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abril 11, 2021
Relato navideño
Por Manuel Mujica Láinez.
ESTÁN los dos en la hondura del pesebre y, como al fin de toda jornada, conversan, echados y ociosos. El buey es ya muy viejo; por eso precisamente se inclina a la meditación. En cambio, el asno es muy joven, todavía pollino y, en consecuencia, encara la vida con fácil frivolidad. Su comentario giró hasta ahora acerca de lo que al amo oyeron. Ha sido proclamado un edicto en el que Augusto ordena el censo de los súbditos imperiales, aun de aquellas personas que, como los vasallos del rey Herodes, en apariencia son independientes de Roma.
Eso obligó a los nacidos en Judea a trasladarse a las distintas ciudades y pueblos que conservan los registros de sus antecesores, para empadronarse allí. Por ello llenóse Belén de gente venida de lugares vecinos y remotos. El bullicio vibra con panderos y zampoñas en el hospedaje de ancho patio y cisterna, donde convergen los caminantes y donde no queda sitio para uno más. Mañana no habrá labor, y acaso pasado mañana tampoco; así lo dijo el amo. Agradable noticia, rumia solemnemente el buey, y el borrico lanza unas coces regocijadas porque hace frío.
De repente, sorprendiéndolos, entran una mujer y un hombre. Ella es una muchacha delicada, tierna; se le advierten, sin embargo, bajo los pliegues del ropaje los signos de la avanzada gravidez. Camina apoyándose en harto mayor y de una severidad que se suaviza con iñfinita dulzura al observarla y sostenerla. El hombre abrió la cesta que trajo y de ella sacó una pequeña lámpara de arcilla: trata de iluminar, sin conseguirlo, la tenebrosa amplitud del pesebre. Ayudó a la muchacha a tenderse después. Sacó, también, una vasija y unos paños.
El buey y el asno los examinan: el vacuno retratando en la mirada su anciana y generosa compasión; el equino, con adolescente e irónica curiosidad. Entonces el hombre se percata de su presencia. Se aproxima a ellos y los palmea afectuosamente; como ni uno ni otro están habituados a que los halaguen, mugen y rebuznan cada uno según su arte y especie. Sale de la cueva José; María permaneció sola, resplandeciendo; el establo se inunda de una claridad que no puede proceder de la lamparilla, y al punto se distinguen, nítidos, los cajones, los fardos, las herrumbres, las vigas, los cuernos amarillentos del buey, del asno las grises orejas, el goteo que rezuma la roca.
El buey suspende el rumiar, pasea por el ámbito misterioso sus ojos soñadores y anuncia:
—Creo que un milagro está por producirse.
—¿Un milagro? No existen los milagros —responde la seguridad del joven burro—. A menos que consideremos un milagro el hecho de que mañana no haya que trabajar: Eso sí: ha mejorado la luz. Estas lámparas de fabricación romana son notables.
Regresó José, portador de agua en el cacharro y de alguna leña. Enciende fuego y pone el agua a calentar. Gime levemente María; pero no, no gime: está cantando por lo bajo. Nace el niño, y un perfume de nardos aroma la cueva. Al buey, los ojos se le mojan de lágrimas.
—Es un niño más, un varoncito —declara el jumento—. Crece la población.
El niño, sobre la paja, parece hecho de cristales, de marfiles y de rosas. Tanto se intensificó la luz, que la caverna relumbra como un altar. El buey se ha prosternado, conmovido, en adoración silenciosa.
—Un niño más —repite el borrico—, y una lámpara excelente. El mundo progresa.
Al otro día, al atardecer, acuden varios pastores; caen de hinojos delante de la sagrada familia y cuentan que un ángel se les apareció y les dijo que el Cristo, el Mesías, había nacido en la ciudad de David, y que lo hallarían envuelto en pañales y en un pesebre. Lo han hallado, le brindan pan, higos, queso, atadijos de leña y un cabrito, y entonan las palabras seráficas que exaltan la divina gloria en las alturas, y la paz de los buenos en la Tierra.
—Este es, pues, el niño Dios, el Rey prometido —murmura el buey.
—Los pastores ignorantes han comprendido mal —replica el asno—. Un rey nace en un palacio. No deduzcas, por favor, que me pronuncio en contra de la monarquía. Y ese ángel... ¡vamos!
Pero algún tiempo después surgen de la lontananza unos magos orientales. Dos de ellos, el provecto barbudo y el mozo de dorada piel, viajan a caballo; el tercero es negro y entre las gibas de un camello se balancea. Besan el polvo frente al infante que ríe; se alzan, hincados sobre las sedas multicolores de sus mantos; toman los cofres de la diestra de sus palafreneros, y a Jesús le ofrecen oro, incienso y mirra.
—Este es el Rey de los Judíos —proclaman los astrólogos— que nos auguró una estrella y que debía nacer en Belén de Judá.
Juntan las manos e inclinan la cabeza con maravillosa veneración.
—¿Ves? —señala el buey a su escéptico amigo—. A estos no los puedes tildar de zagales ignorantes. Son sabios ilustres. Conocen la cadencia de los astros y el humano destino. Contémplalos adorando al Rey del cielo y del mundo.
—¡Bah! —responde el asno—. El luengo estudiar y revolver de letras nubla el discernimiento y excita la imaginación. Son unos extravagantes en busca de rarezas. ¡Un rey en un establo! Sólo a un mago se le puede ocurrir esa fantasía... o a un pobre pastor hambriento, como el mago, de prodigios. Creo que todos han perdido la cabeza. Debe de ser por el loco asunto del censo, que trae desorientados a chicos y grandes.
Los campesinos y los escudriñadores de ciencias arcanas partieron con sus rebaños, con sus papiros y dibujos. Chispean hasta la noche, chispean en la lejanía los collares del mago negro y las cintas plateadas que ató a su cayado un apacentador de ovejas. La Mirra y el incienso sahúman la gruta; el oro fulge menos que el niño Jesús.
—No se puede negar que estos productos extranjeros huelen muy bien —apunta el borrico.
Luego, muy temprano, marcháronse de su refugio María y José. Ella llevaba al niño en brazos, y él acarreaba la pesada cesta con los enseres y los útiles de la carpintería. Con ellos se fue la luz. Suspira el buey hondamente, y esa tarde, cuando el amo que anduvo de parranda asoma por allí, lo encuentra muerto y al asno compungido; pero, como el buey era muy viejo, su dueño descontó ese pronto desenlace. Parece dormir el buey en la aromática serenidad del establo; parece una noble escultura de piedra.
El pollino se verá obligado a trabajar por los dos. Lo hace desde entonces, monótonamente, jornada tras jornada, mes tras mes y año tras año. El borriquito se mudó en burro y como burro trabaja. A veces, cuando le suena la hora de reposar y se tumba, molido, en el pesebre, la fragancia de la mirra y del incienso (de los nardos también) vuelve a acariciar la sensibilidad de su olfato. En esas opotunidades evoca al buey ingenuo rumiador de ficciones. Evoca al niño que ahí nació, en el centro de una portentosa claridad. "El Rey de los Judíos"... y ese perfume... Sacude las orejotas incrédulas burlonas:
"Estoy sufriendo los trastornos de la decrepitud", reflexiona, "pero no caeré en la chochera del desgraciado y tonto buey. ¡A dormir sin sueños!"
Sigue el tiempo su ruta. Su amo lo vendió a otro, y ese a otro, y así ¿Cuánto vive un asno? Según el Grand Larousse Universel en muchos tomos (1866-1876), su longevidad puede llegar a los 30 y a los 35 años, mas su existencia media no pasa de los 15 o 18. Supongo que las nuevas ediciones no habrán variado de opinión. El asno que me preocupa cuenta ya, a nivel del relato (es un día de Pascua, y Trajano emperador), 35 años y muestra ser, efectivamente, reviejísimo. Lo cubren las mataduras; las patas flojas rehúsan mantenerlo; está casi ciego y perdió doce molares, once incisivos y dos caninos de ambas quijadas. Su último propietario lo ató a un árbol y lo abandonó, en una encrucijada de las afueras de Betania, al pie del monte de los Olivos, chupeteando unas malas hierbas.
De súbito escucha voces. Provienen de dos discípulos del Rabí y suenan contiguas.
—Este ha de ser el jumentillo que nos indicó el Maestro —comenta uno— cuando nos dijo: "Id a ese lugar que tenéis enfrente, y hallaréis atado un jumentillo; desatadle y traedle, y si alguien os dijere: ¿Qué hacéis?, responded que el Señor lo ha menester, y al momento lo dejarán traer acá".
—Sí —contesta el otro—, este ha de ser.
"¿A quién se estarán refiriendo?", se interroga el asno caduco, que los divisa vagamente a través de la bruma de su edad. "Yo no he visto a ningún pollino en los contornos".
Pero ya tercia en el diálogo una voz más. Es la de un aldeano que inquiere:
—¿Qué hacéis? ¿Por qué desatáis ese pollino ?
Los discípulos le dan la respuesta que el Señor les mandó y, atónito, el burro matusaleno comprueba que tironean de su cabestro estropeado, maltratado, pelado; que lo obligan a levantarse y se lo llevan. Anda como entre dormido y despierto, sin decidirse a fiar de lo que acaece. Por segundos, atraviesa su ánimo la idea relampagueante de que ha muerto y de que la muerte es así: estrafalaria, absurda. Han llegado al patio de la casa de Lázaro, quien sale a apreciarlo con sus hermanas Marta y María. Los tres rivalizan en elogios:
—¡Qué hermoso jumento! ¡Qué gracioso es! ¡Qué bonito!
Hubiera querido encolerizarse, pues, como todo burlón, no tolera que de él se burlen, y se percata de que los apóstoles lo están aparejando con sus ropas, cual si lo aprestaran para que alguien lo pueda cabalgar. ¿Qué? ¿A tanto se atrevería la mofa? Meterse con un asno antañón, con un vejestorio, es cosa de malvados... y, sin embargo, estos bromistas conversan con un tono de auténtica discreción tranquila...
Monta Jesús y lo acomodan sobre los vestidos. Talonea al animal livianamente y, cruzando el valle de Josafat, emprenden el camino de Jerusalén. María, hermana de Lázaro, había derramado ungüento de nardo sobre los píes del Señor y se los había enjugado con sus cabellos, pese a las protestas hipócritas de Judas Iscariote. Como en el pesebre, el asno aspira el familiar perfume, que lo estremece y hace latir su pobre corazón. Retumba en torno la gritería de la multitud que acudió al enterarse de que allí estaba no sólo el Rabí, sino ese, terrible, que resucitó de los muertos. Hombres y mujeres van desplegando sus hábitos, sus lienzos y sus atavíos en el lodo, a manera de un ondulante tapiz, para que pase sobre él el asno que trae a Cristo. Desliza el Señor la mano por las crines secas y duras del burro, que hoy tienen el lustre propio de la extrema juventud. Se inclina hacia una de sus largas orejas y le habla quedamente:
—¿Te acuerdas? ¿ Te acuerdas del establo, en la cueva de Belén? ¿De María, virgen madre? ¿De José, el patriarca? ¿Del niño?
Hay gentes que cortan ramas de palmera y las agitan. Va entre ellas el jumentillo, como en medio de un mágico bosque. ¡Ah, el perfume del nardo, el perfume del nardo, en el cual se arrebuja como en un manto más precioso que los de los astrólogos orientales!
—¡Hosanna! —canta reverente la muchedumbre—. ¡Hosanna! ¡Gloria al Hijo de David! Bendito sea el que viene en nombre del Señor!
Gana terreno ufanamente el borrico, ebrio de asombro y de agradecimiento. La mano de Dios descansa sobre su cabeza erguida. ¡Qué felicidad! Dilata la cabalgadura la ancha boca, que recuperó las perdidas muelas y dientes, y lanza unos rebuznos con los cuales intenta reproducir las notas jubilosas del ¡Hosanna! popular. Entran así en Jerusalén y se desborda el entusiasmo. Alrededor hablan los pálidos velos del vaho, de la mirra y ¡el nardo, el nardo, el nardo! Todos quieren tocar al Maestro, por lo menos tocar la orla de su túnica; y, si no lo consiguen, tocan al jumento que lo conduce por las calles atestadas, invadidas.
Ese día, cuando se retiró del Templo tras arrojar de su interior a los mercaderes, Cristo sonrió apenas, porque su ágil borriquito había tornado a ser el antiguo, el antiquísimo asno, el de las mataduras, el de las evidentes costillas y la atroz debilidad, y por fin se había echado, muerto, junto a las puertas del santuario, y daba la impresión de gozar de un sosiego incomparable. Sonrió Jesús, pues sabía que ahora, ahora mismo, el asno y el buey trotaban encima de las nubes, eternamente alegres y jóvenes.
FRAGMENTO DEL "CODICE MINEADO" DE GERARD DAVIS, PINTOR FLAMENCO DEL SIGLO XV-XVI