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octubre 10, 2026
En marzo de 1922, la granja Hinterkaifeck estaba aislada entre campos y bosques de Baviera, Alemania. Allí vivían Andreas Gruber, su esposa Cäzilia, su hija Viktoria, los dos hijos de ella, Cäzilia y Josef, y la nueva criada, Maria Baumgartner. Era un lugar apartado, de esos donde cualquier ruido durante la noche podía parecer más fuerte de lo normal, pero en los días anteriores a la tragedia habían ocurrido cosas que hicieron que la familia empezara a sentirse incómoda.
Andreas Gruber había contado a algunos vecinos que había encontrado huellas en la nieve que conducían desde el bosque hasta la granja, pero que no encontraba huellas de regreso. También había hablado de ruidos y pasos que parecían venir del ático. Los registros posteriores recogen además que había habido señales de un posible intento de entrada en una de las construcciones de la propiedad. Sin embargo, nadie llegó a descubrir quién había estado allí.
El 31 de marzo, Maria Baumgartner llegó a Hinterkaifeck para comenzar su trabajo como criada.
En algún momento de esa noche, alguien atacó a los seis habitantes. Cuatro de ellos fueron encontrados en el granero y dos dentro de la vivienda. Todos presentaban graves heridas en la cabeza y la investigación determinó que el arma utilizada había sido una herramienta de la propia granja. Pero lo que ocurrió después resulta todavía más difícil de explicar.
Durante los días siguientes, nadie acudió a la granja. Los vecinos comenzaron a notar que algo no estaba bien, aunque desde el exterior no podían saber qué había sucedido. El martes 4 de abril, casi cuatro días después de los asesinatos, tres vecinos entraron finalmente en la propiedad y descubrieron los cuerpos.
Entonces los investigadores encontraron algo extraño.
Los animales seguían vivos. Habían sido alimentados y las vacas habían sido ordeñadas. En la casa había señales de que alguien había comido y utilizado la cocina. También había indicios de que una cama había sido utilizada recientemente y se había observado humo saliendo de la chimenea después de la fecha en que se suponía que todos los habitantes habían sido asesinados.
Eso significaba que, después de la masacre, alguien pudo haber permanecido en la propiedad. Alguien había estado allí mientras seis cadáveres permanecían ocultos en la granja.
La investigación no consiguió determinar quién era. Tampoco pudo establecerse con certeza qué ocurrió durante aquellas horas posteriores a los asesinatos. En el ático encontraron señales que durante décadas alimentaron las sospechas de que alguien pudo haberse escondido allí: había marcas en el heno que parecían corresponder a personas acostadas y zonas desde las que era posible observar el patio.
La granja fue finalmente demolida en 1923. Durante los trabajos apareció escondida bajo una parte del suelo del ático el arma que había sido utilizada en los asesinatos, una herramienta que pertenecía a la propia propiedad.
Nunca se pudo demostrar quién cometió los crímenes.
Con el paso de los años aparecieron sospechosos, teorías y nuevas interpretaciones, pero ninguna consiguió resolver definitivamente el caso. Lo único que permanece con certeza es que seis personas fueron asesinadas en aquella granja aislada y que, durante un tiempo después de sus muertes, alguien aparentemente siguió utilizando el lugar.
Y quizá esa sea la parte más aterradora de todo.
Porque cuando los vecinos finalmente llegaron a Hinterkaifeck, no encontraron solamente una casa llena de cadáveres. Encontraron una granja que, de alguna manera, parecía haber seguido funcionando. Como si alguien hubiera decidido quedarse allí.
Fuente del texto:
Relatos de Terror