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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LOS CRISTALES SOÑADORES (Theodore Sturgeon)

    Publicado el lunes, noviembre 27, 2017

    1


    SORPRENDIERON al niño debajo de las graderías del estadio, frente a la escuela, y lo mandaron de vuelta a su casa. El niño tenía ocho años entonces. Había estado haciéndolo durante años.En cierto modo era una pena. Era un buen chico, y hasta de cara agradable, aunque no sobresaliente. Había niños, y maestros, que simpatizaban un poco con él, y otros que no se le acercaban; pero todos lo condenaron sin excepción. Se llamaba Horty —es decir, Horton— Bluett. Naturalmente, en su casa no lo recibieron muy bien.

    Abrió la puerta con mucho cuidado, pero lo oyeron y lo arrastraron al medio de la sala. Allí se quedó cabizbajo, encendido, con una media caída, y los brazos cargados de libros y un guante de béisbol. Era un buen jugador, para sus ocho años.

    —Me han… —empezó a decir.
    —Ya lo sabemos —dijo Armand Bluett. Armand era un hombre huesudo, de bigotito, y ojos fríos y húmedos. Se llevó las manos a la cabeza y luego alzó los brazos—. Dios mío, muchacho, ¿cómo has caído en una cosa parecida?

    Armand Bluett no era un hombre religioso, pero cuando se llevaba las manos a la cabeza, lo que ocurría a menudo, hablaba siempre así.

    Horty no respondió. La señora Bluett, de nombre Tonta, suspiró y pidió un cóctel. No fumaba, y cuando le faltaban las palabras necesitaba reemplazar esas pausas meditativas del fumador que enciende el cigarrillo. Tan pocas veces le faltaban las palabras, que un quinto de botella le bastaba para un mes y medio. Tonta y Armand no eran los padres de Horty. Los padres de Horty habitaban el primer piso, pero los Bluett no lo sabían. Se le había permitido a Horty que llamara a Armand y a Tonta por sus nombres.

    —¿Puedo saber —dijo Armand fríamente— desde cuándo te dedicas a esas prácticas nauseabundas? ¿O era sólo un experimento?

    Horty sabía que no se libraría fácilmente. Armand arrugaba la cara, como cuando probaba vino y lo encontraba inesperadamente bueno.

    —No lo hice muchas veces —dijo Horty, y esperó.
    —Que el Señor nos perdone la generosidad de haber recogido un cerdito —dijo Armand llevándose otra vez las manos a la cabeza.

    Horty suspiró. Sabía ya adonde irían. Armand decía siempre la misma oración cuando se enojaba. Fue a preparar un cóctel para Tonta.

    —¿Por qué hiciste eso, Horty?

    La voz de Tonta parecía más dulce, pero sólo porque sus cuerdas vocales eran diferentes. Su rostro expresaba el mismo implacable frío.

    —Bueno… porque me gustaba, creo.

    Horty dejó los libros y el guante sobre un taburete.

    Tonta volvió la cabeza y emitió un sonido ronco, parecido a una arcada. Armand se acercó con un vaso donde tintineaba un trozo de hielo.

    —Nunca oí nada parecido —dijo despreciativamente—. Supongo que se enteró toda la escuela.
    —Creo que sí.
    —Los niños, y los maestros también, sin duda. Por supuesto. ¿Nadie te dijo nada?
    —Sólo el doctor Pell. —Pell era el director—. Me dijo… dijo que podían…
    —¡Habla!

    Horty ya había pasado por todo esto. ¿Por qué debía soportarlo otra vez?

    —Dijo que la escuela no necesitaba puercos salvajes.
    —Lo comprendo muy bien —dijo Tonta afectadamente.
    —¿Y los otros niños? ¿Dijeron algo?
    —Hecky me ofreció unos gusanos. Y Jimmy me llamó Lengua Pegajosa.

    Y Kay Hallowell se había reído, pero no lo diría.

    —Lengua Pegajosa. No está mal para un chico. Un oso hormiguero. —Armand se golpeó otra vez la frente—. ¡Dios mío! ¿Qué haré si el lunes por la mañana el señor Anderson me saluda «Hola, Lengua Pegajosa»? La historia va a correr por toda la ciudad, como que dos y dos son cuatro. —Miró a Horty con ojos penetrantes y húmedos—. ¿Y piensas ganarte la vida comiendo chinches?
    —No eran chinches —dijo Horty tímidamente, pero animado por un afán de exactitud—. Eran hormigas. De las rojas.

    Tonta se atragantó con su cóctel.

    —Ahórranos los detalles.
    —Dios mío —dijo Armand otra vez—, ¿qué será de este niño cuando crezca?

    Mencionó dos posibilidades. Horty entendió una. La otra hizo saltar a Tonta, que no se escandalizaba fácilmente.

    —¡Fuera de aquí!

    Horty fue hacia las escaleras mientras Armand se dejaba caer exasperadamente junto a Tonta.

    —Estoy saturado —dijo—. No aguanto más. Este cara sucia ha sido desde el primer día un símbolo del fracaso. No hay lugar bastante para… ¡Horton!
    —Sí.
    —Vuelve y llévate tu basura. No quiero que me recuerden que estás en casa.

    Horty regresó lentamente, sin acercarse mucho a Armand, tomó sus libros y el guante de béisbol, dejó caer una caja de lápices —momento en que Armand invocó nuevamente a Dios—, la recogió, se le resbaló el guante, y al fin subió las escaleras.

    —Los pecados de los padres adoptivos —dijo Armand— caerán sobre sus cabezas hasta la trigésima cuarta irritación. ¿Qué he hecho para merecer esto?

    Tonta hizo girar el vaso entre los dedos, sin dejar de mirarlo, y frunciendo los labios apreciativamente. En un tiempo no había estado de acuerdo con Armand. Más tarde tampoco había estado de acuerdo, pero había callado. Ahora mostraba un exterior comprensivo, y dejaba que este exterior la empapara todo lo posible. La vida era así menos difícil.

    Ya en su cuarto, Horty se dejó caer en la cama con los libros aún en los brazos. No cerró la puerta porque no había puerta. Armand pensaba que el aislamiento no convenía a los jóvenes. No encendió la luz. Conocía el cuarto aun con los ojos cerrados. Había pocas cosas. Una cama, un armario, una cómoda con un espejo móvil agrietado. Un escritorio infantil, prácticamente un juguete, que desde hacía años era demasiado pequeño. En el armario había tres sacos de tela encerada con ropas que Tonta no usaba ya, y que apenas dejaban sitio para las suyas.

    Las suyas…

    Nada aquí era realmente suyo. Si hubiera un cuarto más pequeño, allí estaría él. Había dos cuartos de huéspedes en ese piso, y otro arriba, y casi nunca había huéspedes. Las ropas que usaba no eran suyas. Eran concesiones a lo que Armand llamaba «mi posición». Si no fuera por eso, se vestiría con andrajos.

    Se incorporó, y advirtió entonces que aún tenía las cosas de la escuela en los brazos. Las dejó en la cama. El guante era suyo, sin embargo. Lo había comprado por setenta y cinco centavos en la tienda del Ejército de Salvación. Había conseguido el dinero cargando paquetes en el almacén de Dumpledorff, diez centavos por viaje. Pensó que Armand se alegraría. Hablaba siempre de la necesidad de aprender a ganar dinero. Pero le prohibió a Horty que lo hiciera otra vez. «¡Dios mío! ¡La gente va a pensar que somos unos mendigos!» El guante era, pues, único resultado de la experiencia.

    Era en verdad todo lo que tenía en el mundo… excepto Junky, naturalmente.

    Miró en el armario entreabierto el estante superior donde se amontonaban las luces del árbol de Navidad (el árbol de Navidad estaba siempre fuera de la casa, donde los vecinos podían verlo, nunca dentro), cintas viejas, una lámpara, y… Junky.

    Llevó cuidadosamente la silla demasiado grande del escritorio demasiado pequeño hasta el armario. (Si la hubiera arrastrado, Armand habría subido los escalones de dos en dos para ver qué era aquello, y si era algo divertido lo habría prohibido en seguida.) Se subió a la silla, y buscó detrás de los trastos hasta encontrar la forma cúbica y dura de Junky. Lo sacó, un cubo de madera de colores chillones, muy golpeado, y lo llevó al escritorio.

    Junky era uno de esos juguetes tan conocidos, tan usados, que no es necesario verlos o tocarlos frecuentemente para saber que están ahí.

    Horty era un niño abandonado, y encontrado en el parque un atardecer, envuelto en una manta, y Junky había llegado a sus manos en el asilo. Cuando Armand lo adoptó (durante su campaña como candidato a concejal, que perdió, y que pensó podría favorecer si adoptaba «un pobre niño sin hogar») Junky fue con él.

    Horty puso suavemente a Junky sobre el escritorio, y tocó un despintado botón lateral. Violentamente al principio, luego con un titubeo de muelle enmohecido, y al fin desafiante, emergió Junky, reliquia de una generación más inocente. Era un polichinela, de nariz ganchuda y descarada que tocaba casi el mentón puntiagudo. Entre la nariz y el mentón se abría una sonrisa cargada de experiencia.

    Pero lo más curioso en Junky —y de más valor para Horty— eran los ojos. Parecían haber sido cortados o tallados de algún vidrio de color, y brillaban de un modo raro aun en el cuarto sombrío. A Horty le parecía a veces que tenían un brillo propio, pero no podía asegurarlo.

    —Hola, Junky —murmuró.

    El muñeco asintió con dignidad, y Horty extendió la mano y tomó el pulido mentón.

    —Junky, vayámonos de aquí. Nadie nos quiere. Quizá pasemos hambre, y quizá frío, pero sin embargo… Piénsalo, Junky. No asustarse al oír su llave en la cerradura, y no cenar oyendo preguntas y preguntas hasta que uno debe mentir… y cosas parecidas.

    No había por qué explicarle todo a Junky.

    Soltó el mentón, y la sonriente cabeza subió y bajó y luego asintió lenta y pensativamente.

    —No debían haberme tratado así por eso de las hormigas —confió Horty—. No llamé a nadie para que mirase. Pero ese sinvergüenza de Hecky me espiaba. Y fue y llamó al señor Carter. Eso no estuvo bien, ¿no es cierto, Junky?

    Horty golpeó uno de los lados de la ganchuda nariz y la cabeza se sacudió agradablemente.

    —Odio a los mirones.
    —Te refieres a mí, sin duda —dijo Armand Bluett desde el umbral.

    Horty no se movió, y el corazón se le detuvo también, un tiempo. Se acurrucó, escondiéndose a medias detrás del pupitre sin volverse hacia la puerta.

    —¿Qué haces?
    —Nada.

    Armand le dio una bofetada. Horty gimió, una vez, y se mordió los labios.

    —No mientas —dijo Armand—. Hacías algo, evidentemente. Hablabas solo, claro signo de degeneración mental. Qué es eso… Oh, el juguetito que llegó contigo. Tan repulsivo como tú.

    Tomó la caja, la arrojó al suelo, se limpió la mano en un costado del pantalón, y pisó cuidadosamente la cabeza de Junky.

    Horty gritó como si estuviesen aplastándole la propia cabeza, y saltó hacia Armand. Tan inesperado fue el ataque, que el hombre perdió el equilibrio. Golpeó pesada y dolorosamente los pies de la cama, extendió inútilmente las manos, y se fue al suelo. Se quedó allí un momento, gruñendo y parpadeando, y al fin entrecerró los ojos y miró al tembloroso Horty.

    —Mm. ¡Hum! —dijo Armand con tono de gran satisfacción. Se incorporó—. Eres una bestia dañina. —Tomó a Horty por la pechera de la camisa y lo golpeó. Golpeaba la cara del niño, con la palma y el dorso de la mano, alternativamente, mientras hablaba—: Un homicida, eso eres. Te encerraremos en un colegio. Pero eso no bastará. La policía será lo mejor. Se encargarán de ti. Tienen dónde. Un lugar para delincuentes juveniles. Niñitos puercos. Pervertidos.

    Arrastró al niño aturdido por el cuarto y lo metió en el ropero.

    —Ahí te quedarás hasta que venga la policía —jadeó, y cerró con fuerza la puerta.

    Tres dedos de la mano izquierda de Horty quedaron afuera.

    El niño lanzó un grito de verdadera agonía y Armand abrió la puerta.

    —Es inútil que chilles… ¡Dios mío, qué porquería! Ahora, supongo, habrá que llamar a un doctor. Cuándo, cuándo no traerás dificultades. ¡Tonta! —Salió del cuarto y corrió escaleras abajo—. ¡Tonta!
    —Sí, corazón.
    —Ese pequeño demonio se lastimó la mano en la puerta. A propósito, para llamar la atención. Sangra como un cerdo. ¿Sabes qué hizo? Me golpeó. ¡Me atacó, Tonta! Es peligroso tenerlo en casa.
    —¡Pobre querido! ¿Te lastimó?
    —¡No me mató por milagro! Voy a llamar a la policía.
    —Será mejor que suba mientras tú telefoneas —dijo Tonta pasándose la lengua por los labios.

    Pero cuando llegó arriba, Horty había desaparecido. Durante un rato hubo gran agitación en la casa. Al principio, Armand quería encontrar de cualquier modo a Horty, pero luego pensó qué diría la gente si el niño daba su propia deformada versión del incidente.

    Pasó un día, y una semana, y un mes, y al fin Armand pudo mirar sin peligro el cielo y decir con voz misteriosa: «Está en buenas manos ahora, el pobrecito», y la gente respondía: «Entiendo…». Al fin y al cabo todos sabían que no era hijo de Armand.

    Pero Armand Bluett se metió una idea en la mente: buscar en el futuro a un joven sin tres dedos en la mano izquierda.


    2


    LOS HALLOWELL habitaban en los límites de la ciudad, en una casa que sólo tenía un defecto: encontrarse en la intersección de la carretera nacional y la calle mayor, de modo que el tránsito rugía día y noche ante la puerta de enfrente y la de atrás.La hija de los Hallowell, Kay, de cabellos rubios como la estopa, tenía tantos prejuicios sociales como sólo es posible tenerlos a los siete años. Le habían pedido que vaciara el cajón de la basura, y, como de costumbre, abrió apenas la puerta trasera, para ver si alguien la sorprendía en esos serviles menesteres.

    —¡Horty!

    Horty se acurrucó en las sombras brumosas, detrás de las luces del tránsito.

    —Horton Bluett, te veo.
    —Kay… —El niño fue hacia la cerca—. Oye, no digas a nadie que me viste, ¿eh?
    —Pero qué… Oh. ¡Te escapaste! —estalló la niña, notando el paquete que Horty llevaba debajo del brazo—. Horty, ¿estás enfermo? —Horty tenía un rostro fatigado y tenso—. ¿Te lastimaste la mano?
    —Un poco. —Horty apretaba fuertemente la muñeca izquierda con la mano derecha. La mano izquierda estaba envuelta en dos o tres pañuelos—. Iban a llamar a la policía. Salí por la ventana y me escondí en el techo del altillo. Me buscaron por la calle y en todas partes. ¿No se lo dirás a nadie?
    —No. ¿Qué llevas en el paquete?
    —Nada.

    Si ella se lo hubiera exigido, o hubiese querido quitarle el paquete, Horty probablemente no la hubiera vuelto a ver. Pero la niña dijo:

    —Por favor, Horty.
    —Puedes mirar.

    Sin soltarse la muñeca, se volvió para que ella pudiera sacarle el paquete de debajo del brazo. La niña lo abrió —era una bolsa de papel— y sacó la horrible cara rota de Junky. Los ojos de Junky centellearon y la niña chilló:

    —¡Qué es esto!
    —Es Junky. Lo tengo conmigo desde antes de nacer. Armand lo pisoteó.
    —¿Por eso te escapas?
    —¡Kay! ¿Qué haces ahí fuera?
    —¡Ya voy, mamá! Horty, tengo que irme. Horty, ¿no volverás a tu casa?
    —Nunca jamás.
    —Oh… ese señor Bluett, es tan malo…
    —¡Kay Hallowell! ¡Entra en seguida! ¡Está lloviendo!
    —¡Sí, mamá! Horty, quiero decirte algo. No debía haberme reído de ti. Hecky te llevó los gusanos, y pensé que era una broma. No sabía que comías realmente hormigas. Oh… Yo una vez comí un poco de pomada para zapatos. Eso no es nada.

    Horty alzó el codo y la niña le puso otra vez el paquete bajo el brazo. Horty, como si se le acabara de ocurrir, y así era realmente, dijo de pronto:

    —Volveré, Kay, un día.
    —¡Kay!
    —Adiós, Horty.

    Y la niña desapareció, un relámpago de pelo de estopa, un vestido amarillo, un bordado de encaje, que se transformó ante Horty en una puerta de hierro, en una empalizada de madera y un ruido de pasos que se apagó rápidamente.

    Horton Bluett se quedó un momento bajo la oscura llovizna, helado, pero con una sensación de quemadura en la mano herida y la garganta. Tragó saliva dificultosamente, y alzando los ojos vio la invitadora caja de un camión que las luces de tránsito habían detenido. Corrió, echó adentro el paquetito, y subió sosteniéndose con la mano derecha. El camión se lanzó hacia adelante. Horty tuvo que agarrarse con fuerza para no caer. El paquete de Junky se acercó a él. Horty extendió la mano, soltándose, y empezó a resbalar.

    De pronto, una forma indistinta se movió en el interior del camión, y una mano vigorosa le alcanzó la mano herida. Horty sintió que se desmayaba de dolor. Cuando pudo ver otra vez, estaba acostado en el piso tembloroso del camión, sosteniéndose la muñeca, y quejándose con sollozos entrecortados y unos gruñidos muy débiles.

    —Caramba, muchacho, parece que no quieres llegar a viejo.

    Era un niño gordo, aparentemente de la misma edad de Horty, y que se inclinaba hacia él apoyando la cabeza en una triple barbilla.

    —¿Qué te pasa en la mano?

    Horty no respondió. Por ahora no podía hablar. El niño gordo, con sorprendente dulzura, apartó la mano sana de Horty y empezó a sacar los pañuelos. Cuando llegó a la última capa, vio fugazmente la sangre a la luz de un farol.

    —Dios —dijo.

    Cuando se detuvieron en otra señal de tránsito, miró cuidadosamente, entornando los ojos, que parecían dos piadosos nudillos de arrugas, y murmuró otra vez, con un énfasis que parecía venir de su interior. Horty comprendió que el niño gordo lo compadecía, y se echó a llorar francamente. No podía dejar de hacerlo, aunque hubiera querido dominarse, y siguió llorando mientras el niño le vendaba otra vez la mano.

    El niño gordo se sentó luego en un rollo de lona y esperó a que Horty se calmara. En una ocasión Horty iba a callar, y el niño le guiñó el ojo amablemente. Horty, profundamente sensible a toda gentileza, se echó otra vez a llorar. El niño gordo recogió la bolsa de papel, miró adentro, la cerró cuidadosamente, y la puso sobre la lona. Luego, ante el asombro de Horty, sacó del bolsillo interior de la chaqueta una gran cigarrera, de cinco cilindros metálicos unidos, extrajo un cigarro, lo humedeció con la lengua, y lo encendió envolviéndose en una nube de humo azul, acre y dulzona a la vez. No buscó conversación, y al cabo de un rato Horty debió de dormirse, pues al abrir los ojos descubrió que tenía la chaqueta del niño gordo como almohada, y no podía recordar desde cuándo. Era noche cerrada, y la voz del niño gordo llegó de la oscuridad.

    —Tranquilízate, muchacho. —Una manita rechoncha golpeó la espalda de Horty—. ¿Cómo te sientes?

    Horty trató de hablar, se atragantó, y probó otra vez:

    —Bien, me parece. Con hambre… Oh, ¡salimos al campo!

    Advirtió entonces que el niño gordo estaba en cuclillas junto a él. La mano dejó de tocarle la espalda; un segundo más tarde ardía la llama de una cerilla, y durante un instante el rostro de luna llena del niño se recortó como un aguafuerte, a la luz vacilante. Los labios delicados y rojos mordieron el cigarro negro. Luego, con dedos precisos, el niño arrojó la cerilla fuera del camión. La llama voló y se apagó en la noche.

    —¿Fumas?
    —Nunca fumé —dijo Horty—. Hojas de maíz, una vez. —Contempló admirativamente la joya roja de la punta del cigarro—. Tú fumas mucho.
    —Me impide crecer —dijo el otro, y estalló en una risa aguda—. ¿Cómo está esa mano?
    —Me duele, pero menos.
    —Eres fuerte, muchacho. Si yo estuviera en tu lugar, gritaría pidiendo morfina. ¿Qué te pasó?

    Horty se lo dijo. La historia salió a pedazos, pero el niño gordo entendió perfectamente. De cuando en cuando hacía alguna pregunta, pero sin comentarios. Pareció al fin que las preguntas se agotaban. La conversación murió poco a poco. Durante un rato Horty pensó que el otro se había quedado dormido. El cigarrillo palideció más y más, chisporroteando a veces en los bordes, y relumbrando de pronto cuando una ráfaga perfumada entraba en el camión.

    De repente, con una voz enteramente despierta, el niño gordo le preguntó:

    —¿Buscas trabajo?
    —¿Trabajo? Bueno… creo que sí.
    —¿Por qué comías hormigas?
    —Bueno… no sé. Creo que… bueno, que me gustaban.
    —¿Lo hiciste muchas veces?
    —No, no muchas.

    Las preguntas no se parecían a las de Armand. El niño preguntaba sin repugnancia, sin más curiosidad, realmente, que si le preguntase cuántos años tenía o en qué clase estaba.

    —¿Sabes cantar?
    —Bueno… creo que sí. Un poco.
    —Canta algo. Quiero decir, si puedes. No te esfuerces mucho. Bueno… ¿conoces Polvo de estrellas?

    Horty miró la carretera que se alejaba bajo las ruedas, iluminada por la luna, y la luz blanca y amarilla que aparecía a veces, y se convertía en seguida en unos ojos rojos cuando algún coche pasaba por el otro lado del camino. La niebla se había desvanecido, y también un poco el dolor de la mano, y sobre todo se alejaba de Armand y Tonta. Kay, que era suave como una pluma, y este niño tan raro, que no hablaba como los otros niños, habían sido muy buenos con él, de un modo distinto. Una calidez maravillosa crecía ahora en su interior; era una sensación que sólo había tenido una o dos veces en la vida… la vez que había ganado la carrera de sacos, y había recibido como premio un pañuelo marrón, y la vez que cuatro chicos le habían silbado a un perro vagabundo, y el perro había ido directamente hacia él ignorando a los otros. Empezó a cantar, y, como el camión rugía, tuvo que cantar con fuerza para que el otro lo oyera, y como cantaba con fuerza tuvo que apoyarse en la canción y dejar en ella parte de sí mismo, así como un obrero que trabaja en el armazón de un rascacielos tiene que dejar en el viento parte de sí mismo.

    Terminó de cantar. El niño gordo dijo: —Eh. —Esa salida era un cálido elogio. Sin hacer otro comentario se acercó a la casilla del conductor y golpeó la ventanilla rectangular. El camión aminoró en seguida la marcha, frenó y se detuvo a un costado del camino. El niño gordo fue hacia la cola, se agachó y bajó.

    —Tú quédate aquí —le dijo a Horty—. Voy un rato adelante. Y no te vayas, ¿me entiendes?
    —No me iré.
    —¿Cómo diablos puedes cantar así con una mano aplastada?
    —No sé. No me duele mucho ahora.
    —¿Has comido langostas también? ¿Gusanos?
    —¡No! —gritó Horty horrorizado.
    —Muy bien —dijo el niño.

    Se alejó hacia la casilla del conductor. La portezuela se cerró ruidosamente, y el camión se puso en marcha otra vez.

    Horty se adelantó con cuidado hasta la ventanilla, se agachó y miró.

    El conductor era un hombre alto de piel rara: verde y escamosa. Tenía una nariz como la de Junky, pero una barbilla tan pequeña que parecía un viejo loro. Era tan alto que se doblaba sobre el volante como un helecho.

    Junto a él estaban dos niñas. Una tenía una melena blanca, o mejor platinada; la otra, dos grandes trenzas y unos dientes muy hermosos. El niño gordo estaba al lado, hablando animadamente. El conductor no parecía prestarle ninguna atención.

    Horty no tenía la cabeza muy despejada; pero ya no se sentía mal. Todo aquello era excitante; parecía un sueño. Volvió a su sitio y se acostó apoyando la cabeza en la chaqueta del niño gordo. Casi en seguida se incorporó, se arrastró entre las cosas del camión hasta encontrar el rollo de lona, y buscó allí la bolsa de papel. Se acostó, otra vez, se puso la mano izquierda sobre el estómago, metió la derecha en la bolsa, con cuatro dedos entre la nariz y el mentón de Junky, y se durmió.


    3


    CUANDO DESPERTÓ otra vez, el camión se había detenido, y Horty vio confusamente un torbellino de luz multicolor, roja y anaranjada, verde y azul, sobre un enceguecedor fondo de oro.Alzó la cabeza, parpadeando, y las luces se transformaron en un poste macizo, con anuncios de neón: HELADOS, VEINTE SABORES. CABINAS. BAR—RESTAURANTE. El torrente dorado venía de los reflectores de una estación de gasolina. Había tres casas rodantes detrás del camión del niño gordo. Una era de acero inoxidable, con pesadas bandas de metal, y brillaba a la luz.

    —¿Estás despierto, muchacho?
    —¿Eh?… ¡Hola! Sí.
    —Comeremos unos bocados.

    Horty se puso torpemente de rodillas.

    —No tengo dinero —dijo.
    —No te preocupes —dijo el niño gordo—. Vamos.

    Puso una mano firme bajo el codo de Horty y lo ayudó a bajar. Se oía el ronroneo de una bomba de gasolina, un gramófono automático latía rítmicamente, en el fondo, y era agradable pisar la grava.

    —¿Cómo te llamas? —preguntó Horty.
    —Me llaman Havana —dijo el niño gordo—. Nunca estuve allí. Es por los cigarros.
    —Yo me llamo Horty Bluett.
    —Cambiaremos eso.

    El conductor y las dos niñas los esperaban junto a la puerta. Horty apenas pudo mirarlos. Se alinearon rápidamente frente al mostrador. Horty se sentó entre el conductor y la niña de pelo de plata, la de trenzas oscuras, en el taburete de al lado, y Havana en un extremo.

    Horty miró primero al conductor. Miró, clavó los ojos, y los apartó casi en seguida. La piel del hombre era realmente de un verde grisáceo, seca, suelta, y aparentemente áspera como el cuero. Tenía bolsas bajo los ojos, y una mirada inflamada y roja, y el labio inferior caía mostrando unos incisivos largos y blancos. En el dorso de las manos la piel era también floja y verde, pero los dedos eran normales, largos, y de uñas muy arregladas.

    —Ése es Solum —dijo Havana inclinándose sobre el mostrador—. Es el Hombre de Piel de Lagarto, y el ser humano más feo en cautiverio. —Quizá para que Horty no pensara que el otro podía sentirse insultado, añadió—: Es sordo, no oye nada.
    —Yo soy Bunny —dijo la niña al lado de Horty.

    Era regordeta; no gorda como Havana, pero redonda como una bola mantecosa, de piel tirante y muy rosada. El pelo era blanco como el algodón, aunque lustroso, y los ojos de un extraordinario color rubí, como de conejo blanco. Hablaba con una vocecita aflautada, y se reía con una risa aguda, casi ultrasónica. Apenas le llegaba al hombro a Horty, aunque los taburetes eran de la misma altura. El cuerpo era un poco desproporcionado: torso largo y piernas cortas.

    —Y ésta es Zena.

    Horty se volvió y se quedó sin aliento. Nunca en su vida había visto criatura más hermosa. Tenía un pelo negro y brillante, y unos ojos también brillantes. El plano que unía las sienes con las mejillas se curvaba hacia el mentón suave y pulidamente. Bajo la piel tostada había un color delicado y fresco, como una sombra clara en un pétalo de rosa. Se había pintado los labios de un rojo oscuro, casi castaño, y el blanco de los ojos brillaba como carbunclos. Llevaba un vestido de cuello ancho que le caía sobre los hombros, con un escote abierto casi hasta la cintura. El escote le sugirió a Horty por vez primera que estos niños, Havana y Bunny y Zena, no eran realmente niños. Bunny tenía las curvas de una niña, de una niña regordeta; un cuerpo de chica, o chico, de catorce años. Pero Zena tenía pechos, pechos reales, firmes y separados. Horty los miró y miró luego a las tres criaturas y las tres caritas como si las que había visto poco antes hubieran desaparecido y hubiesen sido reemplazadas por otras. El lenguaje estudiado y seguro de Havana y sus cigarros eran señales de madurez, y la albina Bunny mostraría seguramente en cualquier momento características parecidas.

    —No les diré cómo se llama —dijo Havana—, pues desde esta noche va a tener un nombre nuevo. ¿No es así, muchacho?
    —Bueno —dijo Horty, todavía un poco turbado por sus recientes descubrimientos—, bueno, creo que sí.
    —Es guapo —dijo Bunny—. ¿Sabes que eres realmente guapo, muchacho?

    Se rió con aquella risa casi inaudible.

    Horty se descubrió mirando otra vez los pechos de Zena y se le encendieron las mejillas.

    —No te rías de él —dijo Zena.

    Era la primera vez que hablaba… Horty, hacía mucho tiempo, había encontrado un tallo de espadaña a orillas de un arroyo. Apenas sabía caminar entonces, y el cilindro castaño, pegado al seco tallo amarillo, le había parecido algo quebradizo y duro. Lo había acariciado con la punta de los dedos, sin levantarlo, y al descubrir que no era madera seca, sino terciopelo, se había estremecido de emoción. Un estremecimiento semejante había sentido ahora, al escuchar a Zena por vez primera.

    El hombre del mostrador, un joven de cara pastel, con una boca fatigada, y risueñas arrugas alrededor de los ojos, se acercó a ellos. No le sorprendió aparentemente ver a los enanos o al horrible y verdoso Solum.

    —Hola, Havana. ¿Van a instalarse por aquí?
    —No hasta dentro de unas seis semanas. Ahora vamos a Eltonville. Volveremos cuando termine la feria nacional. Y con nuevos elementos. Un guiso para nuestro galán. ¿Y ustedes, señoras?
    —Un huevo a caballo —dijo Bunny.
    —Fría una lonja de jamón hasta que esté casi quemada… —dijo Zena.
    —… y sírvamela con maíz tostado y manteca de maní. Ya recuerdo, princesa —dijo el muchacho mostrando los dientes—. ¿Y usted, Havana?
    —Un bistec. Tú también, ¿eh? —le preguntó a Horty—. No, no puede cortarlo. Albóndigas, y no les ponga miga de pan o le arranco las orejas. Con guisantes y puré.

    El hombre hizo un círculo con el pulgar y el índice y fue a buscar el pedido.

    Horty preguntó, tímidamente:

    —¿Ustedes están en un circo?
    —Feriantes —dijo Havana.

    Zena sonrió al ver la cara de Horty. Horty sintió que se le iba la cabeza.

    —Gente de feria, si prefieres. ¿Te duele la mano?
    —No mucho.
    —Es incomprensible —dijo Havana—. Si lo hubierais visto. —Puso la mano derecha, como un cuchillo, sobre los dedos de la izquierda, y la dejó caer—. Señor.
    —No importa, ya te curaremos. ¿Cómo vamos a llamarte? —preguntó Bunny.
    —Veamos antes qué podría hacer —dijo Havana—. Que el Caníbal no se enoje.
    —Ese asunto de las hormigas —dijo Bunny—, ¿comerías babosas, langostas y cosas semejantes?

    Esta vez Bunny había preguntado directamente, y sin reírse.

    —¡No! —dijo Havana junto con Horty—. Ya se lo pregunté. Nada de eso. Además, el Caníbal no emplearía un tragalotodo.
    —Nunca se vio un enano que fuera al mismo tiempo un tragalotodo —dijo Bunny, lamentándose—. Sería un éxito.
    —¿Qué es un tragalotodo? —preguntó Horty.
    —Quiere saber qué es un tragalotodo.
    —Nada bonito —dijo Zena—. Un hombre que come los bichos más repugnantes, y que les arranca de un mordisco la cabeza a pollos y conejos vivos.
    —Eso no me gustaría, creo —dijo Horty tan seriamente que los tres enanos estallaron en agudas carcajadas.

    Horty los miró, uno por uno, y le pareció que no se reían de él, sino con él, y se rió también. Sintió otra vez aquel calor interior. Esta gente hacía tan fáciles las cosas. Entendían, parecía, que uno podía ser distinto. Havana les había explicado la situación, y ahora sólo querían ayudarlo.

    —Os he dicho que canta como un ángel —dijo Havana—. Nunca oí nada parecido. Ya me lo diréis.
    —¿Tocas algo? —preguntó Bunny—. Zena, ¿puedes enseñarle guitarra?
    —No con esa mano izquierda —dijo Havana.
    —¡Basta! —gritó Zena—. ¿Cuándo decidieron que trabajará con nosotros?

    Havana abrió la boca, estupefacto.

    —Oh, pensé… —dijo Bunny.

    Horty clavó los ojos en Zena. ¿Le ofrecían y le quitaban al mismo tiempo?

    —Oh, criatura, no me mires así —dijo Zena—. Me destrozas las entrañas… —Otra vez, a pesar de su inquietud, Horty sintió la voz de Zena en la punta de los dedos—. Haría cualquier cosa por ti, criatura. Pero… tendría que ser algo bueno. No sé si esto sería bueno.
    —Claro que sería bueno —protestó Havana—. Tiene que comer. ¿Quién va a cuidarlo? Merece un respiro. ¿Qué te preocupa, Zee? ¿El Caníbal?
    —Puedo manejar al Caníbal —le dijo Zena. Para Horty, de algún modo, aquella observación casual explicaba que los otros esperasen la decisión de Zena—. Mira, Havana, de lo que le pase a un niño a esta edad depende su vida futura. La feria está bien para nosotros. Es nuestro hogar. El único sitio donde podemos ser lo que somos, sin mucho dolor. Pero no es vida para un niño.
    —Hablas como si en las ferias sólo hubiese enanos y monstruos.
    —En cierto sentido así es —murmuró Zena—. Lo siento —añadió—. No debí haberlo dicho. No puedo pensar bien esta noche. Hay algo… —se sacudió—. No lo sé. Pero no me parece una buena idea.

    Bunny y Havana se miraron. Havana se encogió de hombros. Y Horty no pudo contenerse. Sentía que le ardían los ojos y dijo:

    —Ay, ay.
    —Oh, no, muchacho.
    —¡Eh! —ladró Havana—. ¡Sosténganlo! ¡Se desmaya!

    Horty había palidecido de pronto y se retorcía de dolor. Zena bajó del taburete y lo sostuvo con un brazo.

    —¿Te sientes mal, querido? ¿Es la mano?

    Horty jadeó y sacudió la cabeza.

    —Junky —murmuró al fin, y gimió como si le estuviesen apretando la garganta. Apuntó con la mano vendada hacia la puerta—. El camión —dijo—. Adentro… Junky… oh, ¡el camión!

    Los enanos se miraron. Havana saltó de su asiento, corrió hacia Solum, y le pellizcó un brazo. Con agitados ademanes, señalaba el camión, hacía girar un volante imaginario, y mostraba la puerta.

    Moviéndose con asombrosa rapidez, el gigante alcanzó la puerta y desapareció. Los otros lo siguieron. Solum estaba ya en el camión antes de que Horty y los enanos hubieran salido del bar. Paso rápidamente junto a la cabina, lanzando una ojeada al interior, y con otros dos saltos se metió en la caja. Se oyeron unos golpes y Solum emergió sosteniendo la bamboleante figura de un hombre. El vagabundo se resistió al principio, pero cuando la brillante luz dorada cayó sobre el rostro de Solum, lanzó un ronquido ululante que debió de oírse a medio kilómetro de distancia. Solum lo soltó. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, y se quedó allí, en la grava, aterrorizado y retorciéndose, tratando de que el aire le entrara otra vez en los paralizados pulmones.

    Havana tiró la colilla de su cigarro y se inclinó sobre la caída figura revisándole todos los bolsillos. Dijo algo impublicable y añadió:

    —Mirad, nuestras cucharas nuevas y cuatro cajas de polvos y un lápiz de labios y… Canallita —le dijo al hombre, que no era corpulento, pero sí tres veces más grande que él.

    El hombre se retorció como si fuese a arrojar a Havana por los aires. Solum se inclinó rápidamente y le puso una manaza en la cara. El hombre aulló otra vez, dio un salto, y se desprendió de Havana, no para atacar, sin embargo, sino para correr sollozando y babeando de miedo. Desapareció en la oscuridad, del otro lado de la carretera, con Solum pisándole los talones.

    Horty se acercó al camión y le dijo tímidamente a Havana:

    —¿Buscarías mi paquete?
    —¿La bolsa de papel? En seguida.

    Havana subió de un salto a la caja, reapareció un momento más tarde con la bolsa, y se la alcanzó a Horty.

    Armand había estropeado a Junky, rompiendo la caja, y Horty sólo había podido salvar la cabeza. Pero ahora la ruina era total.

    —Oh —dijo Horty—. Junky. Está todo roto.

    Sacó la horrible cabeza. La nariz era polvo de papel maché y la cara estaba dividida en un pedazo grande y otro pequeño. Un ojo centelleaba en cada pedazo.

    —Oh —dijo Horty otra vez, tratando de juntar los trozos con una sola mano.

    Havana, muy ocupado en reunir el desperdigado botín, habló por encima del hombro.

    —No tiene arreglo, muchacho. El hombre debió de pisarlo mientras revisaba. —Echó el botín en la cabina y Horty envolvió otra vez a Junky—. Volvamos. La comida espera.
    —¿Y Solum? —preguntó Horty.
    —Ya vendrá.

    Horty advirtió, de pronto, que Zena le clavaba los ojos. Iba a hablarle, no supo qué decir, enrojeció, y caminó hacia el restaurante. Zena se sentó esta vez a su lado. Se inclinó para tomar la sal y susurró:

    —¿Cómo supiste que había alguien dentro del camión?

    Horty se puso la bolsa de papel en las rodillas, y vio que Zena miraba la bolsa.

    —Oh —dijo ella, y luego con un tono muy distinto, lentamente—: Oh—h.

    Horty no había respondido, pero comprendió de pronto que no debía hacerlo. No por ahora.

    —¿Cómo sabías que había alguien fuera? —preguntó Havana, muy ocupado con un frasco de salsa de tomate.

    Horty empezó a decir algo, pero Zena lo interrumpió.

    —He cambiado de parecer —dijo—. Creo que la feria le hará más bien que mal. No podemos dejarlo solo.
    —Muy bien.

    Havana dejó el frasco en el mostrador y sonrió. Bunny aplaudió.

    —¡Bien, Zee! Sabía que aceptarías.
    —Lo mismo yo —añadió Havana—. Y veo… veo algo más.

    Apuntó hacia adelante.

    —¿La cafetera? —dijo Bunny tontamente—. ¿La tostadora?
    —El espejo, estúpida. ¿Quieres mirar?

    Se inclinó hacia Horty y le puso un brazo alrededor de la cabeza acercándole la cara a la de Zena. Las imágenes en el espejo los miraron a su vez: caritas, ambas morenas, ambas de ojos hundidos, ovaladas, de pelo oscuro. Horty con trenzas y labios pintados no hubiera sido muy distinto de Zena.

    —¡Tu hermano perdido! —jadeó Bunny.
    —Era un primo, es decir, una prima —dijo Zena—. Escuchad, hay dos camas en mi coche… Deja esa risita, Bunny. Podría ser su madre, y además… Bueno, hay que hacerlo así. El Caníbal no debe saber quién es. Cuento con vosotros.
    —No diremos nada —prometió Havana.

    Horty preguntó:

    —¿Quién es el Caníbal?
    —El jefe —dijo Bunny—. Fue doctor en un tiempo. Te arreglará la mano.

    Los ojos de Zena miraban algo que no estaba en el salón.

    —Odia a los hombres. A todos.

    Horty se sorprendió. Era la primera vez que esta gente hablaba de algo temible. Zena adivinó lo que pensaba y le tocó el brazo.

    —No temas. Su odio no puede alcanzarte.


    4


    LLEGARON A LA FERIA al amanecer cuando las distantes colinas habían empezado a separarse del cielo, cada vez más pálido.Para Horty todo era emocionante y misterioso. No sólo había conocido a esta gente; lo esperaba un futuro enigmático y fascinante, y un nuevo papel, y palabras que no debería olvidar. Y ahora, al alba, la feria misma. La amplia y oscura avenida, sembrada de aserrín, parecía débilmente luminosa entre las filas de barracas y estrados. Aquí un oscuro tubo de neón lanzaba de cuando en cuando unos rayos fantasmales en el alba creciente; más allá la entrada de un picadero alzaba al cielo unos brazos esqueléticos y ávidos. Se oían algunos sonidos; somnolientos, inquietos, raros; y todo olía a tierra húmeda, a maíz tostado, sudor, y dulzones y exóticos estiércoles.

    El camión se metió entre las barracas del oeste y se detuvo ante una gran casa rodante con puertas a los costados.

    —En casa otra vez —bostezó Bunny.

    Horty iba ahora en la cabina con las mujeres, y Havana se había acurrucado atrás.

    —Desciende rápido —le ordenó Zena a Horty—. Entra por esa puerta. El Caníbal duerme aún. Nadie te verá. Te disfrazaremos primero, y luego te curaremos la mano.

    Horty se detuvo en el estribo del camión, miró alrededor, y corrió. La casa estaba a oscuras. Esperó junto a la puerta. Zena entró, cerró, bajó las cortinas, y encendió las luces.

    Era un cuartito cuadrado, con dos catres, una cocinita en un rincón, y lo que parecía un ropero en otro.

    —Muy bien —dijo Zena—, sácate la ropa.
    —¿Toda?
    —Claro, toda. —Zena vio la cara sorprendida de Horty, y se rió—. Escucha, criatura. Te diré algo acerca de nosotros, los enanos… ¿Cuántos años dijiste que tenías?
    —Casi nueve.
    —Bueno, haré lo posible. Para la gente adulta común es muy importante verse o no desnuda. Tenga o no sentido, se debe a que hay una gran diferencia entre hombres y mujeres. Más que entre niños y niñas. Bueno, un enano es realmente como un niño, toda su vida, excepto quizá un par de años. Así que la mayoría de nosotros no se preocupa por esas cosas. En cuanto a nosotros, tú y yo, debemos decidir desde ahora que no somos diferentes. Ante todo, sólo Havana y Bunny y yo sabemos que eres un niño. Luego este cuarto es demasiado pequeño para dos personas si van a estar escondiéndose por cosas sin importancia. ¿Entiendes?
    —Sí… Creo que sí.

    Zena le ayudó a sacarse las ropas, y lo inició en el arte de parecer una mujer.

    —Escucha, Horty —dijo Zena mientras abría un ordenado cajón y buscaba unas ropas—, ¿qué hay en la bolsa de papel?
    —Junky. Un muñeco. Era un muñeco, quiero decir. Armand lo pisoteó, ya sabes. Luego el hombre en el camión lo pisoteó todavía más.
    —¿Puedo verlo?

    Poniéndose dificultosamente un par de medias de Zena, Horty señaló un catre con la cabeza.

    —Mira.

    Zena sacó los pedazos de papel maché.

    —¡Dos! —exclamó.

    Se volvió y lo miró como si a Horty le hubieran salido orejas de conejo.

    —¡Dos! —dijo otra vez—. Me pareció que había visto sólo uno, allá en el restaurante. ¿Son realmente tuyos? ¿Los dos?
    —Son los ojos de Junky —explicó Horty.
    —¿De dónde salió Junky?
    —Lo tenía ya antes que me adoptaran. Un policía me encontró cuando era bebé. Me llevaron a un asilo. Allí conseguí a Junky. Me parece que nunca tuve padres.
    —Y Junky se quedó contigo… Escucha, déjame que te ayude… ¿Junky se quedó contigo desde entonces?
    —Sí, tenía que hacerlo.
    —¿Por qué?
    —¿Cómo se engancha aquí?

    Zena ahogó lo que parecía ser el impulso de arrastrar a Horty a un rincón, hasta sacarle lo que quería.

    —Hablábamos de Junky —dijo pacientemente.
    —Oh, bueno. Tenía que estar cerca de mí. No, no cerca. Yo podía alejarme siempre que Junky estuviese bien. Mientras fuera mío, quiero decir. Si yo no lo veía durante un año, no importaba; pero si alguien lo movía, yo lo sabía en el mismo momento, y si alguien le hacía daño me hacía daño a mí también. ¿Entiendes?
    —Te entiendo de veras —dijo Zena.

    Horty sintió otra vez aquella agradable sorpresa. Esta gente parecía entenderlo todo.

    —Pensé que todos tenían algo parecido —dijo—. Y que si lo perdían, se enfermaban. Y luego Armand me atormentaba a propósito de Junky. Lo escondía muchas veces para molestarme. Me enfermé tanto que llamaron al doctor. Yo gritaba pidiendo a Junky, y al final el doctor le dijo a Armand que me lo diera o de lo contrario yo moriría. Dijo que era una fija de algo. De acción.

    Zena sonrió.

    —Una fijación. Conozco la rutina.
    —Armand estaba furioso, pero tuvo que hacerlo. Así que al fin se cansó de molestarme con Junky y lo puso en el estante alto del armario y lo olvidó.
    —Pareces realmente una mujer de ensueño —dijo Zena, admirada. Puso las manos en los hombros de Horty y lo miró a los ojos—. Escúchame, Horty. Es muy importante. Hablo de Caníbal. Iremos a verlo y yo le contaré una historia, una historia no muy cierta. Y necesito tu ayuda. Si el Caníbal no nos cree no podrás quedarte.
    —Recuerdo cualquier cosa —dijo Horty ansiosamente—. Recordaré lo que quieras. Dímelo.
    —Muy bien. —Zena cerró los ojos, pensando—. Yo fui una huérfana —recitó—. Fui a vivir con mi tía Jo. Cuando descubrí que yo era enana, me escapé con unos artistas. Estuve con ellos unos años hasta que conocí al Caníbal y empecé a trabajar para él.

    Bueno… —Se humedeció los labios—. La tía Jo se casó otra vez y tuvo dos hijas. La primera murió, y tú eres la segunda. Cuando descubrió que eras enana, empezó a maltratarte. Escapaste entonces. Trabajaste un tiempo en una granja. Uno de los hombres, el carpintero, se encaprichó contigo. Te sorprendió anoche y te llevó al depósito de maderas y te hizo allí una cosa terrible. Tan horrible que no puedes contarlo. Si te pregunta, te echas a llorar. ¿Recuerdas todo?

    —Sí —dijo Horty distraídamente—. ¿Cuál va a ser mi cama?

    Zena frunció el entrecejo.

    —Criatura, esto es terriblemente importante. Tienes que recordarlo todo.
    —Oh, lo recuerdo —dijo Horty.

    Y ante la asombrada Zena recitó lo que ella había dicho, palabra por palabra.

    —¡Magnífico! —exclamó Zena, y le dio un beso. Horty enrojeció—. ¡Aprendes todo muy rápido! Muy bien. Tienes diecinueve años, y te llamas… Hortense. Por si alguien dice Horty y el Caníbal ve que miras alrededor. Pero todos te llaman Kiddo. ¿De acuerdo?
    —Diecinueve y Hortense y Kiddo. Eso es.
    —Bien. Caramba, querido. Lamento hacerte pensar tanto de una vez. Ahora algo que debe quedar entre nosotros. Ante todo, el Caníbal nunca, nunca debe saber de Junky. Le buscaremos aquí un escondite y no le hablarás de él a nadie. Sólo a mí. ¿Prometido?

    Horty asintió con los ojos muy abiertos.

    —Bien. Y otra cosa, también importante. El Caníbal te curará la mano. No te preocupes, es un buen médico. Pero quiero que me traigas todas las vendas, todos los algodones que use contigo, y sin que lo note. No quiero que dejes una sola gota de sangre en su casa, ¿entiendes? Ni una gota. Yo me ofreceré para limpiarle las cosas, y él aceptará. Odia esos trabajos. Pero debes ayudarme. ¿Conforme?

    Horty prometió que así lo haría.

    En ese momento llamaron Bunny y Havana. Horty salió a recibirlos y los enanos lo llamaron Zena, y Zena salió entonces saltando y riendo mientras los otros miraban estupefactos a Horty.

    —Increíble —dijo Havana dejando caer el cigarro.
    —¡Zee, es hermoso! —gritó Bunny.

    Zena alzó un índice diminuto.

    —Hermosa, no lo olvides.
    —Me siento muy raro —les dijo Horty, tirando de la falda.
    —¿De dónde sacaste ese pelo?
    —Un par de trenzas postizas. ¿Te gustan?
    —¿Y el vestido?
    —Nunca lo usé —dijo Zena—. Era chico de busto… Vamos, despertemos al Caníbal.

    Caminaron entre los carros.

    —Da pasos más cortos —dijo Zena—. Así es mejor. ¿Lo recuerdas todo?
    —Oh, sí.
    —Muy bien… Eres una buena chica, Kiddo. Si te pregunta algo que no sabes, sonríe. O llora. Yo estaré a tu lado.

    En un costado de una casa rodante larga y plateada había un anuncio de brillantes colores con un hombre de sombrero de copa. Tenía unos largos y puntiagudos bigotes, y de los ojos le salían unos rayos en zigzag. Debajo se leía en letras llameantes:

    ¿QUÉ PIENSA USTED?
    Mefisto lo sabe


    —No se llama Mefisto —dijo Bunny—, sino Monetre. Era médico antes de trabajar en las ferias. Todo el mundo lo llama Caníbal.1 No le importa.

    Havana golpeó la puerta.

    —¡Eh, Caníbal! ¿Va a dormir toda la tarde?
    —Estás despedido —gruñó una voz en la casa de plata.
    —Muy bien —dijo Havana, indiferente—. Salga y vea lo que tenemos.
    —No me interesa si quieren incluirlo en el elenco —dijo una voz somnolienta.

    Hubo un movimiento dentro de la casa. Bunny empujó a Horty hacia la puerta y le indicó a Zena que se escondiese. Zena se apretó contra la pared de la casa.

    Se abrió la puerta. El hombre era alto, cadavérico, de mejillas hundidas, y una larga mandíbula azulina. En la débil luz matinal los ojos parecían dos agujeros negros.


    1 Maneater, en inglés. (N. del T.)

    —¿Qué pasa?

    Bunny señaló a Horty.

    —Caníbal, mire quién está aquí.
    —¿Quién? —El hombre miró—. Zena. Buenos días, Zena —dijo con tono de pronto cortés.
    —Buenos días —rió Zena, saliendo de detrás de la puerta.

    El Caníbal miró a Zena y luego a Horty y otra vez a Zena.

    —Oh, mi ruina —dijo—. Un número de gemelas. Y si no la contrato, renunciarás. Y también Bunny y Havana.
    —Adivina el pensamiento —dijo Havana dándole un codazo a Horty.
    —¿Cómo te llamas, hermana?
    —Mi padre me bautizó Hortense —recitó Horty—. Pero todos me llaman Kiddo.
    —No los acuso —dijo el Caníbal amablemente—. Escúchame, Kiddo: el nuevo número no me interesa. Así que vete. Y si los demás no están conformes, que se vayan también. Si a las once no estáis en la carretera, sabré qué decidisteis.

    Cerró la puerta suavemente, pero con firmeza.

    —Ay, ay —dijo Horty.
    —No te preocupes —sonrió Havana—. Despide a todo el mundo todos los días. Cuando lo dice de veras, te paga. Háblale, Zee.

    Zena golpeó con los nudillos la puerta de aluminio.

    —¡Señor Caníbal! —cantó.
    —Estoy contando tu salario —dijo una voz desde adentro.
    —Oh, oh —dijo Havana.
    —Por favor, un minuto —insistió Zena.

    La puerta se abrió otra vez. El Caníbal traía dinero en una mano.

    Horty oyó que Bunny susurraba:

    —Lúcete, Zena.

    Zena le hizo una seña a Horty. El niño titubeó y se adelantó.

    —Kiddo, muéstrale la mano.

    Horty extendió la mano lastimada. Zena sacó los empapados pañuelos, uno a uno. El último estaba muy pegado a la carne. Zena tiró un poco, pero Horty dio un salto. El ojo experto de Caníbal advirtió sin embargo que faltaban tres dedos y que había heridas en el resto de la mano.

    —¿Cómo diablos te has hecho esto, muchacha? —tronó el hombre.

    Horty se echó hacia atrás, asustado.

    —Kiddo, ve con Havana, ¿quieres? —dijo Zena.

    Horty retrocedió, agradecido. Zena empezó a hablar rápidamente, en voz baja. El niño sólo oía algunas palabras.

    —Una experiencia terrible, Caníbal… No se la recuerde nunca… carpintero… y la llevó a su taller… cuando ella… y su mano en la puerta.
    —Por algo odio a la gente —gruñó el Caníbal.

    Le preguntó algo a Zena.

    —No —le dijo Zena—, alcanzó a escapar, pero la mano…
    —Acércate, Kiddo —dijo el Caníbal.

    La cara del hombre era notable. La voz restallante parecía salirle de la nariz, que se abría en redondos agujeros. Horty palideció.

    Havana lo empujó suavemente.

    —Ve, Kiddo. No está enojado. Le das pena. ¡Adelante!

    Horty se acercó lentamente, y pisó con timidez el escalón.

    —Entra.
    —Hasta luego —saludó Havana.

    Havana y Bunny se alejaron. Cuando la puerta se cerraba, Horty se volvió y vio que Bunny y Havana se estrechaban gravemente la mano.

    —Siéntate aquí —dijo el Caníbal.

    El interior de la casa rodante era extraordinariamente espacioso. Había una cama en el frente, con cortinas. Había también una cocina muy limpia, una ducha, un cofre, una mesa, armarios y una sorprendente cantidad de libros.

    —¿Te duele? —murmuró Zena.
    —No mucho.
    —No te preocupes —gruñó el Caníbal. Puso en la mesa alcohol, algodón, y una caja de agujas hipodérmicas—. Te diré lo que voy a hacer. Sólo para no parecerme a otros doctores. Te dormiré el nervio del brazo. Cuando te clave la aguja, te dolerá como una picadura de abeja. Luego sentirás el brazo muy raro, como un globo. Entonces te limpiaré la mano. No te dolerá.

    Horty le sonrió. Había algo en este hombre, con sus terribles cambios de voz y su humor cruel, que atraía sobremanera al niño. Era una bondad como la de Kay. La pequeña Kay a quien no le había importado que comiera hormigas. Y una crueldad como la de Armand Bluett. El Caníbal sería, por lo menos, el eslabón que lo uniría al pasado… durante un tiempo.

    —Adelante —dijo Horty.
    —Eres una buena chica.

    El Caníbal se inclinó y empezó a trabajar. Zena miraba fascinada, apartando los objetos que podían molestarlo, facilitándole las cosas. La tarea absorbió tanto al Caníbal que si se le había ocurrido otra pregunta, la olvidó.

    Más tarde, Zena lo limpió todo.


    5


    PIERRE MONETRE se había graduado de bachiller tres días antes de cumplir los dieciséis años, y de médico a los veintiuno. Un hombre murió en sus manos durante una simple apendicetomía, pero por causas ajenas a la capacidad del médico.Sin embargo, alguien, un administrador del hospital, se refirió de mal modo al accidente. Monetre fue a verlo y le rompió la mandíbula de un puñetazo. Inmediatamente se le prohibió la entrada en el anfiteatro de operaciones, y la gente lo atribuyó a la apendicectomía. En vez de demostrar al mundo algo que según él no necesitaba demostración, Monetre renunció al hospital. Luego empezó a beber. Exhibió su borrachera como había exhibido su inteligencia y habilidad, de frente y sin importarle los comentarios. Los comentarios sobre su inteligencia y habilidad lo habían ayudado. Los comentarios sobre sus borracheras le cerraron todas las puertas.

    Se sobrepuso a esas borracheras. El alcoholismo no es una enfermedad, sino un síntoma. Hay dos modos de combatir el alcoholismo. Uno, curar la causa. Otro, reemplazarlo con un nuevo síntoma.

    Monetre eligió esta última solución. Decidió despreciar a los hombres que lo habían transformado en un paria, y luego despreció a la humanidad, a la que ellos pertenecían.

    Disfrutó de su repugnancia. Edificó una torre de odio, y se subió a ella para contemplar desdeñosamente el mundo. Se encontró así a la altura que necesitaba. Pasaba hambre mientras tanto, pero como la riqueza era un valor del mundo despreciado, disfrutó también de la pobreza. Por un tiempo.

    Pero un hombre en esa actitud es como un niño con un látigo, o como una nación con acorazados. Durante un tiempo basta exhibirse al sol, ante los ojos del mundo. Pronto, sin embargo, será necesario que el látigo restalle, que truenen los cañones. No basta exhibirse; es necesario actuar.

    Pierre Monetre trabajó un tiempo con grupos subversivos. No le importaba qué grupo era, o qué pretendía, siempre que quisiera destruir el orden mayoritario. No se limitó a la política. Hizo también lo que pudo por introducir el arte moderno no figurativo en galerías tradicionales, luchó porque los cuartetos tocaran música atonal, echó extracto de carne en los platos de un restaurante vegetariano, y se entregó a otro centenar de estúpidas y triviales rebeldías. Rebeldías por amor a la rebeldía, siempre, sin relación con el valor de un cuadro, una música o un dogma alimenticio.

    Su odio, sin embargo, se alimentó a sí mismo hasta que al fin no fue trivial ni estúpido. Una vez más se encontró sin saber cómo expresar ese odio. A medida que se le estropeaban las ropas, y se veía obligado a cambiar de guarida, se sentía más amargado. Nunca se acusaba a sí mismo. Era sólo una víctima de la humanidad, una humanidad en partes y en conjunto inferior a él. Y de pronto encontró lo que quería.

    Tenía que comer. Ahí se centraron todos sus corrosivos odios. Comer era inevitable, y no podía hacerlo sino trabajando, es decir, haciendo algo que la humanidad estimaba. Se sintió furioso, pero no había otra solución. Así que decidió aprovechar en parte su carrera de médico y entró en un laboratorio biológico. Su odio a la humanidad no podía alterar las cualidades de su mente, curiosa, inquisitiva, brillante. Amaba el trabajo, odiando sólo que beneficiase a la gente: clientes que eran sobre todo médicos y enfermos.

    Vivía en una casa —un ex establo— casi en las afueras de la ciudad. En largas caminatas por los bosques, se libraba a sus raros pensamientos. Sólo un hombre que hubiera dado conscientemente la espalda, durante años, a todo lo humano, hubiese notado también lo que Monetre notó un atardecer, o hubiese tenido la curiosidad de investigar qué era aquello. Sólo un hombre de su experiencia y capacidad hubiese podido explicarlo. Y, ciertamente, sólo un monstruo como él le hubiese encontrado aquella explicación.

    Monetre vio dos árboles.

    Cada uno era un árbol como cualquier otro: un roble joven, que había torcido algún temprano accidente, y vivo. Nunca en un millar de años le hubieran llamado la atención si hubiera visto primero uno y luego otro. Pero los vio al mismo tiempo. Paseó la mirada sobre ellos, alzó las cejas ligeramente sorprendido, y siguió caminando. Y de pronto gruñó, como si alguien lo hubiese pateado, se metió entre los árboles —separados por una media docena de metros— y los contempló alternativamente, con la boca abierta.

    Los árboles eran del mismo tamaño. Una rama nudosa apuntaba en cada uno hacia el norte. Los dos tenían una cicatriz circular en el primer brote de la rama. Y en la extremidad de cada rama crecían cinco hojas.

    Monetre se acercó más, estudiando atentamente los árboles, de arriba abajo, primero uno y luego otro.

    Lo que vio era imposible. La ley de las probabilidades dice que puede haber dos árboles absolutamente idénticos, pero el número que expresase esa probabilidad sería astronómico. En realidad sólo cabía un adjetivo: imposible.

    Monetre extendió la mano y arrancó una hoja de un árbol, y luego la correspondiente del otro.

    Las hojas eran idénticas: nervaduras, forma, tamaño, textura.

    Eso era suficiente para Monetre. Gruñó de nuevo, miró alrededor para no olvidar el lugar, y volvió casi corriendo a su casa.

    Trabajó varias horas en las hojas de roble. Miró a través de una lupa hasta que le dolieron los ojos. Preparó soluciones con lo que había en la casa —vinagre, azúcar, sal, un poco de fenol— y metió en ellas partes de las hojas. Pintó otras partes con tinta diluida.

    A la mañana siguiente, en el laboratorio, examinó una y otra vez lo que había descubierto de noche. Los análisis cuantitativos y cualitativos, las medidas volumétricas, la temperatura y el peso específico, los exámenes espectroscópicos y la investigación del pH… todo decía lo mismo: las dos hojas eran increíble y absolutamente idénticas.

    Febrilmente, en los meses que siguieron, Monetre trabajó en distintas partes de los árboles. Los microscopios comunes repetían la misma historia. Le pidió al jefe del laboratorio que le dejara usar el microscopio de 300 aumentos que guardaban bajo una campana de vidrio, y éste confirmó los otros resultados. Los árboles eran idénticos, no hoja por hoja, sino célula por célula. Corteza, albura, líber eran, en los dos, iguales.

    Aquellas pruebas incesantes llevaron a Monetre al próximo paso. Tomaba sus muestras luego de las más minuciosas medidas. El agujero practicado en el árbol A era repetido en el árbol B hasta una fracción de milímetro. Un día Monetre metió el barreno en el árbol A, sacó una muestra, y al tirar del barreno rompió la mecha antes de obtener la muestra del otro árbol.

    Culpó, por supuesto, a la mecha, y luego a los hombres que la habían fabricado, y luego a todos los hombres. Regresó furioso a casa.

    Pero cuando volvió al día siguiente, encontró un agujero en el árbol B, en un lugar que correspondía exactamente al del agujero del otro árbol.

    Se quedó allí, con los dedos sobre el inexplicable orificio, sin pensamientos. Luego, con cuidado, sacó el cuchillo, y con incisiones claras y profundas grabó una cruz en el árbol A y un triángulo en el sitio correspondiente en el árbol B. Luego volvió a su casa, a leer más libros esotéricos sobre estructura celular.

    Cuando volvió al bosque descubrió que había una cruz en los dos árboles.

    Hizo otras pruebas. Grabó raras figuras en los árboles. Las pintó con rayas de color.

    Descubrió que las añadiduras, capas de color o trozos de madera clavados en el tronco, no provocaban ningún cambio. Pero cualquier cosa que afectara la estructura misma del árbol —una cortadura, una raspadura, un pinchazo— pasaba del árbol A al árbol B.

    El árbol A era el original. El árbol B era algo así como… una copia.

    Pierre Monetre trabajó dos años antes de descubrir con ayuda de un microscopio electrónico que el árbol B no sólo se distinguía por su capacidad de duplicar exactamente el árbol A. En el núcleo de las células del árbol B había una molécula gigante, similar a las enzimas hidrocarbúricas, que podía transmutar elementos. Si se sacaban tres células de una hoja o de la corteza, eran reemplazadas por otras tres en menos de una hora. La extravagante enzima, agotada, descansaría una hora o dos, y luego empezaría a restaurarse a sí misma, tomando átomo tras átomo de los tejidos de alrededor.

    La reparación de un tejido dañado es más sutil cuanto más simple. Cualquier biólogo puede describir lúcidamente qué ocurre cuando se reconstruye una célula, qué factores metabólicos intervienen, qué cambios de oxígeno ocurren, con qué rapidez, en qué proporción y con qué propósito aparecen nuevas células. Pero no puede decir por qué. No puede decir qué ordena «¡empieza!» a la célula deteriorada, y qué dice «basta». Sabe que en el cáncer el mecanismo no funciona de modo adecuado: pero no qué mecanismo es éste. Y eso en tejidos normales.

    Pero, ¿y en el árbol B de Pierre Monetre? Nunca se reparaba normalmente a sí mismo. Se reparaba sólo para duplicar el árbol A. Si uno hacía una incisión en una rama del árbol A, y luego cortaba la rama correspondiente del árbol B y se la llevaba a casa, podía verse, durante trece o catorce horas, que la rama cortada trabajaba arduamente para mostrar una incisión. Luego el proceso se detenía, y era una rama común. Si entonces uno volvía al árbol B, descubría allí que la rama había crecido otra vez, con un corte perfectamente duplicado.

    Aquí hasta la cabeza de Pierre Monetre se encontraba paralizada. La regeneración celular es un misterio. La duplicación celular es más que un enigma insondable. Pero en alguna parte, de algún modo, un cierto mecanismo gobernaba esta fantástica duplicación, y el obstinado Monetre decidió encontrarlo. Era como un salvaje que al oír un aparato de radio empezara a buscar la fuente del sonido. Era un perro que oía llorar al amo, que había recibido una carta donde una muchacha decía que no lo quería. Veía el resultado, y trataba, sin adecuadas herramientas, de determinar la causa, que no podría entender aunque la tuviese bajo las narices.

    Lo ayudó un incendio.

    Las pocas gentes que lo conocían de vista —nadie lo conocía de otro modo— se asombraron de que se ofreciera como bombero voluntario aquel otoño, cuando el humo atravesó las colinas, impulsado por los látigos de un viento llameante. Y durante años hubo una leyenda acerca de un hombre flaco que había luchado contra las llamas como un alma salida del infierno. Se había hablado de cerrarle el paso al fuego, y el hombre flaco amenazó con matar al guardia rural si no paraban las llamas quinientos metros más al norte. El hombre flaco hizo historia luchando contra las llamas negras, bañándolas con su propio sudor para mantenerlas lejos de unos ciertos árboles. Y cuando el fuego llegó a la línea donde trabajaban los hombres, todos huyeron, menos el flaco, que se quedó entre dos robles jóvenes, agachado en el musgo humeante, con un pico y un hacha en las manos ensangrentadas, y en los ojos un fuego más ardiente que cualquiera que hubiese tocado alguna vez un árbol. Vieron todo eso…

    No vieron que el árbol B se estremecía. No estaban con Monetre para mirar a través del calor y el humo y la pesada nube de cansancio, ni para ver cómo la mente del investigador descubría que los temblores del árbol B coincidían exactamente con el ir y venir de las llamas, a quince metros.

    Monetre miraba, con ojos enrojecidos. Las llamas alcanzaron el claro boscoso. El árbol B se estremeció. Pareció que las llamas succionaban la tierra, como un huracán que eriza los cabellos. Al fin oscilaron y se lanzaron verticalmente hacia arriba. El árbol no se movió. Pero cuando una torturada ráfaga de aire frío perseguida por dedos de fuego, se precipitó a ocupar el vacío del calor, el árbol se sacudió rígidamente.

    Monetre, casi desollado, se arrastró hasta el claro y observó el fuego. Una espada rojo anaranjada allá; el árbol no se movía. Una lengua ardiente allí; el árbol temblaba.

    Así lo encontró, en medio de un afloramiento basáltico. Dio vuelta una piedra, chamuscándose los dedos, y debajo había un cristal embarrado. Se lo metió en la axila y volvió tambaleándose a sus árboles, ahora una islita de tierra, sudor y llamas que había creado él mismo, con demoníaca energía. Se desplomó entre los robles y el fuego pasó a su lado, rugiendo.

    Poco antes del alba, atravesando una pesadilla, un infierno que exhalaba sus últimas bocanadas de fuego, llegó a su casa y escondió el cristal. Se arrastró otros quinientos metros, hacia el pueblo, antes de caer. Recuperó la conciencia en el hospital e inmediatamente pidió que lo dejaran ir. Al principio se negaron, luego lo ataron a la cama, y al fin Monetre escapó por la ventana una noche y fue a reunirse con su cristal.

    Quizá fue porque se encontraba en los mellados límites de la locura, o porque la conciencia y el inconsciente se fundían en él de algún modo. Quizá más porque estaba particularmente equipado con aquella mente inquisitiva. En verdad, pocos hombres debían de haberlo logrado antes, si alguien lo había logrado. Se comunicó con el cristal.

    Lo logró con el arma del odio. El cristal centelleaba pasivamente en todas las pruebas… aquellas a las que Monetre se atrevía a someterlo. Debía tener cuidado, después de haber descubierto que estaba vivo. Así se lo decía el microscopio. No era realmente un cristal, sino un líquido súper enfriado, una célula de paredes en facetas. El fluido solidificado del interior era un coloide, con índice de refracción similar al del polietileno, y había un núcleo complejo que no podía entender.

    Su curiosidad luchaba contra su prudencia. No se atrevía a someterlo a temperaturas muy altas, sustancias corrosivas, o bombardeos atómicos. Terriblemente frustrado, le lanzó un rayo de aquel odio que había refinado a lo largo de los años, y el cristal… gritó.

    No hubo sonido. Fue una presión en la mente de Monetre. No hubo palabras, pero la presión fue una agónica negación, un impulso coloreado de «no».

    Pierre Monetre, estupefacto, se apoyó en su golpeada mesa de trabajo, mirando desde las sombras el cristal que había puesto en el círculo de luz de una lámpara. Se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados, y con total sinceridad —pues le desagradaba de veras cualquier cosa que desafiara su comprensión— lanzó otra vez aquel impulso.

    El cristal reaccionó, con un grito silencioso, como si lo hubiesen atravesado con una aguja caliente.

    ¡No!

    Monetre conocía, por supuesto, el fenómeno de la piezoelectricidad en que un cristal de cuarzo o de Rochelle comprimido emite electricidad, o cambia ligeramente de dimensión si se lo atraviesa con una corriente eléctrica. Aquí había algo análogo, aunque el cristal no era en realidad un cristal. Sus impulsos mentales habían provocado aparentemente una reacción que se manifestaba en «frecuencias» de pensamiento.

    Monetre reflexionó.

    Ante todo, aquel árbol extraordinario, que se comunicaba de algún modo con el cristal enterrado a cincuenta metros de distancia; pues cuando la llama se acercaba al cristal, el árbol se estremecía. Y cuando él, Monetre, lanzaba la llama de odio, el cristal reaccionaba.

    ¿El cristal había fabricado el árbol, usando el otro como modelo? ¿Pero cómo? ¿Cómo?

    —No importa cómo —murmuró Monetre.

    Ya lo descubriría. Podía lastimar el cristal. Las leyes y castigos lastiman; el poder se mide por la capacidad de infligir daño. Esa cosa fantástica haría lo que él quisiera, o la torturaría hasta la muerte.

    Tomó un cuchillo y corrió afuera. A la luz de una luna menguante desenterró una plantita de albahaca que crecía junto al viejo establo y la plantó en una lata de café. En otra lata similar puso tierra. Llevó las latas adentro y enterró el cristal en la segunda lata.

    Se sentó a la mesa, concentrándose en una fuerza particular. Sabía desde hacía tiempo que disponía de un curioso poder. En cierto modo era como un contorsionista que puede contraer o retorcer separadamente un músculo del hombro, o un muslo, o una parte del brazo. Fue como si sintonizara un instrumento electrónico con el cerebro. Encauzó su energía mental en la longitud de onda específica que hería el cristal, y de pronto, bruscamente, la lanzó hacia afuera.

    Una y otra vez golpeó el cristal. Luego lo dejó descansar mientras trataba de que sus golpes transmitieran alguna orden precisa. Miró atentamente la plantita y trató de representársela en la segunda lata.

    —Haz crecer otra igual. Copia ésa. Haz otra. Copia.

    Repetidamente, azotó y castigó al cristal con la orden. A veces creía oír sus gemidos. En una ocasión vio, en el interior de su propia mente, un centelleo calidoscópico de impresiones: el roble, el fuego, un vacío inmenso y sombrío, un triángulo grabado en la madera. Fue algo muy breve, y nada similar se repitió durante un tiempo. Pero Monetre podía asegurar que las impresiones habían venido del cristal, que éste protestaba de algún modo.

    El cristal cedió al fin. Monetre casi sintió su derrota. Lo azotó dos veces más y se fue a la cama.

    Por la mañana había dos plantas de albahaca. Pero una era un aborto monstruoso.


    6


    LA EXISTENCIA de las ferias fluye uniformemente, y cada estación arrastra a la otra. Los años le brindaron tres dones a Horty: un centro de vida, Zena, y una luz en las sombras.Después de que Caníbal le arreglara la mano, y las heridas cicatrizaran, el nuevo enano —es decir, la nueva enana— empezó a trabajar. Ya fuese por su irradiante buena voluntad, o el gozoso deseo de encontrar un lugar en el mundo y hacerse útil, o por capricho o descuido del Caníbal, Horty se quedó en la feria.

    En las ferias, los fenómenos, los acróbatas, los anunciadores y sus ayudantes, los bailarines, traga—fuegos, hombres serpientes, tienen algo en común que trasciende las diferencias de sexo, raza y edad. Todos son gente de feria, interesada en atraer multitudes y hacerlas entrar en las barracas. Trabajan para eso, y nada más. Y Horty fue como ellos.

    La voz de Horty era casi parte de la voz de Zena. El número anterior era el de Bets y Bertha, otras dos hermanas que sumaban casi trescientos kilos. Las hermanitas Zena y Kiddo se presentaban con una hilarante parodia de Bets y Bertha, y luego pasaban a su propio número: una armoniosa sucesión de cantos y bailes que concluía con sorprendentes modulaciones vocales. La voz de Horty, clara y entonada, y la de Zena, de contralto, armonizaban como dos registros de órganos. La pareja trabajaba también en la ciudad infantil, una ciudad en miniatura con puesto de bomberos, alcaldía, restaurantes, donde no se admitían adultos. Horty servía té liviano y bizcochos a los chicos de ojos asombrados y caras transpiradas de los pueblos y se sentía parte de aquel asombro, de aquella fe en la ciudad mágica. Parte de… parte de… hechizante leitmotiv de todo lo que Kiddo hacía. Kiddo era parte de Horty, y Horty era parte del mundo, por primera vez.

    La caravana de cuarenta camiones serpenteaba entre las montañas Rocosas y se estiraba en la carretera de Pennsylvania; entraba ronroneando en los campos de feria de Ottawa, y se perdía en la exposición de Fort Worth. En una ocasión, cuando tenía diez años, Horty ayudó a que la giganta Bets trajera un niño al mundo, y no dio ninguna importancia a este previsible accidente en la vida de la feria. En otra ocasión, un pobre enano idiota, que se pasaba el día acurrucado en un rincón de la galería de los fenómenos, riéndose sin saber por qué, murió en brazos de Horty luego de beberse una botella de lavandina. Y la cicatriz que quedó en la memoria de Horty —el recuerdo de aquella boca escarlata y asustada, y aquellos ojos doloridos y asombrados— era también parte de Kiddo, que era Horty, que era parte del mundo.

    Y lo segundo era Zena, que tenía manos para Horty, ojos para Horty, cerebro para Horty, mientras él aprendía las leyes del nuevo mundo, mientras aprendía a ser, naturalmente, una joven enana. Con Zena participaba en la vida del universo. El yo hambriento de Horty lo devoraba todo. Zena le leía, docenas de libros, con aquella voz profunda y expresiva que se adaptaba automáticamente a todos los personajes de la historia. Zena, con su guitarra y sus discos, le enseñaba música. Nada de lo que aprendía cambiaba a Horty, pero nada tampoco era olvidado. Pues Horty—Kiddo tenía una memoria eidética.

    Havana solía lamentar lo de la mano de Kiddo. Las hermanitas salían con guantes negros, lo que parecía un poco raro, y además, hubiera sido magnífico que las dos tocasen la guitarra. Pero esto, naturalmente, no era posible. A veces Havana le decía a Bunny, de noche, que Zena iba a gastarse los dedos si tocaba todo el día en el escenario y por la noche en el carro para distraer a Horty, pues la guitarra lloraba y cantaba durante horas cuando ya todos se habían acostado. Bunny, somnolienta, decía entonces que Zena sabía lo que hacía. Lo que era, por supuesto, exacto.

    Sabía también qué hacía cuando le pidió al Caníbal que echara a Huddie. Durante un tiempo Zena sufrió bastante. Había violado la ley de las ferias, y ella era artista de feria hasta las uñas. No había sido fácil, sobre todo porque Huddie, un acróbata de anchas espaldas y boca grande y tierna, era inocente. Idolatraba a Zena, e incluía feliz a Kiddo en su muda adoración. Les compraba golosinas y regalitos sin valor en los pueblos, y se escondía para oír absorto los ensayos.

    Huddie fue a la casa rodante a despedirse. Se había afeitado, pero el traje de confección no le caía muy bien. Se detuvo al pie del estribo, jugueteando con el gastado sombrero de paja, y masculló penosamente algo incomprensible.

    —Me despidieron —dijo al fin.

    Zena le tocó la cara.

    —¿Te dijo… te dijo el Caníbal por qué?

    Huddie sacudió la cabeza.

    —Me llamó y me dio el sueldo. No hice nada, Zee. No… no protesté. Me miraba como si fuese a matarme. Quisiera… —Parpadeó, dejó la maleta en el suelo, y se enjugó los ojos con la manga—. Toma —concluyó.

    Buscó en el bolsillo, sacó un paquetito que puso en manos de Zena, y echó a correr.

    Horty, sentado en su catre, con los ojos muy abiertos, preguntó:

    —Pero… Zee, ¿qué hizo? ¡Era tan bueno!

    Zena cerró la puerta. Miró el paquetito. Estaba envuelto en papel amarillo y tenía una cinta roja con un lazo muy complicado. Las manazas de Huddie debían de haber tardado una hora en preparar el paquete. Zena apartó la cinta. Era un pañuelo de seda, chillón y vulgar: el regalo que podía haber elegido Huddie luego de horas de búsqueda.

    Horty notó de pronto que Zena estaba llorando.

    —¿Qué pasa?

    Zena se sentó en el catre y tomó las manos de Horty.

    —Fui y le dije al Caníbal que Huddie me… me molestaba. Por eso lo despidieron.
    —Pero… ¡Huddie no hizo nada! Nada malo.
    —Ya sé —susurró Zena—. Oh, ya sé. Mentí. Huddie tenía que irse… en seguida.

    Horty la miró fijamente.

    —No entiendo, Zee.
    —Te explicaré —dijo Zena lentamente—. Te lastimaré, Horty, pero quiero impedir algo que te lastimaría todavía más. Escucha. No olvidas nada. Hablaste con Huddie ayer, ¿recuerdas?
    —Oh, sí. Huddie clavaba los piquetes con Jemmy y Ole y Stinker. Me gustaba mirarlos. Rodearon un piquete y al principio martillearon lentamente: pim, pim, pim, pim. Y luego balancearon los martillos por encima de las cabezas y golpearon con fuerza: pum, pum, pum, pum. ¡Muy rápido! Y el piquete pareció fundirse en el suelo.

    Horty se calló. Le brillaban los ojos. La cámara de su mente reproducía imágenes y sonidos.

    —Sí, querido —dijo Zena pacientemente—. ¿Y qué le dijiste a Huddie?
    —Fui a tocar la cabeza del piquete, debajo del anillo de hierro. «¡Pero está deshecho!», dije. Y Huddie dijo: «Piensa qué les pasaría a tus dedos si los dejases ahí mientras martillamos». Y yo me reí y dije: «No me importaría mucho, Huddie. Crecerían otra vez». Eso es todo, Zena.
    —¿No te oyeron los demás?
    —No. Empezaban ya con el otro piquete.
    —Muy bien, Horty. Huddie tuvo que irse porque le dijiste eso.
    —Pero… ¡creyó que era una broma! Se rió… ¿Qué daño hice, Zee?
    —Horty, querido, ya te he dicho que no debes decirle a nadie ni una palabra de tu mano, o cualquier otra cosa que te hayas cortado y vuelva a crecer. Tienes que llevar un guante noche y día en la mano izquierda y nunca hacer nada…

    Zena calló.

    —¿Con los tres dedos nuevos?

    Zena le tapó la boca con la mano.

    —Nunca hables de eso —susurró—. Con nadie. Sólo conmigo. Nadie debe saberlo. Toma. —Se incorporó y echó el brillante pañuelo en las rodillas de Horty—. Guárdalo. Míralo y piensa y… déjame sola un rato. Huddie era… Yo… no podré quererte mucho por un tiempo, Horty. Lo siento.

    Zena se volvió y salió, dejando a Horty sorprendido, herido, y profundamente avergonzado. Y, ya muy tarde, cuando la enana se acercó a la cama de Horty, y lo envolvió en sus tibios bracitos y le dijo que todo estaba bien ahora, el niño ya no lloró. Se sintió tan feliz que no pudo hablar. Hundió la cara en el hombro de Zena, estremeciéndose, y prometiéndose a sí mismo que haría siempre, siempre, lo que ella dijera. Nunca volvieron a hablar de Huddie.

    Las imágenes, los olores, todo era un tesoro. Como los libros que leían juntos…, fantasías como El gusano Oroborus y La espada en la piedra y El viento en los sauces; libros raros, enigmáticos, iónicos en su especie, como Mansiones verdes o Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, La guerra con las salamandras de Karel Kapek, o El viaje inocente.

    La música era un tesoro. La música alegre como la polca de la Isla de oro, o las cacofónicas creaciones de Spike Jones y Red Ingalls; o el rico romanticismo de Crosby que cantaba Arestes Fideles o La alondra como si cada una fuese su canción favorita, y las celestes sonoridades de Tchaikovsky; y los arquitectos: Franck, que edificaba con plumas, flores y fe; Bach, con ágatas y cromo.

    Pero lo que más apreciaba Horty eran las somnolientas conversaciones en la oscuridad, a veces en ferias silenciosas, otras en los caminos bañados por la luna.

    —Horty…

    Sólo Zena lo llamaba así. Y nadie la había oído. Era como un apodo privado.

    —¿Mmm?
    —¿No duermes?
    —Pensaba…
    —¿Pensabas en tu novia del pueblo?
    —¿Cómo lo sabes? Oh… no te burles, Zena.
    —Lo siento, querido.

    Horty hablaba en la oscuridad:

    —Sólo Kay me dijo entonces algo agradable, Zee. Sólo ella. La noche que escapé. A veces, en la escuela, me había sonreído. Nada más. Yo… yo esperaba su sonrisa. Te ríes de mí.
    —No, criatura, no. Eres tan dulce.
    —Bueno —dijo Horty defendiéndose—. A veces me gusta pensar en ella.

    Pensaba en Kay Hallowell, y a menudo. Pues esto era el tercer elemento: la luz en medio de la sombra. La sombra era Armand Bluett. No podía pensar en Kay sin pensar en Armand. Muchas veces los ojos húmedos y fríos de un niño huraño, vislumbrado en el patio de una granja, o el preciso y anunciador sonido de una llave en una cerradura, traían a Armand, y los secos sarcasmos de Armand, y las manos duras y listas de Armand, a aquella misma habitación. Zena lo sabía, y por eso se reía siempre cuando Horty mencionaba a Kay.

    Horty aprendió tantas cosas en aquellas charlas nocturnas… Acerca del Caníbal, por ejemplo.

    —¿Cómo llegó a actuar en las ferias, Zee?
    —No lo sé exactamente. A veces pienso que las odia. Parece como si despreciase a los clientes, y pienso que eligió el oficio porque sólo así puede guardar sus…

    Zena calló.

    —¿Sus qué?

    Zena esperó un rato y al fin dijo:

    —Tiene algunas gentes que… estima mucho —explicó—. Solum. Gogol, el Niño Pez. Monedita también. —Monedita era el fenómeno que había bebido lavandina—. Unos pocos más. Y algunos animales. El gato de dos patas, y los cíclopes. Le… le gusta tenerlos cerca. Los colecciona desde antes de actuar en las ferias. Tienen que haberle costado mucho dinero. Pero ahora puede sacarles algo, además.
    —¿Por qué le gustan?

    Zena se volvió, inquieta.

    —Son de su misma especie —susurró, y luego dijo—: Oh, Horty, ¡nunca le muestres la mano!

    Una noche, en Wisconsin, algo despertó a Horty.

    Ven.

    No era un sonido. No eran palabras. Era una llamada. Había una cualidad cruel en esa llamada. Horty no se movió.

    Ven. Ven. ¡Ven! ¡Ven!

    Horty se sentó en la cama. Esta vez era distinto. Esta vez llegaba envuelto en un ardiente resplandor de cólera, una cólera dominada, voluntaria, y algo de ese placer con que Armand Bluett, alguna vez, lo había acusado justamente. Horty saltó de la cama y se quedó de pie en medio del cuarto, sin aliento.

    —¿Horty? ¿Qué pasa, Horty?

    Zena salió desnuda de la pálida blancura de sus sábanas como un delfín de la espuma.

    —Es necesario… que vaya —dijo Horty penosamente.
    —¿Qué ocurre? —preguntó Zena, tensa—. ¿Una voz, adentro?

    Horty asintió. La orden furiosa lo golpeó otra vez, y Horty retorció la cara.

    —No vayas —murmuró Zena—. ¿Me oyes, Horty? No te muevas. —Se envolvió en una bata—. Vuélvete a la cama. Resístete, y sobre todo no salgas, por favor. El…, eso parará. Te prometo que parará pronto. —Lo empujó hacia el catre—. No vayas, pase lo que pase.

    Ciego, aturdido por aquella presión urgente, dolorosa, Horty se dejó caer en la cama. La llamada ardió otra vez dentro de él.

    —Zee… —dijo.

    Pero ella se había marchado. Horty se incorporó, con la cabeza entre las manos, y luego recordó la ansiosa insistencia de las órdenes de Zena, y volvió a sentarse.

    La orden llegó nuevamente, pero… incompleta. Interrumpida.

    Horty, muy quieto, empezó a buscarla mentalmente, con timidez, como si estuviese rozando con la lengua un diente sensible. Había desaparecido. Agotado, se echó de espaldas, y se durmió.

    A la mañana, Zena estaba de vuelta. Horty no la había oído entrar. Cuando le preguntó dónde había estado, ella le lanzó una curiosa mirada.

    —Fuera —dijo.

    Así que Horty dejó de preguntar. Pero en el desayuno, con Bunny y Havana, Zena lo cogió por el brazo aprovechando que los otros habían ido a la cocina.

    —¡Horty! Si oyes otra vez esa llamada, despiértame. Despiértame en seguida, ¿entiendes?

    Zena parecía tan enojada que Horty se asustó. Apenas tuvo tiempo de asentir con un movimiento de cabeza antes que los otros regresaran. No lo olvidó nunca. La despertó algunas veces. Ella se levantaba y salía sin decirle una palabra. Volvía horas más tarde. Al fin Horty creyó entender que las llamadas no eran para él y dejó de oírlas.

    Pasaron las estaciones y creció la feria. El Caníbal seguía allí, omnipresente, azotando a sus fenómenos y a sus hombres animales, a sus acróbatas y conductores, siempre con la misma arma: el desprecio, que exhibía de continuo como una espada desnuda.

    La feria creció…, se hizo más grande. Bunny y Havana crecieron, envejecieron, y lo mismo Zena, de algún modo. Pero no Horty.

    Él —o ella— era ahora una gran atracción, con su clara voz de soprano y sus guantes negros. El Caníbal lo aceptaba. Llegaba hasta a esconder su desprecio y darle los buenos días. Un gran favor, de quien poco más tenía que decir. Pero Horty—Kiddo era muy querido por los artistas, con ese afecto serio y peculiar de las ferias.

    La compañía disponía ahora de un tren de camiones, con agentes de propaganda y faros que barrían los cielos, un pabellón de baile y complicados y precisos itinerarios. Una revista había publicado una larga historia donde se hablaba de la «Extraña gente» («Feria de monstruos» era la frase popular). Había una oficina de propaganda, y empresarios, y contratos anuales con grandes organizadores. En los estrados había micrófonos y altavoces, y más nuevas —no nuevas, pero más nuevas— casas rodantes para el personal.

    El Caníbal había abandonado años atrás su acto de adivinación del pensamiento, y apenas se mostraba en público. En las revistas no se hablaba de él sino como «socio». Muy pocas veces lo entrevistaban, y jamás lo fotografiaban. Se pasaba las horas trabajando con su gente, recorriendo el campamento, o con libros y fenómenos. Se decía que lo habían visto a altas horas de la noche, de pie en la oscuridad donde se oían roncas respiraciones, con las manos a la espalda, encogido de hombros, mirando fijamente a Gogol en su tanque, o espiando la serpiente de dos cabezas o el conejo pelado. Serenos y cuidadores habían aprendido a no acercarse a él en esos momentos. Se retiraban silenciosamente, sacudiendo la cabeza, y lo dejaban solo.

    —Gracias, Zena.

    El tono de Caníbal era cortés, meloso.

    Zena sonrió cansadamente, y cerró la puerta de la casa rodante contra la oscuridad de la noche. Se acercó a la silla enrejada de plástico y cromo, junto al escritorio, y se acurrucó envolviéndose los tobillos en la bata.

    —Tenía bastante sueño —dijo.

    El Caníbal sirvió un poco de vino; mosela.

    —No es una hora muy apropiada —dijo—, pero sé que te gusta.

    Zena tomó el vaso y lo puso en una punta del escritorio. Esperó. Había aprendido a esperar.

    —He encontrado algunos hoy —dijo el Caníbal. Abrió una pesada caja de roble y sacó una bandeja afelpada—. Casi todos jóvenes.
    —Magnífico —dijo Zena.
    —Sí y no —dijo el Caníbal irritado—. Son más fáciles de manejar, pero no hacen casi nada. Me pregunto a veces por qué me molesto.
    —Lo mismo yo —dijo Zena.

    Le pareció que los ojos de Monetre se habían vuelto rápidamente hacia ella en las hundidas órbitas, pero no podía asegurarlo.

    —Mira éstos —dijo el hombre.

    Zena se puso la bandeja en el regazo. Había ocho cristales en la felpa, que brillaban opacamente. Les habían sacado la capa de barro seco que hacía que pareciesen pedruscos o terrones. No eran totalmente translúcidos; sin embargo, si uno sabía qué sombra interior buscar, podía ver el núcleo.

    Zena cogió un cristal y lo alzó a la luz. Monetre gruñó, y Zena vio que el hombre la miraba.

    —Me preguntaba qué cristal cogerías —dijo Monetre—. Ése está bien vivo.

    Lo tomó de los dedos de Zena y lo miró entornando los ojos. Le lanzaba ya una corriente de odio cuando Zena protestó ahogadamente.

    —No, por favor…
    —Perdón… Pero grita tan bien —dijo el hombre suavemente, y puso el cristal con los otros—. Si por lo menos pudiera entender cómo piensan —dijo—. Puedo hacerles daño. Puedo dominarlos. Pero no hablar con ellos. Un día, sin embargo, sabré…
    —Por supuesto —dijo Zena, mirándolo.

    ¿Estallaría otra vez el Caníbal en una de sus furias? Parecía preparado…

    Monetre se dejó caer en el sillón, puso las manos cerradas entre las rodillas y se estiró. Zena oyó cómo le crujían los hombros.

    —Sueñan —dijo el hombre, y la voz de órgano se apagó en un largo suspiro—. No puedo decirlo mejor. Sueñan.

    Zena esperó.

    —Pero sus sueños viven en nuestro mundo, en nuestra realidad. No son imágenes y sombras y sonidos como nuestros propios sueños. Son sueños de carne y savia, madera y huesos y sangre. Y a veces estos sueños quedan inconclusos, y así tengo un gato con dos patas, una ardilla sin pelo, y Gogol, que tenía que ser un hombre, y es un hombre sin brazos ni glándulas sudoríparas, ni cerebro. No están terminados… A todos les falta ácido fórmico y niacina, entre otras cosas. Pero… viven.
    —Y usted no sabe cómo… todavía. No sabe cómo los hacen.

    Monetre la miró de soslayo y Zena vio que los ojos relampagueaban bajo las cejas espesas.

    —Te odio —dijo el hombre, y sonrió mostrando los dientes—. Te odio porque dependo de ti, porque necesito hablar contigo. Pero a veces me gusta lo que haces. Me gusta lo que dices… por ahora. No sé cómo los cristales materializan sus sueños… por ahora.

    Monetre se incorporó de un salto y el sillón fue a golpear la pared metálica.

    —¿Quién entiende un sueño realizado? —gritó. Y continuó, casi en voz baja, dominándose—: Dile a un pájaro si entiende que una torre de cien metros es el sueño materializado de un hombre, o que el dibujo de un artista es parte de un sueño. Explícale a una oruga la estructura de una sinfonía… y el sueño de donde nació la sinfonía. ¡Al diablo las estructuras! ¡Al diablo los modos y comos! —El puño de Monetre cayó sobre la mesa. Zena recogió tranquilamente su vaso—. No importa cómo ocurre. No importa por qué ocurre. Pero ocurre, y puedo dominarlo. —Se sentó otra vez y le preguntó a Zena, cortésmente—: ¿Más vino?
    —Gracias, no. Todavía…
    —Los cristales viven —prosiguió Monetre—. Piensan. Piensan de un modo que nos es totalmente extraño. Han estado en esta tierra durante decenas, centenares de siglos… terrones, guijarros, pedruscos… pensando sus propios pensamientos… luchando por nada que la humanidad desee, no tomando nada que la humanidad necesite… sin entrometerse, comunicándose sólo con seres como ellos. Pero dueños de un poder que el hombre nunca soñó. Y yo quiero ese poder, lo quiero, y lo tendré.

    Monetre bebió un sorbo de vino y se quedó mirando la copa.

    —Se propagan —dijo—. Mueren. De un modo que no entiendo. Mueren en parejas. Pero un día los obligaré a que me den lo que quiero. Será algo perfecto, un hombre, o una mujer… que pueda hablar con los cristales… Alguno me dará lo que quiero.
    —¿Cómo no…? ¿Cómo puede estar seguro? —preguntó Zena cuidadosamente.
    —Algo he obtenido haciéndoles daño. Relámpagos, chispas de pensamiento. Los he sondeado durante años, y por cada mil golpes he obtenido un fragmento. No puedo ponerlo en palabras, es algo que sé. No en detalle, no muy claramente… pero algo habla de sueños terminados. No como Gogol, o como Solum, incompletos o mal hechos. Algo parecido al árbol aquél. Y esa cosa terminada será quizá un ser humano, o casi… Y si lo es, podré dominarla.

    Monetre abrió el más bajo de los cajones del escritorio.

    —Escribí una vez un artículo —dijo al cabo de un rato—. Se lo vendí a una revista, una de esas retorcidas revistas literarias que aparecen trimestralmente. El artículo aparentaba ser una suma de conjeturas. Describí los cristales de un modo muy preciso, pero no dije a qué se parecían. Demostré la posibilidad de otras formas de vida sobre la tierra, y cómo sus individuos podrían vivir y crecer a nuestro alrededor sin que nosotros lo advirtiéramos, siempre que no compitieran. Las hormigas compiten con el hombre, y lo mismo las amebas y las zarzas. No estos cristales. Viven simplemente sus vidas. Deben de tener una conciencia gregaria, como el hombre; pero si es así, no la emplean como arma de supervivencia. Y la única prueba que tiene el hombre son sus sueños… esas insensatas e incompletas tentativas de copiar cosas vivas. ¿Y qué eruditas refutaciones supones que mereció mi artículo?

    Zena esperó.

    —Una —dijo Monetre con horrible suavidad— declaraba simplemente que en el cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter, hay una torta de chocolate del tamaño de una pelota de béisbol. Parecía que nadie podía negar que esta afirmación fuese verdadera, pues no admitía refutación científica. ¡Maldición! —rugió Monetre, y luego siguió como antes—: Otra explicaba la existencia de criaturas deformes con un galimatías ecléctico de moscas de frutales, rayos X, y mutaciones. Con esa ciega, terca, condenada actitud se quiso negar la posibilidad del aeroplano (pues si los barcos hubiesen necesitado energía para flotar, a la vez que para moverse, nunca hubiéramos tenido barcos), o que el ferrocarril era una ilusión (pues el peso de los coches en las vías superaría el poder de adherencia de las ruedas de la locomotora, y el tren nunca se pondría en marcha). Volúmenes de pruebas lógicas, reunidas por observadores capaces, probaron que la tierra era chata. ¿Mutaciones? Claro que las hay, y naturales. ¿Pero por qué ha de haber una única respuesta? Mutaciones debidas a rayos… Mutaciones bioquímicas… Y los sueños de los cristales…

    Del cajón inferior Monetre sacó un cristal marbeteado. Tomó del escritorio el encendedor de plata, lo encendió con el pulgar, y pasó la llama amarilla por la piedra.

    De la oscuridad exterior llegó un débil grito de agonía.

    —Por favor, no —dijo Zena.

    Monetre miró el rostro tenso de la enana.

    —Fue Moppet —dijo—. ¿Te has encariñado ahora con los gatos de dos patas, Zena?
    —No tiene por qué hacerle daño.
    —¿No? —Monetre pasó otra vez la llama por el cristal, y otra vez vino aquel grito desde la tienda de animales—. He de probar mis argumentos. —Apagó el encendedor y Zena se tranquilizó. Monetre dejó el cristal y el encendedor sobre el escritorio y prosiguió con calma—: Pruebas. Podría traer aquí a ese idiota de la torta de chocolate y me diría que al gato le duele el estómago. Podría mostrarle algunas fotos tomadas con el microscopio electrónico donde se ve que en el interior de los glóbulos rojos de ese gato hay una molécula gigante que transmuta elementos y me diría que he falsificado los negativos. La humanidad ha sufrido siempre la misma maldición: creer que lo que ya se sabe ha de ser cierto, y todo lo distinto, un error. A la maldición de la historia sumo ahora mi propia maldición. Zena…
    —Sí, Caníbal.

    El abrupto cambio de voz había sobresaltado a Zena. Aún no se había acostumbrado.

    —Los cristales sólo duplican los seres complejos, mamíferos, pájaros, plantas, si quieren, o si yo los golpeo hasta dejarlos medio muertos. Pero hay seres sencillos.

    Monetre se incorporó y apartó las cortinas que cubrían los estantes, detrás y encima de él.

    —Cultivos —dijo, con una voz de enamorado—. Simples e inofensivos por ahora. Bastoncillos aquí, espirilos allá. Los cocci están apareciendo lentamente, pero llegarán también. Si se me antojase, Zena, cultivaría el germen del muermo, o la peste. Sembraría con epidemias todo el país… o barrería ciudades enteras. Lo único que necesito es un intermediario, el sueño realizado que pueda enseñarme cómo piensan los cristales. Encontraré a esa criatura, hombre o mujer, Zena, o crearé una. Y entonces, haré lo que se me antoje con la humanidad, cuando yo quiera, y a mi modo.

    Zena miró el oscuro rostro de Monetre.

    —¿Por qué vienes a oírme, Zena?
    —Porque usted me llama. Porque me hace daño si no vengo —dijo ella candidamente. Y añadió—: ¿Y usted por qué habla conmigo?

    Monetre se rió.

    —Nunca me lo preguntaste, en tantos años, Zena; los pensamientos son algo informe, un lenguaje en código… impulsos sin forma, sustancia o dirección… hasta que uno se los transmite a otro. Entonces se precipitan, y se transforman en ideas que uno puede poner en la mesa, y estudiar. Uno no sabe lo que piensa, hasta que se lo dice a alguien. Por eso hablo contigo. Para eso estás. No has bebido tu vino.
    —Lo siento.

    Zena bebió dócilmente, mirándolo con los ojos muy abiertos por encima del borde del vaso, demasiado grande para ella.

    Luego Monetre dejó que se fuese.

    Pasaron las estaciones, y hubo otros cambios. Zena apenas leía ahora en voz alta. Escuchaba música, o tocaba la guitarra, o hacía trabajos de costura, mientras Horty, echado en su catre, apoyaba el mentón en una mano, y con la otra hojeaba algún libro. Movía los ojos no más de cuatro veces sobre cada página, y la vuelta de las hojas era un rítmico susurro. Los libros los elegía Zena, aunque no los entendía. Horty absorbía rápidamente el contenido del libro, clasificándolo, y almacenándolo. Y ella lo miraba asombrada a veces, sorprendida. Era Horty, era Kiddo, una niña que pocos minutos después estaría en una plataforma, cantando. Era Kiddo, que en la tienda comedor se reía a carcajadas de las bromas de Cajún Jack, o ayudaba a Lorelei a ponerse sus reducidas vestiduras de écuyére. Sin embargo, aun riéndose o arreglando ropas, Kiddo era Horty, que tomaría enseguida una novela romántica, de abultada encuadernación, y se hundiría en los esotéricos asuntos que ocultaban las tapas: microbiología, genética, cáncer, dietética, morfología, endocrinología. Nunca discutía sus lecturas; nunca, aparentemente, reflexionaba sobre ellas. Las almacenaba, nada más; todas las páginas, todos los diagramas, todas las palabras. Horty ayudaba a Zena a poner las falsas carátulas, y a deshacerse de los libros ya leídos —nunca los necesitaba para consultar o recordar algo— y jamás preguntaba por qué.

    Los negocios humanos rehúsan ser simples; los destinos humanos rehúsan ser claros. Zena se dedicaba de todo corazón a su tarea, pero su objetivo le parecía aún oscuro e incierto, y la carga era pesada.

    Al alba, la lluvia golpeaba furiosamente las paredes de la casa rodante, y en el aire de agosto había un frío otoñal. La lluvia hervía y siseaba como el torbellino que Zena imaginaba a veces en el cerebro del Caníbal. Alrededor estaba la feria. Alrededor estaban también los recuerdos, de demasiados años. La feria era un mundo, un buen mundo, donde ella se sentía vivir, pero que exigía una amarga retribución. La misma feria evocaba un mar de ojos y dedos que apuntaban: Eres diferente. Eres diferente. ¡Un monstruo!

    Zena se volvió, inquieta. Películas y canciones de amor, novelas y comedias… era siempre una mujer —la llamaban encanto, también— que cruzaba una habitación en cinco pasos en vez de quince, que podía tomar un pestillo con una manita, que subía muy derecha a los trenes en vez de encaramarse como un animalito, y en los restaurantes usaba los tenedores sin deformarse la boca.

    Y esas mujeres eran amadas. Eran amadas, y podían elegir. Y cuando elegían, sus problemas eran sutiles, y simples… diferencias entre hombres, diferencias tan insignificantes que apenas contaban. No tenían que mirar a un hombre y pensar ante todo, antes que ninguna otra cosa: ¿Qué significará para él que yo sea un monstruo?

    Ella era pequeña, pequeña de muchas maneras, pequeña y estúpida. Al único ser a quien ella había llegado a amar… lo había expuesto a continuos y terribles peligros. No podía saber si no se había equivocado.

    Se echó a llorar, en silencio.

    Horty no podía haberla oído, pero allí estaba, deslizándose en la cama junto a ella. Zena se estremeció, y durante un momento se quedó sin aliento, el corazón golpeándole la garganta. Tomó a Horty por los hombros, lo volvió y se apretó contra su espalda, abrazándolo, hasta que oyó su respiración. Se quedaron así, juntos como dos cucharas.

    —No te muevas, Horty. No hables.

    Callaron.

    Zena quería hablar, de su soledad, de su hambre. Abrió la boca cuatro veces, y no pudo, y sus lágrimas mojaron el hombro de Horty. Horty, cálido, y con ella… sólo un niño, pero tan con ella.

    Zena secó el hombro de Horty con la sábana, y lo abrazó otra vez. Y gradualmente la violencia de sus sentimientos la fue abandonando, y aflojó el brazo.

    Al fin dijo dos cosas que parecían expresar aquellos ciegos impulsos.

    —Te quiero, Horty. Te quiero —dijo primero en nombre de su cuerpo. Y luego, en nombre de su hambre, añadió—: Quisiera ser grande, Horty. Quisiera ser grande.

    Y entonces pudo soltar a Horty, volverse, dormir. Cuando despertó a la luz goteante de la mañana, Horty no estaba.

    Horty no había hablado, no se había movido; pero le había dado algo que ella no había tenido nunca.


    7


    —ZEE…—¿Sí?

    —Hablé con el Caníbal hoy, mientras alzaban nuestra tienda.
    —¿Qué dijo?
    —Nada importante. Que al público le gustaba nuestro número. Me pareció que quería decir que a él también le gustaba.
    —No te ilusiones —dijo Zena sin titubear—. ¿Alguna otra cosa?
    —Bueno… No, Zena. Nada.
    —Horty, querido. No sabes mentir.

    Horty se rió.

    —Bueno, no es nada, Zee.

    Hubo un silencio. Al fin Zena dijo:

    —Será mejor que me lo digas, Horty.
    —¿No crees que pueda arreglármelas?

    Zena se volvió y lo miró a la cara, desde el otro extremo de la casa rodante.

    —No —dijo, y esperó.

    Aunque apenas había luz, supo que Horty se mordía los labios, inclinando la cabeza.

    —Me pidió que le mostrara la mano.

    Zena se incorporó de un salto.

    —¡No!
    —Le dije que no me molestaba. ¿Pero cuándo me la curó? ¿Hace nueve años? ¿Diez?
    —¿Se la mostraste?
    —¡Cálmate, Zee! No, no se la mostré. Dije que tenía que arreglar unos trajes y me fui. Pero él me llamó y me dijo que fuera al laboratorio mañana, antes de las diez. Estoy pensando ahora cómo evitarlo.
    —Temía esto —dijo Zena, con voz temblorosa.

    Se abrazó las rodillas, apoyando en ellas la cara.

    —No pasará nada, Zee —dijo Horty, somnoliento—. Ya se me ocurrirá algo. Quizá se olvide.
    —No se olvidará. Tiene una máquina de calcular en el cerebro. No le dará ninguna importancia hasta que no aparezcas. Luego, ¡cuidado!
    —Bueno, supongo que tendré que mostrársela.
    —Te lo he dicho una y mil veces, Horty. ¡Nunca hagas eso!
    —Bueno, bueno. ¿Por qué?
    —¿No confías en mí?
    —Lo sabes muy bien.

    Zena no respondió, pero se quedó sentada, rígidamente, pensativa. Horty se adormiló.

    Más tarde —unas dos horas más tarde— Zena lo despertó sacudiéndole un hombro. Estaba agachada en el suelo, junto al catre.

    —Despierta, Horty. ¡Despierta!
    —¿Eh?
    —Escúchame, Horty. ¿Recuerdas todo lo que me contaste? Oh, por favor, ¡despierta! ¿Recuerdas lo de Kay y lo demás?
    —Oh, claro.
    —¿Qué ibas a hacer un día?
    —¿Te refieres a volver allá y ver a Kay otra vez, y hasta encontrarme con el viejo Armand?
    —Exactamente. Bueno, eso es lo que vas a hacer ahora.
    —Sí, claro.

    Horty bostezó y cerró los ojos. Zena lo sacudió otra vez.

    —Dije ahora, Horty. Esta noche. Ahora mismo.
    —¿Esta noche? ¿Ahora mismo?
    —Levántate, Horty. Vístete. Hablo seriamente.

    Horty se sentó, estupefacto.

    —Zee…, ¡es de noche!
    —Vístete —dijo Zena entre dientes—. Vamos, criatura. No puedes ser un bebé toda la vida.

    Horty se sentó al borde de la cama y apartó las últimas brumas de sueño.

    —¡Zee! —exclamó de pronto—. ¿Pero quieres que me vaya? ¿Que deje la feria, y a Havana, y que te deje a ti?
    —Eso es. Vístete, Horty.
    —Pero… ¿dónde iré? —Buscó sus ropas—. ¿Qué haré? ¡No conozco a nadie en estos sitios!
    —¿Sabes dónde estamos? A ochenta kilómetros de tu pueblo. No estaremos más cerca este año. Además, has vivido aquí demasiado tiempo —añadió suavemente—. Debiste haberte ido antes. El año pasado, hace dos años, quizá.

    Le alcanzó una blusa limpia.

    —¿Pero por qué, por qué? —preguntó Horty implacablemente.
    —Llámalo una corazonada, si quieres, aunque no es eso en verdad. No debes ver al Caníbal mañana. Debes alejarte, y no volver nunca.
    —¡No puedo irme! —dijo Horty infantilmente, protestando, pero sin dejar de vestirse—. ¿Qué vas a decirle al Caníbal?
    —Que recibiste un telegrama de tu prima o algo parecido. Déjamelo a mí. No te preocupes.
    —¿Pero nunca… nunca volveré?
    —Si un día te encuentras con el Caníbal, vuélvete y corre. Escóndete. Haz cualquier cosa, pero no dejes que se te acerque mientras vivas.
    —¿Y tú, Zee? ¡No volveré a verte!

    Horty cerró la plateada camisa y esperó muy quieto a que Zena le pintase las cejas.

    —Sí, me verás —dijo Zena dulcemente—. Algún día. De algún modo. Escríbeme y dime dónde estás.
    —¿Escribirte? ¿Y si el Caníbal ve mi carta? ¿No importará?
    —Sí, importará. —Zena se sentó y miró a Horty con una mirada ausente y apreciativamente femenina—. Escríbele a Havana. Una postal. No la firmes. Escríbela a máquina. Anuncia algo…, sombreros, o peluquerías, o cualquier cosa. Pon en el dorso tu dirección, pero invirtiendo cada par de números. ¿Recordarás eso?
    —Lo recordaré —dijo Horty vagamente.
    —Sé que sí. Nunca olvidas nada. ¿Sabes qué vas a aprender ahora, Horty?
    —¿Qué?
    —Vas a aprender a usar lo que sabes. Eres aún un niño. Si fueras otro, diría que eres un caso de desarrollo retardado. Pero todos esos libros que leíste y estudiaste… ¿Recuerdas la anatomía, Horty? ¿Y la fisiología?
    —Claro, y la ciencia y la historia y la música y todo eso. Zee, ¿qué voy a hacer? ¡Nadie me dirá nada!
    —Te lo dirás tu mismo.
    —¡No sé cómo empezar! —gimoteó Horty.
    —Querido, querido… —Zena se acercó y le besó la frente y la punta de la nariz—. Irás a la carretera, ¿entiendes? Irás por donde nadie te vea, carretera abajo, durante casi un kilómetro. Luego tomarás un autobús. Viaja sólo en autobús. Cuando llegues a la ciudad, espera en la estación hasta las nueve de la mañana, y luego búscate un cuarto en una casa de huéspedes. Una casa tranquila, en una calle apartada. No gastes mucho dinero. Búscate un trabajo tan pronto como puedas. Será mejor que seas un muchacho, así el Caníbal no sabrá dónde buscarte.
    —¿Creceré? —preguntó Horty, con el temor profesional de todos los enanos.
    —Quizá. Depende. No busques a Kay y a ese Armand hasta que estés preparado.
    —¿Cuándo sabré que estoy preparado?
    —Lo sabrás. ¿Tienes tu libreta de banco? Sigue enviando dinero por correo, como lo hiciste hasta ahora. ¿Tienes bastante dinero? No te preocupes, Horty. Todo irá bien. No le pidas nada a nadie. No le cuentes nada a nadie. Haz las cosas solo, o no las hagas.
    —Ése no es mi mundo.
    —Ya lo sé. Pero lo será. Como te ocurrió aquí.

    Moviéndose graciosa y fácilmente sobre los tacones altos, Horty fue hacia la puerta.

    —Bueno, adiós, Zee. Me… me gustaría… ¿No podrías venir conmigo?

    Zena sacudió la brillante melena oscura.

    —No me atrevo, Kiddo. Soy el único ser humano con quien habla el Caníbal, con quien habla realmente. Y tengo que… que vigilar lo que hace.
    —Oh.

    Horty nunca preguntaba lo que no debía preguntar. Infantil, desamparado, implícitamente obediente, producto funcional y exacto de aquel mundo, sonrió temerosamente a Zee, y se volvió hacia la puerta.

    —Adiós, querido —murmuró Zena, sonriendo.

    Cuando Horty hubo desaparecido, Zena se echó en la cama y lloró. Lloró toda la noche. Sólo a la mañana siguiente recordó los ojos de Junky.


    8


    HABÍAN PASADO doce años desde que Kay Hallowell, asomada a la ventana de la cocina, viera cómo Horty se subía al camión de brillantes colores y se perdía en la noche brumosa. No habían sido buenos años para los Hallowell. Se habían mudado a una casa más pequeña, y luego a una casa de la vecindad, donde había muerto la madre. El padre había aguantado un poco más, y al fin se había reunido con su mujer. Kay, que tenía entonces diecinueve años, dejó sus estudios y empezó a trabajar para ayudar a que su hermano cursara medicina.Era una muchacha rubia, fresca, tranquila y cuidadosa, con ojos de color de crepúsculo. Llevaba una buena carga sobre los hombros, muy derechos. Interiormente tenía miedo de tener miedo, miedo de que influyesen en ella, la sacudieran, la conmovieran. Se presentaba pues exteriormente con una actitud sería y estudiada. La tarea en la que estaba empeñada ahora era ir adelante, ayudar a Bobby a vencer los obstáculos de la carrera de médico, y tener casa y ropas decentes. Quizá algún día pudiese descansar y divertirse un poco, pero no ahora. No mañana, ni la semana siguiente. Algún día. Ahora, cuando iba a un baile, o a un espectáculo, sólo podía disfrutar prudentemente, sin permitir que salidas tardías, o nuevos intereses, o la sola distracción interfirieran en su trabajo. Era lamentable, pues había en ella una gran capacidad de alegría.

    —Buenos días, señor juez. —Cómo odiaba a ese hombre, de manos blandas y blancas, que arrugaba continuamente la nariz. El jefe de Kay, T. Spinney Hartford, de Benson, Hartford y Hartford, era un hombre bastante simpático; pero trataba con raros ejemplares. Oh, bueno, así era el mundo de las leyes—. El señor Hartford estará con usted en seguida. Siéntese, señor juez.

    ¡No ahí, Ojos Húmedos! Oh, Señor, junto a mi escritorio. Bueno, como siempre.

    Kay le sonrió mecánicamente y fue hasta los archivos del otro lado del cuarto antes de que el hombre iniciara su acostumbrada letanía, llorosa e incomprensible. Kay odiaba perder el tiempo. No necesitaba nada en los archivos. Pero no podía sentarse al escritorio e ignorarlo, y por lo menos el juez no gritaría desde el otro extremo de la sala. El hombre prefería esa técnica que Thorne Smith ha llamado «una voz tan baja como sus intenciones».

    Kay sintió aquella mirada húmeda en la espalda, las caderas, las costuras de las medias, de arriba abajo. Se le puso la carne de gallina. Esto no resultaba. Quizá sería mejor desde cerca, donde podría parar los golpes. Volvió al escritorio, le hizo la misma sonrisa, e hizo aparecer rápidamente la máquina de escribir. Puso un papel de carta y empezó a golpear.

    —Señorita Hallowell.

    Kay siguió escribiendo.

    —Señorita Hallowell. —El hombre extendió la mano y le tomó la muñeca—. Por favor, no trabaje tanto. Nos vemos tan poco.

    Kay dejó caer las manos en el regazo. Una de ellas, por lo menos. La otra quedó dócilmente en las manos fofas y blancas del juez. Al fin se libró, cruzó las manos y se quedó mirándolas. ¡Esa voz! Le parecía que si alzaba los ojos vería un hilo de baba en el mentón del juez.

    —¿Sí, señor juez?
    —¿Está contenta aquí?
    —Sí, el señor Hartford es muy bueno.
    —Un hombre muy agradable. Muy agradable. —El juez esperó, hasta que Kay se sintió tan estúpida mirándose las manos que al fin alzó la cabeza. Él dijo entonces—: Piensa quedarse un tiempo.
    —No veo por qué… Es decir, me gustaría.
    —El hombre propone… —murmuró el juez.

    ¿Qué era eso? ¿Una amenaza? ¿Por qué este grotesco y viscoso individuo se metía en su trabajo? El señor Hartford es un hombre muy agradable. Oh. Oh, Señor. El señor Hartford era abogado y a veces tenía casos en el tribunal del juez. Algunos dependían de matices de interpretación. Muy agradable. Claro que el señor Hartford era un hombre agradable. Tenía que ganarse la vida.

    Kay esperó la continuación. Llegó pronto.

    —No tendrá que trabajar aquí más de dos años, creo saber.
    —Cómo… ¿Por qué? Oh, ¿cómo lo sabe?
    —Mi querida —dijo el hombre con insípida modestia—, conozco bien mis archivos. Su padre era un hombre prudente. Cuando usted cumpla los veintiún años, dispondrá de una buena cantidad de dinero, ¿eh?

    No es asunto tuyo, vieja hiena.

    —Bueno, en realidad, no cambiará mucho mi vida, señor juez. Ese dinero es para Bobby, mi hermano. Podrá terminar su carrera, y hasta especializarse si quiere. Luego no habrá inquietudes. Aguantaremos hasta entonces. Pero yo seguiré trabajando.
    —Admirable. —El hombre le hizo una mueca arrugando la nariz, y Kay se mordió los labios y se miró las manos otra vez—. Encantador —añadió el juez apreciativamente. Kay esperó de nuevo. Ahora vendría la tercera movida. El juez suspiró—. ¿Sabía usted que una vez embargaron esa fortuna, por un viejo negocio?
    —Bueno… Algo he oído. Pero cuando la compañía de camiones absorbió la vieja sociedad, se rompieron los contratos.
    —Quedaron unos papeles. Todavía los tengo. Su padre era un hombre confiado.
    —Esa cuenta fue arreglada hace tiempo, señor juez, y más de dos veces.

    Los ojos de Kay tenían a veces el color gris de las nubes de tormenta.

    El juez se reclinó en su silla y juntó las puntas de los dedos.

    —Es un asunto que podría ir a la justicia. A mi tribunal, por ejemplo.

    El hombre podía quitarle el empleo. Quizá podía quitarle el dinero también, y destruir así la carrera de Bobby. La alternativa… bueno, era previsible.

    No se engañaba.

    —Desde que perdí a mi querida esposa… —Kay recordaba a la querida esposa. Una criatura cruel, bastante lista como para empujar a su marido al puesto de juez, pero nada más— estoy muy solo, señorita Hallowell. Nunca conocí a nadie como usted. Es usted hermosa, y quizá inteligente. Puede llegar lejos. Me gustaría conocerla mejor.

    Pasarás por encima de mi cadáver, pensó Kay.

    —¿De veras? —dijo inexpresivamente, tiesa de disgusto y miedo.

    El juez fue más explícito.

    —Una muchacha encantadora como usted, con tan buen empleo, y con esa fortunita que la espera… si nada ocurre. —El hombre se inclinó hacia adelante—. La llamaré Kay desde ahora. Nos entenderemos, sin duda.
    —¡No!

    Kay había entendido demasiado.

    —Me hará muy feliz explicárselo mejor —dijo el juez con una risita—. Esta noche, digamos. Tarde. Un hombre de mi posición… ejem… no puede exhibirse a la luz del día.

    Kay no dijo nada.

    —Hay un lugarcito —prosiguió el juez— llamado "Club Nemo", en Oak Street. ¿Lo conoce?
    —Creo… que lo he visto —dijo Kay dificultosamente.
    —A la una —dijo él, muy animado. Se incorporó y se inclinó hacia ella. Olía a loción rancia—. No me agradaría ir inútilmente. Cuento con usted.

    Los pensamientos de Kay se precipitaban. Se sentía furiosa y tenía miedo, dos emociones que había evitado durante años. Quería hacer varias cosas. Quería gritar, y vomitar allí mismo el desayuno. Quería decirle al juez algunas verdades. Quería entrar en la oficina del señor Hartford y preguntarle si sus deberes de estenógrafa incluían esto, esto y aquello.

    Pero allá estaba Bobby, iniciando su carrera. Kay conocía la pena de renunciar a una vocación. Y el pobre, inquieto y preocupado señor Hartford no querría hacerle daño, pero no sabría manejar esta historia. Y algo más, algo que el juez aparentemente no sospechaba: la habilidad que tenía ella de caer siempre de pie.

    Así que en vez de hacer cualquiera de las cosas que quería hacer, Kay sonrió tímidamente y dijo:

    —Veremos…
    —Nos veremos —corrigió el juez—. Nos veremos mucho.

    Kay sintió otra vez aquella mirada húmeda, en el cuello, en las axilas.

    Una luz se encendió en el escritorio.

    —El señor Hartford ya puede recibirlo, señor juez Bluett —dijo ella.

    El juez le pellizcó la mejilla.

    —Puedes llamarme Armand —susurró—. Cuando estemos solos, naturalmente.


    9


    CUANDO ELLA llegó, el hombre ya estaba allí. Kay se había retrasado un poco, sólo unos minutos. Pero eran minutos que se habían sumado a horas de odio impotente, disgusto y miedo.Kay entró en el club y se detuvo un momento. Todo era suave… luces suaves, colores suaves, música suave, que ejecutaba un trío. Había muy pocos clientes, todos desconocidos. Kay descubrió al fin el reflejo de una cabellera plateada detrás de la plataforma de la orquesta, junto a una mesa sombría. Se acercó suponiendo que el juez debía de haber elegido esa mesa, no porque lo hubiese reconocido.

    El juez se incorporó y apartó una silla.

    —Sabía que vendrías —dijo.

    ¿Cómo podía evitarlo, viejo canalla?, pensó Kay.

    —Naturalmente —dijo—. Lamento haberle hecho esperar.
    —Me alegra que lo lamentes, pues si no yo haría que lamentases no haberte lamentado.

    El juez se rió, con una risa que revelaba, únicamente, el placer que le daba la idea. Pasó la mano por el brazo de Kay, poniéndole otra vez la carne de gallina.

    —Kay. Mi linda y chiquita Kay —gimió—. Te confesaré algo. Esta mañana te presioné un poco.
    —¿Sí? —preguntó Kay.
    —Quizá no te diste cuenta. Bueno, quiero decírtelo. No hablaba seriamente…, excepto cuando recordé mi soledad. La gente no entiende que además de juez soy hombre.

    Y yo soy esa gente, pensó Kay. Le sonrió. Era un proceso bastante complicado. En aquel persuasivo y lacrimoso discurso, la voz del juez se había transformado en un gimoteo, y su cara en la cara tristona de un perro de aguas. Kay había entornado los ojos para borrar esta impresión, y vio aparecer la sorprendente imagen de una llorosa cabeza de perro sobre una camisa de cuello duro. Recordó la frase oída en otro tiempo: «Lo dejaron así los continuos ladridos de la madre». Por eso había sonreído. El juez no entendió ni la sonrisa ni la mirada de la muchacha y le acarició otra vez el brazo. Kay dejó de sonreír, aunque siguió mostrando los dientes.

    —Me explicaré —canturreó el hombre—. Quisiera gustarte por mí mismo. Lamento aquella presión. Pero no quería fracasar. De todos modos, todo está permitido… ya sabes.
    —… en la guerra y el amor —concluyó Kay dócilmente, pensado que se trataba en verdad de una guerra. Quiéreme por lo que soy, o ya verás.
    —No soy exigente —emitieron los labios húmedos—. Pero un hombre necesita ternura…

    Kay cerró los ojos para que el juez no viera que los alzaba al cielo. No es exigente. Sólo se cuida y esconde para salvaguardar su posición. Sólo debo soportar esa cara, esa voz, esas manos… cerdo, chantajista, viejo sátiro de dedos sucios. Bobby, Bobby, pensó con angustia, trata de ser un buen médico.

    Hubo mucho de esto, mucho más. Llegó una bebida. La elección del juez para una muchacha inocente. Un cóctel azucarado de jerez. Era demasiado dulce, y la espuma se le pegaba desagradablemente a los labios pintados. Bebió unos sorbos y se dejó llevar por la marea sentimental. Asentía de cuando en cuando con un movimiento de cabeza, sonreía, y, si le era posible, dejaba de oír la voz del hombre y escuchaba la música. Era un trío competente y claro —Hammond Solovox, contrabajo y guitarra— y durante un tiempo no hubo para Kay nada mejor en el mundo.

    El juez Bluett tenía, parecía ahora, un lugarcito detrás de una tienda, en los suburbios.

    —El juez trabaja en la corte y sus cámaras —entonó él— y tiene una hermosa mansión en la colina. Pero Bluett, el hombre, tiene también su lugar, un lugar cómodo, un diamante en un marco rústico, un lugar donde puede quitarse las negras togas, las dignidades y honores, y recordar que una sangre roja le corre por las venas.
    —Debe de ser encantador —dijo Kay.
    —Uno puede esconderse ahí del mundo —dijo el juez, expansivo—. En verdad, diría que pueden esconderse dos. Todas las comodidades. Un sótano con bebidas y una despensa al alcance de la mano. Una caverna civilizada con pan, vino y la… bueno… oh…

    El juez terminó su descripción con un ronco gemido, y Kay tuvo la disparatada impresión de que si a Bluett se le saliesen los ojos un centímetro más, un hombre podría sentarse en uno de ellos y observar cómo sobresalía el otro.

    Kay cerró los ojos otra vez y examinó mentalmente sus reservas. No podría resistir más de diez segundos. Dieciocho. Dieciséis. Oh, magnífico. La carrera de Bobby que se hace humo… en una nube en forma de hongo sobre una mesa para dos.

    El juez juntó los pies y se incorporó.

    —Me excusarás un momento —dijo, casi saludando con un entrechocar de talones. Hizo un chistecito sobre una santabárbara y las inevitables necesidades humanas. Se alejó, se volvió y señaló que ésta era la primera de las pequeñas intimidades que habría entre ellos. Se fue una vez más, volvió a retroceder y dijo—: Piénsalo. ¿Por qué no refugiamos esta misma noche en ese país encantado?

    Desapareció al fin. Si se hubiera vuelto otra vez hubiese recibido un taco alto a la altura de su reloj de bolsillo.

    Cuando Kay se vio sola en la mesa, pareció derrumbarse. La ira y el desprecio la habían sostenido hasta entonces. Ahora, durante un momento, sólo sintió miedo y cansancio. Encorvó los hombros, se inclinó hacia delante apoyando la barbilla en el pecho, y una lágrima le rodó por la mejilla. No, esto era más que horroroso. Era un precio excesivo, aun por una clínica Mayo llena de doctores. Algo tenía que ocurrir, en seguida.

    Algo ocurrió. Sobre el mantel, frente a ella, apareció un par de manos.

    Kay alzó los ojos y se encontró con la mirada de un hombre joven. Era de cara ancha y común, casi tan rubio como ella, aunque de ojos oscuros. Tenía una boca agradable.

    —Cuando tratan asuntos sentimentales —dijo el joven—, muchos no distinguen un músico de una maceta. Está usted en apuros, señorita.

    Kay sintió que la ira subía en ella otra vez, pero que cedía luego, aplastada por una marea de confusión.

    —Por favor, déjeme sola —atinó a decir.
    —No puedo. Oí la cantinela.

    Con un movimiento de cabeza el joven señaló los fondos del salón.

    —Hay un modo de escapar, si confía en mí.
    —Prefiero el mal conocido —dijo Kay fríamente.
    —Escúcheme. Es decir, escuche hasta que yo haya terminado. Luego haga lo que se le antoje. Cuando él vuelva a la mesa, despídalo. Prometa encontrarlo aquí, mañana por la noche. Represente bien su papel. Luego dígale que será mejor que no salgan juntos, que podrían verlos. Él mismo pensará en eso, por otra parte.
    —¿Y una vez que se vaya quedo en sus bondadosas manos?
    —¡No sea terca! Perdón. No, usted se irá antes. Vaya a la estación y tome el primer tren. Hay uno hacia el norte a las tres, y otro hacia el sur a las tres y doce. Tome cualquiera. Váyase a alguna otra parte, escóndase, busque otro trabajo, y no aparezca por aquí.
    —¿Y con qué? Sólo me quedan tres dólares.

    El joven sacó una gran billetera del bolsillo interior de la chaqueta.

    —Aquí tiene trescientos. Es usted bastante inteligente y le bastarán.
    —¡Está loco! No me conoce, y no lo conozco. Además, no tengo nada que venderle.

    El hombre torció la cara, exasperado.

    —¿Quién habló de eso? Le dije que tomara un tren, cualquier tren. Nadie va a seguirla.
    —Está usted loco. ¿Cómo voy a devolvérselo?
    —No se preocupe. Trabajo aquí. Venga alguna vez, durante el día si quiere, cuando yo no estoy, y deje el dinero a mi nombre.
    —Pero entonces, ¿por qué quiere ayudarme?

    El joven habló con una voz muy dulce.

    —Digamos que es ese instinto que me lleva a alimentar con pescado fresco a los gatos de albañal. Oh, no discuta, por favor. Necesita una solución y aquí la tiene.
    —¡No puede hacerlo!
    —¿Tiene una buena imaginación? ¿Una imaginación visual?
    —Bueno… supongo que sí.
    —Entonces perdóneme, pero necesita una paliza. Si no hace lo que le digo, ese canalla va a…

    Y con una media docena de claras y simples palabras le dijo lo que el canalla haría. Luego, con un solo movimiento, le metió los billetes en la cartera y volvió a la plataforma de los músicos.

    Kay, enferma, temblando, esperó a que Bluett regresara. Tenía una imaginación particularmente vivida.

    —¿Sabes qué hice en este tiempo? —dijo el juez instalándose en su silla y pidiendo la cuenta.

    La pregunta que necesito, pensó Kay.

    —¿Qué? —dijo inocentemente.
    —Pensaba en ese lugarcito, y qué maravilloso sería que yo pudiese escaparme, luego de un día de duro trabajo en la corte, y te encontrara allí. —El hombre sonrió fatuamente—. Y nadie sospecharía nada.

    Kay lanzó un «Perdóname, Señor, no sé lo que hago», y dijo con claridad:

    —Me parece una idea maravillosa. Realmente maravillosa.
    —Y entonces… ¿Qué?

    Durante un momento, Kay casi lo compadeció. El hombre había tendido sus líneas con tanto cuidado, se había afilado y aceitado las garras, preparándose a echar el anzuelo, y ella se había acercado lentamente y le había mostrado de pronto una cesta de pescado.

    —Bueno —dijo el juez—. Bueno, yo, claro… Sí… ¡Camarero!
    —Pero —dijo Kay con aire de dignidad—, no esta noche, Armand.
    —Vamos, Kay. Échale una ojeada. No es lejos.

    Kay, figuradamente, se escupió las manos, y se zambulló… preguntándose, de un modo oscuro, cuándo habría tomado esta decisión fantástica. Batió las pestañas, delicadamente, sólo dos veces, y dijo con dulzura:

    —Armand, no soy una persona de experiencia, como usted, y yo… —titubeó, y bajó la vista— quiero que sea perfecto. Esta noche, todo ha sido tan repentino, e inesperado. Y es terriblemente tarde, y los dos nos hemos cansado mucho, y es necesario que yo llegue temprano a la oficina. Pero no será lo mismo mañana, y además… —y aquí la joven se detuvo e ideó espontáneamente la más difusa y colorida declaración de toda su vida—. Además —dijo agitando hermosamente las manos—, no estoy preparada.

    Kay miró al juez de reojo y vio en el rostro huesudo cuatro expresiones diferentes, una tras otra, descubriendo que aún podía asombrarse. No había imaginado más que tres posibles reacciones del juez. En ese momento, el guitarrista, detrás de ella, en medio de un fluido glissando, tropezó con el dedo meñique en la cuerda de do.

    Antes que Armand Bluett recuperara el aliento, Kay dijo:

    —Mañana, Armand. Pero… —La muchacha enrojeció de pronto. En otro tiempo, cuando leía Ivanhoe y El cazador de venados, había practicado delante de un espejo, tratando de enrojecer voluntariamente. Nunca lo había conseguido. Sin embargo, ahora estaba roja hasta las orejas—. Pero más temprano —concluyó.

    Kay se asombró esta vez de sí misma, pensando cómo no se le había ocurrido antes.

    —¿Mañana por la noche? ¿Irás? —dijo Bluett—. ¿De veras?
    —¿A qué hora, Armand? —le preguntó Kay con aire sumiso.
    —Bueno… ¿Las once?
    —Oh, entonces habrá aquí mucha gente. A las diez, antes que terminen los teatros.
    —Ya sabía que eras una chica inteligente —dijo Bluett, admirado.

    Kay insistió con firmeza.

    —Hay siempre demasiada gente —dijo mirando alrededor—. Creo que no debemos salir juntos. Por si acaso.

    Bluett sacudió la cabeza asombrado, pero sonriendo.

    —Me… —Kay hizo una pausa mirando los ojos y la boca del juez—. Me iré, así. —Castañeteó los dedos—. Sin despedidas…

    Kay se incorporó y escapó apretando la cartera contra el cuerpo. Cuando pasaba por el extremo de la plataforma de los músicos, el guitarrista, en voz baja, moviendo apenas los labios, le dijo:

    —Magnífico, pero enjuagúese la boca con alcohol.


    10


    AL DÍA SIGUIENTE, SU señoría Armand Bluett dejó los tribunales poco después del mediodía. Lanzando a un lado y a otro miradas de reojo, cruzó el pueblo en taxi, pagó al chófer, y se metió furtivamente en una callejuela. Pasó dos veces ante una casa, para asegurarse de que no lo seguían, y al fin se escurrió llave en mano.Arriba, examinó minuciosamente su escondrijo de dos habitaciones, baño y cocina. Abrió todas las ventanas para airear el ambiente. Entre los cojines del sofá encontró un pañuelo de seda multicolor que no perdía su barato perfume. Lo dejó caer en el incinerador con una mueca de disgusto.

    —Ya no necesitaremos esto.

    Inspeccionó la nevera, los estantes de la cocina, el cuarto de baño. Hizo correr el agua y encendió el gas. Probó las lámparas, la araña, la radio. Pasó un pequeño aspirador sobre las alfombras y las cortinas pesadas. Al fin, con un gruñido de satisfacción, entró en el baño, se afeitó y se dio una ducha. Siguieron nubes de talco y una neblina de colonia. Se cortó las uñas de los pies, y luego movió el espejo sacando pecho y admirándose a través de un ego color de rosa.

    Se vistió cuidadosamente con un traje gris claro y una corbata diseñada especialmente para contraer pupilas. Volvió a posar ante el espejo un cuarto de hora. Se sentó, se pintó las uñas con esmalte transparente, y fue soñadoramente de un lado a otro sacudiendo las fofas manos e ideando minuciosos pensamientos, recitando, a media voz, líneas de un diálogo sofisticado e ingenioso. «¿Quién te ha pulido los ojos?», murmuraba, y «Mi querida, querida niña, esto no fue nada, realmente nada. Un estudio en armonía antes de las complejas instrumentaciones de la carne»… No, no, es demasiado joven para eso. «Eres la crema de mi café.» No, no soy yo bastante viejo para eso.

    Así llegó agradablemente la noche. Salió a las ocho y media para cenar en un restaurante de especialidades marinas. A las nueve y cincuenta llegó al Club Nemo y se instaló en la misma mesa de la noche anterior, puliéndose las uñas brillantes en las solapas, humedeciéndose los labios, y secándoselos en seguida discretamente con una servilleta.

    Kay llegó a las diez.

    La noche anterior, Bluett se había levantado al ver a Kay, que atravesaba en ese momento la pista de baile. Esta noche estuvo a su lado antes que la muchacha llegara a la pista.

    Kay se había transformado. Encarnaba ahora las más alocadas visiones de Bluett.

    El cabello echado hacia atrás encuadraba el rostro con pequeños rizos. Los ojos, hábilmente sombreados, parecían de un azul violáceo. Llevaba una capa larga de alguna tela pesada, y, debajo, una blusa ceñida de lustrosa seda negra y una falda negra con un corte transversal.

    —Armand… —susurró, tendiéndole las manos.

    Bluett tomó las manos de la muchacha entre las suyas. Abrió y cerró la boca dos veces antes de poder hablar, y Kay se adelantó hacia la mesa con pasos largos y desenvueltos. Bluett la siguió y vio que Kay se detenía ante los músicos, que empezaban a tocar, y le lanzaba al guitarrista una mirada de desdén. Cuando llegaron a la mesa, la muchacha soltó el broche de la capa y la dejó caer. Armand Bluett estaba allí para recibirla. Se quedó de pie, mirándola tanto tiempo que ella se rió.

    —¿No va a hablar? —preguntó.
    —Me he quedado sin habla —dijo él, y pensó: Caramba, esto ha sido muy oportuno.

    Vino un camarero y Bluett pidió esta vez un daiquiri para Kay. Nunca había visto una muchacha que le recordara menos un jerez con azúcar.

    —Soy un ser afortunado —dijo.

    Por segunda vez hablaba espontáneamente.

    —No tan afortunado como yo —dijo Kay, y parecía sincera.

    Le sacó a Bluett la punta de una lengua rosada, le brillaron los ojos, y se rió. Bluett sintió que el cuarto le daba vueltas. Miró las manos de Kay, que jugueteaban con una cajita de polvos.

    —Me parece que nunca me había fijado en tus manos —dijo.
    —Oh —exclamó Kay, riéndose con una risa cristalina—. Me gustan mucho las cosas que usted dice, Armand —y puso las manos sobre las de Bluett.

    Eran manos largas, fuertes, de palmas cuadradas, dedos ahuesados y la piel más dulce del mundo.

    Llegaron las bebidas, Armand soltó de mala gana las manos de Kay y ambos se reclinaron en las sillas, mirándose.

    —¿No le alegra haber esperado? —dijo ella.
    —Oh, sí… Sí, de veras.

    De pronto, esperar era intolerable. Casi inadvertidamente, Armand tomó el vaso y lo vació de un trago.

    El guitarrista equivocó una nota. Kay parecía triste.

    —No se está muy bien aquí esta noche, ¿verdad? —dijo Armand.

    Los ojos de Kay chispearon.

    —¿Conoce un sitio mejor? —preguntó suavemente.

    El corazón del juez dio un salto y le pareció que le golpeaba la manzana de Adán.

    —Ciertamente —dijo cuando recuperó el aliento.

    Kay inclinó la cabeza con una curiosa expresión de aceptación voluntaria que casi lastimó al juez. El hombre echó un billete sobre la mesa, le puso a Kay la capa sobre los hombros, y la llevó afuera.

    En el coche, antes casi de que hubieran llegado a la esquina, el juez intentó abrazarla. Kay no se movió, aparentemente, pero apartó el cuerpo bajo la capa y Armand se encontró con dos pliegues de género en las manos. El perfil de Kay sonreía ligeramente, y se sacudía. Era un «no» mudo pero claro. Era también un homenaje reconocido al bajo índice de fricción de la seda.

    —Nunca imaginé que fueses así —dijo Armand.
    —¿Así cómo?
    —No eras así anoche —farfulló él.

    Kay insistió alegremente.

    —¿Cómo, Armand?
    —No eras tan… quiero decir, no parecías tan segura de ti misma.

    Kay lo miró.

    —No estaba preparada.
    —Oh, comprendo —mintió Armand.

    La conversación decayó. Al fin el taxi se detuvo en una esquina, cerca del escondrijo de Armand. El hombre sentía que no dominaba la situación. Pero si ella continuaba mostrando el camino como hasta ahora, él la seguiría de buena gana.

    Caminaron por la estrecha y sucia callejuela y el juez dijo: —No mires, Kay. Es muy distinto arriba.

    —Todo es lo mismo cuando estamos juntos —dijo Kay pisando alguna basura.

    Armand se alegró mucho.

    Subieron las escaleras y Armand abrió la puerta de par en par con un gran ademán.

    —Entrad, hermosa señora, en el país de los lotófagos.

    Kay entró haciendo una pirueta y chilló de admiración ante las cortinas, lámparas y cuadros. Armand cerró la puerta, echó el cerrojo, tiró el sombrero sobre el diván, y se acercó a Kay. La muchacha se apartó con un saltito.

    —¡Qué modo de empezar! —cantó—. Dejando ahí el sombrero. ¿No sabe que trae mala suerte poner el sombrero sobre la cama?
    —Hoy es mi día —declaró Armand.
    —También el mío, así que no lo estropeemos. Pretendamos que hemos estado siempre aquí, y que no nos iremos nunca.

    Armand sonrió.

    —Me parece muy bien.
    —Me alegra. De ese modo —continuó Kay, alejándose de un rincón al ver que Armand se le acercaba— no hay prisa. Podríamos beber algo.
    —Pídeme la luna —canturreó Armand. Abrió la cocina—. ¿Qué te gustaría?
    —Oh, qué hermosura. Déjeme, déjeme. Vaya al otro cuarto y espere, señor hombre. Esto es cosa de mujeres.

    Kay lo apartó y se puso a mezclar bebidas.

    Armand se estiró en el diván, con los pies en la mesita de café de roble, y escuchó los agradables tintineos de la cocina. Se preguntó ociosamente si Kay le traería las zapatillas todas las noches.

    Kay entró deslizándose, con dos grandes vasos de cóctel en una bandejita. Se arrodilló escondiendo siempre una mano, puso el plato en la mesa, y se dejó caer en un sillón.

    —¿Qué escondes? —preguntó Armand.
    —Es un secreto.
    —Acércate.
    —Hablemos un rato primero. Por favor.
    —Un ratito —rió Armand—. Es culpa tuya, Kay. Eres tan hermosa. Me siento enloquecer, me siento impetuoso.

    Se frotó las manos. Kay cerró los ojos.

    —Armand…
    —Sí, mi chiquita —respondió Armand, protector.
    —¿Le hizo daño alguna vez a alguien?

    Armand se incorporó.

    —¿Yo? Kay, ¿me tienes miedo? —Hinchó ligeramente el pecho—. Pero, nenita, no te haré daño.
    —No hablo de mí —dijo Kay un poco impaciente—. ¿Le hizo daño a alguien?
    —Bueno, no. No intencionadamente. Recuerda que mi oficio es la justicia.
    —La justicia —dijo Kay como si estuviese saboreando algo—. Hay dos modos de hacer daño a la gente, Armand. Exteriormente, donde se ve, y adentro, en la mente, donde envenena y marca.
    —No te entiendo, Kay —dijo Armand, confuso, hablando otra vez con tono pomposo—. ¿A quién le he hecho daño?
    —A Kay Hallowell, por ejemplo —dijo la muchacha desinteresadamente—, con esa presión que ejerció usted sobre ella. No porque sea una menor. Es usted un criminal sólo en el papel, y ni siquiera para todos los Estados.
    —Bueno, escucha, jovencita…
    —… sino porque —continuó Kay serenamente— ha minado usted, sistemáticamente, la fe que ella tenía en los hombres. Si hay una justicia básica, es usted un criminal según sus normas.
    —Kay… ¿Qué te ha pasado? ¿De qué me hablas? ¡Basta! —Se reclinó en el diván y cruzó los brazos. Kay no se movió—. Ya sé —dijo Armand al fin—, estás bromeando. ¿No es así, nena?

    En el mismo tono monótono y desinteresado, Kay continuó:

    —Es usted culpable de hacer daño de los dos modos. Físicamente, lo que se ve, y psíquicamente. Se le castigará también de ambos modos, justicia Bluett.

    Armand resopló.

    —Suficiente. No te traje aquí para nada parecido. Quizá tenga que recordarte que conmigo no se juega. Tu herencia…
    —No estoy jugando, Armand.

    Se inclinó hacia él, sobre la mesita. El hombre alzó las manos.

    —¿Qué quieres? —susurró sin poder contenerse.
    —Su pañuelo.
    —Mi pa… ¿Qué?

    Kay se lo sacó del bolsillo de la chaqueta.

    —Gracias. —Mientras hablaba Kay sacudió el pañuelo, juntó dos puntas y las ató. Metió la mano en el aro del pañuelo, y lo subió hasta el antebrazo—. Lo lastimaré primero del modo que no se ve —dijo informativamente—, recordándole, de manera que no pueda olvidarlo, que una vez lastimó usted a otro.
    —Qué disparate…

    Kay buscó detrás de ella con la mano derecha y sacó lo que había escondido… un hacha nueva, afilada, pesada.

    Armand Bluett se acurrucó en el diván, entre los almohadones.

    —¡Kay! ¡No, no! —jadeó. Se le puso verde la cara—. No te he tocado, Kay. Sólo quería hablar. Quería ayudarte y ayudar a tu hermano. ¡Deja eso, Kay! —Babeaba de terror—. ¿No podemos ser amigos, Kay?
    —¡Cállese! —siseó la joven. Alzó el hacha, dejando la mano izquierda sobre la mesa e inclinándose hacia él. Las líneas, superficies y curvas del rostro de la joven expresaban un profundo desprecio—. Ya le he dicho que el castigo físico vendrá luego. Piénselo mientras espera.

    El hacha se alzó y bajó, en un arco, impulsada por un cuerpo en tensión. Armand Bluett chilló. Fue un sonido agudo, ronco, ridículo. Cerró los ojos. El hacha golpeó la superficie de la mesita. Armand se retorció entre los almohadones, como un cangrejo, de costado, a lo largo de la pared, hasta que no pudo moverse. Se detuvo grotescamente, en cuatro patas, en un rincón, con el mentón cubierto de sudor y baba. Abrió los ojos.

    Aquella huida histérica había durado, parecía, una fracción de segundo. Kay, inclinada aún sobre la mesita, no había soltado el hacha. El filo se había hundido en la gruesa madera, luego de traspasar los huesos y la carne.

    Kay tomó un cortapapeles de bronce y lo pasó bajo el pañuelo. Al enderezarse, una brillante sangre arterial salió por los muñones de los tres dedos seccionados. Estaba pálida bajo los cosméticos, pero no había cambiado fundamentalmente. Mostraba aún el mismo y orgulloso desprecio. Erguida y alta, retorcía el pañuelo con el cortapapeles, en un torniquete, y miraba fijamente a Armand.

    La joven escupió al fin y dijo:

    —¿No supera esto lo que usted planeó? Ahora tiene algo mío que podrá conservar. Mejor que usar algo y devolverlo.

    La hemorragia era ahora un hilo. Kay se acercó a la silla donde había dejado la cartera. La abrió y sacó un guante de goma. Sosteniendo el torniquete contra el brazo, se puso el guante y lo apretó.

    Armand Bluett empezó a vomitar.

    Kay se echó la capa sobre los hombros y fue hacia la puerta.

    Retiró el cerrojo, abrió, se volvió, y dijo con voz seductora:

    —Ha sido todo tan maravilloso, querido Armand. Repitámoslo pronto.

    Armand tardó casi una hora en salir de aquel pozo de terror. Se quedó allí tendido en el diván, entre sus propios vómitos, con los ojos clavados en el hacha y los tres dedos blancos.

    Tres dedos.

    Tres dedos de la mano izquierda.

    En alguna parte, en las profundidades de su mente, eso significaba algo. Pero no dejó que saliera a la luz. Tenía miedo. Sabía que cuando recordara, el terror acabaría con él.


    11


    Mi QUERIDO BOBBY, escribía Kay, no soporto la idea de que te devuelvan las cartas. Estoy bien. Esto es lo primero y esencial. Estoy muy bien, carita de mono, y no tienes por qué preocuparte. Tu gran hermana está muy bien.Aunque un poco confundida. Quizá en ese ordenado hospital esto tenga para ti más sentido. Trataré de ser clara y breve.

    Estaba una mañana en la oficina cuando entró ese espantoso juez Bluett. Tuvo que esperar unos minutos al viejo Wattles Hartford, y los empleó en hacerme la corte, con ese modo viscoso de siempre. Logré mantenerlo admirablemente a distancia hasta que la vieja comadreja recordó la herencia de papá. Ya sabes que nos la darán cuando yo cumpla veintiún años, a no ser que aparezca otra vez aquel viejo contrato. Habría que recurrir a la justicia. Y Bluett no es sólo el socio, sino también el juez. Aunque pudiésemos recusarlo como magistrado, convencería a cualquiera que ocupase su lugar. Bueno, se suponía que si yo era buena con su señoría, complaciendo sus gustos, no se discutiría el testamento. Me asusté mucho, Bobby. Sabes que tu carrera depende de ese dinero. No sabía qué hacer. Necesitaba tiempo para pensar. Prometí encontrarme con él aquella misma noche, tarde, en un club nocturno.

    Bobby, fue algo horrible. Yo estaba a punto de estallar, allí mismo, cuando el viejo baboso dejó un rato el salón. Pensé si seguiría luchando o escaparía. Tenía miedo, créeme. Y de pronto, alguien apareció a mi lado. Pienso que debería de ser mi ángel guardián. Parecía que había oído al juez y quería que yo huyese. Me asustó al principio y luego le vi la cara. Oh, Bobby, era una cara tan agradable. Quería darme algún dinero, y antes de que yo pudiese negarme me dijo cómo podría devolvérselo. Me dijo que dejara la ciudad en seguida, que tomase un tren, cualquier tren, no quería saber cuál. Y antes de que pudiera impedirlo, me metió trescientos dólares en la cartera, y se fue. Pero antes me dijo que aceptase una cita con el juez para la noche siguiente.

    Yo no pude reaccionar. El hombre había estado allí dos minutos y había hablado prácticamente sin parar. Y entonces volvió el juez. Le hice una caída de ojos como una verdadera mujer perdida, y me fui. Veinte minutos más tarde tomaba un tren a Eltonville y ni siquiera busqué un hotel, donde me registrarían el nombre. Esperé a que abriesen las tiendas, compré un maletín y un cepillo de dientes, y busqué una habitación. Dormí algunas horas y aquella misma tarde conseguí un empleo en el único negocio de discos del pueblo. Me pagan veintiséis dólares por semana, pero me las arreglo muy bien.

    Mientras tanto no sé qué ocurre en casa. Esperaré sin embargo. Tenemos tiempo, y por ahora estoy bien. No te daré mi dirección, querido, aunque escribiré a menudo. El juez Bluett puede poner las manos sobre estas cartas, de algún modo. Creo que vale la pena cuidarse. Es un hombre peligroso.

    Esta es pues la situación, querido. ¿Qué ocurrirá en el futuro? Busco en los diarios de ahí alguna noticia sobre su deshonrosa señoría el juez, y espero lo mejor. En cuanto a ti, no te preocupes. Gano pocos dólares menos que en el estudio de Hartford y estoy mucho más segura. Y el trabajo no es duro. La música le gusta a mucha gente simpática. Lamento otra vez no poder darte mi dirección, pero me parece lo más conveniente. Podemos esperar así que pase un año, si es necesario, y no será una gran pérdida. Trabaja mucho, querido. Estoy detrás de ti en un mil por ciento. Te escribiré pronto. Tu hermana que te quiere. Kay.


    Ésta fue la carta que un hombre del juez Armand Bluett encontró en el cuarto del estudiante Robert Hallowell, en la Facultad de Medicina del Estado.


    12


    —Sí SOY YO, Pierre Monetre. Entre.Monetre se hizo a un lado y la muchacha entró.

    —Se lo agradezco de veras, señor Monetre. Sé que es usted un hombre ocupado. Y quizá no pueda ayudarme.
    —Y quizá no quiera, aunque pueda —replicó Monetre—. Siéntese.

    La muchacha se sentó en una silla de madera, del otro lado de la mesa, mitad escritorio, mitad banco de trabajo, que ocupaba casi la mitad de la casa rodante. Monetre la miró fríamente. Pelo rubio y suave, ojos de un azul pizarra a veces, otros apenas más oscuros que el azul del cielo; una frialdad estudiada que él, con sus ejercitadas facultades, podía traspasar con facilidad. Está perturbada, pensó, asustada y avergonzada. Monetre esperó.

    —Hay algo que quiero saber —dijo al fin la joven—. Ocurrió hace años. Yo casi lo había olvidado, hasta que vi sus anuncios. Entonces, recordé. Quizá me equivoque, pero si…

    La muchacha juntó las manos. Monetre las miró y luego le clavó otra vez los fríos ojos.

    —Perdón, señor Monetre. No soy muy precisa. Pero todo es tan vago y tan… terriblemente importante. Cuando yo era niña, de siete u ocho años, un compañero de clase escapó de casa. Era de mi edad, y había tenido una pelea espantosa con el padre adoptivo. Creo que estaba lastimado. En la mano. No sé hasta qué punto. Fui probablemente la última persona que lo vio en la ciudad. Nunca volvió.

    Monetre recogió algunos papeles, los arregló, y los puso otra vez en la mesa.

    —No sé realmente qué puedo hacer por usted, señorita…
    —Hallowell, Kay Hallowell. Le ruego, señor Monetre, espere a que termine mi historia. He hecho cincuenta kilómetros para verlo. No quiero perder la menor oportunidad.
    —Por favor, nada de llantos o la pondré a la puerta —rugió Monetre. El tono era tan rudo, que Kay se sobresaltó. El hombre dijo entonces, suavemente—: Le ruego que continúe, señorita.
    —Gra—gracias. Seré breve… Fue poco después de oscurecer, una noche de lloviznas y niebla. Vivíamos junto a la carretera y yo había salido por la puerta de atrás para hacer algo… No recuerdo qué… En fin, él estaba allí, en la luces del tránsito. Le hablé. Me dijo que no le dijera a nadie que yo lo había visto, y así lo hice, hasta ahora. Luego… —Kay cerró los ojos, tratando de recordar aparentemente todos los detalles— creo que alguien me llamó. Lo dejé y volví a casa. Pero espié por la ventana y lo vi subir a un camión. Era de esta feria. Estoy segura. Los colores… Y ayer, cuando vi sus anuncios, recordé.

    Monetre esperaba con una mirada inexpresiva en los ojos hundidos. Pareció comprender, de pronto, que la muchacha había terminado.

    —¿Hace doce años? Y, supongo, yo debería saber si ese niño viajó con la feria.
    —Sí.
    —No. Yo me hubiera enterado.
    —Oh… —Era un sonido débil, triste, y sin embargo resignado. Kay no había esperado aparentemente otra cosa. Se dominó, y dijo—: Era menudo para su edad. Tenía un pelo muy oscuro y una cara puntiaguda. Lo llamaban Horty… Horton.
    —Horty… —Monetre buscó en su memoria. Había algo familiar en aquellas dos sílabas. Sí… Sacudió la cabeza—. No recuerdo a ningún niño llamado Horty.
    —Haga un esfuerzo, por favor. Hay algo que…

    Kay calló y miró a Monetre inquisitivamente. Monetre dijo:

    —Puede confiar en mí.

    Kay sonrió.

    —Gracias. Bueno, hay un hombre, una persona espantosa, el padre adoptivo del niño. Está haciéndome algo horrible. Una trampa legal. Y podría impedir que llegue a mis manos cierto dinero, en mi mayoría de edad. Lo necesito. No para mí. Para mi hermano. Será médico y…
    —No me gustan los médicos —dijo el hombre. Si el odio tiene una campana, como la libertad, esa campana resonó entonces en la voz de Pierre Monetre. Se incorporó—. Nada sé de un niño llamado Horty, que desapareció hace doce años. Y no me interesa encontrarlo. Y menos para ayudar a un hombre que será un parásito de sí mismo y se reirá de sus pacientes. No soy un secuestrador, y no quiero mezclarme en algo que huele de lejos a chantaje. Adiós.

    Kay se había incorporado también, con los ojos muy abiertos.

    —Lo… lo siento. Realmente, yo…
    —Adiós.

    Monetre habló ahora con una voz de terciopelo que usaba a veces para mostrar que su gentileza era un virtuosismo, un barniz. Kay se volvió hacia la puerta y la abrió. Se detuvo y miró por encima del hombro.

    —Podría dejarle mi dirección por si algún día usted…
    —No —dijo Monetre.

    Le dio la espalda y se sentó. Oyó que la puerta se cerraba.

    Cerró los ojos y las estrechas aberturas de la nariz se le agrandaron hasta parecer casi redondas. Humanos, humanos, y sus complejas, inútiles y triviales maquinaciones. No había misterio en los humanos; no había enigma. Los intereses de los hombres podían reducirse a un único tema: la ganancia. ¿Qué podían saber los hombres de una forma de vida donde no había idea de ganancia? ¿Qué podía decir un hombre de una raza de cristales, seres que no se interesaban en comunicarse o cooperar entre ellos?

    ¿Y qué harían los hombres —y aquí Monetre se permitió una sonrisa— si tuviesen que luchar con los cristales? ¿Cuando se encontraran con un enemigo que avanzaba un poco y no se molestaba en consolidar ese avance, y en seguida avanzaba de otro modo, de un modo diferente, en otro lugar?

    Monetre se hundió en una ensoñación esotérica, dirigiendo ejércitos de cristales contra una humanidad estúpida y prolífica, olvidando las inútiles preocupaciones de una muchacha que por alguna interesada razón personal buscaba a un niño perdido.

    —Eh, Caníbal…
    —¡Maldita sea! ¿Qué pasa ahora?

    La puerta se abrió prudentemente.

    —Caníbal, hay…
    —Entra, Havana, y habla. No me gustan los farfullones.

    Havana entró luego de dejar el cigarro en un escalón.

    —Hay un hombre que quiere verlo.

    Monetre le lanzó una mirada furiosa por encima del hombro.

    —Estás encaneciendo. Tíñete.
    —Bueno, bueno. Esta misma tarde. —Havana arrastró los pies miserablemente—. Y este hombre…
    —Hoy he completado mi cuota —dijo Monetre—. Gente inútil que persigue cosas imposibles y triviales. ¿Se ha ido ya esa chica?
    —Sí. Eso quería decirle. El hombre la vio también, y está esperando. Le preguntó a Johnward dónde podía encontrarlo a usted, y…
    —Creo que despediré a Johnward. Quiero un artista, no un ujier. No hace otra cosa que molestarme con gente.
    —Es un hombre importante —dijo tímidamente Havana—. Me preguntó al llegar si estaba usted ocupado. Le expliqué que sí, que hablaba usted con alguien. Me dijo entonces que esperaría. En ese momento se abrió la puerta y salió la muchacha. Se apoyó en el montante y se volvió para decirle algo a usted y el hombre importante casi cae redondo. De veras, Caníbal, nunca vi nada parecido. Se agarró de mi hombro con tanta fuerza que seguramente me dejó un moretón para una semana. «¡Es ella! ¡Es ella!», gritó. «¿Quién?», pregunté. «¡No quiero que me vea!», gritó el hombre. «¡Un demonio! ¡Se cortó los dedos y le crecieron otra vez!»

    Monetre se enderezó en su sillón y giró hasta enfrentarse con el enano.

    —Adelante, Havana —dijo suavemente.
    —Bueno, eso es todo. El hombre se escondió detrás de la barraca de Gogol y espió cuando pasaba la chica.
    —¿Y dónde está ahora?

    Havana miró por la puerta abierta.

    —Todavía ahí. Tiene mala cara. Parece que sufriera un ataque.

    Monetre dejó la silla y salió rápidamente, dejando que Havana decidiese si lo acompañaba o se quedaba. El enano se apartó, pero la huesuda cadera de Monetre alcanzó a golpearle la mejilla redonda.

    Monetre corrió hacia el hombre acurrucado aún detrás de la plataforma. Se arrodilló y le puso una mano en la frente, fría y húmeda.

    —Cálmese, señor —dijo con una voz grave y tranquilizadora—. Está usted seguro conmigo. —Monetre subrayó la palabra «seguro», pues el hombre, cualquiera que fuese la causa, transpiraba, temblaba y parecía paralizado por el miedo. Monetre no hizo preguntas y siguió entonando—: Está en buenas manos, señor. Fuera de peligro. Nada puede pasarle ahora. Venga. Beberemos algo. Le hará bien.

    El hombre fijó lentamente los ojos húmedos en Monetre. Pareció que recobraba poco a poco la lucidez.

    —Eh… un ataque… claro, sí… un desmayo. Lamento de veras…

    Monetre lo ayudó cortésmente a levantarse, recogió el sombrero que había rodado por el suelo, y le sacudió el polvo.

    —Mi oficina está ahí. Entre y siéntese.

    Puso una mano firme en el codo del hombre, lo llevó a la casa rodante, le ayudó a subir los dos escalones, y abrió la puerta.

    —¿Quiere recostarse unos minutos?
    —No, no, gracias. Es usted muy amable.
    —Siéntese aquí entonces. Le traeré algo.

    Monetre abrió un armario y eligió una botella de viejo oporto. Luego sacó un frasco de un cajón del escritorio y vertió dos gotas en un vaso, llenándolo con vino.

    —Beba esto —dijo—, le hará bien. Un poco de amital de sodio. Le calmará los nervios.
    —Gracias. Gracias. —El hombre bebió ávidamente—. ¿Es usted el señor Monetre?
    —A sus órdenes.
    —Soy el juez Bluett. De la cámara civil.
    —Muy honrado.
    —Por favor, por favor, soy yo quien… He viajado ochenta kilómetros para verlo y hubiese recorrido gustosamente una distancia dos veces mayor. Tiene usted una gran reputación.
    —No lo sabía —dijo Monetre, y pensó que aquella desinflada criatura era tan poco sincera como él mismo—. ¿En qué puedo servirle?
    —Bueno… Un asunto… cómo diría… de interés científico. Leí acerca de usted en una revista. Parece que sabe usted de mons… eh, gente rara, y cosas semejantes, más que nadie en el mundo.
    —Yo no diría eso —replicó Monetre—. He trabajado con esas criaturas muchos años, por supuesto. ¿Qué quiere saber?
    —Oh…, algo que no se encuentra en los libros de consulta. Y que tampoco se puede preguntar a los llamados hombres de ciencia. Lo que no está impreso los hace sonreír.
    —Conozco el asunto, señor juez. Pero yo no tengo la sonrisa fácil.
    —Espléndido. Entonces se lo preguntaré. Concretamente, ¿sabe usted algo de… regeneración?

    Monetre se llevó una mano a los ojos. ¿Este imbécil nunca iría al grano?

    —¿Qué clase de regeneración? ¿Anillos de nematodos? ¿Cicatrización celular? ¿O la carga de viejas baterías?

    El juez hizo un débil ademán.

    —Por favor —dijo—. Soy un lento en estas cuestiones, señor Monetre. Le ruego que use un lenguaje más simple. Lo que quiero saber es esto: ¿hasta qué punto pueden regenerarse los tejidos humanos después de una herida grave?
    —¿A qué llama usted grave?
    —Bueno… digamos una amputación.
    —Depende, señor juez. La punta de un dedo, por ejemplo, sería posible. Un hueso roto se reconstruye a veces de modo sorprendente. ¿Conoce usted algún caso donde la regeneración de tejidos haya sido, digamos, excepcional?

    Hubo una larga pausa. Monetre advirtió que el juez palidecía. Le sirvió más oporto y se llenó también un vaso.

    —Conozco un caso. Es decir, por lo menos… Bueno, me parece. Vi la amputación.

    Monetre decidió remover el terror que parecía cercar a aquel hombre de ojos húmedos.

    —No sabe usted en qué peligro se encuentra —dijo—. Yo lo conozco, y soy quizá el único hombre en el mundo que puede ayudarlo. Cooperará usted conmigo, señor, o se irá inmediatamente, exponiéndose a todas las consecuencias.

    Monetre había hablado con una voz de diapasón, resonante y suave a la vez. Pareció que el juez perdía totalmente la cabeza. La cadena de horrores imaginarios que se reflejaron en su pálido rostro no eran, por lo menos, triviales. Monetre sonrió ligeramente, se reclinó en su silla, y esperó.

    —Puedo… —El juez se sirvió más vino—. Ah, señor, debo decirle ante todo que esto fue en un principio una simple conjetura. Es decir, hasta que hoy vi a la muchacha. A propósito, no quisiera que ella me viese. Podría usted…
    —Cuando la traigan, lo ocultaré a usted. Prosiga.
    —Perfectamente. Gracias, señor. Bueno, hace algunos años llevé a un niño a mi casa. Un horrible monstruito. Cuando tenía siete u ocho años, se escapó. No he oído de él desde entonces. Imagino que tendría ahora diecinueve o veinte años… si viviera. Y… y parece haber alguna relación entre aquel niño y la muchacha.
    —¿Qué relación? —inquirió Monetre.
    —Parece que ella supiese algo de él. —Monetre movió los pies con impaciencia y el juez añadió en seguida—: Bueno, hubo una dificultad. El chico era un rebelde sin cura. Lo castigué y lo encerré en el ropero. La puerta (de modo puramente accidental, claro es) le apretó la mano. Ejem. Algo muy desagradable.
    —Siga.
    —Yo he estado…, bueno, buscando, ya entiende usted. Cuando el chico creciera, habría en él cierto resentimiento… Además, era un chico muy poco equilibrado, y uno nunca sabe cómo pueden afectar esas cosas a una mente débil.
    —Quiere decir que se sintió usted culpable y asustado como el diablo y buscó entonces a un joven al que le faltaran tres dedos. ¡Dedos, no nos salgamos del tema! ¿Qué relación tiene esto con la muchacha?

    La voz de Monetre era un látigo.

    —No lo sé… exactamente —murmuró el juez—. Ella parecía saber algo acerca del chico. Quiero decir que ella me habló indirectamente del chico, me dijo que me recordaría cómo yo había lastimado una vez a alguien. Y entonces sacó un hacha y se cortó los dedos. Luego desapareció. La busqué con un hombre, y él me dijo que ella vendría aquí. Eso es todo.

    Monetre cerró los ojos y meditó un rato.

    —No noté que le faltara ningún dedo.
    —Maldita sea, ya lo sé. Pero ya le dije que la vi con mis propios ojos…
    —Bueno, bueno. Se los cortó. Dígame ahora por qué vino usted.
    —Yo… no sé. Cuando ocurre algo parecido, uno olvida todo y parte de cero. Lo que yo había visto parecía imposible, pero empecé a pensar que quizá todo era posible… todo…
    —¡Al grano! —rugió el Caníbal.
    —¡Ya se lo he dicho! —rugió Bluett a su vez. Los dos hombres se miraron con furia—. El niño y los dedos aplastados, y ahora esta muchacha. Empecé a preguntarme si ella y el chico no serían la misma persona… Ya le dije que no había para mí «imposibles». Bueno, la muchacha tenía una mano perfecta. Si de algún modo ella era el chico, tenían que haber crecido los dedos. Y si eso había ocurrido una vez, podía ocurrir otra. Y si ella lo sabía, no temería cortárselos. —El juez se encogió de hombros, alzó las manos y las dejó caer flojamente—. Así que empecé a preguntarme en qué criaturas los dedos crecerían a voluntad. Eso es todo.

    Los oscuros y centelleantes ojos de Monetre, que parecían aún más hundidos, observaron al juez.

    —Ese chico que podía ser una chica —murmuró—, ¿cómo se llamaba?
    —Horton. Lo llamábamos Horty. Un pequeño vicioso.
    —Piense un poco. ¿Había algo raro en él?
    —¡Ya lo creo! Yo diría que no era normal. No se despegaba de juguetes sin valor, y cosas parecidas. Y tenía costumbres repugnantes.
    —¿Qué costumbres?
    —Lo echaron de la escuela por comer insectos.
    —¡Ah! ¿Hormigas?
    —¿Cómo lo sabe?

    Monetre se incorporó y se paseó entre la puerta y el escritorio. La excitación le golpeaba el pecho.

    —¿A qué juguetes se ataba tanto?
    —No recuerdo. No es importante.
    —Eso lo decidiré yo —estalló Monetre—. Piense, hombre, ¡piense! Si en algo estima su vida…
    —¡No puedo pensar! ¡No puedo! —Bluett alzó los ojos, vio la mirada brillante del Caníbal y se encogió—. Era una especie de polichinela. Algo horrible.
    —¡Descríbalo! ¡Hable, maldita sea!
    —Pero qué… Oh, bueno. Era de este tamaño y tenía un cabeza de polichinela. Nariz y barbilla puntiagudas. El chico casi nunca lo miraba. Pero debía tenerlo cerca. Yo lo tiré una vez y el doctor me dijo que lo buscara y se lo devolviera. Horton casi se muere.
    —Casi se muere, ¿eh? —gruñó Monetre con una voz áspera y triunfante—. Dígame, ese juguete estuvo con él desde que nació, ¿no es cierto? Y había algo en el juguete…, un botón de cristal o algo brillante.
    —Pero cómo sabe… —empezó a decir Bluett. La furiosa impaciencia que irradiaba el hombre de la feria lo interrumpió bruscamente—. Sí, los ojos.

    Monetre se inclinó sobre el juez, lo tomó por los hombros, y lo sacudió.

    —Querrá decir el ojo, ¿no? Había un solo cristal —jadeó.
    —Déjeme, déjeme —gimió Bluett, rechazando débilmente las manos de hierro de Monetre—. Dije «ojos». Dos ojos. Iguales. Desagradables. Brillaban.

    Monetre se enderezó lentamente y retrocedió.

    —Dos —susurró—. Dos…

    Cerró los ojos. Le zumbaba el cerebro. Un chico desaparecido, dedos… dedos aplastados. Una muchacha… la edad exacta también… Horton, Horton… Horty. La mente de Monetre saltó y retrocedió a lo largo de los años. Una carita morena, dolorida, que decía: «Me bautizaron Hortense, pero todos me llaman Kiddo». Kiddo, que había llegado con una mano aplastada, y había dejado la feria dos años atrás. ¿Qué había ocurrido entonces? Él, Monetre, había querido algo, había querido mirarle la mano, y ella se había ido, de noche.

    La mano. Cuando ella llegó a la feria, él se la había curado, había sacado los tejidos deshechos, y la había cosido. La había curado durante semanas hasta que aparecieron nuevos tejidos y no hubo peligro de infección. Y luego, por algún motivo, nunca la había mirado otra vez. ¿Por qué? Oh… Zena. Zena le decía siempre cómo iba la mano de Kiddo.

    Abrió los ojos. Unas delgadas ranuras.

    —Lo encontraré —gruñó.

    Un golpe en la puerta, y luego una voz:

    —Caníbal…
    —Es el enano —farfulló Bluett, sobresaltándose—. Con la muchacha. ¿Qué…? ¿Dónde…?

    Monetre le lanzó una mirada que lo devolvió a la silla. El hombre de la feria se incorporó y fue hacia la puerta, abriéndola un poco.

    —¿La encontraste?
    —Mire, Caníbal, yo…
    —No me interesa —dijo Monetre en un terrible susurro—. No la trajiste. Te ordené que la trajeras y no lo has hecho. —Cerró cuidadosamente la puerta y se volvió hacia el juez—. Váyase.
    —¿Eh? Bueno, pero y qué hay de…
    —¡Váyase!

    Era un grito. Así como la mirada de Monetre había aflojado al juez, su voz, ahora, lo endurecía. Bluett se incorporó y fue hacia la puerta antes que el grito dejase de ser un sonido. Quiso hablar, y sólo movió los labios húmedos.

    —Ningún otro en el mundo puede ayudarlo. Sólo yo —dijo Monetre, y el rostro del juez mostró que este tono tranquilo, fácil, de charla común, era lo más terrible. Llegó a la puerta y se detuvo. Monetre continuó—: Haré lo que pueda, juez. Sabrá de mí muy pronto, se lo aseguro.
    —Ah —dijo el juez—. Mm. Si en algo puedo servirlo, señor Monetre, llámeme.
    —Gracias. Necesitaré ciertamente su ayuda.

    Monetre dejó de hablar. Se le heló el rostro. El juez salió corriendo.

    Pierre Monetre se quedó mirando el espacio donde hacía un instante había estado la cara abotagada del juez. De pronto cerró el puño y se golpeó la palma.

    —Zena —dijo moviendo apenas los labios.

    Se puso pálido de furia. Se sintió débil y se acercó al escritorio. Se sentó, apoyó los codos en el papel secante y la barbilla en la mano, y empezó a enviar imperiosas ondas de odio.

    ¡Zena!

    ¡Zena!

    ¡Aquí! ¡Ven aquí!


    13


    HORTY SE RIÓ. Se miró la mano izquierda y los tres muñones que crecían como hongos, se tocó con la otra mano la piel nueva, y se rió.Dejó el diván y cruzó el cuarto hasta el espejo de pie. Se miró la cara, y retrocedió, y se estudió críticamente los hombros y el perfil. Gruñó, satisfecho, y fue hacia el teléfono, en el dormitorio.

    —Tres cuatro cuatro —dijo, con una voz sonora que armonizaba con la fuerte barbilla y la boca ancha—. ¿Nick? Te habla Sam Horton. Oh, muy bien. Sí, podré tocar otra vez. El doctor dice que tuve suerte. Una muñeca rota queda casi siempre un poco dura, pero no en este caso. No… No te preocupes. ¿Eh? Unas seis semanas. Seguro… ¿Dinero? Gracias, Nick, pero podré arreglármelas. No, no te preocupes. Gritaré si necesito algo. Gracias, de todos modos. Sí. Iré por ahí de cuando en cuando. Estuve hace un par de días. ¿Dónde encontraste ese chambón de tres cuerdas que toca la guitarra? Le sale por casualidad lo que Spike Jones hace a propósito. No, por supuesto, no quiero golpearlo. Sólo pretendo despellejarlo. —Se rió—. No te preocupes, no hablo en serio. Todo está muy bien. Bueno, gracias, Nick. Adiós.

    Horty volvió al sofá del estudio y se tendió con los confiados movimientos de un felino bien alimentado. Hundió agradablemente los hombros en los muelles pliegues del sofá y tomó un libro de los cuatro que había en la mesa.

    No había otros libros en la casa. Había descubierto, hacía tiempo, la invasión física de los libros, el problema de desbordantes bibliotecas. Se desprendió entonces de todos sus volúmenes e hizo un trato con el librero. Le enviarían cuatro libros nuevos, todos los días, en alquiler. Horty los leía y los devolvía al día siguiente. Era una solución satisfactoria. No olvidaba nada. ¿Para qué las bibliotecas?

    Tenía dos cuadros: un Markell, formas irregulares, cuidadosamente desproporcionadas, de variadas y superpuestas transparencias, de modo que el tono de una mancha afectaba a otras, y el color del fondo afectaba todo. El otro era un Mondrian, preciso y equilibrado, que casi daba la impresión de algo que nunca sería nada.

    Horty era dueño, además, de kilómetros de música en cintas magnéticas. Tenía una mente prodigiosa, capaz de recordar todo un libro, y cualquiera de sus partes. Podía hacer lo mismo con la música; pero evocar una obra musical era, en cierto sentido, recrearla, y oír una música no es lo mismo que escribirla. Horty quería escribir y oír.

    Guardaba las obras clásicas y románticas que habían sido las favoritas de Zena; las sinfonías, conciertos, baladas y divertimentos que lo habían iniciado en la música. Pero sus gustos se habían ampliado e incluían ahora a Honegger y Copland, Shostakovitch y Walton. Había descubierto también los sombríos acordes de Tatum, y el increíble Thelonius Monk. Gustaba de la trompeta ocasionalmente inspirada de Dizzy Gillespie, las arrebatadoras cadencias de Ella Fitzgerald, las impecables producciones vocales de Pearl Bailey. Su criterio, en todo, era la humanidad, y las resonancias humanas. Vivía con libros que llevaban a otros libros, un arte que lo llevaba a la conjetura, una música que lo llevaba a mundos más allá del mundo.

    En las habitaciones de Horty todo era muy simple. El único objeto poco convencional era el reproductor y grabador; una maciza acumulación de dispositivos de alta fidelidad, pues el oído de Horty exigía la traducción exacta de todos los matices, todos los armónicos. Aparte de esto, su casa se parecía a cualquier otra casa, aunque era cómoda, y agradable. De vez en cuando, y a largos intervalos, se le ocurría que podría rodearse de lujosas máquinas automáticas, sillas que le masajearan la espalda, y cámaras de aire acondicionado para secarse después del baño. Pero la tentación no duraba mucho. Su mente era simple, y sólo le interesaba el conocimiento. Aunque dotado de una extraordinaria capacidad de análisis, muy pocas veces la empleaba extensamente. El conocimiento, pues, bastaba. Ya le encontraría utilidad. Por ahora, se contentaba con una total y justificada confianza en sus propios poderes.

    Había llegado a la mitad del libro, y de pronto se detuvo con una expresión de sorpresa. Creía haber oído un sonido raro.

    Cerró el libro, lo puso sobre la mesa, se incorporó y prestó atención, volviendo la cabeza ligeramente.

    Sonó el timbre de la puerta.

    En ese mismo instante Horty dejó de moverse. No se le endureció el cuerpo, como a un animal asustado. Pareció como si se hubiese detenido voluntariamente a pensar, una fracción de segundo. Luego se movió otra vez, con calma y facilidad.

    Se detuvo ante la puerta, y clavó los ojos en el panel más bajo. Se le endureció la cara, y una rápida arruga le cruzó la frente. Abrió la puerta.

    Ella estaba en el umbral, apoyada en una pierna. Alzó los ojos para verlo. Tenía la cabeza ligeramente torcida, un poco hacia abajo. Tuvo que hacer un esfuerzo casi doloroso para que sus ojos encontraran los ojos de Horty. Medía un metro veinte de altura.

    —¿Horty? —dijo débilmente.

    Horty emitió un sonido ronco y se arrodilló y la abrazó con fuerza y dulzura a la vez.

    —Zee… Zee… ¿Qué ha ocurrido? Tu cara, tu…

    Alzó a Zena, entró, cerró la puerta con el pie, y fue hasta el diván del estudio. Se sentó con Zena en las rodillas, acunándola, sosteniéndole la cabeza con la tibia palma de la mano. Zena le sonrió. Sólo se le movió un lado de la boca. Luego se echó a llorar, y a Horty se le humedecieron los ojos, y las lágrimas le ocultaron la carita deformada.

    Zena calló, como si el cansancio no le dejara seguir llorando. Miró la cara de Horty, atentamente, parte por parte. Alzó la mano y le tocó el pelo.

    —Horty… Me gustaba tanto cómo eras…
    —No he cambiado —dijo Horty—. Soy un hombre ahora. Tengo mi casa y un empleo. Tengo esta voz y estos hombros y cincuenta kilos más que hace tres años. —Se inclinó y besó a Zena rápidamente—. Pero no he cambiado, Zee. No he cambiado. —Le tocó la cara, cuidadosamente, con la suavidad de una pluma—. ¿Duele?
    —Un poco. —Zena cerró los ojos y se humedeció los labios. Parecía como si la lengua no pudiese alcanzar las comisuras de la boca—. Yo he cambiado.
    —Te han cambiado —dijo Horty, con voz temblorosa—. ¿El Caníbal?
    —Claro. Lo sabías, ¿no es cierto?
    —No realmente. Me pareció una vez que me llamabas. Tú o él… era algo muy lejano. ¿Qué ocurrió? ¿Quieres decírmelo?
    —Oh, sí. Descubrió quién eras. No sé cómo. Tu… ese Armand Bluett… es juez o algo ahora. Fue a ver al Caníbal. Cree que eres una muchacha.

    Horty sonrió tensamente.

    —Lo fui un tiempo.
    —Oh. Oh, ya entiendo. ¿Estuviste entonces en la feria aquel día?
    —¿En la feria? No. ¿Qué día, Zee? ¿El día que se descubrió la verdad?
    —Sí, cuatro… no, cinco días atrás. ¿No estuviste allí? No entiendo… —Zena se encogió de hombros—. En fin, una muchacha fue a ver al Caníbal y el juez la siguió y pensó que eras tú. El Caníbal también. Le dijo a Havana que la buscara. Havana no la encontró.
    —Y entonces el Caníbal se vengó en ti.
    —Mm. Yo no pensaba decírselo, Horty. No le dije nada. Por lo menos durante un tiempo. No… no recuerdo muy bien.

    Zena cerró otra vez los ojos. Horty se estremeció y se quedó un rato sin aliento.

    —No… no recuerdo —dijo otra vez Zena con dificultad.
    —No te esfuerces. No hables —susurró Horty.
    —Tengo que hacerlo. Es necesario. ¡No debe encontrarte! —dijo Zena—. Está buscándote ya.

    Horty entornó los ojos y dijo:

    —Tanto mejor.

    Zena no abrió los ojos.

    —Duró mucho tiempo —dijo—. El Caníbal hablaba muy lentamente. Me sentó en unos almohadones y me sirvió un vino que sabía a otoño. Me habló de la feria y de Solum y de Gogol. Mencionó a Kiddo, y luego me habló de los coches nuevos y la tienda del guardia y las dificultades con el sindicato de chóferes, y también algo de música, y algo de guitarras, y luego de nuestro acto en la feria. Y después me habló de los animales y los echadores de suertes y los agentes de publicidad, volviendo de nuevo atrás, otra vez. ¿Entiendes? Mencionándote al pasar, y luego retrocediendo y retrocediendo. Toda la noche, Horty. ¡Toda, toda la noche!
    —Cálmate.
    —No me hizo preguntas. Hablaba doblando la cabeza, espiándome de reojo. Y yo allí sin moverme. Traté de beber, y de comer cuando trajeron la cena, y el desayuno. Y traté de sonreír cuando el Caníbal calló, un minuto. No me golpeó entonces, no me tocó, ¡no me preguntó!
    —Lo hizo más tarde.
    —Mucho más tarde. No recuerdo… La cara sobre mí, como una luna. A mí me dolía todo. Él gritaba. Quién es Horty, dónde está Horty, quién es Kiddo, por qué escondiste a Kiddo… Yo despertaba y despertaba. No recuerdo cuántas veces me dormí, o me desmayé, o lo que fuera. Me despertaba con sangre que se me secaba en los ojos, y él hablaba de máquinas y generadores de electricidad. Me despertaba en sus brazos, y él me hablaba al oído de Bunny y Havana, que sabían quién era Horty. Me despertaba en el suelo. Me dolía la rodilla. Había una luz terrible. Me incorporaba huyendo de la luz, corría a la puerta, y me caía. La rodilla se me doblaba. Era la tarde del día siguiente. Y el Caníbal me alcanzó, y me arrastró otra vez adentro, y me tiró al suelo, y encendió aquella luz. Tenía una lente de aumento y me hizo beber vinagre. Se me hinchó la lengua y yo…
    —Basta, Zena, basta. No hables más.

    La voz gris y sin inflexiones continuó:

    —Yo estaba tirada en el suelo cuando llegó Bunny y miró adentro y el Caníbal no vio que ella venía. Bunny corrió y vino Havana con una barra de hierro y el Caníbal le rompió el cuello y Havana va a morirse…

    Horty sentía los párpados secos. Alzó cuidadosamente una mano y le golpeó la mejilla sana.

    —Zena, ¡basta!

    El golpe arrancó a Zena un grito penetrante.

    —¡No sé más, de veras! —chilló y estalló en dolorosos y convulsivos sollozos.

    Horty le habló, pero no consiguió calmarla. Se incorporó entonces, la acostó dulcemente en el sofá, trajo del baño una toalla húmeda, y le mojó la cara y las muñecas. Zena dejó de llorar y se durmió.

    Horty la miró un rato. Luego se arrodilló en el suelo, al pie del sofá, y puso la cabeza junto a la cabeza de Zena. El pelo de la enana le rozaba la cara. Se cruzó los brazos, y tomándose los codos, apretó hasta que el pecho y los hombros le latieron dolorosamente. Necesitaba estar junto a ella, sin moverse, pero necesitaba a la vez aliviar la oscura y furiosa tensión que crecía en él. El esfuerzo que imponía a sus músculos salvaguardaba su cordura, sin perturbar el sueño de Zena. Se quedó así mucho tiempo, arrodillado…

    A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Zena pudo reír otra vez. Horty sólo la había tocado para descalzarla y cubrirla con una manta. Al alba, había traído una almohada del dormitorio y la había puesto en el suelo, entre el sofá y la puerta, y se había acostado en el piso vigilando la respiración de Zena, y con una felina atención, cualquier ruido que viniese de la escalera o el pasillo.

    Cuando Zena abrió los ojos, Horty, inclinado sobre ella, dijo inmediatamente:

    —Soy yo, Horty, y estás a salvo, Zena.

    La espiral de pánico que giraba ya en los ojos de Zena se extinguió en seguida. La muchacha sonrió.

    Mientras ella se bañaba, Horty le llevó las ropas a un lavadero mecánico, y media hora más tarde estaba de vuelta con la ropa limpia y seca. Compró de camino algunos comestibles, pero cuando llegó a la casa se encontró con un desayuno ya preparado: huevos fritos sobre tostadas y jamón. Zena le sacó los comestibles de las manos, riéndose:

    —Arenques… jugo de papaya… jamón del diablo… ¡Pero todas cosas de adorno!

    Horty sonrió, más por el coraje y la recuperación de Zena que por sus protestas. Se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados, y miró cómo Zena se afanaba en la cocina, envuelta de la cabeza a los pies en una bata que era, para Horty, demasiado corta.

    Fue un dichoso desayuno, en el que jugaron alegremente a «recuerdas cuando…», juego que, en última instancia, es el más apasionante. Luego siguió un período de silencio, y se entendieron mirándose. Al fin Horty dijo:

    —¿Cómo escapaste, Zena?

    La cara de Zena se oscureció. Trató evidentemente, y con éxito, de dominarse.

    —Tienes que decírmelo todo, Zee —dijo Horty—. Tienes que hablarme… de mí también.
    —Has descubierto muchas cosas de ti —dijo Zena.

    No era una pregunta.

    Horty hizo a un lado el asunto con un ademán.

    —¿Cómo escapaste? —repitió.

    El lado de la cara de Zena que aún se movía se crispó. Se miró las manos, alzó una lentamente y la apretó con la otra.

    —Estuve en coma varios días, supongo. Ayer desperté en mi cuarto. Comprendí que se lo había dicho todo, excepto dónde estabas. Piensa aún que eres aquella joven.

    »Lo oí hablar. Estaba en el otro extremo de la casa rodante, en el cuarto de Bunny. Ella lloraba. Oí que se iba con el Caníbal. Esperé, y luego me arrastré afuera y llegué a la puerta de Bunny. Entré. Havana estaba en cama, con algo duro alrededor del cuello. Le dolía hablar. Me dijo que el Caníbal lo cuidaba y le arreglaba el cuello. Me dijo que el Caníbal haría que Bunny trabajase para él. —Zena alzó rápidamente los ojos y miró a Horty—. Puede hacerlo, ya sabes. Es un hipnotizador. Puede obligar a Bunny a cualquier cosa.

    —Ya sé. —Horty la miró pensativamente—. ¿Por qué diablos no te hipnotizó a ti?

    Zena se acarició la cara.

    —No puede. No le da resultado conmigo. Puede llamarme; pero no me domina. Soy demasiado…
    —¿Demasiado qué?
    —Humana —dijo Zena.

    Horty le acarició el brazo sonriéndole.

    —Eso es cierto… Continúa.
    —Volví a mi cuarto, recogí algún dinero y unas pocas cosas, y me fui. No sé qué hará el Caníbal cuando lo sepa. Tuve mucho cuidado, Horty. Con autos y camiones que me recogían en el camino hice ochenta kilómetros, y al fin subí a un ómnibus en Eltonville —a trescientos cincuenta kilómetros de aquí— y luego tomé un tren. Pero sé que tarde o temprano me encontrará. Nunca se da por vencido…
    —Estás a salvo aquí —dijo Horty, y había un acero azulado en su voz suave.
    —¡No se trata de mí! Oh, Horty, ¿no entiendes? ¡Te busca a ti!
    —¿Para qué? Dejé la feria hace tres años, y no pareció preocuparse mucho. —Horty se encontró con los ojos de Zena, que lo miraban con asombro—. ¿Qué pasa?
    —¿No te interesas en ti mismo, Horty?
    —¿En mí mismo? Bueno, sí. Como todos, supongo. ¿Hay algo especial?

    Zena calló un momento, pensando. De pronto, preguntó:

    —¿Qué hiciste en estos años?
    —Ya te lo he dicho en mis cartas.
    —En líneas generales, sí. Alquilaste un cuarto y viviste ahí un tiempo, leyendo mucho, y buscando tu camino. Luego decidiste crecer. ¿Cuánto tardó eso?
    —Unos ocho meses. Conseguí esta casa por carta, me mudé de noche, y cambié. Bueno, tenía que hacerlo. Necesitaba un trabajo de hombre. Durante un tiempo toqué en los clubes y viví de propinas. Luego compré una guitarra realmente buena, y trabajé en Horas Felices. Cuando cerraron, fui al Club Nemo. Estuve ahí hasta hace poco, esperando. Me dijiste que yo sabría cuando llegase la hora… Así fue.
    —Sí —asintió Zena—. La hora de dejar de ser un enano, la hora de trabajar, la hora de empezar con Armand Bluett… todo eso.
    —Exactamente —dijo Horty, como si el asunto no mereciese comentarios—. Y cuando necesité dinero, escribí cosas… canciones y arreglos, artículos, y hasta un cuento o dos. Los cuentos no fueron muy buenos. Es fácil distribuir las partes, pero cuesta muchísimo inventar. Eh, no sabes lo que le hice a Armand, ¿no es cierto?
    —No. —Zena miró la mano de Horty—. Algo relacionado con eso, ¿no?
    —Así es. —Horty se examinó la mano y sonrió—. Mira. Perdí estos dedos hace tres semanas.
    —¿Y ya han crecido tanto?
    —Tarda menos ahora que antes —dijo Horty.
    —Crecían muy lentamente —dijo Zena.

    Horty la miró, pareció que iba a preguntarle algo, y continuó:

    —Una noche entraron juntos en el Club Nemo. Nunca había pensado que los vería así. Entiendo qué piensas. ¡Siempre los recordaba a la vez! Ah, pero aquello era hacer cuentas. El bien y el mal. Bueno… —Horty bebió un poco de café—. Se sentaron tan cerca que yo podía oírlos. Él era el viscoso seductor, y ella la doncella desamparada. Bastante desagradable. Cuando él fue a empolvarse la nariz, interpreté el papel de Lochinvar. No perdí el tiempo. Le hablé crudamente, le di unos dólares, y ella se fue prometiéndole una cita para el otro día.
    —¿Quieres decir que se separaron sólo por esa noche?
    —Oh, no. Ella se fue del pueblo, en tren. No sé a dónde. Bueno, yo me quedé allí tocando la guitarra y pensando. Dijiste que yo siempre sabría si era la hora. Supe aquella noche que era hora de dedicarme a Armand Bluett. Hora de empezar, quiero decir. Bluett me aplicó una vez un tratamiento que duró seis años. Yo no podía hacer menos. Así que elaboré mis planes. Tardé toda una noche y un día.

    Horty se interrumpió, sonriendo sin humor.

    —Horty…
    —Te lo contaré, Zena. Es bastante simple. Bluett se vio con la muchacha. Se la llevó a un apestado agujero sibarítico que tenía en los suburbios y se creyó muy pronto en el jardín de las delicias. En el momento crítico, su conquista dijo unas pocas y elegidas palabras sobre la crueldad y los niños, y el hombre se quedó rumiándolas mirando tres dedos que ella dejó como recuerdo.

    Zena miró otra vez la mano izquierda de Horty.

    —¡Qué tratamiento! Pero Horty…, ¿te preparaste en una noche y un día?
    —No sabes lo que puedo hacer —dijo Horty. Se arremangó la camisa—. Mira.

    Zena miró el antebrazo derecho de Horty, moreno, ligeramente velludo. Horty parecía ahora profundamente concentrado, pero sin tensiones, serena la mirada, lisa la frente.

    Durante un tiempo no hubo cambios en el brazo. De pronto, los pelos se doblaron, se retorcieron. Cayó uno, luego otro, y al fin toda una llovizna sobre el mantel ajedrezado. El brazo no se movía y, como la frente de Horty, no revelaba ninguna tensión. La piel tenía ahora el color castaño claro de Kiddo, y Zena. Pero… ¿era así? ¿O los ojos, demasiado atentos, se engañaban? No, no. El brazo era realmente más pálido, más pálido y más delgado también. La carne se contrajo entre los dedos y en el dorso de la mano, hasta que ésta fue más delgada y larga.

    —Suficiente —dijo Horty, y sonrió—. Puedo dejarlo como antes en un tiempo similar. Excepto el pelo, claro, que me llevaría dos o tres días.
    —Sabía de esto —susurró Zena—. Lo sabía, pero pienso que no lo creía realmente… ¿Tu poder es total?
    —Total. Oh, hay cosas que no puedo hacer. No es posible crear o destruir materia. Puedo achicarme y ser como tú, supongo; pero pesaría lo mismo que ahora. Y no podría transformarme en un gigante de tres metros de la noche a la mañana. No hay modo de reunir tanta masa con suficiente rapidez. Pero el trabajo con Armand Bluett fue simple. Duro, pero simple. Reduje los hombros y los brazos y la parte inferior de la cara. Me costó veintiocho dolores de dientes. Me blanqueé la piel. El pelo era una peluca, por supuesto. Y en cuanto a las formas femeninas, solucioné el problema con lo que Elliot Springs llama «el moldeado de bustos y caderas».
    —¿Cómo puedes bromear?

    Horty habló con una voz inexpresiva:

    —¿Qué puedo hacer? ¿Rechinar continuamente los dientes? Este vino necesita algunas burbujas de cuando en cuando, querida, o pronto te cansas de beber. No, lo que le hice a Armand Bluett fue sólo un comienzo. Ahora seguirá solo. No le dije quién soy. Kay se fue y él ya no sabe quién es ella, o quién soy yo, o quién es él. —Horty se rió, roncamente—. Bluett asoció profundamente los tres dedos con el pasado. Ahora trabajarán en él los sueños. Luego le daré algo del mismo valor… y distinto.
    —Tendrás que cambiar de algún modo tus planes.
    —¿Por qué?
    —Kay no desapareció como crees. Empiezo a entender. Fue a la feria a ver al Caníbal.
    —¿Kay? ¿Pero por qué?
    —No sé. De todos modos, el juez la siguió. La muchacha se fue, pero el Caníbal y Bluett se quedaron juntos. Sé algo, sin embargo. Me lo dijo Havana. El juez le tiene miedo a Kay Hallowell.

    Horty golpeó la mesa.

    —¡La mano intacta! ¡Qué maravilla! ¿Te imaginas la escena?
    —Horty, no es tan divertido. ¿No entiendes que ahí empezó todo? El Caníbal sospecha ahora que Kiddo no era sólo una enana. Y piensa que tú y Kay son la misma persona, no importa lo que diga el juez.
    —Oh, Señor.
    —Lo recuerdas todo —dijo Zena—. Pero no tienes mucha imaginación.
    —Pero… pero… esas torturas que has sufrido, Zena… ¡Por mi culpa! ¡Es como si yo mismo te hubiese torturado!

    Zena se acercó, bordeando la mesa, y abrazó a Horty. Horty apoyó la cabeza en el pecho de la enana.

    —No, querido —dijo Zena—. Esto es viejo. Si quieres acusar a alguien, además del Caníbal, aquí me tienes. Caí en falta cuando te recogí, hace doce años.
    —¿Por qué lo hiciste? Nunca lo supe realmente.
    —Para alejarte del Caníbal.
    —Alejarme del… ¡Pero me llevaste a su lado!
    —El último lugar del mundo donde se le ocurriría buscarte.
    —Quieres decir que me busca.
    —Te busca desde que tenías un año. Y te encontrará. Te encontrará, Horty.
    —Así lo espero —gruñó Horty.

    Se oyó el timbre de la puerta.

    Hubo un helado silencio. El timbre de la puerta sonó otra vez.

    —Iré a ver —dijo Zena, levantándose.
    —De ningún modo —le dijo Horty roncamente—. Siéntate.

    Horty se puso de pie y miró la puerta, del otro lado del vestíbulo. La estudió un rato y dijo:

    —No es él. Es… bueno, ¡qué te parece! ¡Una reunión de familia!

    Horty cruzó a zancadas el vestíbulo y abrió la puerta de par en par.

    —¡Bunny!
    —Oh, perdón, ¿es aquí donde…?

    Bunny no había cambiado mucho. Parecía un poco más redonda, y un poco más tímida.

    —Oh, Bunny…

    Zena se acercó corriendo torpemente, enredándose en los pliegues de la bata. Horty la sostuvo justo a tiempo. Las mujeres se abrazaron frenéticamente, lanzándose llorosas palabras de cariño dominadas por la sonora risa de alivio de Horty.

    —Pero, querida, ¿cómo has podido encontrar…?
    —Es tan bueno…
    —Creí que estabas…
    —Muñeca, nunca pensé…
    —¡Basta! —gritó Horty—. Bunny, ven a desayunar.

    Bunny miró sorprendida a Horty, con sus ojos de albina muy abiertos.

    —¿Cómo está Havana? —preguntó Horty dulcemente.

    Sin dejar de mirar a Horty, Bunny buscó a Zena y le apretó el brazo.

    —¿Lo conoce este señor a Havana?
    —Querida —dijo Zena—, ¡es Horty!

    Bunny echó a Zena una mirada de conejo asustado, torció el cuello para mirar detrás de Horty, y al fin pareció entender.

    —¿Eso? —preguntó señalando a Horty—. ¿Él? —Le clavó los ojos—. ¿Y es Kiddo… también?

    Horty sonrió mostrando los dientes.

    —Así es.
    —Creció —dijo Bunny inexpresivamente.

    Horty y Zena rieron, y, lo mismo que Horty mucho tiempo atrás, Bunny miró primero a uno y luego a otro, comprendió que no se reían de ella, sino con ella, y respondió con su risita tintineante. Horty fue a la cocina.

    —Bunny —llamó desde allí—, ¿siempre tomas leche condensada y media cucharada de azúcar?

    Bunny se echó a llorar. Apoyando la cabeza en el hombro de Zena, sollozaba, feliz:

    —Es Kiddo, es Kiddo…

    Horty puso la taza humeante en un extremo de la mesa y se sentó junto a las mujeres.

    —Bunny, ¿cómo has hecho para encontrarme?
    —No te encontré a ti. La encontré a Zee. Zee, es posible que Havana se muera.
    —Sí…, recuerdo —susurró Zena—. ¿Estás segura?
    —El Caníbal hizo lo que pudo. Hasta llamó a otro médico.
    —¿Sí? ¿Y desde cuándo cree en los médicos?

    Bunny sorbió un poco de café.

    —No sabes cómo ha cambiado, Zee. Yo misma no quería creerlo hasta que hizo eso, llamar al doctor. Me conoces bien, Zee, y sabes cómo quiero a Havana. Y sabes cómo me sentí cuando el Caníbal lo golpeó. Pero ahora… es como si el Caníbal hubiese salido de una nube donde vivió durante años. Ha cambiado realmente, Zee. Lamenta tanto lo ocurrido. Está destrozado de veras.
    —No lo suficiente —murmuró Horty.
    —¿Y quiere que Horty vuelva también?
    —Horty… Oh, Kiddo. —Bunny lo miró—. Pero no podrá trabajar en la feria ahora. No sé, Zee. No me dijo nada.

    Horty advirtió una breve arruga en el ceño de Zena. Zena tomó a Bunny por el brazo y pareció que se lo apretaba impacientemente.

    —Querida, empieza por el principio. ¿Te envió el Caníbal?
    —Oh, no. Bueno, no exactamente. Ha cambiado tanto, Zee. No me crees. Te necesita, y decidí venir a buscarte.
    —¿Por qué?
    —¡Por Havana! —gritó Bunny—. El Caníbal podría salvarlo, ¿entiendes? Pero quiere saber cómo estás.

    Zena volvió un rostro perturbado hacia Horty. Horty se incorporó.

    —Te prepararé un bocado, Bunny —dijo.

    Le hizo una seña a Zee con un leve movimiento de cabeza. La enana respondió con un parpadeo y se volvió hacia Bunny.

    —¿Pero cómo supiste dónde estaba yo, querida?

    La albina se inclinó hacia Zena y le tocó la mejilla.

    —Pobre querida. ¿Te duele mucho?

    Horty llamó desde la cocina.

    —¡Zee! ¿Dónde pusiste el pimiento?
    —Voy, Horty —dijo Zena. Fue hacia la cocina—. Está ahí en… Oh, ¡no empezaste con las tostadas! Las haré yo.

    Trabajaron juntos sobre el fuego. Horty dijo entre dientes:

    —Esto no me gusta, Zee.

    Zena asintió.

    —Sí, hay algo… Le preguntamos dos veces, tres, cómo había encontrado tu casa, y no contestó. —Zena continuó en voz alta—: ¿Ves? Así se hacen las tostadas. Ahora basta vigilarlas un poco.

    Un momento después:

    —Horty. ¿Cómo supiste quién estaba a la puerta?
    —No lo supe. De veras. Supe quién no estaba. Conozco a cientos de personas, y supe que no eran ellas. —Se encogió de hombros—. Sólo quedaba Bunny, ¿entiendes? Es fácil.
    —Yo no podría hacerlo. Y no conozco a nadie que pudiese. Excepto quizá el Caníbal. —Zena fue hacia el sumidero y golpeó ruidosamente unos platos—. ¿Puedes saber qué piensa la gente? —murmuró al acercarse otra vez a Horty.
    —A veces, un poco. Pero nunca lo he intentado realmente.
    —Inténtalo ahora —dijo Zena señalando el vestíbulo con la cabeza.

    En el rostro de Horty apareció otra vez aquella tranquila y pensativa expresión. En ese mismo instante algo cruzó ante la puerta de la cocina. Horty, que estaba de espaldas, se volvió y saltó al vestíbulo.

    —¡Bunny!

    Los labios rosados de Bunny se recogieron mostrando los dientes, como un animal. La enana se escurrió hasta la puerta de entrada, la abrió, y desapareció.

    —¡Mi cartera! ¡Se lleva mi cartera! —gritó Zena.

    En dos grandes saltos, Horty llegó al pasillo, y alcanzó a Bunny en el descanso de la escalera. La enana se retorció y le mordió la mano. Horty le metió la cabeza bajo el brazo, apretándole la mejilla contra el pecho. Bunny no dejaba de morder… y mientras tanto no podía soltarse.

    Ya adentro, Horty cerró la puerta con el pie, llevó a Bunny al sofá como un saco de aserrín, y la obligó a abrir las mandíbulas. Bunny quedó tendida en el sofá, con los ojos enrojecidos y brillantes, y sangre en la boca.

    —¿Qué la habrá puesto en este estado? —preguntó Horty casi distraídamente.

    Zena se arrodilló junto a Bunny y le tocó la frente.

    —Bunny. Bunny, ¿estás bien?

    No hubo respuesta. La enana parecía consciente, y clavaba los ojos de rubí en Horty. Respiraba con fuerza y regularidad, como un tren de carga. Entreabría rígidamente la boca.

    —No le hice nada —dijo Horty—. Sólo alzarla en brazos.

    Zena recogió la cartera del suelo, la abrió y buscó. Aparentemente satisfecha, dejó la cartera en la mesita de café.

    —Horty, ¿qué hiciste en la cocina hace un rato?
    —Pensé… —Horty frunció el entrecejo—. Pensé en la cara de Bunny e hice que se abriera como una puerta, o…, bueno, que una niebla se levantara, para que yo pudiera ver adentro. No vi nada.
    —¿Nada?
    —Se fue en ese mismo momento —dijo Horty simplemente.

    Zena cerró y abrió nerviosamente las manos.

    —Trata otra vez.

    Horty se acercó al sofá. Los ojos de Bunny lo siguieron. Se cruzó de brazos. Se le distendió la cara. Bunny cerró inmediatamente los ojos. Abrió la boca.

    —Cuidado, Horty —dijo Zena, inquieta.

    Sin otro movimiento, Horty asintió con la cabeza.

    Durante un rato, no ocurrió nada. Luego Bunny se estremeció, extendió un brazo, y cerró la manita. Unas lágrimas le humedecieron las pestañas, y pareció descansar. Pasaron algunos segundos y empezó a moverse, vagamente, sin ningún propósito, como si unas manos poco hábiles le probaran los centros motores. Abrió dos veces los ojos, en una ocasión se sentó a medias, y se acostó otra vez. Luego dejó escapar un largo y estremecido suspiro, en un tono casi tan bajo como la voz de Zena. Al fin se quedó quieta, respirando profundamente.

    —Duerme —dijo Horty—. Se resistió, pero ahora duerme.

    Se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos. Luego, de pronto, se incorporó bruscamente y dijo:

    —Fue más que la fuerza de Bunny, Zee. Había algo extraño en ella.
    —¿Ha desaparecido ahora?
    —Sí. Despiértala y veamos.
    —¿Nunca hiciste nada parecido, Horty? Parecías tan seguro de ti mismo como el viejo Iwazian.

    Iwazian era el fotógrafo de la feria. Sólo sacaba una fotografía y sabía en seguida si saldría mal o bien. Nunca miraba una copia.

    —Siempre dices lo mismo —comentó Horty, impaciente—. Algunas cosas son posibles y otras no. Cuando haces algo, ¿te preguntas si lo hiciste o no realmente? ¿Acaso no lo sabes?
    —Perdón, Horty. Te he tenido en menos. —Zena se sentó junto a la albina—. Bunny… —canturreó—. Bunny…

    Bunny volvió la cabeza a un lado, luego a otro, y abrió los ojos. Tenía una mirada vaga, perdida. Miró a Zena y pareció reconocerla. Luego examinó la habitación y dio un grito de miedo. Zena la abrazó.

    —Todo está bien, querida —dijo—. Estamos sólo yo y Kiddo, y todo anda bien ahora.
    —Pero, ¿cómo…? ¿Dónde…?
    —Chist. Dinos qué ocurrió. ¿Recuerdas la feria? ¿Havana?
    —Havana se muere.
    —Trataremos de ayudarlo, Bunny. ¿Recuerdas haber venido aquí?
    —¿Aquí?

    Bunny miró alrededor como si una parte de su mente intentara unirse a la otra.

    —El Caníbal me dijo que viniese. Era sólo ojos. Luego de un rato ni siquiera le vi los ojos. Me hablaba en la cabeza. No recuerdo —se lamentó tristemente—. Havana se muere.

    Lo dijo como si fuese la primera vez.

    —Será mejor que por ahora no le hagamos preguntas —dijo Zena.
    —Te equivocas —dijo Horty—. Tenemos prisa. —Se inclinó hacia Bunny—. ¿Cómo fue que encontraste mi casa?
    —No recuerdo.
    —Luego de hablarte el Caníbal, ¿qué hiciste?
    —Estuve en un tren.

    Parecía como si Bunny quisiera decimos algo, y no pudiera. Había que arrancarle las palabras.

    —¿Adonde fuiste al bajar del tren?
    —Un bar… Bueno, un club… Nemo. Le pregunté al hombre dónde podía encontrar a la persona que se había lastimado la mano.

    Zena y Horty se miraron brevemente.

    —El Caníbal dijo que Zena estaría con esa persona.
    —¿Y no te dijo si era Kiddo, o Horty?
    —No. No lo dijo. Tengo hambre.
    —Muy bien, Bunny. Te serviremos en seguida un gran desayuno. ¿Y qué debías hacer cuando encontraras a Zee? ¿Llevarla de vuelta?
    —No. Los cristales. Ella tenía los cristales. Dos. El Caníbal me haría dos veces lo que le había hecho a Zena si yo volvía sin ellos. Pero me mataría si volvía con uno.
    —Cómo ha cambiado —dijo Zena, con horror.
    —Pero, ¿cómo sabía dónde estaba yo? —preguntó Horty.
    —No sé. Oh, aquella muchacha.
    —¿Qué muchacha?
    —La rubia. Le escribió una carta a alguien. A su hermano. Un hombre robó la carta.
    —¿Qué hombre?
    —Blue. El juez Blue.
    —¿Bluett?
    —Sí, el juez Bluett. Consiguió la carta y allí decía que la muchacha trabajaba en una casa de discos. Había una sola casa de discos en ese pueblo. La encontraron fácilmente.
    —¿La encontraron? ¿Quiénes? —El Caníbal. Y ese Blue. Bluett. Horty juntó los puños. —¿Dónde está ella?
    —El Caníbal se la llevó a la feria. ¿Puedo desayunar?


    14


    HORTY se fue.Se puso un abrigo liviano, tomó la billetera y los guantes, y se fue. Zena le gritó. Hubo una nota ronca en su voz de terciopelo. Cogió a Horty por el brazo. Horty nada hizo para librarse de ella. Simplemente siguió moviéndose, arrastrándola como una estela de humo en la succión del movimiento. Zena se acercó a la mesita, tomó su cartera, y sacó dos cristales brillantes.

    —¡Espera, Horty! —Zena extendió la mano con los cristales—. ¿No recuerdas, Horty? Los ojos de Junky, los cristales… ¡Eres ellos, Horty!
    —Si necesitas algo —dijo Horty—, cualquier cosa, llama a Nick, en el Club Nemo. Te ayudará.

    Abrió la puerta.

    Zena corrió detrás trastabillando, se aferró brevemente a los faldones del abrigo, se tambaleó, y se apoyó en la pared.

    —Espera, espera. Tengo que decirte algo. No estás preparado aún. ¡No sabes! —Zena sollozó—. Horty, el Caníbal…

    Ya bajando las escaleras, Horty se volvió.

    —Encárgate de Bunny, Zee. No salgas, por ningún motivo. Volveré pronto —dijo.

    Y se fue.

    Apoyándose en la pared, Zena se arrastró por el pasillo y entró. Bunny estaba sentada en el sofá, sollozando, aterrorizada. Pero cuando vio el rostro contraído de Zena, calló, y corrió hacia ella. La ayudó a sentarse en el sillón y se acurrucó en el suelo, a sus pies, apretando la cara redonda contra las rodillas de Zena. Zena había perdido sus cálidos colores. Miraba fija y secamente: unos ojos negros en una cara gris.

    Los cristales cayeron de la mano de Zena y rodaron por la alfombra. Bunny los recogió. Estaban tibios. Debían de guardar el calor de la mano de Zena. Pero la manita estaba tan fría… Eran duros, aunque Bunny sintió que si los apretaba parecían blandos. Los puso en el regazo de Zena, sin hablar. Sabía, de algún modo, que no era hora de hablar.

    Zena dijo algo, algo ininteligible. Fue un ronquido, nada más. De la garganta de Bunny brotó un sonido interrogativo, y Zena se aclaró la garganta y susurró:

    —Quince años.

    Bunny esperó en silencio un buen rato, preguntándose por qué Zena no parpadeaba. Debía de hacerle daño… Al fin extendió la mano y rozó las pestañas de su amiga. Zena pestañeó y se movió, incómoda.

    —Quince años tratando de impedirlo. Supe quién era desde que vi los cristales. Quizá antes aún…, pero estuve segura cuando vi los cristales. —Zena cerró los ojos, y su voz cobró más fuerza, como si la intensidad de su mirada estuviese agotándola—. Sólo yo sabía.

    El Caníbal esperaba, nada más. Ni siquiera Horty sabía. Sólo yo. Sólo yo. Quince años…

    Bunny le acarició la rodilla. Pasó un largo rato. Parecía que Zena se había quedado dormida, y Bunny empezaba a hundirse en sus propios pensamientos cuando la voz grave y fatigada se alzó otra vez:

    —Están vivos. —Bunny levantó la cabeza. La mano de Zena cubría los cristales—. Piensan y hablan. Se acoplan. Están vivos. Estos dos son Horty.

    Zena se incorporó y se echó el pelo hacia atrás.

    —Lo descubrí aquella noche. Habíamos recogido a Horty e íbamos a cenar. Un hombre entró a robar en el camión, ¿recuerdas? Pisó los cristales, y Horty se sintió enfermo. Estaba en el interior del restaurante, lejos del camión, pero supo qué pasaba. ¿Recuerdas, Bunny?
    —Sí… Havana hablaba de eso a menudo. Aunque no contigo. Siempre supimos cuándo no querías hablar, Zee.
    —Quiero hablar ahora —dijo Zena cansadamente. Se pasó la lengua por los labios—. ¿Cuánto tiempo llevas en la feria, Bun?
    —Unos dieciocho años, me parece.
    —Yo veinte. Casi veinte, por lo menos. Yo estaba con los hermanos Kwell cuando el Caníbal les compró el negocio. Tenía entonces una galería de fenómenos. Gogol, un enano, una serpiente de dos cabezas y una ardilla sin pelo. Leía el pensamiento, además. Los Kwell vendieron por nada. Dos primaveras lluviosas y un tornado les bastaron para cansarse de ferias. Era tiempo de vacas flacas. Me quedé porque estaba allí. Y era un lugar tan malo como cualquier otro. —Zena suspiró—. El Caníbal estaba obsesionado por lo que él mismo llamaba su afición.

    No la gente rara, ni la feria. Había algo más, que era la raíz de todo. —Alzó los cristales y los sacudió como dados—. Esto. Estas cosas, que hacen a veces gente rara. Cuando el Caníbal consigue un nuevo fenómeno… —la palabra sobresaltó a las dos mujeres—, lo guarda. Lo mete en la feria y así lo guarda y gana dinero a la vez. Eso es todo. Los guarda y los estudia y gana más dinero.

    —¿Nacen así los monstruos realmente?
    —No, no todos. Muchas veces se trata de glándulas y mutaciones, ya sabes. Pero estos cristales también los hacen. Los hacen…, en fin, creo que los hacen… a propósito.
    —No entiendo, Zee.
    —Bendita seas. Tampoco yo. Ni el Caníbal, aunque los conoce bastante. Les habla.
    —¿Cómo?
    —Como cuando lee el pensamiento. Se mete en ellos. Los lastima con la mente, para que le obedezcan.
    —¿Y qué quiere el Caníbal?
    —Muchas cosas, sí. Pero en definitiva una sola. Quiere… un intermediario. Quiere que hagan un hombre que pueda oírlo y recibir órdenes. Luego el intermediario dará media vuelta y hará que los cristales cumplan las órdenes.
    —Me parece que soy algo torpe, Zee.
    —No, no, querida… Oh, Bunny, Bunny, ¡me alegra tanto que estés aquí! —Atrajo a la albina al sofá, junto a ella, y la abrazó fervorosamente—. Déjame hablar, Bun. ¡Tengo que hablar! Años y años, sin decir una palabra…
    —Pero no entenderé nada, Zee.
    —Sí, sí, entenderás. ¿Estás cómoda? Bueno…, veras, estos cristales son como una especie animal, aunque no se parecen a ningún animal terrestre. No creo que sean de la Tierra. El Caníbal me dijo que a veces ve imágenes de estrellas blancas y amarillas en un cielo negro, y que así se vería el espacio fuera de la Tierra. Piensa que los cristales vinieron de allí.
    —¿Te lo dijo? ¿Te hablaba de eso?
    —Horas y horas. Todo el mundo, parece, necesita hablar con alguien. El Caníbal hablaba conmigo. Amenazó matarme, una y otra vez, si yo decía una palabra. Pero no callé por eso. Era bueno conmigo, Bunny. Es un hombre malvado, está loco, pero fue siempre bueno conmigo.
    —Ya sé. Nos asombraba bastante.
    —Yo no entendía qué mal podía hacer esa afición del Caníbal. No al principio por lo menos, no durante años. Cuando comprendí qué quería realmente, no pude hablar. Nadie me creería. Decidí entonces aprender todo lo posible e intentar detenerlo cuando llegase la hora.
    —¿Detenerlo?
    —Bueno…, te diré algo más de los cristales. Quizá entiendas entonces. Estos cristales acostumbran a copiar cosas. Quiero decir, si hay uno cerca de una flor, hará una flor casi igual. O un perro o un pájaro. Pero muchas veces las copias no salen bien. Y son como Gogol. O la serpiente de dos cabezas.
    —¿Gogol es uno de ésos?

    Zena asintió.

    —Sí, el hombre—pez. Imagino que iba a ser un hombre. No tiene brazos, ni piernas, ni dientes. Y como no suda, se moriría si lo sacaran del tanque.
    —¿Por qué hacen eso los cristales?

    Zena sacudió la cabeza.

    —El Caníbal no lo descubrió aún. Los cristales no siguen aparentemente ninguna norma. A veces hacen algo igual al modelo, y otras algo muy raro, o que ni siquiera vive. Por eso quiere el Caníbal un intermediario…, alguien capaz de hablar con los cristales. Él no puede hacerlo, sino muy brevemente. Los entiende tan poco como tú o yo entendemos la química o el radar. Pero no es esto lo más oscuro. Parece que hay distintas especies de cristales, algunas más complejas, y más poderosas. O quizá haya una sola especie, y algunos cristales son más viejos. Nunca se ayudan unos a otros. Parecen ignorarse.

    »Pero se acoplan. El Caníbal no lo sabía. Había notado que a veces un par de cristales dejaba de responder. Pensó al principio que estaban muertos. Una vez disectó un par. Y otra le regaló la pareja al viejo Worble.

    —¡Lo recuerdo! Era un hombre fuerte, pero viejísimo. Ayudaba al cocinero. Murió.
    —Murió… pero no como dijeron. ¿Recuerdas qué tallaba?
    —Oh, sí… Muñecos y juguetes, y cosas parecidas.
    —Eso es. Hizo un polichinela, y le puso estos cristales como ojos. —Zena arrojó los cristales al aire y los recogió al vuelo—. Siempre les regalaba cosas a los chicos. Era un buen viejo. Sé qué ocurrió con el polichinela. El Caníbal no lo descubrió nunca, pero Horty me lo dijo. De un modo u otro pasó de mano en mano hasta llegar a un orfanato. Allí estaba Horty, cuando era un bebé. A los seis meses los cristales eran parte de Horty… o él parte de ellos.
    —¿Pero qué ocurrió con Worble?
    —Oh, aproximadamente un año más tarde, el Caníbal empezó a preguntarse si los cristales se acoplarían, y qué pasaría entonces. Temió haber regalado dos cristales grandes y bien desarrollados, que al fin y al cabo no estaban muertos. Cuando Worble le dijo que los había puesto en un juguete, y que se lo había regalado a algún chico, no sabía cuándo o dónde, el Caníbal lo golpeó. Lo arrojó al suelo. El viejo Worble nunca recobró el sentido, aunque aguantó aún dos semanas. Sólo yo me enteré. Estaba junto a la tienda de la cocina.
    —No sabía nada —susurró Bunny abriendo los grandes ojos color de rubí.
    —Nadie sabía nada —repitió Zena—. Tomemos un poco de café. ¡Pero querida! ¡Todavía no desayunaste, criatura!
    —Oh, bueno —dijo Bunny—, no importa. Sigue hablando.
    —Vamos a la cocina —dijo Zena enderezándose penosamente—. No, no te asombre que el Caníbal parezca inhumano. No es… humano.
    —¿Qué es entonces?
    —Ya llegaremos a eso. Sigamos con los cristales. El Caníbal opina que para describir cómo los cristales hacen cosas… plantas, animales, y el resto… lo mejor es decir que las sueñan. Tú sueñas a veces. Sabes que las cosas vistas en sueños son a veces claras y nítidas, y otras veces borrosas, distorsionadas, o desproporcionadas.
    —Sí. ¿Dónde pusiste los huevos?
    —Aquí, querida. Bueno, los cristales sueñan a veces. Cuando tienen sueños claros y nítidos, crean plantas bastante perfectas, y ratas y arañas y pájaros verdaderos. Pero no comúnmente. El Caníbal dice que son sueños eróticos.
    —¿Por qué?
    —Sueñan antes de acoplarse. Pero algunos son demasiado jóvenes… o están poco desarrollados, o simplemente no encuentran la pareja adecuada en ese momento. De todos modos, cuando sueñan cambian las moléculas de una planta, y la hacen similar a otra planta, o de una piedra hacen un pájaro… Nadie puede decir qué elegirán hacer, o por qué.
    —¿Hacen cosas entonces para poder acoplarse?
    —El Caníbal no lo cree —explicó Zena mientras rompía hábilmente un huevo en la sartén—. Llama a estos sueños, subproductos. Como si una estuviese enamorada, y pensando en la persona amada, hiciese una canción. Quizá la canción no hable del amor. Quizá sea una canción sobre un arroyo, o una flor u otra cosa. El viento, por ejemplo. Quizá ni siquiera sea una canción completa. Esa canción será subproducto, ¿entiendes?
    —Oh. Los cristales hacen cosas, y a veces cosas completas como Tin Pan Alley hace canciones.
    —Algo parecido. —Zena sonrió. Era la primera sonrisa desde hacía mucho tiempo—. Siéntate, querida. Traeré la tostada. Bueno, ésta es mi opinión. Cuando dos cristales se acoplan, ocurre algo distinto. Hacen algo completo. Pero no a partir de cualquier cosa, como los cristales solitarios. Ante todo parecen morir. Juntos. Pasan semanas así. Luego, sueñan juntos. Encuentran algo vivo cerca, y lo recrean. Lo transforman célula por célula. Mientras, no se nota nada. Puede tratarse de un perro. El perro seguirá comiendo y corriendo de un lado a otro, ladrando a la luna y persiguiendo gatos. Pero un día —no sé cuánto dura el proceso— todo su organismo habrá sido reemplazado.
    —¿Y entonces?
    —Entonces podrá transformarse a sí mismo, si se le ocurre. Ser cualquier cosa.

    Bunny dejó de masticar, pensó, tragó, y preguntó:

    R