EL VIENTO (César Dávila Andrade)
Publicado en
febrero 17, 2022
En una de las últimas noches de Junio, el Herrero se incorporó en su lecho. Tocó los hombros desnudos de la mujer y los cubrió. Inclinándose en la oscuridad, besó las cabellos desatados en calientes haces. Luego, atendió como si esperase una llamada. Y poco después, escuchó aquello. Fue como el estallido de una goma en el fondo del valle.
"Empezó el verano", pensó; y en su imaginación vio una nube de polvo girando sobre la casa y los campos.
Volvió a besar a la joven mujer. La muchacha se quejó dulcemente en sueños, y él, temeroso de despertarla, se fue escurriendo cautelosamente a su lado.
A poco dormían respirando a la par. Se habían casado hacía un mes.
El, le aventajaba con treinta y cinco años; pues, ella, justamente cumplía dieciocho, cuando él se había presentado ante las Reverendas Madres del Orfanato.
—¿La Señorita Lucía Arcentales?
Había preguntado a la Madre Superiora, extendiéndole el expediente del Ministerio.
"Lucía Arcentales", corearon las muchachas de la Inclusa a lo largo del patio; y las voces volaron por el fondo.
Poco después, entró en el Locutorio la muchacha. Se pellizcaba las manos. Tenía encendido el rostro. Sus pestañas acanaladas, le temblaban sobre los ojos.
Esa misma tarde, la desposó el Herrero.
La Herrería estaba a unos cincuenta metros de la carretera, sobre una eminencia. Desde aquí podíase ver el brillo de los prados, y los potreros cuajados de rocío. La Cordillera, al fondo, semejaba una trenza de humo azul y pardo. Veíanse los pequeños senderos bordeados de cercas y de piedra rodada; las heredades cobijadas bajo eucaliptos gigantescos; las fincas circuidas por nogales y álamos blancos. Y, el río, de color aceituna, casi inmóvil. En las primeras horas de la tarde, el ganado descendía a él y bebía larga y aterciopeladamente.
A las siete, ya estaba martilleando un cono de hierro al rojo sobre el yunque. Bermejas esquirlas casi transparentes, volaban como pétalos a cada martillazo. Caían en tierra, volvíanse blancas y se pulverizaban.
—Anoche, mientras dormías, oí el primer viento del verano; —dijo él, cuando la mujer apareció.
—Yo soñé que una nube de ángeles, pequeños como mosquitos, volaba sobre la casa zumbando.
—Es el verano. Tienes que cuidarte del viento.
Ella pasó a la cocina y no volvió a aparecer sino con un jarro lleno de café humeante y un pan de centeno.
El Herrero tiró a la caja de agua la pieza que había labrado. El agua bulló, agitada; susurró un instante y retornó a su quieta frescura.
—Esta mesa no cojea nunca,—exclamó.
Antes de tomar el primer sorbo, se santiguó con holgada lentitud.
De su diestra salió una cruz gigantesca labrada en hierro y aire, y se desvaneció en la atmósfera del taller.
Desde ese día las charlas sobre el verano, menudeaban en torno a la fragua.
Después de la primera semana de julio, una cometa de segmentos rojos y anaranjados, elevóse en el cielo ventoso. Anunciaba las vacaciones.
Detrás del taller, las cañas del maíz sonaban al tostarse. Sobre el monte, las parcelas de cebada adquirían ya un tono cobrizo. Y, en el río asomaron los lomos de las piedras.
Pero, de todos los indicios del verano, el más corporal aunque invisible, era el viento. Su rosa de treinta y dos pétalos se desesperaba en la mitad del cielo. Y siendo incorpóreo, su perfil ondulaba sobre los cañaverales y en el fondo sucesivo de las mieses.
Por la noche, oíasele gemir infantilmente en las rendijas de las ventanas y en los resquicios velludos de los encañizados. Lanzaba las puertas como un chalán borracho. Bramaba entre los toros que ventean a sus hembras. Y hacía entrechocar las ringlas de herraduras recién labradas, produciendo la ilusión de un campanario de gnomos. Pero, era entre los árboles en donde su rara sustancia adquiría el vértigo de la embriaguez.
Desde el sur, por el antiguo camino de Iramor, venían las recuas cargadas de aguardiente.
Llegaban primero los gritos de los arrieros. Se detenían invariablemente ante la herrería, por una herradura que chapaleaba.
Arriba, en la explanada del taller, se agrupaba la faena gárrula. Las mulas soportaban la herradura siempre que se les cubriera enteramente la cabeza con una manta. Los caballos se dejaban herrar estoicamente, y aun con cierta altivez. Como que siempre habían estado al lado del hombre en los combates y en los torneos, y habían muerto mezclando sus relinchos con los ayes de los agonizantes.
Las mulas no habían pasado nunca de la retaguardia, hasta la que llegaban cargadas de pertrechos.
En las casas de las haciendas, eran las llaves, las cerraduras, las aldabas, los picaportes, las bisagras, los candados. En el campo, las rejas de los arados, las palas, las barras, las llantas de las carretas, los pernos y los ejes. En las ternillas de los bueyes, las anillas que perforan el cartílago, y las marcas de fuego en las ancas.
Una mañana aparecieron en la carretera los hijos de la hacienda Gonzálvez. Dos muchachos con sus hermanas. Llevaban anchos sombreros de pajilla.
La Herrerita bajaba con su jarra, por leche, a la hacienda. También ella, se cubría con un amplio sombrero sujeto por un barboquejo de cinta roja.
El Herrero echaba la última pieza moldeada, aún caliente, en la caja de agua y se cruzaba de brazos para ver la partida de la caravana.
Todos esos caminos y la carretera estaban menudamente mordidos por las herraduras de las mulas y de los caballos. Y todo aquel herraje caminante había salido de sus manos. La férrea huella de su taller de forjador, se hallaba diseminada a todo lo ancho de aquel inmenso campo de verdores y frondas.
—Que no te lleve el viento—, gritó de buen humor el Herrero. Ella, sonrió halagada y descendió a pequeños saltos.
Cuando estaba ya en la carretera, llegó el viento entre los flecos de la polvareda. Un sombrero de pajilla salió arrebatado del grupo de los Gonzálvez. La cabecita de una de las chicas, quedó descubierta y fue enmarañada. El sombrero giró ebrio de libertad durante un minuto, y quedó enzarzado entre las ramas altas de un eucalipto. Le miraban como a un ave encantada.
Otra vez arremetió el viento. Hubo torbellinos de ropas y de gritos. Los hombres se llevaban las manos a los sombreros; las mujeres, a las faldas.
El viento venció esta vez en las de la Herrerita que sostenía la jarra en la diestra. Se las tiró sobre la cabeza, y la mostró desnuda desde la cintura.
Ella, se acuclilló con rapidez y forcejeó por cubrirse, pero lo consiguió demasiado tarde.
El Herrero que había presenciado la escena, bajaba corriendo, entre celoso y paternal. "Alcahuetería del viento..."
Llegó frente a la muchacha y ésta se le echó, llorando, en los brazos. El, la alzó mimosamente y se la llevó como a una niña.
Reían los muchachos, al verlos alejarse.
—Creo que te compré unos pantaloncitos —dijo él, mientras ascendían. Ella contestó con un sollozo.
Cuando estuvieron en el dormitorio, la plantó en el centro y se dirigió a un gran baúl.
Extrajo la prenda de seda y la exhibió ante la muchacha.
Ella, tomó el pantaloncito y se dirigió al lecho para ponérselo.
Acertó a hundir de una vez la pierna derecha; pero al intentar hacer lo mismo con la izquierda, cayó de espaldas riendo sobre la cama.
El Herrero que contemplaba la escena, dio media vuelta y aseguró la puerta con las aldabas.
Vino hacia la muchacha y la acostó.
El pantaloncito voló a través de la habitación en penumbra, y cayó en una esquina.
En ese instante retornó el viento. Estaba enloquecido.
Dio vueltas a la casa buscando desesperadamente una grieta, un resquicio. Escaló los muros, hurgó entre las tejas, oyósele sollozar entre el encañizado de la techumbre. Finalmente, vino a forcejear la puerta del dormitorio, irguiéndose sobre las patas traseras como un perro
Por el ojo de la cerradura contempló a la pareja en su abrazo, y silbó con furia de ofidio, despertado bruscamente.
Se enroscó en sí mismo, levantando el polvo del taller; desperdigando las cenizas de la fragua y haciendo entrechocar las ringlas de herraduras y las ristras de aldabas y de llaves.
Giró enfurecido buscándose la cola, y se disparó a campo traviesa. Alanceó la fronda de los eucaliptos y los sacudió hasta exprimir largos lamentos de sus coyunturas. Se elevó empenachado de hojas secas, de briznas y de polvo. Trazó un inmenso caracol ululante, seguido de invisibles delfines y transparentes fieras. Y enfiló hacia el Sur, a esplendente velocidad.
Llegó al borde del gran precipio en cuyo fondo se adivina, como una hebra de estaño líquido, el río encañonado; y tomó a elevarse contrayendo convulsivamente sus pálidos anillos.
Habiendo ganado la altura de los montes, abrió los brazos desnudos y gritó: "Aquilón, Aquilón, Padre Mío!".
Luego, cerrando los bellos ojos color de humo se dejó caer en el abismo.
Fin
Fuente: Revista Diners, Ecuador, abril de 1982