Publicado en
octubre 09, 2026
En agosto de 1977, Peggy Hodgson vivía con sus cuatro hijos en una pequeña casa de Green Street, en Enfield, Londres. Era una vivienda común, de esas que nadie recordaría después de pasar frente a ellas. Pero una noche, algo comenzó a golpear desde el interior de las paredes.
Al principio pensaron que eran ruidos de las tuberías o algún animal escondido. Después empezaron a escuchar golpes más fuertes, siempre en lugares donde no había nada. Peggy entró al dormitorio de sus hijas y encontró una cómoda, que no recordaba haberla movido. Intentó empujarla de vuelta a su lugar, pero volvió a desplazarse al sitio que estaba.
Asustada, llamó a la policía.
Dos agentes llegaron poco después. Revisaron las habitaciones, las paredes y las ventanas. No encontraron ninguna explicación. Sin embargo, cuando uno de ellos estaba a punto de marcharse, una silla que estaba en la habitación comenzó a deslizarse lentamente por el suelo.
La agente que presenció aquello declaró que no vio a nadie tocarla.
A partir de esa noche, la casa empezó a llamar la atención de vecinos, periodistas e investigadores. Los golpes continuaron y comenzaron a ocurrir cosas todavía más extrañas. Objetos que aparecían en lugares diferentes, cosas que parecían lanzarse por las habitaciones y sonidos que nadie conseguía explicar.
Pero el verdadero horror todavía no había comenzado.
Los investigadores Maurice Grosse y Guy Lyon Playfair llegaron a la casa y comenzaron a pasar noches enteras allí. Durante meses observaron a la familia, tomaron fotografías, hicieron grabaciones y trataron de descubrir si alguien estaba provocando los fenómenos.
Entonces ocurrió algo que cambió completamente el caso.
Una de las niñas, Janet, comenzó a hablar con una voz que no parecía corresponder con la suya. Era una voz masculina, áspera y profunda. Cuando los investigadores preguntaron quién estaba hablando, la voz afirmó ser un hombre llamado Bill Wilkins, un antiguo residente de la casa que, según decía, había muerto allí.
Los investigadores comenzaron a hacerle preguntas.
La voz respondía.
Decía cosas sobre su vida y sobre su muerte. En algunas grabaciones podía escucharse aquella voz saliendo de Janet mientras ella parecía tener dificultades para hablar normalmente.
La historia llegó a los periódicos y el nombre de la familia se hizo conocido.
Pero entonces apareció la duda.
Algunos investigadores descubrieron que las niñas podían estar fingiendo determinados fenómenos. Janet posteriormente reconoció que ella y su hermana habían falsificado algunos de los incidentes para engañar a los adultos.
Para muchos, aquello parecía explicar toda la historia.
Pero los investigadores que habían permanecido en la casa durante meses aseguraron que no todos los acontecimientos podían atribuirse a las niñas.
Y ahí quedó el misterio.
Porque una cosa es segura: aquella familia realmente vivió durante meses rodeada de golpes, objetos desplazados, voces y fenómenos que fueron observados por otras personas.
Lo que nadie pudo demostrar fue quién, o qué, estaba detrás de todo aquello.
Décadas después, la casa sigue existiendo.
Y quizás lo más inquietante del caso no sea pensar que un muerto pudo haber hablado a través de una niña. Quizás sea pensar que, entre todas las cosas que fueron fingidas, hubo algunas que nadie consiguió explicar.
Fuente del texto:
Relatos de Terror