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noviembre 28, 2009

Soñaba con llegar a ser una estrella del fútbol, pero luego nació un pequeño que lo necesitó para algo más importante.
Por Nilah RogersEL FÚTBOL era lo más importante en la vida de Todd Conner, de 14 años, hasta que nació su hermano Allen, el 7 de octubre de 1975. La inquieta criatura, de cuatro kilos, encantó a la futura estrella deportiva y muy pronto Todd rivalizaba con su hermana Lori Ann, de 15 años, en la tarea de ayudar a su madre a cuidar al recién llegado.
Una tarde de noviembre —menos de seis semanas después de nacer el niño— Todd lo tomó en brazos con tanta naturalidad como si fuera una pelota de fútbol. Al bajarlo para colocarlo en la cuna, advirtió que la cabeza del pequeño estaba húmeda de traspiración. Todd extendió uno de sus dedos y cinco deditos pequeños se aferraron a aquel. Entonces, la regordeta mano apretó de pronto la suya con un movimiento convulsivo y el cuerpo de la criatura quedó inánime.―¡Mamá! gritó Todd. "¡Pasa algo malo!"Al no lograr reanimar a su hijito, Carolyn Conner llevó de prisa a Allen desde su hogar, en Conyers (en el Estado norteamericano de Georgia), al Hospital Infantil Henrietta Egleston de Atlanta, a 30 km. Allí los médicos le afeitaron sus rubios rizos y le colocaron en la cabeza unas agujas intravenosas unidas a tubos, sondearon y palparon al niño, y le tomaron radiografías; los ayudantes pincharon sus minúsculos dedos, apretándolos para extraer sangre, y se llevaron las probetas llenas y los portaobjetos con su pizca de sangre debidamente individualizados. Las enfermeras recogieron muestras de orina, midieron cuanto líquido ingería el niño, y le tomaron la presión sanguínea y la temperatura.Dos días más tarde el diagnóstico indicó que Allen tenía dañados los riñones en forma permanente. Las dos válvulas vesicoureterales, en los conductos que van de los riñones a la vejiga, no funcionaban debidamente. Por eso, la orina volvía a entrar en los riñones dañándolos seriamente.Para reparar las válvulas y detener el retroceso era necesario operarlo. Pero era demasiado pequeño y estaba muy débil para tolerar una intervención quirúrgica tan complicada. En cambio, los cirujanos abrieron el abdomen del niño, hicieron una incisión en la vejiga para que el exceso de orina pudiera eliminarse por un catéter. La cirugía mayor no se realizaría hasta que pesara por lo menos unos 7,25 kilos.La primera vez que Todd vio a su hermanito con las agujas colócadas en las venas bajo el cuero cabelludo, se retiró en seguida. "¿Le lastima eso?" preguntó con voz débil. Y aunque su padre, Perry Conner, su madre y las enfermeras le aseguraron que ni siquiera sentía las agujas, a Todd le dolía la cabeza por compasión.REFRESCOS Y GLOBOS
Tras siete semanas en el hospital le permitieron a Allen regresar a casa. La cirugía provisional le había devuelto la vida. Aprendió a sentarse y a andar a gatas. Sin embargo, al cumplir siete meses, todavía pesaba menos que cuando nació.
Un día Todd lo encontró dormido en la sala, y vio que la piel del niño estaba tan blanca como polvo de talco. Una exclamación de Todd atrajo en seguida a su madre. Esta apretó la piel del abdomen del niño entre el pulgar y el índice. En lugar de ser flexible y recobrar su aspecto normal, la piel conservó el doblez formado por el pellizco. "Se ha deshidratado", dijo Carolyn mientras levantaba a Allen y corría hacia el hospital.Esta vez pasaron cinco semanas antes de que los médicos permitieran que el niño volviera a casa, y después que lo hicieron se realizó un consejo de familia. "El nefrólogo dice que es probable que Allen contraiga deficiencias renales... quizá antes de cumplir un año", explicó Carolyn, con voz conmovida.Pero durante las semanas siguientes, con la dieta y una severa medicación, el estado del pequeño se estabilizó. Su cumpleaños llegó y pasó: Todd le organizó una fiesta con pastel, refrescos y globos. Aprendió a andar, a pararse de cabeza, a silbar y a quitarse la ropa. Su pasatiempo favorito era cabalgar por la casa sobre las espaldas de Todd gritando: "¡Arre, caballito!"El 15 de diciembre de 1976, Allen pesaba 7,25 kilos y el nefrólogo de Atlanta le dijo a Carolyn que su pequeño podía ya tolerar la operación de reimplantación de válvulas.Allen sabía desde su primera hospitalización que "perder" los zapatos significaba que a eso seguiría el dolor. Cuando sus padres tuvieron listo a su diminuto hijo para dirigirse al hospital, Todd se hincó e hizo un doble nudo en los cordones de los zapatos de su hermano. "No sueltes los zapatos, muchacho", le dijo afectuosamente. Luego, mientras el auto se alejaba con el niño, que decía adiós con la mano, Todd rezó: Dios querido, déjalo volver, por favor.La operación se realizó normalmente y Allen volvió a casa la víspera de Navidad pesando menos de seis kilos. Su regalo preferido fue un juguete que le regaló Todd: una gran rana verde que podía montar aun cuando se sentía tan mal que le era imposible caminar. Una vez más convirtió a Todd en su cabalgadura, y en su esclavo absoluto.DENLE EL MIO
Alien se sintió bien hasta julio de 1977, en que perdió el apetito. Nada, ni siquiera los ruegos de Todd, pudieron hacerle comer lo suficiente para mantener su peso.
Los médicos dispusieron la alimentación forzada, por un tubo introducido por la nariz hasta el estómago. Gracias a una fórmula de muchas calorías que le suministraban cuatro veces al día, lograron que aumentara un poco de peso y creciera 2,5 centímetros. Entre tanto, los análisis de sangre que se le hacían cada dos días indicaban que sus riñones funcionaban en forma normal.De pronto, en enero de 1978, los análisis revelaron un mayor deterioro. A mediados de ese mes caminaba de manera vacilante y a mediados de febrero comenzó a dar traspiés ocasionalmente. Los Conner lo llevaron de nuevo con un especialista de Atlanta, quien les dijo que el niño tenía una enfermedad de los huesos causada por la insuficiencia renal.En marzo, apenas podía caminar por lo que Todd lo llevaba a cuestas, aunque lo que sabía de su estado le pesaba más que el pequeño. Cada vez que el médico examinaba al niño, Todd insistía en que se le diera una información completa. Veinticinco veces afeitaron la cabeza de Allen para alimentarlo por la vía intravenosa.Llegó una nueva orden del especialista. Allen debía ir al Hospital de la Universidad de Minnesota para someterlo a un tratamiento de hemodiálisis, un procedimiento para limpiar la sangre llamado diálisis para abreviar.Ese hospital tiene fama mundial por los buenos resultados obtenidos en el tratamiento de enfermedades renales en niños pequeños, aseguró Carolyn a la familia. Luego, tras una larga pausa, agregó: "Tendrán que trasplantarle un riñón este verano. Si la operación tiene éxito, le curará también la enfermedad de los huesos".Por un instante Todd no pudo hablar. Luego levantó los ojos para mirar a sus padres.—El mío —dijo—. Quiero darle a Allen uno de mis riñones.—Todd, tu madre y yo pensamos que ibas a ofrecerte como voluntario —replicó su padre—. Pero nos oponemos a ello. Si tú o Lori donan uno de sus ríñones y la operación fracasa, y si luego les pasa algo a ustedes— Se ahogaba al hablar—. Además, con un solo riñón quizá no podrías jugar fútbol.—Eso no me importa —dijo Todd con brusquedad—. Allen necesita un riñón y cuando el avión salga para Minneapolis quiero estar a bordo con él. Tienes que dejar que me hagan las pruebas necesarias.SUEÑOS DE GLORIA
Una semana más tarde, Todd y Lori Ann (que también había ofrecido donar un riñón e insistía en que se le hicieran las pruebas) se hallaban con sus padres en el consultorio del Dr. John Najarian, en el Hospital de la Universidad de Minnesota. "El rechazo es la mayor preocupación", explicó Najarian, "por eso es que estudiamos la compatibilidad de los tejidos. La clasificación de los tejidos se efectúa sobre la base de cuatro constituyentes genéticos llamados antígenos. Para que un donante y un recipiente sean compatibles, es necesario que por lo menos dos antígenos sean exactamente iguales. Cuando cuatro antígenos son iguales entre hermanos, existe entre el 90 y el 95 por ciento de probabilidades de éxito. El porcentaje oscila entre el 70 y el 75 por ciento cuando el donante es uno de los padres y baja al 50 para otros miembros de la familia".
Perry y Carolyn Conner, y Lori, coincidían en dos antígenos. Todd ofrecía las mejores posibilidades: cuatro antígenos... tan parecidos a los de Allen que sólo un gemelo idéntico podía ser más compatible. Los padres dieron su consentimiento para el trasplante.Mientras Allen, de dos años y medio, continuaba su tratamiento de diálisis como paciente externo del hospital, Todd inició las pruebas sicológicas previas requeridas para ese tipo de cirugía. Un día se tocó el tema del deporte. El sicólogo preguntó:—¿Piensas que eres un jugador del fútbol bastante bueno?—Pasable —murmuró Todd.—¿No soñaste nunca en ser el jugador más rápido, o el mejor goleador?—Sí, lo he pensado —la voz de Todd era enérgica, tensa.Cuando terminó la consulta Todd fue a la sección del hospital donde se practicaba la diálisis y se quedó del otro lado de la puerta escuchando el suave zumbido de las máquinas que limpiaban la sangre de su hermano, operación de cuatro horas que se repetía tres veces por semana. Encogió los dedos del pie, como lo haría para un tiro de salida. ¿Cómo adivinó ese médico que soñaba con establecer marcas deportivas? Sí, iba a extrañar los deportes, especialmente el fútbol. Pero podía vivir sin ellos. Y los iba a remplazar algo mucho mejor: el hermanito más maravilloso del mundo.ENCAJE MUY JUSTO
El 10 de mayo de 1978 Todd despertó temprano, mucho antes de las 6:30, hora fijada para la operación. Pese a que se le habían dado unas píldoras para calmarlo, sentía cosquillas en el estómago como en la víspera de un gran partido. Un asistente del hospital abrió la puerta de un golpe con una camilla. El muchacho de 16 años se subió a ella y lo llevaron hacia el quirófano.
Todd, oyó la voz de su hermanito, debilitada por las lágrimas. Un asistente acercó a la suya otra camilla en la cual, bajo una sábana, se dibujaba un pequeño bulto: Allen; estaba blanco y parecía asustado, pero sacó el brazo derecho y, agitándolo, saludó sonriente.Los asistentes rodaron las camillas al mismo elevador. Con las piernas Allen se sacó de encima la sábana, y mostró los zapatos de lona roja... con el cordón atado en un nudo doble. Subió a la camilla de Todd y le rodeó el cuello con sus bracitos.—Desde hoy —dijo Todd con voz enronquecida—, no vas a tener más dolores.—Lo sé —respondió. De pronto el mentón le comenzó a temblar—. Todd, cuando me den una parte de ti ¿te dolerá?Su hermano había sufrido tanto y ahora se preocupaba por él.—No —repuso estrechando más aún a Allen—. No me dolerá porque tú eres mi hermano.La puerta del elevador se abrió, y los asistentes empujaron las camillas hacia quirófanos contiguos.Una docena de médicos y enfermeras vestidos de verde se agruparon en torno a Allen. Se le hizo una incisión en el centro del abdomen y le extrajeron los marchitos riñones. Entonces el Dr. Najarian fue a la sala contigua, donde otro equipo de cirujanos había hecho un tajo que abarcaba la mitad del cuerpo de Todd, en torno a la cintura y de un solo lado, para extraerle el riñón derecho. El Dr. Najarian volvió casi en seguida abrigando en sus grandes manos algo que parecía una reluciente papa mojada. Colocó el riñón en un tazón lleno de una solución estéril para lavarle la sangre y enfriarlo para que lo aceptara mejor el organismo del niño. Entre tanto, cerraron la incisión que le habían hecho a Todd y fue llevado a la sala de recuperación.La cavidad abdominal de Allen parecía demasiado pequeña para contener el riñón de su hermano, que era casi tres veces más grande que el suyo. Fue un encaje muy justo, pero los médicos sabían que poco después de la operación, el órgano se encogería hasta tener el tamaño que necesitaba Allen. Luego, a medida que el niño creciera, el riñón crecería con él a un ritmo normal. Pasaron seis horas antes de que él Dr. Najarian, con una sonrisa de alivió, comunicara a los esposos Conner que el riñón de Todd funcionaba en el cuerpo de Allen.Al día siguiente Todd pidió que lo llevaran al cuarto de Allen. A través de las barandillas de la cama los dos Hermanos se besaron, y repitieron sus nombres una y otra vez. Durante las dos semanas siguientes Allen recibió un suero especial para prevenir el rechazo, administrado por un tubo que le habían colocado en el cuello durante la operación. Después, pasados 14 días, Allen y sus padres regresaron en avión a su casa de Georgia.(Todd había abandonado el hospital una semana antes.)Hoy, Todd practica nuevamente el fútbol con la autorización de su médico. Allen corre por toda la casa en un frenesí de actividad. Una vez al mes su madre lo lleva a una clínica cercana para que le hagan análisis de sangre; los resultados son comunicados por teléfono a Minnesota para el debido control. Allen tendrá que seguir la medicación, para prevenir el rechazo, por el resto de su vida. Pero, gracias al precioso regalo que le hizo Todd, el vivaz pequeño tiene ahora un futuro, la oportunidad de vivir una existencia plena y feliz.