• GUARDAR IMAGEN


  • GUARDAR TODAS LAS IMAGENES

  • COPIAR IMAGEN A:

  • OTRAS OPCIONES
  • ● Eliminar Lecturas
  • ● Ultima Lectura
  • ● Historial de Nvgc
  • ● Borrar Historial Nvgc
  • ● Ayuda
  • PUNTO A GUARDAR



  • Tipea en el recuadro blanco alguna referencia, o, déjalo en blanco y da click en "Referencia"
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Todas Las Revistas Diners
  • Todas Las Revistas Selecciones
  • CATEGORIAS
  • Libros
  • Libros-Relatos Cortos
  • Arte-Graficos
  • Bellezas Del Cine Y Television
  • Biografias
  • Chistes
  • Consejos Sanos
  • Cuidando Y Encaminando A Los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Paisajes Y Temas Varios
  • La Relacion De Pareja
  • La Tia Eulogia
  • La Vida Se Ha Convertido En Un Lucro
  • Mensajes Para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud Y Prevencion
  • Sucesos-Proezas
  • Temas Varios
  • Tu Relacion Contigo Mismo Y El Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005
  • CATEGORIAS
  • Arte-Gráficos
  • Bellezas
  • Biografías
  • Chistes que llegan a mi Email
  • Consejos Sanos para el Alma
  • Cuidando y Encaminando a los Hijos
  • Datos Interesantes
  • Fotos: Paisajes y Temas varios
  • La Relación de Pareja
  • La Tía Eulogia
  • La Vida se ha convertido en un Lucro
  • Mensajes para Reflexionar
  • Personajes Disney
  • Salud y Prevención
  • Sucesos y Proezas que conmueven
  • Temas Varios
  • Tu Relación Contigo mismo y el Mundo
  • Un Mundo Inseguro
  • TODAS LAS REVISTAS
  • Selecciones
  • Diners
  • REVISTAS DINERS
  • Diners-Agosto 1989
  • Diners-Mayo 1993
  • Diners-Septiembre 1993
  • Diners-Noviembre 1993
  • Diners-Diciembre 1993
  • Diners-Abril 1994
  • Diners-Mayo 1994
  • Diners-Junio 1994
  • Diners-Julio 1994
  • Diners-Octubre 1994
  • Diners-Enero 1995
  • Diners-Marzo 1995
  • Diners-Junio 1995
  • Diners-Septiembre 1995
  • Diners-Febrero 1996
  • Diners-Julio 1996
  • Diners-Septiembre 1996
  • Diners-Febrero 1998
  • Diners-Abril 1998
  • Diners-Mayo 1998
  • Diners-Octubre 1998
  • Diners-Temas Rescatados
  • REVISTAS SELECCIONES
  • Selecciones-Enero 1965
  • Selecciones-Julio 1968
  • Selecciones-Abril 1969
  • Selecciones-Febrero 1970
  • Selecciones-Marzo 1970
  • Selecciones-Mayo 1970
  • Selecciones-Marzo 1972
  • Selecciones-Julio 1973
  • Selecciones-Diciembre 1973
  • Selecciones-Enero 1974
  • Selecciones-Marzo 1974
  • Selecciones-Marzo 1976
  • Selecciones-Noviembre 1976
  • Selecciones-Enero 1977
  • Selecciones-Septiembre 1977
  • Selecciones-Enero 1978
  • Selecciones-Diciembre 1978
  • Selecciones-Enero 1979
  • Selecciones-Marzo 1979
  • Selecciones-Julio 1979
  • Selecciones-Agosto 1979
  • Selecciones-Abril 1980
  • Selecciones-Agosto 1980
  • Selecciones-Septiembre 1980
  • Selecciones-Septiembre 1981
  • Selecciones-Abril 1982
  • Selecciones-Mayo 1983
  • Selecciones-Julio 1984
  • Selecciones-Junio 1985
  • Selecciones-Septiembre 1987
  • Selecciones-Abril 1988
  • Selecciones-Febrero 1989
  • Selecciones-Abril 1989
  • Selecciones-Marzo 1990
  • Selecciones-Abril 1991
  • Selecciones-Mayo 1991
  • Selecciones-Octubre 1991
  • Selecciones-Diciembre 1991
  • Selecciones-Febrero 1992
  • Selecciones-Junio 1992
  • Selecciones-Septiembre 1992
  • Selecciones-Febrero 1994
  • Selecciones-Mayo 1994
  • Selecciones-Abril 1995
  • Selecciones-Mayo 1995
  • Selecciones-Septiembre 1995
  • Selecciones-Junio 1996
  • Selecciones-Mayo 1997
  • Selecciones-Enero 1998
  • Selecciones-Febrero 1998
  • Selecciones-Julio 1999
  • Selecciones-Diciembre 1999
  • Selecciones-Febrero 2000
  • Selecciones-Diciembre 2001
  • Selecciones-Febrero 2002
  • Selecciones-Mayo 2005

  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • L
    E
    E
    R
    D
    O
    N
    A
    R
    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LA RELIGIOSA (Denis Diderot)

    Publicado el lunes, diciembre 25, 2017

    La respuesta del señor marqués de Croismare, si es que me responde, me suministrará las primeras líneas de esta narración. Antes de escribirle quise conocerle. Es un hombre de mundo, que ha adquirido ilustración durante el servicio; es de edad, ha estado casado; tiene una hija y dos hijos a los que ama y de los que es querido. De buena familia, es inteligente, agudo, alegre, tiene gusto para las bellas artes y, sobre todo, originalidad. Me han elogiado su sensibilidad, su honor y su probidad, y yo he juzgado, por el vivo interés que ha tomado en mi asunto, y porque me han dicho que en modo alguno me había comprometido al dirigirme a él: no es de presumir, sin embargo, que se decida a cambiar mi suerte sin saber quien soy, y éste es el motivo que me impulsa a vencer mi amor propio y mi repugnancia al iniciar estas memorias donde describo parte de mis desgracias, sin talento y sin arte, con la ingenuidad de una chica de mi edad y la franqueza de mi carácter. Como mi protector podría exigir, o tal vez la fantasía podría moverme a acabarlas en un tiempo en que los hechos lejanos habrían cesado de estar presentes en mi memoria, he pensado que el resumen que las cierra, y la profunda impresión que de ellos quedará en mí mientras viva, bastarán para recordármelos con exactitud.

    Mi padre era abogado. Casó con mi madre a una edad ya bastante avanzada; tuvo tres hijas. Tenía más fortuna de la necesaria para dotarlas sólidamente; pero para ello era menester, al menos, que hubiese repartido equitativamente su ternura, y estoy bastante lejos de poder hacer este elogio. Ciertamente, yo valía más que mis hermanas por las dotes, adornos de espíritu y de figura, carácter y talento; parecía que mis padres se afligieran por ello. Lo que la naturaleza y la aplicación me habían concedido por encima de ellas, convertíase para mí en una fuente de penalidades. A fin de ser amada, querida, festejada, excusada siempre como lo eran ellas, desde mis primeros años he deseado parecérmeles. Si alguien decía a mi madre: «Tiene usted unas hijas encantadoras…» nunca se refería a mí. Algunas veces resultaba bien vengada por esa injusticia; pero las alabanzas recibidas me costaban tan caras, cuando estábamos a solas, que hubiese preferido la indiferencia e incluso las injurias; cuanto más los extraños me mostraban su predilección, mayor era el odio cuando aquellos marchaban. Cuántas veces he llorado por no haber nacido fea, estúpida, tonta, orgullosa; en una palabra, con todos los defectos que les hacían agradables ante mis padres. Me pregunté de dónde venía esta excentricidad en un padre y una madre, por lo demás honestos, justos y piadosos. ¿Se lo confesaré, señor? Algunas expresiones escapadas a mi padre en un rapto de cólera, pues era violento; algunas circunstancias acumuladas en intervalos diferentes, palabras de los vecinos, comentarios de los criados, me han hecho sospechar una razón que les excusaría un poco. Tal vez mi padre tenía cierta incertidumbre sobre mi nacimiento; quizá yo recordaba a mi madre una falta que había cometido, y la ingratitud de un hombre al que ella había escuchado demasiado; ¡qué sé yo! En caso de que estas sospechas estuvieran mal fundadas, ¿qué arriesgo al confiárselas? Usted quemará este escrito y yo prometo quemar su contestación.

    Como habíamos venido al mundo a poca distancia unas de las otras, crecimos las tres juntas. Surgieron buenos partidos. Mi hermana mayor fue solicitada por un joven encantador; pronto noté que él me distinguía y adiviné que ella no era más que el incesante pretexto de sus asiduidades. Presentí las penas que podía causarme esta preferencia y advertí a mi madre. Esta ha sido tal vez la única cosa que he hecho en mi vida que le agradó, y he aquí cuál fue mi recompensa. Cuatro días después, o al menos a los pocos días, me dijeron que habían encargado plaza para mí en un convento y fui conducida a él al día siguiente. Estaba tan mal en casa, que este suceso no me entristeció en absoluto y fui a Santa María, mi primer convento, con gran regocijo. El novio de mi hermana, al no verme más, me olvidó y convirtióse en su esposo. Se llama M. K.; es notario y vive en Corbeil, donde lleva una vida más que mediocre. Mi segunda hermana casó con un tal señor Bauchon, comerciante de sedas en París, rué Quincampoix, y vive bastante bien con él.

    Una vez establecidas mis dos hermanas, creí que pensarían en mí y que no tardaría mucho en salir del convento. Tenía entonces dieciséis años y medio. Mis hermanas habían recibido unas dotes considerables y yo prometíame una suerte igual a la suya. Mi cabeza estaba llena de seductores proyectos cuando me llamaron al locutorio. Era el padre Serafín, director espiritual de mi madre; había sido también el mío y no tuvo así dificultad para explicarme el motivo de su visita: se trataba de decidirme a tomar el hábito. Yo protesté contra esta extraña proposición y le declaré abiertamente que no sentía ningún gusto por el estado religioso. «Tanto peor -me dijo-, ya que sus padres se han despojado por vuestras hermanas y no veo ya qué podrían hacer por usted, en la estrecha situación a la que han quedado reducidos. Reflexione, señorita; es preciso o entrar para siempre en esta casa o ir a algún convento de provincia en el que será usted recibida por una módica pensión y del que no saldrá usted hasta la muerte de sus padres, que aún puede hacerse esperar mucho tiempo…» Yo me quejé con amargura y derramé un torrente de lágrimas. La superiora había sido advertida; me esperaba a la vuelta del locutorio.

    Yo me debatía en una confusión inexplicable. Ella me dijo: «¿Qué tienes, querida hija? (Sabía mejor que yo lo que tenía.) ¡Cómo tú así! Nunca se ha visto tamaña desesperación, me haces temblar. ¿Acaso has perdido a tu madre o a tu padre?» Yo pensaba responder arrojándome a sus brazos. ¡Pluguiera a Dios!…, me contenté con gritar: No tengo ni padre ni madre; soy una desgraciada a la que detestan y quieren enterrar aquí toda la vida. Ella dejó pasar el torrente y aguardó un momento de tranquilidad. Le expliqué más claramente lo que me acababan de anunciar. Pareció tener compasión de mí; me tuvo lástima; me animó a no abrazar un estado por el que no sentía vocación alguna, prometióme rezar, exponer, solicitar. ¡Ay, señor, cuan fingidas son las superioras de los conventos! No tiene idea de ello. Escribió, en efecto. No ignoraba las respuestas que recibiría; me las comunicó y fue sólo al cabo de mucho tiempo cuando empecé a dudar de su buena fe. No obstante, llegó el plazo fijado a mi resolución, vino a participármelo con la más estudiada tristeza. Al principio permaneció sin hablar, luego lanzóme unas palabras de conmiseración; no tendré que pintarle muchas más. Saber contenerse es su gran arte. A continuación me dijo, creo en verdad que fue llorando: «Y bien, hija mía, ¡nos abandonarás, pues! Querida hija, ¡no nos volveremos a ver!…» Y otras cosas que no escuché. Yo estaba recostada en una silla; guardaba silencio, sollozaba, permanecía inmóvil, o me levantaba, e iba unas veces a apoyarme en los muros, otras a exhalar mi dolor sobre su seno. He ahí lo sucedido, cuando añadió: «¿Por qué no haces una cosa? Escucha y no vayas a decir a los monjes que fui yo quien te dio el consejo; cuento con una inviolable discreción de tu parte, pues por nada del mundo quisiera que pudieran hacerme algún reproche. ¿Qué es lo que te piden? ¿Que tomes el velo? ¡Y bien! ¿Por qué no lo tomas? ¿A qué te obliga esto? A nada, a permanecer dos años más con nosotras. No se sabe quién muere y quién vive; dos años son bastante tiempo, pueden suceder muchas cosas en dos años…» Juntó a estos insidiosos argumentos tantas caricias, tantas protestas de amistad, tantas dulces falsedades: «Sabía dónde estaba, no sabía a dónde me conducirían», y me dejé persuadir. Ella escribió, pues, a mi padre; su carta estaba muy bien, estas cosas nadie las hace mejor: En ella mi pena, mi dolor, mis reclamaciones no quedaban disimuladas; os aseguro que una joven más sutil que yo hubiese sido engañada; sin embargo, acababa dando mi consentimiento. ¡Con qué rapidez fue preparado todo! Fijóse el día, hicieron mi hábito, llegó la fecha de la ceremonia sin que perciba hoy el menor intervalo entre estas cosas.

    Olvidaba deciros que vi a mi padre y a mi madre, que no ahorré nada para conmoverles y que los encontré inflexibles. Fue un tal padre Blin, doctor por la Sorbona, quien me hizo la exhortación, y el señor obispo de Alep quien me dio el hábito. Esta ceremonia no es por sí misma alegre; aquel día fue de las más tristes. Pese a que las religiosas se apretujaron en torno mío para sostenerme, veinte veces sentí doblarse mis rodillas y me vi a punto de caer sobre los peldaños del altar. No oí nada, no vi nada, estaba atontada; me conducían y andaba; me preguntaban y contestaban por mí. No obstante, esta cruel ceremonia acabó; todo el mundo se retiró y yo quedé en medio del rebaño al que me acababan de asociar. Entonces, mis compañeras, me abrazan y dicen: «¡Ved, hermana, qué hermosa es! ¡De qué manera el velo negro hace destacar la blancura de su tez! ¡ Qué bien le sienta el tocado, cómo le redondea el rostro! ¡Cómo alarga sus mejillas! ¡Cómo este hábito resalta su talle y sus brazos!…» Yo apenas las escuchaba; estaba desolada; no obstante, debo reconocer que cuando estuve sola en mi celda, recordé sus adulaciones; no pude evitar el comprobarlas ante mi pequeño espejo, y me pareció que no estaban del todo fuera de lugar. Hay unos honores que van ligados a este día; los exageraron para mí, aunque hice poco caso de ellos, pero fingieron creer lo contrario y me lo dijeron, pese a que estaba claro que no era verdad. Por la noche, al salir de la oración, la superiora se presentó en mi celda. «En verdad -dijo, después de contemplarme un poco- no sé por qué tiene usted tanta repugnancia hacia este hábito; le sienta de maravilla y está encantadora; sor Susana es una religiosa muy hermosa y será más amada por ello. Así, veamos un poco, ande. No se mantiene lo suficiente derecha; no es preciso estar así, encorvada…» Me compuso la cabeza, los pies, las manos, el talle, los brazos; fue casi una lección de Marcel[1] sobre las gracias monásticas: cada estado tiene las suyas. Luego sentóse y me dijo: «Está bien, pero ahora hablemos un poco más en serio. Hemos ganado dos años; sus padres pueden cambiar de resolución; usted misma tal vez desee quedarse aquí cuando ellos quieran sacarla, no sería nada imposible; ha estado mucho tiempo entre nosotras pero no conoce aún nuestra vida; tiene sin duda sus penas, pero también sus dulzores…» Usted puede imaginarse bien lo que añadió sobre el mundo y el claustro, esto está escrito en todas partes y en todas de la misma manera; gracias a Dios me han hecho leer numerosos párrafos sobre lo que los religiosos han recitado de su estado, que conocen bien y detestan, contra el mundo que aman, destrozan y desconocen.

    No os daré detalles de mi noviciado; si se observara en toda su austeridad, nadie podría resistirlo; sin embargo, es el tiempo más dulce de la vida monástica. Una madre de novicias es la hermana más indulgente que se haya podido encontrar. Su preocupación es ocultaros todas las espinas del estado; es un curso de la mejor y más sutil seducción. Es ella quien disipa las tinieblas que os rodean, la que os acuna, os duerme, os impone, os fascina. La nuestra se interesó particularmente por mí. No creo que exista un alma joven y sin experiencia capaz de resistir la prueba de este arte funesto. El mundo tiene sus precipicios, pero no imagino que nadie caiga en ellos por una pendiente tan fácil. Si estornudaba dos veces seguidas, era dispensada del oficio, del trabajo, de la oración; me acostaba más pronto, me levantaba más tarde: las reglas conventuales cesaban para mí. Imaginad, señor, que había días en que yo suspiraba por el momento de sacrificarme. No sucede una historia desagradable en el mundo, de la que no os hablen; se desvirtúan las verdaderas, se inventan otras falsas y después hay alabanzas sin fin y acciones de gracias a Dios, que nos ponen a cubierto de estas humillantes aventuras. No obstante, acercábase el momento que algunas veces había acortado con mis deseos. Entonces tórneme meditabunda, sentí despertar y crecer mi repugnancia. Iba a confiarla a la superiora o a nuestra madre de novicias. Estas mujeres se vengan bien de la molestia que les ocasionáis: no hay que creer que les divierta el papel hipócrita que desempeñan, ni las imbecilidades que se ven forzadas a repetiros; esto, al fin, llega a ser bastante frecuente y desagradable para ellas; pero se deciden a hacerlo por un millar de escudos que proporcionan así a su casa. He aquí el importante motivo por el que mienten toda su vida e inducen a jóvenes inocentes a una desesperación de cuarenta, cincuenta años, y quizás a la desgracia eterna; pues es seguro, señor, que de cien religiosas que mueren antes de los cincuenta años, hay exactamente cien de condenadas, sin contar las que se vuelven locas, estúpidas o rabiosas durante la espera.

    Sucedió un día que una de estas últimas escapó de la celda en que la tenían encerrada. Yo la vi. He ahí señor la época de mi felicidad o de mi desgracia, según la manera como decidiréis en mi caso. Nunca he visto nada tan espantoso. Iba desmelenada y casi sin vestido; arrastraba cadenas de hierro; sus ojos, extraviados; se arrancaba los cabellos; se golpeaba el pecho con los puños, corría, gritaba; descargaba sobre sí misma y las otras las más terribles imprecaciones; buscaba una ventana para precipitarse. El terror se apoderó de mí, temblaban todos mis miembros, vi mi suerte en la de aquella infortunada, y allí mismo quedó decidido en mi corazón que moriría mil veces antes que exponerme a aquello. No dejaron de presentir el efecto que este suceso podía hacer en mi espíritu; creyeron un deber prevenirlo. Me contaron no sé cuántas mentiras ridículas, que se contradecían, sobre esta religiosa: que ya tenía el espíritu quebrantado cuando la recibieron; que había sufrido un gran susto en un tiempo crítico; que había tenido visiones; que creía estar en contacto con los ángeles; que había leído cosas perniciosas, que le habían turbado el espíritu; que había escuchado a innovadores de moral exagerada, los cuales le habían atemorizado tanto de los juicios de Dios, que su cabeza había quedado trastornada; que no veía nada más que demonios, el infierno y los abismos de fuego; que ellas eran muy desgraciadas; que era inaudito que hubiese habido nunca un personaje parecido en la casa; y ¡qué sé yo más! Todo aquello no me impresionó. En todo momento la religiosa loca retornaba a mi espíritu y yo renovaba en mí misma el juramento de no hacer voto alguno.

    He aquí llegado el momento en el que se trataba de mostrar si sabía mantener mi palabra. Una mañana, después del oficio, vi entrar a la superiora en mi habitación. Llevaba una carta. Su rostro expresaba tristeza y abatimiento; los brazos le colgaban; parecía que su mano no tuviese fuerza para levantar aquella carta; me miraba; parecía que en sus ojos rodaban las lágrimas; callaba, yo también. Ella esperaba que yo fuese la primera en hablar; estuve tentada de hacerlo, pero me retuve. Preguntóme cómo estaba; díjome que el oficio fue bien largo aquel día; que yo había tosido un poco y le parecía indispuesta. A todo aquello respondí: no, mi querida madre. Ella sostenía la carta en la mano que colgaba; a mitad de estas preguntas la puso sobre sus rodillas y su mano la ocultaba en parte; por fin, después de un circunloquio sobre mi padre y mi madre, al ver que yo no le preguntaba lo que era aquel papel, me dijo: «He aquí una carta…»

    Al oír esta palabra sentí turbarse mi corazón y añadí con voz entrecortada y con los labios temblorosos: ¿es de mi madre? «Usted lo ha dicho; tenga, léala.»

    Me recuperé un poco, tomé la carta, la leí enseguida con bastante seguridad; pero a medida que avanzaba, el temor, la indignación, la cólera, el despecho, diferentes pasiones iban sucediéndose en mí, tenía voces diferentes, tomaba rostros diferentes y hacía diferentes movimientos. A veces apenas podía sostener aquel papel, o lo sostenía como si lo hubiese querido desgarrar, o lo estrechaba violentamente como si estuviese tentada de arrugarlo y arrojarlo lejos de mí.

    —Bien, hija mía, ¿qué responderemos a esto?
    —Usted lo sabe, señora.
    —No, no lo sé. Los tiempos son malos, tu familia ha sufrido pérdidas; los negocios de tus hermanas van mal; ambas tienen muchos hijos, la familia se arruinó para dotarlas; se arruina aún para mantenerlas. Es imposible proporcionarte cierta dote; tú tomaste el hábito y esto supuso gastos; con este paso fundaste esperanzas; el rumor de tu próxima profesión se ha extendido por el mundo. Por lo demás, cuenta siempre con todo mi apoyo. Jamás he atraído a nadie a la religión, es un estado al que Dios llama, es muy peligroso mezclar la voz a la suya. No intentaré hablar a tu corazón, si la gracia nada le dice; hasta ahora no debo reprocharme la desgracia de otra; ¿querría yo comenzar contigo, hija mía, a quien tanto amo? No he olvidado que fue debido a mi persuasión por lo que diste los primeros pasos, y no sufriré que abusen para comprometerte más allá de tu voluntad. Veamos, pues, juntas; pongámonos de acuerdo. ¿Quieres profesar?
    —No, señora.
    —¿No sientes gusto alguno por el estado religioso?
    —No, señora.
    —¿No obedecerás a tus padres?
    —No, señora.
    —¿Qué quieres ser, pues?
    —Cualquier cosa, excepto religiosa. No quiero serlo y no lo seré.
    —Bien, no lo serás. Veamos, preparemos una respuesta para tu madre… -Convinimos en algunas ideas. Ella escribió y me mostró la carta, que me pareció muy bien. No obstante, me enviaron al director de la casa, el doctor que me había predicado el día de mi toma de hábito; me recomendaron a la madre de novicias; vi al señor obispo de Alep; tuve que romper lanzas con señoras piadosas que se mezclaron en mi asunto sin que yo las conociese; era un continuo conferenciar con monjes y curas; vino mi padre, mis hermanas me escribieron; mi madre fue la última en aparecer. Yo resistía a todo. Sin embargo, fijaron un día para la profesión; no olvidaron nada para obtener mi consentimiento; pero cuando vieron que era inútil solicitarlo, decidieron prescindir de él.

    A partir de este momento fui recluida en mi celda; me impusieron silencio; fui separada de todo el mundo, abandonada a mí misma, y vi claramente que estaban dispuestos a disponer de mí sin mí. Yo no quería comprometerme, era asunto decidido, y todos los terrores, verdaderos o falsos, que continuamente arrojaban sobre mí no me conmovían. Mi estado era, empero, deplorable; no sabía cuánto podía durar, y en caso que cesara, sabía aún menos lo que podría sucederme. En medio de estas incertidumbres tomé una decisión de la que juzgaréis, señor, como queráis. Yo no veía a nadie, ni a la superiora, ni a la madre de novicias, ni a mis compañeras. Fingí acomodarme a la voluntad de mis padres pero mi propósito era acabar con aquella persecución y le hice saber a la directora que aceptaba los deseos de ellos, y protestar públicamente contra la violencia que meditaban; dije, pues, que eran dueños de mi suerte, que podían disponer de ella como quisieran; que exigían que tomara los hábitos y que lo haría. He aquí el gozo extendido una vez más en toda la casa, el retorno de las caricias con todas las adulaciones y toda la seducción. Dios había hablado a mi corazón; nadie estaba más hecho para el estado de perfección que yo. Era imposible que no hubiese sido así, todo el mundo lo había esperado siempre. Nadie cumple sus deberes con tanta edificación y constancia cuando no ha sido verdaderamente llamado. La madre de novicias no había visto en ninguna de sus pupilas una vocación más evidente; estaba muy sorprendida del sesgo que habían tomado las cosas, pero ella siempre había dicho a nuestra madre superiora que era preciso aguardar, y que aquello pasaría; que las mejores religiosas habían pasado por momentos como aquellos; que se trataba de sugestiones del maligno espíritu que redoblaba sus esfuerzos cuando estaba a punto de perder su presa; que yo iba a escapar de éste; que ya sólo había rosas para mí; que las obligaciones de la vida religiosa me parecerían tanto más soportables cuanto más me las había exagerado; que esta súbita pesadez del yugo era una gracia del cielo que se servía de este medio para aligerarlo… Me parecía bastante singular que la misma cosa venga de Dios o del Diablo, según les gustara enfocarlo a ellos. Hay muchas circunstancias parecidas en la religión; y los que me han consolado, con frecuencia me han dicho, refiriéndose a mis pensamientos, unos que eran instigaciones de Satanás, otros que se trataba de inspiraciones de Dios. El mismo mal viene o de Dios, que nos prueba, o del Diablo, que nos tienta.


    Me conduje con discreción; creí poder responder de mí. Vi a mi padre, me habló fríamente; vi a mi madre, me abrazó; recibí cartas de congratulación de mis hermanas y de muchos otros. Supe que sería un tal señor Sornin, vicario de San Roque, quien haría el sermón, y el señor Thierry, canciller de la Universidad, quien recibiría mis votos. Todo fue bien hasta la víspera del gran día, excepto que habiendo tenido noticia de que la ceremonia sería clandestina, que habría muy poca gente y que la puerta de la iglesia no se abriría más que a los parientes, llamé por el torno a todas las personas de la vecindad, amigos y amigas míos; obtuve permiso para escribir a algunas de mis amistades. Todo este concurso de gente que nadie esperaba, se presentó; hubo que dejarles pasar, y la asamblea fue, más o menos, tal como la necesitaba para mi proyecto. ¡Oh!, señor, qué noche aquella que precedió. No me acosté; estaba sentada sobre la cama; llamaba a Dios en mi auxilio; elevaba mis manos al cielo, lo tomaba como testigo de la violencia que me hacían; me imaginaba mi papel al pie del altar, una joven protestando en alta voz contra una acción a la que parecía haber consentido, el escándalo de los asistentes, la desesperación de las religiosas, el furor de mis padres. Oh, Dios, ¿qué será de mí?… Al pronunciar estas palabras se apoderó de mí una debilidad general, caí desmayada sobre mi almohada; un temblor que hacía golpear mis rodillas y rechinar mis dientes con estrépito siguió a este desmayo; al temblor, un calor terrible; mi espíritu se turbó. No recuerdo ni haberme desnudado ni haber salido de mi celda; sin embargo, me encontraron desnuda, en camisa, extendida en tierra a la puerta de la superiora, inmóvil y casi sin vida. Estas cosas las supe después. Por la mañana hálleme en mi celda, rodeada mi cama de la superiora, la madre de novicias y de las llamadas asistentas.[2] Estaba muy abatida; me hicieron algunas preguntas; vieron por mis respuestas que no tenía noción alguna de lo que había sucedido y no me hablaron más de ello. Me preguntaron cómo estaba, si persistía en mi santa resolución y si me sentía en estado de soportar la fatiga del día. Respondí que sí; y en contra de lo que esperaban, nada fue aplazado.

    Todo había sido dispuesto desde la víspera. Tocaron las campanas para comunicar a todo el mundo que iban a hacer una desgraciada. El corazón aún palpitó de nuevo con fuerza. Vinieron a prepararme; este día es un día de toilette. Ahora que recuerdo, todas estas ceremonias me parece que tenían algo de solemne y emocionante para una joven inocente que no sintiera inclinación hacia otra cosa. Me condujeron a la iglesia; celebróse la santa misa; el buen vicario, que me creía dotada de una resignación que no tenía, me echó un largo sermón en el que no había ni una palabra que no fuera un contrasentido; era bien ridículo todo lo que decía de mi felicidad, de la gracia, de mi valor, de mi fervor y de todos los hermosos sentimientos que suponía en mí. El contraste entre su elogio y el paso que iba a dar me turbó; tuve momentos de incertidumbre, pero duraron poco. Sentí mucho mejor aun que carecía de todo lo que era preciso tener para ser una buena religiosa. Por fin llegó el momento terrible. Cuando fue necesario entrar en el lugar donde debía pronunciar los votos de mi compromiso, no sentí ya mis piernas; dos de mis compañeras me sostuvieron por debajo de los brazos; tenía la cabeza apoyada sobre una de ellas y me arrastraba. No sé lo que pasaba en el alma de los asistentes pero veían a una joven víctima, moribunda, que era llevada al altar. De todas partes escapaban suspiros y sollozos, entre los que estoy bien segura que nadie pudo escuchar los de mi padre y mi madre. Todo el mundo estaba de pie; había gente joven aupada sobre sillas, y agarrados a los barrotes de la verja; se hizo un gran silencio cuando el que presidía mi profesión me dijo:

    —María-Susana Simonin, ¿prometéis decir la verdad?
    —Lo prometo.
    —¿Estáis aquí de grado y por vuestra libre voluntad?
    —Yo respondí «no»; pero las que me acompañaban respondieron por mí «sí».
    —María-Susana Simonin, ¿prometes a Dios castidad, pobreza y obediencia?

    Yo titubee un momento; el sacerdote esperó y respondí:

    —No, señor.

    Insistió, otra vez:

    —María-Susana Simonin, ¿prometes a Dios castidad, pobreza y obediencia?

    Le respondí con voz más firme:

    —No, señor, no.

    El se detuvo y me dijo:

    —Hija mía, tranquilízate y escúchame.
    —Señor -le contesté-, me preguntáis si prometo a Dios castidad, pobreza y obediencia; os he oído bien, y os respondo que no…

    Volviéndome enseguida hacia los asistentes, entre los que se había elevado un murmullo bastante grande, hice signo de querer hablar. El murmullo cesó y dije:

    —Señores, y especialmente a mi padre y a mi madre, os tomo a todos como testigos…

    A estas palabras, una hermana dejó caer el velo de la verja, y vi que era inútil continuar. Las religiosas me rodearon y me colmaron de reproches; yo las escuché sin decir una palabra. Fui conducida a mi celda, donde me encerraron bajo llave.

    Allí, sola, abandonada a mis reflexiones, comencé a reafirmarme en mí misma, volví a considerar mi decisión y no me arrepentí en absoluto de ella. Vi que después del escándalo que había dado era imposible que permaneciese allí mucho tiempo, y que tal vez no se atreverían a volverme a internar en un convento. No sabía qué harían conmigo; pero no veía nada peor que ser religiosa contra la propia voluntad. Permanecí bastante tiempo sin oír hablar de nada. Las que me traían la comida entraban, ponían los alimentos en el suelo y se marchaban en silencio. Al cabo de un mes me trajeron vestidos de seglar; me quité los de la casa; vino la superiora y dijo que la siguiese. La seguí hasta la puerta del convento; allí subí en un coche donde encontré a mi madre, que me esperaba sola; me senté en la parte delantera y la carroza partió. Permanecimos frente a frente durante algún tiempo, sin decir nada; yo tenía los ojos bajos y no osaba mirarla. No sé lo que pasaba en mi alma, pero de repente me arrojé a sus pies y apoyé mi cabeza sobre sus rodillas; no le hablaba, pero sollozaba y me ahogaba. Ella me rechazó duramente. No me incorporé; comenzó a salirme sangre por la nariz; tomé a pesar suyo una de sus manos y mojándola con mis lágrimas y con mi sangre que corría, con la boca apoyada en aquella mano, la besaba diciendo: Seréis siempre mi madre, y yo seré siempre vuestra hija… Ella respondió (rechazándome aún más duramente y liberando su mano de entre las mías): «Levántate desgraciada, levántate.» La obedecí, me senté y cubrí el rostro con el velo. Había tanta autoridad y firmeza en el tono de su voz que creí un deber apartarme de su vista. Mis lágrimas y la sangre que fluía de mi nariz se mezclaban, bajaban a lo largo de mis brazos y me cubrían totalmente sin que me hubiese dado cuenta. A juzgar por unas palabras que dijo, deduje que su vestido y su ropa habían quedado manchados y que aquello le disgustaba. Llegamos a casa, donde me condujeron enseguida a una pequeña habitación que habían preparado para mí. Me abracé una vez más a sus rodillas en la escalera; la retuve por sus vestidos; pero todo lo que obtuve fue que se volviera hacia mí y me contemplara con un movimiento de indignación de la cabeza, la boca y los ojos, que usted puede imaginar mejor que yo describir.

    Entré en mi nueva cárcel, en la que pasé seis meses solicitando cada día inútilmente la gracia de hablar con ella, de ver a mi padre o de escribirles. Me llevaban la comida, me servían; una criada me acompañaba a misa los días de fiesta y volvía a encerrarme. Yo leía, trabajaba, lloraba, cantaba algunas veces y así pasaban mis días. Me sostenía un sentimiento secreto, el de que estaba libre y que mi suerte, por dura que fuese, podía cambiar. Pero estaba decidido que sería religiosa y lo fui.

    Tanta inhumanidad, tanta obstinación por parte de mis padres, han acabado de confirmarme lo que ya sospechaba sobre mi nacimiento; nunca he podido encontrar otros medios de excusarles. Mi madre temía que yo figurara en la repartición de los bienes; que exigiera mi legítima y asociara así un hijo natural a los hijos legítimos. Pero lo que era una conjetura, convirtióse en realidad.

    Mientras estaba encerrada en casa, hacía pocos ejercicios externos de religión, pero me enviaban a confesar la víspera de las grandes fiestas. Ya os he dicho que tenía el mismo director que mi madre; le hablé, le expuse la dureza de la conducta que habían tenido hacia mí desde hacía unos tres años. El lo sabía. Me quejé sobre todo de mi madre con amargura y resentimiento. Este cura había abrazado tarde el estado religioso; tenía humanidad; me escuchó tranquilamente y me dijo: «Hija mía, compadécete de tu madre, compadécela mucho más que la recriminas, tiene el alma buena; puedes estar segura que a pesar suyo ella actúa así.»

    —¡A pesar suyo, señor! Y qué puede obligarla, ¿no fue ella quien me puso en el mundo? ¿Qué diferencia hay entre mis hermanas y yo?
    —Mucha.
    —¡Mucha! No comprendo vuestra respuesta…

    Iba a entrar en una comparación entre mis hermanas y yo cuando me detuvo y dijo:

    «Ve, ve, la falta de humanidad no es el vicio de tus padres; intenta aceptar tu suerte con paciencia y convertirla al menos en mérito delante de Dios. Yo veré a tu madre y estáte segura que emplearé en tu servicio todo el ascendiente que yo pueda tener sobre su espíritu…»

    Ese mucha con que me respondió, fue para mí un rayo de luz; no dudé más sobre la verdad de lo que había pensado respecto a mi nacimiento.

    El sábado siguiente, hacia las cinco y media de la tarde, la criada que cuidaba de mí subió y me dijo: «Su señora madre ordena que se vista…» Una hora más tarde: «La señora quiere que descienda usted conmigo.» Encontré en la puerta un carruaje, al que subimos la criada y yo; supe que íbamos a los Bernardos, a ver al padre Serafín. Nos aguardaba; estaba solo. La criada se alejó; yo entré en el locutorio. Me senté inquieta y curiosa por saber lo que iba a decirme. Hablóme así:

    «Señorita, va usted a descubrir el enigma de la severa conducta de sus padres; he obtenido para ello el permiso de su señora madre. Usted es discreta; tiene valor, firmeza; está en una edad en que se le podría confiar un secreto que incluso en nada le atañera. Hace mucho tiempo que exhorté a su señora madre a que le revelara lo que ahora va a saber; ella nunca pudo decidirse a hacerlo: es duro para una madre confesar una falta grave a su hija. Usted conoce su carácter no muy en consonancia con cierto tipo de humillaciones. Ella creyó poder reducirla a usted a sus designios sin necesidad de este recurso; se equivocó, lo siente; volvió a pedirme consejo… Me ha encargado que le diga a usted que no es hija del señor Simonin.»

    Le respondí en seguida que ya me lo parecía.

    «Ahora, señorita, vea, considere, sopese, juzgue si su señora madre puede sin el consentimiento e incluso con el consentimiento de su señor padre unirla a hijos de los que usted no es hermana; si puede manifestar a su señor padre un hecho del que tiene ya sospechas.»

    —Pero, señor, ¿quién es mi padre?
    —Señorita, esto no me ha sido confiado. Es demasiado cierto que sus hermanas han sido prodigiosamente preferidas, y que han sido tomadas todas las precauciones imaginables, por los contratos matrimoniales, la desnaturalización de bienes, por estipulaciones, fideicomisos y otros medios, para reducir a la nada su legítima en el caso de que usted pudiera algún día invocar las leyes para reclamarla. Si pierde usted a sus padres, encontrará poca cosa; usted rehúsa un convento y tal vez sentirá no estar en él.
    —Esto no puede ser, señor; yo no pido nada.
    —Usted no sabe lo que es la pena, el trabajo, la indigencia.
    —Conozco al menos el precio de la libertad y el peso de un estado al que uno no ha sido llamado.
    —Le he dicho lo que debía decirle; es usted, señorita, la que debe reflexionar…

    En seguida se levantó.

    —Señor, una pregunta aún.
    —Todas las que usted quiera.
    —¿Saben mis hermanas lo que acaba de decirme?
    —No, señorita.
    —¿Cómo, pues, han podido resolverse a despojar a su hermana, si ellas me consideran así?
    —Ah, señorita, ¡el interés!, ¡el interés! Ellas no hubiesen obtenido los considerables partidos que encontraron. Cada cual piensa en sí mismo en este mundo, y no le aconsejo a usted que cuente con ellas si pierde a sus padres. Esté segura que le disputarán hasta un óbolo, la exigua parte que tendrá que partir con ellas. Tienen muchos hijos; esto será un pretexto muy honesto para reducirla a usted a la mendicidad. Además, ellas no pueden nada; son los maridos los que lo hacen todo; si ellas tuviesen algunos sentimientos de conmiseración, la ayuda que le diesen a escondidas de sus maridos sería una fuente de divisiones domésticas. Yo sólo veo esto: o hijos abandonados, o hijos, incluso legítimos, socorridos a expensas de la paz doméstica. Y además, señorita, el pan recibido es bien duro. Si me cree, reconcíliese con sus padres y haga lo que su madre espera que haga; entrar en religión; se le asignará una pequeña pensión con la que pasará días, si no felices, al menos soportables. Por lo demás, no le ocultaré que el aparente abandono de su madre, su obstinación en encerrarla y algunas otras circunstancias que no recuerdo ahora, pero que he sabido a su tiempo, han producido en su padre exactamente el mismo efecto que en usted. Su nacimiento le era sospechoso, ahora ya no lo es; y sin estar en el secreto, no duda ya que no le pertenece usted como hija más que por la ley que los atribuye al que detenta el título de esposo. Señorita, usted es buena y prudente; reflexione sobre lo que acaba de saber.

    Me levanté y me puse a llorar. Vi que él estaba también conmovido; levantó dulcemente los ojos al cielo y me acompañó. Me reuní con la criada, subimos de nuevo al coche y regresamos a casa.

    Era tarde. Soñé durante parte de la noche en lo que acababa de serme revelado; volví a soñar con ello al día siguiente. No tenía padre; el escrúpulo me había privado de madre; estaban tomadas las precauciones para que no pudiese pretender los derechos de mi nacimiento legal; una cautividad doméstica muy dura; ninguna esperanza, ningún apoyo. Es posible que si hubiesen hablado mucho antes conmigo después del casamiento de mis hermanas y me hubiesen tenido en la casa, que no dejaba de ser frecuentada, hubiera habido alguien a quien mi carácter, mi temperamento, mi figura y mi talento hubiesen parecido suficiente dote; la cosa no era aún imposible, pero el escándalo que había dado yo en el convento lo hacía más difícil: nadie concibe cómo una muchacha de diecisiete a dieciocho años ha podido llegar a este extremo, sin una firmeza poco común; los hombres elogian mucho esta cualidad, pero me parece que prescinden de ella gustosamente en aquellas que se proponen hacer sus esposas. Era por tanto un recurso que había que intentar antes que soñar en otro partido; decidí confiarme a mi madre y solicité de ella una entrevista, que me fue concedida.

    Era invierno. Estaba sentada en un sillón delante del fuego; tenía un rostro severo, la mirada fija y los rasgos inmóviles; me acerqué a ella, me arrojé a sus pies y le pedí perdón de todas mis culpas.

    «Lo merecerás -me dijo- según lo que vayas a decirme. Levántate; tu padre está ausente, tienes todo el tiempo que quieras para explicarte. Viste al padre Serafín, sabes por fin quién eres y qué puedes esperar de mí, si tu proyecto no es castigarme durante toda la vida por una falta que he expiado en exceso. Pues bien, ¿qué quieres? ¿Qué has decidido?»

    —Mamá, sé que no tengo nada y que no debo pretender nada. Estoy bien lejos de querer aumentar sus penas, sean de la naturaleza que sean; quizá me hubiera encontrado usted más sumida a su voluntad si me hubiese informado antes de algunas circunstancias que era difícil que yo pudiera sospechar, pero por fin lo sé, me conozco y sólo me resta conducirme de acuerdo con mi estado. Ya no me asombro de las distinciones entre mis hermanas y yo; reconozco que son justas, las suscribo; pero sigo siendo su hija, me ha llevado usted en el seno y espero que no lo olvide.
    —¡Maldita sea -replicó vivamente- si no te concedo todo cuanto me sea posible!
    —Pues bien, mamá, devuélvame su favor; devuélvame su presencia; devuélvame la ternura de aquel que cree ser mi padre.
    —Poco falta -replicó- para que él no esté tan seguro de tu nacimiento como tú y yo. No te veo nunca a su lado sin oír sus reproches; me los dirige a través de la dureza con que te trata; no esperes de él los sentimientos de un tierno padre. Y, además, te lo confesaré, me recuerda una traición, una ingratitud tan odiosa por parte del otro que no puedo soportar la idea; este hombre se muestra continuamente entre tú y yo; me repugna, y el odio que le tengo recae sobre ti.
    —¿Qué? — le dije-, ¿no puedo esperar que usted y el señor Simonin me traten como a una extranjera, una desconocida acogida por humanidad?
    —No podemos hacerlo ni el uno ni el otro. Hija mía, no envenenes mi vida por más tiempo. Si no tuvieses hermanas sabría qué hacer, pero tienes dos y ambas tienen una familia numerosa. Hace tiempo que se ha extinguido la pasión que me sostenía; la conciencia ha vuelto por sus fueros.
    —Pero aquel a quien debo la vida…
    —No existe ya; murió sin acordarse de ti, y ésta es la menor de sus iniquidades…

    Al llegar aquí su figura se alteró, sus ojos se iluminaron, la indignación apoderóse de su rostro; quería hablar, pero ya no articuló, el temblor de sus labios se lo impedía. Estaba sentada, inclinó la cabeza sobre las manos para ocultarme la violenta conmoción que sufría. Permaneció algún tiempo en este estado, luego se levantó, dio algunas vueltas a la habitación sin decir una palabra; contenía sus lágrimas, que corrían penosamente, y decía:

    —¡Monstruo! No dependió de él el que no te ahogara en mi seno, con todas las penas que me causó; pero Dios nos ha conservado a las dos para que la madre expiara su falta en la hija. Hija mía, no tienes nada y nunca tendrás nada. Lo poco que yo puedo hacer por ti lo robo a tus hermanas; he aquí las consecuencias de una debilidad. Espero, no obstante, no tener que reprocharme nada al morir; habré ganado tu dote gracias a mis economías. No abuso de las facilidades que me da mi esposo, pero guardo cada día lo que de tanto en tanto obtengo de su liberalidad. He vendido las joyas que tenía, y él me ha concedido disponer, a mi antojo, del precio obtenido. Me gustaba jugar, no juego más; me gustaban los espectáculos, me he privado de ellos; me agradaba la compañía, vivo retirada; amaba el fasto, he renunciado a él. Si tú entras en vida de religión, como es mi voluntad y la del señor Simonin, tu dote será el fruto de mis sacrificios cotidianos.
    —Pero mamá -le dije yo-, vienen aún por aquí algunas gentes de bien; tal vez haya uno que, satisfecho de mi persona, no exija siquiera los ahorros que habéis destinado a mi dote.
    —No hay que pensar en ello. Tu escándalo te ha perdido.
    —¿El mal no tiene, pues, remedio?
    —No tiene remedio.
    —Y si no encuentro esposo, ¿es necesario que me encierre en un convento?
    —A menos que no quieras perpetuar mi dolor y mis remordimientos hasta que cierre los ojos. Tendré que enfrentarme con este momento; tus hermanas estarán alrededor de mi cama en este instante terrible; si yo te viera en medio de ellas; ¡cuál sería el efecto de tu presencia en aquellos momentos! Hija mía, mal que me pese, tus hermanas han obtenido de la ley un nombre que tú has recibido del crimen, no aflijas a una madre que expira; déjala descender en paz a la tumba: que pueda decirse a sí misma cuando esté a punto de comparecer ante el gran juez, que ha reparado su falta en cuanto podía, que pueda alegrarse de que después de su muerte tú no causarás disturbios en la casa y que no reivindicarás unos derechos que no tienes.
    —Mamá -le dije-, esté tranquila en este aspecto; haga venir un abogado que prepare un acta de renuncia; yo firmaré todo lo que usted quiera.
    —Esto no es posible: un hijo no puede desheredarse a sí mismo; esto es el castigo de un padre o de una madre justamente irritados. Si pluguiera a Dios llamarme mañana, mañana me vería necesariamente en este extremo y sería preciso que me confiara a mi marido para tomar las medidas de común acuerdo. No me expongas a una indiscreción que me haría odiosa a sus ojos y que acarrearía consecuencias para ti deshonrosas. Si me sobrevives, quedarás sin nombre, sin fortuna y sin estado; ¡desgraciada!, dime que será de ti; ¿qué ideas quieres que lleve conmigo al morir? Será necesario que diga a tu padre… ¿Qué le diré? ¡Que no eres hija suya!… Hija mía, si bastara arrojarse a tus pies para obtener de ti… Pero tú no oyes nada, tienes el alma inflexible de tu padre…

    En este momento entró el señor Simonin; vio la conmoción de su mujer; la amaba; era violento; detúvose un instante y dirigiendo hacia mí una terrible mirada me dijo:

    «¡Sal!»

    Si hubiese sido mi padre, no le hubiese obedecido, pero no lo era. Dirigiéndose al criado que me alumbraba, añadió:

    «Decidle que no vuelva más.»

    Me encerré de nuevo en mi pequeña cárcel. Soñaba en lo que mi madre me había dicho; me arrodillaba, rogaba a Dios que me inspirase; rezaba largamente; permanecía con el rostro contra el suelo; nadie invoca casi nunca la voz del cielo más que cuando no sabe a quién dirigirse, y es extraño que él entonces no nos aconseje obedecer. Fue la decisión que tomé yo. Quieren que sea religiosa; puede que ésta sea también la voluntad de Dios. ¡Pues bien!, lo seré; ya que es preciso que sea desgraciada, ¡qué importa dónde!… Encargué a la que me servía que me advirtiera de la ausencia de mi padre. Al día siguiente solicité una entrevista a mi madre; encargó me contestaran que había prometido lo contrario al señor Simonin, pero que podía escribirle con un lápiz que me dieron. Escribí, pues, en un trozo de papel (este papel fatal ha sido hallado y se han servido muy bien de él contra mí):

    «Mamá, siento todas las penas que le he causado; le pido perdón: mi decisión es acabar con ellas; si es su voluntad que yo entre en vida de religión, deseo que ésta sea también la voluntad de Dios…»

    La criada tomó este escrito y lo llevó a mi madre. Subió poco después y me dijo transpuesta:

    «Señorita, ya que sólo era preciso una palabra para hacer felices a su padre y a su madre, ¿por qué la ha diferido tanto tiempo? El señor y la señora tienen una cara como no había visto nunca desde que estoy aquí; disputaban continuamente sobre usted. Gracias a Dios ya no lo verá más…»

    Mientras hablaba yo pensaba que acababa de firmar mi condena de muerte, y este presentimiento se realizará, señor, si me abandona usted.

    Pasaron algunos días sin que oyese hablar de nada. Una mañana, hacia las nueve, mi puerta abrióse bruscamente; era el señor Simonin, que entró con bata y gorra de dormir. Desde que sabía que no era mi padre, su presencia sólo me causaba espanto. Me levanté y le hice una reverencia. Me parecía tener dos corazones; no podía pensar en mi madre sin enternecerme, sin sentir deseos de llorar; no sucedía lo mismo con el señor Simonin. A buen seguro, un padre inspira un tipo de sentimientos que no tenemos para nadie en el mundo más que para él; nadie sabe esto sin haberse encontrado como yo frente a frente con el hombre que ha estado investido durante mucho tiempo, y que acaba de perder, este augusto carácter. Si pasaba de su presencia a la de mi madre, me parecía ser otra. Me dijo:

    —Susana, ¿reconoces este escrito?
    —Sí, señor.
    —¿Lo has escrito libremente?
    —Sólo podría decir que sí.
    —¿Estás dispuesta, al menos, a ejecutar lo que promete?
    —Lo estoy.
    —¿Tienes predilección por algún convento?
    —No, me son todos indiferentes.
    —Está bien.

    Esto fue lo que respondí; pero por desgracia no fue escrito. Durante unos quince días de entera ignorancia de lo que ocurría, me pareció que se habían dirigido a diversas casas religiosas, y que el escándalo de mi primera salida había impedido que me aceptaran como postulanta. En Longchamp fueron menos exigentes, sin duda porque les insinuaron que yo sabía música y tenía voz. Me exageraron mucho las dificultades que habían encontrado y la gracia que se me hacía al aceptarme en esta casa; consiguieron, incluso, que escribiera a la superiora. Yo no presentía las consecuencias de este testimonio escrito que me exigían: temían al parecer que me volviera un día contra mis votos; querían tener una prueba, de mi propia mano, de que estaban libres. Sin este motivo ¿cómo aquella carta, que debía quedar en manos de la superiora, pasó en seguida a las de mis cuñados? Pero cerremos rápidamente los ojos a todo esto, pues me muestran al señor Simonin tal como no quiero verlo; ahora ya no existe.

    Fui conducida a Longchamp; me acompañó mi madre. No pedí decir adiós al señor Simonin; confieso que el pensamiento sólo me vino en el camino. Me esperaban; había sido anunciada por mi historia y por mi talento: nada dijeron acerca de la primera, pero tuvieron mucha prisa en ver si la adquisición que hacían valía la pena. Luego, después de charlar de muchas cosas indiferentes, pues después de lo que me había sucedido puede usted pensar que nadie habló de Dios ni de la vocación, de los peligros del mundo, ni de la dulzura de la vida religiosa, y nadie se atrevió a pronunciar una de las piadosas banalidades con que se suelen llenar estos primeros momentos, la superiora dijo: «Señorita, usted sabe música, canta; nosotras tenemos un clavecín; si quiere, iremos a nuestro locutorio…» Tenía el alma contrahecha, pero no era el momento de mostrar mi repugnancia; mi madre pasó y yo la seguí; cerró la marcha la superiora con algunas religiosas que la curiosidad había atraído. Era el atardecer; trajeron unas bujías; me senté, me acomodé en el clavecín; preludié largamente buscando en mi imaginación un trozo de música, de los que tengo la cabeza llena, sin encontrarlo; sin embargo, la superiora me apremió y canté sin gusto alguno, por costumbre, porque el fragmento me era familiar: Tristes apprêts, pâles flambeaux, jour plus affreux que les ténébres (Tristes preparativos, pálidos cirios, día más pavoroso que las tinieblas…) No sé el efecto que aquello produjo, pero no me escucharon mucho tiempo; me interrumpieron con elogios, que estuve bien sorprendida de haber merecido tan prontamente y con tan poco esfuerzo. Mi madre púsome en manos de la superiora, diome su mano a besar y se marchó.

    Heme, pues, en otra casa religiosa, postulanta y con todas las apariencias de postular con toda mi voluntad. Pero usted, señor, que conoce hasta el momento todo lo sucedido, ¿qué piensa de ello? La mayoría de estas cosas no fueron alegadas cuando quise renunciar a mis votos; unas porque eran verdades carentes de pruebas; otras porque me hubieran hecho odiosa sin servirme; no hubiesen visto en mí más que a un hijo desnaturalizado que deshonraba la memoria de sus padres para obtener su libertad. Tenían pruebas de lo que era contra mí; lo que era en mi favor no podía alegarse ni ser probado. Yo no quería, incluso, que se insinuase a los jueces la duda respecto a mi nacimiento; algunas personas, ajenas a las leyes, me aconsejaron encausar al director de mi madre y mío; esto era imposible; y si no lo hubiese sido, no lo hubiese tolerado. Pero, a propósito, por miedo a que no se me olvide y que el deseo de ayudarme no le impida a usted reflexionar, salvo su mejor juicio, creo que es preciso callar que sé música y que toco el clavecín; no sería necesario más para descubrirme; la ostentación de tales cualidades no cuadra con la oscuridad y la seguridad que yo busco; las personas de mi estado no saben nada de estas cosas, y es preciso que yo las ignore. Si me veo obligada a expatriarme, las convertiré en un medio para subsistir. ¡Expatriarme!, pero, dígame, ¿por qué me espanta esta idea? Es porque no sé a dónde ir; porque soy joven y sin experiencia; es porque temo la miseria, a los hombres y al vicio; porque he vivido siempre recluida y si estuviera fuera de París me creería perdida en el mundo. Todo esto puede que no sea verdad, pero es lo que siento. Señor, depende de usted el que yo no sepa qué hacer ni a dónde ir.

    Las superioras en Longchamp, al igual que en la mayor parte de casas religiosas, cambian cada tres años. Cuando yo fui conducida al convento ocupaba el cargo una tal señora de Moni; no puedo hacerle a usted muchos elogios de ella. Fue, no obstante, su bondad lo que me perdió. Era una mujer de juicio que conocía el corazón humano; era indulgente pese a que era quien tenía menos necesidad de indulgencia; todas nosotras éramos sus hijas. Nunca veía más que aquellas faltas que no podía evitar percibir o cuya importancia no le permitía cerrar los ojos. Hablo sin interés; he cumplido mi deber con exactitud; y ella me hizo justicia, porque no cometí ninguna falta por la que tuviera que castigarme o se viese obligada a perdonar. Si tenía predilección, se la inspiraba el mérito; después de todo no sé si me está bien decirle que me amaba tiernamente, y que no fui la última entre sus favoritas. Sé que esto es un gran elogio que hago de mí misma, mucho más del que usted puede imaginar sin haberla conocido. El calificativo favorita es el que las demás dan por envidia a las preferidas de la superiora. Si tuviera que reprochar algún defecto a la señora de Moni, es el que su gusto por la virtud, la piedad, la franqueza, la dulzura, los talentos, la honestidad la arrastraban abiertamente, y que ella no ignoraba que las que no podían pretender a ello quedaban mucho más humilladas. Tenía también el don, que es quizá más común en el convento que en el siglo, de conocer prontamente a las personas. Era raro que una religiosa que no le gustaba la primera vez le gustase nunca. No tardó en apreciarme; yo en seguida confié totalmente en ella. ¡Desgraciadas de aquellas a quienes ella no las inspirara sin esfuerzo! Tenían que ser malas sin remisión. Me preguntó sobre mi aventura en Santa María; se la conté sin ocultar nada; como a usted, le dije todo lo que acabo de escribirle. No olvidé nada de lo concerniente a mi nacimiento ni a mis penas. Me compadeció, me consoló, hízome esperar un porvenir más dulce.

    Pasó, sin embargo, el tiempo del postulantado; llegó el de tomar el hábito, y lo tomé. Hice sin disgusto mi noviciado; paso rápidamente por encima de estos dos años, porque no tuvieron nada triste para mí, excepto el sentimiento secreto de que avanzaba paso a paso hacia la entrada en un estado para el que no estaba hecha. A veces se renovaba con fuerza; pero recurría en seguida a mi buena superiora, que me abrazaba, desvelaba mi alma, me exponía fuertemente sus razones y acababa siempre por decirme: «¿Y los otros estados, no tienen también sus espinas? Cada cual siente sólo las suyas. Vamos hija mía, arrodillémonos y recemos…»

    Entonces se arrodillaba y rezaba en voz alta, pero con tanta unción, elocuencia, dulzura, elevación y fuerza que hubiese creído que el espíritu de Dios la inspiraba. Sus pensamientos, sus expresiones, sus imágenes penetraban hasta lo profundo de mi corazón; al principio una la escuchaba; poco a poco sentíase arrastrada, uníase a ella; el alma se estremecía y compartía sus arrebatos. Su intención no era seducir, pero ciertamente esto era lo que hacía: salíamos de su celda con un corazón ardiente, el gozo y el éxtasis estaban pintados en el rostro; ¡las lágrimas derramadas eran tan dulces! Era una impresión que ella misma fomentaba, que guardaba durante largo tiempo y nosotras conservábamos. No me remito solamente a mi experiencia, sino a la de todas las religiosas. Algunas me dijeron que sentían nacer en ellas la necesidad de ser consoladas como la de un gran placer, y creo que sólo me ha faltado un poco más de costumbre para llegar a esto.

    A pesar de todo, al aproximarse mi profesión de votos experimenté una melancolía tan profunda que sometió a mi buena superiora a terribles pruebas; su talento la abandonó, me lo confesó ella misma. «No sé -me dijo- lo que me pasa; me parece, cuando vienes, que Dios se retira y que enmudece su espíritu; en vano me excito, busco ideas, quiero exaltar mi alma; me encuentro una mujer ordinaria y limitada, tengo miedo de hablar…» ¡ Ah!, ¡querida madre -le respondí- qué presentimiento! ¿Y si fuese Dios quien la enmudece?…

    Un día que me sentía más incierta y abatida que nunca, fui a su celda; mi presencia la sobrecogió en seguida: leyó aparentemente en mis ojos, en toda mi persona, que el sentimiento profundo que llevaba dentro era superior a sus fuerzas, y ella no quería luchar sin estar segura de salir victoriosa. Me interpeló, no obstante; encendióse poco a poco; a medida que decaía mi dolor, su entusiasmo crecía; se arrojó súbitamente de rodillas, y yo la imité. Creí que iba a participar en su éxtasis, lo deseaba; pronunció algunas palabras, luego, de repente, calló. Esperé inútilmente: no habló más, se levantó fundida en lágrimas, me cogió de la mano y estrechándome entre sus brazos: «¡Ah! ¡Querida hija -me dijo- qué efecto cruel has obrado en mí! He aquí lo sucedido, se ha retirado el espíritu, lo noto: Ve, que Dios mismo te hable, ya que no le place hacerse escuchar por mi boca…»

    En efecto, no sé lo que le había sucedido, si le había inspirado desconfianza en sus propias fuerzas, o si había realmente roto su contacto con el cielo; pero no recuperó su facultad de consolar. Fui a verla la víspera de mi profesión; estaba tan melancólica como yo. Púseme a llorar, ella también; me arrojé a sus pies, me bendijo, me levantó, me abrazó y me despidió diciendo: «Estoy cansada de vivir, deseo morir, he pedido a Dios no ver este día, pero no es su voluntad. Ve, yo hablaré con tu madre, pasaré la noche rezando, reza también; pero acuéstate, te lo ordeno.»

    —Permita -le respondí- que me una a usted.
    —Te lo permito de las nueve a las once, no más. A las nueve y media comenzaré a rezar, tú también; pero a las once me dejarás orar sola y tú descansarás. Ve, hija querida, yo velaré ante Dios el resto de la noche.

    Quiso rezar, pero no pudo. Yo dormía, y mientras tanto aquella santa mujer recorría los corredores, llamando a cada puerta, despertaba a las religiosas y las hacía bajar sin ruido a la iglesia. Todas bajaron, y una vez reunidas las invitó a pedir al cielo por mí. Esta plegaria hízose en silencio; luego apagó las luces; todas recitaron juntas el Miserere excepto la superiora, quien, prosternada al pie del altar, se laceraba cruelmente diciendo: «¡Oh Dios! Si os habéis retirado de mí por alguna falta que he cometido, concededme el perdón. No os pido que me devolváis el don que me habéis quitado, sino que os dirijáis Vos mismo a aquella inocente que duerme, mientras os ruego aquí por ella. Dios mío, habladle, hablad a sus padres y perdonadme.»

    Al día siguiente, entró bien de mañana en mi celda; yo no la oí, aún no estaba despierta. Sentóse al borde de mi cama; había puesto ligeramente una de sus manos sobre mi frente; me miraba. La inquietud, la turbación y el dolor sucedíanse en su semblante. Y así apareció ante mí, cuando abrí los ojos. No me dijo nada de lo sucedido durante la noche, preguntóme solamente si me había acostado temprano. Yo le respondí:

    —A la hora que usted me ordenó.
    —¿Has reposado?
    —Profundamente.
    —Lo esperaba… ¿Cómo te encuentras?
    —Muy bien. ¿Y usted querida madre?
    —¡Ay!, no he visto a nadie entrar en vida de religión sin inquietud; pero nadie me ha causado tanta turbación como tú. Desearía que fueses feliz.
    —Si usted me quiere siempre, lo seré.
    —¡Ah! ¡Si sólo dependiera de esto! ¿No has pensado en nada durante la noche?
    —No.
    —¿No has tenido algún sueño?
    —Ninguno.
    —¿Qué sucede ahora en tu alma?
    —Estoy aturdida, obedezco a mi suerte sin repugnancia y sin gusto; siento que me obliga la necesidad y me dejo llevar. ¡Ah!, mi querida madre, no siento nada de aquella dulce alegría, de aquel estremecimiento, de aquella melancolía, de aquella dulce inquietud que he notado a veces en aquellas que se encuentran en el momento en que estoy yo. Soy imbécil, no podría siquiera llorar. Lo quieren, es necesario, ésta es la única idea que se me ocurre… Pero usted no me dice nada.
    —Yo no he venido para hablarte, sino para verte y escucharte. Espero a tu madre; intenta no conmoverme; deja que los sentimientos se acumulen en mi alma; cuando esté llena de ellos te dejaré. Debo callar: me conozco; tengo pocos arranques, pero suelen ser violentos y no es contigo con quien debo explayarme. Descansa aún un momento para que te vea; dime solamente unas palabras y déjame tomar aquí lo que vengo a buscar. Iré y Dios hará el resto…

    Me callé, me apoyé en la almohada, le tendí una de mis manos, que ella cogió. Parecía meditar y meditar profundamente; tenía los ojos cerrados forzadamente; a veces los abría, los levantaba en alto, y los conducía hacia mí; se agitaba; su alma llenábase de confusión, se serenaba y agitaba al mismo tiempo. En verdad, aquella mujer había nacido para ser profetisa, de profetisa tenía el rostro y el carácter. Había sido hermosa; pero la edad, al borrar sus rasgos y formar grandes pliegues, había añadido aun dignidad a su fisonomía: Tenía los ojos pequeños, pero parecían o contemplar ensimismados o atravesar los objetos vecinos y penetrar más allá a una gran distancia, siempre en el pasado o en el futuro. Me apretaba a veces la mano con fuerza. Bruscamente me preguntó qué hora era.

    —Serán pronto las seis.
    —Adiós, me voy. Vendrán a vestirte; no quiero estar presente, me distraería. Sólo me preocupa una cosa, guardar moderación en los primeros momentos.

    Apenas había salido cuando entraron la madre de novicias y mis compañeras; me quitaron los hábitos religiosos y me pusieron vestidos mundanos; es una costumbre que usted conoce. No oí nada de lo que se decía a mi alrededor; estaba casi reducida al estado de autómata; no me di cuenta de nada; por intervalos tenía solamente como pequeños movimientos convulsivos. Me decían lo que debía hacer; con frecuencia se veían obligados a repetírmelo, pues no lo entendía a la primera vez, y lo hacía. No es que pensara en otra cosa, es que estaba absorta; tenía la cabeza cansada como cuando se excede uno en las reflexiones. Mientras tanto, la superiora conversaba con mi madre. Jamás he sabido lo que pasó durante esta entrevista, que duró mucho tiempo; me dijeron solamente que cuando se separaron mi madre estaba tan turbada que no podía encontrar la puerta por la que había entrado, y que la superiora salió con las manos cerradas y apoyadas contra la frente.

    Pero sonaron las campanas; yo bajé. La asamblea era poco numerosa. Me echaron un sermón, bien o mal, yo no escuché nada. Dispusieron de mí durante toda aquella mañana, que fue nula en mi vida, pues nunca he tenido noción de su duración; no sé ni lo que hice ni lo que dije. Me interrogaron, sin duda respondí; pronuncié los votos, pero no tengo ninguna memoria de ello, y me encontré convertida en religiosa tan inocentemente como fui hecha cristiana. De toda la ceremonia de mi profesión no comprendí más que de la de mi bautismo, con esta diferencia: que una confiere la gracia y que la otra la supone. Pues bien, señor, aunque no reclamé en Longchamp como había hecho en Santa María, ¿me cree usted más comprometida? Apelo a su juicio. Estaba en un estado de tan profundo abatimiento que, unos días después, cuando me anunciaron que era del coro, no supe qué querían decir. Pregunté si era verdad que hubiese profesado; quise ver la firma de mis votos; fue preciso añadir a estas pruebas el testimonio de toda la comunidad y el de algunos extraños que habían sido llamados para la ceremonia. Dirigiéndome varias veces a la superiora, le decía: Así, pues, ¿es cierto?… y esperaba siempre que me dijera: «No, hija mía; te engañan…» Su reiterada afirmación no me convencía, no pudiendo concebir que en el intervalo de un día, tan tumultuoso, tan variado, tan lleno de circunstancias singulares y contradictorias, no me acordara yo de ninguna, incluso del rostro de las que me habían servido, del sacerdote que me había dado la plática, ni del que había recibido mis votos; el cambio del hábito religioso por el vestido seglar es la única cosa que recuerdo; a partir de este instante físicamente fui lo que se llama una alienada. Han sido necesarios meses enteros para sacarme de este estado, y es a la larga duración de esta especie de convalecencia a lo que atribuyo el olvido profundo de lo acaecido: Es como aquellos que han sufrido una larga enfermedad, que han hablado con juicio, han recibido los sacramentos y que, recuperada la salud, no guardan memoria alguna de ello. He visto varios casos en el convento, y dije para mis adentros: He ahí aparentemente lo que me sucedió el día que hice la profesión. Pero resta saber si el hombre es responsable de tales acciones y si está implicado en ellas, aunque parezca estarlo.

    En el mismo año sufrí tres importantes pérdidas: la de mi padre, más bien, la del que pasaba por tal; era viejo, había trabajado mucho -se consumió-, la de mi superiora y la de mi madre.

    Aquella digna religiosa sintió de lejos acercarse su hora; condenóse al silencio; dispuso que llevaran su ataúd a su habitación. Había perdido el sueño y pasaba los días y las noches escribiendo y meditando; dejó quince meditaciones que me parecen de la mayor belleza, tengo una copia de ellas. Si algún día tiene usted curiosidad de ver las ideas que sugiere aquel instante, ya se las enviaré. Se titulan: Los últimos instantes de la hermana Moni.

    Al aproximarse su muerte, se hizo vestir, estaba tendida en su lecho; fuéronle administrados los últimos sacramentos, tenía un Cristo entre sus brazos. Era de noche, la luz de los cirios iluminaba aquella escena lúgubre. Nosotras la rodeábamos, nos fundíamos en lágrimas. En su celda resonaban los gritos cuando, de repente, sus ojos brillaron; se incorporó bruscamente y habló. Su voz era casi tan fuerte como cuando estaba bien de salud; volviéndole el don que había perdido. Nos reprochó las lágrimas que parecían envidiarle una dicha eterna. «Hijas mías, el dolor os engaña. Es allí, allí -decía señalando al cielo- desde donde os serviré; mis ojos se posarán sin cesar sobre esta casa; intercederé por vosotras y seré escuchada. Acercaos todas para que os abrace, venid a recibir mi bendición y mi adiós…» Al pronunciar estas palabras murió esta extraña mujer, que dejó tras de sí sentimientos imborrables.

    Mi madre murió al regresar de un pequeño viaje que hizo, a finales de otoño, a casa de una de sus hijas. Tuvo preocupaciones, su salud se había debilitado notablemente. No he sabido nunca ni el nombre de mi padre ni la historia de mi nacimiento. El que había sido su director y mío me envió un pequeño paquete de su parte; eran cincuenta luises con un escrito, cosidos y envueltos en un trozo de tela. El escrito decía así:

    «Hija mía, es poca cosa, pero mi conciencia no me permite disponer de una suma mayor; es el resto de lo que he podido economizar de los pequeños regalos del señor Simonin. Vive santamente, es lo mejor, incluso para tu felicidad en este mundo. Tu nacimiento es la única falta importante que he cometido, ayúdame a expiarla, y que Dios me perdone el haberte puesto en el mundo, en consideración a las buenas obras que tú harás. Sobre todo, no perturbes la familia, y aunque la elección del estado que has abrazado no haya sido tan voluntaria como hubiese deseado, teme el cambio. ¡Ojalá hubiera estado yo encerrada en un convento durante toda mi vida! No estaría tan azorada ante el pensamiento de que es preciso dentro de un momento sufrir el terrible juicio. Piensa, hija mía, que la suerte de tu madre en el otro mundo depende mucho de la conducta que tú tengas en éste. Dios, que todo lo ve, me aplicará en su justicia todo el bien y todo el mal que tú hagas. Adiós, Susana; no pidas nada a tus hermanas; no están en condiciones de socorrerte; no esperes nada de tu padre, me ha precedido, ha visto el gran día, me espera; mi presencia será menos terrible para él que la suya para mí. Adiós una vez más. ¡Ah, desgraciada madre! ¡Ah, desgraciada hija! Han llegado tus hermanas; no estoy contenta de ellas. Ante los ojos de una madre, que está muriendo, tienen querellas por asuntos de interés que me afligen. Cuando se aproximan a mi cama, me vuelvo del otro lado: ¿qué vería en ellas? Dos criaturas a quienes la indigencia ha apagado el sentimiento de la naturaleza. Suspiran por lo poco que dejo; hacen al médico y a la enfermera preguntas indecentes que indican con qué impaciencia esperan el momento en que me iré, que les hará dueñas de cuanto me rodea. Han sospechado, no sé cómo, que podía tener algún dinero escondido en mi colchón. No hay nada que no hayan intentado para hacerme levantar y lo han conseguido pero, felizmente, mi depositario había venido la víspera, y yo le he entregado este paquete, con esta carta que él ha escrito a mi dictado, todo sin que ellas se diesen cuenta. Quema la carta. Y cuando sepas que ya no existo, lo que ocurrirá pronto, harás decir una misa por mí y renovarás en ella tus votos, pues sigo deseando que permanezcas en religión: la idea de imaginarte en el mundo sin socorro, sin apoyo, joven, acabaría de turbar mis últimos instantes.»

    Mi padre murió el 5 de enero, mi superiora a finales del mismo mes, y mi madre la segunda fiesta de Navidad.

    La hermana Santa-Cristina sucedió a la madre Moni. ¡Ah!, ¡Señor! ¡Qué diferencia entre una y otra! Le he dicho qué mujer era la primera. Esta otra tenía un carácter mezquino, una cabeza estrecha y llena de supersticiones; entregábase a opiniones nuevas; conferenciaba con los sulpicianos y los jesuitas. Tomó aversión a todas las favoritas de su predecesora; en un momento, toda la casa estuvo llena de inquietudes, de odios, de maledicencias, acusaciones, calumnias y persecuciones. Fue preciso aplicarse a cuestiones de teología, de las que no sabíamos nada, suscribir fórmulas, plegarse a prácticas extrañas. La madre Moni no aprobaba en absoluto tales ejercicios de penitencia que se hacen sobre el cuerpo; no se había lacerado más que dos veces en la vida: una la víspera de mi profesión, otra en una circunstancia parecida. Decía de estas penitencias que no corrigen ningún defecto y que sólo sirven para dar orgullo. Quería que sus religiosas se sintiesen bien, que tuviesen el cuerpo sano y el espíritu sereno. La primera cosa que hizo al ocupar el cargo fue hacer que le entregaran todos los cilicios y disciplinas, y prohibir alterar los alimentos con ceniza, dormir sobre la tierra y proveerse de alguno de estos instrumentos. La segunda madre, al contrario, devolvió a cada religiosa su cilicio y su disciplina e hizo retirar el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las favoritas del reinado anterior no son nunca las favoritas del reinado siguiente. Yo fui indiferente, por no decir algo peor, a la superiora actual, porque la precedente me había querido; pero no tardó en empeorar mi suerte por razones que usted denominará imprudencia, o firmeza, según el punto de vista con que lo considere.

    La primera fue abandonarme a todo el dolor que sentí por la pérdida de nuestra primera superiora; elogiarla en toda circunstancia; hacer, entre ella y la que nos gobernaba, comparaciones que no eran favorables a esta última; pintar el estado de la casa durante los pasados años; despertar el recuerdo de la paz que gozábamos, la indulgencia que tenían con nosotras, el alimento tanto espiritual como temporal que entonces nos suministraban, y exaltar las costumbres, los sentimientos, el carácter de la hermana Moni. La segunda fue arrojar al fuego el cilicio y deshacerme de mi disciplina; predicar lo mismo a mis amigas y decidir a algunas a seguir mi ejemplo; la tercera, proveerme de un Antiguo y de un Nuevo Testamento; la cuarta, rechazar todo partido y ceñirme al título de cristiana sin aceptar el nombre de jansenista o de molinista; la quinta, encerrarme rigurosamente en la regla de la casa sin querer hacer ni más ni menos. Consecuentemente, no prestarme a ninguna acción superrogatoria, las obligatorias me parecían ya demasiado duras; no subir al órgano más que los días de fiesta; no cantar más que cuando me tocaba coro; no consentir más que nadie abusara de mi complacencia y de mis talentos y que me metieran en todo todos los días. Leí las Constituciones, las releí, las sabía de memoria; si me mandaban algo que no estuviera claramente expreso en ellas, o que no estuviese, o que me pareciera contrario a las mismas, rehusaba firmemente hacerlo; tomaba el libro y decía: He aquí los compromisos que he aceptado, no he aceptado otros.

    Mis palabras arrastraron a algunas. La autoridad de las que mandaban viose muy limitada; no podían ya disponer de nosotras como de sus esclavas. No pasaba día sin alguna escena violenta. Mis compañeras me consultaban en los casos inciertos, y yo estaba siempre a favor de la regla contra el despotismo. Pronto adquirí el aire y tal vez el comportamiento de una facciosa. Los vicarios del señor arzobispo eran enviados a llamar sin cesar; comparecía, me defendía y defendía a mis compañeras; ni una sola vez fui condenada, tanta atención ponía en tener la razón de mi parte; era imposible atacarme respeto a mis deberes, los cumplía con escrúpulo. En cuanto a las pequeñas gracias que una superiora es siempre libre de conceder o rehusar, no las pedía. No me dejaba ver por el locutorio, y en cuanto a visitas, como no conocía a nadie, no las recibía. Pero había quemado mi cilicio y arrojado mi disciplina; había aconsejado lo mismo a las otras; no quería oír hablar de jansenismo ni de molinismo, ni a favor ni en contra. Cuando me preguntaron si era fiel a la Constitución, respondí que lo estaba a la Iglesia; si aceptaba la Bula…, que aceptaba el Evangelio. Visitaron mi celda; descubrieron en ella el Antiguo y el Nuevo Testamento. Yo había dejado escapar comentarios indiscretos sobre la sospechosa intimidad de algunas de las favoritas; la superiora tenía largas y frecuentes entrevistas con un joven eclesiástico y yo había puesto en duda la razón y el pretexto. No omití nada de lo que me podía hacer temer, odiar, o perder, y lo conseguí. Nadie se quejó más de mí a los superiores, pero se ocuparon de hacerme la vida difícil. Prohibieron a las otras religiosas acercarse a mí, y pronto me encontré sola. Tenía unas pocas amigas, y temiendo que éstas buscarían evadir la exigencia que les había sido impuesta y que al no poder hablar conmigo de día me visitarían durante la noche o a horas prohibidas, nos espiaban. Me sorprendieron unas veces con una u otra; hicieron lo que quisieron de esta imprudencia y fui castigada por ella de la manera más inhumana; me condenaron durante semanas enteras a pasar el oficio de rodillas, separada del resto en medio del coro; a vivir a pan y agua; a quedar encerrada en mi celda; a cumplir las funciones más viles de la casa. Las que llamaban mis cómplices no fueron tratadas mucho mejor. Cuando no podían encontrarme en falta, la suponían; me daban a la vez órdenes incompatibles y me castigaban por no haberlas cumplido; adelantaban las horas de los oficios, de las comidas; trastornaban por mi causa toda la conducta claustral, y, con la mayor intención, yo era hallada culpable cada día y cada día era castigada. Tengo valor, pero no hay nadie que soporte el abandono, la soledad y la persecución. Las cosas llegaron hasta tal punto que convirtieron en juego el atormentarme; era la distracción de cincuenta personas encadenadas. Me es imposible entrar en todos los pequeños detalles de estas ruindades; me impedían dormir, velar, rezar. Un día me robaban algunas partes de mi vestido; otra vez eran mis llaves o mi breviario; mi cerradura estaba atascada; o me impedían obrar bien o estropeaban las cosas que había hecho bien; me suponían palabras y acciones; me hacían responsable de todo, y mi vida era una sucesión de delitos reales o supuestos y de castigos.

    Mi salud no resistió a pruebas tan largas y tan duras; caí en el abatimiento, el abandono y la melancolía. Al principio iba a buscar fuerza y resignación al pie de los altares y las encontraba a veces. Flotaba entre la resignación y el desespero, sometiéndome unas veces a todo el rigor de mi suerte, pensando otras en liberarme por medios violentos. En el fondo del jardín había un pozo profundo; ¡cuántas veces he ido allí! ¡Cuántas lo he contemplado! Había al lado un banco de piedra, ¡cuántas veces me senté en él, apoyada la cabeza sobre el borde del pozo! ¡Cuántas, en el tumulto de mis ideas, me he levantado bruscamente y he decidido poner fin a mis penas! ¿Qué me ha retenido? ¿Por qué prefería entonces llorar, gritar en voz alta, pisotear mi velo, arrancarme los cabellos y desgarrarme el rostro con las uñas? Si era Dios quien impedía que me perdiera, ¿por qué no detenía también todos aquellos movimientos?

    Le diré una cosa que tal vez le parecerá muy extraña, pero no por eso menos verdadera, y es que no dudo en absoluto que mis frecuentes visitas a aquel pozo fueron observadas y que a mis crueles enemigas les lisonjeaba la idea de que un día cumpliría un designio que hervía en el fondo de mi corazón. Cuando me dirigía hacia este lado, fingían alejarse y mirar a otro sitio. Muchas veces encontré abierta la puerta del jardín en horas en que debía estar cerrada, especialmente los días en que habían multiplicado sobre mí las molestias, habían excitado hasta los topes la violencia de mi carácter y me creían fuera de mí. Pero tan pronto como creí haber adivinado que se ofrecía, por decirlo así, a mi desesperación aquel medio de salir de la vida, que me conducían de la mano a aquel pozo y que siempre lo encontraría dispuesto a recibirme, no me fijé más; mi espíritu volvióse hacia otros lados; permanecía en los corredores y medía la altura de las ventanas; por la noche, al desnudarme, probaba, sin pensar, la fuerza de mis ligas; otro día rehusaba la comida; descendía al refectorio y permanecía con el dorso apoyado en la muralla, las manos colgadas a ambos lados, los ojos cerrados y no tocaba los platos que me habían servido. En este estado olvidaba de manera tan perfecta, que todas las religiosas salían y yo quedaba. Entonces fingían retirarse sin ruido y me dejaban allí; luego me castigaban por haber faltado a los ejercicios. ¿Qué le diré? Me lucieron perder el gusto por casi todos los medios de quitarme la vida, porque me pareció que lejos de oponerse a ellos, me los presentaban. No queremos, aparentemente, que nadie nos arroje de este mundo, y es posible que no estuviera ya en él, si hubieran simulado retenerme. Cuando alguien se quita la vida, tal vez intenta desesperar a los demás, y la conserva cuando cree satisfacerles; son movimientos muy sutiles en nosotros. En realidad, si es posible que recuerde mi estado, cuando estaba al borde del pozo, me parece que dentro de mí gritaba a aquellas desgraciadas que se alejaban para favorecer un crimen: «Dad un paso hacia mí, mostrad el menor deseo de salvarme, corred para detenerme, y estad seguras de que llegaréis demasiado tarde.» En verdad, sólo vivía porque ellas deseaban mi muerte. El encarnizamiento en hacer el mal, en atormentar, se cansa en el mundo; pero no en los claustros.

    Así estaba cuando, volviendo sobre mi vida pasada, pensé en revocar mis votos. Reflexionaba en ello ligeramente. Sola, abandonada, sin apoyo, ¿cómo triunfar en un proyecto tan difícil, incluso con el apoyo que me faltaba? No obstante, esta idea me tranquilizó; mi espíritu se aseguró, fui más dueña de mí misma; evitaba las penas y soportaba más pacientemente las que me llegaban. Notaron este cambio y se asombraron, la maldad detúvose inmediatamente como un enemigo débil que nos persigue y al que hacemos frente en el momento que menos espera. Una pregunta, señor, que me gustaría hacerle, es por qué entre todas las ideas funestas que pasan por la cabeza de una religiosa desesperada, no se le ocurre la de pegar fuego a la casa.

    No la he tenido, ni yo ni otras, aunque sea la cosa más fácil de poner en práctica: se trata sólo, en un día de mucho viento, de llevar una candela a un granero, a un montón de leña, a un corredor. No hay conventos quemados, y, no obstante, en tales casos se abren las puertas y sálvese quien pueda. ¿No será porque teme una el peligro para sí y para las que ama, y desdeñamos un remedio que compartiríamos con las que odiamos? Esta última idea es muy sutil para ser verdadera.

    Cuando nos ocupamos insistentemente en un asunto, llegamos al convencimiento de su justeza y de la posibilidad de alcanzar lo propuesto. Llegados a este punto, nos sentimos fuertes y seguros de nosotros mismos. Para mí fue cuestión de quince días. Mi temperamento es vivo. ¿De qué se trataba? De redactar una memoria y someterla a consulta; una cosa y otra no carecían de peligro. Después de la revolución que había tenido lugar en mi mente, me observaban con mayor atención que nunca; me seguían con la vista, no daba un paso que no fuese investigado; no decía una palabra que no fuera sopesada. Se acercaron a mí, intentaron sondearme; me interrogaron, fingieron conmiseración y amistad; volvían sobre mi vida pasada; me acusaban débilmente, me excusaban; esperaban una conducta mejor, me insinuaron un porvenir más dulce; sin embargo, entraban en todo instante en mi celda, de día, de noche, con pretextos; bruscamente, sin hacer ruido, entreabrían mis cortinas y se retiraban. Yo había adquirido la costumbre de dormir vestida; tenía también otra, la de escribir mi confesión. Estos días, que están fijados, iba a pedir tinta y papel a la superiora que no me lo rehusaba. Aguardé, pues, el día de la confesión, y durante la espera resumía en mi mente lo que tenía que proponer; era, en resumen, todo lo que acabo de escribirle; sólo que me explicaba con nombres fingidos. Pero cometí tres estupideces: la primera, decir a la superiora que tendría muchas cosas para escribir y pedirle bajo este pretexto más papel que el que se suele conceder; la segunda, ocuparme de mi memoria y olvidar mi confesión; la tercera, al no haber escrito mi confesión y no estando preparada para este acto religioso, permanecer sólo un instante en el confesonario. Todo esto fue observado y sacaron la conclusión de que el papel solicitado había sido empleado de otra manera que la indicada por mí. Pero si no había servido para mi confesión, como era evidente, ¿qué uso había hecho de él?

    Sin saber que tendrían tales inquietudes, sentí que no debían encontrarme un escrito de aquella importancia. En seguida pensé coserlo en mi almohada o en mi colchón, luego ocultarlo en mis vestidos, enterrarlo en el jardín, arrojarlo al fuego. No podría usted creer con qué prisa lo escribí y cuan desasosegada estuve una vez escrito. Inmediatamente lo oculté, luego lo estreché en mi seno, y marché a la llamada del oficio. Mi estado de inquietud traslucíase en mis movimientos. Estaba sentada al lado de una joven religiosa que me estimaba; a veces la había visto mirarme con compasión y derramar lágrimas; no me hablaba, pero ciertamente sufría. Arriesgándome a cuanto podría suceder, resolví confiarle mi papel; en un momento de la oración en que todas las religiosas se arrodillan, se inclinan y están como sumergidas en sus asientos, saqué suavemente el papel de mi seno y se lo extendí por detrás; ella lo cogió y lo estrechó contra el suyo. Este fue el más importante de cuantos servicios me había prestado, pero había recibido de ella otros muchos: durante meses enteros se dedicó, sin comprometerse, a quitar todos los pequeños obstáculos que ponían al cumplimiento de mis deberes para tener derecho a castigarme; venía a golpear mi puerta cuando era hora de salir; arreglaba lo que habían estropeado; iba a llamar o a responder cuando era preciso; estaba en todas partes donde yo debía estar. Yo ignoraba todo esto.

    Hice bien al tomar esta decisión. Al salir del coro la superiora me dijo: «Sor Susana, sígame…» La seguí, luego, deteniéndose en otra puerta, en el corredor, me dijo: «He ahí su celda, la hermana San Jerónimo ocupará la suya…» Entré, y ella conmigo. Estábamos las dos sentadas, sin hablar, cuando apareció una religiosa con unos hábitos que puso sobre una silla; la superiora me dijo: «Hermana Susana, desnúdese y tome este vestido…» Obedecí en su presencia; ella estaba mientras tanto, atenta a todos mis movimientos. La hermana que había traído los hábitos estaba en la puerta; volvió a entrar, cogió los que yo había dejado, salió; la superiora la siguió. No me dijeron la razón de este proceder, y yo no le pregunté. Sin embargo, habían buscado por todas partes en mi celda; habían descosido la almohada y el colchón; habían cambiado de sitio todo lo que podía serlo o haberlo sido; siguieron mis huellas; fueron al confesonario, a la iglesia, al jardín, al pozo, al banco de piedra; vi parte de esta búsqueda, sospechaba el resto. No encontraron nada; pero no por eso quedaron menos convencidas de que había algo; miraron por todas partes, pero inútilmente. Por fin, la superiora creyó que no era posible saber la verdad excepto por mí. Entró un día en mi celda y me dijo:

    —Sor Susana, tiene usted defectos, pero no tiene el de mentir; dígame, pues, la verdad: ¿qué hizo usted de todo el papel que le di?
    —Señora, ya se lo dije.
    —Esto no es posible, usted me pidió mucho y no estuvo más que un momento en el confesonario.
    —Es verdad.
    —¿Qué hizo, pues, con él?
    —Lo que le he dicho.
    —¡Pues bien! Júreme por santa obediencia, que prometió a Dios, que es así y, pese a las apariencias, la creeré.
    —Señora, no le está permitido exigir un juramento por una cosa tan ligera, y no está permitido hacerlo. No podría jurar.
    —Está usted engañándome, sor Susana, y no sabe a lo que se expone. ¿Qué hizo del papel que le di?
    —Ya se lo he dicho.
    —¿Dónde está?
    —Ya no lo tengo.
    —¿Qué hizo con él?
    —Lo que se hace con esta clase de escritos que son inútiles una vez utilizados.
    —Júreme por santa obediencia que lo utilizó todo para escribir su confesión, y que ya no lo tiene.
    —Señora, se lo repito, como esta segunda cosa no es más importante que la primera, no podría jurar.
    —Jure, o…
    —No juraré.
    —¿No jurará?
    —No, señora.
    —¿Es, pues, usted culpable?
    —¿Y de qué puedo ser culpable?
    —De todo; no hay nada de lo que usted no sea capaz. Ha fingido alabar a mi predecesora para rebajarme a mí; ha sido capaz de despreciar las costumbres que ella había proscrito, las leyes que había abolido y que yo he creído deber restablecer; de sublevar a toda la comunidad, infringir las reglas, dividir los ánimos, faltar a todos sus deberes; de obligarme a castigarla y a castigar a todas aquellas que usted ha seducido, que es lo que más me cuesta. Hubiese podido proceder contra usted por los medios más duros; en cambio, la he tratado con miramientos: creí que reconocería sus errores, que volvería al espíritu de su estado, y que volvería a mí; no lo ha hecho. Hay algo en su espíritu que no marcha bien; tiene usted proyectos, el interés de la casa exige que los conozca, y los conoceré; le respondo yo misma de ello. Sor Susana, dígame la verdad.
    —Ya se la he dicho.
    —Voy a salir; tema mi vuelta…, lo siento; le doy un momento aún para decidirse… Sus papeles si existen…
    —Ya no los tengo.
    —O el juramento de que no contenían nada más que su confesión.
    —No podría hacerlo…


    Permaneció un momento en silencio, luego salió y volvió a entrar con cuatro de sus favoritas; tenían un aire despechado y furioso. Me arrojé a sus pies, imploré su misericordia. Ellas gritaban todas a la vez: «Nada de misericordia, señora, no se deje conmover. Que entregue sus papeles, o que vaya en paz.»[3] Abracé las rodillas de una y otra; les decía nombrándolas por sus nombres: sor Santa Inés, sor Santa Julia, ¿qué les he hecho? ¿Por qué excitan a la superiora contra mí? ¿Acaso he obrado yo de este modo? ¿Cuántas veces he intercedido por ustedes? Ya no se acuerdan. Ustedes eran culpables y yo no lo soy.

    La superiora, inmóvil, me miraba y me decía: «Dame tus papeles, desgraciada, o revela lo que contenían.»

    «Señora -le decían ellas- no le pregunte más, es usted demasiado buena, no la conoce; es un alma indócil con la que nada se puede conseguir sino que por medios extremos; es ella quien os obliga, peor para ella.»

    —Querida madre -le dije yo- yo no he hecho nada que pueda ofender a Dios ni a los hombres, se lo juro.
    —No es éste el juramento que yo quiero.

    «Sin duda habrá escrito contra nosotras, contra usted, alguna memoria al vicario general o al arzobispo; Dios sabe cómo habrá pintado el interior de la casa; el mal es creído fácilmente. Señora, es preciso disponer de esta criatura, si no quiere que ella disponga de nosotras.»

    La superiora añadió: «Sor Susana, mire…»

    Me levanté bruscamente y le dije: Señora, lo he visto todo; siento que me pierdo; pero por un momento antes o después no vale la pena de pensarlo. Haga de mí lo que guste, escuche su ira, consuma su injusticia… Y al instante les extendí mis brazos. Sus compañeras los agarraron. Me arrancaron el velo, me desnudaron sin pudor. Encontraron sobre mi seno un pequeño retrato de mi antigua superiora, lo cogieron; supliqué que me permitieran besarlo una vez más, pero me lo negaron. Me arrojaron una camisa, me quitaron las medias, cubriéronme con un saco y me condujeron, desnudos la cabeza y los pies, a través de los corredores. Yo gritaba, pedía socorro, pero habían tocado la campana para advertir que no compareciese nadie. Supliqué al cielo, estaba en tierra y me arrastraban. Cuando llegué al final de la escalera tenía los pies ensangrentados y las piernas magulladas, estaba en un estado capaz de conmover a almas de bronce. No obstante, abrieron con unas grandes llaves la puerta de un pequeño lugar subterráneo, oscuro, donde me arrojaron sobre una estera medio podrida por la humedad. Encontré allí un pedazo de pan negro y una jarra de agua, con algunas vasijas necesarias y sucias. La manta enrollada en una extremidad formaba la almohada; sobre un bloque de piedra había una calavera y un crucifijo de madera. Mi primer impulso fue destruirme; llevaba mis manos a la garganta; desgarré mi vestido con los dientes; lanzaba espantosos gritos; aullaba como una bestia feroz; golpeaba la cabeza contra los muros. Quedé cubierta de sangre, intenté hacerlo hasta que me faltaron las fuerzas, lo que no tardó mucho en suceder. Allí pasé tres días; yo creía ya que sería para toda la vida. Cada mañana, una de mis verdugos venía y me decía:

    —Obedece a nuestra superiora y saldrás de aquí.
    —Yo no he hecho nada, no sé qué se me reprocha. ¡Ay!, hermana San Clemente, hay un Dios…

    Al tercer día, a eso de las nueve de la noche abrieron la puerta; eran las mismas religiosas que me habían conducido. Después de elogiar las bondades de nuestra superiora, me anunciaron que me perdonaba y que iban a ponerme en libertad.

    Es demasiado tarde, les dije, dejadme, quiero morir aquí. Entretanto me habían levantado y me arrastraban, volvieron a conducirme a mi celda, donde encontré a la superiora.

    «He consultado a Dios sobre su suerte; ha movido mi corazón: quiere que tenga piedad: le obedezco. Arrodíllese y pídale perdón.»

    Púseme de rodillas y dije: Dios mío te pido perdón de las faltas que he cometido, como tú lo pediste por mí sobre la cruz.

    «¡Qué orgullo! — gritaron- se compara a Jesucristo, y nos compara a los judíos que le crucificaron.»

    —No os fijéis en mí, fijaos en vosotras y juzgad.
    —Esto no es todo -dijo la superiora- júreme por la santa obediencia que jamás hablará usted de lo sucedido.
    —Lo que han hecho debe estar bien mal, ya que exige usted de mí, mediante juramento, que guarde silencio. Nadie lo sabrá excepto su conciencia, se lo juro.
    —¿Lo jura?
    —Sí, lo juro.

    Una vez hecho esto, me despojaron de las ropas que me habían dado y dejaron que volviera a vestirme las mías.

    Había cogido humedad; me encontraba en una circunstancia crítica; tenía contusionado todo el cuerpo; desde hacía varios días no había tomado más que unas gotas de agua con un poco de pan. Creí que ésta sería la última persecución que tendría que sufrir. Por efecto momentáneo de estas sacudidas violentas que muestran cuan fuerte es la naturaleza en las personas jóvenes, me recuperé en muy poco tiempo, y al reaparecer encontré a toda la comunidad persuadida de que había estado enferma. Me incorporé de nuevo a los ejercicios de la casa y a mi puesto en la iglesia. No había olvidado mi papel ni a la joven hermana a quien lo había confiado; estaba segura de que no habría abusado de aquel depósito, pero que lo había guardado no sin inquietud. Unos días después de mi salida de la cárcel, en el coro, en el mismo momento del oficio en que se lo di, cuando nos arrodillábamos e inclinadas las unas hacia las otras desaparecíamos en nuestros asientos, sentí que tiraban dulcemente de mi hábito. Extendí la mano y me dieron un billete que no contenía más que estas palabras: «¡cuánto me habéis inquietado! ¿Qué debo hacer con este terrible papel?» Después de haberlo leído, hice una bolita con las manos y lo destruí. Todo esto sucedía a principios de la cuaresma. Se acercaba el tiempo en que el deseo de escuchar atrae a Longchamp a la buena y a la mala sociedad de París. Yo tenía una voz muy hermosa y la había perdido poco. En las casas religiosas se presta atención a los más insignificantes intereses; tuvieron conmigo algunas atenciones. Gocé de un poco más de libertad; las hermanas que yo instruía en el canto pudieron acercarse a mí sin consecuencias; aquella a quien había confiado mi memoria era una de ellas. Durante las horas de recreo que pasábamos en el jardín la llamaba aparte, la hacía cantar, y mientras cantaba le dije lo siguiente:

    —Tú conoces a mucha gente, yo no conozco a nadie. No quisiera que te comprometieses; preferiría morir aquí antes de exponerte a la sospecha de que me has ayudado; amiga mía, estarías perdida, lo sé, esto no me salvaría, y si vuestra perdición pudiese salvarme, yo no aceptaría mi salvación a este precio.
    —Dejemos esto -me dijo-: ¿de qué se trata?
    —Se trata de hacer pasar esta consulta a un abogado hábil, sin que él sepa de qué casa proviene, y de obtener una respuesta que me podrías entregar en la iglesia o en otro sitio.
    —A propósito -me dijo ella-, ¿qué hiciste de mi billete?
    —Estáte tranquila, lo destruí.
    —Queda tranquila tú también, pensaré en tu asunto.

    Note, señor, que yo cantaba mientras que ella me hablaba, y que ella cantaba cuando yo le respondía, y que nuestra conversación estaba entrecortada por versículos cantados. Esta joven, señor, está aún en el convento; su felicidad está en vuestras manos; si se llegara a descubrir lo que ha hecho por mí, no hay tormento al que no esté expuesta. No quisiera haberle abierto la puerta de una mazmorra; preferiría que me encerraran a mí en ella. Señor, estas cartas, pues, las quemará; aparte del interés que usted tenga a bien tener por mi suerte, no contienen nada que valga la pena de ser conservado.

    He aquí lo que le decía entonces; pero, ¡ay!, ella ya no existe y yo estoy sola…

    No tardó en cumplir su palabra informándome de ello según nuestra manera acostumbrada. Llegó la Semana Santa; la asistencia a nuestro oficio de tinieblas fue numerosa. Cantaba lo suficiente bien como para provocar con tumulto estos escandalosos aplausos que se dan a los comediantes en sus salas de espectáculos, y que no deberían escucharse nunca en el templo del Señor, sobre todo durante los días solemnes y lúgubres en que se celebra la memoria de su Hijo clavado en la cruz para expiar los crímenes del género humano. Mis jóvenes alumnas estaban bien preparadas; algunas tenían voz, casi todas expresión y gusto, y me pareció que el público las había escuchado con placer y que la comunidad estaba satisfecha del éxito de mis cuidados.

    Usted sabe, señor, que el jueves es trasladado el Santo Sacramento a un altar especial donde permanece hasta el viernes por la mañana. Este intervalo se llena con las adoraciones de las religiosas que se suceden una tras otra, o de dos en dos, junto al monumento. Hay un cuadro que indica a cada una su hora de adoración; ¡cuan contenta estuve al leer en él: «La hermana Santa Susana y la hermana Santa Úrsula de dos a tres de la madrugada!» Fui al monumento a la hora indicada, mi compañera estaba allí. Nos colocamos una al lado de otra sobre los peldaños del altar; nos prosternamos juntas, adoramos a Dios durante media hora. Pasado este tiempo, mi joven amiga me extendió la mano y me la estrechó diciéndome:

    —Probablemente no tendremos jamás ocasión de charlar tanto tiempo y tan libremente; Dios conoce la prisión en que vivimos y nos perdonará si compartimos un tiempo que le debemos por entero. No he leído tu memoria, pero no es difícil adivinar lo que contiene. Si esta respuesta te autoriza a proseguir en la retractación de tus votos, ¿no ves que será preciso que consultes con letrados?
    —Es verdad.
    —¿Que necesitarás libertad?
    —Es verdad.
    —¿Y que si actúas bien, aprovecharás las disposiciones presentes para procurártela?
    —He pensado en ello.
    —¿Lo harás, pues?
    —Veré.
    —Otra cosa: y si tu asunto fracasa, quedarás aquí abandonada a todo el furor de la comunidad. ¿Has previsto las persecuciones que te esperan?
    —No serán mayores que las que he sufrido.
    —No sé nada de ello.
    —Perdóname. De momento no se atreverán a disponer de mi libertad.
    —Y ¿por qué?
    —Porque entonces estaré bajo la protección de la ley. Será necesario que comparezca personalmente; estaré, por así decirlo, entre el mundo y el claustro; tendré la boca abierta, libertad para quejarme; os testificaré a todas; no se atreverán a cometer conmigo injusticias de las que podría quejarme; tendrán cuidado de no agravar el asunto. ¡Qué más quisiera yo que se portaran mal conmigo!, pero no lo harán. Puedes estar segura de que seguirán una conducta totalmente opuesta. Me rogarán, me harán ver el daño que me voy a ocasionar a mí misma y a la casa; puedes contar con que sólo llegarán a las amenazas cuando hayan visto que nada pueden la dulzura y la seducción, y que se prohibirán el uso de la fuerza.
    —Pero es increíble que tengas tanta aversión hacia un estado cuyos deberes cumples tan fácil y escrupulosamente.
    —Siento esta aversión; la llevaba dentro de mí al nacer y no me abandonará jamás. Acabaré siendo una mala religiosa; hay que prever este instante.
    —Pero, ¿y si por desgracia sucumbes?
    —Si sucumbo, pediré cambiar de casa, o moriré en ésta.
    —Se sufre mucho antes de morir. ¡ Ay!, amiga mía, tu resolución me hace estremecer; temo que tus votos sean revocados y que no lo sean. Si lo son, ¿qué será de ti? ¿Qué harás en el mundo? Tienes buena figura, ingenio y talento; pero dicen que esto, si no va acompañado de la virtud, a nada conduce, y sé que no te apartarás de esta última.
    —Me haces justicia, pero no la haces a la virtud; sólo cuento con ella; cuanto más rara es entre los hombres, más debe ser estimada.
    —La alaban, pero no hacen nada por ella.
    —Ella me anima y sostiene en mi proyecto. Me objeten lo que me objeten, respetarán mis costumbres; al menos no dirán, como de la mayoría de las otras, que soy arrastrada fuera de mi estado por una pasión desarreglada: no veo a nadie, no conozco a nadie. Pido ser libre, porque el sacrificio de mi libertad no fue voluntario. ¿Leíste mi memoria?
    —No, abrí el paquete que me diste, porque no tenía dirección, y pensé que era para mí; pero las primeras líneas me disuadieron y no fui más lejos. ¡Qué buena idea tuviste al entregármelo! Un momento más tarde te lo hubiesen encontrado encima… Pero se acerca la hora de acabar nuestro turno, prosternémonos, que las que van a sucedemos nos hallen en la postura en que debemos estar. Pide a Dios que te ilumine y conduzca; voy a unir mi plegaria y mis suspiros a los tuyos.

    Tenía el alma un poco aliviada. Mi compañera rezaba de pie, yo me prosterné; mi frente se apoyaba en la última grada del altar, y mis brazos estaban extendidos sobre las gradas superiores. No creo haberme dirigido nunca a Dios con más consolación y fervor; el corazón me palpitaba con violencia; olvidé por un instante todo lo que me rodeaba. No sé cuánto tiempo permanecí en aquella postura ni cuánto hubiese permanecido aún; pero creo que fue un espectáculo muy emocionante para mi compañera y para las dos religiosas que llegaron. Cuando me incorporé creí estar sola, me engañaba; estaban las tres colocadas detrás de mí deshaciéndose en lágrimas: no se habían atrevido a interrumpirme. Esperaban que saliese por mí misma del estado de efusión y transporte en que me veían. Cuando volví a su lado, mi rostro tenía, sin duda, un carácter impresionante, a juzgar por el efecto que en ellas produjo y porque añadieron que me parecía entonces a nuestra antigua superiora cuando nos consolaba, y que el verme les había causado el mismo efecto. Si hubiera tenido alguna tendencia a la hipocresía o al fanatismo, y hubiese querido desempeñar un papel en el convento, no dudaría en absoluto de mi éxito. Mi alma se enciende fácilmente, se exalta; y aquella buena superiora me dijo cien veces que nadie habría amado a Dios como yo, que yo tenía un corazón de carne y las demás un corazón de piedra. Es cierto que experimentaba una extrema facilidad en compartir su éxtasis y que, en las oraciones que ella hacía a veces, en voz alta, me sucedió tomar yo la palabra, seguir el hilo de sus ideas y hallar, como por inspiración, parte de lo que ella hubiera dicho. Las otras la escuchaban en silencio, o la seguían, pero yo la interrumpía, me adelantaba o hablaba con ella. Conservaba durante mucho tiempo la impresión recibida, y era necesario aparentemente que yo le restituyese algo de la misma. Pues si en las otras se notaba que habían conversado con ella, en ella notábase que había conversado conmigo. Mas ¿qué significa esto cuando no hay vocación?…

    Acabado nuestro turno cedimos el puesto a las que nos sucedían; mi joven compañera y yo nos abrazamos muy tiernamente antes de separarnos.


    La escena del monumento impresionó en la casa; añada a esto el éxito de nuestro oficio de tinieblas del Viernes Santo: canté, toqué el órgano, fui aplaudida. ¡Oh cabezas locas de las religiosas!, no tuve que hacer casi nada para reconciliarme con toda la comunidad. Se precipitaron a mi encuentro, la superiora la primera. Algunas personas seglares intentaron conocerme; esto cuadraba demasiado bien con mi proyecto para negarme a ello. Vi al primer presidente, a la señora de Soubise y a una muchedumbre de buena gente: monjes, sacerdotes, militares, magistrados, mujeres piadosas, mujeres de mundo, y, entre ellos, a esa especie de atolondradas que ustedes llaman talons rouges,[4] que despaché pronto. No cultivé más amistades que aquellas que nadie podía reprocharme; dejé el resto a aquellas religiosas nuestras que no eran tan difíciles.

    Olvidaba decirle que la primera prueba de bondad que me dieron fue restablecerme en mi celda. Tuve valor para volver a pedir el pequeño retrato de nuestra antigua superiora, y ellas no lo tuvieron para negármelo; vuelve a ocupar su sitio sobre mi corazón y permanecerá allí mientras viva. Cada mañana mi primer movimiento es elevar mi alma a Dios; el segundo, besarlo. Cuando quiero rezar y siento fría mi alma, lo desato de mi cuello, lo coloco delante de mí, lo miro y me inspira.

    Lástima que no hayamos conocido a las santas personas cuyas imágenes están expuestas a nuestra veneración; causarían en nosotros una impresión bien distinta: Cuando estamos a sus pies o ante ellos, no permaneceríamos tan fríos como ahora quedamos.

    Recibí contestación a mi memoria; era de un tal señor Manouri, ni favorable ni desfavorable. Antes de pronunciarse sobre el asunto, pedía gran número de aclaraciones a las que era difícil satisfacer sin una entrevista. Di, pues, mi nombre e invité al señor Manouri a venir a Longchamp. Estos señores se desplazan difícilmente; no obstante, vino. Conversamos durante mucho tiempo. Convinimos en fijar una correspondencia por medio de la que me haría llegar seguramente sus preguntas, y yo le enviaría mis respuestas. Por mi parte, yo empleaba todo el tiempo que él daba a mi asunto para preparar los ánimos, interesar por mi suerte y buscarme protectores. Indiqué mi nombre, revelé mi conducta en el primer convento que había habitado, lo que había sufrido en casa, las penalidades que me habían causado en el convento, mi protesta en Santa María, mi estancia en Longchamp, mi toma de hábito, mi profesión, la crueldad con que había sido tratada después de consumados mis votos. Me compadecieron, me ofrecieron ayuda. Tomé nota de la voluntad que me testimoniaban para cuando pudiera tener necesidad de ella, sin dar más explicaciones. En el convento no se enteraron de nada. Había obtenido de Roma permiso para retractarme de mis votos; iba a emprenderse rápidamente una acción, respecto a lo cual abrigaba una profunda seguridad. Puede usted pensar cuál fue la sorpresa de mi superiora cuando le notificaron una retractación de los votos, a nombre de la hermana María-Susana, con la petición de abandonar el hábito y salir del claustro para disponer de su persona según ella misma juzgara adecuado.

    Ya había previsto que encontraría varias clases de oposición: la de las leyes, la del convento y la de mis cuñados y hermanas, alarmados: se habían quedado con todo el patrimonio de la familia y, una vez libre, hubiera podido formular considerables reivindicaciones frente a ellos. Escribí a mis hermanas; les supliqué que no pusieran dificultades a mi salida; apelé a su conciencia en cuanto a la poca libertad con que hice mis votos; les ofrecí una renuncia por escritura auténtica, de todas mis pretensiones a la sucesión de mi padre y mi madre. No ahorré nada para persuadirles de que no se trataba de un paso impulsado por el interés o la pasión. No intentaba engañarme en cuanto a sus sentimientos. La escritura que yo les proponía, hecha mientras yo estuviese aún obligada en vida de religión, pasaba a ser inválida, y para ellos era demasiado incierto que yo la ratificara cuando fuera libre. Además, ¿les convenía aceptar mis proposiciones? ¿Dejarían a una hermana sin asilo ni fortuna? ¿Disfrutarían de sus bienes? ¿Qué diría la gente? Si viene a pedirnos pan, ¿se lo negaremos? Si se le ocurre casarse, ¡quién sabe la clase de hombre que escogerá! ¿Y si tiene hijos…? Es preciso que nos opongamos con todas nuestras fuerzas a esta peligrosa tentativa…: he ahí lo que dijeron para sí e hicieron.

    Apenas la superiora hubo recibido la demanda judicial de mi petición, acudió a mi celda.

    —¡Cómo, hermana Santa Susana! ¿Quiere usted dejarnos?
    —Sí, señora.
    —¿Y quiere usted apelar contra los votos?
    —Sí, señora.
    —¿Acaso no los hizo usted libremente?
    —No, señora.
    —¿Y qué la obligó?
    —Todo.
    —¿Su señor padre?
    —Mi padre.
    —¿Su señora madre?
    —También ella.
    —¿Y por qué no reclamó al pie del altar?
    —Estaba tan inconsciente, que ni siquiera recuerdo haber asistido a la ceremonia.
    —¿Puede hablar así?
    —Digo la verdad.
    —¡Qué! ¿No oyó como el sacerdote le preguntaba: Hermana Santa Susana Simonin, promete usted a Dios obediencia, castidad y pobreza?
    —No lo recuerdo.
    —¿No contestó sí?
    —No lo recuerdo.
    —¿Imagina que los hombres la creerán?
    —Me creerán o no; pero el hecho no será por eso menos cierto.
    —Querida hija, si fueran escuchados semejantes pretextos, ¡imaginad qué abusos seguirían! Ha dado un paso inconsciente, se ha dejado arrastrar por un sentimiento de venganza. Tiene usted en el corazón los castigos que me obligó a infligirle, ha creído que eran suficientes para romper sus votos. Se ha equivocado. Esto no es posible ni ante los hombres ni ante Dios. Piense en que el perjurio es el mayor de los crímenes, que usted ya lo cometió en su corazón y que va a consumarlo.
    —En modo alguno seré perjura, no he jurado nada.
    —Si se han cometido con usted algunas injusticias, ¿no han sido reparadas acaso?
    —No han sido estas injusticias las que me han decidido.
    —¿Qué ha sido, pues?
    —La falta de vocación, la falta de libertad en mis votos.
    —Si no había sido llamada, si se veía obligada, ¿por qué no lo dijo cuando era tiempo?
    —¿Y de qué me hubiera servido esto?
    —¿Por qué no mostró la misma firmeza que en Santa María?
    —¿Acaso la firmeza depende de nosotros? Fui fuerte la primera vez; la segunda estaba inconsciente.
    —¿Por qué no recurrió a un letrado? ¿Por qué no protestó? Tuvo veinticuatro horas para darse cuenta de su contrariedad.
    —¿Sabía yo algo de tales formalidades? Y en el caso de que las hubiera conocido, ¿estaba en situación de servirme de ellas? Y si lo hubiera estado, ¿hubiese podido? ¡Cómo!, señora. ¿No se dio usted misma cuenta de mi enajenación? Si la tomo como testigo, ¿juraría que yo tenía sana la razón?
    —¡Lo juraría!
    —¡Bien!, señora, entonces sería usted y no yo la perjura.
    —Hija mía, vas a provocar un escándalo inútil, vuelve a ti misma, te lo ruego por tu propio interés, por el de la casa; esta clase de asuntos dan ocasión a eso.
    —No será culpa mía.
    —La gente del mundo es mala; hará las suposiciones más desfavorables sobre tu inteligencia, tu intención, tu ánimo, tus costumbres; creerán…
    —Lo que quieran.
    —Pero háblame con el corazón abierto; si tienes alguna queja secreta, sea la que sea, hay remedio.
    —Estuve, estoy y estaré toda mi vida descontenta de mi estado.
    —El espíritu seductor que nos rodea sin cesar y que busca perdernos, ¿habrá acaso aprovechado el exceso de libertad que le ha sido concedida a usted desde hace poco, para inspirarle alguna inclinación funesta?
    —No, señora. Sabe usted que no juro con facilidad. Pongo a Dios por testigo de que mi corazón es inocente, y que jamás hubo en él un sentimiento vergonzoso.
    —Esto es inconcebible.
    —Sin embargo, señora, nada es más fácil de concebir. Cada cual tiene su carácter, yo tengo el mío. Usted ama la vida monástica y yo la odio. Usted ha recibido de Dios las gracias de su estado, a mí me faltan todas. Usted se habría perdido en el mundo, aquí asegura su salvación; yo aquí me perdería y espero salvarme en el mundo. Soy y seré una mala religiosa.
    —Y ¿por qué? Nadie cumple mejor sus deberes.
    —Pero es con pesar y repugnancia.
    —Así, usted merece más…
    —Nadie puede saber mejor que yo lo que merezco, y me veo forzada a reconocer que, al someterme a todo, no merezco nada. Estoy cansada de ser una hipócrita; mientras hago lo que salva a las demás, me detesto y condeno. En una palabra, señora, no reconozco como verdaderas religiosas sino a las que permanecen retiradas aquí por gusto, y que aquí quedarían aunque no hubiera a su alrededor rejas ni murallas que las retuviesen. Falta mucho para que yo sea una de éstas; mi cuerpo está aquí, pero mi corazón no; está fuera. Si fuese preciso optar entre la muerte y la clausura perpetua, no dudaría en morir. He aquí mis sentimientos.
    —¡Qué! ¿Dejaría sin remordimientos este velo, estos hábitos que la consagraron a Jesucristo?
    —Sí, señora, porque los tomé sin reflexión y sin libertad…

    Le contesté con mucha moderación, porque no era esto lo que mi corazón me decía: Y ¡oh!, ¿por qué no ha llegado ya el momento en que podré desgarrarlos y arrojarlos lejos de mí?

    No obstante, mi respuesta la aterró. Palideció, quiso hablar, pero sus labios temblaban; no sabía qué decirme. Yo me paseaba a grandes pasos por mi celda y ella gritaba:

    —¡Oh Dios mío!, ¿qué dirán nuestras hermanas? ¡Oh Jesús!, dirigid sobre ella una mirada de piedad, ¡hermana Santa Susana!
    —Señora.
    —¿Se trata, pues de una decisión tomada? ¿Quiere usted deshonrarnos, convertirse y convertirnos en habladurías de la gente, perderse?
    —Quiero salir de aquí.
    —Pero si sólo es la casa lo que le disgusta…
    —Es la casa, es mi estado, es la religión; no quiero estar recluida ni aquí, ni en otro sitio.
    —Hija mía, está usted poseída del demonio; él es quien la excita, la hace hablar, la enajena; nada más cierto: ¡mire en qué estado se encuentra!

    En efecto, eché sobre mí una mirada y vi que mi hábito estaba en desorden, mi escapulario casi completamente al revés y el velo caído sobre mis espaldas. Estaba cansada de los argumentos de aquella ruin superiora, que sólo me hablaba con un tono suave y falso, y le dije con despecho:

    —No, señora, no; no quiero este hábito, no lo quiero más…

    Sin embargo, procuraba reajustar mi velo; mis manos temblaban, y cuanto más me esforzaba en componerlo, más lo descomponía. Irritada, lo cogí con violencia, lo arranqué, lo arrojé a tierra y quedé delante de mi superiora, ceñida la frente con una venda, y la cabeza desmelenada. Ella, mientras tanto, sin saber si debía quedarse, iba y volvía diciendo: «¡Oh Jesús! Está poseída; nada más cierto, está poseída…»

    Y la hipócrita se santiguaba con la cruz de su rosario.

    No tardé en volver en mí misma; sentí lo indecente de mi estado y la imprudencia de mis palabras; me arreglé lo mejor que pude; recogí mi velo y me lo volví a poner; luego, volviéndome hacia ella, le dije:

    —Señora, no estoy loca ni poseída; me avergüenzo de mis violencias y le pido perdón por ellas; pero juzgue por ello cuan poco me conviene el estado religioso, y cuan justo es que busque librarme de él, si puedo.

    Ella, sin escucharme, repetía: «¿Qué dirá el mundo? ¿Qué dirán nuestras hermanas?»

    —Señora, ¿quiere evitar un escándalo? Habría un medio. Yo no corro tras mi dote; sólo pido la libertad; no digo que me abra usted las puertas; pero procure solamente que hoy, mañana, o pasado estén mal guardadas y advierta mi evasión lo más tarde posible…
    —¡Desgraciada! ¿Qué osa proponerme?
    —Un consejo que una superiora buena y prudente debería seguir con todas aquellas para las que su convento es una prisión, y el convento es para mí una prisión mil veces más horrorosa que las que encierran a los malhechores; es necesario que salga o perezca en ella.
    —Señora -le dije adoptando un tono grave y con mirada firme-, escúcheme: si las leyes a las que me he dirigido burlaran mi esperanza y a impulsos de una desesperación que de sobras conozco… Ustedes tienen un pozo… Hay ventanas en la casa… En todas partes una tiene muros frente a sí…, un vestido para rasgar en tiras…, manos de las que hacer uso…
    —¡Detente, desgraciada! Me haces estremecer. ¿Cómo podrías?…
    —Podría, a falta de todo lo que acaba bruscamente con los males de la vida, rehusar los alimentos; una es dueña de beber y de comer o de no hacer nada con ellos… Si llegara el caso, después de lo que acabo de decirle, yo tendría valor… Usted sabe que no carezco de él, y que muchas veces es necesario tener más para vivir que para morir… Póngase ante el juicio de Dios y dígame: ¿cuál de las dos, la superiora o la religiosa, le parecería más culpable?… Señora, yo no reclamo ni reclamaré nada al convento; ahórreme un crimen, ahórrese largos remordimientos. Pongámonos juntas de acuerdo…
    —¿Lo piensa usted, sor Santa Susana? ¡Que falte al primero de mis deberes, que preste mis manos al crimen, que participe en un sacrilegio!
    —El verdadero sacrilegio, señora, soy yo quien lo comete todos los días al profanar con el desprecio el hábito sagrado que llevo. Quítemelo, soy indigna de él; ordene que busquen en la aldea los harapos de la campesina más pobre y que me entreabran la puerta.
    —¿Ya dónde irá para estar mejor?
    —No sé a dónde iré; pero sólo se está mal allí donde Dios no nos quiere; Dios en modo alguno me quiere aquí.
    —Usted no tiene nada.
    —Es cierto, pero no es la indigencia lo que más temo.
    —Tema los desórdenes a los que ella arrastra.
    —El pasado responde por mi futuro; si hubiese querido escuchar la voz del crimen, sería libre. Pero si tengo que salir de esta casa, será con el consentimiento de usted o por mandato de la ley. Puede escoger…

    Esta conversación había durado mucho. Al recordarla, me ruboricé por las indiscreciones y ridiculeces que había dicho y hecho; pero era demasiado tarde. La superiora continuaba aún con sus exclamaciones. «¡Qué dirá el mundo!, ¡qué dirán nuestras hermanas!» Cuando la campana que nos llamaba al oficio nos separó, me dijo al dejarme:

    «Sor Santa Susana, vaya a la iglesia; pida a Dios que la inspire y la devuelva al espíritu de su estado; interrogue a su conciencia y crea lo que ella le diga. Es imposible que no le haga reproches. La dispenso del canto.»

    Bajamos casi juntas. Acabóse el oficio; a su fin, cuando todas las hermanas estaban a punto de separarse, la superiora golpeó su breviario y las detuvo.

    «Hermanas mías, les dijo, las invito a arrojarse al pie de los altares y a implorar la misericordia de Dios sobre una religiosa a la que El ha abandonado, que ha perdido la inclinación y el espíritu religioso y que está a punto de cometer una acción sacrílega a los ojos de Dios y vergonzosa a los ojos de los hombres.»

    No sabría pintarle la sorpresa general; en un abrir y cerrar de ojos cada una, sin moverse, recorrió el rostro de sus compañeras, buscando descubrir por su turbación a la culpable. Todas se prosternaron y rezaron en silencio. Al cabo de un espacio de tiempo, bastante considerable, la priora entonó en voz baja el Veni Creator, y todas continuaron en voz baja el Veni Creator; luego, tras un segundo silencio, la priora golpeó su pupitre y salimos.

    Puede usted imaginarse el murmullo que se elevó en la comunidad: «¿Quién será? ¿Quién no será? ¿Qué ha hecho? ¿Qué quiere hacer?…» Estas sospechas no duraron mucho tiempo. Mi petición empezaba a hacer ruido en el mundo; yo recibía un sinfín de visitas: unos me reprochaban, otros me daban consejos; era aprobada por unos, censurada por otros. Sólo tenía un medio de justificarme a los ojos de todos y era instruirles sobre la conducta de mis padres, y usted imagine qué miramiento debía tener en este punto. No hubo más que algunas personas que me permanecieron sinceramente adictas, y el señor Manouri, que se había encargado de mi defensa, a quien yo pudiera confiarme enteramente. Cuando estaba aterrada por los tormentos que se cernían sobre mí, aquella mazmorra a la que una vez había sido arrastrada representábase a mi imaginación con todo su horror, conocía el furor de las religiosas. Comuniqué mis temores al señor Manouri y él me dijo:

    «Es imposible evitarle todo tipo de penalidades: las tendrá y debiera usted esperarlas; es preciso que se arme de paciencia y que se sostenga con la esperanza de que se acabarán. En cuanto al calabozo, le prometo que jamás volverá a entrar en él; es asunto mío…» En efecto, unos días después transmitió a la superiora una orden de presentarme cuantas veces fuera requerida a hacerlo.


    Al día siguiente, después del oficio, fui de nuevo encomendada a las oraciones públicas de la comunidad; se rezó en silencio y se dijo en voz baja el mismo himno de la víspera. Idéntica ceremonia el tercer día, con esta diferencia: que me ordenaron colocarme de pie en medio del coro y fueron recitadas las plegarias para los agonizantes, las letanías de los santos con el estribillo ora pro ea (ruega por ella). El cuarto día hubo una extravagancia que puso bien de relieve el carácter extraño de la superiora. Al final del oficio me hicieron tumbar dentro de un ataúd en medio del coro; colocaron candelabros a mis lados con un acetre, cubriéronme con un sudario y recitaron el oficio de difuntos, después de lo cual cada religiosa al salir arrojóme agua bendita diciendo: Requiescat in pace. Es preciso entender la lengua de los conventos para conocer la clase de amenaza contenida en estas últimas palabras.[5] Dos religiosas levantaron el sudario, apagaron los cirios y me dejaron allí, mojada hasta la piel del agua con que me habían maliciosamente rociado. Mis hábitos secaron sobre mi cuerpo; no tenía con qué cambiarme. Esta mortificación fue seguida de otra. Reunióse la comunidad; miráronme como a una réproba, mi intento fue tratado de apostasía y se prohibió a todas las religiosas, bajo pena de desobediencia, el hablarme, socorrerme, aproximarse a mí e incluso el tocar las cosas que hubiesen sido de mi uso. Tales órdenes fueron ejecutadas rigurosamente. Nuestros corredores son estrechos; en ciertos sitios dos personas se ven en aprieto para pasar de frente. Si yo pasaba y una religiosa venía hacia mí, o volvía sobre sus pasos o se pegaba contra el muro, reteniendo el velo y el hábito de miedo que no rozaran con el mío. Si tenían que recibir alguna cosa de mí, la dejaban en tierra y la cogían con un lienzo; si debían darme algo, me lo arrojaban. Si alguna había tenido la desgracia de tocarme, creíase impura e iba a confesar y a pedir la absolución de la superiora. Se ha dicho que la adulación es vil y baja; es además cruel e ingeniosa cuando se propone agradar con las mortificaciones que inventa.

    ¡Cuántas veces recordé las palabras de mi santa superiora Moni!: «Entre todas estas criaturas que ves en torno mío, tan dóciles, tan inocentes, tan dulces, ¡pues bien!, hija mía, no hay apenas una, apenas una, que yo no pueda convertir en una bestia feroz; extraña metamorfosis para la que la disposición es tanto más grande cuanto más joven la persona ha entrado en una celda y menos conoce la vida social. Esta frase te asombra; Dios te libre de experimentar su verdad, sor Susana. La buena religiosa es aquella que trae consigo al claustro alguna gran falta para expiar.»

    Se me privó de todos los empleos. En la iglesia dejaban libre una silla del coro a ambos lados de la que yo ocupaba. Estaba sola en una mesa en el refectorio; no me servían en ella; estaba obligada a ir a la cocina para pedir mi ración; la primera vez, la hermana cocinera gritóme: «No entre, aléjese usted.»

    Le obedecí.

    —¿Qué quiere?
    —Algo para comer.
    —¡Algo para comer! Usted no es digna de vivir…

    Algunas veces me iba y pasaba el día sin tomar nada; otras insistía y ponían para mí sobre el umbral comida que se hubieran avergonzado de presentar a los animales; yo la recogía llorando y me marchaba. Si alguna vez llegaba la última a la puerta del coro, la encontraba cerrada; poníame de rodillas y esperaba allí que acabara el oficio; si era en el jardín, regresaba a mi celda.

    Entretanto, disminuían mis fuerzas debido a la poca alimentación, la mala calidad de lo que comía y, sobre todo, por la aflicción que sentía al soportar tantas muestras de inhumanidad. Comprendí que si continuaba sufriendo sin quejarme, nunca vería el fin de mi proceso. Me decidí a hablar con la superiora; estaba medio muerta de espanto. No obstante, fui a llamar suavemente a su puerta. Abrió. Al verme retrocedió varios pasos, gritándome:

    —¡Apóstata, apártate! Me aparté.
    —Más aún.

    Me alejé aún más.

    —¿Qué quiere usted?
    —Ya que ni Dios ni los hombres me han condenado a morir, quiero, señora, que ordene que viva.
    —¡Vivir! — replicóme repitiendo la expresión de la hermana cocinera-, ¿es usted digna de ello?
    —Sólo Dios lo sabe, pero le prevengo que si se me niega la comida, me veré forzada a hacer llegar mis quejas a quienes me han aceptado bajo su protección. No estoy aquí más que en custodia hasta tanto que haya sido decidida mi suerte y estado.
    —Márchese -me dijo -, no me ensucie con sus miradas; ya cuidaré de ello…

    Salí. Cerró su puerta con violencia. Dio al parecer sus órdenes, pero no estuve mucho mejor cuidada; convertían en mérito el desobedecerla: me arrojaban los alimentos más desagradables y los mezclaban incluso con ceniza y toda clase de inmundicias.

    He aquí la vida que he llevado mientras duró mi proceso. No me prohibieron completamente ir al locutorio; no podían privarme de la libertad de hablar con mis jueces ni con mi abogado; éste viose obligado a recurrir varias veces a la amenaza para conseguir verme. En tales ocasiones me acompañaba una hermana; quejábase ésta si yo hablaba bajo; impacientábase si permanecía demasiado tiempo; me interrumpía, desmentía, y contradecía, repetía mis palabras a la superiora, las alteraba y emponzoñaba, e incluso llegaba a suponer cosas que yo no había dicho; ¿qué sé yo? Llegaron a robarme, despojarme, quitarme las sillas, mis mantas y colchones. Ya no me daban ropa de cama, mis vestidos se rompían; me encontraba casi sin medias y sin zapatos. Me era difícil obtener agua; muchas veces me he visto obligada a ir a buscarla yo misma al pozo, a aquel pozo del que le he hablado. Rompieron mis vasijas de modo que me vi reducida a beber el agua que acababa de sacar, sin poder llevármela. Si pasaba debajo de las ventanas, debía correr o exponerme a recibir las basuras de las celdas. Algunas hermanas me han escupido en la cara. Iba horrorosamente sucia. Como temían las quejas que pudiera elevar a nuestros directores espirituales, se me negó también la confesión.

    Un día de gran fiesta, creo que era el día de la Ascensión, obstruyeron mi cerradura; no pude ir a misa y quizás hubiese faltado a todos los restantes oficios de no ser por la visita del señor Manouri, a quien en seguida dijeron que no sabían dónde me había metido, que ya no me veían y que no asistía a ninguna práctica cristiana. No obstante, tras muchos esfuerzos rompí la cerradura y me presenté a la puerta del coro, que encontré cerrada como sucedía siempre que no llegaba de las primeras.

    Me tumbé en el suelo, la cabeza y el dorso apoyados en uno de los muros, los brazos cruzados sobre el pecho; el resto de mi cuerpo extendido cerraba el paso. Al concluir el oficio, las religiosas se presentaron para salir, la primera se detuvo a poca distancia; las demás llegaron inmediatamente; la superiora vio de qué se trataba y dijo:

    «Pasen sobre ella, no es más que un cadáver.» Algunas obedecieron y me pisotearon; otras fueron menos inhumanas; pero ninguna se atrevió a tenderme la mano para levantarme. Durante mi ausencia robaron de mi celda el reclinatorio, el retrato de nuestra fundadora, las otras imágenes piadosas, el crucifijo, y no me quedó más que el que llevaba en el rosario, que tampoco me dejaron durante mucho tiempo. Vivía, pues, entre cuatro paredes desnudas, en una habitación sin puerta, sin silla, de pie o tumbada sobre un jergón, sin los recipientes más necesarios, forzada a salir de noche para satisfacer las necesidades naturales, y acusada por la mañana de turbar el reposo de la casa, andar errante y estar loca. Como mi celda ya no podía cerrarse, entraban de noche tumultuosamente, gritaban, tiraban de mi cama, rompían mis ventanas, me causaban toda clase de sobresaltos. El ruido subía al piso de arriba, descendía al piso de abajo, y las que no pertenecían al complot decían que en mi habitación sucedían cosas extrañas, que habían oído voces lúgubres, gritos, resonar de cadenas y que yo conversaba con aparecidos y con los malos espíritus; que debía haber hecho un pacto y que sería preciso abandonar inmediatamente mi corredor.

    En las comunidades hay débiles mentales, incluso constituyen la mayoría. Estas creían lo que les decían, no se atrevían a pasar por delante de mi puerta; en su imaginación me veían transformada en una figura espantosa, hacían al encontrarme la señal de la cruz y escapaban gritando: «Apártate de mí…» En una ocasión, una de las más jóvenes estaba al final de un corredor, yo iba hacia ella y no tenía manera de evitarme. Apoderóse de ella el espanto más terrible. En seguida volvió el rostro contra el muro musitando con voz temblorosa: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Jesús! ¡María!…» No obstante, yo avanzaba; cuando notó que estaba junto a ella, cubrióse el rostro con las dos manos por miedo de verme, saltó hacia mi lado, se precipitó con violencia entre mis brazos y gritó: «¡A mí!, ¡a mí!, ¡misericordia!, ¡estoy perdida! Hermana Santa Susana, no me haga daño; sor Santa Susana, tenga piedad de mí…» Y al decir estas palabras he aquí que cayó medio muerta de espaldas sobre el pavimento.

    Acuden a mis gritos, se la llevan y no sabría decirle cómo fue desfigurado este incidente, lo convirtieron en la historia más criminal: dijeron que el demonio de la impureza se había apoderado de mí; supusieron en mí intenciones y acciones que no me atrevo a repetir, y deseos extraños a los que atribuyeron el desorden evidente en el que habíase encontrado la joven religiosa. En realidad, no soy un hombre y no sé lo que es posible imaginar de una mujer con otra mujer, y menos aún de un hombre con una mujer sola; no obstante, como mi cama carecía de cortinas y entraban en mi habitación a todas horas, ¿qué le diré a usted, señor? Pese a todo su recato exterior, la modestia de sus miradas, la castidad de su expresión, estas mujeres tienen el corazón bien corrompido. Saben que se cometen acciones deshonestas a solas, y yo no lo sé. Tampoco he acabado de comprender del todo de qué me acusaban. Y se expresaban en términos tan oscuros, que jamás he sabido qué podía replicarles.

    No acabaría si quisiera la narración minuciosa de las persecuciones. ¡Ay, señor! Si tiene usted hijos, aprenda de mi destino lo que les depara si permite que entren en religión sin las señales de la vocación más fuerte y decidida. ¡Qué injustos son en el mundo! Permiten a un niño disponer de su libertad a una edad en que no le está permitido disponer de un escudo. Mate a su hija antes de encerrarla en un claustro contra su voluntad; sí, mátela. ¡Cuántas veces he deseado haber sido ahogada por mi madre, al nacer! Hubiese sido menos cruel. ¿Creerá usted que me quitaron el breviario y me prohibieron rezar a Dios? Hace usted bien al pensar que no obedecí. ¡Ay de mí! Este era mi único consuelo; elevé mis manos al cielo, grité y me atreví a esperar que mis gritos fuesen oídos por el único ser que veía toda mi miseria. Escuchaban en mi puerta, y un día que me dirigía a El con el corazón agobiado y reclamaba su ayuda, me dijeron: «Invocas a Dios en vano, no hay más Dios para ti; muere desesperada y condénate…»

    Otras añadieron: «¡Así sea para la apóstata! ¡Así sea!» Pero he aquí un rasgo que le parecerá mucho más extraño que ningún otro. No sé si fue maldad o ilusión, pero aunque yo no hice nada que indicara un espíritu trastornado y mucho menos poseído del espíritu infernal, ellas deliberaron entre sí si era preciso exorcizarme y decidieron, por mayoría de votos, que había renunciado al crisma y a mi bautismo, que el demonio residía en mí y me alejaba de los oficios divinos. Otra añadió que durante ciertas oraciones yo rechinaba los dientes y que temblaba en la iglesia; que durante la elevación del Santo Sacramento me retorcía el brazo. Otra que yo pisoteaba el crucifijo y que ya no llevaba mi rosario (que me habían robado); que profería blasfemias que no oso repetir. Todas, que me ocurría algo que no era natural y que era necesario comunicarlo al vicario general; así lo hicieron.

    El vicario general era el señor Hebert, hombre de edad y experiencia, brusco pero justo e ilustrado. Le explicaron detenidamente el desorden que había en la casa; y es cierto que éste era grande y que si yo era la causa, tratábase de una causa bien inocente. Adivina usted, sin duda, que no omitieron en la memoria que le enviaron mis paseos nocturnos, mis faltas al coro, el estruendo que había en mi celda, lo que una había visto, lo que había oído otra, mi aversión hacia las cosas santas, mis blasfemias, las acciones obscenas que me imputaban; en cuanto al incidente con la joven religiosa, hicieron lo que quisieron. Las acusaciones eran tan graves y tan numerosas, que con todo su buen sentido el señor Hebert no pudo evitar el tomar partido en el asunto y creer que había mucho de cierto. La cosa parecióle lo suficientemente importante como para informarse por sí mismo; hizo anunciar su visita y vino, en efecto, acompañado de dos jóvenes eclesiásticos, agregados a su persona, que le ayudaban en sus pesadas tareas.

    Unos días antes, por la noche, oí entrar quedamente en mi habitación. No dije nada, esperé que me hablasen; me llamaron con una voz baja y temblorosa:

    —Sor Santa Susana, ¿duerme usted?
    —No, no duermo. ¿Quién es?
    —Soy yo.
    —¿Quién?
    —Su amiga, que se muere de miedo y se expone a perderse para darle un consejo tal vez inútil. Escuche: mañana o pasado hay visita del vicario general: será usted acusada; prepárese a defenderse. Adiós, tened valor y que el Señor quede con usted.

    Dicho esto alejóse con la ligereza de una sombra. Usted lo ve, en todas partes, incluso en las casas religiosas, hay almas compasivas a quienes nada endurece.

    Mientras tanto, continuaba acaloradamente mi proceso: una muchedumbre de personas de todo estado, de todo sexo, de todas las condiciones, que yo no conocía, se interesaron por mi suerte e intercedieron por mí. Usted fue uno de ellos y es posible que conozca mejor que yo la historia de mi proceso, pues al final ya no podía conferenciar con el señor Manouri. Le dijeron que estaba enferma; él sospechó que le engañaban; tuvo miedo de que me hubiesen arrojado al calabozo. Dirigióse al arzobispado, donde no se dignaron escucharle; allí habían sido advertidos de que estaba loca o tal vez de algo peor. El insistió frente a los jueces; insistió en el cumplimiento de la orden notificada a la superiora de presentarme viva o muerta cuando fuese requerida a hacerlo. Los jueces seglares intimaron a los jueces eclesiásticos; éstos percibieron las consecuencias que este incidente podría tener si se llevaba hasta el fin, y fue esto lo que aceleró aparentemente la visita del vicario general, ya que aquellos señores, cansados de los eternos enredos del convento, generalmente no tienen mucha prisa en mezclarse en ellos. Saben, por experiencia, que su autoridad es siempre eludida y comprometida.

    Aproveché el aviso de mi amiga para invocar la ayuda de Dios, reafirmar mi ánimo y preparar mi defensa. No pedía al cielo otra cosa que la suerte de ser interrogada y escuchada sin parcialidad; lo conseguí, pero verá usted a qué precio. Si a mí me interesaba comparecer ante mi juez como inocente y juiciosa, no importaba menos a mi superiora que me creyesen perversa, poseída del demonio, culpable y loca. Así, mientras yo redoblaba mi fervor y oraciones, ellas redoblaron sus ruindades: no me dieron más alimentos que los necesarios para evitar que muriese de hambre; me sobrecargaron de mortificaciones; multiplicaron los sustos; me privaron completamente del reposo nocturno; pusieron en práctica todo lo que puede debilitar la salud y turbar el espíritu. Fue un refinamiento de crueldad del que usted no tiene idea. Juzgue del resto por el siguiente caso.

    Un día que salía de mi celda para ir a la iglesia, vi en tierra unas tenazas en el corredor; me agaché para recogerlas y colocarlas de manera que la que las hubiese extraviado las encontrara fácilmente. La luz impidióme ver que estaban casi al rojo; las cogí, pero al dejarlas caer de nuevo lleváronse consigo desollada la piel de la palma de la mano. Por la noche, en los lugares por donde yo debía pasar colocaban obstáculos para mis pies o a la altura de mi cabeza; me lastimé cien veces, no sé cómo no me maté. No tenía con qué alumbrarme y me veía obligada a andar temblando, tanteando con las manos. Sembraban cristales rotos debajo de mis pies. Yo estaba bien resuelta a explicar todo esto y más o menos mantuve mi propósito. Encontraba cerrada la puerta de los servicios y me veía obligada a bajar varios pisos y correr al fondo del jardín cuando la puerta estaba abierta; cuando no lo estaba… ¡Ay, señor, no hay criaturas más ruines que unas mujeres recluidas que están seguras de secundar el odio de su superiora y que creen servir a Dios al exasperaros! Era hora de que llegara el arcediano, era hora de que concluyese mi proceso.

    He aquí el momento más terrible de mi vida. Considere, señor, que ignoraba absolutamente de qué colores me habían pintado a los ojos de aquel eclesiástico, y que él venía con la curiosidad de ver a una chica poseída o que fingía estarlo. Creyeron que sólo un fuerte terror podría hacerme aparecer en aquel estado y he aquí cómo trataron de imbuírmelo.

    El día de la visita, por la madrugada, la superiora entró en mi celda; iba acompañada de tres hermanas. Una llevaba una pileta de agua bendita, la otra un crucifijo, la tercera unas cuerdas. La superiora me dijo con voz fuerte y amenazadora:

    —Levántese… Póngase de rodillas y encomiende su alma a Dios.
    —Señora, le contesté, antes de obedecerle, ¿podría preguntarle qué será de mí, qué ha decidido sobre mí y qué debo pedir a Dios?

    Un sudor frío extendióse por todo mi cuerpo, temblaba, sentí doblarse mis rodillas; contemplé con espanto a sus tres fatales compañeras. Estaban de pie en una misma línea, el rostro sombrío, los labios apretados y los ojos cerrados. El terror había separado cada palabra de la pregunta que acababa de hacer. Creí, a juzgar por el silencio que guardaban, que no había sido oída; repetí las últimas palabras de aquella pregunta, pues no tuve fuerza para repetirla toda entera. Dije, pues, con una voz tenue que se apagaba:

    —¿Qué gracia debo pedir a Dios?

    Me contestaron:

    —Pídale perdón por los pecados de toda su vida; háblele como si estuviese en el momento de comparecer ante El.

    Ante estas palabras, creí que habían acordado y resuelto deshacerse de mí. Había oído decir que esto se practicaba a veces en los conventos de ciertos religiosos; que ellos juzgaban, condenaban y ajusticiaban. No creía que hubiese sido ejercida aquella inhumana jurisdicción en ningún convento de mujeres; pero existían tantas cosas que yo no había adivinado y que de hecho sucedían… Ante la idea de la muerte próxima, quise gritar, pero mi boca estaba abierta y no salía de ella sonido alguno; avancé hacia la superiora con brazos suplicantes, y mi cuerpo desfalleciente derribóse hacia atrás. Caí, pero la caída no fue dura. En estos momentos de zozobras en que la fuerza nos abandona, los miembros se debilitan y desploman, por así decirlo, unos sobre otros; y la naturaleza, al no poder sostenerse, parece que busca desfallecer suavemente. Perdí el conocimiento y el sentido, sólo oí susurrar en torno mío unas voces confusas y lejanas. Sea que hablaban, sea que me zumbaran los oídos, sólo percibí este zumbido insistente. No sé cuánto tiempo permanecí en este estado, me sacó de él un frescor súbito que me causó una ligera convulsión y arrancóme un profundo suspiro. Estaba empapada de agua que se deslizaba de mis vestidos al suelo; era el contenido de la gran pileta de agua bendita. Estaba tumbada de costado, extendida dentro de aquella agua, la cabeza apoyada contra el muro, la boca entreabierta y los ojos semimuertos y cerrados; intentaba abrirlos y mirar, pero me pareció que estaba envuelta por un aire espeso a través del que sólo entreveía vestiduras flotantes a las que intentaba agarrarme sin poder. Hacía esfuerzos con el brazo sobre el que no estaba apoyada; quería levantarlo, pero encontrábalo demasiado pesado; mi extrema debilidad disminuyó poco a poco. Me incorporé, apoyé la espalda contra la pared; tenía las dos manos dentro del agua, la cabeza inclinada sobre el pecho y emitía un llanto inarticulado, entrecortado y penoso. Aquellas mujeres me miraban con un aire de necesidad e inflexibilidad que me quitaba el valor de suplicarles. La superiora dijo:

    —Ponedla de pie.

    Me cogieron por debajo de los brazos y me levantaron. Añadió: «Ya que no quiere encomendarse a Dios, tanto peor para ella; sabéis lo que tenéis que hacer, concluid.»

    Creí que aquellas cuerdas que habían traído estaban destinadas a estrangularme; contémplelas, mis ojos se llenaron de lágrimas. Pedí el crucifijo para besarlo, me lo negaron. Pedí besar las cuerdas y me las prestaron.

    Inclíneme, agarré el escapulario de la superiora y lo besé y dije:

    «¡Dios mío, ten piedad de mí! ¡Dios mío, ten piedad de mí! Queridas hermanas, procurad no hacerme sufrir.» '

    Y presentaba mi cuello.

    No sabría decirle lo que sucedió ni lo que me hicieron; cierto es que los que son conducidos al suplicio, yo creía serlo, mueren antes de ser ejecutados. Me encontré sobre el jergón que me servía de cama, con los brazos atados a la espalda, sentada con un gran Cristo de hierro sobre mis rodillas…

    …Señor marqués, veo desde aquí el dolor que le causo, pero usted quiso saber si merecía la compasión que de usted espero…

    Fue entonces cuando sentí la superioridad de la religión cristiana sobre todas las religiones del mundo, qué profunda sabiduría hay en lo que la ciega filosofía denomina la locura de la cruz. En el estado en que me encontraba, ¿de qué me hubiese servido la imagen de un legislador feliz y lleno de gloria? Veía al Inocente, traspasado el costado, la frente coronada de espinas, manos y pies taladrados por los clavos, expirando entre tormentos, y me decía: «¡He aquí a mi Dios y yo oso quejarme!…» Me agarré a esta idea, y noté que renacía el consuelo en mi corazón; conocí la vanidad de la vida, sentíme sumamente feliz de perderla antes de tener tiempo de multiplicar mis faltas. Sin embargo, contaba mis años, veía que apenas había cumplido los veinte, y suspiraba; estaba demasiado débil, demasiado abatida, para que mi espíritu pudiera elevarse sobre los horrores de la muerte; en plena salud creo que hubiese podido comportarme con más valor.

    Mientras tanto, la superiora y sus secuaces volvieron. Encontraron en mí mayor presencia de ánimo de la que esperaban y hubiesen querido. Pusiéronme en pie; sujetaron mi velo sobre la cara; dos me cogieron por debajo de los brazos; una tercera me empujaba por detrás y la superiora ordenóme que anduviera. Anduve sin saber a dónde iba, pero creyendo ir al suplicio, decía: ¡Dios mío, no me abandones! ¡Dios mío, perdóname si te he ofendido!

    Llegué a la iglesia. El vicario general había celebrado la misa. La comunidad estaba allí reunida. Olvidaba decirle que cuando estuve en la puerta las tres religiosas que me conducían me apretaban, me empujaban con violencia, parecían estar turbadas a mi lado; unas me arrastraban por los brazos mientras otras me retenían por entrar en la iglesia, cuando en realidad no había nada detrás, como si me hubiese resistido y me repugnara de esto. Condujéronme hacia las gradas del altar. Yo apenas podía mantenerme en pie; me pusieron de rodillas como si yo rehusase hacerlo; me aguantaban como si tuviese intención de escapar. Cantóse el Veni Creator; expusieron el Santísimo Sacramento; dieron la bendición. En el momento de la bendición en que se inclina uno por veneración, las que me habían cogido por los brazos me doblaron como por fuerza y las otras apoyaban las manos sobre mis espaldas. Yo notaba estos diferentes gestos, pero resultábame imposible adivinar el motivo de los mismos; por fin aclaróse todo.

    Después de la bendición, el vicario general se despojó de su casulla, revistióse solamente con el alba y la estola y avanzó hacia los peldaños del altar donde yo estaba arrodillada; quedó en medio de los dos eclesiásticos, de espaldas al altar, sobre el que estaba expuesto el Santo Sacramento, y con el rostro vuelto hacia mí. Acercóse y díjome:

    «Sor Susana, levántese.»

    Las hermanas que me aguantaban levantáronme bruscamente; otras rodeáronme y me tenían ceñida como si tuviesen miedo de que escapase. El añadió:

    «Que la desaten.»

    No le obedecieron; fingían creer que era inconveniente, e incluso un peligro dejarme libre; pero ya le he dicho que aquel hombre era brusco: repitió con voz enérgica y dura.

    Obedecieron.

    Apenas tuve las manos libres lancé un gemido doloroso y agudo que le hizo palidecer, y las religiosas hipócritas que estaban cerca de mí apartáronse como aterrorizadas.

    El se repuso; las hermanas regresaron como temblando; yo permanecí inmóvil y me dijo:

    «¿Qué tiene usted?»

    Le respondí mostrándole mis dos brazos; la cuerda con que los habían atado fuertemente había penetrado casi enteramente en la carne y estaban completamente violáceos debido a la sangre que no circulaba y que se había extravasado; comprendió que mi gemido había sido causado por el dolor súbito producido por la sangre que volvía a circular. Dijo:

    «Quítenle el velo.»

    Sin que yo lo notara, habíanlo cosido en diferentes sitios. Me causaron mucha molestia y violencia innecesarias; querían que aquel sacerdote me viese obsesionada, poseída o loca; no obstante, a fuerza de estirar el hilo cedió en varios sitios, el velo o mi hábito se desgarraron y quedé al descubierto.

    Tengo un rostro interesante; el profundo dolor habíalo alterado, pero sin mengua alguna de sus rasgos; tengo un timbre de voz que impresiona; por mi expresión nótase que lo que digo es la verdad. Estas cualidades reunidas movieron profundamente a compasión a los jóvenes acólitos del arcediano; en cuanto a él, ignoraba estos sentimientos. Justo, pero poco sensible, contábase en el número de los que, desgraciadamente, han nacido para practicar la virtud sin experimentar su dulzor; hacen el bien por espíritu de orden, tal como razonan. Tomó el extremo de su estola y poniéndolo sobre mi cabeza me dijo:

    —Sor Susana, ¿cree usted en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?

    Yo contesté:

    —Creo.
    —¿Cree usted en nuestra madre la Santa Iglesia?
    —Creo.
    —¿Renuncia a Satanás y a sus obras?

    En vez de responder hice un movimiento repentino hacia adelante, lancé un gran grito y el extremo de su estola separóse de mi cabeza. El turbóse, sus compañeros palidecieron; de las hermanas, unas huyeron y las restantes que estaban en sus sillas de coro las abandonaron con el mayor tumulto. El hizo seña de que se apaciguaran, mientras tanto me observaba; esperaba que sucediese alguna cosa extraordinaria. Le tranquilicé diciéndole:

    —Señor, no es nada; una de estas religiosas me ha pinchado vivamente con algún objeto punzante -y levantando los ojos y las manos al cielo, añadí derramando un torrente de lágrimas-: Es que me han herido en el momento en que usted me preguntaba si renunciaba a Satanás y a sus pompas, y veo bien el porqué…

    Todas protestaron por boca de la superiora, de que nadie me había tocado.

    El arcediano volvió a ponerme el extremo de su estola sobre la cabeza; las religiosas iban a acercarse a mí de nuevo, pero les hizo signo de que se alejaran, y preguntóme otra vez si renunciaba a Satanás y a sus obras. Yo le respondí firmemente:

    —Renuncio, renuncio.

    Hizo que le trajeran un Cristo y me lo presentó para que lo besara; lo besé en los pies, en las manos y sobre la llaga del costado.

    Ordenóme adorarlo en alta voz; lo coloqué en tierra y dije de rodillas:

    —Dios y Salvador mío, que moristeis en la cruz por mis pecados y por todos los del género humano, te adoro, aplícame el mérito de los tormentos que sufriste; haz resbalar sobre mí una gota de la sangre que vertiste, y que quede purificada. Perdóname, Dios mío, como yo perdono a todos mis enemigos…

    Replicóme en seguida:

    «Haga un acto de fe…», y lo hice.
    «Haga un acto de amor…», y lo hice.
    «Haga un acto de esperanza…», y lo hice.
    «Haga un acto de caridad…», y lo hice.

    No recuerdo en qué términos estaban concebidos, pero creo que al parecer eran patéticos, ya que arranqué sollozos a algunas religiosas. Los dos jóvenes eclesiásticos derramaron lágrimas y el arcediano sorprendido preguntóme de dónde había sacado las oraciones que acababa de recitar.

    Díjele:

    —Del fondo de mi corazón; son mis pensamientos y mis sentimientos; pongo a Dios, que en todas partes nos escucha y que está presente sobre este altar, por testigo. Soy cristiana, soy inocente; si he cometido algunas faltas, sólo Dios las conoce y nadie excepto El tiene derecho a pedirme cuenta de ellas y a castigarlas…

    Al oír estas palabras lanzó una mirada terrible a la superiora.

    Acabó el resto de esta ceremonia, en la que acababa de ser insultada la majestad de Dios, profanadas las cosas más santas, burlado el ministro de la Iglesia. Las religiosas se retiraron, excepto la superiora, yo y los jóvenes eclesiásticos. El arcediano sentóse y sacando la memoria que le habían presentado contra mí la leyó en voz alta y me interrogó sobre los artículos que contenía.

    —¿Por qué no se confiesa usted?
    —Porque me lo impiden.
    —¿Por qué no se acerca a los Sacramentos?
    —Porque me lo impiden.
    —¿Por qué no asiste ni a la misa ni a los oficios divinos?
    —Porque me lo impiden.

    La superiora quiso tomar la palabra; él la interpeló a su manera:

    —Señora, cállese… ¿Por qué sale usted por la noche de la celda?
    —Porque me han privado de agua, de jarro y de los recipientes precisos para las necesidades naturales.
    —¿Por qué por la noche se oye ruido en su dormitorio y en su celda?
    —Porque hay quien se ocupa en privarme del reposo.

    La superiora quiso todavía hablar, él la interpeló por segunda vez:

    —Señora, ya le dije que se callara; usted responderá cuando le pregunte… ¿Qué es eso de una religiosa que arrancaron de sus manos y encontraron derribada en tierra en el corredor?
    —Es la consecuencia del horror que le habían inspirado contra mí.
    —¿Es amiga suya?
    —No, señor.
    —¿No ha entrado usted nunca en su celda?
    —Nunca.
    —¿Ha hecho usted algo indecente, con ella o con otras?
    —Nunca.
    —¿Por qué, pues, la relacionan con ella?
    —Lo ignoro.
    —¿Por qué no cierra su celda?
    —Porque he roto la cerradura.
    —¿Por qué la rompió?
    —Para abrir la puerta y asistir al oficio el día de la Ascensión.
    —¿Dejóse usted, pues, ver por la iglesia aquel día?
    —Sí, señor…

    La superiora dijo:

    —Señor, esto no es verdad; toda la comunidad…

    Yo la interrumpí.

    —Asegurará que la puerta del coro estaba cerrada; que me hallaron prosternada ante esta puerta y que ordenó pasaran por encima de mí, como hicieron algunas; pero las perdono, y a usted, señora, de haberlo ordenado. No he venido para acusar a nadie, sino para defenderme.
    —¿Por qué no tiene usted rosario ni crucifijo?
    —Me los han quitado.
    —¿Dónde está su breviario?
    —Me lo han quitado.
    —¿Cómo reza, entonces?
    —Hago mi oración con el corazón y con mi alma, pese a que me han prohibido rezar.
    —¿Quién le impuso esta prohibición?
    —La señora…

    La superiora iba a hablar aún.

    —Señora -le dijo-, ¿es cierto o falso que usted le prohibió rezar? Diga sí o no.
    —Creía y tenía razón para creer…
    —No se trata de eso; ¿le prohibió rezar, sí o no?
    —Se lo prohibí, pero…

    Ella iba a continuar.

    —Pero -prosiguió el arcediano -, pero… sor Susana, ¿por qué lleva los pies desnudos?
    —Es que no me proporcionan ni medias ni zapatos.
    —¿Por qué su ropa blanca y vestidos están en tal estado de vejez y suciedad?
    —Es que hace más de tres meses que me niegan la ropa blanca y que me veo forzada a dormir vestida.
    —¿Por qué duerme vestida?
    —Es que no tengo ni cortinas, ni colchón, ni mantas, ni sábanas, ni ropa de noche.
    —¿Y por qué no tiene?
    —Porque me los han quitado.
    —¿Es usted alimentada?
    —Solicito serlo.
    —¿Entonces, no lo es?

    Callé y él añadió:

    —Es increíble que hayan utilizado con usted tanta severidad, sin que haya cometido falta alguna que lo mereciese.
    —Mi falta es no haber sido llamada al estado religioso y desdecirme de unos votos que no hice libremente.
    —Toca a las leyes decidir este asunto, y sea cual sea la manera como éstas se pronuncien es preciso que, durante la espera, cumpla usted los deberes de la vida religiosa.
    —Nadie, señor, es más exacto en su cumplimiento.
    —Es necesario que goce de la suerte de todas sus compañeras.
    —Es todo lo que pido.
    —¿Tiene quejas de alguien?
    —No señor, ya se lo dije; no he venido para acusar, sino para defenderme.
    —Márchese.
    —Señor, ¿a dónde debo ir?
    —A la celda.

    Di algunos pasos, luego volví atrás y me prosterné a los pies de la superiora y del arcediano.

    —Y bien -me dijo- ¿qué hay?

    Mostrándole la cabeza magullada en varios sitios, mis pies ensangrentados, mis brazos lívidos y flacos, mi vestido sucio y desgarrado, le dije: usted lo ve.

    Oigoles, señor marqués, a usted y a la mayor parte de los que leerán estas memorias: «¡Horrores tan multiplicados; tan variados y continuos!; ¡una sucesión de atrocidades tan rebuscadas en almas religiosas! Esto no es verosímil», dirán, y dice usted, y estoy de acuerdo, pero es cierto, ¡y que el cielo, a quien pongo por testigo, me juzgue con todo su rigor y me condene a los fuegos eternos si he permitido que la calumnia empañe una de mis líneas con la sombra más ligera! Pese a que he sufrido durante mucho tiempo cómo la aversión de una superiora era un violento estímulo para la perversidad natural, sobre todo cuando ésta podía convertirse en un mérito, jactarse y vanagloriarse de sus crímenes, el resentimiento no me impedirá ser justa. Cuanto más reflexiono, más me persuado de que lo que me sucede no había sucedido aún y tal vez no suceda jamás. Una vez (¡y plazca a Dios que ésta sea la primera y la última!) la Providencia, cuyos caminos son desconocidos, quiso reunir sobre una sola desventurada toda la masa de crueldades repartidas, en sus impenetrables decretos, sobre la infinita multitud de desgraciadas que la habían precedido en el claustro y que debían sucedería. He sufrido, he sufrido mucho; pero la suerte de las que me perseguían me parece y me ha parecido siempre más digna de lástima que la mía. Preferiría, hubiese preferido morir que abandonar mi papel a condición de aceptar el suyo. Mis sufrimientos acabarán, así lo espero de la bondad de usted; el recuerdo, la vergüenza y el remordimiento de su crimen perdurarán hasta la última hora. Ellas ya se acusan, no lo dude, y se acusarán toda su vida, y el terror descenderá consigo a sus tumbas. Mientras tanto, señor marqués, mi situación presente es deplorable, la vida es para mí una carga; soy mujer, débil de ánimo como las de mi sexo; Dios puede abandonarme; yo no siento en mí ni la fuerza ni el valor para soportar durante mucho tiempo lo que he soportado. Señor marqués, tema usted que no vuelva una hora fatal, y entonces, cuando sus ojos lloren mi destino, cuando le destrocen los remordimientos, no por eso saldré ya del abismo en que habré caído; éste se cerrará para siempre sobre una desesperada.

    El arcediano ordenó que me marchase.

    Uno de los eclesiásticos diome la mano para incorporarme y el arcediano añadió:

    «La he interrogado a usted, voy a interrogar a su superiora y no saldré de aquí hasta que no esté restablecido el orden.»

    Me retiré. Encontré el resto de la casa alarmado; todas las religiosas estaban sobre el umbral de sus celdas y hablaban entre sí de un lado a otro del corredor; tan pronto como aparecí se retiraron y formóse un largo estrépito de puertas que se cerraban una tras otra con violencia. Volví a entrar en mi celda; púseme de rodillas apoyada en el muro y rogué a Dios que tuviera en cuenta la moderación con que había hablado al arcediano y que hiciera conocer a éste mi inocencia y la verdad.

    Estaba rezando cuando el arcediano, sus dos compañeros y la superiora presentáronse en mi celda. Ya le dije que carecía de tapicería, de silla, estaba sin reclinatorio, sin cortinas, sin mantas ni sábanas, sin recipiente alguno, sin una puerta que cerrase, casi sin un cristal entero en mis ventanas. Me levanté y el arcediano, deteniéndose muy cerca y volviendo los ojos indignados a la superiora, le dijo:

    —¿Y bien, señora?

    Ella respondió:

    —Lo ignoraba.
    —¿Lo ignoraba? ¡Miente usted! ¿Ha pasado un día sin entrar aquí, acaso no bajaba de aquí cuando vino?… Sor Susana, diga usted. ¿No ha entrado hoy aquí la señora?

    No respondí nada; él no insistió, pero los jóvenes eclesiásticos, con los brazos caídos, la cabeza baja y los ojos como fijos en tierra, dejaban bastante al descubierto su pena y su sorpresa. Salieron todos y oí al arcediano que decía a la superiora en el corredor:

    «Es usted indigna de sus funciones; merecería ser depuesta. Presentaré mis quejas a monseñor. Que se repare todo este desorden antes de que me marche.»

    Y mientras andaba, moviendo la cabeza, añadió:

    «Es horrible. ¡Cristianas! ¡Religiosas! ¡Criaturas humanas! ¡Es horrible!»

    Desde este momento no oí hablar más de nada, pero tuve ropa blanca, sábanas, mantas, recipientes, mi breviario, mis libros de piedad, mi rosario, mi crucifijo, cristales; en una palabra, todo lo que me devolvía al estado común de las religiosas; fueme también devuelta la libertad de ir al locutorio, pero sólo para mis asuntos.

    Estos iban mal. El señor Manouri redactó la primera memoria, que causó poca sensación, pues había en ella demasiado ingenio, insuficiente patetismo y casi ninguna razón; no es preciso culpar de ello a este hábil abogado. Yo no quería en modo alguno que atacara la reputación de mis padres; quería que tratara con delicadeza al estado religioso y sobre todo al convento en que estaba; no quería que pintara a mis cuñados y hermanas con colores demasiado odiosos. No tenía en mi favor más que la primera protesta solemne, hecha, sin embargo, en otro convento y no renovada después. Cuando uno pone límites tan estrechos a su defensa y pleitea con partes que no ponen ningún límite a sus ataques, que pisotean lo justo y lo injusto, que afirman y niegan con igual imprudencia, que no enrojecen ante las imputaciones, las sospechas, la maledicencia ni la calumnia, es difícil presentar con claridad el caso, sobre todo ante unos tribunales en los que la costumbre y el fastidio frente a los asuntos apenas permite que los más importantes sean examinados con algún escrúpulo; en los que los debates del carácter del mío son siempre mirados de manera desfavorable por el político, el cual teme que, basándose en el éxito de una religiosa que se retracta de sus votos, infinidad de otras se decidan a dar el mismo paso. Presienten secretamente que si se tolerara que las puertas de estas cárceles fuesen derribadas a favor de una desgraciada, intervendría la muchedumbre e intentaría forzarlas. Se ocupan en desanimarnos y hacer que nos resignemos todas a nuestra suerte, desesperadas de poder cambiarla. Me parece, no obstante, que en un estado bien gobernado debiera suceder lo contrario: entrar difícilmente en religión y poder salir fácilmente. ¿Y por qué no añadir este caso a tantos otros en los que el menor defecto formal anula un proceso, aunque sea justo? ¿Los conventos son, pues, tan esenciales para la constitución de un Estado? ¿Instituyó Cristo a los monjes y a los religiosos? ¿La Iglesia no puede, acaso, prescindir de ellos en absoluto? ¿Qué necesidad tiene el Estado de tantas vírgenes enloquecidas, y la especie humana de tantas víctimas? ¿No se percibirá nunca la necesidad de reducir la abertura de estas simas donde van a perderse futuras generaciones? ¿Todas las oraciones rutinarias que allí se hacen, valen acaso lo que una limosna que la conmiseración da a un pobre? Dios, que creó sociable al hombre, ¿aprueba que se le encierre? Dios, que lo creó tan inconstante y frágil, ¿puede autorizar la inseguridad de sus votos? Estos votos, contrarios a la inclinación general de la naturaleza, ¿pueden nunca ser cumplidamente observados excepto por algunas criaturas mal constituidas en las que los gérmenes de las pasiones están marchitos, y que con razón serían consideradas como monstruos si nuestras luces nos permitieran conocer tan fácilmente y tan bien la estructura interior del hombre como su forma exterior? ¿Todas estas ceremonias lúgubres que se observan en la toma de hábito y en la profesión de éstos, al consagrar un hombre o una mujer a la vida monástica y a la desgracia, suspenden acaso las funciones fisiológicas? Al contrario, ¿no se despiertan éstas en el silencio, la sujeción y la ociosidad con una violencia desconocida a la gente del mundo ocupada en una multitud de distracciones? ¿Donde se ven mentes obsesionadas por espectros impuros que las siguen y las perturban? ¿Donde este profundo fastidio, esa palidez, ese enflaquecer, todos los síntomas de la naturaleza que languidece y se consume? ¿Donde las noches son turbadas por los gemidos, los días empapados de lágrimas derramadas sin motivo, precedidas de una melancolía que nadie sabe a qué atribuir? ¿Donde la naturaleza, sublevada por una sujeción para la que no está hecha, rompe los obstáculos que se le oponen, tórnase furiosa y lanza la economía animal a un desorden que no tiene ya remedio? ¿En qué sitio la tristeza y el mal humor han aniquilado todas las cualidades sociales? ¿Donde no existe padre, ni hermano, ni hermana, ni amigo? ¿Donde el hombre, al considerarse sólo como ser de un instante fugaz, trata las relaciones más dulces de este mundo como un viajero los objetos que encuentra, sin afección? ¿Donde está la sede del odio, del hastío y de los enervantes? ¿Donde el lugar de la servitud y del despotismo? ¿Donde los odios que nunca se extinguen? ¿Donde las pasiones encubiertas en el silencio? ¿Donde la morada de la crueldad y de la curiosidad? Nadie conoce la historia de estos asilos, decía a continuación el señor Manouri en su defensa; nadie la conoce. Añadía en otro lugar: «Hacer voto de pobreza es comprometerse mediante juramento a ser perezoso y ladrón; hacer voto de castidad equivale a prometer a Dios la infracción constante de la más sabia y más importante de sus leyes; hacer voto de obediencia es renunciar a la prerrogativa inalienable del hombre: la libertad. Si uno observa estos votos es un criminal; si no los observa, perjuro. La vida claustral es propia de un fanático o de un hipócrita.»

    Una joven pidió permiso a sus padres para entrar entre nosotras. Su padre le dijo que consentía, pero que le daba tres años para pensarlo. Tal disposición pareció dura a la joven, llena de fervor; sin embargo, no le quedó más remedio que someterse. No habiéndose desmentido en su vocación, volvió a su padre y le dijo que habían transcurrido los tres años. «Muy bien, hija mía, te fijé tres años para probarte, espero que querrás otorgarme otros tantos para decidirme.» Esto le pareció aún mucho más duro y vertió lágrimas; pero el padre era hombre enérgico, que se mantuvo firme. Al cabo de seis años entró y profesó. Era una buena religiosa, sencilla, piadosa; exacta en todos sus deberes; sucedió, empero, que los directores espirituales abusaron de su franqueza para informarse en el tribunal de la penitencia de lo que pasaba en el convento. Nuestras superioras se dieron cuenta; fue encerrada, privada de las prácticas religiosas; volvióse loca a consecuencia de ello. ¿Y cómo podía resistir su mente las persecuciones de cincuenta personas ocupadas en atormentarle desde que comienza el día hasta que acaba? Antes tendieron a su madre una trampa que indica bien la avaricia de los claustros. Inspiraron a la madre de esta reclusa el deseo de entrar en la casa y de visitar la celda de su hija. Ella dirigióse al vicario general, quien concedióle el permiso que solicitaba. Entró, corrió a la celda de su hija pero ¡cuál fue su asombro al no ver en ella más que las cuatro paredes desnudas! Se lo habían llevado todo. No tenían la menor duda de que aquella madre tierna y sensible no dejaría a su hija en aquel estado; en efecto, amuebló de nuevo la celda, volvió a equiparla de vestidos y ropa blanca y protestó ante las religiosas diciendo que aquella curiosidad le costaba demasiado cara para tenerla por segunda vez…, y que tres o cuatro visitas al año como aquélla arruinarían a sus hermanos y hermanas… Allí la ambición y el lujo sacrifican un miembro de la familia para proporcionar a las otras mayor felicidad; aquello es la sentina donde es arrojado el desecho de la sociedad. ¡Cuántas madres como la mía expían por medio de otro un crimen secreto!

    El señor Manouri redactó una segunda memoria que causó un poco más de efecto. Instamos vivamente; ofrecí una vez más a mis hermanas dejarles en posesión total y segura de la herencia de mis padres. Hubo un momento en que mi proceso tomó el sesgo más favorable y en que esperé la libertad; pero sólo quedé más cruelmente frustrada; mi asunto fue juzgado y perdido en la Audiencia. Toda la comunidad estaba informada de ello; yo, en cambio, lo ignoraba. Reinaba la agitación, el tumulto, la alegría, había pequeñas conversaciones secretas, idas y venidas a la celda de la superiora y de unas religiosas a las de las otras. Yo estaba muy asustada; no podía permanecer en mi celda ni salir de ella; no tenía ninguna amiga en cuyos brazos poder arrojarme. ¡Oh qué cruel madrugada la del día de aquel juicio! Quería rezar, pero no podía; arrodillábame, concentrábame, comenzaba una oración, pero mi pensamiento volaba pronto, a pesar mío, hacia mis jueces: los veía, escuchaba a los abogados, me dirigía a ellos, interrogaban al mío, encontraba que mi causa era mal defendida. No conocía a ninguno de los magistrados y, sin embargo, me los imaginaba de todas las maneras posibles: unos favorables, otros siniestros, otros indiferentes; sentía una agitación, una turbación de ideas inconcebible. Al estrépito siguió un gran silencio; las religiosas ya no hablaban entre sí, parecióme que tenían en el coro la voz más brillante que de ordinario, al menos las que cantaban; las otras no cantaban; al salir del oficio se retiraron en silencio. Persuadíme de que la espera las inquietaba tanto como a mí; pero por la tarde el ruido y la agitación rebrotó súbitamente por todos lados; oí puertas que se abrían y cerraban, religiosas que iban y venían, murmullo de personas que hablaban bajo. Apliqué el oído a mi cerradura, pero me pareció que se callaban al pasar y que andaban de puntillas. Presentí que había perdido el proceso, no lo dudé ni un instante. Púseme a dar vueltas dentro de mi celda, sin hablar; me ahogaba, no podía quejarme, cruzaba los brazos sobre la cabeza, apoyaba la frente unas veces contra un muro, otras contra el otro; quería descansar sobre mi cama, pero impedíamelo la agitación del corazón. Es cierto que oía sus latidos y que éstos levantaban mi hábito. Así me encontraba cuando vinieron a decirme que alguien preguntaba por mí. Bajé, no osaba andar. La que me había avisado estaba tan contenta que pensé que la noticia que me traían sólo podía ser muy triste; fui, a pesar de todo. Una vez en la puerta del locutorio, detúveme un instante y me refugié en un rincón oculto entre dos muros; no podía sostenerme, no obstante entré. No había nadie; esperé; habían impedido que el que me había hecho llamar compareciese ante mí; sospechaban, con razón, que era un emisario de mi abogado; querían saber lo que pasaría entre nosotros y se habían reunido para escuchar. Cuando apareció, yo estaba sentada, la cabeza inclinada sobre mi brazo y apoyada en los barrotes de la reja.

    —Es de parte del señor Manouri -me dijo.
    —¿Es -le respondí- para comunicarme que he perdido el proceso?
    —Señora, no lo sé, pero me ha dado esta carta. Tenía un aire afligido al encomendármela y he venido a rienda suelta, tal como me encargó.
    —Démela…

    Diome la carta y yo la cogí sin cambiar de sitio y sin mirarle; la puse sobre mis rodillas y permanecí como estaba. Entretanto, aquel hombre me preguntó: «¿No hay contestación?»

    —No -le dije- puede marcharse.

    Marchóse y quedé en el mismo sitio sin poder moverme ni decidirme a salir.

    En el convento no está permitido escribir ni recibir cartas sin permiso de la superiora, a la que hay que entregar las que se reciben y las que se escriben. Era, pues, preciso llevarle la mía. Púseme en camino con este propósito, creí que no llegaría nunca. Un condenado que sale del calabozo para ir a escuchar la sentencia no andaría más lentamente ni más abatido. No obstante, llegué ante su puerta. Las religiosas me examinaban de lejos; no querían perder nada del espectáculo de mi dolor y de mi humillación. Golpeé, abrieron. La superiora estaba en compañía de algunas religiosas; me di cuenta por los bajos de sus hábitos, pues no osé levantar los ojos, le presenté la carta con mano vacilante; tomóla, la leyó y me la devolvió. Regresé a mi celda; me arrojé sobre la cama con la carta a mi lado y quédeme allí sin leerla, sin levantarme para ir a comer, sin hacer movimiento alguno hasta el oficio de la tarde. A las tres y media, la campana avisóme que debía bajar. Algunas religiosas ya habían llegado; la superiora estaba a la entrada del coro; me detuvo, me ordenó que me arrodillara fuera; el resto de la comunidad entró y cerraron la puerta. Después del oficio salieron todas; las dejé pasar; me levanté para seguir a la última. A partir de aquel momento comencé a conformarme con cuanto se les antojara: acababan de prohibirme la entrada a la iglesia, y me abstuve yo misma de ir al refectorio y al recreo. Examiné mi condición desde todos los puntos de vista y sólo vi solución en la utilización de mi sagacidad y en mi sumisión. Me hubiese contentado con la especie de olvido en que me dejaron durante varios días. Tuve algunas visitas, pero únicamente me permitieron recibir la del señor Manouri. Al entrar en el locutorio hállele precisamente en la misma postura en que yo estaba al recibir a su emisario, la cabeza colocada sobre los brazos, y los brazos apoyados contra la reja. Reco-nocíle, no le dije nada. El no se atrevía a mirarme ni a hablar.

    —Señora -me dijo sin inmutarse- le escribí; ¿ha leído mi carta?
    —La recibí, pero no la he leído.
    —Ignora entonces…
    —No, señor, no ignoro nada, he adivinado mi suerte y estoy resignada.
    —¿Cómo la tratan?
    —Todavía no piensan en mí; pero el pasado me enseña lo que el porvenir me depara. Sólo tengo un consuelo y es que privada de la esperanza que me sostenía, es imposible que sufra tanto como ya he sufrido; moriré. La falta que he cometido no es de las que se perdonan aquí. No pido a Dios que ablande el corazón de aquéllas a cuya discreción plácele abandonarme, sino que me conceda fuerza para sufrir, que me salve de la desesperación y que me llame a Sí pronto.
    —Señora -me dijo llorando -, no hubiese hecho más si fuese usted mi propia hermana…

    Es un hombre de corazón sensible.

    —Señora -añadió-, disponga de mí si puedo serle útil en algo. Veré al primer presidente, el cual me tiene en estima; veré al vicario general y al arzobispo.
    —Señor, no visite a nadie, todo ha terminado.
    —Pero ¿y si fuera posible cambiarle de convento?
    —Hay demasiados obstáculos.
    —¿Cuáles son estos obstáculos?
    —Un permiso difícil de obtener, conseguir una dote nueva o retirar la vieja de este convento. Y, además, ¿qué encontraré en otro? A mi propio corazón inflexible, superioras inconmovibles, religiosas que no serán mejores que las de aquí, los mismos deberes, las mismas penalidades. Vale más que acabe aquí mis días; aquí serán más breves.
    —Pero, señora, muchas personas honradas se interesan por usted, la mayor parte son opulentas; nadie la detendrá aquí si se marcha sin llevarse nada.
    —Lo creo.
    —Una religiosa que sale o que muere aumenta el bienestar de las que quedan.
    —Pero esta gente honrada, esta gente opulenta ya no piensan en mí y las encontrará usted bien frías cuando se trate de dotarme a sus expensas. ¿Por qué pretende que sea más fácil a la gente de mundo sacar del claustro a una religiosa sin vocación, que a las personas piadosas hacer que entre en él una realmente llamada? ¿Es que acaso estas últimas son dotadas fácilmente? ¡ Ay, señor!, todo el mundo se ha retirado después de la pérdida de mi causa; yo ya no veo a nadie.
    —Señora, encárgueme solamente de este asunto; quedaría por ello sumamente complacido.
    —Nada pido, nada espero, a nada me opongo. Fracasó el único recurso que me quedaba. Si pudiera tan sólo prometerme que Dios me cambiara y que las cualidades del estado religioso sucediesen en mi alma a la esperanza de abandonarlo, que ya he perdido… Pero esto es imposible; este hábito se ha adherido a mi piel, a mis huesos, y esto aún me incomoda más. ¡Ah, qué suerte! ¡Ser religiosa para siempre y sentir que una no pasará nunca de ser más que una mala religiosa! ¡Pasar toda la vida golpeándose la cabeza contra los barrotes de su prisión!

    Al llegar aquí me puse a gritar, quería ahogar mis gritos, pero no podía. El señor Manouri, sorprendido de este arranque, me dijo:

    —Señora, ¿me atreveré a haceros una pregunta?
    —Hacedla, señor.
    —Un dolor tan agudo, ¿no tendría tal vez algún motivo secreto?
    —No, señor. Odio la vida solitaria, siento que la odio, que la odiaré siempre. Yo no sabría sujetarme a todas las miserias que llenan la jornada de una reclusa: es un tejido de puerilidades que desprecio; me hubiera acostumbrado si hubiese podido; he intentado imponérmelas mil veces, doblegarme a la voluntad del Señor, no he podido. He envidiado, he pedido a Dios la feliz imbecilidad de alma de mis compañeras; no la he obtenido ni me la concederá. Todo lo hago mal, lo digo todo al revés. La falta de vocación se manifiesta en todas mis acciones, es evidente; en todo momento insulto la vida monástica; llaman orgullo a mi ineptitud; ocúpanse en humillarme; las faltas y los castigos se multiplican hasta el infinito y paso los días midiendo con los ojos la altura de los muros.
    —Señora, no podré derribarlos, pero puedo hacer otra cosa.
    —Señor, no intente nada.
    —Es necesario cambiar de convento, yo me ocuparé de ello. Vendré a verla; espero que no me la oculten. Tendrá usted continuamente noticias mías. Esté segura de que, si consiente, conseguiré sacarla de aquí. Si emplearan con usted de excesiva severidad, no permita que lo ignore.

    Era tarde cuando el señor Manouri partió. Yo regresé a mi celda. No tardaron en llamar para el oficio vespertino. Fui una de las primeras en llegar; dejé pasar a las religiosas y consideré, como le he dicho, que debía quedarme en la puerta; en efecto, la superiora cerróla sobre mí. Por la noche, en la cena me hizo signo, al entrar, de que me sentara en tierra en medio del refectorio; obedecí y no me sirvieron más que pan y agua; comí un poco que mojé con algunas lágrimas. Al día siguiente tuvieron junta; llamóse a toda la comunidad para juzgarme y me condenaron a ser privada del recreo, a oír durante un mes el oficio a la puerta del coro, a comer en tierra en medio del refectorio, a cantar la palinodia tres días seguidos, a renovar mi toma de hábito y mis votos, a llevar cilicio, a ayunar un día de cada dos y a disciplinarme después del oficio vespertino de todos los viernes. Yo estaba arrodillada con el velo bajado, mientras pronunciaban esta sentencia.

    Al día siguiente, la superiora vino a mi celda con una religiosa que llevaba sobre el brazo un cilicio y aquella túnica de paño burdo con que me vistieron cuando me llevaron a la mazmorra. Comprendí lo que aquello significaba; desnúdeme, o mejor dicho, arrancáronme el velo y me desnudaron, y vestí aquella túnica. Tenía la cabeza descubierta, los pies desnudos, mis largos cabellos caían sobre la espalda y todo mi vestido reducíase al cilicio que me dieron, una camisa muy dura y aquella larga túnica que comenzaba bajo el cuello y me llegaba hasta los pies. Así quedé vestida durante el resto del día v así comparecí a todos los ejercicios. Al atardecer, cuando me hube retirado a mi celda, oí que se acercaban cantando las letanías; era todo el convento formado en dos hileras. Entraron, presénteme; me pasaron una cuerda por el cuello, pusiéronme en la mano una antorcha encendida y una disciplina en la otra. Una religiosa tomó la cuerda por el extremo, tiró de ella y entre las dos hileras inicióse la procesión hacia un pequeño oratorio interior consagrado a Santa María. Habían venido cantando en voz baja, regresaron en silencio. Cuando hube llegado a este pequeño oratorio, iluminado por dos luces, me ordenaron que pidiera perdón a Dios y a la comunidad del escándalo que había causado; la religiosa que me conducía me decía muy bajo todo lo que era preciso que repitiera, y yo lo repetía palabra por palabra. Después de esto quitáronme la cuerda, desnudáronme hasta la cintura, recogieron mis cabellos que estaban esparcidos sobre mis espaldas, los echaron sobre un lado del cuello, me pusieron en la mano derecha la disciplina que llevaba en la otra y comenzaron el Miserere. Comprendí lo que esperaban de mí y lo ejecuté. Acabado el Miserere, la superiora hízome una breve exhortación; apagaron las luces, retiráronse las religiosas y volví a vestirme.

    Cuando entré de nuevo en mi celda sentí violentos dolores en los pies; miré, estaban todos ensangrentados debido a las cortaduras producidas por los trozos de vidrio que habían tenido la ruindad de esparcir por mi camino.

    Canté la palinodia, de la misma manera, los dos días siguientes; solamente el último añadieron un salmo al Miserere.

    El cuarto día me devolvieron el hábito de religiosa, más o menos con la misma ceremonia que se da a esta solemnidad, cuando es pública.

    El quinto, renové mis votos. Cumplí durante un mes el resto de la penitencia que habíame sido impuesta, después de lo cual volví a entrar poco a poco en el orden común de la comunidad. Volví a ocupar mi puesto en el coro y en el refectorio, y ocupábame, cuando llegaba mi turno, en las diferentes funciones de la casa. Pero ¡cuál fue mi sorpresa al poner los ojos sobre aquella amiga joven que se interesaba por mi suerte! Parecióme casi tan cambiada como yo; estaba terriblemente delgada; tenía sobre su rostro la palidez de la muerte, los labios blancos y los ojos casi apagados.

    —¿Sor Úrsula -le pregunté muy bajito- qué tiene usted?
    —¿Qué tengo? — respondióme- la amo… ¡y me lo pregunta! Era hora de que acabara su suplicio, yo hubiese muerto.

    Si los últimos días en que canté la palinodia no había tenido los pies heridos, era que ella había tenido la atención de barrer furtivamente los corredores y arrojar a derecha y a izquierda los trozos de vidrio. Los días en que yo estaba condenada a ayunar a pan y agua, ella privábase de parte de su ración, que envolvía en un lienzo blanco y arrojaba en mi celda. Habían sacado a suertes qué religiosa me conduciría con la cuerda, y la suerte había caído sobre ella: tuvo la entereza de ir a ver a la superiora y protestar ante ella que estaría mucho antes resuelta a morir que a esta infame y cruel función. Afortunadamente, esta muchacha era de una familia influyente; disfrutaba de una fuerte pensión que empleaba a gusto de la superiora y halló, por algunas libras de azúcar y de café, una religiosa que ocupara su puesto. No me atrevería a pensar que la mano de Dios descargó su peso sobre esta indigna; volvióse loca y está encerrada; pero la superiora vive, gobierna, atormenta y goza de buena salud.

    Era imposible que la mía resistiese tan largas y duras pruebas; caí enferma. Fue en esta circunstancia cuando la hermana Úrsula mostró toda la amistad que me profesaba; le debo la vida. No era un bien lo que me hacía, y algunas veces ella misma me lo confesaba. No obstante, no había ninguna clase de servicio que no me prestase los días en que estaba en la enfermería; los otros días tampoco me faltaban sus cuidados, bien directamente, bien gracias a las pequeñas recompensas que distribuía entre las que me velaban y según los sentimientos que yo despertaba en ellas. Había solicitado asistirme durante la noche, y la superiora se lo había denegado bajo pretexto de que era demasiado delicada para soportar esta fatiga; esto le produjo un verdadero dolor. Todos sus cuidados no impidieron el progreso de la enfermedad; quedé reducida al último extremo; recibí los últimos sacramentos. Unos momentos antes solicité ver reunida a la comunidad, lo que me fue concedido. Las religiosas rodearon mi lecho, la superiora estaba en medio de ellas; mi joven amiga estaba en la cabecera y me tenía cogida una mano que regaba con sus lágrimas. Supusieron que tenía algo que decir, me levantaron y sostuvieron en mi silla con ayuda de dos almohadas. Entonces, dirigiéndome a la superiora, le rogué que me otorgara su bendición y olvidara las faltas que había cometido; pedí perdón a todas mis compañeras del escándalo que había dado. Había hecho llevar a mi lado una infinidad de bagatelas que adornaban mi celda o que eran de mi uso particular, y rogué a la superiora que me permitiese disponer de ellas. Ella consintió, y las di a las que habían sido sus satélites cuando me arrojó en el calabozo. Hice que se acercara la religiosa que me había conducido con la cuerda el día que canté la palinodia, y le dije abrazándola y presentándole mi rosario y mi Cristo: Querida hermana, acuérdese de mí en sus oraciones y esté segura de que no la olvidaré ante Dios… ¿Y por qué Dios no me llevó en aquel momento? Iba a El sin inquietud. ¡Es una felicidad tan grande! ¿Quién puede desearlo dos veces? ¿Quién sabe lo que seré en el último momento? Sin embargo, deberé enfrentarme con El. ¡Pueda Dios renovar aún mis penas y concederme mi último instante tan tranquilo como aquél! Veía los cielos abiertos, y, sin duda, lo estaban, pues en ese momento la conciencia no engaña, y a mí me prometía una felicidad eterna.

    Después de haber recibido los sacramentos caí en una especie de letargo; desesperaron de mí durante toda aquella noche. Venían de tanto en tanto a tomarme el pulso; sentía ponerse manos sobre mi rostro, y oía diferentes voces que decían como de lejos: «Se marcha… su nariz está fría… no llegará a mañana… Quédese con el rosario y el Cristo…» Y otra voz, irritada, que decía: «Alejaos, alejaos, dejadla morir en paz; ¿no la habéis atormentado bastante?…» Fue un momento muy dulce para mí, al salir de esta crisis y volver a abrir los ojos, encontrarme en los brazos de mi amiga. No me había abandonado; había pasado la noche asistiéndome, repitiendo las plegarias de los agonizantes, haciéndome besar el crucifijo, acercándolo a sus labios después de separarlo de los míos. Creyó, al verme abrir mucho los ojos y lanzar un profundo suspiro, que se trataba del último y púsose a gritar, a llamarme su amiga, a decir: «¡ Dios mío, ten piedad de ella y de mí! ¡ Dios mío, recibe su alma! ¡Querida amiga!, cuando estés ante Dios acuérdate de sor Úrsula…» Yo la miré sonriendo tristemente, derramando una lágrima y estrechándole la mano.

    El doctor Bouvard llegó en este instante; es el médico de la casa; este hombre es hábil, según dicen, pero es déspota, orgulloso y duro. Alejó a mi amiga con violencia; tentóme el pulso y la piel; iba acompañado de la superiora y de sus favoritas. Hizo algunas preguntas monosilábicas sobre lo que había pasado; respondió: «Saldrá con bien.» Y mirando a la superiora, a quien estas palabras no agradaron mucho: «Sí, señora -le dijo-, saldrá con bien; la piel está bien, la fiebre ha bajado y la vida empieza a apuntar en sus ojos.»

    A cada una de estas palabras extendíase la alegría en el rostro de mi amiga, y no sé qué extraño enfado en el de la superiora y sus compañeras que, aunque reprimido, disimulábase mal.

    —Señor, le dije, yo no quiero vivir.
    —Mucho peor -me respondió; después dio alguna orden y salió. Me dijeron que durante mi letargo había dicho varias veces: ¡Querida madre, vengo a reunirme contigo!, te lo contaré todo. Al parecer me dirigía a mi antigua superiora, no lo dudo. No regalé a nadie su retrato, deseaba llevarlo conmigo a la tumba.

    El pronóstico del señor Bouvard se cumplió; disminuyó la fiebre, unos sudores abundantes acabaron de quitármela y nadie dudó ya de mi curación. Sané, en efecto, pero tuve una convalecencia muy larga. Estaba escrito que yo debería sufrir en aquella casa todas las penalidades que es posible soportar. Había algo de maligno en mi enfermedad. La hermana Úrsula apenas se había separado de mí, y cuando comencé a recuperar las fuerzas, agotáronse las suyas; alteráronse sus digestiones, por la tarde sufría desmayos que duraban a veces un cuarto de hora. Entonces parecía como muerta, su vista se extinguía, un sudor frío le cubría la frente y concentrábase en gotas que se deslizaban a lo largo de sus mejillas; sus brazos, sin movimiento, colgaban a ambos lados. Sólo se aliviaba un poco desabrochándole y aflojando sus vestidos. Cuando tornaba en sí de este desmayo, su primera idea era buscarme a ambos lados, y allí me encontraba siempre. Algunas veces, cuando tenía aún conocimiento, llevaba la mano en torno suyo sin abrir los ojos. A las religiosas que estrechaban su mano no las reconocía, y eran estas mismas, al ver que dejaba de tantear en el aire, las que me decían: «Sor Susana, es a usted a la que quiere, acérquese, pues…» Yo me arrojaba a sus pies, llevaba su mano sobre mi frente, y allí quedaba hasta el fin del desmayo. Cuando volvía en sí me decía: «¡Pues bien!, sor Susana, seré yo quien partirá y usted quien quedará; seré yo la primera en volverla a ver, le hablaré de usted, no me escuchará sin llorar. Si hay lágrimas amargas, las hay también bien dulces, y si allá arriba aman, ¿por qué no tienen que llorar?» Entonces inclinaba su cabeza sobre mi cuello, derramaba abundantes lágrimas y añadía: «Adiós, sor Susana, adiós amiga mía; ¿quién compartirá sus penas cuando ya no exista? ¿Quién hay que…? ¡Ay, querida amiga, cuánto te compadezco! Me voy, lo noto, me voy. Si fuera usted feliz, ¡cuánto sentiría morir!»

    Su estado me espantaba. Hablé con la superiora. Quería que la pusiesen en la enfermería, que la dispensasen de los oficios y de otros ejercicios penosos del convento, que llamaran a un médico; pero me respondieron siempre que aquello no era nada, que los desmayos pasaban solos, y la querida hermana Úrsula sólo deseaba cumplir todos sus deberes y seguir la vida de comunidad. Un día, después de los maitines, a los que había asistido, no apareció. Pensé que estaba muy mal; acabó el oficio de la mañana, volé a su celda, encontréla tumbada sobre la cama completamente vestida. Me dijo: «¿Tú aquí, querida amiga? No dudaba que no tardarías en venir y te esperaba. Escúchame. ¡Qué impaciencia tenía de que vinieses! Mi desmayo ha sido tan fuerte y tan largo que creí no despertar y que no te volvería a ver. Ten, he aquí la llave de mi oratorio, abre el armario, levanta una pequeña tabla que separa en dos partes el cajón de abajo; encontrarás detrás de esta tabla un paquete de papeles; nunca he podido decidirme a desprenderme de ellos, por peligro que corriera en guardarlos y dolor que sintiese al releerlos. ¡Ay!, están casi borrados por mis lágrimas; cuando ya no exista, los quemarás…»

    Estaba tan débil y afligida, que no pudo pronunciar seguidas dos de estas palabras; deteníase casi en cada sílaba, y después hablaba tan bajo que me costaba esfuerzo oírla, pese a que mi oído estaba casi pegado a su boca. Tomé la llave, mostréle con el dedo el oratorio, y con la cabeza me hizo seña de que sí; seguidamente, presintiendo que iba a perderla, y persuadida de que su enfermedad era consecuencia o de la mía, o de la aflicción que había sufrido, o de los cuidados que me había procurado, me puse a llorar y besarle la frente, los ojos, la cara, las manos; le pedí perdón. Sin embargo, estaba como distraída, no me escuchaba; una de sus manos reposaba sobre mi rostro y me acariciaba; creo que ya no me veía, es posible que incluso creyese que había salido, pues me llamó:

    —¿Sor Susana?
    —Heme aquí -le dije.
    —¿Qué hora es?
    —Las once y media.
    —¡Las once y media! Váyase a comer; vaya, vuelva en seguida…

    Llamaron para comer, fue preciso dejarla. Cuando estuve en la puerta, volvió a llamarme, volví; hizo un esfuerzo para ofrecerme sus mejillas, las besé; cogióme la mano, parecía que no quería, que no podía abandonarme. «Sin embargo, es preciso -dijo soltándome-, Dios lo quiere; adiós, sor Susana. Déme mi crucifijo…» Puse el mío en sus manos y me marché.

    Estábamos a punto de levantarnos de la mesa. Me dirigí a la madre superiora, le hablé en presencia de todas las religiosas, del peligro de la hermana Úrsula, la apremié para que juzgase por sí misma. «Y bien -dijo ella-, hay que verla.» Subió, acompañada de algunas otras; yo las seguí; entraron en su celda; la pobre hermana ya no existía; estaba tendida sobre la cama, totalmente vestida, la cabeza inclinada sobre la almohada, entreabierta la boca, los ojos cerrados y el crucifijo entre las manos. La superiora miróla fríamente y dijo: «Está muerta. ¿Quién la hubiese creído tan próxima a su fin? Era una muchacha excelente; que vayan a tocar las campanas por ella y que la amortajen.»

    Yo quedé sola a su cabecera. No sabría pintarle mi dolor; no obstante, envidiaba su suerte. Me acerqué a ella, llórela, la besé varias veces y puse la sábana sobre su rostro, cuyos rasgos comenzaban a alterarse; a continuación pensé poner en ejecución lo que ella me había recomendado. Para no ser interrumpida, esperé que todo el mundo estuviese en el oficio: abrí el oratorio, derribé la tabla y hallé un rollo de papeles bastante considerable que quemé después de anochecer. Aquella joven fue siempre melancólica; no recuerdo haberla visto sonreír, excepto una vez, durante su enfermedad.

    Heme, pues, sola en aquella casa, en el mundo, pues no conocía a nadie que se interesara por mí. No había oído hablar más del abogado, señor Manouri; presumía, o que había encontrado dificultades, o que, distraído en sus diversiones o por sus ocupaciones, las ofertas que me había hecho estaban bien lejos de su memoria. No se lo reprochaba mucho: tengo un carácter propenso a la indulgencia; a los hombres se lo puedo perdonar todo, excepto la injusticia, la ingratitud y la inhumanidad. Excusaba, pues, al abogado Manouri en lo que podía, y a toda la gente de mundo que habían mostrado tanta vehemencia durante el curso de mi proceso y para las que yo ya no existía, y a usted mismo, señor marqués, cuando nuestros superiores eclesiásticos hicieron una visita al convento.

    Entran, recorren las celdas, interrogan a las religiosas, exigen que se les rinda cuenta de la administración temporal y espiritual, y según el interés que ponen, reparan o aumentan el desorden. Volví a ver, pues, al honrado y duro señor Hebert, con sus dos jóvenes y compasivos acólitos. Recordaron, al parecer, el estado deplorable en que en otra ocasión comparecí ante ellos; sus ojos se humedecieron, y noté en su rostro el enternecimiento y la alegría. El señor Hebert sentóse y me hizo sentar frente a frente; sus dos compañeros permanecían de pie detrás de su silla; sus miradas estaban fijas en mí. El señor Hebert me dijo:

    —¡Bien!, Susana, ¿cómo la tratan ahora?
    —Señor, me olvidan.
    —Tanto mejor.
    —Es también todo lo que deseo; pero tendría una gracia importante que pedirle: que llamen aquí a mi madre superiora.
    —Y ¿por qué?
    —Es que si se da el caso de que alguien formule a usted alguna queja en contra suya, no dejará de acusarme por ello.
    —Comprendo; pero dígame siempre lo que sepa.
    —Señor, suplicóle que la haga llamar y que oiga ella misma sus preguntas y mis respuestas.
    —Siga hablando.
    —Señor, me perderá usted.
    —No, no tema nada; a partir de hoy no está bajo su autoridad; antes de acabar esta semana será trasladada a Santa Eutropia, cerca de Arpajon. Tiene un buen amigo…
    —¿Un buen amigo, señor?, no conozco ninguno.
    —Es su abogado.
    —¿El señor Manouri?
    —El mismo.
    —No creía que se acordara aún de mí.
    —Ha visto a sus hermanas; ha visitado al señor arzobispo, al primer presidente, a todas las personas conocidas por su piedad; la ha dotado a usted en el convento que acabo de mencionarle, y sólo permanecerá aquí un momento. Así que si tiene noticia de algún desorden, puede informarme sin comprometerse; se lo ordeno por santa obediencia.
    —No conozco ninguno.
    —¡Qué! ¿Han tenido con usted algún comedimiento después de la pérdida de su proceso?
    —Creyóse, y tuvimos que creer, que yo había cometido una falta al retractarme de mis votos, y me hicieron pedir perdón a Dios por ello.
    —Son, empero, las circunstancias de este perdón lo que yo quisiera saber…

    Y al decir estas palabras sacudía la cabeza, fruncía las cejas. Pensé que estaba pendiente de mí para devolver a la superiora parte de los golpes que ella me había hecho dar; pero no era éste mi propósito. El arcediano vio que de mí no sabría nada, y salió recomendándome que guardara secreto sobre lo que me había confiado en cuanto a mi traslado a Santa Eutropia, en Arpajon.

    Cuando el buen Hebert marchaba solo por el corredor, sus dos compañeros se volvieron y me saludaron con un aire muy afectuoso y dulce. No sé quiénes son, pero quiera Dios conservarles este carácter tierno y misericordioso, tan extraño en su estado, y que tanto conviene a los depositarios de la debilidad del hombre y a los que impetran la misericordia de Dios. Pensé que el señor Hebert estaría ocupado en consolar, interrogar o en reprender a alguna otra religiosa, cuando volvió a entrar en mi celda. Me dijo:

    —¿De qué conoce al señor Manouri?
    —De mi proceso.
    —¿Quién se lo recomendó como abogado?
    —La señora presidenta.
    —¿Ha sido necesario que conferenciara con él con frecuencia en el transcurso de su proceso?
    —No, señor, lo he visto poco.
    —¿Cómo le informó usted?
    —Por medio de algunas memorias escritas de mi propia mano.
    —¿Tiene copia de esas memorias?
    —No, señor.
    —¿Quién cuidaba de remitírselas?
    —La señora presidenta.
    —¿Y de qué la conocía usted?
    —La conocía a través de sor Úrsula, amiga mía y pariente suya.
    —¿Ha visto al señor Manouri desde la pérdida del proceso?
    —Una vez.
    —Es bien poco. ¿No le ha escrito a usted?
    —No, señor.
    —¿Y usted no le ha escrito a él?
    —No, señor.
    —Sin duda la informará de lo que ha hecho por usted. Le ordeno que no le vea en el locutorio, y si le escribe, directa o indirectamente, remítame su carta sin abrirla, ¿oye usted?, sin abrirla.
    —Sí, señor, le obedeceré…

    Tanto si la desconfianza del señor Hebert iba dirigida contra mí o hacia mi protector, sentíme herida.

    El señor Manouri vino a Longchamp aquella misma tarde; mantuve la palabra dada al arcediano; rehusé hablarle. Al día siguiente me escribió por medio de su emisario; recibí la carta y la envié sin abrir al señor Hebert. Era un martes, si no recuerdo mal. Yo seguía esperando con impaciencia el efecto de la promesa del arcediano y de los movimientos del señor Manouri. El miércoles, jueves y viernes pasaron sin que oyese hablar de nada. ¡Cuan largos me parecieron aquellos días! Temblaba de que hubiese surgido algún obstáculo que hubiera dado al traste con todo. No recobraba mi libertad, pero cambiaba de cárcel; ya era algo. Un primer suceso feliz hace germinar en nosotros la esperanza de un segundo, y puede que sea esto el origen del proverbio: los bienes nunca vienen solos.

    Conocía a las compañeras que dejaba y no me costaba mucho suponer que saldría ganando algo viviendo con otras prisioneras; fueran como fuesen, no podían ser ni más ruines ni peor intencionadas. El sábado por la mañana, a eso de las nueve, hubo gran agitación en el convento; basta bien poca cosa para turbar las mentes de las religiosas. Iban, venían, hablaban en voz baja; las puertas de los dormitorios se abrían y cerraban; esto es, como ha podido ver hasta aquí, la señal de las revoluciones monásticas. Yo estaba sola en mi celda; el corazón me latía con violencia. Escuchaba en la puerta, miraba por la ventana, movíame sin saber lo que hacía; decíame a mí misma estremeciéndome de gozo: Vienen a buscarme; dentro de unos instantes ya no estaré aquí…, y no me engañaba.

    Presentáronse ante mí dos personas desconocidas; eran una religiosa y la tornera de Arpajon; me informaron, con unas palabras, del móvil de la visita. Cogí apresuradamente el pequeño botín que me pertenecía; arrójelo revuelta y confusamente en el delantal de la tornera, que lo empaquetó. No pedí ver a la superiora. Sor Úrsula ya no existía; no dejaba a nadie. Desciendo; me abren las puertas después de haber mirado lo que me llevaba; subo en una carroza y me pongo en camino.

    El arcediano y sus dos jóvenes eclesiásticos acompañantes, la señora presidenta de… y el señor Manouri habíanse reunido en la celda de la superiora, donde les informaron de mi salida. Durante el camino, la religiosa me habló sobre la casa, y la tornera, a cada frase de elogio sobre la misma, añadía a manera de estribillo: «Es la pura verdad…» Congratulábase de que la hubiesen escogido para ir a recogerme, y quería ser amiga mía; en consecuencia, confióme algunos secretos y me dio consejos sobre cómo debía conducirme; estos consejos respondían, al parecer, a su costumbre, pero no podían adaptarse a la mía. No sé si ha visto usted el convento de Arpajon; es un edificio cuadrado, uno de cuyos lados mira al camino principal y el otro al campo y los jardines. En cada ventana de la primera fachada había una, dos o tres religiosas; esta sola circunstancia informóme del orden que reinaba en la casa, mucho más de lo que me habían dicho la religiosa y su compañera. Al parecer, conocían el coche en que íbamos, pues en un abrir y cerrar de ojos todas aquellas cabezas cubiertas con un velo desaparecieron y llegué a la puerta de mi nueva prisión. La superiora vino a mi encuentro con los brazos abiertos, abrazóme, me tomó de la mano y me condujo a la sala de la comunidad a la que algunas religiosas ya se habían adelantado y acudían las restantes.

    Esta superiora se llama señora… Antes de seguir adelante, no puedo resistir el deseo de pintársela. Es una mujer pequeña, rechoncha y, sin embargo, rápida y viva en sus movimientos: su cabeza no reposa nunca sobre la espalda; en su vestido siempre hay algo que llama la atención; su rostro es más bien agradable; sus ojos, de los que el derecho está más alto y es más grande que el otro, están llenos de fuego; cuando anda agita los brazos adelante y atrás. ¿Quiere hablar?, entonces abre la boca antes de haber ordenado sus ideas, por esto tartamudea un poco. Si está sentada, se mueve en su sillón, como si algo la incomodara; se olvida completamente del decoro; se levanta la pañoleta para rascarse; cruza las piernas; pregunta, y cuando le respondéis, no os escucha; os habla y se pierde, se detiene de repente, no sabe ya dónde está, se enfada y os llama bestia, estúpida, imbécil, si no le da usted el hilo de lo que está diciendo; unas veces muéstrase familiar hasta tutearle, otras imperiosa y altanera hasta el desdén; sus momentos de dignidad son cortos; es alternativamente compasiva y dura; su rostro descompuesto muestra toda la irregularidad de su carácter. Del mismo modo, el orden y el desorden sucedíanse en la casa: había días en que todo andaba revuelto, las pensionistas mezclábanse con las novicias, las novicias con las religiosas; unas corrían a las habitaciones de las otras, tomaban juntas té, café o chocolate, licores; rezaban el oficio con la más indecente premura. En medio de este tumulto el rostro de la superiora cambia súbitamente, suena la campana, vuelven a encerrarse, se retiran; el silencio más profundo sigue al estrépito, a los gritos y al tumulto. Creeríase que todo ha muerto súbitamente. ¿Falta una religiosa a la más mínima cosa? La hace ir a su celda, la trata con dureza, ordenándole desvestirse y darse veinte golpes de disciplina; la religiosa obedece, se desviste, toma su disciplina y se lacera, pero apenas se ha dado algunos golpes cuando la superiora, compadecida, le arrebata el instrumento de penitencia, se pone a llorar, dice que se siente muy desgraciada por tener que castigar, le besa la frente, los ojos, la boca, las espaldas; la acaricia, la alaba. «¡Qué blanca y dulce tiene la piel! ¡Qué gentil lozanía! ¡Hermoso cuello! ¡Hermosa nuca!… Sor San Agustín, estás loca de vergüenza; deja caer ese lienzo; soy mujer y tu superiora. ¡Hermosa garganta! ¡qué firme es! ¡Cómo sufriría de verla lastimada! No, no lo será…» La besa una vez más, la levanta, la viste ella misma, le dice las cosas más dulces. La dispensa del oficio y la envía a su celda. No es agradable esta clase de mujeres; una no sabe nunca lo que les gustará o molestará, lo que hay que hacer o evitar; no hay nada regulado; o se vive en abundancia, o muere una de hambre; la economía de la casa no marcha bien, las advertencias se toman a mal o son desatendidas; siempre se está o demasiado cerca o demasiado lejos de tales superioras; no existe una auténtica distancia, ni mesura; pásase de la desgracia al favor, y del favor a la desgracia, sin saber por qué. ¿Quiere que le dé, en un pequeño detalle, un ejemplo típico de su administración? Dos veces al año corría de celda en celda, y hacía arrojar por las ventanas todas las botellas de licor que encontraba, y cuatro días después ella misma cuidaba de enviar otras de repuesto a casi todas las religiosas. He aquí a quien había hecho voto solemne de obediencia, ya que nuestros votos siguen siendo válidos al pasar de una a otra casa.

    Entré con ella; me acompañaba llevándome cogida por el talle. Sirvióse una colación de frutas, mazapanes y confituras. El grave arcediano comenzó a hacer mi elogio, que ella interrumpió diciendo: «Ha sido una injusticia, ha sido una injusticia, lo sé…» El arcediano quiso continuar, y la superiora le interrumpió: «¿Cómo se han desembarazado de ella? Es la modestia y la dulzura mismas, dicen que está colmada de talentos…» El grave arcediano quiso proseguir sus últimas palabras; la superiora interrumpióle una vez más, diciéndome en voz baja al oído: «La quiero a usted con locura, y cuando salgan estos pedantes, haré venir a nuestras hermanas, y cantará usted una tonada, ¿no es así?…» Me dieron ganas de reír. El grave señor Hebert quedó un poco desconcertado; sus dos jóvenes compañeros sonrieron ante el embarazo de éste y el mío. No obstante, el señor Hebert retornó a su carácter y modales acostumbrados, le ordenó bruscamente que se sentara y le impuso silencio. Ella sentóse, pero sentíase incómoda; revolvíase en su sitio, se rascaba la cabeza, reajustaba su hábito donde no estaba desarreglado; bostezaba; entretanto, el arcediano peroraba juiciosamente sobre la casa que yo acababa de dejar, sobre las contrariedades que había soportado, sobre la casa en que entraba, las obligaciones que tenía, las personas que me habían ayudado. Al llegar a este punto miré al señor Manouri, él bajó los ojos. Entonces la conversación generalizóse más; el penoso silencio impuesto a la superiora cesó. Acerquéme al señor Manouri, dile las gracias por los servicios que me había prestado; temblaba, balbuceaba, no sabía qué clase de agradecimiento prometerle. Mi turbación, mi embarazo, mi enternecimiento, pues estaba verdaderamente emocionada, una mezcla de lágrimas y alegría, toda mi actitud hablóle mucho mejor de lo que yo hubiese podido hacer. Su respuesta no fue más premeditada que mi discurso; turbóse tanto como yo. No sé qué me decía, pero comprendí que sentíase recompensado en exceso si había atenuado el rigor de mi suerte; que se acordaría de lo que había hecho con más placer que yo misma; que lamentaba mucho que sus ocupaciones, que le ataban al Palacio de París, no le permitieran visitar con frecuencia el convento de Arpa-jon, pero que esperaba de monseñor el arcediano y de la señora superiora obtener permiso para informarse sobre mi salud y mi situación.

    El arcediano no oyó esto, pero la superiora respondió: «Señor, tantas veces como quiera; ella hará lo que le guste; aquí intentaremos reparar las tristezas que le han ocasionado…» Y seguidamente susurróme: «Hija mía, ¿has sufrido mucho? Pero estas criaturas de Longchamp, ¿cómo han tenido valor para maltratarte? He conocido a tu superiora; fuimos pensionistas juntas en Port-Royal, era la oveja negra. Tendremos tiempo de vernos; tú me contarás todo esto…» Y al decirme estas palabras tomaba una de mis manos, que golpeaba suavemente contra la suya. Los jóvenes eclesiásticos hiciéronme también sus cumplimientos. Era tarde; el señor Manouri despidióse de nosotros; el arcediano y sus compañeros fueron a casa del señor M…, señor de Arpajon, donde estaban invitados, y quedé sola con la superiora, pero no mucho tiempo: todas las religiosas, todas las novicias, todas las pensionistas acudieron en tropel: en un instante vime rodeada de un centenar de personas. No sabía a quién escuchar ni a quién responder; había caras de toda especie y frases de todos los colores; no obstante, juzgué que no estaban descontentas de mis respuestas ni de mi persona.

    Cuando esta conferencia inoportuna hubo durado algún tiempo, y la primera curiosidad estuvo satisfecha, la muchedumbre disminuyó; la superiora alejó al resto, y vino ella misma a instalarme en mi celda. Hízome los honores a su manera; me enseñaba el oratorio y decía: «Aquí, mi pequeña amiga, rezará a Dios; quiero que le pongan un almohadón sobre esta grada para que no se lastimen sus pequeñas rodillas. No hay agua bendita en esta pileta; esta sor Dorotea siempre olvida algo. Pruebe este sillón, vea si le resultará cómodo…»

    Y mientras hablaba así, cogióme, inclinó mi cabeza sobre el respaldo y besóme la frente. Luego fue a la ventana para asegurarse de que los bastidores se subían y bajaban fácilmente; inspeccionó mi cama, y corrió y retiró las cortinas para ver si cerraban bien. Examinó las mantas: «Son buenas.» Cogió la almohada y ahuecándola decía: «Esta querida cabeza estará muy bien aquí encima; estas sábanas no son finas, pero son las de la comunidad; estos colchones son buenos…» Hecho esto, viene a mí, me besa y me deja. Durante esta escena decíame a mí misma: «¡Oh loca criatura!» Y esperé días buenos y malos.

    Me acomodé en mi celda; asistí al oficio de la tarde, a la cena, a la recreación que siguió. Algunas religiosas se aproximaron a mí, otras se alejaron; las segundas estaban ya alarmadas de la predilección que me había otorgado. Estos primeros momentos transcurrieron en elogios recíprocos, haciéndome preguntas sobre la cama que había abandonado, en tanteos de mi carácter, mis inclinaciones, mis gustos, mi ingenio. Le sondean a una por todas partes; se trata de una serie de pequeñas emboscadas que le tienden, de las que sacan las consecuencias más exactas. Por ejemplo, lanzan una palabra maldiciente y le observan; comienzan una historia y esperan que usted pregunte cómo sigue o que la deje; si dice usted una palabra ordinaria, la encuentran encantadora, aunque sepan muy bien que no lo es; elogian intencionadamente lo que critican; intentan penetrar los pensamientos más secretos; le interrogan sobre sus lecturas; le ofrecen libros sagrados o profanos; observan la elección; le invitan a cometer ligeras infracciones de la regla; le hacen confidencias, dejan caer en su presencia ciertas palabras sobre las extravagancias de la superiora: todo se recoge y repite; le abandonan, le reprenden; sondean sus sentimientos sobre las costumbres, la piedad, el mundo, la religión, la vida monástica sobre todo. El resultado de todas estas experiencias reiteradas es un epíteto característico, que añaden como sobrenombre al que ya tenéis: de esta manera, yo fui llamada «sor Susana la reservada».

    La primera noche tuve visita de la superiora; vino a desnudarme; fue ella quien me quitó el velo y la pañoleta y arregló mi peinado de noche: fue ella quien me desnudó. Díjome cien frases dulces y me hizo mil caricias que me embarazaron un poco, no sé por qué ya que yo no tenía ninguna mala intención y ella tampoco; ahora mismo que reflexiono en ello, ¿qué mal propósito habríamos podido tener? Sin embargo, lo conté a mi director, que trató aquella familiaridad, que me parecía inocente y que me lo parece aún, en un tono muy serio y prohibióme seriamente prestarme a ello de nuevo. Ella me besó el cuello, las espaldas, los brazos; alabó mi lozanía y mi talle, y me puso en la cama; levantó las mantas de un lado y de otro, besóme los ojos, estiró las cortinas y se marchó. Olvidaba decirle que supuso que yo estaba fatigada y me permitió quedar en la cama todo el tiempo que quisiese.

    Hice uso de su permiso; es, creo, la única buena noche que he pasado en el claustro, aunque casi nunca he salido de él. Al día siguiente, hacia las nueve, oí llamar suavemente a mi puerta; yo estaba todavía acostada; respondí, entraron; era una religiosa, que me dijo con bastante mal humor, que era tarde y que la madre superiora preguntaba por mí. Me levanté, vestíme apresuradamente y salí.

    «Buenos días hija mía, ¿has pasado bien la noche? Aquí está el café que te espera hace una hora; creo que será bueno; apresúrate a tomarlo y luego charlaremos…»

    Y al decir esto extendía un pañuelo sobre la mesa, desplegaba otro sobre mí, vertía el café y le ponía azúcar. Las otras religiosas hacían lo mismo unas con otras. Mientras desayunaba hablóme de mis compañeras, me las pintó según su aversión o su gusto, me hizo mil caricias, mil preguntas sobre la casa que había dejado, sobre mis padres, las contrariedades que había tenido; elogió, criticó a su antojo, no escuchó nunca mi respuesta hasta el fin. No la contradije; quedó contenta de mi ingenio, de mi juicio y discreción. Entretanto, vino una religiosa, luego otra, más tarde una tercera, luego la cuarta, la quinta; hablaron de los pájaros de la madre, de los tics de la hermana, de las pequeñas ridiculeces de las ausentes; regocijáronse. Había un pequeño clavicordio en un rincón de la celda, yo puse por distracción los dedos encima, ya que, recién llegada a la casa y no conociendo a aquéllas de quienes se burlaban, aquello no me divertía mucho; y en caso de que hubiese estado más al corriente, no me hubiese divertido tampoco. Se necesita demasiado ingenio para bromear bien; y, además, ¿quién no tiene algún defecto? Mientras que reían, yo hacía acordes; poco a poco atraje la atención. La superiora vino hacia mí y dándome un golpecito sobre la espalda: «Vamos, sor Susana, me dijo, entreténganos; toca de momento y después cantarás.» Hice lo que me decía, ejecuté algunas piezas que sabía de memoria; toqué unos preludios y luego canté unos versículos de los salmos de Mondoville.

    «Esto está muy bien -me dijo la superiora-, ya que en la iglesia observamos toda la santidad necesaria. Aquí estamos solas, éstas son mis amigas y lo serán también tuyas; cántanos algo más alegre.»

    Algunas religiosas dijeron: «Tal vez ella no sepa más que esto; está fatigada del viaje; es necesario cuidarla; hay más que suficiente por hoy.»

    «No, no, dijo la superiora, se acompaña de maravilla, tiene la más hermosa voz del mundo (y en efecto no la tengo fea, aunque con más precisión, suavidad y flexibilidad que fuerza o intensidad), no la dejaré en paz hasta que nos haya cantado otra cosa.»

    Yo estaba algo ofendida por las palabras de las religiosas; respondí a la superiora que aquello ya no divertía a las hermanas.

    «Pero todavía me divierte a mí.»

    Tuve miedo de esta respuesta. Canté, pues, una cancioncilla bastante delicada y todas aplaudieron, me alabaron, abrazaron, me acariciaron, pidieron que cantara otra; pequeñas zalamerías falsas, dictadas por la respuesta de la superiora; no había allí casi ni una que no me hubiese quitado la voz y roto los dedos si hubiese podido. Las que tal vez no habían escuchado música en su vida se atrevieron a arrojar sobre mi canto palabras tan ridiculas como desagradables, que no fueron del agrado de la superiora.

    «Cállense -les dijo-, toca y canta como un ángel y quiero que venga aquí cada día; yo supe en un tiempo un poco de clavecín, y quiero que me ayude a recordarlo.»

    —¡Ah!, señora -le dije- cuando se ha sabido antes, no está todo olvidado…
    —Desde luego, cédeme tu sitio…

    Preludió, tocó cosas locas, extravagantes, desatinadas como sus ideas; pero noté, pese a todos sus defectos de ejecución, que tenía las manos infinitamente más ligeras que las mías. Se lo dije, pues me agrada alabar y raras veces he perdido una ocasión de hacerlo con razón; ¡es tan agradable! Las religiosas eclipsáronse una tras otra, y casi quedé a solas con la superiora hablando de música. Ella estaba sentada; yo de pie. Me cogía las manos y me decía apretándolas: «Pero además de que toca bien, tiene los dedos más bonitos del mundo; mire usted, sor Teresa…» Sor Teresa bajaba los ojos, enrojecía y bostezaba; sin embargo, el que yo tuviese los dedos bonitos o no, el que la superiora tuviera o no razón al observarlo, ¿qué podía interesar a aquella hermana? La superiora me abrazaba por la cintura y decía que yo tenía el más hermoso talle. Habíame atraído hacia sí; hízome sentar sobre sus rodillas; me levantaba la cabeza con las manos y me invitaba a mirarla; elogiaba mis ojos, mi boca, mis mejillas, mi tez. Yo nada respondía, tenía los ojos bajos y me abandonaba a sus caricias como una infeliz. Sor Teresa estaba distraída, inquieta, paseábase de derecha a izquierda, lo tocaba todo sin tener necesidad de nada, no sabía qué hacer de su persona, miraba por la ventana, creía haber oído llamar a la puerta; la superiora le dijo: «Sor Teresa, puedes marcharte si te aburres.»

    —Señora, no me aburro.
    —Es que tengo que preguntar mil cosas a esta chica.
    —Lo creo.
    —Quiero conocer toda su historia. ¿Cómo podría reparar las penas que le han hecho sufrir si las desconozco? Quiero que me las cuente sin omitir nada; estoy segura de que me desgarrarán el corazón y que lloraré, pero no importa. Santa Susana, ¿cuándo lo sabré todo?
    —Señora, cuando lo ordene.
    —Te rogaría que fuese ahora mismo, si tuviéramos tiempo. ¿Qué hora es…?

    Sor Teresa respondió:

    —Señora, son las cinco y van a tocar para las vísperas.
    —Que empiece de todos modos.
    —Pero, señora, me había prometido un momento de consuelo antes de vísperas. Tengo pensamientos que me inquietan; desearía abrir mi corazón a mamá. Si voy al oficio sin hacerlo, no podré rezar, estaré distraída.
    —No, no -dijo la superiora-, estás loca con tus ideas. Apuesto a que sé de qué se trata; hablaremos de ello mañana.
    —¡Ah!, querida madre -dijo sor Teresa arrojándose a los pies de la superiora y fundiéndose en lágrimas-, que sea ahora mismo.
    —Señora -dije yo a la superiora, levantándome de encima de sus rodillas donde había quedado-, conceda a mi hermana lo que solicita; no prolongue su pena; voy a retirarme; siempre tendré tiempo de satisfacer el interés que ha tenido a bien poner en mí; y cuando usted haya escuchado a mi hermana Teresa, ésta ya no sufrirá más…

    Hice un movimiento hacia la puerta para salir; la superiora me retenía con una mano; sor Teresa, de rodillas, se había apoderado de la otra, la besaba y lloraba; la superiora le decía:

    —En verdad, Santa Teresa, eres bien molesta con tus inquietudes; ya te lo he dicho, esto me disgusta, me incomoda; no quiero que me incomoden.
    —Lo sé, pero no soy dueña de mis sentimientos, quisiera y no podría…

    Entretanto, yo me había retirado y dejado a la joven hermana con la superiora. En la iglesia no pude evitar observarla; seguía aún abatida y triste; nuestros ojos se encontraron varias veces y me pareció que le costaba sostener mi mirada. En cuanto a la superiora, estaba adormecida en su silla del coro.

    Despachóse el oficio en un abrir y cerrar de ojos: parecióme que el coro no era el lugar de la casa en que la gente se encontrara más a gusto. Salíase de él con la rapidez y el charloteo de una bandada de pájaros que escapasen de su pajarera; y las hermanas se esparcieron unas por las celdas de las otras, corriendo, riendo, hablando; la superiora encerróse en su habitación y sor Teresa detúvose ante la puerta de la suya, espiándome como si tuviera curiosidad de saber lo que yo haría. Entré en mi celda, la puerta de la celda de sor Teresa no se cerró hasta algún tiempo después y lo hizo quedamente. Asaltóme la idea de que aquella muchacha estaba celosa de mí y temía que yo le arrebatara el lugar que ocupaba en el favor y la intimidad de la superiora. La observé varios días seguidos y cuando creí estar suficientemente segura de mi sospecha, por sus pequeños enfados, sus pueriles alarmas, su perseverancia en seguirme la pista, en examinarme, en hallarse entre la superiora y yo, interrumpir nuestras entrevistas, menospreciar mis cualidades, destacar mis defectos y, sobre todo, por su palidez, su tristeza, sus lágrimas, la perturbación de su salud e incluso de su espíritu, fui a verla y le dije:

    —Querida amiga, ¿qué le pasa?

    No me respondió; mi visita la sorprendió y turbó; no sabía qué decir ni qué hacer.

    —No me hace usted justicia; dígame la verdad. Usted teme que yo abuse de la inclinación que nuestra madre siente hacia mí; que yo la aparte de su corazón. Quede tranquila; no entra en mi manera de ser; si alguna vez tuviese la dicha de conseguir algún ascendiente sobre su espíritu…
    —Tendrá usted todo lo que quiera; le ama; precisamente hace ahora por usted lo que hizo por mí al principio.
    —¡Pues bien! Esté segura de que sólo me serviré de la confianza que ponga en mí para hacer que la estime a usted más.
    —¿Y dependerá eso de usted?
    —¿Por qué no?

    En vez de responderme, arrojóse a mi cuello y me dijo suspirando:

    —No es por su culpa, lo sé muy bien y me lo repito en todo instante; pero prométame…
    —¿Qué quiere que le prometa?
    —Que…
    —Acabe; haré todo lo que dependa de mí.

    Dudó, cubrióse los ojos con las manos y me dijo con una voz tan baja que apenas la oía: «Que la verá usted lo menos posible…»

    Esta petición parecióme tan extraña que no pude menos que responderle:

    —¿Y qué le importa si veo con frecuencia o raramente a nuestra superiora? A mi no me molesta que usted la vea continuamente. Usted no debiera molestarse de que yo haga otro tanto; ¿no es suficiente que yo le prometa no perjudicarla ante ella, ni a usted ni a nadie?

    Me respondió sólo con estas palabras que pronunció dolorosamente, separándose de mí y arrojándose sobre su cama: «¡Estoy perdida!»

    —¡Perdida! ¿Y por qué? ¿Pero es que me cree usted la más perversa criatura que existe en el mundo?

    En esto entró la superiora; había pasado por mi celda y no me había encontrado; había recorrido casi toda la casa inútilmente: no se le ocurrió que yo estuviera en la habitación de sor Santa Teresa. Cuando se enteró por medio de las que había enviado en mi búsqueda, acudió donde nos hallábamos.

    Tenía la mirada y el rostro un poco turbados; pero ¡tan raramente había equilibrio en su persona! Santa Teresa permanecía en silencio, sentada en su cama; yo estaba de pie. Dije:

    —Querida madre, le pido perdón por haber venido aquí sin su permiso.
    —Es cierto -me respondió- que hubiese sido mejor solicitarlo.
    —Pero esta querida hermana me ha dado compasión; he visto que estaba afligida.
    —Y ¿de qué?
    —¿Se lo diré a usted? ¿Y por qué no decírselo? Es una delicadeza que honra tanto a su alma, y que muestra tan a lo vivo su afecto hacia usted… Los testimonios de bondad que usted me ha dado han alarmado su ternura; teme que yo obtenga preferencia sobre ella en su corazón; este sentimiento de celos, por otra parte tan honesto, tan natural y halagador para usted, querida madre, parecióme que hacía sufrir a mi hermana y yo la tranquilizaba.

    La superiora, después de escucharme, tomó un aire severo e imponente y le dijo:

    —Sor Santa Susana, la he amado y la amo todavía; no puedo quejarme de usted y usted tampoco tendrá queja de mí, pero no soportaré estas pretensiones exclusivistas. Desembarácese de ellas si teme extinguir el resto de afecto que siento hacia usted, y si recuerda la suerte de sor Ágata… -Luego, volviéndose hacia mí, me dijo: — Es aquella morena alta que ve frente a mí en el coro. (Yo movíame tan poco, hacía tan poco tiempo que estaba en la casa, era tan nueva que aún no conocía todos los nombres de mis compañeras.) -Añadió:- La amaba cuando entró aquí sor Teresa y comencé a quererla. Tuvo las mismas inquietudes; hizo las mismas locuras: le advertí; no se corrigió y vime obligada a recurrir a métodos severos que han durado hasta hace poco y que son muy contrarios a mi carácter, ya que todas le dirán que soy buena y que sólo castigo mal de mi grado…

    A continuación, dirigiéndose a sor Teresa, añadió:

    —Hija mía, no quiero que me molesten, ya se lo he dicho; usted me conoce; no me haga salir de mis casillas… -En seguida me dijo, apoyando una mano sobre mi espalda:- Venga, Santa Susana; despídame.

    Salimos. Sor Teresa quiso seguirnos, pero la superiora, volviendo al desgaire la cabeza por encima de mi espalda, le dijo con un tono despótico: «Vuelva a su celda y no salga de ella hasta que yo no se lo permita…» Ella obedeció, cerró su puerta con violencia y soltó algunas frases que hicieron estremecer a la superiora; no sé por qué, pues carecían de sentido; vi su cólera y le dije:

    —Querida madre, si quiere hacerme este favor, perdone a mi hermana Teresa; ha perdido la cabeza, no sabe lo que dice, no sabe lo que hace.
    —¡Que la perdone! Sea; pero, ¿qué me dará usted?
    —¡Ay!, querida madre, ¿seré acaso tan feliz de tener algo que le agrade y serene?

    Ella bajó los ojos, ruborizóse y suspiró; en realidad era como un amante. Seguidamente me dijo, arrojándose con abandono sobre mí, como si estuviese desfallecida: «Acerca tu frente para que la bese…» Desde entonces, tan pronto como una religiosa cometía alguna falta yo intercedía por ella y estaba segura de obtener su perdón a cambio de algún favor inocente; solía ser siempre un beso en la frente o en el cuello, o en los ojos, en las mejillas, en la boca, las manos, la garganta, los brazos, pero más frecuentemente en la boca; encontraba que yo tenía el aliento puro, los dientes blancos y los labios frescos y rojos.

    En realidad, sería muy hermosa si mereciera la más pequeña parte de los elogios que me tributaba: si se trataba de mi frente, era blanca, lisa y de una forma encantadora; si de mis ojos, eran brillantes; si de mis mejillas, eran coloradas y dulces; mis manos, pequeñas y regordetas; mi garganta tenía la firmeza de la piedra y una forma admirable; si mis brazos, era imposible tenerlos mejor torneados y más redondos; si era mi cuello, ninguna de las hermanas lo tenía mejor hecho y de una belleza más exquisita y rara. ¡Qué sé yo lo que me decía! Había algo de cierto en sus alabanzas; yo las reducía mucho, pero no del todo. Algunas veces, mirándome de la cabeza a los pies con un aire de complacencia que nunca he visto en ninguna mujer, me decía: «No, la mayor suerte es que Dios la haya llamado al retiro; con este tipo, en el mundo, hubiera sido la condenación de cuantos hombres hubiese visto y se hubiese condenado con ellos. Dios hace bien lo que hace.»

    Mientras tanto, avanzábamos hacia su celda; me disponía a dejarla, pero cogióme de la mano y me dijo:

    «Es demasiado tarde para que comience su historia de Santa María y de Longchamp; pero entre, me dará una pequeña lección de clavecín.»

    Seguíla. En un momento hubo abierto el clavecín, preparado un libro, aproximado una silla, pues era ágil. Me senté. Pensó que yo podría tener frío; cogió de encima de las sillas un almohadón que puso delante de mí, agachóse y cogióme los dos pies que colocó encima; seguidamente toqué algunas piezas de Couperin, de Rameau, de Scarlatti. Entretanto, ella había levantado una esquina de mi toca, su mano estaba colocada sobre mi espalda desnuda, y la extremidad de sus dedos puesta sobre mi garganta. Suspiraba, parecía oprimida, su respiración era dificultosa; de repente apretó fuertemente la mano que tenía sobre mi espalda, luego dejó totalmente de apretarla como si estuviese sin fuerza y sin vida, y su cabeza cayó sobre la mía. Realmente aquella loca tenía una sensibilidad increíble y el más vivo gusto por la música; nunca he conocido a nadie al que ésta hubiese producido efectos tan singulares.

    Estábamos así divirtiéndonos de una manera tan simple como dulce, cuando de repente abrióse la puerta con violencia; tuve miedo, y la superiora también. Era la extravagante Santa Teresa. Su hábito estaba en desorden, sus ojos turbados; nos examinó a una y a otra con la más rara atención; temblábanle los labios, no podía hablar. Sin embargo, volvió en sí y arrojóse a los pies de la superiora; yo uní mi súplica a la suya y obtuve aún su perdón; pero la superiora protestóle de la manera más firme que aquél sería el último, al menos para las faltas de aquella índole, y salimos las dos juntas.

    Al regresar a nuestras celdas le dije:

    —Querida hermana, tenga cuidado, va a indisponer a nuestra madre; yo no le abandonaré pero usted anulará el crédito que tengo cerca de ella y estaré desesperada de no poder hacer nada ni por usted ni por ninguna otra. Pero, ¿cuáles son sus ideas?

    Ninguna respuesta.

    —¿Qué teme de mí?

    Ninguna respuesta.

    —¿Acaso nuestra madre no puede amarnos igualmente a las dos?
    —No, no -me respondió con violencia-, esto es imposible; pronto le repugnaré y me moriré de dolor. ¡Ay!, ¿por qué ha venido usted aquí?, ¡no será feliz mucho tiempo, estoy segura; y yo seré desgraciada para siempre!
    —Es una gran desgracia, lo sé -le dije- haber perdido la benevolencia de la superiora: pero yo conozco una más grande, que es haberla merecido: usted no tiene que reprocharse nada.
    —¡Ay, pluguiera a Dios!
    —Si interiormente se acusa de alguna falta, es preciso repararla, y el medio más seguro es soportar pacientemente la pena.
    —No podría, no podría; y ¡es que toca a ella castigarme por eso!
    —¡A ella, sor Teresa, a ella! ¿Acaso se habla así de una superiora? No está bien, usted se olvida. Estoy segura de que esta falta es más grave que ninguna de las que se reprocha.
    —¡Ay, pluguiera a Dios! — replicóme una vez más-, ¡pluguiera a Dios!… -y nos separamos; ella para ir a desconsolarse en su celda, yo para ir a meditar en la mía, sobre las rarezas de las mujeres.

    He aquí el efecto del retiro. El hombre ha nacido para la sociedad; separadlo, aisladlo, se dispersarán sus pensamientos, trocárase su carácter, se levantarán en su corazón mil extraños afectos; pensamientos extravagantes germinarán en su mente como las zarzas en una tierra salvaje. Poned a un hombre en una selva, se volverá feroz; en un claustro en el que la idea de necesidad únese a la de servidumbre, es peor aún. Es posible salir de una selva, de un claustro no se sale nunca más; en la selva se es libre, esclavo en el claustro. Es posible que se necesite más fuerza de ánimo para resistir a la soledad que a la miseria; la miseria envilece, el retiro deprava. ¿Vale acaso más vivir en la abyección que en la locura? Es algo que no me atreveré a decidir, pero es preciso evitar lo uno y lo otro.

    Veía crecer, día a día, la ternura que la superiora había concebido por mí. Estaba continuamente en su celda o ella estaba en la mía; a la menor indisposición me enviaba a la enfermería, dispensábame de los oficios, me enviaba a acostar temprano o me prohibía la oración de la mañana. En el coro, el refectorio, en el recreo hallaba medios de darme muestras de amistad; en el coro, si encontraba un versículo que contuviese algún sentimiento afectuoso, lo cantaba dirigiéndose a mí, o me miraba si era otra la que lo cantaba; en el refectorio, me enviaba siempre alguna de las exquisiteces que le servían; en el recreo, me abrazaba por el talle y me decía las cosas más dulces y obsequiosas; no le hacían ningún regalo que yo no lo compartiese: chocolate, azúcar, café, licores, tabaco, ropa blanca, pañuelos, lo que fuera. Había dejado su celda desprovista de estampas, utensilios, muebles, y de una infinidad de cosas agradables o cómodas, para adornar con ellas la mía; apenas podía ausentarme un momento de la misma sin que a mi vuelta no me encontrara enriquecida con algunos presentes. Iba a su celda a darle las gracias y ello producíale una alegría imposible de explicar; me abrazaba, acariciaba, poníame encima de sus rodillas, me informaba de las cosas más secretas de la casa, y prometíase, si yo la amaba, una vida mil veces más dichosa que la que hubiese pasado en el mundo. Después de esto deteníase, me miraba con ojos tiernos y me decía: «Sor Susana, ¿me ama usted?»

    —Y ¿cómo podría no amarla? Necesitaría ser muy ingrata.
    —Es cierto.
    —Da tantas muestras de bondad…
    —Diga, de gusto hacia usted.

    Y al pronunciar estas palabras bajaba los ojos; la mano con que me abrazaba estrechábame con más fuerza; la que había apoyado en mi rodilla intensificaba su presión; me atraía hacia ella; mi cara encontrábase colocada sobre la suya. Suspiraba, revolvíase en la silla, temblaba; hubiérase dicho que quería confiarme algo y que no se atrevía, derramaba lágrimas y después decía: «¡Ay, sor Susana, usted no me ama!»

    —¿Que yo no la amo, querida madre?
    —No.
    —Dígame qué debo hacer para demostrárselo.
    —Debería adivinarlo.
    —Lo intento, pero no adivino nada.

    Mientras tanto, había levantado su toca y puesto una de mis manos en su garganta; callaba, yo callaba también; ella parecía disfrutar el mayor placer. Invitábame a que le besara la frente, las mejillas, los ojos y la boca; yo la obedecía: no creo que hubiese mal en aquello; entretanto crecía su placer, y como yo no deseaba nada más que aumentar su felicidad de una manera inocente, besábale una vez más la frente, las mejillas, los ojos y la boca. La mano que había puesto sobre mi rodilla paseábase por encima de mis vestidos, desde la extremidad de los pies hasta mi cintura, apretándome ora en un sitio, ora en otro; exhortábame, balbuceando y con voz alterada, a redoblar mis caricias; yo las redoblaba; al fin llegó un momento, no sé si de placer o de sufrimiento, en que tornóse pálida como la muerte; sus ojos se cerraron, todo su cuerpo estiróse con violencia, apretáronse sus labios, humedecidos de una ligera espuma; luego, su boca se entreabrió, y me pareció que moría lanzando un profundo suspiro. Me levanté bruscamente; creí que se encontraba mal; quería salir, llamar. Ella entreabrió tenuemente los ojos y díjome con una voz apagada: «¡Inocente!, esto no es nada; ¿qué vas a hacer?, detente…» Contémplela con ojos atónitos, sin saber si quedarme o salir. Volvió a abrir los ojos; había perdido totalmente el habla; me hizo signo de que me acercara y volviera a sentarme sobre sus rodillas. No sé qué me pasaba; tenía miedo, temblaba, palpitábame el corazón, respiraba con dificultad, sentíame turbada, oprimida, agitada, asustada; parecía que las fuerzas me abandonaban y que iba a desfallecer; no obstante, no podría decir que fuese dolor lo que sentía. Me acerqué a ella; hízome aún una señal con la mano de que me sentara sobre sus rodillas, me senté. Ella estaba como muerta y yo como si tuviese que morir. Permanecimos una y otra durante bastante rato en aquel singular estado. De haber entrado alguna religiosa, habríase asustado ciertamente e imaginado que nos encontrábamos mal o que nos habíamos dormido. Mientras tanto, esta buena superiora, pues es imposible ser tan sensible y no ser bueno, me pareció que volvía en sí. Seguía aún estirada en su silla; sus ojos continuaban cerrados, pero su rostro iba animándose de los más hermosos colores; besó una de mis manos. Yo dije: «¡Ay!, querida madre, me ha dado usted mucho miedo…» Ella sonrió dulcemente, sin abrir los ojos.

    —¿Pero es que no ha sufrido usted?
    —No.
    —Pensé que sí.
    —Inocente, ¡ay!, ¡querida inocente!, ¡cuánto me gusta!

    Y diciendo estas palabras incorporóse, volvió a sentarse en su silla, cogióme, me besó con mucha fuerza en las mejillas y me dijo:

    —¿Qué edad tienes?
    —Aún no he cumplido veinte años.
    —Es inconcebible.
    —Nada más cierto, querida madre.
    —Quiero conocer toda tu vida; ¿me la contarás?
    —Sí, querida madre.
    —¿Toda?
    —Toda.
    —Pero alguien podría venir; vayamos a sentarnos al clavecín. Usted me dará la lección.

    Fuimos, pero no sé cómo; las manos me temblaban, el papel mostrábame un amasijo confuso de notas; no pude tocar. Se lo dije, púsose a reír, ocupó mi puesto, pero fue todavía peor; apenas podía sostener sus brazos.

    «Hija mía -me dijo -, veo que no estás en condiciones de enseñarme ni yo de aprender; estoy un poco fatigada, necesito reposar, adiós. Mañana, a más tardar, quiero saber todo lo sucedido en esta pequeña alma tan querida, adiós…»

    Las otras veces, cuando yo salía, me acompañaba hasta su puerta, me seguía con la vista a lo largo del corredor hasta mi celda; me lanzaba un beso con las manos, y no volvía a entrar hasta que yo había entrado. Esta vez, apenas se levantó; lo más que pudo hacer fue alcanzar el sillón que estaba junto a su cama; sentóse, apoyó la cabeza en la almohada, lanzóme el beso con las manos; cerráronse sus ojos y me marché.

    Mi celda estaba casi enfrente de la celda de Santa Teresa; la suya estaba abierta; estaba esperándome, me detuvo y me dijo:

    —¡ Ay!, Santa Susana, ¿viene de ver a nuestra madre?
    —Sí -le contesté.
    —¿Ha permanecido allí mucho tiempo?
    —Todo el que he querido.
    —No es esto lo que me había prometido.
    —Yo no le he prometido nada.
    —¿Se atrevería a decirme lo que ha hecho allí?…

    Pese a que mi conciencia no me reprochaba nada, le confesaré, señor marqués, que, sin embargo, su pregunta me turbó; ella diose cuenta, insistió y le respondí:

    —Querida hermana, puede que no me crea, pero tal vez crea a nuestra querida madre, ya le rogaré que la informe.
    —Mi querida Santa Susana -replicóme con viveza-, guárdese bien de hacerlo; usted no quiere hacerme desdichada; ella no me lo perdonaría; no la conoce: es capaz de pasar de la mayor sensibilidad a la ferocidad; no sé qué sería de mí. Prométame que no le dirá nada.
    —¿Lo quiere usted?
    —Se lo pido de rodillas. Estoy desesperada, veo bien que es necesario que me decida; me decidiré. Prométame no decirle nada…

    La levanté, dile mi palabra; contó con ella y no se engañó; nos encerramos en nuestras celdas.

    De nuevo en mi habitación. Estaba meditabunda; quise rezar y no pude; procuré ocuparme; comenzaba una labor y la dejaba por otra, que a su vez abandonaba por otra; mis manos deteníanse por sí solas y parecía imbécil; nunca había experimentado nada parecido. Mis ojos se cerraron; dormí un poco, pese a que nunca duermo durante el día. Una vez despierta, pregúnteme qué había pasado entre la superiora y yo, examinéme; al examinarme de nuevo creí entrever…, pero eran ideas tan vagas, tan locas, tan ridículas, que las rechacé lejos de mí. El resultado de mis reflexiones fue que se trataba tal vez de una enfermedad a la que estaba sometida; luego pensé que quizás aquella enfermedad era contagiosa, que Santa Teresa la había cogido y que yo la cogería también.

    Al día siguiente, después del oficio de la mañana, nuestra superiora me dijo: «Santa Susana, hoy espero saber todo lo que le ha sucedido; venga…»

    Fui. Me hizo sentar en su sillón al lado de su cama, y ella colocóse en una silla un poco más baja; la dominaba un poco, porque soy más alta y estaba más elevada. Ella estaba tan cerca de mí, que mis dos rodillas estaban entrelazadas entre las suyas; estaba reclinada en su cama. Tras un pequeño instante de silencio, le dije:

    —Aunque soy muy joven, he sufrido mucho; pronto hará veinte años que estoy en el mundo, y veinte años que sufro. No sé si podría contárselo todo, ni si usted tendría valor para escucharlo; penas en casa de mis padres, penas en el convento de Santa María; penas en el convento de Longchamp, penas en todas partes. Querida madre, ¿por dónde quiere que comience?
    —Por las primeras.
    —Pero -le dije-, querida madre, esto será muy largo y triste y no quisiera entristecerla durante tanto tiempo.
    —No temas nada; me gusta llorar: derramar lágrimas es delicioso para un alma tierna. A ti también debe gustarte; enjugarás mis lágrimas, yo enjugaré las tuyas, y tal vez seamos felices en medio de la narración de tus sufrimientos. ¿Quién sabe hasta dónde puede llevarnos el enternecimiento?… -Y al pronunciar estas palabras miróme de arriba abajo con los ojos ya húmedos; cogióme las dos manos; acercóse aún más a mí, de manera que me tocaba y yo la tocaba a ella.
    —Cuenta hija mía, te escucho, me siento en las mejores condiciones para enternecerme; no creo haber tenido en mi vida un día más compasivo y afectuoso…

    Comencé, pues, mi narración, poco más o menos tal como acabo de escribírsela. No podría decirle el efecto que produjo en ella, los suspiros que dio, las lágrimas que derramó, las muestras de indignación contra mis crueles padres, contra las horribles muchachas de Santa María y las de Longchamp. Lamentaría que tuvieran que sufrir la más mínima parte de los males que les deseó; no quisiera haber arrancado ni un cabello de la cabeza de mi más cruel enemigo. De tanto en tanto me interrumpía, levantábase, se paseaba, luego volvía a sentarse en su sitio; otras veces elevaba las manos y los ojos al cielo, y después escondía la cabeza entre mis rodillas. Cuando le hablé de la escena del calabozo, de la de mi exorcismo, de cuando canté la palinodia, casi se puso a gritar; cuando llegué al final, callé y ella quedó durante algún tiempo con el cuerpo inclinado sobre su cama, la cara oculta en la colcha y el brazo extendido encima de su cabeza; yo le dije: Querida madre, le pido perdón por la aflicción que le he ocasionado, ya le previne de ello, pero usted lo quiso… Y ella sólo me respondió con estas palabras:

    «¡Perversas criaturas! ¡Horribles criaturas! En ningún sitio más que en los conventos puede extinguirse la humanidad hasta este punto. Cuando el odio viene a unirse al mal humor habitual, ya no se sabe adonde llegarán las cosas. Felizmente yo soy benigna; amo a todas mis religiosas; ellas han tomado, unas más, otras menos, algo de mi carácter, y todas se aman entre sí. Pero ¿cómo esta débil salud ha podido resistir tantos tormentos? ¿Cómo no fueron quebrantados todos estos pequeños miembros? ¿Cómo no ha sido destruida toda esta máquina delicada? ¿Cómo el esplendor de estos ojos no se apagó con las lágrimas? ¡Crueles, atar estos brazos con cuerdas!…» Y cogíame los brazos y los besaba. «¡Ahogar estos ojos en lágrimas!…» Y los besaba. «¡Arrancar quejas y gemidos de esta boca!…» Y la besaba. «¡Condenar esta cara encantadora y serena a estar cubierta continuamente con nubes de tristeza!…» Y la besaba. «¡Marchitar las rosas de estas mejillas!» Y las acariciaba con la mano y las besaba. «¡ Desordenar esta cabeza!, ¡arrancar estos cabellos!, ¡cargar esta frente de zozobra!…» Y me besaba la cabeza, la frente, los cabellos… «¡Atreverse a rodear este cuello con una cuerda, y desgarrar estas espaldas con puntas agudas!…» Y apartaba la ropa de mi toca, entreabría mi hábito por arriba; mis cabellos caían esparcidos sobre mis espaldas descubiertas; mis senos estaban medio desnudos, y sus besos repartíanse sobre mi cuello, mis espaldas descubiertas y sobre mis senos semidesnudos.

    Noté entonces, por el temblor que se apoderaba de ella, por la turbación de sus palabras, el extravío de sus ojos y de sus manos; por su rodilla que apretábase entre las mías, por el ardor con que me estrechaba y la violencia con que me enlazaban sus brazos, que su enfermedad no tardaría en apoderarse de ella. No sé lo que me pasaba; pero estaba dominada de un espanto, de un temblor y desfallecimiento que confirmaban la sospecha que había tenido de que su mal era contagioso.

    —Querida madre -le dije- ¡vea en qué desorden me ha puesto!, si alguien viniese…
    —Quédate, quédate -me dijo con voz atormentada-, no vendrá nadie…

    Sin embargo, hice un esfuerzo para levantarme y librarme de ella diciéndole:

    —Querida madre, vaya con cuidado, el mal está a punto de apoderarse de usted. Permita que me aleje…

    Yo quería alejarme; lo quería, estoy segura, pero no podía. No sentía ninguna fuerza, mis rodillas se doblaban debajo de mí. Ella estaba sentada, yo de pie, me atraía; temía caer sobre ella y lastimarla. Sentéme sobre el borde de la cama y le dije: