SENTENCIAS DE MUERTE (John Brunner)
Publicado en
julio 31, 2019
Una medida del declive de las fortunas de Santuario era que la copistería del Maestro Melilot ocupaba un lugar de privilegio en el Paseo del Gobernador. El noble cuyo abuelo había hecho erigir una espléndida mansión familiar en aquel lugar había dilapidado toda su fortuna en el juego, y al final se había visto reducido a ganarse miserablemente la vida, en un casi sempiterno estado de embriaguez, en un empobrecido cuarto piso hecho de cañas y mortero debajo mismo del techo original, mientras en los pisos inferiores Melilot instalaba a su cada vez más amplio personal y entraba en el negocio de los libros, así como de las epístolas. En los días calurosos, el intenso olor del taller de encuadernación, donde era hervida la cola y estampada la piel, hacía la competencia a los hedores que flotaban en torno al Cruce del Matadero.
No todas las fortunas, entiéndase, declinaban. Melilot era un buen ejemplo de ello. Diez años antes no poseía nada excepto sus ropas y un compendio del escriba; entonces trabajaba al aire libre, o cobijado bajo el toldo de algún comerciante tolerante, y sus clientes se veían reducidos a litigantes pobres de fuera de la ciudad, que necesitaban un resumen escrito de su caso antes de aparecer ante los tribunales, o suspicaces compradores analfabetos de artículos de comerciantes de paso, que deseaban garantías por escrito de su calidad.
Un día que nunca olvidaría, un hombre estúpido le dio instrucciones de que pusiera por escrito unos detalles relevantes relativos a un proceso judicial entonces en curso, y que seguramente habrían convencido al juez siempre que la oposición no fuera advertida de ello por anticipado. Melilot se dio cuenta del detalle, e hizo una copia extra. Fue ampliamente recompensado.
Ahora, además de seguir con la profesión de escriba —por delegación, principalmente—, se había especializado en falsificaciones, extorsiones y errores de transcripción. Era exactamente el tipo de amo que Jarveena de Bosque Olvidado había estado buscando cuando llegó, particularmente porque su condición, que podía ser adivinada de inmediato a partir de su rostro lampiño y su rechoncha gordura, lo hacían indiferente a la edad o apariencia de sus empleadas.
Los servicios ofrecidos por la copistería, y el nombre de su propietario, estaban claramente descritos en media docena de idiomas y tres modos distintos de escritura en la fachada de piedra del edificio, al lado de una ventana y una puerta que habían sido derribadas convirtiéndolas en una amplia entrada (con un cierto riesgo para la estabilidad de los pisos superiores) a fin de que los clientes pudieran aguardar a cubierto hasta que alguien que comprendiera el lenguaje que necesitaban estuviera disponible.
Jarveena leía y escribía bien su lengua materna: el yenized. Por eso Melilot había aceptado contratarla. Ningún servicio de la competencia en Santuario podía ofrecer ahora tantos idiomas. Pero podían transcurrir dos meses —de hecho, acababan de transcurrir— sin que apareciera ni un solo cliente pidiendo una traducción al o del yenized, lo cual hacía de ella casi un símbolo de status. Se dedicaba a luchar industriosamente con el rankene, la versión cortesana del dialecto común, porque a los comerciantes les gustaba dejar translucir que sus artículos eran lo suficientemente respetables como para venderlos a la nobleza aunque hubieran llegado por la noche a la orilla desde la Isla de los Carroñeros, y se ocupaba también del trabajo callejero cotidiano, en el que los clientes más pobres deseaban la redacción de testimonios de pruebas o contratos de venta. Pese a todo, seguía viéndose obligada a realizar tareas serviles para acabar de llenar su tiempo.
Era mediodía, y se le presentaba otra de esas tareas.
Evidentemente, servía de muy poco confiar en la palabra escrita para llegar a aquellos que más necesitaban la ayuda de un escriba; en consecuencia, Melilot mantenía a un grupo de chiquillos de voces peculiarmente dulces y penetrantes, que recorrían arriba y abajo las calles más cercanas anunciando sus servicios gritando, lisonjeando y a veces mendigando. Era una ocupación cansada, y frecuentemente los niños enronquecían. En consecuencia, tres veces al día se encargaba a alguien para que les llevara un reconfortante tentempié de pan y queso y una bebida hecha de miel, agua, un poco de vino o cerveza fuerte y especias surtidas. Desde que había sido contratada, Jarveena solía ser la menos ocupada en otras tareas cuando llegaba el momento de ésta. En consecuencia, estaba en la calle, distribuyendo las bondades de Melilot, cuando apareció un oficial al que conocía de nombre y de vista, actuando de la forma más peculiar. Era el capitán Aye-Gophlan, del puesto de guardia situado en la esquina de la Vía Procesional.
Apenas reparó en ella cuando pasó por su lado, pero eso no era en absoluto sorprendente. Su aspecto era muy parecido al de un muchacho..., de hecho, mucho más que el rubicundo chiquillo rubio al que le estaba entregando en aquellos momentos sus raciones. Cuando Melilot la contrató, sus ropas eran unos puros harapos, y él había insistido en comprarle un nuevo atuendo, cuyo precio, inevitablemente, sería descontado de la minúscula comisión de los trabajos que hacía. No le importaba. Solamente insistió en que se le permitiera elegir su propia ropa: una chaquetilla de piel de manga corta atada con lazos por delante; pantalones hasta los tobillos; botas en las que meter los extremos de los pantalones; un tahalí del que colgar su compendio de escriba con sus plumas de caña y su tintero y su pote de agua y su cuchilla de afilar y los rollos de áspero papel de caña; y una capa que servía también como manta por la noche. Tenía una aguja de plata para sujetarla..., su único tesoro.
Melilot se había echado a reír, creyendo comprender. Tenía empleada también a una hermosa muchacha con un año menos de los quince que Jarveena admitía tener, y que normalmente tenía que dar manotazos a los aprendices cuando la perseguían en los oscuros pasadizos para robarle un beso, y eso era lo bastante inhabitual como para pedir una explicación.
Pero eso no tenía nada que ver con ello. Como tampoco lo tenía el hecho de que con su bronceada piel, su delgada figura, su pelo negro muy corto, y sus muchas cicatrices visibles, difícilmente se pareciera a una chica, llevara las ropas que llevara. Había multitud de rufianes —algunos de sangre noble— que eran totalmente indiferentes al sexo de los jóvenes a los que violaban.
Además, para Jarveena, tales experiencias eran pura supervivencia; de no haber existido, jamás hubiera alcanzado Santuario. Así que ya no las temía.
Pero la hacían sentirse profundamente —amargamente— furiosa. Y, algún día, uno que merecía su furia más que nadie iba a pagar de una vez por todas sus incontables crímenes. Lo había jurado..., pero cuando lo había hecho tenía solamente nueve años, y con el paso del tiempo la oportunidad de la venganza se hacía más y más remota. Ahora apenas creía en ella. A veces soñaba con hacerle a otro lo que le habían hecho a ella, y despertaba gimiendo avergonzada, y no podía explicar los motivos a los demás aprendices de escriba que compartían el dormitorio que antiguamente había sido el dormitorio del noble que ahora roncaba y vomitaba y gruñía y roncaba bajo un refugio más adecuado para cerdos que para seres humanos en el lado equivocado de aquel techo magníficamente pintado.
Lamentaba aquello. Le gustaban la mayor parte de sus compañeros; algunos eran de familias respetables, porque no había escuelas allí aparte las escuelas del templo, cuyos sacerdotes tenían la mala costumbre de llenar las cabezas de los niños con mitos y leyendas como si tuvieran que vivir en un mundo de apariencias en vez de conquistarlo por sí mismos. Sin aprender a leer y escribir al menos su propio idioma, corrían el riesgo de ser engañados por cualquier tipo listo de la ciudad. Pero, ¿cómo podía ser amiga de aquellos que habían llevado blandas y seguras vidas, y que a la avanzada edad de quince o dieciséis años nunca habían tenido que ganarse el sustento en los albañales y los montones de basura?
El capitán Aye-Gophlan iba vestido de civil. O eso creía él. No era en absoluto lo bastante rico como para permitirse el lujo de tener trajes civiles además de sus uniformes, de los cuales los guardias debían tener varios: éste para el cumpleaños del Emperador, ése otro para la fiesta de la deidad patrona del regimiento, otro más para la guardia diurna, otro para la guardia nocturna, otro para la instrucción... Los soldados eran más afortunados. Si su aspecto era desaseado, la culpa recaía en sus oficiales. Pero, ¿cuánto tiempo hacía desde que habían pasado por allí las suficientes caravanas como para que la guardia obtuviera los pertrechos necesarios a base de sobornos? Los tiempos eran realmente malos cuando el mejor disfraz que podía elegir un oficial para sus asuntos privados era una capa azul ciruela con un agujero en ella exactamente en el lugar donde la bragadura de su armadura podía lanzar destellos a su través.
Al verle, Jarveena pensó repentinamente en la justicia. O más bien en el ojo por ojo. Quizá ya no hubiera ninguna esperanza de pasar cuentas con el villano que había matado a sus padres, saqueado sus posesiones, esclavizado a los aptos para el trabajo, soltado a sus tropas medio enloquecidas sobre los niños para que relajaran la lujuria de sus ingles en medio del humo y el estruendo de las vigas al caer, mientras el poblado que sus habitantes llamaban Holt desaparecía del escenario de la historia.
Pero había otras cosas que hacer con su vida. Recuperó rápidamente el tazón que ya había dejado demasiado tiempo en manos de aquel chico publicista, afortunadamente el último, de Melilot. Cortó en seco un intento de queja con un ceño fruncido que hizo descender la piel de su frente justo lo bastante como para revelar una cicatriz normalmente cubierta por su pelo. Aquél era un recurso que reservaba normalmente cuando fracasaba todo lo demás. Tuvo el efecto deseado; el muchacho tragó saliva, entregó el tazón y volvió a su trabajo, deteniéndose sólo el tiempo suficiente para orinar contra la pared.
Tal como esperaba Jarveena, Aye-Gophlan avanzó con paso firme rodeando el edificio, mirando ocasionalmente hacia atrás como si se sintiera inseguro sin su escolta regular de seis altos hombres, y se dirigió hacia la entrada trasera de la copistería..., la del retorcido callejón donde se concentraban los comerciantes de sedas. No todos los clientes de Melilot deseaban ser vistos entrando en sus locales por una populosa y soleada calle.
Jarveena arrojó la jarra de vino, el plato y el tazón que llevaba en manos de un aprendiz demasiado joven para discutir, y le ordenó que los devolviera a la cocina..., al lado del taller de encuadernación, con el que compartía el fuego. Luego echó a andar tras Aye-Gophlan y tosió discretamente.
—¿Puedo ayudaros en algo, capitán?
—Ah... —El oficial se sobresaltó; su mano voló hacia algo de forma larga y estrecha debajo de su capa, sin duda un pergamino fuertemente enrollado—. Ah..., buenos días. Tengo un problema respecto al cual deseo consultar con tu amo.
—En estos momentos estará comiendo —dijo Jarveena, con un tono convenientemente humilde—. Dejadme que os conduzca a él.
A Melilot no le gustaba ver interrumpidas sus comidas o las siestas que las seguían. Pero había algo en el comportamiento de Aye-Gophlan que hacía que Jarveena estuviera segura de que se trataba de una ocasión excepcional.
Abrió la puerta del sanctasanctórum, anunció la visita con la rapidez suficiente como para anticiparse a la irritación de su patrón por ver distraída su dedicación a la inmensa langosta asada que tenía en una bandeja de plata ante él, y deseó que hubiera algún medio de poder escuchar lo que transpiraba entre los dos hombres.
Pero era infinitamente demasiado cautelosa como para correr ese riesgo.
Lo más que había esperado Jarveena eran unas cuantas monedas extra si el negocio de Aye-Gophlan resultaba ser beneficioso. En consecuencia, se sintió muy sorprendida cuando fue llamada a la habitación de Melilot media hora más tarde.
Aye-Gophlan aún seguía allí. La langosta se había enfriado, sin tocar, pero se había consumido mucho vino.
A su entrada, el oficial le lanzó una mirada suspicaz.
—¿Éste es el pichón que imaginas que puede desentrañar el misterio? — preguntó.
Jarveena sintió que se le hundía el corazón. ¿Qué retorcido subterfugio estaba maquinando ahora Melilot? Pero aguardó sumisamente instrucciones más claras. Vinieron de inmediato, en la aguda y ligeramente plañidera voz del gordo hombre.
—El capitán tiene un escrito que hay que descifrar. Sensatamente, nos lo ha traído a nosotros, que podemos traducir más idiomas extranjeros que cualquier otra firma similar. Es posible que esté en yenized, con el que estás familiarizada..., cosa que, por desgracia, yo no.
Jarveena apenas pudo reprimir una risita. Si el documento estuviera escrito en cualquier caligrafía o lenguaje conocidos, Melilot indudablemente lo habría reconocido..., pudiera o no proporcionar una traducción. Eso implicaba..., ¡hummm! ¿Un texto cifrado? ¡Qué interesante! ¿Cómo estaba en posesión un oficial de la guardia de un mensaje en código que era incapaz de leer? Aguardó expectante, aunque no ansiosa, y Aye-Gophlan le tendió con mucha reluctancia el pergamino.
Sin alzar aparentemente la vista, Jarveena registró un ligero asentimiento de cabeza de Melilot. Tenía que mostrarse de acuerdo con él.
Pero...
¿Qué demonios? Sólo un tremendo autocontrol impidió que el documento cayera de sus manos. Simplemente mirarlo la hizo sentir vértigo, como si sus ojos se cruzaran en contra de su voluntad. Por un segundo tuvo la impresión de poder leerlo claramente, y un latido de corazón más tarde...
Se dominó con firmeza.
—Creo que es yenized, como vos sospechaste, señor —declaró.
—¿Crees? — gruñó Aye-Gophlan—. ¡Pero Melilot jura que puedes leerlo al instante!
—El yenized moderno sí, capitán —aclaró Jarveena—. Reconozco éste como un estilo alto y cortesano, tan difícil para una persona como yo como puede serlo el rankene imperial para un porquerizo. — Siempre era una buena política dejar sentada la inferioridad de una cuando se hablaba con gente así—. Afortunadamente, gracias a la extensa biblioteca del amo, he conseguido en las última semanas un conocimiento más amplio del tema; y, con la ayuda de algunos de sus libros, espero conseguir al menos traducir su esencia.
—¿Cuánto tiempo tardarás? — preguntó Aye-Gophlan.
—Oh, yo diría que entre dos y tres días —interpuso Melilot, en un tono que no admitía contradicción—. Puesto que se trata de una labor tan poco usual, no os cobrare nada por ella a menos que produzca una traducción satisfactoria.
Jarveena casi estuvo a punto de dejar caer el pergamino una segunda vez. Nunca en su vida había aceptado Melilot un trabajo sin recibir al menos la mitad de su precio por adelantado. Tenía que haber algo absolutamente excepcional en aquel trozo de papel...
Y, por supuesto, lo había. Se dio cuenta de ello en aquel momento, y tuvo que esforzarse por impedir que sus dientes empezaran a castañetear.
—Aguarda aquí —dijo Melilot, poniéndose trabajosamente en pie en medio de sus grasas—. Volveré una vez haya escoltado al capitán a la salida.
Apenas la puerta se cerró, Jarveena arrojó el pergamino sobre la mesa contigua a la langosta..., deseando, irrelevantemente, que ésta no estuviera intacta a fin de poder arrancarle algún bocado sin que fuera detectado. Lo escrito en él adoptó nuevas formas incluso mientras ella intentaba no apercibirlas.
Melilot volvió, ocupó de nuevo su silla y dio un sorbo a la medio llena copa de vino.
—¡Eres astuta, pequeña comadreja! — dijo, en un tono de reacia admiración—. ¿Eres lo bastante lista como para haberte dado cuenta exactamente de por qué ni él ni yo..., ¡ni tú!, podemos leer lo que dice?
Jarveena tragó dificultosamente saliva.
—Hay un conjuro en él —ofreció, tras una pausa.
—¡Sí! ¡Sí, eso es! Mejor que cualquier código o cifra. Excepto para los ojos de su destinatario, nunca dirá dos veces la misma cosa.
—¿Cómo es que el capitán no se ha dado cuenta de ello?
Melilot rió suavemente.
—No necesitas saber leer y escribir para convertirte en capitán de la guardia —dijo—. Es capaz de decir si el escribiente que redacta los informes de las guardias le tiende la página del derecho y no del revés para que ponga su sello de conformidad en ella, pero nada más complicado que eso, e incluso sólo con eso a veces le da vueltas la cabeza.
Agarró la langosta, le arrancó una pinza y la partió con los dientes; el aceite resbaló por su barbilla y goteó sobre su túnica verde. Mientras extraía la carne, prosiguió:
—Pero lo más interesante es cómo llegó a su poder. Adivínalo.
Jarveena agitó negativamente la cabeza.
—Uno de los guardaespaldas imperiales de Ranke, un miembro del destacamento que escoltó al Príncipe a lo largo del Camino del General, acudió a inspeccionar el cuartel de la guardia esta mañana al amanecer. Al parecer, había conseguido hacerse de lo más impopular, hasta el punto que, cuando dejó caer ese pergamino sin darse cuenta de ello, Aye-Gophlan pensó más en guardárselo para sí que en devolvérselo. Por qué está dispuesto a creer que un oficial imperial llevaría un documento en antiguo yenized alto es algo que no puedo adivinar. Quizás eso forme parte de la magia.
Arrojó bolitas de suculenta carne a su boca y masticó durante unos instantes. Jarveena intentó no salivar.
Para distraerse con lo primero que pasó por su mente, dijo:
—¿Por qué os contó todo esto...? Oh, soy una idiota. No lo hizo.
—Correcto. — Melilot adoptó una expresión taimada—. Sólo por esto te mereces un bocado de langosta. ¡Toma! — Le arrojó un trozo que, según sus estándares, era generoso, y también un poco de pan; ella atrapó ambas cosas en el aire con manos temblorosas y las engulló.
—Necesitas mantener tus fuerzas —siguió el grueso escribano—. Tengo una misión muy delicada para ti esta noche.
—¿Una misión?
—Sí. El oficial imperial que perdió el pergamino se llama comandante Nizharu. El y sus hombres están alojados en pabellones en el patio del palacio del Gobernador; al parecer, teme contaminarse de hacerlo en los barracones con la soldadesca local.
«Cuando haya anochecido, te deslizarás hasta allí y lo aguardarás, y le preguntarás si está dispuesto a pagar más por la devolución del pergamino y el nombre de quien lo tomó o por una convincente pero fraudulenta traducción que impulse a su ilegal poseedor actual a realizar alguna acción precipitada. Por todo lo que puedo adivinar —concluyó farisaicamente—, es posible que lo dejara caer deliberadamente. ¿Hum?
Distaba mucho de ser la primera vez desde su llegada que Jarveena salía después del toque de queda. Ni siquiera era la primera vez que había tenido que corretear en las sombras por la amplia extensión del Paseo del Gobernador a fin de alcanzar y trepar el muro del palacio, ágil como un mono pese a la masa de tejido cicatricial allá donde su pecho derecho nunca crecería. Su mucha práctica le permitían quitarse rápidamente la capa, enrollarla en un cilindro no mucho más grueso que un cinturón para el dinero, atarla en torno a su cintura, y trepar ágilmente con manos y talones por la sección del muro exterior que era cuidadosamente no reparada, y por suculentas razones, cada vez que el jefe masón emprendía sus trabajos de conservación anual.
Pero, definitivamente, sí era la primera vez que tenía que enfrentarse con soldados de Ranke al otro lado. Uno de ellos, por mala suerte, estaba orinando detrás de un macizo de flores en el momento en que ella descendía el muro, y no necesitó más que meter el mango de su pica por entre sus piernas. Jarveena jadeó y cayó despatarrada.
Pero Melilot había previsto cualquier eventualidad, y ella estaba preparada con su historia y las pruebas necesarias para respaldarla.
—¡No me hagas daño, por favor! ¡No pretendo hacer ningún mal! — lloriqueó, haciendo que su voz sonara tan infantil como le era posible. Una antorcha derramaba su mortecina luz en un brazo cercano; el soldado la puso en pie agarrándola por su muñeca derecha, una presa tan cruel como una trampa, y tiró de ella hacia sí. Apareció un sargento, procedente de los pabellones que desde su última visita habían brotado como setas entre la entrada del Tribunal y el racimo de graneros en la parte noroeste de los terrenos.
—¿Qué has atrapado? — retumbó con voz baja y amenazadora.
—¡Señor, no pretendo hacer ningún mal! ¡Tengo que hacer lo que mi ama me ordena, o me empalará a la puerta del templo!
Aquello los cogió a ambos por sorpresa. El soldado relajó un tanto sus dedos, y el sargento se acercó más para examinarla mejor a la escasa luz de la antorcha.
—Por lo que dices, ¿debo entender que sirves a una sacerdotisa de Argash? — preguntó finalmente.
Era una deducción lógica. En el templo de esa divinidad, y a seis metros de altura, sus más devotos seguidores se presentaban voluntarios, cuando la vida les abrumaba, para ser colgados, alto y rápido, hasta morir.
Jarveena sacudió violentamente la cabeza en un signo negativo.
—No..., no, señor. ¡Dyareela! — Dio el nombre de una diosa eliminada de la ciudad hacía treinta años debido a lo sanguinario de sus fanáticos.
El sargento frunció el ceño.
—No vi ningún templo dedicado a ella cuando escoltamos al Príncipe a lo largo de la Avenida de los Templos.
—¡No..., no, señor! ¡Su templo fue destruido, pero sus seguidores continúan!
—¿De veras? — El sargento emitió un gruñido—. ¡Hummm! ¡Eso suena como algo que el comandante debería saber!
—¿Es ese comandante Nizharu? — dijo ansiosamente Jarveena.
—¿Qué? ¿Cómo sabes su nombre?
—¡Mi ama me envió a él! Lo vio hoy a primera hora cuando entró en la ciudad, y se sintió tan impresionada por su apostura que decidió enviarle inmediatamente un mensaje. ¡Pero todo tiene que ser en secreto! — Jarveena dejó que su voz temblara—. Ahora que he sido descubierta, ella me entregará a los sacerdotes de Argash y... ¡Oh, estoy perdida! ¡Mejor estaría muerta!
—La muerte puede aguardar —dijo el sargento, tomando una brusca decisión—. Pero el comandante, definitivamente, querrá saber algo más acerca de los dyareelanos. Creía que sólo los locos del desierto prestaban actualmente atención a esa vieja puta... Hey, ¿qué es lo que llevas al costado? — Lo alzó a la luz—. Una caja de escritura, ¿eh?
—Sí, señor. Eso es lo que normalmente hago para mi ama.
—Si sabes escribir, ¿por qué llevas tú misma los mensajes? Eso es lo que siempre digo. Oh, bueno, supongo que eres su confidente, ¿verdad?
Jarveena asintió vigorosamente.
—Un secreto compartido ya no es un secreto, y he aquí una prueba más del proverbio. Oh, vamos.
A la luz de los lámparas, llenas, a juzgar por el olor, de aceite de pescado poco refinado, Nizharu estaba volviendo del revés todo el contenido de su pabellón, sin siquiera un ordenanza que le ayudara. Había vaciado dos arcones de madera con cerrojos de cobre, y estaba empezando con un tercero, mientras el colchón de su camastro de madera y lona estaba tirado en medio del suelo, y una docena de sacos y bolsas habían sido vaciados y no vueltos a llenar.
Estaba furioso cuando el sargento alzó el ala de la puerta de la tienda, de modo que rugió que no quería ser molestado. Pero Jarveena captó la situación a la primera mirada y dijo con voz clara y firme:
—Me pregunto si estaréis buscando un pergamino.
Nizharu se inmovilizó, y su rostro se volvió de modo que la luz cayó sobre él. Era el hombre con la tez más clara que jamás hubiera visto: su pelo parecía lana decolorada, sus ojos chispas de sol estival. Bajo una nariz afilada como el pico de un ave, sus delgados labios enmarcaban unos bien conservados dientes estropeados por el molar superior derecho delantero, al que le faltaba un trozo. Era delgado y evidentemente muy fuerte, porque estaba volcando un arcón que debía pesar al menos cincuenta kilos y sus bíceps apenas se marcaban.
—¿Pergamino? — dijo suavemente, y volvió a dejar el arcón en el suelo—. ¿Qué pergamino?
A Jarveena le resultó difícil responder. Notó que su corazón estaba a punto de detenerse. El mundo a su alrededor osciló. Necesitó todas sus fuerzas para mantener el equilibrio. De una forma distante, oyó al sargento exclamar:
—¡A nosotros no nos mencionó ningún pergamino!
Y, sorprendentemente, descubrió que era capaz de volver a hablar por sí misma.
—Eso es cierto, comandante —dijo—. Tuve que mentir a estos hombres para impedir que me mataran antes de poder llegar a vos. Lo siento. — Guardó silencio un instante, dando las gracias a la red de informadores que mantenían a Melilot lo suficientemente bien informado como para que su mentira hubiera resultado creíble incluso a esos extranjeros—. Pero creo que esta mañana habéis perdido un pergamino...
Nizharu dudó sólo un momento. Luego ladró:
—¡Vosotros dos, fuera! ¡Dejad al muchacho aquí!
¡Muchacho! ¡Oh, milagro! Si Jarveena hubiera creído en alguna deidad, en ese momento hubiera decidido ofrendarle un sacrificio de gratitud. Porque eso implicaba que no la había reconocido.
Aguardó mientras los desconcertados sargento y soldado se retiraban, la boca seca, las palmas húmedas, un débil zumbar en sus oídos. Nizharu cerró de golpe la tapa del arcón que había estado a punto de volcar, se sentó sobre él y dijo:
—¡Ahora explícate! ¡Y espero que la explicación sea buena!
Lo fue. Fue excelente. Melilot la había meditado con gran cuidado y se la había hecho aprender de memoria aquella misma tarde, repitiéndosela al menos una docena de veces. Estaba teñida con los asomos precisos de verdad como para resultar convincente.
Aye-Gophlan, era evidente, había aceptado sobornos. (Lo mismo que todo el mundo en la guardia que podía ser útil a cualquiera más rico que él, pero así eran las cosas.) En consecuencia, se le había ocurrido a Melilot —un ciudadano de lo más leal y cumplidor de la ley, que como podían jurar todos los que le conocían había recibido con ruidoso agrado el nombramiento del Príncipe como nuevo gobernador, y esperaba con ansia las reformas en la ciudad—, se le había ocurrido que quizás aquello formase parte de un plan. Uno apenas podía concebir a un oficial imperial de alto rango tan descuidado con lo que evidentemente era un documento altamente secreto. ¿Era posible?
—Nunca —murmuró Nizharu, pero el sudor perló su labio.
A continuación vino el auténtico truco. Todo dependía de si el comandante deseaba conservar secreta la existencia misma del pergamino. Ahora que sabía que Aye-Gophlan lo tenía, dependía de él llamar a sus hombres y lanzarse al cuartel de la guardia para registrarlo de suelo a techo, porque —según lo que Jarveena dijo, al menos— Aye-Gophlan era demasiado cauteloso como para dejarlo por la noche a la custodia de un mero escribano. Pensaba regresar el siguiente día que estuviera libre de servicio, pasado mañana o el otro, según sus compañeros oficiales con los que pudiera cambiar turnos.
Pero Melilot había deducido que, si el pergamino era tan importante como para que Nizharu se lo hubiera llevado con él incluso para efectuar una mundana ronda de inspección, debía ser realmente muy secreto. Al parecer, había acertado. Nizharu escuchó muy atentamente, asintiendo muchas veces ante el plan de acción alternativo.
Previsoramente, Melilot estaba preparado para proporcionar una falsa traducción destinada a impulsar a Aye-Gophlan a hacer algo por lo cual Nizharu pudiera arrestarlo sin problemas, sin que llegara a saberse que había gozado de la posesión temporal de un pergamino que por derecho hubiera debido permanecer en manos del comandante. Nizharu sólo tenía que especificar los términos, y se actuaría en consecuencia.
Cuando ella —a la que Nizharu seguía considerando aún él, por lo que se sentía profundamente agradecida— terminó de hablar, el comandante meditó un poco. Finalmente empezó a sonreír, aunque su sonrisa nunca alcanzó sus ojos, y con términos firmes y claros expresó sus condiciones para llegar a un acuerdo según las líneas de actuación propuestas por Melilot. Remató sus palabras entregándole dos monedas de oro, de un tipo de Jarveena no reconoció, con la promesa de que le (la) despellejaría si ambas no llegaban a Melilot, y una gran moneda de plata del tipo usado en Ilsig para él/ella.
Luego dio instrucciones a un soldado que Jarveena no conocía para que la escoltara hasta la puerta y al otro lado del Paseo del Gobernador. Pero ella dio esquinazo al hombre tan pronto como estuvieron fuera de los terrenos del palacio, y corrió hacia la entrada trasera de la copistería, vía el Rincón de la Seda.
Puesto que Melilot era rico, podía permitirse cerraduras en sus puertas; le había entregado una pesada llave de bronce, que Jarveena había ocultado en su caja de escritura. Trasteó con la cerradura, pero antes de que pudiera dar la vuelta a la llave la puerta se abrió de golpe y ella trastabilló hacia delante como impulsada por la voluntad de otra persona.
Allí estaba la calle..., o mejor dicho el callejón. Allí estaba la puerta, con su sobresaliente porche. Fuera, todo estaba bien.
Pero, dentro, todo estaba absolutamente, completamente, incalificablemente, mal.
Jarveena sintió deseos de gritar, pero se halló incapaz de reunir el aliento necesario. Un enorme torpor se apoderó de sus músculos, como si estuviera hundiéndose en una enorme masa de cola. Sabía que dar un paso más la conduciría al punto del agotamiento; en consecuencia, se concentró en mirar a su alrededor, y al cabo de unos segundos deseó no haberlo hecho.
Una luz difusa y grisácea inundaba el lugar. Le mostró las altas paredes de piedra de ambos lados, un suelo enlosado con piedras bajo sus pies, pero nada encima excepto una derivante bruma que a veces adquiría un sobrenatural color pálido: rosado, azulado, o el nauseabundo tono fosforescente del pescado agonizante. Ante ella no había nada excepto una larga mesa, inmensa y ridículamente larga, como capaz de sentar a ella a toda una compañía de soldados.
Un estremecimiento intentó trepar por su espina dorsal, pero falló gracias a la extraña parálisis que se apoderó de ella. Porque lo que estaba viendo encajaba en todos sus aspectos con las descripciones susurradas que había oído del hogar de Enas Yorl. En todo el país sólo había tres Grandes Magos lo bastante poderosos como para no importarles que sus auténticos nombres fueran pronunciados en público: uno estaba en Ranke y servía a las necesidades de la corte; uno estaba en Ilsig y era considerado el más hábil; el tercero, a causa de algún escándalo, estaba aposentado en Santuario, y ése era Enas Yorl.
Pero, ¿cómo podía estar allí? Su palacio estaba en —o, más exactamente, debajo— la Calle Prytanis, allá donde la ciudad desaparecía al sudeste de la Avenida del Templo.
Excepto...
El pensamiento brotó en su memoria, y luchó contra él, y fracasó. Alguien se lo había explicado en una ocasión:
Excepto cuando está en alguna otra parte.
Bruscamente, fue como si la mesa se encogiera, y desde una inmensa distancia su otro extremo se acercó, y con él una silla de respaldo alto, parecida a un trono, en la que se sentaba un curioso personaje. Iba embozado en una enorme capa de muchas vueltas hecha de alguna tela marrón mate, y llevaba un sombrero de copa alta cuya ancha ala conseguía de algún modo sumir en las sombras su rostro incluso contra la luz gris sin origen concreto que reinaba allí.
Pero, dentro de aquellas sombras, brillaban dos rojos tizones como ascuas, aproximadamente allá donde deberían estar los ojos de un hombre.
Aquel individuo sostenía en la mano derecha un pergamino, a medias desenrollado; y con su izquierda tabaleaba sobre la mesa. Las proporciones de sus dedos eran anormales, y parecía como si le faltaran uno o dos de ellos, o tal vez tuvieran un exceso de articulaciones. Una de sus uñas brilló extravagantemente, pero al cabo de un instante el brillo cesó.
Alzó la cabeza y dijo:
—Una muchacha. Interesante. Pero una que ha... sufrido. ¿Fue un castigo?
Jarveena tuvo la impresión de que la mirada de aquellos dos resplandecientes orbes pudieran penetrar tanto su carne como sus ropas. No pudo decir nada, pero tampoco tenía nada que decir.
—No —pronunció el mago..., porque seguramente no podía ser nadie más. Dejó caer el pergamino sobre la mesa, y éste formó inmediatamente un apretado rollo, mientras el hombre se levantaba y se acercaba a ella. Un gesto, como si dibujara su silueta en el aire, la liberó de la laxitud que había invadido sus miembros. Pero tenía demasiado buen sentido como para echar a correr.
—¿Adonde?
—¿Me conoces?
—Yo... —Se humedeció los resecos labios—. Creo que podéis ser Enas Yorl.
—Al fin la fama —dijo irónicamente el mago—. ¿Sabes por qué estás aquí?
—Bueno..., supongo que preparasteis una trampa para mí. No sé por qué, a menos que tenga algo que ver con ese pergamino.
—¡Hummm! ¡Una chiquilla perceptiva! — Si el mago hubiera poseído cejas, en aquel momento seguramente las hubiera alzado. Y luego, inmediatamente—: Discúlpame. No hubiera debido decir «chiquilla». Eres tan vieja como el mundo en tus artes, si no en tus años. Pero, pasado el primer siglo, esas observaciones condescendientes acuden con mucha facilidad a la lengua... —Volvió a ocupar su asiento, e incitó a Jarveena con un gesto a que se acercara. Ella se mostró reluctante.
Porque, cuando el hombre se levantó para inspeccionarla, era bajo y grueso. Envuelto en su capa, parecía obviamente gordo y panzudo. Pero, cuando volvió a sentarse, quedó definido con la misma claridad que era delgado, de huesos ligeros, y que tenía un hombro más alto que el otro.
—Supongo que te habrás dado cuenta —dijo. Su voz también se había alterado; antes había sido de barítono, mientras que ahora era más de contralto—. Tú y yo somos víctimas de las circunstancias. No fui yo quien preparé una trampa para ti. El pergamino lo hizo.
—¿Para mí? Pero, ¿por qué?
—Hablo con imprecisión. La trampa no fue preparada para ti como tal. Fue preparada para alguien para quien significaba la muerte de otro. Juzgo que tú te calificaste como tal, lo sepas o no. ¿Lo sabes? Adivina. Confía en tu imaginación. ¿Has reconocido, por ejemplo, a alguien que haya venido recientemente a la ciudad?
Jarveena se dio cuenta de que la sangre huía de sus mejillas. Sus manos se convirtieron en puños.
—Señor, vos sois un gran mago. Reconocí a alguien esta noche. Alguien a quien nunca soñé encontrar de nuevo. Alguien cuya muerte provocaría de buen grado, excepto que la muerte es algo demasiado bueno para él.
—¡Explícate! — Enas Yorl apoyó un codo sobre la mesa y descansó su barbilla en un puño..., excepto que ni el codo, ni la barbilla, ni siquiera el puño, se correspondían adecuadamente con estos nombres.
Ella dudó un segundo. Luego echó a un lado su capa, soltó el lazo en su garganta que sujetaba las cintas cruzadas de su chaquetilla, y abrió ésta de modo que dejara al descubierto las cicatrices, moreno sobre moreno, que nunca desaparecerían, y el gran y horrible queloide como una excrecencia allá donde hubiera debido estar su pecho derecho.
—¿Por qué intentar ocultarle algo a un mago? — dijo amargamente—. Él mandaba los hombres que me hicieron esto, y muchas cosas peores a muchos otros. ¡Pensé que eran bandidos! Vine a Santuario con la esperanza de poder descubrir aquí algún rastro de ellos..., ¿cómo podían los bandidos conseguir el acceso a Ranke o las ciudades conquistadas? ¡Pero nunca soñé que se presentaran bajo el disfraz de guardias imperiales!
—¿Ellos...? —sondeó Enas Yorl.
—Oh... No. Lo confieso: sólo puedo identificar con seguridad a uno.
—¿Cuántos años tenías entonces?
—Nueve. Y seis hombres adultos gozaron de mí antes de pegarme con látigos de alambre y dejarme por muerta.
—Entiendo. — Recuperó el pergamino y golpeó con aire ausente su extremo contra la mesa—. ¿Puedes adivinar ahora lo que hay en este mensaje? Ten en cuenta que me forzó también a mí.
—¿Forzó? Pero yo pensé...
—¿Que estoy aquí por elección propia? ¡Oh, al contrario! — Una amarga risa brotó ácida de su boca—. Te dije que ambos somos víctimas. Hace mucho tiempo, cuando yo era joven, fui extremadamente estúpido. Intenté seducir a la novia de alguien más poderoso que yo. Cuando él lo descubrió, pude defenderme, pero... ¿Sabes lo que es un conjuro?
Ella negó con la cabeza.
—Es... actividad. Tanta actividad como una roca es pasividad, consciencia de ser una roca pero nada más. Un gusano es un poco más consciente; un perro o un caballo, mucho más; un ser humano, enormemente más..., pero no infinitamente más. En los incendios, en las tormentas, en las estrellas, podemos encontrar procesos que, sin ninguna consciencia de ello, actúan sobre el mundo exterior. Un conjuro es uno de esos procesos, creado por un acto de voluntad, y que no tiene meta ni propósito excepto el que le confiere su creador. Y a mí mi rival me legó... Pero no importa. Empiezo a sonar como si me apiadara de mí mismo, y sé que mi destino es justo. ¿Debemos despreciar la justicia? Este pergamino puede ser un instrumento de ella. Escrito en él hay dos sentencias.
»De muerte.
Mientras hablaba, se habían producido más cambios bajo el manto que lo ocultaba. Su voz era ahora melosa e intensa, y sus manos, aunque muy finas, poseían el número habitual de articulaciones. Sin embargo, la rojez de sus ojos seguía brillando.
—Si una sentencia se refiere al comandante Nizharu —dijo firmemente Jarveena—, puede que sea ejecutada pronto.
—Eso podría arreglarse. — Una sardónica inflexión tino las palabras—. A un cierto precio.
—¿El pergamino no se refiere a él? Imaginé...
—¿Imaginaste que dictaba su condenación, y que por eso estaba tan ansioso ante su pérdida? En cierto modo, así es. En cierto modo..., y puedo hacer que éste sea el resultado. A un cierto precio.
—¿Qué... precio? — La voz de la muchacha tembló contra su voluntad.
El hombre se alzó lentamente de su silla, desenrollando completamente su capa; barrió el suelo con un débil sonido susurrante.
—¿Necesitas preguntárselo a alguien que está tan claramente obsesionado por el ansia de mujer? Ésta fue la razón de mi caída, precisamente.
El corazón de Jarveena pareció envolverse en hielo. Su boca quedó seca en un instante.
—Oh, ¿por qué eres tan tímida? — ronroneó Enas Yorl, sujetando su mano entre las de él—. Estoy seguro de que has tenido que soportar otros compañeros de cama mucho peores.
Era cierto que el único medio que había hallado Jarveena de cruzar las abrumadoras leguas que separaban Bosque Olvidado de Santuario había sido ceder su cuerpo: a mercaderes, mercenarios, criados, guardias...
—Primero dime —murmuró, con un destello final de voluntad— qué muertes se hallan citadas en el documento.
—Es justo —dijo el mago—. Entérate, pues, de que uno no tiene nombre, y que será falsamente acusado del asesinato del otro. Y que el otro es el nuevo Gobernador, el Príncipe.
Tras aquellas palabras la luz se desvaneció, y el mago la abrazó irresistiblemente.
Despertó tarde, al menos media hora después de amanecer. Se hallaba en su propia cama; por otra parte, el dormitorio estaba vacío. Todos sus miembros estaban sumidos en una deliciosa languidez. Enas Yorl había cumplido con su promesa. ¡Si había tenido los mismos talentos cuando joven, no era de extrañar que la esposa de su rival lo hubiera preferido a él que a su esposo!
Abrió reluctante los ojos, y vio algo en la áspera almohada. Desconcertada, miró de nuevo; tendió la mano, lo tocó: algo verde, iridiscente, pulverulento...
¡Escamas!
Saltó de la cama con un grito, justo en el momento en que entraba Melilot, el rostro enrojecido por la furia.
—¡Así que estás aquí, pequeña puta! ¿Dónde estuviste toda la noche? ¡Esperé hasta que no pude seguir manteniéndome despierto! ¡Ya estaba convencido de que habías sido apresada por la guardia y metida en un calabozo! ¿Qué dijo Nizharu?
Desnuda, desconcertada, Jarveena se sintió perdida por un largo instante. Luego sus ojos se posaron sobre algo infinitamente tranquilizador. De la percha de madera junto a su cama colgaban su capa, su chaquetilla y sus pantalones, y también su preciosa caja de escritura, como si ella misma lo hubiera colocado todo allí al retirarse a la cama.
Cogió la caja, abrió el compartimiento donde guardaba ese tipo de cosas, y extrajo triunfante el oro que había aceptado del comandante..., pero no la plata que éste le había dado para ella.
—Pagó esto por una falsa traducción del pergamino —dijo—. Pero no la haréis.
—¿Qué? — Melilot había arrancado las monedas de su mano e iba a morderlas para comprobar su autenticidad, pero no llegó a hacerlo.
—¿Qué os parecería ser, por nombramiento, el escribano de la Casa del Gobernador?
—¿Estás loca? — Los ojos del gordo hombre parecieron querer salirse de sus órbitas.
—En absoluto. — Sin preocuparse por la presencia del hombre, Jarveena buscó su orinal bajo la cama e hizo apropiado uso de él. Mientras tanto, explicó el plan que había elaborado.
—Pero esto significa que has leído el pergamino —dijo lentamente Melilot, mientras intentaba digerir las proposiciones de la muchacha—. ¡Está encantado! ¿Cómo puedes haberlo hecho?
—No lo hice yo, sino Enas Yorl.
La boca de Melilot se agitó incontroladamente, y todo color desapareció de su rostro.
—¡Pero su palacio está custodiado por basiliscos! — exclamó al fin—. ¡Tendrías que haberte convertido en piedra!
—La cosa no fue exactamente así —dijo Jarveena mientras se ponía los pantalones, dando silenciosamente las gracias de poder hacerlo tan enérgicamente. Aquella terrible parálisis atormentaría sus sueños durante años—. Para cerrar la discusión, sin embargo, ¿por qué no traéis el pergamino? Quiero decir, ¿por qué no vamos y le echamos otra mirada?
Un par de minutos más tarde estaban en el sanctasanctórum de Melilot.
—Es perfectamente claro —dijo lentamente Melilot, tras examinar dos veces el documento de arriba abajo—. Es muy ampuloso, rankene formal, y no conozco a nadie ni aquí ni en las ciudades conquistadas capaz de utilizarlo para escribir una carta. Pero dice exactamente lo que has dicho que diría.
Un estremecimiento de maravilla hizo que sus rollos de grasa se agitaran.
—¿Estáis convencido de que se trata del mismo pergamino? ¿De que no se ha producido una sustitución? — insistió Jarveena.
—¡Sí! ¡Ha permanecido toda la noche en un arcón cerrado con llave! ¡Sólo la magia puede explicar lo que le ha ocurrido!
—Entonces —dijo ella con satisfacción—, pongámonos manos a la obra.
Cada mediodía, en los terrenos del palacio del Gobernador, delante de los tribunales, la guardia era inspeccionada y cambiada. Esta ceremonia estaba abierta al público..., a todo el mundo en principio, pero en la práctica sólo a aquellos que podían permitirse sobornar a los guardias de la puerta. En consecuencia, la mayoría de los espectadores eran de las clases altas, satélites de la nobleza o relacionados con los tribunales. No pocos se parecían, en ropas, figura o actitud, a Melilot, que era en cualquier caso un visitante frecuente cuando se le solicitaban transcripciones de pruebas.
En consecuencia, su presencia y la de Jarveena no llamaron en absoluto la atención. Además, había corrido la voz de que hoy era el último día en que los guardias imperiales realizarían el cambio de guardia ceremonial antes de que quince de ellos recibieran la orden de volver a Ranke. Había una multitud mucho mayor que lo habitual aguardando la aparición del Gobernador, una de cuyas tareas habituales era supervisar la ceremonia cuando se hallaba presente.
Era un día cálido, seco y polvoriento. El sol arrojaba intensas sombras oscuras. Tiendas, pabellones, muros de piedra, parecían más sustanciales que otras veces. Lo mismo le ocurría a la gente, en especial aquella que llevaba armadura. Bajo el cerrado visor, cualquier soldado podía ser confundido por cualquier otro de la misma estatura.
Estrictamente, el próximo turno de guardia del destacamento del punto de vigilancia en la Vía Procesional no correspondía a los Perros del Infierno. Pero unos cuantos sobornos y una seca orden de Aye-Gophlan, y el problema había quedado resuelto.
Jarveena compuso sus rasgos e hizo todo lo que pudo por parecer como si fuera simplemente otro transeúnte ocasional impresionado por el enérgico paso de las tropas de la capital, antes que por una persona en particular que llenaba todas sus más anheladas ambiciones de venganza.
Pero su boca no dejó de exhibir una sonrisa como la de un lobo.
La guardia de relevo avanzó desde el Paseo del Gobernador, intercambiando saludos y contraseñas con las tropas imperiales, y formó en el centro del patio. Asistido por dos ordenanzas armados, el comandante Nizharu reconoció formalmente a su sucesor y se situó firmes a su lado para la inspección del Gobernador. Tan pronto como ésta hubo terminado, las tropas que habían acabado su turno de guardia se retirarían colorísticamente en pelotones.
Menos de diez minutos más tarde, entre una oleada de aplausos y los precisos movimientos de los Perros del Infierno, el Príncipe abandonó el terreno de desfiles junto a Nizharu. Este último era destinado de nuevo a la capital, pero cinco de sus camaradas se quedarían allí para establecer una guardia personal de soldados locales para el Gobernador, entrenada bajo estándares imperiales.
Eso decían los rumores. Pero era bien sabido que los rumores solían mentir.
Con cuidado e ingeniosidad, Melilot sonrió y se abrió camino hasta la parte delantera de la multitud y, cuando los dos hombres se acercaron y todo el mundo inclinaba la cabeza, dijo con voz fuerte y clara:
—¡Oh, comandante! ¡Qué buena fortuna! ¡Ahora tengo la oportunidad de devolveros el pergamino que se os cayó ayer por la mañana!
Nizharu había alzado su visor a causa del calor. Pudo verse claramente que su rostro se volvía de un color pálido ceniciento.
—Yo..., ¡no sé nada de ningún pergamino! — ladró tan pronto como pudo recuperar su voz.
—¿No? Oh, en ese caso, si no es vuestro, estoy seguro de que el Príncipe me lo aceptará a fin de averiguar quién es su auténtico propietario.
Gordo como era, Melilot podía actuar rápidamente cuando era necesario. Extrajo el pergamino de debajo de su capa y lo tendió a las ansiosas manos de Jarveena. Un instante después, ella estaba con una rodilla al suelo delante del Príncipe, con la vista alzada hacia su apuesto, juvenil y algo vacuo rostro.
—¡Leed, Vuestra Alteza! — insistió con voz fuerte, y casi le obligó a tomarlo.
Al instante mismo en que el Príncipe leyó su contenido, se inmovilizó. Nizharu hizo lo opuesto. Giró sobre sus talones, gritó a sus hombres y echó a correr.
El cuchillo que Jarveena llevaba en su caja de escritura servía para otros propósitos además de afilar las plumas de caña. Lo extrajo con un muy practicado movimiento, apuntó, lanzó.
Y, aullando, Nizharu se derrumbó de bruces al suelo, con el cuchillo profundamente clavado en la parte de atrás de su rodilla derecha, allá donde sólo había cuero, no metal, para protegerle.
La multitud gritó alarmada y pareció a punto de ser presa del pánico, pero la guardia recién llegada había sido advertida. Echándose hacia atrás el visor, el capitán Aye-Gophlan ordenó a sus hombres que rodearan y arrestaran a Nizharu, y con una intensa y contenida rabia el Príncipe les gritó a los espectadores por qué.
—¡Este mensaje es de un traidor en la corte imperial! ¡Da instrucciones a Nizharu de que asigne a uno de sus guardias la misión de asesinarme tan pronto como encuentre a alguien a quien pueda acusarse falsamente del hecho! Y dice que el que ha escrito el mensaje lo encantará para impedir que ninguna persona que no sea la correcta pueda leerlo..., ¡pero yo no he tenido ninguna dificultad en hacerlo! ¡Este tipo cortesano de escritura me fue enseñado cuando era niño!
—Nosotros..., esto..., arreglamos las cosas de modo que fuera eliminada la magia —apuntó Melilot. Y añadió rápidamente—: Vuestra Alteza.
—¿Cómo llegó hasta vosotros?
—Se le cayó a Nizharu cuando inspeccionaba nuestros pabellones. — Fue Aye-Gophlan quien habló ahora, avanzando firmemente—. Creí que se trataba de algo importante, de modo que consulté con el Maestro Melilot, del que sé desde hace mucho tiempo que es leal y discreto.
—Y en cuanto a mí... —Melilot se encogió modestamente de hombros—, tengo algunos contactos, podríamos decir. No me costó nada eliminar el conjuro.
Cierto, pensó Jarveena, y se maravilló de lo hábilmente que mentía.
—Seréis bien recompensados —declaró el Príncipe—. ¡Y, después del juicio correspondiente, él también! Atentar contra la vida de alguien de sangre imperial..., ¡es un crimen más horrible que cualquier otro que alguien pueda nombrar! Fue un milagro que se le cayera el pergamino. ¡Seguramente los dioses están de mi lado! — Alzó de nuevo la voz—: ¡Esta noche efectuaremos todos un sacrificio y daremos gracias por ello! ¡Bajo la divina protección he sobrevivido a un esbirro asesino!
Si todos los dioses, pensó Jarveena, no son mejores que Melilot, me alegra ser una incrédula. Pero no debo perderme el castigo de Nizharu.
—En vista de lo que debes estar sintiendo, Jarveena —dijo una voz suave a su lado—, te felicito por la forma como ocultas tus emociones.
—No resulta difícil —respondió amargamente ella. La multitud se estaba dispersando a su alrededor, alejándose de la zona de ejecuciones donde, según un estricto ritual, el traidor Nizharu había pagado sus muchos crímenes siendo apaleado, luego colgado, y finalmente quemado.
Y entonces se sobresaltó. La persona que se había dirigido a ella no era nadie a quien conociera: alto, encorvado, viejo, con mechones de pelo gris, llevando un cesto de la compra...
Allá donde deberían estar los ojos, un destello de rojo.
—¿Enas Yorl? — susurró.
—El mismo —con una seca risita—. Hasta el punto donde puedo afirmarlo... ¿Estás satisfecha?
—Yo..., supongo que no. — Jarveena se volvió y echó a andar en pos de la multitud—. ¡Creí que lo estaría! Supliqué el privilegio de escribir la autorización para su ejecución con mi propia mano, y pensé que podría incluir una mención de mis padres, mis amigos, los habitantes del pueblo que él masacró o esclavizó, pero mi rankene formal no es lo bastante bueno para eso, ¡así que tuve que conformarme con copiar el borrador que había preparado Melilot! — Sacudió la cabeza—. Y esperaba también presentarme como testigo en el tribunal, jurar lo que había hecho, observar los rostros de la gente cambiar a medida que se dieran cuenta del asqueroso villano que había venido hasta aquí disfrazado como un oficial imperial... Pero dijeron que no había necesidad de ninguna otra prueba después de la de Aye-Gophlan y Melilot y el Príncipe.
—Hablar detrás de los príncipes es una costumbre peligrosa —opinó el mago—. Pero, de todos modos, parece que has comprendido finalmente que la venganza no es nunca lo que esperabas. Toma mi propio caso. El que me hizo lo que tú ya sabes estaba tan decidido a descargar su venganza que creó un conjuro más de los que podía manejar. A cada uno se vio obligado a ceder una determinada porción de su voluntad; puesto que, como te dije, los conjuros no tienen voluntad ni meta propia. En consecuencia, se privó a sí mismo de sus sentidos ordinarios, y hasta su muerte permaneció sentado balbuceando y gimiendo como un niño.
—¿Por qué me contáis eso? — exclamó Jarveena—. Quiero extraer el máximo de mi momento de satisfacción, aunque no pueda ser tan intenso y memorable como había soñado.
—Porque —dijo el mago, sujetando su brazo con dedos cuyo contacto evocó estremecimientos extraordinarios en todo su cuerpo— pagaste un precio justo y honrado por el servicio que te di. No debo olvidarte. Puede que tengas cicatrices y deformidades por fuera; por dentro, eres hermosa.
—¿Yo? — dijo Jarveena con genuina sorpresa—. ¡Lo mismo puedes llamar hermoso a un sapo, o a una pared de barro!
—Como quieras —respondió Enas Yorl con un encogimiento de hombros. El movimiento reveló que ya no era exactamente lo que había sido antes—. En cualquier caso, hay una segunda razón.
—¿Cuál?
—Leíste el contenido del pergamino, y anteriormente yo te lo describí. Sin embargo, estás actuando como si olvidaras algo.
Por un breve instante ella no comprendió. Luego, su mano voló hacia su abierta boca.
—Dos muertes —susurró.
—Sí, por supuesto. Y no necesito decirte a quién un traidor en la corte imperial aplicaría un conjuro lo suficientemente poderoso como para arrastrarme al asunto lo quisiera o no. Yo pude hacer legible el documento. No pude evitar las consecuencias de deshacer el trabajo de un colega.
—¿Cuál muerte? ¿La mía?
—Sería una buena política minimizar el peligro, como por ejemplo empleándote con un navegante. Muchos capitanes mercantes se sentirían felices de tener un ayudante hábil, y después de tu aprendizaje con Melilot estás bien equipada para un puesto así. Además, tu actual amo se siente inclinado hacia los celos. Tú tienes la mitad de su edad, pero ya te está empezando a considerar como un rival.
—Lo disimula bien —murmuró Jarveena—, pero de tanto en tanto actúa de una forma que me hace creeros.
—Tal vez te considerara de una forma mucho mejor si te convirtieras en una especie de agente viajero para él. Estoy seguro de que podrías proporcionarle, a un precio razonable, por supuesto, toda una serie de información comercialmente valiosa. Es dudoso que pusiera objeciones a añadir otras cuerdas a su arco: comerciar con especias, por ejemplo.
Por un momento Jarveena pareció animarse con aquellas palabras. Pero no tardó en sumirse en la melancolía. — ¿Por qué debería desear hacerme rica, y mucho menos hacerle rico a él? Desde que puedo recordar, siempre he tenido un propósito en la vida. Ahora este propósito ha desaparecido..., ¡empujado hacia el cielo junto con el hedor de Nizharu!
—Se necesita una persona muy rica para encargar un conjuro.
—¿Y qué podría desear yo de la magia? — dijo ella despectivamente.
Un segundo más tarde, pareció como si el fuego envolviera todo su cuerpo, silueteando cada marca que la desfiguraba, cada cicatriz del látigo de alambre, cada quemadura, cada corte y arañazo. Lo había olvidado hasta ahora, pero en algún momento durante aquella extraordinaria noche en que había yacido junto a él, Enas Yorl se había tomado la molestia de seguir toda la violenta historia de su vida a partir del mapa de su piel.
Ahora recordó también haber pensado que podía ser por alguna razón particular y mágica. ¿Era posible que hubiera estado equivocada? ¿Se trataba realmente de algo más simple que eso..., era posible que él simplemente simpatizara con alguien cuya vida le había dejado cicatrices muy distintas a las suyas pero igual de dolorosas?
—Tal vez desees —estaba diciendo calmadamente el mago— limpiar tu cuerpo de su pasado, como creo que has empezado a limpiar ahora tu mente.
—¿Incluso...? — No pudo completar la pregunta excepto alzando su mano hasta el lado derecho de su pecho.
—A su debido tiempo. Eres joven. No hay nada imposible. Pero una cosa sí es muy posible. Ya hemos hablado de ella. ¡Ahora, actúa!
Estaban casi en la puerta, y la multitud se apretaba y agitaba; la gente sujetaba fuertemente sus cinturones y bolsas, porque aquéllas eran unas condiciones ideales para el robo.
—Apuesto a que no hubierais hablado de esto conmigo a menos que tuvierais en mente un nuevo amo para mí —dijo finalmente Jarveena.
—Eres muy perceptiva.
—Y si esto no representara alguna ventaja a largo plazo para vos.
Enas Yorl suspiró.
—Hay una finalidad a largo plazo para todo. Si no la hubiera, los conjuros serían imposibles.
—Así, ¿había una finalidad tras el hecho de que Nizharu dejara caer su pergamino?
—¿Dejara caer...?
—¡Oh! ¿Por qué no pensé en ello?
—A su debido tiempo, estoy seguro de que lo hubieras hecho. Pero hacía tan poco que habías llegado a Santuario que no podía esperarse que supieras que en su juventud Aye-Gophlan se contaba entre los más hábiles rateros y cortabolsas de la ciudad. ¿De qué otro modo crees que consiguió comprarse un puesto entre los guardias? ¿Acaso habla como si procediera de un ambiente rico?
Estaban en la puerta, y la cruzaron apretujadamente. Aferrando fuertemente su caja de escritura con una mano y manteniendo la otra doblada sobre la aguja de plata que sujetaba su capa envuelta en un rollo en torno a su cintura, Jarveena pensó larga y detenidamente.
Y llegó a una decisión.
Aunque el propósito principal de su vida hasta ahora había desaparecido, no había razón alguna por la que no debiera encontrar otra ambición quizás incluso mejor. Si eso era así, entonces había buenas razones por las que intentar prolongar su vida abandonando Santuario.
Sin embargo...
Miró alarmada a su alrededor, en busca del mago, pensando que la multitud los había separado, y fue capaz de sujetarlo con alivio del brazo.
—¿Significará la distancia alguna diferencia? Quiero decir, si la condenación está sobre mí, ¿puedo huir de ella?
—Oh, no está sobre ti. Se trata simplemente de que había dos muertes en el conjuro, y sólo se ha producido una. Cualquier día de cualquier año, miles de personas mueren en cualquier ciudad de este tamaño. Es probable que el conjuro se resuelva localmente; cuando hay una tormenta, el rayo golpea debajo, no a un centenar de leguas de distancia. No es inconcebible que la otra muerte sea la de alguien que era tan culpable como Nizharu del saqueo de Bosque Olvidado. Iban soldados con él, ¿no?
—Sí, todos eran soldados, a los que confundí por bandidos... ¡Oh, qué dura se ha vuelto esta región! ¡Estáis en lo cierto! ¡Voy a marcharme de aquí, tan lejos como pueda, signifique o no esto que puedo eludir mi muerte!
Sujetó la mano del mago, se la apretó fuertemente, y se inclinó hacia él.
—¡Decidme el nombre del barco que debo buscar!
El día que el barco levó anclas era poco seguro para que Enas Yorl se aventurara por la calle; ocasionalmente, los cambios que se producían cíclicamente en él adoptaban formas que nadie, ni siquiera la voluntad más compasiva del mundo, podría tomar por humanas. En consecuencia, se vio obligado a observar de lejos la partida, a través de un cristal largavista, pero estaba decidido a asegurarse de que nada iba mal en sus planes.
Todo fue bien. Siguió el avance del barco, con Jarveena a la proa, hasta que la bruma marina la ocultó, y luego se reclinó en lo que, por un tiempo, no podía ser exactamente una silla como la mayor parte de la gente consideraba las sillas.
—Y contigo ya no a mi alrededor para atraerme —murmuró al aire—, quizá la suerte haga que esa segunda sentencia de muerte pase sobre alguien que está cansado más allá de toda medida de esa loca existencia, fruto de un centenar de ciegos conjuros; este miserable, este lamentable Enas Yorl.
Sin embargo, brillaba aún una cierta esperanza, como los rojos pozos que tenía que soportar como ojos, en el conocimiento de que al menos una persona en el mundo pensaba más amablemente de él que incluso él mismo. Al final, con una risa que era casi un bufido, guardó el cristal largavista y se preparó resignadamente a esperar la implacable transformación, un poco reconfortado por el hecho de saber que hasta ahora nunca había adoptado dos veces la misma forma.
Fin