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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    HTML56

    T E M A S








































































































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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    CICLO DE LA PUERTA DE LA MUERTE Vol.VI - EN EL LABERINTO (Margaret Weis & Tracy Hickman)

    Publicado el domingo, mayo 02, 2010
    CAPITULO 1
    ABARRACH
    Abarrach, mundo de piedra, mundo de oscuridad iluminada por el fuego del mar de magma fundido, mundo de estalagmitas y estalactitas, mundo de dragones de fuego, mundo de aire ponzoñoso de vapores sulfurosos, mundo de magia...
    Abarrach, mundo de los muertos.
    Xar, Señor del Nexo y, ahora, Señor de Abarrach, se recostó en el asiento y se restregó los ojos. Las estructuras rúnicas que estaba estudiando empezaban a hacerse borrosas. Había estado a punto de cometer un error (algo inexcusable), pero se había dado cuenta a tiempo y lo había enmendado. Cerró los ojos, doloridos, y repasó mentalmente la estructura una vez más.
    Empezar por la runa del corazón. Conectar el pie del signo mágico a la base de una runa contigua. Inscribir los signos en el pecho, ascendiendo hasta la cabeza. Sí, allí era donde se había equivocado las primeras veces. La cabeza era importante, vital. Después, trazar las rimas sobre el tronco y, finalmente, sobre brazos y piernas.
    Un trabajo perfecto. Xar no apreció el menor fallo. En su imaginación, ya veía levantarse y revivir el cuerpo muerto en el que había estado afanándose. Una forma de vida corrupta, era cierto, pero muy provechosa. El cadáver resultaba mucho más útil así que si se hubiera descompuesto bajo tierra.
    Xar mostró una sonrisa de triunfo, pero la mueca tuvo en su rostro una vida aún más corta que la de su imaginario difunto. Sus pensamientos siguieron, más o menos, esta secuencia:
    Soy capaz de resucitar a los muertos.
    Al menos, estoy bastante seguro de poder resucitar a los muertos.
    Pero no puedo estar seguro.
    Allí estaba el freno a su entusiasmo. No disponía de muertos a quienes resucitar. O mejor dicho, disponía de demasiados. Pero no lo bastante muertos.
    Presa de la frustración, Xar descargó las manos sobre la enrevesada estructura de signos mágicos.
    Las tabas rúnicas se estremecieron, resbalaron de la mesa y se precipitaron al suelo.
    El Señor del Nexo no prestó atención a las fichas. Siempre podía recomponer la estructura. Una y otra vez. Ahora, la conocía tan bien como la magia para invocar el agua. Aunque, para lo que le había de servir...
    Xar necesitaba un cadáver, un cuerpo que llevara muerto no más de tres días y que no hubiese caído en poder de aquellos malditos lázaros Irritado barrió la mesa con el brazo, arrojando al suelo las pocas tabas rúnicas que aún quedaban sobre ella.
    Abandonó la estancia que utilizaba como estudio y se dirigió a sus aposentos privados. De camino, pasó por la biblioteca y allí encontró a Kleitus, el dinasta, antiguo gobernante (hasta su muerte) de Necrópolis, la ciudad más extensa de Abarrada. A su muerte, Kleitus se había convertido en un lázaro, uno de aquellos muertos vivientes. Desde entonces, la horrenda forma del dinasta —que no estaba vivo ni muerto— vagaba por los corredores y salones del palacio que una vez había sido suyo. El lázaro creía que seguía siéndolo y Xar, pese a saber que no era así, no veía ninguna razón para sacar a Kleitus de su error.
    El Señor del Nexo se preparó para hablar con el Señor de los Muertos Vivientes. Xar había combatido a muchos enemigos terribles durante sus esfuerzos por liberar a su pueblo del Laberinto. Dragones, lobunos, caodines y otras fieras...
    Xar no temía a ninguno de los monstruos que el Laberinto pudiera crear. No temía a ningún ser vivo. Aun así, no pudo evitar un nudo en las entrañas cuando contempló el rostro del lázaro, como una horrible mascara mortuoria en permanente cambio, y vio el odio en su mirada. El odio que los muertos sienten por los vivos en Abarrach.
    Los encuentros con Kleitus no resultaban nunca agradables, y Xar solía evitar al lázaro. Al Señor del Nexo le resultaba incómodo hablar con un ser que sólo tenía una idea en su mente: la muerte. La muerte de su interlocutor.
    Los signos mágicos de la piel de Xar emitieron un leve resplandor azulado, para defenderlo de un posible ataque. La luz azul se reflejó en los muertos ojos del dinasta, que emitieron un destello de disgusto. El lázaro había intentado matar al patryn en una ocasión, a su llegada a Necrópolis. El combate entre ellos había sido breve y espectacular. Kleitus no había vuelto a intentarlo, pero soñaba con ello durante las interminables horas de su atormentada existencia. Y nunca dejaba de mencionarlo cuando vían a encontrarse.
    —Algún día, Xar —dijo Kleitus, el cadáver parlante—, te cogeré por sorpresa, Y entonces te unirás a nosotros.
    —... a nosotros —repitió el triste eco del alma del lázaro. Las dos partes del muerto siempre hablaban juntas, aunque el alma iba un poco más lenta que el cuerpo.
    —Debe de ser magnífico para ti tener todavía un objetivo —replicó Xar con cierta acritud. No podía evitarlo: el lázaro lo ponía nervioso. Pero el Señor del Nexo necesitaba ayuda, información, y, hasta donde él sabía, Kleitus era el único que podía proporcionársela—. Yo también tengo uno. Un objetivo que me gustaría tratar contigo... si tienes tiempo para ello, claro. —El nerviosismo de Xar provocó el comentario sarcástico.
    Por mucho que se empeñara, el patryn era incapaz de mantener durante mucho rato la mirada fija en el rostro del lázaro. Era el rostro de un cadáver, de un cadáver asesinado, pues Kleitus había muerto a manos de otro lázaro y, a continuación, había sido devuelto a aquella existencia penosa. El rostro era en ocasiones el de un cuerpo que llevaba mucho tiempo muerto y luego, de pronto, adquiría las facciones que Kleitus tenía cuando estaba vivo. La transformación se producía cuando el alma penetraba en el cuerpo y pugnaba por renovar la vida y por recuperar lo que una vez había poseído. Frustrados sus intentos, el alma fluía Riera del cuerpo en un vano esfuerzo por liberarse de su prisión. La rabia y la frustración permanente del alma proporcionaban una calidez antinatural a la carne muerta, fría.
    Xar dirigió una nueva mirada a Kleitus y la retiró rápidamente.
    — ¿Me acompañas a la biblioteca? —preguntó con un gesto de cortesía y con la vista en cualquier sitio menos en el cadáver.
    El lázaro lo siguió de buena gana. Kleitus no tenía un especial interés en servir de ayuda al Señor del Nexo, como éste bien sabía. Si lo acompañó, fue porque siempre cabía la posibilidad de que Xar pudiera descuidarse y bajar sus defensas sin advertirlo. Kleitus fue con él con la esperanza de poder matarlo.
    A solas con el lázaro en la estancia, Xar pensó por un instante en llamar a otro patryn para que montara guardia, pero abandonó la idea de inmediato, horrorizado consigo mismo por el mero hecho de que se le hubiera ocurrido tal pensamiento. Tomar tal precaución sólo lo haría parecer débil a los ojos de su pueblo, que lo adoraba: además, no deseaba que nadie más conociera el tema de la conversación.
    En consecuencia, aunque con bastante recelo, Xar cerró la puerta, hecha de hierba kairn trenzada, y la marcó con runas patryn de protección para que no pudiera ser abierta. Cuando trazó sus signos mágicos, lo hizo sobre unas borrosas runas sartán, cuya magia había dejado de actuar hacía mucho tiempo.
    Los ojos inanimados de Kleitus recobraron de repente un destello de vida y concentraron la mirada en el cuello de Xar. Los dedos muertos temblaron de expectación.
    —No, no, amigo mío —dijo Xar con tono afable—. Otro día, quizás. ¿O prefieres verte de nuevo en mí círculo de poder? ¿Quieres experimentar otra vez cómo mi magia empieza a desbaratar tu existencia?
    Kleitus lo miró sin pestañear, inflamado de odio.
    — ¿Qué es lo que quieres, Señor del Nexo?
    —... Nexo —repitió el triste eco.
    —Lo que quiero es sentarme —dijo Xar—. No me tengo en pie. He pasado dos días y dos noches concentrado en la estructura rúnica. Pero ya la he resuelto.
    Ahora conozco el secreto del arte de la nigromancia. Ahora, también yo sé resucitar a los muertos.
    —Felicidades —apostilló Kleitus. Sus labios se fruncieron en una mueca burlona—. Ahora podrás destruir a tu pueblo como hicimos nosotros con el nuestro.
    Xar no hizo caso del comentario. Los lázaros tenían, por lo general, una perspectiva bastante sombría de las cosas, pero el patryn lo encontraba comprensible.
    Tomó asiento ante una gran mesa de piedra cuya superficie estaba cubierta de úmenes polvorientos: un tesoro de conocimientos sartán. Xar había dedicado al estudio de aquellas obras todo el tiempo posible, teniendo en cuenta las mil y una obligaciones de un caudillo que se disponía a conducir a su pueblo a la guerra, pero aquel tiempo que había pasado entre los libros sartán era mínimo en comparación con los años que Kleitus había dedicado a tal labor. Además, Xar estaba en desventaja: estaba obligado a leer el material en un idioma ajeno: la lengua sartán. Aunque había aprendido el idioma mientras permanecía en el Nexo, la tarea de descomponer la estructura rúnica sartán y, luego, reconstruirla según el pensamiento patryn resultaba agotador y exigía mucho tiempo.
    Xar no podría nunca, en ninguna circunstancia, pensar como un sartán.
    Kleitus tenía la información que Xar necesitaba. Había hurgado a fondo en aquellos libros y él mismo era —o había sido— un sartán. Kleitus sabía. Y entendía. Pero ¿cómo sonsacar al cadáver? Allí estaba la dificultad.
    Xar no se dejó engañar por el caminar arrastrado del lázaro ni por su ademán sediento de sangre. El juego de Kleitus era mucho más sutil. Un ejército de seres vivos, de sangre caliente, había llegado recientemente a Abarrach. Un ejército de patryn, trasladado allí por Xar con el propósito de instruirlo para la guerra. Los lázaros codiciaban a aquellos seres vivos, anhelaban destruir la vida que canto envidiaban y que, a la vez, tan detestable les resultaba. Los lázaros no podían atacar a los patryn, demasiado poderosos para ellos.
    Con todo, los patryn necesitaban un despliegue inmenso de su magia para convertir las oscuras cavernas de Abarrach en un lugar capaz de sostener la vida.
    Y el esfuerzo empezaba a debilitarlos, aunque sólo fuera muy ligeramente. Lo mismo les había sucedido A los sartán, en el pasado; así habían terminado por morir tantos de ellos.
    Tiempo. Los muertos tenían tiempo. No seria pronto pero un día u otro, inevitablemente, la magia patryn empezaría a desmoronarse. Y entonces sería el momento de los lázaros. Xar no pensaba prolongar tanto su estancia allí. Ya había descubierto lo que había acudido a buscar en Abarrach. Ahora sólo tenía que determinar si el descubrimiento era o no real.
    Kleitus no se sentó. Los lázaros no pueden descansar mucho tiempo en el mismo sitio, sino que se mantienen en constante movimiento, deambulando como si buscaran algo que han perdido toda esperanza de encontrar.
    Xar no miró al cadáver viviente que se desplazaba adelante y atrás delante de él, sino que dirigió la mirada a los polvorientos úmenes esparcidos sobre la mesa.
    —Quiero poder probar mis conocimientos de nigromancia —declaró—. Deseo saber si realmente puedo resucitar a los muertos.
    — ¿Y qué te lo impide? —inquirió Kleitus.
    — ¿...te lo impide?
    Xar frunció el entrecejo. El molesto eco era una especie de zumbido en sus oídos. Siempre se producía cuando él se disponía a decir algo, interrumpiéndolo y cortándole el hilo de los pensamientos.
    —Necesito un cadáver. Y no me digas que utilice a uno de mi pueblo. Eso es inaceptable. Yo, personalmente, he salvado la vida de cada patryn que he rescatado y llevado al. Nexo.
    —Les has dado la vida —apuntó Kleitus—. Tienes derecho a quitársela.
    —... a quitársela.
    —Tal vez —concedió Xar, alzando la voz para imponerse al eco—. Quizá lo que dices sea verdad. Y, si hubiera mayor número de los míos, si fuéramos muchos más, tal vez lo tomara en consideración. Pero somos pocos y no me atrevo a desperdiciar a uno solo.
    — ¿Qué quieres de mí, Señor del Nexo?
    — ¿... del Nexo?
    —He hablado con otro de los lázaros, una mujer llamada Jera. Mencionó que en Abarrach aún había sartán. Sartán vivos. Un hombre llamado... hum... —Xar titubeó, como si no consiguiera recordar el nombre.
    — ¡Balthazar! —susurró Kleitus.
    —... Balthazar—gimió el eco.
    —Sí, ése era el nombre —se apresuró a decir Xar—. Balthazar. Él es quien los dirige. Un informe anterior que recibí de un tal Haplo, un patryn que visitó Abarrach, me indujo a creer que ese sartán, Balthazar, y todo su pueblo habían perecido a vuestras manos. No obstante, Jera me asegura que no fue así.
    —Haplo... Sí, lo recuerdo. —La evocación no parecía ser muy del agrado de Kleitus, que permaneció largo rato meditabundo mientras el alma penetraba en su cuerpo, pugnaba por quedarse y se separaba de nuevo. El lázaro se detuvo delante de Xar y lo contempló con ojos evasivos—. ¿Te contó Jera lo sucedido?
    La mirada del cadáver llenó de perplejidad a Xar.
    —No —mintió, obligándose a permanecer sentado cuando su primer impulso habría sido levantarse y huir a algún rincón lejano—. Jera no me lo contó. Pensé que quizá tú...
    —Los vivos huyeron de nosotros. —Kleitus reanudó su inquieto deambular—.
    Los seguimos. No tenían ninguna posibilidad de escapar. Nosotros no nos cansamos nunca, no necesitamos reposo, ni comida, ni agua. Finalmente, logramos atraparlos. Entonces organizaron una débil resistencia, dispuestos a luchar por salvar sus miserables vidas. Entre nosotros teníamos a su propio príncipe, muerto. Yo mismo lo había devuelto a la vida. El príncipe conocía lo que los vivos habían hecho a los muertos y comprendía que sólo cuando todos los vivos hubieran muerto podríamos ser libres los muertos. El príncipe había jurado conducirnos en la lucha contra su propio pueblo.
    »Nos preparamos para la matanza. Pero en aquel instante intervino uno de los nuestros, el que fue marido de esa Jera, precisamente. Ahora es un lázaro; su propia esposa lo mató, lo resucitó y le proporcionó el poder que nosotros poseemos. Pero él nos traicionó. De algún modo, en alguna parte, había adquirido un poder propio. Posee el don de la muerte, igual que ese otro sartán que llegó a este mundo a través de la Puerta de la Muerte...
    — ¿A quién te refieres? —quiso saber Xar. De pronto, las palabras de Kleitus despertaron su interés, adormecido durante el prolijo discurso del lázaro.
    —No sé quién era. Un sartán, sin duda, pero tenía un nombre mensch — respondió Kleitus, irritado ante la interrupción.
    — ¿Alfred?
    —Tal vez. ¿Qué más da el nombre? —El lázaro parecía obsesionado por continuar su narración—. El marido de Jera rompió el hechizo que mantenía cautivo el cadáver del príncipe, y el cuerpo de éste murió. Los muros carcelarios de su carne se desmoronaron y el alma flotó libre.
    La voz de Kleitus sonó irritada, llena de acritud.
    —... flotó Ubre.
    El eco tenía un tono anhelante, nostálgico. Xar se impacientó. El «don de la muerte»... ¡Bobadas de los sartán!
    — ¿Qué fue de Balthazar y los suyos? —inquirió.
    —Se nos escaparon —siseó Kleitus entre dientes, furioso. Sus cerúleos puños se cerraron—. Intentamos ir tras ellos, pero el esposo de Jera resultó ser demasiado poderoso y nos lo impidió.
    —Entonces, es cierto que aún existen sartán vivos en Abarrach —murmuró Xar, haciendo tamborilear los dedos sobre la mesa—. Sartán que pueden proporcionarme los cadáveres que necesito para mis experimentos. Y para convertirlos en soldados de mi ejército. ¿Tienes alguna idea de dónde están?
    —Si la tuviéramos, no estarían vivos todavía —declaró Kleitus, con una mirada de odio—. ¿Verdad que no, Señor del Nexo?
    —Supongo que tienes razón —murmuró Xar—. Ese esposo de Jera... ¿dónde se encuentra? Sin duda, él sabe cómo dar con Balthazar...
    —Tampoco sé dónde se ha ocultado. Hasta que tú y tu gente llegasteis, él ocupaba Necrópolis. Y nos mantenía fuera de la ciudad. Me mantenía apartado de mi palacio. Pero cuando os presentasteis aquí, se marchó.
    —Atemorizado de mi presencia, sin duda —comentó Xar despreocupadamente.
    — ¡Ese lázaro no le teme a nada, Señor del Nexo! —Replicó Kleitus con una desagradable risotada—. Él es ese de quien habla la profecía.
    —He oído hablar de una profecía —dijo el patryn, restando importancia al asunto con un gesto de la mano—. Haplo me comentó algo al respecto, pero su opinión respecto a los oráculos coinciden con la mía. Les doy poco crédito. Para mí, no son más que deseos.
    —Pues a ésta deberías prestarle más atención. Esto es lo que dice la profecía:
    «Él traerá vida a los muertos y esperanza a los vivos. Y para él se abrirá la Puerta».
    Así proclama la profecía y así se ha cumplido.
    —... se ha cumplido —Sí, se ha cumplido. —Xar repitió las últimas palabras del eco—. Pero soy yo quien le ha dado cumplimiento. La profecía se refiere a mí, y no a un cadáver ambulante.
    —Me temo que no...
    —... temo que no.
    — ¡Claro que sí! —Exclamó Xar con irritación—. «La Puerta se abrirá...» ¡La Puerta se ha abierto!
    — ¡La que se ha abierto es la Puerta de la Muerte!
    — ¿Acaso existe alguna otra? —preguntó Xar sin prestar mucha atención, molesto e impaciente por retomar la conversación donde la habían iniciado.
    —La Séptima Puerta —respondió Kleitus. Y, esta vez, el eco guardó silencio.
    Xar alzó la vista, preguntándose a qué venía aquello. Kleitus le dedicó un rictus que quería ser una sonrisa y prosiguió—: Hablas de ejércitos, de conquistas, de viajes de mundo en mundo... ¡Qué pérdida de tiempo y de esfuerzo, cuando lo único que necesitas hacer es entrar en la Séptima Puerta!
    — ¿De veras? —Xar torció el gesto—. He cruzado muchas puertas en mi vida.
    ¿Qué tiene ésta de especial?
    —Fue dentro de esa cámara, dentro de la Séptima Puerta, donde el Consejo de los Siete realizó la separación de los mundos.
    —...la separación de los mundos.
    Xar guardó silencio, lleno de asombro. Las consecuencias, las posibilidades que se abrían si Kleitus estaba en lo cierto, si lo que decía era cierto, si aquel lugar existía todavía...
    —Existe —afirmó Kleitus.
    — ¿Qué hay en esa..., en esa cámara? —quiso saber Xar, cauto, sin terminar de creer al lázaro.
    Kleitus aparentó no haber oído la pregunta y se vió hacia las estanterías de úmenes que cubrían las paredes de la biblioteca. Sus ojos muertos, iluminados esporádicamente por el alma fugaz, buscaron algo. Por último, su marchita mano, manchada todavía con la sangre de aquellos a los que había dado muerte, se alzó para escoger un delgado de pequeñas dimensiones.
    El lázaro arrojó el libro sobre la mesa, delante de Xar.
    —Lee —le indicó.
    —... lee —llegó la triste coletilla.
    —Parece la primera cartilla de un chiquillo —dijo Xar, examinando el con cierto desdén. Él también había utilizado libros parecidos a aquél, encontrados en el Nexo, para enseñar el lenguaje de las runas sartán a Bane, el niño mensch.
    —Lo es —asintió Kleitus—. Procede de los tiempos en que nuestros hijos vivían y alborotaban. Lee.
    Xar estudió el libro con recelo, pero parecía auténtico. Era antiguo, muy antiguo, a juzgar por su olor rancio y por su pergamino quebradizo y amarillento.
    Con cuidado, temeroso de que las páginas se convirtieran en polvo al contacto con su mano, abrió la tapa de piel y leyó en silencio para sí mismo:
    La Tierra fue destruida.
    Cuatro mundos fueron creados de sus ruinas. Cuatro mundos para
    nosotros y los mensch: Aire, Fuego, Piedra y Agua. Cuatro Puertas
    conectan cada mundo con los otros: Ariano, Pryan,
    Abarracb y Chelestra. Para nuestros enemigos se construyó un
    correccional: el Laberinto.
    El Laberinto está conectado con los demás mundos a través de la
    Quinta Puerta: el Nexo.
    La Sexta Puerta está en el centro y permite la entrada en el Vórtice. Y
    todo se consumó a través de la Séptima Puerta.
    El final fue el principio.
    Aquél era el texto impreso. Debajo, escrita a mano con letra tosca, había otra frase: El principio fue nuestro final.
    — ¿Eso lo has escrito tú? —inquirió Xar.
    —Con mi propia sangre —asintió Kleitus.
    —... propia sangre.
    A Xar le temblaron las manos de expectación. El sartán, la profecía, la nigromancia; nada de eso importaba. Lo que revelaba el libro: ¡eso era lo realmente valioso!
    — ¿Sabes dónde está esa puerta? ¿Me conducirás a ella? —dijo Xar, poniéndose de pie con impaciencia.
    —Sí, lo sé. Los muertos lo sabemos. Y me encantaría conducirte a ella, Señor del Nexo... —El rostro de Kleitus se contorsionó mientras el alma entraba y salía agitadamente del cadáver ambulante. Sus manos se flexionaron—. Me encantaría, si tú cumplieras un requisito. Podríamos disponer tu muerte y...
    Xar no estaba de humor para chanzas.
    —No seas ridículo. Llévame allí ahora o, si tal cosa no es posible —el Señor del Caos tuvo la repentina idea de que aquella Séptima Puerta se encontraba quizás en otro mundo—, dime dónde encontrarla.
    Kleitus pareció meditar la respuesta. Por fin, movió la cabeza en gesto de negativa:
    —No creo que lo haga.
    —... que lo haga.
    — ¿Por qué no? —Xar dejó entrever su enfado.
    —Digamos que... por lealtad.
    — ¡Que hable así quien ha sacrificado a su propio pueblo! —replicó Xar burlón—. ¿Por qué, pues, me hablas de la Séptima Puerta, si te niegas a llevarme a ella? —De pronto, le vino una idea a la cabeza—: Quieres algo a cambio, ¿no es eso? ¿De qué se trata?
    —De matar. Y seguir matando. De librarme del olor de la sangre caliente que me atormenta cada instante de mi existencia... ¡y voy a vivir eternamente! Lo que quiero es la muerte. Respecto a la Séptima Puerta, no necesitas que te la muestre.
    Ese secuaz tuyo ya ha estado allí. Pensaba que él ya te habría informado.
    —... muerte... informado.
    — ¿Qué secuaz? ¿Quién? —Tras un instante de perplejidad, Xar inquirió—:
    ¿Haplo?
    —Sí, puede que ése fuera el nombre... —Kleitus estaba perdiendo el interés por el tema.
    —... nombre.
    — ¿Que Haplo conoce la ubicación de la Séptima Puerta? —resopló Xar con aire burlón—. ¡Imposible! Jamás lo ha mencionado...
    —Eso es porque el no sabe... Ningún vivo lo sabe. Pero su cadáver sí que lo reconocería. Y querría ver a ese lugar. Resucita el cuerpo de ese Haplo, Señor del Nexo, y él te conducirá a la Séptima Puerta.
    «Me gustaría saber qué te propones», pensó Xar y fingió seguir hojeando el libro infantil mientras observaba disimuladamente al lázaro. « ¡Me gustaría saber qué es lo que persigues! ¿Qué representa para ti esa Séptima Puerta? ¿Y por qué quieres a Haplo? Sí, ya veo adonde quieres llevarme pero, mientras sea en la misma dirección que yo he tomado...» Se encogió de hombros, levantó el libro y leyó en voz alta:
    —«Y todo se consumó a través de la Séptima Puerta.» ¿Cómo? ¿Qué significa eso, dinasta? ¿O acaso no significa nada? No es fácil saberlo; a vosotros, los sartán, os produce un gran placer jugar con las palabras.
    —Yo diría que significa mucho, Señor del Nexo. —Por un instante, un leve destello de siniestra diversión dio auténtica vida a los ojos muertos—. En cuanto a cuál sea ese significado, no lo sé ni me importa.
    Kleitus alargó una mano, de piel blancoazulada salpicada de sangre y uñas negras, y, vuelto hacia la puerta, pronunció una runa sartán.
    Los signos patryn que protegían la puerta se desmoronaron. Kleitus se abrió paso y abandonó la estancia.
    Xar habría podido mantener las runas en su lugar frente a la magia del dinasta, pero no deseaba malgastar sus energías. ¿Para qué molestarse? Que se marchara; el lázaro ya no le sería de más utilidad, La Séptima Puerta. La cámara donde los sartán habían separado el mundo.
    ¿Quién sabía qué poderosa magia existía aún en tal lugar?
    Si era cierto que Kleitus conocía la ubicación de la Séptima Puerta, reflexionó el Señor del Nexo, no necesitaba de Haplo para que lo condujera. Era evidente, pues, que el lázaro quería a Haplo por sus propios motivos. ¿Por qué? Era cierto que Haplo había escapado de las manos del dinasta y a la persecución asesina de los lázaros, pero resultaba improbable que Kleitus le tuviera un especial rencor por ello. El lázaro odiaba a todos los seres vivos, sin excepción. No destacaría a uno en concreto si no tuviera un motivo especial para ello.
    Haplo tenía o sabía algo que Kleitus codiciaba. ¿Qué podía ser? Era preciso preservar a Haplo, se dijo Xar. Al menos, hasta que descubriera el misterio.
    Se concentró de nuevo en el libro y fijó la vista en las runas sartán hasta que las hubo grabado en su memoria. Un revuelo en el pasillo y unas voces que pronunciaban su nombre lo perturbaron.
    Se levantó de la mesa, cruzó la estancia y abrió la puerta. Varios patryn deambulaban arriba y abajo por el corredor.
    — ¿Qué queréis?
    — ¡Mi Señor! ¡Te hemos buscado por todas partes!
    La mujer que había respondido hizo una pausa para recuperar el aliento. Xar advirtió su excitación. Los patryn eran disciplinados; de ordinario, no dejaban exteriorizar sus emociones.
    — ¿Qué sucede, hija?
    —Hemos capturado dos prisioneros, mi Señor. Los hemos cogido cuando salían de la Puerta de la Muerte.
    — ¿De veras? Una excelente noticia. ¿Qué...?
    — ¡Escúchame, mi Señor! —En circunstancias normales, ningún patryn habría osado interrumpir a Xar; sin embargo, la mujer era presa de tal agitación que no pudo contenerse—: Los dos son sartán. Y uno de ellos es...
    — ¡Alfred! —conjeturó Xar.
    —No, mi Señor. Uno de ellos es Samah...
    ¡Samah! El presidente del Consejo de los Siete sartán.
    Samah, que había permanecido durante largos siglos en estado de animación suspendida en Chelestra.
    Samah. El mismo Samah que había provocado la destrucción de los mundos.
    Samah, que había arrojado a los patryn al Laberinto.
    En aquel instante. Xar casi habría creído en la existencia de aquel poder superior del que Haplo no dejaba de parlotear. Y casi habría creído en él por poner en sus manos a Samah.
    CAPITULO 2
    ABARRACH
    Saman. Él, entre todas las espléndidas presas. Samah el sartán que había urdido todo el complot para separar el mundo, El sartán que había vendido tal idea a su pueblo. El sartán que había tomado en pago la sangre de los suyos y las de incontables miles de inocentes. El sartán que había encerrado a los patryn en la infernal prisión del Laberinto.
    Y el sartán que, sin duda, conocía la localización de la Séptima Puerta, se dijo de pronto.
    —No sólo eso —masculló Xar por lo bajo, mientras vía la vista al libro una vez más—, sino que probablemente se negará a decirme dónde está o a contarme nada al respecto, —Xar se frotó las manos—. ¡Así tendré el inmenso placer de obligar a Samah a hablar!
    En el palacio de piedra de Abarrach había mazmorras. Haplo había informado a Xar de su existencia, después de haber estado al borde de la muerte entre sus muros.
    ¿Para qué habían utilizado aquellas mazmorras los antiguos sartán? ¿Como prisiones para los mensch descontentos? ¿O tal vez los sartán habían intentado incluso alojar a los mensch allí abajo, lejos de la corrompida atmósfera de las cavernas de arriba, aquella atmósfera que emponzoñaba lentamente a todos los seres vivientes que los sartán habían llevado con ellos a aquel mundo? Según el informe de Haplo, allí abajo había otras estancias, además de celdas. Salas grandes, de tamaño suficiente para contener a gran número de personas. Unas runas sartán trazadas en el suelo mostraban el camino a aquellos que conocían los secretos de su magia.
    En unos candelabros de pared ardían unas antorchas; a su luz, Xar distinguió aquí y allá los trazos de aquellas runas sartán. Pronunció una palabra —una palabra sartán— y observó cómo los signos mágicos cobraban vida con un débil resplandor; brillaban tenuemente durante unos instantes y vían a apagarse, con su magia disgregada y agotada.
    Xar se rió por lo bajo. Aquél era un juego que practicaba por todo el palacio y del cual nunca se cansaba. Las runas resultaban simbólicas: al igual que sucedía con la magia de aquellos signos mágicos, el poder de los sartán había brillado brevemente para luego apagarse, disgregado y agotado.
    Tal como, ahora, moriría Samah. Xar se frotó las manos otra vez, con expectación.
    En esta ocasión, las catacumbas estaban vacías. En los días anteriores a la creación accidental de los terribles lázaros, las dependencias habían sido empleadas para acoger a los muertos; es decir, a las dos clases de muertos: a los que habían sido reanimados y a los que aguardaban la resurrección. Allí se conservaban los cuerpos mientras transcurría el plazo de tres días que debía respetarse antes de proceder a deverles la vida. Allí, también, se encontraban los esporádicos casos de muertos que, una vez reanimados, habían demostrado ser una molestia para los vivos. Uno de ellos había sido la propia madre de Kleitus.
    Pero, ahora, las celdas estaban vacías. Todos los muertos habían sido liberados. Algunos, convertidos en lázaros; otros —como la reina madre—, fallecidos hacía demasiado tiempo como para resultar de utilidad a los lázaros, vagaban a su antojo por las estancias subterráneas. A la llegada de los patryn, estos muertos habían sido agrupados y encuadrados en ejércitos, que ahora aguardaban la llamada a la batalla.
    Las catacumbas eran un lugar deprimente en un mundo de lugares deprimentes. A Xar no le había gustado en ningún momento la idea de descender allí abajo y, en realidad, no había vuelto a hacerlo desde su primera y breve visita de inspección. La atmósfera era cargada, rancia y gélida. El olor a podredumbre que impregnaba el aire resultaba fétido. Incluso podía captar su sabor. Las antorchas chisporroteaban y humeaban lánguidamente.
    Sin embargo, en esta ocasión, Xar no se percató de ese sabor o, en cualquier caso, le dejó un regusto dulzón en la boca. Cuando emergió de los pasadizos en la zona de celdas, vio dos siluetas que lo observaban entre las sombras. Una de ellas correspondía a la mujer que le había anunciado la noticia, una joven llamada Marit, a quien había enviado por delante para que preparase su llegada. Aunque no la distinguía con claridad en aquella lóbrega penumbra, Xar la reconoció por el leve resplandor azulado de los signos mágicos de su piel, en permanente actividad para mantenerla con vida en aquel mundo de muertos vivientes.
    Respecto a la otra silueta, la del hombre, Xar la reconoció precisamente porque no se apreciaba el menor resplandor en su piel. Por eso y por el hecho de que, en cambio, lo que brillaba en ella era uno de sus ojos, de un rojo encendido.
    —Mi Señor... —Marit hizo una profunda reverencia.
    —Mi Señor... —La serpiente dragón con forma humana saludó también con una venia, pero aquel único ojo rojo (el otro le faltaba) no perdió de vista a Xar ni un solo instante.
    Al Señor del Nexo no le gustó aquello. No le agradaba el modo en que aquel ojo lo observaba siempre; parecía aguardar el momento en que bajara la guardia para atravesarlo con su roja mirada como si fuese una espada. Y tampoco le agradaba la risa secreta que estaba seguro de reconocer en aquel único ojo encarnado. Lo cierto era que la mirada de aquel ojo siempre resultaba obsequiosa y servil y que Xar nunca descubría tal risa secreta cuando lo observaba directamente, pero el Señor del Nexo tenía la permanente sensación de que el ojo emitía un destello burlón tan pronto como él apartaba la vista de la criatura.
    Xar no dejaba traslucir jamás lo mucho que lo irritaba aquel ojo rojo, la incomodidad que le producía. Incluso había convertido a Sang-drax (el nombre mensch de la serpiente dragón) en su ayudante personal. Así Xar podía mantener la vigilancia sobre la criatura.
    —Todo está dispuesto para tu visita, señor Xar. —Sang-drax pronunció las palabras con el más absoluto respeto—. Los prisioneros están en celdas separadas, como has ordenado.
    Xar vió la mirada hacia la hilera de celdas. Resultaba difícil distinguir algo a la débil luz de las antorchas, que también parecían sofocarse en aquel aire viciado. La magia patryn había podido iluminar aquel lugar nefasto con todo el brillo de un día en el soleado mundo de Pryan, pero los patryn habían aprendido por amarga experiencia que no se debía malgastar la magia en tales lujos. Además, después de su prolongada existencia en el peligroso mundo del Laberinto, la mayoría de los patryn se sentían más cómodos bajo la protección de la oscuridad.
    El Señor del Nexo se mostró disgustado:
    — ¿Dónde está la guardia que he ordenado colocar? —Se vió a Marit y añadió—: Esos sartán son peligrosos. Podrían ser capaces de liberarse de nuestros hechizos.
    La mujer se giró hacia Sang-drax. Su mirada no fue amistosa; era evidente que Marit desconfiaba de la serpiente dragón y sentía aversión por la criatura.
    —Yo quería hacerlo, mi Señor. Pero éste me lo ha impedido.
    Xar dirigió una mirada ominosa a Sang-drax. La serpiente dragón con forma de patryn le dedicó una sonrisa de disculpa y extendió las manos. Runas patryn, similares en apariencia a las que tatuaban las manos de Xar y de Marit, adornaban el revés de aquéllas. Pero los signos mágicos de las manos de la criatura no resplandecían y, si otro patryn hubiera intentado descifrarlos, habría advertido que carecían de sentido. Aquellas runas eran un mero disfraz; no formaban ninguna estructura. Sang-drax no era ningún patryn.
    De lo que Xar no estaba seguro era en dónde encajarlo. Sang-drax se llamaba a sí mismo «dragón», decía proceder del mundo de Chelestra y proclamaba que él y otros de su especie eran leales a Xar y sólo vivían para servir al Señor del Nexo y para apoyar su causa. Haplo se refería a aquellas criaturas como «serpientes dragón» e insistía en que eran seres traicioneros en quienes no se debía confiar.
    Xar no tenía motivos para dudar del dragón, serpiente dragón o lo que fuera.
    Al servir a Xar, Sang-drax no hacía más que mostrar buen juicio. Con todo, al Señor del Nexo no le gustaba aquel ojo encendido, que no parpadeaba jamás, ni la risa burlona que nunca lograba ver pero que, estaba seguro, aparecería en la criatura tan pronto como le viera la espalda.
    — ¿Por qué has contrariado mis órdenes? —quiso saber.
    — ¿Cuántos patryn serían necesarios para custodiar al gran Samah? —fue la respuesta de Sang- rax—. ¿Cuatro? ¿Ocho? ¿Bastaría con éstos? ¡Estamos hablando del sartán que obró la separación de los mundos!
    —De modo que, como los guardianes no iban a ser de utilidad, has mandado retirarlos a todos... ¡Una decisión muy lógica! —exclamó Xar con un bufido.
    Sang-drax captó la ironía del comentario y sonrió, pero recuperó inmediatamente la seriedad.
    —Ahora, Samah está privado de sus poderes. En su estado actual, hasta un chiquillo podría vigilarlo.
    — ¿Está herido? —inquirió Xar con aire preocupado.
    —No, mi Señor. Está mojado.
    — ¿Mojado?
    —Es cosa del mar de Chelestra, mi Señor. Su agua anula los poderes mágicos de tu especie. —La voz de la serpiente dragón hizo especial hincapié en las dos últimas palabras.
    — ¿Y cómo ha sido que Samah se empapó de agua de ese mundo antes de penetrar en la Puerta de la Muerte?
    —No sabría decirte, Señor del Nexo, pero ha resultado muy oportuno.
    — ¡Hum! De todos modos, Samah no tardará en secarse y entonces sí que serán precisos los guardias...
    —Sería una pérdida, de tiempo y de energías, mi Señor Xar. Tu gente no es muy numerosa y tiene demasiados asuntos urgentes de suma importancia de que ocuparse. Los preparativos para tu viaje a Pryan...
    — ¡Ah! De modo que iré a Pryan, ¿no?
    Sang-drax se mostró algo desconcertado.
    —Creía que ésta era tu intención, mi Señor. Cuando tratamos el asunto, dijiste...
    —Dije que estudiaría la idea de ir a Pryan, no que hubiera tomado la decisión.
    —Xar dedicó una mirada de severidad a la serpiente dragón—. Te noto insólitamente interesado en hacerme viajar a ese mundo en concreto. Me pregunto si tienes alguna razón especial para ello...
    —Tú mismo has dicho, mi Señor, que los titanes de Pryan serían un formidable refuerzo para el ejército. Además, creo muy probable que pudieras encontrar la Séptima Puerta en...
    — ¿La Séptima Puerta? ¿Cómo te has enterado de su existencia?
    Decididamente, Sang-drax dio muestras de perplejidad.
    —Bueno... Kleitus me ha contado que la buscas, mi Señor.
    — ¿Eso ha hecho?
    —Sí, mi Señor. Hace un momento.
    — ¿Y qué sabes tú de la Séptima Puerta?
    —Nada, Señor, te lo aseguro...
    —Entonces, ¿por qué hablas de ello?
    —Ha sido el lázaro quien ha sacado el tema a colación. Yo sólo quería...
    Xar rara vez se había sentido tan furioso. Parecía como si él fuese el único que no había oído hablar nunca de la Séptima Puerta. Muy bien, se dijo; aquello se acabaría enseguida.
    — ¡Ya basta! —Exclamó, al tiempo que lanzaba una mirada de soslayo a Marit—, Hablaremos de este asunto más tarde, Sang-drax. Cuando nos hayamos ocupado de Samah. Confío en que obtendré de él respuestas a mis preguntas. Y, respecto a los guardias...
    —Permíteme que te sirva, mi Señor. Utilizaré mi propia magia para custodiar a los prisioneros. No necesitarás nada más.
    — ¿Insinúas que tu magia es más poderosa que la nuestra, que la magia patryn? —Xar hizo la pregunta en un tono ligero. Un tono peligroso, para quienes lo conocían.
    Y Marit lo conocía. La patryn se apartó un par de pasos de la serpiente dragón.
    —No es cuestión de cuál sea más poderosa, mi Señor —replicó Sang-drax humildemente—, pero afrontemos los hechos: los sartán han aprendido a defenderse de la magia patryn igual que vosotros, mi Señor, podéis defenderos frente a la suya. En cambio, los sartán no han aprendido a enfrentarse a nuestra magia. Como recordarás, mi Señor, los derrotamos en Chelestra...
    —Por muy poco.
    —Pero eso fue antes de que se abriera la Puerta de la Muerte. Ahora, nuestra magia es mucho más poderosa. —De nuevo, Xar percibió su amenazadora suavidad—. He sido yo quien ha capturado a esos dos.
    Xar se vió a Marit, que confirmó el hecho con un gesto de asentimiento.
    —Sí —murmuró la patryn—. Él los trajo hasta nuestro puesto de guardia, a las puertas de Necrópolis.
    El Señor del Nexo permaneció pensativo. Pese a las explicaciones de Sangdrax, a Xar no le gustaba el engreimiento implícito en la declaración de la serpiente dragón. Tampoco le gustaba tener que reconocer que la criatura tenía razón en parte. Samah. El gran Samah. ¿Quién entre los patryn podría custodiarlo con eficacia? «Sólo yo mismo», se dijo.
    Sang-drax parecía dispuesto a seguir discutiendo, pero Xar atajó sus intenciones con un gesto impaciente de su mano.
    —Sólo hay un modo seguro de impedir que Samah escape, y es matarlo.
    La serpiente dragón puso objeciones a cal propuesta:
    —Pero, mi Señor, sin duda querrás sonsacarle información...
    —Desde luego —asintió Xar, tranquilo y satisfecho—. Y la obtendré... ¡de su cadáver!
    — ¡Ah! —Sang-drax hizo una reverencia—. Has adquirido el arte de la nigromancia. Mi admiración por ti es ilimitada, Señor del Nexo.
    La serpiente dragón se acercó un poco más con aire furtivo; su roja pupila brilló a la luz de una antorcha.
    —Samah morirá corno ordenas, mi Señor, pero... no hay necesidad de apresurarse. Creo que el sartán debería experimentar lo mismo que ha sufrido tu pueblo. Creo que deberías obligarlo a soportar una parte, al menos, del tormento que tu pueblo ha tenido que soportar.
    —Sí —Xar tomó aire con un temblor en los labios—. ¡Sí, Samah sufrirá, te lo aseguro! Yo, personalmente...
    —Permíteme, mi Señor —le rogó la serpiente dragón—. Tengo un talento bastante especial para esos asuntos. Tú limítate a observar y verás cómo quedas complacido. Si no es así, sólo tienes que ocupar mi lugar.
    —Está bien. —Xar observó, con sorpresa, que la serpiente dragón casi jadeaba de impaciencia—. Pero antes quiero hablar con él. A solas —añadió cuando Sang-drax se aprestó a acompañarlo—. Tú espérame aquí. Marit me conducirá hasta él.
    —Como desees, mi Señor. —La criatura disfrazada de patryn hizo una nueva reverencia y, al incorporarse, añadió en tono solícito—: Ten cuidado, mi Señor, de que no te alcance una gota de esa agua de mar.
    Xar le lanzó una mirada furiosa. Después, desvió la vista, pero vió a dirigirla hacía la criatura y, una vez más, le pareció advertir un destello de burla en aquel ojo encarnado.
    El Señor del Nexo no replicó al comentario. Dio media vuelta sobre sus talones y se alejó, adentrándose en el pasadizo de celdas vacías. Marit avanzó a su lado. Los signos mágicos de los brazos y las manos de ambos patryn emitían un fulgor rojo azulado que era algo más que una mera respuesta a la atmósfera ponzoñosa de Abarrach.
    —No confías en él, ¿verdad, hija? —preguntó Xar a su acompañante, —No me corresponde a mí confiar o desconfiar de aquel a quien mi Señor distingue con su favor —respondió Marit ceremoniosamente—. Si mi Señor confía en ese ser, yo acepto el juicio de mi Señor.
    Xar aprobó la respuesta con un gesto de asentimiento.
    —Tú eras una corredora, ¿verdad?
    —Sí, mi Señor.
    Xar aminoró la marcha y posó su nudosa mano en la suave piel tatuada de la joven.
    —Yo también. Y ninguno de los dos sobrevivimos al Laberinto confiando en nada ni en nadie más que en nosotros mismos. ¿Tengo razón hija?
    —Sí, mi Señor. —La mujer pareció aliviada.
    —Entonces, ¿querrás no perder de vista a esa serpiente tuerta?
    —Desde luego, mi Señor. —Al observar que Xar miraba a su alrededor con gesto nervioso, Marit añadió—: La celda de Samah está por aquí. El otro prisionero está encerrado en el otro extremo de la hilera de celdas. He considerado preferible no colocarlos demasiado cerca, aunque el segundo prisionero parece inofensivo.
    —Sí, había olvidado que eran dos. ¿Quién es el otro? ¿Un guardaespaldas?
    ¿El hijo de Samah?
    —No lo creo, mi Señor. —Marit sonrió al tiempo que movía la cabeza en gesto de negativa—. Ni siquiera estoy segura de que sea un sartán. Si lo es, está trastornado. Resulta extraño —añadió, pensativa—. Si fuese un patryn, yo diría que sufre la enfermedad del Laberinto.
    —Probablemente, finge. Si estuviera loco, cosa que dudo, los sartán no permitirían jamás que se lo viera en público. Podría perjudicar su consideración de semidioses. ¿Cómo se hace llamar?
    —Un nombre muy raro: Zifnab.
    — ¡Zifnab! —Xar se puso a pensar—. He oído ese nombre en alguna parte...
    Bane lo mencionó... Sí, en relación con...
    Dirigió una rápida mirada hacia Marit y cerró la boca de golpe.
    — ¿Señor?
    —Nada importante, hija. Estaba pensando en voz alta. ¡Ah!, veo que ya hemos llegado a nuestro destino.
    —Ésta es la celda de Samah, mi Señor. —Marit dirigió una mirada fría y desapasionada al ocupante de la mazmorra—. Iré a ocuparme de nuestro otro prisionero.
    —Creo que ése se las arreglará bastante bien a solas —apuntó Xar en tono ligero—. ¿Por qué no le haces compañía a nuestro amigo, la serpiente dragón? — Con un gesto de la cabeza indicó la entrada de los túneles de las mazmorras, donde Sang-drax permanecía observándolos—. No quiero que nadie me moleste durante mi conversación con el sartán.
    —Comprendo, mi Señor. —Tras hacer una reverencia, Marit se retiró y desanduvo el camino por el pasadizo largo y oscuro, flanqueado por las puertas de las celdas desocupadas.
    Xar aguardó hasta que la patryn hubo llegado al fondo del corredor y la oyó hablar con Sang-drax. Cuando el encarnado ojo de éste se desvió de él para concentrarse en Marit, el Señor del Nexo se acercó a la puerta de la celda y se asomó al interior.
    Samah, líder del órgano de gobierno sartán, conocido como el Consejo de los Siete, era —en años de edad— mucho más viejo que Xar. Sin embargo, debido a su letargo mágico —estado en el que había previsto permanecer durante sólo una década, pero que, accidentalmente, se había prolongado largos siglos—, Samah era todavía un hombre en el esplendor de su madurez.
    Alto y fuerte, en otro tiempo había tenido unas facciones duras, grabadas a cincel, y un porte imponente. Ahora, la piel cetrina le colgaba de los huesos y sus músculos estaban fláccidos y sin tono. Su rostro, que debería haber reflejado sabiduría y experiencia, estaba surcado de arrugas, demacrado y ojeroso. Samah estaba sentado sobre el frío catre de piedra, abatido, con la cabeza gacha y los hombros hundidos. Era la imagen de la aflicción y la desesperación. Sus ropas y su piel estaban empapadas.
    Xar cerró las manos en torno a los barrotes y acercó más el rostro para observar mejor. Esbozó una sonrisa.
    —Sí —murmuró suavemente—, ya sabes qué destino te aguarda, ¿verdad Samah? No hay nada peor que el miedo, que la espera. Incluso cuando llega el dolor y tu muerte será muy dolorosa, sartán, te lo aseguro), no alcanza a ser tan terrible como ese miedo.
    Sus dedos se aferraron con más fuerza a los barrotes. Los mágicos signos azules tatuados en el revés de sus nudosas manos eran trazos nítidos en su piel tirante; los prominentes nudillos estaban tan blancos que parecían huesos a la vista. Apenas podía respirar y, durante unos largos segundos, fue incapaz de articular palabra. No había previsto experimentar tal apasionamiento ante la presencia de su enemigo pero, de pronto, vieron a su memoria todos aquellos años de lucha y de sufrimiento, todos aquellos años de miedo.
    — ¡Ojalá —estuvo a punto de sofocarse con sus propias palabras—, ojalá pudiera hacerte vivir mucho, mucho tiempo, Samah! ¡Ojalá pudiera dejarte vivir con ese miedo, como ha tenido que vivir mi gente! ¡Ojalá pudiera dejarte vivir siglos y siglos!
    Los barrotes de hierro se disolvieron bajo las manos de Xar. El ni siquiera se dio cuenta. Samah no había levantado la cabeza y tampoco entonces alzó la vista a su torturador. Permaneció sentado en la misma postura, pero ahora con las manos juntas.
    Xar entró en la celda y se detuvo ante él.
    —No puedes escapar del miedo ni por un instante. Ni siquiera mientras duermes. Siempre está ahí, en tus sueños. Corres y corres hasta que piensas que el corazón te va a reventar y entonces despiertas y oyes el sonido aterrador que te ha sacado del sueño y te levantas y corres y corres sin parar... sabiendo en todo instante que es inútil. La zarpa, el colmillo, la flecha, el fuego, la ciénaga, el hoyo terminará por atraparte.
    «Nuestros hijos maman el miedo en la leche de su madre. Nuestros bebés no lloran. Desde el momento en que nacen, se les enseña a callar... por miedo. Y nuestros chiquillos tampoco se ríen, por temor a quien podría escucharlos.
    »Según me han dicho, tienes un hijo. Un hijo que se ríe y llora. Un hijo que te llama «padre» y que sonríe como su madre.
    Un estremecimiento recorrió a Samah. Xar no sabía qué fibra sensible había tocado, pero se recreó en el descubrimiento y continuó hurgando:
    —Nuestros hijos rara vez conocen a sus padres. Es un favor, uno de los pocos que podemos hacerles. Así no se sienten vinculados a sus progenitores y no los afecta tanto cuando los encuentran muertos. O cuando los ven morir ante sus ojos.
    El odio y la furia iban sofocando poco a poco a Xar. Abarrach no tenía aire suficiente para sus pulmones. Notaba el latir de la sangre en las sienes y, por un instante, el Señor del Nexo pensó que iba a estallarle el corazón. Levantó la cabeza y soltó un alarido, un grito salvaje de angustia y de rabia, como si la sangre de aquel corazón manara de su boca.
    El alarido resultó espeluznante. Al resonar a través de las catacumbas, por algún truco de la acústica, se hizo aún más sonoro y mis potente, como si los muertos de Abarrach hubieran abierto la boca y estuvieran sumando sus gritos horripilantes al del Señor del Nexo.
    Marit palideció y, espantada, se apretó con un gemido contra la helada pared de las mazmorras. El propio Sang-drax parecía algo amilanado. La roja pupila se agitó con nerviosismo, lanzando rápidas miradas hacia las sombras como si buscara a algún enemigo oculto allí.
    Samah se estremeció. El grito pareció producirle el efecto de una lanza que le atravesara el pecho. Cerró los ojos.
    — ¡Ojalá no te necesitara! —Masculló Xar, lanzando espumarajos y con la saliva rebosando de sus labios—. Me gustaría no necesitar la información que guardas en ese negro corazón. Me gustaría llevarte al Laberinto y que tuvieras en brazos a los niños agonizantes como los he tenido yo. Te dejaría murmurarles, como he hecho yo: «Todo irá bien. Pronto se acabará el miedo». ¡Y me gustaría que sintieras la envidia, Samah! La envidia que te embarga cuando contemplas esa carita fría y pacífica y te das cuenta de que, para ese chiquillo, el miedo ha terminado mientras que, para ti, acaba de empezar...
    Ahora, Xar estaba en calma. La furia había pasado y sentía un gran cansancio, como si hubiera pasado horas combatiendo contra un poderoso enemigo. Cuando quiso dar un paso, notó que le fallaba la pierna y se vio obligado a apoyarse en el muro de piedra de la celda.
    —Pero, por desgracia, preciso de ti, Samah. Te necesito para que respondas a una... cuestión. —Xar se pasó la manga de la túnica por los labios y se secó el sudor frío del rostro. Después, exhibió una sonrisa melancólica y desanimada—.
    ¡Para ser sincero, Samah, cabeza del Consejo de los Siete, espero..., deseo fervientemente que decidas no responder!
    Samah levantó el rostro. Tenía los ojos hundidos y la piel muy pálida. Parecía realmente como si lo hubiera atravesado la lanza de su enemigo.
    —No te culpo por odiarme así. No pretendíamos... —Se vio obligado a hacer una pausa para humedecerse los labios—. Nunca fue nuestra intención someteros a tales sufrimientos. No fue nuestra intención que la prisión se convirtiera en una trampa mortal. La concebimos como un lugar donde someteros a prueba... ¿No lo entiendes? —Samah miró a Xar con expresión de abierta súplica—. Era una prueba, nada más. Una prueba difícil, destinada a enseñaros humildad y paciencia.
    Una prueba dirigida a aplacar vuestra agresividad...
    —A hacernos más débiles —intervino Xar en un susurro.
    —Sí —confirmó Samah, al tiempo que bajaba lentamente la cabeza—. A debilitaros.
    —Nos teníais miedo.
    —Sí, os temíamos.
    —Esperabais que muriésemos allí...
    —No. —Samah movió la cabeza.
    —El Laberinto —insistió Xar— fue la forma concreta que adoptó esa esperanza. Una esperanza secreta que no os atrevíais a reconocer ni siquiera a vosotros mismos, pero que quedó susurrada en las palabras mágicas que crearon el Laberinto. Y fue esa terrible esperanza secreta lo que proporcionó a éste su maléo poder.
    Samah no respondió. vió a hundir la cabeza.
    El Señor del Nexo se apartó de la pared de piedra y se plantó ante Samah; alargó la mano hasta colocarla bajo la mandíbula del sartán y tiró de ella hacia arriba y hacia atrás, obligando a Samah a levantar la vista.
    El sartán se encogió en un gesto defensivo. Cerró las manos en torno a las muñecas del viejo patryn e intentó liberarse de la presa, pero Xar era poderoso y su magia estaba intacta. Las runas azules emitieron un destello. Samah exhaló un gemido de dolor y apartó las manos como si hubiera tocado unas brasas encendidas.
    Los delgados dedos de Xar se hundieron profunda y dolorosa—mente en la mandíbula del sartán.
    — ¿Dónde está la Séptima Puerta?
    Samah lo miró con perplejidad y Xar, complacido, vio — ¡por fin!—el miedo en los ojos del sartán.
    — ¿Dónde está la Séptima Puerta? —repitió, estrujando la cara de Samah.
    —No sé... de qué me hablas —murmuró a duras penas el sartán.
    —Me alegro —replicó Xar con satisfacción—. De momento, tendré el placer de enseñarte. Entonces me lo dirás.
    Samah logró sacudir la cabeza.
    — ¡Antes muerto! —jadeó.
    —Sí, es probable que antes te mate —asintió Xar—. Y entonces me lo dirás.
    Tu cadáver me lo dirá. He dominado el arte, ¿sabes? Ese arte que tú has venido a aprender. Haré que te lo enseñen también a ti, aunque para entonces no te servirá de mucho.
    Xar soltó al sartán y se limpió las manos en la ropa. No le gustaba la sensación del agua de mar en la piel y ya podía apreciar el erecto debilitador sobre su magia rúnica. Se dio la vuelta con gesto cansino y abandonó la celda. Los barrotes de hierro reaparecieron en la puerta cuando el Señor del Nexo la hubo dejado atrás.
    —Lo único que lamento es no tener fuerza suficiente para enseñarte yo mismo. Pero te espera uno que, como yo, también desea venganza. Creo que lo conoces; intervino en tu captura.
    Samah se puso en pie y sus manos se aferraron a los barrotes.
    — ¡Me equivoqué! ¡Mi pueblo cometió un error, lo reconozco! No puedo ofrecerte ninguna excusa salvo, que tal vez, que nosotros también sabemos qué es vivir en el miedo. Ahora me doy cuenta. Alfred, Orla... Ella tenía razón. —Samah cerró los ojos con una mueca de dolor y exhaló un profundo suspiro. Cuando vió a abrirlos, clavó la vista en Xar y sacudió los barrotes—. Pero tenemos un enemigo común —dijo—. Un enemigo que nos destruirá a todos. A nuestros dos pueblos, a los mensch... ¡A todos!
    — ¿Y qué enemigo es ése? —Xar estaba jugando con su víctima.
    — ¡Las serpientes dragón! O la forma que adopten. Esas criaturas pueden transformarse en cualquier cosa, Xar. Eso es lo que las hace tan peligrosas y tan poderosas. Ese Sang-drax, el que me capturó... es una de ellas.
    —Sí, lo sé—respondió Xar—. Me ha resultado muy útil.
    — ¡Eres tú quien está siendo utilizado! —exclamó Samah con frustración.
    Hizo una pausa, tratando desesperadamente de encontrar algún modo de demostrar lo que decía—. Seguro que uno de los tuyos te habrá alertado. Ese joven patryn, el que llegó a Chelestra... El descubrió la verdad acerca de las serpientes dragón e intentó avisarme, pero no le hice caso. No le creí. Y abrí la Puerta de la Muerte. El y Alfred... ¡Haplo! Ése era el nombre que utilizaba: Haplo.
    — ¿Qué sabes de Haplo?
    —Él descubrió la verdad —insistió Samah tétricamente—. Intentó hacerme entender... Estoy seguro de que también te habrá alertado a ti, su Señor.
    « ¿De modo que así me muestras tu agradecimiento, Haplo? —preguntó Xar a las cerradas sombras—. Ésta es tu gratitud por haberte salvado la vida, hijo. Me pagas con la traición.» —Tu plan ha fracasado, Samah —replicó con frialdad—. Tu intento de corromper la fidelidad de mi sirviente ha sido vano. Haplo me lo contó todo, lo reconoció todo. SÍ quieres hablar, sartán, hazlo de algo interesante. ¿Dónde está la Séptima Puerta?
    —Es evidente que Haplo no te lo ha contado todo —dijo Samah con una mueca de ironía en los labios—. De lo contrario, ya conocerías la respuesta. Él estuvo allí. Él y Alfred; al menos, eso es lo que he deducido de algo que dijo Alfred.
    Al parecer, tu Haplo no confía en ti más de lo que Alfred en mí. Me pregunto dónde nos equivocaríamos...
    Xar estaba molesto, aunque tuvo buen cuidado de no demostrarlo. ¡Haplo otra vez! Haplo sabía... ¡y él, no! Era enloquecedor.
    —La Séptima Puerta —repitió Xar, como si no hubiese oído nada.
    —Eres un estúpido —murmuró Samah con gesto abatido. Soltó los barrotes y se dejó caer de nuevo en el banco de piedra—. Un estúpido. Igual que yo lo fui.
    Estás condenando a tu pueblo. —Con un suspiro, hundió la cabeza entre las manos—. Igual que yo he condenado al mío.
    Xar hizo un gesto seco e imperioso. Sang-drax se apresuró por el pasadizo en penumbra, desagradablemente húmedo.
    El Señor del Nexo estaba en un dilema. Deseaba ver sufrir a Samah, desde luego, pero también lo quería muerto. Notaba una comezón en los dedos. En su cerebro, ya estaba trazando las runas de la nigromancia que darían inicio a la terrible resurrección.
    Sang-drax entró en la celda. Samah no alzó la mirada, aunque Xar notó que el cuerpo del sartán se ponía tenso en una reacción inuntaria, disponiéndose a soportar lo que se avecinaba.
    Xar se preguntó qué sería esto. ¿Qué se proponía hacer la serpiente dragón?
    La curiosidad le hizo olvidar por un instante su impaciencia por ver terminado todo aquello.
    —Empieza —dijo a Sang-drax.
    La serpiente dragón no se movió. No levantó la mano contra Samah, ni invocó el fuego ni el metal. Pero, de pronto, Samah echó atrás la cabeza. Sus ojos, abiertos de terror, contemplaron algo que sólo él veía. Levantó las manos e intentó emplear las runas sartán pata defenderse pero, empapado como estaba con el agua del mar de Chelestra que anulaba su magia, ésta no surtió efecto.
    Y quizá no habría funcionado en ningún caso, pues Samah combatía contra un enemigo surgido de su propia mente, un enemigo salido de las profundidades de su propia ciencia al que habían dado vida las insidiosas facultades de la serpiente dragón.
    Samah soltó un grito, se incorporó de un salto y se lanzó contra la pared de piedra en un esfuerzo de escapar.
    No había escapatoria. Se tambaleó como si hubiera recibido un golpe tremendo y lanzó un nuevo grito, esta vez de dolor. Quizás unas zarpas afiladas le estaban desgarrando la piel, o unos colmillos le desgarraban la carne o acababa de acertarle en el pecho una flecha. Se derrumbó en el suelo, retorciéndose de agonía.
    Después, tras un estremecimiento, se quedó inmóvil.
    Xar lo miró un momento y torció el gesto.
    — ¿Está muerto? —El patryn estaba decepcionado. Aunque ahora podía empezar a practicar sus artes nigrománticas, la muerte había llegado demasiado deprisa; había sido demasiado fácil.
    — ¡Espera!— le previno la serpiente dragón, y pronunció una palabra en sartán.
    Samah se incorporó hasta quedar sentado en el suelo, con las manos en una herida inexistente. Miró a su alrededor con pánico, recordando lo sucedido. Se puso en pie, prorrumpió en un alarido grave y hueco y corrió al otro extremo de la celda. El fantasma que lo atacaba se abatió sobre él otra vez. Y otra.
    Xar escuchó los aritos aterrorizados del sartán v asintió satisfecho.
    — ¿Cuánto durará esto? —preguntó a Sang-drax, quien permanecía apoyado en uno de los muros, contemplando la escena con una sonrisa.
    —Hasta que muera..., hasta que muera de verdad. El miedo, el agotamiento, el terror, acabarán por matarlo. Pero morirá sin una marca en el cuerpo. ¿Cuánto tiempo? Depende de lo que a ti te plazca, mí Señor Xar.
    —Deja que continúe —decidió éste por último, tras reflexionar—. Iré a interrogar al otro sartán. Quizás él esté mucho más dispuesto a hablar, con los gritos de su compatriota resonando en los oídos. Cuando vuelva, preguntaré una vez más a Samah por la Séptima Puerta. Después, podrás poner fin al tormento.
    La serpiente dragón asintió. Xar dedicó un momento más a contemplar cómo el cuerpo de Samah se contorsionaba y sacudía entre terribles dolores; después, abandonó la celda del enemigo ancestral y avanzó por el pasadizo hasta llegar junto a Marit, que aguardaba ante la mazmorra del otro sartán.
    El llamado Zifnab.
    CAPITULO 3
    ABARRACH
    El viejo estaba acurrucado en la celda. Tenía un aspecto patético y macilento.
    En el momento en que un alarido explosivo de tormento insoportable surgió de los labios de Samah, el viejo se estremeció y se llevó a los ojos la punta de su barba cana amarillenta. Xar lo observó desde las sombras y llegó a la conclusión de que aquel despojo sartán se desmoronaría en un amasijo tembloroso si le daba un puntapié.
    Xar se acercó a la puerta y, con un gesto, indicó a Marit que utilizara la magia rúnica para disolver los barrotes.
    Las ropas empapadas del viejo se adherían a su cuerpo, lastimosamente flaco.
    El cabello le caía por la espalda en una masa goteante y el agua también rezumaba de su barba desordenada. Sobre el lecho de piedra, a su lado, había un ajado sombrero puntiagudo. Según todas las apariencias, el viejo había intentado escurrir el agua del sombrero, que ofrecía un aspecto retorcido y maltratado. Xar observó el sombrero con suspicacia, pensando que podía ser una fuente oculta de poder, y recibió la extraña impresión de que el sombrero estaba resentido del trato.
    —Ése que oyes gritar es tu amigo —comentó Xar con despreocupación, al tiempo que tomaba asiento junto al prisionero con buen cuidado de no mojarse.
    —Pobre Samah —dijo el viejo, temblando—. Algunos dirían que tiene su merecido, pero —su tono se hizo más suave— sólo hizo lo que creía que era más acertado. Lo mismo que tú, Señor del Nexo.
    El prisionero levantó la cabeza y lanzó una penetrante mirada a Xar con una mueca de astucia desconcertante.
    —Lo mismo que tú —repitió—. ¡Ah!, si hubieras sido más razonable... Si él hubiera sido más razonable... —inclinó la cabeza en dirección a los gritos y emitió un leve suspiro.
    Xar frunció el entrecejo. No era así como había previsto que se desarrollaran las cosas.
    —Eso mismo te espera a ti dentro de poco, Zifnab.
    — ¿Dónde...? —El viejo miró alrededor con curiosidad.
    — ¿Dónde, que? —Xar estaba irritándose por momentos.
    — ¿Zifnab? Creía... —el prisionero parecía profundamente ofendido—, creía que ésta era una celda privada.
    —No intentes uno de tus trucos conmigo, viejo estúpido. No me dejaré engañar... como le sucedió a Haplo.
    Los gritos de Samah cesaron por un instante; luego, se reanudaron. El viejo miraba a Xar con cara inexpresiva, aguardando a que el Señor del Nexo continuara.
    — ¿Quién? —inquinó por último.
    Xar estuvo tentado de empezar a torturarlo allí mismo y sólo logró contenerse gracias a un poderoso esfuerzo de untad.
    —Haplo. Lo conociste en el Nexo, junto a la Ultima Puerta, laque conduce al Laberinto. Alguien te vio y te escuchó allí, de modo que no te hagas el tonto.
    — ¡Yo nunca me hago el tonto! —El prisionero se irguió con arrogancia—.
    ¿Quién me vio?
    —Un niño, un tal Bane. ¿Qué sabes de Haplo? —inquinó Xar.
    —Haplo... Sí, me parece que recuerdo... —El viejo dio nuevas muestras de inquietud y alargó una mano mojada y temblorosa—. ¿Un tipo bastante joven, con tatuajes azules, al que acompaña un perro?
    —Sí —masculló Xar—, ése es Haplo.
    El viejo agarró la mano de Xar y la estrechó calurosamente.
    —Haz el favor de darle recuerdos míos...
    Xar apartó la mano al instante y dirigió la vista hacia ella; percibió con disgusto la debilidad de los signos allí donde d agua de Chelestra había tocado la piel.
    —De modo que he de darle a Haplo, un patryn, recuerdos de un sartán... —Se secó la mano en la ropa y añadió—; Así pues, mi enviado es un traidor, como vengo sospechando desde hace mucho tiempo.
    —No, Señor del Nexo, te equivocas —replicó el prisionero en tono franco y bastante apenado—. De todos los patryn, Haplo es el más leal a ti. Él os salvará a ti y a tu pueblo, si le concedes la oportunidad.
    — ¿Que él me salvará? ¿A mí? —Xar se quedó boquiabierto de asombro. Por fin, sonrió tétricamente—. Será mejor que se preocupe de salvarse a sí mismo. Lo mismo que deberías hacer tú, sartán. ¿Qué sabes de la Séptima Puerta?
    —La ciudadela—dijo el viejo.
    — ¿Qué? —Inquirió Xar con fingida despreocupación—. ¿Qué has dicho de la ciudadela?
    El prisionero abrió la boca, dispuesto a responder, cuando de pronto soltó un grito de dolor, como si hubiera recibido una patada.
    — ¿Por qué has hecho eso? —exclamó, viéndose en redondo y dirigiéndose al vacío—. No he dicho nada que... Bueno, por supuesto, pero pensaba que tú...
    ¡Oh, muy bien!
    Con gesto mohíno, se vió otra vez y dio un respingo al ver a Xar.
    — ¡Oh, hola! ¿Nos han presentado?
    — ¿Qué has dicho de la ciudadela? —repitió Xar. El Señor del Nexo tenía la certeza de haber oído algo acerca de una ciudadela, pero no era capaz de recordar qué.
    — ¿La ciudadela? ¿Qué ciudadela? —El anciano prisionero parecía desconcertado.
    Xar emitió un suspiro.
    —Te he preguntado por la Séptima Puerta y tú has mencionado la ciudadela.
    —Pero no está ahí. Rotundamente, no —aseguró el viejo con un enérgico gesto de cabeza. Ganó tiempo dirigiendo la mirada con aire nervioso a todos los rincones de la celda y, por fin, añadió en voz alta—: Lo lamento por Bane.
    — ¿Qué hay de Bane? —quiso saber Xar, entrecerrando los ojos.
    —Ha muerto, ¿sabes? Pobre chiquillo.
    Xar se quedó sin habla, tan grande fue su sorpresa. El prisionero continuó desvariando:
    —Hay quien diría que no tenía la culpa de ser como era, teniendo en cuenta cómo fue criado y todo eso. Una infancia desdichada y sin amor, un padre que era un hechicero maléo... El pequeño no tenía la menor posibilidad. ¡Esa historia no me convence! —El viejo parecía terriblemente acalorado—. Ahí está el problema del mundo. Ya nadie está dispuesto a asumir la responsabilidad de sus actos. Adán culpa del incidente de la manzana a Eva. Ella dice que obró por influencia de la serpiente. La serpiente dice que, en primer lugar, la culpa es de Dios por poner el árbol allí. ¿Lo ves? Nadie quiere asumir su responsabilidad.
    De alguna manera, Xar había perdido el control de la situación. Ni siquiera disfrutaba ya con el eco de los gritos de Samah.
    — ¿Qué hay de Bane? —insistió.
    — ¡Y tú! —Gritó el viejo, sin hacerle caso—. Has fumado cuarenta paquetes de cigarrillos al día desde que cumpliste los doce y ahora culpas a un anuncio de producirte cáncer de pulmón.
    — ¡Eres un chiflado delirante! —Xar empezó a dar media vuelta—. Mátalo — ordenó a Marit—. No sacaremos nada más de este idiota mientras siga vivo...
    — ¿De qué estábamos hablando? ¡Ah, sí! De Bane. —El viejo suspiró y movió la cabeza. vió la vista hacia Marit y añadió—: ¿Quieres que te cuente algo de él, querida?
    Marit guardó silencio y miró a Xar, quien asintió.
    —Sí —dijo entonces la patryn, tomando asiento a regañadientes junto al prisionero.
    —Pobre Bane —suspiró éste—. Pero todo fue para bien. Ahora habrá paz en Ariano. Y muy pronto los enanos pondrán en funcionamiento la Tumpa-chumpa...
    Xar ya había oído suficiente y abandonó la celda como una tromba. Notaba una furia casi irracional, una sensación que no le agradó. Se obligó a pensar con lógica, y la llamarada de cólera se mitigó como si alguien hubiera cerrado uno de los chorros de gas que proveían de luz a aquel palacio, oscuro como una tumba.
    Ya fuera, llamó a Marit con un gesto.
    La patryn dejó la compañía del viejo y éste, en su ausencia, continuó hablándole a su sombrero.
    —No me gusta eso que he oído sobre Ariano —dijo Xar en voz baja—. No creo lo que dice ese viejo bobo y senil, pero hace mucho tiempo que tengo la sensación de que algo anda mal. Ya debería tener noticias de Bane. Viaja a Ariano, hija, y averigua qué está pasando. ¡Pero abstente de intervenir en nada! ¡Y no te des a conocer... a nadie!
    Marit hizo un breve gesto de asentimiento.
    —Haz los preparativos para la marcha y luego ven a mis aposentos para recibir las instrucciones finales —continuó el Señor del Nexo—. Utilizarás mí nave.
    ¿Sabrás pilotarla a través de la Puerta de la Muerte?
    —Sí, mi Señor —respondió Marit—. ¿Deseas que envíe a alguien aquí abajo para ocupar mi lugar?
    Xar reflexionó unos instantes.
    —Manda a uno de los lázaros. Pero que no sea Kleitus —se apresuró a añadir—. Cualquier otro. Tal ve/, tenga que hacerle alguna consulta cuando proceda a resucitar el cuerpo de Samah.
    —Sí, mi Señor. —Con una respetuosa reverencia, Marit se marchó.
    Xar permaneció donde estaba, con la vista fija en la celda de Zifnab. El prisionero parecía haberse olvidado de la existencia del patryn y se mecía de un lado a otro, haciendo chasquear los dedos mientras canturreaba por lo bajo: «Soy un bluesman, ba-dop, daba-dop, daba-dop, ba-dop. Sí, soy un bluesman...».
    Xar repuso los barrotes en la entrada de la mazmorra con torvo placer.
    —Viejo estúpido, tu cadáver revivido me dirá quién eres de verdad. Y me dirá la verdad acerca de Haplo.
    El patryn desanduvo sus pasos por el corredor hacia la celda de Samah. Los gritos habían cesado temporalmente. La serpiente dragón estaba asomada a través de los barrotes. Xar se le acercó por detrás.
    Samah yacía en el suelo y parecía al borde de la muerte; su piel había adquirido un color arcilloso y brillaba por el sudor. Su respiración era espasmódica. Su cuerpo seguía contorsionándose y sacudiéndose.
    —Lo estás matando —apuntó Xar.
    —Ha resultado ser más débil de lo que había creído, Señor —dijo Sang-drax en tono de disculpa—. En fin, podría secarlo y permitirle que se curase a sí mismo.
    Incluso así seguiría muy débil, probablemente demasiado como para intentar escapar. De todos modos, correríamos cierto riesgo...
    —No. —Xar empezaba a estar harto—. Necesito la información. Reanímalo lo suficiente como para que pueda hablar con él.
    Los barrotes de la celda se disolvieron. Sang-drax entró en la mazmorra y sacudió a Samah con la puntera de la bota. El sartán se encogió con un gemido.
    Xar se acercó, hincó la rodilla junto al cuerpo de Samah y, tomando entre ambas manos la cabeza del sartán, la levantó del suelo. El gesto no tuvo nada de delicado:
    las largas uñas se clavaron en la grisácea carne de Samah y dejaron unos relucientes regueros de sangre.
    El sartán abrió los ojos— los vió hacia el Señor del Nexo y se estremeció de terror, pero su mirada no mostraba el menor indicio de reconocimiento. Xar le sacudió la cabeza y clavó los dedos hasta el hueso.
    — ¡Reconóceme! ¡Recuerda quién soy!
    La única reacción de Samah fue un jadeo, un intento de encontrar aire. Su garganta emitió un barboteo. Xar reconoció los síntomas.
    — ¡La Séptima Puerta! ¿Dónde está la Séptima Puerta?
    A Samah casi se le salieron los ojos de las órbitas.
    —No fue nuestra intención... Muerte... ¡Caos! ¿Qué... fue mal...?
    — ¡La Séptima Puerta! —insistió Xar.
    —Desaparecida. —Samah cerró los párpados y balbuceó, febril—:
    Desaparecida. Nos deshicimos... de ella. Nadie sabe... Los rebeldes... Podrían intentar... perturbar... Nos deshicimos de...
    Un borbotón de sangre asomó entre los labios de Samah. Su mirada se perdió en el vacío, fija con horror en algo que sólo el sartán podía ver.
    Xar dejó caer la cabeza, que cayó sin oponer resistencia y golpeó el suelo de piedra con un ruido seco. El patryn posó una mano sobre el inerte pecho de Samah y le buscó el pulso en la muñeca con los dedos de la otra. Nada.
    —Está muerto —anunció con frialdad, presa de una expectación contenida—, Y sus últimos pensamientos han sido para la Séptima Puerta. Deshacerse de la Puerta, ha dicho. ¡Qué absurdo! Ha demostrado ser más poderoso que tú, Sangdrax.
    El sartán ha tenido fuerzas para mantener su discurso hasta el final. ¡Y ahora, deprisa!
    Xar arrancó a jirones las ropas mojadas del sartán hasta dejar al descubierto su torso. Sacó una daga cuya hoja llevaba grabadas unas runas, apoyó su aguda punta sobre el corazón de Samah y cortó la piel. La sangre, caliente y carmesí, manó bajo la afilada hoja del arma. Xar empleó la daga para trazar las runas de la nigromancia en la carne muerta de Saman con gestos rápidos y seguros, repitiendo los signos mágicos en un murmullo inaudible al tiempo que los dibujaba en el cadáver.
    La piel se enfrió bajo la mano del Señor del Nexo y la sangre fluyó con menos fuerza. La serpiente dragón permanecía en las proximidades, observando la escena con una sonrisa en su ojo bueno. Xar no levantó la vista de su trabajo. Al oír unas pisadas que se aproximaban, se limitó a decir:
    — ¿Lázaro? ¿Estás ahí?
    —Aquí estoy —anunció una voz.
    —... aquí estoy —repitió el eco susurrante.
    —Excelente.
    El Señor del Nexo se relajó. Tenía las manos bañadas en sangre; la daga también estaba empapada en ella. Colocó la diestra sobre el corazón de Samah y pronunció una palabra. La runa del corazón emitió un brillo azulado. Con la velocidad del rayo, la magia se extendió del signo mágico del corazón a otro contiguo, y de éste al siguiente, y muy pronto el resplandor azulado parpadeaba por todo su cuerpo.
    Una forma fantasmagórica, luminosa, se hizo corpórea cerca del cuerpo, como una sombra del sartán compuesta de luz y no de oscuridad. Xar exhaló un jadeo tembloroso de asombro y temor. Aquella pálida imagen era el fantasma, la parte etérea e inmortal de todo ser viviente, lo que los mensch llamaban «el alma».
    El fantasma intentó alejarse del cuerpo, liberarse de él, pero estaba atrapado en el entorio de carne helada y ensangrentada y no podía hacer otra cosa que agitarse en una agonía comparable a la experimentada por el cuerpo cuando, aún vivo, lo habían sometido al tormento.
    De pronto, el fantasma desapareció. Xar torció el gesto pero, al momento, apreció cómo los ojos muertos se iluminaban patéticamente desde dentro. El espíritu se había unido por un instante con el cuerpo y había producido en éste un remedo de auténtica vida.
    — ¡Lo he hecho! —Exclamó Xar con júbilo—. ¡Lo he hecho! ¡He devuelto a la vida a un muerto!
    Pero ¿qué hacer con él, ahora? El Señor del Nexo no había visto resucitar a nadie; su única referencia al respecto era la descripción que le había hecho Haplo y éste, pasmado y trastornado, había sido muy sucinto en su exposición.
    El cadáver de Samah se incorporó hasta quedar sentado en el suelo, con el cuerpo muy erguido. Se había convertido en un lázaro.
    Sobresaltado, Xar retrocedió un paso. Las runas de su piel emitieron un intenso fulgor rojo y azul. Los lázaros son seres poderosos que regresan a la vida con un odio terrible por todos los seres vivos. El lázaro tiene la fuerza de quien es insensible al dolor y a la fatiga.
    Desnudo, con el cuerpo cubierto de sangrientos trazos de signos mágicos patryn, Samah miró a su alrededor con aire confuso mientras sus ojos muertos se iluminaban esporádicamente con una penosa imitación de vida cada vez que el fantasma se colaba en el cuerpo por unos instantes.
    Emocionado por su logro, admirado de lo que había hecho, Xar necesitó tiempo para pensar, para tranquilizarse.
    —Dile algo, lázaro. Háblale.
    Con una mano temblorosa de excitación, el Señor del Nexo hizo un gesto al recién llegado y se retiró contra una pared lejana para observar la escena y gozar de su triunfo.
    El lázaro se adelantó, obediente. Antes de su muerte —que sin duda había sido violenta, a juzgar por las terribles marcas aún visibles en el gaznare del cadáver—, el hombre era joven y bien parecido. Xar apenas le prestó atención, salvo una breve mirada para asegurarse de que no era Kleitus.
    —Tú eres uno de los nuestros —dijo el lázaro a Samah—. Eres un sartán.
    —Lo soy.... lo era —dijo la voz del cadáver.
    —... lo soy..., lo era —repitió el eco lúgubre del fantasma atrapado.
    — ¿Por qué viniste a Abarrach?
    —Para aprender nigromancia.
    —Viniste aquí, a Abarrach, para aprender el arte de la nigromancia. Para usar a los muertos como esclavos de los vivos.
    —Sí, eso hice.
    —Pero ahora conoces el odio que los muertos sienten por los vivos, que los mantienen sometidos. Porque te das cuenta de ello, ¿verdad? Te das cuenta... La libertad...
    El fantasma se agitó con furia en un vano intento de escapar. El odio en la expresión del cadáver cuando vió sus ojos ciegos —y, a la vez, terriblemente penetrantes— hacia Xar hizo que incluso el patryn palideciera.
    —Tú, lázaro —interrumpió con aspereza el Señor del Nexo—, ¿cómo te llamabas?
    —Jonathon.
    —Jonathon, pues. —El nombre le recordaba algo a Xar, pero no consiguió concretar qué—. Ya basta de hablar de odio. Ahora, vosotros los lázaros estáis libres de las debilidades de la carne que conocíais cuando estabais vivos. Y sois inmortales. Es un gran don el que nosotros, los vivos, os hemos otorgado...
    —Un don que compartiríamos contigo gustosamente —replicó el lázaro de Samah con voz grave y pesarosa.
    —... gustosamente —repitió el eco aciago.
    Xar se sentía irritado, y el resplandor de las runas que despedía su cuerpo se intensificó.
    —No me hagas perder más tiempo. Hay muchas preguntas que deseo hacerte, Samah. Muchas cuestiones para las que quiero respuesta. Pero la primera, la más importante, es la que te hice antes de que murieras. ¿Dónde está la Séptima Puerta?
    El cadáver contrajo sus facciones; su cuerpo se estremeció. El fantasma asomó a través de los ojos sin vida con una especie de terror.
    —No voy a... —Los labios amoratados se movieron, pero no salió de ellos sonido alguno—. No voy a...
    — ¡Claro que sí! —replicó Xar con severidad, aunque no estaba muy seguro de qué hacer. ¿Cómo se amenaza a un ser que no siente dolor y que desconoce el miedo? Frustrado, se vió hacia Jonathon—. ¿Qué significa este desafío?
    Vosotros, los sartán obligabais a los muertos a revelaros sus secretos. Lo sé porque me lo dijo el propio Kleitus, además de mi siervo, que estuvo aquí antes de mi llegada.
    —Este sartán era un ser de poderosa untad cuando vivía —contestó el lázaro—. Quizá lo has resucitado demasiado pronto. Sí hubieras dejado reposar el cuerpo durante los tres días preceptivos, el fantasma habría abandonado el cuerpo y así el alma, la untad, habría dejado de obrar efecto sobre lo que hacía el cuerpo. Pero ahora el ánimo desafiante con el que murió aún permanece en él.
    —Pero ¿responderá a mis preguntas? —insistió Xar con creciente frustración.
    —Sí. Con el tiempo —repuso Jonathon, y el eco de su voz sonó cargado de pesadumbre—. Con el tiempo olvidará todo lo que, en vida, tuvo importancia para él. Finalmente, sólo conocerá el odio amargo hacia quienes aún viven.
    — ¡Tiempo! —Xar hizo rechinar los dientes—. ¿Cuánto tiempo? ¿Un día?
    ¿Quince?
    —No puedo decirte...
    — ¡Bah! —Xar se adelantó hasta situarse directamente delante de Saman—.
    ¡Respóndeme! ¿Dónde está la Séptima Puerta? ¿Qué te importa eso, ahora? — añadió en tono halagador—. Ya no significa nada para ti. Sólo me desafías porque es lo único que aún te acuerdas de hacer.
    La luz parpadeó de nuevo en los ojos inertes.
    —Nos deshicimos... de ella...
    — ¡Imposible! —Xar estaba perdiendo la paciencia. Aquello no estaba dando el resultado previsto. Había sido demasiado impaciente. Debería haber esperado. La próxima vez, lo haría. Sí, cuando diera cuenta de su siguiente víctima: el viejo—.
    Deshacerse de ella no tiene sentido. Seguro que la guardaríais donde pudierais utilizarla de nuevo si era preciso. Tal vez tú mismo la usaste... ¡para abrir la Puerta de la Muerte! Dime la verdad. ¿Tiene alguna relación con una ciudadela...?
    — ¡Amo!
    El grito de alarma llegó del pasadizo. Xar vió la cabeza bruscamente hacia el sonido.
    — ¡Amo! —Era Sang-drax quien llamaba, gesticulante, desde el fondo del corredor—, ¡Ven enseguida! ¡El viejo...!
    — ¿Ha muerto? —Gruñó Xar—. No importa. Ahora, déjame que siga...
    —Muerto, no. ¡Ha desaparecido! ¡Se ha esfumado!
    — ¿Qué broma es ésa? ¡No puede ser! ¿Cómo iba a escaparse?
    —No lo sé, Señor del Nexo. —El susurro sibilante de Sang-drax vibró con una furia que sobresaltó al propio Xar—. ¡Pero no está! Ven a comprobarlo tú mismo.
    No había otro remedio. Xar dirigió una última mirada funesta a Samah, que parecía completamente ajeno a cuanto estaba sucediendo, y se apresuró pasadizo adelante.
    Cuando el Señor del Nexo hubo salido, cuando su voz se alzó, estridente y furiosa, desde el otro extremo del bloque de mazmorras, Jonathon habló en un susurro apaciguador.
    —Ahora ves. Ahora entiendes.
    — ¡Sí! —El fantasma se asomó a través de los ojos muertos con desesperación, como el cuerpo se había asomado entre los barrotes de la celda cuando aún estaba con vida—. Ahora veo. Ahora entiendo.
    —Siempre supiste la verdad, ¿no es cierto?
    — ¿Cómo podía aceptarla? Teníamos que parecer dioses. ¿En que podía convertirnos la verdad?
    —En mortales. Lo que erais.
    —Demasiado tarde. Todo está perdido. Todo está perdido.
    —No. La Onda se corrige. Descansa en ella. Relájate. Flota con ella y deja que te transporte.
    El fantasma de Samah pareció titubear. Se introdujo en el cuerpo y vió a salir de él, pero todavía no pudo escapar.
    —No puedo. Debo quedarme. Tengo que aferrarme...
    — ¿Aferrarte a qué? ¿Al odio? ¿Al miedo? ¿A la venganza? Reposa. Descansa en la Onda. Nota cómo te eleva.
    El cadáver de Samah permaneció sentado sobre la dura piedra. Los ojos contemplaron a Jonathon.
    — ¿Podrán perdonarme...? —musitó.
    — ¿Puedes perdonarte a ti mismo? —replicó el lázaro con suavidad.
    El cuerpo de Samah, con la carne cenicienta y cubierta de sangre, se tendió lentamente sobre el lecho de piedra y, tras un estremecimiento, se quedó inmóvil.
    Los ojos se apagaron hasta quedar desprovistos de cualquier chispa de vida.
    Jonathon alargó la mano y le cerró los párpados.
    Xar contempló la entrada de la celda de Zifnab con resquemor, sospechando algún truco. Novio nada. Ni rastro del viejo sartán empapado y abatido.
    — ¡Dame esa antorcha! —ordenó, mirando a un lado y otro con irritada frustración.
    El Señor del Nexo disolvió los barrotes de la mazmorra con un gesto impaciente, penetró en la celda y escrutó a la luz de la antorcha cada rincón del recinto.
    — ¿Qué imaginas que vas a encontrar, mi Señor? —refunfuñó Sang-drax—.
    ¿Acaso crees que el viejo está jugando al escondite? ¡Te digo que ha desaparecido!
    A Xar no le gustó el tono de la serpiente dragón. Se vió y sostuvo la tea de modo que su luz llameara justo frente al único ojo útil de la criatura.
    —Si ha escapado, es culpa tuya. Tú eras el encargado de su custodia. ¡El agua del mar de Chelestra...! —añadió, en tono irónico—. Decías que los privaba de sus poderes... ¡Es evidente que no!
    — ¡Te aseguro que lo hacía! —murmuró Sang-drax.
    —Pero no podrá ir muy lejos —prosiguió Xar, pensativo—. Tenemos guardias apostados a la entrada de la Puerta de la Muerte.
    El viejo...
    De repente, la serpiente dragón soltó un siseo, un silbido de furia que pareció rodear a Xar con sus anillos y estrujarlo hasta dejarlo sin aliento. Sang-drax señaló el lecho de piedra con una mano cubierta de falsas runas.
    — ¡Ahí, ahí! —fue lo único que alcanzó a articular entre gorgoteos.
    Xar movió la antorcha para iluminar el lugar que indicaba y captó un destello, un reflejo producido por algo colocado sobre la piedra. Alargó la mano, lo recogió y lo sostuvo a la luz de la tea.
    —Sólo es una escama...
    — ¡Una escama de dragón! —Sang-drax la observó con aborrecimiento y no hizo el menor ademán de tocarla.
    —Es posible. —Xar no se mostró tan seguro—. Hay muchos reptiles que tienen escamas, y no todos ellos son dragones. ¿Y qué? Esto no tiene nada que ver con la desaparición del viejo. Debe de llevar siglos aquí...
    —Seguro que tienes razón, Señor del Nexo. —De pronto, la voz de Sang-drax había adquirido un tono de indiferencia y desinterés, aunque su ojo bueno permaneció fijo en la escama—. ¿Qué relación podría haber entre un dragón, uno de mis primos, por ejemplo, y ese viejo chiflado? Iré a alertar a la guardia.
    —Soy yo quien da las órdenes... ——empezó a decir Xar, pero era desperdiciar saliva.
    Sang-drax se había esfumado.
    Colérico, el Señor del Nexo echó una nueva mirada en torno a la mazmorra vacía al tiempo que notaba bajo la piel un hormigueo, una inquietud perturbadora como nunca había experimentado.
    — ¿Qué está sucediendo aquí? —se vio obligado a mascullar. Y el mero hecho de tener que hacerse aquella pregunta indicó al Señor del Nexo que había perdido el control.
    Xar había conocido el miedo muchas veces en su vida. Lo conocía cada vez que se introducía , pero a pesar de todo era capaz de entrar; era capaz de dominar el miedo y utilizarlo, de canalizarlo para usar su energía en la auto conservación, porque sabía que dominaba la situación. Quizás ignorase qué enemigo en concreto iba a enviarle el Laberinto, pero conocía todas las clases de enemigo que existían allí y sabía rodos sus puntos fuertes y sus debilidades.
    En cambio, esta vez... ¿Qué estaba sucediendo? ¿Cómo había podido escapar aquel viejo atontado? Y otra cosa aún más importante, ¿de qué tenía miedo Sangdrax?
    ¿Qué le ocultaba la serpiente dragón?
    Haplo no confiaba en ellas, se dijo mientras dirigía una mirada colérica a la escama que sostenía en la mano. «Me avisó que desconfiara de ellas —continuó pensando, ceñudo—. Y lo mismo me recomendó ese estúpido que acabo de resucitar en la otra celda. No es que esté dispuesto a creer cualquier cosa de ninguno de los dos, pero empiezo a sospechar que esas serpientes dragón tienen sus propios objetivos, que tal vez coincidan con los míos o tal vez no.» «Sí, Haplo me previno contra ellas pero ¿y si lo hizo sólo para disimular que, en realidad, está aliado con ellas? Una vez lo llamaron "amo"; él mismo me lo contó. Y Kleitus también habla con ellas. Tal vez todos ellos se han conjurado contra mí.» Xar contempló de nuevo la celda. La luz de la antorcha empezaba a vacilar; las sombras se hicieron más oscuras y comenzaron a cerrarse a su alrededor. Al patryn le resultaba indiferente que hubiera luz o no. Los signos mágicos tatuados en su cuerpo podían compensar su ausencia e iluminar las tinieblas, si quería. No le gustaba aquel mundo; en Abarrach se sentía permanentemente asfixiado, sofocado. El aire era nocivo y, aunque su magia anulaba los efectos tóxicos, era incapaz de eliminar la pestilencia de los vapores sulfurosos y de amortiguar el hedor a muerte.
    —Tengo que ponerme en marcha, y pronto —murmuró entre dientes.
    Empezaría por determinar la ubicación de la Séptima Puerta.
    Abandonó la celda de Zifnab y, con paso rápido, regresó por el corredor hasta la celda de Samah. El lázaro Jonathon (¿dónde había oído aquel nombre?, se dijo Xar. En boca de Haplo, sin duda, pero ¿en qué contexto?) estaba en el pasadizo. El cuerpo del lázaro permanecía inmóvil, pero su fantasma se cernía, inquieto, en una actitud que a Xar le resultó sumamente desconcertante.
    —Ya has cumplido tu propósito —le dijo—. Puedes irte.
    El lázaro no respondió, ni puso reparos. Se limitó a marcharse.
    Xar esperó hasta que hubo desaparecido por el pasadizo arrastrando los pies.
    A continuación, borró de su mente la perturbadora figura del lázaro y el asunto de Sang-drax y la escama de dragón y concentró la atención en lo importante: Samah.
    El cuerpo yacía sobre el catre de piedra, donde parecía dormir apaciblemente.
    Al Señor del Nexo, aquello le resultó más irritante que nunca.
    — ¡Levántate! —ordenó enérgicamente—. Quiero hablar contigo.
    El cadáver no se movió.
    Una sensación de pánico atenazó el cuerpo de Xar al advertir que Samah tenía los ojos cerrados. El patryn no había visto ningún lázaro que deambulara con los ojos cerrados, igual que no lo hacían los vivos. Se inclinó sobre el cuerpo yaciente y levantó uno de los fláccidos párpados.
    Nada le devió la mirada. Ninguna luz de vida espectral brilló levemente o titiló. Los ojos estaban vacíos. El fantasma se había marchado, había escapado.
    Samah estaba libre.
    CAPÍTULO 4
    NECRÓPOLIS ABARRACH
    A Marit no le llevó mucho tiempo prepararse para el viaje. Escogió las ropas que llevaría en Ariano, seleccionándolas de los guardarropas que habían dejado los sartán asesinados por sus propios muertos. Se decidió por una prenda que ocultaba las runas de su cuerpo y cogió otra que le daba el aspecto de una humana. Empacó las ropas junto con varias de sus armas favoritas, llenas de runas grabadas, y llevó el equipo a una nave patryn que flotaba en el mar de lava de Abarrach. Después, regresó al castillo de Necrópolis.
    Recorrió las estancias aún manchadas con la sangre vertida la espantosa Noche de los Muertos Alzados, término que empleaban los lázaros para referirse a su triunfo. La sangre derramada era sartán, sangre de sus enemigos, de modo que los patryn no habían hecho el menor intento de eliminarla sino que la habían dejado donde estaba, salpicando suelos y paredes. Los coágulos secos, mezclados con las runas rotas de la magia sartán, eran para los patryn un símbolo de la derrota final de su enemigo ancestral.
    Camino del estudio de su señor, Marit se cruzó con otros patryn. Con ninguno intercambió saludos ni perdió tiempo en charlas ociosas. Los patryn que Xar había llevado consigo a Abarrach eran los más duros y capaces de una raza dura y capaz. Casi todos habían sido corredores y todos habían alcanzado la Última Puerta o casi. La mayor parte de ellos había sido rescatada, en último término, por Xar; eran pocos los patryn que no le debieran la vida a su señor.
    Marit se enorgullecía del hecho de haber combatido junto a su señor, hombro ton hombro, en la terrible lucha por conseguir su liberación del Laberinto...
    Estaba cerca de la Última Puerta cuando fue atacada por unas aves gigantescas de alas coriáceas y dientes afilados que, primero, incapacitaban a sus víctimas vaciándoles los ojos y luego se lanzaban a devorar sus entrañas calientes y aún palpitantes.
    Marit combatió a las aves transformándose también en una gran rapaz, un águila gigantesca. Sus espolones abrieron grandes desgarros en muchas alas enemigas; sus vertiginosos picados abatieron a muchas otras criaturas.
    Pero, como siempre hacía el Laberinto, su magia infernal se hizo más poderosa ante la amenaza de la derrota. El número de aves de alas coriáceas aumentó, y Marit fue alcanzada incontables veces por los dientes y las garras de los atacantes. Se quedó sin fuerzas y cayó a tierra. La magia ya no podía mantener su forma alterada. vió a tomar la suya y continuó librando una batalla que sabía perdida, mientras las horripilantes criaturas aladas reoteaban en un torbellino ante su rostro, tratando de alcanzarle los ojos.
    Herida y ensangrentada, los ataques por la espalda le hicieron hincar la rodilla. Ya se disponía a darse por vencida y dejarse matar, cuando una voz atronó el aire:
    — ¡Levántate, hija! ¡Levántate y sigue luchando! ¡Ya no estás sola!
    Marit abrió los ojos, ya entornados ante la proximidad de la muerte, y vio a su señor, el Señor del Nexo.
    Se presentó como un dios, blandiendo bolas de fuego, y se colocó ante ella en actitud protectora hasta que Marit consiguió incorporarse. Le ofreció su mano, nudosa y surcada de arrugas, pero que a ella le resultó hermosísima pues le traía no sólo vida, sino también esperanza y renovado valor. Juntos, combatieron hasta obligar al Laberinto a retirarse. Las criaturas aladas supervivientes se alejaron entre agudos graznidos de rabia y frustración.
    Entonces. Marit se derrumbó. El Señor del Nexo la cogió en sus hierres brazos y atravesó con ella la Ultima Puerta, transportándola a la libertad.
    —Te ofrezco mi vida. Señor. Dispón de ella como quieras —le susurró ella antes de perder la conciencia—. Siempre... en cualquier momento...
    Xar había sonreído. El Señor del Nexo había oído muchas ofertas parecidas y sabía que todas ellas serían tomadas en cuenta. Marit había sido elegida para viajar a Abarrach como una más de los numerosos patryn que Xar había llevado con él, codos los cuales estaban dispuestos a entregar su vida por quien se la había dado.
    Cuando se aproximaba al estudio, Marit vio con extrañeza a un lázaro que deambulaba por las salas anexas. Al principio creyó que era Kleitus y estuvo a punto de ordenarle que se marchara de allí. Era cierto que el castillo había sido suyo en otro tiempo, pero el lázaro ya no tenía nada que hacer allí. Al fijarse con más atención, cosa que la patryn hizo con suma aversión, comprobó que el lázaro era el mismo que había enviado a tas mazmorras a servir a su señor. ¿Qué hacía rondando por allí? Si Marit hubiera creído posible tal cosa, habría asegurado que el lázaro merodeaba por las salas para escuchar lo que se hablaba tras las puertas.
    De nuevo, se dispuso a ordenar al lázaro que se fuera cuando otra voz, acompañada por el eco espectral que la identificaba como de otro lázaro, se adelantó a sus palabras.
    —Jonathon! —Kleitus se acercó por el corredor arrastrando los pies—. He oído al líder patryn lamentándose a gritos de su fracaso en resucitar a los muertos y se me ha ocurrido que tal vez tengas algo que ver con ello. Parece que no me equivocaba...
    —... no me equivocaba —repitió el eco doliente.
    Los dos lázaros hablaban en sartán, un idioma que Marit comprendía bastante bien, aunque le resultara desagradable e incómodo de escuchar. Se resguardó entre las sombras con la esperanza de escuchar algo que pudiera resultar útil a su señor.
    El lázaro llamado Jonathon se vió lentamente.
    —Podría darte la misma paz que he proporcionado a Samah, Kleitus.
    El difunto dinasta soltó una risotada, un sonido terrible que aún empeoró con el eco, convertido en un acongojante lamento de desesperación.
    . — ¡Sí, estoy seguro de que te alegraría mucho reducirme a polvo! —El cadáver flexionó las manos blancoazuladas y cerró los dedos de largas uñas—.
    ¡Enviarme a la nada!
    —A la nada, no —lo corrigió Jonathon—. A la libertad.
    Su voz calmosa y su eco suave fue el contrapunto al tono desesperado de Kleitus; entre ambos produjeron una tonalidad triste, pero armoniosa.
    — ¡Libertad! —Kleitus hizo rechinar sus dientes en descomposición—, ¡Yo te daré libertad!
    —... libertad —aulló el eco.
    Kleitus se abalanzó sobre el otro lázaro y sus esqueléticas manos se cerraron entorno a la garganta de Jonathon. Los dos muertos vivientes quedaron enzarzados; las manos de Jonathon se cerraron en torno a las muñecas de Kleitus y trataron de arrancarlas de allí. El dinasta se resistió, y Jonathon insistió, clavando las uñas en la carne de Kleitus sin que brotara una gota de sangre. Marit contempló la escena con horror, asqueada por lo que veía. No hizo el menor gesto de intervenir. Aquella pelea no le incumbía.
    Se escuchó un crujido, y uno de los brazos de Kleitus quedó doblado en un ángulo inverosímil. Jonathon arrojó a su oponente lejos de sí, y el dinasta se tambaleó hacia atrás hasta la pared. Desde allí, mientras se sostenía el brazo roto con el otro, Kleitus observó al otro lázaro con rabia y profunda animosidad.
    — ¡Tú le hablaste a Xar sobre la Séptima Puerta! —Contraatacó Jonathon, plantado ante Kleitus—. ¿Por qué? ¿Por qué apresurar lo que necesariamente debes considerar tu destrucción?
    Kleitus procedió a frotarse el brazo roto mientras murmuraba unas runas sartán. El hueso empezó a recomponerse; así mantenían operativos los cuerpos descompuestos que utilizaban. El cadáver del dinasta contempló a Jonathon con una sonrisa horripilante.
    —No le dije dónde estaba.
    —Tarde o temprano lo descubrirá.
    — ¡Sí, lo descubrirá! —Kleitus se rió—. Haplo le revelará su ubicación. Haplo lo conducirá a esa sala. Allí se reunirán todos...
    —... se reunirán todos—murmuró el eco con un suspiro de desconsuelo.
    —Y tú lo estarás esperando, ¿no?—apuntó Jonathon.
    —Yo encontré mi «libertad» en esa cámara —respondió Kleitus, con una sonrisa burlona en sus amoratados labios—. ¡Una vez allí, los ayudaré a encontrar la suya! Igual que tú podrás hallar la tuya...
    El dinasta hizo una pausa, vió la mirada directamente hacia donde estaba Marit y clavó en ella sus extraños ojos, que a veces eran los de un muerto y, otras veces, los de un vivo.
    A la patryn se le erizó la piel, y las runas de brazos y manos despidieron un intenso fulgor azul. Marit se maldijo a sí misma en silencio. Había hecho un ruido, apenas una inspiración un poco más profunda de lo normal, pero había resultado suficiente para delatar su presencia.
    La cosa ya no tenía remedio y decidió avanzar resueltamente hacia los lázaros.
    — ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Espiar a mi señor? Marchaos —ordenó—. ¿O acaso debo llamar a Xar para que os lo mande el?
    El lázaro Jonathon obedeció de inmediato, escabulléndose por el corredor salpicado de sangre seca. Kleitus no se movió de donde estaba y observó a Marit con expresión maléa. Parecía a punto de atacar.
    La patryn empezó a urdir en su mente un hechizo rúnico, y los signos mágicos tatuados en su piel se encendieron aún más.
    Kleitus se retiró a las sombras y recorrió el largo pasillo con sus andares arrastrados.
    Marit se estremeció al tiempo que se decía que cualquier enemigo vivo, por temible que fuese, resultaba mil veces preferible a aquellos muertos ambulantes.
    Se disponía a llamar a la puerta cuando escuchó al otro lado de ella la voz de su amo, cargada de cólera.
    — ¡Y no me has informado de ello! ¡He tenido que enterarme de lo que sucede en mi universo gracias a un viejo sartán senil!
    —Ahora comprendo que cometí un error al no informarte, mi Señor. Mi única excusa es que estabas can concentrado en el estudio de la nigromancia que no me atreví a molestarte con la penosa noticia.
    Quien así respondía era Sang-drax. La serpiente dragón empleaba de nuevo su voz lastimosa.
    Marit no supo qué hacer. No deseaba verse inucrada en una discusión entre su señor y la serpiente dragón, que le producía un profundo desagrado. Sin embargo, Xar le había ordenado presentarse ante él de inmediato y, por otra parte, no podía quedarse mucho rato ante la puerta so riesgo de parecer una espía, como el lázaro se lo había parecido a ella. Aprovechando una pausa en la conversación (una pausa debida, tal vez, a que Xar no lograba articular palabra de pura indignación), Marit llamó tímidamente a la puerta de hierba kairn.
    —Soy yo, Marit, mi Señor.
    La puerta se abrió al instante por orden mágica de Xar. Sang-drax recibió a la patryn con una reverencia y su habitual parsimonia viscosa. Haciendo caso omiso de su presencia, Marit miró a Xar.
    —Estás ocupado, mi Señor —murmuró—. Puedo ver más tarde...
    —No, querida. Entra. Esto tiene que ver contigo y con tu viaje. —Xar había recobrado su aspecto calmado, aunque sus ojos aún llameaban cuando vió la mirada hacia la serpiente dragón.
    Mark penetró en el estudio y cerró la puerta después de echar un vistazo para cerciorarse de que la antesala estaba vacía.
    —He encontrado a Kleitus y a otro lázaro junto a la puerta, mi Señor —se apresuró a informar—. Creo que estaban espiando tus palabras.
    — ¡Que lo hagan! —respondió Xar sin mostrar interés. A continuación, se dirigió a Sang-drax—: Dices que luchaste contra Haplo en Ariano. ¿Por qué?
    —Me proponía impedir que los mensch tomaran el control de la Tumpachumpa —respondió la serpiente dragón, encogiéndose—. El poder de esa máquina es inmenso, como tú mismo has supuesto. Una vez en marcha, no sólo cambiará Ariano sino que también afectará a todos los demás mundos. En manos de los mensch... — Sang-drax se encogió de hombros, dejando a la imaginación tan terrible posibilidad.
    — ¿Y Haplo ayudaba a los mensch? —insistió Xar.
    —No sólo los ayudaba. Incluso les proporcionó información, obtenida sin duda de ese sartán amigo suyo, sobre cómo hacer funcionar la gran máquina.
    Xar entornó los ojos.
    —No creo lo que dices.
    —Haplo tenía un libro, escrito en cuatro idiomas: sartán, elfo, humano y enano. ¿Quién podía habérselo proporcionado, mi Señor, sino ese que se hace llamar Alfred?
    —Si lo que dices es verdad, Haplo ya debía de tenerlo en su poder la última vez que se presentó ante mí en el Nexo —murmuró Xar—. ¿Por qué iba a hacer una cosa así? ¿Por qué razón?
    —Porque quiere gobernar Ariano, mi Señor. Y quizás el resto de los mundos, también. ¿No resulta evidente?
    —Así pues, los mensch están a punto de poner en funcionamiento la Tumpachumpa según las instrucciones de Haplo. —Xar apretó el puño con fuerza—. ¿Por qué no me has contado nada de esto hasta hoy?
    — ¿Me habrías creído? —Replicó Sang-drax sin alzar el tono de voz—. Aunque he perdido un ojo, no soy yo quien está ciego, sino tú, Señor del Nexo. ¡Mira!
    ¡Observa las pruebas que has reunido: unas pruebas que sólo indican una cosa!
    Haplo te ha mentido, te ha traicionado una y otra vez, ¡Y tú lo permites! ¡Tú lo amas, mi Señor! Y tu amor te ha cegado más aún de lo que su espada estuvo a punto de cegarme a mí.
    Marit se estremeció, asombrada ante la temeridad de la serpiente dragón, y se preparó para la tormenta de furia que, sin duda, iba a desencadenar Xar.
    Sin embargo, éste relajó lentamente el puño y, con mano temblorosa, se apoyó en el escritorio y apartó la mirada de Sang-drax y de la patryn.
    — ¿Lo mataste? —inquirió por último, con voz hueca.
    —No, mi Señor. Es uno de los tuyos, de modo que tuve buen cuidado de no matarlo. Aun así, lo dejé muy malherido. Te presento mis disculpas por ello, pero a veces no advierto mi propia fuerza. Le rompí la runa del corazón. Cuando lo vi al borde de la muerte, me di cuenta de lo que había hecho y, temiendo tu enfado, me retiré de la batalla.
    — ¿Y fue así como perdiste el ojo? —Inquirió Xar con ironía, mirando en torno a sí—. ¿Retirándote de la pelea?
    Sang-drax se sonrojó; su único ojo sano emitió un destello virulento, y las urnas defensivas de Marit cobraron vida de inmediato. Xar continuó observando a la serpiente dragón con aparente calma, y Sang-drax bajó el párpado. El fulgor rojo se apagó.
    —Tu gente son guerreros experimentados, mi Señor. —El ojo enfocó a Marit y emitió otro breve destello; después, recuperó su resplandor mortecino habitual.
    — ¿Y en qué estado se encuentra Haplo ahora? —Inquirió Xar—. No muy bueno, supongo. Recomponer la runa del corazón es un asunto lento.
    —Es cierto, mi Señor. Está terriblemente débil y no se recuperará en bastante tiempo.
    — ¿Cómo murió Bane? —preguntó Xar con bastante comedimiento, aunque sus ojos parpadeaban amenazadoramente—. ¿Y por qué te atacó Haplo?
    —Bane sabía demasiado y era leal a ti. Haplo contrató a un mensch llamado Hugh la Mano, un asesino amigo de Alfred, para que lo matara. Cuando lo hubo hecho, Haplo se adueñó del control de la gran Tumpa-chumpa.
    Cuando intenté impedírselo... en nombre tuyo, mi Señor, Haplo incitó a los mensch a atacarme a mí y a los míos. — ¿Y ellos os derrotaron? ¿Un puñado de mensch? —Xar contempló a Sang-drax con desprecio.
    —No nos derrotaron, mi Señor —respondió Sang-drax, muy digno—. Como he dicho, nos retiramos. Temimos que la Tumpa-chumpa pudiera sufrir daños si continuábamos la lucha y, como sabíamos que querías que la gran máquina permaneciera intacta, decidimos abandonar Ariano en deferencia a ti. —La serpiente dragón alzó la cabeza y miró a Xar con un brillo mortecino en el ojo—.
    Controlar la Tumpa-chumpa no era tan urgente. Lo que mi Señor quiera, seguro que lo conseguirá. En cuanto a los mensch, quizás hayan encontrado paz por el momento, pero pronto la perturbarán. Siempre se comportan así.
    Xar lanzó una mirada colérica a la serpiente dragón, que permaneció plantada ante él con aire avergonzado y compungido.
    — ¿Y qué sucede en Ariano en estos momentos?
    — ¡Ay, mí señor! Como te he dicho, toda mi gente se ha marchado de allí.
    Puedo enviarla de nuevo, si lo crees realmente necesario. No obstante, mi Señor, si me permites una sugerencia, deberías centrar tu interés en Pryan...
    — ¡Otra vez con ésas! ¿Qué hay en Pryan para que insistas en que viaje allí?
    —La escama de dragón que descubriste en la celda del viejo...
    — ¿Sí? ¿Qué sucede? —inquinó Xar con impaciencia.
    —Esas criaturas proceden de Pryan, mi Señor. —Sang-drax hizo una pausa; después, añadió en voz baja—: En tiempos remotos, esos dragones eran servidores de los sartán. Se me había ocurrido que quizá los sartán dejaron en Pryan algo que querían mantener secreto, bien protegido e inalterado... Algo como la Séptima Puerta.
    La cólera de Xar se enfrió. De improviso, adoptó una expresión pensativa.
    Acababa de recordar dónde había oído hablar de las ciudadelas de Pryan.
    —Entiendo. ¿Y dices que esos dragones existen sólo en ese mundo?
    —Eso me dijo el propio Haplo, mi Señor. Y fue allí donde descubrió a ese viejo sartán chiflado. Sin duda, el dragón y el viejo han regresado a Pryan, Y, si han sido capaces de viajar aquí, ya Chelestra, ¿quién sabe si la próxima vez regresarán con un ejército de titanes?
    Xar no estaba dispuesto a que la serpiente dragón notara su excitación. Con aire indiferente, respondió:
    —Quizá te haga caso y vaya a Pryan. Ya hablaremos de ello más tarde, Sangdrax.
    Por ahora, sabe que estoy disgustado contigo. Puedes retirarte.
    Encogiéndose bajo la amenaza de la cólera de Xar, la serpiente dragón se escabulló de la presencia de éste.
    El Señor del Nexo permaneció callado largo rato tras la partida de Sang-drax.
    Marit se preguntó si habría cambiado de idea respecto a enviarla a Ariano, después de lo que había contado la serpiente dragón. Al parecer, su señor también le daba vueltas al mismo tema, pues lo oyó murmurar para sí:
    — ¡No, no confío en él!
    Pero la patryn no tuvo la menor idea de si se refería, a Sang-drax... o a Haplo.
    Xar se vió hacia ella. Había tomado una decisión.
    —Viajarás a Ariano, hija. Allí investigarás la verdad del asunto. Sang-drax me había ocultado todo esto por alguna razón, y no creo que fuera para ahorrarme un sufrimiento. De todos modos —añadió en un tono más suave—, la traición de uno de los míos, en especial de Haplo... —Guardó silencio un momento, pensativo—.
    He leído que en el mundo antiguo, antes de la separación, los patryn éramos un pueblo frío y austero que no amaba, que se enorgullecía de no sentir nunca afecto, ni siquiera entre nosotros. Sólo la lujuria era permitida y estimulada, pues perpetuaba la especie. El Laberinto nos enseñó muchas lecciones amargas, pero me pregunto si no nos enseñaría también a amar. —Exhaló un suspiro—. La traición de Haplo me ha causado más dolor que las heridas que recibí de cualquiera de las criaturas del Laberinto.
    —Yo no creo que te traicionase, mi Señor —dijo Marit.
    — ¿Ah, no? —Xar la miró con ojos penetrantes—. ¿Y por qué no? ¿Es posible que tú también lo ames?
    Marit se sonrojó:
    —Ésa no es la razón. Es sólo que... no me cabe en la cabeza que un patryn pueda ser tan desleal.
    Xar la observó como si buscara un sentido oculto más profundo a sus palabras. Ella le devió la mirada con aire decidido, y Xar se sintió satisfecho.
    —Eso es porque tu corazón es sincero, hija, y por tanto no puedes concebir que exista uno tan falso. —Hizo una pausa antes de añadir—: SÍ Haplo resultara ser un traidor, no sólo a mí sino a todo nuestro pueblo, ¿qué castigo merecería?
    —La muerte, mi Señor —respondió Marit sin alterarse.
    Él sonrió y asintió con la cabeza. Sin abandonar aquella mirada penetrante, continuó:
    —Bien hablado, hija. Dime, Marit, ¿alguna vez has unido tus runas con las de alguien, hombre o mujer?
    —No, mi Señor. —Al principio, la patryn pareció desconcertada por la pregunta; luego comprendió a qué se refería en realidad—. Te equivocas, mi Señor, si piensas que Haplo y yo...
    —No, no, hija —la interrumpió Xar con suavidad—. No lo pregunto por eso, aunque me alegra saberlo. Me interesa por otra razón más egoísta.
    Se acercó a su escritorio y cogió de él un largo punzón. También sobre la mesa había un recipiente de una tinta tan azul que casi era negra. Inclinado sobre el tintero, murmuró unas palabras en el lenguaje rúnico empleado por los sartán.
    A continuación, retiró de su rostro la capucha que lo ocultaba parcialmente y apartó los largos mechones que le caían sobre la frente para dejar al descubierto un solitario signo mágico azul, allí tatuado.
    — ¿Quieres unir runas conmigo, hija? —preguntó en un susurro.
    Marit lo miró con asombro y se dejó caer de rodillas. Con los puños apretados, humilló la cabeza.
    —Señor, no soy merecedora de tal honor.
    —Sí lo eres, hija. Muy merecedora.
    Ella permaneció arrodillada. De pronto, alzó el rostro hacia él.
    —Entonces, sí, mi Señor. Uniré runas contigo y será para mí la mayor alegría de mi vida. —Se llevó una mano a la blusa de cuello abierto que llevaba y rasgó el escote hasta dejar al descubierto sus pechos repletos de runas.
    Sobre el izquierdo llevaba tatuada su runa del corazón.
    Xar retiró de la frente de Marit sus cabellos castaños. Después, su mano buscó los pechos pequeños y firmes que sobresalían, turgentes, en la poderosa musculatura de su torso. La mano se deslizó por el cuello Fino y esbelto hasta coger y acariciar su pecho izquierdo.
    Ella cerró los ojos y, al notar el contacto, se estremeció, aunque más de la impresión que de placer.
    Xar se percató de ello, y su nudosa mano cesó en sus caricias. Marit lo oyó suspirar.
    —Pocas veces echo de menos mi juventud perdida. Ésta es una.
    La patryn abrió los ojos con una mirada ardiente, abrumada de vergüenza por el hecho de que su señor la hubiera malinterpretado.
    —Mi Señor, con gusto calentaré tu lecho...
    —Sí, eso sería lo que harías, hija: calentarme la cama —la interrumpió secamente—. Me temo que no podría deverte el favor. El fuego carnal hace mucho tiempo que se ha apagado en este cuerpo mío. Pero uniremos nuestras mentes, ya que no pueden hacerlo nuestros cuerpos.
    Xar colocó la punta del punzón sobre la piel lisa de la frente de Marit y presionó.
    Marit vió a estremecerse, aunque no de dolor. Desde el momento de nacer, los patryn reciben diversos tatuajes en diferentes momentos de su vida. No sólo se los acostumbra al dolor, sino que se les enseña a soportarlo sin pestañear. El estremecimiento de Marit se debió al flujo de magia que penetró en su cuerpo, una magia que pasaba del cuerpo de su señor al de ella, una magia que se hacía más y más poderosa a medida que el punzón daba forma al signo mágico que los uniría íntimamente: la runa del corazón de Xar, entremezclada con la de ella.
    Una y otra vez, el Señor del Nexo repitió el proceso. Más de un centenar de veces insertó el punzón en la fina piel de Marit hasta que hubo completado los complejos trazos. Xar compartió su éxtasis, que era más de la mente que del cuerpo. Después del clímax de compartir runas, las relaciones sexuales suelen resultar decepcionantes.
    Cuando hubo terminado, dejó el punzón manchado de tinta y de sangre sobre el escritorio, hincó la rodilla delante de Marit y la rodeó con sus brazos. Los dos juntaron sus frentes, runa contra runa, y los círculos de sus seres se fundieron en uno. Marit soltó una exclamación de asombrado placer y se entregó en sus brazos, rendida y temblorosa. Él se sintió complacido con ella y continuó estrechándola hasta que Marit recuperó la calma. Entonces, llevó una mano a su barbilla y la miró a los ojos.
    —Ahora somos uno. Aunque estemos separados, nuestros pensamientos arán al otro con sólo desearlo.
    La retuvo con sus manos y con sus ojos. Ella estaba transfigurada, extasiada.
    Su carne era tierna y moldeable bajo los poderosos dedos de su señor. La patryn tenía la sensación de que todos sus huesos se habían disuelto bajo las manos y la mirada de Xar.
    —Tú amaste a Haplo, en otra época —murmuró él con voz afable.
    Marit no supo qué responder y bajó la cabeza en un gesto silencioso y avergonzado de asentimiento.
    —Yo también, hija —continuó Xar en el mismo tono—. Yo también. Eso será un vínculo entre nosotros.
    Y, si decido que Haplo debe morir, tú serás quien le quite la vida.
    Ella levantó el rostro.
    —Sí, mi Señor.
    —Te has dado mucha prisa en contestar. —Xar la estudió con expresión dubitativa—. Tengo que estar seguro. ¿Hiciste el amor con él y, sin embargo, estás dispuesta a matarlo...?
    —Hicimos el amor, sí. Y tuve un hijo suyo. Pero si mi Señor lo ordena, lo mataré.
    Marit hizo su declaración con voz tranquila y firme. Xar no percibió la menor vacilación en su ánimo, la menor tensión en su cuerpo. No obstante, de pronto, la patryn tuvo una sospecha. Quizá todo aquello era un modo de someterla a prueba...
    —Mi Señor... —dijo entonces, rodeando las manos de Xar con las suyas—, no habré incurrido en tu desaprobación, ¿verdad? No dudarás de mi lealtad...
    —No, hija mía... o, mejor dicho, esposa mía —se corrigió Xar con una sonrisa.
    Ella besó las manos que tenía entre las suyas.
    —No, esposa mía. Tú eres la más indicada. He visto el fondo del corazón de Haplo. Él te ama. Tú y sólo tú, entre nuestra gente, puedes penetrar en el círculo de su ser. Haplo confiará en ti allí donde no confiaría en nadie más. Y tendrá reparos en hacerte daño, por ser la madre de su hijo.
    — ¿Él conoce la existencia de ese hijo? —preguntó Marit, incrédula.
    —Sí —confirmó Xar.
    — ¿Cómo es posible? Abandoné a Haplo sin decírselo. Y nunca se lo he contado a nadie.
    —Alguien lo descubrió. —Xar formuló su siguiente pregunta con expresión ceñuda—: ¿Dónde está ese hijo, por cierto?
    Marit tuvo de nuevo la sensación de estar siendo sometida a prueba, pero sólo podía dar una respuesta, y era la verdad. Se encogió de hombros.
    —No tengo idea. Entregué el bebé a una tribu de pobladores.
    La expresión de Xar se relajó.
    —Una decisión muy sensata. —Xar se desasió del abrazo y se puso en pie—.
    Es hora de que partas para Ariano. Nos comunicaremos a través de la unión de runas. Me informarás de tus descubrimientos. Sobre todo, deberás mantener en secreto tu llegada a ese mundo. No permitas que Haplo sepa que lo estamos observando. Si decido que debe morir, tendrás que pillarlo por sorpresa.
    —Sí, Señor mío.
    —«Esposo mío», Marit —corrigió él con un tonillo burlón—. Tienes que llamarme «esposo».
    —Es demasiado honor para mí, Se..., esp..., esposo —balbuceó, alarmada ante la dificultad con que había conseguido que sus labios formasen la palabra.
    Xar le pasó la mano por la frente.
    —Oculta la unión de runas. Si Haplo la viera, reconocería mi marca y sabría de inmediato que tú y yo nos hemos convertido en uno. Entonces, sospecharía.
    —Sí, mi Se..., esposo mío.
    —Adiós pues, esposa. Infórmame desde Ariano tan pronto como tengas ocasión.
    Marit no se sorprendió por la fría y brusca despedida de su reciente marido.
    La patryn era lo bastante despierta como para darse cuenta de que la unión de sus runas había sido un recurso de conveniencia para facilitar el envío de informes a su señor desde un mundo lejano. Con todo, estaba satisfecha y complacida. Aquello era una muestra de la fe que Xar tenía en ella. Estaban unidos de por vida y, gracias al intercambio de magia, ahora podían comunicarse a través de los círculos combinados de sus seres. Tal intimidad tenía sus ventajas, pero también sus desventajas... en especial páralos patryn, con su tendencia a la soledad y a la introspección y con su rechazo a permitir que ni sus más íntimos se entremetieran en sus pensamientos y emociones privadas.
    Pocos patryn llegaban alguna vez a unir sus runas de manera formal. La mayoría se limitaba, simplemente, a compartir el círculo de sus seres. Xar había otorgado un gran honor a Marit. Le había impuesto su marca y todo el que la viera sabría que los dos se habían unido. Haberse convertido en su esposa aumentaría su consideración entre los patryn. A la muerte de Xar, podría optar al liderazgo de su pueblo.
    En favor de Marit, debe decirse que no pensaba en nada de ello. La patryn estaba conmovida, honrada, desconcertada y abrumada, incapaz de experimentar nada salvo un ilimitado amor a su señor. Deseaba que éste viviera eternamente para poder servirle para siempre. Su único pensamiento era complacerlo.
    La piel de la frente le ardía de escozor y aún notaba el cacto de la mano nudosa en su pecho desnudo. El recuerdo de aquel dolor y de la caricia la acompañaría el resto de sus días.
    Marit abordó la nave y abandonó Abarrach con rumbo a la Puerta de la Muerte. En ningún momento le pasó por la cabeza informar a Xar de la conversación entre los dos lázaros. Con la emoción, se había olvidado por completo del asunto.
    En Necrópolis, en su estudio, Xar tomó asiento frente al escritorio y retomó la lectura de uno de los textos sartán sobre necromancia. Se sentía de buen humor.
    Era estimulante sentirse adorado, venerado, y había visto adoración y veneración en la mirada de Marit.
    La mujer había estado enteramente a sus órdenes en todo instante, pero ahora lo estaba doblemente, unida a él en cuerpo y mente. Marit se abriría a él por completo, como tantos otros habían hecho antes. Sin embargo, por lo que hacía a Xar, él misino era la ley, y había descubierto que unir runas le abría los secretos de muchos corazones. En cuanto a revelar sus secretos a otros, Xar tenía demasiada disciplina mental como para permitir que sucediera tal cosa. Sólo revelaba de sí mismo lo que estimaba necesario, y ni un ápice más.
    Estaba tan satisfecho con Marit como lo habría estado con cualquier arma nueva que cayera en sus manos. La patryn haría con presteza todo lo que fuera preciso, aunque se tratara de dar muerte al hombre que una vez había amado.
    Y Haplo moriría sabiendo que había sido traicionado.
    —Así, tendré mi venganza —masculló el Señor del Nexo.
    CAPITULO 5
    FORTALEZA DE LA HERMANDAD
    SKURVASH,
    ARIANO
    —Ya ha llegado —anunció el mensajero—. Espera ante la puerta.
    El Anciano miró a Ciang con una súplica en los ojos. La formidable elfa sólo tenía que abrir la boca... No, sólo tenía que asentir con la cabeza... y Hugh la Mano moriría. Si la elfa, muy erguida y rígida en su asiento, hacía la menor inclinación con su cabeza calva, lisa y brillante, el Anciano abandonaría su presencia para entregar al arquero un puñal de madera con el nombre de Hugh grabado en la hoja. Y el arquero, sin la menor vacilación, atravesaría el pecho de Hugh con uno de sus dardos.
    Hugh la Mano era conocedor de ello. Al regresar a la Hermandad, estaba corriendo un riesgo tremendo. Todavía no se había hecho circular el puñal con su nombre (de lo contrario, ya no estaría vivo), pero había corrido entre los miembros el rumor de que Ciang estaba molesta con él y lo había repudiado. De momento, nadie lo mataría, pero nadie lo ayudaría tampoco. El repudio era el paso previo al envío del puñal. Lo mejor que podía hacer un miembro que se veía repudiado era presentarse enseguida ante la Hermandad y exponer su defensa. Por eso, la llegada de Hugh a la fortaleza no sorprendió a nadie, aunque algunos se sintieron algo decepcionados.
    Poder ufanarse de haber dado muerte a Hugh la Mano, uno de los mejores asesinos que había acogido el Gremio... Tal orgullo habría valido una fortuna.
    Sin embargo, nadie se atrevería a hacerlo. Hugh era, o había sido, uno de los favoritos de Ciang y, aunque el brazo protector de la elfa estaba deformado, surcado de arrugas y con manchas de vejez, también estaba manchado de sangre.
    Nadie tocaría a Hugh a menos que Ciang diera la orden.
    La elfa hundió sus dientes, pequeños y amarillentos, en el labio inferior. Al observar aquel gesto, la esperanza del Anciano creció. Ciang estaba indecisa. Tal vez había una emoción que todavía era capaz de afectar su insensible corazón. El amor, no; la curiosidad. Ciang se preguntaba por qué había regresado Hugh, si sabía que su vida dependía de una mera palabra de ella. Y la respuesta no podría dársela su cadáver.
    Los dientes amarillentos apretaron el labio con más fuerza.
    —Dejadlo llegar a mi presencia.
    Ciang pronunció las palabras a regañadientes y con expresión ceñuda, pero las dijo, y el Anciano no necesitaba oír nada más. Temeroso de que cambiara de opinión, se apresuró a dejar la estancia moviendo sus viejas piernas torcidas más deprisa de lo que lo había hecho en los últimos veinte años.
    El en persona asió el enorme aro de hierro sujeto a la puerta y la abrió.
    —Entra, Hugh, entra. Ciang accede a verte.
    El asesino cruzó el umbral y se detuvo en el vestíbulo en penumbra hasta que sus ojos se acomodaron a la escasa luz. El Anciano estudió a Hugh con curiosidad.
    Otros individuos a los que había visto en aquel trance durante su larga vida flaqueaban después de la prueba de la puerta. Flaqueaban de tal modo que tenía que cargar con ellos y llevarlos a rastras ante la elfa. Todos los miembros de la Hermandad conocían la existencia del arquero. Hugh sabía que había estado a un breve gesto de cabeza de una muerte segura. Aun así, su rostro no mostraba el menor indicio de ello; sus facciones parecían talladas en un granito más duro que el de los muros de la fortaleza.
    Pese a ello, el ojo penetrante del Anciano captó un palpito de emoción, aunque no la que él esperaba. Cuando la puerta que ofrecía la vida en lugar de la muerte se había abierto para Hugh la Mano, éste había parecido, por un instante, decepcionado.
    — ¿Ciang me recibirá en este instante? —inquirió el recién llegado con voz ronca y grave, al tiempo que levantaba la mano con la palma al frente para mostrar las cicatrices que la cruzaban. El gesto formaba parte del ritual.
    El Anciano contempló las cicatrices detenidamente, aunque conocía a aquel hombre desde hacía más años de los que podía recordar. El examen también era parte de la ceremonia.
    —En efecto, señor. Haced el favor de subir. ¿Puedo decir, señor —añadió el Anciano con voz temblorosa—, que me alegro mucho de veros en tan excelente estado?
    La expresión corva y sombría de Hugh se relajó. Su mano surcada de cicatrices se posó en el brazo del viejo, de huesos frágiles como los de un pájaro, en gesto de reconocimiento. Después, apretó los dientes, dejó al Anciano y emprendió la larga ascensión de los innumerables peldaños que conducían a los aposentos privados de Ciang.
    El Anciano lo siguió con la mirada. Hugh la Mano siempre había sido un individuo extraño. Y quizás eran ciertos los rumores que corrían acerca de él. Eso explicaría muchas cosas. Consciente de que muy probablemente no lo averiguaría nunca, el Anciano meneó la cabeza y vió a su puesto de guardia junto a la puerta.
    Hugh subió lentamente la escalera sin mirar a izquierda ni a derecha. De todos modos, no vería a nadie, y nadie lo vería a él. Era una de las reglas de la fortaleza. Una vez en su interior, ya no tenía prisa. Tan seguro había estado de su muerte a manos del arquero que no había dedicado muchas reflexiones a lo que haría si sobrevivía. Mientras avanzaba, dando nerviosos tirones de una de las trenzas de la barba que cubría su sobresaliente barbilla, pensó en qué contar a la elfo y urdió varias explicaciones. Fue en vano; finalmente, se dio por vencido. Con Ciang sólo cabía una solución: decir la verdad.
    Lo más probable era que ya la supiera.
    Recorrió el pasadizo vacío y silencioso, forrado de paneles de una madera oscura, muy pulimentada y sumamente exótica. Al fondo, la puerta de Ciang estaba abierta.
    Hugh se detuvo en el umbral y observó el interior. Esperaba encontraría sentada tras su escritorio, tras aquella mesa marcada con la sangre de incontables iniciados en el Gremio, pero Ciang estaba de pie ante una de las ventanas de forma de rombo, contemplando las tierras vírgenes de la isla de Skurvash.
    Desde aquella ventana podía observar todo lo que merecía la pena: la próspera ciudad —refugio de contrabandistas— que se extendía a lo largo de la costa; el bosque fragoso de los quebradizos árboles hargast que separaba la ciudad de la fortaleza; el único sendero que conducía de una a otra (hasta un perro que apareciese en el estrecho camino sería descubierto por los vigías de la Hermandad)
    y, al fondo, encima y debajo, el cielo en el cual flotaba la isla de Skurvash.
    Hugh cerró el puño; tenía la garganta tan seca que, por un instante, no pudo ni siquiera anunciarse. El corazón se fe aceleró.
    La elfa era muy vieja; muchos la consideraban la persona viva más longeva de Ariano. Menuda y frágil, Hugh habría podido estrujarla con una de sus poderosas manos. Ciang vestía las ropas sedosas de brillantes colores que tanto gustan a los elfos e, incluso a su edad, seguía conservando su gracia y delicadeza, así como un asomo de la belleza por la que había sido famosa en otro tiempo. Su cabeza calva, un cráneo de formas exquisitas y de piel fina e inmaculada, formaba un interesante contraste con las arrugas de su rostro.
    La ausencia de cabello hacía que sus ojos almendrados parecieran más grandes y brillantes y, cuando se dio la vuelta —no a causa de algún ruido, sino precisamente por la ausencia de éstos—, la penetrante mirada de aquellos ojos oscuros fue la flecha que, hasta aquel momento, no se había alojado en el pecho de Hugh.
    —Te arriesgas mucho con tu regreso, Hugh —murmuró Ciang.
    —No tanto como pudieras pensar, Ciang—replicó él.
    Su respuesta no era sarcástica ni impertinente. La ofreció con voz grave, en un tono apagado y abatido. La flecha del arquero, al parecer, lo habría privado ya de muy poco.
    — ¿Has venido hasta aquí con la esperanza de morir? —Ciang puso una mueca de desagrado. La elfa despreciaba a los cobardes. No se había movido de la ventana ni había invitado a Hugh a entrar en la estancia y tomar asiento, lo cual era mala señal. En el ritual de la Hermandad, aquello significaba que ella también lo repudiaba. No obstante, Hugh gozaba del rango de «mano», inmediatamente inferior al de ella, «brazo», que era el grado máximo en la Hermandad. Por eso, Ciang le concedería el favor de escuchar sus explicaciones antes de dictar sentencia.
    —No me habría desagradado que la flecha encontrara su objetivo —dijo Hugh con expresión sombría—. Pero no, no he venido aquí en busca de la muerte. Tengo un contrato —acompañó sus palabras de una mueca—. He venido en busca de ayuda y consejo.
    —El contrato de los kenkari. —Ciang entrecerró los ojos.
    Pese a todo lo que conocía de Ciang, a Hugh lo sorprendió que tuviera noticia de aquello. El encuentro con los kenkari, la secta de elfos que tenía a su cuidado las almas de los elfos muertos, había estado envuelto en el secreto. Así pues, Ciang tenía espías incluso entre aquella piadosa secta.
    —No, no es con los kenkari —explicó, frunciendo el entrecejo—. Aunque son ellos quienes me obligan a cumplirlo.
    — ¿Te obligan a cumplir un contrato...? ¿Un compromiso sagrado?
    ¿Pretendes decirme, Hugh la Mano, que no lo habrías llevado a cabo si los kenkari no te forzaran a ello?
    Ahora, Ciang estaba realmente irritada. Dos círculos carmesíes aparecieron en sus mejillas arrugadas, que se sostenían sobre el cuello enjuto y acartonado.
    Su mano se extendió hacia adelante como una zarpa, señalando a Hugh con un dedo esquelético en un gesto acusador.
    —Así pues, los rumores que nos han llegado eran ciertos. Has perdido el ánimo... —La elfa empezó a verse, empezó a darle la espalda. Una vez que lo hiciera, Hugh era hombre muerto. Peor que muerto, pues sin la ayuda de Ciang no podría cumplir el contrato y, por tanto, quedaría deshonrado.
    Hugh decidió saltarse las reglas. Penetró en la estancia sin haber sido invitado a hacerlo y cruzó el suelo alfombrado hasta el escritorio de Ciang. Encima de éste había una caja de madera con incrustaciones de gemas rutilantes, y Hugh levantó la tapa.
    Ciang se detuvo y miró tras ella. Su expresión se endureció. El hombre había quebrantado su ley no escrita y, si su decisión final era desfavorable, Hugh recibiría por ello un castigo mucho más severo. De todos modos, a Ciang le gustaban los movimientos atrevidos y aquél era, ciertamente, uno de los más osados que nadie había llevado a cabo ante su presencia. Por eso, esperó a ver qué sucedía.
    Hugh hurgó en la caja y extrajo de ella una afilada daga cuya empuñadura dorada reproducía la forma de una mano con la palma abierta, los dedos juntos y extendidos y el pulgar separado, formando la cruz. Empuñando la daga ceremonial, Hugh avanzó hasta colocarse ante Ciang.
    Ella lo miró fríamente, con distante curiosidad, sin la menor alarma.
    — ¿Qué es esto?
    Hugh se arrodilló y alzó la daga, ofreciéndole la empuñadura y dirigiendo la punta del arma a su propio pecho.
    Ciang la aceptó y su mano se cerró en torno a la empuñadura con gesto amoroso y experto. Hugh se abrió el cuello de la camisa, dejando a la vista el gaznate.
    —Húndela aquí, Ciang —dijo con voz áspera y gélida—. En la garganta.
    No la miró. Sus ojos estaban vueltos hacia la ventana, hacia el atardecer. Los Señores de la Noche ya extendían sus capas sobre Solaris; las sombras de la noche comenzaban a extenderse sobre Skurvash.
    Ciang sostuvo la daga en su diestra y, extendiendo la zurda, agarró con ella las retorcidas guedejas de la barba de Hugh, tiró de ellas para obligarlo a ver el rostro hacia ella... y para tenerlo mejor colocado si decidía rebanarle el cuello.
    —No has hecho nada para merecer tal honor, Hugh la Mano —declaró fríamente—. ¿Por qué pides morir a mis manos?
    —Quiero ver —dijo él con voz monocorde y apagada.
    Ciang rara vez dejaba ver sus emociones pero la declaración de Hugh, realizada con tal calma y simplicidad, la tomó por sorpresa. Soltó su barba, retrocedió un paso y clavó su penetrante mirada en los oscuros ojos del hombre.
    No vio en ellos ningún destello de locura; sólo un profundo vacío, como si se asomara a un pozo seco.
    Hugh agarró el chaleco de piel que llevaba puesto y lo abrió a tirones. Luego, rasgó de arriba abajo el escote de la camisa.
    —Mira mi pecho. Fíjate bien. La marca es difícil de distinguir.
    Era un hombre de piel morena y tenía el pecho cubierto de un vello negro, espeso y rizado, que ya empezaba a verse canoso.
    —Aquí —dijo, y guío la mano de la elfa, que no ofreció resistencia, hacia la zona situada sobre el corazón.
    Ella observó con detenimiento, pasando los dedos entre el vello. Su tacto era como el de las garras de un ave que le rascaran la piel. Hugh se estremeció y notó que se le ponía carne de gallina.
    Ciang hizo una profunda inspiración, apartó la mano y miró al hombre hincado ante ella con una asombrada perplejidad que poco a poco se transformó en comprensión.
    — ¡La magia de las runas! —jadeó.
    Con la cabeza gacha en gesto de derrota, Hugh se derrumbó hasta apoyar las nalgas en los talones. Se llevó una mano al pecho para sujetar convulsivamente la camisa y juntar de nuevo las dos mitades desgarradas. El otro puño se cerró con fuerza. Con los hombros hundidos, clavó la vista en el suelo sin verlo.
    Ciang lo contempló, plantada ante él, con la daga balanceándose todavía en su mano pero ya olvidada. La elfa no había conocido el miedo en mucho, muchísimo tiempo. Tanto, que ni siquiera se acordaba ya de la última vez. Y, en esa ocasión, el miedo no había sido como lo experimentaba ahora: como un gusano que se arrastraba por sus entrañas.
    El mundo estaba cambiando. Atravesaba un proceso de cambios drásticos.
    Ciang lo sabía, y no temía los cambios. Había investigado el futuro y estaba dispuesta a afrontarlo. Y, según cambiara el mundo, también lo haría la Hermandad. Ahora habría paz entre las razas: humanos, elfos y enanos vivirían juntos en armonía. El fin de la guerra y de la rebelión sería un golpe para la organización, al principio; la paz podía significar que elfos y humanos se imaginaran lo bastante fuertes como para atacar a la Hermandad. Sin embargo, Ciang tenía muchas dudas sobre esto último. Eran demasiados los barones humanos y los señores elfos que le debían a la Hermandad incontables favores.
    Ciang no temía la paz. La auténtica pacificación sólo se conseguiría cuando se hubiera cortado la cabeza y arrancado el corazón al último elfo, humano y enano.
    Mientras hubiera vida, existirían los celos, la codicia, el odio, la lujuria,.. y, mientras hubiese cabezas que pensaran y corazones que sintieran, la Hermandad seguiría actuando.
    No, Ciang el Brazo no temía el futuro en un mundo en el cual todas las cosas seguían igual. Esto, en cambio... ¡esto perturbaba el equilibrio! ¡Esto inclinaba la balanza! Tenía que encargarse de ello enseguida, si era posible. Por primera vez en su vida, Ciang dudó de sí misma. Y ésta era la raíz del miedo.
    Contempló la daga y la dejó caer al suelo.
    Posó sus manos en las mejillas hundidas y macilentas de Hugh y alzó su rostro, esta vez con suavidad.
    —Mi pobre muchacho —le susurró dulcemente—. Mi pobre muchacho...
    Los ojos del hombre se nublaron de lágrimas. Su cuerpo se estremeció. Hugh no había dormido ni comido desde hacía tanto tiempo que había perdido la necesidad de ambas cosas. Se derrumbó en las manos de la mujer como fruta podrida.
    —Debes decírmelo todo —murmuró ella. Ciang estrechó la cabeza del hombre contra su huesudo pecho c insistió con el mismo tono de voz—: Cuéntamelo todo, Hugh. Sólo así podré ayudarte.
    Hugh cerró los párpados con fuerza, tratando de contener las lágrimas, pero estaba demasiado débil. Con un sollozo que encogía el ánimo, se cubrió el rostro con las manos.
    Ciang lo abrazó, acunándolo.
    —Cuéntamelo todo...
    CAPÍTULO 6
    FORTALEZA DE LA HERMANDAD,
    SKURVASH,
    ARIANO
    —No estoy para nadie esta noche —anunció Ciang al Anciano cuando éste subió hasta sus aposentos con un mensaje de otro miembro de la Hermandad que pedía audiencia.
    El Anciano asintió y cerró la puerta al salir, dejando a los dos a solas. Hugh había recobrado el aplomo. Varios vasos de vino y una cena caliente, que devoró de la fuente depositada sobre el escritorio manchado de sangre, le devieron las fuerzas físicas y también, en cierto grado, las mentales. Estaba lo bastante recuperado como para recordar su crisis con desazón y sonrojarse cada vez que pensaba en ello. Ciang movió la cabeza ante las disculpas que le oía balbucear.
    —No es una trivialidad, habérselas con un dios —comentó la elfa.
    —Un dios... —Hugh sonrió con amargura—, Alfred, un dios...
    Había caído la noche; las velas estaban encendidas.
    —Cuéntame —repitió Ciang.
    Hugh empezó por el principio. Le habló de Bane, el niño cambiado en la cuna, del malvado hechicero, Sinistrad, y de cómo lo habían contratado para matar al chiquillo pero había caído bajo el embrujo del pequeño. Le contó a Ciang cómo había caído también bajo el hechizo de la madre del pequeño, Iridal; no bajo un hechizo mágico, sino de simple y llano amor. Le contó, sin ningún recato, cómo había incumplido el contrato de matar al niño por amor a Iridal y sus planes para sacrificar su propia vida por salvar la del hijo de la mujer.
    Y el sacrificio se había llevado a cabo.
    —Morí —dijo Hugh, recordando el dolor y el horror de la experiencia con un escalofrío—. Conocí el tormento, un tormento terrible, mucho peor que cualquier agonía que pueda sufrir un hombre. Me vi forzado a mirar dentro de mí, a contemplar la criatura malvada y despiadada en que me había convertido. Y lo lamenté. Me pesó de veras. Y entonces... comprendí. Y, al comprender, pude perdonarme a mí mismo. Y fui perdonado. Conocí la paz,.. Y, entonces, todo esto me fue arrebatado.
    —Él... Alfred... te vió a la vida.
    Perplejo, Hugh alzó el rostro.
    —Entonces, ¿me crees, Ciang? Nunca pensé... Por eso no acudí a ti cuando sucedió...
    —Te creo. —La elfa suspiró. Hugh observó un ligero temblor en sus manos, posadas sobre el escritorio—. Ahora, te creo —continuó, con la mirada fija en el pecho del hombre. Aunque cubierta con la ropa, la marca rúnica parecía brillar a través de la tela—. Si te hubieras presentado entonces, quizá no me habría dignado escucharte. Pero lo hecho, hecho está.
    —Intente ver a mi vida anterior, pero nadie quería contratarme. Iridal dijo que me había convertido en la conciencia de la humanidad. Quien urdía alguna intriga veía reflejada en mi rostro su propia maldad. No sé si eso es cierto o no — prosiguió con un encogimiento de hombros—. En cualquier caso, fui a ocultarme en el monasterio de los monjes kir. Pero ella me encontró.
    — ¿Te refieres a la mujer que te trajo aquí... esa Iridal, la madre del muchacho? ¿Cómo sabía que estabas vivo?
    —Ella estaba con Alfred cuando..., cuando hizo esto —Hugh se llevó la mano al pecho—. Después, negó haberlo hecho, pero Iridal sabía muy bien lo que había presenciado. De todos modos, me dejó solo. Estaba asustada...
    —El toque del dios —murmuró Ciang con un gesto de asentimiento.
    —Y entonces apareció de nuevo Bane, con los elfos. El muchacho era una auténtica maldición. Se proponía destruir la paz que estaban acordando el príncipe Reesh`ahn y el rey Stephen. Con la ayuda de los kenkari, Iridal y yo mis dispusimos a liberar a Bane de los elfos, pero el chiquillo nos traicionó y nos puso en sus manos. Los elfos retuvieron a Iridal como rehén y me obligaron a acceder a matar a Stephen. Bane, como supuesto heredero del trono, se haría con el liderazgo de los humanos y, a continuación, traicionaría a éstos entregándolos a los elfos.
    —Y el contrato que has incumplido es el asesinato de Stephen, ¿no es eso? — intervino Ciang.
    —Entonces, tú también has tenido noticia del plan, ¿no? Tomé la decisión de dejarme matar. No se me ocurrió otro modo de salvar a Iridal. La guardia de Stephen se ocuparía de mí. El rey sabría que Bane estaba detrás del asunto y se encargaría de él. Pero, de nuevo, no morí. El perro saltó sobre el guardia que estaba a punto de...
    — ¿El perro? —Lo interrumpió Ciang—. ¿Qué perro?
    Hugh empezó a responder; de repente, una expresión extraña le cruzó el rostro.
    —El perro de Haplo —murmuró—. Resulta extraño. No me había acordado de eso hasta ahora.
    —Ya nos extenderemos en eso cuando sea el momento oportuno —dijo Ciang, refunfuñando—. Prosigue el relato. Ese Bane murió. Lo mató su madre en el momento en que el muchacho se disponía a matar al rey Stephen. Sí, he oído toda esa historia —reconoció, con una sonrisa ante la mirada de perplejidad de Hugh—.
    La misteriarca, Iridal, regresó a los Reinos Superiores. Pero tú no la acompañaste, sino que viste con los kenkari. ¿Por qué?
    —Tenía una deuda con ellos —dijo Hugh lentamente, mientras hacía girar el vaso de vino en la mano una y otra vez—. Les había vendido mi alma.
    Ciang abrió los ojos como platos y se echó hacia atrás en su asiento.
    —Pero los kenkari no se ocupan de almas humanas y, desde luego, no comprarían ninguna — bjetó—. Ni humana, ni elfa.
    —Pero querían la mía. O, al menos, yo pensé que la querían. Ya comprendes por qué, supongo... — ugh dio cuenta del vino de un solo trago.
    —Por supuesto. —Ciang se encogió de hombros—. Habías regresado de la muerte; por tanto, tu alma habría sido de gran valor. Pero también entiendo por qué la rechazaron.
    — ¿Ah, sí? —Hugh, que estaba sirviéndose otro vaso de vino, se detuvo en pleno gesto y se concentró en la elfa. Estaba bebido, pero no lo suficiente. Nunca alcanzaría a estarlo suficientemente.
    —Las almas de los elfos están retenidas por la fuerza para prestar servicio a los vivos. A esas almas se les impide ir más allá y tal vez ni siquiera sepan que existe una paz como la que describes. — iang le apuntó con un dedo huesudo—.
    Eres un peligro para los kenkari, Hugh la Mano. Y eres más amenaza para ellos muerto que vivo.
    Hugh emitió un grave silbido. Su rostro se ensombreció.
    —No se me había pasado por la cabeza. ¡Los muy falaces! Y yo que pensé...— —Sacudió la cabeza—. Parecían tan compasivos... y, sin embargo, no hacían más que mirar en su propio provecho.
    — ¿Has conocido alguna vez a alguien que no lo hiciera, Hugh la Mano? — Replicó la elfa—. En otro tiempo, no te habrías dejado engañar con tales estratagemas. Habrías visto la maniobra con claridad. Pero has cambiado. Al menos, ahora sé por qué.
    —Ahora, veré a ver claro —musitó Hugh.
    —Quizá. —Ciang contempló las manchas de sangre del escritorio. Sin darse cuenta de lo que nacía, sus dedos las recorrieron—. Quizá.
    Abstraída en sus pensamientos, guardó silencio.
    Hugh, preocupado, no la perturbó. Finalmente, ella levantó la mirada y lo observó con perspicacia:
    —Has mencionado un contrato. ¿Con quién lo acordaste y para qué?
    El hombre se humedeció los labios. Parecía reacio a hablar de aquel detalle.
    —Antes de morir —dijo por fin—, Bane me arrancó la promesa de que mataría a cierto individuo en su nombre. Se trata de ese tal Haplo.
    — ¿El hombre que viajó contigo y con Alfred? —AI principio, Ciang pareció sorprendida; después, sonrió con aire sombrío. Todo empezaba a tener sentido—.
    El hombre de las manos vendadas.
    Hugh asintió.
    — ¿Por qué debe morir ese Haplo?
    —Bane dijo algo de no sé qué «señor» que quería verlo eliminado. El muchacho era muy insistente; no dejaba de acosarme para que accediera. Nos acercábamos a Siete Campos, donde estaba acampado el rey Stephen. Yo tenía demasiado que hacer como para entretenerme con los caprichos de un chiquillo, efe modo que accedí, sólo para que callase. En cualquier caso, no tenía previsto vivir tanto...
    —Pero viviste. Y Bane murió. Y ahora tienes un contrato con un muerto.
    —Sí, Ciang.
    — ¿Y te proponías incumplirlo? —El tono de Ciang era de desaprobación.
    — ¡Me había olvidado del condenado asunto! —Replicó Hugh con impaciencia—. ¡Que los antepasados me lleven, estaba seguro de que iba a morir!
    Se suponía que los kenkari comprarían mi alma.
    —Y eso hicieron... aunque no del modo que tú esperabas.
    Hugh asintió con una mueca:
    —Ellos me recordaron la existencia del contrato. Dijeron que mi alma está atada a Bane. No puedo disponer de ella libremente para entregársela.
    —Muy elegante. —El tono de Ciang era de admiración—. Muy elegante y muy Fino. Y así, con elegancia y finura, evitan el gran peligro que representas para ellos.
    — ¿Peligro? —Hugh descargó el puño sobre el escritorio. El mueble estaba impregnado con su propia sangre, vertida en aquella estancia hacía años, cuando había sido iniciado en la Hermandad—, ¿Qué peligro? ¿Cómo es que los kenkarí conocen todo esto? ¡Fueron ellos quienes me mostraron la marca! —Se agarró el pecho como si quisiera arrancarse la carne.
    —Respecto a cómo lo saben, los kenkari tienen acceso a los libros antiguos. Y, además, los sartán los privilegiaron, les contaron sus secretos...
    —Sartán... —Hugh alzó la vista—, Iridal mencionó esa palabra. Decía que Alfred...
    —... es un sartán. En efecto, resulta evidente. Solamente los sartán podían utilizar la magia rúnica. Al menos, eso era lo que decían, Pero había rumores, oscuros rumores, sobre la existencia de otra clase de dioses...
    — ¿Dioses con marcas como ésta sobre todo el cuerpo? ¿Unos dioses conocidos como «patryn»? Iridal me habló de ellos, también. Ella sospechaba que ese Haplo era un patryn.
    —Patryn... —Ciang hizo una pausa, como si catara el sabor de la palabra.
    Después, se encogió de hombros—. Puede ser. Han pasado muchos años desde que leí los textos antiguos y, cuando lo hice, no estaba muy interesada en ellos, ¿Qué tenían que ver con nosotros esos dioses, sartán o patryn? Nada. Ya no.
    La elfa sonrió; el contorno rojo de sus labios, finos y fruncidos, que se confundía con sus arrugas, producía la impresión de que acabara de beber la sangre del escritorio.
    —Lo cual resulta un alivio —añadió.
    Hugh emitió un suspiro:
    —Ahora puedes comprender mi problema. Ese Haplo tiene todo el cuerpo tatuado de runas como las mías, que emiten un extraño resplandor. En una ocasión traté de saltar sobre él y fue como si tocara un relámpago. ¿Cómo he de hacer para matar a ese hombre, Ciang? —Inquirió con un gesto de impaciencia—.
    ¿Cómo se mata a un dios?
    — ¿Por eso has venido? —preguntó ella con tos labios apretados—. ¿A buscar ayuda?
    —Ayuda... o la muerte, no estoy seguro. —Se frotó las sienes, que empezaban a latirle por efecto del vino—. No tenía otro sitio al que acudir.
    — ¿Los kenkari no te prestaron colaboración?
    —Por poco se desmayan con sólo hablar de ello. Los obligué a darme una daga... más por reírme de ellos que por otra cosa. Mucha gente me ha contratado para matar por muy diversas razones, pero nunca había visto a nadie que se pusiera a lloriquear por la futura víctima.
    — ¿Los kenkari lloraban, dices?
    —El que me entregó la daga, el Guardián de la Puerta, sí. Se resistía a soltar el arma. Casi sentí lástima de él.
    — ¿Y qué te dijo?
    — ¿Decirme? —Hugh arrugó la frente, pensativo, intentando abrirse camino entre los vapores del vino—. No presté mucha atención a sus palabras... hasta que empezó a hablar de esto —Hugh se golpeó el pecho con el puño—. De la magia rúnica. De que no debía perturbar el funcionamiento de la gran máquina. Y de que debía decirle a Haplo que Xar lo quería muerto. Eso es. Xar. Ése es el nombre de su señor. Xar lo quiere muerto.
    —Los dioses luchan entre ellos. Un signo esperanzador para nosotros, pobres mortales. —Ciang sonreía de nuevo—. Si se matan mutuamente, seremos libres para desarrollar nuestras vidas sin interferencias.
    Hugh la Mano movió la cabeza a un lado y a otro; no entendía a qué se refería, ni le importaba.
    — ¿Cómo se supone que voy a matarlo?
    —Dame hasta mañana —dijo la elfa—. Estudiaré el asunto esta noche. Como decía, hace mucho tiempo que leí los textos antiguos. Y tienes que dormir, Hugh.
    La Mano no la oyó. Él vino y el agotamiento se habían aliado, piadosamente, para dejarlo inconsciente. Ciang lo vio inclinado sobre el escritorio, con el brazo extendido sobre la cabeza y la mejilla apoyada en la madera manchada de sangre.
    Y con el vaso de vino aún sujeto entre los dedos.
    La elfa se puso en pie. Buscando apoyo en la mesa, rodeó ésta lentamente Hasta llegar junto a él. En sus días de juventud, hacía tantísimo tiempo, habría tomado a Hugh por amante. Siempre había preferido los amantes humanos a los elfos. Los humanos eran apasionados, agresivos: la llama que se consume antes arde con mi luz. Además, los humanos morían a su debido tiempo, dejándola a una en situación de buscar otro. No vivían el tiempo suficiente como para convertirse en un engorro.
    La mayoría de los humanos. Aquellos que no estaban tocados por un dios. O malditos por un dios.
    —Pobre insecto —murmuró al tiempo que posaba la mano en el hombro del dormido—. ¿En qué horrible especie de telaraña te debates? ¿Y quién es la araña que la ha tejido? Los kenkari, no, sospecho. Empiezo a pensar que estaba confundida. Sus propias alas de mariposa podrían verse prendidas también en este enredo.
    » ¿Debo ayudarte? ¿Debo intervenir en esto? Puedo hacerlo, ¿sabes, Hugh? — Sin darse cuenta de lo que hacía, Ciang hundió los dedos en la larga y tupida cabellera negra y cana que caía, enmarañada, sobre los hombros de Hugh—.
    Puedo ayudarte pero ¿por qué habría de hacerlo? ¿Qué consigo yo con ello?
    Un temblor se apoderó de su mano. La posó en el respaldo del asiento y se apoyó en él pesadamente. Un nuevo acceso de debilidad. Últimamente, los experimentaba cada vez con más frecuencia. La sensación de mareo, la falta de aire... Se aferró a la silla, terca y estoica, y esperó a que pasara. Siempre pasaba.
    Pero se acercaba el día en que la sensación no remitiría. El día en que uno de aquellos ataques se la llevaría.
    —Dices que morir es duro, Hugh la Mano —murmuró cuando estuvo de nuevo en condiciones de hacerlo—.
    No me sorprende: he visto suficiente muerte para saberlo. Pero debo reconocer que estoy decepcionada. Paz, perdón... Pero primero se nos pide cuentas.
    »Y yo pensaba que no había nada... Los kenkari, con sus estúpidas cajas de almas. Almas viviendo en los jardines de su cúpula de cristal. Vaya estupidez.
    Nada. Todo es nada. Ésa fue mi apuesta. —Sus dedos se cerraron en torno al respaldo—. Y parece que perdí. A menos..., a menos que estés mintiendo.
    Se inclinó hacia Hugh y lo contempló minuciosamente, con esperanza.
    Después, se enderezó con un suspiro.
    —No, el vino no miente. Y tú tampoco lo has hecho, Hugh, en todos los años que te conozco. Pasar cuentas... ¿Qué maldad no he cometido? Pero ¿qué puedo hacer para enmendar las cosas? He echado los dados sobre la mesa y es demasiado tarde para recogerlos. Pero quizás otra tirada, ¿eh? El ganador se lo lleva todo, ¿vale? —Con aire astuto, perspicaz, la anciana elfa clavó la mirada en las densas sombras—. ¿Hace la apuesta?
    Unos leves golpes sonaron a la puerta. Ciang contuvo una risilla, medio burlona, medio en serio.
    —Adelante.
    El Anciano empujó la puerta y entró, renqueante.
    — ¡Oh, vaya! —dijo al ver a Hugh la Mano. Se vió a Ciang con un gesto de interrogación—. ¿Lo dejamos aquí?
    —Ninguno de los dos tenemos suficiente fuerza para moverlo, mi viejo amigo.
    No le sucederá nada si se queda donde está hasta mañana.
    La elfa extendió el brazo. El Anciano se apresuró a sostenerlo. Los dos juntos —ella con paso vacilante, él ayudándola con sus escasas fuerzas— recorrieron despacio el corto pasadizo a oscuras hasta la alcoba de Ciang.
    —Enciende la lámpara, Anciano. Esta noche me quedaré leyendo hasta muy tarde.
    El Anciano hizo lo que le decía, encendió la lámpara y la colocó en la mesilla junto a la cama.
    —Ve a la biblioteca. Tráeme todos los libros sobre los sanan que encuentres.
    Y tráeme la llave del Cofre Negro. Después, puedes retirarte.
    —Muy bien, señora. Y buscaré una manta para tapar a Hugh la Mano.
    El Anciano ya empezaba a retirarse con paso tambaleante cuando Ciang lo detuvo.
    —Amigo mío, ¿piensas en la muerte alguna vez? En la tuya, me refiero.
    El Anciano no parpadeó siquiera.
    —Sólo cuando no tengo nada mejor que hacer, señora. ¿Deseas algo más?
    CAPITULO 7
    FORTALEZA DE LA HERMANDAD,
    SKURVASH,
    ARIANO
    Hugh durmió hasta avanzada la mañana. El vino que le abotagaba la mente permitió que el agotamiento se adueñara de su cuerpo, pero fue el sueño de la embriaguez, pesado y poco reparador, que le hace a uno despertar con la cabeza torpe y dolorida y con náuseas en el estómago. Sabedor de que estaría aturdido y desorientado, el Anciano estaba presente para guiar los pasos inseguros de Hugh hasta un gran tonel de agua colocado en el exterior de la fortaleza para refresco de los vigías. El anciano llenó un cubo y se lo ofreció a Hugh. La Mano derramó el contenido sobre su cabeza y sus hombros, ropa incluida. Tras enjuagarse el rostro, se sintió un poco mejor.
    —Ciang te recibirá esta mañana —anunció el Anciano cuando estimó que Hugh era capaz de entender sus palabras. La Mano asintió, todavía sin poder articular una respuesta—. Te concederá audiencia en sus aposentos —añadió su acompañante.
    Hugh enarcó las cejas. Aquél era un honor que se otorgaba a pocos. Después, con gesto desconsolado, paseó la mirada por las ropas húmedas, con las que había dormido. El anciano comprendió su muda petición y se ofreció a proporcionarle una camisa limpia. El viejo también le propuso desayunar, pero Hugh dijo que no con un enérgico movimiento de cabeza.
    . Una muestra de la riqueza de la Hermandad. En ningún otro lugar del Reino Medio podía encontrarse un tonel de agua en campo abierto, sin vigilancia, con su preciado contenido a disposición de quien quisiera probarlo.
    Una vez lavado y vestido, con las punzadas de las sienes reducidas a un dolor sordo tras los globos oculares, Hugh se presentó una vez más ante Ciang, el Brazo de la Hermandad.
    Los aposentos de Ciang eran enormes, decorados en el estilo suntuoso y extravagante que los elfos admiran y que a los humanos les resulta ostentoso.
    Todo el mobiliario era de madera tallada, un material sumamente raro en el Reino Medio. Agah'ran, el emperador elfo, habría abierto de envidia sus maquillados párpados ante la visión de tantas piezas valiosas y bellas. La cama, inmensa, era una obra de arte. Cuatro postes, tallados en forma de anímales mitológicos —cada uno colocado sobre la cabeza de otro—, sostenían un dosel de madera decorado con las mismas bestias tumbadas en el suelo, con las zarpas extendidas. De cada zarpa colgaba un aro y, suspendida de ellos, había una cortina de seda de urdimbre, colores y dibujo fabulosos. Se rumoreaba que aquella cortina tenía propiedades mágicas y que a ella se debía la longevidad de la elfa, superior a la normal.
    Fuera o no cierta su naturaleza mágica, la cortina resultaba deliciosa a la vista y parecía invitar a la admiración. Hugh no había estado nunca en las habitaciones privadas de Ciang. Contempló con asombro la jaspeada cortina multicolor, alargó la mano y la tocó antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sonrojándose, empezó a retirar los dedos pero Ciang, sentada en una especie de trono monstruoso de respaldo alto, le hizo un gesto.
    —Puedes tocarla, amigo mío. Te hará bien.
    Hugh recordó los rumores y no estuvo seguro de querer tocar de nuevo la cortina, pero no hacerlo habría sido ofender a Ciang. Con cautela, pasó los dedos por ella y notó, sorprendido, un cosquilleo agradable y estimulante que le recorría el cuerpo. Al apreciarlo, retiró la mano pero la sensación continuó hasta que tuvo la cabeza despejada y hubo desaparecido el dolor.
    Ciang estaba sentada en el otro extremo de la gran sala. Las ventanas en forma de rombo que se extendían desde el techo hasta el cielo dejaban entrar un chorro de luz. Hugh cruzó las brillantes franjas iluminadas que recorrían las lujosas alfombras hasta llegar ante el asiento de madera de la elfa.
    La majestuosa silla había sido tallada por un admirador de Ciang, a quien se la había ofrecido como presente. Realmente, resultaba grotesca. Estaba rematada por una calavera de mirada maliciosa. Los cojines de color rojo sangre en los que reposaba la frágil forma de Ciang estaban rodeados de diversos espíritus fantasmales que se alzaban por parejas. Los pies de la elfa descansaban en un escabel formado por cuerpos desnudos encogidos y acuclillados. Ciang indicó con un grácil gesto de la mano una silla colocada frente a la suya, y Hugh comprobó, con alivio, que tenía un aspecto perfectamente normal.
    Ciang se saltó los absurdos preámbulos y galanterías para apuntar, como una flecha, al meollo del asunto.
    —He pasado la noche estudiando —declaró al tiempo que apoyaba la mano, nudosa y casi en los huesos, pero de movimientos elegantes y ágiles, sobre la polvorienta tapa de cuero de un libro que tenía en el regazo.
    —Lamento haberte perturbado el sueño —empezó diciendo Hugh.
    Ciang cortó enseguida sus disculpas.
    —Para ser sincera, no habría podido dormir, de todos modos. Eres una influencia perturbadora, Hugh la Mano —añadió, estudiándolo con los ojos entrecerrados—. Cuando te marches de aquí, no lo lamentaré. He hecho cuanto he podido por apresurar ese momento. —Sus párpados (sin pestañas, igual que su cabeza estaba completamente calva) aletearon una sola vez—. Y, cuando te hayas marchado, no regreses.
    Hugh comprendió. La siguiente vez no habría vacilaciones. El arquero tendría órdenes muy claras. La expresión de Hugh se vió dura y sombría.
    —No lo haría en ningún caso —dijo en un susurro, con la mirada puesta en los cuerpos encogidos e inclinados que sostenían los pies de la elfa, pequeños y de huesos delicados—. Si Haplo no me mata, debo encontrar...
    — ¿Qué has dicho? —inquirió Ciang, interrumpiéndolo. Hugh dio un respingo, alzó la mirada hacia ella y frunció el entrecejo.
    —He dicho que, si no mato a Haplo...
    — ¡No! —exclamó ella con el puño cerrado—. ¡Has dicho «Si Haplo no me mata»! ¿Vas en busca de ese hombre buscando su muerte... o la tuya?
    Hugh se llevó una mano a la cabeza:
    —Yo... me he confundido, eso es todo. —Su voz era ronca—. El vino...
    —... suelta la lengua, dice el refrán. —Ciang meneó la cabeza—. No, Hugh la Mano. No verás con nosotros.
    — ¿Harás pasar el puñal contra mí? —inquirió con aspereza.
    Ciang reflexionó antes de responder.
    —No, hasta que hayas cumplido el contrato. Está en juego nuestro honor y, por tanto, la Hermandad te ayudará, sí es posible. —La elfa lo miró fijamente, con un extraño brillo en los ojos— Y si tú quieres.
    Cerró el libro cuidadosamente y lo depositó en la mesilla contigua a la silla.
    Cogió de la mesa una llave de hierro que colgaba de una cinta negra y, alargando el brazo, permitió a Hugh el raro privilegio de ayudarla a incorporarse. Ciang rechazó su ayuda para caminar y avanzó con paso lento y digno hasta una puerta de la pared opuesta.
    —Encontrarás lo que buscas en el Cofre Negro —indicó.
    El Cofre Negro no era tal cofre, ni mucho menos, sino una bóveda en la que se depositaban y guardaban armas, tanto mágicas como corrientes. Por supuesto, las armas mágicas eran muy apreciadas y las leyes de la Hermandad relativas a ellas se cumplían rigurosamente. El miembro que adquiría o confeccionaba una de tales armas podía considerarla una posesión personal, pero debía poner en conocimiento de la Hermandad su existencia y su modo de funcionamiento. La información se guardaba en un expediente en la biblioteca de la Hermandad, donde podía ser consultada en todo momento por cualquier miembro.
    Un miembro que necesitara un arma como la descrita en alguno de estos expedientes podía dirigirse al poseedor y solicitársela en préstamo. El propietario podía negarse, pero tal cosa no sucedía casi nunca, pues era muy probable que el dueño también tuviera que pedir un arma a otro en alguna ocasión. Si el arma no era devuelta —otra cosa que tampoco era frecuente—, el ladrón era denunciado y se hacía circular el puñal.
    A la muerte del propietario, el arma pasaba a propiedad de la Hermandad. En el caso de los miembros de más edad, como el Anciano, que había acudido a la fortaleza para pasar a su amparo los años de vida que le quedaban, la entrega de armas mágicas era asunto fácil. Por lo que hacía a aquellos otros miembros que encontraban el rápido y violento final que se consideraba un gaje del oficio, recoger las armas de los muertos podía representar un problema.
    A veces, se perdían irremisiblemente, como en los casos en que el cuerpo y cuanto llevaba encima terminaba quemado en una pira funeraria, o arrojado desde las islas flotantes al Torbellino. Sin embargo, tan apreciadas eran aquellas armas que, cuando corría la voz (lo cual sucedía con sorprendente celeridad) de que el poseedor de alguna de ellas había muerto, la Hermandad se ponía en acción al momento. Todo se hacía con discreción, en silencio. Muchas veces, la doliente familia del difunto era sorprendida por la repentina aparición de unos desconocidos a su puerta. Los desconocidos entraban en la casa (en ocasiones, cuando el cuerpo aún no estaba frío siquiera) y vían a salir casi de inmediato.
    Normalmente, con ellos desaparecía un objeto: el cofre negro. Los miembros de la Hermandad tenían instrucciones de guardar esas valiosas armas mágicas en una sencilla caja negra para facilitar su recuperación. Esta caja acabó por ser conocida como «el cofre». Por tanto, es comprensible que el lugar donde se depositaban tales armas en la fortaleza de la Hermandad recibiera también el nombre genérico de Cofre Negro.
    Cuando un miembro solicitaba el uso de un arma allí guardada, debía explicar con detalle por qué la necesitaba y pagar una tarifa proporcional al poder del arma. Ciang tenía la última palabra sobre la concesión, así como sobre el precio que se debía satisfacer.
    Plantada ante la puerta del Cofre Negro, Ciang introdujo la llave de hierro en la cerradura y la hizo girar.
    El cerrojo chasqueó. La elfa asió el tirador de la pesada puerta metálica y empujó. Hugh se dispuso a ayudarla si ella lo pedía pero la puerta giró silenciosamente sobre sus goznes, abriéndose con facilidad bajo la levísima presión de sus manos.
    —Acerca una luz —ordenó.
    Hugh obedeció, tras localizar una lámpara colocada, probablemente con ese fin, sobre una mesa próxima a la puerta. La encendió, y los dos penetraron en la bóveda.
    Era la primera vez que Hugh la Mano pisaba el Cofre Negro (siempre se había vanagloriado de no haber necesitado jamás recurrir a las armas dotadas de magia)
    y se preguntó por qué se le concedería tal honor en aquel momento. A pocos miembros se les permitía entrar allí. Cuando alguno solicitaba un arma, Ciang la iba a buscar ella misma o mandaba al Anciano.
    Hugh penetró en la enorme bóveda de losas de piedra con paso silencioso y el corazón encogido. La lámpara hizo retroceder las sombras pero no las despejó. Un centenar de lámparas con la luminosidad de Solaris no habría podido eliminar las sombras que reinaban en la enorme sala. Los instrumentos de muerte creaban su propia oscuridad.
    Se acumulaban allí en un número inconcebible. Descansaban sobre mesas, o apoyadas en las paredes, o protegidas en vitrinas. Era demasiado para captarlo todo de una ojeada.
    La luz se reflejó en las hojas de puñales y navajas de todas clases y formas imaginables, dispuestos en un círculo enorme, en perpetua expansión; una especie de resplandor solar metálico. En las paredes montaban guardia picas y hachas de guerra. Arcos grandes y pequeños estaban debidamente expuestos, cada uno con su carcaj de flechas, sin duda los famosos dardos explosivos de los elfos que tanto temían los soldados humanos.
    En las estanterías había hileras de botellas y frascos, grandes y pequeños, de pócimas mágicas y de venenos, todo perfectamente etiquetado.
    Hugh pasó ante una vitrina llena sólo de anillos: anillos de veneno, anillos de cliente de serpiente (que contenían una pequeña aguja cargada de veneno de reptil) y anillos mágicos de todas clases, desde los de encantamiento (que proporcionan poder sobre su víctima a quien los usa) a los de defensa (que protegen a su portador de los efectos de un anillo de encantamiento).
    Cada uno de los objetos del Cofre Negro estaba documentado y etiquetado en los dos idiomas, humano y elfo (y, en ciertos casos, también en enano). Las palabras de los hechizos —cuando eran necesarias— estaban registradas. El valor de todo aquello era incalculable. Hugh no pudo contener su asombro. Allí estaba almacenada la verdadera riqueza de la Hermandad, mucho más valiosa que todos los toneles de agua y todas las joyas de los tesoros reales humanos y elfos, juntos.
    Allí se guardaba la muerte y los medios de produciría. Allí se guardaba el miedo y el poder.
    Ciang lo condujo a través de un verdadero laberinto de estanterías, armarios y cajas hasta una mesa de aspecto sencillo arrinconada en una esquina de la estancia. Sobre aquella mesa descansaba un único objeto, oculto bajo un paño que un día había sido negro pero que, cubierto de polvo, había adquirido un color grisáceo. La mesa parecía encadenada a la pared por unas gruesas telarañas.
    Nadie se había aventurado hasta aquella mesa desde hacía muchísimo tiempo.
    —Deja la lámpara —indicó Ciang.
    Hugh obedeció y colocó la luz sobre una caja que contenía un enorme surtido de dardos. Después, contempló con curiosidad el objeto cubierto con la tela; notó algo extraño en el objeto, pero no pudo precisar qué.
    —Fíjate bien en eso —ordenó Ciang, como el eco de sus pensamientos.
    Hugh lo hizo, inclinándose sobre la mesa con cautela. Conocía lo suficiente sobre armas mágicas como para sentir respeto por aquélla. No tocaría el objeto o nada relacionado con él hasta que le hubieran explicado con detalle cómo utilizarlo. Ésta era una de las razones por las que Hugh la Mano siempre había preferido no confiar en tales armas. Una buena hoja de acero, dura y afilada, era un instrumento del que uno podía fiarse sin reservas.
    Se enderezó con expresión ceñuda y se mesó las trenzas de la barba.
    — ¿Te has fijado? —inquirió Ciang, casi como si lo sometiera a prueba.
    —Veo polvo y telarañas sobre todo lo demás, pero ni rastro sobre el objeto en sí —respondió.
    Ciang exhaló un suave suspiro y lo miró casi con tristeza.
    — ¡Ah!, no hay muchos como tú, Hugh. Ojo veloz, mano rápida... Una lástima—sentenció con frialdad.
    Hugh no dijo nada. No podía alegar ninguna defensa, pues estaba claro que no había lugar a ella. Observó minuciosamente el objeto bajo el paño y reconoció la forma gracias a que el polvo se acumulaba en torno a ella pero no encima. Era un puñal de hoja considerablemente larga.
    —Pon la mano sobre él —dijo Ciang—. No corres ningún riesgo al hacerlo — añadió al advertir un destello en los ojos de la Mano.
    Hugh detuvo el gesto, cauteloso, antes de que los dedos tocaran el objeto. No tenía miedo, pero le producía repulsión tocarlo, como la produce tocar una serpiente o una araña peluda. Se repitió mentalmente que sólo era un puñal (aunque, entonces, ¿por qué estaba cubierto con aquel paño negro?) y apoyó las yemas de los dedos sobre él. Con un respingo, retiró la mano al instante y se vió hacia Ciang.
    — ¡Se ha movido!
    La elfa asintió, impertérrita.
    —Un temblor. Como el de un ser vivo. Apenas se nota, pero es lo bastante fuerte como para sacudirse de encima el polvo de siglos y para perturbar a las tejedoras de telarañas. Pero no está vivo, como verás. No lo está según lo que nosotros conocemos por vida —se corrigió.
    Retiró la reía. El polvo que la cubría se levantó en una nube que les produjo un cosquilleo en la nariz y los obligó a retroceder, al tiempo que se sacudían y trataban de librarse de la horrible sensación de las telarañas, pegajosas y sedosas, en el rostro y las manos.
    Debajo del paño había... un puñal metálico de aspecto vulgar. Hugh había visco armas mucho mejor elaboradas. Aquélla era sumamente tosca en forma y diseño; podía pasar por obra del hijo de un herrero que intentara aprender el oficio de su padre. La empuñadura y la cruz estaban forjadas en un hierro al que parecía haberse dado forma mientras se enfriaba. Las marcas de cada golpe de martillo se observaban claramente en ambas partes del puñal.
    La hoja era lisa, tal vez porque estaba hecha de acero, pues resultaba reluciente como un espejo en comparación con el torpe acabado del mango. El acero estaba sujeto a la empuñadura mediante metal fundido; las señales de la soldadura se observaban con claridad.
    Lo único notable que tenía el objeto eran los extraños símbolos grabados en la hoja. Unos símbolos que no eran iguales al que Hugh llevaba en el pecho, pero lo recordaban.
    —Las runas mágicas —dijo Ciang. Su dedo huesudo se paseó sobre la hoja con buen cuidado de no tocarla.
    — ¿Qué hace ese puñal? —preguntó Hugh, mirando el arma con una mezcla de desdén y disgusto.
    —No lo sabemos —respondió Ciang. Hugh arqueó una ceja y la miró con una mueca de interrogación. La elfa se encogió de hombros—. El último hermano que lo utilizó, murió al hacerlo.
    —No me extraña — refunfuñó la Mano—. Sin duda, trató de acabar con su víctima utilizando esta arma de niño.
    Ciang movió la cabeza en gesto de negativa:
    —No lo comprendes. —vió hacia él sus rasgados ojos, y Hugh advirtió de nuevo aquel extraño fulgor en su mirada—. Ese hermano murió de una impresión.
    —Hizo una pausa, miró de nuevo hacia el arma y añadió, casi con indiferencia—:
    Le habían crecido cuatro brazos.
    Hugh se quedó boquiabierto. Después, cerró las mandíbulas y carraspeó.
    —No me crees. No te culpo. Yo tampoco lo creía hasta que lo vi con mis propios ojos. —Ciang contempló las telarañas como si fueran tiempo tejido—. Fue hace muchos ciclos. Cuando me convertí en el Brazo. El puñal nos había llegado de un señor elfo en tiempos remotos, en la primera época de existencia de la Hermandad. Fue guardada en esta bóveda con una advertencia. Según ésta, el arma tenía una maldición. Un humano, un hombre joven, se burló del aviso; no creyó en la maldición y reclamó el puñal en préstamo, pues está escrito que «quien domine el puñal será invencible contra cualquier enemigo. Ni los propios dioses se atreverán a oponerse a él». —Al decir esto, estudió a Hugh. Después, añadió—: Por supuesto, eso fue en los tiempos en que no había dioses. En que ya no los había.
    — ¿Y qué sucedió?—quiso saber Hugh, tratando de ocultar su incredulidad puesto que era Ciang quien hablaba.
    —No estoy segura. El compañero de ese hombre, que sobrevivió a la experiencia, no fue capaz de ofrecernos un relato coherente. Al parecer, el joven atacó a su blanco utilizando el puñal y, de pronto, éste dejó de serlo. Se transformó en una espada enorme, de múltiples hojas que giraban como aspas.
    Dos brazos normales no podían sostenerla. Entonces fue cuando al hombre le crecieron otros dos brazos... Le salieron del pecho. El joven vio los cuatro brazos y cayó muerto de terror, de la conmoción. Más adelante, su compañero perdió totalmente la razón y se arrojó de la isla. No lo culpo por ello. Yo también vi el cuerpo: tenía esos cuatro brazos. A veces, todavía sueño con él.
    Tras esto, Ciang guardó silencio con los labios apretados. Hugh alzó la mirada a aquel rostro severo y despiadado y lo vio palidecer. La presión de los labios la ayudaba a mantener firme la expresión. vió la vista al puñal y notó un nudo en el estómago.
    —Ese incidente pudo ser el fin de la Hermandad. —Ciang lo miró de soslayo— . Puedes imaginar en qué habrían convertido el asunto los rumores. Tal vez habíamos sido nosotros, la Hermandad, quienes habíamos lanzado la terrible maldición sobre el joven. Me apresuré a actuar. Ordené que trajeran el cuerpo aquí al amparo de la oscuridad. Ordené traer también a su compañero y lo interrogué ante testigos. Leí a éstos el documento..., el documento que acompañaba al puñal.
    »Estuvimos de acuerdo en que era el propio puñal lo que estaba maldito.
    Prohibí su uso. Enterramos en secreto el cuerpo grotesco y se ordenó a todos los hermanos y hermanas que guardaran silencio sobre el incidente, so pena de muerte.
    »De eso hace mucho tiempo. Ahora —añadió en un susurro—, soy la única que recuerda todavía la historia. Nadie más queda vivo de aquellos tiempos. Nadie, ni siquiera el Anciano, cuyo abuelo aún no había nacido cuando eso sucedió, conoce la existencia del puñal maldito. En mi última untad he escrito una orden para que no se utilice. Pero, hasta este momento, no le había contado la historia a nadie.
    —Vuelve a taparlo —dijo Hugh, inflexible—. No lo quiero. Nunca he empleado la magia... —Su semblante se ensombreció.
    —Nunca te habían pedido que mataras a un dios... —replicó Ciang con gesto de disgusto.
    —Limbeck, el enano, dice que los dioses no existen. Dice que Haplo estaba casi muerto, como un hombre cualquiera, la primera vez que lo vio. ¡No, no lo usaré!
    Dos manchas rojas de cólera se encendieron en el cadavérico rostro de la elfa.
    Parecía dispuesta a hacer algún comentario mordaz, pero se contuvo. Las manchas rojas se difuminaron y los ojos rasgados se vieron, de pronto, muy fríos.
    —Por supuesto, amigo mío, tú decides. Sí insistes en morir con deshonor, es cosa tuya. No diré nada más, salvo recordarte que aquí está en juego otra vida.
    Quizá no lo habías tomado en cuenta.
    — ¿Qué otra vida? —inquirió Hugh, suspicaz—. El muchacho, Bane, ha muerto.
    —Pero su madre sigue viva. Una mujer que te inspira tan profundos sentimientos... ¿Quién sabe si Haplo no irá tras ella, si fracasas en tu intento? Ella sabe quién... qué es Haplo.
    Hugh revivió sus recuerdos. Iridal le había dicho algo de Haplo, pero no lograba recordar qué. Habían tenido poco tiempo para hablar y él tenía la cabeza en otras cosas: en el chiquillo muerto que tenía en sus brazos, en el dolor de Iridal, en su propia confusión al encontrarse vivo cuando se suponía que estaría muerto... No; lo que Iridal le hubiera contado acerca del patryn, Hugh lo había olvidado entre las sombras teñidas de horror de aquella noche terrible. ¿Qué importancia podían tener sus palabras en aquellos momentos, cuando él se proponía entregar su alma a los kenkari, cuando iba a regresar a aquel reino de belleza y paz...?
    ¿Intentaría Haplo encontrar a Iridal? El hombre había tomado cautivo a su hijo. ¿Por qué no a la madre? ¿Podía permitirse correr el riesgo? Al fin y al cabo, se sentía en deuda con ella. Estaba en deuda con ella por haberle fallado.
    — ¿Un documento, has dicho? —comentó.
    La mano de Ciang se deslizó en los grandes bolsillos de sus uminosas ropas y extrajo varios pliegos de pergamino enrollados y sujetos con una cinta negra. FJ pergamino estaba viejo y descolorido; la cinta, deshilachada y desteñida.
    La elfa alisó el documento con la mano.
    —Anoche ví a leerlo. Es la primera vez que lo hago desde esa noche terrible. Entonces lo leí en voz alta ante los testigos. Ahora te lo leeré a ti.
    Hugh se sonrojó. Lo que él deseaba era leerlo y estudiarlo en privado, pero no se atrevió a insultar a la elfa.
    —Te he causado ya tantas molestias, Ciang...
    —Debo traducírtelo —respondió ella con una sonrisa que daba a entender que había capeado sus pensamientos—. Está escrito en alto elfo, una lengua que se hablaba después de la separación de los mundos, pero que hoy está completamente olvidado. No podrías descifrarlo.
    Hugh no puso más objeciones.
    —Tráeme una silla. El texto es largo y estoy cansada de estar de pie. Y acerca la lámpara.
    Hugh fue en busca de una silla y la colocó en un rincón junto a la mesa en la que descansaba el puñal «maldito». Después, permaneció fuera del claro de luz, sin lamentar que su rostro quedara oculto en las sombras, disimulando sus dudas.
    Seguía incrédulo. No daba crédito a nada de aquello.
    No obstante, tampoco habría creído nunca que un hombre pudiera morir y regresar otra vez a la vida.
    De modo que prestó atención a la lectura.
    CAPÍTULO 8
    LA HOJA MALDITA
    Puesto que estás leyendo esto, hijo mío, yo he muerto y mi alma ha viajado al encuentro de Krenka- nris para contribuir a la liberación de nuestro pueblo.
    Dado que hemos entrado en guerra abierta, confío en que te desempeñarás con honor en la batalla, como lo han hecho todos los que te han precedido en llevar este nombre.
    Soy el primero de nuestra familia que expone este relato por escrito. Hasta hoy, la historia de la Hoja Maldita se ha transmitido oralmente de padres a hijos, musitada desde el lecho de muerte. Así lo hizo mi padre conmigo, y el suyo con él, y así hasta remontarnos a antes de la separación de los mundos. Pero, como parece probable que mi lecho de muerte sea el duro suelo de un campo de batalla y que tú, mi querido hijo, estés muy lejos en el momento señalado, te dejo esta narración para que la leas cuando haya muerto. Y también harás juramento, por Krenka-Anris y por mi alma, de transmitir todo esto a tu hijo (quiera la diosa bendecir a tu esposa con un parto normal).
    En el armero hay una caja con la tapa adornada de perlas engastadas que contiene las dagas de duelo ceremoniales. Estoy seguro de que sabes a qué caja me refiero porque, de niño, ya expresabas tu admiración por los puñales; una admiración muy mal enfocada, como bien sabes ahora que eres un guerrero experimentado. Sin duda, más de una vez te habrás preguntado por qué he conservado esas dagas y, sobre todo, por qué las tengo guardadas en el armero.
    Poco imaginas, hijo mío, lo que ocultan estas dagas.
    Escoge un momento en que tu esposa y su séquito hayan dejado el castillo.
    Despide a los criados y asegúrate bien de que estás solo. Ve al armero y coge esa caja. En la tapa, observarás que hay una mariposa en cada esquina. Presiona simultáneamente las mariposas de la esquina superior derecha e inferior izquierda. Con eso se abrirá un falso fondo en el lado izquierdo.
    ¡Por favor, hijo mío, por el bien de mi alma y de la tuya propia, no introduzcas la mano en ese doble fondo!
    Dentro encontrarás un puñal mucho menos artístico que el par de dagas que ya conoces. El puñal es de hierro y parece forjado por un humano. Es un objeto muy feo y deforme y confío en que, una vez que lo hayas visto, sientas tan pocos deseos de tocarlo como los que tuve yo la primera vez que lo contemplé. Pero, ¡ay!, seguro que despierta tu curiosidad, como despertó la mía. ¡Te ruego, te suplico, mi amadísimo hijo, que reprimas esa curiosidad! Contempla la hoja y fíjate en su aspecto perverso y atiende la advertencia de tus propios sentidos, que reaccionarán con repulsión ante ese objeto.
    Yo no hice caso de esa advertencia y atraje sobre mí una desgracia que ha sido una sombra permanente en mi vida. Con ese puñal, con esa Hoja Maldita, di muerte a mí amado hermano.
    Imagino que habrás palidecido de la impresión al leer lo anterior. Siempre se ha dicho que tu tío murió de las heridas sufridas a manos de unos asaltantes humanos, que lo sorprendieron en un trecho solitario del camino, cerca del castillo. Esa historia no es cierta. Tu tío murió a mis manos en el armero, probablemente no muy lejos del lugar en el que te encuentras ahora. ¡Pero te juro, por Krenka-Anris, por los dulces ojos de tu madre, por el alma de mi difunto hermano, que fue ese puñal quien lo mató, y no yo!
    Hete aquí lo que sucedió, y perdona la caligrafía. Todavía hoy, mientras te relato esto, me siento atenazado por el horror de ese incidente, que se produjo hace bastante más de un siglo.
    Mi padre murió. En su lecho de muerte, nos contó a mi hermano y a mí la historia de la Hoja Maldita, Era un instrumento raro y valioso, nos dijo, que procedía de un tiempo en el que dos razas de dioses terribles dominaban el mundo. Estas dos razas de dioses se odiaban y se temían y cada una trataba de imponer su dominio sobre aquellos a los que llamaban mensch: los humanos, los elfos y los enanos. Entonces se produjeron las Guerras de los Dioses, terribles batallas de magia que arrasaron un mundo entero hasta que, por fin, ante la amenaza de ser derrotada, una de las razas de dioses causó la separación de los mundos.
    Los dioses libraron estas guerras entre sí, sobre todo, pero en ocasiones, cuando se veían superados en número, reclutaban mortales para que los ayudaran. Naturalmente, éstos no podían ser rival para los ataques mágicos de los dioses, de modo que los sartán (por este nombre conocemos a los dioses) armaron a sus partidarios mensch con fantásticas armas mágicas.
    La mayoría de estas armas se perdió durante la separación, igual que desapareció mucha de nuestra gente. Al menos, así lo cuentan las leyendas. Sin embargo, unas cuantas permanecieron en manos de los supervivientes, que las conservaron en su poder. El puñal, según una leyenda familiar, es una de tales armas. MÍ padre me contó que había visitado a los kenkari para verificarlo.
    Los kenkari no pudieron asegurarle que el puñal fuera anterior a la separación, pero estuvieron de acuerdo en su carácter mágico. Le advirtieron que su magia era poderosa y le aconsejaron que no lo utilizara nunca. Mi padre era un hombre tímido y las palabras de los kenkari lo atemorizaron. Hizo construir esa caja especialmente para guardar el arma, que los kenkari habían considerado maldita. Colocó el puñal en la caja y no vió a mirarlo nunca más.
    Le pregunté por qué no lo había destruido y me respondió que los kenkari le habían advertido que no lo intentara. Un arma como aquélla no podía ser destruida jamás, dijeron. Lucharía por sobrevivir y ver con su dueño en tanto que, mientras estuviera en posesión de mi padre, éste podía garantizar que el objeto mágico no tendría poder para causar daño. Si intentaba librarse del puñal— arrojándolo al Torbellino, tal vez— el arma terminaría, simplemente, en manos de otro y podría causar grandes daños. Mi padre juró a los kenkari que la mantendría a salvo y nos obligó a efectuar la misma promesa solemne. Después de su muerte, mientras mi hermano y yo arreglábamos los asuntos pendientes de mi padre, recordamos la historia del puñal. Fuimos al armero, abrimos la caja y encontramos el puñal en el doble fondo. Me temo que, conociendo la timidez de mí padre y su amor por los relatos románticos, no dimos mucho crédito a gran parte de lo que nos había contado. ¿Aquél puñal feo y tosco, forjado por un dios? Mi hermano y yo meneamos la cabeza con una sonrisa de incredulidad.
    Y, como suelen hacer los hermanos, nos enzarzamos en una parodia de duelo.
    (En tiempos de la muerte de mi padre éramos jóvenes. Ésta es la única excusa que puedo ofrecer para nuestra imprudencia.) Mi hermano cogió una de las dagas adornadas y yo empuñé la que llamamos, en son de broma (que la diosa perdone mi escepticismo), la Hoja Maldita.
    No creerás lo que sucedió a continuación. Aún hoy, ni siquiera yo mismo estoy seguro de creerlo, pese a que lo vi con mis propios ojos.
    Cuando lo tuve en la mano, noté algo extraño en el puñal. Vibraba como si fuera un ser vivo y, de pronto, cuando empecé a lanzar una fingida estocada a mí hermano, se agitó entre mis dedos como una serpiente y..., y me encontré empuñando, en lugar del puñal, una larga espada. Y, antes de que me diera cuenta de qué estaba sucediendo, la hoja de la espada había atravesado limpiamente el cuerpo de mi hermano, rajándole el corazón. Nunca, quizá ni siquiera después de muerto, olvidaré la mueca de horrorizada sorpresa y de dolor que vi en su rostro.
    Dejé caer el arma y sostuve a mi hermano, pero no había remedio. Murió en mis brazos, con su sangre empapándome las manos.
    Creo que lancé un grito de horror, pero no estoy seguro. Y, cuando al fin levanté la vista, encontré en el umbral de la estancia a nuestro viejo criado.
    — ¡Ah! —me dijo el viejo An'lee—, ahora eres el único heredero.
    Como ves, dio por sentado que había asesinado a mi hermano para hacerme con toda la herencia de nuestro padre.
    Le aseguré que se equivocaba y le conté lo sucedido pero, como es lógico, no me creyó. No se lo tuve en cuenta; al fin y al cabo, yo mismo no acababa de creerlo.
    El puñal había cambiado de forma otra vez. vía a ser como lo ves ahora.
    Comprendí que, si An'lee no me creía, nadie más lo haría. El escándalo traería la ruina para nuestra familia. El fratricidio se castiga con la muerte y, por tanto, me ahorcarían. El castillo y las tierras serían confiscadas por el rey. Mi madre sería arrojada a las calles y mis hermanas quedarían deshonradas y sin dote. Por grande que fuese mi dolor personal (y con gusto habría confesado el hecho y cumplido la pena), no podía infligir tal perjuicio a la familia.
    An`lee era leal y se ofreció a ayudarme a ocultar mi crimen. ¿Qué podía hacer yo, sino seguirle la corriente? Entre los dos, a escondidas, sacamos el cuerpo de mi desdichado hermano del castillo, lo transportamos a un lugar alejado, conocido por ser una zona frecuentada por los bandidos Rumanos, y lo arrojamos allí en una zanja. Después, regresamos al castillo.
    Le conté a nuestra madre que mi hermano había oído rumores de partidas de bandidos humanos y había salido a investigar. Cuando fue encontrado el cuerpo, días más tarde, se dio por hecho que había tenido un mal encuentro con el grupo al que buscaba. Nadie sospechó nada. An'lee, fiel servidor, se llevó el secreto a la tumba.
    En cuanto a mí, no puedes imaginar, hijo mío, la tortura que he soportado. A veces he creído que el sentimiento de culpa y la pena iban a verme loco. Noche tras noche, permanecía despierto y acariciaba la idea de arrojarme del parapeto y poner fin a la agonía, de una vez por todas. Pero tuve que seguir viviendo, por el bien de otros, ya que no por el mío.
    Me propuse destruir el puñal, pero tenía grabada en la cabeza la advertencia de los kenkari a mi padre. ¿Y si caía en otras manos? ¿Y si decidía matar otra vez?
    ¿Por qué debía nadie más sufrir lo que había pasado yo? No; como parte de mi penitencia, conservaría la Hoja Maldita en mi poder. Y estoy obligado a transmitirte su custodia. Es la carga que lleva nuestra familia, y que deberá seguir acarreando hasta el fin de los tiempos.
    Compadéceme, hijo, y reza por mí. Krenka—Anris, que todo lo ve, conoce la verdad y confío en que me perdonará. Como hará, espero, mi querido hermano.
    Y te imploro, hijo mío, por lo que más quieras... por la diosa, por mi recuerdo, por el corazón de tu madre, por los ojos de tu esposa, por tu hijo no nacido... te encarezco que conserves en lugar seguro la Hoja Maldita y que nunca, jamás, la toques o vuelvas a mirarla siquiera.
    Que Krenka—Anris esté contigo.
    Tu padre, que te quiere.
    CAPÍTULO 9
    FORTALEZA DE LA HERMANDAD
    SKURVASH
    ARIANO
    Ciang concluyó la lectura y levantó la vista hacia Hugh.
    Mientras ella leía la cana, la Mano había permanecido en silencio, con las manos en los bolsillos de sus pantalones de cuero y la espalda apoyada en la pared. Por fin, desplazó el cuerpo para apoyar su peso alternativamente sobre ambos pies, cruzó los brazos y bajó la vista al suelo.
    —No le das crédito —murmuró la elfa.
    Hugh movió la cabeza:
    —Un asesino que trata de sacarse de encima un muerto. Dice que nadie sospechó, pero es evidente que no fue así, y el tipo trata de justificarse con su hijo antes de marcharse a la guerra.
    Ciang mostró su enfado. Sus labios desaparecieron, convertidos en una fina línea de irritación.
    —Si fueras un elfo, lo habrías creído. Incluso hoy, los juramentos que hace no se lanzan a la ligera.
    Hugh se sonrojó y se apresuró a disculparse:
    —Lo siento, Ciang. No pretendía ser irrespetuoso. Es sólo que... he visto algunas armas mágicas en mi vida y no he conocido ninguna capaz de una cosa así, ni nada parecido.
    — ¿Y cuántos hombres has conocido que, después de muertos, hayan sido devueltos a la vida, Hugh la Mano? —inquirió Ciang con voz suave—. ¿Y cuántos son cuatro brazos? ¿O acaso ahora te niegas a darme crédito a mí, también?
    Hugh bajó la vista y la clavó otra vez en el sucio. Con expresión torva y sombría, contempló de nuevo el puñal.
    —Entonces, ¿cómo funciona?
    —No lo sé —respondió Ciang, también con la mirada fija en la tosca arma—.
    Tengo algunas suposiciones, pero sólo son eso; suposiciones. Ahora sabes tanto de este asunto como yo.
    Hugh se revió, inquieto.
    — ¿Cómo llegó a poder de la Hermandad? ¿Sabrías decirme eso?
    —Ya estaba aquí cuando llegué, pero la respuesta no es muy difícil de imaginar. La guerra elfa fue larga y costosa y causó la ruina de muchas familias elfas. Quizás esta noble familia pasó tiempos difíciles y uno de los hijos menores se vio obligado a buscar fortuna y se afilió a la Hermandad. Tal vez trajo consigo la Hoja Maldita; ahora, sólo Krenka—Anris sabe qué sucedió en realidad. El hombre que me precedió en el cargo me entregó la caja con la carta; era un humano que no había leído su contenido, ni lo habría entendido, de haberlo hecho. Sin duda, sólo eso explica que permitiera que el puñal se entregara en préstamo.
    — ¿Y tú nunca has permitido que nadie lo usara? —preguntó Hugh con una mirada penetrante.
    —Jamás. Olvidas, amigo mío —añadió Ciang—, que ayudé a enterrar al hombre de los cuatro brazos. Pero, por otra parte, ninguno de nosotros se ha visto tampoco, hasta hoy, en la obligación de matar a un dios.
    — ¿Y crees que con esa arma es posible hacerlo?
    —Si crees el relato, fue creada precisamente con ese propósito. He pasado la noche estudiando la magia sartán; aunque ese hombre al que debes matar no es uno de ellos, la base de la magia que utiliza es, en esencia, la misma.
    Ciang se puso en pie y se desplazó con paso lento desde la silla hasta las inmediaciones de la mesa sobre la que descansaba la caja del puñal. Sin dejar de hablar, pasó delicadamente la larga uña del índice por la empuñadura, siguiendo las marcas del martillo en el metal, Pero tuvo buen cuidado de no tocar la hoja en sí, la hoja marcada de runas.
    —Un mago de Paxaria, que vivió en los tiempos en que los sartán vivían todavía en el Reino Medio, hizo un intento de desentrañar los secretos de la magia sartán. No es un caso raro. Sinistrad, el hechicero, hizo lo mismo, según me han dicho...
    La mirada de Ciang se desvió en dirección a Hugh. Él frunció el entrecejo y asintió, pero no dijo nada.
    —Según ese mago la magia sartán es muy distinta de la elfa. Y de la humana.
    Su magia no se basa en manipular sucesos naturales como la humana, ni se utiliza para potenciar la mecánica, como hacemos los elfos. Vuestra magia y la nuestra funcionan con lo pasado o con lo que existe aquí y ahora; la de los sartán controla el futuro. Y eso es lo que la hace tan poderosa. Y la utilizan controlando el flujo de las posibilidades, Hugh puso expresión de perplejidad. Ciang hizo una pausa para reflexionar.
    — ¿Cómo puedo explicártelo? Supongamos, amigo mío, que estamos en esta sala cuando, de repente, trece hombres entran en tromba por esa puerta para atacarte. ¿Qué harías?
    Hugh le dedicó una mueca irónica.
    —Saltar por la ventana.
    Ciang sonrió y apoyó la mano en su hombro.
    —Siempre prudente, amigo mío. Gracias a ello has vivido tanto. Sí, ésa sería una posibilidad, desde luego. Y aquí hay numerosas armas que te ofrecen muchas otras alternativas. Podrías utilizar una pica para mantener a raya a los atacantes.
    Podrías arrojarles unas flechas explosivas elfas. Incluso podrías echarles una de esas pociones humanas que desencadenan tormentas de fuego. Tendrías a tu alcance todas estas posibilidades.
    »Y existen otras, amigo mío. Algunas más extrañas, pero todas posibles. Por ejemplo, el techo podría desplomarse inesperadamente y aplastar a tus enemigos.
    El peso de todos ellos podría provocar el hundimiento del suelo bajo sus pies.
    Podría entrar ando por la ventana un dragón y devorarlos.
    — ¡No es probable! —exclamó Hugh con una breve risa tétrica.
    —Pero reconoces que es posible, ¿no?
    — ¡Cualquier cosa es posible!
    —Casi cualquiera. Aunque, cuanto más improbable es la posibilidad, más poder se necesita para producirla. Los sartán tienen la facultad de escrutar el futuro, estudiar las posibilidades y escoger aquella que más les conviene.
    Entonces, la invocan y hacen que cobre realidad. Así fue, amigo mío, como fuiste devuelto a la vida.
    Hugh había dejado de reírse.
    — ¿De modo que Alfred buscó en el futuro y descubrió la posibilidad...?
    —... de que sobrevivieras al ataque del hechicero. Entonces, la escogió y tú viste a la vida.
    —Pero ¿eso no significaría que no había llegado a estar muerto, realmente?
    — ¡Ah! En este punto topamos con el arte prohibido de la nigromancia. A los sartán no les estaba permitida su práctica, según el mago...
    —Sí, Iridal comentó algo al respecto, lo cual provocó que Alfred negara haber utilizado su magia conmigo. «Por cada uno que es devuelto a la vida cuando ha llegado su hora, otro muere antes de la suya», fueron sus palabras. Bane, tal vez.
    Su propio hijo.
    Ciang se encogió de hombros.
    — ¿Quién sabe? Es probable que, si Alfred hubiera estado presente cuando el hechicero te atacó, hubiese podido salvarte la vida. En ese caso, no habrías muerto. Pero ya lo estabas, y ése era un hecho que no podía alterarse. La magia sartán no puede cambiar el pasado; sólo afecta al futuro. Anoche pasé largas horas reflexionando sobre ello, amigo mío, utilizando el texto del mago como referencia aunque el autor no se dignó referirse a la nigromancia, ya que los sartán no la estaban practicando en esa época.
    «Sabemos que moriste. Y que experimentaste otra vida después de la muerte.
    —Ciang torció levemente el gesto al decirlo—, Y ahora estás vivo. Concibe esto como un niño que juega a la pídola. El niño empieza en este punto. Salta por encima de la espalda del chico que tiene delante y llega al punto siguiente. Alfred no puede cambiar el hecho de que moriste, pero puede saltar por encima de ello, por así decirlo. Avanza de atrás adelante...
    — ¡Y me deja atrapado en medio!
    —Sí, creo que eso es lo que ha sucedido. No estás muerto, pero tampoco estás vivo de verdad.
    Hugh miró a la elfa:
    —No pretendo ofenderte, Ciang, pero no puedo aceptarlo. ¡No tiene sentido!
    —Quizá yo tampoco. —Ciang movió la cabeza—. Es una teoría interesante. Y me ayudó a pasar las largas horas de la noche. Pero vamos al arma. Ahora que sabemos más acerca del funcionamiento de la magia sartán, podemos empezar a entender cómo actúa ese puñal...
    —... dando por sentado que la magia patryn funciona como la sartán.
    —Puede haber algunas diferencias, igual que la magia elfa es diferente de la humana. Pero repito que los fundamentos son los mismos. Primero, estudiemos esa historia del señor elfo que mató a su hermano. Concedamos que todo lo que cuenta es cierto. ¿Qué podemos deducir, entonces?
    »Los dos hermanos se enzarzan en un duelo amistoso con armas blancas, pero el puñal que nuestro elfo ha escogido no sabe que la lucha es fingida. Sólo sabe que se enfrenta a un oponente que empuña una daga...
    —Y, entonces, entra en acción, y lo hace convirtiéndose en un arma superior—asintió Hugh, observando la hoja con más interés—. Eso tiene sentido.
    Un hombre te acomete con un puñal. Si tienes la posibilidad de escoger tu arma, optarás por una espada. Así, el oponente no tiene ocasión de penetrar en tu guardia.
    Hugh levantó la vista hacia Ciang, perplejo.
    — ¿Y tú crees que el arma escogió por sí misma convertirse en espada?
    —Eso —respondió la elfa, muy despacio—, o reaccionó al deseo del señor elfo.
    ¿Y si éste pensó en aquel instante, como mera conjetura, desde luego, que una espada sería el arma perfecta frente a un adversario que empuñaba una daga... y, de pronto, se encuentra con la espada en la mano?
    —Pero... estoy seguro de que el hombre de los cuatro brazos no deseó que le saliera el par extra — rotestó Hugh.
    —Quizá deseó tener una espada más grande y terminó con una de tal tamaño y peso que eran precisos cuatro brazos para sostenerla. —Ciang dio unos golpecitos en el mango del puñal con la uña—. Es como el cuento de hadas que oíamos de niños: la hermosa doncella que anhelaba la vida inmortal y se le concedió su deseo. Pero se le olvidó pedir la eterna juventud, de modo que se hizo más y más vieja, y su cuerpo se marchitó hasta convertirse en un pellejo. Y así se vio condenada a vivir sinfín...
    Hugh tuvo una súbita visión de sí mismo condenado a una existencia parecida. Miró a Ciang, que había vivido mucho tiempo más que el elfo más longevo...
    —No —respondió ella a su muda pregunta—. Yo nunca encontré un hada.
    Nunca la he buscado. Moriré. Pero tú, amigo mío..., no estoy tan segura. Ese sartán, Alfred, es el que tiene el control de tu fu—curo. Debes encontrarlo para recobrarla libertad de tu alma.
    —Lo haré —afirmó Hugh—. Tan pronto como haya librado al mundo de ese Haplo. Cogeré el puñal. Tal vez no lo use, pero podría resultar útil. Posiblemente...
    —añadió con una sonrisa torcida.
    Ciang le dio permiso con un gesto de cabeza.
    Hugh titubeó un instante, flexionó las manos con nerviosismo y, notando los ojos rasgados de la elfa fijos en él, se apresuró a enver el puñal en su paño de terciopelo negro y lo levantó de la caja. Después, lo sostuvo en la mano y lo observó con suspicacia, manteniéndolo lejos del cuerpo.
    El puñal no hizo nada, aunque a Hugh le pareció notar que temblaba, que latía con la misteriosa vida mágica que poseía. Empezó a ceñírselo a la cintura, pero entonces lo pensó mejor y lo mantuvo en la mano. Necesitaría una vaina para llevarlo; una vaina que pudiera colgarse al hombro, para evitar el contacto con el metal. La sensación del arma en la mano, culebreando como una anguila, era desconcertante.
    Ciang dio media vuelta para dirigirse a la salida. Hugh le ofreció el brazo y la elfa lo aceptó, aunque se esmeró en no apoyarse en el. Avanzaron con paso lento.
    Un pensamiento le vino a la cabeza a Hugh. Sonrojándose, se detuvo Bruscamente.
    — ¿Qué sucede, amigo mío?
    —Yo... no tengo con qué pagar esto, Ciang —reconoció, avergonzado—. Las riquezas que poseía las entregué a los monjes kir. A cambio de haberme dejado vivir con ellos.
    —Ya pagarás —respondió Ciang, y la sonrisa que apareció en su rostro resultó sombría y melancólica—. Llévate la Hoja Maldita, Hugh la Mano. Llévate también tu maldita persona. Éste será el pago que des a la Hermandad. Y, si alguna vez regresas, el siguiente pago será cobrado en sangre.
    CAPÍTULO 10
    TERREL FEN DREVLIN
    ARIANO
    Marit no tuvo dificultades para cruzar la Puerta de la Muerte. El tránsito era mucho más sencillo ahora, con la Puerta abierta, que en los primeros viajes aterradores que había realizado su compatriota, Haplo. El abanico de destinos se desplegó ante sus ojos: las terribles calderas de lava del mundo que acababa de dejar, la joya de zafiros y esmeraldas que era el mundo acuático de Chelestra, las frondosas junglas bañadas por el sol de Pryan, las islas flotantes y la gran máquina de Ariano. E, insertado en aquellos cuatro, un mundo de paz y belleza maravillosas que resultaba irreconocible, pero que le producía un extraño vuelco del corazón.
    Marit hizo caso omiso de aquellas sensaciones, debilitadoras y sentimentales.
    No les encontraba mucho sentido, pues no tenía idea de qué mundo era aquél y se negaba a dejarse llevar por conjeturas sin base. Su señor, su marido, le había hablado de los otros mundos y no había mencionado aquél. Si Xar lo hubiera considerado importante, no habría dejado de informarle.
    Seleccionó un destino: Ariano.
    En el tiempo que se tarda en parpadear, la nave cubierta de runas se deslizó por la abertura de la Puerta de la Muerte y Marit se vio sumergida casi al instante en las violentas tormentas del Torbellino.
    A su alrededor crepitaron los relámpagos, estallaron los truenos, sopló el vendaval y la lluvia azotó la nave. Marit capeó la tormenta con calma, contemplándola con cierta curiosidad. Había leído los informes de Haplo sobre Ariano y sabía qué debía esperar. La furia de la tormenta no tardaría en amainar y entonces podría atracar la nave sin riesgos.
    Hasta entonces, se dedicó a observar y esperar.
    Poco a poco, los relámpagos se hicieron menos violentos y los truenos sonaron más lejanos. El chapaleteo de la lluvia sobre el casco de la nave persistió, pero más ligero.
    Marit empezó a apreciar, a través de las nubes impulsadas por el viento, varias islas flotantes de coralita dispuestas como peldaños de una escalera.
    La patryn supo dónde estaba. La descripción de Ariano que Haplo había ofrecido a Xar, y que éste había repetido a Marit, era muy precisa y detallada.
    Reconoció las islas como los Peldaños de Terrel Fen. Pilotó la nave entre ellos y llegó al vasto continente flotante de Drevlin. Atracó la nave en el primer lugar accesible de la costa pues, aunque la embarcación estaba protegida por la magia rúnica y, por tanto, no sería visible para los mensch a menos que la buscaran específicamente, Haplo se percataría de su presencia y sabría enseguida qué estaba sucediendo.
    Según la información de Sang-drax, el último paradero conocido de Haplo era la ciudad que los enanos de aquel mundo llamaban Wombe, en la parte occidental de Drevlin. Marit no tenía una idea muy precisa de dónde se encontraba pero, dada la proximidad de Terrel Fen, dedujo que había tocado tierra cerca del borde del continente; posiblemente, cerca de donde el propio Haplo había sido conducido para recuperarse de las heridas sufridas en su primera visita, cuando su nave se había estrellado contra los Peldaños.
    A través de la portilla de la nave, Marit alcanzó a ver lo que, supuso, era una parte de aquella máquina asombrosa conocida como la Tumpa-chumpa. La encontró admirable. La descripción de Haplo y las explicaciones añadidas de su señor no la habían preparado para algo semejante.
    Construida por los sartán para proveer de agua a Ariano y de energía a los otros tres mundos, la Tumpa-chumpa era un monstruo enorme que se extendía a lo largo y ancho del continente. La inmensa máquina, de forma y diseño fantásticos, estaba hecha de oro y plata, de bronce y acero. Sus diversas partes estaban construidas a semejanza de partes del cuerpo de un ser vivo, fuese humano o de algún animal. Hacía muchísimo tiempo, aquellos brazos y piernas, zarpas y espolones, oídos y ojos —todo ello, metálico— habían formado tal vez un todo reconocible. Sin embargo, abandonada a su propia suerte durante siglos, la máquina los había distorsionado por completo, hasta convertirse en una visión dantesca.
    El vapor escapaba de lo que parecían bocas humanas en pleno grito.
    Colosales espolones de ave se clavaban en la coralita; colmillos de felino arrancaban pedazos de suelo y los escupían.
    Al menos, éste habría sido el panorama, de haber estado en funcionamiento la máquina. Pero, hacía algún tiempo, la Tumpa-chumpa se había detenido por completo, misteriosamente. Ahora, una vez descubierta la causa de la paralización —la apertura de la Puerta de la Muerte—, los enanos tenían los medios pata poner en actividad de nuevo la gran máquina.
    Por lo menos, eso era lo que había contado Sang-drax. A ella le correspondía descubrir si era verdad.
    Escrutó el horizonte, que parecía sembrado de restos de un cuerpo descuartizado. Ya no sentía un especial interés por la máquina, pero continuó observando para comprobar si alguien había advertido la arribada de la nave. Las runas invocarían la posibilidad de que cualquier extraño que no buscara específicamente una nave en aquel lugar pasara de largo sin verla, lo cual hacía casi invisible la embarcación.
    Con todo, siempre existía el riesgo, por mínimo que fuese, de que algún mensch estuviese mirando precisamente hacia allí y se hubiera percatado de su presencia. Los mensch no podrían causar daños en la nave; las runas se encargarían de ello. Pero un ejército de aquellos mensch arrastrándose en torno al casco sería una evidente molestia, por no hablar del hecho de que la noticia podía llegar a oídos de Haplo.
    Pese a sus temores, no vio aparecer sobre el terreno empapado por la lluvia ningún ejército de enanos. Otra tormenta empezaba a oscurecer el horizonte. Gran parte de la máquina quedaba ya cubierta de nubes amenazadoras, cargadas de relámpagos. Marit sabía, por la experiencia anterior de Haplo, que los enanos no se aventuraban bajo la tormenta. Satisfecha y sintiéndose a salvo, se cambió de ropas y se puso las prendas sartán que había escogido en Abarrach.
    — ¿Cómo pueden soportar esto esas mujeres? —murmuró.
    Era la primera vez que se probaba un vestido, y la falda larga, junto con el corpino ceñido, le resultaba oprimente, engorrosa y difícil de llevar. Observó la ropa con aire ceñudo. El tacto del tejido sartán le resultaba irritante. Aunque se dijo a sí misma que todo era cosa de su mente, de repente se sintió terriblemente incómoda con las ropas de una enemiga. De una enemiga muerta, además. Decidió quitarse el vestido.
    Al momento, contuvo su impulso. Estaba actuando irracionalmente, como una estúpida. Su señor, su marido, no se sentiría satisfecho. Al estudiar su imagen reflejada en el cristal de la portilla, tuvo que reconocer que el vestido era un camuflaje perfecto. Con él, resultaba idéntica a los mensch cuyas imágenes había visto en los libros de su señor..., de su marido. Ni siquiera Haplo, si por casualidad la veía, sería capaz de reconocerla.
    —Aunque, de todas formas, no creo que se acordara de mí —murmuró para sí mientras daba unos pasos por la cabina de la nave, tratando de acostumbrarse a la falda larga, con la que tropezaba continuamente hasta que aprendió a caminar con pasos cortos—. Los dos hemos cruzado demasiadas puertas desde nuestro encuentro.
    Acompañó sus palabras con un suspiro, y el sonido de éste la alarmó. Hizo una pausa en su deambular y se detuvo a reflexionar sobre sus sentimientos, a examinarlos en busca de algún punto débil como inspeccionaría sus armas antes de marchar al combate. Aquel encuentro. Aquel tiempo que habían pasado juntos...
    El día había sido largo y cansado. Marit lo había pasado batallando, no contra un monstruo del laberinto, sino contra un pedazo del Laberinto mismo. Había tenido la impresión de que el propio terreno estaba poseído por la misma magia maléa que gobernaba aquel mundo prisión al que habían sido arrojados los patryn. El destino de Marit, la siguiente puerta, estaba al otro lado de una cresta montañosa de laderas cortadas a pico. Había alcanzado a divisar la puerta desde la copa del árbol en el que había pasado la noche, pero no encontraba el modo de alcanzarla.
    Por el lado que tenía que escalar, la sierra era de una roca lisa, resbaladiza como el hielo, por la que resultaba casi imposible subir. Casi, pero no del todo. En el Laberinto no había nada que resultase absolutamente imposible, Todo ofrecía alguna esperanza; una esperanza burlona y provocadora. Un día más y alean/aras tu objetivo. Una batalla más y podrás descansar a salvo. Sigue luchando, sigue escalando, sigue caminando, sigue corriendo...
    Y lo mismo sucedía con aquellos riscos. La pared era de roca lisa, pero rota por pequeñas fisuras que proporcionaban una vía de ascenso, si se era capaz de introducir en ellas los dedos despellejados y sangrantes. Y, justo cuando se disponía a encaramarse a lo más alto, el pie resbalaba... ¿o tal vez la hendidura en la que había apoyado las puntas de los dedos se cerraba deliberadamente? ¿En qué momento la superficie firme que tenía bajo los pies se transformaba, bruscamente, en arena suelta? ¿Cuál era la causa de que le resbalaran las manos:
    el sudor o aquella extraña humedad que exudaba de la propia roca?
    Entonces, Marit caía deslizándose entre maldiciones, asiéndose a las plantas para tratar de frenar el descenso. Unas plantas que le clavaban sus ocultas espinas en las palmas de las manos o que, cuando la patryn se agarraba a ellas, se desprendían del suelo y la acompañaban en la caída.
    Dedicó una jornada entera a intentar superar la cresta montañosa, recorriéndola arriba y abajo en un esfuerzo por encontrar un paso. La búsqueda resultó infructuosa. Se aproximaba la noche y no estaba más cerca de su objetivo que con las primeras horas del día. Le dolía todo el cuerpo y tenía las palmas de las manos y las plantas de los pies (se había quitado las botas para intentar la escalada) llenas de cortes y ensangrentadas. Estaba hambrienta y no tenía nada que comer, pues se había pasado el día escalando, sin cazar.
    Al pie de la sierra corría un arroyo. Marit se lavó los pies y las manos en el agua fría y buscó algún pescado que le sirviera de cena. Vio varios pero, de pronto, el esfuerzo preciso para capturarlos le resultó excesivo. Estaba cansada, mucho más cansada de lo que habría sido de esperar, y comprendió que el suyo era el agotamiento de la desesperación. Un agotamiento que podía resultar mortal en el Laberinto.
    Aquel cansancio significaba que una dejaba de preocuparse, que una buscaba un rincón tranquilo donde dejarse morir.
    ¿Tanto empeño, para qué?, se preguntó, chapoteando con la mano en el agua, insensible ya al dolor, insensible ya a cualquier cosa. ¿De qué servía, tanto esfuerzo? Si lograba superar aquella cadena de montañas, detrás sólo encontraría otra. Más alta. Más difícil.
    Marit observó el reguero de sangre que manaba de los cortes de las manos, lo vio fluir entre el agua clara y descender con la corriente. En su mente aturdida, vio brillar su sangre en la superficie del agua, formando un reguero que conducía a un saliente en la ribera del arroyo. Al levantar la mirada, distinguió la cueva.
    Era pequeña y se abría en el terraplén de la orilla. Podía resguardarse en su interior y allí nada la encontraría. Podía refugiarse en sus sombras y dormir.
    Dormir todo el tiempo que quisiera. Dormir para siempre, tal vez.
    Marit se introdujo en el agua y vadeó la corriente. Cuando llegó al otro lado, avanzó despacio y con cautela por las aguas poco profundas junto a la orilla, bajo la protección de los árboles que bordeaban el arroyo. , las cavernas rara vez estaban desocupadas, pero una ojeada a la piel tatuada de runas le confirmó que, si había algo en el interior, no era demasiado grande ni amenazador.
    Lo más probable era que pudiese dar buena cuenta de lo que fuese, sobre todo si conseguía sorprenderlo. O quizá, por una vez en la vida, la suerte le sonriese.
    Quizás encontrase vacía la cueva.
    Cuando estuvo en las inmediaciones sin haber visto u oído nada y sin que sus tatuajes ofrecieran ninguna advertencia de peligro, Marit salió del agua de un salto y cubrió a la carrera la escasa distancia que la separaba de la entrada. Llegó a desenvainar el puñal en una concesión a los posibles riesgos, pero lo hizo más por un impulso natural que por temor a ser atacada. Finalmente, se había convencido de que la cueva estaba vacía y de que era suya.
    Por eso se llevó una sorpresa morrocotuda al descubrir a un hombre instalado cómodamente en su interior.
    Al principio, Marit no se percató de su presencia, deslumbrada por el reflejo de los inclinados rayos del sol poniente sobre el agua del arroyo. En el interior de la caverna reinaba la oscuridad y el hombre estaba sentado, muy quieto. A pesar de ello, Marit percibió su presencia por el olor y, al cabo de un instante, por el sonido de su voz.
    —Quédate ahí, a la luz —dijo el desconocido con voz pausada y tranquila.
    Por supuesto que estaba tranquilo. La había visto acercarse y había tenido tiempo para prepararse. Marit se maldijo a sí misma, pero maldijo aún más al individuo.
    — ¡Al carajo con la luz! —exclamó ella. Penetró en la cueva y se encaminó hacia donde había sonado la voz, parpadeando rápidamente para intentar localizar a su dueño—. ¡Fuera! ¡Sal de mi cueva!
    Marit estaba arriesgándose a morir a manos del desconocido y lo sabía. Quizá lo deseaba. La advertencia del hombre de que se quedara a la luz tenía una razón.
    En ocasiones, el Laberinto enviaba contra los patryn copias mortíferas de sí mismos; «espantajos»> las llamaban. Eran idénticos a los patryn en todos los detalles, excepto en que los signos mágicos de su piel estaban del revés, como si uno viera su propio reflejo en un lago.
    El ocupante de la cueva se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos. Marit ya estaba en condiciones de verlo y, a pesar de sí misma, se sintió impresionada con la facilidad y rapidez de sus movimientos. Podría haberla matado, pues iba armada y había irrumpido ante él de mala manera, pero no lo hizo.
    — ¡Fuera! —insistió. Dio un enérgico pisotón en el suelo y exhibió el puñal.
    — ¡No! —replicó el hombre, y vió a sentarse.
    Al parecer, Marit lo había interrumpido en mitad de alguna tarea, pues el desconocido cogió algo entre las manos —la patryn no pudo distinguir qué era a causa de las sombras y de las lágrimas que, de pronto, le escocían los ojos— y se puso a trabajar.
    —Pero... quiero morir aquí —dijo ella—, y me estorbas.
    Él levantó el rostro y asintió fríamente.
    —Lo que necesitas es comer. Supongo que no has probado bocado en todo el día, ¿me equivoco? Coge lo que quieras. Hay pescado fresco y bayas.
    Marit movió la cabeza en gesto de negativa. Seguía de pie con el puñal en la mano.
    —Como prefieras —continuó el hombre, encogiéndose de hombros—. ¿Has estado tratando de escalar la sierra? —Debía de haber observado los cortes de sus manos—. Yo, también —prosiguió, por propia iniciativa. Marit no lo había invitado en absoluto a hacerlo—.
    Durante una semana. Cuando te oí acercarte, estaba aquí sentado, pensando que dos personas podrían conseguirlo, trabajando en equipo, y si tuvieran una cuerda.
    Entonces, levantó lo que tenía entre las manos. Eso era lo que estaba haciendo: trenzar una cuerda.
    Marit se dejó caer en el suelo. Alargó la mano, cogió un pedazo de pescado y empezó a comer con voracidad.
    — ¿Cuántas puertas? —preguntó él, entrelazando las enredaderas con habilidad.
    —Dieciocho—respondió ella, estudiando el movimiento de sus manos., El patryn levantó la vista con expresión ceñuda.
    — ¿Por qué me miras así? Es verdad —dijo Marit en tono defensivo.
    —Me sorprende que hayas vivido tanto, teniendo en cuenta lo descuidada que eres. Te he oído acercarte desde que te has metido en el agua.
    —Estaba cansada —respondió ella con enfado—. Y, en realidad, no me importaba. Y tú no puedes ser mucho mayor que yo, así que no me hables como un conductor.
    —Es peligroso —dijo él, sin alterarse. Todos sus actos eran tranquilos. Su voz era serena; sus movimientos, calmados.
    — ¿El qué?
    —Despreocuparse.
    Sus ojos se clavaron en ella. Marit notó un hormigueo en las venas.
    —Más peligroso es preocuparse —replicó—. Le impulsa a uno a hacer cosas estúpidas, Como no matarme. Con ese breve vistazo inicial, no podías estar seguro de que no fuera un espantajo.
    — ¿Alguna vez has luchado con un espantajo?
    —No —reconoció ella.
    El patryn le dedicó una sonrisa. Una sonrisa tranquila.
    —Normalmente, un espantajo no comienza un ataque irrumpiendo de improviso y exigiéndome que salga de su cueva.
    Marit no pudo contener una carcajada. Empezaba a sentirse mejor. Debía de ser cosa de la comida.
    —Eres una corredora, ¿verdad?
    —Sí. Dejé el campamento cuando tenía doce años, de modo que, en realidad, suelo ser bastante más juiciosa de lo que he demostrado en esta ocasión —explicó, sonrojada—. No era capaz de razonar con coherencia. —Su tono de voz se apagó un poco—. Ya sabes lo que sucede a veces...
    Él asintió y continuó trabajando. Sus manos eran fuertes y hábiles. Marit se acercó un poco más.
    —Dos personas juntas podrían salvar esos riscos. Me llamo Marit.
    Abrió el chaleco de cuero y dejó a la vista la runa del corazón tatuada en su pecho. Era una muestra de confianza.
    Él dejó la cuerda, se subió el chaleco y mostró la suya.
    —Yo soy Haplo, —Permite que te ayude —se ofreció ella.
    Levantó un enorme retijo de enredaderas y empezó a separarlas para que Haplo pudiera trenzar una buena soga con ellas. Mientras trabajaban, se dedicaron a charlar.
    Sus manos se rozaron a menudo y muy pronto, por supuesto, ella tuvo que sentarse muy próxima a Haplo para que él pudiera enseñarle cómo se entrelazaba correctamente la cuerda. Y, un rato después, arrojaron ésta al fondo de la cueva para que no los estorbara...
    Marit se obligó a revivir aquella noche y comprobó, complacida, que no la atenazaban emociones poco recomendables, que no quedaba en ella ni un rescoldo de atracción por Haplo. Ahora, el único contacto que podía inflamar su ser era el de su señor, Xar. No la sorprendía que así fuese. Al fin y al cabo, había habido otras cuevas, otras noches, otros hombres. Ninguno como Haplo, tal vez, pero incluso Xar había reconocido que Haplo era distinto de los demás patryn.
    Resultaría interesante ver de nuevo a Haplo. Sería interesante comprobar cómo había cambiado.
    Marit estimó que estaba preparada para pasar a la acción. Había aprendido a moverse con la falda larga, aunque seguía sin gustarle y continuaba preguntándose cómo una mujer, aunque fuera una mensch, podía soportar permanentemente una prenda tan molesta.
    Otra tormenta descargó sobre Drevlin, pero Marit prestó poca atención al azote de la lluvia y al retumbar del trueno. No tendría que aventurarse bajo ella, pues la magia la conduciría a su destino. La magia la conduciría a Haplo. Sólo debía tener cuidado de que no la condujera demasiado cerca.
    Se echó sobre los hombros una larga capa y se cubrió la cabeza con la capucha. Después, se contempló por última vez y quedó satisfecha. Haplo no la reconocería. En cuanto a los mensch...
    Marit se encogió de hombros. No había conocido a ningún humano, ni a ningún otro mensch, y, como la mayoría de los patryn, sentía poco respeto por ellos. En aquel momento, iba disfrazada como una de ellos y se proponía mezclarse con los otros humanos. Tenía pocas dudas de que llegaran a advertir alguna diferencia.
    No pensó que los enanos podían extrañarse de la súbita aparición de una mujer humana entre ellos. Para Marit, todos los mensch eran iguales. ¿Qué importaba una rata más en el grupo?
    La patryn empezó a trazar los signos mágicos en el aire, los pronunció y contempló cómo se encendían y ardían. Cuando el círculo estuvo completo, lo atravesó y desapareció.
    CAPÍTULO 11
    WOMBE, DREVLIN
    ARIANO
    En cualquier otro momento de la larga —y algunos calificarían de ignominiosa— historia de Drevlin, la visión de una mujer humana recorriendo los pasadizos iluminados de la Factría habría provocado un considerable desconcierto, por no decir asombro. Ninguna mujer humana, desde el principio del mundo, había pisado el suelo de la Factría. Incluso los pocos varones humanos que lo habían hecho sólo habían entrado allí en fechas muy recientes, formando parte de la tripulación de una nave que había ayudado a los enanos en la histórica batalla de la Tumpa-chumpa.
    Si la hubieran descubierto, Marit no habría corrido ningún peligro, salvo quizá ser acosada a porqués, comos y qués hasta la muerte... la muerte de los enanos, porque Marit no era una patryn que hubiese aprendido la lección de la paciencia . Lo que quería, lo cogía. Si algo se interponía en su camino, lo apartaba. Sin contemplaciones.
    Pero la visitante tuvo la fortuna de llegar a la Factría en uno de esos momentos de la historia que son a la vez el más oportuno y el más inoportuno.
    Llegó en el instante más oportuno para ella, y en el más inoportuno para Haplo.
    En el preciso momento en que Marit se materializaba en el interior de la Factría y emergía del círculo de su magia, que había alterado la posibilidad de encontrarse allí y no en otra parte, un contingente de elfos y humanos se reunía con los enanos para formar una histórica alianza. Como suele suceder en estas ocasiones, los nobles y poderosos no podían llevar a cabo aquel acto sin ser observados por los seres más corrientes y humildes. Así, un número enorme de representantes de todas las razas mensch deambulaba por el suelo de la Factría por primera vez en la historia de Ariano. Entre ellos había un grupo de humanas del Reino Medio, damas de compañía de la reina Ana.
    Marit permaneció entre las sombras, observó y escuchó. A] principio, cuando advirtió el gran número de mensch, temió haber caído accidentalmente en plena batalla mensch, pues Xar le había contado que éstos se peleaban entre ellos casi constantemente. No obstante, pronto cayó en la cuenta de que aquél no era un encuentro bélico, sino que parecía una especie de... de fiesta. Los tres grupos se sentían visiblemente incómodos entre ellos pero, bajo los ojos vigilantes de sus gobernantes, ponían todo su empeño en llevarse bien.
    Los humanos hablaban con los elfos; los enanos se acariciaban las barbas y se esforzaban por trabar conversación con los humanos. Cada vez que varios miembros de una raza se distanciaban para formar un grupo propio, alguien se acercaba a dispersarlos. En aquella atmósfera tensa y confusa, no era probable que nadie se fijara en Marit.
    La patryn añadió a tal posibilidad un hechizo que aumentaba su protección potenciando la probabilidad de que nadie que no la buscara alcanzase a verla. Así pudo pasar de grupo en grupo, distante y solitaria pero pendiente de sus conversaciones. Mediante su magia, comprendía todos los idiomas mensch, de modo que no tardó en averiguar qué sucedía allí.
    Una enorme estatua, no lejos de ella, llamó su atención. Era la figura de un hombre encapuchado y con capa al que reconoció, con desagrado, como un sartán.
    Tres mensch se hallaban junto a la estatua; un cuarto personaje estaba sentado en la peana. Por lo que les oyó hablar, los tres hombres eran dirigentes mensch. El cuarto individuo era el heroe aclamado por todos, que había hecho posible la paz en Ariano.
    Aquel cuarto hombre era Haplo.
    Siempre a cubierto de las sombras, Marit se acercó a la estatua. Tenía que ser cuidadosa pues, si Haplo la veía, podía reconocerla. De hecho, lo vio levantar la cabeza y lanzar una rápida y penetrante mirada en torno a la Factría, como si hubiera oído una vocecilla que pronunciaba su nombre.
    Marit deshizo enseguida el encantamiento para protegerse de la vista de los mensch y se retiró más aún entre las sombras. Notaba lo mismo que debía percibir Haplo: un hormigueo en la sangre, el roce de unos dedos invisibles en la nuca. Era una sensación extraña pero no desagradable: como una llamada de la especie.
    Marit no había previsto que pudiera suceder algo así y no podía creer que los sen— cimientos que compartían fueran tan intensos. Se preguntó si aquel fenómeno sucedería entre cualquier par de patryn que se encontraran a solas en un mundo... o si era algo personal entre Haplo y ella.
    Analizando la situación, Marit llegó pronto a la conclusión de que dos patryn que se encontraran en cualquier lugar de un mundo de mensch siempre se sentirían atraídos, como el hierro al imán. Respecto a que fuese un efecto de la atracción que Haplo despertaba en ella, no lo creyó probable. Apenas lo reconocía.
    Haplo parecía viejo, mucho más de lo que ella recordaba. No era raro, pues el Laberinto envejecía rápidamente a sus víctimas, pero el suyo no era el aspecto áspero y duro de quien ha luchado cada día por la supervivencia. Su rostro, macilento y ojeroso, era el de quien ha luchado por su alma. Marit no comprendió, no reconoció las marcas de la lucha interior, pero percibió ésta vagamente y la desaprobó con firmeza. Haplo le pareció enfermo; enfermo y derrotado.
    Y, en aquel momento, también parecía desconcertado, tratando de ubicar la voz silenciosa que le había hablado, de ver la mano invisible que lo había tocado.
    Por último, se encogió de hombros y borró el asunto de su mente. vió a lo que estaba haciendo y prestó atención a lo que hablaban los mensch mientras acariciaba a su perro.
    El perro.
    Xar le había hablado del perro. A Marit le había costado creer que un patryn pudiera caer en semejante debilidad. No había dudado de las palabras de su señor, por supuesto, pero había considerado que quizá se había equivocado. Ahora sabía que no era así. Observó a Haplo acariciar la suave cabeza del animal y torció los labios en una mueca burlona.
    Después, dejó de prestar atención a Haplo y su perro y se concentró en la conversación de los tres mensch. Un enano, un humano y un elfo formaban un pequeño grupo bajo la estatua del sartán. Marit no se atrevió a formular un hechizo que le llevara sus palabras, de modo que tuvo que acercarse a ellos.
    Así lo hizo, moviéndose sin hacer ruido y manteniéndose a cubierto de sus miradas tras la mole de la estatua. Su mayor temor era ser descubierta por el perro, pero éste parecía totalmente absorto y ocupado con su amo. El animal tenía fijos en éste sus brillantes ojos y, de vez en cuando, posaba la pata sobre su rodilla como en una caricia de consuelo.
    —Por cierto, majestad, ¿te sientes ya completamente recuperado? —le decía el elfo al humano, — í, gracias, príncipe Reesh'ahn. —El humano, un monarca de su raza al parecer, se llevó una mano a la espalda con una mueca—. La herida era profunda pero, afortunadamente, no afectó ningún órgano vital. Noto cierta rigidez que me acompañará el resto efe la vida, según Ariano, pero al menos sigo vivo, de lo que doy gracias a los antepasados... y a la dama Iridal.
    Con una expresión ceñuda, el monarca sacudió la cabeza.
    El enano miraba alternativamente a los otros dos mensch, levantando mucho la cabeza para observar sus rostros con los ojos entrecerrados, como si fuese sumamente corto de vista.
    — ¿Dices que un niño te atacó? ¿Ese chiquillo que teníamos aquí abajo, ese Bane? —El enano parpadeó repetidas veces—. Disculpa, rey Stephen, pero ¿es ésta una conducta normal entre los niños humanos?
    El rey humano reaccionó a la pregunta con manifiesta irritación.
    —No pretende ofenderos, majestad —explicó Haplo con su calmosa sonrisa—.
    El survisor jefe, Limbeck, sólo siente curiosidad.
    — ¿Oh? ¡Por supuesto! —afirmó Limbeck con ojos saltones—. No pretendía insinuar... No es que importe mucho, claro. Es sólo que me preguntaba si tal vez rocíos los humanos...
    —No —lo cortó en seco Haplo—. Nada de eso.
    — ¡Ah! —Limbeck se acarició la barba—. Lo lamento —añadió, algo nervioso— . O sea, no quiero decir que lamente que todos los niños humanos no sean asesinos. Me refiero a que lamento mucho...
    —Está bien. —En esta ocasión fue el rey Stephen quien lo interrumpió, algo tenso pero con un asomo de sonrisa en la comisura de los labios—. Te comprendo perfectamente, survisor jefe. Y debo reconocer que Bane no es un representante muy bueno de nuestra raza. Como tampoco lo es su padre, Sinistrad.
    —Tienes razón. —Limbeck reaccionó al nombre con aire alicaído—. Lo recuerdo.
    —Una situación trágica, en conjunto —intervino el príncipe Reesh'ahn—, pero al menos algo bueno ha salido de tanta maldad. Gracias a nuestro amigo, Haplo — el elfo posó una de sus manos largas y finas en el hombro de éste—, y a ese asesino humano.
    Marit se sintió abrumada de disgusto. Un mensch que se comportaba con aquella familiaridad, tratando a un patryn como si fueran iguales... ¡Y Haplo lo toleraba!
    — ¿Cómo se llamaba el asesino, Stephen? —continuó Reesh'ahn—. Era un nombre extraño, incluso para un humano...
    —Hugh la Mano —apuntó Stephen con desagrado.
    Reesh'ahn no apartó la mano del hombro de Haplo; a los elfos les gustaba el contacto, los abrazos... Haplo parecía incómodo con la caricia del mensch, y Marit lo comprendió perfectamente. El patryn consiguió librarse de él con suavidad, poniéndose en pie y apartándose ligeramente.
    —Yo esperaba hablar con ese hombre, Hugh la Mano ——comentó—. ¿Por casualidad no sabrás dónde está, majestad?
    Stephen endureció la expresión.
    —Lo ignoro. Y, con franqueza, no quiero saberlo. Y tú tampoco deberías. El asesino le dijo a Ariano que tenía otro «contrato» que cumplir. Mi mago está convencido —añadió el monarca, viéndose hacia Reesh'ahn— de que ese Hugh es miembro de la Hermandad.
    El príncipe elfo tomó la palabra en este punto, con semblante ceñudo.
    —Una organización inicua. Cuando quede establecida la paz, debemos marcarnos como una de nuestras máximas prioridades borrar de la existencia ese nido de víboras. Tú, señor —añadió, viéndose a Haplo—, quizá puedas ayudarnos en esta empresa. Según nos ha contado nuestro amigo, el survisor jefe, tu magia es muy poderosa.
    De modo que Haplo había revelado sus poderes mágicos a los mensch. Y, según todos los indicios, los mensch estaban totalmente encandilados con él. Lo reverenciaban. Como era debido, se apresuró a admitir Marit. Pero deberían haberlo venerado como a sirviente de su señor, no como a tal señor. Y aquélla era la oportunidad perfecta para que Haplo les informara de la venida de Xar. El Señor del Nexo se encargaría de librar al mundo de aquella Hermandad, fuera lo que fuese.
    Haplo se limitó a mover la cabeza.
    —Lo siento, no puedo ayudaros. En cualquier caso, creo que mis poderes han sido exagerados. Aquí, nuestro amigo —añadió, viéndose a Limbeck con una sonrisa— es un poco corto de vista.
    — ¡Lo vi todo! —declaró Limbeck con aire terco—. Te vi combatir con esa horrible serpiente dragón. Os ví, a ti y a Jarre. Ella la atacó con el hacha. —El enano gesticuló enérgicamente, imitando los movimientos—. Entonces, tú lanzaste una estocada con la espada, ¡zas!, y la heriste en el ojo. Todo el lugar quedó salpicado de su sangre. ¡Te aseguro que lo vi, rey Stephen! —insistió el enano.
    Por desgracia, dirigió su vehemente declaración a la reina Ana, que se había acercado para acompañar un rato a su esposo.
    Una enana le dio un enérgico codazo en las costillas al survisor jefe.
    — ¡Bobo! ¡El rey está allí, Limbeck! —exclamó la enana, al tiempo que agarraba a éste por la barba y tiraba de ella hasta forzarlo a mirar en la dirección correcta.
    Limbeck no dio la menor muestra de turbación por la confusión.
    —Gracias, jarre, querida —dijo, y dedicó una sonrisa y una caída de ojos al perro.
    La conversación de los mensch pasó a otros asuntos. Hablaron de la guerra de Ariano. Una fuerza conjunta de humanos y elfos estaba atacando la isla de Aristagón contra el emperador y sus seguidores, que se habían refugiado en uno de sus palacios.
    Marit no estaba interesada en las andanzas de los mensch. Quien le interesaba de verdad era Haplo. La tez de éste había adquirido de pronto un tono ceniciento y se le había borrado la sonrisa. Lo vio llevarse una mano al corazón, como si la herida le doliese todavía, y apoyar la espalda en la estatua para disimular su debilidad. El perro, con un gañido, se arrastró al lado de su amo y se apretó contra su pierna.
    Marit reconoció entonces que Sang-drax había dicho la verdad: que Haplo había recibido una herida gravísima. En privado, la patryn había dudado de ello.
    Marit conocía y respetaba el poder de Haplo; en cambio, no tenía buena opinión de la serpiente dragón, la cual, hasta donde ella sabía, poseía unas capacidades mágicas mínimas, quizá de la misma categoría que los mensch. Desde luego, en absoluto comparables a la magia patryn. Marit no acababa de entender cómo tal criatura podía haber infligido una herida casi mortal a Haplo, pero ahora no le quedaban dudas de ello. Reconocía los síntomas de una rotura en la runa del corazón, un golpe que alcanzaba lo más hondo del ser de un patryn. Una herida difícil de curar, sin ayuda.
    Los mensch continuaron su charla acerca de cómo pondrían en marcha la Tumpa-chumpa y qué sucedería cuando lo hicieran. Haplo permaneció en silencio durante la conversación, sin dejar de acariciar la suave cabeza del perro. Marit, que no sabía de qué hablaban prestó atención sólo a medias. No era aquello lo que quería escuchar. De pronto, Haplo se irguió y habló, interrumpiendo una compleja explicación del enano acerca de «granajes giratorios» y «zum—zum rotores».
    — ¿Habéis prevenido a vuestra gente para que tome precauciones? — Preguntó Haplo—. Según los escritos sartán, cuando la Tumpa-chumpa entre en funcionamiento, los continentes empezarán a moverse. Los edificios podrían derrumbarse y la gente podría morir de miedo sí no sabe qué está sucediendo.
    —Todo el mundo está informado —respondió Stephen—. He enviado a la guardia real a todos los confines de nuestras tierras para llevar la noticia... pero que la gente haga caso es otro cantar. La mitad no da crédito a la advertencia y los demás han sido convencidos por los barones de que se trata de un complot elfo.
    Ha habido disturbios y amenazas de derrocarme. No me atrevo a pensar qué sucederá si esto no funciona... —La expresión del monarca se ensombreció.
    Haplo movió la cabeza con gesto grave.
    —No puedo prometerte nada, majestad. Los sartán se proponían coordinar los continentes al cabo de pocos años de establecerse aquí. Proyectaban hacerlo antes de que los continentes estuvieran habitados siquiera. Pero, cuando sus planes se torcieron y los sartán desaparecieron, la Tumpa- humpa continuó funcionando, construyéndose y reparándose a sí misma... aunque sin ningún control. ¿Quién sabe si no se habrá causado algún daño irreparable, en todo este tiempo?
    »Lo único a nuestro favor es esto: durante generaciones, los enanos han continuado haciendo exactamente lo que los sartán les enseñaron. Nunca se han desviado de sus instrucciones originales, sino que las han transmitido religiosamente de padre a hijo, de madre a hija. Y, así, los enanos no sólo han mantenido viva la Tumpa-chumpa, sino que han evitado que enloqueciera, por así decirlo.
    —Resulta todo... tan extraño —dijo Stephen con una mirada de desconfianza a las lámparas y pasadizos de la Facería y a la silenciosa figura encapuchada del sartán que sostenía en la mano un misterioso globo ocular—. Extraño y aterrador.
    Totalmente incomprensible.
    —De hecho —añadió con suavidad la reina Ana—, mi esposo y yo empezamos a preguntarnos si no habremos cometido un error. Quizá deberíamos limitarnos a dejar que el mundo siguiera como es. Hasta ahora nos las hemos arreglado bastante bien.
    —Pero nosotros, no —replicó Limbeck—, Vuestras dos razas han librado guerras por el agua desde que se tiene recuerdo. Elfos contra elfos. Humanos contra humanos. Luego, todos contra todos hasta estar a punto de destruir cuanto teníamos. Quizá mi vista no sea muy aguda para otras cosas, pero esto lo veo clarísimo. Si no tenemos necesidad de luchar por el agua, habrá una oportunidad para alcanzar una verdadera paz.
    Limbeck rebuscó en la chaqueta, extrajo un pequeño objeto y lo sostuvo en alto.
    —Tengo esto, el libro de los sartán. Haplo me lo dio. Él y yo lo hemos repasado y creemos que la máquina funcionará, pero no podemos garantizarlo. Lo único que puedo decir es que, sí algo empieza a funcionar mal de verdad, siempre podemos detener la Tumpa-chumpa e intentar repararla.
    — ¿Qué opinas tú, príncipe? —Stephen se vió a Reesh'ahn—. ¿Qué nos dices de tu gente? ¿Qué piensa?
    —Los kenkari les han informado que juntar los continentes es la untad de Krenka—Anris. Nadie se atrevería a oponerse a los kenkari; por lo menos, abiertamente —añadió el príncipe con una sonrisa triste—. Nuestro pueblo está preparado. Los únicos a quienes no se ha podido avisar son el emperador y los encerrados con él en el Imperanon. Se niegan a permitir la entrada a los kenkari; incluso les han disparado flechas, algo que no había sucedido jamás en toda la historia de nuestro pueblo. Mi padre, sin duda, se ha vuelto loco. —La expresión de Reesh'ahn se endureció—. Siento poca simpatía por él, pues mató a su propia gente para conseguir sus almas. Pero entre los sitiados del Imperanon hay algunos inocentes de cualquier fechoría y que lo apoyan por malentendida lealtad. Ojalá hubiera alguna forma de ayudarlos, pero se niegan a parlamentar aun bajo la bandera de tregua. Tendrán que arreglarse como puedan.
    — ¿Entonces, estáis de acuerdo en llevar adelante el plan? —Haplo los miró de uno en uno.
    Reesh'ahn contestó que sí. La barba de Limbeck se agitó de abierto entusiasmo. Stephen miró a su reina, y ésta titubeó y asintió una sola vez, brevemente.
    —Sí, estamos de acuerdo —dijo el monarca por fin—. El survisor jefe tiene razón. Parece nuestra única posibilidad para alcanzar la paz.
    Haplo se separó de la estatua contra la que había permanecido apoyado.
    —Así pues, queda decidido. Dentro de dos días pondremos en funcionamiento la máquina. Tú, príncipe Reesh'ahn, y vuestras majestades debéis ver a vuestros reinos para intentar controlar el pánico de la gente. Podéis dejar aquí vuestros representantes.
    —Sí, yo regresaré al Reino Medio. Triano se quedará en mi lugar —anunció Stephen.
    —Y yo dejaré al capitán Bothar'el, amigo tuyo según tengo entendido, survisor jefe... —dijo el príncipe Reesh'ahn.
    — ¡Magnífico, magnífico! —Exclamó Limbeck con un aplauso—. Entonces, codos manos a la obra.
    —Si no me necesitáis para nada mas —dijo Haplo—, veré a mi nave, — ¿Te encuentras bien, Haplo? —preguntó la enana con un destello de inquietud en los ojos.
    Él bajo la vista hacia ella con su tranquila sonrisa.
    —Sí, me encuentro bien. Estoy cansado, eso es todo. Vamos, perro.
    Los mensch se despidieron de él con manifiesta deferencia y con una expresión de evidente preocupación en los rostros. Haplo se mantuvo erguido y enérgico, con paso firme, pero rodos los observadores —entre ellos la única observadora clandestina— se dieron cuenta de que recurría a todas sus fuerzas para continuar avanzando. El perro lo siguió. Incluso él miraba a su amo con preocupación.
    Los demás movieron la cabeza con gesto pesaroso y hablaron de él en tono ansioso. Marit hizo una mueca de desdén al verlo alejarse en dirección a la puerta abierta de la Factría como un mensch cualquiera, sin utilizar su magia.
    La patryn pensó en seguirlo, pero abandonó la idea de inmediato. Lejos de los mensch, Haplo percibiría claramente su presencia. Además, Marit ya había oído todo lo que necesitaba. Sólo se quedó allí un momento más para escuchar lo que decían los menchs, pues éstos se referían a Haplo.
    —Es un hombre sabio —comentaba el príncipe Reesh'ahn—. Los kenkari están muy impresionados con él. Me han insistido en que le pregunte si querría actuar como gobernante provisional de todos nosotros durante este período de transición.
    —No es mala idea—reconoció Stephen después de reflexionar en ello—. Es probable que los barones rebeldes acepten que un tercero resuelva las disputas que, inevitablemente, surgirán entre nuestro pueblo. Sobre todo, porque Haplo parece un humano, salvo en esos extraños tatuajes de su piel. ¿Qué opinas tú, survisor jefe?
    Marit no esperó a oír el comentario del enano. ¿A quién le importaba su opinión? De modo que Haplo iba a gobernar Ariano... ¡No sólo había traicionado a su señor, sino que lo había suplantado!
    La patryn se apartó de los mensch, se retiró a rincón más sombrío de la Factría y penetró de nuevo en su círculo mágico.
    Si hubiera esperado un momento más, esto es lo que habría podido escuchar:
    —No aceptará —respondió Limbeck en voz baja, siguiendo a Haplo con su miope mirada—. Ya le he pedido que se quedara aquí para ayudar a nuestro pueblo. Tenemos mucho que aprender si queremos ocupar nuestro lugar entre vosotros. Pero Haplo ha rechazado la oferta. Dice que debe regresar a su mundo, al lugar de donde procede. Tiene que rescatar a un hijo suyo que está atrapado allí.
    —Un hijo... —murmuró Stephen. Su expresión se suavizó y tomó de la mano a su esposa—. ¡Ah!, entonces no le insistiremos más para que se quede. Tal vez así... Tal vez salvando a su hijo compense en cierta medida la pérdida de ese otro chiquillo...
    Marit no llegó a oír nada de aquello, aunque los comentarios de los mensch no habrían cambiado en absoluto su opinión. Una vez a bordo de la nave, mientras las violentas rachas de viento de la tormenta sacudían la nave, colocó la mano en la marca de la frente y cerró los ojos.
    En su mente apareció una imagen de Xar.
    —Esposo mío —dijo Marit en voz alta—, lo que dice la serpiente dragón es cierto. Haplo es un traidor. Ha entregado a los mensch el libro de los sartán y se propone ayudarlos a poner en funcionamiento esa máquina. No sólo eso, sino que los mensch le han ofrecido el gobierno de Ariano.
    —Entonces, debe morir —fue la inmediata respuesta de Xar, que sonó en la cabeza de la patryn.
    —Sí, mi Señor.
    —Cuando lo hayas hecho, esposa, mándame aviso. Estaré en el mundo de Pryan.
    — ¿De modo que Sang-drax te ha convencido para que viajes allí...? —apuntó Marit, no muy satisfecha.
    —Nadie me convence para que haga algo que yo no quiera hacer, esposa.
    —Perdóname, mi Señor. —Marit notó que le ardía la piel—. Tú sabes más que nadie, por supuesto.
    —Voy a Pryan acompañado por Sang-drax y un contingente de los nuestros.
    En ese mundo espero someter a los titanes para utilizarlos en favor de nuestra causa. Y tengo otros asuntos que llevar a cabo en ese mundo. Asuntos en los que Haplo puede resultar de utilidad.
    —Pero Haplo estará muerto... —empezó a replicar Marit, pero se interrumpió a media frase, sobrecogida de espanto.
    —Sí, claro que estará muerto. Tú me traerás el cadáver de Haplo, esposa.
    A Mark se le heló la sangre. Debería haberlo imaginado; debería haber sabido que Xar le exigiría algo así. Por supuesto. Su señor tenía que interrogar a Haplo, averiguar qué sabía, qué había hecho, y resultaría mucho más sencillo interrogar al cadáver que al vivo. La patryn evocó la figura del lázaro, recordó sus ojos muertos y, a la vez, espantosamente vivos...
    —Esposa... —El tono de Xar era suavemente apremiante—. No me rallarás, ¿verdad?
    —No, esposo mío —respondió ella—. No te fallaré.
    —Así me gusta —asintió Xar antes de retirarse de su mente.
    Marit se quedó a solas en la oscuridad iluminada por los relámpagos, escuchando el tamborileo de la lluvia en el casco de la nave.
    CAPÍTULO 12
    GREVINOR, ISLAS KARAN
    ARIANO
    — ¿Qué puesto solicitas? —El teniente elfo apenas alzó la vista hacia Hugh la Mano cuando éste llegó ante él. —Remero, patrón —respondió Hugh. El teniente repasó los roles de tripulación.
    — ¿Experiencia?
    —Sí, patrón.
    — ¿Traes referencias?
    — ¿Quieres ver las marcas de los latigazos, patrón?
    El teniente levantó por fin la cabeza. Un gesto ceñudo estropeaba las delicadas facciones del elfo.
    —No necesito camorristas —dijo.
    —Sólo soy sincero, patrón. —Hugh soltó una risilla y enseñó los dientes—.
    Además, ¿qué mejores referencias quieres?
    El elfo estudió los poderosos hombros de Hugh, su ancho pecho y sus encallecidas manos, todo ello característico de los que «vivían con los arneses puestos», como se decía comúnmente: humanos que habían sido capturados y obligados a servir como galeotes a bordo de las naves dragón elfas. El teniente parecía realmente impresionado no sólo con la fuerza de Hugh, sino también con su franqueza.
    —Pareces viejo para este trabajo—comentó con una vaga sonrisa.
    —Otro punto a mi favor, patrón —replicó Hugh fríamente—. Aún sigo vivo.
    Al oír aquello, el elfo quedó decididamente impresionado.
    —Tienes razón, es una buena señal. Muy bien, quedas... ¡hum!, quedas contratado.
    El teniente apretó los labios como si le costara pronunciar la palabra. Sin duda, estaba evocando con sentimiento los viejos tiempos en que lo único que sacaban sus remeros era agua, comida y látigo.
    —Un barl al día, más la comida y el agua. Y el pasajero pagará una prima por tener un viaje tranquilo a la ida y al regreso.
    Hugh protestó un poco, para guardar las apariencias, pero no iba a sacar otro barl, aunque consiguió una ración extra de agua. Se encogió de hombros, accedió a los términos y estampó su cruz en el contrato.
    —Zarpamos mañana, cuando los Señores de la Noche retiren sus capas.
    Preséntate a bordo esta noche, con tus avíos. Dormirás en tu puesto.
    Hugh asintió y se marchó. De regreso hacia la destartalada taberna en la que había pasado la noche, un lugar muy adecuado para el papel que estaba representando, se cruzó con el «pasajero», que emergía de entre la multitud que se apiñaba en los muelles. Hugh la Mano lo reconoció: era Triano, el hechicero del rey Stephen.
    La gente se había congregado en gran número ante la insólita vista de una nave elfa anclada en la ciudad portuaria humana de Grevinor. Tal visión no se había contemplado allí desde los días en que los elfos ocupaban las islas karan.
    Los niños, demasiado pequeños para guardar recuerdo de ello, observaban la nave con excitado asombro y tiraban de sus padres para acercarse más, maravillados de los brillantes colores de la indumentaria de los oficiales elfos y de sus voces aflautadas.
    Los padres, en cambio, la miraban con aire sombrío. Ellos sí que se acordaban todavía... Se acordaban demasiado bien de la ocupación elfa y no sentían el menor aprecio por sus antiguos esclaviza—dores. Sin embargo, la guardia real montaba vigilancia en torno a la nave; sus dragones de guerra aban en círculos sobre sus cabezas. Por eso, los comentarios se hacían en voz baja; y todo el mundo cuidaba de que no lo oyera el hechicero regio.
    Triano estaba entre un grupo de cortesanos y nobles que lo acompañarían en el viaje, que habían acudido a despedirlo o que intentaban tratar con él asuntos de última hora. El mago se mostraba amable, sonriente y cortés; lo escuchaba todo y parecía prometerlo todo aunque, en realidad, no prometía nada. El joven hechicero era ducho en intrigas palaciegas. Era como un jugador de runas de feria, capaz de jugar cualquier número de partidas a la vez y de recordar cada movimiento, que bacía fácilmente a cualquier oponente.
    A casi cualquier oponente Hugh la Mano pasó cerca de él. Triano lo vio —el mago veía a todo el mundo— pero no prestó más atención al marinero andrajoso.
    Hugh se abrió paso entre la multitud con una sonrisa sombría. Mostrarse ante Triano no había sido un acto de osadía. Si el mago hubiera reconocido a Hugh como el asesino que una vez había contratado para dar muerte a Bane> habría llamado de inmediato a la guardia. En cuyo caso, Hugh quería tener mucha gente a su alrededor. Y una ciudad en la que esconderse.
    Una vez a bordo, no era probable que Triano descendiera a las entrañas de la nave para codearse con los esclavos de la galera —o con los remeros, que era el término oficial que se empleaba en aquellos días—, pero, con un hechicero, no había modo de estar seguro. Por eso era mucho mejor probar su disfraz allí, en Grevinor, que a bordo de la pequeña nave dragón, donde lo único que tendrían que hacer los guardias sería atarlo de manos y pies con cuerdas de arco y arrojarlo por la borda al Torbellino.
    Tras obtener un arma con la que matar a Haplo, el siguiente problema de la Mano había sido llegar hasta él. Los kenkari le habían dicho que el patryn estaba en Drevlin, en el Reino Inferior, un lugar casi imposible de alcanzar en las mejores circunstancias. En circunstancias normales, para Hugh no habría sido problema ar a ningún lugar de Ariano, pues era experto jinete de dragones y buen piloto de las pequeñas naves dragón monoplaza.
    Pero estas naves pequeñas no se comportaban bien en el Torbellino, como sabía Hugh por amarga experiencia. Y los dragones, incluso los gigantes, no se aventuraban en el traicionero remolino. Había sido Gane quien había descubierto, a través de sus numerosos contactos, que el mago Triano aría a Drevlin el día anterior a la ceremonia que marcaría la puesta en funcionamiento de la Tumpachumpa.
    El hechicero, uno de los consejeros reales más apreciados, se había quedado en el continente para vigilar a los barones levantiscos. Cuando los monarcas estuvieran de vuelta para retomar el poder con mano férrea, Triano viajaría a Drevlin para asegurarse de que los intereses humanos estuvieran representados cuando la máquina gigantesca se pusiera en marcha y empezara a hacerlo que se suponía que hacía.
    En una ocasión, Hugh había servido como galeote forzado a bordo de una nave dragón elfa y calculó que los elfos, probablemente, necesitarían hombres de refresco cuando tocaran tierra en Grevinor para recoger a Triano. Maniobrar las alas de las naves dragón era una tarea difícil y peligrosa; rara era la travesía que terminaba sin que algún remero resultase herido o muerto.
    Hugh no se había equivocado en su cálculo; una vez en puerto, lo primero que hizo el capitán elfo fue colocar un anuncio en el que solicitaba tres remeros, uno para trabajar y dos para cubrir posibles bajas. No sería fácil encontrar gente dispuesta a ar al Torbellino aunque la paga fuera de un barl diario, una fortuna para muchos en las islas itaran.
    La Mano vió a la taberna, se dirigió a la sala común donde había pasado la noche en el suelo, recogió la manta y el macuto, pagó la cuenta y se marchó.
    Antes, se detuvo un instante a estudiar el reflejo de su imagen en el cristal de la ventana, sucio y cuarteado.
    No era extraño que Triano no lo hubiera conocido. Hugh apenas se reconocía a sí mismo. Se había afeitado todo el vello de la cabeza: rostro y cuero cabelludo, absolutamente rasurados. Incluso se había arrancado la mayor parte de sus cejas, negras y espesas —al precio de un dolor que le llenó los ojos de lágrimas—, dejando sólo una línea rala que se alzaba oblicua hacia la frente, dando un aspecto anormalmente grande a sus rasgados ojos.
    La palidez del cráneo y del mentón, protegidos del sol hasta entonces gracias al cabello y a la barba, contrastaba con el tono del resto de la cara. Hugh había empleado una cocción de corteza de hargast para teñir la piel descolorida; ahora daba la impresión de haber sido calvo toda la vida. Triano no había tenido la menor oportunidad de reconocerlo.
    Haplo tampoco la tendría.
    Hugh la Mano regresó a la nave. Sentado en un tonel en los muelles, observó detenidamente a todo el que iba y venía, vio llegar a Triano y estudió a los otros miembros del grupo del mago que subieron a bordo con él.
    Cuando se hubo asegurado de que no había en la nave nadie más que reconociera, Hugh subió también a la nave. Le había causado una ligera inquietud (¿o era una ligera esperanza?) la idea de que entre el grupo de misteriarcas que acompañaba al hechicero del rey pudiera estar Iridal. Lo único seguro era que Hugh se alegraba de que ella no estuviera. Iridal sí que lo habría reconocido. Los ojos del amor eran difíciles de engañar.
    Hugh apartó de su cabeza, enérgicamente, a la mujer. Tenía un trabajo que hacer. Se presentó al teniente, quien lo asignó a un marinero; éste lo condujo a la bodega de la nave, le mostró su arnés y lo dejó allí para que conociera a sus compañeros de tripulación.
    Los humanos, abolida su condición de esclavos, se enorgullecían ahora de su trabajo. Querían conseguir la prima por un viaje tranquilo e hicieron más preguntas a Hugh sobre su experiencia en las naves dragón de las que le había formulado el teniente elfo para contratarlo.
    La Mano respondió con frases breves y concisas. Prometió que trabajaría como el que más y, a continuación, dejó muy claro que quería que lo dejaran en paz.
    Los remeros vieron a sus tabas y juegos; se ganarían unos a otros la prima cien veces, antes de que la tuvieran en los bolsillos. Hugh palpó la bolsa para asegurarse de que la Hoja Maldita estaba a buen recaudo; después, se tumbó en la cubierta bajo sus correajes y fingió dormir.
    Los remeros no consiguieron la prima en aquel viaje. Ni siquiera tuvieron oportunidad de aspirar a ella. Hubo ocasiones en que Hugh la Mano pensó que Triano debía de lamentar no haber ofrecido un premio mayor a cambio, simplemente, de ser depositado en Drevlin sano y salvo. Hugh no debería haberse preocupado de que Triano pudiera reconocerlo, pues el hechicero no se dejó ver en todo el viaje hasta que, por fin, la nave atracó con un estremecimiento.
    Los Levarriba estaban situados en el ojo de la tormenta perpetua que barría Drevlin. Los Levarriba eran el único lugar del continente donde las tormentas amainaban en ocasiones, permitiendo que los rayos de Solaris penetraran entre el vértigo de nubes. Las naves elfas habían aprendido a esperar a tales ocasiones — los únicos momentos de calma— para posarse en el continente. La nave de Hugh tocó tierra durante una relativa calma y aprovechó ese breve período (otra tormenta se preparaba ya en el horizonte) para desembarcar a los pasajeros.
    Triano apareció. Llevaba el rostro parcialmente cubierto pero, aun así, su tez estaba decididamente verdosa. Del brazo de una atractiva joven que lo ayudaba, Triano descendió la pasarela con paso vacilante y aspecto desfallecido. O bien el hechicero no tenía una curación mágica para el mareo, o fingía para ganarse la simpatía de la joven. Fuera como fuese, Triano no vió la mirada a ninguna parte, sino que se alejó del lugar a toda prisa, como si no viera el momento de abandonar la nave. Una vez en tierra, fue recibido por un contingente de enanos y de otros humanos, los cuales, ante la amenaza de la nueva tormenta, abreviaron los discursos y se llevaron rápidamente al mago a otro lugar más seco y seguro.
    Hugh sabía cómo se sentía Triano. Al asesino le dolían todos los músculos del cuerpo. Tenía las manos ensangrentadas y en carne viva y la mandíbula hinchada y magullada, pues una de las correas que controlaban las alas de la nave se había soltado durante la tormenta y lo había alcanzado en el rostro. Cuando la embarcación hubo tocado tierra, permaneció un buen rato tendido en cubierta preguntándose si no estarían todos muertos.
    Pero no disponía de tiempo para recrearse en su padecimiento, Y, por lo que hacía a la hinchazón del rostro, no habría podido comprar con dinero un aderezo mejor para su disfraz. Con un poco de suerte, el dolor de cabeza y el pitido en el oído desaparecerían en unas horas. Se concedió hasta entonces para descansar, esperar una tregua en la tormenta y llevar a cabo el siguiente movimiento.
    A los tripulantes no se les permitiría desembarcar, aunque, después de haber capeado la terrible tormenta, no era probable que ninguno tuviese ganas de aventurarse bajo ella. La mayoría se había dejado caer en la cubierta, agotada.
    Uno de los remeros, que había recibido el impacto de una viga rota en la cabeza, yacía inconsciente.
    Tiempo atrás, antes de la alianza, los elfos habrían encadenado a los esclavos galeotes, pese a la tormenta, tan pronto la nave hubiera atracado. Los humanos tenían fama de imprudentes, atolondrados y faltos de sentido común. A Hugh no lo habría sorprendido demasiado ver a los guardias bajar a la bodega de todos modos, pues las viejas costumbres tardan en desarraigarse. Esperó con tensión a ver qué hadan; su presencia habría sido un grave inconveniente para él. Pero no se presentó nadie.
    Hugh reflexionó y llegó a la conclusión de que era lo más lógico, al menos desde el punto de vista del capitán. ¿Por qué poner vigilancia a unos hombres que le costaban un barl diario (pagadero al término del viaje)? Si alguno quería saltar del barco sin cobrar su paga, era asunto suyo. Todos los capitanes llevaban tripulantes de reserva, dado el elevado índice de mortalidad que se registraba.
    Era posible que el capitán armara un buen revuelo cuando descubriera que faltaba uno de los miembros de la tripulación, pero Hugh lo dudaba. El capitán tendría que informar del asunto a un oficial superior en tierra firme y éste, ocupado en atender a los dignatarios, se mostraría muy irritado de que lo molestaran con semejante minucia. Cabía, pues, en lo posible que quien se llevara la bronca fuera el propio capitán de la nave: « ¿Cómo es posible, en nombre de los antepasados, que no seas capaz de controlar a tus humanos, capitán? El alto mando te cortará las orejas por esto cuando regreses a Pasaríais.
    No; lo más probable era que la desaparición de Hugh quedara silenciada. O, en cualquier caso, sería convenientemente olvidada poco después.
    El vendaval estaba amainando y los truenos rugían a lo lejos. Hugh no disponía de mucho tiempo. Se incorporó a duras penas, cogió el macuto y se dirigió a la proa, la cabeza del dragón, tambaleándose. Los pocos elfos que encontró a su paso no le prestaron atención. La mayoría estaba tan agotada por los rigores del vuelo que era incapaz hasta de abrir los ojos.
    En la cabeza de la nave, imitó de la forma más convincente el ruido de unas náuseas. Entre gemidos, sacó del macuto un bulto que sólo parecía el propio interior de la bolsa.
    Sin embargo, una vez que lo hubo extraído, el bulto —una prenda— empezó de inmediato a cambiar de color y de textura, imitando a la perfección el casco de madera de la nave. Si alguien lo hubiera observado, habría creído ver algo muy raro, como si el remero humano estuviera enviéndose con la nada. Y, acto seguido, su contorno habría desaparecido por completo de la vista del observador.
    Muy contra su untad, los kenkari le habían proporcionado las ropas mágicas de la Guardia Invisible, que camuflaban a su portador como un camaleón.
    Los kenkari no habían tenido mi remedio que acceder a las demandas de Hugh. Al fin y al cabo, eran ellos quienes querían matar a Haplo. Las ropas tenían el poder mágico de confundirse con el paisaje, viendo prácticamente invisible a quien las llevaba. Hugh se preguntó si serían las mism