VÍCTOR (Daphne Du Maurier)
Publicado en
abril 09, 2022
Cuando se firmó el armisticio y, tras ser desmovilizado, empecé a reanudar mi vida normal, una de las primeras cosas que hice fue buscar a Víctor. Le escribí a Shropshire. Recibí una cortés contestación de su sobrino. Se había hecho cargo de la casa y de la administración de las fincas. Víctor había sido herido, pero no de gravedad. Había salido de Inglaterra y se hallaba ahora en algún lugar del extranjero, en Italia o en España, su sobrino no estaba muy seguro. Pero creía que su tío había decidido no volver más a Inglaterra. Si recibía alguna noticia de él, me lo comunicaría.
No supe más. Por mi parte, encontré muy desagradable el Londres de la posguerra y la gente que vivía en él. De modo que, rompiendo yo también los vínculos que me unían a mi país, me trasladé a América.
Pasé cerca de veinte años sin que volviera a ver a Víctor.
Estoy seguro de que no fue sólo la casualidad lo que nos reunió de nuevo. Estas cosas están predestinadas. Tengo la teoría de que la vida de cada hombre es como un mazo de cartas y que aquellos con los que nos encontramos y a los que, a veces, amamos, están barajados con nosotros. Guiados por el destino, coincidimos en la misma mano. Termina la partida, se efectúa el descarte y somos barajados de nuevo.
No hace al caso relatar ahora la combinación de acontecimientos que, dos o tres años antes de la Segunda Guerra Mundial, me hicieron volver a Europa cuando contaba ya cincuenta y cinco años. El caso es que volví.
Me hallaba a bordo de un avión, volando de una ciudad a otra -los nombres de éstas no hacen al caso-, cuando el aparato en que viajaba tuvo que realizar un aterrizaje forzoso en una región desolada y montañosa, sin que, afortunadamente, ocurrieran desgracias personales. Tripulación y pasajeros pasamos dos días sin contacto alguno con el mundo civilizado. Nos instalamos en el semidestruido aparato y esperamos que llegase alguna expedición de rescate. La Prensa de todo el mundo dedicó grandes titulares a este episodio, al que, por unos días, se concedió más atención incluso que a la tensa situación europea del momento.
Nuestras penalidades no fueron muy grandes durante aquellas cuarenta y ocho horas. Afortunadamente, no había mujeres ni niños, de modo que nos lo tomamos con calma y esperamos que acudieran en nuestro socorro. Confiábamos en que no tardaría en llegar una expedición en nuestra ayuda. El aparato de radio había funcionado hasta el instante mismo del aterrizaje y el radiotelegrafista había comunicado nuestra posición. Todo era cuestión de paciencia.
Para mí, cumplida mi misión en Europa y sin haber dejado en los Estados Unidos ningún vínculo que me indujese a volver, esta súbita caída en la clase de región que, años atrás, amara apasionadamente, constituía una experiencia extraordinaria. Me había convertido en un hombre excesivamente ciudadano, amante de las comodidades. El pulso intenso de la vida americana, la prisa, la vitalidad y la incansable energía del Nuevo Mundo se habían combinado para hacerme olvidar los vínculos que aún me ligaban al Viejo.
Entonces, contemplando la espléndida desolación que me rodeaba, comprendí lo que me había faltado durante todos aquellos años. Me olvidé de mis compañeros de viaje, me olvidé del gris fuselaje del maltrecho aeroplano -un anacronismo en aquel desierto milenario- y olvidé también mi cabello canoso, mi gruesa figura y la pesada carga de mis cincuenta y cinco años. Volvía a ser un muchacho ansioso, esperanzado, deseoso de encontrar una respuesta al problema de la eternidad. Esa respuesta estaba seguramente allí, esperándome al otro lado de las lejanas cumbres. Me quedé en pie, inmóvil, incongruente dentro de mi ropa de ciudad, y sentí que la fiebre de las montañas volvía a enardecerme la sangre.
Quería alejarme del destrozado aeroplano y de los preocupados semblantes de mis compañeros; deseaba olvidar los años perdidos. Habría dado cualquier cosa por volver a ser joven y, sin preocuparme por las consecuencias, avanzar hacia aquellas cumbres y escalar la gloria. Conocía muy bien lo que se experimentaba en lo alto de las montañas. El aire mucho más sutil y más frío, el silencio más profundo. La extraña quemadura del hielo, la penetrante fuerza del sol, y ese momento en que el corazón deja un instante de latir cuando el pie, resbalando súbitamente en el angosto reborde, busca dónde apoyarse y las manos se aferran desesperadamente a la cuerda.
Miré las montañas que tanto amaba y me sentí traidor. Las había traicionado para obtener a cambio cosas harto despreciables: lujo, comodidad, seguridad. Me propuse aplicarme a recuperar el tiempo perdido una vez que llegara la expedición de socorro. No tenía ninguna prisa por regresar a los Estados Unidos. Me tomaría unas vacaciones en Europa y volvería a emprender nuevas escaladas. Compraría ropa adecuada y el material necesario y acometería la realización de mi propósito. Una vez tomada esta decisión, me sentí alegre, irresponsable. Nada parecía importar ya. Regresé al lado de mis compañeros y pasé riendo y bromeando el resto del tiempo.
Al segundo día, recibimos socorro. Lo habíamos previsto cuando, al amanecer, divisamos un avión que planeaba por encima de nosotros a una altura de pocos centenares de metros. Componían la expedición de salvamento varios guías y montañeses, gente ruda, pero agradable. Nos trajeron ropas y alimentos y nos confesaron que les sorprendió que nos halláramos en condiciones de utilizarlos. No creían encontrarnos vivos.
Nos ayudaron a bajar al valle, a donde no llegamos hasta el día siguiente. Pasamos la noche acampados en el lado norte de la gran cordillera que tan remota e inaccesible nos había parecido al contemplarla desde el averiado aparato. Reemprendimos la marcha al amanecer. El día era espléndido y despejado, y el valle se extendía ampliamente a nuestros pies. Una escarpada cordillera, por lo que pude apreciar completamente infranqueable, se alargaba hacia el Este y remataba en un nevado picacho -¿o eran dos?-, que se alzaba contra el cielo como los nudillos de una mano cerrada.
Al iniciar el descenso, me dirigí al jefe de la expedición.
—En mi juventud, yo era un gran escalador. Sin embargo, no conozco este país. ¿Vienen muchas expediciones por aquí?
Negó con la cabeza. Me dijo que las condiciones eran difíciles. Él y sus compañeros venían desde bastante lejos. Los habitantes de la zona oriental del valle eran retraídos e ignorantes; había pocas facilidades para los turistas. Si yo quería practicar escaladas, podía llevarme a otros lugares en los que me sería más agradable hacerlo. Aunque, en aquella época del año, era ya un poco tarde para organizar expediciones.
Yo seguía mirando la cordillera que se extendía hacia el Este. Presentaba un aspecto de extraña belleza.
—¿Cómo se llaman aquellos dos picos gemelos -pregunté.
—Monte Veritá -respondió.
Entonces comprendí qué era lo que me había hecho volver a Europa...
Mis compañeros y yo nos separamos en una pequeña ciudad situada a unas veinte millas del lugar donde se había estrellado el avión. Ellos se dirigieron a la estación de ferrocarril más próxima y yo me quedé atrás. Alquilé una habitación en un pequeño hotel y dejé allí mi equipaje. Compré botas, pantalones bombachos, un jersey y un par de camisas. Luego, volví la espalda a la ciudad e inicié la escalada.
Como había dicho el guía, la estación estaba demasiado avanzada para emprender expediciones de montaña. Pero no me importaba. Estaba solo y volvía a encontrarme de nuevo en las montañas. Había olvidado cuan vigorizadora podía ser la soledad. Mis piernas y mis pulmones recobraban la fuerza de antaño, y el aire frío penetraba hasta el fondo de mi ser. Podría haber gritado de júbilo, a pesar de mis cincuenta y cinco años. Había terminado la tensión, el ajetreo, el afanoso bullir de millones de personas en las calles de la ciudad; ya no existían sus luces resplandecientes, ni sus insípidos olores. Debía de haber estado loco al aguantar aquello durante tanto tiempo.
Muy excitado, llegué al valle que se extiende al pie de la ladera oriental de Monte Veritá. Me pareció que no había cambiado gran cosa, a juzgar por la descripción que me había hecho Víctor antes de la guerra, años atrás. La ciudad era pequeña y primitiva, y sus habitantes, hoscos y desabridos. Había una especie de posada -llamar hotel a aquello sería excesivo-, donde decidí pasar la noche.
Fui recibido con indiferencia, aunque no con descortesía. Después de cenar, pregunté si era todavía transitable el camino que conducía a Monte Venta. Mi informante me miró sin interés desde detrás del mostrador -pues el comedor y el bar eran una misma cosa, y, siendo yo el único huésped, había cenado allí-, al tiempo que bebía el vaso de vino que le había ofrecido.
—Creo que sí -respondió-, por lo menos hasta el poblado. Después no sé.
—¿Tienen ustedes mucho trato con la gente que vive en el pueblo de la montaña? —pregunté.
—Muy poco. Y en esta época del año, nada -respondió.
—¿Suelen venir turistas por aquí?
—Pocos. Van hacia el Norte. En el Norte se está mejor.
—¿Hay algún sitio en el pueblo donde pueda pernoctar mañana?
—No lo sé.
Callé un momento, contemplando el rostro huraño de aquel individuo y, luego pregunté:
—¿Siguen viviendo las sacerdotisas entre las rocas de la cima de Monte Veritá?
Se estremeció. Volvió la vista hacia mí y se inclinó sobre el mostrador.
—¿Quién es usted? —preguntó-. ¿Qué sabe de ellas?
—Entonces, ¿existen todavía? —exclamé.
Me miró con suspicacia. En los últimos veinte años, habían ocurrido muchas cosas en aquel país, violencias, revoluciones, hostilidades que llegaban a separar a los padres de los hijos, y sus consecuencias debían de haber alcanzado también a aquel remoto rincón. Puede que ésta fuese la causa de su reserva.
—Circulan algunos rumores -dijo lentamente-. Prefiero no mezclarme en esos asuntos. Es peligroso. Cualquier día habrá algún disgusto.
—¿Disgusto? ¿Para quién?
—Para los habitantes del pueblo, para los que viven en Monte Veritá, para nosotros, los del valle. Yo no sé nada, nada malo puede ocurrirme.
Terminó el vaso de vino, lo limpió y pasó un paño por el mostrador. Estaba ansioso por desembarazarse de mí.
—¿A qué hora quiere desayunar mañana? —preguntó.
Le dije que a las siete y subí a mi habitación.
Abrí las dos hojas del balcón y me asomé. La pequeña ciudad se hallaba en silencio. Unas pocas luces brillaban en la oscuridad. La noche era clara y fría. Había salido la luna y proyectaba sus rayos sobre la oscura masa de montañas que se alzaba sobre la oscura masa de montañas que se alzaba frente a mí. Habría plenilunio al día siguiente. Me sentí extrañamente emocionado, como si hubiese retrocedido hacia el pasado. Aquella habitación, donde yo iba a pasar la noche, podía haber sido la misma en que durmieron Anna y Víctor, allá en el verano de 1913. Y quizás Anna hubiese estado contemplando Monte Veritá desde aquel mismo balcón, mientras Víctor la llamaba desde dentro, inconsciente de la tragedia que se avecinaba.
Y, siguiendo sus pasos, yo también había llegado a Monte Veritá.
A la mañana siguiente desayuné en el bar. No estaba el posadero y fue una muchacha, probablemente su hija, quien me sirvió el pan y el café. Sus modales eran sosegados y corteses, y me deseó que pasara un día agradable.
—Voy a trepar por el monte -dije-; no parece que vaya a cambiar el buen tiempo. Dígame, ¿ha estado usted alguna vez en Monte Veritá?
Sus ojos se apartaron instantáneamente de los míos.
—No -respondió-, nunca he salido del valle.
Yo hablaba con toda naturalidad y como con despreocupación. Dije algo acerca de unos amigos míos que habían estado allí años atrás -no dije cuántos- y que, al escalar la cima, habían visto el rocoso edificio situado entre los dos picos, y se habían sentido muy interesados por conocer algunos detalles acerca de la secta que vivía encerrada detrás de aquellos muros.
—¿Sigue viviendo allí esa gente? — pregunté, encendiendo un cigarrillo con deliberada lentitud.
La muchacha volvió nerviosamente la cabeza, como si se diera cuenta de que podían estarla escuchando.
—Eso dicen -contestó-. Mi padre no habla de ello delante de mí. Es un tema prohibido para los jóvenes. Yo seguí fumando el cigarrillo.
—Yo vivo en América -dije-, y he observado que allí, como en la mayoría de los sitios, cuando se reúnen varios jóvenes no hay nada que más les guste que hablar de temas prohibidos.
Esbozó una sonrisa, pero no dijo nada.
—Supongo que usted y sus amigas hablarán a menudo de lo que ocurre en Monte Veritá -dije.
Me sentía ligeramente avergonzado de mi doblez, pero tenía la impresión de que aquella táctica era la más adecuada para obtener alguna información.
—Sí -dijo ella-, eso es cierto. Pero sólo lo hacemos cuando estamos solas.
Precisamente no hace mucho...
Miró de nuevo hacia atrás y, luego continuó, bajando la voz:
—Una amiga mía, que estaba a punto de casarse, desapareció un buen día y no ha vuelto más. Dicen que fue llamada a Monte Veritá.
—¿Nadie la vio ir?
—No. Se fue por la noche. Y no me dejó ningún aviso, nada.
—¿Y no podría ocurrir que se hubiese ido a otro lugar completamente distinto a una gran ciudad, o a algún centro turístico?
—Se cree que no. Además, había estado portándose de una forma extraña. La habían oído soñar en voz alta; y hablaba de Monte Veritá.
Callé un momento. Luego, proseguí mi interrogatorio con el mismo aire indiferente.
—¿Cuál es la fascinación que ejerce Monte Veritá? — pregunté-. La vida allí debe ser insoportablemente dura, e incluso cruel.
—No para las que son llamadas -replicó ella, moviendo la cabeza-. Se mantienen siempre jóvenes. No envejecen jamás.
—¿Cómo puede usted saberlo si nunca las ha visto nadie?
—Siempre ha sido así. Ésa es la creencia. Por eso aquí, en el valle, se las odia, se las teme, e incluso se las envidia. Ellas tienen el secreto de la vida en Monte Veritá.
Miró por la ventana en dirección a la montaña. Había una expresión anhelante en sus ojos.
—¿Y usted? — pregunté-. ¿Cree que será llamada alguna vez?
—No soy digna de ello -respondió-. Además, tengo miedo. Retiró la taza vacía de café y me ofreció un poco de fruta.
—Y ahora -continuó, bajando, aún más la voz-, desde esta última desaparición, parece que va a haber disturbios. La gente del valle está irritada. Algunos hombres han subido al pueblo de la montaña y están tratando de soliviantar a sus habitantes, reunirse muchos y asaltar la roca. Nuestros hombres se lanzarán enfurecidos. Intentarán matar a las que viven allí. Y entonces se pondrán peor las cosas, vendrá el Ejército, habrá interrogatorios, castigos, fusilamientos. Todo acabará mal. Y eso no resulta nada atractivo. Todo el mundo está asustado y anda por ahí cuchicheando a escondidas.
Sonaron fuera unas pisadas. La muchacha corrió a colocarse tras el mostrador, y allí estaba, muy atareada con la cabeza baja, cuando su padre entró en la sala.
Nos miró con suspicacia a los dos. Yo tiré el cigarrillo y me levanté de la mesa.
—¿De modo que sigue usted decidido a subir a la montaña? — me preguntó.
—Sí -respondí-. Volveré dentro de uno o dos días.
—Sería imprudente quedarse allí más tiempo -dijo.
—¿Quiere decir que va a cambiar el tiempo?
—Va a cambiar el tiempo, sí. Pero, además, puede haber peligro.
—¿Peligro? ¿En qué sentido?
—Puede que haya disturbios. Las cosas están muy revueltas. Los hombres están exaltados. Y cuando están exaltados pierden la cabeza. En una situación así, podrían sufrir daño los extranjeros. Sería mejor que renunciara a su idea de subir a Monte Veritá y se dirigiera hacia el Norte. Allí hay más tranquilidad.
—Gracias. Pero me he propuesto escalar Monte Veritá. Se encogió de hombros y apartó la vista.
—Como quiera -dijo-. No es asunto mío.
Salí de la posada, recorrí la calle y, cruzando el pequeño puerto que salvaba el arroyo de la montaña, me vi frente al sendero que conducía a la ladera oriental de Monte Veritá.
Al principio, se oían con toda claridad los ruidos del valle. El ladrido de los perros, el tintineo de las esquilas, las voces de los hombres llamándose unos a otros..., todos estos sonidos llegaban nítidamente hasta mí, en el aire diáfano. Luego, el humo azulado de las chimeneas se fundió en una espesa neblina y las casas fueron empequeñeciéndose hasta parecer de juguete. El sendero me internaba cada vez más en el corazón de la montaña, hasta que, al mediodía, el valle desapareció en las profundidades. En mi mente no había otro pensamiento que el de subir, subir, coronar aquella loma de la izquierda, dejarla a mi espalda y alcanzar la otra, olvidarme de ambas y llegar a la tercera, todavía más escarpada y más prominente. Avanzaba despacio. Mis músculos habían perdido la elasticidad y mi respiración era imperfecta. Pero me sostenía la excitación de mi espíritu, y no estaba cansado en absoluto. Podría seguir caminando sin cesar.
Fue para mí una sorpresa el instante en que llegué al pueblo, pues había calculado que por lo menos aún me faltaba una hora. Debía de haber subido a un paso muy vivo, ya que todavía no habían dado las cuatro. La aldea presentaba un aspecto desolado, casi desierto, y me pareció que quedaban muy pocos habitantes. Algunas de las casas estaban cerradas, otras destruidas o parcialmente destruidas. Sólo salía humo de dos o tres de ellas, y no vi a nadie trabajando en los pastizales de los alrededores. Unas cuantas vacas, flacas y macilentas, pacían junto al sendero, y, en el aire quieto, las esquilas que pendían de sus cuellos daban un sonido hueco y melancólico. Después de la excitación de la escalada, aquel lugar me producía un efecto sombrío, deprimente. Si era allí donde tenía que pasar la noche, procuraría no pensar en ello.
Me dirigí a la primera casa, de cuyo tejado ascendía una columna de humo, y llamé a la puerta. Al cabo de un rato, se abrió y apareció en el umbral un chiquillo de unos catorce años que, después de mirarme, volvió la cabeza y llamó a alguien que había dentro. Salió un hombre, aproximadamente de mi edad, grueso y de expresión estúpida, que me dijo algo en un dialecto desconocido para mí. Luego, dándose cuenta de su error, comenzó a hablar en el idioma del país, con más torpeza aún que yo.
—¿Es usted el médico del valle? — me preguntó.
—No -contesté-. Soy un extranjero que está aquí de vacaciones, escalando las montañas de la comarca. Necesito una cama para pasar la noche. ¿Puede proporcionármela?
En su rostro se pintó la decepción. No contestó directamente a mi pregunta.
—Tenemos muy enfermo a alguien -dijo-. No sé qué hacer. Dijeron que vendría un médico del valle. ¿No ha visto usted a nadie?
—Me temo que no. Nadie más que yo ha subido del valle. ¿Quién está enfermo? ¿Un niño? El hombre movió la cabeza.
—No, no. Aquí no tenemos niños.
Seguía mirándome con aire aturdido y desamparado, y me compadecí de él, pero no veía qué podía hacer yo. No llevaba conmigo más medicamentos que un pequeño botiquín de urgencia y un tubito de aspirina. Quizá sirviera de algo la aspirina, si es que se trataba de un caso de fiebre. Saqué el tubo y di unos cuantos comprimidos al hombre.
—Puede que esto sirva de algo -dije-. Haga la prueba. Me hizo señas de que entrara.
—Déselos usted mismo, por favor -dijo.
Sentía cierta repugnancia a entrar y enfrentarme con el triste espectáculo de la muerte de un semejante, pero un elemental sentido de humanidad me dijo que no podía hacer otra cosa, y le seguí al interior de la casa. Había un pequeño catre apoyado contra la pared y, tendido sobre él, cubierto por dos mantas, un hombre con los ojos cerrados. Estaba pálido y sin afeitar, y los rasgos de su rostro tenían ese afilado aspecto que revela la proximidad de la muerte. Me acerqué al lecho y le miré. El abrió los ojos. Durante un momento, ambos nos miramos incrédulos. Luego, me tendió la mano y sonrió. Era Víctor...
—Gracias a Dios -dijo.
Yo estaba demasiado emocionado para hablar. Vi que hacía una seña al aldeano, que se mantenía apartado, y que le hablaba en su dialecto. Debió de decirle que éramos amigos, pues en su rostro se encendió una lucecita de alegría y se retiró.
Yo seguí junto al lecho, con la mano de Víctor en la mía.
—¿Cuánto tiempo hace que estás así? — le pregunté, al fin.
—Unos cinco días. Pleuresía; ya lo he tenido antes de ahora, pero esta vez es peor. Me voy haciendo viejo.
Volvió a sonreír; aunque se hallaba desesperadamente enfermo -me daba perfecta cuenta de ello-, apenas había cambiado, era el mismo Víctor de siempre.
—Parece que has prosperado -me dijo, sin dejar de sonreír-. Tienes todo el aspecto de un triunfador.
Le pregunté por qué no me había escrito nunca y qué era lo que había estado haciendo durante aquellos veinte años.
—Me fui de Inglaterra -dijo-. Lo mismo que tú, me parece, pero de otra manera. Y no he vuelto desde entonces. ¿Qué llevas ahí?
Le enseñé el tubo de aspirina.
—Me temo que no te va a servir de gran cosa -dije-. Lo mejor que se me ocurre es quedarme aquí esta noche; mañana, a primera hora, buscaré un par de hombres o tres que me ayuden a bajarte al valle.
Movió la cabeza.
—Es perder el tiempo -dijo-. Ya no hay nada que hacer. Lo sé muy bien.
—Bobadas. Necesitas un médico y que te cuiden adecuadamente. Eso es imposible en este lugar.
Paseé la vista por el rústico cuartucho, oscuro y sin ventilación.
—No te preocupes por mí -dijo-. Hay otra persona más importante.
—¿Quién?
—Anna -respondió.
Y, como yo me quedara perplejo y silencioso, añadió:
—Ya sabes que ella sigue aquí, en Monte Veritá.
—¿Quieres decir que continua encerrada en ese lugar? ¿Que nunca ha salido de él?
—Por eso estoy yo aquí -respondió Víctor-. Vengo todos los años, desde que empezó la cosa. Creo que, después de la guerra, te escribí diciéndotelo, ¿no? Durante todo el año vivo en un pueblecito de pescadores, un tranquilo y aislado rincón, y luego, vengo aquí una vez cada doce meses. Este año lo he dejado para más tarde, porque he estado enfermo.
Era increíble. Toda una existencia arrastrándose a lo largo de los años, sin amigos, sin comodidades, soportando el lento transcurrir de los meses hasta que
llegase el momento de esta desesperanzada peregrinación anual.
—¿La has visto alguna vez? — pregunté.
—Nunca.
—¿Le escribes?
—Traigo una carta todos los años. La llevo conmigo y la dejo junto al muro, y, al día siguiente, vuelvo.
—¿Y recogen la carta?
—Siempre. Y en su lugar encuentro una piedra lisa, con unas palabras grabadas en ella; no muchas. Todas las piedras las guardo en la casa en que vivo, a orillas del mar.
Era desgarrador ver su fe en ella, su fidelidad a través de los años.
—He intentado estudiar su religión -dijo-. Es mucho más antigua que el cristianismo. Hay textos viejísimos en los que se encuentras alusiones a ella. Los he repasado de vez en cuando y he hablado con eruditos que han estudiado la mística y los ritos de los druidas y de los antiguos galos; hay un fuerte lazo que une a todos los montañeses de aquellos tiempos. En todas mis lecturas, he observado la misma insistencia sobre el poder de la luna y la creencia de que los adeptos a sus ritos y a su fe se mantienen eternamente jóvenes y hermosos.
—Pero, Víctor, hablas como si tú también creyeras en esas cosas -dije.
—Y es cierto -repuso-. Los pocos niños que quedan en este pueblo también creen en ellas.
El hablar le había fatigado. Alargó la mano hacia el jarro de agua que tenía junto a la cama.
—Escucha -dije-, estas aspirinas no pueden hacerte ningún mal y, en cambio, te aliviarán si tienes fiebre. Además, te ayudarán a dormir.
Le hice tomar tres tabletas y le arropé bien entre las mantas.
—¿No hay mujeres en la casa? — pregunté.
—No -respondió-, y eso es algo que no ha dejado de intrigarme desde que he llegado esta vez. El pueblo está casi completamente desierto. Las mujeres y los niños se han trasladado al valle. Quedarán unas veinte personas en total, entre hombres y muchachos.
—¿Sabes adonde han ido las mujeres y los niños?
—Creo que se fueron unos días antes de mi llegada. El dueño de esta casa es hijo del anciano que vivía aquí y se murió hace años. Es tan estúpido que nunca sabe nada de nada. Si le preguntas algo, se limita a mirarte vagamente. Pero es bastante competente en sus cosas. El te dará comida y te encontrará alojamiento. El chiquillo, en cambio, es bastante despejado.
Víctor cerró los ojos. Confié en que pudiese dormir. Creía saber por qué las mujeres y los niños habían abandonado el pueblo. Debía de haber ocurrido a raíz de la desaparición de la muchacha. Sin duda temieron que podían sobrevenir disturbios en Monte Veritá. Pero no me atrevía a hablar de esto con Víctor. Lo que deseaba era poder convencerle para que permitiera ser trasladado al valle.
Había anochecido, y me sentía hambriento. Me dirigí a la parte trasera de la casa. No había allí nadie más que el muchacho. Le pedí algo de comer y me comprendió. Me trajo pan, carne y queso, que comí en la habitación mientras él me miraba.
Los ojos de Víctor seguían cerrados y me supuse que dormía.
—¿Mejorará? — preguntó el muchacho; no empleaba el dialecto para hablar.
—Creo que sí -respondí-, por lo menos si pudiese llevarle a que lo viera un médico del valle.
—Yo le ayudaré -dijo el muchacho-, y llamaré a un par de amigos, para que nos acompañen. Pero tendremos que salir mañana. Después será difícil.
—¿Por qué?
—Va a haber mucho movimiento pasado mañana. Subirán los hombres del valle y mis amigos y yo nos uniremos a ellos.
—¿Qué va a suceder?
Vaciló y me miró con sus vivaces y brillantes ojos, diciendo:
—No lo sé -dijo; y se escabulló en dirección al cuarto trasero. Oí la voz de Víctor desde la cama.
—¿Qué decía el muchacho? — preguntó-. ¿Quién va a subir del valle?
—Lo ignoro -respondí con aire de indiferencia-; supongo que alguna expedición. Pero se ha ofrecido a ayudarme mañana a trasladarte al valle.
—Debe de haber algún error -dijo Víctor-. Aquí no viene nunca ninguna expedición.
Llamó al muchacho y, cuando éste reapareció, le habló en su dialecto. El chico se mostraba huraño y parecía reacio a contestar a las preguntas que le dirigía Víctor. Les oí pronunciar varias veces las palabras «Monte Veritá». Finalmente el muchacho se retiró y nos dejó solos.
—¿Has entendido algo? — me preguntó Víctor.
—No -respondí.
—Ocurre algo raro que no me gusta nada -dijo-; Hace unos días que lo he notado. Los hombres se comportan de un modo furtivo, extraño. El chico dice que hay mucho revuelo en el valle y que las gentes de allí están furiosas. ¿Has oído tú algo?
Yo no sabía qué decir. Víctor me miraba fijamente.
—El dueño de la posada no era muy comunicativo -contesté-, pero me aconsejó que no subiese a Monte Veritá.
—¿Qué razón te dio?
—Ninguna. Se limitó a decir que podían ocurrir disturbios. Víctor guardó silencio unos instantes, meditando.
—¿Ha desaparecido alguna de las mujeres del valle? — preguntó luego.
Era inútil mentir. Repuse:.
—Algo he oído acerca de que ha desaparecido una muchacha, pero no sé si es verdad.
—Debe de serlo. Ésa es, pues, la causa.
Guardó silencio durante largo rato. Yo no podía ver la expresión de su rostro, que quedaba en la sombra. La habitación se hallaba iluminada por una sola lámpara, que esparcía a su alrededor un pálido resplandor.
—Tienes que subir mañana a Monte Veritá y avisar a Anna -dijo al fin.
Creo que había estado esperándolo. Le pregunté cómo podría hacerlo.
—El camino no tiene pérdida -dijo-. Sigue hacia el Sur por el cauce seco del arroyo. Las lluvias no lo han hecho impracticable todavía. Si sales antes del amanecer, tendrás todo el día por delante.
—¿Y cuando llegue?
—Deja una carta, como hago yo, y aléjate. Si te quedas allí, no la recogerán. Yo también escribiré. Le diré a Anna que me encuentro enfermo aquí y que tú has aparecido repentinamente, al cabo de cerca de veinte años de no habernos visto. Precisamente mientras hablabas con el muchacho estaba pensando que es como un milagro. Tengo la extraña sensación de que ha sido Anna quien te ha traído aquí.
En sus ojos brillaba aquella fe infantil que tan bien recordaba yo.
—Quizá -respondí-. O Anna, o lo que tú solías llamar mi fiebre de montaña.
—¿No es lo mismo?
Durante un rato nos miramos mutuamente en el silencio de aquella pequeña y oscura habitación. Luego, me volví y llamé al muchacho para que me trajese un colchón, mantas y una almohada. Dormiría en el suelo, junto al lecho de Víctor.
Mi amigo respiraba con dificultad y se revolvía inquieto en la cama. Me levanté varias veces para darle agua y aspirina. Sudaba copiosamente. Ignoraba si eso era bueno o malo. La noche se me antojó interminable. Apenas dormí. Cuando empezó a clarear, los dos estábamos despiertos.
—Tienen que salir ahora -me dijo.
Me acerqué a él y vi con aprensión que su piel se había vuelto viscosa y fría. Era indudable que había empeorado y que se encontraba mucho más débil.
—Dile a Anna -murmuró- que si la gente del valle sube al monte, ella y las demás correrán un grave peligro. Estoy seguro.
—Se lo escribiré -dije.
—Ella sabe cuánto la quiero. Se lo digo siempre en mis cartas, pero tú podrías repetírselo. Espera en la hondonada. Puede que tengas que esperar dos o tres horas, y tal vez más. Luego, vuelve junto al muro y busca la contestación en una piedra lisa. Allí estará.
Pasé mi mano por la suya, casi helada, y salí al aire frío de la madrugada. Miré a mi alrededor y sentí cierto recelo. Había nubes por todas partes. No sólo a mis pies, ocultando el sendero por el que yo había llegado la noche anterior, sino también en el silencioso poblado, en los tejados de cuyas casas se enredaban guedejas de niebla, y más arriba, donde el sendero que había de conducirme a la cumbre se difuminaba en la espesa bruma.
Suave y silenciosa, la niebla me rozaba el rostro. No se disipaba, no aclaraba. La humedad se me adhería al pelo y a las manos, y podía sentir su sabor en la lengua. Me detuve, indeciso, mirando a un lado y a otro, y preguntándome qué debía hacer. El instinto de conservación me aconsejaba que regresara. Sabía que era una locura emprender una escalada con aquel tiempo. Sin embargo, quedarme en el pueblo, con los ojos de Víctor fijos en mí, esperanzados, pacientes, era más de lo que podía soportar. Se estaba muriendo, y ambos lo sabíamos. Y en el bolsillo de mi chaqueta iba la última carta que escribía a su mujer.
Me dirigí hacia el Sur. Desde la cumbre de Monte Veritá, las nubes seguían bajando lenta e inexorablemente.
Comencé a trepar...
Víctor me había dicho que llegaría a la cima en un par de horas. Yo pensaba invertir menos aún, en cuanto saliese el sol y pudiera orientarme. Además, el tosco mapa que me había dibujado Víctor me serviría de guía.
Al cabo de una hora de haber salido del pueblo me di cuenta de mi error. El sol no brillaría en todo el día. Las nubes pasaban rozándome el rostro, viscosas y frías, y me ocultaban el cauce por el que ya llevaba cinco minutos subiendo. Y no estaba seco. Los manantiales de la montaña habían ablandado la tierra y desprendido las piedras.
Cuando cambió el panorama y, dejando atrás raíces y arbustos, empecé a pisar la roca desnuda, había pasado el mediodía. Estaba derrotado. Peor aún. Me había perdido. Retrocedí, pero no pude encontrar el cauce que me había llevado tan lejos. Me acerqué a otro, pero corría en dirección Nordeste y, además, bajaba por él un torrente de agua. Un movimiento en falso, y la corriente me habría arrastrado, destrozándome las manos al intentar aferrarme a las piedras.
Había desaparecido mi exaltación del día anterior. No me dominaba ya la fiebre de las montañas, sino otra sensación que también recordaba haber experimentado; temor. En mis buenos tiempos de escalador me había visto envuelto muchas veces por la niebla. Nada deja a un hombre tan desamparado, a menos que sepa reconocer cada metro del camino por el que ha subido y pueda, así, descender. Pero yo ya no era joven, ni tenía el entrenamiento de aquellos días. Era un hombre maduro, solo en una montaña que desconocía, y estaba asustado.
Me senté bajo una peña, comí el resto de los bocadillos que me habían preparado en la posada del valle y esperé. Luego, me levanté y empecé a moverme para entrar en calor. El aire no era todavía muy frío, pero había esa desapacible humedad que acompaña siempre a la niebla.
Mi única esperanza era que, al llegar la noche y descender la temperatura, se levantara la niebla. Recordé que habría luna llena, lo cual me favorecía, pues la niebla rara vez persiste en estos casos, sino que tiende a deshacerse y disiparse. Por eso me agradó notar que se iba enfriando la atmósfera. El aire era notablemente más penetrante, y, al mirar hacia el Sur, podía ya ver con claridad a una distancia de tres metros por delante de mí. A mis pies, sin embargo, la bruma era tan espesa como antes. Un muro impenetrable de niebla hacía imposible el descenso. Seguí esperando.
Por encima de mí, siempre en dirección Sur, mi campo visual iba ensanchándose paulatinamente. La niebla no era ya más que un tenue vapor que se iba desvaneciendo. Y, de pronto, todo el contorno de la montaña apareció nítidamente ante mi vista. No era todavía la cumbre, sino un rocoso saliente que apuntaba hacia el Sur. Y por detrás de él pude divisar el cielo por primera vez en todo el día.
Miré el reloj. Eran las seis menos cuarto. La noche había caído sobre Monte Veritá.
Volvió de nuevo la niebla, oscureciendo aquel diáfano trozo de cielo que yo había visto, y luego se disipó otra vez. Abandoné el lugar en que me había resguardado. Por segunda vez, me veía obligado a tomar una decisión: trepar o descender. Hacia arriba, el camino estaba despejado. Se veía el saliente rocoso descrito por Víctor, e incluso podía distinguir la senda que debía haber seguido doce horas antes. Dentro de dos o tres horas saldría la luna y me proporcionaría la luz que necesitaba para llegar al rostro rocoso de Monte Veritá. Miré hacia el Este. El camino de bajada seguía oculto tras el mismo muro de niebla. Mientras no se disipara, tendría que permanecer en la misma situación en que había estado todo el día, sin saber qué dirección seguir y desamparado en medio de un campo visual no superior a un metro. Decidí continuar y escalar la cumbre de la montaña con mi mensaje.
La niebla quedaba ahora a mis pies, y esto me reanimó. Consulté el tosco mapa trazado por Víctor y me dirigí hacia el saliente meridional. Me sentía hambriento y habría dado cualquier cosa por tener ahora los bocadillos que había comido al mediodía. No me quedaba más que un pedazo de pan. Eso, y un paquete de cigarrillos. El fumar no era conveniente para mantener el ritmo respiratorio adecuado, pero al menos me distraería el apetito.
Distinguí entonces los dos picos gemelos que se recortaban nítidamente contra el cielo. Una nueva excitación se apoderó de mí al contemplarlos, pues sabía que, en cuanto hubiese dado la vuelta al rocoso saliente y alcanzara la ladera meridional de la montaña, habría llegado al final de mi viaje.
Seguí subiendo. La cornisa se estrechaba y las rocas iban haciéndose más escarpadas a medida que me acercaba a la vertiente meridional de la montaña. Y entonces, dominando el neblinoso vaho que se extendía hacia Oriente, comenzó a brillar la luna. Su resplandor despertó en mí una renovada sensación de soledad. Era como si caminara solo por el borde de la Tierra, suspendido en la inmensidad del Universo.
Al remontarse la luna, me sentí reducido a la insignificancia. Ya no tenía conciencia de poseer una identidad personal. El caparazón en que se encerraba mi ser avanzaba insensible, atraído hacia la cumbre de la montaña por una fuerza desconocida que parecía emanar de la propia luna. Me sentía impelido hacia delante como las aguas en la pleamar. No podía desobedecer la ley que me obligaba a seguir, como no podía dejar de respirar. No era la fiebre de la montaña lo que ardía en mi sangre, sino la magia de la montaña. No era energía nerviosa lo que me impulsaba, sino el influjo de la luna llena.
Las rocas se estrechaban y descendían sobre mi cabeza formando una angosta arcada, de modo que tuve que encorvarme y seguir a tientas mi camino. Salí luego de la oscuridad, y allí estaban, bañados de argéntea blancura, los dos picos gemelos de Monte Veritá.
Por primera vez en mi vida supe lo que era la auténtica belleza. Olvidé mi misión, mi inquietud por Víctor, el temor experimentado ante las nubes que me habían rodeado durante todo el día. En verdad que éste era el fin del viaje. Ésta era la plena consecución de todos los objetivos. El tiempo no importaba. No pensaba en él. Me quedé en pie, contemplando la rocosa faz bañada por la luna.
No sé el tiempo que permanecí inmóvil, ni recuerdo cuándo sobrevino la mutación sobre los muros y la torre; pero, de pronto, allí había figuras que no habían estado antes. Permanecían en fila sobre los muros, recortadas contra el cielo, y podrían haber sido imágenes de piedra esculpidas en la roca, tan quietas estaban, tan inmóviles.
Yo me encontraba demasiado lejos para ver sus rostros y sus formas. Una de ellas se erguía solitaria sobre la torre, cubierta por una larga túnica que le llegaba hasta los pies. De pronto, acudieron a mi mente viejas narraciones de otros tiempos, los extraños ritos de los druidas, las matanzas, los sacrificios. Aquellas gentes adoraban a la luna, y ésta fulgía en toda su plenitud. Alguna víctima iba a ser arrojada al fondo de los abismos y yo iba a ser testigo del acto.
Hasta aquel momento, yo había conocido en mi vida el miedo, pero nunca el terror. Entonces, éste me dominó por completo. Me arrodillé en la sombra de la hondonada, pues si me quedaba a la luz de la luna sería visto. Las vi alzar los brazos por encima de sus cabezas, y, rompiendo el profundo silencio que hasta entonces había reinado, sonó un murmullo, bajo y confuso al principio, que fue creciendo paulatinamente en intensidad. Las voces repercutían en las paredes rocosas y vibraban en el aire. Entonces observé que todas tenían el rostro vuelto hacia la luna. No había sacrificios. No había ninguna matanza. Éste era su canto de alabanza.
Permanecí oculto entre las sombras, con toda la ignorancia y la vergüenza de quien se encuentra asistiendo a un culto desconocido. Mientras el cántico sonaba en mis oídos, ultraterreno, aterrador y, sin embargo, insoportablemente bello. Entrelacé mis manos sobre la cabeza, cerré los ojos e incliné la frente hasta tocar con ella el suelo.
Lentamente, muy lentamente, el gran himno de alabanza fue apagándose. Descendió hasta no ser más que un murmullo, un suspiro, y se extinguió. El silencio volvió a enseñorearse de Monte Veritá. No me atrevía a moverme. Mis manos me cubrían la cabeza. Tenía el rostro pegado contra el suelo. No me avergüenzo de mi terror. Me hallaba perdido entre dos mundos. Había huido del mío y no pertenecía al suyo.
Todavía arrodillado, esperé. Luego, lenta y furtivamente, levanté la cabeza y miré hacia la roca. Los muros y la torre se hallaban desiertos. Las figuras se habían desvanecido. Y una nube, deshilachada y oscura, ocultaba a la luna.
Me levanté, pero no di un solo paso hacia delante. Tenía los ojos fijos en la torre y en los muros. Nada se movía allí, ahora que la luna se había ocultado. Puede que nunca hubiesen existido las figuras y los cánticos. Quizá los había creado mi propia imaginación.
Esperé hasta que se hubo retirado la nube que ocultaba a la luna. Entonces, me armé de valor y palpé las cartas que llevaba en el bolsillo. Ignoro lo que había escrito, Víctor, pero la mía decía así:
Querida Anna:
El destino me ha traído al pueblo de Monte Veritá. Víctor está allí. Se encuentra desesperadamente enfermo, y creo que va a morir. Si quieres enviarle algún mensaje, déjalo junto al muro. Yo se lo llevaré. Quiero avisarte también de que me parece que vuestra comunidad corre peligro. Las gentes del valle están aterrorizadas y asustadas porque ha desaparecido una de sus mujeres. Es probable que vengan a Monte Veritá y traten de destruirlo.
Quiero decirte, para terminar, que Víctor nunca ha dejado de amarte y de pensar en ti.
Y firmaba con mi nombre al pie de la página.
Comencé a andar hacia el muro. Al acercarme, pude ver las estrechas ventanas que, tiempo atrás, me describió Víctor, y se me ocurrió que quizás hubiese ojos espiándome desde detrás de ellas, que, al otro lado de cada una de aquellas angostas aberturas, podía haber una figura esperando.
Me agaché y deposité las cartas en el suelo, junto al muro. Y, al hacerlo, el lienzo de pared que se alzaba ante mí giró bruscamente y se abrió. De la obertura surgieron unos brazos que me asieron con fuerza. Fui arrojado violentamente al suelo. Unas manos atenazaron mi garganta.
Antes de perder el conocimiento, oí la risa de un niño.
Desperté bruscamente, con la impresión de salir de un profundo sueño, y tuve la certeza de que un momento antes no había estado solo. Alguien se había arrodillado junto a mí y había contemplado mi rostro dormido.
Me incorporé y miré a mi alrededor. Tenía frío y se me habían entumecido los miembros. Me encontraba en una celda de unos tres, metros de longitud, y, por la estrecha hendidura que se abría en el muro de piedra, penetraba una débil y fantasmal claridad. Eché un vistazo a mi reloj. Las manecillas señalaban las cinco menos cuarto. Debía de haber estado inconsciente algo más de cuatro horas, y la luz que se difuminaba por la estancia era la incierta claridad que precede al alba.
Al despertarme, mi primer sentimiento fue de cólera. Había sido engañado. Le gente del pueblo que se extendía al pie de Monte Veritá me había mentido, y también a Víctor. Las rudas manos que se habían apoderado de mí y la risa infantil que había escuchado procedían de los aldeanos. El hombre de la casa y su hijo me habían precedido por el sendero de la montaña. Conocían un camino de acceso a través de los muros y me habían preparado una emboscada. Habían estado engañando a Víctor durante años y pensaban engañarme a mí también, Dios sabe por qué motivos. No podía ser para robarnos. Ninguno de los dos poseíamos nada más que la ropa que llevábamos puesta. La celda en que me encontraba estaba completamente desnuda. No se advertía la menor señal de que aquélla fuese una habitación humana. No había ni siquiera una tabla en la que tenderse. Carecía asimismo de puerta, y, en su lugar, se abría una alargada hendidura, igual que la ventana, pero lo suficientemente ancha como para permitir el paso de un hombre. Y me sentía extrañado ante el hecho de que no me hubiesen atado.
Esperé a que aumentase la luz y fuese desapareciendo el entumecimiento que agarrotaba mis miembros. Me parecía una acertada medida de precaución, porque, si me aventuraba a cruzar en seguida la estrecha abertura que servía de puerta, podía tropezar y caer en la oscuridad o extraviarme en algún dédalo de escaleras y pasadizos.
A medida que aumentaba la luz, arreciaba mi cólera y comenzó a invadirme una sensación de desesperación. Lo que más deseaba en aquel momento era coger por mi cuenta a aquel individuo y a su hijo, amenazarles, y luchar con ellos, si hacía falta; esta vez no conseguirían derribarme tan fácilmente. Pero ¿y si se habían ido abandonándome en aquel lugar, sin medio alguno de salir? Admitiéndolo así, ésa era la maniobra a que sometían a los extranjeros, y la habían estado realizando, ellos y sus antepasados, durante innumerables años. Atraían incluso a las mujeres del valle, y, una vez que encerraban a sus víctimas tras aquellos muros, las dejaban morir de inanición. Noté que la creciente intranquilidad que experimentaba se convertiría en pánico si no refrenaba mi pensamiento, y saqué la pitillera para calmarme. Las primeras bocanadas de humo me sosegaron. El olor y el sabor del tabaco pertenecían al mundo que yo conocía.
Vi entonces los frescos que cubrían el techo y las paredes de la celda, iluminados ya por la luz del amanecer. No se trataba de toscos dibujos trazados por incultos aldeanos, ni tampoco piadosas imágenes debidas al fervor de pintores religiosos. Aquellos frescos tenían vida y vigor, color e intensidad, y, fuesen o no la representación plástica de alguna narración, su tema era, evidentemente, la adoración de la luna. Unas figuras estaban arrodilladas, otras de pie, y todas alzaban sus brazos hacia la luna llena pintada en el techo. Y, sin embargo, los ojos de aquellos adoradores no miraban a la luna, sino que se hallaban fijos todos en mí. Di una chupada al cigarrillo y aparté la vista, pero, en la luminosidad creciente del nuevo día, notaba fijos en mí aquellos ojos, y era como si me encontrase de nuevo fuera de los muros, consciente de ser espiado desde detrás de aquellas estrechas ventanas.
Me levanté, aplasté el cigarrillo con el pie, y pensé que cualquier cosa sería mejor que permanecer en la celda, a solas con aquellas figuras que recubrían las paredes. Me dirigí a la abertura, y, al hacerlo, volví a oír la misma risa que escuchara antes. Más apagada esta vez, como contenida, pero igual de burlona y juvenil. Aquel condenado muchacho...
Me precipité a través de la abertura, gritando y maldiciendo. Quizá llevara un cuchillo, pero no me importaba. Y allí estaba el muchacho, apoyado contra la pared, esperándome. Le brillaban los ojos y tenía el pelo cortado al rape. Quise darle una bofetada, y erré el golpe. Se había echado a un lado, riendo. Y un instante después ya no estaba solo; junto a él había aparecido otro muchacho. Y otro más. Se arrojaron los tres sobre mí y me tiraron al suelo, como si yo careciese por completo de fuerza. El primero de ellos clavó su rodilla en mi pecho y me atenazó la garganta, sin dejar, por eso, de sonreír.
Forcejeé, casi sin aliento, para libertarme; al fin, me soltaron y se quedaron mirándome con la misma sonrisa burlona en sus labios. Entonces me di cuenta de que ninguno de ellos era el muchacho de la aldea, ni su padre, y que sus rostros no eran los de la gente del pueblo ni los de la del valle. Eran como los rostros de los frescos pintados en la pared.
Sus ojos eran oblicuos, sombreados por largas pestañas y dotados de una expresión dura e implacable. Me recordaban los de unas figuras que había visto hacía tiempo en una tumba egipcia y en un jarrón que, durante siglos, había yacido, oculto y olvidado, entre el polvo y los cascotes de una ciudad sepultada. Llevaban la túnica que les llegaba hasta las rodillas, las piernas y los brazos desnudos y el pelo cortado al rape. Poseían una extraña y austera belleza y una gracia diabólica. Intenté levantarme del suelo, pero el que me había apretado la garganta me sujetó con fuerza, y comprendí que no había lucha posible con él ni con sus compañeros y, que, si querían, podían arrojarme desde lo alto de los muros a las profundas simas que rodeaban Monte Veritá. Así, pues, éste era el final. Era sólo cuestión de tiempo. Y Víctor moriría solo en la cabaña del poblado.
—Adelante -dije, resignado-, terminad de una vez.
Esperaba oír de nuevo la risa burlona y juvenil, y aguardé el momento en que sus manos me alzaran en vilo y me arrojaran salvajemente por la estrecha y rasgada ventana a la oscuridad y a la muerte. Cerré los párpados y, con los nervios tensos, esperé. Nada sucedió. Noté que el muchacho me rozaba los labios. Abrí los ojos y vi que seguía sonriendo y que, sin pronunciar palabra, me ofrecía una taza de leche que sostenía en su mano. Denegué con la cabeza, pero sus compañeros se arrodillaron junto a mí y, agarrándome de los hombros, me obligaron a incorporarme. Bebí ávidamente. El miedo que me había dominado se desvaneció. Era como si su fuerza pasase de sus manos a las mías, y no sólo a mis manos, sino a todo mi ser.
Cuando hube terminado de beber, uno de ellos depositó la taza en el suelo y puso sus manos sobre mi corazón. Sentí una sensación que nunca hasta entonces había experimentado. Era como si la quieta paz de Dios descendiese sobre mí y, con la imposición de manos, alejase de mí la ansiedad y el miedo, la fatiga y el terror de la noche anterior. Y el recuerdo de la niebla espesa que cubría la montaña y la agonía de Víctor en su lecho solitario se convirtieron de pronto en cosas sin importancia; quedaban reducidas a la más absoluta insignificancia al lado de esta nueva sensación de fuerza y belleza que me invadía. No importaba que muriese Víctor. Su cuerpo sería un simple caparazón tendido en la choza del pueblo, pero su corazón latiría aquí, como estaba latiendo el mío, y su espíritu vendría también con nosotros.
Y si digo «con nosotros» es porque, sentado allí, en la reducida celda, me parecía que había sido aceptado por mis compañeros y que me había convertido en uno más de ellos. Esto, pensaba, es lo que siempre he creído que debía de ser la muerte. La negación de todo dolor y de toda congoja, y la concentración de la vida, no en el cerebro, sino en el corazón.
El muchacho, siempre sonriente, retiró sus manos, pero la sensación de fuerza, de poder, no me abandonó. Se levantó, le imité, y luego crucé en pos de él y de los otros dos la abertura de la celda. No había retorcidos corredores ni oscuros claustros, sino un amplio patio al que daban todas las celdas. Y el cuarto lado del patio miraba hacia los dos picos gemelos de Monte Venta, coronados de hielo y bañados por la luz rosácea del sol naciente. Unos escalones tallados en el hielo conducían a la cumbre. Y entonces comprendí la razón del silencio que reinaba en aquel recinto. Allí estaban los demás, alineados sobre los escalones, vestidos con aquellas mismas túnicas, cíngulo a la cintura, desnudos los brazos y las piernas, y el pelo cortado.
Atravesamos el patio y comenzamos a subir los escalones. No se oía ningún sonido. Nadie me hablaba, pero todos sonreían como lo habían hecho los otros tres; y su sonrisa no era simplemente cortés o cariñosa, sino que parecía reunir en sí, fundidas y entremezcladas, sabiduría, victoria y pasión. Carecían de edad, carecían de sexo, no eran varones ni hembras, viejos ni jóvenes, pero la belleza de sus rostros y de sus cuerpos superaba a todo cuanto yo había conocido hasta entonces. Y, con súbito anhelo, deseé convertirme en uno de aquellos seres, vestir como ellos vestían, amar como debían amar ellos, reír y practicar el culto, y guardar eternamente silencio.
Me fijé en mi chaqueta, en mi camisa, en mis pantalones bombachos, en mis gruesos calcetines y mis zapatones, y, de pronto, sentí odio y desprecio hacia ellos. Eran como la mortaja que cubre a un cadáver; me los quité apresuradamente, con el vivo deseo de perderlos rápidamente de vista, y los arrojé al patio, que quedaba a mis espaldas. Me quedé desnudo bajo el sol. No sentía embarazo ni vergüenza. Me tenía sin cuidado mi aspecto. Lo único que deseaba era terminar definitivamente con las vanidades del mundo, y mis ropas parecían simbolizar el ser que yo había sido en otro tiempo.
Subimos los escalones y llegamos a la cumbre. A nuestros pies se extendía el mundo, libre de brumas y nieblas; picachos más bajos que se perdían en la lejanía y, mucho más abajo, ajenos totalmente a nosotros, desdibujados, verdes, inmóviles, estaban los valles, los ríos, las pequeñas ciudades dormidas. Volví la vista hacia los dos picos gemelos de Monte Veritá y vi que se hallaban separados por una gran sima, estrecha y, sin embargo, infranqueable, y al mirarla desde lo alto de la cumbre noté maravillado, y atemorizado al mismo tiempo, que mis ojos no podían sondear las profundidades de aquel paso. Los azulados muros de hielo descendían lisos en un abismo sin fondo, perdido para siempre en el corazón de la montaña. El sol, que al mediodía bañaba los picos con su luz, nunca llegaría hasta las profundidades de aquella sima, ni tampoco los rayos de la luna llena penetrarían en ella. Me pareció, no obstante, que aquella depresión tenía la forma de un cáliz sostenido por dos manos.
En el borde mismo de la sima se hallaba un ser vestido completamente de blanco, desde los pies hasta la cabeza. No podía ver su rostro, pues me lo ocultaba la blanca capucha. Sin embargo, su erguida figura, echada hacia atrás la cabeza y los brazos extendidos, hizo nacer en mí una súbita y tensa excitación.
Sabía que era Anna. Sabía que ninguna otra persona habría permanecido en aquella actitud. Olvidé a Víctor. Olvidé mi misión.
Olvidé el tiempo, el lugar y todos los años transcurridos. Sólo recordaba el sosiego que emanaba de su persona, la belleza de su rostro y aquella voz serena que me decía: «Después de todo, los dos estamos buscando lo mismo.» Sabía que la había amado siempre y que, aunque ella hubiese conocido primero a Víctor y se hubiese casado con él, los lazos y la ceremonia del matrimonio no significaban nada para ninguno de los dos, y nunca lo habían significado. Nuestras mentes se habían cruzado y comprendido desde el primer momento cuando Víctor nos presentó en el club, y ese extraño e inexplicable lazo, rompiendo toda barrera, venciendo toda sujeción, nos había mantenido siempre unidos, a pesar del silencio, a pesar de los largos años de separación.
El error había sido mío desde el principio por permitir que marchara sola en busca de su montaña. Si yo hubiese ido con ellos cuando me lo propusieron aquel día en Map House, me habría dado cuenta intuitivamente de sus proyectos y el hechizo habría descendido también sobre mí. Yo no me habría quedado dormido en la cabaña, como Víctor, sino que habría despertado y salido con ella, y los años que había perdido habrían sido años nuestros -míos y de Anna-, compartidos en la montaña, lejos del mundo.
Volví a mirar los rostros de los que estaban junto a mí y adiviné vagamente que aquellas gentes conocían un éxtasis de amor que yo ignoraba totalmente. Su silencio no era un voto que les condenara a vivir en tinieblas, sino una paz que les daba la montaña, llenando sus mentes de serenidad. Sobraban las palabras cundo una sonrisa, una mirada, enviaban un mensaje, un pensamiento; cuando la risa brotaba del centro del corazón, siempre triunfante, nunca reprimida. No era ésta una orden estricta, lúgubre, sepulcral, que rechazase las exigencias del corazón. Allí, la vida era realizada en su plenitud, clamorosa, intensa, total. Y el vivo calor del sol, infiltrándose en las venas, se convertía en parte del flujo sanguíneo, en parte de la carne viviente. Y el gélido aire, fundiéndose con el ardor de los rayos solares, limpiaba el cuerpo y los pulmones, producía fuerza y poder, el poder que yo había sentido cuando los dedos tocaron mi corazón.
En un brevísimo espacio de tiempo había cambiado por completo mi escala de valores, y el ser que escalara la montaña a través de la niebla, temeroso, inquieto y enojado, no existía ya. A los ojos del mundo, si el mundo pudiese verme, yo no era más que un pobre hombre, carnoso, casi viejo; un loco, dirían los de abajo. Y permanecía desnudo, en pie junto a los demás habitantes de Monte Veritá, y alzaba mis brazos al sol. Un sol que se remontaba por el cielo y brillaba sobre nosotros, produciéndose en la piel una sensación entre dolorosa y agradable, mientras su calor penetraba hasta mi corazón y mis pulmones.
Mantenía los ojos fijos en Anna, amándola con tal intensidad que me oí a mí mismo llamar en voz alta:
—Anna..., Anna...
Y ella sabía que yo estaba allí, pues me saludó con la mano. Los demás no importaban, me tenían sin cuidado. Reían conmigo, comprendían.
De en medio del grupo salió una muchacha. Llevaba un sencillo vestido campesino, usaba medias y zapatos y el cabello le caía suelto sobre los hombros. Me pareció que tenía entrelazadas las manos, como si estuviera orando, pero no era así. Sostenía las manos apretadas contra el corazón, unidos los dedos de ambas.
Se acercó al borde de la gran sima, donde se hallaba Anna. La noche anterior, bajo la luna, el miedo se habría apoderado de mí; pero en aquel momento no. Yo había sido aceptado. Era ya uno de ellos. Por un instante, un rayo de sol rozó el borde del abismo y tornó resplandeciente al azulado hielo. Nos arrodillamos todos a una, vueltos nuestros rostros hacia el sol, y comenzó a sonar el himno de alabanza.
«Así -pensé- es como los hombres rendían culto de adoración en el principio, y así es como lo harán al final. No hay aquí credo, ni salvador, ni deidad. Sólo el sol, que nos da la luz y la vida. Desde el comienzo de los tiempos así había sido siempre.»
El rayo de sol se deslizó sobre el borde del abismo; entonces la muchacha se despojó de sus ropas, de sus medias y de sus zapatos, y Anna cuchillo en mano, le cortó el cabello por encima de las orejas. La muchacha seguía en pie ante ella, con las manos sobre el corazón.
«Ahora es libre -pensé-. Jamás volverá al valle. Sus padres la llorarán, y su novio también, y nunca sabrán lo que ha encontrado aquí, en Monte Veritá. En su boda, se habrían celebrado fiestas, banquetes, bailes, y, tras el frenesí de un breve romance transformado en la sosa monotonía de la vida conyugal, habrían llegado las preocupaciones domésticas, los cuidados de los hijos, inquietudes, enfermedades, disgustos, toda la diaria rutina del paulatino envejecimiento. Ella se ha ahorrado todo eso. Lo que una vez se siente aquí no desaparece. El amor y la belleza no mueren ni se marchitan. La vida es dura, porque la Naturaleza es dura y despiadada; pero esto es lo que ella anhelaba en el valle, y por eso vino. Ella conocerá aquí lo que nunca conoció antes y que jamás habría descubierto de haberse quedado en el mundo. Pasión, alegría, risa, el calor del sol, el influjo de la luna, el amor sin emoción y el sueño sosegado. Y por eso las gentes del valle odian y temen a Monte Veritá. Porque aquí, en la cumbres, hay algo que ellos no poseen ni poseerán jamás. Y se sienten iracundos, envidiosos y desgraciados.»
Anna se volvió, y la muchacha que había prescindido de sus vestidos campesinos, de su vida pasada y de su sexo, la siguió, descalza y con los brazos desnudos y el cabello rapado como las demás. Estaba radiante, sonriente y comprendí que nada le importaría ya jamás.
Bajaron al patio, dejándome solo en la cumbre. Me sentía como un ser a quien rechazaran ante las mismas puertas del cielo. Mi breve éxtasis de felicidad había terminado. Ellos pertenecían a la montaña, y yo no. Yo era un extraño que debía retornar al mundo que se extendía allá abajo.
Me vestí de nuevo, devuelto a una cordura que no deseaba, y, acordándome de Víctor y de la misión que me había encomendado, bajé los escalones en dirección al patio. Levanté la vista y vi que Anna me estaba esperando en lo alto de la torre.
Las otras se pegaron contra el muro para dejarme pasar, y observé que Anna era la única que se cubría con una túnica blanca y una capucha. En el último de los escalones que ascendían a lo alto de la torre, Anna estaba sentada en aquella misma postura que solía adoptar junto al fuego del salón, con un codo apoyado sobre la rodilla. Hoy era ayer, hoy era hace veintiséis años, y estábamos de nuevo solos en la casa solariega de Shropshire; y la serena paz que entonces me infundía volvía a penetrarme de nuevo. Sentía deseos de arrodillarme a su lado y coger su mano. Pero, en lugar de hacerlo, subí y me quedé en pie junto al muro, con los brazos cruzados.
—Por fin me has encontrado -dijo-. Has tardado un poco. Su voz era dulce y suave. No había cambiado en absoluto.
—¿Me has traído tú aquí? — pregunté-. ¿Me llamaste cuando se estrelló el avión?
Rió y era como si nunca hubiese estado lejos de ella. El tiempo se había detenido en Monte Veritá.
—Quería que hubieses venido mucho antes -dijo-, pero tu mente estaba cerrada a mis llamadas. Era como llamar por teléfono. Siempre se ha necesitado la intervención de dos personas para establecer comunicación. ¿Sigue siendo así?
—Sí -respondí-, y nuestros modernos inventos necesitan el funcionamiento de muchas válvulas. Pero la mente, no.
—Tu mente ha sido un arca cerrada durante muchos años -dijo-. Ha sido una pena... ¡Podíamos haber compartido tantas cosas! Víctor tenía que contarme por escrito sus pensamientos. Contigo no hubiese sido necesario.
Creo que fue entonces cuando sentí mi primera esperanza.
—¿Has leído nuestras cartas? — pregunté-. ¿Sabes que Víctor se está muriendo?
—Sí -respondió-. Lleva enfermo varias semanas. Por eso quería que vinieses esta vez, para que puedas estar a su lado cuando muera. Se sentirá feliz cuando vuelvas y le digas que has hablado conmigo.
—¿Por qué no vienes tú misma?
—Es mejor que no lo haga -respondió-. Así podrá conservar su sueño.
¿Su sueño? ¿Que quería decir? ¿Es que no eran omnipotentes los habitantes de Monte Veritá? Debía de comprender el peligro que corrían.
—Haré lo que deseas, Anna -dije-. Volveré junto a Víctor y estaré con él hasta el último momento. Pero el tiempo apremia. Lo importante es que tú y las demás corréis un grave peligro. Mañana, quizás estas noche, las gentes del valle van a subir a Monte Veritá. Irrumpirán en este recinto y os matarán. Es absolutamente necesario que os vayáis de aquí antes de que lleguen. Si no podéis salvaros por vuestros propios medios, debéis permitirme que haga algo por ayudaros. No estamos tan lejos de la civilización como para que no se pueda hacer nada. Puedo bajar al valle y telefonear a la Policía, el Ejército, a alguna autoridad responsable...
Hablaba precipitadamente, porque, aunque no había trazado ningún plan definido, deseaba que Anna tuviera confianza en mí.
—La cuestión es -dije- que, de ahora en adelante, os va a ser imposible seguir viviendo aquí. Aun en el caso de que yo pueda impedir el ataque esta vez, lo que me parece dudoso, es indudable que se producirá tarde o temprano. Vuestros días de tranquilidad están contados. Habéis estado encerradas aquí dentro tanto tiempo, que no comprendéis el estado del mundo actual. Hasta esta misma región se encuentra dividida por recelos y sospechas, y las gentes del valle han dejado de ser unos simples y supersticiosos aldeanos; poseen armas modernas y alienta en sus corazones el ansia de matar. No podéis continuar en Monte Veritá.
Ella no respondió. Seguía sentada en el escalón escuchando mis palabras, silenciosa y remota bajo la blanca túnica y la capucha.
—Anna, Víctor se está muriendo -dije-. Puede que haya muerto ya. El no podrá ayudarte cuando salgas de aquí, pero yo sí. Siempre te he amado. No es necesario que te lo diga porque estoy seguro de que ya lo habías adivinado. Sabes muy bien que arruinaste la existencia de dos hombres cuando hace veintiséis años, viniste a vivir a Monte Veritá. Pero eso no importa ahora. He vuelto a encontrarte. Y, lejos de aquí, todavía quedan lugares inaccesibles a la civilización, donde tú y yo podríamos vivir juntos, y también tus compañeras si quieren vivir con nosotros. Tengo suficiente dinero para disponerlo todo; no tendrás que preocuparte de nada.
Y me vi a mí mismo haciendo gestiones ante Consulados y Embajadas, tratando la cuestión de los pasaportes, de los documentos y los vestidos de todas aquellas mujeres.
Repasé mentalmente el mapa del mundo. Pensé en las cordilleras de Sudamérica, en el Himalaya, en las selvas africanas. Al norte del Canadá y en Groenlandia había aún vastas regiones inexploradas. Y había islas, innumerables islas jamás holladas por el pie del hombre, perdidas en la inmensidad de los mares y sólo visitadas por las aves marinas. Isla o montaña, selva impenetrable o soledad ártica, no me importaba el lugar que eligiese Anna. Había estado tanto tiempo sin verla, que lo único que deseaba era vivir siempre a su lado.
Y esto era posible, porque Víctor, que podía haberla reclamado, estaba a punto de morir. Se lo dije así a Anna y esperé su respuesta.
Ella rió con aquella cálida risa que yo amaba tanto, y sentí el deseo de acercarme y estrecharla entre mis brazos, tan llena de vida, tan alegre y prometedora sonaba su risa.
—¿Qué decides? — pregunté.
Se puso en pie y se acercó a mi lado.
—Hubo una vez un hombre -dijo- que llegó a las taquillas de la estación de Waterloo y, con voz anhelante y esperanzada, dijo: «Quiero un billete para el Paraíso. De ida nada más. Sin vuelta.» Y cuando el empleado le dijo que no existía tal lugar, el hombre cogió un tintero y se lo arrojó a la cara. Se llamó a la Policía, y el individuo fue detenido. ¿No es eso lo que tú me estás pidiendo ahora? ¿Un billete para el Paraíso? Ésta es la montaña de la verdad. No es lo mismo.
Me sentí profundamente lastimado, irritado incluso. Anna no había tomado en serio ni una sola palabra de todo cuanto yo le había dicho y se estaba burlando de mí.
—¿Qué te propones, entonces? — exclamé-. ¿Esperar aquí, detrás de esos muros, a que lleguen los hombres del valle y los destruyan?
—No te preocupes por nosotras -dijo-. Sabemos lo que tenemos que hacer.
Hablaba con indiferencia, como si la cuestión careciera de importancia. Vi, angustiado, que el futuro que yo había planeado para los dos se desvanecía irremisiblemente.
—¿Es que posees algún secreto? — pregunté, casi acusadoramente-. ¿Puedes realizar algún milagro y salvarte a ti misma y a las demás? Y yo ¿qué? ¿No puedes llevarme contigo?
—No querrías venir -dijo, apoyándome la mano en el brazo-. Lleva mucho tiempo erigir un Monte Veritá. Es algo más que prescindir de ropas y adorar al sol.
—Ya me doy cuenta -respondí-. Estoy dispuesto a comenzar de nuevo, a aceptar una nueva escala de valores, a iniciar una nueva vida. Sé que de nada sirve todo lo que hasta ahora he hecho en el mundo. Talento, trabajo, éxito, son cosas que carecen de sentido. Pero si yo pudiera estar contigo...
—¿Cómo? ¿Conmigo? — exclamó.
Y no supe qué contestar, porque en el fondo de mi corazón sabía que lo que deseaba era todo lo que puede suceder entre un hombre y una mujer, pero me parecía demasiado súbito y directo decirlo entonces. Y esperaba que ello se realizara, no en seguida, naturalmente, sino más adelante, cuando hubiésemos encontrado nuestra propia montaña, o nuestro desierto, o cualquiera que fuese el lugar en que pudiéramos mantenernos apartados del mundo y ocultos a sus ojos. Pero no había necesidad de que se lo manifestara en aquel momento. La cuestión era que me hallaba dispuesto a seguirla a cualquier parte, si ella me lo permitía.
—Te amo y te he amado siempre. ¿No es suficiente? —pregunté.
—No -respondió-. En Monte Veritá, no.
Se echó hacia atrás la capucha y vi su rostro.
La miré horrorizado... No podía moverme. No podía hablar. Se me había helado el corazón... Todo un lado de su rostro se hallaba completamente corroído, deshecho, terrible. La enfermedad le había alcanzado la frente, las mejillas, el cuello, cubriéndole la piel de horribles pústulas. Los ojos que yo amara tanto aparecían profundamente hundidos en sus órbitas.
—Ya ves -dijo-; esto no es el Paraíso.
Creo que me volví de espaldas y me aparté. No recuerdo bien. Sólo sé que me apoyé contra la roca de la torre y contemplé los enormes abismos, sin ver nada más que la gran masa de nubes que ocultaba al mundo.
—A otras les ha ocurrido lo mismo -dijo Anna-, pero murieron. Si yo he sobrevivido más tiempo es porque soy más fuerte que ellas. La lepra puede atacar a cualquiera, incluso a los seres, supuestamente inmortales, de Monte Veritá. Pero no tiene importancia. Recuerdo haberte dicho hace mucho tiempo que el que va a las montañas tiene que entregarse por completo a ellas. Eso es todo. No me lamento. Y, puesto que yo no sufro, no es preciso que nadie sufra por mí.
Pertenecemos al mundo, igual que tú. Si he destruido la imagen que te habías formado de mí, perdóname. Has perdido a la Anna que conocías y has encontrado a otra en su lugar. En cuál de ellas pienses más en el futuro, es cosa que depende de ti. Vuelve ahora al mundo de los hombres y las mujeres y constrúyete tú mismo un Monte Veritá.
En alguna parte, existían achaparrados arbustos, matorrales, hierba, piedras y tierra, y el murmullo de manantiales. Abajo, en el valle, había hogares donde los hombres vivían con sus mujeres y educaban a sus hijos. Brillaban iluminadas sus ventanas, y espirales de humo ascendían de sus chimeneas. Había, en alguna parte, carreteras, ferrocarriles, ciudades. Muchas ciudades y muchas calles, con edificios atestados de gente e iluminadas ventanas. En alguna parte, allá abajo, bajo las nubes, al pie de Monte Veritá.
—No te preocupes ni temas -dijo Anna-. La gente del valle no puede causarnos ningún daño. Una cosa nada más...
Calló y, aunque no la estaba mirando, creo que sonreía.
—Deja que Víctor conserve su sueño -terminó.
Me cogió de la mano, bajamos juntos por los escalones de la torre y, atravesando el patio, nos dirigimos hacia los muros de roca. Allí estaban las demás, mirándonos. Vi a la muchacha del pueblo, la neófita que había renunciado al mundo y era ya una más de ellas. La vi volverse y mirar a Anna, y percibí la expresión de sus ojos; no había en ellos ninguna clase de horror, miedo o repugnancia. Todos contemplaban a Anna con aire alegre, triunfal, con expresión de inteligencia y comprensión.
Y comprendí que lo que ella sentía y soportaba, lo soportaban y sentían también las demás, y, compartiéndolo con ella, lo aceptaban. Anna no estaba sola.
Volvieron hacia mí sus ojos, y su expresión cambió; en vez de un amor comprensivo, leí en ellos una profunda compasión.
Anna no me dijo adiós. Se limitó a ponerme la mano sobre el hombro. Se abrió el muro, y ella se apartó de mí. El sol ya no estaba en su cénit.
Había comenzado a declinar por Occidente. Las blanquecinas nubes ascendían lentamente.desde los abismos. Volví la espalda a Monte Veritá.
Era de noche cuando llegué al pueblo. La luna no había salido todavía. Tardaría unas dos horas, aproximadamente, en asomar por encima de las montañas e iluminar con su luz el firmamento. La gente del valle estaba esperando. Habría unos trescientos, o más, reunidos junto a las casas. Todos iban armados; unos con rifles y granadas, y otros, más primitivos, con picos y hachas. Habían encendido varias hogueras en el camino que discurría por entre las casas del poblado, y, en pie o sentados junto a ellas, comían, bebían, hablaban, fumaban. Algunos de ellos tenían perros fuertemente sujetos con una correa.
El dueño de la primera casa estaba en la puerta con su hijo. También estaban armados. El muchacho llevaba un pico en la mano y un cuchillo a la cintura. Su padre me miró con expresión estúpida y hosca.
—Su amigo ha muerto -dijo-. Hace muchas horas que está muerto.
Le aparté a un lado y entré en la casa. Había dos velas encendidas. Una en la cabecera y otra a los pies de la cama. Me incliné hacia Víctor y le cogí la mano. El hombre me había mentido. Víctor respiraba aún. Al sentir el contacto, abrió los ojos.
—¿La has visto? — preguntó.
—Sí -respondí.
—Algo me decía que lo conseguirías -dijo-.Tendido aquí, tenía la certeza de que eso era lo que iba a ocurrir. Ella es mi mujer, y no he dejado de amarla durante todos estos años, pero sólo a ti te ha sido permitido verla. Un poco tarde para estar celoso, ¿verdad?
Las velas difundían una escasa claridad. No podía ver las sombras que se movían ante la puerta, ni oír el rumor de conversaciones.
—¿Le has dado mi carta? — preguntó.
—Sí. Y me encarga decirte que no te preocupes ni estés inquieto por ella. Se encuentra perfectamente. Víctor sonrió. Se soltó la mano.
—De modo que es cierto -dijo-. Son ciertos todos mis sueños acerca de Monte Veritá. Ella es feliz y contenta y nunca envejecerá, nunca perderá su belleza. Dime, su cabello, sus ojos, su sonrisa, ¿siguen siendo los mismos?
—Exactamente los mismos -respondí-. Anna será siempre la mujer más hermosa que tú o yo hayamos visto jamás.
No respondió. Y, mientras yo estaba allí, a su lado, oí el sonido de un cuerno de caza, seguido, inmediatamente, por un segundo y, luego, por un tercero. Escuché los ruidos que producían los hombres al empuñar sus armas, apagar las hogueras y disponerse a comenzar la escalada. Ladraban los perros, y los hombres reían, excitados. Una vez que hubieron marchado, salí de la casa y permanecí inmóvil en el desierto poblado, contemplando la luna llena que se alzaba ya sobre el valle.
Fin