ZARABANDA NUPCIAL (Stephen King)
Publicado en
marzo 07, 2021
En el año 1927 estábamos tocando jazz en una taberna de Morgan, Illinois, una ciudad a unos cien kilómetros de Chicago. Era una región algo despoblada, no había ninguna otra ciudad grande en un radio de treinta y tantos kilómetros. Pero había muchos granjeros que suspiraban por algo más fuerte que una música dulzona y muchas supuestas bailarinas de jazz que salían con sus novios vaqueros. También había algunos casados (se les reconoce siempre, amigo, como si llevaran una etiqueta) que se iban lejos de casa para ir a donde nadie les reconocerla mientras se daban un garbeo con sus no del todo legítimas acompañantes.Esto ocurría cuando el jazz era jazz, no ruido. Formábamos un grupo de cinco: batería, cornetín, trombón, piano, trompeta..., y éramos muy buenos. Esto ocurrió tres años antes de que grabáramos nuestro primer disco y cuatro años antes del cine sonoro.
Estábamos tocando Bamboo Bay, cuando ese individuo, muy alto, entró, vestido de blanco y fumando una pipa con más adornos que un cuerno de caza. Todo el grupo estaba algo bebido para entonces, pero la gente estaba ciega y armando jaleo. Pero, sin dar guerra; no habíamos tenido una sola pelea en toda la noche. Todos nosotros sudábamos a mares y Tommy Englander, el que llevaba el negocio, seguía mandándonos un whisky tan suave como la seda. Englander era un buen hombre para quien trabajar, y le gustaba el ruido que hacíamos. Por supuesto esto le hacía crecer en mi aprecio.
El tío del traje blanco se sentó en la barra y me olvidé de él. Terminamos la noche con Aunt Hagar's Blues que era una pieza que se consideraba entonces atrevida y nos ganamos unos buenos aplausos. Manny lucía una gran sonrisa que le iluminaba el rostro cuando dejó su trompeta —y yo le di unas palmadas en la espalda al bajar del tablado de los músicos—. Vi a una muchacha de aspecto solitario, con traje de fiesta verde, que no me había quitado los ojos de encima en toda la noche. Era pelirroja y yo siempre he tenido debilidad por las pelirrojas. Sus ojos y la inclinación de la cabeza eran como una llamada, así que empecé a circular por entre la gente para ir a ver si quería beber algo.
Me encontraba a mitad de camino cuando el hombre del traje blanco se plantó delante de mí. Visto de cerca su aspecto era de tío duro. Se le erizaba el pelo en el cogote a pesar de que olía como una botella entera de crema—brillantina, y tenía esa clase de ojos planos, de extraño brillo, que poseen ciertos peces de aguas profundas.
—Quiero hablar con usted, fuera —me dijo.
La pelirroja apartó la mirada con un mohín de desencanto.
—Puede esperar —dije—. Déjeme pasar.
—Me llamo Scollay. Mike Scollay.
Me sonaba el nombre. Mike Scollay era un gángster de poca monta que pagaba su cerveza y sus juergas traficando con alcohol procedente de Canadá. Aquella mezcla de alta tensión se había originado donde los hombres llevan faldas y tocan la gaita..., cuando no cuidan de los toneles, vaya. Su fotografía había aparecido alguna vez en los periódicos. La última vez fue cuando otro rival tabernero, Dan, había tratado de coserle a tiros.
—Se encuentra usted muy lejos de Chicago, amigo —le dije.
—Me he traído algunos acompañantes, no se preocupe. Fuera.
La pelirroja me lanzó otra mirada. Le señalé a Scollay y me encogí de hombros. Arrugó la nariz y me dio la espalda.
—Vea —protesté—. Me ha chafado el plan.
—Nenas como ésta, las hay a montones en Chi.
—Yo no quiero un montón.
—Fuera.
Le seguí fuera, claro. El aire me resultaba fresco, después de la atmósfera cargada de humo del club, perfumado por el aroma dulce de la alfalfa recién cortada. Las estrellas habían salido, y brillaban suavemente. También habían salido los acompañantes, pero su aspecto no tenia nada de dulce, y lo único que brillaba eran sus cigarrillos.
—Tengo un trabajo para usted —dijo Scollay.
—No me diga.
—La paga serán doscientos. Puede repartir con su banda o quedarse con cien para usted solo.
—¿De qué se trata?
—De música, ¿qué otra cosa? Mi hermana va a casarse. Quiero qué toque usted para la recepción. Le encanta el jazz. Dos de mis muchachos dicen que lo hace usted muy bien.
Ya les he dicho que trabajar para Englander estaba muy bien. Nos pagaba ochenta dólares por semana. Ese tío me ofrecía más del doble por una sola zarabanda.
—Será el próximo viernes, de cinco a ocho —aclaró Scollay—en la sala de «Los Hijos de Erin», en la calle Grover.
—Es demasiado —dije—. ¿Por qué?
—Hay dos razones.
Scollay dio unas chupadas a su pipa. Parecía fuera de lugar en aquella cara. Hubiera debido tener un cigarrillo «Lucky Strike verde», colgando de los labios, o mejor un «Sweet Caporal», el cigarrillo de los vagos. Con la pipa no parecía un vago. La pipa le hacía parecer triste y gracioso.
—Por dos razones —repitió—. Tal vez ha oído decir que el Griego intentó liquidarme.
—Vi su fotografía en el periódico. Usted era el hombre que se arrastraba por la acera.
—Muy listo —rezongó, pero sin fuerza—. Soy demasiado grande para él. El Griego se está haciendo viejo. Debería estar de vuelta en su tierra, bebiendo aceite de oliva y mirando al Pacífico.
—Me parece que es el Egeo —le corregí.
—Me importa un pepino incluso si es el lago Hurón. El caso es que no quiere envejecer. Sigue queriendo liquidarme. No sabe lo que se le viene encima, ni viéndolo.
—Y eso es usted.
—Es usted un jodido de primera clase.
—En otras palabras, me va a pagar doscientos porque nuestra última pieza podría tocarse con acompañamiento de rifle.
La ira iluminó su rostro, pero había en él algo más también. No supe entonces qué era, pero creo que ahora lo sé. Creo que era tristeza.
—Amigo listo, tengo la mejor protección que se puede conseguir con dinero. Si algún gracioso intenta meter las narices por allá, no tendrá la oportunidad de olfatear por segunda vez.
—¿Y la otra razón?
—Mi hermana se casa con un italiano —dijo a media voz.
—Tan buen católico como usted —rezongué.
Apareció la ira de nuevo, incandescente, y por un minuto creí haber ido demasiado lejos.
—¡Un buen irlandés! ¡De buena vieja raíz irlandesa, hijo, y mejor que no lo olvide! — Luego añadió, tan bajo que casino pude oírle—.Incluso si he perdido la mayor parte del cabello, lo tenía rojo.
Empecé a decir algo, pero no me dio la oportunidad. Me hizo girar y me acercó su cara tanto que casi nuestras narices se tocaban. Jamás había visto tal ira y humillación y rabia y determinación en la cara de un hombre. Hoy en día ya no se ve tal expresión en un rostro blanco, como se siente uno cuando le hieren y le hacen sentirse pequeño. Todo ese amor y todo ese odio. Pero lo vi en su rostro aquella noche y supe que si decía alguna otra frase chistosa podía darme por muerto.
—Es gorda —murmuró y pude oler a pastillas de menta en su aliento—. Mucha gente se ha reído de mí, a mis espaldas. Pero no lo hacen cuando puedo verles. Voy a decirle una cosa, señor músico. Quizás ese hombre sea el único que lo consiguió. Pero usted no va a reírse de mí, o de ella o del italiano. Porque va a tocar, y a tocar muy fuerte. Nadie va a reírse de mi hermana.
— Nunca nos reímos cuando estamos tocando. No podríamos soplar.
Esto alivió la tensión. Se echó a reír..., una risa seca, como un ladrido.
— Bueno, preséntese allí a las cinco, dispuesto a tocar «Los Hijos de Erin», en la calle Grover. También les pagaré los gastos de viaje, ida y vuelta.
No preguntaba nada. Me sentí arrastrado a la decisión, pero no me iba a dar tiempo a consultarlo. Vi que se alejaba y que uno de los acompañantes le mantenía abierta la puerta de su cupé «Packard».
Se alejaron. Permanecí fuera un rato más y fumé un cigarrillo. La noche era estupenda, suave y Scollay parecía, cada vez más, algo que hubiera soñado. Estaba deseando poder sacar el tablado al terreno de aparcamiento y tocar allá, cuando Biff puso la mano en mi hombro.
—Ya es hora —me dijo.
—Bien.
Volvimos dentro. La pelirroja había cazado a un marinero entrecano que parecía doblarle la edad. Ignoro lo que un miembro de las Fuerzas de Marina estaba haciendo en Illinois pero, por mí, podía quedarse con él si tenía tan mal gusto. No me sentía bien, el whisky se me había subido a la cabeza y Scollay me parecía más real aquí dentro, donde las emanaciones de lo que él y los de su calaña vendían eran bastante sólidas para flotar encima de ellas.
—Nos han pedido Camptown Races —dijo Charlie.
—Olvídalo —corté—. No tocamos esa música negra hasta pasada media noche.
Pude ver a Billy—Boy, sentado al piano, envararse, pero al momento su rostro perdió la crispación. Me hubiera abofeteado de buena gana pero, maldita sea, un hombre no puede cambiar su ritmo, su vocabulario, de la noche a la mañana, o en un año, o quizás incluso en diez. En aquellos días, negro era una palabra que odiaba y que decía continuamente. Me acerqué a él:
—Lo siento Bill..., esta noche no estoy en mis cabales.
—Claro —respondió, pero sus ojos pasaron por encima de mi hombro y comprendí que no había aceptado mis excusas. Mal asunto, pero les diré lo que era mucho peor: saber que le había decepcionado.
Les hablé de la zarabanda en el siguiente descanso, siendo sincero con ellos respecto al dinero y les dije que Scollay era un maleante (aunque no les conté sobre el otro maleante que iba a por él). También les dije que la hermana de Scollay era gorda y que Scollay era muy sensible sobre el asunto. Que cualquiera que hiciera bromas sobre fragatas en tierra podía terminar como un colador.
Mientras hablaba no perdía de vista a Billy—Boy Williams, pero no pude leer nada en aquella cara de gato. Habría sido más fácil intentar descubrir lo que pensaba una nuez leyéndole las arrugas de la cáscara. Billy—Boy era el mejor pianista que habíamos tenido y lamentábamos los disgustos que le daban cuando viajábamos de un lugar para otro. Lo peor, naturalmente era el Sur..., el cielo de los negros en las películas, y cosas así..., pero tampoco lo pasaba muy bien en el Norte. ¿Y qué podía hacer yo? ¿Eh? Venga, díganmelo. En aquellos días uno tenia que vivir con todas esas diferencias.
Aparecimos en la sala de «Los Hijos de Erin», el viernes a las cuatro, una hora antes. Viajamos en una furgoneta especial «Ford» que Biff y Manny y yo habíamos montado. La parte de atrás estaba cubierta por una lona y dentro llevábamos dos literas atornilladas al suelo. Incluso llevábamos un hornillo eléctrico, enchufado a la batería, y el nombre del grupo pintado en el exterior.
El día era perfecto..., como hecho a medida, si alguna vez ha habido uno, con nubecillas de verano, blancas, proyectando sombras en los campos. Pero una vez en la ciudad hacía calor y estaba sucia, llena de ajetreo, que uno acaba olvidando cuando se vive en un lugar como Morgan.
Para cuando desembarcamos eri la sala, la ropa se me pegaba al cuerpo y necesitaba visitar la estación de consuelo. También me hubiera sentado bien un trago del elixir de Tommy Englander.
«Los Hijos de Erin» era un gran edificio de madera, filial de la iglesia donde la hermana de Scollay iba a casarse. Ya saben el tipo de lugar, si es de los que han hecho la comunión, supongo..., reuniones de los OYC los martes, bingo los miércoles y una fiesta para niños los sábados por la noche.
Emprendimos la marcha llevando cada uno su instrumento y parte de los componentes de la batería de Biff. Una señora delgada, sin delantera aparente, por decirlo de algún modo, dirigía el tráfico en el interior. Dos hombres sudorosos colgaban guirnaldas de papel. Había una tarima para la banda en la parte delantera de la sala y por encima una bandera y un par de enormes campanas de papel de color de rosa. Las letras doradas de la bandera decían LO MEJOR PARA MAUREEN Y RICO.
Maureen y Rico. Maldito si no me daba cuenta de lo mal que lo pasaba Scollay. Maureen y Rico. Una pedrada en el ojo.
La señora delgada nos cayó encima. Como parecía tener mucho que decir, me adelanté anunciando:
—Somos los músicos.
—¿Los músicos? — Miró desconfiada los instrumentos—. Oh, esperaba que fueran los de la alimentación.
Sonreí como si los proveedores de comida llegaran siempre con timbales y trombones.
—Pueden... —empezó, pero justo en aquel momento apareció un niñato de unos diecinueve años. Le colgaba un cigarrillo de la comisura de los labios pero, por lo que pude ver, aquello no mejoraba su imagen y en cambio le hacía llorar el ojo izquierdo.
—Abran esta mierda —ordenó.
Charlie y Biff me miraron. Me encogí de hombros. Abrimos nuestros estuches y él miró al interior de las trompas. Viendo que no había nada que pareciera poder cargarse y disparar, se volvió a su rincón y se sentó en una silla plegable.
—Ya pueden montar sus cosas cuando quieran —prosiguió la señora delgada como si nunca la hubieran interiumpido—. Hay un piano en la otra habitación. Haré que mis hombres lo entren tan pronto como terminen de colocar las decoraciones.
Biff empezó a arrastrar su batería hasta el pequeño escenario.
—Yo creí que eran los proveedores —iba repitiendo desesperada—. El señor Scollay encargó un pastel de bodas y hay unos entrantes, y asados de buey, y...
—Ya llegarán, señora —le dije—. Cobran al entregar.
—...y dos asados de cerdo y un capón y el señor Scollay se pondrá furioso si... —Vio a uno de sus hombres encendiendo un cigarrillo precisamente debajo de una guirnalda de papel, y le gritó—: ¡¡¡ HENRY!!! — El hombre dio un salto como si le hubieran disparado. Yo me refugié en la tarima.
A las cinco menos cuarto estábamos listos. Charlie, el del trombón, iba tocando en sordina y Biff se desentumecía las muñecas. Los proveedores había llegado a las 4.20 y Miss Gibson (éste era el nombre de la dama flaca; su negocio era ese tipo de fiestas) casi se les echó al cuello.
Habían montado cuatro mesas, largas, cubiertas de manteles blancos y cuatro mujeres negras con cofia y delantales blancos ponían platos y cubiertos. El pastel fue colocado en el centro de la habitación para que todo el mundo pudiera verlo y admirarlo. Tenía seis pisos de altura y arriba habían colocado una parejita de novios.
Salí a la calle para fumar un cigarrillo y a mitad de camino me pareció oírles llegar..., bocineando y armando gran estruendo. Me quedé donde estaba hasta que vi el primer coche dando la vuelta a la esquina más cercana a la iglesia, entonces desistí de fumar y entré.
—Ya vienen —dije a Miss Gibson.
Palideció y casi se tambaleó sobre sus tacones. He aquí una mujer que debió haber elegido otra profesión..., decoradora, quizás, o bibliotecaria.
—¡El zumo de tomate! — chilló—. ¡Traigan el zumo de tomate!
Volví junto al grupo y nos preparamos. Habíamos tocado en celebraciones como ésta —y ¿quién no?— y cuando se abrieron las puertas, nos lanzamos a una interpretación sincopada de la Marcha Nupcial, que yo mismo había arreglado. Si les parece que todo esto suena como un cóctel de limonada, les daré la razón, pero en la mayoría de las recepdones donde lo tocamos, lo aceptaron, y ésta no era diferente de las otras. Todo el mundo aplaudía y gritaba y silbaba, luego empezaron a hablar entre ellos. Pero por la forma en que alguno de ellos movía los pies mientras hablaba, pensé que iba siendo hora. Empezamos..., me dije que iba a ser una buena zarabanda. Sé todo lo que se dice de los irlandeses, y la mayor parte es verdad, pero demonio, lo pasan en grande una vez se han decidido a hacerlo.
De todos modos, tengo que confesar que por poco lo estropeo todo cuando el novio y la ruborosa novia entraron. Scollay, vestido de chaqué, me echó una mala mirada y no crean que no la vi. Logré mantener un rostro impasible, y el resto del grupo también... ni uno sólo desafinó. Fue una suene para nosotros. Parecía como si todos los invitados fueran los guardaespaldas de Scollay y sus mujeres, y ya habían sufrido la primera impresión. Tenía que ser así si habían estado en la iglesia. Yo sólo oí vagos rumores, por decirlo así.
Ya habrán oído hablar de Jack Sprat y su mujer. Bien, pues esto era cien veces peor. La hermana de Scollay tenia el pelo rojo, que él estaba perdiendo, y lo tenía largo y rizado. Pero no era aquel bonito color cobrizo que a lo mejor imaginan. No, éste era rojo de la región de Cork..., brillante como una zanahoria y rizado como los muelles de una cama. Su tez era naturalmente blanca pero llevaba encima demasiadas pecas. Y, uno dijo Scollay que era gorda? Amigo, esto era como decir que uno puede comprar algo en «Macys». Era un dinosaurio humano..., ciento cincuenta kilos como mínimo. Yestaban todos en el pecho y las caderas, y los muslos como suele ocurrir con las gordas, haciendo que lo que debía ser sexy fuera grotesco y terrorífico a la vez. Algunas gorditas tienen caras patéticamente bonitas, pero la hermana de Scollay no tenía ni eso. Sus ojos estaban demasiado juntos, su boca demasiado grande y las orejas despegadas. Luego, claro, estaban las pecas. Incluso delgada, hubiera sido lo bastante fea para parar un reloj..., demonio, todo un escaparete de relojes.
Esto, por si solo, no hubiera hecho reír a nadie, a menos que fueran estúpidos y de naturaleza malvada. Era cuando se añadía el novio, Rico, al conjunto, cuando uno deseaba reír hasta llorar. Podía haberse puesto una chistera y así todo no llegaba a la mitad de su sombra. Parecía como si hubiera podido pesar unos cuarenta y cinco kilos, empapado. Era delgado como un riel, y su tez, olivácea oscura. Cuando sonreía nervioso, sus dientes parecían una valla de barriada pobre.
Seguimos tocando.
Scollay rigió:
—¡Vivan los novios! ¡Que Dios les dé toda suerte de felicidades!
Y si Dios no se las diera, anunciaba su expresión feroz, mejor que se las deis vosotros..., por lo menos hoy.
Todo el mundo gritó y aplaudió. Terminamos nuestro número con un floreo y esto mereció otros aplausos. Maureen, la hermana de Scollay, sonrió. Dios, qué grande era su boca. Rico reía como un bobalicón.
De momento, todo el mundo paseaba, comía queso, o fiambres o galletitas y bebían el mejor whisky escocés importado», de Scollay. Yo había bebido ya tres, entre pieza y pieza, y dejaba en la sombra al de Tommy Englander.
Scollay pareció también sentirse más feliz..., un poco, por lo menos.
Una vez llegó hasta el escenario y nos dijo:
—Tocáis muy bien —y esto, viniendo de un amante de la música como él, supuse que sería un verdadero cumplido.
Antes de que todos se sentaran a la mesa, Maureen se acercó personalmente. Todavía era más fea vista de cerca y su traje blanco (debía haber suficiente raso blanco alrededor de aquella mole para vestir unas tres camas) no la ayudaba nada. Nos pidió si podíamos tocar Rosas de Picardía, como Red Nichols y sus Cinco Peniques, porque, nos dijo, era su canción favorita. Fea y gorda sí era, pero no tonta..., como algunas de las que habían venido a pedirnos piezas. La tocamos, pero no muy bien. De todas formas nos dedicó una dulce sonrisa que casi la hacía bonita, y aplaudió cuando hubimos terminado.
Se sentaron a comer sobre las 6.15 y las camareras de Miss Gibson les fueron sirviendo. Se echaron sobre los platos como una manada de animales, lo que no sorprendía demasiado, y siguieron tragando aquel producto de alta tensión todo el tiempo. Yo no pude evitar contemplar cómo comía Maureen. Me esforcé por desviar la mirada, pero mis ojos volvían como para asegurarse de que estaban viendo lo que pensaban que veían. Los demás también tragaban pero ella les hacía parecer viejas damas en un salón de té. Ya no tenía tiempo ni para dulces sonrisas, ni para escuchar Rosas de Picardía; podía haberse colocado un letrero delante de ella que explicara: MUJER TRABAJANDO. Esa señora no necesitaba ni un cuchillo ni un tenedor; lo que necesitaba era una pala mecánica y una cinta transportadora. Era triste contemplarla. Y Rico (solamente se le veía la barbilla sobre la mesa donde se sentaba la novia y un par de ojos castaños tan tímidos como los de un ciervo) le iba pasando cosas, sin por ello perder su sonrisa bobalicona.
Descansamos veinte minutos mientras tenía lugar la ceremonia de cortar el pastel y la propia Miss Gibson nos dio de comer en la cocina. Hacía un calor de espanto porque el fogón estaba encendido y ninguno de nosotros tenía mucha hambre. La zarabanda había empezado bien, y ahora estaba mal. Lo leía en las caras de mi gente..., y en la de Miss Gibson, también, no crean.
Cuando volvimos al escenario, la bebida había empezado en serio. Unos individuos con aspecto de «duros», circulaban con falsas sonrisas en sus caras o se reunían en los rincones haciendo cambalaches con hojas de apuestas. Algunas parejas querían bailar charleston, así que tocamos Aunt Hagar's Blues (y esos memos se lo tragaron) y I'm Gonna Charleston Back to Charleston y otras piezas por el estilo. Música para jovencitos. Las muchachas se agitaban por la pista, enseñando las medias y chasqueando los dedos junto a la cara y chillando vi—do—di—oh—du una frase que hasta hoy me produce ganas de vomitar la cena. Estaba oscureciendo. Las mosquiteras de algunas ventanas se habían caído y las polillas entraron y revolotearon en bandadas alrededor de las luces. Y como dice la canción, la orquesta siguió tocando. La novia y el novio se mantenían en segundo plano..., ninguno de los dos parecía interesado en marcharse..., casi olvidados. Incluso Scollay parecía haberse olvidado de ellos. Estaba bastante bebido.
Serían casi las 8.00 cuando entró el hombrecito. Me di cuenta al momento, porque estaba sobrio y parecía asustado; asustado como un gato, corto de vista, en un perrera. Se acercó a Scollay que estaba hablando con una muñeca junto al escenario, y le golpeó en el hombro. Scollay dio la vuelta, y oí cada una de las palabras que dijeron. Creánme, ojalá no hubiera oído nada.
—¿Quién demonios eres? — preguntó Scollay con malos modos.
—Mi nombre es Demetrius —explicó el hombrecito—. Demetrius Katzenos. Vengo de parte del Griego.
Todo movimiento cesó en la sala. Se desabrocharon las chaquetas y las manos desaparecieron debajo de las solapas. Vi a Manny que se ponía nervioso. Maldición, tampoco me sentía yo muy tranquilo. Pero seguimos tocando, cómo no.
—No me diga —respondió Scollay plácidamente.
El hombrecillo estalló:
—¡Yo no quería venir, Mr. Scollay! El Griego tiene a mi mujer. Dice que la matará si no le doy su recado.
—¿Qué recado? — gruñó Scollay. La tormenta volvía a aparecer en su frente.
—Dice... —El pobre hombre se calló, con expresión angustiada. Se le movía la garganta como si las palabras fueran cosas vivas atrapadas allí y le estuvieran ahogando—. Dijo que le dijera que su hermana es un cerdo gordo. Dice..., dice... —Sus ojos se volvieron alocados al verla expresión de Scollay. Eché una mirada a Maureen. Parecía como si la hubieran abofeteado—. Dice que tiene picor. Dice que si una gorda tiene picor en la espalda, debe comprarse un rascador. Dice que si una gorda tiene picor en cierto sitio, se compra un hombre.
Maureen lanzó un terrible grito ahogado y salió corriendo, sollozando. El suelo tembló. Rico corrió tras ella, desconcertado, retorciéndose las manos.
Scollay había enrojecido de tal forma que sus mejillas estaban realmente moradas. Yo casi temí..., bueno, algo más que casi temí..., que se le salieran los sesos por el oído. Y volví a ver aquella expresión de enloquecida angustia que le había visto aquella noche, fuera, delante del local de Englander. Tal vez era un bandido de poca monta, pero le compadecí. —Usted lo habría hecho también.— Cuando volvió a hablar su voz estaba muy tranquila..., casi bondadosa.
—¿Hay algo más?
El pequeño griego se encogió. Su voz estaba quebrada r.porel pánico:
—¡Por favor, no me mate, Mr. Scollay! Mi mujer..., el Griego tiene a mi mujer. Yo no quería decir estas cosas. Tiene a mi esposa, mi mujer...
—No voy a hacerte daño —dijo Scollay con voz aún más mansa—. Pero termina de decírmelo todo.
—Dijo que toda la ciudad se reía de usted.
Habíamos dejado de tocar y por unos segundos hubo un silencio de muerte. Entonces Scollay levantó los ojos al techo. Le temblaban las manos y las cruzó delante de él. Las mantenía tan apretadas que me pareció que podía verle los tendones a través de su camisa.
—¡ESTÁ BIEN! —chilló—. ¡ESTÁ BIEN!
Se fue hacia la puerta. Dos de sus hombres le siguieron intentando detenerle, trataron de decirle que aquello era un suicidio, que era lo que precisamente quería el Griego, pero Scollay estaba como loco. Los derribó y salió fuera, a la negra noche veraniega.
En el silencio absoluto que siguió, lo único que pude oír fue la entrecortada respiración del mensajero y por alguna parte en el fondo del salón, el dulce llanto de la novia.
Entonces, el jovenzuelo que nos había registrado cuando llegamos soltó una maldición y corrió hacia la puerta. Fue el único.
Antes de que pudiera llegar a pasar por debajo del gran trébol de papel de la entrada, chirriaron los frenos de un cuche en la calle y los motores se pusieron en marcha..., muchos motores. Sonaba como el Memorial Day, allá afuera.
—¡Oh, buen Jesus! —chilló el joven desde la entrada—. ¡Es una jodida concentración de coches!
—¡Agáchese jefe! ¡Agáchese! ¡Agáchese...!
La noche se llenó de explosivos, de tiros. Por un minuto, o tal vez dos, ¡aquello fue como la Primera Guerra Mundial! las balas entraban por la puerta abierta del vestíbulo y uno de los globos de luz, del techo, explotó. Fuera la noche resplandecla con los fuegos artificiales de los Winchester. Luego los coches se retiraron. Una de las puütas se estaba quitando trozos de vidrio del cabello.
Ahora que había terminado el peligro, el resto de los acompañantes se precipitaron fuera. La puerta de la cocina se abrió de golpe y Maureen la cruzó corriendo. Todo lo que tenía le bailaba. Su cara estaba más hinchada que de ordinario. Rico iba tras ella como un sirviente desconcertado. Cruzaron la puerta.
Miss Gibson apareció en la sala vacía, con los ojos muy abiertos, impresionada. El hombrecito que había empezado todo aquel jaleo se había esfumado.
—Fue un timteo —murmuró Miss Gibson— ¿Qué ha pasado?
—Creo que el Griego acaba de enfriar al pagano —aclaró Biff.
Me miró, asombrada, pero antes de que pudiera traducir, Billy—Boy dijo con su voz dulce y correcta:
—Quiere decir que Mr. Scollay acaba de ser liquidado, Miss Gibson.
Miss Gibson se le quedó mirando, con los ojos cada vez más abiertos y de pronto se desmayó. Yo también me sentí dispuesto al desmayo.
Precisamente entonces, desde fuera, llegó el grito más angustiado que jamás oí, entonces, o desde entonces. Aquel espantoso aullido siguió y siguió. No había que asomarse a la puerta para saber quién se estaba partiendo el corazón en la calle, llorando sobre su hermano muerto mientras los polis y los cazadores de noticias estaban en camino.
—Esfumémonos —dije—. Rápidamente.
Antes de que pasaran cinco minutos lo habíamos recogido todo. Algunos de los acompañantes volvieron a entrar, pero estaban demasiado borrachos y demasiado asustados para fijarse en gente como nosotros.
Salimos por la parte de atrás, llevando cada uno parte de la batería de Biff. ¡Vaya espectáculo que debimos dar, para los que nos vieron, yendo calle amiba! Yo abría la marcha con el estuche de mi trompeta bajo el brazo y un címbalo en cada mano. Los muchachos esperaron en la esquina mientras yo iba en busca de la furgoneta. La poli no había aparecido aún. La pobre gorda estaba agachada junto al cuerpo de su hermano, en mitad de la calle, gimiendo como un fantasama irlandés, mientras su menudo marido giraba a su alrededor como una luna en órbita de un gran planeta.
Yo llevé la furgoneta a la esquina y los muchachos lo echaron todo dentro de cualquier modo. Luego salimos pitando de allí. Hicimos una medié de setenta kilómetros por hora, de regreso a Morgan, por caminos vecinales y demás y, o bien los compañeros de Scollay no pensaron en denunciarnos a la Policía, o a la Policía no les interesamos, porque nunca tuvimos noticias suyas.
Tampoco cobramos los doscientos dólares.
Diez días después, una chica irlandesa, gorda, vestida de hito, apareció en el local de Tommy Englander. El negro le sentaba tan mal como el raso blanco.
Englander debía de saber quién era (su fotografía había mido en los periódicos de Chicago, junto a la de Scollay) porque la acompañó, personalmente, a una mesa y mandó callar a un par de borrachos, en el bar, que se habían estado riendo.
Yo lo sentí por ella, lo mismo que compadezco a veces a Billy—Boy. No hace falta estar en el lugar de ellos para darse cuenta, aunque también creo que uno no puede saber lo que es. Y la había encontrado simpática, por lo poco que hablé con ella.
Cuando llegó el descanso, me acerqué a su mesa.
—Siento lo de su hermano —le dije torpemente—. Sé que le quería mucho y...
—Fue como si yo hubiera disparado aquellas armas contra él. —Se miró las manos, y ahora que me fijaba en ellas vi que realmente era lo mejor que tenía, pequeñas y bien formadas—. Todo lo que aquel hombrecito dijo era verdad.
—Oh, no lo diga —repliqué... un non sequitur, si alguna vez lo hubo, pero ¿qué podía decirle? Lamenté haberme acercado, hablaba de una forma muy rara, como si estuviera sola y loca.
—Pero no voy a divorciarme de él —prosiguió—. Antes me mataría y me condenaría al infierno.
—No diga estas cosas —le rogué.
—¿Nunca ha querido matarse? — pregunto mirándome exaltada— ¿No lo ha pensado nunca cuando la gente le trata mal y encima se ríen de usted? ¿O nunca nadie se lo ha hecho? Aunque me lo diga, me perdonará, pero no le creeré. ¿Sabe lo que se siente cuando uno come y come y se odia por ello, y sigue comiendo? ¿Sabe lo que una siente cuando mata a su propio hermano porque está gorda?
La gente se volvía a mirarnos, y los dos borrachos volvían a reírse.
—Lo siento —murmuró.
Quería decirle que yo también lo sentía. Quería decirle... Oh cualquier cosa, supongo, que la hiciera sentirse mejor. Gritarle, hasta dar con ella en el fondo de todo aquella carne..., pero no se me ocurrió nada. Sólo le dije:
—Tengo que irme. Tenemos que volver a tocar un poco más.
—Naturalmente —musitó con dulzura—. Claro que debe irse..., o empezarán a reírse de usted. Pero yo venía por... ¿Quiere tocar Rosas de Picardía? Pensé que lo había tocado muy bien en la recepción. ¿Quiere hacerlo por mi?
—Claro. Encantado.
Y tocamos. Pero se marchó a mitad, y como era una cosa que desentonaba en casa de Englander lo dejamos y nos lanzamos a una versión sincopada de Varsity Drag. Esto siempre les encanta. Bebí demasiado aquella noche y a la hora de cerrar me había olvidado de ella. Bueno, casi.
Cuando ya me iba, se me ocurrió..., lo que hubiera debido decirle. Que la vida sigue..., esto es lo que hubiera debido decirle. Es lo que se dice a la gente cuando se les muere un ser querido. Pero, pensándolo mejor, me alegro de no haberlo hecho. Porque quizás esto era lo que la asustaba.
Naturalmente, ahora todo el mundo conoce a Maureen Romano y a su esposo Rico, que la ha sobrevivido como invitado de los contribuyentes, en la Penitenciaría Estatal de Illinois. Se sabe que ella se hizo cargo de la modesta organización de Scollay y la transformó en un Imperio de la Ley Seca que rivalizó con el de Capone, que liquidó a otros dos gángsters de la región y absorbió sus operaciones, que mandó traer al Griego ante ella y al parecer le mató metiéndole una cuerda de piano por el ojo izquierdo hasta llegar al cerebro, mientras de rodillas ante ella lloraba y suplicaba por su vida. Rico el asombrado servidor, fue su primer lugarteniente y fue responsable, él solito, de una docena de matanzas.
—Fui siguiendo las hazañas de Maureen desde la Costa Oeste donde estábamos grabando unos discos de gran éxito. Pero sin Billy—Boy. El había formado su propio grupo poco después de que dejáramos a Englander, un grupo enteramente negro que tocaban jazz y sincopado. Tuvieron mucha, suerte por el Sur y yo me alegré por ellos. Fue una suerte, porque en muchos lugares no querían ni probarnos al enterarse de que había un negro con nosotros.
Pero les estaba hablando de Maureen. Era siempre noticia, y no solamente porque fuera una especie de Ma Barkercon cerebro, aunque esto también contaba. Era terriblemente gorda y terriblemente mala, y los americanos de costa a costa sentían un extraño afecto por ella. Cuando murió, de un ataque al corazón en 1933, algunos de los periódicos dijeron que pesaba doscientos cincuenta kilos. Pero yo lo dudo. No creo que nadie llegue a ser tan gordo, ¿no creen? En todo caso, su entierro llenó las primeras páginas, mucho más de lo que se hizo con su hermano, que no pasó de la página cuatro en toda su miserable carrera. Se necesitaron diez hombres para llevar el ataúd. En uno de los ilustrados había una fotografía del transporte. Era una fotografía horrible; no se podía mirar. Su ataúd era del tamaño de una cámara para carne..., lo que, en definitiva, creo que era. Rico no era lo bastante inteligente para llevar solo el negocio y le cazaron por asalto e intento de asesinato al afilo siguiente.
Nunca he podido olvidarla, ni tampoco la tremenda expresión angustiada de Scollay la primera noche en que habló de ella. Pero volviendo la vista atrás, tampoco la compadezco demasiado. Los gordos pueden siempre dejar de comer. Los muchachos como Billy—Boy Williams sólo, pue:din dejar de respirar. Todavía no veo bien qué pude haber hecho para ayudarles, pero de vez en cuando me remuerde la conciencia. Probablemente será porque he envejecido y no duermo tan bien como dormía antes, cuando era un guiño. Será esto, ¿no les parece?
—¿No les parece?
Fin