EL TÚNEL DEL DIABLO DE LA LÍNEA 3
Publicado en
octubre 22, 2026
Caracas, VENEZUELA.
Durante la construcción de las primeras líneas del Metro de Caracas a finales de la década de 1970 y principios de los 80, los obreros e ingenieros tuvieron que perforar extensos túneles bajo las barriadas más antiguas y colinas inestables de la ciudad. Durante las excavaciones cerca del sector de Caño Amarillo, la maquinaria topadora rompió una grieta que conectaba con una antigua quebrada subterránea embaulada en la época de la colonia.
Cuenta la historia no oficial entre los trabajadores del transporte que en 1982, un grupo de cuatro electricistas descendió a esa bifurcación técnica fuera de servicio durante una ventana de mantenimiento de madrugada. Tras una falla repentina en los generadores portátiles, el túnel quedó en penumbra total. Solo uno de los obreros logró salir a la superficie, corriendo descalzo por la vía electrificada, totalmente aterrorizado. Sus otros tres compañeros jamás aparecieron, a pesar de que la red era un circuito cerrado sin salidas secundarias abiertas.
La leyenda cobra vida para los inspectores de vía, personal de limpieza o exploradores urbanos que recorren ese tramo técnico pasadas las 2:00 AM:
El rugido distante del ventilador de extracción se apaga de golpe. En medio de la negrura empieza a resonar un goteo lento pero pesado sobre las piedras del balasto: clanc... clanc... clanc... No suena como agua cayendo sobre tierra, sino como líquido denso golpeando contra rieles de acero.
Si alumbras con una linterna hacia la pared de concreto del túnel, la luz perderá potencia rápidamente, dejando apenas un halo rojizo. Desde las alcantarillas de drenaje lateral se escucha un sonido áspero de guantes de trabajo de carnaza raspando las paredes de concreto, como si alguien caminara a gatas a toda velocidad en la oscuridad.
De la nada, en la nuca, se siente una corriente de aire helado que huele a cable quemado, aceite de tren y tierra húmeda de fosa. Un silbato de obrero antiguo empieza a sonar rasposo, como si quien lo sople tuviera los pulmones llenos de agua o cieno.
Si se apunta el haz de luz directamente hacia el nicho de donde proviene el silbato, se verá una figura humana hecha de sombras y cables retorcidos, con un casco de construcción amarillo destruido y un rostro hundido sin ojos que, al recibir la luz, abrirá una boca enorme para emitir un chillido electrónico que apagará la linterna y desorientará, a la persona, por completo en la penumbra.
En octubre de 2017, durante una revisión de rutinas de rieles entre Caño Amarillo y Agua Salud a las 3:15 AM, un técnico veterano de la compañía se separó unos metros de su grupo para revisar un gabinete de señalización.
Al no responder por la radio, sus compañeros retrocedieron para buscarlo. Lo encontraron a cincuenta metros de distancia, dentro de una alcantarilla de servicio cuyo acceso de seguridad estaba trabado con candado por fuera. El hombre estaba apretado en el hueco en posición fetal, con la linterna rota a sus pies. Cuando lograron cortar la cadena y sacarlo, el técnico no podía hablar y mostraba en su uniforme de trabajo tres marcas de manos sucias y quemadas profundamente estampadas en la tela de la espalda, como si alguien lo hubiera empujado a la fuerza hacia el interior del nicho.
Renunció esa misma semana y hasta el día de hoy, los trabajadores nocturnos de la red prefieren no ingresar a ese tramo si no es en grupos de al menos tres personas y llevando luces halógenas de alta potencia.
Fuente del texto: IA Gemini.