LA MALDICIÓN DE LA BRUJA DE LA MORGUE
Publicado en
octubre 28, 2026
Hay cosas que suceden dentro de un hospital que ni siquiera el personal médico puede explicar. Lugares donde la vida y la muerte se encuentran separadas por una línea tan delgada que, algunas noches, parece desaparecer por completo. Y aunque los médicos están acostumbrados a enfrentarse a situaciones extremas, existen acontecimientos que dejan una marca imborrable en quienes los presencian.
Soy enfermera y lo que voy a contarles ocurrió hace casi veinte años, cuando trabajaba en el área de emergencias de un hospital. Durante mucho tiempo guardé silencio sobre aquella experiencia, pero hay recuerdos que, por más años que pasen, siguen provocando escalofríos. Lo que comenzó con la llegada de una anciana aparentemente inofensiva terminó convirtiéndose en uno de los sucesos más aterradores que he presenciado en mi vida.
Todo ocurrió una noche en la que el servicio de emergencias estaba bastante ocupado. Entre los pacientes que recibíamos se encontraba una señora de avanzada edad, cuya apariencia llamaba la atención. Parecía desorientada, llevaba la ropa descuidada y tenía el aspecto de alguien que llevaba mucho tiempo viviendo en la calle, aunque nunca llegué a saber si realmente era así.
Al principio, nadie le dio demasiada importancia. Sin embargo, sin que supiéramos cómo había llegado hasta allí, la anciana se dirigió hacia una de las salas de máxima urgencia, donde varios pacientes estaban siendo atendidos por el personal médico.
De pronto, se detuvo frente a tres personas que permanecían acostadas en sus respectivas camillas. Levantó lentamente el brazo, las señaló una por una con el dedo y, con una voz que hizo que todos volviéramos la mirada hacia ella, pronunció unas palabras que jamás olvidaré.
—Tú, tú y tú... hoy morirán.
Durante unos segundos, nadie supo cómo reaccionar. Pensamos que se trataba de una mujer con algún trastorno mental, pero lo que hizo después nos dejó helados. Comenzó a gritar cada vez más fuerte, repitiendo una y otra vez las mismas palabras.
—¡Hoy morirán! ¡Hoy morirán! ¡Todos morirán!.
El personal de seguridad llegó rápidamente y trató de sacarla de la sala. La anciana se resistía y continuaba gritando mientras los guardias la conducían hacia la salida del hospital. Finalmente, consiguieron expulsarla a la calle.
Cuando todo quedó en silencio, nos miramos unos a otros, todavía desconcertados por aquella escena. Algunos comentaron que la mujer necesitaba ayuda psiquiátrica, mientras otros simplemente intentaron olvidarse del incidente y continuar trabajando.
Pero entonces ocurrió algo que cambió por completo nuestra manera de recordar aquella noche.
Poco tiempo después, los tres pacientes a quienes la anciana había señalado fallecieron.
Lo más desconcertante era que, según los informes y las valoraciones que se habían realizado, los tres habían respondido favorablemente al tratamiento. El personal médico había conseguido estabilizarlos y, hasta donde sabíamos, ninguno se encontraba en una situación que hiciera prever una muerte tan repentina.
La noticia cayó como una bomba entre quienes habíamos presenciado lo sucedido. No podíamos dejar de recordar el dedo de aquella mujer señalando a cada paciente y su voz repitiendo que morirían ese mismo día.
Fue entonces cuando comenzaron los rumores. Algunos empleados aseguraban que aquella anciana no era una mujer común, sino una bruja que había anunciado la muerte de aquellas personas antes de que ocurriera.
La dirección del hospital ordenó reforzar la seguridad en la entrada de emergencias para impedir que la mujer regresara. Durante los dos días siguientes, el asunto fue el tema de conversación entre médicos, enfermeras y empleados, aunque nadie podía ofrecer una explicación convincente de lo sucedido.
Creímos que todo había terminado con su expulsión, pero estábamos muy equivocados.
Dos noches después, durante el turno nocturno, unos gritos comenzaron a escucharse desde uno de los pasillos más solitarios del hospital. Era un corredor poco transitado, con una iluminación tenue, que conducía directamente al área de la morgue.
Los gritos eran tan fuertes que varios trabajadores interrumpieron sus labores. Cuando el personal de seguridad acudió a investigar, encontró a la misma anciana caminando por aquel pasillo oscuro.
Nadie comprendía cómo había conseguido entrar de nuevo. La vigilancia se había reforzado precisamente para evitar que algo así ocurriera y, aun así, allí estaba ella, como si las puertas y los guardias no hubieran representado ningún obstáculo.
La mujer señalaba hacia la morgue y gritaba con una furia estremecedora:
—¡Ningún muerto que esté en este lugar podrá descansar en paz! ¡Ninguno! ¡Ningún muerto de aquí descansará en paz!.
Los guardias intentaron sujetarla, pero la anciana se resistía con una fuerza desproporcionada para su edad. Forcejeaba, gritaba y se sacudía de tal manera que fueron necesarios cinco hombres de seguridad para reducirla.
Mientras la arrastraban por el pasillo hacia la salida, ella continuaba lanzando la misma amenaza.
—¡Ningún muerto de ese lugar descansará en paz!.
Finalmente, consiguieron sacarla del hospital y entregarla a las autoridades. Después de aquella noche, nunca volvimos a saber qué ocurrió con ella. Algunos suponían que la habían internado en un hospital psiquiátrico, pero nadie pudo confirmarlo.
Lo que sí recuerdo es que, a partir de entonces, el temor se apoderó de buena parte del personal. Ya no se hablaba únicamente de las tres muertes, sino también de las palabras que aquella mujer había pronunciado frente a la morgue.
Y fue precisamente allí donde ocurrió lo más aterrador.
Pasaron varios días sin que sucediera nada fuera de lo normal. Poco a poco, los trabajadores intentamos regresar a nuestras rutinas, aunque muchos evitábamos pasar solos por el pasillo de la morgue durante la noche.
Hasta que una compañera que trabajaba en esa área vivió una experiencia que la dejó traumatizada.
Aquella noche estaba preparando uno de los cadáveres para entregarlo a sus familiares. Se encontraba concentrada en su trabajo y tenía otro cuerpo sin vida sobre una camilla situada detrás de ella. Según nos contó después, todo estaba tranquilo, hasta que escuchó un movimiento brusco a sus espaldas.
Cuando se volvió, el cadáver se había incorporado de golpe.
La mujer apenas tuvo tiempo de reaccionar. El cuerpo lanzó un grito espantoso que resonó por toda la morgue, despertando la alarma entre los trabajadores que se encontraban cerca. Mi compañera quedó paralizada por el terror y sintió que el corazón se le salía del pecho.
Pero aquello no terminó ahí.
Delante de sus ojos, el cuerpo se deslizó hasta el borde de la camilla, bajó al suelo y dio varios pasos torpes, como si intentara caminar sin saber cómo hacerlo.
Mi compañera retrocedió, incapaz de comprender lo que estaba viendo. Otros empleados llegaron corriendo al escuchar los gritos y encontraron una escena que ninguno pudo explicar.
El cadáver terminó desplomándose en el suelo y quedó nuevamente inmóvil.
Cuando el personal se acercó para examinarlo, no encontraron señales de que hubiera recuperado la vida. Todo indicaba que seguía muerto.
La noticia se extendió rápidamente entre los trabajadores del hospital. Algunos se negaban a creerla; otros aseguraban que algo sobrenatural había ocurrido en aquella morgue. Lo cierto es que el testimonio de mi compañera, sumado a la reacción de quienes acudieron tras escuchar el grito, provocó un enorme revuelo.
La dirección del hospital intervino y prohibió estrictamente divulgar lo sucedido. Nadie quería que el incidente llegara a oídos de los familiares de los pacientes ni que se convirtiera en un escándalo público.
Sin embargo, por mucho que intentaran mantenerlo en secreto, el miedo ya se había instalado entre nosotros.
Muchos comenzaron a relacionar aquel episodio con las amenazas de la anciana. Recordaban sus gritos en el pasillo, su mirada furiosa y aquellas palabras que había repetido antes de que se la llevaran: "¡Ningún muerto de ese lugar descansará en paz!".
Así fue como nació la leyenda de La Maldición de la Bruja de la Morgue.
Con el paso de los años, el incidente dejó de mencionarse abiertamente. Algunos de los trabajadores que lo vivieron se marcharon del hospital y otros continuaron allí, tratando de convencerse de que todo había tenido una explicación que simplemente desconocían.
Han pasado casi veinte años desde aquella noche. Nunca volví a ver a la anciana y, hasta donde sé, un suceso semejante no volvió a repetirse en aquel lugar.
Aun así, cada vez que recuerdo aquella experiencia, hay algo que sigue inquietándome. No puedo asegurar quién era realmente aquella mujer ni explicar lo que ocurrió con aquel cadáver. Tampoco puedo afirmar que existiera una maldición, aunque muchos de mis compañeros terminaron convencidos de ello.
Pero hay algo que jamás olvidaré: yo estaba allí cuando aquella anciana señaló a tres pacientes y anunció que morirían. También supe de primera mano el miedo que se apoderó del hospital después de lo sucedido en la morgue.
Y aunque han pasado tantos años, todavía me pregunto cómo logró entrar aquella mujer por segunda vez, con la seguridad reforzada y los guardias vigilando las entradas.
Porque, si realmente era una anciana desorientada, como todos pensamos al principio, ¿cómo pudo anunciar tres muertes que nadie esperaba y qué fue lo que ocurrió realmente en aquella morgue?
Son preguntas que siguen sin respuesta. Y quizá sea mejor que permanezcan así, porque hay cosas que, incluso dentro de un hospital, donde creemos que todo puede explicarse, nos recuerdan que no siempre tenemos todas las respuestas.
Fuente del texto:
Relatos de Terror