CUANDO EL GRADERIO ENMUDECIO
Publicado en
febrero 07, 2010
CONDENSADO DE ELE VEN SECONDS, © 1998 POR TRAVIS ROY Y E. M. SWIFT, PUBLICADO POR WARNER BOOKS, DE NUEVA YORK. IMÁGENES FIJAS DE VÍDEO: CORTESÍA DE WABU-TV 68. ¿Cómo podía seguir adelante si en un suspiro se había hecho añicos el mayor de sus sueños?
Por Travis Roy y E. M. SwiftNO RECUERDO haberme sentido tan emocionado por un partido como el día en que se inauguró la temporada de hockey sobre hielo de 1995. Era yo estudiante de nuevo ingreso e iba a ser mi primer juego en el equipo de hockey de la Universidad de Boston.
Poco después de las 5 de la tarde, nos pusimos los uniformes y empezamos a calentar. Cargado de adrenalina, di dos rápidas vueltas a la pista. Me sentía ágil, fuerte, veloz...Traté de localizar en las gradas a mis padres y a mi novia, Maija. Sabía que estaban allí, pero no los veía y, como todo novato en su primer juego, tampoco quería que me vieran buscándolos.Jack Parker, el entrenador, llegó y nos asignó posiciones. Nos íbamos a enfrentar al equipo de Dakota del Norte y a mí me tocó en la tercera alineación. Luego fuimos a la pista para la presentación de los jugadores y la banda musical de la universidad comenzó a tocar nuestro himno de batalla.Me sentía muy orgulloso de formar parte de todo aquello. Nuestro equipo formó fila en la pista y, con un clamor del público, se izó la bandera del campeonato. Al ver subir ésta y estar con mis compañeros allí, supe que por fin había alcanzado mi meta.El hockey era mi mayor pasión, una parte muy importante de mi vida desde la infancia. Mi padre, Lee Roy, quien practicó este juego en los años 60, fue mi primer entrenador. Cuando yo era niño, él administraba una pista de hockey, y fue cofundador de una asociación juvenil de este deporte.En las prácticas y los partidos me trataba como a los demás jugadores, incluso quizá con más dureza. Cuando alguno se caía y se quedaba tendido en el hielo retorciéndose de dolor, papá sonreía y le gritaba con tono mordaz: "¡Levántate! ¡No te pasó nada!"Por años enseñó a muchos niños a mejorar su juego y nunca perdió los estribos ni se enfadó con ellos. Su estímulo constante y mi propio esfuerzo habían rendido frutos: allí estaba yo, en la Universidad de Boston.Al empezar el partido, los sustitutos ocupamos nuestros lugares en la banca. ¡Qué bien juegan estos tipos!, pensaba. Su forma de patinar era mucho más rápida y vigorosa que en la escuela de enseñanza media, y se daban golpes más violentos, pero en el acto supe que aquello era lo mío.En el segundo tiempo conseguimos nuestra primera anotación y el público enloqueció. Luego llegó por fin mi turno de entrar a jugar. Salí a la pista y me dirigí al centro a disputar el saque de reanudación del partido. La banda tocaba y la multitud rugía.Uno de mis compañeros ganó el disco y lo lanzó a la línea de gol del rival. Yo estaba cerca de allí, pero era evidente que uno de los defensas del otro equipo iba a llegar antes que yo. Quise sorprenderlo y mostrar que podía hacerle un mareaje feroz.Viró para ir por el disco, que había quedado en la esquina de la pista. Le di alcance y comencé a marcarlo a buena velocidad, pero en forma controlada, sin echármele encima.Entonces algo ocurrió. No sé qué fue. Quizá estaba muy emocionado o me pasé de impetuoso. No recuerdo haber perdido el equilibrio. Hice un leve movimiento para no chocar con el defensa y luego, por una fracción de segundo, perdí el conocimiento.Cuando volví en mí estaba tendido boca abajo en el hielo. Traté de levantarme, pero no pude. Medio segundo antes me sentía ligero y rápido, lleno de vigor; después fue como intentar poner en marcha un coche sin batería en una helada mañana de invierno.Tenía la barbilla apoyada en el hielo y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. No podía moverla y me dolía el cuello. Alcanzaba a ver al público de la primera fila y las piernas de algunos jugadores. El médico del equipo se acercó y me preguntó:—¿Sientes algo en el pie?—No.—¿Puedes mover el brazo?—No —repuse luego de probar.En seguida me preguntó:—¿Sientes esto?No sentí nada y me pregunté qué me estaría haciendo. Entonces vi que me estaba moviendo el brazo. Lo alzaba y lo movía de un lado a otro, pero yo no sentía nada, como si no fuera mío sino de otra persona. Hasta ese momento conservé la calma, quizá porque casi no sentía dolor, pero en-tonces me cruzó por la mente la idea de que podría quedar paralítico. Supe que todo había terminado... a los 11 segundos de comenzar mi primer partido en un equipo universitario. Pedí que llamaran a mi padre.Él lo dedujo también casi de inmediato. Yo nunca me quedaba tendido más que unos instantes, así que papá sabía mejor que nadie que me habría levantado si hubiera podido.Entonces lo oí decir:—¡Vamos, de pie, hay que jugar!—Papá —repuse—, no siento nada en el cuerpo y me duele el cuello.Era un dolor leve, pero lo sentía con claridad. Comprendí que no iba a poder volver a jugar.—¿Papá? —dije.—Aquí estoy, Trav, tranquilízate.—Lo logré.El sabía a qué me refería. Me empezaron a rodar lágrimas por las mejillas y papá echó a llorar también.
Travis Roy (de blanco) se lanza a marcar a un rival, pero ocurre algo inesperado y se estrella de cabeza en la barrera. "Fue el momento que cambió mi vida para siempre", dice.Me trasladaron a un hospital. Unas radiografías mostraron que tenía hecha añicos la cuarta vértebra cervical. Los médicos prepararon a mis padres para lo peor: les dijeron que si había sufrido un daño irreparable en la médula espinal, quedaría cuadripléjico.
Los médicos me fijaron en la cabeza un artefacto de forma de aro que evitaba que la moviera y me dañara aún más la médula espinal. Después me colocaron dos tubos flexibles en la garganta, uno para respirar y el otro para recibir alimentos.Mis familiares se turnaban para hacerme compañía. No quería estar solo y, además, me sentía más seguro cuando alguien estaba conmigo. Maija pasaba los fines de semana en el hospital, sentada junto a mí, leyéndome cartas y dándome masaje en los hombros. Cuando me quedaba dormido, ella hacía sus tareas escolares.Parker iba al hospital casi todos los días a darme ánimo, entretenerme y contarme cómo le iba al equipo. Al poco tiempo empecé a esperar ansiosamente sus visitas.Maija, mi madre y mi hermana, Tobi, se turnaban para acurrucarse junto a mí en la cama. Incluso papá lo hacía cuando se lo pedía. Esto me daba seguridad entre tanta incertidumbre.Tres días después del accidente, me sometieron a una operación reconstructiva de la vértebra cervical. Los médicos explicaron a mis padres que en caso de que pudiera recuperar parcial o totalmente el movimiento, sería en las primeras 48 horas. Toda mejoría posterior sería lenta y gradual; en un año tal vez podría volver a mover ciertas partes: primero los brazos, luego las muñecas y quizá también los dedos. Para recuperar el movimiento de las piernas, en cambio, tendría que esperar un milagro.
Con el tiempo se hizo evidente que ese milagro no iba a ocurrir. Sin embargo, hubo otros milagros que mis familiares y yo llegamos a considerar como visitas de ángeles. Esas almas buenas no eran seres celestiales, sino personas que nos brindaron apoyo.
Cada día recibíamos muestras de generosidad: los administradores del hotel donde estaban hospedados mis padres no les cobraron por la habitación, y papá no podía salir a comprar víveres sin que alguien lo reconociera y se ofreciera a pagar por él.Un conductor de radio de Boston organizó un maratón telefónico para reunir fondos y ayudarnos con los gastos. La cobertura de mi seguro médico era amplia, pero no me amparaba contra todo y el costo de la hospitalización era muy alto. Algunos de mis compañeros del equipo de hockey y de dormitorio en la universidad se ofrecieron a contestar telefonemas o ir a la estación de radio a pedir apoyo.Cuando se enteraron de la suma total recaudada, mis padres se sintieron llenos de gratitud, y no tanto por el dinero en sí, sino por la gran generosidad de algunos de los donadores. Un niño rompió su alcancía y ofreció 7,23 dólares; y una familia que había ahorrado 4000 dólares para hacer un viaje a Austria en la Navidad —unos perfectos desconocidos— decidió donar ese dinero para mi tratamiento. ¿Cómo explicar tanta bondad?Tuve también otros ángeles más cercanos. Mi familia me mostró la parte noble y tenaz del espíritu humano. Nunca hubo reproches, ni rabia, ni auto-compasión; sólo valor y dignidad.Parker ha sido otro ángel. Con él podía hablar de asuntos que no me animaba a tratar con papá; sobre todo del hockey, de cómo este deporte se había convertido en parte esencial de mi vida y de cuánto anhelaba poder volver a pisar el hielo.En cierta ocasión, cuando se disponía a partir después de una de nuestras conversaciones, le dije:—Le tengo mucho aprecio, entrenador.Hacía largo tiempo que quería decírselo. Él se volvió y repuso:—Y yo a ti, Trav.Luego de pasar tres meses en el hospital, me llevaron a un centro de rehabilitación en Atlanta. Allí aprendí a usar una computadora que funcionaba por medio de la voz y una silla de ruedas eléctrica que controlaba soplando por un tubo de plástico conectado a un detector de presión.Maija iba a verme casi todos los fines de semana, y cada vez que volvía le mostraba mis avances en cuanto a movimiento, hasta que por fin logré alzar los brazos lo suficiente para poder comer sin ayuda y controlar la palanca de la silla de ruedas.En el centro de rehabilitación no cesaban de decirme que todo era posible. Quizá me tardaría un poco más, pero podía hacer lo que quisiera: ir de compras, trabajar, asistir a la escuela.Maija me animó a volver a la universidad en el otoño de 1996. Creía que si no regresaba de inmediato, tal vez nunca lo haría. Al principio tuve dudas, pero cuanto más lo discutíamos, más me convencía de que era mi oportunidad de reanudar los estudios de una manera casi normal.En septiembre de ese año retorné con mis padres a Boston y comencé a cursar de nuevo el primer grado. En la universidad me proporcionaron una cama especial y un pequeño montacargas para poder subir y bajar de la silla de ruedas.Parker me ha ayudado a seguir en contacto con el equipo de hockey y a encontrar la manera de mantener viva mi pasión por el deporte. Esto me ha llevado a pensar en que algún día podría encargarme de las relaciones públicas de un equipo, de modo que estoy tomando cursos para aprender a expresarme con soltura.Mientras tanto, gracias a todos los ángeles que me ayudaron después del accidente, voy a poder corresponder. Hemos creado una fundación con el fin de reunir dinero para apoyar a otras personas con lesiones de la médula espinal que no han tenido tanta fortuna como yo. Ellos podrán solicitar fondos para comprar, por ejemplo, una silla de ruedas o un montacargas. Así, yo también podré ser un ángel en la vida de alguien.