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agosto 07, 2021
Tras un accidente que por poco le cuesta la vida, un gran músico duda que algún día pueda volver a dar conciertos.
Por Erzsébet Fazekas. Foto: Eva Velledits.
LA BRISA tenía un atisbo de primavera en Marbella, centro turístico de la Costa del Sol, en España. Era el sábado 28, de febrero de 1987. Al atardecer, cuatro de los jóvenes integrantes del quinteto de alientos Acquincum, de Budapest (uno de los mejores conjuntos de música clásica de Hungría), terminaron de zambullirse en el mar y se encaminaron al hotel en que se hospedaban.
—¡Tengo tanta hambre que me comería una res entera! —dijo János Karmanóczky a sus amigos.
—Ten paciencia. Seguramente ya la están asando para servírtela en el banquete que nos van a dar —repuso Imre Kovács, ante las sonrisas de József Erós y György Lakatos.
Estaban en una gira de conciertos. Imre, joven de trato afable que gastaba bigote, era el flautista, y József, de figura delgada y carácter desenfadado, el oboe. El fornido y alegre János, llamado Karó por sus amigos, tocaba el corno, y György, alto y musculoso, era el fagotista y director extraoficial del quinteto. György sonrió al recordar lo chistoso que le había parecido Karó horas antes, al fotografiarlo con su gastada chaqueta marrón, la cabeza ladeada y el gesto radiante, pelando una naranja. Zoltán Kálmán, el quinto miembro del grupo, ya había vuelto al hotel y se había vestido para la velada. Esa noche un médico húngaro expatriado los iba a agasajar.
Los bañistas llegaron a la transitada carretera de cuatro carriles que serpenteaba entre los pinares de la playa y los hoteles. Mientras esperaban la luz verde para cruzar, oyeron de pronto un rechinido de neumáticos: un Seat Ibiza se acercó dando tumbos por la curva que desembocaba en el cruce, derrapó hacia la acera y se les vino encima. Luego de rebotar en una pared, fue a estrellarse contra varios vehículos que iban en la dirección contraria.
La conmoción fue instantánea. Al ver a los cuatro jóvenes desperdigados en el suelo como bolos, todos los conductores se detuvieron y bajaron de sus vehículos, consternados.
József fue el primero en volver en sí. Se incorporó y fue mirando uno por uno a sus amigos.
—¡Karó, no te mueras, por favor! —gimió—. Imre, dime algo, ¿qué tienes? ¡Por Dios, György, no te mires!
Imre, inconsciente y con una pierna rota, no respondió. Karó yacía retorcido sobre la acera, sin vida.
Cuando György abrió los ojos, se vio en un charco de su propia sangre. Tenía la pierna derecha casi totalmente seccionada a la altura de la pantorrilla, y la parte inferior y el pie estaban doblados hacia la rodilla. En la acera había un trozo de carne que la brutal embestida le había arrancado del muslo.
—¡Por favor, eso es mío! —les gritó con desesperación a los socorristas de la ambulancia que acudió en su ayuda, para que pusieran el trozo de carne en la camilla con él.
Ellos asintieron con la cabeza, y el joven fagotista volvió a sumirse en la inconsciencia.
Le dieron los primeros auxilios en Marbella, y de allí lo trasladaron sin tardanza al hospital Carlos Haya, en –Málaga. Bajo los efectos de grandes dosis de analgésicos, fue recobrando poco a poco el conocimiento, y sus fantasías lo llevaron a su hogar, en el pueblo húngaro de Kalocsa. Le pareció verse allí de niño, rodeado de su familia; primero vio a su padre, el juez István Lakatos, que le daba diez forints cada vez que se ejercitaba en el fagot. Luego sintió la presencia de su madre, Klára, la maestra de música más querida en Kalocsa, y de sus hermanos menores, Ágnes y Peter, a los que había ayudado en sus estudios musicales. Finalmente vio a su abuela materna, Mammy, de 85 años, que siempre lo recibía con golosinas cuando él volvía de la escuela. La visión de su familia lo reanimó. No estoy solo, pensó. Tengo que vivir.
EN MÁLAGA, la primera tarea de los médicos fue contener la hemorragia del accidentado, cuya presión arterial había bajado a un grado peligroso. Después de suturar las arterias cercenadas, le trasfundieron plasma para sacarlo del estado de choque y evitar lesiones cerebrales. Además de tres fracturas abiertas en la pierna derecha, György había sufrido fracturas simples en la pelvis y en las dos últimas vértebras. Le faltaban grandes porciones de músculo y tenía extensas zonas despojadas de piel. En cinco días de largas operaciones, los médicos le redujeron la fractura de la pelvis y le repararon los huesos, músculos, nervios y vasos de la pierna, hasta reconstruírsela imperfectamente.
György pasó varios días despertando sólo a ratos de la inconsciencia, y apenas tenía noción de las personas que entraban en su cuarto. Un día una enfermera le llevó un telegrama. "Querido hermano", decía. "No hacemos más que pensar en ti. Te queremos mucho. Ágnes y Peter". György lo leyó y lo releyó con los ojos arrasados en lágrimas.
Al saber que Karó había muerto volvió a llorar. En las giras habían compartido muchas veces los cuartos de hotel y habían comido juntos, como hermanos.
Zoltán y József cancelaron los conciertos que el quinteto tenía contratados y acompañaron los restos de Karó en el viaje a su lugar de reposo, en su tierra natal. Luego de dejar a György al cuidado de Imre, que tenía la pierna enyesada, volaron a Budapest. Las palabras de los médicos españoles, "Se va a poner bien", alentaban a György.
Varias semanas después le insertaron clavos en el peroné para consolidar el hueso, y un equipo de cirujanos le restituyó parte del tejido óseo y muscular que había perdido. Al cabo de unos días, los médicos juzgaron que podía volver a Budapest. Su cama especial ocupó el espacio de ocho asientos en un avión de la línea Malév.
A SU LLEGADA a la Clínica Nacional de Traumatología, en la capital húngara, el 28 de julio, el doctor László Kalas, jefe de médicos, fue a verlo de inmediato. Estudió con detenimiento los informes de los médicos españoles y las radiografías que le habían tomado, y luego le examinó la pierna: las heridas estaban muy infectadas. Consultó con varios de sus colegas, y todos se pronunciaron en favor de una amputación. Pero Kalas no estaba dispuesto a rendirse tan pronto.
—Hay de 40 a 50 por ciento de probabilidades de que podamos salvarle la pierna y librarlo de vivir en una silla de ruedas —le dijo a György.
—¿Salvarme la pierna? —repitió el paciente, atónito—. ¡En España nadie me dijo que estuviera en riesgo de perderla!
A sus 27 años, György era un músico brillante que apenas comenzaba su carrera, y no quería interrumpirla por ningún motivo. ¿Podré tocar el fagot en silla de ruedas?, se preguntó. ¿Podría siquiera tocar? Conocía el foso de la orquesta de la Casa de la Ópera de Budapest, donde trabajaba habitualmente, y pensó que tendrían que construirle una rampa para bajar. Cerró los ojos y oyó a la orquesta afinando para ejecutar una obertura que le era bien conocida.
El doctor Kalas. lo operó cuatro veces más para retirarle el tejido óseo dañado de la pierna y rellenar el consiguiente hueco, de casi diez centímetros, con fragmentos de hueso de la pelvis. La reconexión de músculos y nervios exigió otras cuatro intervenciones. Y, aunque se le administraban antibióticos constantemente, hizo falta una novena operación para extirpar y reemplazar tejidos infectados y gangrenados.
Cuando la pierna de György al fin empezaba a mostrar signos de mejoría, la zona de la fractura de la tibia se infectó, lo que destruyó el tejido muscular circundante. Lejos de amputar, el doctor Kalas decidió extirpar el músculo, aunque ello reduciría la movilidad de la pierna.
En octubre György empezó a usar una silla de ruedas. Trabó estrecha amistad con otros dos enfermos que estaban en las mismas condiciones: Ferenc Somkuti y Zoltán Göndör. Algunas noches, después de cenar, los tres organizaban carreras de sillas de ruedas en el pasillo principal de la clínica. Chocando y esquivándose unos a otros hasta la meta, reían a carcajadas, y olvidaban momentáneamente sus penas.
EL 3 DE MARZO DE 1988, después de haber sufrido 15 operaciones, György estuvo listo para irse a casa. La buena nueva produjo una ráfaga de actividad entre los Lakatos. Mammy y Klára dejaron la casa impecable para evitar el riego de infección, y pegaron los tapetes al piso para que György no resbalara. Su padre y Peter instalaron rampas en las veredas del jardín.
Debido al soporte ortopédico que le habían colocado en la pierna, a György le venía chica su cama, de modo que sus padres le cedieron su alcoba y se mudaron al cuarto de Ágnes, que ya no vivía allí. En la alcoba matrimonial pusieron una silla de ruedas nueva, una andadera y un par de muletas, aunque el enfermo aún no podía tenerse en pie.
El regreso de György provocó lágrimas de alegría e hizo flotar en el aire el aroma de su plato favorito: el caldo de pollo con sémola que preparaba Mammy. Desde entonces, todas las mañanas su abuela le llevaba rosquillas recién hechas, y se quedaba a su lado el resto del día, ansiosa por complacerlo.
—No me consientas tanto —protestó György con delicadeza un día—. Cuando vuelva a Budapest tendré que cuidarme solo.
Mammy estuvo de acuerdo, pero se instaló en una silla junto a la puerta del dormitorio, por si acaso.
György aún necesitaba atención médica frecuente. Su padre lo llevaba dos veces al día a la clínica de Kalocsa. Un día el juez Lakatos se encontró allí con el doctor Kálmán Halasi (cuyos hijos tomaban lecciones de música con Klára Lakatos) y le preguntó si estaría dispuesto a atender a György en casa.
—Con mucho gusto —respondió el médico sin titubear.
A partir de entonces empezó a ir todos los días a desinfectar las varillas del soporte y a inyectarle a György un antiinflamatorio en los puntos de inserción. También limpiaba los catéteres de drenaje de la herida interna y cambiaba los vendajes.
La recuperación de György fue notable. Se fue aventurando cada vez más lejos de casa en su silla de ruedas, y pronto recorría 30 kilómetros al día. Iba diariamente al Danubio, donde en otro tiempo solía remar en kayak. Una vez les pidió a Peter y a su padre que lo pusieran en su embarcación. Al poco rato, los hermanos comenzaron a competir, como acostumbraban hacerlo antes del accidente. Era tal el entusiasmo de György, que un día desembarcó en aguas poco profundas, levantó el kayak y llegó a la orilla saltando a la pata coja.
Cada día pensaba más en volver a tocar en público. Ya no se conformaba con escuchar música en discos o en la radio. Un día se acercó al piano en su silla de ruedas y se desperezó los dedos con una melodía. Todos se quedaron inmóviles para escucharlo.
Luego se enteró de que la Radio Húngara había convocado a un concurso de fagotistas, desafío que en otro tiempo habría aceptado en seguida. Pero había pasado más de un año desde el accidente, y dudaba que aún pudiera tocar. Con todo cuidado sacó el fagot de su estuche, humedeció la boquilla y sopló: sólo consiguió emitir una nota destemplada. Siguió soplando, pero el sonido no mejoró, y la boca, desacostumbrada al esfuerzo, empezó a dolerle.
Sin embargo, no se dio por vencido. Todos los días salía en su silla de ruedas, se encerraba en la cocina de verano, donde nadie alcanzaba a oírlo, y se ponía a practicar, cada vez durante más tiempo. Tardó mucho en recuperar la fuerza que se necesita en la boca y en el diafragma para soplar de manera constante y controlada. Una vez que volvió a dominar la técnica, comenzó a ensayar las piezas obligatorias del concurso, entre ellas los conciertos para fagot de Mozart y de Rudolf Maro.
Cierto día, al oír un crujido al otro lado de la puerta, la abrió de golpe y sorprendió allí a su abuela, que se puso de mil colores. A György le brotaron lágrimas de ternura, y a partir de entonces permitió que su familia se acercara para escucharlo tocar. Sus semblantes complacidos contribuyeron a devolverle la confianza.
Además, György se había impuesto un programa de ejercicios para fortalecer la pierna, y al cabo de unas semanas ya la alzaba 1500 veces al día. El doctor Halasi lo instó a tratar de caminar con ayuda de un bastón. György, que se moría de ganas de hacerlo, se levantó de la silla de ruedas y dio, cauteloso, sus primeros pasos en un año y medio.
—MUCHACHOS, ¿creen que pueda llevarme el primer premio? —preguntó György a unos colegas suyos que habían acudido a presenciar el concurso de fagotistas en la Sala de Conciertos del Conservatorio.
El auditorio estaba atestado.
—Estás tocando muy bien —le respondió Gyuri Keszler, compañero suyo en la Casa de la Ópera.
Por fin le llegó el turno a György. Subió al escenario apoyado en un bastón con empuñadura de plata, seguido de Peter, que llevaba el fagot. Al llegar a su asiento entregó el bastón a su hermano y tomó el fagot. Los sonidos de la orquesta al afinar lo llenaron de emoción... y de inquietud. Le temblaban las manos, estaba bañado en sudor y tenía la boca seca. No es nada, se dijo. Siempre me pasa antes de tocar. Pero en el fondo de su corazón sabía que esta vez estaba en juego nada menos que su retorno a la música.
Cuando comenzó a tocar se tranquilizó. Se olvidó por completo de su intenso dolor, se puso en pie y, meciéndose al compás de su propia música, ejecutó largas y resonantes notas graves, y melodiosos pasajes rápidos en el registro agudo. La voz de su fagot resultó a la vez tersa y cálida, melancólica y lejana. Era György Lakatos en su mejor momento. Cuando terminó de tocar, la sala estalló en aplausos. Una vez que agradeció la ovación, Peter se le acercó para ayudarlo a bajar, pero él se quedó en su sitio, cautivado por la estruendosa reacción, sonriendo y disfrutando el momento. Al finalizar la jornada, lo declararon ganador por unanimidad.
HOY, A SEIS AÑOS de ese triunfo, y a ocho del accidente, György Lakatos es el primer fagot de la Casa de la Ópera, solista de la Sociedad Filarmónica de Budapest y miembro de varias orquestas de cámara. Además, da lecciones, dicta conferencias y hace arreglos musicales.
El 9 de agosto de 1994 se casó con la violinista Katalin Paulay. Ya no le preocupa su lesión, y no piensa mucho en la operación de rodilla a la que tendrá que someterse pronto; la vigésima desde el accidente.
En cambio, se da tiempo para mitigar el sufrimiento de los demás. En 1989 y 1990 estableció la Fundación para Víctimas de Accidentes, destinada a ayudar a los pacientes de la Clínica Nacional de Traumatología, y organizó un fondo para prestar asistencia a sus colegas necesitados. Pero lo que más le gusta es ayudar a los enfermos del pabellón de pediatría del Hospital de Kalocsa. El doctor Zoltán Katona, jefe de residentes, admira la labor de György, y afirma que es un benefactor incansable, pese a la magnitud de sus propios problemas.
El fagotista también ha puesto su arte al servicio de la beneficencia. Como lo ha hecho desde hace varios años, espera inaugurar el festival de música Pájaro Azul del próximo verano con un fin de semana de funciones en Kalocsa, a beneficio de la Fundación Pájaro Azul para Niños Enfermos.
György ha vuelto a España cinco veces. En cada ocasión ha visitado la fatídica esquina de Marbella, y siempre ha recordado a Karó, con la cabeza echada a un lado, sonriendo a la cámara.