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octubre 16, 2022
Manuel era un viejo granjero que poseía la mejor granja de la zona. Todos estuvieron de acuerdo en que el fruto de sus cosechas era sabroso e inigualable, y vinieron personas de todo el país para comprarle sus productos. Cuando se le pidió al campesino que revelara el secreto de tal cualidad, el hombre simplemente respondió: "¡Se lo debo todo a mi espantapájaros!"; y garantizo que ningún cuervo, ni ninguna otra plaga de cultivos se acercará a sus campos.
El anciano lo había hecho con sus propias manos y con gran cuidado. ¡El resultado era asombroso! El espantapájaros ofrecía una visión espantosa que asustaba incluso a los humanos, incluído el granjero. Éste tenía los brazos de casi dos metros, cada uno; y sus piernas eran largas. Todo el cuerpo rivalizaba con el tamaño de un árbol. Lo más aterrador era su cabeza. El granjero había seleccionado la más grande y hermosa de sus calabazas, que él mismo talló.
La granja vecina estaba dirigida por dos hermanos: Daniel y Mario; dos muchachos perezosos que no levantaban un dedo en todo el día. Éstos estaban celosos del viejo granjero y lo envidiaban por su éxito. Empezaron a conspirar contra él. Pasaron unos días antes de que los dos hermanos empezaran a colarse en la tierra de su vecino. Le robaron su preciado espantapájaros y se lo llevaron a su casa, cuidando de esconderlo muy bien.
Al día siguiente, mientras el viejo granjero se preparaba para un duro día de trabajo, se asustó al ver que su espantapájaros faltaba y que sus campos, todavía tan prolíficos el día anterior, habían sido saqueados por roedores y pájaros. El anciano cayó de rodillas llorando sabiendo que su cosecha estaba arruinada y que su granja inevitablemente iba a caer en bancarrota. Mientras se lamentaba, oyó a los hermanos vecinos murmurando. Éste fue a su encuentro para preguntarles si sabían algo de su preciado espantapáros. Los dos hermanos miraron directamente a los ojos del anciano y dijeron que no tenían ni idea.
—¡Te quedaste sin tu guardián, eh viejo! —Comentó Daniel.
—¡Me apena por ti! —Agregó Mario, lanzando una risa burlona.
El viejo granjero volvió a casa triste y con la cabeza agachada. Pero estaba seguro que ese par tenía algo que ver con la desparición de su espantapájaros.
Esa misma noche, Daniel y Mario luchaban por dormir. No era el remordimiento lo que les impedía cerrar los ojos, era la imagen de la horrible cabeza del espantapájaros. Asi que, luego de una pequeña discusión, concluyeron que no podrían quedarse dormidos mientras esa terrible cabeza estuviera en su casa. Por lo que se dirigieron hacia el muñeco. Mario con un bate de béisbol y de un solo golpe redujo la calabaza a mil pedazos. Recogieron los pedazos y los arrojaron a la basura. Volvieron a la cama. La medianoche acababa de sonar cuando éstos fueron despertados por un ruido perturbador. Era como si algo rascara la puerta del cuarto.
—¡Parece un animal queriendo entrar al cuarto! —Exclamó Daniel.
—Es mejor sacarlo antes de que haga destrozos en la casa. —Exclamó Mario.
De repente, la puerta se abrió con un siniestro chirrido. Una silueta estaba a la entrada de la habitación. Los hermanos estaban petrificados de terror, sólo podían mirar el cuerpo sin cabeza del espantapájaros caminando vacilante, en busca de ellos. Mario sintió uno de los brazos de paja, congelado como la muerte, agarrando su tobillo. Gritó rogando a su hermano que le ayudara. Pero él ya había saltado de la cama, bajó las escaleras de cuatro en cuatro los escalones, abrió la puerta de entrada y huyó por el camino iluminado con el resplandor de la luna. Corrió tan rápido como le permitían sus piernas, jadeando como un perro rabioso entre gritos de terror. Su ruta de escape cruzaba la granja del viejo granjero, que gracias a la luna, podía verlo parado en su portal mostrando una extraña y siniestra sonrisa. Continuó corriendo mientras sus pies descalzos sangraban. Miró furtivamente por encima de su hombro y casi se ahogó ante lo que acababa de ver. El espantapájaros estaba sobre sus talones y se acercaba a él a cada tramo del camino. Cuando se volteó por segunda vez a ver qué tan cerca estaba, pudo notar algo que le erizó la piel y que lo horrorizó: el espantapájaros tenía una nueva cabeza, que no era de calabaza, era la de Mario.
Fuente del texto:
BookNet / Autores del Terror