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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    MIENTRAS DORMÍAN - BRUNETTI 06 (Donna Leon)

    Publicado el lunes, mayo 21, 2018

    Para Donald McCall
    È sempre bene


    Il sospettare un poco, in quiesto mondo.
    [Es siempre bueno
    recelar un poco en este mundo.]


    Così fan tutte
    Mozart


    1


    Brunetti, sentado ante su escritorio, se miraba los pies. Los tenía apoyados en el cajón de abajo y le mostraban cuatro hileras verticales de ojetes metálicos que parecían devolverle la mirada con gesto de reproche multiplicado. Durante la media hora última, el comisario había dividido su tiempo y atención entre las puertas del armario de la pared del fondo y, una vez bien vistas éstas, sus zapatos. Cuando el canto del cajón empezaba a clavársele en el talón, descruzaba los tobillos y volvía a cruzarlos alternando el punto de apoyo, pero ello sólo cambiaba la situación de los ojetes, sin atenuar el reproche ni mitigar el aburrimiento.

    Desde hacía dos semanas, el vicequestore Giuseppe Patta estaba de vacaciones en Thailandia, en lo que el personal de la questura insistía en llamar su segunda luna de miel, y Brunetti había quedado al mando de los que combatían el crimen en Venecia. Pero el crimen parecía haber subido al avión con el vicequestore, porque nada importante había sucedido desde que habían abandonado la ciudad Patta y su esposa, recién reintegrada al hogar -la idea le daba escalofríos- a los brazos de su marido, salvo algún que otro robo de poca monta. El único delito interesante había ocurrido en una joyería de campo San Mauricio. Dos días antes, una pareja muy bien vestida había entrado en la tienda empujando un cochecito, y el nuevo padre, henchido de orgullo, había pedido ver anillos de brillantes, para hacer un regalo a la ruborosa madre. Ella se probaba un anillo y luego otro hasta que, finalmente, se prendó de un solitario blanco de tres quilates y preguntó si podía salir a verlo a la luz del día. Entonces ocurrió lo inevitable: la mujer salió a la calle, hizo relucir la piedra al sol y agitó la mano llamando al padre, que se inclinó sobre el cochecito para arreglar la manta y, sonriendo al dueño con timidez, salió a reunirse con su esposa. Naturalmente, la pareja desapareció en el acto, dejando atravesado en la puerta el cochecito con el muñeco.

    Un golpe ingenioso, pero por sí mismo no constituía una ola de delincuencia, y Brunetti se encontraba aburrido y sin saber si prefería la responsabilidad del mando con la montaña de papel que generaba o la libertad de acción que su rango inferior le deparaba. Aunque tampoco podía decirse que hubiera mucho campo en el que ejercer tal libertad de acción.

    Levantó la mirada al oír un golpe en la puerta y sonrió cuando ésta se abrió ofreciéndole la primera visión de la mañana de la signorina Elettra, la secretaria de Patta, que parecía haber tomado la ausencia del vicequestore como una invitación a empezar la jornada de trabajo a las diez, en lugar de las preceptivas ocho y media.

    —Buon giorno, commissario -dijo al entrar, con una sonrisa que a él le recordó fugazmente el gelato al'amarena, blanco y escarlata, colores que armonizaban con las rayas de su blusa de seda. Al entrar, la joven se hizo a un lado para dejar paso a la mujer que la seguía. Brunetti, de una rápida ojeada, captó un traje de chaqueta barato de poliéster gris y corte anguloso, con una falda que, con desprecio de la moda, acababa muy cerca de unos zapatos planos, y unas manos que asían torpemente un bolso de plástico, y miró otra vez a la signorina Elettra.
    —Comisario, aquí hay alguien que desea hablar con usted -dijo.
    —¿Sí? — preguntó él, volviendo a mirar a la otra mujer, sin gran interés. Pero entonces observó la curva de su mejilla derecha y, cuando ella volvió la cabeza para mirar en derredor, la fina línea del mentón y el cuello, y repitió, más interesado-: ¿Sí?

    Al percibir el tono, la mujer volvió la cara hacia él con una media sonrisa que le resultó extrañamente familiar, aunque estaba seguro de no haber visto nunca a su visitante. Pensó que tal vez fuera hija de algún amigo que venía a pedirle ayuda y que quizá lo que reconocía no era la cara sino una fisonomía familiar.

    —¿Sí, signorina? -dijo levantándose y señalando la silla que estaba al otro lado de su mesa. Entonces la mujer miró a la signorina Elettra, que le dedicó la sonrisa que reservaba para las personas que se ponían nerviosas al entrar en la questura y, diciendo que debía volver a su trabajo, salió del despacho.

    La mujer rodeó la silla y se sentó tirándose de la falda hacia un lado. Aunque delgada, se movía sin gracia, como si toda la vida hubiera usado zapatos planos.

    Brunetti sabía por experiencia que era preferible no decir nada y esperar con expresión de sereno interés: indefectiblemente, el silencio hacía hablar a la persona que tenía delante. Mientras esperaba, miró a la cara a la mujer, desvió la mirada y volvió a mirarla, tratando de descubrir por qué le resultaba tan familiar. Buscaba en sus facciones algún parecido con personas conocidas, quizá el padre o la madre, o tal vez era dependienta de algún comercio y, lejos de su mostrador, no conseguía identificarla. Si trabajaba en una tienda -se dijo involuntariamente-, no sería de modas, desde luego: el traje era un engendro rectilíneo de un estilo desaparecido hacía diez años, y el peinado, simplemente, pelo cortado sin arte ni gracia, en torno a una cara limpia de maquillaje. Pero, a la tercera mirada, Brunetti tuvo la impresión de que aquella mujer iba disfrazada y lo que el disfraz ocultaba era su belleza. Tenía los ojos oscuros y muy separados, con unas pestañas largas y espesas que no necesitaban máscara, los labios pálidos pero carnosos y suaves, la nariz recta, fina y ligeramente arqueada: una nariz noble -no encontró mejor palabra- y, bajo el desastroso corte de pelo, una frente ancha y tersa. Pero tampoco este reconocimiento de su belleza hacía más fácil la identificación.

    Ella lo sorprendió al decirle:

    —No me reconoce, ¿verdad, comisario? — Hasta la voz era familiar, pero también estaba fuera de lugar. Él trataba de recordar, pero lo único de lo que podía estar seguro era que no tenía nada que ver con la questura ni con su trabajo.
    —No, signorina, lo siento, pero sé que nos conocemos y que éste no es el sitio en el que podía esperar encontrarla. — La miraba con una sonrisa que pedía comprensión para este fallo tan humano.
    —Yo no esperaría que la mayoría de las personas a las que usted conoce tuvieran por qué venir a la questura -dijo ella, y sonrió para dar a entender que pretendía hablar con desenfado.
    —No; son pocos los amigos que vienen voluntariamente y, hasta este momento, ninguno ha tenido que venir contra su voluntad. — Él sonrió a su vez, para indicar que también podía bromear sobre las cosas de la policía, y agregó-: Afortunadamente.
    —Yo nunca he tenido tratos con la policía -dijo la mujer, mirando otra vez en derredor, como si temiera que pudiera ocurrirle algo malo ahora que los tenía.
    —Como la mayoría de la gente -apuntó Brunetti.
    —Claro, imagino que no -dijo ella mirándose las manos en el regazo. — Y entonces, sin preámbulos, dijo-: Yo era inmaculada.
    —¿Cómo dice? — Brunetti estaba desconcertado y empezaba a sospechar que su joven visitante pudiera estar seriamente trastornada.
    —Suor Immacolata -dijo ella con una breve mirada y aquella dulce sonrisa que tantas veces había visto él bajo la blanca toca almidonada. Aquel nombre la ubicó y resolvió el enigma, explicando el porqué del corte de pelo y su evidente incomodidad con la ropa que llevaba. Brunetti había sido consciente de su belleza desde la primera vez que la vio en la casa de reposo en la que, desde hacía años, su madre no encontraba reposo, pero sus votos religiosos y el largo hábito blanco que los simbolizaba la envolvían en un tabú, por lo que Brunetti había apreciado su belleza como la de una flor o de un cuadro, reaccionando como un observador y no como un hombre. Ahora, libre de disfraces y cortapisas, su belleza se hacía notar en aquel despacho, a pesar de la vestimenta barata y el gesto cohibido.

    Suor Immacolata había desaparecido de la residencia geriátrica de su madre hacía un año, y Brunetti, disgustado por la aflicción de su madre ante la pérdida de la hermana que con más cariño la trataba, sólo consiguió averiguar que había sido trasladada a otra residencia de la orden. Desfiló por su mente una larga lista de preguntas y fue descartándolas por poco apropiadas. Puesto que había venido, ella le diría por qué.

    —No puedo regresar a Sicilia -dijo ella bruscamente-. Mi familia no lo comprendería. — Sus manos abandonaron el asidero del bolso y buscaron consuelo la una en la otra. Al no encontrarlo, se posaron en los muslos y, sintiendo de pronto el calor de la carne que tenían debajo, buscaron de nuevo refugio en la superficie dura y angulosa del bolso.
    —¿Hace mucho que ha…? — empezó Brunetti y, al no encontrar el verbo adecuado, dejó la frase sin terminar.
    —Tres semanas.
    —¿Reside en Venecia?
    —No, en Venecia, no; en el Lido. En una pensión.

    Brunetti se preguntaba si habría ido a pedirle dinero. De ser así, estaría encantado y muy honrado en dárselo, ya que era muy grande la deuda que tenía con ella por aquellos años de atenciones y cuidados para con él y con su madre.

    Como si le hubiera leído el pensamiento, ella dijo:

    —Tengo un empleo.
    —¿Dónde?
    —En una clínica particular del Lido.
    —¿De enfermera?
    —En la lavandería. — La joven captó la rápida mirada que él lanzó a sus manos y sonrió-. Ahora se hace a máquina, comisario. Ya no hay que bajar al río a lavar las sábanas sacudiéndolas contra las piedras.

    Él se rió tanto de su propia confusión como de la respuesta de ella. Esto despejó un poco el ambiente dándole pie para decir:

    —Siento que tuviera que tomar esa decisión. — En el pasado él hubiera agregado el tratamiento, «suor Immacolata», pero ya no podía llamarla así. Con los hábitos, había abandonado el nombre y quién sabe cuántas cosas más.
    —Me llamo Maria -dijo ella-. Maria Testa. — Como la cantante que hace una pausa para que vibre la resonancia de la nota que marca el cambio de un registro a otro, ella se detuvo a escuchar el eco de su nombre-. Aunque ya no estoy segura de que ese nombre sea el mío -agregó.
    —¿Cómo? — preguntó Brunetti.
    —Cuando dejas la orden, has de seguir un proceso. Supongo que es algo así como desconsagrar una iglesia. Es muy complicado, y pueden tardar mucho tiempo en dejarte marchar.
    —Será que quieren estar seguros de que usted lo está. Que está segura, quiero decir -apuntó Brunetti.
    —Sí. Puede durar meses, y hasta años. Tienes que presentar cartas de personas que te conozcan y atestigüen que eres capaz de tomar esa decisión.
    —¿Es lo que desea de mí? ¿Puedo ayudarla de este modo?

    Ella agitó una mano hacia un lado desestimando sus palabras y, con ellas, su propio voto de obediencia. Eso ya acabó. Fin.

    —Comprendo -dijo Brunetti, aunque no era así.

    Ella lo miró de frente. Tenía unos ojos tan hermosos que Brunetti sintió un poco de envidia del hombre que la hiciera renunciar a su voto de castidad.

    —He venido para hablarle de la casa di cura. De lo que vi allí.

    Brunetti, pensando en su madre, inmediatamente se puso alerta a cualquier señal de peligro; pero, antes de que pudiera traducir su alarma en una pregunta, ella dijo:

    —No, comisario; no se trata de su madre. A ella no puede pasarle nada. — Entonces se interrumpió, cortada por el sonido de la frase y la triste verdad que encerraba: lo único que podía pasarle a la madre de Brunetti era morirse-. Lo siento -agregó tímidamente, y no dijo más.

    Brunetti la interrogó con la mirada un momento, desconcertado por lo que acababa de oír y sin saber cómo preguntarle qué quería decir. Recordó la tarde de su última visita a su madre, en la que aún esperaba a medias volver a ver a suor Immacolata, ausente desde hacía ya tiempo, sabiendo que ella era la única persona de aquella casa que comprendía el doloroso peso que sentía en el alma. Pero en el vestíbulo, en lugar de la bella siciliana, había encontrado sólo a suor Eleanora, una mujer agriada por la edad, para quien los votos significaban pobreza de espíritu, castidad de humor y obediencia sólo a un riguroso concepto del deber. El que su madre tuviera que estar, aunque fuera un solo instante, atendida por esta mujer, indignaba al hijo; el que aquella casa di cura estuviera considerada una de las mejores de Italia avergonzaba al ciudadano.

    La voz de la joven lo sacó de su larga abstracción, pero no oyó lo que le decía y tuvo que preguntar:

    —Perdone, suora. -La fuerza de la costumbre hizo que se le escapara el tratamiento-. Estaba distraído.

    Ella volvió a empezar, sin acusar el tratamiento.

    —Me refiero a la casa di cura de aquí, de Venecia, en la que trabajé hasta hace tres semanas. Pero no he dejado únicamente esa casa, dottore. También he dejado la orden y lo he dejado todo. Para empezar mi… -Aquí se interrumpió y miró por la ventana abierta a la fachada de la iglesia de San Lorenzo, como buscando allí el nombre de lo que iba a empezar-. Mi vida nueva. — Lo miró con una sonrisa débil-. La vita nuova -repitió en un tono que ella pretendía desenfadado, como si fuera consciente, como lo era él, del melodramático acento que tenía su voz-. Leíamos La vita nuova en el colegio, pero no lo recuerdo muy bien. — Lo miró un momento, juntando las cejas interrogativamente.

    Brunetti no tenía idea de adonde lo llevaba esta conversación: primero, le hablaba de peligro; y ahora, del Dante.

    —Nosotros también lo estudiábamos, pero yo pienso que era demasiado joven. De todos modos, siempre preferí la Divina Commedia -dijo él-. Sobre todo, Purgatorio.
    —Es curioso -comentó ella con un interés que podía ser real o sólo el intento de demorar lo que la había llevado allí-. Nunca había oído decir a nadie que prefiriera ese libro. ¿Por qué?

    Brunetti se permitió una sonrisa.

    —Ya sé: la gente imagina que, por ser policía, tendría que preferir Inferno. Los malos reciben su castigo y cada cual tiene lo que el Dante opina que se merece. Pero a mí nunca me ha gustado eso, la certidumbre absoluta del juicio, todo ese horrendo sufrimiento. Por toda la eternidad. — Ella le miraba a la cara y escuchaba sus palabras atentamente-. Me gusta Purgatorio porque allí se mantiene la esperanza de que las cosas cambien. Para los otros, tanto si están en el cielo como en el infierno, todo ha terminado: allí se quedarán. Para siempre.
    —¿Usted lo cree así? — preguntó ella, y Brunetti comprendió que no le hablaba de literatura.
    —No.
    —¿En absoluto?
    —¿Quiere decir si creo que hay cielo e infierno?

    Ella asintió, y él se preguntó si un vestigio de superstición le haría pronunciar palabras de duda.

    —No.
    —¿Nada?
    —Nada.

    Después de una pausa muy larga, ella dijo:

    —Qué triste.

    Como tantas otras veces, desde que había descubierto que esto era lo que creía, Brunetti se encogió de hombros.

    —Supongo que un día lo averiguaremos -dijo ella, pero en su voz había expectación, no sarcasmo ni resignación.

    El primer impulso de Brunetti fue volver a encogerse de hombros, ya que ésta era una discusión a la que había renunciado hacía años, estando aún en la universidad, cuando dejó atrás las cosas de la niñez, por impaciencia con todo lo que era especulación y por ganas de vivir. Pero no tuvo más que mirarla para comprender que, en cierto modo, ella acababa de salir del cascarón, que se disponía a iniciar su propia vita nuova y que, para ella, esta clase de preguntas, sin duda impensables en el pasado, tenían que ser actuales y vitales.

    —Quizá sí -concedió él.

    La respuesta fue instantánea y vehemente:

    —No tiene por qué mostrarse condescendiente conmigo, comisario. Yo he dejado atrás mi vocación, no mi inteligencia.

    Él optó por no disculparse ni proseguir esta discusión teológica fortuita. Pasó una carta de un lado de la mesa al otro, echó la silla hacia atrás y puso una pierna encima de la otra.

    —¿Entonces, quiere que hablemos de eso?
    —¿De qué?
    —¿De donde quedó su vocación?
    —¿La residencia geriátrica? — preguntó ella sin necesidad.
    —Pero, ¿cuál de ellas en concreto?
    —San Leonardo. Está cerca del Ospedale Giustinian. La orden ayuda a proveerla de personal.

    Él observó que la joven mantenía los pies bien asentados en el suelo, uno al lado del otro, y las rodillas juntas. Ahora abrió el bolso con cierta dificultad, sacó un papel, lo desdobló y miró lo que estaba escrito en él:

    —Durante el año último -empezó nerviosamente-, han muerto allí cinco personas. — Dio la vuelta a la hoja de papel y se inclinó hacia adelante para ponerla delante de él. Brunetti miró la lista.
    —¿Estas personas? — preguntó.

    Ella asintió.

    —He puesto nombres, edad y causa de la muerte.

    Él volvió a mirar la lista y comprobó que tal era, exactamente, la información. Se indicaban los nombres de tres mujeres y dos hombres. Brunetti recordó haber leído una estadística que indicaba que las mujeres vivían más años que los hombres, pero aquella lista parecía desmentirla. Una de las mujeres no llegaba a los setenta y la otra los superaba en muy poco. Los dos hombres eran más viejos. Como tantas personas de su edad, habían muerto de embolia, infarto o pulmonía.

    —¿Por qué me ha traído esta lista? — preguntó Brunetti levantando la mirada hacia la mujer.

    Aunque debía de estar preparada para la pregunta, ella tardó en contestar:

    —Porque usted es la única persona que puede hacer algo respecto a eso.

    Brunetti se quedó esperando una explicación y, como ésta no llegaba, preguntó:

    —¿A qué se refiere al decir «eso»?
    —No estoy segura de la causa de esas muertes.

    Él agitó la lista en el aire.

    —Pero, ¿no está la causa especificada aquí?

    Ella movió afirmativamente la cabeza.

    —Sí, pero, ¿y si lo que dice el papel no es verdad? ¿Existe algún medio por el que se pueda averiguar la verdadera causa de la muerte?

    Brunetti no tuvo necesidad de pensar antes de contestar: la ley sobre la exhumación era clara.

    —No sin una orden judicial o una petición de la familia.
    —Oh -hizo ella-. No tenía idea. He estado… no sé cómo decirlo… he estado tanto tiempo apartada del mundo que ya no sé cómo funcionan, cómo se hacen, las cosas. — Hizo una pausa antes de terminar-: Quizá no lo supe nunca.
    —¿Cuánto tiempo estuvo en la orden?
    —Doce años, desde los quince. — Si observó su gesto de sorpresa, no se dio por enterada-. Es mucho tiempo, sí.
    —Pero usted no estaba apartada del mundo -objetó Brunetti-. Al fin y al cabo, ha estudiado para enfermera.
    —No -respondió ella rápidamente-. Yo no he estudiado para enfermera. No tengo título. La orden vio que tenía una… -se interrumpió, y Brunetti observó que su interlocutora se encontraba en la insólita situación de tener que atribuirse un don o un mérito, y no tenía más alternativa que la de dejar de hablar. Después de una pausa que dedicó a eliminar de sus palabras todo asomo de presunción, prosiguió-: Decidieron que sería bueno para mí tratar de ayudar a los ancianos, y por eso me destinaron a las residencias geriátricas.
    —¿Cuánto tiempo ha trabajado en ellas?
    —Siete años. Seis en Dolo y uno en San Leonardo -respondió la mujer.

    Según esto, calculó Brunetti, suor Immacolata tenía veinte años cuando llegó a la residencia en la que estaba su madre, la edad en la que la mayoría de las mujeres consiguen su primer trabajo, deciden su profesión, conocen a su pareja, tienen hijos. Pensó en lo que las otras mujeres podían conseguir durante esos años y en lo que había sido la vida de suor Immacolata, entre los gritos de los dementes y los olores de los incontinentes. De haber sido Brunetti un hombre de convicciones religiosas que creyera en la existencia de un ser superior, quizá le hubiera consolado pensar en la recompensa espiritual que ella recibiría a cambio de los años sacrificados. Ahuyentando este pensamiento, preguntó mientras ponía la lista frente a sí y la alisaba con el dorso de la mano:

    —¿Qué tuvo de extraño la muerte de estas personas?

    Ella tardó un momento en contestar, y su respuesta, cuando al fin llegó, lo desconcertó por completo:

    —Nada. Normalmente, había un fallecimiento cada tres o cuatro meses, sobre todo, después de las vacaciones.

    Décadas de experiencia en interrogar a personas más o menos reacias a hablar, permitieron a Brunetti preguntar con toda calma:

    —En tal caso, ¿por qué hizo esta lista?
    —Dos de las mujeres eran viudas y la tercera no se había casado. Uno de los hombres nunca recibía visitas. — Lo miró, esperando una pregunta, pero él no dijo nada.

    Su voz se suavizó, y a Brunetti le pareció volver a ver a suor Immacolata, todavía con su hábito negro y blanco, luchando contra la exhortación de no hablar mal, ni siquiera de un pecador.

    —En varias ocasiones -prosiguió al fin-, oí decir a dos de ellos que cuando murieran pensaban acordarse de la casa di cura. -Calló y se miró las manos, que habían abandonado el bolso y ahora se oprimían mutuamente en una tenaza mortal.
    —¿Y lo hicieron?

    Ella movió la cabeza de derecha a izquierda y no dijo nada.

    —María -dijo él en un tono deliberadamente bajo-, ¿quiere decir que no lo hicieron o que usted no lo sabe?

    Ella respondió, sin levantar la mirada:

    —No lo sé. Pero dos de las mujeres, la signorina Da Prè y la signora Cristanti… decían que pensaban hacerlo.
    —¿Qué decían?
    —Un día, hará cosa de un año, la signorina Da Prè dijo, después de una misa en la que no hubo colecta, porque cuando nos dice la misa el padre Pio nunca la hay… -Ella se llevó nerviosamente una mano a la sien y Brunetti la vio deslizar los dedos hacia atrás, buscando el contacto tranquilizador de la toca. Al encontrar sólo el pelo al descubierto, bajó la mano rápidamente, como si se hubiera quemado-. Después de la misa, cuando la acompañaba a su habitación, dijo que no importaba que no hubiera colecta, porque cuando ella se fuera ya verían lo generosa que había sido.
    —¿Le preguntó usted qué quería decir?
    —No. Me pareció que estaba claro que quería dejarles dinero.
    —¿Y…?

    De nuevo, ella movió negativamente la cabeza.

    —No sé.
    —Desde entonces hasta su muerte, ¿cuánto tiempo transcurrió?
    —Tres meses.
    —¿Ella dijo a alguien más eso del dinero?
    —No lo sé. No hablaba mucho con la gente.
    —¿Y la otra mujer?
    —La signora Cristanti era mucho más explícita -respondió Maria-. Decía que quería dejar su dinero a las personas que habían sido buenas con ella. Lo decía a todas horas y a todo el mundo. Pero no estaba… no creo que estuviera en condiciones de decidir, por lo menos, cuando yo la conocí.
    —¿Por qué no?
    —No tenía la mente muy clara -respondió Maria-. Es decir, no siempre. Tenía días en los que parecía estar bien, pero la mayor parte del tiempo divagaba; creía que volvía a ser niña y pedía que la llevaran a sitios. — Después de una pausa, con voz de persona experimentada, agregó-: Es muy frecuente.
    —¿Volver al pasado? — preguntó Brunetti.
    —Sí. Pobrecitos. Debe de ser porque para ellos el pasado es mejor que el presente. Cualquier pasado.

    Brunetti recordó su última visita a su madre y ahuyentó el recuerdo.

    —¿Y qué le pasó?
    —¿A la signora Cristanti?
    —Sí.
    —Murió de un ataque al corazón hace unos cuatro meses.
    —¿Dónde murió?
    —Allí. En la casa di cura.
    —¿Dónde estaba cuando sufrió el ataque? ¿En su habitación o delante de otras personas? — Brunetti no las llamó «testigos» ni siquiera con el pensamiento.
    —No; murió mientras dormía. Plácidamente.
    —Comprendo -dijo Brunetti, aunque no acababa de ser cierto. Dejó pasar unos momentos antes de preguntar-: ¿Hizo esta lista porque cree que estas personas murieron por otra causa? ¿Algo distinto de lo que dice aquí?

    Ella lo miró y él se sintió desconcertado por su gesto de sorpresa. Si ella se había decidido a venir a hablar con él, sin duda debía de ser consciente de la implicación de semejante paso.

    Con el evidente intento de ganar tiempo, ella repitió:

    —¿Algo distinto? — Como Brunetti no respondiera, dijo-: La signora Cristanti no sufría del corazón.
    —¿Y las otras personas de la lista que murieron repentinamente?
    —El signor Lerini tenía trastornos gástricos, pero nada más.

    Brunetti volvió a mirar la lista.

    —Y esta otra mujer, la signora Galasso, ¿estaba delicada?

    Él la vio enrojecer de repente.

    —Lo terrible es que no estoy segura. Sólo que continuamente recuerdo lo que me dijeron esas mujeres. — Se interrumpió y miró al suelo. Finalmente, con una voz que él tuvo que hacer un esfuerzo por oír, dijo-: Tenía que contárselo a alguien.
    —Maria -dijo él y, después de pronunciar el nombre, calló hasta que ella lo miró. Entonces prosiguió-: Sé que es muy grave levantar falso testimonio contra el prójimo. — Esto la sorprendió, como si el diablo hubiera empezado a citar la Biblia -. Pero tenemos la obligación de proteger a los débiles y a los indefensos. — Brunetti no recordaba que esto estuviera en la Biblia, pero pensaba que debería estar. Ella no decía nada, y él preguntó-: ¿Lo entiende, Maria? — Ella seguía sin contestar y él modificó la pregunta-: ¿No está de acuerdo?
    —Claro que estoy de acuerdo -dijo ella con un punto de aspereza-. Pero, ¿y si estoy equivocada? ¿Y si todo son figuraciones mías y a esas personas nadie les ha hecho nada? Eso sería calumnia.
    —Si así lo creyera, dudo de que estuviera aquí. Y, desde luego, no vestiría como viste ahora.

    Ninguno de los dos habló durante un rato, hasta que Brunetti preguntó:

    —¿Todos estaban solos en su habitación cuando murieron?

    Ella pensó un momento.

    —Sí; todos.

    Brunetti apartó la lista a un lado de la mesa y, con el equivalente verbal de este movimiento, desvió la conversación:

    —¿Cuándo decidió dejar la orden?

    La respuesta no hubiera llegado antes si ella hubiera estado esperando la pregunta:

    —Después de hablar con la madre superiora -dijo con la voz ronca por la emoción de algún recuerdo-. Pero antes hablé con el padre Pio, mi confesor.
    —¿Podría repetirme qué les dijo? — hacía tanto tiempo que Brunetti se había apartado de la Iglesia, de sus pompas y sus obras que ya no recordaba lo que podía y lo que no podía repetirse de una confesión ni cuál era la pena por ello, pero recordaba lo suficiente como para saber que no se podía hablar libremente de la confesión.
    —Sí, creo que sí.
    —¿Es el mismo sacerdote que dice la misa?
    —Sí. También pertenece a nuestra orden, pero no vive allí. Va dos veces a la semana.
    —¿Dónde reside él?
    —En la casa madre, aquí, en Venecia. Ya era mi confesor cuando yo estaba en la otra residencia.

    Brunetti observó lo pronta que estaba a dejarse distraer por los detalles, y preguntó:

    —¿Qué le dijo usted?

    Ella tardó en responder, y Brunetti pensó que debía de estar recordando su conversación con el confesor.

    —Le hablé de las personas que habían muerto y de que algunas no estaban enfermas -dijo ella y se interrumpió, desviando la mirada.

    Al darse cuenta de que ella no tenía intención de decir más, Brunetti preguntó:

    —¿Le dijo algo más, algo sobre el dinero y sus intenciones al respecto?

    Ella movió la cabeza negativamente.

    —Entonces no lo sabía. Es decir, no lo recordaba. Estaba muy preocupada por su muerte y eso es todo lo que le dije, que habían muerto.
    —¿Y él qué dijo?

    Ella volvió a mirar a Brunetti.

    —Dijo que no lo entendía. Y entonces se lo expliqué. Le di los nombres de los que habían muerto y le conté lo que sabía de sus historiales médicos, que algunos tenían buena salud y habían muerto de repente. Él me escuchó y me preguntó si estaba segura. — Haciendo un inciso, explicó con naturalidad-: Como soy siciliana, la gente del Norte piensa que soy estúpida. O embustera.

    Brunetti la miró para ver si esta observación encerraba algún reproche, algún comentario sobre su propia conducta, pero no parecía haberlo.

    —Creo que, sencillamente, el padre no pudo creerlo -prosiguió ella-. Después, cuando le dije que tantas muertes no eran normales, me preguntó si era consciente del peligro de decir esas cosas, que podía caer en la calumnia. Le respondí que era consciente, y entonces él me recomendó que rezara. — Aquí calló.
    —¿Y luego?
    —Le dije que ya había rezado, que había rezado durante varios días. Entonces me preguntó si me daba cuenta de la enormidad de lo que estaba insinuando. — Ella volvió a interrumpirse y dijo como en un aparte-: Estaba horrorizado. No creo que pudiera ni concebir tal posibilidad. El padre Pio es muy bondadoso y muy poco mundano. — Brunetti tuvo que reprimir una sonrisa al oír estas palabras en boca de una persona que había pasado los doce últimos años en un convento.
    —¿Y qué ocurrió después?
    —Pedí hablar con la madre superiora.
    —¿Y habló?
    —Tardó dos días, pero al fin me recibió, una tarde a última hora, después de Vísperas. Le hablé de la muerte de los ancianos. Ella no pudo ocultar su sorpresa, y eso me alegró, porque quería decir que el padre Pio no le había contado nada. Ya sabía que no se lo diría, pero era tan terrible lo que yo le había contado que, bueno, quizá… -su voz se apagó.
    —¿Y qué pasó?
    —No quiso escucharme, dijo que no quería prestar oídos a mentiras, que lo que yo decía perjudicaría a la orden.
    —¿Y qué más?
    —Me dijo, me ordenó, apelando a mi voto de obediencia, guardar silencio absoluto durante un mes.
    —¿Significa eso lo que creo que significa: que durante un mes no podría hablar con nadie?
    —Sí.
    —¿Y su trabajo? ¿No hablaba con los pacientes?
    —No estaba con ellos.
    —¿Cómo?
    —La madre superiora me ordenó que permaneciera en mi celda o en la capilla.
    —¿Durante un mes?
    —Dos.
    —¿Qué?
    —Dos -repitió ella-. Al final del primer mes, vino a verme a la celda y me preguntó si mis oraciones y meditaciones me habían ayudado a entrar en razón. Le dije que había rezado y meditado, y así era, pero que aquellas muertes seguían inquietándome. Ella se negó a seguir escuchando y me ordenó reanudar el silencio.
    —¿Y usted obedeció?

    Ella asintió.

    —¿Y después?
    —Estuve en oración toda la semana siguiente, pero no podía dejar de pensar ni un momento en lo que me habían dicho aquellas mujeres. Antes, me había prohibido a mí misma recordar, pero una vez empecé ya no pude sacármelo de la cabeza.

    Brunetti trató de imaginar la gran variedad de cosas que ella podía haber «recordado» después de más de un mes de soledad y silencio.

    —¿Qué pasó al final del segundo mes?
    —La madre superiora volvió a la celda y me preguntó si había recobrado el buen sentido. Yo le dije que sí, como supongo que es la verdad. — Calló y de nuevo ofreció a Brunetti su sonrisa triste y nerviosa.
    —¿Y luego?
    —Luego me marché.
    —¿Así, sin más? — Inmediatamente, Brunetti empezó a pensar en los detalles prácticos: ropa, dinero, transporte. Curiosamente, eran los mismos detalles de los que tenían que preocuparse los que salían de la cárcel.
    —Aquella misma tarde, salí mezclada con los que habían venido de visita. A nadie le llamó la atención, nadie le dio importancia. Pregunté a una de las mujeres dónde podía comprar ropa. No tenía más que diecisiete mil liras.

    Ella dejó de hablar y Brunetti preguntó:

    —¿Y se lo dijo?
    —Su padre era uno de mis pacientes, y me conocía. Ella y su marido me invitaron a cenar en su casa. Yo no tenía adonde ir y acepté. Al Lido.
    —¿Y?
    —En el barco les dije lo que había decidido, pero no la razón. No estoy segura de que yo misma la supiera, ni de saberla ahora. No había calumniado a la orden ni a la residencia. Ni ahora tampoco, ¿verdad? — Brunetti, que no tenía ni idea, movió la cabeza negativamente, y ella prosiguió-: Lo único que hice fue decir a la madre superiora que esas muertes me habían parecido extrañas, por ser tantas.

    En tono completamente coloquial, Brunetti dijo:

    —He leído que a veces los ancianos mueren en tandas, sin razón aparente.
    —Sí, ya le he dicho que eso suele ocurrir después de las vacaciones.
    —¿Y no podría ser ésa la explicación?

    Los ojos de la mujer brillaron de lo que a Brunetti le pareció cólera.

    —Claro que sí. Pero entonces, ¿por qué intentó silenciarme?
    —Creo que eso ya me lo ha dicho usted, Maria.
    —¿Qué?
    —El voto de obediencia. No sé lo importante que eso pueda ser para ellos, pero quizá fuera eso lo que les preocupaba, más que cualquier otra cosa. — Ella no respondió, y él preguntó-: ¿No le parece posible? — Ella seguía sin contestar, por lo que él preguntó-. Cuénteme, qué pasó después. ¿Qué hizo ese matrimonio del Lido?
    —Fueron muy buenos. Después de cenar, ella me dio ropa suya. — Abrió las manos mostrando la falda-. Me quedé en su casa la primera semana y luego me ayudaron a conseguir el empleo en la clínica.
    —¿No tuvo que mostrar algún documento de identidad?
    —No; se alegraban de encontrar a alguien dispuesto a hacer ese trabajo y no hicieron preguntas. Pero he escrito al ayuntamiento de mi ciudad para pedir copias de mi certificado de nacimiento y de mi documento de identidad. Si he de volver a este mundo los voy a necesitar.
    —¿Adonde pidió que se los enviaran, a la clínica?
    —No; a casa de esas personas. — Ella percibió la preocupación que había en su voz y preguntó-: ¿Por qué?

    Él rechazó la pregunta moviendo rápidamente la cabeza hacia un lado:

    —Simple curiosidad. Nunca se sabe cuánto pueden tardar esas cosas. — Era una mentira muy burda, pero Brunetti confiaba en que, después de haber sido monja durante tantos años, no la detectara, especialmente, si venía de alguien a quien ella consideraba amigo-. ¿Tiene contacto con alguien de la casa di cura o de la orden?
    —No; con nadie. — Hizo una pausa y agregó-: He visto a dos hijos de pacientes míos de San Lorenzo, pero no creo que me reconocieran. — Aquí sonrió y dijo-: Lo mismo que usted.

    Brunetti correspondió a la sonrisa.

    —¿Alguien de la residencia sabe adonde ha ido?

    Ella movió la cabeza negativamente.

    —No. No pueden saberlo.
    —¿Se lo diría el matrimonio del Lido?
    —No; les pedí que no hablaran de mí, y no creo que lo hagan. — Recordando la inquietud que él había mostrado antes, inquirió-: ¿Por qué lo pregunta?

    Él no vio razón para no decirle, por lo menos:

    —Si hay algo de verdad en esa… -empezó, pero entonces se dio cuenta de que no sabía ni qué nombre darle, porque desde luego no era una acusación; en realidad, no era más que un comentario sobre una coincidencia. Volvió a empezar-: Por lo que usted me ha dicho, lo más prudente será que no tenga contacto alguno con las personas de la casa di cura. -Entonces descubrió que no tenía ni idea de quiénes eran esas personas-: Cuando oyó hablar a esas ancianas, ¿pudo averiguar concretamente a quién pensaban dejar su dinero?
    —He pensado en eso -dijo ella en voz baja-. Y preferiría no decirlo.
    —Por favor, Maria, no creo que pueda ya optar por callarse algo de esto.

    Ella asintió, pero muy despacio, reconociendo que lo que decía él era verdad, pero ello no lo hacía más agradable.

    —Podrían haberlo dejado a la casa di cura, o al director, o a la orden.
    —¿Quién es el director?
    —El dottor Messini, Fabio Messini.
    —¿Alguien más?

    Ella meditó un momento y respondió:

    —Quizá al padre Pio. Es muy bueno con los pacientes y ellos le quieren mucho. Pero no creo que él lo aceptara.
    —¿La madre superiora? — preguntó Brunetti.
    —No. La orden nos prohíbe poseer bienes. Es decir, a las mujeres.

    Brunetti se acercó una hoja de papel.

    —¿Sabe el apellido del padre Pio?

    La alarma asomó a los ojos de la mujer.

    —No irá usted a hablar con él, ¿verdad?
    —No; creo que no. Pero me gustaría saberlo. Por si fuera necesario.
    —Cavaletti -dijo ella.
    —¿Sabe algo más de él?

    Ella denegó con un gesto de la cabeza.

    —Sólo que dos veces a la semana viene a confesar y, si hay algún enfermo grave, le administra los últimos sacramentos. Muy pocas veces he tenido tiempo de hablar con él. Es decir, fuera del confesionario. — Se interrumpió un momento y agregó-: La última vez que lo vi fue hace un mes, el veinte de febrero, el día de la onomástica de la madre superiora. — De pronto, apretó los labios y cerró los ojos, como si sintiera un súbito dolor. Brunetti se inclinó hacia adelante, temiendo que fuera a desmayarse.

    Ella abrió los ojos y lo miró levantando una mano para tranquilizarlo.

    —¿No es curioso? — preguntó-. Quiero decir que haya recordado el día de su santo. — Desvió la mirada un momento-. No recuerdo cuál es el día de mi cumpleaños. Sólo, la fiesta de la Inmaculada, el ocho de diciembre. — Movió la cabeza negativamente con tristeza o quizá con sorpresa, a él le hubiera sido difícil adivinarlo-. Es como si, durante todos estos años, una parte de mí hubiera dejado de existir, hubiera estado anulada. Ya no recuerdo cuándo es mi cumpleaños.
    —Podría hacer que fuera el día en que salió del convento -sugirió Brunetti con una sonrisa de buena voluntad.

    Ella sostuvo su mirada un momento y llevándose la mano derecha a la frente la frotó con la yema de los dedos.

    —La vita nuova -musitó con los ojos bajos, más para sí que para él. Bruscamente, se puso en pie-. Creo que ahora debo marcharme, comisario. — Sus ojos estaban menos serenos que su voz, y Brunetti no trató de detenerla.
    —¿Podría decirme el nombre de la pensión en la que se hospeda?
    —La Pérgola.
    —¿En el Lido?
    —Sí.
    —¿Y el del matrimonio que la ayudó?
    —¿Por qué quiere saberlo? — preguntó ella con verdadera alarma.
    —Porque me gusta saber las cosas -dijo él con una respuesta sincera.
    —Sassi. Vittorio Sassi. Via Morosini número once.
    —Gracias -dijo Brunetti sin tomar nota de los nombres. Ella se volvió hacia la puerta y, durante un momento, él pensó que iba a preguntarle qué pensaba hacer, pero no dijo nada. Él se levantó y dio la vuelta a la mesa, con intención de, por lo menos, abrirle la puerta, pero ella se le adelantó. En el umbral, lo miró un momento sin sonreír y se fue.


    2


    Brunetti volvió a la contemplación de sus pies, que ahora ya no le hablaban de cosas banales. Ocupaba sus pensamientos su madre, que desde hacía años era una viajera que recorría la tierra ignota de la demencia. El miedo por su seguridad le azotaba el pensamiento con su aleteo frenético, a pesar de que él sabía que para su madre sólo cabía esperar ya la seguridad única, absoluta y definitiva, pero era una seguridad que su corazón no podía desearle, por más que dijera su cerebro. Sin saber cómo, se encontró repasando los recuerdos de los seis últimos años como si pasara las cuentas de un rosario de horrores.

    Con un movimiento repentino y brusco, cerró el cajón de un puntapié y se levantó. Suor Immacolata -todavía no podía llamarla de otro modo- le había asegurado que su madre no corría peligro, y lo que había oído no indicaba que hubiera peligro alguno para alguien. Los ancianos mueren, y la muerte puede ser una liberación para algunos de ellos y para quienes los rodean, como lo sería para… Volvió a la mesa y recogió la lista que le había dado la mujer. Nuevamente, recorrió con la mirada los nombres y edades.

    Brunetti empezó a pensar en la manera de averiguar más cosas acerca de la gente de la lista, de su vida y de su muerte. Suor Immacolata le había dado las fechas de su muerte, con las que podría obtener del ayuntamiento los certificados de defunción, el primer paso por el vasto laberinto burocrático que, finalmente, lo llevaría a las copias de los testamentos. Como una gasa: su curiosidad tendría que ser tan tenue y sutil como una gasa, y sus preguntas, tan delicadas como los bigotes de un gato. Trató de recordar cuándo había dicho a suor Immacolata que era comisario de policía. Quizá se lo mencionó durante una de aquellas tardes largas en las que su madre le permitía sostenerle la mano, pero sólo si la joven monja, que era su favorita, permanecía a su lado en la habitación. Y de algo tenían que hablar ellos dos, puesto que la madre de Brunetti se pasaba horas enteras sin decir palabra, tarareando entre dientes una musiquita átona. Suor Immacolata casi nunca hablaba de sí misma -era como si el hábito le amputara su personalidad-, pero a veces Brunetti se sorprendía de la sagacidad de algunas de las observaciones que hacía acerca de las personas que poblaban su pequeño mundo. Debió de ser en una de aquellas ocasiones cuando, buscando tema de conversación para llenar unas horas perdidas e interminables, le había hablado de su profesión. Y ella lo había oído y recordado y, al cabo de los años, había acudido a él con sus dudas y temores.

    Años atrás, Brunetti encontraba difícil y hasta imposible creer algunas de las cosas que la gente era capaz de hacer. Hubo un tiempo en el que creía, o se esforzaba en creer, que la maldad humana tenía límites. Poco a poco, a medida que veía hasta dónde llegaban las personas en su afán por satisfacer sus pasiones -la codicia, que era la más común, solía ser también la más imperiosa-, había visto cómo aquella ilusión iba quedando sumergida por la marea hasta que a veces se veía a sí mismo en la situación de aquel rey irlandés chiflado cuyo nombre no conseguía pronunciar correctamente, que en la orilla del mar golpeaba las olas con la espada, furioso ante el desafío de las aguas bravías.

    Por lo tanto, ya no le sorprendía que se matara a ancianos por dinero; lo que le sorprendía era el procedimiento que, por lo menos, a primera vista, se prestaba al error y al descubrimiento.

    También había aprendido, durante los años en que había practicado su profesión, que la pista más segura era la que dejaba el dinero. El lugar en el que ésta empezaba solía ser un dato conocido: la persona que había sido despojada de él, por la violencia o con engaño. El otro extremo, dónde terminaba, era ya mucho más difícil de hallar, pero era también el factor crucial. Cui bono?

    Si suor Immacolata tuviera razón -se obligaba a sí mismo a utilizar todavía el subjuntivo-, lo primero sería encontrar el final de la pista dejada por el dinero de aquellos ancianos, y la búsqueda sólo podía empezar por los testamentos.

    Encontró a la signorina Elettra en su despacho, y lo sorprendió verla muy atareada con el ordenador. Casi esperaba sorprenderla leyendo el periódico o haciendo un crucigrama, para celebrar la prolongada ausencia de Patta.

    —¿Qué sabe usted de testamentos, signorina? — preguntó al entrar.
    —Que yo no lo he hecho -sonrió ella, lanzando la respuesta por encima del hombro con el desenfado con que una persona de poco más de treinta años trata este asunto.

    «Y que sea por muchos años», le deseó Brunetti mentalmente. Correspondió a la sonrisa de ella con la propia, que enseguida borró.

    —¿Y sobre los de otras personas?

    Al ver su gesto de seriedad, ella se volvió hacia él haciendo girar la silla, y esperó la explicación.

    —Me gustaría conocer los términos del testamento de cinco personas que han muerto este año en la residencia geriátrica de San Leonardo.
    —¿Estaban empadronados en Venecia? — preguntó ella.
    —Lo ignoro. ¿Por qué? ¿Importa eso?
    —Los testamentos se hacen públicos por el notario que los redacta, independientemente del lugar en el que muera la persona. Si se hicieron aquí, en Venecia, lo único que necesito es el nombre del notario.
    —¿Y si no lo tengo?
    —Entonces será más difícil.
    —¿Más difícil?

    La sonrisa de la joven era franca y la voz suave:

    —La circunstancia de que no se dirija usted a los herederos para pedirles una copia, comisario, me hace pensar que no desea que se enteren de que está indagando. — Volvió a sonreír-. Está el registro central cuyos archivos fueron informatizados hace dos años, por lo que aquí no habría dificultades, pero si el notario es de algún pequeño paese del interior que aún no está informatizado, sería más difícil.
    —Si fueron registrados aquí, ¿podría usted obtener la información?
    —Desde luego.
    —¿Cómo?

    Ella se miró la falda y sacudió una mota invisible.

    —No creo que le gustara saberlo. — Al ver que había despertado toda su atención, prosiguió-: No estoy segura de que usted lo entienda, comisario, ni de que yo pueda explicárselo como es debido, pero existen medios de encontrar los códigos que dan acceso a casi cualquier información. Cuanto más pública es la fuente: un ayuntamiento, un registro, etcétera, más fácil es descubrir el código. Y, teniendo el código, es como… como si todos se hubieran ido a casa dejando la puerta del despacho abierta y la luz encendida.
    —¿Y ocurre lo mismo en todas las oficinas del Gobierno? — preguntó él con inquietud.
    —Me parece que también preferirá no saber eso -dijo ella, sin su habitual sonrisa.
    —¿Es muy fácil conseguir este tipo de información? — preguntó él.
    —Yo diría que la dificultad está en proporción directa con la habilidad de la persona que la busca.
    —¿Y usted es muy hábil, signorina?

    La pregunta suscitó una sonrisa, pero pequeña.

    —Creo que ésa es otra pregunta que preferiría no contestar, comisario.

    Él examinaba sus bellas facciones, observando por primera vez dos finas líneas que partían del ángulo exterior de los ojos, sin duda, resultado de las frecuentes sonrisas, y se le hacía difícil creer que aquella persona poseyera no ya dotes sino, probablemente, también inclinaciones delictivas.

    Sin pensar ni un momento en el juramento de su cargo, Brunetti preguntó:

    —Si residían aquí, ¿podría usted conseguir esa información?

    Él observó cómo ella pugnaba -y fracasaba- por eliminar de su voz todo asomo de orgullo al decir:

    —¿De los archivos del registro, comisario?

    Él, divertido por el tono de condescendencia con que una antigua empleada de la Banca d'Italia se refería a una simple oficina gubernamental, asintió.

    —Puedo conseguirle los nombres de los principales herederos para después del almuerzo. Las copias de los testamentos podrían tardar un día o dos.

    «Sólo los jóvenes y bellos pueden permitirse la jactancia», pensó él.

    —Después del almuerzo será perfecto, signorina. -Dejó la lista con los nombres y fechas de las defunciones encima de la mesa y subió a su despacho.

    Cuando se sentó a su mesa, miró los nombres de los dos hombres que había anotado: doctor Fabio Messini y reverendo Pio Cavaletti. Ninguno le era familiar, pero esto carecía de importancia para una persona que buscara información en una ciudad tan socialmente incestuosa como Venecia. Llamó al despacho de la planta inferior, donde tenían sus mesas los agentes de uniforme:

    —Vianello, ¿puede subir un momento? Y que venga Miotti, por favor. — Mientras esperaba la llegada de los dos policías, Brunetti estuvo dibujando distraídamente debajo de los nombres, y no fue sino al ver en la puerta a Vianello y Miotti cuando descubrió que había estado trazando cruces. Soltó el bolígrafo e indicó a los dos hombres las sillas que estaban frente a su mesa.

    Cuando Vianello se sentó, se le abrió la chaqueta del uniforme que llevaba desabrochada, y Brunetti observó que parecía estar más delgado que durante el invierno.

    —¿Hace régimen, Vianello? — preguntó.
    —No, señor -respondió el sargento, sorprendido de que Brunetti lo hubiera notado-. Ejercicio.
    —¿Cómo dice? — Brunetti, para quien la idea de hacer ejercicio rozaba la obscenidad, no intentó siquiera disimular la sorpresa.
    —Ejercicio -repitió Vianello-. Al salir del trabajo voy media hora a la palestra.
    —¿Y qué hace? — preguntó Brunetti.
    —Hago gimnasia, comisario.
    —¿Y eso, muy a menudo?
    —Tan a menudo como puedo -respondió Vianello, que de repente estaba menos comunicativo que de costumbre.
    —¿Cuántas veces?
    —Oh, tres o cuatro veces a la semana.

    Miotti seguía en silencio esta extraña conversación, mirando ora a uno ora al otro. ¿Así era como se combatía el crimen?

    —Pero, ¿qué es lo que hace allí concretamente?
    —Hago gimnasia, comisario -respondió Vianello poniendo énfasis en la palabra.

    Brunetti, vivamente interesado ya, aunque no sin cierta perversidad, se inclinó hacia adelante, con los codos en la mesa y la barbilla en la palma de la mano.

    —Pero, ¿qué clase de gimnasia? ¿Correr sobre la cinta sin fin? ¿Trepar a pulso por una cuerda?
    —No, señor -respondió Vianello sin sonreír-. Aparatos.
    —¿Qué clase de aparatos?
    —Aparatos de gimnasia.

    Brunetti se volvió hacia Miotti que, por ser joven, quizá entendiera de estas cosas. Pero Miotti, al que su juventud dispensaba del cuidado de su cuerpo, se limitó a mirar a Vianello.

    —Bien -concluyó Brunetti cuando se hizo evidente que Vianello no estaba dispuesto a dar más detalles-, tiene muy buen aspecto.
    —Gracias, comisario. Quizá le conviniera probarlo.

    Brunetti, hundiendo el estómago e irguiendo el tronco, centró su atención en cuestiones de trabajo.

    —Miotti -empezó-, tengo entendido que su hermano es clérigo.
    —Sí, señor -respondió el agente, evidentemente sorprendido de que su superior conociera este detalle.
    —¿De qué orden?
    —Dominico.
    —¿Está en Venecia?
    —No, señor. Estuvo aquí cuatro años, pero lo trasladaron a Novara hace tres años. Enseña en una escuela de chicos.
    —¿Mantiene contacto con él?
    —Sí, señor; nos hablamos todas las semanas y nos vemos tres o cuatro veces al año.
    —Bien. Me gustaría que la próxima vez que hable con él le pregunte una cosa.
    —Usted dirá, comisario -dijo Miotti sacando un bloc y un bolígrafo del bolsillo de la chaqueta y ganando puntos a los ojos de Brunetti al no preguntar por qué.
    —Me gustaría que le preguntara si conoce al padre Pio Cavaletti, de la orden de la Santa Cruz de esta ciudad. — Brunetti vio que Vianello arqueaba las cejas, pero el sargento siguió escuchando en silencio.
    —¿He de preguntarle algo en concreto, comisario?
    —No; sólo si sabe o recuerda algo de él, en general.

    Miotti fue a hablar, vaciló y preguntó:

    —¿Podría darme algún otro dato? Algo que yo pueda decir a mi hermano.
    —Es capellán de la casa di cura que está cerca del Ospedale Giustinian. Es todo lo que sé. — Mientras Miotti mantenía la cabeza inclinada, escribiendo, Brunetti preguntó-: ¿Tiene usted idea de quién puede ser, Miotti?

    El joven agente levantó la cara.

    —No, señor. Nunca tuve tratos con los amigos clericales de mi hermano.

    Brunetti, movido más por el tono que por las palabras, preguntó:

    —¿Existe alguna razón en particular?

    Por toda respuesta, Miotti movió la cabeza en gesto de rápida negación y miró el bloc, agregando unas palabras a lo escrito.

    Brunetti miró a Vianello por encima de la cabeza del joven, y el sargento se encogió de hombros casi imperceptiblemente. El comisario abrió mucho los ojos señalando a Miotti con un leve gesto de la barbilla. Vianello, interpretando la señal como una petición de que averiguara las razones de la reticencia del joven cuando bajaran a la oficina, asintió a su vez.

    —¿Algo más, comisario? — preguntó Vianello.
    —Esta tarde -empezó Brunetti en respuesta a la pregunta, y pensando en las copias de los testamentos que le había prometido la signorina Elettra-, tendré los nombres de varias personas con las que me gustaría hablar.
    —¿Desea que vaya con usted, comisario? — preguntó Vianello.

    Brunetti asintió.

    —A las cuatro -dijo, calculando que eso le dejaría tiempo para almorzar-. Bien, me parece que eso es todo por ahora. Gracias a los dos.
    —Subiré a buscarle -dijo Vianello. Cuando Miotti iba hacia la puerta, Vianello se volvió, lo señaló con un movimiento de cabeza y asintió mirando a Brunetti. Si algo había que averiguar acerca de los motivos que impedían a Miotti relacionarse con los «amigos clericales» de su hermano, Vianello lo sabría esta tarde.

    Cuando los dos agentes se fueron, Brunetti abrió un cajón y sacó las Páginas Amarillas. Buscó en Médicos, pero en Venecia no encontró a ningún Messini. Miró en la guía alfabética y encontró tres, uno, un tal dottor Fabio, con domicilio en Dorsoduro. Anotó el número de teléfono y la dirección, luego descolgó su teléfono y marcó de memoria otro número.

    Una voz masculina contestó a la tercera señal:

    —Allò?
    —Ciao, Lele -dijo Brunetti al reconocer la voz áspera del pintor-. Llamo para preguntarte por un vecino tuyo, el dottor Fabio Messini. — Lele Bortoluzzi, cuya familia residía en Venecia desde las Cruzadas, conocería a cualquiera que viviera en Dorsoduro.
    —¿El de la afgana?
    —¿Perra o esposa? — preguntó Brunetti riendo.
    —Si es el que imagino, la esposa es romana; y la perra, afgana. Es una beldad. Lo mismo que la esposa, desde luego. Ella la pasea por delante de la galería por lo menos una vez al día.
    —El Messini que yo busco dirige una residencia geriátrica cerca del Giustinian.

    Lele, que lo sabía todo, dijo:

    —Es el mismo que dirige la residencia en la que está Regina, ¿verdad?
    —Sí.
    —¿Y cómo está, Guido? — Lele, que tenía pocos años menos que la madre de Brunetti, la conocía de toda la vida y había sido uno de los mejores amigos de su marido.
    —Está igual, Lele.
    —Que Dios la ayude, Guido. Lo siento.
    —Gracias -dijo Brunetti. No se podía decir más-. ¿Qué hay de Messini?
    —Que yo recuerde, empezó hará unos veinte años con un ambulatorio. Después se casó con Fulvia, la romana y, con el dinero de ella, fundó una casa di cura y abandonó la consulta privada. Por lo menos, eso tengo entendido. Y ahora me parece que es director de tres o cuatro residencias.
    —¿Lo conoces?
    —No. Sólo de vista. Y no lo veo tan a menudo como a su mujer.
    —¿Cómo sabes quién es ella? — preguntó Brunetti.
    —Me ha comprado varios cuadros a lo largo de los años. Me gusta. Es inteligente.
    —¿Buen gusto para la pintura? — preguntó Brunetti.

    Por el teléfono sonó la risa de Lele.

    —La modestia me impide contestar esa pregunta.
    —¿Se dice algo de él? ¿O de ellos?

    Se hizo una pausa larga, a la que Lele puso fin diciendo:

    —Yo no he oído nada. Si quieres, podría preguntar.
    —Pero sin que parezca que preguntas -dijo Brunetti, aunque sabía que no era necesaria la advertencia.
    —Mi lengua será leve como la brisa sobre la mar en calma.
    —Te lo agradecería, Lele.
    —¿No tendrá que ver con Regina, verdad?
    —No, nada.
    —Bien. Era una mujer formidable, Guido. — Entonces, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que había hablado en pasado, agregó rápidamente-: Si averiguo algo, te llamaré.
    —Gracias, Lele. — Brunetti estuvo a punto de volver a recomendarle discreción, pero entonces se dijo que, para haber prosperado tanto como Lele en los medios del arte y las antigüedades de Venecia, una persona debía poseer tanto tacto como energía, por lo que se limitó a despedirse.

    Aún faltaba mucho para las doce, pero Brunetti se sentía atraído a la calle por el aroma, de la primavera que desde hacía una semana envolvía la ciudad. Además, siendo el jefe, ¿por qué no iba a poder marcharse si le apetecía? Tampoco se sentía obligado a pasar por el despacho de la signorina Elettra para decirle adónde iba; probablemente, la encontraría con las manos en la masa del delito informático, y no quería ser cómplice ni, mucho menos, estorbo, por lo que la dejó trabajar y se encaminó hacia Rialto y su apartamento.

    Cuando salió de casa aquella mañana, hacía un frío húmedo y ahora, con el calor de mediodía, le pesaban el abrigo y la chaqueta. Se desabrochó ambas prendas y metió el pañuelo del cuello en el bolsillo, pero aun así sentía en la espalda las primeras gotas de sudor del año. El traje de lana le oprimía y entonces le asaltó la nefanda sospecha de que tanto el pantalón como la americana le apretaban más que cuando empezó a ponérselos a principios del invierno. Al llegar al puente de Rialto, en un acceso de dinamismo, empezó a subir las escaleras al trote. Había subido una docena de peldaños cuando le faltó el aire y tuvo que frenar. En lo alto del puente, se paró a mirar hacia la izquierda la curva que describe el Gran Canal en dirección a San Marcos y el palacio de los dux. El sol se reflejaba en la superficie del agua, en la que se mecían las primeras gaviotas cabecinegras de la estación.

    Cuando hubo recuperado el aliento, Brunetti empezó a bajar por el otro lado del puente, tan complacido por la bonanza del día que ni el bullicio de las calles ni el ir y venir de los turistas le producían la irritación habitual. Mientras caminaba por entre la doble hilera de puestos de fruta y verdura, vio los primeros espárragos y pensó que quizá pudiera convencer a Paola para que comprara algún manojo. Una mirada al precio le hizo comprender que no debía hacerse ilusiones, por lo menos, hasta dentro de una semana, cuando la temporada entrara en el apogeo y el precio se redujera a la mitad. Estuvo brujuleando entre los puestos, mirando las mercancías y los precios y saludando a algún que otro conocido. En el último puesto de la derecha vio unas hojas que le eran familiares y se acercó a mirarlas.

    —¿Son puntarelle? -preguntó, sorprendido de encontrarlas tan pronto.
    —Sí, y las mejores de Rialto -le aseguró el vendedor, un hombre con la cara colorada por muchos años de afición al vino-. Seis mil el kilo, un regalo.

    Brunetti renunció a discutir semejante absurdo. Cuando era niño, las puntarelle costaban unos cientos de liras el kilo, y muy poca gente las comía; si alguien las compraba era para darlas a los conejos que se criaban ilegalmente en los patios interiores.

    —Póngame medio kilo -dijo Brunetti, sacando unos billetes del bolsillo.

    El vendedor se inclinó sobre los montones de hortalizas expuestas y tomó un buen puñado de aquellas hojas verdes y aromáticas. Como un prestidigitador, sacó de la nada una hoja de papel y la dejó caer en la balanza, puso las hojas encima y rápidamente hizo un pulcro paquete que dejó sobre unas simétricas hileras de zucchini tiernos y extendió la mano. Brunetti le dio tres billetes de mil liras, no pidió bolsa de plástico y siguió hacia casa.

    Al llegar a la pared del reloj, torció a la izquierda y subió hacia San Aponal. Maquinalmente, tomó por la primera calle de la derecha y entró en Do Mori, donde pidió una loncha de prosciutto enrollada en un bastoncillo y un vasito de Chardonnay para quitarse el sabor salado del jamón.

    A los pocos minutos y resoplando otra vez, después de subir más de noventa escalones, abría la puerta de su casa donde salieron a su encuentro los varios olores que le alegraban el alma hablándole de familia, hogar y alegría.

    Aunque el aroma exquisito a ajo y cebolla fritos anunciaban la presencia de su esposa, Brunetti gritó:

    —¿Estás aquí, Paola?

    Un «Sí» que le llegó desde la cocina lo atrajo por el pasillo hasta allí. Dejó el paquete en la mesa y se acercó a su mujer para darle un beso y ver qué estaba friendo en la sartén.

    Unas tiras de pimientos rojos y amarillos cocían lentamente en una espesa salsa de tomate de la que emanaba olor a salchicha.

    —Tagliatelle? -preguntó él, nombrando su pasta fresca favorita.

    Ella se inclinó a remover la salsa.

    —Por supuesto. — Entonces, al volverse hacia la mesa, vio el paquete-: ¿Qué es eso?
    —Puntarelle. He pensado que podríamos hacer aquella ensalada con salsa de anchoas.
    —Buena idea -dijo ella alegremente-. ¿Dónde las has encontrado?
    —Las tenía ese que pega a su mujer.
    —¿Qué dices? — preguntó ella, desconcertada.
    —El del último puesto de la derecha según vas hacia el mercado del pescado, el que tiene venitas en la nariz.
    —¿Pega a su mujer?
    —Bueno, ha estado tres veces en la questura. Pero, cuando se le pasa la borrachera, ella siempre retira los cargos.

    Brunetti observó cómo su esposa repasaba su archivo mental de todos los vendedores de la derecha del mercado.

    —¿Ella es la de la chaqueta de visón? — preguntó al fin.
    —Sí.
    —No tenía ni idea.

    Brunetti se encogió de hombros.

    —¿Y vosotros no podéis hacer nada? — preguntó ella.

    Como tenía hambre y la discusión retrasaría el almuerzo, él se mostró lacónico.

    —No. No es cosa nuestra.

    Colgó el abrigo y la chaqueta del respaldo de una silla y fue a la nevera a buscar una botella de vino. Al pasar por detrás de su mujer en busca de un vaso, murmuró:

    —Huele bien.
    —¿No es cosa vuestra? — preguntó ella, y por el tono él comprendió que Paola había encontrado Una Causa.
    —No, no lo es, salvo que ella presente una denuncia formal, cosa que siempre se ha negado a hacer.
    —Quizá le tiene miedo.
    —Paola -dijo él, que había deseado evitarse esto-, ella abulta el doble que él: pesa por lo menos cien kilos. Estoy seguro de que, si quisiera, podría arrojarlo por una ventana.
    —¿Pero? — preguntó ella, notando por el tono que su marido se callaba algo.
    —Pero no quiere, diría yo. Discuten, la cosa pasa a mayores y ella nos llama. — Se sirvió un vaso de vino y bebió un trago, dando por terminada la conversación.
    —¿Y entonces? — preguntó Paola.
    —Entonces vamos nosotros y nos lo llevamos a la questura donde se queda hasta que ella va a buscarlo por la mañana. Es algo que ocurre cada seis meses aproximadamente, pero ella nunca tiene grandes señales de violencia, y se alegra de llevárselo a su casa.

    Paola se quedó pensativa y, finalmente, desistió encogiéndose de hombros.

    —Es extraño, ¿verdad?
    —Muy extraño -convino Brunetti, al que una larga experiencia en estas lides decía que Paola había decidido abandonar el tema.

    Al inclinarse para recoger la chaqueta y el abrigo y llevarlos al recibidor, vio un sobre marrón en la mesa.

    —¿Las notas de Chiara? — preguntó alargando la mano.
    —Aja -dijo Paola echando sal al agua que hervía en el puchero de un fogón de atrás.
    —¿Son buenas?
    —Excelentes en todo menos en una asignatura.
    —¿Educación Física? — trató de adivinar él, desconcertado, porque Chiara se había situado en cabeza de la clase desde el primer grado y allí había seguido durante seis años. Pero, al igual que su padre, la niña no era amante del ejercicio y tendía a apoltronarse, por lo que ésta era la única asignatura en la que, según él, podía fracasar.

    Abrió el sobre y sacó la cartulina.

    —¿Formación Religiosa? — preguntó- ¿Formación Religiosa?

    Paola no dijo nada, y él siguió leyendo las anotaciones hechas por la profesora para explicar su calificación de «Insuficiente».

    —¿«Hace demasiadas preguntas»? — leyó. Y después-: ¿«Comportamiento perturbador»? ¿Se puede saber qué significa esto? — preguntó Brunetti tendiendo la hoja a Paola.
    —Pregúntaselo a ella cuando llegue.
    —¿Aún no ha llegado? — preguntó Brunetti, y le asaltó la disparatada idea de que Chiara, enterada de la mala nota, se hubiera escondido por ahí, resistiéndose a volver a casa. Miró el reloj y vio que era temprano: su hija no debía llegar hasta dentro de quince minutos.

    Paola, que ponía la mesa para cuatro, lo apartó suavemente con la cadera.

    —¿Ella te ha hablado de esto? — preguntó él, haciéndose a un lado para no estorbar.
    —Nada en concreto. Dijo que no le gustaba el padre, pero no dijo por qué. O yo no se lo pregunté.
    —¿Qué clase de cura es? — preguntó Brunetti, sentándose en su sitio.
    —¿Qué quieres decir con lo de «qué clase de cura»?
    —¿Es de lo que se llama el clero secular o pertenece a alguna orden?
    —Me parece que es un cura secular, de la parroquia que está al lado de la escuela.
    —¿San Polo?
    —Sí.

    Mientras hablaban, Brunetti iba leyendo los comentarios de los otros profesores, todos ellos, categóricos en el elogio de la inteligencia y la aplicación de Chiara. Su profesor de Matemáticas la consideraba «una alumna con mucho talento y muy buenas dotes para las Matemáticas» y la de Lengua llegaba incluso a utilizar la palabra «elegancia» al referirse a la expresión escrita de Chiara. En ninguno de los comentarios se apreciaba esa natural inclinación de los maestros a prevenir con una severa advertencia el peligro de la vanidad que sin duda acechaba detrás de cada palabra de elogio.

    —No lo entiendo -dijo Brunetti guardando la pagella en el sobre y dejando caer éste en la mesa. Se quedó un momento pensativo, buscando la manera de formular la pregunta que deseaba hacer:
    —Tú no le habrás dicho nada, ¿verdad?

    Paola era conocida entre su amplio círculo de amistades por facetas diversas, pero todos los que la trataban coincidían en considerarla una mangia-preti, comecuras. El furioso anticlericalismo que irradiaba de ella a veces sorprendía aun al propio Brunetti, aunque no era frecuente que a estas alturas pudiera sorprenderle algo que dijera o hiciera Paola. Pero el tema de la religión era el que, más que cualquier otro, podía encender en ella de improviso un furor fulminante.

    —Ya sabes que desde el principio he estado de acuerdo -dijo volviéndose de espaldas a los fogones para mirar a su marido. Siempre había intrigado a Brunetti que Paola hubiera accedido tan rápidamente a la sugerencia de sus respectivas familias de que sus hijos fueran bautizados y enviados a las clases de Religión de la escuela. «Forma parte de la cultura occidental», solía decir con una indiferencia glacial. Los niños, que no eran tontos, pronto descubrieron que Paola no era la persona a quien acudir en materia de fe, pero también sabían que sus conocimientos de historia eclesiástica y discusión teológica eran prácticamente enciclopédicos. Su clarificación de las diferencias entre los credos niceno y atanasiano era un modelo de ecuánime objetividad y detallista erudición; su denuncia de los siglos de las seculares matanzas a que estas diferencias habían dado lugar era, para usar un término mesurado, desmesurada.

    Durante aquellos años, Paola había mantenido su palabra y no había criticado, por lo menos en presencia de los niños, el cristianismo ni religión alguna. Por lo tanto, cualquier antipatía hacia la religión o cualesquiera ideas que pudieran haber inducido a Chiara a observar un «comportamiento perturbador» no habían sido provocadas por algo que hubiera dicho Paola, por lo menos, abiertamente.

    Los dos se volvieron al oír abrirse la puerta del apartamento, pero era Raffi, no Chiara, el que entraba.

    —Ciao, mamma -gritó mientras iba a su cuarto a dejar los libros-. Ciao, papà. -Poco después, entraba en la cocina. El chico se inclinó para dar un beso a su madre, y Brunetti, que estaba sentado, vio a su hijo desde un ángulo nuevo, y lo vio más alto.

    Raffi levantó la tapadera de la sartén y, al ver lo que había debajo, dio otro beso a su madre.

    —Me muero de hambre, mamma. ¿Cuándo se come?
    —En cuanto llegue tu hermana -dijo Paola volviéndose hacia el fogón para bajar el gas del agua que ya hervía.

    Raffi se subió el puño para mirar el reloj.

    —Ya sabes que siempre es puntual. Llegará dentro de siete minutos, ¿por qué no echas ya la pasta? — Alargó la mano hacia la mesa y rompió el celofán de un paquete de grissini. Se puso entre los dientes tres bastoncitos y, como un conejo que mordisqueara tres briznas de hierba, los fue royendo hasta hacerlos desaparecer. Sacó otros tres y repitió el proceso.
    —Vamos, mamma, estoy desfallecido, y esta tarde tengo que ir a casa de Massimo a estudiar Física.

    Paola puso en la mesa una fuente de berenjena frita, asintió con repentina conformidad y empezó a echar las cintas de pasta fresca en el agua hirviendo.

    Brunetti sacó la pagella del sobre y la dio a Raffaele.

    —¿Tú sabes algo de esto?

    Hasta hacía un par de años, al dejar atrás lo que sus padres llamaban su «período de Karl Marx», las notas de Raffi no habían adquirido la indefectible perfección que tenían las de su hermana desde que había empezado a ir a la escuela, pero, incluso en los tiempos de los peores desastres académicos de aquel período, Raffi nunca había sentido más que orgullo por los éxitos escolares de su hermana.

    Miró la hoja de arriba abajo y la devolvió a su padre sin decir nada.

    —¿Qué dices? — preguntó Brunetti.
    —Perturbadora, ¿eh? — fue su única respuesta.

    Paola, que removía la pasta, dio unos sonoros golpes al borde de la olla.

    —¿Tú sabes algo de esto? — insistió Brunetti.
    —Pues, en realidad, no -dijo Raffi, remiso a explicar lo que supiera. Como sus padres callaran, agregó, pesaroso-: Mamá se pondrá furiosa.
    —¿Por qué? — preguntó Paola con forzada ligereza.
    —Por… -Interrumpió a Raffi el sonido de la llave de Chiara en la cerradura.
    —Ah, ahí llega la culpable -dijo Raffi sirviéndose un vaso de agua mineral.

    Los tres espiaron cómo Chiara colgaba la chaqueta del perchero, dejaba caer los libros, los recogía y ponía en una silla y se acercaba por el pasillo. La niña se paró en la puerta de la cocina:

    —¿Se ha muerto alguien? — preguntó sin asomo de ironía en la voz.

    Paola se agachó y sacó un escurridor del armario. Lo puso en el fregadero y vació la olla en él. Chiara seguía en la puerta.

    —¿Qué pasa? — preguntó.

    Mientras Paola echaba la pasta y después la salsa en una fuente honda, Brunetti explicó:

    —Han llegado tus notas.

    A Chiara se le alargó la cara.

    —Oh -fue todo lo que pudo decir. Pasó junto a Brunetti y se sentó a la mesa.

    Empezando por Raffi, Paola sirvió cuatro grandes platos de pasta y luego les ayudó a rallar el parmigiano, que distribuyó con liberalidad. Ella empezó a comer. Los demás la imitaron.

    Una vez su plato vacío, Chiara lo presentó a su madre, para repetir, y preguntó:

    —Religión, ¿no?
    —Sí. Una nota muy baja -dijo Paola.
    —¿Cómo de baja?
    —Tres.

    Chiara a duras penas pudo reprimir una mueca.

    —¿Sabes por qué es tan baja la nota? — preguntó Brunetti poniendo las mano, sobre el plato vacío, para indicar a Paola que no quería más.

    Chiara atacó su segunda ración de pasta, mientras Paola vaciaba la fuente en el plato de Raffi.

    —Pues, no; no lo sé.
    —¿No estudias? — preguntó Paola.
    —No hay nada que estudiar -dijo Chiara-. Sólo esa tontería del catecismo. Eso te lo aprendes en una tarde.
    —¿Entonces? — preguntó Brunetti.

    Raffi tomó un panecillo del cesto que estaba en el centro de la mesa, lo partió por la mitad y empezó a rebañar el plato.

    —¿Es el padre Luciano? — preguntó.

    Chiara asintió y dejó el tenedor. Miró a los fogones, para ver qué más había.

    —¿Tú conoces a ese padre Luciano? — preguntó Brunetti a Raffi.

    El chico puso los ojos en blanco.

    —Oh, Dios, ¿quién no lo conoce? — Y a su hermana-: ¿Alguna vez te has confesado con él, Chiara?

    Ella movió la cabeza enérgicamente de derecha a izquierda, pero no dijo nada.

    Paola se levantó de la mesa y retiró los platos de la pasta. Abrió el horno y sacó una fuente de chuletas a la milanesa, puso unas cuñas de limón en el borde de la fuente y la dejó en la mesa. Mientras Brunetti tomaba dos chuletas, Paola se sirvió berenjena sin decir nada.

    En vista de que Paola se mantenía al margen, Brunetti preguntó a Raffi:

    —¿Qué tal confiesa?
    —Oh, es fabuloso con los niños -dijo Raffi sirviéndose dos chuletas.
    —¿Fabuloso en qué sentido? — preguntó Brunetti.

    En vez de contestar, Raffi lanzó una rápida mirada a Chiara. Sus padres vieron que ella denegaba con la cabeza casi imperceptiblemente y luego concentraba la atención en el almuerzo.

    Brunetti dejó el tenedor. Chiara no levantó la cabeza, y Raffi miró a Paola, que seguía callada.

    —Vamos a ver -dijo Brunetti en un tono más seco del que le hubiera gustado oírse-. ¿Se puede saber qué pasa aquí y qué es lo que no se nos puede decir de este padre Luciano?

    Miró de Raffi, que rehuyó su mirada, a Chiara y le sorprendió verla sonrojada.

    Suavizando la voz, preguntó:

    —Chiara, ¿puede decirnos Raffi qué es lo que sabe?

    Ella asintió, pero no levantó la cabeza.

    Raffi, imitando a su padre, también dejó el tenedor, pero luego sonrió:

    —Tampoco es tan grave, papá.

    Brunetti no dijo nada. Paola seguía muda.

    —Es lo que dice durante la confesión. Cuando te confiesas de las cosas del sexo. — Aquí se interrumpió.
    —¿Las cosas del sexo? — repitió Brunetti.
    —Ya sabes, papá, las cosas que se hacen.

    Brunetti lo sabía.

    —¿Y qué les dice el padre Luciano? — preguntó.
    —Hace que se las describan. Bueno, que le hablen de todo eso, ¿comprendes? — Raffi hizo un ruido con la garganta, entre risa y gruñido, y luego calló.

    Brunetti miró a Chiara y observó que estaba más colorada que antes.

    —Comprendo -dijo Brunetti.
    —En realidad, es bastante penoso -dijo Raffi.
    —¿Te lo ha pedido a ti? — preguntó Brunetti.
    —Oh, no. Hace años que dejé de ir a confesarme. Pero no se lo pide a los chicos sino sólo a las chicas.
    —¿Eso es todo lo que hace? — preguntó Brunetti.
    —Eso es todo lo que yo sé, papá. Yo lo tenía en clase de Religión hace unos cuatro años, y lo único que nos pedía era que le recitáramos el catecismo de memoria. Pero a las chicas les decía cosas curiosas; no curiosas curiosas sino curiosas raras. — Mirando a su hermana preguntó-: ¿Aún las dice?

    Ella se encogió de hombros.

    —¿Te las dice a ti, Chiara? — preguntó Brunetti.

    Ella movió negativamente la cabeza.

    —¿Y a alguien que conozcas?

    Otra negativa silenciosa.

    —¿Alguien quiere otra chuleta? — preguntó Paola con voz perfectamente natural. Se oyó un gruñido y dos cabezas se movieron a derecha e izquierda. Considerándolo respuesta suficiente, ella se llevó la bandeja. Comieron las puntarelle en un silencio roto sólo por el tintineo de los tenedores en los platos. Paola pensaba darles de postre sólo fruta, pero abrió un paquete que tenía en la encimera y sacó un pesado pastel, bien cargado de fruta fresca y relleno de nata, que pensaba llevar aquella tarde a la universidad, para después de la reunión mensual con sus compañeros de facultad.
    —Chiara, tesoro, ¿pones los platos? — preguntó sacando de un cajón un ancho cuchillo de plata.

    Las porciones que Paola cortó -observó Brunetti- eran lo bastante grandes como para catapultarlos a todos a un coma diabético, pero la dulzura del pastel, y el café y luego la charla acerca del no menos dulce primer día de auténtica primavera bastaron para devolver cierta tranquilidad a la familia. Después, Paola dijo que fregaría los platos y Brunetti decidió leer el diario. Chiara se escabulló a su habitación y Raffi se fue a casa de su amigo, a estudiar Física. Ni Brunetti ni Paola dijeron más acerca del tema, pero los dos sabían que no habían terminado con el padre Luciano.


    3


    Brunetti también se llevó el abrigo después del almuerzo, pero se lo puso sobre los hombros y, mientras caminaba de vuelta a la questura, satisfecho y reconfortado después del copioso almuerzo, saboreaba con fruición el aire tibio. Tenía la sensación de que el traje le estaba un poco estrecho, pero prefirió atribuirla a que el calor le hacía notar el peso de la lana. Además, todo el mundo engordaba un kilo o dos durante el invierno; probablemente, hasta era saludable: aumentaba las defensas contra las enfermedades.

    Cuando empezaba a bajar del puente de Rialto, vio que un 82 llegaba al embarcadero situado a su derecha y, sin pensarlo, echó a correr y saltó a bordo cuando ya el vaporetto empezaba a separarse del muelle, poniendo proa al centro del Gran Canal. Brunetti fue hacia la derecha de la embarcación, pero se quedó en cubierta, disfrutando de la brisa y de la luz que cabrilleaba en el agua. Vio acercarse por la derecha la Via Tiepolo y miró hacia el interior, buscando la barandilla de su terraza, pero antes de que pudiera distinguirla ya había quedado atrás, y él volvió su atención al Canal.

    Brunetti se había preguntado más de una vez cómo habría sido la vida en los tiempos de la Serenísima Repú blica, por ejemplo, esta travesía, en una embarcación a remo, en silencio, sin motores ni bocinas, un silencio roto únicamente por el «Ouie» de los gondoleros y el golpe de los remos en el agua. Cómo habían cambiado las cosas: hoy los comerciantes, para comunicarse, usaban el odioso telefonino en lugar de aquellos galeones de velas latinas. El aire olía al bióxido de carbono y otras emanaciones del continente, que no había brisa marina capaz de disipar del todo. Lo único que no había cambiado con los siglos era la milenaria tradición de venalidad de la ciudad, y Brunetti se sentía incómodo al verse incapaz de decidir si esto le parecía bueno o malo.

    Tenía intención de desembarcar en San Samuele y hacer a pie el largo trecho hasta San Marco, pero al pensar en las muchedumbres que el buen tiempo habría hecho salir a la calle, cambió de idea y siguió hasta San Zaccharia. Desde allí retrocedió hasta la questura, a donde llegó poco después de las tres, al parecer, antes que la mayoría de los policías de uniforme.

    Al entrar en su despacho, descubrió que, durante la hora del almuerzo, los papeles se habían multiplicado -¿no sería que realmente procreaban?— encima de su mesa. Cumpliendo lo prometido, la signorina Elettra le había dejado la lista de los herederos de las personas de que suor Immacolata -rectificó: Maria Testa- le había hablado. También le daba las direcciones y los números de teléfono. Al repasar la lista, Brunetti descubrió que tres de ellos residían en Venecia. El cuarto vivía en Turín, y el último testamento indicaba los nombres de seis personas, ninguna de ellas residente en Venecia. En una nota mecanografiada al pie, la signorina Elettra decía que al día siguiente por la tarde tendría copias de los testamentos.

    En un primer momento, Brunetti pensó en llamar por teléfono, pero luego se dijo que, por lo menos la primera vez, sería preferible llegar de improviso, sin anunciarse, por lo que se limitó a marcar las direcciones en su plano mental de la ciudad, trazando un itinerario para las visitas y guardar la lista en el bolsillo de la chaqueta. La experiencia había enseñado al comisario que, si bien el factor sorpresa tal vez no le ayudara a descubrir la culpabilidad o inocencia de las personas, solía inducir a la gente a decir la verdad.

    Brunetti seguía leyendo inclinado hacia adelante, pero, a la segunda hoja, se arrellanó en el sillón y atrajo los papeles hacia sí. A los pocos minutos, el fárrago de la prosa, el calor del despacho y la digestión se combinaron para hacer que las manos le cayeran en el regazo y la barbilla, en el pecho. Al cabo de un rato, despertó sobresaltado por el sonido de una puerta que se cerraba bruscamente en el pasillo. Agitó la cabeza, se pasó las manos por la cara varias veces y deseó un café. Entonces levantó la cabeza y vio a Vianello en el vano de la puerta, la puerta que -ahora lo advertía Brunetti- había permanecido abierta durante su siesta.

    —Buenas tardes, sargento -dijo, dedicando a Vianello la sonrisa del hombre que controla perfectamente a todo el personal de la questura-. ¿Qué sucede?
    —Quedamos en que vendría a buscarlo, comisario. Son las cuatro menos cuarto.
    —¿Tan tarde? — preguntó Brunetti mirando su reloj.
    —Sí, señor. Subí hace un rato, pero estaba usted ocupado. — Vianello hizo una pausa, dejando que la frase calara y agregó-: Una de las ventajas de esto que hago es que te sientes bien y ágil.

    Brunetti, que no sabía de qué le hablaba, iba a decir que todo lo que hacemos debería hacer que nos sintiéramos bien, pero entonces supuso que Vianello debía de referirse a la gimnasia y optó por no hacer comentario alguno.

    —Y eso es bueno, porque ahora tengo mucha energía -prosiguió el sargento, pero, viendo que Brunetti se negaba a responder, dijo-: Fuera tengo la lancha, comisario.

    Mientras bajaban la escalera de la questura, Brunetti preguntó:

    —¿Ha hablado con Miotti?
    —Sí, señor. Es lo que me figuraba.
    —¿Su hermano es gay? — preguntó Brunetti sin molestarse siquiera en mirar a Vianello.

    El sargento se paró a mitad de la escalera. Cuando Brunetti se volvió a mirarlo, le preguntó:

    —¿Cómo lo sabe, comisario?
    —Parecía muy nervioso al hablar de su hermano y de sus amigos clericales, y no se me ocurre nada más que pueda poner nervioso a Miotti. Desde luego, no es el hombre más liberal que tenemos. — Después de un momento de reflexión, Brunetti agregó-: Tampoco tiene nada de sorprendente que un cura sea gay.
    —Lo sorprendente sería más bien lo contrario, diría yo -comentó Vianello mientras seguía bajando la escalera. Y volviendo a Miotti-. Pero usted, comisario, ha dicho siempre que él es un buen policía.
    —Para ser buen policía no es indispensable poseer amplitud de criterio, Vianello.
    —Quizá no.

    Brunetti explicó al sargento rápidamente el motivo de sus visitas y, mientras hablaba, era consciente de que le resultaba difícil eliminar de su voz un deje de escepticismo. A los pocos minutos, salían de la questura. Bonsuan, el piloto, los esperaba a bordo de una lancha de la policía. Todo relucía: las piezas de latón de la embarcación, una de las insignias del cuello de Bonsuan, las hojas tiernas de una parra que revivía al otro lado del canal, una botella de vino que flotaba en el agua que en sí era una lámina de plata bruñida. Sin otra razón que la luz, Vianello abrió los brazos y sonrió.

    El movimiento atrajo la atención de Bonsuan, que lo miró con extrañeza. Vianello, un poco cohibido en su euforia, trató de disimular como si con aquel ademán quisiera desentumecerse después de pasar varias horas atado a un escritorio, pero en aquel momento pasaron volando a ras de agua dos vencejos amorosos, y Vianello abandonó todo intento de disimulo.

    —Es primavera -gritó alegremente al piloto saltando a cubierta y dando una jovial palmada en el hombro a Bonsuan.
    —¿Todo esto hay que agradecerlo a la gimnasia? — preguntó Brunetti al subir a la lancha.

    Bonsuan que, al parecer, nada sabía de la nueva afición de Vianello, miró torvamente al sargento, dio media vuelta, puso en marcha el motor y llevó la embarcación hacia el centro del estrecho canal.

    Vianello, sin dejarse desanimar, se quedó en cubierta. Brunetti, por el contrario, bajó al camarote, sacó una guía de la ciudad de un estante que recorría todo un mamparo y comprobó la situación de las tres direcciones de la lista. Desde el interior, observaba a los dos hombres: su sargento, despreocupado como un adolescente y el piloto, adusto, mirando al frente mientras entraban en el bacino de San Marcos. Vio a Vianello poner una mano en el hombro de Bonsuan y señalar al Este, llamándole la atención hacia un velero de gruesos mástiles que iba hacia ellos, con las velas hinchadas por el viento fresco de la primavera. Bonsuan movió la cabeza de arriba abajo, pero volvió a fijar la atención en el rumbo. Vianello echó la cabeza hacia atrás con una carcajada grave que resonó en el camarote.

    Brunetti resistió hasta que estuvieron en el centro del bacino y entonces, rindiéndose al magnetismo del buen humor de Vianello, decidió subir a cubierta. Cuando iba a poner el pie en ella, la estela de un transbordador del Lido los alcanzó de costado y Brunetti perdió el equilibrio y basculó hacia la baja borda de la embarcación. La mano de Vianello lo asió rápidamente de una manga, tiró de él y lo sujetó del brazo hasta que la embarcación se estabilizó. Entonces lo soltó diciendo:

    —En esa agua, no.
    —¿Teme que me ahogue? — preguntó Brunetti.
    —Antes se moriría del cólera -terció Bonsuan.
    —¿El cólera? — rió Brunetti; era la primera tentativa de chiste que oía a Bonsuan.

    El piloto se volvió a mirarlo muy serio.

    —El cólera -repitió.

    Cuando Bonsuan se concentró de nuevo en el timón, Vianello y Brunetti se miraron como dos colegiales pillados en falta, y a Brunetti le pareció que Vianello tenía que hacer un esfuerzo para que no se le escapara la risa.

    —Cuando yo era niño -explicó Bonsuan sin preámbulo-, nadaba delante de mi casa. Me lanzaba al agua desde el borde del canale di Cannaregio. Se veía el fondo. Había peces y cangrejos. Ahora todo lo que se ve es lodo y mierda.

    Vianello y Brunetti volvieron a mirarse.

    —Quien coma pescado de esa agua está loco -dijo Bonsuan.

    El año anterior se habían dado numerosos casos de cólera, pero en el Sur, donde solían ocurrir estas cosas. Brunetti recordó que las autoridades sanitarias habían clausurado el mercado de pescado de Bari y recomendado a la población que evitara el consumo de pescado, lo que a Brunetti le pareció que era tanto como decir a las vacas que dejaran de comer hierba. En el otoño, las lluvias y las inundaciones habían desplazado la noticia de las páginas de los diarios nacionales, pero no antes de que Brunetti empezara a preguntarse si no podría ocurrir lo mismo aquí, en el Norte, y si era prudente comer lo que se pescaba en las cada vez más pútridas aguas del Adriático.

    Cuando la lancha se acercó al embarcadero de las góndolas situado a la izquierda del palazzo Dario, Vianello agarró una amarra y saltó a tierra. Echando el cuerpo hacia atrás tensó la cuerda acercando la lancha al muelle en el momento en que Brunetti desembarcaba.

    —¿Quiere que les espere, comisario? — preguntó Bonsuan.
    —No; no es necesario. No sé cuánto tardaremos -dijo Brunetti-. Puede usted regresar.

    Bonsuan levantó una mano lánguida a la gorra del uniforme, en un ademán que era medio saludo, medio despedida. Dio marcha atrás y sacó la lancha al canal describiendo un arco, sin volverse a mirar a los dos hombres que quedaban en el embarcadero.

    —¿Adonde vamos primero? — preguntó Vianello.
    —Dorsoduro, 378. Está cerca del Guggenheim, a la izquierda.

    Los dos policías subieron por una estrecha calle y torcieron por la primera travesía de la derecha. — Brunetti seguía con ganas de tomar café y le sorprendió que no hubiera bares ni a un lado ni a otro de la calle.

    Un anciano que paseaba a un perro iba hacia ellos, y Vianello se puso detrás de Brunetti para dejar paso, aunque siguió hablando de lo que había dicho Bonsuan.

    —¿Cree realmente que el agua está tan mal, comisario?
    —Sí.
    —Pues aún hay gente que se baña en el canale della Giudecca -insistió Vianello.
    —¿Cuándo?
    —En la fiesta del Redentore.
    —Estarán borrachos -dijo Brunetti, terminante.

    Vianello se encogió de hombros e, imitando a su jefe, se paró.

    —Creo que es aquí -dijo Brunetti sacando el papel del bolsillo-. Da Prè -leyó en voz alta, mirando los nombres grabados en las dos hileras de placas de latón situadas a la izquierda de la puerta.
    —¿Quién es? — preguntó Vianello.
    —Ludovico, heredero de la signorina Da Prè. Puede ser un primo, un hermano o un sobrino. Cualquiera.
    —¿Cuántos años tenía la difunta?
    —Setenta y dos -respondió Brunetti, recordando las pulcras anotaciones de la lista de Maria Testa.
    —¿De qué murió?
    —De un ataque al corazón.
    —¿Alguna sospecha de que esta persona -Vianello señaló la placa con el mentón- tuviera algo que ver?
    —Le dejó el apartamento y más de quinientos millones de liras.
    —¿Quiere decir que es posible?

    Brunetti, que no hacía mucho había sido informado de que la finca en la que vivían él y su familia necesitaba un tejado nuevo y que le tocaría pagar nueve millones de liras, dijo:

    —Por poco bien que esté el apartamento, hasta yo mataría para conseguirlo.

    Vianello, que no estaba enterado de lo del tejado, miró a su jefe con perplejidad.

    Brunetti tocó el timbre. No ocurrió nada durante mucho rato, y volvió a oprimir el pulsador, esta vez, con más insistencia. Los dos hombres se miraron, y el comisario sacó la lista, para buscar la dirección siguiente. Cuando daba media vuelta hacia la izquierda para subir hacia Accademia, una voz chillona salió del altavoz situado encima de las placas.

    —¿Quién es?

    La voz sólo transmitía el acento plañidero y asexuado de la vejez, y Brunetti, ignorando si la persona que había contestado era hombre o mujer, optó por preguntar:

    —¿Familia Da Prè?
    —Sí. ¿Qué desea?
    —Me llamo Brunetti. Existen ciertas dudas acerca de los bienes de la signorina Da Prè y necesitamos hablar con ustedes.
    —¿Quiénes son? ¿Quién los envía?
    —Policía.

    No hubo más preguntas, y la puerta se abrió, dando acceso a un patio amplio con un pozo en el centro, cubierto por una parra. La única escalera partía de una entrada situada a la izquierda. En el rellano del segundo piso había una puerta abierta y en ella estaba uno de los hombres más bajos que Brunetti había visto en su vida.

    Aunque ni Vianello ni Brunetti destacaban por su estatura, sacaban casi dos palmos a aquel hombre que parecía empequeñecerse a medida que ellos se acercaban.

    —¿Signor Da Prè? — preguntó Brunetti.
    —Sí -dijo el hombre, dando un paso adelante y tendiendo una mano no mayor que la de un niño. Gracias a que el diminuto personaje levantaba el brazo hasta la altura de su propio hombro, Brunetti no tuvo que agacharse para darle la mano. El apretón de Da Prè era firme, y la mirada que lanzó a los ojos de Brunetti, clara y directa. Tenía una cara muy estrecha y afilada. La edad, o quizá el sufrimiento, le habían marcado profundos surcos a cada lado de la boca y oscuras ojeras. Su tamaño hacía difícil calcularle la edad: tanto podía tener cincuenta años como setenta.

    Al reparar en el uniforme de Vianello, el signor Da Prè no le dio la mano y se limitó a hacer un pequeño movimiento de cabeza en su dirección. Retrocedió hacia el interior y acabó de abrir la puerta, invitando a los dos hombres a entrar en el apartamento.

    Musitando «Permesso», los dos policías lo siguieron al recibidor y esperaron mientras él cerraba la puerta.

    —Por aquí, si me hacen el favor -dijo el hombre precediéndolos por el pasillo.

    Brunetti vio entonces la joroba que se le marcaba en el lado izquierdo de la espalda bajo la tela de la chaqueta, en forma de quilla de ave. Da Prè no cojeaba, pero al andar todo su cuerpo se vencía hacia la izquierda, como si la pared fuera un imán y él, un saco de virutas de hierro. Los llevó a un salón que tenía ventanas en dos lados. Por las de la izquierda se veían tejados; y por las otras, los postigos cerrados del edificio situado al otro lado de la estrecha calle.

    Todo el mobiliario del salón estaba hecho a la escala de los dos monumentales armarios que ocupaban enteramente la pared del fondo y consistía en un sofá de alto respaldo en el que cabían seis personas, cuatro sillones profusamente tallados que, a juzgar por el monumental trabajo de los brazos debían de ser españoles y un inmenso aparador florentino cubierto de infinidad de pequeños objetos que Brunetti apenas miró. Da Prè se encaramó a uno de los sillones e indicó otros dos a sus visitantes.

    Brunetti, que casi no podía apoyar los pies en el suelo, observó que los de Da Prè colgaban a media altura entre el asiento y el parquet. No obstante, la seriedad de la expresión de aquel hombre impedía que el contraste resultara cómico.

    —¿Dice que hay alguna anomalía en el testamento de mi hermana?
    —No, signor Da Prè -respondió Brunetti-. No deseo crear confusión ni inducirle a error. Nuestro interés no está relacionado con el testamento de su hermana ni con cualquier estipulación que pueda contener. Nos interesa su muerte, concretamente, la causa de su muerte.
    —Entonces, ¿por qué no lo decían desde el principio? — preguntó el hombrecillo en tono más cordial que, no obstante, no fue del agrado de Brunetti.
    —¿Eso que tiene ahí son cajas de rapé, signor Da Prè? — les interrumpió Vianello, bajándose del sillón y acercándose al aparador.
    —¿Qué? — preguntó el hombrecito ásperamente.
    —¿Son cajas de rapé? — preguntó Vianello, inclinándose sobre el aparador para acercar la cara a los pequeños objetos que cubrían su superficie.
    —¿Por qué quiere saberlo? — preguntó Da Prè en tono que no era más afable pero sí, curioso.
    —Mi tío Luigi, en Trieste, hacía colección. De niño me gustaba ir a su casa, porque me las enseñaba y me dejaba tocarlas. — Como para ahuyentar cualquier temor del signor Da Prè, Vianello se asió las manos a la espalda y se limitó a inclinarse más aún hacia las cajas. Separó las manos y señaló una de ellas, manteniendo el dedo a un palmo de distancia-: ¿Ésta es holandesa?
    —¿Cuál? — preguntó Da Prè bajando del sillón y yendo a situarse al lado del sargento.

    La cabeza de Da Prè apenas sobresalía del aparador y tuvo que ponerse de puntillas para ver la caja que señalaba Vianello.

    —Sí; Delft, siglo dieciocho.
    —¿Y ésta? — preguntó Vianello, señalando pero guardándose bien de tocar-. ¿Baviera?
    —Muy bien -dijo Da Prè tomando la cajita y tendiéndola al sargento, que la recibió cuidadosamente con las dos manos.

    Vianello dio la vuelta a la caja y miró el reverso.

    —Sí; aquí está la marca -dijo acercándola a Da Prè-. Es una preciosidad -dijo con entusiasmo en la voz-. A mi tío le hubiera encantado, sobre todo, porque está dividida en dos compartimientos.

    Mientras ellos dos, con las cabezas juntas, contemplaban cajitas, Brunetti paseó la mirada por el salón. Tres de los cuadros eran siglo xvii, muy mala pintura y muy mal siglo xvii: muerte de ciervos, jabalíes y más ciervos. Demasiada sangre y demasiada muerte, artísticamente escenificada, para el gustó de Brunetti. Los otros parecían escenas bíblicas, también con mucha sangre, pero ésta, humana. Brunetti dirigió la atención al techo, que tenía un historiado medallón central de estuco del que pendía una lámpara de cristal de Murano con infinidad de flores de pequeños pétalos color pastel.

    Brunetti lanzó otra mirada a los dos hombres, que ahora estaban agachados delante de una puerta abierta a la derecha del aparador. Los estantes interiores contenían lo que a Brunetti le pareció que podían ser cientos de cajitas de aquéllas. De pronto, se sintió asfixiado en aquel salón para gigantes en el que se hallaba atrapado un hombre diminuto con reliquias de una época olvidada, esmaltadas en colores vivos y hechas a la que para él debía de ser la escala normal de las cosas.

    Los dos hombres se pusieron de pie. Da Prè cerró la puerta del aparador y volvió a su sillón, al que se subió con un saltito perfectamente calculado. Vianello lanzó una última mirada de admiración a las cajas colocadas encima del mueble y volvió también a su sitio.

    Brunetti se permitió sonreír por primera vez. Da Prè le devolvió la sonrisa y, lanzando una rápida mirada a Vianello, dijo:

    —Nunca hubiera imaginado que en la policía hubiera esta clase de personas.

    Tampoco Brunetti lo hubiera imaginado, lo que no le impidió responder:

    —Sí; en la questura todo el mundo conoce el interés del sargento por las cajas de rapé.

    Detectando en el tono de Brunetti la ironía con la que los profanos miran al verdadero entusiasta, Da Prè dijo:

    —Las cajas de rapé reflejan una parte importante de la cultura europea. Algunos de los mejores artesanos del continente dedicaron años, y hasta décadas, de su vida a fabricarlas. No había mejor manera de expresar aprecio hacia una persona que la de regalar una caja de rapé. Mozart, Haydn… -Su mismo entusiasmo le impidió continuar, y Da Prè terminó la frase señalando el aparador con un expresivo ademán de sus pequeños brazos.

    Vianello, que durante este parlamento había asentido en silencio, dijo a Brunetti:

    —Lo siento, comisario, pero me parece que usted no comprende.

    Brunetti, que se felicitaba de poder contar con un hombre tan hábil, que se había mostrado capaz de desarmar con aquella facilidad hasta al testigo más hostil, asintió humildemente en silencio.

    —¿Su hermana compartía su afición? — La pregunta de Vianello era impecable.

    El hombrecito golpeó con el pie la pata de su sillón.

    —No; mi hermana no tenía esta afición. — Vianello movió la cabeza negativamente ante semejante falta de sensibilidad y Da Prè, animado por el gesto, agregó-: Ni afición por nada.
    —¿Por nada? — preguntó Vianello con lo que parecía sincera conmiseración.
    —Por nada -remachó Da Prè-. Aparte su entusiasmo por los curas. — Por su manera de pronunciar la última palabra, parecía que el único entusiasmo que los curas podían suscitar en él sería el que le produjera leer su esquela.

    Vianello movió la cabeza como si fuera incapaz de imaginar mayor peligro, especialmente, para una mujer, que el de caer en manos de los curas y, con horror en la voz, preguntó:

    —¿No les habrá dejado algo en su testamento? — Pero rápidamente agregó-: Perdone, eso no es asunto mío.
    —No, no, sargento, no tiene por qué disculparse -dijo Da Prè-. Lo han intentado, pero no conseguirán ni una lira. — Sonrió sardónicamente y agregó-: No han podido llevarse nada.

    Vianello sonrió ampliamente, para demostrar que se alegraba de que hubiera podido evitarse el desastre. Con el codo apoyado en el brazo del sillón y la barbilla en la palma de la mano, se dispuso a escuchar el relato del triunfo del signor Da Prè.

    El hombrecillo echó el cuerpo hacia atrás hasta que las piernas le quedaron casi paralelas al asiento.

    —Mi hermana siempre tuvo debilidad por la religión -empezó-. Nuestros padres la enviaron a colegios de monjas. Seguramente por eso no se casó. — Brunetti miró las manos de Da Prè que asían los brazos del sillón y no vio en ellas anillo de casado.
    —Nunca congeniamos -dijo sencillamente-. A ella le interesaba la religión. Y a mí, el arte. — Brunetti dedujo que al decir arte se refería a cajas de rapé esmaltadas.

    »Nuestros padres nos dejaron este apartamento a los dos. Pero no podíamos vivir juntos. — Vianello asintió, indicando lo difícil que es vivir con una mujer-. De modo que le vendí mi parte. De eso hace veintitrés años. Y compré un apartamento más pequeño. Necesitaba dinero para aumentar mi colección. — Nuevamente, Vianello asintió, para dar a entender que comprendía las rigurosas exigencias del arte.
    »Hace cinco años, mi hermana se cayó y se rompió la cadera, y como la fractura no se le soldaba bien, hubo que ingresarla en la casa di cura. -Aquí el anciano se interrumpió, pensando en las cosas que pueden hacer inevitable ir a parar a un hospital-. Me pidió que me instalara aquí, para vigilarle la casa -prosiguió-, pero no quise. No sabía si ella volvería, y entonces hubiera tenido que marcharme otra vez. Y no me gustaba la idea de traer la colección para luego tener que trasladarla de nuevo. Podía romperse alguna pieza. — Las manos de Da Prè asieron con más fuerza los brazos del sillón, con inconsciente espanto ante tal posibilidad.

    Brunetti advirtió que, a medida que avanzaba el relato, también él iba asintiendo a lo que decía el signor Da Prè, atraído hacia aquel mundo demencial en el que era mayor desgracia que se rompiera una tapadera que una cadera.

    —Luego, al morir, me nombró heredero, me dejó el apartamento y pude instalarme aquí con mi colección. Eso está perfectamente claro, pero también trató de dejar cien millones a las monjas. Lo añadió al testamento cuando estaba allí.
    —¿Y usted qué hizo? — preguntó Vianello.
    —Poner el asunto en manos de mi abogado -respondió Da Prè al instante-. Él me pidió que declarara que, durante los últimos meses de su vida, cuando ella firmó eso, ¿cómo se llama?, el codicilo, estaba perturbada. Hace meses que el caso está en el juzgado, pero el abogado me ha dicho que pronto se verá la causa. Entonces ellos podrán recurrir. — Da Prè calló y se quedó pensando en cómo se les perturba la mente a los viejos.
    —¿Y…?-le animó Vianello.
    —El abogado dice que no conseguirán nada -dijo el hombrecillo con orgullo-. Los jueces me darán la razón. Augusta no sabía lo que se hacía.
    —¿Y usted lo heredará todo? — preguntó Brunetti.
    —Por supuesto -respondió Da Prè secamente-. No hay más familia.
    —¿Estaba mentalmente perturbada su hermana? — preguntó Vianello.

    Da Prè se volvió hacia el sargento y respondió de inmediato:

    —Claro que no. Estaba tan lúcida como siempre, hasta el último día en que la vi, la víspera de su muerte. Pero ese legado era cosa de locos.

    Brunetti no estaba seguro de haber entendido la distinción pero, en lugar de pedir una aclaración, preguntó:

    —¿Le pareció que las personas de la residencia estaban al corriente del legado?
    —¿Qué quiere decir? — Da Prè lo miraba con suspicacia.
    —¿Alguien del establecimiento se puso en contacto con usted después de la muerte de su hermana, antes de la lectura del testamento?
    —Uno de ellos, un cura, me llamó antes del funeral, porque quería hacer un sermón en la misa. Le dije que no habría sermón. Augusta había dejado instrucciones en su testamento para el funeral, quería una misa de difuntos, por lo que yo no podía oponerme; pero no decía nada de sermón, así que, por lo menos, pude impedir que se pusieran a parlotear sobre otro mundo, en el que todos los bienaventurados volverán a reunirse. — Aquí Da Prè sonrió, pero su sonrisa no era agradable.

    »Uno de ellos vino al funeral -prosiguió-. Un hombre alto y grueso. Después se me acercó y me dijo que la muerte de Augusta había sido una gran pérdida para la "comunidad cristiana". — El sarcasmo con que Da Prè pronunció estas palabras heló el aire que lo envolvía-. Luego habló de lo generosa que había sido siempre, y buena con la Iglesia. — Aquí Da Prè calló, aparentemente abstraído en el placentero recuerdo de la escena.

    —¿Usted qué le contestó? — preguntó Vianello al fin.
    —Le dije que la generosidad se había ido a la tumba con ella -dijo Da Prè con otra de sus tétricas sonrisas.

    Ni Vianello ni Brunetti hablaron durante un momento, hasta que este último preguntó:

    —¿Se han puesto en contacto con usted?
    —No. En ningún momento. Dice mi abogado que comprenden que no tienen posibilidades, y que vendrán a pedirme un donativo a cambio de que retire mi demanda. — Da Prè guardó silencio un momento y después agregó-: Sólo porque la hubieran atrapado a ella no van a atrapar también su dinero.
    —¿Ella mencionó alguna vez que la hubieran «atrapado», como dice usted?
    —¿A qué se refiere?
    —¿Le dijo su hermana, mientras estaba en la casa di cura, si trataban de influir en ella para que les dejara dinero?
    —No puedo responder a eso, porque no lo sé.

    Brunetti, que no sabía de qué otro modo formular la pregunta, optó por esperar a que Da Prè se explicara, y éste así lo hizo:

    —Iba a verla una vez al mes, como era mi deber. Tampoco tenía tiempo para más. Pero no teníamos nada que decirnos. Le llevaba el correo que se le había acumulado, todo, cosas de iglesia, revistas y peticiones de dinero. Le preguntaba cómo se encontraba. Pero no teníamos de qué hablar, y yo me iba.
    —Comprendo -Brunetti comprendió y se puso de pie. La mujer había estado cinco años en la residencia y se lo había dejado todo a este hermano que sólo tenía tiempo para ir a verla una vez al mes, por lo ocupado que sin duda lo tenían sus cajitas de rapé.
    —¿A qué viene todo esto? — preguntó Da Prè antes de que Brunetti pudiera apartarse-. ¿Han decidido impugnar el testamento? — Le puso una mano en la manga-. ¿O se trata de algo que ocurriera en…? — Se interrumpió, y a Brunetti le pareció ver que empezaba a sonreír, pero enseguida el hombrecillo se tapó la boca con la mano, y la impresión se borró.
    —No es nada, signore. En realidad, quien nos interesa es una persona que trabajaba allí.
    —Pues en eso no podré ayudarles. No conocía a nadie del personal. Nunca hablaba con ellos.

    Vianello se levantó a su vez y se situó al lado de Brunetti. La cordialidad residual de su anterior conversación con Da Prè servía ahora para mitigar la mal disimulada indignación que emanaba de su superior.

    Da Prè no hizo más preguntas. Se puso de pie y guió a los dos hombres pasillo adelante hasta la puerta del apartamento. Allí Vianello estrechó la mano que el hombre levantaba hacia él y le dio las gracias por haberle enseñado las preciosas cajitas de rapé. También Brunetti estrechó la pequeña mano que subía al encuentro de la suya, pero no dio gracias por nada, y fue el primero en salir a la escalera.


    4


    —Qué espanto de hombrecito, qué espanto -Brunetti oía murmurar a Vianello mientras bajaban la escalera.

    En la calle había refrescado, como si Da Prè hubiera robado el calorcillo del aire.

    —Qué asco de hombrecito -prosiguió Vianello-. Se cree que es dueño de esas tabaqueras. Estúpido.
    —¿Cómo dice, sargento? — preguntó Brunetti, que no había seguido la evolución del pensamiento de Vianello.
    —Se ha creído que es dueño de esas cosas, de esas cajitas ridículas.
    —Creí que le gustaban.
    —¿A mí? ¡Quiá! Me revientan. Mi tío tenía docenas de ellas y cada vez que íbamos a su casa se empeñaba en enseñármelas. Era lo mismo que ése: siempre comprando cosas y más cosas, y luego creía que las poseía.
    —¿Y no era así? — preguntó Brunetti parándose en una esquina, para oír mejor lo que decía Vianello.
    —Claro que las poseía -dijo Vianello parándose a su vez delante de Brunetti-. Bueno, las pagaba, tenía los recibos y podía hacer lo que se le antojara con ellas. Pero en realidad nunca poseemos nada, ¿verdad? — dijo mirando a Brunetti a los ojos.
    —Me parece que no acabo de entender eso, Vianello.
    —Piénselo, comisario. Compramos las cosas. Nos las ponemos o las colgamos de las paredes, o las miramos, pero cualquiera, si se le antoja, puede quitárnoslas. O romperlas. — Vianello movió la cabeza, frustrado por la dificultad de explicar la que le parecía una idea relativamente simple-. Ahí tiene a Da Prè. Cuando él se muera, esas dichosas cajitas pasarán a manos de otra persona y luego de otra, lo mismo que otras personas las han tenido antes. Pero nadie piensa en esto: los objetos nos sobreviven. Es una tontería pensar que los poseemos. Y es pecado darles tanta importancia.

    Brunetti sabía que el sargento era tan ateo e irreverente como él mismo, le constaba que para él no había más religión que la familia y los lazos de la sangre, por lo que resultaba extraño oírle hablar de pecado.

    —¿Y cómo pudo dejar a su hermana en semejante lugar durante cinco años y visitarla sólo una vez al mes? — preguntó Vianello como si realmente creyera que la pregunta tenía respuesta.

    La voz de Brunetti era neutra cuando respondió:

    —No es tan malo ese sitio. — La frialdad de su tono recordó al sargento que la madre de Brunetti estaba en un establecimiento parecido.
    —No he querido decir eso, comisario -se apresuró a explicar Vianello-, me refería más bien a un lugar así. — Al darse cuenta de que no había arreglado nada, agregó-: Y luego no ir a verla más a menudo, dejarla allí sola.
    —En esos sitios suele haber mucho personal -fue la respuesta de Brunetti cuando éste reanudó la marcha y torció hacia la izquierda por campo San Vio.
    —Pero no son familia -insistió Vianello, convencido de que el afecto familiar tenía más valor terapéutico que todos los cuidados que pudieran comprarse a los profesionales de la atención sanitaria. Brunetti no tenía inconveniente en dar la razón al sargento, pero no deseaba seguir hablando del tema, ni ahora ni en un futuro inmediato.
    —¿A quién le toca ahora? — preguntó Vianello, aviniéndose con esta pregunta a cambiar de conversación y apartarlos a ambos, temporalmente por lo menos, de temas que podían incomodar.
    —Me parece que es por aquí -dijo Brunetti entrando en una calle estrecha que se alejaba del canal que ellos habían venido bordeando.

    De haber estado el heredero del conde Egidio Crivoni esperándolos en la puerta, no les hubiera llegado antes la voz que por el interfono respondió a su llamada. Con no menos rapidez, se abrió la pesada puerta cuando Brunetti explicó que venía en busca de información acerca de los bienes del conde Crivoni. Mientras subían al tercer piso, impresionó a Brunetti que no hubiera más que una puerta en cada planta, lo que daba idea de las grandes dimensiones de cada apartamento y del poder económico de sus inquilinos.

    En el momento en que Brunetti ponía el pie en el último rellano, un mayordomo vestido de negro abrió la puerta. Es decir, por el ceremonioso movimiento de cabeza con que los saludó y la distante solemnidad de su actitud, Brunetti dedujo que era un criado, deducción ratificada cuando el hombre le tomó el abrigo y dijo que «la contessa» los recibiría en su estudio. El hombre desapareció tras una puerta y al momento salió sin el abrigo de Brunetti.

    El comisario sólo tuvo tiempo de distinguir unos serenos ojos castaños y una crucecita de oro en la solapa izquierda de la chaqueta antes de que el hombre diera media vuelta y los precediera por el pasillo. Cubrían ambas paredes cuadros, todos ellos, retratos de distintos siglos y escuelas. A pesar de saber que ésta es la impresión que dan todos los retratos, Brunetti se sorprendió por la tristeza que reflejaban la mayoría de los retratados; tristeza y algo más, impaciencia, quizá, como si pensaran que aprovecharían mejor el tiempo conquistando a salvajes o convirtiendo a paganos, en lugar de posar para dejar a la posteridad un recuerdo de mundanas vanidades. Las mujeres parecían convencidas de poder conseguir tan altos propósitos sólo con el ejemplo de una vida sin tacha, mientras que los hombres daban más bien la impresión de depositar su confianza en el poder de la espada.

    El hombre se paró delante de una puerta, dio un golpe, la abrió sin esperar respuesta, la sostuvo mientras entraban Brunetti y Vianello y la cerró silenciosamente tras ellos.

    A Brunetti le vinieron a la memoria unos versos del Dante:

    Oscura e profonda era e nebulosa

    Tanto che, per ficcar lo viso a fondo

    lo non vi discernea alcuna cosa.

    Oscura estaba también esta habitación: era como si, al entrar en ella, al igual que Dante, hubieran dejado atrás la luz del mundo, el sol y la alegría. Altas ventanas cubrían toda una pared, ocultas tras gruesas cortinas de terciopelo de un pardo entre sepia y sangre seca. La poca luz que se filtraba iluminaba los lomos de piel de cientos de tomos de sobrio aspecto que cubrían de arriba abajo las paredes restantes. El suelo era parquet macizo, cuidadosamente cortado y ajustado, no esas finas y estrechas láminas de madera.

    En un ángulo de la habitación, detrás de un gran escritorio cubierto de libros y papeles, distinguió Brunetti la mitad superior de una mujer corpulenta, vestida de negro. La severidad del vestido y de la expresión hacía que, de pronto, el resto de la habitación resultara alegre, por el contraste.

    —¿Qué desean? — preguntó ella. Al parecer, el uniforme de Vianello hacía innecesario preguntar quiénes eran.

    Desde donde estaba, Brunetti no podía hacerse una idea clara de la edad de la mujer, aunque su voz -grave, sonora e imperiosa- denotaba que se trataba de una mujer madura o, incluso, anciana. El comisario dio unos pasos por la habitación hasta situarse a pocos metros del escritorio.

    —Contessa… -empezó.
    —He preguntado qué desean -atajó ella.

    Brunetti sonrió:

    —Trataré de robarle el menor tiempo posible, contessa. Sé lo muy ocupada que está. Mi suegra habla con frecuencia de su dedicación a las buenas obras y de la energía que derrocha al servicio de la Santa Madre Iglesia. — Trató de que la pronunciación de estas últimas palabras fuera reverente, lo que no era empeño fácil.
    —¿Quién es su suegra? — inquirió la mujer, como si esperase oír que se trataba de su costurera.

    Brunetti apuntó cuidadosamente y le dio justo entre los ojos, hundidos y juntos:

    —La contessa Falier.
    —¿Donatella Falier? — preguntó la mujer, tratando de disimular el asombro, pero sin conseguirlo.

    Brunetti fingió no darse cuenta.

    —Sí. Precisamente la semana última, si mal no recuerdo, me hablaba de su último proyecto.
    —¿Se refiere a la campaña para prohibir la venta de contraceptivos en las farmacias? — preguntó ella, facilitando a Brunetti la información que necesitaba.
    —Sí -sonrió él moviendo la cabeza afirmativamente, como si aprobara plenamente el plan.

    Ella se levantó y dio la vuelta al escritorio tendiéndole la mano, ahora que él había demostrado su condición humana por el hecho de estar emparentado, aunque fuera sólo por matrimonio, con una dama de la nobleza más antigua de la ciudad. Al levantarse, la mujer reveló las proporciones del cuerpo que hasta entonces ocultaba la mesa. Era más alta que Brunetti y debía de pesar veinte kilos más que él. Su corpulencia, no obstante, no estaba formada por las carnes firmes y prietas de una persona gruesa y sana sino por el sebo flácido y temblón del sedentario perpetuo. Su doble mentón descansaba sobre el cuello de un vestido que era poco más que un saco de lana negra colgado de su busto inmenso. Brunetti pensó que no debía de haber habido mucha alegría ni mucho placer en el proceso de acumulación de toda aquella carne.

    —¿Así que usted es el marido de Paola? — preguntó al acercarse a él envuelta en el tufo acre de un cuerpo poco lavado.
    —Sí, contessa. Guido Brunetti -dijo él tomando la mano que le tendía la mujer y, sosteniéndola como si fuera un trozo de la Vera Cruz, se inclinó y la levantó hasta un centímetro de sus labios. Al erguir el cuerpo agregó-: Es un honor -y consiguió decirlo como si realmente lo creyera así. Miró a Vianello-. El sargento Vianello, mi ayudante.

    Vianello se inclinó con elegancia, con una expresión tan solemne como la de Brunetti, como si el honor de aquella presentación le hubiera dejado mudo. La contessa casi ni lo miró.

    —Siéntese, por favor, dottor Brunetti -dijo ella señalando con una mano carnosa la silla que estaba delante de su escritorio. Brunetti fue hacia la silla, se volvió a mirar a Vianello y le indicó otra silla que estaba cerca de la puerta, en la que probablemente estaría más resguardado de los fulgores de tanta nobleza.

    La condesa volvió lentamente a su asiento y se instaló en él. Retiró unos papeles hacia la derecha y miró a Brunetti:

    —¿Ha dicho a Stefano que hay problemas con el patrimonio de mi marido?
    —No, contessa; no es tan grave -dijo Brunetti con una sonrisa que él pretendía desenfadada. La mujer asintió, esperando su explicación. Brunetti volvió a sonreír y empezó a improvisar-: Como ya sabrá, contessa, en nuestro país la delincuencia está en auge. — Ella asintió-. Da la impresión de que ya no hay nada sagrado, nadie está a salvo de los desaprensivos que recurren a cualquier medio para extorsionar y estafar grandes sumas de dinero a sus dueños legítimos. — La contessa asintió tristemente.

    »Últimamente, se está abusando mucho de la buena fe de las personas mayores, a las que se hace objeto de toda clase de argucias, que con harta frecuencia tienen éxito.

    La contessa levantó una mano de dedos gruesos.

    —¿Me está diciendo que eso va a ocurrirme a mí?
    —No, contessa; eso no. Pero deseamos asegurarnos de que su difunto esposo… -aquí Brunetti se permitió mover la cabeza tristemente, lamentando la circunstancia de que los virtuosos nos sean arrebatados prematuramente-… su difunto esposo no fue víctima de alguna superchería cruel.
    —¿Quiere decir que cree que a Egidio le robaron? ¿Que le estafaron? No sé a qué se refiere. Ella se inclinó hacia adelante y su busto descansó sobre la mesa.
    —Permita que le hable con franqueza, contessa. Queremos asegurarnos de que nadie consiguió persuadir al conde, poco antes de su muerte, de que le dejara algún legado en su testamento, de que nadie influyó en él para conseguir una parte de su patrimonio, arrebatándolo a sus legítimos herederos.

    La contessa se quedó pensativa pero no dijo nada.

    —¿Sería posible que hubiera ocurrido esto, contessa?
    —¿Qué le hace sospechar tal cosa? — preguntó ella.
    —El nombre de su esposo ha aparecido casi accidentalmente en el curso de otra investigación.
    —¿Relacionada con personas a las que se ha robado su patrimonio?
    —No, contessa; relacionada con otra cosa. Pero, antes de proceder oficialmente, he querido venir a hablar personalmente con usted… a causa de la gran consideración de que goza… y también para asegurarme de que no hay nada que investigar.
    —¿Y qué quiere de mí?
    —La seguridad de que en el testamento de su esposo no había nada sospechoso.
    —¿Sospechoso?
    —¿Algún legado para alguien que no forme parte de la familia? — apuntó él.

    Ella movió la cabeza negativamente.

    —¿Alguien que no sea un amigo íntimo?

    Otra enérgica negativa que hizo temblar mejillas y mentones.

    —¿Alguna institución a la que favoreciera con su caridad?

    Brunetti la vio entornar los ojos ligeramente.

    —¿A qué se refiere con lo de «institución»?
    —Algunos de estos estafadores inducen a la gente a hacer donativos destinados a supuestas obras benéficas. Ha habido casos de personas a las que se ha convencido para que den dinero a hospitales infantiles de Rumania o a asilos de la madre Teresa. — Brunetti impregnó de indignación su voz para decir-: Es terrible. Un escándalo.

    La condesa lo miró a los ojos y se mostró de acuerdo asintiendo vigorosamente.

    —No hubo nada de eso. Mi esposo dejó sus bienes a la familia, como debe hacer un hombre. No hubo legados extraños. Nadie recibió lo que no debiera.

    Vianello, sabiéndose en el campo visual de la condesa, se tomó la libertad de mover la cabeza afirmativamente, en vehemente aprobación de tan recto proceder.

    Sorprendido por haber obtenido de la mujer la información con tanta facilidad, Brunetti se puso en pie.

    —Eso me tranquiliza, contessa. Temí que un hombre tan generoso como se sabía que era el conde pudiera haber sido víctima de esa gente. Pero celebro que podamos eliminar su nombre de nuestra investigación. — Dando más énfasis a sus palabras prosiguió-: En mi calidad de funcionario público siempre me alegro de tal circunstancia, pero cuando le digo que, en este caso, ello me satisface especialmente, le hablo en calidad de ciudadano particular. — Miró a Vianello y agitó una mano para indicarle que se levantara.

    Cuando se volvió hacia la contessa, ésta había dado la vuelta a la mesa nuevamente y transportaba hacia él su masa montañosa.

    —¿Puede darme más detalles de eso, dottore?
    —No, contessa; que yo sepa, su esposo no tuvo que ver con esa gente. Así se lo comunicaré a mi colega…
    —¿Su colega? — le interrumpió ella.
    —Sí; de la investigación de estas estafas se encarga uno de los otros comisarios. Le enviaré una nota para decirle que su esposo no tuvo nada que ver con ellos, a Dios gracias, y luego volveré a mis propios casos.
    —Si no está encargado de este caso, ¿por qué ha venido? — preguntó ella con brusquedad.

    Brunetti sonrió antes de contestar.

    —Pensé que sería menos penoso para usted si la interrogaba una persona que… en fin… una persona que fuera sensible a su posición en nuestra comunidad. No quería que tuviera que pesar sobre usted preocupación alguna, ni que fuera momentáneamente.

    En lugar de agradecer a Brunetti su delicadeza, la contessa movió la cabeza afirmativamente aceptando lo que no era sino una prerrogativa.

    Brunetti extendió la mano y, cuando la mujer depositó la suya sobre ella, se inclinó de nuevo, dominando el impulso de dar un taconazo, gesto que había visto hacer a un actor alemán en una película pésima y que desde entonces había deseado imitar.

    Retrocedió hasta la puerta, donde esperaba Vianello. Allí, los dos hicieron pequeñas reverencias y salieron al pasillo. Stefano, suponiendo que tal fuera el nombre del hombre de la crucecita en la solapa, los aguardaba allí, pero no apoyado en la pared, sino en el centro del pasillo, con el abrigo de Brunetti en los brazos. Cuando los vio salir, se adelantó y ayudó a Brunetti a ponérselo. Sin decir palabra, los llevó hasta el vestíbulo y les abrió la puerta.


    5


    Ninguno de los dos habló mientras bajaban la escalera y salían a la calle, donde el breve crepúsculo primaveral cedía paso a la noche.

    —¿Y bien? — dijo Brunetti volviendo a sacar la lista del bolsillo. Miró la siguiente dirección y echó a andar. Vianello acomodó el paso al de su superior.
    —¿Eso es lo que se llama un personaje importante de la ciudad? — dijo Vianello en respuesta a su pregunta.
    —Eso creo.
    —Pues pobre Venecia. — A esto se reducía todo el mágico efecto de los títulos nobiliarios en el sargento-. ¿Es la que pagó el rescate de Lucia? — preguntó entonces, refiriéndose al famoso secuestro de las reliquias de Santa Lucia, robadas de su iglesia hacía más de una década, por las que se exigió rescate. Se pagó una suma que nunca fue revelada, a los ladrones, que enviaron a la policía a un descampado del continente, donde se encontraron varios huesos, presuntamente, de la santa. Los huesos fueron llevados a la iglesia con toda solemnidad y el caso quedó cerrado.

    Brunetti asintió.

    —Oí rumores de que había sido ella, pero no se sabe a ciencia cierta.
    —Probablemente, eran huesos de cerdo -apuntó Vianello, y su tono indicaba que así lo deseaba.

    Puesto que Vianello se mostraba remiso en responder a una pregunta indirecta, Brunetti le dijo a bocajarro:

    —¿Qué piensa de la condesa?
    —Se ha mostrado interesada cuando usted ha sugerido que algo pudo ir a parar a una institución. No parecían preocuparle las personas ni los parientes.
    —Sí -convino Brunetti-: los hospitales de Rumania.

    Vianello se volvió y miró largamente a su superior.

    —¿Y toda esa gente a la que se estafa dinero con la excusa de la madre Teresa, de dónde ha salido?

    Brunetti sonrió encogiéndose de hombros.

    —Algo había que decir. Y me ha parecido que sonaba bien.
    —No importa demasiado, ¿verdad?
    —¿El qué?
    —Si el dinero es para la madre Teresa o para los estafadores.
    —¿Qué quiere decir? — preguntó Brunetti, sorprendido.
    —Nunca se sabe adonde va el dinero. Todos esos premios que se le dan y todas esas colectas que se hacen no se traducen en algo concreto, ¿verdad?

    Ni el propio Brunetti se había permitido nunca un cinismo de semejante calibre, y ahora dijo:

    —Por lo menos esa gente a la que ella acoge tiene una muerte decente.

    La respuesta de Vianello fue inmediata:

    —Si quiere que le sea sincero, probablemente ellos preferirían una comida decente. — Entonces, con gesto elocuente, el sargento miró su reloj y, sin tratar de disimular el creciente escepticismo que le inspiraba la forma en que Brunetti invertía su tiempo, agregó-: O una copa.

    Brunetti captó la insinuación. Aunque las dos personas con las que habían hablado les habían resultado antipáticas, ninguna parecía culpable ni sospechosa.

    —Una más -dijo, y se alegró de que sus palabras sonaran más a sugerencia que a imposición.

    El gesto de asentimiento de Vianello denotaba cansancio y su forma de encogerse de hombros era un comentario muy gráfico acerca de lo aburrido y reiterativo que era mucho del trabajo que hacían.

    —Pero, después, un ombra -dijo y su acento no era ni de sugerencia ni de imposición.

    Brunetti asintió, hastiado ya de la monotonía de aquellas entrevistas. Miró otra vez la dirección y torció por la calle de la derecha. Entraron en un patio y buscaron un número u otra identificación en la primera puerta que encontraron.

    —¿Qué número buscamos, comisario?
    —Quinientos cuarenta y nueve -respondió Brunetti, mirando el papel.
    —Debe de ser ésa -dijo Vianello poniendo una mano en el brazo de Brunetti y señalando al otro lado del patio.

    Al cruzar, observaron los narcisos que brotaban de la oscura tierra alrededor de una fuente central vallada, las más jóvenes de las flores, cerradas ahora al frío de la noche que empezaba.

    En el otro lado encontraron el número que buscaban y Brunetti tocó el timbre.

    Al cabo de unos instantes, una voz preguntó por el interfono quién llamaba.

    —Vengo por un asunto relacionado con el signor Lerini -dijo Brunetti.
    —El signor Lerini ya abandonó este mundo -respondió la voz.
    —Lo sé, signora, vengo a hablar de su herencia.
    —Su herencia está en el cielo -respondió la voz. Brunetti y Vianello se miraron.
    —Deseo hablar de la que dejó en la tierra -dijo Brunetti sin disimular su impaciencia.
    —¿Quién es usted? — inquirió la voz secamente.
    —Policía -respondió él con la misma brusquedad.

    Sonó un chasquido cuando la mujer colgó violentamente. Durante lo que pareció mucho rato, no pasó nada hasta que, por fin, se oyó un zumbido y la puerta se abrió.

    Nuevamente subían una escalera, en la que, al igual que en el pasillo de la contessa Crivoni, también había cuadros, pero éstos representaban todos a la misma persona: Jesús, en su Via Crucis, recorriendo estaciones a cual más cruenta, hasta su muerte en el Calvario y el rellano del tercer piso. Brunetti se paró a mirar uno de aquellos cuadros y vio que, en lugar de la lámina barata de alguna revista religiosa que él esperaba encontrar, eran dibujos originales muy buenos y detallados, iluminados con lápices de colores, lápices que, aun recreándose en las heridas, las espinas y los clavos, habían conseguido imprimir en el rostro del Cristo doliente una expresión edulcorada.

    Cuando Brunetti desvió su atención del Crucificado, vio que en la puerta abierta había una mujer y, durante un momento, pensó que volvía a tropezarse con suor Immacolata, que había recuperado el hábito. Pero enseguida vio que se trataba de una persona completamente distinta y que el único parecido estaba en la indumentaria: falda hasta los pies y chaqueta de punto en forma de saco, bien abrochada sobre una blusa blanca de cuello alto. No le faltaba más que la toca y el rosario a la cintura, para que el cuadro estuviera completo. Esta mujer tenía la tez mate y descolorida como si nunca o casi nunca le diera la luz del día, la nariz larga con la punta rosa y una barbilla exageradamente puntiaguda. Su cara tenía una extraña cualidad de cosa intacta que hacía que a Brunetti le resultara difícil adivinar su edad, pero calculó que estaría entre los cincuenta y los sesenta.

    —¿Signora Lerini? — preguntó, sin desperdiciar en ella una sonrisa.
    —Signorina -rectificó la mujer con una prontitud que indicaba que estaba acostumbrada, y hasta quizá deseosa, de hacer esta puntualización.
    —Deseo hacerle unas preguntas acerca del patrimonio de su padre -dijo Brunetti.
    —¿Y puedo preguntar quién es usted? — dijo ella en un tono que conseguía combinar mansedumbre y agresividad.
    —Comisario Brunetti -respondió él y, volviéndose hacia su acompañante, agregó-: Sargento Vianello.
    —Supongo que tendrán que entrar -dijo ella.

    Brunetti movió la cabeza afirmativamente y la mujer dio un paso atrás y sostuvo la puerta abierta. Musitando «Permesso», los dos hombres entraron en el apartamento. Brunetti notó entonces un olor que le era familiar pero no conseguía identificar. En el recibidor había un aparador de caoba lleno de fotografías con artísticos marcos de plata. Brunetti deslizó la vista sobre ellas y luego se volvió a mirarlas más detenidamente. Todos los fotografiados llevaban ropas clericales: obispos, cardenales, cuatro monjas puestas rígidamente en fila y hasta el papa. La mujer se volvió, precediéndolos hacia otra habitación, y Brunetti se inclinó para ver mejor las fotos. Todas estaban firmadas, y algunas, dedicadas a la «signorina Lerini». Uno de los cardenales incluso la llamaba «Benedetta, querida hermana en Cristo». Brunetti tuvo la sensación de estar en la habitación de una adolescente, empapelada con carteles gigantes de estrellas del rock, vestidas también con los extravagantes trajes de su profesión.

    Rápidamente, Brunetti siguió a la signorina Lerini y a Vianello a una habitación que, en el primer momento, parecía una capilla y que después resultaba ser una simple salita. En un ángulo había una imagen de la Virgen con tres altos cirios a cada lado, fuente del olor que Brunetti no había conseguido identificar. Delante de la imagen, un reclinatorio de madera, sin almohadón.

    En otra de las paredes había otra especie de capilla, dedicada ésta, al parecer, a su difunto padre o, en todo caso, a la fotografía de un hombre fornido, con americana y corbata, sentado detrás de un escritorio, con las manos fuertemente enlazadas ante sí. En lugar de cirios, la iluminaban dos pequeños focos disimulados en las vigas del techo. Brunetti tuvo la impresión de que permanecían encendidos de día y de noche.

    La signorina Lerini se sentó en el borde de una silla, con la espalda perfectamente erguida.

    —Para empezar -dijo Brunetti cuando estuvieron todos sentados-, deseo expresarle mi condolencia por la pérdida que ha sufrido. Su padre era un hombre relevante, un ciudadano de gran valía sin duda, cuya ausencia debe de ser muy difícil de soportar. — Brunetti no sabía nada de aquel hombre, pero la pose de la foto denotaba poder; y el apartamento, dinero.

    Ella apretó los labios e inclinó la cabeza.

    —Hay que aceptar la voluntad del Señor.

    Brunetti oyó que a su lado Vianello musitaba un casi inaudible «Amén», pero dominó el impulso de mirar a su sargento. La signorina Lerini sí lo miró y vio una cara en la que se reflejaba tanta piedad como en la suya propia. Su expresión se suavizó visiblemente y su espalda perdió un poco de rigidez.

    —Signorina, no deseo turbar su dolor, que debe de ser muy grande, pero debo hacerle varias preguntas acerca de la muerte de su padre.

    De la cara de la mujer desapareció hasta el último vestigio de piedad, barrido por el espanto:

    —¿Su muerte? — repitió.
    —Sí.
    —Fue el corazón. Eso me dijeron los médicos.
    —Sí, el corazón. — Brunetti marcó una pausa-. ¿Y su herencia?
    —Como ya le he dicho -repuso ella con voz repentinamente serena-, su herencia está en el cielo, con el Señor.

    Ahora Brunetti oyó a su lado un «Sí, sí» susurrado y pensó si Vianello no estaría sobreactuando. Al parecer, la signorina Lerini no lo creía así, porque miró al sargento y movió la cabeza de arriba abajo, reconociendo la presencia de otro cristiano en la habitación.

    —Por desgracia, signorina, los que quedamos tenemos que seguir preocupándonos por las cosas terrenales -dijo Brunetti.

    Al oírle, la signorina Lerini miró la foto de su padre, pero no parecía que él pudiera ayudarla.

    —¿Qué es lo que les preocupa? — preguntó.
    —Por cierta información recogida en el curso de otra investigación -empezó Brunetti, repitiendo la mentira-, sabemos que varias personas de esta ciudad han sido víctimas de estafadores que se acercan a ellos bajo el manto de la caridad. Se dicen representantes de distintas obras benéficas y de este modo consiguen sumas de dinero, en ocasiones, fuertes sumas, de sus víctimas. — Hizo una pausa para dar tiempo a la signorina Lerini de mostrar cierta curiosidad por lo que le contaba y, al ver que esperaba en vano, prosiguió-. Tenemos razones para creer que una de estas personas consiguió ganarse la confianza de algunos pacientes de la casa di cura en la que se encontraba su padre.

    Al oír esto, la signorina Lerini lo miró con ojos muy abiertos por la curiosidad.

    —¿Podría decirme, signorina, si esas personas se pusieron en contacto con su padre?
    —¿Cómo podría yo saber eso?
    —He pensado que quizá su padre le hablara de introducir algún cambio en su testamento, tal vez un legado para una obra benéfica de la que no le hubiera oído hablar antes. — Ella no dijo nada a esto-. ¿Había en el testamento de su padre mandas para beneficencia, signorina?
    —¿Qué quiere decir mandas para beneficencia?

    A Brunetti le parecía que estaba bastante claro, pero explicó:

    —¿Para un hospital o, quizá, un orfelinato?

    Ella movió la cabeza negativamente.

    —Estoy seguro de que debió de dejar dinero a alguna digna organización religiosa -apuntó Brunetti.

    Ella volvió a negarlo pero no dio explicaciones.

    De pronto, intervino Vianello.

    —Si me permite la interrupción, comisario, me gustaría sugerir que un hombre como el signor Lerini no esperaría hasta la hora de su muerte para empezar a compartir el fruto de su trabajo con la Santa Madre Iglesia. — Dicho esto, Vianello inclinó la parte superior del tronco en dirección a la hija del signor Lerini, que sonrió graciosamente en respuesta a este tributo a la generosidad de su padre-. Yo diría -prosiguió Vianello, animado por la sonrisa- que nuestro deber para con la Iglesia debe prevalecer durante toda nuestra vida, no sólo en la hora de nuestra muerte. — Dicho esto, Vianello volvió a su respetuoso silencio.
    —La vida de mi padre fue un gran ejemplo de virtud cristiana -dijo la signorina Lerini-. Toda su vida fue un modelo de laboriosidad, y sus desvelos por el bien espiritual de todas las personas con las que estaba en contacto tanto en el aspecto personal como en el profesional rayaron a una altura que será difícil igualar. — Siguió hablando en esta vena durante varios minutos, pero Brunetti desconectó y dejó vagar su atención por la sala.

    El pesado mobiliario, reliquia de otra época, le resultaba familiar: fabricado para perdurar a través de los siglos, sin preocupación por la comodidad ni la belleza. Después de un rápido examen de la habitación durante el que descubrió varias pinturas, orientadas más hacia la piedad que hacia la estética, Brunetti se dedicó a estudiar los pies bulbosos, armados de cuatro garras que remataban las patas de las mesas y las sillas.

    El comisario centró de nuevo la atención en la signorina Lerini en el momento en que ésta llegaba al final de una perorata que debía de haber pronunciado infinidad de veces.

    Tan mecánica era su declamación que Brunetti se preguntó si se daba cuenta de lo que decía, y sospechó que no.

    —Espero que con esto quede satisfecha su curiosidad -dijo ella en conclusión.
    —Es un impresionante catálogo de virtudes, signorina -dijo Brunetti. La signorina Lerini agradeció estas palabras con una sonrisa. Su padre quedaba bien servido.

    Como no la había oído mencionarlo, Brunetti preguntó:

    —¿Podría decirme si la casa di cura fue destinataria de la generosidad de su padre?

    La sonrisa desapareció.

    —¿Cómo dice?
    —¿La recordó en su testamento?
    —No.
    —¿Y no les habría dado algo mientras estaba allí?
    —Eso no lo sé -dijo ella con voz suave, dando a entender con su tono falta de interés por esas cosas terrenas, aunque, por la rápida mirada que le lanzó al oír mencionar tal posibilidad, sólo consiguió parecer recelosa e irritada.
    —¿En qué medida controlaba su padre sus finanzas mientras estuvo allí?
    —No sé si he entendido bien -dijo ella.
    —¿Mantenía contacto con el banco? ¿Podía extender cheques? Si ya no podía encargarse de estas cosas, ¿le pedía a usted o a quien gestionara sus asuntos que pagara sus facturas o comprara sus regalos? — No creía poder aclarar más la pregunta.

    Era evidente que a la mujer no le gustaba aquello, pero Brunetti estaba harto de tantos remilgos y tanta virtud.

    —Creí haberle oído decir que investigaban a unos estafadores, comisario -dijo ella con una voz tan áspera que Brunetti se arrepintió de su propio tono.
    —Y así es, signorina, así es, desde luego. Por eso quería saber si habían tratado de aprovecharse de su padre y abusar de su generosidad mientras estaba en la casa di cura.
    —¿Y cómo iban a hacer eso? — Brunetti observó que la mujer atenazaba con la mano derecha los dedos de la izquierda formando pliegues en la piel.
    —Si esas personas hubieran ido a visitar a otros pacientes, o se hubieran encontrado allí por algún motivo, habrían tenido contacto con su padre. — Ella no decía nada y Brunetti preguntó-: ¿No sería posible?
    —¿Y él podría haberles dado dinero? — preguntó la mujer a su vez.
    —Es posible, pero sólo en teoría. Si en su testamento no había mandas extrañas ni él dio instrucciones extraordinarias acerca de sus finanzas, no creo que haya que preocuparse.
    —Entonces puede usted estar tranquilo, comisario. Durante la última enfermedad de mi padre, yo llevaba sus finanzas y nunca me habló de tal cosa.
    —¿Y el testamento? ¿Introdujo en él algún cambio mientras estaba allí?
    —Ninguno.
    —¿Y usted es su heredera?
    —Sí, soy su única hija.

    Brunetti había llegado al final de su interrogatorio y de su paciencia.

    —Gracias por su tiempo y por su colaboración, signorina. Lo que nos ha dicho disipa cualquier sospecha que pudiéramos haber alimentado. — Dicho esto, Brunetti se puso en pie siendo imitado al instante por Vianello-. Me siento mucho más tranquilo, signorina -prosiguió Brunetti sonriendo con lo que parecía absoluta sinceridad-. Lo que usted me ha dicho me tranquiliza porque significa que esos canallas no se aprovecharon de la buena fe de su padre. — Volvió a sonreír y fue hacia la puerta. Notaba la presencia de Vianello pisándole los talones.

    La signorina Lerini se levantó y fue con ellos hasta la puerta.

    —No es que estas cosas importen -dijo haciendo un ademán que abarcó la habitación y su contenido, esperando quizá desecharlo todo con el gesto.
    —No cuando está en juego nuestra salvación eterna, signorina -dijo Vianello. Brunetti se alegró de estar de espaldas a ambos, porque no estaba seguro de haber podido disimular con suficiente rapidez la estupefacción y la repugnancia que le había producido la frase de Vianello.

    En la puerta del apartamento, Brunetti se despidió de la signorina Lerini, y él y su sargento bajaron al patio.


    6


    Cuando estuvieron fuera, Brunetti se volvió hacia Vianello y preguntó:

    —¿Puedo preguntar de dónde ha salido esa súbita erupción de piedad, sargento? — Le miraba con impaciencia, pero el sargento le contestó con una amplia sonrisa. Brunetti insistió-: Le escucho.
    —Verá, comisario, ya no tengo tanta paciencia como antes. Y la he visto tan pirada que me ha parecido que no se daría cuenta de que me divertía a su costa.
    —Y seguramente lo ha conseguido. Ha sido una estupenda actuación. «Nuestra salvación eterna está en juego» -repitió Brunetti sin disimular la repulsión-. No sé si ella le habrá creído, pero a mí me ha parecido más falso que una serpiente.
    —Claro que me ha creído, comisario -dijo Vianello saliendo del patio y tomando la dirección del puente de la Accademia.
    —¿Cómo puede estar tan seguro?
    —Los hipócritas nunca piensan que los demás puedan ser tan falsos como ellos.
    —¿Está seguro de que ella lo es?
    —¿Le ha visto la cara cuando usted ha sugerido que su padre, su santo padre, podía haber regalado una parte de la pasta?

    Brunetti asintió.

    —¿Y bien? — preguntó Vianello.
    —¿Y bien qué?
    —Me parece que eso basta para demostrar para qué sirve toda esa monserga de la religión.
    —¿Y para qué cree usted que sirve, sargento?
    —Para destacarse. No es guapa, no tiene ningún atractivo, y tampoco parece muy lista. Así que lo único que puede permitirle distinguirse de los demás, que es lo que todos deseamos, es ser piadosa. Así consigue que la gente diga al verla: «Qué mujer tan interesante y fervorosa.» Y eso, sin que ella tenga que hacer nada ni aprender nada. Ni siquiera ser original. No tiene más que decir cosas piadosas para que todo el mundo se admire de lo buena que es.

    Brunetti no estaba convencido, pero se reservó la opinión. Desde luego, la piedad de la signorina Lerini tenía un tono excesivo y hasta disonante, pero él no creía que fuera hipócrita. Para Brunetti, que había visto mucho de aquello en su trabajo, su discurso sobre religión y la voluntad de Dios destilaba simple fanatismo. A su modo de ver, aquella mujer carecía de la inteligencia y el egocentrismo que suelen encontrarse en el verdadero hipócrita.

    —Parece que está muy familiarizado con esa clase de religión, Vianello -dijo Brunetti disponiéndose a entrar en un bar. Después de su prolongada exposición a la santidad, necesitaba un trago. Al parecer, otro tanto le ocurría a Vianello, que pidió para ambos dos copas de vino blanco.
    —Mi hermana -dijo Vianello a modo de explicación-. Pero ella lo superó.
    —¿Cómo fue?
    —Empezó unos dos años antes de casarse. — Vianello tomó un sorbo de vino, dejó la copa en el mostrador y picó una galleta de un bol-. Afortunadamente, con el matrimonio se le pasó. — Otro sorbo. Una sonrisa-. Seguramente, en la cama no hay sitio para Jesús. — Un sorbo mayor-. Fue horroroso. Meses y meses oyéndola hablar de la oración y las buenas obras y de lo mucho que amaba a la Virgen. Llegó a un extremo que ni mi madre, que es una verdadera santa, podía soportarlo.
    —¿Y qué pasó?
    —Como le decía, se casó y empezaron a llegar los niños, y ya no tuvo tiempo para la santidad ni la piedad. Supongo que se olvidaría de eso.
    —¿Cree que eso mismo podría ocurrirle a la signorina Lerini? — preguntó Brunetti tomando un sorbo de vino.

    Vianello se encogió de hombros.

    —A su edad… ¿qué tendrá, cincuenta años? — preguntó y, cuando Brunetti asintió, prosiguió-: Como no sea por el dinero, no creo que haya quien quiera casarse con ella. Y no me parece muy dispuesta a compartirlo con alguien.
    —No le ha caído bien, ¿verdad, Vianello?
    —No me gusta la hipocresía ni me gusta la beatería. Así que, las dos cosas juntas, imagine.
    —Pero ha dicho que su madre es una santa. ¿No es religiosa?

    Vianello asintió y empujó la copa. El barman se la llenó y miró a Brunetti que le indicó que volviera a llenar la suya.

    —Sí, pero su fe es verdadera, ella cree en la bondad humana.
    —¿Y no se supone que el cristianismo es eso precisamente?

    La respuesta de Vianello estuvo precedida por un resoplido de impaciencia.

    —Mire, comisario, cuando digo que mi madre es una santa quiero decir eso, ni más ni menos. Además de sus tres hijos, educó a otros dos. El padre, que trabajaba con el mío, enviudó y le dio por beber y, como él no se ocupaba de sus hijos, mi madre los trajo a casa y los crió con nosotros. Y sin aspavientos, sin dárselas de generosa. Y un día oyó que mi hermano se burlaba de uno de ellos diciendo que su padre era un borracho. En un primer momento, pensé que mataría a Luca, pero se limitó a llamarlo a la cocina y decirle que se avergonzaba de él. Sólo eso, que se avergonzaba de él. Luca estuvo llorando una semana. Ella le trataba con amabilidad, pero dando a entender lo que sentía. — Vianello tomó un sorbo de vino, rememorando su niñez.
    —¿Y qué ocurrió?
    —¿Eh?
    —¿Qué ocurrió? Con su hermano.
    —Oh, dos semanas después, cuando salíamos del colegio, varios chavales mayores del barrio empezaron a meterse con aquel mismo chico.
    —¿Y?
    —Mi hermano Luca se puso hecho una fiera. Se pegó con dos y a uno lo persiguió hasta mitad del camino de Castello, gritando que nadie decía eso a su hermano. — A Vianello le brillaban los ojos al contarlo-. Llegó a casa sangrando y magullado, creo que se rompió un dedo en la pelea, lo cierto es que mi padre tuvo que llevarlo al hospital.
    —¿Sí?
    —Sí, y mientras estaban allí Luca le contó lo sucedido. Cuando volvieron a casa, mi padre se lo dijo a mi madre. — Vianello apuró la copa y sacó unos billetes del bolsillo.
    —¿Qué hizo su madre?
    —Pues nada de particular. Sólo que aquella noche cenamos risotto di pesce, el plato favorito de Luca. Hacía dos semanas que no nos lo daba, como si hiciera una especie de huelga. O nos obligara a todos a ayunar por lo que había dicho Luca -agregó riendo-. Pero después de aquello Luca volvió a sonreír. Mi madre nunca dijo nada. Luca era el pequeño, y siempre pensé que era su favorito. — Recogió el cambio y lo guardó en el bolsillo-. Ella es así. Nada de sermones. Pero buena, buena como el pan.

    Fue a la puerta y la sostuvo para que saliera Brunetti.

    —¿Más nombres en la lista, comisario? No me diga que alguna de esas personas puede ser culpable de algo que no sea una falsa piedad. — Vianello se volvió a mirar el reloj que estaba colgado encima del mostrador.

    Brunetti, tan harto de piedad como su sargento, dijo:

    —Me parece que no. El cuarto testamento lo reparte todo entre seis hijos.
    —¿Y el quinto?
    —El heredero vive en Turín.
    —Entonces no nos quedan muchos sospechosos, ¿verdad?
    —Me temo que no. Y empiezo a pensar que no hay de qué sospechar.
    —¿Vale la pena volver a la questura? -preguntó Vianello, levantándose la bocamanga para mirar el reloj.

    Eran las seis y cuarto.

    —No; no creo que sea necesario -respondió Brunetti-. Hoy podrá llegar a casa a una hora decente, sargento.

    Vianello sonrió en respuesta, fue a decir algo, se contuvo pero luego cedió al impulso y dijo:

    —O podré estar más rato en el gimnasio.
    —Ni se le ocurra hablarme de eso -dijo Brunetti frunciendo la cara en una mueca de horror exagerado.

    Con una carcajada, Vianello empezó a subir los escalones del puente de la Accademia, en tanto que Brunetti se encaminaba a su casa por campo San Barnaba.

    Fue en este campo, delante de la recién restaurada iglesia, al contemplar por primera vez su fachada limpia, donde Brunetti tuvo la idea. Tomó por la calle lateral de la iglesia y se detuvo frente a la última puerta antes del Gran Canal.

    La puerta se abrió con un chasquido a su segunda llamada y Brunetti entró en el enorme patio del palazzo de sus suegros. Luciana, la criada que estaba en la casa desde antes de que Brunetti conociera a Paola, abrió la puerta situada en lo alto de la escalera de acceso al palazzo y lo saludó con una sonrisa.

    —Buona sera, dottore -dijo la mujer dando un paso atrás para que él entrara en el vestíbulo.
    —Buona sera, Luciana, me alegro de verla -dijo Brunetti dándole el abrigo y pensando en la cantidad de veces que había hecho este gesto aquella tarde-. Me gustaría hablar con mi suegra. Es decir, si está en casa.

    Si a Luciana le sorprendió la pretensión, no lo demostró.

    —La contessa está leyendo. Pero seguro que se alegrará de verlo, dottore. -Mientras precedía a Brunetti hacia la parte habitada del palazzo, Luciana preguntó con verdadero afecto en la voz:
    —¿Cómo están los niños?
    —Raffi, enamorado -dijo Brunetti respondiendo con jovialidad a la sonrisa de Luciana-. Y Chiara también -agregó, ahora divertido al ver el espanto de la mujer-. Pero, afortunadamente, Raffi está enamorado de una chica y Chiara, del nuevo oso polar del zoo de Berlín.

    Luciana se paró y puso una mano sobre la manga de él.

    —Oh, dottore, no debería usted gastar esa clase de bromas a una vieja -dijo llevándose al corazón la otra mano, la del melodrama-. ¿Y la chica quién es? ¿Es una buena chica?
    —Se llama Sara Paganuzzi. Vive en el piso de abajo. Se conocen desde pequeños. El padre tiene una fábrica de cristal en Murano.
    —¿Ese Paganuzzi? — preguntó Luciana con curiosidad.
    —Sí. ¿Lo conoce?
    —Personalmente, no, pero conozco su trabajo. Es muy hermoso. Tengo un sobrino que trabaja en Murano y dice que Paganuzzi es el mejor fabricante de cristal. — Luciana se detuvo ante la puerta del estudio de la contessa y llamó con los nudillos.
    —Avanti -dijo la voz de la contessa desde el interior. Luciana abrió la puerta e hizo entrar a Brunetti sin anunciarlo. Al fin y al cabo, no había mucho peligro de que el comisario encontrara a la contessa haciendo algo que no debía o leyendo una revista de culturismo.

    Donatella Falier miró por encima de sus gafas de lectura, dejó el libro abierto boca abajo a su lado en el sofá y las gafas encima y se levantó. Se acercó a Brunetti rápidamente y alzó la cara para recibir un leve beso en cada mejilla. Aunque rondaba los sesenta y cinco, la contessa aparentaba diez años menos: no se le veía ni una cana, las arrugas estaban bien disimuladas por un sabio maquillaje y su pequeña figura era esbelta y erguida.

    —¿Ha ocurrido algo, Guido? — preguntó con ansiedad, y Brunetti lamentó ser tan extraño para esta mujer que su sola presencia tuviera que asociarse con algún peligro o percance.
    —No, nada, nada en absoluto. Todos están perfectamente.

    Ella se tranquilizó visiblemente.

    —Bien, bien. ¿Quieres beber algo, Guido? — Miró hacia la ventana, como para calcular por la luz la hora que era y saber qué clase de bebida ofrecer, y él vio que la sorprendía que fuera estuviera oscuro-. ¿Qué hora es? — preguntó.
    —Las seis y media.
    —¿En serio? — preguntó ella retóricamente, volviendo al sofá-. Ven, siéntate aquí y dime cómo están los niños -dijo. Volvió a sentarse en su sitio, cerró el libro y lo dejó en la mesita de su lado. Dobló las gafas y las puso junto al libro-. No, siéntate aquí, Guido -insistió al verlo ir hacia un sillón situado al otro lado de la mesita de centro.

    Él obedeció y se sentó en el sofá, a su lado. Durante sus muchos años de matrimonio con Paola, Guido había pasado muy poco tiempo a solas con su suegra, por lo que no tenía de ella una impresión muy clara. Unas veces, parecía una dama de sociedad frívola e incapaz hasta de conseguir una bebida por sí misma, y otras lo había sorprendido con definiciones de las motivaciones y los caracteres de las personas que asombraban por su clarividencia y precisión. Él no sabía qué pensar, porque no lograba averiguar si tales observaciones eran deliberadas o casuales. Ésta era la mujer que, hacía un año, al referirse a Fini, el parlamentario fascista, lo había llamado «Mussofini», sin dejar adivinar si era por error o por desprecio.

    Él le dijo cómo estaban los niños, le aseguró que ambos iban estupendamente en la escuela, que dormían con la ventana cerrada al relente de la noche y que comían dos clases de verdura con el almuerzo y con la cena. Esto, al parecer, bastó para que la contessa se diera por satisfecha por lo que a sus nietos se refería, y pudiera interesarse por los padres:

    —¿Y tú y Paola, cómo estáis? A ti te veo más robusto, Guido -dijo, y Brunetti, inconscientemente, irguió el tronco-. Dime, ¿qué quieres beber?
    —En realidad, nada. Sólo venía a preguntar por ciertas personas a las que quizá conozcas.
    —Ah, ¿sí? — dijo ella mirándolo con sus ojos verde jade muy abiertos-. ¿Y por qué?
    —Verás, el nombre de una de esas personas ha aparecido en el curso de otra investigación… -empezó él, y dejó la frase sin terminar.
    —¿Y has venido para preguntar si sé algo de ellos?
    —Pues… sí.
    —¿Qué podría yo saber que interesara a la policía?
    —Pues… cosas personales.
    —¿Quieres decir cotilleos?
    —Mmm, sí.

    Ella desvió la mirada un momento y alisó una arruguita minúscula de la tapicería del brazo del sofá.

    —No pensé que la policía se interesara por cotilleos.
    —Probablemente, son nuestra mejor fuente de información.
    —¿En serio? — preguntó ella y, cuando él asintió, comentó-: Qué interesante.

    Brunetti no dijo nada y, rehuyendo la mirada de la contessa, fijó la atención en el lomo del libro que estaba encima de la mesa, esperando leer el título de una novela romántica o de misterio.

    —El viaje del «Beagle» -leyó en voz alta en inglés, sin poder contener el asombro.

    La contessa miró el libro y luego a Brunetti.

    —Pues sí, Guido. ¿Lo has leído?
    —Hace muchos años, cuando estaba en la universidad, pero traducido -dijo él, ya con la voz controlada y eliminando de ella todo deje de sorpresa.
    —Sí; siempre me ha gustado Darwin -explicó la contessa-. ¿Qué te pareció el libro? — preguntó, dejando en suspenso el cotilleo y los asuntos policiales.
    —Creo que me gustó, en aquel momento. Aunque no conservo un recuerdo muy claro.
    —Pues deberías volver a leerlo. Revela perfectamente su manera de razonar. Es un libro importante, probablemente, uno de los más importantes del mundo moderno. Éste y El origen de las especies. -Brunetti asintió-. ¿Quieres que te lo preste cuando lo termine? — preguntó-. No tendrías dificultad con el inglés, ¿verdad?
    —No; creo que no, pero en este momento tengo mucho que leer. Quizá más adelante.
    —Sí; es un buen libro para leer durante las vacaciones, diría yo. Esas playas. Esos hermosos animales.
    —Sí, sí -convino Brunetti, sin saber qué decir.

    La contessa fue en su ayuda:

    —¿De quién querías que cotilleara, Guido?
    —Bueno, no precisamente cotillear, sólo me gustaría saber si has oído algo que pudiera interesar a la policía.
    —¿Y qué es lo que puede interesar a la policía?

    Él vaciló un momento y luego tuvo que confesar:

    —Pues todo, imagino.
    —Sí; es lo que me figuraba. Tú dirás.
    —Signorina Benedetta Lerini -dijo él.
    —¿La que vive en Dorsoduro? — preguntó la contessa.
    —Sí.

    La contessa se quedó un momento pensativa.

    —Lo único que sé de ella es que es muy generosa con la Iglesia. Por lo menos, es lo que se dice. Una gran parte del dinero que heredó de su padre, que por cierto era un hombre horrible, un salvaje, lo ha dado a la Iglesia.
    —¿A cuál?

    La contessa tardó un momento en responder.

    —Qué curioso -dijo entre sorprendida e intrigada-. No tengo ni idea. Lo único que he oído decir es que es muy religiosa y da mucho dinero a la Iglesia. Pero tanto podría ser la waldense como la anglicana o incluso la de esos horribles americanos que te paran por la calle, esos que tienen cantidad de esposas pero no les dejan beber Coca-cola.

    Brunetti no estaba seguro de en qué medida esto ampliaba su conocimiento de la signorina Lerini, y probó con el otro nombre.

    —¿Y la contessa Crivoni?
    —¿Claudia? — preguntó la contessa, sin tratar de disimular su primera reacción, que fue de sorpresa, ni la segunda, que fue de regocijo.
    —Si así se llama. Es la viuda del conte Egidio.
    —Oh, pero esto es fabuloso -dijo con una pequeña carcajada-. Cómo me gustaría poder contárselo a las chicas del bridge. -Al ver el gesto de pánico de Brunetti, se apresuró a agregar-: No, Guido, no temas, no diré ni una palabra. Ni siquiera a Orazio. Paola siempre me dice que no puede contarme nada de lo que tú le cuentas.
    —¿Eso te dice?
    —Sí.
    —Pero, ¿te cuenta algo? — preguntó Brunetti sin poder contenerse.

    La contessa sonrió y apoyó una alhajada mano en la manga de su yerno.

    —Guido, tú eres leal a tu juramento a la policía, ¿verdad?

    Él asintió.

    —Pues yo soy leal a mi hija. — Volvió a sonreírle-. Ahora dime qué quieres saber de Claudia.
    —Respecto a su marido, si se llevaba bien con él.
    —Lo siento, pero nadie se llevaba bien con Egidio -dijo la contessa sin vacilar, y agregó lentamente, reflexionando-: Pero probablemente otro tanto podría decirse de Claudia. — Se quedó en suspenso, como si no hubiera reparado en ello hasta haberlo dicho-. ¿Qué sabes tú de ellos, Guido?
    —Nada, aparte de lo que se dice en la ciudad.
    —¿Y qué es?
    —Que él hizo fortuna en los años sesenta construyendo edificios ilegales en Mestre.
    —¿Y de Claudia?
    —Que se interesa por la moralidad pública -dijo Brunetti con voz neutra.

    La contessa sonrió.

    —Oh, sí, eso desde luego.

    Como ella no dijera más, Brunetti preguntó:

    —¿Qué sabes tú de ella y de qué la conoces?
    —De la iglesia de San Simone Piccolo. Está en el comité que trata de recaudar fondos para la restauración.
    —¿Tú también estás en él?
    —No, por Dios. Ella me lo propuso, pero me consta que toda esa palabrería acerca de la restauración no son más que pretextos.
    —¿Y el verdadero objetivo sería…?
    —Es la única iglesia de la ciudad en la que dicen la misa en latín. ¿Lo sabías?
    —No.
    —Me parece que tenían algo que ver con ese cardenal de Francia, Lefevre, el que quería volver al latín y al incienso. Así que supongo que todo el dinero que recauden lo enviarán a Francia o se lo gastarán en incienso, no en restaurar la iglesia. — Reflexionó y agregó-: De todos modos, es una iglesia tan fea que no merece ser restaurada. Es sólo una mala imitación del Panteón.

    Por muy interesante que le pareciera esta digresión arquitectónica, Brunetti la cortó:

    —Pero, ¿qué sabes de ella en realidad?

    La contessa volvió la mirada hacia la hilera de ventanas cuadrifolias por las que se veían sin impedimentos los palazzi del otro lado del Gran Canal.

    —¿Qué uso se hará de esto, Guido? ¿Puedes decírmelo?
    —¿Puedes decirme tú por qué quieres saberlo? — preguntó él a su vez.
    —Porque, por antipática que sea Claudia, no quiero que sufra injustamente a causa de rumores que luego resulten falsos. — Antes de que Brunetti pudiera responder, ella levantó una mano y agregó, en voz un poco más alta-: No; creo que se ajusta más a la verdad decir que no quiero ser responsable de ese sufrimiento.
    —Puedes estar segura de que no tendrá que sufrir, si no lo merece.
    —Esa respuesta me parece muy ambigua.
    —Sí, supongo que sí. La verdad es que no tengo ninguna idea de si ha podido hacer algo, ni de lo que haya podido hacer, ni siquiera de si se ha hecho algo malo.
    —¿Pero has venido a hacer preguntas sobre ella?
    —Sí.
    —Entonces es que tienes razones para sentir curiosidad.
    —Sí, la siento. Pero te prometo que no es más que eso, curiosidad. Y si lo que me dices la satisface, sea lo que sea, no pasará de ahí. Te lo prometo.
    —¿Y si no la satisface?

    Brunetti apretó los labios mientras reflexionaba.

    —Entonces investigaré lo que me digas para ver qué hay de verdad en los rumores.
    —Muchas veces no hay nada de verdad -dijo ella.

    Él sonrió al oírlo. Desde luego, la contessa no necesitaba que nadie le dijera que otras tantas veces la verdad era el sólido fundamento de los rumores.

    Después de una larga pausa, ella dijo:

    —Ha habido habladurías acerca de un hombre.
    —¿Qué clase de habladurías?

    Ella agitó una mano en el aire por toda respuesta.

    —¿Qué hombre?
    —No lo sé.
    —¿Qué es lo que sabes? — preguntó él suavemente.
    —Comentarios aquí y allá. Nada concreto, ¿comprendes?, nada que pudiera interpretarse más que como una preocupación sincera por el bienestar de Claudia. — Brunetti conocía esta clase de comentarios, que podían ser más crueles que una crucifixión-. Ya sabes cómo se dicen estas cosas, Guido. Si falta a una reunión, alguien pregunta si le habrá ocurrido algo, y otro dice que no puede ser que esté enferma porque tiene muy buen aspecto.
    —¿Eso es todo? — preguntó Brunetti.

    La contessa volvió a agitar la mano.

    —Es el tono. En realidad, las palabras no dicen nada; es el tono, la inflexión, la insinuación que se transparente bajo la observación más inocente.
    —¿Hace tiempo que ocurre esto?
    —Guido -dijo ella, irguiendo la espalda-, no sé que ocurra nada de particular.
    —Entonces, ¿cuánto hace que circulan esos comentarios?
    —No sé, más de un año, quizá. Yo tardé en darme cuenta. O quizá la gente se abstenía de hacerlos delante de mí. Todos saben que no me gustan estas cosas.
    —¿Se ha dicho algo más?
    —¿A qué te refieres?
    —A cuando murió su marido.
    —No; nada que yo recuerde.
    —¿Nada?
    —Guido -dijo ella inclinándose para ponerle en el brazo su mano cargada de sortijas-, por favor, procura recordar que yo no soy uno de tus sospechosos y no trates de hablarme como si lo fuera.

    Él se sintió enrojecer y dijo rápidamente:

    —Perdona. Perdona; se me olvida.
    —Sí, Paola ya me lo dice.
    —¿Qué te dice?
    —Lo importante que es para ti.
    —¿Lo importante que es qué?
    —Tu concepto de la justicia.
    —¿Mi concepto?
    —Ah, Guido, perdona. Me parece que ahora te he ofendido.

    Él movió la cabeza negativamente, pero, antes de que pudiera preguntarle qué había querido decir con «su» concepto de la justicia, ella se levantó y dijo:

    —Qué oscuro está ya.

    Se acercó a una de las ventanas y se quedó de espaldas a él, como si hubiera olvidado su presencia, con las manos en la espalda. Brunetti la miraba: en aquel momento, con su vestido de seda cruda, sus zapatos de tacón alto, el pelo recogido en un moño impecable y su figura menuda y elegante, la contessa hubiera podido pasar a los ojos de cualquiera por una mujer joven.

    Al cabo de un buen rato, ella se volvió mirando su reloj.

    —Orazio y yo estamos invitados a cenar, Guido, así que, si no tienes más preguntas, iré a cambiarme.

    Brunetti se puso en pie y cruzó la habitación. Detrás de la contessa las embarcaciones iban y venían por el canal, en el que se reflejaba la luz de las ventanas de los edificios del otro lado. Quería decirle algo pero ella se le adelantó:

    —Besos para Paola y los niños de nuestra parte. — Le dio una palmada en el brazo y salió de la habitación, dejándolo ante la vista del palazzo que un día sería suyo.


    7


    Brunetti entró en el apartamento poco antes de las siete, colgó el abrigo y fue directamente al estudio de Paola, al fondo del pasillo. La encontró, tal como esperaba, hundida en su raída butaca, con una pierna doblada debajo del cuerpo, un bolígrafo en la mano y un libro en el regazo. Ella levantó la cara al entrar él y dio un gran beso al aire, pero volvió a mirar el libro. Brunetti se sentó frente a ella en el sofá, hizo girar el cuerpo, se tumbó y puso dos almohadones de terciopelo debajo de la cabeza, después de ahuecarlos con unos golpes. Primero miró al techo y después cerró los ojos, seguro de que, al terminar el pasaje que estuviera leyendo, ella le dedicaría su atención.

    Ella hizo crujir el papel al volver la página. Pasaron varios minutos y, al oír el golpe del libro en el suelo, él dijo:

    —No sabía que tu madre leyera.
    —Bueno, pide a Luciana que la ayude con las palabras difíciles.
    —No; quiero decir que leyera libros.
    —¿En vez de qué? ¿La palma de la mano?
    —No, Paola, vamos. No sabía que leyera libros serios.
    —¿Todavía está con san Agustín?

    Brunetti no sabía si su mujer hablaba en broma o en serio y dijo:

    —No. Con Darwin. El viaje del «Beagle».
    —Ah, ¿sí? — dijo Paula sin aparente interés.
    —¿Tú sabías que leía esas cosas?
    —Oyéndote cualquiera diría que son novelas porno, Guido.
    —No; sólo quería saber si estabas enterada de que leía esa clase de libros, de que era una lectora de ese rango.
    —Al fin y al cabo, es mi madre. Claro que lo sabía.
    —No me lo habías dicho.
    —¿Haría eso que la apreciaras más de lo que la aprecias?
    —Yo aprecio a tu madre, Paola -dijo él, quizá con un punto de énfasis-. Lo que digo es que no sabía quién era, cómo era -rectificó.
    —¿Saber lo que lee hace que sepas quién es?
    —¿Existe mejor forma de saberlo?

    Paola reflexionó y luego le dio la respuesta que él esperaba:

    —Supongo que no. — La oyó revolverse en la butaca, pero él mantuvo los ojos cerrados-. ¿Y se puede saber para qué has hablado con mi madre? ¿Y cómo te has enterado de lo del libro? No la habrás llamado por teléfono para pedirle que te recomendara lecturas.
    —No; he ido a verla.
    —¿A mi madre? ¿Que has ido a ver a mi madre?

    Brunetti gruñó.

    —Pero, ¿por qué?
    —Para hacerle unas preguntas acerca de una conocida suya.
    —¿Quién?
    —Benedetta Lerini.
    —Oh, la, la -exclamó Paola-. ¿Qué ha hecho? ¿Por fin ha confesado que ha matado a martillazos al canalla de su padre?
    —Tengo entendido que el padre murió de un ataque al corazón.
    —Para universal regocijo, sin duda.
    —¿Por qué universal? — En vista de que pasaba el tiempo y Paola no contestaba, Brunetti abrió los ojos y miró a su mujer. Ahora estaba sentada sobre la otra pierna, con la barbilla apoyada en la palma de la mano-. ¿Por qué? — insistió.
    —Es curioso, Guido. Ahora que me lo preguntas, en realidad no sé por qué. Supongo que porque siempre he oído decir que era un hombre terrible.
    —¿Terrible en qué sentido?

    Nuevamente, su respuesta tardó en llegar.

    —No sé. No recuerdo haber oído de él nada en concreto, sólo esta impresión general de que era mala persona. Curioso, ¿verdad?

    Brunetti volvió a cerrar los ojos.

    —Especialmente, en esta ciudad.
    —¿Porque aquí todo el mundo se conoce?
    —Seguramente. Sí.
    —Eso será. — Ella calló, y Brunetti comprendió que estaba recorriendo los largos pasadizos de su memoria, en busca del comentario, la observación, la opinión sobre el difunto signor Lerini que ella parecía haber asumido, implícitamente, como propia.

    La voz de Paola hizo salir a Brunetti de su incipiente sopor.

    —Fue Patrizia.
    —¿Patrizia Belloti?
    —Sí.
    —¿Qué dijo?
    —Trabajó para él durante unos cinco años, hasta poco antes de su muerte. De ahí los conozco a él y a su hija. Patrizia decía que en toda su vida no había conocido a una persona tan repelente, y que en su despacho todos lo odiaban.
    —Trabajaba en el negocio inmobiliario, ¿verdad?
    —Sí, entre otras cosas.
    —¿Decía ella por qué?
    —¿Por qué, qué?
    —Por qué la gente lo detestaba.
    —Déjame pensar un momento -dijo Paola. Y, después de una pausa, agregó-: Me parece que era algo que tenía que ver con la religión.

    Brunetti casi esperaba oír esto. A juzgar por la hija, él debía de ser uno de esos beatos fanáticos que prohibía decir palabrotas en el despacho y regalaba rosarios en Navidad.

    —¿Qué decía?
    —Bueno, ya conoces a Patrizia. — Ésta era una amiga de la infancia de Paola a la que Brunetti nunca había encontrado muy interesante, aunque debía reconocer que no la había visto más de una docena de veces durante todos aquellos años.
    —Mmm.
    —Es muy religiosa.

    Brunetti recordó: ésta era una de las razones por las que no le gustaba Patrizia.

    —Me parece que dijo que un día él se puso hecho una fiera porque alguien, una mecanógrafa nueva, según creo, había puesto una estampa religiosa en la pared de su despacho. O un crucifijo. Ahora no recuerdo qué era exactamente. Fue hace años. Pero él le echó una bronca y le obligó a quitarlo. Y recuerdo que también me dijo que blasfemaba mucho, una boca terrible… la Madonna aquí y la Madonna allá…, cosas que Patrizia no podía repetir. Que hasta a ti te hubieran ofendido, Guido.

    Brunetti pasó por alto el casual descubrimiento de que Paola parecía considerarlo una especie de árbitro en materia de reniegos y concentró sus pensamientos en la revelación acerca del signor Lerini. Hizo volver a Brunetti de sus divagaciones la suave presión en su cadera del cuerpo de Paola que se había sentado en el sofá. Él, sin abrir los ojos, se retiró hacia el respaldo, para dejarle sitio y entonces sintió en el pecho el peso de su brazo y de su busto.

    —¿Por qué has ido a ver a mi madre? — La voz de ella sonó justo debajo de su barbilla.
    —He pensado que tal vez conociera a la Lerini y a la otra.
    —¿Qué otra?
    —Claudia Crivoni.
    —¿Y conoce a Claudia?
    —Mmm.
    —¿Qué ha dicho?
    —Algo relacionado con un cura.
    —¿Un cura? — preguntó Paola, como había preguntado Brunetti al oír la misma frase.
    —Sí. Pero es sólo un rumor.
    —Lo que significa que probablemente es verdad.
    —¿Es verdad qué?
    —Oh, Guido, no seas pavo. ¿Qué es lo que crees que puede ser?
    —¿Con un cura?
    —¿Por qué no?
    —¿No hacen un voto?

    Ella se incorporó.

    —No me lo puedo creer. ¿De verdad imaginas que eso significa una diferencia?
    —Se supone que sí.
    —Sí, y también se supone que los hijos son obedientes y responsables.
    —Los nuestros, no -sonrió él.

    Él sintió cómo súbitamente el cuerpo de Paola temblaba de risa.

    —Tienes razón. Pero, en serio, Guido, ¿de verdad te crees eso de los curas?
    —No creo que esa mujer esté liada con ninguno.
    —¿Por qué no?
    —Porque la he visto -dijo él y bruscamente la atrajo hacia sí asiéndola por la cintura.

    Paola dio un grito de sorpresa, pero su voz tenía la misma nota de delectable horror que los chillidos de Chiara cuando Raffi o Brunetti le hacían cosquillas. Ella se resistió, pero Brunetti estrechó el abrazo hasta inmovilizarla.

    Al cabo de un rato, él dijo:

    —Yo no conocía a tu madre.
    —Hace veinte años que la conoces.
    —Quiero decir que no la conocía como persona. Tantos años, y no tenía idea de quién era.
    —Pareces triste -dijo Paola apoyándose en su pecho para incorporarse y verle la cara.

    Él aflojó la presión de sus brazos.

    —Es triste, tratar a una persona durante veinte años, y no tener idea de cómo es. Cuánto tiempo desperdiciado.

    Ella se echó otra vez, revolviéndose para acoplar sus curvas al cuerpo de él, proceso durante el que le clavó el codo en el estómago haciéndole lanzar un «¡Huy!» de dolor, pero al fin encontró la postura y él volvió a rodearla con los brazos.

    Chiara, que llegó media hora después, hambrienta y en busca de cena, los encontró dormidos en el sofá.


    8


    Al día siguiente, Brunetti despertó con la cabeza despejada, como si durante la noche una fiebre le hubiera purificado la mente y devuelto la lucidez. Sin moverse de la cama, dedicó un buen rato a repasar la información acumulada durante los dos últimos días. En lugar de sacar la conclusión de que había aprovechado bien el tiempo, que la gestión de la questura estaba en buenas manos y que él luchaba contra el crimen con eficacia, de pronto, tenía la desagradable sensación de que se había embarcado en algo que ahora debía reconocer que era una solemne tontería. No contento con creer la historia de Maria Testa, había dispuesto de Vianello y desperdiciado una tarde interrogando a personas que, evidentemente, no tenían ni idea de lo que les decía ni de por qué un comisario de policía se presentaba en su casa de improviso.

    Patta regresaría dentro de diez días, y Brunetti no tenía ni la menor duda de cuál sería su reacción si se enteraba de a qué había dedicado el tiempo la policía. Incluso en la cama, caliente y seguro, a Brunetti le parecía sentir el frío glacial de los comentarios de Patta: «¿Quiere decir que creyó la historia que le contaba una monja, una mujer que se ha pasado la vida metida en un convento? ¿Y se presentó en casa de esa gente para hacerles creer que sus familiares habían sido asesinados? Usted no está bien de la cabe za, Brunetti. Pero, ¿usted sabe quiénes son esas personas?» Decidió que, antes de abandonarlo todo, tenía que hablar con una última persona, con alguien que pudiera, si no corroborar la historia de Maria, por lo menos, responder de su fiabilidad como testigo. ¿Y quién podía conocerla mejor que el hombre al que ella había confesado sus pecados durante los seis últimos años?

    La dirección que Brunetti buscaba estaba hacia el final del sestiere de Castello, cerca de la iglesia de San Pietro di Castello. Las dos primeras personas a las que paró no sabían por dónde caía el número, pero cuando preguntó dónde podía encontrar a los padres de la Santa Cruz, enseguida le dijeron que al pie del siguiente puente, la segunda puerta de la izquierda. Y allí estaban, según rezaba una placa de latón en la que el nombre de la orden aparecía grabado junto a una pequeña cruz de Malta.

    Abrió la puerta a su primera llamada un hombre de pelo blanco que recordaba aquella figura tan habitual en la literatura medieval, la del fraile bendito. Sus ojos irradiaban afabilidad lo mismo que el sol irradia calor, y en su cara brillaba una amplia sonrisa, que reflejaba la alegría que le causaba la aparición de este desconocido en su puerta.

    —¿En qué puedo servirle? — preguntó, como si nada en el mundo pudiera depararle mayor satisfacción.
    —Deseo hablar con el padre Pio Cavaletti, hermano.
    —Sí, sí. Pase, hijo -dijo el fraile acabando de abrir la puerta-. Tenga cuidado -dijo señalando al suelo y extendiendo una mano para sujetar a Brunetti del brazo cuando éste pasaba el pie sobre la parte inferior del marco de la pesada puerta. Vestía el hábito blanco de la orden de suor Immacolata, cubierto por un delantal pardo con las señales de años de trabajo sobre la hierba y la tierra.

    Brunetti, al entrar, se detuvo y miró en derredor, tratando de identificar el dulce aroma que respiraba.

    —Son las lilas -explicó el fraile, muy satisfecho por el placer que veía en la cara de Brunetti-. Al padre Pio le encantan, se las hace enviar de todo el mundo. — Efectivamente: matas, arbustos, hasta árboles de alto porte llenaban el patio, envolviéndolos con su fragancia. Brunetti observó que sólo unos pocos arbustos se doblegaban bajo el peso de las piñas de flores púrpura, y que la mayoría no habían florecido aún.
    —Son muy pocas para que huela tanto -dijo Brunetti, sin poder disimular el asombro por lo penetrante del perfume.
    —Lo sé -dijo el fraile con una sonrisa de orgullo-. Son las primeras, las oscuras: Dilatata y Claude Bernard y Ruhm von Horstenstein. — Brunetti supuso que aquellos nombres exóticos designaban las lilas que estaba oliendo-. Las blancas, las que están junto a la pared del fondo -agregó el anciano, tomando a Brunetti del codo y señalando a una docena de arbustos de hojas verdes arrimados a la alta pared de ladrillo que estaba a su izquierda-: White Summers y Marie Finon, y Ivory Silk, no florecerán hasta junio, y probablemente aún tengamos flores hasta julio, si no llega el calor antes de tiempo. — Mirando en derredor con una satisfacción que se reflejaba tanto en su cara como en su voz, dijo-: En este patio, hay veintisiete variedades diferentes. Y en la casa capitular de Trento tenemos otras treinta y cuatro. — Antes de que Brunetti pudiera hacer un comentario, prosiguió-: Proceden hasta de Minnesota -nombre que pronunció dando a las consonantes una modulación muy italiana- y de Wisconsin -este nombre se le atravesó.
    —¿Y usted es el jardinero? — preguntó Brunetti, aunque no era necesario.
    —Lo soy, por la misericordia de Dios. He trabajado en este jardín -aquí miró más atentamente a Brunetti- desde que usted era niño.
    —Es muy hermoso, hermano. Debe de estar orgulloso.

    El anciano lanzó a Brunetti una mirada recelosa juntando ligeramente sus gruesas cejas. Al fin y al cabo, la soberbia es uno de los siete pecados capitales.

    —Orgulloso de que esta hermosura dé gloria a Dios -puntualizó Brunetti, y el fraile volvió a sonreír.
    —El Señor nunca hace nada que no sea hermoso -dijo el anciano mientras echaba a andar por el sendero de ladrillos que cruzaba el jardín-. Si tiene alguna duda, le bastará con contemplar sus flores. — Asintió recalcando esta simple verdad y preguntó-: ¿Tiene usted jardín?
    —No, y lo siento.
    —Ah, qué lástima. Es bueno ver crecer las cosas. Da sensación de vida. — Llegaron a una puerta y el anciano la abrió y se hizo a un lado para permitir a Brunetti entrar en el largo corredor del monasterio.
    —¿Cuentan los hijos? — preguntó Brunetti con una sonrisa-. Porque tengo dos.
    —Oh, cuentan más que nada en el mundo -dijo el fraile sonriendo a Brunetti-. Nada hay más hermoso ni que dé más gloria a Dios.

    Brunetti sonrió al fraile y movió la cabeza afirmativamente, de acuerdo, por lo menos, con la primera proposición.

    El fraile se paró delante de una puerta y llamó.

    —Entre usted -dijo sin esperar respuesta-. El padre Pio nos tiene dicho que no hagamos esperar al que desee verle. — Con una sonrisa y una palmada en el brazo a Brunetti, el fraile volvió al jardín y a lo que a Brunetti siempre había creído que era el aroma del paraíso.

    Un hombre alto escribía sentado a una mesa. Al entrar Brunetti, levantó la mirada, dejó la pluma y se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se acercó al desconocido visitante con la mano extendida y una sonrisa que le empezó en los ojos y se extendió a los labios.

    El monje tenía unos labios gruesos y rojos que llamaban la atención, pero eran los ojos los que revelaban su espíritu: entre grises y verdes y animados de una curiosidad e interés por el mundo que lo rodeaba que -Brunetti intuyó- debían de caracterizar todo lo que hacía. Era muy alto y delgado, complexión acentuada por el hábito de la Santa Cruz. Aunque había dejado atrás los cuarenta, todavía tenía el pelo negro, y la única señal de la edad era la tonsura natural que le clareaba en la coronilla.

    —Buon giorno -dijo el monje con voz cálida-. ¿En qué puedo servirle? — Su voz, aunque se ondulaba con la cadencia del Véneto, no tenía el acento de la ciudad. Quizá de Padua, pensó Brunetti, pero antes de que pudiera iniciar la respuesta, el religioso prosiguió-: Pero perdone, tome asiento por favor -y acercando una de dos sillas tapizadas situadas contra la pared, a la izquierda de la mesa, esperó a que Brunetti se acomodara para sentarse frente a él.

    Súbitamente, Brunetti sintió el deseo de abreviar, para terminar cuanto antes con Maria Testa y su historia.

    —Padre, me gustaría hablarle de una persona de su orden. — Una ráfaga de viento entró en el despacho agitando los papeles de la mesa y recordando a Brunetti la rica promesa de la estación. Percibió la tibieza del aire y, al volver la cabeza, vio que las ventanas estaban abiertas al patio, para dejar entrar la fragancia de las lilas.

    El sacerdote observó su mirada.

    —Tengo la impresión de que durante todo el día no hago nada más que sujetar papeles con la mano -dijo con una sonrisa tímida-. Pero el tiempo de las lilas es corto, y procuro disfrutar de su perfume todo lo posible. — Bajó la mirada un momento y agregó-: Supongo que podríamos considerarlo una especie de gula.
    —No creo que sea un pecado grave, padre -dijo Brunetti sonriendo con facilidad.

    El monje inclinó la cabeza para agradecer la observación.

    —No deseo parecer grosero, signore, pero antes de hablar de un miembro de nuestra orden, debo preguntar quién es usted. — El padre Pio sonreía con cierta incomodidad y extendió hasta la mitad de la mesa que los separaba una mano abierta, con la palma hacia arriba, en demanda de comprensión.
    —Soy el comisario Brunetti.
    —¿De la policía? — preguntó el padre sin disimular la sorpresa.
    —Sí.
    —Ay, Dios mío, ¿nadie habrá sufrido daño?
    —No, en absoluto. He venido porque deseo hacerle unas preguntas acerca de una joven que era miembro de su orden.
    —¿Era, comisario? ¿Una joven?
    —Sí.
    —En tal caso, no creo poder serle de gran ayuda. La madre superiora podrá informarle mejor que yo. Ella es la madre espiritual de las hermanas.
    —Creo que usted conoce a esta mujer, padre.
    —¿Sí? ¿Quién es?
    —Maria Testa.

    La sonrisa del monje desarmaba por la sinceridad del deseo que reflejaba de hacerse perdonar su ignorancia.

    —Para mí, ese nombre no significa nada, comisario. ¿Podría decirme el que tenía cuando era miembro de la orden?
    —Suor Immacolata.

    La sonrisa cedió el paso a una repentina expresión de dolor. Inclinó la cabeza y Brunetti le vio mover los labios en una oración silenciosa. Luego, el padre levantó la cabeza y dijo:

    —¿Así que ha acudido a ustedes con esa historia?

    Brunetti asintió.

    —Entonces debe de estar convencida -dijo el sacerdote con franca compasión. Miró a Brunetti con una alarma repentina-: ¿No habrá tenido problemas por decir esas cosas, verdad?

    Ahora fue Brunetti el que extendió la mano sobre la mesa.

    —Sólo estamos informándonos sobre ella, padre. Créame, no ha hecho nada malo. — El alivio del sacerdote fue evidente. Brunetti prosiguió-: ¿Usted la conocía bien, padre?

    El padre Pio sopesó la pregunta un momento antes de responder:

    —Es difícil contestar a eso.
    —Tengo entendido que era su confesor.

    El monje abrió mucho los ojos al oír esto, pero bajó la mirada rápidamente para disimular la sorpresa. Enlazó las manos reflexionando y finalmente miró a Brunetti.

    —No deseo que piense que estoy complicando las cosas sin necesidad, comisario, pero es importante distinguir entre mi conocimiento de esa persona en mi calidad de superior suyo en la orden y en la de confesor.
    —¿Por qué? — preguntó Brunetti, aunque ya lo sabía.
    —Porque no puedo, so pena de cometer un pecado grave, revelar lo que me haya dicho bajo secreto de confesión.
    —Pero, ¿puede decirme lo que sepa de ella por ser su superior?
    —Desde luego. Especialmente si lo que yo diga puede ayudarla. — Separó las manos, y Brunetti observó cómo una de ellas buscaba las cuentas del rosario que le colgaba del cinturón-. ¿Qué es lo que no sabe usted de ella?
    —¿Es de fiar?

    Esta vez el sacerdote no disimuló la sorpresa.

    —¿De fiar? ¿Se refiere a si robaría?
    —O mentiría.
    —No; ella nunca haría ni una cosa ni la otra. — La respuesta del religioso fue inmediata y categórica.
    —¿Qué me dice de su visión del mundo?
    —Me parece que no entiendo la pregunta -dijo el clérigo moviendo ligeramente la cabeza de derecha a izquierda.
    —¿La considera un buen juez de la naturaleza humana? ¿Sería una testigo fiable?

    Después de meditar un rato, el padre Pio dijo:

    —Yo diría que eso dependería de lo que se juzgara. O a quién.
    —¿Y eso significa?
    —Creo que es… en fin, yo diría que «susceptible» es una definición tan buena como otra cualquiera. O «impresionable»… Suor Immacolata enseguida ve las buenas cualidades de una persona, lo que es una gran virtud. Pero -aquí su expresión se ensombreció- con la misma facilidad sospecha las malas. — Hizo una pausa, midiendo las palabras-. Creo que lo que voy a decirle le sonará muy mal, a prejuicio de la peor especie. — El religioso calló un momento, incómodo-: Suor Immacolata es del Sur y yo diría que por eso tiene una visión de la humanidad y de la naturaleza humana un tanto particular. — El padre Pio desvió la mirada, y Brunetti le vio morderse el labio inferior, como para castigarse por haber dicho aquello.
    —¿Y no sería un convento un lugar poco apropiado para adquirir esa visión?
    —¿Lo ve? — dijo el religioso, violento-. No sé como expresar lo que quiero decir. Si pudiera hablar en términos teológicos, diría que adolece de falta de esperanza. Si tuviera más esperanza, estoy seguro de que tendría más fe en la bondad de las personas. — Dejó de hablar un momento, mientras palpaba las cuentas del rosario-. Lo siento, comisario, pero no puedo decir más.
    —¿Por el peligro de revelarme algo que no debería saber?
    —Algo que no puede usted saber -dijo el sacerdote con acento de absoluta certidumbre. Al ver la expresión de Brunetti, agregó-: Ya sé que a mucha gente esto puede parecerle extraño, especialmente, en el mundo de hoy. Pero es una tradición tan antigua como la misma Iglesia, y creo que una de las que más nos esforzamos por mantener. Y que debemos mantener. — Su sonrisa era triste-. Perdone, no puedo decir más.
    —¿Pero ella nunca diría una mentira?
    —No. De eso puede estar seguro. Nunca. Suor Immacolata podría equivocarse o exagerar, pero nunca mentiría deliberadamente.

    Brunetti se puso en pie.

    —Gracias por su tiempo, padre -dijo extendiendo la mano.

    El monje se la estrechó. Su apretón era firme y seco. Acompañó a Brunetti hasta la puerta y dijo tan sólo:

    —Vaya con Dios -en respuesta a las reiteradas gracias de Brunetti.

    Al salir al patio, Brunetti vio al jardinero arrodillado al lado de la tapia del fondo del monasterio, escarbando con los dedos en torno a las raíces de un rosal. Al ver a Brunetti, el anciano apoyó una mano en el suelo, disponiéndose a ponerse de pie, pero Brunetti le gritó:

    —No se moleste, hermano, yo cerraré la puerta. — Hecho esto, bajó por la calle acompañado, hasta doblar la primera esquina, por el aroma de las lilas que era como una bendición.

    Al día siguiente, el ministro de Economía visitó la ciudad y, aunque la visita era de carácter privado, no por ello la policía dejaba de ser responsable de su seguridad. Por esta razón y por una epidemia de gripe de finales de invierno que tenía a cinco policías en la cama y a uno en el hospital, Brunetti no reparó en que encima de la mesa tenía las copias de los testamentos de las cinco personas que habían fallecido en la Casa di Cura San Leonardo. Hubo un momento en que recordó el asunto y hasta reclamó las copias a la signorina Elettra, quien le replicó con vivacidad que hacía dos días que se las había dejado encima de la mesa.

    Hasta que el ministro de Economía regresó a los establos de Augias de su ministerio en Roma, no volvió a pensar Brunetti en las copias de los cinco testamentos, al tropezarse con ellas mientras buscaba en su mesa unas fichas de personal. Decidió leerlas antes de devolverlas a la signorina Elettra con el ruego de que buscara donde archivarlas.

    Brunetti se había licenciado en Derecho y estaba familiarizado con el léxico de las cláusulas que traspasaban, legaban y otorgaban posesión de cosas terrenales a los que aún no habían abandonado este mundo. Ahora, mientras leía la meticulosa fraseología de los documentos, no pudo menos que recordar lo que había dicho Vianello acerca de la imposibilidad de llegar a poseer realmente algo, porque aquí tenía la prueba de tal imposibilidad. Aquellas personas traspasaban a sus herederos la ilusión de una propiedad, prolongando con ello la ficción durante otro lapso de tiempo, hasta que los herederos fueran despojados a su vez de tales bienes por la muerte.

    El comisario pensaba que quizá hicieran bien los caudillos celtas que disponían que todos sus tesoros fueran puestos con su cadáver en una embarcación que era llevada mar adentro, incendiada y dejada a la deriva. No se le ocultaba que quizá esta repentina aversión a las posesiones materiales no fuera más que una reacción a haber estado unos días en compañía del ministro de Economía, un hombre tan rudo, ordinario y estúpido que era capaz de hacer aborrecer la riqueza a cualquiera. Después de sacar esta conclusión, se rió entre dientes y concentró su atención en los testamentos.

    Además del de la signorina Da Prè, dos de los testamentos mencionaban la casa di cura. La signora Cristanti le legaba cinco millones de liras, lo que no era una suma astronómica, y la signora Galasso, que había dejado la mayor parte de sus bienes a un sobrino de Turín, le legaba dos millones.

    Brunetti llevaba en la policía tiempo suficiente como para haber comprobado que hay gente capaz de matar por sumas tan pequeñas como éstas y, la mayoría, con total naturalidad, pero también sabía que eran pocos los homicidas cautos que se arriesgaran a ser descubiertos por semejantes futesas. Y, puesto que en la casa di cura cualquier asesinato tendría que ser cometido con suma cautela, para que no se detectara, parecía poco probable que estas sumas constituyeran móvil suficiente para que alguien de la residencia se arriesgara a matar a los ancianos.

    La signorina Da Prè, a juzgar por las palabras de su hermano, debía de ser una anciana solitaria que, al acercarse el fin de su vida, había sentido el impulso de mostrarse caritativa hacia la institución en la que había pasado sus últimos años de soledad. Da Prè había dicho que nadie se había opuesto a su decisión de impugnar el testamento de su hermana. Brunetti no concebía que una persona que mata para heredar se deje quitar tan fácilmente el legado.

    El comisario miró las fechas y descubrió que los testamentos que contenían las mandas para la casa di cura habían sido extendidos más de un año antes de producirse las muertes. De los restantes testamentos dos habían sido firmados más de cinco años antes y, el último, doce. Hacían falta una imaginación y un cinismo mayores que los que poseía Brunetti para ver en esto un designio criminal.

    Ahora bien, el que no hubiera delito no dejaba de tener sentido a los ojos de Brunetti, aunque un sentido un tanto perverso: imaginando que en la casa di cura se habían producido unos hechos abominables, hechos que sólo ella podía ver, suor Immacolata justificaba su decisión de dejar la orden que había sido su hogar espiritual y material desde que era adolescente. Brunetti no podía creerla; más de una vez, él había visto manifestarse el crimen bajo formas extrañas, pero nunca con un móvil tan nimio, y lo entristecía descubrir que ella había iniciado su vita nuova utilizando semejante pretexto. Aquella mujer hubiera podido exigir de la vida, y de sí misma, algo mejor que tan burda invención.

    Los papeles, las copias de los cinco testamentos y las notas que el comisario había redactado después de las visitas hechas con Vianello no pasaron a manos de la signorina Elettra sino al cajón de abajo de la mesa, donde permanecieron tres días más.

    Patta volvió de sus vacaciones con menos interés por el trabajo de la policía del que tenía al marcharse, y Brunetti, aprovechando esta circunstancia, omitió hablarle de la visita de Maria Testa. La primavera avanzaba. Brunetti fue a visitar a su madre a la residencia y, una vez más, echó de menos aquella caridad espontánea de suor Immacolata.

    La joven no había vuelto a ponerse en contacto con él, y Brunetti abrigaba la esperanza de que hubiera desechado aquella historia, abandonado sus temores y empezado su nueva vida. Un día, incluso pensó en ir a verla al Lido, pero no consiguió dar con el papel en el que había anotado su dirección, y no recordaba el nombre de las personas que la habían ayudado a encontrar trabajo. Rossi, Bassi, Guzzi o algo por el estilo, creía recordar; pero entonces empezó a hacerse notar con irritante frecuencia el regreso del vicequestore Patta, y el comisario se olvidó de la ex monjita hasta que, dos días después, al contestar al teléfono, se encontró hablando con un hombre que dijo ser Vittorio Sassi.

    —¿Es usted el policía con el que habló Maria? — preguntó Sassi.
    —¿Maria Testa? — preguntó Brunetti a su vez, aunque ya sabía a qué Maria se refería su comunicante.
    —Suor Immacolata.
    —Sí; vino a verme hace un par de semanas. ¿Por qué me llama, signor Sassi? ¿Ha ocurrido algo?
    —Tuvo un accidente.
    —¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
    —La atropello un coche.
    —¿Dónde?
    —Aquí, en el Lido.
    —¿Dónde está?
    —La llevaron a Urgencias. Es donde estoy ahora, pero no consigo que me den información.
    —¿Cuándo ocurrió?
    —Ayer tarde.
    —¿Por qué ha tardado tanto en llamar?

    Silencio.

    —¿Signor Sassi? — preguntó Brunetti en tono perentorio y, al no recibir respuesta, bajó la voz-: ¿Cómo está?
    —Mal.
    —¿Cómo fue?
    —Nadie lo sabe.
    —¿No?
    —Ayer, cuando volvía del trabajo en bicicleta, parece ser que un coche la embistió por detrás. El conductor no paró.
    —¿Quién la encontró?
    —Un camionero. La vio tendida en una zanja al lado de la carretera y la llevó al hospital.
    —¿Y no sabe qué tiene?
    —En realidad, no. Esta mañana, cuando me han llamado, me han dicho que tenía una pierna rota. Pero creen que puede haber lesión cerebral.
    —¿Quiénes lo creen?
    —No lo sé. Esto es lo que me ha dicho la persona que me ha llamado por teléfono.
    —Pero, ¿usted está en el hospital?
    —Sí.
    —¿Cómo se han puesto en contacto con usted?
    —Ayer la policía fue a su pensión. Creo que en el bolso llevaba la dirección. El dueño les dio el nombre de mi esposa. Recordó que nosotros la habíamos acompañado. Pero hasta esta mañana no me han avisado, y es cuando he venido.
    —¿Cómo es que me llama a mí?
    —El mes pasado, cuando ella estuvo en Venecia, le preguntamos adonde iba y nos dijo que a ver a un policía llamado Brunetti. No dijo el motivo, ni nosotros se lo preguntamos, pero pensamos que, siendo usted policía, querría saber lo ocurrido.
    —Gracias, signor Sassi -dijo Brunetti y preguntó-: ¿Cómo ha actuado desde que habló conmigo?

    Si a Sassi le pareció ésta una pregunta extraña, no se le notó en la voz.

    —Como siempre, ¿por qué?

    Brunetti optó por no responder a esto y preguntar:

    —¿Cuánto tiempo va a quedarse usted ahí?
    —Ya no mucho. Tengo que ir a trabajar, y mi esposa está con los nietos.
    —¿Cómo se llama el médico?
    —No lo sé, comisario. Esto es un caos. Hoy hacen huelga las enfermeras, y es difícil encontrar a quien te informe. Nadie sabe nada de Maria. ¿No podría usted venir? Quizá le hagan más caso.
    —Estaré ahí dentro de media hora.
    —Es una muchacha muy buena -dijo Sassi.

    Cuando Sassi colgó, Brunetti llamó a Vianello para pedirle que tuviera una lancha y un piloto preparados para ir al Lido dentro de cinco minutos. Dijo a la telefonista que le pusiera con el hospital del Lido y pidió por el encargado de Urgencias. Su llamada transitó por Ginecología, Cirugía y la cocina, hasta que, asqueado, colgó y bajó corriendo la escalera, en busca de Vianello, Bonsuan y la lancha que aguardaba.

    Mientras cruzaban la laguna, Brunetti informó a Vianello de la llamada de Sassi.

    —Canallas -dijo Vianello del conductor huido-. ¿Por qué no se pararon? Darla por muerta y dejarla en la cuneta…
    —Quizá fuera eso lo que pretendían -dijo Brunetti, observando cómo el sargento, de pronto, comprendía.
    —Naturalmente -dijo, cerrando los ojos ante la simplicidad del caso-. Pero nosotros no fuimos a la casa di cura a hacer preguntas. ¿Cómo iban a saber que vino a vernos?
    —No tenemos idea de lo que haya podido hacer ella después de hablar conmigo.
    —No; cierto. Pero no iba a ser tan tonta como para presentarse allí acusando a alguien.
    —Ha estado casi toda su vida en un convento, sargento.
    —¿Y eso qué significa?
    —Significa que probablemente imagina que basta con decir a una persona que ha cometido una mala acción para que esa persona vaya a entregarse a la policía. — Al oír la frivolidad de su tono, Brunetti lamentó haber hablado con tanta ligereza-. Significa que, probablemente, no es capaz de juzgar a las personas ni de entender las razones que las mueven.
    —Quizá tenga razón, comisario. Seguramente, un convento no es el mejor lugar para preparar a nadie para este mundo asqueroso que hemos hecho entre todos.

    Brunetti no supo qué contestar a esto, y no dijo más hasta que la lancha entró en uno de los embarcaderos reservados para ambulancias en la parte posterior del Ospedale al Mare. Saltaron a tierra, diciendo a Bonsuan que los esperase. Una puerta abierta de par en par daba acceso a un pasillo blanco con suelo de cemento.

    Un celador con bata blanca fue rápidamente hacia ellos.

    —¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? Está prohibido entrar en el hospital por esta puerta.

    Sin contestar, Brunetti mostró el carnet al hombre.

    —¿Dónde está Urgencias?

    Observó al celador mientras éste dudaba entre oponerse y discutir, pero entonces vio aflorar el proverbial respeto del italiano a la autoridad, especialmente, si va uniformada, y el hombre les indicó el camino sin más objeciones. A los pocos minutos, estaban frente a un mostrador de enfermeras, detrás del cual unas puertas dobles se abrían a un largo corredor bien iluminado. En el mostrador no había nadie, y nadie contestó a los insistentes intentos de Brunetti de llamar la atención.

    Al cabo de unos minutos, empujó las puertas un hombre con una arrugada bata blanca.

    —Perdone -dijo Brunetti levantando una mano para detenerlo.
    —¿Sí? — dijo el hombre.
    —¿Haría el favor de decirme cómo puedo encontrar a la persona encargada de Urgencias?
    —¿Por qué desea saberlo? — preguntó el hombre con voz fatigada.

    Nuevamente, Brunetti enseñó el carnet. El otro miró la cartulina y miró a Brunetti.

    —¿Qué desea saber, comisario? Yo estoy condenado a encargarme de esta sala.
    —¿Condenado? — preguntó Brunetti.
    —Perdone, exagero. Las enfermeras han decidido hacer huelga, y yo llevo aquí treinta y seis horas. Trato de atender a nueve pacientes, con la ayuda de un celador y una interna. Pero no creo que contárselo a usted me sirva de mucho.
    —Lo siento, dottore. No puedo arrestar a sus enfermeras.
    —Lástima. ¿En qué puedo servirle?
    —Vengo a ver a una mujer que fue traída ayer. Atropellada por un coche. Me han dicho que tiene una pierna rota y conmoción cerebral.

    El médico supo enseguida quién era.

    —No; no tenía la pierna rota, era el hombro, y sólo dislocado. Varias costillas sí que podrían estar rotas. Pero lo que más me preocupaba era la lesión de la cabeza.
    —¿Preocupaba, doctor?
    —Sí; la enviamos al Ospedale Civile menos de una hora después de que la trajeran. Aunque hubiera dispuesto de personal para atenderla, no tengo el equipo necesario para tratar una lesión cerebral como la suya.

    Brunetti hizo un esfuerzo para contener la irritación por haber hecho el viaje en vano y preguntó:

    —¿Es grave?
    —Estaba inconsciente cuando la trajeron. Yo le puse el hombro en su sitio y le vendé las costillas, pero no poseo suficientes conocimientos de lesiones cerebrales. Le hice varias pruebas. Quería ver qué tenía, por qué no respondía. Pero estuvo aquí muy poco tiempo y no pude cerciorarme.
    —Ha venido un hombre interesándose por ella -dijo Brunetti-. Nadie le ha dicho que la hubieran enviado a Venecia.

    El médico se encogió de hombros rehuyendo toda responsabilidad.

    —Ya le he dicho que sólo somos tres personas. Alguien hubiera tenido que avisarle.
    —Sí -convino Brunetti-; alguien hubiera tenido que avisarle. — Y después preguntó-: ¿Puede decirme algo más acerca de su estado?
    —Nada más; tendrá que preguntar a los del Civile.
    —¿Dónde estará?
    —Si han encontrado a un neurólogo la habrán puesto en Cuidados Intensivos. O deberían haberla puesto. — El médico movió la cabeza tristemente, ya por cansancio ya por el recuerdo de las lesiones de Maria, Brunetti no hubiera podido decirlo. De pronto, se abrió una de las puertas, empujada desde dentro y apareció una mujer joven, con una bata no menos arrugada.
    —Dottore -dijo en tono perentorio-, venga, lo necesitamos. Pronto. El hombre dio media vuelta y siguió a la mujer por el pasillo, sin molestarse en decir más a Brunetti y sin haberse dado por enterado de la presencia de Vianello.

    Brunetti y el sargento se volvieron por donde habían venido. Cuando subieron a la lancha, Brunetti dijo al piloto, sin más explicaciones:

    —Al Ospedale Civile, Bonsuan.

    La lancha surcaba la laguna, ondulada por una brisa fresca. Brunetti se quedó abajo y, a través del cristal de las puertas, veía cómo Vianello contaba a Bonsuan lo ocurrido y cómo los dos hombres movían la cabeza de derecha a izquierda con indignación, la única reacción posible a cualquier contacto con el sistema de la sanidad pública.

    Un cuarto de hora después, la lancha se detenía junto al Ospedale Civile, y Brunetti volvió a decir a Bonsuan que los esperara. Tanto el comisario como el sargento Vianello sabían, por larga experiencia profesional, dónde estaba Cuidados Intensivos, y hacia allí se dirigieron rápidamente por un laberinto de corredores.

    Brunetti vio a un médico conocido en la puerta de la zona de Cuidados Intensivos y fue hacia él.

    —Buon giorno, Giovanni -dijo cuando el médico sonrió al reconocerlo-. Busco a una mujer que trajeron ayer del Lido.
    —¿La de la herida en la cabeza? — preguntó el joven.
    —Sí. ¿Cómo está?
    —Parece ser que dio con la cabeza contra la bicicleta y luego contra el suelo. Tiene un corte encima de la oreja. Pero no hemos podido hacerla reaccionar, no se ha despertado.
    —¿No se sabe…? — empezó Brunetti, pero se interrumpió porque ignoraba cómo formular la pregunta.
    —No sabemos nada, Guido. Puede despertarse hoy, puede seguir así indefinidamente, o puede morirse. — El médico hundió las manos en los bolsillos de la bata.
    —¿Qué hacen en estos casos? — preguntó Brunetti.
    —¿Los médicos?

    Brunetti asintió.

    —Pruebas y más pruebas. Y luego rezar.
    —¿Puedo verla?
    —No hay mucho que ver, sólo vendajes -dijo el médico.
    —Aun así, deseo verla.
    —Está bien. Pero usted solo -dijo el médico mirando a Vianello.

    Vianello asintió y se sentó en una silla arrimada a la pared. Sacó del bolsillo la segunda parte de un diario de dos días antes y se puso a leer.

    El médico llevó a Brunetti por un pasillo y se paró delante de la tercera puerta de la derecha.

    —Estamos a tope, y hemos tenido que ponerla aquí. — Dicho esto, abrió la puerta y entró delante de Brunetti.

    Todo resultaba familiar: el olor a flores y orina, las botellas de plástico de agua mineral alineadas junto a las ventanas, para que se mantuvieran frescas, la sensación de sufrimiento expectante. En la habitación había cuatro camas, una de ellas, vacía. Brunetti vio que Maria estaba en la cama situada junto a la pared del fondo. Se acercó primero a los pies y luego a la cabecera de la cama, y no se dio cuenta de cuándo el médico salía cerrando la puerta.

    Las espesas pestañas casi se confundían con las amoratadas ojeras; un mechón de pelo escapaba del vendaje que le cubría la cabeza. Tenía un lado de la nariz embadurnado del mercurocromo que cubría un arañazo que le bajaba hasta la barbilla. Encima del pómulo izquierdo empezaba una hilera de oscuros puntos de sutura que desaparecía bajo el vendaje.

    Su cuerpo, extrañamente deformado por el grueso vendaje del hombro, no abultaba más que el de una niña, bajo la manta azul claro. Brunetti le miró los labios y, al no detectar movimiento, el pecho. Le costó, pero al fin vio cómo la manta se movía al compás de una respiración silenciosa, y se tranquilizó.

    A su espalda, una de las mujeres gimió y la otra, quizá inquieta por el sonido, llamó a «Roberto».

    Al cabo de un rato, Brunetti salió al vestíbulo, donde Vianello seguía leyendo el diario. Hizo una seña con la cabeza al sargento y los dos hombres fueron en busca de la lancha que los llevó de vuelta a la questura.


    9


    Brunetti y Vianello decidieron tácitamente saltarse el almuerzo. En cuanto llegaron a la questura, Brunetti envió al sargento a modificar los turnos del servicio, a fin de poner inmediatamente a un agente de guardia en la puerta de la habitación de Maria Testa.

    Brunetti llamó a la policía del Lido, se identificó, expuso la razón de su llamada y preguntó si se había descubierto algo acerca del accidente de circulación ocurrido la víspera y provocado por el conductor que se había dado a la fuga. Los del Lido le contestaron que no tenían nada: ni testigos, ni llamadas dando parte de alguna abolladura sospechosa en un coche del vecindario, nada, pese a que en el diario de la mañana se daba, con la noticia, el número de teléfono al que podían llamar quienes tuvieran información sobre el accidente. Brunetti les dejó su número y, lo más importante, su rango, pidiendo que lo mantuvieran informado si averiguaban algo sobre el conductor o el coche.

    Brunetti abrió el cajón y revolvió en él hasta encontrar la carpeta abandonada. Buscó la copia del primer testamento, el de Fausta Galasso, la mujer que lo había dejado casi todo a un sobrino que vivía en Turín, y leyó cuidadosamente los bienes enumerados: tres apartamentos en Venecia, dos granjas cerca de Pordenone y depósitos en tres bancos de la ciudad. Leyó las direcciones de los apartamentos, pero no le decían nada.

    Descolgó el teléfono y marcó un número de memoria.

    Fincas Bucintoro contestó una voz femenina a la segunda señal.

    —Ciao, Stefania -dijo él-. Aquí Guido.
    —Te conozco la voz -dijo la mujer-. ¿Cómo estás? Pero, ante todo, contéstame a esto: ¿quieres comprar un precioso apartamento en Canareggio, ciento cincuenta metros, dos baños, tres dormitorios, cocina, comedor y salón con vistas a la laguna?
    —¿Qué tiene de malo? — preguntó Brunetti.
    —¿Guido? — hizo ella, entre asombrada y ofendida, alargando la primera sílaba.
    —¿Está ocupado y los inquilinos no se van ni a tiros? ¿Necesita tejado nuevo? ¿Madera podrida? — preguntó.

    Un silencio y, después, una breve carcajada cómplice.

    —Acqua alta -dijo Stefania-. Si el agua sube más de metro y medio, puedes encontrarte peces en la cama.
    —Ya no hay peces en la laguna, Stefania. Todos han sido envenenados.
    —Pues algas. Pero el apartamento es precioso, créeme. Una pareja de norteamericanos lo compraron hace tres años, gastaron una fortuna en restaurarlo, cientos de millones, pero nadie les habló del agua. Y este invierno el acqua alta les estropeó el parquet, la pintura y muebles y alfombras por valor de cincuenta millones. Finalmente, llamaron a un arquitecto y lo primero que les dijo es que no hay nada que hacer. Por eso quieren venderlo.
    —¿Cuánto?
    —Trescientos millones.
    —¿Ciento cincuenta metros? — preguntó Brunetti.
    —Sí.
    —Una ganga.
    —Lo sé. ¿Conoces a alguien a quien pudiera interesar?
    —Stefania, para ciento cincuenta metros cuadrados es barato. Pero la verdad es que no vale nada. — Ella no lo negó ni dijo nada-. ¿Algún interesado? — preguntó él finalmente.
    —Sí.
    —¿Quién?
    —Unos alemanes.
    —Bien. Ojalá lo vendas. — El padre de Stefania había sido prisionero de guerra en Alemania durante tres años.
    —Si no es un apartamento, ¿qué es lo que quieres? ¿Información?
    —¡Stefania! — cantó él, imitando la entonación del «Guido» de ella-. ¿Crees que te llamaría para algo que no fuera oír tu dulce voz?
    —Guido, eres el sueño de una muchacha hecho realidad. En resumidas cuentas, ¿qué quieres saber?
    —Tengo las direcciones de tres apartamentos y el nombre del último propietario. Me gustaría saber si están en venta y, si es así, cuánto piden. O si se han vendido durante este año último. Y por cuánto.
    —Eso me llevará un día o dos.
    —¿Un día? — dijo él.
    —De acuerdo. Un día. ¿Qué direcciones?

    Brunetti se las dio y le dijo que los tres apartamentos habían sido dejados en herencia por una mujer llamada Galasso a un sobrino suyo. Antes de colgar, Stefania previno a Brunetti de que, si fallaba la operación con los alemanes, él tendría que ayudarla a encontrar al comprador que la librara de aquel apartamento. Él dijo que lo pensaría, y estuvo a punto de agregar que se lo propondría a su vicequestore.

    El siguiente testamento era el de la signora Renata Cristanti, viuda de Marcello. Lo que hiciera en vida el signor Cristanti debía de hacerlo muy bien, porque el patrimonio de su viuda comprendía una larga lista de apartamentos, cuatro tiendas e inversiones y cuentas de ahorro por un importe superior a quinientos millones de liras, todo lo cual ella disponía que fuera dividido en partes iguales entre sus seis hijos, los mismos que nunca se habían molestado en ir a hacerle una visita. Al leer esto, Brunetti se preguntó cómo una mujer tan rica y madre de seis hijos había acabado sus días en una residencia atendida por monjas que habían hecho voto de pobreza y no en una clínica ultramoderna, dotada de todos los adelantos de la medicina geriátrica.

    El conde Crivoni había dejado a su viuda el apartamento en el que ella residía, además de otros dos e inversiones varias cuyo valor era imposible deducir de la simple lectura del testamento. No se nombraban otros beneficiarios.

    Como había dicho el signor Da Prè, su hermana se lo había dejado todo a él, salvo la manda para la residencia, que había sido impugnada. Dado que la finada lo nombraba heredero universal, el testamento no especificaba los bienes, por lo que era imposible calcular la cuantía del patrimonio.

    El signor Lerini lo dejaba todo a su hija Benedetta y, también en este caso, la circunstancia de que todo el patrimonio pasara a una sola persona impedía conocer su valor.

    Sonó el zumbador del interfono.

    —¿Sí, señor? — dijo Brunetti levantando el teléfono.
    —Me gustaría hablar un momento con usted, Brunetti -dijo el vicequestore.
    —Ahora mismo bajo.

    Hacía más de una semana que Patta había vuelto a empuñar las riendas de la questura, pero hasta aquel momento Brunetti había conseguido evitar todo trato personal con él. Le había pasado un largo informe de las actividades realizadas por los comisarios durante la ausencia de su superior, pero sin mencionar la visita de Maria Testa ni las entrevistas a que había dado lugar.

    La signorina Elettra estaba en su mesa, en el pequeño antedespacho de Patta. Hoy vestía un traje sastre gris que era el no va más de la femineidad, casi una parodia de los ternos cruzados que solía llevar Patta, incluido el pañuelito en el bolsillo del pecho y la corbata de seda con el correspondiente alfiler de pedrería.

    —De acuerdo, vende el Fiat -la oyó decir al entrar. De la sorpresa, Brunetti estuvo a punto de interrumpirla para decir que no sabía que tuviera coche, cuando ella agregó-: Pero reinvierte inmediatamente y compra mil acciones de la empresa alemana de biotecnología de la que te hablé la semana pasada. — Levantó una mano e hizo seña a Brunetti de que tenía algo que decirle antes de que entrara en el despacho de Patta-. Y deshazte de los florines holandeses antes de que acabe la sesión. Un amigo me ha adelantado lo que su ministro de Economía anunciará mañana en la reunión del gabinete. — Su interlocutor dijo algo a lo que ella respondió con impaciencia-: No importa si hay pérdida. Vende.

    Sin añadir palabra, colgó el teléfono y miró a Brunetti.

    —¿Florines holandeses? — preguntó él cortésmente.
    —Si los tiene, véndalos.

    Brunetti no los tenía, pero movió la cabeza afirmativamente agradeciendo el consejo.

    —¿Vestida para triunfar? — preguntó.
    —Qué detalle que se haya fijado, comisario. ¿Le gusta? — Se levantó y se alejó de la mesa unos pasos. El conjunto era impecable, hasta la punta de los zapatos a la inglesa, tamaño Cenicienta.
    —Muy bonito -dijo él-. Y muy apropiado para hablar con el agente de Bolsa.
    —¿Verdad? Lástima que sea tan corto. Tengo que explicárselo todo.
    —¿Quería decirme algo? — preguntó Brunetti.
    —He pensado que, antes de hablar con el vicequestore, conviene que sepa que vamos a tener una visita de la policía suiza.

    Antes de que ella pudiera proseguir, Brunetti bromeó sonriendo:

    —¿Se ha enterado él de que tiene usted cuentas secretas? — Y lanzó una mirada jocosamente furtiva en dirección al despacho de Patta.

    La signorina Elettra abrió mucho los ojos con asombro y luego los entrecerró con desagrado.

    —No, comisario -dijo fríamente-. Es algo relacionado con la Comisión Europea, pero el vicequestore Patta podrá informarle mejor. — Volvió a sentarse a la mesa, de cara al ordenador y de espaldas a Brunetti.

    El comisario llamó a la puerta con los nudillos y, cuando recibió respuesta, entró en el despacho de Patta. Al parecer, al vicequestore le habían sentado bien las vacaciones. Su nariz griega y su mandíbula imperiosa tenían un bronceado tanto más impactante por cuanto que había sido adquirido en el mes de marzo. También daba la impresión de haber perdido varios kilos, a no ser que los sastres de Bangkok supieran disimular el sobrepeso mejor que los londinenses.

    —Buenos días, Brunetti -dijo afablemente el vicequestore.

    Brunetti, al que la amabilidad de su jefe hacía ponerse en guardia, musitó unas palabras y se sentó sin esperar a que se le invitara a hacerlo. El que Patta no torciera el gesto aumentó sus recelos.

    —Quiero felicitarlo por su gestión durante mi ausencia -empezó Patta, y en la ca