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T E M A S










EL JEFE DE LOS COSACOS

Posted: domingo, diciembre 06, 2009

Por Jorge Ortíz


Chechenia había caído en la más pesada rutina (rutina de bombardeos espantosos y de matanzas bíblicas, pero rutina al fin), una noticia -sin confirmar -pareció cambiar el rumbo del conflicto: el jefe de los rebeldes chechenios, un tenebroso bandido que en 1991 lanzó a su pueblo a la aventura sin destino de la secesión de Rusia, había sido muerto o gravemente herido en los alrededores de Grozny, la devastada capital. Eliminado el líder, la guerra en el Cáucaso terminaría en pocas semanas.



¿Terminaría, en realidad, en pocas semanas? Y es que la guerra no empezó el lro de noviembre de 1991, cuando Chechenia declaró su independencia de Rusia. No. Ya en el siglo pasado, bajo el imperio de los zares, casi cuatrocientos mil chechenios murieron en cinco décadas de rebeliones y tumultos, que terminaron en 1864. Y ya en este siglo, tras la revolución bolchevique, los chechenios fueron sistemáticamente perseguidos por Stalin, lo cual no es nada extraño, porque a Stalin le sobraron tiempo y ferocidad para perseguir a diestra y siniestra, como nunca antes ni después se ha perseguido en este turbulento planeta.

Más aún, el tenebroso bandido que en 1991 lanzó a su pueblo a la aventura sin destino de la secesión de Rusia -según el lenguaje oficial de Moscú- es, esta vez, bastante más que un guerrillero audaz o un politiquero ambicioso. El general Dzhojar Dudayev es, más bien, un valeroso aviador que, como comandante de la fuerza aérea soviética en Estonia, se negó a acatar la orden del Kremlin de sofocar por la fuerza, a cañonazos, el movimiento nacionalista que en 1990 desembocó en la liberación de los tres países bálticos.

De regreso a su tierra, este héroe de la desovietización asumió el liderazgo del pueblo chechenio en su lucha por la independencia nacional. Esa lucha se convirtió en una guerra, cada día más sangrienta e inclemente. Dudayev no se quedó en Grozny, en algún bunker a prueba de todo, sino que se lanzó a las estepas, fusil al hombro, como jefe de los cosacos. Y allí habría muerto, peleando, a fines de abril, cuando la ofensiva rusa había cumplido ya la mayoría de sus objetivos militares y se aprestaba a tomar el último bastión de los separatistas: la pequeña ciudad de Bamut.



¿Y al resto del mundo qué le importa todo esto? Pues nada, absolutamente nada. Se entiende que así sea: Chechenia no es más que un insignificante enclave de 15.700 kilómetros cuadrados, en el extremo suroriental de Rusia, fronterizo con Georgia y cercano a Armenia, Turquía y Azerbayán, donde viven un millón y medio de personas, musulmanes sunnitas en su mayoría, con un pasado no remoto de pastores nómadas y de guerreros cosacos. La guerra en el Cáucaso dejó ya veinte mil muertos y heridos y cuatrocientos mil refugiados. Pero eso, ¿a quién le importa?

Se trata, posiblemente, de un problema interno de la Federación Rusa, en que el resto del mundo no tiene arte ni parte. Tal vez. Pero, ¿es comprensible el silencio del mundo ante la forma en que el gobierno ruso está conduciendo el asunto chechenio, con una guerra de exterminio y un uso desproporcionado de la fuerza? En Rusia, las fuerzas democráticas han criticado vigorosamente la intervención en Chechenia, que, en cambio, ha sido resueltamente apoyada por el caudillo ultranacionalista Vladimir Zhirinovsky. Y, ya se sabe, "si el sabio critica, malo; si el torpe aplaude, peor", según la vieja filosofía oriental. Pero en estos tiempos de pragmatismo y metal, la vieja filosofía y la opinión de los sabios, ¿a quién le importa?
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