Publicado en
octubre 11, 2026
Estado de Hidalgo, MÉXICO.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la región de Tula y sus alrededores eran un hervidero de movimiento ferroviario y minero. Las familias de los maquinistas y obreros vivían en campamentos temporales junto a las vías principales. Según cuenta la tradición oral de los pobladores locales, en el invierno de 1920, un tren de carga que transportaba carbón y suministros sufrió un descarrilamiento catastrófico debido a un deslave provocado por las lluvias en una curva cerrada.
En el accidente, la hija de uno de los garroteros, una niña de apenas siete años que solía esperar a su padre con la cena, quedó atrapada bajo los pesados vagones de hierro. Pese a los desesperados intentos de los rescatistas por mover la estructura, la línea férrea colapsó aún más, sepultándola en el balasto (la capa de piedra triturada de la vía).
La leyenda cobra vida en las noches cerradas, cuando los operadores de carga moderna o los lugareños cruzan a pie por las paralelas de acero:
A lo lejos, entre la negrura de los durmientes de madera y los matorrales, se divisa la pequeña luz parpadeante de un candil antiguo, como si alguien estuviera alumbrando el camino para indicar un desperfecto en las vías.
Al acercarse para ver quién anda solo en la vía a altas horas de la madrugada, la luz se aleja lentamente. De pronto, se escucha la voz cristalina y triste de una niña que susurra: "¿Me ayudas a empujar? Mi papá se quedó atorado".
Si la persona comete el error de mirar hacia abajo entre las rocas de la vía buscando a la pequeña, no verá a una niña viva. Verá un par de manitas pálidas, con la piel totalmente grisácea y las uñas arrancadas, intentando remover las rocas de basalto desde el interior de la tierra, como si todavía estuviera atrapada bajo el peso del tren.
En ese instante, los rieles de acero bajo tus pies comienzan a vibrar intensamente, emitiendo un zumbido metálico ensordecedor —como si un tren fantasma invisible viniera a toda velocidad directamente hacia ti—, mientras sientes que unos dedos helados te sujetan fuertemente los tobillos impidiéndote huir.
Un reporte extraoficial de un garrotero de la línea interurbana en 2012 relató un suceso que dejó marcado al personal de mantenimiento. Mientras hacían una revisión de rutina con una zorra de vía (vehículo manual de inspección) a la 1:00 AM, el vehículo se detuvo de golpe como si hubiera chocado contra un bulto.
Al bajar con las lámparas para revisar el eje, no había ningún obstáculo físico. Sin embargo, ambos trabajadores afirmaron haber escuchado clarito cómo una risa infantil resonaba por debajo de los rieles, acompañada de un fuerte olor a carbón quemado y aceite de motor antiguo. Al alumbrar la vía, las piedras alrededor de un durmiente presentaban marcas profundas y frescas, como si hubieran sido rasguñadas con fuerza descomunal desde el fondo de la tierra.
Desde entonces, los trabajadores más veteranos de la zona recomiendan llevar siempre un trozo de pan o dulces y dejarlos a un lado de las vías si te toca caminar de noche por los viejos tramos mineros: si escuchas pasos pequeños detrás de ti, nunca voltees a ver hacia abajo.
Fuente del texto: IA Gemini.