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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    UN SANTO ASESINATO (Paul Harding)

    Publicado el viernes, noviembre 17, 2017

    Sir John Cranston, forense de Londres, conocido por sus ingeniosos razonamientos, su implacable persecución de los criminales y su habilidad en la aclaración de intrigantes misterios,acepta durante un banquete en la corte del duque de Lancaster el desafío del noble italiano Gian Galeazzo.

    Se trata de resolver ,en el plazo de dos semanas, un misterio que habia desafiado a los mejores cerebros y a los más preclaros intelectos de las cortes de Europa: una serie de misteriosas muertes ocurridas años atras durante la noche de Navidad en el interior de una siniestra y aislada mansion.

    Incapaz de hallar la solucion y temiendo por su reputacion y su honor, el forense Cranston recurrira una vez mas a la ayuda de fray Athelstan para resolver el enigma.

    Para mi hijo Nigel.


    PRÓLOGO

    El fraile dominico permanecía arrodillado en el reclinatorio de la desierta iglesia de su orden, contemplando alternativamente el crucifijo con incrustaciones de oro y el ataúd de madera de pino que contenía el cadáver de su asesinado compañero. Fray Alcuino se removió con inquietud, se mordió el labio y entrelazó fuertemente los dedos de las manos. Puede que los demás pensaran otra cosa, pero él conocía la verdad. Fray Bruno había sido brutalmente asesinado y Alcuino estaba furioso y aterrorizado a la vez: furioso por el hecho de que un acto tan execrable se hubiera cometido en un convento dominico y aterrorizado porque sabía que la intención del asesino era acabar con él.

    Todo había sido muy sencillo. Alcuino había recibido una nota anónima en la que se le pedía que acudiera a la cripta después de vísperas. Enojado por el enredo recientemente descubierto y por las devotas burlas que éste había provocado, acudió al lugar de la cita y encontró a Bruno tendido al pie de los empinados peldaños que conducían a la cripta, con el cuello torcido y el cerebro congelado en medio del charco de sangre que había brotado de su cabeza destrozada.

    El padre prior había llegado a la rápida conclusión de que Bruno había resbalado accidentalmente en el primer peldaño y se había precipitado hasta abajo, hallando la muerte en su caída. Alcuino, sin embargo, sabía que no era así. El asesino aguardaba al acecho y a fray Bruno le habían puesto la zancadilla o lo habían empujado por aquellos empinados peldaños de cortantes bordes de piedra. La desgracia había ocurrido la víspera. Al día siguiente, después de la misa matutina, los hermanos dominicos del desventurado Bruno entonarían el réquiem y darían sepultura a su cuerpo allí mismo, detrás del altar mayor, comentarían en voz baja las cualidades de Bruno y, con el tiempo, quizá mucho antes de lo que imaginaban, la extraña forma en que había hallado la muerte se convertiría en un vago recuerdo mientras su impune asesino se alejaba triunfalmente. Alcuino levantó la vista y contempló el crucifijo. ¿Permitiría Jesucristo que el delito quedara sin castigo? El asesinato era uno de los pecados que clamaban al cielo. Se tendría que hacer justicia, pero ¿debería él tomar parte? ¿Quién le creería, siendo un simple sacristán y cillerero? Sólo él y su amigo el anciano bibliotecario Calixto conocían la verdad, pero no podían aportar ninguna prueba. El resto de la comunidad diría que lo hacían por despecho. Alegarían que Alcuino estaba poseído por algún perverso y astuto demonio y puede que lo enviaran a Roma o Aviñón para responder ante sus superiores o, peor todavía, que lo entregaran a los inquisidores para que éstos lo sometieran a interrogatorio y lo juzgaran. Y entonces, ¿qué?

    Alcuino se enjugó las gotas de sudor que le cubrían la despejada frente. Su pálido y anguloso rostro adquirió una expresión todavía más ensimismada mientras contemplaba la creciente oscuridad que lo envolvía. Podían ocurrir cosas mucho peores, por supuesto. Como a fray Athelstan, podían expulsarlo del convento de los dominicos y enviarlo a alguna parroquia de mala muerte para que ejerciera su ministerio entre los piojosos y los iletrados. El amargo rostro de Alcuino se iluminó con la sombra de una sonrisa.

    – Athelstan, Athelstan –murmuró–. ¿Por qué no estáis aquí? Os necesito y la orden también os necesita. Nuestro Señor Jesucristo precisa de vuestra mirada y de vuestro sutil ingenio. La sonrisa se desvaneció. Athelstan no había sido convocado a la reunión del Capítulo Interno en la Casa Madre de la orden de los dominicos. Athelstan era el párroco de la iglesia de San Erconwaldo en el mísero barrio de Southwark, hablaba con su gato y estudiaba el firmamento.
    – ¿Sabéis una cosa, Alcuino? –le había dicho Athelstan en cierta ocasión–. Una vez hablé con un hombre que había viajado a Persia y conversado con los magos, esos sabios que estudian los cielos. Aquel hombre me contó una extraña historia. Me dijo que antiguamente no existían las estrellas ni el sol ni la luna. No había más que una siniestra masa oscura que, por voluntad de Dios, estalló en una ardiente roca de la que surgió el universo, del cual la tierra no es más que una ínfima parte.

    Alcuino sacudió la cabeza. Quizá fuera mejor que su compañero no estuviera allí si creía semejantes teorías. Recordó una vez más el moreno y afilado rostro y la cavilosa mirada de su buen amigo. Athelstan estaba hecho para cosas mucho más altas. Cuando todavía era un brillante alumno en el noviciado, había quebrantado los votos y, con la mente llena de heroicas fantasías, se había ido a la guerra, llevando consigo a su hermano menor Francisco. Athelstan había regresado, pero no así Francisco. Sus padres murieron de pena y sólo el padre prior le salvó del rigor de la ley dominica. Athelstan terminó sus estudios, profesó como fraile y fue ordenado sacerdote y enviado a trabajar entre los más pobres en las malolientes callejuelas de los barrios bajos de Londres. Alcuino oyó un ruido y levantó la cabeza. Miró a su alrededor en medio de las sombras del templo y recorrió rápidamente con la vista las gigantescas imágenes de los apóstoles en sus hornacinas. No era posible que hubiera nadie en aquel lugar. Quería rezar a solas y reflexionar durante la silenciosa pausa de tiempo que mediaba entre vísperas y completas. Se frotó el rostro y levantó una vez más los ojos hacia el crucifijo, ofreciendo al asesino, que se había acercado subrepticiamente a su espalda, la ocasión que necesitaba para rodear con una soga su escuálida y huesuda garganta. Durante unos segundos, el sacristán luchó denodadamente contra su agresor, pero el lazo corredizo se cerró y Alcuino murió antes de que pudiera lanzar un grito, musitar una oración o pronunciar el nombre de su viejo amigo Athelstan.


    * * *

    En la esquina de la maloliente calleja que había delante de San Erconwaldo, otra persona, pegada a la pared manchada de orines, permanecía al acecho, contemplando la sombría y siniestra mole de la iglesia. También pensaba en los pecados pasados y en la inminente venganza y justicia de Dios, sin prestar la menor atención a los lastimeros gimoteos del mendigo que tenía a su vera. De vez en cuando, movía los pies mientras las ratas entraban y salían de las grietas de los muros en busca de provisiones entre los apestosos montones de basura y estiércol.

    En la ventana de un edificio de unas puertas más arriba una joven se puso a cantar dulcemente con una cristalina voz que, a juicio del desconocido que la estaba escuchando con la espalda pegada a la pared, resultaba totalmente inapropiada y fuera de lugar en aquel pestilente pasadizo. La canción era una agridulce melodía que le trajo a la memoria pasados recuerdos y, por encima de todo, un secreto pecado. Y, sin embargo, él había hecho todo lo que había podido: cien velas de cera ante las imágenes de la catedral de San Pablo, una peregrinación al sepulcro de santo Tomás Becket en Canterbury y generosas limosnas liberalmente repartidas entre los pobres. Acudió incluso a las criaturas de la noche que practicaban la magia negra y se pasaban horas y horas consultando libros de hechizos en sus secretas y cerradas cámaras. Colocó una moneda bajo la lengua de un ahorcado y, siguiendo las instrucciones de un brujo, se pasó dos noches seguidas al pie del cadalso, entonando una canción al Señor de las Tinieblas para que lo ayudara a ocultar su secreto.

    El hombre levantó la vista hacia la parte superior de la torre de San Erconwaldo. Un destello de luz le hizo comprender que el padre Athelstan estaba allí arriba con su telescopio y sus cartas zodiacales, escudriñando el firmamento en espera de la aparición del lucero de la tarde en aquella tibia noche estival. El hombre se estremeció. Verdaderamente, las Sagradas Escrituras tenían razón, el pecado perseguía siempre al pecador. Lo sentía muy cerca, como si fuera una horrible criatura que reptara a su espalda por la calleja. Aspiraba el hedor de su aliento y sentía sus frías garras en la nuca, pero ¿qué podía hacer para librarse de él? Si confesara su horrendo delito, lo ahorcarían, pero, por otra parte, el hecho de guardar silencio sólo serviría para aplazar el aciago día que lo esperaba. Miró hacia la iglesia, la Casa de Dios y la Puerta del Cielo. Pero, para él, que acechaba en la oscuridad, el templo apestaba a un antiguo pecado.



    CAPÍTULO 1


    Sir John Cranston, el voluminoso forense de la ciudad, célebre por su sencilla manera de expresarse, se reclinó contra el alto respaldo de la silla, saboreando con fruición el contenido de una copa con incrustaciones de piedras preciosas, rebosante del mejor producto que podían ofrecer los viñedos de Burdeos. La sala estaba iluminada con antorchas de resina pura y grandes velas de cera de abeja. Unos pajes vestidos con la librea de Juan de Gante, duque de Lancaster, rodeaban la estancia, sosteniendo en sus manos otras antorchas de tal forma que, a pesar de la oscuridad, la luz era tan clara como la de un día estival.

    – Verdaderamente maravilloso –murmuró Cranston para sus adentros. La sala principal del palacio de Savoy, residencia de Juan de Gante a orillas del Támesis, era tan rica y opulenta que no tenía nada que envidiar a la de cualquier palacio papal de Aviñón ni a la de las lujosas mansiones de los grandes príncipes italianos como el que el regente estaba agasajando en aquellos momentos con aquel espléndido banquete. Unas gruesas colgaduras de brocado de oro bordado con hilo de plata cubrían enteramente las paredes bajo las alfardas de las armaduras que sostenían los arcos del techo. Los cristales de las ventanas eran de muy variados colores y cada panel ilustraba una historia de la Biblia o de la mitología clásica. Una alfombra turca negra y amarilla de purísima lana cubría el suelo de pared a pared. Los manteles de las mesas eran de seda y todos los platos y las copas estaban hechos de metales preciosos. No era de extrañar que Juan de Gante, duque de Lancaster y regente del Reino durante la minoría de edad de su sobrino Ricardo II, hubiera dispuesto que unos hombres de armas cuidadosamente elegidos montaran discretamente guardia alrededor de la sala del banquete, uno para cada comensal, pues por nada del mundo quería ladrones en su casa. El propósito del banquete era el de exhibir su magnificencia y agasajar al señor de Cremona, no el de ofrecer a los ladrones y bribonzuelos que merodeaban alrededor de todos los palacios una buena ocasión de obtener fáciles ganancias.

    Cranston eructó y, se dio unas palmadas de satisfacción en la voluminosa panza. Su esposa lady Matilde había dado a luz recientemente a dos varones, Francisco y Esteban, y él había sido confirmado en su cargo por el regente, el cual lo había invitado a aquel banquete y lo había sentado a su derecha en un significativo gesto de deferencia hacia su persona.

    – Ojalá lady Matilde pudiera verme ahora –murmuró Cranston, hablando para sus adentros.

    Sin embargo, la invitación no se extendía a su esposa. Y no es que a ella le importara.

    – Que Dios me perdone, sir John –le había dicho su mujer–, pero no me gusta el duque de Lancaster. Tiene unos fríos ojos de serpiente, su ambición es como la de Lucifer y temo por el joven rey. Sir John se sorprendió al oírla, pues lady Matilde solía ser una mujer muy prudente, aunque a veces sus palabras eran como certeras flechas disparadas contra la diana de un blanco. Sir John se removió con inquietud, posó la copa sobre la mesa y se volvió hacia la izquierda. El aceitunado rostro del regente, con la dorada barba y el bigote pulcramente recortados, contemplaba con visible complacencia el esplendor de la sala a través de los entornados párpados de sus perspicaces ojos. A la izquierda del duque se sentaba el joven rey. «Este niño –pensó Cranston–, con su pálido rostro, sus claros ojos azules, sus sensibles facciones y su dorado cabello largo hasta los hombros, parece un ángel.»

    El joven rey se estaba esforzando en prestar atención al señor italiano de negro cabello que tenía sentado a su izquierda. Cranston se reclinó en su asiento y miró de soslayo a aquel famoso personaje cuya habilidad lo había convertido en un hombre tan acaudalado como Creso y había hecho de su pequeña ciudad–estado una de las grandes potencias de Italia.

    El señor de Cremona controlaba bancos, puertos, feraces viñedos, campos y mansiones. Sus barcos navegaban desde el Adriático a la legendaria Constantinopla y las doradas costas de Trebisonda. Cranston conocía el motivo de su presencia en Inglaterra. Las arcas inglesas se habían quedado vacías, el Parlamento estaba muy alborotado y entre los campesinos reinaba tal descontento que los recaudadores de impuestos no se atrevían a entrar en las aldeas sin una poderosa escolta militar. Juan de Gante había invitado al señor de Cremona a Inglaterra para que éste le concediera préstamos y, por consiguiente, no había reparado en gastos y le había dispensado una fastuosa acogida y hospitalidad. Un impresionante cortejo lo había recibido en Southampton; él y sus hermanos, vestidos con ricos atuendos de brocado de oro lo habían acompañado a Londres, donde le habían ofrecido vistosos espectáculos, banquetes y discursos. Puede que todo ello hubiera causado una favorable impresión al señor de Cremona, pero, al mismo tiempo, había servido para exacerbar los sentimientos de animadversión de los ciudadanos londinenses hacia un regente que acaparaba más poder que cualquier emperador, papa o rey. Cranston levantó su copa y tomó ruidosamente un sorbo, deleitándose en el sabor del fuerte vino que le estaba llenando la boca de dulzura. De pronto, su buen humor se desvaneció. ¿Era oportuno que él participara en aquellos festejos? ¿Y por qué razón lo había invitado Juan de Gante?, se preguntó, presa de una creciente desazón. Al final, terminó el banquete, ¡y menudo banquete! Cisne, venado, carne de jabalí, buey, ternera, pescado fresco del río, lampreas cocinadas en salsa de crema, mazapán y gelatinas labradas y esculpidas en las más caprichosas formas. Los juglares ya se habían retirado, al igual que los acróbatas, los devoradores de fuego y los enanos que habían provocado las risas de los presentes. Los músicos del estrado del fondo de la sala estaban ahora medio dormidos y los componentes del coro de cristalinas voces blancas habían sido despedidos hacía un buen rato. Cranston procuró despejar su mente y contempló las dos mesas colocadas la una al lado de la otra en el centro de la sala. Debía de haber algo así como sesenta grandes señores en aquel festín. ¿Por qué figuraba él entre tan selectos invitados?

    Antes del inicio del banquete, Juan de Gante había comentado con el señor italiano las grandes habilidades de Cranston en la resolución de complicados casos de asesinato.

    – ¿Y no hay nada que se os escape? –le preguntó el señor de Cremona.
    – ¡Nada! –contestó Cranston, envalentonado por la bebida, mirando con arrogancia a los boquiabiertos personajes que tenía a su alrededor.

    Ahora sir John se estaba empezando a arrepentir de su vanagloria.

    – ¿Os encontráis mal, sir John?

    Cranston volvió la cabeza. El regente lo estaba mirando con expresión inquisitiva, como si tratara de adivinar su estado de ánimo.

    – Me alegro mucho de estar aquí, mi señor –contestó Cranston–. Me habéis hecho un gran honor.

    De repente, tanto él como su anfitrión miraron hacia el fondo de la sala, donde había estallado un tumulto cuando una enorme rata, asustada por uno de los lebreles, había saltado a la mesa. Los invitados se levantaron todos a una y apuñalaron al roedor con sus cuchillos hasta que el animal saltó de la mesa y fue a parar a las fauces del can. Después, los perros se pusieron a ladrar y armaron tal alboroto que unos cazadores de la casa armados con látigos eexpulsaron de la sala a los dos lebreles y a su maltrecha presa.

    – Ya es suficiente –dijo Juan de Gante en un susurro.

    Se levantó e hizo un gesto con la mano a los heraldos que se encontraban en el estrado, los cuales hicieron sonar tres veces sus trompetas plateadas y acallaron el clamor de la sala. Todos los ojos se volvieron hacia él.

    – Majestad –el duque de Lancaster se inclinó imperceptiblemente hacia su petrificado sobrino–, mi señor de Cremona y todos vosotros, amigos e invitados míos, este día hemos sido honrados con la presencia de uno de los más insignes gobernantes de Italia, el noble Gian Galeazzo, señor de Cremona y duque de los territorios circundantes. –El regente hizo una pausa para permitir una salva de aplausos que él aquietó con una mano cuajada de anillos–. Pero el señor de Cremona tiene una dificultad, de la cual desea hacernos partícipes. Un gran misterio que nadie puede resolver. Y es por eso por lo que he requerido la presencia del ilustre forense de nuestra ciudad, sir John Cranston. El regente hizo una pausa que Cranston aprovechó para echar un rápido vistazo a la sala. Vio las reprimidas sonrisas, ocultas detrás de las manos que cubrían las bocas, y adivinó la trampa que lo esperaba. No era amigo del regente, el cual le toleraba, pero no lo apreciaba, pues él no tenía tiempo para emular a los cortesanos que malgastaban la riqueza de la nación en cuidar sus blancos y delicados cuerpos. Aun así, esbozó una sonrisa e inclinó la cabeza ante las palabras del duque, aguardando con inquietud lo que estaba a punto de caerle encima.
    – Sir John Cranston –añadió el de Gantees bien conocido en la ciudad y en los tribunales por sus ingeniosos razonamientos, sus sutiles preguntas, su implacable persecución de los criminales y su habilidad en la aclaración de intrigantes misterios. Mi señor de Cremona tiene un misterio que ha desafiado a los mejores cerebros y a los más preclaros intelectos de las cortes de Europa. –El regente hizo otra pausa y Cranston se percató del silencio que reinaba en la sala–. Mi señor de Cremona ha apostado mil coronas de oro a que nadie podrá resolver ese misterio. Mi señor forense –dijo Juan de Gante medio volviéndose hacia Cranston–, ¿queréis aceptar la apuesta?

    Cranston le miró en silencio. ¡Mil coronas de oro eran una fortuna!

    Si aceptaba la apuesta y la perdía, quedaría empobrecido. Si la rechazaba, le tildarían de cobarde. Además, si el sutil misterio del señor de Cremona era tan intrigante, él tendría muy pocas posibilidades de ganar aquella fortuna. Sonrió mientras sopesaba las distintas posibilidades. Hubiera deseado con toda su alma que lady Matilde estuviera allí. Y hubiera necesitado por encima de todo a Athelstan. Al fraile se le hubiera ocurrido alguna manera de salir airoso de la situación. Ahora él no tenía más remedio que aceptar.

    ¿Qué podía hacer? ¿Retractarse públicamente de su inicial baladronada?

    – Mi señor Cranston –repitió el regente–, ¿queréis aceptar?
    – Por supuesto que sí –contestó audazmente sir John, tomando un sorbo de vino entre vítores, silbidos de simpatía y gritos de aliento. Después se levantó, maldiciendo por lo bajo al vino que le estaba recorriendo la sangre y embotando el cerebro. Él era nada menos que Cranston. ¿Por qué hubiera tenido que acobardarse en presencia de aquellos badulaques, aquellas mujercillas disfrazadas de hombre? Él era sir John Cranston, forense de la ciudad de Londres, esposo de lady Matilde y padre de Francisco y Esteban. Había defendido castillos contra los franceses y había derrotado él solo a muchos enemigos.
    – ¡Ningún misterio puede ser superior a mi ingenio! –rugió–. Si existe un enigma –añadió, citando a su amigo Athelstan–, es lógico que exista una solución.
    – ¡Eso nadie lo niega! –El regente le dio una palmada en el hombro, empujándolo suavemente hacia abajo para que volviera a sentarse. El forense vio su taimada sonrisa, la mirada compasiva del joven rey y el destello de triunfo que se encendió en los ojos del señor de Cremona.
    – ¿La solución ya se sabe? –preguntó.
    – ¡Por supuesto que sí! –contestó el señor de Cremona–. Como de costumbre, elegiré a una persona… como, por ejemplo, Su Majestad el Rey. Si vuestra teoría no es correcta, le será revelada, tras jurar solemnemente guardar silencio, una parte de la solución –añadió entre risas–. Aunque la verdad es que nadie ha dado hasta ahora con una solución, ni siquiera incorrecta.

    El regente se volvió hacia el noble italiano.

    – Mi señor –le dijo–, vos habéis lanzado el reto y sir John ha recogido el guante. Ahora estamos en ascuas, esperando con ansia la exposición de vuestro misterio. Gian Galeazzo, señor de Cremona, se recogió las mangas de seda y, cuando se levantó, sus holgados ropajes volaron a su alrededor, despidiendo una deliciosa y exquisita fragancia desconocida en Inglaterra.
    – Majestad, mi señor de Lancaster y vosotros todos, nobles señores y barones de Inglaterra, la generosa hospitalidad de mi anfitrión nos ha impresionado muy vivamente y jamás será olvidada.

    Galeazzo se inclinó sobre la mesa, le dirigió a Cranston una significativa mirada y después se volvió para dirigirse a los presentes. Su discurso fue impecable, pese al ligero acento de su melosa voz.

    – No os quiero hacer perder el tiempo. Ya es muy tarde y todos hemos bebido un poco más de la cuenta. –Agitó las manos y las sortijas de sus dedos reflejaron la luz de la sala, relumbrando como claras estrellas–. Sir John Cranston ha aceptado mi desafío de resolver un enigma que nadie ha podido desentrañar hasta ahora. Sólo yo conozco la solución y la tengo escrita en un documento sellado. Les he planteado el enigma a doctores de París, abogados de Montpellier y maestros de Colonia y de Nantes, pero todo ha sido inútil.
    – Gian Galeazzo hizo una pausa y respiró hondo–. Hace muchos años, mi familia poseía una mansión en las afueras de Cremona, un enorme y antiguo edificio de tres plantas que gozaba de una siniestra fama. Una vez, en mi infancia, pasé la Natividad allí con mi anciana tía, que entonces era su propietaria. –El señor de Cremona esbozó una sonrisa, mirando a su alrededor–. Cualquiera que sea el lugar o la fama de que éste goce, una vez se enciende el tronco de la Natividad, nosotros los italianos festejamos el nacimiento de Jesucristo con un gran banquete nocturno. No tan espléndido como éste, por supuesto –añadió riéndose–, pero es costumbre que, cuando los comensales se empiezan a pasar la jarra de vino, cada uno de ellos cuente una historia de aparecidos.
    – Recuerdo muy bien aquella noche, pues fue la Natividad más fría de que nadie guardara memoria. Un gélido viento del norte había llevado consigo la nieve de los Alpes y la mansión estaba aislada por los ventisqueros y los caminos helados. Pese a todo, encendimos las chimeneas, comimos opíparamente y celebramos alegremente la fiesta. En medio de las sombras del exterior, sólo se oían los gemidos del viento y los lastimeros aullidos de los lobos que habían bajado de las montañas en busca de alimento. Gian Galeazzo se detuvo y miró a su alrededor. Cranston admiró su habilidad: los presentes ya no estaban en aquella sala de banquetes en una suave noche estival de Inglaterra sino en una solitaria y siniestra mansión de la lejana Cremona. Sin embargo, el forense a duras penas podía contener su impaciencia y estaba deseando que el noble italiano fuera al grano de una vez para que su astuto cerebro pudiera empezar a examinar el enigma propuesto.
    – Cuando los invitados terminaron de contar sus historias, mi venerable tía fue desafiada por uno de los comensales. ¿Acaso no había aparecidos en aquella mansión? Al principio, mi tía se negó a contestar, pero, al ver que los invitados insistían, les habló de la cámara escarlata, una estancia del piso superior de la mansión que se mantenía cerrada a cal y canto, pues cualquier persona que durmiera en ella, acababa sufriendo una misteriosa y violenta muerte –Galeazzo hizo una pausa para tomar un sorbo de una copa con incrustaciones de nácar–. Ya os podéis imaginar lo que ocurrió, mis nobles señores. Todos habían bebido generosamente y sentían una curiosidad que había que satisfacer al precio que fuera. Os diré para abreviar que mi tía se vio obligada a mostrarles la estancia en cuestión. Llamaron a los criados, se encendieron unas antorchas y mi tía nos acompañó a la gran escalinata de madera. Yo era sólo un chiquillo y me movía entre los invitados sin que nadie reparara en mí. Sabía que el último piso de la vieja mansión estaba siempre cerrado, pero aquella noche los criados quitaron los candados y las cadenas y mi tía encabezó la marcha, subiendo por los fríos y empinados peldaños. –El señor de Cremona hizo una pausa y sacudió la cabeza–. Siempre recordaré las ratas que corrían y chillaban y las motas de polvo del aire, iluminadas por la luz de la luna. Llegamos a lo alto de la escalera, donde la emoción de los invitados dio paso al temor, pues allí arriba estaba todo muy oscuro y hacía un frío glacial. Los criados se adelantaron y encendieron un hacha de la pared. Entonces apareció un pasadizo y todos los ojos se clavaron en la puerta que había al fondo. Estaba cerrada con candados y cadenas y nos atraía como una horrible maldición. –Gian Galeazzo hizo otra pausa para tomar un sorbo de vino y dirigir una rápida sonrisa a Cranston–. Se abrió la puerta y entramos en una pequeña cámara cuadrada. En ella había una mesa, un escabel, una chimenea y una pequeña ventana con celosía, pero lo que más destacaba era una enorme cama con cuatro pilares. Nos quedamos sin respiración cuando mi tía ordenó que los criados encendieran las antorchas y llevaran unas velas. Fue entonces cuando la estancia cobró realmente vida, pues os aseguro que todo el techo, las paredes, la alfombra y la cama era de un brillante color escarlata, como si estuviera empapado de sangre fresca.

    Galeazzo hizo una pausa, se inclinó hacia delante y eligió un racimo de uva del cuenco que tenía delante.

    – ¡El misterio! –gritó uno de los invitados desde el fondo de la sala–. ¿Cuál es el misterio?

    Cranston miró de soslayo a Juan de Gante y observó que éste se había repantigado en su asiento con los ojos entornados y una ligera sonrisa en los labios, como si ya supiera lo que iba a suceder. El joven rey, como todos los niños, escuchaba el relato boquiabierto de asombro. Pero Gian Galeazzo, que era un narrador nato, mantuvo en vilo un buen rato a sus oyentes, mascando muy despacio los granos de uva.

    – Ahora empieza el misterio –dijo finalmente–. Uno de los invitados desafió a mi tía, declarando que pasaría una noche en aquella estancia, armado hasta los dientes. No bebería ni comería. Se llevó a cabo un concienzudo registro para comprobar que no hubiera pasadizos secretos ni trampas. Después limpiaron la habitación y se cambiaron las sábanas y los traveseros. Subieron un poco de carbón, encendieron la chimenea y dejamos a aquel joven insensato para que pasara la noche solo en aquella cámara. E1 día siguiente amaneció despejado y soleado y vimos que ya se había iniciado el deshielo. Por consiguiente, antes de sentarnos a desayunar, salimos a dar un rápido paseo por la nieve, la cual, por cierto, es un fenómeno bastante insólito en Cremona. Alguien se preguntó qué tal habría pasado la noche el joven. Sabíamos que la cámara escarlata se encontraba en la parte anterior de la mansión y, levantando la vista, le vimos mirándonos desde la ventana. Lo saludamos con la mano y regresamos al interior de la mansión. Al terminar el desayuno, nos dimos cuenta de que el joven todavía no había bajado, por lo que mi tía envió a unos criados a la cámara escarlata. A los pocos minutos, uno de ellos regresó corriendo con el rostro más pálido que la cera y los ojos desorbitados por el terror. Le dijo a gritos a mi tía que subiera y todos la acompañamos y entramos en la cámara escarlata. El fuego de la chimenea se había apagado y alguien había dormido en la cama, pero el joven se encontraba de pie junto a la ventana. Os aseguro que no os miento, señores, el joven estaba muerto y nos miraba con la boca abierta tal como nosotros le habíamos visto desde el jardín. Sólo os puedo decir que su rostro era una máscara de absoluto terror. Uno de los invitados, que era médico, confirmó que en la estancia había ocurrido algo tan terrible que al joven se le había parado el corazón de espanto. –Galeazzo se detuvo y miró a sir John–. ¿Habéis comprendido, señor forense?
    – Sí, mi señor.
    – ¿Tenéis alguna pregunta?
    – ¿Se había producido algún cambio en la estancia?
    – ¡Ninguno en absoluto!
    – ¿Y decís que no había ningún pasadizo secreto?

    Cranston hizo las preguntas en voz alta para que todos los presentes en la sala le pudieran oír y Gian Galeazzo le contestó de la misma manera. El italiano se volvió hacia los invitados, agitando la mano.

    – Juro por el honor de mi madre que nadie había entrado en aquella cámara. No había puertas ni ventanas secretas. Nadie sirvió comida ni bebida. El carbón se había sacado de la carbonera y las velas que el joven utilizó se habían usado previamente en la sala de abajo.

    Cranston miró al italiano con incredulidad y volvió a echar de menos la presencia de Athelstan.

    – ¿Fue algún demonio o algún mal espíritu?
    – ¡Ah! –Gian Galeazzo, señor de Cremona, se dirigió a los presentes en la sala–. Mi señor forense pregunta si la cámara estaba poseída por algún demonio. Mi tía también lo pensaba y por eso mandó llamar a un piadoso sacerdote de una cercana iglesia para que bendijera y exorcizara la estancia. El santo varón llegó a última hora del día, practicó exorcismos y bendijo infructuosamente todos los rincones de la cámara. Le dejamos allí y él cerró la puerta, diciéndonos que deseaba rezar. –Galeazzo esbozó una sonrisa al ver la cara de Cranston–. Estoy seguro, mi señor forense, de que ya os imagináis lo que ocurrió a continuación. Ya era noche cerrada cuando mi señora tía reparó en que el venerable sacerdote aún no había salido de la estancia. Los criados forzaron la puerta y encontraron al cura muerto en el suelo, con la misma expresión aterrorizada que mostraba el rostro del joven.

    Galeazzo escuchó con visible complacencia los «ohs» y los «ahs» de asombro de los invitados.

    El regente se estaba acariciando el labio inferior con el pulgar de una mano y el joven rey había olvidado a su aborrecido tío y miraba con atención al noble italiano.

    – Mi señor –gritó el rey con voz chillona–, ¿qué es lo que ocurrió después?
    – Mi señora tía no se dio por vencida –contestó Gian Galeazzo sonriendo–. Mandó llamar a dos de sus más fieles servidores, un excelente espadachín y un experto ballestero genovés. Les ofrecieron un buen puñado de oro a cambio de que pasaran la noche en la estancia. Los hombres aceptaron y ocuparon sus puestos aquella misma noche. La puerta no se podía cerrar, pues la habíamos tenido que forzar para descubrir el cadáver del cura. El espadachín decidió dormir en una silla y el genovés se tendió en la cama. En mitad de la noche, un terrible grito nos despertó a todos. Esa vez me impidieron subir, pero mi tía me contó más tarde que, al entrar en la cámara escarlata, encontraron al espadachín en el suelo con una flecha de ballesta profundamente clavada en el pecho y al genovés tendido a su lado, sujetando todavía en sus manos la ballesta. Había muerto como los demás, pero alguna maligna fuerza demoníaca de la estancia, dedujo mi tía, había inducido a aquel valeroso soldado a matar a su compañero antes de morir. –Galeazzo juntó repentinamente las manos–. Mi tía hizo todo lo que pudo. Se retiraron los cadáveres, se oficiaron misas y la cámara escarlata fue nuevamente cerrada a cal y canto. Pasaron los años y yo me convertí en un muchacho. Un día, un archivero de un cercano monasterio se enteró de la horrible historia y pidió que lo condujeran ante la presencia de mi tía, asegurando que él podría resolver el misterio de la cámara escarlata. –Gian Galeazzo se encogió de hombros–. Majestad, señores invitados, ya no puedo seguir –añadió, sacudiendo la cabeza al oír los murmullos de los presentes que estaban ansiosos de conocer el final de la intrigante historia–. Lo encomiendo todo al sutil ingenio de mi señor forense. –Mirando fijamente a Cranston, le preguntó–: ¿Tenéis alguna otra pregunta, sir John?

    Cranston sacudió la cabeza con incredulidad.

    – ¿Murieron cuatro personas en aquella estancia sin que nadie hubiera entrado en ella? ¿Y no comieron ni bebieron nada? ¿Y la vez en que entraron dos, uno de ellos mató a su compañero?

    Galeazzo asintió sonriendo.

    – ¡Increíble!
    – Mi señor forense –dijo Gian Galeazzo, levantando la voz para que todos le oyeran–, ¡lo que os digo es la pura verdad!

    De repente, el joven rey se levantó.

    – ¡El reto se ha lanzado y ha sido aceptado! –dijo con su cantarina voz infantil–. Pero, mi buen tío y mi señor de Cremona, yo creo que hay que obrar con justicia. ¿De cuánto tiempo dispone sir John para resolver el misterio?
    – Dos semanas –contestó Gian Galeazzo–. Dentro de dos semanas contando a partir de esta noche, regresaré a esta sala y sir John me tendrá que dar la solución. Cranston miró con una sonrisa al joven rey, agradeciéndole en silencio su apoyo.
    – ¿Cómo sabré que la solución que yo aporte es la correcta? –preguntó–. No quisiera ofenderos, mi señor, pero ¿no podría haber seis soluciones distintas, todas ellas correctas?

    Galeazzo se acarició el sedoso bigote negro.

    – No, sir John –contestó en un susurro, chasqueando los dedos hacia un criado que permanecía de pie a su espalda–. ¡Los documentos! –El criado se los entregó. Uno de ellos era un rollo de pergamino que Galeazzo le entregó a Cranston–. Aquí se relata la historia tal como yo la he contado. –Después tomó un cuadrado trozo de pergamino, cerrado con cuatro sellos de cera roja–. Y aquí está la solución –añadió, entregándoselo al rey–. Majestad, permitidme que os lo confíe a vos para que no haya la menor sospecha de juego sucio.

    Un murmullo de aprobación recorrió la sala. El joven rey batió jubilosamente palmas mientras Juan de Gante miraba con una sonrisa a sir John.

    – Dos semanas, mi señor forense –dijo el regente en voz baja, tomando a Cranston del brazo–. No os preocupéis, sir John. Si perdéis la apuesta, yo pagaré la deuda. Cranston le miró boquiabierto de asombro al percatarse de la terrible trampa en la que había caído. No era simplemente la pérdida del oro o la humillación de perder la apuesta, cosa que seguramente no podría evitar. El regente lo había utilizado como instrumento para complacer a su invitado italiano y, sobre todo, para que él se sintiera en deuda. Cranston tenía influencia cerca del alcalde, los alguaciles y los principales concejales de Londres y era un hombre unánimemente respetado por su integridad y sus acerbas críticas a la corte. Si aceptara el dinero del regente, estaría en sus manos y, antes de que transcurriera un año, todo el mundo le consideraría un paniaguado del poder. La cólera le hervía en la sangre. Tuvo que tragarse una respuesta mordaz y asió con fuerza el borde de la mesa hasta que le dolieron los dedos. No podía prestar la menor atención a las conversaciones que se estaban desarrollando a su alrededor. Miró al regente y respiró hondo.
    – Mi señor de Lancaster, os agradezco vuestra generosidad, pero no voy a necesitar vuestro dinero porque resolveré el misterio.

    Juan de Gante sonrió y le dio una palmada en el brazo.

    – Por supuesto, sir John. Y yo voy a disfrutar oyendo vuestra solución. El regente se volvió para decirle algo a su joven sobrino. Cranston no tuvo más remedio que sentarse, furioso consigo mismo y con la astucia de los príncipes. El banquete terminó una hora después. Un paje le entregó a Cranston su castoreño y su capa forrada de lana y éste abandonó la mansión y echó a andar por las angostas callejuelas hasta llegar a la taberna más cercana. Pidió una mesa apartada, dos velas y la mayor jarra de cerveza que pudieran servirle y se pasó una hora leyendo la historia del misterio del señor de Cremona. Cuanto más leía, tanto más se hundía en la depresión. Al final, lleno de cerveza y de desolación, abandonó la taberna y emprendió tristemente el regreso a su casa. Ni siquiera la perspectiva de contemplar el risueño rostro de Matilde o los alegres semblantes de sus hijitos del alma, Francisco y Esteban, consiguieron disipar la profunda inquietud que lo embargaba.


    * * *

    Fray Athelstan se levantó muy temprano. La noche anterior había sido muy clara y le había permitido gozar de la contemplación del firmamento en compañía de Buenaventura, el gato de la iglesia que cada vez estaba más gordo y que tenía por costumbre sentarse a su lado y observarle con curiosidad. Después bajó, guardó el telescopio y las cartas en la única cómoda de la casa parroquial que se podía cerrar con llave, se dirigió a San Erconwaldo para el rezo de vísperas, todavía acompañado por Buenaventura, volvió a la casa para tomarse un poco de cerveza ligera y una rebanada de pan untada con miel y darle un cuenco de leche a Buenaventura y se fue a la cama. El fraile estaba tan contento que, mientras se lavaba, empezó a entonar una suave melodía de su infancia. Después se afeitó y se puso su hábito blanco y negro. A su lado, el fiel Buenaventura bostezó, se desperezó y se lamió los bigotes con la rosada lengua, esperando su plato de pescado y su cuenco de leche. Athelstan dobló la toalla junto al lavamanos de madera, se inclinó para acariciar al gato y le rascó suavemente la cabeza entre las orejas hasta que Buenaventura empezó a ronronear de placer.

    – Te estás poniendo muy gordo, maese gato. Cuanto más te miro, más me recuerdas a Cranston.

    Buenaventura le miró como si sonriera y se restregó contra él.

    – Te estás poniendo muy gordo, Buenaventura – repitió el fraile–. Y esta mañana no te voy a dar de comer. Te tendrás que buscar tú mismo el desayuno, yendo de caza por ahí. En su austero dormitorio, Athelstan miró a su alrededor y alisó la manta de pelo de caballo de la cama, arrojó por la ventana el agua que había utilizado para lavarse y experimentó un sobresalto al oír un gruñido desde abajo. Se asomó y vio a la voluminosa cerda de Úrsula la porquera, mirándole enfurecida. Soltó una maldición por lo bajo y cerró de golpe las contraventanas. Estaba hasta la coronilla de aquella cerda, la cual parecía poseer una inteligencia casi diabólica. En cuanto empezaban a crecer los repollos y las hortalizas que él plantaba amorosamente, aquel maldito animal entraba en su huerto y se lo comía todo.
    – No sé si Huddle me podría construir una valla –murmuró Athelstan. Pero tenía otras tareas más importantes que encomendarle a Huddle. A pesar de las incursiones de la cerda en su pequeño huerto, el fraile se sentía exultante de gozo. Aquel día, sexto domingo después de la Pascua del año 1379, se iniciarían las obras de reforma de la iglesia. Quitarían la cancela de separación entre el coro y la nave del templo, levantarían las agrietadas baldosas del suelo estropeadas por la humedad y pondrían otras nuevas, cuidadosamente cortadas y pintadas en blanco y negro. No le importaba que fuera domingo, pues ése era el mejor día para trabajar y el más adecuado para el comienzo de unas importantes obras de embellecimiento de la casa de Dios.

    Mientras tarareaba la canción, comprobó que el cajón en el que guardaba el telescopio y las cartas astrológicas estuviera debidamente cerrado con un candado y bajó por la desvencijada escalera para dirigirse a la cocina. Buenaventura levantó el rabo y le siguió con tanta reverencia como un acólito durante la celebración de la santa misa. La cocina era tan austera como el dormitorio y en ella sólo había unas pequeñas alacenas, una mesa y unos escabeles. En la chimenea ardía todavía un pequeño fuego, sobre el cual se estaba calentando lentamente una olla de sopa que Athelstan estaba preparando desde el viernes. Benedicta le había aconsejado que no tirara los huesos de la carne sino que los dejara hervir unos cuantos días con especias, diciéndole que con ello conseguiría una sopa exquisita. El fraile, que era un pésimo cocinero, aspiró con deleite el delicioso aroma que llenaba la cocina. Entró en la pequeña despensa, cortó una rebanada de pan y se llenó un vaso con vino aguado. Buenaventura le siguió, mirándole con expresión suplicante.

    – Nada de leche, Buenaventura – le dijo severamente Athelstan. El gato ronroneó y se restregó contra su pierna.
    – Bueno –le dijo, compadeciéndose de él.

    Tomó una jarra de barro y vertió un poco de leche en un cuenco que había en el suelo, admirando el negro y lustroso pelaje de Buenaventura mientras aquel señor de los callejones y rey de los gatos lamía melindrosamente la leche. «A Buenaventura le gusta la leche» –pensó– tanto como a Cranston le gusta el vino.» Regresó con aire ausente a la cocina, se sentó en un escabel y contempló las moribundas brasas de la chimenea. Se preguntó qué tal estaría el buen forense, pues él, al igual que sir John, se había extrañado de que el regente le hubiera enviado a éste una invitación, sabiendo que Cranston no era precisamente muy amigo de la corte.

    – Confío en que tenga cuidado –murmuró Athelstan, contemplando con una sonrisa el vaso de vino.

    El forense tenía una panza tan grande como su boca y su corazón, pero él temía que su honradez y su sinceridad lo condujeran algún día a una situación peligrosa. Cerró los ojos y rezó una breve oración por Cranston y su encantadora y discreta esposa lady Matilde, la única persona a quien temía el forense. Athelstan sacudió la cabeza, sorprendiéndose de que una dama tan menuda y delicada hubiera podido dar a luz unos gemelos tan vigorosos como Francisco y Esteban. Cierto que el parto había sido muy laborioso y que más tarde ella había tenido un poco de fiebre, pero ahora lady Matilde estaba más joven que nunca y Cranston no cabía en sí de gozo y presumía como un pavo real. El fraile sonrió complacido, recordando que, unas semanas atrás, había bautizado a los gemelos en la pila bautismal de la entrada de San Erconwaldo. Las criaturas se habían pasado el rato berreando y él había tenido que hacer un esfuerzo para reprimir la risa, pues ambos parecían un par de guisantes salidos de la misma vaina. Nadie hubiera podido poner en duda que eran hijos de Cranston: rubicundos, gritones, sin pelo en la cabeza y muy dados a soltar eructos y ventosidades cuando no reclamaban a gritos las generosas ubres de su exhausta nodriza. Durante toda la ceremonia, Cranston, el satisfecho progenitor, se pasó el rato balanceándose suavemente hacia delante y hacia atrás mientras tomaba ocasionales tragos de su bota de vino milagrosa, así llamada porque jamás se vaciaba. El bautizo terminó en medio del caos, pues la cerda de Úrsula la porquera entró en la iglesia y Buenaventura se encaramó de un salto sobre las rodillas de Cranston. Por si fuera poco, Cecilia la cortesana recibió un bofetón por parte de la mujer de Watkin el recogedor de estiércol, pues, según ella, la chica le estaba echando los tejos a su marido. Los remilgados parientes de lady Matilde y las nobles amistades que tenía sir John en la ciudad contemplaron con horrorizado asombro la ridícula mascarada que se estaba desarrollando ante sus ojos. Pero, a pesar de todo, el día finalizó satisfactoriamente con un pequeño banquete en el jardín posterior de la espaciosa casa de Cranston al otro lado del río. Muchos de los feligreses de la parroquia habían sido invitados y Athelstan se rió como jamás lo había hecho en toda su existencia, sobre todo cuando Cranston, bajo los efectos de la bebida, se quedó profundamente dormido encima de un montón de estiércol, acunando suavemente a sus adormilados gemelos, uno en cada brazo. Athelstan experimentó un sobresalto al sentir que Buenaventura, tan sigiloso como un ladrón, saltaba sobre sus rodillas.

    – Vamos, gatito –murmuró–, tenemos que oficiar misas y rezar oraciones. Tomó el llavero que colgaba de su cinto y se fue a abrir la puerta de la iglesia. Al verle pasar, la cerda lo saludó con un amistoso gruñido y siguió mordisqueando los repollos como si tal cosa. Buenaventura miró desdeñosamente a la cerda y siguió a su amo. Crim, uno de los hijos de la numerosa prole de Watkin el recogedor de estiércol, le estaba esperando en los peldaños de la entrada.
    – ¿Has venido para ayudar a misa, Crim?
    – Sí, padre.

    Athelstan contempló su mugriento rostro. El chico era un travieso angelillo, pero aquella mañana parecía un poco preocupado o puede que se sintiera culpable, pues no quería mirarle a los ojos. El fraile no le dio demasiada importancia, sabiendo que los padres de Crim se peleaban constantemente. Seguramente se habría producido alguna trifulca en casa. El fraile abrió la puerta y entró en la iglesia, seguido de cerca por Crim y Buenaventura. Una vez dentro, se apoyó en la pila bautismal y miró complacido a su alrededor. Sí, su humilde iglesia parroquial estaba empezando a ser bonita: las alfardas de madera se habían reforzado y se habían cambiado las tejas del tejado para que éste pudiera resistir los vendavales y las terribles tormentas invernales. El suelo de la nave presentaba ahora una superficie lisa y regular y estaba impecablemente limpio. Por su parte, Huddle el pintor, un joven de ignorado origen con una habilidad innata para el grabado y la pintura, se había dedicado a llenar todos los espacios disponibles de los muros y las columnas con coloristas escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento. Todas las ventanas estaban ahora protegidas con cuerno o cristal y Athelstan estaba firmemente decidido a buscar a algún poderoso benefactor que quisiera costear los gastos de unas vidrieras multicolores. Sin embargo, San Erconwaldo era algo más que una casa de oración, pues los feligreses también solían reunirse allí para concertar negocios o celebrar las grandes fiestas litúrgicas. Los jóvenes acudían al templo para casarse, bautizar a sus hijos, asistir a misa, confesar sus pecados y, cuando Dios los llamaba, ser depositados en el gran féretro de la parroquia y colocados delante de la cancela del antealtar para recibir la última bendición. Athelstan tamborileó con los dedos sobre la superficie de madera de la pila bautismal y siguió tarareando la melodía de su infancia. Al principio, la parroquia no le gustaba y la iglesia le había parecido un lugar muy sucio y descuidado, pero, al final, se encariñó con ella y los pintorescos personajes que se movían a su alrededor llenaron su solitaria vida con los dramas de las suyas. Crim, acostumbrado a las ensoñaciones de su párroco, avanzó por la nave del templo simulando ser un caballo y Athelstan evocó súbitamente a Philomel, un antiguo caballo de batalla que ahora se había convertido en su montura y su más fiel compañero.

    – ¡Dios nos asista! –musitó–. ¡Ése va a derribar la puerta del establo de una coz!

    Salió corriendo de la iglesia y se dirigió al pequeño cobertizo que ahora era el establo de Philomel. El viejo caballo relinchó, sacudió la cabeza y acoceó suavemente la puerta del establo en cuanto apareció Athelstan. El fraile le ofreció inmediatamente una mezcla de avena y salvado y echó un poco de heno en el pesebre, pues Philomel, a pesar de su carácter calmoso y reposado, tenía un apetito increíblemente voraz. Al regresar a la iglesia, Athelstan vio a Leif, el mendigo cojo, sentado en los peldaños de la entrada.

    – Buenos días, padre.
    – Buenos días, Leif. ¿Cómo está sir John?

    El mendigo se rascó la cabeza y en su caballuno rostro se dibujó una sombra de inquietud.

    – Mi señor forense no está de muy buen humor –contestó–. Al decirle yo que cruzaría el puente para ir a pedir limosna, aprovechó para darme un mensaje para vos. Quiere veros esta noche.
    – ¡Vaya por Dios! –murmuró Athelstan.
    – Padre –dijo Leif en tono suplicante–, estoy muerto de hambre y he recorrido un largo camino.
    – La casa está abierta, Leif. Encontrarás un poco de caldo sobre el fuego de la chimenea y vino en la despensa. Sírvete tú mismo. Leif no necesitó que le repitieran dos veces la invitación y, a pesar de que le faltaba una pierna, se levantó y corrió como un galgo hacia la casa. Athelstan le vio alejarse y pensó en Cranston. ¿Otro asesinato?, se preguntó. ¿O sería algo de tipo personal?
    – ¿Qué más da? –le dijo al gato–. Vamos a tener un domingo precioso. Se frotó los ojos y contempló el cielo. Quizá ya había llegado la hora de que reconociera el verdadero motivo de su felicidad, no lo habían convocado para que asistiera al Capítulo Interno en el convento de los dominicos. Pese a ello, no pudo por menos que experimentar una punzada de pesadumbre. Allí estarían algunos de sus mejores amigos, pero también Guillermo de Conches, el inquisidor general de Aviñón, el cual intervendría en el debate acerca de las nuevas enseñanzas del brillante teólogo fray Enrique de Winchester.
    – Eso, por lo menos, me lo voy a ahorrar –musitó.
    – ¿Con quién estáis hablando, padre? –le preguntó Crim, asomando la cabeza por la puerta de la iglesia. Athelstan le guiñó el ojo.
    – Con Buenaventura, Crim. No olvides que este gato es mucho más de lo que parece a primera vista.

    Athelstan avanzó por la nave del templo, cruzó el antealtar, hizo una genuflexión delante de la vacilante llama de la lámpara del sagrario y entró en la pequeña sacristía. Allí se volvió a lavar las manos y la cara, se sacudió el hábito para eliminar las briznas de la paja del establo de Philomel y se puso unas doradas vestiduras, pues la Iglesia aún estaba celebrando la gloria del tiempo de Pascua. Se sobresaltó al oír que se abría de golpe la puerta de la parte de atrás. Confiaba en que no fuera Cranston. Pero era sólo Mugwort el campanero, el cual entró en el cuartito y empezó a tocar a misa. Crim entraba y salía constantemente de la sacristía para preparar el altar. El agua destinada al lavatorio de las manos, el vino y las obleas del ofertorio y la consagración, el gran misal con las lecturas del día debidamente marcadas y una servilleta para que Athelstan se secara las manos. Obedeciendo a un solemne movimiento de la cabeza del sacerdote, se colocaron unos cirios a ambos lados del altar, y se limpiaron y encendieron los pabilos como señal del inminente comienzo de la misa. Athelstan se acercó a la puerta de la sacristía y echó un vistazo a la iglesia. Sería la última vez que celebrara la misa en el viejo altar. El obispo de Londres lo había autorizado a derribar el altar, levantar la piedra del relicario y retirar provisionalmente el antealtar de Huddle para poder colocar unas baldosas nuevas. Contempló cómo Mugwort tiraba como un loco de la cuerda de la campana con el rostro iluminado por una radiante expresión de placer. El fraile sonrió para sus adentros. Tanto si acudía a misa como si no, cuando Mugwort terminara de tocar la campana, toda la gente de media legua a la redonda sabría que era domingo y tiempo de oración.

    Los feligreses empezaron a ocupar sus puestos. En primer lugar, Watkin el recogedor de estiércol, sacristán y presidente del consejo parroquial, un hombre bajito y rechoncho con el rostro cubierto de verrugas, las ventanas de la nariz llenas de pelos, una mirada de lince y una voz tan sonora como un trueno. Le seguía su mujer, cuyo temible aspecto era tan impresionante que a Athelstan le recordaba siempre a un caballero vestido con su armadura. Después entró Pernel la flamenca, con su pálido rostro de loca y su mirada perdida, hablando sola de sus cosas, seguida de cerca por Ranulfo el cazador de ratas en compañía de dos de sus hijos. Athelstan tuvo que cubrirse la boca con la mano para disimular su sonrisa, pues tanto el padre como los niños, vestidos de negro y con las cabezas cubiertas por unas capuchas que les ocultaban el rostro, tenían la misma pinta que los roedores que Ranulfo solía cazar. Éste captó la mirada de Athelstan y sonrió, recordando la promesa del párroco, según la cual, en cuanto se construyera el nuevo altar, San Erconwaldo se convertiría en la iglesia titular del recién creado Gremio de los Cazadores de Ratas. Entraron otros feligreses, encabezados por Huddle el pintor con su expresión soñadora y su rostro de niño. El autodidacta artista se acercó inmediatamente a un muro para acariciar una de sus últimas obras, una brillante versión de la historia de Daniel en el pozo de los leones. A continuación se presentó Tab el calderero, todavía bajo los efectos de la cerveza de la víspera, y poco después apareció Pike el acequiero, encabezando una especie de pequeño ejército de enanos formado por su vasta prole y por la de Tab, de la cual se había erigido también en responsable. Athelstan estudió detenidamente a Pike. Sabía que el acequiero mantenía estrechas relaciones de amistad con los radicales dirigentes campesinos que tramaban constantemente rebeliones tanto dentro como fuera de la ciudad. Pero lo que más preocupaba al fraile era el hecho de que Pike, junto con la rubia y dulce Cecilia la cortesana, estuviera tramando un violento ataque contra el presidente del consejo parroquial que en aquellos momentos era Watkin. Athelstan lanzó un suspiro, sabiendo que, cuando ello ocurriera, no tendría más remedio que producirse una encarnizada lucha por el poder. Finalmente entró la viuda Benedicta, vestida con una túnica azul claro y un velo blanco sobre un cabello tan negro como la noche. Athelstan sintió que se le aceleraban los latidos del corazón y bajó la vista, pues amaba a la viuda con un inocente afecto que a veces era causa de una profunda turbación para ambos.

    Benedicta cerró la puerta, saludó con la mano al fraile y se apartó rápidamente al ver que la puerta se volvía a abrir de golpe y entraba Úrsula la porquera, seguida de su aviesa cerda.

    – ¡Voy a matar a este maldito animal! –murmuró Athelstan–. ¡Lo voy a matar y me pasaré un año comiendo carne de cerdo!

    Pero Úrsula le dedicó una dulce sonrisa y se arrodilló junto a una columna mientras la cerda se apretujaba entre ella y Watkin. Athelstan tuvo que morderse el labio para no sonreír, pues la cerda mostraba un sorprendente parecido con el sacristán. Úrsula solía ser la última en llegar, por lo que Athelstan se acercó a las gradas del altar, se persignó y dio comienzo a la celebración del gran misterio de la misa. Los fieles que habían permanecido sentados hablando en susurros entre sí se acercaron a la cancela del antealtar, clavando atentamente la mirada en el sacerdote que estaba intercediendo por ellos ante Dios.


    CAPÍTULO 2


    Al terminar la misa, Athelstan invitó a los miembros del consejo parroquial a su casa mientras Mugwort y Crim se quedaban en la iglesia para retirar los manteles del altar, los cirios, las flores y los jarrones, pues los hombres que el fraile había contratado se encontraban junto a la entrada del templo, esperando a que les dieran permiso para iniciar su trabajo. Una vez todos reunidos, Athelstan sirvió unas copas de vino a los miembros de su consejo, elevó una oración al Espíritu Santo y empezó la reunión. A los pocos minutos, Athelstan vio confirmados sus peores temores y comprendió que la víspera se habían producido muchas conspiraciones. Pike el acequiero, respaldado por una sonriente Cecilia y una rubicunda Úrsula, lanzó un duro ataque contra Watkin por el hecho de que éste permitiera que los niños jugaran en el cementerio y preguntó si no sería más conveniente construir una nueva valla. Como es natural, la esposa de Watkin intervino inmediatamente en la discusión y empezaron a caldearse los ánimos. Athelstan se limitó a permanecer sentado, observando con incredulidad las vehementes palabras de aquellos hombres que hablaban cual si fueran unos abogados del Tribunal Real que estuvieran debatiendo trascendentales cuestiones de vida o muerte. Huddle sonreía con expresión beatífica. Tab el calderero cambiaba constantemente de bando mientras que Leif el mendigo, sentado en un escabel en un rincón de la chimenea con la boca llena de la sabrosa sopa de Athelstan, lanzaba de vez en cuando un insulto a la mujer de Watkin, a quien aborrecía con toda su alma. Benedicta se mordió el labio y miró con una sonrisa al fraile. A mediodía, Athelstan, cada vez más irritado, se dio cuenta de que todo el mundo estaba agotado y entonces se apresuró a dar por finalizada la discusión y sirvió a sus invitados unos cuencos de la misma sopa que Leif estaba sorbiendo ruidosamente en su rincón mientras admiraba por el rabillo del ojo a Cecilia y le gritaba improperios a la mujer de Watkin.

    Durante un buen rato, reinó el silencio. Athelstan y Benedicta aprovecharon la ocasión para salir a dar una vuelta por el pequeño huerto. El fraile deseaba alejarse un poco de la exaltada atmósfera de la casa y, al mismo tiempo, estaba preocupado por el mutismo de Benedicta. Generalmente, ésta terciaba en las discusiones y trataba de calmar los ánimos o bien estallaba en carcajadas cuando oía los insultos que se intercambiaban los miembros del consejo. Benedicta siempre decía que la verdadera causa de las luchas de poder en el seno del consejo parroquial era el odio que la mujer de Watkin le profesaba a Cecilia y el que Pike le profesaba a Watkin, pues el celoso acequiero sospechaba que los paseos del sacristán con la joven cortesana por el cementerio no estaban relacionados con ningún asunto de la parroquia. Desde el huerto, Athelstan podía oír las discusiones de la casa y el ruido de los golpes procedentes de la iglesia donde los trabajadores estaban levantando las viejas baldosas del suelo.

    – ¿Qué ocurre? –le preguntó a la viuda.

    Benedicta levantó los ojos y el fraile vio una lágrima rodando por su aceitunada mejilla y otras a punto de escaparse de sus inquietos ojos oscuros. ¿Eran azules o violeta?, se preguntó Athelstan. Benedicta le recordaba siempre una figura de la Virgen María que una vez había visto en una vidriera. Su rostro poseía la misma serenidad, incluso cuando estaba trastornada, tal como le ocurría en aquellos momentos. Athelstan le rozó suavemente el hombro con la mano.

    – ¿Qué ocurre? –repitió, procurando no prestar atención a los gritos de la casa y los golpes de los obreros en la iglesia.
    – Padre, vos sabéis que soy viuda desde hace tres años.

    Athelstan asintió con la cabeza.

    – Pues bien. –Benedicta apartó la mirada y se mordió el labio inferior–. Acabo de recibir noticias de Francia. –Respiró hondo–. ¡Puede que mi marido no haya muerto!

    Athelstan retrocedió asombrado.

    – Vuestro esposo era capitán de barco. Yo creía que había muerto en el mar.
    – Sí, obtuvo patente de corso para actuar como corsario en el Canal, fue atacado por una embarcación de guerra francesa y había puesto rumbo a Calais cuando se desencadenó una súbita tormenta y su barco se hundió con toda la tripulación. Ahora acabo de recibir la noticia de que quizá lo hicieron prisionero.
    – ¿Por qué medio os habéis enterado?
    – Un conocido mío acaba de regresar de Francia, aprovechando que la tregua ha sido prorrogada. Y dice que vio a mi esposo en el interior de la empalizada de una prisión de las afueras de Boulogne. –Benedicta entrelazó los dedos de las manos–. ¿Qué puedo hacer, padre? No puedo ir a Francia, pues temo que con ello se agravara la situación y además serían necesarios varios meses para cursar una instancia al consejo. Athelstan respiró hondo, tratando de luchar contra sus secretos deseos y pensamientos.
    – Los dominicos tienen una casa en las afueras de Boulogne –dijo–. Esta misma noche les escribiré y le pediré a Cranston que ordene su envío a través de uno de los mensajeros reales. Cranston le podrá facilitar salvoconductos –añadió sonriendo–. Para algo somos los dominicos, Benedicta. Somos literalmente los Canes del Señor. Si vuestro esposo está vivo, nuestra casa intervendrá y puede que curse una petición a las autoridades francesas. A cambio de un puñado de oro, quizá vuestro esposo podría regresar a casa antes de un mes.

    El fraile le dio a la viuda una suave palmada en el hombro e inmediatamente se sintió culpable del placer que experimentó por el simple hecho de estar a su lado. Benedicta apartó la cabeza como si quisiera ocultar el rostro. Al hacerlo, un mechón de su cabello rozó la mejilla de Athelstan y éste aspiró la fragancia de su perfume mientras ella se volvía a mirarle con una sonrisa en los labios.

    – Será mejor que regreséis, padre –dijo Benedicta en voz baja–. ¡La mujer de Watkin tiene instintos asesinos!

    Athelstan captó la alusión y dio media vuelta para regresar a la reunión. Benedicta estaba en lo cierto. La sopa había infundido nuevos bríos a los miembros del consejo y ahora todos estaban gritando y nadie escuchaba. Athelstan empezó a dar sonoras palmadas y no paró hasta que consiguió restablecer el orden.

    – Todos acabamos de recibir el sacramento de la comunión –dijo, mirándoles severamente–y nos hemos intercambiado un saludo de paz. Por consiguiente, todas estas discusiones tienen que terminar. Cuando volvamos a reunimos, haremos una votación sobre la cuestión del cementerio y tomaremos la decisión que se haya votado por mayoría. Miró al mendigo que aún seguía sentado en el escabel–. ¡Leif! –le gritó–, ya basta de tomar sopa. ¡Me tendría que durar un mes! Y ahora –añadió levantando una mano–, ¡quiero que os sentéis todos y os calléis de una maldita vez!

    Se dirigió a la despensa, regresó con una garrafa de vino que Cranston le había regalado por Pascua y escanció una pequeña cantidad en cada uno de los vasos de los presentes. Los feligreses le dieron las gracias, sonriendo con disimulo y guiñándose el ojo unos a otros, pues su párroco raras veces perdía los estribos. Benedicta se reunió con ellos y todos volvieron a sus asientos. Tras un breve y benévolo discurso, en el cual hizo un llamamiento a la unidad, Athelstan desvió hábilmente la discusión hacia los preparativos que se estaban haciendo en la parroquia para la fiesta del Corpus Christi.

    – Los niños –dijo–escenificarán su representación en la nave de la iglesia.
    – Y habrá una procesión –añadió Watkin.
    – ¿Y alguna nueva pintura quizá? –preguntó Huddle en tono esperanzado–. La podríamos poner junto a la entrada, padre. Jesús multiplicando los panes y los peces para cinco mil hombres.
    – Cada cosa a su tiempo –contestó Athelstan, levantando una mano.
    – Hay algo más importante –dijo Cecilia, interrumpiéndoles–. Tenemos que colocar una cortina entre la columna y el muro, cerca del altar. Recordad, padre, que nos tenéis que oír en confesión y darnos la absolución antes de la gran fiesta. Athelstan cerró los ojos. Gustosamente hubiera soslayado el deber de oír las confesiones de sus feligreses, pues ya sabía cuál iba a ser el inevitable resultado. Al terminar, la mujer de Watkin le preguntaría qué le había confesado su marido y, como es natural, él tendría que tranquilizarla sin mentir ni hacerle confidencias. Benedicta, que debía de haber adivinado su inquietud, intervino rápidamente, sugiriendo la celebración de un festival de flores el miércoles anterior al Corpus Christi. Mientras todos estaban estudiando tranquilamente los detalles, se abrió la puerta de golpe e irrumpió en la estancia uno de los hombres que estaban trabajando en la iglesia.
    – ¡Padre, padre! ¡Venid enseguida! –gritó en tono atemorizado. Unas gruesas gotas de sudor le bajaban por el rostro cubierto de polvo.
    – ¿Qué sucede? –preguntó Watkin–. Yo soy el sacristán y presidente del consejo.
    – ¡Cállate, gordinflón! –le gritó el hombre–. Tenéis que venir vos, padre. ¡Venid enseguida, os lo ruego! –suplicó, agitando las manos mientras tragaba saliva y miraba a su alrededor con expresión aterrada–. ¡Al levantar la baldosa que hay debajo del altar, hemos encontrado un cadáver!

    Athelstan sintió un estremecimiento de frío y aporreó la mesa para acallar el clamor de los presentes.

    – ¿Un cadáver? –preguntó–. ¿Debajo de nuestro altar?
    – Bueno, padre, a decir verdad, es más bien un esqueleto perfectamente conservado. ¡Y está tendido allí abajo con un pequeño crucifijo de madera en la mano!

    Encabezados por su párroco, los miembros del consejo parroquial abandonaron la casa y entraron en la iglesia, olvidando de repente todas sus desavenencias. Al entrar en el templo, Athelstan se detuvo y los componentes del grupo empezaron a darse codazos y empujones.

    – ¡Oh, no! –exclamó, consternado.
    – No os preocupéis, padre –le dijo Watkin alegremente–. Antes de una semana, todo estará arreglado.

    Athelstan contempló el caos. El antealtar había sido retirado y el espacio previamente ocupado por el altar parecía un solar de un edificio en construcción. Las viejas baldosas estaban amontonadas de cualquier manera y, al acercarse al presbiterio, el fraile pudo ver el enorme agujero abierto en el espacio previamente ocupado por el altar. Los demás trabajadores se habían congregado a su alrededor y lo estaban contemplando en silencio. El que había acudido a llamar a Athelstan y que, al parecer, era el capataz, rechazó con un autoritario gesto de la mano a Watkin y sus compañeros.

    – Veréis, padre –dijo, mirando a sus hombres como si les pidiera una confirmación–, el altar se levantaba sobre una baldosa que a su vez descansaba sobre una lastra encima de un lecho de tierra y grava. –El hombre carraspeó y se secó la boca con el dorso de la mano–. Tal como vos habíais ordenado, teníamos que rebajar el suelo del altar y, por consiguiente, sacamos un poco de tierra. Pues bien, debajo del altar el suelo cedió y eso es lo que hemos encontrado.

    Mientras los feligreses se agrupaban a su alrededor, Athelstan se acercó al borde del agujero y vio que uno de los trabajadores bajaba cuidadosamente para retirar un trozo de lona. Debajo había un esqueleto en posición de sereno reposo, con un pequeño crucifijo de madera ya medio podrida y reblandecida entre los huesudos dedos. Las muñecas estaban cruzadas y las piernas estiradas.

    – ¡Es un mártir! –exclamó súbitamente Watkin como si hiciera una triunfal revelación. ¡Mirad, padre, es un mártir! ¡San Erconwaldo tiene su propio santo y su sagrada reliquia!

    Athelstan cerró los ojos y musitó una plegaria. Lo que menos le interesaba era tener una reliquia. No creía que la voluntad de Dios dependiera de unos fragmentos de hueso o unos retazos de carne.

    – ¿Cómo sabes que es un mártir? –preguntó con un hilillo de voz–. Alguien podría haber arrojado estos restos aquí. Los feligreses le miraron enfurecidos, firmemente dispuestos a no dejarse arrebatar su santo mártir.
    – Pues claro que es un mártir –dijo Pike, por una vez plenamente de acuerdo con Watkin–. Mirad, padre, vos habéis visto muchos cadáveres que se arrojan a un hoyo y allí se quedan. Éste de aquí, en cambio, ha sido cuidadosamente colocado con la cabeza dirigida hacia oriente.
    – ¡Y el crucifijo! –gritó jubilosamente Úrsula–. ¡No olvidéis el crucifijo!
    – Tienen razón, padre –dijo serenamente Benedicta–. Quienquiera que sea la persona a la que pertenece este esqueleto, quienquiera que haya sido en vida, está claro que fue enterrada aquí en señal de respeto, con un crucifijo en las manos como signo de reverencia. Athelstan miró impotente a su alrededor.
    – Concedo [1] – murmuró–que existe esta posibilidad, pero, en tal caso, ¿quién es y por qué está aquí?
    – Es un mártir –afirmó Mugwort–. Lo debieron de martirizar los persas.
    – ¿Los persas, Mugwort? ¡Jamás hubo persas en Inglaterra!
    – ¡Sí los hubo! –gritó Tab el calderero–. Vos lo sabéis, padre, fueron los mismos desalmados que mataron a Jesús. Después de haberle crucificado –añadió–, vinieron aquí, mataron a todos los pobrecillos que creían en Jesucristo y saquearon los monasterios explicó, mirando confiadamente a su alrededor, pues estaba muy orgulloso de la escasa instrucción que había recibido y nunca dejaba pasar la oportunidad de exhibir sus conocimientos.
    – Los romanos –replicó Athelstan–. Fueron los romanos quienes invadieron Inglaterra. Y, efectivamente, cuando la fe cristiana se difundió por estos territorios, mataron a los que creían en Jesucristo. Hombres como san Albano, cuyos sagrados restos descansan en su propia iglesia al norte de Londres. –El fraile vio la decepción que reflejaban los ojos de Tab–. Pero, a lo mejor, tienes razón, Tab. Los vikingos que llegaron mucho más tarde estuvieron efectivamente en Londres y mataron también a muchos cristianos y sólo Dios sabe si éste fue una de sus víctimas –dijo, contemplando el esqueleto–. Sin embargo, no sabemos si es un hombre o una mujer. Vamos a ver. Pike, Huddle, Watkin, levantad con cuidado el cuerpo –añadió, señalando el fondo de la nave del templo donde, en uno de los cruceros, estaba el gran ataúd de madera de roble de la parroquia–. Depositad los huesos allí y ya veremos lo que podemos averiguar. Los feligreses elegidos levantaron reverentemente el esqueleto como si fuera lo más sagrado que hubiera bajo el sol mientras los demás, incluidos los trabajadores, se arrodillaban y se santiguaban devotamente. Todos experimentaron un sobresalto cuando Buenaventura, que había entrado sigilosamente en la iglesia, se percató de repente de que el levantamiento de las baldosas del suelo había sembrado el desconcierto entre las ratas y los ratones y empezó a perseguirlos, corriendo como una negra exhalación en pos de sus presas.
    – ¡Vamos! –dijo Athelstan.

    El esqueleto fue sacado del hoyo y colocado sobre un lienzo de lona. Athelstan, haciendo caso omiso de las protestas de los miembros de su consejo, lo examinó, observó la delicadeza y blancura de los huesos y estudió con atención el cráneo y las costillas sin encontrar en ellos la menor señal de violencia.

    – Qué curioso –musitó.
    – ¿A qué os referís, padre?
    – Bueno, yo no soy médico, pero me parece que estos huesos no pueden ser muy antiguos. Sospecho que se trata de una mujer y, por lo que yo recuerdo del martirologio romano, casi todos los mártires sufrieron unas muertes atroces: crucifixión, ahorcamiento, empalamiento o decapitación. Y, sin embargo, este esqueleto no tiene la menor señal. Athelstan hubiera deseado estudiar con más detenimiento el cráneo, pero sus feligreses ya habían rodeado el ataúd. Le hizo una seña a Tab.
    – Ve en busca del alguacil maese Bladdersniff –le ordenó–. Lo encontrarás en alguna taberna de por aquí. –El fraile contempló de nuevo el esqueleto–.Y localiza también al médico Culpepper. Su casa está en la esquina del callejón de Reeking. Aunque sea muy viejo, es un hombre muy experto.

    Dicho lo cual, mandó salir a todo el mundo de la iglesia, instando a los hombres a reanudar su trabajo y recuperar el tiempo perdido. Los feligreses permanecieron un rato en el exterior, comentando emocionados lo ocurrido mientras Athelstan se hundía en una profunda zozobra. Tenía una premonición de lo que estaba a punto de ocurrir. Empezaría a acudir gente a la iglesia en busca de milagros y reliquias y se perdería para siempre la cotidiana paz de la parroquia. Surgirían impostores, dispensadores de indulgencias de Roma y Aviñón ansiosos de medrar a costa de los temores de la gente, vendedores de reliquias con bolsas llenas de las habituales falsificaciones y gente capaz de soltar un buen montón de monedas de oro a cambio de la articulación de un dedo de un santo o un pedazo de su cráneo; y, finalmente, aparecerían los peregrinos profesionales y los fanáticos religiosos que vivían en un estado permanente de semihisteria. Athelstan se apartó del grupo, seguido de Benedicta. Se detuvo y volvió la cabeza para contemplar el templo.

    – ¿Qué antigüedad tiene esta iglesia? –preguntó la viuda, intuyendo sus pensamientos. Athelstan levantó la vista hacia las grises piedras de la torre, gastadas por la intemperie.
    – No estoy seguro –contestó–, Pero un gran incendio durante el reinado del rey Esteban arrasó todos los edificios y, por consiguiente, la época más antigua en la que se pudo haber construido sería la del reinado de su sucesor el rey Enrique II. –Athelstan se mordió el labio, tratando de recordar la historia–. Eso fue hace unos doscientos años –dijo, mirando con una sonrisa a la viuda–. Y, antes de que me lo preguntéis, Benedicta, no existe ningún archivo ni registro, todos desaparecieron. Yo llevo aquí muy poco tiempo como sabéis y, antes de mi llegada, la iglesia era atendida por clérigos itinerantes o sacerdotes seculares.
    – ¿Y antes? –preguntó Benedicta.

    Athelstan recordó vagamente las escandalosas historias que le habían contado y miró hacia el lugar donde se encontraban los miembros de su consejo parroquial.

    – ¡Watkin! –gritó–. ¿Puedo hablar contigo un momento?

    El sacristán se acercó presuroso, con el rostro arrebolado por la emoción.

    – Mira, Watkin –le dijo secamente Athelstan–, tenemos que mantener la serenidad sobre este asunto. ¿Qué sabes de la historia de la iglesia? ¿Y, sobre todo, del último párroco?

    El sacristán se rascó la cabeza, se manoseó una gruesa verruga de la nariz y miró tímidamente al fraile.

    – Bueno, padre, la iglesia siempre ha estado aquí.
    – ¿Y el último párroco?

    Watkin hizo una mueca de desagrado.

    – Era un hombre muy extraño, padre.
    – ¿Qué quieres decir?

    Watkin volvió a rascarse la cabeza y miró al suelo como si buscara algo.

    – Pues se llamaba Guillermo Fitzwolfe y era uno de esos curas iletrados que andan sueltos por ahí, un bribón y un sinvergüenza. Utilizaba San Erconwaldo como casa de juegos y celebraba extrañas reuniones nocturnas.
    – ¿De qué tipo?
    – Con carne de patíbulo.
    – ¿Magos quieres decir?
    – Sí, padre. Después desapareció y se llevó todos los libros y registros de la parroquia. Alguien dijo que el tribunal de los arcedianos lo estaba buscando cuando empezó a mezclarse con mujeres como Cecilia. –Watkin restregó las suelas de sus grandes botas contra el suelo–. Un mal hombre, padre. Dicen que estuvo detrás de muchas de las maldades que hubo por aquí. Pesas falsas en las tabernas, contratación de sirenas. –Watkin miró de reojo a Benedicta–. Prostitutas, meretrices, ¡así las llamamos nosotros!
    – ¿Y eso cuándo fue? –preguntó la viuda.
    – Pues hace unos cinco años. ¿Algo más, padre?

    Athelstan denegó con la cabeza y el sacristán se retiró a toda prisa.

    – Ya tenéis la respuesta, Benedicta. No hay registros ni libros ni historia. –El fraile se encogió de hombros–. ¿Quién sabe? Puede que el esqueleto tenga algo que ver con las nefastas actividades de Fitzwolfe.

    Benedicta le miró con dureza.

    – Lo dudo. Los hombres como Fitzwolfe, un auténtico rey entre los malandrines, hubieran tenido muchos lugares donde ocultar un cadáver. No olvidéis, padre, que el río se encuentra a dos pasos de aquí. No, o el cuerpo fue colocado allí antes de la construcción del altar o…
    – O durante su reconstrucción –dijo Athelstan, interrumpiéndola–. Reconozco, Benedicta, que vuestra lógica es aplastante. Lo cual significa –añadió–que tendré que averiguar cuándo se construyó la iglesia y si las baldosas se levantaron alguna vez. Cranston nos tendrá que ayudar en eso. Pero decidme, por favor –añadió, cambiando de tema–, ¿cuál era el nombre de pila de vuestro esposo? ¿Y qué aspecto tenía?

    Benedicta parpadeó y apartó la mirada.

    – Se llamaba Jaime y era alto y rubio y de complexión normal. Llevaba bigote y el cabello largo hasta los hombros, y tenía una cicatriz bajo el ojo derecho causada por una navaja.

    Athelstan le agradeció la información y ambos se pasaron un rato comentando cuál sería la actitud de los feligreses de la parroquia hasta que regresara el calderero con el presumido y medio cegato Bladdersniff y el canoso y risueño Culpepper.

    – ¿Qué es lo que ocurre, padre? –preguntó el alguacil, estirando el cuello como un ganso enfurecido mientras entornaba los ojos y fruncía ridículamente los labios. Athelstan lanzó un suspiro y prefirió no prestar atención a los fuertes efluvios de cerveza que lo envolvían cual si fueran un perfume.
    – Os necesito, maese Bladdersniff, y a vos también, mi buen médico, pues hemos encontrado un cuerpo, o más bien un esqueleto. Os ruego que me acompañéis. Entraron en la iglesia. Tambaleándose ligeramente, Bladdersniff examinó el esqueleto, murmurando palabras ininteligibles para sus adentros. Después se incorporó, introdujo los dedos pulgares de ambas manos en el ancho cinto que le ceñía la cintura y anunció solemnemente:
    – ¡Está muerto y es un esqueleto!

    Cecilia y Benedicta no pudieron reprimir la risa. El alguacil miró recelosamente a Pike, el cual se había situado a su espalda y estaba imitando todos sus movimientos con tal precisión que hasta el propio Athelstan tuvo que apartar el rostro. El médico Culpepper les fue mucho más útil. Se agachó y estudió cuidadosamente el esqueleto.

    – No hay ninguna señal de violencia –dijo–. Los huesos son finos y delicados y presentan un aspecto muy fresco.
    – ¿O sea que lo enterraron hace poco? –preguntó Athelstan, esperanzado.
    – Oh, no –contestó el anciano médico, mirando con sus lacrimosos ojos a Athelstan–. Vos sabéis, padre, que la arcilla de Londres suele conservar muy bien los huesos. Por consiguiente, sólo Dios sabe cuánto tiempo lleva enterrada aquí esta pobre criatura. Pero os diré una cosa –añadió–, el esqueleto pertenece a una mujer.
    – ¿Cómo lo sabéis?
    – Una simple suposición, padre. Pero, por la delicadeza de los huesos y el perfil de las costillas, los brazos y las piernas, creo que estoy en lo cierto. Athelstan les dio las gracias a los dos e insistió una vez más en que todo el mundo saliera de la iglesia, empujando a sus feligreses hacia la puerta, tal como hubiera hecho una granjera con unas gallinas, mientras les gritaba a los obreros que reanudaran su trabajo. Una vez fuera, le ordenó a Watkin que no permitiera entrar a nadie. Los feligreses se congregaron alrededor de Bladdersniff y Culpepper y empezaron a acosarlos con sus preguntas.

    Benedicta rozó la mano de Athelstan.

    – Todo irá bien, padre. Estoy segura de que el misterio se resolverá enseguida. Athelstan tomó sus cálidos dedos entre los suyos.
    – Gracias, Benedicta. Y vos tranquilizaos también. Escribiré la carta a Boulogne. Después regresó a la casa y cerró la puerta a su espalda. Buenaventura se reunió con él saltando a través de la ventana abierta, más orgulloso que un pavo real tras su fructífera expedición de caza en la iglesia. Athelstan se pasó un rato pensando en lo ocurrido y lamentando que su paz de espíritu hubiera sido tan bruscamente alterada. Al final, lanzó un suspiro y sacó sus tinteros de cuerno y sus rollos de pergamino. Estaba terminando la versión definitiva de su carta a los dominicos de las afueras de Boulogne cuando oyó llamar suavemente a la puerta.
    – ¡Adelante! –gritó.

    Entonces recordó que había cerrado por dentro y se levantó para abrir los pestillos, medio esperando ver a Benedicta. Para su asombro, vio a Cranston, mirándole con semblante profundamente preocupado. Se apartó y le franqueó la entrada. Cranston cruzó la cocina como un sonámbulo. El voluminoso forense tenía por costumbre presentarse con tanto ímpetu como las ráfagas de un vendaval del norte.

    – Me alegro de ver vuestro dulce rostro, sir John.
    – ¡Callaos! –musitó Cranston, sentándose en un escabel–. ¿Ese inútil de Leif os ha transmitido mi mensaje?

    Athelstan tomó asiento delante de él.

    – ¿Le ocurre algo a lady Matilde?
    – No, está bien.
    – ¿Y los chiquitines? –preguntó el fraile, utilizando las mismas palabras que Cranston solía emplear para referirse a sus dos gemelos.
    – Tan felices y contentos como siempre.

    El forense se secó la sudorosa frente y acercó el mofletudo y rubicundo rostro al de Athelstan. El fraile pegó un respingo al ver la cólera que ardía en las gélidas profundidades de sus ojos azules.

    – Os veo muy enojado, sir John. ¿Una copa de vino?
    – ¡No me vengáis ahora con esas finuras! –replicó Cranston–. Lo que yo necesito es una buena jarra de cerveza como Dios manda. ¡Vamos al Caballo Pío!

    Athelstan asintió con la cabeza, rezongando para sus adentros.

    – ¿Qué es eso que estáis escribiendo? –preguntó Cranston, tamborileando con un rechoncho dedo sobre la carta. El fraile se lo explicó y Cranston le miró con una taimada sonrisa.
    – ¿O sea que, a lo mejor, Benedicta dejará de ser una viuda?
    – Sois injusto conmigo, sir John.
    – Vaya –murmuró Cranston, guardándose la carta en el bolsillo–. Mandaré que la sellen y envíen. Después volverá el marido y vos tendréis que suspirar por otra. Mientras Athelstan reprimía la áspera réplica que le había venido a la mente, Buena– ventura pegó un repentino brinco, se sentó en el alféizar de la ventana y miró a Cranston. Athelstan hubiera podido jurar que el gato sonrió maliciosamente si tal cosa hubiera sido posible. Después, el animal saltó fuera y regresó con una enorme rata en la boca, se acercó muy despacio y depositó el siniestro trofeo a los pies del forense como si fuera una rosa o una copa de plata. Sir John hizo una mueca y apartó los pies.
    – No hay para tanto –murmuró Athelstan.

    Se levantó, tomó el roedor muerto por la cola y, seguido por el vigilante Buenaven– tura, lo arrojó sobre la hierba del exterior. Regresó frotándose las manos y abandonó la casa para dirigirse a la iglesia, seguido de un encolerizado Cranston que no paraba de protestar y rezongar.

    Dos de los hijos de Watkin montaban guardia, pero Athelstan observó con inquietud que varias personas se habían reunido delante del templo y hablaban acaloradamente entre sí, señalando la puerta.

    – ¿Qué están haciendo aquí estos holgazanes? –rezongó Cranston.
    – Os lo explicaré dentro de un rato, sir John.

    La taberna del Caballo Pío estaba muy tranquila. Los habitantes de las míseras casas de las sombrías callejuelas de Southwark debían de estar disfrutando del buen tiempo junto a la orilla del río o en sus pequeños huertos. El propietario de la taberna, un antiguo pirata manco, saludó a sir John como si fuera un hermano largo tiempo desaparecido, sin prestar la menor atención a las enfurecidas miradas y las maldiciones por lo bajo del forense.

    – ¡Sírvenos un poco de cerveza! –le rugió Cranston–. ¡Fuerte y con mucha espuma! ¡Que no sea una de esas porquerías del Támesis que tienes por aquí! –le advirtió, arrojándole una moneda que el tabernero cogió hábilmente al vuelo–. ¿Para vos, hermano, una copa de vino aguado?
    – No, sir John, hoy estamos a domingo aunque no lo parezca. Tomaré lo mismo que vos. Creo que lo voy a necesitar.

    El tabernero le oyó y esbozó una leve sonrisa de satisfacción ante la perspectiva de unas mayores ganancias.

    – Por cierto, padre, ya nos hemos enterado de la historia. La iglesia de San Erconwaldo se va a hacer muy famosa.
    – ¿Qué historia? –preguntó Cranston en voz baja mientras ambos se acomodaban junto a la ventana para disfrutar mejor de la luz y la brisa. Athelstan respiró hondo y le explicó brevemente lo que se había descubierto en la iglesia unas cuantas horas atrás. Cranston le escuchó con atención.
    – ¿Vos qué pensáis, monje?
    – Fraile, sir John. Recordad que soy un fraile.
    – ¿Y eso qué más da? –replicó el forense–. ¿Creéis que son los restos de algún santo?

    Athelstan esperó a que el tabernero les sirviera las consumiciones.

    – No, la iglesia no es lo bastante antigua como para eso. Pero las cosas se complican cuando no hay archivos. El último titular huyó, arramblando con todo lo que pudo. No sé si vos lo conocisteis, sir John. Se llamaba Guillermo Fitz–wolfe. Cranston se bebió la mitad del contenido de su jarra y se rascó la narizota mientras Athelstan le miraba con expresión expectante. No había en Londres ningún bribón de quien Cranston no tuviera noticias. El forense frunció los labios.
    – Pues sí, recuerdo a ese malnacido. Guillermo Fitzwolfe, sacerdote suspendido y excomulgado. Figura desde hace cinco años en la lista de personas con quienes yo quisiera hablar. Parece ser que el muy tunante vive escondido en la ciudad.
    – También necesitaría los archivos de la iglesia –dijo Athelstan–. Quisiera saber qué es lo que había allí antes de que se construyera la iglesia y cuándo se pavimentó el antiguo templo.
    – En eso os puedo echar una mano –contestó Cranston–. La corporación municipal dispone de sus propios archivos. Mandaré que algún escribano ocioso busque por allí y vea lo que hay.
    – ¿Y Fitzwolfe?
    – Bueno, si es un sacerdote suspendido, culpable de sacrilegio y cualquiera sabe de qué otros delitos, se tiene que haber puesto precio a su cabeza. Lo que yo voy a hacer, mi estimado fraile, es aumentar el número de sus crímenes y decirle a mi legión de confidentes que, quienquiera que localice a ese bellaco, se ganará mi favor. Y, si vos conocéis a los bribones tal como yo los conozco, ya sabréis lo mucho que lo necesitan.
    – Sois muy generoso conmigo, sir John.
    – ¡No digáis sandeces! Todavía no me habéis preguntado por qué he venido.
    – ¿Otro asesinato?
    – Bueno, sí y no –contestó Cranston esbozando una sonrisa–. Ya veo que os pica la curiosidad. Pero, mirad, antes de que os explique los porqués y los dóndes, volvamos a vuestra estúpida iglesita. El día ya empieza a declinar y me gustaría echar un vistazo a ese misterioso esqueleto.


    CAPÍTULO 3


    Athelstan y Cranston regresaron lentamente a San Erconwaldo. Aún había algunas personas delante de la iglesia, pero un severo y lacónico discurso del párroco bastó para dispersarlas, a excepción del soñoliento Crim que montaba guardia junto a la puerta.

    – Los trabajadores ya están terminando, padre.
    – Muy bien –dijo Athelstan–. Ya puedes irte, Crim –añadió arrojándole un penique. En el interior de la iglesia, Athelstan soltó un gruñido de desagrado al ver la espesa capa de polvo que lo cubría todo.
    – Cualquiera diría que esto ha estado bajo asedio –comentó Cranston entre risas, recuperando inmediatamente la seriedad al ver que Athelstan no estaba para bromas y miraba con expresión enfurecida a los obreros, ocupados en la tarea de guardar sus herramientas en unas bolsas de cuero.
    – No hemos encontrado más esqueletos, padre –le gritó el capataz a Athelstan. Las carcajadas que suscitaron sus palabras terminaron de golpe cuando Athelstan se acercó a él, caminando a grandes zancadas.
    – Era sólo una broma, padre –añadió el hombre–. No nos podéis considerar responsables de lo ocurrido. –Señaló con la mano el suelo del templo, tratando desesperadamente de cambiar de tema–. Mirad, ya hemos levantado casi todas las baldosas. Athelstan miró a su alrededor, el suelo de la iglesia era de simple tierra batida a excepción del agujero que se abría donde antes estaba el altar. Las baldosas estaban cuidadosamente amontonadas contra el muro y tanto la grava como la arena se habían recogido en montones. Athelstan apoyó la mano en el hombro del capataz.
    – Habéis hecho un buen trabajo –le dijo, aproximándose a las baldosas. Buscó una moneda en su bolsa y se la entregó diciendo–: Quiero que os vayáis a tomar unas cervezas. Se os pagará todo cuando terminéis el trabajo, pero me da la impresión de que sois expertos en piedras labradas. –Tocó con la mano una de las baldosas–. Decidme, ¿creéis que estas baldosas fueron colocadas cuando se construyó la iglesia?
    – Qué va –contestó el hombre–. Ésas se colocaron a toda prisa y no hace demasiado tiempo, por cierto.
    – ¿Cuánto?

    El capataz se encogió de hombros.

    – Unos diez años o más. Veréis, padre –el hombre golpeó la tierra batida del suelo con la puntera de su polvorienta bota–, yo calculo que esta iglesia debe de tener unos ciento cincuenta años y, cuando se construyó, no tenía suelo embaldosado sino simplemente tierra batida. Quedan todavía algunas iglesias así en Londres, pero, como aquí estamos muy cerca del río, la tierra está húmeda y yo creo que algún sacerdote debió de contratar a alguien para que pusiera estas baldosas. Incluso dejó su marca. –El capataz sacó una vela de una caja de madera que había delante de la imagen de la Virgen, la encendió con la mecha y la acercó a una de las baldosas–. ¡Mirad! –dijo–. Ésta es la marca del cantero. Athelstan y Cranston contemplaron las tres letras toscamente labradas: A. Q. D.
    – ¿Y eso qué significa? –preguntó Athelstan.
    – Bueno, cada cantero tiene su marca –terció Cranston–y ésta pertenece, al parecer, al hombre que puso las baldosas en la iglesia.
    – ¿Podríamos saber quién es? –preguntó Athelstan.
    – Lo dudo –contestó el capataz–. Sólo en Southwark hay montones de canteros. ¿Quién sabe? El cura pudo contratar a alguien del otro lado del río o incluso de una de las aldeas de las afueras de Londres. Yo no conozco la marca, desde luego. –Tomó la bolsa y llamó por señas a los hombres–. Eso es todo lo que os puedo decir, padre. ¡Vamos, muchachos, tenemos los gaznates muy secos!
    – ¡Cerrad la puerta al salir! –les gritó Athelstan.

    El fraile esperó a que los obreros se retiraran y entonces acompañó a Cranston hasta el gran ataúd de la parroquia, donde, junto con él, estudió cuidadosamente el esqueleto y le comunicó al forense lo que había averiguado hasta el momento.

    – Estoy de acuerdo con el buen médico –dijo Cranston. Sus palabras resonaron en medio de la creciente oscuridad del interior del templo–. Creo que se trata efectivamente de una mujer. –Tomó el crucifijo de madera medio podrida–. La carne se corrompió con bastante rapidez y, aunque la arcilla preservó los huesos, no se puede decir lo mismo de la madera. –El crucifijo estaba formado, en realidad, por dos trozos de madera entrecru–zados–. Muy tosca –comentó–. El núcleo de la madera aún conserva la dureza. Creo, padre, que esta dama fue enterrada aquí hace apenas quince años.
    – ¿Coincidiendo con la pavimentación de la iglesia?
    – Exactamente. –Cranston respiró hondo–. Que Dios me perdone –añadió, levantando el esqueleto y comprimiendo el cráneo sin que le importara demasiado el ruido de rotura de los huesos del cuello. Examinó el interior del cráneo y acercó la vela hasta que la cavidad se iluminó con un brillo espectral–. ¡Interesante! –dijo en un susurro.
    – ¿Qué es, sir John?

    Cranston separó el cráneo de los huesos del cuello. El crujido resonó en la iglesia como el estallido de un trueno. Athelstan cerró los ojos y musitó una oración.

    – ¡Dios le conceda el descanso eterno! –murmuró–. Señor, vos sois testigo de que no pretendemos cometer una profanación sino tan sólo descubrir la verdad.
    – El Señor lo comprenderá –tronó Cranston, levantando el cráneo y acercando un poco más la vela–. No olvidéis lo que dicen las Sagradas Escrituras, Athelstan. Lo importante es el espíritu, la carne no sirve de nada. Vamos a ver, mi buen monje.
    – Fraile, sir John.

    El forense esbozó una picara sonrisa.

    – Claro. Pero permitidme que os exponga mi filosofía de la observación y la deducción. Echad un vistazo al cráneo, Athelstan, y decidme qué es lo que veis. Sir John empujó el cráneo hacia el sacerdote y éste tomó la vela y la acercó a la abertura que había detrás de la mandíbula para examinar la cavidad.
    – No veo nada –dijo en voz baja.
    – ¡Vamos, vamos, hermano! Demasiada cerveza embota la mente y empaña los ojos. Cranston le comprimió el brazo–. ¡Volved a mirar!

    Athelstan lo hizo y emitió un jadeo entrecortado mientras acercaba un poco más la llama de la vela.

    – Tened cuidado, no vayáis a quemar el hueso –le advirtió Cranston. Athelstan examinó la mancha rojiza que había en la parte superior del cráneo.
    – Parece pintura roja –murmuró–. Muy desteñida.

    Cranston tomó de nuevo el cráneo y la vela, acunando ambas cosas en su mano. En medio de la penumbra, parecía una especie de Maestro de la Magia Negra. El forense apagó la llama de la vela de un soplo y volvió a colocar el cráneo en el ataúd. Cerró la tapa y se sentó, dando unas palmadas al banco para que Athelstan se sentara a su lado.

    – Mi teoría, amigo mío, basada en la observación, la lógica y la deducción –dijo en tono ampuloso–, es que el esqueleto pertenecía a una doncella que fue asesinada y colocada en aquel hoyo de debajo del altar. Pero no sé quién la asesinó.
    – ¿Y cómo la asesinaron?
    – Por asfixia o estrangulamiento.
    – ¿Dónde está la prueba?
    – Lo he visto en algunas ocasiones. Un médico genovés me explicó cuáles eran las señales. Al parecer, cuando se asfixia o estrangula a una persona, se rompen los vasos sanguíneos del cerebro y entonces el cráneo se mancha de sangre.
    – ¿Y vos creéis que es eso lo que ocurrió en este caso?
    – Estoy seguro de que sí, mi buen amigo. Pero la pregunta es ¿quién lo hizo y por qué? Pudieron ser los obreros que pavimentaron el suelo de la iglesia.
    – ¿O el sacerdote que vivía aquí?

    Cranston le dio al fraile unas palmadas en el muslo.

    – Por supuesto que sí. No podemos olvidar a Fitzwolfe de grata memoria. Puede que tengamos que añadir el asesinato a la lista de sus fechorías.

    Athelstan miró a su alrededor. La iglesia ya no le parecía tan agradable como antes. Un terrible asesinato se había cometido allí dentro y el nefando pecado parecía cernerse sobre aquel lugar como una opresiva nube. ¿Acaso no había ningún sitio seguro? ¿Acaso los asesinatos y los temibles homicidios se filtraban a través de todos los huecos y las grietas de la existencia humana? Se estremeció al pensarlo mientras se levantaba del banco.

    – Sir John, ¿no me habíais dicho que queríais verme por un asunto que tenéis entre manos?

    Cranston hizo una mueca.

    – Sí, pero no aquí, hermano. ¿Aún os queda un poco de aquel vino tan bueno?
    – Hoy he gastado una garrafa, pero me queda otra para vos, sir John.
    – Muy bien pues, vámonos de aquí. Se me está empezando a poner la carne de gallina y mis entrañas están pidiendo a gritos un poco de zumo de uva.

    Athelstan cerró la puerta de la iglesia y acompañó a sir John a la casa. Afortunadamente, Buenaventura se había vuelto a largar. Athelstan cerró las contraventanas, encendió unas velas y avivó el fuego de la chimenea con unas cuantas ramas secas. Después llenó generosamente hasta el borde unas copas de vino para sir John y para él. Cranston acercó una vela y depositó un pequeño rollo de pergamino sobre la mesa.

    – Leed esto, hermano.
    – ¿Por qué?
    – Leedlo.

    Athelstan extendió el pergamino y estudió la típica escritura de escribano. Lo leyó una vez y levantó los ojos, sorprendido.

    – Una extraña historia, sir John. Pero ¿qué tenéis vos que ver con ella?

    Cranston se lo dijo y Athelstan soltó una exclamación de temor.

    – ¡Por el amor de Dios, sir John, estáis atrapado! ¿No conocéis esos acertijos y esos inteligentes enigmas lógicos? Algunos de ellos tienen cientos de años y jamás han sido resueltos.

    Cranston se encogió de hombros.

    – Yo creo que esta historia es verdadera.
    – Sir John, eso os podría costar mil coronas o la pérdida de vuestra integridad si Juan de Gante consiguiera teneros en su poder.
    – Pues entonces ayudadme, hermano.

    Cranston apuró la copa y la depositó ruidosamente sobre la mesa. Athelstan intuyó una sombra de inquietud en el rostro habitualmente risueño del forense.

    – Haré lo que pueda.

    Cranston fue a llenarse de nuevo la copa hasta el borde, pero lo pensó mejor y no se atrevió. No quería regresar a casa bebido. Hasta aquel momento, el asunto sólo lo conocían él y Athelstan. Se preguntó si lady Matilde habría oído algún rumor.

    – Debéis decírselo, sir John –dijo Athelstan en voz baja como si hubiera leído sus pensamientos–. Tenéis que decírselo a lady Matilde.
    – Sí, pero aquí está lo malo. Mi mujer sabe muy bien que jamás le pediré ayuda a Juan de Gante. Sin embargo, ¿de dónde saco yo mil coronas? ¿De los banqueros? ¡Mis bisnietos tendrían que seguir pagando los intereses!

    Athelstan se inclinó hacia delante para estrechar la rechoncha mano del forense.

    – Ánimo, sir John. Y recordad que, si hay un problema, la lógica nos dice que tiene que haber una solución.

    Cranston se levantó, tomando su castoreño y su capa.

    – Muy cierto, hermano. Tened por seguro que haré averiguaciones sobre vuestra iglesia y sobre el paradero del piadoso Fitzwolfe. Cranston restregó los pies contra el suelo y levantó la vista hacia las vigas del techo.
    – Hay algo más, ¿no es cierto, mi señor forense?

    Sir John volvió a sentarse pesadamente en su asiento.

    – Pues sí. He recibido una visita.
    – ¿De quién se trata?
    – De vuestro padre prior.

    Athelstan le miró con asombro.

    – Bueno –Cranston se humedeció los labios con la lengua y contempló con expresión anhelante su copa de vino–, tal como vos sabéis, se está celebrando un Capítulo Interno para discutir los escritos de uno de vuestros hermanos.
    – Sí, fray Enrique de Winchester. ¿Por qué? –preguntó Athelstan, levantando involuntariamente la voz–. ¿Qué tengo yo que ver con eso?
    – Nada, pero os diré para abreviar que algo extraño está ocurriendo en el convento de los dominicos: ha muerto un fraile y otro, llamado Alcuino, ha desaparecido.
    – ¡Alcuino! –exclamó Athelstan, recordando el ascético rostro de su compañero–. ¿Decís que ha desaparecido, sir John? Alcuino era fraile de nacimiento. ¡No me lo puedo imaginar saltando el muro del convento y yéndose al barrio del matadero para reunirse con una mujerzuela!
    – Pues bien, ha desaparecido y el padre prior me ha rogado que lo investigue. –Cranston tragó saliva–. Va a venir a visitaros el miércoles. Vendremos los dos y creo que os quiere pedir ayuda.

    Athelstan se cubrió el rostro con las manos.

    – ¡Oh, Dios mío! Eso no –dijo en tono suplicante–. ¡No quiero volver al convento y a las intrigas de la Orden!

    Después soltó por lo bajo todas las palabrotas que había aprendido de Cranston. Se encontraba a gusto con sus habituales obligaciones de secretario de Cranston y no había ocurrido nada especialmente grave desde los sangrientos asesinatos de la pasada Natividad en la Torre de Londres. Estaba totalmente inmerso en su estudio de las estrellas, sus conversaciones con Buenaventura, la ayuda a los feligreses y, por encima de todo, las obras de reforma de su amada iglesia. Ahora perdería aquella paz tan duramente ganada por culpa del complicado problema de sir John, las preocupaciones de Benedicta a propósito de su esposo, el hallazgo del esqueleto en la iglesia y la petición de ayuda del padre prior. El fraile miró a Cranston, consternado.

    – El asesinato me persigue constantemente y se arrastra a mi espalda como una bestia infernal –dijo en un susurro–. ¡Cometí un error, sir John, y cuán dolorosamente lo estoy pagando!

    Cranston se levantó y se acercó a él.

    – No hicisteis nada malo, Athelstan –le dijo, dándole una suave palmada en el hombro–. Erais jóvenes y os fuisteis a la guerra. Os llevasteis a vuestro hermano menor y su muerte fue la voluntad de Dios. Si había que pagar algún precio, ya lo habéis hecho. Ahora hay otro Francisco, mi hijo y vuestro ahijado. La vida sigue, hermano. Nos veremos el miércoles. Cranston abrió la puerta y salió a la oscuridad del anochecer. Athelstan se quedó sentado, oyéndole alejarse. Después se levantó, se acercó a la ventana y contempló el pináculo de la torre de San Erconwaldo envuelto en las sombras. Respiró hondo, tratando de aclararse la mente. El padre prior tendría que esperar y el esqueleto de la iglesia también. Aquella noche, en lugar de escudriñar las estrellas, analizaría el problema que Cranston le había planteado. Volvió a sentarse junto a la mesa y estudió el manuscrito del forense. ¿De qué sutil manera se habría podido asesinar a aquellos hombres en la cámara escarlata?
    – No comieron nada –susurró para sus adentros–, no bebieron y no había ninguna trampa ni puerta secreta. Ningún asesino pudo entrar subrepticiamente. Por tanto, ¿cómo murieron aquellos hombres?

    La mente de Athelstan recorrió rápidamente todas las posibilidades, pero las muertes habían sido aparentemente muy sencillas, no había ninguna clave, ningún gancho del que poder colgar una sospecha, ningún resquicio por el que poder introducir una palanca. El fraile cerró los ojos y se despertó sobresaltado. La vela ya estaba a punto de extinguirse. En cierto modo, pensó, la clave de todas las muertes estaba en las últimas dos.

    ¿Qué fue lo que aterrorizó al ballestero hasta el extremo de inducirlo a matar a su compañero?

    Athelstan volvió a inclinar la cabeza y se hundió en un profundo sueño: se encontraba sentado en una cámara escarlata, en la cual la figura de la muerte con su esquelético rostro estaba trenzando una extraña danza mientras una silenciosa y amenazadora fuerza reptaba lentamente hacia él.

    A la mañana siguiente, se despertó muerto de frío y con los miembros entumecidos, sentado todavía junto a la mesa y con la cabeza apoyada en los brazos mientras Buena– ventura se restregaba contra él con gesto apremiante. Entre las míseras chozas y las destartaladas casitas de Southwark, un gallo se puso a cantar su matutino himno al sol. El fraile se levantó, se desperezó y se frotó el rostro, lamentando no haberse ido a la cama. Dobló el pergamino que Cranston le había entregado y lo guardó en un cajón de la cómoda de su pequeño dormitorio. Después se desnudó, se lavó el cuerpo con un lienzo mojado, se afeitó y trató de concentrarse en la misa que estaba a punto de celebrar. No tenía que distraerse con los pensamientos que se arremolinaban en su mente. Se lavó los dientes con una mezcla de sal y vinagre, se puso el hábito, se comió una rebanada de pan seco y dio de comer a su querido Buenaventura, el cual se había pasado la noche merodeando por el pequeño laberinto de callejuelas que rodeaban la iglesia.

    – Algo me dice, Buenaventura – dijo en voz baja mientras se inclinaba para dejar el cuenco en el suelo–, que éste va a ser un día muy extraño. Celebró una misa privada en un improvisado altar levantado en el centro de la nave, evitando deliberadamente mirar hacia el ataúd que tenía a su izquierda y pensar en su siniestro contenido. Sólo asistió Pernel la flamenca, la cual parecía más interesada en el ataúd que en cualquier otra cosa. Athelstan terminó la misa y retiró el altar antes de que llegaran los obreros. Dio de comer a Philomel, lo sacó al pequeño patio para que hiciera un poco de ejercicio y regresó a la casa, donde decidió elaborar una lista de las cosas que necesitaba antes de trazar los toscos dibujos de las reformas que deseaba llevar a cabo en la iglesia. Sin embargo, aún no había conseguido saciar su apetito y estaba un poco preocupado, por lo que, cerrando la puerta, bajó a una casa de comidas del callejón de Blowbladder.

    Compró una crujiente empanada de carne y un plato de verduras con salsa y se sentó en el exterior de espaldas a la pared para disfrutar de los sabrosos jugos y el delicioso aroma. Un mendigo con la nariz cortada en castigo por algún delito cometido, se acercó a pedirle limosna. Athelstan le dio dos peniques y el hombre entró a comprarse unas empanadas que el gordinflón propietario del establecimiento le sirvió sin dilación. Después volvió a salir y se reunió de nuevo con él. Al cabo de media hora, el fraile se hartó de escuchar las fantásticas historias que le estaba contando el mendigo sobre sus hazañas de soldado y decidió ir a dar un paseo. Le encantaba Southwark a primera hora de la mañana, a pesar de los desbordados albañales, los putrefactos montones de basura y los siniestros habitantes de sus bajos fondos que en aquellos momentos estaban regresando a sus guaridas a la espera de la llegada de la noche. Una prostituta con la peluca escarlata torcida le gritó unos insultos desde la pared en la que estaba apoyada. Un calderero, con un carrito de mano lleno de manzanas podridas, bajó por la callejuela para ocupar su posición junto al puente y esperar allí a los primeros clientes de la jornada. Un recadero avanzaba presuroso con sus acémilas para salir de Southwark antes de que empezara el trajín de la jornada. En el cruce entre el callejón de la Peste y la calle del Cerdo, un grupo de leprosos encapuchados y enmascarados contemplaba la extraña y silenciosa danza de una gitana medio loca. Athelstan se detuvo y contempló la cinta de cielo que se vislumbraba entre las casas de ambos lados de la angosta calle, ya iluminada por los primeros rayos del sol. Decidió regresar a casa, firmemente decidido a mantener la mente despejada. Puso un poco de orden, lavó unas copas y barrió el suelo. Fuera, Southwark se estaba despertando poco a poco en medio del chirrido de los carros, el llanto de los niños y los gritos de los buhoneros. Los trabajadores se congregaron a la puerta de la iglesia, anunciando su presencia por medio de sus palabrotas y el ruido de sus herramientas.

    Athelstan decidió dejar las cosas tal como estaban. Subió al piso de arriba, se arrodilló en su pequeño reclinatorio y empezó a rezar el oficio divino de maitines, laúdes y nona, dejándose arrastrar por el embrujo de los salmos, los cánticos de alabanza y las bellísimas descripciones del profeta Isaías. De pronto, se produjo un alboroto en el exterior, pero él prefirió no hacer caso. Después oyó toda una serie de gritos y exclamaciones, seguidos de unos fuertes golpes contra la puerta. Recitó la plegaria final y bajó corriendo. Al abrir la puerta, vio a Watkin y Pike con los rostros arrebolados por la emoción.

    – ¡Padre! ¡Padre! ¡Tenéis que venir! ¡Se ha producido un milagro!
    – Cada día es un milagro –replicó Athelstan en tono malhumorado.
    – No, padre, esto es un milagro de verdad.

    Lo arrastraron fuera de la casa y lo acompañaron a la parte anterior de la iglesia, donde un pequeño grupo de personas se estaba congregando alrededor de un hombre de elevada estatura y cabello canoso que se había recogido la manga de su verde blusón y estaba enseñando el brazo a todos los presentes.

    – ¿Qué es eso? –preguntó Athelstan, abriéndose paso. El hombre se volvió. Su ancho rostro estaba intensamente bronceado por el sol. Athelstan vio unas arrugas de expresión alrededor de su boca y sus ojos y reparó en la excelente calidad de las prendas que vestía. Le acompañaba una mujer de cuya toca azul pálido se escapaban unos ondulados mechones de cabello cobrizo. La mujer lucía una camisola amarillo ranúnculo por encima de una especie de túnica blanca de impecable corte.
    – ¡Un milagro, padre!
    – ¡Tonterías! –replicó secamente Athelstan.
    – ¡Mirad, padre! –El hombre le mostró el brazo derecho desde el codo hasta la muñeca–. Cuando desperté esta mañana, tenía el brazo infectado, pues hace cinco días me hice un corte. –Señaló una fina línea apenas visible hacia el centro del antebrazo–. No le di demasiada importancia y la herida se me infectó y me corrompió la piel. El médico Culpepper me la trató con ungüentos y me puso un vendaje, pero todo fue inútil. –El hombre miró a su alrededor y Athelstan observó que sus feligreses estaban escuchando la dramática historia boquiabiertos de asombro–. Anoche no podía dormir por culpa del escozor, padre –añadió, humedeciéndose los carnosos labios con la lengua–. Ayer me enteré del descubrimiento de las reliquias del santo, padre. Estaba desesperado, entré en la iglesia, me apoyé contra el ataúd y recé, suplicando ayuda.
    – ¡Es verdad! –dijo la mujer que lo acompañaba, señalando unos vendajes sucios amontonados delante de la puerta de la iglesia–. Mi marido dijo que ya se encontraba mejor y que el dolor y el picor habían desaparecido. –Sus risueños ojos miraban con expresión suplicante a Athelstan–. Yo os diré lo que ocurrió. Retiramos los vendajes. –Señaló con el dedo a un aguador que bajaba corriendo por la calle–. Compré un cubo de agua y le lavé la herida. La infección del brazo había desaparecido, padre. ¡Y la piel estaba tan tersa como la de un niño!

    Un jadeo de asombro acogió sus palabras. Athelstan examinó recelosamente el brazo del hombre.

    – ¿Decís que os apoyasteis en el ataúd y rezasteis una oración?

    El hombre volvió a bajarse la manga del blusón.

    – Ocurrió tal como he dicho, padre. Estuve allí no más de diez minutos.
    – ¡Yo vi cómo se quitaba las vendas! –gritó Watkin–, ¡Es cierto, padre! ¡Es un milagro!

    Los presentes se santiguaron, mirando reverentemente hacia la iglesia.

    – Padre –gritó Tab el calderero–, ¿qué vamos a hacer?
    – Lo que vamos a hacer, Tab, es callarnos y conservar la calma –contestó Athelstan en tono perentorio–. Todos a la iglesia. Tú, Pike, ve en busca del médico Culpepper. Pídele disculpas de mi parte, pero dile que es importante y que venga ahora mismo. Athelstan y el hombre de la cura milagrosa entraron en el templo de San Erconwaldo, seguidos de los feligreses. El fraile ordenó que todos se acomodaran en los bancos y guardaran silencio. Después salió fuera y se apoyó contra la jamba de la puerta mientras a su espalda la gente rompía en excitados murmullos. Se agachó y examinó los vendajes amontonados en el suelo: estaban llenos de manchas oscuras y despedían un olor nauseabundo. Aún no se había levantado del suelo cuando regresó Pike con un irritado Culpepper.
    – ¿Qué ocurre ahora, padre?
    – Os pido disculpas, mi señor médico, pero tenemos en la iglesia a uno de vuestros pacientes. Dice que tenía una putrefacción de la piel en el brazo y que vos se la curasteis y vendasteis.

    Culpepper se envolvió el huesudo cuerpo en una capa ribeteada de piel. Su rostro habitualmente jovial mostraba una expresión tensa y exasperada.

    – ¿No me sabéis decir nada más, padre? ¡Yo no puedo recordar todas las lesiones!
    – Entrad –le suplicó Athelstan–. Entrad a ver a este hombre, examinadle el brazo y después volved aquí y decidme qué habéis visto.

    Sacudiendo la cabeza y soltando maldiciones por lo bajo, Culpepper obedeció. El murmullo de voces cesó momentáneamente, pero estalló de nuevo cuando Culpepper, con el rostro marcado por una expresión de sorpresa e inquietud, volvió a salir de la iglesia.

    – ¿Y bien? –preguntó Pike con el cuerpo y el rostro tan tensos como los de un galgo. El médico miró tímidamente a Athelstan.
    – Es cierto, padre. Hace unos días Raimundo D'Arques acudió a mí con una grave infección en la piel. La examiné con cuidado, le apliqué un ungüento, le vendé el brazo y cobré mis honorarios.
    – ¿El brazo se estaba pudriendo?
    – En efecto, padre. Padecía una especie de salpullido de tipo micótico que le infectó la piel y le producía un fuerte escozor.
    – ¿Y ahora se ha curado?
    – Vos lo habéis visto, padre, y yo también.
    – ¿Y la infección se hubiera podido curar con el ungüento que vos le aplicasteis?
    – Lo dudo mucho, padre. Y tanto menos en tan poco tiempo. Estas infecciones, que yo he visto muy a menudo, tardan semanas e incluso meses en curar. La piel de este hombre está ahora completamente sana.

    Athelstan dio un puntapié a los vendajes.

    – ¿Y eso es vuestro?

    El médico los recogió del suelo en un santiamén y los olfateó cuidadosamente.

    – Sí, padre, y, si vos no los necesitáis y es evidente que él tampoco, me los llevaré para volverlos a utilizar. –El médico acercó el rostro al de Athelstan–. No me explico lo ocurrido, padre, y vos tampoco. Pero ¿por qué no puede Dios obrar milagros en San Erconwaldo? –se preguntó, dando media vuelta y alejándose calle abajo. Athelstan miró a Pike.
    – ¿Qué sabes tú de este Raimundo D'Arques?
    – Es un buen hombre, padre. Él y su mujer Margot viven por la parte del callejón de la Pata de Perro en una casa muy grande cerca del corral de Curtidores. Athelstan se apoyó contra la pared. El callejón de la Pata de Perro se encontraba justo dentro de los límites de su parroquia.
    – Nunca los he visto en la iglesia –dijo en voz baja.
    – Bueno –replicó Pike–, eso es porque él y su joven esposa son personas muy ricas y acuden a San Swithin. Son gente buena y piadosa, padre, y dan muchas limosnas a los pobres. Y él es un honrado comerciante, muy querido y respetado. Preguntádselo al viejo Bladdersniff. Él conoce las actividades de todo el mundo. Athelstan lanzó un suspiro y regresó al interior de la iglesia, donde sus emocionados feligreses rodeaban ahora a Raimundo D'Arques y a su esposa. El hombre se le acercó, haciendo señas a los demás de que se apartaran.
    – Padre –dijo en un susurro–, os pido perdón por las molestias. Tenía el brazo malo y entré aquí para rezar. Lo único que puedo hacer es dar gracias a Dios y también a vos. Os ruego que aceptéis mi donativo –añadió, ofreciéndole a Athelstan una moneda de plata.

    El fraile retrocedió.

    – No, no, no puedo.
    – Debéis aceptar, padre. Es mi ofrenda. Si no la queréis para la iglesia, dádsela a los pobres. –D'Arques apretó la mano de Athelstan–. Por favor, padre, no os volveré a molestar. Margot –dijo, volviendo la cabeza hacia su mujer–, ya le hemos causado suficientes molestias a este buen sacerdote –añadió, haciendo ademán de retirarse. Su mujer miró con una sonrisa a Athelstan, le rozó ligeramente la mano con la suya y cruzó silenciosamente la puerta del templo detrás de su marido.
    – ¡Bueno, padre! –Watkin el recogedor de estiércol se plantó delante del fraile con los brazos cruzados–. Bueno, padre –repitió–, ya tenemos nuestro milagro. La curación demuestra que tenemos un santo aquí en San Erconwaldo. Athelstan vio el brillo anticipado de los negocios en la mirada del recogedor de estiércol.
    – ¡Habrá peregrinaciones! –gritó el sacristán–. La iglesia de San Erconwaldo se hará famosa. No nos lo podéis impedir –añadió en tono de desafío–. Vos conocéis la ley eclesiástica. El templo pertenece al pueblo. ¡La nave es nuestra! –dijo, señalando con un rechoncho dedo el crucero–. ¡El ataúd es nuestro, el esqueleto y el santo son nuestros! Y, si alguien no está de acuerdo, ¡que se vaya al diablo!

    Un coro de aprobación acogió sus palabras. Athelstan miró a sus feligreses y pensó que ojalá Benedicta estuviera allí para calmar los ánimos de aquellos exaltados, pues sabía lo peligrosa que podía ser la mezcla del fervor religioso con la perspectiva de los beneficios materiales. Tab el calderero volvería a su taller, se dedicaría a hacer preciosos amuletos, imágenes y crucifijos y los vendería como rosquillas. Amasias el batanero vendería trozos de tela con una

    «E» bordada y diría que había tocado con ellos la reliquia del santo. Huddle el pintor vendería toscas pinturas sobre pergamino. Pike vendería panes y dulces elaborados por su mujer y formaría una impía alianza con Watkin para cobrar un tributo a los peregrinos y los curiosos. Athelstan se compadeció de ellos y comprendió que no era el momento más propicio para la fría lógica y la cruda verdad.

    – Dejad que lo piense –dijo, echando los hombros hacia atrás y mirando a sus feligreses–. Hijitos –añadió, utilizando las palabras que siempre les dirigía cuando pronunciaba sus sermones–, os pido que tengáis mucho cuidado y seáis prudentes. Dios obra milagros. Este día es un milagro. Cada uno de vosotros, único en sí mismo, es un milagro. No os precipitéis, pues la cuestión aún no está resuelta. No me opongo a vuestros propósitos, pero reflexionad sobre lo que eso puede suponer para vosotros y para nuestra parroquia. Sois buenos, pero creo que estáis un poco ciegos.
    – ¿Y qué decís del milagro? –gritó Mugwort–. ¿Qué decís de nuestro mártir?
    – Tal como dice el salmista –replicó Athelstan, mirándole con una sonrisa–, ¿quién conoce el pensamiento de Dios? Ya veremos, ya veremos. Dicho lo cual, giró sobre sus talones y, a pesar de la hora, regresó a la casa parroquial y se bebió una copa de vino con una celeridad que hasta el mismísimo señor forense le hubiera envidiado.


    CAPÍTULO 4


    El lunes del Gran Milagro de San Erconwaldo, el padre Anselmo, superior de Athelstan, se hallaba reunido en su estudio con varios miembros del Capítulo Interno, preguntándose si habría un asesino suelto en el convento de los dominicos. La caída de fray Bruno por los peldaños de la cripta y, sobre todo, la extraña desaparición de fray Alcuino inducían a contemplar semejante posibilidad, como si los asuntos que tenían entre manos no bastaran para agobiar la mente y fatigar el cuerpo.

    El padre prior contempló a los hermanos reunidos alrededor de la alargada mesa de madera: el inquisidor general Guillermo de Conches, con su afilado rostro y su penetrante mirada de halcón, el brillante teólogo fray Enrique de Winchester, con su terso rostro de niño, fray Calixto el bibliotecario, con sus largos dedos manchados de tinta y los ojos cansados de tanto examinar manuscritos y libros. El delgado y anguloso bibliotecario debía de estar muy nervioso, pues no paraba de moverse y de tamborilear con los dedos sobre la mesa, como si estuviera deseando marcharse. A su lado se sentaba fray Eugenio, completamente calvo y con cara de querubín. Su mofletudo rostro, sus risueños ojos y la sonrisa de sus labios no estaban en consonancia con la terrible fama de que gozaba como auxiliar del inquisidor general, entregado en cuerpo y alma a la búsqueda de herejías y cismas. Y, finalmente, los dos oponentes de fray Enrique, los Defensores de la Causa, que desafiarían su tratado teológico e intentarían refutar sus razonamientos o, cuando menos, demostrar que eran contrarios a las ortodoxas enseñanzas de la Iglesia. Pese a ello, ¡los Defensores de la Causa eran unos hombres extremadamente simpáticos! Pedro de Chingforde era de complexión fuerte y poseía un sonriente rostro enmarcado por una poblada barba oscura. Hablaba con sencillez y tenía un acusado sentido del humor que procuraba ocultar por medio de sus sutiles y hábiles interroga–torios. A su lado estaba el dominico irlandés Niall de Harryngton, de cabello pelirrojo y tez muy blanca.

    El irlandés miró de soslayo al prior y empezó a tararear un himno por lo bajo, marcando el compás con los dedos sobre la mesa. El prior le dirigió una leve sonrisa. Sabía que fray Niall estaba impaciente por regresar al asunto que tenían entre manos, pero había otras cuestiones más urgentes, no sólo la muerte de Bruno y la desaparición de Alcuino sino también las necesidades generales del monasterio y, por encima de todo, las importunas súplicas del sacristán menor hermano Rogelio. El prior lanzó un suspiro. Hubiera tenido que dedicarle un poco de tiempo al pobrecillo, pues Rogelio, un hermano lego que años atrás había caído en las garras de la Inquisición cuando servía en un convento de las afueras de París, tenía el espíritu destrozado y la mente debilitada y temía las acciones que pudiera emprender contra él Guillermo de Conches y su pérfido ayudante Eugenio.

    Anselmo los estudió detenidamente mientras permanecían sentados hablando en voz baja y se preguntó sobre la conveniencia de denunciarlos en el Capítulo General de Roma. Cierto que el salmista cantaba, «El celo de tu templo me devora», pero el entusiasmo y el empeño que ponían aquellos dos en devorar cualquier manifestación de herejía podía acabar devorándolos a todos. Fray Enrique, sentado con las manos separadas, aguardaba la prosecución del debate.

    – Padre prior –dijo Niall–, ya hemos hecho una pausa para cantar nona y comer y beber, ¿no os parece que deberíamos continuar?

    Su pregunta provocó un coro de aprobaciones por parte de sus compañeros. El prior asintió con la cabeza y le hizo una seña a fray Enrique. El joven dominico esbozó una sonrisa, deslizando las yemas de los dedos sobre la mesa.

    – Padre prior –dijo fray Enrique en voz baja, pero claramente audible–, mi tesis general es la siguiente: se ha dado excesiva importancia al hecho de que Jesucristo se hiciera hombre para salvarnos de nuestros pecados. –Levantó una mano para acallar las protestas–. Pero el venerable Tomás de Aquino tiene razón en su estudio sobre la naturaleza divina al decir que Dios es el "Súmmum Bonum". [2]Por consiguiente, ¿cómo pueden el Sumo Bien y la Belleza Divina actuar movidos por el pecado? Además –fray Enrique se volvió para mirar directamente a Guillermo de Conches–, si Dios es todopoderoso, ¿por qué no nos pudo salvar de nuestros pecados con un simple acto de su voluntad?

    El prior dio unas palmadas sobre la mesa.

    – Fray Pedro, fray Niall, ¿qué respondéis a eso?

    Fray Pedro le miró sonriendo.

    – No tenemos nada que responder, pues fray Enrique está en lo cierto. Dios es el Sumo Bien y la Belleza Divina y es todopoderoso. No podemos oponernos a semejante tesis. Los dos inquisidores se inclinaron hacia delante como halcones, a la espera de que fray Enrique siguiera exponiendo sus argumentos. El prior se sintió repentinamente cansado.
    – No podemos seguir –anunció ante la sorpresa general.
    – ¿Qué queréis decir? –graznó Guillermo de Conches–. Padre prior, estamos aquí reunidos para discutir y estudiar unas cuestiones determinadas. El asunto que tenemos entre manos es la pureza de las enseñanzas de la Iglesia.
    – ¡No, fray Guillermo! –replicó el prior–. El asunto que tenemos entre manos es una cuestión de vida o muerte. Fray Bruno ha muerto en extrañas circunstancias. ¡A veces temo que haya sido asesinado!

    Sus palabras dieron lugar a exclamaciones de asombro por parte de los presentes.

    – ¿Y vos creéis que Alcuino puede haber sido el autor de la muerte y que por eso ha buscado refugio en la huida? –preguntó Eugenio con voz meliflua.
    – No, Alcuino no es un asesino, pero temo por él. Vos le acusáis de asesinato y de huida, Eugenio. ¿Sabemos acaso si está vivo?
    – ¡Eso es ridículo! –replicó Eugenio–. ¿Por qué razón tendría alguien que haber matado a Bruno y qué os induce a pensar que Alcuino ha muerto?
    – Yo no sé nada, pero, desde que se convocó este Capítulo Interno, se respira una atmósfera de intriga y malevolencia totalmente impropia de este sagrado recinto.
    – ¿Qué proponéis entonces? –preguntó fray Enrique.
    – He solicitado los servicios de sir John Cranston, forense de la ciudad.
    – ¡Es un seglar y un funcionario de la Corona! ¡No tiene autoridad alguna en este monasterio! –exclamó Guillermo de Conches.
    – ¡Tiene la autoridad del rey! –gritó severamente Calixto, mirando con sus debilitados ojos al prior–. Sospecho, padre, que no estará solo.

    El prior esbozó una radiante sonrisa de complacencia.

    – Habéis leído mi pensamiento, Calixto. Sir John no estará solo. Voy a pedir que le ayude su secretario y escribano fray Athelstan, miembro de esta Orden y párroco de la iglesia de San Erconwaldo de Southwark.

    Calixto se reclinó en su asiento y soltó una cascada risita mientras Guillermo de Conches aporreaba la mesa.

    – ¡Athelstan ha caído en la ignominia! –gritó el inquisidor general–. ¡Rompió los votos y huyó del noviciado!
    – Dios es misericordioso –terció fray Enrique–, ¿por qué no tenemos que serlo nosotros? El arte de Athelstan en los interrogatorios es tan hábil e ingenioso como el vuestro. Estoy de acuerdo con el padre prior. Nos hemos reunido aquí para someter a discusión ciertas tesis, pero intuyo que hay algo más; una malevolencia y una hostilidad que no tienen nada que ver con la teología o la filosofía.
    – ¿De veras? –preguntó Calixto en tono tan sarcástico que el prior no pudo reprimir una mueca ante la evidente antipatía que el viejo bibliotecario sentía hacia el joven teólogo.
    – ¡Pues sí! –contestó Enrique.
    – En tal caso –dijo el prior–, se aplazan estas cuestiones hasta la llegada de fray Athelstan y sir John Cranston. Nos veremos entonces, hermanos –dijo levantándose y trazando una bendición en el aire para dar por finalizada la reunión. Los frailes abandonaron la sala Capitular, a excepción de Guillermo de Conches y Eugenio, los cuales esperaron a que se cerrara la puerta antes de acercarse al prior.
    – ¿Qué estáis haciendo? –preguntó airadamente Guillermo–. No hemos viajado desde Roma para perder el tiempo con las cuestiones mundanas de un monasterio.
    – Yo soy el prior y el guardián de este monasterio –dijo Anselmo, interrumpiéndole–. Y vosotros sois mis huéspedes y, por consiguiente, tendréis que obedecer mis órdenes o marcharos. Si lo hacéis, ¡os denunciaré ante mi superior general en Roma!
    – ¿Este Athelstan –preguntó Eugenio, juntando las manos–, es el que trabaja entre los pobres? ¿Son ciertas, padre prior, las historias que se cuentan, según las cuales se ha contagiado de ciertas teorías radicales que afirman que todos los hombres son iguales? añadió, cada vez más acalorado–. Me refiero particularmente a los agitadores que pretenden acabar con la Iglesia y el Estado para instaurar no sé qué paraíso terrenal. Anselmo se inclinó hacia delante, mirando enfurecido a aquel taimado sacerdote perseguidor de herejes.
    – Fray Eugenio –contestó suavemente–, vos mismo estáis diciendo una herejía. Estáis desafiando las Sagradas Escrituras, pues, ¿acaso no les dijo Jesucristo a sus discípulos que no teníamos que ser como los paganos que gustan de mandar los unos sobre los otros y quieren que los demás doblen la rodilla ante ellos?

    La mirada del ayudante del inquisidor general se endureció y el debate hubiera podido entrar en una fase mucho más peligrosa de no haber sido por una llamada a la puerta.

    – ¡Adelante! –ordenó Anselmo.

    Rogelio, el sacristán menor, entró en la sala con los hombros encorvados, el rostro demudado por la angustia y la mirada atemorizada. Arrastrando los pies, miró al inquisidor general y seguramente se hubiera retirado a toda prisa si Anselmo no lo hubiera agarrado con fuerza por la muñeca.

    – ¿Qué os ocurre, hermano Rogelio?

    El sacristán menor se alisó los pocos pelos que le que daban en la cabeza y miró de soslayo.

    – Padre prior –musitó, rascándose la parte lateral de una mejilla–. Tenía algo que deciros. Algo sobre el número trece que no hubiera tenido que ser trece. –Sus ojos se clavaron con inquietud en los de Anselmo–. Pero ahora no me acuerdo, padre prior. ¡Es importante, pero no consigo acordarme!

    Anselmo soltó la muñeca del pobre hombre.

    – Haced memoria –le dijo–y volved.

    El sacristán menor huyó como un conejo asustado.

    – Este hombre es un idiota –dijo desdeñosamente el inquisidor general.
    – No, mi señor, es un hijo de Dios que se muere de miedo. Sólo Dios sabe si hay algo oscuro, siniestro y aterrador en este monasterio.

    Dicho lo cual, Anselmo saludó con la cabeza a los reunidos y abandonó la sala. Los vaticinios del prior Anselmo resultaron acertados. Más tarde, después del rezo de vísperas, cuando algunos de los frailes ya se habían retirado a sus celdas individuales y otros estaban paseando por el jardín del claustro, fray Calixto regresó a la biblioteca y el escritorio.

    Contraviniendo las normas establecidas, volvió a encender las altas velas para proseguir sus minuciosas investigaciones. Calixto era uno de los miembros más cultos de la orden dominica y estaba muy orgulloso de su prodigiosa memoria. Le interesaba enormemente el debate del Capítulo Interno y deseaba con toda su alma ser admirado. Se aseguró de que la puerta del escritorio estuviera debidamente cerrada antes de empezar a examinar el contenido de las estanterías que llegaban hasta el techo. En ellas había varios volúmenes encuadernados en cuero, en cuyo interior se habían cosido cuidadosamente diversos tratados y escritos de los Padres de la Iglesia. A lo largo de aquel día, el bibliotecario había examinado los estantes inferiores y ahora deseaba completar su tarea. A fin de cuentas, sólo tenía que encontrar el manuscrito que le interesaba. Calixto se había jactado ante Alcuino de que podría hacerlo, pero se había limitado a darse unos golpecitos en la nariz con uno de sus largos dedos al pedirle su compañero que le diera más detalles. Él les enseñaría a todos aquellos teólogos que no había nada nuevo bajo el sol y que los más grandes estudiosos siempre habían sido muy amantes de los libros. Calixto encendió más velas y contempló los estantes superiores. Acercó la larga escala de mano al lugar que le interesaba y subió cuidadosamente, sosteniendo fuertemente una vela en la mano. Leyó las letras doradas del lomo de un volumen esmeradamente escritas por alguno de los bibliotecarios que lo habían precedido: Cartas, Libros y Do– cumentos de la Época Apostólica. Sonrió para sus adentros sacudiendo la cabeza y estudió detenidamente los demás volúmenes. Oyó un rumor y bajó temerosamente la vista.

    – ¿Quién anda ahí? –preguntó en un susurro.

    No era posible que fuera alguno de sus hermanos. Los que trabajaban en el escritorio solían estar muy cansados, les dolían los ojos y tenían los dedos entumecidos, por lo que siempre aprovechaban la ocasión para disfrutar del anochecer. Calixto reanudó su febril búsqueda. Tenía que encontrar aquel tomo antes de que llegara Athelstan. Ningún secreto podía permanecer oculto durante mucho tiempo, por lo que, después de la cena, los rumores corrieron por el monasterio como el fuego entre los rastrojos. ¡Athelstan, la oveja negra de la familia, regresaría al rebaño!

    Calixto no tenía nada en contra de Athelstan. Es más, apreciaba e incluso respetaba al párroco de los pobres, tan ascético y, sin embargo, tan amigo de las bromas. Aun así, no deseaba que éste se llevara el mérito. Un libro atrajo su mirada. Acercando la vela, alargó el brazo para alcanzarlo, pero, justo en aquel momento, la escala experimentó una violenta sacudida. El bibliotecario resbaló y, sin poder tan siquiera lanzar un grito, pues se había quedado mudo a causa del terror, cayó como una pesada piedra al pavimento del escritorio. Un agudo dolor le recorrió todo el cuerpo. La caída le había cortado la respiración y sólo pudo lanzar un entrecortado jadeo: por suerte, había caído sobre el brazo izquierdo y ello había evitado que sufriera lesiones más graves. Oyó un ruido y, a pesar de las punzadas de dolor, se volvió hacia una borrosa figura inclinada sobre él.

    – ¡Ayudadme! –gimoteó.
    – ¡Irás ahora mismo a la eternidad! –contestó el otro en un sibilante susurro. Calixto abrió la boca.
    – ¡No! –exclamó con voz quejumbrosa–. ¡No, yo no quería!

    Trató de alejarse a rastras, pero la figura, con el rostro oculto por la cogulla, descargó contra su sien un pesado candelabro de latón, rompiéndole la cabeza como si fuera una nuez. La sangre y el cerebro se filtraron por la herida.


    * * *

    Al día siguiente del «Gran Milagro», empezaron de verdad las cuitas de Athelstan. La noticia de la curación se propagó por las pestilentes callejuelas de Southwark. Los enfermos y los lisiados acudieron en tropel a la iglesia donde fueron jubilosamente recibidos por Watkin y Pike, los cuales habían convertido el atrio de San Erconwaldo en un pequeño mercado.

    – Pronto se cansarán –le dijo Athelstan a Buenaventura, de pie en la puerta de su casa. Miró la larga cola de esperanzados peregrinos que entraban en el templo, contemplaban el esqueleto, encendían una vela delante del gran ataúd de la parroquia y rezaban una oración. Athelstan había decidido tomarse las cosas con buen humor. Los obreros que trabajaban en la iglesia podrían seguir realizando su tarea y él estaba seguro de que Cranston encontraría alguna información que resolvería aquel enigma de una vez por todas. Pero, a primera hora de la tarde, su optimismo empezó a enfriarse. Al parecer, se habían producido otras curaciones: un niño aquejado de verrugas aseguró que su desagradable dolencia había desaparecido. Tras rezar unas oraciones delante del ataúd, unas molestias estomacales se habían aliviado de golpe, lo mismo que unos dolores en la ingle y toda una variada serie de enfermedades. Maese Bladdersniff y otros concejales acudieron para protestar, pero lo único que pudo hacer Athelstan fue expresarles su desagrado por todo lo que estaba ocurriendo, decirles que el control de la situación se le había escapado de las manos y encerrarse en la seguridad de la casa parroquial. La noticia del milagroso hallazgo de San Erconwaldo atrajo a todos los milanos y halcones humanos que merodeaban por las calles de Southwark: los vendedores de objetos falsos y los mercachifles y buhoneros de reliquias religiosas. Todos estaban allí, revoloteando como moscas alrededor de un montón de basura. Un bribón con un parche sobre el ojo y una falsa cojera entró en San Erconwaldo y, al salir, arrojó la muleta al suelo y, proclamando a voz en grito su curación, ofreció vender su muleta como si fuera un objeto sagrado. Delante de la casa de Athelstan, empezó a dar voces, diciendo que aquel sagrado madero con el que había viajado a Jerusalén sería para aquella persona que quisiera comprarlo. En el interior de la casa parroquial, Athelstan se estremeció de angustia. De pronto, oyó una voz todavía más estridente desde la iglesia.
    – ¡Traigo indulgencias de Roma! ¡Del propio Vicario de Cristo en Aviñón! ¡Si compráis este pergamino escrito con la tinta de un tintero hecho con la madera del pesebre donde fue depositado el Niño Jesús, todos vuestros pecados os serán perdonados y lucraréis una indulgencia de mil días y noches del tiempo que tengáis que pasar en el Purgatorio!

    Sosteniéndose la cabeza con las manos, Athelstan ya no pudo resistirlo por más tiempo. Abrió la puerta y salió hecho una furia. Tomó la muleta de madera del falso cojo y le propinó a éste un sonoro golpe en la espalda.

    – ¡Marchaos todos de aquí, en nombre de Dios! –gritó–. ¿Acaso no conocéis el versículo: ¿Ésta es la Casa de Dios y la Puerta del Cielo? ¡No es un tenderete de Cheapside!

    El hombre se tambaleó y deslizó la mano hacia la navaja que llevaba al cinto. Sin soltar la muleta, Athelstan se acercó a él con gesto amenazador.

    – ¡Vete de aquí, boñiga miserable! –le gritó, imitando el lenguaje de Cranston–. ¡Como saques la daga, te arranco la cabeza! –Dominado por una cólera incontenible, apuntó con el dedo a un pequeño grupo de personas–. ¡Estas honradas gentes se ganan los peniques con el sudor de su frente!

    El hombre miró con rabia mal contenida a Athelstan y se alejó como alma que lleva el diablo. El fraile se apoyó en la muleta, respirando afanosamente.

    – Os pido perdón –les dijo a los atemorizados espectadores–, pero será mejor que os vayáis a casa. Cuidad de vuestras esposas, de vuestros maridos y de vuestros hijos y guardad el dinero. Amad a vuestros semejantes y en eso encontraréis a Dios, ¡no en todas estas patrañas y embustes!
    – ¡Una indulgencia! –gritó repentinamente una voz–.

    ¡Una indulgencia para vuestros pecados! ¡La Puerta del Cielo os está llamando!

    Athelstan miró hacia los peldaños de la entrada de la iglesia y vio a un vendedor de indulgencias, situado de espaldas a él. Se acercó sin pensarlo dos veces y, utilizando el extremo de la muleta, le propinó un fuerte golpe en la rabadilla, haciéndolo rodar por los peldaños. El hombre quedó tendido en el suelo con el rostro torcido en una mueca de odio que dejó al descubierto los ennegrecidos dientes de su boca mientras entornaba los ojos con expresión de odio reconcentrado. El fraile se agachó en lo alto de los peldaños.

    – Voy a cerrar los ojos –dijo en voz baja–y a rezar el Ave María. Cuando llegue a la frase «Ahora y en la hora de nuestra muerte», los volveré a abrir y, si aún estás aquí, ¡te moleré a palos y te arrojaré a un montón de estiércol!

    Apenas había llegado a las palabras «Santa María», cuando, entreabriendo un ojo, vio al impostor, alejándose de la iglesia como un conejo asustado. Se levantó y miró a Watkin y a Pike, de pie a la entrada de la iglesia.

    – ¡Como permitáis que eso vuelva a ocurrir –les dijo–, podréis ser mis feligreses, pero ya no seréis mis amigos!

    Dicho lo cual, regresó lentamente a la casa, cerró la puerta y subió al piso de arriba para acostarse.

    – Si existe un Dios en el cielo –dijo en voz baja–, ¡seguro que se conocerá la verdad!

    A la mañana siguiente y después de la violenta reacción de Athelstan, la iglesia de San Erconwaldo estaba un poco más tranquila. La verdad no llegó, pero sí lo hicieron Cranston y el padre prior. Athelstan acababa de decir misa en su improvisado altar. Había echado un vistazo al trabajo de los obreros, le había dado de comer a Philomel y es–taba desayunando con el último cuenco de sopa que le quedaba y un poco de vino aguado cuando Cranston llamó a la puerta y entró como si fuera el Espíritu Santo.

    – ¡Buenos días, monje! –rugió el forense, sosteniendo en la mano su bota de vino milagrosa. Sin ser invitado, volvió a llenar la copa de Athelstan, tomó un buen trago, soltó un ruidoso eructo y llamó por señas al sonriente padre prior para que entrara en la casa. Athelstan se levantó.
    – Buenos días, padre. ¿Tomaréis un poco de vino con sir John y conmigo a pesar de lo temprano de la hora?

    El prior Anselmo le dirigió a Cranston una sonrisa de admiración.

    – ¿Por qué no? –contestó–. En verdad, el salmista dice que el vino alegra el corazón del hombre mientras que, en sus epístolas a Timoteo, san Pablo afirma: «Mezcla un poco de vino para el mal de estómago». Cranston eructó y miró con una radiante sonrisa al prior.
    – ¿Es eso cierto? –preguntó.
    – Por supuesto que sí, sir John.
    – En tal caso –dijo el forense–, san Pablo es mi santo preferido. Tengo que decírselo a lady Matilde. ¿Las epístolas a Nuestra Señora habéis dicho?
    – No, sir John –dijo Athelstan–. La epístola a Timoteo. Sentaos, padre prior. Y vos, sir John, ¿os apetece una copa de la despensa?

    Una vez acomodados, mientras Cranston miraba complacido a su alrededor y el padre prior tomaba unos pequeños sorbos de una copa de peltre, Athelstan se frotó el rostro con aire abatido.

    – Os veo cansado, monje –comentó Cranston.

    Athelstan señaló la puerta con la mano.

    – Vos conocéis el motivo, sir John. Ese maldito esqueleto y, lo que es peor, la maldita estupidez de mis feligreses. Son tan crédulos que aceptarían que lo blanco es negro si alguien utilizara las palabras adecuadas para convencerles.
    – Sí, me he enterado –dijo el padre prior, interrumpiéndole. Sir John se removió en su escabel.
    – ¡Hago lo que puedo! –dijo con voz de trueno–. Varios escribanos están examinando los archivos y unos colaboradores míos están recorriendo todos los antros de Whitechapel para ver si logran descubrir el paradero de maese Fitz–wolfe, pero hasta ahora nada.
    –Tomó un trago de su bota de vino–. ¿Y la cámara escarlata? –preguntó, entornando los ojos.
    – Nada, sir John, nada en absoluto.
    – ¿La cámara escarlata? –preguntó el prior.

    Cranston soltó una carcajada.

    – Es una broma, padre prior. Un acertijo que este buen sacerdote y yo estamos intentando resolver.
    – Yo también estoy aquí a causa de un acertijo –dijo el prior, mirando directamente a Athelstan–. A lo mejor, sir John ya os ha contado lo que está ocurriendo en nuestro convento. Ahora han sucedido cosas todavía peores –añadió, posando la copa sobre la mesa. Fray Bruno murió misteriosamente y Alcuino el sacristán sigue sin aparecer. Rogelio, el sacristán menor, no se si le recordáis, hermano.

    Athelstan asintió con la cabeza.

    – Pues bueno, está murmurando insensateces. Los inquisidores creen que soplan aires de herejía y anoche –el prior acarició la copa de vino con los dedos–fray Calixto el bibliotecario estaba trabajando en el escritorio, sabrá Dios por qué. Al parecer, buscaba al–go en los estantes superiores. La escalera de mano resbaló y él cayó y se rompió la cabeza contra el suelo del escritorio.
    – ¡En paz descanse! –musitó Athelstan, santiguándose.

    Recordaba todos los nombres que había mencionado el padre Anselmo, pero había olvidado sus rostros. A algunos de ellos los había conocido vagamente cuando estaba en el convento de los dominicos. Otros, como fray Enrique de Winchester y los inquisidores, procedían de otros lugares. Athelstan apoyó los brazos sobre la mesa y se puso a pensar. Si el padre prior le hubiera visitado una semana antes, él se hubiera llevado un gran disgusto, pero los caminos de Dios eran inescrutables. Ahora una breve ausencia de San Erconwaldo le sería beneficiosa. Miró al prior.

    – ¿Qué creéis vos que está ocurriendo en el convento?

    Anselmo clavó los ojos en su copa.

    – Dios es testigo –dijo en un susurro–, pero creo que tenemos entre nosotros a un hijo de Caín, un asesino. Quiero que vos y sir John lo investiguéis. Quiero que vengáis ahora mismo.
    – ¿Y qué hacemos con San Erconwaldo?

    Cranston se inclinó hacia delante y le dio unas palmadas en la mano.

    – No os preocupéis por eso, cura. Lo que está ocurriendo aquí se puede considerar una perturbación de la paz. Enviaré a unos cuantos oficiales de orden con autorización de la corporación municipal para que sólo permitan la entrada a la iglesia a los obreros que están trabajando en las reformas.

    Athelstan asintió con la cabeza.

    – Sí, sí –dijo–, eso sería lo mejor. Bueno pues, padre prior –añadió–, decidme exactamente qué es lo que está ocurriendo en el convento. Cerró los ojos y escuchó la clara descripción de los acontecimientos de los últimos días por boca del padre Anselmo.
    – O sea que en el convento tenemos un Capítulo Interno –dijo–, en el cual Enrique de Winchester está defendiendo su tratado teológico contra los desafíos de fray Pedro y fray Niall en presencia de nuestros hermanos inquisidores, dispuestos a perseguir la más mínima desviación herética.
    – Sí.
    – Y, entre tanto, fray Bruno y fray Calixto mueren, Alcuino desaparece y vos estáis muy preocupado por los desvaríos de un hombre que tiene la mente trastornada. El prior se frotó los ojos.
    – Estoy preocupado porque los desvaríos del hermano Rogelio empezaron tras la desaparición de Alcuino. Veréis, resulta que Alcuino fue a la iglesia para rezar ante el cuerpo de fray Bruno y cerró la puerta por dentro porque deseaba estar solo. Solía hacerlo muchas veces. El hermano Rogelio llamó a la puerta y, al no obtener respuesta, tuvo que utilizar otra llave para entrar. No vio ni rastro de Alcuino. –El prior entrelazó los dedos de ambas manos–. Al parecer, la desaparición de Alcuino ha hundido la mente del hermano Rogelio en los abismos de la locura. –El prior se levantó–. Tenéis que venir, Athelstan. Sir John cuidará de la iglesia. Prefiero pedíroslo por favor, pero, en caso necesario, os lo ordenaré como prior vuestro que soy.
    – Vendré –dijo Athelstan, levantándose para desperezarse–. En realidad, el hecho de alejarme un poco de San Erconwaldo será un descanso para mí. Regresad al convento, padre prior. Sir John y yo acudiremos allí dentro de un rato. Deseo que reunáis a los miembros del Capítulo Interno, pues necesito interrogarlos a todos juntos. El padre prior asintió con la cabeza, se ajustó el cinto alrededor de la cintura y salió al exterior. Athelstan le vio dirigirse al lugar donde había atado su caballo, cerca de los peldaños de la entrada de la iglesia.
    – Sir John –dijo, volviéndose–. ¿Ya habéis enviado la carta sobre el esposo de Benedicta?
    – Ha salido disparada como una flecha.
    – ¡Muy bien!

    El fraile salió al patio y vio un grupo de niños jugando en los peldaños.

    – Crim, ve corriendo a casa de la señora Benedicta y dile, por favor, que venga aquí enseguida.

    Después regresó a la cocina donde sir John se estaba sirviendo más vino.

    – Tened cuidado, sir John –le advirtió–. Esta tarde necesitaréis una mente muy clara.
    – ¡Me hace falta un buen trago! –replicó Cranston en tono enojado–. ¡Sobre todo, teniendo en cuenta que me voy a pasar el día con un grupo de aburridos monjes!
    – ¡Más bien de temibles frailes! –le dijo fray Athelstan en tono burlón. Cranston soltó un regüeldo.
    – ¿Lady Matilde y los niños están bien?
    – Sí, pero yo me quedaré en el convento –contestó el forense–. Creo que mi mujer se ha enterado de mi estúpida apuesta. Vos ya la conocéis, Athelstan. –Cranston hinchó los carrillos–. Lady Matilde no dice nada, pero yo no soporto sus miradas de reproche. Hermano –añadió, mirando a Athelstan con expresión suplicante–, tenemos que resolver ese enigma.

    Athelstan se volvió de espaldas al forense para que éste no viera la desesperación de su rostro.

    – ¡Esqueletos, misteriosos asesinatos y un asesino suelto en un convento! –Athelstan cerró los ojos–. ¡Oh, Dios mío, ayúdanos!

    Estaba trajinando en la cocina cuando oyó llamar a la puerta.

    – ¡Adelante! –gritó.

    Benedicta entró con el rostro demudado por la inquietud.

    – ¿Qué ocurre, hermano? ¿Por qué me habéis mandado llamar?

    Athelstan la acompañó a un escabel y se sentó a su lado.

    – Benedicta, la carta ya se ha enviado, pero tenemos que esperar la respuesta. Yo debo dejar momentáneamente la parroquia e irme al convento de los dominicos –le explicó–, rozándole suavemente la muñeca con la mano. Cranston carraspeó y apartó la mirada–. Escuchadme bien, Benedicta –añadió el fraile–, en cuanto yo me haya ido, convocad una reunión del consejo parroquial para esta noche. –Tomó un llavero que le colgaba del cinto–. Podéis reuniros aquí. Procurad hacerles entrar en razón. Cuidad de la iglesia y vigilad a los trabajadores. Tienen que terminar dentro de unos días. Dad de comer a Buena– ventura. Y no perdáis de vista a Cecilia, por lo que más queráis. Aparte el esqueleto, ¡ella es lo único que les importa a Watkin y Pike! –terminó diciendo con una sonrisa. Benedicta tomó las llaves.
    – Cuidaos mucho, padre –dijo en voz baja–. Os echaremos de menos. Después se fue tan silenciosamente como había llegado.
    – Es una buena mujer –dijo Cranston en tono irónico–. Una mujer de cuerpo entero. Se levantó y se tambaleó ligeramente mientras trataba de concentrar todo su embotado ingenio en la tarea de tapar la bota de vino–. Una buena dormidita –musitó–me dejará como nuevo.

    Athelstan se apresuró a lavar las copas. Después se cambió de ropa, se lavó y tomó su vieja silla de montar con los cestillos donde guardaba la bandeja de escribir, el pergamino, las plumas de ave y el tintero de cuerno, y ensilló a un remiso Philomel cuya saludable costumbre de dormir entre las comidas acababa de sufrir una brusca interrupción. Antes de que transcurriera una hora, Cranston, roncando y soltando regüeldos y ventosi–dades en su silla de montar, se dirigió en compañía de su «querido escribano», tal como él llamaba a Athelstan, hacia el puente de Londres.


    CAPÍTULO 5


    Tuvieron que abrirse paso dificultosamente entre los carros que, tras haber descargado sus productos en el mercado, se estaban alejando a toda prisa de la ciudad antes de que sonara el toque de queda. En la calle del Puente, el mercado de pescado apestaba a arenques podridos. Athelstan vio los pescados pasados que los vendedores estaban tratando de endosarles a sus clientes y juró en su fuero interno no pedir nunca más empanadas de pescado en las tabernas y casas de comidas. El día era precioso y los habitantes de Londres habían salido a disfrutar del buen tiempo por las calles. Los ricos, con sus ropajes de raso morado, se mezclaban con los pilludos cubiertos de sucios andrajos. Unas prostitutas, con las cabezas recién rapadas, estaban siendo conducidas por un gaitero a una prisión de Cheapside llamada el Tonel. Doblaron una esquina a la izquierda para entrar en la Cordelería donde los tenderetes vendían toda suerte de cordeles, cuerdas y bramantes, algunos de ellos teñidos en brillantes colores. Otros más toscos estaban destinados a los albañiles y constructores. Los aprendices corrían de un lado para otro buscando clientes e incluso agarraban las bridas de los caballos para que se detuvieran, pero una severa mirada del rubicundo Cranston y del encapuchado cura bastó para que se alejaran a toda prisa.

    La contemplación de las cuerdas de los constructores le hizo recordar a Athelstan las baldosas de la iglesia y la extraña marca del cantero. Les había preguntado a sus feligreses si habían visto alguna marca similar en algún sitio, pero nadie la conocía. Llegó a la conclusión de que el hombre que había colocado aquellas baldosas debía de saber algo acerca del esqueleto enterrado debajo.

    Cranston se removió en su silla de montar.

    – Dios mío, fijaos en esto –dijo.

    Se detuvieron en la esquina de la Vinatería, donde unos hombres del alguacil estaban cumpliendo los castigos impuestos a los infractores de la ley. Un sujeto había sido colocado desnudo en el interior de un tonel, sumergido hasta la barbilla en orines de caballo. Un tosco letrero clavado en la madera anunciaba que se trataba de un cervecero que había adulterado la bebida. Sin embargo, la mayor expectación la había despertado una vieja que, con los ojos vendados y las raídas faldas levantadas y atadas por encima de la cabeza, estaba recibiendo unos azotes con una vara en las grisáceas y arrugadas nalgas como castigo por haber maltratado a unos niños. La multitud silbaba y arrojaba despojos de animales y otros desperdicios a la desventurada mujer. El tumulto se interrumpió cuando apareció un cortejo fúnebre encabezado por un sacerdote que portaba una cruz y entonaba el Réquiem dona eis. Casi todos los componentes de la procesión estaban borrachos perdidos y el féretro se balanceaba sobre los hombros de los que lo portaban cual si fuera un corcho en el agua, hasta el punto de que la tapa se había abierto y, a través de la abertura, colgaba un pálido brazo que se movía hacia arriba y hacia abajo como si el muerto se estuviera despidiendo de los presentes.

    Athelstan y Cranston desmontaron y guiaron sus cabalgaduras entre los carros que bajaban ruidosamente sobre los adoquines en dirección a los muelles. Entraron en la calle Beck, pero tuvieron que pegarse a los muros de un edificio para ceder el paso a una extraña procesión: unos hombres enmascarados y encapuchados, pero desnudos de cin–tura para arriba estaban avanzando lentamente por la calle, entonando el salmo del Mi– serere con voz de falsete mientras otros les golpeaban la espalda hasta dejársela en carne

    – ¡Unos flagelantes! –musitó Athelstan–. Los han visto en París, Colonia y Madrid y ahora han llegado también a Londres. Van de ciudad en ciudad entonando salmos y azotándose los unos a los otros en expiación por sus pecados. Cranston soltó un sonoro eructo.
    – ¿Y cómo es posible que eso pueda agradar a Nuestro Señor Jesucristo? –preguntó en voz baja.

    Athelstan sacudió la cabeza.

    Los flagelantes doblaron la esquina mientras el rumor de los azotes y de los cánticos religiosos se perdía en la distancia.

    Athelstan y Cranston ya estaban muy cerca del convento de los dominicos y podían ver las agujas y torretas del edificio, elevándose por encima de los rojos tejados de las casas. Una de las calles secundarias estaba bloqueada por unos soldados armados y vestidos con la librea de la ciudad que se cubrían la boca y el rostro con esponjas. Athelstan observó que la calle estaba desierta y que todas las casas tenían las puertas atrancadas y las contraventanas cerradas. La llamativa enseña de una taberna tintineaba espectralmente como si suspirara a causa de la falta de parroquianos.

    – ¡La peste! –dijo Cranston, montando de nuevo en su cabalgadura–. ¡Dios nos asista, hermano, si volviera!

    Athelstan trazó la señal de la cruz en la entrada de la calle y siguió a Cranston hasta que ambos llegaron al gran espacio abierto que rodeaba el convento de los dominicos. Delante de ellos se levantaba la gigantesca puerta y los altos muros que circundaban el vasto edificio. Un hermano lego respondió al apremiante tirón de la cuerda de la campana de la entrada y cruzó con ellos el patio adoquinado, donde un legañoso y desdentado mozo de cuadra con el rostro desfigurado por la úlcera más repugnante que Athelstan jamás hubiera visto en su vida les dijo en murmullos unas palabras ininteligibles y se hizo cargo de las monturas. Mientras el hermano lego los conducía a través de los fríos pasillos, Athelstan sonrió para sus adentros. El hecho de encontrarse de nuevo en el lugar donde había hecho el noviciado le producía una extraña sensación. Contempló las baldosas de piedra del pasillo y se detuvo como si se estuviera viendo a sí mismo la noche en que recorrió los oscuros corredores, saltó por una ventana abierta al jardín iluminado por la luna y trepó por el muro para reunirse al otro lado con su hermano menor que lo estaba esperando para irse con él a las guerras del rey. ¡Pobre Francisco, enterrado en un campo de batalla francés!

    – Perdón –musitó como si hablara con las motas de polvo que danzaban en los claros rayos de sol que penetraban a través de la ventana–. ¡Te pido perdón!

    El hermano lego le miró con curiosidad.

    – ¿Os encontráis mal? –le preguntó.

    Cranston entornó los ojos y sacudió la cabeza como si hubiera leído sus pensamientos.

    – No es nada –contestó en un susurro–. Mi buen amigo ha visto un fantasma. El perplejo hermano cruzó con ellos el soleado jardín del claustro y los condujo a la espaciosa cámara pintada de azul donde el prior Anselmo los estaba aguardando.
    – Habéis venido más temprano de lo que esperaba –dijo el prior, chasqueando los dedos hacia el hermano lego y dándole instrucciones al oído–. Sentaos –añadió, haciendo sonar una campanita–. Debéis de estar sedientos.

    Cranston esbozó una radiante sonrisa. Athelstan, que siempre se sentía incómodo en aquella estancia donde se había tenido que enfrentar con sus pecados, asintió con aire ausente.

    Entró un servidor con una gran jarra de hidromiel y tres copas. Cranston apuró el contenido de la suya y pidió al criado que se la volviera a llenar antes de que éste hubiera terminado de llenar las de Anselmo y Athelstan.

    – No seas tan tímido –le dijo el forense al mozo, pasándose la lengua por los labios–.

    ¡Maravilloso! ¡Francamente maravilloso! Llénala hasta el borde y déjala a mi lado en el suelo.

    El pobre criado obedeció y abandonó la estancia sin dar crédito a lo que había visto.

    – ¿Os gusta nuestro hidromiel, sir John? Nuestros panales son muy fructíferos y producen la más dulce y delicada de las mieles. Tengo que daros una jarra de miel y un pequeño barril de hidromiel para lady Matilde –dijo el prior.
    – ¡Excelente! –dijo Cranston, balanceándose peligrosamente sobre su escabel mientras miraba con sus empañados ojos a Athelstan–. ¡Un lugar estupendo! –dijo en voz baja–.

    ¡No comprendo por qué razón lo dejasteis!

    Athelstan le miró enfurecido. Sir John estaba a punto de quedarse dormido. Esperaba que no rodara al suelo desde el escabel, pues, sumido en el estupor de la borrachera, el cuerpo del forense resultaba más pesado que el plomo.

    – Padre prior –se apresuró a preguntar–, ¿por qué ha generado tantas discusiones esta cuestión de Enrique de Winchester?

    El prior Anselmo estaba mirando asombrado a Cranston sin poder apartar los ojos de aquel risueño forense que permanecía sentado en el escabel, soltando eructos como un niño grande.

    – Enrique ha escrito un opúsculo –contestó muy despacio–, en el cual afirma que Dios se hizo hombre, no para salvarnos del pecado sino para devolvernos la belleza. Athelstan arqueó las cejas.
    – Padre prior, ¿y dónde está aquí la herejía?
    – Al principio, yo me hice la misma pregunta, pero, si aceptamos la tesis de fray Enrique, según la cual Jesucristo se encarnó para devolvernos a nuestro primitivo estado de bienaventuranza, ¿cuál es la importancia del pecado? ¿Dónde queda la idea de la justicia y del castigo divinos?
    – ¡Hay demasiados pecados! –dijo Cranston, eructando ruidosamente–. Es lo único de lo que saben hablar los curas. ¿Cómo puede el buen Dios enviar a un hombre al infierno por el simple hecho de que beba demasiado?

    Cranston chasqueó la lengua y estaba a punto de lanzarse a una de sus originales disertaciones cuando llamaron a la puerta y entró el hermano lego.

    – Padre prior, los miembros del Capítulo Interno están esperando. Athelstan, que estaba escuchando con incredulidad la doctrina teológica de Cranston, se levantó de un salto.
    – Padre prior –se apresuró a decir–, conviene que nos reunamos con ellos ahora mismo. Anselmo le guiñó el ojo y los acompañó a través de un laberinto de pasillos. Cranston le siguió como un barco que se balanceara en medio de una tormenta. Los miembros del Capítulo Interno, en compañía de un estupefacto hermano Rogelio, ya estaban sentados alrededor de la mesa. Se medio levantaron, pero Anselmo les indicó con un gesto de la mano que volvieran a sentarse. Se hicieron rápidamente las presentaciones y Athelstan se alegró de tener a su lado al forense. Sabía que le consideraban la oveja negra de la orden y que algunos quizá no estaban muy de acuerdo con su presencia allí y tal vez pondrían reparos. Pero ahora todo el mundo miraba fascinado a Cranston, el cual se había sentado en la silla del prior Anselmo sin pedir permiso y estaba contemplando a los hombres reunidos en torno a la mesa cual si fuera un alegre Baco. Athelstan oyó las risitas y los murmullos, vio unas indulgentes miradas y oyó las palabras «borrachín» y «bebedor». Mientras el prior, muerto de vergüenza, pronunciaba un breve discurso, Athelstan aprovechó para estudiar a sus hermanos en Cristo, había oído hablar de Guillermo de Conches y del rubicundo Eugenio. Aquellos hombres tan peligrosos tenían una mirada penetrante y un alma retorcida y estaban convencidos de que el Señor gustaba de ver arder a la gente en barriles de aceite por su causa. No conocía al jovial fray Pedro ni al irlandés Niall. Tenían una cara muy simpática y fray Pedro estuvo incluso a punto de romper a reír cuando Cranston se inclinó sobre la mesa con la mirada empañada por el alcohol. El moreno rostro de fray Enrique de Winchester, sentado tan inmóvil como una estatua, era la viva imagen de la serenidad. Miró tímidamente a Athelstan y asintió con la cabeza. Athelstan le correspondió de la misma manera. Había oído hablar de aquel joven teólogo y brillante predicador cuya inteligencia era tan afilada como un cuchillo. A su lado, el pobre hermano Rogelio formaba un visible contraste, con su cara de lerdo y su extraño pelo de punta. Athelstan estudió la distante mirada de sus ojos y los hilillos de saliva que se escapaban de su boca y se preguntó si estaría tan loco como para haber cometido un asesinato. Anselmo terminó de hacer las presentaciones y se volvió a mirar a Cranston, pero el forense, con el mofletudo rostro iluminado por una beatífica sonrisa, ya estaba medio dormido. Athelstan carraspeó para disimular, colocó el tintero de cuerno, el pergamino y la pluma sobre la mesa y los acarició nerviosamente con los dedos. Tomó la pluma y recorrió con la mirada a los presentes.
    – El padre prior –dijo muy despacio–me ha pedido que venga para tratar de desentrañar ciertos misterios que afectan a este Capítulo Interno, el cual se reunió por vez primera el lunes, treinta y uno de mayo. Antes de que transcurriera una semana, fray Bruno resbaló en los peldaños que conducen a la cripta. Al otro sábado, concretamente el sábado pasado, fray Alcuino el sacristán entró en la iglesia del convento y cerró la puerta a su espalda para rezar en silencio por el eterno descanso del alma de su hermano difunto, el cual yacía en un féretro delante del altar mayor. ¿Es así, padre prior?

    Anselmo asintió con la cabeza.

    – Sí –contestó–. Alcuino entró en la iglesia. La puerta estaba cerrada y, sin embargo, cuando entró el hermano Rogelio, Alcuino había desaparecido. –Anselmo hizo una pausa y Athelstan observó que el mentecato esbozaba una vaga sonrisa–. El lunes por la noche –añadió Anselmo–, fray Calixto, en contra de las normas de esta casa, entró en la biblioteca para llevar a cabo unos estudios por su cuenta. Una vez allí, parece ser que resbaló en la escalera en la que estaba subido y cayó al suelo, muriendo instantáneamente.
    – ¡Meras coincidencias! –replicó Guillermo de Conches, cruzando los brazos y apoyándolos sobre la mesa–. Bruno era un viejo y los peldaños son muy empinados. Alcuino entró en la iglesia y, abrumado tal vez por la emoción, decidió huir del convento. Se va, cierra la puerta a su espalda y se aleja sigilosamente como un ladrón en la noche. –El inquisidor miró con arrogancia a Athelstan–. ¡No sería el primer monje que lo hiciera y ciertamente no será el último!

    Athelstan le devolvió fríamente la mirada, procurando disimular su cólera. Espero que tú seas el asesino, pensó, porque aquí se ha cometido un asesinato. Inmediatamente parpadeó para quitarse aquellos malos pensamientos de la cabeza.

    – ¿Y fray Calixto? –preguntó–. ¿Él también se cayó de la escalera?
    – Sí, sí –se apresuró a contestar Eugenio, medio apartando el rostro para no mirar a Athelstan.

    Éste apoyó los codos sobre la mesa y juntó los dedos de ambas manos, evitando mirar hacia la derecha donde Cranston estaba roncando como un bebé.

    – ¿Fray Enrique, fray Niall, fray Pedro? –dijo, mirando con una sonrisa a los tres teólogos–. Todos habéis estudiado lógica, ¿no es cierto?

    Los tres asintieron con la cabeza.

    – ¿Y también la teoría de la probabilidad y la posibilidad de coincidencias?

    Los frailes volvieron a asentir.

    – Pues entonces, decidme, padre prior –añadió Athelstan–, ¿cuántas muertes violentas se han producido en este convento en los últimos tres años? No me refiero a muertes por causas naturales sino a muertes violentas e inesperadas.
    – No ha habido ninguna.
    – O sea –dijo Athelstan–que en los tres años anteriores a la celebración de este Capítulo y puede que incluso en los seis, aquí no ha habido ninguna muerte violenta. Ahora se reúne el Capítulo Interno y, en cuestión de un par de semanas, mueren dos frailes y otro desaparece en extrañas circunstancias. Decidme todos vosotros, ¿es eso probable? ¿Es lógico?

    Fray Enrique sonrió, sacudiendo la cabeza.

    – ¿Fray Niall, fray Pedro?

    En los rostros de ambos quedó patente su conformidad con la respuesta de fray Enrique.

    – Tenemos además otra evidencia –añadió Athelstan–. Algo que el padre prior no me ha dicho.

    Anselmo le miró asombrado.

    – Hay algo más, ¿no es cierto, padre prior?

    Anselmo se pasó la lengua por los resecos labios y se preguntó fugazmente si habría hecho bien, solicitando la presencia de aquel joven dominico en su antiguo convento. Athelstan era demasiado rápido y perspicaz. ¿Y si el remedio fuera peor que la enfermedad? ¿Tendría razón Guillermo de Conches? ¿Hubiera sido mejor dejar las cosas tal como estaban? Los grises ojos de Athelstan se clavaron en los suyos.

    – Sí, lo hay –contestó el padre prior–. Alcuino jamás hubiera abandonado este convento. No se llevó bolsa, dinero, comida, botas ni un caballo de las cuadras. Además, si hubiera huido, alguien le hubiera visto. En segundo lugar, Alcuino se sentía al margen del Capítulo. Él y su íntimo amigo fray Calixto siempre se habían considerado teólogos Anselmo esbozó una débil sonrisa–. Los demás frailes les habían oído conversar y rechazaban el Capítulo Interno y lo tenían por una farsa. Alcuino decía que su amigo Calixto podría demostrar que vos, mi señor inquisidor general, estabais perdiendo el tiempo.
    – ¿Qué pretendía decir con eso? –ladró Guillermo de Conches.
    – Quería decir, monje.

    Cranston chasqueó la lengua y abrió los ojos.

    Los dominicos se sobresaltaron repentinamente cuando el forense se despertó, se desperezó y miró a su alrededor para ver si alguien se estaba burlando de él.

    – Quería decir –repitió el forense–que había dos monjes. –Cranston sonrió–perdón, frailes, para quienes el Capítulo Interno era una pérdida de tiempo. Ahora uno de ellos ha muerto y el otro ha desaparecido. ¿Digo bien, padre prior?

    Anselmo asintió rápidamente con la cabeza. Cranston levantó un rechoncho dedo índice.

    – Yo no he estudiado lógica, pero recuerdo siempre el viejo proverbio. «Que el perro tenga los ojos cerrados no significa que esté durmiendo.» Soy sir John Cranston, forense real de la ciudad. Y estoy despierto incluso cuando duermo.

    Athelstan soltó un gruñido de desagrado. Confiaba en que Cranston no utilizara el viejo truco de simular ser un borrachín.

    – Padre prior –se apresuró a preguntar–, ¿qué creéis vos que quisieron insinuar Alcuino y Calixto al decir que el inquisidor general estaba perdiendo el tiempo aquí?
    – Pues la verdad es que no lo sé. Los dos se pasaban el rato cuchicheando por los rincones y Calixto estaba buscando no sé qué manuscrito en la biblioteca.
    – El otro –dijo Cranston, interrumpiéndole bruscamente mientras le dirigía una mirada asesina a Athelstan–. Me refiero al viejo, el que murió primero, Bruno. ¿Tenía alguna relación con el Capítulo Interno?
    – No –contestó Eugenio–. Pero Alcuino, por no sé qué extraño motivo, siempre aseguró que él se estaba dirigiendo a la cripta justo en el preciso instante en que Bruno tropezó y cayó. –Eugenio hizo una mueca–. Sacad vos mismo las consecuencias de lo que eso significa, Athelstan.

    Athelstan tomó unas cuantas notas acerca de lo que se había dicho hasta entonces, posó la pluma, se levantó y se acercó al hermano Rogelio, el cual estaba acurrucado como un conejo asustado, con los ojos clavados en el inquisidor general. Athelstan tomó fuertemente su mano en la suya.

    – Hermano Rogelio –le dijo en voz baja–, ¿que es lo que queréis decirle al padre prior?

    Rogelio parpadeó varias veces y se humedeció los labios con una lengua que parecía demasiado grande para su boca mientras la saliva le rodaba por la barbilla sin afeitar y él se rascaba la cabeza con los sucios dedos de una mano.

    – Vi algo en la iglesia –dijo–, pero no recuerdo lo que fue. Sólo sé que hubieran tenido que ser doce. ¿O trece quizá? –Miró con una estúpida sonrisa a Athelstan–. El hermano Rogelio tiene muy mala memoria.

    Athelstan sacudió la cabeza y preguntó:

    – Padre prior, ¿hay alguna otra cosa que debamos saber? ¿Tiene alguien más información sobre estos misteriosos acontecimientos?

    Un muro de silencio acogió sus palabras.

    – En tal caso, padre prior, sir John y yo quisiéramos retirarnos. ¿Tenemos una cámara aquí?
    – Sí, el sirviente os acompañará. Sir John y vos os alojaréis en nuestra hospedería. Athelstan se mordió el labio. Sabía que sir John deseaba hospedarse en el convento de los dominicos para alejarse de la afilada lengua de lady Matilde, pero la idea de compartir una habitación con él no le atraía demasiado. Había viajado con Cranston en algunas ocasiones y sabía que el forense se mostraba muy locuaz, sobre todo después de una copiosa cena y unas cuantas copas de vino blanco.
    – ¿Contamos con vuestra venia para recorrer el convento y echar un vistazo por ahí?
    – ¡Por supuesto que sí!

    La sesión se levantó y el hermano Rogelio abandonó casi corriendo la sala. Fray Niall y fray Pedro saludaron con una sonrisa a Athelstan y fray Enrique le dijo que se alegraba mucho de verle. En cambio, los inquisidores le ignoraron por completo. El prior Anselmo los encomendó al hermano lego, el cual los acompañó fuera del edificio principal del convento, rodeó con ellos la iglesia y los condujo a una pequeña hospedería que daba al huerto, en la cual había una cocina y una despensa en la planta baja y una espaciosa sala en el piso de arriba con dos carriolas, una cómoda, un reclinatorio, una mesa junto a una ventana acristalada, una silla, unos cuantos escabeles y unos ganchos clavados en la pared para colgar la ropa. Todo parecía muy limpio y bien cuidado. El suelo de la cocina estaba cubierto con juncos y rociado con una mezcla de hierbas mientras que las paredes del dormitorio estaban revestidas con lienzos de lana y en el suelo había una alfombra de pura lana, cosida a un rústico arrimadero.

    – El padre prior dice que podéis comer con nosotros en el refectorio si queréis –les anunció el joven sirviente–. O, si lo preferís, podéis prepararos vosotros mismos la comida o pedir que os envíen algo desde la cocina.
    – ¿Quién nos traerá la comida? –preguntó Athelstan.
    – Yo mismo –contestó el joven–. Me llamo Norberto y estoy en el noviciado, preparando los votos definitivos. Athelstan estudió el terso rostro y los claros ojos castaños de Norberto. Parecía un chico de fiar.
    – ¿Tú no has tenido nada que ver con el Capítulo Interno? –le preguntó.
    – Oh, no, fray Athelstan. Eso es demasiado para mí.
    – Pues entonces –le dijo Athelstan, dándole una palmada en el hombro–, tú nos traerás la comida desde el refectorio. Ahora sé buen chico y ve a ver qué tal están nuestros caballos en la cuadra. ¡Philomel, el viejo caballo de batalla, come como una fiera! –Athelstan miró de reojo a Cranston–. ¡Y no es el único! Mi señor forense es un hombre de prodigioso apetito. Asegúrate de que su plato esté siempre bien abastecido. Norberto sonrió, dejando al descubierto unos dientes separados.
    – Tengo entendido que el hidromiel –dijo Cranston, introduciéndose los dedos en el cinto–es muy bueno para la garganta.
    – El padre prior ya ha dejado un tonel para vos, sir John. Hay también jarras de vino y un pequeño barril de cerveza en la despensa.
    – ¡Excelente! ¡Excelente! –murmuró Cranston.

    Cuando el joven sirviente se retiró, Athelstan se sentó junto a la mesa de la cocina.

    – Vamos a ver qué es lo que tenemos aquí, sir John –dijo, colocando el pergamino y las plumas sobre la mesa–. Primero tenemos un Capítulo Interno convocado para debatir cuestiones teológicas. Fray Enrique las está discutiendo con fray Pedro y fray Niall. Los inquisidores están aquí para perseguir la herejía. Otros dos dominicos, Calixto y Alcuino, hacen crípticos comentarios, diciendo que el Capítulo Interno es una pérdida de tiempo. Calixto cae desde una escala de mano en la biblioteca y Alcuino desaparece. Corren rumores de que, aunque fray Bruno no tenía nada que ver con el Capítulo Interno, tropezó en los peldaños de la cripta justo en el momento en que, al parecer, Alcuino se encontraba allí. El hermano Rogelio, que es un pobre idiota, asegura que ocurre algo raro en la iglesia y habla del número doce o trece. Bien, sir John, ¿qué pensáis vos de todo eso?

    Un sonoro ronquido acogió sus palabras. Athelstan se volvió. Cranston, sentado en la única silla de respaldo alto que había en la estancia, se había quedado profundamente dormido delante de la chimenea y, de vez en cuando, chasqueaba la lengua con una sonrisa en los labios. Athelstan lanzó un suspiro y se acercó a él, poniendo más leña en la chimenea para que estuviera más a gusto. Después regresó a sus notas y se pasó una hora tratando de desentrañar el sentido de todo lo que le habían dicho mientras Cranston roncaba y se oía a lo lejos el tañido de la campana del convento, convocando a los frailes al oficio divino. Cuando empezó a ponerse el sol, Cranston se despertó de golpe y, dándose unas palmadas en el vientre, visitó primero el retrete y después se dirigió a la despensa para llenarse una jarra de hidromiel.

    – Ahora no, sir John –le dijo Athelstan, siguiéndole–. Tenemos cosas que hacer.
    – Estoy sediento, fraile –contestó el forense, mirándole con expresión lastimera.
    – Os digo que tenemos cosas que hacer, sir John.
    – ¿Como qué?
    – Vos sois el forense, sir John. Estáis visitando la escena de esos crímenes y, cuanto antes resolvamos los misterios, tanto antes podremos resolver el enigma de la cámara escarlata –contestó Athelstan en tono esperanzado.

    Cranston posó la jarra de hidromiel y le miró con una sonrisa en los labios.

    – Tenéis toda mi atención, fray Athelstan.

    Después regresaron a los claustros. Athelstan recordaba vagamente que la cripta se encontraba en un pequeño pasadizo cerca del lado norte de la iglesia. El jardín del claustro era un remanso de silencio, donde sólo se oía el zumbido de las abejas revoloteando alrededor de las flores que crecían junto a la cantarina fuente. Los pequeños escritorios que los frailes utilizaban para copiar y escribir habían sido retirados. Athelstan recordó las largas horas que solía pasar allí, aprovechando la luz diurna para copiar algún docto opúsculo. Hizo una pausa. Fray Calixto era su mentor y Alcuino siempre había tenido afición a las obras de carácter teológico. ¿Habrían visto o estudiado alguna obra relacionada con el Capítulo Interno? Athelstan contempló la cristalina fuente. La biblioteca de los dominicos era muy famosa y contenía manuscritos de toda la Europa occidental, no sólo de miembros de su orden sino también de antiguos filósofos y de otros teólogos.

    – ¡Vamos, Athelstan! –lo apremió Cranston, señalando con la cabeza la gran puerta protegida por una plancha de hierro–. ¡Los secretos de la cripta nos esperan!

    Athelstan asintió con la cabeza y empujó la puerta.

    – Los peldaños son muy empinados –dijo en voz baja–. Se hunden en la oscuridad. Antes eso me parecía la entrada del infierno. –Señaló una antorcha de la pared–. Vos tenéis una mecha, sir John, ¡encendedla!

    El forense obedeció y la antorcha empapada de resina cobró repentinamente vida.

    – Hacedlo otra vez, sir John –le rogó Athelstan, cerrando la puerta de la cripta a su espalda.
    – Por el amor de Dios, hermano –dijo el forense, mirándole desconcertado–, ¡la antorcha ya está encendida!
    – ¡No, hacedlo otra vez! ¡Repetid lo que acabáis de hacer!

    Cranston le obedeció a regañadientes.

    – Pero ¿qué os pasa, hermano?
    – Bueno, vamos a intentar reproducir lo que debió de hacer fray Bruno. Fijaos, sir John, el peldaño superior es ancho y seguro. La antorcha está en la pared cuando vos cerráis la puerta a vuestra espalda. Fray Bruno se debió de volver para encender la antorcha, tal como vos habéis hecho. Ya hemos visto que el peldaño superior es muy ancho. Hay espacio suficiente para que alguien espere al acecho detrás de la puerta. Bruno entra y se vuelve. Como vos, debía de encontrarse en equilibrio inestable cuando estiró el brazo para encender la antorcha.
    – ¿Estáis diciendo –dijo Cranston, interrumpiéndole–que alguien acechaba en la oscuridad y le dio al viejo un violento empujón, en la creencia de que era Alcuino?
    – Sí.

    Athelstan sacó la antorcha del candelabro de hierro de la pared y la sostuvo en alto, iluminando con ella la oscuridad mientras las sombras danzaban en los empinados peldaños que bajaban al abismo de la cripta. Athelstan señaló la barandilla de hierro.

    – Cuando yo era novicio aquí, todo el mundo les tenía un miedo espantoso a estos peldaños tan afilados y empinados. Por eso pusieron esta barandilla. Nadie, ni siquiera Alcuino y tanto menos un anciano, hubiera podido sobrevivir a semejante caída.
    – Pero a Alcuino no lo empujaron –observó Cranston–. A quien empujaron fue al pobre Bruno. Está claro que se equivocaron de hombre, pero la pregunta sigue siendo ¿por qué esperaban a Alcuino? ¿Y por qué vino aquí Alcuino? Vos habéis estudiado en los dominicos, ¿no es cierto, Athelstan?

    Athelstan esbozó una sonrisa mientras volvía a colocar la antorcha en el candelabro de hierro y abría de nuevo la puerta.

    – Muy buena pregunta, sir John, la cripta se utilizaba a menudo para reuniones secretas. Ya sabéis las rencillas y bandos que suele haber en cualquier comunidad, por no hablar de las ilícitas relaciones que pueden darse entre hombres comprometidos con el celibato.
    – ¿Eso también ocurría aquí? –preguntó Cranston en voz baja, cerrando la puerta de la cripta a su espalda.

    Athelstan lo asió suavemente por el codo y lo acompañó de nuevo a la moribunda luz del ocaso que todavía quedaba en el jardín del claustro.

    – Y cosas mucho más raras todavía, sir John, pero ahora estamos buscando a un asesino.
    – Pudo ser un accidente –señaló Cranston.
    – Eso dependería de dos cosas. Primero, ¿podemos encontrar alguna relación entre Alcuino y la cripta? ¿Con quién tenía que reunirse? Segundo, cuando se encontró el cuerpo de Bruno, ¿estaba encendida la antorcha de la pared? Si no lo estaba, eso significa que lo empujaron en el momento en que encendía la mecha; el asesino tuvo que actuar con rapidez, pues, de otro modo, lo hubieran descubierto. Sólo pudo ver una figura borrosa. Qué fácil le debió de resultar dar un violento empujón y alejarse de inmediato. Cranston se estremeció y se frotó el cuello para aliviar un calambre. Aquel lugar era un remanso de paz y serenidad. El convento de los dominicos no se parecía para nada a la ciudad, con sus muros encalados, sus limpios pasillos, sus jardines floridos, sus cantarinas fuentes y las melodiosas voces de los cánticos de alabanza a Dios. Y, sin embargo, las emociones eran allí tan fuertes como en las callejas de Cheapside. Lujuria, envidia, celos, codicia e incluso asesinato. Ambos se apartaron a un lado cuando se abrió la puerta de la iglesia y empezaron a desfilar los frailes, con las manos ocultas en las amplias mangas de los hábitos y las cogullas bien echadas sobre el rostro, para dirigirse en anónimo silencio hacia el refectorio. Cranston levantó la cabeza como un perro de caza y olfateó la brisa. Después se dio unas palmadas sobre el vientre y se humedeció los labios con la lengua.
    – ¡Comida! –murmuró–. Carne de venado, hermano. Fresca, tierna y aderezada con romero.
    – Dentro de un ratito, sir John.

    Athelstan asió al forense por las muñecas y esperó a que pasaran todos los monjes antes de acompañarle a la iglesia donde aún se aspiraba el penetrante aroma del incienso. Los rayos del sol jugaban todavía en las vidrieras de colores de los ventanales, llenando la oscuridad con débiles retazos de luz. Las nubes de incienso del altar bajaban hacia la nave como un perfume embriagador. En medio de aquel sagrado silencio, Athelstan tuvo la sensación de que el aire había sido santificado por los cánticos de los frailes. Subieron por la nave y cruzaron la cancela del antealtar. Athelstan miró a su alrededor y se asombró de la pura belleza del suelo de mármol multicolor, las gradas de alabastro y el soberbio altar mayor, labrado en costoso mármol y sostenido por unos pilares con capiteles recubiertos de pan de oro. Unos candelabros de plata maciza descansaban sobre la blanca seda del mantel del altar y en el bello rosetón de lo alto del muro aún brillaba la moribunda luz del sol. Athelstan contempló los sitiales de madera labrada situados a ambos lados del presbiterio donde los frailes se reunían para cantar el oficio divino. Recordó la época en que solía entonar los salmos de maitines medio muerto de sueño. Por encima del altar, colgaba una pesada cruz de color negro, suspendida de las vigas por medio de unas cadenas de oro puro. Detrás del altar y bajo el rosetón del muro del ábside había unas hornacinas, algunas de ellas con imágenes de tamaño natural de los apóstoles.

    – Eso no es San Erconwaldo –musitó Cranston, contemplando con asombro la belleza del presbiterio–. Eso es poesía en piedra y mármol –añadió–. ¿Es aquí donde murió Alcuino?

    Athelstan parpadeó como si la serenidad del templo hubiera borrado la razón de su presencia allí.

    – ¿Cuántas entradas hay? –preguntó bruscamente Cranston.
    – Sólo dos –contestó Athelstan–. La que nosotros hemos utilizado –dijo, señalando el pórtico principal y otra en el presbiterio.
    – ¿No hay trampas ni pasadizos secretos?
    – Nada en absoluto y, además, el padre prior dijo que ambas puertas estaban cerradas. Al parecer, Alcuino deseaba estar solo.
    – ¿Y adonde pudo ir? –preguntó el forense.

    Athelstan le hizo señas de que se acercara y rodeó con él el altar mayor. Detrás había una alfombra escarlata en cada una de cuyas esquinas se levantaba un sólido pilar de madera.

    – ¿Para qué es eso? –preguntó Cranston.
    – Cuando muere un fraile, el féretro se coloca sobre estos pilares encima de la alfombra –explicó Athelstan–. El cuerpo tiene que descansar delante del altar durante todo un día y una noche y hay que cantar una misa de réquiem. –Athelstan golpeó el suelo del presbiterio con el pie–. Después el féretro se deposita en una enorme tumba que hay aquí debajo.
    – ¿Y no pudieron arrojar a Alcuino a esa tumba?
    – Lo dudo. Recordad que ya habían depositado el ataúd de Bruno. Puede que los hermanos legos no sean muy listos, pero se hubieran percatado de la presencia del cadáver de uno de los frailes allí dentro. –El fraile señaló un reclinatorio y miró a su alrededor, contemplando las imágenes de tamaño natural de las hornacinas–. Éste es el lugar donde Alcuino fue visto con vida por última vez –dijo en un susurro–. El padre prior está seguro de que se dirigió a la iglesia. Pero ¿qué ocurrió después?

    En medio del silencio, su voz adquirió un sonido espectral y Cranston experimentó una estremecedora sensación de inminente amenaza a pesar de la belleza del lugar.

    – No lo sé, hermano –contestó–. La verdad es que no lo sé. ¡Pero presiento que nos encontramos en la entrada del Valle de la Muerte!


    CAPÍTULO 6


    Athelstan y Cranston se pasaron un buen rato discutiendo las posibilidades que se ocultaban detrás de la desaparición de Alcuino antes de regresar a la parte anterior del presbiterio.

    – Estoy hambriento –murmuró Cranston.
    – Vos siempre estáis hambriento. Tenéis que ver otra cosa antes de que nos vayamos a cenar.

    Sir John hizo pucheros como un chiquillo a quien se hubiera negado una golosina.

    – Mi señor forense –añadió pacientemente Athelstan–, habéis sido convocado aquí para que investiguéis unas muertes. ¿Qué es lo que hace un forense?

    Cranston se apoyó contra la pared.

    – Examina el cadáver –dijo con un hilillo de voz–. ¿Qué estáis insinuando, Athelstan, que desenterremos a fray Bruno?
    – No, pero Calixto yace de cuerpo presente y aún no ha sido enterrado.
    – Vamos, Athelstan –musitó Cranston–. ¡Primero el trabajo y después la comida!

    Salieron de la iglesia y se dirigieron a través de los claustros al refectorio donde un anciano hermano lego se encontraba de servicio. Athelstan le hizo señas de que se acercara.

    – Pido perdón –le dijo–, pero os ruego que vayáis a decirle al padre prior que sir John Cranston necesita examinar el cuerpo de fray Calixto.

    El hermano lego se sorprendió, pero, a instancias de Athelstan, entró en el refectorio. Athelstan, de pie delante de la puerta entornada, contempló las sombras provocadas por el parpadeo de la llama de las velas y escuchó al lector que estaba leyendo vidas de santos mientras el resto de la comunidad comía en silencio y sólo el sonido de los platos y el rumor de las sandalias rompían la serenidad de la sala.

    El hermano lego regresó.

    – El padre prior ha accedido a vuestra petición –anunció–. Fray Calixto yace en la enfermería y yo he sido encargado de acompañaros. La enfermería se encontraba un poco separada del resto de los edificios del convento. Un fraile con un delantal blanco sobre el hábito los recibió amablemente y los acompañó a la parte de atrás donde una pequeña estancia encalada servía de depósito de cadáveres.
    – Hemos hecho lo que hemos podido –dijo el enfermero en voz baja–. Enterraremos a fray Calixto el sábado.

    Después les indicó la solitaria mesa cubierta por un paño mortuorio blanco ribeteado de morado. Athelstan retiró el lienzo. Habían lavado el cuerpo de Calixto y vestido con el hábito dominico. La causa de su muerte resultaba de todo punto evidente, su demacrado rostro estaba cubierto de magulladuras negro moradas. Athelstan estudió las facciones. La nariz ya se había afilado, las mejillas estaban más chupadas y los ojos se habían hundido en las cuencas. El fraile experimentó una oleada de compasión al recordar a Calixto en la flor de la edad, con su agudo cerebro y su mordaz sentido del humor. Examinó cuidadosamente la herida que cruzaba la sien del difunto. El embalsamador había hecho todo lo posible por disimularla, pero Athelstan observó que era tan ancha y profunda como los surcos abiertos en un campo de labranza.

    – ¡Hermano! –dijo, llamando al enfermero–. ¿Fuisteis vos quien recogió el cuerpo de Calixto del suelo de la biblioteca?
    – Fui yo, en efecto.
    – ¿Y se había golpeado la cabeza contra las baldosas o algún objeto punzante?
    – Estaba tendido en el suelo.
    – ¿Qué habéis encontrado? –preguntó Cranston, acercándose.

    El forense estaba un poco mareado porque tenía el estómago vacío. Arrugó la nariz al aspirar el agrio olor de la estancia.

    – Mirad, sir John –dijo Athelstan–, la caída de fray Calixto le produjo magulladuras en la cabeza y el rostro, pero yo sospecho que ésa fue la herida que le causó la muerte. Athelstan señaló el profundo corte de la sien del difunto–. Lo que quiero decir –añadió en un susurro–es que Calixto cayó, pero después lo golpearon con un objeto afilado. Por cierto –dijo, volviéndose hacia el enfermero–, cuando sacasteis el cuerpo de fray Bruno de la cripta, ¿la antorcha estaba encendida?
    – Por supuesto que sí. Aquello está más oscuro que la noche. Alcuino descubrió el cadáver. Ah –añadió el enfermero, acercándose el índice a los labios–. Sí, hubo una cosa que me llamó la atención.
    – ¿Qué fue?
    – Alcuino descubrió el cadáver, pero sólo tras haber encendido la antorcha. Recuerdo que nos lo comentó. –El rostro del enfermero se torció en una mueca de perplejidad–. Por consiguiente, ¿qué estaba haciendo Bruno allí abajo, en aquel pozo de negrura?
    – Sólo Alcuino podría responder a la pregunta –contestó secamente Cranston–. ¡Lo cual significa que el misterio de la muerte de Bruno sólo lo sabe el hombre que actualmente ha desaparecido!

    Le dieron las gracias al enfermero y Athelstan le pidió al hermano lego que los acompañara a la biblioteca, donde, a pesar de sus protestas, le ordenó que encendiera todas las velas. Después se acercó a la alta y estrecha escala de mano que llegaba hasta los últimos estantes sin prestar atención a los murmullos de admiración de Cranston. La biblioteca le hacía evocar los dulces recuerdos de su pasado. Allí, sentado junto a los escritorios de una de las mejores bibliotecas del reino, había estudiado para fraile. Se le hizo un nudo en la garganta mientras el denso olor del cuero y el suave perfume de los pergaminos recién curados despertaban en él una profunda nostalgia. Y, sin embargo, allí había decidido abandonar el convento e irse con su hermano a servir al rey en las guerras de Francia. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaban los fantasmas?, se preguntó. ¿El de su hermano y los de sus padres que más tarde murieron de pena? Parpadeó rápidamente mientras tomaba la escala de mano.

    – Mirad, sir John, Calixto subió a esta escala, resbaló y cayó. –El fraile señaló el suelo–. Las baldosas son lisas y aquí no hay ningún objeto punzante. Sir John, ¿queréis ayudar al hermano lego a juntar todas las velas?
    – ¿Por qué? –preguntó Cranston–. ¿Qué demonios estáis haciendo, hermano?

    Athelstan levantó el dedo índice.

    – Reflexionad un poco –dijo–. Estoy aplicando la lección que vos me enseñasteis. La cabeza de Calixto se golpeó contra un objeto punzante. Aparte las esquinas de las mesas y los escabeles, los únicos objetos pesados y punzantes que hay en esta biblioteca son los candeleros.

    Sir John se encogió de hombros y ayudó al perplejo hermano lego a reunir todos los candeleros en el centro de una de las alargadas mesas de estudio.

    – Pudo golpearse contra el borde de la mesa –protestó Cranston. De pie al lado de la escalera de mano, Athelstan sacudió la cabeza.
    – No digáis disparates, sir John. Los estantes de la biblioteca se encuentran a un lado de la sala y las mesas al otro. Si vos resbalarais de la escalera, caeríais al suelo –dijo Athelstan sonriendo–. Lo podríamos probar.
    – La escala no resistiría mi peso –murmuró Cranston, posando ruidosamente los candeleros sobre la mesa. Al final, Cranston terminó la tarea y Athelstan se acercó a una gran alacena de madera de roble situada junto a la puerta de la sala de la biblioteca. Rebuscó entre los estantes y cambió de sitio varios tinteros y rollos de pergamino hasta que encontró una cajita de madera y sacó un gran trozo de vidrio redondeado.
    – ¿Qué es eso? –preguntó Cranston mientras Athelstan regresaba a la mesa.
    – Es un vidrio que amplía los objetos, sir John. Lo usamos a menudo en el estudio de los manuscritos cuando las letras están desteñidas o son muy pequeñas y enrevesadas. Un truco muy ingenioso que inventaron los árabes. ¡Fijaos! –dijo el fraile, acercando el cristal de aumento a la base de unos candeleros mientras Cranston lanzaba exclamaciones de asombro al ver de qué manera ampliaba el tamaño del grueso reborde metálico–. Bueno pues –dijo Athelstan, tomando los candeleros uno a uno y examinándolos con cuidado bajo la luz concentrada de todas las velas. El hermano lego restregó nerviosamente los pies por el suelo.
    – Ya se ha derramado mucha cera sobre las baldosas –dijo en tono quejumbroso.
    – ¡Pues se limpia y sanseacabó! –le ladró Cranston.

    El lego retrocedió atemorizado y Athelstan prosiguió su examen.

    – ¡Vaya! –Athelstan tomó uno de los candeleros y le ofreció el cristal de aumento a sir John–. Echad un vistazo, mi señor forense, y veréis el asesinato cara a cara. Cranston obedeció.
    – ¡Por los clavos de Cristo! –exclamó, inclinándose más–. Manchas de sangre –musitó. Restos de cabello. Athelstan tomó el cristal de aumento y el candelero.
    – Sangre de Calixto y cabello de Calixto. El pobre fraile no se cayó de la escalera de mano. Lo empujaron y, una vez en el suelo, acabaron con él utilizando este candelero. ¡Apagad las luces! –le ordenó Athelstan al lego–. Y colocadlo todo tal como estaba. Os agradezco vuestra ayuda. El padre prior será debidamente informado. Sosteniendo el candelero en la mano, Athelstan regresó con Cranston a la hospedería, donde fray Norberto estaba poniendo la mesa. El joven contempló con asombro el candelero y abrió la boca para preguntar algo, pero Cranston lo agarró fuertemente por el hombro.
    – ¡Hermano –rugió–, tengo el vientre tan vacío como la bolsa de una ramera! Me muero de hambre. Necesito un buen trozo de carne, pan y un poco de ese hidromiel tan dulce que hay por aquí. Acercó tanto el rostro de blancas patillas al del joven novicio que Norberto debió de pensar que el forense se lo quería comer y salió casi corriendo de la hospedería. Athelstan ya había bajado de la cámara del piso de arriba cuando el joven regresó con unos cuencos de humeante carne, unas hogazas de pan recién sacadas del horno y envueltas en servilletas y dos grandes jarras de peltre, depositó la comida sobre la mesa y se retiró a toda prisa.
    – Vamos, Athelstan –dijo Cranston, sentándose–. Me voy a comer mi ración y, si termino antes que vos, ¡me comeré la vuestra!

    Comieron y bebieron en silencio hasta que Cranston enderezó la espalda, soltó un pequeño eructo y miró satisfecho a su secretario, el cual permanecía sentado junto a la mesa, perdido en sus propias ensoñaciones.

    – Bueno, Athelstan, ya sé que ha sido un asesinato. –Cranston señaló con un gesto de la mano el pequeño barril de hidromiel–. Cuando me haya tomado otra jarra, aceptaré gustoso vuestros consejos.

    Athelstan sonrió para sus adentros y volvió a llenar la jarra por tercera vez. Por lo menos, pensó, sir John dormirá tranquilo esta noche.

    – ¿Y bien?
    – En primer lugar, mi señor forense, creo que la muerte de Bruno se puede considerar un accidente, pues hubiera tenido que ser Alcuino quien cayera escaleras abajo tras ser empujado. En segundo lugar, creo que Alcuino ha muerto, pero sólo el Señor sabe dónde está escondido su cuerpo y por qué lo mataron. En tercer lugar, Calixto fue asesinado sin el menor asomo de duda. En cuarto lugar, todas esas muertes y desapariciones están relacionadas con la cuestión que en estos momentos se debate en el Capítulo Interno. Finalmente, creo que Calixto estaba buscando algo en la biblioteca. ¡Aunque sólo Dios sabe qué era!
    – No hemos avanzado mucho que digamos –rezongó Cranston, limpiándose los labios con el dorso de la mano–. Bien, hermano, ¿qué otra cosa podemos hacer?
    – Bueno, ya es demasiado tarde para preguntar dónde estaba cada uno, pero lo que sí se puede hacer es pedirle al padre prior que lleve a cabo un exhaustivo registro de las celdas de Alcuino y Calixto. Puede que consigamos averiguar algo. Sin embargo, os voy a decir una cosa, sir John. Temo que se cometan otros asesinatos. –Athelstan hizo una pausa y apartó el rostro–. Siempre estamos en lo mismo, ¿verdad, sir John?

    Cranston le miró con expresión compasiva.

    – Vos conocéis el espíritu humano, Athelstan. Sois sacerdote. Os sentáis en el confesionario y escucháis los pecados de los demás. Desde que Caín tomó la quijada de un asno para matar a su hermano, ha habido asesinatos en los que tanto los hombres como las mujeres, cualquiera que sea su estado o condición, se afanan por alcanzar el poder. Mirad –añadió el forense, empujando la silla hacia atrás–. Hemos hecho todo lo que hemos podido por el padre prior. Vamos, Athelstan, me queda algo más de una semana para resolver el enigma de mi señor de Gante.

    Athelstan se frotó los labios con la mano.

    – Estoy cansado, sir John, aún tengo que terminar de rezar el oficio divino y tengo pendiente la cuestión del esqueleto de San Erconwaldo.
    – ¡Tonterías! –Cranston se dio una palmada en el muslo–. Eso os distraerá de vuestras inquietudes. Vamos a nuestro dormitorio.

    Athelstan lanzó un suspiro, apagó las lámparas de aceite, se encargó de cubrir bien el fuego de la chimenea, tomó una vela y subió con sir John a la cámara del piso de arriba.

    – ¡Vamos, monje, encended las velas!

    Athelstan obedeció y la estancia quedó inundada de luz.

    – Bueno –dijo Cranston–, supongamos que ésta es la cámara escarlata. –Se acercó al lugar donde Athelstan había dejado el documento en el que se describía el misterio y lo leyó rápidamente–. Tenemos una cama, un escabel, una mesa y una ventana muy parecida a ésta. –El forense cerró la puerta–. Nos dicen que no hay ningún pasadizo secreto. Nadie entró y no se sirvió comida ni bebida. Por consiguiente, ¿cómo murieron? –Sir John se acercó a la ventana–. Al primer hombre lo encuentran muerto junto a la ventana y tan aterrorizado que incluso había clavado las uñas en la madera. Athelstan se sentó en la cama y, a pesar de su cansancio, se esforzó por prestar atención a las palabras del forense.
    – El cadáver no presenta ninguna señal de violencia –dijo el fraile.
    – ¡Bien! –musitó Cranston.
    – La segunda víctima –añadió Athelstan–se encontró tendida en el suelo cerca de la cama. Vamos, sir John, haced el papel.

    Cranston obedeció, tendiéndose en el suelo.

    – Tampoco tenía la menor señal de violencia –dijo Athelstan–, nadie había entrado en la habitación y no les habían servido comida ni bebida envenenada. –Athelstan se levantó y acercó su escabel a la cama de Cranston–. Ahora vamos a examinar las dos últimas muertes, sir John. Yo soy el hombre sentado en el escabel y vos os vais a tender en la cama, simulando sostener en vuestras manos una ballesta cargada. Cranston obedeció.
    – Ahora, sir John, incorporaos repentinamente y disparadme una flecha directamente al pecho. Mientras vos os incorporáis, yo me levantaré del escabel. Interpretaron los papeles como consumados actores y después se miraron el uno al otro, dominados por una creciente irritación.
    – No habéis llegado a ninguna parte –dijo Cranston con voz quejumbrosa.
    – ¿Y si hubiera sido por algo que había en el fuego de la chimenea o por las velas? preguntó Athelstan.
    – Ya lo he pensado –contestó Cranston–. Pero recordad que, cuando murió el segundo hombre, entró el cura de la aldea y no había velas encendidas y el fuego de la chimenea se había apagado.
    – Las muertes que más me preocupan son las últimas dos –dijo Athelstan mientras el forense le miraba con expresión suplicante–. Vamos a interpretar la escena otra vez, sir John. Tendeos en la cama.

    Cranston obedeció. Athelstan se sentó en el escabel y apoyó la espalda contra la pared.

    – ¿Qué fue lo que despertó al ballestero? –se preguntó–. ¿Qué lo asustó hasta el extremo de matar a su compañero antes de suicidarse? Casi todos los ballesteros profesionales disparan sin pensarlo dos veces ante la menor amenaza. Así fue cómo murió su compañero. Tal como dicen los matemáticos, tiene que haber un común denominador, algo que establezca un nexo entre las dos muertes. No tenemos que confundir las cosas. ¿No estáis de acuerdo, sir John?

    Un sonoro ronquido acogió sus palabras. Athelstan se levantó sin poder dar crédito a sus ojos. Tendido boca arriba con el rubicundo rostro iluminado por una sonrisa, Cranston estaba durmiendo tan profundamente como un niño. Athelstan le quitó las botas, le desabrochó el cinturón y procuró ponerle lo más cómodo posible. Apagó las velas y se arrodilló junto a su cama, se santiguó y trató de rezar las oraciones nocturnas de la Iglesia, pero le fue casi imposible. Su mente pasaba sin cesar de un problema a otro: el ingenuo rostro del hermano Rogelio; la frialdad del cadáver de Calixto; la malévola mirada acusadora de los inquisidores; el insoluble enigma de Cranston; el caos que reinaba alrededor de la iglesia de San Erconwaldo; y, finalmente, la soledad de la bella viuda Benedicta. El fraile sacudió la cabeza, se persignó y se acostó, rezando para que el sueño no tardara en llegar.

    A la mañana siguiente, se despertó muy temprano. Cranston roncaba como un cerdo en la otra cama. El dominico se afeitó en silencio, se lavó, se puso ropa limpia y se calzó unas sandalias con correas. Después abandonó sigilosamente la hospedería y se dirigió a la iglesia en medio de la bruma matutina mientras la campana tocaba para el rezo de laudes. Una vez en el templo, se unió a la comunidad en los sitiales del coro. Los frailes estaban rezando los salmos y escuchando las lecturas con los brazos cruzados y las cabezas inclinadas, pero Athelstan adivinó la curiosidad que su presencia había despertado en ellos. Celebró la misa en una pequeña capilla de la capellanía y trató de concentrarse en el misterio de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

    El hermano Norberto actuó de monaguillo y lo ayudó a guardar las vestiduras y las sagradas vasijas. Después Athelstan se dirigió al refectorio para tomar un cuenco de gachas de avena, leche y miel y dos panecillos de pan blanco recién salidos del horno. Recordó sus frugales desayunos en San Erconwaldo y sonrió mientras se bebía una jarra de cerveza aguada, sentado cerca de la entrada junto a una mesa reservada para los visitantes y huéspedes del convento. Desde un atril situado al fondo del refectorio, un adormilado lector leyó con voz monótona algunos pasajes de la vida de santo Domingo hasta que el padre prior hizo sonar una campanilla. Entonces los miembros de la comunidad se levantaron para dirigirse a sus distintas tareas. Athelstan evitó mirarles y mantuvo la cabeza inclinada sobre su comida.

    – ¿Estáis bien, hermano?

    Athelstan levantó los ojos y vio a Enrique de Winchester de pie junto a su mesa.

    – Todo lo bien que cabe esperar. Sentaos, os lo ruego.

    El joven teólogo se sentó a su lado en el banco. Athelstan observó la rapidez y agilidad de sus movimientos. Enrique poseía un donaire físico muy en consonancia con la agudeza de su inteligencia.

    – ¿Marchan bien vuestras investigaciones?

    Athelstan hizo una mueca.

    – Os contestaré más tarde, hermano, cuando haya informado al padre prior. ¿Y vuestro tratado? –preguntó.
    – Cur Deus homo [3] se titula.
    – Si el Capítulo Interno se declara favorable, vuestra obra será estudiada en todas las universidades de Europa –dijo Athelstan, dándole un cariñoso codazo–. ¿Qué habrá después, hermano? ¿Un obispado? ¿Un capelo cardenalicio? ¿Un puesto en la Curia ?

    Enrique de Winchester se rió por lo bajo y apartó el rostro mientras sus dedos jugueteaban con las migajas de la mesa.

    – Me conformaría con obtener la aprobación del inquisidor general. De haber sabido que mi obra iba a causar tanto revuelo, puede que lo hubiera pensado dos veces. ¿Habéis leído mi tratado?

    Athelstan sacudió la cabeza.

    Fray Enrique miró hacia el refectorio e hizo una mueca al ver que el padre prior se estaba acercando a ellos.

    – En tal caso, os enviaré una copia a la hospedería. Os ruego que lo leáis. Os agradecería que me dierais vuestra opinión. El teólogo se levantó, saludó con la cabeza y se retiró justo en el momento en que el padre prior, recogiéndose las mangas del hábito, se reunía con Athelstan.
    – ¿Habéis dormido bien, hermano?

    Athelstan dejó que la petrificada sonrisa que le había dedicado a fray Enrique se borrara de su rostro.

    – Padre prior –dijo en un susurro, inclinándose sobre la mesa–, quiero que ordenéis un registro de las pertenencias de fray Calixto y fray Alcuino. Vos tenéis el poder y la autoridad para hacerlo. Si descubrís algo extraño, os ruego que me lo dejéis ver. El prior le miró severamente.
    – ¿Por qué?
    – Hicisteis bien en mandarme venir aquí, padre. A Calixto lo mataron, golpeándole la cabeza con un candelero. ¡Bruno también murió asesinado y sólo Dios sabe dónde está escondido el cadáver del pobre Alcuino!

    El prior palideció intensamente, se cubrió el rostro con las manos y se frotó los ojos.

    – ¿Estáis seguro?
    – Dios es mi testigo, padre prior. Estáis albergando a un asesino en el convento. Quiero que se lleve a cabo este registro y que esta misma tarde se reúna el Capítulo Interno para que yo pueda presentar mis conclusiones ante sus miembros.
    – Pero ¿es que me queréis matar de hambre? –tronó Cranston desde la puerta del refectorio. Sus gritos hicieron saltar casi de su asiento a uno de los frailes más viejos–.

    ¡Voto a bríos! –rugió, mirando enfurecido a Athelstan–. ¡Me despierto muerto de frío y de hambre y descubro que me habéis dejado solo y que nadie me ha servido el desayuno!

    El padre prior levantó una mano y chasqueó los dedos. Inmediatamente apareció un servidor, portando una bandeja con un cuenco de exquisito caldo de cordero, varios panecillos blancos y una jarra de cerveza. Cranston le arrebató al pobre hombre la bandeja de las manos y se sentó al lado de Athelstan. El forense miró a su alrededor y se dio unas palmadas en la voluminosa panza. Vio la sonrisa de Athelstan, el asombro del prior y la escandalizada mirada de los demás frailes.

    – ¡Os ruego que me perdonéis! –musitó–. ¡Había olvidado vuestro voto de silencio! Aspiró la fragancia de la carne y esbozó una radiante sonrisa de satisfacción–. Os pido disculpas a todos. Buenos días, padre prior, fray Athelstan. –Tomó una gran cuchara de cuerno y la introdujo en el cuenco de caldo de carne. Se secó la boca con la servilleta que cubría los panecillos y soltó un regüeldo–. Una buena comida –rugió con un vozar–rón que debió de oír medio convento–es una celebración de la Eucaristía. Si el buen Dios no hubiera querido que comiéramos ¡no nos hubiera dado el vientre ni manjares exquisitos con que llenarlo! «El vino alegra el corazón del hombre», dice el salmista.
    – Es el único verso de los salmos que conoce –le susurró Athelstan al prior. Cranston saboreó la comida con fruición. La carne, el pan y la cerveza desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Después, el forense se santiguó, se levantó y le dio un codazo a Athelstan.
    – Vamos, hermano, hace un día precioso. He visto vuestro huerto, padre prior. Tenéis manzanas y ciruelas, ¿verdad? Y también colmenas, ¿no es cierto?

    El prior, fascinado por Cranston, asintió de nuevo con la cabeza. Athelstan se encogió de hombros, levantó los ojos al cielo y siguió presuroso al forense, el cual ya había abandonado el refectorio y estaba avanzando a grandes zancadas por el sendero de grava que conducía a los vergeles del convento. Sir John se detuvo, se puso el castoreño y entornó los ojos para contemplar el brumoso cielo.

    – Ya veréis, hermano, qué día más hermoso vamos a tener. ¿Habéis resuelto mi misterio?
    – Estaba intentando hacerlo cuando vos os quedasteis dormido, mi señor forense. Sir John emitió un grosero chasquido con los labios.
    – Y supongo que tampoco habrá habido ningún progreso en este embrollo de aquí, ¿verdad?
    – No, sir John.

    Cruzaron el huerto de hierbas medicinales y, pasando por delante de la hospedería, entraron en un inmenso vergel que se extendía hasta el muro del convento. Cranston estaba describiendo su sueño de la víspera cuando Athelston se detuvo de golpe y asió el brazo del forense.

    – ¡Mirad, mi señor forense!

    Cranston entornó los ojos para ver mejor, pues los árboles estaban todavía envueltos en un manto de neblina.

    – ¡Por las posaderas de la reina de las hadas! –exclamó Cranston en voz baja, acercándose un poco más–. ¿Qué es eso?

    Pero Athelstan ya había echado a correr entre los árboles.

    – ¡Oh, no! –gimió el fraile, cayendo de rodillas con los ojos clavados en el grotesco y pálido rostro del hermano Rogelio. El pobrecillo se balanceaba de la rama de un árbol, con el cuello torcido hacia un lado y los brazos y las piernas colgando como si fuera un muñeco.
    – ¡Dios se apiade de nosotros! –gritó Cranston a su espalda. Sacó una daga, estiró el brazo, cortó la soga y sostuvo el cuerpo del difunto, tan liviano como el de un niño, depositándolo cuidadosamente sobre la hierba bañada por el rocío. Athelstan se arrodilló junto al cadáver y pronunció en voz baja unas palabras contra su oído mientras trazaba la señal de la cruz–. Ego te absolvo a peccatis. [4]

    Le dio rápidamente la absolución mientras Cranston, apoyado contra el tronco de un árbol, contemplaba el trozo de soga que todavía colgaba de la rama como un siniestro recuerdo de la tragedia.

    – ¿Y eso de qué sirve ahora? –preguntó el forense en un susurro–. Este hombre lleva varias horas muerto. Su alma ya no está aquí.

    Athelstan deshizo el nudo de la soga que rodeaba el cuello de Rogelio.

    – No lo sabemos, sir John –contestó, volviéndose a mirarle por encima del hombro–. La Iglesia nos enseña que el alma abandona el cuerpo varias horas e incluso varios días después de haberse producido la muerte. Por consiguiente, mientras haya esperanza, si–empre habrá salvación. –Se sentó sobre los talones–. Aunque yo creo que este pobrecillo ya estará gozando de la gloria de Dios. Triste final para una vida tan trágica.
    – ¡Se ha matado! –dijo Cranston–. Ha cometido suicidio.

    Athelstan contempló la enrojecida marca que rodeaba el cuello del difunto.

    – No lo creo, sir John. –Examinó la herida negro rojiza causada por el roce de la cuerda y dio suavemente la vuelta al cadáver–. Sí, es lo que yo suponía. Mirad, sir John. Athelstan recorrió con el dedo la marca dejada por el lazo corredizo, pero, al llegar a la zona situada bajo la barbilla y junto a las orejas, encontró dos heridas más pequeñas, una especie de ronchas de color rojo.
    – ¿Qué son? –preguntó Cranston.
    – Vamos, sir John, las habéis visto otras veces.

    El forense se inclinó para examinarlas con más detenimiento y dio la vuelta al cuerpo, procurando no mirar los desorbitados ojos y la ennegrecida e hinchada lengua fuertemente atrapada entre los amarillentos dientes.

    – ¡El pobrecillo no se ha ahorcado! –murmuró–. ¡Le han dado garrote! Estas marcas rojas son las que deja la cuerda del garrote.

    Athelstan, que se había encaramado al árbol y estaba desatando el trozo de soga que quedaba, manifestó en voz alta su asentimiento.

    – Tenéis razón, sir John. La soga ha dejado una marca, pero causada tan sólo por el peso del cuerpo. Si Rogelio se hubiera suicidado, la rama tendría una marca más profunda, pues hasta un hombre que se ahorca lucha por su vida. La rama tendría unas marcas más profundas.

    Athelstan, de pie en una de las ramas más gruesas del árbol, empujó la rama justo en el punto donde se había atado la soga.

    – ¿Qué estáis haciendo, fraile? –tronó Cranston mientras unas duras y verdes manzanas le llovían sobre la cabeza.
    – Ya lo veréis, sir John.

    Ante la atónita mirada de Cranston, Athelstan asió la rama con ambas manos y se fue acercando poco a poco hasta quedar colgado de ella con todo su peso. Después dobló repetidamente el brazo para que la rama oscilara. De repente, se oyó un crujido, la rama se rompió y Athelstan estuvo casi a punto de caer encima del perplejo forense. Incorporándose con una sonrisa, el fraile se frotó las manos y se sacudió el polvo del hábito.

    – Llevaba muchos años sin hacerlo, sir John –dijo, contemplando tristemente la quebrada rama y el inerte cuerpo de Rogelio tendido sobre la hierba–. Podemos demostrar que ha sido un asesinato, sir John. En primer lugar, por las huellas de la cuerda del garrote. El asesino confiaba en que las magulladuras de la soga las disimularan. En segundo lugar, la rama no tiene una hendidura lo suficientemente profunda, lo cual significa que Rogelio ya estaba muerto cuando lo colgaron. Finalmente, si Rogelio se hubiera ahorcado, su cuerpo se hubiera torcido y no sólo hubiera dejado una marca en la rama sino que probablemente la hubiera roto. Pesa más que yo y dicen que un ahorcado puede danzar hasta media hora. –Athelstan se rascó la cabeza–. No, sir John, tal como vos diríais, a este pobre desgraciado alguien lo invitó a venir aquí anoche o bien a primera hora de esta mañana antes del amanecer y es evidente que le han dado garrote. –El fraile hizo una pausa–. ¿Estáis viendo el problema, mi señor forense?

    Cranston parpadeó.

    – No.
    – Bueno pues, Rogelio ha sido asesinado, pero ¿cómo ha podido el asesino encaramarse al árbol con el cadáver y atar la soga alrededor de la rama?

    Cranston miró a su alrededor, estudiando cuidadosamente el terreno.

    – Bueno, el asesino ya debía de tener el lazo corredizo preparado. Tras darle garrote a Rogelio, debió de levantar el cuerpo y ajustar el lazo corredizo alrededor de su cuello.
    – En tal caso, el asesino tiene que haber sido alguien muy alto.
    – No.

    Cranston avanzó entre los árboles y regresó con una sólida caja de madera de unos treinta centímetros de altura por un metro de longitud y la depositó en el lugar donde el cuerpo de Rogelio había permanecido colgado.

    Athelstan le miró sonriendo.

    – ¡Claro! Hay muchas cajas como ésta en el huerto. Los frailes las utilizan en otoño cuando recogen la fruta. Basta con situarse de pie encima de la caja, levantar el cuerpo de Rogelio, ajustar el lazo corredizo alrededor de su cuello, apartar la caja y, listo, es como si Rogelio se hubiera ahorcado.
    – Y además, tal como vos tan hábilmente habéis demostrado, mi querido fraile, la rama se hubiera roto si Rogelio se hubiera agitado en medio de su agonía. –El forense se inclinó sobre el cadáver–. Un asesinato cometido por una persona o unas personas desconocidas. ¡Pero Dios quiere justicia y el rey también! ¡Averiguaremos quién lo ha hecho y me encantaría saber por qué!
    – Porque el hermano Rogelio vio algo en la iglesia –contestó Athelstan–. De ahí la frase «Hubiera tenido que haber doce». Me pregunto qué quiso decir.


    CAPÍTULO 7


    Athelstan y Cranston regresaron al convento, donde el fraile acudió a ver al padre prior y le informó de lo que habían descubierto y de las conclusiones a las que habían llegado. Anselmo palideció al oír sus palabras y Athelstan comprendió que su superior estaba a punto de venirse abajo.

    – ¿Por qué? –dijo el prior en un áspero susurro–. ¿Por qué tantas muertes?
    – Decidme, padre prior –preguntó Cranston–, ¿qué hacía el hermano Rogelio en el vergel?
    – Iba muy a menudo allí. Era su lugar preferido. Decía que le gustaba hablar con los árboles. –Anselmo parpadeó para sacudirse las lágrimas de los ojos–. Rogelio era un retrasado mental y trabajaba en la sacristía, donde Alcuino, a pesar de su severidad, era muy amable con él. En realidad, Rogelio no hacía casi nada: quitar un poco el polvo, barrer y cortar flores para la iglesia. No le gustaban los espacios cerrados. Prefería el aire libre y yo nunca le prohibía salir. Cuando los frailes se congregaban en la iglesia para cantar laudes, maitines o vísperas, Rogelio se iba a los huertos. El pobrecillo decía que allí se sentía más cerca de Dios que en ningún otro lugar. –El prior descargó un puño sobre la mesa–. Ahora ya se ha reunido con su Creador y el asesino anda suelto por ahí como si tal cosa. Athelstan, ¿qué podéis hacer?
    – Padre prior, haría todo lo que pudiera, pero debo pediros permiso para salir. Tengo que regresar a San Erconwaldo. –Athelstan miró con ojos suplicantes al prior–. Volveré más tarde. Necesito asegurarme de que todo marcha bien.
    – ¡Ah, sí, la famosa reliquia! –dijo amargamente Anselmo–. ¡Sabrá Dios por qué os preocupáis tanto, Athelstan! Vuestros feligreses no os hacen el menor caso. –El prior torció el rostro en una mueca–. Sí, me he enterado de la noticia. La fama de vuestro misterioso mártir se está extendiendo por toda la ciudad. Como no os andéis con cuidado, vuestro obispo tomará cartas en el asunto y entonces vos ya sabéis lo que va a ocurrir. Athelstan cerró los ojos y musitó una plegaria.

    Sí, sé muy bien lo que va a ocurrir, pensó. Los hombres del obispo tomarán el esqueleto y lo llevarán a alguna iglesia más rica o quebrarán los huesos y los venderán como reliquias y, entre tanto, la pobre iglesia de San Erconwaldo quedará sellada y pendiente de una investigación que podría prolongarse varios meses.

    – ¿Estáis seguro de que el primer milagro ha sido auténtico? –preguntó Anselmo. Athelstan hizo una mueca.
    – Un médico le había vendado el brazo, el hombre es un mercader que goza de muy buena reputación y ahora asegura que su brazo está curado.

    Con la mente un poco trastornada, Athelstan se despidió a regañadientes del prior Anselmo y regresó a su alojamiento en compañía de Cranston. Allí llenó sus alforjas, pensando en lo que le había dicho el padre Anselmo mientras el forense revoloteaba a su alrededor como una gallina sobrealimentada.

    – ¿Por qué os vais, hermano? ¿Por qué regresáis a vuestra parroquia?
    – ¡Porque, de momento, sir John, aquí no se puede hacer nada y allí tengo cosas que hacer! Os aconsejo, sir John –añadió, mirando con la cara muy seria al forense–, que regreséis a casa junto a lady Matilde. Estoy seguro de que os estará esperando. Cranston soltó un gruñido y le miró con la expresión propia de un niño travieso que ha sido sorprendido haciendo alguna de las suyas.
    – ¡Por el trasero de una reina! –dijo en voz baja–. ¡Como doña Matilde se entere de la apuesta que he hecho, me corta las orejas!

    Athelstan le miró directamente a los ojos.

    – Más tarde o más temprano, sir John, os tendréis que enfrentar con su cólera. Mejor antes que después. ¡Vamos! –Mandaron llamar a Norberto para que cerrara la hospedería y decidieron no regresar a caballo a la ciudad sino utilizar una barca desde la Compuerta Oriental hasta el puente de Londres. La calle del Caballero de la Noche y las callejuelas que arrancaban de ella se encontraban todavía desiertas. Los aprendices medio muertos de sueño estaban preparando los tenderetes cuando el resto de la ciudad aún no había despertado a las tareas del nuevo día. Sin embargo, en la Compuerta Oriental los hombres del alguacil ya se disponían a ahorcar a cuatro rudos piratas del río, a los que estaban empujando sin miramientos hacia unas escaleras de mano para pasarles rápidamente el lazo corredizo de la soga alrededor del cuello. Athelstan y Cranston apartaron el rostro cuando un oficial a caballo dio la orden de que se retiraran las escaleras para que los cuerpos de los piratas danzaran colgados de la soga mientras los lazos corredizos les cortaban la respiración. Athelstan cerró los ojos y rezó una oración por sus almas. Las ejecuciones le habían hecho evocar el amargo recuerdo de la espectral aparición que había visto en el vergel del convento de los dominicos. Contempló la hilera de negros cadalsos cuyos brazos se proyectaban por encima de las aguas del río y oyó unos gritos. Los parientes de los piratas se habían acercado a los cuerpos todavía en movimiento y estaban tirando de ellos hacia abajo hasta que toda una serie de secos crujidos le hicieron comprender a Athelstan que los cuellos se habían roto y los cadáveres colgaban inmóviles. Los hombres del alguacil protestaron, pero no impidieron aquella obra de misericordia. Los oficiales declararon que la justicia se había cumplido y se retiraron.
    – Finalmente, vamos a conseguir una barca –dijo Cranston con voz quejumbrosa. Los marineros y barqueros que controlaban el tráfico del río se habían reunido en pequeños grupos para presenciar las ejecuciones de los hombres que tantos perjuicios les causaban, pero ahora ya estaban regresando a los peldaños que conducían al muelle. Cranston alquiló la barca más rápida, tripulada por cuatro remeros, y la embarcación se adentró en las aguas del río rumbo a la ribera de Southwark. Tuvieron que detenerse y cubrirse la boca y la nariz cuando se cruzaron con una de las grandes barcazas que arrojaban al agua montones de basura, animales muertos y desperdicios humanos. Otras embarcaciones se cruzaron con la suya; entre ellas, una barcaza con unos soldados que llevaban a un prisionero a la Torre y un barco con un cargamento de vino de Gascuña que estaba surcando lentamente las aguas rumbo a Rotherhithe. Cerca de Dowgate, vieron una enorme embarcación dorada que transportaba a un grupo de jóvenes cortesanos vestidos de seda y a unas malhabladas rameras con las que habían pasado una noche de jarana en los lupanares de Southwark.

    Al final, Athelstan y Cranston desembarcaron en un pequeño muelle que daba al priorato de Santa María de Overy y a las torres y los muros almenados de la posada del Obispo de Winchester. Cranston había decidido seguir el consejo de Athelstan y regresar junto a lady Matilde, pero se había empeñado en que su amigo lo acompañara.

    – Mirad, hermano, es posible que, estando vos presente, la señora refrene su cólera. Athelstan accedió de buen grado a acompañarle. El espectáculo sería digno de verse, pensó. Lady Matilde, tan frágil y delicada, tenía fama de ser una fiera. Recorrieron todo un laberinto de malolientes callejuelas, pasaron por delante de la taberna del Abad de Hyde, bajaron por un callejón donde un escuálido perro de pelaje amarillo estaba lamiendo las llagas de la pierna de un mendigo y salieron a la plazuela de San Erconwaldo. Athelstan observó que la casa parroquial estaba a salvo y que la cerda de Úrsula se le había comido casi todos los repollos. Se sacó un segundo juego de llaves que guardaba en la pechera y abrió la puerta de la iglesia, pues los trabajadores aún no habían llegado. La nave del templo estaba todavía llena de polvo, pero los obreros ya habían pavimentado el suelo del presbiterio con unas resplandecientes baldosas blancas. Athelstan batió palmas de contento.
    – ¡Está precioso! –exclamó–. Ahora cambiaremos la cancela y después levantaremos el altar. ¿Creéis que va a quedar bien, sir John?

    Sentado en la base de una columna, Cranston asintió con aire ausente.

    – Una auténtica joya –dijo en voz baja–. Pero ¿no os habéis dado cuenta de que aquí falta algo?

    Athelstan miró hacia el crucero.

    – ¡El ataúd! –gritó–. ¡Ha desaparecido el maldito ataúd!
    – No os preocupéis, padre.

    Crim, seguido de Buenaventura con la cola levantada, acababa de entrar en la iglesia. El chiquillo avanzó a paso de baile por la nave del templo mientras el gato maullaba de placer al ver a su voluminoso amigo el forense. Sir John golpeó el suelo con los pies y maldijo por lo bajo al felino mientras Crim explicaba que su padre había trasladado el ataúd con los sagrados huesos al pequeño depósito de cadáveres de la parte de atrás del cementerio parroquial.

    – Los oficiales de orden que envió el señor forense obligaron a todo el mundo, padre. Entonces Pike el acequiero dijo que, aunque la iglesia estuviera cerrada, el depósito de cadáveres no lo estaba y decidieron trasladar el ataúd allí.

    Athelstan reprimió las maldiciones que acudieron a su mente, abandonó la iglesia hecho una furia y cruzó el cementerio cubierto de malas hierbas para dirigirse al depósito de cadáveres adosado al muro del fondo, el cual no era más que un pequeño edificio cuadrado con techumbre de paja y una ventanita con persiana. Pike el acequiero estaba profundamente dormido delante de la puerta, pero Athelstan vio el camino que habían abierto los pies de los peregrinos a través de la hierba del cementerio desde la entrada hasta el pequeño cobertizo.

    – Lo que me voy a divertir –murmuró para sus adentros.

    Llegó al lugar donde estaba Pike y, echando hacia atrás un pie calzado con sandalia, propinó un fuerte puntapié a las pesadas botas del acequiero, despertándolo de golpe. El fraile estudió sus legañosos ojos, su rostro sin afeitar y la bota de vino vacía que sostenía en la mano.

    – Oh, padre, buenos días os dé Dios.

    Athelstan se agachó a su lado.

    – ¿Y tú qué estás haciendo aquí? –le preguntó dulcemente.

    Pike se frotó los ojos y se echó recelosamente hacia atrás.

    – Guardando la reliquia, padre.
    – ¿Y quién te mandó a ti que sacaras el ataúd de la iglesia?
    – Watkin. ¡Fue idea suya!
    – Sí, padre –dijo una voz a su espalda desde detrás de una lápida–. ¡Fue Watkin!

    Cecilia la cortesana, con el cabello alborotado, el rostro embotado por el sueño y el cuerpo envuelto en una gruesa capa que le cubría el vestido escarlata cuajado de lamparones, surgió de repente ante sus ojos como una aparición. Athelstan la miró, después volvió a mirar a Pike y procuró reprimir la cólera que ardía en su interior.

    – ¿Habéis estado los dos juntos aquí toda la noche? ¡Esto es un cementerio! ¡Es tierra consagrada a Dios! –dijo levantándose–. Pero ¿es que tú no has leído la Biblia, Pike?

    ¡Ésta es la casa de Dios, no un maldito solar abandonado! –añadió, acercándose a la puerta del depósito de cadáveres.

    – Yo abriré, padre.
    – ¡Quita de ahí! –gritó Athelstan, golpeando con un violento puntapié la parte inferior de la aldaba.
    – ¡Oh, padre, no lo hagáis! –le suplicó Cecilia.

    Athelstan volvió a soltar otro puntapié y la puerta se abrió justo en el momento en que Cranston, huyendo de las atenciones de Buenaventura, cruzaba a toda prisa el cementerio y preguntaba qué ocurría. En el interior del depósito de cadáveres, Athelstan miró a su alrededor. El ataúd se encontraba encima de una mesa, rodeado de flores marchitas. Alguien había improvisado una tosca cruz y la había colgado en la pared. Su cólera creció de punto al ver que el ataúd había sido profanado.

    – ¡Están empezando a vender trozos de madera! –dijo en un susurro, saliendo al exterior con tal furia que a punto estuvo de derribar a Cranston. Cecilia corrió como una mariposa multicolor hacia la entrada del cementerio, pero Pike se quedó donde estaba. Athelstan lo agarró por el coleto y lo sacudió violentamente por los hombros.
    – Mira, Pike, estoy muy disgustado por lo que habéis hecho. Aquí está enterrado tu padre, tu abuelo y tu bisabuelo, lo mismo que muchos otros difuntos de nuestra parroquia. Hombres buenos, piadosas mujeres, todos ellos pobres, pero muy honrados y trabajadores. –Señalando con la cabeza el depósito de cadáveres, añadió–: Ellos hicieron este ataúd con sus propias manos, compraron la madera y contrataron a un carpintero. ¡Y tú, Watkin y los demás, lo estáis convirtiendo todo en un miserable espectáculo!

    Pike, alarmado por la inusitada cólera del cura, se limitó a mirarle boquiabierto de asombro. Athelstan lo soltó.

    – Ahora escúchame bien, Pike. ¡Quiero que trasladéis de nuevo el ataúd a la iglesia, que cerréis la puerta del depósito de cadáveres y que acabéis de una vez con todas estas estupideces! –Contempló el cementerio cubierto de maleza–. Y dile a Watkin de mi parte que quiero que limpie todo eso, quite las malas hierbas y cuide de las sepulturas, de lo contrario, ¡yo mismo le voy a hacer algo que no olvidará en toda su vida! ¿Entendido?

    Pike asintió atemorizado, dio un paso atrás y abandonó a toda prisa el cementerio. Cranston le dio al fraile una palmada en el hombro.

    – Bien hecho, hermano. ¡Hubierais tenido que propinarle un buen puntapié en el trasero!

    Athelstan se sentó con aire abatido entre las lápidas de las sepulturas.

    – No lo hacen con mala intención, sir John. Son unas pobres y sencillas gentes que ven la posibilidad de unas fáciles ganancias. No hubiera tenido que perder los estribos. Cranston soltó un regüeldo a modo de respuesta.
    – ¡Crim! –gritó Athelstan–. ¡Sé que estás escondido ahí!

    El niño apareció como llovido del cielo y clavó los ojos en Athelstan, temblando como un perro apaleado.

    – No te preocupes. Eres un buen chico, Crim –le dijo el fraile sonriendo–. Ahora corre antes de que las calles se empiecen a llenar de gente. Ve a decirle a la señora Benedicta que se reúna con sir John y conmigo en la taberna del Caballo Pío. El chiquillo echó a correr, saltando como un galgo entre las altas hierbas. Cranston agarró el brazo de Athelstan y lo ayudó a levantarse. Después lo rodeó con su brazo de oso. Athelstan aspiró los vapores de alcohol de su aliento y comprendió que, ocultándose bajo su holgada capa, sir John había echado mano de la bota milagrosa.
    – Para ser un cura, sois un buen hombre, Athelstan. ¡Tenéis fuego en las venas, acero en el corazón y una lengua tan afilada como una navaja! –Cranston esbozó una picara sonrisa y le dio un fuerte apretón con su brazo–. Si no fuerais un monje, seríais un magnífico aprendiz de forense.
    – Estáis de muy buen humor, sir John.
    – Ya me encuentro mejor –dijo Cranston–. Una jarra de cerveza y la presencia de la bella Benedicta. No se puede pedir más.
    – ¿Y lady Matilde? –preguntó Athelstan.
    – ¡Por los cuernos de Satanás, fraile! ¡No me lo recordéis! –rugió Cranston, cambiando de cara. Llegaron a la taberna y se sentaron. Cranston ya iba por la segunda jarra de cerveza y sus gruesos dedos estaban arrancando la blanca y suculenta carne de una pequeña codorniz, cuando apareció Benedicta. El forense pidió a gritos una copa de hipocrás, la invitó a sentarse sobre sus rodillas y, al oír la mordaz respuesta de la viuda, soltó una sonora carcajada y miró pícaramente a Athelstan por el rabillo del ojo. Sabía que el fraile era un santo y piadoso varón, pero no acababa de entender la debilidad que sentía por aquella buena mujer. Athelstan se ponía nervioso cada vez que la veía y esta vez le ocurrió lo mismo. Se puso a revolotear a su alrededor como un caballero enamorado y le preguntó si estaba cómoda, a lo cual Benedicta contestó tímidamente que se encontraba muy a gusto. Athelstan llegó en su fuero interno a la conclusión de que debía de ser verdad; Benedicta ya no parecía tan inquieta como antes, llevaba el perfumado cabello negro cubierto con un velo de gasa blanca y lucía un vestido de raso de color de rosa, ajustado a la garganta con un broche en forma de corazón. La viuda le guiñó el ojo a Cranston y miró de reojo a Athelstan.
    – ¿Habéis estado en la iglesia, padre?
    – Sí y le he soltado un buen sermón a Pike. Cecilia se ha ido corriendo antes de que yo pudiera decirle unas cuantas verdades. ¡Os lo encomendé todo a vos, Benedicta!

    La viuda se encogió graciosamente de hombros.

    – Ya conocéis a Watkin, padre. Tiene una boca que parece una trompeta. Por lo menos, conseguí alejarlos de la iglesia. ¿Qué queríais que hiciera? –preguntó inocentemente–. ¿Que me tendiera en el cementerio con Cecilia?

    Cranston soltó una sonora risotada mientras Athelstan esbozaba una sonrisa.

    – ¿Habéis recibido respuesta a la carta? –preguntó Benedicta en tono esperanzado. Cranston le cubrió la delicada mano con su pata.
    – No os preocupéis –le dijo entre eructo y eructo–. He enviado al mensajero más rápido que tenemos. Irá desde Dover a Boulogne y tiene orden de esperar la respuesta.
    – Sois todo un caballero, sir John –dijo Benedicta, tomando uno de sus dedos y estrechándolo entre los suyos. Cranston tomó la jarra y hundió el rostro en ella para disimular su turbación.
    – ¿Y el asunto que os llevó al convento de los dominicos?
    – Se trata de un asesinato, señora mía –contestó Cranston con la cara muy seria–.

    ¡Malditos asesinatos! ¡Muertes silenciosas! Pero yo tengo unas cuantas teorías, tal como más tarde os contará mi secretario.

    El forense miró recelosamente a Benedicta y vio que ésta se mordía el labio inferior y que Athelstan mostraba un repentino interés por su propia copa de vino.

    – Quiero reunirme con vos antes de regresar al convento de los dominicos, Benedicta
    –dijo suavemente Athelstan–. Hay que trasladar de nuevo el ataúd a la iglesia y dejarlo allí. Hoy estamos a jueves. Regresaré el martes que viene y confesaré antes del día del Corpus. Decidle a Watkin que quiero verlo todo en su sitio.
    – ¿Y qué más?

    Athelstan apoyó la espalda contra la pared.

    – He estado pensando en todo lo que el padre prior me ha dicho antes de que abandonara el convento de los dominicos. Me ha comentado el primer milagro y creo que ya es hora de que visitemos a Raimundo D'Arques. Vamos. –El fraile se levantó y señaló la puerta mientras Cranston apuraba su jarra de cerveza–. Puede que la niebla se esté disipando en más de un sentido. La casa de D'Arques, un estrecho edificio de dos plantas situado en la esquina de una calle, era de entramado de madera, tenía un tejado de tejas rojas, unas ventanas muy pequeñas y un pasadizo lateral. Athelstan recorrió el pasadizo hasta el fondo, miró por encima de una pequeña verja y vio un espacioso patio en cuyo suelo estaban acurrucados varios mendigos. Sorprendido, regresó a la fachada de la casa y llamó a la puerta mientras Cranston y Benedicta se situaban a su espalda. La risueña esposa de D'Arques abrió la puerta y los saludó con una amable sonrisa.
    – Padre Athelstan –dijo, desviando inmediatamente la mirada hacia Cranston y Benedicta.
    – Dos amigos –le explicó Athelstan–, sir John Cranston, forense de la ciudad, y Benedicta, miembro de mi consejo parroquial.
    – Pasad –dijo–. Mi esposo está trabajando. ¿Habéis venido para verle por lo del milagro de San Erconwaldo?
    – Sí –contestó el fraile–. La noticia se ha propagado por todo Southwark e incluso al otro lado del río.

    D'Arques estaba sentado en la fría cocina de suelo de baldosas de piedra. Las monedas esparcidas sobre la mesa, las tiras de pergamino, el tintero de cuerno, la pluma y el pequeño ábaco de bolas negras indicaban que estaba haciendo unas cuentas. Al verles entrar, Raimundo empujó su escabel hacia atrás y se levantó, invitándoles a sentarse alrededor de la mesa.

    – Seáis bienvenido, fray Athelstan.

    Se hicieron las presentaciones. Raimundo estrechó la mano de Cranston y saludó cortésmente con la cabeza a Benedicta. Athelstan se sentó y miró a su alrededor. La pulcra cocina estaba perfectamente ordenada. Un delicioso aroma se escapaba de un enorme caldero puesto sobre un fuego de troncos. D'Arques vio la dirección de su mirada.

    – Estofado de carne de buey –dijo–, pero no son las habilidades culinarias de mi esposa lo que os interesa. –Se recogió la holgada manga de su vestidura y mostró un brazo perfectamente sano–. Como veis, padre, la infección no se ha reproducido. Cranston y Benedicta contemplaron la tersa piel, buscando en ella alguna marca, pero no encontraron nada. La mujer de D'Arques se acomodó en el otro extremo de la mesa y les observó con atención.
    – Maese D'Arques –dijo Athelstan, removiéndose con inquietud en su asiento al darse cuenta de que estaba turbando la paz de un hogar feliz–, ¿habéis vivido toda la vida en Southwark?
    – Nací y me crié en Southwark.
    – ¿Y habéis sido carpintero?
    – Me he dedicado a distintos oficios, padre, ¿por qué me lo preguntáis?
    – ¿Habíais estado casado antes?

    D'Arques echó la cabeza hacia atrás y soltó una alegre carcajada, guiñándole el ojo a su esposa.

    – ¡Una vez basta, padre! Margot Twyford –dijo, señalando con la cabeza a su mujer–es mi primera y única esposa. Mi primer y único amor –añadió en un suave susurro. La mujer apartó el rostro, turbada.
    – ¿Twyford? –preguntó Cranston–. ¿Pertenecéis a esa familia?
    – Pues sí, sir John. Los famosos Twyford, los mercaderes de los príncipes. Yo soy un miembro de esta familia. Mi padre era contrario a que yo me casara fuera del círculo familiar y de los grandes gremios de mercaderes en los que tanto peso ejercen los Twyford.

    Athelstan comprendió que ya había llegado al límite máximo que podía permitirle su audacia y ya estaba a punto de cambiar de tema y encauzar la conversación hacia unos derroteros más mundanos cuando se oyó una repentina llamada a la puerta de atrás.

    – Perdón –musitó D'Arques–. Tenemos otras tareas que atender. Su mujer se levantó. Recogiendo una enorme bandeja que había encima de una mesa auxiliar, se acercó a la chimenea, se arrodilló delante del fuego y, tomando una cuchara, empezó a echar raciones de estofado en unos cuencos de loza.
    – ¿Os apetece comer algo? –preguntó, volviéndose a mirarles–. ¿Algo para beber?
    – No, muchas gracias –se apresuró a contestar Athelstan, mirando a Cranston–. ¿Tenéis hijos, maese D'Arques?

    El mercader soltó otra carcajada, se levantó y abrió la puerta. Athelstan vio a los mendigos del patio, mirando con expresión anhelante hacia la cocina.

    – Sentaos allí junto al muro y mi mujer os servirá la comida –les dijo D'Arques. Los mendigos obedecieron en silencio mientras la esposa de D'Arques cambiaba la posición de los cuencos en la bandeja para poder colocar entre ellos una fuente con rebanadas de pan. Mirando con una sonrisa a sus visitantes, salió al patio donde fue acogida con gritos de gratitud y aprecio.
    – ¿Dais de comer a los pobres? –preguntó Benedicta con un destello de admiración en los ojos.
    – San Swithin es nuestra parroquia, mi señora Benedicta. Todos tenemos nuestras tareas que hacer. Al mediodía damos de comer a diario a todos los pobres de la demarcación parroquial. Es lo menos que podemos hacer –contestó D'Arques. Athelstan se levantó para acercarse a la puerta, miró a su alrededor y vio un pequeño aparador primorosamente labrado.
    – ¿Lo hicisteis vos, maese D'Arques?
    – Por supuesto que sí, lleva mi marca. –D'Arques se acercó a Athelstan y señaló un pequeño emblema justo por encima de una de las bisagras. Se trataba de una complicada cruz con dos coronas cuidadosamente grabadas, una a cada lado–. ¿Por qué habéis venido, padre? –preguntó en un susurro.
    – Los milagros no ocurren todos los días –contestó Athelstan, sonriendo–. He venido para asegurarme de que el vuestro había tenido efectos duraderos. –Athelstan les hizo señas a sus acompañantes de que se acercaran–. Sir John, mi señora Benedicta, ya le hemos hecho perder demasiado tiempo a maese D'Arques. Señor, mis respetos a vuestra señora esposa.

    El carpintero los acompañó a la puerta y, hasta que no doblaron la esquina, Cranston no manifestó su opinión.

    – Pero, por el amor de Dios, Athelstan, ¿qué demonios estamos haciendo aquí?
    – Una corazonada, sir John. D'Arques es el que ha armado el revuelo del gran misterio de San Erconwaldo. Pensé, con indigna sospecha, que Watkin había tenido algo que ver con ello.
    – ¿Eso creéis? –preguntó Benedicta.
    – ¡De Watkin y de su aliado y antiguo enemigo Pike el acequiero me lo creo todo! replicó Athelstan–. Pero venid, tenemos que hacer una última visita. Fueron a ver al médico Culpepper en su mohosa y destartalada casa de la calle de la Pocilga, pero el anciano les sirvió de muy poco.
    – Maese D'Arques es un digno miembro de la parroquia –confirmó–. Un honrado mercader que tenía una infección en la piel del brazo. No –añadió, acompañándolos a la puerta–, alguien como maese D'Arques hubiera sido incapaz de mantener oscuros tratos con Watkin el recogedor de estiércol y Pike el acequiero.

    Los tres regresaron muy despacio a San Erconwaldo. Una vez allí, Athelstan se despidió de Benedicta y, tomando del brazo a un maldispuesto sir John, bajó a toda prisa hacia el puente de Londres.

    – El hogar está donde está el corazón –dijo con ironía, tratando de disimular la decepción que le habían causado las infructuosas visitas–. Ahora ha llegado el momento de que os enfrentéis con lady Matilde.

    Al llegar a la casa de sir John cerca de Cheapside, ambos hombres estaban muertos de cansancio. El día era muy caluroso y las polvorientas calles estaban llenas de buhoneros. En Cheapside había tanta gente que casi tuvieron que abrirse camino a codazos entre los vendedores, aprendices, vigilantes del mercado, pordioseros que pedían limosna con voz lastimera y una fila de malhechores que estaban siendo conducidos a una gran jaula, cerca del Gran Canal. Una compañía de cómicos había erigido una improvisada plataforma cerca de la cruz del mercado y estaba representando un misterio sobre la caída de Jezabel. Por desgracia, Cranston y Athelstan llegaron justo en el momento culminante de la obra, en el que la malvada reina, con la cara pintarrajeada como una ramera, escuchaba la terrible sentencia del profeta Elias que la condenaba a ser devorada viva por los perros. Entre gritos y exclamaciones de asombro, la multitud se dejó llevar por el dramatismo de la escena y decidió «ayudar» al profeta, lanzando al escenario toda suerte de desperdicios. Cranston tuvo que empujar al suelo de un manotazo en la oreja a un ratero al que había visto merodeando entre la gente.

    – ¡Largo de aquí, desvergonzado! –le rugió.

    Quiso la mala suerte que su voz de trompeta llegara al escenario donde el hombre que interpretaba el papel del profeta creyó que sir John se estaba dirigiendo a él. De no haber sido por la rápida intervención de Athelstan, se hubiera podido producir un drama mucho más grave que el que se estaba representando sobre el escenario cuando Cranston, irguiéndose en toda su imponente estatura, empezó a insultar a los cómicos, calificándolos de criaturas infernales y diciendo que no tenían permiso para actuar al aire libre. Otros se unieron inmediatamente a la disputa, pero Athelstan logró empujar a sir John a través de la muchedumbre, pasando por delante del Cordero Sagrado, la taberna preferida del forense, hasta llegar a la puerta principal de su casa.

    – Sir John –le dijo casi sin resuello–, recorrer Londres con vos es una experiencia que no se puede olvidar, ¡ni repetir, por supuesto!

    Cranston miró enfurecido a la multitud.

    – En mi tratado sobre el gobierno de esta ciudad –dijo solemnemente–, los cómicos tendrán que hacer sus representaciones en lugares determinados y deberán contar con un permiso especial. Además…

    Athelstan ya había oído suficiente.

    Se volvió y empezó a aporrear furiosamente la puerta.

    – Como gustéis –musitó Cranston–. ¡Si tuviera más tiempo y paciencia, ya les arreglaría yo las cuentas a esos bribones!

    Abrió la puerta una escuálida criada de enjuto rostro. Con una sonrisa en los labios, el forense la apartó a un lado.

    – ¡Sir John! –dijo la muchacha con voz entrecortada–. ¡No os esperábamos!
    – ¡Vengo como un ladrón en la noche! –tronó Cranston–. ¡Ahora ve a decirle a lady Matilde que su amo y señor ha regresado a casa!
    – Lady Matilde se ha ido al mercado de carne del matadero, señor. No tardará en volver.
    – ¿Y mis principitos?
    – Están arriba en la solana con la nodriza, sir John.

    Cranston empezó a subir pausadamente la escalera, le hizo a Athelstan unas autoritarias señas de que le siguiera y el fraile se apresuró a obedecerle. En la solana, una alegre y soleada estancia con tapices en la pared y alfombras en el suelo, la nodriza estaba sentada sobre los almohadones de la repisa de una ventana, meciendo suavemente una gran cuna de madera. Al ver entrar a Cranston, se levantó y lo saludó con una reverencia.

    – Retírate –le dijo amablemente el forense.
    – ¡Lady Matilde ha dicho que no dejara solos a los niños! –replicó en tono suplicante la agraciada joven.

    Cranston frunció el entrecejo.

    – Yo soy el padre de los niños –dijo–. Conmigo estarán bien. La nodriza, volviendo la cabeza con expresión preocupada, se retiró de la estancia mientras sir John le hacía señas a Athelstan de que se acercara.
    – ¡Mirad! –dijo el forense en un susurro mientras se inclinaba sobre la cuna de madera, retiraba la manta de pura lana bajo la cual sus dos chiquitines, tal como él cariñosamente los llamaba, se encontraban profundamente dormidos, y agachaba la cabeza bajo el alto dosel de lino mientras arrojaba sobre sus amados hijos unos fuertes vapores de alcohol–. ¡Unos chicos preciosos! –musitó–. ¡Auténticamente preciosos!

    Athelstan miró por detrás de la canosa cabeza del forense y procuró disimular una sonrisa. Los dos «preciosos chicos», «príncipes» y «chiquitines» eran, en realidad, unos saludables bebés que, con la cabeza pelada, los hoyuelos de sus rubicundas mejillas y la tersa piel de su cuerpo, se parecían hasta tal extremo a sir John que, si él se hubiera tropezado con ellos en Cheapside, hubiera adivinado inmediatamente a qué familia pertenecían. Cranston lo apartó a un lado.

    – Se ve que están contentos –dijo en un susurro–. Sonríen incluso cuando duermen. ¡Fijaos en eso! –añadió, inclinándose para acariciar a uno de ellos. A Athelstan le pareció que era Francisco por el mohín de la boca. El forense empujó con tal fuerza al niño que éste se despertó: dos líquidos ojos azules los contemplaron con asombro–. ¡Tranquilo, mi niño! –murmuró Cranston–. Duérmete otra vez. Después se incorporó tambaleándose ligeramente y dio sin querer un fuerte empujón a la cuna. El otro niño se despertó y ambos hermanos miraron a su progenitor.
    – Están sonriendo porque se alegran de ver a su padre –dijo el forense. Casi obedeciendo a una señal previamente convenida, los gemelos abrieron enormemente los ojos y dieron rienda suelta a toda su furia, en protesta por el hecho de haber sido tan brusca e inesperadamente despertados. El forense volvió a cubrirlos con la manta y empezó a mecer vigorosamente la cuna. Athelstan no pudo por menos que echarse a reír, pues, cuanto más mecía la cuna, tanto más arreciaba el llanto de los pequeños. Cranston le miró enojado.
    – ¡No os riáis, maldita sea vuestra estampa, monje estúpido! ¡Dadles una bendición o cantadles un himno!
    – ¡Sir John! ¿Qué estáis haciendo?

    Cranston se volvió muy despacio, como un enorme barco azotado por el vendaval. Lady Matilde se encontraba en la puerta de la solana. Debía de medir apenas un metro cincuenta y cinco de estatura, parecía extremadamente frágil y tenía una ingenua carita de muñeca enmarcada por un vulgar cabello castaño, pero Athelstan adivinó la terrible furia que ardía en su interior, oculta por la falsa y dulce sonrisa que iluminaba su bello semblante habitualmente sereno.

    – ¿Qué estáis haciendo, sir John? –repitió lady Matilde, entrando muy despacio en la estancia–. ¡Irrumpís en esta casa como un jabalí, desobedecéis mis instrucciones y asustáis a los niños! ¿No tenéis suficiente con haber aceptado una apuesta que les puede dejar incluso sin el tejado que les cubre la cabeza? –preguntó, señalando dramáticamente hacia el techo.

    Dicho lo cual, se volvió y llamó a la nodriza. Al final, la chica desapareció por la escalera, sosteniendo en sus brazos a los enfurecidos gemelos cuyo llanto acabó perdiéndose en la distancia. Cranston puso los ojos en blanco y cruzó la sala para acomodarse en su asiento preferido a la vera de la lumbre. Vio un cuenco vacío en un rincón de la chimenea.

    – ¿Ha estado aquí el muy holgazán de Leif?
    – Sí, está arreglando el jardín porque vos, sir John, ¡teníais asuntos que requerían vuestra presencia en otro sitio! ¡Habréis estado en las cloacas a juzgar por vuestro lenguaje!

    Cranston se hundió en su asiento y frunció los labios de una forma que a Athelstan le hizo recordar más a sus hijitos que al forense del norte del Támesis. Lady Matilde, con el cuerpo más rígido que una tabla de madera, se acercó a él con los brazos cruzados.

    – Sir John, tenéis una boca tan grande como vuestro vientre, lo único que os redime es vuestro gran corazón. A veces, sois un hombre tremendamente astuto, pero, en ciertas ocasiones –lady Matilde lanzó un suspiro–, Leif el mendigo tendría mucho más sentido común que vos. ¿Cómo es posible que hayáis aceptado semejante apuesta? ¡Mil coronas nada menos!
    – Athelstan me echará una mano –replicó humildemente Cranston. Lady Matilde le dirigió una mirada asesina al fraile, el cual decidió mantenerse al margen y permanecer sentado en silencio en el asiento de la repisa de la ventana. Athelstan miró perplejo a lady Matilde mientras ésta le soltaba a su marido un duro y amargo sermón acerca de las virtudes del sentido común y la conveniencia de mantener la boca cerrada. Cranston, que no le tenía miedo a nadie, permaneció sentado con la cabeza gacha y los ojos entornados. Al final, lady Matilde le dio a su esposo unas palmadas en el hombro y se inclinó para darle un suave beso en la mejilla.
    – Ya está, sir John, he dicho lo que tenía que decir. –Entrelazó los dedos de las manos y miró a Athelstan–. Bienvenido, hermano, siempre le doy gracias a Dios de que sir John os tenga consigo. Estoy segura –añadió mientras Athelstan, con una sonrisa en los labios, captaba el acerado tono de amenaza de su voz–, es más, tengo la certeza de que ayudaréis a mi esposo a salir de este atolladero. Y ahora, sir John, una copa de clarete y una fuente de dulces. ¿Y vos, hermano? Bueno, no hay nada como la miel para borrar el sabor del vinagre, ¿no es verdad, esposo mío?

    Cranston, con la cabeza todavía ligeramente inclinada, asintió enérgicamente y, mientras lady Matilde se retiraba de la estancia, lanzó un profundo suspiro y se aflojó sobre el asiento como una vejiga pinchada.

    – Creedme, hermano –dijo en un áspero susurro–, nada, pero nada en este mundo puede ser más temible que lady Matilde en pie de guerra. ¡Prefiero mil veces a un grupo de jóvenes alborotadores a cualquier hora del día o de la noche!

    Lady Matilde regresó al poco rato con una garrafa de vino y una bandeja de exquisitos dulces y empezó a servir a su esposo como el más fiel de los criados. Tras haber comprobado en qué dirección soplaban los vientos, el forense recuperó la iniciativa y reafirmó su autoridad, preguntando en tono malhumorado qué había ocurrido en su ausencia. Después asintió impacientemente con la cabeza mientras lady Matilde le comentaba los chismes sobre los vecinos, la subida del precio del pan y la cantidad de peleas callejeras que constantemente se producían en la ciudad.

    – ¡Ah, sir John! –exclamó lady Matilde, cubriéndose la boca con una mano–. Lo había olvidado. Se han recibido unas cartas para vos.

    Se acercó a un pequeño arcón y sacó dos delgados rollos de pergamino. Sir John los abrió y estudió rápidamente su contenido, chasqueando la lengua.

    – Estamos de suerte, hermano –anunció–. En primer lugar, mis escribanos han conseguido establecer que vuestra iglesia tiene tan sólo ciento treinta años de antigüedad. Antes, el espacio lo ocupaba una casa particular. Y, en segundo lugar y lo más importante, mis espías han localizado a Guillermo Fitzwolfe, antiguo párroco de la iglesia de San Erconwaldo de Southwark. Se le puede encontrar en la taberna del Tabardo de Terciopelo, en una callejuela cerca del convento de los carmelitas. Athelstan se levantó y tomó los pergaminos, presa de una gran agitación.
    – ¿Y por qué no detienen vuestros hombres a Fitzwolfe?
    – La ley –contestó solemnemente Cranston–contempla ciertas limitaciones en la cuantía de los delitos. Y no olvidéis que el hecho de huir de una iglesia no es ningún crimen.
    – ¡Lo es si uno se lleva casi todo lo que hay allí!
    – Mi querido hermano, ya conocéis la ley. Eso es algo que no tenemos ninguna posibilidad de demostrar.
    – Entonces, ¿qué puedo hacer?

    Cranston se levantó y se aflojó el cinturón.

    – Traedme la espada y el cinto, lady Matilde, y una de mis picas para Athelstan. Vamos a pegarle un susto a Fitzwolfe. A los pocos minutos, Cranston abandonó majestuosamente su casa, abrazó a su esposa y le aseguró que todo iría bien. Después, besó a sus principitos en la frente y les volvió a provocar un acceso de furia.
    – Me gustaría que mi esposo recordara alguna vez que lleva bigote y barba –le dijo lady Matilde a Athelstan en un susurro–. ¡Y que ambas cosas son tan ásperas como un seto vivo de aligustre!


    CAPÍTULO 8


    Cranston y Athelstan recorrieron el bullicioso laberinto de Cheapside y entraron en las míseras callejuelas que rodeaban el convento de los carmelitas. Los mendigos pedían limosna con voz quejumbrosa, las moscas revoloteaban sobre la basura que atascaba las cloacas y que, en algunos lugares, llegaba hasta el nivel de la cintura en el exterior de las sucias y malolientes casuchas. Dos niños habían atrapado un perrillo y estaban intentando introducirle un palo en el recto cuando el forense les pegó un tremendo puntapié que los obligó a alejarse como alma que lleva el diablo. Los buhoneros y los vendedores ambulantes, con sus bandejas de baratijas o sus pequeños tenderetes de comida sobre los cuales revoloteaban innumerables moscas, pregonaban sus mercancías desde las esquinas sin apartar los ojos de los vigilantes que recorrían las calles. Un grupo de vigilantes del mercado había detenido a dos hombres: uno de ellos no había pagado el necesario tributo que se exigía para poder ejercer el comercio en la ciudad y al otro estaban tratando de obligarle a pronunciar las palabras «pan y queso», pensando que era un flamenco que no estaba autorizado a introducir mercancías en la ciudad.

    – Si las pronuncia mal –murmuró Cranston al pasar por su lado–, le quemarán la palma de la mano con un atizador al rojo vivo.

    Unas oscuras sombras entraban y salían de los portales de las callejas. En el aire se aspiraba el denso humo de unas enormes cubas de metal en las que unos sujetos estaban preparando engrudo con una mezcla de huesos y despojos del matadero en la parte de atrás de sus pobres viviendas. Cranston se conocía muy bien el camino. Athelstan, sujetando fuertemente la pica, caminaba un poco rezagado para poder comprobar si les seguía alguien. Los niños gritaban y discutían entre sí y los perros se peleaban por la basura. A Athelstan le pareció ver en uno de los montones de desperdicios una mano humana con unos putrefactos dedos extendidos.

    – ¡Dios nos valga! –musitó.
    – Eso es la puerta del infierno –contestó Cranston–. Rezad, hermano, y mantened el ojo avizor. Si alguien se acerca a vos, tanto si es un borrachín como si es una mujer o un niño, ¡atizadles fuerte con esta pica!

    Bajaron por un callejón donde unos pordioseros salieron de las sombras y les cortaron el paso. Cranston desenvainó la espada y la daga.

    – ¡Largo! –les gritó.

    Las figuras retrocedieron hacia la oscuridad. En una esquina había una mujer con tres niños cubiertos de harapos y llenos de terribles llagas y magulladuras. La mano de Athelstan se desplazó rápidamente hacia la bolsa mientras la demacrada mujer le miraba con el único ojo que tenía y alargaba hacia él una especie de garra de pájaro. Cranston apartó la mano de un manotazo y tiró del brazo de Athelstan.

    – Guardaos el dinero, hermano. ¿No veis que es una buscona?
    – ¿Una qué?
    – Una profesional de la mendicidad.

    Athelstan volvió la cabeza con semblante apenado.

    – Pero, ¿y los niños, sir John? ¡Con esas llagas tan horribles!

    El forense soltó una carcajada.

    – Es extraordinario, hermano, lo que puede hacer la gente con una mezcla de sal, pintura, potasa y sangre de cerdo.
    – Pues parecen de verdad.
    – Fijaos en sus cuerpos, hermano. Están gordos y bien alimentados, esos niños no se mueren de hambre. Probablemente comen mejor que yo.
    – ¡Eso sería un auténtico milagro! –exclamó Athelstan, sacudiendo la cabeza al pensar en la astucia de los mendigos mientras bajaba con sir John por otra callejuela–. ¿Ya estamos llegando? –preguntó. Cranston se detuvo y le señaló una sucia enseña que se balanceaba mecida por el viento bajo el alero de una taberna de tres pisos. El forense abrió la puerta de un puntapié y ambos entraron en la oscura y mohosa sala donde sólo ardían unas cuantas lámparas de aceite. Las pocas ventanas que había en la parte superior de la pared estaban firmemente cerradas. De repente, cesaron todos los murmullos de las conversaciones y Athelstan experimentó una punzada de temor al ver los siniestros rostros y las amenazadoras miradas de los hombres que allí se encontraban. Dos de ellos estaban dormidos y los demás bebían o jugaban a los dados en pequeños grupos.
    – ¡Por los cuernos de Satanás! –musitó Cranston.

    Al ver que un hombre se levantaba de una mesa junto a la puerta, echó inmediatamente mano de su espada y su daga. Athelstan vio el destello de un cuchillo en la mano del hombre.

    – ¿Y ahora qué, bellacos? –rugió Cranston–. Puede que algunos de vosotros me conozcan. En caso contrario, estoy seguro de que nos veremos las caras más tarde o más temprano. Soy sir John Cranston, forense de la ciudad y funcionario legal del rey. Y éste es mi secretario y escribano fray Athelstan, del convento de los dominicos. –Rozó con su regordeta mano al cara de rata que sostenía la navaja en la mano–. ¡Y tú, muchacho, te vas a sentar aquí muy calladito!

    El tipo obedeció muy despacio.

    – ¿Qué demonios es lo que queréis, Cranston? –preguntó una voz. Cranston levantó la espada en alto, sosteniéndola por la empuñadura.
    – Juro que no os quiero causar el menor daño, aunque podría regresar con unos cuantos oficiales y registrar este hermoso lugar para ver qué es lo que contiene. Un tabernero de grasiento rostro emergió de la oscuridad, secándose las manos con un paño sucio.
    – Seáis bienvenido, sir John –dijo, inclinándose servilmente ante el forense. Cranston lo asió por el hombro.
    – ¡No, no lo soy y tú lo sabes muy bien, grandísimo sinvergüenza! Quiero hablar con una persona, simplemente hablar, y sé que está aquí. Por consiguiente, no te atrevas a mentirme. Un hombre que se hace llamar maese Guillermo Fitzwolfe y era el antiguo párroco de San Erconwaldo.

    Sus palabras fueron acogidas con un silencio mortal.

    – Bueno, si prefieres que hagamos las cosas de otra manera.

    Cranston se medio volvió para dirigirse a la puerta. Athelstan oyó unos murmullos y, de pronto, surgió un hombre de entre las sombras.

    – Yo soy Fitzwolfe, sir John. No he cometido ningún delito.

    Cranston le hizo señas de que se acercara un poco más.

    – Vaya si lo has cometido, hijo mío, pero no vamos a entrar en eso ahora. Sólo te robaremos unos cuantos minutos. El hombre se acercó a la luz y Athelstan le miró con inquietud. A primera vista, parecía una persona respetable. Llevaba el cabello negro largo hasta los hombros, iba pulcramente afeitado y tanto su rostro como sus manos eran de gran suavidad y delicadeza. Pero sus labios estaban torcidos en una burlona mueca de desprecio y sus ojos eran fríos, siniestros y calculadores. Iba vestido de cuero negro de la cabeza a los pies. Athelstan vio el puño de una daga en la caña de una de sus botas y una gran navaja colgada del cinto. El fraile jamás había visto a nadie de apariencia tan siniestra. Fitzwolfe le miró y entreabrió los labios en una especie de sonrisa.
    – Vos debéis de ser Athelstan, el nuevo párroco de San Erconwaldo. ¿Cómo están mis amados feligreses? Seis años son mucho tiempo. ¿Watkin el recogedor de estiércol también se pasa el rato diciéndoos lo que tenéis que hacer tal como hacía conmigo? –Se int–rodujo los dedos pulgares en el cinto de la espada–. ¿Y Cecilia la cortesana? Tenía unas posaderas preciosas, pero armaba mucho alboroto cuando hacía el amor. Athelstan se adelantó.
    – ¡Sois un ladrón, Fitzwolfe!

    El sacerdote suspendido de su ministerio extendió las manos.

    – ¿Dónde están las pruebas? Yo me fui de San Erconwaldo. Fueron los feligreses quienes saquearon la iglesia. Athelstan respiró hondo, tratando de serenarse.
    – ¡Vamos! –gritó Cranston de repente–. Mi señor tabernero, ¿tenéis alguna habitación en la parte de atrás? ¿Una despensa o una cocina? Quiero hablar allí con nuestro amigo. El tabernero los acompañó a una estancia con una chimenea encendida; un montón de fuentes y platos sucios ocupaba una pringosa mesa, junto a la cual dos sollastres los estaban lavando, sumergiéndolos en un barreño lleno de agua espumosa. Cranston chasqueó los dedos.
    – Fuera todos, tú también, mi señor tabernero –dijo, empujando al tabernero y a los sirvientes hacia la puerta, cerrándola a su espalda y apoyándose en ella. Después señaló con la cabeza hacia el otro lado de la cocina–. Abrid esa puerta, Athelstan, por si tenemos que escapar a toda prisa, y quedaos allí por si a maese Fitzwolfe se le ocurriera la misma idea.

    Sin embargo, el antiguo sacerdote permanecía elegantemente sentado en un escabel con las piernas cruzadas como una mujer y las manos entrelazadas alrededor de una rodilla. Este hijo de mala madre se está burlando de mí, pensó Athelstan.

    – Estoy aquí por libre voluntad, sir John, y puedo irme en cualquier momento si me apetece –dijo Fitzwolfe, esbozando una afectada sonrisa–. No tenéis ninguna orden de detención contra mí. O, por lo menos, ninguna que sea válida. Dejé San Erconwaldo hace seis años. Cranston sonrió y, desenvainando la espada, la descargó por la parte plana de la hoja sobre su hombro, consiguiendo sobresaltarle y hacerle perder el aplomo.
    – ¡Te voy a matar, Fitzwolfe!

    El antiguo clérigo intentó levantarse. Cranston le obligó a volver a sentarse, empujándolo con su espada.

    – Verás –dijo–, yo soy un representante de la ley y vine aquí para hacerte unas cuantas preguntas. Te sacaste una daga de la bota y tuve que matarte. Y ahora dime, ¿quién llorará tu muerte? Si lo prefieres –añadió, apartando la espada–, puedes contestar a unas cuantas preguntas. ¿Qué eliges?
    – Las preguntas.
    – Cuando eras párroco de San Erconwaldo, ¿mandaste cambiar las baldosas del suelo del presbiterio?
    – Vamos, sir John –contestó Fitzwolfe en tono de burla, ¡yo tenía cosas mejores que hacer que cuidar de aquel miserable lugar!
    – ¿O sea que eso se hizo antes de tu llegada allí?
    – Sí, eso fue una de las brillantes ideas del padre Teobaldo. No lo hicieron demasiado bien, ¿verdad? –Fitzwolfe miró con expresión burlona a Athelstan–. A mí me resbalaban constantemente los pies cuando las pisaba. Lo cual tampoco era demasiado difícil después de haberme bebido todo el contenido de una bota de vino. Athelstan le miró, pensando: «Éste no teme ni a Dios ni a los hombres». De pronto, comprendió la razón de su inquietud. Estaba seguro de que Fitzwolfe practicaba la magia negra y era uno de aquellos señores de las encrucijadas y maestros de la horca, entre los cuales abundaban los sacerdotes suspendidos de su ministerio que explotaban el po–der espiritual que se les había otorgado para ejercer aquellas prácticas. Fitzwolfe le devolvió la mirada y asintió levemente con la cabeza como si hubiera leído sus pensamientos.
    – ¿Alguna otra pregunta? –dijo, levantándose perezosamente de su asiento.
    – Sí –contestó Athelstan, cruzando los brazos mientras apoyaba la espalda contra la pared–. Estoy seguro de que la plata de San Erconwaldo habrá sido fundida y vendida, pero es que, además, os llevasteis el registro en el que estaban anotadas todas las cuentas de la iglesia. Caben dos posibilidades, Fitzwolfe, o que lo quemarais o que todavía lo tengáis en vuestro poder.
    – Lo rompí.
    – ¿Y las páginas?
    – Utilicé una parte del pergamino –contestó Fitzwolfe, encogiéndose de hombros–. No hubiera servido para nada. Estaba lleno de incomprensibles garabatos del padre Teobaldo. ¿Qué os induce a pensar que lo tengo todavía en mi poder?
    – ¡Porque estoy seguro de que lo utilizáis en vuestras actividades y para vuestros inmundos propósitos!

    Fitzwolfe apuntó con un dedo hacia el cielo.

    – Podéis ver lo que me queda. Está en la buhardilla que ocupo en el piso superior de la casa.

    Cranston hizo una burlona reverencia.

    – ¿A qué esperamos?

    Fitzwolfe sacudió la cabeza.

    – Vos no. ¡No quiero que ningún representante de la ley meta las narices en asuntos que no son de su incumbencia!
    – ¡Por mi parte –replicó Cranston–yo tampoco permitiré que subas a la buhardilla y desaparezcas por el tejado y no se te vuelva a ver el pelo por aquí!

    Fitzwolfe señaló hacia atrás con el pulgar por encima del hombro.

    – El cura puede entrar. Vos os quedaréis fuera.

    Regresó a la sala de la taberna mientras Cranston y

    Athelstan, sin prestar atención a las maldiciones y las burlas de los parroquianos, le seguían hasta una puerta lateral y salían con él a un oscuro callejón que apestaba a orines y estaba lleno de toda suerte de basura y desperdicios. Una vez allí, subieron por una resbaladiza e insegura escalera que rodeaba la parte exterior del edificio.

    – Una casa de reposo –comentó Cranston en voz baja. Subieron a los rellanos y pasaron por delante de varias puertas de madera–. Madrigueras –añadió el forense–, pasadizos secretos, galerías de ratas en las que se ocultan y corretean las sabandijas humanas. Si estuviera en mi mano, lo tiraría todo al suelo.
    – Pero no lo haréis, ¿no es cierto, sir John?

    Al final, llegaron al piso de arriba.

    – ¡Vos quedaos aquí, sir John! ¡Cura! –gritó Fitzwolfe, haciéndole señas a Athelstan. El fraile entró, entornó los ojos para acostumbrarlos a la oscuridad, arrugó la nariz y aspiró un extraño aroma dulzón. Fitzwolfe se movía por la estancia como una sombra. Con una yesca encendió unas largas velas blancas colocadas en candeleros de latón y protegidas por capuchones de metal. Athelstan miró a su alrededor. Un frío estremecimiento le cosquilleó la nuca y, por una extraña razón, notó que le faltaba el aire.
    – «Aunque camine por cañadas oscuras –musitó, repitiendo las palabras del salmista–, nada temo porque Tú vas conmigo.»

    La estancia estaba limpia, pero los muros, el suelo y el techo se habían pintado de negro y despedían un siniestro brillo bajo la luz de las velas. En un rincón y bajo una pequeña ventana, había una carriola al lado de una mesa que parecía un altar y, por enci–ma de ésta, colgaba un crucifijo invertido y con la imagen decapitada. Athelstan se estremeció. ¿Eran de sangre las manchas que había en la superficie de la mesa? ¿Y de dónde procedía aquel extraño olor? ¿Unas hierbas fuertemente aromáticas o quizá brea mezclada con otra cosa? Fitzwolfe le estaba mirando con cara de gato. Athelstan sacudió la cabeza como si quisiera aclararse la mente. El aspecto del clérigo renegado había experimentado un extraño cambio: su rostro parecía más alargado y su piel había adquirido un tono amarillento que contrastaba con los impíos destellos de malicia que ardían en sus ojos oscuros.

    – ¡Las páginas! –dijo en tono de reproche Athelstan–. ¡Me prometisteis las páginas!

    Fitzwolfe se encogió de hombros, se acercó al pie de la cama, abrió un cajón y rebuscó en su interior. Athelstan miró a su izquierda y vio un libro encuadernado en cuero y sujeto con cadenas a un atril. Le echó un vistazo y apartó los ojos horrorizado, pues era un texto de conjuros y magia negra. En la pared, detrás del atril, había unas páginas con delicados dibujos pintados en brillantes colores como los que él había visto en un Libro de Horas o de Vidas de los Santos. Una de las páginas representaba a un grupo de personas escuchando a un predicador, pero la figura vestida con hábitos sacerdotales tenía una babosa cabeza de macho cabrío y por entre los pliegues de sus vestiduras asomaba un falo en erección. En otra, un cerdo con capa consistorial y mitra de obispo mascaba varios cuerpos de personas en miniatura mientras que una tercera representaba la nave de un templo. Las columnas del crucero le recordaron a Athelstan las de San Erconwaldo, si bien el artista había utilizado la perspectiva de tal manera que el espectador tuviera la sensación de estar contemplando un profundo pozo. Al fondo, en el lugar que hubiera tenido que ocupar la cancela del presbiterio, brillaba un demoníaco rostro plateado con ojos de color rojizo y labios dorados. Athelstan desvió la mirada. Tenía la sensación de que el aire de la estancia era denso, pegajoso y opresivo. Miró hacia los rincones y le pareció que las sombras eran allí más profundas que en el resto de la habitación, como si alguien o algo estuviera aguardando al acecho.

    – ¡Vamos, Fitzwolfe! –dijo en tono autoritario–. ¡Las páginas!
    – Aquí están, hermano. –Fitzwolfe se acercó muy despacio, sosteniendo en la mano un trozo de amarillento pergamino cosido de cualquier manera con unas burdas puntadas–. ¿Qué os sucede, Athelstan? ¿No os gusta mi cámara? ¿La impiedad de las impiedades? Mientras le entregaba el pergamino, su fría mano le rozo la suya–. Vos sois sacerdote, Athelstan. ¿Qué podéis temer aquí?

    El fraile se sobresaltó al oír un rumor procedente del rincón.

    – ¿Qué es eso?
    – Mirad, Athelstan –contestó Fitzwolfe en voz baja–. Vedlo vos mismo. ¿Qué es lo que veis en aquel rincón?

    Athelstan hizo lo que le decían y se volvió, dispuesto a enfrentarse con alguna horrible amenaza. ¿Era una forma?, se preguntó. ¿O quizás una sombra? Contempló un marfileño y redondeado hombro, un busto de perfectas proporciones y un cabello como de oro hilado y oyó una suave risita. Asió con fuerza el pergamino.

    – ¡Eso es mío! –gritó tartamudeando–. ¡Es mío!

    Después se dirigió casi corriendo hacia la puerta y trató de abrirla, pero estaba cerrada bajo llave. A su espalda oyó a Fitzwolfe y algo más. Acercó la mano a la cerradura, encontró la llave, abrió la puerta y salió apresuradamente al pasadizo mientras la puerta se cerraba de golpe a su espalda. Le pareció oír no sólo la risita burlona de Fitzwolfe sino también la de alguien más.

    – ¿Qué os ocurre, Athelstan? –le preguntó Cranston, alarmado por la marmórea palidez de su rostro y el sudor que le empapaba la frente. Lo agarró del brazo y lo sacudió enérgicamente–. ¿Qué sucede, hermano?

    Athelstan salió de su delirio y recogió la pica que había dejado apoyada contra la pared.

    – ¡Vamos, sir John! Ése no es un lugar apropiado para nosotros. ¡No lo es para ninguna criatura de Dios!

    Cranston se adelantó un paso hacia la puerta de la cámara de Fitzwolfe.

    – ¡Dejadlo, sir John! ¡Dejadlo, os lo ruego! –dijo Athelstan, bajando precipitadamente por la escalera mientras Cranston le seguía más despacio. Sin aguardar al forense, Athelstan salió a la callejuela. Cranston, jadeando y resoplando, le dio alcance y le empezó a hacer preguntas a las que él no contestó. Athelstan caminaba a grandes zancadas como si quisiera interponer la mayor distancia posible entre su persona y la taberna, concentrando toda su energía e inteligencia en recordar el camino que sir John había seguido. Al final, dejaron atrás el convento de los carmelitas y entraron en una callejuela que desembocaba en el Fleet. De repente, Athelstan se detuvo y se apoyó contra la pared. Estaba muerto de cansancio, como si el cuerpo, la mente y el alma hubieran recibido una tanda de azotes. El forense le miró de reojo.
    – Sólo os puedo aconsejar una cosa, muchacho –le dijo en un susurro–. El habitual remedio de sir John Cranston para los males del alma y el cuerpo. El forense lo empujó al oscuro y acogedor calor de una taberna que había en una esquina y, echando mano de sus poderosos pulmones y de su autoridad como forense real, consiguió que les hicieran sitio cerca de los toneles de vino amontonados casi hasta el techo y que les sirvieran sin pérdida de tiempo unas copas de clarete y un exquisito pato con especias. Cranston quería compartir este último manjar con Athelstan, pero el fraile sacudió la cabeza y tomó un sorbo de vino, saboreando su cálida dulzura. Apuró rápidamente el contenido y Cranston pidió que volvieran a llenarle la copa mientras tomaba cuidadosamente las hojas de pergamino que Athelstan aún sostenía en la mano. El forense las estudió con atención, exigiendo con voz de trueno una vela para poder verlas mejor.
    – ¡Por las posaderas de una reina, Athelstan! ¡Aquí no hay nada que cause espanto! ¡Son simplemente unas pringosas y amarillentas páginas del registro de una iglesia!
    – No ha sido por eso, sir John –dijo Athelstan, parpadeando mientras apoyaba la espalda en la pared. Se había bebido el vino con tal celeridad que ahora estaba un poco aturdido.
    – ¿Acaso Fitzwolfe os ha amenazado?
    – En cierto modo, sí –contestó el fraile, describiendo brevemente lo que había visto y percibido en la estancia.

    Cuando Athelstan terminó su relato, Cranston soltó un ruidoso regüeldo y chasqueó la lengua.

    – ¡Qué curiosos son los curas! –dijo, mirando de reojo a su secretario–. Saben muchos secretos y utilizan los mejores en provecho propio para alcanzar el poder. No todos, por supuesto, pero muchos lo hacen. Algunos se vuelven avaros y amasan cuantiosas fortunas; otros gustan de deslizarse entre las sábanas de otros hombres y otros buscan algo mucho más grande, el poder de la magia.
    – Sir John –lo interrumpió el fraile–, yo sé lo que he visto y sentido en aquella habitación.
    – Tal vez. Pero yo he conocido a los mejores magos, Athelstan, y sé lo que pueden hacer con las hierbas y las velas elaboradas con extrañas sustancias. Tal como dice el Eclesiastés, «No hay nada nuevo bajo el sol». –El forense le dio a Athelstan una palmada en la mano–. Puede que Fitzwolfe se dedique a los cultos satánicos, pero yo me inclino más bien a pensar que es un conspirador. Athelstan lanzó un suspiro y se frotó la cara con las manos.
    – No hay nada como el viejo Cranston para ayudarle a uno a apoyar firmemente los pies en el suelo –murmuró apartando a un lado su copa de vino–. Debemos irnos. Aún tenemos asuntos pendientes en el convento de los dominicos y no quiero que el inquisidor general me tache de borrachín.
    – ¡Por los cuernos de Satanás! ¿Y eso a mí qué me importa? ¡Ya me tiene por tal! replicó el forense. Athelstan se desperezó, tomó las hojas de pergamino y las estudió, tratando de descifrar la apretada y enrevesada letra y las habituales abreviaciones que solían utilizarse en los registros de aquel tipo. Examinó cuidadosamente la fecha que figuraba en la parte superior de la columna de la izquierda de cada página. Debía de haber como unas cincuenta o sesenta páginas cosidas con fino hilo de cáñamo, correspondientes al período comprendido entre los años 1353 y 1368, año del fallecimiento del párroco Teobaldo.
    – Me gustaría poder estudiarlas ahora –musitó, echando un vistazo a la bujía que marcaba las horas, situada en un estante al lado de los toneles de vino–, pero tenemos que regresar al convento, sir John. Le dije al padre prior que deseaba verles tanto a él como a los demás y ya se está haciendo tarde. Tenemos que ir, aunque sólo sea para pedirles disculpas por el retraso.

    Cranston torció el cuello para mirar a través de la ventana.

    – ¡No digáis sandeces! –dijo en un susurro–. El sol está a punto de ponerse. ¡Prestad atención, hermano!

    Athelstan aguzó el oído y oyó el sonido de la gran campana de Santa María Le Bow, anunciando el término de la jornada laboral. Se sentía profundamente agotado y el vino ya se le estaba empezando a cuajar en el estómago vacío. Esperó a que Cranston apurara su copa, dobló los pergaminos, tomó la pica y salió de la taberna. Athelstan no hubiera tenido que preocuparse por el retraso, pues la noticia de la muerte del hermano Rogelio ya se había propagado por todo el convento y el prior estaba aturdido y agotado por las interminables preguntas. Cuando Athelstan se reunió con él en sus aposentos, el padre Anselmo parecía profundamente cansado.

    – Sí, os estaba esperando, hermano –dijo–. Pero comprendí que algún otro asunto os habría entretenido. ¿Se os ha ocurrido alguna cosa? –preguntó en tono esperanzado.
    – Padre prior, todo eso está tan turbio como una charca de agua estancada. ¿Habéis averiguado cuándo fue visto por última vez el hermano Rogelio?

    Anselmo se sentó con semblante abatido e invitó a Cranston y Athelstan a hacer lo mismo.

    – Le vieron delante de la iglesia después de vísperas. –El prior se frotó la frente–. Después le visteis vosotros, colgado de un árbol del vergel. Y, antes de que me lo preguntéis –añadió, levantando una mano–, nadie confiesa haber hablado con él o haberse reunido con él ni nada por el estilo. Es como si se hubiera esfumado de golpe.
    – ¿Y habéis registrado las celdas de fray Alcuino y fray Calixto?
    – No había nada –contestó el prior, rebuscando entre los pergaminos que cubrían la superficie de su escritorio–. Nada, excepto dos pergaminos. Uno en la celda de Alcuino y otro en la de Calixto. Ambos llevan el mismo nombre.

    El prior le entregó las hojas de pergamino a Athelstan. Éste las examinó con curiosidad. Estaban escritos con distintas letras, pero repetían varias veces el mismo nombre: Hildegarda.

    – ¿Quién es? –preguntó Athelstan.

    Anselmo hizo una mueca.

    – ¿Quién sabe? Fue lo único extraño que descubrí. El único nexo entre la muerte de un fraile y la desaparición del otro.

    Cranston, que se había quedado medio dormido al lado de Athelstan, se despertó de golpe.

    – ¡Siempre una mujer! –dijo, chasqueando la lengua–. ¡Cuando ocurre algún embrollo, siempre hay una mujer de por medio!
    – Sir John, ¿no estaréis insinuando? –Anselmo miró al forense con expresión indignada–. Tanto fray Calixto como fray Alcuino eran unos fieles y devotos sacerdotes, unos laboriosos miembros de nuestra comunidad. ¡Nunca hubo el menor asomo de escándalo, ni siquiera el más mínimo chismorreo entre ellos! Eran unos miembros muy antiguos de nuestra orden y unos sutiles teólogos. –La mirada del prior se perdió en la distancia–. Merecían otra muerte.

    Cranston se deshizo en disculpas mientras su secretario examinaba las dos hojas de pergamino.

    – Os veo muy cansado, Athelstan –dijo Anselmo, turbado por las palabras de disculpa del forense–. Dejad el asunto por ahora. El hermano Norberto os llevará la cena desde el refectorio. Os aconsejo que os acostéis temprano y procuréis descansar. Athelstan se mostró de acuerdo.
    – Pero mañana, padre prior, después de nona, necesito hablar con vos y con los demás miembros del Capítulo Interno. –Dio unas palmadas a los pergaminos que sostenía en la mano mientras en su mente empezaba a adquirir forma una vaga idea o más bien una línea de pensamientos dispersos que tenía intención de seguir cuando su cabeza estuviera más despejada–. No se lo comentéis a nadie de momento, padre. Mantenedlo en secreto. Poco después Cranston y Athelstan regresaron a la hospedería, donde se lavaron y permanecieron un buen rato sentados en la cocina. Cranston se llenó una jarra de hidromiel y Athelstan se limitó a contemplar las llamas del fuego de la chimenea que Norberto había encendido para ellos. El joven hermano lego les sirvió la cena preparada en la cocina del refectorio: una dorada carne de ternera con salsa de pimienta y una fuente de verduras hervidas, procedentes del huerto del convento. Cranston comió con buen apetito. En cambio Athelstan, cansado y con el estómago todavía revuelto por culpa del vino, apenas probó bocado. Sólo cuando ya estaba casi a punto de terminar, vio un pequeño pergamino pulcramente enrollado y atado con una fina cinta de seda verde en un escabel que había en el rincón más alejado de la cocina. Cruzó la cocina y lo tomó.
    – ¿Qué es eso? –ladró Cranston entre bocado y bocado de carne de ternera.
    – Una copia del tratado de fray Enrique de Winchester. Cur Deus Homo.
    – Eso os lo dejo para vos –dijo Cranston–. ¡Si Dios hubiera querido que conociéramos sus designios, no se hubiera pasado el rato procurando interponer la mayor distancia posible entre Él y nosotros!

    Athelstan se sentó con una sonrisa en los labios y, a pesar de su cansancio, empezó a estudiar el tratado. Aún estaba leyendo cuando Cranston, que se había terminado no sólo su cena sino también las sobras de la de Athelstan, se dirigió a la despensa en busca de algún otro refrigerio.

    El tratado se había escrito sobre unas hojas de pergamino pulcramente cosidas entre sí. La caligrafía del amanuense, la tinta fresca y la clara presentación indujeron a Athelstan a sacudir la cabeza en gesto de asombro. El tratado de fray Enrique era un prodigio de análisis teológico en el que se refutaba el dogma aceptado por la Iglesia. El autor señalaba que la Encarnación de Jesucristo había obedecido al deseo de Dios de compartir la divina belleza con el hombre más que al habitual argumento de la «redención del pecado» o la «expiación de la maldad del hombre». Cranston regresó, murmuró unas palabras ininteligibles y subió lentamente al dormitorio del piso de arriba. Athelstan se quedó leyendo y disfrutando de la pulcra termino–logía y la claridad de pensamiento del autor. Al terminar de leer, tamborileó con los dedos sobre el pergamino.

    – ¡Brillante! –dijo en un susurro–. Los inquisidores están perdiendo el tiempo. ¡Fray Enrique es muy original, pero no tiene nada de hereje!

    Dejó el rollo de pergamino sobre la mesa, se desperezó y subió al piso de arriba para reunirse con sir John. El forense ya estaba profundamente dormido. Athelstan permaneció un buen rato arrodillado junto a su cama, tratando de recordar las distintas escenas y los mensajes, fragmentos y acontecimientos de la jornada. Deseaba rezar, pero se distraía constantemente, sabiendo que aquel día había sido muy importante. Había visto y oído cosas muy significativas, pero no podía interpretarlas. Cerró los ojos y se hundió en el sueño. Se despertó una hora más tarde y descubrió que se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre la cama. Muerto de cansancio, se acostó y se quedó inmediatamente dormido como un tronco.


    CAPÍTULO 9


    A la mañana siguiente, Athelstan se despertó muy temprano cuando Cranston aún estaba roncando como un bendito. El fraile tardó un rato en levantarse a pesar de que ya se sentía renovado y descansado. Al oír el sonido de la campana, se levantó y, tomando una toalla del lavamanos de madera, salió al brumoso exterior para dirigirse a la sala de baños del convento. Allí se lavó y se frotó el cuerpo, se vistió, regresó a la cocina de la hospedería, encendió el fuego y calentó un poco de agua para rasurarse. Después regresó de puntillas al piso de arriba, sacó una muda de ropa y un hábito de sus alforjas y desayunó con las sobras de la cena de la víspera. Tras lo cual, permaneció un rato arrodillado, rezó el oficio divino con la mente clara y disciplinada y se fue a celebrar la misa en una de las capillas laterales de la iglesia del convento. Otros sacerdotes estaban haciendo lo mismo, aprovechando el rato de que disponían antes del rezo de laudes. Se quitó las vestiduras, le dio las gracias a Norberto que había actuado de sacristán y se dirigió al presbiterio detrás del altar mayor donde todavía se aspiraba el dulce aroma de las velas de cera y el incienso. Tal como esperaba, vio, encima de los grandes pilares de madera que daban sobre la alfombra roja, un ataúd con las palabras «Hermano Rogelio obiit 1370» grabadas en la tapa. Acarició la suave madera de pino del ataúd. Más tarde se celebraría una misa cantada de réquiem y se daría sepultura al cuerpo del hermano Rogelio en la gran cripta que había debajo del presbiterio donde ya descansaban otros miembros difuntos de la comunidad. Athelstan permaneció un rato de pie en aquel lugar mientras otros frailes se acercaban y se arrodillaban en el reclinatorio para orar por el alma de su hermano difunto. Esperó a que todos se hubieran retirado para ir a rezar el Oficio Divino antes de arrodillarse, no tanto para murmurar una plegaria cuanto para permanecer oculto a los ojos del resto de la comunidad que ya estaba ocupando los sitiales del coro y se disponía a entonar los salmos. Contempló el muro semicircular del ábside que rodeaba la parte posterior del altar y las imágenes de los apóstoles en sus hornacinas. Qué extraño, pensó, Alcuino estaba rezando en aquel presbiterio cuando desapareció y el presbiterio de su parroquia de San Erconwaldo también encerraba un gran misterio. ¡Concéntrate, se dijo, no pienses ahora en San Erconwaldo! Alcuino desapareció cuando estaba rezando en aquel lugar.

    «Hubiera tenido que haber doce», había dicho el hermano Rogelio. ¿A qué se habría re–ferido? El fraile estudió el ataúd de madera y volvió a contemplar la pared. Se le acababa de ocurrir una idea.

    – ¡Eso es un disparate! –dijo en voz baja, cubriéndose los labios con los dedos de una mano–. ¡Oh, Dios mío! ¡Claro! Naturalmente.

    Cruzó los brazos tratando de reprimir su emoción y esperó pacientemente a que terminara el oficio. Cuando los frailes abandonaron el templo para ir a desayunar al refectorio, Athelstan regresó corriendo a la hospedería.

    – ¡Sir John! –gritó, entrando precipitadamente–. ¡Cranston, ya habéis dormido bastante!

    Oyó un sonoro estallido. El forense estaba bajando ruidosamente cual si fuera un enorme tonel.

    – ¡Por los cuernos de Satanás! –rugió–. ¿Es que un pobre representante de la ley no puede dormir tranquilo? –Se frotó el rostro y miró enfurecido a Athelstan–. Habéis descubierto algo, ¿no es cierto, maldito monje?
    – Sí, sir John.

    Ajustándose los calzones, Cranston entró en la cocina. Athelstan se dio cuenta de que era la primera vez que veía a sir John sin las botas. Con la camisa suelta, los holgados calzones y los pies descalzos, el forense se parecía más que nunca a sus gemelos.

    – ¿De qué os reís, maldito monje?
    – De nada, sir John. Sentaos, os lo ruego.
    – Me muero de hambre.
    – Decidle a vuestro estómago que espere.
    – ¿Ni siquiera un poquito de hidromiel?
    – Con el estómago vacío, mejor que no, sir John. ¿Qué diría lady Matilde?
    – ¡Me importa un bledo!
    – ¿Queréis que le transmita vuestro comentario?

    Cranston se mordió la uña del pulgar.

    – Pues entonces un poco de cerveza aguada y os dedicaré toda mi atención. Athelstan se la sirvió y le expuso las conclusiones a las que había llegado en el presbiterio, detrás del altar mayor. El forense le escuchó con interés y le dio unas cariñosas palmadas en el hombro.
    – Es justo lo que yo también había pensado. Sopesé la conveniencia de seguir este camino, pero me pareció muy descabellado. Bueno, todo dependerá del padre prior. Tendremos que pedirle permiso.
    – Todavía no, sir John. Después de nonas.

    Cranston se levantó.

    – En tal caso, haré mis abluciones y desayunaré. ¿Me vais a acompañar?
    – No, sir John. Mandad decir a la cocina que comeréis por los dos. Mientras Cranston subía de nuevo al piso de arriba para lavarse y vestirse, Athelstan empezó a estudiar los pergaminos que Fitzwolfe le había entregado la víspera. Encontró varios patéticos y tristes apuntes que le hicieron recordar vagamente sus propias actividades, a pesar de que el padre Teobaldo no parecía que tuviera mucho sentido de la organización. Era un hombre enfermo y cansado que se había encargado sobre todo de celebrar funerales, construir un depósito de cadáveres en el cementerio y arreglar los desperfectos del tejado. Al final, el fraile llegó a otro tipo de apuntes: al parecer, el padre Teobaldo había sufrido una caída en el presbiterio y había unas notas referentes a la compra de piedra a un tal A. Q. D. Athelstan estudió la fecha: septiembre de 1363. Seguían a continuación otros pagos: «Por la colocación de unas baldosas en el presbiterio, 6 libras a A. Q. D.».

    Athelstan deslizó las yemas sobre otros apuntes.

    – Sí, sí –murmuró–, pero, ¿quién es A. Q. D.?

    Se le ocurrió otra idea mientras leía los apuntes hasta llegar al mes de enero de 1364. Estudió los ingresos percibidos por el padre Teobaldo en concepto de estipendios para misas de difuntos, pero no consiguió encontrar el nombre de ninguna joven que hubiera caído enferma y que después hubiera sido asesinada o hubiera desaparecido en misteriosas circunstancias. Apartó el pergamino a un lado y asintió con aire ausente mientras Cranston le decía a gritos que iba en busca de comida. Esperó a que el forense cerrara la puerta a su espalda y entonces se levantó, subió a la cámara del piso de arriba y se tendió en su cama. Sir John tardaría un rato en regresar y él quería revisar los acontecimientos de la víspera en paz. Algo que había visto y oído le había hecho evocar un confuso recuerdo, pero no lograba identificarlo. Regresó al momento en que había descubierto el cuerpo de Rogelio en el vergel y siguió el curso de todos los acontecimientos del día. Al final, encontró lo que buscaba y esbozó una sonrisa de asombro. ¡Claro! Bajó a la cocina y examinó de nuevo los apuntes del registro del padre Teobaldo. Se levantó de un salto y empezó a batir palmas como un niño.

    – ¡Claro! –murmuró–. ¡Claro! ¡Si se quita eso, todo lo demás se viene abajo!

    Estaba tan contento que casi no podía contener su emoción. Decidió salir a dar un largo paseo por el recinto del convento, sorprendiendo con su vigoroso paso y sus joviales saludos a los hermanos legos que estaban cumpliendo sus cotidianas tareas. Bajó a la cuadra y se alegró de ver que Philomel estaba comiendo a costa del convento. El mozo de cuadra, un escuálido hermano lego de la comunidad, le aseguró que tanto su viejo caballo de batalla como la cabalgadura de Cranston estaban siendo debidamente atendidos. Athelstan regresó a la hospedería y encontró a sir John esperándole.

    – Os veo muy contento, hermano.
    – Estamos haciendo progresos, sir John. Me siento como un rey que estuviera asediando un castillo. Las murallas están empezando a derrumbarse y muy pronto conseguiremos abrir una brecha.
    – ¿Y qué hacemos con mi misterio? –rezongó Cranston.

    Los ojos de Athelstan se desviaron hacia la pluma y el pergamino.

    – Todavía no, sir John. Cada cosa a su tiempo.

    El fraile se sentó y, utilizando unas crípticas abreviaciones, empezó a hacer una lista ordenada de sus pensamientos. Cranston se llenó otra jarra de hidromiel, la apuró de un trago, se sentó pesadamente en un escabel y se hundió en unas sombrías cavilaciones. El enfrentamiento con Fitzwolfe y el largo recorrido a través de la ciudad le habían hecho olvidar la furia de lady Matilde, pero ahora estaba volviendo a recordar sus enojadas palabras. Sabía que la escena de la víspera no sería nada comparada con la cólera de su esposa en caso de que no consiguiera resolver satisfactoriamente aquel asunto. El forense se había despertado después que Athelstan y se había pasado buena parte de la mañana, incluso la sagrada hora del desayuno, preguntándose cuál podría ser la solución al misterio de la cámara escarlata. No había conseguido hacer el menor progreso y ahora no sabía qué iba a hacer para pagar la apuesta que había aceptado. No puedo reunir mil coronas, pensó con profundo desaliento. Athelstan era más pobre que una rata de iglesia. Solicitar ayuda a los parientes de su mujer hubiera sido una humillación. Por consiguiente, o aceptaba el ofrecimiento de ayuda de Juan de Gante o se convertiría en un miserable que no pagaba sus deudas.

    – ¡Por los cuernos de mil diablos! –murmuró, rechinando los dientes mientras miraba enfurecido a Athelstan, perdido en sus propios pensamientos. Posó de golpe la jarra sobre la mesa, salió al exterior y permaneció inmóvil, escuchando el tañido de las campanas del convento.
    – No debería estar aquí –musitó–. Debería estar en mi casa, cuidando de mis propios asuntos.

    De repente, Athelstan se acercó a él y lo tomó del brazo.

    – Vamos, sir John. Cada cosa a su tiempo. Nos queda todavía más de una semana antes de que regresemos al palacio de Savoy. Cranston empezó a tranquilizarse.
    – ¿Regresemos? –preguntó esperanzado.
    – Por supuesto que sí, sir John. Si vos falláis, yo tengo que estar allí. Pero, con la ayuda de Dios –añadió el fraile, soltando el brazo del forense y comprimiéndole cariñosamente el codo–, todo irá bien. Ahora vamos, el prior nos espera. Encontraron a los miembros del Capítulo Interno reunidos en los aposentos del padre Anselmo, en las mismas posiciones en que Athelstan los había visto el primer día. Fray Pedro y fray Niall se mostraban ahora más nerviosos y circunspectos y fray Enrique parecía más sereno mientras que el inquisidor general y fray Eugenio permanecían sentados como si fueran unos perros de caza, mirando enfurecidos a Athelstan y a sir John.
    – Otra muerte –dijo Eugenio con voz de falsete–. ¿Qué progresos habéis hecho, Athelstan?

    El prior Anselmo descargó un puño sobre la mesa.

    – Dejad hablar a nuestro hermano, Eugenio, y tened un poco más de paciencia. Empezaremos con una oración. –El prior se santiguó y los demás se unieron a él en una breve plegaria al Espíritu Santo en demanda de luz y consejo–. Bien –añadió–, vos me pedisteis esta reunión, ¿no es cierto, Athelstan?
    – Padre prior, os doy las gracias y doy gracias a mis hermanos por haber accedido a celebrar esta reunión. En primer lugar, fray Enrique, debo deciros que he leído vuestro tratado. Me ha parecido muy lúcido y brillante y difícilmente se podría considerar herético. En segundo lugar, quiero informaros de que Calixto no se cayó en la biblioteca. Lo empujaron y le partieron el cráneo con un candelero. –Athelstan levantó una mano para acallar el torrente de preguntas–. He encontrado el candelero y mi señor forense ha examinado y aceptado las pruebas. En tercer lugar –añadió, haciendo caso omiso de las despectivas sonrisas de los inquisidores–, el hermano Rogelio ha muerto, pero él no se quitó la vida. Le dieron garrote y después lo colocaron de tal forma que pareciera que se había ahorcado. En cuarto lugar, su muerte y las de los demás están relacionadas con los asuntos de este Capítulo, aunque no sé todavía ni el cómo ni el porqué. Ahora os podría pedir a todos, sin excluir al padre prior, que justificarais vuestros movimientos los días en que Bruno, Rogelio y Calixto murieron, pero el convento de los dominicos es una comunidad muy grande que ocupa varios edificios. Tardaríamos una eternidad en establecer los hechos y dudo mucho que tal cosa fuera posible.
    – ¿No mencionáis a Alcuino? –preguntó fray Niall cuyo brusco tono de voz traicionaba el melodioso acento gaélico.
    – Sí –dijo Eugenio–. ¿Cómo sabemos que Alcuino no es el asesino? A lo mejor, todavía está escondido en algún lugar del convento. A fin de cuentas, Athelstan, vos mismo habéis dicho que el convento es muy grande; tiene rincones y escondrijos prácticamente desconocidos.
    – ¡Eso es un disparate! –replicó Anselmo.
    – No, padre prior, Eugenio tiene razón –terció Athelstan–. Fray Alcuino aún está aquí, pero muerto.
    – ¿Dónde? –preguntaron todos a coro.
    – Padre prior, ¿cuándo se celebrará la misa cantada de réquiem por Rogelio?
    – Este mediodía. No podemos esperar a mañana. La Iglesia es muy estricta. No se puede celebrar ninguna misa de réquiem en domingo.
    – En tal caso, padre prior, insisto en que el entierro tenga lugar el lunes.
    – ¿Por qué?
    – Porque quiero que se abra la cripta de debajo del presbiterio y se saque el ataúd de Bruno. Cuando lo abramos, encontraremos a fray Alcuino.
    – ¡Eso es un sacrilegio! –gritó el inquisidor general–. ¡Una profanación! Estáis pisando un terreno muy peligroso, Athelstan.
    – El sacrilegio, mi estimado inquisidor, es una cuestión de voluntad, lo mismo que el pecado. No tengo la menor intención de ofender a fray Bruno, que en paz descanse. Athelstan apeló al padre prior–. Vos me habéis mandado llamar para que descubra la verdad y resuelva un terrible misterio. El ataúd de fray Bruno se tiene que abrir.
    – ¡Protestamos! –gritaron los inquisidores a coro.

    El prior volvió a descargar un puño sobre la mesa.

    – No veo ninguna objeción a los deseos de fray Athelstan. Estas cuestiones se tienen que resolver. Si estáis equivocado, hermano, nada se habrá perdido en realidad. Pero, si lo que decís es cierto, entonces es posible que se pueda hacer algún progreso. El padre Anselmo tomó una campanilla y la hizo sonar.

    Entró un criado y Anselmo le dio instrucciones en voz baja.

    El hombre le miró con escandalizada expresión de asombro.

    – Haz lo que te digo –le ordenó el prior–. Díselo al hermano Norberto y busca a otros dos. Hazles jurar que guardarán silencio y cumple mis instrucciones. En cuanto el criado se retiró, Anselmo miró a su alrededor.
    – ¿Hay alguna otra cuestión, Athelstan?
    – Sí, padre, pero sir John y yo tenemos que hablar a solas con vos.
    – ¿Por qué? –preguntó Guillermo de Conches–. En mi calidad de inquisidor general, exijo estar presente.
    – ¡Me importa un bledo lo que digáis, buen hombre! Este es un convento inglés, por más que esté sujeto al Derecho Canónico. Sin embargo, la Corona tiene jurisdicción sobre él y yo, como principal representante legal del rey en esta ciudad, exijo entrevistarme a solas con el prior.
    – Concedido –se apresuró a decir Anselmo–. Hermanos, volveremos a reunimos en el presbiterio.

    Athelstan esperó a que se cerrara la puerta a su espalda, dejando en el interior de la sala a los demás miembros del Capítulo.

    – ¿De qué se trata, hermano?
    – Padre prior, me fascina el nombre de Hildegarda. ¿Qué miembro de este convento podría explicar la procedencia de semejante nombre?
    – No es un nombre inglés –dijo Cranston, interrumpiéndole–. Yo veo muchas listas de miembros de jurados y contribuyentes. Hildegarda es un nombre alemán. El prior se frotó los ojos.
    – ¿Quién creéis que puede ser, Athelstan?
    – No lo sé. Tal vez una abadesa o una santa.
    – No conozco ninguna devoción a una persona de este nombre. Pero tenemos entre nosotros a un anciano muy docto, fray Pablo. ¿Le recordáis, Athelstan? Ahora está enfermo y casi ciego y no se puede levantar de la cama. Se pasa casi todo el día en la enfermería. Pero venid conmigo, tiene la mente muy clara y, a lo mejor, podremos conseguir que haga memoria. El prior rodeó con ellos el jardín del claustro y los tres cruzaron una puertecita lateral y salieron a un florido vergel, más allá del cual se encontraba el edificio de planta y primer piso de la enfermería del convento. En el lugar se aspiraba el dulce aroma de hierbas machacadas, jabón y almidón, aunque también el amargo olor de ciertos brebajes. El enfermero los acompañó a una alargada estancia del piso de arriba con una hilera de camas a cada lado, todas ellas protegidas con cortinas para preservar la intimidad. Anselmo le dijo unas palabras en voz baja al enfermero y éste le indicó una cortina blanca ribeteada de verde que colgaba de una reluciente barra de latón al fondo de la sala.
    – Allí encontraréis a fray Pablo. Está de buen humor. Más tarde le permitirán sentarse un rato en el jardín.

    Anselmo, seguido de Athelstan y Cranston, avanzó por el reluciente suelo impecablemente limpio. El prior apartó la cortina y apareció un anciano con la cabeza apoyada en un travesero. El cabello que le rodeaba la tonsura era blanco como la nieve y en su demacrado rostro de pronunciados pómulos destacaban unos ojos antaño brillantes, pero ahora cubiertos por un lechoso velo.

    – ¿Quiénes? –preguntó una voz sorprendentemente fuerte.
    – Soy el prior. Vengo con dos amigos, sir John Cranston y el joven Athelstan. Cranston le dio un amable codazo a su compañero.
    – ¡El joven Athelstan! –susurró, imitando la voz del prior.
    – Os conozco, Cranston –dijo fray Pablo, volviendo la cabeza–. He trabajado mucho en Newgate, en las prisiones de Fleet y de Marshalsea, oyendo las confesiones de los condenados. ¿Sabéis que siempre os llamaban malnacido? –El anciano fraile esbozó una desdentada sonrisa–. ¡Pero un malnacido justo e incluso misericordioso, que conste!

    Cranston se abrió paso entre sus acompañantes y se agachó junto a la cama.

    – Vaya si me acuerdo de vos –dijo en un susurro–. Sois el fraile que siempre insistía en que se revisaran los casos. Salvasteis a muchos de la soga del verdugo. El anciano soltó una carcajada y extendió la mano para apoyarla en el hombro de sir John.
    – Estáis tan delgado como siempre, sir John. –Fray Pablo apartó la mano–. Athelstan, ¿dónde estás, joven bribonzuelo?

    Athelstan tomó la huesuda mano del anciano surcada por nudosas venas y se le llenaron los ojos de lágrimas, pues le recordaba muy bien. Fray Pablo ya era viejo cuando él era un novicio, pero un viejo fuerte y vigoroso, dueño de un cerebro privilegiado y una lengua más afilada que una navaja. Era el maestro de filosofía y teología y de las disciplinas del cuadrivio; aritmética, música, geometría y astronomía.

    – Todavía estudiando los astros, ¿no es cierto, hermano?

    Athelstan dio unas palmadas a la mano del viejo.

    – Siempre os recuerdo citando los salmos, padre Pablo: «¿Quién conoce los caminos del Señor? Como los cielos y sus lumbreras se elevan por encima de la tierra, así son sus caminos sobre nosotros».
    – La cita no es correcta –replicó el anciano fraile–. Siempre fuiste un soñador. Pero bueno, ¿qué deseas de mí, de un viejo enfermo como yo?
    – ¿Significa algo para vos el nombre de Hildegarda?

    Fray Pablo soltó una sonora carcajada.

    – ¿Has venido aquí para desenterrar los pecados de mi juventud? –replicó, volviendo la cabeza hacia el lugar de donde procedía la voz de Athelstan–. He perdido la vista, Athelstan, pero conservo la memoria. Hildegarda es un nombre de mujer. Recuerdo tus ojos oscuros y tu tierno corazón. ¿Recuerdas lo que te dije sobre el amor? ¿Y sobre lo terrible que puede ser para un sacerdote el hecho de conocer a una persona y amarla realmente? –El anciano fraile apartó el rostro mientras se rascaba las mejillas con sus huesudos dedos–. Una vez conocí a una mujer llamada Hildegarda. Tenía cara de ángel y un corazón tan perverso como el pecado. –Fray Pablo volvió a reírse–. Pero supongo que ésa no es la Hildegarda a la que estáis buscando. Vosotros estáis buscando a una alema–na, una abadesa que vivió ¿cuándo?, hace unos ciento veinte o unos ciento cincuenta años.

    Hizo una pausa y elevó los ojos al techo.

    – ¿Qué más podéis decirnos? –le preguntó el prior.

    El anciano sacudió la cabeza con aire cansado.

    – Yo no puedo deciros nada, padre prior, pero la biblioteca sí os lo podrá decir. Sí, buscad en la biblioteca. –Fray Pablo levantó la mano–. A lo largo de los años –añadió en un susurro–, he conocido el nombre, pero no os puedo decir por qué razón. Athelstan tomó su mano y se la comprimió suavemente.
    – Gracias, fray Pablo.

    El anciano tiró de su muñeca.

    – Que el Señor te guarde, te muestre su rostro y te mire benignamente. Que Él te bendiga y te proteja todos los días de tu vida. Cuando el anciano retiró la mano, los tres abandonaron en silencio la enfermería. Athelstan comprendió con un cierto remordimiento lo mucho que le debía a aquel hombre y, sin embargo, hasta qué extremo había olvidado su vida en el convento de los dominicos. Fuera, en el jardín, Cranston se acercó a un rosal florido para aspirar su fragancia. Athelstan asió el brazo de su superior y le susurró unas apremiantes palabras al oído.
    – Padre, ahora tenemos varios nexos: Calixto y Alcuino estaban unidos por el nombre de Hildegarda. Calixto murió en la biblioteca, no a causa de una caída sino de un golpe propinado con un candelero. En pocas palabras, creo que Calixto estaba buscando algún libro u opúsculo relacionado con esa Hildegarda. –Athelstan hizo una pausa–. Padre, creo que el nombre de Hildegarda es la raíz de todos los asesinatos perpetrados aquí. El padre prior respiró hondo y elevó los ojos a la azul inmensidad del cielo.
    – Veo los nexos, fray Athelstan, pero ¿qué tiene que ver el nombre de Hildegarda con la reunión del Capítulo Interno? Vos habéis visto nuestra biblioteca, hermano –añadió, levantando las manos con gesto exasperado–. Estantes y más estantes de libros, algunos de ellos de trescientas a cuatrocientas páginas. Se podría pasar uno toda la vida buscando. ¿Y cómo sabemos que el asesino no ha encontrado ya lo que Calixto estaba buscando?
    – Puede que lo haya encontrado, pero seamos optimistas. Si no lo ha encontrado, lo tenemos controlado. Si alguien rebuscara entre los libros, nos enteraríamos. Cranston se reunió con ellos, sosteniendo entre sus dedos una rosa bañada de rocío.
    – He oído lo que habéis dicho, padre prior, pero permitid que el viejo sir John aplique el cuchillo de la lógica. Calixto estaba subido al peldaño más alto de la escalera de mano, ¿verdad? –preguntó, respirando afanosamente–. Lo cual significa que estaba buscando un libro en la estantería superior. Sabemos más o menos dónde estaba colocada la escalera. –Cranston proyectó la voluminosa panza hacia afuera–. Por consiguiente –añadió, imitando la voz de Athelstan–, la conclusión es evidente. Es posible que Calixto hubiera descubierto algo sobre esta famosa Hildegarda en uno de los libros. Pero ahora no podemos pasarnos el rato en la biblioteca, pues con ello alarmaríamos a nuestra presa. Sin embargo, podemos utilizar a este amable hermano lego que me proporciona el hidromiel, ¿cómo se llama?
    – Norberto.
    – Sí, lo utilizaremos a él.

    El prior se mostró de acuerdo y los tres regresaron al edificio principal del convento, donde Anselmo ordenó a un criado que fuera en busca de Norberto y le dijera que se reuniera con ellos en la biblioteca. El escritorio y la biblioteca estaban prácticamente desiertos y los pocos monjes que allí trabajaban se retiraron en silencio a petición del prior. El hermano Norberto, casi sin resuello a causa de la carrera, no tardó en reunirse con el–los. Athelstan tomó al joven hermano lego del brazo, lo acompañó al lugar donde habían encontrado el cuerpo sin vida de fray Calixto y levantó la vista hacia los estantes superiores.

    – Norberto, cuando terminemos nuestros rezos en la capilla, quiero que empieces a sacar todos los libros de los tres estantes de arriba. –Se los señaló con la mano–. Y quiero que los lleves, uno a uno en caso necesario, a la hospedería sin que nadie te vea. ¿Has comprendido?

    El joven hermano lego asintió con la cabeza. Athelstan se frotó las manos.

    – ¡Muy bien! –dijo, dirigiéndose a sus acompañantes–. Estoy seguro de que el hermano Norberto sabrá mantener la boca cerrada. Y ahora, vamos. Nuestros hermanos ya estarán empezando a impacientarse en la iglesia. Athelstan tenía razón. Los restantes miembros del Capítulo Interno estaban sentados en los sitiales del presbiterio murmurando entre sí mientras, detrás del altar mayor, un sudoroso hermano lego con el rostro congestionado a causa del esfuerzo, estaba levantando las baldosas que cubrían la bóveda de la cripta. Norberto se incorporó a la tarea mientras el padre prior hacía comentarios intrascendentes hasta que uno de los hermanos legos, completamente empapado de sudor, anunció:
    – ¡Ya está todo listo, padre prior!

    Athelstan, Cranston y el resto de los frailes rodearon el altar mayor. El féretro de Rogelio había sido apartado a un lado; la alfombra roja estaba enrollada y las baldosas se habían levantado al igual que las vigas de madera de roble que había debajo, por lo que la cripta ya estaba abierta. El hermano Norberto y sus compañeros tomaron dos escaleras de mano y bajaron cuidadosamente a la cripta. El padre prior pasó una vela entre los presentes. Cranston miró hacia abajo y se estremeció. Vislumbró vagamente unos ataúdes y comprendió que la cripta era un inmenso panteón. Se arrojaron unas cuerdas.

    – ¡Hemos encontrado el ataúd de Bruno! –dijo la voz de Norberto, resonando espectralmente como si hablara desde el fondo de un abismo. Se oyó un ruido como de algo que resbalara, un ligero crujido y unos reniegos en voz baja. Norberto y un hermano lego emergieron a la superficie, arrojando primero la cuerda antes de trepar de nuevo por ella hasta el presbiterio.
    – Ahora tenemos el ataúd de fray Bruno directamente debajo de nosotros –dijo Norberto entre jadeos–. Pero necesitamos ayuda. ¡Pesa mucho!

    Obedeciendo la orden del prior, todos los presentes, incluso Cranston y Athelstan, empezaron a tirar de las cuerdas. La tarea planteó muchas dificultades, pues el ataúd de madera de pino pesaba tanto como si fuera de plomo.

    – Es más fácil bajar un ataúd que subirlo, de eso no cabe duda –dijo el prior casi sin respiración–. Pero ¿quién nos hubiera dicho que alguna vez tendríamos que subir un ataúd?

    Todos tiraron de las cuerdas, pero el peso era tan grande que, al final, el padre prior reconoció a regañadientes que necesitaban refuerzos. Soltaron nuevamente las cuerdas y Norberto fue enviado en busca de más ayuda.

    – Da lo mismo –dijo el padre prior, encogiéndose de hombros–. El resto de la comunidad acabaría enterándose de todos modos. Norberto regresó con los refuerzos y el padre prior ordenó a los nuevos ayudantes que mantuvieran la boca cerrada. Esta vez otros bajaron a la cripta y, al final, el pesado ataúd de madera de pino fue sacado de la cripta y colocado a un lado del presbiterio. El padre prior dio las gracias a todo el mundo y mandó retirarse a los hermanos legos excepto al hermano Norberto. A Athelstan le dolían los brazos y los hombros y Cranston tenía el rostro tan congestionado como una ciruela y el cuello completamente empapado en sudor.
    – Ojalá tuviera a mano una copa de vino blanco –musitó–. ¡Por los dientes de Satanás, Athelstan! ¡Parece que fray Bruno es más reacio a salir de la tumba que a entrar en ella!
    – Razón tiene para ello, sir John.

    Sin esperar al padre prior, Athelstan se acercó al féretro y, con la larga daga que le había pedido prestada a Cranston, empezó a hacer palanca con ella para levantar la tapa. Un nauseabundo olor a podredumbre empezó a extenderse por el presbiterio mientras todos los presentes emitían murmullos de reproche. El padre prior abrió la boca para protestar, pero Athelstan siguió adelante impertérrito con la ayuda de Cranston, el cual se había envuelto la capa alrededor del cuello para cubrirse la boca y la nariz y no aspirar el intenso hedor de descomposición. El coro de murmullos y protestas siguió arreciando hasta que Cranston, apartándose la capa de la boca rugió enfurecido:

    – ¡Si no podéis soportar el olor, quemad un poco de incienso, maldita sea!

    El prior se mostró de acuerdo. Alguien sacó unos incensarios, carbón e incienso. Encendieron el carbón y espolvorearon el incienso sobre el carbón encendido. Finalmente se abrió la tapa del ataúd y entonces Athelstan la empujó hacia un lado y experimentó un acceso de náuseas al aspirar el espantoso olor que, a pesar del perfumado incienso, se estaba extendiendo por el aire del presbiterio como un puñado de tierra sobre la superficie de un estanque de agua clara.

    – ¡Oh, Dios mío! –musitó Cranston.

    Comprimiéndose la nariz con los dedos, Athelstan regresó y miró por encima de la tapa del ataúd.

    – He visto espectáculos terribles –dijo Cranston–, pero creo que…

    El cadáver en descomposición de fray Bruno yacía sobre un fino lienzo de gasa, y, colocado boca abajo e hinchado por los gases de la putrefacción, se encontraba el de fray Alcuino. A pesar del hedor y de las aparentes señales de descomposición, Athelstan alargó la mano y rozó suavemente la nuca del asesinado.

    – ¡Que el Señor Jesús, hijo de María, tenga piedad de ti y que Dios perdone todos tus pecados!

    Athelstan contempló al hombre al que antaño había conocido y con quien había rezado, comido y bebido, ahora brutalmente asesinado y puesto de cualquier manera en un ataúd como si fuera un trapo sucio. Después dio suavemente la vuelta al cadáver, procurando no mirar los ojos abiertos, el rostro negro azulado y la hinchada lengua que asomaba a través de los labios. Empujó hacia abajo el cuello del hábito del difunto y vio la fina línea morada del garrote.

    – ¡Dios bendito, padre prior!

    Pálido como la cera y con los ojos desorbitados por el horror, Anselmo se había quedado clavado en el suelo. Los demás, incapaces de mirar, se habían retirado hacia el altar, excepto el hermano Norberto.

    – Pareces un chico muy fuerte –le dijo el forense–. Rápido, trae un sudario y un ataúd. ¡Corre!

    Norberto se retiró a toda prisa y Cranston asumió el mando de la situación, tomando a Athelstan del brazo.

    – Vamos, hermano –le dijo dulcemente–. Alejaos de aquí. El padre prior necesita vuestra ayuda. Athelstan apartó los ojos del desfigurado cadáver y se acercó a Anselmo.
    – Padre prior –dijo en un susurro, tomando una mano que parecía de hielo–, venid con nosotros, padre. –Lo asió por los hombros y le dio una violenta sacudida–. Aquí no podemos hacer nada.


    CAPÍTULO 10


    El padre prior dejó que se lo llevaran como a un niño asustado. Al llegar a los sitiales del coro, miró a sus frailes con una extraña expresión, como si estuviera asimilando poco a poco todo el horror de lo que acababa de ver. Cubriéndose la boca con la mano, bajó rápidamente por la nave y salió por el pórtico principal de la iglesia para vomitar fuera. Athelstan estudió a los demás: Enrique de Winchester se estaba sosteniendo la cabeza con las manos; fray Niall y fray Pedro, intensamente pálidos, hablaban en susurros entre sí mientras que los dos inquisidores parecían unas estatuas de piedra, con la mirada perdida más allá del presbiterio. Athelstan trató de serenarse, respiró hondo para aliviar los calambres del estómago y reprimió el impulso de gritar contra el execrable espectáculo que acababa de presenciar.

    Norberto y otros hermanos legos regresaron con un lienzo de lona y un nuevo ataúd. Athelstan dio gracias a Dios por la autoridad de sir John como forense. El hermano Norberto envolvió el cuerpo de Alcuino en un sudario de cuero y, cortando un trozo de cuerda, selló el cadáver, atándolo fuertemente antes de colocarlo en el nuevo ataúd. Después echó un poco más de incienso sobre las brasas encendidas hasta que las fragantes nubes se elevaron desde detrás del altar, disimulando el penetrante hedor de la corrupción. Athelstan se levantó y miró hacia el fondo de la nave del templo donde el padre prior permanecía acurrucado junto al pórtico principal, tratando de serenarse. Cranston y Norberto se retiraron un momento. Athelstan les oyó salir por la puerta de la sacristía. Poco después, sir John regresó seguido de Norberto, el cual portaba una bandeja con una gran jarra de vino y ocho copas.

    – Id en busca del prior –le dijo Cranston a Athelstan–. Que venga aquí. Athelstan obedeció. El padre prior parecía más tranquilo, se le habían calentado un poco las manos y su rostro había recuperado ligeramente el color, aunque sus ojos aún estaban congestionados a causa del esfuerzo de las náuseas.
    – Oh, Athelstan –dijo en voz baja mientras regresaba lentamente con él al presbiterio–, ¡que Dios me perdone! Estaba tan inmerso en el gobierno de un gran convento que había olvidado todo el horror de la maldad del hombre y las terribles consecuencias del pecado. ¿Quién puede haberlo hecho? ¿Asesinar a un pobre fraile como Alcuino aquí, bajo la mirada de Dios? ¿En el mismísimo presbiterio de un templo de Jesucristo? ¿Y profanar después su cadáver y el del pobre Bruno? ¿Quién? ¿Quién pudo ser tan malvado?

    Athelstan lo acompañó hasta un sitial del coro y Cranston escanció vino en las copas y las ofreció a los presentes. El forense sirvió en último lugar a Norberto y se sirvió a sí mismo.

    – Eres un buen chico –tronó, dándole al hermano lego una palmada en el hombro–. Siempre he pensado que Athelstan necesitaría un poco de ayuda en San Erconwaldo, tal como yo la necesito en los asuntos de la ciudad. Si tuviera que elegir, me quedaría contigo –dijo, mirando a su alrededor con expresión radiante–. Vamos, sentaos todos. Vos también, Athelstan. Bebed un poco de vino que eso es bueno para el estómago, como dice san Pablo.

    Apuró su copa, la volvió a llenar hasta el borde y guiñó pícaramente el ojo.

    – No tendríamos que beber vino aquí, en la casa de Dios –dijo Guillermo de Conches, ya recuperado del sobresalto que acababa de experimentar.
    – ¡A Nuestro Señor Jesucristo no le importará! –replicó Cranston–. O sea que vuestras sospechas eran acertadas, fray Athelstan.
    – ¡Esperad! –dijo el prior, interrumpiéndole–. Hermano Norberto, ve a decirle al subprior Juan que quiero cerrar esta iglesia. No deberá entrar nadie. No se celebrarán misas ni se cantará el oficio divino hasta que hayamos dado cristiana sepultura a nuestros dos hermanos. ¡Vamos! ¡Termínate el vino y date prisa!

    El hermano lego obedeció. Anselmo se reclinó contra el respaldo de su sitial.

    – Seguid, Athelstan.

    Cranston se acercó a Athelstan y le musitó unas palabras al oído. Éste sonrió, inclinó la cabeza y se situó delante de los sitiales como un predicador que estuviera a punto de iniciar su sermón.

    – Fray Alcuino murió –dijo–porque sabía algo de vital importancia sobre este Capítulo Interno.
    – ¿Como qué? –preguntó fray Enrique, cuyos grandes ojos negros parecían unos pozos de inquietud. El joven teólogo se inclinó hacia delante–. ¿Qué sabía Alcuino para que tuviera que morir de esta manera tan espantosa y tuvieran que ocurrir estos terribles acontecimientos? ¿Qué peligro encierra lo que yo he escrito? –preguntó, mirando con ira mal contenida a los inquisidores.
    – Vuestros escritos son heréticos –contestó Guillermo de Conches, volviendo la cabeza para mirarle.
    – No –dijo Athelstan, levantando la mano–. Eso vamos a dejarlo. Fray Enrique, no puedo responder a vuestras preguntas. Lo único que puedo deducir es que fray Bruno murió en lugar de Alcuino. El sacristán lo comprendió, se asustó y vino aquí para rezar.
    – Lo hacía muy a menudo –murmuró el padre prior–. Decía que era una de las ventajas de ser sacristán, poder rezar y trabajar sin interrupción.
    – Justamente –dijo Athelstan–. El día en que murió, Alcuino entró en la iglesia y, como de costumbre, cerró la puerta. Se dirigió a la parte posterior del altar y se arrodilló en el reclinatorio para pedir ayuda y rezar por el eterno descanso del alma del pobre Bruno. Pero lo que Alcuino no sabía es que había otra persona en la iglesia.
    – ¿Dónde? –preguntó fray Enrique.
    – ¡Buena pregunta! –gritó Eugenio–. ¿Permitió Alcuino que su asesino lo atacara sin oponer resistencia?
    – No, ya he pensado en eso. Por eso he dicho que estaba arrodillado en el reclinatorio. El único lugar donde podía ocultarse el asesino es el ábside, de pie en una de las hornacinas de la pared de la parte posterior del presbiterio. Allí hay unas imágenes, pero ¿cuántas veces debía de reparar en ellas alguien como Alcuino? Son de tamaño natural y forman parte de la iglesia. Aquel día, sin embargo, el asesino, envuelto en una capa oscura, permaneció allí, inmóvil y silencioso como una de las imágenes. Athelstan hizo una pausa mientras los presentes estiraban el cuello para mirar por encima del altar hacia las hornacinas.
    – Desde luego, son muy profundas –comentó fray Niall–. Sí, tenéis razón, Athelstan. Si un hombre vestido con prendas oscuras permaneciera allí dentro, podría pasar inadvertido un buen rato en medio de la semioscuridad.
    – El asesino salió sigilosamente de la hornacina –añadió Athelstan–y mató al pobre Alcuino.

    El forense hizo una mueca.

    – Bastaron pocos segundos. Lo más terrible de una daga es el espanto que provoca y la rapidez con la cual puede matar.

    Athelstan buscó en los rostros de sus hermanos alguna reacción a la mentira de Cranston, pero no descubrió ninguna.

    – El resto fue muy sencillo –añadió–. El asesino tenía que deshacerse del cadáver de Alcuino. Esta mañana, cuando yo estaba rezando delante del ataúd del pobre Rogelio, observé lo hondo que era éste. La misma idea se le debió de ocurrir al asesino. A lo mejor, tenía previsto arrojar el cuerpo al interior de la cripta, pero vio que sería fácil abrir el ataúd de fray Bruno y que habría espacio para introducir el cuerpo de Alcuino y volver a cerrar la tapa.
    – Pero el ataúd pesaría más –observó Guillermo de Conches.
    – Muy cierto, pero ¿quién lo notaría? –replicó Athelstan–. Lo notamos nosotros cuando intentamos subirlo esta mañana, pero recordad que, después de la misa de difuntos y la bendición final, el ataúd se baja al panteón. ¿Cuánto tiempo se invierte en eso, padre prior?
    – No más de unos minutos.
    – Los hermanos legos debieron de notarlo, pero, como el hecho de bajar el ataúd no les exigió un gran esfuerzo, debieron de pensar que eran figuraciones suyas. –Athelstan dejó de hablar y miró hacia el otro lado del altar–. Pues bien, el asesino estaba encerrado en la iglesia. Sospecho que, si examináramos el cadáver del pobre Alcuino, descubriríamos que le faltan las llaves. El asesino se las debió de quitar y más tarde se deshizo de ellas. Sea como fuere, la llegada de Rogelio debió de obstaculizar sus planes y le obligó a regresar a la hornacina. Rogelio debió de entrar a través de la sacristía. El pobrecillo era un poco retrasado, pero yo he comprobado que esas personas son muy observadoras y tienden a mirar las cosas conocidas como si las vieran por primera vez. Rogelio esperaba encontrar a su superior y, al no verlo, empezó a inquietarse. Miró a su alrededor. Algo se agitó en su memoria. A lo mejor, siempre se había enorgullecido de contar el número de las estatuas.
    – ¡Claro! –exclamó fray Pedro–. ¡En lugar de doce apóstoles, contó trece!
    – Yo creo que de eso se percató más tarde. De momento, debió de recorrer la iglesia, cruzar el presbiterio y bajar a la nave, buscando a fray Alcuino. Cuando regresó, el asesino ya había abandonado la iglesia a través de la sacristía. Todos miraron a Athelstan en sobrecogido silencio.
    – Mi secretario –anunció solemnemente Cranston, volviéndose a llenar la copa de vino–ha expresado mis deducciones de forma admirable. Athelstan inclinó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, fray Niall y fray Pedro estaban asintiendo en señal de aprobación. Enrique de Winchester se limitó a esbozar una sonrisa. Eugenio no estaba muy convencido, pero en los ojos de Guillermo de Conches Athelstan captó un destello de admiración.
    – ¿Y ahora qué? –preguntó fray Enrique.
    – No sé –contestó Athelstan–. Cranston y yo nos encontramos al final de un callejón sin salida. –Dirigió una rápida mirada al prior–. Padre, ya no podemos hacer nada más. Mañana es domingo. Podemos quedarnos aquí un poco más, pero el lunes yo tengo que regresar a San Erconwaldo. ¿No es cierto, sir John? –añadió, mirando enfurecido a Cranston. El forense frunció el ceño y parpadeó. Estaba a punto de protestar cuando Athelstan se despidió bruscamente del padre prior, hizo una genuflexión delante del altar mayor y abandonó la iglesia a grandes zancadas mientras Cranston le seguía, resollando y jadeando. El fraile no quiso decir nada hasta que llegaron a la seguridad de la hospedería.
    – ¿Os vais a ir así, sin más? –preguntó el forense.
    – Por supuesto que no, sir John. Pero el asesino estaba en la iglesia. Tenemos que simular desconcierto. Si dejamos traslucir el menor conocimiento de lo que hemos averi–guado sobre Hildegarda o lo que fray Pablo nos ha dicho, alguien más va a morir y creo que este alguien podría ser yo. Vamos, sir John, ¿otra copa de vino?

    No hizo falta que se lo repitieran dos veces. Cranston corrió como una flecha hacia la despensa. De sus exclamaciones de deleite Athelstan dedujo que Norberto habría llevado nuevas provisiones de hidromiel. Dejando al forense con sus placeres, Athelstan subió al dormitorio del piso de arriba y sonrió complacido al ver unos grandes tomos encuadernados en cuero encima de su cama y de la de Cranston.

    – Sir John –dijo, levantando la voz–, vamos a pasarnos el resto de este día y mañana, estudiando teología.

    Cranston, sosteniendo en la mano una copa rebosante de hidromiel, subió y contempló boquiabierto de asombro lo que Norberto les había dejado.

    – ¿Tenemos que repasarlos todos?
    – Sí, sir John, y otros que van a traer.

    Cranston soltó una maldición por lo bajo.

    – Athelstan –dijo en tono suplicante–, mi buen hermano, dentro de una semana contando a partir de esta noche tengo que regresar al palacio de Savoy. Athelstan se volvió de espaldas para que el forense no pudiera ver la consternada expresión de su rostro. Hasta aquel momento, no había conseguido vislumbrar la menor solución al misterio, pero, si Cranston hubiera adivinado su sensación de fracaso, nada hubiera podido impedir que el forense se ahogara en un mar de desesperación o más bien de clarete para ser más exactos.
    – ¡Valor, sir John! –dijo, volviendo la cabeza–. Se me acaba de ocurrir una idea –mintió–. Pero ahora vamos a concentrarnos en el problema que tenemos entre manos.
    – ¿Por qué? –preguntó secamente Cranston.

    Athelstan se volvió y se inclinó hacia él.

    – Estamos tratando con un asesino, sir John. Sabemos cómo mató, pero ignoramos todavía por qué. ¿Os dais cuenta de que no tenemos ni una sola clave ni prueba contra nadie? ¡En estos libros está la respuesta y yo tengo intención de encontrarla! –Athelstan asió a Cranston por la muñeca–. Os doy gracias, sir John, por la forma en que habéis protegido el cadáver del pobre Alcuino. Es posible que vuestra decisión de no dar a conocer la modalidad de su muerte nos ayude más adelante a atrapar al asesino. ¡Creedme, sir John, tenemos que atraparlo!

    Cranston se mostró dolorosamente de acuerdo. Norberto les llevó otros libros y un refrigerio para satisfacer el enorme apetito del forense, el cual se pasó casi todo el rato con Athelstan en la hospedería, de la que sólo salió para ir a dar algún que otro paseo o visitar la iglesia. El padre prior acudió a verles para asegurarse de que Athelstan regresaría. Después se fue a organizar el entierro de sus hermanos. Athelstan y el forense empezaron a revisar los libros encuadernados en cuero.

    – Buscad el nombre de Hildegarda –dijo Athelstan–. Si encontráis algo relacionado con este nombre, decídmelo enseguida.

    Se pasaron casi todo el sábado y buena parte de la mañana del domingo, examinando cuidadosamente cada una de las páginas de los volúmenes. Athelstan disfrutó con la experiencia, pues se sentía como un estudiante que acabara de reencontrarse con sus viejos amigos: santo Tomás de Aquino, las frases de Pedro Lombardo, los brillantes, pero sarcásticos argumentos de Pedro Abelardo y muchos otros. Cada libro contenía copias de sus obras, cuidadosamente escritas por varias generaciones de frailes dominicos. A veces, el copista escribía sus propios comentarios al margen y, en ocasiones, añadía observaciones como: «Estoy muerto de frío», «Me duelen los ojos», «Eso es muy aburrido» o

    «¿Cuándo volverá el verano?». Algunos amanuenses pintaban incluso rostros de gárgolas para burlarse de sus compañeros. El prior del convento de cien años atrás debía de haber sido un auténtico tirano, pues un copista había dibujado una rudimentaria horca con su superior colgado de ella. Cranston no tardó en cansarse y no paraba de subir y bajar para ir a comer algo en la cocina o bien se quedaba dormido y molestaba a Athelstan con sus ronquidos. Poco antes del mediodía del domingo, anunció que ya no aguantaba más.

    – Será mejor que regrese, Athelstan –anunció con tristeza–. Echo de menos a lady Matilde y a los chiquitines y aquí soy un estorbo más que una ayuda. ¿Regresaréis mañana a Southwark?
    – Con las primeras luces del alba, sir John.
    – Pues entonces me reuniré con vos en el puente de Londres cuando empiecen a sonar las campanas de Santa María Le Bow, anunciando el nuevo día.

    Sir John se fue con su milagrosa bota de vino y Athelstan reanudó sus estudios. Las horas pasaban puntuadas por el sonido de las campanas y el débil murmullo de las actividades cotidianas del convento. El padre prior visitó la hospedería para comunicar a Athelstan que fray Rogelio y fray Alcuino serían enterrados al día siguiente después de la misa mayor, tras la purificación y nueva bendición del presbiterio. Anselmo permaneció de pie, restregándose nerviosamente las manos y suplicando con la mirada a Athelstan que le ayudara a acabar con todos aquellos terribles acontecimientos. Athelstan lo tranquilizó y el prior se retiró. Después el fraile pidió más velas y siguió estudiando hasta mucho después del ocaso. Debía de ser la medianoche cuando oyó al hermano Norberto aporreando la puerta y llamándole a gritos.

    – ¡Athelstan! ¡Athelstan! ¡Rápido!

    El fraile abrió las contraventanas y asomó la cabeza.

    – ¿Qué ocurre? –preguntó.

    El hermano lego sostuvo en alto una linterna.

    – Un mensaje urgente para vos de sir John. Ha sido entregado en la casa del portero. ¡Tenéis que bajar enseguida, hermano!

    Athelstan tomó la capa, se calzó las sandalias y bajó.

    – ¿Dónde está el mensajero?
    – Era un chico. ¡Dijo que algo terrible había sucedido en San Erconwaldo y que vos teníais que ir enseguida!
    – Ensíllame a Philomel. ¿El chico está aquí todavía?
    – Dijo que os esperaría en la puerta de la taberna del Manto Azul, en la esquina del callejón del Carretero.

    Athelstan se dirigió a la puerta principal. Se sentía cansado, le dolían los ojos y se preguntaba qué habría ocurrido. ¿Se habría incendiado la iglesia o se estaría muriendo alguno de sus feligreses? Le llevaron a Philomel, relinchando y protestando por aquella indebida intromisión en su descanso. Un soñoliento portero abrió la entrada. Athelstan la cruzó a lomos de su caballo y subió por la oscura calle hacia la taberna. A un lado tenía la negra mole del convento de los dominicos y al otro una hilera de casas con todas las luces apagadas a excepción de las linternas de cuerno colgadas de unos ganchos por encima de las puertas. Pasaron dos miembros de la guardia nocturna con unas varas al hombro. Al ver el hábito blanco y negro de Athelstan, siguieron adelante, comentando entre risas las extrañas costumbres de ciertos clérigos. Athelstan tenía que hacer un esfuerzo para mantener los ojos abiertos. Ya estaba muy cerca de la taberna. De pronto se detuvo. A pesar del calor de la noche, se estremeció y maldijo por lo bajo su propia insensatez. ¿Por qué no le había esperado el mensajero en la garita del portero? ¿Por qué había elegido una taberna mucho después del comienzo del toque de queda? Miró a su alrededor en medio de la oscuridad y se le aclaró de golpe la mente. Intuyó que algo extraño ocurría. ¿Qué grave acontecimiento hubiera podido ser tan urgente como para sacarle de la cama en mitad de la noche? Se inclinó hacia delante y aguzó el oído. Oyó en la distancia unos cascos de caballo, los maullidos discordantes de unos gatos y los chillidos de las ratas que estaban efectuando incursiones en los montículos de excrementos amontonados en los albañales.

    – ¡Hola! –gritó–. ¿Quién anda ahí?

    Sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, trataron de distinguir la presencia de alguien acechando en las sombras de la esquina del callejón del Carretero. Levantó los ojos al cielo y pensó que hubiera sido una noche preciosa para contemplar las estrellas. Una ligera brisa llevaba consigo el hedor del matadero de Newgate. ¿Sería prudente que siguiera adelante?, se preguntó. De pronto, oyó un rumor como de cuero resbalando sobre los sucios adoquines de la calle y una especie de suave chirrido sibilante.

    – ¿Quién anda ahí…?

    Se calló porque acababa de reconocer el sonido. Lo había oído siempre que Cranston extraía la daga de su funda de cuero. No necesitaba más. Dio media vuelta con Philomel y lo espoleó con todas sus fuerzas. Por regla general, su viejo caballo de batalla se mostraba reacio a trotar. Athelstan, que no era muy buen jinete que digamos, lo apremió, golpeándole la cruz con las riendas. Oyó unas pisadas a su espalda. ¿De una o quizá de dos personas?

    – Au secours! Aidez–moi! – gritó, dando la habitual voz de alarma de alguien que es atacado por la calle.

    Animando a gritos a Philomel, regresó a toda prisa a la entrada principal del convento de los dominicos. De repente, cesó el rumor de las pisadas. Oyó un grito amortiguado y un clic… se agachó, pero la flecha de ballesta pasó silbando muy por encima de su cabeza. Dio gracias a Dios al ver que las ventanas de varias casas se iluminaban y que el portero ya había abierto la puerta. Desmontó y entró a pie, tomando a su viejo caballo por las riendas.

    – ¡Atranca la puerta! –le ordenó al portero.

    El portero la cerró de golpe. Athelstan soltó las riendas de Philomel y, mientras el caballo corría como una flecha hacia el cercano jardín para comerse unas exquisitas flores, se agachó y cruzó los brazos sobre el estómago, tratando de calmar el pánico que llevaba dentro.

    – ¿Ocurre algo, hermano?

    Athelstan contempló el enjuto rostro del portero y se levantó con aire cansado.

    – No, no te preocupes.

    Después acompañó a un renuente Philomel a las cuadras, lo desensilló, lo dejó bien instalado para que pasara cómodamente el resto de la noche y regresó a la hospedería. Caminaba con cautela, como si estuviera viviendo una de sus pesadillas. Sabía que la emboscada de la calle se la había tendido alguien del convento de los dominicos. Registró cuidadosamente la hospedería, examinó incluso la jarra de vino que había en la cocina, atrancó la puerta, cerró las contraventanas y subió al dormitorio, donde pasó una noche muy intranquila.

    A la mañana siguiente se levantó muy temprano y abandonó el convento. El ataque de la víspera había intensificado sus temores. Las investigaciones que él y Cranston habían llevado a cabo habían apuntado hacia alguien lo bastante poderoso o malvado como para contratar los servicios de unos criminales o salteadores de caminos capaces de quitarles la vida en un abrir y cerrar de ojos por una suma muy inferior a treinta monedas de plata. El sol aún no había salido cuando dobló la esquina de la calle del Támesis y bajó por la Vinatería y la Cordelería para entrar en la calle del Puente. Procuró que Philomel, que aún seguía protestando, no se acercara demasiado a los muros de las casas y no apartó ni por un instante los ojos de los oscuros portales y pasadizos, sobre todo de los que había entre las míseras casuchas de las orillas del Támesis. Los mercaderes de vino y los cordobaneros aún estaban durmiendo y las calles aparecían completamente desiertas, exceptuando los carros que, cargados con productos del campo, se estaban dirigiendo a los mercados. Un adormilado guardia apoyado en la vara de su oficio le dio los buenos días mientras un grupo de prostitutas, cubriéndose las rojas pelucas con sus capas, regresaba a sus casas de la calle del Gallo en Smithfield. Un cerdo que había sido atropellado por un carro estaba lanzando unos terribles chillidos de agonía hasta que un hombre, con un cuchillo en la mano, salió corriendo de un portal, le cortó la garganta y, guiñándole el ojo a Athelstan, arrastró el ensangrentado cuerpo hasta su casa.

    – Van a comer muy bien –musitó Athelstan entre dientes.

    Philomel soltó un resoplido y echó la cabeza hacia atrás al aspirar el olor de la sangre. Cuando llegó al puente, la guardia de la ciudad todavía vigilaba la entrada. Como no se veía ni rastro de Cranston, Athelstan volvió sobre sus pasos hasta llegar a la taberna de Pountney, a medio camino entre la Cordelería y la calle del Pabilo de Vela, una de las pocas tabernas autorizadas a abrir antes de que las campanas de Santa María Le Bow marcaran el comienzo del nuevo día. Allí pidió una empanada de carne y una jarra de cerveza aguada y se enzarzó en una fuerte discusión con el tabernero cuando, al abrir la empanada, encontró en su interior dos avispas muertas. Cansado y alterado por el ataque de la víspera, el fraile se dio finalmente por vencido, salió hecho una furia de la taberna, recogió a Philomel y regresó a la calle del Puente desde donde contempló el tráfico de la orilla del río. La mañana era clara y despejada y las gaviotas y otras aves marinas buscaban alimento, elevando el vuelo y sumergiendo el pico en el agua mientras llenaban el aire con sus gritos.

    – ¿Sois un vagabundo?

    Athelstan experimentó un sobresalto al sentir el roce de una pesada mano en su hombro. Se volvió y vio el patilludo rostro de Cranston a escasos centímetros del suyo.

    – Sir John –exclamó, llevándose una mano al pecho–, ¿por qué no podéis ser como todo el mundo y decir simplemente buenos días?

    El forense entornó los ojos y esbozó una sonrisa.

    – Os veo pálido y asustado. ¿Qué os ocurre?

    Athelstan se lo dijo mientras ambos conducían sus caballos por las riendas en dirección al puente, donde él evitó como siempre mirar el agua de abajo para no marearse. Tuvo que interrumpir su relato para que Cranston pudiera lanzar unos bienintencionados insultos contra la guardia de la ciudad, pero, por lo demás, el forense le escuchó con interés hasta el final. Después sir John se detuvo, se rascó la barbilla y contempló con expresión ensimismada el pórtico de la capilla de Santo Tomás de Canterbury que se levantaba en el centro del puente. A su espalda, un carretero hizo restallar un látigo.

    – ¡Vamos, gordinflón! ¡A ver si apuras el paso!
    – ¡Vete al carajo! –le replicó Cranston, pero reanudó la marcha, pidiéndole a Athelstan que le describiera una vez más el ataque.
    – ¿Y no habéis encontrado nada en aquellos malditos libros?
    – ¡Nada en absoluto!

    Cranston acarició la daga que llevaba colgada del cinto.

    – ¡Pero alguien en ese maldito convento sabe lo que vos estáis buscando!
    – Estoy de acuerdo con vos, sir John. Yo también he llegado a esta conclusión. Creo que todos los asesinos son arrogantes. Como su padre Caín, imaginan que se pueden esconder de Dios y de los hombres. Sin embargo, nuestra demostración de lo que le ocurrió al pobre Alcuino ha inducido al asesino a entrar en acción, pues, si podemos resolver un misterio, es posible que la resolución del otro sea sólo cuestión de tiempo.
    – Lo cual nos lleva de nuevo al asunto de la cámara escarlata –dijo Cranston en tono profundamente abatido.
    – Paciencia, sir John, paciencia. ¿Cómo están lady Matilde y los chiquitines?

    Cranston se volvió y soltó un escupitajo mientras salían del puente.

    – Esos chicos tienen un apetito increíble y unos pulmones tremendamente poderosos. Habrán salido a su madre.

    Athelstan hizo una mueca para disimular una sonrisa.

    – Están engordando mucho –añadió el forense en tono quejumbroso.
    – ¿Y cómo está lady Matilde?

    Cranston arqueó las cejas.

    – Como una leona, hermano, como una auténtica leona. Parece uno de esos grandes gatos de la Torre del Rey con su perenne sonrisa y su mirada siempre alerta. –El forense hinchó los carrillos–. Si no consigo salir de este embrollo en que me he metido, me saltará encima como una fiera –añadió, mirando enfurecido al fraile. Lady Matilde era una mujer tan menuda, pensó Athelstan, mordiéndose el labio inferior, que no podía imaginársela como un enorme gato a punto de abalanzarse sobre el orondo sir John.

    Mientras recorrían las míseras callejuelas de Southwark, el forense no paró de comentar sobre el triste destino que lo aguardaba. Athelstan se enrolló las riendas de Phi– lomel alrededor de la muñeca mientras escuchaba medio distraído las quejas de sir John. Al principio, Southwark le había parecido un lugar aborrecible, pero ahora, a pesar de los hediondos callejones y de las destartaladas casas, no cabía duda de que el barrio poseía una vitalidad extraordinaria. Las tiendecitas ya estaban abiertas y, en una cercana cervecería, alguien estaba cantando un himno a la Virgen María. Un guardia del barrio intentó atrapar a una joven prostituta que estaba esperando clientes en los peldaños del priorato de Santa María de Overy, pero la chica se levantó las faldas, meneó su blanco y mugriento trasero y echó a correr muerta de risa. Al final, doblaron la esquina de un callejón que conducía a San Erconwaldo. Athelstan lanzó un suspiro de alivio al ver que no había nadie en los alrededores de la iglesia. Hasta el oficial de orden que sir John había enviado debía de haber encontrado algo más interesante que hacer, pues no se le veía el pelo por ninguna parte. Llevaron los caballos al establo y se dirigieron a la casa parroquial.

    – Mis feligreses –comentó Athelstan con una sonrisa en los labios–deben de haberse enterado de que tengo muy malas pulgas.

    Contempló con admiración la cocina y la despensa. Todo estaba limpio y reluciente, incluso la chimenea, en la cual alguien había amontonado unos troncos de pino, listos para ser encendidos. En el centro de la mesa de la cocina había una jarra de vino sin abrir y la tina de agua se había vaciado, limpiado y vuelto a llenar. Cranston se humedeció los labios con la lengua al ver el vino. Athelstan le hizo señas de que se acercara.

    – Servios, sir John. Pero yo preferiría que hubiera un poco más de agua que vino en mi copa.

    Sir John entró en la despensa.

    – Aquí también han hecho un buen trabajo vuestros feligreses. Todo está impecable dijo, sirviéndole una copa a Athelstan y llenándose después la suya–. ¿Vais a resolver el misterio de vuestro esqueleto?
    – Por supuesto que sí, sir John. Vos sabéis que es por eso por lo que he regresado a Southwark.

    Cranston hizo una mueca.

    – ¿Qué vais a hacer?
    – No lo sé. Esperaré a ver qué ocurre.
    – Fue un asesinato –sentenció el forense.
    – No, sir John, eso es sólo una suposición nuestra.

    Cranston se acercó la mano a la bolsa y empezó a restregar nerviosamente los pies por el suelo.

    – ¿Qué ocurre? –le preguntó Athelstan.

    El forense sacó un pequeño rollo de pergamino.

    – Anoche regresó el mensajero de Boulogne –contestó, dando una palmada al pergamino–. Viajó rápido porque yo le pagué muy bien. –Cranston lanzó un profundo suspiro sin atreverse a mirar directamente a la cara a Athelstan–. Malas noticias –dijo en un susurro–. Los franceses no tienen al esposo de Benedicta. Athelstan apartó el rostro y clavó los ojos en la pared. Dios mío, pensó, ¿qué es lo que siento? ¿Qué es lo que deseaba realmente?
    – ¡Bueno, qué le vamos a hacer! –gritó Cranston.

    Athelstan se volvió y vio deslizarse a Buenaventura a través de la puerta como una sombra, emitiendo ronroneos de placer. El animal miró con ojos implorantes al forense y éste se echó hacia atrás.

    – ¡Largo de aquí, maldito gato!

    Athelstan se alegró de la distracción y, tomando en brazos al gato, lo empezó a acariciar muy despacio, pero Buenaventura seguía mirando con expresión anhelante a sir John.

    – Te han dado muy bien de comer –dijo Athelstan, acariciando su limpio y sedoso pelaje–. Ya te conozco, eres un mendigo profesional. ¡Ahora vete! –añadió, depositándolo fuera y cerrando la puerta.
    – Bueno, ¿qué vais a hacer? –ladró Cranston.
    – Tengo que echar un vistazo a la iglesia y decir misa. Vos me podréis hacer de monaguillo, sir John. Aunque hayáis desayunado, os absuelvo. Al entrar en la iglesia, Athelstan lanzó una exclamación de complacencia, pues, tras la marcha de los trabajadores, se había limpiado y barrido todo concienzudamente. El suelo de la nave estaba cubierto de juncos limpios, se había sustituido el antealtar y, por encima de todo, las obras del presbiterio ya habían terminado. La blancura de las baldosas resplandecía como la nieve. Athelstan admiró la precisión del trabajo de los canteros. El altar estaba impecablemente limpio y alguien, probablemente Huddle, había sacado brillo a la cancela del antealtar. A pesar de la escasa luz matinal que se filtraba a través de los ventanales, la oscura madera brillaba como un espejo.
    – ¡Muy bien! –dijo Athelstan en voz baja.
    – ¡Aún está aquí! –gritó Cranston desde el crucero.

    Athelstan le oyó levantar la tapa del ataúd de la parroquia.

    – ¡Pero los muy ladrones sinvergüenzas han dejado su huella! ¡Faltan cuatro huesos de los dedos de las manos y tres de los de los pies! ¡Algún malnacido está vendiendo reliquias!

    Athelstan prefirió no acercarse al ataúd. Sabía sin el menor asomo de duda que la ignorada propietaria del esqueleto había sido víctima de un asesinato. Alguien la había matado en los últimos diez o quince años. Mientras Cranston recorría todos los rincones de la iglesia, él entró en la sacristía y se puso una casulla y una estola doradas, pues la liturgia de la Iglesia aún estaba celebrando la Pascua y el prodigio de Pentecostés. Llenó las vasijas del agua y del vino y no pudo reprimir una sonrisa al pensar en la forma en que sus feligreses, capitaneados probablemente por Watkin y Benedicta, habían quitado el polvo de todos los objetos. Extendió el mantel sobre el altar, sacó el viejo misal y, mientras Cranston se arrodillaba devotamente delante de él, trazó la señal de la cruz y dio comienzo al sacrificio de la misa. Como era de esperar, Buenaventura se presentó como por arte de ensalmo, pero se portó muy bien, sentándose al lado del receloso forense cual si fuera el gato más piadoso de toda la cristiandad. Un buen «gatólico», pensó Athelstan con la cara muy seria mientras celebraba la misa y le administraba a Cranston la comunión bajo las dos especies del pan y del vino. El forense apuró el cáliz de un solo trago.

    Después, Athelstan se quitó las vestiduras en la sacristía mientras Cranston le observaba desde la puerta.

    – No ha venido ninguno de vuestros feligreses –comentó el forense.
    – Eso es porque no saben que estoy aquí, sir John.

    Las palabras apenas habían salido de su boca cuando Crim irrumpió inesperadamente en la sacristía.

    – He visto la puerta abierta, padre. –El mugriento rostro del niño se contrajo en una mueca de decepción–. ¡Yo os hubiera ayudado a decir misa!

    Cranston le miró frunciendo severamente el ceño, pero él le devolvió descaradamente la mirada y le sacó la lengua.

    – Oye, Crim, ¿me quieres hacer un recado? –terció inmediatamente Athelstan–. La carta, sir John. Ya sabéis, la de Boulogne. Cranston se la entregó y el fraile le echó un rápido vistazo. Los dominicos de Boulogne le enviaban un fraternal saludo. Eran los que atendían a los prisioneros en un campamento de las afueras de la ciudad. Habían llevado a cabo una exhaustiva investigación y no habían encontrado el menor rastro de un prisionero que encajara con la descripción y el nombre que Athelstan estaba buscando. El fraile se sacó un penique de la bolsa y se agachó delante de Crim.
    – Entrégale esto a la señora Benedicta –le dijo–. Ten cuidado, no vayas a perderlo. ¿Me has entendido? –añadió, asiendo el huesudo hombro del niño.
    – Sí, padre.
    – ¡Ahora vete!

    Crim se retiró con la misma celeridad con que había entrado.

    – ¿Os parece bien lo que habéis hecho? –preguntó Cranston–. ¿Por qué no decírselo vos mismo de palabra? ¿Acaso tenéis miedo, monje?
    – No, sir John, pero hay ciertas cosas en las que no conviene meter las narices. Benedicta preferirá llorar su pena sin testigos. Pero venid, tenemos otros asuntos en que pensar.
    – ¿Dónde? –preguntó Cranston con voz de trueno.

    Athelstan le indicó por señas que se sentara a su lado en las gradas del altar.

    – Tengo que daros las gracias, mi señor forense.
    – ¿Por qué?
    – Por haberme enseñado la diferencia entre un auténtico mendigo y un falso mendigo. Cranston acomodó su mole en las gradas.
    – ¿De qué demonios estáis hablando, monje?
    – Prestad atención, sir John. Voy a deciros lo que va a ocurrir.


    CAPÍTULO 11


    Athelstan cerró las puertas de la iglesia y, en compañía de Cranston y, durante una parte del camino, también de su fiel Buenaventura, recorrió las callejuelas de Southwark hasta llegar a la casa del carpintero Raimundo D'Arques. Su mujer, medio muerta de su–eño, respondió a su impaciente llamada y los acompañó a la cocina. Después se acercó al pie de la escalera y llamó a su esposo. D'Arques bajó envuelto en una bata. Aún no se había afeitado y su rostro estaba marcado por una expresión de profunda inquietud.

    – Sir John, fray Athelstan, buenos días os dé Dios.
    – Buenos días, maese D'Arques –contestó Cranston.
    – ¿Es por algo relacionado con el asunto de la iglesia? –preguntó cautelosamente D'Arques–. Sentaos, os lo ruego –añadió, indicándoles los escabeles que rodeaban la mesa–. Margot –dijo, dirigiéndose a su esposa–, un poco de cerveza para nuestros invitados. Permanecieron sentados en silencio hasta que la mujer depositó unas jarras de cerveza y una cesta de pan sobre la mesa. A pesar de las apariencias, Athelstan intuyó la honda preocupación de los esposos.
    – Creo que ya es suficiente –dijo sin más preámbulos–. No he venido aquí para perder el tiempo con juegos, maese D'Arques. Vos sabéis que el esqueleto que se ha encontrado bajo el altar del presbiterio no es el de un mártir. ¿Por qué? Porque vos mismo lo pusisteis allí. Hace aproximadamente quince años, el padre Teobaldo pidió que se pavimentara el presbiterio. Era un cura muy pobre y los ingresos de San Erconwaldo son muy menguados. Por consiguiente, en lugar de contratar a alguien del gremio, contrató a un joven carpintero que también sabía hacer trabajos de albañilería. Aquel carpintero fuisteis vos. –Athelstan hizo una pausa mientras Raimundo se cubría el rostro con las manos y su esposa palidecía intensamente y se comprimía los labios con una mano fuertemente apretada en puño–. Lo sé –añadió Athelstan–porque he visto el registro de la iglesia: pagos a un carpintero llamado Raimundo D'Arques y a un albañil que utilizaba las iniciales A. Q. D., estratagema empleada para eludir las miradas indiscretas del gremio. –Athelstan tomó un sorbo de cerveza–. Durante las obras del presbiterio y por razones que yo ignoro, vos matasteis a una joven por asfixia o estrangulamiento, y la enterrasteis en un hoyo debajo del altar. Después abandonasteis vuestras actividades como albañil para que jamás se os pudiera acusar del crimen. Os dedicasteis exclusivamente a los trabajos de carpintería y decidisteis no volver a usar jamás vuestra antigua marca, A. Q. D., correspondiente a las letras invertidas de vuestro apellido. El carpintero levantó los ojos y Athelstan se compadeció de su aterrorizada mirada.
    – Creísteis que el crimen no sería descubierto o que, si se encontrara el esqueleto, nadie os podría acusar de haberlo cometido. Más tarde os enterasteis de que estaba a punto de llegar un nuevo sacerdote a San Erconwaldo, un dominico que era, al mismo tiempo, secretario de un forense y que, además, quería hacer obras de reforma en la iglesia. Empezasteis a vigilar estrechamente las actividades que se estaban desarrollando en San Erconwaldo y, cuando yo inicié las obras de reforma, llevasteis a la práctica vuestro plan y os inventasteis el milagro.
    – ¿Cómo? –preguntó la esposa, levantando la voz.

    Athelstan vio la culpa reflejada en sus ojos.

    – ¡Vamos! –dijo Cranston–. La noticia del hallazgo del esqueleto y los rumores de que eran los restos de un santo os fueron muy útiles y, es más, ya estabais preparados para tal posibilidad. Tuvisteis muchos años para preparar, reflexionar y urdir una historia. Ahora bien, cualquier mendigo profesional puede cubrir su cuerpo de horribles llagas y llegar a engañar incluso a un experto médico o boticario, y no digamos al anciano Culpepper. Un ciudadano honrado a carta cabal acude a él con un brazo infectado y él le practica una cura. Esperáis un poco, os laváis el brazo, vais a San Erconwaldo y, oh, prodigio, se produce el milagro.
    – ¡Otros se han curado! –replicó la mujer.
    – Sí, también lo he tenido en cuenta –dijo Athelstan–. Pero no eran cosas demasiado importantes. La mente humana es muy misteriosa. Muchas veces se han curado dolenci–as –cólicos o infecciones leves–con la ayuda, por supuesto, de las espectaculares afirmaciones de los buscadores profesionales de milagros que se aprovechan de la histeria popular. Os digo, mi señora D'Arques que, si tomara este escabel donde ahora estoy sentado y proclamara que lo había hecho san José, empezarían a circular asombrosas historias sobre los milagros que puede obrar. Mis feligreses –añadió, sacudiendo la cabeza–querían que los huesos fueran los restos de un mártir o un gran santo. Los farsantes vieron en ellos una fuente de beneficios. Los enfermos buscan ávidamente la curación y el alma humana es incansable en su búsqueda de portentos y maravillas. –Athelstan tomó un sorbo de cerveza y apartó a un lado la jarra–. Cuando empecé a reflexionar acerca de lo que había ocurrido, examiné los archivos, y vi el estado del esqueleto y el señor forense me confirmó de qué forma había muerto la mujer, comprendí que ésta había sido víctima de un asesinato. Vuestro marido colocó las baldosas del presbiterio y no tiene nada de extraño que él haya sido el origen de la historia del milagro. D'Arques levantó la cabeza y tomó la mano de su mujer.
    – Estáis en lo cierto, padre. Hace unos quince años yo era un joven carpintero de la parroquia de San Erconwaldo. Apreciaba mucho al anciano padre Teobaldo y, tras su caída en el presbiterio, me ofrecí para hacer unas obras. Compré las piedras y, en un momento de orgullo, grabé la marca «A. Q. D.» y le dije al padre que se las colocaría sin necesidad de tener que pagar ninguna cuota al gremio. –D'Arques se humedeció los labios con la lengua–. Y después olvidé que había grabado las letras «A. Q. D.» en las piedras. –Raimundo bajó la mirada–. Por aquellas mismas fechas, conocí y me enamore de Margot Twyford, la hija de una de las más poderosas familias de mercaderes del otro lado del río. Pero era joven y la sangre me ardía en las venas. Conocía a una prostituta llamada Amelia de unos dieciocho o diecinueve veranos cuyos servicios utilizaba a menudo. Ella se enteró de que cortejaba a otra y empezó a amenazarme. Me pidió dinero a cambio de su silencio y yo le pagué. Después me pidió más, yo me negué a dárselo y entonces cruzó el río, fue a ver a Margot y se lo contó todo.
    – ¡La eché con cajas destempladas! –dijo la esposa de D'Arques con un destello de furia en los ojos–. Le dije que antes preferiría verla arder en el fuego del infierno que renunciar a Raimundo –añadió, curvando los dedos alrededor de los de su esposo.
    – Pensé que aquello sería el final –prosiguió diciendo D'Arques–. Sin embargo, un atardecer de un hermoso día estival, ella subió al presbiterio donde yo estaba trabajando y me pidió más monedas de plata. Me negué a dárselas. Me dijo que había ido a ver a Margot y me anunció que al día siguiente cruzaría el río, se lo contaría todo al padre de mi prometida y lo proclamaría a los cuatro vientos para que todos se enteraran. Le supliqué que no lo hiciera, pero ella se burló de mí y me siguió atormentando. –D'Arques cerró los ojos–. La escena todavía me persigue: Amelia empezó a pasear arriba y abajo contoneando las caderas, con los brazos en jarras y el pintarrajeado rostro contraído en una mueca de odio. Caí de hinojos, padre, y le supliqué que no lo hiciera, pero ella se burló de mí, retrocedió y cayó hacia atrás. Inmediatamente me eche encima. Llevaba la capa en la mano y le cubrí la boca con ella. Amelia forcejeó, pero yo era joven y fuerte. Apreté la capa contra su boca hasta que ella experimentó una violenta sacudida y se quedó inmóvil.
    – D'Arques tomó un sorbo de su jarra–. Creí que se había desmayado porque estaba muy pálida y tenía los ojos abiertos. ¿Qué podía hacer, padre? No podía salir de San Erconwaldo con un cadáver en brazos. ¿Y por qué me tenían que ahorcar por un asesinato que yo no había tenido la menor intención de cometer? Durante mis trabajos en el santuario, había descubierto debajo del altar un hueco correspondiente a los cimientos de un edificio anterior. Desnudé a Amelia y le puse una cruz de madera entre las manos. D'Arques se frotó el rostro–. El resto ya os lo podéis imaginar. Yo mismo coloqué las baldosas del presbiterio. No lo hice muy bien –añadió, mirando con una sonrisa a Athelstan–debido a mi escasa experiencia y a mi afán de terminar cuanto antes la tarea. Después se lo confesé todo a Margot –dijo, apretando la mano de su esposa–. Nadie echó de menos a Amelia. Pasó el tiempo, el padre Teobaldo murió y le sucedió ese malnacido de Fitzwolfe. Como no podía soportarlo, me fui a la parroquia de San Swithin.
    – Mi esposo no quería matarla –terció súbitamente la mujer–. Ha tratado de reparar el daño haciendo preciosas obras de madera labrada para San Swithin, paga generosos diezmos, socorre a los pobres y ha hecho peregrinaciones a Glastonbury y Wilsingham. Margot miró con los ojos llenos de lágrimas a Athelstan–. ¿Qué más puede hacer? ¿Por qué tiene ahora que someterse a juicio por haber matado a aquella zorra intrigante y malvada? ¡Una mártir! ¡Una santa! –dijo, soltando una carcajada–. Mi esposo obró mal matando a la prostituta y jugando con las esperanzas de vuestros crédulos feligreses, fray Athelstan, pero, cuando se enteró de que ibais a hacer unas obras de reforma en la iglesia, se asustó.

    Athelstan se volvió a mirar a Cranston.

    – Sir John, creo que maese D'Arques y su esposa dicen la verdad. ¿Qué vamos a hacer ahora?

    El forense, que había permanecido sentado escuchando en atento silencio la confesión, esbozó una sonrisa.

    – Soy el forense real de la ciudad –contestó–. Mis apreciaciones son siempre buenas y verdaderas. Vos, Raimundo D'Arques, sois culpable del asesinato de la mujer llamada Amelia. Y éste será vuestro castigo. En primer lugar, os presentaréis a los jueces del Tribunal Real y confesaréis el asesinato. –Los duros ojos de Cranston se desplazaron a continuación hacia el pálido y angustiado rostro de la esposa de D'Arques–. Vos fuisteis cómplice una vez cometida la acción. También deberéis expiar vuestra culpa. Si os presentáis y confesáis el delito, yo os juro que se os otorgará el indulto con la firma real. El carpintero y su mujer se tranquilizaron y esbozaron una sonrisa de alivio.
    – En segundo lugar –prosiguió diciendo Cranston–, sois culpable de la profanación de una iglesia y del entierro ilegal del cuerpo de Amelia. Costearéis los gastos de la cristiana sepultura de sus restos, incluyendo el ataúd, la tumba y el oficio religioso. Pagaréis también los estipendios de un capellán para que celebre misas cantadas por el eterno descanso de su alma.

    Finalmente, habéis causado graves molestias y trastornos no sólo al padre Athelstan sino también a los feligreses de San Erconwaldo. Vos, Raimundo D'Arques, sois carpintero de oficio y deberéis cumplir la siguiente condena: labraréis una imagen de un metro de altura de San Erconwaldo en la mejor madera que encontréis y pagaréis los costes de su colocación en una peana del nuevo presbiterio. ¿Estáis de acuerdo, fray Athelstan?

    El fraile se levantó.

    – Se ha hecho justicia –dijo en un susurro. Miró a D'Arques y a su mujer y vio en sus ojos una expresión de inmensa gratitud–. Seguid haciendo buenas obras –les aconsejó–. Amaos mucho el uno al otro. Y una última cosa, buscad a un buen sacerdote, alguien de fuera de Southwark, confesadle vuestra acción, decidle las reparaciones que habéis hecho y él os dará la absolución. –Dando una palmada al hombro de sir John, añadió–. Ya hemos terminado nuestro trabajo aquí, mi señor forense.

    Abandonaron la casa y regresaron cruzando las ya bulliciosas callejuelas de Southwark.

    – Habéis obrado con muy buen criterio, sir John.
    – Ya han pagado bastante –replicó el forense, mirando a su alrededor–. ¿Adónde vamos, hermano?
    – A casa de Benedicta. Ya habrá recibido el mensaje que le envié a través de Crim. Athelstan se encogió de hombros–. Es lo menos que puedo hacer. Encontraron a Benedicta, pálida y con los ojos enrojecidos, inclinada sobre la mesa, contemplando la carta que Athelstan le había enviado. La viuda los saludó con una leve sonrisa y se arrebujó en la capa que llevaba. A pesar de las lágrimas, estaba preciosa con el alborotado cabello negro derramándose sobre sus hombros, pues Crim la había despertado, llamando a su puerta para entregarle el mensaje, explicó.
    – Os pido perdón –dijo Athelstan–. No era mi intención despertaros con tan lamentable noticia, pero pensé que, cuanto antes la conocierais, mejor.
    – No, no –replicó Benedicta, interrumpiéndole–, estoy en paz. –Se sentó y se cubrió el rostro con las manos–. La espera fue lo peor. –Les indicó unos escabeles–. ¡Sentaos, por el amor de Dios, sir John, y vos también, padre! ¡Estáis aquí de pie como dos guardias que hubieran venido a detenerme! ¿Os apetece un poco de vino?
    – No –se apresuró a contestar Athelstan, mirándola con los ojos entornados–. Sir John y yo tenemos un día muy ocupado. –Alargó la mano para rozarle la suya–. Benedicta, creedme que lo siento.

    La mujer parpadeó y apartó los ojos.

    – No importa, no importa –musitó, mirando con una triste sonrisa a sir John–. Os agradezco vuestra ayuda, mi señor forense. Por mucho que diga este cura tan severo, yo creo que os merecéis una copa del mejor clarete.

    Cranston no necesitó que le repitieran dos veces la invitación. Sonrió de oreja a oreja cuando Benedicta regresó de la despensa con una gran copa de dos asas y un plato de estaño lleno a rebosar de tiras de carne de buey cubiertas con una espesa salsa oscura y una guarnición de guisantes. Lo depositó todo delante de sir John y le dio un ligero beso en la mejilla, guiñándole pícaramente el ojo a Athelstan.

    – ¡Aquí tenéis, mi señor forense!

    Athelstan la miró con rabia mal contenida. A aquel paso, sir John estaría totalmente desmandado cuando finalizara la jornada. Benedicta, poniendo a mal tiempo buena cara, echó la cabeza hacia atrás y subió al piso de arriba. Athelstan no tuvo más remedio que permanecer sentado, observando cómo Cranston se lo tragaba todo con la misma voracidad de que solía hacer gala Philomel: la carne, la salsa y el vino desaparecieron entre murmullos de «¡Delicioso!», «¡Qué mujer tan encantadora!», «¡Buena chica!». Para cuando Cranston terminó y empezó a soltar eructos, tras haberse limpiado los labios con una servilleta, Benedicta ya se había vestido y había vuelto a bajar, sosteniendo en la mano el pequeño estuche en el que guardaba sus artículos de tocador. Mientras Athelstan le contaba los pormenores de la visita a la casa de los D'Arques, la viuda aprovechó para limpiarse la cara y aplicarse unos afeites, asintiendo con la cabeza en señal de aprobación. Athelstan contempló fascinado cómo se aplicaba un ligero carmín en los labios, se oscurecía las pestañas y tomaba una borla de plumón de cisne para empolvarse suavemente la cara mientras le miraba con picardía.

    – Los hombres no saben lo mucho que le cuesta a una mujer prepararse cada día.
    – En vuestro caso, señora mía –contestó galantemente Cranston–, es algo así como pintar la rosa o dorar la azucena.

    Benedicta se inclinó hacia delante, mirándole con fingida inocencia.

    – Sir John –le dijo–, sois un auténtico cortesano y caballero. Cranston se sintió tan orgulloso como un pavo real. Estaba en su elemento y no cabía en sí de gozo. Había saboreado unos manjares exquisitos regados por un clarete inmejorable y ahora una bella mujer lo estaba felicitando. Tamborileó con los dedos sobre su voluminosa panza.
    – Si fuera soltero y tuviera diez años menos.
    – ¡Habría por ahí mucha más comida y bebida! –dijo agriamente Athelstan, pero sólo obtuvo como respuesta unas traviesas sonrisas no sólo por parte de Benedicta sino también de un cada vez más efusivo sir John. Benedicta se aplicó un toque final de polvos en las mejillas y Athelstan observó cómo el polvillo se elevaba en el aire.
    – ¡Oh, Dios mío! –exclamó en un susurro.
    – ¿Qué ocurre?
    – Nada, sir John, Benedicta, ¿me prestáis esta borla? Benedicta se la entregó. Sin prestar la menor atención a los jocosos comentarios que ella le estaba haciendo, Athelstan la examinó detenidamente y la estrujó con las manos hasta que el hábito le quedó cubierto con una fina capa de polvo. Cranston se inclinó hacia delante, arrugando la nariz.
    – Tened cuidado cuando salgáis de aquí, hermano. ¡Oléis como un mariquita!

    El fraile se disculpó, le devolvió la borla a Benedicta y se levantó para sacudirse el hábito.

    – Tenemos que irnos, sir John –le dijo al forense–. Benedicta, no le comentéis a nadie lo que os he dicho, pero haced saber a mis feligreses que mañana celebraré la misa y espero que todos estén presentes. Tengo que hacer un importante anuncio.
    – ¿Adonde vais, hermano?
    – A mi iglesia, sir John.

    Cranston sacudió la cabeza.

    – No, por Dios, monje, tenemos cosas que hacer.
    – Debo regresar, sir John.

    Cranston se levantó, echando el pecho hacia fuera.

    – ¿Creéis que, mientras nosotros íbamos y veníamos del convento de los dominicos, la ciudad estaba durmiendo? Anoche hubo una muerte cerca de la taberna de Brokenseld, en la esquina de la calle de la Leche. El cadáver se encuentra actualmente en San Pedro de Chepe y se tiene que celebrar el juicio.

    Athelstan soltó un gruñido.

    – Venid, hermano –dijo el forense, tomando al fraile del brazo–. Recojamos nuestros caballos y vayámonos de una vez.

    Despidiéndose afectuosamente de Benedicta, Cranston empujó a su malhumorado compañero hacia la puerta y salió con él a las calles de Southwark. Recogieron los caballos en la cuadra de San Erconwaldo y observaron que Philomel se mostraba más terco y remolón que de costumbre, pues llevaba mucho tiempo sin apenas trotar y hacer grandes esfuerzos. Athelstan procuró disimular su desagrado mientras bajaban por el puente. Por su parte, Cranston alimentaba su buen humor bebiendo generosamente de su bota prodigiosa entre regüeldo y regüeldo. Rebosaba de felicidad y no paraba de insultar a los propietarios de los tenderetes en los que ahora se amontonaban toda suerte de fruslerías, cintas, copas, vulgares anillos, piedras falsas, hebillas, amuletos y navajas. Algunos tenderetes vendían carne y pescado, fresco o bien maloliente y medio podrido. Un grupo de pilludos jugaba a la pelota entre los tenderetes. Un ladronzuelo que andaba en busca de fáciles ganancias, al ver a sir John, huyó como una rata por una callejuela. En los cepos que había cerca de la entrada del puente, dos aguadores permanecían de pie sosteniendo por encima de sus cabezas unos cubos de agua agujereados que los viandantes podían llenar con los nauseabundos líquidos de los albañales o los grandes charcos de orines de caballo. Athelstan vio a algunos de sus feligreses: Pike el acequiero, con el zapapico y el azadón echados al hombro y Watkin el recogedor de estiércol, abriéndose paso hacia el río con el carro lleno de putrefactos desperdicios. Cecilia la cortesana, de pie a la entrada de una taberna, desapareció al ver al fraile. Todos estaban cabizbajos y un poco asustados. Athelstan se alegró al pensar que al día siguiente podría resolver de una vez por todas el asunto del misterioso esqueleto. Cruzaron el abarrotado y bullicioso puente, abriéndose paso gracias a la autoridad de Cranston, y subieron por la calle del Puente y la iglesia de la Gracia, pasando por delante de las lujosas mansiones de los banqueros de la calle de los Lombardos hasta llegar al Gallinero. Allí el aire estaba lleno de plumas y se aspiraba el desagradable olor de las destripadas aves de corral, la carne sumergida en agua y los menudillos quemados o asados en grandes fogatas al aire libre. Hasta Cranston tuvo que dejar de beber y taparse la nariz. Los tenderetes de Mercery eran de más categoría y sus propietarios vestían sobrias, pero costosas túnicas y elegantes camisas, sobrecalzas y botas. Al final, llegaron a Westchepe. Cranston contempló con ansia la taberna del Cordero Sagrado, pero Athelstan estaba firmemente decidido a terminar cuanto antes los asuntos pendientes y regresar a Southwark, pues deseaba concentrarse en una idea que se le había ocurrido en casa de Benedicta. Ataron los caballos en la barandilla del exterior de San Pedro y entraron en el mohoso y oscuro interior del templo. Un grupo de hombres vigilado por un guardia permanecía de pie a la entrada de la nave alrededor de una mesa, donde yacía un cadáver cubierto por un manchado lienzo de lona de color marrón. Los hombres restregaron los pies por el suelo y murmuraron nerviosamente entre sí al ver entrar majestuosamente a sir John.

    – ¡Llegáis tarde! –chilló el rubicundo guardia.
    – ¡Cállate! –rugió Cranston–. ¡Soy el forense real y mi tiempo es el mismo del rey!

    Vamos a ver qué es lo que hay aquí.

    El atemorizado guardia retiró el lienzo. Cranston hizo una mueca y Athelstan arrugó la nariz al aspirar el acre hedor del cadáver del anciano que yacía sobre la mesa con una terrible herida abierta en la cabeza y el blanco cabello cubierto de negra sangre reseca.

    – Su nombre es Juan Bridport –explicó el guardia–. Pasaba por delante de una casa situada entre el callejón de la Miel y la calle de la Leche. –El guardia señaló con el dedo a un hombre de semblante asustado–. Éste es Guillermo de Chabham. Desde su taller situado en el piso superior de su casa se proyectaba una tabla de madera hacia fuera. Es talabartero de oficio y suele secar el cuero en la susodicha tabla. –El guardia miró nerviosamente a Cranston–. En resumen, sir John, la tabla estaba demasiado cargada, resbaló hacia fuera, cayó y le partió la cabeza a Bridport.
    – ¡Ha sido un accidente! –dijo en tono suplicante el talabartero.
    – ¿Dónde está la tabla? –preguntó sir John.

    El guardia le mostró una gruesa y enorme tabla de madera que había debajo de la mesa. Athelstan, que estaba utilizando la pila bautismal como escritorio, resumió cuidadosamente todos los detalles en un trozo de pergamino que más tarde le entregaría a sir John.

    – Fray Athelstan –dijo Cranston, chasqueando los dedos–, ¿queréis examinar a la víctima y la tabla?

    Maldiciendo por lo bajo, Athelstan ordenó que sacaran la tabla. La estudió detenidamente y después examinó la cabeza del difunto.

    – ¿Y bien? –preguntó Cranston.
    – Mi señor forense, parece que Juan Bridport murió de la forma que se ha descrito. Sir John se sujetó la capa con ambas manos y se irguió en toda su imponente estatura.
    – ¡Talabartero! ¿Teníais autorización o licencia para que la tabla se proyectara hacia fuera a través de la ventana?
    – No, mi señor forense.
    – ¿Conocíais a la víctima?
    – No, mi señor forense.
    – Señor guardia, ¿es Guillermo de Chabham un hombre de buena reputación?
    – Sí, sir John, y ha traído a ésos para que respondan de su buen comportamiento. Cranston se rascó la barbilla.
    – En tal caso, considero que no se trata de un asesinato ni homicidio culposo sino de un desdichado accidente. Vos, maese talabartero, pagaréis una multa de diez chelines al Tribunal de Primera Instancia, juraréis no volver a utilizar jamás una tabla semejante y pagaréis cualquier otra indemnización que la ley estime necesaria. El talabartero hizo una mueca, pero no pudo disimular el alivio que sentía.
    – ¿Y la tabla, sir John?
    – Ésa será multada con cinco chelines y quemada por el verdugo. –Cranston contempló el cadáver–. ¿Tiene Bridport algún pariente?
    – No, sir John. Vivía solo en una casita de la esquina del callejón de la Hiedra.
    – En tal caso, sus bienes tendrán que ser confiscados. –Cranston miró con una hipócrita sonrisa al guardia–. Bridport deberá recibir una digna sepultura a expensas de la parroquia. ¿Lo habéis anotado todo, fray Athelstan?
    – Sí, mi señor forense.
    – ¡Muy bien! –tronó sir John–. ¡Todo está resuelto!

    Athelstan le entregó al forense la transcripción de la investigación que se había llevado a cabo en la calle de la Leche, declinó cortésmente la invitación que le hizo Cranston a una copa de vino en la taberna del Cordero Sagrado y regresó a Southwark. Por el camino, se detuvo en un tenderete de la calle de las Tres Agujas para comprar un rollo de un material parecido a una esponja. Al llegar a Cornhill, compró un tarro de polvos para la cara. La anciana que le atendió le miró con una picara sonrisa y le guiñó el ojo.

    – Cada cual a lo suyo, ¿verdad, padre?

    Athelstan se tragó el impulso de replicarle con una grosería y bajó con el soñoliento Philomel por la calle de la iglesia de la Gracia hacia el puente. Después se pasó el resto del día concentrándose en el enigma de la cámara escarlata y tratando de reproducir todos los detalles de la historia mediante el uso de los materiales que había comprado. Cuando la luz empezó a declinar, salió a dar un breve paseo por el cementerio, contemplando cómo el sol se ponía por el oeste en medio de una roja bola de fuego. Se sentía razonablemente satisfecho de sí mismo y alababa la belleza de la señora Lógica. Había repasado una y otra vez el enigma. Sólo podía haber una solución al misterio, pero ¿qué ocurriría si se equivocara?

    – ¡Padre! ¡Padre!

    Athelstan se volvió y vio a Cecilia la cortesana de pie junto a la entrada.

    – ¿Qué ocurre, Cecilia?
    – Padre, yo sólo estaba tomando una copita de vino en la taberna.
    – No hay pecado en ello, Cecilia.

    La joven se acercó a él con fingida inocencia, pero Athelstan disimuló una sonrisa al ver cómo se contoneaba y se inclinaba hacia delante para exhibir el busto realzado por su ajustado corpiño.

    – Padre, me han enviado los demás porque lamentamos mucho lo ocurrido y mañana asistiremos todos a misa. Benedicta nos ha dicho que tenéis que anunciarnos algo muy importante.

    Athelstan esbozó una sonrisa y le dio unas palmadas en el brazo.

    – Eres una buena chica, Cecilia. Te veré mañana en la misa.

    La muchacha se alejó con paso ligero mientras Athelstan elevaba los ojos al cielo. ¿Y si estudiara un poco las estrellas? La noche sería muy clara. A lo mejor, podría ver alguna estrella fugaz, cruzando el firmamento como Lucifer en su caída al infierno.

    – ¡Y, a lo mejor –murmuró–, me caigo yo!

    Tenía sueño y se sentía profundamente cansado. Recordando el ataque de la víspera, miró a su alrededor en el desierto cementerio. Se alegraría cuando al día siguiente terminara la misa y todo volviera a su cauce. Sin embargo, hasta que no llegara aquel momento, sería más prudente que permaneciera encerrado en su casa. Entró y cerró todas las puertas y las ventanas.

    – La noche es preciosa –dijo en un susurro–y seguramente Buenaventura habrá salido a cazar o a cortejar a alguna gata.

    Vio que no había nada de comer en la cocina y se sentó, preguntándose si descubriría alguna novedad cuando regresara al convento de los dominicos. Se le estaban cerrando los párpados. Apagó la vela y subió al dormitorio.


    * * *

    Todo el mundo asistió a misa a la mañana siguiente. Mugwort hizo sonar la campana como un demonio enloquecido. Úrsula se presentó con su cerda, seguida de Watkin, Pike y Huddle, el cual contempló con profunda satisfacción el aspecto del nuevo presbiterio. Benedicta estaba más serena que la víspera y le pidió en voz baja a Athelstan que no fuera demasiado duro con sus feligreses mientras Pike le recordaba que aquel día tendría que confesar a mucha gente. El fraile disimuló su consternación con una radiante sonrisa. Pues claro que sí, ¡lo había olvidado! Se acercaba la gran fiesta del Corpus y todos los feligreses deseaban ser absueltos de sus pecados, por lo que, después de la misa, Athelstan anunció que estaría todo el día en el brazo occidental del crucero; colocarían una cortina y él confesaría a cuantos así lo quisieran.

    Una vez reunidos todos los feligreses, Athelstan les contó rápidamente la historia del esqueleto.

    – Ésos no son los huesos ni las reliquias de un santo –les dijo–. Mis queridos hijos, debéis confiar en mí. Sir John y yo hemos descubierto la verdad. Se trata de los restos de una mujer asesinada hace muchos años. Eso es todo –añadió, encogiéndose de hombros. Tú, Watkin, ¿aceptas lo que yo digo?

    El recogedor de estiércol, rodeado de su numerosa prole, asintió solemnemente con la cabeza.

    – Muy bien –dijo Athelstan–. Pues ahora tomarás parte de las ganancias que seguramente habéis obtenido y comprarás un buen sudario de grueso lino. Y tú, Pike, cavarás una tumba y esta tarde yo bendeciré los restos mortales de esta pobre mujer y los entregaré a la tierra. Así terminará todo este asunto.
    – ¿Y los gastos que todo eso ocasionará? –preguntó Pike, levantando la voz.
    – No te preocupes –contestó Athelstan–, se pagará todo lo que haga falta.
    – ¿Y el milagro? –preguntó Úrsula–. ¿Qué decís del milagro?
    – Eso sólo Dios lo sabe, Úrsula, pero, si hubiera algún milagro, ¿no creéis que podría ser obra de san Erconwaldo?

    Un murmullo de aprobación acogió las palabras de Athelstan.

    – Padre –dijo Watkin levantándose y desplazando tímidamente el peso del cuerpo de uno a otro pie–, sentimos muchísimo lo ocurrido, pero lo hicimos con buena intención añadió, sacándose de debajo de la sucia chaqueta una abultada bolsa de cuero y sopesándola nerviosamente en su mano–. Aquí están los beneficios. Y se nos ha ocurrido una idea, padre. Como las obras del gran presbiterio ya han terminado, hemos pensado que podríamos encargarle a Huddle un gran mural que representara la visita de la Virgen María a su prima santa Isabel antes del nacimiento de Jesús.
    – ¿Estáis todos de acuerdo?

    Se oyó un coro de aprobación.

    – En tal caso, Huddle ya puede poner manos a la obra. Crim, quiero que le lleves un mensaje a sir John Cranston.
    – ¿Queréis decir al viejo Culón?

    La mujer de Watkin le soltó al chico un fuerte manotazo en el cogote.

    – A sir John Cranston –repitió Athelstan–. Le dirás que regrese al convento de los dominicos. Nos veremos allí mañana con las primeras luces del alba. Y ahora –añadió, empezando a quitarse las vestiduras delante de sus feligreses–, tú vete a comprar el sudario, Watkin. Y tú, Pike, será mejor que empieces a cavar ahora mismo, pues la tierra está muy dura y reseca. Yo voy a tomarme un pequeño refrigerio, tal como dice sir John, y después os oiré en confesión. Ah –dijo, ya de espaldas a ellos–. No os extrañéis, un misterioso donante desea regalarnos una imagen de gran tamaño de san Erconwaldo para el nuevo presbiterio.


    CAPÍTULO 12


    La sorprendente noticia marcó el final de la reunión y todos los feligreses se retiraron mientras Atestan terminaba de quitarse las vestiduras. Después el fraile cerró la entrada del presbiterio, pero dejó la puerta del templo abierta. Huddle ya se encontraba en el centro del presbiterio, contemplando con expresión soñadora el muro en blanco.

    – Piénsalo con mucho cuidado –le dijo Atheistan.
    – No os preocupéis, padre. Llevo meses pensándolo. Atheistan asintió con la cabeza y bajó corriendo por el callejón para dirigirse a una casa de comidas donde sabía que podría comprar una empanada recién hecha y una buena jarra de cerveza. Cuando regresó, Watkin ya había despejado un crucero y habilitado un rincón, separándolo del resto de la iglesia con un grueso cortinaje de color morado colgado de una larga barra de hierro. También había colocado la cátedra del presbiterio con su asiento y su respaldo acolchados detrás del cortinaje para que Atheistan se sentara en ella mientras los penitentes se arrodillaban al otro lado en el único reclinatorio que había en la iglesia. Atheistan se pasó un buen rato arrodillado al pie de las gradas del altar, pidiendo la gracia de ser un buen confesor. Siempre oía confesiones antes de las grandes solemnidades litúrgicas de la Iglesia: Navidad, Pascua, Pentecostés y Corpus en pleno verano. Los que quisieran confesarse se arrodillarían junto al pórtico y esperarían a que les tocara el turno. Atheistan había insistido en que lo hicieran así para que nadie pudiera oír lo que dijera el penitente. Entró Mugwort y Atheistan le dijo que todo estaba preparado y ya podía empezar a tocar la campana, convocando a los que así lo desearan a ser absueltos de sus pecados. El fraile se pasó el resto de la mañana y las primeras horas de la tarde oyendo a sus feligreses en confesión. La habitual letanía de pecados, muy parecidos a los suyos propios, pensó Athelstan: utilización de palabras malsonantes, pensamientos impuros, robos en el mercado, quedarse dormido durante la misa y afición excesiva a la bebida. De vez en cuando, el fraile oía algo distinto: el padre que deseaba a la mujer de su hijo o la utilización de básculas defectuosas en los negocios. Athelstan se reclinaba en su asiento y lo escuchaba todo, haciendo de vez en cuando alguna pregunta. Al final, se inclinaba hacia delante y exhortaba a los penitentes a ser más generosos y amables y a buscar una mayor pureza de corazón y espíritu. Finalmente, les imponía una pequeña penitencia, consistente en general en el cumplimiento de alguna obra de caridad o el rezo de algunas oraciones en la iglesia, les daba la absolución y los penitentes se retiraban. El único alivio eran las confesiones de los niños cuyas quebradas vocecitas, confesando la lista de sus pecadillos, siempre le hacían reír de buena gana. Una de las hijas de Tab el calderero, dominada por el remordimiento, le provocó una sonora carcajada al confesarle que había permitido que uno de los hijos de Pike le diera un beso. Tan avergonzada estaba la pobrecilla de su comportamiento que se arrodilló nerviosamente en el reclinatorio y, en lugar de decir: «Padre, me acuso de haber pecado», dijo: «Padre, me acuso de haber cagado».

    Athelstan la tranquilizó, diciéndole que un beso en los labios, por muy prolongado que hubiera sido, no era un pecado muy grave. La niña se retiró muy contenta. Se oyeron otros pasitos y una vocecita detrás del cortinaje dijo:

    – Padre, me acuso de haber pecado.

    Athelstan sonrió y se cubrió el rostro con las manos al reconocer la voz de Crim el monaguillo.

    – Padre –añadió el niño en voz baja–. No me he querido comer las cebollas. Athelstan asintió con semblante muy serio.
    – Mi madre me las había guisado especialmente para mí.

    Athelstan respiró hondo para no reírse.

    – ¿Y qué más, hijo mío?

    Pero Crim se había sumido en un extraño silencio.

    – Padre balbució–, he cometido seis veces fornicación.

    Athelstan se quedó boquiabierto de asombro y notó que se le erizaban los pelos de la nuca. Según las instrucciones del obispo a los confesores, la corrupción de menores era bastante frecuente y se consideraba una grave ofensa moral. Athelstan apartó la cortina para contemplar el mugriento y sorprendido semblante de Crim.

    – ¡Ven aquí, Crim! –le ordenó al niño.

    Crim obedeció.

    – Pero ¿qué estás diciendo, criatura? ¿Tú sabes lo que es la fornicación?

    El niño asintió con la cabeza.

    – ¿Y la has cometido seis veces?

    Otro movimiento afirmativo con la cabeza.

    – ¿Qué es la fornicación, Crim? –preguntó Athelstan, contemplando fijamente los turbados ojos del niño. ¿Sería por eso por lo que Crim se mostraba a veces tan apagado y retraído? Crim cerró los ojos.
    – ¡La fornicación –dijo con una vocecita angelical–es un acto sucio!

    Athelstan soltó la mano del chiquillo y se reclinó contra el respaldo de su asiento.

    – Dime qué ha ocurrido exactamente, muchacho.
    – Pues bueno, padre, vos sabéis que mi madre me manda al mercado muchas veces. Corro que me las pelo y ella siempre me da un vaso de agua con miel como premio. Athelstan estaba absolutamente desconcertado.
    – ¿Y eso qué tiene que ver con lo que estamos comentando, Crim?

    El chico se ruborizó intensamente y bajó los ojos al suelo.

    – Al volver a casa del mercado, padre, me entran ganas de orinar en la calle. Athelstan tomó la mano del muchacho sin poder contener la risa.
    – ¿Y eso es todo, Crim?

    El niño asintió con la cabeza.

    – ¿Y qué te hace suponer que eso es la fornicación?
    – Bueno, mi padre y mi madre siempre dicen que Cecilia comete fornicación y otros actos sucios.

    Athelstan sacudió la cabeza.

    – Crim, si tú sales muchas veces a orinar fuera. ¿Qué diferencia hay?

    El rubor del chico se intensificó.

    – ¡Vamos, muchacho!
    – Lo hago sobre tierra consagrada, padre.
    – ¿Quieres decir aquí en la iglesia?
    – No, padre, siempre me entran ganas de hacerlo cuando paso por delante de vuestra casa y entonces me voy a la parte de atrás y lo hago en la franja donde vos cultiváis las cebollas. Ya sé que está mal, padre, eso de hacerlo en el huerto de un cura, pero no puedo evitarlo. Athelstan no pudo contenerse por más tiempo. Inclinando la cabeza, se cubrió el rostro con las manos y se puso a reír hasta que le empezaron a temblar los hombros.
    – Os pido perdón, padre.

    Athelstan levantó la cabeza, se secó las lágrimas de los ojos y asió al chico por los hombros.

    – Te absuelvo de tu pecado –le dijo con la cara muy seria–. Y, en penitencia, harás lo siguiente.
    – Sí, padre.
    – La próxima vez que tu madre guise cebollas, te las comerás todas. ¡Ahora vete y no peques más!

    Crim salió corriendo de la iglesia como si lo hubieran liberado de una culpa gravísima. Todavía entre accesos de risa, Athelstan le vio alejarse. Se alegró de que la iglesia estuviera vacía. Si alguien hubiera oído a Crim, el chico se hubiera convertido en el hazmerreír de la parroquia. El fraile se reclinó en su asiento y se quedó un poco traspuesto, pensando en las posibles soluciones al misterio de Cranston y preguntándose si conseguiría encontrar lo que buscaba en el convento de los dominicos. De repente, se incorporó y se quedó petrificado por el espanto. ¿Y si el asesino del convento de los dominicos ya hubiera adivinado lo que él estaba buscando? Se ajustó la estola alrededor del cuello. Estaba a punto de levantarse cuando oyó el rumor de unas pisadas. Se puso súbitamente en tensión, sabiendo que la iglesia estaba desierta. Fuera todo se encontraba en silencio, pues tanto los buhoneros y comerciantes como los feligreses de su parroquia solían irse a descansar durante las horas más calurosas del día. ¿Quién sería? Alguien se acababa de arrodillar en el reclinatorio.

    – Padre, me acuso de haber pecado.

    Athelstan se quedó helado al oír la voz de Benedicta. Cerró los ojos y juntó fuertemente las manos. Era la primera vez que Benedicta acudía a confesarse con él. Como les ocurría a otros miembros de la parroquia, quizá la turbaba la idea de confesarse con su párroco y prefería ir a otro sitio. Athelstan se tranquilizó ligeramente al oír la lista de sus pecados veniales; palabras y pensamientos poco caritativos, llegar con retraso a la misa, quedarse dormida durante sus sermones. Al oír esto último, el fraile, le sacó la lengua al cortinaje. De pronto, Benedicta se detuvo.

    – ¿Eso es todo? –le preguntó Athelstan en voz baja.
    – Padre, soy viuda y, durante algún tiempo, pensé que, a lo mejor, mi esposo estaba vivo. Me alegraba, pero, al mismo tiempo, estaba un poco triste. Athelstan se preparó para lo peor.
    – No hubiera tenido que estar triste –añadió Benedicta–. Y confieso que a veces he deseado que hubiera muerto.
    – En tal caso, estáis perdonada.
    – Padre, ¿no queréis saber por qué estaba triste?
    – Debéis confesaros de acuerdo con vuestra conciencia, eso es todo.
    – Estaba triste, padre, porque amo a otro hombre. Y, a veces, lo deseo.
    – No hay pecado en amar a una persona –dijo Athelstan, convencido de que Benedicta iba a seguir hablando.
    – Comprendo, padre –dijo la viuda en un susurro–. Me arrepiento de éstos y de todos mis pecados.

    Athelstan le impuso una leve penitencia, farfulló la fórmula de la absolución y permaneció sentado tan tenso como un arco hasta que Benedicta se levantó y salió en silencio de la iglesia, cerrando suavemente la puerta a su espalda.

    El fraile lanzó un sonoro jadeo y se hundió en su asiento. Sabía lo que Benedicta había estado a punto de decirle y se alegraba de que no lo hubiera dicho. Se levantó, se desperezó, cruzó la cancela del presbiterio y levantó los ojos hacia el crucifijo del altar.

    – Fray Pablo tenía razón –dijo en voz baja–. ¡El amor es terrible!

    Durante unos minutos, se atrevió a mirar cara a cara su propia conciencia. ¡Amaba a Benedicta! Sus ojos contemplaron la figura clavada en la cruz de madera. ¿Lo comprendería Jesucristo? Él, que amaba a todo el mundo, ¿habría amado a alguien en particular?

    Athelstan se frotó los ojos. Recordó los textos de los evangelios, las mujeres que seguían a Jesús, las mujeres que estaban a su lado cuando murió. Se quitó la estola. Si siguiera aquella línea de razonamientos, ¿a qué conclusiones llegaría? Hizo una apresurada genuflexión delante del altar y salió de la iglesia, cerrando la puerta a su espalda. Tenía que concentrarse en otras cosas.

    La cuestión del convento de los dominicos era como un juego de ajedrez. Hasta entonces, su oponente, oculto en la oscuridad, controlaba todos los movimientos, pero él tenía que procurar por todos los medios no perder la delantera que le llevaba. De vuelta en la cocina de la casa parroquial, se sentó, escribió rápidamente una breve carta y subió para sacar la cera y el sello que guardaba en un cajón de la gran cómoda que había al lado de su cama. Estudió nuevamente la carta, le pareció que era apropiada, calentó la cera y aplicó el sello. Una hora más tarde, Crim, que ya se había olvidado por completo del asunto de las cebollas, cruzó el puente de Londres, corriendo como una liebre. Sujetaba fuertemente en su mano la carta que Athelstan le había entregado y sus labios se movían sin cesar, repitiendo las instrucciones que el fraile le había dado. Más tarde, poco antes de la puesta de sol, Pike y Watkin regresaron a San Erconwaldo, tras haber comprado el primero de ellos un lienzo de lona, un ataúd de madera de pino y unas cuerdas. En una patética ceremonia, los restos de la antigua prostituta Amelia fueron envueltos en el sudario y depositados delante del altar. Athelstan, acompañado por el inquisitivo Buenaventura, regresó a la iglesia, encendió las velas y, vestido con una capa consistorial de color morado, inició la celebración del funeral. Pike y Watkin se situaron uno a cada lado de los pobres restos mortales mientras el fraile suplicaba a los ángeles que salieran a recibir el alma de aquella persona, cuidando de no mencionar el nombre de la mujer. Athelstan incensó el ataúd y lo roció con agua bendita y, a continuación, Watkin y Pike llevaron el féretro hasta la somera tumba cavada en un rincón del cementerio. Bajo la luz del crepúsculo, el fraile leyó las últimas oraciones, bendijo la sepultura y, tomando un puñado de tierra, lo arrojó sobre el ataúd en cuya tapa los terrones resonaron como si fueran gotas de lluvia. Después Athelstan se quitó la capa consistorial y ayudó a Watkin y Pike a llenar la tumba.

    – ¿Lo vamos a dejar así? –preguntó Pike.

    Athelstan le miró tristemente mientras se sacudía la tierra de las manos.

    – No, no, no estaría bien. Mañana, Pike, le dirás a Huddle que haga una cruz. Una cosa sencilla.
    – ¿Y qué nombre le ponemos?
    – Ninguno. –Athelstan levantó los ojos en medio de las sombras del anochecer y vio el lucero de la tarde brillando como un diamante en el firmamento–. Dile a Huddle que grabe las siguientes palabras: «Oh, buen Jesús, acuérdate de la Magdalena».
    – No sabrá qué significa –protestó Watkin.
    – ¿Y eso qué importa? Nuestro Señor Jesucristo sí lo sabrá.


    * * *

    A primera hora de la mañana siguiente, Athelstan se reunió con Cranston en la esquina de la calle de los Arqueros. Ambos entraron en una taberna cuyo propietario desafiaba las normas de la ciudad sobre las horas de apertura y cierre de los establecimientos. Cranston se empeñó en desayunar en contra de los deseos de Athelstan, el cual soltó unas maldiciones por lo bajo, pero comprendió que no era el lugar ni el momento más apropiado para poner reparos. El forense había perdido la efervescencia de la víspera y Athelstan sospechaba que ya le habría dado a la bota milagrosa. Desayunaron tortas de harina de avena con cerveza, pero el forense no estaba de muy buen humor y se limitó a comer en silencio con la mirada perdida en la distancia.

    – ¡Maldito sea mi señor de Gante! –exclamó por lo bajo.

    Athelstan le rozó suavemente la mano.

    – Sir John, no quiero que me hagáis ninguna pregunta, pero creo que he dado con una solución.

    El cambio que se operó en el rostro de Cranston fue asombroso. Sus ojos se encendieron de emoción y su abatimiento se trocó en una radiante sonrisa de oreja a oreja. Empezó a llamar a gritos al tabernero, chasqueó los dedos para pedir más cerveza y le dio un fuerte codazo a Athelstan, instándole a que le revelara sus deducciones. Al ver que el fraile no estaba dispuesto a hacerlo, se sumió de nuevo en un enfurruñado silencio.

    – No os lo puedo decir todavía. Tengo que estar seguro. Hasta entonces, insisto en mantener en secreto lo que sé. No olvidéis, sir John, que vos bebéis más de la cuenta.
    – ¡No digáis disparates!
    – Es cierto, sir John, y si, estando un poco achispado, os fuerais de la lengua, puede que se pusiera en peligro toda la solución del enigma.
    – ¡Tonterías y nada más que tonterías! –replicó Cranston.
    – Esos comentarios, sir John, no sirven de nada y denotan muy poca gratitud por lo que yo he hecho.
    – ¡Gratitud! ¡Gratitud! –repitió Cranston, imitando la voz del fraile. Tomó su jarra de cerveza, la apuró de un trago y la posó ruidosamente sobre la mesa, volviéndose parcialmente de espaldas como un niño ofendido.
    – ¿Cómo están los chiquitines? –le preguntó afectuosamente Athelstan.
    – ¡Preciosos, son unos chiquillos encantadores! –contestó Cranston sin poder disimular su orgullo.
    – ¿Y lady Matilde? ¿Tan dulce como siempre?

    Cranston miró aviesamente a su secretario por encima del hombro y entonces Athelstan comprendió la causa de su desazón.

    – Comprendo –dijo.

    Sir John soltó una especie de resoplido y se volvió a mirarle.

    – Os pido disculpas, Athelstan. Me siento como un oso cascarrabias. Athelstan optó por no discrepar.
    – ¿Habéis recibido mi segundo mensaje?
    – Sí, y antes de que transcurriera una hora, el mensajero más rápido de la ciudad ya estaba galopando hacia el norte con un caballo de repuesto. He hecho todo lo que he podido.
    – Pues entonces, sir John, vamos a ver qué podemos hacer en el convento de los dominicos. A pesar de las terribles muertes que allí se habían producido, el convento había regresado aparentemente a su habitual serenidad. El portero les franqueó la entrada y el hermano Norberto los saludó calurosamente, encomendando sus caballos a un mozo de cuadra mientras él los acompañaba a la hospedería.
    – Ahora ya están todos los libros allí –les anunció orgullosamente–. No falta ni uno, pero creo que los frailes ya han adivinado que estáis buscando algo. –El joven hermano lego miró con una sonrisa a Cranston–. Y también hay hidromiel, cerveza y vino para vos, sir John. Me parece que vuestra búsqueda va a ser muy larga. No se equivocaba. En la cámara del piso de arriba les esperaba un montón de volúmenes encuadernados en cuero. Cranston soltó un gemido y bajó como una flecha a la despensa. Athelstan se lavó las manos y la cara y reanudó inmediatamente la búsqueda con la ocasional ayuda de sir John.

    Cuando cayó la noche, le pidió más velas a Norberto y se sumergió de lleno en sus estudios, tomándose de vez en cuando un respiro para comer algo o beber un vaso de vino aguado. Se quedó dormido mientras examinaba los libros y, al despertar con la espalda y los hombros entumecidos, reanudó la búsqueda. A la mañana siguiente, celebró la misa al amanecer, regresó corriendo a la hospedería y, procurando no prestar atención a los ronquidos de Cranston, tomó con aire cansado otro volumen y empezó a pasar cuidadosamente las páginas de pergamino. Cranston se despertó, comentando que se moría de sed. Athelstan asintió distraídamente con la cabeza mientras sir John se lavaba, se cambiaba de ropa, iba y venía del refectorio y le describía con todo detalle lo que había tomado para desayunar. Al ver que Athelstan no le hacía el menor caso, el forense empezó a soltar malhumoradas protestas y, tomando un pequeño volumen, murmuró para sus adentros:

    – ¡Hildegarda! ¡Hildegarda! ¡Maldita sea Hildegarda!

    Al mediodía, el padre prior y otros miembros del Capítulo Interno acudieron a visitarles. Ya se habían recuperado del sobresalto que les había causado el descubrimiento en el presbiterio, por lo que permanecieron fríamente agrupados en un rincón de la cocina, negándose a sentarse y a tomar algo de comer o de beber. Guillermo de Conches y Eugenio miraban despectivamente a Athelstan mientras Enrique de Winchester adoptaba un aire de estudiada paciencia para disimular su irritación y fray Niall y fray Pedro manifestaban su desagrado por los retrasos que se habían producido en la marcha de las actividades del Capítulo.

    – ¡No podemos quedarnos eternamente aquí, fray Athelstan! –dijo Pedro–. Este asunto se tiene que resolver. Tenemos que llegar a una conclusión sobre las tesis de Enrique. Fray Niall y yo no podemos demorar nuestra partida y el inquisidor general y su ayudante tienen que emprender un largo viaje. Athelstan miró al prior en demanda de apoyo, pero Anselmo se mostraba muy frío e impasible.
    – Lo único que yo quiero, Athelstan –le dijo–es que se resuelva este asunto para que la casa pueda volver a su rutina acostumbrada.
    – ¿Y los que han muerto? –ladró Cranston–. ¿Bruno, Calixto, Alcuino y Rogelio? Su sangre empapa la tierra y clama al cielo exigiendo venganza.

    Los ojos de Anselmo se suavizaron.

    – Tenéis razón, sir John, y rectifico lo dicho. Os pedí que vinierais y le pedí ayuda a Athelstan, pero, os seré sincero, ahora ya estoy empezando a arrepentirme de mi decisión. Puede que este misterio no tenga solución. La Biblia dice: «La venganza me pertenece; yo haré justicia, dice el Señor». –El prior se encogió de hombros con gesto cansado–. Quizá sería mejor que lo dejáramos todo en manos de Dios.
    – ¡Tonterías! –replicó Cranston–. ¡Dios actúa a través de nosotros en este valle de lágrimas! ¡Nosotros somos sus ojos, su nariz, su boca, sus pies! –Acercándose al grupo de dominicos, añadió–, la justicia se tiene que hacer y nosotros tenemos que encargarnos de que se haga. Cuatro hombres han sido asesinados. Ya sé, padre prior, que eran dominicos, pero también eran ingleses y súbditos de la Corona.
    – El forense se golpeó el pecho con un dedo–. ¡Este asunto terminará cuando yo lo decida!

    Eugenio batió palmas en gesto de burla.

    – Bonito discurso, sir John, pero yo no soy vuestro súbdito. Mi fidelidad la reservo al superior general de Roma y al Papa de Aviñón. ¡Por mí, podéis investigar estos asuntos hasta que el infierno se congele, pero yo me iré!

    Cranston le dirigió una dulce sonrisa y Athelstan cerró los ojos.

    – ¡Escuchadme bien, pedo inmundo! –El forense se acercó un poco más a Eugenio y clavó los ojos en su congestionado rostro–. No me importa quién seáis ni de dónde vengáis. Estáis en Inglaterra y en mi ciudad. Si bajáis a Dover, descubriréis que no tenéis permiso para embarcar; ¡en este país, eso es un delito castigado por la ley!
    – ¡Nos estáis amenazando, sir John! –replicó Guillermo de Conches, tirando a Eugenio del brazo.
    – ¿Amenazando? –Cranston arqueó las cejas, mirándole con fingido asombro–. ¿Yo os he amenazado? Yo no he amenazado a nadie, mi señor torturador.
    – ¡Soy un inquisidor!
    – ¡Sois un incordio insufrible! –dijo el forense–. Destrozáis los cuerpos de los hombres para poder llegar hasta sus almas. ¡Los dos sois un par de cagarrutas!

    Su mano se deslizó hacia el puño de la daga que llevaba colgada del cinto y ambos inquisidores, a pesar de la cólera que reflejaban sus semblantes, llegaron a la conclusión de que sería preferible no decir nada por si acaso.

    Cranston miró al prior y después sus ojos se desviaron hacia Pedro y Niall. Athelstan, por su parte, se limitó a inclinar la cabeza. Sabía que sir John tenía un temperamento fogoso e imprevisible. Cuando perdía los estribos, era capaz de mandar al infierno a cualquiera (menos a lady Matilde). El prior Anselmo se adelantó.

    – Sir John –dijo mirando tímidamente al forense–, creo que en cierto modo tenéis razón. –Se volvió a mirar a los frailes que lo acompañaban–. Cuatro de nuestros hermanos han muerto. Mi señor forense, fray Athelstan, os propongo un compromiso. Si este asunto no se aclara, si el domingo por la noche el misterio no se ha resuelto, nosotros seremos libres de hacer lo que queramos.

    Athelstan intervino rápidamente para evitar que Cranston agravara la situación.

    – Estamos de acuerdo, padre prior. ¿No es cierto, sir John?
    – ¡De eso ni hablar!

    Athelstan les dirigió a sus hermanos una hipócrita sonrisa.

    – Mi señor forense está siempre abierto al diálogo –dijo, frotándose los ojos–. Padre prior, os agradezco vuestra visita. Creo que es mejor dejar las cosas tal como habíamos decidido –añadió, abriendo la puerta.

    En cuanto los frailes se retiraron, Athelstan se sentó con aire abatido en un escabel.

    – Por el amor de Dios, sir John, ¿es necesario que seáis tan brusco?
    – Por el amor de Dios lo hago precisamente, monje.
    – ¡Habéis sido demasiado duro, sir John!
    – ¡Dejadme en paz, cura!

    Cranston tomó su bota milagrosa y se encaminó a grandes zancadas hacia la escalera.

    – ¡Sir John!
    – ¿Qué queréis, timorato fraile?
    – Os doy gracias por haber dicho la verdad. Sois un hombre bueno, sir John. –Athelstan le miró con una sonrisa–. Que Dios me perdone, pero jamás olvidaré la expresión del rostro de esos dos inquisidores. Cuando el padre prior se tranquilice un poco, creo que él también os lo agradecerá.

    Cranston le miró enfurecido.

    – Lo único que os puedo decir, monje, es la máxima legal preferida de este funcionario de la Justicia.
    – ¿Cuál es, sir John? –preguntó Athelstan, preparándose para lo peor.
    – ¡Idos al infierno!
    – Oh, sir John.
    – ¡Oh, sir John un cuerno! –tronó Cranston–. Uno de esos malnacidos intentó asesinaros. ¿O acaso lo habéis olvidado? –añadió, pisando el primer peldaño de la escalera. Minutos después Athelstan se reunió con él, pero Cranston ya estaba profundamente enfrascado en el examen de uno de los libros y pasando ruidosamente las páginas entre generosos tragos de la bota milagrosa. El fraile siguió hojeando su propio volumen.
    – ¡Por los cuernos de Satanás! –dijo el forense en un asombrado susurro–. ¡Fijaos en esto, hermano!

    Athelstan se acercó presuroso. El rechoncho dedo del forense estaba señalando un lugar donde se habían arrancado unas siete u ocho páginas del libro.

    – ¡Eso es muy reciente! –dijo Cranston–. Y se hizo a toda prisa. Athelstan examinó los retazos que quedaban de las páginas arrancadas. Observó que el margen de una página todavía pegada a la encuadernación de cuero estaba descolorido mientras que, en la parte donde se había hecho el corte, el pergamino era de un blanco purísimo. El fraile tomó el libro sin prestar atención a las protestas y preguntas de Cranston. Después se lo llevó a su cama y lo apoyó sobre sus rodillas. Era un volumen muy antiguo que contenía obras menores de ciertos escritores. Terminó de hojearlo, lo cerró y contempló la perpleja expresión del rostro de Cranston.
    – Lo que nosotros andamos buscando –dijo en voz baja–el asesino ya lo ha encontrado.
    – ¿Cuándo? –preguntó el forense–. ¡La biblioteca ha estado sometida a vigilancia constante durante los últimos días!
    – No lo sé. Quizá cuando el asesino mató a Calixto. A lo mejor, vio que el anciano bibliotecario estaba alargando la mano hacia un libro determinado poco antes de empujarlo para que cayera. En cualquier caso –dijo Athelstan–, sospecho que las páginas arrancadas de este libro se encuentran en el fondo de alguna alcantarilla o se han quemado y convertido en ceniza. Vamos a rezar por dos cosas, sir John. Primero, para que el mensajero que hemos enviado a Oxford alcance el éxito en su empresa y, en caso de que lo alcance, para que lo que nos traiga nos ayude a resolver de una vez por todas esta cuestión. Ahora dormiré un ratito, sir John –añadió, tendiéndose en la cama–. Decidle, por favor, al hermano Norberto que devuelva estos libros a la biblioteca. De momento, ya no podemos hacer nada más. Vamos a descansar un poco. Mañana por la noche tenemos que regresar al palacio de Savoy.

    Al ver que el forense no contestaba, Athelstan se incorporó sobre un codo y vio que sir John, sentado como un niño grande en el borde de la cama, se había quedado dormido con la cabeza bamboleando de un lado para otro mientras emitía ocasionales chasqu–idos con los labios. Athelstan se levantó, lo puso lo más cómodo posible, volvió a su cama y se durmió en un santiamén.


    CAPÍTULO 13


    El hermano Norberto los despertó bien entrada la tarde y les preguntó si todo iba bien. Athelstan, mirándole con ojos adormilados, le dio las gracias en un susurro y le dijo que ya podía devolver los libros a la biblioteca.

    – ¿Encontrasteis lo que buscabais?

    Athelstan bostezó y se frotó los ojos.

    – Sí y no, hermano. –Sonrió al ver la desconcertada expresión de Norberto–. Sólo te puedo decir que sir John y yo aún tenemos que esperar un poco. –Al ver que el forense se había sentado en su cama y estaba bostezando como un gato, añadió–: Ahora mi señor forense y yo tenemos que atender otros asuntos.

    Cranston y él se lavaron y ayudaron a Norberto y a otros hermanos legos a llevar el resto de los libros a la biblioteca. Más tarde salieron a dar un paseo por los vergeles, procuraron olvidar lo que habían visto en el transcurso de su última visita y disfrutaron de la suave y dulce fragancia de los frutos maduros.

    – Aquí ya no podemos hacer nada más hasta que regrese nuestro mensajero de Oxford
    –dijo Cranston–. Le he dado instrucciones a lady Matilde de que lo envíe dondequiera que nosotros estemos –añadió, deteniéndose para mirar a Athelstan a los ojos. Su rostro, habitualmente arrogante y descarado, mostraba una expresión insólitamente angustiada–. Hermano, mañana a las siete de la tarde tengo que regresar al palacio de mi señor de Gante con la solución al enigma que planteó el italiano. –Asió a Athelstan por los hombros–. Confío en vos, hermano. Creo que tenéis una solución. Sé que tenéis una solución. Os suplico que me la reveléis. –Cranston levantó una rechoncha manaza–. Juro por las vidas de mis chiquitines que mantendré la boca cerrada y no le diré nada a nadie.
    – ¿Estáis seguro, sir John?
    – Tan seguro como de que me muero de hambre y tengo la tripa vacía.
    – Pues entonces, mi señor forense, es posible que ponga a prueba mis hipótesis. Después de la cena de aquella noche, Athelstan subió con Cranston al dormitorio.
    – Bueno pues, mi señor forense, vamos a empezar de nuevo por el principio. Tenemos una cámara sin trampas ni pasadizos secretos y, sin embargo, se han cometido en ella cuatro asesinatos: el de un joven, el de un capellán y los de dos soldados. Ninguna de las víctimas había comido ni bebido nada y una parte del misterio consiste en el hecho de que nadie entró en aquella estancia y, por consiguiente, no cabe atribuir ningún tipo de juego sucio a un tercero. –Athelstan se encogió de hombros–. En la lógica se nos enseña a buscar el común denominador. Un factor común a todas las cosas. Por lo tanto, ahí va mi solución.

    Abrió sus alforjas y depositó varios objetos sobre la cama. Cranston observó atentamente cómo el fraile, utilizando el dormitorio como si fuera la cámara de los asesinatos, escenificaba la forma en que había muerto cada uno de los hombres, ofreciéndole una lúcida descripción de la razón por la cual se habían producido las muertes.

    – ¡No puede ser! –dijo Cranston en un admirado susurro–. ¡Es imposible!
    – Es la única explicación, sir John. Y esta vez, utilizándoos a vos como presunta víctima, os lo voy a demostrar. Una hora después, el forense no pudo por menos que reconocer a regañadientes que la conclusión de Athelstan era la única posible.
    – Espero que lo sea –dijo el fraile con semblante risueño–, pues os juro ante Dios, sir John, que es la única respuesta que se me ocurre.
    – ¿Y qué sucederá si estáis equivocado? –preguntó Cranston–. ¿Qué sucederá si se os hubiera pasado algo por alto? Entonces, ¿qué? ¿De dónde saco yo el dinero para pagarle a mi señor de Cremona?

    Athelstan se cubrió el rostro con las manos. Quería a Cranston como a un hermano, pero a veces el forense le recordaba a un niño quisquilloso. Pese a todo, reconocía que sir John tenía razón. Aquello no era un sencillo juego mental, no era uno de aquellos enigmas a los que tan aficionados eran los filósofos de Oxford y Cambridge. La fama de Cranston y su prestigio de primer funcionario de la ley estaban en juego. El fraile se levantó.

    – No puedo responder a eso, sir John, tengo que hablar con el padre prior. Tengo que decirle que pensamos irnos mañana y no regresaremos hasta el domingo. –Athelstan le dio a sir John una palmada en el hombro–. Procurad dormir un poco. Mañana tenéis que estar muy despierto.

    Como era de esperar, cuando el fraile regresó dos horas más tarde, Cranston estaba todavía levantado, acunando en sus brazos la bota milagrosa como si fuera uno de sus chiquitines.

    – Habéis tardado mucho –le dijo a Athelstan con voz pastosa.
    – Tenía que hablar de otro asunto con el prior.
    – ¿Qué os lleváis entre manos? –preguntó Cranston, señalando el pequeño rollo de pergamino que Athelstan estaba guardando en sus alforjas.
    – Nada, sir John.

    Cranston lanzó un suspiro.

    – Os veo muy misterioso, Athelstan, pero ahora estoy demasiado cansado. Cranston se quitó la ropa y se tendió tan pesada y ruidosamente en la cama que Athelstan consideró un milagro que ambos no atravesaran el suelo y cayeran directamente a la planta inferior del edificio. El buen forense tardó sólo unos minutos en ponerse a roncar. Athelstan rezó sus oraciones, pero no el oficio divino de la Iglesia sino una plegaria, suplicando que la solución que había propuesto para el acertijo de Cranston fuera acertada.

    Se pasaron todo el día siguiente ensayando las conclusiones a las que habían llegado. Cranston envió al hermano Norberto a su casa de Cheapside para preguntar si ya había regresado el mensajero de Oxford y transmitir al mismo tiempo su saludo a lady Matilde y sus hijos. Norberto regresó deshaciéndose en alabanzas acerca de la amabilidad de lady Matilde y la gracia y encanto de sus hijitos. Pero no, dijo, no había llegado ningún mensajero.

    Cranston y Athelstan abandonaron el convento de los dominicos al anochecer. El forense quiso tomar un refrigerio en una de las tabernas de la orilla del río y después contrataron una chalana para que los trasladara río arriba hasta el palacio de Juan de Gante. Cuando la embarcación se acercó a la orilla, vieron que toda la casa del duque los estaba aguardando. Al parecer, la noticia de la apuesta cruzada con Cranston se había extendido por toda la corte. Unas barcazas engalanadas con adornos de plata ya se estaban acercando a los embarcaderos privados donde unos criados vestidos con la librea de Gante les aguardaban con antorchas encendidas. Por encima de ellos, movidos por la suave brisa fluvial, ondeaban los pendones con los escudos reales de Inglaterra, Francia, Castilla y León. En cuanto desembarcaron, Cranston y Athelstan fueron recibidos por un chambelán que, portando una vara blanca de punta dorada y vestido con un espléndido atuendo de brocado de oro, los acompañó a través de unos pasillos profusamente iluminados en los que se apretujaban los cortesanos, hasta la Gran Sala, soberbiamente preparada para aquella ocasión. Sobre el suelo de baldosas de mármol blancas y negras se habían colocado unos bancos cubiertos de suaves almohadones para los invitados mientras que las paredes estaban revestidas de preciosos tapices, delante de los cuales montaban discretamente guardia unos soldados con plateadas medias armaduras y las espadas desenvainadas. Sobre un estrado, una enorme mesa de roble resplandecía bajo la luz de centenares de velas de cera de abeja hasta tal punto que el fondo de la sala estaba casi tan claro como hubiera estado en un hermoso día estival. El chambelán los acompañó al estrado de la mesa y les indicó unos asientos dispuestos en semicírculo detrás de ella.

    – Deberéis esperar aquí –les explicó–. Su Alteza el duque de Lancaster y otros miembros de la corte están cenando en privado. Cranston captó el tono levemente despectivo de la voz del chambelán.
    – ¿Cómo os llamáis, buen hombre?
    – Simón, sir John. Simón de Bellamonte.
    – Pues bien, Simón –dijo suavemente Cranston–, mientras esperamos, no queremos convertirnos en un espectáculo. ¡Cerraréis la puerta de la sala y nos serviréis a mi secretario y a mí dos grandes copas del famoso vino del Rin de mi señor de Gante, de ese que él guarda muy frío en las bodegas del sótano!

    El chambelán torció los labios en una avinagrada sonrisa.

    – La puerta tiene que permanecer abierta –replicó en chillón tono de protesta.
    – ¡Vamos, por Dios! –dijo Cranston en un enfurecido susurro–. Pues entonces servidnos por lo menos un poco de vino si no queréis que le diga a mi señor de Gante que sus invitados han sido muy maltratados.
    – Acercaos, Bellamonte –dijo Athelstan en voz baja–. Sir John se muere de sed y, por consiguiente, vuestra amabilidad y diligencia en atenderle serán altamente apreciadas. El chambelán se irguió en toda su estatura y se alejó con el gracioso donaire de un ganso cojo. Los cortesanos se quedaron en la sala, pero, por lo menos, sir John pudo disfrutar del vino que había pedido. Se lo sirvieron en una gran copa de peltre que él apuró de un solo trago. Después chasqueó la lengua y la alargó a un criado diciendo:
    – ¡Más! –Miró con una sonrisa a Athelstan–. Mi querido fraile preferido, no me costaría nada acostumbrarme al lujo y la riqueza. Vio alejarse al criado a toda prisa y miró por el rabillo del ojo a los cortesanos que le estaban observando a hurtadillas.
    – Los buenos tiempos ya han quedado atrás –murmuró–. Miradlos, Athelstan. ¡Vestidos como mujeres, perfumados como mujeres y hablando como mujeres!
    – Yo creía que erais un admirador de las mujeres, sir John.

    Cranston se humedeció los labios con la lengua.

    – Y lo soy, pero lady Matilde vale mil veces más que todos esos juntos –dijo, golpeando impacientemente el suelo con el pie–. ¡Lady Matilde es una auténtica representación de Inglaterra!

    Athelstan miró al forense con cierta preocupación. No había nada más peligroso que sir John cuando le entraba la murria.

    – Recuerdo –añadió el forense en un suave susurro–la época en que yo batallé hombro con hombro con los padres de estos hombres en Poitiers y los franceses se nos echaron encima como una ola de acero. –Se dio una palmada en el vientre–. Entonces estaba mucho más delgado y era más ágil que un galgo. Veloz en el ataque y feroz en el combate. Éramos como halcones, Athelstan, y caíamos sobre nuestros enemigos con la rapi–dez de un relámpago. –Respiró ruidosamente a través de la nariz y se le erizaron los pelos del blanco bigote–. Qué tiempos aquellos. Los festejos, las borracheras. Sacudió la cabeza y miró frunciendo el ceño a Athelstan, el cual mantenía la cabeza inclinada para que él no pudiera ver su sonrisa.
    – ¿Qué os ocurre, sir John? –preguntó repentinamente el fraile.
    – ¡Cualquiera sabe! Quizás el hecho de que me hayan traído aquí y de que yo me haya dejado arrastrar por un personaje como Juan de Gante. ¡Yo conocí a su padre, el rey Eduardo el del cabello dorado, y a su hermano mayor el Príncipe Negro, que Dios tenga en su gloria! –Cranston se enjugó una lágrima de los ojos–. Qué gran luchador era el Príncipe Negro. ¡Nadie se atrevía a acercarse a él en la batalla! Mataba cualquier cosa que se moviera, cualquier cosa que distinguiera a través de las rendijas de su impresionante yelmo. Mató por lo menos a tres caballos en la creencia de que sus orejas y sus cabezas eran enemigos que se estaban acercando a él.
    – Olvidad el pasado, sir John –le dijo Athelstan–. ¿Recordáis nuestra decisión? La historia la deberéis contar vos mismo. Cranston chasqueó los dedos.
    – ¡Me parece muy bien! –dijo–. Les contaré una historia y espero que sea acertada. El criado sirvió a sir John otra copa de vino. Athelstan cerró los ojos y rezó para que el orondo forense no se emborrachara hasta el extremo de no poder resolver el enigma. Sin embargo, sir John no paraba de beber mientras miraba con arrogancia a los cortesanos congregados en la sala. Athelstan comprendió que aún estaba deplorando la decadencia de la joven generación. De pronto, se escuchó un vibrante clamor de trompetas y un grupo de jóvenes escuderos entró en la sala, portando toda una serie de vistosos estandartes. Después los escuderos se situaron a ambos lados de un heraldo vestido con los colores rojo, azul y oro de la Casa Real de Inglaterra, el cual, tras dar tres toques con una larga trompeta de plata, pidió silencio y anunció:
    – Su Majestad el Rey, su muy noble tío Su Alteza el duque Juan de Lancaster y su bienamado primo el señor de Cremona. El rey Ricardo entró vestido con una túnica azul bordada con leones dorados y plateadas flores de lis de la Casa de Francia. Tenía a un lado al duque de Lancaster, ataviado con una túnica bermejo–dorada y un rosario de plata alrededor del cobrizo cabello, y al otro, al señor de Cremona, con el moreno rostro iluminado por una relamida sonrisa de satisfacción. Les seguían varios altos dignatarios de la corte que, luciendo sus mejores galas de pavos reales, se estaban empujando unos a otros para ocupar la mejor posición. El joven rey batió palmas al ver a Cranston y hubiera echado a correr hacia él como cualquier otro niño si Juan de Gante no se lo hubiera impedido, sujetándolo con una mano cuajada de sortijas.
    – Mi señor forense –dijo el regio infante–, seáis bienvenido. Cranston y Athelstan, que se habían levantado al ver entrar al heraldo, hincaron una rodilla en tierra.
    – Me hacéis un gran honor, Majestad –dijo Cranston en un respetuoso susurro. Esperó a que Ricardo se acercara un poco más, tomó su manita tan blanca como el alabastro y la besó ruidosamente, provocando un murmullo de entrecortadas risas entre los cortesanos. Después levantó ligeramente la cabeza.
    – Majestad, ¿conocéis a mi secretario?

    El joven rey, sosteniendo todavía la rechoncha mano del forense en la suya, se volvió, sonrió y saludó con una inclinación de la cabeza al dominico.

    – Por supuesto que sí. ¿Estáis bien, fray Athelstan?
    – Sí, Majestad, gracias sean dadas a Dios.
    – ¡Muy bien! –El rey Ricardo juntó las manos y dio una palmada–. Mi querido tío –dijo, volviendo ligeramente la cabeza con un frío brillo de acero en los ojos. Athelstan bajó rápidamente la mirada al suelo. Sabía que Ricardo odiaba a su poderoso tío y que algún día el asunto se tendría que zanjar con derramamientos de sangre–. Mi querido tío repitió el joven rey–, que todo el mundo ocupe sus asientos. Sir John, fray Athelstan, quiero que os sentéis a mi derecha, al lado de mi tío. Cranston y Athelstan se levantaron. Juan de Gante los saludó efusivamente y lo mismo hizo el señor italiano. Athelstan observó la burlona mueca de sus rostros. Habían estudiado bien a Cranston, sabían que éste llevaba unas cuantas copas de más y estaban convencidos de que ya había perdido la apuesta. Los cortesanos volvieron a empujarse unos a otros para ocupar los mejores puestos en el estrado. El heraldo tocó nuevamente la trompeta y la sala se llenó de murmullos y ruidos mientras los invitados tomaban asiento. El rey, con el rostro arrebolado por la emoción y los ojos iluminados por un destello de curiosidad, dedicaba incesantes sonrisas no sólo a Athelstan sino también a sir John, el cual se había serenado de repente como por arte de magia. Allí estaba en juego algo más que una suma de mil coronas. Juan de Gante estaba esperando su caída mientras que el rey deseaba que su tío fuera derrotado y que el arrogante señor italiano pudiera comprobar personalmente la auténtica valía del ingenio inglés. Al final, el heraldo pidió silencio y el rey se levantó sin esperar a su tío.
    – Mi querido tío, mi señor de Cremona, señores, la apuesta ya es ahora del dominio común. Hace dos semanas, nuestro ilustre visitante planteó un misterio –la mano del rey se posó en la muñeca del señor italiano sentado a su izquierda–. Un misterio que ha puesto a dura prueba las mentes y los sutiles intelectos de los eruditos de esta corte y de otros lugares. Sir John aceptó la apuesta de mil coronas. –El joven rey chasqueó los dedos e inmediatamente surgió un paje de entre las sombras portando un almohadón escarlata, sobre el cual descansaba un rollo sellado de pergamino. Ricardo lo tomó en sus manos–. La respuesta está aquí dentro. Bien, señores, ¿hay alguien en esta sala que pueda resolver el enigma? –Un murmullo de desacuerdo acogió sus palabras. El señor italiano se inclinó hacia delante con una relamida sonrisa en los labios. El rey se volvió hacia Cranston–. Mi señor forense, ¿podéis vos resolverlo?
    – Creo que sí, Majestad.

    El rey lanzó un profundo suspiro, se sentó y miró con una picara sonrisa a Athelstan. El regente se reclinó en su asiento, apoyó los codos sobre los brazos del sillón y juntó los dedos de ambas manos mientras el señor italiano se mordía nerviosamente el labio inferior y sir John, que era un actor consumado, pasaba sin la menor dificultad de un papel a otro y apartaba a un lado su personalidad de caballero arrogante, borrachín y severo representante de la ley. Athelstan se dispuso a escucharle. Cranston iba a demostrar que, detrás de su rubicundo rostro y su cabello entrecano, se ocultaban un cerebro y un ingenio tan perspicaces como los que pudiera haber en cualquier universidad o escuela de derecho.

    Sir John, preparándose para su papel, empezó a pasear arriba y abajo con las manos entrelazadas a la espera de que cesaran los murmullos. No abrió la boca hasta comprobar que todo el mundo estaba pendiente de él. Entonces se volvió y clavó los ojos azules en los del joven monarca.

    – Majestad, creo que la solución al enigma es la siguiente. –Cranston se pasó la lengua por los labios y levantó la voz para que todos le pudieran oír–. Un joven dormía en la cámara escarlata y fue encontrado muerto, de pie junto a la ventana. Un cura de una cercana aldea que había acudido allí a través de la nieve murió aquel mismo día. Sin embargo, las muertes más misteriosas fueron las de dos soldados que montaban guardia en la cámara. –Cranston volvió parcialmente la cabeza–. Recordaréis sin duda que uno de el–los mató al otro con su ballesta antes de caer muerto a su vez. –Hizo una pausa para que sus palabras surtieran el deseado efecto–. Nadie más había entrado en aquella estancia. No había pasadizos ni corredores secretos. No les sirvieron comidas o bebidas que pudieran estar envenenadas. Murieron cuatro hombres, uno de ellos traspasado por una flecha. Y, sin embargo –Cranston levantó una mano–, tres de los hombres fueron envenenados.
    – ¿Cómo? –preguntó Cremona.
    – El asesino fue la cama, mi señor.

    Athelstan observó la expresión de asombro del rostro del italiano. Cranston estaba siguiendo el camino correcto.

    – ¡Explicadlo! ¡Explicadlo! –gritó Ricardo.

    Juan de Gante se cubrió la boca con la mano y ladeó ligeramente la cabeza. Los invitados que ocupaban la sala se habían sumido en un silencio sepulcral y las sonrisas burlonas estaban desapareciendo rápidamente de sus rostros. Hasta los caballeros abanderados y los soldados reales estaban mirando ahora al forense. El fraile comprendió que había estado tan inmerso en los asuntos del convento de los dominicos y de San Erconwaldo que se le había pasado por alto la enorme importancia de la apuesta que Cranston había aceptado. Ahora comprendía plenamente la preocupación de lady Matilde, no sólo por la posibilidad de que el forense perdiera mil coronas sino, sobre todo, por la de que perdiera su bien merecida reputación y corriera el riesgo de ser considerado una especie de bufón de la corte en lugar de ser reconocido y respetado por su condición de forense real de la ciudad de Londres.

    Con las piernas separadas y los pulgares introducidos en el cinturón, Cranston estaba disfrutando del expectante silencio de los presentes.

    – Sir John –dijo Juan de Gante–, ¿cómo puede una cama ser un asesino?
    – Muchos hombres han muerto en la cama, mi señor.
    – Esperamos vuestra explicación –fue la cáustica réplica del regente. Cranston se aproximó a la mesa, se acercó la copa de vino a los labios y tomó ruidosamente un sorbo.
    – Aquella cama –dijo, volviéndose de cara a la sala–era distinta de todas las demás. Ya sabéis que un travesero o un colchón se rellenan con paja… por lo menos, los de los pobres. En los de los ricos se usan plumas de cisne. –El forense regresó súbitamente al estrado, tomó la capa que había dejado en el suelo y la enrolló como si fuera un fardo–. Si sacudo mi capa, sale polvo. Observad… es algo muy normal. En primavera, los buenos ciudadanos de Londres sacan sus alfombras y colgaduras por las ventanas y las sacuden para quitarles el polvo. Vos, señor –añadió, dirigiéndose a un soldado–, desenvainad la espada. –El forense miró con una sonrisa al tío del rey–. Con el permiso de mi señor, golpead fuertemente con la parte plana de la hoja de la espada el tapiz que tenéis a vuestra espalda.

    El soldado, con la mano en la empuñadura de la espada, miró de soslayo al señor de Gante.

    – Decidle que lo haga, tío –le ordenó el rey.

    Juan de Gante hizo una malhumorada seña con la mano. Athelstan observó que Cranston había elegido a un soldado y un tapiz que pudieran ser vistos cómodamente por todo el mundo bajo la luz de las antorchas de la pared y las docenas de altas velas que iluminaban las mesas. El soldado golpeó el tapiz con la espada.

    – ¡Más fuerte, hombre! –rugió Cranston.

    El soldado le obedeció sin rechistar y, desde el lugar donde se encontraba sentado, Athelstan vio levantarse en el aire unas nubes de polvo.

    – Pues bien –prosiguió diciendo Cranston–, la cama de la cámara escarlata era algo parecido. Estaba recubierta de un polvo venenoso. Todos los que entraban en la estancia estaban a salvo. –Cranston esbozó una sonrisa y extendió las manos–. Pero todos sabemos lo que ocurre en la cama, incluso cuando una persona duerme sola. Unas leves risas acogieron sus palabras.
    – La primera víctima se tendió en la cama y empezó a dar vueltas en ella sin reparar en el polvillo que le estaba penetrando por las ventanas de la nariz y la boca. Al final, se dio cuenta de que algo extraño ocurría, comprendió que se estaba muriendo y se acercó a la ventana para abrirla. Pero el dormitorio llevaba mucho tiempo sin ser utilizado. Los pestillos estaban oxidados y el joven murió allí mismo. Cranston se volvió a mirar al italiano. Los oscuros ojos del noble le devolvieron la mirada con expresión de asombro y resignación.
    – ¿Y el cura? –preguntó Juan de Gante.
    – Pues veréis, mi señor. El cura sube a la cámara. Hace lo que tiene que hacer, pero está cansado y se muere de frío. Acaba de recorrer un largo camino a través de unos profundos ventisqueros. ¿Qué es lo que hace?
    – ¡Se tiende en la cama! ¡Se tiende en la cama! –gritó el joven rey. Cranston se inclinó en reverencia ante su soberano.
    – Sois muy perspicaz, Majestad. También se tiende en la cama y el polvo venenoso se eleva por el aire. El cura se despierta, empieza a dar vueltas y agrava con ello la situación. Se levanta de la cama, cae y muere en el suelo.
    – ¿Y los dos soldados? –preguntó el de Cremona, presa de una visible desesperación–. Recordad, sir John, que sólo uno de ellos estaba tendido en la cama. Cranston alargó las manos.
    – Vos dijisteis, mi señor, que el ballestero se tendió en la cama con la flecha colocada en la ballesta, ¿verdad?

    El italiano asintió con la cabeza.

    – ¿Era un hábil ballestero?

    El de Cremona asintió de nuevo en silencio. Cranston se volvió hacia los invitados.

    – Imaginaos la escena. En mitad de la noche, el veterano soldado y experto ballestero se despierta medio asfixiado. Mete ruido y despierta a su compañero. Se está muriendo y no comprende por qué razón no puede respirar. Ve acercarse una oscura sombra y, en sus últimos momentos de vida, obedeciendo a su instinto de ballestero, dispara una flecha. –Cranston se volvió para agradecer los aplausos de los presentes–. Su compañero muere y él se levanta de la cama y muere a su lado.

    Mientras el forense se inclinaba ante el rey, estalló una atronadora salva de aplausos y los cortesanos empezaron a golpear el suelo con los pies sin poder contener su entusiasmo. El señor de Cremona se reclinó en su asiento, mirando hacia el techo. Juan de Gante, sosteniéndose la barbilla con la mano, contempló la sala y el joven rey se emocionó tanto que a duras penas podía estarse quieto. Su mano revoloteó sobre el blanco pergamino que descansaba en el almohadón escarlata. El señor de Cremona se levantó.

    – Sir John, ¿cómo podía una cama contener semejante veneno?

    El forense se encogió de hombros.

    – Mi señor, no se trataba de eso. No obstante, hay venenos, pócimas y polvos lo bastante fuertes como para matar a cualquier persona que los aspire por la nariz. –Cranston echó los hombros hacia atrás–. Lo que digo es cierto. Cualquier veneno –ya sea la digital, la belladona o el arsénico–, si se machaca hasta convertirlo en finísimo polvo, tiene efectos letales. Basta con que haya la cantidad suficiente. Sospecho que el colchón de aquella cama contenía una auténtica fortuna en venenos.

    Un coro de aprobación saludó la explicación del forense. El noble italiano tomó el rollo de pergamino y se lo entregó al rey.

    – Podéis abrirlo, Majestad, aunque, en realidad, no es necesario. Sir John ha ganado la apuesta. –El señor de Cremona se inclinó repentinamente hacia delante–. Vuestra mano, mi señor.

    Athelstan observó cómo el de Cremona, seguido de Juan de Gante, el rey y los cortesanos, estrechaba la mano de sir John. Cuando cesaron los murmullos, se abrió el rollo sellado y Juan de Gante leyó la solución, la cual era casi textualmente idéntica a la explicación dada por Cranston.

    – ¡Sir John! –El señor de Cremona elevó la voz por encima del griterío de la sala–.

    ¡Las mil coronas se os entregarán el lunes! Os deseo lo mejor.

    El señor italiano, poniendo a mal tiempo buena cara, abandonó majestuosamente la sala. Después de unas palabras de felicitación, Juan de Gante imitó su ejemplo y los demás cortesanos también se retiraron. En cambio, el joven rey se quedó y le hizo señas a Cranston de que se inclinara hacia él para poder murmurarle unas palabras al oído. El rostro del forense se ensombreció mientras el joven soberano abandonaba la sala. Athelstan, que se había mantenido deliberadamente al margen, se levantó y tomó del brazo a Cranston.

    – ¡Os felicito, sir John!

    Cranston le miró de reojo.

    – No os burléis de mí, hermano. Ambos sabemos quién ha resuelto el enigma.
    – No, no –dijo Athelstan, comprimiendo el brazo del forense–. Habéis estado magnífico, sir John.
    – Las mil coronas son vuestras.

    Athelstan se echó hacia atrás.

    – Sir John, ¿por qué necesito yo mil coronas?
    – Para los pobres –contestó sir John haciendo una mueca.
    – Los pobres siempre estarán con nosotros, sir John. Vos no sois un hombre rico que digamos. –Athelstan miró con una sonrisa al forense–. Vuestros honorarios son muy bajos. Jamás aceptáis sobornos. Y vuestra riqueza es la dote de lady Matilde, ¿no es cierto?

    Cranston sacudió la cabeza y apartó la mirada.

    – Escuchadme bien, mi señor forense –dijo Athelstan, guiándole hacia la puerta de la sala–. Dadles cien coronas a los pobres, compradle a lady Matilde lo que ella quiera, comprad una nueva túnica para vos e invertid el resto en los banqueros de la calle de los Lombardos. No olvidéis a vuestros chiquitines. Cuando crezcan, necesitarán instrucción. Las aulas de Oxford y Cambridge los esperan.
    – ¡Tonterías, Athelstan! –rugió Cranston–. ¡Mis dos hijos serán dominicos!

    Athelstan estalló en una carcajada mientras ambos atravesaban los jardines para bajar a la orilla del río.

    Las bromas siguieron incluso durante el recorrido en barca sobre las picadas aguas del Támesis hasta el muelle de Eastgate donde el Fleet vertía todas sus inmundicias en el río. Mientras abandonaban la embarcación y le pagaban al barquero, tuvieron que taparse la nariz y la boca para no aspirar el nauseabundo hedor. En medio de la creciente oscuridad, Athelstan distinguió los hinchados cuerpos de varios perros y gatos y también los montones de excrementos humanos y la densa capa de grasiento cieno que cubría la superficie del río.

    – ¡Por los cuernos de Satanás! –dijo Cranston en voz baja–. En mi tratado sobre el gobierno de la ciudad, dictaré normas para acabar con eso.
    – ¿Y cómo lo haréis, sir John?

    Cranston señaló la calle del Támesis.

    – He estudiado los mapas antiguos, hermano. ¿Sabéis que los romanos construían en las ciudades unas cloacas que se limpiaban con las corrientes subterráneas? No veo por qué razón nosotros no podemos hacer lo mismo.

    Mientras discutían acerca de los detalles más salientes del tratado de sir John, subieron por la calle del Caballero Nocturno y giraron a la izquierda para entrar en la calle del Viernes que conducía al barrio de Cheapside, ya desierto a aquella hora. El sol ya se había ocultado, la luz de la antorcha de Santa María Le Bow brillaba contra un cielo cada vez más oscuro, los tenderetes ya habían sido retirados y los perros y los gatos rebuscaban entre los montones de basura. Al lado de cada puerta se habían colgado linternas para iluminar la calle y la ciudad ya había cedido el terreno a las actividades nocturnas. Los pordioseros se estaban congregando a la entrada de las callejuelas, donde todos se mantendrían alerta por si aparecieran los guardias. Unos mozos medio borrachos bajaban por la calle tomados del brazo en dirección a los burdeles y a las míseras habitaciones de las prostitutas del callejón del Gallo.

    – ¿Pensáis decírselo a lady Matilde? –preguntó Athelstan mientras ambos se detenían al pie de la escalinata de Santa María Le Bow.

    Cranston sacudió la cabeza.

    – Lo primero es lo primero, hermano. Estoy muerto de sed. El botín es para el vencedor y yo me voy a beber la mayor copa de clarete que me puedan servir en el Cordero Sagrado.

    Athelstan se tragó las protestas. Tenía que reconocer que sir John necesitaba una recompensa y un refrigerio y se preguntaba si, entre tantas emociones, el forense habría olvidado llenar su bota milagrosa. Sir John entró en el Cordero Sagrado como una ráfaga de viento del norte, arrojando unos cuantos peniques a los mendigos que se apretujaban en el exterior. Una vez dentro, invitó a una ronda a todos los parroquianos, depositando una moneda en la mano del mozo. Después, abrazó y besó sonoramente en la mejilla al tabernero y a su oronda esposa, que, al parecer, nunca se separaba de él. Ambos les ofrecieron la mejor mesa y le sirvieron a sir John un plato de cordero, cocido a fuego lento sobre brasas de carbón, fuertemente aderezado con especias y recubierto de una exquisita salsa de puerros y cebollas. Athelstan, que no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba, pidió lo mismo, pero prefirió beber vino aguado en lugar del delicioso clarete que le sirvieron al forense en la copa más grande de la casa. Cranston comió con voraz apetito, rebañando el plato de peltre con trozos de pan candeal. Después se terminó el vino aguado que quedaba en la copa de Athelstan, soltó un regüeldo y se reclinó en su asiento con los ojos entornados.

    – He estado magnífico –dijo en voz baja–. Para ser un italiano, el de Cremona no era un mal hombre, pero ¿visteis la cara de Juan de Gante? Ése es muy duro. Sólo una vez le vi quitarse la máscara del rostro. Si las miradas pudieran matar, la cabeza se me hubiera caído al suelo.
    – ¿Qué os dijo el rey Ricardo? –preguntó Athelstan–. Me refiero al final, cuando os murmuró unas palabras al oído.

    Cranston se inclinó hacia delante con la cara muy seria. Después miró a su alrededor, sabiendo que los espías del regente estaban por todas partes.

    – ¿Os habéis fijado alguna vez en los ojos del joven rey? –dijo en un susurro–. Son unos pedernales de hielo y su azul es tan claro que casi parecen transparentes. Una vez conocí a un médico, el cual me dijo que semejante mirada es la propia de un desequilibrado. Athelstan se inclinó un poco más hacia él.
    – ¿Creéis que el joven rey está loco, sir John?

    Cranston sacudió la cabeza.

    – No, no, pero en su mente se alberga una cierta inclinación a la locura. A medida que vaya creciendo, Ricardo se convertirá en uno de los más grandes monarcas que jamás haya conocido este reino. Sin embargo, si cae en malas manos, si lo casan con una esposa inadecuada o recibe malos consejos, podría ser un tirano incapaz de tolerar la menor oposición. –Cranston se secó la boca con el dorso de la mano–. Pero estoy hablando del futuro, hermano. Lo que me ha dicho esta noche es que él también había pensado que era la cama, ¡porque una vez se le ocurrió la idea de matar a su tío de esta misma manera! –Cranston tomó su copa de vino–. Os juro por Dios, hermano, que no me lo podía creer –añadió en voz baja–. El rey me lo dijo con la misma frialdad con que cualquier persona hubiera podido comentar el tiempo que hacía o la conveniencia de comprarse unos guantes. Os digo, Athelstan, que el de Gante no cederá el poder muy fácilmente y que es por eso por lo que el joven rey lo odia con toda su alma. No quiero dejarme arrastrar al baño de sangre que inevitablemente se va a producir. Athelstan volvió a llenar la copa de Cranston.
    – Vamos, sir John, olvidad la política de la corte. Habéis ganado nada menos que mil coronas. Habéis acrecentado la fama de vuestro nombre. Lady Matilde os espera y vuestra copa rebosa.
    – Antes de que me hunda en la ignominia y el pecado –contestó Cranston–, habladme del misterio del convento de los dominicos, hermano.

    Athelstan deslizó el dedo por el borde de su propia copa.

    – Es un caso muy singular, sir John. ¿Os dais cuenta de que no tenemos ninguna prueba? No tenemos nada que nos permita acusar y tanto menos detener a nadie. Jamás nos habíamos enfrentado con un asunto como éste. Creo que todo se mantendrá en pie o bien se derrumbará gracias al nombre de Hildegarda. Vamos, sir John, disfrutad tranquilamente de vuestra bebida. Cranston no necesitó que le repitieran la invitación. Cuando salieron dos horas más tarde del Cordero Sagrado, el forense estaba contando una atrevida historia acerca de las jarreteras de una hermosa dama. Athelstan no le hizo caso. Él también estaba un poco achispado. Mientras ambos atravesaban el barrio de Cheapside con paso inseguro, Athelstan le aconsejó al forense que se callara, pero éste no le hizo el menor caso y siguió contando la historia de las piernas de la bella dama. Dos guardias se acercaron, pero, al reconocer a sir John, giraron sobre sus talones y echaron a correr. Lady Matilde los estaba esperando.
    – ¡Oh, sir John! –exclamó en tono quejumbroso–. Pero ¿qué es eso? –preguntó, ayudando a su esposo a cruzar la puerta. Sir John sonrió y le lanzó unos besos a la nodriza que se encontraba al pie de la escalera, sosteniendo en sus brazos a los gemelos dormidos. Ayudado por lady Matilde y Athelstan, Cranston entró tambaleándose en la cocina y se subió a la mesa.
    – ¡Éste que aquí veis –dijo con voz pastosa–es sir John Cranston, forense real de la ciudad, terror de ladrones, perseguidor de criminales, vengador de causas y desentrañador de misterios!

    Lady Matilde juntó las manos, contemplando cómo su esposo se balanceaba encima de la mesa.

    – Hermano –dijo, mirando severamente a Athelstan–, ¿ha resuelto sir John el misterio?
    – Sí, mi señora, lo ha resuelto y ha estado magnífico. Es el verdadero forense del rey y se ha convertido en un hombre más rico, aunque no más prudente, por desgracia. De pronto, Athelstan sintió que la estancia daba vueltas a su alrededor y lamentó amargamente haber ayudado a Cranston a terminarse la última copa de vino. Se sentó con aire abatido mientras el forense, con los brazos todavía extendidos, miraba jubilosamente a su esposa desde la mesa como si fuera un alegre Baco.
    – ¡No teníais fe, mujer! –tronó.
    – Oh, sir John –dijo lady Matilde en voz baja, acariciándole suavemente la rodilla–. Sí tenía fe y más tarde lo podréis comprobar –añadió en un tímido susurro. Sir John se tambaleó y se sentó en la mesa, señalando con el dedo a Athelstan.
    – Con la ayuda de mi secretario, por supuesto –dijo, balanceándose peligrosamente mientras sus ojos volvían a desviarse hacia la nodriza–. ¡Oh, mis chiquitines! –murmuró. ¡Hubierais estado orgullosos de vuestro padre, hijos míos! ¡Mis hijitos del alma! Vais a convertiros en dominicos, ¿lo sabíais?

    Dicho lo cual, echó la cabeza hacia atrás, cayó boca arriba sobre la mesa y se quedó profundamente dormido. Lady Matilde lo puso lo más cómodo posible y Athelstan impartió la bendición a los gemelos. Después, la nodriza y los demás criados se retiraron de la cocina y lady Matilde le sirvió a Athelstan una jarra de agua fresca y un plato de sopa de cebolla y no paró de hacerle preguntas hasta conseguir que el fraile le revelara todos los detalles del magnífico triunfo de sir John en el palacio de Savoy. La esposa del forense escuchó el relato asombrada y después se acercó a la mesa donde su marido, con los brazos y las piernas colgando, dormía y roncaba como un trueno y le besó suavemente la frente.

    – Fray Athelstan, vos sabéis que bebe demasiado –dijo–, pero eso se debe el peso de su alto cargo, a la responsabilidad que siente por los gemelos y a las cosas tan horribles que tiene que ver.

    Athelstan, que ya estaba mucho más sereno, esbozó una sonrisa, se levantó y se acercó a la mesa.

    – Es un hombre bueno, lady Matilde. No existe otro igual. ¡Sólo hay un Cranston, gracias a Dios!
    – ¿No os parece que tendríamos que llevarlo a otro sitio? –preguntó lady Matilde. Athelstan se frotó los ojos.
    – Yo creo que está muy a gusto aquí, lady Matilde. Quizá le podríamos colocar un travesero debajo de la cabeza y cubrirlo con una manta, pues por la noche podría refrescar.
    –El fraile señaló una silla–. Yo dormiré allí para expiar mis pecados. Idos a la cama –añadió, dándole a lady Matilde una palmada en el hombro–. Sir John estará a salvo.
    – ¿Estáis seguro, hermano?
    – Duerme el sueño de los justos, lady Matilde.
    – ¡Oh, hermano! –Lady Matilde retrocedió, acercándose la mano a la boca–. Perdonadme. Ha regresado el mensajero de Oxford con un fardo para sir John. La esposa de Cranston se retiró y volvió inmediatamente con una pequeña bolsa de cuero atada y sellada.
    – Sir John me lo mencionó –dijo, entregándole la bolsa a Athelstan–. Dijo que vos estabais esperando el regreso del mensajero. Athelstan rompió el sello de la bolsa mientras lady Matilde, conversando con su esposo como si estuviera despierto, procuraba ponerlo cómodo sobre la mesa.
    – ¡Esperad, esposo mío! Sí, sí, la capa forrada de piel. Ahora mismo os quito las botas. Athelstan levantó los ojos. Lady Matilde estaba diciendo unas ternezas que jamás se hubiera atrevido a pronunciar en presencia de sir John. De repente, a pesar de su vehemente deseo de hojear el libro que sostenía en sus manos, el fraile se sintió triste y solitario mientras lady Matilde revoloteaba alrededor de su esposo dormido. Recordó las palabras de fray Pablo: «El amor es muy extraño, Athelstan, y asume diversas formas. A veces, nos hiela la sangre y otras nos la quema. Sin embargo, jamás renunciéis a él, pues hay un sufrimiento mucho más profundo que el del amor y es el de la terrible soledad que uno siente cuando lo pierde». Pensó en Benedicta y comprendió en lo más hondo de su ser que lo que él ansiaba por encima de todo era aquella profunda amistad que unía a lady Matilde con sir John; el anhelo de ser acariciado, mimado y cuidado.
    – ¿Os encontráis bien, hermano?
    – Pues claro.

    Athelstan apartó el rostro y se acercó a la chimenea encendida, estudiando la desteñida encuadenación de cuero del libro. Examinó el trocito de pergamino oculto entre sus hojas, en el que uno de sus compañeros dominicos de la facultad de teología de Oxford le enviaba sus saludos. Después se sentó y pasó cuidadosamente las páginas del libro, idéntico al que él y Cranston habían visto en el convento de los dominicos. Pasó las amarillentas y crujientes páginas hasta llegar a la que había sido arrancada de la primera copia. Su compañero de Oxford había encontrado a Hildegarda. Athelstan sintió que un frío estremecimiento le recorría todo el cuerpo.

    – ¿Hermano?
    – ¿Sí, lady Matilde?
    – ¡Cualquiera diría que habéis visto un fantasma!
    – No, lady Matilde, ¡acabo de ver el rostro de un asesino!


    CAPÍTULO 14


    A la mañana siguiente, Cranston despertó bruscamente a Athelstan. Aquél permanecía agachado delante de su silla y le miraba sonriendo como uno de los demonios de las pinturas de Huddle. El forense estaba más fresco que una rosa.

    – Despertad, hermano.

    Cranston se incorporó y se desperezó hasta que le crujieron los músculos de su enorme corpachón.

    – ¿Habéis dormido bien, sir John?
    – Por supuesto, hermano. Una cama dura es la mejor, tal como solía decirle yo a mi señor el Príncipe Negro durante nuestras campañas en Francia.

    Athelstan apartó a un lado la manta que lady Matilde le había echado encima la víspera. Tenía un poco de frío, se sentía ligeramente anquilosado y se notaba en la boca el agridulce regusto del vino que tan alegremente se había bebido.

    – ¡El libro! –exclamó–. ¿Dónde está el libro?

    Cranston le señaló la mesa.

    – No os preocupéis, hermano, está a salvo.

    Athelstan miró con recelo al forense.

    – ¡Sir John, ya os habéis lavado y rasurado!

    En efecto, sir John estaba resplandeciente, vestido con su blanca camisa de holanda de cuello desabrochado y su magnífico jubón con calzones a juego de paño morado oscuro entretejido con hilo de plata. Se había puesto incluso las botas y Athelstan vio una capa y un cinto de espada ya preparados sobre la mesa.

    – Pues sí, hermano, ya estoy preparado para la jornada. ¡Con un baño caliente, una afilada navaja, una muda de ropa y un beso de lady Matilde, estaría dispuesto a bajar hasta el mismísimo infierno!
    – ¿Habéis leído el libro?
    – ¡Por supuesto que sí, hermano, y estoy deseando detener a ese malvado hijo de Satanás!
    – ¡Sir John, cuidad vuestro lenguaje! –dijo lady Matilde, entrando en la cocina seguida de la nodriza con los gemelos, los cuales, al igual que su padre, ya estaban completamente despiertos y pedían a gritos el desayuno. Cranston inclinó la cabeza.
    – Mis más humildes disculpas, señora. –Esbozando una picara sonrisa, añadió–: ¡No puedo soportar a los malnacidos que sueltan reniegos!

    Las escandalizadas exclamaciones de lady Matilde cesaron de golpe cuando Cranston cruzó la cocina, la levantó del suelo como si fuera una muñequita y le dio un beso en los labios.

    – ¡Oh, sir John! –musitó lady Matilde, azorada.

    Athelstan se levantó y la miró, preguntándose si sir John le habría dado algo más que un beso, pues se le veía más lozano que un Adonis. Cranston tomó a los gemelos uno en cada brazo y empezó a soltar rugidos de placer. El enfado de las dos criaturas por el hecho de que las hubieran arrebatado tan bruscamente de los brazos de la nodriza y las estuvieran acunando arriba y abajo con semejante violencia tuvo proporciones memorables. Ambos hermanos se pusieron a berrear hasta que las lágrimas empezaron a rodar por sus enrojecidas caritas.

    – ¡Ya basta! –dijo lady Matilde, tomando en sus brazos a uno de los gemelos mientras la nodriza tomaba al otro.

    Las mujeres salieron de la cocina, jurando no regresar hasta que sir John hubiera aprendido a comportarse debidamente. Cranston estaba rebosante de energía. Insistió en rasurar él mismo a Athelstan y le ordenó a gritos a la criada que le llevara un cuenco de agua caliente y unas toallas. Después le dijo a un criado que fuera a la casa de comidas por unas empanadas recién hechas mientras él se servía una copa de clarete que, a juicio de Athelstan, no debía de ser la primera del día. Leif el mendigo entró detrás del criado, aspirando con fruición el delicioso aroma de la carne bajo las doradas costras.

    – ¡Largo de aquí, miserable! –le dijo Cranston con voz de trueno.
    – Gracias, sir John.

    Leif, que conocía a Cranston, se sentó y esperó pacientemente a que el forense le sirviera. Sir John lo hizo de inmediato, aprovechando para soltarle un conmovedor sermón sobre los sinvergüenzas que les quitaban la comida de la boca a los pobres curas. Athelstan, todavía medio dormido, tomó un sorbo de cerveza aguada y consiguió comer un trocito de empanada antes de que Cranston y el mendigo devoraran el resto.

    – Tenemos que irnos, sir John.
    – Claro, claro. –El forense se levantó, tomando la capa y el cinto de la espada–. ¿Queréis coger el libro, hermano? –Cranston se levantó, ladeando ligeramente la cabeza. Aún se oía débilmente el llanto de los gemelos–. Tendría que despedirme de lady Matilde, pero pensándolo mejor –añadió en voz baja–, prefiero dejar las cosas tal como están. O, en este caso, ¡dejar que los gemelos berreen hasta que se cansen! Tú, Leif, holgazán del demonio, dile a lady Matilde que nos hemos ido al convento de los dominicos. No tardaremos mucho. Por cierto…
    – ¿Sí, sir John? –dijo Leif, con la boca todavía llena de empanada.
    – ¡deja en paz el maldito clarete!
    – Faltaría más, sir John.

    Athelstan salió de la cocina siguiendo a Cranston mientras Leif, guiñándole el ojo, ya se disponía a llenarse otra copa. El forense recogió la bota milagrosa que le ofreció una tímida criada junto a la puerta.

    – No le digas nada a lady Matilde.
    – No, sir John.
    – ¿Sabéis una cosa, Athelstan? –dijo Cranston en voz baja–. Tengo dos botas idénticas. Una la dejo en la despensa para que lady Matilde piense que no bebo y la otra la llevo siempre conmigo. –Sacudió la cabeza–. Lady Matilde es un ángel, pero no comprende mi necesidad de mojarme el gaznate.

    Athelstan cerró los ojos y musitó una plegaria.

    – Sálvanos, Señor. ¡Menudo día se prepara!
    – ¿Qué estáis diciendo, monje?
    – Nada, sir John. Estaba rezando para que Dios me dé paciencia. Fuera, como era domingo, las calles de Cheapside estaban desiertas. Algunas personas corrían para acudir a la primera misa de la mañana, convocadas por las campanas que se pasarían toda la mañana tocando de una a otra punta de la ciudad.
    – ¿Vamos primero a misa, sir John? Estamos a domingo.
    – Vos sois sacerdote, hermano. ¿No preferís celebrar la misa en el convento?

    Athelstan se mostró de acuerdo y ambos subieron hacia Westchepe, girando a la izquierda al llegar a la calle Paternóster.

    – Decidme, hermano –preguntó bruscamente Cranston, ¿cómo llegasteis a la conclusión de que era la cama? Vuestra explicación era lógica, pero ¿qué os indujo a llegar a ella?
    – Si he de seros sincero, sir John, fue la señora Benedicta. La vi empolvarse la cara y observé cómo los polvos se elevaban en el aire. Lo de la cama ya se me había ocurrido antes, pero el hecho de verla empolvarse el rostro me dio la clave del misterio. –Athelstan contempló las casas que los rodeaban–. Lo que más me preocupa, sir John, es nuestra reunión en el convento. Temo que el asesino adopte una actitud violenta. Cranston le dio una fuerte palmada en el hombro.
    – ¡Tened confianza en el forense, mi querido cura! Depositad vuestra confianza en el bueno de sir John. Y en el hermano Norberto –añadió con una picara sonrisa–. Lo quiero a nuestro lado, armado con la pica que dejamos en la hospedería. Athelstan asió a sir John por el brazo.
    – Deteneos un instante, mi señor forense. Os pido que escuchéis toda la acusación contra el asesino del convento de los dominicos y no os dejéis arrastrar por el placer de atrapar a un hombre al que odiáis.

    Se encontraban de pie en mitad de la calle, Athelstan hablando con la cara muy seria y sir John asintiendo con la cabeza en señal de conformidad. Cuando terminó, Athelstan ya tenía la mente totalmente despejada.

    – ¿Habéis comprendido, mi señor forense?
    – Por supuesto que sí, fraile.
    – Pues entonces, en nombre de Dios, vamos allá.

    Al llegar al convento, el portero les franqueó la entrada y mandó llamar al hermano Norberto. Athelstan rechazó la proposición que éste le hizo de acompañarlos a los aposentos del prior y prefirió celebrar la misa en la hospedería.

    – Pero eso no se ajusta a las normas –balbució el lego.
    – Hermano Norberto –replicó Athelstan en voz baja–, si Dios quiere, hoy cuando yo me vaya, este convento tendrá otras cosas más interesantes que comentar que el lugar donde yo haya celebrado la misa. Ahora vete y tráeme un cáliz, una patena, tres obleas, un poco de vino y las vestiduras propias del día. Después iremos a ver al padre prior. El lego se retiró a toda prisa. Cranston y Athelstan cruzaron el desierto recinto del convento. Norberto ya les había abierto la puerta de la hospedería. Cuando el lego regresó, Athelstan se revistió rápidamente, convirtió la mesa de la cocina en un improvisado altar e inmediatamente celebró la misa, en cuyo transcurso oró a Dios para que les guiara en su futuro y temible enfrentamiento con el asesino. Se demoró un poco al llegar a la consagración, contemplando largo rato las obleas y el vino, y después reanudó la misa y administró la comunión a sir John y a un todavía preocupado Norberto. Tras impartir la bendición final, le pidió al lego que transmitiera al padre Anselmo su deseo de verle a él y a todos los miembros del Capítulo Interno en sus aposentos a la mayor brevedad posible. Mientras aguardaban el regreso del hermano Norberto, Cranston fue en busca de un poco más de comida en la despensa mientras Athelstan tomaba el libro que le habían enviado desde Oxford y examinaba una vez más las páginas que había leído la víspera.

    Al final, llamaron a la puerta y entró Norberto.

    – El padre prior os espera –anunció–. Aunque está un poco molesto porque no le comunicasteis vuestra llegada. Los demás también están reunidos.
    – ¡Muy bien! –dijo Athelstan en voz baja, guardando el libro en la bolsa y entregándole al sorprendido hermano lego la pica que había dejado en la hospedería–. Cualquier cosa que ocurra, hermano Norberto, tú deberás estar presente en la reunión con el padre prior y los demás. Quédate de pie junto a la puerta. Si alguien intenta marcharse antes de que yo termine, le das un estacazo con la pica –dijo, mirando severamente al joven–.

    ¡Aunque sea el mismísimo padre prior! –añadió.

    El hermano lego le miró, boquiabierto de asombro.

    – ¿Habéis perdido el juicio, fray Athelstan?
    – Haz lo que él te diga –terció Cranston, envolviéndose en su capa–. Y no te preocupes si se produce algún acto de violencia, sir John Cranston lo arreglará todo en un abrir y cerrar de ojos.
    – Otra cosa –dijo Athelstan–. Cuando todo termine, hermano Norberto, cosa que ocurrirá mucho antes de lo que te imaginas, tendrás que jurar guardar secreto. No deberás decirle a nadie lo que hayas visto u oído en aquella estancia.

    Salieron de la hospedería y se dirigieron al claustro, ocupado en aquellos momentos por un gran número de frailes, los cuales permanecían sentados en los bancos o el múrete de ladrillo rojo, disfrutando de la hermosa mañana estival. Los domingos la comunidad se veía liberada de muchas de las estrictas normas vigentes durante el resto de la semana. El murmullo de las conversaciones cesó de golpe cuando Cranston y sus acompañantes cruzaron el claustro en dirección a los aposentos del prior. Athelstan contempló la fuentecita del centro del jardín del claustro y recordó la época que había pasado en el noviciado y las veces que solía sentarse allí, conversando con sus compañeros, sin imaginar ni por un instante lo que le iba a deparar el futuro. Ahora había vuelto convertido en un miembro de pleno derecho de la orden dominica y faltaban apenas unos minutos para que desenmascarara y se enfrentara con un compañero suyo, culpable de la muerte de cuatro de sus hermanos y de un perverso ataque contra su propia persona. Athelstan se detuvo y levantó la vista hacia el cielo ya iluminado por el sol naciente. Las nubes que se habían formado durante la noche estaban empezando a disiparse como el humo. Cranston se detuvo y volvió la cabeza.

    – Vamos, hermano, ¿a qué estáis esperando?
    – No es nada, sir John, estaba recordando. Es curioso que el pasado siempre nos parezca más dulce que el presente, ¿verdad?
    – Vamos, hermano –repitió Cranston en un susurro–. No tenemos más remedio –añadió, esbozando una leve sonrisa–. Por el amor de Dios, Athelstan, recordad a los que han muerto brutalmente asesinados. Su sangre clama venganza y nosotros estamos actuando no sólo en nombre de Dios sino también en el del rey.

    Athelstan asintió con la cabeza y siguió a sir John al interior del edificio, donde recorrieron un pasillo pavimentado en piedra hasta llegar a la cámara del prior. Anselmo y los demás ya se encontraban reunidos allí.

    – Nos hubierais tenido que avisar de vuestra llegada –dijo significativamente el prior.
    – ¿Por qué? –replicó Athelstan con aspereza–. ¿Para que el asesino de aquí pudiera atentar contra mi vida?

    El prior le miró con encolerizado asombro.

    – Fray Athelstan, semejante insinuación exige una prueba.
    – ¡La tenemos! –dijo Cranston, mirando a los que él llamaba sus frailes misteriosos, Niall y Pedro, debatiéndose entre el malsano interés y la curiosidad, y los sombríos inquisidores. Observó que Guillermo de Conches ya se había sentado y estaba tamborileando nerviosamente con los dedos sobre la mesa. Eugenio se limitaba a mirar con rabia a Athelstan mientras que Enrique permanecía de pie con los brazos cruzados y los ojos clavados en la mesa.
    – ¿Decís que tenéis una prueba? –preguntó desdeñosamente fray Eugenio–. ¿Qué prueba, sir John? El Capítulo Interno ha quedado destruido, pues se nos ha obligado a esperar a que vos y el bueno de fray Athelstan resolvierais estas cuestiones. Padre prior, ya no podemos esperar por más tiempo. Que Cranston diga lo que tenga que decir y terminemos de una vez. El forense se irguió en toda su impresionante estatura.
    – ¡Sentaos! –tronó–. Creedme, hermano, no os entretendremos demasiado. Todos los dominicos presentes en la estancia miraron hacia el padre prior, buscando su conformidad. Anselmo asintió con la cabeza.
    – Sí, sí –musitó–. Haced lo que dice sir John y sentémonos todos. Los frailes se sentaron alrededor de la larga y lustrosa mesa de madera, el padre prior en un extremo y Athelstan y Cranston en el otro. Hubo algunas protestas por la presencia de Norberto y la pica que éste llevaba, pero una vez más Cranston consiguió imponer su autoridad. El padre prior se encogió de hombros, golpeó la superficie de la mesa con los nudillos para pedir silencio y miró con el semblante muy serio a Athelstan, sentado en el otro extremo de la mesa.
    – Hermano –empezó diciendo–, dentro de media hora nos reuniremos para celebrar solemnemente la misa mayor. El inquisidor general y fray Eugenio han decretado que los escritos de fray Enrique de Winchester no contienen ninguna herejía mientras que fray Niall y fray Pedro afirman que no pueden refutar, ni desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras ni desde el de la tradición, la verdad de lo que él escribe. –El prior se frotó el cansado y arrugado rostro–. Por consiguiente, a menos que podáis explicar plenamente y con toda claridad el misterio de las terribles muertes que aquí se han producido, yo declararé clausurado el Capítulo Interno, se celebrará la misa cantada y cada cual se irá por su camino. ¿Me habéis comprendido?
    – Sí, padre prior. –Athelstan tomó la bolsa de cuero, sacó el libro y lo empujó sobre la mesa hacia el lugar que ocupaba el prior–. ¡Leedlo! Abridlo por el lugar que marca la cinta de seda morada.
    – ¿Y por qué tengo que leerlo?

    Todos los frailes miraron en silencio a Athelstan.

    – Tenéis que leerlo, padre prior –contestó Cranston levantándose–, pues demuestra que nuestro joven teólogo aquí presente, Enrique de Winchester, es un embustero, un ladrón y un asesino.

    El dominico acusado se apoyó contra la mesa y, mirando primero a Cranston y después el libro, alargó la mano para apoderarse de él, cosa que hubiera logrado hacer sin ninguna dificultad, de no haber sido por la rápida intervención del hermano Norberto, el cual se acercó a él y le propinó un seco golpe en la muñeca con la pica. Cranston miró con una sonrisa al joven hermano lego.

    – Bien hecho, Norberto, hijo mío. Si alguna vez dejas el convento, te aseguraré un buen puesto como miembro de mi guardia. Athelstan permaneció inmóvil y dejó hablar al forense, pues le dolía en el alma tener que acusar a un compañero suyo, allí en el gran convento de los dominicos, de ser el autor de los asesinatos de cuatro de sus hermanos. Enrique de Winchester, pálido como la cera, se reclinó en su asiento mientras sus negros ojos miraban a su alrededor con expresión de animal atrapado.
    – ¡Sois un embustero! –le gritó Cranston–. Porque hicisteis afirmaciones falsas. Sois un ladrón porque robasteis la obra de Hildegarda de Brema, una abadesa prusiana que vivió hace ciento veinte años y escribió un brillante tratado acerca de la razón por la cual Dios se encarnó. Un original y lúcido tratado que, por cierto, fue rechazado en su época. –Cranston miró con una sonrisa a los dominicos sentados en torno a la mesa–. Como no se consideraba conveniente que las mujeres se dedicaran a la divina ciencia de la teología –explicó–, sus escritos fueron enterrados e incluso destruidos. Pero vos, fray Enrique, disteis con una copia. Os apropiasteis de ella palabra por palabra y presentasteis el escrito como si fuera obra vuestra. Pensasteis que nadie se daría cuenta. Quedan muy pocas copias de la obra de Hildegarda. Os presentasteis aquí para discutir la cuestión con fray Niall y fray Pedro en presencia de nuestros amigos de la Inquisición. Sin embargo, cometisteis un error –añadió el forense, levantándose–. Fray Calixto no era un teólogo, pero, tal como mi buen amigo fray Athelstan me comentó, tenía una memoria prodigiosa y resulta que, en la biblioteca de este convento, se conservaba un ejemplar de la obra de Hildegarda. Vuestro tratado despertó un recuerdo en Calixto, el cual se lo comentó a su buen amigo Alcuino. Cranston hizo una pausa al ver que Enrique de Winchester se inclinaba hacia delante y lo apuntaba con un dedo.
    – No hay ningún tratado teológico que sea original –dijo el teólogo, mirando rápidamente a su alrededor en busca de confirmación–. Yo jamás he dicho que lo fuera. ¿Cómo podía saber yo que Calixto conocía la obra de la tal Hildegarda?
    – Eso no lo puedo demostrar –contestó Cranston–, pero Calixto, como todos los seres humanos, sentía un poco de envidia y debió de mencionar el nombre de Hildegarda a su buen amigo Alcuino y supongo que uno de ellos os desafió. –Cranston se encogió de hombros–. No era difícil hacerlo. Bastaba con mencionar el nombre en vuestra presencia para daros a entender que ellos conocían la verdad. De ahí la enigmática afirmación de Calixto, según la cual el Capítulo Interno estaba perdiendo el tiempo. Y era cierto, pues se estaba celebrando un debate acerca de una obra escrita muchos años atrás. –Cranston hizo una pausa–. Sospecho que Alcuino fue el primero en provocaros y por eso le citasteis en la cripta. Pero, en medio de la oscuridad, vos lo confundisteis con fray Bruno y empujasteis a éste escaleras abajo, provocándole la muerte. Alcuino tenía que acudir a la cita y vos lo esperasteis en la iglesia. La tarea no fue nada difícil. Calixto se convirtió en la siguiente víctima y, finalmente, eliminasteis al pobre Rogelio. Entre tanto, probablemente tras haber observado los movimientos de Calixto, vos ya habíais descubierto la obra y la habíais destruido. Cometisteis un error. Los dominicos de Oxford tienen ejemplares de todos los manuscritos de aquí y Athelstan solicitó el envío de un ejemplar.
    – ¿Es eso cierto? –preguntó el padre prior, interrumpiendo al forense para dirigirse a los miembros del Capítulo Interno y ganar con ello un poco de tiempo. Pero los demás seguían mirando a Cranston, boquiabiertos de asombro. El prior abrió el libro y alisó las páginas–. ¡Maestro Guillermo de Conches –dijo–, Eugenio, acercaos! Vosotros habéis estudiado detenidamente la obra de fray Enrique de Winchester. Quiero conocer vuestra opinión.

    Los inquisidores se levantaron. El padre prior les entregó el libro y ambos se retiraron a un rincón de la estancia para examinarlo. Los demás permanecieron sentados mientras el acusado guardaba silencio con la mirada perdida en la distancia, aunque, de vez en cuando, sus ojos oscuros se clavaban funestamente en Athelstan. Al final, Guillermo de Conches cerró el libro y lo depositó sobre la mesa, delante del padre prior.

    – Puede que fray Enrique de Winchester no sea culpable de asesinato –anunció–, pero ciertamente es un ladrón y un embustero que ha robado la obra de otra persona y se la ha apropiado, presentándola como suya.

    El joven teólogo esbozó una sonrisa burlona.

    – ¿Qué os parece tan gracioso, hermano? –le preguntó Cranston.
    – Podría haber tomado la obra de otra persona y haberla desarrollado.
    – ¡Tonterías! –lo interrumpió Eugenio, volviéndose de espaldas a Athelstan para mirar enfurecido al teólogo–. Os quedasteis con lo que no era vuestro. En la primera página, Hildegarda construye la hipótesis que vos presentáis. Las citas de las Sagradas Escrituras son las mismas. Y también lo son las sentencias de los Padres de la Iglesia. ¡Sois un ladrón!

    Enrique de Winchester levantó una mano.

    – No tenéis ninguna prueba de que yo empujara a fray Bruno por aquellos peldaños. No tenéis ninguna prueba de que empujara a Calixto para que cayera de la escalera de mano. No tenéis ninguna prueba de que yo ahorcara a Rogelio y está claro que tampoco la tenéis de que yo diera garrote a fray Alcuino.
    – ¡Teníais un motivo! –replicó el padre prior, contemplando el libro.
    – ¡Sois un asesino! –proclamó Athelstan, levantándose–. Vos mismo lo acabáis de confesar.
    – ¿Qué queréis decir?

    Athelstan esbozó una leve sonrisa.

    – Todo el mundo sabía que fray Bruno resbaló por los peldaños, que Calixto cayó de la escalera de mano y que Rogelio fue encontrado colgando de la rama de un árbol, pero ¿quién os dijo que a Alcuino le habían dado garrote?

    Unos bisbiseos de indignación acogieron las palabras de Athelstan.

    – Padre prior –prosiguió diciendo Athelstan–, vos sois mi testigo. ¿Anuncié yo acaso que a Alcuino le habían dado garrote? ¿Lo anunciasteis vos, sir John? Hermano Norberto, tú ayudaste a mi señor forense a envolver el cuerpo de Alcuino en el sudario, ¿lo sabías tú?

    El hermano lego sacudió la cabeza.

    – ¡Es cierto! –gritó Guillermo de Conches–. Fray Athelstan, sir John, ¡vosotros dijisteis que Alcuino había sido apuñalado!

    Fray Niall y fray Pedro murmuraron al unísono y sir John Cranston dio unas palmadas para reclamar la atención de los presentes.

    – Mis queridos hermanos –anunció con una satisfecha sonrisa–, mi secretario tiene razón. Vosotros os escandalizasteis cuando se descubrió el cuerpo de Alcuino. Estaba claro que había muerto asesinado. Pero, obedeciendo mis órdenes, fray Athelstan dijo que Alcuino había muerto apuñalado con una daga.

    Enrique de Winchester se inclinó hacia delante y, pasándose la lengua por los labios, recorrió rápidamente con la mirada a los frailes reunidos en torno a la mesa.

    – Vos nos lo debisteis de decir, sir John. Y además, yo vi el cadáver.
    – No es cierto –replicó el prior en voz baja–. Se retiró la tapa del ataúd del pobre fray Bruno, pero el hedor era tan insoportable que todos nos retiramos hacia el otro extremo del altar. El cuerpo de Alcuino fue envuelto inmediatamente en el sudario, colocado en un ataúd y conducido al depósito de cadáveres. ¿No es verdad, hermano Norberto?

    El joven hermano lego, que estaba contemplando la escena con estupefacto asombro, sólo pudo farfullar una respuesta.

    – ¡Creo que ya es suficiente! –dijo Cranston–. ¡Fray Enrique de Winchester, yo os acuso del asesinato de cuatro de vuestros hermanos!
    – ¡Esperad! –Guillermo de Conches levantó la mano–. Fray Enrique pertenece a la orden dominica. Padre prior, si no me equivoco, sir John lo podría enviar a juicio, pero en Inglaterra, si un acusado se declara miembro de la clerecía, puede escapar de los tribunales seculares. Fray Enrique tiene que ser confiado a nosotros. ¡El tribunal de la Inquisición sólo responde ante Dios!

    Cranston miró a Athelstan y éste inclinó la cabeza, mirando compasivamente a Enrique de Winchester. El desventurado fraile se había cubierto el rostro con las manos.

    – Que lo aten –ordenó Eugenio en un susurro.

    El padre prior iba a protestar, pero lo pensó mejor e hizo un gesto con la mano.

    – Sí, lleváoslo –dijo–. Lleváoslo ahora mismo. Salid del convento mañana a primera hora.

    Los dos inquisidores se levantaron y empujaron a Enrique de Winchester hacia la puerta mientras el padre prior ordenaba al hermano Norberto que los acompañara. Fray Pedro y fray Niall se retiraron a toda prisa, todavía trastornados por la revelación. Saludaron con la cabeza a Athelstan y musitaron una rápida despedida. El padre prior permaneció sentado con una mano a cada lado del libro. Mantenía la cabeza inclinada y las lágrimas rodaban por sus mejillas. Cranston, ahora que había terminado la tragedia, carraspeó y se acercó a la ventana como si tuviera un especial interés en contemplar las distantes actividades del convento. Llamaron a la puerta y fray Guillermo de Conches entró de nuevo en la estancia.

    – Perdonadme –murmuró, mirando a Athelstan.
    – ¿Por qué?

    El inquisidor general se encogió de hombros.

    – Estábamos equivocados. Vos sois un buen sacerdote, Athelstan, y un buen dominico. Hubierais podido ser un excelente inquisidor general –añadió con una leve sonrisa en los labios.

    Inclinó la cabeza y, antes de que Athelstan pudiera responder, cerró suavemente la puerta a su espalda.

    Al final, el padre prior consiguió dominar sus emociones.

    – Tiene razón, Athelstan. Fuisteis enviado a San Erconwaldo como castigo y yo os ordené que ayudarais a sir John como penitencia. Os doy las gracias por lo que habéis hecho aquí y os pido disculpas por la dureza de mis palabras iniciales. Vos estabais en lo cierto. La verdad es la verdad y una mentira es como una gangrena, poco a poco se va desarrollando hasta que lo destruye todo. ¿Cómo supisteis que Hildegarda era la clave?
    – Padre prior, éste es el caso más extraño que jamás he investigado. No tenía ninguna prueba. La única clave era ese nombre. –Athelstan miró con una sonrisa a su superior–. Debía de ser una mujer extraordinaria y una gran pensadora. Su obra merecería ser más ampliamente estudiada y leída. A lo mejor, fue ella quien nos guió.
    – ¿Qué será de él? –preguntó bruscamente Cranston.

    El padre prior se levantó, acunando el libro en sus manos.

    – Será enviado a la Inquisición papal de Roma o Aviñón. Creedme, sir John, cuando hayan terminado con él, los horrores de la horca en los Olmos no serán nada en comparación. –El padre prior cruzó la estancia y tomó la mano de Athelstan en la suya–. Podéis regresar cuando queráis. Vuestra penitencia ha terminado. –Se volvió rápidamente hacia el forense–. Pero lo había olvidado. Sir John, ¿y el enigma que teníais que resolver?
    – Ya está resuelto –contestó Cranston, radiante de felicidad–. Tal como dice san Pablo, «en un abrir y cerrar de ojos».
    – En tal caso –dijo el padre prior, volviéndose de nuevo hacia Athelstan–, ¿no vais a necesitar esa carta?
    – Ya la he destruido, padre.

    El padre prior les miró sonriendo a los dos y se retiró en silencio. Cranston y Athelstan regresaron en barca a Southwark. El forense, más orgulloso que un pavo real, insistió en acompañar al fraile a su iglesia. Parloteaba como una urraca y proclamaba a los cuatro vientos lo que iba a hacer con las mil coronas, expresándose con una elocuencia cuyo origen no podía ser otro que la bota milagrosa. Pero no le quitaba el ojo de encima al fraile, intuyendo su congoja por lo que había ocurrido en el convento de los dominicos. Athelstan, con la mirada tristemente perdida, contemplaba el panorama del otro lado del río en aquella tranquila y silenciosa tarde dominical en que sólo surcaban las aguas algunas cansinas embarcaciones que bajaban hacia Westminster. Desembarcaron en el muelle de Santa María y recorrieron a pie las calles y los callejones de Southwark, insólitamente silenciosos en aquella cálida tarde estival.

    – ¡Menudos holgazanes! –comentó Cranston–. Seguramente estarán durmiendo la borrachera.
    – Sí, sir John, es terrible lo que la gente puede llegar a tragar. Cranston miró de reojo al fraile y ocultó la bota milagrosa bajo los pliegues de su capa. En San Erconwaldo todo parecía también muy tranquilo. Las gradas del templo estaban desiertas y tanto en el cementerio como en el pequeño jardín que rodeaba la casa parroquial sólo se escuchaba el zumbido de las abejas que revoloteaban alrededor de las flores silvestres.

    Athelstan efectuó un breve recorrido para comprobar que todo estuviera en orden: la casa parroquial estaba cerrada y Philomel estaba comiendo en el establo, lo cual significaba que Watkin había cumplido escrupulosamente con su obligación. La enorme cerda de Úrsula la porquera se había terminado los últimos repollos que quedaban. El fraile soltó una maldición por lo bajo.

    – Os quedan todavía las cebollas –observó Cranston.

    Recordando la confesión de Crim, Athelstan sacudió la cabeza con una sonrisa.

    – Vamos a ver cómo está la iglesia, sir John –dijo. Abrió la puerta y se detuvo un instante en el pórtico–. Qué extraño es todo eso, ¿verdad, sir John?

    A su espalda, Cranston se apartó de los labios la bota milagrosa.

    – ¿A qué os referís, hermano? Os veo un poco raro.

    Athelstan avanzó por la oscura nave del templo mientras sus pisadas resonaban en medio del sagrado silencio. Se detuvo a medio camino y contempló el lugar del crucero donde se encontraba el ataúd vacío.

    – Aquí han ocurrido muchas cosas –dijo en un susurro–. Alegrías, penas, arrebatos de cólera, asesinatos. ¡Un lugar muy extraño, sir John!

    Cranston tomó otro trago de la bota con los ojos entornados. Recordó la invitación del padre prior. «Oh, Dios mío –rezó–, no permitas que Athelstan se vaya. No puede dejarme.»

    El forense contempló los anchos hombros del clérigo y, de repente, se dio cuenta de que apreciaba de todo corazón a aquel cura tan misterioso. Athelstan cruzó el cancel del antealtar y entró en el presbiterio.

    – Sí –dijo en voz baja–, todo está en orden. –Golpeó con la sandalia de un pie las baldosas del suelo–. ¡Precioso! –exclamó–. Al final, esto empieza a parecerse a una iglesia. Se sentó en las gradas del altar y estuvo a punto de pegar un brinco cuando Cranston gritó.
    – ¡Otra vez este maldito gato!

    Athelstan se levantó.

    – Ven aquí, mi caballero del arroyo –musitó, acariciando al gato mientras los pensamientos giraban en su cabeza como una rueda: los rostros de los inquisidores; las lágrimas del padre prior; las obras de expiación de Raimundo D'Arques; las satánicas andanzas de Fitzwolfe; la confesión de amor de Benedicta.

    Cranston extendió su capa sobre las gradas y se sentó a su lado, estudiando con atención cómo acariciaba distraídamente al condenado gato con los ojos casi cerrados.

    – Jamás se me hubiera ocurrido –dijo, tratando de despertar a Athelstan de sus ensoñaciones.
    – ¿Qué decíais, sir John?
    – Estoy hablando de Enrique de Winchester, el teólogo. Parecía una mosquita muerta.
    – ¿Recordáis la tentación de Cristo, sir John? Hasta Satanás puede citar las Sagradas Escrituras –dijo Athelstan con una sonrisa–, pero lo malo es que Satanás tiene la maldita costumbre de presentarse bajo el disfraz de Ángel de la Luz.
    – ¿Pensáis dejarnos? –preguntó repentinamente Cranston–. El padre prior ha dicho que vuestra penitencia ha terminado.

    Athelstan sonrió sin decir nada.

    – Bueno, ¿os vais a ir sí o no, maldito monje del demonio?
    – Ya lo he decidido, sir John. Hay muchos caminos que conducen a la santidad –contestó Athelstan, sonriendo de oreja a oreja–. Y vos sois el mío sin ninguna duda. Cranston soltó un regüeldo que resonó por toda la iglesia como un trueno. Buenaven– tura pegó un brinco y miró al forense con extrañeza. Cranston se levantó.
    – Me voy a ver a ese ladronazo de la taberna del Caballo Pío. Vos tendríais que acompañarme, Athelstan. Tenemos que celebrar el descubrimiento de la verdad. –Cranston miró desde arriba al fraile, sentado todavía en las gradas del altar–. Por cierto, hermano, el padre prior comentó que os había dado una carta y vos le contestasteis que, puesto que yo había resuelto el enigma, ya no la necesitabais.
    – No os enfadéis, sir John –dijo Athelstan, levantando los ojos–. Me pregunté qué ocurriría si nos equivocáramos. Mis padres tenían una granja y, por consiguiente, al morir mi hermano Francisco, la propiedad se vendió y el producto de la venta se entregó a la orden. –El fraile lanzó un profundo suspiro–. Le pedí al padre prior un préstamo sobre dicha propiedad y él me entregó una carta para los banqueros de la calle de los Lombardos que cuidan de los intereses de la orden, autorizándome a retirar mil coronas en caso de que nos equivocáramos. –Athelstan se encogió de hombros–. Tenía que cubriros las espaldas.

    Cranston golpeó el suelo con los pies y apartó el rostro, parpadeando repetidamente para que Athelstan no viera las lágrimas que habían asomado a sus ojos. Al final, se agachó, recogió su capa y miró al fraile directamente a la cara.

    – ¡Sois un personaje muy curioso, monje!
    – Lo sé, sir John, ¡es por las malas compañías que tengo!

    El forense se echó la capa sobre los hombros y se alejó por el pasillo.

    – Estaré en el Caballo Pío –dijo, volviendo parcialmente la cabeza–. No me hagáis esperar. Sé muy bien lo tacaños que sois los curas. ¡Siempre os gusta que os inviten a una buena cerveza! –añadió mientras la puerta del templo se cerraba ruidosamente a su espalda. Athelstan sonrió, besó a Buenaventura entre las orejas y miró a su alrededor. De repente, vio el esbozo de la pintura de Huddle en el muro del presbiterio, trazado con anchas y vigorosas pinceladas de carbón. Forzó la vista.
    – Pero ¿qué…?

    Dejó a Buenaventura en el suelo, tomó una yesca, encendió una vela y se acercó al muro para estudiar la pintura con más detenimiento.

    Huddle había esbozado la escena en que la Virgen María y el Niño Jesús se encuentran con su prima Isabel y el pequeño san Juan. El fraile contempló las figuras y no pudo por menos que sonreír. Benedicta era la Virgen María; él era san José; la esposa del Watkin el recogedor de estiércol era santa Isabel; Pike el acequiero era un observador y Tab el calderero, un soldado. Herodes el Grande era nada menos que el orondo y patilludo sir John Cranston, con la bota milagrosa asomando por debajo de la capa. También estaban representados su caballo Philomel, Cecilia la cortesana, Crim, Úrsula la porquera e incluso su cerda. Sin embargo, los que más le llamaron la atención fueron el Niño Jesús y san Juan Bautista; el genio de Huddle los había representado con las cabezas peladas, los redondos ojitos, las mofletudas mejillas y los regordetes brazos y piernas de los dos amadísimos gemelos de Cranston.

    Muerto de risa, Athelstan apagó la vela y abandonó la iglesia para reunirse con sir John en la taberna del Caballo Pío.


    Fin


    Title Info
    author: Paul Harding
    title: UN SANTO ASESINATO
    sequence: (name=Fray Athelstan; number=3)
    Document Info
    program used: Book Designer 5.0
    version: 1.0 Joseiera 4–122009