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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    HTML56

    T E M A S








































































































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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    CICLO DE LA PUERTA DE LA MUERTE Vol.V - LA MANO DEL CAOS (Margaret Weis & Tracy Hickman)

    Publicado el domingo, mayo 02, 2010
    INTRODUCCIÓN

    A LOS CUATRO REINOS

    Me llamo Haplo.
    Mi nombre significa solitario, singular. Me lo pusieron mis padres como una especie de profecía, pues sabían que no sobrevivirían al Laberinto, la prisión dominada por una magia siniestra y terrible a la que mi pueblo, los patryn, había sido arrojado.
    Con el tiempo, me convertí en un corredor, un patryn que se enfrenta al Laberinto. Y soy uno de los afortunados que consiguió cruzar la Puerta Final, aunque casi perdí la vida en el intento. De no ser por este perro ladrón de salchichas que yace a mi lado, no me encontraría aquí, escribiendo este relato. El perro me dio la voluntad de vivir cuando yo me habría dado por vencido y habría muerto. El perro me salvó la vida.
    Sí, el perro me dio la voluntad de vivir, pero fue Xar, mi señor, quien me dio una razón para vivir, un objetivo.
    Xar fue el primer patryn en escapar del Laberinto. Xar es viejo y poderoso, muy experto en la magia rúnica que nos proporciona nuestra fuerza tanto a los patryn como a nuestros enemigos, los sartán. Mi señor escapó del Laberinto y, de inmediato, volvió a entrar en él. Nadie ha vuelto a demostrar el valor necesario para hacer tal cosa, y aún hoy sigue arriesgando su vida cada día para rescatarnos.
    Somos ya muchos los patryn que hemos emergido del Laberinto y vivimos ahora en el Nexo, que hemos transformado en una hermosa ciudad. Sin embargo, ¿hemos sido rehabilitados como pretendían quienes nos encerraron en esa prisión?
    En tan severa escuela, los patryn, un pueblo impaciente, aprendimos a tener paciencia. Egoístas, aprendimos a ser abnegados y leales. Y, por encima de todo, aprendimos a odiar.
    El objetivo de mi señor Xar —el de todos nosotros— es recuperar el mundo que nos fue arrebatado, gobernarlo como siempre fue nuestro destino hacerlo e infligir el castigo más terrible a nuestros enemigos.
    Los mundos que existen hoy fueron en otro tiempo uno solo, un hermoso mundo verdeazulado que nos pertenecía a nosotros y a los sartán, pues nuestra magia rúnica nos hacía poderosos. Las otras razas inferiores, a las que llamamos mensch —los humanos, los elfos y los enanos—, nos adoraban como a dioses.
    Pero los sartán creyeron que los patryn estábamos consiguiendo demasiado dominio. El equilibrio de poder empezó a romperse a nuestro favor y los sartán, furiosos, hicieron lo único que estaba en su mano para impedirlo. Mediante su magia rúnica —la magia basada en las probabilidades—, separaron el mundo y nos encerraron en el Laberinto.
    Con los restos del antiguo, los sartán formaron cuatro mundos nuevos, cada uno con un elemento del original: aire, fuego, piedra y agua. Los cuatro mundos están conectados por la mágica Puerta de la Muerte, un conducto por el cual pueden viajar sanos y salvos aquellos que poseen los secretos de la magia rúnica.
    Esos cuatro mundos deberían haber funcionado coordinadamente, complementándose unos a otros. Así, Pryan, el mundo del fuego, tenía que proporcionar energía a Abarrach, el mundo de la piedra. Abarrach proporcionaría rocas y minerales a Chelestra, el mundo del agua, etcétera. Y todo tenía que ser coordinado e impulsado por una máquina asombrosa, la Tumpa-chumpa, que los sartán construyeron en Ariano.
    Sin embargo, los planes de los sartán se torcieron. Sus colonias en los mundos que habían creado empezaron a perder población y a extinguirse. Desde cada uno de ellos, lanzaron llamadas de auxilio a los demás, pero sus peticiones no tuvieron respuesta. En cada mundo, los sartán tenían sus propios problemas.
    Yo descubrí lo sucedido porque Xar, mi señor, me encomendó la misión de viajar a cada uno de esos mundos para investigarlos y para descubrir qué había sido de nuestro enemigo ancestral. Y, así, he podido visitar todos esos reinos. La crónica completa de mis aventuras en ellos puede encontrarse en mis diarios, que han terminado por conocerse como El ciclo de la Puerta de la Muerte.
    Lo que hallé en ellos fue una absoluta sorpresa. Mis descubrimientos han cambiado mi vida, y no para mejor. Cuando emprendí mis viajes, tenía todas las respuestas. Ahora, en mi cabeza sólo hay preguntas.
    Mi señor achaca mi estado de ánimo inquieto y perturbado a un sartán al que conocí durante mis viajes, un sartán que utiliza un nombre mensch: Alfred Montbank. Y, al principio, estuve de acuerdo con mi señor: la culpa era de Alfred.
    Sin duda, el sartán me estaba embaucando.
    Pero ahora no estoy tan seguro. Ahora dudo de todo: de mí mismo, de mi señor...
    Permitid que intente resumiros lo que me sucedió.
    ARIANO
    El primer mundo que visité fue el reino del aire, Ariano, que está formado por continentes flotantes repartidos en tres niveles. El reino inferior es el hogar de los enanos y es allí, en Drevlin, donde los sartán colocaron la Tumpa-chumpa, esa máquina asombrosa. Pero antes de que pudieran ponerla en funcionamiento, los sartán empezaron a morir. Sobrecogidos de pánico, esos sartán colocaron a sus jóvenes en un estado de animación suspendida con la esperanza de que, cuando despertaran, la situación ya se habría normalizado.
    Pero sólo uno de ellos, Alfred, sobrevivió al trance. Y, al despertar, descubrió que era el único aún con vida de todos sus amigos y parientes. El hallazgo lo dejó abrumado, aterrado. Alfred se sintió responsable del caos en el que se había sumido su mundo, pues los mensch, naturalmente, estaban al borde de una guerra abierta. Pese a ello, Alfred tuvo miedo de revelar su verdadera identidad. Su magia rúnica le proporcionaba el poder de un semidiós sobre los mensch, y tuvo miedo de que los mensch trataran de obligarlo a utilizar esa magia para sus propósitos destructores. Así pues, ocultó sus poderes y se negó a Utilizarlos incluso para salvarse a sí mismo. Ahora, cada vez que se siente amenazado, en lugar de responder con su poderosa magia, Alfred recurre a un oportuno desmayo. El perro y yo nos estrellamos en Ariano y estuvimos a punto de morir. Nos rescató un enano llamado Limbeck. Los enanos de Ariano son esclavos de la Tumpa-chumpa, de la que se ocupan ciegamente mientras la máquina trabaja, también a ciegas, carente de cualquier dirección. Pero Limbeck es un revolucionario, un librepensador. En la época de mi viaje, los enanos estaban bajo el dominio de una poderosa nación de elfos que habían establecido una dictadura en el Reino Medio de Ariano. Así pues, los elfos dominaban la única fuente de agua dulce de ese mundo, un agua que produce la Tumpa-chumpa.
    Los humanos, que también habitan en el Reino Medio, han estado en guerra con los elfos por el agua durante la mayor parte de la historia de Ariano. La contienda estaba en pleno fragor durante mi estancia allí y continúa todavía, aunque ahora con una importante diferencia. Ha surgido un príncipe elfo que desea la paz y la unidad entre las razas. Este príncipe ha organizado una rebelión contra su propio pueblo, pero lo único que ha conseguido con ello, hasta el momento, ha sido provocar más caos.
    Durante mi estancia allí, me las ingenié para ayudar a Limbeck, el enano, a encabezar una revuelta de su pueblo contra los humanos y los elfos. Y, cuando abandoné ese mundo, llevé conmigo a un niño humano, Bane, que había suplantado en la cuna al verdadero hijo de un rey. Desde entonces, Bane ha desentrañado el secreto de la Tumpa-chumpa. Una vez que la máquina empiece a funcionar como los sartán tenían pensado, mi señor utilizará su energía para empezar la conquista de los otros mundos.
    También me habría gustado llevar conmigo a otro mensch, un humano llamado Hugh la Mano. Este Hugh, un asesino muy hábil y experimentado, era uno de los escasos mensch que he conocido al que podría aceptar como un aliado de confianza. Por desgracia, Hugh la Mano murió luchando contra el verdadero padre de Bane, un perverso hechicero humano. ¿Y a quién tengo ahora por compañero de viaje?
    A Alfred.
    Pero no nos adelantemos a los hechos.
    Durante mi estancia en Ariano, tropecé con Alfred, que actuaba como sirviente del pequeño Bane. Me avergüenza reconocerlo, pero Alfred descubrió mi condición de patryn mucho antes de que yo supiera que él era un sartán. Cuando lo averigüé, me propuse matarlo pero, en aquellos momentos, bastante trabajo tuve para salvar mi propia vida...
    Pero ésta es una larga historia. Baste con decir que me vi obligado a dejar Ariano sin ajustar las cuentas al único sartán que había tenido a mi alcance.
    PRYAN
    El siguiente mundo que visité con el perro fue Pryan, el mundo del fuego.
    Pryan es un mundo gigante, una esfera hueca de roca de un tamaño casi incomprensible para la mente, en cuyo centro arde un sol. La superficie interior de la esfera de roca sostiene la vegetación y la vida. Como ese mundo no gira, el sol de su centro luce permanentemente y no existe noche. En consecuencia, Pryan está cubierto por una jungla tan tupida y gigantesca que pocos de los que habitan el planeta han visto el suelo alguna vez. Ciudades enteras se levantan en los vástagos de árboles enormes cuyas poderosas ramas sostienen lagos, océanos incluso.
    Los primeros personajes que conocí en Pryan fueron un viejo mago delirante y el dragón que parece ocuparse de su cuidado. Ese mago se hace llamar Zifnab (¡cuando es capaz de recordar su propio nombre!) y produce toda la impresión de estar chiflado, pero hay ocasiones en que su locura es demasiado lúcida. Ese viejo alucinado conoce demasiadas cosas: sabe demasiado de mí, de los patryn, de los sartán, de todo en general. Sabe demasiado, pero no suelta prenda.
    En Pryan, igual que en Ariano, los mensch están en guerra entre ellos. Los elfos odian a los humanos, éstos desconfían de los elfos, y los enanos odian y desconfían de ambos. Lo sé muy bien, pues tuve que viajar con un grupo de humanos, elfos y un enano y nunca he visto tantas disputas, discusiones y peleas.
    Me harté de ellos y los dejé. Estoy seguro de que, a estas alturas, ya deben de haberse matado entre ellos. Eso, o han acabado con ellos los titanes.
    Estos titanes... En el Laberinto encontré muchos monstruos temibles, pero pocos de ellos comparables con los titanes de Pryan. Humanoides gigantes, ciegos y de inteligencia muy limitada, son creaciones mágicas de los sartán, que los utilizaban como vigilantes de los mensch. Mientras sobrevivieron, los sartán tuvieron bajo su control a los titanes, pero también en ese mundo, como en Ariano, la raza sartán empezó a menguar misteriosamente. Los titanes se quedaron sin tarea que cumplir y sin supervisión y ahora vagan por Pryan en grandes grupos, preguntando a todos los mensch que encuentran: « ¿Dónde están las ciudadelas?
    ¿Cuál es nuestro propósito?
    Cuando no reciben respuesta a esas extrañas preguntas, los titanes son presa de una rabia incontenible y hacen pedazos al desgraciado mensch. Nada ni nadie puede resistirse a estos seres espantosos, pues los titanes poseen una forma rudimentaria de magia rúnica de los sartán. De hecho, estuvieron en un tris de acabar conmigo, pero eso también es otra historia.
    En cualquier caso, yo también empecé a hacerme sus mismas preguntas:
    ¿Dónde estaban esas ciudadelas? ¿Qué eran, en realidad? Y di con la respuesta, al menos en parte.
    Las ciudadelas son recintos maravillosos y relucientes construidos por los sartán a su llegada a Pryan. Por lo que he podido deducir de los registros y documentos que dejaron los sartán, las ciudadelas tenían como propósito captar energía del sol perpetuo de Pryan y transmitirla a los otros mundos a través de la Puerta de la Muerte, mediante la acción de la Tumpa-chumpa. Sin embargo, la máquina no funcionó y la Puerta de la Muerte permaneció cerrada. Las ciudadelas quedaron vacías, desiertas, y su luz no pasó de un leve resplandor, como mucho.
    ABARRACH
    A continuación, viajé a Abarrach, el mundo de piedra.
    Y fue en este viaje cuando recogí en mi nave a mi indeseado compañero de travesía: Alfred, el sartán.
    Alfred había estado rondando la Puerta de la Muerte en un vano intento de localizar al pequeño Bane, el niño humano que me había llevado de Ariano. Por supuesto, sus intentos resultaron fallidos. Alfred, un individuo que no sabe andar sin tropezar con los cordones de sus propios zapatos, se equivocó de blanco y fue a aterrizar en mi nave.
    En ese trance, cometí una equivocación. En aquel momento, tenía a Alfred en mis manos y debería haberlo llevado inmediatamente ante mi señor. Xar habría podido arrancar, dolorosamente, todos los secretos del alma de aquel sartán.
    Pero mi nave acababa de entrar en Abarrach y no quise marcharme, no quise volver a hacer el viaje, temible y perturbador, a través de la Puerta de la Muerte. Y, para ser sincero, quise tener cerca a Alfred durante un tiempo. Al atravesar la Puerta de la Muerte, Alfred y yo habíamos experimentado, de forma totalmente involuntaria, un cambio de cuerpos. Durante unos breves instantes, me había encontrado en la mente de Alfred, compartiendo sus pensamientos, sus miedos, sus recuerdos. Y, al propio tiempo, el sartán se había encontrado en la mía. Muy pronto, los dos regresamos a nuestro cuerpo respectivo, pero me di cuenta de que yo ya no era el mismo, aunque me costó mucho tiempo aceptarlo.
    Aquella experiencia me había permitido conocer y comprender a mi enemigo, y eso me hacía difícil seguir odiándolo. Además, como pudimos comprobar, Alfred y yo nos necesitábamos mutuamente para nuestra propia supervivencia.
    Abarrach es un mundo terrible. Fría piedra en el exterior, roca fundida y lava en el interior. Los mensch que los sartán instalaron allí no pudieron sobrevivir mucho tiempo en sus cavernas infernales. Alfred y yo tuvimos que recurrir a todos nuestros poderes mágicos para sobrevivir al calor ardiente que surgía de los océanos de magma y a los vapores ponzoñosos que impregnaban el aire.
    No obstante, en Abarrach vive gente.
    Y también viven los muertos.
    Fue allí, en Abarrach, donde Alfred y yo descubrimos a unos descendientes envilecidos de su raza, los sartán. Y fue allí, también, donde encontramos la trágica respuesta al misterio de qué había sido de esa raza. Los sartán de Abarrach se habían dedicado al arte prohibido de la nigromancia y despertaban a sus propios muertos, proporcionándoles una penosa y execrable apariencia de vida, para utilizarlos como esclavos. Según Alfred, este arte arcano estaba prohibido antiguamente porque se había descubierto que, por cada muerto devuelto a la vida, uno de los vivos perdía la suya. Pero esos sartán de Abarrach habían olvidado la prohibición, o bien habían decidido saltársela.
    Yo, que había sobrevivido al Laberinto, me consideraba endurecido e insensible a casi cualquier atrocidad, pero los muertos vivientes de Abarrach aún pueblan mis peores pesadillas. Intenté convencerme de que la nigromancia podía resultar un instrumento muy valioso para mi señor, pues un ejército de muertos es indestructible, invencible, imbatible. Con un ejército así, mi señor podía conquistar fácilmente los demás mundos y ahorrarse la trágica pérdida de vidas de mi pueblo.
    En ese mundo, estuve muy cerca de acabar convertido también en un cadáver. La idea de que mi cuerpo continuara viviendo en una perpetua esclavitud idiotizada me horrorizaba, y la posibilidad de que tal cosa les sucediera a otros me resultó insoportable. Decidí, por tanto, no informar a mi señor de que los sartán de aquel mundo maldito practicaban las artes nigrománticas. Éste fue mi primer acto de rebelión contra mi señor.
    Pero no iba a ser el último.
    También allí, en Abarrach, tuve otra experiencia que me produjo dolor, perplejidad, irritación y confusión, pero que aún me inspira un temor reverencial cada vez que la evoco.
    Huyendo de una persecución, Alfred y yo penetramos en una sala conocida como la Cámara de los Condenados. Mediante la magia del lugar, fui transportado al pasado y me encontré de nuevo dentro de un cuerpo ajeno, el de un sartán. Y fue entonces, durante esta experiencia mágica y extraña, cuando descubrí la existencia de un poder superior. Me fue revelado que yo no era ningún semidiós, como siempre había creído, y que la magia que yo dominaba no era la fuerza más poderosa del universo.
    Existe otra aún más poderosa, una fuerza benévola que sólo persigue la bondad, el orden y la paz. En el cuerpo de ese sartán desconocido, deseé vehementemente entrar en contacto con esa fuerza, pero, antes de que pudiera hacerlo, otros sartán —temerosos de la verdad que acabábamos de descubrir— irrumpieron en la cámara y nos atacaron. Los reunidos en aquella sala morimos allí y todo rastro de nosotros y de nuestro hallazgo se perdió, salvo una misteriosa profecía.
    Cuando desperté, en mi propio cuerpo y en mi propio tiempo, sólo guardaba un recuerdo bastante impreciso de lo que había visto y oído, pero puse todo mi empeño en olvidar incluso eso. No quería afrontar el hecho de que, comparado con ese poder, yo era tan débil como cualquier mensch. Acusé a Alfred de intentar engañarme, de haber creado aquella fantasía. Él lo negó, por supuesto, y juró que había experimentado exactamente lo mismo que yo. Me negué a creerle.
    Juntos, escapamos de Abarrach salvando la vida por muy poco. Cuando lo abandonamos, los sartán de ese mundo espantoso estaban ocupados en destruirse unos a otros, convirtiendo a los vivos en «lazaros», cuerpos muertos cuyas almas quedan atrapadas eternamente dentro de sus cáscaras sin vida. Diferentes de los cadáveres ambulantes, los lazaros son mucho más peligrosos porque poseen inteligencia y voluntad. Y una determinación siniestra y espantosa.
    Me alegré de abandonar un mundo así. Una vez dentro de la Puerta de la Muerte, dejé que Alfred siguiera su camino mientras yo tomaba el mío. Al fin y al cabo, el sartán me había salvado la vida. Y yo estaba harto de tanta muerte, de tanto dolor, de tantos padecimientos. Ya había visto suficiente y sabía muy bien el trato que Alfred recibiría de Xar, si caía en manos de mi señor.
    CHELESTRA
    Cuando regresé al Nexo, efectué mi informe sobre Abarrach en forma de un mensaje escrito a mi señor, pues temí no poder ocultarle la verdad si me presentaba ante él. Pero Xar supo que le había mentido y me pilló antes de que tuviera ocasión de abandonar el Nexo. Mi señor me castigó, estuvo a punto de matarme. Yo merecía el castigo. El dolor físico que me produjo fue mucho más soportable que la aflicción que me causó el sentimiento de culpabilidad. Así, terminé por contarle a Xar todo lo que había descubierto en Abarrach. Le hablé de las artes nigrománticas, de la Cámara de los Condenados y de ese poder superior.
    Mi señor me perdonó y me sentí limpio, renovado. Todas mis preguntas habían tenido respuesta. Una vez más, conocía mi propósito, mi objetivo. Eran los de Xar. Yo pertenecía a Xar. Cuando viajé a Chelestra, el mundo del agua, lo hice con la firme determinación de ganarme otra vez la confianza de mi señor.
    Y, en aquel punto, se produjo una circunstancia extraña. El perro, mi permanente compañero desde que me había salvado la vida en el Laberinto, desapareció de mi lado. Yo me había acostumbrado a tenerlo cerca, aunque a veces fuera una molestia, de modo que me dediqué a buscarlo, pero se había esfumado. Lo lamenté, pero no por mucho rato. Tenía cosas más importantes en la cabeza.
    Chelestra es un mundo compuesto casi únicamente de agua, que vaga a la deriva en las frías profundidades del espacio. Su superficie exterior está formada de hielo sólido; en cambio, en el interior, los sartán colocaron un sol que arde mágicamente en el agua y proporciona luz y calor a ese mundo.
    Los sartán tenían la intención de controlar ese sol, pero se encontraron con que carecían de la energía necesaria para ello, de modo que el sol se mueve a la deriva por las aguas, calentando sólo ciertas zonas de Chelestra cada vez, mientras otras zonas quedan congeladas hasta el regreso del sol. En Chelestra, en lo que se conoce como lunas marinas, viven varios grupos de mensch. Y una de esas lunas está habitada por los sartán, pero eso no lo supe hasta más adelante.
    Mi llegada a Chelestra no fue muy afortunada. Mi nave penetró en sus aguas y, al instante, empezó a romperse. Tal destrucción resultaba incomprensible, ya que todo el exterior de mi nave estaba protegido con runas y muy pocas fuerzas — desde luego, no el agua de mar normal y corriente— podían desbaratar su poderosísima magia.
    Pero, por desgracia, aquélla no era un agua normal.
    Me vi obligado a abandonar la nave y me encontré nadando en un océano inmenso. Pensé que iba a ahogarme sin remedio, pero pronto descubrí, para mi asombro y mi satisfacción, que podía respirar aquella agua con la misma facilidad que respiraba aire. También descubrí, con mucha menos satisfacción, que el agua tenía el efecto de destruir por completo las runas de protección tatuadas en mi piel, lo que me dejaba impotente y desvalido como un mensch.
    En Chelestra encontré nuevas pruebas de la existencia de un poder superior.
    Sin embargo, este poder no busca el bien, sino el mal. Se refuerza con el miedo, se alimenta del terror y se complace en infligir dolor. Y sólo vive para fomentar el caos, el odio y la destrucción.
    Encarnado en forma de enormes serpientes dragón, este poder maléfico estuvo muy cerca de seducirme para que le sirviera. Me salvaron de ello tres chiquillos mensch, uno de los cuales murió en mis brazos más tarde. Así pues, tuve ocasión de ver el mal cara a cara y de comprender que su propósito era destruirlo todo, incluso a nosotros, los patryn. Y decidí enfrentarme a él, aunque sabía que no podía vencerlo. Este poder es inmortal, pues vive dentro de cada uno de nosotros. Nosotros lo hemos creado.
    Al principio, creí que luchaba solo, pero luego advertí que alguien acudía en mi apoyo. Era mi amigo, mi enemigo: Alfred.
    El sartán había llegado también a Chelestra casi al mismo tiempo que yo, pero habíamos ido a parar a lugares muy diferentes y alejados. Alfred se encontró en una cripta sartán parecida a aquella de Ariano donde yacía muerta la mayoría de su pueblo. Pero, en Chelestra, los ocupantes de la cripta estaban vivos. Y resultaron ser los miembros del Consejo Sartán, los responsables de la Separación de los mundos y de nuestro encierro en el Laberinto.
    Ante la amenaza de las maléficas serpientes dragón, contra las cuales no podían luchar porque el agua del mar anulaba su magia, los sartán lanzaron una llamada de ayuda a sus hermanos y, a continuación, se sumieron en un estado letárgico a la espera de la llegada de otros sartán.
    Pero el único que acudió, y por pura casualidad, fue Alfred.
    No es preciso decir que no era, precisamente, lo que el Consejo esperaba.
    Samah, el jefe del Consejo, es un calco de mi señor, Xar (¡aunque ninguno de los dos me agradecería la comparación!). Los dos son orgullosos, despiadados y ambiciosos. Los dos creen ejercer el poder supremo del universo y la idea de que pudiera existir una fuerza superior, un poder más alto, es anatema para ambos.
    Samah descubrió que Alfred no sólo creía en este poder superior, sino que incluso había estado cerca de establecer contacto con él, y consideró esto como una abierta rebelión. Intentó someter a Alfred, quebrantar su fe, pero fue como querer hacer añicos una masa de pan. Alfred soportó mansamente cada golpe, cada ataque, negándose a retractarse y a aceptar los dictados de Samah.
    Debo reconocer que casi sentí lástima de Alfred. Cuando por fin había encontrado a los suyos, tras buscarlos con tanto ahínco y esperanza, descubría que no podía confiar en ellos. No sólo eso, sino que tuvo conocimiento de una verdad terrible sobre el pasado de los sartán.
    Con la ayuda de un aliado inesperado (mi propio perro, para ser exacto), Alfred tropezó (textualmente) por casualidad con una biblioteca secreta de los sartán. Allí descubrió que Samah y el Consejo habían sospechado la existencia de ese poder superior. La Separación no había sido necesaria. Con la ayuda de ese poder, los sartán habrían podido promover la paz.
    Pero Samah no había querido la paz. El Gran Consejero quería regir el mundo a su modo, y sólo al suyo. Y por eso forzó la Separación. Por desgracia, cuando intentó recomponerlo, el mundo se desmenuzó en fragmentos cada vez más pequeños y empezó a escurrírsele entre los dedos.
    Alfred descubrió la verdad. Y eso lo convirtió en una amenaza para Samah.
    Sin embargo, fue Alfred —el débil y torpe Alfred, que se desmayaba ante la mera mención de la palabra «peligro»—quien vino en mi ayuda en la lucha contra las serpientes dragón. Su intervención me salvó la vida, salvó la de los mensch y, muy probablemente, la de su propia raza desagradecida.
    A pesar de ello —o tal vez a causa de ello—, Samah sentenció a Alfred a un destino terrible. El Gran Consejero arrojó a Alfred y a Orla, su amante sartán, al Laberinto.
    Ahora, soy el único que conoce la auténtica verdad del peligro al que nos enfrentamos. Las fuerzas maléficas encarnadas en las serpientes dragón no pretenden dominarnos. No, sus deseos no son tan constructivos. El sufrimiento, la agonía, el caos, el miedo: éstos son sus objetivos. Y los alcanzarán, a menos que nos unamos todos para encontrar algún modo de detenerlas. Porque las serpientes dragón son poderosas, mucho más que cualquiera de nosotros. Mucho más que Samah. Mucho más que Xar.
    Ahora tengo que convencer de esto a mi señor y la tarea no resultará sencilla.
    Para Xar, ya soy sospechoso de traición. ¿Cómo podría demostrarle que mi lealtad a él y a mi pueblo nunca ha sido más firme?
    Y Alfred... ¿Qué voy a hacer con Alfred? Ese sartán calmoso, indeciso y torpe no sobrevivirá mucho tiempo en el Laberinto. Si me atreviera, podría regresar allí a salvarlo.
    Pero debo reconocerlo: tengo miedo.
    Estoy atemorizado como nunca en mi vida. El mal es muy grande, muy poderoso, y me enfrento a él a solas, como si mi nombre fuese profético.
    A solas, con la única excepción de un perro.
    . Escrita por Haplo en el idioma de los humanos, esta anotación se encuentra en el diario entregado al patryn por Grundle. Los patryn utilizan el idioma humano para registrar sucesos y pensamientos, pues consideran su lenguaje demasiado poderoso para utilizarlo indiscriminadamente.
    . Referencia al hecho de que el agua del mar de Chelestra anula la poderosa magia que utilizan tanto los patryn como los sartán.
    . «Serpiente dragón» es un término mensch, acuñado por Grundle. La palabra sartán para estas criaturas es sólo «serpiente». Haplo adopta en este volumen el vocablo sartán, a diferencia de sus escritos anteriores. Una de las explicaciones para este cambio es que Haplo quiere evitar confusiones entre estos falsos «dragones» y los auténticos que pueblan los mundos. Haplo utiliza una palabra sartán porque los patryn, que no han tenido nunca contacto con estas criaturas, carecen de una palabra concreta para denominarlas.
    PRÓLOGO
    Escribo esto mientras aguardo mi libertad, sentado en una celda de una prisión sartán. La espera será larga, sospecho, porque el nivel del agua de mar que me liberará sube muy lentamente. Sin duda, el nivel del agua está siendo controlado por los mensch, que no quieren causar daño a los sartán sino, simplemente, despojarlos de su magia. El agua del mar de Chelestra es respirable como el aire, pero una muralla de agua que arrasara la costa provocaría una destrucción considerable. Los mensch han demostrado tener una mentalidad práctica bastante notable al haberlo tenido en cuenta, pero sigo preguntándome cómo habrán conseguido obligar a las serpientes dragón a colaborar.
    Las serpientes de Chelestra...
    Yo sé bastante de maldad, pues he nacido y sobrevivido en el Laberinto, y escapado de él, pero jamás he conocido algo tan maléfico como esas bestias. Han sido ellas quienes me han enseñado a creer en un poder superior, un poder sobre el cual tenemos escaso control y que es intrínsecamente perverso.
    Alfred, mi antiguo adversario, se horrorizaría si leyera esta afirmación. Casi puedo oírlo balbucear y tartamudear una protesta: « ¡No, no! ¡Existe un poder benéfico equivalente! Los dos lo hemos visto».
    Sí, eso es lo que me dirías. ¿De veras lo viste, Alfred? Y si es así, ¿dónde? Tu propia gente te ha declarado hereje y te ha enviado al Laberinto o, al menos, ésa fue su amenaza. Y Samah no parece de los que amenazan a la ligera. Dime, Alfred, ¿qué opinas de tu poder benéfico ahora... mientras luchas por sobrevivir en el Laberinto?
    Te diré lo que pienso yo. Pienso que ese bien se parece mucho a ti: es débil y torpe. Aunque debo reconocer que fuiste tú quien nos salvó en nuestra lucha contra las serpientes... si es cierto que fuiste tú quien se convirtió en el mago de las serpientes, como afirmó Grundle.
    Pero, cuando llegó el momento de defenderte ante Samah (y voy a concederte que pudieras haber vencido a ese maldito), «no pudiste recordar el hechizo» y aceptaste mansamente que os llevaran — ti y a la mujer que amas— a un lugar donde, si aún estás vivo, probablemente desearías no estarlo.
    El agua del mar ya empieza a colarse por debajo de la puerta. El perro no sabe qué pensar de ella. Le ladra como si intentara convencerla para que dé media vuelta y desaparezca. Comprendo cómo se siente. No puedo hacer otra cosa que sentarme aquí tranquilamente y esperar, esperar a que el líquido tibio suba por encima de la puntera de la bota, esperar la terrible sensación de pánico que me atenaza cada vez que noto cómo mi magia empieza a disolverse al contacto con el agua.
    Pero esta agua es mi salvación, debo recordarlo. Ahora mismo, las runas sartán que me mantienen encerrado en esta celda ya empiezan a perder su fuerza.
    Su resplandor rojo se difumina. Finalmente, se apagará por completo y entonces quedaré libre.
    ¿Libre para ir adonde? ¿Para hacer qué?
    Debo regresar al Nexo y advertir a mi señor del peligro de las serpientes. Xar no me creerá; no querrá creerme. Siempre se ha considerado la fuerza más poderosa del universo y, desde luego, tenía buenas razones para pensar que lo era.
    El poder siniestro y amenazador del Laberinto no podía aplastarlo. Aun hoy, lo desafía continuamente para sacar a más de los nuestros de esa prisión terrible.
    Pero, contra el poder mágico de las malévolas serpientes —y empiezo a creer que éstas sólo son instrumentos del mal—, Xar tiene que inclinarse. Esta fuerza espantosa y caótica no sólo es poderosa, sino también astuta y falaz. Impone su voluntad diciéndonos lo que queremos escuchar, complaciéndonos, adulándonos y sirviéndonos. No le importa degradarse, no tiene dignidad ni sentido del honor.
    Emplea mentiras cuya fuerza reside en que son falsedades que uno se dice a sí mismo.
    Si esta fuerza del mal penetra en la Puerta de la Muerte y no se hace nada por detenerla, preveo un día en que este universo se convertirá en una cárcel de sufrimientos y desesperación. Los cuatro mundos —Ariano, Pryan, Abarrach y Chelestra— quedarán arrasados. El Laberinto no será destruido, como era nuestra esperanza. Mi pueblo saldrá de una prisión para encontrarse en otra.
    ¡Debo conseguir que mi señor me crea! ¿Pero cómo, si a veces no estoy seguro de creerlo yo mismo...?
    El agua me llega al tobillo. El perro ha dejado de ladrar. Me mira con gesto de reproche, exigiendo saber por qué no abandonamos este lugar incómodo. Cuando ha intentado lamer el agua, ésta se le ha metido por el hocico.
    Desde la ventana no veo a ningún sartán en la calle, donde el agua fluye ya en un río caudaloso y continuo. Oigo a lo lejos la llamada de unas trompas: los mensch, probablemente, avanzando hacia el Cáliz, como llaman los sartán a su refugio. Magnífico; eso significa que habrá naves cerca. Sumergibles mensch. Mi nave, el sumergible de los enanos que modifiqué con mi magia para que me condujera a través de la Puerta de la Muerte, está amarrada en Draknor, la isla de las serpientes.
    No tengo ningún deseo de volver allí, pero no tengo más remedio. Potenciada con las runas, esa nave es el único vehículo de este mundo que puede conducirme sano y salvo a través de la Puerta de la Muerte. No tengo más que bajar la mirada a las piernas, ya bañadas en el agua marina, para ver cómo se borran las runas azules tatuadas en mi piel. Pasará mucho tiempo hasta que vuelva a estar en condiciones de utilizar mi magia para modificar otra embarcación. Y se me acaba el tiempo. A mi pueblo se le acaba el tiempo.
    Con un poco de suerte, conseguiré colarme en Draknor sin ser detectado, recuperar la nave y marcharme. Las serpientes deben de estar concentradas en colaborar al asalto al Cáliz, aunque me resulta extraño y, tal vez, un mal presagio no haber visto todavía ninguna de ellas. Pero, como antes he dicho, son astutas y falsas. ¿Quién sabe qué estarán tramando?
    Sí, perro, ya nos vamos. Espero que los perros sepan nadar. Me parece haber oído en alguna parte que todas las especies de cuadrúpedos saben nadar lo suficiente como para mantenerse a flote.
    Es el hombre el que piensa, se deja llevar por el pánico y se ahoga.
    CAPÍTULO1
    SURUNAN CHELESTRA
    El agua del mar avanzó perezosamente por las calles de Surunan, la ciudad levantada por los sartán. Poco a poco, aumentó de nivel, fluyó a través de puertas y ventanas y rebosó sobre tejados de poca altura.
    Fragmentos de la vida sartán flotaron sobre el agua: un cuenco de cerámica intacto, una sandalia de hombre, un peine femenino, una silla de madera.
    El agua penetró en la sala de la casa de Samah que éste utilizaba como celda.
    La sala estaba situada en uno de los pisos altos y, durante un rato, permaneció por encima del nivel de la inundación, pero al fin el agua se coló por debajo de la puerta, bañó el suelo y ganó altura en las paredes de la estancia. Su contacto borró la magia, la anuló, la eliminó. Las runas deslumbrantes, cuyo calor lacerante impedía a Haplo incluso acercarse a la puerta, se apagaron con un chisporroteo. Los signos mágicos que protegían la ventana eran los únicos aún intactos. Su brillante resplandor se reflejó en el agua.
    Prisionero de la magia, Haplo permaneció sentado en forzosa inactividad, contemplando el reflejo de las runas que se agitaban, vibraban y danzaban con las corrientes y remolinos de las aguas en ascenso. En el momento en que el agua rozó el trazo inferior de los signos mágicos de la ventana y su resplandor empezó a debilitarse y desaparecer, Haplo se incorporó. El agua le llegaba por las rodillas.
    El perro emitió un gañido. Con la cabeza y el lomo por encima del agua, el animal estaba incómodo.
    —Ya está, muchacho. Es hora de irnos.
    Haplo guardó el libro en el que había estado escribiendo, dentro de la camisa, se ciñó ésta a la cintura y la introdujo entre los pantalones y la piel.
    Al hacerlo, advirtió que las runas tatuadas en su cuerpo se habían borrado casi por completo. El agua marina que era su bendición y le permitía escapar, también era su calamidad. Privado de sus poderes mágicos, estaba desvalido como un recién nacido y ni siquiera tenía los brazos reconfortantes y protectores de una madre que lo acunaran.
    Débil e impotente, con la mente perturbada y el ánimo inquieto, tenía que abandonar aquella sala y sumergirse en el vasto mar cuyas aguas le daban la vida y lo despojaban de ella, y que lo llevarían a una arriesgada travesía.
    Haplo abrió la ventana e hizo una pausa. El perro miró a su amo con aire inquisitivo. La idea de quedarse allí, a salvo en aquella prisión, resultaba tentadora. Fuera, en algún lugar más allá de aquellos muros acogedores, aguardaban las serpientes. Aquellas criaturas lo destruirían; tenían que hacerlo, pues él conocía la verdad. Sabía que eran la encarnación del caos.
    Y este conocimiento de la verdad era también la causa por la que debía marcharse. Era preciso que avisara a su señor. Un enemigo mayor que cualquier otro al que se hubieran enfrentado, más cruel y más astuto que ningún dragón del Laberinto, más poderoso que los sartán, se proponía destruirlos.
    —Vamos —dijo Haplo al perro, con un gesto.
    Contento ante la perspectiva de abandonar por fin aquel lugar húmedo y aburrido, el animal saltó alegremente por la ventana y se sumergió en el agua con un chapoteo. Haplo llenó los pulmones de aire —una reacción instintiva, innecesaria en realidad, pues el agua del mar era tan respirable como el aire— y saltó tras él.
    Haplo encontró un pedazo de madera, se asió a él y lo empleó para mantenerse a flote. El Cáliz era la única masa de tierra estable en el mundo acuático de Chelestra. Construido por los sartán para que evocara mejor el mundo que habían separado y del cual habían huido, el Cáliz estaba encerrado en una burbuja de aire protectora. El agua que la rodeaba producía el efecto de un cielo en el cual brillaba con radiante fulgor el sol marino de Chelestra. Las serpientes habían horadado esta contención y, ahora, el Cáliz estaba inundándose.
    Entre chapoteos, Haplo miró a su alrededor, intentó hacerse una idea de su situación y vio con alivio la cúpula del Salón del Consejo, que se levantaba en la cima de una colina y sería el último lugar en caer víctima de la marea. Sin duda, allí se habían refugiado los sartán. Se protegió del resplandor del sol que se reflejaba en el agua y creyó distinguir unas figuras en el tejado, gente que intentaba permanecer seca, libre del agua debilitadora de la magia, mientras ello fuera posible.
    —No os resistáis —les aconsejó, aunque estaban demasiado lejos para oírlo—.
    En el fondo, eso sólo empeora las cosas.
    Por lo menos, ahora tenía una idea de dónde estaba. Se propulsó hacia adelante, en dirección a las torres de la muralla de la ciudad que asomaban por encima del agua. La muralla separaba el sector sartán de lo que en otro tiempo habían sido los barrios mensch. Y más allá quedaba la orilla del Cáliz; la orilla y las partidas de desembarco mensch y una nave para llevarlo a Draknor. En aquella luna marina torturada estaba amarrado su sumergible, una embarcación de los enanos modificada con la magia de las runas y reforzada para llevarlo a través de la Puerta de la Muerte. Su única esperanza de huida.
    Pero allí, en Draknor, esperaban también las serpientes.
    —Si es así, el nuestro va a ser un viaje muy corto —dijo al perro, que nadaba a su lado con valentía, moviendo las patas delanteras como una máquina mientras las traseras no sabían muy bien cómo tomarse aquel extraño asunto de nadar, pero hacían cuanto podían por mantener elevado su extremo.
    Los planes de Haplo eran vagos; no podría concretarlos hasta que supiera dónde estaban las serpientes... y cómo evitarlas.
    Siguió adelante, apoyado en el madero y batiendo el agua con los pies. Habría podido soltarse de la tabla y abandonarse al mar, donde no le habría costado más esfuerzo respirar, pero detestaba aquellos primeros momentos de pánico que producía el hecho de ahogarse voluntariamente, el rechazo del cuerpo a aceptar las seguridades que le ofrecía la mente, diciéndole que sólo era un retorno al útero, a un mundo que una vez había experimentado. Asido a la plancha, batió los pies hasta que le dolieron las piernas.
    De pronto, se le ocurrió que el madero era una señal de mal agüero. O mucho se equivocaba, o procedía de uno de los sumergibles de madera de los enanos, y se notaba partida, con ambos extremos astillados.
    ¿Era cosa de las serpientes? ¿Se habían aburrido de aquella toma pacífica de Surunan y se habían vuelto contra los mensch, causando una carnicería?
    —Si es así, tendré que echarme la culpa.
    Necesitaba con urgencia saber qué había sucedido. Pataleó con más fuerza, más deprisa, pero pronto se sintió cansado, con los músculos ardientes y acalambrados. Nadaba contra la marea, contra la corriente del agua que penetraba en la ciudad. La pérdida de su magia, como bien sabía de amargas experiencias anteriores, lo hacía sentirse inusualmente débil.
    La marea lo condujo hasta la muralla de la ciudad. Se agarró a una torreta y ascendió por sus piedras con la idea no sólo de descansar, sino también de efectuar un reconocimiento y observar qué sucedía en la orilla. El perro intentó detenerse, pero la corriente lo arrastró. Haplo alargó el brazo arriesgadamente y logró agarrar al perro por el pellejo del cuello; lo elevó del agua —mientras el animal batía las patas traseras en busca de apoyo— y lo subió a la balaustrada a la que el patryn se había encaramado.
    Desde aquel puesto de observación, Haplo tenía una visión excelente del puerto de Surunan y la costa. Haplo echó una ojeada y asintió con gesto sombrío.
    —No era preciso que nos preocupáramos, muchacho —murmuró mientras daba unas palmaditas en el flanco del perro, empapado y desgreñado—. Por lo menos, las naves están a salvo.
    El animal sonrió y se sacudió.
    La flota de sumergibles mensch estaba dispuesta en el puerto en una fila más o menos ordenada. Los cazadores del sol se mecían en la superficie con la proa abarrotada de mensch que señalaban y gritaban, asomaban el cuerpo por la borda y saltaban al agua. Numerosas embarcaciones de pequeño tamaño iban y venían entre el barco y la orilla; probablemente, trasladaban a los enanos, que no sabían nadar. Humanos y elfos, mucho más habituados al agua, dirigían el trabajo de varias ballenas enormes que arrastraban hacia el puerto unas balsas de construcción tosca, llenas a rebosar.
    Al ver las balsas, Haplo volvió la mirada al madero que había alzado con él a la torreta. Los mensch estaban desembarcando con la idea de asentarse; por eso habían empezado a desguazar las naves.
    —Pero... ¿dónde están las serpientes? —preguntó al perro, que yacía a sus pies, jadeante.
    Decididamente, no aparecían por ninguna parte. Haplo continuó observando todo el tiempo que pudo, movido por la necesidad de escapar de aquel mundo y volver al Nexo y a su señor, pero forzado por la pareja necesidad de alcanzar el Nexo con vida. Paciencia, cautela... Eran asignaturas difíciles de aprender, pero el Laberinto había sido un excelente maestro.
    No vio rastro alguno de cabezas de serpientes asomando del agua. Quizás estaban todas bajo la superficie, horadando los agujeros a través de los cuales el agua del mar de Chelestra se colaba en los cimientos del Cáliz.
    —Necesito saber más —se dijo Haplo con frustración. Si las serpientes descubrían que estaba vivo y se proponía huir de Chelestra, harían lo posible por detenerlo.
    Sopesó las alternativas. Detenerse a hablar con los mensch significaría un retraso, además del riesgo de revelar su presencia a Tas serpientes. Los mensch lo acogerían con alegría y querrían retenerlo y utilizarlo, pero Haplo no tenía tiempo para tontear con los mensch. Sin embargo, no perder algún tiempo en averiguar qué sucedía con las serpientes podía significar un retraso aún mayor. Y quizá mortal.
    Haplo aguardó unos momentos, a la espera de algún indicio de las serpientes.
    Nada. Y no podía quedarse eternamente en aquella maldita muralla.
    Decidido a confiar en la suerte, Haplo saltó de nuevo al agua. El perro, con un potente ladrido, se arrojó tras él.
    Haplo penetró en el puerto a nado. Sujeto al madero, se mantuvo a ras del agua evitando el tráfico de embarcaciones. Muchos mensch lo conocían de vista y quería eludirlos cuanto fuera posible. Agarrado a la plancha, estudió con atención las naves enanas. Si conseguía dar con Grundle, hablaría con ella. La enana era más juiciosa que la mayoría de los mensch y, aunque sin duda lo recibiría con grandes muestras de alegría, Haplo estaba seguro de poder librarse de sus abrazos afectuosos sin excesivas dificultades.
    Pero no logró encontrar a la enana. Y seguía sin haber rastro de las serpientes. Lo que sí encontró, amarrado a un poste, fue un pequeño sumergible utilizado para rescatar a los enanos que tenían la desgracia de caer al agua. Se acercó a la embarcación y la observó atentamente. No había nadie a la vista; era como si la nave hubiera sido abandonada.
    Una balsa tirada por una gran ballena acababa de llegar a la orilla, donde un numeroso grupo de enanos se había congregado para proceder a la descarga.
    Haplo supuso que la tripulación del sumergible había acudido a echar una mano.
    Nadó hasta la embarcación. Aquel golpe de suerte era demasiado bueno como para desaprovecharlo. Robaría el sumergible y navegaría a Draknor. Si las serpientes estaban allí..., bueno, tendría que ocuparse de eso cuando llegara el momento.
    Una cosa grande, viva y de piel lisa y resbaladiza chocó con él. A Haplo le dio un vuelco el corazón. Tomó aire, tragó un poco de agua al mismo tiempo, se atragantó y empezó a toser. A la vez que se apartaba de la criatura batiendo el agua con enérgicas patadas, el patryn pugnó por recobrar el aliento y se aprestó a luchar.
    Una cabeza reluciente con dos ojos como cuentas de cristal y una boca abierta en una gran sonrisa emergió del agua delante de él. Otras dos cabezas parecidas asomaron a ambos lados de Haplo y una cuarta nadó en torno a él, alegre y retozona, dándole golpecitos con el morro con aire juguetón. Delfines.
    Haplo jadeó y escupió agua. El perro intentó un ladrido furioso en un esfuerzo que causó una gran diversión entre los delfines y estuvo a punto de ahogar al animal. Haplo lo agarró por las patas delanteras y colocó éstas sobre el madero, donde el animal se tumbó jadeante, con una mirada de rabia.
    — ¿Dónde están las serpientes dragón? —inquirió Haplo en el idioma de los humanos.
    Los delfines, en anteriores encuentros, se habían negado a hablar o a tener cualquier relación con él. Sin embargo, eso había sucedido cuando las criaturas marinas lo consideraban, cosa comprensible, un aliado de las serpientes. Ahora, la actitud hacia él había cambiado. El grupo de delfines empezó a emitir chillidos y silbidos de excitación y alguno empezó a alejarse, impaciente por ser el primero en difundir entre los mensch la noticia de que el hombre misterioso de los tatuajes azules en la piel había reaparecido.
    — ¡No! ¡Esperad, no os vayáis! No le digáis a nadie que me habéis visto —se apresuró a decirles—. ¿Qué sucede aquí? ¿Dónde están las serpientes dragón?
    Los delfines organizaron un gran revuelo, hablando todos a la vez. En cuestión de segundos, Haplo escuchó todo lo que quería saber y muchas cosas más que ignoraba.
    —Nos enteramos de que Saman te había cogido preso...
    —Las serpientes han devuelto el cuerpo de la pobre Alake a...
    —Sus padres están abatidos de pena...
    — ¿Serpientes, has dicho?
    —... y el sartán...
    —Sí, tú y el sartán fuisteis responsables de...
    —Tú has traicionado...
    —... has traicionado a tus amigos...
    —Cobarde...
    —Nadie lo creyó...
    —Sí, sí que lo creyeron...
    —No. Seguro que no. Bueno, quizá por unos momentos...
    —En cualquier caso, las serpientes han utilizado su magia para horadar conductos de acceso al Cáliz...
    — ¡Unos agujeros gigantescos!
    — ¡Enormes!
    — ¡Inmensos!
    —Las compuertas.
    —Abiertas a la vez: un muro de agua...
    —Olas de marea...
    —Nada sobrevive... ¡Los sartán, aplastados!
    —Arrasados...
    —La ciudad, destruida...
    —Nosotros alertamos a los mensch acerca de las serpientes dragón y las galerías que estaban horadando...
    —Grundle y Devon regresaron...
    —Y contaron la verdad de lo sucedido. Eres un héroe...
    —No; él, no. El héroe es el otro, ese Alfred.
    —Sólo quería ser cortés...
    —Los mensch estaban preocupados...
    —No quieren matar a los sartán...
    —Temen a las serpientes dragón. Unas naves enanas salieron a investigar...
    —Pero resulta que las serpientes dragón no aparecen por ninguna parte...
    —Los enanos sólo entreabrieron ligeramente las compuertas y...
    — ¡Alto! ¡Silencio! —Exclamó Haplo, consiguiendo por fin hacerse oír entre la algarabía—. ¿Qué significa eso de que «las serpientes dragón no aparecen por ninguna parte»? ¿Dónde están?
    Los delfines empezaron a discutir entre ellos. Algunos decían que las terribles bestias habían regresado a Draknor, pero la opinión más generalizada era, al parecer, que las serpientes se habían colado por las galerías excavadas y estaban atacando a los sartán de Surunan.
    —No es así —replicó Haplo—. Acabo de llegar de Surunan y la ciudad está en calma. Hasta donde sé, los sartán se encuentran a salvo en su Cámara del Consejo, donde tratan de mantenerse secos.
    Los delfines acogieron la noticia con patente decepción. No deseaban ningún mal a los sartán, pero habría sido una historia tan espléndida... Después de oír a Haplo, hubo unanimidad en la opinión de las criaturas marinas: las serpientes dragón debían de haber regresado a Draknor.
    El patryn no tuvo más remedio que compartir tal opinión. Las serpientes habían regresado a Draknor, pero ¿por qué? ¿Qué razón las había hecho abandonar Surunan tan bruscamente? ¿Por qué desperdiciaban la oportunidad de destruir a los sartán? ¿Por qué abandonaban sus planes de fomentar el caos entre los mensch, volviendo a unos contra los otros?
    Haplo no podía contestar a tales preguntas, pero se dijo con amargura que eso no tenía importancia. En aquel momento, lo único importante era que las serpientes estaban en Draknor y su nave, también.
    —Supongo que ninguno de vosotros se ha acercado a Draknor para cerciorarse, ¿verdad? — nquirió.
    Los delfines lanzaron chillidos de alarma sólo de pensarlo y movieron la cabeza con energía. Ninguno de ellos se aproximaría a Draknor, un lugar terrible de gran maldad y tristeza. Sus propias aguas eran ponzoñosas y envenenaban a cualquiera que nadara en ellas.
    Haplo se abstuvo de comentar que él había surcado tales aguas y había sobrevivido. No podía culpar a aquellas apacibles criaturas por no querer acercarse a Draknor. Tampoco a él lo entusiasmaba la perspectiva de regresar a aquella torturada luna marina. Pero no tenía alternativa.
    Ahora, su principal problema era quitarse de encima a los delfines. Por suerte, eso era coser y cantar. A aquellas criaturas marinas les encantaba sentirse imprescindibles.
    —Necesito que llevéis un mensaje mío a los líderes mensch, para que sea entregado en persona y en privado a cada miembro de la familia real. Es de suma importancia.
    —Estaremos encantados de...
    —Puedes confiar en que...
    —Implícitamente...
    —Decirle a todo el mundo...
    —No; a todo el mundo, no...
    —Sólo a la familia real...
    —A todo el mundo, te digo...
    —Estoy seguro de que ha dicho...
    Cuando consiguió que se callaran y lo escucharan, Haplo les trasmitió el mensaje, teniendo buen cuidado de que fuera complicado y enrevesado.
    Los delfines estuvieron muy atentos a sus palabras y, tan pronto como Haplo cerró la boca, se alejaron nadando a toda velocidad.
    Cuando el patryn estuvo seguro de que los delfines habían dejado de prestarle atención, se acercó a nado hasta el sumergible, se encaramó a bordo, subió al perro y zarpó.
    CAPÍTULO 2
    DRAKNOR CHELESTRA
    Haplo no había llegado nunca a dominar por completo el sistema de navegación de los enanos, el cual, según Grundle, se basaba en unos sonidos emitidos por las propias lunas marinas. Al principio, le preocupó si sería capaz de encontrar Draknor, pero pronto descubrió que dicha luna marina era fácil de localizar. Demasiado fácil. Las serpientes dragón dejaban a su paso una estela de un légamo repulsivo, un sendero de aguas turbias que conducía a la lóbrega oscuridad del mar que rodeaba la atormentada luna marina.
    Una negrura absoluta lo envolvió. Había penetrado en las cavernas de Draknor y la visibilidad era nula. Temeroso de embarrancar, aminoró la velocidad del sumergible hasta que éste apenas se movió. Esperaba que no fuese necesario, pero, si era preciso, nadaría en aquellas aguas inmundas. Ya lo había hecho otras veces.
    Hacía rato que tenía secas las manos y los antebrazos hasta las mangas húmedas de la camisa, que se había arremangado hasta el codo. Las runas eran aún sumamente débiles, pero ya volvían a ser visibles y, aunque apenas le proporcionaban la fuerza mágica de un niño de dos años, la presencia de su desvaído color azul resultaba reconfortante. Deseó no tener que mojarse otra vez.
    La proa del sumergible rozó una roca. Haplo maniobró rápidamente hacia arriba y exhaló un suspiro al comprobar que la nave obedecía sin contratiempos.
    Debía de estar acercándose a la costa. Decidió arriesgarse a llevar la embarcación hasta la superficie.
    Contempló de nuevo las runas de sus manos: azules, de un azul desvaído.
    Haplo detuvo la nave por completo y estudió los signos mágicos. Se fijó, sobre todo, en su color tenue, más pálido que el de las venas que recorrían el revés de sus manos. Era algo extraño, muy extraño. Por débiles que fueran, las runas de su piel deberían haber brillado con fuerza, como reacción instintiva de su cuerpo al peligro de las serpientes. Sin embargo, esta vez no respondían como en otras ocasiones. Y lo mismo sucedía, advirtió, con sus demás instintos. Si no se había dado cuenta hasta entonces, era porque había estado demasiado concentrado en pilotar el sumergible.
    En las anteriores ocasiones, al llegar tan cerca del cubil de las serpientes, Haplo apenas podía moverse, y menos aún pensar con claridad, a causa del terror paralizante y debilitador que emanaba de aquellos monstruos.
    Pero, esta vez, Haplo no tenía miedo: al menos, se corrigió, no temía por sí mismo. Su miedo era más profundo. Era frío y lo retorcía por dentro.
    — ¿Qué sucede, muchacho? —preguntó al perro, que se había acurrucado contra él y soltaba gañidos pegado a su pierna. Haplo le dio unas palmaditas tranquilizadoras, aunque a él tampoco le habría ido mal que alguien le diera confianza. El perro lanzó un gemido y se apretó todavía más a su amo.
    Puso en marcha la nave de nuevo y la pilotó hasta la superficie con la atención dividida entre el agua, cada vez más luminosa, y los signos mágicos de su piel. Las runas no habían cambiado de aspecto.
    A juzgar por la reacción de su cuerpo, las serpientes ya no estaban en Draknor. Pero, si no estaban allí, y tampoco con los mensch ni enfrentándose a los sartán, ¿dónde se habían metido?
    El submarino emergió. Haplo echó una rápida ojeada a la orilla, localizó su nave y sonrió satisfecho al verla entera e intacta. Pero su miedo se intensificó, aunque los signos mágicos de su piel no le daban pie a sentirse inquieto.
    Frente a la nave, entre las rocas, yacía el cuerpo del rey de las serpientes, muerto por el misterioso «mago de las serpientes» (que podía, o no, haber sido Alfred). No había rastro alguno de serpientes vivas.
    Haplo varó el sumergible. Cauto y alerta, abrió la escotilla y salió a la cubierta superior. No iba armado, aunque había encontrado una provisión de hachas de guerra en una dependencia de la nave. Pero sólo las hojas potenciadas mediante magia podrían penetrar la piel de las serpientes y, de momento, Haplo estaba demasiado débil como para infundir su poder mágico al metal.
    El perro lo siguió, con un gruñido de advertencia. Con las patas rígidas y el pelaje del cuello erizado, el animal tenía la vista fija en la cueva.
    — ¿Qué sucede, muchacho? —inquirió Haplo, nervioso.
    El perro se estremeció desde el hocico hasta la cola y miró a su amo suplicándole permiso para lanzarse al ataque.
    —No, perro. Vamos a nuestra nave. Nos largamos de este lugar.
    Haplo saltó de la cubierta, fue a caer sobre una arena repulsiva, cubierta de aquel limo, y se encaminó hacia su nave cubierta de runas siguiendo la línea de la costa. El perro continuó con sus ladridos y gruñidos y siguió los pasos de Haplo a regañadientes, sólo después de repetidas órdenes de su amo.
    El patryn estaba a punto de llegar a su nave, cuando advirtió que algo se movía cerca de la boca de la caverna.
    Se detuvo a observar por cautela, pero no especialmente preocupado. Ahora estaba lo bastante cerca de la nave como para alcanzar la seguridad de sus runas protectoras. Los ladridos del perro se convirtieron en gruñidos, y el animal levantó los belfos dejando a la vista unos dientes afilados.
    Una figura emergió de la cueva.
    Samah.
    —Calma, muchacho —dijo Haplo.
    El jefe del Consejo Sartán avanzaba con la cabeza baja y el paso desganado de quien camina sumido en profundos pensamientos. No había llegado allí en barco, pues no había más sumergibles anclados junto a la costa. Así pues, se había transportado mediante la magia.
    Haplo observó de nuevo los signos de sus manos. Las runas tenían un tono un poco más oscuro pero seguían sin brillar, sin avisarle de la proximidad de un enemigo. A la vista de aquello y por deducción lógica, Haplo supuso que la magia de Samah, como la del propio Haplo, debía de ser inoperante. Seguramente, también el sartán se había mojado. Samah también estaba esperando, descansando, para recobrar las fuerzas necesarias para el viaje de vuelta. No significaba ninguna amenaza para Haplo, igual que éste no la representaba para él.
    ¿O acaso sí? En igualdad de condiciones y privados ambos de su magia, Haplo era el mas joven de los dos, el más fuerte. El combate sería tosco, indigno, propio de los mensch: dos hombres rodando por la arena, golpeándose con los puños. Haplo lo pensó mejor, suspiró y movió la cabeza.
    Sencillamente, estaba demasiado agotado.
    Además, Samah parecía haber recibido ya una paliza.
    Haplo aguardó, quieto y en silencio. Samah no levantó la vista de sus preocupadas meditaciones. Habría sido capaz de pasar por delante del patryn sin advertir su presencia de no ser porque el perro, incapaz de contenerse al recordar pasadas afrentas, soltó un seco ladrido de advertencia: el sártan ya se había acercado suficiente.
    Samah alzó la cabeza, sobresaltado por el sonido pero nada sorprendido, al parecer, de ver allí al perro y a su amo. El sartán apretó los labios, y su mirada fue de Haplo al pequeño sumergible que flotaba detrás de él.
    — ¿De vuelta con tu señor? —inquirió con frialdad.
    Haplo no consideró necesario responder. Samah asintió; él tampoco había esperado que lo hiciera.
    —Te alegrará saber que tus esbirros ya están en camino. Te han precedido y, sin duda, te aguarda un recibimiento de héroe.
    Su tono de voz era agrio; su mirada, sombría y cargada de odio. Y, acechando debajo, se intuía el miedo.
    —En camino... —Haplo miró al sartán y, de pronto, comprendió. Comprendió qué había sucedido y entendió la razón de aquel miedo aparentemente irracional.
    Por fin sabía adonde habían ido las serpientes... y por qué.
    — ¡Condenado idiota! —Masculló Haplo—. ¡Has abierto la Puerta de la Muerte!
    —Te advertí que lo haríamos si tus mensch nos atacaban, patryn.
    —Fui yo quien os previno. La enana os contó lo que había oído. Las serpientes querían que abrierais la Puerta de la Muerte. Éste era su plan desde el principio.
    ¿No escuchaste a Grundle?
    — ¿De modo que ahora tengo que seguir los consejos de los mensch? — Samah soltó una risotada burlona.
    —Parece que ellos tienen más juicio que tú. ¿Con qué intención has abierto la Puerta? ¿Para huir? No, seguro que no es ése tan plan. ¿Para buscar ayuda? Sí, exacto: pretendías encontrar ayuda. ¡Después de lo que te contó Alfred...! Pero, claro, no creíste ciertas sus palabras. Casi toda tu raza ha muerto, Samah. Los pocos de Chelestra sois los únicos que quedáis, aparte de un par de miles de cadáveres animados en Abarrach. Has abierto la Puerta de la Muerte, pero han sido las serpientes las que la han cruzado. Ahora extenderán su maldad a lo largo y ancho de los cuatro mundos. ¡Espero que se detuvieran lo suficiente como para darte las gracias!
    — ¡El poder de la Puerta debería haber detenido a las bestias! —Replicó Samah con voz grave, al tiempo que cerraba el puño—. ¡Las serpientes no deberían haber podido pasar!
    — ¿Igual que los mensch? ¿Crees que necesitan tu ayuda para entrar?
    ¿Todavía no lo has comprendido, sartán? Esas serpientes son más poderosas que tú, que yo, que mi señor o quizá que todos juntos. ¡No necesitan ayuda de nadie!
    — ¡No! ¡Ésas bestias tuvieron ayuda! —contestó Samah agriamente—. ¡Ayuda patryn!
    Haplo abrió la boca para protestar, pero decidió que no merecía la pena.
    Estaba perdiendo el tiempo. El mal estaba extendiéndose y ahora, más que nunca, era imperioso que regresara para poner sobre aviso a su señor. Meneó la cabeza, dio media vuelta y echó a andar hacia su nave.
    —Vamos, perro.
    Pero el animal ladró otra vez, reacio a moverse, y miró a Haplo con las orejas erguidas.
    ¿No había algo que querías preguntar, amo?
    En efecto, a Haplo le vino a la cabeza un pensamiento, y se volvió.
    — ¿Qué ha sido de Alfred?
    — ¿Tu amigo? —Samah esbozó otra sonrisa burlona—. Ha sido enviado al Laberinto, el destino de todos los que predican herejías y conspiran con el enemigo.
    —Supongo que sabes que era la única persona que podría haber detenido el mal, ¿verdad?
    Por un instante, Samah pareció divertido con la idea.
    —Si ese Alfred es tan poderoso como dices, podría haberme impedido que lo enviara a prisión. Pero no lo hizo. Al contrario, se dejó llevar al castigo sin apenas resistencia.
    —Sí —murmuró Haplo en voz baja—. Eso es muy propio de él.
    —Ya que aprecias tanto a tu amigo, patryn, ¿por qué no vuelves tú también a tu prisión para intentar rescatarlo?
    —Quizá lo haga. ¡No, muchacho! —Añadió Haplo al advertir que el perro tenía la vista fija en el cuello de Samah—. Te pasarías la noche vomitando.
    El patryn subió a su nave, soltó las amarras, arrastró adentro al perro —que aún seguía lanzando gruñidos a Samah— y cerró la escotilla. Una vez a bordo, Haplo corrió a la ventana del puente de mando de la nave para echar un vistazo al sartán. Con magia o sin ella, Haplo no se fiaba de él.
    Samah permaneció inmóvil en la arena. Sus blancas ropas estaban mojadas y sucias, con el dobladillo embadurnado de limo y de sangre de las serpientes muertas. Tenía los hombros hundidos y la piel grisácea y parecía a punto de derrumbarse de puro agotamiento, pero, consciente probablemente de que lo estaba espiando, se mantuvo en pie muy erguido, con la mandíbula encajada y los brazos cruzados.
    Satisfecho al comprobar que su enemigo seguía siendo inofensivo, Haplo volvió la atención a las runas marcadas a fuego en las planchas de madera del interior de la embarcación. Una a una, las trazó de nuevo mentalmente: runas de protección, runas de poder, runas para llevarlo de nuevo en el viaje extraño y aterrador a la Puerta de la Muerte, runas para asegurar su supervivencia hasta que alcanzara el Nexo. Pronunció una palabra y, en respuesta a ella, los signos mágicos empezaron a despedir un suave fulgor azulado.
    Haplo exhaló un profundo suspiro. Por fin estaba a salvo, protegido, y se permitió relajarse un poco por primera vez en mucho, muchísimo tiempo. Tras cerciorarse de que tenía las manos secas, las colocó sobre la rueda del timón de la nave. Esta rueda también había sido potenciada con runas. El mecanismo de gobierno del sumergible no era tan poderoso como la piedra de gobierno que había utilizado a bordo del Ala de Dragón, pero tanto éste como la piedra estaban ahora en el fondo del mar..., si es que el mar de Chelestra tenía un fondo. La magia rúnica de la rueda del timón era tosca, elaborada con prisas, pero lo transportaría a través de la Puerta de la Muerte y eso era lo único que importaba.
    Haplo maniobró para separar el sumergible de la orilla y observó de nuevo al sartán, cuya figura fue menguando a medida que se hacía mayor la extensión de aguas oscuras que los distanciaba.
    — ¿Qué vas a hacer ahora, Samah? ¿Te atreverás a entrar en la Puerta de la Muerte en busca de tu gente? No, me parece que no lo harás. Tienes miedo, ¿verdad, sartán? Sabes que has cometido un error terrible, un error que puede significar la destrucción de todo lo que te has esforzado en construir. Tanto si crees que las serpientes representan un poder maléfico superior como si no, esas bestias son una fuerza que escapa a tu comprensión y a tu control.
    »Samah, has enviado la muerte a través de la Puerta de la Muerte.
    CAPÍTULO 3
    EL NEXO
    Xar, Señor del Nexo, recorría las calles de su tierra apacible y crepuscular, una tierra construida por su enemigo. El Nexo era un lugar hermoso de suaves colinas, prados y bosques llenos de verdor. Sus edificios se alzaban con perfiles suavizados, redondeados, a diferencia de sus habitantes, que eran fríos y afilados como cuchillas de acero. La luz del sol era apagada, difusa, como si brillara a través de un velo de fina gasa. En el Nexo, nunca era totalmente de día, ni noche cerrada. Era difícil distinguir un objeto de su sombra, saber dónde terminaba uno y empezaba la otra. El Nexo parecía una tierra de sombras.
    Xar estaba cansado. Acababa de emerger del Laberinto, tras salir victorioso de una batalla con la magia perversa de aquella tierra espantosa. En esta ocasión, la magia había enviado a un ejército de caodines para destruirlo. Estos caodines, criaturas inteligentes parecidas a enormes insectos, miden lo que un hombre y tienen el cuerpo cubierto por un caparazón negro de gran dureza. El único modo de destruir a un caodín es acertarle de lleno en el corazón y matarlo en el acto, pues si vive, aunque sólo sea unos segundos, de una gota de sangre derramada puede hacer surgir una copia de sí mismo.
    Y Xar acababa de enfrentarse a un ejército de aquellos seres: cien, doscientos... el número no importaba porque crecía cada vez que hería a uno. El patryn les había hecho frente a solas y sólo había tenido unos momentos para reaccionar antes de que la marea de insectos de ojos bulbosos lo engullera.
    Xar había entonado las runas y había creado entre él y la vanguardia de los caodines un muro de llamas que lo había protegido del primer asalto y le había proporcionado tiempo para ampliar más su círculo defensivo.
    Los caodines habían intentado entonces eludir las llamas, que se extendían alimentándose de las hierbas del Laberinto, dotadas de una vida mágica gracias a los vientos mágicos que les insuflaba Xar. A los pocos caodines que habían escapado a las llamas, Xar les había dado muerte con una espada rúnica, teniendo buen cuidado de incrustarla bajo el caparazón para alcanzar el corazón. Y, mientras lo hacía, el viento continuó soplando y las llamas crepitaron, alimentadas con los restos de los muertos. El fuego saltaba ahora de una víctima a otra, diezmando las filas de las ominosas criaturas.
    La retaguardia de los caodines observó el holocausto que se avecinaba, titubeó, dio media vuelta y huyó.
    Con la protección de las llamas, Xar había rescatado a varios de los suyos, más muertos que vivos. Los caodines los habían tomado prisioneros para utilizarlos como cebo y tentar al Señor del Nexo a combatir.
    Ahora, los rehenes estaban siendo atendidos por otros patryn, que también debían su vida a Xar. Pueblo severo y sombrío, despiadado, inflexible e inconmovible, los patryn no eran efusivos en su gratitud al señor que una y otra vez ponía en riesgo su vida por salvar las de ellos. Los patryn no proclamaban su lealtad y su devoción hacia él, sino que la demostraban, aplicándose con esfuerzo y sin protestas a cualquier tarea que les asignaba. Todos obedecían sus órdenes sin vacilar. Y, cada vez que Xar entraba en el Laberinto, una multitud se congregaba a la boca de la Ultima Puerta para mantener una silenciosa vigilia hasta su regreso.
    Y siempre había algunos, en especial entre los jóvenes, que acudían con la intención de entrar con él. Eran patryn que llevaban en el Nexo el tiempo suficiente como para que se hubiera difuminado en su recuerdo el horror del tiempo pasado en el Laberinto.
    —Regresaré contigo —afirmaban—. Me atreveré a hacerlo, mi señor.
    Y Xar siempre se lo permitía. Y nunca les hacía la menor re—criminación cuando los veía vacilar ante la Puerta, cuando sus rostros palidecían y se les helaba la sangre, cuando les temblaban las piernas y sus cuerpos se derrumbaban.
    Haplo, uno de los más fuertes entre los jóvenes, había llegado más lejos que la mayoría. Ante la Última Puerta, había caído al suelo, torturado por el miedo, pero aun entonces había seguido avanzando a cuatro manos, gateando, hasta que por fin, presa de temblores, había retrocedido hacia las acogedoras sombras del Nexo.
    — ¡Perdóname, mi señor! —había gritado con desesperación, como hacían todos.
    —No hay nada que perdonar, hijo mío —respondía siempre Xar.
    Y era sincero. Él comprendía aquel miedo mejor que cualquiera, pues tenía que afrontarlo cada vez que entraba, y cada vez resultaba peor. Rara era la ocasión en que, ante la Ultima Puerta, sus pasos no vacilaban y su corazón no se encogía.
    Cada vez que entraba, lo hacía con la certeza de que no regresaría. Cada vez que salía de nuevo, sano y salvo, se prometía a sí mismo que no lo repetiría.
    Pero seguía haciéndolo. Una y otra vez.
    —Son las caras —reflexionaba en voz alta—. Las caras de los míos, los rostros de quienes me esperan, de quienes me incluyen en el círculo de su ser. Esos rostros me dan el valor. Son mis hijos, todos y cada uno de ellos. Yo los he arrancado de ese útero terrible donde fueron engendrados. Yo los he traído al aire y a la luz.
    »Qué gran ejército harán —continuó murmurando—. Débil en número, pero fuerte en magia, en lealtad y en amor. ¡Qué gran ejército! —repitió con una risilla.
    Xar hablaba consigo mismo a menudo. Pasaba mucho tiempo a solas, pues los patryn tenían propensión a la soledad, y por eso hablaba solo muchas veces, pero nunca se reía, nunca soltaba carcajadas.
    La risilla era una farsa, un hábil recurso de comedia. El Señor del Nexo continuó hablando, como haría cualquier anciano, haciéndose compañía a sí mismo en las vigilias solitarias en aquella tierra crepuscular. Dirigió una mirada de reojo hacia sus manos, cuya piel mostraba su edad. Una edad que Xar no podía calcular con exactitud, pues no tenía una idea clara de cuándo había empezado su vida. Sólo sabía que era viejo, mucho más que cualquiera de los otros patryn que habían salido del Laberinto.
    La piel del dorso de sus manos, surcada de arrugas, estaba tensa y estirada, y en ella se dibujaba claramente el perfil de cada tendón, de cada hueso. Los signos mágicos azules tatuados en el dorso de la mano eran complejos y enrevesados pero su color era intenso, en absoluto desvaído por el paso del tiempo. Y su magia, si acaso, era aún más poderosa. Aquellas runas tatuadas habían empezado a emitir un resplandor azulado.
    A Xar no lo habría sorprendido aquel aviso de peligro en el interior del Laberinto, donde su magia actuaba instintivamente para prevenirlo de peligros, para alertarlo de ataques, pero en aquel momento caminaba por las calles del Nexo, unas calles que siempre habían sido seguras, unas calles que eran un refugio.
    El Señor del Nexo observó el resplandor azul que brillaba con luz fantasmal en el apacible crepúsculo, notó el ardor de las runas de su piel y percibió el calor de la magia en su sangre.
    Continuó andando como si no sucediera nada, sin dejar de murmurar por lo bajo. La advertencia de los signos mágicos se hizo más urgente; las runas brillaron con más intensidad. Xar cerró los puños y los ocultó bajo las anchas mangas de la larga túnica negra. Sus ojos escrutaron cada sombra, cada objeto.
    Dejó las calles y tomó un sendero que se adentraba en el bosque que rodeaba su residencia. Xar vivía aparte de su pueblo pues prefería —mejor, necesitaba— tener silencio y tranquilidad. Las sombras más oscuras de los árboles proporcionaban al lugar un remedo de noche. Volvió la vista hacia la mano; la luz de las runas era perceptible a través de las ropas negras. No había dejado atrás el peligro; al contrario, se encaminaba directamente hacia su origen.
    El Señor del Nexo estaba más perplejo que nervioso, más enfadado que inquieto. ¿Acaso la maldad del Laberinto se había colado de alguna manera en el Nexo a través de la Ultima Puerta? Tal idea le resultaba inconcebible. Aquel lugar era obra de la magia sartán, igual que la Puerta y la Muralla que rodeaba el mundo prisión del Laberinto. Los patryn, reacios a confiar en un enemigo que los había arrojado a dicha cárcel, habían reforzado la Muralla y la Puerta con su propia magia. No; era imposible que algo pudiera escapar.
    El Nexo estaba protegido de los otros mundos —los mundos de los sartán y de los mensch— mediante la Puerta de la Muerte. En tanto ésta permaneciera cerrada, no podía cruzarla nadie que no dominase la poderosa magia necesaria para recorrerla. Xar había aprendido el secreto, pero sólo después de eones de concienzudos estudios de escritos sartán. Lo había aprendido y había trasmitido su conocimiento a Haplo, que se había aventurado en esos otros mundos del universo separado.
    —Pero supongamos —se dijo Xar en un leve murmullo, mientras volvía la vista a un lado y a otro tratando de rasgar la oscuridad que siempre le había resultado apacible y que ahora era perturbadora—, ¡supongamos que alguien ha abierto la Puerta de la Muerte! Al salir del Laberinto, he notado un cambio, como si un soplo de aire se agitara de pronto dentro de una casa largo tiempo cerrada y atrancada. Me pregunto...
    —No es preciso que te inquietes, Xar, señor de los patryn —lo interrumpió una voz procedente de la oscuridad—. Tu mente es rápida y tu lógica, infalible.
    Tienes razón en tus suposiciones. La Puerta de la Muerte ha sido abierta. Y por tus enemigos.
    Xar detuvo sus pasos. No podía ver a quien hablaba, oculto entre las sombras, pero distinguía unos ojos que brillaban con una tenue y extraña luz rojiza, como si reflejaran las llamas de una fogata lejana. Su cuerpo le advertía que quien hablaba era poderoso y podía resultar peligroso, pero Xar no percibía la menor nota de amenaza en la voz sibilante. Sus palabras, como su tono, estaban llenas de respeto, incluso de admiración.
    Pese a ello, Xar se mantuvo en guardia. Si había llegado a viejo en el Laberinto, no había sido prestando oídos a voces seductoras. Y la que ahora oía había cometido un grave error. De algún modo, había penetrado dentro de su mente y había descubierto el secreto. Xar había hecho sus comentarios en voz muy baja. Era imposible que nadie lo oyera desde aquella distancia.
    —Me llevas ventaja, señor —respondió calmosamente—. Acércate donde estos viejos ojos míos, a los que las sombras confunden fácilmente, puedan veros.
    Su vista era aguda, más penetrante de lo que había sido en su juventud, pues ahora sabía qué mirar. Su oído también era excelente, pero esto no tenía por qué saberlo su interlocutor. Era mejor, se dijo Xar, que creyera estar ante un frágil anciano.
    Pero el desconocido no se dejó engañar.
    —Sospecho que tus viejos ojos ven mejor que la mayoría, señor. Pero incluso los tuyos pueden dejarse cegar por el afecto, por la confianza mal otorgada.
    El desconocido emergió del bosque y salió al camino. Se detuvo ante el Señor del Nexo y abrió las manos para indicar que no portaba armas. Con una llamarada, una tea encendida se materializó en sus manos y, bajo su luz, permaneció inmóvil donde estaba, sonriendo con serena confianza.
    Xar lo contempló y pestañeó. Una duda asaltó su mente e incrementó su cólera.
    —Eres un patryn, uno de los míos —dijo, estudiando al recién aparecido—, pero no te reconozco. ¿Qué truco es éste? —Su voz adquirió un tono duro—. Será mejor que hables enseguida. Hazlo mientras puedas, que no será mucho.
    —Realmente, señor, tu fama no es exagerada. No me extraña que Haplo te admire, aunque te traicione. No soy ningún patryn, como has creído. En tu mundo, he adoptado esta apariencia para mantener en secreto mi verdadera forma. Puedo mostrarme con ella si eso te complace, mi señor, pero te advierto que resulta bastante desagradable. He considerado preferible que tú mismo decidas si quieres revelar mi presencia a tu pueblo.
    — ¿Y cuál es tu verdadero aspecto, entonces? —inquirió Xar, sin hacer caso por el momento de la acusación vertida contra Haplo.
    —Entre los mensch, se nos conoce por «dragones», mi señor.
    Xar entrecerró los ojos:
    —He tratado con tu especie en otras ocasiones y no veo ninguna razón por la que deba dejarte vivir más que tus congéneres. Sobre todo, estando en mi propio reino.
    El falso patryn sonrió y sacudió la cabeza.
    —Esos a los que te refieres con ese nombre no son verdaderos dragones, sino meros primos lejanos. Igual que los simios, . Naturalmente, la serpiente miente a Xar. Dado que esta criatura maléfica no tiene una forma propia definida, toma prestada en cada ocasión la que mejor convenga a sus intereses.
    Se dice, son primos lejanos de los humanos. Nosotros somos mucho más inteligentes y nuestra magia es mucho más poderosa.
    —Razón de más para que te mate...
    —Razón de más para que vivamos, sobre todo porque sólo vivimos para servirte, Señor de los Patryn, Señor del Nexo y, en breve, Señor de los Cuatro Reinos.
    — ¿Quieres servirme, eh? Y has hablado en plural: ¿cuántos sois?
    —Nuestro número es enorme. Nunca ha sido contado.
    — ¿Quién os creó?
    —Vosotros, los patryn, hace mucho tiempo —respondió la serpiente con un suave siseo.
    —Ya. ¿Y dónde habéis estado todo este tiempo?
    —Te contaré nuestra historia, señor —contestó la serpiente con frialdad, haciendo oídos sordos al tono sarcástico de Xar—. Los sartán nos tenían miedo; temían nuestro poder igual que os temían a vosotros, patryn. Los sartán encerraron a tu pueblo en una prisión mientras que a nosotros, por ser de una raza diferente, decidieron exterminarnos. Nos hicieron caer en una falsa sensación de seguridad fingiendo firmar la paz con nuestra especie y, cuando se produjo la Separación, nos pilló completamente desprevenidos e indefensos. Logramos escapar con vida por muy poco y, por desgracia, poco pudimos hacer por salvar a tu pueblo, del cual hemos sido siempre amigos y aliados. Escapamos, pues, a uno de los mundos recién creados y nos ocultamos allí para atender nuestras heridas y recuperar fuerzas.
    «Nuestra intención era buscar el Laberinto y liberar a tu pueblo. Juntos, podíamos reagrupar a los mensch, que habían quedado aturdidos e indefensos por la terrible prueba, y derrotar a los sartán. Por desgracia, el mundo al que decidimos huir, Chelestra, fue también el escogido por el Consejo Sartán. El poderoso Samah en persona fundó y edificó allí una ciudad, Surunan, y la pobló con miles de mensch esclavizados.
    »No tardó en descubrir nuestra presencia y nuestros planes para derrocarlo.
    Samah juró que nunca abandonaríamos Chelestra con vida. Cerró y selló la Puerta de la Muerte, condenándose al aislamiento a sí mismo y al resto de los sartán dispersos por los demás mundos. Tal situación tenía que durar poco; al menos, ésa era su intención, pues pensaba acabar con nosotros enseguida. Pero demostramos ser más fuertes de lo que él había previsto. Le plantamos batalla y, aunque muchos de los nuestros perdieron la vida, lo obligamos a liberar a los mensch y, al final, lo forzamos a buscar la seguridad de la cámara donde los sartán dormían su sueño mágico.
    »Antes de abandonar aquel mundo, los sartán se vengaron de nosotros.
    Samah dejó a la deriva el sol marino que calienta las aguas de Chelestra y el frío terrible del hielo que envuelve ese mundo de agua se apoderó de nosotros sin darnos tiempo a escapar. Lo único que pudimos hacer fue regresar a nuestra luna marina y refugiarnos en sus cavernas. El hielo nos encerró en su interior, condenándonos a una hibernación forzosa que ha durado siglos.
    »Con el tiempo, el sol marino regresó y trajo consigo el calor y una nueva vida para nosotros. Con el sol llegó un sartán, uno al que se conoce como el Mago de la Serpiente, un poderoso hechicero que ha cruzado la Puerta de la Muerte. Él despertó a los sartán y los liberó de su largo sueño. Pero para entonces, mi señor, tú y algunos de los tuyos habíais alcanzado también la libertad y, a pesar de la lejanía, lo percibimos. Notamos que vuestra esperanza nos iluminaba y nos daba más calor que el propio sol. Y entonces Haplo se presentó ante nosotros y nos inclinamos ante él y le ofrecimos nuestra ayuda para derrotar a los sartán. Para derrotar a Samah, el enemigo ancestral.
    La serpiente bajó la voz y continuó:
    —Haplo nos causó admiración. Confiamos en él. Teníamos a nuestro alcance la victoria sobre Samah. Nos proponíamos traer ante ti al líder de los sartán como muestra de nuestra devoción a tu causa. Pero, ay, Haplo nos traicionó. Te traicionó a ti, mi señor. Samah huyó, igual que el Mago de la Serpiente, el sartán que le envenenó la cabeza a Haplo. Los dos sartán escaparon, ¡pero sólo después que Samah, movido por el miedo a nosotros y a ti, gran Xar, abriera la Puerta de la Muerte!
    »Los sartán ya no podían impedir que regresáramos para ayudarte. Hemos cruzado la Puerta de la Muerte y nos presentamos ante ti, gran Xar. Te reconocemos como nuestro dueño y señor.
    La serpiente hizo una suerte de reverencia.
    — ¿Y cuál es el nombre de ese «poderoso» sartán al que no cesas de mencionar? —inquirió Xar.
    —Se hace llamar «Alfred». Un nombre mensch, mi señor.
    — ¡Alfred! —Xar olvidó su compostura. Bajo la túnica negra, sus puños se cerraron con fuerza—. ¡Alfred! —repitió en un susurro. Alzó la cara y vio el brillo rojo de los ojos de la serpiente. Rápidamente, recobró la calma—. ¿Haplo está con ese Alfred?
    —Sí, señor.
    —Entonces, Haplo me lo traerá. No debes preocuparte. Evidentemente, has malinterpretado los motivos de Haplo. Es un patryn muy astuto. Inteligente y avispado. Quizá no sea enemigo para Samah (si se trata realmente del mismo Samah, cosa que dudo mucho), pero Haplo será más que rival para ese sartán de nombre mensch. Haplo no tardará en volver, ya lo verás. Y traerá con él a Alfred. Y todo tendrá explicación.
    «Mientras tanto —añadió, interrumpiendo a la serpiente antes de que ésta pudiera responder—, estoy muy cansado. Soy un viejo y los viejos necesitamos descansar. Te invitaría a mi casa pero tengo a un niño alojado conmigo. Un chico muy listo, de una inteligencia sorprendente en un mensch. Me haría preguntas que prefiero no responder. Ocúltate en el bosque y evita el contacto con mi gente, pues reaccionará como lo he hecho yo.
    —El Señor del Nexo extendió la mano y mostró los tatuajes mágicos que resplandecían con un azul eléctrico—. Y quizá no sea tan paciente.
    —Tu preocupación me halaga, mi señor. Haré lo que ordenes.
    La serpiente hizo una nueva reverencia. Xar dio media vuelta para marcharse.
    A su espalda sonaron las palabras de la serpiente:
    —Espero que este Haplo, en quien mi señor ha puesto tanta fe, resulte merecedor de ella.
    ¡Pero, muy sinceramente, lo dudo!
    Las sombras crepusculares susurraron aquellas palabras no pronunciadas.
    Xar las captó claramente. O quizá fue él quien les dio forma en su mente, si no en voz alta. Volvió la vista atrás, irritado con la serpiente, pero ésta ya no estaba. Al parecer, se había retirado a la oscuridad del bosque sin un ruido, sin el crepitar de una hoja seca, sin el chasquido de una ramita al quebrarse. Xar se irritó aún más, y luego se enfureció consigo mismo por permitir que la serpiente lo alterara.
    —Perder la confianza en Haplo es perderla en mí mismo. Yo le salvé la vida, lo saqué del Laberinto, lo eduqué y lo preparé. Le asigné esta importantísima misión de viajar a través de la Puerta de la Muerte. La primera vez que mostró dudas, lo castigué. Ya entonces limpié de su ser la ponzoña que le había inoculado ese sartán, Alfred. Haplo me es muy querido. ¡Descubrir que me ha fallado es descubrir que yo he fallado!
    El resplandor de los signos mágicos de la piel de Xar empezaba a amortiguarse, pero aún bastaba para iluminar el camino del señor por el lindero del bosque. Irritado, reprimió la tentación de mirar atrás otra vez.
    Desconfiaba de la serpiente pero, bien pensado, no se fiaba de casi nadie. Le habría gustado suprimir el «casi», decir que no confiaba en nadie. Pero no era así.
    Sintiéndose más viejo y cansado de lo habitual, el Señor del Nexo pronunció las runas e invocó de las probabilidades mágicas un bastón de roble, recio y firme, para ayudar sus cansados pasos.
    —Hijo mío... —susurró con tristeza, apoyado y encorvado sobre el bastón—.
    ¡Haplo, hijo mío!
    CAPÍTULO 4
    LA PUERTA DE LA MUERTE
    La travesía de la Puerta de la Muerte es un viaje terrible, una colisión espeluznante de paradojas que golpean la conciencia con tal fuerza que la mente queda en blanco. En una ocasión, Haplo había tratado de permanecer consciente durante el tránsito¹¹ y todavía se estremecía al recordar la espantosa experiencia.
    Incapaz de encontrar refugio en el vacío, su mente había saltado a otro cuerpo, al que tenía más cerca: el de Alfred. El sartán y él habían intercambiado sus conciencias y habían revivido las experiencias vitales más profundas del otro.
    Cada uno había descubierto algo del otro, y ninguno de los dos había podido seguir viendo al otro igual que antes. Haplo sabía lo que se sentía cuando uno se creía el último miembro de su raza, a solas en un mundo de extranjeros. Alfred sabía qué era estar prisionero en el Laberinto.
    —Supongo que ahora lo sabe de primera mano —dijo Haplo mientras se instalaba junto al perro, disponiéndose a conciliar el sueño como hacía ahora cada vez que iba a entrar en la Puerta de la Muerte—. Pobre estúpido. Dudo que aún siga vivo. Él y esa mujer que llevó consigo... ¿cómo se llamaba? ¿Orla? Sí, eso es:
    Orla.
    A la mención del nombre de Alfred, el perro lanzó un gañido y apoyó la cabeza en el regazo de Haplo. El patryn lo rascó bajo el hocico mientras murmuraba:
    —Supongo que lo mejor que puedo desear para Alfred es que tenga una muerte rápida.
    El perro suspiró y miró hacia la ventana con ojos tristes y esperanzados, como si esperara ver en cualquier momento a Alfred, regresando a bordo con su habitual paso vacilante.
    Guiada por la magia de las runas, la nave dejó atrás las aguas de Chelestra y entró en la enorme bolsa de aire que rodeaba la Puerta de la Muerte. Haplo apartó de su cabeza unos pensamientos que no le ofrecían ayuda ni consuelo y procedió a verificar si la magia estaba actuando como debía, protegiendo la nave, sosteniéndola, propulsándola hacia adelante.
    El patryn, sin embargo, comprobó con perplejidad que su magia apenas actuaba. Los signos mágicos estaban inscritos en el interior de la nave y no en el exterior del casco, como en anteriores ocasiones, pero esto no debería haber importado. Si acaso, las runas deberían estar actuando con más intensidad para compensar tal hecho. La sala de gobierno debería haber estado iluminada por un intenso resplandor rojo y azul, pero apenas reinaba en ella un agradable fulgor mortecino de un difuminado tono púrpura.
    Haplo reprimió un breve instante de vacilación y de pánico y repasó meticulosamente toda la estructura de runas grabada en el interior del pequeño sumergible. No descubrió ningún error, lo cual no lo sorprendió puesto que, previamente, ya había revisado dos veces las inscripciones.
    Corrió a la gran claraboya de la sala de gobierno, observó el exterior y alcanzó a ver la Puerta de la Muerte como un pequeño agujero que parecía demasiado angosto para cualquier nave de un tamaño mayor de...
    Parpadeó y se frotó los ojos.
    La Puerta de la Muerte había cambiado. Por unos instantes, Haplo se quedó en blanco, incapaz de encontrar explicación a lo que sucedía. Momentos después, tuvo la respuesta.
    La Puerta de la Muerte estaba abierta.
    No se le había ocurrido pensar que la apertura de la Puerta significara ninguna diferencia a la hora de cruzarla pero, por supuesto, tenía que haberla. Los sartán que habían diseñado la Puerta debían de haberla concebido como un conducto de acceso rápido y fácil a los otros tres mundos. Era lógico que así lo hicieran, y Haplo se reprendió por haber sido tan estúpido para no haber caído antes en ello. Probablemente, se habría ahorrado tiempo y preocupaciones.
    ¿O no?
    Frunció el entrecejo y reflexionó. La entrada en la Puerta de la Muerte quizá fuese más sencilla pero, ¿qué haría una vez dentro? ¿Cómo se controlaba la travesía? ¿Funcionaría su magia? ¿O la nave se desmontaría por las junturas?
    —Muy pronto conocerás la respuesta —se dijo en un murmullo—. Ya no puedes volver atrás.
    Domino el impulso de ponerse a deambular por la pequeña cabina de pilotaje con paso nervioso y concentró la atención en la Puerta de la Muerte.
    El agujero, que momentos antes parecía demasiado pequeño como para que pasara por él un mosquito, se había hecho enorme. La entrada, antes oscura y siniestra, estaba ahora llena de luz y color. Haplo no estaba seguro, pero le pareció captar visiones fugaces de los otros mundos. Unas imágenes pasaron velozmente por su mente y desaparecieron enseguida, como en un sueño, demasiado deprisa como para concentrarse en alguna en particular.
    Las junglas cálidas y húmedas de Pryan, los ríos de roca fundida de Abarrach, las islas flotantes de Ariano: todo pasó aceleradamente ante sus ojos.
    Haplo vio también el tenue resplandor del suave crepúsculo del Nexo. La visión se difuminó y surgió de ella el erial yermo y aterrador del Laberinto. Luego, por un instante —tan breve que no estuvo seguro de haberlo visto realmente—, captó una fugaz visión de otro lugar, un sitio extraño que no reconoció, un paraje de tal paz y tal belleza que el corazón se le contrajo de dolor cuando la imagen se desvaneció.
    Perplejo, Haplo contempló la rápida sucesión de imágenes, que le recordaba un juguete élfico¹² que había visto en Pryan. Las imágenes empezaron a repetirse.
    Era extraño, se dijo, aunque no sabía por qué. El torbellino de visiones giró de nuevo en su mente, en el mismo orden, y por fin entendió qué significaba.
    La Puerta le estaba dando a elegir destino. ¿Adonde quería ir?
    Haplo sabía muy bien adonde quería dirigirse, pero esta vez no estaba seguro de cómo llegar. En otras ocasiones, la decisión había estado vinculada a su magia; sólo había tenido que buscar entre las posibilidades y seleccionar un lugar. La estructura rúnica necesaria para llevar a efecto tal selección era muy compleja y había sido extremadamente difícil de diseñar. Su señor había pasado incontables horas estudiando los textos sartán hasta dar con la clave; luego, había dedicado otro tiempo considerable a traducir el idioma sartán al patryn para enseñárselo a Haplo.
    Pero ahora todo había cambiado. Haplo estaba cada vez más cerca de la Puerta, su nave avanzaba cada vez más deprisa y él no tenía la menor idea de cómo controlarla.
    Sobreponiéndose a su creciente pánico, llegó a la conclusión de que los sartán debían de haber concebido la Puerta como un lugar seguro y de fácil acceso. Las imágenes se sucedieron de nuevo ante sus ojos en un torbellino cada vez más acelerado. Tuvo la sensación horrible de estar cayendo, como experimenta uno en los sueños: las junglas de Pryan, las islas de Ariano, el agua de Chelestra, la lava de Abarrach... Todo daba vueltas en torno a él, debajo de él. La nave caía girando hacia ellos y Haplo no podía detenerla. El crepúsculo del Nexo...
    Haplo se agarró a aquella imagen con desesperación, se asió a ella y la fijó en su mente. Pensó en el Nexo, lo recordó, evocó las imágenes de sus bosques umbríos, de sus calles ordenadas, de su gente. Cerró los ojos para concentrarse mejor y para olvidar la visión aterradora del torbellino caótico. El perro empezó a lanzar aullidos, no de advertencia, sino de alegría, excitación y reconocimiento.
    Haplo abrió los ojos. La nave sobrevolaba tranquilamente una tierra a media luz, bañada por un sol que nunca terminaba de alzarse, que nunca se ponía por completo.
    Estaba en casa.
    No perdió un segundo. Tan pronto como hubo posado la nave, se encaminó directamente a la morada de su señor en el bosque para presentarle su informe.
    Caminaba deprisa, abstraído, absorto en sus pensamientos y sin apenas prestar atención a su entorno. Estaba en el Nexo, un lugar libre de peligros para él. Por eso se sobresaltó bastante cuando el gruñido agresivo del perro lo sacó de sus meditaciones.
    El patryn dirigió automáticamente la vista hacia los signos mágicos de su piel y observó con sorpresa que despedían un leve fulgor azulado.
    Ante él, en el camino, había alguien.
    Haplo calmó al perro posando sobre su testuz una mano cuyas runas brillaban con más fuerza a cada momento. Notó el calor y el hormigueo de los signos mágicos tatuados en su piel y aguardó, inmóvil, en mitad del camino.
    De nada servía esconderse. El desconocido, fuera quien fuese, ya lo había visto y oído. Haplo decidió quedarse, averiguar qué peligro acechaba tan cerca de la mansión de su señor y ocuparse de él, si era preciso.
    El perro tensó las patas. Se le erizó el pelaje del cuello y lanzó desde lo más hondo un gruñido amenazador. La figura en sombras avanzó sin molestarse en ocultarse, pero cuidando de evitar los escasos charcos de luz que se filtraban por los huecos entre el follaje. Tenía la forma y la altura de un hombre y se movía como tal, pero no era un patryn. La magia defensiva de Haplo no habría reaccionado nunca de aquella manera a uno de su propia raza.
    Su desconcierto aumentó. La idea de que pudiera existir un enemigo de cualquier clase en el Nexo era impensable. Lo primero que le vino a la cabeza fue Samah. ¿Acaso el jefe del Consejo Sartán había penetrado en la Puerta de la Muerte y había llegado hasta allí? Cabía tal posibilidad, aunque no era muy probable. ¡Aquél era el último lugar al que viajaría Samah! Con todo, a Haplo no se le ocurría otra explicación. El desconocido se acercó más, y Haplo observó, con asombro, que sus temores habían sido infundados. El hombre era un patryn.
    Haplo no lo reconoció, pero no había nada de insólito en ello. Haplo había estado ausente bastante tiempo; su señor habría rescatado del Laberinto a muchos patryn, mientras tanto.
    El desconocido mantuvo la mirada baja, observando a Haplo bajo unos párpados entornados. Tras un gesto seco y austero de saludo con la cabeza como es costumbre entre los patryn, que son gente solitaria y poco expresiva, pareció disponerse a continuar su camino sin una palabra. El desconocido venía en dirección contraria a la de Haplo, es decir, alejándose de la casa de su señor.
    De ordinario, Haplo habría respondido con igual reserva y habría olvidado al desconocido. Pero la comezón y el ardor de los signos mágicos de su piel casi lo volvieron loco. El resplandor azul iluminó las sombras. Los demás tatuajes del patryn no habían alterado su aspecto y permanecían apagados. Haplo observó las manos del desconocido y percibió algo raro en sus tatuajes.
    El extraño había llegado a su altura. Haplo tuvo que sujetar al perro y obligar al animal a permanecer donde estaba pues, de lo contrario, se habría lanzado a la garganta del individuo. Era otra cosa muy extraña.
    — ¡Espera! —exclamó—. ¡Tú, espera! No te conozco, ¿verdad? ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu Puerta?
    Haplo preguntaba por preguntar; de hecho, casi no prestó atención a lo que decía. Lo único que quería era echar una mirada más detenida a las manos y los brazos del individuo, a los signos tatuados en ellos.
    —Te equivocas. Ya nos hemos encontrado —dijo el desconocido con una voz susurrante que le resultó familiar.
    No conseguía recordar dónde la había oído, pero pronto tuvo algo más preocupante en qué pensar.
    Los signos mágicos en las manos y en los brazos del individuo eran falsos; garabatos sin sentido que cualquier chiquillo patryn habría dibujado mejor. Cada signo individual estaba formado correctamente, pero no encajaba con los demás como era debido.
    Los tatuajes en los brazos del hombre deberían haber sido runas de poder, de defensa, de curación, pero eran, por el contrario, un trabalenguas sin inteligencia.
    De pronto, Haplo recordó el juego de las tabas rúnicas practicado por los sartán de Abarrach, en el que se arrojaban las runas al azar sobre una mesa. Las de aquel individuo habían sido arrojadas al azar sobre su piel.
    Haplo se abalanzó sobre el falso patryn con la intención de reducirlo y averiguar quién o qué estaba intentando espiarlos.
    Sus manos se cerraron en el aire.
    Desequilibrado, Haplo trastabilló y cayó al suelo de bruces. Al instante, se incorporó y miró en todas direcciones.
    El falso patryn había desaparecido. Se había esfumado sin dejar rastro. Haplo miró al perro. El animal soltó un gañido y se estremeció de hocico a rabo.
    Haplo tuvo ganas de imitarlo. Buscó sin ánimo entre los árboles y matorrales que bordeaban el camino, convencido de no hallar nada y no muy seguro de querer descubrirlo. Fuera lo que fuese, la misteriosa aparición se había ido. Las runas de sus brazos empezaban a apagarse y la sensación ardiente de alarma se enfriaba.
    El patryn reemprendió la marcha sin perder más tiempo. El misterioso encuentro era una razón añadida para darse prisa. Evidentemente, la aparición del desconocido y la apertura de la Puerta de la Muerte no eran coincidencia. Ahora, Haplo sabía dónde había oído aquella voz y lo sorprendía cómo no había conseguido reconocerla.
    Quizás había querido olvidarla.
    Por lo menos, ahora podía dar un nombre al desconocido.
    CAPÍTULO 5
    EL NEXO
    —Serpientes, mi señor —dijo Haplo—. Pero no como las que conocemos. ¡El áspid más mortífero del Laberinto es una lombriz comparada con éstas! Son bestias antiguas; tanto, creo, como el propio hombre. Tienen la astucia y el conocimiento de su edad. Y tienen un poder, señor... Un poder que es vasto y... y...
    Haplo vaciló e hizo una pausa.
    — ¿Y qué, hijo mío? —lo estimuló Xar con suavidad.
    —Todopoderoso —respondió Haplo.
    — ¿Un poder omnipotente? —Musitó Xar—. ¿Sabes qué estás diciendo, hijo mío?
    Haplo percibió el tono de advertencia de su voz.
    Ten mucho cuidado con tus pensamientos, tus conjeturas y tus deducciones, hijo mío, lo prevenía el tono. Ten cuidado con tus afirmaciones y con tus juicios.
    Porque, al calificar ese poder como «todopoderoso», lo estás colocando por encima de mí.
    Haplo tuvo cuidado. Permaneció largo rato sentado sin responder, con la mirada fija en el fuego que calentaba el hogar de su señor, contemplando el juego de luces de las llamas sobre las runas azules tatuadas de manos y brazos. Evocó una vez más las runas de los brazos del falso patryn: caóticas, ininteligibles, sin orden ni concierto. La visión le trajo el recuerdo del miedo torturador, debilitante, que había experimentado en el cubil de las serpientes en Draknor.
    —Jamás he experimentado un miedo igual —dijo de pronto, dando voz a los pensamientos de su mente.
    Y, aunque las palabras correspondían a la conversación mental de Haplo, Xar comprendió a qué se refería. El señor de los patryn siempre comprendía.
    —Un miedo que me hizo desear esconderme en algún rincón oscuro, mi señor. Quise hacerme un ovillo y quedarme allí encogido, acurrucado. Tuve miedo... del propio miedo que sentía. No podía entenderlo, ni superarlo. —Haplo sacudió la cabeza—. Y eso que he nacido y he crecido en el espanto del Laberinto.
    ¿Por qué esa diferencia, mi señor? No lo entiendo.
    Reclinado en su asiento, imperturbable, Xar no respondió. El Señor del Nexo era un oyente silencioso y atento; jamás revelaba una emoción, su atención jamás se desviaba y su interés siempre estaba concentrado por entero en el interlocutor.
    Ante un tipo de oyente tan especial, la gente suelta la lengua; habla con vehemencia, a menudo incautamente, y concentra sus pensamientos en lo que está diciendo, en lugar de en quien las escucha. Y así Xar, con su poder mágico, era capaz de captar a menudo lo que no se decía, además de lo que se hablaba. La gente volcaba su mente en el pozo vacío del señor de los patryn.
    Haplo cerró el puño, observó cómo los signos mágicos se estiraban uniformes y protectoramente en su piel y respondió a su propia pregunta:
    —Yo sabía que el Laberinto podía ser derrotado —dijo en un susurro—. Ahí está la diferencia, ¿verdad, señor? Incluso cuando creí que iba a morir en ese terrible lugar, me acompañaba en mi última hora la certeza de un amargo triunfo.
    Había estado muy cerca de derrotarlo y, aunque yo hubiese fracasado esta vez, me seguirían otros que finalmente triunfarían. El Laberinto, pese a todo su poder, es vulnerable. —Haplo alzó la cabeza y miró a Xar antes de proseguir—: Tú lo demostraste, mi señor. Tú lo venciste. Y has seguido derrotándolo una y otra vez.
    Incluso yo acabé por vencerlo... con ayuda.
    Bajó la mano y rascó la testuz del perro. El animal yacía a sus pies, dormitando al calor de las llamas. De vez en cuando, entreabría los ojos y los fijaba en Xar.
    Mera vigilancia, parecía decir. Desde su posición, Haplo no advirtió la cauta y atenta observación de su perro. Xar, sentado frente a él, sí se fijó.
    Haplo cayó en un completo silencio, con la vista fija en el fuego y la expresión sombría y desconsolada.
    —Estás diciendo que ese poder no puede ser derrotado, ¿no es eso, hijo mío?
    Haplo se revolvió, inquieto e incómodo. Dirigió una mirada preocupada a su señor y volvió a fijarla en las llamas rápidamente. Sus mejillas se sonrojaron, y su mano soltó y volvió a agarrar el brazo del asiento.
    —Sí, señor. Eso es lo que estoy diciendo —respondió por fin con voz grave y pausada—. Creo que ese poder puede ser desafiado, detenido, controlado y forzado a retroceder, pero jamás puede ser vencido. Jamás puede ser destruido definitivamente.
    — ¿Ni siquiera por nosotros, los tuyos, fuertes y poderosos como somos? — Xar hizo la pregunta con suavidad. No discutía sus palabras; sólo pedía más información.
    —Ni siquiera por nosotros, señor. Por muy fuertes y poderosos que seamos. — Algún pensamiento secreto hizo asomar en sus labios una sonrisa sarcástica.
    El Señor del Nexo se enfureció al verla aunque, para un observador casual, su expresión se mantuvo tan plácida y tranquila como antes. Haplo no se percató, perdido en una maraña de negros pensamientos. Pero había alguien más pendiente de su conversación, escuchando a escondidas lo que decían. Y este alguien no era un observador casual, sino que sabía perfectamente qué le rondaba por la cabeza al Señor del Nexo.
    Aquel observador, oculto en una estancia a oscuras, idolatraba a Xar y por ello había llegado a reconocer hasta la más leve expresión de su rostro. Y el observador invisible advertía en aquel instante, a la luz de la chimenea, el mínimo entrecerrar de ojos de Xar, el levísimo ensombrecimiento de ciertas arrugas entre la telaraña de ellas que le cubría la frente. El observador invisible sabía que su señor estaba furioso y que Haplo había cometido un error. Sabía ambas cosas, y estaba complacido de conocerlas.
    Tal era su regocijo que, imprudente, se estremeció al pensarlo, con el resultado de que el taburete donde estaba sentado se movió de sitio. El perro levantó la cabeza al instante, atento al ruido, con las orejas muy erguidas.
    El observador permaneció paralizado. Conocía al perro, lo recordaba y lo respetaba. Lo quería. No volvió a moverse y se mantuvo quieto hasta el punto de contener el aliento, temiendo que incluso su respiración fuera a delatarlo.
    Al no oír nada más, el perro pareció llegar a la conclusión de que había sido una rata y reanudó su intermitente duermevela.
    —Tal vez piensas —apuntó Xar como si tal cosa, acompañándose de un leve gesto de la mano— que los sartán son los únicos capaces de derrotar a este «poder todopoderoso».
    Haplo movió la cabeza y dirigió una sonrisa hacia los rescoldos del fuego agonizante.
    —No, señor. Ellos están tan ciegos como... —midió las palabras, asustado de lo que había estado a punto de decir.
    —... como yo, ¿no es eso? —terminó la frase Xar, en tono adusto.
    Haplo alzó enseguida la vista, y el rubor de sus mejillas se acentuó. Era demasiado tarde para volverse atrás, para decir que no. Cualquier intento de explicarse lo haría parecer un chiquillo lloriqueante tratando de escabullirse de un castigo merecido.
    Así pues, se puso en pie y plantó cara al Señor del Nexo, que permaneció sentado y lo miró con ojos sombríos e insondables.
    —Mi señor, es cierto que hemos estado ciegos. E igual les ha sucedido a nuestros enemigos. A ambos nos han cegado las mismas cosas: el odio y el miedo.
    Las serpientes, o la fuerza que representan, sea cual sea, se han aprovechado de ello. Se han hecho fuertes y poderosas. «El caos es la sangre de nuestra vida», decían. «La muerte, nuestra comida y nuestra bebida.» Y, ahora que han penetrado en la Puerta de la Muerte, pueden extender su influencia a lo largo y ancho de los cuatro mundos. Esas criaturas buscan el caos, el derramamiento de sangre.
    ¡Desean que vayamos a la guerra, señor!
    — ¿Y por eso aconsejas que no la emprendamos, Haplo? ¿Dices de veras que no debemos buscar venganza por los siglos de padecimientos infligidos a nuestro pueblo? ¿Que no venguemos la muerte de nuestros padres? ¿Que no intentemos derrotar al Laberinto y liberar a los aún atrapados en él? ¿Hemos de permitir que Samah continúe su tarea donde la dejó? Eso es lo que hará, hijo mío, bien lo sabes. Y esta vez no nos encarcelará. ¡Esta vez nos destruirá, si se lo permitimos!
    ¿Y aun así nos aconsejas, Haplo, que no nos opongamos?
    —No lo sé, mi señor —dijo Haplo con voz rota, mientras abría y cerraba los puños—. No lo sé...
    Xar suspiró, bajó la vista y apoyó la cabeza en la mano. Si hubiera reaccionado con cólera, si hubiera gritado y reclamado, acusado y amenazado, habría perdido a Haplo.
    Pero no dijo nada, ni hizo otra cosa que suspirar.
    Haplo se derrumbó de rodillas y, tomando la mano de su señor, se la llevó a los labios, la besó y la retuvo con fuerza.
    —Padre, veo dolor y disgusto en tus ojos. Te ruego que me perdones si te he ofendido, pero la última vez que estuve en tu presencia, antes de partir hacia Chelestra, me enseñaste que mi salvación estaba en decirte la verdad y eso he hecho, padre. Te he desnudado mi alma, aunque me avergüenza haber puesto al descubierto mi debilidad.
    »Yo no ofrezco consejo, señor. Soy un patryn despierto y estoy presto para actuar, pero no soy sabio. El sabio eres tú, padre mío. Por esto te he venido a plantear este gran dilema. Las serpientes están aquí, padre —añadió Haplo en un tono de voz tétrico—. Están aquí. He visto una de ellas. Iba camuflada como uno de nuestro pueblo, pero la reconocí sin ninguna duda.
    —Estoy al corriente de ello, Haplo. —Xar agarró la mano que retenía la suya.
    — ¿Lo sabes? —Haplo se sentó sobre sus talones con expresión de desconcierto y preocupación.
    —Naturalmente, hijo mío. Dices que soy sabio, pero no debes de considerarme muy brillante — urmuró Xar con cierta aspereza—. ¿Imaginas que no sé lo que sucede en mi propia tierra? He visto a la serpiente y he hablado con ella, tanto anoche como hoy.
    Haplo lo miró en silencio, asombrado.
    —Como dices, es poderosa —concedió Xar con aire magnánimo—. He quedado impresionado. Un enfrentamiento entre nosotros, los patryn, y esas criaturas resultaría interesante, aunque no tengo la menor duda de quién saldría vencedor. Sin embargo, no hay que temer tal enfrentamiento pues no se producirá jamás, hijo mío. Las serpientes son nuestros aliados en esta campaña. Me han jurado fidelidad. Se han inclinado ante mí y me han llamado amo.
    —También lo hicieron conmigo —replicó Haplo en voz baja—, y luego me traicionaron.
    —Eso te sucedió a ti, hijo mío —dijo Xar, y de nuevo se hizo presente la cólera, ahora patente tanto para los observadores visibles como para los invisibles—. ¡Pero esta vez me han jurado lealtad a miiii!
    El perro se incorporó de un brinco con un bufido y miró a su alrededor con gesto de ferocidad.
    —Tranquilo, muchacho —dijo Haplo sin pensarlo—. Sólo era un sueño.
    Xar contempló al animal con desagrado.
    —Creía que te habías librado de esta criatura.
    —Volvió a mí —respondió Haplo, atormentado e inquieto. Se incorporó y se quedó inmóvil donde había hincado la rodilla, como si pensara que la entrevista había llegado a su fin.
    —No exactamente. Alguien te lo devolvió, ¿no es así?
    Xar se puso en pie. Su estatura era prácticamente igual que la de Haplo y, muy probablemente, la fuerza física de ambos era pareja, pues el Señor del Nexo no había permitido que la edad debilitara su cuerpo. Pero en poderes mágicos era muy superior a Haplo. En una ocasión —ésa a la que se había referido el patryn, esa vez en que mintió a su señor—, Xar había desarmado a Haplo. En aquel momento podría haberlo matado, pero había decidido dejarlo vivir.
    —Sí, mi señor —reconoció Haplo. Bajó la vista al perro y añadió—: Alguien me lo devolvió.
    — ¿El sartán llamado Alfred?
    —Sí, señor —respondió con un hilo de voz.
    Xar suspiró. Haplo captó el suspiro, cerró los ojos e inclinó la cabeza. Su señor posó la mano sobre su joven hombro.
    —Hijo mío, te has dejado engañar. Yo sé lo sucedido. Las serpientes me lo han contado. No te traicionaron; vieron el peligro que corrías e intentaron ayudarte, pero te volviste contra ellas y las atacaste. No tuvieron más remedio que defenderse...
    — ¿De unos chiquillos mensch? —Haplo levantó la cabeza con un centelleo en la mirada.
    —Una verdadera lástima, hijo mío. Me han contado que la chica te gustaba.
    Pero debes reconocer que los mensch actuaron como siempre: de forma desordenada, estúpida, sin pensar. Tenían aspiraciones demasiado altas y se entrometieron en asuntos que no podían entender. Al final, como bien sabes, las serpientes fueron indulgentes y ayudaron a los mensch a derrotar a los sartán.
    Haplo movió la cabeza en un gesto de negativa y volvió la vista de su señor al perro.
    La expresión de Xar se hizo más ceñuda. La mano posada en el hombro de Haplo aumentó su presión.
    —Hijo mío, he sido muy indulgente contigo. He escuchado con toda paciencia lo que algunos llamarían quiméricas especulaciones metafísicas. Pero no te confundas —continuó, cuando Haplo se disponía a responder—. Me complace que hayas expuesto y compartido conmigo estos pensamientos pero, una vez respondidas tus dudas y preguntas, como creo que he hecho cumplidamente, me disgusta comprobar que sigues empeñado en tu error.
    »No, hijo mío, déjame terminar. Afirmas confiar en mi sabiduría, en mi juicio.
    Y así era antes, Haplo, sin ninguna duda. Ésta fue la principal razón por la que te escogí para estas delicadas tareas que, hasta hoy, has llevado a cabo a mi entera satisfacción. Pero dime, Haplo, ¿todavía confías ciegamente en mí? ¿O has puesto tu fe en otro?
    —Si te refieres a Alfred, mi señor, te equivocas —replicó Haplo con expresión burlona y un rápido gesto de negativa con la mano—. Y, de todos modos, ya no cuenta. Probablemente, está muerto.
    El patryn bajó la vista al fuego, al perro o a ambos a la vez, durante un largo rato; de pronto, volvió a alzar la cabeza y, con aire resuelto, miró a los ojos a Xar.
    —No, mi señor, no he puesto la fe en ningún otro. Soy leal a ti. Por eso he venido a tu presencia: para ponerte en conocimiento de lo que he visto. ¡No sabes cuánto me gustaría equivocarme!
    — ¿De veras, hijo mío? —Xar estudió a Haplo con mirada inquisitiva y, satisfecho al parecer con lo que veía, se relajó, sonrió y le dio unas afectuosas palmaditas en el hombro—. Excelente. Tengo otra tarea para ti. Ahora que la Puerta de la Muerte está abierta y nuestros enemigos, los sartán, conocen nuestra situación, tenemos que movernos deprisa, más de lo que había proyectado. Dentro de poco, partiré hacia Abarrach para aprender allí las artes nigrománticas...
    Hizo una pausa y dirigió una mirada penetrante a Haplo. La expresión de éste no varió un ápice ni mostró la menor oposición a tal plan. Xar continuó:
    —No tenemos un número de patryn suficiente para formar un ejército pero, si podemos contar con batallones de muertos que combatan por nosotros, no tendremos que desperdiciar las vidas de los nuestros. Y, para conseguirlo, es imprescindible que vaya a Abarrach, y que lo haga lo antes posible, pues soy lo bastante sabio —hizo un seco énfasis en el término— como para comprender que deberé dedicar mucho tiempo y esfuerzo al estudio antes de poder dominar el arte de resucitar a los muertos.
    »Pero este viaje representa un problema. Tengo que ir a Abarrach pero, al mismo tiempo, es indispensable que acuda a Ariano, el mundo del aire. Te explicaré: esa necesidad de viajar allí tiene que ver con esa gran máquina de Ariano, ese gigantesco artefacto al que los mensch denominan, un tanto estrafalariamente, la Tumpa-chumpa.
    »En tu informe, Haplo, decías que descubriste informaciones dejadas por los sartán según las cuales habían construido la Tumpa-chumpa para conseguir la alineación de las islas flotantes de Ariano.
    Haplo asintió.
    —No sólo para alinearlas, señor, sino también para enviar a continuación un chorro de agua que alcanzara las islas superiores, en la actualidad secas y yermas.
    —Quien gobierne la máquina, domina el agua. Y quien domina el agua, gobierna a quienes deben bebería para no perecer.
    —Sí, señor.
    —Refréscame la memoria sobre la situación política en Ariano cuando abandonaste ese mundo.
    Xar permaneció de pie. El resumen tenía que ser breve, evidentemente, e iba destinado al propio Haplo, más que a su señor. Xar había releído muchas veces el informe de su subordinado y lo conocía de memoria. Haplo, en cambio, había visitado otros tres mundos desde su estancia en Ariano. Por eso habló con un titubeo, tratando de refrescar la memoria.
    —Los enanos, que en Ariano son conocidos como «gegs», viven en las islas inferiores, cerca del Torbellino. Ellos son quienes hacen funcionar la máquina, o más bien quienes la atienden, ya que la máquina funciona sola. Los elfos descubrieron que la máquina podía suministrar agua para su imperio, situado en el Reino Medio de ese mundo. Ni los humanos ni los elfos que habitan en el Reino Medio pueden acumular reservas de agua en su territorio, debido a la naturaleza porosa de los continentes flotantes.
    »Los elfos viajaban a los reinos inferiores en sus mágicas naves dragón, compraban el agua a los enanos y les pagaban con chucherías sin valor y artilugios inútiles desechados en los reinos élficos. Un enano llamado Limbeck descubrió la explotación a que sometían los elfos al pueblo enano y en estos momentos (o, al menos, cuando abandoné ese mundo) encabeza la rebelión contra el imperio elfo mediante el corte del suministro de agua.
    »Los elfos también tienen otros problemas. Un príncipe exiliado ha organizado otra rebelión contra el régimen tiránico que actualmente ostenta el poder. Los humanos, a su vez, se están uniendo bajo el mando de un rey y una reina y están plantando resistencia al dominio elfo.
    —Un mundo en caos —dijo Xar con satisfacción.
    —Sí, señor —respondió Haplo, sonrojándose. Se preguntó si el comentario no sería un sutil reproche por las palabras pronunciadas antes, un recordatorio ole que los patryn querían ver los mundos sumidos en el caos.
    —El pequeño Bane debe volver a Ariano —declaró Xar—. Es vital que tomemos el control de la Tumpa-chumpa antes de que los sartán regresen y la reclamen. Bane y yo hemos llevado a cabo un estudio pormenorizado de la máquina. Ese chiquillo la pondrá en funcionamiento e iniciará el proceso para realinear las islas. Sin duda, esto perturbará aún más la vida de los mensch y causará pánico y terror. Entonces, en medio del tumulto, entraré en Ariano con mis legiones, restauraré el orden y, gracias a ello, seré visto como un salvador. — Con un encogimiento de hombros, Xar añadió—: Conquistar Ariano, el primero de los mundos en caer bajo mi poder, será sencillo.
    Haplo se dispuso a preguntar algo, pero se detuvo antes de abrir la boca y contempló las brasas medio apagadas con aire pensativo.
    — ¿Qué sucede, hijo mío? —Inquirió Xar con suavidad—. Sé franco. Tienes dudas, ¿verdad? ¿Cuáles?
    Haplo asintió.
    —Las serpientes, señor. ¿Qué hay de las serpientes?
    Xar apretó los labios y entrecerró los ojos alarmantemente. Con las manos a la espalda y los dedos largos y firmes entrelazados, mantuvo el círculo tranquilizador de su ser. El Señor del Nexo rara vez se había sentido tan furioso.
    —Las serpientes harán lo que yo les ordene. Igual que tú, Haplo. Igual que todos mis súbditos.
    Su voz no había subido de volumen ni había cambiado su tono apacible, pero el observador invisible de la estancia en sombras se estremeció y se encogió en su taburete, agradeciendo no ser él quien se consumía bajo el calor de la ira del poderoso Xar.
    Haplo comprendió que había disgustado a su señor y recordó el castigo que había recibido una vez. Instintivamente, se llevó la mano al nombre rúnico tatuado sobre su corazón, al signo que era la raíz y fuente de todo su poder mágico, el inicio del círculo.
    De improviso, Xar se inclinó hacia adelante y posó una mano vieja y nudosa sobre las de Haplo y la otra sobre el corazón de su siervo.
    Haplo se encogió y exhaló un breve suspiro, pero no se movió de donde estaba. El observador invisible apretó los dientes. Por mucho que lo complaciera presenciar la caída de Haplo, también sentía unos profundos celos del patryn por su evidente proximidad al Señor del Nexo, una proximidad que el observador sabía que no podría alcanzar jamás.
    —Perdóname, padre —dijo Haplo simplemente, con una dignidad nacida de una sincera contrición, no del miedo—. No te fallaré. ¿Cuáles son tus órdenes?
    —Escoltarás al pequeño Bane hasta Ariano. Una vez allí, lo ayudarás en la puesta en funcionamiento de la Tumpa-chumpa. También harás todo lo que sea necesario para fomentar el caos y la revuelta en ese mundo. Esto último debería resultar sencillo. Ese líder enano, el tal Limbeck, te aprecia y confía en ti, ¿verdad?
    —Sí, señor. —Haplo no se había movido un ápice al contacto de la mano de su señor con su pecho, a la altura del corazón—. ¿Y cuando lo haya conseguido?
    —Aguardarás en Ariano mis instrucciones.
    Haplo asintió en muda aceptación.
    Xar lo retuvo un momento más y percibió bajo las yemas de sus dedos el latido vital de Haplo, consciente de que podía penetrar en aquella vida en un abrir y cerrar de ojos, si se lo proponía, y consciente de que Haplo también se daba cuenta de ello.
    Haplo exhaló otro suspiro, esta vez profundo y estremecido, e inclinó la cabeza. Su señor se le acercó aún más.
    —Hijo mío... Mi pobre hijo atormentado. Soportas mi contacto con tal entereza...
    Haplo alzó la cabeza. Con el rostro sonrojado, encorajinado, respondió:
    —Porque, mi señor, ni tú ni nadie podría infligirme un dolor peor al que soporto dentro de mí.
    Desasiéndose de la mano de Xar, Haplo abandonó bruscamente la sala, retirándose de la presencia de su señor. El perro se incorporó de un brinco y corrió tras él acompañado del leve traqueteo de sus pezuñas. Instantes después, se oyó un portazo.
    Xar contempló la marcha de Haplo sin gran satisfacción.
    —Me estoy cansando de esas dudas, de esos gimoteos. Te daré una oportunidad más de demostrar tu lealtad —murmuró.
    El observador abandonó su taburete y se deslizó hasta la sala, ahora envuelta en sombras puesto que el fuego se había extinguido casi por completo.
    —No te ha pedido permiso para marcharse, abuelo —apuntó con voz aguda—.
    ¿Por qué no lo has detenido? Yo lo habría mandado azotar.
    Xar miró a su alrededor sin sorprenderse de la presencia del chiquillo o del hecho de que hubiera estado escuchando la conversación; incluso le resultaba divertido el tono vehemente que utilizaba.
    — ¿De veras, Bane? —Inquirió Xar, sonriendo afectuosamente al muchacho y alargando una mano para revolver sus rubios cabellos—. Recuerda una cosa, pequeño: el amor rompe el corazón; el odio lo fortalece. Quiero a Haplo abrumado, contrito y arrepentido.
    —Pero Haplo no te ama, abuelo —exclamó Bane, sin terminar de entender. Se acercó a Xar y lo miró con adoración—. El único que te ama soy yo, y te lo demostraré. ¡Ya lo verás!
    — ¿Lo dices en serio, Bane? —El anciano Señor del Nexo dio unas palmaditas de aprobación al muchacho y lo acarició con afecto.
    Un niño patryn jamás habría sido estimulado a experimentar tal cariño, y mucho menos a demostrarlo, pero Xar había tomado gusto por el chiquillo humano. Después de una larga vida solitaria, el poderoso patryn disfrutaba con la compañía del muchacho y se complacía enseñándole. Bane era brillante, inteligente y extraordinariamente hábil para la magia, tratándose de un mensch.
    Y, además de todo esto, al Señor del Nexo le resultaba muy agradable sentirse adorado.
    — ¿Vamos a estudiar las runas sartán esta noche, abuelo? —Preguntó Bane con expectación—. He aprendido algunas nuevas. Y puedo hacerlas actuar. Te lo enseñaré...
    —No, pequeño. —Xar retiró la mano de la cabeza del muchacho y apartó de su cuerpo el firme abrazo del chiquillo—. Estoy cansado y debo estudiar ciertas cosas antes de viajar a Abarrach. Ve a jugar por ahí.
    El muchacho se quedó cabizbajo, pero guardó silencio pues ya había aprendido la dura lección de que discutir con Xar era tan inútil como peligroso.
    Bane recordaría el resto de su vida la primera vez que había organizado un berrinche de pataleos y sofocos en un esfuerzo por conseguir sus propósitos. El truco siempre le había dado resultado con otros adultos, pero con el Señor del Nexo no tuvo éxito.
    Y el castigo había sido inmediato, duro y severo.
    Bane no había respetado a ningún adulto hasta aquel momento. En adelante, respetó a Xar, lo temió y terminó por amarlo con toda la pasión de la naturaleza afectuosa que había heredado de su madre, ensombrecida y corrompida por su malévolo padre.
    Xar se encaminó a la biblioteca, una dependencia en la que Bane no tenía permitido entrar. El pequeño regresó a sus aposentos para trazar de nuevo la elemental estructura rúnica sartán que finalmente, tras muchos y concienzudos esfuerzos, había conseguido reproducir y hacer actuar. Una vez a solas en su habitación, Bane se detuvo.
    Acababa de tener una idea. La revisó para asegurarse de que no tenía ningún punto débil, pues era un chico muy listo y había aprendido muy bien las lecciones de Xar acerca de avanzar con cautela y con muchas reflexiones en cualquier empresa.
    El plan parecía impecable. Si lo descubrían, siempre podría salirse con la suya a base de lamentos, lágrimas o encanto. Aquellos trucos no funcionaban con el hombre al que había adoptado como abuelo, pero Bane no sabía que fallaran jamás con otros adultos.
    Incluido Haplo.
    Bane agarró una capa oscura, se la echó sobre sus enclenques hombros, salió de la casa de Xar y se confundió con las sombras crepusculares del Nexo.
    CAPÍTULO 6
    EL NEXO
    Preocupado, Haplo abandonó la casa de su señor y echó a andar sin una idea clara de adonde iba. Deambuló por los senderos del bosque, varios de los cuales se entrecruzaban en dirección a diferentes partes del Nexo. La mayor parte de sus pensamientos estaba concentrada en reconstruir la conversación con su señor, tratando de encontrar en ella alguna esperanza de que Xar hubiera escuchado su advertencia y estuviese en guardia contra las serpientes.
    No tuvo mucho éxito en su búsqueda, pero no podía culpar de ello a su señor.
    En Chelestra, aquellas bestias lo habían seducido también a él con sus lisonjas, con su actitud de abyecta degradación y de adulador servilismo. Era evidente que las serpientes habían engañado al Señor del Nexo y él, Haplo, tenía que encontrar el modo de convencerlo de que el verdadero peligro eran aquellas criaturas, y no los sartán.
    Con la mayor parte de su mente ocupada en este tema preocupante, Haplo buscó a su alrededor algún rastro de la serpiente, con la vaga idea en la cabeza de que quizá pudiera sorprender a la criatura en un momento de descuido y obligarla a confesar ante Xar sus verdaderas intenciones. Sin embargo, no vio señal del falso patryn. Probablemente, era lo mejor, reconoció para sí de mal talante. Las malévolas criaturas eran astutas y sumamente inteligentes. Cabían pocas esperanzas de que alguna se dejara engatusar. Haplo continuó caminando y reflexionando. Por fin, abandonó el bosque y se encaminó a la ciudad del Nexo entre prados bañados por la media luz.
    Después de haber visto otras ciudades sartán, Haplo sabía que la del Nexo también era obra suya.
    Una altísima torre helicoidal de cristal, sostenida por columnas, se alzaba sobre una cúpula formada por arcos de mármol en el centro de la ciudad. La aguja central estaba enmarcada por otras cuatro, en un conjunto armonioso. En un nivel inferior había otras ocho enormes torres y entre ambos niveles se extendían grandes terrazas de muros de mármol. Allí, en las terrazas, se alzaban viviendas y tiendas, escuelas y bibliotecas, todo aquello que los sartán consideraban necesario para una vida civilizada.
    Haplo había visto una ciudad idéntica en el mundo de Pryan y otra muy similar en Chelestra. Observando la ciudad desde la distancia, contemplándola con los ojos de quien ha visto a sus hermanas y reconoce un desconcertante parecido de familia, Haplo creyó comprender por fin la razón de que su señor hubiera decidido no vivir dentro de sus paredes de mármol.
    —No es más que otra prisión, hijo mío —le había dicho Xar—. Una prisión diferente del Laberinto y, en cierto modo, aún más peligrosa. Aquí, en su mundo crepuscular, los sartán esperaban que nos haríamos tan apacibles como el aire, tan grises como las sombras. Planeaban nacernos caer presa de los lujos y de la vida fácil. De cumplirse sus intenciones, nuestras espadas de afilada hoja se oxidarían en sus vainas tachonadas de piedras preciosas.
    —Entonces, nuestra gente no debería vivir en la ciudad —había protestado Haplo—. Deberíamos abandonar esos edificios e instalarnos en el bosque —había propuesto. En aquel tiempo, Haplo era joven y estaba lleno de rabia.
    Pero Xar se había encogido de hombros.
    — ¿Y desperdiciar todas estas excelentes construcciones? No. Los sartán nos subestiman si creen que nos dejaremos seducir tan fácilmente. Volveremos su plan contra ellos: nuestro pueblo descansará y se recuperará de su terrible prueba y nos haremos fuertes como nunca lo hemos sido. Y entonces estaremos dispuestos para la lucha.
    Así pues, los patryn —los pocos cientos que habían escapado del Laberinto— ocuparon la ciudad y la adaptaron a sus necesidades. Al principio, a muchos les resultó difícil instalarse y sentirse cómodos entre cuatro paredes, pues procedían de un ambiente primitivo y áspero. Pero los patryn son gente práctica, estoica, adaptable. La energía mágica que en otro tiempo habían dedicado a la lucha por la supervivencia se canalizaba ahora en otros usos más constructivos: el arte de la guerra, el estudio del control de mentes más débiles, la preparación de los suministros y equipo necesarios para llevar a cabo una campaña bélica en unos mundos con enormes diferencias.
    Haplo entró en la ciudad y recorrió sus calles, que brillaban como perlas a la media luz. Hasta entonces, siempre que vagaba por el Nexo había experimentado un orgullo y una exaltación desbordantes. Los patryn no son como los sartán. Los patryn no se detienen en las esquinas para charlar de encumbrados ideales, para comparar filosofías o para complacerse en agradables muestras de camaradería.
    Serios y adustos, estoicos y decididos, ocupados en cuestiones importantes que sólo eran asunto de cada cual, los patryn se cruzaban por la calle deprisa y en silencio, con un seco gesto de reconocimiento a veces, como mucho.
    Pero, a pesar de todo, existe entre ellos un sentido de comunidad, de proximidad familiar. Una mutua confianza, completa y absoluta.
    O, al menos, la había habido hasta entonces. Ahora, Haplo miraba a su alrededor con inquietud y recorría las calles con cautela. Se había descubierto a sí mismo mirando ceñudo a cada uno de sus compatriotas patryn, estudiándolos con recelo. Él había visto a las serpientes como áspides gigantescos en Chelestra y, hacía muy poco, se había encontrado con una que tenía el aspecto de uno de los suyos. Ahora, para él no cabía duda de que las perversas criaturas podían adoptar cualquier forma que quisieran.
    Los demás patryn empezaron a notar la extraña conducta de Haplo y a dirigirle miradas sombrías y perplejas que instintivamente pasaban a defensivas si los suspicaces ojos de Haplo parecían amenazar con invadir el terreno personal.
    A Haplo le dio la impresión de que había un montón de extraños en el Nexo, más de los que recordaba. No era capaz de reconocer ni la mitad de las caras que veía. Los que creía reconocer estaban cambiados, diferentes.
    Los signos mágicos de su piel empezaron a emitir un leve resplandor y notó su escozor, su quemazón. Se frotó la mano y miró furtivamente a todos cuantos pasaban cerca de él. El perro, que avanzaba a su lado con un trotecillo alegre, advirtió el cambio experimentado por su amo y, al instante, se puso en guardia él también.
    Una mujer con ropas de mangas largas y anchas que le cubrían los brazos y las manos pasó demasiado cerca de él, o eso le pareció a Haplo.
    — ¿Qué andas haciendo? —exclamó. Alargó la mano, agarró a la mujer por el brazo con rudeza y remangó la ropa para observar las runas de su piel.
    — ¿Pero qué demonios significa esto? —La mujer le lanzó una mirada iracunda, se desasió de él con un ágil y experto giro de muñeca e insistió—: ¿Qué diablos te sucede?
    Otros patryn hicieron un alto en sus cavilaciones privadas y se agruparon al instante frente a la posible amenaza.
    Haplo se sintió ridículo. La mujer era, efectivamente, una patryn.
    —Lo siento —murmuró al tiempo que alzaba las manos, mostrando las palmas desnudas y desprotegidas en señal de que no tenía intención de causar daño y de que no haría uso de la magia— Silencio, perro. Yo... he creído que...
    No podía decirles lo que había creído, lo que había temido. No le habrían creído, igual que había sucedido con Xar.
    —La enfermedad del Laberinto —dijo otra mujer de más edad en tono neutro, práctico—. Yo me ocuparé de él.
    Los demás asintieron; el diagnóstico era correcto. Habían visto reacciones como aquélla a menudo, sobre todo entre los recién llegados del Laberinto. Un terror insensato se adueñaba de la víctima y lo impulsaba a correr por las calles creyéndose de nuevo en aquel lugar espantoso.
    La mujer alargó las manos para tomar entre ellas las de Haplo, para compartir el círculo de sus respectivos seres, para reponer sus sentidos confundidos y desvariantes.
    El perro miró a su amo, inquisitivo. ¿Debo permitirlo? ¿O no?
    Haplo se descubrió mirando fijamente las runas de las manos y los brazos de la segunda mujer. ¿Tenían sentido? ¿Había en ellas orden, sentido y propósito? ¿O era otra serpiente?
    Retrocedió un paso y hundió las manos en los bolsillos.
    —No —murmuró—. Gracias, pero ya estoy bien. Yo... lo siento mucho — repitió sus disculpas a la primera mujer, que lo observaba con fría piedad.
    Con los hombros encogidos y las manos todavía en los bolsillos, Haplo se alejó rápidamente con la esperanza de perderse por las calles zigzagueantes. El perro, confundido, lo siguió pegado a los talones con una mirada desdichada fija en su amo.
    A solas, fuera de la vista de los transeúntes, Haplo se apoyó contra un edificio e intentó contener el temblor que lo atenazaba.
    — ¿Qué me sucede? No confío en nadie, ¡ni siquiera en mi propio pueblo, en mi propia gente! ¡Es cosa de las serpientes! Me han metido el miedo en el cuerpo.
    En adelante, cada vez que vea a alguien, me asaltará la duda: ¿será un enemigo?, ¿será una de ellas? ¡Ya nunca podré confiar en nadie! ¡Y, pronto, todo el mundo en todos los mundos se verá obligado a vivir así! ¡Xar, mi señor! —Gritó con angustia—. ¿Por qué no te das cuenta?
    » ¡Tengo que hacerle entender! —murmuró, febril—. Tengo que nacer que mi pueblo comprenda. ¿Cómo? ¿Cómo puedo convencerlo de algo que yo mismo no estoy seguro de entender? ¿Cómo puedo convencerme yo mismo?
    Anduvo y anduvo sin saber adonde y sin que le importara. Y, por fin, se encontró fuera de la ciudad, en una llanura desolada. Una muralla cubierta de runas sartán de advertencia le impedía el paso. Los signos mágicos, con suficiente poder como para matar, prohibían que nadie se acercara a la muralla desde ninguno de los dos lados. Sólo había un estrecho pasadizo por donde cruzarla.
    Haplo estaba ante la Ultima Puerta, ante el conducto que conducía fuera... o dentro... del Laberinto.
    Se detuvo ante la Puerta sin una idea muy clara de por qué estaba allí, de qué lo había conducido a aquel lugar. La contempló y experimentó la mezcla de sensaciones de repulsión, miedo y amenaza que lo asaltaba cada vez que se aventuraba a acercarse a aquel lugar.
    La tierra a su alrededor estaba en silencio, e imaginó oír las voces de los atrapados al otro lado, sus súplicas de ayuda, sus gritos de desafío, las sonoras maldiciones en sus estertores de muerte contra aquellos que los habían encerrado en tal lugar.
    Haplo se sentía abrumado, como siempre que se acercaba allí. Quería entrar a ayudar, quería unirse a la lucha, quería aliviar a los moribundos con promesas de venganza. Pero sus recuerdos, su temor, eran manos poderosas que lo retenían, que lo paralizaban.
    Pero había acudido allí por alguna razón y, desde luego, no para quedarse plantado ante la Puerta.
    El perro le tocó la pierna con la pata y soltó un gañido, como si quisiera decirle algo.
    —Silencio, muchacho —le ordenó, apartándolo de sí.
    El perro se puso más inquieto. Haplo miró a su alrededor y no vio nada ni distinguió a nadie. Sin prestar atención al animal, volvió a contemplar la Puerta con creciente frustración. Había acudido allí por alguna razón, pero no tenía la más remota idea de cuál.
    —Ya sé lo que es eso —tronó una voz justo a su espalda, en tono conmiserativo—. Ya sé cómo te sientes.
    Haplo acababa de comprobar que estaba absolutamente a solas. Ante las inesperadas palabras, pronunciadas junto a su oído, saltó como un resorte, instantáneamente a la defensiva. Las runas se activaron, esta vez con una agradable sensación de protección.
    Lo único que descubrió fue la figura nada alarmante de un hombre muy anciano, de larga barba rala, vestido con ropas de color plomizo y tocado con un sombrero de punta de aspecto desgarbado. Haplo se quedó mudo de asombro, pero su silencio no preocupó al viejo, que continuó su cháchara.
    —Sé exactamente cómo te sientes. Yo me he sentido igual. Recuerdo que una vez caminaba por ahí pensando en algo tremendamente importante... ¿Qué era?
    Déjame ver... ¡Ah, sí! La teoría de la relatividad. «E igual a eme ce al cuadrado.» ¡Caramba, ya lo tengo!, me dije. Por un instante vi la Imagen Completa y luego, al momento siguiente, ¡zas!, había desaparecido. Sin ninguna razón. Desaparecido, sin más. —El viejo parecía afligido—. ¡Después, un sabiondo llamado Einstein afirmó que se le había ocurrido a él! ¡Hum! Desde entonces, siempre anotaba las cosas en la manga de la camisa, aunque tampoco me daba resultado. Mis mejores ideas... planchadas, dobladas y almidonadas.
    El viejo exhaló un suspiro, y Haplo recuperó el habla.
    — ¡Zifnab! —murmuró con disgusto, pero no relajó su postura defensiva. Las serpientes podían adoptar cualquier forma. Aunque, pensándolo bien, no era ésta precisamente la que escogería una de aquellas criaturas.
    — ¿Zifnab, has dicho? ¿Dónde está? —preguntó el viejo, sumamente airado.
    Con la barba erizada, se volvió en redondo—. ¡Esta vez te voy a dar tu merecido! — exclamó en tono amenazador, agitando el puño hacia el vacío—. ¡Otra vez siguiéndome, pedazo de...!
    —Déjate de comedias, viejo chiflado —intervino Haplo. Puso su mano firme sobre el hombro frágil y delgado del hechicero, lo obligó a volverse hacia él y lo miró fijamente a los ojos.
    Los vio cansados, llorosos e inyectados en sangre. Pero no emitían ningún fulgor rojizo. El viejo quizá no fuese una serpiente, se dijo Haplo, pero desde luego tampoco era quien fingía.
    — ¿Aún afirmas que eres humano? —inquirió en tono burlón.
    — ¿Y qué te hace creer que no lo soy? —replicó Zifnab, con aire profundamente ofendido.
    —Si acaso, subhumano —retumbó una voz grave.
    El perro gruñó, y Haplo se acordó del dragón del viejo. Un dragón auténtico, quizá no tan peligroso como las serpientes, pero también de cuidado. El patryn echó un rápido vistazo a sus manos y observó que los signos mágicos de su piel empezaban a emitir un ligero fulgor azul. Buscó al dragón, pero no distinguió nada con claridad. La parte alta de la muralla y la propia Ultima Puerta estaban envueltas en una niebla gris teñida de rosa.
    — ¡Cállate, rana obesa! —exclamó Zifnab. Al parecer, estaba hablando con el dragón, pero miró a Haplo con incomodidad—. ¿De modo que no humano, eh? — Zifnab se llevó de pronto los índices enjutos al rabillo de los ojos—. ¿Qué, entonces? ¿Un elfo? —dijo, imitando los ojos sesgados de éstos.
    El perro ladeó la cabeza como si encontrara aquello muy divertido.
    — ¿No? —Zifnab hizo un gesto de decepción. Permaneció unos instantes pensativo y, de nuevo, se le iluminó el rostro—. Ya sé: ¡un enano con una tiroides hiperactiva!
    — ¡Viejo...! —empezó a replicar Haplo, impaciente.
    — ¡Espera! ¡No me lo digas! Lo adivinaré. ¿Soy más grande que una caja de pan? ¿Sí, o no? Vamos, responde. —Zifnab parecía un poco confundido. Con el cuerpo inclinado hacia adelante, cuchicheó audiblemente—: Oye, ¿tú no sabrás por casualidad qué es una caja de pan o qué tamaño tiene más o menos, verdad?
    — ¡Eres un sartán! —exclamó Haplo.
    —No, no, nada de eso, muchacho. No estoy seguro de qué es, exactamente, pero desde luego no es lo que dices. Ese bicho no es ningún sartán.
    — ¡No hablo de tu dragón! Me refiero a ti.
    — ¡Ah! No te había entendido. Así que me tomas por un sartán, ¿eh, muchacho? Bueno, debo decirte que me siento muy halagado, pero...
    — ¿Puedo sugerirte que le cuentes la verdad, señor? —dijo la voz atronadora del dragón.
    Zifnab pestañeó y miró a su alrededor.
    — ¿Tú has oído algo?
    —Creo que sería lo más conveniente, señor —insistió el dragón—. De todos modos, ahora ya está al corriente...
    Zifnab se acarició la larga barba blanca y estudió a Haplo con una mirada que, de pronto, se había hecho penetrante y astuta.
    — ¿De modo que crees que debería decirle la verdad, eh?
    —Lo que recuerdes de ella, señor —precisó el dragón con un tonillo melancólico.
    — ¿Recordar? —Zifnab montó en cólera—. Recuerdo muchas cosas, boca de lagarto, y seguro que lamentas escucharlas. Veamos... Berlín, : Tanis el Semielfo estaba en la ducha cuando...
    —Disculpa, señor, pero no tenemos todo el día —lo interrumpió el dragón con voz severa—. El mensaje que recibimos era muy claro: « ¡Grave peligro! ¡Acude inmediatamente!».
    Zifnab asintió, cabizbajo.
    —Sí, supongo que tienes razón. La verdad, ¿eh? Muy bien. Como si me la hubieses arrancado a la fuerza, con astillas de bambú debajo de las uñas y todo eso. Sí... —El viejo exhaló un profundo suspiro, hizo una pausa teatral y completó la frase—: Soy un sartán, efectivamente.
    El raído sombrero cónico le resbaló de la cabeza y cayó al suelo. El perro se acercó, lo olisqueó y soltó un poderoso estornudo. Zifnab recuperó el sombrero con gesto ofendido.
    — ¿Qué significa esto? —Dijo al perro—. ¡Estornudar sobre mi sombrero!
    ¡Mira esto! ¡Mocos de perro...!
    — ¿Y? —inquirió Haplo, mirando con furia al viejo hechicero.
    —...y gérmenes de perro y no sé qué más...
    —No, no. Que eras un sartán, ya lo sabía. Lo deduje en Pryan y ahora lo has confirmado. Tienes que ser uno de ellos, para haber podido cruzar la Puerta de la Muerte. Lo que quiero saber es por qué estás aquí.
    — ¿Que por qué estoy aquí? —Repitió Zifnab vagamente, alzando la vista al cielo—. ¿Por qué estoy aquí?
    El dragón no lo ayudó. El viejo cruzó los brazos y se llevó una mano a la barbilla.
    — ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué estamos cada uno de nosotros? Según el filósofo Voltaire, estamos...
    — ¡Maldita sea! —Estalló Haplo al tiempo que agarraba por el brazo al anciano—. Ven conmigo. Ya le contarás al Señor del Nexo acerca de ese Voltaire...
    — ¡El Nexo! —Zifnab dio un respingo de alarma. Con las manos sobre el corazón, retrocedió unos pasos, vacilante—. ¿Qué significa eso del Nexo? ¡Estamos en Chelestra!
    —No, hechicero —replicó Haplo con aire severo—. Estás en el Nexo, y mi señor...
    — ¡Tú! —Zifnab agitó el puño en dirección al cielo—. ¡Tú, penosa imitación de ómnibus! ¡Nos has traído al lugar equivocado!
    —No, nada de eso —lo contradijo el dragón, indignado—. Dijiste que nos detendríamos aquí, primero, y luego continuaríamos hacia Chelestra.
    — ¿Eso dije? —Zifnab parecía terriblemente nervioso.
    —Sí, señor, eso dijiste.
    — ¿Y no te comentaría, por casualidad, por qué quería pasar por aquí? No apuntaría a que éste es un gran lugar para comer caparazón de caodín a la barbacoa o algo parecido, ¿verdad?
    El dragón suspiró y respondió:
    —Me parece que mencionaste que querías hablar con este caballero.
    — ¿Qué caballero?
    —Ese con el que hablas en estos momentos.
    — ¡Ah, ése! —exclamó Zifnab con tono triunfal. Alargó la mano y estrechó la de Haplo—. Bien, muchacho, es un placer volver a verte. Lamento las prisas, pero tenemos que marcharnos enseguida, de verdad. Me alegro de que recuperaras el perro. Ahora que te observo, me recuerdas a Harold Square. Buen chico, ese Harold. Trabajaba en una tienda de comestibles de la Quinta Avenida. Y ahora, ¿dónde tengo el sombrero...?
    —Lo tienes en la mano, señor —apuntó el dragón con sufrida paciencia—. Y acabas de volverlo del revés.
    —No, no, éste no es el mío, seguro. Debe de ser el tuyo. —Zifnab intentó poner el sombrero en las manos de Haplo—. El mío era mucho más nuevo. Estaba en mejor estado. Este está cubierto de tónico capilar por todas partes. ¡No intentes engañarme cambiando nuestros sombreros, muchacho!
    — ¿Dices que vais a Chelestra? —inquirió Haplo, tomando a su cuidado el sombrero con gesto despreocupado—. ¿Para qué?
    —No es idea nuestra. ¡Nos han convocado! —Declaró Zifnab dándose aires de importancia—. Una llamada urgente a todos los sartán: «Grave peligro. Acude inmediatamente». Yo no estaba haciendo nada de provecho en este momento así que... Oye —añadió, mirando al patryn con cierto nerviosismo—, eso que tienes en la mano, ¿no es mi sombrero?
    Haplo había vuelto del derecho el capirote y lo sostenía justo fuera del alcance del viejo.
    — ¿Quién envió el mensaje?
    —No venía firmado. —Zifnab no apartó la vista del sombrero.
    — ¿Quién envió el mensaje? —insistió Haplo, y empezó a dar vueltas al sombrero entre las manos.
    Zifnab alargó la suya, temblorosa.
    — ¿Te importaría no estrujar el ala...?
    Haplo apartó el sombrero. Zifnab tragó saliva.
    —Samuel. Sí, señor. Así se llamaba quien lo envió: Samuel... ¿o era Samil?
    —Samuel, Samil... ¡Te refieres a Samah! De modo que anda reuniendo a sus huestes. ¿Qué se propone hacer, dime?
    Haplo bajó el sombrero hasta dejarlo a la altura del hocico del perro. Esta vez, el animal lo olisqueó con cautela antes de ponerse a roer la punta ya informe.
    Zifnab soltó un grito agudo.
    — ¡Ay! ¡Oh, cielos! Yo... creo que dijo algo... ¡No, por favor! ¡Anda, sé un buen perrito y no lo babees! Algo acerca de... de Abarrach. Nigromancia. No..., no sé nada más, me temo. —El viejo se cogió las manos y lanzó una mirada de súplica a Haplo—. ¿Me devuelves el sombrero, ahora?
    —Abarrach... Nigromancia. De modo que Samah piensa ir a Abarrach a aprender el arte prohibido. Ese mundo va a hacerse muy visitado. A mi señor le interesará mucho la noticia. Creo que será mejor que te lleve conmigo...
    —A mí no me lo parece.
    La voz del dragón había cambiado. Hendía el aire como un trueno. Los signos mágicos de la piel de Haplo se encendieron en un destello. El perro se incorporó de un brinco, con los dientes al aire, y buscó a su alrededor la amenaza invisible.
    —Devuélvele el sombrero a ese viejo senil —ordenó la voz—. Ya te ha dicho todo lo que sabe. Ese señor tuyo no le sacaría nada más. No trates de enfrentarte conmigo, Haplo —añadió el dragón con tono serio y amenazador—. Podría verme obligado a matarte... y sería una lástima.
    —Sí —intervino Zifnab, aprovechando la preocupación de Haplo por el dragón para avanzar la mano con agilidad. El hechicero recuperó el maltrecho sombrero y empezó a retroceder sobre sus pasos en la dirección de la que procedía la voz del dragón—. Sería una lástima. ¿Quién encontraría a Alfred en el Laberinto? ¿Quién rescataría a tu hijo?
    Haplo lo miró con los ojos como platos.
    — ¿Qué has dicho? ¡Espera!
    Se lanzó tras el viejo. Zifnab se encogió y apretó el sombrero contra el pecho con gesto protector.
    — ¡No, no intentes cogerlo! ¡Déjame!
    — ¡Al diablo tu sombrero! Mi hijo, has dicho... ¿Qué significa eso? ¿Me estás diciendo que tengo un hijo?
    Zifnab miró a Haplo con cautela, sospechando que aún quería arrebatarle el sombrero.
    —Respóndele, viejo idiota —exclamó el dragón—. ¡Es lo que hemos venido a contarle, en primer lugar!
    — ¿De veras? —El anciano dirigió una sonrisa de disculpa hacia lo alto y luego, ruborizado, añadió—: ¡Oh, sí! ¡Es cierto!
    —Un hijo... —repitió Haplo—. ¿Estás seguro?
    —Pues sí, querido muchacho, un retoño. Mis felicitaciones. —Zifnab alargó la mano y estrechó de nuevo la de Haplo—. Aunque, para ser precisos, es una niña —añadió, después de algunas cavilaciones.
    Haplo no prestó atención al último comentario y murmuró con aire agitado:
    —Un hijo. Me estás diciendo que he tenido un descendiente y que..., que está atrapado ahí dentro, en el Laberinto —y señaló la Última Puerta.
    —Me temo que sí —respondió Zifnab con voz grave. De pronto, había adoptado una expresión seria, solemne—. La mujer, esa a la que amaste..., ¿no te lo dijo?
    —No. —Haplo casi no se daba cuenta de lo que decía, ni a quién—. No me dijo... Pero creo que siempre supe... Y, hablando de saber, ¿cómo es que tú...?
    — ¡Aja! ¡Ahí te ha pillado! —Exclamó el dragón—. ¡Explícale eso, si puedes!
    Zifnab bajó la mirada, azorado.
    —Bueno, verás, una vez... Es decir, conocí a un tipo que conocía a alguien que había conocido una vez a...
    — ¿Qué estoy haciendo? —se preguntó Haplo en voz alta. Cruzó por su cabeza la idea de si se estaría volviendo loco—. ¿Cómo ibas a saber nada? Es un truco. Sí, eso es. Un truco para obligarme a volver al Laberinto...
    — ¡Oh, no, querido! ¡Nada de eso, muchacho! —Protestó Zifnab con vehemencia—. Lo que pretendo es evitar eso, precisamente.
    — ¿Y para eso me dices que un hijo mío está atrapado dentro?
    —No digo que no debas volver, Haplo. Pero no debes hacerlo ahora. No es el momento. Te queda mucho por hacer, antes. Y, sobre todo, no debes volver solo. — El viejo hechicero entrecerró los ojos—. Al fin y al cabo, eso es lo que estabas pensando hacer cuando nos hemos presentado aquí, ¿me equivoco? ¿No te disponías a entrar en el Laberinto para buscar a Alfred?
    Haplo frunció el entrecejo y no respondió. El perro, al oír el nombre de Alfred, meneó el rabo y alzó el hocico con expectación.
    —Proyectabas encontrar a Alfred y llevarlo contigo a Abarrach —continuó Zifnab sin alzar la voz—. ¿Por qué? Porque allí, en Abarrach, en la llamada Cámara de los Condenados, es donde encontraréis las respuestas. Tú no puedes entrar allí sin ayuda, pues los sartán tienen el lugar muy bien guardado. Y Alfred es el único sartán que se atrevería a desobedecer las órdenes del Consejo y desactivar las runas de protección. Era eso lo que estabas pensando, ¿verdad, Haplo?
    El patryn se encogió de hombros mientras contemplaba la Última Puerta con expresión sombría.
    — ¿Y qué, si así era?
    —Todavía no es el momento. Antes, tienes que poner en funcionamiento la máquina. Entonces, las ciudadelas empezarán a brillar y los durnais despertarán.
    Cuando todo eso suceda, si realmente se produce algún día, el Laberinto empezará a cambiar. Es lo mejor para ti. Y lo mejor para ellos —añadió, con una ominosa indicación de cabeza hacia la Puerta.
    Haplo lo miró, colérico.
    — ¿Alguna vez dices algo coherente?
    Zifnab puso una mueca de alarma y sacudió la cabeza.
    —Intento que no. Me da marcha. Pero me has interrumpido y ya no sé qué más iba a decir...
    —Que no debe ir solo —le apuntó el dragón.
    — ¡Ah, sí! No debes ir solo, muchacho —dijo Zifnab con énfasis, como si la idea se le acabara de ocurrir—. Ni al Laberinto, ni al Vórtice. Y menos aún a Abarrach.
    El perro lanzó un ladrido, herido en lo más hondo.
    — ¡Oh, perdóname! —Añadió Zifnab y, alargando la mano, dio unas tímidas palmaditas en la cabeza al animal—. Mis sinceras disculpas y todo eso. Sé que tú estarás con él, pero me temo que no será suficiente con eso. Me refería más bien a un grupo. A un escuadrón de comandos. Los Doce del patíbulo, Los héroes de Kelly, Los siete magníficos o El equipo A. Una cosa así. Bueno, quizás El equipo A, no; demasiado perfeccionismo, tal vez, pero...
    —Señor —intervino el dragón, exasperado—, ¿necesito recordarte que estamos en el Nexo? ¡Éste no es, precisamente, el lugar que yo escogería para dedicarme a fantasías de chiquillo!
    — ¡Ah, sí! Tal vez tengas razón. —Zifnab agarró el sombrero y miró a su alrededor con nerviosismo—. Este sitio ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí. Los patryn habéis hecho maravillas. Supongo que no tengo tiempo para echar una mirada a...
    —No, señor —dijo el dragón con firmeza.
    — ¿Y tal vez...?
    —Tampoco, señor.
    —Supongo que tienes razón. —Zifnab suspiró y se echó sobre los ojos el ala del sombrero raído y deformado—. La próxima vez, entonces. Adiós, querido muchacho. —Tanteando a ciegas, el viejo estrechó con gesto solemne la pata del perro, tomándola aparentemente por la mano de Haplo—. La mejor de las suertes.
    Te dejo con el consejo que Gandalf le dio a Frodo Bolsón: «Cuando viajes, hazlo bajo el nombre de señor Sotomonte». Un consejo bastante inútil, en mi opinión; creo que, como hechicero, Gandalf estaba muy sobrestimado. De todos modos, algo debía de significar ese dicho; de lo contrario, ¿para qué se habrían molestado en escribirlo? Para mí, deberías considerar en serio la idea de cortarte las uñas...
    —Llévatelo de aquí —aconsejó Haplo al dragón—. Mi señor podría presentarse en cualquier momento.
    —Sí, señor. Creo que será lo mejor.
    Una enorme cabeza de escamas verdes asomó entre las nubes.
    Las runas de la piel de Haplo se iluminaron al máximo, y el patryn retrocedió hasta que su espalda chocó con la Última Puerta. El dragón, sin embargo, no le prestó atención. Unos colmillos enormes, que le sobresalían de ambas mandíbulas, ensartaron al hechicero por las aberturas de sus ropas de color ceniciento y, sin la menor delicadeza, lo levantaron del suelo.
    — ¡Eh, suéltame, sapo deforme! —gritó Zifnab, agitando furiosamente brazos y piernas en el aire. Luego, empezó a estornudar y a toser—. ¡Puaj! Con ese aliento podrías tumbar al mismísimo Godzilla. ¡Que me bajes, te digo!
    —Sí, señor —dijo el dragón entre dientes, mientras sostenía al mago a una decena de metros del suelo—. Si es eso lo que quieres realmente, señor.
    Zifnab levantó el ala del sombrero y vio dónde estaba. Con un escalofrío, volvió a calarse el sombrero hasta los ojos.
    —No. He cambiado de idea. Llévame a... ¿dónde dijo Samah que nos reuniéramos con él?
    —En Chelestra, señor.
    —Sí. Rumbo a allí, pues. Esperemos que no sea un viaje sólo de ida. A Chelestra, y veamos qué sucede.
    —Sí, señor. Con toda diligencia.
    El dragón desapareció entre las nubes transportando al hechicero, que parecía, desde aquella distancia, un auténtico ratoncillo sin fuerzas. Haplo permaneció alerta hasta estar seguro de que el dragón había desaparecido. Poco a poco, la luz azulada de las runas tatuadas se apagó. El perro se relajó y se echó para rascarse.
    Haplo volvió la vista hacia la Ultima Puerta. Tras los barrotes de acero se distinguían las tierras del Laberinto. Una llanura desolada, sin un árbol, matorral o seto tras el que refugiarse, se extendía desde la Puerta hasta los bosques sombríos de la lejanía.
    La última travesía, la más mortífera. Desde aquellos árboles se alcanza a ver la Puerta, la libertad. Parece tan cercana...
    Uno echa a correr. Sale a campo abierto, desnudo y desprotegido. El Laberinto le permite llegar hasta media planicie, a medio camino de la libertad, y entonces le envía sus maléficas legiones de caodines, lobunos y dragones. La propia hierba se alza y le traba los pies; las enredaderas lo aprisionan. Y eso es cuando uno intenta salir.
    Volver a entrar resultaba mucho peor. Haplo lo sabía por—que había visto a su señor luchar contra aquella prisión siniestra cada vez que cruzaba la Puerta. El Laberinto odiaba a aquellos que habían escapado de sus garras y no quería otra cosa que arrastrar de nuevo tras el muro a su antiguo prisionero y castigarlo por su temeridad.
    — ¿A quién intento engañar? —Preguntó Haplo al perro—. El viejo tiene razón. Yo solo no llegaría vivo a la primera línea de árboles. Me pregunto qué habrá querido decir ese viejo chiflado con eso del Vórtice. Me parece recordar haber oído a mi señor mencionar algo al respecto en una ocasión. Se supone que es el centro mismo del Laberinto. ¿Y Alfred está ahí? ¡Sí, sería muy propio de Alfred hacerse llevar justo al centro de un lugar así!
    Haplo dio un puntapié a un montón de guijarros. Una vez, hacía mucho tiempo, los patryn habían intentado derribar la muralla. Su señor los había detenido, y les había hecho ver que, aunque la muralla les impedía entrar, también impedía la salida al mal.
    «Quizás el mal está dentro de nosotros», había dicho ella antes de dejarlo.
    —Un hijo —murmuró Haplo, con la mirada fija en la Puerta—. Solo y desamparado, igual que yo. Quizás ha visto morir a su madre, como yo. ¿Qué edad tendrá ahora, seis, siete...? Si aún sigue vivo.
    Haplo cogió del suelo una piedra de buen tamaño y la arrojó a través de la Puerta. La lanzó con todas sus fuerzas, alargando el brazo hasta casi dislocarse el hombro. El dolor que le recorrió el cuerpo le sentó bien. Al menos, mejor que la punzada amarga que le atravesaba el corazón.
    Aguardó a ver dónde caía la piedra; a una buena distancia en la planicie yerma. Sólo tenía que cruzar la reja y caminar hasta ella. Sin duda, tenía valor suficiente para aquello. Sin duda, era capaz de hacer aquello por su hijo...
    Bruscamente, dio media vuelta y se alejó. El perro, pillado por sorpresa por el inesperado movimiento de su amo, se vio obligado a correr para ponerse a su altura.
    Haplo se llamó cobarde, pero sabía que la acusación era infundada. Era consciente de su propia valentía, de que su decisión no estaba basada en el miedo sino en la lógica. El viejo tenía razón.
    —Hacerme matar no sería útil a nadie. Ni al pequeño, ni a su madre, si todavía vive, ni a mi pueblo. Ni a Alfred.
    »Pediré a mi señor que me acompañe —decidió, apretando el paso con creciente determinación y vehemencia—. Y mi señor vendrá. Estará impaciente por hacerlo, cuando le haya contado lo que ha dicho el viejo. Juntos nos internaremos en el Laberinto como nunca lo ha hecho él solo. Encontraremos el Vórtice, si existe. Encontraremos a Alfred y... y a quien sea. Después, iremos a Abarrach.
    Llevaré a mi señor a la Cámara de los Condenados y allí descubrirá por sí mismo...
    —Hola, Haplo. ¿Cuándo has vuelto? —inquirió una voz infantil.
    — ¡Oh! ¡Bane! —murmuró.
    —Yo también me alegro de verte —dijo el niño con una sonrisa irónica de la que Haplo no hizo caso.
    Estaba otra vez en el Nexo. Había entrado en la ciudad sin darse cuenta.
    Tras el saludo, Bane se marchó corriendo. Haplo lo miró mientras se alejaba y no lamentó perderlo de vista. Necesitaba estar a solas con sus pensamientos. En su carrera por las calles del Nexo, Bane sorteó a los patryn que le salían al paso, quienes lo observaron con paciente tolerancia. Los niños eran seres escasos y preciados: la continuación de la raza.
    Haplo recordó vagamente que le habían adjudicado la tarea de llevar a Bane de vuelta a Ariano y ayudarlo a poner en acción la máquina.
    Poner en acción la máquina.
    Bueno, aquello podía esperar. Esperar a que volviera del Laberinto y...
    «Tienes que poner en funcionamiento la máquina. Entonces, las ciudadelas empezarán a brillar y los durnais despertarán. Cuando todo eso suceda, si realmente se produce algún día, el Laberinto empezará a cambiar. Es lo mejor para ti. Y lo mejor para ellos.» — ¿Oh, qué sabrás tú, viejo hechicero? —Murmuró Haplo—. Sólo eres otro sartán chiflado...
    CAPÍTULO 7
    EL NEXO
    Bane había estudiado detenidamente a Haplo durante unos momentos, después de su saludo, y había advertido que el patryn estaba más atento a sus meditaciones que a los elementos externos.
    Excelente, pensó el chiquillo, y siguió corriendo. Ya no importaba si Haplo lo veía. Probablemente, ni siquiera habría importado si lo hubiera visto un rato antes, mientras lo observaba.
    Los adultos tenían una marcada tendencia a no fijarse en la presencia de un niño, a tratarlo como si fuera un animal estúpido e incapaz de entender lo que sucedía a su alrededor, lo que se hablaba. Bane había descubierto esta tendencia muy temprano en su corta vida, y la había utilizado para su provecho.
    Pero Bane había aprendido también a tener cuidado con Haplo. Aunque el pequeño lo despreciaba, como a casi todos los adultos, se había visto forzado —a regañadientes— a guardar cierto respeto a aquel patryn, que no era tan estúpido como la mayoría de los adultos. Por eso, Bane había adoptado precauciones extraordinarias. Pero ahora ya no eran necesarias; ahora, lo urgente era darse prisa.
    Siguió corriendo por un sendero del bosque y tropezó con un patryn al que estuvo a punto de derribar al suelo y que volvió la cabeza para seguir la carrera del chiquillo con unos ojos que reflejaban el crepúsculo con un destello rojo.
    Cuando llegó a la casa del señor, Bane abrió la puerta de un empujón y corrió al estudio.
    El señor no estaba allí.
    Por un instante, se dejó llevar por el pánico. ¡Xar ya se había marchado a Abarrach! Entonces, se detuvo un momento a recuperar el aliento y reflexionó.
    No, imposible. El señor no le había dado sus instrucciones finales ni se había despedido. Bane respiró más tranquilo y, con la cabeza más clara, supo dónde encontrar a su «abuelo» adoptivo.
    Deambuló por la gran mansión hasta llegar a una puerta de la parte posterior y sanó a una gran explanada de suave y verde césped.
    En el centro se encontraba una nave cubierta de runas. Haplo la habría reconocido, pues era idéntica hasta el menor detalle a la que había pilotado a través de la Puerta de la Muerte hasta Ariano. Limbeck, el geg de Ariano, también la habría reconocido, pues era igual a la que había descubierto embarrancada en una de las islas de Drevlin, en Ariano.
    La nave era perfectamente redonda y había sido forjada de metal y magia. El casco exterior estaba cubierto de signos mágicos que envolvían el interior del vehículo en una esfera de poder protector. La escotilla estaba abierta, y de ella salía una luz brillante. Bane vio una silueta moviéndose en el interior.
    — ¡Abuelo! —exclamó, y corrió hacia la nave.
    El Señor del Nexo hizo un alto en su actividad y se asomó por la escotilla.
    Bane no alcanzaba a ver su rostro, recortado contra la potente luz, pero el pequeño sabía, por la rigidez de su porte y la leve inclinación de sus hombros, que Xar estaba irritado por la interrupción.
    —Estaré contigo enseguida —le dijo Xar antes de desaparecer de nuevo en el interior de la nave para continuar sus quehaceres—. Vuelve a tus lecciones...
    — ¡Abuelo! ¡He seguido a Haplo! —El chiquillo jadeó, recuperándose del esfuerzo—. Se disponía a entrar en el Laberinto, pero ha aparecido un sartán que lo ha convencido para que no lo hiciera.
    Dentro de la nave se hizo el silencio y cesó toda actividad. Bane aguardó junto a la boca de la escotilla, respirando a grandes bocanadas. La excitación y la falta de oxígeno se combinaban en su cabeza, mareándolo. Xar reapareció como una silueta oscura recortada contra la potente luz.
    — ¿Qué estás diciendo, pequeño? —inquirió. Su tono de voz era suave, amable—. Cálmate. Relaja esos nervios.
    La mano recia y encallecida del Señor del Nexo acarició los rizos dorados de Bane, empapados en sudor.
    —Yo... temía que te marcharas... sin saberlo —Bane tomó aliento.
    —No, no, pequeño. Estoy haciendo ajustes de última hora, preparativos para la colocación de la piedra de gobierno. Veamos, ¿qué es eso que me contabas de Haplo?
    La voz de Xar era suave, pero su mirada era dura y helada. A Bane no le dio miedo su frialdad, pues aquel hielo tenía por destino quemar a otro.
    —Seguí a Haplo sólo por ver adonde iba. Ya te dije que él no te ama, abuelo.
    Lo vi vagar por el bosque largo rato, buscando a alguien, sin dejar de hablar con ese perro suyo acerca de unas serpientes. Después, al volver a la ciudad, ha estado a punto de organizar una pelea.
    Bane explicó todo aquello con los ojos desorbitados y una expresión de asombro y temor.
    — ¿Haplo? —inquirió Xar con tono incrédulo.
    —Puedes preguntar a quien te parezca. Todo el mundo lo vio. —Bane exageraba ligeramente—. Una mujer dijo que Haplo tenía no sé qué enfermedad.
    Se ofreció a ayudarlo, pero él la apartó de un empujón y se alejó del grupo. Me fijé en su expresión y no era nada agradable.
    —La enfermedad del Laberinto —murmuró Xar, y su expresión se relajó—.
    Nos afecta a todos...
    Bane comprendió que había cometido un error al mencionar la enfermedad, pues con ello había proporcionado una salida a su enemigo, y se apresuró a cerrar tal vía de escape.
    —Haplo se ha acercado hasta la Última Puerta y eso me da mala espina, abuelo. ¿Por qué razón ha tenido que hacerlo? Tú le ordenaste que me llevara a Ariano y ya debería estar aquí, ayudándote a poner a punto la nave. ¿Tengo razón o no?
    Xar entrecerró los ojos, pero se encogió de hombros.
    —Todavía tiene tiempo. La Última Puerta atrae a muchos. Tú no lo entenderías, pequeño...
    — ¡Estaba a punto de entrar ahí, abuelo! —Insistió Bane—. Estoy seguro de ello. Y eso habría sido desafiarte, ¿verdad? Tú no quieres que Haplo entre ahí, ¿verdad? Lo que quieres es que me lleve a Ariano.
    — ¿Cómo sabes que iba a entrar, muchacho? —inquirió Xar. Su voz seguía siendo calmada, pero había en ella un tonillo amenazador.
    — ¡Porque el sartán lo dijo y Haplo no lo negó! —respondió Haplo con aire triunfal.
    — ¿Qué sartán? ¿Un sartán en el Nexo? —Xar casi soltó una carcajada—.
    Debes de estar soñando. O lo has inventado. ¿Se trata de eso, Bane?
    El Señor del Nexo preguntó esto último con voz severa y miró a Bane fijamente.
    —Todo lo que te cuento es cierto —le aseguró Bane con aire solemne—. Un sartán apareció de la nada. Era un viejo que vestía ropas grises e iba ataviado con un sombrero viejo de forma extravagante...
    — ¿Se llamaba Alfred, acaso? —lo interrumpió Xar, ceñudo.
    — ¡No, no! Yo conozco a Alfred, ¿recuerdas, abuelo? No era él. Haplo lo llamó «Zifnab». Dijo que Haplo entraría en el Laberinto para buscar a Alfred, y Haplo aceptó hacerlo. Al menos, no se negó. Luego, el viejo le dijo a Haplo que entrar allí él solo, por su cuenta y riesgo, sería un error; que no conseguiría llegar hasta Alfred con vida. Y Haplo respondió que era preciso que encontrase vivo al sartán porque se proponía llevarlo a la Cámara de los Condenados de Abarrach y demostrarte que estás equivocado, abuelo.
    —Demostrarme que estoy equivocado... —repitió Xar.
    —Eso es lo que dijo Haplo. —Bane no tuvo ningún inconveniente en apartarse de la verdad—. Que iba a demostrarte que estás equivocado.
    Xar movió lentamente la cabeza en gesto de negativa y apuntó:
    —Debes de haberte confundido, muchacho. Si Haplo hubiera descubierto a un sartán en el Nexo, lo habría traído a mi presencia.
    —Desde luego, yo sí que te habría traído a ese viejo, abuelo —dijo Bane—.
    Haplo pudo hacerlo, pero decidió que no. —El chiquillo no hizo ninguna referencia al dragón—. Y alertó al sartán a marcharse enseguida, porque podías presentarte en cualquier momento.
    Xar emitió un siseo entre dientes y la mano nudosa que había estado acariciando los rizos de Bane se cerró en un espasmo, dando un involuntario tirón del cabello al chiquillo. Bane aguantó el dolor con una mueca, pero por dentro se complació ante aquella reacción. Se dio cuenta de que Xar experimentaba otro dolor mucho más intenso que el suyo, y de que sería Haplo quien sufriría las consecuencias.
    De pronto, Xar agarró conscientemente el pelo del chiquillo, le echó la cabeza hacia atrás y lo obligó a fijar sus azules ojos en los suyos, negros como el azabache. El Señor del Nexo mantuvo al niño prendido de su mirada intimidadora largo rato, buscando, penetrando hasta el fondo del alma de Bane. Para ello, no tuvo que hurgar mucho.
    Bane sostuvo su mirada sin un parpadeo, impertérrito entre las ásperas manos de Xar. Éste conocía a fondo al pequeño, sabía de su habilidad y astucia para las mentiras, y Bane sabía que Xar lo sabía. El chiquillo había dejado flotar suficientes verdades como para ocultar las mentiras bajo su superficie. Y, gracias a aquel profundo conocimiento de la conducta de los adultos que había adquirido en las largas horas de soledad cuando no tenía otra cosa que hacer más que estudiarlos, Bane calculó que Xar se sentiría demasiado dolido por la traición de Haplo como para hurgar más profundo.
    —Ya te lo dije, abuelo —dijo pues, de todo corazón—: Haplo no te quiere. El único que te quiere soy yo.
    La mano que sujetaba a Bane se quedó sin fuerzas súbitamente. Xar soltó al muchacho y volvió la vista hacia el crepúsculo con el dolor patente en su demacrado rostro, en el gesto hundido de sus hombros, en la flaccidez de la mano.
    Bane no esperaba aquello y no le gustó. Envidió a Haplo su capacidad para causar tal dolor.
    El amor rompe el corazón.
    Pasó sus brazos en torno a las piernas de Xar y se apretó contra ellas.
    — ¡Lo odio, abuelo! Lo odio por hacerte sentir así. Debería ser castigado, ¿verdad, abuelo? Esa vez que te mentí, me castigaste. Y Haplo ha hecho algo mucho peor. Me contaste que a él también lo castigaste antes de su viaje a Chelestra, que podrías haberlo matado pero no lo hiciste porque querías que aprendiera del castigo. Debes volver a hacerlo, abuelo. Castígalo otra vez.
    Molesto, Xar inició un gesto para desasirse del pegajoso abrazo de Bane, pero se detuvo. Con un suspiro, revolvió de nuevo el cabello del muchacho y su mirada se perdió en el cielo a media luz.
    —Te conté eso, pequeño, porque quería que entendieras la razón de tu castigo, y del suyo. Yo no inflijo dolor a capricho. Del dolor, se aprende; por eso lo siente nuestro cuerpo. Pero algunos, al parecer, prefieren hacer caso omiso de la lección.
    — ¿Entonces, vas a castigarlo otra vez? —Bane alzó la mirada.
    —El tiempo de los castigos ha pasado, muchacho.
    Aunque Bane llevaba un año esperando escuchar aquellas palabras, no pudo evitar un escalofrío al oír pronunciarlas en aquel tono.
    — ¿Vas a matarlo? —susurró, sin aliento.
    —No, hijo —respondió el Señor del Nexo mientras sus dedos jugaban con los rizos dorados—. Lo harás tú.
    Haplo llegó a la mansión de su señor. Una vez dentro, cruzó un salón en dirección a la biblioteca de Xar.
    —Se ha marchado —le anunció Bane, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y la barbilla en las manos. Estaba estudiando runas sartán.
    —Se ha marchado... —Haplo se detuvo, miró a Bane, ceñudo, y volvió la cabeza hacia la puerta que conducía a la biblioteca—. ¿Estás seguro?
    —Compruébalo tú mismo —replicó el chiquillo, encogiéndose de hombros.
    Haplo lo hizo. Penetró en la biblioteca, miró a su alrededor y volvió al salón.
    — ¿Adonde ha ido? ¿Al Laberinto?
    Bane levantó una mano.
    — ¡Ven, perro! ¡Aquí, muchacho!
    El perro se acercó y olisqueó con precaución el libro de runas sartán.
    —El abuelo se ha marchado a ese mundo..., el que está hecho de fuego. Ése donde están los muertos que caminan. —Bane alzó la cabeza y lo miró con sus grandes y brillantes ojos azules—. ¿Querrás hablarme de ese mundo? El abuelo ha dicho que tal vez...
    — ¿A Abarrach? —Inquirió Haplo con incredulidad—. ¿Se ha marchado ya?
    ¿Sin...? —El patryn abandonó el salón a toda prisa—. Perro, quédate —ordenó al animal, que ya se disponía a seguirlo.
    Bane oyó al patryn dando portazos en la parte de atrás de la mansión. Haplo se dirigía en busca de la nave de Xar. Bane sonrió y se estremeció de placer; luego, se serenó rápidamente y siguió fingiendo que estudiaba las runas. Con sus largas pestañas entornadas, dirigió una mirada a hurtadillas al perro, que se había echado sobre la panza y lo observaba con amistoso interés.
    —Te gustaría ser mi perro, ¿verdad? —Preguntó Bane en un murmullo—. Nos pasaríamos el día jugando y te pondría un nombre...
    Haplo regresó con pasos lentos.
    —No puedo creer que se haya marchado. Sin decirme..., sin decirme nada.
    Bane fijó la vista en las runas y recordó las palabras de Xar: «Está claro que Haplo me ha traicionado. Está aliado con mis enemigos. Será mejor, me parece, que no vuelva a verlo cara a cara. No estoy seguro de poder controlar mi cólera».
    —El abuelo ha tenido que irse precipitadamente —dijo al patryn—. Sucedió algo. Alguna noticia inesperada.
    — ¿Qué noticia es ésa?
    ¿Eran imaginaciones de Bane, o Haplo parecía inquieto y compungido? El chiquillo hundió de nuevo el mentón entre las manos para disimular una sonrisa.
    —No sé —murmuró, encogiéndose de hombros—. Cosas de adultos. No presté atención.
    «Debo dejar vivir a Haplo un poco más. Una desafortunada necesidad pero ahora no puedo prescindir de él y tú, tampoco. No discutas mis decisiones. Haplo es el único entre nuestro pueblo que ha estado en Ariano. Limbeck, ese geg que se ocupa del control de la gran máquina, conoce a Haplo y confía en él. Necesitarás ganarte la confianza de los enanos, Bane, si quieres llegar a dominarlos, a dominar la Tumpa-chumpa y, finalmente, el mundo.
    —El abuelo ha dicho que ya te había dado sus órdenes. Tienes que conducirme a Ariano...
    —Ya lo sé —lo interrumpió Haplo, impaciente—. Ya lo sé.
    Bane se arriesgó a echar un vistazo. El patryn no estaba pendiente de él; no le prestaba la menor atención. Haplo, sombrío y pensativo, tenía la mirada fija en el vacío.
    El chiquillo tuvo un brusco sobresalto. ¿Y si Haplo se negaba a ir? ¿Y si decidía entrar en el Laberinto y emprender la búsqueda de Alfred? Xar había dicho que no lo haría, que obedecería sus órdenes. Pero el propio Xar lo había tachado de traidor.
    Bane no quería perderlo: Haplo era suyo. El chiquillo decidió ponerse en acción por su cuenta. Se incorporó de un salto, excitado e impaciente, y se plantó ante el patryn.
    —Estoy preparado para la marcha cuando tú digas. Va a ser divertido, ¿verdad? Ver otra vez a Limbeck, y la Tumpa-chumpa. Ahora sé hacerla funcionar.
    He estudiado las runas sartán, ¿sabes? ¡Será glorioso! —Bane agitó los brazos con medido abandono infantil—. El abuelo Xar dice que los efectos de la máquina se sentirán en todos los mundos, ahora que la Puerta de la Muerte está abierta. Dice que todas las construcciones edificadas por los sartán cobrarán vida y asegura que él notará esos efectos, incluso en un lugar tan remoto como Abarrach.
    Bane estudió con detenimiento a Haplo, tratando de adivinar sus pensamientos. Era difícil, prácticamente imposible. El patryn permanecía impasible, inexpresivo, casi como si no lo hubiera oído. Pero no era así: había estado muy atento. Bane lo sabía.
    «Haplo lo escucha todo y habla poco. Eso es lo que lo hace útil. Y lo que lo hace peligroso.» Y Bane había advertido una ligera, una levísima vibración en sus párpados al mencionar el mundo de Abarrach. ¿Qué era lo que había despertado el interés del patryn: la idea de que la Tumpa-chumpa tuviera algún efecto sobre Abarrach o más bien el recordatorio de que, incluso en Abarrach, Xar conocería qué estaba haciendo, o dejando de hacer, su siervo? Xar sabría cuándo cobraba vida la Tumpa-chumpa. Y, si no notaba nada, empezaría a preguntarse qué había salido mal.
    Bane rodeó la cintura de Haplo con sus brazos.
    —El abuelo me dijo que te diera este abrazo. Me insistió en que te dijera que confiaba en ti, que ponía toda su fe en ti. Está seguro de que no le fallarás. Ni a mí.
    Haplo asió por los brazos a Bane y lo apartó de sí como si se quitara de encima una sanguijuela.
    — ¡Ay! ¡Me haces daño! —gimió el chiquillo.
    —Escúchame bien, muchacho —dijo Haplo con voz torva, sin aflojar la presión—. Dejemos en claro una cosa: te conozco bien, ¿recuerdas? Sé perfectamente que eres un pequeño monstruo intrigante, artero y manipulador.
    Obedeceré la orden de mi amo y te llevaré a Ariano. Me ocuparé de que tengas ocasión de hacer lo que tengas que hacer con esa condenada máquina. Pero no creas que vas a deslumbrarme con la luz de tu aureola, muchacho, porque ya he visto antes esa aureola, y muy de cerca.
    —No te caigo bien —dijo Bane con aire lloroso—. No le caigo bien a nadie, salvo al abuelo. No le he caído nunca bien a nadie.
    Haplo se enderezó con un gruñido.
    —Por eso nos entendemos. Y otra cosa más: yo llevo el mando. Y tú haces lo que te diga. ¿Entendido?
    —Tú me caes bien, Haplo —respondió Bane con otro gimoteo.
    El perro, enternecido, se acercó al pequeño y le lamió el rostro. Bane rodeó el cuello del animal con su brazo.
    «Yo te cuidaré —prometió en silencio al can—. Cuando Haplo haya muerto, serás mi perro. Resultará divertido.» —Por lo menos, a él le gusto —añadió en voz alta, enfurruñado—. ¿Verdad que sí, muchacho?
    El perro meneó el rabo.
    —A este condenado animal le cae bien todo el mundo —murmuró Haplo—.
    Incluso los sartán. Y ahora, ve a tu cuarto y recoge tus cosas. Esperaré aquí a que estés preparado.
    — ¿Puede venir conmigo el perro?
    —Si quiere... Vamos, date prisa. Cuanto antes lleguemos, antes podré volver.
    Bane dejó el salón en una muestra de callada obediencia. Le divertía hacer la comedia ante Haplo, burlarse de él. Le divertía fingir obediencia a un hombre cuya vida tenía entre sus manitas. El chiquillo evocó una conversación, casi la última, que había tenido con Xar.
    «—Cuando hayas completado tu tarea, Bane, cuando la Tumpa-chumpa esté en funcionamiento y te hayas adueñado de Ariano, Haplo dejará de ser imprescindible. Tú te ocuparás de que sea eliminado. Creo que conocías a un asesino en Ariano...» «—Hugo la Mano, abuelo. Pero ya no vive. Mi padre lo mató.» «—Habrá otros asesinos a sueldo. Pero hay algo muy importante que debes prometerme. Tienes que conservar el cadáver de Haplo en buen estado hasta mi llegada.» «— ¿Vas a resucitar a Haplo, abuelo? ¿Piensas hacerlo tu servidor después de muerto, como hacen con los difuntos en Abarrach?» «—Sí, hijo. Sólo entonces podré confiar en él otra vez...» El amor rompe el corazón.
    — ¡Vamos, muchacho! —exclamó Bane de improviso—. ¡Date prisa!
    Acompañado del perro, el chiquillo echó a correr alocadamente hacia sus aposentos.
    CAPÍTULO 8
    WOMBE, DREVLIN REINO INFERIOR
    El viaje a través de la Puerta de la Muerte transcurrió sin incidentes. Haplo sumió a Bane en un sueño mágico casi inmediatamente después de su partida del Nexo. Al patryn se le había ocurrido que el paso de la Puerta de la Muerte se había hecho tan sencillo que incluso un mago mensch con cierta habilidad podía intentarlo, y Bane era un mensch observador, inteligente... e hijo de un hechicero avezado. Por un instante, Haplo había tenido una visión de Bane revoloteando de un mundo a otro... No. Era mejor dormirlo.
    No tuvieron ninguna dificultad en alcanzar Ariano, el mundo del aire.
    Imágenes de los otros mundos pasaron como centellas antes los ojos de Haplo, quien reconoció las islas flotantes de Ariano con facilidad. Pero, antes de concentrarse en ellas, dedicó unos instantes a contemplar los demás mundos que desfilaban ante sus ojos, con radiantes destellos tornasolados como pompas de jabón, antes de estallar y dar paso al siguiente. Todos ellos eran lugares que reconocía, excepto uno. Y éste era el más hermoso, el más intrigante.
    Haplo contempló la visión todo el tiempo que pudo, que apenas fueron unos fugaces segundos. Hubiera querido preguntarle a Xar qué era, pero su señor se había marchado sin darle ocasión a consultarle nada.
    ¿Existía un quinto mundo?
    Haplo rechazó la idea. En ningún escrito de los antiguos sartán aparecía la menor mención a algo semejante.
    El antiguo mundo, entonces.
    A Haplo le pareció mucho mas probable esto último. La imagen deslumbrante que captaba coincidía con las descripciones del mundo antiguo. Pero éste ya no existía, había sido destruido mediante la magia. Tal vez aquello no era más que una evocación vivida, mantenida como estaba para recordar a los sartán lo que un día había sido.
    Pero, si así era, ¿por qué se le ofrecía como una opción? Haplo vio pasar una y otra vez ante sus ojos el carrusel de posibilidades. Siempre en el mismo orden: el extraño mundo de cielo azul y sol luminoso, luna, estrellas, océanos ilimitados y amplias panorámicas; después, el Laberinto, tenebroso y confuso; luego, el Nexo crepuscular y, por fin, los cuatro mundos elementales.
    Si Haplo no hubiera llevado consigo a Bane, habría tenido la tentación de explorar aquel mundo, de seleccionar la imagen en su mente y ver qué sucedía.
    Volvió la vista al niño, que dormía apaciblemente con el brazo en torno al perro, tendidos ambos en un jergón que Haplo había arrastrado hasta el puente para no perder de vista al chiquillo.
    El perro, percibiendo la mirada de su amo, abrió los ojos, parpadeó ociosamente, dio un gran bostezo y, viendo que no era inminente ninguna acción, exhaló un gañido de satisfacción y se apretujó contra el niño, casi derribándolo del catre. Bane murmuró algo en sueños, algo acerca de Xar, y de pronto cerró los dedos en torno al pelaje del animal como si fueran zarpas.
    Con un gemido de dolor, el animal alzó la testuz y miró al muchacho con aire sorprendido, como si se preguntara qué había hecho para merecer aquel trato.
    Luego, sin saber muy bien qué hacer para desasirse, se volvió hacia Haplo en petición de auxilio.
    El patryn, con una sonrisa, forzó al durmiente a abrir los dedos y soltar el pellejo del can; luego, acarició la cabeza de éste, disculpándose. El perro dirigió una mirada desconfiada a Bane, saltó del jergón y se enroscó a los pies de Haplo en la seguridad de la cubierta.
    Haplo volvió a fijar su atención en las visiones, se concentró en la de Ariano y apartó las demás de su cabeza.
    La primera vez que Haplo había viajado a Ariano casi había resultado la última. Poco preparado para las fuerzas mágicas de la Puerta de la Muerte y para las violentas fuerzas físicas existentes en el mundo del aire, se había visto obligado a estrellar la nave en lo que más tarde sabría que era un archipiélago de pequeñas islas flotantes conocido como los Peldaños de Terrel Fen.
    En esta ocasión, estaba preparado para los terribles efectos de la feroz tormenta perpetua que rugía en el Reino Inferior. Los signos mágicos de protección que sólo habían brillado débilmente durante el tránsito de la Puerta de la Muerte, refulgieron con un azul vibrante cuando la primera ráfaga de viento zarandeó la embarcación. Los relámpagos eran casi continuos, deslumbrantes, cegadores. Los truenos retumbaban a su alrededor y el viento los sacudía. El granizo barrió el casco de madera, y la lluvia golpeó la claraboya formando una cortina maciza de agua que impedía la visión.
    Haplo detuvo el avance de la nave y la dejó flotar en el aire. Gracias a la temporada que había pasado en Drevlin, la isla principal del Reino Inferior, sabía que aquellas tormentas eran fenómenos cíclicos. Sólo tenía que esperar a que aquélla terminara; a continuación, vendría un período de relativa calma hasta la siguiente. Durante esta calma, buscaría un lugar para posarse y establecer contacto con los enanos.
    Pensó en la conveniencia de mantener dormido a Bane, pero decidió dejarlo despertar. Tal vez le resultara útil. Un rápido gesto de su mano borró la runa que había trazado sobre la frente del chiquillo.
    Bane se incorporó hasta quedar sentado, pestañeó durante unos instantes, confuso, y por fin dirigió una mirada acusadora al patryn.
    — ¡Me has obligado a dormir!
    Haplo no vio la necesidad de corroborar, comentar o disculpar su acción. Sin dejar de prestar atención a la claraboya bañada por la lluvia, lanzó una breve ojeada al muchacho.
    —Revisa la popa; comprueba si hay alguna grieta o filtración en el casco.
    Bane se sonrojó, enfurecido con el tono imperioso y despreocupado del patryn. Haplo observó la oleada carmesí que se extendió desde el blanco cuello hasta las mejillas. En los ojos azules apareció un destello de rebelión. Xar no había estropeado al chico, que ya llevaba más de un año al cuidado de su señor; no, Xar había hecho mucho por mejorar el carácter de Bane, pero el muchacho tenía la educación de un príncipe de la casa real y estaba acostumbrado a dar órdenes, no a recibirlas.
    En especial, de Haplo.
    —Si has hecho bien tu magia, no debería haber ninguna grieta —replicó en tono irritado.
    —La he hecho como es debido, pero tú ya sabes cómo son las runas. Ya conoces lo delicado que es su equilibrio. La menor astilla podría iniciar una resquebrajadura que podría terminar por partir la nave entera. Es mejor asegurarse, detenerla ahora, antes de que se haga más amplia.
    Se produjo un momento de silencio y Haplo creyó percibir la lucha interior del pequeño.
    — ¿Puedo llevar al perro? —preguntó Bane con voz hosca.
    —Claro —concedió Haplo con un gesto. El niño pareció alegrar el ánimo.
    — ¿Puedo darle una salchicha?
    El perro, al escuchar su palabra favorita, se incorporó de un brinco con la lengua fuera y agitando el rabo.
    —Sólo una —dijo Haplo—. No estoy seguro de cuánto va a durar la tormenta.
    Quizá tengamos que alimentarnos con esas salchichas.
    —Siempre puedes invocar más —dijo Bane alegremente—. Vamos, perro.
    Los dos se alejaron del puente en dirección a la proa de la nave.
    Haplo continuó con la vista fija en la lluvia que se deslizaba por el cristal de la claraboya y recordó el día en que había llevado al pequeño al Nexo...
    —El pequeño se llama Bane, mi señor —informó Haplo—. Ya sé —añadió al momento, al ver el gesto ceñudo de Xar—, es raro que un niño humano lleve un nombre que en la lengua antigua significa veneno, o causa de aflicción, pero, una vez que conozcas la historia, verás que es muy indicado. Encontrarás un relato sobre él aquí, mi señor, en mi diario.
    Xar pasó los dedos por la tapa del documento pero no lo abrió. Haplo permaneció de pie en respetuoso silencio, a la espera de que su señor hablase. La siguiente pregunta no le resultó del todo inesperada.
    —Te pedí que me trajeras de ese mundo un discípulo, Haplo. Ariano es, según lo describes, un mundo en pleno caos: elfos, enanos y humanos combaten entre ellos, y los elfos, entre sí. Una grave escasez de agua, debido al fracaso de los sartán en su intento de alinear las islas flotantes y hacer actuar según lo previsto su máquina fabulosa. Cuando empiece mi conquista, necesitaré un lugarteniente, preferiblemente un mensch, que se instale en Ariano y se ocupe de dominar a sus pueblos en mi nombre mientras yo me dedico a otra cosa. ¿Y tú, ahora, me traes para esa tarea a... un niño de diez años?
    El niño al que se refería estaba dormido en una alcoba de la parte de atrás de la mansión de Xar. Haplo había dejado al perro con él, para que avisara a su amo si el pequeño despertaba. El patryn no se intimidó ante la severa mirada de su señor. Xar no dudaba de su siervo; sencillamente, estaba desconcertado, perplejo...
    Una sensación que Haplo podía comprender muy bien. Había estado preparado para la pregunta y tenía dispuesta la contestación.
    —Bane no es un niño mensch normal, señor. Como verás en el diario...
    —Ya leeré ese diario más tarde, a mi conveniencia. Ahora, estoy muy interesado en escuchar tu informe sobre el niño.
    Haplo asintió sumiso y tomó asiento en la silla que Xar le ofreció con un gesto de la mano.
    —El muchacho es hijo de dos humanos conocidos entre su pueblo como «misteriarcas», unos hechiceros muy poderosos (al menos para lo habitual entre los mensch). El padre se llama Sinistrad y la madre, Iridal. Estos misteriarcas, con su gran conocimiento de la magia, llegaron a considerar al resto de sus congéneres humanos como toscos patanes. Finalmente, abandonaron el caos de luchas del Reino Medio y viajaron hasta el Reino Superior, donde descubrieron una tierra de gran belleza que, por desgracia para ellos, resultó ser una trampa mortal.
    »E Reino Superior había sido creado por la magia rúnica de los sartán, y los misteriarcas no sabían interpretar la magia sartán mejor de lo que un bebé entendería un tratado de metafísica. Las cosechas se agostaban en los campos, el agua era escasa y el aire enrarecido era difícil de respirar. Su gente empezó a morir.
    Los misteriarcas comprendieron que tendrían que abandonar aquel lugar y volver al Reino Medio pero, como la mayoría de los humanos, temían a sus congéneres. Les daba miedo reconocer su debilidad. Y, así, decidieron que, cuando volvieran, lo harían como conquistadores y no como suplicantes.
    »Sinistrad, el padre del muchacho, elaboró un plan notable. El rey humano del Reino Medio, un tal Stephen, y su esposa, Ana, acababan de dar un heredero al trono. Aproximadamente por la misma época, la esposa de Sinistrad, Iridal, también había dado a luz un hijo. Sinistrad cambió a los recién nacidos, llevando a su hijo al Reino Medio y arrebatando al hijo de Stephen a las tierras del Reino Superior. Sinistrad se proponía con ello utilizar a Bane (como heredero al trono)
    para conseguir el control del Reino Medio.
    »Por supuesto, en las tierras del rey Stephen todo el mundo se dio cuenta del cambio de los bebés, pero Sinistrad había tenido la astucia de envolver a su hijo en un hechizo que hacía que quien lo miraba se quedara prendado del pequeño.
    Cuando Bane cumplió un año, Sinistrad se presentó ante Stephen y le informó de su plan. El rey Stephen se vio impotente ante el misteriarca. En sus corazones, Stephen y Ana odiaban y temían al niño cambiado (de ahí que le pusieran ese nombre) pero el encantamiento que lo protegía era tan poderoso que les impedía hacer nada, personalmente, para librarse de él. Por último, llevados de la desesperación, contrataron a un asesino para que se llevara a Bane y le diera muerte.
    »Pero, según resultaron las cosas —añadió con una sonrisa—, fue Bane quien casi asesina al asesino.
    — ¿De veras? —Xar parecía impresionado.
    —Sí, y encontrarás los detalles ahí. —Haplo señaló el diario—. Bane llevaba un amuleto, regalo de Sinistrad, que trasmitía al muchacho las órdenes del mago y hacía llegar a éste todo cuanto el chiquillo escuchaba. De este modo, los misteriarcas espiaban a los humanos y conocían todos los movimientos del rey Stephen. Y no era que Bane necesitara muchas lecciones de intrigante. Por lo que he visto de ese pequeño, podría enseñarle un par de cosas a su propio padre.
    »Bane es inteligente y perspicaz. Posee clarividencia y, aunque no está instruido, tiene grandes dotes para la magia, tratándose de un humano. Fue él quien dedujo cómo funciona la Tumpa- humpa y cuál es su propósito. El diagrama que he incluido ahí es suyo, mi señor. Y es ambicioso. Cuando asimiló la idea de que su padre no se proponía en absoluto gobernar el Reino Medio junto a él, como equipo de padre e hijo, Bane decidió quitar de en medio a Sinistraa.
    »La trama de Bane tuvo éxito, aunque no salió exactamente como él había proyectado. Por una ironía de la vida, la del muchacho fue salvada, precisamente, por el hombre a quien se había contratado para matarlo. Una lástima, por cierto — añadió Haplo, pensativo—. Hugh la Mano era un humano interesante, un combatiente experto y capaz. Me pareció exactamente lo que andabais buscando como discípulo, mi señor. Tenía pensado traerlo conmigo a tu presencia pero, por desgracia, murió combatiendo al hechicero. Una lástima, repito.
    El Señor del Nexo sólo le estaba prestando atención a medias. Había abierto el diario, había descubierto el diagrama de la Tumpa-chumpa y estaba estudiándolo detenidamente.
    — ¿Esto lo ha hecho el niño? —inquirió.
    —Sí, señor.
    — ¿Estás seguro?
    —Yo los estaba espiando cuando Bane le mostró el dibujo a su padre.
    Sinistrad se quedó tan impresionado como tú ahora.
    —Asombroso. Y dices que el niño es encantador, cautivador y atractivo. El encantamiento que le proporcionó su padre no puede ejercer efecto sobre nosotros, desde luego, ¿pero funciona todavía con los mensch?
    Haplo se encogió de hombros.
    —Alfred, el sartán, opinaba que el hechizo ya había sido levantado. Pero Hugh la Mano estaba bajo el influjo del muchacho, fuera por la magia o por mera compasión por un niño a quien nadie había querido nunca y que durante toda su vida no había sido más que un peón. Bane es listo y sabe utilizar su juventud y su encanto para manipular a los demás.
    — ¿Qué hay de la madre del chico? ¿Cómo has dicho que se llamaba, Iridal?
    —Podría traer problemas. Cuando nos marchamos, andaba en busca de su hijo en compañía del sartán, Alfred.
    —Supongo que ella quiere al muchacho para sus propios planes.
    —No; creo que lo quiere porque es su hijo, sin más. En realidad, ella nunca consintió en los proyectos de su esposo, pero Sinistrad ejercía algún tipo de poder terrible sobre ella, que le tenía un gran temor. Y, con la desaparición de Sinistrad, el valor de los demás misteriarcas se vino abajo. A mi marcha, había rumores de que se disponían a abandonar el Reino Superior y proyectaban establecerse entre los demás humanos.
    — ¿Costaría mucho eliminar a la madre?
    —Sería fácil hacerlo, mi señor.
    Xar pasó sus nudosos dedos por las hojas del diario, pero ya no prestaba atención al documento. Ni siquiera lo miraba.
    —«Un niño los conducirá.» Es un viejo dicho humano, Haplo. Has actuado con tino, hijo mío. Incluso diría que tu elección ha sido inspirada. Los mismos mensch que se sentirían amenazados si llegara un adulto para encabezarlos, se sentirán completamente desarmados por este chiquillo de aspecto inocente. El muchacho tiene los típicos defectos humanos, por supuesto: es atolondrado y le falta paciencia y disciplina. Pero, con la debida tutela, creo que puede ser moldeado hasta convertirlo en un ser extraordinario, para tratarse de un mensch. Ya empiezo a ver los trazos maestros de mi plan.
    —Me alegra haberte complacido, mi señor —murmuró Haplo.
    —Sí —respondió en el mismo tono el Señor del Nexo—. «Un niño los conducirá...» La tormenta amainó. Haplo aprovechó la calma relativa para sobrevolar la isla de Drevlin en busca de un lugar donde posar la nave. Había llegado a conocer muy bien aquella zona, en la que había pasado un tiempo considerable durante su anterior visita, preparando la nave elfa para el regreso a través de la Puerta de la Muerte.
    El continente de Drevlin era llano y sin hitos destacables, una simple masa de lo que los mensch denominaban «coralita» flotando en el Torbellino. Con todo, se podían apreciar rasgos identificativos en su superficie gracias a la Tumpa-chumpa, la máquina gigantesca cuyas ruedas, motores, engranajes, brazos, poleas y tenazas se extendían por Drevlin y penetraban profundamente en el interior de la isla.
    Haplo buscaba los Levarriba, nueve brazos mecánicos inmensos hechos de acero y oro que se alzaban hasta las nubes de la vertiginosa tormenta. Estos Levarriba eran la parte más importante de la Tumpa-chumpa, al menos por lo que hacía a los mensch de Ariano, pues estas conducciones aprovisionaban de agua a los reinos áridos situados más arriba. Los Levarriba estaban situados en la ciudad de Wombe, y era allí donde Haplo esperaba encontrar a Limbeck.
    Haplo no tenía idea de cómo había podido variar la situación política durante su ausencia, pero, cuando había abandonado Ariano, Limbeck tenía instalada su base de operaciones en Wombe. Era preciso que encontrara al líder de los enanos, y el patryn se dijo que Wombe era un sitio tan bueno como cualquier otro para iniciar la búsqueda.
    Los nueve brazos, cada uno con su correspondiente mano dorada extendida, eran fáciles de distinguir desde el aire. La tormenta había quedado atrás, aunque nuevas nubes empezaban a acumularse en el horizonte. Los relámpagos se reflejaban en el metal, y la silueta de las manos heladas se recortaba contra las nubes. Haplo se posó en un terreno vacío dejando la nave a la sombra de una parte de la máquina aparentemente abandonada. Al menos, eso fue lo que pensó al observarla, pues no surgía de ella ninguna luz, ni se movía ningún engranaje, ni giraba ninguna rueda, ni había «letricidad», como la denominaban los gegs, que emulara a los relámpagos con su voltaje azulamarillento.
    Una vez a salvo en el suelo, Haplo advirtió que no había luces por ninguna parte. Desconcertado, escrutó el exterior por la claraboya, de cuyo cristal ya se había secado la lluvia. Según recordaba, la Tumpa-chumpa convertía la oscuridad tormentosa de Drevlin en un día artificial perpetuo. Numerosas lámparas brillaban por doquier y varios «lectrozumbadores» enviaban rayos chispeantes hacia el aire.
    Ahora, en cambio, la ciudad y sus alrededores sólo estaban bañados por la luz del sol, la cual, después de filtrarse a través de las nubes del Torbellino, resultaba plomiza y apagada y más deprimente que la oscuridad.
    Haplo se quedó plantado ante el mirador, recordando su última visita y tratando de evocar si había habido luces en aquella parte de la Tumpa-chumpa o si, en realidad, la estaba confundiendo con otra sección de la enorme máquina.
    —Tal vez eso era en Het... —murmuró para sí. Pero enseguida movió la cabeza—. No, no; era aquí, definitivamente. Recuerdo...
    Un golpe sordo y un ladrido de advertencia lo sacaron de sus reflexiones.
    Regresó a la popa. Bane estaba junto a la escotilla, sosteniendo una salchicha justo fuera del alcance del perro.
    —Te la daré —le prometía al perro—, pero sólo si dejas de ladrar. Deja que abra esto, ¿de acuerdo? Buen chico.
    Bane guardó la salchicha en el bolsillo, volvió a la escotilla y empezó a manosear el cerrojo que, normalmente, debería haberse abierto sin esfuerzo.
    El cerrojo, sin embargo, se resistió a sus intentos. Bane lo miró con irritación y descargó su pequeño puño sobre él. El perro mantuvo la vista fija en la salchicha, muy atento a ella.
    — ¿Ibas a alguna parte, Alteza? —inquirió Haplo, apoyado en uno de los mamparos con aire relajado. El patryn había decidido emplear el tratamiento debido a un príncipe humano, con el fin de destacar la figura de Bane como legítimo heredero del trono de las Volkaran, y se había dicho que era mejor empezar a acostumbrarse enseguida, antes de aparecer en público. Naturalmente, tendría que reprimir el tonillo irónico que se le había escapado en esta ocasión.
    Bane dirigió una mirada de reproche al perro, hizo un último y vano intento de forzar el cerrojo recalcitrante y, por fin, se volvió hacia Haplo con una mirada gélida.
    —Quiero salir fuera. Aquí dentro hace calor y me sofoco. Y huele a perro — añadió despectivamente.
    El animal escuchó su nombre y, creyendo que se referían a él con algún comentario amistoso —tal vez en relación con la salchicha—, meneó el rabo y se relamió por anticipado.
    —Has usado la magia para cerrar eso, ¿verdad? —continuó Bane en tono acusador, al tiempo que daba otro empujón a la escotilla.
    —La misma que para el resto de la nave, Alteza. Tuve que hacerlo. De nada serviría dejar una sola parte de ella sin proteger, igual que sería absurdo lanzarse a la batalla con un agujero en mitad de la armadura. Además, no creo que quieras salir ahí fuera ahora mismo. Se avecina otra tormenta, y recuerdas cómo eran las tormentas de Drevlin, ¿verdad?
    —Lo recuerdo. Soy tan capaz como tú de ver aproximarse una tormenta. Y no habría estado demasiado rato fuera. No pensaba ir muy lejos.
    — ¿Adonde ibas, pues, Alteza?
    —A ninguna parte. A estirar un poco las piernas, simplemente.
    — ¿No pensarías entrar en contacto con los enanos por tu cuenta y riesgo?, ¿verdad?
    —Claro que no, Haplo —respondió Bane con los ojos como platos—. El abuelo dijo que me quedara a tu lado. Y yo siempre obedezco al abuelo.
    Haplo apreció el énfasis en esta última palabra y, con una sonrisa torva, murmuró:
    —Bien. Recuerda que estoy aquí para protegerte, ante todo. En este mundo no estás muy seguro. Ni siquiera siendo un príncipe. Hay quien querría matarte sólo por eso.
    —Ya lo sé —dijo Bane con aire sumiso y algo contrito—. La última vez que estuve aquí, casi perdí la vida a manos de los elfos. Creo que no había pensado en ello. Lo lamento, Haplo. —Sus claros ojos azules se alzaron hacia el patryn—. El abuelo ha acertado de lleno al elegirte como mi protector. Tú también obedeces siempre a Xar, ¿verdad, Haplo?
    La pregunta pilló por sorpresa al patryn, que dirigió una rápida mirada a Bane mientras se preguntaba qué pretendía insinuar el chiquillo con sus palabras.
    Nada, tal vez, pero... Por un instante, Haplo creyó distinguir un destello de astucia, socarrón y malévolo, en aquellos grandes ojos azules. Pero no; Bane lo miraba con candidez y no vio en él más que a un niño que hacía una pregunta infantil. Dio media vuelta y anunció:
    —Vuelvo a la sala de gobierno para seguir la vigilancia.
    El perro soltó un gañido y dirigió una mirada patética a la salchicha, aún guardada en el bolsillo de Bane.
    —No me has preguntado si he visto alguna grieta en el casco —le recordó el pequeño.
    — ¿Y bien? ¿Has visto alguna?
    —No. Has obrado la magia bastante bien. No tanto como el abuelo, pero bastante bien.
    —Gracias, Alteza —dijo Haplo y, con una reverencia, se alejó.
    Bane extrajo la salchicha y dio con ella un golpecito juguetón en el hocico al animal.
    —Esto, por delatarme —dijo con un leve tono de reproche.
    El perro clavó la mirada en la salchicha, hambriento y babeante.
    —De todos modos, supongo que ha sido mejor así —continuó Bane, con gesto enfurruñado—. Haplo tiene razón. Me había olvidado de esos malditos elfos. Me gustaría encontrar al que me arrojó de la nave en esa ocasión. Le diría a Haplo que lo arrojara al Torbellino. Y me quedaría mirando mientras cae hasta el mismo fondo. Seguro que oiría sus gritos mucho, muchísimo rato. Sí, el abuelo tenía razón, ahora lo comprendo. Haplo me resultará útil hasta que encuentre a otro.
    Aquí tienes. —Bane bajó la salchicha. El perro la cogió con avidez y la engulló de un bocado. El muchacho le acarició el sedoso pelaje de la cabeza con afecto—.
    Entonces serás mío. Y tú, yo y el abuelo viviremos juntos y no dejaremos que nadie le haga daño nunca más. ¿Verdad, muchacho?
    Bane acercó la mejilla a la testuz del animal y abrazó su peludo cuerpo.
    — ¿Verdad, muchacho?
    CAPÍTULO 9
    WOMBE REINO INFERIOR, ARIANO
    La gran Tumpa-chumpa se había detenido.
    Y, en Drevlin, nadie sabía qué hacer. Nunca, en toda la historia de los gegs, había sucedido nada parecido.
    La fabulosa máquina venía funcionando desde que los gegs alcanzaban a recordar (y, tratándose de enanos, eso significaba realmente mucho tiempo).
    Funcionaba y funcionaba; febril, serena, frenética y torpemente, no había dejado de funcionar jamás. Incluso cuando se descomponía alguna parte, la máquina seguía funcionando; otras partes se ponían en acción para reparar las estropeadas. Nadie estaba completamente seguro de qué hacía la Tumpa-chumpa, pero todos sabían que funcionaba bien, o al menos lo daban por sentado.
    Pero, ahora, se había detenido.
    Los lectrozumbadores ya no zumbaban, sino que emitían un leve murmullo (de mal agüero, según algunos). Las girarruedas ya no giraban ni impulsaban engranajes, sino que permanecían absolutamente inmóviles, salvo un ligero temblor. Las centellas rodantes también se habían detenido, interrumpiendo el transporte a través del Reino Inferior. Las mordazas metálicas de los vehículos, que se cerraban en torno al cable del cual iban suspendidos éstos y —con la ayuda de los lectrozumbadores— tiraban de ellos, estaban quietas. Como manos metálicas con las palmas abiertas, las mordazas se alzaban en un vano intento de tocar el cielo.
    Los silbatos estaban callados, salvo algún suspiro que escapaba de ellos de vez en cuando. Las flechas negras del interior de las cajitas acristaladas —unas flechas que no debía permitirse que alcanzaran el tramo rojo— habían apuntado a la mitad inferior de las cajas, primero, y ahora ya no apuntaban a nada.
    Tan pronto como la Tumpa-chumpa se detuvo, se extendió una inmediata consternación general. Todos los gegs —hombres, mujeres y niños; incluso los que no estaban de servicio, incluso los militantes en las guerrillas contra los welfos— habían dejado sus puestos y habían corrido a contemplar a la gran máquina, ahora inactiva. Algunos habían pensado que volvería a funcionar. Los gegs congregados habían aguardado con esperanza... pero la espera se había hecho interminable. La hora del cambio de turno había quedado atrás y la máquina maravillosa había seguido sin hacer nada.
    Y aún estaba así.
    Lo cual significaba que los gegs tampoco hacían nada. Peor aún, parecía que iban a verse obligados a permanecer inactivos, sin calor y sin luz. Debido a las constantes y feroces tormentas del Torbellino que barrían continuamente las islas, los gegs vivían bajo tierra. La Tumpa-chumpa había proporcionado siempre el calor para los calderos de burbujas y para las linternas parpadeantes. Los calderos habían dejado de burbujear casi al instante; las linternas habían continuado ardiendo algún tiempo después del parón de la máquina, pero sus llamas ya empezaban a apagarse. A lo largo y ancho de Drevlin, las luces vacilaban, perdían fuerza e iban consumiéndose.
    Y, por todas partes, se extendía un silencio terrible.
    Los gegs vivían en un mundo de ruido. Lo primero que oía un niño al nacer era el reconfortante estruendo de la Tumpa-chumpa en acción. Ahora, había dejado de funcionar y había enmudecido. Y los gegs estaban aterrorizados ante aquel silencio.
    — ¡Ha muerto! —fue el lamento que se alzó simultáneamente de mil gargantas gegs, de un extremo a otro de la isla de Drevlin.
    —No, no ha muerto —replicó Limbeck Aprietatuercas, estudiando una porción de la Tumpa- humpa con expresión grave a través de sus gafas nuevas—. Ha sido asesinada.
    — ¿Asesinada? —repitió Jarre en un susurro asombrado—. ¿Quién haría algo así?
    Pero sabía la respuesta antes de formular la pregunta.
    Limbeck Aprietatuercas se quitó las gafas, las limpió minuciosamente con un pañuelo limpio de tela blanca, una costumbre que había adquirido hacía poco.
    Después, se puso de nuevo las gafas, contempló la máquina a la luz de una antorcha hecha con un rollo de pergamino que contenía uno de sus discursos, y que había encendido acercando el extremo a las llamas vacilantes de una linterna a punto de extinguirse.
    —Los elfos.
    — ¡Oh, Limbeck, no! —exclamó Jarre—. No puede ser. Fíjate, si la Tumpachumpa deja de funcionar, se interrumpe la producción de agua y los welfos..., los elfos necesitan el agua para sus pueblos. Sin ella, morirían. Necesitan la máquina tanto como nosotros. ¿Por qué iban a paralizarla?
    —Tal vez tienen agua almacenada —dijo Limbeck con frialdad—. Ahí arriba tienen el control, ¿entiendes? Tienen ejércitos enteros apostados en torno a los elevadores. Ya entiendo su plan: se proponen detener el funcionamiento de la máquina y matarnos de hambre, de sed y de frío.
    Limbeck volvió la mirada hacia Jarre, y ella apartó la suya de inmediato.
    — ¡Jarre! —Exclamó el enano—. ¡Ya estás otra vez con eso!
    Jarre se sonrojó e intentó con todas sus fuerzas mirar a Limbeck, pero no le gustaba nada hacerlo cuando llevaba puestas aquellas gafas. Eran nuevas, de un diseño original y, según decía él, mejoraban increíblemente la visión. Sin embargo, por alguna extraña peculiaridad del cristal, le hacían los ojos pequeños y severos.
    «Igual que su corazón», pensó Jarre con tristeza, poniendo todo su empeño en mirar a Limbeck a la cara y fracasando estrepitosamente. Por fin, se dio por vencida y ocultó los ojos tras un pañuelo que terminó por ser un deslumbrante retal blanco asomando entre la masa oscura de sus patillas, largas y tupidas.
    La antorcha se consumió muy pronto. Limbeck hizo una seña a uno de sus guardaespaldas, el cual cogió rápidamente otro discurso, hizo un canuto con él y lo encendió antes de que el anterior se apagara.
    —Siempre he dicho que tus discursos eran incendiarios —dijo Jarre.
    Limbeck frunció el entrecejo ante el intento de chiste.
    —No es momento para ligerezas. No me gusta tu actitud, Jarre. Empiezo a pensar que estás volviéndote débil, querida. Que estás perdiendo el ánimo...
    — ¡Tienes razón! —dijo Jarre de pronto, hablándole al pañuelo. Le resultaba más fácil hablar al pañuelo que a su dueño—. Me estoy desanimando. Tengo miedo...
    —No soporto a los cobardes —declaró Limbeck—. Si estás tan asustada de los elfos como para no poder desarrollar tu labor como sectraria del Partido UAPP...
    — ¡No son los elfos, Limbeck! —Jarre se agarró las manos con fuerza para evitar que éstas le arrancaran las gafas a Limbeck y las hicieran trizas—. ¡Somos nosotros! ¡Tengo miedo por nosotros! ¡Tengo miedo por ti... y por ti —señaló a uno de los guardaespaldas, que parecía muy complacido y orgulloso de sí mismo—y por ti y por ti! Y también por mí. Tengo miedo de lo que vaya a ser de mí. ¿En qué nos hemos convertido, Limbeck? ¿En qué nos hemos convertido?
    —No entiendo qué quieres decir, querida. —La voz de Limbeck sonó tan cortante y nítida como sus gafas nuevas, que se quitó y empezó a limpiar por enésima vez.
    —Antes éramos amantes de la paz. Nunca, en la historia de los gegs, dimos muerte a nadie...
    — ¡«Gegs», no! —le recordó Limbeck con severidad.
    Jarre no le hizo caso.
    — ¡Ahora vivimos para matar! Algunos de los jóvenes ya no piensan en otra cosa. Matar welfos...
    —Elfos, querida —la corrigió Limbeck—. Ya te lo he explicado. El término «welfos» es una palabra de esclavos, que nos enseñaron nuestros «amos». Y nosotros no somos gegs, sino enanos. El término «geg» es despreciativo, utilizado para mantenernos en nuestro lugar.
    Se puso las gafas de nuevo y dirigió una mirada de furia a su interlocutora.
    La luz de la antorcha que brillaba por debajo de su rostro (el enano que la portaba era extraordinariamente bajo) dibujaba las sombras de las gafas hacia arriba, lo que proporcionaba a Limbeck una apariencia sumamente siniestra. Esta vez, Jarre no pudo evitar mirarlo; contempló a Limbeck con una extraña fascinación.
    — ¿Quieres volver a ser una esclava, Jarre? —Inquirió el enano—. ¿Acaso debemos rendirnos y arrastrarnos hasta los elfos y arrojarnos a sus pies y besarles sus posaderas peladas y decirles que lo sentimos, que en adelante seremos buenos gegs? ¿Es eso lo que quieres?
    —No, claro que no. —Jarre suspiró y se secó una lágrima que le rodaba por la mejilla—. Pero podríamos hablar con elfos. Negociar. Creo que los Wheel... los elfos están tan cansados de esta lucha como nosotros.
    —Tienes mucha razón, están cansados —asintió Limbeck con satisfacción—.
    Saben que no pueden ganar.
    — ¡Y nosotros, tampoco! ¡No podemos acabar con todo el imperio de Tribus!
    ¡No podemos remontar los cielos y volar a Aristagón para combatir allí!
    — ¡Y elfos tampoco pueden acabar con nosotros!
    ¡Podemos vivir durante generaciones aquí abajo, en nuestros túneles, sin que den con nosotros jamás...!
    — ¡Generaciones! —exclamó Jarre—. ¿Es eso lo que quieres, Limbeck? ¿Una guerra que dure generaciones? ¿Niños que crezcan sin conocer jamás otra cosa que no sea el miedo, que no sea huir y ocultarse?
    —Por lo menos, serán libres —sentenció Limbeck mientras se sujetaba de nuevo las gafas a las orejas.
    —No lo serán. Mientras uno tiene miedo, no es nunca libre —replicó la enana sin alzar la voz.
    Limbeck no dijo nada. Permaneció silencioso.
    Aquel silencio era terrible. Jarre no lo soportaba. Era triste, lastimero y pesado, y le recordaba algo, algún lugar, alguien. Alfred. Alfred y el mausoleo. Los túneles secretos bajo la estatua del dictor, las hileras de sepulcros de cristal con los cuerpos de los hermosos jóvenes muertos. Allí abajo también había silencio, y Jarre se había asustado con aquella quietud.
    «— ¡No pares! —le había dicho a Alfred.» «— ¿Parar, qué? —Alfred había parecido bastante obtuso.» «— ¡Parar de hablar! ¡Es el silencio! ¡No soporto escucharlo!» Y Alfred la había consolado.
    «—Éstos son mis amigos... Aquí nadie puede causarte daño. Ya no. Y no es que te lo hubieran hecho en otro momento: al menos, no conscientemente.» Y entonces Alfred había dicho algo que Jarre había recordado, algo que se había estado diciendo a sí misma muchas veces.
    «—Pero ¡cuánto daño hemos causado involuntariamente, con la mejor intención!» «—Con la mejor intención —repitió, hablando para llenar el espantoso silencio.» —Has cambiado, Jarre —le dijo Limbeck en tono severo.
    —Tú también —replicó ella.
    Y, tras esto, no quedó mucho por hablar y se quedaron allí plantados, en la casa de Limbeck, escuchando el silencio. El guardaespaldas arrastró los pies e intentó aparentar haberse vuelto sordo y no haber oído una palabra.
    La discusión tenía lugar en los aposentos de Limbeck, en su presente vivienda de Wombe, no en su antigua casa de Het. Era una vivienda excelente para lo acostumbrado entre los gegs, digna de acoger al survisor jefe, que es lo que Limbeck era ahora. Ciertamente, el habitáculo no era tan perfecto como el tanque de almacenaje donde tenía su morada el anterior survisor jefe, Darral Estibador.
    Pero el tanque de almacenaje estaba demasiado cerca de la superficie y, en consecuencia, demasiado cerca de los elfos, que se habían adueñado de la superficie de Drevlin.
    Limbeck, junto con el resto de su pueblo, se había visto obligado a excavar más lejos de la superficie y buscar refugio en las profundidades de la isla flotante.
    Esto no había sido un problema grave para los enanos. La gran Tumpa-chumpa estaba excavando, taladrando y horadando continuamente. Apenas pasaba un ciclo sin que se descubriera un nuevo túnel en algún lugar de Wombe, de Het, Lek, Herot o cualquier otra de las ciudades gegs de Drevlin.
    Lo cual era una suerte, pues la Tumpa-chumpa, sin ninguna razón aparente que nadie fuera capaz de descubrir, también solía enterrar, aplastar, rellenar o destruir de alguna otra manera túneles existentes previamente. Los enanos se tomaban todo ello con filosofía, se escabullían de los túneles hundidos y se dedicaban a buscar otros nuevos.
    Por supuesto, ahora que la Tumpa-chumpa había dejado de funcionar, no se producirían más derrumbes ni se crearían nuevos túneles. No habría más luz, ni sonido, ni calor. Jarre se estremeció y deseó no haber pensado en calor. La antorcha empezaba a vacilar y a apagarse. Rápidamente, Limbeck enrolló otro discurso.
    Los aposentos de Limbeck se encontraban a gran profundidad, en uno de los puntos más distantes de la superficie de Drevlin, directamente debajo del gran edificio conocido como la Factría. Una serie de escaleras de peldaños pronunciados y estrechos descendía de un pasadizo al siguiente, hasta llegar al que daba acceso al refugio de Limbeck.
    Las escaleras, los peldaños, el pasillo y el refugio no estaban tallados en la coralita, como la mayor parte de los túneles excavados por la Tumpa-chumpa. Los peldaños eran de piedra lisa, el pasadizo tenía las paredes lisas y el suelo era liso, igual que el techo. El refugio de Limbeck incluso tenía una puerta, una puerta auténtica con una inscripción. Ninguno de los enanos sabía leer, de modo que todos aceptaban sin vacilar la interpretación de Limbeck de que SALA DE CALDERAS significaba SUR—VISORJEFE.
    En el interior del refugio no había mucho espacio libre, debido a la presencia de una pieza enorme de la Tumpa-chumpa, de aspecto absolutamente imponente.
    El gigantesco artilugio, con sus innumerables tuberías y depósitos, ya no funcionaba ni lo había hecho desde hacía muchísimo tiempo, igual que la propia Factría había permanecido inactiva desde que los enanos tenían recuerdo. La Tumpa-chumpa había seguido en otra dirección, abandonando tras sí aquella parte de ella misma.
    Jarre, reacia a mirar a Limbeck con las gafas puestas, fijó la vista en el artefacto y suspiró.
    —El Limbeck de antes ya habría desmontado todo eso, a estas alturas —se dijo en un susurro, para llenar el silencio—. Se habría pasado el rato quitando tornillos por aquí, dando martillazos por allá, y todo el rato preguntando por qué, por qué, por qué. ¿Por qué está eso ahí? ¿Por qué funcionaba? ¿Por qué se ha parado?
    »Ya nunca preguntas por qué, ¿te das cuenta, Limbeck? —dijo en voz alta.
    — ¿Por qué, qué? —murmuró el enano, pensativo.
    Jarre exhaló otro suspiro, pero Limbeck no lo oyó, o no hizo caso.
    —Tenemos que ir a la superficie —dijo—. Tenemos que descubrir cómo han conseguido esos elfos detener la Tumpa-chumpa...
    Lo interrumpió el rumor de unas pisadas que avanzaban lentamente, arrastrándose por el suelo. Eran las de un grupo que intentaba descender un empinado tramo de escaleras en completa oscuridad, e iban acompañadas de esporádicos tropiezos y maldiciones apenas contenidas.
    — ¿Qué es eso? —preguntó Jarre, alarmada.
    — ¡Elfos! —exclamó Limbeck con aire aguerrido.
    Dirigió una mirada torva a su escolta personal; el geg también parecía alarmado pero, al advertir el gesto enfurruñado de su líder, varió su expresión y adoptó también un aire de ferocidad.
    Unos gritos de « ¡Survisor! ¡Survisor jefe!» se filtraron a través de la puerta cerrada.
    —Son los nuestros —murmuró Limbeck, irritado—. Supongo que vienen a que les diga qué hacer.
    —Tú eres el survisor jefe, ¿no? —le recordó Jarre con cierta aspereza.
    —Sí, bien... Claro que les diré qué hacer —soltó Limbeck, enérgico—. ¡Luchar!
    ¡Luchar y seguir luchando! Los elfos han cometido un error al parar la Tumpachumpa.
    Una parte de nuestro pueblo no era muy favorable al derramamiento de sangre hasta ahora, ¡pero después de esto, cambiará de opinión! Los elfos lamentaran el día en que...
    — ¡Survisor! —Gritaron varias voces a coro—. ¿Dónde estás?
    —No ven nada —dijo Jarre y, tomando la antorcha de manos de Limbeck, abrió la puerta y salió al pasillo apresuradamente.
    » ¿Lof? —Inquirió, al reconocer la voz de uno de los enanos—. ¿Qué sucede?
    ¿A qué viene esto?
    Limbeck llegó a su lado.
    —Saludos, Compañeros de Armas en la Lucha por Acabar con la Tiranía.
    Los enanos, afectados por el peligroso viaje escaleras abajo en la oscuridad, dieron muestras de desconcierto. Lof miró a su alrededor con aire nervioso, buscando algún grupo que encajara con apelativo tan amenazador.
    —Se refiere a vosotros —explicó Jarre, lacónica.
    — ¿Sí? —Lof se quedó impresionado, hasta el punto de olvidar por un instante la razón de su presencia allí.
    —Me habéis llamado —dijo Limbeck—. ¿Qué queréis? Si se trata de la Tumpa-chumpa, estoy preparando una declaración...
    — ¡No, no! ¡Una nave, Seoría! —Respondieron varias voces—. ¡Una nave!
    —Una nave ha aterrizado en el Exterior —Lof señaló hacia arriba con gesto vago—..., Seoría — ñadió con cierto retraso y algo malhumorado. Limbeck nunca le había gustado.
    — ¿Una nave elfa? —Inquirió Limbeck con expectación—. ¿Estrellada? ¿Sigue ahí todavía? ¿Se ha visto a algún elfo con vida? ¡Prisioneros! —añadió en un aparte a Jarre—. ¡Es lo que estábamos esperando! Los interrogaremos y luego los utilizaremos como rehenes...
    —No —dijo Lof, tras reflexionar.
    —No, ¿qué? —inquirió Limbeck, irritado.
    —No, Seoría.
    —Quiero decir, ¿qué significa ese no?
    Lof meditó la respuesta.
    —Que la nave no se ha estrellado, que no es una nave welfa y que no vi a nadie a bordo.
    — ¿Cómo sabes que no es una nave wel... elfa? ¡Claro que ha de serlo! ¿Qué otra clase de nave podría ser?
    —Eso, no lo sé. Pero te aseguro que reconocería inmediatamente una nave welfa —declaró Lof—. Una vez estuve a bordo de una de ellas.
    Al decir esto, dirigió la mirada a Jarre con la esperanza de haberla impresionado. Jarre era la principal razón de que a Lof no le gustara Limbeck.
    —Por lo menos, estuve cerca de una, la vez que atacamos la nave en los Levarriba. La de ahora no tiene alas, para empezar. Y no ha caído de los cielos, como hacen las welfas. Ésta bajó flotando suavemente, como si lo hiciera a propósito. Y, además —añadió con la vista aún fija en Jarre, pues había reservado lo mejor para el final—, está completamente cubierta de dibujos.
    —Dibujos... —Jarre miró con inquietud a Limbeck, cuyos ojos mostraban un brillo intenso y firme tras las gafas—. ¿Estás seguro, Lof? En el Exterior está oscuro y seguramente caía una tormenta...
    —Claro que estoy seguro. —Lof no estaba dispuesto a renunciar a su momento de gloria—. Estaba junto a los Soplarresopla de vigilancia, cuando de pronto vi esa nave que parecía..., parecía..., bueno, se parecía a él. —Lof señaló a su exaltado líder—. Grueso y orondo en el medio y prácticamente plano en los extremos.
    Por fortuna, Limbeck se había quitado las gafas y estaba limpiándolas con aire pensativo, por lo que no advirtió el gesto de Lof.
    —En fin —continuó éste, dándose importancia al advertir que todos, incluido el survisor jefe, estaban pendientes de sus palabras—, la nave apareció de entre las nubes y descendió hasta posarse allí. Y está completamente cubierta de dibujos. Los vi a la luz de los relámpagos.
    — ¿Y no observaste que estuviera dañada? —preguntó Limbeck, con los anteojos de nuevo en su sitio.
    —No tenía ni un rasguño. No sufrió el menor daño ni siquiera cuando le cayó encima un granizo de tu tamaño, Seoría. Ni siquiera cuando el viento levantó por los aires piezas de la Tumpa-chumpa. La nave se quedó allí, tan campante.
    —Quizás esté muerta —murmuró Jarre, tratando de no parecer demasiado esperanzada.
    —No. Vi una luz y a alguien moviéndose en el interior. No está muerta.
    —No, claro que no —dijo Limbeck—. Es Haplo. Tiene que ser él. Una nave con dibujos, como la que encontré en Terrel Fen. ¡Haplo ha vuelto!
    Jarre se aproximó a Lof, lo agarró por la barba, lo olfateó y arrugó la nariz.
    —Lo que pensaba: ha metido la cabeza en el barril de la cerveza. No le hagas caso, Limbeck.
    Tras dar al asombrado Lof un empujón que lo mandó rodando hacia atrás hasta sus compañeros, Jarre agarró a Limbeck por el brazo e intentó forzarlo a dar la vuelta para arrastrarlo al interior del refugio.
    Pero Limbeck, como todos los enanos, era difícil de mover una vez que se plantaba con firmeza en el suelo (Jarre había pillado desprevenido a Lof). El enano se desasió de Jarre, apartándole el brazo como si fuera una mota de polvo.
    — ¿Sabes si avistó la nave algún elfo, Lof? —Inquirió a continuación—.
    ¿Sabes si alguno de ellos hizo algún intento de ponerse en contacto con ella o de ver quién viajaba dentro?
    Limbeck tuvo que repetir las preguntas varias veces. El perplejo Lof, a quien sus compañeros habían ayudado a incorporarse, miraba a Jarre con dolido desconcierto.
    — ¿Pero qué he hecho yo? —exclamó.
    —Limbeck, por favor... —suplicó Jarre, dando un nuevo tirón de la manga al enano.
    —Déjame solo, querida —respondió él, mirándola a través de las brillantes gafas. Su tono era severo, áspero incluso. Jarre bajó la mano poco a poco.
    —Ha sido Haplo quien te ha hecho esto —murmuró en voz baja—. Ha sido él quien nos ha hecho esto a todos.
    —Sí, le debemos mucho, en efecto. —Limbeck apartó la vista de ella—.
    Vamos, Lof. ¿Viste rondar por allí a algún elfo? De ser así, Haplo podría estar en peligro.
    —Nada de welfos, Seoría. —Lof meneó la cabeza—. No he visto a ningún welfo desde que la máquina dejó de funcionar. Yo... ¡ay!
    Jarre le acababa de dar un puntapié en la espinilla.
    — ¿Por qué narices has tenido que hacer esto? —rugió Lof.
    Jarre no respondió y desfiló delante de él y del resto de los enanos sin dedicarles una sola mirada. Regresó a la SALA DE CALDERAS, se volvió en redondo y señaló a Limbeck con dedo tembloroso.
    — ¡Haplo será la ruina de todos nosotros! ¡Ya lo verás!
    Y cerró de un portazo.
    Los enanos se quedaron absolutamente inmóviles, sin osar moverse. Jarre se había llevado la antorcha.
    Limbeck frunció el entrecejo, se encogió de hombros y continuó la conversación donde había sido interrumpido con tal violencia.
    —Haplo podría estar en peligro. No querríamos que lo capturaran.
    — ¿Alguien tiene una luz? —se aventuró a preguntar uno de los compañeros de Lof.
    Limbeck no le prestó atención, considerando que la pregunta carecía de importancia, y añadió:
    —Tenemos que ir a rescatarlo.
    — ¿Salir al Exterior? —Los demás enanos lo miraron, estupefactos.
    —Yo he estado allí —les recordó Limbeck sucintamente.
    —Bien. Entonces, ve otra vez y tráelo. Nosotros montaremos guardia — propuso Lof.
    —No. Sin luz, no lo haremos —murmuró otro.
    Limbeck miró con enfado a sus camaradas, pero la irritación era bastante ineficaz cuando nadie podía verla.
    Lof, que al parecer había estado pensando en el asunto, alzó la voz:
    — ¿No es ese Haplo el dios que...?
    —No existen dioses —lo cortó Limbeck.
    —Está bien, Seoría... Entonces —no había modo de detener a Lof—, ¿es ese Haplo que se enfrentó al mago de quien siempre andas hablando?
    —Sinistrad. Sí, es ese Haplo. Ahora veréis...
    — ¡Entonces, no necesitará que nadie lo rescate! —sentenció Lof, triunfal—.
    ¡Seguro que puede rescatarse solo!
    —Cualquiera que pueda enfrentarse a un mago puede hacerlo a los elfos — dijo otro, con la firme convicción de quien no ha visto nunca a un elfo de cerca—.
    No son tan duros.
    Limbeck contuvo el impulso de lanzarse al cuello de sus Compañeros de Armas en la Lucha por Acabar con la Tiranía. Se quitó las gafas y las limpió con un gran paño blanco. Estaba muy orgulloso de sus gafas nuevas, que le permitían ver con una sorprendente nitidez. Por desgracia, los cristales eran tan gruesos que se le deslizaban por la nariz a menos que los sostuviera con unas varillas de alambre resistentes sujetas en torno a las orejas. Las varillas le presionaban dolorosamente, las gruesas lentes le provocaban dolores en el globo ocular y la montura de la nariz se le incrustaba en la carne, pero veía estupendamente.
    Sin embargo, en ocasiones como aquélla, Limbeck se preguntaba por qué se molestaba. Por alguna razón, la revolución, como una centella rodante fuera de control, se había salido del camino marcado y había descarrilado. Limbeck había tratado de encauzarla otra vez, de devolverla a la línea trazada, pero había sido en vano. Ahora, por fin, veía un destello de esperanza. Después de todo, no había descarrilado. Sencillamente, había entrado en una vía muerta. Y lo que al principio había considerado un desastre terrible, la detención de la Tumpa-chumpa, podía servir finalmente para poner de nuevo en marcha la revuelta. Se colocó de nuevo las gafas y empezó a decir:
    —La razón de que no tengamos luz es que...
    — ¿Que Jarre se ha llevado la antorcha? —apuntó Lof, solícito.
    — ¡No! —Limbeck tomó aire profundamente y cerró los puños para evitar que sus manos saltaran al cuello de su interlocutor—. ¡Que los elfos han detenido la Tumpa-chumpa!
    Hubo un silencio. Después, la voz de Lof inquirió, dubitativa:
    — ¿Estás seguro?
    — ¿Qué otra explicación puede haber? Los elfos la han detenido. Proyectan matarnos de hambre y de frío; tal vez utilizar su magia para invadirnos al amparo de la oscuridad y matarnos a todos. ¿Qué vamos a hacer, quedarnos aquí sentados, esperando, o plantarles cara y luchar?
    — ¡Luchar! —gritaron los enanos, y su cólera tronó a través de la oscuridad como las tormentas que barrían la superficie de Drevlin.
    —Para eso necesitamos a Haplo. ¿Estáis conmigo?
    — ¡Sí, Seoría! —exclamaron los compañeros de armas.
    Pero su entusiasmo se mitigó bastante cuando dos de ellos emprendieron la marcha y se dieron de bruces contra una pared.
    — ¿Cómo vamos a luchar, si no podemos ver? —refunfuñó Lof.
    —Podemos ver —replicó Limbeck, impertérrito—. Haplo me contó que, mucho tiempo atrás, unos enanos como nosotros pasaban toda su vida bajo tierra, en lugares oscuros. Y así aprendieron a ver en la oscuridad. Hasta ahora hemos dependido de la luz pero, ya que nos hemos quedado sin ella, tendremos que hacer como nuestros antepasados y aprender a ver, a luchar y a vivir en la oscuridad.
    Los gegs no podrían arreglárselas. Los gegs no podrían hacerlo. Pero los enanos sí podemos. Ahora, todo el mundo adelante —añadió tras un profundo suspiro—.
    ¡Seguidme!
    Dio un paso, y luego otro, y otro. No tropezó con nada. ¡Y se dio cuenta de que, en efecto!, ¡veía! No muy claro, es cierto; no podría haber leído uno de sus discursos, por ejemplo. Pero parecía como si las paredes hubieran absorbido una parte de la luz que había estado brillando sobre los enanos desde hacía tanto tiempo como podían recordar y ahora, como acto de gratitud, les devolvieran un poco de esa luz. Limbeck alcanzaba a distinguir un leve resplandor en las paredes, el suelo y el techo. Distinguió el hueco por el que ascendía la escalera y los peldaños de ésta, en un juego de sombras y de leves luces fantasmales.
    Detrás de él, escuchó las exclamaciones de asombro reverente de los demás enanos y supo que no estaba solo. Ellos también veían. A Limbeck se le llenó el pecho de orgullo por su pueblo.
    —Ahora, las cosas cambiarán —murmuró para sí mientras emprendía la ascensión de los peldaños, seguido de cerca por el paso firme de los demás. La revolución volvía a estar en marcha y, aunque no fuera a paso acelerado, precisamente, al menos avanzaba de nuevo.
    Casi debía agradecérselo a los elfos.
    Jarre se enjugó unas lágrimas y permaneció tras la puerta, apoyada de espaldas contra ella, esperando a que Limbeck llamara con los nudillos y pidiera mansamente la antorcha. Entonces se la daría, decidió, y la acompañaría de unas palabritas. Prestó atención a las voces y escuchó una que recordaba la de Limbeck, enfrascado en un discurso. Exhaló un impetuoso suspiro y golpeó el suelo con un taconeo nervioso.
    La antorcha casi se había consumido. Jarre agarró otro pliego de discursos y le aplicó la llama. « ¡Luchar!», oyó exclamar en un sonoro rugido; después, notó un golpe contra la pared. Jarre soltó una carcajada, pero había en ella un tono amargo. Posó la mano en el picaporte.
    Y entonces captó el insólito sonido de unos pasos firmes y acompasados, las poderosas vibraciones de muchos pares de rancias botas enanas avanzando por el pasadizo.
    — ¡Dejemos que se den un par de coscorrones en esas cabezotas! — murmuró—. Ya volverán.
    Pero sólo volvió el silencio.
    Jarre entreabrió la puerta y se asomó.
    El pasadizo estaba vacío.
    — ¿Limbeck? —Gritó, abriendo de par en par—. ¿Lof? ¿Hay alguien ahí?
    No tuvo respuesta. A lo lejos, le llegó el sonido de unas botas que ascendían los peldaños con paso firme. Fragmentos de discurso de Limbeck, convertidos en ceniza, se desprendieron de la antorcha y cayeron a los pies de la enana.
    CAPÍTULO 10
    WOMBE, DREVLIN REINO INFERIOR
    Haplo había utilizado a menudo al perro para escuchar las conversaciones de otros, escuchando sus voces a través de los oídos del animal. En cambio, no se le había ocurrido nunca escuchar las conversaciones que alguien pudiera mantener con el perro. Éste había recibido la orden de vigilar al muchacho y alertar a Haplo de cualquier fechoría que intentara cometer, como intentar abrir la escotilla.
    Aparte de eso, a Haplo no le importaba lo que Bane dijera o pensara.
    Aunque tuvo que reconocer que lo había inquietado la pregunta del muchacho, presuntamente inocente, respecto a su obediencia al Señor del Nexo.
    En otro tiempo, Haplo lo sabía muy bien, habría respondido a aquella pregunta al instante, sin reservas y con toda rotundidad.
    Ahora, no. Ya no.
    De nada le valía decirse que, en realidad, no había llegado en ningún momento a la desobediencia. La verdadera lealtad está en el corazón, además de en la mente. Y, en su corazón, Haplo se había rebelado. Las evasivas y las medias verdades no eran tan malas como las negativas rotundas y las mentiras, pero tampoco eran tan buenas como la sincera franqueza. Ya hacía mucho tiempo, desde su estancia en Abarrach, que Haplo no era sincero y franco con su señor. Y ser consciente de ello lo había hecho sentirse culpable, incómodo, durante gran parte de ese tiempo.
    —Pero ahora —se dijo Haplo por lo bajo, contemplando por la claraboya la tormenta que arreciaba por momentos—, ahora empiezo a dudar de si mi señor ha sido sincero conmigo.
    La tormenta descargó sobre la nave, que se agitó entre las amarras bajo el viento enfurecido pero resistió sin problemas, segura. El centelleo constante de los relámpagos en el fragor de la tormenta iluminaba el paisaje con más intensidad que el sol durante los períodos de calma. Haplo apartó de la cabeza las dudas sobre su señor. Aquello no era problema suyo; al menos, no en aquellos momentos. Lo importante ahora era la Tumpa-chumpa. Instalado tras la claraboya, estudió lo que alcanzaba a ver de la gran máquina.
    Bane y el perro se presentaron en el puente. El perro olía a salchichas. Bane estaba visiblemente aburrido y malhumorado. Haplo no les prestó atención. Ahora estaba seguro de que la memoria no le jugaba una mala pasada. Decididamente, había algo que no andaba bien...
    — ¿Qué miras? —Preguntó Bane con un bostezo, dejándose caer en un banco—. Ahí fuera no hay nada más que...
    Un rayo alcanzó el suelo cerca de la nave y levantó fragmentos de roca por los aires. Un trueno sobrecogedor reventó a su alrededor. El perro se aplastó contra el suelo, y Haplo se apartó instintivamente del mirador, aunque volvió a él al cabo de un instante y clavó la vista en el exterior. Bane bajó la cabeza y se cubrió con los brazos.
    — ¡Odio este lugar! —chilló—. Yo... ¿Qué era eso? ¿Lo has visto?
    El pequeño se incorporó de un salto y señaló algo.
    — ¡Las rocas! ¡Se han movido!
    —Sí, lo he visto —dijo Haplo, contento de que alguien confirmara lo que había presenciado. Por un instante, se había preguntado si el rayo no le habría afectado la vista.
    Cerca de la nave descargó otro. El perro se puso a aullar. Haplo y Bane apretaron la cara contra el cristal y contemplaron la tormenta.
    Fuera, varios peñascos de coralita estaban comportándose de la manera más extraordinaria. Parecían haberse separado del suelo y avanzaban por él a gran velocidad, dirigiéndose por el camino más derecho —de eso ya no cabía la menor duda— hacia la nave.
    — ¡Vienen hacia nosotros! —dijo Bane con asombro.
    —Enanos —apuntó Haplo. Pero, ¿por qué unos enanos se arriesgarían a salir al Exterior, y sobre todo bajo una tormenta?
    Los peñascos empezaron a rodear la nave en busca de una vía de acceso.
    Haplo corrió a la escotilla con Bane y el perro pegados a los talones. Tuvo un instante de duda, reacio a romper el sello protector de la magia rúnica. Pero, si las rocas móviles eran realmente enanos, éstos corrían peligro de ser partidos por un rayo en cualquier instante mientras estuvieran expuestos a la tormenta.
    El patryn concluyó que los empujaba la desesperación. Y que aquello tenía algo que ver con el cambio en la Tumpa-chumpa. Colocó la mano sobre un signo mágico trazado en el centro de la escotilla y lo dibujó a la inversa. De inmediato, su luminoso fulgor azul empezó a perder intensidad y a desvanecerse. Otros signos en contacto con el primero comenzaron a oscurecerse a su vez. Haplo esperó a que todas las runas de la escotilla estuvieran prácticamente apagadas y, tras descorrer el pestillo, abrió la compuerta de par en par.
    Una ráfaga de viento estuvo a punto de derribarlo. La lluvia lo empapó al instante.
    — ¡Volved atrás! —gritó, alzando un brazo para proteger el rostro del diluvio de pedrisco.
    Bane ya se había retirado de la abertura y, al retroceder, estuvo a punto de caer sobre el perro. Los dos se acurrucaron a prudente distancia de la escotilla abierta.
    Haplo se sujetó con fuerza y asomó la cabeza bajo la tormenta.
    — ¡Deprisa! —exclamó, aunque dudaba que alguien pudiera oírlo entre el estampido de los truenos. Para llamar la atención, agitó un brazo.
    El peñasco que encabezaba la marcha, y que ya completaba la segunda vuelta de inspección en torno a la nave, vio la luz azul que surgía de la escotilla abierta y se encaminó hacia ella directamente. Los otros dos peñascos, al ver a su líder, se deslizaron detrás de él. El que abría la marcha golpeó el costado de la nave, giró sin control unos instantes y, al fin, se impulsó hacia arriba.
    El rostro de Limbeck con gafas, jadeante y sonrojado, asomó ante la claraboya.
    La nave había sido construida para navegar por las aguas y no por los aires y, debido a ello, la escotilla se encontraba a una buena distancia del suelo. Haplo había añadido al casco una escala de cuerda para su propia comodidad y la desenrolló para que Limbeck la utilizara.
    El enano, casi aplastado contra el casco por el viento, empezó a subir con esfuerzo mientras dirigía miradas preocupadas a los otros dos bultos, que se habían pegado al costado de la nave. Uno de los enanos consiguió desembarazarse de su concha protectora pero el otro daba muestras de tener dificultades para lograrlo.
    Un lamento lastimero se alzó sobre el rugido del viento y sobre el retumbar del trueno.
    Limbeck, con aire de extrema irritación, masculló una exclamación de impaciencia y empezó a desandar sus pasos, descendiendo lenta y cautelosamente al rescate de su compañero de armas.
    Haplo echó una rápida mirada a su alrededor. El resplandor azul se estaba haciendo más débil a cada instante.
    — ¡Sube aquí! —Gritó a Limbeck—. ¡Yo me ocuparé de eso!
    Limbeck no alcanzó a oír las palabras, pero captó el sentido y reinició la ascensión. Haplo saltó al suelo con un ágil salto. Los signos de su piel refulgían, rojos y azules, protegiéndolo de las cortantes piedras de granizo y —esperaba fervientemente—también de los rayos.
    Medio cegado por la lluvia que le azotaba el rostro, estudió el artefacto en el que se había quedado atrapado el enano. El tercero de ellos había introducido las manos debajo del artilugio y, a juzgar por los resoplidos y jadeos, era evidente que intentaba levantarlo. Haplo sumó sus fuerzas — otenciadas por la magia— a las del enano. Cogió el falso peñasco y lo alzó del suelo con tal ímpetu que el enano perdió el apoyo y cayó de bruces en un charco.
    Haplo incorporó al geg de un tirón para evitar que se ahogara y agarró el enano atrapado, que miraba a su alrededor con desconcierto, perplejo ante su inesperado rescate. Haplo los condujo a ambos escaleras arriba, entre maldiciones por la lentitud de aquellos enanos de piernas rechonchas. Por fortuna, un rayo que cayó alarmantemente cerca los impulsó a todos a darse más prisa. Envueltos en el fragor de los truenos, ascendieron la escala a toda velocidad y se zambulleron de cabeza por la escotilla de la nave.
    Haplo, en la retaguardia del grupito, cerró la compuerta y la selló, volviendo a trazar rápidamente los signos mágicos. El resplandor azul empezó a cobrar intensidad, y el patryn respiró más tranquilo.
    Bane, más previsor de lo que Haplo habría esperado de él, se presentó con unas mantas, que distribuyó entre los empapado enanos. Ninguno de éstos, jadeantes a causa del esfuerzo, el miedo y el asombro de ver el resplandor azul de la piel de Haplo, fue capaz de articular palabra. Se escurrieron el agua de las barbas, recobraron el aliento con profundas inspiraciones y contemplaron al partryn con considerable perplejidad. Haplo se secó la cara y rechazó con un gesto la manta que le ofreció Bane.
    —Me alegro de volver a verte, Limbeck —dijo Haplo con una sonrisa serena y amistosa. El calor de los signos mágicos hacía que el agua de la lluvia se evaporara rápidamente de su piel.
    —Haplo... —murmuró Limbeck con voz algo vacilante. Tenía las gafas cubiertas de agua. Se las quitó y se dispuso a secarlas con su pañuelo blanco, pero lo que sacó del bolsillo fue un retal de tela empapada. El enano contempló el pañuelo chorreante con frustración.
    —Toma —ofreció Bane, solícito, tendiéndole el faldón de su camisa, que sacó de debajo de sus calzones de cuero.
    Limbeck aceptó su colaboración y se limpió cuidadosamente las gafas con la camisa de Bane. Cuando se las puso de nuevo, observó largo rato al muchacho, se volvió hacia Haplo y, de nuevo, miró al chiquillo.
    Era extraño, pero Haplo habría jurado que Limbeck los veía a ambos por primera vez.
    —Haplo —saludó el enano con voz solemne. Miró de nuevo a Bane y titubeó, sin saber cómo dirigirse a aquel muchacho que, al principio, le había sido presentado como un dios, luego como un príncipe humano y, por fin, como el hijo de un hechicero humano tremendamente poderoso.
    —Recordarás a Bane... —dijo el patryn con soltura—. Príncipe real y heredero del trono de las islas Volkaran.
    Limbeck asintió con una expresión de extrema astucia y viveza en los ojos. La gran máquina de Drevlin quizás hubiera dejado de funcionar, pero en la cabeza del enano seguían en acción todos los engranajes. Sus pensamientos se reflejaban con tanta claridad en su rostro que Haplo podría haberlos proclamado en voz alta.
    « ¿De modo que ésta es la historia, no?», y « ¿Cómo me afectará esto?».
    Haplo, recordando al enano impreciso, idealista y nada práctico que había dejado allí, se sorprendió ante el cambio experimentado por Limbeck y se preguntó qué significaría. Aquello no lo complacía especialmente. Cualquier clase de cambio, incluso para mejor, era una incomodidad. Desde aquellos primeros momentos del reencuentro, se dio cuenta de que iba a tener que tratar con un Limbeck completamente nuevo y diferente.
    —Alteza... —saludó el enano, el cual, a juzgar por la sonrisa taimada de sus labios, había llegado a la conclusión de que la situación podía resultarle conveniente.
    —Limbeck es survisor jefe, Alteza —apuntó Haplo, esperando que Bane captara la indirecta y tratara al enano con el respeto que éste merecía.
    —Survisor jefe Limbeck... —respondió Bane en el tono de fría cortesía utilizado por un gobernante real para dirigirse a su igual—. Me complace verte de nuevo. ¿Y quiénes son esos otros gegs que te acompañan?
    — ¡Gegs, no! —Replicó Limbeck con severidad, y su expresión se hizo sombría—. ¡«Geg» es una palabra esclava, un insulto, un desprecio!
    Sorprendido ante la vehemencia del enano, Bane se volvió rápidamente a Haplo para que le explicara a qué venía aquello. El patryn también se quedó desconcertado pero enseguida creyó entender qué sucedía, al recordar algunas de sus conversaciones con Limbeck en el pasado. De hecho, incluso era posible que Haplo fuera responsable de ello, en parte.
    —Tienes que entender, Alteza, que Limbeck y su pueblo son enanos. Éste es el término antiguo y adecuado para referirse a su raza, igual que tú y tu pueblo sois conocidos como «humanos». El término «gegs»...
    —... nos fue puesto por los elfos —terminó la frase Limbeck, al tiempo que volvía a quitarse las gafas, que empezaban a empañarse debido a la humedad que ascendía de su barba—. Perdón, Alteza, me permitirías otra vez... ¡Aja, gracias!
    Limpió de nuevo los cristales con el faldón de la camisa que le ofrecía Bane.
    —Lamento haberte hablado así, Alteza —añadió luego con frialdad, mientras se ajustaba otra vez las gafas en torno a las orejas y observaba a Bane a través de ellas—. Naturalmente, no tenías manera de saber que, ahora, esa palabra se ha convertido en un insulto intolerable para nosotros, los enanos. ¿No es verdad?
    Miró a sus camaradas de armas en busca de apoyo, pero Lof seguía con la vista fija en Haplo, cuyos tatuajes mágicos aún no habían perdido por completo su fulgor. El otro enano estaba pendiente del perro, con evidente inquietud.
    — ¡Lof! —Exclamó Limbeck—. ¿Has oído lo que acabo de decir?
    Lof dio un respingo, puso una expresión absolutamente contrita y dio un codazo a su compañero. La voz de su líder resonó, severa:
    —Estaba diciendo que el término «geg» es un insulto para nosotros.
    De inmediato, los otros dos enanos intentaron aparentar que se sentían mortalmente ofendidos y profundamente dolidos, aunque era evidente que no tenían la más ligera idea de qué estaba sucediendo.
    Limbeck frunció el entrecejo e hizo ademán de decir algo pero, al fin, guardó silencio con un suspiro.
    — ¿Puedo hablar contigo... a solas? —preguntó de pronto a Haplo.
    —Claro —respondió el patryn, encogiéndose de hombros.
    Bane se sonrojó y abrió la boca, pero Haplo lo hizo callar con una mirada.
    Limbeck miró al muchacho.
    —Tú eres el que dibujó un diagrama de la Tumpa-chumpa. El que descubrió cómo funcionaba, ¿no es verdad, príncipe Bane?
    —Sí, fui yo —reconoció Bane con la debida modestia.
    Limbeck se quitó las gafas y buscó el pañuelo inconscientemente. Al sacarlo, descubrió la tela empapada. Volvió a colgarse las gafas de la nariz.
    —Entonces, tú también puedes venir. —Se volvió a sus compañeros de armas e impartió unas órdenes—. Vosotros, quedaos aquí y montad guardia. Avisadme cuando la tormenta empiece a amainar.
    Los dos enanos asintieron con gesto solemne y se apostaron ante la claraboya.
    —Lo que me preocupa son los elfos —explicó Limbeck a Haplo mientras se encaminaban hacia la parte delantera de la nave, donde Haplo tenía sus aposentos—. Verán tu nave y vendrán a investigar. Tendremos que regresar a los túneles antes de que cese la tormenta.
    — ¿Elfos? —repitió Haplo, desconcertado—. ¿Aquí abajo, en Drevlin?
    —Sí —dijo Limbeck—. Es uno de los asuntos que debo contarte.
    Ya en el camarote de Haplo, el enano se instaló en una banqueta, que una vez había pertenecido a los enanos de Chelestra. Haplo estuvo a punto de hacer un comentario al respecto, pero se contuvo. Limbeck no tenía ningún interés por los enanos de otros mundos. Demasiados problemas tenía sólo en éste, al parecer.
    —Cuando fui nombrado survisor jefe, mi primera orden fue cerrar los elevadores. Los elfos vinieron a buscar su suministro de agua... y no lo encontraron. Entonces, decidieron luchar; imaginaron que nos asustarían con su brillante acero y con su magia.
    » ¡Huid, gegs!», nos gritaban. « ¡Huid, antes de que os aplastemos como los insectos que sois!» Pero con ello sólo consiguieron hacerme el juego —explicó Limbeck mientras se quitaba las gafas y las hacía girar por la patilla—. Muy pocos enanos estaban de acuerdo conmigo en que debíamos luchar. Los ofinistas, sobre todo, no querían que las cosas cambiaran e insistían en que siguiéramos llevando la misma vida de siempre.
    Pero, cuando oyeron que los elfos nos llamaban insectos y hablaban como si realmente no tuviéramos más inteligencia ni más sentimientos que esos bichos, hasta el barbicano más amante de la paz estuvo e acuerdo en darles un buen tirón de sus puntiagudas orejas a esos elfos.
    »Así, rodeamos a los elfos y su nave. Ese día, había allí cientos de enanos, quizás un millar...
    Limbeck fijó la mirada en el vacío con una expresión soñadora y nostálgica y, por primera vez desde que había reencontrado al enano, Haplo percibió en él un asomo del Limbeck idealista de antaño.
    —Los elfos se pusieron furiosos de frustración, pero no podían hacer nada.
    Los superábamos en número y los obligamos a rendirse. Entonces nos ofrecieron dinero.
    »Pero no quisimos su dinero. ¿Para qué nos servía? Y tampoco queríamos ya su basura y sus desperdicios.
    — ¿Qué queríais, entonces? —inquirió Haplo, con curiosidad.
    —Una ciudad —respondió Limbeck con un brillo de orgullo en los ojos.
    Parecía haberse olvidado de las gafas, que colgaban libremente de su mano—. Una ciudad ahí arriba, en el Reino Medio, por encima de la tormenta. Una ciudad donde nuestros hijos puedan sentir el sol en el rostro y ver árboles y jugar en el Exterior. Y naves dragón elfas que nos llevaran allí.
    — ¿Y eso le gustaría a tu pueblo? ¿No echaría en falta su... esto? —Haplo indicó con un gesto vago el paisaje iluminado por los relámpagos y los relucientes brazos esqueléticos de la Tumpa-chumpa.
    —No tenemos muchas alternativas —explicó el enano—. Aquí abajo somos demasiados. Nuestra población aumenta pero los túneles, no. En una ocasión empecé a estudiar el asunto y descubrí que la Tumpa-chumpa ha estado destruyendo más zonas habitables de las que ha proporcionado. Estamos al borde de la superpoblación. Y ahí arriba, en el Reino Medio, hay zonas montañosas en las que nuestro pueblo podría construir túneles y habitarlos. Con el tiempo, aprenderían a ser felices allí.
    El enano suspiró y guardó silencio, con la mirada en un suelo que no alcanzaba a ver sin las gafas.
    — ¿Y qué sucedió? ¿Qué dijeron los elfos?
    Limbeck se revolvió, inquieto, y alzó la cara.
    —Nos mintieron. Supongo que fue culpa mía. Ya sabes cómo era yo, entonces:
    confiado, ingenuo... —Se colocó una vez más las gafas y miró a Haplo como desafiándolo a discutir, pero el patryn permaneció callado—. Los elfos nos prometieron acceder a todas nuestras condiciones. Dijeron que volverían con naves acondicionadas para llevar a nuestro pueblo al Reino Medio. Y volvieron, es cierto.
    En su voz había un resabio de amargura.
    —Con un ejército.
    —Sí. Afortunadamente, estábamos sobre aviso. ¿Recuerdas al elfo que te trajo desde el Reino Superior, el capitán Bothar'el?
    Haplo asintió.
    —Se ha unido a los rebeldes elfos que encabeza ese... ¿cómo se llama? Me temo que lo he olvidado. En fin, Bothar'el bajó hasta aquí para avisarnos que los elfos de Tribus habían puesto en acción todas sus fuerzas navales para aplastar nuestra resistencia. No tengo reparos en confesarte, amigo mío, que me sentí abrumado.
    » ¿Qué podíamos hacer frente al poder del imperio elfo? —Limbeck descargó con fuerza el puño sobre su propio pecho—. Los enanos no sabíamos nada de combatir. La primera vez, los habíamos obligado a rendirse por pura superioridad numérica. En esa ocasión, tuvimos mucha suerte de que no nos atacaran pues, de haberlo hecho, la mitad de los enanos habría huido al instante.
    »Ningún enano vivo había alzado jamás un arma contra nadie. Parecía que no teníamos la menor oportunidad, que deberíamos rendirnos. Pero Bothar'el dijo que no, que debíamos resistir, y nos enseñó la manera.
    Tras las gafas, los ojos de Limbeck brillaron con un súbito destello de astucia, casi de crueldad.
    —Por supuesto —continuó su relato—, Bothar'el y ese jefe rebelde tenían sus propias razones para querer que lucháramos. Eso no tardé en deducirlo. De este modo, en lugar de concentrar todas sus fuerzas en los elfos rebeldes, el imperio de Tribus se veía forzado a dividir sus ejércitos y enviar la mitad de ellos aquí, para combatirnos. Tribus daba por descontado que sería una campaña corta y que pronto podrían volver para hacer frente a la revuelta de su propio pueblo y, quizá, también a los humanos. Así que ya ves, amigo mío, que a Bothar'el y a sus rebeldes les convenía ayudarnos a mantener ocupados a los ejércitos de Tribus.
    »Cuando llegaron en sus enormes naves dragón, los elfos no nos encontraron por ninguna parte. Se apoderaron de los elevadores, pero eso era inevitable desde el principio. Después, intentaron bajar a los túneles, pero pronto se dieron cuenta de que cometían un error.
    »Hasta entonces, a la mayoría de mi pueblo le daba igual que los elfos nos invadieran. Lo único que les importaba de verdad era cuidar de la Tumpa-chumpa y de su familia. ¡De hecho, los ofinistas incluso intentaron hacer las paces con los invasores! Enviaron una delegación a su encuentro. Pero los elfos mataron a los emisarios. A todos. Y, entonces, los demás nos enfurecimos.
    Haplo, que había visto combatir a los enanos en otros mundos, podía imaginar muy bien qué había sucedido a continuación. Los enanos estaban estrechísimamente unidos entre ellos. La filosofía de los enanos podía resumirse en un lema: «Lo que le sucede a un enano, les sucede a todos».
    —Los elfos que salvaron la vida huyeron —continuó Limbeck con una sonrisa hosca—. Al principio, creí que abandonaban Drevlin definitivamente, pero debería haber sabido que no lo harían. Se hicieron fuertes en torno a los elevadores.
    Algunos de los nuestros querían continuar la lucha, pero Bothar'el nos hizo ver que esto era precisamente lo que querían los elfos: que saliéramos a campo abierto, donde estaríamos a merced de los hechiceros de sus naves y de sus armas mágicas. Así pues, dejamos en sus manos los elevadores y el aguar También se han apoderado de nuestra Factría. Pero ya no bajan a los túneles.
    —Estoy seguro de ello —apostilló Haplo.
    —Y desde entonces les hemos hecho difícil la existencia —continuó Limbeck— . Saboteamos tantas de sus naves dragón que ya no se atreven a posarlas en Drevlin. Tienen que transportarse a través de los elevadores y se ven obligados a mantener un gran ejército aquí abajo para proteger el suministro de agua.
    Y tienen que reemplazar a sus soldados con mucha frecuencia, aunque creo que esto último se debe más al Torbellino que a nosotros.
    »Los elfos no soportan la tormenta, según nos ha contado Bothar'el. No soportan estar encerrados en un recinto, y el ruido constante y combinado de la tormenta y la Tumpa-chumpa vuelve locos a algunos. Continuamente, tienen que enviar nuevos hombres. Y han traído esclavos (rebeldes elfos capturados, a los que se ha cortado la lengua, o a todos los nuestros que consiguen atrapar) para ocuparse de su parte de la Tumpa-chumpa.
    «Nosotros los atacamos en pequeños grupos, los acosamos. Nos hemos convertido en una molestia que los obliga a mantener en Drevlin un gran ejército, en lugar del pequeño destacamento simbólico que habían previsto. Pero ahora...
    Limbeck frunció el entrecejo y sacudió la cabeza.
    —... pero ahora estáis en un callejón sin salida —terminó la frase Haplo—.
    Vosotros no podéis recuperar los elevadores y los elfos no pueden sacaros de vuestros túneles. Y ambas partes dependéis de la Tumpa-chumpa, de modo que debéis seguir como estáis.
    —Todo eso es verdad —asintió Limbeck, sacándose las gafas para frotarse las marcas rojas de la nariz, donde se apoyaban los anteojos—. Así estaban las cosas, hasta ahora.
    —¿Estaban? —inquirió Haplo, sorprendido—. ¿Qué ha cambiado?
    —Todo —respondió Limbeck con voz lúgubre—. Los elfos han puesto fuera de funcionamiento la Tumpa-chumpa.
    CAPÍTULO 11
    WOMBE, DREVLIN REINO INFERIOR
    — ¡Fuera de funcionamiento! —Exclamó Bane—. ¡La máquina entera!
    —Ya hace siete ciclos de eso —asintió Limbeck—. Mira ahí fuera y tú mismo lo verás. Está oscuro y en silencio. No se mueve nada. No funciona nada. No tenemos luz, ni calor. —El enano exhaló un suspiro de frustración—. Hasta ahora, no habíamos sabido lo mucho que la Tumpa-chumpa hacía por nosotros. Culpa nuestra, por supuesto, pues a ningún enano se le había ocurrido nunca pensar por qué se ocupaba de nosotros.
    »Ahora que las bombas se han detenido, muchos de los túneles más profundos se están llenando de agua. Mi pueblo tenía hogares en ellos y muchos enanos se han visto obligados a marcharse para no morir ahogados. Las viviendas que nos quedan están abarrotadas.
    »En Herot teníamos unas cuevas especiales donde cultivábamos nuestra comida. Unas linternas que brillaban como el sol nos proporcionaban luz para las cosechas. Pero, cuando la Tumpa-chumpa dejó de funcionar, las linternas se apagaron y desde entonces estamos a oscuras. Las plantas empiezan a marchitarse y pronto morirán.
    »Pero, además de todo eso —continuó Limbeck, frotándose las sienes—, mi pueblo está aterrorizado. Cuando los elfos atacaron, nadie mostró miedo, pero ahora están paralizados de pánico. Es el silencio, ¿sabéis? —Miró en torno a sí con un pestañeo—. No pueden soportar el silencio.
    Naturalmente, era más que eso y Limbeck lo sabía, se dijo Haplo. Durante siglos, la vida de los enanos había girado en torno a su gran y amada máquina, a la que servían con fidelidad, con devoción, sin molestarse nunca en preguntar cornos y porqués. Y, ahora que el corazón del amo había dejado de latir, los siervos no tenían idea de qué hacer de sí mismos.
    — ¿A qué te refieres, survisor jefe, cuando dices que «los elfos han puesto fuera de funcionamiento la Tumpa-chumpa»? ¿Cómo? —preguntó Bane.
    — ¡No lo sé! —Limbeck se encogió de hombros en un gesto de impotencia.
    —Pero ¿estás seguro de que han sido los elfos? —insistió Bane.
    —Disculpa, príncipe Bane, pero, ¿qué importa eso? —inquirió el enano con acritud.
    —Podría tener importancia, y mucha —explicó Bane—. Si los elfos han puesto fuera de funcionamiento la Tumpa-chumpa, podría ser que hubieran descubierto cómo ponerla en marcha...
    A Limbeck se le ensombreció la expresión. Se llevó las manos a las gafas y terminó con éstas colgadas de una sola oreja en un ángulo inverosímil.
    — ¡Eso significaría que controlarían nuestras vidas! ¡Es intolerable! ¡Tenemos que luchar!
    Mientras el enano hablaba, Bane observaba a Haplo por el rabillo de sus azules ojos, con una leve sonrisa en los labios suavemente curvados. El muchacho estaba complacido consigo mismo; sabía que le llevaba un paso de ventaja al patryn en la partida que jugaban, fuera la que fuese.
    —Ten calma —pidió Haplo al enano—. Pensemos en esto un momento.
    Si Bane tenía razón en lo que decía, y Haplo se vio obligado a reconocer que la sugerencia parecía sensata, era muy probable que los elfos hubieran aprendido a hacer funcionar la Tumpa-chumpa, algo que nadie había conseguido hacer desde que los sartán habían abandonado misteriosamente su gran máquina, tantos siglos atrás. Y, si los elfos sabían ponerla en acción, también sabrían controlarla, controlar sus acciones, el alineamiento de las islas flotantes, el agua y, en definitiva, todo aquel mundo.
    «Quien domina la máquina, domina el agua. Y quien domina el agua, gobierna a quienes deben bebería para no perecer.» Palabras de Xar. El Señor del Nexo esperaba llegar a Ariano como salvador, para imponer el orden en un mundo en caos. N