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T E M A S










PECES QUE ALIMENTARAN AL MUNDO

Publicado el sábado, noviembre 28, 2009

SALMONES DE UN AÑO DE LA COMPAÑÍA MOWI. YA LISTAS PARA TOLERAR EL AGUA SALADA DEL OCÉANO. FOTO: A/S MOWI.

En las escarpadas costas de Noruega se están recogiendo cosechas que contribuirán a resolver el problema mundial de la alimentación

Por Stanley Englebardt


HACE POCOS meses me encontraba a la orilla de un brazo de mar de aguas profundas, en la costa occidental de Noruega, bordeada de fiordos, contemplando un espectáculo que alteraría el pulso de cualquier pescador. Millares de salmones plateados del Atlántico, de unos cuatro kilos, batían la superficie y levantaban una espuma blanca al disputarse los trozos de alimento. Pero no se moleste el lector en indagar la dirección de tan fabulosa pesquería, porque esos voraces salmones constituían el "rebaño" de un criadero situado frente a la isla de Sotra, al oeste de Bergen. Cual aves de un gallinero que se arremolinan alrededor de quien las alimenta, los peces se esforzaban por obtener su parte de capelán, sardinetas y caparazón de camarón que unas máquinas extendían sobre el agua.



El criadero de Sotra, el más extenso de Noruega, es una entre las 200 y tantas pesquerías marinas comerciales de la costa. Las hay pequeñas, operadas por cosecheros que crían unos cuantos miles de salmones o de truchas en uno o dos viveros de red; y enormes, como la de Sotra, donde la compañía Mowi ha embalsado parcialmente dos canales y cultiva más de 300.000 salmones de rápido desarrollo.

La piscicultura se viene practicando desde hace muchos siglos. Los japoneses, avezados en el uso de viveros, son los principales productores de peces de agua salada. Los tailandeses han criado barbos de agua dulce durante más de mil años. Y desde hace varios decenios, Francia, Israel, Escocia y Estados Unidos crían truchas, carpas y barbos de agua dulce en escala comercial. Hoy los criaderos comerciales contribuyen a la provisión mundial con más de cuatro millones anuales de toneladas de pescado, lo cual sólo representa una fracción del potencial de esta industria.

Entre las naciones de Europa, Noruega tiene el mérito de haber sido la primera en practicar en gran escala la piscicultura en agua salada natural. La mayoría de los peces de criadero provienen de estanques de agua dulce fabricados y conductos de hormigón. Su construcción, y mantenimiento, y control de la pureza y temperatura del agua, aumentan en forma considerable la inversión y, por ende, el precio del pescado en el mercado. Sin embargo, la piscicultura marina ha aliviado la preocupación por contar con fuentes confiables de agua, a más de que no exige construcciones de canales o estanques de hormigón. Cierto que el salmón en su primer año de vida, necesita de agua dulce, pero los noruegos suelen cultivar peces que ya han entrado en la etapa del agua salada. Los compran a criaderos —hay unos 50 en el país— que cuentan con suficiente provisión de agua dulce.

De allí que la piscicultura noruega crezca un 25 por ciento cada año. En 1978 produjo 3000 toneladas de salmón y 2300 de trucha iridiscente, la cual es prima cercana del salmón. Casi todo el salmón se vendió a países de Europa Occidental a un precio promedio de seis dólares el kilo.* La Mowi, con sus dos grandes pesquerías marinas, surtió 600 toneladas, alrededor del 20 por ciento del total de exportaciones de salmón. El éxito de la Mowi ha estimulado a otros criaderos a ampliar sus medios, y los peritos calculan que para 1990 Noruega producirá 20.000 toneladas anuales.



Las instalaciones de la Mowi dejan ver cómo la tecnología es capaz de acelerar el ciclo de vida del salmón. En su medio natural inicia la vida como vulnerable huevecillo en las más cristalinas aguas fluviales; tras dos, tres o cuatro años en agua dulce, viaja corriente abajo y luego vaga por el Atlántico cuatro años, hasta que, ya maduros, están en condiciones de reproducirse. Entonces, en agotadora lucha, vuelve aguas arriba al río original, donde pone y fertiliza sus huevos, cuyo desarrollo exige más de cuatro meses hasta salir las crías del huevo, si bien ni siquiera el cinco por ciento sobrevive para entonces.

Los científicos de la Mowi logran que hasta el 40 por ciento de los huevos fertilizados lleguen a su etapa de agua salada. "Puesto que los salmones libres no pueden elegir a sus padres", explica Per Holm, director de ventas, "escogemos a nuestros peces por su tamaño, su resistencia a las enfermedades y su calidad en general". Cuando están ya listos para desovar, en el otoño, se mezclan en un recipiente de plástico los huevos de la hembra y la lecha del macho. Durante cuatro o cinco meses se bañan los huevos fertilizados con una corriente continua de agua dulce; y al cabo de ese tiempo salen unos salmones diminutos y extraordinariamente vivarachos, a los que se les da el nombre de lechigada.

En el criadero reciben, regularmente y por medio de máquinas, un alimento en polvo mucho más nutritivo que el natural; y los glotones pececitos crecen rápido. A los siete meses (la mitad de lo que tardarían en su ambiente natural) alcanzan ya el tamaño de un dedo y se encuentran listos para efectuar, el viaje "río abajo", que se simula cambiándoles poco a poco el agua dulce de la tierra por la salada.

El salmón de un año llega al mar, pero a un seguro brazo costero. Allí, encerrado y protegido por una alambrada doble, se somete a una dieta de pescado molido, mucho más nutritiva que la que hallaría en pleno Atlántico. El agua en que nada es parte de la cola de la Corriente del golfo de México, con una temperatura rara vez inferior a los 4 o C. en invierno, o superior a los 16° C. en verano. La contaminación es escasísima, las mareas no son mayores de un metro y las corrientes constantes traen alimento fresco y echan fuera los desechos; por eso el salmón de criadero crece mucho más de prisa y alcanza mayor tamaño que el de alta mar.



Visité la planta Mowi cierto día en que se atrapaban en redes diez toneladas de salmón que se procesarían y embarcarían para Francia. Era un cuadro de frenética actividad: los trabajadores, calzados con botas y armados de pértigas, remos y cuanto tenían a mano, obligaban a millares de peces a ir hasta las redes. Ya en la planta, a orillas de la rada, los pescados son desangrados y empacados en hielo, todo ello antes de pasada una hora de haber sido recogidos. La forma en que se manejaba al pescado me maravilló.

Einar Jansen, de 36 años de edad, es un pequeño piscicultor, uno de los cada vez más numerosos noruegos que se ganan la vida o que complementan sus ingresos con la piscicultura. Descendiente de varias generaciones de pescadores, Jansen hizo vida de marino después de terminar sus estudios escolares, pero no tardó en darse cuenta de que cada año los botes pesqueros tenían que alejarse cada vez más de las costas y permanecer allí mayor tiempo con objeto de llenar sus bo-degas. Así que decidió probar la piscicultura. Tras recibir orientaciones del Directorio de Pesquerías Noruego, armó seis viveros (redes de nailon de 4 m de fondo, atadas a unos aros flotantes de plástico, de unos 40 de circunferencia) en un fiordo cercano a su vivienda.

El sol matinal calentaba el día en que fui a visitar a los Jansen. La belleza del fiordo me cautivó. A la vista de los pausados movimientos de Einar y de su hijo adolescente, atareados en echar comida a los criaderos, me decía que la piscicultura brinda un estilo idílico de vida para una familia. Mi entusiasmo, sin embargo, disminuyó por la tarde. El sol se debilitó al cubrirlo una salada neblina que llegaba del mar. Me abotoné la chaqueta y busqué refugio al abrigo de una cabaña donde se guardaban los implementos. Los Jansen, en cambio, continuaban entregados al trabajo. Einar, tendido en el muelle y con las manos metidas en el agua, arrancaba las lapas de las redes, pues sus ásperos extremos pueden dañar a los tiernos peces. Su hijo reparaba el embarcadero.

Dado que el piscicultor gasta el equivalente de alrededor de 1,40 dólares por cada cría, otros 1,50 dólares, más o menos, por el alimento, pertrechos y trabajo, y que obtiene más de seis por kilo cuando vende su producto, cabría asegurar que la piscicultura es un negocio magnífico, si bien existe un inconveniente. Parte de la existencia de salmón no llega nunca a la mesa.



"Nuestro principal problema son las enfermedades", me informaba otro criador. El salmón y la trucha iridiscente son especialmente susceptibles a cierta infección bacterial conocida por "vibriosis". Otra amenaza es el piojo marino, que se prende al pez y poco a poco se introduce en su carne. Hace dos años murieron por su causa muchas toneladas de salmón de criadero.

Pese a tales riesgos, los más de los piscicultores ven con gran entusiasmo el futuro de la industria, que se prevé tan favorable, en realidad, que varios peritos en piscicultura están yendo de todo el mundo a Noruega para estudiar directamente la próspera labor piscícola del país. Muchos proceden de naciones carentes de proteínas, como India; otros son de la Unión Soviética, Estados Unidos, Inglaterra o Israel. El caso es que todos regresan convencidos de que es posible criar pez comestible en escala comercial, de forma organizada, científica y lucrativa. Cierto especialista en agricultura noruega reconoce: "No estaremos en condiciones de satisfacer ya todas las necesidades alimenticias del mundo, pero es sólo cosa de tiempo. Pronto la piscicultura comercial contribuirá, tanto como la agricultura, al mercado de comestibles del mundo".


* Noruega misma consume el 80 por ciento de la trucha.