LA PROCESIÓN DE LA MUELA DEL DIABLO
Publicado en
octubre 09, 2026
La Paz, BOLIVIA.
En los extremos de la Zona Sur de La Paz se alza una imponente formación rocosa de origen volcánico que se asemeja a una muela gigante emergiendo de la tierra. Rodeada de profundos cañones y vegetación baja, la Muela del Diablo ha sido considerada desde tiempos prehispánicos como un Apu (cerro sagrado) celoso y cargado de energías pesadas.
Desde la década de 1980, cuando los barrios residenciales comenzaron a extenderse hacia las faldas del cerro, los comuneros y guardias nocturnos de las urbanizaciones cercanas empezaron a presenciar un fenómeno aterrador entre las 2:00 AM y las 4:00 AM, especialmente durante las noches de luna llena o vientos helados de la cordillera.
La leyenda cuenta que en la cima del macizo se reúne "La Procesión de las Ánimas": una hilera de figuras encapuchadas que descienden en fila india por los senderos empinados de tierra, portando velas de cera que brillan con un fuego de color verdoso o azulado que el viento de la altura no logra apagar.
Lo verdaderamente horripilante de esta leyenda radica en el peligro de cruzarse con la procesión en los senderos oscuros:
Cuando la procesión se acerca, el viento helado de la noche paceña cesa de golpe. No se escuchan perros ladrar ni el ruido distante de la ciudad. Lo único que rompe el silencio es el crujido de pisadas sobre las piedras y un murmullo grave y monocorde, como un rezo rezado en un idioma arcaico e incomprensible.
La regla fundamental de los ancianos del sector es tirarse al suelo boca abajo y cerrar los ojos. Si te quedas de pie o te atreves a mirar, la última figura de la fila —que viste un hábito negro raído— se detendrá frente a ti y te extenderá amablemente una de las velas encendidas como "regalo".
Si cometes el error de aceptar el objeto y llevarlo a tu casa, la vela parece apagarse en tu mano. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente y revisar lo que guardaste, descubres que no tienes una vela: sostienes en tus manos un hueso fémur humano seco y amarillento.
A partir de ese momento, la persona empieza a consumir su salud día a día, escuchando los rezos susurrados al oído cada vez que intenta dormir, hasta que se ve obligada a subir nuevamente a la Muela del Diablo a medianoche para devolver el hueso, o arriesgarse a ser arrastrada por la procesión para siempre.
Un relato muy conocido en La Paz involucra a un topógrafo que trabajaba en la delimitación de terrenos en El Pedregal a mediados de los 90. El hombre se retrasó recogiendo su equipo al atardecer y la noche lo atrapó en la base de la rocalla.
Días después, fue encontrado por comuneros vagando descalzo en las quebradas, en estado de mutismo selectivo y con hipotermia severa. En sus bolsillos no llevaba sus herramientas, sino fragmentos de falanges humanas y tierra de cementerio. Aunque logró recuperarse físicamente en un hospital de la ciudad, nunca volvió a hablar con claridad; solo repetía entre dientes la frase: "No debí agarrar la luz... me están esperando en la cima".
Hoy en día, los deportistas y excursionistas que acampan cerca de La Muela del Diablo saben muy bien que deben recoger sus carpas y descender antes de que se ponga el sol.
Fuente del texto: IA Gemini