NUESTRO ENEMIGO EL ABURRIMIENTO
Publicado en
julio 13, 2020
Si observamos algunos consejos fundamentales, podremos evitar ese estado, que es capaz de deprimirnos mentalmente y de paralizar nuestra voluntad de obrar.
Por Judson Gooding.
LA EXTRAORDINARIA variedad de recursos y diversiones de que dispone el mundo actual no impide que un número excesivo de personas sean víctimas del aburrimiento. La multitud de los esfuerzos hechos para ahuyentar el tedio ha resultado contraproducente, y lo cierto es que el aburrimiento ha llegado a ser el Mal de nuestra época. No hay perito dispuesto a calcular siquiera el número de gente que se siente hastiada, pero se cuenta por millones, y va en aumento.
Los jóvenes son especialmente propensos al tedio. El Dr. Robert Wilson, siquiatra estadounidense especializado en los problemas de la juventud, estima que hasta un 20 por ciento de los adolescentes norteamericanos padece de aburrimiento y depresión muy marcados. Es frecuente que tal incapacidad los lleve a perder la propia estimación y, en casos extremos, al suicidio.
Una de las matanzas más terribles ocurridas en años recientes (los asesinatos cometidos por la "familia" de Charles Manson) fue resultado, según opinan algunas autoridades en la materia, del aburrimiento. Erich Fromm, escritor y sicoanalista, escribió, refiriéndose a esos crímenes, que ofrecen un ejemplo de "asesinatos espontáneos en los cuales, al parecer, un hastío incompensado y doloroso en extremo, fue el origen de tan inesperado y destructivo proceder".
El verdadero aburrimiento, como el que provoca explosiones de violencia, de agresión, de rebelión y trastornos familiares, es muy distinto de la pasajera sensación que todos experimentamos de vez en cuando y que nos hace pensar: "Esto no acabará nunca". A juicio de los siquiatras, el tedio grave y crónico es un rechazo de lo que nos rodea habitualmente, una negativa a participar en el mundo. El Dr. Ralph Greenson, define en la Revista de la Asociación Sicoanalítica Norteamericana el aburrimiento como "coincidencia de la insatisfacción con la tendencia a la inactividad; anhelo de algo que no se sabe definir; sensación de vacío; actitud pasiva, de espera en que el mundo exterior traerá la satisfacción deseada; percepción temporal deformada en que el tiempo parece haberse detenido".
En términos menos académicos, describiríamos el aburrimiento como un estado de apatía y de infelicidad. Cierto director de escuela dice que son justamente los adolescentes menos seguros de sí mismos los que más se esfuerzan en aparecer impasibles. "Al adoptar la actitud de indiferencia", comenta, "pueden mantenerse al margen, observar con aire de superioridad lo que sucede y no meterse en nada. Es la mejor defensa que pueden encontrar a su alcance".
¿A qué se debe que el tedio se generalice? Por una parte, hoy la gente exige más de la vida que antes. En épocas pasadas, más sencillas, la mayoría de las personas comprendían que era inevitable cierta dosis de aburrimiento. La escuela imponía tediosas horas de aprendizaje de memoria; se ofrecían espectáculos de entretenimiento una vez cada año, y no, como ahora, cada 15 minutos; para mucha gente la semana de trabajo era de 60 horas o más, y no de 40.
En la actualidad, sin embargo, el aburrimiento resulta intolerable, algo que es necesario superar con sólo hacer girar un interruptor, ingerir una píldora o echarse a la calle en el automóvil. Con excepción de la gente de muy escasos recursos o muy estricta, en esta época son pocos los niños obligados a esperar mucho tiempo el juguete que se creen con derecho de poseer ahora mismo. Sin embargo, aguardar con ilusión algo anhelado ardientemente constituye una de las emociones más satisfactorias en la vida: ¡pobres, en verdad, las personas que están privadas de ella!
El problema también se plantea en otros campos de acción. En muchas escuelas, por ejemplo, se aprueba casi automáticamente incluso a estudiantes que no se han esforzado para nada y que nada han aprendido. De resultas de todo esto, a poco o a nada aspira con ilusión la mayoría de los jóvenes. Y el tedio se apodera de ellos.
Así también han disminuido las pruebas a que se ve sometida la mayoría de los ciudadanos en la vida diaria. Desde luego, quedan arduos caminos por recorrer, rápidas corrientes que navegar, altas montañas que escalar... pero hay que ir en busca de ellas. Ya no forman parte de nuestra existencia de cada día. El siquiatra Henry Ward, hablando de la necesidad de someterse a diversas pruebas, decía que la vida sólo presenta una alternativa fundamental: el estado de tranquilidad y certidumbre constantes, o el de las dificultades y los riesgos. "En el primero nos sentimos aburridos gran parte del tiempo", explica. "En el segundo nos encontramos frecuentemente asustados. Si para nosotros la vida es demasiado fácil, nada divertido le hallamos. Es preciso correr algunos riesgos".
No faltan métodos para ahuyentar el tedio, cualquiera que sea nuestra edad y nuestra situación. Los padres de familia pueden ayudar a sus hijos enseñándoles a postergar la satisfacción de sus deseos, a esperar el logro de lo que quieren trabajando para conseguirlo. A los niños se les debe enseñar que la vida nunca es una serie inacabable de momentos dichosos. Cierta doctora que trata menores con problemas de personalidad, comenta: "A menudo el hastío no es más que un intento de rehuir aflicciones. Muchos chicos se resisten a aceptar el hecho de que el placer y el dolor se alternan; rechazan la parte dolorosa de este cielo refugiándose en el aburrimiento".
La responsabilidad que todo patrono contrae con sus empleados es semejante a la de los padres de familia para con sus hijos. El jefe tiene obligación de procurar que los trabajos sean lo más estimulantes posible, para bien del empleado y para beneficio de su propio negocio. Al empleado u obrero le hace falta saber que su tarea es importante, y la razón de ello. Para satisfacer esa necesidad, inspectores y patronos deben tratar con sus trabajadores sobre una base de respeto mutuo, prestar atención a sus recomendaciones y permitirles, en lo posible, disponer de su tiempo y regular su propio horario de labores.
De existir una receta básica, absoluta, para evitar el aburrimiento, sería la siguiente: diversifiquemos nuestros intereses y actividades, extendiéndolos a campos y empresas que vayan más allá de nuestra rutina normal. Dedicarnos a la realización de alguna idea o propósito ajeno a nuestro círculo habitual y que signifique una prueba nueva para nosotros, podrá acabar casi automáticamente con el hastío.
Otro medio capaz de brindar grandes compensaciones a la gente inclinada a aburrirse estriba en enseñar a otros, en ayudar a personas incapacitadas, a los pacientes de un hospital o a los presos. Las actividades de este género ofrecen múltiples beneficios, pues no sólo aprovechan a quienes las practican, sino también a la sociedad.
Asimismo se recomienda vivamente la actividad física cultivada con vigor, especialmente a quienes trabajan en oficinas. Cierto hombre de negocios norteamericano da este sencillo consejo a las víctimas del tedio: "Tome usted asiento y escriba una lista de cinco cosas que siempre haya querido hacer. Elija alguna de ellas, vaya y hágala".
Ahí está la clave: vayamos y hagámoslo. Las personas que se resuelven a participar de veras en las cosas del mundo, a reaccionar a la belleza, a la tristeza como a la alegría, a abrirse por' entero a cuanto ocurre a su alrededor, esas personas nunca se aburren.