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octubre 11, 2026
La primera vez que Silas Veyne intentó hacer un viaje astral no fue por miedo ni porque creyera demasiado en esas cosas. Lo hizo por pura curiosidad. Tenía treinta años y llevaba meses leyendo historias de personas que aseguraban haber visto su propio cuerpo mientras dormían. Al principio le parecía una tontería, incluso se reía de algunas de esas historias, pero poco a poco empezó a preguntarse si de verdad sería posible.
Aquella noche apagó las luces, dejó el teléfono sobre la mesa y se acostó boca arriba. Siguió las instrucciones que había leído en internet y trató de mantener la mente quieta. No esperaba que pasara nada, de hecho estuvo a punto de quedarse dormido varias veces. Entonces, a las 2:17 de la madrugada, sintió que su cuerpo se hacía cada vez más pesado. Después algo le recorrió el pecho, como un tirón muy fuerte que durante un momento le quitó el aire.
Cuando abrió los ojos estaba de pie junto a la cama. Su cuerpo seguía acostado frente a él, respirando con normalidad.
Silas se quedó mirándolo sin entender nada. Levantó una mano y pudo verla perfectamente, movió los dedos para comprobar que no estaba soñando. Escuchaba el refrigerador en la cocina, el viento golpeando afuera y hasta el pequeño ruido que hacía una tubería cada cierto tiempo. Todo parecía exactamente igual que antes, salvo por una cosa, el reloj seguía marcando las 2:17.
Intentó volver a su cuerpo y al principio no pasó nada. Después sintió otra vez aquel tirón en el pecho y pensó que por fin lo había conseguido, pero en lugar de regresar, algo lo arrastró hacia atrás. La habitación empezó a deformarse, las paredes parecían estirarse como si fueran de goma y, de sorpresa, el suelo desapareció debajo de sus pies. Silas cayó en una oscuridad que parecía no terminar nunca.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba en una copia de su habitación, pero algo estaba mal. La cama estaba allí, también el armario y las cortinas, incluso podía reconocer una pequeña mancha que tenía la pared desde hacía años. Sin embargo, las paredes eran demasiado altas y no tenían esquinas. Todo estaba cubierto por una luz gris que parecía venir de ninguna parte.
Caminó buscando la puerta y fue entonces cuando se dio cuenta de que no había ninguna. En su lugar solo había una pared completamente lisa. Entonces escuchó un sonido detrás de él.
Silas se quedó quieto. Pensó que quizás había alguien al otro lado, aunque no entendía cómo podía ser posible. Se acercó un poco y, antes de tocar la pared, escuchó su propia voz.
—No abras.
Silas retrocedió inmediatamente. Sintió que se le helaba todo el cuerpo. No entendía cómo podía estar escuchando su propia voz desde el otro lado de una pared. Pasaron unos segundos. Entonces una segunda voz habló detrás de él.
—Ya está abierto.
Silas se giró tan rápido que casi cayó al suelo, pero no había nadie.
Intentó regresar una y otra vez. Cerraba los ojos, pensaba en su cama, en su cuerpo, en su casa, en cualquier cosa que pudiera llevarlo de vuelta, pero no funcionaba. Caminó durante un tiempo que ya no sabía medir, porque allí no había relojes ni ventanas y tampoco sentía cansancio.
Finalmente entró en otra habitación. Las paredes estaban llenas de fotografías.
Eran fotos de personas dormidas. Algunas parecían muy viejas y otras eran recientes. En todas aparecía una silueta cerca de la cama, una figura demasiado alta y delgada, con los brazos largos colgando casi hasta las rodillas.
Silas siguió mirando, cada vez más nervioso, hasta que encontró una fotografía que le produjo un frío horrible en el estómago. Era él. Estaba dormido en su propia cama.
Se acercó un poco más y vio a la figura inclinada sobre su cuerpo, como si estuviera observándolo. Silas sintió que no podía respirar, pero entonces la fotografía cambió.
Ahora su cama estaba vacía, la criatura seguía allí. Silas dio un paso atrás.
En ese momento entendió algo que le dio todavía más miedo. Aquella fotografía no estaba mostrando algo que había ocurrido antes. Estaba mostrando lo que estaba pasando en ese mismo instante.
Intentó volver con todas sus fuerzas. Esta vez sintió algo parecido a una cuerda tirando de él. Durante un instante volvió a sentir su cama, el peso de su cuerpo y hasta el ruido de la casa, pero no pudo despertar.
En el mundo real, su familia lo encontró inconsciente al día siguiente. Los médicos dijeron que no parecía estar en peligro, respiraba normalmente y no encontraron una explicación clara de por qué no despertaba. Pasaron dos días, luego tres, y Silas seguía exactamente igual.
Una noche, desesperados, decidieron intentar comunicarse con él. Colocaron una grabadora junto a la cama, apagaron las luces y empezaron a hacer preguntas.
—Silas, si puedes escucharnos, responde.
Durante unos segundos solo se escuchó estática. Después apareció una respiración muy débil y finalmente una voz respondió.
—Estoy aquí.
Todos se quedaron en silencio.
—¿Dónde estás?
La respuesta tardó bastante.
—No lo sé.
—¿Puedes volver?
Silas respiró al otro lado de la grabadora y dijo algo que hizo que todos se miraran.
—No me dejan.
Nadie se atrevió a hablar durante unos segundos. Hasta que uno de ellos preguntó:
—¿Quién está contigo?
Silencio.
Después la voz respondió.
—No sé qué es, pero estaba esperando que alguien viniera.
La grabadora se apagó sola.
Pensaron que la comunicación había terminado, pero justo cuando iban a salir de la habitación escucharon algo que los hizo quedarse quietos. Desde el interior de la grabadora volvió a escucharse la voz de Silas, aunque esta vez sonaba mucho más débil.
—No vuelvan a llamarme.
Después se escuchó un ruido muy bajo, como si alguien estuviera respirando demasiado cerca del micrófono.
La grabación terminó. Nadie volvió a intentar comunicarse con él.
Silas permaneció dormido durante semanas y nunca volvió a despertar. Sin embargo, una de las personas que estuvo aquella noche en la habitación empezó a tener sueños extraños. Soñaba que caminaba por su propia casa, pero siempre terminaba frente a una pared que no existía en la realidad.
Una noche escuchó unos sonidos detrás de ella. No quiso acercarse, pero entonces escuchó una voz que reconoció inmediatamente.
Era su propia voz.
—No abras.
La persona se quedó paralizada. Entonces escuchó otra voz detrás de ella.
—Ya está abierto.
Se despertó gritando.
Desde aquella noche nunca volvió a dormir con la puerta de su habitación cerrada y tampoco volvió a mirar un reloj cuando eran las 2:17. Porque finalmente había entendido algo que Silas nunca llegó a comprender.
Aquel lugar no era un sitio al que uno viajaba cuando abandonaba su cuerpo. Era un lugar que estaba esperando que alguien dejara una parte de sí mismo afuera. Y una vez que encontraba una entrada, ya no necesitaba que nadie la abriera otra vez.
Fuente del texto: Relatos de Terror