EL HOMBRE QUE SILBABA EN EL CAFETAL
Publicado en
octubre 29, 2026
En un cantón de Chalatenango vivía don Julián, un campesino que todos los días salía antes del amanecer para trabajar en su milpa. Para llegar tenía que cruzar un cafetal y pasar junto a una casa abandonada donde, según los vecinos, había muerto un hombre muchos años atrás.
Una mañana, mientras caminaba con su cuma al hombro, escuchó que alguien silbaba detrás de los cafetos. Era un silbido corto, como el que usan los campesinos para llamarse de un terreno a otro.
Julián se detuvo y contestó con otro silbido, creyendo que era algún conocido. Nadie respondió, pero cuando siguió caminando, volvió a escucharlo. Esta vez sonaba más cerca.
—¿Quién anda ahí?, —preguntó.
Entre las matas apareció un hombre alto, vestido con pantalón oscuro y una camisa vieja. Tenía el sombrero hundido hasta las cejas y permanecía quieto, mirándolo.
Julián le preguntó si buscaba a alguien. El desconocido no contestó; solamente levantó la mano y señaló hacia la casa abandonada.
El campesino no quiso seguir perdiendo tiempo y tomó el camino de la milpa.
Cuando llegó, encontró a su compadre Mateo esperándolo junto a la cerca. Le contó lo sucedido y le describió al hombre.
Mateo se puso pálido.
—Julián, ese hombre murió hace como veinte años. Lo encontraron colgado de un árbol, ahí mismo, detrás de esa casa. Mi papá fue quien lo bajó.
Julián soltó una risa nerviosa, diciendo que seguramente había confundido a alguien. Sin embargo, al mediodía, cuando regresaba a su casa, encontró unas huellas sobre el camino de tierra.
Eran las marcas de unos pies descalzos que venían desde la casa abandonada. Lo extraño era que las huellas no continuaban hacia ningún lado: terminaban justo frente a la puerta de su terreno.
Esa noche, Julián cerró bien las ventanas y se acostó temprano. Cerca de la medianoche escuchó tres silbidos afuera de su casa. No se levantó. Entonces alguien llamó a la puerta.
—¡Julián! Abrime, hombre. Soy yo.
Era la voz de su compadre Mateo.
Julián se acercó a la ventana, pero no se atrevió a abrir. Al mirar por una rendija, vio al hombre del cafetal parado bajo el corredor, con el sombrero cubriéndole la cara. Y detrás de él, tirado en el suelo, estaba Mateo, inmóvil, con la camisa empapada de sangre.
El desconocido levantó lentamente la cabeza y habló con la misma voz de su compadre.
Fuente del texto:
Relatos de Terror