RUSIA ENSAYA EL SISTEMA DE UTILIDADES
Publicado en
enero 16, 2022
Para revivir una economía decadente y afligida por el crónico desaprovechamiento de recursos, el Kremlin experimenta con algunos principios típicos de Occidente.
Condensado de "Time".
"LA ECONOMÍA", dijo Lenin, "es el principal campo de batalla del comunismo". En una forma que no era ciertamente la que pretendía el viejo revolucionario, la economía soviética se ha convertido en un terreno donde se debaten ideas explosivas que amenazan casi todas las prácticas económicas de la anterior generación rusa. Ya sea que se adhieran conservadoramente a la línea marxista o que audazmente propugnen heréticas reformas occidentales, como la supremacía de las utilidades privadas, todos los planificadores y economistas soviéticos de importancia se han visto envueltos en el mayor debate en que se haya empeñado el comunismo desde que Stalin lanzó a la atrasada U.R.S.S., con crueldad, pero con éxito, a la marcha forzada que había de conducirla al siglo XX.
El coqueteo de Rusia con los mecanismos del mercado viene en un momento de rápidos y sorprendentes cambios económicos en todo el bloque comunista. Los vestíbulos de los hoteles, desde Varsovia hasta Bucarest, están atestados de negociantes de Occidente que tratan de penetrar en los mercados comunistas. Casi no transcurre semana sin que se anuncie algún nuevo pacto comercial entre una nación occidental y un miembro del bloque oriental, generalmente por el doble de lo que importaba antes ese comercio. El intercambio efectuado en 1964 entre Oriente y Occidente sumó 9.000 millones de dólares, lo que representa un aumento del ciento por ciento en siete años.
Así como los satélites de Europa Oriental, cada vez más independientes, se van abriendo a las relaciones mercantiles con Occidente, están abriendo también su economía interna a las técnicas occidentales. En los últimos meses, Checoslovaquia ha inaugurado un vasto programa de descentralización en que se ha concedido a las distintas fábricas mayor libertad para su desarrollo. Alemania Oriental ha limitado la planificación a determinados grupos de empresas y ha dejado libres los precios de algunas materias primas. En Hungría se ha establecido cierto sistema de participación en las utilidades. Polonia ha dado permiso a tres compañías para que, prescindiendo de la intervención oficial, negocien directamente con el extranjero. Yugoslavia creó hace mucho tiempo una "economía de mercado socialista", que es un régimen de relativa competencia de empresas bajo la propiedad estatal.
Oscura perspectiva. Rusia se ha quedado atrás de sus satélites en este viraje económico hacia los métodos occidentales. Está en juego nada menos que su vasta "economía dirigida", con sus pesados organismos burocráticos que regulan toda pulsación de la maquinaria económica nacional; y aun cuando Marx jamás habló de planificación central y Lenin sólo entró tarde en la vida por ese sistema, tal es la sombra histórica de Stalin que también están hoy en juego toda una generación de máximas ideológicas que jactanciosamente ensalzan la superioridad de la planificación socialista sobre el capitalismo, el poderío penetrante (y quizá también los empleos) de un vasto ejército de planificadores y, finalmente, tal vez las amenidades de la vida para millones de rusos comunes y corrientes.
Es claro que tan perturbadoras posibilidades ni siquiera se tendrían en cuenta en el Kremlin si no fuera por la oscura perspectiva de continuas alteraciones en el índice de crecimiento de la economía soviética. Hace muy poco tiempo, en 1961, Kruschef aseguraba al mundo que pronto la economía de la URSS alcanzaría a la de los Estados Unidos, para convertirse en la más poderosa del orbe. Pero desde entonces ha venido decayendo. El año pasado, según Moscú, la producción industrial aumentó 7,1 por ciento, cifra que sería muy impresionante para una economía madura, pero que para Rusia ha sido la más pequeña desde 1946. Y cada año se multiplican los indicios de desperdicio, mala administración, ineficiencia y planificación desorbitada.
Las fallas de la planificación soviética son principalmente dos: exceso de personal (un ingeniero ha calculado, tal vez medio en broma, que para 1980 las oficinas planificadoras pueden estar ocupando a todos los adultos del país); y, con mucha frecuencia, fórmulas equivocadas... con 15 copias.
Como los planificadores fijan las metas de producción de las fábricas en cuotas o al peso, suceden las cosas más extrañas. Una fábrica a la cual se le ordenó hacer pantallas para lámparas, las hizo todas anaranjadas, puesto que el empleo de un solo color no presentaba complicaciones en la línea de montaje. Un año la producción de neumáticos se fijó sin consultar el programa de producción de vehículos automotores.
Las normas de tonelaje irritaban especialmente el buen sentido campesino de Kruschef. De lo que más se quejaba era de una fábrica de arañas que había en Moscú. Mientras más toneladas produjera, más ganaban los obreros en bonificaciones. Las arañas se hacían cada vez más pesadas, hasta que empezaron a derrumbarse los cielos rasos. Kruschef reconocía colérico que los obreros cumplían el plan, pero agregaba: "¿Para qué necesitamos esta fábrica? ¿A quién le da luz?"
Por primera vez el consumidor soviético empezó a abstenerse de comprar los artículos que no le satisfacían y a exigir más cosas de toda índole, desde crema para las manos y peinados semanales hasta haute couture. Como lo reconoció sin reserva Izvestia, "El deseo de tener automóvil propio es tan importante como el mismo progreso técnico". Este tipo de presión del consumidor no lo habían encontrado antes los planificadores del Kremlin. Para hacerle frente, Kruschef trató de re-planificar la planificación. No menos de seis veces en diez años la reorganizó, virando de la descentralización otra vez a la centralización, con la vana esperanza de encontrar la fórmula mágica para lo que él llamaba "un mejor aprovechamiento del potencial industrial de la nación". Nunca pudo dar con ella.
El año pasado, sólo en la mayor de las repúblicas rusas, fue preciso suspender los despachos de 257 fábricas porque sus productos sencillamente no podían venderse. Además, los organismos comerciales del Estado devolvieron o rebajaron 20 por ciento de toda la ropa, 10 por ciento de las medias y nueve por ciento de los zapatos producidos. Como consecuencia de las exigencias más rígidas de los consumidores, se han acumulado existencias invendibles de mercancía de mala calidad que valen la increíble suma de 3.000 millones de dólares.
Mirando al Occidente. Los economistas e ingenieros rusos con alto sentido profesional, que hoy son muchos, se dan perfecta cuenta de lo que ha sucedido a la economía. Al mismo tiempo, están seguros de que saben cuál es el remedio, aunque en gran parte haya que tomarlo prestado de los capitalistas. La base de su argumentación en favor del cambio es que la economía nacional se ha vuelto demasiado grande y compleja para que sea posible manipularla eficiente y automáticamente desde Moscú. Estos reformadores empezaron a pensar en la restructuración del sistema hace casi diez años, pero sólo a fines de 1962, época en que ya no era posible ocultar los males crecientes de la economía, Kruschef permitió dar amplia publicidad a sus teorías. El 9 de setiembre de ese año Pravda publicó "El plan, las utilidades y las bonificaciones", por Evsei Liberman, profesor de economía política de la Universidad de Karkov, y con ello se inició el gran debate.
El concepto de utilidades se había venido utilizando en Rusia desde tiempo atrás, aunque sólo como una medida entre otras doce que se aplicaban caprichosamente para determinar la eficiencia de una fábrica. Liberman pidió que las utilidades se emplearan como el elemento principal, arguyendo que "a mayores ganancias, mayor incentivo" para la calidad y la eficiencia de la producción.
Los demás economistas empezaron, uno por uno, a tomar parte en la discusión, a censurar el "culto del plan" y a insistir en que a los administradores de dicho plan se les concediera mayor autonomía. Excepción hecha del principio cardinal comunista de la propiedad estatal, casi no quedó parte alguna del edificio de la economía soviética a salvo de la piqueta demoledora de los reformadores. Un periodista propuso la abolición del impuesto del 50 por ciento sobre los bienes de consumo y sostuvo la tesis de que todas las rentas del Estado podían obtenerse mediante un impuesto sobre las utilidades, una vez que estas se convirtieran en el indicador universal. Denunciando el hecho de que bajo la planificación actual una quinta parte de las fábricas rusas trabajan subvencionadas, con pérdidas, pidió que los fondos oficiales se desviaran hacia las empresas que sí producen utilidades.
No sólo hablaron los economistas. El administrador de una gigantesca empresa de construcción llegó hasta emplear el término "oferta y demanda" al abogar por un mercado libre y abierto para los bienes de consumo, al mismo tiempo que admitía que esto implicaba confiar en la vieja técnica capitalista de investigaciones de mercado hechas por las compañías. En Leningrado, los administradores se quejaron de que durante el año 1964 perdieron 500 días-hombre de trabajo por la necesidad de estar viajando a Moscú a conocer las decisiones de los planificadores centrales.
Para los planificadores empedernidos y los ideólogos de la vieja escuela, estas críticas pre-revolucionarias eran un reto, y pronto empezaron a llenarse las columnas de la prensa con sus airadas protestas. "Si abandonamos el planeamiento centralizado de los salarios, el trabajo, el costo de producción y la inversión", declaró Kirill Plotnikov, de la prestigiosa Academia de Ciencias, "renunciaremos a la reglamentación por parte del Estado de las partes más importantes de la economía; en efecto, equivale ello a renunciar a la planificación económica. Este camino está lleno de grandes peligros".
"Se venden como pan caliente". A comienzos del verano pasado, Kruschef sacó la polémica de las páginas de Pravda y la situó en el terreno industrial, al dar a los reformadores un campo donde pudieran poner a prueba sus teorías. A dos fábricas de ropa, la Bolshevichka, de Moscú, y la Mayak, de Gorky, se les dio libertad para negociar precios y vender sus trajes y vestidos directamente a 22 almacenes. Estas tiendas informarían a las dos fábricas qué clase de artículos querían los consumidores, y las fábricas serían juzgadas por las utilidades que obtuvieran en la venta de los artículos.
Con los pedidos en la mano, la Bolshevichka y la Mayak fijaron sus propios programas de producción y determinaron cuántos obreros se necesitarían. Las utilidades se limitaban únicamente a lo que las tiendas pudieran realmente vender, y de acuerdo con ello se concedieron a los trabajadores bonificaciones a prorrata a base de calidad. Para conocer mejor los gustos del consumidor, la Bolshevichka organizó su propia tienda de compradores. A la vuelta de seis meses, tanto las utilidades como la calidad habían mejorado grandemente y (lo que es de vital interés para el Kremlin) las existencias habían disminuido muchísimo.
Hoy la fábrica Bolshevichka se llena de orgullo. A los magnates del partido que la visitan, el director Petr Noskov les explica muy sonriente que el margen de utilidad de la empresa ha subido al siete por ciento, el promedio de salarios ha pasado de 94 a 110 dólares mensuales, la fábrica está produciendo mejores trajes a menor precio (85 dólares contra 96), y los trajes, para emplear la expresión capitalista, "se venden como pan caliente".
Testimonio elocuente. Muchos peritos en las cuestiones del Kremlin suponen que la expansión y el éxito de estas medidas "desviacionistas" contribuyeron a la caída de Kruschef. No fue así. Uno de los primeros actos del nuevo gobierno presidido por el primer ministro Aleksei Kosygin consistió en ampliar estos experimentos. El mismo Kosygin, que es economista y ha viajado mucho por los países del Occidente, anunció que el nuevo sistema se extendería, gradualmente y por etapas, a la industria de bienes de consumo. En enero pasado, 400 fábricas de ropa y de calzado, distribuidas por toda Rusia, fueron autorizadas para efectuar el cambio, lo mismo (y esto es significativo) que el 78 por ciento de sus proveedores de materias primas, a quienes también era preciso librar de las restricciones de los planificadores si el Kremlin quería de veras la reforma.
Kosygin fue más allá todavía y aseveró que con el tiempo las reformas se harían extensivas a toda la industria soviética. Para comenzar, se ha autorizado a la ciudad de Lvov para llevar a cabo la primera prueba regional (no simplemente industrial) del principio de la oferta y la demanda. Lvov ofrece particular interés porqué entre las cinco industrias que toman parte en la prueba se cuentan una mina de carbón y una fábrica de grúas móviles, lo cual constituye el primer ensayo que hacen los reformadores fuera de los límites de la industria ligera.
Sea cual fuere el resultado final del gran debate, el hecho en sí de que se haya llevado a cabo con tanta franqueza y libertad es notable testimonio de cuánto ha avanzado Rusia desde la época de Stalin. Algunos peritos en cuestiones soviéticas piensan que los enemigos de la reforma están dando simplemente tiempo al tiempo, confiados en que tarde o temprano los experimentos van a producir una dislocación económica que obligará al país a dar marcha atrás. Para que el nuevo sistema funcione realmente, el Kremlin tendrá al fin que dejar libres los precios, y entonces puede presentarse la desocupación de brazos, fenómeno que ningún régimen soviético puede tolerar.
Mientras tanto, parece evidente que, habiendo en efecto instalado una caja para que todos depositen sus recomendaciones, el Kremlin ha encontrado en ella el nombre de Pandora. A pesar de todo, la actual busca de incentivos para lograr que la economía rusa entre nuevamente en actividad, es testimonio elocuente del fracaso de uno de los principios cardinales del comunismo: que el sistema de las utilidades como motivación del trabajo es equivocado, perverso e innecesario en el gobierno de la sociedad.