LA CRUZADA DEL PADRE COLLINS
Publicado en
enero 21, 2010
FOTOS: ELDER BRAVO/SCOTLAND ON SUNDAY (MACINNES CON SUS FELIGRESES); STEVE WINTER/BLACK STAR (MACINNES CON EL BARRIO AL FONDO).Desde su niñez, en las remotas islas Hébridas, sintió la vocación religiosa. Tiempo después de ordenarse, cerca ya de cumplir 40 años, tomó el camino de las misiones, que lo condujo a Comité del Pueblo, un arrabal de las afueras de Quito donde la pobreza, la insalubridad y la violencia iban a ser sus eternas compañeras. He aquí el relato de los 13 años de lucha del padre Colin Maclnnes en una parroquia de 70.000 feligreses que se cuentan entre la gente más pobre del mundo. Afrontando enormes desigualdades y arriesgando constantemente su vida, Maclnnes ha luchado para mejorar las condiciones de vida de esta población marginada e impotente y encender en ella una luz de esperanza.
Por Michael WelzenbachERA LA TARDE de un domingo de octubre de 1988 y hacía un calor sofocante. Entrecerrando los ojos grises para protegerse del ardiente sol ecuatorial, el padre Colin MacInnes bajó de la camioneta prestada que conducía y caminó hacia un atestado tendejón en el centro de Comité del Pueblo, un extenso arrabal del norte de Quito, Ecuador. Sentía en la nariz el polvo de las calles y el olor a orines que despedían las cloacas abiertas. A sus espaldas, el bullicio de una turba de borrachos que festejaba el Día del Comité en la Vía Principal iba en aumento.
El robusto sacerdote escocés, de pelo negro, había presenciado ya suficientes fiestas para satisfacer su curiosidad, y lo que vio esta vez lo hizo fruncir el entrecejo: los "comunistas" del barrio —en realidad unos rufianes— estaban repartiendo volantes de propaganda; lo peor del caso era que muchos de sus feligreses estaban de juerga con ellos. Mientras contemplaba la escena, arqueó una ceja. Tendría que volver a tratar el asunto en la misa de la tarde. Por lo pronto, compraría pan y volvería a su parroquia, situada al otro lado del barrio. Inevitablemente habría alguien esperándolo allí con algún problema que plantearle. Además, el teléfono nunca paraba de sonar.Al entrar en la fresca sombra del tendejón, vio a un puñado de matones que, apoyados contra una de las paredes, lo miraban fijamente y cuchicheaban entre sí. Más vale que me vaya antes de que alguno empiece a buscar pleito, pensó. A pesar de que había tomado la precaución de no ir en su coche, por lo visto lo habían reconocido.Pero ya era tarde. La cerveza, el licor y las drogas habían envalentonado a los bravucones. Aunque el padre era un hombre corpulento y fornido, estaba en clara desventaja numérica y de territorio con sus adversarios. Había llegado la oportunidad que éstos esperaban para desquitarse del cura entrometido que exhortaba a sus parroquianos a mantenerse firmes contra las amenazas de los extorsionistas y a no pagarles protección. Él estropeaba el negocio porque la gente le hacía caso.Cuando Maclnnes salió de la tienda, vio con el rabillo del ojo que se le acercaban por los lados y echó a correr hacia la camioneta con las llaves en la mano, seguido de cerca por los camorristas. Al saltar al interior del vehículo vio el destello de un cuchillo. En vano intentó esquivar el brazo que se introdujo por la ventanilla y le tiró una salvaje estocada al cuello; mientras arrancaba a toda prisa hacia la relativa seguridad de la avenida Eloy Alfaro, sintió que el filo del arma le abría la piel.Minutos después se detuvo frente a su parroquia, la iglesia de San José Obrero. Había varios niños jugando en la escalera y algunos fieles descansando a la sombra del portal. Mientras caminaba hacia la pesada puerta de hierro que daba a la casa parroquial, vio que se quedaban mirándolo con expresión grave, sin las sonrisas con que siempre lo recibían; cuando, una vez dentro, se miró en el espejo, comprendió por qué: tenía la camisa toda ensangrentada. Buscándose a tientas en la garganta, localizó la herida justo a un lado de la yugular. Tenía que limpiarse y salir de la iglesia antes de que lo viera más gente. Casi todos sus fieles estaban enterados de las amenazas que había recibido de los hampones y, si lo veían, seguramente intentarían vengarlo. Lo último que quería era que se desatara un baño de sangre por su causa.Se curó la herida y se cambió de ropa. Luego, fingiendo que nada había ocurrido, volvió a salir, tomó la camioneta y enfiló hacia el norte, en dirección al campo. Cuando llegó a los escarpados y áridos montes de ceniza volcánica, donde las nubes flotaban a poca altura, bajó de la camioneta y continuó la marcha a pie. Necesitaba reflexionar.
Desde allí dominaba el arrabal de Comité del Pueblo, con su mosaico de casuchas desperdigadas al azar como un montón de basura que hubiera caído del cielo. Sobre el horizonte se alzaban las magníficas cumbres nevadas del Cotopaxi y el Cayambe. Era un espectáculo que invariablemente lo conmovía. ¿Cómo podía existir tanta miseria junto a una belleza natural tan sobrecogedora? Recordó emocionado la ocasión en que, poco después de su llegada a Quito, hacía tres años, fueron a verlo unos parroquianos. "Padre", le advirtieron en tono solemne, "usted está en peligro, y la policía no viene hasta aquí. Si algo malo le pasa, toque las campanas de la iglesia y todos los fieles vendremos a ayudarlo". Él accedió a hacerlo, pero les aconsejó que no se preocuparan demasiado. A la mañana siguiente, cuando tocó las campanas para llamar a misa de siete, como hacía todos los días, un vecino llegó corriendo y gritando:—¡Padrecito, padrecito! ¿Qué le pasa?Sin poder contener la risa, el religioso le aseguró que sólo estaba llamando a misa. Cuando el feligrés alzó los brazos en señal de alivio, se le cayó un machete que llevaba escondido debajo de la camisa.Sí, pensó Maclnnes, tengo que ser muy cuidadoso en este asunto. Si lo provocaban, su rebaño, por lo general apacible, podía recurrir a la violencia.—Señor —rezó—. ¡Por favor, dame paciencia!EN EL CONFIN DE LA TIERRA
UNA HERMOSA TARDE de principios de la primavera de 1957, en la remota isla escocesa de South Uist, en las Hébridas, un muchacho larguirucho de 12 años iba dando saltos por el camino que llevaba a la casa del párroco, aspirando el aire salado y escuchando la chillería de las aves marinas. Se preguntaba para qué quería verlo el padre McLean. Fuese lo que fuese, Colín se había sentido halagado cuando su madre le avisó que aquel hombre sabio y divertido, al que el chico admiraba y siempre había querido imitar, requería su presencia. Desde su más tierna infancia Colin se había sentido atraído por el culto católico y por el profundo y confortante misterio del cristianismo.
El cuarto de siete hijos de una familia de agricultores, nunca había puesto un pie fuera de South Uist. La suya era una apartada comunidad católica formada por unas 320 personas que hablaban gaélico. La electricidad llegó a la isla cuando Colin tenía ocho años. La vida no era fácil, y todos sin excepción ayudaban en las tareas propias de cada estación: esquilar las ovejas, recoger y acarrear turba para calentarse y cocinar, construir botes y tender las redes y las nasas para pescar langostas.Pero el chico era feliz. Su madre, Jean, era el alma de la comunidad y se pasaba la vida haciendo pan para darlo a los demás y cumpliendo encargos de los vecinos. Su padre, Alan Maclnnes, era un hombre nervudo, de pocas palabras, cuya cortesía y sentido de la justicia eran proverbiales. Siempre estaba dispuesto a mostrar a los pescadores jóvenes dónde encontrar las mejores langostas, aunque ello se tradujera en una redada menos abundante para sí mismo.Al llegar a la rústica casa del padre, Colin llamó a la puerta. Un hombre alto de cara redonda y chispeantes ojos azules, de unos 35 años, le abrió y lo saludó con una cálida sonrisa.—¿Cómo estás, Colin?Lo condujo escaleras arriba hasta su austero cuarto de estar, le ofreció un asiento y le habló sin rodeos: '—Colin, ¿alguna vez has sentido vocación para el sacerdocio?—¡Pero si es lo que siempre he querido, padre! —respondió el muchacho, entusiasmado.—¡Magnífico! Siendo así, inmediatamente comenzaremos a hacer los arreglos necesarios.Al volver a casa, en la penumbra del crepúsculo, Colín sentía que el pecho le estallaba de gusto. Corrió sin parar hasta la verja de la casa de piedra de su familia, desde donde vio al caballo canelo de su padre pastando tranquilamente en el prado. Se montó en él sin ensillarlo, lo acicateó y salió a galope tendido por los brezales dando gritos de júbilo.Colin ingresó a los 18 años en el seminario, en Valladolid, España, donde se dedicó seis años al estudio de la teología y la filosofía en latín. Allí estudió también lengua y literatura españolas, que llegaron a ser una de sus pasiones.Se ordenó el 9 de julio de 1970 en la catedral de Oban, en Escocia. Tres años después lo designaron párroco de Oban, y más adelante de Barra y de South Uist; en esta última parroquia se encontraba la iglesia de San Miguel, que antaño estuviera a cargo de su querido padre McLean.
Escenas de un día en la vida del padre Maclnnes. En casa de una vecina que está lavando la ropa. Gracias a los esfuerzos del sacerdote, la comunidad por fin tiene agua corriente.Maclnnes era infatigable. Cuando hubo que construir una nueva casa parroquial en Barra, se arremangó la camisa, cogió una pala y se puso a trabajar junto a los obreros. Lo nombraron miembro del Consejo Escocés de las Artes y de la comisión consultiva de la BBC para mejorar la difusión de programas de radio y televisión dirigidos a la población de habla gaélica de Gran Bretaña. Puso en marcha un plan para abatir el desempleo en algunas de las regiones más pobres de las Hébridas y terminó dirigiendo un programa laboral más ambicioso que el del propio gobierno escocés. Organizó y dirigió festivales y talleres culturales para promover las artes gaélicas tradicionales y llevar a las apartadas islas el dinero que tanta falta les hacía.A pesar de todo, Maclnnes sentía que su obra estaba incompleta. Cuando iba a cumplir 40 años empezó a pensar seriamente en irse de misionero a algún lugar donde hubiera más carencias y donde pudiera aprovechar mejor su conocimiento del español y su capacidad de organización. Había millones de católicos en regiones azotadas por la violencia en América Central y del Sur. ¿No sería más útil a sus semejantes allí?En el otoño de 1984, el popular párroco de South Uist viajó a Boston, Massachusetts, para entrevistarse con miembros de la Sociedad Misionera de Santiago Apóstol, quienes le dijeron que, en efecto, podían aprovechar su dinamismo y capacidad, si le interesaba vivir en Ecuador.Y HELO AHÍ a los tres años de su llegada, deambulando por los abruptos alrededores de Quito, con una dolorosa herida en el cuello y con la piel curtida por el implacable sol. Se estaba haciendo tarde. Tenía que volver a la iglesia a decir misa... y a tratar de impedir un motín. Subió a la camioneta y emprendió el regreso.Al acercarse a la casa parroquial por la avenida Eloy Alfaro, se quedó mirando con incredulidad lo que ocurría en la calle. La noticia de su herida se había propagado rápidamente y centenares de fieles preocupados se agolpaban desde hacía varias horas en el atrio de la iglesia. El deseo de venganza flotaba en el ambiente. Ya habían forzado a empellones las puertas de hierro forjado de la sede del Comité del Pueblo.Apretujados dentro de la iglesia, los vecinos preguntaban a gritos qué iban a hacer con respecto al ataque.Maclnnes alzó las manos para pedir silencio y dijo:—Lo que me ha pasado hoy no tiene ninguna importancia. Aquí estoy sano y salvo, ¿no? Fui yo el que me metí donde no debía, así que soy el único culpable de lo ocurrido. Vengar la violencia con más violencia no va a resolver nada.UN CAMINO ESPINOSO
MISIONERO INEXPERTO, Maclnnes desembarcó en el puerto ecuatoriano de Guayaquil en enero de 1985. Era el comienzo de la temporada de lluvias, y el calor y la humedad lo sofocaban.
—Bueno, no es precisamente el jardín del Edén —dijo para sí riendo entre dientes.Otro miembro de la sociedad misionera fue a recibirlo y a entregarle una vieja camioneta. Con ella, dos maletas y poco más de 3000 dólares que había ahorrado, salió de las tierras bajas y selváticas de la costa, ascendió por la imponente cordillera de los Andes y llegó a Quito, la capital, situada en una meseta a 2850 metros sobre el nivel del mar.Cuando se presentó ante el arzobispo de Quito, Antonio González, para recibir informes sobre su nueva parroquia, se enteró de que Comité del Pueblo, el barrio donde ésta se encontraba, había surgido a fines de los años 60 como una comuna de jóvenes de convicciones políticas idealistas. Con el tiempo se pobló de campesinos necesitados —indígenas de las zonas altas de los Andes y negros de la costa— que llegaban atraídos por el espejismo de conseguir empleo en la capital, pero que acabaron siendo víctimas de los hampones del barrio, quienes los intimidaban para venderles protección o los obligaban a trabajar para ellos sin paga. Además, los jefes del hampa se oponían a la religión, que era una amenaza para su autoridad. Varios sacerdotes habían intentado oficiar misa al aire libre los domingos, pero las ceremonias a menudo eran interrumpidas por camorristas. Aun así, la inmensa mayoría de los habitantes de Comité del Pueblo eran católicos devotos que querían practicar su fe.Maclnnes dejó sus maletas en la húmeda casucha de bloques de concreto que sería su nuevo hogar y salió a explorar los malolientes callejones de tierra, que corrían entre chozas construidas con trozos de lámina de hierro y madera contrachapada. No había avanzado mucho cuando se tropezó con un cuadro que rompía el corazón. De la penumbra de una barraca hecha de colchones viejos y retazos de madera, cuya puerta era una manta, una familia salía llorosa con un tosco ataúd a cuestas.—¡Padre! ¡Padre! —lo llamaron—. ¡Por favor, diga una misa por nuestro hermano difunto!—Pero si no tengo Biblia, ni alba, ni crucifijo, ni vino...—Ahora mismo se los conseguimos —repuso uno.Mientras una multitud de vecinos se reunía alrededor del féretro, los adultos dieron instrucciones a los niños y éstos salieron a toda prisa en distintas direcciones. Al poco rato volvieron con media botella de vino, una Biblia maltratada y un crucifijo.Conmovido por la fe y la determinación del creciente gentío, el padre dijo una misa de cuerpo presente por el difunto en plena calle, lo que en seguida le valió el respeto y la lealtad de toda la comunidad. Fue entonces cuando comenzaron a llamarlo afectuosamente "padrecito".
Escenas de un día en la vida del padre Maclnnes. El padre cuida en el comedor a unos niños mientras sus padres trabajan.LA GENTE no tardó en darse cuenta de que aquel afable sacerdote extranjero no se dejaba intimidar ni por los matones del barrio ni por las autoridades de Quito, que desde mucho tiempo atrás hacían la vista gorda ante lo que allí ocurría. Maclnnes no temía andar a pie por las zonas más peligrosas del arrabal.Su grey, rechazada por la sociedad, tenía hambre de consuelo, de alguien a quien plantear sus carencias materiales y sus inquietudes espirituales. El escocés de rostro severo y trato amable acabó por no poder salir a la calle sin que alguien se acercara a pedirle consejo. Podía tratarse de una persona agobiada por un pleito familiar, un padre que buscaba a un hijo perdido, o una víctima de la violencia. Lo que más le dolía eran las condiciones de insalubridad y desnutrición en que vivían los niños.Cecilia de Vries, ecuatoriana casada con un destacado ornitólogo y profesor universitario holandés, conoció a Maclnnes a los pocos meses de su llegada a Quito. Madre de tres niñas y dueña de una agencia de viajes en el centro de la ciudad, de inmediato quedó impresionada por aquel apuesto extranjero que con tanto ahínco se entregaba a su trabajo, y llegó a la conclusión de que, si alguien podía hacer algo por Comité del Pueblo, un barrio que a ella le inspiraba miedo y compasión a la vez; era él.La señora De Vries, católica de acción, se ofreció como voluntaria para organizar y administrar la parroquia. Se le encogió el corazón al ver la vivienda del sacerdote y, como él se negaba a vivir en otro sitio que no fuera entre su rebaño adoptivo, procuraba invitarlo con frecuencia a su casa para que disfrutara de una buena comida y descansara un poco de las penurias que pasaba en el arrabal.Cierto día la señora De Vries recibió un fax de la sede de la sociedad misionera, en Boston, dirigido al padre Maclnnes. Como estaba en inglés y parecía importante, decidió ir hasta la parroquia y entregárselo personalmente. No bien empezó el padre a leerlo, una joven entró corriendo y llorando histéricamente.—¡Padrecito! —dijo—. ¡Se murió mi hija! ¡Por favor, venga conmigo pronto!Olvidándose del fax, Maclnnes estrechó a la joven en sus brazos para consolarla y la llevó a su camioneta.Recelosa por las amenazas que constantemente recibía el padre, la señora De Vries temía que se tratara de una trampa.—Yo también voy —dijo, y subió al vehículo con ellos.Se quedó sorprendida de que MacInnes supiera exactamente dónde vivía la mujer. Se detuvieron frente a una casucha de un solo cuarto cuya techumbre, de lámina metálica, estaba sujeta en su lugar con piedras. En el interior sólo había una cama y una estufita de leña; el suelo era de tierra; el retrete, un hoyo cavado en un rincón. Sobre la cama yacía el cuerpo de una niña de 18 meses, retorcido de manera grotesca y con la mirada inexpresiva clavada en el techo.La señora De Vries se quedó mirando, impotente, los severos ojos grises del padre arrasarse en lágrimas. Rezando fervientemente, el sacerdote fue hasta donde estaba la criatura, se arrodilló y la tocó con delicadeza en busca de un indicio de vida, pero ya era tarde. Sollozando sin consuelo, se persignó y luego hizo la señal de la cruz con el pulgar sobre la fría frente de la nena.Comenzó entonces a administrarle los últimos sacramentos. La madre contemplaba la escena con una mano sobre la boca y la otra asiendo fuertemente a su hija mayor. Después de hacer lo que pudo como sacerdote, Maclnnes prometió a la mujer ocuparse personalmente de los preparativos del entierro.—Apenas anteayer llevé a la niña al hospital —le contó el padre a la señora De Vries al volver a la iglesia—. Tenía una infección intestinal grave, pero hoy la dieron de alta. La madre salió a buscar trabajo para poder comprar arroz y darle de comer. El médico le había prescrito tenerla a dieta blanda mientras se restablecía de la infección. Al irse a trabajar dejó a la nena al cuidado de su otra hija, que tiene siete años. Cuando la pequeña empezó a llorar, su hermana le preparó lo único que encontró en casa: un poco de café soluble. —Maclnnes meneó la cabeza con pesadumbre—. Eso la mató.La señora De Vries estaba conmovida ante la profunda aflicción del sacerdote. Nunca se había imaginado que un hombre tan seguro pudiera llorar así.—¿Sabe, Cecilia? —agregó el padre mientras se acercaban a la iglesia—. Esta misma tarde iba a bautizar a la niña.AUNQUE TENÍA que afrontar desgracias semejantes todos los días, el padre Maclnnes se consagraba cada vez más a su trabajo, y aunque sus enemigos se dedicaban a propalar rumores de que era agente de la CÍA y un don Juan, cada semana crecía el número de personas que iban a la misa del domingo.De vez en cuando los buscapleitos intentaban disolver la ceremonia, pero Maclnnes veía complacido que los parroquianos empezaban a oponerles resistencia o a no hacerles caso. Poco a poco el religioso se iba ganando su confianza. Había llegado allí para quedarse. A fin de cuentas, ¿no era ésa la fortaleza de la Iglesia? ¿No era precisamente eso lo que Cristo había pedido a sus apóstoles: salir al mundo a difundir su mensaje y, armados de fe, resistir los embates de la adversidad?Pero, ¿cómo mejorar la espantosa situación del barrio? No podía esperar que quienes se las veían negras para satisfacer sus necesidades básicas se ocuparan también del bienestar de los demás.No cabía duda de que necesitaba tres cosas: dinero, la cooperación de la feligresía y el apoyo del gobierno.POR DESGRACIA, pronto comprendió que el gobierno estaba corrompido de la base a la cúspide. El latrocinio y el soborno reinaban en el cuerpo de policía, que se aprovechaba de la infeliz población y de los propios agentes. Al gobierno le importaban muy poco los 70.000 habitantes de Comité del Pueblo. Casi 70 por ciento de los niños del barrio padecían desnutrición. Para ayudarlos, el padre Maclnnes necesitaba influencia política, y para obtenerla tendría que hacer relaciones dentro del sistema.El religioso, hombre práctico, puso manos a la obra.EL AGUA
LA NECESIDAD material más urgente del barrio era el agua corriente; la luz eléctrica y los teléfonos podían esperar. La disentería y otras enfermedades gastrointestinales eran comunes entre la población. El propio padre Colin las padecía y echaba de menos los baños normales.
Unos camiones cisterna surtían irregularmente al arrabal de agua impotable. Los vecinos a menudo tenían que permanecer horas haciendo cola con cubetas y otros recipientes, y hervir el turbio líquido durante un buen rato para poder beberlo sin peligro. Un día, mientras el padre esperaba turno para recibir su ración, sacaron de una de las mangueras un gato muerto que estaba obstruyéndola. El camionero no hizo más que encogerse de hombros y arrojar el cadáver a la calle.Cuando, en 1987, el padre se enteró de que el gobierno nacional había aprobado un ambicioso proyecto para llevar agua potable de las montañas a Quito, empezó a presentarse todos los días muy temprano en la oficina del alcalde, Rodrigo Paz, para insistir en que se hicieran llegar las tuberías hasta Comité del Pueblo. Por fin, Paz accedió a hablar del asunto con las autoridades nacionales.Después de este primer contacto con el gobierno, Maclnnes comprendió la magnitud de la tarea que tenía ante sí. Los funcionarios respondieron a Paz que, en efecto, tenían pensado llevar el servicio a Comité del Pueblo... ¡pero no antes del año 2020! Si el cura extranjero quería el agua antes, tendría que hacer presión para que el Congreso elaborara un proyecto para el suministro del capital y la mano de obra necesarios. Maclnnes aseguró a las autoridades que el aspecto de la mano de obra estaba resuelto: en el barrio había cientos de personas que ansiaban un empleo fijo. Pero, ¿de dónde sacar los 2,7 millones de dólares en que se calculaba el costo de la obra?Las lecciones aprendidas por MacInnes al organizar programas laborales en las parroquias de las Hébridas le resultaron entonces de gran utilidad. Quizá en su país pudiera hacer una colecta para obtener una parte del dinero, pero para reunirlo todo también tendría que hacer participar al gobierno ecuatoriano.Se le ocurrió que, si conseguía aunque sólo fuera algunos miles de libras esterlinas en Escocia, quizá podría convencer a uno de los grandes bancos estadounidenses de que le vendiera una parte de la deuda externa a buen precio, a modo de donativo, y luego venderla con utilidad al Banco Central de Ecuador.Después de hacer largas llamadas telefónicas al padre McQueen y a otros sacerdotes de la diócesis de Argyll y las islas escocesas, Maclnnes compró un pasaje de avión a Nueva York.FINALMENTE, a fuerza de viajar, llevar cuentas, desplegar toda su capacidad persuasiva y reunirse hasta altas horas de la noche con funcionarios de los gobiernos de Quito y de Ecuador durante casi un año, en abril de 1988 llevaba reunidos más de 300.000 dólares en donativos e inversiones. Con un préstamo del Banco Central de Ecuador constituyó una fundación cuyos objetivos primordiales eran dotar al barrio de agua potable, nuevas viviendas, alcantarillas, dispensarios, programas de asistencia técnica y un grupo de instrucción para mujeres trabajadoras.Como Maclnnes tenía que ocuparse al mismo tiempo de otros asuntos, entre ellos la construcción de la iglesia parroquial, encomendó la ejecución del proyecto del agua a Fernando Moya Espín, un dinámico ingeniero de 40 años que conocía bien el funcionamiento del gobierno de la ciudad y fue recomendado por una ex monja tía suya.El sacerdote necesitaba un ayudante con la experiencia de Moya. Acordaron que ambos serían responsables de administrar los fondos de la fundación, y que ésta pagaría un sueldo a Moya, al cual también le correspondería contratar a las personas que hicieran falta para ejecutar eficazmente el proyecto.Con el tiempo, la fundación resultaría mucho más rentable de lo que el buen padre se había imaginado. Desgraciadamente, Maclnness no podía adivinar que él mismo había llamado a Judas a figurar entre sus nuevos discípulos.PELIGRO Y PROGRESO
Los VECINOS de Comité del Pueblo se ofrecieron con gusto para terminar la iglesia de San José Obrero, cuyos cimientos habían puesto unos años antes los salesianos, la orden misionera fundada por san Juan Bosco. Su emplazamiento era ideal: la cima de una colina a unos cuantos pasos de la avenida Eloy Alfaro. En el invierno de 1987 quedó lista la casa parroquial, y el clérigo pudo por fin dejar la casucha que ocupaba desde su llegada a Quito.
El padre animó entonces a sus feligreses a diseñar adornos para el conjunto de edificios, que comprendía la casa parroquial, aulas, un comedor para niños, oficinas y un centro comunitario.En octubre de 1988, apenas unas semanas después de sufrir el navajazo, Maclnnes decidió hacer participar a los jóvenes de la parroquia en una ceremonia religiosa ecuatoriana que tiene cuatro siglos de antigüedad: la peregrinación nocturna anual a la basílica de la Virgen de Quinche, situa-da a unos 30 kilómetros al noreste de Quito, al otro lado de la sierra. Un domingo anunció en misa el ambicioso proyecto (demasiado ambicioso, como pronto averiguaría) y al poco rato había 5000 jóvenes dispuestos a hacer el recorrido, que dura toda la noche. Los peregrinos, una inmensa multitud, se reunieron en la iglesia el 22 de octubre y, cuando se hizo totalmente de noche, emprendieron la marcha alumbrándose con antorchas hechas con latas llenas de trapos mojados en diesel. El ambiente era festivo y el padre estaba feliz.Pero no había contado con los obstáculos naturales del camino. Al poco rato iban todos trepando penosamente por profundos barrancos y desmoronadizos cráteres de ceniza volcánica. Los pocos senderos que había eran empinados y angostos, y se perdían en lo alto de las montañas. En cierto momento, 15 muchachos que iban a la cabeza tomados de las manos para apoyarse resbalaron al interior de una grieta y estuvieron a punto de arrastrar consigo al resto de la procesión. Fue una de las noches más largas que Maclnnes pasó en su vida. Cuando el sacerdote por fin se dejó caer rendido en el suelo de piedra de la basílica, al rayar el sol, juró no volver a proponer jamás semejante idea.En 1990 eran notorios los progresos que había hecho el barrio. Gracias a un inmenso depósito de almacenamiento y filtración de agua que se había instalado en un campo situado frente a la iglesia, varios cientos de vecinos disfrutaban ya del agua corriente. Muchas de las endebles casuchas de madera se habían sustituido por firmes construcciones de bloques de concreto, y algunas calles ya tenían pavimento y alumbrado. Todos los días, más de 200 niños tomaban un almuerzo nutritivo en el comedor al salir de clases. Un psicólogo que un buen día pasó por la parroquia en busca de empleo y lo encontró estaba organizando grupos de orientación para padres de familia. Extrovertido y afable, el doctor Marcelo Duque pronto llegó a ser el brazo derecho del clérigo. La influencia de los hampones sobre los vecinos estaba en franca decadencia.Infortunadamente, los matones no eran el único peligro que amenazaba a Maclnnes.EL COMPLEJO de la parroquia estaba rodeado por altas rejas de hierro forjado, y las puertas de todos los edificios eran también de hierro. La casa del padre, situada al fondo del edificio principal, estaba resguardada por una pesada verja exterior que por la noche se cerraba con dos llaves; para ver al sacerdote había que tocar un timbre que había en ella y luego entrar en la casa por la puerta principal. Sin embargo, ni todas estas precauciones podían defender al párroco de asaltantes decididos.Una noche de la primavera de 1990, a eso de la una de la mañana, Maclnnes despertó al oír fuertes golpes en la puerta principal. Un presentimiento lo hizo extremar las precauciones. Fue sigilosamente a la cocina, desde cuya ventana, situada sobre el fregadero, podía observar a quien hubiera llegado ante la puerta después de haber traspasado la verja. Todavía medio dormido, estiró el cuello para mirar y se detuvo en seco al ver entrar el cañón de una pistola por entre los barrotes de la ventana.—¡Usted es el diablo, padre! —oyó decir a una voz conocida en tono amenazador—. ¡Y tengo órdenes de matarlo!Maclnnes se quedó helado. Pese a la oscuridad, reconoció inmediatamente al muchacho. A juzgar por su aliento y su dificultad para articular las palabras, debía de haberse drogado con mariguana y pegamento volátil, como ya lo había hecho en otras ocasiones.El intruso estaba encaramado al otro lado de la ventana en un cajón de madera, sobre la lavadora, apuntando el arma a la cara del padre.Perplejo, Maclnnes se devanaba los sesos para discurrir una manera de salir del apuro. Sabía que el chico había llevado una vida llena de dificultades. El año anterior había robado dinero de una caja de ahorros y, convencido por el padre, fue con él a la comisaría a confesar su delito. Después de este incidente todo pareció marchar bien durante un tiempo, pero, sin que el sacerdote lo supiera, el impresionable y solitario muchacho cayó en las redes de una de las sectas que aún florecían en el barrio.Para no asustar a su nervioso agresor, el padre se fue subiendo muy despacio al fregadero, hasta quedar sentado frente a él.—Hijo, ¿por qué haces esto? —le preguntó con dulzura—. ¿Qué daño te he hecho yo?—Usted es el diablo. Me dijeron que hay que matarlo.—¿Quién te lo dijo? —preguntó el religioso para ganar tiempo y salvar la vida.—Ellos. Tengo que dispararle ya — contestó el chico, la pistola temblando en sus manos.Al padre le esperaba una noche aterradora e interminable. Después de más de tres horas de razonar pacientemente frente al cañón de la pistola, por fin convenció al muchacho, que había ido recuperando la sobriedad, de que guardara el arma y entrara a guarecerse del frío. Ya dentro, el padre le sirvió una taza de té y le dio un poco de dinero para que se fuera a reflexionar a algún sitio apartado del barrio y su pernicioso cebo de drogas y violencia.Alrededor de un año más tarde, un miércoles por la noche después de misa, Maclnnes dejó unos minutos abierta la puerta de su casa mientras iba rápidamente a la iglesia. En su ausencia, un sujeto de unos 20 años entró a hurtadillas y se escondió detrás de la puerta de la cocina. Cuando el sacerdote regresó y cerró la puerta, el intruso le salió al paso amenazándolo con un afilado cuchillo de cocina.Esta vez Maclnnes se puso furioso. Suponía que era otro intento de intimidación de los bravucones... y ya estaba hasta la coronilla. Clavándole la mirada al flacucho jovenzuelo, se irguió cuán grande era y, en un tono desusado en él, le dijo:—Mira, soy más grande y más fuerte que tú, y estoy rodeado de vecinos. ¿Quieres camorra? ¡Adelante!El intruso se amilanó,y al padre no le costó gran cosa convencerlo de que le entregara el cuchillo; cuando lo tuvo en su poder, lo echó con desprecio detrás de la estufa, donde permanece hasta la fecha.LA TRAICION
AL AUMENTAR el número de feligreses de la parroquia, el teléfono y el timbre del padre Maclnnes empezaron a sonar sin cesar. Las quejas, los agravios y las disputas que requerían su consejo o arbitraje parecían no tener fin. El párroco contrató a dos secretarias para que, entre otras cosas, seleccionaran las llamadas telefónicas, muchas de las cuales eran amenazas de sus enemigos. La diócesis envió a la parroquia a varias monjas para que dieran clases a los niños, y en el barrio no faltaban voluntarios para atender el comedor.
Los otros proyectos de la fundación también parecían marchar viento en popa, si bien había algunas dificultades entre Moya y los trabajadores de las obras hidráulicas. El padre recibió quejas de que el ingeniero se comportaba como "director de escuela", de que era difícil trabajar con él y de que no hacía el menor caso de las sugerencias de la gente para mejorar el barrio. Según los rumores más inquietantes, Moya y sus colaboradores cercanos se estaban enriqueciendo con el dinero de la fundación.Aunque Maclnnes empezó a dudar de las intenciones del administrador, no por ello dejaba de comprender las dificultades a las que éste se enfrentaba al lidiar con trabajadores a menudo apáticos y desconfiados. La indolencia con que tomaban el trabajo había sacado de quicio muchas veces al propio párroco. En una ocasión, al haberse fracturado una pierna jugando al fútbol con los niños de la parroquia, durante dos semanas no pudo hacer sus visitas diarias de supervisión a la caja de ahorros, ubicada en el centro del barrio. Cuando por fin se restableció y fue a echarle un vistazo, se quedó estupefacto ante el completo desorden en que la encontró. Como los empleados se habían quedado sin recibos desde hacía más de una semana, decidieron simplemente echar el dinero de todos los ahorradores en una caja de cartón. Maclnnes tuvo que contratar a un auditor y pagarle de su bolsillo para que arreglara el desbarajuste.Cuando interrogó a Moya sobre los rumores, éste defendió acaloradamente su inocencia, pero cada vez saltaba más a la vista que la fundación estaba mal administrada. Los contratistas acudieron al padre para quejarse de que no les habían pagado los materiales ni los servicios, y el ritmo de las obras decayó notablemente. Los amigos y socios de Moya fueron vistos en vehículos que se habían comprado con la aprobación del padre para uso de la fundación. Entonces Maclnnes comenzó a oír rumores de que Moya sustraía dinero de la fundación para pagar comisiones por favores recibidos de sus camaradas en distintas empresas.Aunque al principio el padre se encargaba de transferir cada semana los fondos de la fundación de un banco a otro para incrementar al máximo los intereses, sus crecientes ocupaciones lo obligaron a dejar esta tarea en manos de sus ayudantes. Al poco tiempo ya no sabía dónde estaba el dinero. Le daban a firmar cheques que aparentemente eran para los proyectos de la comunidad, y él lo hacía mecánicamente, lo mismo que con los fondos de la caja de ahorros del barrio.En 1994 ya no era posible pasar por alto las discrepancias contables y Maclnnes decidió tomar medidas drásticas. Pero en vez de denunciar a Moya y arriesgarse a romper una alianza ya frágil, propuso asumir la administración de todos los proyectos de la comunidad y crear otra fundación. Moya se opuso, y el padre comprendió que tenía las manos atadas. El ingeniero había escondido bien el dinero faltante, que excedía de 1 millón de dólares, con ayuda de sus contactos comerciales. En marzo de 1995 el Banco Central de Ecuador se incautó de todos los activos que quedaban y de los intereses que habían producido. La fundación se fue a pique y 220 viviendas se quedaron a medio construir, lo cual dejó a otras tantas familias en condiciones deplorables y sin empleo.Sin pérdida de tiempo, Maclnnes denunció el fraude a las autoridades judiciales y a la policía, pero todos sus esfuerzos para que investigaran y persiguieran el delito fueron en vano. Después de varios meses de no recibir más que promesas que no se cumplían, el padre perdió la esperanza.Cuando se divulgó la historia del sacerdote, Moya pasó a la ofensiva para impedir que lo obligaran a dar cuenta del dinero faltante. Aprovechando que el hermano de su novia era funcionario de policía, acusó al padre de malversación de fondos y negó públicamente haber tomado parte en el desfalco. (No obstante, en el verano de 1996 desapareció y luego se dijo que estaba en Venezuela.)Al enterarse de que Moya lo había implicado en el fraude, el escocés perdió la paciencia. Le bastó una llamada telefónica al servicio nacional de noticiarios para que le permitieran exponer su caso por televisión y denunciar la corrupción de la policía y otras autoridades. Además de poner en evidencia la falta de honradez de Moya, insinuó que tanto el juez al que acudió al principio como la policía habían sido sobornados por aquél para que no intervinieran.Después de su aparición en la televisión, las autoridades guardaron silencio durante algunos días, pero, sin que él lo supiera, el juez, que se sintió difamado, le imputó nueve cargos (entre ellos el de robo, enriquecimiento ilícito, distribución de propaganda contra el gobierno, asociación delictuosa y amenazar por teléfono a Moya, aunque éste no tenía teléfono) y expidió una orden para aprehenderlo.EL LUNES 12 de febrero de 1996 amaneció nublado y lluvioso. Maclnnes empezó a decir la misa de las 8 de la mañana y, como de costumbre, la iglesia estaba abarrotada. Aun después de iniciada la ceremonia, la gente seguía llegando a raudales al interior de la espaciosa nave redonda, algunos con guitarras para acompañar los cánticos. Los niños pululaban por todas partes, al igual que muchos de los perros callejeros del barrio. Había jóvenes a los que se les cerraban los ojos de sueño y que habían hecho un esfuerzo para presentarse con ropa limpia y el pelo negro cuidadosamente atusado con agua. Unas ancianas indígenas apoyadas en bastones llegaron vestidas con coloridos chales y sombreros, el largo pelo entrecano trenzado y atado con vistosos listones. Algunas, rendidas de caminar, no subían hasta la nave y se sentaban resueltamente a rezar al pie de la escalinata. En el estacionamiento contiguo había niños luchando y jugando al fútbol entre risas, músicos tocando y cantando, y comerciantes que vendían flores, frutas y dulces para ayudar a la parroquia pregonando sus mercancías. En San José Obrero la misa era siempre ocasión de fiesta.Pero esta vez todo sería memorablemente distinto. Apenas unos minutos después de las 8, quienes oían misa fuera de la iglesia se alarmaron al ver llegar a varios coches de la policía con las sirenas encendidas, seguidos de algunos vehículos sin distintivos que vomitaban agentes vestidos de civiles. Un autobús con otros 50 agentes uniformados y armados hasta los dientes dobló desde la avenida Eloy Alfaro y abrió las puertas y, por último, llegó una camioneta llena de perros policía.La confusión cundió al instante en la parroquia. Diez de los agentes vestidos de civiles se abrieron paso entre la multitud que ocupaba la escalinata e irrumpieron en la iglesia, mientras los uniformados, apuntando sus armas, ocupaban posiciones para controlar al gentío. Entonces se oyó un grito:—¡Se llevan al padrecito!La gente reaccionó en seguida. Mientras el padre Maclnnes era arrastrado con los lentes a medio caérsele escaleras abajo por sus captores, las campanas empezaron a tañer. Varios feligreses se lanzaron en ayuda del sacerdote y, luego de apartar a los policías, formaron un escudo humano al-rededor de él. Entonces la multitud cerró filas y centenares de manos sujetaron a los policías por todas partes. Les tocaba a éstos alarmarse. Los vendedores ambulantes y los niños se pusieron a arrojarles frutas. Teresa Guayasamín, endeble pero vivaz quiteña de 79 años que trabajaba con el padre desde hacía casi diez, estaba indignada por aquella afrenta, hecha a un hombre al que consideraba un santo. Con el largo cabello plateado recogido en un apretado moño, unos aretes colgantes y un alegre delantal floreado, Teresa era el vivo retrato de la abuela respetable, pero en ese momento cogió firmemente el bastón con las dos manos y la emprendió a bastonazos contra los policías que estaban a su alcance. Al ver que tundirles las espaldas no les hacía mella, comenzó a darles en las espinillas, y vio complacida que esto los ponía a brincar de un lado a otro durante un buen rato. Uno de ellos hasta soltó el arma. No lejos de allí, los policías uniformados observa-ban nerviosamente el espectáculo al tiempo que los iban rodeando cientos de vecinos venidos de quién sabe dónde. Llevando los temblorosos dedos a los gatillos, se pusieron a apuntar las armas primero en una dirección y luego en otra. Y las campanadas seguían resonando por todo el barrio.¡Ay, no,! pensó Maclnnes, haciendo un esfuerzo por mantenerse en pie en medio del tumulto. ¡Esto puede acabar en matanza!—¡Rápido, padrecito! —le gritó un amigo—. ¡A la casa parroquial!HUYENDO DE LA JUSTICIA
UNA VEZ en la relativa seguridad de la casa parroquial, Maclnnes vio con inquietud desde la ventana que el enfrentamiento entre la policía y los vecinos llegaba a un tenso equilibrio. En menos de media hora miles de personas, muchas de ellas armadas, rodearon a los agentes, tomaron rehenes a dos y los encerraron en la oficina de la parroquia. Alrededor de 400 vecinos ocuparon la iglesia y se plantaron frente a una hilera de policías que les apuntaban con sus armas.
—Tengo que volver a la iglesia — dijo Maclnnes, y quienes estaban con él no pudieron detenerlo.En cuanto los fieles se percataron de que el padre estaba otra vez entre ellos, se armó un nuevo alboroto. Los llamamientos del presbítero a la calma se ahogaron en la gritería, y la masa humana volvió a arrastrarlo hasta sus aposentos. La gente, airada, persistía en enfrentarse a la policía. Maclnnes apenas podía dar crédito a las apasionadas muestras de lealtad de sus feligreses. Hombres, mujeres y niños estaban arriesgando la vida por él. Pero tenía que hacer algo para evitar un tiroteo.Mientras pensaba en qué, llegó otro convoy de la policía. Por suerte, esta vez su objetivo era restablecer la calma. La televisión ya estaba allí, transmitiendo el motín en vivo. La policía había subestimado la popularidad del sacerdote extranjero, y lo último que necesitaba el gobierno era que le hicieran más propaganda.Negociando con un altavoz, la policía logró la liberación de los dos agentes prisioneros y a cambio prometió retirarse de inmediato y no tomar represalias contra el padre. Al cabo de una tensa hora, la gente aceptó a regañadientes y los policías se fueron.Sin embargo, los vecinos se quedaron en el atrio hasta el día siguiente por si regresaban, y muchos de ellos acamparían allí todas las noches durante dos meses, hasta convencerse de que no habría más intentos de apresar al sacerdote.Al día siguiente del motín, seis autos particulares se detuvieron a las puertas de San José Obrero al anochecer. Al volante venían otros tantos presbíteros, entre ellos el obispo Julio Terán. Sin pérdida de tiempo condujeron a Maclnnes hasta uno de los vehículos, y luego todos partieron en distintas direcciones. Maclnnes fue trasladado a un lugar secreto en el centro de Quito, donde permanecería oculto un mes.Por cierto, el conductor del coche en que viajaba el padre se perdió en el camino, de manera que se detuvo y le pidió indicaciones a un policía, quien amablemente se las proporcionó.LA VIDA SIGUE
EL PADRE Colin Maclnnes se hizo famoso de la noche a la mañana en todo Ecuador. Los medios de comunicación no dejaban de referirse a su desesperada situación y al incidente entre sus feligreses y la policía. El religioso pronto averiguó que tenía muchos partidarios, no sólo en Quito, sino en todo el país. Muchos lo consideraban símbolo de la lucha de la moral contra una burocracia corrupta e ineficiente. Sin embargo, para el valiente misionero, verse obligado a esconderse era intolerable. Al día siguiente decidió contraatacar de la única manera que conocía. Arriesgándose a que lo capturaran, se presentó en la estación de televisión pública para denunciar la corrupción y la mala administración que privaban hasta en los más altos niveles del sistema judicial.
—¿No teme usted que vengan a aprehenderlo aquí? —le preguntó el entrevistador.—No —contestó el padre—, porque saben perfectamente que soy inocente de esos ridículos cargos, y detenerme sólo demostraría que están en connivencia con el culpable del fraude contra la fundación.Ese mismo día una carta firmada por más de 150 miembros del clero, directores de instituciones oficiales, universidades y por el mismo alcalde de Quito se hizo circular entre los funcionarios de mayor jerarquía del gobierno, los magistrados de la Suprema Corte, el jefe de la policía y los diarios. El documento daba fe de la honradez del padre y del valor de su obra, y exigía que se retiraran de inmediato los cargos que se le imputaban.Al día siguiente más de 1000 simpatizantes se manifestaron frente al edificio de la Suprema Corte para exigir la absolución del padre. Carlos Solórzano, presidente del tribunal, les aseguró que no habría represalias contra el párroco y que lo someterían a un juicio justo.Una semana después, en una entrevista que se publicó en un periódico, Moya volvió a acusar al padre de malversación de fondos, pero, gracias a la opinión pública y a la evidente popularidad del padre, las autoridades estaban reacias a perseguir el supuesto delito; era demasiado arriesgado desde el punto de vista político.Con todo, aun después de otra semana de silencio de las autoridades, quienes protegían al padre juzgaron conveniente que permaneciera oculto. Cuando Maclnnes se comunicó con sus familiares y amigos de Escocia para decirles que se encontraba bien, el asunto se volvió noticia internacio-nal. Algunos de sus allegados lo instaron a abandonar el país mientras podía y a dejar la parroquia en manos de otro presbítero, demasiadas personas del gobierno y la policía ecuatorianos tenían motivos para temer que el padre hablara. Sin embargo, Maclnnes se mantuvo en sus trece.—Hubieras visto la convicción y la lealtad de esa pobre gente —le dijo a un amigo—. ¡Había niños pequeños luchando por mí contra policías armados! No puedo abandonarlos. .Después de un mes de vivir oculto, volvió a la parroquia a plena luz del día.APENAS volvió, se enteró de que le habían puesto precio a su cabeza. Sus enemigos lo querían muerto y también habían amenazado con poner una bomba en la iglesia.—Le dieron una buena suma a un asesino para que lo mate, padre —le dijo un informante—, ¡y le prometieron darle mucho más cuando lo haya hecho!Maclnnes sabe que no puede tomarse estas amenazas a la ligera, y ha pensado incluso en conseguir una pistola. Mientras tanto, hay mucho trabajo que hacer, y él no se dejará intimidar. Así, cuando falta poco para que se cumpla su decimotercer año en el barrio, sigue yendo como siempre a todos los lugares donde lo necesitan."¿Sabe usted?", le explica a un visitante mientras lo guía por una zona del arrabal tan miserable que no hay palabras para describirla, "en retrospectiva, los momentos más satisfactorios y memorables que he vivido aquí han sido cuando nos hemos unido todos para resolver nuestras dificultades". El padre se detiene en lo alto de una árida elevación del terreno para contemplar las endebles casuchas de madera que hace poco han levantado unos nuevos ocupantes ilegales.Esta parte del barrio aún no cuenta con agua corriente. A la orilla del camino sembrado de baches que hay entre las chozas, restos de excremento humano secado por el sol ensucian la hierba marchita, y unos cuantos pollos flacos picotean por aquí y por allá. "La clave para superar esto", dice Maclnnes, "es inculcar el sentido de una comunidad duradera; eso y el trabajo duro, no el temor de Dios ni la fe en los milagros". Luego la expresión del padre se torna sombría. "Hace apenas unas semanas tuve que decir tres misas en un día: una por un chico mestizo al que mataron; otra por el sospechoso, un negro al que lincharon, y otra por los que lo lincharon. Yo sabía que ellos estaban en la ceremonia. Les dije que todos teníamos que pensar qué clase de comunidad queríamos". El escocés suspira profundamente y menea la cabeza. "Pero no sé si mis palabras surtieron efecto. Aún nos queda mucho camino por andar".Por dondequiera que pasa, va repartiendo apretones de manos, cálidos "buenos días" y una que otra palabra de aliento. Y en todas partes lo reciben con sonrisas o abrazos, y los niños se arremolinan muy contentos en torno suyo y le tiran de la ropa.De regreso a su camioneta Toyota de color marrón, lo aborda una anciana indígena que anda con bastón. Sus pies descalzos están deformes y callosos, y lleva el chai de pelo de llama de vivos colores característico de la vestimenta andina. Cuando Maclnnes se le acerca, ella sonríe y le extiende una mano curtida y artrítica.—Buenos días, padrecito —le dice tiernamente con la voz cascada mientras él se inclina para poder oírla—. ¿Me da un consejo...?EN FEBRERO de 1997, un levantamiento popular derrocó el corrupto gobierno de Abdalá Bucaram, durante el cual se incrementaron los precios de los alimentos y del gas y se devaluó la moneda. Tras una semana de protestas multitudinarias en las calles de Quito, el Congreso votó a favor de enjuiciar a Bucaram y nombró a Fabián Alarcón presidente interino hasta las próximas elecciones, que se celebrarán en la primavera de este año.
Entre tanto, la feligresía del padre aún va en aumento, y los hampones casi han desaparecido del barrio. Maclnnes batalla todos los días para reunir dinero, presionar a los funcionarios de policía para que cumplan su deber, planear la construcción de viviendas, decir misas, celebrar bautizos, bodas y sepelios, y atender los incontables problemas personales de su rebaño.El enérgico sacerdote, que todos los días se levanta a las 6 de la mañana y no suele irse a dormir sino hasta pasada la medianoche, no pide ni da cuartel. "Cada día es una aventura", dice con una sonrisa.