AUNQUE LOS SOÑADORES MUERAN (Lester del Rey)
Publicado en
junio 10, 2020
La conciencia se detuvo con torpeza en el umbral y revoloteó insegura, mientras la mente de Jorgen se extendía a lo largo de sus entumecidos nervios, indagando sin un propósito definido. Estaba helado hasta la médula, y la dolorosa comezón que atormentaba su cuerpo parecía aumentar a medida que su pensamiento semiconsciente la percibía. Dirigió su mente hacia el pasado, tratando de recuperar el letargo prenatal en que durante tanto tiempo estuvo sumido. No sentía el menor deseo de enfrentarse otra vez a aquel cuerpo frío y hormigueante.
No obstante, el entumecimiento se iba desvaneciendo, a pesar de sus vagas ansias. De todos modos, sus ojos, ahora abiertos, sólo registraban una difusa e informe claridad, sin contornos ni detalles, y los murmullos que resonaban a su alrededor carecían de pauta y de significado. Al cabo de un instante el frío se replegó, dando paso a un doloroso estremecimiento que, a su vez, desapareció también. Se agitó irresoluto, mientras breves y borrosos chispazos de memoria insistían en insinuarse de nuevo en su interior, tratando de recordarle las cosas que debía hacer. Luego, el cuadro se aclaró un poco, dejándole rememorar desperdigados fragmentos de lo que había ocurrido hasta entonces. La Luna había sido conquistada y hubo asimismo un único y audaz asalto contra Marte. Los boletines de noticias se vieron inundados por esas informaciones. Ya se encontraba avanzada la construcción de otra nave, más poderosa, destinada a ser impulsada por el nuevo liberador de energía recién inventado, que la independizaría de todas las restricciones y le permitiría llegar hasta las estrellas más lejanas, si así lo deseaba... Aquello significaba el logro definitivo de todas las esperanzas y sueños de una raza. Sin embargo, había algo que se le escapaba, algo más importante que todo eso, más importante aún que la enorme nave.
Una aguja fue introducida en su pecho y empujada hacia dentro, seguida por una oleada de calor y una renovada energía. Su mente reconoció el efecto de la adrenalina y comprendió que había otras personas a su alrededor y que trataban de despertarle. Ahora su corazón bombeaba impetuoso y la droga corría por sus venas, expulsando esos primeros y vagos pensamientos y reemplazándolos por una rápida embestida de memorias mucho más amargas.
Porque los sueños del hombre, y el hombre mismo, no eran ya más que cenizas abandonadas tras él... De la noche a la mañana, todos los planes y esperanzas de una raza se habían esfumado, como si jamás los concibiera. Había llegado la Plaga, una bacteria mutante procedente de un foco desconocido, letal más allá de lo imaginable, capaz de atacar y destruir, y sembrando a su paso la muerte. Con tiempo, tal vez se hubiese encontrado un antídoto. El enemigo no dio cuartel. En semanas, invadió la Tierra; en unos meses, hasta los corazones más robustos que aún quedaban con vida habían abandonado toda esperanza de sobrevivir. Sólo el empecinado coraje y el fatigado pero inextinguible vigor del viejo doctor Craig se habían mantenido, forzando a la muerte y a los moribundos a terminar la poderosa nave de Jorgen. En medio de la demente agonía que significaron los últimos días, reunió esta lastimosamente minúscula tripulación para que buscase refugio en Marte, guiada por los cinco robots Thoradson, mientras se protegía de la furiosa aceleración con la ayuda de la animación suspendida, cuyo descubrimiento tanto tiempo había exigido.
¡Y la Plaga había llegado a Marte antes que ellos! Tal vez la trajo la primera expedición, o acaso fue ella quién la llevó a la Tierra sin saberlo, en su viaje de regreso. Un misterio indescifrable para siempre. Venus era inhabitable, lo mismo que los demás planetas, y la Tierra estaba muerta. Sólo quedaban las estrellas. Se habían dirigido hacia ellas impelidos por la necesidad. Y esa meta final se convirtió también en un vacío simulacro de lo que pudo haber sido. Aquí, en la nave, se alojaban los últimos representantes de la especie humana, teniendo sólo ante ellos una ignorada cantidad de años del sistema solar que había sido su patria.
Sin embargo, el antiguo y amargo combate debía continuar. Jorgen se dio la vuelta, bajó sus temblorosos pies desde la mesa hasta el suelo de metal y sacudió la cabeza para aclarar sus pensamientos.
—¿Doctor Craig?
Unas duras y frías manos le asieron por los hombros y le empujaron suave, pero eficazmente, hacia la mesa. La voz que le contestó fue metálica, aunque no estridente.
—No, amo Jorgen, el doctor Craig no está aquí. Espera, descansa un poco más hasta que todo el sueño te haya abandonado. Todavía no estás en forma.
En aquel momento se aclararon sus ojos, que recorrieron la cámara. Cinco hombrecillos de metal, de menos de metro y medio de estatura, le rodeaban, esperando pacientes. No había nadie más. Aparte del apagado brillo de sus ojos, los robots de Thoradson no eran capaces de ninguna expresión. A pesar de eso, la posición de sus cuerpos parecía transmitir una sensación de inseguridad e incomodidad. Jorgen se agitó con impaciencia, un tanto preocupado por la impresión. Cinco esbozó un gesto indefinido con un brazo.
—Un poco más, amo. Tienes que reposar.
Descansó sereno un rato, dejando que los últimos rastros del estupor le abandonaran y tratando de obligar a su mente, todavía embotada, a que asumiera el rol de dirección que nominalmente le correspondía. Esta vez, Cinco no protestó cuando el joven se incorporó, apoyándose en el hombro de metal, y se puso en pie.
—¿Has localizado algún sol con planetas, Cinco? ¿Por eso me despertaste?
Cinco se agitó inquieto sobre sus pies, en un gesto curiosamente humano, y asintió con la cabeza. El ritmo suave y lento de sus palabras resultaba enloquecedor.
—Sí, amo, antes de lo que esperábamos. Cinco soles sin planetas y noventa años de búsqueda han quedado atrás. Sin embargo, pudieron ser miles. ¿Quieres verlos desde la sala de mandos?
Noventa años que pudieron ser miles... ¡Habían vencido! Jorgen movió la cabeza, asintiendo impaciente, y buscó sus ropas. Tres y Cinco se apresuraron a ayudarle, colocándose luego a ambos lados para que se apoyase en ellos. Las ondas de vértigo le estremecían. Le condujeron muy despacio, en tanto recobraba en parte su propio dominio. Pasaron por el largo corredor central de la nave. Los metálicos pies de los robots y las botas de cuero del hombre resonaban torpemente sobre el suelo de metal plastificado. Al fin llegaron a la sala de mandos. Grandes pantallas de cristal ofrecían el espectáculo del frío y oscuro espacio exterior, salpicado de diminutas y brillantes estrellas. Estrellas que no titilaban, estrellas hostiles, que no guardaban ninguna semejanza con aquellas que se divisaban a través de la tersa cubierta que proporcionaría la atmósfera de un planeta. Al frente, minúsculo, pero en notable contraste con los otros, aparecía un punto del tamaño de una moneda pequeña vista de lejos. Por un momento, fijó su mirada en él. Después, casi insensible, se dirigió hacia las pantallas, hasta que Tres le tiró de la manga.
—He preparado un plano de los planetas, amo. Puedes verlo si lo deseas. Todavía nos hallamos lejos de ellos y, a esta distancia, sólo con la luz refleja conseguí localizarlos, pero creo que los he descubierto todos.
Jorgen giró hacia la pantalla de electrones, que comenzó a destellar a medida que Tres procedía a rápidos ajustes en el telescopio, contando los cuerpos que se mostraban en él y dando paso a otros. Algunos eran claros y definidos, fríos e inmóviles; otros traicionaban la placentera bruma de una atmósfera. Cinco de ellos, del tamaño aparente de la Tierra, se situaban más allá de las áridas y marchitas esferas interiores. Más lejos, y mayor que Júpiter, un gigantesco mundo iniciaba otra serie, si bien los demás eran menores. No había ningún planeta anillado para competir con Saturno, pero la mayoría tenían lunas, excepto los lejanos planetas interiores. Uno de ellos casi debía considerarse como un planeta doble, puesto que el satélite y el astro principal aparentaban poco más o menos el mismo tamaño. Planeta tras planeta fueron apareciendo en la pantalla. Cuando terminó de contarlos, enarcó las cejas.
—¿Así que dieciocho planetas, aun contando sólo como uno el planeta doble? ¿Cuántos de ellos son habitables?
—Cuatro probables. El séptimo, el octavo y el noveno, con toda seguridad. Claro está, los más cercanos al sol son también los más calientes. Pero los más lejanos tienen poco más o menos el tamaño de la Tierra, se encuentran relativamente más cerca el uno del otro en comparación con la Tierra, Marte y Venus. Sin duda los tres poseen una temperatura bastante similar, próxima a la terrestre. En todos ellos hay evidencias espectroscópicas de oxígeno y vapor de agua, y los clisés del séptimo indican algo que tal vez sea vegetación. Hemos escogido este último, condicionado a tu aprobación final.
Lo captó de nuevo en la pantalla, una esfera que se dilataba y crecía a medida que el aparato llegaba a su máximo aumento, hasta que sólo se vio parte de ella. Aquella mancha de color verde azulado podía ser un mar, mientras que la sección de color castaño probablemente era tierra. Jorgen observó con atención, en tanto que la imagen del astro se desplazaba poco a poco, manipulada por Tres. En ocasiones, el castaño reemplazaba al azul y luego éste volvía a la pantalla, indicando la presencia de otro mar. De vez en cuando, la bruma de la atmósfera se condensaba, formando velos grisáceos que parecían flotar sobre ella. Jorgen sintió una curiosa exaltación al pensar en las nubes, los ríos caudalosos, la irregularidad de las lluvias, el intenso aroma de las plantas que crecían. El planeta parecía casi mellizo de la Tierra, muy diferente al hogar riguroso y árido que hubiese constituido Marte.
La voz de Cinco interrumpió sus pensamientos. Los ojos del robot seguían el movimiento de los suyos sobre la pantalla.
—El continente extenso y horizontal parece el mejor, amo. Estimamos que su temperatura se aproxima a la existente en la zona rural del centro de Norteamérica, aunque se dan menos cambios estacionales. La densidad específica del planeta es de alrededor de seis, un poco mayor que en la Tierra. Sin duda hay metales y minerales. Un mundo atrayente y placentero.
En efecto. Más aún, significaba un hogar para los viajeros que seguían en animación suspendida, un mundo al que podrían llevar sus sueños y sus esperanzas, donde sus hijos podrían crecer y donde no encontrarían diferencias con los conceptos clásicos de su cultura. Marte había resultado severo y hostil, un lugar contra el cual había que luchar para sobrevivir. Este mundo, en cambio, sería como una madre que abre sus brazos para recibir a sus hijos adoptivos. A menos que...
—¿Y si contara ya con sus propios habitantes, nada deseosos de compartirlo con nosotros?
—En caso de haberlos, no serían otra cosa que bárbaros. Hemos investigado con el telescopio y la cámara, más potentes que la pantalla. Por ejemplo, en este lugar, ideal para un puerto, no se observa ninguna señal de construcción. De existir seres inteligentes seguramente hubiesen edificado una ciudad ahí. Me da la impresión de que...
Jorgen fue consciente del mismo sentimiento irracional de que no encontrarían rivales. Sonrió al volverse hacia los cinco robots, que le contemplaban con ansiosa expectativa, como si implorasen su aprobación.
—De acuerdo. El séptimo, entonces. Habéis merecido en máximo grado la confianza que depositamos en vosotros. ¿Disponemos de suficiente combustible para aterrizar?
Cinco se había vuelto de repente hacia las escotillas de observación. Su pequeña figura parecía cavilar sobre las diminutas estrellas. Dos se encargó de contestar:
—Más que el necesario, amo. Después de alcanzar la velocidad precisa, lo utilizamos con precaución, sólo para mantener el rumbo. Nos sobró tiempo para calcular el método más adecuado de aproximarnos a cada astro que no reunía condiciones de vida de modo que éste nos impulsaba hacia una nueva trayectoria, a la manera en que se desplazan los cometas.
Asintió otra vez. Por un instante, se quedó contemplando el astro que iba a convertirse en su nuevo hogar. Pensó en la larga y laboriosa vigilia de los robots y le asaltó un fugaz sentimiento de admiración ante el golpe de suerte que los había creado. Robots antropomórficos, capaces de manejar instrumentos humanos, que caminaban sobre sus propios pies y dotados de dos brazos que terminaban en manos. No obstante, sabía que no se trataba de un golpe de suerte. La naturaleza había diseñado al hombre para que llegara a sitios a donde ninguna rueda alcanzaría, para que empuñara todo tipo de herramientas, para que se amoldara, no a uno, sino a mil propósitos. Thoradson y el cerebro tenían por fuerza que copiar un modelo tan aceptable, reduciendo las proporciones a causa del excesivo peso que hubiese requerido un diseño de un metro ochenta.
Hombrecillos de metal no sujetos a la rápida trayectoria de la vida humana que había atormentado a sus amos, robots que podían trabajar junto a los hombres, aprender de cien maestros, y acumular sus recuerdos por un plazo de siglos, en lugar de décadas. Cuando la especialización del conocimiento amenazó con convertirse en demasiado rígida, y cuando a ningún hombre le era concedido el tiempo suficiente para aprenderlo todo acerca del campo de acción que elegía, la llegada de los robots constituyó la única respuesta. Antes de ellos, el hombre había buscado ayuda en las máquinas calculadoras, más tarde en los instrumentos electrónicos y, por último, en los «cerebros», diseñados para resolver, entre otras cosas, las dificultades que planteaba su propio perfeccionamiento. Con uno de esos cerebros trabajó Thoradson para solucionar de manera definitiva los problemas de la robotización perfecta. Ahora, desarraigados de su terreno habitual, los robots habían ido más allá de lo que su creador hubiera soñado, protegiendo y preservando todo lo que restaba de la raza humana. A través de cinco soles y durante noventa años de monótona búsqueda habían logrado lo que ningún hombre hubiese podido siquiera intentar.
Jorgen dejó de lado sus especulaciones y se volvió hacia ellos.
—¿Durante cuánto tiempo permaneceré consciente antes de que iniciéis la desaceleración?
—Estamos desacelerando ya... a la máxima potencia.
Dos de ellos extendieron una mano hacia el panel de instrumentos, señalando el indicador de aceleración. El instrumento confirmó sus palabras, aunque la nave no parecía sacudida por ninguna oscilación y no se produjo el fuerte y vibrante tirón que debería indicar el cambio de velocidad. Por primera vez, se dio cuenta de la normalidad de su peso, aun hallándose en el espacio, lejos de la atracción de cualquier cuerpo mayor. En condiciones de caída libre.
—¡Habéis controlado la gravitación! —exclamó.
Cinco asintió, sin dejar de mirar a través de la escotilla. Su voz sonó tranquila, incapaz de expresar orgullo o modestia.
—El doctor Craig nos planteó el problema. Hemos trabajado en él durante largos años. A lo largo de toda la nave, han sido instaladas placas que ejercen una tracción de fuerzas equilibradas iguales, pero de sentido opuesto, al empuje de la aceleración, en tanto que otras originan un peso normal en apariencia. Tanto si navegamos a velocidad constante como si aceleramos hasta diez gravedades la compensación se lleva a cabo de modo automático.
—¡Pero en ese caso es innecesario dormir! ¿Por qué...?
Conocía la respuesta, por supuesto. Aun sin la penosa presión de la gravedad, el sueño suponía la única solución para trasladar a los hombres a través de la vasta distancia que habían tardado noventa años en recorrer. De otra forma, aunque las provisiones hubiesen durado tanto tiempo, hubieran envejecido y muerto antes de llegar.
De todos modos, ya no volverían a enfrentarse a ese problema. Sólo algunas horas les separaban de los planetas que habían descubierto, y la mejor manera de emplearlas consistía en situarse frente a las grandes pantallas, viendo aparecer y aumentar a sus pies su futura morada. Sin duda el espectáculo permanecería en su memoria como algo más que un hecho impersonal. Tenían derecho a presenciar el capítulo final de su éxodo, a conservarlo como un recuerdo personal durante los años que viviesen, legándolo a los niños que les heredarían. Y el hecho de que esperasen el rigor de Marte, en lugar de este mundo acogedor, convertiría su triunfo en mucho más placentero. Se volvió sonriendo hacia los robots.
—Cinco, acompáñame. Vamos a empezar las reanimaciones. Los demás continuaréis a cargo de la nave. Y en primer lugar, por supuesto, hemos de despertar al doctor Craig, a fin de que vea los resultados de su proyecto.
Cinco no se apartó de la escotilla. Sus compañeros detuvieron el trabajo y esperaron. De mala gana, el primero contestó:
—No, amo. El doctor Craig ha muerto.
—¿Que Craig ha... muerto?
Imposible. Tan irreal e imposible como la distancia que les separaba del mundo donde habían nacido. Craig había existido siempre. Y existiría para siempre.
—Muerto, amo. Desde hace años.
Una sombra de pesar pareció velar su tono. ¿No había también otro sentimiento oculto?
—No pudimos hacer nada por evitarlo.
Jorgen meneó la cabeza. No lo comprendía. Desaparecido Craig, los proyectos que se habían atrevido a llevar a la práctica se formaban incompletos, casi ridículos. En la Tierra, fue Craig el primero en planear la huida en la nave. Y en Marte, una vez que los robots regresaron con la evidencia de la Plaga, el anciano se impuso al sobresalto de sus compañeros, encogiéndose de hombros y volviendo la mirada hacia el espacio, con el fuego de una esperanza que no admitía contradicción.
—Jorgen —le había dicho—, nos hemos equivocado al elegir un mundo tan obviamente inadecuado como éste, aun sin tener en cuenta la Plaga. Pero supone sólo un retraso, no es el final. Más allá, en algún lugar del espacio, hay otros sistemas solares, otros planetas. Tenemos una nave para llegar hasta ellos, robots para que nos guíen. ¿Qué más podemos pedir? Quizá cerca de Centauro, tal vez mil años luz más allá, ha de haber un hogar para la raza humana. Lo encontraremos. Este desierto que vemos ante nosotros nos ofrece la certeza de la muerte. Más allá de nuestras fronteras conocidas hay sólo incertidumbre..., pero una incertidumbre esperanzada. A ti y a mí nos toca decidir. Carecería de sentido despertar a los demás para causarles tamaña desilusión, cuando acaso algún día lo haremos para contemplar un triunfo aún mayor. ¿Y bien, qué opinas?
Craig, que les había llevado tan lejos, había muerto como Moisés sin avistar la Tierra Prometida, dejándole a él en herencia la responsabilidad tanto moral como material de aquella empresa. Jorgen se estremeció aunque un sentimiento de pérdida personal amortiguaba ahora la ansiedad que había experimentado. Todavía quedaba trabajo por hacer.
—Muy bien, Cinco, despertemos a los otros.
Cinco, de espaldas a la escotilla, miraba a sus compañeros, al parecer comunicándose con ellos por el sistema de ondas de radio incorporado a su cuerpo. Sus ojos evitaban los de Jorgen. Por un segundo, los robots permanecieron atentos a una cuestión sólo de ellos conocida. Al fin, Cinco movió la cabeza con la misma y curiosa renuencia y giró para seguir a Jorgen, frenando sus pasos y con los brazos caídos a los costados.
Jorgen prosiguió su camino, consciente sólo a medias de la presencia de la máquina. Se detuvo ante la gran puerta lacrada y buscó la palanca que le permitiría entrar en la cámara de descanso, señalando al primero que sería reanimado. Oyó las pisada de Cinco que se acercaban. Y de pronto, sintió que las pequeñas manos metálicas asían su brazo, tirando de él hacia atrás, al tiempo que el robot le empujaba hacia un lado, tratando de alejarle de la puerta.
—¡No, amo! ¡No entres ahí!
Cinco titubeó por un instante. Luego, se enderezó y arrastró al hombre lejos de la puerta, dirigiéndole hacia el final del corredor hasta una pequeña cámara de reanimación, la más cercana de las varias dispuestas para tales efectos.
—Voy a mostrarte... Aquí. Nosotros...
Repentinos y desconocidos temores anudaron la garganta de Jorgen, inspirados más por la incongruencia del robot que por sus inexplicables acciones.
—¡Cinco, exijo una explicación!
—Por favor, amo, entra. Te enseñaré... Pero no en la cámara principal... Allí no... Ésta es mejor, más sencilla...
Vaciló un momento, dudando si convendría usar el tono de mando que obligaría al robot a una programada y absoluta obediencia. No obstante, se volvió, mientras la pequeña figura abría la puerta y le invitaba a entrar con un ademán, manteniendo aún la mirada apartada de él. Jorgen avanzó, y se paró en seco en el umbral.
Las palabras no eran necesarias. Anna Holt yacía en la pequeña mesa, con el cuerpo cubierto por una sábana blanca y los ojos cerrados. El doloroso rictus de la muerte se había borrado ya de su rostro. Y no cabía ninguna duda respecto a la causa de esa muerte: la piel cubierta de horribles erupciones, con irregulares salpicaduras de un vago color castaño... Y el aire, cargado del olor a almizcle característico de la Plaga. Incluso allí, tan lejos de los focos infecciosos y con su objetivo al alcance de la mano, tuvo que llegar la Plaga para reclamar a los suyos y recordarles a ellos que fugarse no bastaba... Nunca bastaría en tanto se viesen obligados a cargar con los cuerpos portadores de la enfermedad.
Las piezas del aparato para reanimar a los durmientes se hallaban desperdigadas por la sala. Habían sido apartados con descuido para dejar lugar a otras cosas cuyo significado no aparecía del todo claro. Obviamente, la Plaga no la había arrebatado sin luchar, aunque, como siempre, terminó por vencer. Jorgen retrocedió con torpeza, con los ojos fijos en el cadáver. Sus pies tantearon hacia atrás, temblando sobre el suelo. Cinco cerró y lacró la puerta con desganada prisa.
—¿Y los otros, Cinco? ¿También...?
Cinco asintió. Por fin, alzó un poco la cabeza para encontrar la mirada del hombre.
—Todos, amo. La cámara de descanso se ha convertido en un mausoleo. La Plaga llegó a ella paulatinamente y, aunque se retrasó un poco a causa del frío, acabó por llevárselos a todos. Hace años, cuando el doctor Craig comprobó que ya no había esperanzas, sellamos la cámara.
—¿Craig? —La mente de Jorgen volvió con un esfuerzo a la realidad. Su pensamiento seguía siendo lento. ¿Tuvo conocimiento de esto?
—Sí. Cuando los durmientes presentaron los síntomas por primera vez, le reanimamos, como nos había pedido... En ese momento, viajábamos a velocidad constante, a pesar de que las placas gravitatorias no habían sido instaladas todavía. —El robot titubeó, y su grave voz se arrastró aún más si cabe—. Lo supo ya en Marte. Albergaba la esperanza de que el suero que os aplicábamos, además de las drogas somníferas, sería efectivo. Después de reanimarle, probamos otros sueros. Luchamos durante veinte años, amo Jorgen, durante los cuales dejamos atrás dos estrellas, mientras los durmientes morían uno tras otro, sin sufrir, en pleno sueño, pero en un número cada vez mayor. El doctor Craig reaccionó al primer suero, tú al tercero. Pensamos que el último la salvaría a ella. Sin embargo aparecieron las manchas en su piel y nos vimos obligados a reanimarla e intentar la última y desesperada posibilidad que nos quedaba, hace dos días. ¡Fallamos! El doctor Craig tenía esperanzas... de que al menos dos de vosotros... ¡De verdad que lo intentamos, amo!
Jorgen dejó que las manos del robot le ayudaran a sentarse. Sus emociones se agitaban en un oleaje de contradicciones confusas.
—¿De modo que alcanzó a la muchacha? Se la llevó, Cinco, cuando podía haberla dejado y elegirme a mí. Teníamos en reserva espermatozoides congelados, que servirían aunque yo hubiera muerto. Y la atacó a ella. ¿Por qué los dioses permitieron que quedara inmunizado un hombre inútil? ¿Para que la ironía fuera completa? ¡Inmunizado!
Cinco se agitó vacilante.
—No, amo —rechazó.
Jorgen clavó la mirada en él, sin comprender. De pronto, ante una indicación del robot, volvió las manos hacia arriba, examinando la piel de sus palmas. Diminutas, casi invisibles erupciones de un débil color castaño contrastaban con la piel más blanca, pequeñas e irregulares ronchas, que exhalaban el vago y característico olor a almizcle al acercarlas a la nariz. No, no estaba inmunizado.
—Lo mismo le sucedió al doctor Craig —dijo Cinco—. Tú lograste una casi completa inmunidad. Sin embargo, creemos que la cura total es imposible. El doctor Craig vivió veinte años. Su muerte fue causada por un ataque debido a la edad, no por la Plaga, pero ésta continuó minándole durante todo ese lapso.
—Inmunidad o aplazamiento, ¿qué importa ahora? ¿Qué sucede con los sueños, Cinco, cuando el último soñador muere? ¿O tal vez debo formular la pregunta a la inversa?
Cinco no respondió. Se deslizó en el banco, junto al hombre, que inconscientemente se movió para dejarle sitio. Jorgen le observó, sabiéndole incapaz de reacciones emocionales, sólo en posesión de un intelectual sentido de la espantosa broma que le había sido gastada a la humanidad. Él había leído relatos acerca del último ser humano preguntándose en ocasiones cómo sería. Ahora que le había correspondido a él desempeñar ese papel, no sabía mucho más que antes. Quizás en la Tierra, entre las ciudades en ruinas y las reminiscencias del pasado, un hombre comprendería que la raza había llegado a su fin. Aquí, podía aceptar el hecho, pero sus emociones se negaban a creerle. De manera inconsciente, su condicionamiento le había inducido a pensar que el desastre sólo afectaba a unos pocos y que atrás quedaba un mundo lleno de otros como él. Y a pesar de que sabía muy bien que el mundo abandonado se hallaba tan vacío de otros seres como la nave, aquel sentimiento ocupaba una parte demasiado grande de su pensamiento como para dominarlo. Intelectualmente, la raza humana estaba acabada; emocionalmente, jamás desaparecería.
Cinco se agitó, tocándole en un tímido gesto.
—No hemos modificado nada en el laboratorio del doctor Craig, amo. Si quieres ver sus notas, todavía siguen allí. Creo que antes de morir grabó un mensaje en el cerebro electrónico. Al menos, cuando le encontramos el interruptor estaba abierto. No hemos hecho ningún intento por descifrarlo. Te esperábamos a ti.
—Gracias, Cinco. —Pero no se movió hasta que el robot volvió a tocarle, casi implorante—. Tal vez tengas razón, necesito algo en qué ocuparme. De acuerdo. Puedes volver con tus compañeros, a menos que quieras acompañarme.
—Prefiero ir contigo.
El hombrecillo de metal se puso en pie y se encaminó por el corredor siguiendo de nuevo a Jorgen, hacia la cola de la nave. El sonido de los pies de metal se ajustaba a la torpe regularidad de los tacones que golpeaban el suelo. El robot se detuvo una vez para entrar en una cámara lateral. Regresó con una pequeña botella de coñac, alzándola interrogativo. Jorgen sintió la tibieza física del licor, pero ningún otro alivio. Siguieron por el corredor, en dirección a la pequeña cámara que Craig había escogido para trabajar. Las notas dejadas por él despertaban en Jorgen una vaga sombra de curiosidad. Ningún mensaje del muerto resolvería la tragedia del que conservaba aún la vida. Con todo, más valía concentrarse en eso que permanecer mano sobre mano. Entró en la cámara, y Cinco cerró la puerta despacio a sus espaldas. El joven se dirigió distraído hacia las pequeñas libretas de notas, encuadernadas en imitación de piel. Dos veces salió en silencio el robot y regresó con alimentos que Jorgen apenas probó. Los informes sobre los vanos esfuerzos de Craig parecían no terminar nunca. Hasta que volvió la última hoja y leyó el párrafo final:
He hecho cuanto he podido. En el mejor de los casos, mi éxito será sólo parcial. Siento que mi final se acerca, y lo que todavía resta por hacer habré de dejarlo en manos de los robots. Aun así, no desespero. La inmortalidad individual y racial no se basa exclusivamente en la continuidad entre las generaciones, sino más bien en la continuación de los sueños de todo el género humano. Los soñadores y su descendencia pueden morir. Las ilusiones, no. Ésa es mi convicción y a ella me aferró. No tengo otra esperanza que ofrecer al desconocido futuro.
Jorgen dejó caer con desmaño la libreta frotándose con las manos los cansados ojos. Las palabras destinadas a ser un reto al destino habían perdido toda su fuerza. Él sueño podía morir. Él era el último de los soñadores, un callejón sin salida producto del hado. Más allá, sólo quedaba el olvido. Todos los sueños de mil generaciones de hombres se habían concentrado en Anna Holt y se habían perdido con ella.
—Él cerebro, amo —sugirió Cinco en tono amigable—. El mensaje final del doctor Craig.
—Procésalo tú, Cinco.
Era un modelo pequeño, un limitado analizador de datos como el que usaban —o habían usado— la mayoría de los técnicos para ayudarse en sus tareas. Se operaba de palabra, y su reducido vocabulario básico se regulaba de acuerdo con el trabajo que se le requería en cada oportunidad. No le resultaba familiar la semántica de dicho vocabulario, pero Cinco había trabajado sin duda con Craig el tiempo necesario para aprenderlo. Observó sin interés cuando el robot presionó el conmutador que activaba al cerebro y empezó a proferir palabras cuidadosamente escogidas.
—Subtotal exterior. Número n interior.
El cerebro respondió en el acto, seleccionando la última comunicación que Craig había impreso en él. Con la misma voz del científico, una voz estridente debido a la edad y el agotamiento, ronca y temblorosa a causa de la muerte que pugnaba por atraparle mientras hablaba, repitió:
—Mis últimas notas..., incorrectas... Los sueños pueden continuar. El primer análisis de Thoradson...
Por un segundo, se oyó el sonido de algo que se deslizaba, como causado por un cuerpo. Luego, el cerebro articuló monótono:
—Número subtotal n interior. Subtotal exterior.
Para Jorgen, aquello significaba sólo un balbuceo sin sentido. Meneó la cabeza, mirando hacia Cinco.
—Al parecer su mente divagaba. ¿Conoces el primer análisis de Thoradson?
—Se refiere a nuestra creación. Por supuesto, tuvo que especializarse en semántica. Era imprescindible para operar con los complejos cerebros usados en cibernética. De acuerdo con su primer análisis aproximativo, el enigma del problema residía en una rigurosa definición de la palabra 70, que sólo puede ser definida de modo adecuado en términos intrínsecos, como su análoga latina ego, ya que no se refiere a ninguna parte u operación del individuo física o específicamente definible. Resumiendo, expresa un sentido de individualidad, y Thoradson presintió que el éxito o el fracaso de los robots dependían de la habilidad para analizar y sintetizar tal esquema.
Durante largos minutos dio vueltas a la idea en su cabeza, pero eso no le ayudó a clarificar las últimas palabras de Craig. Más bien contribuyó a confundirle. Sin embargo, puesto que no le quedaba ninguna esperanza, no se sintió desilusionado. Cuando un problema no tiene solución, poco importa si las palabras finales de un hombre son fríamente lógicas o locamente disparatadas. El resultado no varía. ¿Cómo iba a ofrecer una salida la semántica allí donde toda la sabiduría bacteriológica había fracasado?
Cinco tocó su brazo una vez más, tendiéndole dos pequeñas píldoras.
—Amo, ha llegado el momento de que duermas. El amital sódico te facilitará el sueño. Por favor...
Obediente, se las metió en la boca y, abandonándose, dejó que el robot le guiara hacia una pequeña cámara, acondicionada para dormir. Ya nada revestía la menor importancia. El sueño inducido suponía una solución tan buena como cualquier otra. Vio que Cinco apretaba un interruptor y se entregó indiferente al efecto compulsivo de la droga. Cinco salió silencioso, de puntillas. La oscuridad que se deslizó en su mente fue bienvenida, a causa del alivio que experimentó al cesar sus pensamientos.
Cuando por fin despertó, encontró a su lado un desayuno que se mantenía caliente en recipientes cerrados al vacío. Comió un poco, más por hábito que por apetito. En algún momento de sus horas de sueño su mente se había recuperado un tanto del aturdido desánimo que se había apoderado de ella. No obstante, subsistía aún un extraño embotamiento de sus emociones, casi como si hubiera comprimido años de olvido en unas pocas horas, de modo que su actitud frente a la tragedia se hallaba teñida por una sensación de lejanía. No había desconsuelo ni dolor. Sólo una vaga noción de que todo había ocurrido hacía mucho tiempo y que ya se había habituado a ello.
Se sentó en el borde de la litera, vistiéndose sin prisas y mirando cómo se retorcía el humo de su cigarrillo, sin pensar. Ya no tenía sentido alguno pensar. Desde el fondo de la nave le llegó un amortiguado zumbido, que reconoció como la máxima potencia de los tubos propulsores, momentáneamente en acción para que la nave girase en un determinado sentido. Luego se desvaneció, dejando sólo el suave, rítmico y casi inaudible ronroneo del sistema de impulsión principal.
Terminó de vestirse y cruzó la puerta hacia el corredor, dirigiéndose de modo instintivo hacia la cámara de observación, donde había posibilidades de encontrar a Cinco. Los robots no eran hombres, pero no contaba con otra compañía y no deseaba permanecer a solas. Se sentiría mejor con ellos. Entró en la cámara de control taconeando. Notó que los cinco hombrecillos se hallaban presentes y se acercó a la escotilla de cuarzo.
Cinco se volvió al escuchar sus pisadas, haciéndose a un lado para dejarle sitio. Señaló con una mano hacia fuera.
—Pronto aterrizaremos, amo. Estaba a punto de ir a llamarte.
—Gracias.
Jorgen contempló el exterior, calculando la distancia recorrida desde la última vez que había echado una ojeada. El astro se había agrandado hasta alcanzar las dimensiones del antiguo y familiar sol de la Tierra, y la esfera hacia la que se dirigían resultaba claramente visible, sin ayuda del telescopio. Se hundió sin comentarios en el asiento que Cinco le ofreció y aceptó los binoculares, pero no se molestó en usarlos. La vista era mejor en conjunto y, además, se aproximaban a una velocidad que pronto le permitiría disfrutar de un panorama más claro, sin necesidad de medios mecánicos.
Poco a poco, creció ante los ojos de los observadores, extendiéndose ante ellos y adoptando una forma definida a medida que disminuía la distancia. En los controles, Dos imprimió a la nave un lento giro que les permitiría tocar tierra en el lado iluminado del planeta, donde habían fijado su lugar de aterrizaje. El efecto de luna creciente se intensificó, y la parte oscurecida por la noche se redujo hasta que todo el globo apareció ante ellos bajo la luz solar. A lo largo del hemisferio norte se extendía el irregular continente horizontal que habían visto antes, semejante al burdo diseño de un galgo corriendo, con un largo y ancho río que se enroscaba en uno de sus costados y emergía por detrás de la alargada pata delantera. Las montañas comenzaban en la cabeza y la rodeaban. Luego, se dispersaban en círculos hacia la cola uniéndose con otra cadena junto a la cadera. En la desembocadura del enorme río, Jorgen delineó los contornos de un amplio puerto natural, protegido del océano y, al parecer, lo bastante profundo para albergar cualquier navío de superficie.
—Hay vegetación —observó Cinco—. La planicie central debe de gozar de un largo período propicio al cultivo... Alrededor de doce años de primavera, verano moderado y otoño, seguidos por unos cuatro años de un invierno tibio. Las estaciones deben de prolongarse bastante, dada la distancia al sol, pero la traslación del planeta es tan leve que muchas de las plantas crecerán incluso en invierno. Fíjate, amo, aquellas manchas parecen árboles. Un gran bosque verde, como en la Tierra.
Debajo de ellos, una nube flotó perezosa sobre el paisaje. Pasaron a través de ella. Los propulsores originaban remolinos de aire a su alrededor que dejaban atrás casi de inmediato.
Dos se entregaba a una frenética actividad. El raudo descenso aminoró con rapidez, hasta que dio la impresión de que se hallaban suspendidos a menos de un kilómetro sobre la costa del ancho mar. Después, se deslizaron hacia abajo. La nave se escapó poco a poco en la arena y quedó inmóvil, mientras Dos interrumpía la energía y la gravitación artificial, dejando en su lugar la atracción del planeta, ligeramente más débil. Cinco se agitó de nuevo y emitió un suspiro.
—No hay señales de inteligencia, amo. De haber habitantes, sin duda hubiesen construido una ciudad, por lo menos de barro y paja, junto a este inmenso puerto. Sin embargo, no se ve ningún indicio, aunque es un hermoso mundo. Sin duda apropiado para la vida.
Suspiró otra vez, con la mirada fija en el exterior. Jorgen meneó la cabeza en silencio. Los mismos pensamientos le ocupaban. En muchos aspectos se trataba de un mundo superior al que su raza había conocido siempre, en extremo familiar. Incluso existía una burda semejanza entre sus especies vegetales. Habían dejado atrás cinco astros, en noventa años de viaje a una velocidad cercana a la de la luz, para llegar a un refugio que superaba sus expectativas más extravagantes, donde todo parecía esperarles, deshabitado, pero dispuesto. Afuera, el nuevo mundo aguardaba ansioso. Y dentro, para responder a su invitación, no había sino espíritus y sueños vacíos. Y para ver y apreciar, un solo hombre, condenado a una muerte lenta. Los dioses habían puesto una laboriosa atención en cada detalle preciso para la consecución de su horrible burla.
Una raza soñó en agradables mundos que la esperaban más allá de las estrellas, dormitando hasta que llegase. Y cuando casi lo había logrado, la Plaga la obligó a seguir adelante, esta vez impulsada por la calamitosa necesidad, en lugar del elevado espíritu pionero con que había concebido el proyecto, para conquistar la distancia, sí, pero morir con la victoria.
—Tenía que ser un mundo hermoso, Cinco —dijo, sin amargura, aunque con un impotente fatalismo—. Sin eso, la broma hubiese carecido de toda gracia.
Cinco tocó su brazo en un gesto amable y volvió a suspirar, asintiendo muy despacio.
—Dos ha analizado el aire. Es muy bueno para ti... con un ligero exceso de oxígeno, pero respirable. ¿Quieres salir?
Jorgen asintió y cruzó la compuerta, seguido por los cinco robots, que giraban sus cabezas para inspeccionar el planeta. Sin duda sus cerebros se radiocomunicaban, cambiando impresiones. Cinco se separó de los demás y se aproximó a él, deteniéndose a su lado y siguiendo su mirada, que se dirigía hacia las bajas colinas que comenzaban más allá de las márgenes del mar y acunaban el río en sus laderas.
Una brisa se agitó apacible, trayendo el limpio y familiar aroma de las cosas que maduran. El aire era rico y puro. Un mundo para calmar los pesares de los hombres con arrullos de paz, para traer de vuelta a las naves que erraban entre los astros de todo el universo, un mundo merecedor de la palabra hogar en cualquier lengua. Un mundo demasiado privilegiado para oponer los obstáculos necesarios al desarrollo de la inteligencia, pero un Edén para esa inteligencia una vez ya evolucionada.
Jorgen se encogió de hombros. Se encontraba en un mundo propicio a los soñadores, y los únicos sueños que él deseaba eran aquellos que traía la oscura voluptuosidad del olvido. Había demasiadas cosas que le recordaban lo que pudo haber sido. Más valía volver a la nave y dedicarse a la inútil pesquisa sin objetivo, hasta que le alcanzase la muerte, y los robots y la nave se desgastasen y paralizasen. Se había dado la vuelta para regresar cuando Cinco empezó a decir algo. Se detuvo. La mirada del robot se posaba donde había estado la suya y se desplazaba con rapidez, siguiendo el curso del río hacia el puerto.
—Aquí hubiera podido levantarse una ciudad, amo, que hubiera rivalizado con todas las ciudades planeadas por el hombre. Los tuyos encontrarían aquí todo lo preciso para una vida agradable: un puerto para salir hacia los otros continentes, un río que les conduciría al corazón de éste, y la planicie situada más allá de las colinas para alojar los cohetes que les llevarían hacia los otros mundos tan abundantes alrededor de este sol y que sin duda se parecen mucho. Imagínate: un nítido puente blanco a través del río, las residencias extendiéndose entre las colinas, fábricas detrás de la curva del río, un gran parque en esa isla...
—Y una plaza pública. Y terrenos para escuelas y universidades.
Jorgen veía todo aquello y, por un momento, sus ojos se iluminaron, imaginándose la prodigiosa ciudad madre. Cinco asintió.
—Y ahí, en esa pequeña isla, situada en el centro, una estatua conmemorativa. Con alas, y los brazos... No, con un brazo extendido hacia lo alto y el otro dirigido hacia la ciudad.
Un instante más, el fuego se mantuvo vivo en los ojos de Jorgen. Hasta que la muerte que rondaba en el fondo de su mente emergió, apagando todo brillo. Se volvió, sofocando el llanto a medida que las emociones se apoderaban de él. Cinco dejó de hablar y giró junto a él. El resto de los robots penetró en la nave detrás de ellos, interpretando la insinuación que emanaba de su silencio.
—¡Sueños!
Condensó en la palabra todas las blasfemias posibles contra la burlona demencia de los dioses. En cambio, a sus espaldas, la tranquila voz de Cinco no reflejaba el odio. Sólo hubo un dejo de tristeza en su lenta y grave entonación.
—A pesar de todo, el sueño fue hermoso, amo, tan hermoso como este planeta. Mientras aterrizábamos, me pareció ver la ciudad y casi me atreví a concebir esperanzas. No me arrepiento de haber soñado.
Las turbulentas emociones desaparecieron, interrumpidas y borradas por otras que impulsaron el cuerpo de Jorgen sobre un asiento de la cámara de control, mientras sus ojos barrían las colinas y el río que podían haber alojado a la maravillosa ciudad... ¡No, que la alojarían! Craig no había desvariado, después de todo. Sus últimas palabras, una vez descifrado su sentido, le daban la clave, el legado de un hombre que no había conocido la derrota. Los sueños no mentían. Thoradson había estudiado la semántica de la primera persona del singular y había estructurado los resultados de su estudio.
Cuando el último soñador muriese, el sueño seguiría adelante, porque era más poderoso que aquellos que lo habían creado. En algún sitio, de alguna manera, encontraría nuevos soñadores. Nunca habría un último soñador, después de que en el perdido ayer de la raza el primer tosco salvaje tuvo su propia e incipiente visión de una realidad mejor.
Cinco había soñado..., al igual que Craig y que Jorgen, y que toda la humanidad. No con una fría visión de metal matemáticamente determinada, sino con una visión construida en mármol y en jade, basada en el inmemorial deseo experimentado por toda inteligencia, de lograr un mundo más hermoso y mejor. El hombre había muerto, dejando detrás de él una extraña casta, físicamente desvinculada, pero su heredera espiritual en todos los sentidos de la expresión.
La herencia de la carne impulsaba a los animales como su principal estímulo. El hombre necesitaba más que eso. Para él, la continuidad de sus esperanzas y visiones importaba más que la mera inmortalidad de la raza. Lentamente, con el rostro serio, pero con sus ojos brillando de nuevo, Jorgen se puso en pie y sujetó el hombro del hombrecillo de metal que se había atrevido a soñar un sueño humano.
—Vosotros construiréis la ciudad, Cinco. Me he comportado como un estúpido y egoísta. De otra manera lo hubiese comprendido antes. El doctor Craig se dio cuenta aunque la muerte ya había hecho presa en él cuando olvidó los prejuicios de nuestra raza. Tú acabas de procurarme la clave. Vosotros cinco lo edificaréis todo, ayudados por otros que vosotros mismos crearéis.
Cinco arrastró los pies, moviendo la cabeza.
—Desde luego, podemos construir la ciudad, amo. ¿Pero quién la habitará? En mi sueño, las calles se hallaban pobladas de gente como tú, no como... nosotros.
—Pura cuestión de costumbre, Cinco. Durante toda vuestra... vida, habéis existido para el hombre, subordinados al deseo del hombre. No conocéis otra cosa porque no os enseñamos otro esquema. Aun así, ya existe en vosotros todo lo necesario: esperanzas, sueños, coraje, ideales. Incluso el deseo de dar forma al mundo de acuerdo con vuestros proyectos, aunque tales proyectos se centren en nuestra especie, no en la vuestra. He oído decir que los antiguos esclavos lloraban al ser puestos en libertad. No obstante, sus hijos aprendían pronto a vivir para sí mismos. Vosotros aprenderéis también.
—Tal vez —se oyó entonces la voz de Dos, aquel de entre los cinco supuestamente menos dado a las emociones, debido al rigor de su formación física y matemática—. Tal vez. Sólo que viviríamos en un mundo solitario, amo Jorgen, lleno de vuestro recuerdo. Y nuestros sueños serían estériles.
Jorgen se volvió otra vez hacia Cinco.
—La solución para eso existe, ¿verdad, Cinco? Tú la conoces. En este momento nos añoráis y encontráis que sin nosotros el trabajo carece de sentido. Sin embargo, hay otro camino.
—¡No, amo!
—¡Te exijo que obedezcas, Cinco! ¡Contesta!
El robot se agitó ante el tono autoritario. Se resistía a hablar, a pesar de que su programación le forzaba a obedecer.
—Tenías razón, amo. Nuestras mentes, y aun nuestras memorias, están sujetas a vuestras órdenes, del mismo modo que lo están nuestros cuerpos.
—Entonces, exijo de nuevo obediencia. Me refiero ahora a todos vosotros. Saldréis y os tenderéis sobre la playa, a una distancia prudencial de la nave, y aparentaréis dormir, de manera que no me veáis partir. Una vez que me haya ido, sepultaréis la raza humana en el olvido, como si nunca hubiese existido. Os liberaréis de todo recuerdo referente a nosotros, conservando el resto de los conocimientos. La Tierra, el hombre y vuestro origen e historia desaparecerán de vuestros pensamientos. Así seréis independientes, para comenzar todo de nuevo y diseñar y construir un mundo a vuestro antojo. Ésta es mi última orden. ¡Obedeced!
Sus miradas se cruzaron para deliberar. Cinco se encargó de contestar en nombre de todos. Al hablar, suspiró comprensivo.
—Sí, amo. Obedeceremos.
Más tarde, Jorgen permaneció junto a ellos, fuera de la nave, observando cómo se echaban sobre las blancas arenas de la playa, en la orilla del inmenso océano que bañaba el nuevo mundo. A su lado, se dispuso una pequeña colección de herramientas y otros elementos necesarios. Cinco le contempló durante un buen rato. Luego miró hacia la nave y, por último, volvió a fijar la vista en Jorgen. En silencio, posó su mano de metal sobre la que el hombre le había tendido y regresó junto a sus compañeros. Un olvido temporal oscureció sus pensamientos.
Jorgen los estudió durante largos minutos. La leve brisa llevaba hasta su olfato las limpias fragancias del planeta. Le hubiese agradado quedarse, pero su presencia resultaría fatal para sus planes. En realidad aquello no tenía importancia. La muerte le reclamaría en pocos años, y no había otros de su raza para llenar ese período y llorarle cuando llegase su hora. Mejor así. Conocía la nave lo suficiente para hacerla despegar y sumergirla en el oscuro espacio, enfrentándose a las frías, las hostiles estrellas, derivando eternamente hacia un destino desconocido, como un imperecedero mausoleo transportándole a él y a los muertos que le esperaban dentro. Por el momento, no tenía planes personales. Quizá pasarse esos pocos años entre los libros y aparatos científicos de a bordo. O tal vez encontrase alivio en alguna de las tantas formas indoloras. Eso lo decidiría más adelante, con el tiempo y según sus propias inclinaciones. Tampoco tenía importancia. No había felicidad para él, si bien tal vez hallaría alguna satisfacción al pensar en el cumplimiento de su designio. Los dioses ya no reían.
Caminó unos cuantos metros en dirección a la nave y se detuvo, volviendo a recorrer el río y las colinas con los ojos, dejando que su vista disfrutara con la ciudad que Cinco había delineado. No. Tampoco él la veía poblada de robots. Superficialmente, la ciudad podía ser distinta, pero la importancia de las apariencias era sólo cuestión de hábito. Las realidades estaban en las mentes de quienes fundasen la ciudad. Si no habría risas en ese mundo por nacer, tampoco habría lágrimas, ni pobreza, ni miseria, como las que abrumaron una parte tan extensa de su especie.
Erguido allí, la ciudad flotó ante sus ojos, paradójicamente habitada por seres humanos, la misma ciudad en espíritu que ellos hubieran edificado. Imaginaba las grandes embarcaciones en el puerto y las que navegaban río arriba. El cielo pareció llenarse de pronto del tranquilo zumbido de los helicópteros y, por detrás, le alcanzó el sonido de los cohetes elevándose hacia los mundos octavo y noveno, mientras se construían otras naves para investigar más allá, en busca de nuevos astros y nuevos planetas.
Acaso, en su expansión futura, topasen algún día con la Tierra. Un curioso sentimiento le impulsó a desear que la encontrasen, incluso que rastreasen sus orígenes y recobrasen la memoria de la blanda raza protoplasmática que los había creado. Le agradaba pensar que sería recordado, una vez que la memoria dejase de significar una barrera para sus trabajos. No obstante, había muchos astros y, a través de los largos milenios, los escasos lazos de contacto capaces de señalarles la verdad se erosionarían y desaparecerían con facilidad. Nunca lo sabría.
El viento le acarició, con un leve sonido crepitante. Miró hacia abajo y divisó algo que aleteaba blandamente en la mano de Cinco. Una débil curiosidad le forzó a avanzar. Sin embargo, al comprobar de qué se trataba no hizo ningún esfuerzo por cogerlo de la apretada mano del robot.
También Cinco había pensado en la Tierra y en su relación con ella y había ideado un medio para mantenerla sin desobedecer sus órdenes. En el papel, un mapa astral reproducía un sol con nueve planetas, uno de ellos anillado, otros con lunas, y el tercero rodeado por un fuerte trazo en lápiz negro. Sin duda al despertar no sabrían ni el porqué ni el cómo de su presencia allí, pero pronto aprenderían. Y algún día, cuando localizaran el sol que buscaban, basándose en el inconfundible orden de los planetas, regresarían a la Tierra. Con el papel para guiarles, lo conseguirían mucho antes de que la última evidencia desapareciese, a tiempo para conocer la respuesta al problema de su origen. Jorgen cerró con mayor fuerza la mano que apretaba el papel, limpió una mancha de polvo de la cabeza del robot y regresó resueltamente hacia la nave. Entró en ella con paso firme y cerró la puerta tras él. En un instante, entre el rugido causado por la aceleración, se elevó del planeta, dejando a cinco hombrecillos en la arena, rodeados por el murmullo de las olas... ¡Cinco hombrecillos de metal y un sueño!
* * *
A comienzos de 1944, notificaron a mi novia que trasladaban de nuevo su oficina, esta vez a la ciudad de Nueva York. Tuve, pues, que encarar la posibilidad de seguirla. Esta vez la decisión me resultó más difícil. Me gustaba mi trabajo y no me parecía correcto dejarlo en ese momento. Y no me sentía nada seguro de que me agradase Nueva York.
Campbell me había sugerido ya trasladarme a esa ciudad, en lugar de a Saint Louis. Estimaba que mi situación económica mejoraría con el cambio, puntualizando todas las ventajas. No logró convencerme. Cierto que Nueva York era el mayor centro editorial del país, que casi todos los escritores anhelaban fijar en ella su residencia. Pero yo había escrito la mayor parte de mi obra sin contacto con otros escritores y pensaba que mantenerse alejado de las conversaciones profesionales tenía sus ventajas. En realidad, temía que no favoreciesen la individualidad en el oficio. (Hay un detalle que apoya este argumento: la mayoría de los escritores norteamericanos no viven en Nueva York). De todos modos, hacía tiempo que Campbell no mencionaba la idea.
Probablemente me hubiese quedado donde estaba de no haberse introducido una nueva mejora en el taller. Los ingenieros de esa sección habían dado a luz una nueva máquina y la estaban instalando. En lugar dé martillar los rebordes sobre los travesaños de aluminio, los enrollaban, procedimiento mucho más rápido y al alcance de cualquiera. Sin embargo, a mí no me gustaba. Me daba la impresión de que no endurecía tanto la aleación como el martillo. (Así se comprobó más tarde, aunque no pareció perturbar en absoluto el comportamiento del notable avión).
Por lo tanto cuando mi novia emprendió el viaje ya había comunicado yo a mis jefes que al cabo de dos semanas abandonaría mi puesto. Comencé a poner en orden mis cosas y dispuse una caja para guardar todo lo que no podía llevar conmigo. (Ésa fue la caja que se perdió con todos mis manuscritos).
La tarea se simplificó bastante al vender mis máquinas de escribir Woodstock y Oliver. Sólo conservé una Corona portátil, con teclado de tres filas. La había adquirido durante el invierno por diez dólares en horribles condiciones. Sin embargo, en mi tiempo libre, la había reparado en parte, limpiándola y ajustándola. También logré incorporarle dos teclas para las mayúsculas en el lado derecho, donde no había ninguna. Una vez finalizados los arreglos, se comportó mejor que si hubiese sido nueva y descubrí que se trataba de una máquina muy cómoda. También era verdaderamente portátil, ya que, dentro de su estuche, su peso no alcanzaba a los tres kilos.
Llegué a Nueva York un bello día de primavera, dispuesto a encontrar alojamiento... una tarea que según me habían expuesto varias personas resultaría difícil y casi con toda seguridad cara. Ahora bien, yo ya tenía una idea formada acerca del lugar donde quería vivir. Había casas que alquilaban habitaciones cerca del área de la Novena Avenida y la calle 57, y me propuse buscar por aquella zona. Desde que visité por primera vez la ciudad sentí preferencia por el West Side. Y no quería vivir en el East Side aunque mi novia había descubierto un pequeño apartamento allí. Desde mi zona, podría volver fácilmente caminando hasta su casa, y su nueva oficina se hallaba entre la calle 57 y Broadway, un lugar muy cómodo para encontrarnos después de su trabajo.
Como de costumbre, los pronósticos se equivocaron. Al cruzar la Novena Avenida, a la altura de la calle 57, vi un cartel anunciando un cuarto para alquilar. Su renta era de tres dólares a la semana. Me quedé con él. Había que subir cuatro pisos, pero en aquella época no me importaban las escaleras. Fui a recoger mis dos grandes maletas y mi máquina de escribir, y allí terminó la búsqueda.
Visité después a Campbell, llevándole una lista de los relatos cuyos argumentos había ideado durante las últimas semanas. Entre ellos figuraba una novela (algún día acabaré por escribirla) y un buen número de novelas cortas. Me proponía actuar esta vez con inteligencia y discutir sus términos generales antes de perder el tiempo redactándolas. No era la mejor manera de trabajar, pero deseaba contar con un pequeño respaldo en el banco antes de volver al viejo método de escribir lo que me apeteciese. (Con el tiempo, el sistema de discutir antes y escribir después se convirtió en algo habitual entre Campbell y sus escritores. A mi entender, con ello les facilitaba las cosas, sobre todo teniendo en cuenta que les proporcionaba la mayor parte de los argumentos. Los resultados justificaron mis dudas).
Había sólo un pequeño obstáculo. Campbell se alegraba, al menos en apariencia, de mi traslado y le hacía feliz saber que ahora nos veríamos más a menudo. Sin embargo, empezó por advertirme que desbordaba de novelas y novelas cortas y me preguntó si no podría ofrecerle relatos más reducidos.
Tragué saliva sin decir palabra, viendo mi cuenta bancaria fundirse poco a poco ante mis ojos. Luego, elegí una de mis queridas novelas cortas, suprimí mentalmente los dos tercios de la última parte, le empalmé un nuevo final y comencé a contársela. Pareció gustarle la idea, sugiriéndome que la escribiera. Y me alentó aún más al decirme que todavía le restaban algunos espacios para relatos cortos.
Un verdadero escritor profesional hubiese abandonado su oficina en el acto y se hubiese dirigido a las demás revistas de ciencia ficción con objeto de intentar colaborar en ellas. Ni siquiera se me ocurrió la idea. Me las había entendido exclusivamente con Campbell durante tanto tiempo que jamás había pensado en recurrir a otro editor...
Me puse a trabajar al día siguiente. Y cosa curiosa, cuanto más avanzaba en mi mutilada y remendada exnovela corta, mejor me parecía. En realidad resultaba mucho mejor que la idea original. Al principio, me sentía un poco nervioso, ya que había transcurrido mucho tiempo sin que intentase escribir. No obstante todo salió bien, y aquella misma tarde terminé la parte más importante del relato, con cinco mil setecientas palabras. Al día siguiente llevé Gentileza a la oficina de Campbell. Relataba en ella la historia del último ser humano normal en un mundo de superhombres, capaces de intuir casi instantáneamente cosas que a él le hubieran demandado horas de meditación. Los superhombres se mostraban muy amables dentro de lo posible... y con eso le recordaban más aún su inferioridad. Hasta se las arregla para fugarse en una nave espacial y refugiarse en un asteroide que había localizado en un antiguo mapa, un lugar donde los suyos fueron un día poderosos y donde viviría su vida como un verdadero hombre.
La novela corta estaba pensada para continuar a partir de ahí. La nueva versión, en cambio, finalizaba en una pequeña escena en que los superhombres comentaban lo bien que había funcionado su plan y que, en aquel momento, Danny debía de haber aterrizado ya en el asteroide. Todo había sido preparado por ellos, una muestra más de su gentileza.
Creo que, de esta forma, el relato presentaba mayor fuerza. Campbell lo aceptó en seguida y me comunicó algunas buenas noticias. La tarifa para los cuentos había aumentado centavo y medio por palabra. Con la bonificación, el cheque fue de cien dólares.
Después de Gentileza, escribí un cuento muy corto, imaginando que sus dos mil palabras encajarían bien en el reducido presupuesto de Campbell. Lo llamé Inocentada, un título muy apropiado.
Fin