Publicado en
octubre 16, 2026
Buenos Aires, ARGENTINA.
Inaugurada en 1913, la Línea A del subte de Buenos Aires es la más antigua de Latinoamérica. Sus túneles originales fueron excavados a zanja abierta y revestidos con gruesos ladrillos, conservando durante décadas esa atmósfera victoriana de hierro forjado, humedad y bombillas amarillas.
Pero la historia más oscura no está en los vagones de madera originales (las famosas "Brujas"), sino en un viejo mito que los conductores más antiguos de la madrugada se cuentan entre susurros. A finales de los años 60, un músico callejero de tango que solía tocar el bandoneón en los andenes de la línea desapareció una medianoche tras perderse en las vías de servicio. Nunca encontraron su cuerpo, pero desde entonces, los maquinistas que realizan el último recorrido de traslado de formación sin pasajeros (conocido como el tren de blanco o de servicio) aseguran que el túnel entre Castro Barros y Río de Janeiro tiene dueño.
La leyenda cobra forma para los trabajadores o choferes que cruzan este tramo pasadas las 2:00 AM, cuando la red ya está cerrada al público y la corriente eléctrica principal se desvía:
El tren avanza a baja velocidad por la oscuridad del túnel. De repente, por encima del chirrido metálico de las ruedas, se empieza a escuchar el fuelle pesado de un bandoneón tocando una melodía lenta, triste y desafinada.
Si el conductor mira hacia los nichos de servicio o los pasadizos de emergencia excavados en el muro de ladrillo visto, verá la silueta de un hombre encorvado, vestido con un traje formal antiguo y un sombrero de fieltro gastado, apoyado contra la pared de piedra con el instrumento en las manos.
Lo verdaderamente aterrador ocurre si el maquinista, por reflejo o nerviosismo, intenta tocar la bocina o reducir aún más la velocidad. En ese instante, las luces del convoy se apagan por completo y el tren sufre una frenada de golpe, como si hubiera impactado contra un muro invisible.
Durante los segundos en que la formación queda a oscuras, el sonido del bandoneón deja de sonar a lo lejos y se traslada adentro del vagón, resonando directamente junto a los oídos del chofer, mientras un aliento helado y con olor a tabaco viejo recorre la nuca del personal.
En una madrugada de invierno de 2015, el operador de un tren de mantenimiento que trasladaba material rodante hacia el taller de Polvorines vivió una experiencia límite en ese mismo sector.
El hombre relató en el parte interno que, al aproximarse a Castro Barros, vio a una persona parada en medio de las vías haciendo señas con una linterna apagada. Obligado a aplicar el freno de emergencia para evitar un atropello, la formación se detuvo de golpe. Al descender con la linterna de mano para revisar el frente del tren, no había absolutamente nadie sobre los rieles. Sin embargo, al voltear hacia la pared del túnel, encontró una tiza blanca con la que alguien había escrito una fecha de 1968 sobre el ladrillo húmedo, y al subir de regreso a la cabina, el asiento del conductor estaba completamente empapado de agua fría, a pesar de que el túnel estaba seco.
Hoy en día, los motorman veteranos de la línea A evitan mirar por las ventanillas laterales cuando transitan por ese tramo de madrugada: si escuchas un tango a través de los hierros cuando el subte ya está cerrado, jamás mires hacia los nichos de los ladrillos.
Fuente del texto: IA Gemini.