengo que disculparme; veo que conoce personalmente a la dama.
Pero él había bajado los ojos, perdiendo todo interés en mí. Encogido en la silla, parecía atormentado por algún conflicto interior.
—La más pura inocencia le nimba la frente. La culpa, la horrenda culpa recae sobre los hombros...
No alcancé a oír sus últimas palabras; tal vez dijo "de otros".
Me levanté, le di las buenas noches y salí a la carretera, a disfrutar de los aromas de la oscuridad y el espectáculo de la luna. Sí, me detuve en mitad del camino, contento de que el tránsito no pudiera derribarme en cualquier momento.
El susurro de un arroyo me invitó a subir a un puente. Desde allí, oculto entre las sombras, vi salir al hombre, la mujer y el niño, los comensales de la mesa vecina.
—Me pregunto si Justine Moritz podrá dormir en paz esta noche —dijo el hombre. Y entre risitas malévolas, pasaron sin verme y se alejaron cuesta abajo.
¡Justine Moritz! Adiviné que se referían a la mujer que a la mañana siguiente sería tal vez sentenciada a muerte, en Ginebra. ¡Más! Tenía la impresión de que ese nombre no me era desconocido y busqué alguna pista en mi memoria. Recordé a la heroína de Sade, Justine, y pensé que él también debía de vivir ahora. Siempre y cuando el ahora fuese el que yo suponía. Sin embargo, mi yo superior me decía que Justine Moritz no era la Justine de Sade, sino otra Justine.
Mientras seguía allí, de pie, con las manos apoyadas en el parapeto del puente, la puerta de la hostería se abrió de nuevo, y salió una figura, envolviéndose en una capa. Era mi melancólico amigo. Alguien tocaba el acordeón en la posada, y supuse que las distracciones de la música lo habrían llevado afuera. Los movimientos del hombre parecían demostrarlo. Se paseaba de un lado a otro con los brazos cruzados sobre el pecho. En un momento los extendió en un ademán de protesta. Era en verdad un hombre atribulado. Aunque sentía pena por él, no me atrevía a acercarme.
De pronto, tomó una determinación. Pronunció unas palabras en voz alta, algo acerca de un demonio, me pareció, y al instante partió a grandes trancos, como si de ello dependiera su vida.
También mi yo superior tomó una decisión repentina. Normalmente, yo hubiera regresado a la hostería y me hubiese ido a dormir en paz. Esta vez., por el contrario, empecé a seguir a mi acongojado amigo desde una distancia prudencial.
Tomó por un declive que descendía hacia el valle, y de pronto, al volver un recodo por detrás de un matorral, apareció ante mí un panorama maravilloso. ¡Allí estaba el lago —el lago de Ginebra, Lac Leman, como lo llaman los suizos— y allí, no mucho más lejos, asomaban las cúpulas y los tejados de Ginebra!
Una ciudad que en mis tiempos me había fascinado. ¡Qué empequeñecida la veía ahora! La luz de la luna le daba cierta magia, sin duda, pero que insignificante me parecía, a la vera del lago, en la noche clara y luminosa. Romántica, sí, tras las altas murallas, pero nada comparable a la gran ciudad que yo había conocido. En mis tiempos... ¡claro, Sècheron había sido devorada, convirtiéndose en un suburbio!
Empero, a mi yo superior nada le interesaba todo aquello. Mi presa y yo proseguíamos el descenso. Había una aldea prendida a la orilla del lago. Una voz fluctuaba, tenue, en algún lugar —fluctuaba, dije, pues el canto parecía flotar sobre las aguas, tan etéreo como una levísima bruma.
El descenso continuó por espacio de unos tres kilómetros hasta que llegamos a las cercanías del muelle.
Allí mi amigo se detuvo y golpeó vivamente a la puerta de una casa. Yo retrocedí unos pasos en la oscuridad, con la esperanza de no ser visto por los pocos noctámbulos que transitaban a esa hora. Lo observé mientras le hablaba a un Hombre que en seguida lo llevó al embarcadero; ambos saltaron a la barca. El botero empuñó los remos y se alejaron. El bote se esfumó entre las sombras para reaparecer poco después en el centro del lago, ya un tanto ensombrecido por la bruma. No lo pensé un momento, y fui hacia el muelle.
Un hombre se me acercó en seguida, trayendo una mortecina linterna.
—¿Busca usted una embarcación para cruzar a la otra orilla, buen caballero?
¿Por qué no? Ya la caza había comenzado. En un abrir y cerrar de ojos estipulamos las condiciones. Trepamos a una barca de pesca, soltamos amarras y nos apartamos del muelle. Pedí al botero que apagara la linterna y siguiera a la otra embarcación.
—Supongo que conocerá usted al caballero de la otra barca —dijo mi botero.
Estos aldeanos... por supuesto, no era raro que conociesen a todas las familias pudientes del lugar, y con mayor razón a alguien cuyo padre vivía tan cerca. Pero aquí yo tenía mi oportunidad.
—Sé como se llama —repuse con descaro—. ¡Pero me extraña que usted también lo sepa!
—La familia es muy conocida en el lugar, buen caballero. Es el joven Víctor Frankenstein, hijo del famoso señor Frankenstein.
II
El bote de Frankenstein echó amarras en Plainpalais, del otro lado de la dormida Ginebra. En mi época, ese sector formaba parte del centro de la ciudad. Ahora era apenas una aldea, y en el momento en que llegábamos, cuatro pequeños veleros, de velas colgantes y remos replegados, zarpaban de un diminuto muelle de madera.
Pedí al botero que aguardase y seguí a Frankenstein a cierta distancia. ¿Puedes imaginarte la emoción que me embargaba? Supongo que no, pues los sentimientos que yo tenía entonces me parecen ahora inescrutables, tan poseído estaba por las eléctricas vibraciones del momento. Mi yo superior se había hecho cargo de la situación, resultado de la conmoción temporal, si así quieres llamarla; pero yo, yo me sentía en presencia del mito, y por asociación ¡me aceptaba a mi mismo como ser mítico! Es una impresión de verdadero poder, te lo aseguro. La mente se simplifica; la voluntad se fortalece.
Frankenstein, el Frankenstein, caminaba a prisa, y yo lo seguía al mismo ritmo. Pese a la profunda calma de la noche, en el horizonte centelleaban relámpagos. Horizonte puede ser una palabra adecuada en Texas, pero no lo es para describir el panorama que se extiende más allá de Plainpalais, pues allí el horizonte incluye el Mont Blanc, la montaña más alta de los Alpes, o de toda Europa. Los relámpagos trazaban intrincadas figuras en la cumbre, que parecía cada vez más clara y brillante a medida que las nubes avanzaban ocultando la luna. Al principio, eran relámpagos silenciosos, casi furtivos; poco después retumbaban los truenos.
Los truenos contribuían a disimular el ruido de mis pasos. Ahora ascendíamos por un empinado camino de montaña y si no quería perder a mi presa, el silencio me era imposible. De pronto, Frankenstein se detuvo en un montecillo y llamó a voces, tal vez no sin un toque de dramatismo, característico de su edad:
—¡William, adorado hermanito! ¡Aquí, en este lugar, fuiste asesinado, aquí fue profanada tu tierna inocencia! —Alzó las manos y dijo, en tono más sobrio: —Y la culpa recae sobre mí... —Los brazos le colgaron a los costados.
Tendría que ser más minucioso en la descripción de este hombre singular. El rostro anguloso recordaba los perfiles grabados en monedas y medallas. Y hay que tener cierta nobleza de rasgos para aparecer en una medalla. Tal pureza de líneas, sumada a su juventud, configuraba un rostro bello, si bien era la suya una belleza que tenía algo de la frialdad metálica de una moneda. Las facciones me parecían un poco demasiado rígidas, y la melancolía que al principio me había llamado tanto la atención era sin duda un rasgo de carácter.
Empezaron a caer gruesas gotas de lluvia. Recordé que en los lagos suizos las tormentas suelen desencadenarse repentinamente, como convocadas a la vez desde todos los confines del cielo. El trueno rugió por encima de nuestras cabezas y el agua de los cielos se derramó a raudales.
Al noroeste centelleaba, colosal y sombría, la silueta del Jura. El lago se había transformado en una intermitente lámina de fuego. Las espesas nubes amontonadas en torno de la cima del Mont Blanc hervían por dentro. El mundo entero era estruendo, luz enceguecedora, tinieblas, lluvia torrencial.
Todo lo cual tuvo la extraña virtud de reanimar a Frankenstein. Avanzó a un paso todavía más vivo, siempre cuesta arriba, sin ningún titubeo, pero como distraído, la cabeza levantada y la mirada fija en las fuentes mismas de la tempestad.
Iba gritando a voz en cuello. Mucho de lo que decía era inaudible en medio de aquella barahúnda, pero en un momento, cuando trepábamos por una senda escarpada, y no había entre nosotros más de cuatro metros, le oí pronunciar nuevamente el nombre de William.
—¡William, angelito adorado! ¡He aquí tu funeral, he aquí tu canto fúnebre!
Vociferando siempre, llegó, con paso vacilante, a terreno más llano. Estaba yo a punto de dejar el escondite de una roca para ir detrás de él, cuando lo vi detenerse horrorizado y alzar un brazo involuntariamente, como protegiéndose de algo.
En aquel paraje desolado había un semicírculo de peñascos y rocas, y entre ellos algunos pinos macilentos. Lo primero que pensé fue que Frankenstein se había topado con un oso y que en cualquier momento podría retroceder, despavorido, y descubrirme. Me escurrí como pude hacia la izquierda, buscando un escondite detrás de los peñascos. Luego, agachándome, atisbé a través de la densa cortina de lluvia que caía a torrentes y vi entonces una escena que jamás podré olvidar.
Frankenstein retrocedía, boquiabierto, siempre con el brazo levantado. Estaba bastante cerca como para que yo pudiera ver la lluvia que le bañaba copiosamente el rostro. De pronto un relámpago lo iluminó de cuerpo entero. Frente a él, por entre un grupo de escuálidos pinos, emergió una figura monstruosa.
No era un oso. Tenía, en realidad, formas humanas, pero era de estatura gigantesca, y no había nada de humano en el modo en que apareció de pronto, adelantándose entre los árboles. Un nuevo relámpago restalló en los cielos, acompañado por el enorme estruendo de un trueno. ¡Yo tenía ante mí al monstruo de Frankenstein!
Como para acrecentar mi terror, hubo una pausa momentánea en la guerra eléctrica de los cielos. Sólo en la lejanía, entre los árboles, un resplandor centelleante galvanizaba aún la distante mole del Jura. Pero nosotros estábamos sumidos en la más impenetrable oscuridad, siempre bajo el aguacero, ¡acompañados por aquella criatura diabólica!
Presa de un terror extremo, caí de rodillas sin dejar de mirar al monstruo, sin atreverme siquiera a pestañear, a pesar de que la lluvia me caía a raudales por la frente y sobre los ojos.
Hubo un nuevo relámpago en el cielo. Frankenstein había saltado hacia atrás, buscando apoyo en el tronco de un árbol; la cabeza le colgaba a un lado, como si estuviese a punto de desmayarse. El monstruo, la criatura que él había creado, avanzaba hacia él a grandes zancadas. Y de pronto, otra vez oscuridad.
Luego, nuevos relámpagos. La gigantesca figura acababa de pasar indiferente junto a Frankenstein, como si éste no existiera. Pero ahora venía hacia mí. Noté que caminaba balanceando los brazos de un modo raro, pero ¡oh, qué rápido caminaba!
Otra larga cascada de truenos y en seguida nuevos relámpagos. La abominable criatura dio un salto descomunal. Cayó de pie sobre las rocas, por encima de mí, y luego saltó de nuevo hacia la oscuridad, a mis espaldas. Durante un momento lo oí alejarse, como caminando y corriendo a la vez, y luego nada. Me quedé allí, acurrucado bajo la lluvia.
Al cabo de un rato, conseguí incorporarme. Al parecer, la tormenta estaba amainando. Frankenstein seguía recostado contra el árbol, privado de todo movimiento.
Al resplandor de un relámpago alcancé a ver una cabaña no muy lejos, un refugio de montaña quizá. No podía seguir soportando la lluvia. Tiritaba de frío, aunque el mal tiempo era responsable sólo a medias. Mientras iba hacia el refugio, eché una rápida mirada al sur, donde otra cumbre —el Mont Salé ve— se alzaba contra el cielo encrespado. Allí volví a ver al monstruo, trepando por la cruel ladera, avanzando como una araña, ascendiendo en forma casi perpendicular. Era sobrehumano.
Jadeando, estremeciéndome, me precipité al interior de la cabaña. Me quité la chaqueta, la camisa y la ropa interior, hablándome a mí mismo, entre dientes que se entrechocaban.
En la cabaña había una cama de madera, una estufa, una mesa y una cuerda. Y sobre la cama, una manta ordinaria, cuidadosamente doblada. La tomé, me envolví, y me senté, siempre tiritando.
Poco a poco, la lluvia cedió. Comenzó a soplar el viento y todo fue silencio, salvo el repiqueteo de las gotas en el tejado. Cesaron los relámpagos, y con ellos mis temblores. Y volvió a mí aquella mi primera excitación.
No había ninguna duda. ¡Yo, yo, había visto al monstruo de Frankenstein!
Del rostro, no tenía una idea clara. Las representaciones tetradimensionales del siglo XXI me habían preparado para algo horrorífico; sin embargo, me parecía ahora que las facciones del monstruo inspiraban más miedo que horror. No recordaba la cara. La luz era tan confusa e intermitente, los movimientos del monstruo tan rápidos que yo sólo tenía el recuerdo de una imagen abstracta de hueso esculpido. La impresión general había sido, en verdad, tan alarmante como la que cualquiera hubiese podido anticipar. Y la reacción de Frankenstein no había hecho más que acrecentar mi alarma.
Volví a ponerme las ropas mojadas y salí de la cabaña.
Había pensado que las nubes filtraban la luz de la luna, tan difuso era el ligero resplandor. Sin embargo, cuando salí vi que el cielo estaba muy despejado y que la luna se había puesto, tina vez más el amanecer despertaba sobre el mundo.
Víctor Frankenstein se encontraba aún en el claro donde yo lo había visto por última vez. Como inmune al malestar y al sufrimiento, estaba allí inmóvil, envuelto en la capa empapada, un pie apoyado sobre una piedra. Descansando todo el peso del cuerpo sobre la flexionada rodilla, parecía ensimismado en la contemplación del lago por encima de un precipicio. Qué miraba interiormente, no lo sé. Pero aquella absoluta y persistente inmovilidad lo mostraba agobiado por pesados pensamientos, y le confería en cierto modo algo de ese horror que era propio de la abominable criatura.
Me disponía a descender en silencio la ladera, cuando Frankenstein se movió. Meneó lentamente la cabeza una o dos veces y echó a caminar. La luz del día se derramaba ya por el mundo, y pude seguirlo a cierta distancia, sin perderlo de vista. Confieso que más de una vez volví la cabeza por encima del hombro para ver si algo venía detrás de mí.
Las puertas de Ginebra estaban abiertas. Carretones vacíos salían de la ciudad hacia los bosques. Apareció una diligencia y tomó el camino de Chamonix, los cuatro caballos trotando rítmicamente. Frankenstein se internó entre los muros grises, y dejé de seguirlo.
III
Todo lo que antecede fue dictado de un tirón. Luego de observar a Víctor Frankenstein que se encaminaba a la casa paterna, atravesé Ginebra y volví a Sècheron y a mi automóvil. El Felder estaba como lo había dejado; subí al auto y dicté esta crónica a mi grabador.
No considero pertinente registrar aquí mis dudas y titubeos. Antes de pasar a describir el juicio por asesinato, anotaré dos incidentes ocurridos en Ginebra. Dos cosas necesitaba yo por sobre todo, y una de ellas era dinero, pues sabía que los antiguos sistemas monetarios habían estado todavía vigentes en el siglo XIX. La segunda la averigüé prontamente mirando un diario en una cafetería. La fecha: 23 de mayo de 1816.
Hojeé rápidamente el diario en busca de noticias. Me decepcionó la ausencia total de cualquier cosa que yo pudiese comprender; traía casi exclusivamente noticias locales, y profusos y extensos editoriales a propósito de la Constitución Alemana. El nombre de Carlos Augusto de Saxe-Weimar aparecía una y otra vez, pero yo no tenía noticias de la existencia ni del uno ni de la otra. Quizás esperaba ingenuamente encontrar titulares del tipo: HUMPHRY DAVY INVENTA LA LÁMPARA DE SEGURIDAD, ROSSINI ESCRIBE LA PRIMERA ÓPERA, ¡NACE HENRY THOREAU!
Mis gestiones en procura de dinero también tuvieron sus contratiempos. Llevaba en la muñeca —además de mi teléfono CompC, ahora inútil— un nuevo reloj desechable, impulsado por un isótopo de uranio, y cuyo valor al precio del día en los EE. UU., 2020, era por lo menos de setenta mil dólares. Como objeto único en la Ginebra de 1816, ¡cuánto más valioso tenía que ser! Además, los relojeros suizos eran en esta época los más capaces de apreciar las sutilezas de aquel mecanismo.
Lleno de esperanzas entré con mi reloj en un elegante comercio de la rué du Rhóne, donde fue examinado por un solemne gerente.
—¿Cómo se abre? —me preguntó.
—No se abre. Es un reloj blindado.
—Entonces ¿cómo se examina el mecanismo si marcha mal?
—Esa es la gran virtud de estos relojes. Nunca marchan mal. La garantía dice que nunca marcharán mal. El hombre me obsequió una sonrisa seductora. —Veo que los defectos están muy bien escondidos. ¡También lo está la cuerda!
—Ah, pero es que no tiene cuerda. Marchará siempre, o por lo menos durante un siglo. Entonces se para y uno lo tira. Es un reloj desechable.
El gerente miró mis ropas, todas arrugadas y aún húmedas a causa de mis actividades de la noche anterior. La sonrisa se hizo todavía más dulce.
—Veo que es usted forastero, m'sieu. Supongo que este ha de ser un reloj extranjero. ¿Holandés, acaso?
—No —respondí—. Norcoreano.
Con la más tierna de las sonrisas, el hombre me extendió el reloj en la palma abierta de la mano.
—Entonces, m'sieu, si me permite, ¡véndales este reloj que no se para a los norcoreanos!
En otros dos establecimientos que visité, no tuve mejor suerte. Pero en el cuarto me topé con un hombrecito inquisitivo a quien le interesó el instrumento, lo examinó con una lupa y auscultó el mecanismo con un estetoscopio en miniatura.
—Sumamente ingenioso, ¡aunque esté impulsado por una abeja que morirá en cuanto usted se retire de mi tienda! —dijo—. ¿Dónde fue fabricado?
—Es la última novedad norteamericana.
Yo ya estaba aprendiendo a ser cauto.
—¡Qué cronómetro extraordinario! ¿Qué significan estas iniciales "CN", grabadas en la tapa?
—Carolina del Norte.
—Nunca había visto este metal. Me interesa, y me complacerá desarmarlo y examinar sus secretos.
—Esos secretos le darán a usted un siglo de ventaja sobre todos los relojeros rivales.
Empezamos a discutir el precio. Al final, acepté una suma irrisoria y salí del negocio sintiéndome pesaroso y estafado. Sin embargo, ni bien puse nuevamente los pies en la calle soleada, mi yo superior se hizo cargo de la situación, y vi entonces las cosas con ojos diferentes. Tenía en mi bolsillo buenos francos fuertes, y ¿qué tenía el relojero en cambio? Un instrumento de precisión cuyas virtudes principales eran inútiles para cualquiera en esta época. Una infalible exactitud de veinte millonésimas de segundo en la medición del tiempo era una nueva broma en un mundo que todavía se guiaba en gran parte por la pausada órbita del sol, en que las diligencias partían al alba, al medio día o al atardecer. Esa desdichada obsesión por el tiempo que era un estigma de mi época no había aparecido aún; ni siquiera había horarios de ferrocarril que sometieran a la gente a la tiranía del reloj.
En cuanto al mecanismo del reloj, había otro elemento que en este mundo, misericordiosamente, todavía faltaba: el uranio. Había sido descubierto en el siglo XX, y pocos años después de que fuera refinado por vez primera ya lo habían utilizado en nuevas y más potentes armas de destrucción.
Incluso en los Estados Unidos de Corea, en mi tiempo un país manufacturero muy adelantado, dueño de las minas más profundas del mundo, estarían ahora, en 1816, pintando todavía exquisitos paisajes sobre seda y tallando delicados marfiles. Y matándose unos a otros a sablazos, por supuesto, preparándose así para los siglos más violentos que vendrían después...
La venta de mi reloj, cuanto más lo pensaba, más me parecía un símbolo adecuado, y regocijante.
Así como estaba aprendiendo a valorar el tiempo, así también estaba aprendiendo a valorar mis piernas. Me transportaron a través de toda la ciudad y de regreso a Sècheron sin molestia alguna. Hacía años que no caminaba tanto.
Ahora estoy en el automóvil, mi último pequeño bastión del siglo XXI. Motor de uranio también. Volví al sitio donde en un tiempo estuvo mi hogar, miré con ternura la brillante pelota de plástico de Tony en el centro mismo de la mata de cortaderas, y dejé junto a ella un rollo plástico con un mensaje para Mina, por si se producía un nuevo deslizamiento de tiempo en esa área, y ella se encontrase allí.
Con esto, queda al día la grabación de mi diario. Dormiré un poco antes de describir el juicio por asesinato. Me siento bien, animado y excitado, fuera de mí, en un sentido curiosamente literal. Lo que a continuación me veré obligado a hacer acaso sea obvio.
IV
Antes de hablar del juicio de Justine Moritz, registraré lo que sé acerca de Frankenstein, esperando poner en claro mis ideas.
Lo poco que sé es en realidad muy poco. Víctor Frankenstein es el protagonista epónimo de una novela de Mary Shelley. Amalgamó partes de diferentes cuerpos humanos, creó un "monstruo", y luego le dio vida. El monstruo lo arrastró a la destrucción, a él y a los suyos. El público en general da el nombre del creador a la criatura.
Recuerdo haber leído la novela en mi infancia, y que me impresionó de veras, pero los deplorables pastiches y plagios difundidos por los medios de comunicación han borrado de mi memoria los detalles del original. Aunque sé que la novela fue publicada en el siglo XIX, no puedo recordar la fecha exacta. La autora era Mary Shelley, esposa del poeta romántico Percy Bysshe Shelley, pero de su vida, poco o nada acude a mi memoria. Tenía por lo demás la impresión de que Víctor Frankenstein era un personaje puramente inventado; sin embargo, ¡los sucesos de estos últimos días han alterado un tanto mis preconceptos de lo probable y lo improbable!
Desde el momento en que por primera vez puse los ojos en Frankenstein, en la hostería de Sècheron, me pareció un hombre abrumado por un terrible secreto. Luego de vender mi reloj, volví a pensar en él y creí descubrir un eslabón entre su pasado y mi futuro. Aquel reloj reflejaba, en miniatura, las aspiraciones de la sociedad de mi época: el afán de que nunca necesitase ser reparado, de que jamás dejase de funcionar. Esas mismas eran las obsesiones perfeccionistas de Frankenstein en relación con la anatomía humana, cuando empezó a investigar la naturaleza de la vida. Cuando meditaba acerca de la vejez y de la muerte y la decadencia y la corrupción que tales procesos imponen al ser humano, y cuando vislumbró un posible medio de impedirlos, era ya el precursor de la Era de la Ciencia, a la sazón en sus albores.
¿No era este acaso el verdadero, tremendo sentido de la manía de Frankenstein? La naturaleza necesitaba ser enmendada, y enmendarla era la misión del hombre. ¿Y esa manía no había sido trasmitida como un virus a cada uno de sus semejantes en sucesivas generaciones? Mi reloj soberanamente inútil, fruto de infinitos estudios y perfeccionamientos, objeto de envidia para quienes no lo tenían, era sólo un pequeño ejemplo del triunfo de esa morbosa mentalidad. ¡La conquista de la Naturaleza! ¡La pérdida de la verdadera inocencia del hombre!
¿Te das cuenta de cómo salta mi mente? Hacía un día apenas que vivía en la primavera de 1816 y ya la amaba, ya aborrecía todo lo que el hombre había hecho tratando de cambiar ese orden porfiado y natural.
Sé, en el momento mismo de decirlo, que mi argumento peca de sentimental, y que la realidad es bastante más compleja. La gente y la sociedad de 1816 no son "mejores" que las de mi tiempo. Ya he sido testigo de un grave desmán de la justicia.
El juicio de Justine Moritz se abrió a las once. La sala del tribunal estaba colmada de bote en bote. Me las ingenié para conseguir una buena ubicación y tuve la suerte de sentarme junto a un hombre que se alegraba de poder explicarle a un forastero los matices del caso.
Me señaló los bancos donde se sentaban los Frankenstein. Era en verdad una familia bastante extraordinaria. Mientras el resto de la sala hervía en una excitada expectación disimulada pero gozosa, los Frankenstein mostraban todos unas caras sombrías. Hubieran podido ser miembros de la Casa de Atreo.
En primer lugar, el anciano síndico Alphonse Frankenstein, cargado de hombros, canoso de pelo; pero su mirada, cada vez que recorría la sala, era aún imperativa. Según me informó mi compañero, había desempeñado en Ginebra muchos cargos importantes, y era consejero de la ciudad, como lo fueran antes el abuelo y el padre.
Sentada a su lado, consolándolo, estaba Elizabeth Lavenza. Me pareció, aun en su dolor, de una rara hermosura; el pelo rubio recogido bajo una exquisita cofia de luto, y la figura esbelta y erguida. La había adoptado, de niña, la difunta esposa del consejero, me informó mi vecino, agregando que era cosa sabida que se casaría con Víctor y entraría así en posesión de una gran fortuna. Al parecer, había iniciado una serie de interminables juicios ante las autoridades de Milán, Viena y una ciudad alemana, intentando reclamar sus derechos a una fortuna que, supuestamente, le dejara un padre desaparecido. Tal vez fuese el conocimiento de esos largos litigios, además de la belleza de la joven, lo que atraía hacia ella tantos pares de ojos.
Víctor estaba sentado del otro lado. Pálido y sereno al principio, el rostro frío y como petrificado no expresaba sentimiento alguno. Tenía la cabeza erguida en actitud de desafío, como queriendo ocultar a todos los ojos un inmenso desaliento; el gesto me pareció característico, y advertí por primera vez que era un hombre arrogante y soberbio.
Junto a Víctor estaba su hermano Ernest, esbelto y un tanto atildado, aunque, como el resto de la familia, vestido de riguroso luto. Ernest se mostraba impaciente y miraba alrededor, y de vez en cuando hacía a su hermano mayor un ocasional comentario, que Víctor no parecía interesado en contestar. Los dos hermanos estaban allí en la corte con motivo del horrible asesinato del hermano menor, William, que había sido encontrado estrangulado.
—¡Pobre chiquillo, apenas seis años y medio! —comentó mi compañero—. Se dice que fue atacado sexualmente, pero la familia trata de ocultarlo.
—En ese caso, seguramente la niñera no tuvo nada que ver.
—Oh, sí tuvo que ver, y demasiado. Todas las pruebas la condenan. En los tiempos que corren, uno nunca llega a conocer a la gente, ¿no le parece?
—¿Dónde fue asesinado el niño? ¿En su casa?
—No, en las afueras de la ciudad, en las montañas, donde estaba jugando con su hermano Ernest. En los alrededores de Plainpalais, cerca de Mont Saléve.
¡En ese momento entendí más claramente las idas y venidas de Frankenstein en la tormenta, la noche anterior! Había estado buscando el sitio del crimen. Y habíamos encontrado allí al asesino.
Olas de frío me recorrieron la carne y el cuerpo todo. Temí estar a punto de desmayarme, y me fue imposible prestar atención cuando mi compañero me señaló a los Clerval, una opulenta familia de comerciantes, uno de cuyos miembros, Henry Clerval, era íntimo amigo de Víctor; a Duvillard, acaudalado banquero, y a su nueva esposa; a Louis Manoir; y a muchos otros notables del lugar. En un momento, Víctor se volvió y saludó a Henry Clerval con un movimiento de cabeza.
Lo que más me sorprendió en los Frankenstein fue la extrema juventud de todos ellos, salvo el padre, por supuesto. Pese a la severidad del rostro, Víctor no podía tener más de veinticinco años. Elizabeth era quizá más joven, y Ernest apenas un adolescente.
Cuando llevaron a Justine Moritz al banquillo de los acusados, vi que también ella era muy joven. Una muchacha bastante vulgar, aunque irradiando el resplandor de la juventud, un tanto atenuado ahora a causa de la situación. Cuando la interrogaban, se expresaba correctamente.
No me es posible entrar en todos los pormenores del juicio; el tiempo no me alcanza. No obstante los excelentes testigos de descargo, entre ellos Elizabeth, que hizo una apasionada defensa de la criada, Justine fue condenada por una única prueba circunstancial: un medallón que contenía un retrato de la difunta señora Frankenstein, y que el pequeño William había usado únicamente en la víspera del crimen, había sido hallado entre las pertenencias de la joven. Justine no pudo explicar por qué razón el relicario estaba allí, y era obvio que las protestas de inocencia resultarían vanas. Lo que sentía el tribunal era casi palpable: se había cometido un crimen horrible y alguien tenía que pagar. Justine era la acusada: Justine tenía que pagar.
Me estremecí de nuevo. ¡En aquel tribunal de justicia, sólo yo y otra persona conocíamos la verdad, sabíamos que la mano que había ultimado a William no era una mano de mujer ni tampoco de hombre, sino la mano de una cosa terrible y neutra!
Mi mirada se posaba a menudo en el otro conocedor del horrendo secreto. Y en tanto Elizabeth, aunque pálida, se mantenía serena, Víctor estaba cada vez más nervioso, se restregaba la frente y los labios con un pañuelo, se llevaba las manos a los ojos, y miraba perturbado alrededor.
¿Iría acaso a ponerse de pie para declarar lo que sabía? Mas ¿qué podía decir que pareciera verosímil en esa audiencia? Nadie más había visto al monstruo. Dado el estado de ánimo de la corte, una historia semejante sería instantáneamente recusada. También yo hubiera podido levantarme y declarar: "Voy a deciros la verdad, pues este juicio y el fallo que en él se pronuncie serán un día el tema de una gran novela, y yo que soy un hombre de dos siglos más adelante y leí el libro de niño..."
Absurdo. No obstante, la tentación de intervenir era para mí casi irresistible, más aún viendo que todo se volvía contra la inocente criada.
Víctor no pudo soportar más. Hubo un breve revuelo, se puso de pie, pasó presuroso por delante de su hermano y sus amigos y abandonó precipitadamente la sala.
Elizabeth se levantó de su asiento, una figura grácil y atrayente que extendía una mano, y lo miró partir. La audiencia prosiguió.
Cuando se dijo todo cuanto podía decirse, el juez hizo un breve sumario, se emitieron los votos y se pronunció solemnemente el veredicto. Justine Moritz fue declarada culpable del asesinato de William Frankenstein y sentenciada a morir en la horca en el término de dos días.
V
Si la frase no es aquí inadecuada, no había tiempo que perder. Cubrí el auto con una lona marinera, y el caballo de un campesino lo llevó a la rastra por las calles de la ciudad, más allá de la puerta de Plainpalais. Felizmente, los buenos ciudadanos de Ginebra tenían entonces otras cosas en que pensar.
Sabía que había un lugar, y sólo uno —y en él una única persona— al que yo podía acudir en busca de ayuda.
Pagué y despedí al campesino, puse en marcha el motor de mi automóvil, mi último bastión de un siglo futuro, y tomé por un camino que llevaba a las inmediaciones del lago. Poco me importaba que me viesen. Mi yo superior se había embarcado en una quijotesca aventura.
Quijotesco o no, yo no tenía una idea clara de hacia dónde iba. O más bien, tenía una idea, pero muy vaga. Mucho más claras eran las recurrentes imágenes de Víctor temblando como en un ataque de fiebre; de Elizabeth, rubia, hermosa y serena; de Justine, suplicando en vano ante una sala sedienta de sangre; y del ser que Frankenstein había creado: una figura gigantesca y sin rostro, que sembraba el miedo y cosas peores que el miedo por dondequiera que fuese. Aunque había visto qué rápido se movía, todo cuanto de él conservaba en mi memoria era una serie de instantáneas, captadas bajo la lluvia y la luz de los relámpagos. ¡Un enemigo del mundo, y el mundo no lo conocía! ¡Qué locura la de Víctor Frankenstein, haber creado semejante cosa y suponer que podía mantenerla siempre en secreto!
Traté de recordar los detalles de la tenebrosa historia de Frankenstein. ¿Cómo habría actuado si hubiese sabido que se lo recordaría como personaje de una novela, una novela que sería una parábola, y sinónimo de oprobio, para las generaciones futuras? Por desgracia, yo no había vuelto a leer el libro de Mary Shelley desde mi infancia; y los recuerdos que pudiera tener habían sido desfigurados por las parodias absurdas que había visto en las pantallas de 4-D, la TV, y el CircC.
A esta altura, advertí que había llegado a las inmediaciones del embarcadero, no lejos del sitio donde el pequeño William había sido asesinado. Detuve el coche.
Había binoculares en el Felder. Yo no había olvidado tampoco la colisa montada sobre la capota. El pensamiento de que en mi época este tipo de arma era obligatorio para cualquier privilegiado que pudiera tener un automóvil, me recordó que (guerras napoleónicas aparte) estaba ahora en una edad que exaltaba la inviolabilidad y la seguridad del individuo. Si lees esto, Mina, comprenderás sin duda cuál era mi idea; por sobrenatural que fuese el ente creado por Frankenstein, la colisa lo pararía en seco.
Con ayuda de los binoculares, examiné el sendero que había recorrido la víspera siguiendo a Víctor.
Tal como yo esperara, Víctor había vuelto a la escena del crimen. Era evidente que había venido directamente aquí, huyendo de los apremios del tribunal. No alcanzaba a verlo bien; lo ocultaban los árboles, y no se movía. Escudriñé ansiosamente los alrededores, pero no había señales del monstruo.
Cerré el coche y empecé a escalar la montaña.
Hasta aquí, yo había eludido un problema fundamental. Ahora las circunstancias me lo imponían. Los accidentes que me habían retrotraído al pasado eran bien reales. La totalidad de mi ser aceptaba el hecho de que me encontraba, al menas de una cierta manera, en Suiza, en el mes de mayo de 1816.
¿Pero Frankenstein? ¿No era acaso un personaje inventado, un mito? No encontraba modo alguno de explicarme su existencia. El hecho de que yo estuviese allí podía ser sumamente Improbable; pero eso no hacia más probable la existencia de Frankenstein. En verdad, no podía explicármelo. Y aunque estaba a punto de enfrentarme con él, mi experiencia me decía que Frankenstein vivía —bueno, no tengo palabras— en otro plano de la realidad.
Llegué por fin al nivel en que él estaba. A nuestros pies tendíase el lago; el apagado tintineo de los cencerros subía hasta mí desde el valle. Un lugar relativamente apacible, imbuido no obstante de una profunda melancolía, a causa de dolorosas reminiscencias. Los árboles, de parvo follaje primaveral, no eran en verdad hospitalarios.
Frankenstein se paseaba ahora de un lado a otro, murmurando entre dientes. Yo titubeaba, haciéndome esta pregunta: ¿y si ese enfrentamiento revelase mi irrealidad más que la suya...? En el momento en que me decidía a adelantarme, toda una nube de duda cayó sobre mí. La frágil trama de las percepciones humanas se me apareció al desnudo. Desdoblado, fuera de mí, me vi de pronto como una desdichada criatura cuyas energías se basaban en una deleznable serie de supuestos, cuya identidad misma era una conjunción aleatoria de procesos químicos y accidentes.
—¿Quién anda ahí? ¡Si todavía rondas por estos parajes, muestra la cara, condenada criatura!
Quizá yo había hecho algún ruido. Lívido y ojeroso, Víctor me enfrentaba. No vi temor en su rostro.
Di un paso adelante.
—¿Quién es usted y qué quiere de mí? ¿Es acaso miembro del tribunal?
—Herr Frankenstein, mi nombre es Bodenland, Joseph Bodenland. Nos conocimos ayer, en la hostería. Le pido perdón por entrometerme.
—No importa, si trae novedades. ¿Se ha pronunciado el veredicto?
—Sí. —Yo ya había recobrado la calma.— Justine ha sido condenada a muerte. El veredicto era inevitable, en vista del silencio de usted.
—¿Qué sabe de mis asuntos? ¿Quién lo ha enviado aquí?
—Estoy aquí por mi propia cuenta. Y sé muy poco de sus asuntos, excepto el único hecho crucial que al parecer ningún otro conoce, el gran secreto de la vida de usted.
Víctor seguía enfrentándome en actitud belicosa, pero al oír esto dio un paso atrás.
—¿Es usted otro fantasma que viene a torturarme? ¿Un producto de mi imaginación?
—¡Usted está enfermo, amigo mío! A causa de su enfermedad, una mujer inocente va a morir en la horca, y la hermosa Elizabeth será siempre desdichada.
—Quienquiera que usted sea, hombre o fantasma, dice la verdad. ¡Infeliz, mísero de mí, abandonar el calor de mi tierra natal, alejarme de mis seres queridos en busca de extrañas verdades en comarcas que nadie conoce! ¡Mi responsabilidad es demasiado grande, demasiado grande!
—Entonces, compártala usted con otros. Preséntese a los síndicos de Ginebra y declare su error. Ellos tratarán de remediar la injusticia; al menos dejarán a Justine en libertad. Es inútil venir aquí a regodearse en sus pecados.
Hasta ese momento, Víctor había estado estrujándose las manos. Ahora me miraba cara a cara, iracundo.
—¿Quién es usted para hacerme semejante acusación? ¡Regodearse, dice! ¿Qué sabe usted de mis tormentos interiores? Acrecentados por las esperanzas que un día alimenté, el deseo de arrancar a la Madre Naturaleza algunos de sus más profundos secretos, por tenebroso que fuera el camino. ¿Qué me importaba de mí mismo? ¡Para mí, la verdad lo era todo! ¡Quería mejorar el mundo, depositar en manos de los hombres algunos de esos poderes que hasta entonces habían sido atribuidos a un Dios lacrimoso y ficticio! ¡Tendí mi lecho en osarios y ataúdes, para encender un día un nuevo fuego prometeico! ¿Qué hombre consiguió lo que yo he conseguido? ¡Y usted se atreve a hablar de mis pecados!
—¿Por qué no? ¿Acaso su ambición no es pecado? Usted mismo reconoció su culpa ¿no es así?
La actitud de Víctor se hizo menos arrogante. Y en tono casi contemplativo, prosiguió:
—Puesto que soy ateo y no creo en Dios, no creo en el pecado en el sentido que usted le asigna a la palabra. Tampoco creo que el afán de descubrir la verdad sea motivo de vergüenza. Pero en la culpa, ¡oh, sí, en la culpa creo! Pienso algunas veces que la culpa es en mí una condición permanente, y quizá también en todos los hombres. Quizá la religión fue inventada para exorcizar esa condición. Es la culpa, y no la vejez ni la incomprensión lo que marchita las mejillas y separa a los amigos y a los amantes.
"Sin embargo, ¿por qué ha de ser así? ¿De dónde viene la culpa? ¿Es una calamidad moderna? ¿Acaso de ahora en adelante deberán sentirse culpables todas las generaciones? Pues los poderes del hombre crecen, generación tras generación. Tanto alcanzamos, tanto más nos queda por alcanzar.
"Quizá la culpa haya sido siempre una condición del hombre, desde el principio del mundo, antes que el tiempo se extendiera por el universo, como un largo sueño. Quizá tenga que ver con la concepción misma del hombre, la lasciva unión del hombre y la mujer.
—¿Por qué lo supone?
—Porque ese intenso placer que procura la procreación es el momento en que los seres humanos se despojan de su humanidad y se convierten en animales, en seres sin espíritu, que olfatean, lamen, gruñen, copulan... Mi nueva creación estaría libre de todo eso. No habiendo origen animal, no habría culpa...
Víctor Frankenstein se cubrió con la mano los ojos y la frente.
—Tiene usted una visión singularmente repulsiva de la humanidad —le dije—. ¿Es por eso que no hará nada para salvar a Justine?
—¡No puedo ir a ver a los síndicos, no puedo!
—Dígaselo entonces al menos a la mujer que ama. ¡Tiene que haber confianza entre ustedes!
—¿Decírselo a Elizabeth? Me moriría de vergüenza. Ni siquiera se lo he confiado a Henry, que estudiaba conmigo en Ingoldstadt, cuando comencé mis experimentos. No, el mal que he hecho, yo mismo he de repararlo. Le he dicho a usted, Bodenland, cosas que jamás dije a ningún hombre; confío en que descansarán en usted tan seguras como en una tumba. Estoy fuera de mí, de lo contrario no habría hablado como lo hice. A partir de hoy andaré armado, se lo advierto, no vaya a ser que se sienta usted tentado de traicionar mi confidencia. Y ahora, se lo suplico, déjeme solo.
—Perfectamente. Si usted no quiere confiar en nadie más, entonces ya sabe lo que debe hacer.
—¡Déjeme en paz, le dije! ¡Nada sabe usted de mis problemas! Espere, ¿podría llevarme un recado?
—Dígame.
Frankenstein parecía un tanto abochornado.
—Por buenas razones que usted podrá comprender o no, deseo quedarme aquí, en la soledad, lejos de esos seres a quienes podría arrastrar involuntariamente a la catástrofe. Lleve, se lo ruego, una palabra de explicación a Elizabeth Lavenza, mi prometida.
Todos los movimientos de Frankenstein eran de impaciencia. Sin aguardar mi asentimiento, sacó pluma y papel del interior de la capa, donde vi que llevaba varios cuadernos de notas. Arrancó una página de uno de ellos y volviéndome la espalda se apoyó en una roca y escribió de prisa unas pocas frases, con la expresión de un hombre que firma su propia sentencia de muerte, pensé.
—¡Aquí tiene! —Dobló el papel.— ¿Puedo confiar en que lo entregará sin leerlo?
—Absolutamente.
Titubeé un instante, pero él me eludió. Ya su espíritu estaba en otra parte.
VI
Fui a pie hasta la casa de los Frankenstein, una mansión que se alzaba en una calle central de Ginebra, frente al Ródano. Cuando pedí hablar por un momento con la señorita Lavenza, un criado me llevó a un salón y me pidió que esperase.
¡Estar allí! Víctor tenía razón en preguntarme qué era yo. Ya ni siquiera yo mismo lo sabía. Mi identidad se tornaba cada vez más tenue. En mi siglo dirían sin duda que sufría de una conmoción temporal; dado que nuestra personalidad está principalmente formada y apuntalada por nuestro entorno, y por los supuestos que ese entorno y la sociedad nos imponen, basta retirar de golpe los puntales, y la amenaza de disolución es inmediata. Ahora que me encontraba de veras en la casa de Víctor Frankenstein, tenía la impresión de ser el personaje de una película fantástica. Y no era una impresión desagradable.
El mobiliario era claro y acogedor. Oí voces mientras miraba en torno, estudiando los retratos, examinando la marquetería de las sillas, todo formalmente dispuesto cerca de las paredes. Una luz extraña parecía flotar sobre todos los objetos ¡por el mero hecho de tratarse de esa casa y no de otra!
Crucé hasta la ventana para mirar más de cerca un retrato de la madre de Víctor. Los grandes ventanales estaban abiertos, y daban a un jardín lateral, con senderos cuidados y simétricos. En algún lugar, por encima de donde yo estaba, oí una voz de mujer que decía con aspereza:
—Por favor, no vuelvas a mencionarme el teína.
No tuve ningún escrúpulo y continué escuchando.
Una voz de hombre respondió:
—Elizabeth, queridísima Elizabeth, tienes que haberlo pensado tanto como yo. ¡Hablemos, te lo suplico! ¡El misterio será la ruina de los Frankenstein!
—Henry, no puedo permitirte que digas una sola palabra en contra de Víctor, por favor. Tú eres su amigo más querido y no puedes defraudarlo.
¡Un intrigante fragmento de conversación!
Espiando con cautela, alcance a ver un balcón que daba al jardín. Pertenecía a una habitación del primer piso, posiblemente la salita privada de Elizabeth. De que era ella, y de que hablaba con Henry Clerval, no me cabía ninguna duda.
—Te he dicho lo reservado que era Víctor en Ingoldstadt. Al principio, pensé que estaba mentalmente enajenado. Luego, todos esos meses de lo que él llamó fiebre nerviosa... No hacía más que balbucear a propósito de un demonio que se había apoderado de él. Me pareció que había salido de eso, pero esta mañana, en el tribunal, se comportó en la misma forma alarmante. Como viejo amigo, como más que amigo, te suplico que no pienses siquiera en la posibilidad de casarte con él...
—Henry, o no dices una palabra más o terminaremos por reñir. Sabes que Víctor y yo nos vamos a casar. Reconozco que Víctor es evasivo a ratos, pero nos conocemos desde pequeños, somos como hermanos...
Dándose cuenta de lo que estaba diciendo, calló bruscamente, y luego prosiguió, en un tono de voz alterado:
—Víctor es un hombre de ciencia. Tenemos que respetar su retraimiento...
Estaba a punto de agregar algo más, cuando una voz fría dijo a mis espaldas:
—¿Se puede saber en qué anda?
Di media vuelta. Fue un mal momento.
Allí estaba Ernest Frankenstein. La cólera que le arrugaba la frente hacía que pareciese una versión joven e insólita de su hermano. Estaba todo vestido de negro.
—Espero a la señorita Lavenza para entregarle un mensaje.
—Veo que sabe aprovechar la espera. ¿Quién es usted?
—Mi nombre, caballero, ya que me lo pregunta tan cortésmente. es Bodenland. Traigo una misiva del señor Víctor Frankenstein. El es hermano de usted, ¿no es verdad?
—¿No lo vi esta mañana en la corte?
—¿A quién no vio esta mañana en la corte?
—Déme el mensaje. Yo se lo entregaré a mi prima.
Titubeé.
—Preferiría entregarlo personalmente.
En el momento en que Ernest tendía la mano. Elizabeth entró en la sala, detrás de él. Quizás había oído nuestras voces, utilizándolas como pretexto para apartarse de Henry Clerval.
La llegada de Elizabeth me brindó la oportunidad de ignorar a Ernest y poner la nota en manos de la joven, cosa que hice. Mientras ella leía, pude estudiarla.
Era menuda, delicadamente conformada, pero no frágil. Lo más hermoso de toda su persona era el pelo.
En verdad, el rostro era de corte perfecto, pero me pareció notar en él cierta frialdad, una contracción de los labios que para un hombre más joven hubiese podido pasar inadvertida.
Leyó la misiva sin cambiar de expresión.
—Gracias —dijo, y me dio por despedido. Me miró con altivez, esperando a que me retirase. Yo le devolví la mirada, pensando que si se hubiese mostrado más amable quizá me habría aventurado a decirle una palabra en favor de Víctor. Dadas las circunstancias, saludé con un movimiento de cabeza y me encaminé a la puerta. Elizabeth parecía ser el tipo de mujer que sabe cómo ganar juicios prolongados.
Volví en busca del auto.
Cualquiera fuese la hora, era más tarde de lo que yo deseaba. Alentaba aún la esperanza de ayudar a Justine, o mejor dicho de reparar el error de la justicia, imaginando, de una manera vaga y totalmente injustificable, que yo, llevándoles una ventaja de dos siglos de evolución, era más civilizado que aquellos ginebrinos.
Mi diligencia en casa de los Frankenstein no me había aportado ninguna ganancia. O tal vez sí. Comprensión. Sin duda ahora comprendía mejor la naturaleza explosiva de la situación de los Frankenstein: no hay en el infierno furia comparable a la del reformador que pretende rehacer el mundo y descubre que el mundo prefiere, irremisiblemente, seguir siendo tal cual es. Y la compleja relación amorosa de Víctor y Elizabeth, apenas vislumbrada, acrecentaba todavía más el carácter precario de esa situación.
Tales problemas rondaban por mi mente como un torbellino, como prendas de ropa en la batea centrífuga de una secadora. Mientras guiaba el Felder por la orilla del lago, en dirección al este, apenas si tenía conciencia de la belleza y la placidez del paisaje. Empezó a llover a torrentes. Quizá fue la lluvia lo que me impidió advertir qué avanzada parecía estar la estación. Los árboles ostentaban ahora un espeso y oscuro follaje verde. Las mieses estaban en sazón, y en los viñedos, cubiertos de fronda, pendían pesados racimos.
Mi mundo había caído en el olvido. Había sido desalojado por mi nueva personalidad, por lo que creo haber llamado antes mi yo superior. Lo cierto es que en mi psique se sucedían ahora marchas y contramarchas, virajes de toda índole, y que el morboso drama de Frankenstein me estaba devorando. Una vez más traté de recordar lo que vendría luego, lo que había leído en el libro de Mary Shelley, pero todo cuanto acudía a mi memoria era demasiado vago y no me prestaba ninguna utilidad.
Frankenstein, de eso estaba seguro, había ido a estudiar al extranjero —a Ingoldstadt— y pasó allí algunos años investigando la naturaleza de la vida. Finalmente, con miembros de diferentes cadáveres, había fabricado un nuevo ser, y lo había reanimado. Cómo había resuelto los complejos problemas del rechazo de injertos, septicemia y tantos otros —sin contar el problema capital, la dádiva de la vida— era algo que estaba más allá de mi entendimiento, aunque suponía que la suerte lo había favorecido mucho. Pero luego, horrorizado por lo que había hecho, se había vuelto contra esa criatura, para quien él representaba lo que Dios había sido para Adán. ¡Todo esto me recordaba una vez más al reformador fracasado! Al cabo (o en el futuro presente) la criatura lo había dominado. ¿O él a ella? De cualquier modo, algo horrendo había acontecido, un acto de justicia retributiva, implícito en la naturaleza misma de las cosas.
¿La naturaleza de las cosas? ¿Era forzoso acaso que sanas intenciones desencadenasen consecuencias horrendas?
Me parecía que esta pregunta era profundamente significativa, y 110 sólo con respecto a Frankenstein. Frankenstein no era Fausto, no había entregado el alma a cambio de poder. Frankenstein sólo buscaba conocimiento; estaba, si lo prefieres, haciendo una pequeña investigación. Quería arreglar el mundo. Buscaba algunas respuestas a unos pocos enigmas.
Frankenstein se parecía, pues, más a Edipo que a Fausto. Edipo fue el primer hombre de ciencia del mundo. Frankenstein fue el primer hombre de Investigación y Desarrollo. Las respuestas que había obtenido Edipo eran también un poco de polvo.
Interrumpí esta absurda serie de asociaciones y volví sobre mis pasos mentales.
Sea lo que fuere lo que las generaciones pretéritas vieran en él, el Frankenstein de Mary Shelley era considerado en el siglo XXI como la primera novela de la Revolución Científica, y, también, por qué no, la primera novela de ciencia-ficción. Había conservado un interés permanente durante dos siglos por la sencilla razón de que Frankenstein era el arquetipo del hombre de ciencia cuya búsqueda, emprendida en nombre de una causa sacrosanta, el progreso del saber, cobra vida propia y causa desdichas sin cuento antes que alguien pueda dominarla.
¿Cuántos de los males del mundo moderno no se debían, precisamente, a la locura de Frankenstein? Y entre ellos, el más pavoroso de todos los problemas, el de un mundo con demasiada gente. Un problema que había desencadenado guerras, y una indecible miseria antes de las guerras, a lo largo de varias generaciones, ¿Y cuál fue la causa de la superpoblación? Pues bien, ante todo aquellas intenciones puramente benévolas de los señores médicos, que introdujeron y aplicaron teorías de higiene, de infección, de vacunación e inoculación, logrando así reducir la espantosa tasa de mortalidad infantil.
¿Hay acaso una inmutable ley cósmica, de modo que las buenas intenciones del hombre se volverán siempre contra él, cayéndole estrepitosamente sobre la cabeza como tejas desprendidas de un techo?
Según mis imprecisos recuerdos, había en la novela de Mary Shelley disquisiciones en torno de tales problemas. Me era absolutamente indispensable procurarme un ejemplar del libro. Pero ¿cuándo había sido publicado por primera vez? No podía recordarlo. ¿Era acaso una novela de mediados de la era victoriana?
Acudían, sí, a mi memoria, algunos fragmentos de mis estudios de literatura inglesa. Y esa fue la razón que me llevó a tomar el camino del este, costeando siempre el lago de Ginebra. Creía tener una idea clara de dónde encontraría al menos un ejemplar de la obra.
Cuando vi que me acercaba a un nuevo gasthof, desvié el auto a un costado de la carretera, me puse mi impermeable y continué a pie. Debo decir que esa mañana, antes de la audiencia, había comprado algunas ropas. Ya no parecía un viajero del tiempo. (¡En verdad, casi no recordaba, o me era imposible recordar, mi existencia anterior!)
Tenía mucha hambre. En el gasthof me sirvieron una suculenta sopa de carne, seguida de una salchicha blanca, sobre una montañita de patatas y rodajas de cebolla, todo abundantemente rociado con una cerveza servida en un jarro de loza, con tallas monumentales, tipo Partenón.
Mientras me escarbaba los dientes y sonreía para mis adentros, eché una mirada al diario que había dejado junto a mi plato, doblado sobre una tablilla. Mi sonrisa se hundió bajo el horizonte. ¡La fecha del periódico era lunes, 26 de agosto de 1816!
¡Pero si estábamos en mayo! Al principio, mi mente no pudo acomodarse a esa laguna de tres meses, y durante un rato permanecí estupefacto, con el diario en las manos, mirándolo sin ver. Luego comencé a hojearlo medrosamente, como si esperase encontrar en sus páginas los detalles de un deslizamiento de tiempo en los alrededores de Ginebra.
El nombre de Frankenstein atrajo mi mirada. Y junto a él, el nombre de Justine. Una noticia escueta anunciaba que Justine había sido ajusticiada el último sábado, el 24, luego de varias postergaciones. Se la había absuelto de sus pecados, pero ella había muerto jurando hasta el final que era inocente. Sin embargo, en mi ayer, Justine estaba aún con vida. ¿Qué había sido de los meses de junio y julio? ¿Cómo había llegado agosto?
Perder tres meses es una experiencia mucho más desagradable que la de ser lanzado dos siglos atrás. Los siglos son cosas frías, impersonales. Los meses, en cambio, están colmados de vida. Y acababan de serme arrebatados nada menos que tres. Pagué la cuenta distraídamente y con mano trémula.
Cuando me detuve en el umbral, antes de aventurarme a los rigores del aguacero, pude ver que el paisaje había avanzado junto con la fecha. Dos hombres que habían entrado en la taberna a apurar unos jarros de apfelsaft, recogían ahora unas guadañas en un campo vecino, para unirse a una fila de empapados segadores. Los racimos de uva que colgaban sobre la puerta del mesón eran de una tonalidad pardusca; el zumo maduro henchía los hollejos. Había llegado agosto.
El dueño del gasthof se reunió conmigo en la puerta y observó el cielo, fastidiado.
—Me imagino que es usted forastero, señor. El peor verano desde hace un siglo, dice la gente.
—¿De veras?
—Sí, de veras. El peor verano de que se tiene memoria. Sin duda los cañonazos y el fuego de fusiles en los campos de Waterloo han alterado el temperamento normal de los cielos.
—Lluvia o no lluvia, tengo que proseguir mi camino. ¿Sabe usted algo de un poeta inglés que viva en estas inmediaciones?
El hombre me miró con una ancha sonrisa.
—¡Válgame Dios! Sé de dos poetas ingleses. Inglaterra debe de tener tantos poetas como soldados, si los esparce así por estos andurriales. Viven a menos de dos leguas de la aldea.
—¡Dos dice! ¿Sabe cómo se llaman?
—Por supuesto, señor, uno de ellos es el gran Lord Byron, quizá el poeta más famoso del mundo, después de Johann Schlitzberger, y además viste con más elegancia que Johann Schlitzberger.
—¿Y el otro poeta inglés?
—No es famoso.
—¿No será Shelley?
—Sí, creo que sí. Lo acompañan dos mujeres. Viven junto al camino, a la orilla del lago. No puede dejar de encontrarlos. Pregunte por la Villa Diodati.
Le di las gracias y me lancé bajo la lluvia. ¡Qué excitación la mía!
VII
La lluvia había cesado. Una nube espesa flotaba sobre el lago ocultando los picos de las montañas. Me detuve bajo los árboles y examiné palmo a palmo los muros de piedra y las viñas de la Villa Diodati. Mi yo superior reflexionaba sobre la manera de presentarme y darme a conocer.
Quizá podía presentarme a Shelley y a Byron como otro viajero, lo mismo que ellos. ¡Cuánto mejor hubiera sido poder presentarme como otro poeta! Pero no pude recordar el nombre de ningún poeta norteamericano de 1816. La memoria me decía que tanto Byron como Shelley tenían cierto gusto por lo morboso; les habría fascinado, sin duda, conocer a Edgar Allan Poe; pero Poe debía de ser a la sazón un niño apenas, un niño que vivía más allá del anchuroso Atlántico.
Los protocolos sociales eran difíciles de manejar a través de doscientos años. Y el hecho de que Lord Byron fuese quizás en ese entonces el poeta más famoso de Europa, aun incluyendo a Johann Schlitzberger, no contribuiría a allanar las dificultades.
Mientras rondaba por las afueras del jardín, vi sobresaltado que un hombre joven me estaba observando por encima del caño de una pistola. Me detuve en seco.
Era joven y bien parecido, de pelo rojizo y abundantemente lubricado. Vestía chaqueta verde, pantalón gris y botas altas de cabritilla, y toda su persona parecía irradiar temeridad e insolencia.
—¡Le agradecería, señor, si dejara de apuntarme con esa antigualla! —le dije.
—¿Por qué, señor? Hoy se inició la temporada de caza de turistas. Ya he capturado a tres. No tiene más que acercarse a mi escondite, y dispararé. Soy uno de los mejores tiradores de Europa, y usted ha de ser posiblemente el guaco más grande de Europa.
Sin embargo, bajó la pistola adelantándose un par de pasos.
—Gracias. Hubiera sido desagradable que me baleara antes de conocerme.
La actitud de él no era todavía particularmente cordial.
—Entonces, mi plumífero amigo, desaparezca entre las malezas. Que unas muestras del público británico vengan a espiar mi propiedad me parece casi una verdadera persecución, sobre todo sabiendo que la mayoría no ha leído dos líneas seguidas de mi verso.
Noté que se expresaba al estilo del siglo XVIII: mi verso.
Sacándome del cuello los anteojos binoculares, se los tendí, diciendo:
—Podrá observar lo inocente que era mi espionaje. No sólo no me escondí, sino que ni siquiera utilicé mi arma principal. ¿Ha visto usted una vez algo semejante, caballero?
Byron metió la pistola en la cintura del pantalón. Era un buen síntoma. Luego me observó a través de los binoculares.
Chasqueó la lengua, aprobando, e hizo girar el instrumento para enfocar el lago.
—¡Veamos si el doctor Polly anda haciendo lo que no debe con nuestra joven amiga Mary!
Lo vi enfocar el anteojo en dirección a un bote que flotaba casi inmóvil bajo una vela única, no lejos de la costa. Pero yo quería observarlo a él mientras no me miraba. De algún modo, estar tan cerca de Lord Byron era como estar junto a una presa de caza mayor: como encontrarse con un león al pie del Kilimanjaro. Aunque no muy alto, era de estatura considerable, y ancho de hombros, lino podía reconocer al hombre de genio en los ojos y los labios. La cara era hermosa, aunque la tez, vista de cerca, tenia un tinte amarillo, y parecía como manchada. Entre los bucles cobrizos advertí algunos cabellos grises.
Byron observó durante un rato el pequeño velero, sonriendo para sus adentros.
Luego lanzó una breve carcajada burlona.
—Tasso los mantiene apartados, aunque los dedos se les unen sobre la almohada de la pastoral. ¡El triunfo del saber sobre la concupiscencia! Polly se muere por ella, pero los dos siguen componiendo. ¡La fuerza de la sangre nada puede frente a una marisabidilla!
Alcancé a distinguir dos figuras en la embarcación, una masculina, la otra femenina.
Oí mi propia voz preguntando desde una distancia remota:
—¿Se refiere usted a Mary Shelley, caballero?
Byron me echó una mirada zumbona, apartando los anteojos, pero justo fuera de mi alcance.
—¿Mary Shelley? No, señor, me refiero a Mary Wolt stonecraft Godwin. Es la querida de Shelley, no su esposa. Pensaba que eso era asunto de público conocimiento. ¿Qué cree usted que son? ¿Un par de cristianos? ¡Aunque ni Shelley ni Mary son paganos, cierto es! Incluso en este preciso momento, Mary enriquece su espíritu a expensas del cuerpo de mi doctor.
Esa novedad, combinada con la presencia de Byron, me confundió de algún modo. A duras penas pude balbucear, estúpidamente:
—Creía que Shelley y Mary estaban casados.
El volvió a retirar el anteojo, fuera de mi alcance.
—La señora Shelley quedó abandonada en Londres: único tratamiento adecuado para las esposas, aparte del látigo. Sí, nuestra aplicada estudiante de Tasso puede... puede tener éxito... —Se echó a reír.— Hay en las cosas de las mujeres una marea que a la hora de la creciente lleva Dios sabe dónde...
Repentinamente, el tema dejó de interesarle. Me devolvió los binoculares y dijo de ellos, con un toque de altanería:
—No están mal. Sólo que yo hubiera preferido que espiasen algo más entretenido que agua y doctores. Bueno, caballero, como presumo que usted conoce mi nombre, quizá debiera tener la gentileza de decirme el suyo, y qué lo trae por aquí.
—Me llamo Joseph Bodenland, Lord Byron, y vengo de Texas, Norteamérica, el Estado de la Estrella Solitaria. En cuanto a lo que aquí me trae, pues bien, es un asunto de orden personal, relacionado con la señora... quiero decir, con Mary Godwin.
Byron sonrió.
—Ya había observado que no era usted un condenado inglés. Mientras no sea londinense, señor Bodenland, como todo el resto del tedioso mundo, y mientras el asunto que lo trae no tenga nada que ver conmigo y sea felizmente personal, por añadidura, tal vez quiera usted hacerme el honor de acompañarme con un vaso de clarete. Siempre podríamos balearnos más tarde, llegado el caso.
—Espero que no, mientras siga sin llover.
—Usted podrá observar, señor Bodenland, si se queda aquí el tiempo suficiente, que en este terrible lugar rara vez sigue sin llover, la lluvia está. Cada día contiene aquí más mal tiempo que una semana en Escocia, y eso que en Escocia las semanas pueden durar siglos, créame. ¡Venga!
Como para confirmar este estrafalario discurso, empezó a caer una lluvia copiosa.
—¡El cielo chapotea como un somormujo! ¡Entremos! —dijo Byron, cojeando rápidamente delante de mí.
Entramos en la villa, yo loco de felicidad y de emoción y él, creo, contento de tener a alguien distinto con quien hablar. ¡Qué seducción la suya! Bebimos sentados frente a los rescoldos de la chimenea, mientras él peroraba. He procurado dar una pálida idea de nuestro encuentro, pero más que eso no puedo hacer. Muy a menudo yo no sabía qué decir, pues aunque la charla de Byron no era particularmente profunda, estaba matizada de alusiones, y las relaciones que él establecía entre cosas hasta ese momento para mí totalmente inconexas, me desconcertaban de veras. Además, aunque se jactaba de esto o de lo otro, lo hacía con una modestia subyacente rayana a veces en la autoironía. Yo me encontraba por otra parte en una situación de desventaja temporal, pues algunas de las cosas a que él aludía me eran desconocidas.
Pude al menos sacar algunas conclusiones, unos pocos hechos que llegaron a mí como hojas a la deriva en el feraz agosto de aquella verba. Vivía en la Villa Diodati con su médico, "Polly", el italiano, Polidori, y la servidumbre. El ménage de los Shelley estaba instalado en las cercanías. "Apenas a una uva de distancia, del otro lado del viñedo", fueron las palabras de Byron, en una finca llamada Campagne Chapuis: la Villa Chapuis, como luego la oiría llamar, más pomposamente. "Mi compañero de anatema y exilio" (así fue como él se refirió a Shelley) vivía con dos mujeres, Mary Godwin y la medio hermana de Mary, Claire Claremont. Byron alzó a la vez las cejas y el vaso al mencionar a Claire.
A la luz de este comentario, recordé que Byron estaba ahora en el exilio. Había habido un escándalo en Londres, pero los escándalos se acumulaban alrededor de Lord Byron tan naturalmente como las nubes alrededor del Mont Blanc. Había abandonado Inglaterra asqueado del país.
Debajo del vaso de Byron había una hoja de papel empapada en vino. Yo pensé para mis adentros qué valor incalculable tendría ese papel si tan sólo pudiera llevarlo conmigo al año 2020. Le pregunté si aquella morada lo ayudaba de algún modo a escribir poesía.
—Mi morada está aquí —repuso, golpeándose la cabeza con la punta de los dedos—. ¡Quién sabe cuánto tiempo más me quedaré ahí encerrado! Parece que adentro resonara algo de poesía, un poco como el aire resuena en las tripas, pero echarla afuera con un estruendo adecuado... ¡ahí está la cosa! El insigne John Milton, ese ciego que quiso vindicar a Dios, vivió bajo este mismo techo. Y vea de qué le sirvió: ¡El Paraíso reconquistado! El error más craso de las letras inglesas, fuera del nacimiento de Southey. Pero hoy me han informado que Southey está enfermo. Cuénteme algo que lo haya animado recientemente, señor Bodenland. No es preciso que hablemos de literatura; preferiría saber qué ocurre en el continente americano, que todavía vive en parte en el período carbonífero, según entiendo.
Cuando yo, como un pez, me disponía a morir por la boca, se abrió de golpe la puerta que daba al jardín y dos mastines entraron dando saltos. Los seguía un hombre joven y esbelto, sacudiéndose gotas de lluvia. Se quitó una gorra azul esparciendo agua alrededor, en tanto los perros chorreaban por todo el cuarto. En la media hora que yo había pasado con Lord Byron, había olvidado por completo que llovía otra vez torrencialmente.
Byron se levantó de un salto con un rugido y ofreció al recién llegado una manta escocesa para que se secara el pelo. El rugido inquietó a los perros, que se apartaron ladrando, y atrayendo a un criado. El criado se llevó los perros y echó algunos leños en la chimenea embaldosada.
La alegría que ambos hombres sentían al verse era evidente. La pequeña escena que acababa de desarrollarse entre ellos revelaba una fácil intimidad, y había sido tan rápida y alusiva que a duras penas pude seguirla.
—Parece que tengo una verdadera Serpentina en mis rizos —dijo el recién llegado, todavía derramando agua y riendo a carcajadas.
—¿No dije anoche que estabas lamido por serpientes y Mary estuvo de acuerdo? ¡Ahora estás rizado por serpientes!
—¡Entonces perdóname, mientras desagoto mi serpentina! —dijo el otro, frotándose vigorosamente con la manta.
—Yo cumpliré mi deber con una fórmula todavía más arcaica. Mm... "Ambo florentes aetatibus, Arcades ambo"...
—¡Fundamental! Y un lema que podría servirnos a los dos, Albé, ¡aun cuando nuestra Arcadia corra peligro de inundarse!
Byron levantó la copa. En la agitación del momento, la hoja de papel cayó al suelo, revoloteando. Me apresuré a recogerla. Mi movimiento le recordó a Byron que yo estaba allí, y me tomó del brazo como quien se disculpa por un olvido momentáneo.
—Mi estimado Bodenland —dijo—, quiero que conozca a mi camarada de anatema y exilio.
Así fui presentado a Percy Bysshe Shelley.
Sí, Byron me presentó a Shelley. A partir de ese instante, mi ruptura con las antiguas formas de la realidad fue absoluta.
El hombre más joven pareció entonces confundido de pies a cabeza, como una muchacha. El atuendo que llevaba era juvenil: chaqueta y pantalón negros bajo la capa chorreante. Tiró al suelo la gorra azul para estrecharme la mano y me obsequió una deslumbrante sonrisa. Lo que en Byron era pura carne —si puedo expresarme así sin que ello implique falta de admiración por Byron— era en Shelley pura electricidad. Más alto que Byron, algo encorvado (en tanto el porte de Byron parecía a ratos casi marcial), Shelley era flaco, huesudo, imberbe, y de una vivacidad extraordinaria.
—Cómo está usted, señor Bodenland; ¡llega justo a tiempo para una pequeña revisión!
Shelley sacó de un bolsillo una hoja de papel y en voz de falsete empezó a leer un poema:
—Dicen que los fulgores de un mundo más remoto visitan al alma cuando duerme, que la muerte es un sueño.
Y que más numerosas que los activos pensamientos de quienes velan y viven, esas formas...
Byron batió palmas, interrumpiéndolo.
—¡Perdona, discrepo con esos sentimientos! Escuchad mi respuesta inmortal:
"Cuando tarde o temprano el tiempo traiga ese sueño sin sueños que a los muertos arrulla, entonces, viejo amigo, tus más remotos mundos ¡yacerán extinguidos en tu mente!
"¡Disculpa mi torpe y característica interrupción! ¡Pero no extremes de ese modo el oficio de poeta! ¡No necesitas convencerme! ¡O tú eres peor poeta que yo, en cuyo caso me aburres, o eres mejor, y entonces tengo celos!
—Sólo compito conmigo mismo, Albé, nunca contigo —dijo Shelley. Pero graciosamente puso a un lado el manuscrito. Albé era el sobrenombre con que llamaban a Byron.
—¡El juego es demasiado fácil para ti! ¡Tú siempre te superas! —dijo Byron afectuosamente, como si temiese haber herido los sentimientos de Shelley—. Ven, bebe un poco de vino; en la repisa de la chimenea hay láudano, por si te hace falta. ¡El señor Bodenland estaba por contarme algo tremendo que le ocurrió recientemente!
Shelley se sentó muy cerca de nosotros, apartó el vino y me escudriñó el rostro.
—¿Es cierto eso? ¿Vio usted un rayo de sol o algo parecido?
Satisfecho con el nuevo tema de conversación, dije:
—Alguien me comentó hoy que el mal tiempo era el resultado de las balas de cañón disparadas el año pasado en los campos de Waterloo.
Shelley estalló en una carcajada.
—Supongo que tendrá algo más tremendo que eso para contarnos.
Picado en mi amor propio, les narré en la forma más llana posible la escena en que Tony, Poll y Doreen habían celebrado su "Fiesta", sepultando a una muñeca (sustituí ciclomotor por muñeca) y cubriendo de flores el túmulo; y cómo al final, en simple prueba de afecto o cortesía, Tony había exhibido su pene ante la complacida mirada de Doreen.
Aunque Shelley esbozó apenas una sonrisa, Byron rompió en una estrepitosa carcajada.
—Déjeme que le cuente la inscripción que vi una vez garrapateada en la letrina de un tugurio de Chelsea. Decía así: "¡El cazzo es nuestra arma decisiva contra la humanidad!" Aunque el vocablo no era el italiano, piénselo un poco. ¿Recuerda haber visto algún graffito más cargado de sabiduría?
—Y de odio contra uno mismo, quizá —aventuré al advertir el silencio de Shelley.
—Y debajo, otra mano había garabateado un codicilo: "¡Y la vagina, nuestra última trinchera!" Tu noble salvaje de los arrabales no es nada más que un realista, ¿eh, Shelley?
—Me gustó el cuento de la Fiesta —me dijo Shelley—. ¿Querrá usted contárselo a Mary cuando venga, suprimiendo el apéndice, que no lo embellece?
La delicada manera con que lo dijo quitó a su observación toda posible sombra de reproche.
—Me encantará conocerla.
—Estará aquí dentro de una hora, cuando haya terminado de secarse después de su paseo en bote con Polidori. Y cuando haya amamantado y acostado a nuestro pequeño William.
Ese nombre —¡el pequeño William! —me trajo a la memoria cosas más serias. El rostro cincelado, atormentado de Frankenstein volvió a aparecer ante mí. Guardé silencio. Los dos poetas hablaban entre ellos; los perros que habían vuelto a escabullirse en el salón, peleaban junto a la ventana. El fuego crepitaba. La lluvia persistía. El mundo parecía muy pequeño. Sólo las especulaciones de los dos poetas parecían realmente amplias; eran tan espontáneas y magnánimas —aun cuando los temas fueran sombríos— que de algún modo restablecían mi confianza en la civilización humana. Sin embargo, yo veía en Shelley algunos de los nerviosos amaneramientos de Víctor. Shelley parecía un hombre acosado. Algo en la figura inclinada del poeta sugería que sus perseguidores no estaban demasiado lejos. Byron se arrellenaba sólidamente en su sillón, pero Shelley jamás se estaba quieto.
Llamaron a un criado para que trajese el frasco de láudano. Byron echó unas gotas en su cognac. Shelley consintió en tomar un sorbo diluido en vino. Yo me serví otra copa de vino.
—¡Ah! —suspiró Byron paladeando apreciativamente la bebida—. ¡Uno podría ahogarse en este brebaje!
—No, no —observó Shelley—. Para ahogarte como es debido necesitas todo un lago. En este licor, sales a flote.
Se puso de pie y empezó a bailar por la habitación. Los perros lo siguieron ladrando y gruñendo, pegados a sus talones. El los ignoró, pero Byron se levantó, tambaleante, bramando:
—¡Llévense de aquí a estos malditos canes!
En el preciso momento en que el criado los echaba a puntapiés, entró en la sala Mary Godwin, y yo sentí que me sonrojaba, en parte, sin duda, a causa del vino, pero sobre todo por la agónica felicidad de encontrarme al fin frente a la autora de Frankenstein, o el Prometeo Moderno.
VIII
¡Verla allí, de pie! A pesar de mi emoción, o a causa de mi emoción, un destello iluminó mi intelecto. Vi entonces claramente que la concepción ortodoxa del Tiempo, esa idea que a través de los siglos se había consolidado en Occidente, era del todo falsa.
Incluso a mí, recuerdo, me pareció muy extraño que semejante verdad se me revelase en aquel momento, entre los ladridos de los perros, los rugidos del viento, en medio del alboroto general, y en presencia de Mary Shelley. Pero comprendí que el tiempo se parecía mucho más al crecimiento de la fama de Mary, tortuoso y ambiguo, que a la línea recta, movimiento irremisible hacia adelante que según el pensamiento occidental era un muy ordenado paradigma.
El tiempo como línea recta, esa condición limitativa, era parte del esfuerzo occidental por enmendar el mundo. Históricamente, no era difícil ver cómo había empezado todo. La introducción de campanas en las cúpulas de todas las iglesias de la Cristiandad contribuyó desde temprano a regularizar las costumbres de las gentes: un primer aprendizaje en el manejo del reloj. Pero el principal adelanto en tal sentido estaba a punto de producirse en el mundo donde yo me encontraba ahora: la instalación de un complejo sistema ferroviario que dependería, en naciones enteras, de una medición del tiempo exacta y uniforme, no de las meras aproximaciones de los campanarios de las iglesias o del reloj de bolsillo del párroco. A esa regularización se sumaría la lección de la sirena de la fábrica: para sobrevivir, todo debía sacrificarse a una pauta formal impuesta de manera impersonal al individuo.
La lección de la sirena de la fábrica se haría oír también en el campo de las ciencias, hasta llegar al horrible universo de relojería concebido por Laplace y sus sucesores. Esa imagen de las cosas imperaría durante más de un siglo sobre las nociones humanas del tiempo y el espacio. Hasta cuando la física nuclear trajo aparejadas ideas que podrían parecer menos obtusas y cerradas, se las considero como perfeccionamientos de la concepción mecanicista de las cosas, y no como una revolución en contra. En este chaleco de fuerza del pensamiento encerraron el Tiempo. En el año 2020 se había llegado a otra etapa: quienquiera que considerase el Tiempo como algo distinto de una magnitud susceptible de ser medid?, con exactitud por medio de cronómetros era apartado como mala hierba y tildado de excéntrico.
Sin embargo, en el grosero mundo de los sentidos, donde la ciencia jamás llegó a ejercer un dominio total, siempre se pensó que el Tiempo era algo tortuoso y errabundo. El lenguaje popular hablaba del Tiempo como de una especie de ámbito donde uno gozaba de cierta libertad de movimientos, una concepción diametralmente opuesta a la del dogma científico. "Vives en el pasado." "Se adelanta a su tiempo." "Le llevamos años de ventaja a la competencia."
Los poetas habían estado siempre del lado del pueblo. Para ellos, y para algunos novelistas olvidados, el Tiempo sería siempre un elemento díscolo y avieso que trepa por la vida como una hiedra multicolor por los muros de una casa abandonada. O como la reputación de Mary Shelley, apreciada por unos pocos, pero siempre allí, siempre contradictoria.
Mary se acercó a Shelley, le entregó un libro, y le dijo que Claire Claremont había quedado al cuidado del pequeño William —el ratoncito, lo llamó— y escribiendo cartas para Inglaterra. Shelley empezó a hacerle preguntas sobre La Gerusalemme Liberata de Tasso, pero Byron le pidió que se acercara.
—Bien puedes darme un beso, querida Mary, ya que pronto será tu cumpleaños.
Ella lo besó, aunque un tanto forzadamente. Byron le dio unas palmaditas y me dijo:
—Aquí tiene usted, señor Bodenland, un digno ejemplo de lo que puede la herencia. Esta joven es el fruto de la unión de dos de los grandes cerebros de nuestro tiempo, el filósofo William Godwin y Mary Wollstonecraft, insigne espíritu filosófico femenino, digno de figurar junto a mi amiga, Madame de Staél, que vive en la otra orilla del lago, como usted tal vez, sabe. ¡En ella vemos unidas para beneficio de todos belleza y sabiduría!
—No deje que Lord Byron lo predisponga contra mí, señor —dijo Mary con una sonrisa.
Era menuda y rubia. Había algo de pájaro en su persona; tenía ojos brillantes, boca pequeña y pensativa. Al igual que Shelley, era irresistible cuando reía, pues entonces se le iluminaba el semblante; literalmente, prodigaba alegría. Pero era mucho más sosegada que Shelley, y en verdad muy callada, y había una cierta tristeza en su silencio. Comprendí por qué Shelley la amaba, y por qué Byron la provocaba.
Un detalle me llamó la atención desde el primer momentó. Era extraordinariamente joven. Más tarde comprobé, por la fecha de un libro, que aún no tenía dieciocho años. Un pensamiento me pasó por la mente: ¡ella no puede ayudarme! Debían de faltar años pira que escribiera su obra maestra.
—El señor Bodenland te podrá contar una historia de niños y tumbas —le dijo Shelley—. ¡Te dará escalofríos!
—No podría repetirla —dije, volviéndome a Mary— ni siquiera por tan buenas razones. Aburriría al resto de los contertulios, más aún que la primera vez.
—Si piensa quedarse aquí algún tiempo, caballero, tendrá que contármela en privado —dijo Mary— pues estoy por abrir mi tienda de experta en historias de tumbas.
—El señor Bodenland es un experto en fenómenos atmosféricos suizos —anunció Byron—. ¡Cree que fue¬ron los cañones de Waterloo los que provocaron a las nubes tamaña hemorragia!
Antes que yo pudiese protestar por la tergiversación, Mary dijo:
—Oh, no, no es así de ningún modo: ¡la idea de usted es totalmente anticientífica, si me permite que se lo diga, caballero! ¡El mal tiempo universal de este año en el hemisferio norte ha de atribuirse a una erupción volcánica fenomenal en el hemisferio sur el año pasa¬do! ¿No le parece interesante? Esto prueba que los vien¬tos están distribuidos por toda la superficie del globo, y que el planeta entero dispone de un sistema circula¬torio semejante a...
—Mary querida, perturbas mi sistema circulatorio cuando te luces con esas ideas que le robas a Percy —dijo Byron—. ¡Deja que los fenómenos atmosféricos se metan donde les de la gana, pero no en el clarete y la conversación! Ahora, Shelley, cuéntanos qué leíste hoy cuando holgazaneabas por los bosques.
Shelley se llevó al pecho diez largos dedos y luego los alzó señalando el cielo raso.
—No estuve en los bosques. No estaba en la tierra. Me había escapado del planeta. ¡Estaba explorando la luna con Luciano de Samosata!
Comenzaron a hablar sobre las ventajas de la vida lunar; Mary, a mi lado, escuchaba sumisamente. De pronto me dijo, en voz muy queda para no perturbar la charla:
—Esta noche comeremos carnero, o mejor dicho. Lord Byron y Polidori comerán carnero, porque Percy y yo evitamos la carne. Usted tiene que acompañarnos, si le es posible. Iré a ver si la cocinera se está ocupando de las legumbres.
Tras estas palabras se encaminó a la cocina.
La mención de Polidori me recuerda que el pequeño médico italiano había entrado con Mary. Nadie le había prestado atención alguna. Hasta a mí me había pasado inadvertido. Se sirvió un poco de vino y se acer¬có a la chimenea. De pronto, visiblemente disgustado por algo, trepó escaleras arriba.
Ahora reapareció súbitamente. Vistiendo como única prenda un par de pantalones de nanquín se precipitó escaleras abajo y me apuntó con una pistola a la altura de la cabeza.
—¡Vaya! ¡Vaya! ¡Un extraño entre nosotros! A ver, signore, ¿cómo ha entrado en Diodati? ¡Hombre o de¬monio, hable o disparo!
Me incorporé de un salto, asustado y colérico. Tam¬bién Shelley se levantó de un salto, gritando, y derribó la silla; Mary volvió corriendo al salón.
Sólo Byron permanecía impávido.
—¡Polly, deja de comportarte como un Tory demen¬te en Calais! Aquí el extranjero eres tú, el demonio de Diodati. Ten la bondad de subir y pegarte un tiro muy quedamente, ¡y deposita tu cadáver en algún sitio donde no nos moleste!
—Era una broma, Albé, ¿no te das cuenta? Es mi tem¬peramento latino, como en ti los cantos albaneses ¿en¬tiendes?
El pequeño doctor, pura aflicción, nos miró de hito en hito en busca de apoyo.
—Bien sabes, Polly, que ni Lord Byron ni yo tene¬mos sentido del humor, como buenos británicos —dijo Shelley—. ¡Ten la amabilidad de desistir! ¡Sabes lo mal que andan mis nervios!
—¡Desmaterialízate! -vociferó Byron.
Mientras el hombrecito volaba escaleras arriba, Byron añadió:
—¡Cielos, si será estúpido!
—¡Hasta los estúpidos detestan que se los haga pasar por locos! —dijo Mary.
La lluvia había cesado por un rato, y todos salimos a contemplar la puesta de sol, que sugirió a los dos poetas los comentarios más fantásticos. Claire Claremont llegó riéndose sin ton ni son; se restregaba contra Byron cada vez que podía, en una actitud diametralmente opuesta a la de su medio-hermana. Pensé que era una muchacha tonta, y supuse que Byron pensaba lo mismo; pero era mucho más tolerante con ella que con Polidori.
Nada podía complacerme tanto como compartir la mesa con ellos; estaban interesados en mis opiniones, pero no en mis circunstancias, así que no tenía necesidad de inventar ninguna fábula sobre mi pasado. Polidori bajó para la comida y se sentó a mi lado en silencio. El y yo estábamos comiendo de buena gana cuando Byron arrojó el tenedor sobre la mesa.
—¡Oh, tener que añorar los horrores de la buena sociedad! Ellos, al menos, sabían cómo preparar la carne. ¡Esto no es carnero, es una burda imitación!
—Ah —dijo Shelley levantando la vista del plato de zanahorias—. ¡Una farsa ovejuna!
—¡Retruécano demasiado carnal para un vegetariano! —dijo Byron riendo, como todos los comensales.
—Dentro de unas pocas generaciones toda la humanidad será vegetariana —dijo Shelley, agitando un cuchillo por el aire. Su conversación cambiaba de rumbo de acuerdo con su estado de ánimo—. El día en que tocio el mundo reconozca que los animales son tan semejantes a nosotros, desaparecerá la costumbre de comer carne, por parecerse demasiado al canibalismo. ¿Imaginan el efecto civilizador que esto tendrá sobre las multitudes? Dentro de un centenar de años, el progreso de las ciencias físicas... Oh, Albé, hubieras tenido que conversar sobre el tema con el viejo Erasmus Darwin. El profetizó el día en que el vapor invadiría todos los campos...
—¿Así como invadió a este carnero?
—El vapor es la base de todos los adelantos recientes, ¿te das cuenta? Y este no es más que el principio de una serie de progresos revolucionarios en todas las esferas. Nosotros, que hemos logrado dominar el vapor, estamos ahora dominando el gas, otro poderoso sirviente. ¡Y somos apenas los precursores de quienes dominarán un día la gran fuerza vital, la electricidad!
—Bueno, una marcha a paso acelerado —dijo Byron—. Tenemos ya el Aire, el Agua y el Fuego. ¿Y que harán nuestros preclaros descendientes con el cuarto elemento, la Tierra? ¿Le encontrarán alguna nueva aplicación, además de servir de sepultura a cadáveres putrefactos?
—La Tierra será libre para todos. ¡No te das cuenta! ¡Mary, explícale tú! Teniendo por esclavos a los elementos, se abolirá la esclavitud del hombre por primera vez en la historia. Desaparecerá la servidumbre humana, pues servidores en forma de máquinas, impulsados por vapor y electricidad, ejecutarán todas las tareas. Y ese día será el alba del socialismo universal. Por primera vez no habrá amos ni subordinados. ¡Todos serán iguales!
Byron se echó a reír y se miró un rato las botas.
—¡Dudo que Dios haya tenido jamás tales intenciones! ¡No da señales de que así sea!
—¡No son las intenciones de Dios! ¡Las intenciones del Hombre! Siempre y cuando las intenciones del Hombre sean buenas... Es el Hombre quien ha dé reparar los errores de la Naturaleza, sabes, y no a la inversa. Todos somos responsables por este mundo fabuloso en el que hemos nacido. Ya veo el día en que la raza humana gobernará como debe gobernar, como jardineros benévolos, con un gran jardín a su cuidado. Y entonces, quizá, como los aventureros de Luciano, podremos saltar a la Luna y cultivarla. Y a los otros planetas del Sol.
—¿No te parece, Percy, que antes la humanidad tendrá que cambiar un poco su naturaleza esencial? —dijo tímidamente Mary.
Rara vez los ojos de la joven se apartaban del rostro de Shelley, aunque ahora él recorría a grandes trancos la habitación, gesticulando mientras hablaba.
—¡La naturaleza del hombre cambiará en virtud de los cambios que él mismo ya ha puesto en marcha! —exclamó con vehemencia—. El orden vetusto, putrefacto y complaciente del siglo XVIII ha desaparecido para siempre; avanzamos ahora hacia una nueva época, un reinado de la ciencia, donde la bondad no será avasallada por la desesperación. ¡Todos tendrán voz y todos se harán oír!
—¡Será una verdadera Babel! Tu visión del futuro me aterra —dijo Byron—. Lo que tú predices está muy bien, y es saludable para las vibraciones intelectuales. Más aún, me gustaría que aleccionaras a mi confundida esposa, que le dijeses que su putrefacto y complaciente estilo de vida es cosa muerta. Pero yo no aspiro a tu visión prometeica del hombre. ¡Lo veo como un insecto miserable y servil! Tú lo escribes con H mayúscula; para mí es un caso muy menor. Tú ves la desesperación como algo que una máquina, una pala de vapor tal vez, podría arrancar de raíz. Pero para mí la desesperación es condición permanente del hombre, nacida de ese espectro terrible que es la vejez. ¿Cómo podría la ciencia física modificar tan lamentable situación? Admito, sí, que el orden natural de las cosas tendrá que ser encauzado eliminando las engañosas componendas de hoy. La juventud, por ejemplo, es algo que debiera otorgarse luego de severos exámenes a hombres con experiencia, no malgastada en chiquillos. Pero tú confiarías la administración del orden natural al Parlamento. ¡Piensa cuánto peor funcionaría ese orden en manos de los North y los Castlereagh del mañana!
—Lo que yo digo, Albé, es que las máquinas liberarán a todos los hombres, a tocios los "Millón mudos e ignorados" del poema de Gray. Y no habrá cabida entonces, en un sistema social reformado, para mequetrefes y víboras de la calaña de los North o los Castlereagh. El talento podrá expresarse sin ataduras; la honestidad será respetada. La juventud no vivirá maniatada, pues las aberraciones del orden presente habrán sido abolidas, ¡abolidas para siempre!
Shelley se plantó al lado de Byron, escrutándole el rostro. Pese a aquellos aires de diletante, advertí que también a Byron le apasionaba el tema.
—¿Crees posible que las máquinas acaben con la opresión? —preguntó—. El problema es saber si las maquinarias fortalecen lo bueno o lo malo en la naturaleza del hombre. Por el momento, las pruebas no son alentadoras, y es posible que nuevos conocimientos puedan llevar a nuevas formas de opresión. La Revolución Francesa se proponía restaurar el orden natural, pero cambió muy pocas cosas. ¡No acabó, por cierto, con la corrupción del poder!
—Pero es que los franceses insisten aún en tener una cúpula y una base. ¡El socialismo cambiará todo eso! Recuérdalo, es el orden presente lo antinatural. Estamos luchando por un orden más natural, donde no haya desigualdades. Cuando tú y yo seamos viejos...
—¡Antes me habré pegado un tiro!
—Cuando este siglo toque a su fin, el planeta entero, bueno, quizá Willie el ratoncito vivirá para verlo... Hay poderes enteramente nuevos que ya se ciernen sobre nosotros, y se condensarán en el futuro. Acechan ahora en la mente de los hombres, y acudirán a nuestro llamado como acudió Ariel al llamado de Próspero.
—¡No te olvides que Próspero también invocó a Calibán! ¿Qué ocurre si esos nuevos poderes caen en manos de aquellos que ya están en el poder? ¿Quiénes, al fin y al cabo, están en mejores condiciones para adueñarse de esos poderes?
—¡Pero Albé, por eso mismo necesitamos un nuevo orden social! Entonces los nuevos poderes se repartirán por igual entre todos. ¿Qué opina usted de estas cosas, señor Bodenland?
Shelley volvió hacia mí un rostro luminoso y se sentó rápidamente en una silla, con una pierna levantada y una mano apoyada en el muslo, invitándome claramente a tomar la palabra.
Al fin y al cabo, reflexioné, entre los presentes nadie estaba mejor calificado que yo para tratar el tema del futuro. ¡Qué placer hablar para espíritus tan receptivos! Miré de reojo a Mary. Estaba de pie junto a Shelley, escuchando atentamente, pero sin decir una palabra.
—En un aspecto importante, estoy convencido de que usted tiene razón —dije, dirigiéndome a Shelley—. Los nuevos sistemas de máquinas aparecidos recientemente tienen mucho poder, un poder capaz de transformar el mundo. En los sitios donde se cultiva algodón, ya puede verse que los telares mecánicos están creando una nueva categoría de seres humanos, el obrero urbano. A medida que las máquinas se hagan más complicadas, ese trabajador urbano irá siendo cada vez más un experto. La experiencia del mundo le vendrá de la máquina; con el tiempo pasará a ser un apéndice de la máquina. Se le designará con el nombre genérico de "fuerza de trabajo" o "mano de obra". En otras palabras, una idea abstracta sustituirá a la relación patrón-hombre; pero en la práctica el manejo de las fuerzas del trabajo puede ser igualmente difícil.
—Pero habrá igualdad; las fuerzas del trabajo se manejarán a sí mismas.
—No. No tendrán esa libertad, pues generarán ellas mismas sus propios amos. Las máquinas no las liberarán tampoco. La segunda generación de máquinas será mucho más compleja, pues incluirá máquinas capaces de reparar y hasta de reproducir a las primeras. Y la bondad humana no sólo se verá impedida de actuar eficazmente dentro de ese sistema; se volverá cada vez más ajena al sistema. Pues las máquinas, en prolíferos millones, grandes y pequeñas, se convertirán en símbolos de casta y prosperidad, como los caballos para los pieles rojas o los esclavos para los romanos. La adquisición y mantenimiento de las máquinas ocupará cada vez más el tiempo de los hombres. El creador y las criaturas se encadenarán unos a otros en una relación de vida y muerte.
—Supongo que es posible... El hombre podría esclavizar a los elementos y seguir siendo esclavo.
—Tampoco ha de imaginar que todas las innovaciones serán fructíferas. Imagine, por ejemplo, una máquina voladora capaz de transportarlo a usted de Londres a Ginebra.
—Hay una máquina voladora en Rasselas de Johnson.
—¿No supondría usted que una máquina semejante acrecentaría de modo notable las relaciones comerciales y culturales entre Suiza y Gran Bretaña? Pero suponga en cambio que los dos países discutieran a causa de algún mal entendido, ¡en tal caso, las máquinas volantes transportarían armas de devastación, que arrasarían las dos capitales!
—Precisamente la conclusión a que llegaba Johnson —dijo Byron.
—Sí, y tan pesimista como injustificada —se apresuró a decir Shelley—. ¿Por qué habrían de enemistarse Gran Bretaña y Suiza?
—Porque cuanto más involucrada esté cada una de ellas en los asuntos de la otra, más motivos tendrán para enemistarse. Usted puede pelear con su vecino, pero es poco probable que pelee con el vecino de algún otro hombre de la aldea más próxima. Lo mismo ocurre en otras esferas. Cuanto más complejos sean los sistemas, mayor será el peligro de que algo ande mal y menos posibilidades tendrá el individuo de influir favorablemente en los sistemas. Ante todo, los sistemas se vuelven impersonales. Se diría que luego adquieren mentalidad propia, ¡y al fin llegan a ser decididamente malignos!
Un momento de silencio, mientras todos contemplábamos el piso.
—¡Entonces, Mary, vamos hacia un mundo poblado por monstruos de Frankenstein! —exclamó Byron palmeándose la pierna—. Por amor de Dios, tomemos otro trago, o disparemos contra los perros, o pidámosle a Claire que baile el fandango. ¡Cualquier cosa antes de solazarnos en semejante miseria! ¿Acaso el pasado de la raza humana no es bastante sombrío para usted, y ahora nos invita a probar los horrores imaginarios del futuro?
La mención de Frankenstein me cortó el pensamiento. Entonces, ¿la novela ya estaba escrita? ¿Por esa jovencita de dieciocho años?
Pero la jovencita de dieciocho años estaba contestándole a Lord Byron.
—Tú contarías con las simpatías de Millón, Albé: "Que ningún hombre quiera oír vaticinios sobre lo que le ocurrirá a él y a su progenie"... Pero yo pienso de otro modo, si se me permite decirlo. Quizá coincida de alguna manera con nuestro nuevo amigo, el señor Bodenland. Nuestra generación ha de emprender la tarea de pensar en el futuro, pues somos tan responsables del futuro como de la suerte dé nuestros hijos. Hay cambios en el mundo que no permiten que nos quedemos cruzados de brazos, pues acabarían con nosotros, y seríamos como niños vencidos por una enfermedad que no entienden. Cuando el saber es formulado en una ciencia, cobra vida propia, una vida a menudo ajena al espíritu humano que lo concibió alguna vez.
—Oh, sí —dije—. ¡La eterna ficción de que el espíritu innovador es noble y generoso! Y mientras tanto, los sótanos de la creatividad están a menudo atiborrados de cadáveres...
—¡No me hable de cadáveres! —prorrumpió Shelley, incorporándose de un salto—. ¡Quién sabe si no esperan atrincherados detrás de este mismísimo muro, listos para abalanzarse sobre nosotros! —Movió un dedo ante él, apuntando al aire, con gesto melodramático, mirando con ojos llameantes, romo si en verdad estuviese observando un ejército de muertos, invisible para todos los demás. —¡Si sabré de cadáveres! ¡Así como los ciclos de la atmósfera distribuyen humedad por el planeta, así las legiones de los muertos avanzan bajo tierra distribuyendo vida! ¿Parezco por ventura tan optimista, como si no tuviese conciencia del brevísimo paso que media entre el pañal y la mortaja? ¡La inmortalidad, siempre ese escollo! La idea fundamental de Frankenstein, Mary, era justa: ¡crear una raza libre de las trabas de la común debilidad humana! ¡Ojalá me hubieran creado así! ¡Qué majestuoso sería entonces mi paso por la tierra!
Dejó escapar un fuerte alarido y se precipitó fuera de la habitación.
Byron le hizo a Mary una mueca burlona.
—¡Señora mía, dése usted por afortunada de que él no coma carne, de lo contrario vaya uno a saber qué no haría!
—Percy es tan etéreo. Me temo que el mundo invisible sea para él más visible que para todos nosotros. Será mejor que suba a calmarlo.
—Mary, querida, una de estas noches, cuando haya comido mejor que esta noche, me propongo tener, también yo, un pequeño acceso de locura, para que tú me consueles.
Mary sonrió.
—¡Oh, Claire velará por usted, Lord Byron!
IX
¡Aquella noche dormí en Chapuis! Byron prefería que yo me alojara en la casa más grande, pues los perros no tolerarían mi presencia y aullarían toda la noche. Shelley, siempre dispuesto a socorrer a los parias de la sociedad, me invitó a su casa. Dormí pues en un pequeño y húmedo aposento abuhardillado, mi cabeza no muy distante de donde yacían, atormentadas por las pesadillas, las cabezas de Shelley y su amante.
A la mañana siguiente me despertó el llanto del pequeño. ¡Pensé que el niño aullaba quizá con más fuerza que los mastines de Byron!
Era una casa en extremo desordenada, gobernada descuidadamente por Mary y Claire. Pero yo estaba fastidiado conmigo mismo. La víspera, entregado al placer que me proporcionaba la compañía de los poetas, había olvidado mi gestión. Antes de veinticuatro horas, Justine sería ajusticiada, y yo no había hablado todavía con nadie.
De pronto, recobré la memoria. Había sido arrastrado por otro deslizamiento de tiempo, y estábamos ahora a fines de agosto. Los meses estivales de junio y julio habían sido escamoteados. Había un error en mis escalas de tiempo. Era posible, apenas posible, que Justine viviese todavía en Ginebra; pero en Chapuis se había unido ya a los muertos de Shelley, al ejército subterráneo en marcha...
En el momento en que yo dejaba el camastro incorporándome de un salto, comprendí que mi esperanza de ayudar a la joven se había desvanecido también para siempre.
Pero había algo que todavía estaba en mis manos: suprimir de la faz de la tierra al monstruo de Frankenstein. Si llegaba a conseguir un ejemplar del libro de Mary, podría seguirle los pasos, adelantarme, tenderle una emboscada, y matarlo.
¿Qué haría Frankenstein entonces? ¿Fabricaría una nueva criatura? ¿Era acaso mi deber erradicar no sólo al monstruo sino también al creador de monstruos?
Dejé el problema de lado, para otro día.
Yo ya había aceptado una cosa, como te habrás dado cuenta. Había aceptado que Mary y la criatura de Mary, Víctor Frankenstein, eran parte de una misma realidad, como antes había aceptado que Víctor y el monstruo eran también parte de la misma realidad. En la situación en que me encontraba, no me era difícil; también ellos habían aceptado mi realidad, y yo era en ese mundo una criatura tan mítica como ellos lo hubieran sido en el mío.
Y puesto que el Tiempo era escurridizo y tortuoso, características que la ortodoxia científica pretendía ignorar, también la realidad estaba en tela de juicio, ya que el Tiempo era término principal de la ecuación.
Ninguna de las dos jóvenes se ocupó demasiado de mi persona. Por todas partes había baúles a medio llenar, Claire corría atolondrada de un lado a otro buscando una cofia, Mary trataba de calmar al ratoncito Willie, que lloraba a gritos, y que parecía, pensé, una cosita arrugada. De tanto en tanto, alcanzaba a ver en los viñedos la silueta de Shelley, correteando como una muchacha entre las dos casas y el pequeño muelle donde estaban amarradas las embarcaciones: una colección de botes a remo y un yate con arboladura y cubierta que Claire llamaba "la goleta".
El tiempo no era del todo malo. Había asomado un sol aguanoso, y el viento disipaba la niebla.
—Ahora que ha aclarado —anunció Claire— saldremos todos a navegar hasta Meillerie. Yo llevaré mi laúd. ¡A Lord Byron le gusta tanto oírme!
Era evidente que yo andaba en la mala. Si salían a navegar, no tendría oportunidad de hablar a solas con Mary; dentro de dos días los Shelley se irían del lugar, rumbo a Ginebra, y de allí a Londres. Subí de vuelta a mi cuartito y dicté mi crónica de los sucesos de la víspera.
Encontré en un bolsillo una arrugada hoja de papel.
Era el manuscrito del poema de Lord Byron que yo recogiera del suelo la noche anterior. La alisé y leí:
He tenido un sueño que no era del todo un sueño. El sol brillante se había extinguido, y las estrellas deambulaban eternas por el cielo sombrío, sin estelas ni lumbre, y la tierra escarchada colgaba a ciegas pudriéndose en el aire sin luna. El alba vino y se fue, y vino, y no trajo la luz del día, y el terror apagó las pasiones de los nombres.
Las moradas del hombre —menos notables que la luz— ardieron en hogueras; las ciudades se consumieron, para que los hombres pudieran verse las caras. Los bosques en llamas... cayeron... Los míseros devoraban a los míseros; acosados todos por el hambre, pero dos sobrevivieron de una inmensa necrópolis...
El mundo es un desierto, murieron las olas, las mareas cesaron cuando la luna huyó...
Sólo una poderosa ciudad...
La oscuridad fue el Universo...
Me quedé allí, largo rato, apretando en una mano el poema inconcluso, la mirada perdida a lo lejos. Qué vi entonces, no sabría decirlo.
Al fin me di cuenta de que las voces de los Shelley se habían apagado hacía tiempo. Mi cuarto miraba al interior de la casa, y de cualquier modo yo no hubiera podido ver la partida de la goleta. Sentí un vacío en mí. Desde el fondo de mi deshilvanada instrucción, me vino el recuerdo de que Shelley se había ahogado en un lago durante una tormenta. ¿Este lago? ¿Este día? ¡Cómo esperaba que no!
Doblé el poema y lo dejé sobre la mesa. Todo era silencio, excepto el acompasado rechinar de un reloj. Al fin reaccioné, sacudiéndome. Bajé las escaleras, con humor melancólico. ¡Allí junto a la chimenea apagada estaba Mary!
Sentada en el extremo de una banqueta, tenía al lado una cuna de madera, de ¡a que acababa de levantar a su niño. Se desató la cinta de moebius, tomó a! bebé en brazos y le acercó a la boca un pecho pequeño. Mientras lo amamantaba, lo mecía dulcemente, absorta mirada en el rincón más lejano de la habitación.
Me sonrió al verme, y se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio. No trató de ocultar el pecho desnudo. Yo ignoraba los convencionalismos de la Regencia y me sentía turbado y embelesado al mismo tiempo, pero ella me indicó con un gesto que podía quedarme.
Mientras mamaba, el pequeño se quedó dormido. El pezón húmedo se le soltó de la boca. Mary se anudó las cintas de la blusa y acostó con cuidado al niño.
—Pienso que ahora dormirá tranquilo —dijo—. El pobre bichito sufre de cólicos, pero le he dosificado unas gotas de láudano.
—Creía que había salido a navegar con los otros, —Me quedé porque el ratoncito está enfermo; bastante traqueteo tendrá en el viaje de vuelta. Me quedé, también, porque creo que usted quería hablar conmigo.
—¡Qué amabilidad la suya!
—No fue tanto amabilidad como intuición, pues algo me dice que lo trae una misión extraña.
—Sí, Mary (si puedo llamarla así), me trae, en verdad, una misión extraña. Pero sé que usted es una muchacha inteligente, y también muy amable, y lo que me dice me facilita la tarea.
Yo le llevaba a Mary la cabeza y los hombros; mi cráneo chocaba contra las vigas bajas. Lo que no podía decirle, mientras estábamos los dos allí en la penumbra del cuarto, era que yo me sentía considerablemente atraído por ella.
La habitación estaba casi desprovista de bienes y utensilios, excepto aquellas cosas ya embaladas para la partida. Sobre la mesa quedaban los restos de un desayuno frugal. No vi nada más que pan, té y algunas frutas. En el sitio habitual de Shelley, un cartapacio alemán abierto, y sobre él un pequeño volumen en dozavo. A la luz mortecina de la habitación, Mary parecía pálida. El pelo rubio me recordó un momento la mujer que yo había conocido poco antes, Elizabeth Lavenza. Pero la acogida de Elizabeth había sido glacial; la presencia de Mary era de una calidad diferente. Tenía ojos grises y una expresión de gran vivacidad, un tanto juguetona (o eso me pareció) desde el momento en que yo le había mirado el pecho desnudo. No le vi nada de esa timidez que había demostrado la noche anterior en presencia de Byron.
Dije impulsivamente:
—Usted habló muy poco anoche, durante nuestra charla. Sin embargo, sé que tenía mucho que decir.
—Mi deber era escuchar. Y yo quería escuchar. Shelley no. estaba en uno de sus mejores momentos, pero es tan hermoso todo lo que dice.
—Sí. Es muy optimista con respecto al futuro.
—Eso es tal vez lo que aparenta.
Un silencio cayó entré nosotros. El bebé dormía a los pies de Mary. Impresiones inconmensurables, intangibles, parecían crecer a nuestro alrededor. Una vez más oí el tictac del reloj, y los latidos de mi corazón.
—Venga y siéntese conmigo junto a la ventana —me dijo Mary—. Cuénteme lo que quiere decirme. ¿Algo acerca de Shelley?... No, es algo que tiene que ver con nuestra charla de anoche. Se sorprenderá, pero se me erizaban los cabellos cuando usted hablaba así del futuro. Usted conjuró ante mí las legiones de los no nacidos, y me pareció una visión tan terrible como las legiones de los muertos. Aunque, al igual que Shelley, y cualquier persona inteligente de nuestros días, no creo en la religión cristiana; creo, sí, en los espíritus. Y hasta tanto usted me ilumine, y quizás aún después, lo veré a usted como una especie de espíritu.
—¡Esa podría ser la mejor manera de encararlo! Acaso no pueda convencerla jamás de que soy algo distinto de un espíritu, pues lo que tengo que decirle es esto: que he venido del futuro, de aquí a dos siglos en el futuro, para hablar con usted, para sentarme aquí, junto a esta ventana, ¡y hablar como ahora estamos hablando!
No pude evitar un cierto tono de lisonja. Vista así, a la suave luz verde de la ventana, hablándome con un semblante serio y calmo, Mary Shelley era muy hermosa. Quizás hubiera en ella una cierta melancolía, pero nada de la locura de Shelley, nada de la extravagancia de Byron. Parecía un ser aparte, una mujer muy sensata pero extraordinariamente joven, y algo que dormitaba en mi pecho despertó y se abrió a ella.
Mary me dijo, riéndose a medias:
—Ha de tener documentos que justifiquen esa afirmación, ¡que atestigüen qué inverosímil puesto de frontera temporal cruzó usted para llegar aquí!
—Claro que los tengo, y algo mejor que documentos. Pero el documento que a mí más me interesa es la novela de usted: Frankenstein, o el Prometeo Moderno.
—Acerca de eso, tendrá que darme más detalles —dijo Mary con voz calma, escudriñándome el rostro—. Ignoro cómo puede haberse enterado de la existencia de mi cuento, pues sigue allí arriba, inconcluso, aunque lo empecé en mayo. A decir verdad, es posible que no lo termine nunca, ahora que tenemos que regresar a Inglaterra, para resolver allí nuestras dificultades.
—¡La terminará! ¡La terminará! Eso lo sé. Porque vengo de una época en la que esa novela es universalmente reconocida como obra maestra de la literatura y la visión profética; ¡una época en la que Frankenstein es un nombre tan familiar para el lector culto como Gulliver o Robinson para usted!
Los ojos de Mary centelleaban; tenía las mejillas encendidas.
—¿Mi historia es famosa?
—Es famosa, y su nombre es respetado.
Se pasó una mano por la frente.
—Señor Bodenland, Joe... ¡demos un paseo por la orilla del lago! Necesito alguna actividad física para probarme que esto no es un sueño.
Mary temblaba de pies a cabeza. Cuando salimos de la casa la tomé por el brazo. Ella se apretó contra mí, y me miró abriendo los ojos, en una actitud inconscientemente provocativa.
—¿Será realmente como usted dice, que la fama, esa vida vicaria en el aliento de otro, será mía en los años futuros? ¿Y Shelley? ¡Estoy segura de que la fama de él no morirá!
—La fama de Shelley está asegurada, y el nombre de Shelley eternamente ligado al de Lord Byron. —Noté que ese detalle en particular no la complacía demasiado, de modo que añadí—: Pero la fama de usted está a la altura de la de Shelley. A él se le considera un adelantado entre los poetas de la ciencia, y a usted el primer novelista de la ciencia.
—¿Viviré entonces el tiempo suficiente para escribir más de una novela?
—Sí, vivirá.
—¿Y cuándo moriré? ¿Y el querido Shelley? ¿Moriremos jóvenes?
—No morirán antes de que sean célebres.
—¿Y nos casaremos? Sabrá usted que él corre detrás de otras mujeres, siempre buscando algo.
Mary jugueteaba distraídamente con las cintas de la blusa.
—Se casarán. En el futuro se la conoce como Mary Shelley.
Mary cerró los ojos. Las lágrimas le asomaron bajo los párpados y se le deslizaron por las mejillas. Le temblaba el cuerpo. La abracé y así nos quedamos, recostados a medias contra la puerta ampollada por el sol.
De lo que ocurrió luego no me es posible hacer un relato minucioso; no me atrevo a expresarlo en palabras. Porque nos entregamos a una especie de ritual, que retrospectivamente parecía ajustarse a ciertas cadencias, como una danza. Todavía llorando, Mary se echó a reír. Se aferró a mí un instante y luego huyó; correteó zigzagueando entre las flores y las briznas altas, giró alrededor de los árboles espantando lagartijas, patinó por el sendero de arena. Me invitó a perseguirla. Yo corrí detrás, y le tomé una mano.
Ella reía y lloraba a la vez.
—¡No lo creo! —dijo.
Empezó a hablar como en éxtasis, imaginando lo que podía traer el futuro, todo mezclado con pormenores de su propia vida, según Mary inmensamente desdichada, siempre ensombrecida por una nube, pues la madre de ella había muerto al darla a luz.
—Pero si he de alcanzar esos méritos que llevan a la fama, entonces el trueque de la vida de mi madre por la mía no fue tan injusto como siempre temí.
Nuevamente reía y lloraba, y yo reí con ella. Había entre nosotros una unión, una afinidad química que la naturaleza parecía reconocer y auspiciar, pues el viento amainó y el sol brilló, y las cumbres nevadas resplandecieron imponentes. Sin detenerme a pensarlo, la tomé en mis brazos y la besé.
Los labios de Mary eran cálidos y dulces.
Antes de desprenderse de mi abrazo, Mary me respondió indirectamente, revelando lo que pasaba por la mente de ella, y la mía:
—¿Sabes por qué tenemos que volver tan pronto a Inglaterra, luego de haber encontrado este santuario de paz? Porque nuestra querida Claire está encinta de Byron. ¡Esa no fue una unión de espíritus sinceros! Pero no pensemos en ellos; el presente nos pertenece. Ven, mensajero mío, que me traes tantos motivos de felicidad, ven conmigo a nadar en el lago. ¿Sabes que Shelley no sabe nadar? Yo nado con Byron porque me da miedo nadar sola, aunque he de soportar sus impúdicos comentarios. Aquí, el agua es profunda y glacial como una tumba. ¿Te importa? Nos daremos la espalda como seres civilizados, mientras nos desnudamos.
¿Qué hombre sería bastante débil como para resistirse a esa invitación, o para discutirla? Nos encontrábamos en una caleta pequeña y solitaria, sembrada de grandes cantos rodados, despojos del antiguo flanco de una desmoronada colina. ¡Qué límpida y pura era el agua, pululante de peces! Sobre nuestras cabezas, desde la fronda de un sauce cercano, los pájaros partían como saetas. Las abejas zumbaban en el trebolar. Y la grácil figura de Mary Shelley apareció de pronto a mi lado.
Dejó escapar un gritito al entrar en el agua helada.
Chapoteando con brazos y piernas para habituarse al frío, volvió la cabeza y me miró con un asomo de malicia, mientras yo estaba allí desnudo, mirándola. Y nuestras miradas se encontraron convirtiéndose en algo eterno. Así es como ahora la veo, volviendo la cabeza por encima de un hombro muy blanco, rodeada por la extendida placidez del agua. Me precipité hacia adelante y me zambullí de cabeza.
Luego de nadar un rato, corrimos de vuelta a la pequeña villa, riendo y llevando las ropas en la mano. Mary encontró una toalla para mi arriba, pero no la usé y ella tampoco la suya. Nos tendimos los dos en la cama, muy juntos, abrazados, boca contra boca. A nuestro alrededor flotaban el tiempo y el día inefable.
Más tarde, descubrí adherida a su cadera todavía húmeda, una hojita de sauce.
—¡La conservaré como recuerdo de una tierra encantada!
La puse con cuidado sobre una edición de Sófocles, junto a la cama, pensando en recogerla más tarde.
—¡Dices bien, encantada! Tú y yo estamos bajo un encantamiento, Joe. ¡No existimos en el mismo mundo! Aunque beses mi carne, somos dos espíritus. Y hemos sido separados del mundo, hemos llegado, tú y yo, en este cuarto, al claro de un bosque encantado, un bosque maravilloso e infinito, un bosque de pinares, nogales y castaños. Nada podrá dañarnos aquí. Es un bosque sin límites. Se extiende hasta los confines del mundo, los confines de la eternidad. El sol no dejará nunca esta ventana, pues de un plumazo, mi adorado espíritu, ¡hemos abolido el tiempo! Me pregunto qué sucedería si tú fueses el último hombre del planeta, y yo la última mujer. Desconocidos para la fama, veríamos a nuestro alrededor el mundo entero convertido en un nuevo Edén... Pero yo tendría miedo de que tú murieras. Soy tan miedosa, sabes. Sólo las buenas nuevas que me traes han logrado ahuyentar un rato mis temores. Tuve un niño que murió. Es tan frágil la carne. ¡Excepto la tuya, Joe! Y temo por Shelley. A veces es tan exaltado. Ya lo viste anoche: una criatura de aire y luz, y sin embargo tiene un lado oscuro, como la luna. ¡Oh, espíritu mío, mi otro yo, hazme otra vez el amor, si puedes! ¡Que tu luz de sol se una a mi luz de luna!
¡Ah, Mary, Mary Shelley, cuánto te amé y te amo, por sobre todas las mujeres! Mas lo que entonces fue posible, fue posible sólo porque éramos meros fantasmas, o creíamos serlo, y apenas algo menos que fantasmas el uno para el otro. Pero el sólido mundo suizo no era un fantasma, ni el sistema solar dejará de recorrer los espacios siderales; así, a pesar de las palabras de Mary, a pesar de que habíamos olvidado el tiempo, el sol abandonó la ventana y el pequeño despertó llorando; y entonces Mary, con una lánguida mirada, se vistió descuidadamente y bajó las escaleras. Recuerdo aún cómo el vestido de Mary iluminó el rellano, reflejando sobre la pared los rayos de sol mientras ella descendía.
La seguí a la planta baja Nuestros movimientos siempre en armonía, se asemejaban a una danza formal. Mary buscó un tazón en la cocina y le dio a William un poco de leche. El pequeño bebió, Mary lo meció sobre una rodilla, y él cerró los ojos y volvió a dormirse, y ella lo puso de nuevo en la cuna. Luego se volvió hacia mí, clavándome los ojos.. Tomados de las manos, pronunciamos el nombre que nos había unido: Frankenstein.
X
He aquí lo que Mary me dijo cuando le pregunté cómo había llegado a escribir la novela.
—Empezó como un cuento de terror, en el estilo de Mrs. Radcliffe. Una noche en Diodati, Polly, el doctor Polidori, a quien viste anoche en uno de sus peores momentos, nos trajo una colección de cuentos de aparecidos y nos leyó en voz alta los pasajes más espeluznantes. No hace falta mucho para interesar a Shelley en esos temas, ni a Albé, quien gusta sobre todo de las historias de vampiros. Yo me limito a escucharlos cuando hablan. No sé a ciencia cierta si Albé gusta de mí, o si sólo me tolera por consideración a Shelley...
"Polidori propuso que organizáramos un concurso: cada uno de nosotros escribiría un cuento macabro. Los tres hombres comenzaron a escribir algo, aunque Shelley tiene poca paciencia para la prosa. Yo no podía empezar. Supongo que era demasiado tímida.
"O quizá demasiado ambiciosa. Escribir horrores triviales, como Polidori, no me seducía. Lo que yo deseaba era una concepción grandiosa, capaz de despertar los misteriosos pavores de la naturaleza del hombre. Toda la vida he sufrido de pesadillas, y pensé, en un principio, recurrir a una de ellas, convencida de que los sueños expresan una verdad interior, y que en la inverosimilitud de los sueños hay una realidad mucho más plausible para nuestro yo profundo que la más prosaica de las vidas diurnas.
"Pero al fin la inspiración me vino de una conversación entre los poetas. Estoy segura de que en tu siglo el nombre del doctor Erasmus Darwin es conocido y reverenciado. El encanto poético de Zoonomia no dejará de ser apreciado, lo mismo que esas notables meditaciones acerca del origen de las cosas. Shelley ha reconocido siempre la deuda que tiene para con el difunto doctor. Byron y él discutían sobre los experimentos y especulaciones de Darwin acerca del futuro, y sobre la posibilidad relativamente verosímil de resucitar cadáveres por medio de un shock eléctrico, siempre y cuando no se "hubiese iniciado aún la descomposición. Byron aventuró la idea de que quizá pudieran aplicarse en forma simultánea unas cuantas pequeñas máquinas a los órganos vitales: una máquina para el cerebro, otra para el corazón, una tercera para los riñones, y así sucesivamente. Y Shelley dijo entonces que tal vez se pudiera recurrir a una máquina mayor con varias terminales eléctricas de distintas potencias, de acuerdo con las necesidades de cada órgano. Me retiré a mi habitación mientras ellos desarrollaban estas ideas.
"Los había escuchado fascinada como aquella vez cuando yo todavía era una niña, y escondida detrás del sofá de mi padre había oído a Samuel Coleridge recitar La balada del Viejo Marinero. ¡Una extraña pesadilla me esperaba esa noche!
"Sabía que la idea de visitar sepulcros y osarios en busca de los secretos de la vida rondaba siempre por la mente de Shelley; pero esas horrendas especulaciones sobre máquinas eran nuevas.
"Dormí y soñé. Y de ese sueño nació Frankenstein. Vi la máquina poderosa trabajando, con los cables conectados a una monstruosa figura, y revoloteando alrededor al científico, excitado y nervioso. De pronto, siempre envuelta en vendajes, la figura se incorporó. Y el científico que jugaba a ser Dios miró la obra de sus manos y retrocedió espantado, así como Dios retrocedió, con menos motivos, ante nuestro antepasado común, Adán. Frankenstein huyó renunciando al poder que se había arrogado, con la esperanza de que el cuerpo de la criatura volviera a corromperse. Pero esa misma noche, mientras Frankenstein dormía, la criatura monstruosa entra en el aposento, arranca el dosel, ¡así!, y Frankenstein despierta sobresaltado y ve ante él la terrible mirada del monstruo, ¡y unas manos abiertas que se acercan buscándole la garganta!
"También yo, podrás imaginarte, desperté sobresaltada. Al día siguiente, me senté a escribir mi sueño, como Horace Walpole con el sueño de Otranto. Cuando le mostré a Shelley las pocas páginas que había borroneado, él me pidió que desarrollara la historia acentuando más claramente la idea fundamental.
"Eso es lo que he estado haciendo, a la vez que insertando en el relato algunos de los principios de conducta de mi ilustre padre. A decir verdad, supongo que es mucho lo que debo a Caleb Williams, una novela que he leído varias veces con cuidado filial. Mi infeliz criatura, ya ves, no se parece a esos horrendos espectros que la precedieron. Tiene vida interior, y la más cabal" expresión de sus desgracias está encerrada en una frase godwiniana: 'Soy malvado porque padezco mucho'.
"Estas son algunas de las impresiones que me impulsaron a escribir. Pero más importante es esa especie de vértigo que me domina mientras escribo, de modo que cuando invento apenas sé lo que estoy inventando. Es como si la historia misma se adueñara de mí. Esa fuerza irreprimible me inquieta y por esa razón he abandonado unos días el manuscrito.
Mary echó la cabeza hacia atrás, mirando el cielo raso un poco descolorido.
—Es una impresión extraña, que ningún otro escritor parece haber notado. Quizá nace de la idea de que estoy profetizando de algún modo una espantosa catástrofe, y no sólo narrando una historia. Si tú, Joe, vienes del futuro, entonces tendrás que decirme honestamente si ocurrirá esa catástrofe.
Titubeé antes de responder:
—Esos presentimientos que te acosan tienen algún fundamento, Mary. En ese sentido te adelantas a tu época; vengo de una civilización hipnotizada desde hace tiempo por la idea del fin. Pero para contestar a tu pregunta: la fama de tu novela, cuando la concluyas, se cifrará en parte en su poder alegórico. Esa alegoría es compleja, pero parece relacionarse principalmente con la forma en que Frankenstein, como símbolo de la ciencia en general, desea mejorar el mundo, y sólo consigue convertirlo en un sitio peor. El hombre inventa, pero no domina lo que inventa. A este respecto, el cuento de tu Prometeo es profético, aunque no en algún sentido personal.
"Hay algo aquí que me intriga de veras. ¿Sabes que Víctor Frankenstein existe, y es hijo de un distinguido sindico de Ginebra?
Mary me miró espantada y se aferró a mí.
—¡No me asustes, no podría soportarlo! ¡Mi historia es inventada, ya te lo he dicho! Además, se desarrolla en el siglo pasado, no ahora; pues es una convención que gusta a los lectores.
—¿Sabes que tus personajes viven ahora, a sólo pocas millas de distancia camino a Ginebra? ¡Tienes que saberlo, Mary! Habrás leído los periódicos y habrás visto que la criada, Justine, fue procesada por homicidio, por asesinar a un niño que tenía a su cuidado.
Mary rompió a llorar, protestando a gritos, diciendo que tenía una vida ya bastante difícil y no necesitaba de nuevas complicaciones. Yo empecé a consolarla, Y lo que en un principio fue un abrazo inocente, cambió de carácter cuando la abracé y le besé los labios blandos y húmedos de lágrimas.
—Percy me acusa de ser poco cariñosa. ¡Oh, Joe!, ¿me sientes tú así?
—¡Ah, Mary, he tenido que recorrer dos siglos para encontrar una amante como tú! ¡Nunca hubo un amor como el nuestro! ¡Mary adorada!
—¡Mi adorado Joe!
Y así sucesivamente. ¿Pero por qué he de desgarrarme el corazón recordando nuestras palabras de entonces?
Impacientes, caminábamos por la casa de un lado a otro, hablando, acariciándonos.
—Nunca te reproches nada, Mary. Sabes que tengo que marcharme... Recuérdame sólo como un espíritu que te trajo unas buenas nuevas muy merecidas, ¡nada más!
—¡Oh, mucho más, muchísimo más! Pero dos siglos... yo soy polvo para ti, Joe, sólo polvo de huesos...
—Nunca fuiste menos que un espíritu viviente.
Llevamos al pequeño William al jardín con nosotros. Mary trajo una merienda improvisada, envuelta en un mantel, y nos sentamos a la sombra de los añosos manzanos en cuyas ramas resplandecían los frutos, ya en sazón. Grandes ásteres esparcían a nuestro alrededor una lluvia de pétalos amarillos; una mata de hierbabuena crecía entre el pasto endulzando el aire todavía más. Pero yo tenía que volver al tema de Frankenstein.
—Algo nos ha sucedido, Mary, algo que nos permite ir de un mundo a otro. Tal vez no dure, y por eso tengo que marcharme. Pues mientras me sea posible, he de exterminar al monstruo de Frankenstein. Me dijiste que tu libro está inconcluso. Pero para descubrir el escondite del monstruo necesito tener información anticipada. Dime qué ocurre luego del juicio de Justine.
Mary se mordió los labios.
—Bueno, es la historia del mundo. La criatura, naturalmente, quiere un alma gemela. Frankenstein se arrepiente de haberla tratado con rudeza, y decide fabricar otro monstruo, una hembra.
—No, no recuerdo, eso en el libro. ¿Estás segura?
—Es lo que he escrito. Hasta ahí he llegado.
—¿Y ya está hecha la hembra? ¿Dónde? ¿En Ginebra?
Mary arrugó la frente, concentrándose.
—Frankenstein tiene que salir del país...
—¿A dónde va?
—Tiene que hacer un viaje, como nosotros...
—¿Qué quieres decir con eso? Hay una estrecha relación entre él y tú, ¿no es así?
—El es mi personaje, nada más. Claro que hay una afinidad... Pero no sé a dónde va, sólo sé cuáles son sus intenciones. Y naturalmente, la criatura lo sigue.
Nos quedamos callados, mirando jugar a William y escuchando el zumbido de los insectos.
—No me has contado nada del futuro. ¿Qué libros se escriben? ¿La gente cree todavía en Dios? ¿Se ha llegado al socialismo? ¿Se honra el nombre de mi padre? ¿Cómo visten las mujeres? ¿Grecia ha sido liberada? ¿Qué come Ja gente?
—La naturaleza humana no ha variado. Y si hay algún cambio, ese cambio es gradual. Hemos tenido guerras más atroces que las guerras napoleónicas, hemos combatido con armas más terribles y menos misericordia, y esas guerras han envuelto a casi todas las naciones. La gente sigue siendo malvada porque padece mucho. Las mujeres siguen siendo hermosas y los hombres todavía las aman, pero hay modas en el amor, como en otras cosas. La raza humana, esperamos, seguirá existiendo durante millones de años, y mostrando quizás una comprensión cada vez mayor, pero en el año 2020 parecería que el mundo se está despedazando.
Le hablé entonces de los deslizamientos de tiempo y le conté cómo yo había vuelto.
—Llévame a ver tu automóvil. Quizás entonces pueda creer que no estoy soñando.
Mary cargó a William, y yo, tomándole la mano pequeña, la llevé al lugar donde había dejado el Felder. Abrí la portezuela, la invité a subir y le mostré la colisa, " los mapas, y otros accesorios.
Mary no trató de entender. Se limitó a acariciar el respaldo del asiento del conductor.
—Un hermoso cuero —comentó—, ¿Pertenece a algún animal no descubierto todavía, y que ha sobrevivido en el hemisferio austral?
—No, es plástico, un material fabricado por el hombre. Una de las tantas tentaciones de los herederos de Frankenstein.
—¿Te das cuenta, Joe? —dijo Mary riendo—. ¡Tú eres mi primer lector! ¡Qué lástima que no recuerdes mejor mi libro! ¡Qué hermosa dedicatoria te escribiría! ¿Te vas ya?
Demasiado conmovido para poder responderle, asentí con un movimiento de cabeza.
—¡Mary, ven conmigo! ¡Eres una criatura que está fuera del Tiempo! ¡Ven y vivirás conmigo fuera del Tiempo!
Mary me tomó la mano.
—Sabes que no puedo dejar solo al querido Shelley. El se propone remendar el mundo, pero me necesita para que le remiende los calcetines... ¿Te gusto, Joe?
—¡Más que eso, y tú lo sabes! Te adoro y respeto tu modo de ser. Y tu cuerpo. Y tus obras. Todo cuanto es Mary Shelley. Eres mujer y leyenda... ¡Todo!
—Menos el personaje ficticio por el que soy más famosa.
—Es gran mérito tuyo haber puesto al mundo en guardia contra él.
Nos besamos, y luego ella saltó al camino, apretando contra el pecho al pequeño Will. Sonreía, pero las lágrimas le velaban los ojos grises.
—Tendrás que despedirme de Lord Byron y Shelley. Me avergüenza haber abusado de tanta hospitalidad.
—No lo eches todo a perder con convencionalismos, Joe. ¡Hemos sido unos fantasmas fuera del Tiempo!
—Oh, Mary, Mary queridísima...
Intercambiamos una sonrisa muda, desesperanzada, y una vez más puse en marcha el automóvil, rumbo a Ginebra.
Durante algún tiempo pude verla aún en el espejo retrovisor, de pie en el camino polvoriento, con el largo vestido blanco, el niño en brazos, siguiendo al Felder con la mirada. Sólo cuando esta imagen se perdió a lo lejos y doblé en una curva, recordé la hojita de sauce que había quedado sobre el tomo de Sófocles junto a la cama de Mary.
Ella la encontraría esa noche, cuando subiera a acostarse.
XI
Ginebra, el litoral floreciente, las anchas avenidas, las callejas estrechas y el bullicioso ir y venir de coches de caballo, comenzaba a parecerme una ciudad casi familiar.
Había dejado mi automóvil detrás del granero de una granja, fuera de los muros de la ciudad, y ahora me encaminaba hacia la residencia de los Frankenstein. Había resuelto aliarme a Víctor, convencerlo de que no creara una criatura hembra, ayudarlo en la tarea de dar caza y exterminar al monstruo, que ya andaba suelto por el mundo.
Y como si esta búsqueda no fuese ya bastante macabra, una maldición parecía haber caído sobre mí. Pues ahora la fecha era principios de julio. Me lo confirmaron los periódicos. Las espigas que yo había visto cosechadas a pocos kilómetros de distancia estaban de nuevo en las plantas.
Aun admitiendo la probabilidad de que el Tiempo no fuese una nave aerodinámica capaz de desplazarse sin pausa y a una velocidad uniforme durante cada uno de los días de la creación, era obvio que algo nuevo tenía que haber modificado el curso de la Naturaleza, un curso ahora zigzagueante. Imaginé dos posibilidades. La primera, que la conmoción temporal que yo había sufrido me estaba provocando alucinaciones de un asombroso realismo. La segunda, que las graves dislocaciones de tiempo de mi propia época, productos a su vez de daños estructurales en el espacio-tiempo, refluían ahora hacia atrás.
Esta segunda posibilidad era la que yo prefería, sobre lodo porque pensaba que ese reflujo podía producir algunos de los efectos de la primera posibilidad. No era extraño que las distorsiones de tiempo provocaran alucinaciones.
Una de esas alucinaciones era la sensación persistente de que mi personalidad se estaba desintegrando. Cada uno de mis actos, esos actos que en mi propia época hubieran sido imposibles, servía para desatar aun más los débiles nudos que sujetaban mi personalidad. Abrazar a Mary Shelley, gozar del amor y la fragancia de la joven había contribuido a esa disgregación como ninguna otra cosa hasta entonces. Fue, pues, un ser extrañamente anómico el que llegó a la mansión de la familia Frankenstein y llamó solicitando ser recibido.
Por segunda vez, el criado me llevó al salón. Por segunda vez el salón estaba desierto. Pero sólo un instante. Pálida, imperiosa, entró Elizabeth, ataviada con un vestido de seda de talle alto y muy escotado. La acompañaba Heriry Clerval, tan rubicundo como ella pálida, tan indolente como ella severa e inequívoca.
Clerval era un hombre de cara redonda, agradable, pensé, aunque de expresión poco cordial. No trató de, mostrarse amable y dejó que Elizabeth hablara.
—No puedo entender por qué ha vuelto, señor Bodenland —me dijo ella—. ¿Me trae acaso algún nuevo mensaje de Víctor Frankenstein?
—¿Tan indeseable soy, señorita? En una oportunidad le presté un pequeño servicio entregándole una carta. Tal vez sea una suerte para mí no traerle hoy ningún otro mensaje.
—Es una desgracia para usted que haya tenido el atrevimiento de volver a esta casa.
—¿Por qué lo dice? No era mi intención molestarla en este momento. A decir verdad, no tenía ningún deseo de verla. Esperaba poder hablar con Víctor, o al menos cambiar unas palabras con su padre.
—El síndico está indispuesto. Y en cuanto a Víctor... ¡quizás usted conozca el paradero de Víctor mejor que nosotros!
—Ignoro dónde se encuentra. ¿No está aquí? Al parecer, Clerval consideró que había llegado el momento de mostrarse desagradable. Dio un paso adelante y me interpeló, acusándome.
—¿Dónde está Víctor, Bodenland? Nadie lo ha visto desde que usted trajo ese último mensaje. ¿Qué ocurrió entre ustedes aquel día?
—No voy a responder a ninguna pregunta hasta que usted me responda a mí. ¿Por que tiene que tratarme con tanta hostilidad? Nada hice que pudiera ofenderlo. Sólo hablé dos veces con Víctor, y no he reñido con él. Usted tiene más motivos que yo para desearle mal, ¿no es así?
Al oír esto, Clerval se adelantó furioso y me tomó por la muñeca. De un golpe, le bajé el brazo y me preparé para volver a golpearlo con más fuerza. Nos miramos con ojos centelleantes.
—Tenemos buenas razones para sospechar de usted, Bodenland. Es forastero y sin domicilio conocido; no pagó la cuenta del hotel de Sècheron, ¡y tiene un coche sin caballos que huele a extraños poderes!
—¡Nada de eso le interesa a usted, Clerval!
—¡Ya están aquí, ya llegan, Henry! —dijo de pronto Elizabeth en tono perentorio.
Yo había oído pasos en el vestíbulo. La puerta se abrió bruscamente de par en par y dos hombres fornidos, con botas, pantalones de montar, camisas de grueso lienzo y bicornios irrumpieron con paso marcial en el jalón. Uno de ellos llevaba en el cinto una pistola. Reconocí en seguida a un par de esbirros de la ley, pero no perdí tiempo en echarles una segunda ojeada; empujando a un lado a Clerval, salté ágilmente al jardín lateral.
Huía ya a toda carrera cuando Ernest Frankenstein me salió al paso. Habían tenido la precaución de apostarlo en el jardín. Era un muchacho debilucho y lo tumbé de un puñetazo en el pecho. Sin embargo, la demora bastó para que Clerval me diera alcance y me sujetara por detrás. Di media vuelta y le lancé un golpe a las costillas, y él gruñó y me pasó el brazo por el cuello, sujetándome. Le descargué entonces el talón sobre el empeine y en el momento en que él se doblaba instintivamente de dolor, lo alcancé con un rodillazo en la cabeza.
Esta última hazaña fue un lujo que no debí permitirme, pues ya tenía sobre mí a los esbirros. Al llegar a la ventana, se interceptaron mutuamente el paso. Tratando de esquivarlos, me agaché y caí al jardín. Trastabillé apenas un instante, y eché a correr, y eludiendo un desmañado puntapié de Ernest, no tardé en encontrarme en el sendero.
Era un jardín largo, interminable, cerrado en el extremo por una tapia elevada. Junto a ella había un arriate; podía escalarlo, pero no quizá con bastante rapidez.
En el momento en que me lanzaba sobre el muro, oí a mis espaldas unos pasos apresurados Me encaramé de un salto en el borde del muro y mientras me preparaba para saltar al otro lado miré hacia atrás.
Ernest se acercaba peligrosamente a mis piernas; luego vi que un policía y en seguida el otro se detenían en el sendero; atrás, cerca de la casa, estaban Clerval y Elizabeth. El segundo esbirro me estaba apuntando con una pistola pequeña, sujetando el arma con ambas manos. Había sido bastante sensato como para no disparar mientras corría, desperdiciando su única bala. Salté, y el hombre disparó.
Caí en un callejón. La tapia no era demasiado alta, pero la bala me había alcanzado en una pierna. La herida no parecía grave, aunque bastó para que yo cayera en mala posición y me torciera el tobillo.
Me recosté tambaleante contra el muro, jadeando, sin aliento. Me sangraba la pierna, y no podía utilizar la otra. No tenía ninguna posibilidad de escapar. El enjambre de mis perseguidores llegó al callejón y cayó sobre mí.
Poco después, cojeando y protestando, me encontré en la cárcel local; allí me arrojaron en un cuartucho pestilente y mugriento, junto con unas dos docenas de otros malhechores.
¡Con cuánta amargura pensé esa noche en la felicidad que había dejado atrás esa misma mañana! ¡Cómo añoré aquella otra cama, con Sófocles al lado y Mary en ella, mientras caía sobre un montón de sacos hediondos, entre la escoria de la humanidad que eran mis nuevos compañeros!
Hacia el amanecer, estaba ya cubierto de picaduras de insectos abominables, sin duda mejor alimentados que yo.
Sin embargo, no me sentí desesperado. Al fin y al cabo, si Víctor Frankenstein no había muerto, no podían castigarme. Tampoco estaba tan aislado como podía parecer a primera vista. Sabía que había en Ginebra visitantes de habla inglesa, y si lograba ponerme en comunicación con ellos, tal vez pudiera inducirlos a que me defendiesen. Y tenía cerca a los Shelley, casi al alcance de la mano, aunque las fluctuaciones de la escala de tiempo hacían que fuese difícil saber si reconocerían mi nombre. Y estaba también el insigne Lord Byron, un nombre influyente, famoso por el afán con que defendía la causa de la libertad. Quizá pudiera hacerle llegar algún mensaje.
Mientras tanto, trataría de llamar la atención, y lograr que me sacaran de ese infierno común en el que yo había caído.
De cualquier modo, necesitaba que me atendieran. Aunque la bala sólo me había desgarrado la carne, la herida me dolía mucho y tenía mal aspecto. La sangre seca se me había pegado al pantalón. Ni siquiera me levanté de mi sórdido camastro, y allí gemí, acostado, lamentándome, llegando a parecer de veras un moribundo.
Como había sido uno de los primeros en despertar, los ruidos que yo hacía no me ganaron las simpatías de los otros, recibiendo de ellos, que trataban afectuosamente de acelerar mi mejoría, unos cuantos golpes y puntapiés. Estos buenos oficios sirvieron para que yo gritara más. Por último, me incorporé llorando, y me dejé caer, encogido, en una actitud que (al menos eso esperaba) podía sugerir que yo había muerto.
Llamaron a un guardián. Me dio vuelta con el pie. Gemí débilmente. Llamaron a otro oficial, me sacaron de la celda con mucho tintineo de llaves, y me llevaron a un cuartito donde me echaron negligentemente sobre una mesa.
Vino un médico y me examinó; gemí durante toda la inspección.
Me curaron y vendaron la herida, y luego un médico estúpido me practicó una sangría, pensando evidentemente que así me quitaría una fiebre presunta.
Mientras se alejaban llevándose una palangana de sangre, me sentí casi tan mal como fingía estarlo. Luego, me arrastraron a una celda solitaria, me encerraron, y se marcharon.
Allí permanecí dos días. De vez en cuando me tratan un plato de comida repugnante; al final del segundo día me resigné a comer. Antes de una hora me hervían los intestinos.
Al tercer día, me llevaron escoltado ante un oficial de la cárcel. El hombre me sometió a un interrogatorio de rutina, preguntándome mi nombre y domicilio, y si estaba dispuesto a confesar dónde había ocultado el cadáver de Víctor Frankenstein. Ante mis protestas de inocencia, se echó a reír.
—Es difícil que uno de nuestros más notables consejeros haya ordenado encarcelar a un hombre inocente —dijo—. Sin embargo, tuvo la generosidad de proveerme de algunos elementos para escribir antes de enviarme de nuevo a mi celda, acusado formalmente de asesinato.
XII
Carta de Joseph Bodenland a Mary Godwin:
Mi querida Mary Godwin:
Tu novela tuvo muchos lectores que tú nunca conociste. Es posible que esta carta jamás llegue a tus manos. ¡Pero quizá la fuerza que me impulsa a escribir en estas circunstancias sea tan perentoria como la tuya!
Sólo desastres me han ocurrido desde el momento en que te dejé. Mi único consuelo es haber estado contigo. Y eso alivia todas mis desgracias.
El nebuloso recuerdo que tengo de tu novela me hace pensar que fuiste demasiado magnánima con la prometida de Víctor, Elizabeth, y mucho más que magnánima con el amigo de ella, Henry Clerval. Entre los dos me han hecho encarcelar bajo la falsa acusación de haber asesinado a Víctor.
Es posible que me liberen en cualquier momento, pues bastará con que Víctor reaparezca entre los vivos para que quede demostrada la falsedad de la acusación. Sin embargo, nadie mejor que tú sabe lo errátiles que son los movimientos de Víctor, acuciado por la persecución y la culpa. Diré, cambiando tu frase: "Si no para en un sitio es porque padece mucho". Quizá pudieras ayudarme tratando de descubrir el paradero de Víctor, y acaso convenciéndolo —por mediación de un tercero, si fuese necesario— de que vuelva a su casa, o que se comunique con los funcionarios de esta prisión. No puede guardarme rencor.
¡Cuánto tiempo he tenido para meditar en lo que ocurrió entre nosotros! Callaré mis sentimientos, pues muy poco pueden significar para ti ahora; pero te aseguro que la flor que una mañana se abrió fugazmente entre nosotros nunca perecerá, aunque aún resten muchas mañanas.
Escribiré, si, sobre la situación del mundo en que me encuentro. Bendita tú, que eres una joven intelectual, como también lo fue tu madre, en una época en la que no abundan tales espíritus; en mis tiempos son menos raros, pero tal vez no más eficaces debido justamente al mayor número, y al hecho de que actúan en un mundo donde el principio masculino ha prevalecido, incluso en la mentalidad de muchas de tus congéneres. (¡Todo esto lo diría de otro modo en el lenguaje de mi época! ¿Quieres oírlo? Lo mismo que tu madre, eres una exponente prematura del Movimiento de Liberación Femenina. Pasará el tiempo y tu causa ganará más fuerza, promocionada por los medios, que siempre gustan dar un nuevo sesgo a la cosa sexual. Pero la mayoría de estas niñas belicosas se ha vendido a los que tienen la sartén por el mango, clítoris o no clítoris. Fin de la cita.)
Había clasificado a Víctor —y también a tu poeta, he de confesarlo— como un benefactor liberal, hacedor de entuertos. ¡Ese insensato afán de mejorar el mundo! "¡Mirad a dónde nos ha llevado!", esto era lo que quise dar a entender la otra noche en Diodati.
Una posición demasiado cómoda la mía. Lo comprendo ahora, encerrado en esta celda sórdida, sin ninguna garantía de que pueda ocurrirme otra vez algo agradable. Cuando Justine Moritz estaba en prisión, el mundo ya la había juzgado antes del proceso. Quizá también a mí se me juzgue de la misma manera, si alguna vez se menciona mi nombre fuera de estos muros.
Pero ¿quién acudiría a hablar en mi favor, quién tomaría mi caso? En los siglos XX y XXI, las cosas serán de otra manera, por lo menos en los países de América, Japón y Europa occidental. Esa cortina de piedra que hoy se alza entre los presidiarios y el mundo de la libertad no volverá a cerrarse. No llamo presidiarios a los deudores; pero en el futuro los gobiernos no tendrán la descabellada idea de encarcelar a los hombres a causa de una simple deuda.
¿Cómo se ha logrado esta pequeña mejora?
(Naturalmente, si recurro a este caso en particular para referirme a un estado de cosas más general, es porque estoy sufriendo en carne propia el pavoroso problema de las cárceles. Pero supongo que si me encontrase en los campos de Waterloo con una pierna de menos, o en el sillón de un dentista sin el beneficio de la anestesia —una forma futura del láudano— o frente a una situación de trabajo en la que mi familia sufriría hambre y privaciones, mis conclusiones serían aproximadamente las mismas.)
Entre tu época y la mía, Mary, la gran masa de la población ha ido haciéndose mucho menos tosca. Por muy maravillosa que sea tu época, por muchos espíritus elevados que la adornen, y por muy horrenda que sea la mía, por crueles que sean muchos de sus líderes, creo que el período del que yo vengo es en este respecto preferible al tuyo. La gente en general es más educada, se preocupa más por el bienestar de los otros.
Ya no encerramos a los enfermos mentales, aunque se les confinaba hasta bien avanzado el siglo XX; y lo que por cierto ya no hacemos es exhibirlos para entretenimiento de la población. Tales cosas ya no divierten a la gente. (Cuánto te amé cuando le dijiste a Lord Byron: "¡Hasta los estúpidos detestan que se los haga pasar por locos!")
Ya no ahorcamos a un hombre que haya hurtado una oveja o una hogaza de pan, desesperado por la situación de su familia. En realidad, ya no ahorcamos a los hombres por los delitos que hayan cometido, ni los matamos por ningún otro método. Hace tiempo que dejamos de disfrutar del patíbulo como de un espectáculo público. No encarcelamos a niños.
No permitimos tampoco que los niños trabajen para los padres o para cualquier otro hombre. El trabajo infantil cesó antes que terminara el siglo en que vives. En cambio, lentamente, paso a paso, la educación ha ido imponiéndose, de acuerdo con la opinión general sobre el problema, el aforismo de que la política es el arte de lo posible.
En realidad, la orientación misma de la educación ha cambiado. En otros tiempos, salvo para los hijos de los señores, se la destinaba a preparar a un hombre para el desempeño de una tarea, y (dirían los cínicos) incapacitarlo para la vida. Ahora, con las complejísimas máquinas capaces de ejecutar por sí mismas las tareas rutinarias, la educación se dedica fundamentalmente a preparar a los hombres y mujeres jóvenes para la vida, para una vida más plena, más creativa. Es posible que esto haya llegado demasiado tarde, pero ha llegado.
Ya no dejamos morir de hambre a los ancianos cuando dejan de ser útiles a la comunidad. Las pensiones a la vejez aparecieron a principios del siglo XX. La geriatría es ahora una materia que cuenta con un ministerio propio en los asuntos del Estado.
Tampoco dejamos que los débiles, los locos o los desvalidos perezcan en las alcantarillas de los barrios bajos. En realidad, los barrios bajos, en el viejo sentido, han desaparecido casi del todo. Tenemos ahora tantos y tan variados sistemas de bienestar social que a ti y a Shelley os dejarían maravillados. Si un hombre pierde su trabajo, recibe los beneficios de un seguro de desocupación. Si cae enfermo, cobra el seguro por enfermedad. Hay un servicio de salud pública que atiende gratuitamente a todos los enfermos.
Y así podría continuar mucho tiempo. A pesar de que en tu país natal, Inglaterra, hay en mi época una población seis veces mayor que la de 1816, se garantizan al individuo posibilidades mucho mayores de vivir a salvo de catástrofes, y si sobreviene una catástrofe, posibilidades mucho mayores de sobrellevarla.
(¿Te suena esto a paraíso, a utopía, al estado socialista que deleitaría los corazones de Shelley y tu padre? Pues bien, ten presente que toda esta igualdad sólo se ha conquistado en una pequeñísima porción del planeta, y principalmente a expensas del resto del mundo; y que esta desigualdad, antaño un rasgo puramente nacional, asume ahora proporciones internacionales de tal magnitud que ha desatado una guerra amarga y destructiva entre naciones ricas y naciones pobres; y recuerda también que esa desigualdad es alimentada por un antagonismo racial cada vez más enconado y violento, y que los hombres esclarecidos consideran como la gran tragedia de nuestra época.)
¿Qué explica la aparición de estos cambios en cualquier esfera de las relaciones humanas, entre tu época y la mía? Respuesta: el creciente despertar de la conciencia social en la gran masa de la población.
¿Y qué favoreció ese despertar de la conciencia social?
El estribillo de la canción de Frankenstein dice que el hombre ha de enmendar la obra de la naturaleza. Me parece que cuando los sucesores de Frankenstein pusieron manos a la obra, cometieron frecuentes e irreparables errores. En los últimos tiempos, mi generación no ha tenido más remedio que computar en la columna del débito todos esos errores, y ha olvidado las ganancias.
Porque los dones de Frankenstein no incluyen tan sólo objetos materiales como el tapizado que admiraste en el asiento de mi automóvil, ¡o el automóvil mismo! Incluyen también todos los intangibles dones del bienestar social que he enumerado; tú dirás, me temo, ¡en forma "un tanto extensa"! Uno de los tantos resultados directos de la ciencia y la tecnología ha sido el incremento de la producción, y la aparición o el descubrimiento de cosas tales como los anestésicos, los principios de la bacteriología y la inmunología y la higiene, una mejor comprensión de la salud y la enfermedad, la aparición de máquinas capaces de ejecutar las tareas que antes se encomendaban a las mujeres y los niños, el abaratamiento del papel, máquinas de impresión que han hecho accesible la lectura a las masas, seguidas por otros medios masivos de difusión, mejores condiciones de vida en los hogares, fábricas y ciudades, y así sucesivamente, en una lista interminable.
Todos estos adelantos, aunque viciados por los males que te he descrito, fueron reales. Y algo cambió también en la naturaleza de los hombres. Estoy hablando ahora de las masas, esa gran porción sumergida de cada país. En las democracias occidentales, esas masas no han vuelto a sufrir la espantosa opresión que conocieron en Inglaterra hasta casi la década de 1850, cuando los trabajadores, sobre todo en los distritos rurales, no sabían a veces lo que era tener fuego en la casa, o no probaban un bocado de carne en toda una semana, y si cazaban un conejo en las tierras del señor feudal arriesgaban la vida. Los hombres se han vuelto más indulgentes desde esos malos días, gracias a la inmensa abundancia, directamente atribuible a la tecnología.
Si en la escuela se trata a un niño a puntapiés, si se le obliga a trabajar dieciséis horas diarias los siete días de la semana, si se le arrancan los dientes con tenazas cuando le duelen, o se le sangra cuando enferma: si se lo educa a golpes, si sufre hambre, o se lo deja morir en un hospicio cuando envejece prematuramente, entonces se habrá preparado a un hombre, de la mejor manera posible, para que sea indiferente. Indiferente para consigo mismo y para con los demás.
Entre tu era y la mía, querida Mary, ha habido una reeducación. Los beneficios de un espíritu científico en aumento han respaldado poderosamente esa reeducación.
La historia, claro está, no termina aquí. Contar con una fuerza abrumadora es una cosa, otra muy distinta es encauzarla.
Y la dirección principal proviene en tu siglo —¡en tu heroico siglo!— de los poetas y los novelistas. Es tu futuro esposo quien declara (o declarará, y por supuesto, puedo citar mal) que los poetas son los espejos de las tremendas sombras que la futuridad proyecta sobre el presente, y los ignorados legisladores del mundo. Tiene toda la razón, excepto en un detalle: junto con los poetas pudo haber mencionado a los novelistas.
Pero en tu presente, en 1816 las novelas no son muy apreciadas. Alcanzarán su apogeo en la próxima generación, pues la novela se convierte en el arte por excelencia del siglo XIX, desde Los Angeles hasta Nueva York, de Londres y Edimburgo a Moscú y Budapest. La novela llega a ser la flor del humanismo.
Los nombres de estos instigadores del cambio, para mencionar tan sólo a los de tu país, se recuerdan aún, novelistas que advirtieron las profundas transformaciones científico-sociales de la época y modelaron una visión más sensible de la vida como respuesta a esos cambios: Disraeli, Mrs. Gaskell, las hermanas Bronté, Charles Reade, George Meredith, Thomas Hardy, George Eliot, tu amigo Peacock y muchos otros. Y sobre todo el venerado Charles Dickens, quien quizá hizo más que cualquier hombre de su siglo —incluso los grandes legisladores e ingenieros— por despertar una nueva conciencia en sus semejantes. Dickens y los otros son los grandes novelistas —y todos los demás países occidentales pueden ofrecer nombres rivales, desde Julio Verne hasta Dostoievski y Tolstoi— que de verdad reflejan ese futuro colosal y forjan los corazones de los hombres. Y tú, mi querida Mary, por respetado que sea tu nombre, no eres bastante apreciada como la precursora de esa invalorable estirpe, ¡tú, que te anticipaste a ellos por lo menos en toda una generación!
Gracias a la obra de tus fuerzas morales, por el cambio social que es siempre resultado exclusivo de las innovaciones tecnológicas, ese futuro del que yo vengo no es por completo inhabitable. Por un lado, la esterilidad de la cultura de la máquina y el terrible aislamiento que a menudo sienten las gentes aun en las ciudades superpobladas; por el otro, el reconocimiento tácito de muchos derechos y libertades "esenciales que en tu época ni siquiera habrán sido imaginados.
¡Cuánto los añoro en estos momentos! Mi caso no podrá atraer la atención de ningún periodista. Tampoco puedo pedirle a algún parlamentario que interceda en mi favor. No puedo alentar la esperanza de una cruzada de los medios de difusión, y que millones de desconocidos se familiaricen de pronto con mi nombre y se preocupen por mi suerte. Estoy inmovilizado en un calabozo, junto a un balde pestilente, y con la perspectiva de esperar doscientos años a que se me haga justicia. ¡¿Te extraña que advierta ahora la faz positiva de la revolución tecnológica?!
Si tú pudieras conjurar a Víctor, como conjuró Próspero a sus desdichados servidores, o si pudieras ayudarme de cualquier otra manera, te lo agradecería de veras. ¡Pero difícilmente más agradecido —si la palabra es adecuada y suficiente— de lo que ya estoy! Entre tanto, te envío estas meditaciones, con la esperanza de que puedan ayudarte a continuar tu famoso libro.
Y con las meditaciones, menos perecedero que una hoja de sauce,
Mi amor, Joe Bodenland.
XIII
Algunos de los grandes acontecimientos siderales del universo son más accesibles de noche. Cuando la humanidad es empujada al oprobioso retiro de los lechos colectivos, los procesos de la Tierra despiertan y cobran vida propia. O eso he observado.
Por qué ocurre así, no puedo decirlo con exactitud. La noche es, por cierto, un período más solemne que el día, cuando la retirada de la influencia solar impone una cesura en las actividades. Pero yo jamás tuve miedo de la oscuridad, nunca fui como ese personaje de Shakespeare, "con qué facilidad en la noche un arbusto nos parece un oso..." Así, según mi teoría, mientras estamos en la porción oscura de la Tierra y al parecer soñando, nuestra mente puede estar más abierta que durante el día. En otras palabras, algo de ese mundo subconsciente que tiene acceso a nosotros cuando soñamos puede escurrirse bajo el manto de la noche, permitiéndonos captar mejor el alba del mundo, o el tiempo en que éramos niños, o cuando la humanidad estaba todavía en la infancia.
Sea como fuere, lo cierto es que al día siguiente desperté antes del amanecer, y bastó que me quedara tendido y alerta en el sórdido camastro, para que mi inteligencia se extendiera como una niebla más allá de los estrechos confines de la prisión. Mis sentidos me llevaron del otro lado de los barrotes. Percibí la fría piedra de afuera, los apiñados habitáculos de los ginebrinos, y más allá los accidentes del paisaje, el lago y las montañas, cuyos picos estarían ya saludando a un nuevo día invisible aún en la ciudad. Se oyó a lo lejos el canto de un gallo; el mas medieval de los sonidos.
En ese momento supe con absoluta certeza que algo andaba mal.
Algo me había despertado. Pero ¿qué?
Una vez más forcé mis sentidos.
Nuevamente el gallo, y como a Proust la magdalena mojada en té, ese grito vino a recordarme que el tiempo es algo complejo, más poderoso que todas las mareas, y sin embargo tan frágil que un sonido o un olor familiar puede atravesarlo instantáneamente. ¿Habría habido un nuevo deslizamiento de tiempo?
¡Algo andaba mal! Me incorporé de golpe, cubriéndome el pecho con la manta.
No era tanto un sonido como la impresión de que toda una gama de sonidos había desaparecido para siempre. Y de pronto comprendí. ¡Estaba nevando!
¡Estaba nevando en julio!
Por eso me había abrigado con la manta. Hacía frío; sin embargo, cuando me dormí, el calor de la celda había sido sofocante. Y era el frío lo que explicaba mi lentitud en descubrir qué cosa andaba mal.
La nieve caía sin cesar sobre la prisión, sobre Ginebra, en pleno verano... Me levanté con dificultad y espié entre los barrotes.
Frente a mí había una pared, y más arriba una torre y un pedazo de cielo. Pero alcancé a ver antorchas en movimiento, más débiles que llamas de cerillas, contra la primera fisura de oro bruñido en el oriente. Y allí estaba la nieve: gris sobre gris.
Luego, un toque de clarín, muy lejos.
Un aroma casi imperceptible de madera quemada.
Y otro sonido, más alarmante. El sonido del agua. Un sonido quizá siempre alarmante para un hombre encerrado en un espacio exiguo.
Cuánto tiempo estuve allí, tiritando de frío, preguntándome qué ocurría, no tengo idea. Escuché los ruidos marginales que aparecían gradualmente, el ajetreo, los refunfuños y maldiciones de los reclusos que despertaban en las celdas vecinas, y más lejos el redoble de unos cascos de caballo, gritos de mando, y siempre el ruido del agua en movimiento, cada vez más cercano. Fuera de mi celda, en el pasillo, la gente corría despavorida.
El pánico se comunica sin palabras. Lanzándome contra la puerta de la celda, la golpeé con los puños cerrados, gritando que me dejasen salir. De pronto el agua chocó contra la prisión.
Llegó como un torrente poderoso, una ola que podía oírse y sentirse. Un instante de suspenso, y luego un estrépito ensordecedor. Gritos, alaridos, y el estruendo de las aguas.
En un momento una ola barrió el patio de la cárcel, y chocando contra el muro estalló en una inmensa cascada; parte del agua, violentamente despedida por el aire, entró en mi celda a través de la ventana. El terror me llevó a martillear de nuevo la puerta. La cárcel era ahora un pandemónium; el eco de las puertas que se cerraban de golpe se sumaba al alboroto general.
Pero todavía no había ocurrido lo peor. El agua que entraba por la ventana era apenas una salpicadura. La que manaba a raudales por debajo de la puerta parecía un verdadero torrente, y no tardó en llegarme a los tobillos. Y era un agua glacial.
Trepé de un salto a mi camastro, pidiendo siempre a gritos que me dejaran salir. La luz que se filtraba por la ventana bastaba para revelarme una sombría y reluciente superficie de agua turbulenta, que no cesaba de crecer. Ya había llegado casi a la altura de mi jergón de paja.
Mi celda se encontraba en la planta baja; en realidad, un poco por debajo del nivel del suelo, de modo que la ventana me permitía ver, de tanto en tanto, el torso de un guardián: el cinturón, las llaves y el machete. Una nueva ola irrumpió repentinamente. Alcé los ojos y vi que el agua comenzaba a manar y chorrear por las paredes. En el patio, la inundación debía de tener ya un metro de altura. Muy pronto todos los prisioneros del piso bajo estarían ahogándose; afuera el agua llegaba casi por encima de nuestras cabezas.
El alboroto de mis compañeros de cárcel se multiplicó. Yo no era el único que se había dado cuenta de la incómoda situación en que estábamos.
Chapoteando en medio del oscuro torrente, estaba a punto de lanzarme de nuevo contra la puerta, cuando una llave giró en el enorme cerrojo, y la abrió.
Ignoro si quien me liberó fue un carcelero o un preso. Pero había alguien al menos en ese horrible lugar que no sólo pensaba en sí misino.
El pasadizo era un limbo horripilante entre la muerte y la vida, un sitio donde los hombres peleaban y chillaban en las sombras, buscando desesperados una salida, chapaleando en las aguas turbulentas. ¡Y había que pelear! Perder el equilibrio era caer bajo los pies de los otros. Un hombre que acababa de salir de la celda anterior a la mía, una figura endeble, fue violentamente empujado a un lado por otros dos más fuertes que él, y que avanzaban juntos. El hombre perdió pie y cayó. Pero el torrente humano no se detuvo, y el infeliz desapareció bajo las aguas.
Cuando llegué al lugar donde se había hundido, tanteé por debajo del agua tratando de alcanzarlo y arrastrarlo a la superficie, pero no encontré nada. Por muy poderoso que fuese mi deseo de salvarlo, nada podía obligarme a zambullir voluntariamente la cabeza en ese hediondo torrente. Casi en seguida supe lo que había ocurrido, pues en el pasadizo había dos invisibles peldaños descendentes. También yo perdí pie y caí hacia adelante y sólo mi buena suerte me permitió recobrar el equilibrio.
Ahora el agua me llegaba a la altura del pecho, y mucho más cuando al dar vuelta en un recodo nos encontramos con una ola inmensa, espumosa. Pero allí el pasadizo se unía a un corredor más ancho, que conducía a otra ala de la cárcel, y en él había una escalera ascendente, y un pasamanos. Era como trepar por una catarata, pero en lo alto, aferrado a una barandilla, un guardián nos gritaba a voz en cuello que nos apresuráramos, como si necesitáramos ese consejo.
¡Qué espectáculo pavoroso ofrecía el patio! ¡Qué suciedad, qué terror, qué tumulto! El agua estaba sembrada de obstáculos, y bajo la superficie había objetos contundentes con los que era fácil tropezar y lastimarse. Pero el nivel era aquí más bajo y la fuerza del agua menos arrolladora que en los pasadizos, y así, poco a poco, fuimos perdiendo el miedo de morir ahogados.
Las puertas de la prisión estaban abiertas de par en par, y que nos salváramos o no dependía ahora de cada uno de nosotros. Todavía nevaba. Al fin. chapoteando, jadeando, me encontré, junto con otros hombres mal entrazados, a la sombra de la bóveda de la prisión. Pronto estuvimos fuera de la cárcel. Tuve una visión fugaz, horripilante, de un mar inmenso y agitado tendido entre los edificios, que arrastraba gentes y animales, antes de lanzarme con el resto del populacho en busca de tierras más altas.
XIV
Horas más tarde, mientras yo y mis pobres piernas maltrechas reposábamos en una caverna poco profunda en la falda de una colina, recuperé, por así decirlo, algo de mi sentido común.
Aunque sería absurdo pretender que me sentía feliz, lo primero que experimenté fue alegría por haber escapado de la prisión. Era de suponer que en algún momento, una vez superada la crisis, las autoridades de la cárcel organizarían una cacería con el propósito de recuperar a los prisioneros. Pero aún me quedaban unos días de respiro, mientras todo se encontrase a merced de una calamidad natural —cuya causa quedaba aún por determinar— y mientras no cesara la intensa nevada. Un poco más tarde me prepararía, para huir, pues estaba resuelto a no dejarme atrapar nuevamente; por el momento, lo que necesitaba era calor y comida.
Llevaba en uno de mis bolsillos un encendedor de gas de butano. En ese sentido, no tenía problemas. Si conseguía un poco de combustible, podría encender una pequeña hoguera.
Arrastrándome con dificultad, salí a explorar los alrededores. La rodilla izquierda me latía a causa de una herida que me había hecho mientras escapaba, pero por el momento no le presté atención. La visibilidad era de apenas unos pocos metros. Al encontrarme en medio de aquel desierto de infinita blancura, comprendí que juntar un poco de leña no iba a ser una tarea fácil.
No obstante, estaba resuelto a intentarlo. La nieve me caía sobre la espalda y los hombros mientras yo buscaba alrededor de los árboles pequeños, y al fin conseguí reunir algunas brazadas de leña, que fui transportando poco a poco de vuelta a mi refugio. Cada vez que salía en busca de una nueva carga, me alejaba un poco más de mi base de operaciones. Luego de mi cuarta excursión tropecé con huellas de pasos en la nieve.
Como Robinson Crusoe en la isla, temblé al verlas. Eran huellas grandes, de botas muy reforzadas. Y nevaba tanto que tenían que ser muy recientes. Alguien había estado allí en los últimos cinco minutos, y andaba todavía cerca.
Miré a mi alrededor, pero no vi nada. La nieve me enceguecía como un glaucoma. La imagen poco grata de una figura inmensa, de facciones imprecisas y fuerza colosal volvió a acosarme. Sin embargo, continué buscando leña.
No sin temor, lo confieso, me interné en un pinar sombrío, y allí encontré unas ramas caídas que pude transportar hasta mi cueva. Ya podía encender un fuego respetable.
La leña ardió sin dificultades. El calor era agradable, pero ahora me preocupaba que el fuego pudiera atraer la atención de cualquier cosa que merodeara cerca. Estaba demasiado nervioso para salir en busca de pájaros o animales pequeños que quizá yo hubiese podido encontrar semicongelados en los matorrales. Me acurruqué, pues, junto a mi hoguera crepitante, acariciándome la pierna dolorida, y con una mano pronta para empuñar una rama larga y resistente.
Cuando el merodeador apareció, alcancé a verlo entre la nieve y el humo. Protegido por aquel blanco manto universal, entró sin hacer ruido. Silencio, sólo silencio cuando yo me incorporé, empuñando el arma. El hombre me pareció enorme e hirsuto; el aliento le flotaba alrededor de la cara en el aire escarchado.
De pronto, me sentí atacado por la espalda. El golpe me alcanzó en el hombro. Estaba destinado a mi cabeza, pero yo me moví en el último segundo, impulsado por quién sabe qué instinto de supervivencia. Tuve una visión fugaz de" mi agresor, de la expresión extraviada y feroz del rostro, cuando se detuvo un instante para tomar impulso antes de atacarme. En ese momento, esgrimí la rama y lo alcancé en plena cara.
El hombre cayó de espaldas, pero el otro, el que yo había visto primero, ya se me venía encima. Alcé de nuevo la rama y la revolví en el aire. Pero el hombre traía un garrote largo, y con un simple movimiento cortó en seco mi golpe. En seguida, antes que yo pudiera atacarlo otra vez, me tomó por la muñeca, y así nos trenzamos en una lucha cuerpo a cuerpo, tan cerca de la hoguera que corríamos el riesgo de caer en las llamas.
Alcancé a ver que el otro hombre se incorporaba; intenté zafarme y echar a correr. Pero ya me tenían. Me habían atrapado. Encorvando el cuerpo me puse a descargar violentos puntapiés a las canillas de los hombres, pero todo era inútil. Me patearon las costillas y luego procedieron a golpearme la cabeza.
El espíritu de lucha —¡la vida misma!— huyó de mí.; Exánime, tendido sobre la nieve sucia, perdí el dominio de mis sentidos. No era una inconsciencia total; diría más bien que me sentía flotar a la deriva en un estado de impotencia absoluta, incapaz de todo movimiento. De una manera incierta, desdichada, supe que los dos canallas habían dejado de golpearme. Alcanzaba a oír sus voces pero no lo que decían. Las palabras llegaban hasta mí como una sucesión de ruidos roncos y jadeantes. Y me daba cuenta de que algo estaban haciendo con mi hoguera. Hasta oí que se marchaban, pero la interpretación de todos estos actos sólo empezó a aclarárseme algún tiempo después. Era como si a causa de los castigos que yo había recibido todas las células de mi cerebro, siempre contiguas entre sí, siempre solidarias, se hubiesen dispersado por ese mundo glacial, y la inteligencia demorase media hora en pasar de uno a otro compartimiento. Mi espacio-tiempo personal estaba tan dislocado como el impersonal.
Pude por fin darme vuelta e incorporarme. Luego, al cabo de otro intervalo, logré arrastrarme hasta la cueva. Recordaba vagamente haber tenido miedo de ahogarme; ahora sospechaba vagamente que podía quedar sepultado bajo la nieve y que nunca más volvería a la superficie.
El frío glacial me obligó a ponerme en movimiento. Y entonces vi, con el único ojo que podía abrir, que la hoguera estaba apagada, que sólo quedaban algunos rescoldos dispersos y apenas humeantes. Entendí más tarde que los dos rufianes —sin duda presidiarios fugitivos, lo mismo que yo— me habían atacado con el único propósito de apropiarse del fuego. Para ellos, era un inmenso tesoro, un tesoro por el que hasta valía la pena matar.
¿Y no era acaso un inmenso tesoro? A menos que me hubiese vuelto totalmente ciego, la oscuridad más impenetrable reinaba ahora a mi alrededor. Si no conseguía algo con que entrar en calor, moriría congelado esa misma noche.
Y había algo más: un ruido que reconocí en medio del eterno desierto de silencio. ¿Reconocí? ¿Qué instinto ancestral me hizo reconocer así, instantáneamente, el aullido de los lobos?
A duras penas, gateando, arrastrándome sobre las manos y las rodillas, amontoné nuevas ramas a la entrada de mi pequeña ermita. Y también a duras penas, conseguí encenderlas de nuevo.
Y allí me quedé, una parte del cuerpo abrasada, la otra mitad congelada, en una especie de trance abyecto y miserable que no podría describir. Si yo moría allí, nunca sabría dónde ni cuándo estaba este sitio.
En algún momento de esa noche pavorosa, los lobos rondaron muy cerca de mi refugio. Vencido por la debilidad, arrimé más leña al fuego. Y en algún momento fui visitado.
Yo no estaba en condiciones de mover un solo músculo. Sin embargo, conseguía mantener abierto mi único ojo sano. Aunque el fuego se había apagado, algunas ramas despedían aún un tenue resplandor rojizo. Alguien estaba de pie sobre las ascuas, ignorándolas, como si chamuscarse la carne no fuese motivo de preocupación. Sólo alcancé a ver los pies y las piernas, y eran enormes. Las piernas estaban envueltas en toscas polainas.
En un débil esfuerzo de autoprotección, alcé un brazo para prevenir un golpe, pero el brazo cayó exánime como si no tuviese ninguna relación con semejante idea. Llegué a ver mi mano abierta, con la palma hacia arriba, y al parecer a gran distancia de mí. Unas manazas cubiertas de cicatrices pusieron algo en mi mano, y una voz ronca me habló.
Mucho después, buscando en mi memoria, creí haber oído entonces en un tono de profunda melancolía: "Aquí tenéis, compañero, como yo paria de la sociedad, ¡si podéis sobrevivir a esta noche, sacad fuerzas de alguien que no sobrevivió!" O algo por el estilo. Lo que sí recordaba con absoluta certeza era la forma arcaica de la conjugación: "si podéis..."
Y al instante la enorme figura desapareció, ni bien dio media vuelta, en la móvil oscuridad de la noche. También mis sentidos desaparecieron, perdiéndose en las tinieblas de su propia noche.
XV
Cuando desperté, no estaba muerto. Luego de muchos esfuerzos conseguí sentarme y miré alrededor con mi único ojo útil. El fuego se había extinguido, o casi, y yo tenía las piernas y brazos como paralizados. Pero sabía que era capaz de ponerme de pie, y salir tambaleándome en busca de leña menuda. Me encontraba un poco mejor y sentí en el estómago los retortijones del hambre.
En ese momento se me ocurrió mirar alrededor, recordando la extraña visita —¿habría sido real?— de la noche pasada. En el suelo pisoteado había una liebre muerta, con el pescuezo retorcido. Alguien me había traído comida. Esa era la criatura que "no había sobrevivido a la noche".
Alguien o algo se había compadecido de mí...
Mis procesos mentales seguían siendo lentos, pero logré moverme débilmente, cada vez con mayor energía a medida que recogía leña para encender otro fuego. El espectáculo de las llamas saltando y crepitando contribuyó notablemente a levantarme el ánimo. Agitando los brazos, logré que la sangre volviera a circular por mi cuerpo aterido. Me froté con nieve la cara lastimada, y conseguí fundir un poco de nieve en la boca para calmar la sed que me abrasaba. Por último, me sentí con fuerzas suficientes como para concentrarme en la tarea de descoyuntar la liebre, ensartar los pedazos en ránulas, e introducirlos en e) luminoso color de la hoguera.
¡Qué maravillosamente bien olían mientras crepitaban y se asaban! Ese aroma —y también el sabor delicioso— me convenció de que yo era todavía Joe Bodenland, y que aún estaba destinado a luchar entre los vivos.
Había dejado de nevar, y el frío era aún insoportable. Sin embargo, yo estaba resuelto a no abandonar la lucha, y abrigaba la esperanza de encontrar ayuda y quizás abrigo. Era a la vez instinto y decisión racional; el acto de pensar no estaba a mi alcance. A decir verdad, la desintegración de mi antigua personalidad había dado un largo paso adelante. En ese momento era apenas un hombre impersonal, en lucha contra los elementos.
Caminando sin rumbo fijo, llegué a un claro del bosque que crecía en esa parte de la montaña y allí encontré una cabaña de troncos.
El impoluto manto de nieve que cubría la entrada de la cabaña me convenció de que nadie había andado por allí recientemente. Luego de remover y despejar la nieve, entré en la cabaña.
En el interior había algunos objetos de primera necesidad, una gran piel de oso, una cocina, un poco de leña menuda, una cuchilla, y hasta una ristra de ajos que colgaba de una viga. ¡Un verdadero lujo! En un rincón, pendía un crucifijo, y debajo había una Biblia.
Me quedé allí tres días, hasta que la nieve empezó a fundirse, escurriéndose en gotas furtivas por el pequeño tejado. Para ese entonces mi cuerpo ya estaba recuperándose, mi ojo lastimado veía nuevamente.
Me lavé y me arreglé las ropas lo mejor que pude, abandoné la cabaña, y emprendí el descenso hacia Ginebra; eso esperaba al menos. Mis esfuerzos por parecer de nuevo un ser humano normal no tuvieron mucho éxito, pues en un momento dado de mi viaje me encontré con un hombre que estaba agachado junto a un arroyo, tratando de beber. Cuando alzó la cabeza y me vio, se levantó de un salto y corrió dando gritos de terror a ocultarse entre los matorrales.
Ahora que mis procesos mentales estaban de nuevo activos, yo quería saber qué espantosa catástrofe había sobrevenido en esta región del mundo. Sólo podía suponer que la ruptura del espacio-tiempo en mi propia época iba extendiéndose lentamente, como una mancha de sangre que pasa a través de una vieja sábana, amenazando otros tejidos. La idea suscitaba la imagen de un desgarramiento gradual de la urdimbre misma de la historia, de modo que en un determinado momento la ruptura llegaría a afectar seriamente los procesos creadores de la Tierra. Y para ese entonces, retrocediendo acaso hasta la remota confusión del período pérmico, se habrían causado ya bastantes estragos, que interrumpirían para siempre el desarrollo de toda forma de vida.
El panorama parecía sin duda demasiado tenebroso. Era posible que los deslizamientos de tiempo de mi propia época estuviesen tocando a su fin. Tal vez los daños causados aquí fuesen ínfimos, un postrer temblor antes que la trama del espacio-tiempo se reconstituyera del todo.
De cualquier manera, y dejando aparte lo que había ocurrido en el espacio, yo tenía mis razones para creer que el desplazamiento de tiempo había sido relativamente leve. Pues ¿quién me había visitado en mi última hora y me había proporcionado alimento sino la condenada criatura de Frankenstein? Si esto era verdad, entonces en ese drama de la retribución la última escena no se había representado aún. Yo hubiera asegurado que aquel era el invierno de 1817.
No tardaría en salir de dudas. Mientras tanto, algo al menos parecía cierto. Si yo me había topado con la criatura de Frankenstein, el creador mismo no podía andar muy lejos. Y a él al menos podía recurrir en procura de ayuda. Sabiendo que yo tenía información que le permitiría dar con el paradero del monstruo, se vería obligado a socorrerme.
Ante todo, pues, iría a verlo. Tomando la precaución de no encontrarme con ciertos miembros de la familia Frankenstein...
Estos fueron los planes racionales de la mente racional. De pronto llegué a un promontorio desde donde se veía la ciudad de Ginebra, y me estremecí.
La ciudad estaba allí, sí, aún existía, ¡pero el lago había desaparecido, y también el Jura!
En lugar del lago, mis ojos tropezaron con una dilatada extensión de tierra irregular cubierta de vegetación achaparrada. Aquí y allá, la mancha de algún árbol enclenque, y en la lejanía algo blanco y brillante, arena o hielo; pero en cuanto al resto, nada, ningún rasgo dominante que retuviera la mirada. Ni caminos, ni aldeas, ni un edificio solitario, ni un mísero animal. Descubrí el lecho de un río que mordía profundamente la tierra, mas nada que sugiriera que allí había habido alguna vez un lago, o que esa tierra había sido hollada por los pies del hombre.
Durante un largo rato me quedé allí, inmóvil, perplejo y azorado. Tenía que haber ocurrido otro deslizamiento de tiempo. Pero, ¿de dónde y de cuándo había venido esta horrible extensión de tierra? Tan desolada era que me acordé en seguida del poema profético de Byron sobre la muerte de la luz, y luego de las tierras árticas. El desplazamiento parecía abarcar mucho tiempo, más que el del año 2020, que me llevara a 1816, o el anterior, que depositó a las puertas de mi casa una misteriosa comarca medieval. El desierto de soledad que ahora contemplaba parecía no tener límites.
Durante un rato me rondó por la mente la idea de que estos deslizamientos me afectaban sólo a mí. Estaba fatigado y mi cerebro no funcionaba del todo bien. Pero luego comprendí que casi todos los hombres que alguna vez consideré como mis contemporáneos tenían que encontrarse en una situación similar. ¡Los devastadores efectos de la guerra debían de haber desplazado la mayor parte del año 2020 hacia atrás y hacia adelante a través de la historia!
Ese pensamiento me sugirió a su vez la posibilidad de que la extensión de tierra desolada e inculta que tenía ante mí viniera de mi propia época, epicentro de todos los disturbios, ¡y que quizás este fuese el eslabón que me devolvería a mi tiempo!
Reanudé, pues, el descenso hacia una Ginebra que había cambiado mucho.
Las puertas de Plainpalais, que ya me eran familiares, estaban abiertas. Más allá, reinaba el caos. Era una hora avanzada de la mañana y las calles estaban atestadas de gente y animales.
La inundación había causado estragos tremendos, arrasando muchos edificios. Aunque el agua se había retirado, los rastros eran visibles por doquier, quizá sobre todo en la línea sucia que había pintado en todas partes, a dos metros por encima del nivel del suelo. Esta marca decoraba las viviendas más humildes y los edificios más altivos, las capillas y los monumentos.
Ahora las calles estaban otra vez secas. Por lo tanto, el agua no había venido del lago, como yo había supuesto; tal vez del río cuyo lecho, ahora seco, yo había visto desde el promontorio.
Esta hipótesis fue en cierto modo confirmada por lo que vi al llegar al muelle, o a lo que fuera el muelle cuando había lago. La nueva tierra árida estaba a una altura de varios metros por encima del nivel de Ginebra. El río, al materializarse repentinamente, debía de haberse derramado por las calles, inundándolo todo, incluso la cárcel.
Algo se había hecho ya para reparar la devastación.
No vi cadáveres, aunque era indudable que mucha gente había muerto ahogada. Pero las casas tenían un aspecto patético, y aún seguían retirando escombros de las avenidas y callejones.
Conservaba en los bolsillos unas pocas monedas. Las gasté casi totalmente en una visita al barbero y en una comida, después de lo cual empecé a sentirme un poco más humano. Menos me preocupó el aspecto ruinoso de mis ropas, pues advertí que la inundación había destruido la elegancia de mucha gente.
¡Allí estaba la casa de los Frankenstein! Era una construcción demasiado sólida para que hubiese sufrido perjuicios graves. Aún así, mostraba en la fachada la marca sucia de la marea, y el jardín estaba muy estropeado. Toda la vegetación moría, desde que julio había respirado el aliento de enero.
Recordando lo que me había acontecido la última vez que penetrara en aquella desdichada casa, recordando además que yo era un presidiario prófugo, a quien la mayoría de los miembros de aquella familia. no vacilaría en devolver a la cárcel, decidí que lo más prudente sería vigilar la mansión de los Frankenstein y esperar a poder hablar con Víctor. Me instalé, pues, en una pequeña taberna situada a pocos pasos en la misma calle, por una de cuyas ventanas alcanzaba a ver la puerta de la casa.
Pasaron las horas sin que mi presa diera señales de vida. Un criado salió por la puerta lateral y volvió más tarde, pero eso fue todo. Tuve muchas dudas, mientras aguardaba. Tal vez hubiera debido planear algo más inteligente; tal vez hubiera sido mejor ir a Villa Diodati, donde quizás encontrara amigos, y aliados. Por lo menos, hubiera tenido la posibilidad de ver de nuevo a Mary Shelley. La presencia de la joven no me había abandonado, y la recordaba en los peores momentos, como si viniera a consolarme de mis desdichas. ¡Tan sólo volver a verla!
En ese momento yo no era nada más que un refugiado. Con la ayuda de Víctor, quizá pudiera recuperar mi auto; también pensé que acaso pudiera venderle información científica, y escapar así de mi situación de indigencia. Habría tiempo luego de volver a ver a mi adorada Mary. Decidí, pues, atenerme a mi plan original.
Cuando se hizo la noche, me vi obligado a salir de la taberna y empecé a pasearme de esquina a esquina por la enlodada calle para entrar en calor. La residencia que estaba frente a la mansión de los Frankenstein parecía desierta. Tal vez los ocupantes habían huido, después de la inundación, o quizás habían muerto ahogados. Salté al jardín y me acurruqué en el pórtico, desde donde podía vigilar perfectamente la calle.
Por una de las celosías de la mansión de los Frankenstein se filtraba un ligero resplandor. Esa tenía que ser la alcoba de Elizabeth.
Me quedé mirando esa luz durante casi dos horas, y al fin empecé a desesperar. Decidí entonces entrar en la casa en busca de ropas y alimento.
La inundación había destrozado algunos vidrios de las ventanas inferiores. Metí la mano, y haciendo girar el picaporte, abrí la ventana. Trepé al alféizar, tomé impulso y salté.
Al instante sentí que algo se apoderaba de mí. Algo repugnante, pegajoso se me adhería a las piernas y los tobillos. Me tambaleé y resbalé, cayendo contra un sofá. Respirando entrecortadamente, busqué mi encendedor y lo sostuve por encima de la cabeza para echar una ojeada a la habitación.
La habitación era una verdadera ciénaga; el lodo tenía en casi todas partes varias pulgadas de profundidad, y bastante más en un rincón. Todas las piezas del mobiliario habían sido amontonadas en desorden: mesas y sofás y sillas. Nada era ya lo que había sido, con excepción de algunos cuadros sesgados en las paredes. Cuando me puse de pie y eché a caminar, oí bajo mis pies el crujido de unos vidrios.
En el vestíbulo tropecé con un cadáver. Estaba a medias oculto bajo el lodo, y antes que yo pudiera darme cuenta le había pisado las piernas. Miré y creí un instante que se trataba de Percy Bysshe Shelley. No sé cómo explicar esa impresión, aunque era el cadáver de un hombre joven, de la misma edad de Shelley. Quizás el espectáculo de las aguas avanzando lo habla fascinado tanto que había demorado demasiado la huida.
Subí las escaleras. Allí, arriba, la calma era perfecta, si bien la atmósfera de desolación y la tímida luz de mi linterna daban al lugar un aspecto siniestro. Traté de conjurar la visión de un Shelley ahogado y evoqué a Mary entrando en el lago de Ginebra y mirándome por encima del hombro; en su lugar, se me apareció una imagen más feroz, la de un hombre gigantesco que saltaba hacia mí; no por cierto una imagen que pudiera ayudarme a sobrellevar mi situación.
Desde el rellano superior, alcancé a oír un ruido apagado pero incesante. Eran los rumores del lodo y la humedad, esa clase de rumores que evocan desiertas playas marinas, oleajes lejanos y altos cielos límpidos. Dominando mis temores, empecé a abrir puertas.
Me fue fácil identificar la habitación del joven. Entré. La celosía de la ventana estaba baja. Junto a la cama deshecha había una lámpara de petróleo. La encendí, poniendo la mecha muy baja.
El joven tenía allí ropas en abundancia que nunca más necesitaría. Me limpié las piernas con el cobertor de la cama y escogí en el guardarropa un par de pantalones un tanto llamativos. El único calzado que me quedaba bien era un par de botas de esquiar. Estaban secas y eran fuertes; me sentía muy cómodo con ellas. También encontré lo que parecía una pistola de caza, con un mango de plata magníficamente tallado. La guardé en un bolsillo, aunque no tenía ninguna idea de cómo funcionaba. Más útil fue el hallazgo, en el tocador, de monedas y billetes, que también me metí en los bolsillos.
Ahora me sentía dispuesto a todo. Volví a sentarme en la cama, preguntándome si no sería mejor enfrentar abiertamente a la familia Frankenstein. Luego de la catástrofe, no les sería tan fácil como antes llamar a la policía. Mientras discurría de esta manera, me quedé dormido. Tan bienhechores son los efectos de sentirse dueño de algunos bienes.
XVI
El rumor lustroso del fango continuaba todavía en la casa cuando desperté y me incorporé furioso conmigo mismo, pues no había tenido la intención de dormir. La lámpara seguía encendida. Bajé la mecha tanto como me fue posible y espié por la celosía la casa de los Frankenstein. No se veía ninguna luz. Y yo no tenía la más vaga idea de cuánto había dormido.
Era el momento de salir. Tras una primera intrusión, tenía que atreverme a una segunda. Me metería en la casa de enfrente, y averiguaría si Víctor merodeaba aún o no por los alrededores.
Me escabullí por una ventana junto a la escalera, eludiendo el fango que tapizaba la planta baja.
Al llegar a la puerta principal, me detuve bruscamente. ¿No eran aquellos los ruidos de un caballo, de un casco que golpeaba ocioso contra el pavimento? Atisbando por entre los montantes del portal, pude ver al caballo frente a la casa de los Frankenstein, atado a un faetón. Creo que así llamaban a ese tipo de carruaje; era un coche descubierto, de cuatro ruedas. Tal vez fueron los pasos del caballo lo que me había despertado.
Salí a la calle y me quedé escondido entre las sombras, esperando lo que pudiese acontecer. Un momento después, dos siluetas borrosas emergieron del ala lateral de la casa. Hubo un breve cuchicheo. Una de las figuras volvió a desaparecer en la oscuridad. La otra avanzó con paso resuelto hacia la calle, salió por la puerta lateral y trepó al carruaje. A pesar de la oscuridad, tuve la certeza de que era Víctor Frankenstein, moviéndose como siempre en la protectora clandestinidad de la noche.
Ni bien se hubo encaramado al carruaje, sacudió las riendas con impaciencia, azuzó al caballo, y se puso en marcha. Yo crucé la calle a todo correr y de un salto me colgué de un costado del vehículo. Advertí que Víctor extendía una mano en busca del látigo.
—¡Frankenstein! ¡Soy yo, Bodenland! ¿Se acuerda de mí? ¡Necesito hablarle!
—¡Usted! ¡Maldito sea! Creí que era... bueno, ¿qué importa? ¿Qué diablos quiere a estas horas de la noche?
—Nada malo. Tengo que hablarle.
Trepé al carruaje y me senté. Víctor, hecho una furia, fustigó al caballo.
—Estas no son horas de conversar. No quiero ser visto por aquí ¿me entiende? Haré que se baje en la Puerta del Oeste.
—Nunca quiere que lo vean; eso es parte de la culpa de usted. Por esas ausencias suyas se me acusó de haberlo asesinado. ¿Lo sabía? Me encerraron en esa inmunda prisión de ustedes. ¿Lo sabía? ¿Hizo algo por que me dejasen en libertad?
Mi intención había sido abordarlo en términos más conciliatorios, pero la actitud de Víctor me rebelaba.
—Yo tengo mis propios problemas, Bodenland. Los suyos nada significan para mí. La gente mata y muere asesinada, y así sucede desde que el mundo es mundo. Esa es una de las cosas que habrá que cambiar. Pero estoy demasiado ocupado para atender a los problemas de usted.
—Mis problemas son los suyos, Víctor. No tendrá más remedio que aceptarme. Sé de la existencia de... ¡de ese monstruo que lo atormenta!
Hasta ese momento habíamos ido a tremenda velocidad. Ahora Víctor aminoró la marcha y volvió hacia mí un rostro muy pálido.
—¡Eso me insinuó la última vez que nos vimos! No crea que no esperé que lo sepultaran en vida en la prisión, o que lo ahorcasen por ese crimen de que lo acusaban... Tengo ya desgracias suficientes... Ha caído una maldición sobre mi vida. Sólo he trabajado por el bien común, tratando humildemente de contribuir al progreso de la ciencia...
Como en nuestro encuentro anterior, Víctor había pasado rápidamente de la provocación y el desafío a la autoconmiseración defensiva. Entre tanto habíamos llegado a la salida de la ciudad y pude ver allí los estragos causados por la inundación. Las pesadas puertas habían sido arrancadas de los goznes, y ahora cualquiera podía ir y venir a toda hora. Salimos a campo abierto. Frankenstein ni siquiera intentó hacerme bajar, y creí entender qué le pasaba. Tenía una desesperada necesidad de hablar conmigo, de abrirse a mí como a un confesor, y quizá hasta de conseguir mi ayuda activa, pero no sabía cómo podríamos llegar a entendernos; quería aceptarme y al mismo tiempo me rechazaba. Recordando lo que había visto de las relaciones de Víctor con Henry Clerval y Elizabeth, se me ocurrió que esa misma contradicción prevalecía en todas las relaciones que él tenía con la gente. Esta reflexión me instó a adoptar con él una actitud menos autoritaria.
—Las buenas intenciones de usted le honran, Víctor; ¡y sin embargo, vive escapando!
Había grandes cajas en el vehículo; señal evidente de que volvía a huir de la casa.
—Escapo de la maldad del mundo. A donde voy, no puedo llevarlo. Tendrá que apearse.
—Permítame acompañarle, se lo suplico. Nada habrá de sorprenderme, porque ya sé en qué cosas anda usted. ¿No se da cuenta de que es preferible que me quede con usted y no que vaya a ver a Elizabeth y le cuente la verdad?
—¡Usted es un vulgar chantajista!
—Mi papel no es muy lucido, lo sé. Pero me veo obligado a desempeñarlo, lo mismo que usted el suyo.
Víctor no respondió. Nevaba ahora otra vez, y no teníamos cómo repararnos. El caballo tomó cuesta arriba, por un sendero estrecho. El ascenso era penoso y Víctor estimulaba a gritos al animal. Caballo y auriga conspiraban, unidos, para alcanzar la cima. A mí sólo me restaba guardar silencio.
Llegamos, por fin, a la cumbre. Nos arrastrábamos con dificultad por una cenagosa arboleda cuando el caballo, sobresaltado, se incorporó sobre las patas traseras relinchando entre los árboles semidesnudos e inclinando el carruaje hacía atrás.
—¡Maldito seas! —exclamó Frankenstein lanzando un violento latigazo a un costado; luego azotó el flanco del caballo y partimos a toda carrera—. ¿Lo vio usted? ¡Donde quiera que voy, allá está él! ¡Me asedia!
—¡Yo no vi nada!
—¡Ente inhumano y aborrecible! ¡Humeaba! Ni siquiera este frío lo calma. Todo aquello que es abominable para el hombre, es bueno para él.
El sendero que ahora recorríamos llevaba a una torre, que asomó oscuramente en la noche y la nieve. Frankenstein se apeó entonces de un salto, tomó al caballo por la brida, y lo llevó por entre los ruinosos muros exteriores hasta que la torre se alzó ante nosotros. Detrás de la torre había un edificio cuadrangular, una horrenda pieza arquitectónica con una sola ventana estrecha y provista de barrotes, y una enorme puerta doble. Frankenstein golpeó la puerta con visible impaciencia y el eco repitió los golpes a la distancia, a través de la noche. Yo miraba la oscuridad buscando extrañas criaturas humeantes.
Las puertas se abrieron y apareció un hombre que traía una linterna sorda.
Entramos de prisa, caballo, carruaje y todo.
Detrás de nosotros, el hombre volvió a cerrar las puertas con trancas y cerrojos.
—Dame una mano con estos cajones, Yet —ordenó Frankenstein.
El hombre llamado Yet era grande, robusto, de cuerpo feo y musculoso. El cráneo, que se proyectaba por encima de una mugrienta corbata, era tan pequeño que las facciones del rostro no parecían tener cabida en él; la calvicie acrecentaba el efecto grotesco. Los labios eran tan gruesos que se topaban con la punta de la nariz, y tan anchos que se le perdían entre las patillas. No pronunció una sola palabra, se limitó a poner los ojos en blanco y a retirar del faetón, a la rastra, el equipaje de Frankenstein. Luego fue a atender el caballo.
—Eso lo puedes hacer más tarde. Súbeme en seguida el equipaje ¿quieres?
Frankenstein iba adelante y yo lo seguía. Detrás de mí iba Yet, con un cajón al hombro. Sin necesidad de que me lo dijesen, yo sabía que había llegado al laboratorio secreto de Frankenstein.
XVII
Subimos por la escalera de la torre. Allí la iluminación era excelente. Las escasas ventanas por las que pasamos habían sido condenadas, para impedir que filtrasen la luz. El primer piso estaba atestado de máquinas; la más llamativa era una de vapor provista de una palanca de vaivén. La máquina movía unos motores pequeños con bobinas de cobre reluciente. Sólo después, cuando tuve oportunidad de mirar más de cerca, advertí que esos motores más pequeños generaban electricidad para la torre. Pistones de vapor movían unos magnetos que rotaban en el interior de las bobinas produciendo corriente alternada. Aunque mis conocimientos de historia eran vagos al respecto, tenía la convicción de que Víctor —en este descubrimiento como en muchos otros— se adelantaba a su tiempo en varias décadas.
Las habitaciones de Víctor estaban en el primer piso; y allí me ordenó que me quedase, diciendo que arriba sólo había un laboratorio, y no quería que yo entrase allí. En tanto él se adelantaba impartiendo instrucciones a Yet, yo eché una mirada en torno.
El aposento no tenía nada de particular. Vi algunas hermosas piezas de mobiliario: un escritorio y una cama tallada con dosel, en medio de un revoltijo de baúles y papeles. En un rincón habían improvisado una cocina, parcialmente aislada de la alcoba por una cortina bordada, concesión quizá a la faceta más aristocrática de la vida de Víctor. Me dediqué a examinar una de las lámparas eléctricas. Era una lámpara de arco con electrodos de carbón paralelos y verticales; por supuesto, la corriente alternada aseguraba el desgaste uniforme de los electrodos. La lámpara estaba encerrada en un globo de vidrio esmerilado que permitía obtener un efecto de luz difusa.
Los libros de Víctor despertaron mi curiosidad. Había viejos folios encuadernados en pergamino: volúmenes de Serapion, Cornelius Agrippa y Paracelsus, y diversas obras de alquimia. Mucho más numerosos eran, sin embargo, los tomos de edición más reciente sobre química, electricidad, galvanismo y filosofía natural. Junto a nombres europeos que yo desconocía, tales como Waldman y Krempe, me llamaron la atención algunos de origen británico, entre ellos los de Joseph Priestley, representado por su Historia de la Electricidad de 1767; y Erasmus Darwin, de quien vi El Jardín Botánico, la Fitología y El Templo de la Naturaleza. Muchos de los libros estaban abiertos, desparramados en desorden por toda la habitación, y ello me permitió observar que Frankenstein tenía la costumbre de hacer anotaciones en los márgenes.
Acababa de recoger una caja de cartas y me proponía echarles una ojeada, cuando Frankenstein regresó de la torre, sorprendiéndome.
—Tiene usted aquí una valiosa biblioteca —observé.
—Mis posesiones importantes han sido trasladadas a esta torre. Es el único lugar donde puedo estar a solas, sin que nadie me interrumpa. Esas cartas que usted tiene en la mano son del insigne Henry Cavendish. Ha muerto, pero sus conocimientos acerca del fenómeno de la electricidad eran notables. Ojalá yo tuviese su cerebro. Por qué nunca se tomó el trabajo de publicar, no lo sé; claro que era un aristócrata, y quizá publicar le pareciera indigno. Nos escribíamos, y fue él quien me enseñó todo cuanto sé de las propiedades conductoras de la electricidad, y de los efectos que tiene sobre los cadáveres. Cavendish se adelantó mucho a su época.
Se me ocurrió decirle alguna trivialidad.
—También usted parece adelantarse a su época.
Víctor ignoró mi comentario.
—Todavía me carteo con Michael Faraday. ¿Ha oído el nombre? En 1814 me visitó aquí, en Ginebra, con Lord y Lady Davy. Lord Humphry Davy era un hombre de extraordinarios conocimientos. Me enseñó, por ejemplo, cómo utilizar el óxido nitroso para combatir los dolores físicos. Y yo aplico sus enseñanzas. ¿Qué otro hombre en toda Europa es capaz de hacer algo semejante? Más vital aún que los estudios en que estoy empeñado...
Se interrumpió bruscamente.
—Me estoy dejando llevar por el entusiasmo. Señor Bodenland ¿qué podemos hacer por usted? Le diré, lisa y llanamente, que no quiero ni necesito tenerlo aquí. Si tiene usted información para vender, tenga la bondad de estipular el precio y dejarme en paz. He de continuar con mi obra.
—¡No, eso es precisamente lo que no ha de hacer! Estoy aquí para ponerlo en guardia, para pedirle que desista. Sé con absoluta certeza que sólo traerá nuevas desgracias. Ya ha causado algunas, y esto no es más que el comienzo.
Frankenstein tenía un rostro pálido, y las manos crispadas, a la cruda luz de los arcos.
—¿Quién es usted para hablar como si fuera mi conciencia? ¿Qué es ese conocimiento del futuro que dice tener?
—No vea en mí a un adversario; el peor enemigo de usted ya anda sobre la Tierra. Sólo deseo ayudarle y pedirle ayuda. Ya que me encarcelaron por culpa de usted, en nombre de los más simples sentimientos humanitarios, tiene ahora el deber de ayudarme! Dígame qué sucedió en el mundo mientras yo estuve en prisión. Dígame qué fecha es hoy, y qué significan esas nuevas tierras que ahora ocupan el lugar en que antes se extendía el Lac Leman.
—¿Ni siquiera de eso está enterado?
Pareció experimentar cierto alivio, como si se sintiese capaz de hacer frente a la ignorancia, ya que no al desafío.
—Aunque le cueste creerlo, todavía estamos en julio. La temperatura descendió bruscamente ni bien aparecieron las tierras heladas, que ahora circundan a casi toda Ginebra. En cuanto a qué son, de dónde han venido, los académicos continúan debatiendo el problema. Han escrito al barón Cuvier y a Goethe y al doctor Buckland y vaya a saber a quién más, pero hasta ahora no han recibido respuesta alguna. A decir verdad, se tiene la sospecha cada vez mayor de que París y Weimar y muchas otras ciudades han dejado de existir. Las tierras frígidas, a mi modo de ver, aportan buenos argumentos a favor de la teoría de la catástrofe en la evolución de la Tierra. A pesar de Erasmus Darwin...
—¿Estamos en julio de 1816?
—Naturalmente.
—Y si el lago ya no está allí ¿qué fue de las costas orientales? Me refiero en particular a la Villa Diodali, donde en un tiempo, se alojó el poeta Milton. ¿Habrá sido engullida por esas tierras heladas?
—¿Cómo puedo saberlo? No me interesa. Las preguntas de usted...
—¡Espere! Habrá oído hablar de Lord Byron, me imagino. ¿Ha oído hablar de otro poeta llamado Percy Shelley?
—¡Por supuesto! Un poeta de la ciencia, como Marco Aurelio, un admirador de Darwin, y mucho mejor poeta que ese versificador de Byron. ¡Déjeme que le demuestre lo bien que conozco a mi Shelley!
Y empezó a recitar, gesticulando ampulosamente, en el estilo de la época:
—Allí, entre templos ruinosos,
columnas estupendas e imágenes salvajes
de seres más que humanos, allí donde marmóreos demiurgos
contemplan los broncíneos misterios zodiacales,
donde los muertos cuelgan de las mudas murallas los
mudos pensamientos,
allí quedóse, y sobre las sepulturas de la infancia del mundo
a manos llenas arrojó...
—Huesos gigantescos sin duda, de animales antediluvianos. ¿Cómo sigue?...
—Y se quedó mirando hasta que el entendimiento
en la mente vacía
relampagueó como una inspiración, y entonces vio
los secretos estremecedores del nacimiento del Tiempo.
"¡Un eco poético de mis propias investigaciones! ¿No es hernioso, Bodenland?
—Entiendo por qué lo atrae tanto. Escuche, Víctor Frankenstein: Mary Godwin, la futura esposa de Shelley, publicará una novela sobre usted, utilizándolo como ejemplo fatídico de la forma en que el hombre pretendiendo gobernar el curso de la naturaleza termina separándose de ella. ¡Téngalo presente, abandone esos experimentos!
Víctor me tomó del brazo diciendo, en tono amistoso:
—Tenga cuidado con lo que dice, caballero. —Yet cruzaba en ese momento la habitación, trepando por la escalera en espiral, transportando el último arcón al laboratorio—. No es preciso enterar también a mi criado. Cuando baje, nos preparará la comida, de modo que cuídese de lo que diga en su presencia.
—Presumo que conoce la existencia de ese... ese doppelgánger suyo de afuera.
—Sabe que hay en los bosques un demonio que trata de destruirme. ¡De la verdadera naturaleza de ese demonio sabe menos de lo que usted parece saber!
—¿No le basta con tener sobre su vida esa sombra terrible para comprender que debe desistir de nuevos experimentos?
—Shelley comprendió mejor que usted esa búsqueda apasionada de la verdad, y que en los corazones de quienes investigan los secretos de la naturaleza, así sean hombres de ciencia o poetas, se sobrepone a toda otra consideración. Mi responsabilidad se debe a esa verdad, no a una sociedad corrupta. El pontificar sobre cuestiones morales es una responsabilidad que incumbe a otros; a mí me interesa más el progreso del conocimiento. ¿Acaso el hombre que inventó el velamen para aprovechar la fuerza del viento sabía que pervertirían esta idea, transformándola en armadas de veleros que surcarían los mares para destruir y conquistar? ¡No! ¿Cómo hubiese podido preverlo? Tenía que entregar a la humanidad ese nuevo conocimiento; que los hombres hayan demostrado que no lo merecían, es una cuestión totalmente distinta.
Al ver que Yet regresaba al cuarto y desaparecía detrás de la cortina para prepararnos la comida, Frankenstein bajó la voz y prosiguió:
—Yo transmitiré a la humanidad el secreto de la vida. Los hombres harán con él lo que les plazca. Si el argumento de usted prevaleciera, si hubiese prevalecido, la humanidad viviría aún en la ignorancia más primitiva, atemorizada por todo lo nuevo, en chozas de pieles.
El argumento de Víctor era utilizado aún en la época de la que yo venía, con una que otra bravata de más o de menos. Yo estaba ansioso por contestarle, pues le veía en los ojos una expresión de satisfacción; todo eso lo había dicho antes, y le gustaba repetirlo.
—Sé que la lógica no influirá en el ánimo de usted, que vive dominado por una obsesión. Sería inútil que tratara de mostrarle que la curiosidad científica por la curiosidad misma es tan irresponsable como la curiosidad de un niño. Una intromisión, nada más. Uno es siempre responsable de sus propios actos, en el terreno científico como en cualquier otro. Dice usted que ha hecho conocer a la humanidad el secreto de la vida, pero la verdad es muy distinta. Puedo asegurarle que usted ha creado vida por accidente; sí, Víctor, por accidente, pese a tantas cavilaciones, a tantos esfuerzos, pues un verdadero conocimiento de la carne, de los injertos de miembros y órganos, de la inmunología, y de toda una serie de elogias, no se alcanzará sino dentro de varias generaciones. Lo suyo es puro azar, no conocimiento. Además, ¿de que modo transmitió usted ese don? ¡Del modo más mezquino posible! Reservándose el orgullo del triunfo y entregando tan sólo a la comunidad los abominables frutos de sus actividades. Recuérdelo: el hermanó de usted, William, estrangulado; la leal doncella Justine Moritz injustamente condenada a la horca por la muerte del niño, ¿lo recuerda? ¿Son esos los dones que tan magnánimamente pretende haber transmitido a la humanidad? ¿No cree que si la humanidad supiera a quién tiene que agradecérselo, vendría como una tromba montaña arriba y reduciría a cenizas la torre con todos sus horrendos secretos?
¡Mi sermón lo había conmovido! Una vez más asistí a aquel curioso derrumbe, un derrumbe moral que se hizo evidente cuando Víctor volvió a hablar, en un tono casi lloroso.
—¿Quién es usted para sermonearme? ¡Usted no carga con el peso de mis temores, de mis desdichas! ¿Por qué aumenta mis sufrimientos acosándome de este modo, enfrentándome con mis pecados?
En ese preciso instante reapareció Yet con una bandeja y se detuvo impasible junto al codo de Frankenstein. Frankenstein tomó automáticamente la bandeja y despidió al criado con un seco ademán.
Mientras disponía frente a nosotros unos platos de carne fría, patatas y cebollas, Frankenstein me dijo:
—Usted no sabe el peligro que corro. Mi criatura, mi invento, ese ser al que insuflé el don de la vida, se me ha escapado de las manos. En cautiverio, no habría causado ningún mal, habría ignorado eternamente qué destino era el suyo. En libertad, logró esconderse en sitios desiertos y educarse. La educación tendría que ser privilegio de unos pocos. ¿No son acaso pocos los capaces de vivir la vida de las ideas? Mi... mi monstruo, si usted quiere, aprendió a hablar, y hasta aprendió a leer. Tropezó con una maleta de cuero repleta de libros. ¿Fue acaso mi culpa?
Había recobrado la compostura, y me miraba de frente con un ardor glacial.
—Así fue como leyó Las tristezas del joven Werther, de Goethe, y descubrió la naturaleza del amor. Leyó las Vidas de Plutarco, y descubrió la naturaleza de la lucha del hombre. Y, para colmo de males, leyó El Paraíso Perdido, el gran poema de Milton, y en él descubrió la religión. ¡Ya puede imaginarse el daño que habrán causado esas obras magnas sobre una mente totalmente en bruto!
—¡Totalmente en bruto! ¿Cómo puede afirmar semejante cosa? ¿Acaso el cerebro de esa criatura no le fue robado a un cadáver que alguna vez tuvo vida y pensamientos?
—Bah, de la existencia anterior nada le queda, apenas la escoria y las heces del pensamiento, sueños del pasado que a la criatura no le interesan, ¡mucho menos que las ficciones que ha tomado de Milton! Ahora se ha arrogado el papel de Satanás, y yo soy Dios Todopoderoso. Y me exige que le dé una compañera, una Eva gigantesca con quien pueda solazarse.
—¡No ha de hacer semejante cosa!
Lo vi echar una mirada involuntaria hacia arriba, el Cielo, o el piso superior. Lo último era más verosímil; no parecía dedicarle mucho tiempo a Dios.
—¡Pero qué proyecto! —dijo Frankenstein—. Enmendar los errores de los primeros ensayos...
—¡Usted está loco! ¿Qué pretende? ¿Tener dos demonios detrás de usted, en vez de uno? En este momento el monstruo tiene una razón para perdonarle la vida. Pero cuando usted le haya dado una esposa... ¡Sí, le convendrá librarse de usted!
Víctor apoyó la cabeza en una mano, con un gesto de cansancio.
—¿Cómo podría comprender usted lo difícil de mi situación? ¿Por qué le hablo de esta manera? La criatura ha proferido las más terribles amenazas, no contra mi vida, que poco cuenta, sino contra la vida de Elizabeth. "¡Estaré contigo en tu noche de bodas!" Eso dijo. Si él no puede tener su boda, tampoco permitirá la mía. ¡Si no doy vida a la prometida del monstruo, se la quitará a mi prometida!
Algo me cerró la garganta. Frankenstein acababa de desnudar ante mí, sin darse cuenta, una sensibilidad realmente degradada, identificándose él mismo con el muerto disfrazado de vida e identificando a Elizabeth con algún monstruo todavía increado.
Me puse de pie.
—Ya tiene usted un enemigo implacable. Tendrá otro en mí a menos que consienta en acompañarme mañana a la ciudad y exponga la verdad ante los síndicos. ¿O acaso se propone poblar el mundo de monstruos?
—¡Va usted demasiado a prisa, Bodenland!
—¡Ni un solo minuto demasiado a prisa! ¡Vamos, diga que sí! ¿Iremos mañana?
Frankenstein me miró un momento, la boca torcida en un rictus de amargura. Luego, de pronto, bajó la vista y se puso a juguetear con un cuchillo.
—Comamos sin discutir —dijo—. Decidiré después de comer. Espere, traeré vino. Le caerá bien.
Le brillaba la cara, quizá a causa del calor de las lámparas; parecía más que nunca cincelado en metal.
Había botellas de vino en una alacena, junto a unas copas elegantes. Víctor tomó una botella y dos copas y las llevó a la cocina, detrás del cortinado.
—Abriré esta botella —gritó.
Demoró algún tiempo. Cuando volvió, traía dos copas llenas hasta los bordes.
—¡Beba, coma! ¡Aunque la civilización se desmorone, que los civilizados sigan siéndolo hasta el último día! ¡Un brindis a la salud de usted, Bodenland!
Alzó la copa.
Tuve de pronto un acceso de tos. ¿Podría ser... sería posible que Frankenstein hubiese envenenado o narcotizado mi vino? La idea se me antojó absurda y melodramática, Hasta que recordé que todo melodrama tiene sus raíces en las espeluznantes realidades de generaciones pretéritas.
—Hace tanto calor aquí, con toda esta luz —dije—, ¿No podríamos abrir una ventana?
—Ridículo, afuera está nevando. ¡Vamos, beba!
—Pero esa ventana de ahí... me pareció oír algo hace un momento...
Esta vez tuve más suerte. Frankenstein se levantó de un salto, fue hasta la ventana y espió por entre los tablones que tapiaban los cristales.
—Por allí no hay nada. Estamos lejos del suelo... Pero ese maldito es capaz de fabricarse una escala...
Murmuró estas palabras con aprensión, como quien habla consigo mismo. Luego volvió a sentarse y una vez más levantó la copa mirándome con fijeza.
Esta vez alcé mi copa más confiado, pues acababa de cambiarla por la suya. Bebimos los dos, sin dejar de mirarnos. Víctor era un manojo de nervios. Me observaba con tanta ansiedad mientras yo vaciaba la copa, que él mismo bebió la suya de un sorbo, como en un arranque de impulsiva simpatía.
Yo abrí la boca, dejando caer la mandíbula, y deposité pesadamente la copa en la mesa; eché la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla, y cerré los ojos, como si estuviera inconsciente.
—Eso es... —le oí decir—. Eso es...
Hizo un esfuerzo por levantarse de la silla. La copa cayó al suelo, y golpeó la alfombra, sin romperse. Corrí alrededor de la mesa y alcancé a sostener a Víctor. Tenía el cuerpo exánime, pero el corazón le latía aún, y un rocío de sudor le perlaba la frente.
Lo acosté sobre el piso, y me quedé allí, de pie, junto a él. ¿Y ahora qué haría?
Mi posición no era de las más cómodas. En el piso de abajo estaba Yet, y aun cuando yo pudiera escabullirme sin qué él me viera, en las inmediaciones acechaba el monstruo. De cualquier modo, esta era sin duda mi oportunidad de desbaratar los planes de Víctor, ahora o nunca. Y como poco antes la mirada de Frankenstein, mi mirada se volvió al cielo raso; allá, del otro lado, se encontraba el laboratorio, ¡y todos aquellos secretos horripilantes me eran ahora accesibles!
XVIII
La escalera de caracol subía en espiral, pegada a la tosca pared de piedra de la torre. Trepé de prisa los carcomidos peldaños. Una doble hilera de tablones reforzaba la puerta, y había también unos cerrojos que parecían nuevos. Corrí los pasadores y empujé la puerta.
La habitación, de unos tres metros de altura y con techo de vigas, era completamente cilíndrica. Una lámpara que ardía en el centro alumbraba con un resplandor chisporroteante los aparatos que se acumulaban en el laboratorio. Las luces de Frankenstein generaban mucho calor, y para mantener la temperatura baja se había practicado un boquete en una claraboya; algunos copos de nieve flotaban a la deriva por la habitación antes de derretirse.
Mi interés —mi fascinado, horrorizado interés— se volvió a un banco de grandes dimensiones, en un costado del cuarto. Sobre el banco, cubierta por una sábana yacía una forma monstruosa. Los contornos sugerían que era al menos vagamente humana.
De las máquinas amontonadas alrededor del banco, no alcancé a formarme un idea clara, salvo un frasco que contenía un líquido rojo, instalado cerca de la cabeza y un poco por encima; el líquido goteaba lentamente por un tubo que desaparecía bajo la sábana. Otros tubos y cables reptaban bajo el lienzo, acoplados a otros tantos tanques y aparatos, palpitantes y laboriosos como si también ellos alentasen una vaga esperanza de vida. Unos ruidos de expulsión y succión acompañaban el movimiento de los aparatos.
Mi miedo era terrible. El sitio olía a bálsamos preservadores y a materia orgánica en descomposición, y había otros olores. Sabía que yo tendría que acercarme al fin a la silente figura. Tenía que destruirla, junto con el equipo que la alimentaba, pero mis piernas se negaban a obedecerme.
Miré a mi alrededor. De la pared colgaban hermosos diagramas a la manera de Leonardo de Vinci, detalles de la musculatura de los brazos y las piernas y la acción de los extensores. Había, elegantes esqueletos de Vesalius, diagramas del sistema nervioso y mapas anatómicos de color. En los estantes de un lado, una colección de extremidades que aún conservaban la carne flotaban descomponiéndose en los frascos. Y algo me pareció un útero, que se desintegraba de viejo, lentamente. Y había modelos en cera coloreada, que imitaban las cosas de los frascos. Y otros modelos, de huesos y órganos, en madera y en metales diversos.
Todo un estante estaba dedicado al cráneo humano. Algunos habían sido aserrados en sentido lateral, otros verticalmente, para revelar las complejas cámaras interiores. En ciertos casos habían sido rellenados en parte con cera coloreada. Otros habían sido maquillados de un modo raro; órbitas taponadas, pómulos levantados, frentes alteradas, narices modificadas. Parecían una colección de yelmos fantasmagóricos.
Vencido por la curiosidad, el miedo empezaba a abandonarme. En particular, estudié largo rato una figura bosquejada en tiza sobre un gran pizarrón, junto al banco en que yacía la figura amortajada.
El croquis representaba a un ser humano. Los rasgos de la cara estaban apenas esbozados; los cabellos flotantes, y los órganos genitales, dibujados con mayor cuidado, revelaban que la figura era femenina. Las desviaciones de la anatomía humana normal aparecían marcadas en rojo. La figura dibujada tenía seis costillas extras, lo que acrecentaba considerablemente las dimensiones de la caja torácica. También el aparato respiratorio había sido modificado, de manera que el aire entraba por la nariz, como es habitual, pero salía por unos orificios detrás de las orejas. Un croquis de detalle, ampliado, mostraba la epidermis; aunque no pude interpretar los símbolos al pie, parecía que la idea era reducir la sensibilidad de la piel, eliminando de las capas más superficiales nervios y vasos capilares, desarrollando así sobre la carne una especie de membrana coriácea que haría a su dueño prácticamente inmune a las temperaturas extremas. El conducto genito-urinario también había sido alterado. El sector vaginal estaba destinado exclusivamente a las funciones de la procreación; en tanto que en el muslo había una especie de pene rudimentario, por donde se expulsaba la orina. Observé este detalle con cierto interés, pensando cuántas cosas diría a un psicólogo acerca de los procesos mentales de Víctor Frankenstein en esta época de su compromiso con Elizabeth.
El rasgo más insólito del diagrama era, quizá, la doble columna vertebral. Se daba así a una región tradicionalmente débil una fortaleza extraordinaria. También la pelvis había sido reforzada, y los músculos de las piernas eran muy recios. Recordé la figura espectral que viera escalando el Mont Saléve con tan prodigiosa rapidez, ¡y empecé a entender la magnitud de los conocimientos y ambiciones de Frankenstein!
Un suntuoso cortinado de cuatro paños, con figuras emblemáticas estampadas en relieve, separaba del resto otro sector del laboratorio. Bordeando el banco, fui hacia allí, y me asomé apartando la cortina.
Aquello era... ¿cómo llamarlo? ¿Una morgue? ¿Una sala de disección? Sobre una plancha de loza y apilados en una zahúrda de piedra había torsos de seres humanos; uno o dos abiertos y amarrados como reses porcinas. Y había piernas y rótulas y rodajas de carne irreconocible. Un esbelto torso femenino —sin cabeza pero, con brazos— estaba clavado contra la pared; un hombro desollado mostraba las redes de músculos.
Desvié en seguida los ojos. ¿Un espeluznante depósito secreto de piezas de repuesto?
Ahora tenía que ocuparme del habitante principal del laboratorio de Frankenstein, la figura amortajada sobre el banco, y la jadeante cohorte de aparatos. Me dije que este no era un mero problema de ingeniería humana hábilmente resuelto. ¡No era extraño que para el monstruo Frankenstein fuera Dios Todopoderoso! Hasta ese momento yo había considerado al legendario Frankenstein como una especie de manipulador de cadáveres al menudeo, un maniático que en ratos de ocio violaba criptas y sepulcros en procura de ojos y manos malcasados. Mi error era el mismo en que caían los fabricantes de películas y otros mercaderes del horror. Mucho más cerca de la verdad había estado mi querida Mary al llamar a Víctor "El Prometeo Moderno".
Sin embargo, el error bien podía partir de la propia Mary. Porque ella en cierto modo, merced a una sensibilidad intuitiva y a un poder profetice notables —que en muchos aspectos compartía con Shelley— había recibido la historia de Frankenstein de la nada, por lo menos hasta donde yo sabía. Era indudable que la historia suponía muchas teorías científicas que ella había tenido que omitir por la sencilla razón de que no podía comprenderlas. Yo no habría tenido más remedio que hacer lo mismo. Sólo ahora veía claramente a dónde había llegado Víctor Frankenstein, y qué poderoso tenía que ser en él el deseo de continuar esas investigaciones, cualesquiera que fuesen las consecuencias. Avancé pues resueltamente y aparté las sábanas.
Sobre el banco yacía una enorme figura femenina, desnuda, cubierta sólo por los conductos y cables que la alimentaban o desagotaban.
Aferrándome a la sábana y dejando escapar un hueco gemido, retrocedí, tambaleándome. ¡Ese rostro! Ese rostro, pese a que la cabeza había sido rapada por completo, descubriendo un cráneo calvo y entrecruzado por lívidas cicatrices, ese rostro era el rostro de Justine Moritz. Los ojos de Justine, apagados por la muerte, parecían clavarse en los míos.
XIX
Durante un tiempo, mi corazón estuvo tan inmóvil como el corazón de Justine Moritz.
Ahora, por primera vez, veía claramente toda la malignidad, todo el horror de los experimentos de Frankenstein. Los muertos son impersonales, y por esa razón no tiene quizá demasiada importancia que se los perturbe, o tal cosa hubiera podido aducirse en algún momento en defensa de Víctor. Pero aprovecharse, como si no fuese más que un compendio de órganos útiles, del cuerpo de una criada, una amiga, y una amiga que, por añadidura, había muerto a causa de un crimen que podía atribuirse a la propia negligencia... bueno, semejante locura moral colocaba a Frankenstein más allá de toda conmiseración humana.
En ese momento tomé la firme resolución de matar a Víctor Frankenstein y también a su criatura.
Y sin embargo, en tanto una parte de mi mente llegaba a esa decisión, en tanto crecían en mí el horror y la indignación moral, otra parte marchaba en sentido contrario.
A pesar de mí mismo, la estupenda figura yacente retenía mi mirada. El cuerpo había sido construido con partes de diferentes cadáveres. Las tonalidades de la piel variaban, y cicatrices que parecían cordeles purpúreos recorrían toda la anatomía, recordando los diagramas de los carniceros. No pude dejar de advertir que las enmiendas bosquejadas en el pizarrón habían sido puestas en práctica; los órganos modificados estaban ya en su sitio. Las piernas no tenían nada de femeninas. Eran demasiado musculosas, demasiado velludas y excesivamente robustas a la altura de los muslos. También le habían sido incorporadas las costillas extras, y la caja torácica era enorme, coronada por senos gigantescos pero fláccidos, bastante poderosos como para amamantar a toda una progenie de monstruos recién nacidos.
Mi reacción ante todo eso no era de horror. Las investigaciones de Frankenstein, sí, me inspiraban horror. Pero frente a esa criatura inmóvil, coronada por un rostro femenino helado pero inocente, sólo sentía piedad. Piedad, sobre todo, por las humanas flaquezas de la carne, por la triste imperfección del hombre como especie, por nuestra desnudez, por la fragilidad de nuestros lazos con la vida. Ser humano, mantenerse humano era una lucha sin tregua, y luego, como recompensa inevitable y última, sobrevenía la muerte. La gente religiosa creía, es cierto, que la muerte era sólo física; pero yo nunca había permitido que mis sentimientos religiosos instintivos aflorasen a la superficie. Hasta ahora.
La resurrección de esta criatura, tal como Víctor lo había planeado, sería una blasfemia. Lo ya realizado, ese compuesto inspirado de distintos cadáveres, era una blasfemia. Y decir tal cosa —pensar tal cosa— era admitir la religión, admitir que la vida no concluía en la tumba, admitir un espíritu que trascendía los límites de la carne, débil e imperfecta. Sin el espíritu la carne era obscena. ¿Por qué otra razón la idea misma del monstruo había ultrajado la imaginación de varias generaciones, sino porque habían entendido esa idea como un ultraje a Dios?
Que me atreva a contar mis pensamientos más íntimos en aquel momento de crisis habrá de molestar a cualquiera que escuche esta grabación. Sin embargo, me siento obligado a proseguir.
Pues ese conflicto de emociones me hizo estallar en llanto. Me dejé caer de rodillas y lloré, y a gritos clamé por Dios. Oculté la cara entre las manos y lloré desconsoladamente.
Quizá un detalle que no he mencionado provocó en mí esa inesperada reacción. Sobre el banco de madera, junto a la mujer, había un cántaro con flores, rojas y amarillas.
Otra vuelta tuvo que soportar aún la tuerca de mi miseria. Pues en ese momento creí entender que toda mi fe anterior en el progreso había sido edificada sobre arenas movedizas. Cuántas veces, en mi vida pretérita, había asegurado que uno de los grandes beneficios que el siglo XIX había transmitido al mundo occidental era haber liberado a la ciencia, en pensamiento y sentimiento, de la religión organizada. ¡La religión organizada, nada menos! ¿Qué teníamos en cambio? ¡La ciencia organizada! Y puesto que la religión organizada nunca estuvo bien, organizada y chocó a menudo con los intereses del comercio, se vio obligada a aplaudir, de labios afuera al menos, la idea de que en los sistemas establecidos había sitio hasta para el más infeliz de los mortales. La ciencia organizada se había aliado en camBIO a los Grandes Negocios y a los Gobiernos; el individuo no le interesaba; ¡se alimentaba de estadísticas! Era la muerte del espíritu.
Así como la ciencia había corroído poco a poco la libertad del tiempo, así había corroído también la libertad de creer. Todo cuanto no pudiera comprobarse por métodos científicos en un laboratorio —todo aquello, quiero decir, que estuviera más allá de la ciencia— fue expulsado de la corte. A Dios ya lo habían desterrado tiempo atrás en favor de un número infinito de sectas mínimas y cavernícolas, aferradas a los míseros despojos de la fe; si se las toleraba era porque no constituían una amenaza colectiva para la sociedad de consumo, de la que dependía tan poderosamente la ciencia organizada.
La mentalidad de Frankenstein había triunfado en mi época. Dos siglos le bastaron. La cabeza había triunfado sobre el corazón.
No porque yo haya creído jamás que el corazón pudiera avanzar a solas; los resultados ya fueron una vez oprobiosos: siglos y siglos de guerras y persecuciones religiosas. Hubo una época, sin embargo, a principios del siglo XIX, en los días de Shelley, en que la cabeza y el corazón tuvieron la posibilidad de marchar en perfecta armonía. Ahora, tal como lo profetizara la morbosa creación mítica de Mary, esa posibilidad había desaparecido.
Inevitablemente, estoy interpretando, con posterioridad a los hechos, en términos intelectuales. Lo que experimenté cuando caí de hinojos fue una metáfora: vi la sociedad tecnológica, en cuyo seno yo había nacido, como el cuerpo de un Frankenstein, un cuerpo despojado de espíritu.
Y lloré por la caótica suerte del mundo.
—¡Oh, Dios! —clamé.
Hubo un ruido por encima de mi cabeza, y alcé los ojos.
Una cara enorme pero hermosa me observaba desde arriba. Un instante apenas, pues la claraboya del envigado cielo raso se abrió de golpe, ¡y el Adán de Frankenstein descendió de un salto y se irguió furioso ante mí!
Hasta este momento fatal de mi relato creo haber dado de mí un retrato relativamente fiel. Yo había actuado con cierto coraje y entereza —y hasta con inteligencia, espero— en una situación que muchos hombres habrían considerado desesperada. Y sin embargo, allí estaba ahora, de rodillas en el suelo y lloriqueando como un chiquillo. Y todo cuanto pude hacer ante aquella terrible invasión fue levantarme y quedarme de pie, inmóvil, mudo, con los brazos colgando a los costados, contemplando azorado a aquella criatura descomunal, a quién ahora yo veía claramente por primera vez.
En su ira, era hermoso. Empleo la palabra hermoso sabiendo que es inexacta, pero no encuentro otra manera de desvirtuar el mito que ha circulado durante dos siglos: que la cara del monstruo de Frankenstein era un horrible conglomerado de facciones de segunda mano.
De ningún modo. Quizá la mentira nació de esa común afición al horror, que es una forma depravada del temor religioso. Y debo admitir que Mary Shelley inició ese rumor; pero ella tenía que causar impresión a un público poco avisado. Yo sólo puedo declarar que el rostro que tenía ante mí era de una belleza terrible.
El terror predominaba, es claro. No era en verdad un rostro humano. Se parecía mucho a una de esas calaveras pintadas y parecidas a yelmos, alineadas en un estante a mis espaldas. Evidentemente, Frankenstein no había logrado crear un rostro a su gusto. Pero había meditado largamente sobre el problema, al igual que sobre todo el resto de la extraña anatomía, y había intentado realizar lo que sólo puedo llamar el paradigma de un rostro humano.
Allí estaban los ojos, cuya mirada feroz y penetrante descendía hasta mí por encima de los altos pómulos defensivos como por entre las aberturas de una visera. Las demás facciones, la boca, las orejas y especialmente la nariz habían sido borroneadas de algún modo por el escalpelo del cirujano. El ser que ahora me contemplaba desde allá arriba parecía una máquina de torno.
El cráneo de la criatura tropezaba casi con las vigas del cielo raso. Se agachó, me tomó por el brazo y me arrastró hacia él como si yo no fuese más que un muñeco.
XX
—¡Mi Creador te ha prohibido entrar aquí!
Tales fueron las primeras palabras que el monstruo innominado me dijo. Hablaba despacio, con voz grave, "una voz de ultratumba", pensé. Aunque el tono parecía tranquilo, no era tranquilizador. Esta poderosa criatura me dominaba sin necesidad de esforzarse., La mano gigantesca que me sujetaba, azulada y veteada, estaba sucia y cubierta de costras. Desde la garganta, donde una bufanda anudada al descuido no lograba el propósito de esconder las profundas cicatrices, hasta los pies encerrados en unas botas que me pareció reconocer, el monstruo era un monumento a la suciedad. Costras de barro, sangre y excrementos lo cubrían de arriba abajo, pegoteándole al pantalón los faldones del abrigo. Copos de nieve le resbalaban por las ropas y se derretían en el piso. Tan empapado estaba que aún despedía una ligera nube de vapor. Tamaña indiferencia ante ese penoso estado era para mí otro motivo de alarma.
La criatura me sacudió apenas (y me castañetearon los dientes) y me dijo:
—Quienquiera que seas, no es lugar para ti.
—Tú me salvaste la vida cuando yo estaba muriendo en la montaña.
Esas fueron las primeras palabras que atiné a pronunciar.
—Mi misión no es salvar vidas ajenas sino cuidar de la mía. ¿Quién soy yo para mostrarme misericordioso? Todos los hombres son mis enemigos, y toda mano viviente se ha vuelto contra mí.
—Tú me salvaste la vida. Me llevaste una liebre para que comiese cuando yo estaba muriéndome de hambre.
La criatura me soltó, y yo conseguí mantenerme de pie ante aquella pavorosa presencia.
—¿Tú... tú me lo agradeces?
—Me salvaste la vida. Eso te agradezco, como quizá tú también lo agradeces.
Volvió a hablar lentamente, con aquella voz grave, arrastrada.
—Yo no tengo vida, pues las manos de todos se han vuelto contra mí. Así como no tengo refugio, tampoco tengo gratitud. Mi Creador me dio vida, ¿y qué beneficio me ha procurado fuera de haberme enseñado a maldecir? Me dio el sentimiento, ¿y qué beneficio me ha procurado fuera de haberme enseñado a sufrir? ¡Soy un Ángel Caído! ¡Sin el amor, sin la ayuda del Creador, soy un Ángel Caído! "¿Por qué nos dan vida si así nos la arrebatan? Mejor, ¿por qué así la vida nos imponen? ¿Quién si conociera lo que recibimos, no rechazaría la vida que le ofrecen, o pronto rogaría que se la quitaran, feliz de que lo destruyeran en paz?..." ¿No son estas por ventura las palabras del gran libró miltoniano? Mas ahora, bajo mis amenazas, mi Creador ha consentido en hacerme esta Eva que tú vienes a perturbar al descubrir su desnudez. Ella hará más soportables mi miseria, mi esclavitud menos esclavitud, mi exilio menos un castigo. ¿Qué haces aquí, en este sitio? ¿Cómo te dejó entrar? ¿Qué daño le hiciste?
—¡Ningún daño! ¡Ninguno!
Temí que el monstruo bajara y encontrase a Frankenstein en un estado que acaso tomaría por la muerte.
Volvió a aferrarme el brazo.
—¡Sólo yo tengo derecho a hacerle daño! ¡Mientras trabaja en este proyecto, soy su protector! ¡Vamos, dime qué le hiciste! ¿Eres acaso la Serpiente, para venir así, inmunda y ponzoñosa?
Desvió un instante la mirada hacia la criatura que llevaba el rostro de Justine. Extendió un brazo y la mano nudosa acarició con infinita ternura aquella frente cubierta de cicatrices; luego se volvió a mí.
—¡Iremos a ver qué le hiciste! ¡A mí nada puede ocultárseme!
En dos zancadas llegó hasta la puerta y la abrió, llevándome a la rastra. Yo forcejeaba en vano; él ni siquiera se daba cuenta. Con movimientos rápidos, inhumanos, bajó las escaleras sin detenerse una sola vez.
Y yo tenía que correr detrás, asustado por lo que podía ocurrir.
Víctor Frankenstein yacía aún sobre la alfombra, sin conocimiento. Alguien lo acompañaba. Yet, el sirviente, se inclinaba sobré él, y tenía apoyada en la rodilla la cabeza de Víctor. Nos miró de mal modo, pero en seguida dio un grito de terror y se incorporó de un salto. El monstruo, precipitándose hacia el cuerpo exánime de su Creador, de un codazo sacó del camino a Yet. Y fue tal la fuerza de aquel golpe involuntario que Yet chocó contra una biblioteca. Una lluvia de libros le cayó alrededor.
Yo, como un perro faldero sujeto a su traílla, era arrastrado por la habitación a ese ritmo terrible. El monstruo se agachó torpemente sobre su amo y lo llamó una y otra vez con aquella voz hueca y fantasmal como el ladrido de un sabueso.
Vi que Yet se levantaba con dificultad, los ojos cargados de miedo, e iba hacia la puerta que llevaba a las regiones inferiores. Cuando llegó al umbral, sacó del cinto un enorme fusil de caño abocinado —un trabuco, me imagino— y apuntó al monstruo.
Yo me tiré al suelo instintivamente. El monstruo dio media vuelta, extendió un brazo y gritó mientras el fusil disparaba.
La atmósfera se llenó de humo y ruido. Yet se precipitó atolondradamente escaleras abajo.
—¡Tú mataste a mi amo! ¡Y ahora me has herido a mí! —vociferó el monstruo. Se puso rápidamente de pie y partió en persecución del fugitivo, lanzándose también él escaleras abajo.
El alboroto tuvo algún efecto sobre Frankenstein, pues de pronto se estremeció y se quejó. Comprendiendo que no tardaría en volver en sí, le arrojé a la cara los restos del vino para reanimarlo, y una vez, más trepé las escaleras que llevaban al laboratorio.
Antes del amanecer habría un asesinato y tenía que alejarme de allí cuanto antes.
Entré y cerré de un portazo, pero no había cerrojos en el interior. ¡Como si un cerrojo pudiera detener a aquella terrible criatura vengativa!
La hembra seguía siempre allí, los ojos acuosos perdidos en una lejanía remota, como esperando que la llamaran. Fui por detrás del banco, y recogí un par de escabeles que Víctor utilizaba para llegar a los estantes superiores, los llevé hasta el centro de la habitación, y subiéndome a ellos trepé a la claraboya por la que poco antes había entrado el monstruo.
Por más que conocía la fuerza sobrenatural del monstruo, era inverosímil que hubiese podido escalar el liso muro exterior de la torre. Obviamente se había fabricado una escala. ¿Acaso Víctor no había mencionado esa posibilidad?
En el tejado, el frío era glacial y la oscuridad impenetrable, pese al manto de nieve que todo lo cubría.
Avancé nerviosamente, buscando a tientas entre las almenas del muro, hasta encontrar una estaca de madera. Allí estaba la escala. Sólo el terror de ser atrapado por aquella criatura —imaginé claramente cómo me lanzaba al aire desde el techo— me impulsó a pisar el vacío buscando a ciegas el primer peldaño. Pero la escala estaba allí, y empecé a bajarla tan rápidamente como me era posible, aunque no sin dificultad, pues había casi un metro de distancia entre un travesaño y otro.
Llegué por fin al suelo, hundiéndome hasta los tobillos en la nieve recién caída.
Lo primero que hice fue retirar la escala de la torre, lanzándola al vuelo hacia la arboleda. Y luego fui hasta el portón, tratando de oír, presa de un terror agónico.
Ruidos de golpes llegaban del interior. Hubo un sonido metálico, como si alguien retirara una barra pesada, y una de las portezuelas de la entrada se abrió de pronto. Yet salió, tambaleándose como borracho, y apretándose un hombro.
Ya mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad. Me había escondido detrás de un árbol, pero distinguía con claridad suficiente la silueta rechoncha de Yet. Detrás de él, algo forcejeaba tratando de salir por la puerta. Era el monstruo. Instintivamente, retrocedí un árbol o dos. Yet seguía en el claro, como indeciso. Al fin se movió arrastrando una pierna, hacia el árbol más próximo —felizmente a varios metros de distancia de mi escondite— y de allí se encaminó a la torre.
En ese momento advertí que estaba herido y que no podía correr, y que llevaba una espada en la mano.
El monstruo aún trataba de salir por una puerta demasiado pequeña para su inmenso esqueleto. Rugiendo de furia, tironeó del maderamen hasta que al fin las tablas cedieron, crujiendo. El monstruo salió, y en un abrir y cerrar de ojos recorrió el espacio que lo separaba de Yet.
Yet tuvo tiempo de asestarle un solo golpe. Quizá era un sable lo que llevaba. Llegué a ver el tenue resplandor de una hoja ancha y la oí chocar contra la manga del gabán del monstruo. El monstruo emitió un gruñido feroz. Yet no tuvo tiempo de volver a atacar. Ante todo, el monstruo lo hundió de cabeza en la nieve. Luego le saltó sobre el cuerpo con furia salvaje y al fin lo tomó por el cuello, como antes había tomado quizá al pequeño "William. Y Yet no pudo resistir mucho más que William.
Poco después, el monstruo se levantó, y balanceándose levemente tomó una vez más el camino de la torre en tinieblas. Detrás, Yet yacía sin vida en la nieve.
XXI
—¡Has vuelto a matar! —gritó Víctor Frankenstein.
Estaba de pie, en el destrozado portal, enfrentando al monstruo, una sombra entre las sombras. Desde donde yo me encontraba, sólo alcanzaba a ver el rostro de metal cincelado, empañado por la oscuridad y la pasión.
El monstruo se detuvo ante Víctor.
—¿Amo, por qué tergiversas todos mis actos? Ataqué a tu sirviente sólo porque pensé que te había matado. Bien sabes que todo lo tuyo es sagrado para mí, tus bienes y tus sirvientes. Sé propicio mientras te hablo, ¿no has hecho de mí tu sustituto?
—¡Deja de recitarme tus escrituras miltonianas! ¿Te atreves a hablarme así, Demonio, cuando has amenazado la vida de mi prometida?
Nada pudo responder el monstruo, y los dos quedaron mirándose en silencio, en comunión de algún modo; y yo, desde mi punto de mira, entendí claramente la necesidad qué los había unido. Acaso el monstruo jamás pudiera ser dominado, y como Frankenstein era humano no podría resistir la prueba.
—Te atreves a sermonearme, criatura maldita, cuando tus manos están todavía húmedas de la sangre de mi hermano William. Sé que tú le diste muerte, cualquiera haya sido el veredicto de la corte.
Luego habló el monstruo, con aquella voz desolada.
—Tú tienes que atenerte al veredicto de la corte, ya que entras por la fuerza de las cosas dentro de la jurisdicción de lo humano. Sobre mí no pueden ejercerse tales derechos, puesto que no tengo humanidad. Sólo una cosa te diré: turbado y desconcertado, pues no "había tenido mucho éxito, como el Tentador mismo, te ataqué a ti atacando a William. Para mí él era parte de ti, como lo soy yo mismo.
—Y por ese acto vil hiciste pagar a otro.
Al oír esto, el monstruo lanzó una carcajada, parecida al aullido de un sabueso azotado.
—Le arranqué el medallón del cuello ensangrentado, y lo metí en el bolsillo de la doncella mientras ella dormía. Si sólo por eso fue a la horca, tanto peor para las instituciones legales de los hombres.
—¡Ya pagarás por ese acto demoníaco, no temas!
Un áspero gruñido brotó de la garganta del monstruo. Una vez más los dos callaron. Víctor seguía en el vano de la puerta desnuda. La criatura innominada, un contorno difuso envuelto en la lenta nube de vapor que le emanaba de las ropas, aguardaba afuera. Ni las lagartijas hubieran podido estar más quietas y calladas, hasta que el monstruo volvió a hablar, esta vez con un matiz de súplica en la voz.
—Permíteme entrar en la torre, Creador mío, y déjame ver cómo das vida a la compañera que me has preparado, a mi semejanza pero de sexo diferente, tan maravillosamente bella. Y entonces, ya que en tu corazón no hay amor por mí, nos separaremos, tomaremos para siempre rumbos distintos, y nunca volveremos a encontrarnos. Tú podrás ir a donde te plazca. Yo habitaré con mi esposa en las tierras frígidas, ¡y ningún hombre volverá a posar los ojos sobre nosotros!
Un nuevo, prolongado silencio.
Por último, Víctor Frankenstein habló:
—Está bien, así será, ya que no puede ser de otro modo. Daré vida a tu hembra. ¡Y luego partirás, y no volverás a afligirme con tu presencia!
La enorme criatura cayó de rodillas sobre la nieve. Le vi tender la mano hacia las botas de Frankenstein.
—¡Amo, sólo gratitud tendré para ti, te lo juro! Los pensamientos que hoy me torturan, los olvidaré para siempre. Soy tu esclavo. ¡Cuánto deseo que tan sólo una vez, antes que me exilie, podamos tú y yo hablar sobre temas fragantes! ]Qué mundo podrías descubrirme!... pero tú y yo, sólo hemos hablado de culpa y de muerte, no sé por qué. La tumba no está nunca lejos de mis meditaciones, Amo, y cuando el niño murió entre mis manos apretadas... oh, tú no puedes comprender, fue como dice Adán una visión de terror, abominable y repulsiva, horrenda para el pensamiento, ¡ah, cuan aborrecible para mis sentimientos! ¡Háblame siquiera una vez amorosamente de cosas mejores!
—¡No me adules! ¡Levántate! ¡Hazte a un lado! Tendrás que subir conmigo a la torre para ayudarme en esta execrable labor. Ahora que Yet ha muerto asesinado, te necesito para que alimentes las calderas, y mantener así la electricidad a pleno voltaje. Entra y calla.
La criatura se levantó, llorosa, y dijo impulsivamente:
—Cuando te encontré, hace un rato, temí que también tú, Amo, estuvieras muerto.
—Maldito seas, no estaba muerto sino bajo los efectos de una droga. ¡Quién sabe si no hubiera sido mejor que estuviera muerto! Ese entrometido de Bodenland tiene la culpa. ¡Si lo encuentras, Demonio, puedes ejercer tu maldad en él, sin restricciones!
Ahora andaban por el interior. Me acerqué a la puerta y oí el sermón de la criatura a modo de respuesta.
—Para mí, estrangular no es ningún placer. Tengo mis creencias religiosas, a diferencia de vosotros, extraños inventores, que os olvidáis de vuestro Hacedor, ¡aunque habéis bebido vuestra ciencia en el Espíritu mismo! Además, Bodenland me expresó cierta gratitud... ¡el único hombre hasta ahora!
—¡Qué sistema religioso podría jamás encender una luz en tu cerebro! —dijo Frankenstein con desdén, iniciando la marcha escaleras arriba, donde un haz de luz indicaba una puerta abierta a la sala de máquinas. Llegaron al rellano, y la puerta se cerró tras ellos.
Me quedé un rato junto a la puerta destrozada, sin saber qué hacer. Alrededor del edificio había grandes cantidades de leña. Quizá pudiese apilarla y poner fuego a la torre, para que los conspiradores —y esa hembra terrible que ahora querían traer a la vida— perecieran entre las llamas, junto con todos los instrumentos y los escritos de Frankenstein. Pero ¿cómo hacer para que el fuego los alcanzara en seguida? Porque sin duda escaparían antes que las llamas se propagasen.
Arriba, la máquina de vapor empezó a funcionar a un ritmo más acelerado. Protegido por el ruido, que correspondía sin duda a la más horripilante actividad que el mundo hubiera visto alguna vez, comencé a buscar alrededor, y hasta me atreví a encender una antorcha: lo único que iluminaba aquella planta baja.
Había allí abundantes cantidades de leña y madera, así como también botas de vino y provisiones. A un costado se encontraba el faetón. Un poco más lejos estaba el caballo, en un establo, y el animal ni siquiera me miró, indiferente a todo mientras tuviera comida. Le empujé la cabeza, que me cerraba el paso, y me adelanté para ver si había kerosene o parafina, o por lo menos una buena parva de heno.
Una visión mucho más alentadora apareció ante mí.
Allí estaba mi automóvil, el Felder, sano y salvo; ¡y hasta casi sin rayaduras!
Sorprendido, entré en el establo, cerrando a mis espaldas la puerta inferior. El establo estaba situado en el edificio cuadrangular, pegado a la base de la torre. Noté que había una puerta ancha que daba directamente al exterior. Por ahí habían metido el automóvil.
Una de las portezuelas del Felder estaba abierta. Apagué la antorcha y subí al auto, encendiendo la luz. Todo estaba en desorden, pero al parecer no faltaba nada.
Encontré una hoja de papel, un certificado que cedía formalmente el vehículo a la familia Frankenstein. Estaba firmado por el Jefe de la Policía Ginebrina. ¡Así que Elizabeth se había adueñado del automóvil como compensación por la supuesta muerte de Víctor! Pero ¿qué había hecho Víctor con el coche? Debía de haberlo remolcado hasta allí para examinarlo más tarde. ¿Habría entendido de qué se trataba? ¿Sería esa la razón por la que me había hecho tan pocas preguntas, tomando mi presencia y mis conocimientos inverosímiles como la cosa más natural del mundo? ¿Qué valor singular podía tener el coche para él? ¿Qué nuevos adelantos de la ciencia sería capaz de inferir de las características y el contenido de mi automóvil?
Revisé las armas de fuego y noté que la colisa estaba intacta; también estaba allí mi Browning automática.880, junto con la caja de municiones. Arrojé en el asiento trasero la pistola de caza que yo había robado, pensando aliviado que ya no la necesitaría para defenderme.
Se me ocurrió que hasta la generación anterior a la mía, los automóviles tenían motores de gasolina. La gasolina hubiera sido ideal para provocar un incendio rápido; el motor nuclear blindado era inútil en aquellas circunstancias.
La presencia del automóvil me sugirió otras ideas. Para la criatura sobrehumana que era el monstruo, escapar de un incendio sería un juego de niños. Otra cosa muy distinta sería una descarga de ametralladora.
Moviéndome en el mayor silencio, deteniéndome de tanto en tanto a escuchar, y después de remover una espesa capa de nieve, abrí los portones. Luego intenté sacar el vehículo a campo abierto.
Apliqué un hombro contra el automóvil y lo empujé con todas mis fuerzas. Ni siquiera se movió.
Al cabo de varios intentos, llegué a la conclusión de que estaba demasiado hundido en la nieve. Y como de todos modos tendría que poner en marcha el motor en algún momento, quizá fuese mejor hacerlo ahora, al amparo del ruido de la máquina de vapor que jadeaba sordamente allá arriba.
¡Loado sea el siglo XXI! El Felder arrancó instantáneamente. Vi cómo subía la aguja en el contador de revoluciones, y empecé a avanzar a campo abierto. ¡Qué impresión de poder tenía yo ahora, de nuevo al volante!
Una vez fuera, dejé el motor en marcha y corrí a cerrar el portón. Llevé luego el auto a la arboleda hasta colocarlo —según mis apreciaciones— en la posición perfecta, a cierta distancia de las puertas principales de la torre, pero teniéndolas siempre a la vista, aun en aquella funesta penumbra. Levanté entonces la cúpula y enfoqué la colisa.
Todo cuanto tenía que hacer era oprimir el botón cuando alguien saliera de la torre. No había otra solución. El extraordinario fragmento de conversación que yo había escuchado entre Víctor y el monstruo me había convencido de la peligrosidad suprema de este último: en aquella criatura maligna, la lengua embustera y elocuente era acaso una amenaza tan grande como la celeridad con que iba de un lado a otro.
El tiempo transcurría. Las horas descendían lentamente, deslizándose por el inmenso talud entrópico del universo.
La nevisca cesó, y una luna delgada apareció en el cielo.
Yo esperaba, impaciente, y los minutos pasaban trayéndome las más horrendas fantasías. Mientras el monstruo atizaba el fuego, ¿tendría tiempo Víctor de practicar una operación facial a la hembra? O bien... No, no quería pensarlo. Cuánto hubiese dado por tener junto a mí, escopeta en mano, al intrépido Lord Byron.
Aunque la visibilidad había mejorado gracias a la luz de la luna, la nueva situación no me hacía feliz. El auto podía verse ahora desde la entrada de la torre, y mi intención había sido mantenerlo oculto entre las sombras. Y si bien al parecer yo tenía a mi favor grandes ventajas, emboscado como estaba detrás de una colisa, me perseguía el recuerdo de una musculatura sobrenatural, de saltos fantásticos y carreras veloces, de una irascibilidad que se sumaba a la fuerza bruta. Si la criatura eludía mi primera descarga y se abalanzaba sobre mí antes que yo pudiese matarla...
Me sentía aterido de frío, pero este pensamiento me heló todavía más. Salté fuera del auto y me puse a recoger ramas de pino para esconder el vehículo.
Me encontraba a algunos metros del automóvil cuando la ruinosa puerta de la torre se abrió de par en par y dio paso al monstruo.
Una serie fugaz de remembranzas, como esos episodios del pasado que los moribundos, se dice, vuelven a vivir: remembranzas de mi antigua vida ordenada y cuerda, perdida ahora a dos siglos de distancia de mí querida esposa, mis queridos amigos, hasta de algunos estimados enemigos, y de mis nietecitos. Recordé la salud y lozanía de los niños y la comparé COTÍ los demonios a quienes tenía que tratar ahora, en 1816.
Dejando caer las ramas, emprendí lo que supuse sería una desesperada carrera hacia el Felder. ¡Insensato de mí, ni siquiera llevaba la pistola automática!
Llegué al automóvil y subí atropelladamente.
Sólo entonces volví la cabeza para ver qué sucedía y a qué distancia se encontraba mi perseguidor.
XXII
Grandes nubes amortajadas se alejaban de las tierras frías, oscureciendo de cuando en cuando la cara de la luna. La escena junto a la torre llegaba a mí en inverosímiles ráfagas de luz.
El monstruo de Frankenstein seguía de pie junto a la puerta destrozada. No era a mí a quien buscaba. De espaldas a la puerta, clavaba los ojos en la oscuridad de la que acababa de salir. Me pareció que extendía una mano. Avanzó un paso más hacia la puerta.
Había en toda esta actitud un titubeo, una timidez que yo no había visto nunca en el monstruo. Alguien le tomó la mano. Una figura apareció en el umbral, una figura casi tan gigantesca como la del monstruo. La figura se tambaleó y él la sostuvo por el codo. Así permanecieron, juntos, las cabezas casi tocándose.
El monstruo la hizo caminar de un lado a otro. El aliento de las dos criaturas flotaba en el aire escarchado. El la sostenía, rodeándole el talle con el brazo enorme. Ella avanzaba arrastrando los pies sobre la nieve.
Débil aún a causa del shock postoperatorio, la criatura se recostó contra la pared. Alzó la cara hacia el cielo nocturno. Abrió la boca.
El la dejó, y moviéndose con aquella inútil y terrible presteza, volvió a la torre. Desde mi escondite, traté de ver a la criatura con mayor claridad. La luz de la luna le bañaba las facciones, y los ojos eran un blanco perfecto. Ya no tenía el rostro de Justine. Otra vida la ocupaba.
El monstruo volvió, trayendo una copa. Pese a las protestas de ella, la obligó a beber. Ella bebió y él arrojó la copa al suelo, alejándose algunos pasos como para observarla.
Ella avanzó tambaleándose, paso a paso, manteniendo el equilibrio. Se detuvo, extendiendo a medias los brazos, y meneó lentamente la cabeza. Dio media vuelta con un movimiento automático, y echó a caminar, al principio balanceándose, pero cobrando poco a poco un ritmo más regular.
El se precipitó hacia ella, solícito pero irascible. En un momento dado, se unió a ella, caminó con ella, marcando el compás con una mano. Luego se hizo otra vez a un" lado, siempre marcando el tiempo, instándola a avanzar más rápidamente. Ella volvió a apoyarse en el muro, y ante un vehemente gesto negativo de él se adelantó una vez más, con paso vacilante.
El monstruo empezó a corretear frente a ella y a su alrededor, a girar ejecutando grotescos movimientos de baile, que no carecían de cierta gracia. Ella se le acercó, titubeante, y él le tomó las manos. Siempre vacilando, fueron de un lado a otro, enfrentados, él sin dejar de alentarla, como dos niños lunáticos en una danza..
Ella tuvo que detenerse a descansar. El monstruo la sostuvo, con la mirada fija en lo alto de la torre. Ella se tocaba el costado y explicaba algo.
El monstruo alzó la cabeza, y ahuecando la mano junto a la boca, llamó en la noche.
—¡Frankenstein!
Al sonido de aquella voz potente y hueca, los perros se pusieron a ladrar en una aldea cercana, y más lejos en la montaña los lobos respondieron aullando.
No hubo respuesta alguna desde la torre.
Luego de un breve descanso, la pareja empezó a bailar de nuevo. En seguida él la soltó y correteó alrededor de ella, lo más despacio que pudo. Ella lo siguió pesadamente. Una vez cayó de bruces sobre la nieve. El corrió junto a ella, levantándola con solícita y desmañada ternura, apoyando la mejilla en la cabeza entrecruzada de cicatrices.
La instó a correr una vez más, encaminándose, a galope corto, hacia la parte posterior de la torre. Ella lo siguió, cautelosa al principio, pero más segura muy pronto, pues ya sus movimientos empezaban a ser más coordinados. Descubrió que podía agitar los brazos al correr. El se detuvo a contemplarla con admiración, las manos apoyadas sobre las andrajosas rodillas.
Un sonido extraño brotó de ellos, una especie de mugido que volvió a despertar a los perros. ¡Ella se estaba riendo a carcajadas!
Ahora era ella la que le indicaba a él con un gesto que la siguiera. Echó a correr alrededor de la torre, con él a la zaga, persiguiéndola como un niño travieso. Retozaban como una pareja de caballos de tiro. Cuando ella reapareció del otro lado de la torre, la luz de la luna iluminándole sombríamente la cabeza calva, tenía los brazos extendidos y una vez más emitía aquel sonido que parecía un mugido. El, para obligarla a seguir, fingía no poder darle alcance. Los cabellos le flotaban detrás del cráneo-casco, como un penacho.
Los gestos de ella eran ya menos torpes. Los movimientos más seguros y veloces. De pronto se detuvo. El le rodeó la cintura con los brazos, ella lo rechazó con un ademán que hubiese tumbado a un hombre. Y allí se quedó, moviendo los brazos, las muñecas, las manos, como una bailarina balinesa. Estaba grotescamente ataviada con lo que no podía ser otra cosa que las sábanas de lienzo que la habían cubierto en el banco, anudadas desmañadamente alrededor del cuerpo enorme; quizá por eso mismo había algo de conmovedor en aquellos movimientos andróginos que parodiaban la gracia.
La noche se aclaró repentinamente, como si la luna acabara de escapar de las redes de una nube. Alcé la vista, alarmado al comprobar hasta qué punto me había olvidado del mundo, contemplando las extravagancias de aquellas monstruosas criaturas.
Dos lunas surcaban el cielo.
Una de ellas era la luna creciente que hasta ese momento había sido propiedad exclusiva de la noche. La otra, a un palmo de distancia de la primera, era casi una luna llena. Espiaban el mundo como un par de ojos, uno de ellos semicerrado.
¡La desintegración del espacio-tiempo continuaba aún! Pero este pensamiento acudió a mi mente no en forma clara y ordenada, sino como el confuso recuerdo de un pasaje del Julio César de Shakespeare:
Bostezaron las tumbas y soltaron a los muertos;
guerreros fieros y bárbaros combaten en las nubes...
Hasta los cielos proclaman la muerte de los príncipes.
La muerte dominaba casi todos mis pensamientos y sin embargo no podía apartar los ojos de las cabriolas de aquellos dos seres inhumanos. Como si hubiesen estado esperando la señal de una segunda luna, los juegos entraron ahora en una fase más intensa. Estaban mucho más juntos, tejiendo y destejiendo tramas intrincadas el uno alrededor del otro.
A veces ella se quedaba inmóvil, ofreciéndose como blanco a los tempestuosos arrebatos de él; de vez en cuando los papeles se trocaban, y era él quien esperaba rígido y tenso mientras ella giraba alrededor. De pronto, el humor de los dos parecía cambiar y entonces se enlazaban y contorsionaban voluptuosamente como al ritmo majestuoso de una zarabanda. Estaban en plena danza nupcial, olvidados de todo cuanto acontecía fuera del círculo encantado. ¡Dos lunas en un mismo cielo nada significaban para ellos!
Un nuevo cambio de actitud. El ritmo de la danza alcanzó un salvaje crescendo. Bailaban separados, y en seguida se acercaban, rápidos como flechas. De vez en cuando, uno de ellos arrojaba al otro un puñado de nieve, aunque ahora la nieve estaba bastante pisoteada en una considerable extensión del terreno. A medida que los movimientos se hacían más rápidos, se ensanchaba también el círculo de la danza. Ya se acercaban al auto, se precipitaban hacia él, retrocedían sin verlo, pues sólo tenían ojos el uno para el otro. Yo estaba demasiado hipnotizado para entrar en acción. El plan de utilizar la colisa se me había borrado de la mente. En un momento, ella se acercó al auto, y pude verle claramente la cara a la luz de la luna. Y lo que allí leí fueron sentimientos encontrados. Era, sí, el rostro ardoroso de una hembra en celo, pero era también el rostro de Justine, el rostro impersonal de una muerta. Aunque pareciera imposible, el rostro de él era más horripilante, pues carecía de todo, excepto esa grotesca imitación de humanidad; pese a su animación, se parecía más que nunca a un yelmo, un yelmo de metal con la visera baja, groseramente tallado, imitando los contornos de un rostro humano. El casco estaba atravesado por una apretada hendedura, que simulaba una sonrisa.
Tomados de las manos, continuaron girando y girando en redondo. Ella se apartó bruscamente, emitiendo aquel mugido, e inició una nueva carrera alrededor de la torre. El volvió a perseguirla.
El aullido de los lobos se oía ya más cercano. Las notas disonantes de las fieras parecían acompañar la persecución que se desarrollaba entre los dos monstruos. Ella daba vueltas y vueltas alrededor de la torre, corriendo, pero agitando las manos. El la seguía de cerca, pero sin tratar de alcanzarla. A medida que el ritmo se hacía más agitado, el pánico dominaba los movimientos de la hembra. Empezó a correr en serio, y él a perseguirla en serio. No podría decir con qué rapidez se desplazaban, ni cuántas veces ella circundó la base de la torre, corriendo como si en ello le fuese la vida. El la llamaba, emitía sonidos desarticulados, gruñía colérico.
Por último, cuando él le puso la mano sobre el hombro, ella, volviéndose a medias, se la apartó de un golpe, e intentó buscar refugio en la torre. Pero él la retuvo junto a la puerta.
Ella lanzó un grito, un bronco alarido en voz de tenor, y se debatió. El monstruo, con un amplio movimiento de la mano, le atrancó del cuerpo la endeble vestidura.
Noté que la resistencia de ella a entregarse había sido fingida, o fingida en parte. Porque allí se quedó, desnuda e impúdica, iniciando una vez más aquel lento meneo de los brazos, sin intentar alejarse. Yo alcanzaba a verle los lívidos costurones de las cicatrices que le bajaban desde la nuca hasta los muslos poderosos.
El se quedó un rato agachado contemplándola, la sonrisa de yelmo más apretada que nunca. Y de pronto saltó hacia ella, derribándola contra la nieve pisoteada, a unos pocos pasos del cadáver de Yet.
La delgada sonrisa se apretó contra las cicatrices de la garganta de Justine. En un momento, ella trató de incorporarse, pero él la dominó. Ella emitió un alarido de tenor, y los lobos le respondieron. Un viento leve e inquieto flameó entre los matorrales.
Fue un acoplamiento breve y brutal.
Luego se quedaron tendidos en el suelo, como dos árboles muertos.
Ella fue la primera en levantarse; buscó las sábanas y se las anudó de cualquier modo alrededor del torso. El se incorporó. Ordenándole con un gesto que lo siguiera, se internó por el sendero que descendía al valle, y muy pronto se perdió de vista. Ella lo siguió. Al cabo de un momento, también había desaparecido.
Me encontré solo, con la boca seca, y una congoja en el corazón.
XXIII
Durante un rato anduve por el claro de un lado a otro, consumido por confusas emociones. Entre ellas, he de confesarlo, figuraba el deseo, despertado contra mi voluntad por aquel acoplamiento sin par. Una asociación de ideas natural pero desdichada me hizo pensar en Mary y preguntarme dónde estaría, en este universo cada vez más caótico. La santidad y la obscenidad se hermanan en la mente.
Además del disgusto que yo mismo me inspiraba, sentía cólera. Pues yo había tenido el propósito de matar al monstruo. No hubiera sido una acción gloriosa; sólo una emboscada brutal, manteniéndome yo mismo tan fuera de peligro como me fuese posible; pero había llegado a la conclusión de que yo tenía el deber de dar muerte a la criatura, y también a su hacedor, por el mismo motivo, pues ambos eran un peligro para la humanidad, quizá para el orden de la naturaleza. ¿Qué había detenido mi mano? ¿La compasión, o la simple curiosidad?
Poco orgulloso de mí me sentía, y me sentiría aun menos orgulloso cuando hubiese acabado con Víctor Frankenstein. Porque él estaba todavía en escena.
¿O acaso los monstruos lo habrían asesinado ni bien hubo dado vida a la hembra? No cabía duda de que podían haber tenido esta intención, y Víctor, por cierto, lo había sospechado. Quizás había logrado eludirlos, manteniéndose en guardia.
No lo había visto salir de la torre; quizá se había escabullido por la puerta trasera. Más probable era, sin embargo, que estuviese escondido en la torre, de modo que yo tendría que hacerlo salir, y esto significaba aventurarse de nuevo en aquellos recintos abominables donde poco antes jadeaban las máquinas.
La discusión conmigo mismo me había llevado a un punto muerto en medio de la nieve.
No lejos de allí yacía el cadáver de Yet. En el bosque merodeaban los lobos. Vi ojos verdes entre los árboles. Pero llevaba en el bolsillo una pistola automática, y no les tenía miedo, en medio de tantas cosas mucho más alarmantes.
Protegiéndome la boca con la mano, grité hacia la torre:
—¡Frankenstein!
Silencio mortal. Yo hubiera dicho que los latidos de las máquinas se habían extinguido un rato antes, durante las primeras figuras de la danza nupcial. Estaba a punto de llamar otra vez cuando hubo un movimiento en la oscuridad más allá de la puerta derruida, y Víctor apareció en el claro.
—¿Así que todavía anda por ahí, eh, Bodenland? ¿Cómo no cae de rodillas ante mí? ¡Habrá visto mi obra! ¡He hecho algo que ningún nombre hizo! El poder sobre la vida y la muerte pertenece ahora a la humanidad. El tedioso ciclo de las generaciones se ha roto al fin, y una nueva era...
Frankenstein se quedó allí de pie, con los brazos en alto, remedando inconscientemente la postura de un antiguo profeta.
—¡Recupere el juicio, por favor! Usted bien sabe que sólo ha conseguido crear una pareja de monstruos, de criaturas malignas que se multiplicarán acrecentando las desdichas ya grandes del hombre. ¿Qué le hace pensar que de aquí no han ido prestamente a Ginebra, a la casa de usted, donde vive Elizabeth?
Insinuarle esa idea era una verdadera crueldad, pero los efectos se hicieron sentir al instante.
—Mi criatura me prometió... me juró por Dios y por Millón que ni bien yo le hubiese creado esa compañera huiría con ella a las llanuras heladas, para escapar así al acoso de los hombres. ¡Eso juró!
—¿Qué valor tiene ese juramento? ¿Acaso no ha creado usted una cosa remendada, sin un alma inmortal? ¿Qué conciencia puede tener?
Saqué del bolsillo mi automática y me pregunté si sería capaz de matarlo. Víctor me tomó por el otro brazo, suplicándome.
—¡No, no dispare usted, no cometa tamaño desatino! ¿Cómo, si a ellos mismos les perdonó la vida, va usted a matarme a mí, a mí que soy el único que entiende a estos demonios? Escuche, no me quedaba otra alternativa que galvanizar los tejidos de esa hembra y darles vida... usted oyó cómo me amenazaba. Pero hay un medio seguro de liberar al mundo, eliminando a esos dos. Permítame crear una tercera criatura...
—¡Usted está loco!
A la luz del amanecer, que empezaba a filtrarse ya entre las nubes, vi ahora el rostro frenético y apasionado de Frankenstein. Sopló un viento frío.
—¡Sí, uno más! ¡Otro macho! Ya tengo reunidas muchas de las partes. Ese nuevo macho iría en busca de mi primera criatura por las planicies heladas. Los celos harían el resto... Lucharían por la hembra y se matarían el uno al otro... Guarde esa pistola, Bodenland, se lo ruego... ¡se lo suplico! Escuche, venga conmigo, acompáñeme arriba, permítame que le explique, que le muestre mis planes futuros... usted es civilizado.
Entró en la torre. Lo seguí no sé por qué, sin dejar de empuñar mi pistola. Un ruido ensordecedor me retumbaba en los oídos; un sentimiento de desesperada impotencia me vencía; la indecisión tronaba en mí como un oleaje.
Una vez más fui escaleras arriba, escuchando la voz de Frankenstein, el incesante murmullo, que fluctuaba siempre entre la cordura y el delirio, pues también él estaba dominado por el miedo y la fiebre. La imagen de la muerte —todo cuanto hay en ella de crueldad, de tristeza y de odio— se alzaba entre nosotros. Unos colores lúgubres flotaban en el aire, girando a nuestro alrededor como figuras iridiscentes.
—...una vida sin propósito en el planeta; sólo la cadena interminable de nacimientos y muertes, demasiado terrible para llamarla propósito... una mera fantasmagoría de carne y carne reconstituida, y también de vegetación... ¿qué son los hombres sino simples nabos, que se plantan de nuevo a fines de invierno? La tierra, el aire, ese eslabón... el viento del oeste de Shelley... las hojas seríamos nosotros... usted sabe, usted me entiende, Bodenland, "como fantasmas que huyen de un hechicero, negruzcas y amarillas, pálidas, de tétricos rubores, vuelan en pestilentes multitudes..." ¿Se le ocurrió pensar alguna vez que acaso la vida misma sea la peste, el fugaz accidente de la conciencia entre los eternos procesos químicos que se suceden en las venas de la tierra y el aire? Por eso usted no puede, no debe matarme, porque es preciso descubrir un propósito, inventarlo si fuese necesario, un propósito humano, humano, que nos permita luchar contra la cosidad de esa gran rueda que es el mundo. ¿Se da cuenta, Bodenland? Usted... usted es un intelectual lo mismo que yo, eso lo sé, lo adivino; no hagamos de esto una cuestión personal, se lo ruego; tenemos que pasar por encima de anacrónicas consideraciones, ser despiadados, tan despiadados como lo son los procesos naturales que nos rigen. Es lo razonable. Mire...
De algún modo habíamos llegado a la sala de estar, transfigurados por la crisis como personajes de un cuadro de Fuselli. Yo le apuntaba aún ton la pistola. Sin dejar de hablar. Frankenstein avanzó, tropezando, hasta el escritorio, abrió un cajón, buscando algo en él...
Yo disparé casi a quemarropa.
El me miró. El rostro se le transformó de un modo horrible, que yo no podría explicar... ya no parecía el mismo. Sacó a la luz la calavera de un niño y la puso con mano temblorosa sobre la mesa.
Con voz entrecortada, sepulcral, pronunció:
—Henry será un esposo adecuado para...
Una tos seca, áspera, le interrumpió el discurso. La sangre le brotó de la boca a borbotones. Se puso una mano sobre el pecho. Yo di un paso adelante.
—Un esposo para...
Otro golpe de sangre.
—Víctor —dije.
Se le cerraron los ojos. Era un hombre menudo, frágil, joven. Se desmoronó delicadamente sobre el piso; y fue más un hundimiento que una caída. La cabeza chocó contra la alfombra, como fatigada. Otro golpe de tos, y un movimiento convulsivo de las piernas.
Posada sobre un folio antiguo, la calavera de bebé me miraba a los ojos.
XXIV
Cuando solté el caballo y puse fuego a la torre de Frankenstein, era tanto para quemar los rastros de mi crimen como para destruir las notas e investigaciones de Frankenstein. Conservé, sin embargo, un cuaderno de apuntes; era un diario sobre la marcha de los trabajos, y decidí guardarlo para el caso de que yo pudiese volver a mi propio tiempo.
Bueno, mi propio tiempo es un decir; porque mi personalidad general se había desintegrado casi por completo, y el limbo en que ahora vivía me parecía ya el único tiempo posible. Hice lo que hice.
Dejando a mis espaldas una alta columna de humo, trepé a mi automóvil y partí a ver si la Villa Diodati y la Campagne Chapuis, tenían existencia en este plano.
No la tenían. El borde de la llanura de hielo estaba a tiro de piedra del sitio donde antes se encontraba la puerta de Mary. Aunque parezca extraño, diré que el descubrimiento fue de veras un alivio, pues me sentía entonces como demasiado contaminado para acercarme otra vez a ella. Había habido períodos en mi vida anterior en que la naturaleza apocalíptica de algún hecho —digamos, por ejemplo, una profunda humillación personal— me había obligado a retroceder una y otra vez, obsesivamente, en el recuerdo, y no sólo en el recuerdo; como si volviese a encontrarme de nuevo en la antigua situación, en ese eterno retorno de que habla Ouspenski, como si una emoción intensa, punzante, pudiera hacer que el tiempo se cerrara sobre sí mismo como un abanico. Pero tales ocasiones eran nada comparadas con el retorno obsesivo en cuyas redes me veía apresado ahora. No podía desprenderme de la muerte de Víctor, ni de la danza nupcial. Las dos ocurrían simultáneamente, eran un único hecho, único en violencia, único en la aniquilación de la personalidad, único en intolerable fuerza disgregadora.
Entre los voltajes enceguecedores de aquellos retornos, intenté hacer pensar a mi cerebro. Por lo menos el ídolo de la realidad ya no existía para mí, y no me era difícil por lo tanto ver a Frankenstein y los monstruos, a Byron y a Mary Shelley, y el mundo del año 2020, como mundos contiguos. Lo que acababa de hacer —me parecía— era haber frustrado el fatalismo de los sucesos futuros. Si la novela de ¡Mary Shelley pudo ser considerada como un posible futuro, entonces yo lo había hecho imposible al dar muerte a Víctor.
Pero Víctor no era real. O más bien, en el siglo XXI del que yo venía (quizá hubiera otros de los que yo no venía) existía tan sólo como un personaje ficticio, o legendario, en el mejor de los casos; en tanto Mary Shelley era una figura histórica cuyas obras póstumas y retratos nos eran accesibles.
En ese mundo, Víctor no había alcanzado a cruzar el puente que separa lo posible de lo probable. Pero yo había llegado a un 1816 (y habría quizá muchos 1816 que yo ignoraba) en donde él compartía —lo mismo que el monstruo— una misma realidad con Mary y, Byron y el resto.
Ese pensamiento me abría un vertiginoso abanico de complejidades. La posibilidad y los niveles de tiempo parecían ser tan móviles como las nubes que chocan y se funden eternamente en los cielos del norte, cambiando siempre de forma y altitud. Empero, hasta las nubes están sujetas a leyes inmutables. En el fluir del tiempo, siempre habría leyes inmutables. ¿Acaso la personalidad sería una constante? Yo había pensado que la personalidad era algo tan evanescente, tan maleable; no porque viese algo fatal en la melancolía de Mary, en la inquietud científica de Víctor, en mi propia curiosidad. Estos eran factores permanentes, aunque podían ser fortalecidos por acontecimientos aleatorios, la muerte de Shelley en el agua, por ejemplo, o una falta de simpatía en Elizabeth.
Acaso hubiera, en algún lugar, un año 2020 en el que yo exista tan sólo como personaje de una novela sobre Frankenstein y Mary.
No porque yo mismo hubiese alterado el futuro o el pasado, sino sencillamente porque me había dispersado a lo largo de una fragmentada nebulosa de tiempos.
No había ni futuro ni pasado. Sólo un brumoso cielo de infinitos presentes.
Las limitaciones de la mente impedían al hombre comprender esta verdad. La mente no había evolucionado como instrumento destinado a conocer la verdad; era una herramienta para conseguir pareja, o comida.
Si yo ahora llegaba a acercarme a la verdad, esto era porque mi mente estaba deslizándose hacia el borde extremo de la desintegración.
Todo este razonamiento —si era un razonamiento— podía ser una ilusión, un producto de la fatiga, o de los deslizamientos de tiempo. ¡El espacio-tiempo se movía en mi cerebro, al igual que en el resto del mundo!
Un sueño tan profundo como la muerte me derribó sobre la columna de dirección.
Cuando desperté, Víctor seguía conmigo, muriendo otra vez, y yo le tendía la mano como para salvarlo, como en una ridícula disculpa.
¡Asesino! No me atrevía a pensar en Dios.
Bueno, trataré de hablar de otra cosa.
Frankenstein ya no existía. Algo me quedaba por hacer. Ahora era yo quien tenía que matar al monstruo. Por imperfecto que fuese mi recuerdo de la novela de Mary, sabía que Frankenstein había partido persiguiendo a su criatura y que esa persecución los había llevado a ambos a aquellas lúgubres regiones cercadas por el hielo que parecían tan atractivas para la imaginación de los románticos.
Durante dos días bordeé las heladas planicies que reproducían de algún modo la cuenca del antiguo lago, tratando de descubrir algún rastro de los dos monstruos. Pese a lo estrafalario de mi aspecto, a los andrajos que me cubrían, esta vez ningún ser humano cuestionó mi presencia. El cataclismo les había trastornado la vida hasta las raíces mismas. Arruinadas las cosechas, desaparecidos los medios de subsistencia en las cercanías del lago, el invierno sólo prometía hambre y miseria para todos.
Sin embargo, por muy peregrinos que fuesen los tiempos que corrían, los dos monstruos, prodigios en una era de prodigios, no podían pasar inadvertidos.
Hacia el atardecer del segundo día, llegué a un villorrio donde la noche anterior un niño había sido atacado por los lobos en la huerta de la casa.
Había una hostería llamada El Ciervo de Plata donde hice mis averiguaciones. El posadero me contó que en la noche de la víspera, cuando ya estaba acostado, habían violentado el establo. Había oído aullar a los perros, y encendiendo una linterna bajó a ver qué sucedía. Un hombre enorme —un forastero supuso— había huido precipitadamente del establo, llevándose a la rastra los dos mejores caballos del posadero. Lo seguía otro intruso igualmente gigantesco, que tiraba del asno. Cuando el hombre quiso intervenir, lo sacaron del medio de una brazada. Llamó a gritos a los vecinos pidiendo auxilio, pero cuando éstos acudieron, los dos enormes ladrones habían desaparecido camino abajo montados en los caballos, junto con el mejor perro del mesón, un ovejero alemán, que los seguía aún, pisándoles los talones. Me acompañó al establo para mostrarme con cuánta brutalidad habían roto el cerrojo destrozando la madera. Yo ya conocía esos desmanes, esa inútil ostentación de fuerza.
Aunque el villorrio estaba al borde de la hambruna, el afán de lucro subsistía aún. Pagué una fortuna por un trozo de salchichón seco y partí en la dirección que el mesonero me indicaba.
Una vez en las planicies heladas, me detuve a descabezar un sueño y poner al día este relato. Al amanecer reanudaría la búsqueda.
XXV
A la mañana siguiente, antes aún que yo viera el paisaje desgarrado en dos tiempos, ya Víctor Frankenstein estaba frente a mí como siempre, desplomándose como siempre detrás del viejo escritorio, impedido como siempre de pronunciar el nombre de Elizabeth.
Salté del auto, cumplí con mis funciones naturales, y me refresqué la cara en el agua helada de un arroyo cercano. Nada podía refrescarme el alma; yo era un Jonás Chuzzlewit, un Raskolnikov. Había mentido, estafado, cometido adulterio, había saqueado, robado, y finalmente había asesinado; en adelante la única compañía apropiada para mí era la de aquellas dos bestias a quienes perseguía, mi único ámbito aquellas heladas comarcas del infierno en que ahora penetraba. Había asumido el papel de Víctor. En adelante, sólo me esperaba la cacería, una cacería a muerte.
De la primera parte de aquel viaje, haré un relato sucinto.
La región que recorría me recordaba la tundra que viera en ciertas partes de Alaska y el noroeste de Canadá. Era un paisaje desolado y monótono, salvo uno que otro pino o abedul solitario. La vegetación consistía en entrecortados montículos de pastos ásperos y casi nada más. El suelo era en general pantanoso, y había frecuentes lagunas entre los pastizales; se me ocurrió que unas formaciones de escarcha en el subsuelo impedían sin duda la normal absorción de las aguas.
Tampoco el sol era bastante fuerte para absorber la humedad superficial. Me encontraba en una tierra donde la luz del sol tenía escaso efecto.
Hubiera sido difícil hablar de rastros en aquellas soledades. Había indicios, sin embargo, de hombres o animales, y algún poste de madera, un mojón quizá. De vez en cuando aparecía una huella.
Aunque avanzaba con extrema lentitud, sabía que mi presa no podía moverse con mayor rapidez. El terreno era tan intransitable para caballos como para automóviles.
Un día sucedió a otro día.
De pronto, la naturaleza del suelo cambió ligeramente. Era un cambio paulatino, que yo podía observar allí adelante mientras avanzaba. El terreno parecía. cada vez más escarpado, los pastos más fuertes y erectos, más frecuentes las mortecinas lagunas. Y más abundantes los brotes de matorrales.
No era imposible que un nuevo deslizamiento de tiempo hubiese amalgamado dos territorios similares antes separados por muchos miles de kilómetros, y quizá por muchos milenios.
La línea divisoria entre esos territorios era una ligera pendiente, y allí descubrí una senda bien trazada que se bifurcaba en dos direcciones. Subí la cuesta, y manteniéndome en la parte más alta salí del Felder a explorar el terreno, preguntándome cuál de los dos senderos me convendría tomar, aunque me parecía, tal era mi fatalismo, que podía elegir cualquiera de los dos, y siempre sería el camino correcto. Sin embargo, algo no se había contentado con dejar las cosas libradas al azar.
En el sendero de la izquierda yacía el cuerpo de una bestia. Me acerqué y vi que era el cadáver de un ovejero alemán. Le habían destrozado el cráneo de un golpe, y el hocico apuntaba hacia el camino.
Una vez más se sucedieron, indistintas, sin alternativas, las jornadas de aquella larga travesía. No sólo la atmósfera era de una quietud glacial; no había crepúsculos, pues el sol ya no se escondía detrás del horizonte. Estaba siempre allí, como una mancha de color sobre el horizonte septentrional, en un viaje nocturno, aún en pleno mediodía. Tan extrema era la latitud —o eso tuve que suponer— que el astro no se ponía nunca, pero tampoco se acercaba al cenit, limitándose a ondular sobre el lóbrego horizonte, nunca a más de dos grados de altura. Me encontraba en una comarca donde los rocíos y las brumas de un prolongado amanecer se confundían imperceptiblemente con los alientos húmedos y los esplendores velados de una puesta de sol interminable.
Había en todo esto una belleza monstruosa, y sólo las características más amorfas parecían permanentes. Bancos de niebla, torres de nube, capas de niebla plateada, borrosos estanques que reflejaban el cielo encapotado. En este paisaje fantasmagórico, no era raro que yo viera fantasmas: Víctor aferrándose a la chaqueta y desmoronándose detrás del escritorio, y echándome una última mirada; el monstruo envuelto en vapor y saltando hacia adelante. Pero ni una sola criatura viviente.
Casi me resisto a decir que hubo un cambio. Sin embargo, y en última instancia, la mutación es lo único inmutable, hasta la muerte definitiva del universo.
Esa mutación ineluctable se fue inscribiendo de manera tan gradual, tan lenta en el manto de color y humedad de alrededor, que pasaron muchas horas antes que yo pudiera aceptar que había objetos delante de mí, objetos que se materializaban entre los velos de bruma.
Al principio parecían ser sólo las copas de unas coníferas.
Luego creí que eran mástiles de antiguos veleros que flotaban plácidamente en un océano inalcanzable.
Al fin vi que eran cúpulas de viejas iglesias, de viejas catedrales, de viejas ciudades y de urbes milenarias.
Lo más importante, sin embargo, era que yo acababa de encontrar una verdadera senda. Aunque menos que una senda arenosa, sembrada de charcos, daba cierto sentido al paisaje, y lo que más me interesaba era precisamente encontrar un sentido; me había transformado en una especie de máquina.
La senda —que pronto fue bastante definida para que pudiese llamarla camino— corría en línea recta hacia el amortajado horizonte sin tocar ninguna de las viejas ciudades. Nunca llegué a ver el suelo donde se alzaban aquellas catedrales y urbes. Las cúpulas parecían flotar eternamente en los lechos de niebla que cubrían la tierra. Recordé a un romántico alemán, Gaspar David Friedrich, que había pintado las características más tenebrosas y estériles de la naturaleza nórdica, y me imaginé habitando ese universo inmóvil.
Las ciudades que yo veía de lejos no tenían para mí ningún atractivo; las derruidas techumbres, los campanarios góticos no encerraban ninguna promesa. Otros problemas me dominaban.
No obstante, la fatiga todavía contaba en mi mundo personal. De pronto advertí que tenía las manos entumecidas a fuerza de aferrarme al volante, que el cuerpo se me había endurecido casi hasta la parálisis, y que no recordaba quién era ni quién había sido. Ahora no era más que una entidad viajera, impelida incesantemente hacia adelante. Hacía muchos días que no dormía; con toda certeza una semana, posiblemente más.
Desvié el coche por un sendero lateral, encaminándome hacia una de las ciudades.
La silueta de una iglesia en ruinas apareció entre brumas, las frágiles columnas diluidas en la niebla.
Persiguiendo esa imagen llegué por fin a las ruinas vetustas de una gran abadía. Muchas de las piedras y arcos se mantenían todavía en pie; el muro occidental —el ventanal triple era sólo un boquete negro— estaba casi intacto, aunque coronado de hiedra, y otras plantas parasitarias.
Al bajarme del auto, vi en el suelo un viejo poste indicador; los brazos apuntaban hacia lugares llamados Greifswald y Peenemünde. Pronto advertí que no era más que uno de una inmensa pila de postes allí abandonados, todos indicando el camino a distintas ciudades, pudriéndose en solitaria indiferencia. Acaso los destinos mismos ya no existían.
En el casco de aquel edificio en otro tiempo majestuoso, buscando protección y apoyo en la elevada muralla, se alzaba una casa mucho más modesta. A ella me encaminé, atravesando unos cardales, sintiendo en mí algo así como un eco de esperanza, pues creía ver en una de las ventanas una luz vacilante. No era sino el eterno crepúsculo ilusorio, reflejado en los vidrios.
Y descubrí que la vivienda, también ella en ruinas, las paredes desconchadas, el techo de paja colgando flojamente sobre las ventanas superiores, estaba vacía. Parecía que yo no disfrutaría durante un tiempo de compañía humana.
Dentro de la casa todo era desorden, y había estado ocupada sin duda por viajeros de paso. No me importaba. Entumecido y exhausto, me dejé caer en un jergón, dispuesto a dormir, sin preguntarme cuántos mortales habrían hecho allí lo mismo antes que yo.
XXVI
Durante aquella noche sin oscuridad, se levantó un viento fuerte que sacudió las ventanas, los postigos y las puertas de la casa. Acaso los ruidos puedan explicar la naturaleza de mis visiones, apretujadas en un cerebro que no dormía desde hacía tiempo.
Volví a estar con mi adorada Mary. En ningún momento llegábamos ni siquiera a tocarnos, pero por lo menos la tenía cerca. Algunas veces era joven y hermosa, y viajaba conmigo, y llevábamos una vida apacible, casi recoleta. De pronto era la novelista famosa, que invitaban a todas partes, y hablaba a públicos numerosos, asistiendo a los estrenos dé las películas inspiradas en novelas que ella había escrito. Algunas veces Shelley estaba con ella.
A veces no hacíamos otra cosa que buscar a Shelley. Pues Shelley había desaparecido, y recorríamos juntos las campiñas tratando de dar con él. El rostro menudo de Mary, alzado hacia d mío, era patético, y ni siquiera un rostro, apenas una mano débil, abandonada en la nieve, íbamos de prisa por una larga playa sembrada de guijarros, en busca de la embarcación de Shelley. Estábamos en el bote, contemplando las aguas límpidas. Estábamos en el agua, explorando las grutas submarinas. Estábamos en una caverna, viendo revolotear alrededor las hojas muertas. "Estas son las hojas de la Sibila", decía Mary. Una vez nos acompañó la madre de Mary, una mujer de radiante belleza que sonreía misteriosamente mientras subía a un coche ferroviario.
Yo estaba con Shelley y Mary, cumpliendo la subalterna función de jardinero. Ahora ellos eran ancianos, pero yo no había envejecido. Mary era menuda y frágil, y llevaba una cofia. Shelley era encorvado, pero se movía con una asombrosa rapidez. Tenía una larga barba. Era ministro del gabinete. Era mi padre. Estaba inventando una planta que produciría chuletas de lomo. Hablaba con el sonido de las mandolinas. Alzaba a Mary y se la guardaba en el bolsillo. Anunciaba públicamente que en el plazo de una semana se" adueñaría de Grecia. Se sentaba sobre una piedra musgosa y lloraba, rehusando todo consuelo. Yo le ofrecía un recipiente con algo, no sé qué, pero un cuervo se lo comía. El remontaba una cometa y trepaba velozmente por el cordel.
También estaba Byron. Había engordado y usaba un sombrero de tres picos. "Nada es contrario a la naturaleza", me decía, riéndose, a modo de explicación.
En mi sueño, yo me alegraba de ver a Byron. Le pedía que fuese razonable con respecto a algo. El estaba empeñado en ser razonable con respecto a algo diametralmente opuesto.
Byron abría una puerta verde y entraban Mary y Shelley, comiendo naranjas de una manera más bien repugnante. Shelley me mostraba una fotografía suya en la que se le veía flaco. Mary era otra vez vieja. Me presentaba a un joven amigo poeta cuyo nombre era Thomas Hardy. Hardy estaba naciendo algo con unos ladrillos y me decía que desde niño admiraba las obras de Darwin. Yo le preguntaba si no se refería a otro poeta. Hardy sonreía y decía que Mary entendería mejor porque le habían obsequiado oficialmente... no recuerdo qué, una cosa absurda, la bandera pomerania...
Hasta aquí, los sueños no eran más que fogonazos de disparates triviales. No vale la pena que recuerde otros. Pero luego cobraron matices más sombríos. Un viejo amigo me escoltaba hasta un enorme montón de basura. Una mujer estaba sentada a la luz del atardecer, acunando un bebé. La mujer era enorme. Le brotaba un humo de las ropas. Llevaba un sombrero negro.
El pequeño lloraba con unos chillidos agudos que la madre parecía no oír. Mi amigo me explicaba que el grito era el rastro vocal de cierto daño en el cerebro del niño. Mencionaba el nombre exacto del daño, pero yo no alcanzaba a oírlo. Yo buscaba afanosamente en una pila de desperdicios.
Había muchos niños de pecho en el gran montón, todos con los ojos muy abiertos. Muchos tenían frentes enormes, malignas, bolsones de piel que les colgaban casi hasta la nariz. Pensé que tal vez fueran fetos; de todos modos, no hice más que anticiparme, pues también había fetos.
Todos lloraban. También Mina lloraba. Había cambiado. Algo la había lastimado. Me pareció que tenía los cabellos en llamas. Un cerdo pasó comiendo junto a nosotros, aunque la habitación estaba atestada de gente. Un hombre que ella conocía desarmaba un piano.
El ruido del llanto se confundía con el ulular del viento.
Cuando al fin desperté, sentí cierto alivio al encontrarme allí, en aquella choza lóbrega entre las ruinas, y al menos en parte dueño de mi destino cotidiano. Pero ni bien el delirio volvió a replegarse en algún compartimiento de mi mente, la imagen de Víctor, de cara de medalla, tambaleándose, desplomándose, afloró de nuevo.
Pero no siempre se desplomaba. Al contrario, volvía a la vida. Quizá fuese un indicio de que yo empezaba a superar la culpa primaria. No siempre caía ahora, cuando yo hacía fuego.
Sofocado, asqueado, volví al auto y reanudé la interminable cacería.
El viento había despejado las brumas. Vi a cada lado del camino manadas de caballos salvajes. La característica más notable del paisaje que acababa de revelárseme era una cadena de montañas, no muy distante. Las cumbres se erguían sobre las ciudades abandonadas, coronadas de nieve y de nubes lentas y densas. Y hacia allá me llevaba el sendero.
El camino estaba despejado, y aceleré la marcha, guiando a la mayor velocidad posible durante todo aquel día, y el siguiente, y un tercero. A medida que me acercaba a las montañas, y las siluetas oscuras se alzaban ante mí, el sol iba ocultándose detrás de ellas; o podría decir también, más correctamente, que entre el anochecer y la aurora las montañas proyectaban una inmensa sombra de formas irregulares que se extendía por la llanura, y que avanzaba cada vez más hasta engullir a mi veloz y diminuto vehículo.
Una vez me volví a mirar atrás. Las ciudades estaban acurrucadas todas en un punto de la llanura —o al menos parecían estarlo—, y eran como siempre apenas visibles. La luz del sol caía sobre ellas.
Por fin el Camino empezó a trepar. Ya no corría en línea recta. Serpenteaba y se enroscaba para abrirse paso entre las montañas.
Ahora la llanura se extendía a mis espaldas y allá abajo, a varios miles de pies. Yo me encontraba en una altiplanicie, y ante una nueva bifurcación del camino. Un sendero zigzagueante se abría hacia la izquierda; uno recto, que en apariencia me llevaría otra vez cuesta abajo, corría a la derecha. A la izquierda vi un trozo de venda enlodada y ensangrentada. Seguí por ese camino y me encontré, al cabo de uno o dos días, recorriendo los valles, entre cumbres cubiertas de nieve.
Quienes hayan viajado por comarcas montañosas han de conocer esa impresión de repetición que comenzó a afligirme. Un camino que gira, serpentea y se enrosca para ir a morir en el fondo de una hondonada. Luego gira y serpentea en sentido contrario para llegar a un punto que está a corta distancia del primero, a vuelo de pájaro. El mismo procedimiento ha de repetirse en el próximo tramo... Esta vez habría que repetir el proceso cien veces, doscientas veces, trescientas...
De tanto en tanto, mi extenuado cerebro me aseguraba que Víctor corría vociferando delante del vehículo, con un agujero en los pulmones y sangre en la garganta.
Llegué a la línea de las nieves. Allí nada crecía, nada vivía.
Sin embargo, proseguí mi búsqueda, convencido de que mi presa no estaba muy lejos. No podían haber cruzado la llanura más rápido que yo.
Continué subiendo hacia un desfiladero.
Más allá, glaciares, nieves, enormes cantos rodados y una nueva cordillera de montañas. A pesar del sistema de calefacción del Felder, el frío me calaba los huesos.
Las paredes del desfiladero eran unos acantilados altos y desgastados por la erosión. El camino corría junto a una de las paredes. Del otro lado asomaba el primer crestón de un glaciar. A medida que avanzaba, el glaciar parecía dilatarse cada vez más, y el sendero, flanqueado por el acantilado y el glaciar, se iba estrechando hasta desaparecer. Detuve la marcha. Los escombros del glaciar me cerraban el paso.
Aunque yo sabía que mi camino pasaba por el desfiladero, no me quedaba otro remedio que retroceder. Volví pues hasta el lugar donde una morena de piedras y cantos rodados señalaba el borde anterior del glaciar.
En un punto, habían abierto una senda entre las piedras. Y algo yacía allí. A pesar del frío, bajé a echar una ojeada. Era la pata ensangrentada de un caballo, y parecía haber sido arrancada del alvéolo; la pezuña apuntaba hacia el corazón del glaciar.
No podía hacer otra cosa que aceptar aquella horrenda invitación. Proseguí mi viaje sobre el hielo.
Guiando con cautela, no tardé en comprobar que la superficie del hielo no era un camino malo. Estaba casi totalmente libre de escombros. Quizá sea más correcto decir que me desplazaba por un río de hielo, y no tanto por un glaciar; pero no soy experto en estas cosas. Todo cuanto puedo decir es que tenía cada vez más la impresión de encontrarme en algún sitio de Groenlandia.
El diseño ondulado de la superficie, parecido a las franjas de arena que las olas dejan en la playa cuando la marea retrocede, daba a los neumáticos el necesario punto de apoyo.
Había empezado a acelerar cuando una grieta apareció ante mí. Frené prontamente, aminoré la marcha del motor, y traté de retroceder. Pero el automóvil patinó y las ruedas delanteras cayeron a la grieta.
Bajé del Felder. La grieta no era profunda y tenía menos de un metro de ancho. A pesar de todo, me encontraba en dificultades. Podía conectar a la planta nuclear del auto el dispositivo para fundir el hielo.
O tratar de levantar el tren delantero. Sin embargo, me pareció que ninguno de estos expediente liberaría el vehículo.
Me incorporé y miré en torno, desalentado, ¡Qué parajes solitarios, de roca y hielo! Lejos, muy lejos, por detrás y debajo de donde me encontraba, alcancé a ver una llanura entre dos riscos: una línea verde-azulada apenas visible. ¡Cuánto más allá de todo contacto humano me había aventurado!
Tenía los ojos clavados en el hielo, mirando el punto adonde pensaba encaminarme, cuando vi de pronto una figura familiar. Pálido el rostro, negro el abrigo, la mano en la garganta, Víctor, eternamente retornando, se adelantaba a morir sobre el hielo.
Me estaba llamando y la voz resonaba huecamente en las superficies inhóspitas de alrededor.
Me tapé los ojos con las manos, pero la voz no dejaba de llamarme. Volví a mirar.
Allá, en lo alto, dos figuras monstruosas, que se perdían a veces en la negruzca luminosidad de las nubes que avanzaban rápidamente detrás de ellos, y entre los picos nevados del fondo, alzaban y agitaban los torpes brazos para atraer mi atención. Alcancé a ver que llevaban consigo una piara de caballos, algunos cargados con bultos. Eran probablemente algunos de los caballos salvajes que yo había visto en la llanura.
Por un instante, aquel saludo desmañado me apabulló, impidiéndome responderles con un además cualquiera. Sin embargo, me alegró verlos. Hablaban mi mismo idioma. Eran seres vivientes, o al menos remedos de seres vivientes. Demasiado tarde recordé que mi misión era exterminarlos; ya entonces había contestado agitando los brazos, y ellos sabían que yo los había visto.
Trepando al asiento delantero del Felder, levanté la cúpula del techo y ajusté el caño de Ja colisa. Si ahora lograba matarlos, podría apoderarme de los caballos y volver a la sociedad humana. Pero con el tren delantero del auto tan hundido, el ángulo de fuego no me era favorable. Los observé por la mirilla telescópica, pero ellos se perdían ya entre los escombros rocosos. Contentos de haber conseguido llamar mi atención, proseguían la marcha. Tanto para mi propia satisfacción como para asustarlos un poco, les disparé una media docena de proyectiles que les pasaron por encima silbando.
Los monstruos desaparecieron. Sólo un par de caballos negros era todavía visible. La mejilla apoyada aún contra el fusil, miré hacia las alturas, allá donde el mundo parecía acabar. Tenía la mente demasiado en blanco para preocuparme por lo angustioso de mi situación. Sólo poco a poco se hizo en mí la luz: aunque las dos figuras inmensas habían partido con todo su séquito, los dos caballos esperaban inmóviles en el mismo lugar. Mis presas me habían dejado un medio para que pudiera seguirlos, para que continuase la caza.
XXVII
Até los caballos al eje delantero para sacar al vehículo de la grieta; no se movió, o si se movió fue para volver a hundirse. Tenía que abandonarlo.
Todo cuanto llevé conmigo fueron los restos de agua y alimentos, este grabamemorias, mi saco de dormir, y un hornillo que encontré en la gaveta de campamento (utilizado por última vez en una excursión con Poll y Tony, muchos mundos atrás), y la colisa, que retiré del armazón. Junto con la colisa venían varios cartuchos de municiones.
Cargué mi arsenal al lomo del más pequeño de los animales. Me abrigué tanto como pude y monté el otro caballo. Y así empezamos a abrirnos paso por el glaciar, cuesta arriba, por un camino ahora tapizado de escombros. A poco andar, el Felder se perdió de vista; lo lamenté menos que la vez en que me había desprendido del reloj.
Cayó la noche. Frías corrientes de aire, constantes, siempre iguales, soplaban sobre nosotros. El cielo estaba tachonado de estrellas; ninguna luna era visible. Alcé la vista para identificar las constelaciones que me eran familiares. Nunca había visto un cielo tan estrellado, y nunca esas estrellas habían sido para mí tan irreconocibles. En mis tiempos, yo había sido aficionado a la astronomía, y el cielo nocturno no me era desconocido; pero ahora me sentía desconcertado. Vi una Estrella Polar en el lugar habitual, y también la constelación de la Osa Mayor, pero con una cantidad de estrellas adicionales. ¿Pero no era también aquélla, pocos grados de latitud más abajo, otra Osa Mayor completa, oculta a medias detrás de una estribación montañosa? A medida que yo subía, nuevas estrellas aparecían en el cielo...
Sí, yo viajaba ahora a través de un universo dual. No cabía duda de que la ruptura del espacio-tiempo se propagaba mediante una reacción en cadena. ¿Quién sabe cuántas galaxias existirían mañana por la noche?
Era absurdo imaginar que los hombres de ciencia de la época de que yo provenía, permitirían que el daño se extendiese. Estarían sin duda ocupándose del problema, buscando algún remedio heroico capaz de subsanar con éxito los estragos ya causados. Del mismo modo en que yo intentaba remediar precariamente los daños que había causado Víctor Frankenstein.
En seguida me dije que esos pensamientos no podían ser realmente míos. En un principio, el abandono de mi automóvil —como la venta de mi reloj— había tenido para mí algún sentido. Pero ahora pensaba como el propio Víctor. De nuevo la fatiga me invadía la mente, conjurando algunos de los espectros que me habían hostigado de noche, en la cabaña en ruinas.
Sin embargo, en vez de descansar, desmonte y llevé a los dos animales por las riendas, resuelto a permanecer en pie el resto de la noche.
Pero la noche parecía eterna. Tal vez había llegado el invierno, tal vez el sol se había ocultado bajo el horizonte. Todo estaba aún envuelto en sombras —o por lo menos no había claridad— cuando llegué al término de mi ascenso, allí donde el glaciar continuaba en una llanura de hielo.
Las alucinaciones del sueño parecían haberse infiltrado en mi mente. Ahora estaba una vez más totalmente despierto.
Una altiplanicie interminable, de límites invisibles, se tendía ante mí. No era del todo plana, pues de tanto en tanto presentaba depresiones y relieves amplios, como un mar en calma, un mar helado. Tardé algún tiempo en comprender que en realidad era casi un mar helado, una altiplanicie de hielo, una inmensa mole de hielo que cubría casi por completo las altas montañas, aunque aquí y allá afloraban, como nunataks, algunos picos. En esa dilatada llanura de hielo los únicos mojones eran los nunataks, aunque había una perturbadora excepción.
En la lejanía, del otro lado del campo de hielo, se alzaba un gran edificio.
Detuve a los animales.
Desde donde yo estaba me era difícil apreciar las dimensiones de aquella estructura distante. Al parecer, tenía forma circular y era casi solamente una inmensa muralla exterior. Y estaba habitada, sin lugar a dudas. Un aura luminosa —casi una atmósfera de luz, rojiza de color— se asomaba por encima del muro, punteada por rayos de luz más intensa que se movían dentro de la nube central.
El resto era tristeza y sombra. Y sin embargo, aquello no era un baluarte de luz. Pese a la luminosidad que lo envolvía —y no pretendo formular una paradoja— irradiaba penumbra.
Ese sitio, pensé, tiene que ser el último refugio de la humanidad. Era tan remoto que sólo podía imaginar que los deslizamientos de tiempo me habían llevado al futuro, a muchos siglos —acaso a muchos miles o millones de siglos— de mi época. Tal vez me encontrara ante el reducto postrero de la humanidad, cuando el sol ya se había extinguido, y el universo mismo estaba próximo a alcanzar el equilibrio de su propia muerte. Miré a mis dos cabalgaduras que aguardaban, indiferentes a todo, reflejando en sus pupilas las luces distantes. Por poco propicias que fuesen las circunstancias, podría al menos volver a reunirme con gentes de mi misma especie.
Mientras reanudaba la marcha a ritmo más acelerado, se me ocurrió preguntarme por qué razón el enemigo habría guiado mis pasos hasta allí, hasta aquel refugio, y no hacia mi inmediata destrucción. ¿Acaso también ellos tendrían el propósito de penetrar en el lugar? ¿O estarían emboscados, prontos para despedazarme antes que yo pudiese llegar al refugio?
Las nubes hervían en el cielo oscureciendo el laberinto de las constelaciones, y trayendo nieve. La luminosidad que irradiaba la ciudad (así he de llamarla, ya que a lo largo de la historia las ciudades han adoptado muchas formas) reverberaba en las nubes. Todo era más brillante. Parecía como si la ciudad misma albergara volcanes en erupción. Ahora volaban chispas por encima de los baluartes, despidiendo de uno a otro extremo ramalazos de llamas de color, como móviles reflectores que iluminaban el cielo. Era como si en la ciudad estuviera festejándose alguna celebración.
Al acercarme, vi unos grandes pórticos abiertos en la inmensa muralla exterior. Y dentro vi torres, más oscurecidas que iluminadas por aquel fuego centelleante. No era fácil apreciar la magnitud de los edificios; sospeché que eran enormes. Y sin lugar a dudas, eran imponentes. Pero las visiones distópicas de los edificios se parecen tanto a visiones celestiales que no sabía a ciencia cierta si aquella aparición me confortaba o me inquietaba.
De pronto, los caballos sacudieron las cabezas, relinchando. Me adelanté con cautela, pues nos acercábamos a un nunatak y yo temía una emboscada. Con la mano enguantada tanteé buscando el arma automática.
Ya entonces sabía a ciencia cierta que caminábamos sobre una espesa capa de hielo. Esquirlas de hielo, escombros de piedra y pizarra bordeaban el nunatak, como una playa helada y disuelta. Era posible que esta duna baja y pulida fuese la cima de una orgullosa montaña, ahora casi sepultada bajo el manto de hielo. Al amparo de esta elevación había cuatro caballos, con bridas y maniotas. Mis perseguidos los habían abandonado, y parecía que habían continuado la marcha a pie.
Pero de los monstruos mismos, ni rastros.
Descargué la colisa y la llevé hasta la cima del nunatak, preservándola de la nieve con mis envoltorios de lona. Y para protegerme yo mismo del intenso frío, al menos en parte, me metí en mi saco de dormir. Luego, acostado, espié a través de las miras telescópicas, tratando de descubrir algún rastro de mis presas.
¡Allá estaban! Contra aquellos murallones oscuros e inmensos, eran apenas visibles. Pero ahora que la luna creciente aparecía en el cielo, la aureola de luz rojiza delineaba claramente las dos siluetas. Acababan de llegar a la ciudad y se disponían a entrar.
Una nueva sospecha me asaltó de pronto, fríamente. ¿Qué me aseguraba que aquella ciudad hubiese sido construida por la mano del hombre? ¿A qué ciudad humana podían acercarse así los dos parias? Esta era una ciudad que les daba la bienvenida, que los saludaba con un extravagante derroche de luz. Esta era la ciudad que habían edificado, y que ahora habitaban. El futuro les pertenecía a ellos, no a nosotros.
Meras conjeturas, que luego se verían confirmadas o desmentidas.
Puse un cartucho en la recámara del fusil. Una de cada cinco balas era una bala trazadora. En la ciudad lejana se abrió una puerta, y un torrente de Iu7 bañó a las dos enormes figuras. En el momento en que entraban, comencé a disparar.
Una brillante línea de fuego surcó el espacio entre nosotros. Vi estallar los primeros proyectiles, y apretando la boca, el ojo contra la mirilla, proseguí el ataque. Me pareció que una de las dos figuras —la mujer— despedía una llamarada. La vi girar sobre sí misma como una peonza, sacudir los brazos furiosamente. Nuevos proyectiles la alcanzaron. Cuando al fin se desplomó, me pareció que se desintegraba.
También él —¡él!— estaba herido. Pero había escapado de la luz. Yo ya no tenía una silueta como blanco. Lo había perdido. Poco después, volví a encontrarlo en la mirilla. ¡Venía hacia mí! Utilizando al máximo aquella aterradora celeridad, corría a través del hielo moviendo brazos y piernas con una rapidez que ningún mortal hubiese podido emular. Tuve una visión fugaz de un rictus cruel en el yelmo del rostro, en el momento en que yo hacía girar el caño para apuntar mejor. Pero el arma se había trabado.
Echando maldiciones, miré hacia abajo. Un extremo de mi saco de dormir se había enganchado al carril del arma. Cuando alcancé a destrabarlo, apenas un instante después, el monstruo ya casi estaba sobre mí.
Haciendo un esfuerzo del que no me creía capaz, levanté el fusil y disparé desde la altura de mi cadera. La bala lo alcanzó en el momento en que él se lanzaba cuesta arriba.
Una llamarada le brotó del pecho. Bramó, furioso, y cayó hacia atrás, tironeándose de las ropas en llamas.
Una única descarga de metralla había bastado para doblarme en dos. Tuve que soltar la colisa, y caí de rodillas.
Pero el terror me había dado nuevas energías. Vi al monstruo rodar cuesta abajo, envuelto en una espesa humareda. Allí quedó tendido, boca arriba, entre las esquirlas de roca y de hielo, mientras las llamas le lamían el mugriento gabán. Los caballos, espantados, rompieron las maniotas y huyeron al galope a través de la planicie helada.
Empuñando mi automática, descendí lentamente al sitio donde yacía el cuerpo gigantesco. Lo vi moverse, darse vuelta; al fin, consiguió sentarse. El humo le había ennegrecido el rostro.
Sin embargo, aún entonces, el monstruo continuaba ejerciendo sobre mí esa fascinación paralizante que ya una vez me había hecho olvidar mi propósito. Apunté con el fusil, pero no hice fuego, ni siquiera cuando noté que trataba de incorporarse.
De pronto habló:
—Al tratar de destruir lo que no entiendes, tú mismo te destruyes. No entiendes y piensas que hay un abismo entre nosotros. Me odias y me temes, y crees que la causa es nuestras diferencias. ¡Oh, no, Bodenland! ¡Si tanto me aborreces, la causa es nuestras semejanzas!
No consiguió incorporarse. Una tos hueca le brotó del pecho, y en el yelmo abstracto del rostro apareció una mutación espeluznante. Las suturas quirúrgicas de Frankenstein se desgarraron, las cicatrices se abrieron; el semblante todo se resquebrajó, y vi la sangre que manaba lenta, en las fisuras. El monstruo alzó una mano, pero no se tocó las mejillas sino el pecho, donde el dolor era más grande.
—Pertenecemos a distintos universos —le dije—. Yo soy una criatura natural, tú eres un... ¡un horror, la antivida! Yo nací, a ti te fabricaron...
—Nuestro universo es el mismo universo, un universo donde imperan el sufrimiento y el castigo. —Las palabras del monstruo brotaban lentas, espesas.— Nuestras muertes, la tuya y la mía, son una misma extinción. Y en cuanto a nuestros nacimientos... cuando yo abrí los ojos por primera vez, supe que existía, lo mismo que tú. Pero quién era, dónde o por qué causa, eso no lo sabía, ¡no más que tú! Y en cuanto a estos intervalos entre nacimiento y destrucción, mis intenciones, por aviesas que sean, son más lúcidas para mí que para ti las tuyas, eso creo. Tú no sabes de compasión...
Un espasmo de dolor lo sacudió, impidiéndole continuar.
Volví a cobrar coraje, y me preparaba para hacer fuego nuevamente, cuando un cohete relampagueó en el espacio, desviándome de mi propósito. Se abrió en tres grandes constelaciones de llamas, que permanecieron suspendidas en el aire, silenciosas, antes de apagarse. Una señal quizá; para quién o para qué, no lo sabía.
Antes que la luz fantasmal se extinguiera, el monstruo postrado a mis pies habló nuevamente:
—Esto quiero decirte, y por tu intermedio a todos los hombres, si es que estás destinado a reunirte con las gentes de tu especie: que mi muerte pesará más sobre vosotros que mi vida. Mi furia nunca podrá rivalizar con la vuestra. Más te diré: ¡por mucho que tratéis de sepultarme, no haréis más que trabajar por mi incesante resurrección! Pues una vez liberado, ¡ya nada puede encadenarme de nuevo!
En el momento de pronunciar con ferocidad inaudita la palabra "resurrección", la criatura caída se incorporó bruscamente y me enfrentó, y vi que las llamas le reptaban aún por el pecho y la garganta. Pese a encontrarse en un terreno más bajo se erguía ahora por encima de mí.
Hice fuego tres veces, apuntando al voluminoso gabán. Al tercer disparo, la criatura cayó sobre una rodilla y gritó tomándose la cabeza con las manos. Cuando volvió a mirarme, se le había desintegrado todo un costado de la cara, o así me pareció.
—Ya no habrá nadie como tú —le dije.
Un sentimiento de triunfo, de calma, me invadió de pronto.
La criatura se encontraba ahora más allá de mi influencia. Ya no me veía. Pero habló otra vez antes de morir.
—Pensaban que me había ido pues aconteció que ese día estuve ausente, en un forzado, extraño viaje a comarcas oscuras y remotas, un viaje a las puertas del infierno, donde...
Trató una vez más de incorporarse, y perdió el equilibrio y cayó de bruces, con uno de los brazos retorcido a un lado en un torpe ademán, la palma de la mano hacia arriba.
Lo abandoné en medio de la llanura de hielo, envuelto aún en una leve humareda, y volví a escalar el nunatak. Destruido el monstruo, mi misión había concluido.
Estremeciéndome, instalé de nuevo la colisa. Si otros agresores venían por mí, hasta que yo también enfrentara a mi Hacedor los recibiría del mismo modo. Quizá hubiera hombres en la ciudad; por ahora nada me permitía asegurarlo. Pero ellos, ciertamente, no ignoraban mi presencia. Desde el momento en que el cohete se extinguiera en el cielo, las luces se habían apagado detrás de las altas murallas, la actividad estaba cesando, la celebración se había suspendido. Ellos no podían desconocer mi paradero, ni lo que yo acababa de hacer.
De modo que me quedaría allí esperando a que alguien o algo viniese por mí, aguardando ese momento en la oscuridad y la distancia.
FIN