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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    UN SANTO ASESINATO (Paul Harding)

    Publicado el viernes, noviembre 17, 2017

    Sir John Cranston, forense de Londres, conocido por sus ingeniosos razonamientos, su implacable persecución de los criminales y su habilidad en la aclaración de intrigantes misterios,acepta durante un banquete en la corte del duque de Lancaster el desafío del noble italiano Gian Galeazzo.

    Se trata de resolver ,en el plazo de dos semanas, un misterio que habia desafiado a los mejores cerebros y a los más preclaros intelectos de las cortes de Europa: una serie de misteriosas muertes ocurridas años atras durante la noche de Navidad en el interior de una siniestra y aislada mansion.

    Incapaz de hallar la solucion y temiendo por su reputacion y su honor, el forense Cranston recurrira una vez mas a la ayuda de fray Athelstan para resolver el enigma.

    Para mi hijo Nigel.


    PRÓLOGO

    El fraile dominico permanecía arrodillado en el reclinatorio de la desierta iglesia de su orden, contemplando alternativamente el crucifijo con incrustaciones de oro y el ataúd de madera de pino que contenía el cadáver de su asesinado compañero. Fray Alcuino se removió con inquietud, se mordió el labio y entrelazó fuertemente los dedos de las manos. Puede que los demás pensaran otra cosa, pero él conocía la verdad. Fray Bruno había sido brutalmente asesinado y Alcuino estaba furioso y aterrorizado a la vez: furioso por el hecho de que un acto tan execrable se hubiera cometido en un convento dominico y aterrorizado porque sabía que la intención del asesino era acabar con él.

    Todo había sido muy sencillo. Alcuino había recibido una nota anónima en la que se le pedía que acudiera a la cripta después de vísperas. Enojado por el enredo recientemente descubierto y por las devotas burlas que éste había provocado, acudió al lugar de la cita y encontró a Bruno tendido al pie de los empinados peldaños que conducían a la cripta, con el cuello torcido y el cerebro congelado en medio del charco de sangre que había brotado de su cabeza destrozada.

    El padre prior había llegado a la rápida conclusión de que Bruno había resbalado accidentalmente en el primer peldaño y se había precipitado hasta abajo, hallando la muerte en su caída. Alcuino, sin embargo, sabía que no era así. El asesino aguardaba al acecho y a fray Bruno le habían puesto la zancadilla o lo habían empujado por aquellos empinados peldaños de cortantes bordes de piedra. La desgracia había ocurrido la víspera. Al día siguiente, después de la misa matutina, los hermanos dominicos del desventurado Bruno entonarían el réquiem y darían sepultura a su cuerpo allí mismo, detrás del altar mayor, comentarían en voz baja las cualidades de Bruno y, con el tiempo, quizá mucho antes de lo que imaginaban, la extraña forma en que había hallado la muerte se convertiría en un vago recuerdo mientras su impune asesino se alejaba triunfalmente. Alcuino levantó la vista y contempló el crucifijo. ¿Permitiría Jesucristo que el delito quedara sin castigo? El asesinato era uno de los pecados que clamaban al cielo. Se tendría que hacer justicia, pero ¿debería él tomar parte? ¿Quién le creería, siendo un simple sacristán y cillerero? Sólo él y su amigo el anciano bibliotecario Calixto conocían la verdad, pero no podían aportar ninguna prueba. El resto de la comunidad diría que lo hacían por despecho. Alegarían que Alcuino estaba poseído por algún perverso y astuto demonio y puede que lo enviaran a Roma o Aviñón para responder ante sus superiores o, peor todavía, que lo entregaran a los inquisidores para que éstos lo sometieran a interrogatorio y lo juzgaran. Y entonces, ¿qué?

    Alcuino se enjugó las gotas de sudor que le cubrían la despejada frente. Su pálido y anguloso rostro adquirió una expresión todavía más ensimismada mientras contemplaba la creciente oscuridad que lo envolvía. Podían ocurrir cosas mucho peores, por supuesto. Como a fray Athelstan, podían expulsarlo del convento de los dominicos y enviarlo a alguna parroquia de mala muerte para que ejerciera su ministerio entre los piojosos y los iletrados. El amargo rostro de Alcuino se iluminó con la sombra de una sonrisa.

    – Athelstan, Athelstan –murmuró–. ¿Por qué no estáis aquí? Os necesito y la orden también os necesita. Nuestro Señor Jesucristo precisa de vuestra mirada y de vuestro sutil ingenio. La sonrisa se desvaneció. Athelstan no había sido convocado a la reunión del Capítulo Interno en la Casa Madre de la orden de los dominicos. Athelstan era el párroco de la iglesia de San Erconwaldo en el mísero barrio de Southwark, hablaba con su gato y estudiaba el firmamento.
    – ¿Sabéis una cosa, Alcuino? –le había dicho Athelstan en cierta ocasión–. Una vez hablé con un hombre que había viajado a Persia y conversado con los magos, esos sabios que estudian los cielos. Aquel hombre me contó una extraña historia. Me dijo que antiguamente no existían las estrellas ni el sol ni la luna. No había más que una siniestra masa oscura que, por voluntad de Dios, estalló en una ardiente roca de la que surgió el universo, del cual la tierra no es más que una ínfima parte.

    Alcuino sacudió la cabeza. Quizá fuera mejor que su compañero no estuviera allí si creía semejantes teorías. Recordó una vez más el moreno y afilado rostro y la cavilosa mirada de su buen amigo. Athelstan estaba hecho para cosas mucho más altas. Cuando todavía era un brillante alumno en el noviciado, había quebrantado los votos y, con la mente llena de heroicas fantasías, se había ido a la guerra, llevando consigo a su hermano menor Francisco. Athelstan había regresado, pero no así Francisco. Sus padres murieron de pena y sólo el padre prior le salvó del rigor de la ley dominica. Athelstan terminó sus estudios, profesó como fraile y fue ordenado sacerdote y enviado a trabajar entre los más pobres en las malolientes callejuelas de los barrios bajos de Londres. Alcuino oyó un ruido y levantó la cabeza. Miró a su alrededor en medio de las sombras del templo y recorrió rápidamente con la vista las gigantescas imágenes de los apóstoles en sus hornacinas. No era posible que hubiera nadie en aquel lugar. Quería rezar a solas y reflexionar durante la silenciosa pausa de tiempo que mediaba entre vísperas y completas. Se frotó el rostro y levantó una vez más los ojos hacia el crucifijo, ofreciendo al asesino, que se había acercado subrepticiamente a su espalda, la ocasión que necesitaba para rodear con una soga su escuálida y huesuda garganta. Durante unos segundos, el sacristán luchó denodadamente contra su agresor, pero el lazo corredizo se cerró y Alcuino murió antes de que pudiera lanzar un grito, musitar una oración o pronunciar el nombre de su viejo amigo Athelstan.


    * * *

    En la esquina de la maloliente calleja que había delante de San Erconwaldo, otra persona, pegada a la pared manchada de orines, permanecía al acecho, contemplando la sombría y siniestra mole de la iglesia. También pensaba en los pecados pasados y en la inminente venganza y justicia de Dios, sin prestar la menor atención a los lastimeros gimoteos del mendigo que tenía a su vera. De vez en cuando, movía los pies mientras las ratas entraban y salían de las grietas de los muros en busca de provisiones entre los apestosos montones de basura y estiércol.

    En la ventana de un edificio de unas puertas más arriba una joven se puso a cantar dulcemente con una cristalina voz que, a juicio del desconocido que la estaba escuchando con la espalda pegada a la pared, resultaba totalmente inapropiada y fuera de lugar en aquel pestilente pasadizo. La canción era una agridulce melodía que le trajo a la memoria pasados recuerdos y, por encima de todo, un secreto pecado. Y, sin embargo, él había hecho todo lo que había podido: cien velas de cera ante las imágenes de la catedral de San Pablo, una peregrinación al sepulcro de santo Tomás Becket en Canterbury y generosas limosnas liberalmente repartidas entre los pobres. Acudió incluso a las criaturas de la noche que practicaban la magia negra y se pasaban horas y horas consultando libros de hechizos en sus secretas y cerradas cámaras. Colocó una moneda bajo la lengua de un ahorcado y, siguiendo las instrucciones de un brujo, se pasó dos noches seguidas al pie del cadalso, entonando una canción al Señor de las Tinieblas para que lo ayudara a ocultar su secreto.

    El hombre levantó la vista hacia la parte superior de la torre de San Erconwaldo. Un destello de luz le hizo comprender que el padre Athelstan estaba allí arriba con su telescopio y sus cartas zodiacales, escudriñando el firmamento en espera de la aparición del lucero de la tarde en aquella tibia noche estival. El hombre se estremeció. Verdaderamente, las Sagradas Escrituras tenían razón, el pecado perseguía siempre al pecador. Lo sentía muy cerca, como si fuera una horrible criatura que reptara a su espalda por la calleja. Aspiraba el hedor de su aliento y sentía sus frías garras en la nuca, pero ¿qué podía hacer para librarse de él? Si confesara su horrendo delito, lo ahorcarían, pero, por otra parte, el hecho de guardar silencio sólo serviría para aplazar el aciago día que lo esperaba. Miró hacia la iglesia, la Casa de Dios y la Puerta del Cielo. Pero, para él, que acechaba en la oscuridad, el templo apestaba a un antiguo pecado.



    CAPÍTULO 1


    Sir John Cranston, el voluminoso forense de la ciudad, célebre por su sencilla manera de expresarse, se reclinó contra el alto respaldo de la silla, saboreando con fruición el contenido de una copa con incrustaciones de piedras preciosas, rebosante del mejor producto que podían ofrecer los viñedos de Burdeos. La sala estaba iluminada con antorchas de resina pura y grandes velas de cera de abeja. Unos pajes vestidos con la librea de Juan de Gante, duque de Lancaster, rodeaban la estancia, sosteniendo en sus manos otras antorchas de tal forma que, a pesar de la oscuridad, la luz era tan clara como la de un día estival.

    – Verdaderamente maravilloso –murmuró Cranston para sus adentros. La sala principal del palacio de Savoy, residencia de Juan de Gante a orillas del Támesis, era tan rica y opulenta que no tenía nada que envidiar a la de cualquier palacio papal de Aviñón ni a la de las lujosas mansiones de los grandes príncipes italianos como el que el regente estaba agasajando en aquellos momentos con aquel espléndido banquete. Unas gruesas colgaduras de brocado de oro bordado con hilo de plata cubrían enteramente las paredes bajo las alfardas de las armaduras que sostenían los arcos del techo. Los cristales de las ventanas eran de muy variados colores y cada panel ilustraba una historia de la Biblia o de la mitología clásica. Una alfombra turca negra y amarilla de purísima lana cubría el suelo de pared a pared. Los manteles de las mesas eran de seda y todos los platos y las copas estaban hechos de metales preciosos. No era de extrañar que Juan de Gante, duque de Lancaster y regente del Reino durante la minoría de edad de su sobrino Ricardo II, hubiera dispuesto que unos hombres de armas cuidadosamente elegidos montaran discretamente guardia alrededor de la sala del banquete, uno para cada comensal, pues por nada del mundo quería ladrones en su casa. El propósito del banquete era el de exhibir su magnificencia y agasajar al señor de Cremona, no el de ofrecer a los ladrones y bribonzuelos que merodeaban alrededor de todos los palacios una buena ocasión de obtener fáciles ganancias.

    Cranston eructó y, se dio unas palmadas de satisfacción en la voluminosa panza. Su esposa lady Matilde había dado a luz recientemente a dos varones, Francisco y Esteban, y él había sido confirmado en su cargo por el regente, el cual lo había invitado a aquel banquete y lo había sentado a su derecha en un significativo gesto de deferencia hacia su persona.

    – Ojalá lady Matilde pudiera verme ahora –murmuró Cranston, hablando para sus adentros.

    Sin embargo, la invitación no se extendía a su esposa. Y no es que a ella le importara.

    – Que Dios me perdone, sir John –le había dicho su mujer–, pero no me gusta el duque de Lancaster. Tiene unos fríos ojos de serpiente, su ambición es como la de Lucifer y temo por el joven rey. Sir John se sorprendió al oírla, pues lady Matilde solía ser una mujer muy prudente, aunque a veces sus palabras eran como certeras flechas disparadas contra la diana de un blanco. Sir John se removió con inquietud, posó la copa sobre la mesa y se volvió hacia la izquierda. El aceitunado rostro del regente, con la dorada barba y el bigote pulcramente recortados, contemplaba con visible complacencia el esplendor de la sala a través de los entornados párpados de sus perspicaces ojos. A la izquierda del duque se sentaba el joven rey. «Este niño –pensó Cranston–, con su pálido rostro, sus claros ojos azules, sus sensibles facciones y su dorado cabello largo hasta los hombros, parece un ángel.»

    El joven rey se estaba esforzando en prestar atención al señor italiano de negro cabello que tenía sentado a su izquierda. Cranston se reclinó en su asiento y miró de soslayo a aquel famoso personaje cuya habilidad lo había convertido en un hombre tan acaudalado como Creso y había hecho de su pequeña ciudad–estado una de las grandes potencias de Italia.

    El señor de Cremona controlaba bancos, puertos, feraces viñedos, campos y mansiones. Sus barcos navegaban desde el Adriático a la legendaria Constantinopla y las doradas costas de Trebisonda. Cranston conocía el motivo de su presencia en Inglaterra. Las arcas inglesas se habían quedado vacías, el Parlamento estaba muy alborotado y entre los campesinos reinaba tal descontento que los recaudadores de impuestos no se atrevían a entrar en las aldeas sin una poderosa escolta militar. Juan de Gante había invitado al señor de Cremona a Inglaterra para que éste le concediera préstamos y, por consiguiente, no había reparado en gastos y le había dispensado una fastuosa acogida y hospitalidad. Un impresionante cortejo lo había recibido en Southampton; él y sus hermanos, vestidos con ricos atuendos de brocado de oro lo habían acompañado a Londres, donde le habían ofrecido vistosos espectáculos, banquetes y discursos. Puede que todo ello hubiera causado una favorable impresión al señor de Cremona, pero, al mismo tiempo, había servido para exacerbar los sentimientos de animadversión de los ciudadanos londinenses hacia un regente que acaparaba más poder que cualquier emperador, papa o rey. Cranston levantó su copa y tomó ruidosamente un sorbo, deleitándose en el sabor del fuerte vino que le estaba llenando la boca de dulzura. De pronto, su buen humor se desvaneció. ¿Era oportuno que él participara en aquellos festejos? ¿Y por qué razón lo había invitado Juan de Gante?, se preguntó, presa de una creciente desazón. Al final, terminó el banquete, ¡y menudo banquete! Cisne, venado, carne de jabalí, buey, ternera, pescado fresco del río, lampreas cocinadas en salsa de crema, mazapán y gelatinas labradas y esculpidas en las más caprichosas formas. Los juglares ya se habían retirado, al igual que los acróbatas, los devoradores de fuego y los enanos que habían provocado las risas de los presentes. Los músicos del estrado del fondo de la sala estaban ahora medio dormidos y los componentes del coro de cristalinas voces blancas habían sido despedidos hacía un buen rato. Cranston procuró despejar su mente y contempló las dos mesas colocadas la una al lado de la otra en el centro de la sala. Debía de haber algo así como sesenta grandes señores en aquel festín. ¿Por qué figuraba él entre tan selectos invitados?

    Antes del inicio del banquete, Juan de Gante había comentado con el señor italiano las grandes habilidades de Cranston en la resolución de complicados casos de asesinato.

    – ¿Y no hay nada que se os escape? –le preguntó el señor de Cremona.
    – ¡Nada! –contestó Cranston, envalentonado por la bebida, mirando con arrogancia a los boquiabiertos personajes que tenía a su alrededor.

    Ahora sir John se estaba empezando a arrepentir de su vanagloria.

    – ¿Os encontráis mal, sir John?

    Cranston volvió la cabeza. El regente lo estaba mirando con expresión inquisitiva, como si tratara de adivinar su estado de ánimo.

    – Me alegro mucho de estar aquí, mi señor –contestó Cranston–. Me habéis hecho un gran honor.

    De repente, tanto él como su anfitrión miraron hacia el fondo de la sala, donde había estallado un tumulto cuando una enorme rata, asustada por uno de los lebreles, había saltado a la mesa. Los invitados se levantaron todos a una y apuñalaron al roedor con sus cuchillos hasta que el animal saltó de la mesa y fue a parar a las fauces del can. Después, los perros se pusieron a ladrar y armaron tal alboroto que unos cazadores de la casa armados con látigos eexpulsaron de la sala a los dos lebreles y a su maltrecha presa.

    – Ya es suficiente –dijo Juan de Gante en un susurro.

    Se levantó e hizo un gesto con la mano a los heraldos que se encontraban en el estrado, los cuales hicieron sonar tres veces sus trompetas plateadas y acallaron el clamor de la sala. Todos los ojos se volvieron hacia él.

    – Majestad –el duque de Lancaster se inclinó imperceptiblemente hacia su petrificado sobrino–, mi señor de Cremona y todos vosotros, amigos e invitados míos, este día hemos sido honrados con la presencia de uno de los más insignes gobernantes de Italia, el noble Gian Galeazzo, señor de Cremona y duque de los territorios circundantes. –El regente hizo una pausa para permitir una salva de aplausos que él aquietó con una mano cuajada de anillos–. Pero el señor de Cremona tiene una dificultad, de la cual desea hacernos partícipes. Un gran misterio que nadie puede resolver. Y es por eso por lo que he requerido la presencia del ilustre forense de nuestra ciudad, sir John Cranston. El regente hizo una pausa que Cranston aprovechó para echar un rápido vistazo a la sala. Vio las reprimidas sonrisas, ocultas detrás de las manos que cubrían las bocas, y adivinó la trampa que lo esperaba. No era amigo del regente, el cual le toleraba, pero no lo apreciaba, pues él no tenía tiempo para emular a los cortesanos que malgastaban la riqueza de la nación en cuidar sus blancos y delicados cuerpos. Aun así, esbozó una sonrisa e inclinó la cabeza ante las palabras del duque, aguardando con inquietud lo que estaba a punto de caerle encima.
    – Sir John Cranston –añadió el de Gantees bien conocido en la ciudad y en los tribunales por sus ingeniosos razonamientos, sus sutiles preguntas, su implacable persecución de los criminales y su habilidad en la aclaración de intrigantes misterios. Mi señor de Cremona tiene un misterio que ha desafiado a los mejores cerebros y a los más preclaros intelectos de las cortes de Europa. –El regente hizo otra pausa y Cranston se percató del silencio que reinaba en la sala–. Mi señor de Cremona ha apostado mil coronas de oro a que nadie podrá resolver ese misterio. Mi señor forense –dijo Juan de Gante medio volviéndose hacia Cranston–, ¿queréis aceptar la apuesta?

    Cranston le miró en silencio. ¡Mil coronas de oro eran una fortuna!

    Si aceptaba la apuesta y la perdía, quedaría empobrecido. Si la rechazaba, le tildarían de cobarde. Además, si el sutil misterio del señor de Cremona era tan intrigante, él tendría muy pocas posibilidades de ganar aquella fortuna. Sonrió mientras sopesaba las distintas posibilidades. Hubiera deseado con toda su alma que lady Matilde estuviera allí. Y hubiera necesitado por encima de todo a Athelstan. Al fraile se le hubiera ocurrido alguna manera de salir airoso de la situación. Ahora él no tenía más remedio que aceptar.

    ¿Qué podía hacer? ¿Retractarse públicamente de su inicial baladronada?

    – Mi señor Cranston –repitió el regente–, ¿queréis aceptar?
    – Por supuesto que sí –contestó audazmente sir John, tomando un sorbo de vino entre vítores, silbidos de simpatía y gritos de aliento. Después se levantó, maldiciendo por lo bajo al vino que le estaba recorriendo la sangre y embotando el cerebro. Él era nada menos que Cranston. ¿Por qué hubiera tenido que acobardarse en presencia de aquellos badulaques, aquellas mujercillas disfrazadas de hombre? Él era sir John Cranston, forense de la ciudad de Londres, esposo de lady Matilde y padre de Francisco y Esteban. Había defendido castillos contra los franceses y había derrotado él solo a muchos enemigos.
    – ¡Ningún misterio puede ser superior a mi ingenio! –rugió–. Si existe un enigma –añadió, citando a su amigo Athelstan–, es lógico que exista una solución.
    – ¡Eso nadie lo niega! –El regente le dio una palmada en el hombro, empujándolo suavemente hacia abajo para que volviera a sentarse. El forense vio su taimada sonrisa, la mirada compasiva del joven rey y el destello de triunfo que se encendió en los ojos del señor de Cremona.
    – ¿La solución ya se sabe? –preguntó.
    – ¡Por supuesto que sí! –contestó el señor de Cremona–. Como de costumbre, elegiré a una persona… como, por ejemplo, Su Majestad el Rey. Si vuestra teoría no es correcta, le será revelada, tras jurar solemnemente guardar silencio, una parte de la solución –añadió entre risas–. Aunque la verdad es que nadie ha dado hasta ahora con una solución, ni siquiera incorrecta.

    El regente se volvió hacia el noble italiano.

    – Mi señor –le dijo–, vos habéis lanzado el reto y sir John ha recogido el guante. Ahora estamos en ascuas, esperando con ansia la exposición de vuestro misterio. Gian Galeazzo, señor de Cremona, se recogió las mangas de seda y, cuando se levantó, sus holgados ropajes volaron a su alrededor, despidiendo una deliciosa y exquisita fragancia desconocida en Inglaterra.
    – Majestad, mi señor de Lancaster y vosotros todos, nobles señores y barones de Inglaterra, la generosa hospitalidad de mi anfitrión nos ha impresionado muy vivamente y jamás será olvidada.

    Galeazzo se inclinó sobre la mesa, le dirigió a Cranston una significativa mirada y después se volvió para dirigirse a los presentes. Su discurso fue impecable, pese al ligero acento de su melosa voz.

    – No os quiero hacer perder el tiempo. Ya es muy tarde y todos hemos bebido un poco más de la cuenta. –Agitó las manos y las sortijas de sus dedos reflejaron la luz de la sala, relumbrando como claras estrellas–. Sir John Cranston ha aceptado mi desafío de resolver un enigma que nadie ha podido desentrañar hasta ahora. Sólo yo conozco la solución y la tengo escrita en un documento sellado. Les he planteado el enigma a doctores de París, abogados de Montpellier y maestros de Colonia y de Nantes, pero todo ha sido inútil.
    – Gian Galeazzo hizo una pausa y respiró hondo–. Hace muchos años, mi familia poseía una mansión en las afueras de Cremona, un enorme y antiguo edificio de tres plantas que gozaba de una siniestra fama. Una vez, en mi infancia, pasé la Natividad allí con mi anciana tía, que entonces era su propietaria. –El señor de Cremona esbozó una sonrisa, mirando a su alrededor–. Cualquiera que sea el lugar o la fama de que éste goce, una vez se enciende el tronco de la Natividad, nosotros los italianos festejamos el nacimiento de Jesucristo con un gran banquete nocturno. No tan espléndido como éste, por supuesto –añadió riéndose–, pero es costumbre que, cuando los comensales se empiezan a pasar la jarra de vino, cada uno de ellos cuente una historia de aparecidos.
    – Recuerdo muy bien aquella noche, pues fue la Natividad más fría de que nadie guardara memoria. Un gélido viento del norte había llevado consigo la nieve de los Alpes y la mansión estaba aislada por los ventisqueros y los caminos helados. Pese a todo, encendimos las chimeneas, comimos opíparamente y celebramos alegremente la fiesta. En medio de las sombras del exterior, sólo se oían los gemidos del viento y los lastimeros aullidos de los lobos que habían bajado de las montañas en busca de alimento. Gian Galeazzo se detuvo y miró a su alrededor. Cranston admiró su habilidad: los presentes ya no estaban en aquella sala de banquetes en una suave noche estival de Inglaterra sino en una solitaria y siniestra mansión de la lejana Cremona. Sin embargo, el forense a duras penas podía contener su impaciencia y estaba deseando que el noble italiano fuera al grano de una vez para que su astuto cerebro pudiera empezar a examinar el enigma propuesto.
    – Cuando los invitados terminaron de contar sus historias, mi venerable tía fue desafiada por uno de los comensales. ¿Acaso no había aparecidos en aquella mansión? Al principio, mi tía se negó a contestar, pero, al ver que los invitados insistían, les habló de la cámara escarlata, una estancia del piso superior de la mansión que se mantenía cerrada a cal y canto, pues cualquier persona que durmiera en ella, acababa sufriendo una misteriosa y violenta muerte –Galeazzo hizo una pausa para tomar un sorbo de una copa con incrustaciones de nácar–. Ya os podéis imaginar lo que ocurrió, mis nobles señores. Todos habían bebido generosamente y sentían una curiosidad que había que satisfacer al precio que fuera. Os diré para abreviar que mi tía se vio obligada a mostrarles la estancia en cuestión. Llamaron a los criados, se encendieron unas antorchas y mi tía nos acompañó a la gran escalinata de madera. Yo era sólo un chiquillo y me movía entre los invitados sin que nadie reparara en mí. Sabía que el último piso de la vieja mansión estaba siempre cerrado, pero aquella noche los criados quitaron los candados y las cadenas y mi tía encabezó la marcha, subiendo por los fríos y empinados peldaños. –El señor de Cremona hizo una pausa y sacudió la cabeza–. Siempre recordaré las ratas que corrían y chillaban y las motas de polvo del aire, iluminadas por la luz de la luna. Llegamos a lo alto de la escalera, donde la emoción de los invitados dio paso al temor, pues allí arriba estaba todo muy oscuro y hacía un frío glacial. Los criados se adelantaron y encendieron un hacha de la pared. Entonces apareció un pasadizo y todos los ojos se clavaron en la puerta que había al fondo. Estaba cerrada con candados y cadenas y nos atraía como una horrible maldición. –Gian Galeazzo hizo otra pausa para tomar un sorbo de vino y dirigir una rápida sonrisa a Cranston–. Se abrió la puerta y entramos en una pequeña cámara cuadrada. En ella había una mesa, un escabel, una chimenea y una pequeña ventana con celosía, pero lo que más destacaba era una enorme cama con cuatro pilares. Nos quedamos sin respiración cuando mi tía ordenó que los criados encendieran las antorchas y llevaran unas velas. Fue entonces cuando la estancia cobró realmente vida, pues os aseguro que todo el techo, las paredes, la alfombra y la cama era de un brillante color escarlata, como si estuviera empapado de sangre fresca.

    Galeazzo hizo una pausa, se inclinó hacia delante y eligió un racimo de uva del cuenco que tenía delante.

    – ¡El misterio! –gritó uno de los invitados desde el fondo de la sala–. ¿Cuál es el misterio?

    Cranston miró de soslayo a Juan de Gante y observó que éste se había repantigado en su asiento con los ojos entornados y una ligera sonrisa en los labios, como si ya supiera lo que iba a suceder. El joven rey, como todos los niños, escuchaba el relato boquiabierto de asombro. Pero Gian Galeazzo, que era un narrador nato, mantuvo en vilo un buen rato a sus oyentes, mascando muy despacio los granos de uva.

    – Ahora empieza el misterio –dijo finalmente–. Uno de los invitados desafió a mi tía, declarando que pasaría una noche en aquella estancia, armado hasta los dientes. No bebería ni comería. Se llevó a cabo un concienzudo registro para comprobar que no hubiera pasadizos secretos ni trampas. Después limpiaron la habitación y se cambiaron las sábanas y los traveseros. Subieron un poco de carbón, encendieron la chimenea y dejamos a aquel joven insensato para que pasara la noche solo en aquella cámara. E1 día siguiente amaneció despejado y soleado y vimos que ya se había iniciado el deshielo. Por consiguiente, antes de sentarnos a desayunar, salimos a dar un rápido paseo por la nieve, la cual, por cierto, es un fenómeno bastante insólito en Cremona. Alguien se preguntó qué tal habría pasado la noche el joven. Sabíamos que la cámara escarlata se encontraba en la parte anterior de la mansión y, levantando la vista, le vimos mirándonos desde la ventana. Lo saludamos con la mano y regresamos al interior de la mansión. Al terminar el desayuno, nos dimos cuenta de que el joven todavía no había bajado, por lo que mi tía envió a unos criados a la cámara escarlata. A los pocos minutos, uno de ellos regresó corriendo con el rostro más pálido que la cera y los ojos desorbitados por el terror. Le dijo a gritos a mi tía que subiera y todos la acompañamos y entramos en la cámara escarlata. El fuego de la chimenea se había apagado y alguien había dormido en la cama, pero el joven se encontraba de pie junto a la ventana. Os aseguro que no os miento, señores, el joven estaba muerto y nos miraba con la boca abierta tal como nosotros le habíamos visto desde el jardín. Sólo os puedo decir que su rostro era una máscara de absoluto terror. Uno de los invitados, que era médico, confirmó que en la estancia había ocurrido algo tan terrible que al joven se le había parado el corazón de espanto. –Galeazzo se detuvo y miró a sir John–. ¿Habéis comprendido, señor forense?
    – Sí, mi señor.
    – ¿Tenéis alguna pregunta?
    – ¿Se había producido algún cambio en la estancia?
    – ¡Ninguno en absoluto!
    – ¿Y decís que no había ningún pasadizo secreto?

    Cranston hizo las preguntas en voz alta para que todos los presentes en la sala le pudieran oír y Gian Galeazzo le contestó de la misma manera. El italiano se volvió hacia los invitados, agitando la mano.

    – Juro por el honor de mi madre que nadie había entrado en aquella cámara. No había puertas ni ventanas secretas. Nadie sirvió comida ni bebida. El carbón se había sacado de la carbonera y las velas que el joven utilizó se habían usado previamente en la sala de abajo.

    Cranston miró al italiano con incredulidad y volvió a echar de menos la presencia de Athelstan.

    – ¿Fue algún demonio o algún mal espíritu?
    – ¡Ah! –Gian Galeazzo, señor de Cremona, se dirigió a los presentes en la sala–. Mi señor forense pregunta si la cámara estaba poseída por algún demonio. Mi tía también lo pensaba y por eso mandó llamar a un piadoso sacerdote de una cercana iglesia para que bendijera y exorcizara la estancia. El santo varón llegó a última hora del día, practicó exorcismos y bendijo infructuosamente todos los rincones de la cámara. Le dejamos allí y él cerró la puerta, diciéndonos que deseaba rezar. –Galeazzo esbozó una sonrisa al ver la cara de Cranston–. Estoy seguro, mi señor forense, de que ya os imagináis lo que ocurrió a continuación. Ya era noche cerrada cuando mi señora tía reparó en que el venerable sacerdote aún no había salido de la estancia. Los criados forzaron la puerta y encontraron al cura muerto en el suelo, con la misma expresión aterrorizada que mostraba el rostro del joven.

    Galeazzo escuchó con visible complacencia los «ohs» y los «ahs» de asombro de los invitados.

    El regente se estaba acariciando el labio inferior con el pulgar de una mano y el joven rey había olvidado a su aborrecido tío y miraba con atención al noble italiano.

    – Mi señor –gritó el rey con voz chillona–, ¿qué es lo que ocurrió después?
    – Mi señora tía no se dio por vencida –contestó Gian Galeazzo sonriendo–. Mandó llamar a dos de sus más fieles servidores, un excelente espadachín y un experto ballestero genovés. Les ofrecieron un buen puñado de oro a cambio de que pasaran la noche en la estancia. Los hombres aceptaron y ocuparon sus puestos aquella misma noche. La puerta no se podía cerrar, pues la habíamos tenido que forzar para descubrir el cadáver del cura. El espadachín decidió dormir en una silla y el genovés se tendió en la cama. En mitad de la noche, un terrible grito nos despertó a todos. Esa vez me impidieron subir, pero mi tía me contó más tarde que, al entrar en la cámara escarlata, encontraron al espadachín en el suelo con una flecha de ballesta profundamente clavada en el pecho y al genovés tendido a su lado, sujetando todavía en sus manos la ballesta. Había muerto como los demás, pero alguna maligna fuerza demoníaca de la estancia, dedujo mi tía, había inducido a aquel valeroso soldado a matar a su compañero antes de morir. –Galeazzo juntó repentinamente las manos–. Mi tía hizo todo lo que pudo. Se retiraron los cadáveres, se oficiaron misas y la cámara escarlata fue nuevamente cerrada a cal y canto. Pasaron los años y yo me convertí en un muchacho. Un día, un archivero de un cercano monasterio se enteró de la horrible historia y pidió que lo condujeran ante la presencia de mi tía, asegurando que él podría resolver el misterio de la cámara escarlata. –Gian Galeazzo se encogió de hombros–. Majestad, señores invitados, ya no puedo seguir –añadió, sacudiendo la cabeza al oír los murmullos de los presentes que estaban ansiosos de conocer el final de la intrigante historia–. Lo encomiendo todo al sutil ingenio de mi señor forense. –Mirando fijamente a Cranston, le preguntó–: ¿Tenéis alguna otra pregunta, sir John?

    Cranston sacudió la cabeza con incredulidad.

    – ¿Murieron cuatro personas en aquella estancia sin que nadie hubiera entrado en ella? ¿Y no comieron ni bebieron nada? ¿Y la vez en que entraron dos, uno de ellos mató a su compañero?

    Galeazzo asintió sonriendo.

    – ¡Increíble!
    – Mi señor forense –dijo Gian Galeazzo, levantando la voz para que todos le oyeran–, ¡lo que os digo es la pura verdad!

    De repente, el joven rey se levantó.

    – ¡El reto se ha lanzado y ha sido aceptado! –dijo con su cantarina voz infantil–. Pero, mi buen tío y mi señor de Cremona, yo creo que hay que obrar con justicia. ¿De cuánto tiempo dispone sir John para resolver el misterio?
    – Dos semanas –contestó Gian Galeazzo–. Dentro de dos semanas contando a partir de esta noche, regresaré a esta sala y sir John me tendrá que dar la solución. Cranston miró con una sonrisa al joven rey, agradeciéndole en silencio su apoyo.
    – ¿Cómo sabré que la solución que yo aporte es la correcta? –preguntó–. No quisiera ofenderos, mi señor, pero ¿no podría haber seis soluciones distintas, todas ellas correctas?

    Galeazzo se acarició el sedoso bigote negro.

    – No, sir John –contestó en un susurro, chasqueando los dedos hacia un criado que permanecía de pie a su espalda–. ¡Los documentos! –El criado se los entregó. Uno de ellos era un rollo de pergamino que Galeazzo le entregó a Cranston–. Aquí se relata la historia tal como yo la he contado. –Después tomó un cuadrado trozo de pergamino, cerrado con cuatro sellos de cera roja–. Y aquí está la solución –añadió, entregándoselo al rey–. Majestad, permitidme que os lo confíe a vos para que no haya la menor sospecha de juego sucio.

    Un murmullo de aprobación recorrió la sala. El joven rey batió jubilosamente palmas mientras Juan de Gante miraba con una sonrisa a sir John.

    – Dos semanas, mi señor forense –dijo el regente en voz baja, tomando a Cranston del brazo–. No os preocupéis, sir John. Si perdéis la apuesta, yo pagaré la deuda. Cranston le miró boquiabierto de asombro al percatarse de la terrible trampa en la que había caído. No era simplemente la pérdida del oro o la humillación de perder la apuesta, cosa que seguramente no podría evitar. El regente lo había utilizado como instrumento para complacer a su invitado italiano y, sobre todo, para que él se sintiera en deuda. Cranston tenía influencia cerca del alcalde, los alguaciles y los principales concejales de Londres y era un hombre unánimemente respetado por su integridad y sus acerbas críticas a la corte. Si aceptara el dinero del regente, estaría en sus manos y, antes de que transcurriera un año, todo el mundo le consideraría un paniaguado del poder. La cólera le hervía en la sangre. Tuvo que tragarse una respuesta mordaz y asió con fuerza el borde de la mesa hasta que le dolieron los dedos. No podía prestar la menor atención a las conversaciones que se estaban desarrollando a su alrededor. Miró al regente y respiró hondo.
    – Mi señor de Lancaster, os agradezco vuestra generosidad, pero no voy a necesitar vuestro dinero porque resolveré el misterio.

    Juan de Gante sonrió y le dio una palmada en el brazo.

    – Por supuesto, sir John. Y yo voy a disfrutar oyendo vuestra solución. El regente se volvió para decirle algo a su joven sobrino. Cranston no tuvo más remedio que sentarse, furioso consigo mismo y con la astucia de los príncipes. El banquete terminó una hora después. Un paje le entregó a Cranston su castoreño y su capa forrada de lana y éste abandonó la mansión y echó a andar por las angostas callejuelas hasta llegar a la taberna más cercana. Pidió una mesa apartada, dos velas y la mayor jarra de cerveza que pudieran servirle y se pasó una hora leyendo la historia del misterio del señor de Cremona. Cuanto más leía, tanto más se hundía en la depresión. Al final, lleno de cerveza y de desolación, abandonó la taberna y emprendió tristemente el regreso a su casa. Ni siquiera la perspectiva de contemplar el risueño rostro de Matilde o los alegres semblantes de sus hijitos del alma, Francisco y Esteban, consiguieron disipar la profunda inquietud que lo embargaba.


    * * *

    Fray Athelstan se levantó muy temprano. La noche anterior había sido muy clara y le había permitido gozar de la contemplación del firmamento en compañía de Buenaventura, el gato de la iglesia que cada vez estaba más gordo y que tenía por costumbre sentarse a su lado y observarle con curiosidad. Después bajó, guardó el telescopio y las cartas en la única cómoda de la casa parroquial que se podía cerrar con llave, se dirigió a San Erconwaldo para el rezo de vísperas, todavía acompañado por Buenaventura, volvió a la casa para tomarse un poco de cerveza ligera y una rebanada de pan untada con miel y darle un cuenco de leche a Buenaventura y se fue a la cama. El fraile estaba tan contento que, mientras se lavaba, empezó a entonar una suave melodía de su infancia. Después se afeitó y se puso su hábito blanco y negro. A su lado, el fiel Buenaventura bostezó, se desperezó y se lamió los bigotes con la rosada lengua, esperando su plato de pescado y su cuenco de leche. Athelstan dobló la toalla junto al lavamanos de madera, se inclinó para acariciar al gato y le rascó suavemente la cabeza entre las orejas hasta que Buenaventura empezó a ronronear de placer.

    – Te estás poniendo muy gordo, maese gato. Cuanto más te miro, más me recuerdas a Cranston.

    Buenaventura le miró como si sonriera y se restregó contra él.

    – Te estás poniendo muy gordo, Buenaventura – repitió el fraile–. Y esta mañana no te voy a dar de comer. Te tendrás que buscar tú mismo el desayuno, yendo de caza por ahí. En su austero dormitorio, Athelstan miró a su alrededor y alisó la manta de pelo de caballo de la cama, arrojó por la ventana el agua que había utilizado para lavarse y experimentó un sobresalto al oír un gruñido desde abajo. Se asomó y vio a la voluminosa cerda de Úrsula la porquera, mirándole enfurecida. Soltó una maldición por lo bajo y cerró de golpe las contraventanas. Estaba hasta la coronilla de aquella cerda, la cual parecía poseer una inteligencia casi diabólica. En cuanto empezaban a crecer los repollos y las hortalizas que él plantaba amorosamente, aquel maldito animal entraba en su huerto y se lo comía todo.
    – No sé si Huddle me podría construir una valla –murmuró Athelstan. Pero tenía otras tareas más importantes que encomendarle a Huddle. A pesar de las incursiones de la cerda en su pequeño huerto, el fraile se sentía exultante de gozo. Aquel día, sexto domingo después de la Pascua del año 1379, se iniciarían las obras de reforma de la iglesia. Quitarían la cancela de separación entre el coro y la nave del templo, levantarían las agrietadas baldosas del suelo estropeadas por la humedad y pondrían otras nuevas, cuidadosamente cortadas y pintadas en blanco y negro. No le importaba que fuera domingo, pues ése era el mejor día para trabajar y el más adecuado para el comienzo de unas importantes obras de embellecimiento de la casa de Dios.

    Mientras tarareaba la canción, comprobó que el cajón en el que guardaba el telescopio y las cartas astrológicas estuviera debidamente cerrado con un candado y bajó por la desvencijada escalera para dirigirse a la cocina. Buenaventura levantó el rabo y le siguió con tanta reverencia como un acólito durante la celebración de la santa misa. La cocina era tan austera como el dormitorio y en ella sólo había unas pequeñas alacenas, una mesa y unos escabeles. En la chimenea ardía todavía un pequeño fuego, sobre el cual se estaba calentando lentamente una olla de sopa que Athelstan estaba preparando desde el viernes. Benedicta le había aconsejado que no tirara los huesos de la carne sino que los dejara hervir unos cuantos días con especias, diciéndole que con ello conseguiría una sopa exquisita. El fraile, que era un pésimo cocinero, aspiró con deleite el delicioso aroma que llenaba la cocina. Entró en la pequeña despensa, cortó una rebanada de pan y se llenó un vaso con vino aguado. Buenaventura le siguió, mirándole con expresión suplicante.

    – Nada de leche, Buenaventura – le dijo severamente Athelstan. El gato ronroneó y se restregó contra su pierna.
    – Bueno –le dijo, compadeciéndose de él.

    Tomó una jarra de barro y vertió un poco de leche en un cuenco que había en el suelo, admirando el negro y lustroso pelaje de Buenaventura mientras aquel señor de los callejones y rey de los gatos lamía melindrosamente la leche. «A Buenaventura le gusta la leche» –pensó– tanto como a Cranston le gusta el vino.» Regresó con aire ausente a la cocina, se sentó en un escabel y contempló las moribundas brasas de la chimenea. Se preguntó qué tal estaría el buen forense, pues él, al igual que sir John, se había extrañado de que el regente le hubiera enviado a éste una invitación, sabiendo que Cranston no era precisamente muy amigo de la corte.

    – Confío en que tenga cuidado –murmuró Athelstan, contemplando con una sonrisa el vaso de vino.

    El forense tenía una panza tan grande como su boca y su corazón, pero él temía que su honradez y su sinceridad lo condujeran algún día a una situación peligrosa. Cerró los ojos y rezó una breve oración por Cranston y su encantadora y discreta esposa lady Matilde, la única persona a quien temía el forense. Athelstan sacudió la cabeza, sorprendiéndose de que una dama tan menuda y delicada hubiera podido dar a luz unos gemelos tan vigorosos como Francisco y Esteban. Cierto que el parto había sido muy laborioso y que más tarde ella había tenido un poco de fiebre, pero ahora lady Matilde estaba más joven que nunca y Cranston no cabía en sí de gozo y presumía como un pavo real. El fraile sonrió complacido, recordando que, unas semanas atrás, había bautizado a los gemelos en la pila bautismal de la entrada de San Erconwaldo. Las criaturas se habían pasado el rato berreando y él había tenido que hacer un esfuerzo para reprimir la risa, pues ambos parecían un par de guisantes salidos de la misma vaina. Nadie hubiera podido poner en duda que eran hijos de Cranston: rubicundos, gritones, sin pelo en la cabeza y muy dados a soltar eructos y ventosidades cuando no reclamaban a gritos las generosas ubres de su exhausta nodriza. Durante toda la ceremonia, Cranston, el satisfecho progenitor, se pasó el rato balanceándose suavemente hacia delante y hacia atrás mientras tomaba ocasionales tragos de su bota de vino milagrosa, así llamada porque jamás se vaciaba. El bautizo terminó en medio del caos, pues la cerda de Úrsula la porquera entró en la iglesia y Buenaventura se encaramó de un salto sobre las rodillas de Cranston. Por si fuera poco, Cecilia la cortesana recibió un bofetón por parte de la mujer de Watkin el recogedor de estiércol, pues, según ella, la chica le estaba echando los tejos a su marido. Los remilgados parientes de lady Matilde y las nobles amistades que tenía sir John en la ciudad contemplaron con horrorizado asombro la ridícula mascarada que se estaba desarrollando ante sus ojos. Pero, a pesar de todo, el día finalizó satisfactoriamente con un pequeño banquete en el jardín posterior de la espaciosa casa de Cranston al otro lado del río. Muchos de los feligreses de la parroquia habían sido invitados y Athelstan se rió como jamás lo había hecho en toda su existencia, sobre todo cuando Cranston, bajo los efectos de la bebida, se quedó profundamente dormido encima de un montón de estiércol, acunando suavemente a sus adormilados gemelos, uno en cada brazo. Athelstan experimentó un sobresalto al sentir que Buenaventura, tan sigiloso como un ladrón, saltaba sobre sus rodillas.

    – Vamos, gatito –murmuró–, tenemos que oficiar misas y rezar oraciones. Tomó el llavero que colgaba de su cinto y se fue a abrir la puerta de la iglesia. Al verle pasar, la cerda lo saludó con un amistoso gruñido y siguió mordisqueando los repollos como si tal cosa. Buenaventura miró desdeñosamente a la cerda y siguió a su amo. Crim, uno de los hijos de la numerosa prole de Watkin el recogedor de estiércol, le estaba esperando en los peldaños de la entrada.
    – ¿Has venido para ayudar a misa, Crim?
    – Sí, padre.

    Athelstan contempló su mugriento rostro. El chico era un travieso angelillo, pero aquella mañana parecía un poco preocupado o puede que se sintiera culpable, pues no quería mirarle a los ojos. El fraile no le dio demasiada importancia, sabiendo que los padres de Crim se peleaban constantemente. Seguramente se habría producido alguna trifulca en casa. El fraile abrió la puerta y entró en la iglesia, seguido de cerca por Crim y Buenaventura. Una vez dentro, se apoyó en la pila bautismal y miró complacido a su alrededor. Sí, su humilde iglesia parroquial estaba empezando a ser bonita: las alfardas de madera se habían reforzado y se habían cambiado las tejas del tejado para que éste pudiera resistir los vendavales y las terribles tormentas invernales. El suelo de la nave presentaba ahora una superficie lisa y regular y estaba impecablemente limpio. Por su parte, Huddle el pintor, un joven de ignorado origen con una habilidad innata para el grabado y la pintura, se había dedicado a llenar todos los espacios disponibles de los muros y las columnas con coloristas escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento. Todas las ventanas estaban ahora protegidas con cuerno o cristal y Athelstan estaba firmemente decidido a buscar a algún poderoso benefactor que quisiera costear los gastos de unas vidrieras multicolores. Sin embargo, San Erconwaldo era algo más que una casa de oración, pues los feligreses también solían reunirse allí para concertar negocios o celebrar las grandes fiestas litúrgicas. Los jóvenes acudían al templo para casarse, bautizar a sus hijos, asistir a misa, confesar sus pecados y, cuando Dios los llamaba, ser depositados en el gran féretro de la parroquia y colocados delante de la cancela del antealtar para recibir la última bendición. Athelstan tamborileó con los dedos sobre la superficie de madera de la pila bautismal y siguió tarareando la melodía de su infancia. Al principio, la parroquia no le gustaba y la iglesia le había parecido un lugar muy sucio y descuidado, pero, al final, se encariñó con ella y los pintorescos personajes que se movían a su alrededor llenaron su solitaria vida con los dramas de las suyas. Crim, acostumbrado a las ensoñaciones de su párroco, avanzó por la nave del templo simulando ser un caballo y Athelstan evocó súbitamente a Philomel, un antiguo caballo de batalla que ahora se había convertido en su montura y su más fiel compañero.

    – ¡Dios nos asista! –musitó–. ¡Ése va a derribar la puerta del establo de una coz!

    Salió corriendo de la iglesia y se dirigió al pequeño cobertizo que ahora era el establo de Philomel. El viejo caballo relinchó, sacudió la cabeza y acoceó suavemente la puerta del establo en cuanto apareció Athelstan. El fraile le ofreció inmediatamente una mezcla de avena y salvado y echó un poco de heno en el pesebre, pues Philomel, a pesar de su carácter calmoso y reposado, tenía un apetito increíblemente voraz. Al regresar a la iglesia, Athelstan vio a Leif, el mendigo cojo, sentado en los peldaños de la entrada.

    – Buenos días, padre.
    – Buenos días, Leif. ¿Cómo está sir John?

    El mendigo se rascó la cabeza y en su caballuno rostro se dibujó una sombra de inquietud.

    – Mi señor forense no está de muy buen humor –contestó–. Al decirle yo que cruzaría el puente para ir a pedir limosna, aprovechó para darme un mensaje para vos. Quiere veros esta noche.
    – ¡Vaya por Dios! –murmuró Athelstan.
    – Padre –dijo Leif en tono suplicante–, estoy muerto de hambre y he recorrido un largo camino.
    – La casa está abierta, Leif. Encontrarás un poco de caldo sobre el fuego de la chimenea y vino en la despensa. Sírvete tú mismo. Leif no necesitó que le repitieran dos veces la invitación y, a pesar de que le faltaba una pierna, se levantó y corrió como un galgo hacia la casa. Athelstan le vio alejarse y pensó en Cranston. ¿Otro asesinato?, se preguntó. ¿O sería algo de tipo personal?
    – ¿Qué más da? –le dijo al gato–. Vamos a tener un domingo precioso. Se frotó los ojos y contempló el cielo. Quizá ya había llegado la hora de que reconociera el verdadero motivo de su felicidad, no lo habían convocado para que asistiera al Capítulo Interno en el convento de los dominicos. Pese a ello, no pudo por menos que experimentar una punzada de pesadumbre. Allí estarían algunos de sus mejores amigos, pero también Guillermo de Conches, el inquisidor general de Aviñón, el cual intervendría en el debate acerca de las nuevas enseñanzas del brillante teólogo fray Enrique de Winchester.
    – Eso, por lo menos, me lo voy a ahorrar –musitó.
    – ¿Con quién estáis hablando, padre? –le preguntó Crim, asomando la cabeza por la puerta de la iglesia. Athelstan le guiñó el ojo.
    – Con Buenaventura, Crim. No olvides que este gato es mucho más de lo que parece a primera vista.

    Athelstan avanzó por la nave del templo, cruzó el antealtar, hizo una genuflexión delante de la vacilante llama de la lámpara del sagrario y entró en la pequeña sacristía. Allí se volvió a lavar las manos y la cara, se sacudió el hábito para eliminar las briznas de la paja del establo de Philomel y se puso unas doradas vestiduras, pues la Iglesia aún estaba celebrando la gloria del tiempo de Pascua. Se sobresaltó al oír que se abría de golpe la puerta de la parte de atrás. Confiaba en que no fuera Cranston. Pero era sólo Mugwort el campanero, el cual entró en el cuartito y empezó a tocar a misa. Crim entraba y salía constantemente de la sacristía para preparar el altar. El agua destinada al lavatorio de las manos, el vino y las obleas del ofertorio y la consagración, el gran misal con las lecturas del día debidamente marcadas y una servilleta para que Athelstan se secara las manos. Obedeciendo a un solemne movimiento de la cabeza del sacerdote, se colocaron unos cirios a ambos lados del altar, y se limpiaron y encendieron los pabilos como señal del inminente comienzo de la misa. Athelstan se acercó a la puerta de la sacristía y echó un vistazo a la iglesia. Sería la última vez que celebrara la misa en el viejo altar. El obispo de Londres lo había autorizado a derribar el altar, levantar la piedra del relicario y retirar provisionalmente el antealtar de Huddle para poder colocar unas baldosas nuevas. Contempló cómo Mugwort tiraba como un loco de la cuerda de la campana con el rostro iluminado por una radiante expresión de placer. El fraile sonrió para sus adentros. Tanto si acudía a misa como si no, cuando Mugwort terminara de tocar la campana, toda la gente de media legua a la redonda sabría que era domingo y tiempo de oración.

    Los feligreses empezaron a ocupar sus puestos. En primer lugar, Watkin el recogedor de estiércol, sacristán y presidente del consejo parroquial, un hombre bajito y rechoncho con el rostro cubierto de verrugas, las ventanas de la nariz llenas de pelos, una mirada de lince y una voz tan sonora como un trueno. Le seguía su mujer, cuyo temible aspecto era tan impresionante que a Athelstan le recordaba siempre a un caballero vestido con su armadura. Después entró Pernel la flamenca, con su pálido rostro de loca y su mirada perdida, hablando sola de sus cosas, seguida de cerca por Ranulfo el cazador de ratas en compañía de dos de sus hijos. Athelstan tuvo que cubrirse la boca con la mano para disimular su sonrisa, pues tanto el padre como los niños, vestidos de negro y con las cabezas cubiertas por unas capuchas que les ocultaban el rostro, tenían la misma pinta que los roedores que Ranulfo solía cazar. Éste captó la mirada de Athelstan y sonrió, recordando la promesa del párroco, según la cual, en cuanto se construyera el nuevo altar, San Erconwaldo se convertiría en la iglesia titular del recién creado Gremio de los Cazadores de Ratas. Entraron otros feligreses, encabezados por Huddle el pintor con su expresión soñadora y su rostro de niño. El autodidacta artista se acercó inmediatamente a un muro para acariciar una de sus últimas obras, una brillante versión de la historia de Daniel en el pozo de los leones. A continuación se presentó Tab el calderero, todavía bajo los efectos de la cerveza de la víspera, y poco después apareció Pike el acequiero, encabezando una especie de pequeño ejército de enanos formado por su vasta prole y por la de Tab, de la cual se había erigido también en responsable. Athelstan estudió detenidamente a Pike. Sabía que el acequiero mantenía estrechas relaciones de amistad con los radicales dirigentes campesinos que tramaban constantemente rebeliones tanto dentro como fuera de la ciudad. Pero lo que más preocupaba al fraile era el hecho de que Pike, junto con la rubia y dulce Cecilia la cortesana, estuviera tramando un violento ataque contra el presidente del consejo parroquial que en aquellos momentos era Watkin. Athelstan lanzó un suspiro, sabiendo que, cuando ello ocurriera, no tendría más remedio que producirse una encarnizada lucha por el poder. Finalmente entró la viuda Benedicta, vestida con una túnica azul claro y un velo blanco sobre un cabello tan negro como la noche. Athelstan sintió que se le aceleraban los latidos del corazón y bajó la vista, pues amaba a la viuda con un inocente afecto que a veces era causa de una profunda turbación para ambos.

    Benedicta cerró la puerta, saludó con la mano al fraile y se apartó rápidamente al ver que la puerta se volvía a abrir de golpe y entraba Úrsula la porquera, seguida de su aviesa cerda.

    – ¡Voy a matar a este maldito animal! –murmuró Athelstan–. ¡Lo voy a matar y me pasaré un año comiendo carne de cerdo!

    Pero Úrsula le dedicó una dulce sonrisa y se arrodilló junto a una columna mientras la cerda se apretujaba entre ella y Watkin. Athelstan tuvo que morderse el labio para no sonreír, pues la cerda mostraba un sorprendente parecido con el sacristán. Úrsula solía ser la última en llegar, por lo que Athelstan se acercó a las gradas del altar, se persignó y dio comienzo a la celebración del gran misterio de la misa. Los fieles que habían permanecido sentados hablando en susurros entre sí se acercaron a la cancela del antealtar, clavando atentamente la mirada en el sacerdote que estaba intercediendo por ellos ante Dios.


    CAPÍTULO 2


    Al terminar la misa, Athelstan invitó a los miembros del consejo parroquial a su casa mientras Mugwort y Crim se quedaban en la iglesia para retirar los manteles del altar, los cirios, las flores y los jarrones, pues los hombres que el fraile había contratado se encontraban junto a la entrada del templo, esperando a que les dieran permiso para iniciar su trabajo. Una vez todos reunidos, Athelstan sirvió unas copas de vino a los miembros de su consejo, elevó una oración al Espíritu Santo y empezó la reunión. A los pocos minutos, Athelstan vio confirmados sus peores temores y comprendió que la víspera se habían producido muchas conspiraciones. Pike el acequiero, respaldado por una sonriente Cecilia y una rubicunda Úrsula, lanzó un duro ataque contra Watkin por el hecho de que éste permitiera que los niños jugaran en el cementerio y preguntó si no sería más conveniente construir una nueva valla. Como es natural, la esposa de Watkin intervino inmediatamente en la discusión y empezaron a caldearse los ánimos. Athelstan se limitó a permanecer sentado, observando con incredulidad las vehementes palabras de aquellos hombres que hablaban cual si fueran unos abogados del Tribunal Real que estuvieran debatiendo trascendentales cuestiones de vida o muerte. Huddle sonreía con expresión beatífica. Tab el calderero cambiaba constantemente de bando mientras que Leif el mendigo, sentado en un escabel en un rincón de la chimenea con la boca llena de la sabrosa sopa de Athelstan, lanzaba de vez en cuando un insulto a la mujer de Watkin, a quien aborrecía con toda su alma. Benedicta se mordió el labio y miró con una sonrisa al fraile. A mediodía, Athelstan, cada vez más irritado, se dio cuenta de que todo el mundo estaba agotado y entonces se apresuró a dar por finalizada la discusión y sirvió a sus invitados unos cuencos de la misma sopa que Leif estaba sorbiendo ruidosamente en su rincón mientras admiraba por el rabillo del ojo a Cecilia y le gritaba improperios a la mujer de Watkin.

    Durante un buen rato, reinó el silencio. Athelstan y Benedicta aprovecharon la ocasión para salir a dar una vuelta por el pequeño huerto. El fraile deseaba alejarse un poco de la exaltada atmósfera de la casa y, al mismo tiempo, estaba preocupado por el mutismo de Benedicta. Generalmente, ésta terciaba en las discusiones y trataba de calmar los ánimos o bien estallaba en carcajadas cuando oía los insultos que se intercambiaban los miembros del consejo. Benedicta siempre decía que la verdadera causa de las luchas de poder en el seno del consejo parroquial era el odio que la mujer de Watkin le profesaba a Cecilia y el que Pike le profesaba a Watkin, pues el celoso acequiero sospechaba que los paseos del sacristán con la joven cortesana por el cementerio no estaban relacionados con ningún asunto de la parroquia. Desde el huerto, Athelstan podía oír las discusiones de la casa y el ruido de los golpes procedentes de la iglesia donde los trabajadores estaban levantando las viejas baldosas del suelo.

    – ¿Qué ocurre? –le preguntó a la viuda.

    Benedicta levantó los ojos y el fraile vio una lágrima rodando por su aceitunada mejilla y otras a punto de escaparse de sus inquietos ojos oscuros. ¿Eran azules o violeta?, se preguntó Athelstan. Benedicta le recordaba siempre una figura de la Virgen María que una vez había visto en una vidriera. Su rostro poseía la misma serenidad, incluso cuando estaba trastornada, tal como le ocurría en aquellos momentos. Athelstan le rozó suavemente el hombro con la mano.

    – ¿Qué ocurre? –repitió, procurando no prestar atención a los gritos de la casa y los golpes de los obreros en la iglesia.
    – Padre, vos sabéis que soy viuda desde hace tres años.

    Athelstan asintió con la cabeza.

    – Pues bien. –Benedicta apartó la mirada y se mordió el labio inferior–. Acabo de recibir noticias de Francia. –Respiró hondo–. ¡Puede que mi marido no haya muerto!

    Athelstan retrocedió asombrado.

    – Vuestro esposo era capitán de barco. Yo creía que había muerto en el mar.
    – Sí, obtuvo patente de corso para actuar como corsario en el Canal, fue atacado por una embarcación de guerra francesa y había puesto rumbo a Calais cuando se desencadenó una súbita tormenta y su barco se hundió con toda la tripulación. Ahora acabo de recibir la noticia de que quizá lo hicieron prisionero.
    – ¿Por qué medio os habéis enterado?
    – Un conocido mío acaba de regresar de Francia, aprovechando que la tregua ha sido prorrogada. Y dice que vio a mi esposo en el interior de la empalizada de una prisión de las afueras de Boulogne. –Benedicta entrelazó los dedos de las manos–. ¿Qué puedo hacer, padre? No puedo ir a Francia, pues temo que con ello se agravara la situación y además serían necesarios varios meses para cursar una instancia al consejo. Athelstan respiró hondo, tratando de luchar contra sus secretos deseos y pensamientos.
    – Los dominicos tienen una casa en las afueras de Boulogne –dijo–. Esta misma noche les escribiré y le pediré a Cranston que ordene su envío a través de uno de los mensajeros reales. Cranston le podrá facilitar salvoconductos –añadió sonriendo–. Para algo somos los dominicos, Benedicta. Somos literalmente los Canes del Señor. Si vuestro esposo está vivo, nuestra casa intervendrá y puede que curse una petición a las autoridades francesas. A cambio de un puñado de oro, quizá vuestro esposo podría regresar a casa antes de un mes.

    El fraile le dio a la viuda una suave palmada en el hombro e inmediatamente se sintió culpable del placer que experimentó por el simple hecho de estar a su lado. Benedicta apartó la cabeza como si quisiera ocultar el rostro. Al hacerlo, un mechón de su cabello rozó la mejilla de Athelstan y éste aspiró la fragancia de su perfume mientras ella se volvía a mirarle con una sonrisa en los labios.

    – Será mejor que regreséis, padre –dijo Benedicta en voz baja–. ¡La mujer de Watkin tiene instintos asesinos!

    Athelstan captó la alusión y dio media vuelta para regresar a la reunión. Benedicta estaba en lo cierto. La sopa había infundido nuevos bríos a los miembros del consejo y ahora todos estaban gritando y nadie escuchaba. Athelstan empezó a dar sonoras palmadas y no paró hasta que consiguió restablecer el orden.

    – Todos acabamos de recibir el sacramento de la comunión –dijo, mirándoles severamente–y nos hemos intercambiado un saludo de paz. Por consiguiente, todas estas discusiones tienen que terminar. Cuando volvamos a reunimos, haremos una votación sobre la cuestión del cementerio y tomaremos la decisión que se haya votado por mayoría. Miró al mendigo que aún seguía sentado en el escabel–. ¡Leif! –le gritó–, ya basta de tomar sopa. ¡Me tendría que durar un mes! Y ahora –añadió levantando una mano–, ¡quiero que os sentéis todos y os calléis de una maldita vez!

    Se dirigió a la despensa, regresó con una garrafa de vino que Cranston le había regalado por Pascua y escanció una pequeña cantidad en cada uno de los vasos de los presentes. Los feligreses le dieron las gracias, sonriendo con disimulo y guiñándose el ojo unos a otros, pues su párroco raras veces perdía los estribos. Benedicta se reunió con ellos y todos volvieron a sus asientos. Tras un breve y benévolo discurso, en el cual hizo un llamamiento a la unidad, Athelstan desvió hábilmente la discusión hacia los preparativos que se estaban haciendo en la parroquia para la fiesta del Corpus Christi.

    – Los niños –dijo–escenificarán su representación en la nave de la iglesia.
    – Y habrá una procesión –añadió Watkin.
    – ¿Y alguna nueva pintura quizá? –preguntó Huddle en tono esperanzado–. La podríamos poner junto a la entrada, padre. Jesús multiplicando los panes y los peces para cinco mil hombres.
    – Cada cosa a su tiempo –contestó Athelstan, levantando una mano.
    – Hay algo más importante –dijo Cecilia, interrumpiéndoles–. Tenemos que colocar una cortina entre la columna y el muro, cerca del altar. Recordad, padre, que nos tenéis que oír en confesión y darnos la absolución antes de la gran fiesta. Athelstan cerró los ojos. Gustosamente hubiera soslayado el deber de oír las confesiones de sus feligreses, pues ya sabía cuál iba a ser el inevitable resultado. Al terminar, la mujer de Watkin le preguntaría qué le había confesado su marido y, como es natural, él tendría que tranquilizarla sin mentir ni hacerle confidencias. Benedicta, que debía de haber adivinado su inquietud, intervino rápidamente, sugiriendo la celebración de un festival de flores el miércoles anterior al Corpus Christi. Mientras todos estaban estudiando tranquilamente los detalles, se abrió la puerta de golpe e irrumpió en la estancia uno de los hombres que estaban trabajando en la iglesia.
    – ¡Padre, padre! ¡Venid enseguida! –gritó en tono atemorizado. Unas gruesas gotas de sudor le bajaban por el rostro cubierto de polvo.
    – ¿Qué sucede? –preguntó Watkin–. Yo soy el sacristán y presidente del consejo.
    – ¡Cállate, gordinflón! –le gritó el hombre–. Tenéis que venir vos, padre. ¡Venid enseguida, os lo ruego! –suplicó, agitando las manos mientras tragaba saliva y miraba a su alrededor con expresión aterrada–. ¡Al levantar la baldosa que hay debajo del altar, hemos encontrado un cadáver!

    Athelstan sintió un estremecimiento de frío y aporreó la mesa para acallar el clamor de los presentes.

    – ¿Un cadáver? –preguntó–. ¿Debajo de nuestro altar?
    – Bueno, padre, a decir verdad, es más bien un esqueleto perfectamente conservado. ¡Y está tendido allí abajo con un pequeño crucifijo de madera en la mano!

    Encabezados por su párroco, los miembros del consejo parroquial abandonaron la casa y entraron en la iglesia, olvidando de repente todas sus desavenencias. Al entrar en el templo, Athelstan se detuvo y los componentes del grupo empezaron a darse codazos y empujones.

    – ¡Oh, no! –exclamó, consternado.
    – No os preocupéis, padre –le dijo Watkin alegremente–. Antes de una semana, todo estará arreglado.

    Athelstan contempló el caos. El antealtar había sido retirado y el espacio previamente ocupado por el altar parecía un solar de un edificio en construcción. Las viejas baldosas estaban amontonadas de cualquier manera y, al acercarse al presbiterio, el fraile pudo ver el enorme agujero abierto en el espacio previamente ocupado por el altar. Los demás trabajadores se habían congregado a su alrededor y lo estaban contemplando en silencio. El que había acudido a llamar a Athelstan y que, al parecer, era el capataz, rechazó con un autoritario gesto de la mano a Watkin y sus compañeros.

    – Veréis, padre –dijo, mirando a sus hombres como si les pidiera una confirmación–, el altar se levantaba sobre una baldosa que a su vez descansaba sobre una lastra encima de un lecho de tierra y grava. –El hombre carraspeó y se secó la boca con el dorso de la mano–. Tal como vos habíais ordenado, teníamos que rebajar el suelo del altar y, por consiguiente, sacamos un poco de tierra. Pues bien, debajo del altar el suelo cedió y eso es lo que hemos encontrado.

    Mientras los feligreses se agrupaban a su alrededor, Athelstan se acercó al borde del agujero y vio que uno de los trabajadores bajaba cuidadosamente para retirar un trozo de lona. Debajo había un esqueleto en posición de sereno reposo, con un pequeño crucifijo de madera ya medio podrida y reblandecida entre los huesudos dedos. Las muñecas estaban cruzadas y las piernas estiradas.

    – ¡Es un mártir! –exclamó súbitamente Watkin como si hiciera una triunfal revelación. ¡Mirad, padre, es un mártir! ¡San Erconwaldo tiene su propio santo y su sagrada reliquia!

    Athelstan cerró los ojos y musitó una plegaria. Lo que menos le interesaba era tener una reliquia. No creía que la voluntad de Dios dependiera de unos fragmentos de hueso o unos retazos de carne.

    – ¿Cómo sabes que es un mártir? –preguntó con un hilillo de voz–. Alguien podría haber arrojado estos restos aquí. Los feligreses le miraron enfurecidos, firmemente dispuestos a no dejarse arrebatar su santo mártir.
    – Pues claro que es un mártir –dijo Pike, por una vez plenamente de acuerdo con Watkin–. Mirad, padre, vos habéis visto muchos cadáveres que se arrojan a un hoyo y allí se quedan. Éste de aquí, en cambio, ha sido cuidadosamente colocado con la cabeza dirigida hacia oriente.
    – ¡Y el crucifijo! –gritó jubilosamente Úrsula–. ¡No olvidéis el crucifijo!
    – Tienen razón, padre –dijo serenamente Benedicta–. Quienquiera que sea la persona a la que pertenece este esqueleto, quienquiera que haya sido en vida, está claro que fue enterrada aquí en señal de respeto, con un crucifijo en las manos como signo de reverencia. Athelstan miró impotente a su alrededor.
    – Concedo [1] – murmuró–que existe esta posibilidad, pero, en tal caso, ¿quién es y por qué está aquí?
    – Es un mártir –afirmó Mugwort–. Lo debieron de martirizar los persas.
    – ¿Los persas, Mugwort? ¡Jamás hubo persas en Inglaterra!
    – ¡Sí los hubo! –gritó Tab el calderero–. Vos lo sabéis, padre, fueron los mismos desalmados que mataron a Jesús. Después de haberle crucificado –añadió–, vinieron aquí, mataron a todos los pobrecillos que creían en Jesucristo y saquearon los monasterios explicó, mirando confiadamente a su alrededor, pues estaba muy orgulloso de la escasa instrucción que había recibido y nunca dejaba pasar la oportunidad de exhibir sus conocimientos.
    – Los romanos –replicó Athelstan–. Fueron los romanos quienes invadieron Inglaterra. Y, efectivamente, cuando la fe cristiana se difundió por estos territorios, mataron a los que creían en Jesucristo. Hombres como san Albano, cuyos sagrados restos descansan en su propia iglesia al norte de Londres. –El fraile vio la decepción que reflejaban los ojos de Tab–. Pero, a lo mejor, tienes razón, Tab. Los vikingos que llegaron mucho más tarde estuvieron efectivamente en Londres y mataron también a muchos cristianos y sólo Dios sabe si éste fue una de sus víctimas –dijo, contemplando el esqueleto–. Sin embargo, no sabemos si es un hombre o una mujer. Vamos a ver. Pike, Huddle, Watkin, levantad con cuidado el cuerpo –añadió, señalando el fondo de la nave del templo donde, en uno de los cruceros, estaba el gran ataúd de madera de roble de la parroquia–. Depositad los huesos allí y ya veremos lo que podemos averiguar. Los feligreses elegidos levantaron reverentemente el esqueleto como si fuera lo más sagrado que hubiera bajo el sol mientras los demás, incluidos los trabajadores, se arrodillaban y se santiguaban devotamente. Todos experimentaron un sobresalto cuando Buenaventura, que había entrado sigilosamente en la iglesia, se percató de repente de que el levantamiento de las baldosas del suelo había sembrado el desconcierto entre las ratas y los ratones y empezó a perseguirlos, corriendo como una negra exhalación en pos de sus presas.
    – ¡Vamos! –dijo Athelstan.

    El esqueleto fue sacado del hoyo y colocado sobre un lienzo de lona. Athelstan, haciendo caso omiso de las protestas de los miembros de su consejo, lo examinó, observó la delicadeza y blancura de los huesos y estudió con atención el cráneo y las costillas sin encontrar en ellos la menor señal de violencia.

    – Qué curioso –musitó.
    – ¿A qué os referís, padre?
    – Bueno, yo no soy médico, pero me parece que estos huesos no pueden ser muy antiguos. Sospecho que se trata de una mujer y, por lo que yo recuerdo del martirologio romano, casi todos los mártires sufrieron unas muertes atroces: crucifixión, ahorcamiento, empalamiento o decapitación. Y, sin embargo, este esqueleto no tiene la menor señal. Athelstan hubiera deseado estudiar con más detenimiento el cráneo, pero sus feligreses ya habían rodeado el ataúd. Le hizo una seña a Tab.
    – Ve en busca del alguacil maese Bladdersniff –le ordenó–. Lo encontrarás en alguna taberna de por aquí. –El fraile contempló de nuevo el esqueleto–.Y localiza también al médico Culpepper. Su casa está en la esquina del callejón de Reeking. Aunque sea muy viejo, es un hombre muy experto.

    Dicho lo cual, mandó salir a todo el mundo de la iglesia, instando a los hombres a reanudar su trabajo y recuperar el tiempo perdido. Los feligreses permanecieron un rato en el exterior, comentando emocionados lo ocurrido mientras Athelstan se hundía en una profunda zozobra. Tenía una premonición de lo que estaba a punto de ocurrir. Empezaría a acudir gente a la iglesia en busca de milagros y reliquias y se perdería para siempre la cotidiana paz de la parroquia. Surgirían impostores, dispensadores de indulgencias de Roma y Aviñón ansiosos de medrar a costa de los temores de la gente, vendedores de reliquias con bolsas llenas de las habituales falsificaciones y gente capaz de soltar un buen montón de monedas de oro a cambio de la articulación de un dedo de un santo o un pedazo de su cráneo; y, finalmente, aparecerían los peregrinos profesionales y los fanáticos religiosos que vivían en un estado permanente de semihisteria. Athelstan se apartó del grupo, seguido de Benedicta. Se detuvo y volvió la cabeza para contemplar el templo.

    – ¿Qué antigüedad tiene esta iglesia? –preguntó la viuda, intuyendo sus pensamientos. Athelstan levantó la vista hacia las grises piedras de la torre, gastadas por la intemperie.
    – No estoy seguro –contestó–, Pero un gran incendio durante el reinado del rey Esteban arrasó todos los edificios y, por consiguiente, la época más antigua en la que se pudo haber construido sería la del reinado de su sucesor el rey Enrique II. –Athelstan se mordió el labio, tratando de recordar la historia–. Eso fue hace unos doscientos años –dijo, mirando con una sonrisa a la viuda–. Y, antes de que me lo preguntéis, Benedicta, no existe ningún archivo ni registro, todos desaparecieron. Yo llevo aquí muy poco tiempo como sabéis y, antes de mi llegada, la iglesia era atendida por clérigos itinerantes o sacerdotes seculares.
    – ¿Y antes? –preguntó Benedicta.

    Athelstan recordó vagamente las escandalosas historias que le habían contado y miró hacia el lugar donde se encontraban los miembros de su consejo parroquial.

    – ¡Watkin! –gritó–. ¿Puedo hablar contigo un momento?

    El sacristán se acercó presuroso, con el rostro arrebolado por la emoción.

    – Mira, Watkin –le dijo secamente Athelstan–, tenemos que mantener la serenidad sobre este asunto. ¿Qué sabes de la historia de la iglesia? ¿Y, sobre todo, del último párroco?

    El sacristán se rascó la cabeza, se manoseó una gruesa verruga de la nariz y miró tímidamente al fraile.

    – Bueno, padre, la iglesia siempre ha estado aquí.
    – ¿Y el último párroco?

    Watkin hizo una mueca de desagrado.

    – Era un hombre muy extraño, padre.
    – ¿Qué quieres decir?

    Watkin volvió a rascarse la cabeza y miró al suelo como si buscara algo.

    – Pues se llamaba Guillermo Fitzwolfe y era uno de esos curas iletrados que andan sueltos por ahí, un bribón y un sinvergüenza. Utilizaba San Erconwaldo como casa de juegos y celebraba extrañas reuniones nocturnas.
    – ¿De qué tipo?
    – Con carne de patíbulo.
    – ¿Magos quieres decir?
    – Sí, padre. Después desapareció y se llevó todos los libros y registros de la parroquia. Alguien dijo que el tribunal de los arcedianos lo estaba buscando cuando empezó a mezclarse con mujeres como Cecilia. –Watkin restregó las suelas de sus grandes botas contra el suelo–. Un mal hombre, padre. Dicen que estuvo detrás de muchas de las maldades que hubo por aquí. Pesas falsas en las tabernas, contratación de sirenas. –Watkin miró de reojo a Benedicta–. Prostitutas, meretrices, ¡así las llamamos nosotros!
    – ¿Y eso cuándo fue? –preguntó la viuda.
    – Pues hace unos cinco años. ¿Algo más, padre?

    Athelstan denegó con la cabeza y el sacristán se retiró a toda prisa.

    – Ya tenéis la respuesta, Benedicta. No hay registros ni libros ni historia. –El fraile se encogió de hombros–. ¿Quién sabe? Puede que el esqueleto tenga algo que ver con las nefastas actividades de Fitzwolfe.

    Benedicta le miró con dureza.

    – Lo dudo. Los hombres como Fitzwolfe, un auténtico rey entre los malandrines, hubieran tenido muchos lugares donde ocultar un cadáver. No olvidéis, padre, que el río se encuentra a dos pasos de aquí. No, o el cuerpo fue colocado allí antes de la construcción del altar o…
    – O durante su reconstrucción –dijo Athelstan, interrumpiéndola–. Reconozco, Benedicta, que vuestra lógica es aplastante. Lo cual significa –añadió–que tendré que averiguar cuándo se construyó la iglesia y si las baldosas se levantaron alguna vez. Cranston nos tendrá que ayudar en eso. Pero decidme, por favor –añadió, cambiando de tema–, ¿cuál era el nombre de pila de vuestro esposo? ¿Y qué aspecto tenía?

    Benedicta parpadeó y apartó la mirada.

    – Se llamaba Jaime y era alto y rubio y de complexión normal. Llevaba bigote y el cabello largo hasta los hombros, y tenía una cicatriz bajo el ojo derecho causada por una navaja.

    Athelstan le agradeció la información y ambos se pasaron un rato comentando cuál sería la actitud de los feligreses de la parroquia hasta que regresara el calderero con el presumido y medio cegato Bladdersniff y el canoso y risueño Culpepper.

    – ¿Qué es lo que ocurre, padre? –preguntó el alguacil, estirando el cuello como un ganso enfurecido mientras entornaba los ojos y fruncía ridículamente los labios. Athelstan lanzó un suspiro y prefirió no prestar atención a los fuertes efluvios de cerveza que lo envolvían cual si fueran un perfume.
    – Os necesito, maese Bladdersniff, y a vos también, mi buen médico, pues hemos encontrado un cuerpo, o más bien un esqueleto. Os ruego que me acompañéis. Entraron en la iglesia. Tambaleándose ligeramente, Bladdersniff examinó el esqueleto, murmurando palabras ininteligibles para sus adentros. Después se incorporó, introdujo los dedos pulgares de ambas manos en el ancho cinto que le ceñía la cintura y anunció solemnemente:
    – ¡Está muerto y es un esqueleto!

    Cecilia y Benedicta no pudieron reprimir la risa. El alguacil miró recelosamente a Pike, el cual se había situado a su espalda y estaba imitando todos sus movimientos con tal precisión que hasta el propio Athelstan tuvo que apartar el rostro. El médico Culpepper les fue mucho más útil. Se agachó y estudió cuidadosamente el esqueleto.

    – No hay ninguna señal de violencia –dijo–. Los huesos son finos y delicados y presentan un aspecto muy fresco.
    – ¿O sea que lo enterraron hace poco? –preguntó Athelstan, esperanzado.
    – Oh, no –contestó el anciano médico, mirando con sus lacrimosos ojos a Athelstan–. Vos sabéis, padre, que la arcilla de Londres suele conservar muy bien los huesos. Por consiguiente, sólo Dios sabe cuánto tiempo lleva enterrada aquí esta pobre criatura. Pero os diré una cosa –añadió–, el esqueleto pertenece a una mujer.
    – ¿Cómo lo sabéis?
    – Una simple suposición, padre. Pero, por la delicadeza de los huesos y el perfil de las costillas, los brazos y las piernas, creo que estoy en lo cierto. Athelstan les dio las gracias a los dos e insistió una vez más en que todo el mundo saliera de la iglesia, empujando a sus feligreses hacia la puerta, tal como hubiera hecho una granjera con unas gallinas, mientras les gritaba a los obreros que reanudaran su trabajo. Una vez fuera, le ordenó a Watkin que no permitiera entrar a nadie. Los feligreses se congregaron alrededor de Bladdersniff y Culpepper y empezaron a acosarlos con sus preguntas.

    Benedicta rozó la mano de Athelstan.

    – Todo irá bien, padre. Estoy segura de que el misterio se resolverá enseguida. Athelstan tomó sus cálidos dedos entre los suyos.
    – Gracias, Benedicta. Y vos tranquilizaos también. Escribiré la carta a Boulogne. Después regresó a la casa y cerró la puerta a su espalda. Buenaventura se reunió con él saltando a través de la ventana abierta, más orgulloso que un pavo real tras su fructífera expedición de caza en la iglesia. Athelstan se pasó un rato pensando en lo ocurrido y lamentando que su paz de espíritu hubiera sido tan bruscamente alterada. Al final, lanzó un suspiro y sacó sus tinteros de cuerno y sus rollos de pergamino. Estaba terminando la versión definitiva de su carta a los dominicos de las afueras de Boulogne cuando oyó llamar suavemente a la puerta.
    – ¡Adelante! –gritó.

    Entonces recordó que había cerrado por dentro y se levantó para abrir los pestillos, medio esperando ver a Benedicta. Para su asombro, vio a Cranston, mirándole con semblante profundamente preocupado. Se apartó y le franqueó la entrada. Cranston cruzó la cocina como un sonámbulo. El voluminoso forense tenía por costumbre presentarse con tanto ímpetu como las ráfagas de un vendaval del norte.

    – Me alegro de ver vuestro dulce rostro, sir John.
    – ¡Callaos! –musitó Cranston, sentándose en un escabel–. ¿Ese inútil de Leif os ha transmitido mi mensaje?

    Athelstan tomó asiento delante de él.

    – ¿Le ocurre algo a lady Matilde?
    – No, está bien.
    – ¿Y los chiquitines? –preguntó el fraile, utilizando las mismas palabras que Cranston solía emplear para referirse a sus dos gemelos.
    – Tan felices y contentos como siempre.

    El forense se secó la sudorosa frente y acercó el mofletudo y rubicundo rostro al de Athelstan. El fraile pegó un respingo al ver la cólera que ardía en las gélidas profundidades de sus ojos azules.

    – Os veo muy enojado, sir John. ¿Una copa de vino?
    – ¡No me vengáis ahora con esas finuras! –replicó Cranston–. Lo que yo necesito es una buena jarra de cerveza como Dios manda. ¡Vamos al Caballo Pío!

    Athelstan asintió con la cabeza, rezongando para sus adentros.

    – ¿Qué es eso que estáis escribiendo? –preguntó Cranston, tamborileando con un rechoncho dedo sobre la carta. El fraile se lo explicó y Cranston le miró con una taimada sonrisa.
    – ¿O sea que, a lo mejor, Benedicta dejará de ser una viuda?
    – Sois injusto conmigo, sir John.
    – Vaya –murmuró Cranston, guardándose la carta en el bolsillo–. Mandaré que la sellen y envíen. Después volverá el marido y vos tendréis que suspirar por otra. Mientras Athelstan reprimía la áspera réplica que le había venido a la mente, Buena– ventura pegó un repentino brinco, se sentó en el alféizar de la ventana y miró a Cranston. Athelstan hubiera podido jurar que el gato sonrió maliciosamente si tal cosa hubiera sido posible. Después, el animal saltó fuera y regresó con una enorme rata en la boca, se acercó muy despacio y depositó el siniestro trofeo a los pies del forense como si fuera una rosa o una copa de plata. Sir John hizo una mueca y apartó los pies.
    – No hay para tanto –murmuró Athelstan.

    Se levantó, tomó el roedor muerto por la cola y, seguido por el vigilante Buenaven– tura, lo arrojó sobre la hierba del exterior. Regresó frotándose las manos y abandonó la casa para dirigirse a la iglesia, seguido de un encolerizado Cranston que no paraba de protestar y rezongar.

    Dos de los hijos de Watkin montaban guardia, pero Athelstan observó con inquietud que varias personas se habían reunido delante del templo y hablaban acaloradamente entre sí, señalando la puerta.

    – ¿Qué están haciendo aquí estos holgazanes? –rezongó Cranston.
    – Os lo explicaré dentro de un rato, sir John.

    La taberna del Caballo Pío estaba muy tranquila. Los habitantes de las míseras casas de las sombrías callejuelas de Southwark debían de estar disfrutando del buen tiempo junto a la orilla del río o en sus pequeños huertos. El propietario de la taberna, un antiguo pirata manco, saludó a sir John como si fuera un hermano largo tiempo desaparecido, sin prestar la menor atención a las enfurecidas miradas y las maldiciones por lo bajo del forense.

    – ¡Sírvenos un poco de cerveza! –le rugió Cranston–. ¡Fuerte y con mucha espuma! ¡Que no sea una de esas porquerías del Támesis que tienes por aquí! –le advirtió, arrojándole una moneda que el tabernero cogió hábilmente al vuelo–. ¿Para vos, hermano, una copa de vino aguado?
    – No, sir John, hoy estamos a domingo aunque no lo parezca. Tomaré lo mismo que vos. Creo que lo voy a necesitar.

    El tabernero le oyó y esbozó una leve sonrisa de satisfacción ante la perspectiva de unas mayores ganancias.

    – Por cierto, padre, ya nos hemos enterado de la historia. La iglesia de San Erconwaldo se va a hacer muy famosa.
    – ¿Qué historia? –preguntó Cranston en voz baja mientras ambos se acomodaban junto a la ventana para disfrutar mejor de la luz y la brisa. Athelstan respiró hondo y le explicó brevemente lo que se había descubierto en la iglesia unas cuantas horas atrás. Cranston le escuchó con atención.
    – ¿Vos qué pensáis, monje?
    – Fraile, sir John. Recordad que soy un fraile.
    – ¿Y eso qué más da? –replicó el forense–. ¿Creéis que son los restos de algún santo?

    Athelstan esperó a que el tabernero les sirviera las consumiciones.

    – No, la iglesia no es lo bastante antigua como para eso. Pero las cosas se complican cuando no hay archivos. El último titular huyó, arramblando con todo lo que pudo. No sé si vos lo conocisteis, sir John. Se llamaba Guillermo Fitz–wolfe. Cranston se bebió la mitad del contenido de su jarra y se rascó la narizota mientras Athelstan le miraba con expresión expectante. No había en Londres ningún bribón de quien Cranston no tuviera noticias. El forense frunció los labios.
    – Pues sí, recuerdo a ese malnacido. Guillermo Fitzwolfe, sacerdote suspendido y excomulgado. Figura desde hace cinco años en la lista de personas con quienes yo quisiera hablar. Parece ser que el muy tunante vive escondido en la ciudad.
    – También necesitaría los archivos de la iglesia –dijo Athelstan–. Quisiera saber qué es lo que había allí antes de que se construyera la iglesia y cuándo se pavimentó el antiguo templo.
    – En eso os puedo echar una mano –contestó Cranston–. La corporación municipal dispone de sus propios archivos. Mandaré que algún escribano ocioso busque por allí y vea lo que hay.
    – ¿Y Fitzwolfe?
    – Bueno, si es un sacerdote suspendido, culpable de sacrilegio y cualquiera sabe de qué otros delitos, se tiene que haber puesto precio a su cabeza. Lo que yo voy a hacer, mi estimado fraile, es aumentar el número de sus crímenes y decirle a mi legión de confidentes que, quienquiera que localice a ese bellaco, se ganará mi favor. Y, si vos conocéis a los bribones tal como yo los conozco, ya sabréis lo mucho que lo necesitan.
    – Sois muy generoso conmigo, sir John.
    – ¡No digáis sandeces! Todavía no me habéis preguntado por qué he venido.
    – ¿Otro asesinato?
    – Bueno, sí y no –contestó Cranston esbozando una sonrisa–. Ya veo que os pica la curiosidad. Pero, mirad, antes de que os explique los porqués y los dóndes, volvamos a vuestra estúpida iglesita. El día ya empieza a declinar y me gustaría echar un vistazo a ese misterioso esqueleto.


    CAPÍTULO 3


    Athelstan y Cranston regresaron lentamente a San Erconwaldo. Aún había algunas personas delante de la iglesia, pero un severo y lacónico discurso del párroco bastó para dispersarlas, a excepción del soñoliento Crim que montaba guardia junto a la puerta.

    – Los trabajadores ya están terminando, padre.
    – Muy bien –dijo Athelstan–. Ya puedes irte, Crim –añadió arrojándole un penique. En el interior de la iglesia, Athelstan soltó un gruñido de desagrado al ver la espesa capa de polvo que lo cubría todo.
    – Cualquiera diría que esto ha estado bajo asedio –comentó Cranston entre risas, recuperando inmediatamente la seriedad al ver que Athelstan no estaba para bromas y miraba con expresión enfurecida a los obreros, ocupados en la tarea de guardar sus herramientas en unas bolsas de cuero.
    – No hemos encontrado más esqueletos, padre –le gritó el capataz a Athelstan. Las carcajadas que suscitaron sus palabras terminaron de golpe cuando Athelstan se acercó a él, caminando a grandes zancadas.
    – Era sólo una broma, padre –añadió el hombre–. No nos podéis considerar responsables de lo ocurrido. –Señaló con la mano el suelo del templo, tratando desesperadamente de cambiar de tema–. Mirad, ya hemos levantado casi todas las baldosas. Athelstan miró a su alrededor, el suelo de la iglesia era de simple tierra batida a excepción del agujero que se abría donde antes estaba el altar. Las baldosas estaban cuidadosamente amontonadas contra el muro y tanto la grava como la arena se habían recogido en montones. Athelstan apoyó la mano en el hombro del capataz.
    – Habéis hecho un buen trabajo –le dijo, aproximándose a las baldosas. Buscó una moneda en su bolsa y se la entregó diciendo–: Quiero que os vayáis a tomar unas cervezas. Se os pagará todo cuando terminéis el trabajo, pero me da la impresión de que sois expertos en piedras labradas. –Tocó con la mano una de las baldosas–. Decidme, ¿creéis que estas baldosas fueron colocadas cuando se construyó la iglesia?
    – Qué va –contestó el hombre–. Ésas se colocaron a toda prisa y no hace demasiado tiempo, por cierto.
    – ¿Cuánto?

    El capataz se encogió de hombros.

    – Unos diez años o más. Veréis, padre –el hombre golpeó la tierra batida del suelo con la puntera de su polvorienta bota–, yo calculo que esta iglesia debe de tener unos ciento cincuenta años y, cuando se construyó, no tenía suelo embaldosado sino simplemente tierra batida. Quedan todavía algunas iglesias así en Londres, pero, como aquí estamos muy cerca del río, la tierra está húmeda y yo creo que algún sacerdote debió de contratar a alguien para que pusiera estas baldosas. Incluso dejó su marca. –El capataz sacó una vela de una caja de madera que había delante de la imagen de la Virgen, la encendió con la mecha y la acercó a una de las baldosas–. ¡Mirad! –dijo–. Ésta es la marca del cantero. Athelstan y Cranston contemplaron las tres letras toscamente labradas: A. Q. D.
    – ¿Y eso qué significa? –preguntó Athelstan.
    – Bueno, cada cantero tiene su marca –terció Cranston–y ésta pertenece, al parecer, al hombre que puso las baldosas en la iglesia.
    – ¿Podríamos saber quién es? –preguntó Athelstan.
    – Lo dudo –contestó el capataz–. Sólo en Southwark hay montones de canteros. ¿Quién sabe? El cura pudo contratar a alguien del otro lado del río o incluso de una de las aldeas de las afueras de Londres. Yo no conozco la marca, desde luego. –Tomó la bolsa y llamó por señas a los hombres–. Eso es todo lo que os puedo decir, padre. ¡Vamos, muchachos, tenemos los gaznates muy secos!
    – ¡Cerrad la puerta al salir! –les gritó Athelstan.

    El fraile esperó a que los obreros se retiraran y entonces acompañó a Cranston hasta el gran ataúd de la parroquia, donde, junto con él, estudió cuidadosamente el esqueleto y le comunicó al forense lo que había averiguado hasta el momento.

    – Estoy de acuerdo con el buen médico –dijo Cranston. Sus palabras resonaron en medio de la creciente oscuridad del interior del templo–. Creo que se trata efectivamente de una mujer. –Tomó el crucifijo de madera medio podrida–. La carne se corrompió con bastante rapidez y, aunque la arcilla preservó los huesos, no se puede decir lo mismo de la madera. –El crucifijo estaba formado, en realidad, por dos trozos de madera entrecru–zados–. Muy tosca –comentó–. El núcleo de la madera aún conserva la dureza. Creo, padre, que esta dama fue enterrada aquí hace apenas quince años.
    – ¿Coincidiendo con la pavimentación de la iglesia?
    – Exactamente. –Cranston respiró hondo–. Que Dios me perdone –añadió, levantando el esqueleto y comprimiendo el cráneo sin que le importara demasiado el ruido de rotura de los huesos del cuello. Examinó el interior del cráneo y acercó la vela hasta que la cavidad se iluminó con un brillo espectral–. ¡Interesante! –dijo en un susurro.
    – ¿Qué es, sir John?

    Cranston separó el cráneo de los huesos del cuello. El crujido resonó en la iglesia como el estallido de un trueno. Athelstan cerró los ojos y musitó una oración.

    – ¡Dios le conceda el descanso eterno! –murmuró–. Señor, vos sois testigo de que no pretendemos cometer una profanación sino tan sólo descubrir la verdad.
    – El Señor lo comprenderá –tronó Cranston, levantando el cráneo y acercando un poco más la vela–. No olvidéis lo que dicen las Sagradas Escrituras, Athelstan. Lo importante es el espíritu, la carne no sirve de nada. Vamos a ver, mi buen monje.
    – Fraile, sir John.

    El forense esbozó una picara sonrisa.

    – Claro. Pero permitidme que os exponga mi filosofía de la observación y la deducción. Echad un vistazo al cráneo, Athelstan, y decidme qué es lo que veis. Sir John empujó el cráneo hacia el sacerdote y éste tomó la vela y la acercó a la abertura que había detrás de la mandíbula para examinar la cavidad.
    – No veo nada –dijo en voz baja.
    – ¡Vamos, vamos, hermano! Demasiada cerveza embota la mente y empaña los ojos. Cranston le comprimió el brazo–. ¡Volved a mirar!

    Athelstan lo hizo y emitió un jadeo entrecortado mientras acercaba un poco más la llama de la vela.

    – Tened cuidado, no vayáis a quemar el hueso –le advirtió Cranston. Athelstan examinó la mancha rojiza que había en la parte superior del cráneo.
    – Parece pintura roja –murmuró–. Muy desteñida.

    Cranston tomó de nuevo el cráneo y la vela, acunando ambas cosas en su mano. En medio de la penumbra, parecía una especie de Maestro de la Magia Negra. El forense apagó la llama de la vela de un soplo y volvió a colocar el cráneo en el ataúd. Cerró la tapa y se sentó, dando unas palmadas al banco para que Athelstan se sentara a su lado.

    – Mi teoría, amigo mío, basada en la observación, la lógica y la deducción –dijo en tono ampuloso–, es que el esqueleto pertenecía a una doncella que fue asesinada y colocada en aquel hoyo de debajo del altar. Pero no sé quién la asesinó.
    – ¿Y cómo la asesinaron?
    – Por asfixia o estrangulamiento.
    – ¿Dónde está la prueba?
    – Lo he visto en algunas ocasiones. Un médico genovés me explicó cuáles eran las señales. Al parecer, cuando se asfixia o estrangula a una persona, se rompen los vasos sanguíneos del cerebro y entonces el cráneo se mancha de sangre.
    – ¿Y vos creéis que es eso lo que ocurrió en este caso?
    – Estoy seguro de que sí, mi buen amigo. Pero la pregunta es ¿quién lo hizo y por qué? Pudieron ser los obreros que pavimentaron el suelo de la iglesia.
    – ¿O el sacerdote que vivía aquí?

    Cranston le dio al fraile unas palmadas en el muslo.

    – Por supuesto que sí. No podemos olvidar a Fitzwolfe de grata memoria. Puede que tengamos que añadir el asesinato a la lista de sus fechorías.

    Athelstan miró a su alrededor. La iglesia ya no le parecía tan agradable como antes. Un terrible asesinato se había cometido allí dentro y el nefando pecado parecía cernerse sobre aquel lugar como una opresiva nube. ¿Acaso no había ningún sitio seguro? ¿Acaso los asesinatos y los temibles homicidios se filtraban a través de todos los huecos y las grietas de la existencia humana? Se estremeció al pensarlo mientras se levantaba del banco.

    – Sir John, ¿no me habíais dicho que queríais verme por un asunto que tenéis entre manos?

    Cranston hizo una mueca.

    – Sí, pero no aquí, hermano. ¿Aún os queda un poco de aquel vino tan bueno?
    – Hoy he gastado una garrafa, pero me queda otra para vos, sir John.
    – Muy bien pues, vámonos de aquí. Se me está empezando a poner la carne de gallina y mis entrañas están pidiendo a gritos un poco de zumo de uva.

    Athelstan cerró la puerta de la iglesia y acompañó a sir John a la casa. Afortunadamente, Buenaventura se había vuelto a largar. Athelstan cerró las contraventanas, encendió unas velas y avivó el fuego de la chimenea con unas cuantas ramas secas. Después llenó generosamente hasta el borde unas copas de vino para sir John y para él. Cranston acercó una vela y depositó un pequeño rollo de pergamino sobre la mesa.

    – Leed esto, hermano.
    – ¿Por qué?
    – Leedlo.

    Athelstan extendió el pergamino y estudió la típica escritura de escribano. Lo leyó una vez y levantó los ojos, sorprendido.

    – Una extraña historia, sir John. Pero ¿qué tenéis vos que ver con ella?

    Cranston se lo dijo y Athelstan soltó una exclamación de temor.

    – ¡Por el amor de Dios, sir John, estáis atrapado! ¿No conocéis esos acertijos y esos inteligentes enigmas lógicos? Algunos de ellos tienen cientos de años y jamás han sido resueltos.

    Cranston se encogió de hombros.

    – Yo creo que esta historia es verdadera.
    – Sir John, eso os podría costar mil coronas o la pérdida de vuestra integridad si Juan de Gante consiguiera teneros en su poder.
    – Pues entonces ayudadme, hermano.

    Cranston apuró la copa y la depositó ruidosamente sobre la mesa. Athelstan intuyó una sombra de inquietud en el rostro habitualmente risueño del forense.

    – Haré lo que pueda.

    Cranston fue a llenarse de nuevo la copa hasta el borde, pero lo pensó mejor y no se atrevió. No quería regresar a casa bebido. Hasta aquel momento, el asunto sólo lo conocían él y Athelstan. Se preguntó si lady Matilde habría oído algún rumor.

    – Debéis decírselo, sir John –dijo Athelstan en voz baja como si hubiera leído sus pensamientos–. Tenéis que decírselo a lady Matilde.
    – Sí, pero aquí está lo malo. Mi mujer sabe muy bien que jamás le pediré ayuda a Juan de Gante. Sin embargo, ¿de dónde saco yo mil coronas? ¿De los banqueros? ¡Mis bisnietos tendrían que seguir pagando los intereses!

    Athelstan se inclinó hacia delante para estrechar la rechoncha mano del forense.

    – Ánimo, sir John. Y recordad que, si hay un problema, la lógica nos dice que tiene que haber una solución.

    Cranston se levantó, tomando su castoreño y su capa.

    – Muy cierto, hermano. Tened por seguro que haré averiguaciones sobre vuestra iglesia y sobre el paradero del piadoso Fitzwolfe. Cranston restregó los pies contra el suelo y levantó la vista hacia las vigas del techo.
    – Hay algo más, ¿no es cierto, mi señor forense?

    Sir John volvió a sentarse pesadamente en su asiento.

    – Pues sí. He recibido una visita.
    – ¿De quién se trata?
    – De vuestro padre prior.

    Athelstan le miró con asombro.

    – Bueno –Cranston se humedeció los labios con la lengua y contempló con expresión anhelante su copa de vino–, tal como vos sabéis, se está celebrando un Capítulo Interno para discutir los escritos de uno de vuestros hermanos.
    – Sí, fray Enrique de Winchester. ¿Por qué? –preguntó Athelstan, levantando involuntariamente la voz–. ¿Qué tengo yo que ver con eso?
    – Nada, pero os diré para abreviar que algo extraño está ocurriendo en el convento de los dominicos: ha muerto un fraile y otro, llamado Alcuino, ha desaparecido.
    – ¡Alcuino! –exclamó Athelstan, recordando el ascético rostro de su compañero–. ¿Decís que ha desaparecido, sir John? Alcuino era fraile de nacimiento. ¡No me lo puedo imaginar saltando el muro del convento y yéndose al barrio del matadero para reunirse con una mujerzuela!
    – Pues bien, ha desaparecido y el padre prior me ha rogado que lo investigue. –Cranston tragó saliva–. Va a venir a visitaros el miércoles. Vendremos los dos y creo que os quiere pedir ayuda.

    Athelstan se cubrió el rostro con las manos.

    – ¡Oh, Dios mío! Eso no –dijo en tono suplicante–. ¡No quiero volver al convento y a las intrigas de la Orden!

    Después soltó por lo bajo todas las palabrotas que había aprendido de Cranston. Se encontraba a gusto con sus habituales obligaciones de secretario de Cranston y no había ocurrido nada especialmente grave desde los sangrientos asesinatos de la pasada Natividad en la Torre de Londres. Estaba totalmente inmerso en su estudio de las estrellas, sus conversaciones con Buenaventura, la ayuda a los feligreses y, por encima de todo, las obras de reforma de su amada iglesia. Ahora perdería aquella paz tan duramente ganada por culpa del complicado problema de sir John, las preocupaciones de Benedicta a propósito de su esposo, el hallazgo del esqueleto en la iglesia y la petición de ayuda del padre prior. El fraile miró a Cranston, consternado.

    – El asesinato me persigue constantemente y se arrastra a mi espalda como una bestia infernal –dijo en un susurro–. ¡Cometí un error, sir John, y cuán dolorosamente lo estoy pagando!

    Cranston se levantó y se acercó a él.

    – No hicisteis nada malo, Athelstan –le dijo, dándole una suave palmada en el hombro–. Erais jóvenes y os fuisteis a la guerra. Os llevasteis a vuestro hermano menor y su muerte fue la voluntad de Dios. Si había que pagar algún precio, ya lo habéis hecho. Ahora hay otro Francisco, mi hijo y vuestro ahijado. La vida sigue, hermano. Nos veremos el miércoles. Cranston abrió la puerta y salió a la oscuridad del anochecer. Athelstan se quedó sentado, oyéndole alejarse. Después se levantó, se acercó a la ventana y contempló el pináculo de la torre de San Erconwaldo envuelto en las sombras. Respiró hondo, tratando de aclararse la mente. El padre prior tendría que esperar y el esqueleto de la iglesia también. Aquella noche, en lugar de escudriñar las estrellas, analizaría el problema que Cranston le había planteado. Volvió a sentarse junto a la mesa y estudió el manuscrito del forense. ¿De qué sutil manera se habría podido asesinar a aquellos hombres en la cámara escarlata?
    – No comieron nada –susurró para sus adentros–, no bebieron y no había ninguna trampa ni puerta secreta. Ningún asesino pudo entrar subrepticiamente. Por tanto, ¿cómo murieron aquellos hombres?

    La mente de Athelstan recorrió rápidamente todas las posibilidades, pero las muertes habían sido aparentemente muy sencillas, no había ninguna clave, ningún gancho del que poder colgar una sospecha, ningún resquicio por el que poder introducir una palanca. El fraile cerró los ojos y se despertó sobresaltado. La vela ya estaba a punto de extinguirse. En cierto modo, pensó, la clave de todas las muertes estaba en las últimas dos.

    ¿Qué fue lo que aterrorizó al ballestero hasta el extremo de inducirlo a matar a su compañero?

    Athelstan volvió a inclinar la cabeza y se hundió en un profundo sueño: se encontraba sentado en una cámara escarlata, en la cual la figura de la muerte con su esquelético rostro estaba trenzando una extraña danza mientras una silenciosa y amenazadora fuerza reptaba lentamente hacia él.

    A la mañana siguiente, se despertó muerto de frío y con los miembros entumecidos, sentado todavía junto a la mesa y con la cabeza apoyada en los brazos mientras Buena– ventura se restregaba contra él con gesto apremiante. Entre las míseras chozas y las destartaladas casitas de Southwark, un gallo se puso a cantar su matutino himno al sol. El fraile se levantó, se desperezó y se frotó el rostro, lamentando no haberse ido a la cama. Dobló el pergamino que Cranston le había entregado y lo guardó en un cajón de la cómoda de su pequeño dormitorio. Después se desnudó, se lavó el cuerpo con un lienzo mojado, se afeitó y trató de concentrarse en la misa que estaba a punto de celebrar. No tenía que distraerse con los pensamientos que se arremolinaban en su mente. Se lavó los dientes con una mezcla de sal y vinagre, se puso el hábito, se comió una rebanada de pan seco y dio de comer a su querido Buenaventura, el cual se había pasado la noche merodeando por el pequeño laberinto de callejuelas que rodeaban la iglesia.

    – Algo me dice, Buenaventura – dijo en voz baja mientras se inclinaba para dejar el cuenco en el suelo–, que éste va a ser un día muy extraño. Celebró una misa privada en un improvisado altar levantado en el centro de la nave, evitando deliberadamente mirar hacia el ataúd que tenía a su izquierda y pensar en su siniestro contenido. Sólo asistió Pernel la flamenca, la cual parecía más interesada en el ataúd que en cualquier otra cosa. Athelstan terminó la misa y retiró el altar antes de que llegaran los obreros. Dio de comer a Philomel, lo sacó al pequeño patio para que hiciera un poco de ejercicio y regresó a la casa, donde decidió elaborar una lista de las cosas que necesitaba antes de trazar los toscos dibujos de las reformas que deseaba llevar a cabo en la iglesia. Sin embargo, aún no había conseguido saciar su apetito y estaba un poco preocupado, por lo que, cerrando la puerta, bajó a una casa de comidas del callejón de Blowbladder.

    Compró una crujiente empanada de carne y un plato de verduras con salsa y se sentó en el exterior de espaldas a la pared para disfrutar de los sabrosos jugos y el delicioso aroma. Un mendigo con la nariz cortada en castigo por algún delito cometido, se acercó a pedirle limosna. Athelstan le dio dos peniques y el hombre entró a comprarse unas empanadas que el gordinflón propietario del establecimiento le sirvió sin dilación. Después volvió a salir y se reunió de nuevo con él. Al cabo de media hora, el fraile se hartó de escuchar las fantásticas historias que le estaba contando el mendigo sobre sus hazañas de soldado y decidió ir a dar un paseo. Le encantaba Southwark a primera hora de la mañana, a pesar de los desbordados albañales, los putrefactos montones de basura y los siniestros habitantes de sus bajos fondos que en aquellos momentos estaban regresando a sus guaridas a la espera de la llegada de la noche. Una prostituta con la peluca escarlata torcida le gritó unos insultos desde la pared en la que estaba apoyada. Un calderero, con un carrito de mano lleno de manzanas podridas, bajó por la callejuela para ocupar su posición junto al puente y esperar allí a los primeros clientes de la jornada. Un recadero avanzaba presuroso con sus acémilas para salir de Southwark antes de que empezara el trajín de la jornada. En el cruce entre el callejón de la Peste y la calle del Cerdo, un grupo de leprosos encapuchados y enmascarados contemplaba la extraña y silenciosa danza de una gitana medio loca. Athelstan se detuvo y contempló la cinta de cielo que se vislumbraba entre las casas de ambos lados de la angosta calle, ya iluminada por los primeros rayos del sol. Decidió regresar a casa, firmemente decidido a mantener la mente despejada. Puso un poco de orden, lavó unas copas y barrió el suelo. Fuera, Southwark se estaba despertando poco a poco en medio del chirrido de los carros, el llanto de los niños y los gritos de los buhoneros. Los trabajadores se congregaron a la puerta de la iglesia, anunciando su presencia por medio de sus palabrotas y el ruido de sus herramientas.

    Athelstan decidió dejar las cosas tal como estaban. Subió al piso de arriba, se arrodilló en su pequeño reclinatorio y empezó a rezar el oficio divino de maitines, laúdes y nona, dejándose arrastrar por el embrujo de los salmos, los cánticos de alabanza y las bellísimas descripciones del profeta Isaías. De pronto, se produjo un alboroto en el exterior, pero él prefirió no hacer caso. Después oyó toda una serie de gritos y exclamaciones, seguidos de unos fuertes golpes contra la puerta. Recitó la plegaria final y bajó corriendo. Al abrir la puerta, vio a Watkin y Pike con los rostros arrebolados por la emoción.

    – ¡Padre! ¡Padre! ¡Tenéis que venir! ¡Se ha producido un milagro!
    – Cada día es un milagro –replicó Athelstan en tono malhumorado.
    – No, padre, esto es un milagro de verdad.

    Lo arrastraron fuera de la casa y lo acompañaron a la parte anterior de la iglesia, donde un pequeño grupo de personas se estaba congregando alrededor de un hombre de elevada estatura y cabello canoso que se había recogido la manga de su verde blusón y estaba enseñando el brazo a todos los presentes.

    – ¿Qué es eso? –preguntó Athelstan, abriéndose paso. El hombre se volvió. Su ancho rostro estaba intensamente bronceado por el sol. Athelstan vio unas arrugas de expresión alrededor de su boca y sus ojos y reparó en la excelente calidad de las prendas que vestía. Le acompañaba una mujer de cuya toca azul pálido se escapaban unos ondulados mechones de cabello cobrizo. La mujer lucía una camisola amarillo ranúnculo por encima de una especie de túnica blanca de impecable corte.
    – ¡Un milagro, padre!
    – ¡Tonterías! –replicó secamente Athelstan.
    – ¡Mirad, padre! –El hombre le mostró el brazo derecho desde el codo hasta la muñeca–. Cuando desperté esta mañana, tenía el brazo infectado, pues hace cinco días me hice un corte. –Señaló una fina línea apenas visible hacia el centro del antebrazo–. No le di demasiada importancia y la herida se me infectó y me corrompió la piel. El médico Culpepper me la trató con ungüentos y me puso un vendaje, pero todo fue inútil. –El hombre miró a su alrededor y Athelstan observó que sus feligreses estaban escuchando la dramática historia boquiabiertos de asombro–. Anoche no podía dormir por culpa del escozor, padre –añadió, humedeciéndose los carnosos labios con la lengua–. Ayer me enteré del descubrimiento de las reliquias del santo, padre. Estaba desesperado, entré en la iglesia, me apoyé contra el ataúd y recé, suplicando ayuda.
    – ¡Es verdad! –dijo la mujer que lo acompañaba, señalando unos vendajes sucios amontonados delante de la puerta de la iglesia–. Mi marido dijo que ya se encontraba mejor y que el dolor y el picor habían desaparecido. –Sus risueños ojos miraban con expresión suplicante a Athelstan–. Yo os diré lo que ocurrió. Retiramos los vendajes. –Señaló con el dedo a un aguador que bajaba corriendo por la calle–. Compré un cubo de agua y le lavé la herida. La infección del brazo había desaparecido, padre. ¡Y la piel estaba tan tersa como la de un niño!

    Un jadeo de asombro acogió sus palabras. Athelstan examinó recelosamente el brazo del hombre.

    – ¿Decís que os apoyasteis en el ataúd y rezasteis una oración?

    El hombre volvió a bajarse la manga del blusón.

    – Ocurrió tal como he dicho, padre. Estuve allí no más de diez minutos.
    – ¡Yo vi cómo se quitaba las vendas! –gritó Watkin–, ¡Es cierto, padre! ¡Es un milagro!

    Los presentes se santiguaron, mirando reverentemente hacia la iglesia.

    – Padre –gritó Tab el calderero–, ¿qué vamos a hacer?
    – Lo que vamos a hacer, Tab, es callarnos y conservar la calma –contestó Athelstan en tono perentorio–. Todos a la iglesia. Tú, Pike, ve en busca del médico Culpepper. Pídele disculpas de mi parte, pero dile que es importante y que venga ahora mismo. Athelstan y el hombre de la cura milagrosa entraron en el templo de San Erconwaldo, seguidos de los feligreses. El fraile ordenó que todos se acomodaran en los bancos y guardaran silencio. Después salió fuera y se apoyó contra la jamba de la puerta mientras a su espalda la gente rompía en excitados murmullos. Se agachó y examinó los vendajes amontonados en el suelo: estaban llenos de manchas oscuras y despedían un olor nauseabundo. Aún no se había levantado del suelo cuando regresó Pike con un irritado Culpepper.
    – ¿Qué ocurre ahora, padre?
    – Os pido disculpas, mi señor médico, pero tenemos en la iglesia a uno de vuestros pacientes. Dice que tenía una putrefacción de la piel en el brazo y que vos se la curasteis y vendasteis.

    Culpepper se envolvió el huesudo cuerpo en una capa ribeteada de piel. Su rostro habitualmente jovial mostraba una expresión tensa y exasperada.

    – ¿No me sabéis decir nada más, padre? ¡Yo no puedo recordar todas las lesiones!
    – Entrad –le suplicó Athelstan–. Entrad a ver a este hombre, examinadle el brazo y después volved aquí y decidme qué habéis visto.

    Sacudiendo la cabeza y soltando maldiciones por lo bajo, Culpepper obedeció. El murmullo de voces cesó momentáneamente, pero estalló de nuevo cuando Culpepper, con el rostro marcado por una expresión de sorpresa e inquietud, volvió a salir de la iglesia.

    – ¿Y bien? –preguntó Pike con el cuerpo y el rostro tan tensos como los de un galgo. El médico miró tímidamente a Athelstan.
    – Es cierto, padre. Hace unos días Raimundo D'Arques acudió a mí con una grave infección en la piel. La examiné con cuidado, le apliqué un ungüento, le vendé el brazo y cobré mis honorarios.
    – ¿El brazo se estaba pudriendo?
    – En efecto, padre. Padecía una especie de salpullido de tipo micótico que le infectó la piel y le producía un fuerte escozor.
    – ¿Y ahora se ha curado?
    – Vos lo habéis visto, padre, y yo también.
    – ¿Y la infección se hubiera podido curar con el ungüento que vos le aplicasteis?
    – Lo dudo mucho, padre. Y tanto menos en tan poco tiempo. Estas infecciones, que yo he visto muy a menudo, tardan semanas e incluso meses en curar. La piel de este hombre está ahora completamente sana.

    Athelstan dio un puntapié a los vendajes.

    – ¿Y eso es vuestro?

    El médico los recogió del suelo en un santiamén y los olfateó cuidadosamente.

    – Sí, padre, y, si vos no los necesitáis y es evidente que él tampoco, me los llevaré para volverlos a utilizar. –El médico acercó el rostro al de Athelstan–. No me explico lo ocurrido, padre, y vos tampoco. Pero ¿por qué no puede Dios obrar milagros en San Erconwaldo? –se preguntó, dando media vuelta y alejándose calle abajo. Athelstan miró a Pike.
    – ¿Qué sabes tú de este Raimundo D'Arques?
    – Es un buen hombre, padre. Él y su mujer Margot viven por la parte del callejón de la Pata de Perro en una casa muy grande cerca del corral de Curtidores. Athelstan se apoyó contra la pared. El callejón de la Pata de Perro se encontraba justo dentro de los límites de su parroquia.
    – Nunca los he visto en la iglesia –dijo en voz baja.
    – Bueno –replicó Pike–, eso es porque él y su joven esposa son personas muy ricas y acuden a San Swithin. Son gente buena y piadosa, padre, y dan muchas limosnas a los pobres. Y él es un honrado comerciante, muy querido y respetado. Preguntádselo al viejo Bladdersniff. Él conoce las actividades de todo el mundo. Athelstan lanzó un suspiro y regresó al interior de la iglesia, donde sus emocionados feligreses rodeaban ahora a Raimundo D'Arques y a su esposa. El hombre se le acercó, haciendo señas a los demás de que se apartaran.
    – Padre –dijo en un susurro–, os pido perdón por las molestias. Tenía el brazo malo y entré aquí para rezar. Lo único que puedo hacer es dar gracias a Dios y también a vos. Os ruego que aceptéis mi donativo –añadió, ofreciéndole a Athelstan una moneda de plata.

    El fraile retrocedió.

    – No, no, no puedo.
    – Debéis aceptar, padre. Es mi ofrenda. Si no la queréis para la iglesia, dádsela a los pobres. –D'Arques apretó la mano de Athelstan–. Por favor, padre, no os volveré a molestar. Margot –dijo, volviendo la cabeza hacia su mujer–, ya le hemos causado suficientes molestias a este buen sacerdote –añadió, haciendo ademán de retirarse. Su mujer miró con una sonrisa a Athelstan, le rozó ligeramente la mano con la suya y cruzó silenciosamente la puerta del templo detrás de su marido.
    – ¡Bueno, padre! –Watkin el recogedor de estiércol se plantó delante del fraile con los brazos cruzados–. Bueno, padre –repitió–, ya tenemos nuestro milagro. La curación demuestra que tenemos un santo aquí en San Erconwaldo. Athelstan vio el brillo anticipado de los negocios en la mirada del recogedor de estiércol.
    – ¡Habrá peregrinaciones! –gritó el sacristán–. La iglesia de San Erconwaldo se hará famosa. No nos lo podéis impedir –añadió en tono de desafío–. Vos conocéis la ley eclesiástica. El templo pertenece al pueblo. ¡La nave es nuestra! –dijo, señalando con un rechoncho dedo el crucero–. ¡El ataúd es nuestro, el esqueleto y el santo son nuestros! Y, si alguien no está de acuerdo, ¡que se vaya al diablo!

    Un coro de aprobación acogió sus palabras. Athelstan miró a sus feligreses y pensó que ojalá Benedicta estuviera allí para calmar los ánimos de aquellos exaltados, pues sabía lo peligrosa que podía ser la mezcla del fervor religioso con la perspectiva de los beneficios materiales. Tab el calderero volvería a su taller, se dedicaría a hacer preciosos amuletos, imágenes y crucifijos y los vendería como rosquillas. Amasias el batanero vendería trozos de tela con una

    «E» bordada y diría que había tocado con ellos la reliquia del santo. Huddle el pintor vendería toscas pinturas sobre pergamino. Pike vendería panes y dulces elaborados por su mujer y formaría una impía alianza con Watkin para cobrar un tributo a los peregrinos y los curiosos. Athelstan se compadeció de ellos y comprendió que no era el momento más propicio para la fría lógica y la cruda verdad.

    – Dejad que lo piense –dijo, echando los hombros hacia atrás y mirando a sus feligreses–. Hijitos –añadió, utilizando las palabras que siempre les dirigía cuando pronunciaba sus sermones–, os pido que tengáis mucho cuidado y seáis prudentes. Dios obra milagros. Este día es un milagro. Cada uno de vosotros, único en sí mismo, es un milagro. No os precipitéis, pues la cuestión aún no está resuelta. No me opongo a vuestros propósitos, pero reflexionad sobre lo que eso puede suponer para vosotros y para nuestra parroquia. Sois buenos, pero creo que estáis un poco ciegos.
    – ¿Y qué decís del milagro? –gritó Mugwort–. ¿Qué decís de nuestro mártir?
    – Tal como dice el salmista –replicó Athelstan, mirándole con una sonrisa–, ¿quién conoce el pensamiento de Dios? Ya veremos, ya veremos. Dicho lo cual, giró sobre sus talones y, a pesar de la hora, regresó a la casa parroquial y se bebió una copa de vino con una celeridad que hasta el mismísimo señor forense le hubiera envidiado.


    CAPÍTULO 4


    El lunes del Gran Milagro de San Erconwaldo, el padre Anselmo, superior de Athelstan, se hallaba reunido en su estudio con varios miembros del Capítulo Interno, preguntándose si habría un asesino suelto en el convento de los dominicos. La caída de fray Bruno por los peldaños de la cripta y, sobre todo, la extraña desaparición de fray Alcuino inducían a contemplar semejante posibilidad, como si los asuntos que tenían entre manos no bastaran para agobiar la mente y fatigar el cuerpo.

    El padre prior contempló a los hermanos reunidos alrededor de la alargada mesa de madera: el inquisidor general Guillermo de Conches, con su afilado rostro y su penetrante mirada de halcón, el brillante teólogo fray Enrique de Winchester, con su terso rostro de niño, fray Calixto el bibliotecario, con sus largos dedos manchados de tinta y los ojos cansados de tanto examinar manuscritos y libros. El delgado y anguloso bibliotecario debía de estar muy nervioso, pues no paraba de moverse y de tamborilear con los dedos sobre la mesa, como si estuviera deseando marcharse. A su lado se sentaba fray Eugenio, completamente calvo y con cara de querubín. Su mofletudo rostro, sus risueños ojos y la sonrisa de sus labios no estaban en consonancia con la terrible fama de que gozaba como auxiliar del inquisidor general, entregado en cuerpo y alma a la búsqueda de herejías y cismas. Y, finalmente, los dos oponentes de fray Enrique, los Defensores de la Causa, que desafiarían su tratado teológico e intentarían refutar sus razonamientos o, cuando menos, demostrar que eran contrarios a las ortodoxas enseñanzas de la Iglesia. Pese a ello, ¡los Defensores de la Causa eran unos hombres extremadamente simpáticos! Pedro de Chingforde era de complexión fuerte y poseía un sonriente rostro enmarcado por una poblada barba oscura. Hablaba con sencillez y tenía un acusado sentido del humor que procuraba ocultar por medio de sus sutiles y hábiles interroga–torios. A su lado estaba el dominico irlandés Niall de Harryngton, de cabello pelirrojo y tez muy blanca.

    El irlandés miró de soslayo al prior y empezó a tararear un himno por lo bajo, marcando el compás con los dedos sobre la mesa. El prior le dirigió una leve sonrisa. Sabía que fray Niall estaba impaciente por regresar al asunto que tenían entre manos, pero había otras cuestiones más urgentes, no sólo la muerte de Bruno y la desaparición de Alcuino sino también las necesidades generales del monasterio y, por encima de todo, las importunas súplicas del sacristán menor hermano Rogelio. El prior lanzó un suspiro. Hubiera tenido que dedicarle un poco de tiempo al pobrecillo, pues Rogelio, un hermano lego que años atrás había caído en las garras de la Inquisición cuando servía en un convento de las afueras de París, tenía el espíritu destrozado y la mente debilitada y temía las acciones que pudiera emprender contra él Guillermo de Conches y su pérfido ayudante Eugenio.

    Anselmo los estudió detenidamente mientras permanecían sentados hablando en voz baja y se preguntó sobre la conveniencia de denunciarlos en el Capítulo General de Roma. Cierto que el salmista cantaba, «El celo de tu templo me devora», pero el entusiasmo y el empeño que ponían aquellos dos en devorar cualquier manifestación de herejía podía acabar devorándolos a todos. Fray Enrique, sentado con las manos separadas, aguardaba la prosecución del debate.

    – Padre prior –dijo Niall–, ya hemos hecho una pausa para cantar nona y comer y beber, ¿no os parece que deberíamos continuar?

    Su pregunta provocó un coro de aprobaciones por parte de sus compañeros. El prior asintió con la cabeza y le hizo una seña a fray Enrique. El joven dominico esbozó una sonrisa, deslizando las yemas de los dedos sobre la mesa.

    – Padre prior –dijo fray Enrique en voz baja, pero claramente audible–, mi tesis general es la siguiente: se ha dado excesiva importancia al hecho de que Jesucristo se hiciera hombre para salvarnos de nuestros pecados. –Levantó una mano para acallar las protestas–. Pero el venerable Tomás de Aquino tiene razón en su estudio sobre la naturaleza divina al decir que Dios es el "Súmmum Bonum". [2]Por consiguiente, ¿cómo pueden el Sumo Bien y la Belleza Divina actuar movidos por el pecado? Además –fray Enrique se volvió para mirar directamente a Guillermo de Conches–, si Dios es todopoderoso, ¿por qué no nos pudo salvar de nuestros pecados con un simple acto de su voluntad?

    El prior dio unas palmadas sobre la mesa.

    – Fray Pedro, fray Niall, ¿qué respondéis a eso?

    Fray Pedro le miró sonriendo.

    – No tenemos nada que responder, pues fray Enrique está en lo cierto. Dios es el Sumo Bien y la Belleza Divina y es todopoderoso. No podemos oponernos a semejante tesis. Los dos inquisidores se inclinaron hacia delante como halcones, a la espera de que fray Enrique siguiera exponiendo sus argumentos. El prior se sintió repentinamente cansado.
    – No podemos seguir –anunció ante la sorpresa general.
    – ¿Qué queréis decir? –graznó Guillermo de Conches–. Padre prior, estamos aquí reunidos para discutir y estudiar unas cuestiones determinadas. El asunto que tenemos entre manos es la pureza de las enseñanzas de la Iglesia.
    – ¡No, fray Guillermo! –replicó el prior–. El asunto que tenemos entre manos es una cuestión de vida o muerte. Fray Bruno ha muerto en extrañas circunstancias. ¡A veces temo que haya sido asesinado!

    Sus palabras dieron lugar a exclamaciones de asombro por parte de los presentes.

    – ¿Y vos creéis que Alcuino puede haber sido el autor de la muerte y que por eso ha buscado refugio en la huida? –preguntó Eugenio con voz meliflua.
    – No, Alcuino no es un asesino, pero temo por él. Vos le acusáis de asesinato y de huida, Eugenio. ¿Sabemos acaso si está vivo?
    – ¡Eso es ridículo! –replicó Eugenio–. ¿Por qué razón tendría alguien que haber matado a Bruno y qué os induce a pensar que Alcuino ha muerto?
    – Yo no sé nada, pero, desde que se convocó este Capítulo Interno, se respira una atmósfera de intriga y malevolencia totalmente impropia de este sagrado recinto.
    – ¿Qué proponéis entonces? –preguntó fray Enrique.
    – He solicitado los servicios de sir John Cranston, forense de la ciudad.
    – ¡Es un seglar y un funcionario de la Corona! ¡No tiene autoridad alguna en este monasterio! –exclamó Guillermo de Conches.
    – ¡Tiene la autoridad del rey! –gritó severamente Calixto, mirando con sus debilitados ojos al prior–. Sospecho, padre, que no estará solo.

    El prior esbozó una radiante sonrisa de complacencia.

    – Habéis leído mi pensamiento, Calixto. Sir John no estará solo. Voy a pedir que le ayude su secretario y escribano fray Athelstan, miembro de esta Orden y párroco de la iglesia de San Erconwaldo de Southwark.

    Calixto se reclinó en su asiento y soltó una cascada risita mientras Guillermo de Conches aporreaba la mesa.

    – ¡Athelstan ha caído en la ignominia! –gritó el inquisidor general–. ¡Rompió los votos y huyó del noviciado!
    – Dios es misericordioso –terció fray Enrique–, ¿por qué no tenemos que serlo nosotros? El arte de Athelstan en los interrogatorios es tan hábil e ingenioso como el vuestro. Estoy de acuerdo con el padre prior. Nos hemos reunido aquí para someter a discusión ciertas tesis, pero intuyo que hay algo más; una malevolencia y una hostilidad que no tienen nada que ver con la teología o la filosofía.
    – ¿De veras? –preguntó Calixto en tono tan sarcástico que el prior no pudo reprimir una mueca ante la evidente antipatía que el viejo bibliotecario sentía hacia el joven teólogo.
    – ¡Pues sí! –contestó Enrique.
    – En tal caso –dijo el prior–, se aplazan estas cuestiones hasta la llegada de fray Athelstan y sir John Cranston. Nos veremos entonces, hermanos –dijo levantándose y trazando una bendición en el aire para dar por finalizada la reunión. Los frailes abandonaron la sala Capitular, a excepción de Guillermo de Conches y Eugenio, los cuales esperaron a que se cerrara la puerta antes de acercarse al prior.
    – ¿Qué estáis haciendo? –preguntó airadamente Guillermo–. No hemos viajado desde Roma para perder el tiempo con las cuestiones mundanas de un monasterio.
    – Yo soy el prior y el guardián de este monasterio –dijo Anselmo, interrumpiéndole–. Y vosotros sois mis huéspedes y, por consiguiente, tendréis que obedecer mis órdenes o marcharos. Si lo hacéis, ¡os denunciaré ante mi superior general en Roma!
    – ¿Este Athelstan –preguntó Eugenio, juntando las manos–, es el que trabaja entre los pobres? ¿Son ciertas, padre prior, las historias que se cuentan, según las cuales se ha contagiado de ciertas teorías radicales que afirman que todos los hombres son iguales? añadió, cada vez más acalorado–. Me refiero particularmente a los agitadores que pretenden acabar con la Iglesia y el Estado para instaurar no sé qué paraíso terrenal. Anselmo se inclinó hacia delante, mirando enfurecido a aquel taimado sacerdote perseguidor de herejes.
    – Fray Eugenio –contestó suavemente–, vos mismo estáis diciendo una herejía. Estáis desafiando las Sagradas Escrituras, pues, ¿acaso no les dijo Jesucristo a sus discípulos que no teníamos que ser como los paganos que gustan de mandar los unos sobre los otros y quieren que los demás doblen la rodilla ante ellos?

    La mirada del ayudante del inquisidor general se endureció y el debate hubiera podido entrar en una fase mucho más peligrosa de no haber sido por una llamada a la puerta.

    – ¡Adelante! –ordenó Anselmo.

    Rogelio, el sacristán menor, entró en la sala con los hombros encorvados, el rostro demudado por la angustia y la mirada atemorizada. Arrastrando los pies, miró al inquisidor general y seguramente se hubiera retirado a toda prisa si Anselmo no lo hubiera agarrado con fuerza por la muñeca.

    – ¿Qué os ocurre, hermano Rogelio?

    El sacristán menor se alisó los pocos pelos que le que daban en la cabeza y miró de soslayo.

    – Padre prior –musitó, rascándose la parte lateral de una mejilla–. Tenía algo que deciros. Algo sobre el número trece que no hubiera tenido que ser trece. –Sus ojos se clavaron con inquietud en los de Anselmo–. Pero ahora no me acuerdo, padre prior. ¡Es importante, pero no consigo acordarme!

    Anselmo soltó la muñeca del pobre hombre.

    – Haced memoria –le dijo–y volved.

    El sacristán menor huyó como un conejo asustado.

    – Este hombre es un idiota –dijo desdeñosamente el inquisidor general.
    – No, mi señor, es un hijo de Dios que se muere de miedo. Sólo Dios sabe si hay algo oscuro, siniestro y aterrador en este monasterio.

    Dicho lo cual, Anselmo saludó con la cabeza a los reunidos y abandonó la sala. Los vaticinios del prior Anselmo resultaron acertados. Más tarde, después del rezo de vísperas, cuando algunos de los frailes ya se habían retirado a sus celdas individuales y otros estaban paseando por el jardín del claustro, fray Calixto regresó a la biblioteca y el escritorio.

    Contraviniendo las normas establecidas, volvió a encender las altas velas para proseguir sus minuciosas investigaciones. Calixto era uno de los miembros más cultos de la orden dominica y estaba muy orgulloso de su prodigiosa memoria. Le interesaba enormemente el debate del Capítulo Interno y deseaba con toda su alma ser admirado. Se aseguró de que la puerta del escritorio estuviera debidamente cerrada antes de empezar a examinar el contenido de las estanterías que llegaban hasta el techo. En ellas había varios volúmenes encuadernados en cuero, en cuyo interior se habían cosido cuidadosamente diversos tratados y escritos de los Padres de la Iglesia. A lo largo de aquel día, el bibliotecario había examinado los estantes inferiores y ahora deseaba completar su tarea. A fin de cuentas, sólo tenía que encontrar el manuscrito que le interesaba. Calixto se había jactado ante Alcuino de que podría hacerlo, pero se había limitado a darse unos golpecitos en la nariz con uno de sus largos dedos al pedirle su compañero que le diera más detalles. Él les enseñaría a todos aquellos teólogos que no había nada nuevo bajo el sol y que los más grandes estudiosos siempre habían sido muy amantes de los libros. Calixto encendió más velas y contempló los estantes superiores. Acercó la larga escala de mano al lugar que le interesaba y subió cuidadosamente, sosteniendo fuertemente una vela en la mano. Leyó las letras doradas del lomo de un volumen esmeradamente escritas por alguno de los bibliotecarios que lo habían precedido: Cartas, Libros y Do– cumentos de la Época Apostólica. Sonrió para sus adentros sacudiendo la cabeza y estudió detenidamente los demás volúmenes. Oyó un rumor y bajó temerosamente la vista.

    – ¿Quién anda ahí? –preguntó en un susurro.

    No era posible que fuera alguno de sus hermanos. Los que trabajaban en el escritorio solían estar muy cansados, les dolían los ojos y tenían los dedos entumecidos, por lo que siempre aprovechaban la ocasión para disfrutar del anochecer. Calixto reanudó su febril búsqueda. Tenía que encontrar aquel tomo antes de que llegara Athelstan. Ningún secreto podía permanecer oculto durante mucho tiempo, por lo que, después de la cena, los rumores corrieron por el monasterio como el fuego entre los rastrojos. ¡Athelstan, la oveja negra de la familia, regresaría al rebaño!

    Calixto no tenía nada en contra de Athelstan. Es más, apreciaba e incluso respetaba al párroco de los pobres, tan ascético y, sin embargo, tan amigo de las bromas. Aun así, no deseaba que éste se llevara el mérito. Un libro atrajo su mirada. Acercando la vela, alargó el brazo para alcanzarlo, pero, justo en aquel momento, la escala experimentó una violenta sacudida. El bibliotecario resbaló y, sin poder tan siquiera lanzar un grito, pues se había quedado mudo a causa del terror, cayó como una pesada piedra al pavimento del escritorio. Un agudo dolor le recorrió todo el cuerpo. La caída le había cortado la respiración y sólo pudo lanzar un entrecortado jadeo: por suerte, había caído sobre el brazo izquierdo y ello había evitado que sufriera lesiones más graves. Oyó un ruido y, a pesar de las punzadas de dolor, se volvió hacia una borrosa figura inclinada sobre él.

    – ¡Ayudadme! –gimoteó.
    – ¡Irás ahora mismo a la eternidad! –contestó el otro en un sibilante susurro. Calixto abrió la boca.
    – ¡No! –exclamó con voz quejumbrosa–. ¡No, yo no quería!

    Trató de alejarse a rastras, pero la figura, con el rostro oculto por la cogulla, descargó contra su sien un pesado candelabro de latón, rompiéndole la cabeza como si fuera una nuez. La sangre y el cerebro se filtraron por la herida.


    * * *

    Al día siguiente del «Gran Milagro», empezaron de verdad las cuitas de Athelstan. La noticia de la curación se propagó por las pestilentes callejuelas de Southwark. Los enfermos y los lisiados acudieron en tropel a la iglesia donde fueron jubilosamente recibidos por Watkin y Pike, los cuales habían convertido el atrio de San Erconwaldo en un pequeño mercado.

    – Pronto se cansarán –le dijo Athelstan a Buenaventura, de pie en la puerta de su casa. Miró la larga cola de esperanzados peregrinos que entraban en el templo, contemplaban el esqueleto, encendían una vela delante del gran ataúd de la parroquia y rezaban una oración. Athelstan había decidido tomarse las cosas con buen humor. Los obreros que trabajaban en la iglesia podrían seguir realizando su tarea y él estaba seguro de que Cranston encontraría alguna información que resolvería aquel enigma de una vez por todas. Pero, a primera hora de la tarde, su optimismo empezó a enfriarse. Al parecer, se habían producido otras curaciones: un niño aquejado de verrugas aseguró que su desagradable dolencia había desaparecido. Tras rezar unas oraciones delante del ataúd, unas molestias estomacales se habían aliviado de golpe, lo mismo que unos dolores en la ingle y toda una variada serie de enfermedades. Maese Bladdersniff y otros concejales acudieron para protestar, pero lo único que pudo hacer Athelstan fue expresarles su desagrado por todo lo que estaba ocurriendo, decirles que el control de la situación se le había escapado de las manos y encerrarse en la seguridad de la casa parroquial. La noticia del milagroso hallazgo de San Erconwaldo atrajo a todos los milanos y halcones humanos que merodeaban por las calles de Southwark: los vendedores de objetos falsos y los mercachifles y buhoneros de reliquias religiosas. Todos estaban allí, revoloteando como moscas alrededor de un montón de basura. Un bribón con un parche sobre el ojo y una falsa cojera entró en San Erconwaldo y, al salir, arrojó la muleta al suelo y, proclamando a voz en grito su curación, ofreció vender su muleta como si fuera un objeto sagrado. Delante de la casa de Athelstan, empezó a dar voces, diciendo que aquel sagrado madero con el que había viajado a Jerusalén sería para aquella persona que quisiera comprarlo. En el interior de la casa parroquial, Athelstan se estremeció de angustia. De pronto, oyó una voz todavía más estridente desde la iglesia.
    – ¡Traigo indulgencias de Roma! ¡Del propio Vicario de Cristo en Aviñón! ¡Si compráis este pergamino escrito con la tinta de un tintero hecho con la madera del pesebre donde fue depositado el Niño Jesús, todos vuestros pecados os serán perdonados y lucraréis una indulgencia de mil días y noches del tiempo que tengáis que pasar en el Purgatorio!

    Sosteniéndose la cabeza con las manos, Athelstan ya no pudo resistirlo por más tiempo. Abrió la puerta y salió hecho una furia. Tomó la muleta de madera del falso cojo y le propinó a éste un sonoro golpe en la espalda.

    – ¡Marchaos todos de aquí, en nombre de Dios! –gritó–. ¿Acaso no conocéis el versículo: ¿Ésta es la Casa de Dios y la Puerta del Cielo? ¡No es un tenderete de Cheapside!

    El hombre se tambaleó y deslizó la mano hacia la navaja que llevaba al cinto. Sin soltar la muleta, Athelstan se acercó a él con gesto amenazador.

    – ¡Vete de aquí, boñiga miserable! –le gritó, imitando el lenguaje de Cranston–. ¡Como saques la daga, te arranco la cabeza! –Dominado por una cólera incontenible, apuntó con el dedo a un pequeño grupo de personas–. ¡Estas honradas gentes se ganan los peniques con el sudor de su frente!

    El hombre miró con rabia mal contenida a Athelstan y se alejó como alma que lleva el diablo. El fraile se apoyó en la muleta, respirando afanosamente.

    – Os pido perdón –les dijo a los atemorizados espectadores–, pero será mejor que os vayáis a casa. Cuidad de vuestras esposas, de vuestros maridos y de vuestros hijos y guardad el dinero. Amad a vuestros semejantes y en eso encontraréis a Dios, ¡no en todas estas patrañas y embustes!
    – ¡Una indulgencia! –gritó repentinamente una voz–.

    ¡Una indulgencia para vuestros pecados! ¡La Puerta del Cielo os está llamando!

    Athelstan miró hacia los peldaños de la entrada de la iglesia y vio a un vendedor de indulgencias, situado de espaldas a él. Se acercó sin pensarlo dos veces y, utilizando el extremo de la muleta, le propinó un fuerte golpe en la rabadilla, haciéndolo rodar por los peldaños. El hombre quedó tendido en el suelo con el rostro torcido en una mueca de odio que dejó al descubierto los ennegrecidos dientes de su boca mientras entornaba los ojos con expresión de odio reconcentrado. El fraile se agachó en lo alto de los peldaños.

    – Voy a cerrar los ojos –dijo en voz baja–y a rezar el Ave María. Cuando llegue a la frase «Ahora y en la hora de nuestra muerte», los volveré a abrir y, si aún estás aquí, ¡te moleré a palos y te arrojaré a un montón de estiércol!

    Apenas había llegado a las palabras «Santa María», cuando, entreabriendo un ojo, vio al impostor, alejándose de la iglesia como un conejo asustado. Se levantó y miró a Watkin y a Pike, de pie a la entrada de la iglesia.

    – ¡Como permitáis que eso vuelva a ocurrir –les dijo–, podréis ser mis feligreses, pero ya no seréis mis amigos!

    Dicho lo cual, regresó lentamente a la casa, cerró la puerta y subió al piso de arriba para acostarse.

    – Si existe un Dios en el cielo –dijo en voz baja–, ¡seguro que se conocerá la verdad!

    A la mañana siguiente y después de la violenta reacción de Athelstan, la iglesia de San Erconwaldo estaba un poco más tranquila. La verdad no llegó, pero sí lo hicieron Cranston y el padre prior. Athelstan acababa de decir misa en su improvisado altar. Había echado un vistazo al trabajo de los obreros, le había dado de comer a Philomel y es–taba desayunando con el último cuenco de sopa que le quedaba y un poco de vino aguado cuando Cranston llamó a la puerta y entró como si fuera el Espíritu Santo.

    – ¡Buenos días, monje! –rugió el forense, sosteniendo en la mano su bota de vino milagrosa. Sin ser invitado, volvió a llenar la copa de Athelstan, tomó un buen trago, soltó un ruidoso eructo y llamó por señas al sonriente padre prior para que entrara en la casa. Athelstan se levantó.
    – Buenos días, padre. ¿Tomaréis un poco de vino con sir John y conmigo a pesar de lo temprano de la hora?

    El prior Anselmo le dirigió a Cranston una sonrisa de admiración.

    – ¿Por qué no? –contestó–. En verdad, el salmista dice que el vino alegra el corazón del hombre mientras que, en sus epístolas a Timoteo, san Pablo afirma: «Mezcla un poco de vino para el mal de estómago». Cranston eructó y miró con una radiante sonrisa al prior.
    – ¿Es eso cierto? –preguntó.
    – Por supuesto que sí, sir John.
    – En tal caso –dijo el forense–, san Pablo es mi santo preferido. Tengo que decírselo a lady Matilde. ¿Las epístolas a Nuestra Señora habéis dicho?
    – No, sir John –dijo Athelstan–. La epístola a Timoteo. Sentaos, padre prior. Y vos, sir John, ¿os apetece una copa de la despensa?

    Una vez acomodados, mientras Cranston miraba complacido a su alrededor y el padre prior tomaba unos pequeños sorbos de una copa de peltre, Athelstan se frotó el rostro con aire abatido.

    – Os veo cansado, monje –comentó Cranston.

    Athelstan señaló la puerta con la mano.

    – Vos conocéis el motivo, sir John. Ese maldito esqueleto y, lo que es peor, la maldita estupidez de mis feligreses. Son tan crédulos que aceptarían que lo blanco es negro si alguien utilizara las palabras adecuadas para convencerles.
    – Sí, me he enterado –dijo el padre prior, interrumpiéndole. Sir John se removió en su escabel.
    – ¡Hago lo que puedo! –dijo con voz de trueno–. Varios escribanos están examinando los archivos y unos colaboradores míos están recorriendo todos los antros de Whitechapel para ver si logran descubrir el paradero de maese Fitz–wolfe, pero hasta ahora nada.
    –Tomó un trago de su bota de vino–. ¿Y la cámara escarlata? –preguntó, entornando los ojos.
    – Nada, sir John, nada en absoluto.
    – ¿La cámara escarlata? –preguntó el prior.

    Cranston soltó una carcajada.

    – Es una broma, padre prior. Un acertijo que este buen sacerdote y yo estamos intentando resolver.
    – Yo también estoy aquí a causa de un acertijo –dijo el prior, mirando directamente a Athelstan–. A lo mejor, sir John ya os ha contado lo que está ocurriendo en nuestro convento. Ahora han sucedido cosas todavía peores –añadió, posando la copa sobre la mesa. Fray Bruno murió misteriosamente y Alcuino el sacristán sigue sin aparecer. Rogelio, el sacristán menor, no se si le recordáis, hermano.

    Athelstan asintió con la cabeza.

    – Pues bueno, está murmurando insensateces. Los inquisidores creen que soplan aires de herejía y anoche –el prior acarició la copa de vino con los dedos–fray Calixto el bibliotecario estaba trabajando en el escritorio, sabrá Dios por qué. Al parecer, buscaba al–go en los estantes superiores. La escalera de mano resbaló y él cayó y se rompió la cabeza contra el suelo del escritorio.
    – ¡En paz descanse! –musitó Athelstan, santiguándose.

    Recordaba todos los nombres que había mencionado el padre Anselmo, pero había olvidado sus rostros. A algunos de ellos los había conocido vagamente cuando estaba en el convento de los dominicos. Otros, como fray Enrique de Winchester y los inquisidores, procedían de otros lugares. Athelstan apoyó los brazos sobre la mesa y se puso a pensar. Si el padre prior le hubiera visitado una semana antes, él se hubiera llevado un gran disgusto, pero los caminos de Dios eran inescrutables. Ahora una breve ausencia de San Erconwaldo le sería beneficiosa. Miró al prior.

    – ¿Qué creéis vos que está ocurriendo en el convento?

    Anselmo clavó los ojos en su copa.

    – Dios es testigo –dijo en un susurro–, pero creo que tenemos entre nosotros a un hijo de Caín, un asesino. Quiero que vos y sir John lo investiguéis. Quiero que vengáis ahora mismo.
    – ¿Y qué hacemos con San Erconwaldo?

    Cranston se inclinó hacia delante y le dio unas palmadas en la mano.

    – No os preocupéis por eso, cura. Lo que está ocurriendo aquí se puede considerar una perturbación de la paz. Enviaré a unos cuantos oficiales de orden con autorización de la corporación municipal para que sólo permitan la entrada a la iglesia a los obreros que están trabajando en las reformas.

    Athelstan asintió con la cabeza.

    – Sí, sí –dijo–, eso sería lo mejor. Bueno pues, padre prior –añadió–, decidme exactamente qué es lo que está ocurriendo en el convento. Cerró los ojos y escuchó la clara descripción de los acontecimientos de los últimos días por boca del padre Anselmo.
    – O sea que en el convento tenemos un Capítulo Interno –dijo–, en el cual Enrique de Winchester está defendiendo su tratado teológico contra los desafíos de fray Pedro y fray Niall en presencia de nuestros hermanos inquisidores, dispuestos a perseguir la más mínima desviación herética.
    – Sí.
    – Y, entre tanto, fray Bruno y fray Calixto mueren, Alcuino desaparece y vos estáis muy preocupado por los desvaríos de un hombre que tiene la mente trastornada. El prior se frotó los ojos.
    – Estoy preocupado porque los desvaríos del hermano Rogelio empezaron tras la desaparición de Alcuino. Veréis, resulta que Alcuino fue a la iglesia para rezar ante el cuerpo de fray Bruno y cerró la puerta por dentro porque deseaba estar solo. Solía hacerlo muchas veces. El hermano Rogelio llamó a la puerta y, al no obtener respuesta, tuvo que utilizar otra llave para entrar. No vio ni rastro de Alcuino. –El prior entrelazó los dedos de ambas manos–. Al parecer, la desaparición de Alcuino ha hundido la mente del hermano Rogelio en los abismos de la locura. –El prior se levantó–. Tenéis que venir, Athelstan. Sir John cuidará de la iglesia. Prefiero pedíroslo por favor, pero, en caso necesario, os lo ordenaré como prior vuestro que soy.
    – Vendré –dijo Athelstan, levantándose para desperezarse–. En realidad, el hecho de alejarme un poco de San Erconwaldo será un descanso para mí. Regresad al convento, padre prior. Sir John y yo acudiremos allí dentro de un rato. Deseo que reunáis a los miembros del Capítulo Interno, pues necesito interrogarlos a todos juntos. El padre prior asintió con la cabeza, se ajustó el cinto alrededor de la cintura y salió al exterior. Athelstan le vio dirigirse al lugar donde había atado su caballo, cerca de los peldaños de la entrada de la iglesia.
    – Sir John –dijo, volviéndose–. ¿Ya habéis enviado la carta sobre el esposo de Benedicta?
    – Ha salido disparada como una flecha.
    – ¡Muy bien!

    El fraile salió al patio y vio un grupo de niños jugando en los peldaños.

    – Crim, ve corriendo a casa de la señora Benedicta y dile, por favor, que venga aquí enseguida.

    Después regresó a la cocina donde sir John se estaba sirviendo más vino.

    – Tened cuidado, sir John –le advirtió–. Esta tarde necesitaréis una mente muy clara.
    – ¡Me hace falta un buen trago! –replicó Cranston en tono enojado–. ¡Sobre todo, teniendo en cuenta que me voy a pasar el día con un grupo de aburridos monjes!
    – ¡Más bien de temibles frailes! –le dijo fray Athelstan en tono burlón. Cranston soltó un regüeldo.
    – ¿Lady Matilde y los niños están bien?
    – Sí, pero yo me quedaré en el convento –contestó el forense–. Creo que mi mujer se ha enterado de mi estúpida apuesta. Vos ya la conocéis, Athelstan. –Cranston hinchó los carrillos–. Lady Matilde no dice nada, pero yo no soporto sus miradas de reproche. Hermano –añadió, mirando a Athelstan con expresión suplicante–, tenemos que resolver ese enigma.

    Athelstan se volvió de espaldas al forense para que éste no viera la desesperación de su rostro.

    – ¡Esqueletos, misteriosos asesinatos y un asesino suelto en un convento! –Athelstan cerró los ojos–. ¡Oh, Dios mío, ayúdanos!

    Estaba trajinando en la cocina cuando oyó llamar a la puerta.

    – ¡Adelante! –gritó.

    Benedicta entró con el rostro demudado por la inquietud.

    – ¿Qué ocurre, hermano? ¿Por qué me habéis mandado llamar?

    Athelstan la acompañó a un escabel y se sentó a su lado.

    – Benedicta, la carta ya se ha enviado, pero tenemos que esperar la respuesta. Yo debo dejar momentáneamente la parroquia e irme al convento de los dominicos –le explicó–, rozándole suavemente la muñeca con la mano. Cranston carraspeó y apartó la mirada–. Escuchadme bien, Benedicta –añadió el fraile–, en cuanto yo me haya ido, convocad una reunión del consejo parroquial para esta noche. –Tomó un llavero que le colgaba del cinto–. Podéis reuniros aquí. Procurad hacerles entrar en razón. Cuidad de la iglesia y vigilad a los trabajadores. Tienen que terminar dentro de unos días. Dad de comer a Buena– ventura. Y no perdáis de vista a Cecilia, por lo que más queráis. Aparte el esqueleto, ¡ella es lo único que les importa a Watkin y Pike! –terminó diciendo con una sonrisa. Benedicta tomó las llaves.
    – Cuidaos mucho, padre –dijo en voz baja–. Os echaremos de menos. Después se fue tan silenciosamente como había llegado.
    – Es una buena mujer –dijo Cranston en tono irónico–. Una mujer de cuerpo entero. Se levantó y se tambaleó ligeramente mientras trataba de concentrar todo su embotado ingenio en la tarea de tapar la bota de vino–. Una buena dormidita –musitó–me dejará como nuevo.

    Athelstan se apresuró a lavar las copas. Después se cambió de ropa, se lavó y tomó su vieja silla de montar con los cestillos donde guardaba la bandeja de escribir, el pergamino, las plumas de ave y el tintero de cuerno, y ensilló a un remiso Philomel cuya saludable costumbre de dormir entre las comidas acababa de sufrir una brusca interrupción. Antes de que transcurriera una hora, Cranston, roncando y soltando regüeldos y ventosi–dades en su silla de montar, se dirigió en compañía de su «querido escribano», tal como él llamaba a Athelstan, hacia el puente de Londres.


    CAPÍTULO 5


    Tuvieron que abrirse paso dificultosamente entre los carros que, tras haber descargado sus productos en el mercado, se estaban alejando a toda prisa de la ciudad antes de que sonara el toque de queda. En la calle del Puente, el mercado de pescado apestaba a arenques podridos. Athelstan vio los pescados pasados que los vendedores estaban tratando de endosarles a sus clientes y juró en su fuero interno no pedir nunca más empanadas de pescado en las tabernas y casas de comidas. El día era precioso y los habitantes de Londres habían salido a disfrutar del buen tiempo por las calles. Los ricos, con sus ropajes de raso morado, se mezclaban con los pilludos cubiertos de sucios andrajos. Unas prostitutas, con las cabezas recién rapadas, estaban siendo conducidas por un gaitero a una prisión de Cheapside llamada el Tonel. Doblaron una esquina a la izquierda para entrar en la Cordelería donde los tenderetes vendían toda suerte de cordeles, cuerdas y bramantes, algunos de ellos teñidos en brillantes colores. Otros más toscos estaban destinados a los albañiles y constructores. Los aprendices corrían de un lado para otro buscando clientes e incluso agarraban las bridas de los caballos para que se detuvieran, pero una severa mirada del rubicundo Cranston y del encapuchado cura bastó para que se alejaran a toda prisa.

    La contemplación de las cuerdas de los constructores le hizo recordar a Athelstan las baldosas de la iglesia y la extraña marca del cantero. Les había preguntado a sus feligreses si habían visto alguna marca similar en algún sitio, pero nadie la conocía. Llegó a la conclusión de que el hombre que había colocado aquellas baldosas debía de saber algo acerca del esqueleto enterrado debajo.

    Cranston se removió en su silla de montar.

    – Dios mío, fijaos en esto –dijo.

    Se detuvieron en la esquina de la Vinatería, donde unos hombres del alguacil estaban cumpliendo los castigos impuestos a los infractores de la ley. Un sujeto había sido colocado desnudo en el interior de un tonel, sumergido hasta la barbilla en orines de caballo. Un tosco letrero clavado en la madera anunciaba que se trataba de un cervecero que había adulterado la bebida. Sin embargo, la mayor expectación la había despertado una vieja que, con los ojos vendados y las raídas faldas levantadas y atadas por encima de la cabeza, estaba recibiendo unos azotes con una vara en las grisáceas y arrugadas nalgas como castigo por haber maltratado a unos niños. La multitud silbaba y arrojaba despojos de animales y otros desperdicios a la desventurada mujer. El tumulto se interrumpió cuando apareció un cortejo fúnebre encabezado por un sacerdote que portaba una cruz y entonaba el Réquiem dona eis. Casi todos los componentes de la procesión estaban borrachos perdidos y el féretro se balanceaba sobre los hombros de los que lo portaban cual si fuera un corcho en el agua, hasta el punto de que la tapa se había abierto y, a través de la abertura, colgaba un pálido brazo que se movía hacia arriba y hacia abajo como si el muerto se estuviera despidiendo de los presentes.

    Athelstan y Cranston desmontaron y guiaron sus cabalgaduras entre los carros que bajaban ruidosamente sobre los adoquines en dirección a los muelles. Entraron en la calle Beck, pero tuvieron que pegarse a los muros de un edificio para ceder el paso a una extraña procesión: unos hombres enmascarados y encapuchados, pero desnudos de cin–tura para arriba estaban avanzando lentamente por la calle, entonando el salmo del Mi– serere con voz de falsete mientras otros les golpeaban la espalda hasta dejársela en carne

    – ¡Unos flagelantes! –musitó Athelstan–. Los han visto en París, Colonia y Madrid y ahora han llegado también a Londres. Van de ciudad en ciudad entonando salmos y azotándose los unos a los otros en expiación por sus pecados. Cranston soltó un sonoro eructo.
    – ¿Y cómo es posible que eso pueda agradar a Nuestro Señor Jesucristo? –preguntó en voz baja.

    Athelstan sacudió la cabeza.

    Los flagelantes doblaron la esquina mientras el rumor de los azotes y de los cánticos religiosos se perdía en la distancia.

    Athelstan y Cranston ya estaban muy cerca del convento de los dominicos y podían ver las agujas y torretas del edificio, elevándose por encima de los rojos tejados de las casas. Una de las calles secundarias estaba bloqueada por unos soldados armados y vestidos con la librea de la ciudad que se cubrían la boca y el rostro con esponjas. Athelstan observó que la calle estaba desierta y que todas las casas tenían las puertas atrancadas y las contraventanas cerradas. La llamativa enseña de una taberna tintineaba espectralmente como si suspirara a causa de la falta de parroquianos.

    – ¡La peste! –dijo Cranston, montando de nuevo en su cabalgadura–. ¡Dios nos asista, hermano, si volviera!

    Athelstan trazó la señal de la cruz en la entrada de la calle y siguió a Cranston hasta que ambos llegaron al gran espacio abierto que rodeaba el convento de los dominicos. Delante de ellos se levantaba la gigantesca puerta y los altos muros que circundaban el vasto edificio. Un hermano lego respondió al apremiante tirón de la cuerda de la campana de la entrada y cruzó con ellos el patio adoquinado, donde un legañoso y desdentado mozo de cuadra con el rostro desfigurado por la úlcera más repugnante que Athelstan jamás hubiera visto en su vida les dijo en murmullos unas palabras ininteligibles y se hizo cargo de las monturas. Mientras el hermano lego los conducía a través de los fríos pasillos, Athelstan sonrió para sus adentros. El hecho de encontrarse de nuevo en el lugar donde había hecho el noviciado le producía una extraña sensación. Contempló las baldosas de piedra del pasillo y se detuvo como si se estuviera viendo a sí mismo la noche en que recorrió los oscuros corredores, saltó por una ventana abierta al jardín iluminado por la luna y trepó por el muro para reunirse al otro lado con su hermano menor que lo estaba esperando para irse con él a las guerras del rey. ¡Pobre Francisco, enterrado en un campo de batalla francés!

    – Perdón –musitó como si hablara con las motas de polvo que danzaban en los claros rayos de sol que penetraban a través de la ventana–. ¡Te pido perdón!

    El hermano lego le miró con curiosidad.

    – ¿Os encontráis mal? –le preguntó.

    Cranston entornó los ojos y sacudió la cabeza como si hubiera leído sus pensamientos.

    – No es nada –contestó en un susurro–. Mi buen amigo ha visto un fantasma. El perplejo hermano cruzó con ellos el soleado jardín del claustro y los condujo a la espaciosa cámara pintada de azul donde el prior Anselmo los estaba aguardando.
    – Habéis venido más temprano de lo que esperaba –dijo el prior, chasqueando los dedos hacia el hermano lego y dándole instrucciones al oído–. Sentaos –añadió, haciendo sonar una campanita–. Debéis de estar sedientos.

    Cranston esbozó una radiante sonrisa. Athelstan, que siempre se sentía incómodo en aquella estancia donde se había tenido que enfrentar con sus pecados, asintió con aire ausente.

    Entró un servidor con una gran jarra de hidromiel y tres copas. Cranston apuró el contenido de la suya y pidió al criado que se la volviera a llenar antes de que éste hubiera terminado de llenar las de Anselmo y Athelstan.

    – No seas tan tímido –le dijo el forense al mozo, pasándose la lengua por los labios–.

    ¡Maravilloso! ¡Francamente maravilloso! Llénala hasta el borde y déjala a mi lado en el suelo.

    El pobre criado obedeció y abandonó la estancia sin dar crédito a lo que había visto.

    – ¿Os gusta nuestro hidromiel, sir John? Nuestros panales son muy fructíferos y producen la más dulce y delicada de las mieles. Tengo que daros una jarra de miel y un pequeño barril de hidromiel para lady Matilde –dijo el prior.
    – ¡Excelente! –dijo Cranston, balanceándose peligrosamente sobre su escabel mientras miraba con sus empañados ojos a Athelstan–. ¡Un lugar estupendo! –dijo en voz baja–.

    ¡No comprendo por qué razón lo dejasteis!

    Athelstan le miró enfurecido. Sir John estaba a punto de quedarse dormido. Esperaba que no rodara al suelo desde el escabel, pues, sumido en el estupor de la borrachera, el cuerpo del forense resultaba más pesado que el plomo.

    – Padre prior –se apresuró a preguntar–, ¿por qué ha generado tantas discusiones esta cuestión de Enrique de Winchester?

    El prior Anselmo estaba mirando asombrado a Cranston sin poder apartar los ojos de aquel risueño forense que permanecía sentado en el escabel, soltando eructos como un niño grande.

    – Enrique ha escrito un opúsculo –contestó muy despacio–, en el cual afirma que Dios se hizo hombre, no para salvarnos del pecado sino para devolvernos la belleza. Athelstan arqueó las cejas.
    – Padre prior, ¿y dónde está aquí la herejía?
    – Al principio, yo me hice la misma pregunta, pero, si aceptamos la tesis de fray Enrique, según la cual Jesucristo se encarnó para devolvernos a nuestro primitivo estado de bienaventuranza, ¿cuál es la importancia del pecado? ¿Dónde queda la idea de la justicia y del castigo divinos?
    – ¡Hay demasiados pecados! –dijo Cranston, eructando ruidosamente–. Es lo único de lo que saben hablar los curas. ¿Cómo puede el buen Dios enviar a un hombre al infierno por el simple hecho de que beba demasiado?

    Cranston chasqueó la lengua y estaba a punto de lanzarse a una de sus originales disertaciones cuando llamaron a la puerta y entró el hermano lego.

    – Padre prior, los miembros del Capítulo Interno están esperando. Athelstan, que estaba escuchando con incredulidad la doctrina teológica de Cranston, se levantó de un salto.
    – Padre prior –se apresuró a decir–, conviene que nos reunamos con ellos ahora mismo. Anselmo le guiñó el ojo y los acompañó a través de un laberinto de pasillos. Cranston le siguió como un barco que se balanceara en medio de una tormenta. Los miembros del Capítulo Interno, en compañía de un estupefacto hermano Rogelio, ya estaban sentados alrededor de la mesa. Se medio levantaron, pero Anselmo les indicó con un gesto de la mano que volvieran a sentarse. Se hicieron rápidamente las presentaciones y Athelstan se alegró de tener a su lado al forense. Sabía que le consideraban la oveja negra de la orden y que algunos quizá no estaban muy de acuerdo con su presencia allí y tal vez pondrían reparos. Pero ahora todo el mundo miraba fascinado a Cranston, el cual se había sentado en la silla del prior Anselmo sin pedir permiso y estaba contemplando a los hombres reunidos en torno a la mesa cual si fuera un alegre Baco. Athelstan oyó las risitas y los murmullos, vio unas indulgentes miradas y oyó las palabras «borrachín» y «bebedor». Mientras el prior, muerto de vergüenza, pronunciaba un breve discurso, Athelstan aprovechó para estudiar a sus hermanos en Cristo, había oído hablar de Guillermo de Conches y del rubicundo Eugenio. Aquellos hombres tan peligrosos tenían una mirada penetrante y un alma retorcida y estaban convencidos de que el Señor gustaba de ver arder a la gente en barriles de aceite por su causa. No conocía al jovial fray Pedro ni al irlandés Niall. Tenían una cara muy simpática y fray Pedro estuvo incluso a punto de romper a reír cuando Cranston se inclinó sobre la mesa con la mirada empañada por el alcohol. El moreno rostro de fray Enrique de Winchester, sentado tan inmóvil como una estatua, era la viva imagen de la serenidad. Miró tímidamente a Athelstan y asintió con la cabeza. Athelstan le correspondió de la misma manera. Había oído hablar de aquel joven teólogo y brillante predicador cuya inteligencia era tan afilada como un cuchillo. A su lado, el pobre hermano Rogelio formaba un visible contraste, con su cara de lerdo y su extraño pelo de punta. Athelstan estudió la distante mirada de sus ojos y los hilillos de saliva que se escapaban de su boca y se preguntó si estaría tan loco como para haber cometido un asesinato. Anselmo terminó de hacer las presentaciones y se volvió a mirar a Cranston, pero el forense, con el mofletudo rostro iluminado por una beatífica sonrisa, ya estaba medio dormido. Athelstan carraspeó para disimular, colocó el tintero de cuerno, el pergamino y la pluma sobre la mesa y los acarició nerviosamente con los dedos. Tomó la pluma y recorrió con la mirada a los presentes.
    – El padre prior –dijo muy despacio–me ha pedido que venga para tratar de desentrañar ciertos misterios que afectan a este Capítulo Interno, el cual se reunió por vez primera el lunes, treinta y uno de mayo. Antes de que transcurriera una semana, fray Bruno resbaló en los peldaños que conducen a la cripta. Al otro sábado, concretamente el sábado pasado, fray Alcuino el sacristán entró en la iglesia del convento y cerró la puerta a su espalda para rezar en silencio por el eterno descanso del alma de su hermano difunto, el cual yacía en un féretro delante del altar mayor. ¿Es así, padre prior?

    Anselmo asintió con la cabeza.

    – Sí –contestó–. Alcuino entró en la iglesia. La puerta estaba cerrada y, sin embargo, cuando entró el hermano Rogelio, Alcuino había desaparecido. –Anselmo hizo una pausa y Athelstan observó que el mentecato esbozaba una vaga sonrisa–. El lunes por la noche –añadió Anselmo–, fray Calixto, en contra de las normas de esta casa, entró en la biblioteca para llevar a cabo unos estudios por su cuenta. Una vez allí, parece ser que resbaló en la escalera en la que estaba subido y cayó al suelo, muriendo instantáneamente.
    – ¡Meras coincidencias! –replicó Guillermo de Conches, cruzando los brazos y apoyándolos sobre la mesa–. Bruno era un viejo y los peldaños son muy empinados. Alcuino entró en la iglesia y, abrumado tal vez por la emoción, decidió huir del convento. Se va, cierra la puerta a su espalda y se aleja sigilosamente como un ladrón en la noche. –El inquisidor miró con arrogancia a Athelstan–. ¡No sería el primer monje que lo hiciera y ciertamente no será el último!

    Athelstan le devolvió fríamente la mirada, procurando disimular su cólera. Espero que tú seas el asesino, pensó, porque aquí se ha cometido un asesinato. Inmediatamente parpadeó para quitarse aquellos malos pensamientos de la cabeza.

    – ¿Y fray Calixto? –preguntó–. ¿Él también se cayó de la escalera?
    – Sí, sí –se apresuró a contestar Eugenio, medio apartando el rostro para no mirar a Athelstan.

    Éste apoyó los codos sobre la mesa y juntó los dedos de ambas manos, evitando mirar hacia la derecha donde Cranston estaba roncando como un bebé.

    – ¿Fray Enrique, fray Niall, fray Pedro? –dijo, mirando con una sonrisa a los tres teólogos–. Todos habéis estudiado lógica, ¿no es cierto?

    Los tres asintieron con la cabeza.

    – ¿Y también la teoría de la probabilidad y la posibilidad de coincidencias?

    Los frailes volvieron a asentir.

    – Pues entonces, decidme, padre prior –añadió Athelstan–, ¿cuántas muertes violentas se han producido en este convento en los últimos tres años? No me refiero a muertes por causas naturales sino a muertes violentas e inesperadas.
    – No ha habido ninguna.
    – O sea –dijo Athelstan–que en los tres años anteriores a la celebración de este Capítulo y puede que incluso en los seis, aquí no ha habido ninguna muerte violenta. Ahora se reúne el Capítulo Interno y, en cuestión de un par de semanas, mueren dos frailes y otro desaparece en extrañas circunstancias. Decidme todos vosotros, ¿es eso probable? ¿Es lógico?

    Fray Enrique sonrió, sacudiendo la cabeza.

    – ¿Fray Niall, fray Pedro?

    En los rostros de ambos quedó patente su conformidad con la respuesta de fray Enrique.

    – Tenemos además otra evidencia –añadió Athelstan–. Algo que el padre prior no me ha dicho.

    Anselmo le miró asombrado.

    – Hay algo más, ¿no es cierto, padre prior?

    Anselmo se pasó la lengua por los resecos labios y se preguntó fugazmente si habría hecho bien, solicitando la presencia de aquel joven dominico en su antiguo convento. Athelstan era demasiado rápido y perspicaz. ¿Y si el remedio fuera peor que la enfermedad? ¿Tendría razón Guillermo de Conches? ¿Hubiera sido mejor dejar las cosas tal como estaban? Los grises ojos de Athelstan se clavaron en los suyos.

    – Sí, lo hay –contestó el padre prior–. Alcuino jamás hubiera abandonado este convento. No se llevó bolsa, dinero, comida, botas ni un caballo de las cuadras. Además, si hubiera huido, alguien le hubiera visto. En segundo lugar, Alcuino se sentía al margen del Capítulo. Él y su íntimo amigo fray Calixto siempre se habían considerado teólogos Anselmo esbozó una débil sonrisa–. Los demás frailes les habían oído conversar y rechazaban el Capítulo Interno y lo tenían por una farsa. Alcuino decía que su amigo Calixto podría demostrar que vos, mi señor inquisidor general, estabais perdiendo el tiempo.
    – ¿Qué pretendía decir con eso? –ladró Guillermo de Conches.
    – Quería decir, monje.

    Cranston chasqueó la lengua y abrió los ojos.

    Los dominicos se sobresaltaron repentinamente cuando el forense se despertó, se desperezó y miró a su alrededor para ver si alguien se estaba burlando de él.

    – Quería decir –repitió el forense–que había dos monjes. –Cranston sonrió–perdón, frailes, para quienes el Capítulo Interno era una pérdida de tiempo. Ahora uno de ellos ha muerto y el otro ha desaparecido. ¿Digo bien, padre prior?

    Anselmo asintió rápidamente con la cabeza. Cranston levantó un rechoncho dedo índice.

    – Yo no he estudiado lógica, pero recuerdo siempre el viejo proverbio. «Que el perro tenga los ojos cerrados no significa que esté durmiendo.» Soy sir John Cranston, forense real de la ciudad. Y estoy despierto incluso cuando duermo.

    Athelstan soltó un gruñido de desagrado. Confiaba en que Cranston no utilizara el viejo truco de simular ser un borrachín.

    – Padre prior –se apresuró a preguntar–, ¿qué creéis vos que quisieron insinuar Alcuino y Calixto al decir que el inquisidor general estaba perdiendo el tiempo aquí?
    – Pues la verdad es que no lo sé. Los dos se pasaban el rato cuchicheando por los rincones y Calixto estaba buscando no sé qué manuscrito en la biblioteca.
    – El otro –dijo Cranston, interrumpiéndole bruscamente mientras le dirigía una mirada asesina a Athelstan–. Me refiero al viejo, el que murió primero, Bruno. ¿Tenía alguna relación con el Capítulo Interno?
    – No –contestó Eugenio–. Pero Alcuino, por no sé qué extraño motivo, siempre aseguró que él se estaba dirigiendo a la cripta justo en el preciso instante en que Bruno tropezó y cayó. –Eugenio hizo una mueca–. Sacad vos mismo las consecuencias de lo que eso significa, Athelstan.

    Athelstan tomó unas cuantas notas acerca de lo que se había dicho hasta entonces, posó la pluma, se levantó y se acercó al hermano Rogelio, el cual estaba acurrucado como un conejo asustado, con los ojos clavados en el inquisidor general. Athelstan tomó fuertemente su mano en la suya.

    – Hermano Rogelio –le dijo en voz baja–, ¿que es lo que queréis decirle al padre prior?

    Rogelio parpadeó varias veces y se humedeció los labios con una lengua que parecía demasiado grande para su boca mientras la saliva le rodaba por la barbilla sin afeitar y él se rascaba la cabeza con los sucios dedos de una mano.

    – Vi algo en la iglesia –dijo–, pero no recuerdo lo que fue. Sólo sé que hubieran tenido que ser doce. ¿O trece quizá? –Miró con una estúpida sonrisa a Athelstan–. El hermano Rogelio tiene muy mala memoria.

    Athelstan sacudió la cabeza y preguntó:

    – Padre prior, ¿hay alguna otra cosa que debamos saber? ¿Tiene alguien más información sobre estos misteriosos acontecimientos?

    Un muro de silencio acogió sus palabras.

    – En tal caso, padre prior, sir John y yo quisiéramos retirarnos. ¿Tenemos una cámara aquí?
    – Sí, el sirviente os acompañará. Sir John y vos os alojaréis en nuestra hospedería. Athelstan se mordió el labio. Sabía que sir John deseaba hospedarse en el convento de los dominicos para alejarse de la afilada lengua de lady Matilde, pero la idea de compartir una habitación con él no le atraía demasiado. Había viajado con Cranston en algunas ocasiones y sabía que el forense se mostraba muy locuaz, sobre todo después de una copiosa cena y unas cuantas copas de vino blanco.
    – ¿Contamos con vuestra venia para recorrer el convento y echar un vistazo por ahí?
    – ¡Por supuesto que sí!

    La sesión se levantó y el hermano Rogelio abandonó casi corriendo la sala. Fray Niall y fray Pedro saludaron con una sonrisa a Athelstan y fray Enrique le dijo que se alegraba mucho de verle. En cambio, los inquisidores le ignoraron por completo. El prior Anselmo los encomendó al hermano lego, el cual los acompañó fuera del edificio principal del convento, rodeó con ellos la iglesia y los condujo a una pequeña hospedería que daba al huerto, en la cual había una cocina y una despensa en la planta baja y una espaciosa sala en el piso de arriba con dos carriolas, una cómoda, un reclinatorio, una mesa junto a una ventana acristalada, una silla, unos cuantos escabeles y unos ganchos clavados en la pared para colgar la ropa. Todo parecía muy limpio y bien cuidado. El suelo de la cocina estaba cubierto con juncos y rociado con una mezcla de hierbas mientras que las paredes del dormitorio estaban revestidas con lienzos de lana y en el suelo había una alfombra de pura lana, cosida a un rústico arrimadero.

    – El padre prior dice que podéis comer con nosotros en el refectorio si queréis –les anunció el joven sirviente–. O, si lo preferís, podéis prepararos vosotros mismos la comida o pedir que os envíen algo desde la cocina.
    – ¿Quién nos traerá la comida? –preguntó Athelstan.
    – Yo mismo –contestó el joven–. Me llamo Norberto y estoy en el noviciado, preparando los votos definitivos. Athelstan estudió el terso rostro y los claros ojos castaños de Norberto. Parecía un chico de fiar.
    – ¿Tú no has tenido nada que ver con el Capítulo Interno? –le preguntó.
    – Oh, no, fray Athelstan. Eso es demasiado para mí.
    – Pues entonces –le dijo Athelstan, dándole una palmada en el hombro–, tú nos traerás la comida desde el refectorio. Ahora sé buen chico y ve a ver qué tal están nuestros caballos en la cuadra. ¡Philomel, el viejo caballo de batalla, come como una fiera! –Athelstan miró de reojo a Cranston–. ¡Y no es el único! Mi señor forense es un hombre de prodigioso apetito. Asegúrate de que su plato esté siempre bien abastecido. Norberto sonrió, dejando al descubierto unos dientes separados.
    – Tengo entendido que el hidromiel –dijo Cranston, introduciéndose los dedos en el cinto–es muy bueno para la garganta.
    – El padre prior ya ha dejado un tonel para vos, sir John. Hay también jarras de vino y un pequeño barril de cerveza en la despensa.
    – ¡Excelente! ¡Excelente! –murmuró Cranston.

    Cuando el joven sirviente se retiró, Athelstan se sentó junto a la mesa de la cocina.

    – Vamos a ver qué es lo que tenemos aquí, sir John –dijo, colocando el pergamino y las plumas sobre la mesa–. Primero tenemos un Capítulo Interno convocado para debatir cuestiones teológicas. Fray Enrique las está discutiendo con fray Pedro y fray Niall. Los inquisidores están aquí para perseguir la herejía. Otros dos dominicos, Calixto y Alcuino, hacen crípticos comentarios, diciendo que el Capítulo Interno es una pérdida de tiempo. Calixto cae desde una escala de mano en la biblioteca y Alcuino desaparece. Corren rumores de que, aunque fray Bruno no tenía nada que ver con el Capítulo Interno, tropezó en los peldaños de la cripta justo en el momento en que, al parecer, Alcuino se encontraba allí. El hermano Rogelio, que es un pobre idiota, asegura que ocurre algo raro en la iglesia y habla del número doce o trece. Bien, sir John, ¿qué pensáis vos de todo eso?

    Un sonoro ronquido acogió sus palabras. Athelstan se volvió. Cranston, sentado en la única silla de respaldo alto que había en la estancia, se había quedado profundamente dormido delante de la chimenea y, de vez en cuando, chasqueaba la lengua con una sonrisa en los labios. Athelstan lanzó un suspiro y se acercó a él, poniendo más leña en la chimenea para que estuviera más a gusto. Después regresó a sus notas y se pasó una hora tratando de desentrañar el sentido de todo lo que le habían dicho mientras Cranston roncaba y se oía a lo lejos el tañido de la campana del convento, convocando a los frailes al oficio divino. Cuando empezó a ponerse el sol, Cranston se despertó de golpe y, dándose unas palmadas en el vientre, visitó primero el retrete y después se dirigió a la despensa para llenarse una jarra de hidromiel.

    – Ahora no, sir John –le dijo Athelstan, siguiéndole–. Tenemos cosas que hacer.
    – Estoy sediento, fraile –contestó el forense, mirándole con expresión lastimera.
    – Os digo que tenemos cosas que hacer, sir John.
    – ¿Como qué?
    – Vos sois el forense, sir John. Estáis visitando la escena de esos crímenes y, cuanto antes resolvamos los misterios, tanto antes podremos resolver el enigma de la cámara escarlata –contestó Athelstan en tono esperanzado.

    Cranston posó la jarra de hidromiel y le miró con una sonrisa en los labios.

    – Tenéis toda mi atención, fray Athelstan.

    Después regresaron a los claustros. Athelstan recordaba vagamente que la cripta se encontraba en un pequeño pasadizo cerca del lado norte de la iglesia. El jardín del claustro era un remanso de silencio, donde sólo se oía el zumbido de las abejas revoloteando alrededor de las flores que crecían junto a la cantarina fuente. Los pequeños escritorios que los frailes utilizaban para copiar y escribir habían sido retirados. Athelstan recordó las largas horas que solía pasar allí, aprovechando la luz diurna para copiar algún docto opúsculo. Hizo una pausa. Fray Calixto era su mentor y Alcuino siempre había tenido afición a las obras de carácter teológico. ¿Habrían visto o estudiado alguna obra relacionada con el Capítulo Interno? Athelstan contempló la cristalina fuente. La biblioteca de los dominicos era muy famosa y contenía manuscritos de toda la Europa occidental, no sólo de miembros de su orden sino también de antiguos filósofos y de otros teólogos.

    – ¡Vamos, Athelstan! –lo apremió Cranston, señalando con la cabeza la gran puerta protegida por una plancha de hierro–. ¡Los secretos de la cripta nos esperan!

    Athelstan asintió con la cabeza y empujó la puerta.

    – Los peldaños son muy empinados –dijo en voz baja–. Se hunden en la oscuridad. Antes eso me parecía la entrada del infierno. –Señaló una antorcha de la pared–. Vos tenéis una mecha, sir John, ¡encendedla!

    El forense obedeció y la antorcha empapada de resina cobró repentinamente vida.

    – Hacedlo otra vez, sir John –le rogó Athelstan, cerrando la puerta de la cripta a su espalda.
    – Por el amor de Dios, hermano –dijo el forense, mirándole desconcertado–, ¡la antorcha ya está encendida!
    – ¡No, hacedlo otra vez! ¡Repetid lo que acabáis de hacer!

    Cranston le obedeció a regañadientes.

    – Pero ¿qué os pasa, hermano?
    – Bueno, vamos a intentar reproducir lo que debió de hacer fray Bruno. Fijaos, sir John, el peldaño superior es ancho y seguro. La antorcha está en la pared cuando vos cerráis la puerta a vuestra espalda. Fray Bruno se debió de volver para encender la antorcha, tal como vos habéis hecho. Ya hemos visto que el peldaño superior es muy ancho. Hay espacio suficiente para que alguien espere al acecho detrás de la puerta. Bruno entra y se vuelve. Como vos, debía de encontrarse en equilibrio inestable cuando estiró el brazo para encender la antorcha.
    – ¿Estáis diciendo –dijo Cranston, interrumpiéndole–que alguien acechaba en la oscuridad y le dio al viejo un violento empujón, en la creencia de que era Alcuino?
    – Sí.

    Athelstan sacó la antorcha del candelabro de hierro de la pared y la sostuvo en alto, iluminando con ella la oscuridad mientras las sombras danzaban en los empinados peldaños que bajaban al abismo de la cripta. Athelstan señaló la barandilla de hierro.

    – Cuando yo era novicio aquí, todo el mundo les tenía un miedo espantoso a estos peldaños tan afilados y empinados. Por eso pusieron esta barandilla. Nadie, ni siquiera Alcuino y tanto menos un anciano, hubiera podido sobrevivir a semejante caída.
    – Pero a Alcuino no lo empujaron –observó Cranston–. A quien empujaron fue al pobre Bruno. Está claro que se equivocaron de hombre, pero la pregunta sigue siendo ¿por qué esperaban a Alcuino? ¿Y por qué vino aquí Alcuino? Vos habéis estudiado en los dominicos, ¿no es cierto, Athelstan?

    Athelstan esbozó una sonrisa mientras volvía a colocar la antorcha en el candelabro de hierro y abría de nuevo la puerta.

    – Muy buena pregunta, sir John, la cripta se utilizaba a menudo para reuniones secretas. Ya sabéis las rencillas y bandos que suele haber en cualquier comunidad, por no hablar de las ilícitas relaciones que pueden darse entre hombres comprometidos con el celibato.
    – ¿Eso también ocurría aquí? –preguntó Cranston en voz baja, cerrando la puerta de la cripta a su espalda.

    Athelstan lo asió suavemente por el codo y lo acompañó de nuevo a la moribunda luz del ocaso que todavía quedaba en el jardín del claustro.

    – Y cosas mucho más raras todavía, sir John, pero ahora estamos buscando a un asesino.
    – Pudo ser un accidente –señaló Cranston.
    – Eso dependería de dos cosas. Primero, ¿podemos encontrar alguna relación entre Alcuino y la cripta? ¿Con quién tenía que reunirse? Segundo, cuando se encontró el cuerpo de Bruno, ¿estaba encendida la antorcha de la pared? Si no lo estaba, eso significa que lo empujaron en el momento en que encendía la mecha; el asesino tuvo que actuar con rapidez, pues, de otro modo, lo hubieran descubierto. Sólo pudo ver una figura borrosa. Qué fácil le debió de resultar dar un violento empujón y alejarse de inmediato. Cranston se estremeció y se frotó el cuello para aliviar un calambre. Aquel lugar era un remanso de paz y serenidad. El convento de los dominicos no se parecía para nada a la ciudad, con sus muros encalados, sus limpios pasillos, sus jardines floridos, sus cantarinas fuentes y las melodiosas voces de los cánticos de alabanza a Dios. Y, sin embargo, las emociones eran allí tan fuertes como en las callejas de Cheapside. Lujuria, envidia, celos, codicia e incluso asesinato. Ambos se apartaron a un lado cuando se abrió la puerta de la iglesia y empezaron a desfilar los frailes, con las manos ocultas en las amplias mangas de los hábitos y las cogullas bien echadas sobre el rostro, para dirigirse en anónimo silencio hacia el refectorio. Cranston levantó la cabeza como un perro de caza y olfateó la brisa. Después se dio unas palmadas sobre el vientre y se humedeció los labios con la lengua.
    – ¡Comida! –murmuró–. Carne de venado, hermano. Fresca, tierna y aderezada con romero.
    – Dentro de un ratito, sir John.

    Athelstan asió al forense por las muñecas y esperó a que pasaran todos los monjes antes de acompañarle a la iglesia donde aún se aspiraba el penetrante aroma del incienso. Los rayos del sol jugaban todavía en las vidrieras de colores de los ventanales, llenando la oscuridad con débiles retazos de luz. Las nubes de incienso del altar bajaban hacia la nave como un perfume embriagador. En medio de aquel sagrado silencio, Athelstan tuvo la sensación de que el aire había sido santificado por los cánticos de los frailes. Subieron por la nave y cruzaron la cancela del antealtar. Athelstan miró a su alrededor y se asombró de la pura belleza del suelo de mármol multicolor, las gradas de alabastro y el soberbio altar mayor, labrado en costoso mármol y sostenido por unos pilares con capiteles recubiertos de pan de oro. Unos candelabros de plata maciza descansaban sobre la blanca seda del mantel del altar y en el bello rosetón de lo alto del muro aún brillaba la moribunda luz del sol. Athelstan contempló los sitiales de madera labrada situados a ambos lados del presbiterio donde los frailes se reunían para cantar el oficio divino. Recordó la época en que solía entonar los salmos de maitines medio muerto de sueño. Por encima del altar, colgaba una pesada cruz de color negro, suspendida de las vigas por medio de unas cadenas de oro puro. Detrás del altar y bajo el rosetón del muro del ábside había unas hornacinas, algunas de ellas con imágenes de tamaño natural de los apóstoles.

    – Eso no es San Erconwaldo –musitó Cranston, contemplando con asombro la belleza del presbiterio–. Eso es poesía en piedra y mármol –añadió–. ¿Es aquí donde murió Alcuino?

    Athelstan parpadeó como si la serenidad del templo hubiera borrado la razón de su presencia allí.

    – ¿Cuántas entradas hay? –preguntó bruscamente Cranston.
    – Sólo dos –contestó Athelstan–. La que nosotros hemos utilizado –dijo, señalando el pórtico principal y otra en el presbiterio.
    – ¿No hay trampas ni pasadizos secretos?
    – Nada en absoluto y, además, el padre prior dijo que ambas puertas estaban cerradas. Al parecer, Alcuino deseaba estar solo.
    – ¿Y adonde pudo ir? –preguntó el forense.

    Athelstan le hizo señas de que se acercara y rodeó con él el altar mayor. Detrás había una alfombra escarlata en cada una de cuyas esquinas se levantaba un sólido pilar de madera.

    – ¿Para qué es eso? –preguntó Cranston.
    – Cuando muere un fraile, el féretro se coloca sobre estos pilares encima de la alfombra –explicó Athelstan–. El cuerpo tiene que descansar delante del altar durante todo un día y una noche y hay que cantar una misa de réquiem. –Athelstan golpeó el suelo del presbiterio con el pie–. Después el féretro se deposita en una enorme tumba que hay aquí debajo.
    – ¿Y no pudieron arrojar a Alcuino a esa tumba?
    – Lo dudo. Recordad que ya habían depositado el ataúd de Bruno. Puede que los hermanos legos no sean muy listos, pero se hubieran percatado de la presencia del cadáver de uno de los frailes allí dentro. –El fraile señaló un reclinatorio y miró a su alrededor, contemplando las imágenes de tamaño natural de las hornacinas–. Éste es el lugar donde Alcuino fue visto con vida por última vez –dijo en un susurro–. El padre prior está seguro de que se dirigió a la iglesia. Pero ¿qué ocurrió después?

    En medio del silencio, su voz adquirió un sonido espectral y Cranston experimentó una estremecedora sensación de inminente amenaza a pesar de la belleza del lugar.

    – No lo sé, hermano –contestó–. La verdad es que no lo sé. ¡Pero presiento que nos encontramos en la entrada del Valle de la Muerte!


    CAPÍTULO 6


    Athelstan y Cranston se pasaron un buen rato discutiendo las posibilidades que se ocultaban detrás de la desaparición de Alcuino antes de regresar a la parte anterior del presbiterio.

    – Estoy hambriento –murmuró Cranston.
    – Vos siempre estáis hambriento. Tenéis que ver otra cosa antes de que nos vayamos a cenar.

    Sir John hizo pucheros como un chiquillo a quien se hubiera negado una golosina.

    – Mi señor forense –añadió pacientemente Athelstan–, habéis sido convocado aquí para que investiguéis unas muertes. ¿Qué es lo que hace un forense?

    Cranston se apoyó contra la pared.

    – Examina el cadáver –dijo con un hilillo de voz–. ¿Qué estáis insinuando, Athelstan, que desenterremos a fray Bruno?
    – No, pero Calixto yace de cuerpo presente y aún no ha sido enterrado.
    – Vamos, Athelstan –musitó Cranston–. ¡Primero el trabajo y después la comida!

    Salieron de la iglesia y se dirigieron a través de los claustros al refectorio donde un anciano hermano lego se encontraba de servicio. Athelstan le hizo señas de que se acercara.

    – Pido perdón –le dijo–, pero os ruego que vayáis a decirle al padre prior que sir John Cranston necesita examinar el cuerpo de fray Calixto.

    El hermano lego se sorprendió, pero, a instancias de Athelstan, entró en el refectorio. Athelstan, de pie delante de la puerta entornada, contempló las sombras provocadas por el parpadeo de la llama de las velas y escuchó al lector que estaba leyendo vidas de santos mientras el resto de la comunidad comía en silencio y sólo el sonido de los platos y el rumor de las sandalias rompían la serenidad de la sala.

    El hermano lego regresó.

    – El padre prior ha accedido a vuestra petición –anunció–. Fray Calixto yace en la enfermería y yo he sido encargado de acompañaros. La enfermería se encontraba un poco separada del resto de los edificios del convento. Un fraile con un delantal blanco sobre el hábito los recibió amablemente y los acompañó a la parte de atrás donde una pequeña estancia encalada servía de depósito de cadáveres.
    – Hemos hecho lo que hemos podido –dijo el enfermero en voz baja–. Enterraremos a fray Calixto el sábado.

    Después les indicó la solitaria mesa cubierta por un paño mortuorio blanco ribeteado de morado. Athelstan retiró el lienzo. Habían lavado el cuerpo de Calixto y vestido con el hábito dominico. La causa de su muerte resultaba de todo punto evidente, su demacrado rostro estaba cubierto de magulladuras negro moradas. Athelstan estudió las facciones. La nariz ya se había afilado, las mejillas estaban más chupadas y los ojos se habían hundido en las cuencas. El fraile experimentó una oleada de compasión al recordar a Calixto en la flor de la edad, con su agudo cerebro y su mordaz sentido del humor. Examinó cuidadosamente la herida que cruzaba la sien del difunto. El embalsamador había hecho todo lo posible por disimularla, pero Athelstan observó que era tan ancha y profunda como los surcos abiertos en un campo de labranza.

    – ¡Hermano! –dijo, llamando al enfermero–. ¿Fuisteis vos quien recogió el cuerpo de Calixto del suelo de la biblioteca?
    – Fui yo, en efecto.
    – ¿Y se había golpeado la cabeza contra las baldosas o algún objeto punzante?
    – Estaba tendido en el suelo.
    – ¿Qué habéis encontrado? –preguntó Cranston, acercándose.

    El forense estaba un poco mareado porque tenía el estómago vacío. Arrugó la nariz al aspirar el agrio olor de la estancia.

    – Mirad, sir John –dijo Athelstan–, la caída de fray Calixto le produjo magulladuras en la cabeza y el rostro, pero yo sospecho que ésa fue la herida que le causó la muerte. Athelstan señaló el profundo corte de la sien del difunto–. Lo que quiero decir –añadió en un susurro–es que Calixto cayó, pero después lo golpearon con un objeto afilado. Por cierto –dijo, volviéndose hacia el enfermero–, cuando sacasteis el cuerpo de fray Bruno de la cripta, ¿la antorcha estaba encendida?
    – Por supuesto que sí. Aquello está más oscuro que la noche. Alcuino descubrió el cadáver. Ah –añadió el enfermero, acercándose el índice a los labios–. Sí, hubo una cosa que me llamó la atención.
    – ¿Qué fue?
    – Alcuino descubrió el cadáver, pero sólo tras haber encendido la antorcha. Recuerdo que nos lo comentó. –El rostro del enfermero se torció en una mueca de perplejidad–. Por consiguiente, ¿qué estaba haciendo Bruno allí abajo, en aquel pozo de negrura?
    – Sólo Alcuino podría responder a la pregunta –contestó secamente Cranston–. ¡Lo cual significa que el misterio de la muerte de Bruno sólo lo sabe el hombre que actualmente ha desaparecido!

    Le dieron las gracias al enfermero y Athelstan le pidió al hermano lego que los acompañara a la biblioteca, donde, a pesar de sus protestas, le ordenó que encendiera todas las velas. Después se acercó a la alta y estrecha escala de mano que llegaba hasta los últimos estantes sin prestar atención a los murmullos de admiración de Cranston. La biblioteca le hacía evocar los dulces recuerdos de su pasado. Allí, sentado junto a los escritorios de una de las mejores bibliotecas del reino, había estudiado para fraile. Se le hizo un nudo en la garganta mientras el denso olor del cuero y el suave perfume de los pergaminos recién curados despertaban en él una profunda nostalgia. Y, sin embargo, allí había decidido abandonar el convento e irse con su hermano a servir al rey en las guerras de Francia. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaban los fantasmas?, se preguntó. ¿El de su hermano y los de sus padres que más tarde murieron de pena? Parpadeó rápidamente mientras tomaba la escala de mano.

    – Mirad, sir John, Calixto subió a esta escala, resbaló y cayó. –El fraile señaló el suelo–. Las baldosas son lisas y aquí no hay ningún objeto punzante. Sir John, ¿queréis ayudar al hermano lego a juntar todas las velas?
    – ¿Por qué? –preguntó Cranston–. ¿Qué demonios estáis haciendo, hermano?

    Athelstan levantó el dedo índice.

    – Reflexionad un poco –dijo–. Estoy aplicando la lección que vos me enseñasteis. La cabeza de Calixto se golpeó contra un objeto punzante. Aparte las esquinas de las mesas y los escabeles, los únicos objetos pesados y punzantes que hay en esta biblioteca son los candeleros.

    Sir John se encogió de hombros y ayudó al perplejo hermano lego a reunir todos los candeleros en el centro de una de las alargadas mesas de estudio.

    – Pudo golpearse contra el borde de la mesa –protestó Cranston. De pie al lado de la escalera de mano, Athelstan sacudió la cabeza.
    – No digáis disparates, sir John. Los estantes de la biblioteca se encuentran a un lado de la sala y las mesas al otro. Si vos resbalarais de la escalera, caeríais al suelo –dijo Athelstan sonriendo–. Lo podríamos probar.
    – La escala no resistiría mi peso –murmuró Cranston, posando ruidosamente los candeleros sobre la mesa. Al final, Cranston terminó la tarea y Athelstan se acercó a una gran alacena de madera de roble situada junto a la puerta de la sala de la biblioteca. Rebuscó entre los estantes y cambió de sitio varios tinteros y rollos de pergamino hasta que encontró una cajita de madera y sacó un gran trozo de vidrio redondeado.
    – ¿Qué es eso? –preguntó Cranston mientras Athelstan regresaba a la mesa.
    – Es un vidrio que amplía los objetos, sir John. Lo usamos a menudo en el estudio de los manuscritos cuando las letras están desteñidas o son muy pequeñas y enrevesadas. Un truco muy ingenioso que inventaron los árabes. ¡Fijaos! –dijo el fraile, acercando el cristal de aumento a la base de unos candeleros mientras Cranston lanzaba exclamaciones de asombro al ver de qué manera ampliaba el tamaño del grueso reborde metálico–. Bueno pues –dijo Athelstan, tomando los candeleros uno a uno y examinándolos con cuidado bajo la luz concentrada de todas las velas. El hermano lego restregó nerviosamente los pies por el suelo.
    – Ya se ha derramado mucha cera sobre las baldosas –dijo en tono quejumbroso.
    – ¡Pues se limpia y sanseacabó! –le ladró Cranston.

    El lego retrocedió atemorizado y Athelstan prosiguió su examen.

    – ¡Vaya! –Athelstan tomó uno de los candeleros y le ofreció el cristal de aumento a sir John–. Echad un vistazo, mi señor forense, y veréis el asesinato cara a cara. Cranston obedeció.
    – ¡Por los clavos de Cristo! –exclamó, inclinándose más–. Manchas de sangre –musitó. Restos de cabello. Athelstan tomó el cristal de aumento y el candelero.
    – Sangre de Calixto y cabello de Calixto. El pobre fraile no se cayó de la escalera de mano. Lo empujaron y, una vez en el suelo, acabaron con él utilizando este candelero. ¡Apagad las luces! –le ordenó Athelstan al lego–. Y colocadlo todo tal como estaba. Os agradezco vuestra ayuda. El padre prior será debidamente informado. Sosteniendo el candelero en la mano, Athelstan regresó con Cranston a la hospedería, donde fray Norberto estaba poniendo la mesa. El joven contempló con asombro el candelero y abrió la boca para preguntar algo, pero Cranston lo agarró fuertemente por el hombro.
    – ¡Hermano –rugió–, tengo el vientre tan vacío como la bolsa de una ramera! Me muero de hambre. Necesito un buen trozo de carne, pan y un poco de ese hidromiel tan dulce que hay por aquí. Acercó tanto el rostro de blancas patillas al del joven novicio que Norberto debió de pensar que el forense se lo quería comer y salió casi corriendo de la hospedería. Athelstan ya había bajado de la cámara del piso de arriba cuando el joven regresó con unos cuencos de humeante carne, unas hogazas de pan recién sacadas del horno y envueltas en servilletas y dos grandes jarras de peltre, depositó la comida sobre la mesa y se retiró a toda prisa.
    – Vamos, Athelstan –dijo Cranston, sentándose–. Me voy a comer mi ración y, si termino antes que vos, ¡me comeré la vuestra!

    Comieron y bebieron en silencio hasta que Cranston enderezó la espalda, soltó un pequeño eructo y miró satisfecho a su secretario, el cual permanecía sentado junto a la mesa, perdido en sus propias ensoñaciones.

    – Bueno, Athelstan, ya sé que ha sido un asesinato. –Cranston señaló con un gesto de la mano el pequeño barril de hidromiel–. Cuando me haya tomado otra jarra, aceptaré gustoso vuestros consejos.

    Athelstan sonrió para sus adentros y volvió a llenar la jarra por tercera vez. Por lo menos, pensó, sir John dormirá tranquilo esta noche.

    – ¿Y bien?
    – En primer lugar, mi señor forense, creo que la muerte de Bruno se puede considerar un accidente, pues hubiera tenido que ser Alcuino quien cayera escaleras abajo tras ser empujado. En segundo lugar, creo que Alcuino ha muerto, pero sólo el Señor sabe dónde está escondido su cuerpo y por qué lo mataron. En tercer lugar, Calixto fue asesinado sin el menor asomo de duda. En cuarto lugar, todas esas muertes y desapariciones están relacionadas con la cuestión que en estos momentos se debate en el Capítulo Interno. Finalmente, creo que Calixto estaba buscando algo en la biblioteca. ¡Aunque sólo Dios sabe qué era!
    – No hemos avanzado mucho que digamos –rezongó Cranston, limpiándose los labios con el dorso de la mano–. Bien, hermano, ¿qué otra cosa podemos hacer?
    – Bueno, ya es demasiado tarde para preguntar dónde estaba cada uno, pero lo que sí se puede hacer es pedirle al padre prior que lleve a cabo un exhaustivo registro de las celdas de Alcuino y Calixto. Puede que consigamos averiguar algo. Sin embargo, os voy a decir una cosa, sir John. Temo que se cometan otros asesinatos. –Athelstan hizo una pausa y apartó el rostro–. Siempre estamos en lo mismo, ¿verdad, sir John?

    Cranston le miró con expresión compasiva.

    – Vos conocéis el espíritu humano, Athelstan. Sois sacerdote. Os sentáis en el confesionario y escucháis los pecados de los demás. Desde que Caín tomó la quijada de un asno para matar a su hermano, ha habido asesinatos en los que tanto los hombres como las mujeres, cualquiera que sea su estado o condición, se afanan por alcanzar el poder. Mirad –añadió el forense, empujando la silla hacia atrás–. Hemos hecho todo lo que hemos podido por el padre prior. Vamos, Athelstan, me queda algo más de una semana para resolver el enigma de mi señor de Gante.

    Athelstan se frotó los labios con la mano.

    – Estoy cansado, sir John, aún tengo que terminar de rezar el oficio divino y tengo pendiente la cuestión del esqueleto de San Erconwaldo.
    – ¡Tonterías! –Cranston se dio una palmada en el muslo–. Eso os distraerá de vuestras inquietudes. Vamos a nuestro dormitorio.

    Athelstan lanzó un suspiro, apagó las lámparas de aceite, se encargó de cubrir bien el fuego de la chimenea, tomó una vela y subió con sir John a la cámara del piso de arriba.

    – ¡Vamos, monje, encended las velas!

    Athelstan obedeció y la estancia quedó inundada de luz.

    – Bueno –dijo Cranston–, supongamos que ésta es la cámara escarlata. –Se acercó al lugar donde Athelstan había dejado el documento en el que se describía el misterio y lo leyó rápidamente–. Tenemos una cama, un escabel, una mesa y una ventana muy parecida a ésta. –El forense cerró la puerta–. Nos dicen que no hay ningún pasadizo secreto. Nadie entró y no se sirvió comida ni bebida. Por consiguiente, ¿cómo murieron? –Sir John se acercó a la ventana–. Al primer hombre lo encuentran muerto junto a la ventana y tan aterrorizado que incluso había clavado las uñas en la madera. Athelstan se sentó en la cama y, a pesar de su cansancio, se esforzó por prestar atención a las palabras del forense.
    – El cadáver no presenta ninguna señal de violencia –dijo el fraile.
    – ¡Bien! –musitó Cranston.
    – La segunda víctima –añadió Athelstan–se encontró tendida en el suelo cerca de la cama. Vamos, sir John, haced el papel.

    Cranston obedeció, tendiéndose en el suelo.

    – Tampoco tenía la menor señal de violencia –dijo Athelstan–, nadie había entrado en la habitación y no les habían servido comida ni bebida envenenada. –Athelstan se levantó y acercó su escabel a la cama de Cranston–. Ahora vamos a examinar las dos últimas muertes, sir John. Yo soy el hombre sentado en el escabel y vos os vais a tender en la cama, simulando sostener en vuestras manos una ballesta cargada. Cranston obedeció.
    – Ahora, sir John, incorporaos repentinamente y disparadme una flecha directamente al pecho. Mientras vos os incorporáis, yo me levantaré del escabel. Interpretaron los papeles como consumados actores y después se miraron el uno al otro, dominados por una creciente irritación.
    – No habéis llegado a ninguna parte –dijo Cranston con voz quejumbrosa.
    – ¿Y si hubiera sido por algo que había en el fuego de la chimenea o por las velas? preguntó Athelstan.
    – Ya lo he pensado –contestó Cranston–. Pero recordad que, cuando murió el segundo hombre, entró el cura de la aldea y no había velas encendidas y el fuego de la chimenea se había apagado.
    – Las muertes que más me preocupan son las últimas dos –dijo Athelstan mientras el forense le miraba con expresión suplicante–. Vamos a interpretar la escena otra vez, sir John. Tendeos en la cama.

    Cranston obedeció. Athelstan se sentó en el escabel y apoyó la espalda contra la pared.

    – ¿Qué fue lo que despertó al ballestero? –se preguntó–. ¿Qué lo asustó hasta el extremo de matar a su compañero antes de suicidarse? Casi todos los ballesteros profesionales disparan sin pensarlo dos veces ante la menor amenaza. Así fue cómo murió su compañero. Tal como dicen los matemáticos, tiene que haber un común denominador, algo que establezca un nexo entre las dos muertes. No tenemos que confundir las cosas. ¿No estáis de acuerdo, sir John?

    Un sonoro ronquido acogió sus palabras. Athelstan se levantó sin poder dar crédito a sus ojos. Tendido boca arriba con el rubicundo rostro iluminado por una sonrisa, Cranston estaba durmiendo tan profundamente como un niño. Athelstan le quitó las botas, le desabrochó el cinturón y procuró ponerle lo más cómodo posible. Apagó las velas y se arrodilló junto a su cama, se santiguó y trató de rezar las oraciones nocturnas de la Iglesia, pero le fue casi imposible. Su mente pasaba sin cesar de un problema a otro: el ingenuo rostro del hermano Rogelio; la frialdad del cadáver de Calixto; la malévola mirada acusadora de los inquisidores; el insoluble enigma de Cranston; el caos que reinaba alrededor de la iglesia de San Erconwaldo; y, finalmente, la soledad de la bella viuda Benedicta. El fraile sacudió la cabeza, se persignó y se acostó, rezando para que el sueño no tardara en llegar.

    A la mañana siguiente, se despertó muy temprano. Cranston roncaba como un cerdo en la otra cama. El dominico se afeitó en silencio, se lavó, se puso ropa limpia y se calzó unas sandalias con correas. Después abandonó sigilosamente la hospedería y se dirigió a la iglesia en medio de la bruma matutina mientras la campana tocaba para el rezo de laudes. Una vez en el templo, se unió a la comunidad en los sitiales del coro. Los frailes estaban rezando los salmos y escuchando las lecturas con los brazos cruzados y las cabezas inclinadas, pero Athelstan adivinó la curiosidad que su presencia había despertado en ellos. Celebró la misa en una pequeña capilla de la capellanía y trató de concentrarse en el misterio de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

    El hermano Norberto actuó de monaguillo y lo ayudó a guardar las vestiduras y las sagradas vasijas. Después Athelstan se dirigió al refectorio para tomar un cuenco de gachas de avena, leche y miel y dos panecillos de pan blanco recién salidos del horno. Recordó sus frugales desayunos en San Erconwaldo y sonrió mientras se bebía una jarra de cerveza aguada, sentado cerca de la entrada junto a una mesa reservada para los visitantes y huéspedes del convento. Desde un atril situado al fondo del refectorio, un adormilado lector leyó con voz monótona algunos pasajes de la vida de santo Domingo hasta que el padre prior hizo sonar una campanilla. Entonces los miembros de la comunidad se levantaron para dirigirse a sus distintas tareas. Athelstan evitó mirarles y mantuvo la cabeza inclinada sobre su comida.

    – ¿Estáis bien, hermano?

    Athelstan levantó los ojos y vio a Enrique de Winchester de pie junto a su mesa.

    – Todo lo bien que cabe esperar. Sentaos, os lo ruego.

    El joven teólogo se sentó a su lado en el banco. Athelstan observó la rapidez y agilidad de sus movimientos. Enrique poseía un donaire físico muy en consonancia con la agudeza de su inteligencia.

    – ¿Marchan bien vuestras investigaciones?

    Athelstan hizo una mueca.

    – Os contestaré más tarde, hermano, cuando haya informado al padre prior. ¿Y vuestro tratado? –preguntó.
    – Cur Deus homo [3] se titula.
    – Si el Capítulo Interno se declara favorable, vuestra obra será estudiada en todas las universidades de Europa –dijo Athelstan, dándole un cariñoso codazo–. ¿Qué habrá después, hermano? ¿Un obispado? ¿Un capelo cardenalicio? ¿Un puesto en la Curia ?

    Enrique de Winchester se rió por lo bajo y apartó el rostro mientras sus dedos jugueteaban con las migajas de la mesa.

    – Me conformaría con obtener la aprobación del inquisidor general. De haber sabido que mi obra iba a causar tanto revuelo, puede que lo hubiera pensado dos veces. ¿Habéis leído mi tratado?

    Athelstan sacudió la cabeza.

    Fray Enrique miró hacia el refectorio e hizo una mueca al ver que el padre prior se estaba acercando a ellos.

    – En tal caso, os enviaré una copia a la hospedería. Os ruego que lo leáis. Os agradecería que me dierais vuestra opinión. El teólogo se levantó, saludó con la cabeza y se retiró justo en el momento en que el padre prior, recogiéndose las mangas del hábito, se reunía con Athelstan.
    – ¿Habéis dormido bien, hermano?

    Athelstan dejó que la petrificada sonrisa que le había dedicado a fray Enrique se borrara de su rostro.

    – Padre prior –dijo en un susurro, inclinándose sobre la mesa–, quiero que ordenéis un registro de las pertenencias de fray Calixto y fray Alcuino. Vos tenéis el poder y la autoridad para hacerlo. Si descubrís algo extraño, os ruego que me lo dejéis ver. El prior le miró severamente.
    – ¿Por qué?
    – Hicisteis bien en mandarme venir aquí, padre. A Calixto lo mataron, golpeándole la cabeza con un candelero. ¡Bruno también murió asesinado y sólo Dios sabe dónde está escondido el cadáver del pobre Alcuino!

    El prior palideció intensamente, se cubrió el rostro con las manos y se frotó los ojos.

    – ¿Estáis seguro?
    – Dios es mi testigo, padre prior. Estáis albergando a un asesino en el convento. Quiero que se lleve a cabo este registro y que esta misma tarde se reúna el Capítulo Interno para que yo pueda presentar mis conclusiones ante sus miembros.
    – Pero ¿es que me queréis matar de hambre? –tronó Cranston desde la puerta del refectorio. Sus gritos hicieron saltar casi de su asiento a uno de los frailes más viejos–.

    ¡Voto a bríos! –rugió, mirando enfurecido a Athelstan–. ¡Me despierto muerto de frío y de hambre y descubro que me habéis dejado solo y que nadie me ha servido el desayuno!

    El padre prior levantó una mano y chasqueó los dedos. Inmediatamente apareció un servidor, portando una bandeja con un cuenco de exquisito caldo de cordero, varios panecillos blancos y una jarra de cerveza. Cranston le arrebató al pobre hombre la bandeja de las manos y se sentó al lado de Athelstan. El forense miró a su alrededor y se dio unas palmadas en la voluminosa panza. Vio la sonrisa de Athelstan, el asombro del prior y la escandalizada mirada de los demás frailes.

    – ¡Os ruego que me perdonéis! –musitó–. ¡Había olvidado vuestro voto de silencio! Aspiró la fragancia de la carne y esbozó una radiante sonrisa de satisfacción–. Os pido disculpas a todos. Buenos días, padre prior, fray Athelstan. –Tomó una gran cuchara de cuerno y la introdujo en el cuenco de caldo de carne. Se secó la boca con la servilleta que cubría los panecillos y soltó un regüeldo–. Una buena comida –rugió con un vozar–rón que debió de oír medio convento–es una celebración de la Eucaristía. Si el buen Dios no hubiera querido que comiéramos ¡no nos hubiera dado el vientre ni manjares exquisitos con que llenarlo! «El vino alegra el corazón del hombre», dice el salmista.
    – Es el único verso de los salmos que conoce –le susurró Athelstan al prior. Cranston saboreó la comida con fruición. La carne, el pan y la cerveza desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Después, el forense se santiguó, se levantó y le dio un codazo a Athelstan.
    – Vamos, hermano, hace un día precioso. He visto vuestro huerto, padre prior. Tenéis manzanas y ciruelas, ¿verdad? Y también colmenas, ¿no es cierto?

    El prior, fascinado por Cranston, asintió de nuevo con la cabeza. Athelstan se encogió de hombros, levantó los ojos al cielo y siguió presuroso al forense, el cual ya había abandonado el refectorio y estaba avanzando a grandes zancadas por el sendero de grava que conducía a los vergeles del convento. Sir John se detuvo, se puso el castoreño y entornó los ojos para contemplar el brumoso cielo.

    – Ya veréis, hermano, qué día más hermoso vamos a tener. ¿Habéis resuelto mi misterio?
    – Estaba intentando hacerlo cuando vos os quedasteis dormido, mi señor forense. Sir John emitió un grosero chasquido con los labios.
    – Y supongo que tampoco habrá habido ningún progreso en este embrollo de aquí, ¿verdad?
    – No, sir John.

    Cruzaron el huerto de hierbas medicinales y, pasando por delante de la hospedería, entraron en un inmenso vergel que se extendía hasta el muro del convento. Cranston estaba describiendo su sueño de la víspera cuando Athelston se detuvo de golpe y asió el brazo del forense.

    – ¡Mirad, mi señor forense!

    Cranston entornó los ojos para ver mejor, pues los árboles estaban todavía envueltos en un manto de neblina.

    – ¡Por las posaderas de la reina de las hadas! –exclamó Cranston en voz baja, acercándose un poco más–. ¿Qué es eso?

    Pero Athelstan ya había echado a correr entre los árboles.

    – ¡Oh, no! –gimió el fraile, cayendo de rodillas con los ojos clavados en el grotesco y pálido rostro del hermano Rogelio. El pobrecillo se balanceaba de la rama de un árbol, con el cuello torcido hacia un lado y los brazos y las piernas colgando como si fuera un muñeco.
    – ¡Dios se apiade de nosotros! –gritó Cranston a su espalda. Sacó una daga, estiró el brazo, cortó la soga y sostuvo el cuerpo del difunto, tan liviano como el de un niño, depositándolo cuidadosamente sobre la hierba bañada por el rocío. Athelstan se arrodilló junto al cadáver y pronunció en voz baja unas palabras contra su oído mientras trazaba la señal de la cruz–. Ego te absolvo a peccatis. [4]

    Le dio rápidamente la absolución mientras Cranston, apoyado contra el tronco de un árbol, contemplaba el trozo de soga que todavía colgaba de la rama como un siniestro recuerdo de la tragedia.

    – ¿Y eso de qué sirve ahora? –preguntó el forense en un susurro–. Este hombre lleva varias horas muerto. Su alma ya no está aquí.

    Athelstan deshizo el nudo de la soga que rodeaba el cuello de Rogelio.

    – No lo sabemos, sir John –contestó, volviéndose a mirarle por encima del hombro–. La Iglesia nos enseña que el alma abandona el cuerpo varias horas e incluso varios días después de haberse producido la muerte. Por consiguiente, mientras haya esperanza, si–empre habrá salvación. –Se sentó sobre los talones–. Aunque yo creo que este pobrecillo ya estará gozando de la gloria de Dios. Triste final para una vida tan trágica.
    – ¡Se ha matado! –dijo Cranston–. Ha cometido suicidio.

    Athelstan contempló la enrojecida marca que rodeaba el cuello del difunto.

    – No lo creo, sir John. –Examinó la herida negro rojiza causada por el roce de la cuerda y dio suavemente la vuelta al cadáver–. Sí, es lo que yo suponía. Mirad, sir John. Athelstan recorrió con el dedo la marca dejada por el lazo corredizo, pero, al llegar a la zona situada bajo la barbilla y junto a las orejas, encontró dos heridas más pequeñas, una especie de ronchas de color rojo.
    – ¿Qué son? –preguntó Cranston.
    – Vamos, sir John, las habéis visto otras veces.

    El forense se inclinó para examinarlas con más detenimiento y dio la vuelta al cuerpo, procurando no mirar los desorbitados ojos y la ennegrecida e hinchada lengua fuertemente atrapada entre los amarillentos dientes.

    – ¡El pobrecillo no se ha ahorcado! –murmuró–. ¡Le han dado garrote! Estas marcas rojas son las que deja la cuerda del garrote.

    Athelstan, que se había encaramado al árbol y estaba desatando el trozo de soga que quedaba, manifestó en voz alta su asentimiento.

    – Tenéis razón, sir John. La soga ha dejado una marca, pero causada tan sólo por el peso del cuerpo. Si Rogelio se hubiera suicidado, la rama tendría una marca más profunda, pues hasta un hombre que se ahorca lucha por su vida. La rama tendría unas marcas más profundas.

    Athelstan, de pie en una de las ramas más gruesas del árbol, empujó la rama justo en el punto donde se había atado la soga.

    – ¿Qué estáis haciendo, fraile? –tronó Cranston mientras unas duras y verdes manzanas le llovían sobre la cabeza.
    – Ya lo veréis, sir John.

    Ante la atónita mirada de Cranston, Athelstan asió la rama con ambas manos y se fue acercando poco a poco hasta quedar colgado de ella con todo su peso. Después dobló repetidamente el brazo para que la rama oscilara. De repente, se oyó un crujido, la rama se rompió y Athelstan estuvo casi a punto de caer encima del perplejo forense. Incorporándose con una sonrisa, el fraile se frotó las manos y se sacudió el polvo del hábito.

    – Llevaba muchos años sin hacerlo, sir John –dijo, contemplando tristemente la quebrada rama y el inerte cuerpo de Rogelio tendido sobre la hierba–. Podemos demostrar que ha sido un asesinato, sir John. En primer lugar, por las huellas de la cuerda del garrote. El asesino confiaba en que las magulladuras de la soga las disimularan. En segundo lugar, la rama no tiene una hendidura lo suficientemente profunda, lo cual significa que Rogelio ya estaba muerto cuando lo colgaron. Finalmente, si Rogelio se hubiera ahorcado, su cuerpo se hubiera torcido y no sólo hubiera dejado una marca en la rama sino que probablemente la hubiera roto. Pesa más que yo y dicen que un ahorcado puede danzar hasta media hora. –Athelstan se rascó la cabeza–. No, sir John, tal como vos diríais, a este pobre desgraciado alguien lo invitó a venir aquí anoche o bien a primera hora de esta mañana antes del amanecer y es evidente que le han dado garrote. –El fraile hizo una pausa–. ¿Estáis viendo el problema, mi señor forense?

    Cranston parpadeó.

    – No.
    – Bueno pues, Rogelio ha sido asesinado, pero ¿cómo ha podido el asesino encaramarse al árbol con el cadáver y atar la soga alrededor de la rama?

    Cranston miró a su alrededor, estudiando cuidadosamente el terreno.

    – Bueno, el asesino ya debía de tener el lazo corredizo preparado. Tras darle garrote a Rogelio, debió de levantar el cuerpo y ajustar el lazo corredizo alrededor de su cuello.
    – En tal caso, el asesino tiene que haber sido alguien muy alto.
    – No.

    Cranston avanzó entre los árboles y regresó con una sólida caja de madera de unos treinta centímetros de altura por un metro de longitud y la depositó en el lugar donde el cuerpo de Rogelio había permanecido colgado.

    Athelstan le miró sonriendo.

    – ¡Claro! Hay muchas cajas como ésta en el huerto. Los frailes las utilizan en otoño cuando recogen la fruta. Basta con situarse de pie encima de la caja, levantar el cuerpo de Rogelio, ajustar el lazo corredizo alrededor de su cuello, apartar la caja y, listo, es como si Rogelio se hubiera ahorcado.
    – Y además, tal como vos tan hábilmente habéis demostrado, mi querido fraile, la rama se hubiera roto si Rogelio se hubiera agitado en medio de su agonía. –El forense se inclinó sobre el cadáver–. Un asesinato cometido por una persona o unas personas desconocidas. ¡Pero Dios quiere justicia y el rey también! ¡Averiguaremos quién lo ha hecho y me encantaría saber por qué!
    – Porque el hermano Rogelio vio algo en la iglesia –contestó Athelstan–. De ahí la frase «Hubiera tenido que haber doce». Me pregunto qué quiso decir.


    CAPÍTULO 7


    Athelstan y Cranston regresaron al convento, donde el fraile acudió a ver al padre prior y le informó de lo que habían descubierto y de las conclusiones a las que habían llegado. Anselmo palideció al oír sus palabras y Athelstan comprendió que su superior estaba a punto de venirse abajo.

    – ¿Por qué? –dijo el prior en un áspero susurro–. ¿Por qué tantas muertes?
    – Decidme, padre prior –preguntó Cranston–, ¿qué hacía el hermano Rogelio en el vergel?
    – Iba muy a menudo allí. Era su lugar preferido. Decía que le gustaba hablar con los árboles. –Anselmo parpadeó para sacudirse las lágrimas de los ojos–. Rogelio era un retrasado mental y trabajaba en la sacristía, donde Alcuino, a pesar de su severidad, era muy amable con él. En realidad, Rogelio no hacía casi nada: quitar un poco el polvo, barrer y cortar flores para la iglesia. No le gustaban los espacios cerrados. Prefería el aire libre y yo nunca le prohibía salir. Cuando los frailes se congregaban en la iglesia para cantar laudes, maitines o vísperas, Rogelio se iba a los huertos. El pobrecillo decía que allí se sentía más cerca de Dios que en ningún otro lugar. –El prior descargó un puño sobre la mesa–. Ahora ya se ha reunido con su Creador y el asesino anda suelto por ahí como si tal cosa. Athelstan, ¿qué podéis hacer?
    – Padre prior, haría todo lo que pudiera, pero debo pediros permiso para salir. Tengo que regresar a San Erconwaldo. –Athelstan miró con ojos suplicantes al prior–. Volveré más tarde. Necesito asegurarme de que todo marcha bien.
    – ¡Ah, sí, la famosa reliquia! –dijo amargamente Anselmo–. ¡Sabrá Dios por qué os preocupáis tanto, Athelstan! Vuestros feligreses no os hacen el menor caso. –El prior torció el rostro en una mueca–. Sí, me he enterado de la noticia. La fama de vuestro misterioso mártir se está extendiendo por toda la ciudad. Como no os andéis con cuidado, vuestro obispo tomará cartas en el asunto y entonces vos ya sabéis lo que va a ocurrir. Athelstan cerró los ojos y musitó una plegaria.

    Sí, sé muy bien lo que va a ocurrir, pensó. Los hombres del obispo tomarán el esqueleto y lo llevarán a alguna iglesia más rica o quebrarán los huesos y los venderán como reliquias y, entre tanto, la pobre iglesia de San Erconwaldo quedará sellada y pendiente de una investigación que podría prolongarse varios meses.

    – ¿Estáis seguro de que el primer milagro ha sido auténtico? –preguntó Anselmo. Athelstan hizo una mueca.
    – Un médico le había vendado el brazo, el hombre es un mercader que goza de muy buena reputación y ahora asegura que su brazo está curado.

    Con la mente un poco trastornada, Athelstan se despidió a regañadientes del prior Anselmo y regresó a su alojamiento en compañía de Cranston. Allí llenó sus alforjas, pensando en lo que le había dicho el padre Anselmo mientras el forense revoloteaba a su alrededor como una gallina sobrealimentada.

    – ¿Por qué os vais, hermano? ¿Por qué regresáis a vuestra parroquia?
    – ¡Porque, de momento, sir John, aquí no se puede hacer nada y allí tengo cosas que hacer! Os aconsejo, sir John –añadió, mirando con la cara muy seria al forense–, que regreséis a casa junto a lady Matilde. Estoy seguro de que os estará esperando. Cranston soltó un gruñido y le miró con la expresión propia de un niño travieso que ha sido sorprendido haciendo alguna de las suyas.
    – ¡Por el trasero de una reina! –dijo en voz baja–. ¡Como doña Matilde se entere de la apuesta que he hecho, me corta las orejas!

    Athelstan le miró directamente a los ojos.

    – Más tarde o más temprano, sir John, os tendréis que enfrentar con su cólera. Mejor antes que después. ¡Vamos! –Mandaron llamar a Norberto para que cerrara la hospedería y decidieron no regresar a caballo a la ciudad sino utilizar una barca desde la Compuerta Oriental hasta el puente de Londres. La calle del Caballero de la Noche y las callejuelas que arrancaban de ella se encontraban todavía desiertas. Los aprendices medio muertos de sueño estaban preparando los tenderetes cuando el resto de la ciudad aún no había despertado a las tareas del nuevo día. Sin embargo, en la Compuerta Oriental los hombres del alguacil ya se disponían a ahorcar a cuatro rudos piratas del río, a los que estaban empujando sin miramientos hacia unas escaleras de mano para pasarles rápidamente el lazo corredizo de la soga alrededor del cuello. Athelstan y Cranston apartaron el rostro cuando un oficial a caballo dio la orden de que se retiraran las escaleras para que los cuerpos de los piratas danzaran colgados de la soga mientras los lazos corredizos les cortaban la respiración. Athelstan cerró los ojos y rezó una oración por sus almas. Las ejecuciones le habían hecho evocar el amargo recuerdo de la espectral aparición que había visto en el vergel del convento de los dominicos. Contempló la hilera de negros cadalsos cuyos brazos se proyectaban por encima de las aguas del río y oyó unos gritos. Los parientes de los piratas se habían acercado a los cuerpos todavía en movimiento y estaban tirando de ellos hacia abajo hasta que toda una serie de secos crujidos le hicieron comprender a Athelstan que los cuellos se habían roto y los cadáveres colgaban inmóviles. Los hombres del alguacil protestaron, pero no impidieron aquella obra de misericordia. Los oficiales declararon que la justicia se había cumplido y se retiraron.
    – Finalmente, vamos a conseguir una barca –dijo Cranston con voz quejumbrosa. Los marineros y barqueros que controlaban el tráfico del río se habían reunido en pequeños grupos para presenciar las ejecuciones de los hombres que tantos perjuicios les causaban, pero ahora ya estaban regresando a los peldaños que conducían al muelle. Cranston alquiló la barca más rápida, tripulada por cuatro remeros, y la embarcación se adentró en las aguas del río rumbo a la ribera de Southwark. Tuvieron que detenerse y cubrirse la boca y la nariz cuando se cruzaron con una de las grandes barcazas que arrojaban al agua montones de basura, animales muertos y desperdicios humanos. Otras embarcaciones se cruzaron con la suya; entre ellas, una barcaza con unos soldados que llevaban a un prisionero a la Torre y un barco con un cargamento de vino de Gascuña que estaba surcando lentamente las aguas rumbo a Rotherhithe. Cerca de Dowgate, vieron una enorme embarcación dorada que transportaba a un grupo de jóvenes cortesanos vestidos de seda y a unas malhabladas rameras con las que habían pasado una noche de jarana en los lupanares de Southwark.

    Al final, Athelstan y Cranston desembarcaron en un pequeño muelle que daba al priorato de Santa María de Overy y a las torres y los muros almenados de la posada del Obispo de Winchester. Cranston había decidido seguir el consejo de Athelstan y regresar junto a lady Matilde, pero se había empeñado en que su amigo lo acompañara.

    – Mirad, hermano, es posible que, estando vos presente, la señora refrene su cólera. Athelstan accedió de buen grado a acompañarle. El espectáculo sería digno de verse, pensó. Lady Matilde, tan frágil y delicada, tenía fama de ser una fiera. Recorrieron todo un laberinto de malolientes callejuelas, pasaron por delante de la taberna del Abad de Hyde, bajaron por un callejón donde un escuálido perro de pelaje amarillo estaba lamiendo las llagas de la pierna de un mendigo y salieron a la plazuela de San Erconwaldo. Athelstan observó que la casa parroquial estaba a salvo y que la cerda de Úrsula se le había comido casi todos los repollos. Se sacó un segundo juego de llaves que guardaba en la pechera y abrió la puerta de la iglesia, pues los trabajadores aún no habían llegado. La nave del templo estaba todavía llena de polvo, pero los obreros ya habían pavimentado el suelo del presbiterio con unas resplandecientes baldosas blancas. Athelstan batió palmas de contento.
    – ¡Está precioso! –exclamó–. Ahora cambiaremos la cancela y después levantaremos el altar. ¿Creéis que va a quedar bien, sir John?

    Sentado en la base de una columna, Cranston asintió con aire ausente.

    – Una auténtica joya –dijo en voz baja–. Pero ¿no os habéis dado cuenta de que aquí falta algo?

    Athelstan miró hacia el crucero.

    – ¡El ataúd! –gritó–. ¡Ha desaparecido el maldito ataúd!
    – No os preocupéis, padre.

    Crim, seguido de Buenaventura con la cola levantada, acababa de entrar en la iglesia. El chiquillo avanzó a paso de baile por la nave del templo mientras el gato maullaba de placer al ver a su voluminoso amigo el forense. Sir John golpeó el suelo con los pies y maldijo por lo bajo al felino mientras Crim explicaba que su padre había trasladado el ataúd con los sagrados huesos al pequeño depósito de cadáveres de la parte de atrás del cementerio parroquial.

    – Los oficiales de orden que envió el señor forense obligaron a todo el mundo, padre. Entonces Pike el acequiero dijo que, aunque la iglesia estuviera cerrada, el depósito de cadáveres no lo estaba y decidieron trasladar el ataúd allí.

    Athelstan reprimió las maldiciones que acudieron a su mente, abandonó la iglesia hecho una furia y cruzó el cementerio cubierto de malas hierbas para dirigirse al depósito de cadáveres adosado al muro del fondo, el cual no era más que un pequeño edificio cuadrado con techumbre de paja y una ventanita con persiana. Pike el acequiero estaba profundamente dormido delante de la puerta, pero Athelstan vio el camino que habían abierto los pies de los peregrinos a través de la hierba del cementerio desde la entrada hasta el pequeño cobertizo.

    – Lo que me voy a divertir –murmuró para sus adentros.

    Llegó al lugar donde estaba Pike y, echando hacia atrás un pie calzado con sandalia, propinó un fuerte puntapié a las pesadas botas del acequiero, despertándolo de golpe. El fraile estudió sus legañosos ojos, su rostro sin afeitar y la bota de vino vacía que sostenía en la mano.

    – Oh, padre, buenos días os dé Dios.

    Athelstan se agachó a su lado.

    – ¿Y tú qué estás haciendo aquí? –le preguntó dulcemente.

    Pike se frotó los ojos y se echó recelosamente hacia atrás.

    – Guardando la reliquia, padre.
    – ¿Y quién te mandó a ti que sacaras el ataúd de la iglesia?
    – Watkin. ¡Fue idea suya!
    – Sí, padre –dijo una voz a su espalda desde detrás de una lápida–. ¡Fue Watkin!

    Cecilia la cortesana, con el cabello alborotado, el rostro embotado por el sueño y el cuerpo envuelto en una gruesa capa que le cubría el vestido escarlata cuajado de lamparones, surgió de repente ante sus ojos como una aparición. Athelstan la miró, después volvió a mirar a Pike y procuró reprimir la cólera que ardía en su interior.

    – ¿Habéis estado los dos juntos aquí toda la noche? ¡Esto es un cementerio! ¡Es tierra consagrada a Dios! –dijo levantándose–. Pero ¿es que tú no has leído la Biblia, Pike?

    ¡Ésta es la casa de Dios, no un maldito solar abandonado! –añadió, acercándose a la puerta del depósito de cadáveres.

    – Yo abriré, padre.
    – ¡Quita de ahí! –gritó Athelstan, golpeando con un violento puntapié la parte inferior de la aldaba.
    – ¡Oh, padre, no lo hagáis! –le suplicó Cecilia.

    Athelstan volvió a soltar otro puntapié y la puerta se abrió justo en el momento en que Cranston, huyendo de las atenciones de Buenaventura, cruzaba a toda prisa el cementerio y preguntaba qué ocurría. En el interior del depósito de cadáveres, Athelstan miró a su alrededor. El ataúd se encontraba encima de una mesa, rodeado de flores marchitas. Alguien había improvisado una tosca cruz y la había colgado en la pared. Su cólera creció de punto al ver que el ataúd había sido profanado.

    – ¡Están empezando a vender trozos de madera! –dijo en un susurro, saliendo al exterior con tal furia que a punto estuvo de derribar a Cranston. Cecilia corrió como una mariposa multicolor hacia la entrada del cementerio, pero Pike se quedó donde estaba. Athelstan lo agarró por el coleto y lo sacudió violentamente por los hombros.
    – Mira, Pike, estoy muy disgustado por lo que habéis hecho. Aquí está enterrado tu padre, tu abuelo y tu bisabuelo, lo mismo que muchos otros difuntos de nuestra parroquia. Hombres buenos, piadosas mujeres, todos ellos pobres, pero muy honrados y trabajadores. –Señalando con la cabeza el depósito de cadáveres, añadió–: Ellos hicieron este ataúd con sus propias manos, compraron la madera y contrataron a un carpintero. ¡Y tú, Watkin y los demás, lo estáis convirtiendo todo en un miserable espectáculo!

    Pike, alarmado por la inusitada cólera del cura, se limitó a mirarle boquiabierto de asombro. Athelstan lo soltó.

    – Ahora escúchame bien, Pike. ¡Quiero que trasladéis de nuevo el ataúd a la iglesia, que cerréis la puerta del depósito de cadáveres y que acabéis de una vez con todas estas estupideces! –Contempló el cementerio cubierto de maleza–. Y dile a Watkin de mi parte que quiero que limpie todo eso, quite las malas hierbas y cuide de las sepulturas, de lo contrario, ¡yo mismo le voy a hacer algo que no olvidará en toda su vida! ¿Entendido?

    Pike asintió atemorizado, dio un paso atrás y abandonó a toda prisa el cementerio. Cranston le dio al fraile una palmada en el hombro.

    – Bien hecho, hermano. ¡Hubierais tenido que propinarle un buen puntapié en el trasero!

    Athelstan se sentó con aire abatido entre las lápidas de las sepulturas.

    – No lo hacen con mala intención, sir John. Son unas pobres y sencillas gentes que ven la posibilidad de unas fáciles ganancias. No hubiera tenido que perder los estribos. Cranston soltó un regüeldo a modo de respuesta.
    – ¡Crim! –gritó Athelstan–. ¡Sé que estás escondido ahí!

    El niño apareció como llovido del cielo y clavó los ojos en Athelstan, temblando como un perro apaleado.

    – No te preocupes. Eres un buen chico, Crim –le dijo el fraile sonriendo–. Ahora corre antes de que las calles se empiecen a llenar de gente. Ve a decirle a la señora Benedicta que se reúna con sir John y conmigo en la taberna del Caballo Pío. El chiquillo echó a correr, saltando como un galgo entre las altas hierbas. Cranston agarró el brazo de Athelstan y lo ayudó a levantarse. Después lo rodeó con su brazo de oso. Athelstan aspiró los vapores de alcohol de su aliento y comprendió que, ocultándose bajo su holgada capa, sir John había echado mano de la bota milagrosa.
    – Para ser un cura, sois un buen hombre, Athelstan. ¡Tenéis fuego en las venas, acero en el corazón y una lengua tan afilada como una navaja! –Cranston esbozó una picara sonrisa y le dio un fuerte apretón con su brazo–. Si no fuerais un monje, seríais un magnífico aprendiz de forense.
    – Estáis de muy buen humor, sir John.
    – Ya me encuentro mejor –dijo Cranston–. Una jarra de cerveza y la presencia de la bella Benedicta. No se puede pedir más.
    – ¿Y lady Matilde? –preguntó Athelstan.
    – ¡Por los cuernos de Satanás, fraile! ¡No me lo recordéis! –rugió Cranston, cambiando de cara. Llegaron a la taberna y se sentaron. Cranston ya iba por la segunda jarra de cerveza y sus gruesos dedos estaban arrancando la blanca y suculenta carne de una pequeña codorniz, cuando apareció Benedicta. El forense pidió a gritos una copa de hipocrás, la invitó a sentarse sobre sus rodillas y, al oír la mordaz respuesta de la viuda, soltó una sonora carcajada y miró pícaramente a Athelstan por el rabillo del ojo. Sabía que el frail