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diciembre 27, 2020
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Nina Shepard estaba enamorada de un hombre a quien no conocía. Perfecto, se dijo, mientras tomaba un baño relajante, aquella bochornosa tarde. Sólo de pensarlo Nina soltó una de esas carcajadas guturales tan suyas. Por lo general, la traía sin cuidado el debate sobre si la ironía había muerto o no, pero por lo menos ahora sabía de qué lado estaba.
Resultaba gracioso que supiese más de un hombre a quien no conocía que de todos los que sí había conocido juntos. Sabía que leía libros. Sí, de acuerdo, eran del estilo aventura—trágica—en—el—Everest—en—la—Antártida—en—Krakatoa—con—tiburones—y—con—fuego—basada—en—hechos—reales que estaba tan de moda. Desde luego, eran novelas testosterónicas (expresión que Nina había acuñado en respuesta a la expresión «novela rosa»), pero por lo menos se trataba de libros y no sólo de las revistas de deportes y negocios que la mayoría de hombres consideraba «lecturas». Sabía que escuchaba música tanto de Mozart como de Lenny Kravitz; ninguno de los dos era el favorito de Nina, Mozart por estar totalmente sobrevalorado y Lenny por poco original y blandengue, pero ella apreciaba la amplitud de criterio. Sabía que él asistía regularmente a conciertos de jazz e incluso a ver alguna obra de Broadway de vez en cuando; que mantenía una relación aparentemente cordial con sus papás; que tenía un perro adorable, si bien debía perdonarle (y se lo perdonaba, aunque se lo había tenido que pensar bastante) que, en vez de recogerlo de una perrera, se lo hubiese comprado por Dios sabe cuánto a un criador; que había estudiado en la Universidad de Penn y que trabajaba en un importante bufete de abogados —esto le daba un poco de grima a Nina, aunque por otra parte él cobraba un sueldo endemoniadamente bueno para un tío de treinta y dos años recién cumplidos—; que le gustaba esquiar, ver partidos de béisbol por la tele y jugar al póquer cada miércoles por la noche con amigos de ambos sexos; que iba a correr a Central Park cinco días a la semana, y que pasaría las siguientes vacaciones haciendo rafting en el río Bio Bio, en América del Sur; que todo ese ejercicio le había proporcionado un aspecto curtido de lo más atractivo, sexy y masculino; que tenía una nariz peculiar; que votaba a los demócratas y hacía generosos donativos a muchas organizaciones benéficas y progresistas, desde la Asociación por los Derechos Civiles hasta la Fundación para los Sin Techo; que era católico no practicante, aunque la Navidad era importante para él, tanto que el año anterior había empezado a comprar los regalos en septiembre; que era metódico y serio, y, en definitiva, que, salvando un par de imperfecciones menores, era la personificación de todos sus deseos.
Ahora sólo le faltaba conocerlo.
Había sido uno de esos días calurosos de verano en Nueva York en que las basuras se cuecen y apestan de tal forma que Nina había tomado una vez más la determinación de que, independientemente de lo pobre o rica que estuviera, de si tenía mucho o poco trabajo, de si estaba liada con alguien (mucha suerte iba a necesitar) o no, pasaría el verano siguiente tumbada en una playa de California, respirando el aire puro del mar y bebiendo una Coronita a morro. Con lima. Y sólo estaban en junio, por Dios. En agosto aquello sería como el desierto de Mojave, pero en húmedo. Nina se compadecía a sí misma y, al mismo tiempo, estaba indignada por compadecerse.
Como de costumbre, el panorama no era muy alentador para Nina.
En cualquier caso, tenía la sensación de que se merecía más que nadie aquel baño, perfumado y con burbujas, que tan decadentemente estaba tomando esa tarde de martes a las cuatro. Había terminado los paseos de la mañana y de la tarde, y devuelto el último perro a su casa, de modo que finalmente disponía de algo de tiempo para sí. Con la cabeza apoyada en el borde de la bañera, dejó que su mente flotara junto con su pelo que, como el de una sirena, oscilaba lentamente sobre la superficie del agua. Si tuviera aletas en lugar de piernas, podría nadar libre, plácidamente y sin perros hasta aquella lejana costa californiana, donde conocería a un peligroso pirata que la convertiría en una mujer de verdad y la mataría a polvos, le leería poesía y le acariciaría la cara con sus hermosas manos, y los dos vivirían felices para siempre en una choza que habrían elegido porque podían vivir donde quisieran ya que serían asquerosamente ricos gracias al botín que él habría arrebatado a un malvado dictador, cuya muerte habría devuelto la libertad a todos los habitantes del país, o sea que no sería grave.
A sus treinta y cinco años, a Nina le gustaban sus piernas. Llevaba ya un año paseando perros, por lo que, aunque seguía teniéndolas cortas, estaban en buena forma, fuertes, torneadas y bronceadas. Tomó la esponja de la caja japonesa de listones de madera, se las frotó y notó que sus extremidades volvían a la vida. Se friccionó las caderas, los brazos, el cuello y los hombros, con lo que consiguió relajar sus cansados músculos, y se masajeó la piel tal como le había indicado aquella zorra de Bloomingdale's que le había preguntado, con gran incredulidad: «Pero ¿es que aún no te exfolias?» La de cosas que no sabía.
Apenas el día anterior había ido a la Town Shop de Broadway, una especie de santuario para su amiga Claire, a comprar un nuevo sujetador para aquellos pechos suyos que, ahora mismo, sobresalían de la espuma, levantados y separados por el agua, con un aspecto de lo más respingón y adorable. El cuerpo de Nina, según decían, gustaba mucho a los hombres, pero tener pechos grandes exigía llevar un señor sujetador. Claire usaba unos de la talla 90, de esos apretados y monos. Comprar sujetadores le resultaba fácil, y siempre encontraba un tanga a juego, porque las mujeres como Claire se visten así. O no se visten, según se mire. Nina no llevaba tanga por principio. Era una firme convencida de que una se pone bragas para taparse el culo, no para que desaparezcan entre las nalgas.
—Así no se ve la raya de las bragas —le había explicado Claire.
—Pero es que yo quiero que se me vea —había replicado Nina—. Quiero ser consciente de que llevo bragas. Y quiero que los demás sepan también que las llevo. Es un pensamiento que me reconforta. Y sabe Dios que reconforta a mi madre. Si no quieres que se te vea la raya de las bragas, ¿por qué te pones bragas? Con el tanga es como si llevaras algo, o a alguien, metido en el culo.
—El tanga es sexy.
—El tanga es una estupidez.
No mencionó que preferiría pegarse un tiro a someterse a una de aquellas depilaciones brasileñas a la cera que por lo visto eran un requisito imprescindible para llevar tanga. ¿Cuándo habían decidido las mujeres de su edad que tener un cuerpo sin un solo pelo, salvo en una estrecha franja vertical, era una necesidad cultural? ¿Sería que al bordear los cuarenta años les entraban ganas de aparentar cuatro?
En Town Shop, a Nina la había atendido una esbelta mujer afroamericana de unos cincuenta y tantos años, con el cabello teñido de naranja y unas uñas de tres centímetros pintadas de rojo y rematadas con calcomanías de mariposas negras y doradas. En la muñeca llevaba una pulsera tintineante de la que colgaban varias llaves.
—Hola. Quiero comprar un sujetador —anunció Nina.
—Ven conmigo.
Dejó caer el brazalete en la palma de su mano y examinó con gran atención las llaves hasta encontrar la correcta, con la que abrió la puerta de un probador. Había etiquetas en el suelo, un par de sujetadores sobre una vieja silla de madera y un espejo al que no le habría venido nada mal un chorrito de Glassex.
—Quítate la blusa.
Nina esperó a que la mujer cerrara la puerta, pero ésta se quedó ahí quieta, esperando. De modo que Nina obedeció. En Town Shop no hay lugar para el recato.
—Cariño, usas una talla de sujetador equivocada. ¿Qué es eso, una 95? Dios santo, fíjate en lo grande que te viene. ¡Te sienta fatal!
Tiró de ambos lados y lo tensó por detrás.
—He llevado una 95 toda mi vida —aseguró Nina.
—Pues has llevado la talla equivocada durante todo ese tiempo, cariño. Quítate eso; te traeré algo.
Nina se lo quitó y esperó medio desnuda a que la vendedora regresara con media docena de sujetadores colgando del brazo, el mismo en el que llevaba la pulsera.
—Pruébate éste.
Sacó uno negro, lleno de lacitos y costuritas, justo del tipo que Nina más detestaba, y que por un momento se quedó enganchado en una de las llaves del Reino del Sostén.
—No es mi estilo —dijo Nina—. Busco algo más simple, liso.
—Lo que tú digas, cariño. Pruébate éste.
Le tendió uno beige, ligero y sin costuras. Mientras Nina se lo probaba, la mujer se quitó la pulsera de la muñeca, se la guardó en un bolsillo, apretó con aquellas manos de uñas largas los lados de los pechos de Nina y se los subió hasta que encajaron en la copa.
—Inclínate.
Nina se inclinó.
—Menéate un poco.
Nina se meneó.
—Ahora ponte erguida y echémosle un vistazo.
Nina se irguió.
—Bueno, este sujetador te queda bien, pequeña.
Y era cierto.
—¿Y de qué talla es? — preguntó Nina.
—Una 90. Esa es tu talla. ¿Quieres un tanga a juego?
Sí, era su talla. Y no, no quería. Nina se probó varios sujetadores más, eligió tres y se marchó de la tienda maravillada de su ignorancia, especialmente respecto a sí misma. Cuando, a los treinta y cinco, descubres que has estado llevando sujetadores de la talla equivocada durante tantos años, te das cuenta de algo: no sabes demasiado de nada.
De momento, sin embargo, quería concentrarse exclusivamente en lo que sentía en aquel baño, en aquella bañera, con aquella esponja. Con vigor, se frotó los talones, los empeines y los callos de los dedos. Aquellos pies que tantos problemas le daban, aquellos pies con unos puentes altos como el Empire State y anchos como el Atlántico, aquellos pies que tanto había castigado paseando perros y que tanta vergüenza y dolor le habían causado durante el último año.
Hacía un mes, en el podólogo, había recibido la última lección de lo poco que sabía sobre nada. Ahí estaba él, tan apuesto, tan masculino y, a la vez, tan delicado al tocarla. Había subido el asiento de su pequeño taburete médico con ruedas y había tomado el pie desnudo de Nina entre sus hermosas manos. Sus brillantes ojos azules se habían posado primero en su pie, luego en su rostro y finalmente en el pie de nuevo. «El príncipe ha encontrado a su Cenicienta», pensó ella. Tal vez le propondría matrimonio allí mismo, en aquel instante. Nina inspiró profundamente y sonrió.
Entonces él la miró a los ojos.
—Jamás había visto unos pies más zopos que éstos —aseguró con una sonrisa radiante.
Aunque Nina comprendió que bromeaba, más o menos, se sentía totalmente humillada por haberse dejado llevar por sus fantasías. Incluso semanas más tarde, tras haber desembolsado cuatrocientos dólares por unos zapatos ortopédicos que le levantaban el arco plantar y aliviaban su neuroma de Morton, se ruborizaba cuando le venía a la memoria lo que había pensado. ¿Cómo había sido tan ilusa de creer que aquellos pies podían inspirar algún sentimiento romántico? Les echó un vistazo y se percató de que necesitaba una pedicura; por muchos disgustos que le acarreasen, merecían también un poco de mimo. Se rió de nuevo al recordar que, hacía unos años, Michael, su ex marido, un director de fotografía, libertario, vegetariano y experto en qigong, le había recomendado que acudiese al quiropráctico para que le tratase el dolor de los pies. Quizá sólo necesitaba un ajuste, le dijo. Se había quedado algo corto. Ella había aplazado la visita lo más posible, porque sabía cómo era la medicina alternativa en la que creía su marido, pero cuando finalmente aquel presunto doctor le recomendó una hidroterapia de colon, se limitó a responderle «no, gracias», y a Michael «ni hablar del peluquín». Eran sus pies los que necesitaban ayuda, no su aparato digestivo. Luego resultó que su corazón también la necesitaba.
Pero no quería pensar en todo aquello. ¿Qué tenía que ver con el baño? Su corazón roto, sus deformes pies, sus piernas, sus pechos, su ex, el que siguió a éste, amor, sexo y lavados de colon: todo aquello le pasó por la mente mientras observaba el techo pintado a mano para imitar el aspecto del cobre oxidado y mientras ahogaba las burbujas echándoles agua con las manos. Se suponía que aquello resultaba relajante, que le permitiría vaciar la mente de la porquería cotidiana, pero ahí estaba, volviéndose loca. ¡Un baño! Te pones en remojo en tu propia mugre, el agua caliente se entibia, la espuma se convierte en una película jabonosa sobre la superficie del agua y tu pensamiento divaga de forma incontrolada.
Y sin embargo... Dejó la esponja en su lugar y recogió un puñado de las pocas burbujas que quedaban. Aún relucían a la luz del atardecer que se filtraba por el cristal de la pequeña ventana, la única de todo el apartamento que no daba a Central Park. Era sólo uno de los detalles que no se podían pasar por alto en aquel baño, con sus elegantes acabados de madera de cerezo, sus paredes y suelo de piedra, su grifería de cobre, aquella mezcla yin—yang de modernidad y antigüedad, de dureza, frialdad y sensualidad. Varias fotografías chinas de color sepia adornaban la pared situada frente al retrete y el bidé. Un bidé, el súmmum del lujo hasta que te pones a pensar para qué sirve. Incluso Sid, el lánguido braco de Weimar que yacía sobre las frías baldosas junto a la bañera, parecía sacado de un tratado de feng shui.
Nina abrió el grifo y se pasó el chorro por aquellos pechos talla 90, por el vientre, entre las piernas, y dejó que el agua corriera ahí, recordando su época en la universidad, cuando había aprendido a correrse haciendo eso. Ah, qué época; en ese entonces le sobraban tiempo y ganas de ejercitarse (con un vibrador, un pepino, el mango del peine y el agua de la ducha, a veces con el estímulo de un porro o una copa de vino) en el arte del orgasmo. Ningún chico de diecinueve años iba a tomarse la molestia, o sea que si no lo aprendías por tu cuenta, ¿quién iba a enseñártelo? Y si no lo aprendías entonces, ¿cuándo? Como Nina era una persona que se tomaba las cosas en serio, se entregó a aquella tarea con devoción. Y aprendió, desde luego. Ahora notaba que aquellas viejas lecciones surtían efecto de nuevo, mientras la sangre fluía por sus extremidades, se le tensaban los muslos, se quedaba sin aliento y estiraba el cuello, apuntando al techo con la barbilla.
Pensó en Daniel, que la tenía embobada: su cabello rubio y corto, sus rasgos severos que contrastaban con aquella incongruente sonrisa infantil, sus hombros, su espalda, su pecho con la cantidad exacta de vello, sus manos y piernas de contornos delicados pero viriles, sus nalgas perfectas.
Se imaginó tendida en la playa, bajo el sol, notando el calor en la piel y el tacto de él, sudoroso, salado y deliciosamente arenoso. Se imaginó que, en un coche, él le acariciaba el cuello con la mano y la atraía hacia sí con una avidez inequívoca. Se imaginó que, en la cama, él le besaba el vientre, la lamía entre las piernas, se colocaba sobre ella y se abría paso hacia su interior.
Daniel, Daniel, aquel hombre a quien había llegado a conocer más íntimamente que a cualquier otro en su ya demasiado larga vida, aquel hombre que la había hecho correrse una y otra vez, tal como se estaba corriendo ahora pensando en él.
Y todo lo que sabía de él lo había averiguado hurgando entre sus cosas: su correo, sus cajones, sus armarios, sus libros, sus CD, sus mensajes de correo electrónico, sus fotos. Sus bolsillos. E incluso, muy de cuando en cuando, por más que detestaba admitirlo, su basura. Obviamente, sabía que eso estaba mal, que constituía una violación del código ético de los paseadores de perros, cuyas funciones se reducen a entrar, agarrar al perro y salir. Pero en cuanto dio el primer paso por aquel vestíbulo prohibido, en cuanto echó el primer vistazo no autorizado al interior del armario de la cocina, en cuanto abrió furtivamente el primer cajón, quedó enganchada sin remedio. ¿Cuándo había fisgoneado por primera vez? Recordaba que de niña había hecho alguna vez de canguro y había rebuscado vete a saber qué en los cajones. Y cuando encontraba algo que no debía (joyas escondidas, un diafragma, un consolador, una revista porno), la invadía una sensación de satisfacción y vergüenza a partes iguales. Y, con todo, era incapaz de detenerse.
¿Y qué iba a detenerla? Alguien que come demasiado ve a una persona obesa y piensa: ése podría ser yo. Alguien que a menudo bebe demasiado se identifica con un alcohólico: que no termine así, por el amor de Dios. Uno se reconoce a sí mismo en otra persona que ha cruzado la línea porque es consciente de lo cerca que está de acabar igual. Pero por lo que respecta al fisgoneo, Nina había saltado la verja de su patio, había abandonado el vecindario y se había adentrado sin vacilar en regiones desconocidas. Porque fuera de contexto, sin punto de referencia, sin algo con lo que compararte, las fronteras son mucho más ambiguas. Todo depende de lo bien o mal que funcione la brújula moral de cada cual, ¿no es cierto? ¿Son los campos magnéticos terrestres lo bastante fuertes como para desviarte al norte cuando quieres ir al este? ¿Y qué tenía de malo ir al este? ¿Y si sólo ibas una vez? ¿O dos? ¿Te perderías sólo por apartarte del camino marcado y entrar en un dormitorio o un baño, únicamente por unos instantes?
Y luego está la cuestión de la mala conducta. La veía cada día en cien formas distintas en casi cada apartamento en el que entraba. Perros desatendidos, perros que recibían mejor trato que los hijos y perros maltratados como, bueno, como perros. Esto le proporcionaba a Nina un cierto punto de referencia. ¿Cuán mala era ella en comparación con los desconsiderados dueños de los perros? ¿La maldad de los demás justifica la nuestra? Metida en la bañera, Nina pensó que tal vez se estaba volviendo peor que los cabrones cuyos perros paseaba.
De pronto oyó que se abría la puerta. «Oh, Dios mío», pensó. Se levantó precipitadamente, provocando una ola que se desplazó hasta la parte delantera de la bañera y retrocedió, casi hasta salpicar el suelo. Nina intentó aplacarla tontamente dando palmaditas a la superficie. La cola del perro comenzó a golpetear el suelo. Él también lo había oído.
—Sid, chsss —susurró Nina.
Sacó el tapón de la bañera y se levantó; tomó una toalla del colgador y pegó la oreja a la pared como si fuera a percibir algún sonido, a través del tabique, del dormitorio principal y del vestíbulo. El perro, nervioso, se puso a andar de la bañera a la pared y de la pared a la bañera, repiqueteando con las uñas sobre el suelo de madera, ladeando la cabeza al pasar junto a la puerta, como para oír mejor lo que ocurría, y gimiendo como si llorase pidiendo ayuda.
—Chsss. Por favor, Sid, calla. Quieto. Siéntate, por Dios.
Recogió su ropa y comenzó a vestirse.
El sonido de unas llaves que alguien dejaba caer sobre la mesita de la entrada. Luego, pisadas por el pasillo.
«Oh, mierda —pensó Nina—. ¿Qué hora es?» Encontró el reloj en el lavabo y vio que eran casi las cinco. Cielo santo; se había quedado allí demasiado tiempo. El corazón le latía tan deprisa que temía que el intruso lo oyese.
Un cajón se abrió y se cerró. Unas monedas tintinearon sobre la cómoda. El ordenador se puso en marcha.
Él estaba en el dormitorio.
Sid, frenético, arañaba la puerta con las patas. Nina se le echó encima y lo inmovilizó, rodeándole el lomo con un brazo en lo que parecía la posición inicial de un combate de lucha grecorromana, y manteniéndole el hocico cerrado con la otra mano. Pese a sus esfuerzos, el animal soltaba algún que otro gemido. A ella sólo le quedaba rogar a Dios que el sonido no traspasara la robusta puerta de madera de cerezo, cosa que parecía bastante improbable porque ella oía todo lo que sucedía al otro lado.
Alguien se sentó en la cama, unos zapatos cayeron al suelo; crujir de ropa. Pasos. El «clic clic clic» del teclado del ordenador.
Un gañido de Sid.
Sin duda Daniel lo oyó, porque dejó de teclear. Nina contuvo la respiración, intentando interpretar aquel silencio.
—¿Sid? — preguntó Daniel.
Sonó un golpe en la puerta. Y luego:
—Eh, ¿dónde está mi pequeño? — gritó Daniel—. ¡Sid! ¡Siddhartha!
Y de pronto el perro del demonio se levantó y comenzó a gemir y a rascar el suelo, intentando soltarse de los brazos de Nina.
—Sid, por favor —suplicó ella.
—¿Sid? ¿Estás ahí, pequeño?
Daniel se encontraba ante la puerta del baño.
«Oh, Dios —pensó Nina—. ¿Así es como voy a conocerlo?»
—Por favor —susurró. Y cuando entornó la puerta para dejar salir a Sid, un empujón la abrió desde el otro lado.
—¿Pero qué...? ¿Quién eres tú?
—Hola.
Quizá fuera porque nunca lo había visto en persona, pero él le pareció particularmente atractivo ahí de pie, con aquellos bóxers.
—¿Te conozco?
—Ya me iba —dijo ella.
—¿Eres Nina?
—Es que fuera hacía tanto calor que he bebido mucha agua y he tenido que ir a mear. Al lavabo, quiero decir. No te importa, ¿verdad?
Notó que él la observaba fijamente y esperó que no le chorreara el pelo y que se hubiera acordado de subirse los pantalones, bajarse la camiseta y secarse la cara.
Le tendió la mano.
—Encantada de conocerte. — Y recogió su mochila.
Daniel la miraba de reojo, incrédulo. Tenía los ojos mucho más oscuros de lo que ella había imaginado. Se le derretían las rodillas al ver aquellos ojos subrayados por unas sombras oscuras, como si estuvieran cansados y rendidos, como si hubieran visto mucho más de lo que su propietario admitiría jamás.
—Claro, no pasa nada. Pero hay uno en la entrada, al otro lado del vestíbulo. Es el de los invitados, ¿vale?
Tenía el cabello más claro que en las fotos. Y los hombros más anchos. Era como si las fotografías le hubieran quitado el brillo y lo hubieran empequeñecido. Allí, en persona, parecía más corpulento, vital, ágil y moreno, tenía más presencia. Una cicatriz le surcaba la barbilla, y se le formaba un hoyuelo en la mejilla izquierda cuando sonreía.
—Desde luego. Lo siento. Es que... —Y, haciendo ademán de retirarse, se acercó ligeramente a el, olisqueando su delicioso aroma. Echó un vistazo a la cama, al edredón desarreglado y arrugado sobre el que se había sentado. «Quien fuera ese edredón», pensó ella.
Pero Daniel levantó la mano.
—¿Y ese pelo?
Extendió el brazo para tomar varios mechones entre sus dedos, y ella no pudo evitar fijarse en que los tenía largos y huesudos. Nina se rió.
—Sí, es de la humedad. — Como él no le quitaba los ojos de encima, ella exhaló un suspiro—. Me quedan hechos un desastre.
Él la contempló de arriba abajo, con recelo. Intentando no desmayarse, ella le devolvió la mirada, sacudió la cabeza y consultó su reloj.
—¡Huy! Bueno, me tengo que ir —dijo. Y paseando la vista por aquel rostro, aquella cicatriz, aquellos ojos, aquella boca, la curva del cuello y de los hombros, añadió, muy despacio—: Me encanta... tu perro.
Antes de que él pudiera responder, Nina dio media vuelta, salió de la habitación y recorrió la mitad del pasillo. No fue hasta entonces que Daniel reparó en la toalla tirada en el suelo.
—¡Oye, Nina! — la llamó.
Pero la puerta se cerró y ella ya estaba fuera. No tuvo que esperar el ascensor y, en cuanto éste llegó a la planta baja, cruzó a la carrera las alfombras persas, pasando junto a los bancos y las sillas de época bajo la araña de luces y se fue derecha hasta donde estaba el octogenario portero.
—Pete, ¿que ha pasado?
—No me ha dado tiempo —respondió.
—Hombre, Pete...
—La señora Gold quería que la ayudara con unos paquetes, el cartero estaba aquí y los gemelos Butler estaban trepando por la... Lo siento, Nina; sabes que haría cualquier cosa por ti.
Nina sonrió.
—¿Por mí? ¿O por éstos? — Hurgó en su mochila y le tendió a Pete una caja de cacahuetes cubiertos de chocolate, tal como había hecho durante el último mes cada vez que sacaba a Siddhartha a pasear y pasaba un poco de tiempo extra en el apartamento—. ¿Nos vemos mañana?
—Pero debes procurar no tardar tanto —le advirtió Pete.
—Ya lo sé.
Una vez fuera, ella pudo volver a respirar. El cielo tenía un tono naranja pálido y lavanda, y el sol se preparaba para el descenso, proyectando sombras sobre aquel día tan extraordinario. Había faltado poco, pensó Nina de camino a su casa, pero, oh, Dios, había valido la pena.
2
Cuando entró en su apartamento, Nina estaba sin aliento. No sólo porque acababa de encontrarse cara a cara con Daniel, ni porque había estado a punto de pillarla en su bañera y por poco se había metido en un buen lío, ni tampoco porque quizá lo había perdido para siempre a causa de su propia torpeza, sino también porque vivía en el ático de un edificio de cinco plantas sin ascensor. Por muchas veces al día que subiera y por muy en forma que estuviera, el esfuerzo siempre la dejaba baldada.
Sam, el mejor perro del mundo, se abalanzó hacia ella en cuanto abrió la puerta. Nina le rascó la cabeza y se agachó para acercar la boca a su hocico. Ella lo besó; él la lamió. Sam la siguió, pisándole los talones, mientras ella dejaba caer sobre la mesa la mochila, el correo que acababa de recoger en el vestíbulo y las llaves, y abría la nevera para servirse una copa de vino. Blanco, muy frío, nada menos que un Chardonnay, tan denso y espeso que prácticamente se le pegaba a los dientes.
Él se sentó, jadeante, esperando un gesto de ella, que tomando pequeños sorbos de su bebida, puso la banda sonora original del musical de Broadway South Pacific. A veces era cínica, sí. Podía ponerse brusca cuando se impacientaba con la gente, cosa que sucedía a menudo. Pero era romántica, siempre. Y aunque sabía que la gente la habría tachado de anticuada por ser una apasionada de los viejos musicales de Broadway (Rodgers y Hammerstein, Lerner y Loewe, incluso Sondheim, pero nunca la mierda sensiblera y popera de Andrew Lloyd Weber), no podía evitarlo; hablaban su lenguaje, la conmovían y la hacían llorar (no es que hacerla llorar fuera difícil: a veces bastaba con un anuncio de televisión para que se le saltasen las lágrimas). Pero ¿cómo podía alguien no emocionarse con la versión de Some Enchanted Evening cantada por Ezio Pinza?
Entonces se sentó a su mesa de comedor/escritorio/área de trabajo/mesa de dibujo, colocada en el centro de su diminuto apartamento, y encendió la lámpara fluorescente con lupa que había comprado para ver mejor aquellos agujeritos. Ahí era donde se pasaba horas y horas cada día (siempre que no estaba paseando a los perros, o con un hombre, o tomando un café con una amiga, o dándose un estúpido baño), trabajando en aquellas ridículas estructuras (y no esculturas, ya que le parecía demasiado pretencioso llamarlas así) hechas de objetos pequeños (cuanto más diminutos, mejor) que encontraba en las calles de Nueva York. Los mejores eran los abalorios, porque ya tenían agujero. Los botoncitos también le venían bien. Los trozos de cristal, de plástico e incluso las piedras eran aprovechables, pero sólo si podía perforarlas con su taladradora Black Decker y sus brocas de acero rápido con punta de carburo. Sólo las de 0,8 milímetros servían para el cristal; lo había aprendido al cabo de un doloroso y accidentado proceso de experimentación (su mejilla había tardado dos semanas en curarse de aquella esquirla que había saltado). Entonces las ataba con alambre al que daba forma, enroscándolo y anudándolo para crear adornos colgantes de hasta dos metros cuarenta de largo (la altura de su techo) compuestos de miles de piececitas rotas, encontradas y cortadas. En ese momento había colgadas en torno a ella seis de esas obras maestras, semejantes a las increíbles esculturas de Calder o a aquellos objetos que vio en una exposición en la Outsider Art Fair del Puck Building, en el Soho. Allí, los presos y los internos de los psiquiátricos vendían sus obras por miles de dólares. Algún día, tal vez ella seguiría sus pasos, pensó mientras recogía un abalorio del cubo rojo de encima de la mesa y lo ensartaba en el único alambre libre de la pieza en la que trabajaba. Es decir, tal vez vendería alguna estructura. No tenía la menor intención de acabar en la cárcel. O en el manicomio.
Su apartamento constaba de un dormitorio con apenas espacio suficiente para una cama, una cocinita y un baño. Además, claro, de otra cosa: tenía una terraza de doscientos cincuenta metros cuadrados, con vistas al parque. Y eso, aparte de Sam, era lo que la mantenía con vida. Y cuerda. Por así decirlo.
Había conseguido hacerse con aquel apartamento y con aquel milagroso espacio exterior gracias a una combinación macabra de circunstancias y a un poli guaperas. En pocas palabras: justo después de su divorcio se había mudado al apartamento de abajo, y en el ático en lo que ahora era su casa vivía un tipo al que había visto una o dos veces en la escalera. Vestía totalmente de negro, estaba recubierto de espeluznantes tatuajes como un hechicero negro, llevaba anillas en las orejas, las cejas, los labios y Dios sabe dónde más, y cada noche ponía Sympathy for the Devil de los Stones a tal volumen que en el piso de Nina temblaban las paredes. Los bajos, sin duda al nivel máximo de decibelios, atronaban de tal modo que Sam se ponía a perseguir su propia cola en una especie de frenesí hiperactivo y Nina se quedaba despierta en la cama, con la vista clavada en el techo, incapaz de dormir y demasiado asustada para moverse. Cuando el cansancio vencía al miedo, golpeaba el techo con el mango de una escoba y se quejaba al presidente de la escalera y a su casero. Pero el disco del demonio no dejaba de girar.
De modo que una noche, cuando ya hacía un mes que se repetía cada noche la misma escena, cuando Nina ya se sabía la canción del derecho y del revés, y podía cantar a coro con Mick (imaginando sus labios, aquellos labios), se levantó de la cama, subió al piso de arriba y aporreó la maldita puerta. Por favor, permíteme que me presente. No hubo respuesta. ¿Cómo diablos iba el a oírla aunque quisiera? Nina regresó su apartamento y redactó la siguiente nota:
Querido vecino,
Es muy desconsiderado por su parte poner la música tan fuerte. No me deja dormir, y aunque le he pedido muchas veces que baje el volumen, no me ha hecho ningún caso. Por favor, por favor, baje la música o me veré obligada a llamar a la poli.
La vecina de abajo
La llevó al piso de arriba y la pasó por debajo de su puerta. No habían pasado ni cinco minutos cuando recibió esta misiva como respuesta:
Querida zorra,
Satán no duerme para nadie. Muerte a los no creyentes. ¿Acaso crees que vas a ser perdonada? ¿Acaso crees que Satán no sabe quién eres? Deja ya de joder.
Mensajero satánico
Nina llamó a la poli. Encontraron cincuenta gramos de hachís en el congelador del tipo y lo arrestaron. Nina consiguió su apartamento, aunque para ello necesitó la ayuda del poli guaperas, el del culo prieto y bigote, detalle éste que le perdonó temporalmente porque era un poli (cómo iba a saber él qué estaba bien y qué estaba mal). Además, tuvo que pagarle cinco mil dólares en efectivo al casero. Más tarde, aquel poli guaperas le había lamido las corvas, le había besado la parte interior de los codos y le había hecho el amor sobre los ladrillos de su nueva terraza hasta que no pudo soportar más la negativa de ella a liarse con él, incluso a hablar con él. Para Nina fue la perfecta aventura posdivorcio: en su casa, según sus reglas, sin hablar y con mucho sexo. Además, era consciente de que aquello se acabaría en el preciso instante en el que el bigote cobrase importancia. Para su sorpresa, eso tardó dos meses en ocurrir.
Nina hizo un nudo en el alambre, se puso de pie y retrocedió un paso para contemplar el resultado. «Me voy acercando», se dijo. Decidió llamarlo Paseando a los perros, porque así era cómo obtenía la mayor parte del material. Sí, era perfecto. Apagó la lámpara, agarró su copa de vino y salió a la terraza. Sam la siguió pacientemente, pero en cuanto llegaron a la puerta de cristal estaba ya hasta la coronilla, negra y peluda, y no pudo contenerse más: tenía tantas ganas de salir que le propinó a Nina un empujón para apartarla de en medio y por poco la hizo tropezar. No brillaban estrellas en la negrura absoluta del cielo, pero el paisaje estelar de Nueva York, resplandeciente en aquella noche de verano le recordó a la Vía Láctea. Llegaba hasta sus oídos la música de dentro. Eres más joven que la primavera. Se echó en una vieja tumbona de teca, astillada por años de sol, lluvia y nieve. Había estado pensando en conseguir muebles de exterior nuevos, pero aquella noche le daba igual. Al echar una ojeada alrededor le entró el mismo arrebato que cuando vio aquel lugar por primera vez. ¿Hasta dónde podía llegar la suerte de una chica? ¿Y qué si estaba obsesionada con un extraño que no la consideraba más que una paseadora de perros chalada (y tenía que admitir que en eso se había convertido)? ¿Cómo se le ocurría abusar así de su hospitalidad? Bueno, en realidad él no le había ofrecido su hospitalidad; ella simplemente se había quedado demasiado tiempo en su casa, y ya está. ¿Y qué importaba que ella viviese en un apartamento del tamaño de una caja de zapatos? ¿Y qué si no tenía novio, ni perspectivas de acostarse con alguien, sobre todo ahora que había dado al traste con cualquier posibilidad de conquistar a Daniel, el hombre de sus sueños? Ángel y demonio, cielo y tierra, estoy contigo. Exacto, pero todo cuanto tenía era eso; ese espacio, ese cielo, esa vista, ese perro, esa copa de vino.
Vive en el aquí y el ahora, se decía diez veces al día, cada día. Vive en el aquí y el ahora.
No funcionaba.
Se levantó y despertó a Sam de su siestecita, dirigió por última vez la mirada al otro extremo del parque, hacia el este, admirando las luces de los lujosos apartamentos de la Quinta Avenida y del puente que se encontraba más allá, preguntándose qué cenas de gala debían de estarse celebrando en aquella ciudad tan grande y maravillosa esa misma noche. Estaba convencida de que cada noche la gente organizaba fiestas o acudía a ellas. Fiestas caracterizadas por sus manjares deliciosos, su buena música y su cálida iluminación. En ellas la gente mantenía conversaciones divertidas, acaloradas e intelectualmente estimulantes. Los invitados hacían nuevos amigos y contactos, presumían de lo que sabían de Oriente Próximo, del reciente descubrimiento de otro sistema solar o de la retrospectiva de Schnabel en el Whitney. Hablaban de sus viajes a España y de sexo. Reían, discutían, establecían nuevas alianzas y reforzaban los viejos lazos.
Nina no había asistido a una cena así desde hacía años. Y no conocía a nadie que diera cenas, al menos a nadie que la invitara.
Esas cenas a las que no la invitaban representaban todos los deseos de Nina, todos los sentimientos que la llevaban al borde del derrumbe, todas aquellas cosas que faltaban en su vida (alguien a quien querer, alguien que la quisiera y la apreciara, que la adorase). La vida que llevaban las otras personas valía la pena no sólo porque eran amadas, sino también porque eran dignas de ese amor.
Nina soltó un suspiro, entró en casa, se desnudó y se puso una enorme camiseta de UCLA que le había enviado Claire. Se cepilló los dientes y se pasó la seda dental, se lavó la cara y se puso crema hidratante, un rito que cumplía cada puñetera noche aun a sabiendas de que no servía de nada, de que eran su herencia genética, el clima y su sonrisa (con sus arrugas, hoyuelos y demás) lo que determinaría el futuro de su rostro. Después se acurrucó bajo las sábanas.
No encontraba una posición cómoda. Jesús, ¿iba a ser otra de esas noches? Sam yacía en su lugar habitual, ocupando el espacio que correspondía a los pies de Nina, quien se veía obligada a acostarse en diagonal. Tenía la cabeza llena de listas de todo tipo: lista de la compra, de recados que debía hacer, de lugares a los que quería ir y de hombres con los que se había acostado.
Esta última era una lista que le gustaba porque el número siempre variaba. Siempre tenía un nombre en la punta de la lengua, o le venía a la mente una experiencia que recordaba perfectamente o que, bochornosamente, había olvidado por completo. Sin duda, hay cosas que uno prefiere olvidar. Como aquel profesor de ciencias políticas de Columbia que conoció en un acto de recaudación de fondos para el Partido Demócrata; él le aseguró que se había dejado la cartera en casa, de modo que le pidió que lo acompañase allí, le indicó que se sentara en el sofá mientras iba al dormitorio a buscarla y salió en pelota picada. Ella, algo cachonda y víctima de una estupidez cobarde, se rió. Y después se acostó con él. Luego se enteró de que no era la primera vez que aquel profesor recurría a ese mismo truco para ligarse a quienes él denominaba las «ingenuas niñitas demócratas». Y hacía justo unas horas, Nina había leído un artículo suyo en la sección de opinión del New York Times en el que manifestaba su apoyo al candidato conservador a la Corte Suprema y justificaba su giro a la derecha. Y hacía unos días, al observar los intentos de King (el perro más necesitado de Ritalin que jamás había visto) por montar a Sadie, la basset cuyas orejas o se arrastraban por el suelo o se agitaban en el aire si soplaba el viento, le vino a la memoria un nombre: Dick, aquel dentista que había estado casado tres veces, siempre con una dentista. Se había olvidado totalmente de que había salido con él hasta que, por alguna misteriosa razón, se acordó en aquel momento concreto. Tal vez era porque él prefería aquella posición, aunque no estaba segura.
A quien no había olvidado, ni por un día, ni en el menor de los detalles, era al único hombre, aparte de su ex, de quien había creído estar enamorada. Lo había conocido en la universidad, y su idilio había durado seis semanas. Se llamaba Jack Schreiber, era un artista y poseía un encanto absolutamente embriagador. Nina había vivido con él una historia ardiente e intensa, con mucho sexo y marihuana, muchas horas dedicadas a filosofar, reír y soñar, con aquella sensación de saber que estaba perdida. Y de pronto, una noche, él no quiso mirarla a los ojos, le volvió la cara cuando ella le habló y regresó con su novia. Y Nina se quedó sola otra vez. Sus esperanzas se vinieron abajo de golpe. ¿Cómo podía algo tan hermoso y apasionado terminar de forma tan repentina y definitiva? ¿Cómo era posible que aquellos besuqueos junto a una pared de ladrillo en la oscuridad de una calle desierta se terminaran abruptamente, como si nunca hubiera existido? Era como si la Tierra hubiese dejado de girar de golpe, sin más, sin que una fuerza benigna la hubiera frenado poco a poco para que todos los habitantes pudieran prepararse para el final. Nina no estaba preparada, de modo que salió despedida por los aires. El aterrizaje fue duro y le dejó el trasero dolorido.
Fue Claire quien le reveló la verdad: nada garantizaba que las relaciones más tórridas, ni siquiera las más entrañables, durasen para siempre.
«¿Y qué narices significa eso?», se preguntó Nina, sentada en la cama, apartando las sábanas. Sam irguió la cabeza, la miró por unos instantes y luego continuó durmiendo. La teoría de Claire se oponía completamente a todo lo que Nina sabía sobre el amor, que no era mucho. Joder, si el amor no era profundo, ¿qué lo era? Nina ya conocía demasiado bien la superficialidad, principalmente la de su ex. Su vida en común consistía en acudir a estrenos de películas y fiestas, y discutir sobre política, arte, novelas y música, y sobre los pros y los contras de comer tempeh crudo. Michael era ante todo un hombre apasionado, pero sólo de sus propios intereses. Y era brillante; él mismo se lo había dicho. Pero la comunicación emocional entre él y Nina no existía. Él apenas le ponía la vista encima, como si reconocer su existencia fuera indigno de su mente Mensa. Practicaba un sexo de manual, literalmente, ya que él consultaba libros de sexo para asegurarse de que su actuación mereciese siempre un diez. Su relación era tan profunda como un charco. Ella había creído que lo amaba y sus motivos no eran del todo estúpidos: amaba su inteligencia, su curiosidad y lo que representaba: ¡era un director de fotografía! ¡Un artiste! ¡Un intelectual! ¡Un hombre de aspecto deslumbrante obsesionado con el estilo de vida alternativo! Pero entre ellos no había química, eso que se da por supuesto cuando lo tienes y que cuando te falta no te deja vivir.
Amor, como el de las canciones, como cuando en West Side Story María le canta a Tony, Tú, tú eres lo único que veo para siempre. Un amor vertiginoso y mágico, inexplicable, que nace de algún lugar recóndito y desconocido de uno mismo; eso era lo único que ella quería.
Por lo menos no estaba tan desesperada como parecían muchas mujeres solteras de su edad. Ella había estado casada, ya había pasado por allí. No tenía que avergonzarse de que nadie la hubiera querido lo suficiente, por lo menos a su modo, para dar aquel gran paso. Además, no detestaba tanto su soledad; lo que sentía era una angustia más abstracta, miedo a que tal vez el futuro no le deparase un amor como el que ella había soñado.
Finalmente Nina se durmió y tuvo uno de sus sueños que se desarrollaban en un vagón de metro, con destino desconocido, pero abarrotado. Ella llegaba tarde y la atormentaba la sensación de haberse dejado algo importante en el andén de la estación.
3
En el preciso instante en el que Nina se dormía, un tipo de Wilton, Connecticut, estaba abriendo botellas de cerveza con el ombligo. Y William Francis Maguire, Billy para la familia y los amigos, y Sid, el perro, lo estaban viendo en la sección sobre Numeritos Estúpidos del programa de Letterman, confirmando la teoría de Billy de que Connecticut era el estado más sobrevalorado de la unión. Los hostales eran demasiado caros y cuando él salía de fin de semana, cosa muy poco habitual, lo último que deseaba era verse obligado a charlar con una pareja de yuppies de Boston durante el desayuno. El encanto rústico de sus pueblos se había perdido hacía ya tiempo por culpa de las tiendas de artesanía de estilo supuestamente antiguo donde se vendían velas, pisapapeles y aquellas horripilantes manoplas tejidas a mano que picaban tanto. El interés histórico de los puentes cubiertos y los escenarios de la Guerra de Independencia era el mismo que el de una callejuela de Greenwich Village. Además, uno podía contemplar el cambio de color de las hojas en cualquier lugar del noreste. Por otra parte, ¿no tenía cosas mejores que hacer, aquella gente? ¿Cuánto le había costado al último tipo, también de Connecticut, perfeccionar la técnica de beber leche y luego sacarla por los ojos? Hacerlo una vez ya resultaba lo bastante desagradable; repetirlo era simplemente una idiotez. Los guionistas de Letterman deberían haber titulado la sección «Gente Estúpida de Connecticut». En ese punto Billy cambió de canal. Pero ¿cuáles eran las alternativas? Estaba Leno, el equivalente televisivo de un plato de carne en conserva al vino blanco con mayonesa, y el History Channel, con un documental sobre batallas aéreas de la Segunda Guerra Mundial. Cualquier cosa menos la Segunda Guerra Mundial, la guerra que Spielberg había puesto de moda; seguro que él también salía en el documental.
Pero aquella noche realmente no importaba lo que él y Sid vieran, porque tenía la cabeza en otra parte. Había tenido un mal día y estaba de un humor pésimo. Su jefe se había quejado de nuevo de lo que estaba tardando en echarle el guante a Constance Chandler. ¿Cuánto tiempo llevaba intentándolo? Diez días enteros, ni más ni menos. ¿No podía simplemente irrumpir en su piso y ver lo que pasaba allí? Para eso le habían asignado el caso, ¿no? Él era el mejor, el inspector de Hacienda número uno de la Región del Atlántico Norte; nadie en toda la oficina había resuelto más casos ni recaudado más dinero. Pero Billy, William para los compañeros, se había defendido alegando que en casos como aquél había que actuar con sutileza, que él tenía su propio método, su propio ritmo y que aún no había llegado el momento. Coincidía con los numerosos inspectores que lo habían precedido en que la señora Chandler sin duda estaba metida en algún asunto que movía cientos de miles de dólares, tal vez millones. Pero no sabía exactamente en que consistía ni de cuánto dinero se trataba. Hay que ser muy cauteloso con ese tipo de casos para evitar que el investigado esconda, gaste o blanquee todas las pruebas en un abrir y cerrar de ojos. No había por qué preocuparse: William tenía un plan y una fecha límite. El plan: bueno, iba a improvisar. La fecha límite: uno o dos meses. En cualquier caso, eso era cosa suya y no estaba obligado a rendir cuentas o justificarse ante nadie, sobre todo tras dedicar diez años a cazar a los malos y a recuperar según sus cálculos miles de millones de dólares. El trabajo era ya lo bastante difícil sin tener que dar explicaciones a ningún jefe.
Por cierto, ¿qué estaba haciendo la paseadora de perros en su (o mejor dicho: en aquel) baño? ¿Era realmente posible que estuviera bañándose? Él sabía por su trabajo que la gente es rara, por no decir algo peor, pero bañarse sin permiso en el apartamento de otra persona... bueno, eso rayaba en la chaladura. Billy se acordó de su pelo, tan húmedo que incluso una gota le había resbalado desde la ceja hasta la comisura del labio, y de que ella la había ignorado, como empeñada en negar su existencia, hasta que la hizo desaparecer con un movimiento inconsciente de lengua. Eso sí: había que reconocer que estaba muy mona ahí, toda turbada.
Sí, lo pasaría por alto esta vez porque no quería tener que instruir a otra paseadora de perros. Miró a Sid, que observaba fijamente la tele como si entendiera los chistes, y probablemente los entendía. Billy le dejaría claras las normas a Nina y quizá le daría diez pavos a Pete para que controlase sus movimientos. Que la cronometrara, en caso necesario. Debían bastarle cinco minutos para entrar, subir, ponerle la correa al perro, bajar y salir del edificio. De hecho, era tiempo de sobra, aun suponiendo que el ascensor estuviera arriba cuando ella quisiera subir y viceversa. Billy se frotó la palma de la mano izquierda con la punta del dedo índice de la derecha, como si aplastase un bicho, girando la mano izquierda de un lado a otro (un pequeño truco mnemotécnico que había aprendido de su hermano Daniel, probablemente la única cosa útil que aquel burro le había enseñado) para acordarse de medir el tiempo que él mismo tardaba en entrar y salir, de hablar con Pete y de llamarle la atención a Nina.
Aunque, en honor a la verdad, Billy no estaría tan cerca de pescar a la señora Chandler si Daniel no hubiera puesto a su disposición su apartamento, ubicado, casualmente, enfrente de la casa de la señora Chandler. Billy sólo pasaría allí un par de meses, para estar más cerca de su presa. No esperaba que la operación resultase tan sencilla, pero Daniel había dicho que le vendría bien un descanso, de modo que en lugar de instalarse en el pequeño apartamento de Billy en la calle 49 Oeste, se había ido a hacer excursionismo al Nepal durante un par de meses. Así pues, una noche Daniel se marchó de su casa con su mochila y, dos horas más tarde, Billy llegó con una bolsa de ropa, su portátil y un maletín negro, y el portero ni se inmutó.
El hecho de que Daniel y Billy fueran gemelos ayudó. Nadie notó el cambio: ni el portero, ni el cartero, ni la chiflada de la paseadora de perros. Eran monocigóticos, gemelos idénticos. Aunque no exactamente; pertenecían al veinticinco por ciento de los gemelos idénticos que parecían el reflejo el uno del otro. Daniel tenía un remolino en el pelo en la parte izquierda de la cabeza, y Billy en la derecha. La ceja derecha de Daniel se arqueaba por encima de la otra, mientras que en Billy la que sobresalía era la izquierda. De niños, ambos tenían un colmillo de leche desproporcionadamente grande; Billy en el lado izquierdo de la boca y Daniel en el derecho, lo que obligó al ortodoncista a colocarles unos aparatos correctores que sembraron una confusión de narices en toda la consulta pues tenían la misma forma, pero invertida.
Había que estudiarlos de muy cerca para detectar las diferencias, excepto en lo que se refiere al carácter. Desde aproximadamente los doce años de edad empezaron a diferir en todo. Billy siempre había creído en el mito familiar de que Daniel era el líder, el chico diez, la estrella, mientras que Billy había sido y sería siempre el número dos. «Bebé B», tal como lo habían etiquetado en el hospital, porque Daniel había ocupado casi todo el espacio en la parte baja del vientre de su madre, y, por lo tanto, había salido el primero; Billy se había visto obligado a vivir durante esos nueve meses aplastado como una rana, con las rodillas tras las orejas y el cuerpo doblado en un pequeño hueco bajo las costillas de su madre. Apretujado, desconcertado y perplejo, Billy nació el segundo, destinado para siempre a seguir los pasos amnióticos de su hermano.
Daniel fue siempre un estudiante de sobresalientes, buen deportista y un muchacho sociable y popular. Desde pequeño, Billy había aprendido a dejar ganar a Daniel, tanto en una carrera, como al ajedrez o en un concurso de ortografía. Incluso se conformaba con que Daniel se convirtiese en el alma de la fiesta con sus chistes y payasadas. Daniel se enfadaba si él le robaba protagonismo. Y Billy pensaba: «Qué demonios, si tan importante es para él ser el primero, que lo sea.» Tampoco es que Billy no tuviera amigos, no sacara buenas notas en el colegio, no fuera capaz de correr los cinco kilómetros en un tiempo decente o no hubiera conseguido un diploma en un concurso de ciencia. Es sólo que siempre tenía que estar en guardia, protegiendo a su hermano y asegurándose de que alcanzara el puesto más alto. Del mismo modo que Daniel no se sentía a gusto si no era el líder, Billy no estaba cómodo cuando le tocaba serlo. Por ese motivo, al crecer, se convirtió en el más sensible de los dos y en el que se preocupaba más por los sentimientos de los demás. Su mamá siempre había dicho que él era «el dulce».
Aunque costaba determinar el precio que Billy había tenido que pagar por su afabilidad, el comprendió muy pronto que jamás sería presidente de Estados Unidos ni, en realidad, de nada.
«Odio a Letterman; se ha vuelto demasiado cruel y ha perdido la gracia», pensó mientras se levantaba y se encaminaba a la cocina detrás de Sid, que se plantó allí en tres saltos. Hacía unas diez horas que Billy no probaba bocado, y su almuerzo había consistido en un cuenco de su sopa won ton preferida, con pollo asado, comprada en la tienda coreana de la esquina. Pero la despensa estaba vacía. Y en cuanto a la nevera, bueno, había unos huevos; es lo mejor que puedes comer si no hay sopa.
Engulló a toda prisa tres huevos pasados por agua con un poco de sal y mucha pimienta, de pie en la cocina, mirando al suelo. Luego, apagó la tele. Se dejó caer en el sofá de piel negra, con Sid acurrucado en el suelo a sus pies, y echó un vistazo alrededor. Daniel había dejado su sello inconfundible en la decoración del apartamento: impecable, cara y sin personalidad. Parecía una habitación de hotel. Los únicos detalles particulares eran unos pocos libros (todos habían figurado en la lista de los más vendidos, por supuesto, y los leía sólo para poder hablar de ellos, jamás por disfrutar con su lectura) y las fotos de él mismo que había colocado por todas partes. Daniel en Gstaad esquiando; Daniel practicando paracaidismo en el sur de Francia; Daniel escalando en Yosemite; Daniel en un partido de los Yankees; Daniel estrechándole la mano al alcalde. Era como un artista que pinta a su musa una y otra vez, en diferentes escenas y tal vez en diferentes estilos (aquí la tenemos durante su período azul, aquí durante el cubista, luego durante el abstracto), sólo que en el caso de Daniel la musa era él mismo.
Y hablando de mujeres, bueno, Billy no quería hablar de ello. Lo que había sucedido en San Francisco era agua pasada. Prefería no pensar en sus relaciones con las mujeres y en Daniel al mismo tiempo. Era un tren que arrancaba de muy atrás, y en sus vías había ya demasiada sangre para someterlas a otro examen.
Enfadado, Billy se levantó y encendió el ordenador. Mientras esperaba a que se pusiera en marcha contempló la pantalla y tamborileó en la mesa con tres dedos, primero con los tres a la vez y luego en sucesión, como marcando el ritmo de la obertura de Guillermo Tell. Revisó su correo electrónico. Toneladas de basura, algunas cosas increíbles. Pornografía que no hacía falta abrir para ver. En esta ocasión, la foto parecía de una mujer haciéndole una mamada a un caballo. No podía ser, ¿no? Instintivamente se volvió hacia Sid, que dormía profundamente hecho un ovillo sobre la cama. Bien. No es que Billy fuera un mojigato, ni mucho menos, pero aquella visión no le parecía apta ni para un perro. ¿Y si tuviera a un niño sentado en el regazo, contándole lo que había hecho en el colegio, riéndose de algún chiste que hubiera oído, lo que fuera, y de pronto apareciera aquello en la pantalla? Billy se frotó el dedo en la palma de la mano. No sabía qué medida iba a tomar al respecto, pero aquello no estaba bien.
Estaba obsesionado con hacer lo debido: no colarse en la cola del cine, pedir perdón si topaba con alguien, dejar salir a los demás por una puerta antes de entrar, conducir con consideración y jamás un cuatro por cuatro, un vehículo militar que consumía gasolina como una bestia y que no tenía cabida, por razones ecológicas, por su tamaño y por lo que representaba, entre sus pertenencias (¿qué vendría después, un F—16 en el patio del vecino?). O cumplir con las obligaciones familiares y pagar los impuestos porque es el deber de todo ciudadano, obrar correctamente porque es lo que diferencia a una persona de un pato.
Lo mismo sucedía con el lenguaje. Cuando oía a los chavales en la calle decir constantemente «joder» o a sus colegas del trabajo soltar todo tipo de tacos, o cuando su supuesto hermano había pronunciado la palabra «cojones» durante una cena de Acción de Gracias, sentía verdadero horror. Como ya hemos señalado, no es que fuera un mojigato, o que estuviese en contra de la jerga callejera por principio, o que él se expresara de forma exquisita. Simplemente pensaba que si eras inteligente y sensible hacia los sentimientos de quienes te rodeaban debías hablar bien. Además, si una persona recurría a palabras ofensivas, no hacía más que demostrar lo maleducada e irreflexiva que era.
Tenía que reconocerlo: por eso la gente lo tomaba por un pardillo. Y él suponía que, en el fondo, lo era: un pardillo con principios éticos, que no decía palabrotas, miraba el History Channel, cuidaba el idioma, practicaba submarinismo (e incluso eso, que otros hacían con espíritu aventurero, se debía en su caso a su amor por los peces, las esponjas, los corales, las anémonas y demás criaturas subacuáticas, que catalogaba diligentemente tras cada una de las observaciones) y trabajaba para el Departamento de Hacienda de Estados Unidos.
Había recibido cientos de mensajes del trabajo. Anteproyectos de ley, normativas nuevas, modificaciones de normativas antiguas, convocatorias de reuniones y cambios de fecha y hora de esas reuniones. Mensajes estúpidos y aburridos. De no ser por su dedicación al trabajo, porque sabía lo importante que era, todo aquello lo habría puesto enfermo hacía tiempo. Pero leer en el periódico una noticia sobre un colegio público que había visto recortado su presupuesto y había tenido que eliminar clases de refuerzo de lectura o de música lo motivaba. A veces detestaba lo que hacía, pero le encantaba el servicio que creía prestar a la sociedad.
Más mensajes: un chiste de su padre, un poema sentimental de su madre y unas fotos familiares de su primo de California. Noticias de la Asociación Internacional de Submarinismo e información sobre salidas programadas a Cozumel, Nueva Zelanda y Belice. Desvaríos libertarios de su amigo Jim, en esta ocasión acompañados por un artículo del Spectator. ¿Cuándo se había puesto de moda hablar mal de los progresistas? ¿Y olvidarse de la gente y limitarse a menospreciar a los intelectuales con conciencia social? «Jim me cae bien —pensó—. Lo conozco de casi toda la vida. Somos casi como hermanos.» Y entonces se rió con un sonoro «¡ja!». Eran más que hermanos. Era asombroso, pensó mientras cerraba el programa de correo electrónico y apagaba el ordenador, que la amistad (y, por ende, suponía que también el amor), cuando sobrevivía al paso de los años, superase todos los obstáculos, incluido el hecho de que Jim fuese poco menos que un gilipollas corrosivo de mente estrecha.
Y entonces se dirigió hacia el armario. Al moverse despertó a Sid, que lo siguió despacio, sin duda deseando que el hombre se estuviera quieto de una vez. Billy encendió la luz, se inclinó y rebuscó detrás de sus dos trajes (uno gris y otro azul marino), detrás de sus zapatos, detrás de la asombrosa variedad de prendas de Daniel y detrás de las cajas de plástico, y finalmente sacó la funda negra que guardaba escondida al fondo.
La llevó hasta la sala y la abrió. Extrajo una pieza de un reluciente trombón de latón que acopló con delicadeza a la siguiente, y luego ésta a la siguiente. Colocó la boquilla, no sin antes limpiarla con un paño que guardaba en la maleta, y la humedeció con la lengua. Y entonces tocó unas notas, extendiendo el brazo para deslizar la vara lo más lejos posible y la atrajo de nuevo hacia sí, practicando las escalas, disfrutando con el tacto del instrumento y su sonido grave.
Sid estaba ya acostumbrado y, en lugar de quedarse encogido de miedo en el lavabo tapándose las orejas con las patas como hacía al principio, se puso a rodar sobre el lomo en el suelo, de derecha a izquierda, con las patas en el aire, como bailando una danza enloquecida.
Entonces Billy puso un CD de Max Roach (la grabación clásica con Duke Ellington y Charlie Mingus) y comenzó a tocar. Primero suave, fríamente, escuchando la música para captar el ritmo y el tono. Y entonces, como si la medicina surtiese efecto de golpe, el paciente se levantó y caminó. Billy empezó a arrancarle al trombón un sonido audaz y fresco. Aquella noche se soltó durante una hora, como casi cada noche, al son de la batería de Max, soñando que un día conocería a aquel hombre, aquel genio de la percusión, el Shakespeare de los bombos, el Newton de los platos. En aquel momento no pensaba en nada y sólo notaba la vibración en los labios, el pecho, que se le henchía de aire antes de expulsarlo con fuerza, la cabeza y el corazón inmersos en la música.
4
A la mañana siguiente hacía calor otra vez y Nina se vistió con mallas de ciclista, una camiseta de la Sorbona, botas de montaña y calcetines negros, se recogió el cabello en una coleta y se puso su consabida gorra de pescar L. L. Bean, que siempre llevaba calada hasta las cejas cuando paseaba a los perros, lloviera o hiciera sol. Primero sacó a Sam. El cielo estaba plomizo, y se respiraba un aire denso y maloliente, como de costumbre en los veranos neoyorquinos. Fueron al parque y rodearon el estanque hasta el pipicán situado junto a las pistas de tenis, donde Nina recogió tres pedazos de cristal verde y un botón rosa, y Sam pudo saltar, jugar y oler los traseros de tantos perros como quiso. Los dueños estaban alrededor en grupitos de tres o cuatro, comentando la jugada o hablando del calor, de las monerías que hacían sus perros y de otras chorradas, conversaciones que Nina detestaba. Por eso llevaba la gorra: para mantener a la gente alejada.
Cuando regresaron a casa, Sam estaba exhausto y sin aliento, de modo que se sentó con él un minuto y le acarició la barriga. Sus ojos marrones la contemplaban fijamente mientras ella le rascaba las orejas, le alisaba el pelo del cuello y le besaba la nariz, fría y húmeda. Se sintió como cada mañana cuando tenía que dejarlo para ir a pasear a otros perros: como una adúltera. Se había planteado llevárselo consigo, pero no quería hacerlo pasar por la terrible experiencia de compartirla con otros. Él se mostró comprensivo como siempre, y le lamió la cara.
—Sam, mi hombrecito, tú eres mi pichurri. Eres el único, siempre lo has sido y siempre lo serás. Nunca lo dudes.
Salió y cerró suavemente la puerta dirigiéndole una última sonrisa a Sam, que dio varias vueltas sobre la alfombra y finalmente se tumbó hecho un ovillo, exactamente en el lugar donde ella lo encontraría cuando regresara al cabo de un par de horas. Mientras bajaba los cuatro tramos de escaleras se colgó la mochila de nailon a la espalda. Dentro llevaba el equipo básico: instrucciones, bolsas de plástico, unas gafas de sol, la cartera y las llaves del apartamento. De la cremallera exterior colgaban las llaves de su salvación o de su perdición, según se mirase.
Tardaba más de una hora en recoger todos los animales a su cargo: diez perros de todas las edades, colores, razas, marcas y modelos. Había adquirido una gran habilidad para sujetar todas esas correas, con el brazo extendido, soportando los tirones de labradores, spaniels, pastores escoceses, dogos y demás chuchos. Individualmente, se trataba simplemente de perros; algunos bonitos, otros no. Unos eran juguetones y rebosaban energía, y otros eran unos zoquetes de cuidado. Pero juntos conformaban una estructura celular, una familia, una comunidad, un país. El individuo se subordinaba al conjunto, que se convertía en un ser con vida propia. Un ser de lo más llamativo; Nina lo sabía porque la gente se quedaba mirándolos, los coches daban bocinazos a modo de aplauso y el mundo sonreía ante aquel espectáculo que sólo podía verse en Nueva York.
La gorra de pescar cumplía con su cometido y la resguardaba del sol y de la lluvia, aunque no siempre la protegía de los elementos violentos de la especie humana. Esa mañana dichos elementos se presentaron en la forma de dos mujeres de la parte alta del East Side, de unos sesenta años, la edad de la madre de Nina, aunque en lugar de leotardos y suéter una llevaba traje y zapatos de Chanel y un traicionero bolso de Tod's, y la otra uno de esos jerséis de punto de St. John y unos zapatos de dos tonos de Ferragamo. Esos dos clichés humanos estaban en el cruce de la Ochenta y nueve con Central Park West, y Nina no pudo evitar preguntarse qué hacían en el West Side.
Cuando Nina pasó a su lado, intentando que los perros avanzaran juntos y sin dispersarse, oyó que la del traje Chanel decía:
—Me pregunto cómo sería dedicarse a eso. ¿Crees que es un trabajo interesante?
—¿Estás pensando en cambiar de carrera, Judy? — inquirió la señora St. John.
—Podría buscarse un trabajo estable, ¿no te parece? Apuesto a que incluso fue a la universidad.
—Parece una chica de lo más normal, salvo por esa estúpida gorra.
—No sé si es muy normal llevar pantalones de ciclista con esas botas de las tropas de asalto nazis.
Nina levantó la barbilla, clavó en ellas la vista desde debajo de la visera de su denigrada gorra y no pudo contenerse.
—Señoras... —empezó.
—No lo hagas, cariño. ¡No les des el gusto! — dijo una voz a sus espaldas, con un tono agudo muy peculiar que hizo que Nina y las dos mujeres se volvieran.
Y ahí estaba Isaiah, un rastafari de metro ochenta y cinco de estatura y ochenta kilos de peso, con unas rastas que le llegaban hasta las cachas, como él las llamaba, rodeado por ocho perros a los que sujetaba por la correa. Isaiah era el colega y la competencia de Nina, un ex presidiario, aunque, según le aseguró, sólo por uso personal de estupefacientes comprados con dinero obtenido mediante allanamientos de morada del tipo ilegal. Después de tres años a la sombra había vuelto a la calle, rehabilitado y con un título universitario, y ahora entraba en las casas de la gente con su permiso.
Nina miró a Isaiah mientras los perros de uno y otro se olisqueaban, se arrimaban entre sí y se estudiaban mutuamente como solteros en un bar del East Side un viernes por la noche. Las dos mujeres esperaban expectantes a oír lo que Nina quería decirles.
—Paseo unos dieciséis perros distintos cada semana, unas dos veces al día, cinco días a la semana. Si multiplican dieciséis por dos por cinco, sale ciento sesenta. Multipliquen eso por catorce dólares, que es lo que cobro por cada paseo, y les saldrán más de dos mil dólares. En efectivo y por semana. Sumen los paseos de fin de semana, lo que me pagan por quedarme cuando los dueños se ausentan de la ciudad, a cuarenta y cinco dólares la noche, más extras, regalos, etcétera, y verán que me embolso casi dos mil quinientos a la semana. En efectivo —añadió con una sonrisa.
Isaiah frunció el ceño:
—Nina, oye, que van a querer quitarte el trabajo. — Y se marchó con sus perros por Central Park West.
—Nos vemos luego, ¿vale? — le gritó Nina.
Madame Rive Droite de Chanel sonrió y, antes de darle la espalda, dijo:
—Veo que tienes una gran visión comercial, sí, pero ¿ese trabajo te llena?
«Más de lo que puedas imaginar», pensó Nina.
¿Cómo iba a revelarles que los propietarios de aquellos perros le proporcionaban algo mucho más valioso que el dinero, más valioso incluso que la compañía de los perros, y que era las llaves de sus apartamentos? ¿Cómo explicarles lo que significaba tener carta blanca para entrar y recoger sus perros mientras ellos estaban en el trabajo, o comiendo, o con un amante secreto en un hotel del centro o comprando un Barbara Kruger en una galería del Soho, haciéndose una mamografía o una colonoscopia o reservando billetes de avión para Tahití? Daba igual. Lo que importaba era que Nina tenía sus llaves y que los perros eran suyos, aunque sólo fuera por una hora. Y es que aquél era un negocio típicamente neoyorquino (¿en qué otro lugar había gente dispuesta a gastarse miles de dólares en perros de raza, para tenerlos encerrados en apartamentos diminutos y verse obligados a pagar a alguien para que los paseara?) basado en un espíritu de confianza que de neoyorquino no tenía nada.
Y Nina los sacaba. Los bajaba por las escaleras o en ascensor, cruzaba con ellos las puertas de cristal, o metálicas, o de madera tallada y se despedía del portero, cuando lo había. Los llevaba por calles abarrotadas y por calles desiertas, calles llenas de basura, calles bordeadas de árboles, por la calle Noventa y dos, donde estaba aquel chico sin hogar que vivía en una caja de cartón, o por la calle Setenta y ocho, donde los niños de la Escuela Primaria 87 habían pintado un mural de margaritas y arcos iris y gatitos. Da igual que hiciera un sol abrasador o un frío glacial, que fuera una hermosa mañana fresca y despejada o una tarde húmeda y sofocante, tanto si un tsunami se abatía sobre la ciudad como si se desataba una tormenta, ella sacaba los perros. Y ellos, consideradamente, hacían sus pipís y sus cacas, muchas gracias.
Eso era justo lo que uno de ellos estaba haciendo en ese momento, casi encima de aquellas dos quiero y no puedo con zapatos bicolor. Luca estaba dejando un recuerdito. Las dos mujeres se apartaron con asco y dejaron a Nina sola con sus agradecidos quehaceres y una bolsita de plástico en la que meter aquella repugnante ofrenda.
Nina llevó a Webster y Cody y King y Luca y Sadie y Safire y Lucy y Zardoz a sus respectivas casas, y se quedó sólo con Edward y Wallis, la pareja de perros salchicha que pertenecían a Celeste y George Crutchfield. Lo había planeado así porque hacía semanas que no pasaba un rato en el apartamento de los Crutchfield. Y menudo apartamento. Tan recargado y lleno de cretona que ella temía que le diese un ataque de alergia en cualquier momento. Las paredes eran de un amarillo anodino, y los cojines y las alfombras, rojas, doradas y verde pálido. Había tapicerías floreadas mezcladas con rayas, antigüedades, baratijas y floreros con peonías. Todos los rincones estaban atestados, todas los agujeros abarrotados. No había libros, y todos los cuadros (sólo paisajes y bodegones) eran estilo Muzak; todo tenía un aspecto familiar: cualquier rastro de originalidad inicial se había transformado en papel pintado. Era un apartamento sacado del Architectural Digest: tradicional, caro y aburrido a más no poder. Pero Nina sabía dónde estaban escondidos los tesoros.
Tomó el ascensor de servicio y entró por la puerta trasera, tal como se le había indicado. La abrió con la llave y soltó a los dos perros, que salieron disparados y cruzaron el lavadero y la habitación de la criada, hasta llegar a la cocina, donde bebieron de sus cuencos de cerámica italiana pintada a mano, y luego atravesaron el vestíbulo, entraron en la sala de estar y subieron de un brinco a su butaca de orejas del siglo XIX, con tal precipitación que estuvieron a punto de chocar en el aire. Tras dar unas cuantas vueltas con el hocico pegado a la cola formando una especie de rosquilla canina, encontraron el sitio perfecto y se dejaron caer uno al lado del otro. En la butaca de orejas contigua había dos cojincitos bordados con sendos retratos de Edward y Wallis, así como con sus nombres y fechas de nacimiento.
Nina se aseguró primero de que el piso estuviese vacío.
—¿Hola? ¿Hay alguien? — Esperó un rato. Nada—. ¿Christina? ¿Estás en casa? — Christina era la criada. Nina estaba casi segura de que la había visto abandonar el edificio con el carrito de la compra cuando ella entraba, pero la volvió a llamar, por si acaso—. ¿Christina?
Al no obtener respuesta, entró en el apartamento. Tenía planeado echar un vistazo al dormitorio, con su lujosa ropa de cama. A Nina la traían sin cuidado el mobiliario, el televisor de pantalla plana instalada en la pared y demás trastos. Pero la ropa de cama era un caso aparte. De eso están hechos los sueños, pensó. Todo era plateado, en tonos crema, blanco hueso y vainilla. Las sábanas eran de lino; no de aquella tela barata, arrugada y rígida que Nina odiaba porque quien dormía dentro parecía una patata en un saco de arpillera, sino del tejido más suave imaginable, bordada en seda con florecitas del mismo color crema. Pero lo verdaderamente lujoso era el edredón de plumas de ganso europeo envuelto en una funda de seda, y la colcha tejida a mano en Francia, con bordados a juego. Encima había más cojines de seda, terciopelo y satén. Nina se quedó ahí por un instante admirándolo todo, preguntándose cómo sería dormir cada noche en una cama como ésa. Tener a alguien que te abrazara, te acariciara el pelo y la cara y te besara, primero con dulzura, luego con pasión, y que luego deslizara la mano por tu costado, acariciándote ligeramente el contorno del pecho. Que te hiciera el amor bajo todas esas sábanas y mantas perfectas, despacito, sin prisa. Nina suspiró. ¿Cómo sería?
Bueno, desde luego no pensaba tenderse en la cama para comprobarlo. Sobre todo después de lo que había pasado el día anterior en el apartamento de Daniel. No, hoy iba a ser buena. Hizo ademán de marcharse, pero dio media vuelta y escrutó la habitación. Decidió fisgonear un poquito para ver qué averiguaba sobre ellos: Celeste, la historiadora del arte y George, el banquero. Se acercó a la mesita de noche de Celeste, que dormía en la parte izquierda de la cama, si la mirabas de frente, y en la derecha, si estabas en ella. En el cajón de la mesita había un ejemplar de People y otro de Campo y Ciudad, junto con dos bolígrafos, un cuaderno, un par de centavos, un clip, una receta arrancada de la revista Gourmet y un recibo de Bergdorf's. Y, al fondo de todo, una carta. Nina sonrió: acababa de dar con el bien más codiciado por los fisgones. Se sentó en la cama, después de trepar a ella, porque con su grueso colchón de muelles y su capa de edredones, mantas y todo lo demás quedaba bastante alta.
Querida Celeste, comenzaba la carta. Nina contuvo la respiración y, tal como hacía con las novelas, leyó primero la última línea. «Te quiere, Tommy.»
—Ooh la la —dijo en voz alta, para sí—. ¡Genial!
Y comenzó a leer.
Querida Celeste,
Harto estoy de tus ataques de culpabilidad.
Vaya. Nina dejó de leer y levantó la vista. Aquello no era lo que esperaba, pero siguió adelante de todos modos.
Vale, no te llamé después del 11 de septiembre. Pero es típico de ti convertirlo en tu drama personal. Además, todo eso pasó hace ya bastante tiempo. ¿Te has preguntado alguna vez por qué esperas que te llame cada vez que se produce algún desastre en Nueva York? Créeme: la vida sería más sencilla si no le impusieras tantas reglas. Quien no espera nada no se lleva una desilusión cuando no sucede nada. No esperes que yo siga tus reglas; las reglas se hacen para romperse, y a mí me encanta romperlas. Yo soy yo, tú eres tú, mamá es mamá y papá es papá. Así que mientras sigas desahogando en mí tus ataques de culpabilidad, anda y que te jodan. Múdate fuera de Nueva York si te parece una ciudad tan peligrosa y necesitas contacto con la familia cada vez que sucede alguna catástrofe. La vida es así, a veces una mierda. Pero no todo tiene que ver siempre contigo.
Te quiere,
Tommy
«Caramba —pensó Nina, que de pronto sintió pena por Celeste. Había supuesto que se trataba de una carta de amor—. ¿Ves por qué tienes que leerlo todo y no sólo el principio y el final?» Tommy, sin duda el hermano de Celeste, era un capullo de mucho cuidado. Independientemente de lo que ella le hubiera pedido, ¿tan descabellado era que quisiera hablar con la familia cuando sobrevenía alguna desgracia, y que esperase que los miembros de la familia que vivían lejos del escenario de la tragedia se pusieran en contacto con los que vivían cerca? Lo que une a una familia es el amor, y eso significa preocuparse y mantenerse en contacto con los familiares.
O así debería ser. Nina reflexionó sobre su caso y se acordó de su padre. Sabía que a su modo la quería, pero ¿por que nunca sabía dónde localizarlo? Él jamás le había proporcionado una dirección ni un número de teléfono y sólo daba señales de vida una o dos veces al año. La última vez, ella le había preguntado cómo podía encontrarlo si pasaba algo malo o si lo necesitaba. Él la había mirado fijamente aguantándose la risa, como si la idea de que ella llegara a necesitarlo le hiciera mucha gracia.
—¡Por eso precisamente no dejo ningún número! — respondió—. ¿Acaso crees que quiero oír malas noticias?
—Pero si eres mi padre —había insistido ella, con una sonrisa.
—Y estoy muy orgulloso de ti —aseguró él.
«Cuánto dolor lleva la gente consigo», pensó Nina mientras dejaba la carta en su lugar. En la mayor parte de los casos uno ni se lo imagina, pero la gente, incluso las Celestes Crutchfields del mundo, con todas sus cálidas sábanas y colchas protectoras, es vulnerable.
Cuando Nina llegó a casa llamó a su madre, que vivía en Santa Fe.
—Mamá, soy Nina, tu hija.
—Cariño, ya sé que eres tú: nadie más me llama «mamá». — Nina se rió—. ¿Cómo estás?
—Yo estoy bien —dijo Nina—. ¿Y tú?
Hubo un silencio largo.
—¿Mamá?
—Ayer vi el nuevo de Grisham en la librería. El texto de la contracubierta lo escribiste tú, ¿verdad?
—El de las solapas.
—Hace ya casi un año.
—Mamá...
—Podrías recuperar ese trabajo, ¿verdad?
—No lo sé, pero no me interesa.
—Claro que lo quieres, querida. Tenías un despacho, una oficina, tu propio ayudante.
—Medio ayudante, en realidad.
—Tu nombre aparecía en los libros; la gente te daba las gracias... —añadió su madre con un suspiro de frustración.
—Oh, sí: «Gracias por escribir el texto de la solapa de mi libro; por resumir un año o dos o tres de trabajo duro en tres párrafos con la esperanza de que la gente compre los libros por la portada.»
—A veces son cuatro, ¿no?
—¿Años o párrafos?
—¿Cómo?
—¿Te refieres a cuatro años de trabajo duro o a cuatro párrafos de texto?
—¡Nina! Mira, si yo no necesitara el dinero para subsistir te lo daría todo, pero no puedo.
—Ya lo sé. — Nina no estaba deprimida cuando había descolgado el teléfono hacía apenas un minuto—. Sólo llamaba para saludarte, mamá.
—Eso es muy bonito, cariño.
—¿Has visto alguna peli buena?
—Pues no.
—¿Sigues viendo a Morty?
—No. Las cosas estaban yendo demasiado lejos y demasiado deprisa —respondió—. Me gusta estar sola; me gusta mi apartamento, me gusta tener mis propios amig...
—Es verdad. ¿Quién necesita un novio agradable con quien ir a cenar, al cine, de viaje, por no mencionar las relaciones sexuales? Además, sólo hace diecisiete años que tú y papá...
—Bueno. Me alegro de hablar contigo. Adiós, cariño. — Y colgó.
—Mierda —dijo Nina, colgando el auricular con un golpe, «¿Por qué le resulta tan duro?», se preguntó.
Su madre nunca había tenido una verdadera profesión. De joven había soñado con ser fotógrafa, pero entró a trabajar en un banco como secretaria para ganarse la vida. Después, cuando su hija nació lo dejó, porque, tal como siempre le había dicho a Nina, en realidad no estaba dejando nada. Su mantra era: «Haz lo que te guste, pero sé alguien.»
De modo que cuando Nina dejó su trabajo en el sector editorial, del que tan orgullosa estaba su mamá, para convertirse en paseadora de perros, la mujer se había quedado destrozada. Y desde entonces la relación entre las dos no volvió a ser la misma. Su madre quería que fuera muy feliz y daba por sentado que para ello necesitaba un trabajo importante, una profesión seria. Al mismo tiempo, Nina quería que su mamá fuera feliz y daba por sentado que para ello necesitaba enamorarse perdidamente de alguien, de modo que los dos viviesen felices y comiesen perdices.
Ambas querían para la otra lo que temían que jamás conseguirían para sí mismas. Y ninguna de las dos era capaz de ver la vida de la otra a través de unos ojos que no fueran los propios.
—¿Y tú, Sam? — Le acarició la cara al perro, y cuando éste se tumbó boca arriba, le rascó la barriga—. ¿Qué me dices? ¿Eh, pequeñajo? Te gusta esto, ¿verdad, pichurri? — Él posó en ella sus ojos de conocedor de la condición humana, y ella pronunció aquellas palabras que sólo le podía decir a él—. Te quiero, Sam. Te quiero.
5
La señora Constance Chandler estaba escuchando la radio aquella tarde cuando sonó el timbre. Escuchaba la radio cada día, todo el día. Lo oía todo, desde la 1010 WINS («danos 22 minutos y te daremos el mundo») y el programa de Don Imus hasta la RNP, o la Radio Nacional Palestina, como ella la llamaba, pasando por emisoras de música clásica, jazz y temas de los musicales de Broadway. La radio le hacía compañía, era alguien con quien podía discutir, cantar y aprender o a quien podía criticar por ridículo. La escuchaba mientras trabajaba, como entonces, mientras se bañaba, mientras miraba la tele, mientras cocinaba halibut al vapor para el almuerzo o tofu con verduras asiáticas para la cena, y también mientras comía. El único momento en el que no escuchaba la radio era mientras la peinaban cada mañana en la peluquería de John Barrett en Bergdorf's (una hora) y cuando iba al Mark a tomar unas copas cada tarde a las cinco (entre una y ocho horas, según con quien se encontrase).
Cuando sonó el timbre, su perro Safire, un bulldog de treinta centímetros de altura y veinticinco kilos (de esos que a la gente le parecen guapos de lo feos que son, aunque ella pensaba que era feo, sin más), levantó la cabeza, que descansaba sobre las patas delanteras, soltó un bufido y miró a su dueña. Ésta miró el reloj Tiffany que había sobre la repisa de la chimenea.
—Es demasiado temprano para...
El timbre sonó de nuevo. Safire ladró.
—Quién demonios... —farfulló la señora Chandler mientras dejaba su pluma Montblanc, un regalo del hotel Bellagio de Las Vegas, sobre su cuaderno de hojas amarillas rayadas, que estaba colocado sobre una libreta con tapas de piel verde marca T. Anthony. Constance era, tal vez, la única escritora viva que aún escribía a mano, sobre papel. Empujó hacia atrás su silla de madera de principios del siglo XIX, se levantó con un resoplido de irritación y se dirigió hacia el telefonillo del portero automático.
—No habrán regresado para torturarme de nuevo, ¿verdad, Safire? Dime que no.
El perro se limitó a mirarla con una expresión de afirmación en sus saltones y lánguidos ojos rojizos.
La señora Chandler pulsó el botón.
—¿Sí? ¿Quién es? — preguntó, y soltó el botón para oír la respuesta.
—¿Señora Chandler? — preguntó una voz de hombre.
—¿Con quién tengo el placer de hablar?
Dos, tres segundos de silencio.
—Soy Daniel Maguire, su vecino. Nos conocimos en la fiesta del vino de los Kayes. Disculpe, tal vez debería haber telefoneado primero.
La señora Chandler agachó la cabeza, irritada. Y, sin embargo, exhaló un gran suspiro de alivio. Se volvió hacia Safire, que le sacó la lengua.
—Eso mismo creo yo.
Y pulsó el botón para dejar entrar a Daniel. Entonces se contempló en el espejo que había al otro lado del pasillo y se alisó el suéter de cachemir negro (cuyo escote, aunque generoso, no mostraba más de lo apropiado) sobre los pantalones de lana negra, se ajustó el broche de diamantes sobre la clavícula derecha, se atusó el pelo, procurando no desbaratar el peinado que le habían hecho esa misma mañana, y esperó a que él llamara a la puerta. Le pareció que no estaba nada mal para ser una mujer de cincuenta y nue... cincuenta y cuatro.
El hombre debió de subir las escaleras corriendo.
—Señor Maguire, qué detalle tan inesperado.
—Esto es para usted. Y llámeme Daniel —puntualizó, entregándole una caja de caramelos See's.
—Es usted cruel —lo reconvino ella, sonriendo.
—He estado en Los Ángeles.
—De modo que hay una razón para que esa ciudad merezca existir. Es usted muy amable. Pase, por favor.
Constance recordó la fiesta en cuestión y la acalorada discusión sobre las variedades de chocolate, el encanto esnob de los Teuscher y los Godiva, la afición de ella por el burdo Hershey y la afición incondicional de él por el clasemediero See's, del cual le había regalado una caja a la anfitriona. Se había paseado elegantemente por la fiesta, eligiendo un bombón para cada invitado. Y con un solo mordisco a aquella delicia de chocolate con leche y caramelo con nueces, ella había perdido la cabeza y se había vuelto una conversa, esclava para toda la eternidad del mejor chocolate del mundo en su simple envoltorio en blanco y negro. Y eso que había probado lo mejor: tenía amigos en Bélgica, París y Francfort, que le mandaban las trufas más caras, los bombones más exquisitos, las pastillas más refinadas. Pero ninguna se podía comparar con las nueces y el caramelo de See's.
Lo acompañó hasta la sala de estar, que era el doble de grande que su despacho. Él se sentó en el sofá de piel roja acolchada y ella en la butaca de orejas bordada. Entonces ella abrió la caja y se la alargó.
—No, para mí no. Gracias.
—Debería darle vergüenza. No me haga comer toda esta caja sola.
Él sonrió.
—Está bien. Uno.
Daniel tomó un bombón de chocolate negro con nueces y se lo llevó a la boca. Masticó sin dejar de sonreír y, levantando la barbilla, la invitó a hacer lo mismo.
«Qué guapo es», pensó ella. Tenía que ser, por lo menos, veinte años más joven que ella. ¿Y cómo había podido ella olvidar aquellos ojos? Además, era bastante alto. Pero había algo más; ¿qué era? Algo en lo que no había reparado la otra vez, en casa de los Kayes. De hecho, allí le había parecido un hombre seguro de sí mismo, un joven rebelde. Y, sin embargo, ahora ella detectaba cierta rigidez en él, cierta torpeza. Le seguía resultando atractivo, pero ahora tenía un vago aire de pardillo. Podría aprender un par de cosas de una mujer con experiencia. Eligió un cuadrado de chocolate con leche, que esperaba que llevase caramelo. Probó un bocadito y sí, Dios mío, llevaba caramelo.
Permanecieron sentados, masticando en silencio durante por lo menos un minuto, hasta que terminaron sus respectivos bombones.
—Aquel cuadro —señaló Daniel—, ¿es de la escuela del Hudson?
Se levantó y se acercó a él. Ella sonrió. «Hmmm, y además es inteligente», pensó.
—Sí —respondió—. Siglo XIX, George Inness. Uno de mis favoritos.
—Sí —dijo él—. No me extraña.
Ella lo observó ahí, de pie en su estudio, admirando su cuadro, y se acordó de cuando, no hacía tanto, un hombre joven como aquél podría haberla contemplado a ella con un grado similar de admiración. Con las manos apoyadas en los muslos y la espalda recta, echó el torso ligeramente hacia delante:
—Permítame ofrecerle algo para beber. ¿Qué le apetece? — preguntó.
—Un vaso de agua, gracias —respondió él volviéndose hacia ella.
—Bueno, yo voy a tomar vodka. ¿Está seguro de que no le apetece algo más fuerte?
—No, gracias.
Constance se levantó y salió de la sala, seguida de Safire. Billy oyó sus pasos alejarse por el vestíbulo hasta la cocina. Cuando estuvo seguro de que ella no podía verlo, se acercó al escritorio. Se inclinó sobre las páginas y estudió la caligrafía de Chandler. Una letra encantadora, con florituras anticuadas, pero pulcra y legible. «Ya nadie escribe así —pensó—. Bueno, es que ya nadie escribe», se dijo con una sonrisa. Él mismo estaba tan acostumbrado al teclado del ordenador que en las contadas ocasiones en que tenía que agarrar un bolígrafo (para extender un cheque o escribir una felicitación en una tarjeta de cumpleaños), su letra resultaba apenas legible.
Oyó el tintineo de los cubitos de hielo al caer en los vasos de la cocina y se apresuró a realizar el trabajo que traía entre manos. En realidad detestaba esa parte: fisgar, mentir sobre el motivo de su visita, fingir que había estado en una fiesta cuando, en realidad, a quien la señora Chandler había conocido era a Daniel. Pero se obligó a concentrarse. Aquello redundaría en beneficio de los demás. Además, a menudo no había otro sistema para descubrir a alguien. Si aquella señora no estaba pagando los impuestos y si escondía, como sospechaban, millones de dólares, él la cazaría y todo aquello habría valido la pena. De modo que leyó. La señora Chandler estaba escribiendo un texto sobre Praga. Supuso que se trataba de un artículo que aparecería en alguna de las numerosas revistas en que colaboraba: Viajes y Ocio, Escapadas, Campo y Ciudad... Recientemente había publicado un texto sobre los mejores hoteles de Venecia para Comer y Beber. Era un artículo espléndido, que había dejado a Billy con las ganas de poder permitirse una estancia en uno de aquellos lugares. Y no era sólo por la habitación, el servicio o el entorno. El texto describía un desayuno en la terraza del Palazzo Gritti, mientras la luz del sol del alba se filtraba por entre la densa bruma de la mañana. Él recordó que ella calificaba el zumo de naranja sanguina recién exprimido de néctar de los dioses. Al leerlo, él había cerrado los ojos y se había visto trasladado a Venecia, a aquella terraza, aquella mañana, y había sorbido aquel néctar rosado, dulce y espeso. Había contemplado, bajo los párpados cerrados, el ajetreo de la hora punta de la mañana, a sus pies. Barcos de basura, taxis acuáticos, embarcaciones destinadas al transporte de madera, comida, libros y piezas de fontanería. Las campanas de Santa Maria della Salute resonaban por el Canal Grande. Ella lo había conducido hasta allí; lo había llevado al Cipriani, el lugar perfecto, según decía, para alojarse con niños. ¡Con niños! Por más de ochocientos dólares la noche. Niños en la piscina, niños jugando al baci en el césped del jardín, niños paseando por la playa buscando cristales de colores. Tras dedicar la mañana a visitar el Palacio Ducal de la plaza de San Marcos, ¿qué mejor lugar para una tarde de diversión y jolgorio?
En una ocasión, los padres de Billy y Daniel los habían llevado al Gran Cañón en una caravana destartalada. Así era, según su experiencia, como se viajaba con niños. Pero ahora soñaba con llevarse algún día a sus hijos al Cipriano, en Venecia. Qué diablos, se conformaba con tener un hijo al que llevar a ver partidos de béisbol. Sus sueños eran simples, se dijo.
Pero debía volver a su tarea: abrió un cajón del escritorio. Sólo había clips, sellos y rollos de cinta adhesiva, todo pulcramente ordenado. Levantó la tapa de una caja de plata del escritorio, con sus iniciales grabadas: estaba llena de centavos. Se acercó rápidamente a la vitrina de madera y abrió el cajón superior procurando no hacer ruido. Contenía un montón de carpetas perfectamente etiquetadas con información de todo tipo sobre viajes y lugares del mundo, desde Bali hasta Zanzíbar.
Oyó que el viejo suelo de madera del pasillo crujía bajo los pies de Constance, que caminaba por la alfombra oriental que lo cubría. Billy cerró el cajón y se sentó precipitadamente en el sofá. Y ahí estaba ella, en la puerta, sosteniendo una bandeja de plata con dos vasos, un cuenco con almendras y un plato de galletas, que depositó ante él sobre la mesa del café. Le tendió su vaso de agua y, una vez que se hubo sentado, tomó su vaso de vodka y lo removió con un agitador.
—Gracias.
—De nada. ¡Salud! — brindó ella, alzando el vaso.
—Salud —dijo él antes de tomar un trago—. En fin, pasaba por aquí y he subido a darle los chocolates.
Ella arqueó las cejas.
—Por supuesto que siempre es un placer verla —añadió él.
—Por supuesto. — Una larga pausa—. ¿Me permite que le haga una pregunta personal, Daniel? ¿Qué opina del partido de Roger Clemens ayer?
Él se rió.
—Tampoco es tan personal.
—Para mí sí —repuso ella con una sonrisa—. No se imagina lo que se puede averiguar de una persona analizando su actitud hacia los deportes.
—Bueno, veamos. No vi el partido de ayer, pero puedo decirle que Clemens haga lo que haga me gusta, porque puede que sea el último beisbolista que juega por amor al béisbol, que lo da todo...
—Se entrega al máximo en cada partido. Estoy completamente de acuerdo. — Y desplegó de nuevo aquella sonrisa franca que desarmaba.
Billy se sonrojó. Aquella mujer tenía un porte solemne y anticuado y, al mismo tiempo, definitivamente juvenil. Lo hacía sentirse como en casa. E incómodo.
—Y no como esa piltrafa humana de Barry Bonds —agregó ella.
—Desde luego, estoy de acuerdo —rió él—. Es usted una verdadera aficionada.
—Al béisbol, sobre todo. Y también al fútbol americano. Pregúnteme cualquier cosa sobre la última temporada de los Jets.
—¿Cualquier cosa?
Ella le sonrió de nuevo.
—¿Quiere una comparativa de las estadísticas antes y después de Herman Edwards?
—No es nada común en una mujer, si me permite ser políticamente incorrecto.
—Sólo se puede ser incorrecto cuando se habla de política. Y de religión también.
Billy dejó escapar otra carcajada. La miró y tomó un trago de agua.
—¿Hace usted apuestas?
Ella le devolvió la mirada.
—Eso sí que es personal.
—Sé que pasa usted mucho tiempo en Las Vegas.
Constance le escrutó el rostro cautelosamente.
—Debe de referirse a mis viejos artículos en el Esquire. De eso hace siglos, ¿no? Ahora escribo sobre viajes en lugar de viajar.
Él guardó silencio por un instante, preguntándose hasta dónde debía llevar aquel primer encuentro. Entonces la puerta principal se abrió y se cerró de golpe.
Safire soltó un bufido y cruzó el pasillo corriendo, o más bien arrastrándose, ladrando hasta llegar a la puerta y durante todo el camino de regreso.
—¡Safire! — le riñó ella apuntándolo con un dedo—. ¿Qué modales son ésos?
—¿Sapphire? ¿Como zafiro en inglés?
—No, como el apellido del columnista, el gran William.
Antes de que Billy pudiera responder, el perro volvió a recorrer el vestíbulo y regresó al cabo de dos segundos, arrastrando la lengua y bamboleándose de derecha a izquierda a cada paso. Alguien lo seguía. Billy levantó la vista. Era Nina, su paseadora de perros. Llevaba su camiseta (¿había estudiado realmente en la Sorbona?), pantalón corto y botas militares habituales. Parecía una niña.
—Hola, señora Chandler. ¿Qué tal está hoy? Caray, hace un día estupendo... —dijo tendiéndole la mano.
—Querida, ¿conoces a Daniel Maguire? — preguntó Constance señalando a Billy.
Nina se volvió y lo vio ahí, a un bulldog y una mesita de distancia. Se quedó petrificada y tardó unos segundos en recuperarse.
—Veo que ya se conocen. — La señora Chandler los miró alternadamente.
—Sí, bueno... —balbució Billy.
—Claro —lo interrumpió Nina, pasándose los dedos por el pelo—. Paseo a su perro, Sid. Esto... hola.
—¿Sid? ¿De Sidney? Tiene gracia...
—De Siddharta —precisó Daniel.
—¡Siddharta! — exclamó la señora Chandler, prorrumpiendo en una risa a la que se sumó Nina.
—Sí, ¿no? Bueno, pero eso no es nada. También paseo a Zardoz, a King, a Edward y Wallis, a Stanley y Oliver...
—Ésos no están mal, lo admito, ¡pero Siddharta...! Oiga, no crea que nos estamos riendo de usted, Daniel. Nos reímos...
—De mí —dijo él, riéndose también, abochornado.
—Es sólo que no me parece el típico pretencioso, ni tampoco un seguidor de Hermann Hesse.
—Bueno, la verdad es que no fui yo quien bautizó al perro.
Jesús, en menudo berenjenal se estaba metiendo.
—Ah, ¿no? — inquirió Nina, interesada—. ¿Y quién fue entonces?
—Mi hermano.
Diablos; no quería mencionarlo. No quería que nadie supiera que tenía un hermano. Había algo en la tal Nina que lo hacía bajar la guardia y volverse negligente.
—¿Tienes un hermano? — preguntó Nina.
¿Y por qué habría de extrañarle que lo tuviese?
—Mi hermana, quiero decir.
—¿En qué quedamos, tu hermano, tu hermana? ¿O fueron ambos? — Entonces comenzó a darse bofetadas, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda—. Mi hermano, mi hermana, mi hermano, mi hermana.
Eso le hizo gracia a Billy. Ella se rió con él.
—Bueno —dijo la señora Chandler con impaciencia, para que devolviesen su atención a sus respectivos asuntos—. Estoy segura de que Safire estará encantado de salir a dar su paseo.
—Yo me marcharé contigo —le dijo Billy a Nina—. Ya me iba.
Nina bajó la vista hacia sus botas y luego la alzó hasta que sus ojos se encontraron con los de Billy, le sostuvo la mirada durante un segundo y finalmente la apartó. Recuperó la compostura y dijo:
—Vamos, Safire. Es hora de marcharse. — Se agachó y sujetó la correa al collar del perro—. Encantada de verla, señora Chandler.
—Igualmente, Nina. Daniel, ha sido muy amable al hacerme esta visita. Y gracias una vez más por el chocolate. — Dicho esto, enfiló el oscuro pasillo hasta la puerta principal, con Nina, Safire y Billy en pos de ella.
En la puerta, Daniel le tendió la mano.
—Un placer verla de nuevo.
La señora Chandler se la estrechó.
—Vuelva cuando quiera, Daniel —contestó y se maldijo por no haberse mordido la lengua, pues intuía que él era el tipo de persona que hacía lo que le decían.
—Vuelvo dentro de una hora o así —avisó Nina.
—Perfecto, querida.
Cuando Daniel abrió la puerta, una oleada de calor y la cegadora luz del sol reflejada en el parabrisas de un coche obligaron a la señora Chandler a retroceder un paso. Entrecerrando los ojos, los observó mientras bajaban las escaleras de la casa en dirección a la jauría de perros que los esperaban en la acera.
Constance entró, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, respirando en la fresca oscuridad del pasillo:
—Es uno de ellos —dijo—. Han vuelto.
En el exterior un perro ladró.
—Eso mismo pienso yo —murmuró ella.
6
—La chica del baño —dijo Daniel desde dos peldaños más abajo.
«¡Vaya! ¿La Chica del Baño? — pensó Nina mientras los perros que la aguardaban en la acera se levantaban. Desató las correas del poste en el que había una señal que rezaba: NI SE LE OCURRA APARCAR AQUÍ—. ¡Mierda! Mierda, mierda, mierda. ¡Eso es peor que ser La Paseadora de Perros!» Por otro lado, él la había llamado chica. Eso le gustaba. En otro tiempo había tenido que luchar por conseguir que la trataran como a una mujer, sobre todo porque era muy menuda. Ahora, en cambio, le parecía alentador y sexy que la llamaran chica.
—Ya lo sé, tengo un problema. No hago más que beber y mear, beber y mear. Tengo una vejiga del tamaño de un garbanzo. Aquí detrás llevo doce botellines de agua —dijo, señalando la mochila con un movimiento de cabeza— y me los beberé todos en las próximas dos horas.
Él se quedó mirándola. Los perros también, expectantes, en la acera, ansiosos por marcharse.
—Conozco ya todos los lavabos públicos del Upper West Side, pero ayer no di con ninguno —prosiguió—. Lo siento, ¿vale?
—¿Y la bañera?
—¿A qué viene eso? ¿Insinúas que necesito un baño? — preguntó ella, haciéndose la ofendida—. Oye, que yo...
Los perros, al unísono, volvieron a sentarse, con la lengua colgando, jadeando por el calor. Todos fijaron sus ojos caninos en Nina, deseosos de estar ya en el parque.
—No, no. Mira... ayer te bañaste en mi apartamento, ¿verdad? — preguntó él con toda naturalidad.
Ella lo oyó, pero fingió no haberlo entendido.
—Oye, pues claro que me baño, normalmente en una ducha. Aunque no me baño en una ducha. En la ducha, me ducho. Cada día, de hecho. — Y como si sólo entonces hubiese captado lo que él acababa de decir, le dirigió una mirada de incredulidad—. Espera un momento. ¿En serio crees que me bañé ayer en tu bañera? — preguntó y abrió mucho la boca, aparentando asombro total—. Pues no. ¿Por qué iba a hacer algo así?
—No tengo idea.
—Escúchame bien —le dijo sonriendo, coqueta, apuntándole con un dedo—. Utilicé el lavabo, lo reconozco, pero puedes estar seguro... —Se interrumpió al ver que Billy enarcaba las cejas y esbozaba una sonrisita de escepticismo—. No lo hice. Además, se dice «no tengo ni idea». «No tengo idea», ¿de dónde sale eso? ¿Acaso no saben hablar en Urano? — inquirió ella, sonriendo para que se notara que bromeaba.
—Oye, prefiero no hablar de mi trasero contigo; apenas nos conocemos.
Eso le arrancó una carcajada a Nina.
—Qué chiste más malo —se disculpó él.
—No, tiene gracia... —repuso ella.
Se miraron por un instante, tímidamente, pero los perros, inquietos, se levantaban, daban una vuelta y se sentaban, soltaban un gemido, se levantaban y se sentaban de nuevo.
—Será mejor que me vaya —dijo él, y se dispuso a marcharse. Pero había algo que le impedía avanzar.
—Espera —lo previno Nina, tirando de las correas.
El instante siguiente le pareció una eternidad, como cuando uno sabe que algo horrible está a punto de suceder pero no puede hacer nada para evitarlo. Fue como la escena de la gasolinera en Los pájaros: el reguero de gasolina, la cerilla que se enciende, la cara de Tippi Hedren, la cerilla que cae, la línea de fuego, la cara de susto de Tippi Hedren, la explosión. He aquí una descripción de esta otra escena: Nina tira de la correa y nota que los perros tiran de ella a su vez; están nerviosos, Nina se vuelve: Daniel tiene la correa de Sadie enrollada en el pie. La cara de preocupación de Nina. Sadie se pone histérica y tira más fuerte para soltarse. La cara de Nina, la cara de Daniel cuando se da cuenta de lo que sucede: Sadie vuelve a tirar, la correa se tensa entre las piernas de Daniel, la cara de susto de Nina y...
—¡Eh! ¡Ay!
Daniel había caído al suelo, boca arriba, de nalgas, en medio de una docena de perros ansiosos por marcharse, ladrando con todas sus fuerzas. Estaban histéricos, como si hubiera caído entre ellos un peligroso objeto de origen desconocido. Lo arrastraron a lo largo de un metro antes de que Nina pudiera detenerlos.
—¡Quietos ahí, perros! — gritó—. Oh, Dios, Dios. Lo siento.
Se arrodilló para deshacer la maraña de correas y ayudar a Daniel a levantarse, pero hacerlo mientras intentaba controlar a doce perros no fue tarea sencilla.
—No pasa nada —aseguró Daniel, poniéndose en pie y sacudiéndose el polvo del trasero, que a Nina se le antojaba encantador bajo sus holgados pantalones color caqui. Debía de tenerlo lleno de moretones. Nina se percató de que en el rifirrafe a Daniel se le había desgarrado el bolsillo izquierdo—. Tengo que irme —anunció él.
—Oye, lo siento de verdad. Tienes los pantalones...
—No pasa nada. — La miró como si quisiera añadir algo, con una expresión de tristeza e inseguridad, pero dio media vuelta y se alejó.
Nina lo siguió con la vista mientras él cruzaba la calle. Le entraron ganas de llamarlo; Dios, sentía deseos de correr hacia él, abrazarlo y cerciorarse de que estaba bien, pero debía recoger a otro perro y se hacía tarde, de modo que se marchó precipitadamente, sin parase a pensar y mortificarse por lo que acababa de suceder. Más tarde tendría todo el tiempo del mundo para hacerlo.
Así pues, se encaminó a Central Park West y la calle Ochenta y nueve, para recoger a Luca, el labrador amarillo propiedad de Jim Osborne, el director de telecomedias. Jim no tenía nada de gracioso, ni tampoco el modo en que trataba a Luca. Sí, trabajaba en algunas de las mejores series de televisión, pero eso no era una excusa para no dejar que Luca entrase en el apartamento.
Todo el mundo sabe que cuando adoptas un perro se convierte en un miembro de la familia, aunque no quieras. Se cuela en tu vida, en tu sofá, en tu cama y en el fondo de tu corazón. Es inevitable. Excepto si eres Jim Osborne y tienes un corazón de hielo. En el apartamento de Jim, Luca, una perra grande, musculosa y llena de energía, se ve obligada a permanecer en la parte trasera. De modo que mientras Jim come en el comedor, Luca está encerrada tras la barrera infantil en el despacho, al otro lado de la cocina. Mientras Jim ve le tele y se ríe a carcajadas con su humor inteligente, Luca está encerrada tras la barrera infantil en el despacho, al otro lado de la cocina. Y cuando Jim se acuesta en la cama, Luca se tumba en la suya, encerrada tras la barrera infantil en el despacho, al otro lado de la cocina.
Es de sentido común que, al igual que una persona, un perro que pasa mucho tiempo encerrado y aislado acaba por convertirse en un lunático. Y eso era Luca: una perra neurótica y loca, que se aferraba a la primera pierna que veía en un ascensor, ladraba y enseñaba sus soberbios incisivos a todo perro con el que se cruzaba y que tiraba y tiraba de la correa con la ferocidad de un puma.
De modo que cada tarde, cuando Nina recogía a Luca, intentaba mimarla un poco antes de incorporarla a la jauría que aguardaba en la calle. A veces Jim estaba en el piso, en su oficina, planificado una de sus divertidas escenas. En esos casos, ella tenía que andar de puntillas para no interrumpir el torrente de genialidad que se volcaba en el ordenador. Cuando él no estaba, ella podía entrar tranquilamente y abrazar y besuquear a Luca hasta que ésta se calmaba lo bastante para unirse al grupo.
Aquel día Jim se encontraba en casa; Nina se dio cuenta no bien empujó la puerta trasera del apartamento. No abrió la boca: había aprendido a no hablar a menos que él se dirigiese a ella primero. Luca salió a su encuentro dando brincos y se le echó encima, obligándola a agarrarse al marco de la puerta para no caerse.
—Hola, guapa —susurró Nina, rascándole las orejas, el cuello y el lomo—. ¿Qué tal estás?
Le puso la correa, salió lentamente, sin hacer ruido, y cerró la puerta a sus espaldas con toda cautela para no molestar al insigne director galardonado con varios premios Emmy. Cada vez que Nina conseguía entrar y salir sin cruzar palabra con él, se sentía aliviada. Nunca había pasado gran cosa, excepto el primer día, cuando, siendo aún una novata que no conocía las normas, le habló a Jim, le hizo perder el hilo de sus ideas y éste le gritó a pleno pulmón: «¡Cállate la boca, joder!» Desde aquel día sólo había recibido de él alguna mirada feroz de cuando en cuando, pero siempre que entraba en el apartamento tenía miedo; temía que el día menos pensado saliese de allí con los pies por delante.
Pero aquel día había sobrevivido, y en cuanto Luca estuvo integrada en la jauría se encaminaron hacia Central Park, donde uno tras otro mearon, después mearon sobre los meados de los demás, olisquearon, hicieron sus caquitas y pasearon meneando la cola, sin saber que Nina aún tenía el corazón desbocado por su encuentro con Daniel. Había algo en sus encuentros, o en Daniel, o en las dos cosas, que le provocaba un hormigueo en las manos y la dejaba tensa. Sin embargo, se preguntaba si los perros percibían el embriagador aroma de las forsitias, o si se habían fijado en el niño que agarraba un puñado de tierra y se lo llevaba a la boca, mientras su madre le gritaba: «¡No! No, no, no, Jonathan.» ¿Habían visto a aquella mujer de aspecto increíblemente frágil cubierta con una manta roja de cuadros escoceses y sentada en una silla de ruedas empujada por una enfermera con uniforme blanco? ¿Habrían reparado en la pareja que estaba besuqueándose sobre un mantel azul y blanco tendido sobre el césped, los niños que jugaban al fútbol en el campo de tierra, el padre que iba en bicicleta con un hijo sentado en la sillita del manillar y otro en la sillita trasera, en la chica del bikini azul de rayas tumbada sobre una toalla rosa que leía Guerra y paz? ¿En qué se fijaban los perros? Tenían buena vista y un olfato extraordinario, pero ¿qué veían en realidad? Hay quien dice que el cerebro de un perro se parece al de un niño de dos años. Eso significa que deben de sentir amor, tristeza, alegría y miedo. Pero ¿son conscientes de los seres vivos que los rodean? Nina lo era, y hoy, el despliegue de vida que había en el parque la conmovía. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando vives, la cagas, tal como acababa de pasarle con Daniel, pero al menos vives. Y ahí estaba la prueba, dondequiera que mirase. Los perros, la hierba, los árboles, el calor, los niños, las bicicletas, la mierda, los amantes, la vida. ¡Menudo lugar! Aquello era la vida tal como existía sólo en Nueva York, sólo en ese parque y sólo si uno estaba dispuesto a fijarse.
7
Aquella noche Nina tenía una cita. Odiaba las citas, pero más odiaba no tenerlas. Le parecía particularmente poco atractiva la idea de acudir a una cita el mismo día de su último y accidentado encuentro con Daniel. Pero qué diablos: tenía que mantenerse abierta a la remota posibilidad de que aquella cita, o cualquier otra, desembocara, si no en una relación profunda y duradera, al menos en una aventura divertida y desenfrenada. Además, se había comprometido, de modo que se obligó a ir. Eligió para la ocasión su vestido de verano favorito, que además era el único que tenía: sin mangas, negro y ajustado, pero cómodo. Nina sabía, porque se conocía, que si se hubiese preocupado por lo que debía ponerse, por si se le subía la falda, por si enseñaba demasiado, o demasiado poco, o por si le costaría montarse en un taxi o huir en caso de peligro, lo habría pasado muy mal. Vestirse mecánicamente, ése era el método infalible de Nina.
Llevaba sandalias negras de tiras y las piernas morenas desnudas, y se hizo una coleta en la coronilla. No llevaba más joyas que unos diminutos pendientes de diamante, regalo de su padre. Mientras volvía la cabeza de un lado a otro intentando encontrar una posición en que la luz los hiciese brillar (y lo consiguió al girar la cabeza hacia la izquierda y acercar la oreja al hombro), se acordó de la noche en que su padre se los había dado.
Fue cuando cumplió los dieciocho años; su padre la había mirado fijamente a los ojos, cosa poco habitual en él. Siempre parecía que no se interesaba por ella, algo que no era exactamente cierto. Tenía alma de cíngaro y era incapaz de quedarse mucho tiempo en el mismo lugar. Esto pronto lo llevó a abandonar a su mujer, sus responsabilidades y también a su hija. Nina deseaba tanto ser su princesa (en sentido figurado, por supuesto, ya que no conocía a nadie que tuviera mucho dinero), tal como sus amigas lo eran para sus padres... Pero, claro, lo último que él quería era ser rey. Y sin embargo, aquella noche estaba allí y en la mano sostenía una bolsita de terciopelo negro con un cordón.
—Pronto te graduarás en el instituto —le dijo—. Estoy muy orgulloso de ti. Elijas lo que elijas a partir de ahora, apuntarte a un curso de mecanografía, casarte o incluso ir a la universidad, siempre estaré orgulloso de ti.
Y clavó en ella la vista, esperando tal vez una respuesta, pero lo único que a ella se le pasó por la cabeza fue: «¿Un curso de mecanografía?» ¿Acaso su padre no tenía la menor idea de quién era ella, ni de que llevaba un año rellenando solicitudes para la universidad? ¿Acaso era el único padre judío del mundo que no presionaba a sus hijos para que obtuviesen un título superior, o incluso dos?
—Esto es para ti. Te quiero, cielo.
Nina abrió la bolsita y encontró exactamente los mismos pendientes de diamantes que él le había regalado dos años atrás. Notó un leve mareo, como si estuviese experimentando un intenso déjà vu o se estuviera volviendo loca. Miró a su padre con el entrecejo fruncido de incredulidad y decepción. Él había demostrado que no sólo esperaba poco de su hija («¿incluso ir a la universidad?»), sino que pensaba tan poco en ella que se había olvidado de que ya habían pasado por aquel ritual en su decimosexto cumpleaños.
Claro que otra persona podría interpretar este episodio desde una perspectiva completamente opuesta: su padre, por muy olvidadizo que fuera, la quería tanto que le había hecho el mismo regalo dos veces en un intento de demostrar sus sentimientos hacia ella.
Pero quien pensara así era un imbécil.
En cualquier caso, debía admitir que aquél había sido un momento importante de acercamiento entre padre e hija, al menos para él. Ella no quiso estropearlo. Temía que si decía algo se le escapasen las lágrimas, de modo que simplemente se adaptó a la situación y se puso los pendientes.
—Estás preciosa —aseguró su padre, que estaba de pie detrás de ella, con las manos apoyadas en sus hombros y contemplándola en el espejo.
Ahora, mientras se vestía para la cita, observó su imagen reflejada y se preguntó adónde habían ido a parar aquellos diecisiete años. Y también adónde había ido a parar su padre. Un día, poco después de la noche del segundo par de pendientes, se marchó. Posteriormente ella lo había visto algunas veces, aunque se contaban con los dedos de las manos. Ahora levantó una, como si hubiese posado la otra sobre la Biblia para jurar que iba decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, y, con la espalda muy derecha, dijo en voz alta:
—No, no voy a seguir por ahí: tengo una cita.
Sam, sentado junto a su pierna derecha, dirigió la mirada a ella y luego a su imagen en el espejo, dudando cuál de las dos Ninas iba a oír su súplica desesperada: «Dame una chuchería, dame una chuchería, dame una chuchería. ¡Por favor! Vamos; una galleta, un caramelo. Algo, por el amor de Dios; lo que sea. ¡Me muero de hambre!»
Nina se volvió de nuevo hacia el espejo, se alisó el vestido, se atusó el cabello, se miró de lado, luego de frente, y sonrió. El sol veraniego le había dejado la piel dorada, destellos rubios en el pelo castaño y las mejillas coloradas. Un poco de pintalabios y listo: estaba preparada, si no para amar y ser amada sin miedo a separaciones y traiciones, sí al menos para acudir a su cita. Cogió el monedero (con la llave del apartamento metida en el compartimento para monedas), uno de esos Prada de imitación con una cremallera que se extiende por tres de los costados, y se agachó para plantarle un beso a Sam en la cabeza.
—Tú eres mi chico, te quiero sólo a ti, mucho, muchísimo —le dijo, «y sin una pizca de miedo», añadió para sí.
Él gimió: «¡La chuchería! ¡La chuchería!»
Y Nina se marchó.
Había tal humedad, incluso a aquella hora, que le costaba respirar. Aquel aire era tan espeso como la sopa. En ocasiones como aquélla le daban ataques de claustrofobia y tenía que pararse, inspirar y espirar despacio sólo para asegurarse de que podía. Se encaminó hacia el metro, tomó la línea B, hizo transbordo a la F, luego al tren lanzadera y finalmente a la 4 hasta Lafayette Street, en el Soho, donde debía encontrarse con Ziggy Wallerstein, el hombre con quien se había citado, para ir a cenar y luego al cine.
Ziggy era un radiólogo que ella había conocido en una cafetería cerca de la tienda de música Tower Records del Lincoln Center. Había ocurrido hacía un par de semanas; Nina acababa de terminar su paseo de la tarde y necesitaba desesperadamente un trago de cafeína fría, helada, de modo que al poco tiempo se encontraba sentada en una silla giratoria de un garito de Columbus Avenue. Mientras se bebía a sorbos su café con leche desnatado y con hielo, vio entrar a un tipo que pidió algo y le dedicó una sonrisa. Ella desvió la mirada. Al cabo de un rato se volvió, pero él ya no estaba. «Menos mal», pensó ella. Al cabo de unos minutos se marchó hacia el Tower, con la intención de comprar el CD de la banda sonora del musical de Broadway The Pajama Game.
Pero en cuanto salió de la cafetería, advirtió que el tipo de la cafetería caminaba a su lado.
—Hola —dijo él.
—Hola —respondió ella.
—¿Adónde vas? ¿Puedo ir contigo? — preguntó él.
—Bueno, supongo —accedió ella.
—¿Adónde vas?
—Al Tower.
—Me gusta tu camiseta.
Ella bajó la vista hacia su andrajosa camiseta de la Universidad de la Vida. Tenía una colección de ciento dieciséis camisetas universitarias, algunas de ellas reales y otras con nombres chistosos, como la que llevaba en ese momento, procedentes de los cincuenta estados, y de veinte países de los siete continentes. Estaba muy orgullosa de ella, aunque comenzaba a ocupar más espacio del que podía permitirse en su apartamento.
—No puedo dejar de mirarte. Ella no supo qué contestarle. Se fijó en que él tenía la nariz operada.
—¿Qué quieres comprar en el Tower?
—The Pajama Game.
—¡Me encanta The Pajama Game! — exclamó él con un entusiasmo excesivo—. Es un musical, ¿verdad?
Entraron en la tienda.
—Te lo compro yo —se ofreció él. Ella hizo ademán de rechazar el ofrecimiento—. No digas que no: déjame hacer esto por ti.
Y con esas palabras, «déjame hacer esto por ti», logró que ella se olvidara de la nariz operada, de que, aunque eran las tres y media de la tarde, él no estaba trabajando, y de aquella actitud ligeramente tensa que le hacía pensar que tal vez el hombre fuera un traficante de coca. «Déjame hacer esto por ti», repitió para sí con una sonrisa.
Encontraron el CD al fondo de la sección de musicales de Broadway, y él se compró también uno. Salieron de la tienda juntos, con el tema Steam Heat metido en sendas bolsitas amarillas. Ella se disponía a darle las gracias y despedirse, pero él fue más rápido.
—¿Podemos salir juntos algún día? — le pidió.
—Mira, te agradezco el regalo...
—¿Qué te parece el fin de semana que viene? Este fin de semana trabajo, pero el siguiente me gustaría salir a cenar contigo, o a ver una película... El sábado por la noche, ¿qué me dices?
Ella notaba el peso de la bolsa en la mano. ¿Cómo negarse?
—De acuerdo, suena bien. ¿En qué trabajas?
—Soy radiólogo, pero me he tomado una especie de año sabático. Trabajo en el Hospital Roosevelt a tiempo parcial mientras investigo otras cosas.
«¿Como por ejemplo el tráfico de cocaína en Suramérica?», se preguntó ella.
—Por cierto, me llamo Ziggy Wallerstein.
Vaya, pensó Nina; no quería ser antisemita, pero... ¿Ziggy Wallerstein?
—Nina Shephard —dijo ella tendiéndole la mano. Él se la estrechó, se intercambiaron los números de teléfono, se despidieron y echaron a andar, ella hacia las afueras y él hacia el centro.
—Me encanta esa camiseta —gritó Ziggy desde casi la otra esquina.
Ella hizo una mueca, miró el CD dentro de la bolsa y se preguntó qué demonios acababa de hacer.
Y ahí estaba él, frente al cine Angelika, tal como habían acordado, con una sonrisa boba en los labios y con aquella nariz demasiado pequeña.
—Hola —dijo ella, sonriendo forzadamente.
—Tienes buen aspecto —aseveró él—. Vamos. La peli está a punto de empezar.
Era una de esas películas independientes totalmente prescindibles, llena de drogas, gente desnuda y la quejumbrosa voz en off de un personaje detestable cuyas opiniones te importan un cuerno. Pero por lo menos había aire acondicionado, y eso mantuvo a Nina despierta.
Eso y el hecho de que Ziggy la agarró de la mano. ¿Qué se había creído? Se habían saludado, habían comprado palomitas y Coca—Cola light, habían encontrado dos asientos en una de las primeras filas, pero bastante escorados, porque el local estaba abarrotado, y se habían pasado un minuto hablando de cómo les había ido la semana. («Ocupada.» «Bastante bien.») Pero por lo demás eran básicamente dos extraños. No había nada íntimo ni personal entre los dos, no había habido sexo, nada que pudiera ser el precursor natural de aquello. ¿Qué le hacía pensar que en cuanto se apagaran las luces podía tomarla de la mano y que a ella le parecería bien?
Como no quería herir sus sentimientos, no apartó la suya, pero empezó a ponerse nerviosa y a sentirse incómoda y acalorada, porque había tanta gente y no estaban sentados junto al pasillo, de modo que tal vez todo se debía a su claustrofobia. Pero entonces él comenzó a deslizar el pulgar sobre su mano y por sus dedos. Dios, detestaba cuando los tíos hacían eso. ¿Qué manía tenían con esas caricias? Le recordaba a su ex, que nunca le demostraba demasiado afecto, pero que siempre que iban a una fiesta estaba ahí, con la mano en su espalda, acariciándola arriba y abajo, y de izquierda a derecha, como diciéndole: «Me perteneces. No te olvides de que estoy aquí y de que eres mía.» Señor, cómo lo odiaba. Era molesto, le hacía cosquillas y la hacía sentirse como un perro con un dueño sobón. Retiró la mano. Él volvió la cabeza y la miró, pero ella mantuvo la vista clavada en la pantalla, fingiendo interés en la película. Pronto él también dirigió la mirada al frente; pasaron lo que a ella le parecieron cien horas, pero finalmente la película terminó y salieron del cine.
Pero eso no era todo. A continuación, cena en el Blue Ribbon Sushi, en Sullivan. Demasiada gente, demasiado moderno y demasiado apretujados, es decir, poco aire, mesas demasiado pequeñas y Ziggy demasiado cerca. Por otro lado, los rollitos de atún picantes con brotes frescos y rúcula, aquella mezcla de picante y dulce, de consistencia crujiente y blanda, casi justificaban el calvario.
Ziggy pasó mucho tiempo contándole muy pocas cosas de su vida, con una vaguedad sospechosa. Era radiólogo. Más o menos. Era algo parecido a cirujano plástico como su padre (¡ja!). En cierto modo. Sabía más o menos lo que realmente quería hacer con su vida, pero no del todo. Viajaba mucho a lugares que no mencionó. Tenía un montón de dinero que desde luego no gastaba en ropa. Y desde el momento en que regresó del baño, se frotaba mucho la nariz y aspiraba con fuerza, como para despejársela.
Después de eso, Nina no tardó mucho en marcharse. Recurrió a la excusa estándar de «es tarde y mañana me tengo que levantar pronto para pasear a un carlino» y subió a un taxi que la dejó en casa al cabo de veinte minutos.
Había alguien en su portal. Cuando Nina bajó del taxi, ese alguien se puso a pegar brincos y a agitar los brazos frenéticamente.
—¡NINAAA! ¡Soy yo!
Era Claire. Pero ¿no se suponía que estaba en California?
—¡Oh, Dios mío! — exclamó Nina—. Pero ¿qué haces tú aquí?
Las dos mujeres se abrazaron, operación nada sencilla teniendo en cuenta que Claire le sacaba palmo y medio, pero se quedaron un buen rato así. Claire fue la primera en retroceder. Miró a Nina y la volvió a abrazar, balanceándose de un lado a otro, riendo.
Hasta que Nina la apartó de un empujón que por poco la tira al suelo.
—Estás en casa. ¡Puñetera!
—Vaya, muchas gracias. Dame, dame —dijo Claire quitándole las llaves de las manos. Abrió la puerta y entró en el edificio—. Me tranquiliza comprobar que no has cambiado un ápice desde que me marché; sigues siendo la de siempre. Pero todo de perlas, como dicen en Hollywood.
—Ahora querrás recuperar tu trabajo.
Claire no la oyó. Había comenzado a ascender por la montaña de escaleras que conducía a las elevadas altitudes de su apartamento, cinco pisos más arriba. Nina la siguió y juntas, jadeando, con sus pisadas sincronizadas, coronaron la cima. Nina le quitó las llaves a Claire y abrió la puerta.
—Querrás volver a pasear a los perros, ¿verdad?
Pero Claire estaba contemplando las estructuras de Nina, acariciando las cuentas, los cristales rotos, examinando los nudos de arriba abajo. Pasaba la vista lentamente de uno a otro, estudiándolos detenidamente, con gran atención, tal como haría una verdadera amiga.
—Son increíbles, Nina —aseguró volviéndose hacia ella—. ¿Los has hecho tú?
—¿El qué? Sólo es basura que he ido recogiendo por la calle, por el amor de Dios.
—No, en serio, son geniales —insistió Claire—. Muy bonitos, de verdad. — Entonces dio unos pasos hacia Nina, que fruncía el ceño. Acercando su rostro al de ella, le preguntó—: ¿Qué pasa contigo? Dímelo.
Nina sólo le sostuvo la mirada.
—Vamos. No querrás ser una paseadora de perros para el resto de tu vida —añadió Claire.
Nina arqueó las cejas.
—No es lo que quieres.
—¡No, por supuesto que no! — contestó Nina, aunque no estaba segura—. ¡Pero queme aspen si quiero un trabajo!
—Necesitas un trabajo. A menos, claro, que desde que me marché te hayas hecho asquerosamente rica —aventuró Claire.
Nina le sonrió.
—Pero no un trabajo de verdad. Nunca más; tener que ir a una oficina, aguantar a un jefe, estar obligada a ser amable.
—Eso lo entiendo: mostrarse amable todo el día, cada día, no es nada agradable.
Claire sonrió. Fue hasta la nevera y se sirvió una coca—cola light.
—Además —agregó Nina—, hoy lo he conocido. Bueno, lo conocí ayer, y hoy lo he vuelto a ver.
—¿A quién?
—Adivina.
—¿A Daniel?
Nina asintió.
—¿Y qué? — preguntó Claire con una sonrisa. Silencio—. ¿Y QUÉ?
—Joder, y qué, y qué. Me estaba bañando en su jodida bañera.
—Oye, no me grites que yo no te he... ¿Que estabas haciendo qué?
Nina no tuvo valor para repetirlo.
—Y luego vas y apareces tú —dijo en cambio—. ¿Qué estás haciendo en casa, por cierto? No me has llamado, ni me has escrito. ¡No me has avisado!
—Espera, espera; no tan deprisa, chica. — En este caso el «chica» era un intento de infantilizarla, no un apelativo sexy—. ¿Te bañaste en su bañera? ¿En su apartamento? ¿Con su jabón? ¿Estaba él? ¿Sabía que tú estabas? ¿Fue él quien te propuso que te bañaras allí? — Tomó aire—. Espera. Calla, cuéntamelo todo.
—Hacía calor, yo estaba sudada y cansada. No había nadie en casa, o sea que...
Claire sacudió la cabeza, haciendo que su melena dorada oscilase de un lado a otro.
—Nina...
Claire pronunciaba «Ni—nà», como si fuera un nombre francés, acentuando la última sílaba.
—Quieres recuperar tu trabajo, ¿no? — preguntó Nina.
—No, aún no. Pronto. Dentro de un par de semanas, tal vez un mes. Me alegro de que eliminaran mi personaje de la serie, pero tardaré un poco en volver a adaptarme a la vida aquí. ¿Te importa seguir haciéndolo durante un tiempo?
Nina se encogió de hombros.
—Pero no hagas más locuras —le advirtió Claire—. ¡Que te vas a meter en un lío!
Un par de semanas, tal vez un mes. No era tiempo suficiente, ni mucho menos, pero tendría que apañárselas. Nina la estrechó entre sus brazos.
—Estoy tan contenta de que estés aquí. ¿Te apetece una copa de vino?
—Yo también me alegro. No tengo ninguna otra amiga como tú.
—Lo sé; yo tampoco.
—¡He VUELTOO!
—¡Has VUELTOO!
Y se pusieron a chillar y saltar, abrazadas.
Finalmente se cansaron y se calmaron. Nina sacó una botella de vino de la nevera mientras Claire estudiaba las esculturas.
—Son realmente buenas —afirmó, mirando a Nina como si la viera por primera vez.
—Ven —dijo Nina, y condujo a Claire hasta la terraza, con dos copas y la botella en las manos.
Y entonces las dos viejas amigas retomaron su amistad donde la habían dejado, como si aquellos cuatro mil kilómetros y aquellos doce meses nunca hubieran existido.
8
Es innegable: cualquier cosa a las tres de la madrugada adopta el aire melancólico de la luna. Lo que parece factible a la luz del día, de noche se nos antoja insalvable, abrupto y escarpado, lleno de escollos y peligros, a un millón de kilómetros de distancia. A Nina no le quedó otro remedio que levantarse de la cama, con el corazón desbocado.
Sam, por supuesto, observó todos sus movimientos desde su camita de tela de cuadros, con la cabeza erguida hasta que decidió que Nina iba a estar bien, tras lo cual la bajó de nuevo y la apoyó sobre las patas delanteras. Inmediatamente, como sólo un perro y un bebé pueden hacerlo, volvió a quedarse dormido.
Nina salió a la terraza y contempló la ciudad, que se extendía al otro lado del parque. La luz de la luna llena hacía brillar las hojas de los árboles como si fueran estrellas. Ella limpió un poco el polvo de encima del muro de obra de metro veinte que impedía que se descalabrase contra la acera tras una caída de treinta metros. Había conocido a Daniel hacía dos días. Aquella noche, Claire había vuelto a casa. Y, entre unas cosas y otras, menudo ridículo había hecho. «Vaya novedad —pensó—. Soy idiota. ¡Mira que bañarme en su apartamento!» ¿En qué momento había pasado de fisgonear aquí y hurgar un poco allá, como si eso no fuera ya lo bastante malo, a utilizar la casa como si fuera suya? Iba a poner fin a aquel comportamiento execrable (por no decir arriesgado) en ese preciso instante. ¡Él era abogado, por el amor de Dios! La podría haber denunciado. O peor aún, la podría haber demandado. En cualquier caso, debía verlo en circunstancias más normales. Pero ¿cómo? ¿Y dónde? Él no estaba nunca cuando ella pasaba a recoger a Sid. Atraer su atención, lograr que la considerase una persona normal y que le entrasen ganas de conocerla, todo ello sin cometer actos ilegales o poco éticos, era un verdadero reto.
Por otra parte, Claire iba a reincorporarse a su trabajo en dos semanas, tal vez un mes, quién sabe. Pero pronto, en cualquier caso. Para Nina, aquello ahora era su vida. ¿Quién habría imaginado que acabaría siendo una paseadora de perros? Parecía que había sido ayer que estaba escribiendo textos de solapas para Random House, regateando un «el» o un «un» con escritores y soportando que editores arrogantes la trataran como una mierda. Estaba a punto de tirarse por la ventana a causa del aburrimiento y la repugnancia que le producía todo aquello.
Claire la había llamado en el momento en que Nina más lo necesitaba. Los mejores amigos notan esas cosas. La vida de Nina había cambiado, y ahora ya no había forma de dar marcha atrás. No es que ella quisiera dedicarse a aquello para siempre, pero ¡era tan duro pensar en el futuro y tan sencillo obsesionarse con el pasado! De modo que eso era justo lo que haría.
Sin duda no era su amor por los perros lo que había convertido a Nina en la paseadora de perros más popular del Upper West Side de Nueva York. Le gustaban, desde luego, pero eso no lo había descubierto sino hasta que cumplió los treinta y tres, el año en que terminó su matrimonio. Habían transcurrido dos desde entonces, y ella aún se acordaba perfectamente de ese día. Ahí estaba, paseando por Columbus Avenue con quien muy pronto sería su ex, quien le estaba impartiendo una lección sobre el sublime romanticismo de Luis Buñuel, cuyas películas sólo entienden las personas dotadas de un cierto grado de inteligencia que él, huelga decirlo, como cinematógrafo con carné y miembro de Mensa, poseía (y en cambio ella, sobra decirlo, no), cuando un pequeño sabueso marrón y blanco, con la lengua fuera, tiró de su dueño con fuerza para acercarse a ella y posarle las patitas delanteras sobre las rodillas. La olisqueó, la acarició con el hocico, la lamió y le echó el aliento, como si supiera hasta qué punto estaba necesitada de atención. Y tal vez por rebelarse completamente contra todo el surrealismo dadaísta o para demostrar lo antiintelectual de sus inclinaciones, su irremediable simpleza, se sentó allí en medio de la acera, con las piernas cruzadas para que Scoop pudiera subirse a su regazo y lamerle la cara mientras ella le rascaba las orejas y le acariciaba la cabeza. Le encantó hacer eso, la volvió loca. Fue tan trascendental como si de golpe hubiera descubierto que era lesbiana. ¿Cómo puedes llegar hasta los treinta y tres sin saber que te fascinan los perros?
Tal vez fue aquel descubrimiento lo que le infundió a Nina el coraje para plantar a su marido. Sabía que no le costaría reemplazarlo por un ser más sensible y humano: no tenía más que ir a la Asociación Protectora de Animales.
Firmar los papeles del divorcio fue una de las pocas situaciones de la vida que la habían dejado completamente abatida. Era ya oficialmente un fracaso amoroso. Ella supuso que lo llevaba en los genes: primero el divorcio de sus padres y luego el suyo. Por segunda vez se sintió tan dolida que envejeció de golpe, notó que se marchitaba y se convertía en una mujer cínica, con ilusiones de amor pero sin esperanzas de encontrarlo. Tardaría por lo menos un año en recuperarse.
Como su mochila llena de porquería, Nina llevaba sus decepciones consigo a todas partes. Pesaban lo suyo y probablemente le habría convenido dejarlas en casa, pero estaba tan acostumbrada a su peso que se habría sentido desnuda sin ellas. Dios, a veces se enorgullecía de ellas. El hecho de haber sobrevivido le alimentaba el amor propio más que cualquier otra experiencia en su vida. Y de paso, impresionaba a los demás.
En cualquier caso, tenía a Sam, por fortuna. Un día helado de diciembre, Nina fue a la perrera de la 93 Este, y ese día se enamoró incondicional y eternamente de un chucho de once meses y de raza dudosa, aunque ella creía que tenía algo de labrador y algo de spaniel. Lo de Sam fue amor a primera vista, y su cariño hacia él no había hecho más que crecer con el tiempo. «Vale —pensaba ella—, es sólo un perro, pero cuando llegas a querer a alguien de esa forma te malacostumbras para siempre.» Qué profundo y completo tendría que ser el amor entre humanos para estar a la altura de aquello.
Entonces Claire, la Actriz Empapada, apodo que le habían puesto sus amigos por su lamentable tendencia a sudar a mares durante las pruebas, había conseguido un pequeño papel en una serie de televisión que llevaba años en antena y que la obligaría a marcharse a Los Ángeles durante unas cuatro semanas. Claire era la más guapa de todas las amigas de Nina: alta, rubia y, por si fuera poco, una actriz brillante. Nina se habría pegado un tiro ante tanta perfección si, además, Claire no hubiera sido como todas las demás personas que la atraían: neurótica, insegura y muy graciosa. Al parecer, el personaje que le ofrecían le venía como anillo al dedo: un bombón que debía sudar cuando tocaba. Tanto talento y, al mismo tiempo, tanto sufrimiento. A Claire se le había escapado un sinfín de papeles que parecían hechos a su medida (Ofelia, Nora, Emma, Ally McBeal), de modo que resultaba irónico que se encontrase a sí misma y, de paso, encontrase la fama en un programa de máxima audiencia.
Pero antes de marcharse, Claire debía poner orden en su vida y eso implicaba encontrar a una sustituta para el trabajo de paseadora de perros que le ayudaba a llegar a fin de mes. ¿A quién conocía que no estuviera realmente comprometida con su trabajo, que pudiera tomarse cuatro semanas de vacaciones, que incluso agradeciera el cambio y que no se aburriría o sentiría que desaprovechaba su talento desempeñando aquel trabajillo insignificante, casi servil, que no requería preparación ni otras cualidades que puntualidad y regularidad, dos piernas fuertes y buena disposición para recoger cacas de perro en bolsitas de plástico?
A Nina, desde luego. La buena y formal de Nina.
Especialmente teniendo en cuenta que Nina estaba a punto de suicidarse laboralmente y tendría que buscarse otra forma de subsistencia. Aquella primavera, todo el mundo en Random House estaba preparado para la publicación de la mayor, más importante, más emocionante, poética, exquisita, espléndida y lograda (y cualquier otro adjetivo elogioso que se pudiera encontrar en un diccionario de sinónimos) novela del siglo XXI. Nadie, excepto Nina, había tenido las agallas de comentar que apenas llevaban dos años de siglo y que eso, al fin y al cabo, le restaba algo de mérito a la proeza. Y cuando lo hizo, en una de las reuniones semanales de «posicionamiento», se encontró rodeada de bocas abiertas, como si lo que acababa de decir fuera un sacrilegio. El autor era un apuesto británico y el libro era una novela romántica bastante buena sobre un pintor del siglo XVIII enamorado de una mujer del siglo XXI (no preguntéis). Habían pagado ocho millones de dólares por los derechos, de modo que se respiraba un ambiente bastante tenso en los pasillos y en las salas de juntas.
Además, Nina no había conseguido que le aprobasen el texto de la solapa.
Lo cierto es que, dada la trayectoria de Nina, todos suponían que reemplazaría a su jefe (buen tipo, agradable, un poco tonto) cuando se retirase al cabo de seis meses. Nina escribía y hablaba bien, si bien a veces era un poco demasiado cortante y testaruda, y sabía lo que decía cuando hablaba de la situación del marketing editorial.
Pero no consiguió que le aprobasen el texto de solapa.
Cuando le gustaba al autor, al editor le parecía horrible. Cuando le gustaba al editor, les parecía horrible al autor y al director de la colección. Y luego tenía que gustarle también al agente, a la esposa del editor, al jefe de ventas y al perro del jefe de ventas. De modo que Nina reescribió, retocó, reestructuró y adornó el texto.
Pero ni así logró que se lo aprobasen. Nina sugirió a varias personas (su ayudante, el ayudante de su jefe, el editor, el autor, la recepcionista) que intentaran redactarlo ellos, pero no sirvió de nada.
¿Cuántas veces hay que redactar el texto de solapa, las frases de la sobrecubierta de los libros de tapa dura que informan al lector potencial de qué va el libro? Pues cerca de un millón. Era como si toda la inversión de ocho millones de dólares dependiera de las malditas solapas. Nina sabía que si el libro fracasaba le echarían toda la culpa a ella. En cambio, si tenía éxito, quien se apuntaría el tanto sería otro.
Por otro lado, Nina sabía que no le iba la vida en ello. Ganaba lo suficiente para pagar el alquiler, sí, pero no ganaría mucho menos conduciendo un taxi... o paseando perros, qué demonios.
Y, finalmente, lo logró: escribió unas solapas que fueron aprobadas. La cubierta pasó a imprenta y todos exhalaron un suspiro de alivio, especialmente Nina, que durmió tranquila por primera vez desde hacía semanas.
Hasta el fatídico día en que la prueba (una primera sobrecubierta recién llegada de la imprenta para que todos la revisaran antes de imprimir cinco millones de copias) fue entregada en mano al editor.
Nina, cuyo despacho se encontraba al final del pasillo, doblando la esquina y al fondo del otro pasillo, lo oyó gritar. Oyó que sus pesados pasos sonaban cada vez más fuerte a medida que se acercaban. El editor irrumpió en su despacho con el rostro rojo como un tomate, echando humo por las orejas y espumarajos por los ojos y la boca.
El editor le tiró aquella sobrecubierta ofensiva a la cara.
—¡Esto es la mierda más descomunal que haya visto jamás! — rugió—. Tú, Nina Shephard, vas a llevar esta casa a la ruina.
Naturalmente, había olvidado que él mismo había aprobado aquella versión hacía unas semanas, o bien había cambiado de opinión, o ambas cosas, como suele suceder con los ejecutivos histéricos.
De eso hacía ya casi un año, pensó Nina mientras observaba un helicóptero que sobrevolaba Central Park en círculos, con las luces parpadeando en el cielo azul marino, cerniéndose sobre el parque como un pájaro que protege su nido. Se preguntó qué pretendían ver los ocupantes del helicóptero en aquella oscuridad de parque. ¿Qué peligro acechaba allí, oculto, sin que Nina lo sospechase siquiera? Ya tenía bastante con los que sí sospechaba. Pero también la inquietaban los peligros inimaginables e impensables, aunque no sabía qué la inquietaba exactamente. Que fuera posible preocuparse por lo desconocido, tener miedo del futuro, ser infeliz por cosas que tal vez no sucederían jamás, era algo que le daba mucho que pensar.
Recordaba la tarde de jueves de primeros de septiembre del año anterior, cuando había ido a recoger las llaves y a recibir instrucciones de Claire, que se marchaba al día siguiente a Los Ángeles.
—Aquí tienes el horario semanal. Los propietarios tienen tu número de móvil y del teléfono de tu casa, por si hay una emergencia. Lleva siempre el móvil encima.
Nina le dirigió una mirada de extrañeza.
—Esto es importante, Ni—ná. Los perros y sus dueños cuentan contigo.
Lo dijo tan seria que a Ni—nà le entraron ganas de reírse. Cuando Claire le tendió unos veinte sobres en una bolsa de los grandes almacenes Bonwit Teller, no pudo aguantarse más.
—Me acuerdo del Bonwit —dijo entre carcajadas.
—Ni—ná, esto es importante.
—El Bonwit Teller cerró hace... ¿cuántos años? ¿Y tú aún conservas las bolsas? — Nina entrecerró los ojos y alargó el cuello hacia Claire—. Me apuesto lo que quieras a que lo guardas todo y que tus armarios son una pesadilla, llenos hasta el tope de trastos. Trastos que no soportarías tener que tirar, como consecuencia de tu educación de niña blanca protestante.
Claire la agarró por la manga, la arrastró hasta el armario del pasillo y abrió la puerta. Nina nunca olvidaría lo que vio entonces. Jamás había estado ante semejante despliegue de planificación, de obsesión por el orden, de atención maniática por el detalle. Aquél era el armario de un asesino en serie. Cada estante estaba etiquetado con palabras como SÁBANAS BAJERAS, TOALLAS DE INVITADOS, BOLSAS DE LA COMPRA (donde sin duda tenía guardada la bolsa del Bonwit) e incluso MANTAS DE PICNIC (para distinguirlas de las mantas de cama, supuso Nina). Mientras meditaba sobre lo poco que conocemos realmente a nuestros conocidos, Nina se volvió hacia la chiflada de Claire.
—Esto —dijo ella, cruzada de brazos y con la cabeza alta con lo que parecía un gesto de orgullo— es fruto de mi educación de niña blanca protestante. Y ahora, presta atención.
Y eso hizo Nina, como en aquel chiste: ¿qué se hace con un gorila de mil kilos? Lo que él quiera.
—Cada sobre lleva el nombre de un perro. Dentro encontrarás su dirección, número de teléfono e instrucciones. Por ejemplo, para el edificio de Cody (Dios, te va a encantar Cody, es adorable) no hay llave: uno de los porteros baja el perro y lo vuelve a subir, de modo que cuando vayas a recoger a Cody le pides al portero que lo traiga y cuando termines se lo entregas también a él. Asegúrate de no dejarlo con un portero distinto del que te lo dio, porque Cody se pondría como loco. Se asusta mucho si no lo devuelves a la misma persona. Esto es muy importante. Y mira. — Mientras abría otro sobre con el nombre de Webster, miró a Nina para cerciorarse de que estaba atendiendo a sus explicaciones—. Webster es muy especial. Sólo se deja pasear con dos o tres perros más a la vez, y nunca jamás con Sadie, que vive en el mismo edificio. No sé por qué, pero esos dos perros se odian.
—Tal vez sea una antigua disputa familiar.
—Basta, Nina. Esto es serio. ¿Quieres que esos perros se maten entre sí? Entonces no me hagas caso.
—Claire...
—Bueno, además de las llaves y las instrucciones sobre la llave, encontrarás indicaciones sobre cómo cuidar de cada perro: dónde llevarlo o llevarla a pasear, qué comida darle para tenerlo contento o contenta, los hábitos de defec...
—¿Quieres dejar de distinguir géneros, por el amor de Dios? Vamos, sólo son perros. Perros a los que hay que pasear para que no se caguen en las alfombras orientales de sus dueños. Dueños que los quieren tanto que los llevan a psicólogos caninos, pero que están demasiado ocupados para pasearlos.
—Tienes muchas cosas que aprender, Nina. Los perros también son personas.
—¿Qué? — preguntó Nina con una carcajada.
—¿Qué de qué?
—Nada, olvídalo —respondió Nina, incapaz de reprimir la risa.
—Odio cuando haces eso, ¿lo sabías? — dijo Claire.
—¿Cuando hago qué?
—Cuando te ríes con esos aires de superioridad.
—Vamos, te estoy escuchando. Es sólo que te pones tan seria... ¿A qué te refieres con eso de que los perros también son personas? — Seguía sin poder parar de reír.
—Ni—nà, esto es un negocio serio. Estos perros cuentan contigo, y sus dueños también. Si pierdo un solo cliente mientras estoy fuera, te...
—No perderás ninguno. Te lo prometo. Me lo tomaré muy en serio, ¿vale?
Claire le alargó la bolsa de Bonwit Teller llena de sobres con toda la información que iba a necesitar para iniciarse en su vida criminal.
Aquella noche, sentada en la terraza con Sam, repasó a la luz de una enorme luna llena las notas e instrucciones de Claire. Hasta entonces, Nina había considerado normal la relación que tenía con Sam, su perro. Jugaba con él a la pelota a menudo, lo dejaba dormir a los pies de la cama, en verano nadaba con él y los fines de semana se iban de excursión fuera de la ciudad. Lo llevaba a la peluquería cuatro veces al año. Vale, también lo dejaba comer helado. De la misma cuchara con que comía ella. Y sí, dejaba que le lametease los labios. Y hablaba con él. ¡Pero es que la escuchaba con tanta atención...!
«Los clientes de Claire están locos —pensó Nina—, y yo estoy viviendo una pesadilla.» Comenzó a leer. Primero, una carta de Claire en una hoja con membrete.
Querida Nina:
Hola. Gracias por acudir en mi auxilio. De verdad que aprecio mucho, muchísimo tu ayuda. Es importante que sigas estas instrucciones al pie del cañón [sic]. Por favor, haz exactamente lo que te digo. Volveré pronto y querré recuperar mi trabajo ¡sin haber perdido un solo cliente!
En esta bolsa hay varias cosas. En primer lugar, las llaves de los apartamentos. Las llaves del llavero están etiquetadas (¿a que queda mono?) con los nombres de los perros y su dirección. (En algunos casos, las llaves las tienen los porteros, y en otros, los dueños se pasan el día encerrados en apartamentos, de modo que no dejan llaves.) En segundo lugar, instrucciones individuales para cada perro, en sobres separados, que deberás seguir a rajatabla. ¡Palabra por palabra! ¡Tal y como lo he escrito! Y en tercer lugar, un calendario mensual que deberás respetar como si fuera la Biblia (¡y como si fueras creyente! Jajajajajajajaja).
Ahora quiero que levantes la mano derecha y me prometas esto: has accedido a pasear mis perros según el programa establecido durante las cuatro semanas que estaré fuera. Si un día te resulta imposible sacarlos a pasear, debes hacerlo igualmente. Olvídate de bajas por enfermedad, de vacaciones o de días libres para ocuparte de tus cosas. Sólo en caso de hospitalización o muerte puedes llamar a mi primo David al 326—2209 (lo conociste en mi fiesta de cumpleaños, era el que no te gustaba, por los zapatos que llevaba). Pero que quede claro que el ingreso en el hospital o el fallecimiento son las dos únicas excusas que pienso admitir. Los perros confían en ti, y sus dueños también; todos confiamos en ti.
Te prohíbo que te apartes un ápice de estas instrucciones. Limítate a seguirlas y todo irá bien. Te veré dentro de un mes. Y una vez más, te estoy muy agradecida por aceptar esta suplencia. ¡Te quiero!
Tu amiga actriz que pronto será famosa (jajajaja),
xxoxoxoxoxox
Claire
Qué cabía esperar de una mujer que tenía el armario de la ropa blanca lleno de etiquetas, se preguntó Nina mientras tomaba un trago de vino. Sam estaba ocupado persiguiendo una polilla. Ella abrió un sobre marcado con la palabra KING.
NOMBRE: King.
DIRECCIÓN: Calle 88 Oeste, n.° 32, apartamento 2.
TELÉFONO: 212—262—3390.
RAZA: Dálmata.
HORARIO DE PASEO: Cinco días a la semana; tres veces al día: mañana, mediodía y tarde (véase el calendario).
DUEÑO: Theresa y Matthew Quint.
SOBRE EL DUEÑO: Pareja de abogados y agentes de bolsa muy prósperos. King es su «bebé».
LLAVE: En el llavero.
PAGO: La suma de toda la semana en efectivo cada lunes, sobre el piano de la entrada.
INSTRUCCIONES ESPECIALES: Si la temperatura exterior es inferior a 17°C, el perro debe llevar su jerseycito, que encontrarás en una caja dentro del armario con la etiqueta COSAS DE KING. La correa está siempre colgada en la parte interior de la puerta del armario del pasillo. Hay que darle cada noche la carne orgánica de vaca que hay en el congelador, identificada con la etiqueta CENA DE KING. Pon la bolsa entera en el microondas, un minuto en programa de descongelación y un minuto en función de cocción. Viértela en el cuenco del perro y cámbiale el agua. Tira la bolsa en el cubo azul de reciclaje de debajo del fregadero.
OTROS: Si Theresa y Matthew se van durante unos días, te llamarán para que te lleves a King a tu casa.
«Un momento... ¿Perros extraños durmiendo en mi apartamento? — pensó Nina—. ¿Con Sam? Oh, Dios. Oh, Dios.» ¿Dónde se había metido? ¿Un jerseycito? ¿Carne orgánica de vaca? ¿Acoger a perros en su casa? ¡El tal King vivía como un príncipe, joder! Nina descolgó el teléfono y llamó.
—Hola —contestó Claire con su voz cantarina.
—No me avisaste que tendría que traer perros extraños a mi casa. ¿Pretendes que duerman aquí, con Sam? Ni hablar. Lo siento, pero...
—No son extraños...
—Vale, pues desconocidos. Foráneos para mí. Y para Sam. No me habías dicho nada de esto.
—Vamos, Ni—nà.
—¿Y qué me dices de todas estas especificaciones? El adjetivo «anal» se queda corto. No creo que yo sea la persona...
—Ni—nà, me lo prometiste —gimió Claire—. Estoy haciendo las maletas, mi avión sale por la mañana. Eres la persona indicada.
—Para soñar el sueño imposible —suspiró Nina, citando una canción de El hombre de la Mancha.
Claire se rió.
—Sé que te gusta todo este rollo de Broadway, pero tienes que actualizar tus referencias musicales.
—No estoy bromeando —repuso Nina. Hubo un largo silencio—. Será mejor que me traigas un buen regalo de Los Ángeles. ¿Sabes esa tiendecita de Melrose...?
—Te quiero. Te echaré de menos. Sólo serán cuatro semanas.
Se oyó un clic y después el tono de línea. Claire había colgado.
Nina estaba bebiendo demasiado vino, pero la esperaba el sobre número dos. En éste ponía LUCA. Le gustaba el nombre.
NOMBRE: Luca.
DIRECCIÓN: Central Park West, n.° 317, apartamento 22A.
TELÉFONO: 262—5784.
HORARIO DE PASEO: Dos veces al día: mañana y tarde (además de numerosos encargos especiales en otros momentos).
RAZA: Labrador.
DUEÑO: Jim Osborne.
SOBRE EL DUEÑO: Jim es director de telecomedias y, por lo tanto, es un mal tipo. En ningún caso [y eso estaba subrayado cuatro veces] debes hablar con él si está trabajando. Y no es fácil, ya que debes cruzar el despacho para recoger a la perra.
LLAVE: La tiene el portero.
PAGO: En efectivo cada lunes en un sobre colocado sobre el perchero donde está colgada la correa.
INSTRUCCIONES ESPECIALES: Entra siempre por la puerta trasera de servicio. Tienes que atravesar el despacho de Jim para llegar hasta la perra, que está siempre en el lavadero, al fondo de la cocina, encerrada tras una valla que impide que se pasee por el apartamento. No le des de comer a menos que te lo pida el dueño.
OTROS: Luca es muy cariñosa, pero neurótica. Puede saltarte encima y...
Una perra neurótica, solitaria, falta de cariño y de comida. Pobre Luca. «Pobre de mí», pensó Nina.
NOMBRES: Edward y Wallis.
«Oh, por favor, anglófilos con perros», se dijo Nina.
DIRECCIÓN: Central Park West, n.° 278, apartamento 8F.
TELÉFONO: 262—7118.
HORARIO DE PASEO: Dos veces al día, de lunes a viernes: mañana y tarde.
RAZA: Perro salchicha.
DUEÑOS: Celeste y George Crutchfield.
SOBRE LOS DUEÑOS: Celeste es historiadora del arte que trabaja en Sotheby's y George es banquero. Ambos son anglófilos.
No me digas.
LLAVE: En el llavero.
PAGO: En efectivo cada día, sobre la mesita de la entrada.
CORREA: Los perros te llevarán hasta ellas. Los dueños las esconden cada mañana para que ellos tengan que buscarlas. Es un juego.
Sonaba divertido.
INSTRUCCIONES ESPECIALES: Los perros prefieren el acento británico y responden mejor a las órdenes si se les habla así.
Se llamaban Edward y Wallis, como los miembros de la familia real británica, como los protagonistas del Escándalo Real: una real jodienda. Y, como guinda del púding real, había que hablarles con acento británico. «Y además querrán que los saque a pasear», supuso Nina. Por primera vez comprendió por qué la gente tenía gatos.
NOMBRE: Siddharta.
Era broma, ¿no?
Pero yo lo llamo Sid.
«Ya me siento mucho mejor», pensó Nina.
DIRECCIÓN: Calle 91 Oeste, n.° 14, apartamento 12A.
NÚMERO DE TELÉFONO:267—8833.
RAZA: Braco de Weimar.
¡Sieg Heil! ¿Es que nadie se había enterado de que uno puede recoger un chucho en la perrera?
DUEÑO: Daniel Maguire.
SOBRE EL DUEÑO: ¡Un encanto! ¡Abogado! ¡Soltero! Pero nunca lo veo porque sólo paseo a Sid cuando él no puede.
Qué dura es la vida.
LLAVE: En el llavero.
PAGO: Sobre la mesa del vestíbulo.
INSTRUCCIONES ESPECIALES: Ninguna. Sid es cariñoso y se porta muy bien. Daniel te llamará si necesita que lo saques fuera de horarios.
Pero había llovido mucho desde entonces. Las cuatro semanas se habían convertido en cuatro meses, luego en seis y luego en nueve. Ahora Claire había vuelto, y Nina estaba encantada; Claire era la única amiga con quien podía hablar y entenderse. Por otro lado, el regreso de Claire tenía a Nina desconsolada. Si le devolvía el trabajo a Claire, ¿qué haría ella? Un estruendo ensordecedor resonaba dentro de su cabeza, aunque aquella noche, allí en la terraza, la ciudad estaba en silencio. No se oían pitidos, ni el zumbido de un solo helicóptero, ni un grito, ni una sirena. Sólo su propio pulso, latiéndole en los oídos como un tam—tam. La había cagado de lleno; había echado a perder, tal vez para siempre, cualquier posibilidad de llegar a conocer a Daniel o, mejor dicho, de conseguir que él llegase a conocerla y que entonces, con un poco de suerte (bueno, jamás diría una tontería como ésa en voz alta, pero podía pensarla), se enamorase de ella.
Y, sin embargo, tenía que haber una manera. Se le ocurría un millón de excusas para telefonearle o visitarlo, pero si lo hacía seguiría siendo la paseadora de perros, la sirvienta, la empleada, y él, el patrón. No, tenía que encontrarse con él en un contexto en el que no fuese su subordinada. Tal vez un contexto en el que ella no fuera ella.
Y entonces lo oyó: un saxofón. No, era un trombón. Sí, no cabía la menor duda. Alguien tocaba un trombón, con una gran melancolía y dulzura. Interpretadas en vivo en el apartamento de alguien, las notas del gran instrumento de latón traspasaban las persianas de la habitación, salían por las ventanas abiertas, descendían desde el tercer piso del bloque de apartamentos situado dos manzanas más allá, subían los cinco pisos del suyo por la pared de ladrillos y llegaban a su terraza, directas a su cabeza y a su corazón. «Y ¿qué es eso otro que se oye?», se preguntó ella. Escuchaba con la mirada fija en la luna, imaginando que la veía en tres dimensiones y no como el disco plano que flotaba ante ella. Era una batería tocada como si fuera un violín, con gran delicadeza, con precisión y muchos matices, de forma lírica y melódica. Nina jamás había oído cosa parecida. Y había también un piano, sí, precioso. Pero sólo el trombón tocaba en directo, hablándole directamente a ella a través del aire nocturno de Nueva York.
9
Ser paseador de perros no es un camino de rosas. No tienes colegas, sólo competidores: otros paseadores de perros que, en su inmensa mayoría, son una gente bastante rara. Los clientes no te dan demasiada conversación, aunque de vez en cuando responden a un «siéntate» o a un «quieto». Además, estás obligado a recoger mierda de perro, que en el caso de un labrador de treinta y cinco kilos es un buen montón de mierda, por decirlo de algún modo. A veces también te tratan como una mierda, y Nina no sabía qué era peor: tener que recogerla o que te dejaran a su altura. Además, no es una profesión con demasiado prestigio. Nadie aspira a ser paseador de perros.
Pero lo más terrible, la parte del trabajo a la que más cuesta acostumbrarse, la que requiere un esfuerzo sobrehumano día sí, día también, es tener que levantarse temprano cada mañana, sin excepción, cada día de la vida, a menos que algún milagro te libre del paseo matutino, cosa que nunca pasa. Porque ése es el quid de la cuestión: el paseador de perros pasea perros cuando nadie más quiere hacerlo.
Llueva o haga sol. Siete días a la semana. Aunque esté resacoso, enfermo, deprimido o simplemente cansado. Porque la alternativa es lidiar con un montón de perros malhumorados y dueños cabreados, por no hablar de la pérdida potencial de clientes. «Es un asco», pensó Nina a la mañana siguiente, cuando estaba demasiado... demasiado no—sabía—qué para levantarse. Tal vez fuera por la desastrosa cita de la noche anterior (¿cuándo aprendería a confiar en sus instintos y a no salir jamás con un hombre que se hubiera operado la nariz?), o porque el sushi que había comido estaba en mal estado (imaginó los gusanos arrastrándose de su estómago a sus intestinos... y viceversa), o por la falta de sueño (había leído que se puede llegar a morir de eso), o porque fuera llovía a cántaros (y la temperatura era ya de 32 grados centígrados). Tal vez era por su encuentro con Daniel en casa de la señora Chandler. O porque él se había caído de nalgas al suelo. O porque ella se había comportado como una imbécil. Tenía que ser por alguno de esos motivos. O por todos juntos.
Desde la cama alcanzaba a ver un trocito de cielo si se tendía boca arriba en el extremo izquierdo y dejaba que la cabeza le colgase por el borde del colchón, alargando el cuello hacia abajo con la barbilla apuntando al techo y la cabeza a pocos centímetros del suelo. En aquella postura, desde aquel ángulo, divisaba el cielo por encima de la pared del edificio contiguo. Aquella mañana, a las 5.45, ese cielo estaba bañado en la luz dorada del sol, que asomaba por detrás de las nubes, filtrándose por entre el humo y la lluvia.
Nina volvió al centro del colchón y contempló el techo.
«Mierda —se dijo—, tengo que levantarme y estoy de un humor de perros.»
Como si le hubiese leído la mente, Sam subió de un brinco a la cama y se acurrucó junto a Nina. Ella apenas reaccionó. Sólo movió ligeramente la pierna para dejarle espacio. Él le posó la pata sobre el hombro y ella se la apartó. Él le lamió la mejilla y ella se limpió las babas. Él le restregó la cabeza con el hocico y ella lo ignoró, sin apartar la vista del techo. Sam esperó unos segundos y entonces, como si estuviera harto de actitud, se levantó lentamente, preparado para saltar de la cama, rozándole la cola. Pero en el último momento hizo una finta, dio media vuelta y se le echó encima con un movimiento ágil que la pilló por sorpresa. Sam tenía alma de perro de circo.
Nina forcejeó con el gruñón animal, lo agarró por el hocico y le plantó un beso en la cabeza. Entonces, con un gran suspiro, como si quisiera dejar pasar aquel momento feliz y prefiriera sumirse de nuevo en la tristeza, se incorporó, lo hizo bajar de la cama y se dirigió hacia la ducha.
Aquella mañana todo le resultó difícil: lavarse el cabello, afeitarse las piernas, elegir qué calcetines blancos ponerse. Cada decisión y cada movimiento le costaba un esfuerzo tremendo. Era como si el aire denso y pesado del exterior se hubiera colado dentro de su organismo. Su estado de ánimo era lúgubre, y sus movimientos, torpes. Finalmente, se visitó y preparó el café y una tostada con apatía. Utilizó pan de panadería con ocho cereales, no porque fuera una fanática de los productos dietéticos, sino porque le daba mil vueltas al pan «integral» del supermercado (si eso era integral, Nina era Marilyn Monroe). Le dio un mordisco y lo masticó. Se percató de que su apartamento necesitaba una mano de pintura. Estaba harta de sus muebles, o de lo que quedaba de ellos. Tomó otro bocado. No le gustaba para nada la estructura en la que estaba trabajando y decidió deshacerse de ella lo antes posible. Dio otro mordisco. Tenía que hacer algo con su antidormitorio; darle un poco de color o poner una alfombra. Pero elegir tejidos la intimidaba tanto que tenía una persiana de listones, pero no un cubrecama bonito, por ejemplo. Aquella habitación era como una celda. Nina tragó. Miró el reloj y ¡mierda! Tanto remolonear en la cama y en la ducha, mientras se vestía y pensaba en lo mucho que aborrecía todo, se le había hecho tarde. Ahora no tenía tiempo de sacar a Sam a pasear primero, así que tendría que llevárselo con toda la jauría.
Vació la taza de café en el fregadero, engulló el resto de la tostada, se colgó la mochila del hombro, sujetó la correa al collar de Sam, y ambos salieron a toda prisa.
En la calle hacía un bochorno agobiante. Había dejado de llover, pero con una humedad del 92 por ciento apenas se notaba la diferencia: te empapabas igual. Mientras ella intentaba tomar aire, Sam tiró de ella escaleras abajo en dirección al parque. Nina se atragantó con un pedazo de tostada que no había acabado de deglutir. Rompió a toser, incapaz de parar. Le picaba la campanilla con aquel escozor insidioso que a veces la atacaba en los momentos más inoportunos (en reuniones, en la consulta del médico, en la biblioteca, en un avión), aquel picor que le provocaba arcadas, le llenaba los ojos de lágrimas y le congestionaba el rostro.
De modo que allí estaba, ahogándose, convulsionándose y poniéndose violeta en medio de Central Park West, doblada sobre sí misma, medio asfixiada, para gran consternación de su perro, que se abalanzó sobre ella y le apoyó las patas en el pecho, casi consiguiendo que perdiese el equilibrio. Su actitud no la ayudaba nada. Nina tiró la mochila al suelo y, sin soltar la correa de Sam, forcejeó con la hebilla, sacó una botella de Poland Spring y bebió. Inmediatamente el conducto se despejó y ella pudo respirar, resollando.
Un obrero que pasaba por ahí, cargado con un montón de leña, le preguntó:
—¿Estás bien, nena?
Físicamente incapaz de contestarle «No me llames nena, capullo», Nina apenas pudo articular, con voz entrecortada:
—Sí, estoy bien.
Ahora que había recuperado en parte el aliento, decidió seguir el itinerario previsto. Primera parada, Luca. «Oh Dios —pensó Nina—, esperemos que Jim esté aún dormido.» Dejó a Sam con el portero y subió a pie. Llamó a la puerta trasera. No obtuvo respuesta, de modo que entró lo más silenciosamente posible, casi de puntillas. Jim no se encontraba en el despacho. Luca estaba en su camita, tras la valla en la pequeña habitación contigua al despacho.
¿Por qué tenía perros la gente que no quería que formen parte de la familia? Nina se preguntaba lo mismo cada vez que iba a buscar a Luca. Tendría que haber una ley —decidió en su fuero interno—; una ley que obligara a la gente a someterse a varias pruebas para acreditar su competencia para cuidar bien de un perro, e incluso para determinar qué raza era la más apropiada para ellos.
Luca tenía una cuerda enrollada de esas que se utilizan para jugar al tira y afloja con los perros, y que era el indicador con el que Nina medía la felicidad del animal. Si estaba donde ella lo había dejado el día anterior, sabía que Jim no había jugado con ella.
Y ahí estaba, exactamente en el mismo lugar que ayer. Nina sabía que en aquella casa no se jugaba al tira y afloja.
En cuanto Luca vio a Nina irguió la cabeza. Acto seguido, levantó los cuartos traseros y apoyó el peso en los delanteros. Cuando se ponía en pie de esa forma parecía un camello. Finalmente terminó la operación, se sacudió y se acercó a Nina dando saltitos como un elefante contento y agitando frenéticamente la cola.
—Un momento, pequeña —jadeó Nina mientras intentaba abrir la puerta—. Malditos inventos.
Luca, que empezaba a impacientarse, puso las patas delanteras encima de la valla. Nina la hizo bajar de un empujón y continuó batallando con el cerrojo. Finalmente la barrera cayó con gran estrépito y Nina supo qué venía a continuación.
—¿Qué cojones ha sido eso? — gritó Jim, que al parecer acababa de despertarse con el ruido, desde el dormitorio, situado al otro lado del apartamento—. ¡Un poco de silencio, joder!
—Vamos, chica —le susurró Nina a Luca—. ¡Lo siento! — añadió, dirigiéndose a Jim—. ¡Vamos! — le dijo a la perra. Abrió la puerta y Luca salió disparada escaleras abajo. Nina aún no le había puesto la correa.
En el vestíbulo, Luca por poco se llevó por delante a una anciana con bastón, dio varias vueltas alrededor de un estúpido caniche estándar, cuya correa se le enredó con las patas, e hizo enfadar al dueño, un hombre corpulento al que Nina no creía capaz de dar una vuelta a la manzana (una desgracia, por cierto, para un caniche, que tanto necesita correr y brincar). Nina le tendió una tarjeta que diestramente se había sacado del bolsillo, le colocó la correa a Luca, recogió a Sam en la portería y se marchó con un «gracias».
Ahora con Sam y Luca, partió en busca de King, el dálmata mimado de los Quint. Dejó a Sam y Luca atados frente al edificio bajo la atenta mirada del portero.
Pero ¿cómo? ¿Acaso todo el mundo —menos ella— estaba todavía en la cama esa mañana? Sabía que los Quint estaban en casa porque oía que estaban haciendo el amor. Cuando Nina entró, encontró a King enloquecido, corriendo de la puerta de entrada a la puerta del dormitorio de sus dueños y luego de regreso. Él también los oía, por supuesto. Había que ser tan sordo como Che, el sabueso de Bono, para no oír los gritos. Aunque probablemente el perro no podía descifrar el significado de «oh, Dios, fóllame cariño», sin duda captaba la esencia del asunto.
Cuando King se unió a Luca y Sam, los tres armaron un buen escándalo; demasiada energía reunida en demasiado poco espacio. A Nina le hicieron falta varios minutos y mucha habilidad para lograr que se calmaran.
Tirando de King, Luca y Sam, Nina fue a buscar a Edward y Wallis a casa de los Crutchfield. Incluso aquellos dos perritos tan educados se comportaban de forma extraña. Era como si estuviesen poseídos por un alienígena, una maligna fuerza anticanina que los sacudía desde dentro en su intento por escapar. Bueno, y si no era el alienígena, desde luego había alguna otra cosa que los ponía histéricos. ¿Se trataba del tiempo? ¿O la luna llena, bien oculta tras el cielo nublado? ¿O era simplemente la respuesta de los perros, siempre tan intuitivos, al humor crispado y desconcertante de Nina?
Podía ser cualquier cosa, no había forma de saberlo. Pero cuando Nina hubo recogido a los seis perros restantes y andaba por la calle con un total de once, era como si toda la jauría se hubiera levantado con la patita izquierda. Todos los perros estaban malhumorados, nerviosos e impacientes. A quienes presenciaron la pelea no les cupo la menor duda de que algún ser extraterrestre se había apoderado del cuerpo de los animales.
La pelea comenzó así:
Nina sabía, como cualquier paseador de perros competente y con experiencia, que la disposición lo es todo. Del mismo modo que la asignación de asientos en las cenas a las que no asistía determinaba si la conversación sería fascinante o aburrida, y si se discutían interesantes temas políticos o estallaría una de esas disputas estúpidas que sólo se entablan entre un progresista empedernido y un neoconservador, la disposición de los perros durante el paseo es un asunto serio. Poner a los perros en el orden apropiado puede marcar la diferencia entre un paseo pacífico y uno en el que imperen el caos y la destrucción, que fue exactamente lo que sucedió esa mañana.
Para su propio estupor, entre la calina y su mal humor, Nina la cagó. Así de simple. Colocó a Luca junto a King (mal hecho) y a Edward a la izquierda, lejos de Wallis, que estaba a la derecha. Lo confundió todo, como si hubiera lanzado los perros al aire y los hubiese ordenado según el lugar donde habían caído.
Entonces los súbditos se rebelaron.
Edward intentó con todos los músculos de su cuerpo acercarse a Wallis, mientras Luca hacía todo lo perrunamente posible por alejarse de King, que se esforzaba en ladrar más que ella, gruñir más que ella y saltar más que ella.
Pero la gota que colmó el vaso fue el pequeño Lhasa Apso que se cruzó en su camino. Sin duda, habrá quien crea que los Lhasa son muy monos, pero quienes los conocen mejor saben que son perros infernales. No hay que dejarse engañar por su diminuto tamaño, sus ojitos negros, a juego con su naricilla, sus lenguas rosadas, su rizado pelo blanco y sus andares de personaje de dibujos animados: son el demonio hecho perro. Y sus dueños, en el noventa y nueve por ciento de los casos, son enviados del demonio: para ellos no hay perro más adorable, más digno, más importante, más listo, más mono y mejor que el suyo. Como padres que creen tener un hijo perfecto, los propietarios de un Lhasa encuentran divertido que su pequeño diablo te salte encima y te arañe, o que corretee entre tus piernas y te las enrede con la correa, o que te muerda la mano mientras los acaricias o que, como esa mañana, corra descontrolado por entre un grupo de perros, ladrando y gruñendo. Mientras Nina chillaba a pleno pulmón con la esperanza de que se detuviera, el dueño le reía las monerías a su animalito perfecto.
Los perros se pusieron frenéticos. Luca se abalanzó sobre King, Edward mordió a Sam, Wallis atacó a Luca e incluso le hincó el diente en el lomo y tiró, lo que provocó que Luca embistiera a Safire. Aquello habría degenerado en una carnicería si Sam no hubiera suplido la falta de sentido común de Nina, arrastrando la jauría lejos del ofensivo Lhasa Apso. Entonces Nina colocó a la prole en el orden adecuado, los hizo sentarse, los sobornó con una galleta y castigó a cada uno con dos minutos de exclusión por mala conducta.
10
Después de aquello, a Nina le quedaba aún otra parada: Che en la Ochenta y cinco, entre Central Park West y Columbus. Siempre se ponía nerviosa cuando iba a recoger a Che con una jauría de perros, ya que el sabueso vivía en una enorme mansión de cinco plantas, por lo que no había portero y Nina tenía que dejar a los perros atados y solos en la calle mientras subía a por él. Pero aquel día, y con el humor que gastaban los chuchos, la operación se convirtió en una verdadera pesadilla logística. Ella separó a King y a Luca, formando dos grupos de perros atados a dos árboles distintos. Procurando no enredar las correas, hizo un nudo corredizo en cada una, soltó a los perros, uno por uno, pasó cada correa alrededor del árbol y la sujetó al collar del perro correspondiente.
Entonces dio media vuelta y se dirigió a la casa de Che. A esa hora, normalmente Bono estaría en el colegio; pero como era verano, probablemente estaría haraganeando. Su padre estaría en el trabajo y su madre, Dios sabe dónde. Nina no entendía a aquella familia. No es que los padres, que estaban forrados, descuidaran a su hijo, pero tenían sus propias prioridades. Y su prioridad número uno era la número uno. El padre, Richard Armstrong, era un activista social. Iba y venía con frecuencia de Harlem, donde tenían su sede casi todas sus organizaciones, a Washington D. C., donde estaban el dinero y el poder. Era un ejemplo perfecto del progresista del nuevo milenio. Trabajaba para los pobres y los marginados, pero vestía de Armani. Se codeaba en fiestas con personas que marcaban la moda y poderosos corredores de bolsa mientras luchaba por conseguir viviendas decentes a precio asequible y trabajo para las personas en paro. Conducía un BMW pero no tenía tiempo para jugar al béisbol con su hijo.
La madre era Phyllis Batterman—Armstrong, una fan enfermiza de U2. Normalmente uno no se imagina que una madre casada, a punto de cumplir los cincuenta, pueda ser seguidora de un grupo pop y, sin embargo, ahí estaba ella. No sólo asistía a todos los conciertos de U2, sino también a los ensayos, a los ensayos de los ensayos y a todas las ceremonias de entregas de premios y espectáculos benéficos en los que participaba Bono en Estados Unidos y Europa. (Habría seguido a Bono a África y América del Sur también, pero en ese punto Richard se plantó porque, al fin y al cabo, ella era una madre.) Nina nunca olvidaría la historia que Phyllis le contó sobre la última gala de los premios Grammy, donde había conseguido que le dejasen ocupar el lugar de Bono en el patio de butacas mientras éste actuaba, para que no apareciese vacío ante las cámaras. Por supuesto, sólo ocupaba su lugar literalmente hablando, porque desde el punto de vista simbólico eso era algo imposible. Él estaba aún detrás del escenario cuando anunciaron el premio al mejor disco. No se lo concedieron y Phyllis se levantó y gritó: «¡Nos han robado, Bono! ¡Nos han robado!»
Después, apartándose el pelo de la cara, con una mano en la cadera, sobre sus pantalones Diesel, y la otra en el pecho, sobre su camiseta Miu Miu, le contó extasiada a Nina que ella y Bono habían establecido contacto visual.
—Me miró directamente a los ojos y me di cuenta de lo importante que era para él que una de sus fans vistiese ropa de Prada.
Bono Van Batterman—Armstrong era su único hijo. Es fácil de adivinar por qué le pusieron Bono; lo de Van fue por Van Morrison, Batterman era el apellido de su madre, y Armstrong el de su padre. Che, su único perro, se llamaba así en honor al comandante revolucionario de los sesenta. Y su gato, Einstein, se llamaba así en honor de, bueno, si alguien no lo sabe, es que no es tan listo como él.
Cada día sin falta, Bono regresaba del colegio y se sentaba ante el televisor a ver películas: de cine negro y de misterio, comedias, musicales y románticas; de acción, de aventuras y de ciencia ficción. Veía de todo, lo que fuera. Incluso películas infantiles, de vez en cuando. Y ahora, durante las vacaciones escolares de verano, podía sentarse a vegetar ante el televisor todos los días. Probablemente era el único niño de una familia con su nivel adquisitivo en toda Nueva York que no estaba en un campamento o tomando lecciones de tenis o haciendo excursionismo en los Alpes italianos. Por algún motivo, Bono tenía libre todo el verano.
Y no es que sus padres lo dejaran solo; ellos eran bastante mayores, cierto, pues habían tenido a Bono a los cuarenta. Tal vez por eso no se habían avenido a cambiar su estilo de vida para atender las necesidades de un niño. También estaba Melissa, una canguro que se pasaba la tarde leyendo (normalmente Us o Vogue y de vez en cuando alguna novela mala o el libro de texto elegido por su profesor de psicología en Columbia) y que no quería ni oír hablar de jugar al ajedrez, salir a pasear, ir al parque o hablar siquiera con un niño de ocho años.
Una vez que hubo terminado de atar a los dos grupos de perros en sendos árboles, Nina sacó la llave del apartamento de los Armstrong. Subió por la escalerilla exterior y abrió la enorme puerta roja. Entró en el vestíbulo y dijo:
—¿Hola? ¡Hola! ¿Che?
No había el menor rastro del perro. No se le oía corretear, ni ladrar, ni gemir. Che, con sus quince años, estaba sordo como una tapia, de modo que Nina tampoco esperaba que respondiera a su llamada, pero normalmente lo encontraba dormido sobre el parqué junto a la entrada.
—Che, ¿dónde estás?
Al no obtener respuesta, se adentró en la sala de estar, con sus alfombras persas, librerías que recubrían las paredes, la mesita del café sepultada bajo ejemplares de Nation, New Republic y Harpers y los cuadros de Ben Shahn. Dio unos pasos más hacia el piano y levantó el asiento. Qué interesante: entre los estudios de Chopin y las sonatas de Bach estaba el último superventas de Danielle Steel. ¡Ja! «Una prueba clara de la deriva intelectual del país», le habría espetado Richard a su mujer si la hubiera descubierto leyéndolo, prueba clara de su propia ignorancia. Encima del piano de cola había una carta de la Casa Blanca. Nina extendió la mano hacia la carta y estaba a punto de agarrarla cuando Bono pegó un brinco desde detrás de la cristalera. Llevaba en brazos a Che, que soltó un ladrido.
—No me ha hecho gracia —riñó Nina a Bono, cuando se hubo recuperado—. Me has dado un susto de muerte. — Se llevó la mano derecha al corazón, intentando calmarse.
—¿Estabas jurando lealtad a la bandera? — preguntó el crío dejando el perro en el suelo. Che dio un par de vueltas sobre sí mismo antes de detenerse, con su carita de sabueso, su lengüecita rosa de sabueso y sus ojitos negros y brillantes de sabueso clavados en Nina, contento de que viniera a sacarlo. Bono paseaba la vista alternativamente de Nina a la carta que había sobre el piano—. No hace falta hacer un juramento para leer una carta del presidente, ¿sabes?
—Cállate, niño —respondió Nina, riendo—. Además, no la estaba leyendo.
—Si quieres, te la leo —añadió Bono sin hacer caso del desmentido.
Y entonces fue ella quien hizo caso omiso de él.
—Y, por cierto, ¿qué estás haciendo en casa? ¿No vas a ningún campamento o algo así?
En ese preciso instante Melissa salió de la cocina con un libro en una mano y una bandeja en la otra.
—Hola, Nina —saludó al tiempo que se sentaba en el sofá.
—Buenas.
Había algo en Melissa (su serenidad, insólita para una estudiante, los aires que se daba, su bolso de Hermes) que hacía que a Nina le viniesen ganas de pegarle.
—¿Qué te parece este niño? Como no se encuentra bien, tengo que venir a cuidarlo a las ocho. ¡De la mañana!
—¡A las ocho! Dios mío, es monstruoso. Seguro que no te pagan lo suficiente —dijo Nina.
—Suerte que hoy no tenía clase. — Melissa se volvió hacia Bono y lo apuntó con el libro del mismo modo que un pastor baptista apunta a alguien con la Biblia. Nina advirtió que el libro era el Diario de una niñera—. Eres muy afortunado de tener una niñera como yo.
—¡Santa María bendita, Madre de Dios! ¿Eres mi niñera? Y yo que creía todo este tiempo que eras mi... mi... ¡mamá! — exclamó él, fingiendo que lloraba.
Con un sonoro chasquido de la lengua, Melissa abrió el libro.
—¿O sea que estás enfermo? — preguntó Nina, sin contener la risa.
—No, no quiero verte los mocos. Eres asqueroso. ¿Tus padres no te enseñan nada?
—«Yo no sé nada de partos, señorita Escarlata.»
A Nina se le escapó una carcajada.
—Caramba, ¿has visto Lo que el viento se llevó?
—«¿Me estás mirando a mí?»
Nina se rió de nuevo.
—«¿Me estás mirando a mí?»
—Jesús, ¿Taxi Driver también? ¡Pero si sólo tienes ocho años!
—Y medio.
—Ya está bien —dijo Nina—. Basta ya de tele. Se acabaron las películas. Veamos un poco del mundo real; no estás tan enfermo como para no poder salir a dar un paseo. Hace un día espléndido.
Ambos dirigieron la vista hacia la ventana y se miraron, conscientes de que aquello era mentira. Pero Bono se puso sus zapatillas, le enganchó la correa a Che y se marchó con Nina. Melissa se quedó sola, sentada sobre su enorme trasero (la verdad es que no era tan grande, pero se lo habría merecido) y leyendo un libro que la hacía sentirse «justificada».
Cuando Bono, Che y Nina se acercaron a la jauría vieron que los animales se hallaban en un estado de gran inquietud, por decirlo suavemente. Los perros aullaban, ladraban, gruñían, giraban, correteaban, se mordían la propia cola, se olisqueaban y enseñaban los dientes, con el pelo del lomo erizado y los ojos encendidos, preparados para otra pelea.
En cuanto Che se unió al nefando grupo, se armó la de Dios es Cristo. Se pusieron todos a tirar como en una carrera de trineos, llevándose a Bono y a Nina a rastras hacia Central Park, como si les fuera la vida en ello.
Al cruzar Central Park West casi los atropella un cuatro por cuatro amarillo.
—¡Cuidado! ¡Un capullo en un cuatro por cuatro! — gritó Bono.
Nina se quedó mirándolo y se rió.
—Ten cuidado: su coche es más grande que el tuyo.
—Sólo un capullo conduciría un coche así. «¡No le temo a ningún fantasma!»
Nina soltó otra carcajada.
—¡Cazafantasmas! — exclamó él.
—¡Lo sabía! ¡No me puedo creer que pensaras que no la había visto! — lo reprendió Nina, provocando la hilaridad del niño. Llegaron al parque y los perros tiraban de las correas como si al fondo los estuviera esperando un filete.
—«¡Oye! ¡En el aparcamiento se va a diez por hora, amigo!» —gritó Bono. Nina fijó en él la vista y tropezó con las patas traseras de Sam—. ¡El inspector Gadget! — aclaró él.
La zona para perros estaba al sur del estanque, cerca de la calle Ochenta y cuatro. Aquella parte del parque estaba a un nivel inferior que Central Park West, y sólo se podía acceder a ella por un camino de hormigón con cientos de peldaños. Normalmente, la jauría los bajaba con mucha calma.
Hoy parecía que quisieran bajar los tramos de escalera de un solo salto, con las orejas al viento, y Nina y Bono volando detrás. Nina tenía auténticas dificultades para sujetar las correas, y Bono iba gritando: «¡Soo, soo!» Nina le echó un vistazo. Llevaba el pelo castaño cortado como un niño bueno y pegado a la cabeza por la humedad, una camiseta demasiado grande de la que apenas asomaban sus delgados brazos, unos pantalones cortos abombados por debajo de las rodillas y unas Nike de bota. Por su expresión no había modo de saber si estaba asustado o encantado de la vida. Y a ella se le formó un nudo en la garganta y se le cayó el alma a los pies. Un niño. Cómo le gustaría tener un niño. Y no un niño perfecto y bueno, sino todo lo contrario; uno como ése: excéntrico, original, brillante. Un chalado. ¡Cómo lo querría! Le acariciaría el pelo, le contaría chistes y lo llevaría a ver Vivir de ilusión.
—Cachorros y bebés —le había dicho Claire una vez—. No pido otra cosa a la vida que cachorros y bebés. Y una casa en Nueva Jersey.
—¿Y qué pasa con tu carrera? — había replicado Nina—. Mientes más que hablas.
—No, y lo mismo vale para ti. Tú jamás lo admitirías, pero lo único que quieres son cachorros y bebés. Te haces la dura, pero no te lo crees ni tú. — La miró de soslayo y, apuntándola con un dedo, agregó—: ¡Que te conozco!
Y ahí la tenemos: «Los cachorros son toda mi vida», pensó. Un bebé, un niño, tampoco supondría una gran molestia. Pero, de momento, la vida no se lo ofrecía. De hecho, la vida no le ofrecía otra cosa que aquella locura canina matutina.
Una vez en el parque, lo primero era llevar a los perros a hacer caca. Uno tras otro, se pusieron a ello: primero olfateaban hasta dar con el lugar ideal, luego daban tres o cuatro vueltas, se acuclillaban y finalmente soltaban el zurullo. Y todo con una gran urbanidad (más que nada porque la pelea previa los había dejado agotados y no querían arriesgarse a que los castigaran con otros dos minutos de exclusión), sin intentar ir más allá de lo que les permitía la correa y con cuidado de no tropezar con la de los otros perros. Era toda una visión: Nina en el centro y varias correas que partían de ella como radios, dividiendo el espacio como si fuera una pizza. Cada perro en su trozo de pizza buscaba el sitio apropiado y dejaba su regalito. Un comportamiento perruno de lo más exquisito y considerado. Nina, maravillada, pensó que más de un hombre podía aprender un par de cosas de ellos, desde cómo bajar la tapa del retrete hasta no dejar la ropa interior tirada en el suelo. Incluso aquel día, con el parque tan lleno de maleza, abejas y mosquitos, después de la pelea, los perros se habían comportado con un refinamiento ejemplar. Y ahora le tocaba el turno a ella: la recogida. Y lo hizo, las recogió todas, porque sentía que era su obligación como ciudadana. La ponía histérica pisar una mierda o estar a punto de pisarla, ver una mierda seca o ver que alguien no recogía la que había dejado su perro. «¡Será cerdo!», se decía a menudo en voz baja.
Luego llegaba la hora del corral. A los perros les encantaba. Allí podían correr sin ataduras, en libertad, sin los límites que imponían las correas y los humanos; un verdadero patio de recreo para perros. La zona estaba delimitada por una alambrada y medía una manzana de largo y media de ancho. Dentro había varios bancos, a lo largo del perímetro, y algunos troncos de árbol en los que los dueños se sentaban a esperar.
Nina detestaba ir al corral. Aunque estuviese decidida (y siempre lo estaba) a no entablar ninguna estúpida conversación con los demás dueños sobre razas, edades, enfermedades y aburridas historias de mascotas, aquel tranquilo coto para perros se había convertido en escenario de una encarnizada guerra. Y no entre perros, sino entre los idiotas de los humanos: quienes estaban en contra del corral (o sea: quienes no tenían perro) y quienes estaban a favor (los dueños de los perros). Al parecer, los ladridos y los gañidos, el hedor de los perros, de sus cacas y de las astillas de madera del suelo del corral, la diversión de los animales que corrían en libertad y el resentimiento que eso provocaba en algunos humanos de miras estrechas, como los que iban a correr al parque, afectaban hasta tal punto a la vida de muchas personas del barrio, de grupos de protección del medio ambiente y otras personas, que el corral se había convertido en el tema estrella de las reuniones de vecinos. Los derechos de los animales, la libertad de expresión, el correcto uso de los espacios públicos, las diferencias de clase (perros con privilegios en oposición a perros callejeros de las clases trabajadoras) y los hábitos higiénicos eran algunas de las cuestiones que se debatían en torno al corral. Aquel refugio para cuadrúpedos (sin contar a Shmooey, el pastor medio alemán, medio escocés, que había perdido una pata hacía un año por culpa de un cáncer sobre el que Nina había tenido que oír hasta el último detalle) había devenido en un semillero de discusión urbana. Nueva York en estado puro. Y a Nina aquello la ponía enferma. ¿Cómo era posible que algo tan simple, inofensivo y tan encantador (¡un patio! ¡para perros!) constituyera un elemento disgregador? Si no fuera porque los perros se lo pasaban tan bien, Nina no habría vuelto a poner los pies allí.
Pero ahí estaba Bono, encima de un tronco de árbol, sonriendo como un mono ante las correrías de los perros. Y estaban también los perros: todos felices, saltando, corriendo, olisqueando y jugando. Para algunos la felicidad era sencilla.
Y entonces, vio con el rabillo del ojo algo escandaloso que atrajo su atención. Se volvió, y sí, ahí estaba. «Oh, Dios —pensó—. ¡Será cerdo!»
Allí, a menos de cincuenta metros del corral, un carlino acababa de hacer una caca, y su dueño la había dejado en el suelo y se había marchado tan tranquilo. ¡Cuidado! ¡Un cerdo con un carlino!
—Vigila a los perros —le indicó a Bono, y salió corriendo. Cuando alcanzó al tipo del perro le dio un golpecito en el hombro—. Perdone, señor. Oiga.
El hombre se volvió. Llevaba uno de esos aburridos trajes de esterlín, azul y blanco, con unos mocasines marrones que parecían caros y ligeros, y un cinturón marrón a juego. «¿Qué tipo de hombre se pone ropa de esterlín?», se preguntó Nina.
—Hola —saludó él mirándole primero los pechos, luego las piernas y, finalmente, casi como de pasada la cara.
—No ha recogido la caca de su perro —señaló Nina ignorando su sonrisa bobalicona.
El hombre llevaba un anillo de casado de oro.
—¿Cómo? — El tipo tardó un momento en captar la onda—. Bueno, estamos en el parque; la caca forma parte de la naturaleza en el fondo, ¿no?
—Tanto en el parque como fuera de él, huele mal, transmite enfermedades y va contra la ley.
—Vaya, me he topado con una ciudadana ejemplar —se mofó él, destilando condescendencia por las rayas de la camisa.
—Eso es. Si los habitantes de Nueva York no recogen las deposiciones de sus perros, la ciudad se convertirá en un desierto cubierto de excrementos. No hay día que no pise una, por Dios. Tenga, una bolsa —le dijo tendiéndole una que él no se dignó mirar siquiera.
—Si tanto le preocupa, recójala usted misma —le soltó y dio media vuelta para proseguir su camino pendiente arriba.
—De eso nada. ¿Adónde cree que va? — Nina corrió y se colocó frente a él, cortándole el paso. Desde allí avistó a Bono en el canódromo; el chico, que la estaba observando, la saludó—. Tiene que recoger la caca del perro, insisto. Es lo correcto.
—Vale, es lo correcto, ¿no? ¿Y usted quién coño es? ¿De la brigada ética de la policía? — preguntó él subiendo el tono al tiempo que se le encendía el rostro.
—No, en realidad soy de la Brigada Anticagadas. La capitana, por más señas. Y estoy harta de la gente como usted, que va dejando mierda de perro por todas partes para que los demás la pisen. Déjeme hacerle una pregunta: ¿qué le hace pensar que tiene derecho a hacer lo que le dé la gana? ¿Por qué se cree mejor que los demás? ¿O es que piensa que los demás tampoco tienen por qué recoger las cagadas de sus perros?
—En el parque no. Estamos hablando de tierra. Naturaleza. Polvo al polvo.
—Eso se dice cuando se muere alguien. Y si no quiere ser el próximo, recoja esa caca o, en calidad de ciudadana, le arresto.
—Mire, yo me voy a trabajar. Si quiere recogerla usted misma, es toda suya; pero yo tengo cosas más importantes que hacer.
Nina no sabía si era por el día, por el calor o por su humor, pero no estaba dispuesta a tragar, de modo que lo agarró por la manga.
—Pero ¿qué diablos...?
El hombre intentó soltarse de un tirón. A causa del impulso, ella retrocedió, tropezó con un tronco, una piedra o algo así, perdió el equilibrio y cayó al suelo.
—¡Oiga! — gritó una voz—. ¡Eh, hombre! ¡Ya basta! ¡Oiga!
«Oh Dios. No puede ser», se dijo Nina. Pero sí: era Daniel. Tenía la correa de Sid en una mano y la solapa del tipo en la otra.
—Nina, ¿estás bien?
Nina lo miró y de nuevo la asaltó esa sensación de que el corazón y todos los órganos internos se le desprendían de los huesos, sus músculos cedían, sus arterias se soltaban, todo su interior se aflojaba. ¿Era por sus ojos? ¿Por su ira? ¿Por el modo en que sujetaba la correa de Sid, por encima de la muñeca y con el puño cerrado? Sí, sí y sí. Pero, cielo santo, ¿por qué, por qué, por qué tenía que pasar algo raro siempre que topaba con Daniel, cosa que sucedía con una extraña frecuencia últimamente, tras estar un año sin verlo? A veces la vida era así.
Y ahora la sostuvo por el codo y la tomó de la mano. Ella se sintió como una imbécil.
—Estás bien... Nina?
—Estoy bien, es este tío que...
—¡Nina! ¿Estás bien? — Ése era Bono, que estaba a su lado, sin aliento porque había salido disparado como una flecha al ver lo que ocurría.
—Se supone que tendrías que estar vigilando a los perros.
—Están bien. ¿Te has hecho daño? Oiga, señor —le dijo Bono al señor Esterlín—. ¿Por qué la ha empujado así?
—Eh, que yo no quería hacerle daño; sólo quería soltarme. Se ha empeñado en que recoja la caca de mi perro. ¡Aquí, en el parque!
—¡Andaaa! ¿Y por qué no me lo has dicho antes? — preguntó Daniel, mirando primero a Bono y luego a Nina como si estuvieran locos. Después, dirigiéndose al príncipe Cagarruta, añadió—: Pues venga, a recogerla.
Pero el hombre no se movió.
—Oiga —continuó Daniel—, si todo el mundo dejara los excrementos de sus perros en el suelo y no los recogiera este parque sería una cloaca. Ya hay ratas del tamaño de su perro, y lo considero a usted responsable directo. Ahora haga lo correcto y recoja la caca.
—Es la segunda vez que oigo «haga lo correcto» esta mañana. Como si ustedes dos fueran los propietarios legales del bien y del mal. Si es así, yo arderé en el infierno de la ética. Llamen a la policía, par de gilipollas.
—Disculpe, pero el chico está escuchando —le hizo notar Daniel—. Por cierto, soy Daniel —le dijo a Bono, tendiéndole la mano.
—Bono —respondió éste, estrechándosela—. Y que quede claro: soy un cabrón de mucho cuidado y no recojo la mierda de nadie —le espetó al señor Esterlín.
Los tres adultos clavaron en él los ojos. Bono ladeó la cabeza y se encogió de hombros.
Nina no pudo evitar reparar en la sonrisa de Daniel. Y menuda sonrisa, cálida y genuina. No era algo muy habitual en él. En las fotos que tenía por todo el apartamento aparecía siempre riendo, ¿no? En persona, en cambio, parecía mucho más reservado, como si se fijara en todo y aprendiera algo incluso de las situaciones más tontas. Como aquélla.
Pero el hombre ya se estaba alejando con su carlino.
—Vámonos, Zeus. Ya he tenido bastante de estos meros mortales.
—¡Zeus! — exclamó Nina con una carcajada.
—Tendría que haberlo llamado Cagofonte, el dios de las Boñigas —le gritó Bono con una risotada que hizo desternillarse a todo el mundo, excepto al señor Esterlín, por supuesto.
—Deja que se vaya —dijo Daniel—. No merece que perdamos más tiempo con él.
—Joder, la gente así me saca de quicio —gruñó ella.
—Ya, a mí también.
—Y a mí —terció Bono.
—¿A ti? — le gritó Nina fingiendo estar enfadada—. A ti te había encargado que vigilaras a los perros.
—Pero si están la mar de bien. Míralos.
Los tres se volvieron hacia el corral, y por lo menos uno de ellos se maravilló al ver que en un espacio tan pequeño los perros se llevaban mejor entre sí que los humanos.
—Me alegro de que nos hayamos encontrado —le dijo Daniel a Nina.
—¿En serio? — le preguntó ella con una sonrisa—. Yo también.
—Sí —prosiguió Daniel—, es que necesito que saques a pasear a Sid mañana por la mañana.
—Ah, sí, claro —respondió Nina, intentando desesperadamente esconder su decepción—. Ningún problema.
—Bien —dijo Daniel.
—¿Cuándo? — inquirió Nina con brusquedad.
—Por la mañana —dijo Daniel.
—Sí, eso ya lo sé. Pero ¿a qué hora necesitas mis servicios, exactamente?
Su decepción se había convertido en ira.
—Ah, claro. A ver, déjame pensar. — Y eso hizo, durante más de un minuto, como tratando de tomar una decisión muy complicada, que requería toda esa atención—. Sobre las nueve, ¿de acuerdo?
—Ningún problema. No tengo nada mejor que hacer. No soy más que una paseadora de perros, ya sabes.
—Oye, si no te viene bien...
Nina tomó conciencia del tono que estaba empleando y decidió controlarse. Además, esto le brindaba otra oportunidad de ver el piso de Daniel.
—No, no, no; es mi trabajo.
—Vale, gracias. Bueno, pues... Me alegro de que estés bien.
Nina le dio las gracias por su cortesía y le pareció que él se sonrojaba. Entonces ella y Bono se despidieron de Daniel y de Sid, que se alejaron cuesta arriba.
—Qué tío tan raro —comentó Bono.
—Sí, ya lo sé —contestó ella.
—Está como medio ido.
—Sí, ¿verdad?
—Como si estuviera incómodo, o preocupado, o algo así.
Nina se quedó mirando al muchacho.
—¿Tú no tenías ocho años? ¿Qué sabes tú lo que es estar incómodo o preocupado?
Él se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos. Ella esbozó una sonrisa triste y lo agarró por el cogote. Bono se rió.
Mientas Nina y el niño bajaban por la pendiente para recoger a los perros, Daniel, que se había detenido, los observaba. Nina se percató de eso porque, al llegar al corral para perros, se dio la vuelta y sus ojos se encontraron.
11
Nina tenía una misión. Llena de concentración, determinación e ideas descabelladas, se puso en marcha. La radio había tocado diana muy pronto y ella rápidamente se había duchado, secado el pelo y cepillado los dientes. Luego se había vestido con unos pantalones cortos (cómodos) y una camiseta de Harvard (llamativa), y, por supuesto, sus botas negras (con las que podía correr, escalar o huir), con calcetines negros (muy monos). Entonces se zampó un desayuno nutritivo, una costumbre que había adquirido de niña, cuando le contaron que era la comida más importante del día, aunque quien se lo contó era la misma madre que le decía que si ponía los ojos bizcos demasiadas veces se le iban a quedar así. Y, finalmente, sacó a pasear a Sam, lo devolvió a casa, le dio una galletita, le rascó la cabeza, lo besó y salió a vérselas con el enemigo.
Estaba lista. Recogió uno a uno a todos los clientes matutinos, utilizando sus llaves y las que le daba el portero o llamando al timbre para que los propios dueños le abrieran. Dio una vuelta con los perros y los llevó a todos de regreso a sus casas. Entonces fue a buscar a Sid. Le sorprendió oír a Daniel, en la ducha, imitando el sonido de una especie de trompeta a grito pelado: «Bum bum, bumbumbumbum.» Sonaba un poco como Bing Crosby. ¿Era él quien iba con retraso o ella quien, presa de la emoción, llegaba demasiado pronto? Consultó el reloj y sí, eran sólo las ocho y media.
Permaneció en el vestíbulo escuchando, intentando identificar la melodía mientras se balanceaba de forma casi imperceptible al ritmo de la música, de un lado a otro. La canción le recordaba a Nina algo que no lograba precisar. Lo tenía en la punta de la lengua, pero no caía. Era una de esas cosas que sabía que le vendrían a la cabeza por la noche y la despertarían con un «¡eso es!», de modo que decidió no obsesionarse y confiar en su memoria.
Se habría quedado a escuchar todo el concierto, o para siempre, pero Sid estaba más que listo. Se enfrascó en su rutina de siempre, con aquella energía que sacaba de Dios sabe dónde: correteaba, hacía cabriolas y saltaba ante ella, dejando claro que no aceptaría un «luego» o un «pronto» por respuesta. De modo que descolgó la correa de Sid de su percha, esperando que Daniel se hubiera marchado cuando ella regresara.
Su primera parada, antes de concentrarse en el armario de Daniel, su ropa y su cama, los cajones del escritorio y el ordenador, no necesariamente en ese orden, fue la tienda de Columbus con la Ochenta y nueve donde compraba la caja de cacahuetes cubiertos de chocolate para Pete. Dejó a Sid fuera, atado a un parquímetro. Algunos establecimientos admitían la entrada de perros, pero aquél no. En cualquier caso, Nina alcanzaba a ver a Sid desde el interior de la tienda, de manera que si alguien le hacía algo podía salir al momento en su ayuda. No es que los ladrones de perros abundaran en la ciudad, pero ella siempre imaginaba lo peor. Si alguien iba a robar un perro para utilizarlo como aperitivo de una pelea de perros en alguna callejuela oscura, Nina estaba segura de que sería el suyo. De hecho, si por cualquier motivo a alguien se le ocurría robar un perro, sin duda sería el suyo. Y no era una cuestión ni de probabilidades, ni de estadística. ¿Qué era peor, que las apuestas estuvieran tres a dos, cinco a tres o dos a uno? Nina decía a menudo, en broma: el día que dieron esa lección en el colegio ella debió de hacer novillos. Nunca acertaba la porra que organizaba Claire para los Oscar simplemente porque no sabía deducir qué estrella tenía más probabilidades de ganar, ni siquiera cuando revistas como el Entertainment Weekly lo especificaban claramente. O, mejor dicho, fallaba sobre todo cuando las revistas lo especificaban claramente. Menos mal que no apostaba a los caballos.
Pero mientras que Nina desconfiaba totalmente de las probabilidades, no tenía una posición tan firme respecto al destino. Por un lado, pensaba, cada uno controla su destino, todos determinamos el rumbo de nuestra vida, tomamos decisiones y elegimos qué camino seguiremos. Por otro lado, hay cosas que escapan a tu control, hagas lo que hagas, como si estuvieran predestinadas. Había leído hacía poco en Time la historia de un tipo que, durante una tormenta eléctrica, decidió subir al tejado de su casa a contemplar el espectáculo. Pero aquélla resultó ser una idea estúpida porque un minuto más tarde el tipo estaba muerto, fulminado por un rayo. Nina discutía a menudo consigo misma el caso. Pongamos que fuera el destino; ¿qué probabilidades había (ella no tenía la menor idea) de que te cayera un rayo en medio de una ciudad llena de edificios más altos que el tuyo? Pero no, había sido una decisión personal; nadie lo había obligado a salir al aire libre durante una tormenta eléctrica. ¿Era aquel tipo responsable de su propia estupidez, que le había causado la muerte? ¿O simplemente había tenido mala suerte?
Nina no creía en la suerte (sobre todo porque ella nunca tenía), pero era supersticiosa. Un día, mientras paseaba los perros, una ardilla muerta había caído a sus pies. Caray, si aquello no era un presagio de algún tipo, ¿qué era? Al final, nada malo le sucedió aquel día, ni tampoco aquella semana, pero podría haber sucedido. Si siempre cruzaba Central Park West para llegar, pongamos, a casa de los Quint en la Ochenta y ocho, ¿qué sucedería si, precisamente aquel día, optaba por cambiar de ruta, ir por Columbus y girar en la Ochenta y ocho? En la imaginación de Nina, un abuelo de noventa y dos años, tan encorvado por la edad que apenas veía ya por encima del volante, pisaría el acelerador en lugar del freno, subiría a la acera y se estrellaría en la esquina de Columbus con la Ochenta y ocho, justo donde Nina y Sam se encontraban precisamente aquel día; Sam perdería la vida al momento, pero ella pasaría dos semanas en coma antes de morir.
Nina tenía la fastidiosa sensación de que siempre que hacía algo que se saliese de lo habitual o, más bien, siempre que hacía algo, cualquier cosa, incrementaba las probabilidades de que le acaeciera alguna desgracia. Si ataba su perro a un poste, estaba segura de que se lo robarían. Si torcía a la derecha en lugar de a la izquierda, como hacía siempre, le caería encima un trozo de cornisa de un edificio. Y así con todo. Imaginaba la noticia en el periódico: «Normalmente Nina Shephard torcía a la izquierda, pero hoy decidió torcer a la derecha, y un cometa ha caído del cielo y la ha aplastado, matándola en el acto.»
No es que Nina viera siempre su copa medio vacía, sino que se ahogaba en un palmo de agua. O sea que cada vez que tomaba una decisión, Nina pensaba que quizá sería la última.
Sin embargo, para no considerarse una cobarde, vivía cada día como si a cada paso se acercase más al abismo. Y hoy tenía que comprar los cacahuetes cubiertos de chocolate. Tenía que conseguir que Pete la dejase entrar con la vieja historia de que llevaba a Sid de vuelta a casa tras el paseo matutino (fácil), subir hasta casa de Daniel (fácil) y confiar en que Pete le cubriera las espaldas (difícil). Aun así, estaba resuelta; era una mujer obsesionada.
Así pues, dejó a Sid atado fuera y entró. Para referirse a aquella tienda en particular no había que emplear la palabra «tienda», sino su equivalente árabe, fuera el que fuese. En el televisor que colgaba del techo estaba puesto el canal Al Yazira, y los palestinos que regentaban el local colocaban botellas de Coca—Cola y Poland Spring en los anaqueles, devolvían el cambio y discutían sobre el partido de fútbol de la semana en su idioma.
Pero el atuendo de Nina les llamó la atención.
—Hola, señora —saludó el cajero con un marcado acento—. A ver si lo adivino: ¿unos cacahuetes con chocolate?
—¿Cómo lo ha sabido? — le preguntó Nina con una sonrisa.
—Intuición feminista, como dicen ustedes. Ha entrado aquí diez o doce veces y siempre ha comprado eso.
—Y botellas de agua —añadió el tipo de la sección de refrescos.
—Sí, eso también.
Nina depositó una botella de agua y una caja de cacahuetes cubiertos de chocolate sobre el mostrador.
—Son veintidós con cinco, por favor.
Nina hurgó en el bolsillo exterior de la mochila. Le dio el dinero al cajero en la mano, metió el agua en la bolsa y agarró los cacahuetes.
—Gracias.
—Cuídese —dijo el cajero con una mirada penetrante que atravesó a Nina como una espada.
A ella le pareció que la estaba advirtiendo de algo. ¿Podía ser que aquel ultramarinos, con sus estantes atestados de galletas, latas, embutidos y caramelos fuera en realidad una tapadera de al—Qaeda o algo por el estilo? Nina no lo creía, por supuesto, pero eso no impedía que pensara lo peor. Cualquier otro habría interpretado aquella mirada como una simple despedida amistosa. Claro, y ella era la reina de Inglaterra. Le daba la impresión de que el cajero sabía adónde iba y con qué intenciones. Se guardó el cambio, sonrió lo mejor que pudo y salió a la calle.
Billy echó un último vistazo a la pantalla antes de enviar el informe a su jefe, guardó el archivo y cerró el portátil. Estaba sentado en calzoncillos ante el escritorio, y el pelo, aún mojado de la ducha, le goteaba ligeramente sobre la espalda mientras pensaba en la señora Chandler. ¿De dónde demonios sacaba tanto dinero en efectivo? Tal vez fuera una narcotraficante, tal como sospechaban muchas personas del Departamento de Hacienda. Claro, y él era el príncipe de Gales.
Tampoco encajaba en el perfil del jugador: varón, varón y varón. No traficaba con bienes robados ni tenía contactos con la mafia, salvo por el almuerzo que celebraba una vez al año con Tommy Rozzano en Francfort. ¿De dónde salía el dinero? ¿Y dónde lo escondía? Tenía mucho, por no decir muchísimo, guardado en el banco, según su propia declaración. Pero tenía que haber más, porque, como él había aprendido hacía años, donde hay humo hay fuego. No lo tenía en cuentas en el extranjero, a menos que utilizase más alias de los que ellos conocían. ¿Lo habría metido bajo el colchón? La idea lo hizo reír. Había descubierto tantos ardides, estratagemas y mentiras extravagantes desde que había entrado a trabajar en Hacienda, que ya nada le sorprendería, excepto aquello. Esconder el dinero bajo el colchón. Un tópico, simple y brillante.
Se levantó y se vistió. Normalmente Sid se quedaba en el dormitorio si él estaba allí. ¿Dónde demonios se había metido?
—¿Sid? ¡Sid! — lo llamó, pero no obtuvo respuesta. Recorrió el pasillo de puntillas y vio que la correa no estaba en su sitio. Nina debía de haber pasado a recogerlo mientras él estaba en la ducha. Echó un vistazo al reloj de la pared de la cocina: sólo eran las nueve. Seguro que ella había llegado temprano y le había oído cantar como un loco bajo el chorro de agua. Sólo de pensarlo se ruborizó.
Ella lo había visto caerse de nalgas y ahora lo había oído cantar en la ducha. Pero él también la había visto caerse a ella. Y verla en su baño, eso habría sido interesante. Dejó volarla fantasía por un momento y la imaginó desnuda, con el cabello esparcido sobre la superficie, relajada en el agua caliente, pero de pronto apartó la imagen de su mente: él jamás se bañaría en la bañera de otra persona sin permiso. Aunque tal vez por eso él era un tipo predecible y ella una chica tan libre y desenfadada.
Billy se miró en el espejo situado junto a la puerta principal con desagrado. Le sentaría mejor otro corte de pelo, pensó. ¿Y adónde iba con aquel traje? Necesitaba uno nuevo, también. De hecho, estaba harto de todo ese rollo conservador que formaba parte de la cultura del Departamento de Hacienda. Una de las normas establecía que los empleados debían vestir con formalidad. ¿Por qué no podían adaptarse a los tiempos y permitir que sus inspectores se vistieran como personas normales? Tal vez así no los odiarían tanto. No es que cambiar de ropa fuera a acabar con el aspecto censurable de su trabajo, con el acoso constante al que sometían a las personas equivocadas (léase personas que no eran ricas ni delincuentes), pero por lo menos les daría una apariencia más humana. Tomó nota mentalmente (frotándose la palma izquierda con el índice de la mano derecha) de que debía hablar de ello con su jefe. Aunque en realidad se trataba de un asunto menor en comparación con las cuestiones que le preocupaban: su actitud cada vez más ambivalente hacia su trabajo por el relajamiento de las reglas cuando se trataba de aplicarlas a los ricos, por las multas tan abusivas que se imponían a quienes tenían tan poco que apenas llegaban a final de mes, por la desconfianza hacia sus compañeros, a quienes sólo parecía importarles cumplir con cuotas, y por su desencanto absoluto con el funcionariado y su incapacidad de abordar los problemas reales de la gente.
El Departamento de Hacienda era especialmente anacrónico. Una de las normas desfasadas que podían costarte la placa dictaba que los inspectores debían identificarse siempre revelando su verdadero nombre y rango. No había agentes secretos en el departamento, por lo menos no en el nivel de Billy. Había que mostrar inmediatamente el documento de identidad al llegar a un domicilio y no entrar a menos que te invitaran. Él mismo se había saltado ese procedimiento por la presión de resolver un caso. Demonios, comparado con las cosas que había visto dentro del departamento aquello no era nada. Además, a decir verdad, últimamente su brújula moral no funcionaba del todo bien. Pero estaba harto; había planeado sincerarse con la señora Chandler, contarle quién era en realidad y esperar que todo saliera bien. O recurriría a su creatividad, en la medida en que se lo permitiesen las normas del departamento. Así era como había cazado a sus hombres (y mujeres) hasta entonces: les decía quién era y llegaba a la verdad por el camino correcto. El procedimiento lo era todo, o por lo menos debería serlo. Si haces algo de una forma que sabes que no es la apropiada (si mientes para averiguar la verdad o robas para alimentar a los pobres), la verdad y la filantropía pierden todo su sentido. No había fines que justificasen los medios si éstos eran ilegales, poco éticos o erróneos. Hasta ahora.
Platón sostenía que a veces era necesario decir «mentiras nobles». Por supuesto, él se refería a los dirigentes que buscaban el bien de los ciudadanos, pero la justificación servía también para el plan que él mismo estaba a punto de poner en práctica. Y ahora se le hacía tarde; tendría que darse prisa para llegar a casa de la señora Chandler si quería disponer de tiempo suficiente antes de que la mujer regresara.
¿Qué estaban pasando por alto? Sabían lo de sus viajes a Bahamas, a Francfort y a Las Vegas, y también lo de las apuestas y los movimientos bursátiles. Podían documentar su trabajo como colaboradora independiente de revistas, periódicos y agencias turísticas por días, pagos y depósitos. De modo que tal vez eso era todo; tal vez sus sospechas eran infundadas. Tal vez era una simple periodista que pagaba sus impuestos íntegra y honestamente sin tomar parte en actividad ilegal alguna.
Ya se habían dado casos así en el pasado. Más de una vez (era literalmente imposible contarlas, de hecho) el departamento había estado seguro de que alguien defraudaba, se le había echado encima, le había hecho sentir su aliento en el cogote, lo había presionado, acosado e investigado para, al final, descubrir que se trataba de un fraude tan insignificante que no valía la pena ni mencionarlo.
Billy se pasó los dedos por el pelo, agarró las llaves y se marchó a casa de la señora Chandler, deseoso de hacer lo correcto, pero sabiendo que no sería así. Muchas de las reglas del Departamento de Hacienda estaban anticuadas y equivocadas, pero si ella, con sus actos, le hacía daño a alguien, a quien fuera, eso era mucho peor.
Al doblar la esquina de la calle donde vivía Daniel, Nina, que llevaba a Sid de la correa, lo vio salir de su edificio. «¡Mierda! — pensó, y se escondió bajo unas escaleras de piedra caliza—. Pero ¿qué demonios estoy haciendo?», se preguntó inmediatamente. Era normal que estuviera en aquella calle. ¡Tenía todo el derecho a estar en aquella calle! Iba a llevar a Sid a casa, por el amor de Dios. Tal vez tropezaría con él, ¿y qué? ¿Por qué se comportaba como una imbécil? Por el sentimiento de culpabilidad, una vez más. Sabía lo que tenía la intención de hacer en su apartamento y sabía que más valía ocultarlo.
Y allí estaba, cinco peldaños por debajo del nivel de la acera, escondida tras la puerta de entrada al edificio de piedra caliza. Al otro lado de una ventana cercana, detrás de una tela de malla, un gato le bufó agresivamente.
—¡Cállate! — susurró Nina. Se guardó un pedazo de cristal marrón en el bolsillo y esperó un instante antes de asomar la cabeza a la calle.
En ese preciso instante, la rodilla de Daniel impactó contra su frente con un golpe sordo que la mandó de nalgas al suelo y provocó los ladridos de Sid y los maullidos del gato, en un perfecto dúo de mascotas.
—¿Estás bien? — preguntó Daniel inclinándose hacia ella y ofreciéndole la mano—. ¡Hola, campeón! — añadió dirigiéndose a Sid.
—¡Ay! — respondió ella con gran elocuencia mientras se frotaba la frente, donde ya comenzaba a despuntar un chichón.
—No te he visto, lo siento. ¿Seguro que estás bien?
—Sí, es que... Estaba... En fin, que... —balbució ella confusamente, intentando encontrar una justificación para su presencia allí abajo.
Pero él no parecía muy pendiente de sus palabras; sólo la miraba de una forma un tanto extraña. Era como si estuviera embelesado y distraído a la vez, como si la estuviera estudiando pero, al mismo tiempo, pensara en otra cosa. ¿O simplemente estaba nervioso? Era bastante evidente que no estaba preguntándose qué hacía ella allí abajo. Demonios, no había modo de adivinar qué estaba pensando, pero desde luego se le veía incómodo.
Nina ladeó la cabeza, frunció el ceño y sonrió, tratando de entender qué estaba pasando. Entonces él apartó la mirada.
—Muy bien, pues —dijo—. Si estás bien, me voy, que ya llego terriblemente tarde. Cuídate, Nina.
¡Ahí estaba otra vez! ¡Una advertencia! Era como si llevara un cartel en el pecho que rezara: «Estoy a punto de entrar en el apartamento de un desconocido —en tu apartamento— y rebuscar entre tus cosas.» ¿Tan transparente era? A menudo le decían que su cara revelaba todos sus pensamientos, que jamás podría jugar al póquer y que era incapaz de esconder nada. Tendría que hacer algo al respecto, se dijo.
Observó a Daniel mientras se alejaba en dirección a la casa de la señora Chandler. La segunda vez en dos días, pensó Nina. Muy interesante.
Uno de ellos estaba siempre ligando con el otro, pensó Billy mientras se alejaba. Como solía decirse, ¿de qué iba el rollo? Aquella Nina, la extraña paseadora de perros, era un personaje típico del barrio y ahora, al parecer, se había convertido en un personaje de su vida.
Él había intentado no mirar sus enormes ojos oscuros, no fijarse en aquel mechón de pelo rebelde que le daba ganas de agarrarlo y colocarlo hacia el lado que le tocaba. Había intentado con todas sus fuerzas reprimir el deseo de sentir la suavidad de su piel, especialmente la parte de debajo de la clavícula, que sobresalía lo justo para querer deslizarle los dedos por encima. Había intentado no mirarla, pero (y sabía que ella lo había notado) no había sido capaz de apartar los ojos.
Nina llegó al apartamento de Daniel con las mejillas coloradas de vergüenza y emoción tras su encuentro.
—Hola, Pete —saludó.
—Hombre, ¿dónde has estado, carita de ángel?
—Ay, la vida de la paseadora de perros: llegamos, nos vamos, recogemos las cacas... —dijo frotándose el chichón.
—Es suficiente, muchas gracias. No hace falta que entres en detalles. ¿Lo tienes? — inquirió, mirando por encima del hombro.
—¿Esta vez toca pagar por adelantado? — preguntó ella. Entonces le tomó la mano, se la abrió y le puso sonoramente la caja de Goobers en la palma—. Puede que tarde un poco. Cúbreme, ¿vale?
—No sé cuánto tiempo piensa estar fuera, o sea que no tardes mucho.
—Por favor, te lo ruego: si sube, llama. ¿De acuerdo?
—Haré lo que pueda, pero por las mañanas hay mucho trabajo.
Ella agarró la correa de Sid y se dirigió hacia el fondo del vestíbulo.
—¡No me eches la culpa a mí si te pillan! — gritó Pete, a sus espaldas, y Nina se metió en el ascensor.
Billy subió las escaleras hasta la puerta de la señora Chandler. Se volvió hacia la calle. Menudo día: lluvioso, caluroso, húmedo y con Nina. Había algo en ella, tal vez la forma en que él le había golpeado la cabeza con la rodilla (sí, tenía que ser eso), que lo inquietaba. Soltó un suspiro. Aquella calle, llena de casitas de piedra, flores en las ventanas y flores alrededor de unos árboles de seis metros de altura, le hacía sentir que faltaba algo en su vida. Algo importante. No una casa, no un objeto, sino precisamente lo que le habría hecho desear tener una casa, cosa que, por otro lado, estaba al alcance de sus posibilidades. «Olvídalo —se dijo—. Date prisa.»
Llamó al timbre de la señora Chandler.
Nina llamó al timbre de Daniel. Acababa de recibir un rodillazo de él en la calle, lo había visto dirigirse a casa de la señora Chandler y había hablado de él con Pete, o sea que era impensable que estuviese en casa. «Pero con las cosas que han pasado últimamente —pensó Nina—, ve tú a saber.»
Por supuesto, nadie le abrió. Entonces sacó la llave, entró y soltó a Sid, que se lanzó sobre su cuenco de agua de la cocina del mismo modo que un pato se lanza a... bueno, al agua.
Por supuesto, nadie le abrió (a Billy), porque la señora Chandler se habría marchado a la peluquería para que le hiciesen la manicura y la peinasen. Era martes por la mañana, y eso era lo que ella hacía cada martes por la mañana. Así pues, Billy sacó la copia de la llave que había tomado prestada inadvertidamente a la señora Chandler. Era como comer uno de esos bombones de See's: sabes que es malo para ti, pero las ganas de agarrar uno y llevártelo a la boca son mucho más fuertes que los motivos para no hacerlo y pensar en la grasa y el colesterol que contienen o, en este caso, en consideraciones morales. Billy se había puesto en marcha, estaba haciendo progresos, avanzando imparable, a cien por hora, a toda máquina. Se preguntó qué debía de estar haciendo Nina en su apartamento, después de dejar a Sid. ¿Estaría bañándose otra vez?
Introdujo la llave en el cerrojo y abrió la puerta.
Sid salió disparado de la cocina y recorrió el pasillo, dio media vuelta y arrancó a correr de nuevo, recorriendo el pasillo otra vez, en la dirección contraria. Era como si dijera: «¡Mírame, mírame! ¡Mira cómo corro! ¡Soy un caballo! ¡Soy un tigre!»
Safire tenía la nariz pegada a la pared, como si estuviera pensando: «Abre, joder, venga, y déjame salir, ¿quieres?» Estaba en el mismo lugar que la última vez que Billy había visitado a la señora Chandler. Cuando Billy cerró la puerta a sus espaldas, Safire levantó la vista y se acercó pesadamente a él. «Qué perro tan feo», pensó Billy. Nunca había sido un amante de los perros, pero mientras le rascaba las orejas a Safire y sonreía ante la cara más fea que había visto en la vida, pensó que tal vez empezaba a encontrarles la gracia. Pero Safire, que al parecer era un solitario como su dueña, pronto se cansó y regresó tambaleándose a su punto de observación. Billy lo siguió.
Nina fue directamente al dormitorio y se sentó en la cama, baja y de líneas modernas. Estaba hecha, con el edredón gris muy planchadito y liso. Tenía cerca el aparato de aire acondicionado de la habitación; se tendió en la cama, con los pies sobre el brillante suelo de madera y la vista fija en el techo.
Aquella habitación tenía algo especial, aparte del hecho de que era el sitio donde él dormía allí y hacía Dios sabía qué, aunque Nina podía imaginárselo. Rebosaba estilo, sí, con todo ese rollo Calvin Klein de estética zen, igual que el baño, pero era tan frío... No había ningún objeto íntimo, inesperado o sorprendente. Las fotos de la pared no estaban mal, pero no parecían compradas en un arrebato de pasión. De hecho, las únicas fotos con vida eran las del propio Daniel que había sobre el escritorio, en el rincón. Tal vez aquello era típico de tíos, pensó ella justo en el momento en que notó cómo una lengua le lamía la pierna; deseó que fuera Daniel, pero pronto descubrió que se trataba de Sid.
Abrió el armario, sacó una camiseta del colgador de la puerta y se la probó. Le venía demasiado grande. Hermosamente grande. Perfectamente grande. Se la llevó a la nariz y, Dios, se sintió como una yonqui, pero ¡qué delicia de olor! La olió de nuevo e intentó retener ese aroma en la memoria para poder recordarlo más tarde, en cualquier lugar, pero especialmente cuando estuviera sola en la cama, aquella noche.
Paseó la mirada por sus elegantes trajes, varias camisas de vestir organizadas por colores y los zapatos dispuestos en fila. Parecía que no los había tocado desde la última vez que ella los había visto, hacía unas dos semanas. «Vaya, muy interesante», se dijo Nina arqueando las cejas y mordiéndose el interior de las mejillas. Advirtió que había algo al fondo del armario, a la derecha, detrás de los trajes y de las camisas. Dio un paso hacia el interior para llegar hasta allí y tropezó con unos brillantes zapatos de cordones de color marrón. «Qué piel tan elegante», tuvo tiempo de pensar antes de caer al suelo. Sid llegó corriendo, ladrando y brincando.
—¡Chsss! — siseó ella. Se puso de nuevo en pie y extendió el brazo por completo; era una especie de caja. La agarró y tiró de ella.
Lo que salió fue un gran estuche negro, probablemente de un instrumento musical, que pesaba bastante. Tal vez fuera un saxo o un trombón. Nina lo depositó en el suelo y lo abrió. Sí, era un trombón de latón, hermoso y brillante. Nina acarició con cuidado el pabellón con la yema de los dedos y luego la vara. Un recuerdo que no lograba precisar le rondaba la mente, como si conociera a alguien que tocaba el trombón o algo así, no estaba segura. Desacopló la boquilla y se la llevó a la boca; era fría y suave al tacto, y parecía hecha a la medida de sus labios. La limpió frotándola con su camiseta y devolvió el instrumento a su lugar. Le encantaba aquel estuche en el que cada pieza tenía un lugar preciso asignado; así no había peligro de estropearlas poniéndolas donde no tocaba.
Dejó el estuche donde lo encontró, escondido al fondo del armario, detrás de todo. Aquello era una sorpresa, una faceta de Daniel que no había descubierto antes y que la emocionó. ¿Qué otras cosas de él desconocía?
Se sentía como Ricitos de Oro: había probado la cama, el armario, el trombón y ahora era el momento del escritorio y el ordenador. Se preguntó quién resultaba más amenazante, si los osos o Daniel, y encendió el ordenador. Mientras éste parpadeaba, despertando de su hibernación, los ojos de Nina se posaron en las fotos de encima de la mesa. Señor, qué guapo estaba con el pelo ondeando al viento, en la playa. Diablos, cómo le habría gustado estar con él en la cima de esa montaña. Caray, menuda noche debió de pasar en esa cena benéfica de gala donde le estrechó la mano al presidente. Joder, qué fotogénico era; parecía como si la cámara captase en él algo que no se manifestaba en la vida real.
Aunque tal vez fuera ella. O tal vez él estaba demasiado preocupado, o demasiado poco interesado y por eso ella nunca veía esa otra cara, esa vitalidad, esa energía, ese atractivo. Y no es que el Daniel que ella conocía no fuera atractivo, sino que ese atractivo apenas se insinuaba bajo la superficie, como un volcán, inseguro de su potencia, a punto de entrar en erupción. En las fotos, daba la impresión de que había estallado hacía tiempo y ahora mantenía esa energía aletargada, con confianza plena en su poder.
Otra cosa rara: el salvapantallas había cambiado. Daniel tenía siempre aviones o cumbres nevadas, pero ahora había un submarinista entre peces, anémonas y corales. Nina abrió su archivo más reciente: Proyecto Schopenhauer. Lo había consultado esa misma mañana. Contenía fechas, horas y notas sobre algo difícil de descifrar: ¿Proveedor? ¿Contactos? ¿Las Vegas, Nueva Orleáns, Francfort? ¿Amistad con Álvarez? ¿La familia Rozzano? ¿Süsskind? ¿Hochschober?
Nina no tenía la menor idea de qué era todo aquello, pero resultaba inquietante. Y entonces lo vio: el dinero de Chandler.
Menuda mujer, esta Constance Chandler. Era la más interesante que él había conocido. «Ojalá fuera más joven», se dijo, esbozando una sonrisa de satisfacción. Aunque la edad no tenía nada que ver. Sabía que ella no era la persona ideal para él, pero podía apreciarla igualmente, ¿no?
Se obligo a centrarse en el asunto que traía entre manos: el dinero. Averiguar de dónde salía. Y dónde guardaba el resto. Pensó en su iconoclastia, su sarcasmo, sus sorprendentes respuestas para todo y de pronto supo dónde tenía que buscar.
Se rió tan fuerte que Safire irguió la cabeza, ladró y volvió a clavar la vista en su pared.
Así pues, Billy enfiló el pasillo, entró en el dormitorio de la señora Chandler y se fue directo a la cama. Apartó la colcha de brocado y la arrojó a un lado, dejando a la vista el colchón, cubierto por unas sábanas color crema y el somier, cubierto por una gruesa y rígida tela que resbaló al suelo. Billy levantó el colchón, respiró profundamente y allí estaba el «alijo». Habría por lo menos un millón de dólares en billetes nuevos de cien dólares, distribuidos en montoncitos.
Tenía que haber más.
Intentó acordarse de todas las telecomedias tontas que había visto, de las películas de los Hermanos Marx y de las comedias mudas, y se dirigió al lavabo, levantó la tapa de la cisterna del retrete y encontró un montón de pasta metida en una bolsa de plástico. A continuación fue a la sala de estar, miró dentro del piano de cola y sí, allí también. Entró en la cocina y agarró el bote de galletitas, sabiendo perfectamente que era un objeto que en circunstancias normales la señora Chandler no tendría, y descubrió que estaba lleno de dinero. Finalmente, regresó al estudio y detrás del cuadro de la escuela del Hudson que él tanto había admirado había una portezuela sin candado, que se abrió sin problemas y reveló un hueco en la pared. Lleno de billetes. Aquel apartamento valía millones, y no precisamente por los muebles de época o por su valor inmobiliario.
Nina cerró el portátil. Así que, o Daniel era el abogado de la señora Chandler o era un ladrón. Por eso iba a casa de la escritora cada dos por tres. Muy interesante que ninguno de los dos lo hubiera mencionado. Por lo visto Nina no era la única que tenía algo que ocultar.
Entonces oyó un golpe y un chirrido y antes de que se le ocurriese la posibilidad que fuese Sid arañando el suelo de madera, se levantó y se marchó lo más rápidamente posible como si la persiguieran los osos.
Al salir a la calle miró a derecha e izquierda para asegurarse de que no venía Daniel. Cuando hubo comprobado que no había moros en la costa, echó a andar a cien por hora hasta llegar a su casa.
De todos los ardides, tácticas, estafas y timos, de los que él había tenido noticias, aquél se llevaba la palma. Además, era divertidísimo, pensó Daniel. Pero lo que le interesaba saber era cómo conseguía ella el dinero y qué impuestos pagaba por estos ingresos (si es que pagaba algo), de modo que dejó a Safire contemplando la pared, salió y cerró la puerta a sus espaldas. «A la señora Chandler no le vendría mal un perro más activo, que le hiciera compañía de verdad», se dijo Billy mientras bajaba las escaleras.
Cuando abrió la puerta de su casa Sid estaba allí, brincando y ladrando, dispensándole una bienvenida cálida y juguetona. Un minuto más tarde, delante del armario de Billy, éste, después de ponerse una camiseta y unos tejanos, sacó el trombón, ante la mirada atenta y entusiasta de Sid, que babeaba y meneaba la cola. Billy puso el estuche sobre la cama, como siempre, y lo abrió. «Magnífico —pensó—; menuda obra de arte.» Sacó un trapo de un bolsillo interior y frotó con él las piezas a medida que las iba encajando.
En el momento en que colocó los labios sobre la boquilla supo que alguien había estado allí hacía poco. La estudió detenidamente, se la llevó de nuevo a los labios y volvió a examinarla. Estaba clarísimo: había una huella dactilar reveladora, una mancha borrosa. Nina había estado allí, había encontrado el instrumento y había intentado tocarlo.
Billy aplicó de nuevo los labios a la boquilla e imaginó los de ella en el mismo lugar. ¿Habría notado la profundidad perfecta de la embocadura, que sólo un genio podría haber inventado, con aquella forma y aquel tamaño perfectos? ¿La habría sorprendido lo fría que estaba la boquilla, como le pasaba a él cada vez que se la llevaba a los labios? ¿Habría soplado y oído las notas que salían de él, fuertes y dulces, estridentes y sensuales?
¿Qué hacía en su dormitorio, husmeando en su armario, sacando su trombón y tocándolo? ¿Qué pretendía? ¿Qué andaba buscando? ¿Quién demonios se había creído para fisgonear sus cosas?
Se tendió en la cama y se acercó el trombón a la boca, con la vara apuntando al techo, mientras Sid, como siempre, se acurrucaba a los pies de la cama. Y allí, con la cabeza a punto de estallarle a causa de todas aquellas preguntas, confundido por el interés que despertaba en él la señora Chandler y por la extraña mezcla de atracción y desconfianza que sentía por Nina, asqueado por su trabajo pero deseoso de que se hiciera justicia, debatiéndose en todos sus conflictos y dudas, se puso a tocar.
Y mientras tocaba le vino a la mente la imagen de Nina en aquella escalera, después de que él le golpeara la cabeza con la rodilla, mirándolo fijamente. Y se vio a sí mismo intentando apartar la vista, pero incapaz de contemplar otra cosa que no fueran sus ojos y aquella cara.
De vuelta en casa, confundida por todo lo que había descubierto y no lograba entender, Nina puso My Fair Lady y se tumbó en la cama, mientras Sam daba las tres vueltas de rigor, arañaba la colcha y se tendía junto a ella. Nina estaba boca arriba, observando el techo.
He pasado muchas veces por esta calle... Daniel y la señora Chandler. Un Daniel que, según le decía su intuición, se parecía muy poco a Daniel. Pero siempre había notado el suelo bajo los pies... Y la extraña regularidad con que coincidían, que no se podía atribuir ni al destino ni a la voluntad de alguien de ahí arriba que quería que se conocieran mejor.
—¡Muy bien! — exclamó en voz alta, sintiéndose inmediatamente como una tonta por hablar sola e intrigando a Sam, que levantó la cabeza. La embriagadora sensación de que en cualquier momento puedes aparecer—. Voy a llegar hasta el fondo de este asunto.
Safire estaba en su lugar habitual frente a la pared cuando Constance Chandler abrió la puerta, con el cabello recién peinado y una flamante manicura. El perro estaba sentado, con las patas traseras dobladas bajo la fofa barriga y las delanteras bien estiradas para sostenerse, la lengua fuera y los ojos llorosos.
—Hola cariño, ha llegado mamá —dijo Constance.
Safire no se movió, pero Constance se inclinó de todos modos, con el billetero colgando de la muñeca, y le rascó las orejas y la mandíbula. El perro se volvió y ladeó la cabeza para mirar a su dueña, pero regresó inmediatamente a la contemplación de su rincón, como si las atenciones de Constance hubieran interrumpido su importante tarea. Ella suspiró; sería bonito, pensó, tener un perro que se comportase como un perro: cariñoso, tierno y juguetón. En cambio, su perro se comportaba como un hombre: distante, preocupado y egoísta.
Constance dejó el bolso (un Hermes de imitación comprado por Internet) sobre la mesita francesa del siglo XVIII y se volvió. Daniel había estado allí, lo sabía. Podía sentirlo. Se dirigió inmediatamente al despacho. Todo estaba en su lugar, al parecer; los papeles desordenados, las revistas y los libros amontonados. Echó un vistazo detrás del Innes. Todo parecía estar tal como ella lo había dejado, pero metió la mano en el hueco por si acaso: el dinero seguía allí. Recorrió el pasillo hasta el dormitorio. El dinero seguía metido entre el colchón y el somier, escondido dentro de la funda de felpa. Fue a la cocina y abrió la caja de galletas: seguía estando llena. Abrió el piano de cola y comprobó que los billetes seguían en su sitio. Y, finalmente, entró en el baño y revisó el último escondrijo: la cisterna del inodoro. Quitó la tapadera de porcelana, se remangó la blusa, introdujo el brazo y ahí estaba el fajo de dinero, envuelto en papel de celofán.
Se rió a carcajadas. Le encantaban sus escondrijos. Todos eran tan obvios y trillados que nadie sospecharía que en realidad los utilizaba. ¿Dinero bajo el colchón? Por un lado, hay que estar loco para esconderlo allí. Pero por otro, hay que estar loco para no hacerlo. ¿Alguien creía de verdad que el banco es más seguro? A ella se le ocurrían diez razones por las cuales se podía perder hasta la ropa interior en un banco, por no hablar de los millones que guardaba en su casa. Y lo mismo podía decirse de la bolsa, los bonos o cualquier otro método tradicional de inversión. Tener la mayor parte del líquido allí, delante de sus narices, o bajo el trasero (se rió sólo de pensarlo) era la medida más segura que podía imaginar.
En el banco y otros lugares había depositado sólo lo suficiente para que el FBI no se le echara encima.
Hasta ahora. ¿Por qué le iban detrás?, se preguntó mientras se servía un vaso de vodka. Con mucho hielo, mucho sifón y mucho vodka. Encendió un cigarrillo. Hacía cuarenta años que arrastraba el hábito de fumar, un vicio delicioso, un pecado exquisito. Que te mataba, sí. Pero si te tenías que morir de todos modos, a ella no le importaba acortar su vida en diez años. Dio una calada y reflexionó sobre las represivas leyes antitabaco y la reducción de puestos de trabajo y de sueldos que acarreaban sólo en la ciudad de Nueva York. Los restaurantes perdían clientes, y los camareros, miles de dólares en propinas que no recibían. La psique de la ciudad resultaba perjudicada. Nueva York, que en su día había sido una ciudad libre y abierta, como París (que ella odiaba por estar llena de franceses) o Viena (su favorita, con diferencia), era hoy apenas como Akron, Ohio: reprimida y aburrida, pero limpia. Hoboken (adonde iba a menudo a cenar, beber y fumar) parecía la meca de la anarquía por comparación.
Quién pudiera estar en aquel preciso instante en Europa, donde corrían ríos de vodka y el humo de cigarrillos filtraba la luz del sol, donde sus amigos se reunían para brindar por el presente, porque el futuro no era más que una apuesta.
Quién pudiera hacer todas esas cosas que tanto le gustaban y en las que era una experta, como viajar a Francfort en septiembre. Brindaría y fumaría por ello. Y si pudiera ir allí acompañada por alguien joven y adorable como Daniel, aquello sería ya perfecto. Por supuesto, sabía que, aun suponiendo que aquello estuviese a su alcance, provocaría conflictos con Gerard, pero de todos modos saboreó la fantasía y experimentó una juvenil punzada de deseo e impaciencia. ¡Qué lejos parecía estar septiembre!
12
Nina quería ver a Daniel. Iba a agarrar el toro por los cuernos (o, mejor dicho, los perros por las correas) y atraer toda su atención, aunque para ello tuviera que hacer el peor de los ridículos, cosa que, casi con total seguridad, acabaría ocurriendo inevitablemente.
Así pues, planeó una salida especial con los perros. En lugar de mezclar perros de todo tipo, como era su costumbre, se las apañó para montar una pequeña fiestecita canina yuppie y blanca. Tuvo que hacer malabarismos con el horario y negociar con Suki, otro paseador de perros que conocía del canódromo, cuya clientela estaba integrada casi exclusivamente por perros finolis, muy parecidos entre sí, y que le debía a Nina un favor desde la ocasión en que decidió irse a Hawai en el último minuto y le rogó que lo sustituyese.
Nina no sabía distinguir a esos perros unos de otros a menos que presentaran marcas distintivas, como Stella, a la que le faltaba la oreja derecha, o Jedi, que tenía una zona sin pelo en la parte izquierda de la cadera. Para ella eran todo perritos blancos, a excepción de los cockapoo, unos perros realmente monos y despiertos, aunque qué otra cosa cabía esperar de unos mil leches, que es lo que en realidad son los cockapoo. Los perritos blancos de pura raza por lo general tienen dueños idiotas que los tratan como complementos, porque son pequeños y los puedes subir al avión o llevártelos a un restaurante. (En cambio, Nina no juzgaba a quienes los adquirían porque eran hipoalergénicos. Eso era una razón médica, la única aceptable para tener un perro así.)
Pero analiza a cualquier propietario de un perrito blanco y descubrirás a un padre psicótico que cree que su mascota pertenece a una raza especial y única y que te taladra con detalles sobre las diferencias entre un bichón frisé y un bichón maltés, algo que a Nina, claro está, le importaba un pimiento.
En cualquier caso, desde el punto de vista estético, cuando iban en jauría eran todo un espectáculo.
Los llevó a pasear cerca del estanque con la esperanza de toparse con Daniel. Sabía que iba a correr cada mañana y conocía su recorrido. Hoy el parque estaba atestado, incluso había gente en el camino de caballos por el que llevó a los perros. Todo el mundo la miraba, sonriendo y señalándola con el dedo; era una auténtica atracción. Se guardaría mucho, sin embargo, de pasar por la pista para corredores. Los que iban al parque a hacer footing se comportaban como unos auténticos hijos de puta cuando se encontraban con perros, cochecitos de bebés, peatones e incluso sillas de ruedas, y aquella mañana Nina no tenía la energía suficiente para soportarlo, especialmente con aquellas sandalias nuevas tan cucas que la estaban matando.
Cuando se aproximaban al túnel del extremo sur del estanque, un perro salió disparado de la oscuridad. Era Sid. «Mierda —pensó Nina mientras el perro se aproximaba a toda velocidad—, ahí viene.» Porque allí donde estuviera Sid, estaría Daniel. El corazón de Nina volvía a latirle a cien por hora, y una sonrisa espontánea se le dibujó en la cara al tiempo que se atusaba el cabello con la mano y se secaba el sudor de la frente con la camiseta.
Entonces lo divisó. Llevaba camiseta y pantalón corto, el pelo como si acabara de salir de la ducha, unos auriculares y un reproductor de MP3 en la mano izquierda, y aparentemente estaba muy concentrado en la música. Corría hacia ella, pero no la había visto.
Y entonces la vio. Le sonrió y se le formaron arrugas en los ojos y hoyuelos en las mejillas. Era difícil no verla en medio de aquellos once perritos blancos de los que la gente acostumbra a mimar y llevar en brazos. Parecía la Bruja Buena del Norte rodeada de bichones en lugar de Munchkins. Además, llevaba una falda muy corta en lugar de sus habituales pantalones cortos, una blusa ligera en lugar de la habitual camiseta raída de alguna universidad y unas sandalias de lo más incómodas en lugar de las botas.
—¡Daniel! — lo saludó.
Fue él quien se acercó, porque en aquel momento Nina no podía moverse: los perritos corrían alrededor de ella en círculo. Tal vez ella se caería (aunque esperaba no hacerse mucho daño) y él tendría que ayudarla a levantarse (cosa que no estaría nada mal).
—Hola, Nina.
Y de pronto, Daniel se puso muy serio y adoptó una expresión casi severa. Si no lo conociera, ella habría pensado que estaba borracho. ¿Acaso sabía que había estado en su apartamento, hurgando en lugares en los que no debería haber hurgado? Mientras él caminaba hacia ella se quitó los auriculares, los dejó colgando del cuello y apagó el reproductor de MP3.
—Bonito séquito. ¿Qué llevas ahí? Diez... ¿cómo se llaman? ¿Bichones frisé? — preguntó Daniel. La sonrisa asomó de nuevo a su rostro a medida que se acercaba a ella tanto como se lo permitía el torbellino circundante.
—Vaya, veo que estás bastante bien informado. Pero en realidad sólo hay un bichón frisé, esa perrita de allí, Stella. Ése de ahí, el que está meando sobre la roca, es Zardoz, un cruce de bichón y Yorkshire. También tengo dos chipoos, Sam y Dave, esos dos de ahí con el lacito rosa, Jedi, el cockapoo, y Jackie O. y John F., los dos cotones de Tulear. Luego está Annie, la Lhasa Apso, el perro del demonio. ¿Y sabes qué? Cuando está en su casa lleva pañales de perro. Te lo digo en serio. Y esos tres bichones malteses son Larry, Curly y Moe. Once perros yuppies en fila.
—¿Y cómo logras distinguirlos? A mí me parecen todos iguales...
—¡Menudo experto en perros estás hecho! Y ahora no digas que «algunos de tus mejores amigos lo son»...
Él se rió y bajó la vista. Las sandalias de Nina le dejaban al descubierto las uñas pintadas de color rosa pálido. Aunque tenía los pies nudosos y arqueados, éstos ofrecían una apariencia delicada y hermosa en comparación con su pinta habitual de motera con perros. No estaba seguro de cuál de los dos looks le gustaba más.
—Hoy no llevas botas.
Nina estaba tan sorprendida y contenta que apenas pudo contenerse.
—Te has dado cuenta, quiero decir...
—Ni camiseta universitaria.
«Ha dado resultado», se dijo Nina, que notó un tirón en las correas.
—Todos quietos. Será un minuto, por favor.
—Tienes buen aspecto.
Nina bajó la mirada y volvió a subirla.
—Gracias, tú también. Es decir...
—Pero tiene que ser difícil andar con esos zapatos —señaló, posando la vista primero en aquellos pies embutidos en las sandalias de tiras, luego en las piernas de Nina y finalmente en sus ojos. Al advertir que ella lo había pillado mirándola, se ruborizó.
—Bueno —suspiró Nina—, será mejor que termine de pasear a los perros.
Pero ¿qué estaba diciendo? ¿Era idiota rematada? ¿Por qué tenía que recordarle en qué consistía su trabajo cuando el objetivo de aquel encuentro era precisamente que él se llevase una impresión de ella distinta de la habitual?
—Es verdad, estás trabajando.
La había fastidiado. Nina soltó un resoplido y siguió adelante.
—Recojo a Sid luego, ¿está bien?
Él asintió.
—Tengo una reunión, o sea que sí, gracias.
—Claro, es mi trabajo. — «Aunque yo te pagaría por poder ir a recoger a Sid», pensó Nina.
—Es increíble que a la gente puedan gustarle estos perros —comentó Daniel—. Son monos, pero no tienen olfato ni instinto. Es como tener muñecas.
—Sí, bueno, la gente es muy rara —convino Nina.
Él puso la espalda muy recta.
—Es verdad —dijo, clavando en ella los ojos entrecerrados, como si intentara verla de más cerca—. Se mete donde no la llaman.
Eso la desconcertó.
—Tal vez sólo van de visita —repuso ella, a la defensiva.
—Y fisgonean.
—Ah, ¿sí? — inquirió Nina, enarcando las cejas, pensando en él y la señora Chandler, y en su nombre en el ordenador.
—Espían a la gente.
—Mienten —añadió Nina, preguntándose por qué él, un abogado, estaba investigando a la señora Chandler.
—Invaden la intimidad de los demás.
—Eso es —concluyó Nina.
Se observaron mutuamente. Los perros empezaban a ponerse nerviosos. Annie estaba olisqueándole el trasero a Sid, y Moe estaba olisqueando el de Annie, pero Sid no estaba interesado en el trasero de nadie; lo único que quería era alejarse lo antes posible de todos aquellos perros rata.
—Será mejor que te vayas —dijo Nina—. Sid está intranquilo.
El perro había comenzado a enseñar los dientes y gruñir, con el pelo erizado y la cola tiesa.
—No, está bien. Camina un rato conmigo —le pidió Daniel—. Vamos.
Nina vaciló.
—¡Vamos! — insistió con firmeza.
Era imposible negarse, de modo que rodearon juntos el estanque con doce perros, mientras Daniel sujetaba a Sid lejos de los demás.
—Dime, ¿por qué te dedicas a pasear perros?
—¿Y por qué no? ¿A qué tendría que dedicarme? ¿A un trabajo «de verdad»? ¿Te refieres a eso?
Él pasó por alto su tono defensivo.
—Bueno, ¿has sido siempre paseadora de perros?
—¿Por qué? ¿Tiene algo malo pasear perros? — ¿Por qué todo el mundo daba por sentado que pasear perros era algo a lo que uno se dedicaba cuando fracasaba en lo que realmente quería hacer?
—No, sólo lo preguntaba por curiosidad. ¿Hay algún problema con eso?
—No, lo siento. Lo hago sólo desde hace un año. Mi amiga, Claire, tenía que irse a Los Ángeles temporalmente y yo ocupé su lugar, temporalmente también.
—Un año entero no es tan temporal. ¿Dónde trabajabas antes?
—En Random House. En publicidad.
—¿Y lo dejaste por esto?
—No había mucho que dejar. Excepto para mi madre; se quedó sin material para fanfarronear.
—Eres muy mala hija.
Nina escrutó su rostro para ver si estaba bromeando. Y sí. Entonces le devolvió la sonrisa.
—Debes de ganar bastante dinero. Teniendo en cuenta lo que yo te pago y multiplicándolo por ¿cuánto? Paseas a muchos perros, ¿no? Y lo cobras todo en negro, ¿verdad?
—No me va mal.
—Un negocio en el que se cobra en negro. Todo contribuyente debería tener uno.
—¿Y tú qué? ¿Eres abog...? — Nina lo pensó mejor y se calló, pero era ya demasiado tarde.
Daniel achicó los ojos hasta que quedaron reducidos a dos finas rendijas, y sonrió.
—Puedes decirlo, no es una palabrota. Venga, repite conmigo: «abogado». Vamos.
—«Abogado» —repitió ella, y los dos se rieron.
—¿Cómo lo has adivinado? — preguntó él, aunque lo sabía perfectamente.
—Bueno, eh... por intuición. Tienes pinta de abogado. Sid es el tipo de perro que tendría un abogado. Y tu apartamento, bueno, por lo que he visto, parece el lugar donde viviría un abogado.
—«Por lo que he visto» es la frase clave de la oración.
—El vestíbulo.
—No te olvides del baño y de...
—Nada más. No he visto...
—El pasillo que va del vestíbulo al baño, ah, y el dormitorio: tuviste que cruzarlo para llegar al baño.
Nina tenía que interrumpirlo, desviar el tema.
—Sí, creo que fue por la bañera, la ducha y el lavabo. Hablaban por sí solos; tenían la palabra «abogado» escrita por todas partes —aseguró con una risita—. Me había olvidado del baño.
—Hmmm. Pues yo no —replicó él con una sonrisa.
Subían por East Side y se acercaban al cruce con West Side. Los perros estaban felices de ir ya rumbo a casa, y Nina y Daniel parecían muy concentrados en el camino. Pasaron varios minutos hasta que uno de los dos volvió a abrir la boca.
—Y mi trombón —dijo Daniel.
—¿Cómo?
—Mi trombón, he dicho.
Nina notó que el corazón le latía como la batería de un cuarteto de jazz.
—Esto... ¿tú tocas el trombón?
Él se quedó mirándola, sin responder. Finalmente, tras un rato que a ella le pareció eterno, Daniel preguntó:
—¿Te gusta el jazz?
—Sí, claro. Supongo.
El corazón había pasado de ser la caja a ser el bombo: Daniel estaba a punto de invitarla a salir o de cantarle las cuarenta.
—¿Te gustaría ir conmigo a ver a Slide Hampton? Actúa en el Vanguard y es un trombonista sensacional. Porque a ti te gusta el trombón.
No lo dijo como una pregunta, de modo que Nina no contestó.
—No sabía que hubiera estrellas del trombón.
—Son trombonistas estelares, pero no son estrellas. Hay muchos trompetistas y saxofonistas que lo son, por supuesto, pero los trombonistas nunca han tenido el mismo reconocimiento. El trombón es el más infravalorado de los instrumentos de viento de metal. Las trompas de pistones tienen la música clásica, las tubas tienen marchas militares y las trompetas y los saxos suenan por todas partes. Pero... ¿trombones? El trombón es el instrumento de metal olvidado, el discreto, conmovedor, espiritual hermano de la trompeta.
Nina estaba fascinada ante la pasión con que lo explicaba.
—Bueno, entonces ¿quieres ir a oír uno? ¿Cinco, en realidad? Hampton ha montado un quinteto de trombones. Será todo un acontecimiento. Y he pensado que, ya que tienes tanto interés en ello, en fin, que tal vez te gustaría ir.
—Sí, desde luego, pero en realidad no tengo...
—¿Esta noche?
—¿Esta noche? — Nina meditó por un instante y se acordó de algo. Se dio una palmada en la cadera—. Oh, no, esta noche no puedo. — Tenía una cena con Claire, y jamás cancelaba una cita con una amiga por un hombre. Ni siquiera por ése.
—Vale, ¿y mañana? Tocan varios días. La primera sesión es a las siete; podríamos cenar antes.
Oh, Dios. Oh, santo Dios. ¡Sí, sí! El sol despuntaba por encima de las copas de los árboles, y ella notaba su calor en la cara. Los perros olfateaban alegremente el aire matutino y, o mucho se equivocaba, o aquello era la vida. Hacía una mañana perfecta, perfecta. Mira, ¿ves? La vida cambia en un segundo.
—Bueno —fue lo único que acertó a decir.
Llegaron al West Side.
—¿Es un «bueno, sí»?
—Bueno, vale —dijo ella, articulando las palabras con todo cuidado.
—Lo tomaré como un sí. ¿Te paso a recoger?
Nina tenía que pensar deprisa si quería evitar los típicos trámites de una «cita» que eran, por así decirlo, el beso de la muerte.
—¿Y si nos encontramos allí?
—De acuerdo, ¿sabes dónde es? La Séptima con la Once; es un local pequeño en la acera norte. A las siete y media, ¿vale?
—¿La Séptima con la Once? — Nina se ruborizó por su desconocimiento del Village.
—Séptima Avenida con la calle Once —aclaró él con una sonrisa.
Nina asintió en señal de que lo seguía.
—A las siete y media —repitió, presa de un estupor nervioso, abrumador, terrible.
—Bien. Y ahora me tengo que ir. Algunos de nosotros nos ganamos la vida trabajando, ¿sabes? — dijo con una sonrisa guasona—. Es broma —agregó, tomándola del brazo—. Entonces, ¿nos vemos mañana? Será una noche de trombones.
Nina se llevó la mano a la zona que él le había tocado y contestó.
—Sí.
Nina se había convertido en una idiota de las citas, en una citafóbica, una incapacitada para salir con hombres. Para ella, una cita con Daniel era lo más alto a lo que podía aspirar, algo casi tan alto como el Everest, y el aire allí arriba estaba tan enrarecido que costaba respirar. Incluso podía entrañar un riesgo mortal; un paso en falso y caías en brazos del amor y/o de la muerte.
Él se alejó hacia el centro con Sid, se puso a correr, pronto Nina lo perdió de vista. Sin embargo, tuvo tiempo di fijarse en el movimiento de su cuerpo, en sus pantalones cor tos, con aquellas piernas y aquellos hombros tan musculosos, de inspirar a fondo y soltar el aire, de cerrar los ojos e imaginar que él la abrazaba, la besaba y...
Pero el batallón de perros blancos la devolvió a la realidad de un brutal tirón, y todos juntos emprendieron el camino de casa.
Él corría como el viento, como si no hubiera corrido ya sus siete kilómetros. Se sentía como si estuviese medio colocado, aunque apenas se acordaba ya de esa sensación: desde la época de la universidad no había vuelto a fumar un porro. Y estaba emocionado, aunque prácticamente se había olvidado de lo que era eso, pues hacía mucho tiempo que no se permitía sentir. Además, aquélla era una mujer tan rara... Pero estaba magnífica, rodeada de todos esos perros blancos. Había algo en ella (aquellas manos fuertes, aquellos ojos encantadores, aquella boquita, su inesperada vulnerabilidad, su franqueza) que lo dejaba fuera de combate. Vaya, aquello no estaba pasando de verdad, ¿o sí? No en ese momento, no mientras se hacía pasar por Daniel y no con aquella chica loca que era una verdadera fisgona de tomo y lomo, además de una evasora de impuestos. Acabaría por enamorarse de ella o por detenerla, o ambas cosas. La última vez que eso había ocurrido (lo de enamorarse, no lo de arrestar a nadie), la cosa había terminado muy mal; y en aquella ocasión, además, no se había hecho pasar por otro. La que se armaría cuando ella descubriera, si es que llegaban tan lejos, quién era en realidad y a qué se dedicaba. Ser abogado ya está bastante mal visto, pero ¿un inspector de Hacienda? Su experiencia le había enseñado que, sabiéndolo de antemano, una mujer podía llegar a acostumbrarse a la idea, pero que descubrirlo por sorpresa podía tener resultados catastróficos.
¡Y tal vez ella sólo había accedido a salir con él porque creía que era Daniel! El Daniel de las fotos, con un apartamento impecable y el perro perfecto.
Y, ahora que lo pensaba, ¿cómo sabía Nina que Daniel era abogado? Tal vez Pete, el bocazas del portero, se lo había contado. O tal vez ella lo había deducido, tras leer alguno de sus informes u otros documentos en el apartamento. Menos mal que se había tomado tantas molestias para ocultar su profesión y su verdadera identidad. Ella había rebuscado en el armario; había abierto el estuche del trombón; había aplicado los labios a la boquilla; se había bañado en su bañera. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar esta Nina? ¿Y si no tenía límite?
Lo único que Billy sabía era que, la próxima vez, quería estar en la bañera con ella.
Cuando Nina terminó de pasear a los perros y los devolvió a sus casas, los pies le sangraban en varios sitios. Tenía tres llagas en el derecho y cuatro en el izquierdo. Se sentó en el borde de la cama, recriminándose su estupidez mientras se echaba agua oxigenada y se ponía tiritas, y mientras Sam le lamía dócilmente las plantas. Sí, Daniel se había fijado en ella (tendría que haber sido Stevie Wonder para no hacerlo), pero sabía lo de la bañera. Sabía lo del trombón.
Y, a pesar de todo, la había invitado a salir. Nina lo había logrado. «Ahora no vuelvas a meter la pata», se dijo, como si fuera su madre. Se refería a la cita, no a la bañera.
Aspiró profundamente e intentó acordarse del aroma almizcleño que despedía la camiseta del armario.
13
Aquella noche, Claire fue a cenar a casa de Nina. Asaron a la parrilla un róbalo, melocotones y maíz, y bebieron Coronitas con lima. Se acodaron sobre el murete de la terraza mientras una muchedumbre entraba en el parque con mantas, cestas con comida y vino, preparados para oír a la Filarmónica de Nueva York interpretar piezas de Mozart, Schubert y, por supuesto, la Quinta de Beethoven con un final apoteósico de fuegos artificiales. Se pasaron la noche escuchando (los ruidosos helicópteros en vuelo rasante, las sirenas de los coches en la calle y la extraordinaria música) y disfrutaron de la brisa sensual del húmedo aire nocturno.
—Toca el trombón —comentó Nina.
—¿En serio? — preguntó Claire—. Caray, ¿qué te ha pasado en los pies?
—Sandalias nuevas. Encontré el estuche en el armario.
—Vas a conseguir que te arresten. Y entonces irás a la cárcel, te pondrán un mono naranja y te sodomizarán...
—¿En serio? Mmm...
A Claire le entró la risa.
—Sí, una mujer de sesenta y cuatro años sin dientes y un tatuaje en el antebrazo en el que pone «¿Quién es tu papá?».
—¿Qué tal te han ido las audiciones?
—Tienes que dejarlo —le dijo Claire—. En serio; no está bien.
—Ya lo sé, pero... —Nina la miró con fijeza—. ¿Tan malo es? De acuerdo, curioseo un poco.
—Curioseas un montón.
—Vale, curioseo un montón. ¿Tú no curioseabas de jovencita cuando hacías de canguro?
—Hay una diferencia entre tener trece años y tener treinta y cinco. Entonces era algo que todo el mundo se esperaba que hiciéramos y, además, tampoco entendíamos lo que encontrábamos. Tú eres como una versión crecida de la niña de Los Cinco, siempre investigando. Cuando un niño fisgonea, queda mono, pero cuando lo hace un adulto, da miedo. Además, acuérdate de todos los líos en los que se metían Los Cinco.
—Bueno, pues soy un poco mayor, ¿y qué?
—Unos veinte años mayor. Eso es más que una década. Es un...
—Un bi... lo que sea.
—Permíteme que te haga una pregunta: ¿cómo te sentirías si...?
—Fatal. Cabreada. Violentada.
—Pues eso.
Las dos amigas guardaron silencio por unos instantes escuchando el sonido de los instrumentos de cuerda con el ruido de fondo de la calle.
—Nina... ¿Cómo decírtelo con suavidad?... MUEVE EL CULO y haz algo con tu vida. Vuelve a tu trabajo editorial Te gustaba...
Nina la fulminó con la mirada.
—Pues no te disgustaba tanto. Y tenías un buen sueldo.
—No tan bueno como con esto.
—Pero esto no es una profesión; esto no es vida.
—Yo soy feliz, ¿eso no cuenta?
—No, no eres feliz. Simplemente no eres infeliz.
Nina empezaba a acalorarse y a enrojecer.
—¿Vamos a hablar de eso cada vez que nos veamos? ¿De mi vida? ¿Y qué pasa con la tuya? Tampoco parece que hayas conseguido ese gran papel que al parecer crees que mereces.
Claire la miró con rabia.
—Qué mala leche tienes. Yo sólo te digo todo esto porque te quiero.
Nina no respondió. Se sentía tan mal por lo que acababa de soltarle a Claire, estaba tan enfadada que no le salían las palabras para disculparse.
—Sólo necesito un poco de tiempo para aclararme las ideas. No tengo la intención de pasear perros para el resto de mi vida. Tengo sueños, tengo objetivos, ¿te crees que no?
—Lo que creo es que tienes miedo.
—¿Yo? ¿De qué?
—De implicarte en algo e ir a por todas. O de decir: «Sí, eso es lo que quiero hacer» y «Así es como quiero que sea mi vida». Porque te asusta la posibilidad de fracasar.
Nina titubeó, y Claire aprovechó para continuar.
—Y si no, dime: ¿cuáles son esos sueños y esos objetivos?
—No lo sé —suspiró Nina.
—¡Vamos! Claro que lo sabes. ¡Lo sabes, pero eres una gallina!
En ese punto, Nina perdió el control.
—Vale —chilló—. Quiero lo que todo el mundo: amor, respeto, éxito, niños y todo ese rollo.
—Nina, te quiero, te he querido y te querré siempre, lo sabes, ¿no? — le dijo Claire.
—Sí, bueno, yo tamb...
—Pero eso son chorradas —la cortó Claire.
Y Nina no pudo evitar esbozar una sonrisa; por eso le gustaba Claire. Porque pensaba como ella, Nina la narcisista.
—¡No lo sé!
—¿Qué es lo que no sabes? ¿Que son chorradas?
—No sé lo que quiero —dijo Nina—. ¿Tan grave es si paso un tiempo así? ¿No puedo esperar a que llegue el momento oportuno paseando los perros y haciendo cosas malas, muuuuy malas, en los apartamentos de otras personas?
—Puedes esperar a que llegue el momento oportuno, pero tienes que dejar de ser muuuuy mala —respondió Claire, arrancándole carcajadas a Nina con su imitación—. Y deberías comenzar a pensar en tu futuro.
—Algo saldrá, lo sé. Mi vida siempre ha sido así, las cosas me pasan. Me llaman y me dicen que en Random House buscan a alguien para publicidad justo cuando estoy buscando trabajo en alguna revista. Pronto descubro que no me hace feliz, pero no soy yo quien decide marcharse. No, eres tú quien decide irse a Los Ángeles. La vida decide por mí. No tengo las riendas de mi destino, nunca las he tenido.
—Ése es el montón de mierda más grande que he oído... Es una mierda del calibre de las del pastor alemán de la señora Joost.
—Ni hablar, es más como una mierda del perro salchicha de los Crutchfield.
Las dos amigas se rieron y contemplaron el helicóptero que sobrevolaba el parque mientras la sinfónica bordaba una pieza de Beethoven.
—¿Y qué me dices de tus esculturas? Son impresionantes. ¿Has intentado...?
—¡Las hago por diversión! — mintió Nina—. ¿Sabes lo que es la diversión?
—Bueno, pero deberías mostrárselas a la gente. Yo no sé mucho de arte, pero sé que son originales y mágicas.
—Eso es porque eres mi amiga y me quieres —repuso Nina apoyando la cabeza sobre el hombro de Claire.
—Te quiero, sí, pero te lo digo en serio, de modo que calla un momento y escúchame.
Entonces los fuegos artificiales estallaron sobre su cabeza y las dos se pasaron el resto de la noche entre «ooohs» y «aaahs». Mientras, Nina no dejaba de pensar que su amiga rarita Claire se había convertido en la sensata y ella se había vuelto rara. ¿Cuándo se había producido la transición? ¿Cuándo se habían invertido los papeles? ¿Era algo habitual entre amigos compensar los crecimientos y reveses del otro? Bueno, gracias a Dios ellas habían cambiado simultáneamente, porque la convivencia de dos chifladas habría resultado imposible. Tal vez por eso Nina y Claire estaban tan unidas y siempre lo estarían: porque oscilaban entre la sensatez y la locura con una sincronización perfecta.
—Por cierto —preguntó Claire de pronto—, ¿qué tiene de maravilloso? O sea, es mono y tal, pero para ti eso no es suficiente...
—¿Te refieres a Daniel?
Claire clavó en ella los ojos.
—No, al Mahatma Gandhi.
Nina soltó una risita.
—¡Pues claro que me refiero a Daniel! — dijo Claire—. Nunca lo he visto en carne y hueso; dime qué es lo que te tiene tan embelesada.
Nina suspiró y tomó un trago de vino.
—No es lo que te esperas.
—Vale, pero ¿cómo es?
Nina tuvo que reflexionar por un momento.
—Es profundo. Y creo que es fuerte. Tiene mucha presencia, ¿sabes? Aunque parezca que lleve un palo de escoba metido en el...
—Cosa que no será muy difícil sacarle... —se carcajeó Claire.
Nina asintió con la cabeza.
—Valora el hecho de estar vivo. Sé que suena...
—Suena bien —dijo Claire con una sonrisa.
—No es un chico corriente —aseveró Nina—. Y esos ojos...
—Sí —convino Claire.
—Y esa... —dijo Nina.
—Que nunca he visto.
—Ni yo, pero soñar es gratis, ¿no?
Claire se rió.
—¿Eso es todo?
Nina hizo una pausa con los ojos llorosos. Le había venido a la memoria algo de su pasado.
—Me mira de una forma... Me mira hasta el fondo, ¿sabes? — confesó Nina—. Es como si... como si se divirtiese conmigo.
—¿Y quién no, cariño? — preguntó Claire rodeándole los hombros con el brazo—. ¿Y quién no?
Más tarde, cuando ya la cocina estaba limpia y la parrilla fregada, Claire se había marchado y Sid había dado su último paseo, Nina estaba tumbada en la cama contemplando el techo. A Claire no le faltaba razón: llegaría un momento en el que Nina tendría que hacer otra cosa. No podía dar por sentado que ganaría siempre tanto dinero; cada vez había más competencia y, tal como estaba la economía, mucha gente comenzaba a utilizar las piernas para sacar el perro a pasear. Pero el dinero era sólo una parte del asunto. Tenía que sincerarse consigo misma: era ambiciosa. Quería y podía probar la fama, una vida más plena. Sabía que tenía que aspirar a más. El mundo de los paseadores de perros era demasiado pequeño; las calles, demasiado estrechas; las aceras, demasiado pedestres, y el vecindario, demasiado provinciano.
Y luego estaba Daniel. Al día siguiente por la noche. Revivía una y otra vez en su mente sus pocos encuentros: lo que había dicho él, lo que había dicho ella. Dios, qué nerviosa estaba, qué nerviosa...
En ese preciso instante oyó un grito fuera. Se incorporó en la cama y consultó el reloj: era la 1.30 de la madrugada. Sam, en la cama junto a ella, levantó la cabeza e irguió las orejas. Ahí estaba de nuevo: un alarido horripilante que venía del parque. Sam y Nina salieron corriendo a la terraza; ella se inclinó por encima del antepecho y el perro apoyó en él las patas delanteras, pero ninguno de los dos vio nada. Entonces sonó otro aullido y ya no les cupo la menor duda.
Era un perro.
Nina se puso lo primero que encontró, agarró la correa de Sam y ambos se precipitaron escaleras abajo.
Las calles estaban prácticamente desiertas. Sólo había algún que otro coche solitario y gente esperando un taxi en Central Park West. La multitud del concierto se había disuelto hacía rato y el parque parecía abandonado. El cielo estaba cubierto de nubes y era una noche oscura. Sólo los espeluznantes gañidos de un perro rompían periódicamente el silencio.
Cruzaron la calle hacia la zona del parque donde debía de encontrarse el aterrado cachorro. Sam se subió a uno de los bancos instalados junto al muro que rodea todo el perímetro el parque. Luego trepó al muro, algo que Nina nunca le había visto hacer. Lo cierto es que parecía tan desesperado como ella por ayudar.
Los aullidos se oían cada vez con mayor claridad. Entonces Sam debió de avistar algo, porque de repente saltó del muro y echó a correr hacia la oscuridad.
—¡Espera! — le gritó Nina—. ¡Sam, espera!
Pero Sam ya había desaparecido. Nina entró en el parque por el camino que arrancaba de la calle Noventa y tres, a media manzana de distancia. Las viejas farolas iluminaban el estrecho sendero, pero ella era incapaz de ver más allá. Si hubiera tenido tiempo de pararse a pensar en lo que estaba haciendo tal vez se habría detenido, llamado a la policía o pedido ayuda. Las sombras se alargaban a sus pies. Estaba asustada.
El área de juegos surgió de las tinieblas. Los columpios se alzaban amenazadores al otro lado de la verja de acero que los circundaba. Se acercó un poco y vislumbró al perro atado a uno de los barrotes de la verja. Sam también estaba allí, corriendo como loco de un lado a otro frente al perro. Cuando reparó en Nina corrió hacia ella y de regreso, como para alertarla.
Se acercaron cautelosamente al perro mientras Nina miraba por encima del hombro por si el dueño loco andaba por ahí, acechando, aunque en realidad sabía que no corrían peligro: habían abandonado al perro en el parque infantil como a un niño abandonado a la puerta de un convento, con la esperanza de que alguien lo encontrara y se ocupara de él. Nina estaba furiosa y a la vez aliviada de saber que no tenía nada que temer. A excepción, claro está, del propio perro, que estaba tan atemorizado que sin duda era capaz de cualquier cosa con tal de protegerse. Ella debía aproximarse con sumo cuidado.
El perro era pequeño y roñoso, con el pelo hirsuto y unos ojos aterrorizados. A Nina le dio la impresión de que era un cruce entre un terrier y un caniche. El perro tiraba con fuerza de la cuerda con la que lo habían atado por el cuello; daba un tirón e inmediatamente la soga, al contraerse, lo lanzaba contra la verja. Presa del pánico, el animal no había advertido (o no le importaba) que cuanto más fuerte tiraba, más fuerte chocaba contra los barrotes.
Nina vio que el roce de la cuerda le había abierto una herida en el cuello, donde tenía el pelo apelmazado por la sangre. Ató a Sam a un banco cercano, se puso de rodillas y, desde más de dos metros de distancia, comenzó a avanzar muy lentamente hacia el animal, con Sam jadeando y tirando de la correa a sus espaldas, intentando protegerla. Los gemidos del perro se habían convertido en ladridos; intentaba ahuyentar a Nina, a quien veía como una amenaza.
Pero a medida que se acercaba a él, el perro se calmaba. Nina se sentó a medio metro de distancia de él y aguardó hasta que se tranquilizó del todo y se puso a caminar de un lado a otro, tan lejos como se lo permitía la cuerda. Sam, al comprender que el perro abandonado no iba a hacerle daño a Nina, también se había calmado. Cuando los ladridos y lo gañidos cesaron, cuando el perro se quedó quieto, se sentó y se concedió finalmente un respiro, Nina le tendió la mano con la palma hacia abajo y sin mirarlo a los ojos. El perro esperó un instante y, al comprobar que Nina no hacía nada, le olisqueó la mano y la lamió. Ella le acarició la cabeza, las orejas y le rascó el cuello. Entonces se levantó, procurando no moverse bruscamente, desató la cuerda de la verja y se la enrolló en la muñeca para reducirla a la longitud de una correa, soltó también a Sam y se los llevó a los dos a casa.
Cuando llegaron, Nina le dio al perro comida y agua y le preparó una cama con una manta que guardaba para los invitados caninos que se quedaban a dormir. Le acarició el lomo y le rascó la parte posterior, lo que provocó que el animal meneara la cola con regocijo. A continuación, éste se tendió en el suelo, boca arriba, con las patitas levantadas, invitando a Nina a rascarle la tripa.
Entonces Nina cayó en la cuenta de que era una perra y se le cayó el alma a los pies. No sólo había sido abandonada en mitad de la noche, en la oscuridad del parque, sola y asustada por un dueño posiblemente cruel, sino que habían tenido que pasar dos horas desde su recogida para que la reconocieran como lo que era. Nina rompió a llorar, sujetó a la pobre perrita entre sus brazos y acercó la cabeza a la de ella.
—Mimi —dijo Nina—. Te llamaremos Mimi y tendrás siempre un hogar aquí.
Sam ladró y le dirigió una mirada acerada como la del león que protege su guarida.
—Habremos de encontrarte un hogar permanente, claro está, pero no hasta que estés preparada. — Nina sabía que aunque Sam estaba orgulloso de haberla salvado, por nada del mundo iba a permitir que aquella roñosa mil leches invadiese su territorio. Mimi se acercó al lecho de Sam y se tendió en él, agotada. Antes de que ninguno de los dos pudiera hacer nada, ella se quedó dormida. Sam miró a Nina, dio media vuelta y se fue a la cocina, que debió de parecerle un lugar más hospitalario para pasar la noche.
Nina fue al baño y después se metió en la cama. Y los tres durmieron sin interrupción hasta que sonó el despertador a la mañana siguiente.
Sam se sentía muy desgraciado por tener que salir a pasear con Mimi. Nina sabía que él no quería compartir esos momentos con ningún otro perro y que por eso ignoraba los intentos de Mimi por ganarse su amistad. Antes de salir, la perra había intentado en vano animar a Sam a jugar con ella al pilla pilla y a olisquearse el trasero. Sam estaba cabreado. ¿Cuánto tiempo más iba a quedarse aquella perra extraña en sus dominios? Aunque, por supuesto, Sam no expresaba verbalmente todos esos sentimientos, Nina los captaba como si le leyese la mente. ¿Por qué, si no, iba a cagarse Sam debajo de su mesa de trabajo? Era la primera vez que hacía algo así, y Nina esperaba que fuera también la última. En pocas palabras, no le quedaba más remedio que encontrarle un hogar a Mimi. Pero ni siquiera habían pasado veinticuatro horas; Nina no había tenido tiempo ni de terminar de limpiarle la herida del cuello. Le había lavado cuidadosamente la sangre y la mugre del pelo, pero le había parecido que la rozadura en la piel necesitaba otros cuidados para evitar infecciones. Más tarde llevaría a Mimi al veterinario.
El Proyecto Mimi, tal como Nina empezaba a referirse a él, iba a requerir tiempo. La habían abandonado, tal vez la habían maltratado y necesitaba una temporada para adaptarse a las comodidades de un hogar donde le brindasen cariño.
Sam tendría que acostumbrarse a ello. A ella.
14
El timbre sonó, y Safire soltó un ladrido. Ahí estaba. Era él. Ella sabía que él volvería pronto. Safire acercó corriendo hasta el telefonillo de la entrada, pero Constance se le había adelantado: descolgó el aparato cuando el perro aún no había llegado a la mitad del pasillo.
—¿Sí? — contestó, esperando la respuesta de rigor.
—Soy Daniel. ¿Puedo hablar con usted?
Constance pulsó el botón de la puerta exterior y oyó que se abría y luego se cerraba. Al cabo de un momento él llamó a la puerta y ella le abrió. Para entonces, Safire había llegado ya a la puerta principal. Recibió a Daniel con un gruñido.
—¡Safire, sé buen chico! — lo reprendió su dueña mientras el perro regresaba a su puesto junto a la pared—. No me imagino por qué no se alegra de verle. Ésa es una actitud inaceptable, Safire; hay que ser siempre cortés. ¿A qué debo esta encantadora visita? — le preguntó a Daniel, procurando que su sarcasmo no fuera demasiado evidente.
—Necesito su consejo. ¿Es un buen momento?
—Como cualquier otro —respondió Constance, incapaz de mentir—. Adelante, vayamos a mi despacho. ¿Puedo servirle una bebida?
—No, gracias.
—Por favor; finjamos por lo menos que se trata de una visita social.
—Pero...
—¿Vodka con soda le parece bien? — Y se dirigió a la cocina, dejando a Daniel solo en el despacho.
Cuando regresó, lo encontró sentado en el sofá, con la espalda rígida y la chaqueta oscura del traje desabrochada. Estaba leyendo con detenimiento el último número de Viajes y Ocio; tenía la revista abierta por la página de su artículo.
—Costa Rica. Me gustaría ir algún día.
—Es precioso; se lo recomiendo —le aseguró ella, tendiéndole la bebida.
Él bebió un sorbo y dijo:
—Trabajo para el gobierno federal.
Su franqueza la sorprendió.
—Sí, ya lo sé.
—Ya sé que lo sabe —replicó él sin pestañear—. Necesito su ayuda. Porque si no colabora conmigo van a mandar a otra persona; a alguien...
—¿... Menos atractivo?
Él sonrió.
Era atractivo, eso había que admitirlo.
—Por supuesto, estamos al tanto de sus pseudónimos, sus cuentas corrientes y la enorme cantidad de efectivo que posee. Sospechamos que hay más, pero no sabemos dónde lo guarda. Esto comenzó como una investigación por evasión de impuestos, pero hay indicios que apuntan a una actividad criminal. Y sé que a usted no le interesa que vayamos por ese camino.
Ella se mostró sorprendida de nuevo.
—¿Actividad criminal? ¡Eso es ridículo!
—Lo que nos preocupa es lo que no sabemos: de dónde saca todo ese dinero y cuánto más hay que no hayamos descubierto todavía.
—Apreciado señor, si quisiera que ustedes lo supieran, lo sabrían —afirmó ella con una sonrisa.
Él posó la vista en sus labios, y una oleada de vida le recorrió el cuerpo a Constance. Sus labios y su sonrisa habían sido siempre su mejor baza, y al parecer seguían siéndolo.
—Señora Chandler, necesito que colabore conmigo para evitar que esa gente se le eche encima.
—Llámeme Constance, por favor. ¿Cómo vamos a entablar una relación íntima (porque qué hay más íntimo que hablar del dinero de uno) si insiste en utilizar ese absurdo tratamiento?
—Van a venir, y usted lo sabe. Van a registrar el apartamento y la meterán en la cárcel a menos que me ayude a encontrar una forma de explicar sus circunstancias.
—¿Y qué van a hacer? ¿Mandar a la policía con una orden de registro? ¿Con qué pretexto? Necesitan un motivo, necesitan pruebas. De lo contrario, estarán infringiendo la ley.
—Encontrarán un motivo, créame. Si sospechan que está involucrada en el tráfico de drogas...
—Estoy en contra de la utilización de drogas de todo tipo, excepto, por supuesto, del uso esporádico de determinados fármacos que requieren receta, como Xanax o Ambien, si es necesario.
Él se rió y ahí estaba de nuevo: esa forma de ladear la cabeza, el brillo de sus dientes, aquella naturalidad y desparpajo. Mantenía normalmente una actitud tan tensa y tan reservada que en cuanto le venían ganas de reír, o sentía alguna emoción, era incapaz de disimularlo.
—No soy una traficante de drogas. Estoy en contra de ellas y jamás me involucraría en negocios que me parecieran poco éticos. Créame.
—Son ellos quienes no la creerán, y vendrán aquí y harán lo que haga falta para demostrar que tienen razón, si es que se conforman con eso.
—¡No pienso consentirlo! — exclamó ella indignada, poniéndose de pie.
—Ya lo sé —respondió él con una sonrisa—. Por eso estoy aquí.
—¿Y cómo sé que puedo confiar en usted? — preguntó Constance, aunque en el fondo sabía que él era de fiar. Volvió a sentarse.
—Porque soy la única esperanza que tiene. Y quiero ayudarla a salir de esto.
Pasaron uno o dos minutos sumidos en un silencio incómodo, mientras ella lo observaba beber, cruzar y descruzar las piernas, y aflojarse el nudo de la corbata.
—Tendrá que confiar en mí.
—La última vez que un hombre me dijo eso...
Ahora fue él quien arqueó las cejas y sonrió, gesto que le arrugó las comisuras de los ojos.
—Venga conmigo —dijo Constance.
Se levantaron, ella lo tomó de la mano y lo condujo hasta el dormitorio. Se quedaron en la puerta, mirando la cama. Entonces él sacudió la cabeza, sonriendo, incapaz de contenerse más.
—Ya lo sabe —concluyó ella—. Estuvo aquí.
—Sí.
—¿Y lo encontró todo?
—Eso creo.
—¿En el baño?
—Sí.
—¿En el piano?
—Sí.
—¿En la caja de galletas?
—Sí, también.
—¿Detrás del cuadro?
—Sí.
—¿Y bajo la cama?
—Muy gracioso.
Regresaron al despacho.
—Pero ¿de dónde sale todo ese dinero? Es imposible ganar esa suma escribiendo artículos de viajes.
—Querido, eso no se lo puedo decir, y le aseguro que me gustaría. Es mi secreto, un secreto sobre quién soy yo, sobre mi forma de ganarme la vida, sobre aquello a lo que me dedico, y no sólo es un asunto privado, sino que es importante para mí que siga siéndolo.
A él lo decepcionó que ella no lo hiciera partícipe de su secreto.
—Entonces no puedo garantizarle protección. Mientras me oculte información, no estará en mi mano ayudarla.
—No pensará...
—No, pero no puedo evitar que se le echen encima. Cuando vean todo esto, pensarán que está metida en asuntos de drogas.
—¿Es eso lo que usted cree?
—No, es ridículo.
—¿Acaso una mujer no puede ganar dinero de otras formas? Y aunque detesto tener que admitirlo, tampoco lo he ganado vendiendo suscripciones a revistas y menos aún vendiendo mi cuerpo.
Él estaba muy frustrado ante su negativa a decírselo. Aunque, en realidad, ¿por qué iba a hacerlo? ¡Él trabajaba para ellos! Desde el principio había sabido que ella tenía la pasta; la incógnita seguía siendo de dónde salía. Dio media vuelta para marcharse pero ella lo agarró por la manga.
—Yo he confiado en usted.
—No, no es cierto. Ya sabíamos (y usted sabía que lo sabíamos) que tenía ese dinero. Ahora lo he visto, muy bien: ¿y qué? Si no confía en mí lo suficiente como para decirme de dónde lo saca, no puedo ayudarla.
¿Por qué estaba tan enfadado? Estaba acostumbrado a que todo el mundo le mintiese, siempre: estafadores, falsificadores, evasores de impuestos, todos. Pero esta vez le dolía, y sabía por qué.
Porque le gustaba aquella mujer.
Mientras salía del apartamento se preguntó qué iba a hacer ahora. Volvió la cabeza y la vio de pie ante la puerta del dormitorio: orgullosa y obstinada, fuerte, atractiva y hermosa. Tenía una mente brillante pero no podría burlarlos para siempre.
Y entonces ella desplegó una de aquellas sonrisas que le daban a Billy ganas de protegerla para siempre.
15
Los golpes insistentes a la puerta de la entrada asustaron a Nina, que se levantó de un brinco y chocó contra la mesa de tal manera que las piececitas que tan cuidadosamente había clasificado según su tamaño, color y textura se desparramaron. No esperaba a nadie a esas horas y estaba trabajando en una nueva estructura. En la cadena de música sonaba la banda sonora de A Little Night Music, y Nina había estado cantando The Miller's Son a grito pelado, desafinando horriblemente, haciendo que el hermoso vals de Sondheim sonara como una pieza atonal de Stravinsky. Sam se despertó de un profundo sueño diurno, interrumpiendo sus sonoros ronquidos, y soltó un ladrido.
—¿Quién demonios...?
—Abre, Nina. Soy yo, Isaiah.
Ella fue hasta la puerta, echó un vistazo por la mirilla y abrió.
—¿Cómo has entrado en el edificio? — preguntó.
—Había un tipo saliendo, pero ¿qué más da eso? Ni siquiera tú te fías de mí —le recriminó él airadamente.
—Claro que me fío. ¿Qué pasa? ¿Quieres algo de beber?
—Sí, ponme un Long Island triple con té helado.
—¿A las once de la mañana? Ni hablar.
—Es broma. ¿O también crees que no tengo sentido del humor? ¿Qué te has pensado que soy, un imbécil?
Ése no era el Isaiah que ella conocía.
—Siéntate —le dijo—. Cuéntame qué pasa.
—Esto —respondió él, tendiéndole un ejemplar bastante maltratado de la revista New York.
—¿Estás enfadado porque uno de tus perros se lo ha comido? Pues deja de pasear pitbulls.
—No, no es que uno de mis «pitbulls», como incorrectamente los llamas, se lo haya comido. No seas zorrona y lee.
Ella odiaba que la llamaran zorra, aunque fuera en dialecto de rapero. Cada vez que oía la palabra se le revolvían las tripas. Pertenecía al mismo léxico que «película para chicas». Nina jamás se habría calificado de feminista, ya que detestaba esa etiqueta. ¡Como si hubiera mujeres que no quisieran cobrar lo mismo que un hombre en su misma posición, o no quisieran tener derecho a elegir, a ser y a hacer lo que quisieran! Pero, por el amor de Dios, si en una película no salían persecuciones, peleas de kung fu y pechos desnudos, tenía que ser para chicas. Si una mujer lo bastante dura lograba construir un imperio multimillonario, seguro que terminaba en la cárcel. Y si una mujer manifestaba su opinión, no faltaba quien la llamase zorrona.
—Soy una zorrona, y a mucha honra.
—Es «soy negro, y a mucha honra».
—Sí, es así y sí, lo eres. Aunque no tienes motivos para estar orgulloso.
El tono de Nina y sus palabras hicieron mella en la histeria de Isaiah.
—Perdona, Nina. Es que estaba cabreadísimo y tenía la sensación de que no me estabas escuchando. — Se sonrieron en silencio por unos instantes—. Zorrona —añadió.
Nina se rió, se sentó y comenzó a leer el artículo, que llevaba un título de lo más sensacionalista: «Paseadores de perros: ¿son de fiar o hacen perrerías?» Ella esperaba que Isaiah no hubiera notado cómo palidecía, pero él estaba cómodamente sentado, o más bien repanchingado, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, la cabeza apoyada en el borde del respaldo, las rastas colgando hasta el suelo y la vista fija en el techo.
—¿Te puedes creer que...?
—¡Chist! — lo cortó Nina, intentando recuperar el aliento y fingiendo que leía.
Isaiah le rascó las orejas a Sam.
—Es como si pensaran que los paseado...
—¡Chist! — lo hizo callar de nuevo Nina.
Él se incorporó.
—Joder, ¿quieres terminar de una puta vez de leer el artículo de los cojones para que podamos hablar de él?
Nina se levantó, se marchó al dormitorio con la revista y cerró la puerta; le faltaba el aire. Era imposible que Isaiah lo supiera, pero aquella misma mañana ella había estado en casa de los Quint y había descubierto un auténtico alijo.
Había pasado mucho tiempo desde el último fisgoneo, y Nina tenía el síndrome de abstinencia. Claro que cada día antes y después de cada paseo, se colaba donde no debía, y allí veía y escuchaba un poco más de lo conveniente, pero hacía tiempo que no llegaba hasta el final. Tal vez era su ansiedad (causada por la insistencia de Claire en que se negaba a mirar la vida de frente, o porque saldría con Daniel aquella noche) lo que provocaba esos impulsos. Cualquier otro se habría zampado una tableta de chocolate, pero Nina, al dejar a King, se sintió atraída hacia el interior, hacia una cajita plateada que descansaba sobre la chimenea de la sala de estar, una estancia espléndida, simple y elegante, que no cuadraba con los excesos que cometían los Quint con su mascota. King era el perro que comía carne de ternera orgánica y llevaba abrigo cuando hacía frío.
Nina estaba a punto de llevarse una gran sorpresa.
El sol matinal se reflejaba en la cajita de plata de tal forma que parecía que la luz salía de dentro. Así pues, como los dos Quint estaban en el trabajo, Nina se adentró en la salita y abrió la caja. Dentro había varios porros pulcramente liados y ordenados como sardinas listas para servir. Nina se acordaba de cuando fumar hierba era algo que sólo hacían quienes llevaban un estilo de vida alternativo: si fumabas chocolate, estabas en la onda. Actualmente, sin embargo, la marihuana había pasado a formar parte de la cultura de masas, y los porros se consumían como cruasanes. A ver cuánto tardarían en venderlos en las panaderías. Por eso nunca habría una revolución en Estados Unidos, pensó Nina, porque con el tiempo todo pasaba a ser de todos, cosa que, desde el punto de vista democrático, era algo bueno. Excepto cuando no lo era.
Bien, donde hay humo suele haber fuego, de modo que la siguiente parada de Nina debía ser la nevera. Se dirigió a la cocina, y su intuición resultó ser correcta: había tres botes de cristal, de los que se usan para guardar mermelada porque son herméticos, llenos hasta el tope de maría.
Y como donde hay fuego suelen hacer falta tratamientos de emergencia, Nina se encaminó al baño principal y, en el botiquín, encontró todas las drogas de moda del mercado. Había Ambien, Paxil, Xanax, Wellburtin, Zoloft, Percocet, Prozac, Viagra, Valium, Vicodin y Ativan. Incluso tenían Clomicalm, un calmante para perros.
En aquella casa, tomar drogas era una actividad familiar.
Movida por la sospecha de que encontraría más, echó una ojeada al armario empotrado del dormitorio, a los cajones de las mesitas de noche y de la cómoda. Pero no encontró más objetos de contrabando. Sí descubrió un vibrador y algunos juguetes sexuales, pero nada del otro mundo. Había visto utensilios mucho más estrambóticos en casa de los Kayes, los dueños de Lucy, mitad pastor escocés, mitad vete a saber qué, una perra loca que le aullaba a la luna, ladraba a los aviones y perseguía ovnis.
Así pues, se marchó.
Pero no sin antes llevarse uno de los porros de la cajita plateada de la chimenea. Ahora abrió el cajón de su mesita de noche, y ahí estaba.
Leyó rápidamente el artículo para ver si aparecía su nombre, con el corazón desbocado ante la mera idea de que alguien la hubiera delatado nada menos que en la revista New York. Aliviada al comprobar que no la mencionaban, pudo relajarse e indignarse: con la revisa, por no tener nada mejor que publicar, pero, sobre todo, consigo misma por ser una ladrona.
Tomó nota mentalmente de que debía devolver el porro a los Quint cuando fuera a recoger a King otra vez. Se había pasado de la raya. Una cosa era curiosear, y otra muy distinta, robar.
Cuando salió encontró a Isaiah dormitando en la terraza, tendido en una de sus desvencijadas tumbonas. Se sentó junto a él y lo sacudió con delicadeza.
—Isaiah.
Él abrió los ojos y, una vez que se acordó de dónde estaba y quién era, se levantó de golpe.
—Bueno —dijo—, ¿conoces a algún paseador de perros que haga alguna de las cosas que se citan en el artículo? ¿Alguien que rebusque en los armarios de quienes le pagan para pasear a sus perros? ¿Que tenga relaciones sexuales en su apartamento? ¿Que se pruebe su ropa?
—No, ni lo hago ni sé de nadie que lo haga. Tú tampoco, supongo. Todos los paseadores de perros que conozco se saben la regla de oro: entrar y salir. ¿Qué persona sería capaz de hacer algo así?
—¡Hacer el amor en el suelo! ¡Pero si yo me siento culpable incluso cuando tengo que ir al baño!
—Sí, yo también. — Nina estaba empezando a sudar, y el corazón le iba a cien por hora.
—¡Menuda mierda! ¡Esto es difamación! ¡Es una calumnia! Por cierto, ¿sabes qué diferencia hay entre ambas? ¿Entre difamación y calumnia? Yo no tengo ni idea.
—No lo sé. Me imagino que han hablado con un par de paseadores de perros, han supuesto que podían extrapolar sus experiencias al resto de los paseadores de perros de Nueva York y han escrito este artículo tan simpático. En fin, las revistas recurren a lo que sea para que la gente las lea.
—Vale, pero con esto han caído más bajo que nunca. Estoy harto, harto, harto de que me menosprecien por hacer un trabajo que nadie más quiere hacer.
—Pero es más que eso: no aparecen artículos sobre institutrices o canguros que roban cosas, que se duermen en el trabajo o que se pasan el rato mirando la tele y hablando por teléfono. No sería políticamente correcto. Pero a nosotros nos tratan como a ex presidiarios. Joder, ¡incluso yo me siento a veces como una ex presidiaria!
—Yo soy ex presidiario —puntualizó Isaiah, y ambos rompieron a reír—. ¿Sabes qué? — dijo finalmente, volviendo la vista hacia el parque—. Voy a fundar un sindicato. Sí, nena, eso es. Voy a ponerme en contacto con todos los paseadores de perros de Nueva York..., no, de Estados Unidos...
—¡Y de Norteamérica, y del mundo!
—... y fundaremos un sindicato que vele por nuestros salarios y nuestros derechos.
Nina se quedó mirándolo: lo creía capaz y se sentía avergonzada.
Cuando Isaiah se marchó, cinco minutos más tarde, ella volvió a trabajar en su estructura. Tardaría un tiempo en recuperar plenamente la concentración. Para ella, en eso consistía el proceso creativo: en liberar la mente y olvidarse de todo, olvidar lo que tanto la avergonzaba, las cosas que le quedaban por hacer, las cosas que habría querido decir, la mirada que Daniel le había lanzado en aquella ocasión, la faldita que quería comprarse, el armario que tenía que ordenar y el porro robado que tenía que devolver. Liberar la mente, vaciarla, y verse transportada a su reino de piedras, cristal, alambres, colores, texturas y sentimientos. Lejos, muy lejos de donde estaba.
El teléfono sonó. Send in the Clowns salía de los altavoces del aparato de música.
—Hola.
—Soy yo. — Era Claire—. ¿Puedo ir? Quiero contarte algo.
—Yo también. Te he llamado cien veces, me he pasado...
—¡Yo primero!
—¿Por qué? ¿Por qué tienes que ser tú la primera? — inquirió Nina.
—Porque he llamado yo.
—¿Y? Yo soy la destinataria de la llamada y es de mala educación no dejarme hablar primero.
—No te estoy escuchando —dijo Claire, y acto seguido se puso a cantar—. Da dadada, dadada.
—Bueno, pues habla, ¿Me oyes?
—Voy para ahí.
Sonó el timbre.
—Un segundo, llaman a la puerta —dijo Nina. Dejó el auricular sobre la mesa y descolgó el telefonillo—. ¿Hola? ¿Quién es?
—Soy yo —era Claire.
—Un segundo... —Nina miró alternadamente el teléfono y el interfono, totalmente desconcertada.
—¡Ábreme la puerta! — chilló Claire a través de los dos aparatos.
Nina abrió, colgó el teléfono y se quedó junto a la puerta, esperando a que Claire llegase. La oyó subir las escaleras y abrió la puerta. Las dos amigas se abrazaron; Claire estaba sin aliento y sudaba copiosamente (en esta ocasión con motivo). Ambas hablaron casi al mismo tiempo:
—Me han llamado para un trabajo —susurró Claire.
—Esta noche salgo con Daniel —susurró Nina.
Y entonces se miraron mutuamente sin abrir la boca por unos momentos antes de prorrumpir en unos chillidos que habrían despertado a todo el edificio en caso de que alguien hubiera estado echando la siesta aquella tarde bochornosa.
16
Se encontraron en el Village Vanguard esa noche en la Séptima con la Once, para oír el quinteto de trombones de Slide Hampton.
Hacía mucho tiempo que Nina no iba al Village y años que no entraba en el Vanguard. Estaba emocionada. El Village se le antojaba tan lejano y extraño que le parecía europeo y pintoresco en comparación con el ambiente de las zonas residenciales del Upper West Side por el que solía moverse, hasta tal punto que le sorprendió que la dejaran entrar sin pasaporte. Daba gusto andar por la parte baja de la ciudad, y estar con Daniel hacía que la experiencia fuese aún más increíble. Se sentía adorable, encantadora y guapísima con sus sandalias de tacón (ya domadas tras la su tortuosa y sangrienta caminata del día anterior), y con su vestidito sin mangas de las citas.
—Tienes buen aspecto —le dijo Daniel cuando se encontraron, delante del local.
Él había llegado primero y la esperaba en la acera. Los tejanos le daban un aspecto informal nada habitual en él. El sol del atardecer proyectaba una franja azul en el cielo, bordeada por unas nubes azul lavanda sobre la orilla oeste del río Hudson.
—Tú también —respondió ella, preguntándose por qué siempre que estaba con él le faltaban las palabras. ¿Y qué esperaba? Estaba nerviosa y aquello era importante; pues claro que le faltaban las palabras.
—Entremos.
Pidieron dos hamburguesas y cerveza, charlaron un poco de las noticias del día y de la situación del corral para perros del parque, y finalmente la música empezó. Cinco trombones acompañados por una batería, una guitarra y un piano tocaron varias piezas clásicas de jazz que sonaban más bien como marchas fúnebres.
—No funciona —sentenció Daniel al final de la primera parte—. Qué decepción. No quiero que te lleves una idea equivocada —añadió, preocupado—. El trombón es un instrumento increíble, pero hoy la selección de piezas, los arreglos y la combinación de los cinco trombones es un verdadero desastre. Vámonos.
Nina le dedicó una mirada de comprensión.
—Tampoco está tan mal.
—Tienes que oír lo que es tocar de verdad. Espera, ahora vuelvo.
Desapareció detrás del escenario y, un minuto después aproximadamente, regresó con un estuche de trombón; no tenía asa, sus bisagras estaban rotas y estaba tan gastado y destartalado que había que cerrarlo con cinta adhesiva.
—Vámonos —dijo—. Demos una vuelta.
—¿De quién es...? — preguntó Nina, señalando el misterioso trombón.
—De uno de los chicos. Me conocen; toco con ellos de vez en cuando.
—El tuyo es más... —¡Mierda! Pero ¿qué estaba diciendo?—. Quiero decir que debes de tocar muy bien.
Él enarcó una ceja, mirándola de reojo.
—Es importante para mí.
Hacía una noche hermosa, muy plácida. Les llegaba una suave brisa procedente del río. Hacia allí caminaban precisamente, en dirección a los muelles renovados recientemente que se adentraban en el río desde la autopista del West Side. Es fácil olvidarse de que la ciudad más grande del inundo es una isla. Al parecer, los urbanistas encargados de la planificación de la ciudad también lo olvidaron, ya que, hasta hacía poco, Nueva York no tenía prácticamente paseo marítimo: ni restaurantes, ni parques, ni nada. Bueno, tal vez había un par en el puerto de South Street, pero eso no contaba. Ahora, en cambio, toda la ciudad, desde el Village hasta el Soho, desde Tribeca hasta Battery Park, se había abierto hacia el agua, y proliferaban los parques, los carriles para bicicletas y los restaurantes.
Enfilaron Perry hacia la carretera, y desde allí se encaminaron a Charles Street, donde la ausencia de edificios altos les permitió contemplar el cielo como si hubiesen salido de una cueva tras una larga hibernación. El sol acababa de ponerse detrás de Nueva Jersey, y aunque el concepto en sí no era muy romántico, la visión sí lo era. A lo largo de la orilla del río Hudson se encendían luces que, al reflejarse en el río, brillaban con más fuerza. La bóveda celeste presentaba un peculiar color azul oscuro. A Nina le pareció un cielo perfecto.
Cruzaron la carretera iluminados por las luces de Charles Street y se dirigieron al muelle. Bordeado de mesitas y sillas, con una franja de césped acabado de cortar en el centro, el muelle se encontraba aún en perfecto estado dos años después de su inauguración. Nina se preguntó si los vándalos y los artistas de las pintadas terminarían dejando también allí sus huellas o si, para variar un poco, estarían a la altura y respetarían aquel oasis recién descubierto a la orilla del agua.
Juntos, Nina y Daniel recorrieron el muelle entero, con las luces de Battery Park City a la izquierda los rascacielos del Upper West Side a la derecha, y la luz del crepúsculo tras las montañas de Nueva Jersey, al otro lado del río.
—Fíjate en eso —dijo Daniel en voz baja, casi susurrante—. Increíble, ¿no?
Hizo un gesto con la cabeza, y ella siguió su mirada, aunque en realidad no hacía falta. Allí, a medio camino de los acantilados que se elevaban en la otra margen del río, se ofrecía a la vista algo increíble: una antigua señal del ferrocarril, con tres grandes arcos verdes, se alzaba sobre el río Hudson. En ella podía leerse LACKAWANNA, con letras grandes e imponentes, rodeadas por la luz del sol poniente. Un pequeño remolcador tiraba de una barcaza en la oscuridad.
Nina se preguntó si la palabra LACKAWANNA designaba el deseo de poseer algo que no se tiene o no se puede tener. O quizá significaba todo lo contrario: la falta absoluta de deseo. Suba a este tren y nunca más deseará nada.
—Es una antigua palabra que se utilizaba en Delaware y que quiere decir «río que se bifurca» —explicó Daniel.
Nina sonrió, sin apartar los ojos de la señal, mientras Daniel le tomaba la mano. Entonces se miró los dedos, entrelazados con los de él, notando su tamaño, su calor y su fuerza.
—Dime —musitó él, rompiendo el silencio—, ¿qué se siente al entrar en los apartamentos de la gente cuando no hay nadie?
Aquello la pilló desprevenida. LACKAGAMOS, pensó. ¿Por qué tenía que preguntarle precisamente eso? ¿Sabía que se había bañado en su bañera? ¿Que había olfateado su camisa, se había acostado en su cama y se había puesto la boquilla de su trombón en la boca? ¿Lo sabía?
—Normalmente no estoy sola. En casa de Luca, por ejemplo, suele estar siempre su dueño, Jim. Y Safire está casi siempre con la señora Chandler.
—Pero seguro que a veces pasan cosas divertidas.
Nina lo observó de soslayo. ¿Qué pretendía averiguar?
—El otro día entré en casa de los Quint mientras hacían el amor.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Qué hiciste?
—Oí al señor Quint decir: «¡Oh, así, perra, así!» Y como King estaba conmigo en la puerta, deduje que debía de estar hablando con una mujer.
Daniel se rió.
—Con la señora Quint, seguramente.
Nina también se rió.
—¿Y qué tal es ser abogado? Tú eres abogado de empresa, ¿no?
—Sí. Es muy aburrido, no vale la pena hablar de ello. Créeme —aseguró él, mirando la señal en la margen opuesta—. ¿Y en los demás apartamentos? ¿Alguna vez te han dado ganas de hurgar en un armario? ¿En el botiquín? ¿En el lavabo?
—Desde luego, pero no estaría bien. Los paseadores profesionales de perros nos regimos por varias reglas no escritas, y una de ellas es respetar la intimidad de la gente.
—Ajá —dijo él—. Y debes de ganar bastante dinero. Todo en negro, además. — No era la primera vez que le hacía este comentario.
—No me va mal. — Nina se sentía incómoda con tanta pregunta. ¿Adónde quería llegar? Se soltó la mano de la de él.
—La verdad, según Heidegger, es ambigua. Relativa, en realidad, y condicional.
Caray, ¿ahora citaba a Heidegger? Nina se quedó callada y él también, mientras contemplaban las luces de Nueva Jersey reflejadas en el río.
La oscuridad se hizo más densa, hasta que la negrura del río se fundió con la de los acantilados de Nueva Jersey y la del cielo. Sólo las luces del Lackawanna permitían distinguir la tierra del agua.
Hablaron un poco sobre la familia, la universidad y el trabajo, y cuando el tema de sus historias pasadas (abordadas de modo superficial e inocuo) se agotó, Daniel le preguntó a Nina:
—¿Qué otras cosas te importan además de pasear a los perros?
Nina soltó un bufido, reflexivo pero bufido al fin y al cabo. Se ruborizó.
—Es algo que hago a veces, pero no es con mala intención. Me sale así.
—A mí también. Vamos, dime.
—Mi amiga Claire, mi perro, la loca de mi madre. — Se detuvo a pensar—. Mis estructuras.
—¿Estructuras?
—Me dedico a hacer unos objetos colgantes raros. Es difícil explicarlo; tendrás que venir un día a mi casa y verlos por ti mismo.
Daniel arqueó exageradamente las cejas, como Groucho.
—¿Me estás invitando a ver tu colección de sellos?
A Nina se le escapó una carcajada.
—¿Y tú qué? — preguntó—. ¿Qué otras cosas te importan además de tocar el trombón?
—No muchas —contestó él, huraño—. Antes me gustaba mi trabajo, pero ya no. — De pronto se le iluminó el rostro—. Pero me encantan el trombón y el jazz. Y Sid.
—¿Y qué hay de tu hermana y tus padres? — quiso saber Nina.
—Sí, claro, mis viejos...
—Y...
—Y mi, esto, mi hermana... eeeh, mi hermana Danielle. Eso es.
—¿Tu hermana se llama Danielle? ¿En qué estaban pensando tus padres?
—Sí, es un poco tonto, ¿verdad? — dijo él, con una risita—. Daniel, Danielle...
—¿Dónde vive? — preguntó Nina, risueña.
Él tardó un momento en responder, y cuando lo hizo, a Nina le pareció que le incomodaba hablar de ella.
—En... En California, Los Ángeles —dijo finalmente—. Es profesora de algo. Escucha...
Abrió el estuche del trombón.
El latón refulgió a la luz de las lámparas que bordeaban el muelle. Nina observó a Daniel mientras montaba todas las piezas. Él escupió en la boquilla y sopló por ella, estiró el brazo para sacar la vara al máximo y luego la encogió de nuevo. El sonido era dulce y agradable, radicalmente distinto del de los cinco tipos que había oído hacía una hora.
—¿Qué quieres que toque? — preguntó él.
—Algo que te guste —contestó ella.
Y eso hizo. Interpretó I've Got a Crush on You, con una gran dulzura. Mi cielito —Nina casi se desmaya. ¿Quién habría imaginado que un trombón podía sonar así?—. El mundo sabrá perdonar mi sensiblería, cariño porque estoy... —Allí, al final del muelle, donde la tierra se acercaba a la luna—, loco por ti... Ella supo que él estaba tocando aquella canción especialmente para ella.
Y entonces ató cabos: era la canción que le había oído cantar en la ducha. ¿Estaba pensando en ella también entonces?
Cuando terminó, Nina se apoyó en él, con el hombro contra su brazo. Él se volvió hacia ella, sin soltar el trombón. Y le tomó la mano.
Unos minutos más tarde, él rompió el silencio.
—No había hecho esto desde hace mucho tiempo. — «No puedo decirte la verdad», era lo que estaba pensando.
—Ni yo —dijo Nina. «Y no sé si podré volver a soportarlo.»
—No sé si podré. — «Además, cree que soy Daniel.»
—Ni yo —repitió ella, maldiciéndose los huesos. Aunque era verdad.
—Tal vez deberíamos olvidarlo. — «Dios, quiero besarte, quiero...»
—¿Me estás plantando antes incluso de empezar?
Esto hizo reír a Daniel. A Nina le dolía el estómago. Apartó la mano.
—En toda relación hay alguien que tiene que conducir el tren, tirar del carro —dijo Daniel, mirando hacia el Lackawanna. «Y ya ves lo que pasó la última vez.»
—Yo no conduzco, vivo en Nueva York —repuso Nina. «Por favor, no hagas esto.»
Daniel se rió de nuevo.
—Uno de los dos tiene que conquistar al otro. Si no, no hay forma de llegar a la siguiente estación. — «¡Lucha conmigo!»
—Pues no voy a ser yo. — «Que le den.»
—Yo tampoco. — «A tomar viento.»
—Bueno, pues será la primera aventura amorosa sin gente —comentó Nina, bajando la vista.
—Será mucho más sencillo —aseveró él, volviéndose hacia ella. «Sólo está aquí porque cree que soy Daniel.»
—Tal vez dure años. — «Bésame, por favor.»
—O tal vez no vaya a ninguna parte. Una relación nueva no avanza por sí sola; acaba por perder gas y se queda tirada en la cuneta —dijo Daniel, que de pronto parecía ansioso—. Alguien podría resultar herido.
—Bueno, ¿y por qué no eres un poco más valiente? — lo desafió Nina—. ¿O no es lo bastante importante para ti? — «¡Que te jodan!»
—¿Para mí? ¿Y por qué no para ti? ¿Quién ha dicho que sea el hombre quien tenga que tomar la iniciativa? ¿Qué eres, una machista asquerosa?
—Sí, y me gusta que me conquisten. ¡Dispara! — «¡Bésame!»
—No tengo por qué dispararte. Dispárate tú misma. ¡Estoy harto de ser el que lleva el coche! ¿Sabes lo que es conducir por la autovía de Long Island? ¡Es espantoso! Camiones, abuelas con permanente que apenas ven por encima del volante, gente que no sabe conducir...
—Gente que se cree con derecho a invadir tu carril o embestirte sólo porque conducen un Jaguar o un cuatro por cuatro —dijo Nina.
—Los cuatro por cuatro deberían estar prohibidos. ¿Qué consumen, un litro de gasolina cada cuatro o cinco kilómetros?
—¡Estoy completamente de acuerdo! — exclamó Nina, sonriendo. «Es maravilloso», pensó, enlazando de nuevo la mano con la de él.
—Es una vergüenza —«y me quedo corto», agregó para sus adentros, apretándole ligeramente la mano—. Y todo porque somos unos cobardicas. — «Y porque crees que soy alguien que no soy.»
—Nos da miedo, eso es todo. — «¿Por qué resulta tan difícil?»
—Ya lo sé. — «Demuéstrame que quien te gusta soy yo, y no el tipo de las fotos.»
—Bueno, ha sido divertido. — «Sí, ya ves.» Retiró la mano y cruzó los brazos.
—Sólo necesito algo de tiempo. Ya sé que suena..., pero ¿puedo llamarte? — «¿Cuando tenga pelotas para hacerlo?»
—¿Para qué? — «Oh, Dios, sí.»
—Si aprendo a conducir. — «Para revelarte quién soy en realidad.»
—Dios, sí. Tenemos que prometernos que en cuanto uno de los dos aprenda a conducir, o quiera hacerlo, llamará al otro. — «Yo no pienso hacerlo.»
—Lo prometo. — «Y te vas a llevar un buen chasco.»
—Yo también. — «Por favor.»
Permanecieron unos minutos más así, reclinados el uno en el otro, antes de marcharse a casa.
Más tarde, mientras se cepillaba los dientes, Nina pensaba en el muelle y en Daniel, en el hecho de que, a la hora de la verdad, ella se había visto incapaz de dar el paso. La oportunidad que llevaba todo un año esperando, desde la primera vez que entró en su apartamento, se le había presentado. Ese momento en el muelle había sido aquello con lo que tanto había soñado. Y no había luchado por él. Escupió en el lavabo, tomó un sorbo del grifo e hizo gárgaras.
Entonces se inclinó hacia el espejo y escupió el agua a su propio reflejo.
—¡Cobarde! — espetó.
Apagó la luz y se fue a dormir.
Billy no podía permitirse liarse con ella ahora, porque le saldría el tiro por la culata. La chica era increíble, desde luego, y no podía dejar de pensar en ella. Esto era comprensible. Pero tocar aquella canción había sido un grave error. Había metido la pata. Hasta el fondo, se dijo Billy mientras él y Sid veían Conan esa misma noche. Pero no oía una palabra de los diálogos de la película, sólo el eco de la voz de Nina diciéndole adiós.
17
El corral para perros estaba cerrado. En la puerta, asegurada con una cadena y un candado, había un cartel que rezaba: CERRADO HASTA PRÓXIMO AVISO, POR ORDEN DEL AYUNTAMIENTO.
—Qué le pasa a la gente —murmuró Nina, más como una afirmación que como una pregunta. ¿Cómo podían haber cerrado el corral?
—Vamos —dijo Bono, tirándole de la manga—. ¡Vamos!
Pasaron junto a la zona en conflicto, con los árboles cubiertos de pancartas estropeadas por la lluvia y la pasión: tenían las esquinas desgarradas y los bordes raídos, y de las palabras SALVAD EL CORRAL sólo quedaban «VAD EL CORRAL» en una, y «SALVAD EL CO», en otra. Cielo santo. ¿Qué le pasaba a la gente? Nina no lograba sacarse la pregunta de la cabeza. Pelearse por un recinto reservado para los perros, permitir que un puñado de amargados se saliera con la suya y les arrebatara a los perros y a sus dueños lo que más amaban, la libertad y una comunidad, era vergonzoso.
—Ni que estuvieran protestando por una guerra —comentó Nina.
—Cuando se trata de perros, es como una guerra —dijo Bono—; entre los que están a favor y los que están en contra.
—¿Desde cuándo eres tan listo? — le preguntó Nina, alborotándole el pelo. Lo sujetó por el cuello con el brazo y le propinó un coscorrón.
Él se rió, pero sólo por un momento. Al instante se escabulló y se alejó corriendo hacia el parque. Se lo veía triste, distraído. No era el Bono de siempre, aunque Nina sabía muy bien que el Bono de siempre era bastante complejo.
—¡Vamos! — gritó él—. ¡Vamos detrás de las pistas de tenis!
Sacar a los perros con Bono se estaba convirtiendo en una actividad cotidiana. Nina no soportaba la idea de dejarlo solo (o con su presunta canguro Melissa, que era lo mismo que estar solo) en su apartamento, viendo la televisión o alguna película inadecuada. Además, se lo pasaba bien con él, cosa que no le ocurría con la mayoría de la gente. De modo que cuando iba a buscar a Che, recogía también a Bono. Él la había acompañado tantas veces que se había aprendido el régimen, las reglas. Ciertamente constituía un obstáculo para los fisgoneos de Nina, pero de algún modo, al estar con Bono ella no se obsesionaba preguntándose qué había en los armarios.
Así pues, Nina y Bono, con Sam, Che y Mimi (y el resto de la jauría) echaron a andar hacia las pistas de tenis del parque cercano a la calle Noventa y seis. Aquello implicaba alterar la ruta diaria, lo que provocó en Nina la turbación habitual.
Bono tenía el ánimo por los suelos. No hizo una sola broma, un solo comentario subido de tono, no soltó una sola palabrota, ni citó una sola frase de alguna de las películas de serie B que había visto. Y lo mismo podía decirse de Che; era un perro deprimido. Nina lo notó en cuanto llegó a recogerlos. Se había cruzado con la madre de Bono en las escaleras. Mamá llevaba una mochila de Prada, una bolsa de lona de Tod y una gorra del U2 WORLD TOUR 2003.
—¡Nos vemos la semana que viene! — le gritó a Nina—. ¡Pasadlo bien!
La cara de Bono reflejaba su decepción y su tristeza.
—Hola, chaval —lo había saludado ella.
—Vámonos —había respondido él pasando junto a ella de camino a la puerta, sujetando la correa de Che con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Mientras Nina y el melancólico Bono caminaban en silencio hacia el parque, ambos se fijaron en que hacía una mañana magnífica. Era imposible no darse cuenta: había un cielo cristalino, limpio, sin el menor atisbo de polución, una ligera brisa que hacía temblar las hojas y un aire un poco más fresco de lo habitual. Pero Nina era lo bastante madura (o eso esperaba) para comprender que se trataba sólo de un día magnífico, nada más. Y no había indicio alguno de que algo bueno fuera a suceder. Además, habían tomado una ruta alternativa y Nina sabía lo que eso significaba. Probablemente nada, pero uno nunca podía estar seguro.
A medida que se acercaban a las pistas oían cada vez con mayor claridad el «plong, plong, plong» de las pelotas que rebotaban en el asfalto, así como los gruñidos y ladridos de unos perros que jugaban cerca de allí. Nina se imaginó que en realidad eran los perros quienes jugaban al tenis, y quiso compartir la ocurrencia con Bono, pero él no estaba de humor. Finalmente divisaron las pistas, y al aproximarse al pequeño edificio que albergaba las oficinas administrativas del parque, la diminuta cafetería y una tienda de productos de tenis aún más pequeña, ella vio a los perros corriendo y a los dueños esperando al otro lado.
Los perros de Nina también debieron de verlos, ya que comenzaron a tirar, ansiosos por llegar, librarse de las correas y corretear con los lobos.
Doblaron la esquina, dejaron atrás el edificio, y Nina soltó a Sam y a Mimi, mientras Bono hacía lo propio con Che. Luego dejaron libres a los demás, y mientras los perros brincaban y se perseguían por la colina (llena de perros que corrían, perros que ladraban, perros que husmeaban y perros que se lamían el cipote), Nina le posó la mano en la espalda a Bono, como diciendo: «Estoy aquí.»
Él alzó la vista hacia ella y, antes de sacudirse su mano de encima como habría hecho cualquier niño de su edad, asintió levemente. A ella ese gesto le bastó para comprender que el chico lo había captado.
—Hoy te apuesto diez a diez —dijo él entonces.
—Ni lo sueñes, vas a perder. ¿Y de dónde saca diez dólares un chico de tu edad? — Se quedó mirándolo, pero no obtuvo respuesta—. ¿Eh? — insistió Nina. Entonces él levantó la mirada y le dedicó una de sus sonrisas de listillo—. Vale, acepto.
Era un juego que habían comenzado hacía unas semanas y se había convertido rápidamente en un hábito. Apostaban a ver quién era capaz de adivinar más veces quién era el dueño de cada perro. Aquella mañana Bono estaba optimista, o tan enfadado que no sabía lo que decía, porque quería apostar a que podía elegir a diez perros y emparejarlos con sus respectivos amos.
—¿Qué me dices de ésa? — preguntó Nina, señalando con la barbilla a una mujer de mediana edad de pelo cano, que llevaba zapatillas de estar por casa y una camiseta en la que ponía ABUELA Y ORGULLOSA DE SERLO.
—El rottweiler.
Nina soltó una risotada.
—Tal vez sea el tipo de chica a la que le van las emociones fuertes —aventuró Bono y Nina soltó una carcajada.
Varias personas se volvieron hacia ellos mientras Nina pensaba «¡menudo chaval!».
—¿De dónde has sacado eso?
—Deja de preguntarme eso, ¿quieres? Pierdo toda la espontaneidad si cada dos por tres tengo que dar explicaciones, explicaciones y más explicaciones.
—Vale, vale, vale. Ya sé que estás de mal humor, pero ten un poco de paciencia, ¿quieres?
Aquella mañana los perros estaban muy exaltados, corriendo montaña arriba y montaña abajo, saltando, ladrando y mordiéndose unos a otros. Los más grandes y fuertes iban delante, y los más pequeños cerraban la marcha. Alrededor de ellos estaban los dueños, reunidos en grupos de dos o tres. Lucy, el pastor escocés de los Kayes, se estaba volviendo loca por culpa de un helicóptero que volaba bajo. Nerviosa, ladraba cada vez más fuerte, encrespando a los demás perros.
—Lucy —le gritó Nina—. Cálmate, chica.
—¿Ese pituso barbudito es suyo? — Nina se dio la vuelta y vio a la mujer de las zapatillas, que le preguntó—: Es un cruce con escocés, ¿no?
—Bueno, sí —respondió Nina—. Lucy, tranquila —agregó, dirigiéndose a la perra.
—Entonces es una pitusa barbudita.
Y en ese momento, en la brevísima fracción de segundo que transcurrió entre el «pitusa» y el «barbudita», antes de que le diera tiempo de pensar en lo ridículos que eran esos calificativos, algo golpeó a Nina en la corva, haciendo que se le doblara la rodilla, como si alguien le hubiera gastado la estúpida broma infantil de ponerse detrás para darle un rodillazo en la parte posterior de la pierna. Sin embargo, en esta ocasión, la rodilla de Nina se dobló y no se detuvo. Notó que el hueso se le separaba del músculo, que los tendones se tensaban y dejaban los huesos sueltos, y entonces cayó al suelo, con una rodilla que no parecía una rodilla sino algo que no habría sabido nombrar porque no encontraba las palabras, porque sentía un dolor enorme y le costaba respirar, contemplando el azul del cielo, las copas de los árboles y, de pronto, la carita asustada de Bono encima de la suya. Percibió sus propios gritos de dolor y le pareció gracioso descubrir que podía chillar. Siempre había pensado que tenía una voz tan grave y áspera que nunca le darían un papel en una película de terror porque no sería capaz de chillar. Pero ahora sabía que podía. Sí, podía gritar, gemir y chillar de dolor como el que más.
Oyó la voz de Bono, que le decía en voz baja, al oído:
—Estás bien, sigue respirando. — Y entonces, gritando como un loco—: ¡Que alguien llame a una ambulancia! ¡Hay una mujer herida!
—¿Qué ha pasado? — preguntó ella. Tenía que saberlo—. Oh, Dios, ¿qué ha pasado?
Y entonces llegó a sus oídos la voz, aquella maldita voz que sonaba siempre justo cuando ella estaba en el suelo, que surgía de la nada para ayudarla en cuanto la necesitaba, como una especie de Superman:
—Un perrito ha saltado contra tu rodilla y me parece que te la ha dislocado.
Era Daniel, a quien no veía desde hacía un par de semanas, desde aquella noche de trombones y frustración. Nina habría jurado que a Daniel la situación le parecía divertida, pero ella no le veía la gracia por ninguna parte.
—¿Dónde coño está la ambulancia? — aulló Bono—. ¡Se está poniendo morada!
—Está bien —aseveró Daniel, poniéndole la mano bajo la cabeza y levantándosela del suelo.
—¿Está bien? — preguntó la abuela de la camiseta—. Sé que Jedi no lo ha hecho con mala intención. — Tenía en brazos al perro del demonio, el mismo Lhasa Apso que había desencadenado la pelea de hacía unas semanas. La abuela dejó en el suelo a aquel perro chiflado, que se acercó a Nina y le lamió la cara hasta que Daniel lo espantó.
—Me debes un dólar —le dijo Nina a Bono con una mueca de dolor.
—Tengo que admitir que eso no es ningún rottweiler, baby —reconoció éste.
A Nina cada vez le costaba menos respirar; notó que la mano de Daniel le sostenía la cabeza, cayó en la cuenta de lo cerca que estaba su cara de la de él y advirtió que aún no se había afeitado. Jesús, qué lástima. Estar tan cerca de Daniel y tan dolorida. Nina se rió y a continuación soltó un gemido por el dolor que le había producido la carcajada.
—¿Qué? — le preguntó él, con ternura.
—Eres tú otra vez. ¿Por qué apareces siempre cuando...?
—Claro que soy yo.
La miró directamente a los ojos, pero ella apartó la mirada. Todo aquello era demasiado: ella tendida en el suelo, con la rodilla destrozada y el dolor propagándose por cada arteria, cada músculo y cada cadena de ADN de su cuerpo. La mano de Daniel bajo su cabeza, con los ojos clavados en los de ella. Su rostro tan próximo que ella percibía el olor de su piel y de su sudor. ¿Qué había querido decir con aquello de «claro que soy yo»? ¿Qué demonios significaba aquello? Tuvo un breve vahído.
Entonces oyó las sirenas. Gracias a Dios.
—¡Gracias a Dios, joder! — bramó Bono, mirando el reloj—. Tres minutos. No está mal para esta ciudad enorme, oscura y despiadada.
A continuación dos chicos grandes y fornidos depositaron una camilla al lado de Nina, le echaron un vistazo a la rodilla y le tomaron el pulso.
—Caramba —exclamó uno, científicamente—. No tiene buena pinta.
«Eso es muy tranquilizador», pensó Nina, que habría dicho algo sarcástico si hubiera podido.
—Démosle un poco de dióxido de carbono antes de que entre en estado de choque.
«Muy reconfortante», se dijo Nina, agarrándose del cuello de la camiseta de Daniel como si quisiera estrangularlo.
—Daniel, lleva a Bono y los perros a casa, por favor. Y tú, Bono, échale una mano, ¿vale? Tú sabes dónde viven.
—Vale —dijo Bono asintiendo con la cabeza—. No hay problema.
—No te preocupes, nosotros nos ocuparemos de todo —le aseguró Daniel—. ¿Tu llave está en el llavero?
Ella intentó decir que no con la cabeza.
—Mochila. Bolsillo pequeño. — Cada vez le resultaba más difícil hablar—. Que alguien pasee a mis perros, o los perderé. Llamad a Claire. Llamad a Isaiah.
—Ya basta. Nos ocuparemos de todo —repitió Daniel. Ella lo miró y no dijo nada—. Te duele mucho, ¿no? — preguntó Daniel—. ¿Dónde no te duele?
—¿Cómo?
—¿Hay algo que no te duela?
Nina se rió de nuevo y eso le dolió. ¿Dónde demonios estaban esos enfermeros?
—En el omóplato —contestó para seguirle la broma.
Pero entonces Daniel deslizó dos dedos por dentro del cuello de su camiseta y la tocó ahí. La acarició y fue como si ya lo hubiera hecho antes, no necesariamente debajo de aquella camiseta en concreto, ni en ese hueso en particular, pero la tocó de tal forma que, a pesar del dolor que la atenazaba, ella notó sus dedos sobre su piel, moviéndose con gran seguridad y delicadeza cerca de su cuello, sobre el omóplato, hacia el hombro, de nuevo por encima del omóplato y de vuelta al hueco de la base del cuello.
Nina pasó la mirada de su rostro al cielo y, por un momento, notó que el dolor remitía. Entonces llegaron los dos enfermeros, uno le colocó una máscara de oxígeno y el otro le entablilló la pierna herida.
—A la una, a las dos y a las tres... ¡arriba!
Tendieron a Nina encima de la camilla y la cargaron en la ambulancia. Ella no había tenido tiempo de dar instrucciones, ni de despedirse, ni de desearles que volviesen a casa sanos y salvos, ni siquiera de darles las gracias.
—¿Adónde la llevan? — preguntó Daniel.
—A Cornell. Tienen un departamento de cirugía ortopédica, por si acaso.
Mientras las puertas se cerraban, ella oyó a Bono gritar:
—¡No te preocupes!
—¿A qué te dedicas? — le preguntó el enfermero que la acompañaba en la parte trasera de la ambulancia.
Aunque ella apenas podía respirar, supuso que él quería darle conversación para mantenerla despierta. O viva.
—Soy paseadora de perros, pero antes trabajaba en el sector editorial.
Se preguntó por qué habría dicho aquello. Después de un año, aún sentía la necesidad de contarle a un extraño, a un enfermero de urgencias, por el amor de Dios, que en su día había tenido un trabajo de verdad.
—¿Dónde trabajabas?
«¿A qué vienen estas ganas de charlar? — pensó Nina—. ¡Esto no es ningún cóctel! ¡Ni tampoco un picnic!» —Qué gracia.
—En Random House —respondió ella.
Nina se quedó callada porque no pillaba el chiste.
—No, es que yo fui guardaespaldas de Robert Samuelson.
Robert Samuelson era editor de Random House cuando ella trabajaba allí; de hecho, era el imbécil que le había tirado la sobrecubierta del libro a la cara.
—El mundo es un pañuelo —comentó ella.
—Sí, y que lo digas.
—¿Y por qué necesitaba un guardaespaldas? — inquirió ella con los dientes apretados, a punto de desmayarse porque la ambulancia acababa de pasar por un bache y el movimiento brusco le había provocado una punzada que le iba de la rodilla al cerebro.
—Quién sabe. El hombre estaba convencido de que tenía enemigos. ¡El mundillo editorial es una jungla! — añadió con una carcajada.
Nina tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de reírse, porque con cada contracción espasmódica la castigaba un dolor insoportable en la rodilla, pero lo cierto es que si ella había querido matar a Samuelson (y vaya si había querido), los demás también querían.
En el hospital le administraron morfina, y enseguida se sintió mucho mejor. No notó el menor dolor cuando el médico le levantó la pierna y, con una mano bajo la pantorrilla y aguantándole el tobillo con la otra, le colocó los huesos en su sitio.
Nina incluso fue capaz de mover la lengua y preguntarle con voz pastosa:
—Vaya tontería, ¿no? Un perro dislocándole la rodilla a una persona.
—Perros y olas del mar; pasa cada dos por tres.
«Qué frágiles somos —pensó Nina, consciente de que era un tópico, pero incapaz de contenerse—. Y qué indefensos. No se le puede dar la espalda al océano ni a un Lhasa Apso.» Y sí, ella conocía los peligros del mar; como todo el mundo, había aprendido desde muy pequeña que había que tener cuidado con la resaca. Pero ¿que una ola pudiera embestirte con tal furia que llegara a dislocarte la rodilla...? ¿Que un perrito peludo de cuatro kilos, con unos ojitos negros como botones y una lengüecita rosada, pudiera golpear a una persona con la fuerza y la precisión suficientes para descoyuntar los huesos? Vale, era un chucho que descendía en línea directa de Satán, pero también era un perro que la gente se compraba porque era hipoalergénico, por el amor de Dios. ¿Era la morfina, el hecho de saber que tendría que pasarse una o dos semanas con el trasero pegado a una silla, o la forma en que Daniel le había acariciado el cuello lo que la hacía sentirse completamente impotente ante los embates de un perrito, y mucho menos los del destino?
18
—Se pondrá bien —aseguró Billy, posándole una mano sobre el hombro a Bono mientras la ambulancia se alejaba en dirección al East Side, con la sirena y las luces puestas. La siguió con la vista hasta que dobló la esquina y desapareció.
—Ya lo sé —dijo Bono, con la mirada fija en sus Nike.
Billy se volvió hacia el chico, preocupado.
—En marcha —lo animó, dándole un golpecito en el brazo—. Vamos a devolver los perros a sus casas, ¿qué me dices?
—Sí, vale.
Reunieron los perros de Nina y se pusieron en marcha hacia Central Park West.
Entregar cada perro a su dueño no resultó sencillo. Aunque Bono se esforzó por recordar cuál vivía dónde, hubo dos o tres que no consiguió situar a la primera. Después de llamar a la puerta de un par de apartamentos equivocados, hubo de regresar sobre sus propios pasos y pensárselo de nuevo. Entonces él y Billy tuvieron que explicarles a todos los porteros y a todos los dueños lo que había sucedido, dónde estaba Nina y por qué eran ellos quienes devolvían los perros, responder a sus preguntas sobre quién los sacaría ese mismo día, o a la mañana siguiente, y prometerles que alguien se encargaría de ello.
Una vez que hubieron repartido a todos los animales, excepto Sid, Sam, Mimi y Che, Billy le dijo a Bono que lo llevaría a su casa y que luego llevaría a Sam y Mimi a casa de Nina. Bono protestó: quería supervisar el trabajo en persona, pero Billy se mantuvo firme.
—Os llevaré a ti y a tu perro a casa y luego llevaré los perros de Nina a su casa. Y punto.
—¿Y por qué no puedo ir? También es mi misión, ¿sabes? Ella me pidió a mí que la ayudara, ¿te acuerdas?
Billy no podía explicarle a Bono (ni siquiera él mismo se lo explicaba, en realidad) por qué era tan importante que fuera solo al apartamento de Nina. Pero lo era.
—¿Y quién paseará a los perros de Nina esta tarde? ¿Y esta noche? Porque ella no va a estar en condiciones de trabajar durante un tiempo, ¿verdad? — Bono lo acribilló a preguntas antes de llegar a su casa—. ¿Qué va a pasar? ¿Va a perder todos sus clientes? ¿Cómo va a cobrar? ¿Quién la visitará en el hospital? ¿Cómo volverá a casa? ¿Dónde está su familia, a todo esto? ¿Y su mamá? ¿O vive sola? ¿QUÉ DEMONIOS ESTA PASANDO?
Billy le puso una mano en el hombro.
—Seguro que tiene amigos y familia cerca. Mencionó a Claire y a... esto...
—Isaiah —le recordó Bono.
—Eso. Pues ahora voy a ir a su casa y echaré un vistazo a su agenda telefónica. Y, en último caso, nos tiene a nosotros, ¿no?
No podía creer lo que acababa de salir de sus labios. Pero lo decía en serio: Nina los tenía a ellos.
—Sí, nos tiene a nosotros —confirmó Bono.
Entonces enfilaron la calle donde vivía Bono y caminaron hasta su portería. Bono subió las escaleras con Che y se volvió hacia Billy.
—Oye, podrías... Me gustaría saber cuándo va a regresar a casa.
—No te preocupes —respondió Billy, alejándose—. Te mantendré informado. Tal vez necesite tu ayuda para sacar a los perros, ¿vale?
—Bueno, sí, claro —contestó Bono. Como Billy estaba ya bastante lejos, Bono lo llamó—. ¡Espera! Mi número de teléfono. ¿Cómo vas a localizarme si no? ¿Tienes un bolígrafo?
Billy se dio la vuelta.
—Oye, ¿por qué no vamos a verla al hospital mañana? Te pasaré a buscar a las nueve.
—Bien —asintió Bono, subiendo las escaleras de nuevo. Entonces se detuvo y gritó—: ¡A las ocho!
—¡Nueve! — replicó Billy.
—¡Ocho! — oyó desde la esquina.
—¡Nueve! — insistió—. ¡Mañana! ¡En punto!
—¡Vale!
Finalmente la calle quedó en silencio y Billy se dirigió a toda prisa hacia la casa de Nina.
—¿PERO POR QUÉ NO A LAS OCHO? — oyó al doblar la esquina, a dos manzanas de distancia.
Si hubieran podido verse la cara el uno al otro en ese momento, se habrían percatado de que ambos sonreían.
Billy continuó caminando, con Sid y Sam a un lado, y Mimi al otro, y pronto llegó al bloque donde vivía Nina. Era uno de aquellos edificios con vista al parque pero a los que se accedía desde la calle. Billy se preguntó por qué, cuando construyeron ese apartamento en los años veinte, tuvieron que diseñarlo de modo que se entrara por este lado en lugar de colocar la puerta de entrada en Central Park West, la opción más lógica, por no decir espectacular. Tendría que investigar un poco en Internet más tarde. Hurgó en su mochila, buscando las llaves, hasta que se acordó de que Nina había dicho que estaban en el bolsillo exterior. Las encontró, abrió la puerta de la portería y cruzó el vestíbulo hacia las escaleras. Era bonito, limpio y pequeño, y en su día debía de haber sido incluso elegante. Tenía un aire europeo. Los pasamanos curvos y tallados, las elaboradas molduras, los candelabros de pared con pájaros grabados en el latón, la luz mortecina y la falta de ascensor le daban un toque peculiar. Billy imaginó a los bohemios de los años veinte viviendo allí. Era perfecto para Nina, aunque en realidad tampoco la conocía tan bien. Subió el primer tramo de escaleras precedido por los perros, que iban con la lengua fuera y se detenían en cada rellano para recuperar el aliento.
Él observó que sólo había dos apartamentos por planta. También él estaba cada vez más hecho polvo a medida que se acercaba a la cuarta planta y luego a la quinta. Ella vivía en el 5° B. Abrió la puerta, entró y soltó a los perros, que arrancaron a correr, esquivando los muebles o pasando por debajo de ellos, recorriendo todas las esquinas del pequeño apartamento.
Pero él se quedó quieto en la entrada, asimilando lo que veía: el diminuto espacio, las cristaleras situadas al final de unos escalones al fondo de la sala que seguramente se abrían a una terraza, las paredes color naranja, la original mesa del centro de la habitación... El desorden, las piezas artísticas, la vitrina de metal antigua y destartalada en la que debía de haber un reproductor de CD o tal vez un televisor. Y finalmente, aunque había sido lo primero que había visto, se puso a observar detenidamente la escultura, si es que de eso se trataba, que colgaba del techo y llegaba casi hasta el suelo. Estaba hecha de alambre y piedras, trozos de cristal rotos, cuentas, botones y sí, caracolas, como pudo comprobar al acercarse un poco más. Los alambres formaban una especie de laberinto. No era una simple cortina de cuentas estilo años setenta, sino un objeto tridimensional; había figuras de alambre, y los abalorios y demás piececitas ensartadas le conferían textura, profundidad y una estructura de una enorme complejidad. Era preciosa.
Dio dos pasos y se encontró en la cocinita, que era la habitación más grande (desordenada y llena de color), y con dos pasos más en la dirección contraria llegó al dormitorio. Su blancura y su austeridad resultaban asombrosas. La cama (doble) era baja: un colchón colocado sobre una tabla y un armazón cubierto con un edredón de plumas blanco. Tenía sólo dos almohadas, también blancas. Las sábanas también eran blancas, al igual que las paredes. Sólo una persiana cubría las ventanas, y sobre el suelo de madera no había nada salvo la camita de Sam, que era de color marrón oscuro, como el parqué. Aparte de eso, la habitación contaba únicamente con una cómoda de cajones de madera de pino y una mesita de noche. No había un solo objeto fuera de lugar, ni tampoco el menor toque de color. A Billy le pareció bonito aquel estilo espartano, pero el contraste con las demás habitaciones lo descolocaba. Comparado con el resto del apartamento, aquél era el dormitorio de un maestro zen, de una monja o de una chiflada.
Billy regresó a la sala principal, encendió el reproductor de CD y al ver que había un disco puesto, pulsó play para oír lo que Nina había estado escuchando. Salió a la terraza al tiempo que comenzaba la música.
Era una voz masculina, no operística sino más bien de musical de Broadway. Billy escuchó con atención.
I have dreamed that your arms arelovely...
Regresó dentro, fue hasta la vieja vitrina destartalada y encontró la carátula del CD: El rey y yo, de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II. Sí, por supuesto que había oído aquella música antes, la tocaban a menudo músicos de jazz como Oscar Peterson o Herbie Hancock. Pero no recordaba haber oído las piezas cantadas y desde luego nunca en aquella versión. Echó un vistazo a los CD, que en su mayor parte eran de obras de teatro musicales. Por supuesto, tenía los típicos discos de rock actual, pero, por lo demás, su colección se componía exclusivamente de musicales de Broadway, muchos de ellos de los cincuenta y los sesenta. Qué extraño para una mujer de su edad. ¿Por qué sería?, se preguntó. ¿Por las melodías? ¿Por los argumentos? Era imposible que las hubiera visto todas en el teatro, de modo que sin duda le atraían las canciones, interpretadas por personajes; es decir, canciones que narraban historias. Y los sentimientos de los personajes que las cantaban: amor, ira, frustración, celos, añoranza. Se fijó de nuevo en la música:
I have dreamed ev'ry word you'llwisper...
¡Qué romántico! La canción, por lo menos, lo era... ¿cabía suponer que Nina lo era también? A pesar de su pose de chica dura y alocada, era una mujer sentimental, tal vez incluso dulce. Billy examinó de nuevo la escultura, esta vez con otros ojos: lo importante no era su estructura, aunque sin ella se habría caído a pedazos. Al igual que la canción (tan simple como hermosa) que estaba escuchando y que tenía una estructura seria y profesional, la escultura era romántica y hablaba del sueño del amor. Embelesado, estudió con detenimiento sus ramificaciones y arterias, tan complejas, tan sorprendentes:
In these dreams I've loved you sothat by now
I think I know
what it's like to be loved by you...
Pero pronto salió de su ensueño porque Sid le lamió la mano y le restregó el hocico en la pierna para que le prestara atención y le rascara la cabeza. Entonces el perro corrió hacia la puerta de la terraza y regresó, como pidiéndole, al parecer, que lo dejara salir. Billy no se había dado cuenta, pero al volver a entrar había dejado fuera a Sam y a Mimi, que ahora arañaban la puerta, gimiendo para que los dejara entrar.
De vuelta en la terraza (una vez que los perros estuvieron juntos de nuevo) y sin dejar de escuchar la música, Billy contempló la vista, las macetas con flores y los muebles descoloridos por el sol. Se sentó en el que él creyó que era el sillón de Nina, con su raído cojín a rayas. Siguió con la vista un helicóptero que se elevaba al otro lado del parque y se dirigía ruidosamente hacia la zona oeste, sobrevolando su cabeza con el estruendoso traqueteo de la hélice. Vio un pájaro negro y solitario que se dejaba llevar por la brisa y que le recordó a una de esas gaviotas locas del Cliff House Restaurant de San Francisco, donde antaño se encontraban los Baños Termales Sutro y su cámara oscura, donde él había conocido (y perdido) a Elizabeth. El viento procedente del mar soplaba sin tregua, y las gaviotas despegaban lanzándose contra él y ascendían a toda velocidad. Y entonces, como si jugasen a la ruleta rusa, bajaban sus defensas aeronáuticas, apostando a que la brisa las mantendría a flote.
Con las manos sobre los brazos del sillón, pensó en Nina, que debía de estar sola en el hospital, y se acordó de por qué se encontraba allí. Se levantó mientras sonaba Shall We Dance, regresó dentro con los perros y puso manos a la obra.
Tenía que encontrar la agenda de Nina, llamar a Isaiah y a Claire y contarles lo sucedido. Primero rebuscó en la mochila, que había dejado encima de la mesa, y la vació: bolsas de plástico, Kleenex, una botella de agua, gafas de sol, las llaves del apartamento, el monedero (del que se ocuparía más tarde) y pintalabios. No había agenda alguna, ni electrónica, ni de papel, ni de ningún tipo.
Entonces entró en el dormitorio, y los perros lo siguieron. No había muchos lugares en los que mirar, excepto el cajón de la mesita de noche y la pequeña cómoda. Decidió centrarse primero en la mesita de noche, encima de la cual había una lámpara antigua muy original, un teléfono, un ejemplar de Vanity Fair, otro de Art in America y un par de novelas. Se sentó en la cama para echar un vistazo al cajón, y ahí estaba la agenda electrónica. Y también un porro, perfectamente liado.
Solo en su apartamento, en su dormitorio, en su cama, le entraron ganas de romper las normas que él mismo se había impuesto, forzar la máquina y lanzarse como loco, de cabeza, por la empinada cuesta que conducía al País de las Maravillas. Tomó el porro, lo sostuvo entre sus dedos índice y medio, como si lo estuviera fumando, y se tumbó en la cama de Nina. No era un tipo tan aburrido, sabía pasarlo tan bien como cualquiera. Se llevó el porro a los labios y recordó el momento en que le había sostenido la cabeza con la mano, el tacto de su piel fría y húmeda. Se imaginó a Nina hospitalizada, a Nina tocando su trombón, a Nina en aquella cama, en aquella austera habitación blanca.
—¡Qué demonios! — exclamó en voz alta, sobresaltando a Sid, Mimi y Sam, que prorrumpieron en ladridos. Entonces se incorporó y volvió a mirar dentro del cajón de la mesita. Allí encontró cerillas, con las que se encendió el porro. Le dio una larga calada. Sí, se dijo, aquello resultaba vagamente familiar. Entonces abrió la agenda electrónica y encontró los números de Isaiah y Claire. Encontró también su horario de paseos y se sorprendió del número de salidas que hacía. Vio también unas cuentas: el dinero que tenía previsto ingresar ese mes y también en agosto. Impresionante. Y todo en negro. En otra época, cuando estaba más entregado a su trabajo, tal vez la habría investigado. Dio otra calada al porro y comenzó a notar los efectos. Entonces se le ocurrió una idea brillante.
Bailando al ritmo alegre de Shall We Dance, porque la cantante se lo pedía, se dirigió al baño de Nina, se desnudó y abrió la llave del grifo de la bañera. Caliente, pero no demasiado. Vertió un poco de su aceite de baño, aspiró el delicioso aroma a lila, canturreando, y se metió en la bañera, con cuidado de no mojar el porro. Se pasó la siguiente hora bañándose, fumando y meditando sobre lo absurdo que era enamorarse de alguien como Nina: aquella chica era la personificación del caos, la contradicción y la vitalidad. Él, en cambio, era un tipo serio, que se pasaba la vida luchando contra las irregularidades, con su única pasión (el trombón) oculta al fondo del armario, y sus penas escondidas en lo más profundo del corazón.
Mientras se observaba la mano, primero la palma y luego el dorso, pensó en aquellos filósofos alemanes a quienes tanto admiraba y llegó a la conclusión de que eran unos imbéciles.
—¡Feuerbach, a dónde vas! ¡Schopenhauer, zopencauer! — soltó, y se echó a reír sin parar. Efectivamente, hablaban del orden y el caos, de la verdad y el relativismo, de la capacidad del hombre para hacer el mal, pero ¿y del amor? ¿Qué pasaba con el amor y los males de amor, con el sexo y el amor?
Y así, desde la bañera y bastante colocado, llamó a Isaiah y Claire y les dejó sendos mensajes en los contestadores, explicándoles lo que había pasado, en qué hospital estaba Nina y cómo podían ayudarla. Luego se vistió y se preparó para marcharse. El deseo de mirar en el armario, en el botiquín del lavabo y entre sus sábanas era difícil de resistir, pero Billy resistió, salió del dormitorio, apagó la cadena de música y se dirigió a la puerta.
Pero antes se detuvo ante la escultura, que reflejaba los rayos del sol que entraban por las ventanas, y la tocó. Palpó los lisos trozos de cristal, las afiladas aristas de las piedras, el delicado relieve de las caracolas y los botones, delgados y planos. Abrió la mano, y acarició la escultura de arriba abajo para apreciarla en su totalidad. La observó desde arriba, desde los lados y desde abajo, y no se marchó hasta que sintió que la había captado con todos los matices, toda su forma y toda su estructura.
19
—Mamá, soy yo.
—¿Cariño? ¿Qué sucede?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé, soy tu madre. Y ahora dime qué ocurre.
—Estoy en el hospital.
—¿Cómo? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
Nina dejó el teléfono sobre su pecho, agarró el vaso que estaba encima de la mesita de noche y tomó un sorbo de agua; tenía sed, no sabía si por la medicación o por su madre.
—¡NINA! — gritaba aquélla por el auricular—. ¿QUÉ HA PASADO?
Nina cogió el teléfono de nuevo:
—Me he dislocado la rodilla. Estoy bien.
—Voy para allá; llegaré lo antes posible. Tendré que cancelar el taller de poesía y mi visita a la residencia de la tercera edad. ¿Te conté que iba...?
—No, mamá. No canceles nada. Voy a salir del hospital en dos días y volveré al trabajo dentro de tres o cuatro. No tengo nada roto ni desgarrado; sólo ha sido un golpe.
—Pero ¿quién te ayudará a ir de un lugar a otro? ¿Quién te cocinará? ¿Puedes andar? ¿Quién se ocupa de tus perros?
—Sólo quería que lo supieras. No quiero que cambies tus planes ni nada parecido.
«Oh, Dios, por favor, que no venga —pensó Nina—, que se limite a decirme unas cuantas palabras maternales de consuelo para que pueda llorar, desahogarme y sentirme querida y cuidada.»
—Tal vez sea un buen momento para recuperar tu antiguo trabajo.
Incluso entonces, drogada y sedada, se sintió como una niña al oír aquel comentario de su madre. Por tanto, reaccionó como una niña:
—¿Alguna cita últimamente, mamá?
—Bueno, ponte bien, cariño. ¿Cómo regresarás a casa desde el hospital? ¿Vendrá Claire a buscarte?
—Claire, Isaiah, Bono y Daniel, todos me están ayudando mucho, y voy a ponerme bien.
—Espero que sea pronto. ¿Quién es Bono? ¿Y Daniel? E Isaiah, ¿quién es ése? Suena a algo religioso.
—Son mis amigos, mamá; ellos se preocupan por mí.
Nina no podía creer lo que acababa de decir. Se produjo un largo silencio antes que alguna de las dos volviera hablar.
—También tienes una madre que se preocupa por ti, ¿sabes?
—Ya lo sé, mamá.
Entonces entró Tina, la enfermera, que tenía el mismo tamaño que el estadio de los Giants. Llevaba en la mano uno de esos vasitos de papel en los que les servían las pastillas a los pacientes.
—¡Es la hora de la medicina! — Tenía un vozarrón tan imponente como ella misma.
—Un segundo —susurró Nina—. Ya casi estoy.
—Son las diez; la hora de la medicina es ahora —rugió Tina.
—¡Nina! — gritó su madre por el teléfono.
—No puede esperar...
—Ahora —replicó severamente aquella émula de la enfermera Ratched.
—¡NINA!
—¿QUÉ?
—Te quiero.
—Oh, mamá...
En un momento los ojos de Nina se llenaron de lágrimas, cosa que sólo le sucedía cuando picaba cebolla o cuando oía esas dos palabras. La enfermera Ratched, de pie junto a la cama, puso los ojos en blanco y la miró con impaciencia, mientras golpeteaba el suelo con la punta del pie.
—Ya lo sé —contestó Nina en voz baja, con los ojos fijos en la enfermera.
—No te duele, ¿verdad? — preguntó su madre.
Nina agarró el vaso y se tragó el contenido.
—No, con estos calmantes me siento bieeeeeen.
—Bueno, llámame si me necesitas.
«Acabo de hacerlo —pensó Nina—. ¿No sabes que te necesito?»
—Yo también te quiero —respondió.
—Haz lo que te digan los médicos —le recomendó su madre.
—Adiós, mamá. — Y colgó.
A la mañana siguiente recibió visitas, pero estaba tan narcotizada y mareada que no fue capaz de mantener una conversación. Eran Daniel, de eso estaba bastante segura, y Bono. Uno de ellos le había traído flores. Le habían dicho «hola», y «cómo te encuentras», y «te duele», y «necesitas algo» y «podemos hacer algo por ti». Era un detalle por su parte haber ido a verla, pensó mientras estiraba el cuello y vomitaba ceremoniosamente en el suelo; las drogas obraban ese efecto en ella. Ni que decir tiene que hubiera preferido no hacerlo delante de Daniel, pero él llamó rápidamente a la enfermera y Bono dijo algo así como: «¡Qué asco! ¿Te parece bonito tratar así a las visitas?» y «Vaya, veo que te han dado un desayuno saludable», arrancándole risas a Daniel y consiguiendo que ella se sintiera menos violenta. Pero entonces ella debió de quedarse dormida, porque después no recordó ni haberlos visto marcharse ni oírlos decirle adiós.
20
—¿Le importaría acercarse un poco más a la acera? — le pidió Claire al taxista—. ¿Cómo quiere que baje si se para en medio de la calle? ¿Qué pretende, que la maten?
—Mire, señora...
Nina advirtió que el taxista se estaba cabreando.
—Está bien, Claire, no pasa nada.
—Ni hablar. Mire, amigo: o se acerca a la acera o se queda sin propina. ¡Mi amiga va con muletas! ¿No lo ve?
—Vamos, salgamos —insistió Nina a su sobreprotectora amiga.
—Sí, será mejor que salgan o...
—¿O qué? — lo desafió Claire, subiendo el tono—. ¿O me pega un tiro?
El taxista se rió.
—No, pirada, no le pegaré un tiro, pero llamaré a la poli. Ahora paguen la maldita carrera y salgan de mi taxi. Por favor.
—Vamos, Claire. Ha dicho «por favor». Págale y vámonos.
Claire se sacó el monedero del bolso, rebuscó entre las monedas y sacó un billete de diez.
—Pues no le pienso dejar propina, ni un centavo —espetó—. Cóbrese seis con setenta.
El taxista le echó un vistazo por el retrovisor.
—Muy bien, así aprenderá —dijo Nina riéndose mientras abría la puerta.
—Algo es algo —dijo Claire—. Espera —añadió entonces—, te ayudaré a salir.
Recogió el cambio, salió del coche y al pasar por delante le sacó la lengua al taxista como una niña mala.
—Vaya. ¿Es siempre así? — le preguntó el taxista a Nina.
—Huy, esto no es nada —le respondió ella.
—Tal vez debería ser usted quien la cuidase a ella —comentó él.
Nina se rió.
—¡La de cosas que debería hacer...!
—Y que lo diga. Y ahora fuera de mi taxi ya, venga —dijo el taxista sin contener la risa.
A Nina le pareció que el tipo tenía el encanto de los hombres que a los treinta y ocho siguen viviendo en el sótano de su madre.
Finalmente abrieron la puerta del edificio y comenzaron a subir las escaleras, con mucho cuidado y grandes esfuerzos. Nina se apoyaba en una muleta, la barandilla y la mano de su amiga, que la sujetaba por el codo para subir saltando de escalón en escalón. Claire llevaba la otra muleta, además de su propio bolso. Parecía que hubiera pasado una hora cuando llegaron a la puerta del apartamento, donde las esperaba una caja enorme.
—¿Y eso? — preguntó Nina.
—No lo sé, pero lleva tu nombre —dijo Claire, sacando las llaves de Nina y abriendo la puerta. Acto seguido, la ayudó a entrar y trasladó la caja al vestíbulo.
—¿Quién la manda?
—No lo sé —dijo Claire, inclinándose para leer la etiqueta de más cerca—. Es de Sharper Image.
—Oh la la. A lo mejor es un regalo. Trae unas tijeras, ¿quieres? Abrámoslo.
—Primero ponte cómoda. Oye, esta escultura es increíble —señaló Claire al entrar en el apartamento—. Me recuerda a una de esas antiguas pajareras del siglo XIX, pero en moderno.
—Sí, es igualita —se mofó Nina.
—En serio, deberías llevarlo a una sala de exposición para que la gente lo vea. Cuando estés mejor te ayudaré. Pero por ahora, te vamos a instalar en la terraza. Hace un día espléndido.
Poco después se encontraban bebiendo agua del grifo de la ciudad de Nueva York, la mejor del mundo, sentadas en las astilladas sillas de madera de Nina y contemplando Central Park. Claire improvisó un reposapiés para que Nina mantuviese la pierna lesionada en alto, y colocó junto a la silla una mesita con agua, el teléfono, el sobre con las llaves de los perros, la información para Isaiah y un montón de revistas que le había comprado. Las sacó de la bolsa. Había de todo: Us y Newsweek, Vanity Fair y Entertainment Weekly, Vogue, People y Casa y Jardín, Elle, Décor, Rolling Stone y Mundo Canino, además de los periódicos Globe, Star y Enquirer. Nina estaba muy contenta de tener una amiga que sabía que cuando alguien está enfermo o lesionado no hay que llevarle flores, porque las flores son para los muertos o los moribundos. Por supuesto, en cualquier otra ocasión las flores son bienvenidas.
Entonces Claire levantó la caja y la depositó sobre las rodillas de Nina. Era la primera vez que un conocido de Nina compraba algo del catálogo que anunciaba un ionizador de aire «por sólo 299 dólares». Claire se levantó, fue a la cocina y regresó con unas tijeras. Abrió la caja y sacó una tarjeta de felicitación. Se la tendió a Nina, que la leyó:
Querida Nina,
He pensado que te será útil mientras te recuperas. Espero que te encuentres mejor. Atentamente,
Daniel.
Se la pasó a Claire, que la leyó también y sonrió. A continuación sacó de la caja un gran estuche negro. Lo abrió y comenzó a montar las piezas de lo que resultó ser un telescopio. Era grande, brillante y blanco, con el ocular a un lado, cerca del objetivo. Descansaba sobre un trípode. Nina pasó la mano por la lustrosa superficie.
—Caramba, qué bonito. Pero ¿«atentamente»? Es porque por poco le vomito encima en el hospital, lo sé. Si no, habría escrito: «Te quiere, Daniel.»
—Es muy considerado por su parte.
—Sí, es una invitación a espiar a la gente.
—Bueno, de hecho eso ya lo haces.
—Y tengo la sensación de que él lo sabe.
—Tampoco es imbécil, ¿no?
—Pero ¿«atentamente»? ¿Atentamente? ¿Qué significa eso?
Claire la ignoró y echó un vistazo por el telescopio.
—¿Y por qué no? Vas a estar aquí con la pata quebrada y sin poderte mover; por lo menos aprovecha la vista que tienes desde aquí. Es un poco como La ventana indiscreta, ¿no te parece?
—¡Aaah! Y supongo que yo soy James Stewart y que tú eres Grace Kelly, ¿no?
—Bueno, yo desde luego soy Grace Kelly, pero tú eres más guapa que James Stewart.
—¡Por una vez quiero ser Grace Kelly! ¿Por qué no puedo ser Grace Kelly?
—Cállate un rato y mira esto —le ordenó Claire.
Nina se incorporó, aplicó el ojo al ocular y enfocó. En cuanto se orientó, identificó lo que estaba viendo: en primer término el antepecho, y más arriba la ventana del gran edificio de ladrillo que se alzaba al otro lado del parque, en la Quinta Avenida. «Oh, Dios mío —pensó Nina—. Esto es como darle heroína a un adicto.» Era como si le hubieran ofrecido su vicio, firmado y lacrado, en bandeja de plata.
—No puedo —dijo Nina—. No es correcto.
—Oh, por favor. Es lo último que esperaba oír de la Reina del Fisgoneo —dijo Claire—. Pero si es divertido. Así tendrás algo que hacer sin moverte de casa. La semana se te pasará volando, ya lo verás. — Hizo una pausa—. Esto es señal de que le gustas mucho, ¿sabes? No es un trasto barato.
Nina se dio cuenta de que era un detalle muy bonito.
—Ya lo sé. O tal vez intenta decirme algo. Pero ¿«atentamente»? Bueno, me vio vomitar.
—Cosas peores han pasado. Podría haberte visto...
—¡No lo digas!
Las dos amigas se rieron.
—Y ahora debo marcharme —dijo Claire imitando la voz de Grace Kelly—. Tengo una audición. Además, Isaiah... se llama así, ¿no? Llegará en cualquier momento; martirízalo a él preguntándole por qué no puedes ser Grace Kelly.
—¿Para qué es la audición?
—Para otra serie tipo Ley y orden. Polis a caballo en Central Park. Buscan otra fiscal de distrito alta y rubia. Servidora. Por lo menos eso espero y ruego a Dios: que sea yo. Dios, por favor, ayúdame a conseguirlo.
—Necesito este trabajo, Dios mío, lo necesito... —canturreó Nina.
—Cállate. Realmente nunca podrías ganarte la vida cantando —le dijo Claire mientras recogía sus cosas, a punto de marcharse—. Deberías tenerlo prohibido por ley.
—¿A cuántas personas necesita? ¿A cuántas...?
—¿Sabes que tal vez hagan una reposición de A Chorus Line? Lo leí en Variety.
—Podrías interpretar el papel de Sheila. La clásica, pero con un toque del siglo XXI: suda a mares. Encarnarías a una Sheila que, en realidad, eres tú misma. En plan metateatro, ¿sabes?
—Eso, encima cachondéate de mi desgracia. ¿Qué clase de amiga eres?
—Un incordio que acaba de desvelarte la clave para amasar una pequeña fortuna.
—Cierto, pero que me pone en un compromiso cada vez que tengo una cita; créeme. Y ahora, adiós. Llámame si necesitas algo.
—Con esto —dijo Nina acariciando el telescopio con ademán sugerente— y comida a domicilio, estaré bien. Siempre y cuando Isaiah se deje caer por aquí y me pasee a los perros, y tú vengas a buscar a Sam y Mimi. Y a verme a mí. — Sólo con Claire podía sincerarse tanto sobre lo que necesitaba.
Entonces sonó el timbre.
Nina volvió a su telescopio mientras Claire corría hacia el interfono.
—¿Isaiah?
—Sí, soy yo.
—Justo a tiempo —dijo Claire, pulsando el botón para abrir la puerta de abajo.
Esperó un minuto y lo oyó llamar a la puerta. Abrió, y entró Isaiah. Claire se puso a sudar y se puso colorada. — Tú debes de ser Claire —dijo él.
—¿Isaiah?
—Isaiah —repitió ella, como en trance—. Me encanta ese nombre.
—Estás muy bien.
—Tú también.
—Hola, quiero decir.
—Yo también. O sea: también quería decir hola.
—Estás sudando —observó él, deslizándole un dedo por la ceja y el pómulo.
—Es algo que me pasa.
—Me gusta.
—¡Holaaa! — gritó Nina desde la terraza—. ¿Quién es? ¿Isaiah?
—¡Hola Nina! — saludó él sin apartarse un centímetro del lado de Claire y sin despegar los ojos de los suyos.
—Tengo que irme —dijo Claire.
—¿Estás segura?
—Sí. En serio.
—Vale.
Y Claire salió, pero en el rellano dio media vuelta.
—Cuidarás de ella, ¿verdad? — preguntó.
—Desde luego. — Vale, bien.
—¿Te volveré a ver?
—Desde luego.
—Eso creo yo.
Y Claire se marchó.
—¡Caray! — exclamó cuando estaba en el quinto escalón.
—¡Uauh! — respondió él, como si la hubiera oído.
—Isaiah, ¿dónde demonios te habías metido? — le reclamó Nina, pero él estaba absorto, contemplando su escultura.
—Es fantástica. ¿Qué es? Parece un artilugio sacado de una película de ciencia ficción, de X—Men o de Matrix —dijo, saliendo a la terraza.
—Es lo que tú creas que es.
—Acabo de conocer a Claire —le informó él.
—Es una tía genial, ¿no te parece?
—Ya te digo —contestó él, recuperando el aliento—. Vaya, mira cómo estás. Menuda paliza te han dado, chica.
—Y aún te quedas corto. Oye, Isaiah, ¿puedes sustituirme durante una semana o así?
—No hay problema. Tú sólo dime quién, cuándo y dónde, y yo estaré allí.
—Quiero recuperar a todos mis clientes cuando vuelva a estar en condiciones, ¿queda claro?
—Por supuesto, sólo quiero echarte una mano. Tú también lo hiciste por mí, ¿te acuerdas?
Nina soltó una risita. Hacía tiempo Isaiah había tenido que ir un fin de semana a Atlanta a ver a su madre, que estaba enferma. Nina se había encargado de sacar a sus perros, que eran todos pitbulls, mastines y rottweilers, fieras asesinas que le daban un miedo de muerte.
—Pero no pasees a mis perros con los tuyos, ¿vale? — le advirtió—. No los mezcles.
Isaiah se lo tomó como una ofensa personal.
—¿Tienes algo en contra de mis perros? Son perros de ciudad, perros callejeros, y algunos de ellos han tenido una vida difícil. Vale, los tuyos son ricos y mimados, pero ¿dónde está tu espíritu igualitario? Un perro es un perro, independientemente de su educación, color de pelo y estatus económico. ¿Odias a un grupo de perros sólo por su educación y su extracción social? ¿Eres republicana o qué?
—¡Vamos! ¡Tienes que aceptarlo! — repuso Nina—. Paseas perros asesinos, que matan a otros perros y me apostaría algo a que también a personas. ¿Y por qué es así? ¿Te lo has preguntado alguna vez? ¿Por qué mis perros son dulces y dóciles, mientras que...?
—En primer lugar, Luca es una perra. Y en segundo, de acuerdo, admito que es un poco brusca. ¡Pero es que su dueño es un capullo! La tiene cerrada en...
—¡De eso estoy hablando! En la vieja disputa entre naturaleza y crianza, incluso si hablamos de perros, la crianza sale ganando. La pobreza, el ambiente del hogar, los dueños solteros y doscientos cincuenta años de opresión, todo eso son impedimentos para que estos perros se pongan a la altura de otros que lo tienen más fácil. En pocas palabras, mis perros son perros de gueto, mientras que los tuyos son ricos, blancos y privilegiados.
—¡Vaaaya! ¿Qué es lo que estás diciendo? ¿Que deberíamos procurar que los perros que tú llamas «de gueto» tuvieran mejores paseos y mejores hogares para nivelar la situación? ¿Y si resulta que simplemente son perros asesinos y malos? ¿Merecen también un lugar mejor sólo porque hay que ser equitativo? Además, ¿tienes idea de las consecuencias que eso tendría en la reserva genética de los perros? Ni hablar.
—La historia demuestra que dar oportunidades a quienes han estado reprimidos los ayuda a despuntar por encima de la media.
—Bueno, tú no los mezcles, ¿vale? ¿Cómo iba a contarle a la señora Chandler que su adorable bulldog de ojos azules y patas arqueadas sirvió de desayuno a uno de tus enormes rottweilers? Y estoy pensando en el de los dientes grandes, el que gruñe cada vez que ve a un perro de menos de veinte kilos como si llevara una semana sin comer. Imagina lo que les haría a Edward y Wallis; ellos pertenecen a la realeza británica.
—¡Unos cerdos coloniales y unos opresores, eso es lo que son!
—En realidad son perros salchicha.
Isaiah se esforzaba por reprimir una sonrisa.
—Dame las llaves, las direcciones y el horario, que me marcho.
—Está todo aquí —indicó ella, entregándole el sobre.
—Y ahora no se preocupe, señorita Nina —dijo Isaiah con acento de esclavo negro del Sur—. Seré bueno con sus perros, de veras que lo seré. Y no robaré nada de sus dueños. ¡Se lo juro, se lo juro!
—No te pases —rió ella.
—Volveré a venir dentro de dos días —añadió él, con voz normal—, para ver cómo te va y para saber cuándo quieres que te devuelva las llaves y lo demás. En serio, llámame si necesitas ayuda. ¿De acuerdo, señorita Nina? — añadió en tono de esclavo.
—Gracias por ayudarme, Isaiah.
—Gracias por darme trabajo extra. ¿Necesitas algo más antes de que me marche?
—No, gracias.
Isaiah dio media vuelta y se marchó de la terraza. Nina oyó que la puerta se abría y se cerraba. Le caía bien Isaiah, aunque fuera un ex presidiario. Sabía que podía confiar en él; o eso esperaba. Sabía que era de fiar; eso creía. Sabía que podía depositar su confianza en él; tanto como en cualquier otra persona.
Echó un vistazo a su pierna entablillada, que semejaba un enorme perrito caliente metido en un bollo. Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo podía haberle pasado aquello? ¡No iba a soportar una semana entera allí sentada! ¿Y tenía que fiarse de que Claire le hiciera los recados y sacara a Sam y a Mimi? ¿Fiarse de que Isaiah paseara a los perros de sus clientes? ¿Y fiarse de que su madre le diera apoyo emocional? No era que no los considerase capaces de ello; sabía que los tres eran competentes en sus tareas. Era más bien que, dada la competencia que demostraban los tres, ¿para qué la necesitaban a ella? ¿Para qué servía ella, aparte de para realizar precisamente esas tareas? Además, fiarse de una persona significa ponerse en sus manos, necesitarla. Todo aquello era demasiado íntimo, y Nina se sentía incómoda.
Pero ahí estaba Sam, mirándola con la lengua colgando y jadeando, con un brillo de inteligencia en los ojos. «Soy afortunada de tener un perro así —pensó Nina—. Y de tener personas en quienes confiar. Odio depender de nadie, pero por lo demás soy afortunada.»
Se inclinó hacia adelante y miró por el telescopio. Hacía un día hermoso, claro y seco, algo poco habitual en Nueva York en verano. Vio a gente en la Quinta Avenida haciendo cola ante el Guggenheim. Vio a una mujer con un niño en un cochecito comprando un bizcocho salado a un vendedor ambulante. Vio a una pareja joven riéndose y besándose. Vio a dos ancianas paseando juntas del brazo, conversando con las cabezas muy juntas. Vio a una hermosa mujer sola, sentada en el murete de piedra que rodeaba la entrada del museo. La mujer se miró el reloj, hizo una llamada telefónica y volvió a consultar la hora. Entonces se marchó. Una pareja de ancianos ocupó su lugar en el murete. Llevaban un perrito caliente en la mano y estaban comiendo. Un trozo de bollo o de papel o algo parecido terminó en el pelo de la mujer, y el hombre se limpió la mano con un pañuelo, buscó un poco, lo encontró y se lo quitó con mucho cuidado. Nina no se perdió ni un detalle. Fue sólo un gesto rápido y simple entre dos personas que se tenían confianza y que, sin duda, se preocupaban una por otra. Nina se apartó del telescopio y se recostó en la silla. Era increíble, lo fácil que les resultaba a algunos llegar a intimar. «Yo también quiero —se dijo—. Yo también quiero.»
El timbre sonó, y Nina dio un respingo; la pierna cayó de la silla, causándole cierto dolor, y el telescopio dio una vuelta de trescientos sesenta grados sobre la base. Nina se ayudó de ambas manos para levantar cautelosamente la pierna, puso el pie en el suelo y, apoyándose en los brazos del sillón, agarró las muletas y entró en el piso. Sam seguía de cerca sus pasos y Mimi correteaba detrás de Sam. El timbre volvió a sonar.
—¡Qué prisas! — exclamó ella. Descolgó el telefonillo y preguntó—: ¿Quién es?
—¿Nina? Soy Daniel.
Nina aguantó la respiración y se miró en el espejo. Su apariencia difícilmente podía ser peor: llevaba cuarenta y ocho horas sin ducharse.
—¿Nina?
Oh, Dios.
—Sube —respondió. Abrió la puerta y aún estaba a medio camino de la terraza cuando le oyó tocar el timbre—. ¡Está abierto! — gritó.
—Espera, que te ayudo —dijo Daniel mientras cerraba la puerta y dejaba una bolsa de papel marrón encima de la mesa. Pero ella había subido los escalones y estaba fuera. Cuando se sentó, él ya estaba a su lado, sujetándole el brazo y sosteniéndole las muletas.
Una vez que ella se hubo acomodado, Daniel arrimó una silla y se sentó a su lado, como si fueran dos amigos que estaban en la playa, contemplando las olas. O en el cine, viendo los anuncios y esperando a que comenzara la película. O en un coche, mirando la carretera.
—Me alegro de que hayas venido —dijo Nina.
—¿En serio?
—Quería darte las gracias por devolver los perros y acompañar a Bono a casa, por llamar a Claire y ayudarme, y también por este fantástico regalo. Gracias. De verdad.
—Quería asegurarme de que estabas bien —contestó Daniel, volviéndose hacia ella—. Tienes buen aspecto.
—Oh, Dios, ya sé que tengo una pinta horrible. Y siento mucho que estuvieras delante cuando yo...
—Tienes buen aspecto —insistió él con una sonrisa, clavándole la mirada. Y entonces, bruscamente, se acercó al telescopio y echó un vistazo—. No está mal. Se alcanza a ver todo, ¿no? Fíjate en aquel apartamento, tienen un Picasso... Esto es peligroso —aseveró, dejando a un lado el telescopio.
—Pero divertido, ¿no?
—De eso hablaba precisamente Schopenhauer: no hay que abandonar a la gente a sus propios recursos. Eso solamente conduce a...
—¿Schopenhauer? — preguntó ella, acordándose del nombre del archivo que había visto en el ordenador de Daniel.
—Un filósofo alemán que sostenía, entre otras cosas, que el universo no es un lugar racional.
—Vaya. Menudo genio.
—¡Exacto! Uno puede pensar que eso lo sabe todo el mundo, pero somos todos unos eternos optimistas, creemos que podemos controlar nuestros propios impulsos. Inventamos el telescopio para explorar, para aprender, y, de pronto, se convierte en un instrumento más para alimentar el vicio.
—Pero mira, echa un vistazo. También sirve para observar a los pájaros, ¿ves aquel que vuela por allí? ¿De qué color tiene el pico? Y fíjate en aquel sauce tan bonito de allí. Puedes ver las hojas y la textura de la corteza.
—Pero es mucho más divertido curiosear por las ventanas de los apartamentos, ¿no? Hay un niño mirando la televisión; hay una mujer en su escritorio, ante el ordenador; hay un tipo desnudo delante de la ventana. Por lo menos yo creo que está desnudo, aunque en realidad no le veo bien... Vaya, sí, está desnudo. — Hizo una mueca y se apartó del telescopio.
—¿Lo ves? — dijo ella—. Puedes elegir. ¿Es culpa mía si elijo mirar las ventanas en lugar del pájaro?
—Eso decía Schopenhauer. Era un verdadero pesimista.
—Pues ya somos dos. Y yo también creo que el mundo está lleno de gente imperfecta; de gilipollas, en realidad. ¿Eso me convierte en una schopenista? ¿En una cerda schopenista? — Esto hizo reír a Daniel. Era tal vez la primera vez que ella lo veía soltar una carcajada completamente desinhibida y eso le quitó tensión a la situación. Nina se sentía en vena—. Me refiero a que no pareces el típico tipo que estudia filosofía. ¡Eres un abogado!
—¿Y? ¿Acaso los abogados no pueden leer filosofía?
—Claro que pueden, faltaría más. Estamos en un país libre y todo eso. — Sonaba como una imbécil—. Pero sé sincero: ¿cuántos abogados saben quién es Schopenhauer?
—Tomé un par de clases de filosofía en la universidad, eso es todo.
—Muy interesante. Tú, me refiero. O sea... ¡demonios!
—¿Y tú? ¿Estudiaste arte? Porque eres artista, ¿no? Lo digo por las esculturas...
—Es sólo un hobby. Recojo cosas del suelo mientras paseo a los perros. Me lo tomo como una especie de labor de reciclaje.
—O sea que lo haces para proteger el medio ambiente —dijo él con una sonrisa.
—Sí, también —dijo ella, devolviéndosela.
—Bueno, pues son únicas.
—¿Únicas? — preguntó ella, como si aquello no le pareciera un halago.
—Increíblemente únicas; hermosamente únicas.
Nina sonrió de nuevo: ahora no cabía duda de que era un halago.
Daniel se quedó mirándola durante el tiempo suficiente para hacerla sentirse incómoda.
—Me tengo que ir. Antes de que me envicie con esto —dijo, poniendo el telescopio a un lado—. Necesitas algo antes de que... ¿Quién pasea a Sam y a Mimi?
—Claire vendrá más tarde. Gracias, no te preocupes.
—De acuerdo, pues entonces creo que me iré. ¿Puedo volver dentro de un día o dos?
—Bueno, claro, sí. Por favor.
—No abuses de esto —le recomendó él con una mano encima del telescopio, levantándose—, o te convertirás en una cerda schopenista.
Nina se rió, halagada de que él hubiera utilizado su chiste, e intentó ponerse en pie.
—Pero ¿qué haces? — preguntó él, acercándose para ayudarla, rodeándole la cintura con un brazo y los hombros con el otro, mientras ella se inclinaba hacia él, prácticamente apoyándole la cabeza en el hombro.
Ella percibió su olor; era delicioso. Y, sin pensarlo, lo besó en la comisura de los labios. No pudo evitarlo. Estaba fuera de control.
Entonces él le devolvió el beso, esta vez en la boca. Y luego otra vez, abriendo la boca para recibir la de ella, estrechándola con el otro brazo, con la pierna buena de Nina apoyada en la de él. Cuando el beso finalizó, Nina bajó la cabeza, avergonzada, asustada. Los labios de Daniel le rozaron el pelo y luego, cuando ella volvió la cabeza, la oreja.
—Te he traído sopa —susurró él.
—¿En serio? — Aunque en realidad no importaba.
Nunca un beso la había desconcertado tanto. Aquel Daniel, aquel hombre que la sorprendía cada vez que estaban juntos (¡Schopenhauer, por el amor de Dios!) la había besado como si el mundo fuera a acabarse, como si fuera la última vez. Y ella estaba frenética.
—Te la he dejado dentro, encima de la mesa. Es sopa de pollo.
Entonces alguien llamó al timbre desde la calle.
—¿Quién demonios será? — soltó ella.
—Espera, voy a ver —dijo Daniel, y corrió hacia el interfono.
Nina no podía creerse lo que acababa pasar. De hecho, comenzaba a dudar que hubiera pasado en realidad.
—Es Bono. Está subiendo, ¿vale? — gritó Daniel desde la puerta.
«Joder —pensó Nina—. Esto parece Grand Central Station.» Nunca había recibido tantas visitas en un solo día, excepto tal vez cuando regresó a casa del hospital, después de nacer.
—Qué pasa, tío —oyó saludar a Bono—. ¡Hala, qué alucinante! ¿Qué es? ¿Una escultura o algo así? ¿Nina hace eso? Increíble. Parece la Criatura del Pantano.
«Y todos vosotros sois críticos de arte», repuso Nina para sí mientras Bono y Daniel salían a la terraza.
—¡Nina! ¿Cómo estás? — preguntó Bono.
—Hola, chaval. ¿Nunca tienes colegio? — inquirió Nina.
—Es domingo, ¿recuerdas? Y es verano. ¿O te duele tanto que has perdido el sentido de la realidad? ¿Estás bieeen? — preguntó él, dejándose caer sobre la silla, con el rostro a pocos centímetros del de ella—. ¿ESTAS BIEEEN? — le chilló.
Nina levantó el brazo, le puso la mano en la cara y le dio un empujón. Bono fue a parar a la pared de ladrillos, presa de un ataque de hilaridad.
—Me tengo que ir —anunció Daniel—. Te dejo... o, mejor dicho, lo dejo en buenas manos —añadió pasándole a Bono una mano sobre el hombro.
Nina, aún sin recuperarse, miró a Daniel y sólo acertó a murmurar:
—¿Estás seguro?
—Pero me gustaría venir mañana, si no tienes inconveniente, claro —dijo él con una formalidad tal vez excesiva.
—Yo estaré aquí —afirmó ella, cohibida, con una risa nerviosa.
—Bono, llámame si necesita algo. Si cualquiera de los dos necesita algo.
La miró una vez más y se marchó.
—Ahora, estamos solos, tú y yo. ¿Crees que podrás controlarte? — preguntó Bono.
—Siéntate y calla —le ordenó Nina.
Así que Bono se sentó junto a Nina, y los dos se pasaron la tarde charlando, riendo y mirando por el telescopio. Luego se comieron la sopa. Nina no se había sentido tan agasajada en toda su vida como aquel día. Y aquel beso... la había dejado hecha un flan.
21
¿Qué había hecho? ¿Cómo se le había ocurrido besarla de aquella manera? Había sido un acto de lo más irracional. Era como si todo lo que Schopenhauer había dicho no sólo fuera cierto, sino que pudiera reducirse a una sola cosa: un beso. Pero era su pasión lo que lo había sorprendido. A veces (y eso era algo que había aprendido con los años) ciertas facetas de sí que desconocía afloraban cuando hacía algo. Por ejemplo, no sabía lo enfadado que estaba con Daniel por aquella ocasión en que había utilizado un ensayo que había escrito él para conseguir su primer empleo. Daniel se había aprovechado a menudo de la inteligencia de Billy para superar los exámenes finales, pero cuando mandó la tesis de Billy con su nombre para conseguir un trabajo tras terminar la carrera de derecho, se pasó de la raya. Pero Billy no se dio cuenta de lo cabreado que estaba hasta la noche en que le pegó a Daniel un puñetazo en la cara que lo hizo sangrar por la nariz, le dejó el ojo amoratado y le partió el labio.
Primero fue el puñetazo y luego la revelación. En este caso había sido primero el beso y luego el reconocimiento.
Y sí, se conocía lo bastante bien como para saber que se sentía atraído por Nina. Pensaba en ella, se había sorprendido a sí mismo un par de veces preguntándose qué estaría haciendo ella en aquel momento, no podía dejar de sonreír cada vez que se la encontraba y notaba que le faltaba el aire ante una mirada suya. Pero había algo más profundo que todo aquello: Nina lo conmovía. Con ella se sentía capaz de volar, de hacer cualquier cosa, de ser él mismo. Aquella noche en el muelle había sido estupenda. Él había tocado para ella y luego se había marchado a casa, como un imbécil.
Y después había tomado un baño en su apartamento; ahí sí había perdido el control. Las esculturas, su amor por las canciones de los espectáculos de Broadway, su energía y simpatía innatas, su forma de comportarse con Bono y su habilidad para tratar con perros no encajaban con su recelo y su tristeza. Lo mismo sucedía con la fuerza que poseía sin siquiera saberlo, escondida tras un velo de vulnerabilidad e inseguridad; aunque tal vez fuera un velo artificial, como si por algún motivo se hubiese acostumbrado a reprimirse, cuando su tendencia natural era la de brillar.
Pero nada de eso tenía importancia ante lo que él sentía en aquel momento, tras haberla besado. Los tópicos de las canciones, por recurrir a las referencias de Nina (Si fuera una campana estaría repicando o antes siempre había notado el suelo bajo los pies o y ese nombre nunca volverá a ser lo mismo para mí), parecían estar en lo cierto. Si tenía que soltar un «joder», aquél era el momento.
—¡Joder, joder, joder! — masculló, sobresaltándose y asustando a Sid, que respondió ladrando tres veces mientras seguía a Billy, que caminaba de un lado a otro del dormitorio—. Lo siento, chico —dijo él, agachándose para acariciarle la cabeza. Temió estar perdiendo los papeles, estar cambiando, como si lo que sentía por Nina pudiera abrir una puerta que, tras cruzarla, lo convertiría en un hombre distinto para siempre.
«Pero si es una mentirosa y una fisgona —pensó, enderezándose—. No paga impuestos y no es más que una paseadora de perros.» No es que él tuviera la costumbre de juzgar a la gente por sus trabajos, pero había que recelar de alguien que se dedicara a eso; un trabajo temporal, un resbalón momentáneo, en ningún caso una profesión, un medio de sustento o una forma de vida válida.
Además, probablemente ella sólo estaba interesada en él porque creía que era... bueno, ése. Lo mismo que había sucedido en San Francisco hacía un par de años. Había ido allí en una misión especial del Departamento de Hacienda y había conocido a Elizabeth. Aquello parecía amor verdadero, él estaba convencido de que se había enamorado de ella. Y ella de él. Billy incluso había pedido el traslado, hasta que de repente apareció Daniel y, por lo visto, la conquistó hasta tal punto que se embarcaron en una relación a largo plazo que duró un mes.
En esa ocasión Billy sí había cobrado plena conciencia de sus sentimientos antes de pasar a la acción. Había sido una traición enorme y difícil de olvidar. ¿Acaso ya nunca lograría apartarse de la sombra de su hermano perfecto, que se alargaba y oscurecía todas sus relaciones? Había echado a Daniel de su apartamento y se había prometido no volver a tener tratos profesionales con él. Podría haber cortado todos los lazos con él, pero era un miembro de la familia. Billy tardó un año en volver a dirigirle la palabra.
Así pues, se prometió esperar un par de semanas antes de volver a ver a Nina, dejar que la llama se enfriara un poco o incluso se extinguiera. Porque lo último que necesitaba en aquel momento era implicarse más a fondo para terminar descubriendo, una vez más, que la persona a la que el deseaba, deseaba en realidad a Daniel.
Y entonces oyó que se abría la puerta de casa, alguien entraba y tiraba algo al suelo.
¿Podía ser Ni...? Corrió a la puerta. Pero no se trataba de ella, sino de... ¿pero qué demonios? Era como si hubiera invocado a aquel gilipollas con sólo pensar en él.
—¡Daniel! — exclamó en voz alta. Vio su bolsa de lona en el suelo.
—Billy, amigo mío.
Sid los miró alternativamente, primero a uno y luego al otro, y dio dos vueltas como para sacudirse la confusión.
—Sid, tranquilo, chico —dijo Billy.
—Siddharta, he vuelto —dijo Daniel.
Los dos hombres que, salvo porque tenían el remolino en el lado opuesto del pelo y el corazón muy diferente, se parecían como dos gotas de agua, se abrazaron como lo hacen los hombres, dándose palmaditas en la espalda antes de separarse rápidamente.
—Pero ¿qué...? — preguntó Billy.
—Me cansé. Echaba de menos la ciudad, el trabajo... Era hora de regresar a casa —explicó Daniel acercándose a la ventana del comedor y mirando al exterior.
—No habría estado de más avisar con un poco de antelación.
—No tuve tiempo. Fue una decisión espontánea de última hora. Aunque no sé si sabes lo que significa eso.
Billy decidió pasar por alto la pulla.
—Pues yo aún no he terminado aquí —le informó.
—No te preocupes, sólo me quedaré una o dos semanas y luego marcharé de nuevo. Tengo un caso en San Francisco. — Contempló a Billy esperando una reacción que no se produjo—. ¡Bombones See's, allá voy!
—Pero necesito quedarme aquí, en este apartamento. Si no, todo el asunto se irá al garete —objetó Billy, que no estaba seguro de si hablaba de la señora Chandler o de Nina.
—Pues quédate; puedes dormir en el sofá —respondió Daniel, recogiendo la bolsa y dirigiéndose al dormitorio—. Ahora mismo necesito una ducha y una siesta. Mi cuerpo aún está sincronizado con el horario tibetano.
—Y apesta.
—Así es.
—Hueles a oveja que se ha revolcado en estiércol.
—Ya capto la idea.
—Y que luego se ha pasado una o dos semanas secándose al sol hasta que se ha formado una costra compacta.
Daniel posó la vista en su hermano para comprobar si Billy estaba bromeando. Y no.
—¿Estás enfadado por algo?
—Sí, podría decirse así —contestó Billy, sorprendido de saber por adelantado que se estaba gestando otra pelea o Dios sabía qué. Incluso sus pensamientos estaban llenos de palabrotas.
—Bueno, pues mala suerte. Ésta es mi casa y puedo regresar cuando me dé la gana.
—Tendrías que haber llamado. Tendrías que haberme avisado. No tendrías que...
—¿Que qué? ¿Que haber vuelto? Muy bonito. ¿Tu hermano gemelo regresa a casa tras una larga ausencia y te cabreas? Anda y que te jodan.
Billy se alejó hacia la puerta y llevó la mano al pomo.
—Me voy a dar una vuelta. Hasta luego.
—No me despiertes.
—No te preocupes.
—Sid, ven, chico. Vamos a pasear.
—¿Sid? ¿Quién demonios es Sid? Siddharta, pequeño, ven aquí, chico.
Pero Sid estaba ya en la puerta con Billy, que salió y dejó al perro llorando delante de la puerta cerrada.
Había transcurrido casi una semana desde el accidente con el estúpido perro rata y Nina estaba impaciente. El telescopio era muy entretenido, sí, y además había estado ocupada trabajando en las estructuras, y Claire, Isaiah y Bono la visitaban a menudo, pero desde el día del beso, Daniel no había dado señales de vida salvo por una llamada para decirle que no podía ir a verla, aduciendo que estaba muy ocupado y otras excusas baratas.
¿Se arrepentía de lo que había sucedido? O peor aún, ¿se había olvidado de ello, como si no hubiera significado nada para él? O peor incluso, ¿no le había gustado el beso? ¿Había sido demasiado húmedo, con demasiada lengua, con demasiado algo? O, lo peor de todo, ¿acaso la que no le gustaba era ella? ¿Había decidido simplemente que no quería verla más?
Estaba dispuesta a descubrirlo. Agarraría el toro por los cuernos, o, mejor dicho, los perros por las correas, e iría a verlo para salir de dudas.
Bajó la pierna de la silla y se levantó. Esta operación, cuando uno lleva la pierna enyesada e inmovilizada de modo que no la puede doblar, no resulta fácil en absoluto. Ni que decir tiene que era uno de esos yesos modernos, de quita y pon, lo que le había permitido ducharse esa misma mañana. Sea como fuere, se levantó, asió las muletas y fue a su habitación a vestirse.
Sam y Mimi la observaban. Sam tenía la cabeza ladeada y la lengua colgando y parecía mirarla con desaprobación por estarse precipitando. Mimi meneaba la cola frenéticamente, tenía la boca abierta en lo que parecía una sonrisa, y era como si le dijera con los ojos: «¡Duro y a la cabeza, chica!», porque los perros no saben cuándo una expresión ha pasado de moda. O quizá Nina estaba proyectando en ellos sus sentimientos, o personificándolos, o ambas cosas. Se quitó los anchos shorts que llevaba y se puso unos más monos, un calcetín y un zapato. Para atraer la atención de Daniel, se cambió la camiseta por una de la Universidad de Pensilvania, la que tenía las mangas cortadas y cuello recto, que le recordaba a Flashdance, una película tonta pero que figuraba entre sus preferidas, y se recogió el pelo en una coleta. Tenía aún la piel tostada del sol veraniego, de modo que no necesitaba maquillaje. Además, no se trataba de seducirlo, por el amor de Dios, sino de enfrentarse con él: no puedes besar a alguien y luego desaparecer durante tres días.
Una cosa era vestirse y otra bajar los seis tramos de escaleras. Se puso ambas muletas bajo el brazo izquierdo, se agarró a la barandilla con la mano derecha y bajó los peldaños de uno en uno. Tardó unas cinco veces más de lo habitual, sudó diez veces más de lo normal, pero finalmente llegó abajo.
Una vez en la calle, maniobrar resultaba mucho más fácil. Aunque la temperatura pasaba de treinta grados, el aire era fresco, el cielo estaba despejado y la sensación de moverse por la calle era fantástica. Nina pronto llegó al edificio de Daniel, y allí estaba Pete.
—Dichosos los ojos, bella dama —la saludó el portero con mucha pompa—. Me enteré de tu accidente. ¿No es un poco pronto para andar ya dando vueltas por ahí?
—Bueno, la verdad...
—Espero que no tardes mucho en volver al trabajo. Ese Isaiah no es muy...
—¿Qué? ¿Qué ha pasado?
—Nada, nada. Sólo que no eres tú.
Nina sonrió.
—¿Está Daniel en casa?
—Sí.
—¿Puedes llamarlo? Necesito verle.
—Tú mandas —dijo él, y a continuación descolgó el teléfono y pulsó un par de botones—. Sí, hola, Nina está aquí. Quiere subir. — Entonces, hablando con Nina, añadió—: Adelante. Ya sabes en qué piso es, ¿no?
Nina cruzó el vestíbulo hasta el ascensor, que la estaba esperando. Al entrar oyó a Pete gritar.
—¡Nina! Espera un momento. Está...
Pero las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a subir. Cuando llegó al piso de Daniel, Nina llamó a la puerta y él la abrió cubierto únicamente con la toalla que llevaba alrededor de la cintura.
—¿Nina? Me alegro de verte, pero estoy un poco... —Entonces Daniel le echó un vistazo a sus piernas desnudas y a sus esbeltos brazos, y dijo—: Bueno, está bien, entra. Dame un minuto, ¿quieres?
La dejó allí, en la entrada, y se metió en el baño del dormitorio, donde se habían conocido. Sid estaba tendido junto a la puerta, un poco pocho. Nina se agachó y la acarició las orejas.
—¿Qué pasa, Sid? ¿Quién es tu paseadora favorita? ¿Me has echado de menos?
—Sírvete algo frío —le gritó Daniel desde el baño—. Tengo agua, coca—cola light y cerveza. Como si estuvieras en tu casa. Salgo ahora mismo.
Sonaba raro. Formal, excesivamente cortés. Extraño. ¿O es que ella estaba proyectando en él sus sentimientos o personificándolo (dado que se trataba de un espécimen raro de hombre), o ambas cosas? Se sentó en el sofá, estiró la pierna y dejó las muletas en el suelo. Sid la había seguido y le había apoyado el hocico en la entrepierna. En la habitación reinaba un ambiente fresco gracias a uno de esos aparatos de aire acondicionado ocultos de posguerra que casi sólo se encontraban en apartamentos de techo alto como aquél.
—Hola, guapo —le dijo a Sid—. ¿Qué? ¿Qué pasa, pequeñajo?
Entonces apareció Daniel, con unos shorts holgados y una camiseta, y se sentó a tu lado.
—¿Y esa pierna? ¿Cómo...?
—Mejor. Dentro de uno o dos días me podré quitar esta cosa, caminar como una persona normal y volver a mis perros.
—¿En serio? Qué rápido, ¿no?
—¿Dónde te has metido? — le soltó ella sin más preámbulos.
—¿A qué te refieres? He estado fuera unos días.
—¡Ah! Eso lo explica todo —dijo ella con una sonrisa de alivio.
—¿El qué?
—Por qué no has llamado ni has venido a verme.
—¿Cómo...?
—Es que después del... Pensé que...
—¿Qué?
—Nada.
—Escucha...
—No tienes que darme explicaciones.
—Sólo quería decir que tienes un aspecto estupendo. ¡Caramba, Nina!
Aquello sonó raro en boca de él, pero Nina respondió «bueno, gracias» y advirtió que los ojos de Daniel le repasaban los pechos y luego las piernas. Aquello también parecía muy raro en él, pero a Nina el corazón le latía a cien por hora y, además, tenía que admitir que le gustaba que la mirasen de aquella manera. Sabía que era atractiva, guapa e incluso sexy, pero Daniel la estaba devorando con los ojos como a un objeto sexual; como si nada de lo que dijera tuviera importancia. De algún modo, eso le agradaba.
Daniel le acarició la pierna.
«Oh, Dios —pensó ella—. ¿Está pasando de verdad?» Hizo un esfuerzo para levantar la vista hacia su rostro. Algo en él había cambiado, como si acabara de regresar de una aventura lejana con energías renovadas, tras haber conquistado lejanos países y haber conocido a otras gentes. Se le veía confiado, lanzado, ansioso.
Entonces la besó. Fue distinto de la otra vez, pero ¿cómo no iba a serlo? Aquello había sido un primer beso, espontáneo, lleno de sentimiento. Éste formaba parte del calentamiento previo, era un beso estudiado, preludio de lo que vendría después. Nina se recostó y lo miró, le puso una mano en el cuello y le pasó los dedos de la otra por el cabello.
Pero él no parecía dispuesto a permitir distracciones ni gestos románticos. Le rodeó la cintura con el brazo y le subió la camiseta hasta las axilas y luego por encima del pecho. Se lo acarició un momento, le metió la mano debajo del sujetador y le apretó suavemente el pezón.
Qué demonios, era muy placentero. No pensaba detenerlo.
Sid comenzó a ladrar.
—Un segundo —dijo Daniel. Se levantó, agarró a Sid por el collar, lo arrastró hasta el dormitorio y cerró la puerta. Nina lo observó, preguntándose por qué estaba tan raro—. Bueno, Nina, ¿en qué estábamos?
Resultó incómodo con el yeso, y hubo algunas maniobras algo torpes, pero no era eso lo que le producía tanta desazón a Nina.
Veinte minutos más tarde, Billy entró en el vestíbulo del edificio.
—Oye, ¿pero no estabas en el apartamento? — le preguntó Pete.
—No, he estado un par de horas paseando. Deberías ver el parque hoy: está lleno de...
—Pues yo le he dicho que subiera, creía que estabas en casa.
—¿A quién?
—A Nina, la que pasea a tu perro.
Billy se quedó mudo y enrojeció. Le entró un ataque de pánico y arrancó a correr hacia el ascensor. Tuvo que esperar a que bajara desde la planta diecisiete y estaba a punto de romper la puerta de un puñetazo cuando por fin llegó.
—Eh, un momento, ¿quién coño...? — gritó Nina, asiendo un cojín del sofá que había terminado en el suelo para taparse con él la cara y el cuerpo (como buenamente pudo). Notó una punzada en la rodilla. El cerebro le funcionaba a cien por hora. Pero ¿Daniel no acababa de entrar en el dormitorio?
El Daniel con el que acababa de echar un polvo salió de la habitación.
—Oh, mierda —dijo—. ¿No te han enseñado a llamar a la puerta? — preguntó mientras agarraba los calzoncillos del sofá para cubrirse.
—¿Llamar a la puerta? — inquirió el otro Daniel—. Yo vivo aquí, capullo. ¿Nina?
Pero ¿había dos Danieles o qué?
—Vivías aquí, querrás decir.
—¿Nina? Oh, Dios, ¿qué has hecho? — le preguntó este Daniel al otro.
—¿Cómo que qué he hecho? — replicó el Daniel del Polvo, volviéndose y subiéndose los calzoncillos—. Me la he llevado a la cama, bueno, al suelo, y ha estado muy bien. Eso he hecho, aunque no es asunto tuyo.
—Vaya si lo es, no lo sabes tú bien. ¿Nina?
Pero Nina, que intuía lo que estaba ocurriendo, se deshizo en llanto. Estaba confundida y cabreada. ¿Acaso Daniel no era realmente Daniel? ¿Con quién acababa de hacer el amor (aunque no era la expresión apropiada, porque a lo que habían hecho se le llamaba follar, algo que también tenía sus ventajas)? ¿A quién había besado hacía pocos días en la terraza de su casa? ¿Quién era el de las fotos? ¿Quién la había ayudado cuando se había hecho daño en la pierna? ¿Quién le había tocado el trombón en el muelle? ¿Quién le había mentido? Necesitaba comprender lo que estaba sucediendo para matar a uno de los dos. O a ambos.
Nina, sujetando el cojín ante sí, se puso a recoger sus prendas esparcidas. Daniel, su compañero de cama, la ayudó. Ella se puso el sujetador y la camiseta, sin soltar el almohadón ni por un instante. Entonces pasó la pierna buena por el agujero de las bragas y se las subió apresuradamente, porque mientras hacía equilibrios con el pie enyesado del suelo el cojín se le había caído. Finalmente acabó de ponerse las bragas, y a continuación se puso los shorts. Mientras hacía todo eso, mientras amargas lágrimas de confusión, humillación e ira le rodaban por las mejillas y por los labios hasta la barbilla y finalmente hasta el suelo, uno de los Danieles, aquel con el que acababa de, en fin, se había ido, mientras que el otro se había quedado allí, mirándola.
—¿Te vas a la cama con cualquiera? — preguntó éste finalmente.
—¿Qué?
—¿No conoces a este tío de nada y te vas con él a la cama, o al suelo?
—¿Quién coño eres tú? — inquirió Nina.
—Soy Daniel. Nos conocimos en el baño. Te eché una mano con el tipo que no quería recoger el zurullo de su perro en el parque. Te ayudé a subir a la ambulancia. Y, bueno, te besé en la terraza de tu casa.
Nina le sonrió, pero inmediatamente la sonrisa se borró de sus labios, como si alguien hubiera arrojado un cubo de agua a una hoguera.
—Y si tú eres Daniel, ¿quién es ése?
—Él no es Daniel; es Billy —dijo el otro Daniel, que había regresado a la sala vestido y peinado.
Daniel, o Billy, clavó en él la vista como si fuera a saltarle encima en cualquier momento. Estaban frente a frente, y Nina no se perdía detalle. Miraba primero a uno, luego al otro, y de pronto lo vio con claridad. Su Daniel, o sea, su Daniel Enamorado, iba más erguido, era más delgado, tenía los ojos más oscuros, la mirada más profunda, y su rostro expresaba preocupación y bondad. El Daniel del Polvo, en cambio, presentaba un aspecto más desenfadado, más suelto, movía los brazos al andar y al hablar, y llevaba unos pantalones anchos y la camisa rasgada. Tenía los ojos más claros, y su expresión revelaba una despreocupación absoluta por cuanto sucedía en el mundo.
La mirada de Nina iba de uno a otro sin parar. Notó que su rostro enrojecía violentamente y que el corazón se le aceleraba y las venas le palpitaban a cien por hora. ¿Estaban los dos compinchados? ¿Aquello era sólo un estúpido y desagradable jueguecito de niñatos, como a los que tantas veces había imaginado que los gemelos idénticos jugaban en el colegio, que uno era el otro, o que los dos eran uno solo?
Se agachó, recogió las muletas y se encaminó hacia la puerta.
—Espera —imploró el Daniel Enamorado—. Espera. — Y la sujetó del brazo—. Déjame que te lo explique, por favor.
—¿Billy? ¿Eres Billy, verdad? Me has mentido. Y tú... —añadió volviéndose hacia el Daniel del Polvo—, tú me has utilizado. Te has aprovechado...
—Oye, mira: estabas aquí, eres guapa, estabas dispuesta... Yo no necesitaba nada más. ¿Tú sí?
—Cerdo —espetó Nina.
—Cerdo —repitió el Daniel Enamorado.
—Mentiroso —le espetó Nina al Daniel Enamorado.
—Tuve que hacerlo; por mi trabajo.
—Vete a la mierda.
Nina abrió la puerta, y Sid corrió tras ella, creyendo que iba a sacarlo.
—Adiós, Sid —se despidió ella, y antes de cerrarla puerta añadió—: No pienso pasear más a Sid; buscaos a otra paseadora de perros.
22
Así pues, Nina se había acostado con Daniel. El Daniel de verdad, el Daniel del que se había enamorado inicialmente, con el que había soñado, fantaseado y en el que había pensando mientras se masturbaba. Pero aquel Daniel no era el que se había enfrentado al tío de la camisa de esterlín, el que había tocado maravillosamente el trombón para ella en el muelle, el que la había ayudado como si fuera de la familia cuando se había dislocado la rodilla, el que la había besado en la terraza. Ese Daniel, ahora lo sabía, no era Daniel sino Billy, el gemelo idéntico de Daniel. Billy, el cariñoso, el misterioso, el interesante y el timorato, el dubitativo, el sentimental y el moralista, le había mentido. Durante meses, y sobre muchas cosas.
Y ahora ella estaba enamorada de aquel mentiroso hijo de puta.
Aunque acababa de acostarse con el hermano hijo de puta del mentiroso hijo de puta.
Y si bien se sentía estúpida, cabreada, cabreada y estúpida, tenía que admitir que al mismo tiempo se sentía, bueno, joven. Como en la universidad, donde tantos y tantos errores sexuales había cometido (aunque todos, eso sí, de forma segura, el único aspecto del sexo en el que se mostraba inflexible: practicarlo debía ser excitante, no mortal). La diferencia estribaba en que entonces no había necesidad de arrepentirse, porque de eso se trataba, mientras que ahora la atenazaban los remordimientos, la rabia, el dolor y una terrible tristeza, como si un capullo al volante de un cuatro por cuatro se le hubiera cruzado y la hubiera obligado a dar un volantazo y atropellar a Sam, o a Bono, o a Mimi, o a Claire, o a alguien más a quien quisiera de verdad.
Pero ¿había sido culpa del capullo del cuatro por cuatro? ¿O suya? ¿No iba conduciendo demasiado deprisa? ¿No había estado admirando el paisaje en lugar de centrarse en la carretera? ¿No se había despistado con sus tonterías, hablando por el móvil o poniendo un CD, en lugar de fijarse en las señales?
Le habría gustado pensar que no tenía ninguna culpa, pero se había acostado con un tío, y por todos los motivos equivocados. Aunque luego se hubiera enamorado de su hermano gemelo y, en ese caso, por los motivos correctos. ¡Era tan complicado determinar hasta dónde llegaba su responsabilidad...! Resultaba mucho más sencillo estar enfadada y sentirse herida. Le habían mentido y se la habían llevado a la cama por medio de engaños.
Y ahora tenía que sacar a pasear a los perros.
Pues bien, los perros y todo el mundo podían irse a la mierda, porque a ella le daba igual. Pensaba quedarse una hora más allí, bajo la ducha, con el agua caliente sobre la cabeza y resbalándole por el rostro, mezclándose con las lágrimas. Pero en realidad no podía. Era una paseadora de perros, en eso no había mentiras, ni ardides, ni identidades encubiertas, ni engaños. ¿O sí? Era esa persona en la que puedes confiar para que pasee siempre a tu perro. ¿O no? ¿No se suponía que era una paseadora de perros temporal, que se dedicaba a eso mientras intentaba decidir qué hacía con su vida? ¿No era también una mentira sostener que aquello era su vida, que todo estaba bien así? ¿No era una farsante absoluta cuando decía que aquello era lo único a lo que aspiraba en la vida?
Antes pensaba siempre que alguien iba a descubrir lo farsante que era, que en realidad carecía de talento, que no era lista, que no era casi nada.
Pero ¿era así? ¿No era una gran mentira por su parte asegurar que no esperaba mucho, que no tenía demasiadas ambiciones? Sin duda, había que ser más valiente para admitir sus deseos de grandeza y exponerse a sufrir las derrotas y las pérdidas o, aún peor, a no estar a la altura. Era mucho más doloroso caer de una montaña que de un montoncito de arena. ¿Tendría el coraje suficiente para reconocer lo que valía y el talento que poseía, y lanzarse a perseguir lo que deseaba? ¿Para confesar su gran, oscuro secreto? Era ambiciosa, se consideraba especial, sabía que tenía aptitudes, que era guapa y única, pero por nada del mundo se atrevía a admitirlo, a decirlo en voz alta, a vivir la vida en consecuencia. Porque era un gatito asustado. O, en su caso, tal vez un cachorro asustado. Simple y sencillamente.
Era una impostora, al igual que Billy/Daniel.
De modo que hizo lo que cualquier otra mujer deprimida habría hecho en su lugar: irse a la cama. Salió de la ducha, se secó, se puso unas bragas y la camiseta de la Universidad de la Vida, bajó la persiana y se acurrucó bajo la manta.
Durmió doce horas.
Se saltó todos los paseos de la mañana y sólo se despertó porque Sam y Mimi estaban junto a la cama, lameteándola y gimiendo. Tenían que salir. Ahora.
Nina se levantó, se quitó la escayola, se puso unos pantalones cortos, las botas y sacó a los perros durante el tiempo justo para que pudieran mear, cagar y olisquear un poco por aquí y por allí. Se notaba la rodilla algo agarrotada e inestable, pero era una sensación agradable poder volver a usarla. Luego regresó a casa, subió las escaleras, les dio de comer y de beber a los perros y se metió de nuevo en la cama. Sam la miraba con preocupación, consciente de que algo iba mal.
La primera llamada se produjo a las nueve de la mañana. Nina oyó que su contestador automático descolgaba y luego al imbécil, estúpido y pesado de Jim Osborne gritando que Luca se había cagado en el suelo, etcétera, etcétera.
Nina bajó el volumen del aparato, se volvió a echar y se cubrió la cabeza con el edredón.
Recibió la siguiente llamada dos minutos después. Y luego vino la siguiente, y la siguiente, hasta que se le ocurrió una idea brillante y telefoneó a Isaiah. No estaba en casa, de modo que le dejó un mensaje en el contestador:
—«Hola, eh, soy yo, Nina, y me encuentro fatal, como un perro apaleado, por decirlo de algún modo. Ja ja ja. Necesito que me pasees a los perros, ¿vale? ¿Lo harás, por favor? Espero que esto no me dure mucho. Tal vez un par de días, supongo. No lo sé. No puedo levantarme de la cama, ni me veo capaz de hacerlo en un futuro inmediato. Gracias. Le daré tu teléfono a todo el mundo. Gracias otra vez. Y no me llames, estaré durmiendo, ¿vale?»
A continuación borró el mensaje de bienvenida de su propio contestador y grabó el siguiente:
—«Hola, soy Nina, la paseadora de perros. Ha surgido una emergencia, nada por lo que deban preocuparse, pero no podré pasear a sus perros durante unos días. Por favor, llamen a Isaiah Wallace al 579—2120. Es bueno y de fiar. Eso es todo, gracias. Adiós.»
Entonces llamó a los dueños de los perros que paseaba habitualmente, habló directamente con algunos y a otros les dejó un mensaje con el número de Isaiah.
Al cabo de veinte minutos había terminado. Si hubiera sabido lo fácil que era ser responsablemente irresponsable tal vez lo habría probado antes.
Se volvió a dormir.
Cuando se despertó eran las cinco de la tarde y ella tenía la cabeza sumida en una densa neblina. Miró el reloj y se maravilló de lo rápidamente que había pasado el día. Sam y Mimi estaban junto a la cama, mirándola, sacando la lengua y meneando la cola, como dos perros policías que acabaran de encontrar un cadáver.
—Hola, chicos. Mamá se ha despertado.
Sam soltó un ladrido.
—Vale, vale —respondió Nina.
Se puso la misma ropa de antes y sacó a los perros. Pensó que, ya puestos, podría haberle pedido a Isaiah que le paseara también los suyos. Así no tendría que salir del apartamento para nada.
Cuando regresó, se desnudó, se comió un yogur y un plátano de pie ante la nevera y se acostó otra vez.
No se despertó hasta la mañana siguiente. Sam y Mimi estaban dormidos a los pies de la cama. Eran las seis de la madrugada. Nina se dirigió al baño arrastrando los pies.
Fue en ese instante cuando oyó que alguien estaba tocando el timbre desde abajo. Decidió ignorarlo, aunque era difícil. «Meeec, meeec, meeec», todo el rato el mismo sonsonete.
Se bajó las bragas, sentó en la taza y se subió la camiseta. Se secó, tiró de la cadena, se volvió a subir las bragas y se miró en el espejo. «¡Meeec, meeec, meeec, meeec!»
Tenía un aspecto horrible y se sentía aún peor.
Y el timbre no dejaba de sonar: «¡Meeec, meeec, meeec, meeec!» Una y otra y otra vez.
Entonces descolgó el telefonillo:
—¡A CALLAR! — rugió.
—Déjame entrar —pidió Claire.
—¡Y a mí! — dijo la voz de Isaiah, al fondo.
¿Estaban ahí abajo juntos? Vaya coincidencia. Les abrió la puerta y puso agua a calentar para preparar café. Aunque despabilarse del todo no era lo que había planeado, tenía invitados. Oyó pasos que subían las escaleras, unos golpecitos a la puerta y el chirrido de las bisagras cuando se abrió.
—Nina, ¿dónde demonios estás? — preguntó Claire.
—Está aquí. Mírala, está que da pena —señaló Isaiah.
—Yo también me alegro de veros —contestó Nina, de pie ante la nevera abierta—. ¿Qué hacéis despiertos tan temprano, chicos? ¿Qué son, las seis?
—Estamos preocupados por ti —dijo Claire.
Nina paseó la mirada de Claire a Isaiah y de Isaiah a Claire, intentando deducir lo que estaba pasando allí. La asaltó una poderosa sensación de déjà vu, mirando de una persona a otra tratando de descifrar quién era quién y qué era qué.
—¿Vosotros dos...?
Claire le dedicó una sonrisa de oreja a oreja, tan amplia y resplandeciente como el Golden Gate. Entonces abrazó por la cintura a Isaiah, quien a su vez le echó a Claire el brazo sobre los hombros.
—Sí, estamos juntos —respondió Claire. Entonces se giró a Isaiah con una sonrisa que éste le devolvió, dejando al descubierto su magnífica dentadura.
«Dios mío, estos dos se han enamorado», se dijo Nina. Le entraron ganas de vomitar.
—¡Eso es fantástico! — exclamó en cambio—. Pero ¿dónde, cómo os conocis...?
—Aquí —dijo Claire—. Cuando te hiciste daño en la pierna. Yo llegué cuando Iz...
—No, tú salías y yo entraba...
—¿Iz? — preguntó Nina, incrédula—. ¿Lo llamas Iz?
—En realidad —y al confesar esto, Claire se sonrojó y comenzó a sudar— lo llamo Izzy.
—Siempre me has parecido un adorable niño judío —le dijo Nina a Isaiah.
Isaiah sacudió las rastas, desternillándose.
—No me importa; podría llamarme caraculo y yo me quedaría tan feliz.
Y la parejita volvió a sonreírse.
—Me voy a la cama —anunció Nina, y dio media vuelta.
—Alto ahí, chiquilla. No tan deprisa —dijo Isaiah.
—No huyas —terció Claire.
Nina se volvió hacia ellos con una mano en la cadera, como una adolescente impaciente a punto de someterse a un interrogatorio por parte de sus padres sobre adónde iba y a qué hora volvería.
—¿Qué te pasa? — le preguntó Claire—. Llevas dos días en cama. ¿Tienes fiebre? ¿Has ido al médico?
Nina entró en el dormitorio.
—¡Te estoy hablando! — le gritó Claire, siguiéndola con Isaiah agarrado por la muñeca—. ¿QUÉ TE PASA?
Nina se metió en la cama y se tapó con el edredón hasta la barbilla. Si le hablaban como a una niña, qué demonios, iba a comportarse como una niña.
—Me he acostado con Daniel —murmuró sin dirigirse a nadie en particular.
—¡Oh, Ni—nà! — exclamó Claire sonriendo—. ¡Eso es fantástico! — Se sentó en la cama junto a ella y le apartó el pelo de la frente—. Pero no entiendo...
—Yo no estaba loca por Daniel, sino por su hermano. Gemelo.
—¿Qué?
—Me acosté con Daniel, pero no con el Daniel que...
—Espera un momento —intervino Isaiah, sentándose al otro lado de la cama—. ¿Estás diciendo que Daniel tiene un hermano gemelo y que te acostaste con él?
—No exactamente. Daniel no es Daniel, sino Billy, el hermano gemelo idéntico de Daniel. Pero yo no lo sabía, de modo que cuando Daniel me tiró los tejos, creí que era el Daniel Billy, y no el Daniel Daniel, así que me fui a la cama con él. Pero era Daniel y no Billy. Y es Billy quien me gusta. O me gustaba.
—Parece una obra de Shakespeare —comentó Claire, que parecía estarse divirtiendo con aquello. Pero notó que Nina, que no debía de encontrarle la gracia al asunto, la miraba entrecerrando los ojos—. ¿Y qué tal? ¿Te gustó?
—¡Eso no viene al caso! — chilló Nina—. Y estuvo regular.
En ese momento, Sam y Mimi, que se sentían excluidos, subieron a la cama y se acurrucaron a los pies de Nina, de modo que había tres adultos y dos perros encima del colchón.
—¿Y por eso te has pasado dos días en la cama desatendiendo tus obligaciones y, perdona que te lo diga, sin bañarte, aislada del mundo? ¿Porque te has acostado con el tipo equivocado? ¡Pero bueno! ¿No lo habías hecho unas..., veamos, cien veces antes?
—Pero está enamorada de él, ¿no lo ves? — repuso Isaiah.
—¿Es cierto? — inquirió Claire.
—Sí —susurró Nina, cerrando los ojos—. Sí.
—¿Con el que se llama Billy?
—Sí, Billy el Mentiroso. El que se pasó un montón de días diciendo que era Daniel. Durante todo ese tiempo yo creí que era el que vivía en el apartamento con Sid, el que viajaba por todo el mundo, el que era un abogado de éxito y...
—Todo eso da igual. ¿Desde cuándo te importan tanto las apariencias? ¿Con quién estoy hablando?
—No seas tan dura, cariño —la reprendió Isaiah con dulzura—. No olvides que se ha acostado con el hermano, el gemelo, del tipo que le gusta —explicó, intentando comprender la estupidez de Nina.
—Me sorprendes, Nina —aseveró Claire.
—¡Que te jodan!
—No, que te jodan a ti. Oye —le dijo a Isaiah—, vámonos. Me estoy poniendo enferma yo también sólo de estar aquí.
—Eso, vete. Marchaos y dejadme sola.
—Ya lo creo que nos vamos. Y ya que estás ahí tumbada, señora Qué Desgraciada Soy, piensa un poco en por qué te gusta tanto Billy, algo que obviamente no tiene nada que ver con dónde vive, qué tipo de perro tiene o cómo se gana la vida.
—No se trata de esas cosas per se —replicó Nina con un hilo de voz—. Es que me ha mentido; yo creía que era otro.
—¿Ah... sí? ¿Y te enamoraste de él porque era abogado? — dijo Claire—. ¡Ja! ¡Ja, ja, ja!
Entonces ella e Isaiah se levantaron de la cama y salieron de la habitación.
—¿Cómo que «ja»? ¡Él me mintió! — gritó Nina.
—Pues ve y habla con él —respondió Claire a voces antes de cerrar de golpe la puerta del dormitorio.
Sam y Mimi salieron corriendo, gimiendo y ladrando, desesperados por que alguien, quien fuera, los sacara. Isaiah volvió a entrar al momento y asomó la cabeza a la puerta del dormitorio:
—Yo los saco —se ofreció—. Vamos, pequeños.
Y todos se apresuraron a bajar las escaleras para dar un paseo de verdad.
Por fin sola, Nina lloró hasta que el sueño se apoderó de ella, y ni siquiera oyó regresar a los perros. Durmió hasta la tarde.
Hacia las tres alguien llamó al timbre desde la calle. Nina se despertó amodorrada. El sol de media tarde se colaba por la ventana. En la habitación hacía calor; por la mañana ella se había olvidado de conectar el aire acondicionado y ahora estaba empapada en sudor. Mimi y Sam necesitaban salir otra vez y estaban como locos. Subían a la cama, le restregaban en la cara el hocico húmedo, regresaban corriendo a la puerta y volvían a empezar. A ratos se quedaban mirándola, sacando la lengua, incapaces de sentarse, yendo de un lado a otro frenéticamente.
Nina fue primero a contestar al portero automático:
—¡Qué!
—Soy yo, Bono. ¿Estás bien? ¿Puedo subir?
Nina puso los ojos en blanco. Entonces miró a los perros y respondió.
—Ya bajo yo. Dame un minuto.
Fue al baño, se miró en el espejo y se metió en la ducha; se enjabonó, se enjuagó, se secó y se vistió, puso los collares y las correas a los anhelosos animales y al cabo de siete minutos estaba en la calle. En parte deseaba que Bono se hubiera cansado de esperar y se hubiera marchado.
Pero no, ahí estaba él, sentado en las escaleras, chupando un polo.
—¡Está viva! ¡Está vivaaaaaa! — gritó.
A ella no le hizo ninguna gracia, y se sintió tentada de dar media vuelta y regresar a su casa, pero los perros estaban ansiosos por salir a pasear, de modo que eso es lo que hicieron: caminar por el parque. Nina no había estado tan lejos de casa desde hacía días.
—¿Dónde has estado? — preguntó Bono.
—¿Y a ti qué te importa?
—¿Qué edad tienes? ¿Diez años? «¿Y a ti qué te importa?» Eso es lo que dicen los idiotas en el colegio, los matones, los burros.
—Mira, Bon, no estoy de humor...
—Pareces mi madre.
Al oír esto ella se puso hecha una furia. Si hubiera sido un perro se le habría erizado el pelo del cogote, habría enseñado los dientes y le habría gruñido. Pero como no era un perro, se limitó a decir:
—Cállate, ¿vale?
De pronto dio media vuelta y tiró de los perros dirección al apartamento. Bono casi tuvo que correr para alcanzarlos.
—Es que echo de menos pasear a los perros, echo de menos...
Nina se detuvo en seco, obligando a Bono a pararse también.
—No soy tu madre. Ve a darle la lata a ella y déjame tranquila. O vete a jugar a la pelota como un niño normal. O vete a pasear en bici, qué se yo, pero déjame en paz.
Bono se quedó callado, con la cabeza gacha y la vista fija en la acera. Llegaron de nuevo al portal de Nina y los dos perros subieron las escaleras hasta la puerta.
Entonces Bono levantó la mirada. Tenía la cara roja de rabia y los ojos arrasados en lágrimas que le goteaban desde la barbilla.
—¡Estás atrapada en un momento y no puedes salir! — le gritó a Nina—. ¿Quieres saber de dónde lo he sacado? Pregúntamelo, vamos. PREGÚNTAMELO.
«Dios mío —pensó Nina—. Este niño necesita más atención de la que yo podría darle jamás.» Pero como ella no era tan desalmada le preguntó, con un suspiro:
—De acuerdo, ¿de dónde lo has sacado?
Aunque, por supuesto, ya conocía la respuesta.
—No eres mi madre —espetó él—; no tengo por qué decirte nada. Vete a tu casa.
Y eso hizo ella, subió los seis tramos de escaleras y se metió de nuevo en su desordenado apartamento, en su dormitorio zen y en su cama, donde no estaban ni Billy, ni Daniel, ni Claire, ni Isaiah, ni Bono. Sólo dos perros roncando y su corazón frío como el acero.
Pasaron dos días sin que Nina se levantase de la cama salvo para comer algo, ir al baño o pasear a los perros, que comenzaban a hartarse el uno del otro. Mimi molestaba a Sam como una hermana pequeña a su hermano mayor, y Sam gruñía cada vez que la perra se acercaba. Nadie le telefoneó. Nadie fue a verla. Nina no podía evitar comparar aquella situación con la que vivió cuando se dislocó la rodilla; entonces su apartamento estaba siempre lleno de gente, regalos y comida. En esta ocasión, en cambio, aunque ella se encontraba mucho peor, aunque el dolor era mucho más profundo y el trompazo había sido mucho más grave, ni un alma la había visitado desde la mañana en la que les gritó a Claire y Bono.
¿Y por qué iban a hacerlo? El apartamento estaba hecho un desastre, ella olía a rayos, estaba de un humor de perros y sumida en un patético estado de autocompasión, como cuando acababa de divorciarse. ¿Y por qué? ¿Porque le habían mentido? ¿Porque había sido una tonta? ¿Porque se había comportado como una estúpida? No, era por algo más, más trascendental, más cósmico; era porque su soledad parecía inevitable incluso después de haber conocido a alguien a quien podría amar.
Además, el maldito porro que había dejado en la mesita de noche había desaparecido, lo que no hacía más que acrecentar la sensación de que estaba perdiendo el juicio. Recordaba haberlo dejado allí, pero ¿lo habría puesto en otra parte? No recordaba habérselo fumado, pero tal vez lo había hecho. Como cuando se pierden calcetines en la lavadora o un billete que sabías que llevabas en la cartera, se trataba de otro caso del Misterio de la Cosa Perdida que Jurarías Haber Puesto Allí.
O tal vez mientras estaba en el hospital alguien había ido a su apartamento y... ¡tal vez había pasado de ser la fisgona a convertirse en la víctima de un fisgón! Y alguien le había robado el porro que ella había robado originalmente, o sea que no se podía quejar. Tal vez, del mismo modo que la vida es cíclica también lo eran la intrusión, el allanamiento y el robo.
De modo que Nina hizo lo que solía hacer en momentos como aquél, como si no hubiera aprendido nada del pasado.
Llamar a su madre.
—Mamá, soy yo, Nina, tu hija.
—Hola, cariño, soy yo, mamá, tu madre.
—No me encuentro bien.
—¿Estás enferma? ¿Has ido al médico?
—No, estoy bien.
—Tienes a todos esos buenos amigos que te cuidan.
—Sí, claro. Son fantásticos.
Hubo una pausa.
—Te noto triste, cariño. ¿Qué pasa?
—Nada, de verdad.
—¿Qué ha ocurrido? Puedes contármelo.
—Nada.
—¿Nada? ¿Y por qué pones cara larga? No te veo, pero sé que la pones. Soy tu madre, y las madres sabemos estas cosas.
—Eres increíble —afirmó Nina, intentando no sonar sarcástica.
—Pues cuéntamelo.
Se impuso otro silencio mientras Nina buscaba las palabras para expresarlo.
—Estoy enamorada, mamá.
—¡Oh, cariño, eso es fantástico!
Nina rompió a llorar.
—Pero se supone que tendrías que estar feliz.
Esto hizo reír a Nina.
—Sí, ya lo sé.
—Bueno, cariño, trata de no fastidiarla esta vez.
Ahí estaba: el comentario hiriente, el golpe bajo, el cachete en el cogote. ¿Cuándo se daría por vencida y admitiría los límites de su relación? No todas las madres eran capaces de soportar las decepciones de sus hijas.
—Oye, mamá, gracias por tu apoyo. Ya te llamaré.
—No quería decir... —oyó decir a su madre antes de colgar el teléfono.
Ésa sería la última vez en mucho tiempo que Nina le contara algo que no fueran buenas noticias. Aunque, de hecho, milagrosamente, las buenas noticias no tardarían en llegar.
23
Billy se preguntaba por qué se sorprendía mientras deshacía sus feas maletas y colgaba sus estúpidos trajes negros en el único armario que tenía en su viejo y destartalado apartamento de la animada calle 49 Oeste, en el degradado (pero «prometedor» según el New York Times; sí, claro, y él era Slide Hampton) barrio de Hell's Kitchen. Aquello ya había pasado antes y lo más probable era que (a menos que se corrigiera la tendencia humana al caos y la estupidez, algo que sólo sucedería el día en que la Tierra saliera disparada de su órbita, diera un par de vueltas al Sol y se estrellara en un maldito, no, en un puto cráter de Júpiter) volviera a pasar. No había forma de rehuir el destino, ni tampoco a su hermano ni a su inevitable y simbiótica relación, una relación de absoluta codependencia. Eran hermanos, con todo lo que eso implicaba. Desde los albores de la humanidad, los hermanos habían sido competitivos, celosos y resentidos. Billy y Daniel seguían orgullosamente los pasos de Caín y Abel.
Bueno, tenía que reconocerlo, de nada servía disimularlo: estaba cabreado. Nunca lo había estado hasta ese punto. Ni cuando Daniel se había apropiado de su tesis, ni cuando Daniel le había robado a Elizabeth, ni cuando Daniel se iba, ni cuando regresaba. Billy quería a su hermano, siempre lo había querido. Y sabía que Daniel lo quería a él. Eran hermanos, ¡hermanos gemelos!, y eso es lo que hacen los hermanos gemelos: se quieren, se protegen. Se quitan la novia el uno al otro. Se mueren de ganas de matarse. De rebanarse mutuamente la garganta y perderse de vista para siempre.
El sudor le chorreaba por la frente como las cataratas del Niágara en primavera. La mitad izquierda de su cara era el lado canadiense, y el derecho, el estadounidense. Se frotó la palma de la mano izquierda con el dedo índice de la derecha: tenía que ir a las cataratas del Niágara la primavera siguiente, subir a uno de esos botes llamados Maid of the Mist. Comerse una crepe en un restaurante IHOP. Era uno de los típicos lugares donde habría un IHOP, ¿no?
Echaba de menos a Sid. Cielo santo, ahora tendría que conseguir un perro. Aunque él nunca se compraría uno, como el imbécil de su hermano, estando como estaban las perreras llenas de perros abandonados. Iría a una en cuanto pudiera y se llevaría a un chucho necesitado de amor y cariño. Porque Dios sabía que él lo estaba. Así podrían ayudarse mutuamente. Aunque eso no significaba que no quisiera a Sid. De hecho, sí lo quería.
Y también la echaba de menos a ella. Y eso que había pasado menos de una semana. Concretamente, habían pasado cuatro días, siete horas y treinta y seis minutos desde que la había encontrado en la cama (o en el suelo) con Daniel. Y sí, Nina se había defendido, había chillado, había confundido a Daniel con él, pero ¿cómo coño podía estar seguro de que no se había acostado con Daniel porque era Daniel y tenía ese algo, ese je—ne—sais—quoi—de—los—cojones que hacía que las mujeres se derritieran?
En fin, ya había descendido a los infiernos y su lenguaje, por lo menos dentro de su jodida cabeza de imbécil rematado, había degenerado alarmantemente.
Sacó el trombón. Lo montó. Lamió la boquilla y escupió en ella. Pensando en Nina. Sus labios habían estado allí. Sus labios. Su rostro. Su sonrisa. Aquel beso.
Primero tocó un blues furioso. Se puso a improvisar, y el trombón gimió y berreó. Entonces él se detuvo para tomar aire, dejó el trombón boca abajo, entre sus piernas, y recordó a Nina con la cara bañada en lágrimas, conmocionada, al descubrir la verdad, mientras el dolor y la rabia combinados le retorcían sus hermosas facciones hasta convertirlas en otra cosa. Billy estaba dispuesto a todo con tal de no volver a verla así en el futuro, de no volver a herirla, de evitar que cualquier otra persona pudiera herirla. Era una mujer que merecía que la quisieran y la hiciesen reír.
Agarró el trombón y tocó.
Tocó para ella, una canción que sabía que Nina conocería, que le encantaría. Tocó All I Need is the Girl del musical Gipsy, lentamente, con sentimiento y tristeza, con el corazón. Y aunque no se sabía la letra, imaginó el rostro de Nina mientras la melodía descendía y volvía a elevarse, y sus labios se movían al son de la música.
24
La autocompasión tiene sus límites para todo el mundo. El de Nina estaba en cuatro días, siete horas y treinta y seis minutos. Llegado ese momento se hartó de sí misma, de la cama y de todo. Necesitaba comer algo y no había nada. Se contempló en el espejo y se asustó. Su perro, Sam, no le hablaba y el hecho de que eso la sorprendiera la asustó aún más. Hacía siglos que no escuchaba la banda sonora de un musical y temía olvidar las letras para siempre.
Así pues, con todo el empuje y la energía que la caracterizaban antes de caer en aquel estado, exclamó:
—¡A la mierda!
Y se levantó, cambió la ropa de la cama y puso sábanas nuevas. Después se duchó, se vistió, se maquilló y sacó a Sam y a Mimi a pasear. Los llevó de vuelta a casa y se fue a la tienda de comestibles a comprar huevos, zumo, pan, pasta, verduras, fruta y algunas galletas. No se puede vivir demasiado tiempo sin galletas.
Ya casi era septiembre, y el verano había pasado como un tren sin frenos. Eso es algo que sólo se nota cuando el tren se detiene; a uno, cuando viaja en él, por muy deprisa que vaya, siempre le parece que avanza a paso de tortuga. Pues lo mismo le había ocurrido a Nina con el verano: cada día de calor se había ido fundiendo con el siguiente, lánguidamente, muy despacio, pero ahora que se habían terminado ella se preguntaba adónde habían ido a parar.
Además, pasarse días en la cama obraba milagros. La inactividad le había brindado a Nina la oportunidad, el tiempo y el espacio para llorar y revolcarse en su tristeza y en su dolor, algo que normalmente no se habría permitido y que resultó ser muy beneficioso.
Lo que realmente le fastidiaba de lo que había sucedido con Daniel y no con Billy era el daño que le debía de haber hecho. A Billy, claro. No quería imaginarse lo que él debió de sentir al encontrarla desnuda con Daniel, su hermano gemelo. Todas las mentiras que él le había contado no tenían punto de comparación con lo que ella le había hecho.
Y lo quería, sí. Estaba loca por él. Pensar que le había hecho daño le dolía. Él le había mentido, cierto, pero sin duda había una buena razón para que suplantase a su hermano. En cualquier caso, no eran todas las cosas con que ella había fantaseado, pero eran muchas más. ¿Cómo no iba a estar enamorada de él? Tal vez no cumplía con todos los requisitos de la lista que ella le habría exigido al hombre perfecto, pero ¿acaso las listas sirven para algo más que para limpiarse el culo?
Y eso no era todo. Echaba de menos a Bono: sus chistes, sus frases de películas, su ridículo corte de pelo y todo lo demás.
Echaba de menos a Claire: su mejor amiga, con quien no había mantenido una conversación íntima desde hacía tiempo. Incluso echaba de menos a Isaiah, a quien quería por querer a Claire.
Y luego estaba Sam. Se había portado mal con él. Estaba clarísimo que la presencia de Mimi en casa le amargaba la vida, pero ella no le había hecho el menor caso, y ahora el pobre perro casi no salía de su camita. Se pasaba el día tumbado, erguía las orejas cuando oía un ruido, buscaba a Mimi con la mirada y cuando la veía brincar por ahí, bajaba la cabeza y la apoyaba sobre las patas, tristón. El compañero antaño inteligente y activo de Nina se había convertido en una patética criatura del género canino.
Todo eso había pensado en los cuatro días, siete horas y treinta y seis minutos que había pasado en la cama. Tenía muchas cosas que hacer, pero al ver a Sam deprimido y hecho un ovillo supo qué era lo primero que debía hacer. Agarró a Mimi y salió.
La señora Chandler abrió la puerta con una bebida en la mano e inmediatamente le ofreció otra a Nina.
—No, gracias. Me hace más falta un estimulante que un depresivo.
La señora Chandler sonrió con los ojos puestos en la perrita que Nina traía atada con correa y arqueó las cejas.
—¿Y eso por qué? ¿Qué sucede, querida? — Le rascó la cabeza a la perrita, cerró la puerta e invitó a Nina a pasar a su despacho.
Nina vio a Safire en su lugar habitual, contemplando la pared. Miró a la señora Chandler, con su vaso de vodka, sola en aquella casa enorme y con un perro que no le daba nada. A continuación miró a Mimi.
—¿Sabe? — le dijo a la señora Chandler—. Quizá sería usted más feliz con un perro más activo; uno cariñoso y atento, que le hiciera compañía.
—En lugar de un hombre, quieres decir, ¿no, querida?
—No, mejor que un hombre: los perros no mienten. Nunca fingen ser quienes no son. Son animales fieles, leales y totalmente honestos.
La señora Chandler se rió.
—No puedo tener otro perro, Safire no lo permitiría —aseguró, volviéndose hacia su inerte chucho—. No, me quedo con él. Si fuera un hombre... Bueno, tengo cinco ex maridos: puedes hacerte una idea de lo que haría.
—¡Cinco ex maridos! — exclamó Nina, sobrecogida—. Caramba. Yo sólo tengo uno y fue un gran error. Si soy incapaz de elegir un edredón para mi cama, ¿cómo voy a saber elegir al marido correcto?
—Siéntate, querida —le indicó la señora Chandler dando unas palmaditas en el cojín que tenía a su lado—. Soy muy perspicaz cuando se trata de matrimonios y relaciones. No se me da muy bien elegir hombres para mí, pero tengo mucha experiencia.
Nina tomó asiento en el mullido sofá y reparó en lo guapa que era Constance Chandler. Si había un arquetipo de mujer madura de postal, era ella.
—Elegir un hombre es algo muy similar a elegir un sofá.
A Nina se le escapó una carcajada.
—Cuénteme cómo es eso.
—Todo el mundo busca las mismas cualidades en un sofá —explicó la señora Chandler acariciando la suave piel del suyo—. Comodidad y belleza; un sofá que sea agradable a la vista y que, al mismo tiempo, resulte cómodo. A veces elegimos uno demasiado elegante y que no resistirá la prueba del paso del tiempo; los acabados de baja calidad acortan su vida útil. El sol o incluso la sombra, pueden desteñirlo a las primeras de cambio. Otras veces, si no se invierten el tiempo ni el esfuerzo necesarios en buscar el sofá perfecto, uno puede terminar por comprar uno equivocado; de cretona cuando en realidad lo querías de rayas, o de seda cuando lo querías de mohair. Hay que tener mucho cuidado con el sofá que te hace rebotar. Y un día te encuentras con un sofá que alguien ha dejado tirado en la acera. Les pagas diez dólares a unos chicos para que te lo suban a tu casa, lo mandas tapizar de nuevo y es perfecto, el mejor sofá que jamás hayas tenido. — La señora Chandler rió, echando la cabeza hacia atrás y continuó—: A veces, lo más valioso es lo que otras personas no saben apreciar. Tal vez por eso no has encontrado aún al hombre perfecto, porque sigues buscando el sofá perfecto.
—Y eso no existe, ¿verdad? — dijo Nina.
—Sí, claro que existe. Lo que pasa es que te dejas seducir por la piel roja y no te fijas en la estructura interior, querida. Tal vez necesite sólo una ligera restauración. Y no me refiero a una funda; me refiero a retocarle los muelles, el armazón y el corazón al sofá.
—Pero es que yo ya he encontrado ese sofá.
—Billy.
Nina estaba sorprendida.
—¿Sabe que se llama Billy?
La señora Chandler asintió.
—Es muy especial, ¿sabes? Billy es el sofá que ha sido desechado, que nadie ha sabido apreciar, que alguien con buen ojo descubre en la acera, se lleva a casa y arregla un poco. Con un poco de esfuerzo, imaginación y amor, hay sofás que revelan el sofá cama que tienen en su interior, la comodidad y la sorpresa. La perfección para la persona adecuada. Vaya, escucha cómo hablo: yo, una pragmática, me he puesto sentimental. Pero, en cualquier caso, lo que te he dicho de Billy es cierto.
Hizo una pausa, le ofreció un cigarrillo a Nina y, cuando ésta lo rechazó, encendió uno para sí y tomó un sorbo de su vodka con soda. Nina pensó en todas las cosas de Billy que la habían sorprendido.
—Es bastante extraño, ¿no cree?
—Más incluso teniendo en cuenta que es un funcionario de Hacienda.
Nina se quedó con la boca abierta, mirándola con incredulidad.
—Un inspector, por más señas —precisó la señora Chandler.
—Yo creía que era abogado.
—Estoy casi segura de que el jurista de la familia es Daniel, su hermano.
Nina se había perdido.
—Pero ¿inspector de Hacienda? ¡Válgame Dios! ¿Y qué ha estado haciendo? ¿Por qué vive en el apartamento de Daniel? Un momento: él sabe que no pago impuestos. ¡Ahora lo entiendo! Ha estado espiándome.
—No saquemos conclusiones precipitadas, querida. Respira un poco.
Nina obedeció, y la señora Chandler prosiguió.
—Mucho me temo que Billy va a por mí. No es el primero, ni será el último. Creen, bueno, sospechan que soy... ¡traficante de drogas! ¡Por Dios! ¿Te imaginas? Las únicas drogas que he probado son las de receta, para dormir —dijo con una carcajada—. O creen que me dedico a algún tipo de contrabando —agregó, incapaz de reprimir la risa—. ¡Pues sí! ¡Tengo un armario lleno de bolsas Kelly de imitación! ¡Arréstenme, por favor! O que blanqueo dinero. La única forma que conozco de blanquear algo es llevándolo a la tintorería china de la esquina, que ofrece un servicio de recogida y de entrega, por cierto —le comentó, como dándole un consejo de buena vecina. Nina también se reía—. Simplemente no son lo bastante inteligentes o imaginativos para pensar de qué otra forma puede una mujer de, bueno, de cierta edad conseguir grandes cantidades de dinero en efectivo. — Nina guardó silencio, con la esperanza de que la señora Chandler le proporcionase más detalles—. No sospecharán nunca que una mujer pueda ser una, bueno, una excelente...
Nina siguió callada, esperando; pero no hubo suerte. Aun así, estaba impresionada: ¡la señora Chandler tenía suficiente dinero en efectivo como para atraer la atención del Departamento de Hacienda! Sin embargo, también estaba cabreada. Daniel no sólo no era Daniel, sino que tampoco era abogado, cosa que, por otra parte, le proporcionaba cierto alivio. Pero... ¿un inspector de Hacienda? ¿Un funcionario?
Las cosas comenzaban a encajar: los trajes oscuros, los zapatos feos, la postura rígida; Billy cumplía con todos los clichés sobre un empleado de Hacienda; excepto en todo lo demás.
—Nunca me van a dejar tranquila —se lamentó la señora Chandler, interrumpiendo los pensamientos de Nina—. Estoy condenada a que me persigan, me inspeccionen y me acechen para el resto de mis días, que, dicho sea de paso, no son ya muchos. ¿Sabes que mandaron a dos tipos vestidos de traje negro a la redacción de la revista Campo y Ciudad con pistolas y una orden de registro para rebuscar en los archivos? En comparación con eso, Billy ha sido una delicia, pero no durará para siempre: pronto lo reemplazarán por un chupatintas que siga las reglas a rajatabla, un burócrata; lo sé.
Safire se había acercado pesadamente tal vez para ver si Nina iba a sacarlo, pero se había quedado mirando a Mimi, que soltó un ladrido agudo. La reacción de Safire fue dar media vuelta y fijar la vista en el sofá.
—¡Así me gusta, chica! — exclamó la señora Chandler con una risotada—. ¿Cómo se llama?
—Mimi.
—Es muy juguetona esta Mimi, ¿verdad? — dijo, hablando directamente con la perra.
—Sí, mucho.
Entonces Nina recogió a Mimi y se la tendió.
La señora Chandler tomó aquel chucho que parecía un estropajo desaliñado y le acercó la nariz al hocico. Era una competición para ver quién sostenía durante más tiempo la mirada de la otra, pero ninguna de las dos pestañeó ni apartó los ojos. Entonces Mimi le lamió la cara y le puso una patita sobre la mejilla. Nina habría jurado que en los ojos de la señora Chandler brillaba un destello de amor cuando besó a la perra, primero en un lado de la cara y luego en el otro. Formaban una pareja made in... bueno, made in Nueva York.
—Me gustaría proponerle un trato —dijo Nina.
—Música para mis oídos —respondió la señora Chandler.
—Déme a Safire; conozco un lugar perfecto para él.
—¡La perrera no!
—No...
—¡Ni el cementerio! — añadió la señora Chandler con expresión de recelo.
—¡No, no! Un hogar, el hogar perfecto. Uno con un dueño que quiere un perro... Bueno, él aún no lo sabe, pero lo quiere, ¡vaya si lo quiere!... un perro como Safire.
—Y para que sea «un trato», a mí me tocará algo a cambio, imagino.
—Lo tiene entre las manos. A usted le toca Mimi.
La señora Chandler estiró los brazos y contempló a Mimi, calibrando la propuesta (y el chucho) que se le hacía.
—Sí —accedió, sonriendo—. Trato hecho.
Y abrazó a Mimi, que pegó un ladrido (supuso Nina) de alegría.
Nina y Safire se marcharon. En su próxima parada debía recoger a Che... y convencer a Bono de que la acompañase.
Cuando estaba cerca de su casa, lo avistó en la acera, a la sombra del toldo verde de la portería. Tenía un aire mustio, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, pateando una lata de un lado a otro.
—¡Hola, Bono! — le gritó ella desde lejos.
El niño levantó la cabeza, la miró y enseguida apartó la vista. Sin embargo, Nina advirtió que las comisuras de los labios se le curvaban hacia arriba, señal de que se alegraba de verla de nuevo, aunque no quisiera demostrarlo.
—¿Qué tal te va, chaval? ¿Quieres ir a pasear un poco?
—No puedo.
—¿Por qué? No se te ve muy ocupado.
—Mi mamá me ha dicho que no vaya a ninguna parte con extraños.
—Yo no soy una extraña.
—Sí lo eres.
—Que no. Vamos, Bono —le rogó ella, arrodillándose para que su cara estuviese a la misma altura que la del chico—. Lo siento. Ya sé que me porté fatal, pero es que...
—Como una bruja.
—Sí, es cierto. Perdóname, por favor. Ven, vamos a dar una vuelta...
—Pero tú no eres mi madre.
—No, no lo soy.
—O sea que no tengo que hacerte caso.
—No, no tienes que hacerme caso, pero podría estar bien. ¿Dónde está Che?
—Dentro, con mamá.
—Así que ha vuelto. Eso está bien.
La madre de Bono había estado fuera desde antes del último encuentro de Bono y Nina, siguiendo a U2 en las últimas etapas de su gira de verano.
—Pero se vuelve a marchar hoy —murmuró Bono, con la cabeza inclinada y metiéndose otra vez las manos en los bolsillos.
—Creía que...
—La han prorrogado. Dos semanas más. Bono da asco.
Ella le posó la mano en la cabeza con ternura.
—No lo hace aposta. Estoy segura de que si lo supiera se pondría muy...
—Odio llamarme como él, lo odio. Él es el Bono número uno, y yo el Bono número dos. Y odio a mi madre, también.
Nina le rodeó los hombros con el brazo, alzó la mirada al cielo, hoy teñido de un marrón brumoso, y exhaló un profundo suspiro.
—Vamos a hablar con ella —dijo.
—No podemos, está descansando y haciendo las maletas. Tanto viajar de un lado a otro es agotador, ¿sabes? Tendría que quedarse y descansar.
—Vamos —insistió Nina, dándole un golpecito con el codo para que la acompañara al vestíbulo y escaleras arriba.
El apartamento estaba oscuro y sólo se oía el zumbido del aire acondicionado.
—Todo está muy tranquilo. Demasiado tranquilo —aseveró Bono, poniendo voz de película de miedo.
—¿Dónde está?
—En el dormitorio.
—Espera aquí. Lo digo en serio. Y no digas ni mu. Mira la tele o algo.
—Estoy harto de la tele —se quejó él.
—Eso es buena señal —dijo Nina alborotándole el pelo—. Siéntate con Che —que dormía en el suelo y ni siquiera los había oído entrar— y no pierdas de visa a Safire, aunque no creo que vaya a ninguna parte. Lee un libro o algo, será sólo un minuto.
—¿Y luego podré ir contigo a pasear a los perros?
—Te lo prometo —dijo Nina juntando los índices de ambas manos.
—Lo corto —respondió Bono, bajando la mano y separando los dedos de Nina como si cortara una cuerda—. Y como rompas la promesa...
—No la romperé. Nunca volveré a romper una promesa que te haga y trataré de no volver a pegarte un corte como el del otro día.
—Vale.
—Pero piensa que sólo soy humana, que no soy perfecta, aunque a veces juraría que estoy bastante cerca de la perfec...
—¡Vale, ya basta! — sonrió Bono. Entonces se sentó en el suelo junto a Che y se puso a acariciarlo mientras el perro dormía.
Al fondo del oscuro pasillo, cuyas paredes estaban recubiertas de fotografías de la señora Armstrong en conciertos de U2 en numerosos lugares, desde California hasta Nueva Jersey, pasando por París y Munich, con Bono y con la banda. Nina vio la luz que salía de debajo de la puerta. Se acercó y llamó con suavidad.
—Estoy descansando, Bon. Deja a mamá sola, por favor.
—Soy yo, señora Armstrong, Nina, la paseadora de perros. ¿Podemos hablar un momento?
—¿Nina, no te ha dicho Bono que estoy muy ocupada? Estaba...
Nina abrió la puerta y la señora Armstrong, que yacía en la cama, se incorporó y le dirigió una mirada recriminatoria que le recordó a Nina la forma en que ella misma miraba a veces a otras personas.
—¿Qué sucede? ¿Le pasa algo a Che? No se me ocurre nada que pueda ser tan importante como para...
—Bono, su hijo Bono, no el Bono que la obsesiona; Bono es tan importante. ¿O se ha olvidado de que tiene un hijo?
—¿Y quién demonios eres tú para decirme lo que...?
—Una ciudadana preocupada y una amiga de su hijo. Está muy dolido, señora Armstrong. La necesita.
—¿Qué sabrás tú de...?
—Nada. Yo sólo sé que es un niño y que se ha pasado el verano sin hacer nada porque usted no lo apuntó a ningún campamento, ni a clases, ni ha invitado a ninguno de sus amigos a jugar, ni nada de nada. Él se pasa el día cuidando de su perro enfermo...
—¿Che está enfermo?
—Es viejo, está sordo y le cuesta caminar.
—Además, Bono no quería ir a ningún...
—Claro que quiere. Como cualquier otro niño, quiere y necesita tener amigos y estar activo. Por Dios, mata las horas viendo la televisión, cada día, excepto cuando está conmigo, paseando a mis perros. Se siente muy solo, Phyllis.
—Tiene una niñera que lo lleva a ver cosas.
—¿Sabe qué es lo que hace su niñera durante todo el día? Leer. Y quejarse, comer y hablar por el móvil. No le hace ninguna compañía a su hijo, que, por si no se ha dado cuenta, es un muchacho brillante, divertido, interesante, profundo y maravilloso. Si usted no lo quiere, me lo llevaré conmigo.
Al oír esto la señora Phyllis Armstrong se puso de pie y se acercó amenazadoramente a Nina con el brazo derecho levantado, los labios apretados y una expresión fría y malévola como la de los pitbulls de Isaiah.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi casa! ¿Quién demonios eres tú para venir aquí y sermonearme sobre lo que debo hacer con mi hijo? ¡Quiero a mi hijo! — gritó—. Quiero a Bono, me refiero a mi hijo Bono, no al otro Bono, más que a nadie en el mundo.
—Pues demuéstreselo —dijo Nina en un susurro, tal vez como reacción a la subida de tono de la señora Armstrong—. La necesita, necesita llevar una vida y contar con su atención. La necesita en casa.
La mamá de Bono el Niño recorrió el pasillo a toda prisa y Nina la siguió. Ahí estaba él, sentado en el suelo, donde Nina lo había dejado, acariciando a Che, aguardando expectante a ver cómo terminaba todo aquello.
La señora Armstrong, llorando, se sentó en el suelo y tomó a Bono entre sus brazos.
—¿Es verdad lo que dice Nina? — le preguntó.
—¿Qué? ¿Que un asteroide está a punto de estrellarse contra la Tierra y que la vida tal como la conocemos va a extinguirse? No, mujer, no es verdad.
—No estoy bromeando, cariño. ¿Es verdad que te sientes...?
—Sí, supongo que sí —respondió Bono sacudiendo la cabeza.
—Lo siento. No me daba cuenta de que... ¡Espera!
Se le acababa de ocurrir una idea.
—¿Qué? — preguntó él, animándose.
—¡Ya sé! ¿Por qué no vienes conmigo? — le propuso, pero Bono adoptó una expresión de escepticismo—. Sí, ven conmigo, Bono. Te va a encantar: la música, el público. Te conseguiré un pase y podrás conocerlo. Es muy bueno, cariño, y hace cosas muy importantes. ¡Ven conmigo!
Una desgarradora mirada de decepción asomó a los ojos del niño. ¿Es que ella no se enteraba de nada? Bono agachó la cabeza y prorrumpió en llanto. A Nina también se le humedecieron los ojos. ¡Zorra estúpida y egoísta!
Hay personas que lloran con excesiva facilidad, pero sus lágrimas son una buena medicina para otras a las que les cuesta más.
—Oh, mi pequeño —dijo la mamá de Bono—. No lo sabía. Lo siento mucho, pero no lo sabía.
Entonces se le escapó un sollozo a ella también, de modo que en el suelo de aquel pasillo oscuro había tres personas sentadas, llorando por un niño solitario que necesitaba a su mamá. La señora Armstrong rodeó a su hijo con los brazos y lo estrechó contra su pecho. Al principio él intentó soltarse, pero al final se dejó hacer y la abrazó con todas sus fuerzas.
Y de pronto Bono miró a Nina y le sonrió a través de las lágrimas; ella jamás olvidaría aquel momento, aquella mirada, aquella cara. Eso era todo lo que el niño quería, algo así de básico y sencillo: quería a su madre y deseaba sentirse querido por ella y recibir toda su atención. Ser su Bono número uno. Que ella fuera su fan número uno. Tenerla en casa.
—Una cosa, mamá —le dijo—, ¿puedes dejar de llamarme Bono?
Su madre lo apartó ligeramente para verle la cara.
—Claro que sí, cariño, por supuesto. ¿Cómo quieres que te llame? Podemos utilizar tu segundo nombre, Van.
—No, no quiero que me llamen por el nombre de ninguna otra persona. Quiero mi propio nombre, uno normal y corriente.
—Vale, cariño. ¿Como cuál?
—Como Bob.
—¿Qué te parece Bobby?
—Vale —dijo él con una sonrisa—, perfecto. — Y la abrazó con fuerza.
—¿Vienes, «Bob»? — le preguntó Nina, levantándose para marcharse y juntando los índices para recordarle la promesa que acababa de hacerle.
—No, me quedo —respondió Bono, secándose las lágrimas y hundiendo la cabeza en el pecho de su madre.
Nina tenía buena racha. Al igual que el Fisgoneo, que había adquirido vida propia, la Intervención parecía un ente orgánico. Es difícil, casi imposible, dar el primer paso valiente, pero una vez que uno lo da, cada paso posterior resulta más y más sencillo hasta que la valentía cobra entidad por sí misma. Como el fisgoneo, pero mejor, porque no provoca sentimiento de culpa ni te pone en peligro de terminar en la cárcel.
Así pues, cuando Nina, Safire y Che llegaron al apartamento de Jim Osborne y encontraron a Luca gimiendo tras la valla para niños, loca de soledad en su cárcel de un metro cuadrado mientras Jim estaba reunido con un grupo de gente del mundo de la televisión en la sala de estar, Nina hizo lo que siempre hacía: descolgó su correa del gancho, se la sujetó al collar, la saludó con un dulce «hola, chica, ¿vamos a pasear?» y la sacó.
Entonces respiró profundamente y metió a Safire en el apartamento de Jim Osborne. Le desenganchó la correa, la colgó del gancho, y Safire, al ver su reducido espacio detrás del despacho y la verja para niños, y presintiendo que aquel dueño no le prestaría mucha atención, se sintió inmediatamente como en casa. Por primera vez, miró a Nina a los ojos, parpadeó una vez, se volvió y se quedó allí, contemplando el apartamento a través de los barrotes. No había forma de estar segura, claro, pero a Nina le pareció que estaba expresando su aprobación.
Mientras esperaba el ascensor le llegó una voz desde el interior del apartamento que gritaba: «Pero ¿qué coño es esto? ¡DÓNDE ESTA MI PERRO!» «Oh, Dios —pensó ella—, ¿dónde está el ascensor? ¡Vamos, vamos!» Nina se preparó para que en cualquier momento se abriera la puerta del apartamento y Jim se le echara encima, pero justo entonces llegó el ascensor. Entró en él precipitadamente pero aguantó un instante la puerta abierta, escuchando silencio que se había hecho en el apartamento. Y esbozó una sonrisa, sabiendo que Safire había mirado a los ojos a Jim y le había parpadeado, y que ni siquiera éste había podido negar la evidencia: Safire era el perro que siempre había querido.
Entonces Nina llevó a Luca y a Che a casa de Bobby. Ese niño necesitaba a un perro activo, divertido y juguetón, que corriera tras una pelota. Che moriría pronto, y haría falta un perro que ocupara su lugar; pues bien, ya tenía uno. A él le vendrían bien el ejercicio y la responsabilidad, y al perro le vendría bien tener un dueño que jugase con él, lo apreciase y le diese cariño. Si la gente no era capaz de elegir al perro apropiado por sí misma, Nina lo haría por ellos. ¿Quién mejor que la paseadora profesional para juntar al perro con la persona adecuada? Su larga experiencia le permitía determinar las necesidades de los perros, tomar nota de las costumbres de las personas y saber quién encajaba con quién. Mientras el ascensor descendía hacia el vestíbulo, Nina soltó una carcajada: ¡era una maldita alcahueta! ¡Prepárate, match.com, que viene Nina! Se puso a cantar Casamentera, casamentera, de El violinista en el tejado.
Casamentera, casamentera, encuéntramepareja,
encuéntrame un canino que sea un buenpartido...
La palabra «canino» era de su cosecha, claro.
Luego fue a su apartamento a buscar a Sam y descubrió que le sentaba bien la ausencia de Mimi: saltaba y ladraba, contentísimo, agradecido. Y salieron a pasear, ellos dos solos.
Aquella noche Nina se acostó con Sam a su lado, sintiéndose casi perfecta, salvo por el enorme vacío que Billy había dejado al desaparecer de su vida y la rabia que aún albergaba hacia Daniel por haberse aprovechado de ella.
Poco antes de quedarse dormida, Nina pensaba en la valentía verdadera. Sin duda había que ser valiente para reconocer el deseo de conseguir algo, encontrar lo que te hace especial. Y para perseguirlo había que ser aún más valiente. Había que ser valiente para buscarle a un perro el hogar apropiado, especialmente cuando uno debía vencer la resistencia de la gente. Había que ser valiente para tocar el trombón, para presentarse a una audición para cualquier papel, para plantarse y exigir unos derechos que sabías que te pertenecían legítimamente. Todas las personas que la rodeaban eran valientes, pero ninguna lo era tanto como quienes tenían el valor de amar: Bono, es decir, Bob, e incluso su mamá, la señora Chandler, y Claire e Isaiah. Para amar a alguien hace falta una valentía generosa, enorme, excepcional.
Nina se durmió a la luz de la luna de agosto, esperando poder descubrir pronto esa valentía en su interior. Al día siguiente iría a ver a Billy y saldría de dudas.
25
Pero primero tenía que sacarse una espina que tenía clavada. No podía dejarlo pasar, no era una chica de las que dejan correr las cosas y jamás lo había sido. Daniel, ese hombre tan seguro de sí mismo, tan primario y manipulador, necesitaba una pequeña lección sobre cómo se trata a los seres humanos. Y ¿quién mejor que Nina para impartírsela? Al fin y al cabo, era la capitana de la Brigada Anticacas.
Así pues, a primera hora de la mañana, a las cinco y media, cuando sabía que él estaría aún durmiendo, fue a casa de Daniel, saludó a Pete afectuosamente y utilizó su llave para entrar en el apartamento, cosa que no resultó sencilla porque Sid se había dormido arrimado a la puerta. Nina le propinó un par de empujones y finalmente Sid se levantó. En cuanto ella entró, el perro se le echó encima meneando la cola como si fuera un metrónomo que siguiera el ritmo de una canción alegre; estaba contentísimo de ver a Nina. Ya no dormía en la alcoba sino frente a la puerta, esperando tal vez que Billy regresara. Nina le rascó las orejas y le besó el hocico.
—No te preocupes, chico. Ésta ha sido tu última noche en este apartamento —le dijo.
Como si la hubiera comprendido, Sid se sentó junto a la puerta.
Nina oyó los ronquidos procedentes del dormitorio y se rió por dentro al comprobar que, aunque se creyera un príncipe entre los hombres, Daniel era tan refinado como un alce. Un segundo después, estaba junto a la cama de Daniel; Sid se subió a ella y se sentó encima del pecho de Daniel, que se puso a gritar:
—Siddharta, ¿qué estás haciendo? ¡Quítate de encima, joder! ¡Fuera!
Pero Sid no se movió; sus treinta kilos eran un peso nada despreciable encima de Daniel.
—¿Dónde vive Billy? — preguntó entonces Nina, con toda tranquilidad.
—Vaya —sonrió Daniel—, eres tú ¿Me has echado de menos?
—Quiero la dirección de Billy, por favor —repitió ella.
Sid no se había movido un ápice y a Daniel le costaba respirar, o sea que se la dio.
—Sid se va conmigo —anunció Nina—. Despídete.
Mientras salía al rellano oyó los gritos de Daniel:
—¡Maldita paseadora de perros pirada! ¡Lárgate de mi casa!
Cuando ella y Sid llegaron ante la puerta del apartamento de Billy, Nina aguzó el oído. Por un instante temió echarlo todo a perder poniéndose a cantar al son de la música que salía del interior; sólo faltaría eso. Sus dotes de cantante eran inversamente proporcionales a las de Billy como trombonista; y Billy tocaba como los ángeles. Nina se reclinó en la puerta, relajó los músculos y resbaló lentamente hasta quedar sentada en el suelo, donde permaneció un buen rato, escuchando cada nota, cada lamento. Nunca había oído aquella canción tocada de esa forma, como una triste y evocadora historia sobre la pérdida de alguien. Sid también se sentó, con la cabeza ladeada y las orejas tiesas, escuchando, jadeando de emoción pues sabía quién estaba ahí dentro.
Nina cantó la canción para sus adentros: Daremos una vuelta por esta gran ciudad, lo único que necesito es a la chica... Pero si ella estaba ahí, al otro lado de la puerta... Por otra parte, sabía que cuando se encontraran cara a cara, sus sentimientos de deseo y de amor cederían el paso a la indignación y la ira.
En cualquier caso, tenía que intentarlo.
Billy oyó unos golpecitos en la puerta. Dejó el trombón encima de la cama y se acercó a la entrada.
—¿Sí? ¿Quién es? — preguntó.
Pero lo sabía. Estaba tan seguro de que era ella como de que la Tierra continuaba describiendo la órbita de siempre.
—Soy yo, Nina.
En cuanto entreabrió la puerta, Sid se abalanzó sobre él y apoyó las patas sobre su pecho, obligándolo a retroceder dos pasos para no perder el equilibrio. Billy le rascó la cabeza y le plantó un beso, y Sid corrió a inspeccionar el apartamento.
Y ahí estaba ella. Aunque la lógica dictaba que él la reconocería, el rostro de Nina lo impresionó como si lo viera por primera vez. Aquellos ojos negros, aquellas cejas que se enarcaban expresivamente al hablar, el hoyuelo que se le formaba en la mejilla izquierda cuando sonreía, como en ese preciso instante, durante apenas un nanosegundo. Nunca estaría seguro de lo que expresaba esa cara.
—Así que vives aquí —comentó Nina.
—¿Cómo me has encontrado? Sid, ¿cómo te va, amigo?
—Bueno... —dijo ella con una sonrisa, y ahí estaba el hoyuelo—. Es que conozco a tu hermano.
Billy se quedó mirándola y luego apartó la vista.
—¿Puedo pasar o qué?
—Sí, claro, ¿por qué no?
Él se hizo a un lado, abrió la puerta del todo, dejó pasar a Nina y la cerró.
Nina paseó la vista por el apartamento, intentando asimilarlo todo: los montones de libros y revistas desordenados, partituras desparramadas sobre la mesita del café. Pósteres de actuaciones musicales (uno de «Jazz en el Lincoln Center», otro con un enorme trombón dorado sobre un fondo azulado con la palabra TOCA en letras rojas y otro con la palabra JAZZ en letras grandes y negras sobre un fondo blanco, sin más). Pilas de discos compactos que llegaban hasta el techo; fotografías en blanco y negro de músicos con sus instrumentos y de otras personas, tal vez de los años treinta o cuarenta. Era un apartamento acogedor. ¿Cómo podía ella haberse encaprichado con el piso de soltero de Daniel, tan superficial y moderno al estilo Bauhaus?
—Gracias por traer a Sid de visita.
—No está de visita: es para ti.
A Billy le centellearon los ojos:
—Has estado en... y te has llevado al... pero ¿cómo...?
—Tu hermano no sabe casi nada sobre nada, pero sí sabe reconocer cuándo es el número dos. Y para Sid, tú eres Alfa.
Esto complació a Billy.
—¿Quieres tomar algo?
No fue hasta entonces cuando Nina reparó en el calor que hacía en el apartamento.
—¿No tienes aire acondicionado?
—Se ha estropeado. Pensaba salir esta tarde a comprar uno.
—Iré contigo. Vámonos.
—¿Ahora? — preguntó él—. Pues espera —le pidió, y llenó de agua un cuenco para Sid.
—Venga, vayamos a otra parte a discutir —lo apremió Nina, agarrándolo por la muñeca y tirando de él hasta el rellano.
—¿Eso es lo que vamos a hacer? — inquirió Billy, cerrando tras de sí.
—¿No crees que deberíamos?
—Supongo que es inevitable.
—Me mentiste —le reprochó Nina.
—Y tú te acostaste con mi hermano —contraatacó Billy.
—¡Me mentiste en todo!
—¿Tienes idea de lo que se siente cuando alguien a quien realmente..., bueno, cuando alguien que te importa de verdad, o con quien crees que tal vez podrías..., en fin, cuando alguien así se acuesta con tu propio hermano? — La miró con fijeza, extendió los brazos hacia los lados y exclamó—: ¿Puedes imaginártelo siquiera?
—No, no puedo —contestó ella—. Pero ¿y qué me dices de cuando descubres que alguien en quien no puedes dejar de pensar y en quien confiabas plenamente te ha estado mintiendo en todo lo que te ha dicho?
—En todo, no.
—Además, lo confundí contigo —gritó Nina.
—¡Me confundiste con él! — respondió él, gritando también, y fue hasta la ventana—. Y tú también has mentido —añadió, volviéndose hacia ella—. Sobre muchas cosas.
—Pero ¿qué...? Oye, aquí hace demasiado calor. ¿No podemos ir a comprar el aire acondicionado?
Y se marcharon. Sid encontró un lugar cómodo bajo la ventana, por donde entraba un poquito de aire, y se pasó la tarde allí tumbado, feliz de estar en casa.
En la calle, Billy paró un taxi y los dos subieron a él. En el interior se estaba muy fresco. Habría sido un buen lugar para hablar, pero ambos permanecieron callados. Era como si necesitaran que sonase el ritmo del mundo en torno a ellos (los bocinazos de los coches, el estruendo de las taladradoras sobre el asfalto, el chirrido del metro al detenerse en una estación, los lloros de un bebé que quería el biberón, el rugir de un avión, el ladrido de un perro, un portazo...) para acompañar el blues de Élmemintióyellasetiróamihermano que tantas ganas tenían de cantar a dúo.
En cuanto llegaron a la tienda de electrodomésticos, la música comenzó a tocar. Tal vez fuera por la sensación de seguridad que dan los números (tenían una oferta de dos por uno y medio, o sea que el sitio estaba atestado), o porque a los dos los excitaban las muestras públicas de descontento, pero el caso es que la discusión estalló en el preciso instante en que llegaron a la sección de aires acondicionados, que se encontraba nada más cruzar la puerta de entrada.
—No sólo no eres Daniel, sino que tampoco eres abogado —tuvo que gritar Nina para que él la oyera por encima del rumor de televisores, cadenas de música y todo tipo de aparatos electrónicos.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Estuviste fisgoneando en mi apartamento? ¿Metiendo las narices en mis cosas? ¿O en mi ordenador? ¿Tocando mi trombón?
—¡Eres inspector de Hacienda!
—Pero ¿cómo coño...? — comenzó diciendo, pero enseguida logró controlarse—. ¿Cómo sabes eso?
—Me lo contó la señora Chandler.
—¡Ja! — exclamó él—. ¿Tú también, hijo mío?
Estaba cabreado y se sentía traicionado. Vale, le había seguido los pasos, pero siempre con respeto. ¿No se había establecido un vínculo entre ellos? ¿No se estaba tomando él un tiempo mientras buscaba una solución? ¿Acaso la señora Chandler no lo sabía? ¿Por qué había tenido que hablarle de él a Nina?
—Sólo cumplía con mi trabajo, por eso te mentí. Si te hubiese dicho la verdad me habría cargado mi tapadera.
—Que ha acabado cayendo por su propio peso.
Un vendedor se les acercó.
—¿Necesitan ayuda, señores?
—Sí —dijo Billy—. Me llevaré éste y éste. ¿Podéis traérmelos hoy mismo a casa?
—Le costará cincuenta dólares más.
—De acuerdo.
—Supongo que hemos acabado —dijo Nina.
—Espera —le rogó Billy, agarrándola por la muñeca.
—Si no hubiera ido a tu apartamento no habría vuelto a verte el pelo, ¿verdad? Te habrías olvidado de mí, ¿no?
—No; o sea sí. Quiero decir...
—Serán quinientos sesenta y siete dólares con ochenta centavos —les informó el vendedor.
Nina dio un tirón y se soltó.
—Habías decidido no volver a verme, y sólo porque cometí un error. Un error que, dicho sea de paso, cometí porque tú me mentiste. ¡Bah, ya me he aburrido de todo esto! — resopló ella, dando media vuelta para marcharse.
Pero entonces Billy la asió por el brazo y la atrajo hacia sí hasta que estuvieron cara a cara.
—¿Fue así? ¿Fue un error, o es a Daniel a quien has querido todo el tiempo? El tipo que esquía, el abogado, el cachondo, el hombre de mundo... Yo soy Billy, ¿me conoces? ¡Soy el pardillo!
—Bueno, sí, al principio sí, me interesaba él, pero ya no, no... Es a ti a quien quiero —le aseguró, al borde del llanto—. Billy, tienes que saber que te quiero a ti —repitió en tono de súplica.
Billy la soltó y se dio la vuelta.
—Así pues, ¿qué te debo? — le preguntó al vendedor.
—Nada. No me debes absolutamente nada —respondió Nina con los ojos arrasados en lágrimas antes de salir de la tienda a la cegadora luz del día.
Billy se quedó ante el mostrador, firmando el recibo.
26
—Acabemos con esto, señora Chandler —dijo Billy nada más cruzar la puerta.
—Yo estoy bien, ¿y usted? — le respondió la señora Chandler.
—He venido a proponerle un trato.
—Es la segunda vez que oigo esas palabras en dos días.
—Lo siento —se disculpó Billy, aturdido—. Estoy bien, gracias. Y me alegro de verla. ¿Qué tal le va?
—Muy bien, pero dejémonos de formalidades. ¿Cuál es el trato que me propone?
—Quiero hacer una inversión con su dinero. A cambio de evitar que acabe usted en la cárcel.
—No tiene ninguna prueba contra mí —se defendió la señora Chandler, riendo en voz alta, cosa poco usual en ella.
«Está nerviosa», pensó Billy que, aprovechándose de ello, prosiguió diciendo:
—Pongamos que no doy parte de sus... llamémosles «bienes ocultos», y cierro su expediente para que nunca vuelvan a investigarla.
—Interesante. Es una buena oferta. ¿Y cómo sé que cumplirá con su palabra? ¿Qué pasará si un día se va (y yo sé bien que se irá), y mandan en su lugar a un don nadie que decide utilizarme para hacerse un nombre?
—Nunca más tendrá que abrir la puerta de su casa, ni sus archivos ni nada a ningún otro inspector de Hacienda. Se lo prometo.
—Piense que me tomo las promesas bastante en serio.
—Confíe en mí.
—Eso mismo le dijo Bruto a César.
Billy se rió.
—¡Eso es! La investigación a nombre de Constance Chandler quedará cerrada, se archivará y determinada información se «perderá» por el camino.
—¿Y qué es lo que debo hacer yo a cambio, mi querido Billy?
—Donar la mitad del dinero en efectivo que hay en este apartamento a la organización benéfica que yo elija.
La señora Chandler soltó una carcajada gutural, eufórica: se mareaba de emoción ante las negociaciones como aquélla.
—Mmm, un tercio.
—Dos tercios.
—Antes ha dicho la mitad.
—De acuerdo, la mitad. ¿Trato hecho?
—¿Y a qué organización estoy donando esta astronómica cifra, si no es indiscreción?
—Aún no tiene nombre.
—Suena fascinante. — Constance puso los ojos en blanco—. No será el Plan de Pensiones de Billy Maguire, ¿verdad? No lo he malinterpretado, ¿o sí? No se trata de financiar una escapada a Tahití con Nina, ¿verdad?
Las mejillas de Billy, ya de por sí bastante rubicundas, se pusieron moradas de vergüenza.
—¿Con Nina? ¿Qué le hace pensar que...?
—Vino a verme y estuvimos hablando de... tapicería. Pero me dio la sensación de que ustedes dos podían ser muy felices jun...
—Es para alumnos de trombón —la cortó él.
—¿Perdone?
—El donativo se destinará a un programa que se aplicará en las escuelas de Nueva York para animar a niños de todas las edades a tocar el trombón.
—¿El trombón? ¿Cuántos niños quieren tocar hoy el trombón?
—Es el instrumento más infravalorado del mundo.
—Yo habría pensado que era el acordeón.
—Es una simple cuestión de familiaridad: si un niño se familiariza con el instrumento y comienza a tocarlo ya no podrá dejarlo.
—Bueno, admiro su evangelismo trombónico, pero los niños deberían tener la oportunidad de elegir, ¿no le parece? De lo contrario no podrá pagarle a nadie para que se lleve mi dinero.
—De acuerdo. Estimularemos el aprendizaje del trombón, pero los niños podrán elegir el instrumento que prefieran. Y enseñaremos jazz. Ofreceremos clases en todos los colegios del barrio de Tribeca. Lo llamaremos el Programa de Trompas Constance Chandler.
—O algo un poco más, cómo le diría, lírico. Siempre y cuando le parezca bien, claro está. En cualquier caso, le ruego que no utilice mi nombre: prefiero el anonimato, especialmente si se trata de filantropía mezclada con... con trompas.
Billy sonrió.
—De acuerdo.
—Y supongo que se me permitirá continuar con mi... trabajo.
—Siempre y cuando no tenga que ver con drogas, no perjudique a niños, animales o persona alguna.
La señora Chandler se llevó la mano al pecho, indignada.
—Me temo, señor, que está usted muy equivocado conmigo.
—Me alegro —dijo Billy con una sonrisa.
—¿Y cómo lo quiere? ¿En cheque o en efectivo? ¿O tal vez con un giro postal?
—Me lo llevaré en efectivo —respondió Billy sin perder la sonrisa—. ¿Qué tal el lunes?
—No sé si podré aguantar tanto tiempo.
Aunque Billy sabía que ella estaba siendo sarcástica, él tampoco podía esperar.
A la mañana siguiente Billy estaba sentado ante el ordenador leyendo el archivo de Constance Chandler y redactando el informe definitivo. Cuando terminó, seleccionó el pequeño recuadro de la pantalla marcado con el texto INFORME DE CASO ARCHIVADO y también el que aparecía a continuación: CASO CERRADO. Sabía que nadie cuestionaría su dictamen, porque eso era precisamente lo que estaban esperando. Sin embargo, y para que la operación fuera irreversible, pulsó BORRAR, y todo el fichero, a excepción de su informe, por supuesto, desapareció.
Lo único que quería ahora era llamar a Nina, contarle lo que acababa de hacer, lo emocionado que estaba por haber dado un paso tan importante para cambiar la vida de algunos niños, y la suya de paso. Pero no podía hacerlo, aún no; tal vez no podría jamás. No lograba quitarse de la cabeza la imagen de Nina en el suelo, con él.
Un mes más tarde, Billy estaba en casa leyendo en el periódico el artículo sobre el nuevo programa de música y artes escénicas que empezaría en octubre en los colegios públicos de Nueva York. Lo dirigiría Billy Maguire, amante del jazz, trombonista aficionado y ex funcionario público. De la donante que había hecho posible el programa sólo se sabía que era una mujer de medios considerables que prefería permanecer en el anonimato.
Constance desplegó una gran sonrisa; estaba orgullosa de formar parte del programa de educación musical y se había comprometido a financiarlo durante los siguientes diez años.
Sacó otro chicle de nicotina del bolso. «Asqueroso —pensó—; nadie debería mascar chicle salvo en situaciones desesperadas.» Pero un vuelo de seis horas era lo bastante desesperante. Mientras masticaba oyó un ladrido agudo procedente de la bolsa Louis Vuitton que tenía en el asiento contiguo. Abrió el bolsillo de malla, metió la mano y dijo:
—Ya falta poco, Mimi, mi pequeña.
Cerró el bolsillo y pensó en las dos semanas que le esperaban en Francfort, donde sería la única mujer que participaría en la partida anual de póquer totalmente privada y sumamente exclusiva que se celebraría en la Suite Schopenhauer del Frankfuerterhof Hotel. Se reencontraría con todos sus amigos tahúres, entre ellos Manuel Álvarez y Tommy Rozzano, Jim Susskind y Earl Hochschober.
Y, por supuesto, vería a su querido Gerard, el guapísimo banquero francés, su amante y mejor amigo, que la adoraba tanto, incluso después de catorce años, que continuaba enviándole sus ganancias en bonos estadounidenses, de dos en dos paquetes, a su apartado postal de Hoboken. Y por todo aquello le pedía sólo un diez por ciento.
27
Claire e Isaiah irían a cenar. Aunque modesto, era el primer acto social que Nina organizaba en no sabía cuánto tiempo. Lograr que acudieran no había resultado fácil, especialmente después de lo ocurrido en su última visita, pero ella había lloriqueado, suplicado, implorado, pedido disculpas y jurado que se había dado una ducha. Finalmente habían aceptado y ahora estaban a punto de llegar.
Nina había dispuesto una mesita en la terraza, la que normalmente tenía sepultada bajo tiestos de flores y plantas. Ahora los tiestos estaban en el suelo de la terraza y la mesita estaba cubierta con un elegante mantel, velas, platos y servilletas. Tenía un aspecto festivo y los filetes a la barbacoa, las mazorcas de maíz y la ensalada podrían pasar por un festín bastante decente. Era el tipo de cena que uno ofrece para compensar errores de todo tipo.
El apartamento se había visto inundado paulatinamente con sus estructuras. En los últimos días había tenido una racha tan productiva que cualquiera hubiera dicho que intentaba recuperar el tiempo que había perdido metida en la cama. La operación de trueque de perros y dueños y la intervención en el caso de Bono parecían haberle dado energías renovadas, hasta tal punto que había finalizado una estructura nueva y retocado dos antiguas, que ahora estaban también terminadas a su gusto. Estaba contemplándolas, admirando la cascada de colores relumbrantes y complejas texturas que caían del techo, cuando oyó el timbre de la puerta.
—¿Claire? — preguntó Nina.
—¡Somos nosotros! — respondió ella, y Nina les abrió.
Y allí estaban, con una botella de vino y unas flores, como la gente cuando va a una cena de verdad, pensó Nina mientras aceptaba cortésmente los regalos. Claire estaba preciosa, y Nina así se lo dijo.
—Está guapísima, ¿verdad? — convino Isaiah.
Claire le sonrió encantada y se dirigió a Nina:
—Tú también, Ni—ná; estás radiante.
—Especialmente en comparación con la última vez que te vimos —bromeó Isaiah.
—Ja, ja, ja —fingió reírse Nina, y le propinó un puñetazo cariñoso en el hombro.
Entonces Claire se fijó en las estructuras.
—Dios, son geniales —comentó—. Tienes que enseñárselas a alguien.
—Ya lo sé —dijo Nina—. Y voy a hacerlo.
—Lo digo en serio; son fantásticas.
—Eso entra en mis planes, de verdad. Pero primero tengo que ocuparme de unas cuantas cosas.
—Y ya que sacas el tema, ¿lo has vuelto a ver?
—La última vez fue cuando fuimos a comprar el aparato de aire acondicionado. Vamos, salgamos a la terraza. ¿Alguien quiere una copa de vino?
Claire miró a su amiga con preocupación, pero decidió salir con ellos sin decir nada. Entonces Nina abrió el vino, preparó la comida y la sirvió. Finalmente, Claire le confesó a su amiga que había conseguido el papel para el que había hecho la prueba. Trabajaría en los nuevos capítulos de Ley y orden, que por suerte se filmarían en Nueva York, lo que le permitiría quedarse en la ciudad durante una buena temporada. Después Isaiah le contó que había fundado un sindicato, el Local K—9, para paseadores, cuidadores, peluqueros y adiestradores de perros. Habían celebrado su primera reunión y, aunque sólo habían asistido tres personas, no pasaba nada, porque seguro que se apuntarían más en el futuro. Y lo primero que iba a hacer el sindicato era exigir que se reabriera el corral para perros del parque.
Todos prorrumpieron en gritos de alegría y brindaron, asombrados por aquella fantástica noche del Veranillo de San Martín. Claire e Isaiah se turnaron para mirar por el telescopio, y lanzaron «aahs» y «oohs» mientras contemplaban las estrellas y los interiores de los apartamentos del otro lado del parque.
Pero cuando le preguntaron si quería mirar, Nina contestó que no.
—No, lo he dejado.
—¿Que has dejado qué? — preguntó Isaiah.
—Lo de espiar y todo eso. Es que, bueno...
Nina no encontró palabras para acabar la frase, pero Claire le rodeó la cintura con el brazo y dijo:
—Muy bien. No está bien hacer eso, ¿verdad? Tienes razón.
Y entonces Nina soltó su bomba.
—Además, yo también tengo noticias —dijo como de pasada.
Claire e Isaiah la miraron fijamente llenos de esperanza. Tal vez se trataba de algo relacionado con Billy.
—No voy a continuar paseando perros —anunció. Sus dos amigos abrieron tanto la boca que Nina alcanzó a verles la campanilla, y poco faltó para que les viese también los pulmones—. Supongo que te vas a quedar con mis perros, Isaiah, ya que Claire va a ser una estrella y estará demasiado ocupada para retomar el trabajo. Y yo, bueno...
—Tal vez se los tenga que pasar a otro —repuso Isaiah—, porque el sindicato me ocupa muchas horas, pero te prometo que buscaré a alguien que se encargue de ellos.
Claire clavó la vista por unos instantes en Nina y finalmente, con mucha cautela, preguntó:
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer? No tendrás pensado volver a trabajar como redactora para aquellos editores gilip...
Pero Nina la interrumpió con una sonrisa resplandeciente, como si el hecho de haber encontrado su cometido en la vida la iluminara como el sol ilumina a los planetas. Se sacó una tarjeta comercial del bolsillo del pantalón y se la tendió a Claire.
QUIÉREME, QUIERE A MI PERRO, rezaba. SERVICIO DE EMPAREJAMIENTOS HUMANO—CANINOS. Había una pequeña ilustración de un perro dándole la patita a una persona.
—Genial —dijo Claire—. Me encanta.
Le pasó la tarjeta a Isaiah, que la leyó, echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír. Y entonces Claire hizo lo que Nina suponía que haría, si es que conocía bien a su amiga: cantar. Se subió a la silla, lo que puso nerviosa a Nina, ya que estaban en la terraza, y cantó a pleno pulmón con su voz de actriz de Broadway:
Casamentera, casamentera, encuéntramepareja...
Claire, cohibida por la mirada que le lanzó Nina, dejó de cantar, aunque continuó tarareando el resto de la canción. Pero Nina no se lo reprochaba: al fin y al cabo, ella había hecho lo mismo cuando se le había ocurrido la idea del negocio.
—Y ya tengo un montón de clientes; es un caso. Parece como si finalmente la gente se hubiera decidido a salir del armario de su ignorancia respecto a los perros. La familia que compra un rottweiler porque ha leído los libros de Carl y entonces descubre que el perro se comería a su hijo si pudiera; la anciana que no logra controlar a su caniche; el adolescente que se cree en la onda con un mastín que le dobla el peso; el ejecutivo que compra un estúpido setter. ¡Es como si la gente no tuviera la menor idea de lo que le conviene!
—Y que lo digas —le dio la razón Isaiah—; eligen a sus perros por razones equivocadas.
Claire soltó una carcajada.
—¡Pero si todo el mundo se equivoca al elegir a la persona con la que va a convivir! ¿Por qué iba a hacerlo mejor cuando se trata de elegir un perro?
Esto hizo reír a Nina, que se volvió hacia Sam.
—Pero cuando se juntan el dueño apropiado y el perro adecuado, es fantástico.
—¿Quieres unirte al sindicato? — preguntó Isaiah—. Podríamos ampliar la oferta a emparejadores caninos. Estamos considerando la posibilidad de aceptar a psicólogos de perros.
—Si un perro necesita un psicólogo, su dueño necesita electrochoques —sentenció Claire.
A Nina se le escapó una risotada.
—No es más que un adiestramiento con pretensiones, en cualquier caso. Es como si llamasen a pasear al perro «fisioterapia canina»; menuda chorrada.
—Pues yo he oído que hay especialistas en Tai Chi para perros. Isaiah lo llama Chucho Chi.
—¡Anda ya! — exclamó Nina, risueña.
—Oye, si el mercado lo pide...
—Mi cerdito capitalista —lo arrulló Claire y le dio un beso en la mejilla.
Aquello le hizo pensar a Nina en Billy y lo de «cerda schopenista». Por un momento perdió el aliento y sintió que tal vez lo había perdido a él para siempre.
—¿Sabéis qué? — dijo Nina—. Creo que voy a rechazar la propuesta del sindicato.
—Claro —respondió Claire, reprendiendo a Isaiah—. ¿Para qué afiliarte a un sindicato si ganas millones como jefe?
Y eso fue, ni más ni menos, lo que Nina terminó haciendo: con el tiempo amplió el negocio a todo el país, apareció en programas de entrevistas y portadas de revistas, y realizó donaciones para las perreras, los centros de acogida canina, los hospitales de animales y todo tipo de entidades benéficas que trabajaban con mascotas.
Pero eso fue más tarde. En aquel momento, Nina tuvo que servir el postre, despedirse de sus amigos con un beso de buenas noches, rascarle la barriga un buen rato a Sam y rendirse una vez más ante la magia de aquel amor sin condiciones.
Una vez que sus amigos se hubieron marchado puso la banda sonora de Gipsy, se saltó las fanfarronadas de Ethel Marman y escuchó directamente la canción de Billy, a la que ella no había prestado atención hasta que él la tocó aquella noche. All I need is the girl. Menuda canción, pensó Nina: optimista, divertida, encantadora pero, sobre todo, la canción de Billy. Y de Nina.
Pero cuando Billy comenzó a interpretar la peculiar versión del himno de Estados Unidos que abría el programa, se hizo el silencio en la sala. Luego tocaron varios estándares de jazz, aunque aquella noche no tuvo nada de estándar. Y es que a la batería estaba el ídolo de Billy, Max Roach. A Billy le parecía que estaba soñando: estaba ahí, en un escenario rodeado de niños que lo escuchaban con atención, tocando con Max.
Cuando interpretaron un dúo, Billy tuvo que reprimir las lágrimas, ya que aquello no era ningún sueño: era la vida, su vida como el propio Billy, y no como otra persona, llena de desafíos, promesas y emociones. Fue entonces cuando supo que estaba preparado para Nina. De hecho, no podía vivir feliz ni un día más sin ella.
28
Nina pensaba que jamás volvería a ver Billy. Ahora que ya no sacaba a pasear a su perro, ahora que él ya ni siquiera vivía en el barrio, ahora que Nina sabía que estaba tan enfadado que después de tantas semanas no la había podido perdonar ni llamar, estaba segura de que había desaparecido de su vida para siempre. ¿Habría leído el artículo del Observer donde la mencionaban? ¿Habría visto su foto en la sección local del Times? Los clientes de la agencia de emparejamiento habían corrido la voz, y el negocio prosperaba a gran velocidad. Ella había tenido que cambiar la distribución del piso y utilizar una parte del dormitorio para el archivo de «Quiéreme, Quiere a mi Perro», conformado por recortes de prensa, folletos, y fichas de clientes por emparejar y de clientes servidos.
Sus estructuras tendrían siempre un lugar en la mesa donde aún trabajaba en ellas. Incluso se las había enseñado al propietario de una galería alternativa de Chelsea, que estaba contemplando la posibilidad de incluir una en la exposición de Navidad.
Pero ¿dónde estaba Billy?
Nina echaba de menos los paseos con los perros. Y sí, seguía viendo a Bobby casi cada mañana cuando sacaban a pasear a Luca y a Sam juntos por el parque. Che había muerto poco después de que les llevara a Luca, y al principio Nina se había sentido culpable por creer que la llegada de Luca lo había matado. Pero Bobby le había asegurado que Che había muerto feliz, sabiendo que dejaba a su amo en buenas manos (o en buenas patas) con Luca. Era como si el perro viejo hubiera estado esperando algo (o a alguien) para morirse. Y ese alguien había sido Luca.
El caso es que extrañaba a los perros, extrañaba los madrugones y la cultura de parque que tanto había llegado a aborrecer. Aún podía refrescar aquella sensación paseando a Sam, pero no era lo mismo que vivirla desde la vertiente profesional. Pasear por el parque con una docena de perros te da una cierta perspectiva y unos derechos de los que careces si paseas sólo a uno.
En cambio, no echaba de menos el fisgoneo que para ella había ido aparejado con la profesión y que había quedado reducido a un secreto del pasado, como una antigua aventura amorosa. Recordaba la emoción que le proporcionaba, sus descubrimientos, que la seducían y la subyugaban, pero sabía que eso se había terminado para siempre y que formaba parte del pasado. Se había convertido en algo que rememoraría como una aventura de otra vida.
Porque tenía que haber una vida antes de Billy y una vida con él.
Una tarde de primeros de octubre, mientras Nina bebía vino y trabajaba con el portátil en la terraza (planificar los emparejamientos adecuados requería mucho tiempo e investigación), suspiró al percatarse de que comenzaba el otoño. Había refrescado, las hojas habían comenzado a caer y cada día anochecía más temprano. Las temperaturas obligaban a llevar jersey, como a ella le gustaba. Sam también lo estaba disfrutando: tenía la cabeza erguida y olisqueaba con avidez los olores de aquella noche de otoño. La brisa le hizo caer un mechón de pelo sobre la cara, y justo cuando lo tomó entre los dedos para colocárselo detrás de la oreja, alguien llamó a la puerta. Nina miró a Sam y él la miró a ella mientras se acercaba al portero automático, con el corazón desbocado, como cada vez que sonaba el teléfono o el timbre.
—¿Sí? — preguntó.
—Soy yo.
«Sí —se dijo—. ¡Por fin!» Exhaló un largo suspiro, como si llevara semanas conteniendo la respiración.
—¿Puedo subir?
Le abrió. No estaba segura de qué bienvenida dispensarle; había imaginado aquella escena una y otra vez, de cien formas distintas, pero cuando lo oyó subir las escaleras se le quedó la mente en blanco y empezó a actuar por impulso.
Corrió escaleras abajo y se arrojó a sus brazos. Sid se cruzó con ella y subió a toda prisa hacia el apartamento, donde se encontró con Sam.
—Estaba preocupada... —dijo ella entre beso y beso—. Te quiero tanto. — Ya está, lo había dicho.
Él le acarició el cabello.
—Y yo... bueno, yo...
—Ya lo sé: no conduces.
Él se rió con suavidad.
—Ahora sí; como loco. — Y la besó otra vez, apasionadamente—. Pero ¿es que no te das cuenta de que te quiero? Te he querido desde el principio, desde que te vi en mi... en su baño. Pero tenía que hacer varias paradas en el trayecto, repostar un poco y tomar algunas carreteras secundarias. — Le dio otro beso y le rozó la mejilla con los dedos—. Tenía que encontrarte yo solo, siendo yo mismo.
—Pensaba que te había perdido para siempre —dijo Nina, y los ojos se le humedecieron—. Es que yo pierdo a la gente, ¿sabes? Pierdo a personas que significan mucho para mí. Pero perderte a ti era lo más horri...
—No me vas a perder nunca. Soy como un perro, leal y...
Miraron a sus perros. Sam se estaba lamiendo las pelotas y Sid estaba tumbado panza arriba, con las patas al aire.
—No exactamente —comentó Nina, y los dos se echa ron a reír, mientras ella intentaba enjugarse inútilmente las lágrimas.
Más tarde, tras más lágrimas y disculpas, se sentaron en la terraza, bajo las estrellas, mientras los dos perros cazaban polillas.
—¿Utilizas mucho el telescopio? — preguntó Billy.
—Te sienta bien tener a Sid.
Billy posó la vista en su perro con cariño.
—Daniel no lo quiso nunca —le explicó—. Además, se ha trasladado a San Francisco.
Nina sonrió.
—¿Qué me dices del telescopio? — insistió Billy.
—Nunca lo utilizo. ¿Sabes de alguien a quien pueda interesarle?
—Mi primer impulso sería decirte que lo tirásemos, que lo rompiéramos en pedazos y enterrásemos nuestros hábitos de espionaje de una vez y para siempre. Pero ahora estoy comprometido con una causa y no puedo evitarlo: lo donaremos a uno de mis colegios; para clases de astronomía.
—Buena idea.
—Ahora que hemos cambiado.
—Nuestros días de fisgoneo y mentiras se han terminado.
Soltaron un suspiro y tomaron un sorbo de vino, contemplando la oscuridad del parque, las luces del East Side y más allá.
—¿Sabes? — dijo Billy—. Estando aquí sentados me acuerdo de aquella vez en que...
—¿Fuimos de crucero?
Billy miró a Nina como si se hubiera vuelto loca.
—Pero si nunca...
—Tienes razón, nunca iríamos de crucero. ¿Cuando estuvimos en Tahití?
Billy arrugó los ojos y sonrió al imaginárselo.
—Tal vez, pero no es lo que estaba pensando.
—¿Y en Venecia?
Nina le dedicó una sonrisa y él le siguió el juego, aunque en realidad se refería a las horas que habían pasado en el muelle aquella noche.
—Sí, eso es: el viaje a Venecia. Fue genial.
—Nos alojamos en el Gritti.
—Nos alojamos en el Cipriani —la corrigió Billy.
—¡Oh, me encantó aquel hotel!
—Era perfecto. Bebimos Prosecco.
—Y tú te emborrachaste, que me acuerdo...
—Un poco...
—No, ¡mucho! ¡Tuve que cruzar la plaza de San Marcos contigo a cuestas!
—Tienes una memoria nefasta. Yo estaba un poco achispado, ambos lo estábamos, de hecho, e hicimos el amor en una góndola.
—Bueno, no me extraña que lo hubiera olvidado, porque me mareé.
—Aquella noche no, créeme. Fue el mejor polvo de tu vida. — ¿En serio? No logro recordar los detalles... Tal vez...
Nina sonrió, coqueta.
—¿Y qué tal ahora?
—Bueno, no estaría mal.
Y dejaron las copas, se levantaron, se metieron en el dormitorio de Nina y cerraron la puerta. Fuera quedaron Sid y Sam, que, después de ladrar y gemir un par de veces, encontraron un rincón que les gustó, arañaron un poco el suelo, dieron tres o cuatro vueltas y se echaron a dormir. La luz de la luna se colaba por las puertas de la terraza, haciendo brillar las estructuras de Nina como las estrellas que tachonaban el cielo de Nueva York en aquella noche increíble.
Fin