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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    LOS CRISTALES SOÑADORES (Theodore Sturgeon)

    Publicado el lunes, noviembre 27, 2017

    1


    SORPRENDIERON al niño debajo de las graderías del estadio, frente a la escuela, y lo mandaron de vuelta a su casa. El niño tenía ocho años entonces. Había estado haciéndolo durante años.En cierto modo era una pena. Era un buen chico, y hasta de cara agradable, aunque no sobresaliente. Había niños, y maestros, que simpatizaban un poco con él, y otros que no se le acercaban; pero todos lo condenaron sin excepción. Se llamaba Horty —es decir, Horton— Bluett. Naturalmente, en su casa no lo recibieron muy bien.

    Abrió la puerta con mucho cuidado, pero lo oyeron y lo arrastraron al medio de la sala. Allí se quedó cabizbajo, encendido, con una media caída, y los brazos cargados de libros y un guante de béisbol. Era un buen jugador, para sus ocho años.

    —Me han… —empezó a decir.
    —Ya lo sabemos —dijo Armand Bluett. Armand era un hombre huesudo, de bigotito, y ojos fríos y húmedos. Se llevó las manos a la cabeza y luego alzó los brazos—. Dios mío, muchacho, ¿cómo has caído en una cosa parecida?

    Armand Bluett no era un hombre religioso, pero cuando se llevaba las manos a la cabeza, lo que ocurría a menudo, hablaba siempre así.

    Horty no respondió. La señora Bluett, de nombre Tonta, suspiró y pidió un cóctel. No fumaba, y cuando le faltaban las palabras necesitaba reemplazar esas pausas meditativas del fumador que enciende el cigarrillo. Tan pocas veces le faltaban las palabras, que un quinto de botella le bastaba para un mes y medio. Tonta y Armand no eran los padres de Horty. Los padres de Horty habitaban el primer piso, pero los Bluett no lo sabían. Se le había permitido a Horty que llamara a Armand y a Tonta por sus nombres.

    —¿Puedo saber —dijo Armand fríamente— desde cuándo te dedicas a esas prácticas nauseabundas? ¿O era sólo un experimento?

    Horty sabía que no se libraría fácilmente. Armand arrugaba la cara, como cuando probaba vino y lo encontraba inesperadamente bueno.

    —No lo hice muchas veces —dijo Horty, y esperó.
    —Que el Señor nos perdone la generosidad de haber recogido un cerdito —dijo Armand llevándose otra vez las manos a la cabeza.

    Horty suspiró. Sabía ya adonde irían. Armand decía siempre la misma oración cuando se enojaba. Fue a preparar un cóctel para Tonta.

    —¿Por qué hiciste eso, Horty?

    La voz de Tonta parecía más dulce, pero sólo porque sus cuerdas vocales eran diferentes. Su rostro expresaba el mismo implacable frío.

    —Bueno… porque me gustaba, creo.

    Horty dejó los libros y el guante sobre un taburete.

    Tonta volvió la cabeza y emitió un sonido ronco, parecido a una arcada. Armand se acercó con un vaso donde tintineaba un trozo de hielo.

    —Nunca oí nada parecido —dijo despreciativamente—. Supongo que se enteró toda la escuela.
    —Creo que sí.
    —Los niños, y los maestros también, sin duda. Por supuesto. ¿Nadie te dijo nada?
    —Sólo el doctor Pell. —Pell era el director—. Me dijo… dijo que podían…
    —¡Habla!

    Horty ya había pasado por todo esto. ¿Por qué debía soportarlo otra vez?

    —Dijo que la escuela no necesitaba puercos salvajes.
    —Lo comprendo muy bien —dijo Tonta afectadamente.
    —¿Y los otros niños? ¿Dijeron algo?
    —Hecky me ofreció unos gusanos. Y Jimmy me llamó Lengua Pegajosa.

    Y Kay Hallowell se había reído, pero no lo diría.

    —Lengua Pegajosa. No está mal para un chico. Un oso hormiguero. —Armand se golpeó otra vez la frente—. ¡Dios mío! ¿Qué haré si el lunes por la mañana el señor Anderson me saluda «Hola, Lengua Pegajosa»? La historia va a correr por toda la ciudad, como que dos y dos son cuatro. —Miró a Horty con ojos penetrantes y húmedos—. ¿Y piensas ganarte la vida comiendo chinches?
    —No eran chinches —dijo Horty tímidamente, pero animado por un afán de exactitud—. Eran hormigas. De las rojas.

    Tonta se atragantó con su cóctel.

    —Ahórranos los detalles.
    —Dios mío —dijo Armand otra vez—, ¿qué será de este niño cuando crezca?

    Mencionó dos posibilidades. Horty entendió una. La otra hizo saltar a Tonta, que no se escandalizaba fácilmente.

    —¡Fuera de aquí!

    Horty fue hacia las escaleras mientras Armand se dejaba caer exasperadamente junto a Tonta.

    —Estoy saturado —dijo—. No aguanto más. Este cara sucia ha sido desde el primer día un símbolo del fracaso. No hay lugar bastante para… ¡Horton!
    —Sí.
    —Vuelve y llévate tu basura. No quiero que me recuerden que estás en casa.

    Horty regresó lentamente, sin acercarse mucho a Armand, tomó sus libros y el guante de béisbol, dejó caer una caja de lápices —momento en que Armand invocó nuevamente a Dios—, la recogió, se le resbaló el guante, y al fin subió las escaleras.

    —Los pecados de los padres adoptivos —dijo Armand— caerán sobre sus cabezas hasta la trigésima cuarta irritación. ¿Qué he hecho para merecer esto?

    Tonta hizo girar el vaso entre los dedos, sin dejar de mirarlo, y frunciendo los labios apreciativamente. En un tiempo no había estado de acuerdo con Armand. Más tarde tampoco había estado de acuerdo, pero había callado. Ahora mostraba un exterior comprensivo, y dejaba que este exterior la empapara todo lo posible. La vida era así menos difícil.

    Ya en su cuarto, Horty se dejó caer en la cama con los libros aún en los brazos. No cerró la puerta porque no había puerta. Armand pensaba que el aislamiento no convenía a los jóvenes. No encendió la luz. Conocía el cuarto aun con los ojos cerrados. Había pocas cosas. Una cama, un armario, una cómoda con un espejo móvil agrietado. Un escritorio infantil, prácticamente un juguete, que desde hacía años era demasiado pequeño. En el armario había tres sacos de tela encerada con ropas que Tonta no usaba ya, y que apenas dejaban sitio para las suyas.

    Las suyas…

    Nada aquí era realmente suyo. Si hubiera un cuarto más pequeño, allí estaría él. Había dos cuartos de huéspedes en ese piso, y otro arriba, y casi nunca había huéspedes. Las ropas que usaba no eran suyas. Eran concesiones a lo que Armand llamaba «mi posición». Si no fuera por eso, se vestiría con andrajos.

    Se incorporó, y advirtió entonces que aún tenía las cosas de la escuela en los brazos. Las dejó en la cama. El guante era suyo, sin embargo. Lo había comprado por setenta y cinco centavos en la tienda del Ejército de Salvación. Había conseguido el dinero cargando paquetes en el almacén de Dumpledorff, diez centavos por viaje. Pensó que Armand se alegraría. Hablaba siempre de la necesidad de aprender a ganar dinero. Pero le prohibió a Horty que lo hiciera otra vez. «¡Dios mío! ¡La gente va a pensar que somos unos mendigos!» El guante era, pues, único resultado de la experiencia.

    Era en verdad todo lo que tenía en el mundo… excepto Junky, naturalmente.

    Miró en el armario entreabierto el estante superior donde se amontonaban las luces del árbol de Navidad (el árbol de Navidad estaba siempre fuera de la casa, donde los vecinos podían verlo, nunca dentro), cintas viejas, una lámpara, y… Junky.

    Llevó cuidadosamente la silla demasiado grande del escritorio demasiado pequeño hasta el armario. (Si la hubiera arrastrado, Armand habría subido los escalones de dos en dos para ver qué era aquello, y si era algo divertido lo habría prohibido en seguida.) Se subió a la silla, y buscó detrás de los trastos hasta encontrar la forma cúbica y dura de Junky. Lo sacó, un cubo de madera de colores chillones, muy golpeado, y lo llevó al escritorio.

    Junky era uno de esos juguetes tan conocidos, tan usados, que no es necesario verlos o tocarlos frecuentemente para saber que están ahí.

    Horty era un niño abandonado, y encontrado en el parque un atardecer, envuelto en una manta, y Junky había llegado a sus manos en el asilo. Cuando Armand lo adoptó (durante su campaña como candidato a concejal, que perdió, y que pensó podría favorecer si adoptaba «un pobre niño sin hogar») Junky fue con él.

    Horty puso suavemente a Junky sobre el escritorio, y tocó un despintado botón lateral. Violentamente al principio, luego con un titubeo de muelle enmohecido, y al fin desafiante, emergió Junky, reliquia de una generación más inocente. Era un polichinela, de nariz ganchuda y descarada que tocaba casi el mentón puntiagudo. Entre la nariz y el mentón se abría una sonrisa cargada de experiencia.

    Pero lo más curioso en Junky —y de más valor para Horty— eran los ojos. Parecían haber sido cortados o tallados de algún vidrio de color, y brillaban de un modo raro aun en el cuarto sombrío. A Horty le parecía a veces que tenían un brillo propio, pero no podía asegurarlo.

    —Hola, Junky —murmuró.

    El muñeco asintió con dignidad, y Horty extendió la mano y tomó el pulido mentón.

    —Junky, vayámonos de aquí. Nadie nos quiere. Quizá pasemos hambre, y quizá frío, pero sin embargo… Piénsalo, Junky. No asustarse al oír su llave en la cerradura, y no cenar oyendo preguntas y preguntas hasta que uno debe mentir… y cosas parecidas.

    No había por qué explicarle todo a Junky.

    Soltó el mentón, y la sonriente cabeza subió y bajó y luego asintió lenta y pensativamente.

    —No debían haberme tratado así por eso de las hormigas —confió Horty—. No llamé a nadie para que mirase. Pero ese sinvergüenza de Hecky me espiaba. Y fue y llamó al señor Carter. Eso no estuvo bien, ¿no es cierto, Junky?

    Horty golpeó uno de los lados de la ganchuda nariz y la cabeza se sacudió agradablemente.

    —Odio a los mirones.
    —Te refieres a mí, sin duda —dijo Armand Bluett desde el umbral.

    Horty no se movió, y el corazón se le detuvo también, un tiempo. Se acurrucó, escondiéndose a medias detrás del pupitre sin volverse hacia la puerta.

    —¿Qué haces?
    —Nada.

    Armand le dio una bofetada. Horty gimió, una vez, y se mordió los labios.

    —No mientas —dijo Armand—. Hacías algo, evidentemente. Hablabas solo, claro signo de degeneración mental. Qué es eso… Oh, el juguetito que llegó contigo. Tan repulsivo como tú.

    Tomó la caja, la arrojó al suelo, se limpió la mano en un costado del pantalón, y pisó cuidadosamente la cabeza de Junky.

    Horty gritó como si estuviesen aplastándole la propia cabeza, y saltó hacia Armand. Tan inesperado fue el ataque, que el hombre perdió el equilibrio. Golpeó pesada y dolorosamente los pies de la cama, extendió inútilmente las manos, y se fue al suelo. Se quedó allí un momento, gruñendo y parpadeando, y al fin entrecerró los ojos y miró al tembloroso Horty.

    —Mm. ¡Hum! —dijo Armand con tono de gran satisfacción. Se incorporó—. Eres una bestia dañina. —Tomó a Horty por la pechera de la camisa y lo golpeó. Golpeaba la cara del niño, con la palma y el dorso de la mano, alternativamente, mientras hablaba—: Un homicida, eso eres. Te encerraremos en un colegio. Pero eso no bastará. La policía será lo mejor. Se encargarán de ti. Tienen dónde. Un lugar para delincuentes juveniles. Niñitos puercos. Pervertidos.

    Arrastró al niño aturdido por el cuarto y lo metió en el ropero.

    —Ahí te quedarás hasta que venga la policía —jadeó, y cerró con fuerza la puerta.

    Tres dedos de la mano izquierda de Horty quedaron afuera.

    El niño lanzó un grito de verdadera agonía y Armand abrió la puerta.

    —Es inútil que chilles… ¡Dios mío, qué porquería! Ahora, supongo, habrá que llamar a un doctor. Cuándo, cuándo no traerás dificultades. ¡Tonta! —Salió del cuarto y corrió escaleras abajo—. ¡Tonta!
    —Sí, corazón.
    —Ese pequeño demonio se lastimó la mano en la puerta. A propósito, para llamar la atención. Sangra como un cerdo. ¿Sabes qué hizo? Me golpeó. ¡Me atacó, Tonta! Es peligroso tenerlo en casa.
    —¡Pobre querido! ¿Te lastimó?
    —¡No me mató por milagro! Voy a llamar a la policía.
    —Será mejor que suba mientras tú telefoneas —dijo Tonta pasándose la lengua por los labios.

    Pero cuando llegó arriba, Horty había desaparecido. Durante un rato hubo gran agitación en la casa. Al principio, Armand quería encontrar de cualquier modo a Horty, pero luego pensó qué diría la gente si el niño daba su propia deformada versión del incidente.

    Pasó un día, y una semana, y un mes, y al fin Armand pudo mirar sin peligro el cielo y decir con voz misteriosa: «Está en buenas manos ahora, el pobrecito», y la gente respondía: «Entiendo…». Al fin y al cabo todos sabían que no era hijo de Armand.

    Pero Armand Bluett se metió una idea en la mente: buscar en el futuro a un joven sin tres dedos en la mano izquierda.


    2


    LOS HALLOWELL habitaban en los límites de la ciudad, en una casa que sólo tenía un defecto: encontrarse en la intersección de la carretera nacional y la calle mayor, de modo que el tránsito rugía día y noche ante la puerta de enfrente y la de atrás.La hija de los Hallowell, Kay, de cabellos rubios como la estopa, tenía tantos prejuicios sociales como sólo es posible tenerlos a los siete años. Le habían pedido que vaciara el cajón de la basura, y, como de costumbre, abrió apenas la puerta trasera, para ver si alguien la sorprendía en esos serviles menesteres.

    —¡Horty!

    Horty se acurrucó en las sombras brumosas, detrás de las luces del tránsito.

    —Horton Bluett, te veo.
    —Kay… —El niño fue hacia la cerca—. Oye, no digas a nadie que me viste, ¿eh?
    —Pero qué… Oh. ¡Te escapaste! —estalló la niña, notando el paquete que Horty llevaba debajo del brazo—. Horty, ¿estás enfermo? —Horty tenía un rostro fatigado y tenso—. ¿Te lastimaste la mano?
    —Un poco. —Horty apretaba fuertemente la muñeca izquierda con la mano derecha. La mano izquierda estaba envuelta en dos o tres pañuelos—. Iban a llamar a la policía. Salí por la ventana y me escondí en el techo del altillo. Me buscaron por la calle y en todas partes. ¿No se lo dirás a nadie?
    —No. ¿Qué llevas en el paquete?
    —Nada.

    Si ella se lo hubiera exigido, o hubiese querido quitarle el paquete, Horty probablemente no la hubiera vuelto a ver. Pero la niña dijo:

    —Por favor, Horty.
    —Puedes mirar.

    Sin soltarse la muñeca, se volvió para que ella pudiera sacarle el paquete de debajo del brazo. La niña lo abrió —era una bolsa de papel— y sacó la horrible cara rota de Junky. Los ojos de Junky centellearon y la niña chilló:

    —¡Qué es esto!
    —Es Junky. Lo tengo conmigo desde antes de nacer. Armand lo pisoteó.
    —¿Por eso te escapas?
    —¡Kay! ¿Qué haces ahí fuera?
    —¡Ya voy, mamá! Horty, tengo que irme. Horty, ¿no volverás a tu casa?
    —Nunca jamás.
    —Oh… ese señor Bluett, es tan malo…
    —¡Kay Hallowell! ¡Entra en seguida! ¡Está lloviendo!
    —¡Sí, mamá! Horty, quiero decirte algo. No debía haberme reído de ti. Hecky te llevó los gusanos, y pensé que era una broma. No sabía que comías realmente hormigas. Oh… Yo una vez comí un poco de pomada para zapatos. Eso no es nada.

    Horty alzó el codo y la niña le puso otra vez el paquete bajo el brazo. Horty, como si se le acabara de ocurrir, y así era realmente, dijo de pronto:

    —Volveré, Kay, un día.
    —¡Kay!
    —Adiós, Horty.

    Y la niña desapareció, un relámpago de pelo de estopa, un vestido amarillo, un bordado de encaje, que se transformó ante Horty en una puerta de hierro, en una empalizada de madera y un ruido de pasos que se apagó rápidamente.

    Horton Bluett se quedó un momento bajo la oscura llovizna, helado, pero con una sensación de quemadura en la mano herida y la garganta. Tragó saliva dificultosamente, y alzando los ojos vio la invitadora caja de un camión que las luces de tránsito habían detenido. Corrió, echó adentro el paquetito, y subió sosteniéndose con la mano derecha. El camión se lanzó hacia adelante. Horty tuvo que agarrarse con fuerza para no caer. El paquete de Junky se acercó a él. Horty extendió la mano, soltándose, y empezó a resbalar.

    De pronto, una forma indistinta se movió en el interior del camión, y una mano vigorosa le alcanzó la mano herida. Horty sintió que se desmayaba de dolor. Cuando pudo ver otra vez, estaba acostado en el piso tembloroso del camión, sosteniéndose la muñeca, y quejándose con sollozos entrecortados y unos gruñidos muy débiles.

    —Caramba, muchacho, parece que no quieres llegar a viejo.

    Era un niño gordo, aparentemente de la misma edad de Horty, y que se inclinaba hacia él apoyando la cabeza en una triple barbilla.

    —¿Qué te pasa en la mano?

    Horty no respondió. Por ahora no podía hablar. El niño gordo, con sorprendente dulzura, apartó la mano sana de Horty y empezó a sacar los pañuelos. Cuando llegó a la última capa, vio fugazmente la sangre a la luz de un farol.

    —Dios —dijo.

    Cuando se detuvieron en otra señal de tránsito, miró cuidadosamente, entornando los ojos, que parecían dos piadosos nudillos de arrugas, y murmuró otra vez, con un énfasis que parecía venir de su interior. Horty comprendió que el niño gordo lo compadecía, y se echó a llorar francamente. No podía dejar de hacerlo, aunque hubiera querido dominarse, y siguió llorando mientras el niño le vendaba otra vez la mano.

    El niño gordo se sentó luego en un rollo de lona y esperó a que Horty se calmara. En una ocasión Horty iba a callar, y el niño le guiñó el ojo amablemente. Horty, profundamente sensible a toda gentileza, se echó otra vez a llorar. El niño gordo recogió la bolsa de papel, miró adentro, la cerró cuidadosamente, y la puso sobre la lona. Luego, ante el asombro de Horty, sacó del bolsillo interior de la chaqueta una gran cigarrera, de cinco cilindros metálicos unidos, extrajo un cigarro, lo humedeció con la lengua, y lo encendió envolviéndose en una nube de humo azul, acre y dulzona a la vez. No buscó conversación, y al cabo de un rato Horty debió de dormirse, pues al abrir los ojos descubrió que tenía la chaqueta del niño gordo como almohada, y no podía recordar desde cuándo. Era noche cerrada, y la voz del niño gordo llegó de la oscuridad.

    —Tranquilízate, muchacho. —Una manita rechoncha golpeó la espalda de Horty—. ¿Cómo te sientes?

    Horty trató de hablar, se atragantó, y probó otra vez:

    —Bien, me parece. Con hambre… Oh, ¡salimos al campo!

    Advirtió entonces que el niño gordo estaba en cuclillas junto a él. La mano dejó de tocarle la espalda; un segundo más tarde ardía la llama de una cerilla, y durante un instante el rostro de luna llena del niño se recortó como un aguafuerte, a la luz vacilante. Los labios delicados y rojos mordieron el cigarro negro. Luego, con dedos precisos, el niño arrojó la cerilla fuera del camión. La llama voló y se apagó en la noche.

    —¿Fumas?
    —Nunca fumé —dijo Horty—. Hojas de maíz, una vez. —Contempló admirativamente la joya roja de la punta del cigarro—. Tú fumas mucho.
    —Me impide crecer —dijo el otro, y estalló en una risa aguda—. ¿Cómo está esa mano?
    —Me duele, pero menos.
    —Eres fuerte, muchacho. Si yo estuviera en tu lugar, gritaría pidiendo morfina. ¿Qué te pasó?

    Horty se lo dijo. La historia salió a pedazos, pero el niño gordo entendió perfectamente. De cuando en cuando hacía alguna pregunta, pero sin comentarios. Pareció al fin que las preguntas se agotaban. La conversación murió poco a poco. Durante un rato Horty pensó que el otro se había quedado dormido. El cigarrillo palideció más y más, chisporroteando a veces en los bordes, y relumbrando de pronto cuando una ráfaga perfumada entraba en el camión.

    De repente, con una voz enteramente despierta, el niño gordo le preguntó:

    —¿Buscas trabajo?
    —¿Trabajo? Bueno… creo que sí.
    —¿Por qué comías hormigas?
    —Bueno… no sé. Creo que… bueno, que me gustaban.
    —¿Lo hiciste muchas veces?
    —No, no muchas.

    Las preguntas no se parecían a las de Armand. El niño preguntaba sin repugnancia, sin más curiosidad, realmente, que si le preguntase cuántos años tenía o en qué clase estaba.

    —¿Sabes cantar?
    —Bueno… creo que sí. Un poco.
    —Canta algo. Quiero decir, si puedes. No te esfuerces mucho. Bueno… ¿conoces Polvo de estrellas?

    Horty miró la carretera que se alejaba bajo las ruedas, iluminada por la luna, y la luz blanca y amarilla que aparecía a veces, y se convertía en seguida en unos ojos rojos cuando algún coche pasaba por el otro lado del camino. La niebla se había desvanecido, y también un poco el dolor de la mano, y sobre todo se alejaba de Armand y Tonta. Kay, que era suave como una pluma, y este niño tan raro, que no hablaba como los otros niños, habían sido muy buenos con él, de un modo distinto. Una calidez maravillosa crecía ahora en su interior; era una sensación que sólo había tenido una o dos veces en la vida… la vez que había ganado la carrera de sacos, y había recibido como premio un pañuelo marrón, y la vez que cuatro chicos le habían silbado a un perro vagabundo, y el perro había ido directamente hacia él ignorando a los otros. Empezó a cantar, y, como el camión rugía, tuvo que cantar con fuerza para que el otro lo oyera, y como cantaba con fuerza tuvo que apoyarse en la canción y dejar en ella parte de sí mismo, así como un obrero que trabaja en el armazón de un rascacielos tiene que dejar en el viento parte de sí mismo.

    Terminó de cantar. El niño gordo dijo: —Eh. —Esa salida era un cálido elogio. Sin hacer otro comentario se acercó a la casilla del conductor y golpeó la ventanilla rectangular. El camión aminoró en seguida la marcha, frenó y se detuvo a un costado del camino. El niño gordo fue hacia la cola, se agachó y bajó.

    —Tú quédate aquí —le dijo a Horty—. Voy un rato adelante. Y no te vayas, ¿me entiendes?
    —No me iré.
    —¿Cómo diablos puedes cantar así con una mano aplastada?
    —No sé. No me duele mucho ahora.
    —¿Has comido langostas también? ¿Gusanos?
    —¡No! —gritó Horty horrorizado.
    —Muy bien —dijo el niño.

    Se alejó hacia la casilla del conductor. La portezuela se cerró ruidosamente, y el camión se puso en marcha otra vez.

    Horty se adelantó con cuidado hasta la ventanilla, se agachó y miró.

    El conductor era un hombre alto de piel rara: verde y escamosa. Tenía una nariz como la de Junky, pero una barbilla tan pequeña que parecía un viejo loro. Era tan alto que se doblaba sobre el volante como un helecho.

    Junto a él estaban dos niñas. Una tenía una melena blanca, o mejor platinada; la otra, dos grandes trenzas y unos dientes muy hermosos. El niño gordo estaba al lado, hablando animadamente. El conductor no parecía prestarle ninguna atención.

    Horty no tenía la cabeza muy despejada; pero ya no se sentía mal. Todo aquello era excitante; parecía un sueño. Volvió a su sitio y se acostó apoyando la cabeza en la chaqueta del niño gordo. Casi en seguida se incorporó, se arrastró entre las cosas del camión hasta encontrar el rollo de lona, y buscó allí la bolsa de papel. Se acostó, otra vez, se puso la mano izquierda sobre el estómago, metió la derecha en la bolsa, con cuatro dedos entre la nariz y el mentón de Junky, y se durmió.


    3


    CUANDO DESPERTÓ otra vez, el camión se había detenido, y Horty vio confusamente un torbellino de luz multicolor, roja y anaranjada, verde y azul, sobre un enceguecedor fondo de oro.Alzó la cabeza, parpadeando, y las luces se transformaron en un poste macizo, con anuncios de neón: HELADOS, VEINTE SABORES. CABINAS. BAR—RESTAURANTE. El torrente dorado venía de los reflectores de una estación de gasolina. Había tres casas rodantes detrás del camión del niño gordo. Una era de acero inoxidable, con pesadas bandas de metal, y brillaba a la luz.

    —¿Estás despierto, muchacho?
    —¿Eh?… ¡Hola! Sí.
    —Comeremos unos bocados.

    Horty se puso torpemente de rodillas.

    —No tengo dinero —dijo.
    —No te preocupes —dijo el niño gordo—. Vamos.

    Puso una mano firme bajo el codo de Horty y lo ayudó a bajar. Se oía el ronroneo de una bomba de gasolina, un gramófono automático latía rítmicamente, en el fondo, y era agradable pisar la grava.

    —¿Cómo te llamas? —preguntó Horty.
    —Me llaman Havana —dijo el niño gordo—. Nunca estuve allí. Es por los cigarros.
    —Yo me llamo Horty Bluett.
    —Cambiaremos eso.

    El conductor y las dos niñas los esperaban junto a la puerta. Horty apenas pudo mirarlos. Se alinearon rápidamente frente al mostrador. Horty se sentó entre el conductor y la niña de pelo de plata, la de trenzas oscuras, en el taburete de al lado, y Havana en un extremo.

    Horty miró primero al conductor. Miró, clavó los ojos, y los apartó casi en seguida. La piel del hombre era realmente de un verde grisáceo, seca, suelta, y aparentemente áspera como el cuero. Tenía bolsas bajo los ojos, y una mirada inflamada y roja, y el labio inferior caía mostrando unos incisivos largos y blancos. En el dorso de las manos la piel era también floja y verde, pero los dedos eran normales, largos, y de uñas muy arregladas.

    —Ése es Solum —dijo Havana inclinándose sobre el mostrador—. Es el Hombre de Piel de Lagarto, y el ser humano más feo en cautiverio. —Quizá para que Horty no pensara que el otro podía sentirse insultado, añadió—: Es sordo, no oye nada.
    —Yo soy Bunny —dijo la niña al lado de Horty.

    Era regordeta; no gorda como Havana, pero redonda como una bola mantecosa, de piel tirante y muy rosada. El pelo era blanco como el algodón, aunque lustroso, y los ojos de un extraordinario color rubí, como de conejo blanco. Hablaba con una vocecita aflautada, y se reía con una risa aguda, casi ultrasónica. Apenas le llegaba al hombro a Horty, aunque los taburetes eran de la misma altura. El cuerpo era un poco desproporcionado: torso largo y piernas cortas.

    —Y ésta es Zena.

    Horty se volvió y se quedó sin aliento. Nunca en su vida había visto criatura más hermosa. Tenía un pelo negro y brillante, y unos ojos también brillantes. El plano que unía las sienes con las mejillas se curvaba hacia el mentón suave y pulidamente. Bajo la piel tostada había un color delicado y fresco, como una sombra clara en un pétalo de rosa. Se había pintado los labios de un rojo oscuro, casi castaño, y el blanco de los ojos brillaba como carbunclos. Llevaba un vestido de cuello ancho que le caía sobre los hombros, con un escote abierto casi hasta la cintura. El escote le sugirió a Horty por vez primera que estos niños, Havana y Bunny y Zena, no eran realmente niños. Bunny tenía las curvas de una niña, de una niña regordeta; un cuerpo de chica, o chico, de catorce años. Pero Zena tenía pechos, pechos reales, firmes y separados. Horty los miró y miró luego a las tres criaturas y las tres caritas como si las que había visto poco antes hubieran desaparecido y hubiesen sido reemplazadas por otras. El lenguaje estudiado y seguro de Havana y sus cigarros eran señales de madurez, y la albina Bunny mostraría seguramente en cualquier momento características parecidas.

    —No les diré cómo se llama —dijo Havana—, pues desde esta noche va a tener un nombre nuevo. ¿No es así, muchacho?
    —Bueno —dijo Horty, todavía un poco turbado por sus recientes descubrimientos—, bueno, creo que sí.
    —Es guapo —dijo Bunny—. ¿Sabes que eres realmente guapo, muchacho?

    Se rió con aquella risa casi inaudible.

    Horty se descubrió mirando otra vez los pechos de Zena y se le encendieron las mejillas.

    —No te rías de él —dijo Zena.

    Era la primera vez que hablaba… Horty, hacía mucho tiempo, había encontrado un tallo de espadaña a orillas de un arroyo. Apenas sabía caminar entonces, y el cilindro castaño, pegado al seco tallo amarillo, le había parecido algo quebradizo y duro. Lo había acariciado con la punta de los dedos, sin levantarlo, y al descubrir que no era madera seca, sino terciopelo, se había estremecido de emoción. Un estremecimiento semejante había sentido ahora, al escuchar a Zena por vez primera.

    El hombre del mostrador, un joven de cara pastel, con una boca fatigada, y risueñas arrugas alrededor de los ojos, se acercó a ellos. No le sorprendió aparentemente ver a los enanos o al horrible y verdoso Solum.

    —Hola, Havana. ¿Van a instalarse por aquí?
    —No hasta dentro de unas seis semanas. Ahora vamos a Eltonville. Volveremos cuando termine la feria nacional. Y con nuevos elementos. Un guiso para nuestro galán. ¿Y ustedes, señoras?
    —Un huevo a caballo —dijo Bunny.
    —Fría una lonja de jamón hasta que esté casi quemada… —dijo Zena.
    —… y sírvamela con maíz tostado y manteca de maní. Ya recuerdo, princesa —dijo el muchacho mostrando los dientes—. ¿Y usted, Havana?
    —Un bistec. Tú también, ¿eh? —le preguntó a Horty—. No, no puede cortarlo. Albóndigas, y no les ponga miga de pan o le arranco las orejas. Con guisantes y puré.

    El hombre hizo un círculo con el pulgar y el índice y fue a buscar el pedido.

    Horty preguntó, tímidamente:

    —¿Ustedes están en un circo?
    —Feriantes —dijo Havana.

    Zena sonrió al ver la cara de Horty. Horty sintió que se le iba la cabeza.

    —Gente de feria, si prefieres. ¿Te duele la mano?
    —No mucho.
    —Es incomprensible —dijo Havana—. Si lo hubierais visto. —Puso la mano derecha, como un cuchillo, sobre los dedos de la izquierda, y la dejó caer—. Señor.
    —No importa, ya te curaremos. ¿Cómo vamos a llamarte? —preguntó Bunny.
    —Veamos antes qué podría hacer —dijo Havana—. Que el Caníbal no se enoje.
    —Ese asunto de las hormigas —dijo Bunny—, ¿comerías babosas, langostas y cosas semejantes?

    Esta vez Bunny había preguntado directamente, y sin reírse.

    —¡No! —dijo Havana junto con Horty—. Ya se lo pregunté. Nada de eso. Además, el Caníbal no emplearía un tragalotodo.
    —Nunca se vio un enano que fuera al mismo tiempo un tragalotodo —dijo Bunny, lamentándose—. Sería un éxito.
    —¿Qué es un tragalotodo? —preguntó Horty.
    —Quiere saber qué es un tragalotodo.
    —Nada bonito —dijo Zena—. Un hombre que come los bichos más repugnantes, y que les arranca de un mordisco la cabeza a pollos y conejos vivos.
    —Eso no me gustaría, creo —dijo Horty tan seriamente que los tres enanos estallaron en agudas carcajadas.

    Horty los miró, uno por uno, y le pareció que no se reían de él, sino con él, y se rió también. Sintió otra vez aquel calor interior. Esta gente hacía tan fáciles las cosas. Entendían, parecía, que uno podía ser distinto. Havana les había explicado la situación, y ahora sólo querían ayudarlo.

    —Os he dicho que canta como un ángel —dijo Havana—. Nunca oí nada parecido. Ya me lo diréis.
    —¿Tocas algo? —preguntó Bunny—. Zena, ¿puedes enseñarle guitarra?
    —No con esa mano izquierda —dijo Havana.
    —¡Basta! —gritó Zena—. ¿Cuándo decidieron que trabajará con nosotros?

    Havana abrió la boca, estupefacto.

    —Oh, pensé… —dijo Bunny.

    Horty clavó los ojos en Zena. ¿Le ofrecían y le quitaban al mismo tiempo?

    —Oh, criatura, no me mires así —dijo Zena—. Me destrozas las entrañas… —Otra vez, a pesar de su inquietud, Horty sintió la voz de Zena en la punta de los dedos—. Haría cualquier cosa por ti, criatura. Pero… tendría que ser algo bueno. No sé si esto sería bueno.
    —Claro que sería bueno —protestó Havana—. Tiene que comer. ¿Quién va a cuidarlo? Merece un respiro. ¿Qué te preocupa, Zee? ¿El Caníbal?
    —Puedo manejar al Caníbal —le dijo Zena. Para Horty, de algún modo, aquella observación casual explicaba que los otros esperasen la decisión de Zena—. Mira, Havana, de lo que le pase a un niño a esta edad depende su vida futura. La feria está bien para nosotros. Es nuestro hogar. El único sitio donde podemos ser lo que somos, sin mucho dolor. Pero no es vida para un niño.
    —Hablas como si en las ferias sólo hubiese enanos y monstruos.
    —En cierto sentido así es —murmuró Zena—. Lo siento —añadió—. No debí haberlo dicho. No puedo pensar bien esta noche. Hay algo… —se sacudió—. No lo sé. Pero no me parece una buena idea.

    Bunny y Havana se miraron. Havana se encogió de hombros. Y Horty no pudo contenerse. Sentía que le ardían los ojos y dijo:

    —Ay, ay.
    —Oh, no, muchacho.
    —¡Eh! —ladró Havana—. ¡Sosténganlo! ¡Se desmaya!

    Horty había palidecido de pronto y se retorcía de dolor. Zena bajó del taburete y lo sostuvo con un brazo.

    —¿Te sientes mal, querido? ¿Es la mano?

    Horty jadeó y sacudió la cabeza.

    —Junky —murmuró al fin, y gimió como si le estuviesen apretando la garganta. Apuntó con la mano vendada hacia la puerta—. El camión —dijo—. Adentro… Junky… oh, ¡el camión!

    Los enanos se miraron. Havana saltó de su asiento, corrió hacia Solum, y le pellizcó un brazo. Con agitados ademanes, señalaba el camión, hacía girar un volante imaginario, y mostraba la puerta.

    Moviéndose con asombrosa rapidez, el gigante alcanzó la puerta y desapareció. Los otros lo siguieron. Solum estaba ya en el camión antes de que Horty y los enanos hubieran salido del bar. Paso rápidamente junto a la cabina, lanzando una ojeada al interior, y con otros dos saltos se metió en la caja. Se oyeron unos golpes y Solum emergió sosteniendo la bamboleante figura de un hombre. El vagabundo se resistió al principio, pero cuando la brillante luz dorada cayó sobre el rostro de Solum, lanzó un ronquido ululante que debió de oírse a medio kilómetro de distancia. Solum lo soltó. El hombre cayó pesadamente hacia atrás, y se quedó allí, en la grava, aterrorizado y retorciéndose, tratando de que el aire le entrara otra vez en los paralizados pulmones.

    Havana tiró la colilla de su cigarro y se inclinó sobre la caída figura revisándole todos los bolsillos. Dijo algo impublicable y añadió:

    —Mirad, nuestras cucharas nuevas y cuatro cajas de polvos y un lápiz de labios y… Canallita —le dijo al hombre, que no era corpulento, pero sí tres veces más grande que él.

    El hombre se retorció como si fuese a arrojar a Havana por los aires. Solum se inclinó rápidamente y le puso una manaza en la cara. El hombre aulló otra vez, dio un salto, y se desprendió de Havana, no para atacar, sin embargo, sino para correr sollozando y babeando de miedo. Desapareció en la oscuridad, del otro lado de la carretera, con Solum pisándole los talones.

    Horty se acercó al camión y le dijo tímidamente a Havana:

    —¿Buscarías mi paquete?
    —¿La bolsa de papel? En seguida.

    Havana subió de un salto a la caja, reapareció un momento más tarde con la bolsa, y se la alcanzó a Horty.

    Armand había estropeado a Junky, rompiendo la caja, y Horty sólo había podido salvar la cabeza. Pero ahora la ruina era total.

    —Oh —dijo Horty—. Junky. Está todo roto.

    Sacó la horrible cabeza. La nariz era polvo de papel maché y la cara estaba dividida en un pedazo grande y otro pequeño. Un ojo centelleaba en cada pedazo.

    —Oh —dijo Horty otra vez, tratando de juntar los trozos con una sola mano.

    Havana, muy ocupado en reunir el desperdigado botín, habló por encima del hombro.

    —No tiene arreglo, muchacho. El hombre debió de pisarlo mientras revisaba. —Echó el botín en la cabina y Horty envolvió otra vez a Junky—. Volvamos. La comida espera.
    —¿Y Solum? —preguntó Horty.
    —Ya vendrá.

    Horty advirtió, de pronto, que Zena le clavaba los ojos. Iba a hablarle, no supo qué decir, enrojeció, y caminó hacia el restaurante. Zena se sentó esta vez a su lado. Se inclinó para tomar la sal y susurró:

    —¿Cómo supiste que había alguien dentro del camión?

    Horty se puso la bolsa de papel en las rodillas, y vio que Zena miraba la bolsa.

    —Oh —dijo ella, y luego con un tono muy distinto, lentamente—: Oh—h.

    Horty no había respondido, pero comprendió de pronto que no debía hacerlo. No por ahora.

    —¿Cómo sabías que había alguien fuera? —preguntó Havana, muy ocupado con un frasco de salsa de tomate.

    Horty empezó a decir algo, pero Zena lo interrumpió.

    —He cambiado de parecer —dijo—. Creo que la feria le hará más bien que mal. No podemos dejarlo solo.
    —Muy bien.

    Havana dejó el frasco en el mostrador y sonrió. Bunny aplaudió.

    —¡Bien, Zee! Sabía que aceptarías.
    —Lo mismo yo —añadió Havana—. Y veo… veo algo más.

    Apuntó hacia adelante.

    —¿La cafetera? —dijo Bunny tontamente—. ¿La tostadora?
    —El espejo, estúpida. ¿Quieres mirar?

    Se inclinó hacia Horty y le puso un brazo alrededor de la cabeza acercándole la cara a la de Zena. Las imágenes en el espejo los miraron a su vez: caritas, ambas morenas, ambas de ojos hundidos, ovaladas, de pelo oscuro. Horty con trenzas y labios pintados no hubiera sido muy distinto de Zena.

    —¡Tu hermano perdido! —jadeó Bunny.
    —Era un primo, es decir, una prima —dijo Zena—. Escuchad, hay dos camas en mi coche… Deja esa risita, Bunny. Podría ser su madre, y además… Bueno, hay que hacerlo así. El Caníbal no debe saber quién es. Cuento con vosotros.
    —No diremos nada —prometió Havana.

    Horty preguntó:

    —¿Quién es el Caníbal?
    —El jefe —dijo Bunny—. Fue doctor en un tiempo. Te arreglará la mano.

    Los ojos de Zena miraban algo que no estaba en el salón.

    —Odia a los hombres. A todos.

    Horty se sorprendió. Era la primera vez que esta gente hablaba de algo temible. Zena adivinó lo que pensaba y le tocó el brazo.

    —No temas. Su odio no puede alcanzarte.


    4


    LLEGARON A LA FERIA al amanecer cuando las distantes colinas habían empezado a separarse del cielo, cada vez más pálido.Para Horty todo era emocionante y misterioso. No sólo había conocido a esta gente; lo esperaba un futuro enigmático y fascinante, y un nuevo papel, y palabras que no debería olvidar. Y ahora, al alba, la feria misma. La amplia y oscura avenida, sembrada de aserrín, parecía débilmente luminosa entre las filas de barracas y estrados. Aquí un oscuro tubo de neón lanzaba de cuando en cuando unos rayos fantasmales en el alba creciente; más allá la entrada de un picadero alzaba al cielo unos brazos esqueléticos y ávidos. Se oían algunos sonidos; somnolientos, inquietos, raros; y todo olía a tierra húmeda, a maíz tostado, sudor, y dulzones y exóticos estiércoles.

    El camión se metió entre las barracas del oeste y se detuvo ante una gran casa rodante con puertas a los costados.

    —En casa otra vez —bostezó Bunny.

    Horty iba ahora en la cabina con las mujeres, y Havana se había acurrucado atrás.

    —Desciende rápido —le ordenó Zena a Horty—. Entra por esa puerta. El Caníbal duerme aún. Nadie te verá. Te disfrazaremos primero, y luego te curaremos la mano.

    Horty se detuvo en el estribo del camión, miró alrededor, y corrió. La casa estaba a oscuras. Esperó junto a la puerta. Zena entró, cerró, bajó las cortinas, y encendió las luces.

    Era un cuartito cuadrado, con dos catres, una cocinita en un rincón, y lo que parecía un ropero en otro.

    —Muy bien —dijo Zena—, sácate la ropa.
    —¿Toda?
    —Claro, toda. —Zena vio la cara sorprendida de Horty, y se rió—. Escucha, criatura. Te diré algo acerca de nosotros, los enanos… ¿Cuántos años dijiste que tenías?
    —Casi nueve.
    —Bueno, haré lo posible. Para la gente adulta común es muy importante verse o no desnuda. Tenga o no sentido, se debe a que hay una gran diferencia entre hombres y mujeres. Más que entre niños y niñas. Bueno, un enano es realmente como un niño, toda su vida, excepto quizá un par de años. Así que la mayoría de nosotros no se preocupa por esas cosas. En cuanto a nosotros, tú y yo, debemos decidir desde ahora que no somos diferentes. Ante todo, sólo Havana y Bunny y yo sabemos que eres un niño. Luego este cuarto es demasiado pequeño para dos personas si van a estar escondiéndose por cosas sin importancia. ¿Entiendes?
    —Sí… Creo que sí.

    Zena le ayudó a sacarse las ropas, y lo inició en el arte de parecer una mujer.

    —Escucha, Horty —dijo Zena mientras abría un ordenado cajón y buscaba unas ropas—, ¿qué hay en la bolsa de papel?
    —Junky. Un muñeco. Era un muñeco, quiero decir. Armand lo pisoteó, ya sabes. Luego el hombre en el camión lo pisoteó todavía más.
    —¿Puedo verlo?

    Poniéndose dificultosamente un par de medias de Zena, Horty señaló un catre con la cabeza.

    —Mira.

    Zena sacó los pedazos de papel maché.

    —¡Dos! —exclamó.

    Se volvió y lo miró como si a Horty le hubieran salido orejas de conejo.

    —¡Dos! —dijo otra vez—. Me pareció que había visto sólo uno, allá en el restaurante. ¿Son realmente tuyos? ¿Los dos?
    —Son los ojos de Junky —explicó Horty.
    —¿De dónde salió Junky?
    —Lo tenía ya antes que me adoptaran. Un policía me encontró cuando era bebé. Me llevaron a un asilo. Allí conseguí a Junky. Me parece que nunca tuve padres.
    —Y Junky se quedó contigo… Escucha, déjame que te ayude… ¿Junky se quedó contigo desde entonces?
    —Sí, tenía que hacerlo.
    —¿Por qué?
    —¿Cómo se engancha aquí?

    Zena ahogó lo que parecía ser el impulso de arrastrar a Horty a un rincón, hasta sacarle lo que quería.

    —Hablábamos de Junky —dijo pacientemente.
    —Oh, bueno. Tenía que estar cerca de mí. No, no cerca. Yo podía alejarme siempre que Junky estuviese bien. Mientras fuera mío, quiero decir. Si yo no lo veía durante un año, no importaba; pero si alguien lo movía, yo lo sabía en el mismo momento, y si alguien le hacía daño me hacía daño a mí también. ¿Entiendes?
    —Te entiendo de veras —dijo Zena.

    Horty sintió otra vez aquella agradable sorpresa. Esta gente parecía entenderlo todo.

    —Pensé que todos tenían algo parecido —dijo—. Y que si lo perdían, se enfermaban. Y luego Armand me atormentaba a propósito de Junky. Lo escondía muchas veces para molestarme. Me enfermé tanto que llamaron al doctor. Yo gritaba pidiendo a Junky, y al final el doctor le dijo a Armand que me lo diera o de lo contrario yo moriría. Dijo que era una fija de algo. De acción.

    Zena sonrió.

    —Una fijación. Conozco la rutina.
    —Armand estaba furioso, pero tuvo que hacerlo. Así que al fin se cansó de molestarme con Junky y lo puso en el estante alto del armario y lo olvidó.
    —Pareces realmente una mujer de ensueño —dijo Zena, admirada. Puso las manos en los hombros de Horty y lo miró a los ojos—. Escúchame, Horty. Es muy importante. Hablo de Caníbal. Iremos a verlo y yo le contaré una historia, una historia no muy cierta. Y necesito tu ayuda. Si el Caníbal no nos cree no podrás quedarte.
    —Recuerdo cualquier cosa —dijo Horty ansiosamente—. Recordaré lo que quieras. Dímelo.
    —Muy bien. —Zena cerró los ojos, pensando—. Yo fui una huérfana —recitó—. Fui a vivir con mi tía Jo. Cuando descubrí que yo era enana, me escapé con unos artistas. Estuve con ellos unos años hasta que conocí al Caníbal y empecé a trabajar para él.

    Bueno… —Se humedeció los labios—. La tía Jo se casó otra vez y tuvo dos hijas. La primera murió, y tú eres la segunda. Cuando descubrió que eras enana, empezó a maltratarte. Escapaste entonces. Trabajaste un tiempo en una granja. Uno de los hombres, el carpintero, se encaprichó contigo. Te sorprendió anoche y te llevó al depósito de maderas y te hizo allí una cosa terrible. Tan horrible que no puedes contarlo. Si te pregunta, te echas a llorar. ¿Recuerdas todo?

    —Sí —dijo Horty distraídamente—. ¿Cuál va a ser mi cama?

    Zena frunció el entrecejo.

    —Criatura, esto es terriblemente importante. Tienes que recordarlo todo.
    —Oh, lo recuerdo —dijo Horty.

    Y ante la asombrada Zena recitó lo que ella había dicho, palabra por palabra.

    —¡Magnífico! —exclamó Zena, y le dio un beso. Horty enrojeció—. ¡Aprendes todo muy rápido! Muy bien. Tienes diecinueve años, y te llamas… Hortense. Por si alguien dice Horty y el Caníbal ve que miras alrededor. Pero todos te llaman Kiddo. ¿De acuerdo?
    —Diecinueve y Hortense y Kiddo. Eso es.
    —Bien. Caramba, querido. Lamento hacerte pensar tanto de una vez. Ahora algo que debe quedar entre nosotros. Ante todo, el Caníbal nunca, nunca debe saber de Junky. Le buscaremos aquí un escondite y no le hablarás de él a nadie. Sólo a mí. ¿Prometido?

    Horty asintió con los ojos muy abiertos.

    —Bien. Y otra cosa, también importante. El Caníbal te curará la mano. No te preocupes, es un buen médico. Pero quiero que me traigas todas las vendas, todos los algodones que use contigo, y sin que lo note. No quiero que dejes una sola gota de sangre en su casa, ¿entiendes? Ni una gota. Yo me ofreceré para limpiarle las cosas, y él aceptará. Odia esos trabajos. Pero debes ayudarme. ¿Conforme?

    Horty prometió que así lo haría.

    En ese momento llamaron Bunny y Havana. Horty salió a recibirlos y los enanos lo llamaron Zena, y Zena salió entonces saltando y riendo mientras los otros miraban estupefactos a Horty.

    —Increíble —dijo Havana dejando caer el cigarro.
    —¡Zee, es hermoso! —gritó Bunny.

    Zena alzó un índice diminuto.

    —Hermosa, no lo olvides.
    —Me siento muy raro —les dijo Horty, tirando de la falda.
    —¿De dónde sacaste ese pelo?
    —Un par de trenzas postizas. ¿Te gustan?
    —¿Y el vestido?
    —Nunca lo usé —dijo Zena—. Era chico de busto… Vamos, despertemos al Caníbal.

    Caminaron entre los carros.

    —Da pasos más cortos —dijo Zena—. Así es mejor. ¿Lo recuerdas todo?
    —Oh, sí.
    —Muy bien… Eres una buena chica, Kiddo. Si te pregunta algo que no sabes, sonríe. O llora. Yo estaré a tu lado.

    En un costado de una casa rodante larga y plateada había un anuncio de brillantes colores con un hombre de sombrero de copa. Tenía unos largos y puntiagudos bigotes, y de los ojos le salían unos rayos en zigzag. Debajo se leía en letras llameantes:

    ¿QUÉ PIENSA USTED?
    Mefisto lo sabe


    —No se llama Mefisto —dijo Bunny—, sino Monetre. Era médico antes de trabajar en las ferias. Todo el mundo lo llama Caníbal.1 No le importa.

    Havana golpeó la puerta.

    —¡Eh, Caníbal! ¿Va a dormir toda la tarde?
    —Estás despedido —gruñó una voz en la casa de plata.
    —Muy bien —dijo Havana, indiferente—. Salga y vea lo que tenemos.
    —No me interesa si quieren incluirlo en el elenco —dijo una voz somnolienta.

    Hubo un movimiento dentro de la casa. Bunny empujó a Horty hacia la puerta y le indicó a Zena que se escondiese. Zena se apretó contra la pared de la casa.

    Se abrió la puerta. El hombre era alto, cadavérico, de mejillas hundidas, y una larga mandíbula azulina. En la débil luz matinal los ojos parecían dos agujeros negros.


    1 Maneater, en inglés. (N. del T.)

    —¿Qué pasa?

    Bunny señaló a Horty.

    —Caníbal, mire quién está aquí.
    —¿Quién? —El hombre miró—. Zena. Buenos días, Zena —dijo con tono de pronto cortés.
    —Buenos días —rió Zena, saliendo de detrás de la puerta.

    El Caníbal miró a Zena y luego a Horty y otra vez a Zena.

    —Oh, mi ruina —dijo—. Un número de gemelas. Y si no la contrato, renunciarás. Y también Bunny y Havana.
    —Adivina el pensamiento —dijo Havana dándole un codazo a Horty.
    —¿Cómo te llamas, hermana?
    —Mi padre me bautizó Hortense —recitó Horty—. Pero todos me llaman Kiddo.
    —No los acuso —dijo el Caníbal amablemente—. Escúchame, Kiddo: el nuevo número no me interesa. Así que vete. Y si los demás no están conformes, que se vayan también. Si a las once no estáis en la carretera, sabré qué decidisteis.

    Cerró la puerta suavemente, pero con firmeza.

    —Ay, ay —dijo Horty.
    —No te preocupes —sonrió Havana—. Despide a todo el mundo todos los días. Cuando lo dice de veras, te paga. Háblale, Zee.

    Zena golpeó con los nudillos la puerta de aluminio.

    —¡Señor Caníbal! —cantó.
    —Estoy contando tu salario —dijo una voz desde adentro.
    —Oh, oh —dijo Havana.
    —Por favor, un minuto —insistió Zena.

    La puerta se abrió otra vez. El Caníbal traía dinero en una mano.

    Horty oyó que Bunny susurraba:

    —Lúcete, Zena.

    Zena le hizo una seña a Horty. El niño titubeó y se adelantó.

    —Kiddo, muéstrale la mano.

    Horty extendió la mano lastimada. Zena sacó los empapados pañuelos, uno a uno. El último estaba muy pegado a la carne. Zena tiró un poco, pero Horty dio un salto. El ojo experto de Caníbal advirtió sin embargo que faltaban tres dedos y que había heridas en el resto de la mano.

    —¿Cómo diablos te has hecho esto, muchacha? —tronó el hombre.

    Horty se echó hacia atrás, asustado.

    —Kiddo, ve con Havana, ¿quieres? —dijo Zena.

    Horty retrocedió, agradecido. Zena empezó a hablar rápidamente, en voz baja. El niño sólo oía algunas palabras.

    —Una experiencia terrible, Caníbal… No se la recuerde nunca… carpintero… y la llevó a su taller… cuando ella… y su mano en la puerta.
    —Por algo odio a la gente —gruñó el Caníbal.

    Le preguntó algo a Zena.

    —No —le dijo Zena—, alcanzó a escapar, pero la mano…
    —Acércate, Kiddo —dijo el Caníbal.

    La cara del hombre era notable. La voz restallante parecía salirle de la nariz, que se abría en redondos agujeros. Horty palideció.

    Havana lo empujó suavemente.

    —Ve, Kiddo. No está enojado. Le das pena. ¡Adelante!

    Horty se acercó lentamente, y pisó con timidez el escalón.

    —Entra.
    —Hasta luego —saludó Havana.

    Havana y Bunny se alejaron. Cuando la puerta se cerraba, Horty se volvió y vio que Bunny y Havana se estrechaban gravemente la mano.

    —Siéntate aquí —dijo el Caníbal.

    El interior de la casa rodante era extraordinariamente espacioso. Había una cama en el frente, con cortinas. Había también una cocina muy limpia, una ducha, un cofre, una mesa, armarios y una sorprendente cantidad de libros.

    —¿Te duele? —murmuró Zena.
    —No mucho.
    —No te preocupes —gruñó el Caníbal. Puso en la mesa alcohol, algodón, y una caja de agujas hipodérmicas—. Te diré lo que voy a hacer. Sólo para no parecerme a otros doctores. Te dormiré el nervio del brazo. Cuando te clave la aguja, te dolerá como una picadura de abeja. Luego sentirás el brazo muy raro, como un globo. Entonces te limpiaré la mano. No te dolerá.

    Horty le sonrió. Había algo en este hombre, con sus terribles cambios de voz y su humor cruel, que atraía sobremanera al niño. Era una bondad como la de Kay. La pequeña Kay a quien no le había importado que comiera hormigas. Y una crueldad como la de Armand Bluett. El Caníbal sería, por lo menos, el eslabón que lo uniría al pasado… durante un tiempo.

    —Adelante —dijo Horty.
    —Eres una buena chica.

    El Caníbal se inclinó y empezó a trabajar. Zena miraba fascinada, apartando los objetos que podían molestarlo, facilitándole las cosas. La tarea absorbió tanto al Caníbal que si se le había ocurrido otra pregunta, la olvidó.

    Más tarde, Zena lo limpió todo.


    5


    PIERRE MONETRE se había graduado de bachiller tres días antes de cumplir los dieciséis años, y de médico a los veintiuno. Un hombre murió en sus manos durante una simple apendicetomía, pero por causas ajenas a la capacidad del médico.Sin embargo, alguien, un administrador del hospital, se refirió de mal modo al accidente. Monetre fue a verlo y le rompió la mandíbula de un puñetazo. Inmediatamente se le prohibió la entrada en el anfiteatro de operaciones, y la gente lo atribuyó a la apendicectomía. En vez de demostrar al mundo algo que según él no necesitaba demostración, Monetre renunció al hospital. Luego empezó a beber. Exhibió su borrachera como había exhibido su inteligencia y habilidad, de frente y sin importarle los comentarios. Los comentarios sobre su inteligencia y habilidad lo habían ayudado. Los comentarios sobre sus borracheras le cerraron todas las puertas.

    Se sobrepuso a esas borracheras. El alcoholismo no es una enfermedad, sino un síntoma. Hay dos modos de combatir el alcoholismo. Uno, curar la causa. Otro, reemplazarlo con un nuevo síntoma.

    Monetre eligió esta última solución. Decidió despreciar a los hombres que lo habían transformado en un paria, y luego despreció a la humanidad, a la que ellos pertenecían.

    Disfrutó de su repugnancia. Edificó una torre de odio, y se subió a ella para contemplar desdeñosamente el mundo. Se encontró así a la altura que necesitaba. Pasaba hambre mientras tanto, pero como la riqueza era un valor del mundo despreciado, disfrutó también de la pobreza. Por un tiempo.

    Pero un hombre en esa actitud es como un niño con un látigo, o como una nación con acorazados. Durante un tiempo basta exhibirse al sol, ante los ojos del mundo. Pronto, sin embargo, será necesario que el látigo restalle, que truenen los cañones. No basta exhibirse; es necesario actuar.

    Pierre Monetre trabajó un tiempo con grupos subversivos. No le importaba qué grupo era, o qué pretendía, siempre que quisiera destruir el orden mayoritario. No se limitó a la política. Hizo también lo que pudo por introducir el arte moderno no figurativo en galerías tradicionales, luchó porque los cuartetos tocaran música atonal, echó extracto de carne en los platos de un restaurante vegetariano, y se entregó a otro centenar de estúpidas y triviales rebeldías. Rebeldías por amor a la rebeldía, siempre, sin relación con el valor de un cuadro, una música o un dogma alimenticio.

    Su odio, sin embargo, se alimentó a sí mismo hasta que al fin no fue trivial ni estúpido. Una vez más se encontró sin saber cómo expresar ese odio. A medida que se le estropeaban las ropas, y se veía obligado a cambiar de guarida, se sentía más amargado. Nunca se acusaba a sí mismo. Era sólo una víctima de la humanidad, una humanidad en partes y en conjunto inferior a él. Y de pronto encontró lo que quería.

    Tenía que comer. Ahí se centraron todos sus corrosivos odios. Comer era inevitable, y no podía hacerlo sino trabajando, es decir, haciendo algo que la humanidad estimaba. Se sintió furioso, pero no había otra solución. Así que decidió aprovechar en parte su carrera de médico y entró en un laboratorio biológico. Su odio a la humanidad no podía alterar las cualidades de su mente, curiosa, inquisitiva, brillante. Amaba el trabajo, odiando sólo que beneficiase a la gente: clientes que eran sobre todo médicos y enfermos.

    Vivía en una casa —un ex establo— casi en las afueras de la ciudad. En largas caminatas por los bosques, se libraba a sus raros pensamientos. Sólo un hombre que hubiera dado conscientemente la espalda, durante años, a todo lo humano, hubiese notado también lo que Monetre notó un atardecer, o hubiese tenido la curiosidad de investigar qué era aquello. Sólo un hombre de su experiencia y capacidad hubiese podido explicarlo. Y, ciertamente, sólo un monstruo como él le hubiese encontrado aquella explicación.

    Monetre vio dos árboles.

    Cada uno era un árbol como cualquier otro: un roble joven, que había torcido algún temprano accidente, y vivo. Nunca en un millar de años le hubieran llamado la atención si hubiera visto primero uno y luego otro. Pero los vio al mismo tiempo. Paseó la mirada sobre ellos, alzó las cejas ligeramente sorprendido, y siguió caminando. Y de pronto gruñó, como si alguien lo hubiese pateado, se metió entre los árboles —separados por una media docena de metros— y los contempló alternativamente, con la boca abierta.

    Los árboles eran del mismo tamaño. Una rama nudosa apuntaba en cada uno hacia el norte. Los dos tenían una cicatriz circular en el primer brote de la rama. Y en la extremidad de cada rama crecían cinco hojas.

    Monetre se acercó más, estudiando atentamente los árboles, de arriba abajo, primero uno y luego otro.

    Lo que vio era imposible. La ley de las probabilidades dice que puede haber dos árboles absolutamente idénticos, pero el número que expresase esa probabilidad sería astronómico. En realidad sólo cabía un adjetivo: imposible.

    Monetre extendió la mano y arrancó una hoja de un árbol, y luego la correspondiente del otro.

    Las hojas eran idénticas: nervaduras, forma, tamaño, textura.

    Eso era suficiente para Monetre. Gruñó de nuevo, miró alrededor para no olvidar el lugar, y volvió casi corriendo a su casa.

    Trabajó varias horas en las hojas de roble. Miró a través de una lupa hasta que le dolieron los ojos. Preparó soluciones con lo que había en la casa —vinagre, azúcar, sal, un poco de fenol— y metió en ellas partes de las hojas. Pintó otras partes con tinta diluida.

    A la mañana siguiente, en el laboratorio, examinó una y otra vez lo que había descubierto de noche. Los análisis cuantitativos y cualitativos, las medidas volumétricas, la temperatura y el peso específico, los exámenes espectroscópicos y la investigación del pH… todo decía lo mismo: las dos hojas eran increíble y absolutamente idénticas.

    Febrilmente, en los meses que siguieron, Monetre trabajó en distintas partes de los árboles. Los microscopios comunes repetían la misma historia. Le pidió al jefe del laboratorio que le dejara usar el microscopio de 300 aumentos que guardaban bajo una campana de vidrio, y éste confirmó los otros resultados. Los árboles eran idénticos, no hoja por hoja, sino célula por célula. Corteza, albura, líber eran, en los dos, iguales.

    Aquellas pruebas incesantes llevaron a Monetre al próximo paso. Tomaba sus muestras luego de las más minuciosas medidas. El agujero practicado en el árbol A era repetido en el árbol B hasta una fracción de milímetro. Un día Monetre metió el barreno en el árbol A, sacó una muestra, y al tirar del barreno rompió la mecha antes de obtener la muestra del otro árbol.

    Culpó, por supuesto, a la mecha, y luego a los hombres que la habían fabricado, y luego a todos los hombres. Regresó furioso a casa.

    Pero cuando volvió al día siguiente, encontró un agujero en el árbol B, en un lugar que correspondía exactamente al del agujero del otro árbol.

    Se quedó allí, con los dedos sobre el inexplicable orificio, sin pensamientos. Luego, con cuidado, sacó el cuchillo, y con incisiones claras y profundas grabó una cruz en el árbol A y un triángulo en el sitio correspondiente en el árbol B. Luego volvió a su casa, a leer más libros esotéricos sobre estructura celular.

    Cuando volvió al bosque descubrió que había una cruz en los dos árboles.

    Hizo otras pruebas. Grabó raras figuras en los árboles. Las pintó con rayas de color.

    Descubrió que las añadiduras, capas de color o trozos de madera clavados en el tronco, no provocaban ningún cambio. Pero cualquier cosa que afectara la estructura misma del árbol —una cortadura, una raspadura, un pinchazo— pasaba del árbol A al árbol B.

    El árbol A era el original. El árbol B era algo así como… una copia.

    Pierre Monetre trabajó dos años antes de descubrir con ayuda de un microscopio electrónico que el árbol B no sólo se distinguía por su capacidad de duplicar exactamente el árbol A. En el núcleo de las células del árbol B había una molécula gigante, similar a las enzimas hidrocarbúricas, que podía transmutar elementos. Si se sacaban tres células de una hoja o de la corteza, eran reemplazadas por otras tres en menos de una hora. La extravagante enzima, agotada, descansaría una hora o dos, y luego empezaría a restaurarse a sí misma, tomando átomo tras átomo de los tejidos de alrededor.

    La reparación de un tejido dañado es más sutil cuanto más simple. Cualquier biólogo puede describir lúcidamente qué ocurre cuando se reconstruye una célula, qué factores metabólicos intervienen, qué cambios de oxígeno ocurren, con qué rapidez, en qué proporción y con qué propósito aparecen nuevas células. Pero no puede decir por qué. No puede decir qué ordena «¡empieza!» a la célula deteriorada, y qué dice «basta». Sabe que en el cáncer el mecanismo no funciona de modo adecuado: pero no qué mecanismo es éste. Y eso en tejidos normales.

    Pero, ¿y en el árbol B de Pierre Monetre? Nunca se reparaba normalmente a sí mismo. Se reparaba sólo para duplicar el árbol A. Si uno hacía una incisión en una rama del árbol A, y luego cortaba la rama correspondiente del árbol B y se la llevaba a casa, podía verse, durante trece o catorce horas, que la rama cortada trabajaba arduamente para mostrar una incisión. Luego el proceso se detenía, y era una rama común. Si entonces uno volvía al árbol B, descubría allí que la rama había crecido otra vez, con un corte perfectamente duplicado.

    Aquí hasta la cabeza de Pierre Monetre se encontraba paralizada. La regeneración celular es un misterio. La duplicación celular es más que un enigma insondable. Pero en alguna parte, de algún modo, un cierto mecanismo gobernaba esta fantástica duplicación, y el obstinado Monetre decidió encontrarlo. Era como un salvaje que al oír un aparato de radio empezara a buscar la fuente del sonido. Era un perro que oía llorar al amo, que había recibido una carta donde una muchacha decía que no lo quería. Veía el resultado, y trataba, sin adecuadas herramientas, de determinar la causa, que no podría entender aunque la tuviese bajo las narices.

    Lo ayudó un incendio.

    Las pocas gentes que lo conocían de vista —nadie lo conocía de otro modo— se asombraron de que se ofreciera como bombero voluntario aquel otoño, cuando el humo atravesó las colinas, impulsado por los látigos de un viento llameante. Y durante años hubo una leyenda acerca de un hombre flaco que había luchado contra las llamas como un alma salida del infierno. Se había hablado de cerrarle el paso al fuego, y el hombre flaco amenazó con matar al guardia rural si no paraban las llamas quinientos metros más al norte. El hombre flaco hizo historia luchando contra las llamas negras, bañándolas con su propio sudor para mantenerlas lejos de unos ciertos árboles. Y cuando el fuego llegó a la línea donde trabajaban los hombres, todos huyeron, menos el flaco, que se quedó entre dos robles jóvenes, agachado en el musgo humeante, con un pico y un hacha en las manos ensangrentadas, y en los ojos un fuego más ardiente que cualquiera que hubiese tocado alguna vez un árbol. Vieron todo eso…

    No vieron que el árbol B se estremecía. No estaban con Monetre para mirar a través del calor y el humo y la pesada nube de cansancio, ni para ver cómo la mente del investigador descubría que los temblores del árbol B coincidían exactamente con el ir y venir de las llamas, a quince metros.

    Monetre miraba, con ojos enrojecidos. Las llamas alcanzaron el claro boscoso. El árbol B se estremeció. Pareció que las llamas succionaban la tierra, como un huracán que eriza los cabellos. Al fin oscilaron y se lanzaron verticalmente hacia arriba. El árbol no se movió. Pero cuando una torturada ráfaga de aire frío perseguida por dedos de fuego, se precipitó a ocupar el vacío del calor, el árbol se sacudió rígidamente.

    Monetre, casi desollado, se arrastró hasta el claro y observó el fuego. Una espada rojo anaranjada allá; el árbol no se movía. Una lengua ardiente allí; el árbol temblaba.

    Así lo encontró, en medio de un afloramiento basáltico. Dio vuelta una piedra, chamuscándose los dedos, y debajo había un cristal embarrado. Se lo metió en la axila y volvió tambaleándose a sus árboles, ahora una islita de tierra, sudor y llamas que había creado él mismo, con demoníaca energía. Se desplomó entre los robles y el fuego pasó a su lado, rugiendo.

    Poco antes del alba, atravesando una pesadilla, un infierno que exhalaba sus últimas bocanadas de fuego, llegó a su casa y escondió el cristal. Se arrastró otros quinientos metros, hacia el pueblo, antes de caer. Recuperó la conciencia en el hospital e inmediatamente pidió que lo dejaran ir. Al principio se negaron, luego lo ataron a la cama, y al fin Monetre escapó por la ventana una noche y fue a reunirse con su cristal.

    Quizá fue porque se encontraba en los mellados límites de la locura, o porque la conciencia y el inconsciente se fundían en él de algún modo. Quizá más porque estaba particularmente equipado con aquella mente inquisitiva. En verdad, pocos hombres debían de haberlo logrado antes, si alguien lo había logrado. Se comunicó con el cristal.

    Lo logró con el arma del odio. El cristal centelleaba pasivamente en todas las pruebas… aquellas a las que Monetre se atrevía a someterlo. Debía tener cuidado, después de haber descubierto que estaba vivo. Así se lo decía el microscopio. No era realmente un cristal, sino un líquido súper enfriado, una célula de paredes en facetas. El fluido solidificado del interior era un coloide, con índice de refracción similar al del polietileno, y había un núcleo complejo que no podía entender.

    Su curiosidad luchaba contra su prudencia. No se atrevía a someterlo a temperaturas muy altas, sustancias corrosivas, o bombardeos atómicos. Terriblemente frustrado, le lanzó un rayo de aquel odio que había refinado a lo largo de los años, y el cristal… gritó.

    No hubo sonido. Fue una presión en la mente de Monetre. No hubo palabras, pero la presión fue una agónica negación, un impulso coloreado de «no».

    Pierre Monetre, estupefacto, se apoyó en su golpeada mesa de trabajo, mirando desde las sombras el cristal que había puesto en el círculo de luz de una lámpara. Se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados, y con total sinceridad —pues le desagradaba de veras cualquier cosa que desafiara su comprensión— lanzó otra vez aquel impulso.

    El cristal reaccionó, con un grito silencioso, como si lo hubiesen atravesado con una aguja caliente.

    ¡No!

    Monetre conocía, por supuesto, el fenómeno de la piezoelectricidad en que un cristal de cuarzo o de Rochelle comprimido emite electricidad, o cambia ligeramente de dimensión si se lo atraviesa con una corriente eléctrica. Aquí había algo análogo, aunque el cristal no era en realidad un cristal. Sus impulsos mentales habían provocado aparentemente una reacción que se manifestaba en «frecuencias» de pensamiento.

    Monetre reflexionó.

    Ante todo, aquel árbol extraordinario, que se comunicaba de algún modo con el cristal enterrado a cincuenta metros de distancia; pues cuando la llama se acercaba al cristal, el árbol se estremecía. Y cuando él, Monetre, lanzaba la llama de odio, el cristal reaccionaba.

    ¿El cristal había fabricado el árbol, usando el otro como modelo? ¿Pero cómo? ¿Cómo?

    —No importa cómo —murmuró Monetre.

    Ya lo descubriría. Podía lastimar el cristal. Las leyes y castigos lastiman; el poder se mide por la capacidad de infligir daño. Esa cosa fantástica haría lo que él quisiera, o la torturaría hasta la muerte.

    Tomó un cuchillo y corrió afuera. A la luz de una luna menguante desenterró una plantita de albahaca que crecía junto al viejo establo y la plantó en una lata de café. En otra lata similar puso tierra. Llevó las latas adentro y enterró el cristal en la segunda lata.

    Se sentó a la mesa, concentrándose en una fuerza particular. Sabía desde hacía tiempo que disponía de un curioso poder. En cierto modo era como un contorsionista que puede contraer o retorcer separadamente un músculo del hombro, o un muslo, o una parte del brazo. Fue como si sintonizara un instrumento electrónico con el cerebro. Encauzó su energía mental en la longitud de onda específica que hería el cristal, y de pronto, bruscamente, la lanzó hacia afuera.

    Una y otra vez golpeó el cristal. Luego lo dejó descansar mientras trataba de que sus golpes transmitieran alguna orden precisa. Miró atentamente la plantita y trató de representársela en la segunda lata.

    —Haz crecer otra igual. Copia ésa. Haz otra. Copia.

    Repetidamente, azotó y castigó al cristal con la orden. A veces creía oír sus gemidos. En una ocasión vio, en el interior de su propia mente, un centelleo calidoscópico de impresiones: el roble, el fuego, un vacío inmenso y sombrío, un triángulo grabado en la madera. Fue algo muy breve, y nada similar se repitió durante un tiempo. Pero Monetre podía asegurar que las impresiones habían venido del cristal, que éste protestaba de algún modo.

    El cristal cedió al fin. Monetre casi sintió su derrota. Lo azotó dos veces más y se fue a la cama.

    Por la mañana había dos plantas de albahaca. Pero una era un aborto monstruoso.


    6


    LA EXISTENCIA de las ferias fluye uniformemente, y cada estación arrastra a la otra. Los años le brindaron tres dones a Horty: un centro de vida, Zena, y una luz en las sombras.Después de que Caníbal le arreglara la mano, y las heridas cicatrizaran, el nuevo enano —es decir, la nueva enana— empezó a trabajar. Ya fuese por su irradiante buena voluntad, o el gozoso deseo de encontrar un lugar en el mundo y hacerse útil, o por capricho o descuido del Caníbal, Horty se quedó en la feria.

    En las ferias, los fenómenos, los acróbatas, los anunciadores y sus ayudantes, los bailarines, traga—fuegos, hombres serpientes, tienen algo en común que trasciende las diferencias de sexo, raza y edad. Todos son gente de feria, interesada en atraer multitudes y hacerlas entrar en las barracas. Trabajan para eso, y nada más. Y Horty fue como ellos.

    La voz de Horty era casi parte de la voz de Zena. El número anterior era el de Bets y Bertha, otras dos hermanas que sumaban casi trescientos kilos. Las hermanitas Zena y Kiddo se presentaban con una hilarante parodia de Bets y Bertha, y luego pasaban a su propio número: una armoniosa sucesión de cantos y bailes que concluía con sorprendentes modulaciones vocales. La voz de Horty, clara y entonada, y la de Zena, de contralto, armonizaban como dos registros de órganos. La pareja trabajaba también en la ciudad infantil, una ciudad en miniatura con puesto de bomberos, alcaldía, restaurantes, donde no se admitían adultos. Horty servía té liviano y bizcochos a los chicos de ojos asombrados y caras transpiradas de los pueblos y se sentía parte de aquel asombro, de aquella fe en la ciudad mágica. Parte de… parte de… hechizante leitmotiv de todo lo que Kiddo hacía. Kiddo era parte de Horty, y Horty era parte del mundo, por primera vez.

    La caravana de cuarenta camiones serpenteaba entre las montañas Rocosas y se estiraba en la carretera de Pennsylvania; entraba ronroneando en los campos de feria de Ottawa, y se perdía en la exposición de Fort Worth. En una ocasión, cuando tenía diez años, Horty ayudó a que la giganta Bets trajera un niño al mundo, y no dio ninguna importancia a este previsible accidente en la vida de la feria. En otra ocasión, un pobre enano idiota, que se pasaba el día acurrucado en un rincón de la galería de los fenómenos, riéndose sin saber por qué, murió en brazos de Horty luego de beberse una botella de lavandina. Y la cicatriz que quedó en la memoria de Horty —el recuerdo de aquella boca escarlata y asustada, y aquellos ojos doloridos y asombrados— era también parte de Kiddo, que era Horty, que era parte del mundo.

    Y lo segundo era Zena, que tenía manos para Horty, ojos para Horty, cerebro para Horty, mientras él aprendía las leyes del nuevo mundo, mientras aprendía a ser, naturalmente, una joven enana. Con Zena participaba en la vida del universo. El yo hambriento de Horty lo devoraba todo. Zena le leía, docenas de libros, con aquella voz profunda y expresiva que se adaptaba automáticamente a todos los personajes de la historia. Zena, con su guitarra y sus discos, le enseñaba música. Nada de lo que aprendía cambiaba a Horty, pero nada tampoco era olvidado. Pues Horty—Kiddo tenía una memoria eidética.

    Havana solía lamentar lo de la mano de Kiddo. Las hermanitas salían con guantes negros, lo que parecía un poco raro, y además, hubiera sido magnífico que las dos tocasen la guitarra. Pero esto, naturalmente, no era posible. A veces Havana le decía a Bunny, de noche, que Zena iba a gastarse los dedos si tocaba todo el día en el escenario y por la noche en el carro para distraer a Horty, pues la guitarra lloraba y cantaba durante horas cuando ya todos se habían acostado. Bunny, somnolienta, decía entonces que Zena sabía lo que hacía. Lo que era, por supuesto, exacto.

    Sabía también qué hacía cuando le pidió al Caníbal que echara a Huddie. Durante un tiempo Zena sufrió bastante. Había violado la ley de las ferias, y ella era artista de feria hasta las uñas. No había sido fácil, sobre todo porque Huddie, un acróbata de anchas espaldas y boca grande y tierna, era inocente. Idolatraba a Zena, e incluía feliz a Kiddo en su muda adoración. Les compraba golosinas y regalitos sin valor en los pueblos, y se escondía para oír absorto los ensayos.

    Huddie fue a la casa rodante a despedirse. Se había afeitado, pero el traje de confección no le caía muy bien. Se detuvo al pie del estribo, jugueteando con el gastado sombrero de paja, y masculló penosamente algo incomprensible.

    —Me despidieron —dijo al fin.

    Zena le tocó la cara.

    —¿Te dijo… te dijo el Caníbal por qué?

    Huddie sacudió la cabeza.

    —Me llamó y me dio el sueldo. No hice nada, Zee. No… no protesté. Me miraba como si fuese a matarme. Quisiera… —Parpadeó, dejó la maleta en el suelo, y se enjugó los ojos con la manga—. Toma —concluyó.

    Buscó en el bolsillo, sacó un paquetito que puso en manos de Zena, y echó a correr.

    Horty, sentado en su catre, con los ojos muy abiertos, preguntó:

    —Pero… Zee, ¿qué hizo? ¡Era tan bueno!

    Zena cerró la puerta. Miró el paquetito. Estaba envuelto en papel amarillo y tenía una cinta roja con un lazo muy complicado. Las manazas de Huddie debían de haber tardado una hora en preparar el paquete. Zena apartó la cinta. Era un pañuelo de seda, chillón y vulgar: el regalo que podía haber elegido Huddie luego de horas de búsqueda.

    Horty notó de pronto que Zena estaba llorando.

    —¿Qué pasa?

    Zena se sentó en el catre y tomó las manos de Horty.

    —Fui y le dije al Caníbal que Huddie me… me molestaba. Por eso lo despidieron.
    —Pero… ¡Huddie no hizo nada! Nada malo.
    —Ya sé —susurró Zena—. Oh, ya sé. Mentí. Huddie tenía que irse… en seguida.

    Horty la miró fijamente.

    —No entiendo, Zee.
    —Te explicaré —dijo Zena lentamente—. Te lastimaré, Horty, pero quiero impedir algo que te lastimaría todavía más. Escucha. No olvidas nada. Hablaste con Huddie ayer, ¿recuerdas?
    —Oh, sí. Huddie clavaba los piquetes con Jemmy y Ole y Stinker. Me gustaba mirarlos. Rodearon un piquete y al principio martillearon lentamente: pim, pim, pim, pim. Y luego balancearon los martillos por encima de las cabezas y golpearon con fuerza: pum, pum, pum, pum. ¡Muy rápido! Y el piquete pareció fundirse en el suelo.

    Horty se calló. Le brillaban los ojos. La cámara de su mente reproducía imágenes y sonidos.

    —Sí, querido —dijo Zena pacientemente—. ¿Y qué le dijiste a Huddie?
    —Fui a tocar la cabeza del piquete, debajo del anillo de hierro. «¡Pero está deshecho!», dije. Y Huddie dijo: «Piensa qué les pasaría a tus dedos si los dejases ahí mientras martillamos». Y yo me reí y dije: «No me importaría mucho, Huddie. Crecerían otra vez». Eso es todo, Zena.
    —¿No te oyeron los demás?
    —No. Empezaban ya con el otro piquete.
    —Muy bien, Horty. Huddie tuvo que irse porque le dijiste eso.
    —Pero… ¡creyó que era una broma! Se rió… ¿Qué daño hice, Zee?
    —Horty, querido, ya te he dicho que no debes decirle a nadie ni una palabra de tu mano, o cualquier otra cosa que te hayas cortado y vuelva a crecer. Tienes que llevar un guante noche y día en la mano izquierda y nunca hacer nada…

    Zena calló.

    —¿Con los tres dedos nuevos?

    Zena le tapó la boca con la mano.

    —Nunca hables de eso —susurró—. Con nadie. Sólo conmigo. Nadie debe saberlo. Toma. —Se incorporó y echó el brillante pañuelo en las rodillas de Horty—. Guárdalo. Míralo y piensa y… déjame sola un rato. Huddie era… Yo… no podré quererte mucho por un tiempo, Horty. Lo siento.

    Zena se volvió y salió, dejando a Horty sorprendido, herido, y profundamente avergonzado. Y, ya muy tarde, cuando la enana se acercó a la cama de Horty, y lo envolvió en sus tibios bracitos y le dijo que todo estaba bien ahora, el niño ya no lloró. Se sintió tan feliz que no pudo hablar. Hundió la cara en el hombro de Zena, estremeciéndose, y prometiéndose a sí mismo que haría siempre, siempre, lo que ella dijera. Nunca volvieron a hablar de Huddie.

    Las imágenes, los olores, todo era un tesoro. Como los libros que leían juntos…, fantasías como El gusano Oroborus y La espada en la piedra y El viento en los sauces; libros raros, enigmáticos, iónicos en su especie, como Mansiones verdes o Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, La guerra con las salamandras de Karel Kapek, o El viaje inocente.

    La música era un tesoro. La música alegre como la polca de la Isla de oro, o las cacofónicas creaciones de Spike Jones y Red Ingalls; o el rico romanticismo de Crosby que cantaba Arestes Fideles o La alondra como si cada una fuese su canción favorita, y las celestes sonoridades de Tchaikovsky; y los arquitectos: Franck, que edificaba con plumas, flores y fe; Bach, con ágatas y cromo.

    Pero lo que más apreciaba Horty eran las somnolientas conversaciones en la oscuridad, a veces en ferias silenciosas, otras en los caminos bañados por la luna.

    —Horty…

    Sólo Zena lo llamaba así. Y nadie la había oído. Era como un apodo privado.

    —¿Mmm?
    —¿No duermes?
    —Pensaba…
    —¿Pensabas en tu novia del pueblo?
    —¿Cómo lo sabes? Oh… no te burles, Zena.
    —Lo siento, querido.

    Horty hablaba en la oscuridad:

    —Sólo Kay me dijo entonces algo agradable, Zee. Sólo ella. La noche que escapé. A veces, en la escuela, me había sonreído. Nada más. Yo… yo esperaba su sonrisa. Te ríes de mí.
    —No, criatura, no. Eres tan dulce.
    —Bueno —dijo Horty defendiéndose—. A veces me gusta pensar en ella.

    Pensaba en Kay Hallowell, y a menudo. Pues esto era el tercer elemento: la luz en medio de la sombra. La sombra era Armand Bluett. No podía pensar en Kay sin pensar en Armand. Muchas veces los ojos húmedos y fríos de un niño huraño, vislumbrado en el patio de una granja, o el preciso y anunciador sonido de una llave en una cerradura, traían a Armand, y los secos sarcasmos de Armand, y las manos duras y listas de Armand, a aquella misma habitación. Zena lo sabía, y por eso se reía siempre cuando Horty mencionaba a Kay.

    Horty aprendió tantas cosas en aquellas charlas nocturnas… Acerca del Caníbal, por ejemplo.

    —¿Cómo llegó a actuar en las ferias, Zee?
    —No lo sé exactamente. A veces pienso que las odia. Parece como si despreciase a los clientes, y pienso que eligió el oficio porque sólo así puede guardar sus…

    Zena calló.

    —¿Sus qué?

    Zena esperó un rato y al fin dijo:

    —Tiene algunas gentes que… estima mucho —explicó—. Solum. Gogol, el Niño Pez. Monedita también. —Monedita era el fenómeno que había bebido lavandina—. Unos pocos más. Y algunos animales. El gato de dos patas, y los cíclopes. Le… le gusta tenerlos cerca. Los colecciona desde antes de actuar en las ferias. Tienen que haberle costado mucho dinero. Pero ahora puede sacarles algo, además.
    —¿Por qué le gustan?

    Zena se volvió, inquieta.

    —Son de su misma especie —susurró, y luego dijo—: Oh, Horty, ¡nunca le muestres la mano!

    Una noche, en Wisconsin, algo despertó a Horty.

    Ven.

    No era un sonido. No eran palabras. Era una llamada. Había una cualidad cruel en esa llamada. Horty no se movió.

    Ven. Ven. ¡Ven! ¡Ven!

    Horty se sentó en la cama. Esta vez era distinto. Esta vez llegaba envuelto en un ardiente resplandor de cólera, una cólera dominada, voluntaria, y algo de ese placer con que Armand Bluett, alguna vez, lo había acusado justamente. Horty saltó de la cama y se quedó de pie en medio del cuarto, sin aliento.

    —¿Horty? ¿Qué pasa, Horty?

    Zena salió desnuda de la pálida blancura de sus sábanas como un delfín de la espuma.

    —Es necesario… que vaya —dijo Horty penosamente.
    —¿Qué ocurre? —preguntó Zena, tensa—. ¿Una voz, adentro?

    Horty asintió. La orden furiosa lo golpeó otra vez, y Horty retorció la cara.

    —No vayas —murmuró Zena—. ¿Me oyes, Horty? No te muevas. —Se envolvió en una bata—. Vuélvete a la cama. Resístete, y sobre todo no salgas, por favor. El…, eso parará. Te prometo que parará pronto. —Lo empujó hacia el catre—. No vayas, pase lo que pase.

    Ciego, aturdido por aquella presión urgente, dolorosa, Horty se dejó caer en la cama. La llamada ardió otra vez dentro de él.

    —Zee… —dijo.

    Pero ella se había marchado. Horty se incorporó, con la cabeza entre las manos, y luego recordó la ansiosa insistencia de las órdenes de Zena, y volvió a sentarse.

    La orden llegó nuevamente, pero… incompleta. Interrumpida.

    Horty, muy quieto, empezó a buscarla mentalmente, con timidez, como si estuviese rozando con la lengua un diente sensible. Había desaparecido. Agotado, se echó de espaldas, y se durmió.

    A la mañana, Zena estaba de vuelta. Horty no la había oído entrar. Cuando le preguntó dónde había estado, ella le lanzó una curiosa mirada.

    —Fuera —dijo.

    Así que Horty dejó de preguntar. Pero en el desayuno, con Bunny y Havana, Zena lo cogió por el brazo aprovechando que los otros habían ido a la cocina.

    —¡Horty! Si oyes otra vez esa llamada, despiértame. Despiértame en seguida, ¿entiendes?

    Zena parecía tan enojada que Horty se asustó. Apenas tuvo tiempo de asentir con un movimiento de cabeza antes que los otros regresaran. No lo olvidó nunca. La despertó algunas veces. Ella se levantaba y salía sin decirle una palabra. Volvía horas más tarde. Al fin Horty creyó entender que las llamadas no eran para él y dejó de oírlas.

    Pasaron las estaciones y creció la feria. El Caníbal seguía allí, omnipresente, azotando a sus fenómenos y a sus hombres animales, a sus acróbatas y conductores, siempre con la misma arma: el desprecio, que exhibía de continuo como una espada desnuda.

    La feria creció…, se hizo más grande. Bunny y Havana crecieron, envejecieron, y lo mismo Zena, de algún modo. Pero no Horty.

    Él —o ella— era ahora una gran atracción, con su clara voz de soprano y sus guantes negros. El Caníbal lo aceptaba. Llegaba hasta a esconder su desprecio y darle los buenos días. Un gran favor, de quien poco más tenía que decir. Pero Horty—Kiddo era muy querido por los artistas, con ese afecto serio y peculiar de las ferias.

    La compañía disponía ahora de un tren de camiones, con agentes de propaganda y faros que barrían los cielos, un pabellón de baile y complicados y precisos itinerarios. Una revista había publicado una larga historia donde se hablaba de la «Extraña gente» («Feria de monstruos» era la frase popular). Había una oficina de propaganda, y empresarios, y contratos anuales con grandes organizadores. En los estrados había micrófonos y altavoces, y más nuevas —no nuevas, pero más nuevas— casas rodantes para el personal.

    El Caníbal había abandonado años atrás su acto de adivinación del pensamiento, y apenas se mostraba en público. En las revistas no se hablaba de él sino como «socio». Muy pocas veces lo entrevistaban, y jamás lo fotografiaban. Se pasaba las horas trabajando con su gente, recorriendo el campamento, o con libros y fenómenos. Se decía que lo habían visto a altas horas de la noche, de pie en la oscuridad donde se oían roncas respiraciones, con las manos a la espalda, encogido de hombros, mirando fijamente a Gogol en su tanque, o espiando la serpiente de dos cabezas o el conejo pelado. Serenos y cuidadores habían aprendido a no acercarse a él en esos momentos. Se retiraban silenciosamente, sacudiendo la cabeza, y lo dejaban solo.

    —Gracias, Zena.

    El tono de Caníbal era cortés, meloso.

    Zena sonrió cansadamente, y cerró la puerta de la casa rodante contra la oscuridad de la noche. Se acercó a la silla enrejada de plástico y cromo, junto al escritorio, y se acurrucó envolviéndose los tobillos en la bata.

    —Tenía bastante sueño —dijo.

    El Caníbal sirvió un poco de vino; mosela.

    —No es una hora muy apropiada —dijo—, pero sé que te gusta.

    Zena tomó el vaso y lo puso en una punta del escritorio. Esperó. Había aprendido a esperar.

    —He encontrado algunos hoy —dijo el Caníbal. Abrió una pesada caja de roble y sacó una bandeja afelpada—. Casi todos jóvenes.
    —Magnífico —dijo Zena.
    —Sí y no —dijo el Caníbal irritado—. Son más fáciles de manejar, pero no hacen casi nada. Me pregunto a veces por qué me molesto.
    —Lo mismo yo —dijo Zena.

    Le pareció que los ojos de Monetre se habían vuelto rápidamente hacia ella en las hundidas órbitas, pero no podía asegurarlo.

    —Mira éstos —dijo el hombre.

    Zena se puso la bandeja en el regazo. Había ocho cristales en la felpa, que brillaban opacamente. Les habían sacado la capa de barro seco que hacía que pareciesen pedruscos o terrones. No eran totalmente translúcidos; sin embargo, si uno sabía qué sombra interior buscar, podía ver el núcleo.

    Zena cogió un cristal y lo alzó a la luz. Monetre gruñó, y Zena vio que el hombre la miraba.

    —Me preguntaba qué cristal cogerías —dijo Monetre—. Ése está bien vivo.

    Lo tomó de los dedos de Zena y lo miró entornando los ojos. Le lanzaba ya una corriente de odio cuando Zena protestó ahogadamente.

    —No, por favor…
    —Perdón… Pero grita tan bien —dijo el hombre suavemente, y puso el cristal con los otros—. Si por lo menos pudiera entender cómo piensan —dijo—. Puedo hacerles daño. Puedo dominarlos. Pero no hablar con ellos. Un día, sin embargo, sabré…
    —Por supuesto —dijo Zena, mirándolo.

    ¿Estallaría otra vez el Caníbal en una de sus furias? Parecía preparado…

    Monetre se dejó caer en el sillón, puso las manos cerradas entre las rodillas y se estiró. Zena oyó cómo le crujían los hombros.

    —Sueñan —dijo el hombre, y la voz de órgano se apagó en un largo suspiro—. No puedo decirlo mejor. Sueñan.

    Zena esperó.

    —Pero sus sueños viven en nuestro mundo, en nuestra realidad. No son imágenes y sombras y sonidos como nuestros propios sueños. Son sueños de carne y savia, madera y huesos y sangre. Y a veces estos sueños quedan inconclusos, y así tengo un gato con dos patas, una ardilla sin pelo, y Gogol, que tenía que ser un hombre, y es un hombre sin brazos ni glándulas sudoríparas, ni cerebro. No están terminados… A todos les falta ácido fórmico y niacina, entre otras cosas. Pero… viven.
    —Y usted no sabe cómo… todavía. No sabe cómo los hacen.

    Monetre la miró de soslayo y Zena vio que los ojos relampagueaban bajo las cejas espesas.

    —Te odio —dijo el hombre, y sonrió mostrando los dientes—. Te odio porque dependo de ti, porque necesito hablar contigo. Pero a veces me gusta lo que haces. Me gusta lo que dices… por ahora. No sé cómo los cristales materializan sus sueños… por ahora.

    Monetre se incorporó de un salto y el sillón fue a golpear la pared metálica.

    —¿Quién entiende un sueño realizado? —gritó. Y continuó, casi en voz baja, dominándose—: Dile a un pájaro si entiende que una torre de cien metros es el sueño materializado de un hombre, o que el dibujo de un artista es parte de un sueño. Explícale a una oruga la estructura de una sinfonía… y el sueño de donde nació la sinfonía. ¡Al diablo las estructuras! ¡Al diablo los modos y comos! —El puño de Monetre cayó sobre la mesa. Zena recogió tranquilamente su vaso—. No importa cómo ocurre. No importa por qué ocurre. Pero ocurre, y puedo dominarlo. —Se sentó otra vez y le preguntó a Zena, cortésmente—: ¿Más vino?
    —Gracias, no. Todavía…
    —Los cristales viven —prosiguió Monetre—. Piensan. Piensan de un modo que nos es totalmente extraño. Han estado en esta tierra durante decenas, centenares de siglos… terrones, guijarros, pedruscos… pensando sus propios pensamientos… luchando por nada que la humanidad desee, no tomando nada que la humanidad necesite… sin entrometerse, comunicándose sólo con seres como ellos. Pero dueños de un poder que el hombre nunca soñó. Y yo quiero ese poder, lo quiero, y lo tendré.

    Monetre bebió un sorbo de vino y se quedó mirando la copa.

    —Se propagan —dijo—. Mueren. De un modo que no entiendo. Mueren en parejas. Pero un día los obligaré a que me den lo que quiero. Será algo perfecto, un hombre, o una mujer… que pueda hablar con los cristales… Alguno me dará lo que quiero.
    —¿Cómo no…? ¿Cómo puede estar seguro? —preguntó Zena cuidadosamente.
    —Algo he obtenido haciéndoles daño. Relámpagos, chispas de pensamiento. Los he sondeado durante años, y por cada mil golpes he obtenido un fragmento. No puedo ponerlo en palabras, es algo que sé. No en detalle, no muy claramente… pero algo habla de sueños terminados. No como Gogol, o como Solum, incompletos o mal hechos. Algo parecido al árbol aquél. Y esa cosa terminada será quizá un ser humano, o casi… Y si lo es, podré dominarla.

    Monetre abrió el más bajo de los cajones del escritorio.

    —Escribí una vez un artículo —dijo al cabo de un rato—. Se lo vendí a una revista, una de esas retorcidas revistas literarias que aparecen trimestralmente. El artículo aparentaba ser una suma de conjeturas. Describí los cristales de un modo muy preciso, pero no dije a qué se parecían. Demostré la posibilidad de otras formas de vida sobre la tierra, y cómo sus individuos podrían vivir y crecer a nuestro alrededor sin que nosotros lo advirtiéramos, siempre que no compitieran. Las hormigas compiten con el hombre, y lo mismo las amebas y las zarzas. No estos cristales. Viven simplemente sus vidas. Deben de tener una conciencia gregaria, como el hombre; pero si es así, no la emplean como arma de supervivencia. Y la única prueba que tiene el hombre son sus sueños… esas insensatas e incompletas tentativas de copiar cosas vivas. ¿Y qué eruditas refutaciones supones que mereció mi artículo?

    Zena esperó.

    —Una —dijo Monetre con horrible suavidad— declaraba simplemente que en el cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter, hay una torta de chocolate del tamaño de una pelota de béisbol. Parecía que nadie podía negar que esta afirmación fuese verdadera, pues no admitía refutación científica. ¡Maldición! —rugió Monetre, y luego siguió como antes—: Otra explicaba la existencia de criaturas deformes con un galimatías ecléctico de moscas de frutales, rayos X, y mutaciones. Con esa ciega, terca, condenada actitud se quiso negar la posibilidad del aeroplano (pues si los barcos hubiesen necesitado energía para flotar, a la vez que para moverse, nunca hubiéramos tenido barcos), o que el ferrocarril era una ilusión (pues el peso de los coches en las vías superaría el poder de adherencia de las ruedas de la locomotora, y el tren nunca se pondría en marcha). Volúmenes de pruebas lógicas, reunidas por observadores capaces, probaron que la tierra era chata. ¿Mutaciones? Claro que las hay, y naturales. ¿Pero por qué ha de haber una única respuesta? Mutaciones debidas a rayos… Mutaciones bioquímicas… Y los sueños de los cristales…

    Del cajón inferior Monetre sacó un cristal marbeteado. Tomó del escritorio el encendedor de plata, lo encendió con el pulgar, y pasó la llama amarilla por la piedra.

    De la oscuridad exterior llegó un débil grito de agonía.

    —Por favor, no —dijo Zena.

    Monetre miró el rostro tenso de la enana.

    —Fue Moppet —dijo—. ¿Te has encariñado ahora con los gatos de dos patas, Zena?
    —No tiene por qué hacerle daño.
    —¿No? —Monetre pasó otra vez la llama por el cristal, y otra vez vino aquel grito desde la tienda de animales—. He de probar mis argumentos. —Apagó el encendedor y Zena se tranquilizó. Monetre dejó el cristal y el encendedor sobre el escritorio y prosiguió con calma—: Pruebas. Podría traer aquí a ese idiota de la torta de chocolate y me diría que al gato le duele el estómago. Podría mostrarle algunas fotos tomadas con el microscopio electrónico donde se ve que en el interior de los glóbulos rojos de ese gato hay una molécula gigante que transmuta elementos y me diría que he falsificado los negativos. La humanidad ha sufrido siempre la misma maldición: creer que lo que ya se sabe ha de ser cierto, y todo lo distinto, un error. A la maldición de la historia sumo ahora mi propia maldición. Zena…
    —Sí, Caníbal.

    El abrupto cambio de voz había sobresaltado a Zena. Aún no se había acostumbrado.

    —Los cristales sólo duplican los seres complejos, mamíferos, pájaros, plantas, si quieren, o si yo los golpeo hasta dejarlos medio muertos. Pero hay seres sencillos.

    Monetre se incorporó y apartó las cortinas que cubrían los estantes, detrás y encima de él.

    —Cultivos —dijo, con una voz de enamorado—. Simples e inofensivos por ahora. Bastoncillos aquí, espirilos allá. Los cocci están apareciendo lentamente, pero llegarán también. Si se me antojase, Zena, cultivaría el germen del muermo, o la peste. Sembraría con epidemias todo el país… o barrería ciudades enteras. Lo único que necesito es un intermediario, el sueño realizado que pueda enseñarme cómo piensan los cristales. Encontraré a esa criatura, hombre o mujer, Zena, o crearé una. Y entonces, haré lo que se me antoje con la humanidad, cuando yo quiera, y a mi modo.

    Zena miró el oscuro rostro de Monetre.

    —¿Por qué vienes a oírme, Zena?
    —Porque usted me llama. Porque me hace daño si no vengo —dijo ella candidamente. Y añadió—: ¿Y usted por qué habla conmigo?

    Monetre se rió.

    —Nunca me lo preguntaste, en tantos años, Zena; los pensamientos son algo informe, un lenguaje en código… impulsos sin forma, sustancia o dirección… hasta que uno se los transmite a otro. Entonces se precipitan, y se transforman en ideas que uno puede poner en la mesa, y estudiar. Uno no sabe lo que piensa, hasta que se lo dice a alguien. Por eso hablo contigo. Para eso estás. No has bebido tu vino.
    —Lo siento.

    Zena bebió dócilmente, mirándolo con los ojos muy abiertos por encima del borde del vaso, demasiado grande para ella.

    Luego Monetre dejó que se fuese.

    Pasaron las estaciones, y hubo otros cambios. Zena apenas leía ahora en voz alta. Escuchaba música, o tocaba la guitarra, o hacía trabajos de costura, mientras Horty, echado en su catre, apoyaba el mentón en una mano, y con la otra hojeaba algún libro. Movía los ojos no más de cuatro veces sobre cada página, y la vuelta de las hojas era un rítmico susurro. Los libros los elegía Zena, aunque no los entendía. Horty absorbía rápidamente el contenido del libro, clasificándolo, y almacenándolo. Y ella lo miraba asombrada a veces, sorprendida. Era Horty, era Kiddo, una niña que pocos minutos después estaría en una plataforma, cantando. Era Kiddo, que en la tienda comedor se reía a carcajadas de las bromas de Cajún Jack, o ayudaba a Lorelei a ponerse sus reducidas vestiduras de écuyére. Sin embargo, aun riéndose o arreglando ropas, Kiddo era Horty, que tomaría enseguida una novela romántica, de abultada encuadernación, y se hundiría en los esotéricos asuntos que ocultaban las tapas: microbiología, genética, cáncer, dietética, morfología, endocrinología. Nunca discutía sus lecturas; nunca, aparentemente, reflexionaba sobre ellas. Las almacenaba, nada más; todas las páginas, todos los diagramas, todas las palabras. Horty ayudaba a Zena a poner las falsas carátulas, y a deshacerse de los libros ya leídos —nunca los necesitaba para consultar o recordar algo— y jamás preguntaba por qué.

    Los negocios humanos rehúsan ser simples; los destinos humanos rehúsan ser claros. Zena se dedicaba de todo corazón a su tarea, pero su objetivo le parecía aún oscuro e incierto, y la carga era pesada.

    Al alba, la lluvia golpeaba furiosamente las paredes de la casa rodante, y en el aire de agosto había un frío otoñal. La lluvia hervía y siseaba como el torbellino que Zena imaginaba a veces en el cerebro del Caníbal. Alrededor estaba la feria. Alrededor estaban también los recuerdos, de demasiados años. La feria era un mundo, un buen mundo, donde ella se sentía vivir, pero que exigía una amarga retribución. La misma feria evocaba un mar de ojos y dedos que apuntaban: Eres diferente. Eres diferente. ¡Un monstruo!

    Zena se volvió, inquieta. Películas y canciones de amor, novelas y comedias… era siempre una mujer —la llamaban encanto, también— que cruzaba una habitación en cinco pasos en vez de quince, que podía tomar un pestillo con una manita, que subía muy derecha a los trenes en vez de encaramarse como un animalito, y en los restaurantes usaba los tenedores sin deformarse la boca.

    Y esas mujeres eran amadas. Eran amadas, y podían elegir. Y cuando elegían, sus problemas eran sutiles, y simples… diferencias entre hombres, diferencias tan insignificantes que apenas contaban. No tenían que mirar a un hombre y pensar ante todo, antes que ninguna otra cosa: ¿Qué significará para él que yo sea un monstruo?

    Ella era pequeña, pequeña de muchas maneras, pequeña y estúpida. Al único ser a quien ella había llegado a amar… lo había expuesto a continuos y terribles peligros. No podía saber si no se había equivocado.

    Se echó a llorar, en silencio.

    Horty no podía haberla oído, pero allí estaba, deslizándose en la cama junto a ella. Zena se estremeció, y durante un momento se quedó sin aliento, el corazón golpeándole la garganta. Tomó a Horty por los hombros, lo volvió y se apretó contra su espalda, abrazándolo, hasta que oyó su respiración. Se quedaron así, juntos como dos cucharas.

    —No te muevas, Horty. No hables.

    Callaron.

    Zena quería hablar, de su soledad, de su hambre. Abrió la boca cuatro veces, y no pudo, y sus lágrimas mojaron el hombro de Horty. Horty, cálido, y con ella… sólo un niño, pero tan con ella.

    Zena secó el hombro de Horty con la sábana, y lo abrazó otra vez. Y gradualmente la violencia de sus sentimientos la fue abandonando, y aflojó el brazo.

    Al fin dijo dos cosas que parecían expresar aquellos ciegos impulsos.

    —Te quiero, Horty. Te quiero —dijo primero en nombre de su cuerpo. Y luego, en nombre de su hambre, añadió—: Quisiera ser grande, Horty. Quisiera ser grande.

    Y entonces pudo soltar a Horty, volverse, dormir. Cuando despertó a la luz goteante de la mañana, Horty no estaba.

    Horty no había hablado, no se había movido; pero le había dado algo que ella no había tenido nunca.


    7


    —ZEE…—¿Sí?

    —Hablé con el Caníbal hoy, mientras alzaban nuestra tienda.
    —¿Qué dijo?
    —Nada importante. Que al público le gustaba nuestro número. Me pareció que quería decir que a él también le gustaba.
    —No te ilusiones —dijo Zena sin titubear—. ¿Alguna otra cosa?
    —Bueno… No, Zena. Nada.
    —Horty, querido. No sabes mentir.

    Horty se rió.

    —Bueno, no es nada, Zee.

    Hubo un silencio. Al fin Zena dijo:

    —Será mejor que me lo digas, Horty.
    —¿No crees que pueda arreglármelas?

    Zena se volvió y lo miró a la cara, desde el otro extremo de la casa rodante.

    —No —dijo, y esperó.

    Aunque apenas había luz, supo que Horty se mordía los labios, inclinando la cabeza.

    —Me pidió que le mostrara la mano.

    Zena se incorporó de un salto.

    —¡No!
    —Le dije que no me molestaba. ¿Pero cuándo me la curó? ¿Hace nueve años? ¿Diez?
    —¿Se la mostraste?
    —¡Cálmate, Zee! No, no se la mostré. Dije que tenía que arreglar unos trajes y me fui. Pero él me llamó y me dijo que fuera al laboratorio mañana, antes de las diez. Estoy pensando ahora cómo evitarlo.
    —Temía esto —dijo Zena, con voz temblorosa.

    Se abrazó las rodillas, apoyando en ellas la cara.

    —No pasará nada, Zee —dijo Horty, somnoliento—. Ya se me ocurrirá algo. Quizá se olvide.
    —No se olvidará. Tiene una máquina de calcular en el cerebro. No le dará ninguna importancia hasta que no aparezcas. Luego, ¡cuidado!
    —Bueno, supongo que tendré que mostrársela.
    —Te lo he dicho una y mil veces, Horty. ¡Nunca hagas eso!
    —Bueno, bueno. ¿Por qué?
    —¿No confías en mí?
    —Lo sabes muy bien.

    Zena no respondió, pero se quedó sentada, rígidamente, pensativa. Horty se adormiló.

    Más tarde —unas dos horas más tarde— Zena lo despertó sacudiéndole un hombro. Estaba agachada en el suelo, junto al catre.

    —Despierta, Horty. ¡Despierta!
    —¿Eh?
    —Escúchame, Horty. ¿Recuerdas todo lo que me contaste? Oh, por favor, ¡despierta! ¿Recuerdas lo de Kay y lo demás?
    —Oh, claro.
    —¿Qué ibas a hacer un día?
    —¿Te refieres a volver allá y ver a Kay otra vez, y hasta encontrarme con el viejo Armand?
    —Exactamente. Bueno, eso es lo que vas a hacer ahora.
    —Sí, claro.

    Horty bostezó y cerró los ojos. Zena lo sacudió otra vez.

    —Dije ahora, Horty. Esta noche. Ahora mismo.
    —¿Esta noche? ¿Ahora mismo?
    —Levántate, Horty. Vístete. Hablo seriamente.

    Horty se sentó, estupefacto.

    —Zee…, ¡es de noche!
    —Vístete —dijo Zena entre dientes—. Vamos, criatura. No puedes ser un bebé toda la vida.

    Horty se sentó al borde de la cama y apartó las últimas brumas de sueño.

    —¡Zee! —exclamó de pronto—. ¿Pero quieres que me vaya? ¿Que deje la feria, y a Havana, y que te deje a ti?
    —Eso es. Vístete, Horty.
    —Pero… ¿dónde iré? —Buscó sus ropas—. ¿Qué haré? ¡No conozco a nadie en estos sitios!
    —¿Sabes dónde estamos? A ochenta kilómetros de tu pueblo. No estaremos más cerca este año. Además, has vivido aquí demasiado tiempo —añadió suavemente—. Debiste haberte ido antes. El año pasado, hace dos años, quizá.

    Le alcanzó una blusa limpia.

    —¿Pero por qué, por qué? —preguntó Horty implacablemente.
    —Llámalo una corazonada, si quieres, aunque no es eso en verdad. No debes ver al Caníbal mañana. Debes alejarte, y no volver nunca.
    —¡No puedo irme! —dijo Horty infantilmente, protestando, pero sin dejar de vestirse—. ¿Qué vas a decirle al Caníbal?
    —Que recibiste un telegrama de tu prima o algo parecido. Déjamelo a mí. No te preocupes.
    —¿Pero nunca… nunca volveré?
    —Si un día te encuentras con el Caníbal, vuélvete y corre. Escóndete. Haz cualquier cosa, pero no dejes que se te acerque mientras vivas.
    —¿Y tú, Zee? ¡No volveré a verte!

    Horty cerró la plateada camisa y esperó muy quieto a que Zena le pintase las cejas.

    —Sí, me verás —dijo Zena dulcemente—. Algún día. De algún modo. Escríbeme y dime dónde estás.
    —¿Escribirte? ¿Y si el Caníbal ve mi carta? ¿No importará?
    —Sí, importará. —Zena se sentó y miró a Horty con una mirada ausente y apreciativamente femenina—. Escríbele a Havana. Una postal. No la firmes. Escríbela a máquina. Anuncia algo…, sombreros, o peluquerías, o cualquier cosa. Pon en el dorso tu dirección, pero invirtiendo cada par de números. ¿Recordarás eso?
    —Lo recordaré —dijo Horty vagamente.
    —Sé que sí. Nunca olvidas nada. ¿Sabes qué vas a aprender ahora, Horty?
    —¿Qué?
    —Vas a aprender a usar lo que sabes. Eres aún un niño. Si fueras otro, diría que eres un caso de desarrollo retardado. Pero todos esos libros que leíste y estudiaste… ¿Recuerdas la anatomía, Horty? ¿Y la fisiología?
    —Claro, y la ciencia y la historia y la música y todo eso. Zee, ¿qué voy a hacer? ¡Nadie me dirá nada!
    —Te lo dirás tu mismo.
    —¡No sé cómo empezar! —gimoteó Horty.
    —Querido, querido… —Zena se acercó y le besó la frente y la punta de la nariz—. Irás a la carretera, ¿entiendes? Irás por donde nadie te vea, carretera abajo, durante casi un kilómetro. Luego tomarás un autobús. Viaja sólo en autobús. Cuando llegues a la ciudad, espera en la estación hasta las nueve de la mañana, y luego búscate un cuarto en una casa de huéspedes. Una casa tranquila, en una calle apartada. No gastes mucho dinero. Búscate un trabajo tan pronto como puedas. Será mejor que seas un muchacho, así el Caníbal no sabrá dónde buscarte.
    —¿Creceré? —preguntó Horty, con el temor profesional de todos los enanos.
    —Quizá. Depende. No busques a Kay y a ese Armand hasta que estés preparado.
    —¿Cuándo sabré que estoy preparado?
    —Lo sabrás. ¿Tienes tu libreta de banco? Sigue enviando dinero por correo, como lo hiciste hasta ahora. ¿Tienes bastante dinero? No te preocupes, Horty. Todo irá bien. No le pidas nada a nadie. No le cuentes nada a nadie. Haz las cosas solo, o no las hagas.
    —Ése no es mi mundo.
    —Ya lo sé. Pero lo será. Como te ocurrió aquí.

    Moviéndose graciosa y fácilmente sobre los tacones altos, Horty fue hacia la puerta.

    —Bueno, adiós, Zee. Me… me gustaría… ¿No podrías venir conmigo?

    Zena sacudió la brillante melena oscura.

    —No me atrevo, Kiddo. Soy el único ser humano con quien habla el Caníbal, con quien habla realmente. Y tengo que… que vigilar lo que hace.
    —Oh.

    Horty nunca preguntaba lo que no debía preguntar. Infantil, desamparado, implícitamente obediente, producto funcional y exacto de aquel mundo, sonrió temerosamente a Zee, y se volvió hacia la puerta.

    —Adiós, querido —murmuró Zena, sonriendo.

    Cuando Horty hubo desaparecido, Zena se echó en la cama y lloró. Lloró toda la noche. Sólo a la mañana siguiente recordó los ojos de Junky.


    8


    HABÍAN PASADO doce años desde que Kay Hallowell, asomada a la ventana de la cocina, viera cómo Horty se subía al camión de brillantes colores y se perdía en la noche brumosa. No habían sido buenos años para los Hallowell. Se habían mudado a una casa más pequeña, y luego a una casa de la vecindad, donde había muerto la madre. El padre había aguantado un poco más, y al fin se había reunido con su mujer. Kay, que tenía entonces diecinueve años, dejó sus estudios y empezó a trabajar para ayudar a que su hermano cursara medicina.Era una muchacha rubia, fresca, tranquila y cuidadosa, con ojos de color de crepúsculo. Llevaba una buena carga sobre los hombros, muy derechos. Interiormente tenía miedo de tener miedo, miedo de que influyesen en ella, la sacudieran, la conmovieran. Se presentaba pues exteriormente con una actitud sería y estudiada. La tarea en la que estaba empeñada ahora era ir adelante, ayudar a Bobby a vencer los obstáculos de la carrera de médico, y tener casa y ropas decentes. Quizá algún día pudiese descansar y divertirse un poco, pero no ahora. No mañana, ni la semana siguiente. Algún día. Ahora, cuando iba a un baile, o a un espectáculo, sólo podía disfrutar prudentemente, sin permitir que salidas tardías, o nuevos intereses, o la sola distracción interfirieran en su trabajo. Era lamentable, pues había en ella una gran capacidad de alegría.

    —Buenos días, señor juez. —Cómo odiaba a ese hombre, de manos blandas y blancas, que arrugaba continuamente la nariz. El jefe de Kay, T. Spinney Hartford, de Benson, Hartford y Hartford, era un hombre bastante simpático; pero trataba con raros ejemplares. Oh, bueno, así era el mundo de las leyes—. El señor Hartford estará con usted en seguida. Siéntese, señor juez.

    ¡No ahí, Ojos Húmedos! Oh, Señor, junto a mi escritorio. Bueno, como siempre.

    Kay le sonrió mecánicamente y fue hasta los archivos del otro lado del cuarto antes de que el hombre iniciara su acostumbrada letanía, llorosa e incomprensible. Kay odiaba perder el tiempo. No necesitaba nada en los archivos. Pero no podía sentarse al escritorio e ignorarlo, y por lo menos el juez no gritaría desde el otro extremo de la sala. El hombre prefería esa técnica que Thorne Smith ha llamado «una voz tan baja como sus intenciones».

    Kay sintió aquella mirada húmeda en la espalda, las caderas, las costuras de las medias, de arriba abajo. Se le puso la carne de gallina. Esto no resultaba. Quizá sería mejor desde cerca, donde podría parar los golpes. Volvió al escritorio, le hizo la misma sonrisa, e hizo aparecer rápidamente la máquina de escribir. Puso un papel de carta y empezó a golpear.

    —Señorita Hallowell.

    Kay siguió escribiendo.

    —Señorita Hallowell. —El hombre extendió la mano y le tomó la muñeca—. Por favor, no trabaje tanto. Nos vemos tan poco.

    Kay dejó caer las manos en el regazo. Una de ellas, por lo menos. La otra quedó dócilmente en las manos fofas y blancas del juez. Al fin se libró, cruzó las manos y se quedó mirándolas. ¡Esa voz! Le parecía que si alzaba los ojos vería un hilo de baba en el mentón del juez.

    —¿Sí, señor juez?
    —¿Está contenta aquí?
    —Sí, el señor Hartford es muy bueno.
    —Un hombre muy agradable. Muy agradable. —El juez esperó, hasta que Kay se sintió tan estúpida mirándose las manos que al fin alzó la cabeza. Él dijo entonces—: Piensa quedarse un tiempo.
    —No veo por qué… Es decir, me gustaría.
    —El hombre propone… —murmuró el juez.

    ¿Qué era eso? ¿Una amenaza? ¿Por qué este grotesco y viscoso individuo se metía en su trabajo? El señor Hartford es un hombre muy agradable. Oh. Oh, Señor. El señor Hartford era abogado y a veces tenía casos en el tribunal del juez. Algunos dependían de matices de interpretación. Muy agradable. Claro que el señor Hartford era un hombre agradable. Tenía que ganarse la vida.

    Kay esperó la continuación. Llegó pronto.

    —No tendrá que trabajar aquí más de dos años, creo saber.
    —Cómo… ¿Por qué? Oh, ¿cómo lo sabe?
    —Mi querida —dijo el hombre con insípida modestia—, conozco bien mis archivos. Su padre era un hombre prudente. Cuando usted cumpla los veintiún años, dispondrá de una buena cantidad de dinero, ¿eh?

    No es asunto tuyo, vieja hiena.

    —Bueno, en realidad, no cambiará mucho mi vida, señor juez. Ese dinero es para Bobby, mi hermano. Podrá terminar su carrera, y hasta especializarse si quiere. Luego no habrá inquietudes. Aguantaremos hasta entonces. Pero yo seguiré trabajando.
    —Admirable. —El hombre le hizo una mueca arrugando la nariz, y Kay se mordió los labios y se miró las manos otra vez—. Encantador —añadió el juez apreciativamente. Kay esperó de nuevo. Ahora vendría la tercera movida. El juez suspiró—. ¿Sabía usted que una vez embargaron esa fortuna, por un viejo negocio?
    —Bueno… Algo he oído. Pero cuando la compañía de camiones absorbió la vieja sociedad, se rompieron los contratos.
    —Quedaron unos papeles. Todavía los tengo. Su padre era un hombre confiado.
    —Esa cuenta fue arreglada hace tiempo, señor juez, y más de dos veces.

    Los ojos de Kay tenían a veces el color gris de las nubes de tormenta.

    El juez se reclinó en su silla y juntó las puntas de los dedos.

    —Es un asunto que podría ir a la justicia. A mi tribunal, por ejemplo.

    El hombre podía quitarle el empleo. Quizá podía quitarle el dinero también, y destruir así la carrera de Bobby. La alternativa… bueno, era previsible.

    No se engañaba.

    —Desde que perdí a mi querida esposa… —Kay recordaba a la querida esposa. Una criatura cruel, bastante lista como para empujar a su marido al puesto de juez, pero nada más— estoy muy solo, señorita Hallowell. Nunca conocí a nadie como usted. Es usted hermosa, y quizá inteligente. Puede llegar lejos. Me gustaría conocerla mejor.

    Pasarás por encima de mi cadáver, pensó Kay.

    —¿De veras? —dijo inexpresivamente, tiesa de disgusto y miedo.

    El juez fue más explícito.

    —Una muchacha encantadora como usted, con tan buen empleo, y con esa fortunita que la espera… si nada ocurre. —El hombre se inclinó hacia adelante—. La llamaré Kay desde ahora. Nos entenderemos, sin duda.
    —¡No!

    Kay había entendido demasiado.

    —Me hará muy feliz explicárselo mejor —dijo el juez con una risita—. Esta noche, digamos. Tarde. Un hombre de mi posición… ejem… no puede exhibirse a la luz del día.

    Kay no dijo nada.

    —Hay un lugarcito —prosiguió el juez— llamado "Club Nemo", en Oak Street. ¿Lo conoce?
    —Creo… que lo he visto —dijo Kay dificultosamente.
    —A la una —dijo él, muy animado. Se incorporó y se inclinó hacia ella. Olía a loción rancia—. No me agradaría ir inútilmente. Cuento con usted.

    Los pensamientos de Kay se precipitaban. Se sentía furiosa y tenía miedo, dos emociones que había evitado durante años. Quería hacer varias cosas. Quería gritar, y vomitar allí mismo el desayuno. Quería decirle al juez algunas verdades. Quería entrar en la oficina del señor Hartford y preguntarle si sus deberes de estenógrafa incluían esto, esto y aquello.

    Pero allá estaba Bobby, iniciando su carrera. Kay conocía la pena de renunciar a una vocación. Y el pobre, inquieto y preocupado señor Hartford no querría hacerle daño, pero no sabría manejar esta historia. Y algo más, algo que el juez aparentemente no sospechaba: la habilidad que tenía ella de caer siempre de pie.

    Así que en vez de hacer cualquiera de las cosas que quería hacer, Kay sonrió tímidamente y dijo:

    —Veremos…
    —Nos veremos —corrigió el juez—. Nos veremos mucho.

    Kay sintió otra vez aquella mirada húmeda, en el cuello, en las axilas.

    Una luz se encendió en el escritorio.

    —El señor Hartford ya puede recibirlo, señor juez Bluett —dijo ella.

    El juez le pellizcó la mejilla.

    —Puedes llamarme Armand —susurró—. Cuando estemos solos, naturalmente.


    9


    CUANDO ELLA llegó, el hombre ya estaba allí. Kay se había retrasado un poco, sólo unos minutos. Pero eran minutos que se habían sumado a horas de odio impotente, disgusto y miedo.Kay entró en el club y se detuvo un momento. Todo era suave… luces suaves, colores suaves, música suave, que ejecutaba un trío. Había muy pocos clientes, todos desconocidos. Kay descubrió al fin el reflejo de una cabellera plateada detrás de la plataforma de la orquesta, junto a una mesa sombría. Se acercó suponiendo que el juez debía de haber elegido esa mesa, no porque lo hubiese reconocido.

    El juez se incorporó y apartó una silla.

    —Sabía que vendrías —dijo.

    ¿Cómo podía evitarlo, viejo canalla?, pensó Kay.

    —Naturalmente —dijo—. Lamento haberle hecho esperar.
    —Me alegra que lo lamentes, pues si no yo haría que lamentases no haberte lamentado.

    El juez se rió, con una risa que revelaba, únicamente, el placer que le daba la idea. Pasó la mano por el brazo de Kay, poniéndole otra vez la carne de gallina.

    —Kay. Mi linda y chiquita Kay —gimió—. Te confesaré algo. Esta mañana te presioné un poco.
    —¿Sí? —preguntó Kay.
    —Quizá no te diste cuenta. Bueno, quiero decírtelo. No hablaba seriamente…, excepto cuando recordé mi soledad. La gente no entiende que además de juez soy hombre.

    Y yo soy esa gente, pensó Kay. Le sonrió. Era un proceso bastante complicado. En aquel persuasivo y lacrimoso discurso, la voz del juez se había transformado en un gimoteo, y su cara en la cara tristona de un perro de aguas. Kay había entornado los ojos para borrar esta impresión, y vio aparecer la sorprendente imagen de una llorosa cabeza de perro sobre una camisa de cuello duro. Recordó la frase oída en otro tiempo: «Lo dejaron así los continuos ladridos de la madre». Por eso había sonreído. El juez no entendió ni la sonrisa ni la mirada de la muchacha y le acarició otra vez el brazo. Kay dejó de sonreír, aunque siguió mostrando los dientes.

    —Me explicaré —canturreó el hombre—. Quisiera gustarte por mí mismo. Lamento aquella presión. Pero no quería fracasar. De todos modos, todo está permitido… ya sabes.
    —… en la guerra y el amor —concluyó Kay dócilmente, pensado que se trataba en verdad de una guerra. Quiéreme por lo que soy, o ya verás.
    —No soy exigente —emitieron los labios húmedos—. Pero un hombre necesita ternura…

    Kay cerró los ojos para que el juez no viera que los alzaba al cielo. No es exigente. Sólo se cuida y esconde para salvaguardar su posición. Sólo debo soportar esa cara, esa voz, esas manos… cerdo, chantajista, viejo sátiro de dedos sucios. Bobby, Bobby, pensó con angustia, trata de ser un buen médico.

    Hubo mucho de esto, mucho más. Llegó una bebida. La elección del juez para una muchacha inocente. Un cóctel azucarado de jerez. Era demasiado dulce, y la espuma se le pegaba desagradablemente a los labios pintados. Bebió unos sorbos y se dejó llevar por la marea sentimental. Asentía de cuando en cuando con un movimiento de cabeza, sonreía, y, si le era posible, dejaba de oír la voz del hombre y escuchaba la música. Era un trío competente y claro —Hammond Solovox, contrabajo y guitarra— y durante un tiempo no hubo para Kay nada mejor en el mundo.

    El juez Bluett tenía, parecía ahora, un lugarcito detrás de una tienda, en los suburbios.

    —El juez trabaja en la corte y sus cámaras —entonó él— y tiene una hermosa mansión en la colina. Pero Bluett, el hombre, tiene también su lugar, un lugar cómodo, un diamante en un marco rústico, un lugar donde puede quitarse las negras togas, las dignidades y honores, y recordar que una sangre roja le corre por las venas.
    —Debe de ser encantador —dijo Kay.
    —Uno puede esconderse ahí del mundo —dijo el juez, expansivo—. En verdad, diría que pueden esconderse dos. Todas las comodidades. Un sótano con bebidas y una despensa al alcance de la mano. Una caverna civilizada con pan, vino y la… bueno… oh…

    El juez terminó su descripción con un ronco gemido, y Kay tuvo la disparatada impresión de que si a Bluett se le saliesen los ojos un centímetro más, un hombre podría sentarse en uno de ellos y observar cómo sobresalía el otro.

    Kay cerró los ojos otra vez y examinó mentalmente sus reservas. No podría resistir más de diez segundos. Dieciocho. Dieciséis. Oh, magnífico. La carrera de Bobby que se hace humo… en una nube en forma de hongo sobre una mesa para dos.

    El juez juntó los pies y se incorporó.

    —Me excusarás un momento —dijo, casi saludando con un entrechocar de talones. Hizo un chistecito sobre una santabárbara y las inevitables necesidades humanas. Se alejó, se volvió y señaló que ésta era la primera de las pequeñas intimidades que habría entre ellos. Se fue una vez más, volvió a retroceder y dijo—: Piénsalo. ¿Por qué no refugiamos esta misma noche en ese país encantado?

    Desapareció al fin. Si se hubiera vuelto otra vez hubiese recibido un taco alto a la altura de su reloj de bolsillo.

    Cuando Kay se vio sola en la mesa, pareció derrumbarse. La ira y el desprecio la habían sostenido hasta entonces. Ahora, durante un momento, sólo sintió miedo y cansancio. Encorvó los hombros, se inclinó hacia delante apoyando la barbilla en el pecho, y una lágrima le rodó por la mejilla. No, esto era más que horroroso. Era un precio excesivo, aun por una clínica Mayo llena de doctores. Algo tenía que ocurrir, en seguida.

    Algo ocurrió. Sobre el mantel, frente a ella, apareció un par de manos.

    Kay alzó los ojos y se encontró con la mirada de un hombre joven. Era de cara ancha y común, casi tan rubio como ella, aunque de ojos oscuros. Tenía una boca agradable.

    —Cuando tratan asuntos sentimentales —dijo el joven—, muchos no distinguen un músico de una maceta. Está usted en apuros, señorita.

    Kay sintió que la ira subía en ella otra vez, pero que cedía luego, aplastada por una marea de confusión.

    —Por favor, déjeme sola —atinó a decir.
    —No puedo. Oí la cantinela.

    Con un movimiento de cabeza el joven señaló los fondos del salón.

    —Hay un modo de escapar, si confía en mí.
    —Prefiero el mal conocido —dijo Kay fríamente.
    —Escúcheme. Es decir, escuche hasta que yo haya terminado. Luego haga lo que se le antoje. Cuando él vuelva a la mesa, despídalo. Prometa encontrarlo aquí, mañana por la noche. Represente bien su papel. Luego dígale que será mejor que no salgan juntos, que podrían verlos. Él mismo pensará en eso, por otra parte.
    —¿Y una vez que se vaya quedo en sus bondadosas manos?
    —¡No sea terca! Perdón. No, usted se irá antes. Vaya a la estación y tome el primer tren. Hay uno hacia el norte a las tres, y otro hacia el sur a las tres y doce. Tome cualquiera. Váyase a alguna otra parte, escóndase, busque otro trabajo, y no aparezca por aquí.
    —¿Y con qué? Sólo me quedan tres dólares.

    El joven sacó una gran billetera del bolsillo interior de la chaqueta.

    —Aquí tiene trescientos. Es usted bastante inteligente y le bastarán.
    —¡Está loco! No me conoce, y no lo conozco. Además, no tengo nada que venderle.

    El hombre torció la cara, exasperado.

    —¿Quién habló de eso? Le dije que tomara un tren, cualquier tren. Nadie va a seguirla.
    —Está usted loco. ¿Cómo voy a devolvérselo?
    —No se preocupe. Trabajo aquí. Venga alguna vez, durante el día si quiere, cuando yo no estoy, y deje el dinero a mi nombre.
    —Pero entonces, ¿por qué quiere ayudarme?

    El joven habló con una voz muy dulce.

    —Digamos que es ese instinto que me lleva a alimentar con pescado fresco a los gatos de albañal. Oh, no discuta, por favor. Necesita una solución y aquí la tiene.
    —¡No puede hacerlo!
    —¿Tiene una buena imaginación? ¿Una imaginación visual?
    —Bueno… supongo que sí.
    —Entonces perdóneme, pero necesita una paliza. Si no hace lo que le digo, ese canalla va a…

    Y con una media docena de claras y simples palabras le dijo lo que el canalla haría. Luego, con un solo movimiento, le metió los billetes en la cartera y volvió a la plataforma de los músicos.

    Kay, enferma, temblando, esperó a que Bluett regresara. Tenía una imaginación particularmente vivida.

    —¿Sabes qué hice en este tiempo? —dijo el juez instalándose en su silla y pidiendo la cuenta.

    La pregunta que necesito, pensó Kay.

    —¿Qué? —dijo inocentemente.
    —Pensaba en ese lugarcito, y qué maravilloso sería que yo pudiese escaparme, luego de un día de duro trabajo en la corte, y te encontrara allí. —El hombre sonrió fatuamente—. Y nadie sospecharía nada.

    Kay lanzó un «Perdóname, Señor, no sé lo que hago», y dijo con claridad:

    —Me parece una idea maravillosa. Realmente maravillosa.
    —Y entonces… ¿Qué?

    Durante un momento, Kay casi lo compadeció. El hombre había tendido sus líneas con tanto cuidado, se había afilado y aceitado las garras, preparándose a echar el anzuelo, y ella se había acercado lentamente y le había mostrado de pronto una cesta de pescado.

    —Bueno —dijo el juez—. Bueno, yo, claro… Sí… ¡Camarero!
    —Pero —dijo Kay con aire de dignidad—, no esta noche, Armand.
    —Vamos, Kay. Échale una ojeada. No es lejos.

    Kay, figuradamente, se escupió las manos, y se zambulló… preguntándose, de un modo oscuro, cuándo habría tomado esta decisión fantástica. Batió las pestañas, delicadamente, sólo dos veces, y dijo con dulzura:

    —Armand, no soy una persona de experiencia, como usted, y yo… —titubeó, y bajó la vista— quiero que sea perfecto. Esta noche, todo ha sido tan repentino, e inesperado. Y es terriblemente tarde, y los dos nos hemos cansado mucho, y es necesario que yo llegue temprano a la oficina. Pero no será lo mismo mañana, y además… —y aquí la joven se detuvo e ideó espontáneamente la más difusa y colorida declaración de toda su vida—. Además —dijo agitando hermosamente las manos—, no estoy preparada.

    Kay miró al juez de reojo y vio en el rostro huesudo cuatro expresiones diferentes, una tras otra, descubriendo que aún podía asombrarse. No había imaginado más que tres posibles reacciones del juez. En ese momento, el guitarrista, detrás de ella, en medio de un fluido glissando, tropezó con el dedo meñique en la cuerda de do.

    Antes que Armand Bluett recuperara el aliento, Kay dijo:

    —Mañana, Armand. Pero… —La muchacha enrojeció de pronto. En otro tiempo, cuando leía Ivanhoe y El cazador de venados, había practicado delante de un espejo, tratando de enrojecer voluntariamente. Nunca lo había conseguido. Sin embargo, ahora estaba roja hasta las orejas—. Pero más temprano —concluyó.

    Kay se asombró esta vez de sí misma, pensando cómo no se le había ocurrido antes.

    —¿Mañana por la noche? ¿Irás? —dijo Bluett—. ¿De veras?
    —¿A qué hora, Armand? —le preguntó Kay con aire sumiso.
    —Bueno… ¿Las once?
    —Oh, entonces habrá aquí mucha gente. A las diez, antes que terminen los teatros.
    —Ya sabía que eras una chica inteligente —dijo Bluett, admirado.

    Kay insistió con firmeza.

    —Hay siempre demasiada gente —dijo mirando alrededor—. Creo que no debemos salir juntos. Por si acaso.

    Bluett sacudió la cabeza asombrado, pero sonriendo.

    —Me… —Kay hizo una pausa mirando los ojos y la boca del juez—. Me iré, así. —Castañeteó los dedos—. Sin despedidas…

    Kay se incorporó y escapó apretando la cartera contra el cuerpo. Cuando pasaba por el extremo de la plataforma de los músicos, el guitarrista, en voz baja, moviendo apenas los labios, le dijo:

    —Magnífico, pero enjuagúese la boca con alcohol.


    10


    AL DÍA SIGUIENTE, SU señoría Armand Bluett dejó los tribunales poco después del mediodía. Lanzando a un lado y a otro miradas de reojo, cruzó el pueblo en taxi, pagó al chófer, y se metió furtivamente en una callejuela. Pasó dos veces ante una casa, para asegurarse de que no lo seguían, y al fin se escurrió llave en mano.Arriba, examinó minuciosamente su escondrijo de dos habitaciones, baño y cocina. Abrió todas las ventanas para airear el ambiente. Entre los cojines del sofá encontró un pañuelo de seda multicolor que no perdía su barato perfume. Lo dejó caer en el incinerador con una mueca de disgusto.

    —Ya no necesitaremos esto.

    Inspeccionó la nevera, los estantes de la cocina, el cuarto de baño. Hizo correr el agua y encendió el gas. Probó las lámparas, la araña, la radio. Pasó un pequeño aspirador sobre las alfombras y las cortinas pesadas. Al fin, con un gruñido de satisfacción, entró en el baño, se afeitó y se dio una ducha. Siguieron nubes de talco y una neblina de colonia. Se cortó las uñas de los pies, y luego movió el espejo sacando pecho y admirándose a través de un ego color de rosa.

    Se vistió cuidadosamente con un traje gris claro y una corbata diseñada especialmente para contraer pupilas. Volvió a posar ante el espejo un cuarto de hora. Se sentó, se pintó las uñas con esmalte transparente, y fue soñadoramente de un lado a otro sacudiendo las fofas manos e ideando minuciosos pensamientos, recitando, a media voz, líneas de un diálogo sofisticado e ingenioso. «¿Quién te ha pulido los ojos?», murmuraba, y «Mi querida, querida niña, esto no fue nada, realmente nada. Un estudio en armonía antes de las complejas instrumentaciones de la carne»… No, no, es demasiado joven para eso. «Eres la crema de mi café.» No, no soy yo bastante viejo para eso.

    Así llegó agradablemente la noche. Salió a las ocho y media para cenar en un restaurante de especialidades marinas. A las nueve y cincuenta llegó al Club Nemo y se instaló en la misma mesa de la noche anterior, puliéndose las uñas brillantes en las solapas, humedeciéndose los labios, y secándoselos en seguida discretamente con una servilleta.

    Kay llegó a las diez.

    La noche anterior, Bluett se había levantado al ver a Kay, que atravesaba en ese momento la pista de baile. Esta noche estuvo a su lado antes que la muchacha llegara a la pista.

    Kay se había transformado. Encarnaba ahora las más alocadas visiones de Bluett.

    El cabello echado hacia atrás encuadraba el rostro con pequeños rizos. Los ojos, hábilmente sombreados, parecían de un azul violáceo. Llevaba una capa larga de alguna tela pesada, y, debajo, una blusa ceñida de lustrosa seda negra y una falda negra con un corte transversal.

    —Armand… —susurró, tendiéndole las manos.

    Bluett tomó las manos de la muchacha entre las suyas. Abrió y cerró la boca dos veces antes de poder hablar, y Kay se adelantó hacia la mesa con pasos largos y desenvueltos. Bluett la siguió y vio que Kay se detenía ante los músicos, que empezaban a tocar, y le lanzaba al guitarrista una mirada de desdén. Cuando llegaron a la mesa, la muchacha soltó el broche de la capa y la dejó caer. Armand Bluett estaba allí para recibirla. Se quedó de pie, mirándola tanto tiempo que ella se rió.

    —¿No va a hablar? —preguntó.
    —Me he quedado sin habla —dijo él, y pensó: Caramba, esto ha sido muy oportuno.

    Vino un camarero y Bluett pidió esta vez un daiquiri para Kay. Nunca había visto una muchacha que le recordara menos un jerez con azúcar.

    —Soy un ser afortunado —dijo.

    Por segunda vez hablaba espontáneamente.

    —No tan afortunado como yo —dijo Kay, y parecía sincera.

    Le sacó a Bluett la punta de una lengua rosada, le brillaron los ojos, y se rió. Bluett sintió que el cuarto le daba vueltas. Miró las manos de Kay, que jugueteaban con una cajita de polvos.

    —Me parece que nunca me había fijado en tus manos —dijo.
    —Oh —exclamó Kay, riéndose con una risa cristalina—. Me gustan mucho las cosas que usted dice, Armand —y puso las manos sobre las de Bluett.

    Eran manos largas, fuertes, de palmas cuadradas, dedos ahuesados y la piel más dulce del mundo.

    Llegaron las bebidas, Armand soltó de mala gana las manos de Kay y ambos se reclinaron en las sillas, mirándose.

    —¿No le alegra haber esperado? —dijo ella.
    —Oh, sí… Sí, de veras.

    De pronto, esperar era intolerable. Casi inadvertidamente, Armand tomó el vaso y lo vació de un trago.

    El guitarrista equivocó una nota. Kay parecía triste.

    —No se está muy bien aquí esta noche, ¿verdad? —dijo Armand.

    Los ojos de Kay chispearon.

    —¿Conoce un sitio mejor? —preguntó suavemente.

    El corazón del juez dio un salto y le pareció que le golpeaba la manzana de Adán.

    —Ciertamente —dijo cuando recuperó el aliento.

    Kay inclinó la cabeza con una curiosa expresión de aceptación voluntaria que casi lastimó al juez. El hombre echó un billete sobre la mesa, le puso a Kay la capa sobre los hombros, y la llevó afuera.

    En el coche, antes casi de que hubieran llegado a la esquina, el juez intentó abrazarla. Kay no se movió, aparentemente, pero apartó el cuerpo bajo la capa y Armand se encontró con dos pliegues de género en las manos. El perfil de Kay sonreía ligeramente, y se sacudía. Era un «no» mudo pero claro. Era también un homenaje reconocido al bajo índice de fricción de la seda.

    —Nunca imaginé que fueses así —dijo Armand.
    —¿Así cómo?
    —No eras así anoche —farfulló él.

    Kay insistió alegremente.

    —¿Cómo, Armand?
    —No eras tan… quiero decir, no parecías tan segura de ti misma.

    Kay lo miró.

    —No estaba preparada.
    —Oh, comprendo —mintió Armand.

    La conversación decayó. Al fin el taxi se detuvo en una esquina, cerca del escondrijo de Armand. El hombre sentía que no dominaba la situación. Pero si ella continuaba mostrando el camino como hasta ahora, él la seguiría de buena gana.

    Caminaron por la estrecha y sucia callejuela y el juez dijo: —No mires, Kay. Es muy distinto arriba.

    —Todo es lo mismo cuando estamos juntos —dijo Kay pisando alguna basura.

    Armand se alegró mucho.

    Subieron las escaleras y Armand abrió la puerta de par en par con un gran ademán.

    —Entrad, hermosa señora, en el país de los lotófagos.

    Kay entró haciendo una pirueta y chilló de admiración ante las cortinas, lámparas y cuadros. Armand cerró la puerta, echó el cerrojo, tiró el sombrero sobre el diván, y se acercó a Kay. La muchacha se apartó con un saltito.

    —¡Qué modo de empezar! —cantó—. Dejando ahí el sombrero. ¿No sabe que trae mala suerte poner el sombrero sobre la cama?
    —Hoy es mi día —declaró Armand.
    —También el mío, así que no lo estropeemos. Pretendamos que hemos estado siempre aquí, y que no nos iremos nunca.

    Armand sonrió.

    —Me parece muy bien.
    —Me alegra. De ese modo —continuó Kay, alejándose de un rincón al ver que Armand se le acercaba— no hay prisa. Podríamos beber algo.
    —Pídeme la luna —canturreó Armand. Abrió la cocina—. ¿Qué te gustaría?
    —Oh, qué hermosura. Déjeme, déjeme. Vaya al otro cuarto y espere, señor hombre. Esto es cosa de mujeres.

    Kay lo apartó y se puso a mezclar bebidas.

    Armand se estiró en el diván, con los pies en la mesita de café de roble, y escuchó los agradables tintineos de la cocina. Se preguntó ociosamente si Kay le traería las zapatillas todas las noches.

    Kay entró deslizándose, con dos grandes vasos de cóctel en una bandejita. Se arrodilló escondiendo siempre una mano, puso el plato en la mesa, y se dejó caer en un sillón.

    —¿Qué escondes? —preguntó Armand.
    —Es un secreto.
    —Acércate.
    —Hablemos un rato primero. Por favor.
    —Un ratito —rió Armand—. Es culpa tuya, Kay. Eres tan hermosa. Me siento enloquecer, me siento impetuoso.

    Se frotó las manos. Kay cerró los ojos.

    —Armand…
    —Sí, mi chiquita —respondió Armand, protector.
    —¿Le hizo daño alguna vez a alguien?

    Armand se incorporó.

    —¿Yo? Kay, ¿me tienes miedo? —Hinchó ligeramente el pecho—. Pero, nenita, no te haré daño.
    —No hablo de mí —dijo Kay un poco impaciente—. ¿Le hizo daño a alguien?
    —Bueno, no. No intencionadamente. Recuerda que mi oficio es la justicia.
    —La justicia —dijo Kay como si estuviese saboreando algo—. Hay dos modos de hacer daño a la gente, Armand. Exteriormente, donde se ve, y adentro, en la mente, donde envenena y marca.
    —No te entiendo, Kay —dijo Armand, confuso, hablando otra vez con tono pomposo—. ¿A quién le he hecho daño?
    —A Kay Hallowell, por ejemplo —dijo la muchacha desinteresadamente—, con esa presión que ejerció usted sobre ella. No porque sea una menor. Es usted un criminal sólo en el papel, y ni siquiera para todos los Estados.
    —Bueno, escucha, jovencita…
    —… sino porque —continuó Kay serenamente— ha minado usted, sistemáticamente, la fe que ella tenía en los hombres. Si hay una justicia básica, es usted un criminal según sus normas.
    —Kay… ¿Qué te ha pasado? ¿De qué me hablas? ¡Basta! —Se reclinó en el diván y cruzó los brazos. Kay no se movió—. Ya sé —dijo Armand al fin—, estás bromeando. ¿No es así, nena?

    En el mismo tono monótono y desinteresado, Kay continuó:

    —Es usted culpable de hacer daño de los dos modos. Físicamente, lo que se ve, y psíquicamente. Se le castigará también de ambos modos, justicia Bluett.

    Armand resopló.

    —Suficiente. No te traje aquí para nada parecido. Quizá tenga que recordarte que conmigo no se juega. Tu herencia…
    —No estoy jugando, Armand.

    Se inclinó hacia él, sobre la mesita. El hombre alzó las manos.

    —¿Qué quieres? —susurró sin poder contenerse.
    —Su pañuelo.
    —Mi pa… ¿Qué?

    Kay se lo sacó del bolsillo de la chaqueta.

    —Gracias. —Mientras hablaba Kay sacudió el pañuelo, juntó dos puntas y las ató. Metió la mano en el aro del pañuelo, y lo subió hasta el antebrazo—. Lo lastimaré primero del modo que no se ve —dijo informativamente—, recordándole, de manera que no pueda olvidarlo, que una vez lastimó usted a otro.
    —Qué disparate…

    Kay buscó detrás de ella con la mano derecha y sacó lo que había escondido… un hacha nueva, afilada, pesada.

    Armand Bluett se acurrucó en el diván, entre los almohadones.

    —¡Kay! ¡No, no! —jadeó. Se le puso verde la cara—. No te he tocado, Kay. Sólo quería hablar. Quería ayudarte y ayudar a tu hermano. ¡Deja eso, Kay! —Babeaba de terror—. ¿No podemos ser amigos, Kay?
    —¡Cállese! —siseó la joven. Alzó el hacha, dejando la mano izquierda sobre la mesa e inclinándose hacia él. Las líneas, superficies y curvas del rostro de la joven expresaban un profundo desprecio—. Ya le he dicho que el castigo físico vendrá luego. Piénselo mientras espera.

    El hacha se alzó y bajó, en un arco, impulsada por un cuerpo en tensión. Armand Bluett chilló. Fue un sonido agudo, ronco, ridículo. Cerró los ojos. El hacha golpeó la superficie de la mesita. Armand se retorció entre los almohadones, como un cangrejo, de costado, a lo largo de la pared, hasta que no pudo moverse. Se detuvo grotescamente, en cuatro patas, en un rincón, con el mentón cubierto de sudor y baba. Abrió los ojos.

    Aquella huida histérica había durado, parecía, una fracción de segundo. Kay, inclinada aún sobre la mesita, no había soltado el hacha. El filo se había hundido en la gruesa madera, luego de traspasar los huesos y la carne.

    Kay tomó un cortapapeles de bronce y lo pasó bajo el pañuelo. Al enderezarse, una brillante sangre arterial salió por los muñones de los tres dedos seccionados. Estaba pálida bajo los cosméticos, pero no había cambiado fundamentalmente. Mostraba aún el mismo y orgulloso desprecio. Erguida y alta, retorcía el pañuelo con el cortapapeles, en un torniquete, y miraba fijamente a Armand.

    La joven escupió al fin y dijo:

    —¿No supera esto lo que usted planeó? Ahora tiene algo mío que podrá conservar. Mejor que usar algo y devolverlo.

    La hemorragia era ahora un hilo. Kay se acercó a la silla donde había dejado la cartera. La abrió y sacó un guante de goma. Sosteniendo el torniquete contra el brazo, se puso el guante y lo apretó.

    Armand Bluett empezó a vomitar.

    Kay se echó la capa sobre los hombros y fue hacia la puerta.

    Retiró el cerrojo, abrió, se volvió, y dijo con voz seductora:

    —Ha sido todo tan maravilloso, querido Armand. Repitámoslo pronto.

    Armand tardó casi una hora en salir de aquel pozo de terror. Se quedó allí tendido en el diván, entre sus propios vómitos, con los ojos clavados en el hacha y los tres dedos blancos.

    Tres dedos.

    Tres dedos de la mano izquierda.

    En alguna parte, en las profundidades de su mente, eso significaba algo. Pero no dejó que saliera a la luz. Tenía miedo. Sabía que cuando recordara, el terror acabaría con él.


    11


    Mi QUERIDO BOBBY, escribía Kay, no soporto la idea de que te devuelvan las cartas. Estoy bien. Esto es lo primero y esencial. Estoy muy bien, carita de mono, y no tienes por qué preocuparte. Tu gran hermana está muy bien.Aunque un poco confundida. Quizá en ese ordenado hospital esto tenga para ti más sentido. Trataré de ser clara y breve.

    Estaba una mañana en la oficina cuando entró ese espantoso juez Bluett. Tuvo que esperar unos minutos al viejo Wattles Hartford, y los empleó en hacerme la corte, con ese modo viscoso de siempre. Logré mantenerlo admirablemente a distancia hasta que la vieja comadreja recordó la herencia de papá. Ya sabes que nos la darán cuando yo cumpla veintiún años, a no ser que aparezca otra vez aquel viejo contrato. Habría que recurrir a la justicia. Y Bluett no es sólo el socio, sino también el juez. Aunque pudiésemos recusarlo como magistrado, convencería a cualquiera que ocupase su lugar. Bueno, se suponía que si yo era buena con su señoría, complaciendo sus gustos, no se discutiría el testamento. Me asusté mucho, Bobby. Sabes que tu carrera depende de ese dinero. No sabía qué hacer. Necesitaba tiempo para pensar. Prometí encontrarme con él aquella misma noche, tarde, en un club nocturno.

    Bobby, fue algo horrible. Yo estaba a punto de estallar, allí mismo, cuando el viejo baboso dejó un rato el salón. Pensé si seguiría luchando o escaparía. Tenía miedo, créeme. Y de pronto, alguien apareció a mi lado. Pienso que debería de ser mi ángel guardián. Parecía que había oído al juez y quería que yo huyese. Me asustó al principio y luego le vi la cara. Oh, Bobby, era una cara tan agradable. Quería darme algún dinero, y antes de que yo pudiese negarme me dijo cómo podría devolvérselo. Me dijo que dejara la ciudad en seguida, que tomase un tren, cualquier tren, no quería saber cuál. Y antes de que pudiera impedirlo, me metió trescientos dólares en la cartera, y se fue. Pero antes me dijo que aceptase una cita con el juez para la noche siguiente.

    Yo no pude reaccionar. El hombre había estado allí dos minutos y había hablado prácticamente sin parar. Y entonces volvió el juez. Le hice una caída de ojos como una verdadera mujer perdida, y me fui. Veinte minutos más tarde tomaba un tren a Eltonville y ni siquiera busqué un hotel, donde me registrarían el nombre. Esperé a que abriesen las tiendas, compré un maletín y un cepillo de dientes, y busqué una habitación. Dormí algunas horas y aquella misma tarde conseguí un empleo en el único negocio de discos del pueblo. Me pagan veintiséis dólares por semana, pero me las arreglo muy bien.

    Mientras tanto no sé qué ocurre en casa. Esperaré sin embargo. Tenemos tiempo, y por ahora estoy bien. No te daré mi dirección, querido, aunque escribiré a menudo. El juez Bluett puede poner las manos sobre estas cartas, de algún modo. Creo que vale la pena cuidarse. Es un hombre peligroso.

    Esta es pues la situación, querido. ¿Qué ocurrirá en el futuro? Busco en los diarios de ahí alguna noticia sobre su deshonrosa señoría el juez, y espero lo mejor. En cuanto a ti, no te preocupes. Gano pocos dólares menos que en el estudio de Hartford y estoy mucho más segura. Y el trabajo no es duro. La música le gusta a mucha gente simpática. Lamento otra vez no poder darte mi dirección, pero me parece lo más conveniente. Podemos esperar así que pase un año, si es necesario, y no será una gran pérdida. Trabaja mucho, querido. Estoy detrás de ti en un mil por ciento. Te escribiré pronto. Tu hermana que te quiere. Kay.


    Ésta fue la carta que un hombre del juez Armand Bluett encontró en el cuarto del estudiante Robert Hallowell, en la Facultad de Medicina del Estado.


    12


    —Sí SOY YO, Pierre Monetre. Entre.Monetre se hizo a un lado y la muchacha entró.

    —Se lo agradezco de veras, señor Monetre. Sé que es usted un hombre ocupado. Y quizá no pueda ayudarme.
    —Y quizá no quiera, aunque pueda —replicó Monetre—. Siéntese.

    La muchacha se sentó en una silla de madera, del otro lado de la mesa, mitad escritorio, mitad banco de trabajo, que ocupaba casi la mitad de la casa rodante. Monetre la miró fríamente. Pelo rubio y suave, ojos de un azul pizarra a veces, otros apenas más oscuros que el azul del cielo; una frialdad estudiada que él, con sus ejercitadas facultades, podía traspasar con facilidad. Está perturbada, pensó, asustada y avergonzada. Monetre esperó.

    —Hay algo que quiero saber —dijo al fin la joven—. Ocurrió hace años. Yo casi lo había olvidado, hasta que vi sus anuncios. Entonces, recordé. Quizá me equivoque, pero si…

    La muchacha juntó las manos. Monetre las miró y luego le clavó otra vez los fríos ojos.

    —Perdón, señor Monetre. No soy muy precisa. Pero todo es tan vago y tan… terriblemente importante. Cuando yo era niña, de siete u ocho años, un compañero de clase escapó de casa. Era de mi edad, y había tenido una pelea espantosa con el padre adoptivo. Creo que estaba lastimado. En la mano. No sé hasta qué punto. Fui probablemente la última persona que lo vio en la ciudad. Nunca volvió.

    Monetre recogió algunos papeles, los arregló, y los puso otra vez en la mesa.

    —No sé realmente qué puedo hacer por usted, señorita…
    —Hallowell, Kay Hallowell. Le ruego, señor Monetre, espere a que termine mi historia. He hecho cincuenta kilómetros para verlo. No quiero perder la menor oportunidad.
    —Por favor, nada de llantos o la pondré a la puerta —rugió Monetre. El tono era tan rudo, que Kay se sobresaltó. El hombre dijo entonces, suavemente—: Le ruego que continúe, señorita.
    —Gra—gracias. Seré breve… Fue poco después de oscurecer, una noche de lloviznas y niebla. Vivíamos junto a la carretera y yo había salido por la puerta de atrás para hacer algo… No recuerdo qué… En fin, él estaba allí, en la luces del tránsito. Le hablé. Me dijo que no le dijera a nadie que yo lo había visto, y así lo hice, hasta ahora. Luego… —Kay cerró los ojos, tratando de recordar aparentemente todos los detalles— creo que alguien me llamó. Lo dejé y volví a casa. Pero espié por la ventana y lo vi subir a un camión. Era de esta feria. Estoy segura. Los colores… Y ayer, cuando vi sus anuncios, recordé.

    Monetre esperaba con una mirada inexpresiva en los ojos hundidos. Pareció comprender, de pronto, que la muchacha había terminado.

    —¿Hace doce años? Y, supongo, yo debería saber si ese niño viajó con la feria.
    —Sí.
    —No. Yo me hubiera enterado.
    —Oh… —Era un sonido débil, triste, y sin embargo resignado. Kay no había esperado aparentemente otra cosa. Se dominó, y dijo—: Era menudo para su edad. Tenía un pelo muy oscuro y una cara puntiaguda. Lo llamaban Horty… Horton.
    —Horty… —Monetre buscó en su memoria. Había algo familiar en aquellas dos sílabas. Sí… Sacudió la cabeza—. No recuerdo a ningún niño llamado Horty.
    —Haga un esfuerzo, por favor. Hay algo que…

    Kay calló y miró a Monetre inquisitivamente. Monetre dijo:

    —Puede confiar en mí.

    Kay sonrió.

    —Gracias. Bueno, hay un hombre, una persona espantosa, el padre adoptivo del niño. Está haciéndome algo horrible. Una trampa legal. Y podría impedir que llegue a mis manos cierto dinero, en mi mayoría de edad. Lo necesito. No para mí. Para mi hermano. Será médico y…
    —No me gustan los médicos —dijo el hombre. Si el odio tiene una campana, como la libertad, esa campana resonó entonces en la voz de Pierre Monetre. Se incorporó—. Nada sé de un niño llamado Horty, que desapareció hace doce años. Y no me interesa encontrarlo. Y menos para ayudar a un hombre que será un parásito de sí mismo y se reirá de sus pacientes. No soy un secuestrador, y no quiero mezclarme en algo que huele de lejos a chantaje. Adiós.

    Kay se había incorporado también, con los ojos muy abiertos.

    —Lo… lo siento. Realmente, yo…
    —Adiós.

    Monetre habló ahora con una voz de terciopelo que usaba a veces para mostrar que su gentileza era un virtuosismo, un barniz. Kay se volvió hacia la puerta y la abrió. Se detuvo y miró por encima del hombro.

    —Podría dejarle mi dirección por si algún día usted…
    —No —dijo Monetre.

    Le dio la espalda y se sentó. Oyó que la puerta se cerraba.

    Cerró los ojos y las estrechas aberturas de la nariz se le agrandaron hasta parecer casi redondas. Humanos, humanos, y sus complejas, inútiles y triviales maquinaciones. No había misterio en los humanos; no había enigma. Los intereses de los hombres podían reducirse a un único tema: la ganancia. ¿Qué podían saber los hombres de una forma de vida donde no había idea de ganancia? ¿Qué podía decir un hombre de una raza de cristales, seres que no se interesaban en comunicarse o cooperar entre ellos?

    ¿Y qué harían los hombres —y aquí Monetre se permitió una sonrisa— si tuviesen que luchar con los cristales? ¿Cuando se encontraran con un enemigo que avanzaba un poco y no se molestaba en consolidar ese avance, y en seguida avanzaba de otro modo, de un modo diferente, en otro lugar?

    Monetre se hundió en una ensoñación esotérica, dirigiendo ejércitos de cristales contra una humanidad estúpida y prolífica, olvidando las inútiles preocupaciones de una muchacha que por alguna interesada razón personal buscaba a un niño perdido.

    —Eh, Caníbal…
    —¡Maldita sea! ¿Qué pasa ahora?

    La puerta se abrió prudentemente.

    —Caníbal, hay…
    —Entra, Havana, y habla. No me gustan los farfullones.

    Havana entró luego de dejar el cigarro en un escalón.

    —Hay un hombre que quiere verlo.

    Monetre le lanzó una mirada furiosa por encima del hombro.

    —Estás encaneciendo. Tíñete.
    —Bueno, bueno. Esta misma tarde. —Havana arrastró los pies miserablemente—. Y este hombre…
    —Hoy he completado mi cuota —dijo Monetre—. Gente inútil que persigue cosas imposibles y triviales. ¿Se ha ido ya esa chica?
    —Sí. Eso quería decirle. El hombre la vio también, y está esperando. Le preguntó a Johnward dónde podía encontrarlo a usted, y…
    —Creo que despediré a Johnward. Quiero un artista, no un ujier. No hace otra cosa que molestarme con gente.
    —Es un hombre importante —dijo tímidamente Havana—. Me preguntó al llegar si estaba usted ocupado. Le expliqué que sí, que hablaba usted con alguien. Me dijo entonces que esperaría. En ese momento se abrió la puerta y salió la muchacha. Se apoyó en el montante y se volvió para decirle algo a usted y el hombre importante casi cae redondo. De veras, Caníbal, nunca vi nada parecido. Se agarró de mi hombro con tanta fuerza que seguramente me dejó un moretón para una semana. «¡Es ella! ¡Es ella!», gritó. «¿Quién?», pregunté. «¡No quiero que me vea!», gritó el hombre. «¡Un demonio! ¡Se cortó los dedos y le crecieron otra vez!»

    Monetre se enderezó en su sillón y giró hasta enfrentarse con el enano.

    —Adelante, Havana —dijo suavemente.
    —Bueno, eso es todo. El hombre se escondió detrás de la barraca de Gogol y espió cuando pasaba la chica.
    —¿Y dónde está ahora?

    Havana miró por la puerta abierta.

    —Todavía ahí. Tiene mala cara. Parece que sufriera un ataque.

    Monetre dejó la silla y salió rápidamente, dejando que Havana decidiese si lo acompañaba o se quedaba. El enano se apartó, pero la huesuda cadera de Monetre alcanzó a golpearle la mejilla redonda.

    Monetre corrió hacia el hombre acurrucado aún detrás de la plataforma. Se arrodilló y le puso una mano en la frente, fría y húmeda.

    —Cálmese, señor —dijo con una voz grave y tranquilizadora—. Está usted seguro conmigo. —Monetre subrayó la palabra «seguro», pues el hombre, cualquiera que fuese la causa, transpiraba, temblaba y parecía paralizado por el miedo. Monetre no hizo preguntas y siguió entonando—: Está en buenas manos, señor. Fuera de peligro. Nada puede pasarle ahora. Venga. Beberemos algo. Le hará bien.

    El hombre fijó lentamente los ojos húmedos en Monetre. Pareció que recobraba poco a poco la lucidez.

    —Eh… un ataque… claro, sí… un desmayo. Lamento de veras…

    Monetre lo ayudó cortésmente a levantarse, recogió el sombrero que había rodado por el suelo, y le sacudió el polvo.

    —Mi oficina está ahí. Entre y siéntese.

    Puso una mano firme en el codo del hombre, lo llevó a la casa rodante, le ayudó a subir los dos escalones, y abrió la puerta.

    —¿Quiere recostarse unos minutos?
    —No, no, gracias. Es usted muy amable.
    —Siéntese aquí entonces. Le traeré algo.

    Monetre abrió un armario y eligió una botella de viejo oporto. Luego sacó un frasco de un cajón del escritorio y vertió dos gotas en un vaso, llenándolo con vino.

    —Beba esto —dijo—, le hará bien. Un poco de amital de sodio. Le calmará los nervios.
    —Gracias. Gracias. —El hombre bebió ávidamente—. ¿Es usted el señor Monetre?
    —A sus órdenes.
    —Soy el juez Bluett. De la cámara civil.
    —Muy honrado.
    —Por favor, por favor, soy yo quien… He viajado ochenta kilómetros para verlo y hubiese recorrido gustosamente una distancia dos veces mayor. Tiene usted una gran reputación.
    —No lo sabía —dijo Monetre, y pensó que aquella desinflada criatura era tan poco sincera como él mismo—. ¿En qué puedo servirle?
    —Bueno… Un asunto… cómo diría… de interés científico. Leí acerca de usted en una revista. Parece que sabe usted de mons… eh, gente rara, y cosas semejantes, más que nadie en el mundo.
    —Yo no diría eso —replicó Monetre—. He trabajado con esas criaturas muchos años, por supuesto. ¿Qué quiere saber?
    —Oh…, algo que no se encuentra en los libros de consulta. Y que tampoco se puede preguntar a los llamados hombres de ciencia. Lo que no está impreso los hace sonreír.
    —Conozco el asunto, señor juez. Pero yo no tengo la sonrisa fácil.
    —Espléndido. Entonces se lo preguntaré. Concretamente, ¿sabe usted algo de… regeneración?

    Monetre se llevó una mano a los ojos. ¿Este imbécil nunca iría al grano?

    —¿Qué clase de regeneración? ¿Anillos de nematodos? ¿Cicatrización celular? ¿O la carga de viejas baterías?

    El juez hizo un débil ademán.

    —Por favor —dijo—. Soy un lento en estas cuestiones, señor Monetre. Le ruego que use un lenguaje más simple. Lo que quiero saber es esto: ¿hasta qué punto pueden regenerarse los tejidos humanos después de una herida grave?
    —¿A qué llama usted grave?
    —Bueno… digamos una amputación.
    —Depende, señor juez. La punta de un dedo, por ejemplo, sería posible. Un hueso roto se reconstruye a veces de modo sorprendente. ¿Conoce usted algún caso donde la regeneración de tejidos haya sido, digamos, excepcional?

    Hubo una larga pausa. Monetre advirtió que el juez palidecía. Le sirvió más oporto y se llenó también un vaso.

    —Conozco un caso. Es decir, por lo menos… Bueno, me parece. Vi la amputación.

    Monetre decidió remover el terror que parecía cercar a aquel hombre de ojos húmedos.

    —No sabe usted en qué peligro se encuentra —dijo—. Yo lo conozco, y soy quizá el único hombre en el mundo que puede ayudarlo. Cooperará usted conmigo, señor, o se irá inmediatamente, exponiéndose a todas las consecuencias.

    Monetre había hablado con una voz de diapasón, resonante y suave a la vez. Pareció que el juez perdía totalmente la cabeza. La cadena de horrores imaginarios que se reflejaron en su pálido rostro no eran, por lo menos, triviales. Monetre sonrió ligeramente, se reclinó en su silla, y esperó.

    —Puedo… —El juez se sirvió más vino—. Ah, señor, debo decirle ante todo que esto fue en un principio una simple conjetura. Es decir, hasta que hoy vi a la muchacha. A propósito, no quisiera que ella me viese. Podría usted…
    —Cuando la traigan, lo ocultaré a usted. Prosiga.
    —Perfectamente. Gracias, señor. Bueno, hace algunos años llevé a un niño a mi casa. Un horrible monstruito. Cuando tenía siete u ocho años, se escapó. No he oído de él desde entonces. Imagino que tendría ahora diecinueve o veinte años… si viviera. Y… y parece haber alguna relación entre aquel niño y la muchacha.
    —¿Qué relación? —inquirió Monetre.
    —Parece que ella supiese algo de él. —Monetre movió los pies con impaciencia y el juez añadió en seguida—: Bueno, hubo una dificultad. El chico era un rebelde sin cura. Lo castigué y lo encerré en el ropero. La puerta (de modo puramente accidental, claro es) le apretó la mano. Ejem. Algo muy desagradable.
    —Siga.
    —Yo he estado…, bueno, buscando, ya entiende usted. Cuando el chico creciera, habría en él cierto resentimiento… Además, era un chico muy poco equilibrado, y uno nunca sabe cómo pueden afectar esas cosas a una mente débil.
    —Quiere decir que se sintió usted culpable y asustado como el diablo y buscó entonces a un joven al que le faltaran tres dedos. ¡Dedos, no nos salgamos del tema! ¿Qué relación tiene esto con la muchacha?

    La voz de Monetre era un látigo.

    —No lo sé… exactamente —murmuró el juez—. Ella parecía saber algo acerca del chico. Quiero decir que ella me habló indirectamente del chico, me dijo que me recordaría cómo yo había lastimado una vez a alguien. Y entonces sacó un hacha y se cortó los dedos. Luego desapareció. La busqué con un hombre, y él me dijo que ella vendría aquí. Eso es todo.

    Monetre cerró los ojos y meditó un rato.

    —No noté que le faltara ningún dedo.
    —Maldita sea, ya lo sé. Pero ya le dije que la vi con mis propios ojos…
    —Bueno, bueno. Se los cortó. Dígame ahora por qué vino usted.
    —Yo… no sé. Cuando ocurre algo parecido, uno olvida todo y parte de cero. Lo que yo había visto parecía imposible, pero empecé a pensar que quizá todo era posible… todo…
    —¡Al grano! —rugió el Caníbal.
    —¡Ya se lo he dicho! —rugió Bluett a su vez. Los dos hombres se miraron con furia—. El niño y los dedos aplastados, y ahora esta muchacha. Empecé a preguntarme si ella y el chico no serían la misma persona… Ya le dije que no había para mí «imposibles». Bueno, la muchacha tenía una mano perfecta. Si de algún modo ella era el chico, tenían que haber crecido los dedos. Y si eso había ocurrido una vez, podía ocurrir otra. Y si ella lo sabía, no temería cortárselos. —El juez se encogió de hombros, alzó las manos y las dejó caer flojamente—. Así que empecé a preguntarme en qué criaturas los dedos crecerían a voluntad. Eso es todo.

    Los oscuros y centelleantes ojos de Monetre, que parecían aún más hundidos, observaron al juez.

    —Ese chico que podía ser una chica —murmuró—, ¿cómo se llamaba?
    —Horton. Lo llamábamos Horty. Un pequeño vicioso.
    —Piense un poco. ¿Había algo raro en él?
    —¡Ya lo creo! Yo diría que no era normal. No se despegaba de juguetes sin valor, y cosas parecidas. Y tenía costumbres repugnantes.
    —¿Qué costumbres?
    —Lo echaron de la escuela por comer insectos.
    —¡Ah! ¿Hormigas?
    —¿Cómo lo sabe?

    Monetre se incorporó y se paseó entre la puerta y el escritorio. La excitación le golpeaba el pecho.

    —¿A qué juguetes se ataba tanto?
    —No recuerdo. No es importante.
    —Eso lo decidiré yo —estalló Monetre—. Piense, hombre, ¡piense! Si en algo estima su vida…
    —¡No puedo pensar! ¡No puedo! —Bluett alzó los ojos, vio la mirada brillante del Caníbal y se encogió—. Era una especie de polichinela. Algo horrible.
    —¡Descríbalo! ¡Hable, maldita sea!
    —Pero qué… Oh, bueno. Era de este tamaño y tenía un cabeza de polichinela. Nariz y barbilla puntiagudas. El chico casi nunca lo miraba. Pero debía tenerlo cerca. Yo lo tiré una vez y el doctor me dijo que lo buscara y se lo devolviera. Horton casi se muere.
    —Casi se muere, ¿eh? —gruñó Monetre con una voz áspera y triunfante—. Dígame, ese juguete estuvo con él desde que nació, ¿no es cierto? Y había algo en el juguete…, un botón de cristal o algo brillante.
    —Pero cómo sabe… —empezó a decir Bluett. La furiosa impaciencia que irradiaba el hombre de la feria lo interrumpió bruscamente—. Sí, los ojos.

    Monetre se inclinó sobre el juez, lo tomó por los hombros, y lo sacudió.

    —Querrá decir el ojo, ¿no? Había un solo cristal —jadeó.
    —Déjeme, déjeme —gimió Bluett, rechazando débilmente las manos de hierro de Monetre—. Dije «ojos». Dos ojos. Iguales. Desagradables. Brillaban.

    Monetre se enderezó lentamente y retrocedió.

    —Dos —susurró—. Dos…

    Cerró los ojos. Le zumbaba el cerebro. Un chico desaparecido, dedos… dedos aplastados. Una muchacha… la edad exacta también… Horton, Horton… Horty. La mente de Monetre saltó y retrocedió a lo largo de los años. Una carita morena, dolorida, que decía: «Me bautizaron Hortense, pero todos me llaman Kiddo». Kiddo, que había llegado con una mano aplastada, y había dejado la feria dos años atrás. ¿Qué había ocurrido entonces? Él, Monetre, había querido algo, había querido mirarle la mano, y ella se había ido, de noche.

    La mano. Cuando ella llegó a la feria, él se la había curado, había sacado los tejidos deshechos, y la había cosido. La había curado durante semanas hasta que aparecieron nuevos tejidos y no hubo peligro de infección. Y luego, por algún motivo, nunca la había mirado otra vez. ¿Por qué? Oh… Zena. Zena le decía siempre cómo iba la mano de Kiddo.

    Abrió los ojos. Unas delgadas ranuras.

    —Lo encontraré —gruñó.

    Un golpe en la puerta, y luego una voz:

    —Caníbal…
    —Es el enano —farfulló Bluett, sobresaltándose—. Con la muchacha. ¿Qué…? ¿Dónde…?

    Monetre le lanzó una mirada que lo devolvió a la silla. El hombre de la feria se incorporó y fue hacia la puerta, abriéndola un poco.

    —¿La encontraste?
    —Mire, Caníbal, yo…
    —No me interesa —dijo Monetre en un terrible susurro—. No la trajiste. Te ordené que la trajeras y no lo has hecho. —Cerró cuidadosamente la puerta y se volvió hacia el juez—. Váyase.
    —¿Eh? Bueno, pero y qué hay de…
    —¡Váyase!

    Era un grito. Así como la mirada de Monetre había aflojado al juez, su voz, ahora, lo endurecía. Bluett se incorporó y fue hacia la puerta antes que el grito dejase de ser un sonido. Quiso hablar, y sólo movió los labios húmedos.

    —Ningún otro en el mundo puede ayudarlo. Sólo yo —dijo Monetre, y el rostro del juez mostró que este tono tranquilo, fácil, de charla común, era lo más terrible. Llegó a la puerta y se detuvo. Monetre continuó—: Haré lo que pueda, juez. Sabrá de mí muy pronto, se lo aseguro.
    —Ah —dijo el juez—. Mm. Si en algo puedo servirlo, señor Monetre, llámeme.
    —Gracias. Necesitaré ciertamente su ayuda.

    Monetre dejó de hablar. Se le heló el rostro. El juez salió corriendo.

    Pierre Monetre se quedó mirando el espacio donde hacía un instante había estado la cara abotagada del juez. De pronto cerró el puño y se golpeó la palma.

    —Zena —dijo moviendo apenas los labios.

    Se puso pálido de furia. Se sintió débil y se acercó al escritorio. Se sentó, apoyó los codos en el papel secante y la barbilla en la mano, y empezó a enviar imperiosas ondas de odio.

    ¡Zena!

    ¡Zena!

    ¡Aquí! ¡Ven aquí!


    13


    HORTY SE RIÓ. Se miró la mano izquierda y los tres muñones que crecían como hongos, se tocó con la otra mano la piel nueva, y se rió.Dejó el diván y cruzó el cuarto hasta el espejo de pie. Se miró la cara, y retrocedió, y se estudió críticamente los hombros y el perfil. Gruñó, satisfecho, y fue hacia el teléfono, en el dormitorio.

    —Tres cuatro cuatro —dijo, con una voz sonora que armonizaba con la fuerte barbilla y la boca ancha—. ¿Nick? Te habla Sam Horton. Oh, muy bien. Sí, podré tocar otra vez. El doctor dice que tuve suerte. Una muñeca rota queda casi siempre un poco dura, pero no en este caso. No… No te preocupes. ¿Eh? Unas seis semanas. Seguro… ¿Dinero? Gracias, Nick, pero podré arreglármelas. No, no te preocupes. Gritaré si necesito algo. Gracias, de todos modos. Sí. Iré por ahí de cuando en cuando. Estuve hace un par de días. ¿Dónde encontraste ese chambón de tres cuerdas que toca la guitarra? Le sale por casualidad lo que Spike Jones hace a propósito. No, por supuesto, no quiero golpearlo. Sólo pretendo despellejarlo. —Se rió—. No te preocupes, no hablo en serio. Todo está muy bien. Bueno, gracias, Nick. Adiós.

    Horty volvió al sofá del estudio y se tendió con los confiados movimientos de un felino bien alimentado. Hundió agradablemente los hombros en los muelles pliegues del sofá y tomó un libro de los cuatro que había en la mesa.

    No había otros libros en la casa. Había descubierto, hacía tiempo, la invasión física de los libros, el problema de desbordantes bibliotecas. Se desprendió entonces de todos sus volúmenes e hizo un trato con el librero. Le enviarían cuatro libros nuevos, todos los días, en alquiler. Horty los leía y los devolvía al día siguiente. Era una solución satisfactoria. No olvidaba nada. ¿Para qué las bibliotecas?

    Tenía dos cuadros: un Markell, formas irregulares, cuidadosamente desproporcionadas, de variadas y superpuestas transparencias, de modo que el tono de una mancha afectaba a otras, y el color del fondo afectaba todo. El otro era un Mondrian, preciso y equilibrado, que casi daba la impresión de algo que nunca sería nada.

    Horty era dueño, además, de kilómetros de música en cintas magnéticas. Tenía una mente prodigiosa, capaz de recordar todo un libro, y cualquiera de sus partes. Podía hacer lo mismo con la música; pero evocar una obra musical era, en cierto sentido, recrearla, y oír una música no es lo mismo que escribirla. Horty quería escribir y oír.

    Guardaba las obras clásicas y románticas que habían sido las favoritas de Zena; las sinfonías, conciertos, baladas y divertimentos que lo habían iniciado en la música. Pero sus gustos se habían ampliado e incluían ahora a Honegger y Copland, Shostakovitch y Walton. Había descubierto también los sombríos acordes de Tatum, y el increíble Thelonius Monk. Gustaba de la trompeta ocasionalmente inspirada de Dizzy Gillespie, las arrebatadoras cadencias de Ella Fitzgerald, las impecables producciones vocales de Pearl Bailey. Su criterio, en todo, era la humanidad, y las resonancias humanas. Vivía con libros que llevaban a otros libros, un arte que lo llevaba a la conjetura, una música que lo llevaba a mundos más allá del mundo.

    En las habitaciones de Horty todo era muy simple. El único objeto poco convencional era el reproductor y grabador; una maciza acumulación de dispositivos de alta fidelidad, pues el oído de Horty exigía la traducción exacta de todos los matices, todos los armónicos. Aparte de esto, su casa se parecía a cualquier otra casa, aunque era cómoda, y agradable. De vez en cuando, y a largos intervalos, se le ocurría que podría rodearse de lujosas máquinas automáticas, sillas que le masajearan la espalda, y cámaras de aire acondicionado para secarse después del baño. Pero la tentación no duraba mucho. Su mente era simple, y sólo le interesaba el conocimiento. Aunque dotado de una extraordinaria capacidad de análisis, muy pocas veces la empleaba extensamente. El conocimiento, pues, bastaba. Ya le encontraría utilidad. Por ahora, se contentaba con una total y justificada confianza en sus propios poderes.

    Había llegado a la mitad del libro, y de pronto se detuvo con una expresión de sorpresa. Creía haber oído un sonido raro.

    Cerró el libro, lo puso sobre la mesa, se incorporó y prestó atención, volviendo la cabeza ligeramente.

    Sonó el timbre de la puerta.

    En ese mismo instante Horty dejó de moverse. No se le endureció el cuerpo, como a un animal asustado. Pareció como si se hubiese detenido voluntariamente a pensar, una fracción de segundo. Luego se movió otra vez, con calma y facilidad.

    Se detuvo ante la puerta, y clavó los ojos en el panel más bajo. Se le endureció la cara, y una rápida arruga le cruzó la frente. Abrió la puerta.

    Ella estaba en el umbral, apoyada en una pierna. Alzó los ojos para verlo. Tenía la cabeza ligeramente torcida, un poco hacia abajo. Tuvo que hacer un esfuerzo casi doloroso para que sus ojos encontraran los ojos de Horty. Medía un metro veinte de altura.

    —¿Horty? —dijo débilmente.

    Horty emitió un sonido ronco y se arrodilló y la abrazó con fuerza y dulzura a la vez.

    —Zee… Zee… ¿Qué ha ocurrido? Tu cara, tu…

    Alzó a Zena, entró, cerró la puerta con el pie, y fue hasta el diván del estudio. Se sentó con Zena en las rodillas, acunándola, sosteniéndole la cabeza con la tibia palma de la mano. Zena le sonrió. Sólo se le movió un lado de la boca. Luego se echó a llorar, y a Horty se le humedecieron los ojos, y las lágrimas le ocultaron la carita deformada.

    Zena calló, como si el cansancio no le dejara seguir llorando. Miró la cara de Horty, atentamente, parte por parte. Alzó la mano y le tocó el pelo.

    —Horty… Me gustaba tanto cómo eras…
    —No he cambiado —dijo Horty—. Soy un hombre ahora. Tengo mi casa y un empleo. Tengo esta voz y estos hombros y cincuenta kilos más que hace tres años. —Se inclinó y besó a Zena rápidamente—. Pero no he cambiado, Zee. No he cambiado. —Le tocó la cara, cuidadosamente, con la suavidad de una pluma—. ¿Duele?
    —Un poco. —Zena cerró los ojos y se humedeció los labios. Parecía como si la lengua no pudiese alcanzar las comisuras de la boca—. Yo he cambiado.
    —Te han cambiado —dijo Horty, con voz temblorosa—. ¿El Caníbal?
    —Claro. Lo sabías, ¿no es cierto?
    —No realmente. Me pareció una vez que me llamabas. Tú o él… era algo muy lejano. ¿Qué ocurrió? ¿Quieres decírmelo?
    —Oh, sí. Descubrió quién eras. No sé cómo. Tu… ese Armand Bluett… es juez o algo ahora. Fue a ver al Caníbal. Cree que eres una muchacha.

    Horty sonrió tensamente.

    —Lo fui un tiempo.
    —Oh. Oh, ya entiendo. ¿Estuviste entonces en la feria aquel día?
    —¿En la feria? No. ¿Qué día, Zee? ¿El día que se descubrió la verdad?
    —Sí, cuatro… no, cinco días atrás. ¿No estuviste allí? No entiendo… —Zena se encogió de hombros—. En fin, una muchacha fue a ver al Caníbal y el juez la siguió y pensó que eras tú. El Caníbal también. Le dijo a Havana que la buscara. Havana no la encontró.
    —Y entonces el Caníbal se vengó en ti.
    —Mm. Yo no pensaba decírselo, Horty. No le dije nada. Por lo menos durante un tiempo. No… no recuerdo muy bien.

    Zena cerró otra vez los ojos. Horty se estremeció y se quedó un rato sin aliento.

    —No… no recuerdo —dijo otra vez Zena con dificultad.
    —No te esfuerces. No hables —susurró Horty.
    —Tengo que hacerlo. Es necesario. ¡No debe encontrarte! —dijo Zena—. Está buscándote ya.

    Horty entornó los ojos y dijo:

    —Tanto mejor.

    Zena no abrió los ojos.

    —Duró mucho tiempo —dijo—. El Caníbal hablaba muy lentamente. Me sentó en unos almohadones y me sirvió un vino que sabía a otoño. Me habló de la feria y de Solum y de Gogol. Mencionó a Kiddo, y luego me habló de los coches nuevos y la tienda del guardia y las dificultades con el sindicato de chóferes, y también algo de música, y algo de guitarras, y luego de nuestro acto en la feria. Y después me habló de los animales y los echadores de suertes y los agentes de publicidad, volviendo de nuevo atrás, otra vez. ¿Entiendes? Mencionándote al pasar, y luego retrocediendo y retrocediendo. Toda la noche, Horty. ¡Toda, toda la noche!
    —Cálmate.
    —No me hizo preguntas. Hablaba doblando la cabeza, espiándome de reojo. Y yo allí sin moverme. Traté de beber, y de comer cuando trajeron la cena, y el desayuno. Y traté de sonreír cuando el Caníbal calló, un minuto. No me golpeó entonces, no me tocó, ¡no me preguntó!
    —Lo hizo más tarde.
    —Mucho más tarde. No recuerdo… La cara sobre mí, como una luna. A mí me dolía todo. Él gritaba. Quién es Horty, dónde está Horty, quién es Kiddo, por qué escondiste a Kiddo… Yo despertaba y despertaba. No recuerdo cuántas veces me dormí, o me desmayé, o lo que fuera. Me despertaba con sangre que se me secaba en los ojos, y él hablaba de máquinas y generadores de electricidad. Me despertaba en sus brazos, y él me hablaba al oído de Bunny y Havana, que sabían quién era Horty. Me despertaba en el suelo. Me dolía la rodilla. Había una luz terrible. Me incorporaba huyendo de la luz, corría a la puerta, y me caía. La rodilla se me doblaba. Era la tarde del día siguiente. Y el Caníbal me alcanzó, y me arrastró otra vez adentro, y me tiró al suelo, y encendió aquella luz. Tenía una lente de aumento y me hizo beber vinagre. Se me hinchó la lengua y yo…
    —Basta, Zena, basta. No hables más.

    La voz gris y sin inflexiones continuó:

    —Yo estaba tirada en el suelo cuando llegó Bunny y miró adentro y el Caníbal no vio que ella venía. Bunny corrió y vino Havana con una barra de hierro y el Caníbal le rompió el cuello y Havana va a morirse…

    Horty sentía los párpados secos. Alzó cuidadosamente una mano y le golpeó la mejilla sana.

    —Zena, ¡basta!

    El golpe arrancó a Zena un grito penetrante.

    —¡No sé más, de veras! —chilló y estalló en dolorosos y convulsivos sollozos.

    Horty le habló, pero no consiguió calmarla. Se incorporó entonces, la acostó dulcemente en el sofá, trajo del baño una toalla húmeda, y le mojó la cara y las muñecas. Zena dejó de llorar y se durmió.

    Horty la miró un rato. Luego se arrodilló en el suelo, al pie del sofá, y puso la cabeza junto a la cabeza de Zena. El pelo de la enana le rozaba la cara. Se cruzó los brazos, y tomándose los codos, apretó hasta que el pecho y los hombros le latieron dolorosamente. Necesitaba estar junto a ella, sin moverse, pero necesitaba a la vez aliviar la oscura y furiosa tensión que crecía en él. El esfuerzo que imponía a sus músculos salvaguardaba su cordura, sin perturbar el sueño de Zena. Se quedó así mucho tiempo, arrodillado…

    A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Zena pudo reír otra vez. Horty sólo la había tocado para descalzarla y cubrirla con una manta. Al alba, había traído una almohada del dormitorio y la había puesto en el suelo, entre el sofá y la puerta, y se había acostado en el piso vigilando la respiración de Zena, y con una felina atención, cualquier ruido que viniese de la escalera o el pasillo.

    Cuando Zena abrió los ojos, Horty, inclinado sobre ella, dijo inmediatamente:

    —Soy yo, Horty, y estás a salvo, Zena.

    La espiral de pánico que giraba ya en los ojos de Zena se extinguió en seguida. La muchacha sonrió.

    Mientras ella se bañaba, Horty le llevó las ropas a un lavadero mecánico, y media hora más tarde estaba de vuelta con la ropa limpia y seca. Compró de camino algunos comestibles, pero cuando llegó a la casa se encontró con un desayuno ya preparado: huevos fritos sobre tostadas y jamón. Zena le sacó los comestibles de las manos, riéndose:

    —Arenques… jugo de papaya… jamón del diablo… ¡Pero todas cosas de adorno!

    Horty sonrió, más por el coraje y la recuperación de Zena que por sus protestas. Se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados, y miró cómo Zena se afanaba en la cocina, envuelta de la cabeza a los pies en una bata que era, para Horty, demasiado corta.

    Fue un dichoso desayuno, en el que jugaron alegremente a «recuerdas cuando…», juego que, en última instancia, es el más apasionante. Luego siguió un período de silencio, y se entendieron mirándose. Al fin Horty dijo:

    —¿Cómo escapaste, Zena?

    La cara de Zena se oscureció. Trató evidentemente, y con éxito, de dominarse.

    —Tienes que decírmelo todo, Zee —dijo Horty—. Tienes que hablarme… de mí también.
    —Has descubierto muchas cosas de ti —dijo Zena.

    No era una pregunta.

    Horty hizo a un lado el asunto con un ademán.

    —¿Cómo escapaste? —repitió.

    El lado de la cara de Zena que aún se movía se crispó. Se miró las manos, alzó una lentamente y la apretó con la otra.

    —Estuve en coma varios días, supongo. Ayer desperté en mi cuarto. Comprendí que se lo había dicho todo, excepto dónde estabas. Piensa aún que eres aquella joven.

    »Lo oí hablar. Estaba en el otro extremo de la casa rodante, en el cuarto de Bunny. Ella lloraba. Oí que se iba con el Caníbal. Esperé, y luego me arrastré afuera y llegué a la puerta de Bunny. Entré. Havana estaba en cama, con algo duro alrededor del cuello. Le dolía hablar. Me dijo que el Caníbal lo cuidaba y le arreglaba el cuello. Me dijo que el Caníbal haría que Bunny trabajase para él. —Zena alzó rápidamente los ojos y miró a Horty—. Puede hacerlo, ya sabes. Es un hipnotizador. Puede obligar a Bunny a cualquier cosa.

    —Ya sé. —Horty la miró pensativamente—. ¿Por qué diablos no te hipnotizó a ti?

    Zena se acarició la cara.

    —No puede. No le da resultado conmigo. Puede llamarme; pero no me domina. Soy demasiado…
    —¿Demasiado qué?
    —Humana —dijo Zena.

    Horty le acarició el brazo sonriéndole.

    —Eso es cierto… Continúa.
    —Volví a mi cuarto, recogí algún dinero y unas pocas cosas, y me fui. No sé qué hará el Caníbal cuando lo sepa. Tuve mucho cuidado, Horty. Con autos y camiones que me recogían en el camino hice ochenta kilómetros, y al fin subí a un ómnibus en Eltonville —a trescientos cincuenta kilómetros de aquí— y luego tomé un tren. Pero sé que tarde o temprano me encontrará. Nunca se da por vencido…
    —Estás a salvo aquí —dijo Horty, y había un acero azulado en su voz suave.
    —¡No se trata de mí! Oh, Horty, ¿no entiendes? ¡Te busca a ti!
    —¿Para qué? Dejé la feria hace tres años, y no pareció preocuparse mucho. —Horty se encontró con los ojos de Zena, que lo miraban con asombro—. ¿Qué pasa?
    —¿No te interesas en ti mismo, Horty?
    —¿En mí mismo? Bueno, sí. Como todos, supongo. ¿Hay algo especial?

    Zena calló un momento, pensando. De pronto, preguntó:

    —¿Qué hiciste en estos años?
    —Ya te lo he dicho en mis cartas.
    —En líneas generales, sí. Alquilaste un cuarto y viviste ahí un tiempo, leyendo mucho, y buscando tu camino. Luego decidiste crecer. ¿Cuánto tardó eso?
    —Unos ocho meses. Conseguí esta casa por carta, me mudé de noche, y cambié. Bueno, tenía que hacerlo. Necesitaba un trabajo de hombre. Durante un tiempo toqué en los clubes y viví de propinas. Luego compré una guitarra realmente buena, y trabajé en Horas Felices. Cuando cerraron, fui al Club Nemo. Estuve ahí hasta hace poco, esperando. Me dijiste que yo sabría cuando llegase la hora… Así fue.
    —Sí —asintió Zena—. La hora de dejar de ser un enano, la hora de trabajar, la hora de empezar con Armand Bluett… todo eso.
    —Exactamente —dijo Horty, como si el asunto no mereciese comentarios—. Y cuando necesité dinero, escribí cosas… canciones y arreglos, artículos, y hasta un cuento o dos. Los cuentos no fueron muy buenos. Es fácil distribuir las partes, pero cuesta muchísimo inventar. Eh, no sabes lo que le hice a Armand, ¿no es cierto?
    —No. —Zena miró la mano de Horty—. Algo relacionado con eso, ¿no?
    —Así es. —Horty se examinó la mano y sonrió—. Mira. Perdí estos dedos hace tres semanas.
    —¿Y ya han crecido tanto?
    —Tarda menos ahora que antes —dijo Horty.
    —Crecían muy lentamente —dijo Zena.

    Horty la miró, pareció que iba a preguntarle algo, y continuó:

    —Una noche entraron juntos en el Club Nemo. Nunca había pensado que los vería así. Entiendo qué piensas. ¡Siempre los recordaba a la vez! Ah, pero aquello era hacer cuentas. El bien y el mal. Bueno… —Horty bebió un poco de café—. Se sentaron tan cerca que yo podía oírlos. Él era el viscoso seductor, y ella la doncella desamparada. Bastante desagradable. Cuando él fue a empolvarse la nariz, interpreté el papel de Lochinvar. No perdí el tiempo. Le hablé crudamente, le di unos dólares, y ella se fue prometiéndole una cita para el otro día.
    —¿Quieres decir que se separaron sólo por esa noche?
    —Oh, no. Ella se fue del pueblo, en tren. No sé a dónde. Bueno, yo me quedé allí tocando la guitarra y pensando. Dijiste que yo siempre sabría si era la hora. Supe aquella noche que era hora de dedicarme a Armand Bluett. Hora de empezar, quiero decir. Bluett me aplicó una vez un tratamiento que duró seis años. Yo no podía hacer menos. Así que elaboré mis planes. Tardé toda una noche y un día.

    Horty se interrumpió, sonriendo sin humor.

    —Horty…
    —Te lo contaré, Zena. Es bastante simple. Bluett se vio con la muchacha. Se la llevó a un apestado agujero sibarítico que tenía en los suburbios y se creyó muy pronto en el jardín de las delicias. En el momento crítico, su conquista dijo unas pocas y elegidas palabras sobre la crueldad y los niños, y el hombre se quedó rumiándolas mirando tres dedos que ella dejó como recuerdo.

    Zena miró otra vez la mano izquierda de Horty.

    —¡Qué tratamiento! Pero Horty…, ¿te preparaste en una noche y un día?
    —No sabes lo que puedo hacer —dijo Horty. Se arremangó la camisa—. Mira.

    Zena miró el antebrazo derecho de Horty, moreno, ligeramente velludo. Horty parecía ahora profundamente concentrado, pero sin tensiones, serena la mirada, lisa la frente.

    Durante un tiempo no hubo cambios en el brazo. De pronto, los pelos se doblaron, se retorcieron. Cayó uno, luego otro, y al fin toda una llovizna sobre el mantel ajedrezado. El brazo no se movía y, como la frente de Horty, no revelaba ninguna tensión. La piel tenía ahora el color castaño claro de Kiddo, y Zena. Pero… ¿era así? ¿O los ojos, demasiado atentos, se engañaban? No, no. El brazo era realmente más pálido, más pálido y más delgado también. La carne se contrajo entre los dedos y en el dorso de la mano, hasta que ésta fue más delgada y larga.

    —Suficiente —dijo Horty, y sonrió—. Puedo dejarlo como antes en un tiempo similar. Excepto el pelo, claro, que me llevaría dos o tres días.
    —Sabía de esto —susurró Zena—. Lo sabía, pero pienso que no lo creía realmente… ¿Tu poder es total?
    —Total. Oh, hay cosas que no puedo hacer. No es posible crear o destruir materia. Puedo achicarme y ser como tú, supongo; pero pesaría lo mismo que ahora. Y no podría transformarme en un gigante de tres metros de la noche a la mañana. No hay modo de reunir tanta masa con suficiente rapidez. Pero el trabajo con Armand Bluett fue simple. Duro, pero simple. Reduje los hombros y los brazos y la parte inferior de la cara. Me costó veintiocho dolores de dientes. Me blanqueé la piel. El pelo era una peluca, por supuesto. Y en cuanto a las formas femeninas, solucioné el problema con lo que Elliot Springs llama «el moldeado de bustos y caderas».
    —¿Cómo puedes bromear?

    Horty habló con una voz inexpresiva:

    —¿Qué puedo hacer? ¿Rechinar continuamente los dientes? Este vino necesita algunas burbujas de cuando en cuando, querida, o pronto te cansas de beber. No, lo que le hice a Armand Bluett fue sólo un comienzo. Ahora seguirá solo. No le dije quién soy. Kay se fue y él ya no sabe quién es ella, o quién soy yo, o quién es él. —Horty se rió, roncamente—. Bluett asoció profundamente los tres dedos con el pasado. Ahora trabajarán en él los sueños. Luego le daré algo del mismo valor… y distinto.
    —Tendrás que cambiar de algún modo tus planes.
    —¿Por qué?
    —Kay no desapareció como crees. Empiezo a entender. Fue a la feria a ver al Caníbal.
    —¿Kay? ¿Pero por qué?
    —No sé. De todos modos, el juez la siguió. La muchacha se fue, pero el Caníbal y Bluett se quedaron juntos. Sé algo, sin embargo. Me lo dijo Havana. El juez le tiene miedo a Kay Hallowell.

    Horty golpeó la mesa.

    —¡La mano intacta! ¡Qué maravilla! ¿Te imaginas la escena?
    —Horty, no es tan divertido. ¿No entiendes que ahí empezó todo? El Caníbal sospecha ahora que Kiddo no era sólo una enana. Y piensa que tú y Kay son la misma persona, no importa lo que diga el juez.
    —Oh, Señor.
    —Lo recuerdas todo —dijo Zena—. Pero no tienes mucha imaginación.
    —Pero… pero… esas torturas que has sufrido, Zena… ¡Por mi culpa! ¡Es como si yo mismo te hubiese torturado!

    Zena se acercó, bordeando la mesa, y abrazó a Horty. Horty apoyó la cabeza en el pecho de la enana.

    —No, querido —dijo Zena—. Esto es viejo. Si quieres acusar a alguien, además del Caníbal, aquí me tienes. Caí en falta cuando te recogí, hace doce años.
    —¿Por qué lo hiciste? Nunca lo supe realmente.
    —Para alejarte del Caníbal.
    —Alejarme del… ¡Pero me llevaste a su lado!
    —El último lugar del mundo donde se le ocurriría buscarte.
    —Quieres decir que me busca.
    —Te busca desde que tenías un año. Y te encontrará. Te encontrará, Horty.
    —Así lo espero —gruñó Horty.

    Se oyó el timbre de la puerta.

    Hubo un helado silencio. El timbre de la puerta sonó otra vez.

    —Iré a ver —dijo Zena, levantándose.
    —De ningún modo —le dijo Horty roncamente—. Siéntate.

    Horty se puso de pie y miró la puerta, del otro lado del vestíbulo. La estudió un rato y dijo:

    —No es él. Es… bueno, ¡qué te parece! ¡Una reunión de familia!

    Horty cruzó a zancadas el vestíbulo y abrió la puerta de par en par.

    —¡Bunny!
    —Oh, perdón, ¿es aquí donde…?

    Bunny no había cambiado mucho. Parecía un poco más redonda, y un poco más tímida.

    —Oh, Bunny…

    Zena se acercó corriendo torpemente, enredándose en los pliegues de la bata. Horty la sostuvo justo a tiempo. Las mujeres se abrazaron frenéticamente, lanzándose llorosas palabras de cariño dominadas por la sonora risa de alivio de Horty.

    —Pero, querida, ¿cómo has podido encontrar…?
    —Es tan bueno…
    —Creí que estabas…
    —Muñeca, nunca pensé…
    —¡Basta! —gritó Horty—. Bunny, ven a desayunar.

    Bunny miró sorprendida a Horty, con sus ojos de albina muy abiertos.

    —¿Cómo está Havana? —preguntó Horty dulcemente.

    Sin dejar de mirar a Horty, Bunny buscó a Zena y le apretó el brazo.

    —¿Lo conoce este señor a Havana?
    —Querida —dijo Zena—, ¡es Horty!

    Bunny echó a Zena una mirada de conejo asustado, torció el cuello para mirar detrás de Horty, y al fin pareció entender.

    —¿Eso? —preguntó señalando a Horty—. ¿Él? —Le clavó los ojos—. ¿Y es Kiddo… también?

    Horty sonrió mostrando los dientes.

    —Así es.
    —Creció —dijo Bunny inexpresivamente.

    Horty y Zena rieron, y, lo mismo que Horty mucho tiempo atrás, Bunny miró primero a uno y luego a otro, comprendió que no se reían de ella, sino con ella, y respondió con su risita tintineante. Horty fue a la cocina.

    —Bunny —llamó desde allí—, ¿siempre tomas leche condensada y media cucharada de azúcar?

    Bunny se echó a llorar. Apoyando la cabeza en el hombro de Zena, sollozaba, feliz:

    —Es Kiddo, es Kiddo…

    Horty puso la taza humeante en un extremo de la mesa y se sentó junto a las mujeres.

    —Bunny, ¿cómo has hecho para encontrarme?
    —No te encontré a ti. La encontré a Zee. Zee, es posible que Havana se muera.
    —Sí…, recuerdo —susurró Zena—. ¿Estás segura?
    —El Caníbal hizo lo que pudo. Hasta llamó a otro médico.
    —¿Sí? ¿Y desde cuándo cree en los médicos?

    Bunny sorbió un poco de café.

    —No sabes cómo ha cambiado, Zee. Yo misma no quería creerlo hasta que hizo eso, llamar al doctor. Me conoces bien, Zee, y sabes cómo quiero a Havana. Y sabes cómo me sentí cuando el Caníbal lo golpeó. Pero ahora… es como si el Caníbal hubiese salido de una nube donde vivió durante años. Ha cambiado realmente, Zee. Lamenta tanto lo ocurrido. Está destrozado de veras.
    —No lo suficiente —murmuró Horty.
    —¿Y quiere que Horty vuelva también?
    —Horty… Oh, Kiddo. —Bunny lo miró—. Pero no podrá trabajar en la feria ahora. No sé, Zee. No me dijo nada.

    Horty advirtió una breve arruga en el ceño de Zena. Zena tomó a Bunny por el brazo y pareció que se lo apretaba impacientemente.

    —Querida, empieza por el principio. ¿Te envió el Caníbal?
    —Oh, no. Bueno, no exactamente. Ha cambiado tanto, Zee. No me crees. Te necesita, y decidí venir a buscarte.
    —¿Por qué?
    —¡Por Havana! —gritó Bunny—. El Caníbal podría salvarlo, ¿entiendes? Pero quiere saber cómo estás.

    Zena volvió un rostro perturbado hacia Horty. Horty se incorporó.

    —Te prepararé un bocado, Bunny —dijo.

    Le hizo una seña a Zee con un leve movimiento de cabeza. La enana respondió con un parpadeo y se volvió hacia Bunny.

    —¿Pero cómo supiste dónde estaba yo, querida?

    La albina se inclinó hacia Zena y le tocó la mejilla.

    —Pobre querida. ¿Te duele mucho?

    Horty llamó desde la cocina.

    —¡Zee! ¿Dónde pusiste el pimiento?
    —Voy, Horty —dijo Zena. Fue hacia la cocina—. Está ahí en… Oh, ¡no empezaste con las tostadas! Las haré yo.

    Trabajaron juntos sobre el fuego. Horty dijo entre dientes:

    —Esto no me gusta, Zee.

    Zena asintió.

    —Sí, hay algo… Le preguntamos dos veces, tres, cómo había encontrado tu casa, y no contestó. —Zena continuó en voz alta—: ¿Ves? Así se hacen las tostadas. Ahora basta vigilarlas un poco.

    Un momento después:

    —Horty. ¿Cómo supiste quién estaba a la puerta?
    —No lo supe. De veras. Supe quién no estaba. Conozco a cientos de personas, y supe que no eran ellas. —Se encogió de hombros—. Sólo quedaba Bunny, ¿entiendes? Es fácil.
    —Yo no podría hacerlo. Y no conozco a nadie que pudiese. Excepto quizá el Caníbal. —Zena fue hacia el sumidero y golpeó ruidosamente unos platos—. ¿Puedes saber qué piensa la gente? —murmuró al acercarse otra vez a Horty.
    —A veces, un poco. Pero nunca lo he intentado realmente.
    —Inténtalo ahora —dijo Zena señalando el vestíbulo con la cabeza.

    En el rostro de Horty apareció otra vez aquella tranquila y pensativa expresión. En ese mismo instante algo cruzó ante la puerta de la cocina. Horty, que estaba de espaldas, se volvió y saltó al vestíbulo.

    —¡Bunny!

    Los labios rosados de Bunny se recogieron mostrando los dientes, como un animal. La enana se escurrió hasta la puerta de entrada, la abrió, y desapareció.

    —¡Mi cartera! ¡Se lleva mi cartera! —gritó Zena.

    En dos grandes saltos, Horty llegó al pasillo, y alcanzó a Bunny en el descanso de la escalera. La enana se retorció y le mordió la mano. Horty le metió la cabeza bajo el brazo, apretándole la mejilla contra el pecho. Bunny no dejaba de morder… y mientras tanto no podía soltarse.

    Ya adentro, Horty cerró la puerta con el pie, llevó a Bunny al sofá como un saco de aserrín, y la obligó a abrir las mandíbulas. Bunny quedó tendida en el sofá, con los ojos enrojecidos y brillantes, y sangre en la boca.

    —¿Qué la habrá puesto en este estado? —preguntó Horty casi distraídamente.

    Zena se arrodilló junto a Bunny y le tocó la frente.

    —Bunny. Bunny, ¿estás bien?

    No hubo respuesta. La enana parecía consciente, y clavaba los ojos de rubí en Horty. Respiraba con fuerza y regularidad, como un tren de carga. Entreabría rígidamente la boca.

    —No le hice nada —dijo Horty—. Sólo alzarla en brazos.

    Zena recogió la cartera del suelo, la abrió y buscó. Aparentemente satisfecha, dejó la cartera en la mesita de café.

    —Horty, ¿qué hiciste en la cocina hace un rato?
    —Pensé… —Horty frunció el entrecejo—. Pensé en la cara de Bunny e hice que se abriera como una puerta, o…, bueno, que una niebla se levantara, para que yo pudiera ver adentro. No vi nada.
    —¿Nada?
    —Se fue en ese mismo momento —dijo Horty simplemente.

    Zena cerró y abrió nerviosamente las manos.

    —Trata otra vez.

    Horty se acercó al sofá. Los ojos de Bunny lo siguieron. Se cruzó de brazos. Se le distendió la cara. Bunny cerró inmediatamente los ojos. Abrió la boca.

    —Cuidado, Horty —dijo Zena, inquieta.

    Sin otro movimiento, Horty asintió con la cabeza.

    Durante un rato, no ocurrió nada. Luego Bunny se estremeció, extendió un brazo, y cerró la manita. Unas lágrimas le humedecieron las pestañas, y pareció descansar. Pasaron algunos segundos y empezó a moverse, vagamente, sin ningún propósito, como si unas manos poco hábiles le probaran los centros motores. Abrió dos veces los ojos, en una ocasión se sentó a medias, y se acostó otra vez. Luego dejó escapar un largo y estremecido suspiro, en un tono casi tan bajo como la voz de Zena. Al fin se quedó quieta, respirando profundamente.

    —Duerme —dijo Horty—. Se resistió, pero ahora duerme.

    Se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos. Luego, de pronto, se incorporó bruscamente y dijo:

    —Fue más que la fuerza de Bunny, Zee. Había algo extraño en ella.
    —¿Ha desaparecido ahora?
    —Sí. Despiértala y veamos.
    —¿Nunca hiciste nada parecido, Horty? Parecías tan seguro de ti mismo como el viejo Iwazian.

    Iwazian era el fotógrafo de la feria. Sólo sacaba una fotografía y sabía en seguida si saldría mal o bien. Nunca miraba una copia.

    —Siempre dices lo mismo —comentó Horty, impaciente—. Algunas cosas son posibles y otras no. Cuando haces algo, ¿te preguntas si lo hiciste o no realmente? ¿Acaso no lo sabes?
    —Perdón, Horty. Te he tenido en menos. —Zena se sentó junto a la albina—. Bunny… —canturreó—. Bunny…

    Bunny volvió la cabeza a un lado, luego a otro, y abrió los ojos. Tenía una mirada vaga, perdida. Miró a Zena y pareció reconocerla. Luego examinó la habitación y dio un grito de miedo. Zena la abrazó.

    —Todo está bien, querida —dijo—. Estamos sólo yo y Kiddo, y todo anda bien ahora.
    —Pero, ¿cómo…? ¿Dónde…?
    —Chist. Dinos qué ocurrió. ¿Recuerdas la feria? ¿Havana?
    —Havana se muere.
    —Trataremos de ayudarlo, Bunny. ¿Recuerdas haber venido aquí?
    —¿Aquí?

    Bunny miró alrededor como si una parte de su mente intentara unirse a la otra.

    —El Caníbal me dijo que viniese. Era sólo ojos. Luego de un rato ni siquiera le vi los ojos. Me hablaba en la cabeza. No recuerdo —se lamentó tristemente—. Havana se muere.

    Lo dijo como si fuese la primera vez.

    —Será mejor que por ahora no le hagamos preguntas —dijo Zena.
    —Te equivocas —dijo Horty—. Tenemos prisa. —Se inclinó hacia Bunny—. ¿Cómo fue que encontraste mi casa?
    —No recuerdo.
    —Luego de hablarte el Caníbal, ¿qué hiciste?
    —Estuve en un tren.

    Parecía como si Bunny quisiera decimos algo, y no pudiera. Había que arrancarle las palabras.

    —¿Adonde fuiste al bajar del tren?
    —Un bar… Bueno, un club… Nemo. Le pregunté al hombre dónde podía encontrar a la persona que se había lastimado la mano.

    Zena y Horty se miraron brevemente.

    —El Caníbal dijo que Zena estaría con esa persona.
    —¿Y no te dijo si era Kiddo, o Horty?
    —No. No lo dijo. Tengo hambre.
    —Muy bien, Bunny. Te serviremos en seguida un gran desayuno. ¿Y qué debías hacer cuando encontraras a Zee? ¿Llevarla de vuelta?
    —No. Los cristales. Ella tenía los cristales. Dos. El Caníbal me haría dos veces lo que le había hecho a Zena si yo volvía sin ellos. Pero me mataría si volvía con uno.
    —Cómo ha cambiado —dijo Zena, con horror.
    —Pero, ¿cómo sabía dónde estaba yo? —preguntó Horty.
    —No sé. Oh, aquella muchacha.
    —¿Qué muchacha?
    —La rubia. Le escribió una carta a alguien. A su hermano. Un hombre robó la carta.
    —¿Qué hombre?
    —Blue. El juez Blue.
    —¿Bluett?
    —Sí, el juez Bluett. Consiguió la carta y allí decía que la muchacha trabajaba en una casa de discos. Había una sola casa de discos en ese pueblo. La encontraron fácilmente.
    —¿La encontraron? ¿Quiénes? —El Caníbal. Y ese Blue. Bluett. Horty juntó los puños. —¿Dónde está ella?
    —El Caníbal se la llevó a la feria. ¿Puedo desayunar?


    14


    HORTY se fue.Se puso un abrigo liviano, tomó la billetera y los guantes, y se fue. Zena le gritó. Hubo una nota ronca en su voz de terciopelo. Cogió a Horty por el brazo. Horty nada hizo para librarse de ella. Simplemente siguió moviéndose, arrastrándola como una estela de humo en la succión del movimiento. Zena se acercó a la mesita, tomó su cartera, y sacó dos cristales brillantes.

    —¡Espera, Horty! —Zena extendió la mano con los cristales—. ¿No recuerdas, Horty? Los ojos de Junky, los cristales… ¡Eres ellos, Horty!
    —Si necesitas algo —dijo Horty—, cualquier cosa, llama a Nick, en el Club Nemo. Te ayudará.

    Abrió la puerta.

    Zena corrió detrás trastabillando, se aferró brevemente a los faldones del abrigo, se tambaleó, y se apoyó en la pared.

    —Espera, espera. Tengo que decirte algo. No estás preparado aún. ¡No sabes! —Zena sollozó—. Horty, el Caníbal…

    Ya bajando las escaleras, Horty se volvió.

    —Encárgate de Bunny, Zee. No salgas, por ningún motivo. Volveré pronto —dijo.

    Y se fue.

    Apoyándose en la pared, Zena se arrastró por el pasillo y entró. Bunny estaba sentada en el sofá, sollozando, aterrorizada. Pero cuando vio el rostro contraído de Zena, calló, y corrió hacia ella. La ayudó a sentarse en el sillón y se acurrucó en el suelo, a sus pies, apretando la cara redonda contra las rodillas de Zena. Zena había perdido sus cálidos colores. Miraba fija y secamente: unos ojos negros en una cara gris.

    Los cristales cayeron de la mano de Zena y rodaron por la alfombra. Bunny los recogió. Estaban tibios. Debían de guardar el calor de la mano de Zena. Pero la manita estaba tan fría… Eran duros, aunque Bunny sintió que si los apretaba parecían blandos. Los puso en el regazo de Zena, sin hablar. Sabía, de algún modo, que no era hora de hablar.

    Zena dijo algo, algo ininteligible. Fue un ronquido, nada más. De la garganta de Bunny brotó un sonido interrogativo, y Zena se aclaró la garganta y susurró:

    —Quince años.

    Bunny esperó en silencio un buen rato, preguntándose por qué Zena no parpadeaba. Debía de hacerle daño… Al fin extendió la mano y rozó las pestañas de su amiga. Zena pestañeó y se movió, incómoda.

    —Quince años tratando de impedirlo. Supe quién era desde que vi los cristales. Quizá antes aún…, pero estuve segura cuando vi los cristales. —Zena cerró los ojos, y su voz cobró más fuerza, como si la intensidad de su mirada estuviese agotándola—. Sólo yo sabía.

    El Caníbal esperaba, nada más. Ni siquiera Horty sabía. Sólo yo. Sólo yo. Quince años…

    Bunny le acarició la rodilla. Pasó un largo rato. Parecía que Zena se había quedado dormida, y Bunny empezaba a hundirse en sus propios pensamientos cuando la voz grave y fatigada se alzó otra vez:

    —Están vivos. —Bunny levantó la cabeza. La mano de Zena cubría los cristales—. Piensan y hablan. Se acoplan. Están vivos. Estos dos son Horty.

    Zena se incorporó y se echó el pelo hacia atrás.

    —Lo descubrí aquella noche. Habíamos recogido a Horty e íbamos a cenar. Un hombre entró a robar en el camión, ¿recuerdas? Pisó los cristales, y Horty se sintió enfermo. Estaba en el interior del restaurante, lejos del camión, pero supo qué pasaba. ¿Recuerdas, Bunny?
    —Sí… Havana hablaba de eso a menudo. Aunque no contigo. Siempre supimos cuándo no querías hablar, Zee.
    —Quiero hablar ahora —dijo Zena cansadamente. Se pasó la lengua por los labios—. ¿Cuánto tiempo llevas en la feria, Bun?
    —Unos dieciocho años, me parece.
    —Yo veinte. Casi veinte, por lo menos. Yo estaba con los hermanos Kwell cuando el Caníbal les compró el negocio. Tenía entonces una galería de fenómenos. Gogol, un enano, una serpiente de dos cabezas y una ardilla sin pelo. Leía el pensamiento, además. Los Kwell vendieron por nada. Dos primaveras lluviosas y un tornado les bastaron para cansarse de ferias. Era tiempo de vacas flacas. Me quedé porque estaba allí. Y era un lugar tan malo como cualquier otro. —Zena suspiró—. El Caníbal estaba obsesionado por lo que él mismo llamaba su afición.

    No la gente rara, ni la feria. Había algo más, que era la raíz de todo. —Alzó los cristales y los sacudió como dados—. Esto. Estas cosas, que hacen a veces gente rara. Cuando el Caníbal consigue un nuevo fenómeno… —la palabra sobresaltó a las dos mujeres—, lo guarda. Lo mete en la feria y así lo guarda y gana dinero a la vez. Eso es todo. Los guarda y los estudia y gana más dinero.

    —¿Nacen así los monstruos realmente?
    —No, no todos. Muchas veces se trata de glándulas y mutaciones, ya sabes. Pero estos cristales también los hacen. Los hacen…, en fin, creo que los hacen… a propósito.
    —No entiendo, Zee.
    —Bendita seas. Tampoco yo. Ni el Caníbal, aunque los conoce bastante. Les habla.
    —¿Cómo?
    —Como cuando lee el pensamiento. Se mete en ellos. Los lastima con la mente, para que le obedezcan.
    —¿Y qué quiere el Caníbal?
    —Muchas cosas, sí. Pero en definitiva una sola. Quiere… un intermediario. Quiere que hagan un hombre que pueda oírlo y recibir órdenes. Luego el intermediario dará media vuelta y hará que los cristales cumplan las órdenes.
    —Me parece que soy algo torpe, Zee.
    —No, no, querida… Oh, Bunny, Bunny, ¡me alegra tanto que estés aquí! —Atrajo a la albina al sofá, junto a ella, y la abrazó fervorosamente—. Déjame hablar, Bun. ¡Tengo que hablar! Años y años, sin decir una palabra…
    —Pero no entenderé nada, Zee.
    —Sí, sí, entenderás. ¿Estás cómoda? Bueno…, veras, estos cristales son como una especie animal, aunque no se parecen a ningún animal terrestre. No creo que sean de la Tierra. El Caníbal me dijo que a veces ve imágenes de estrellas blancas y amarillas en un cielo negro, y que así se vería el espacio fuera de la Tierra. Piensa que los cristales vinieron de allí.
    —¿Te lo dijo? ¿Te hablaba de eso?
    —Horas y horas. Todo el mundo, parece, necesita hablar con alguien. El Caníbal hablaba conmigo. Amenazó matarme, una y otra vez, si yo decía una palabra. Pero no callé por eso. Era bueno conmigo, Bunny. Es un hombre malvado, está loco, pero fue siempre bueno conmigo.
    —Ya sé. Nos asombraba bastante.
    —Yo no entendía qué mal podía hacer esa afición del Caníbal. No al principio por lo menos, no durante años. Cuando comprendí qué quería realmente, no pude hablar. Nadie me creería. Decidí entonces aprender todo lo posible e intentar detenerlo cuando llegase la hora.
    —¿Detenerlo?
    —Bueno…, te diré algo más de los cristales. Quizá entiendas entonces. Estos cristales acostumbran a copiar cosas. Quiero decir, si hay uno cerca de una flor, hará una flor casi igual. O un perro o un pájaro. Pero muchas veces las copias no salen bien. Y son como Gogol. O la serpiente de dos cabezas.
    —¿Gogol es uno de ésos?

    Zena asintió.

    —Sí, el hombre—pez. Imagino que iba a ser un hombre. No tiene brazos, ni piernas, ni dientes. Y como no suda, se moriría si lo sacaran del tanque.
    —¿Por qué hacen eso los cristales?

    Zena sacudió la cabeza.

    —El Caníbal no lo descubrió aún. Los cristales no siguen aparentemente ninguna norma. A veces hacen algo igual al modelo, y otras algo muy raro, o que ni siquiera vive. Por eso quiere el Caníbal un intermediario…, alguien capaz de hablar con los cristales. Él no puede hacerlo, sino muy brevemente. Los entiende tan poco como tú o yo entendemos la química o el radar. Pero no es esto lo más oscuro. Parece que hay distintas especies de cristales, algunas más complejas, y más poderosas. O quizá haya una sola especie, y algunos cristales son más viejos. Nunca se ayudan unos a otros. Parecen ignorarse.

    »Pero se acoplan. El Caníbal no lo sabía. Había notado que a veces un par de cristales dejaba de responder. Pensó al principio que estaban muertos. Una vez disectó un par. Y otra le regaló la pareja al viejo Worble.

    —¡Lo recuerdo! Era un hombre fuerte, pero viejísimo. Ayudaba al cocinero. Murió.
    —Murió… pero no como dijeron. ¿Recuerdas qué tallaba?
    —Oh, sí… Muñecos y juguetes, y cosas parecidas.
    —Eso es. Hizo un polichinela, y le puso estos cristales como ojos. —Zena arrojó los cristales al aire y los recogió al vuelo—. Siempre les regalaba cosas a los chicos. Era un buen viejo. Sé qué ocurrió con el polichinela. El Caníbal no lo descubrió nunca, pero Horty me lo dijo. De un modo u otro pasó de mano en mano hasta llegar a un orfanato. Allí estaba Horty, cuando era un bebé. A los seis meses los cristales eran parte de Horty… o él parte de ellos.
    —¿Pero qué ocurrió con Worble?
    —Oh, aproximadamente un año más tarde, el Caníbal empezó a preguntarse si los cristales se acoplarían, y qué pasaría entonces. Temió haber regalado dos cristales grandes y bien desarrollados, que al fin y al cabo no estaban muertos. Cuando Worble le dijo que los había puesto en un juguete, y que se lo había regalado a algún chico, no sabía cuándo o dónde, el Caníbal lo golpeó. Lo arrojó al suelo. El viejo Worble nunca recobró el sentido, aunque aguantó aún dos semanas. Sólo yo me enteré. Estaba junto a la tienda de la cocina.
    —No sabía nada —susurró Bunny abriendo los grandes ojos color de rubí.
    —Nadie sabía nada —repitió Zena—. Tomemos un poco de café. ¡Pero querida! ¡Todavía no desayunaste, criatura!
    —Oh, bueno —dijo Bunny—, no importa. Sigue hablando.
    —Vamos a la cocina —dijo Zena enderezándose penosamente—. No, no te asombre que el Caníbal parezca inhumano. No es… humano.
    —¿Qué es entonces?
    —Ya llegaremos a eso. Sigamos con los cristales. El Caníbal opina que para describir cómo los cristales hacen cosas… plantas, animales, y el resto… lo mejor es decir que las sueñan. Tú sueñas a veces. Sabes que las cosas vistas en sueños son a veces claras y nítidas, y otras veces borrosas, distorsionadas, o desproporcionadas.
    —Sí. ¿Dónde pusiste los huevos?
    —Aquí, querida. Bueno, los cristales sueñan a veces. Cuando tienen sueños claros y nítidos, crean plantas bastante perfectas, y ratas y arañas y pájaros verdaderos. Pero no comúnmente. El Caníbal dice que son sueños eróticos.
    —¿Por qué?
    —Sueñan antes de acoplarse. Pero algunos son demasiado jóvenes… o están poco desarrollados, o simplemente no encuentran la pareja adecuada en ese momento. De todos modos, cuando sueñan cambian las moléculas de una planta, y la hacen similar a otra planta, o de una piedra hacen un pájaro… Nadie puede decir qué elegirán hacer, o por qué.
    —¿Hacen cosas entonces para poder acoplarse?
    —El Caníbal no lo cree —explicó Zena mientras rompía hábilmente un huevo en la sartén—. Llama a estos sueños, subproductos. Como si una estuviese enamorada, y pensando en la persona amada, hiciese una canción. Quizá la canción no hable del amor. Quizá sea una canción sobre un arroyo, o una flor u otra cosa. El viento, por ejemplo. Quizá ni siquiera sea una canción completa. Esa canción será subproducto, ¿entiendes?
    —Oh. Los cristales hacen cosas, y a veces cosas completas como Tin Pan Alley hace canciones.
    —Algo parecido. —Zena sonrió. Era la primera sonrisa desde hacía mucho tiempo—. Siéntate, querida. Traeré la tostada. Bueno, ésta es mi opinión. Cuando dos cristales se acoplan, ocurre algo distinto. Hacen algo completo. Pero no a partir de cualquier cosa, como los cristales solitarios. Ante todo parecen morir. Juntos. Pasan semanas así. Luego, sueñan juntos. Encuentran algo vivo cerca, y lo recrean. Lo transforman célula por célula. Mientras, no se nota nada. Puede tratarse de un perro. El perro seguirá comiendo y corriendo de un lado a otro, ladrando a la luna y persiguiendo gatos. Pero un día —no sé cuánto dura el proceso— todo su organismo habrá sido reemplazado.
    —¿Y entonces?
    —Entonces podrá transformarse a sí mismo, si se le ocurre. Ser cualquier cosa.

    Bunny dejó de masticar, pensó, tragó, y preguntó:

    —¿Transformarse cómo?
    —Oh, agrandarse, o achicarse. Tener más patas. O formas raras: delgado y chato, o redondo como una pelota. Si pierde un miembro, podrá recobrarlo. ¿Has oído hablar de los hombres lobos?
    —¿Esos monstruos que a veces son lobos y a veces hombres?

    Zena sorbió un poco de café.

    —Mmm. Bueno, hay mucho de leyenda. Pero la leyenda nació quizá con un cambio parecido.
    —¿Quieres decir que los cristales no son algo nuevo en la Tierra?
    —¡Oh, cielos, no! El Caníbal dice que llegan, y viven y se crían y mueren continuamente.
    —Y sólo para hacer monstruos y hombres lobos —murmuró Bunny estupefacta.
    —¡No, querida! Esas criaturas no significan nada para ellos. Los cristales tienen su propia vida. Ni siquiera el Caníbal sabe qué hacen, qué piensan. Crean distraídamente, como si garabatearan en un trozo cualquiera de papel. Pero el Caníbal piensa que llegará a entenderlos, con un intermediario.
    —¿Y para qué entender esa locura?

    La carita de Zena se oscureció.

    —Cuando lo descubrí, empecé a escuchar cuidadosamente… y a confiar en poder detenerlo. Bunny, el Caníbal odia a la gente. Odia a todos, y desconfía de todos.
    —Oh, sí —dijo Bunny.
    —Aun ahora, a pesar de que apenas los domina, ha conseguido algo. Oh, Bunny. Ha plantado cristales en pantanos, con huevos de mosquito infectados de malaria. Ha recogido serpientes de cascabel en Florida y las ha llevado al sur de California. Y otras cosas semejantes. Por eso también conserva la feria. Recorre el país de un extremo a otro, siempre por los mismos caminos, todos los años. Va y viene, examinando los cristales, viendo cuánto daño han hecho. Busca otros. Los encuentra en todas partes. Anda por bosques y praderas, y de cuando en cuando envía una… una especie de pensamiento. Lastima los cristales. Y cuando los cristales sufren, él lo siente, y busca alrededor, lastimando, hiriendo, hasta que el dolor los delata. Hay muchos. Antes de limpiarlos parecen guijarros, o terrones.
    —Oh, qué horror. —Las lágrimas brillaban en los ojos de Bunny—. ¡Habría que matarlo!
    —No sé si es posible.
    —¿Quieres decir que los cristales hicieron también al Caníbal?
    —¿Te parece un ser humano?
    —Pero… ¿qué ocurrirá si encuentra al intermediario?
    —Lo domesticará. Las criaturas nacidas de dos cristales son lo que creen ser. El Caníbal le dirá al intermediario: Eres mi esclavo, estás a mis órdenes. El intermediario lo creerá. Entonces, el Caníbal dominará realmente los cristales. Quizá hasta pueda acoplarlos e inspirarles algún sueño horrible. Quizá pueda diseminar enfermedades, y pestes y venenos, hasta acabar con los hombres. Y los cristales, lamentablemente, no parecen temer ese futuro. Les basta con seguir como hasta ahora, haciendo una flor o un gato de cuando en cuando, entregados a sus propios pensamientos, y viviendo esa vida extraña. No buscan a los hombres. Les son indiferentes.
    —¡Oh, Zee! ¡Y has arrastrado esto tantos años! —Bunny corrió al otro lado de la mesa y abrazó a Zena—. Oh, querida, ¿por qué no hablaste?
    —No me atreví, criatura. Me hubieran creído loca. Y además, estaba Horty.
    —¿Horty?
    —Horty era un bebé cuando el juguete con los cristales entró de algún modo en el asilo. Los cristales se unieron a él. Todo concuerda. Horty me dijo que cuando le sacaron a Junky, el polichinela, casi se muere. Los doctores diagnosticaron una psicosis. No era así, por supuesto; había una rara relación entre Horty y la pareja de cristales. Parecía más simple, opinaron, devolverle el juguete que curar la psicosis. En fin, Junky siguió a Horty cuando lo adoptaron… Lo adoptó ese mismo Bluett, el juez.
    —Un hombre horrible. Blando y… húmedo.
    —El Caníbal buscaba sin saberlo un ser nacido de dos cristales. Alguna vez vislumbró la verdad, pero ahora está seguro. Yo lo supe la noche que recogimos a Horty. El Caníbal daría cualquier cosa por Horty: un ser humano. No, no un ser humano. Horty no es humano. No lo ha sido desde bebé. Pero ya me entiendes.
    —¿Y Horty será el intermediario?
    —Sí. Cuando supe quién era Horty, pensé en seguida en esconderlo, en un lugar donde el Caníbal nunca lo buscaría… Delante de sus propias narices.
    —Oh, Zee, qué peligroso. ¡El Caníbal descubriría fatalmente la verdad!
    —No tan fatalmente. El Caníbal no me puede leer el pensamiento. Puede sondearme, y llamarme de un modo raro, pero no descubrir mi interior. No como Horty hizo contigo. El Caníbal te hipnotizó, y Horty entró en tu mente y borró la hipnosis.
    —Recuerdo… Estaba cómo loca.
    —Trabajé en Horty constantemente. Yo leía y le pasaba los libros. Todo, Bunny: anatomía comparada, historia, música, matemática y química… Lo que podía ayudarle a conocer la humanidad. Horty fue siempre lo que creyó ser. Cuando era un enano, creía que era un enano. No crecía. Nunca pensaba en cambiar la voz. Nunca pensaba en aplicar lo que aprendía a sí mismo. Digería conocimientos, y los guardaba en un depósito cerrado. No les prestó ninguna atención hasta pensar que había llegado la hora. Tiene una memoria eidética.
    —¿Qué es eso?
    —Una memoria fotográfica. Recuerda perfectamente todo lo que ha visto, leído y oído. Cuando los dedos amputados empezaron a crecerle otra vez, guardé el secreto. Esos dedos hubiesen podido abrirle los ojos al Caníbal. En los seres humanos los dedos no se regeneran. Tampoco en las criaturas de un solo cristal. El Caníbal se pasaba las noches en la tienda de los fenómenos, tratando de que a la ardilla le creciese el pelo, o de que apareciesen agallas en Gogol, el hombre pez. Si hubiesen sido criaturas de dos cristales, se hubieran reparado a sí mismas.
    —Sí. Y tú querías que Horty se creyese un ser humano.
    —Eso eso. Ante todo, y principalmente, debía identificarse con los hombres. Una vez que le crecieron los dedos, le enseñé guitarra. Se aprende más teoría musical en un año de guitarra que en tres de piano, y la música es quizá la más humana de las cosas humanas… Horty se confió en mí enteramente… porque nunca le dejé pensar.
    —Nunca imaginé que hablaras así, Zee. Como en los libros.
    —Yo también he interpretado un papel, querida —dijo Zena dulcemente—. Primero, esconder y educar a Horty. Luego, un plan para que Horty detuviese al Caníbal, y destruyera su cristal. Pues no bastaba con matar al Caníbal. El cristal podía acoplarse otra vez, más tarde, y recrearlo, con todo su poder.
    —Zee, ¿cómo sabes que el Caníbal nació de dos cristales?
    —No lo sé —dijo Zee en tono lúgubre—. Si es así, ruego que la idea que tiene Horty de sí mismo, como un ser humano, baste para combatir al Caníbal. El odio a Armand Bluett es humano. Lo mismo el amor a Kay Hallowell. Lo animé con esos dos aguijones, se los metí en la carne.

    Bunny escuchó en silencio este amargo torrente. Sabía que Zena amaba a Horty, y que la aparición de Kay Hallowell era para ella una grave amenaza. Miró el rostro orgulloso y golpeado de Zena, los labios ligeramente torcidos, la cabeza dolorosamente inclinada, los hombros cuadrados bajo la bata enorme. Comprendió que nunca olvidaría esa imagen. La humanidad es un concepto familiar en los anormales, que se sienten desesperadamente cerca de ella, que declaran su propia humanidad con un dolorido sollozo, que nunca dejan de tender hacia ellos los brazos deformes. Aquella figura desgarrada y valiente se fijó en la mente de Bunny como un medallón: un homenaje y un tributo a la vez.

    Los ojos de Bunny se encontraron con los de Zena.

    Zena sonrió:

    —Hola, Bunny…

    Bunny abrió la boca y tosió, o sollozó. Abrazó a Zena y hundió el mentón en el hueco fresco y sedoso del cuello moreno. Apretó con fuerza los ojos para escurrir las lágrimas. Cuando los abrió, pudo ver otra vez. Y entonces no pudo hablar.

    Por sobre el hombro de Zena, a través de la puerta de la cocina, en el vestíbulo, vio una figura torcida y gigantesca. La figura se inclinó sobre la mesa de café. El labio inferior le colgó flojamente. Con dedos delicados recogió uno, dos cristales. Se enderezó, echó a Bunny una mirada tristemente piadosa, y se fue, en silencio.

    —Bunny, querida, ¡me lastimas!

    Los dos cristales son Horty, pensó Bunny. Ahora le diré que Solum se los ha llevado al Caníbal.

    Bunny habló con una voz y un rostro secos y blancos como tiza.

    —No te he lastimado aún…


    15


    HORTY SUBIÓ a saltos las escaleras y se precipitó en el vestíbulo.—Todo me sale mal —jadeó—. Voy a tomar algo y me lo arrebatan. Llego siempre demasiado tarde, o demasiado temprano… —De pronto vio a Zena en el diván, con los ojos abiertos y fijos, y a Bunny acurrucada a sus pies—. ¿Qué pasa?

    —Solum vino mientras estábamos en la cocina y se llevó los cristales —explicó Bunny—. Zena no ha abierto la boca desde entonces. Tengo miedo. No sé qué hacer. Ay, Dios mío…

    Y Bunny estalló en sollozos.

    Horty cruzó el cuarto en dos zancadas. Alzó a Bunny, la apretó un instante entre sus brazos, y la puso otra vez en el piso. Se arrodilló junto a Zena.

    —Zee…

    Zena no se movió. Sus ojos eran sólo pupilas, ventanas que se abrían a una noche demasiado oscura. Horty le alzó la barbilla y le clavó los ojos. Zena se estremeció y gritó como si la hubiesen quemado, retorciéndose.

    —No, no…
    —Lo siento, Zee. No sabía que te haría mal.

    Zena se echó hacia atrás y alzó los ojos hacia Horty, como si sólo ahora lo reconociera.

    —Horty, ¿estás bien…?
    —Naturalmente. ¿Qué es eso de Solum?
    —Se llevó los cristales. Los ojos de Junky.
    —Los tuvo escondidos doce años —murmuró Bunny—, y ahora…
    —¿Crees que el Caníbal mandó aquí a Solum?
    —No hay otra explicación. Pienso que me siguió y esperó hasta verte salir. Vino y se fue tan rápidamente que apenas pudimos verlo.
    —Los ojos de Junky…

    Horty recordó que una vez casi se había muerto, cuando Armand tiró el juguete. Y que otra vez lo había pisado un vagabundo y que él, Horty, lo había sentido en el restaurante, a cincuenta metros. Ahora el Caníbal podría… Oh, no. Era demasiado.

    Bunny se llevó la mano a la boca.

    —Horty, se me acaba de ocurrir. Solum pudo haber venido sin el Caníbal. El Caníbal quería los cristales… y ya sabes cómo es cuando quiere algo. No aguanta esperar. Debe de estar aquí.
    —No. —Zena se enderezó tiesamente—. No, Bun. Puedo equivocarme, pero creo que el Caníbal se ha marchado. Si piensa que Kay Hallowell es Horty, querrá trabajar en los cristales con la joven delante. Apostaría a que corre de regreso a la feria, a toda velocidad, en este minuto.
    —¡Si no me hubiera ido! —gimió Horty—. Hubiese podido detener a Solum, y hasta quizá atrapar al Caníbal y… ¡Maldita sea! El coche de Nick estaba en el garaje. Primero tuve que encontrar a Nick y pedirle prestado el coche, y luego hacer salir un camión estacionado frente al garaje, y echar agua en el radiador… Bueno, lo de siempre. De todos modos, ya tengo el coche. Abajo. Saldré en seguida. En cuatrocientos kilómetros podré alcanzarlos… ¿Cuándo estuvo Solum aquí?
    —Hace una hora. Es imposible, Horty. ¿Qué será de ti cuando el Caníbal torture los cristales?

    Horty sacó unas llaves del bolsillo y jugueteó con ellas.

    —Quién sabe —dijo de pronto—. Si acaso…

    Corrió al teléfono.

    Zena lo oyó hablar rápidamente en el aparato y se volvió hacia Bunny.

    —Un avión. ¡Claro!

    Horty dejó el teléfono y miró su reloj.

    —Si llego en doce minutos al aeropuerto, alcanzaré un aeroplano.
    —Alcanzaremos, querrás decir.
    —No, tú no vienes, Zena. Desde ahora, esto es asunto mío.

    Bunny se ponía ya el abrigo.

    —Yo vuelvo junto a Havana —dijo sobriamente, y su rostro infantil mostró una terca decisión.
    —No vas a dejarme aquí —dijo Zena, buscando su abrigo—. No discutas, Horty. Tengo mucho que decirte, y quizá mucho que hacer.
    —Pero…
    —Sí —dijo Bunny—. Tiene mucho que decirte.

    Cuando llegaron al aeródromo, el aeroplano marchaba ya hacia la pista. Horty entró en el campo tocando furiosamente la bocina. Ya instalados en el avión, Zena habló con calma. Terminó cuando quedaban diez minutos de viaje.

    Luego de una pausa larga y pensativa, Horty dijo: —Así que soy eso.

    —Algo muy importante —dijo Zena.
    —¿Por qué no me lo dijiste en tantos años?
    —Porque había demasiadas cosas que yo no sabía. Y que no sé aún… No sabía, por ejemplo, cuánto era lo que el Caníbal podría sacarte de la mente, si lo intentaba. Todo lo que yo quería era que tú aceptases, sin cuestionamientos ni dudas, que eras un ser humano, una parte de la humanidad, y que crecieras con esa idea.

    Horty se volvió bruscamente.

    —¿Por qué comía hormigas?

    Zena se encogió de hombros.

    —No lo sé. Quizá ni siquiera dos cristales puedan crear un ser perfecto. En fin, quizá te faltaba ácido fórmico. El ácido que da su nombre a las hormigas. Algunos chicos comen yeso porque necesitan calcio. A otros les gustan los bizcochos quemados por el carbono. Si había en ti una carencia, debía de ser bastante grave.

    Les pareció que algo frenaba el avión. Había bajado los alerones.

    —Llegamos. ¿A qué distancia está la feria?
    —A unos cinco kilómetros. Podemos tomar un taxi.
    —Zee, voy a dejarte en algún sitio, fuera del campamento. Ya soportaste demasiado.
    —Yo iré contigo —dijo firmemente Bunny—. Pero tú, Zena… Creo que Horty tiene razón. Por favor, quédate afuera… hasta que termine todo.
    —¿Qué vas a hacer?

    Horty extendió las manos.

    —Lo que pueda. Llevarme a Kay. Impedir que Armand Bluett cumpla sus planes. Y al Caníbal… No sé, Zee. Ya se verá. Pero haré algo. Tú, Zee, reconócelo, no te tienes en pie…
    —Tiene razón, Zee. Te lo ruego… —dijo Bunny.
    —Oh, cuídate, Horty… Por favor, ¡cuídate!

    Esto es peor que una pesadilla, pensó Kay. Encerrada en una casa rodante con un viejo sátiro asustado y un enano moribundo. Y un loco y una especie de monstruo que volverán en cualquier momento. Y preguntas sin sentido sobre dedos cortados, cristales vivos… Y que yo, Kay, no soy Kay, sino algún otro, o alguna otra cosa.

    Havana gimió. Kay mojó una servilleta y le enjugó la frente. Vio, otra vez, que a Havana le temblaban los labios. Pero las palabras le morían en la garganta.

    —Quiere algo —susurró Kay—. Oh, cómo me gustaría saber qué quiere.

    Armand Bluett estaba apoyado en la pared, junto a la ventana, con un codo fuera. Kay comprendió que Bluett no estaba cómodo, y que seguramente le dolían los pies. Pero el hombre no se sentaría. No dejaría la ventana. Oh, no. Desde allí podía gritar pidiendo ayuda. De pronto el viejo sátiro le tenía miedo. La miraba aún con los ojos húmedos y la boca babosa, pero le tenía miedo. Bueno, mejor así. A nadie le gusta que discutan su identidad; pero en este caso Kay estaba de acuerdo. Cualquier cosa con tal de que Armand Bluett no se moviera.

    —Sería mejor que dejara a ese monstruito —dijo el juez secamente—. Se morirá de todos modos.

    Kay se volvió con una mirada de odio, pero no dijo nada. El silencio se alargó, puntuado solamente por el doloroso ajetreo de los pies del juez.

    —Cómo me gustaría saber qué quiere —dijo Kay.

    Bunny no dijo nada. Puso las manos sobre las mejillas enrojecidas del enano, suavemente, pero como si quisiese arrancarle un secreto.

    Horty frunció el entrecejo.

    —Quizá yo pueda descubrirlo —dijo.

    Kay vio que la cara de Horty se distendía, como cubierta por una grave placidez. Horty se inclinó hacia Havana. El silencio fue de pronto tan profundo que los ruidos de la feria parecieron caer sobre ellos, rugiendo.

    Un momento después, Horty volvió a Kay un rostro crispado por el dolor.

    —Ya sé qué quiere. Quizá no haya tiempo antes de que llegue el Caníbal, pero… tiene que haber tiempo —dijo con firmeza—. Iré al otro extremo de la casa. Si se mueve —dijo señalando al juez—, golpéalo con un zapato. Preferiblemente con un pie dentro.

    Horty salió con una mano en la garganta.

    —¿Qué va a hacer?

    Bunny, con los ojos clavados en el rostro comatoso de Havana, respondió:

    —No sé. Algo por Havana. ¿Le vio la cara a Horty? No creo que Havana vaya a… a…

    Del otro cuarto llegó el sonido de una guitarra. Las seis cuerdas vibraron ligeramente. Un mi cayó, luego se alzó un poco. Un do pareció aplastarse. Luego un acorde…

    En alguna parte una muchacha empezó a cantar con la guitarra. Polvo de estrellas. La voz era plena y clara como la voz de una soprano, pura como la voz de un niño. Quizá era la voz de un niño. Las frases terminaban con un ligero vibrato. La voz cantaba las palabras siguiendo simplemente el compás, no improvisando, no estilizando, como una respiración fácil. Los acordes de la guitarra no eran complicados, y envolvían la melodía en rápidos y delicados arabescos.

    Havana no se movió. Pero se le habían humedecido los ojos vidriosos, y empezó a sonreír. Kay se arrodilló junto a Bunny. Quizá se arrodilló sólo para estar más cerca…

    —Kiddo —susurró Havana a través de su sonrisa.

    Cuando la canción terminó, el rostro de Havana pareció descansar. —Bien —dijo muy claramente. Había un mundo de felicitaciones en esa sílaba. En seguida, y antes que Horty volviese, murió.

    Horty, al entrar, ni siquiera miró el catre. Parecía tener alguna dificultad con la garganta.

    —Vamos —dijo roncamente—. Salgamos de aquí.

    Llamaron a Bunny y fueron hacia la puerta. Pero Bunny se quedó junto al catre, con las manos en las mejillas de Havana, con una expresión de tirantez en el suave rostro redondo.

    —Bunny, vamos. Si volviese el Caníbal…

    Se oyeron unos pasos fuera, y un golpe en la pared de la casa. Kay se volvió y miró la ventana, de pronto oscura. La cara triste y grande de Solum miraba hacia adentro. En ese mismo instante, Horty gritó, y cayó retorciéndose al piso. Kay se volvió, y vio que la puerta se abría.

    —Les agradezco que me hayan esperado —dijo Pierre Monetre mirando alrededor.


    16


    ZENA SE ENCOGIÓ gimiendo en la incómoda cama de hotel. Horty y Bunny se habían ido hacía dos horas, y durante la hora última de depresión había crecido sobre ella, como un incienso amargo en el aire, como hojas de plomo que le pesaban en los cansados miembros. Se había levantado dos veces de un salto, y había recorrido impacientemente la habitación, pero el dolor de la rodilla la había devuelto a la cama, donde había golpeado con puños impotentes, y había mirado desanimadamente las dudas que giraban sin cesar alrededor. ¿Había acertado al decirle a Horty quién era? ¿No hubiera debido infundirle más crueldad, menos escrúpulos, y no sólo acerca de Armand Bluett y aquella proyectada venganza? ¿Hasta qué punto la entidad maleable que era Horty había absorbido los años de instrucción? ¿No podría Monetre, con sus feroces poderes, deshacer en un segundo la labor de doce años? Ella sabía tan poco. Era, sentía, tan insignificante para la tarea de fabricar… un ser humano.Había deseado con todas sus fuerzas poder entrar mentalmente en aquellos raros cristales, como intentaba hacerlo el Caníbal, pero de un modo total, y descubrir así las leyes de juego, los hechos esenciales de una forma de vida tan extraña que la lógica no parecía poder aplicársele. Los cristales disfrutaban de una plena vitalidad; creaban, se reproducían, sentían dolor, ¿pero qué propósito tenía su existencia? Uno moría, y los otros no parecían preocuparse. ¿Y por qué, por qué creaban esos objetos de sueño, laboriosamente, célula por célula, que al fin eran a veces sólo un horror, un fenómeno, una monstruosidad inacabada e inútil, y otras una copia tan perfecta que no se distinguía del modelo? ¿Y por qué, como en el caso de Horty, creaban a veces algo nuevo, algo que no era una copia, sino quizás un punto medio, una forma viviente en la superficie, pero un ser polimórfico, fluido, en esencia? ¿Qué relación había entre los cristales y estas raras creaciones? ¿Durante cuánto tiempo gobernaba un cristal a su producto, y cuándo lo dejaba librado a sus propios medios? ¿Cuándo ocurría la rara sizigia que producía seres como Horty? ¿Cuándo lo dejarían en libertad… y qué sería de él entonces?

    Quizá el Caníbal había acertado al hablar de criaturas soñadas, productos materiales de una extraña imaginación, elaborados sin planes precisos. Ella sabía —el Caníbal lo había demostrado— que había miles, quizá millones de cristales en la tierra, y que vivían sus extrañas vidas tan ajenos a la humanidad como ésta era ajena a ellos. Los ciclos vitales, los propósitos y fines de las dos especies eran totalmente distintos. Y sin embargo… cuántos hombres habían ambulado por la tierra que no eran de ningún modo hombres; cuántos árboles, cuántos conejos, flores, amebas, gusanos, pinos, anguilas o águilas habían crecido y florecido, nadado y cazado entre sus prototipos, sin que nadie sospechara que eran un extraño sueño, y que no tenían otro pasado que ese mismo sueño.

    —Libros —gruñó Zena.

    ¡Los libros que ella había leído! Lo había devorado todo, cualquier cosa que ayudase a entender los cristales. Y por cada gota de información obtenida (y pasada a Horty) sobre fisiología, biología, anatomía comparada, filosofía, historia, teosofía y psicología, ¡cuántos galones de torpes certidumbres, de débiles hipótesis donde el hombre era siempre la alta cima de la creación! Respuestas… En los libros no faltaban respuestas. Aparecía una nueva variedad de hierbas y algún sabelotodo se pasaba el dedo por la nariz y declaraba «¡Mutación!» A veces así era. Pero, ¿siempre? ¿Y los cristales ocultos que soñaban enterrados, y que por alguna rara telekinesis creaban milagrosamente desde lejos?

    Ella amaba, veneraba los libros de Charles Fort, donde no se aceptaba que cualquier respuesta fuese la única respuesta.

    Miró otra vez el reloj y tuvo un sobresalto. Si ella supiera por lo menos, si pudiese aconsejar a Horty… si alguien, algo, pudiese aconsejarla…

    El pestillo giró. Zena, paralizada, lo miró fijamente. Algo pesado se apoyó contra la puerta. Nadie golpeaba. Entre el marco y la puerta, arriba, apareció una rendija. De pronto saltó la cerradura, y Solum se precipitó en el cuarto.

    En la cara de piel suelta y verdosa, de abultado labio inferior, los ojitos parecían aún más inflamados y salientes. Solum dio medio paso atrás, cerró la puerta, y fue hacia Zena con los brazos extendidos, como impidiéndole cualquier movimiento.

    La presencia de Solum le traía a Zena terribles noticias. Sólo ella sabía dónde estaban Horty y Bunny, que la habían dejado en el hotel antes de cruzar la carretera, hacia la feria. Y, aparentemente, Solum había viajado con el Caníbal.

    Así que el Caníbal estaba de vuelta… y había encontrado a Bunny o a Horty, o a los dos; peor aún, había logrado saber algo que ellos no dirían voluntariamente.

    Zena alzó los ojos sintiéndose encerrada entre una resignación mortal y un creciente terror.

    —Solum…

    Solum movió los labios. Se pasó la lengua por los brillantes dientes puntiagudos. Luego extendió los brazos hacia Zena. Zena se acurrucó en un rincón de la cama.

    Y en ese instante, Solum cayó de rodillas. Moviéndose lentamente, le tomó con una mano un piececito, y se inclinó con un evidente aire de reverencia.

    En seguida le besó el empeine, con la misma dulzura, y se echó a llorar. Le soltó el pie, y se quedó allí, agachado, sumergido en estremecidos y callados sollozos.

    —Pero, Solum —dijo Zena tontamente.

    Extendió la mano y tocó la húmeda mejilla del gigante. Solum se llevó la mano de Zena a la cara y ella lo miró con asombro. Hacía mucho tiempo se había preguntado qué habría detrás de aquella cara horrible; una mente encerrada en un universo silencioso, sin palabras, en donde entraba el mundo por los ojos fijos, sin que nunca asomara una expresión, una conclusión, una emoción.

    —¿Qué pasa, Solum? —murmuró Zena—. Horty…

    Solum alzó los ojos y afirmó con rápidos movimientos de cabeza.

    Zena lo miró fijamente.

    —Solum, ¿oyes?

    Solum pareció titubear. Luego se señaló el oído y meneó la cabeza. En seguida se señaló la frente.

    —Oh —susurró Zena.

    Durante años, la gente de la feria había discutido ociosamente si el hombre de piel de lagarto era realmente sordo. Se sucedían los ejemplos. Unos decían que sí y otros que no. El Caníbal lo sabía, pero nunca se lo había dicho a ella. Solum leía el pensamiento. Zena enrojeció al recordar las veces que los artistas de la feria, un poco en broma, lo habían insultado a gritos; y, algo peor, las horrorizadas reacciones de los clientes.

    —Pero… ¿qué ha ocurrido? ¿Has visto a Horty? ¿Bunny?

    La cabeza bajó y subió, dos veces.

    —¿Dónde están? ¿Están a salvo?

    Solum señaló la feria con el pulgar, y sacudió la cabeza gravemente.

    —Los… ¿Los tiene el Caníbal?

    Sí.

    —¿Con la muchacha?

    Sí.

    Zena saltó de la cama, e, ignorando el dolor, caminó de un lado a otro por el cuarto.

    —¿Te envió para que me llevaras?

    Sí.

    —¿Pero por qué no lo hiciste entonces?

    No hubo respuesta. Solum hizo unos débiles ademanes.

    —Veamos —dijo Zena—. Le llevaste los cristales.

    Solum se golpeó la frente con las puntas de los dedos y extendió las manos.

    De pronto' Zena entendió.

    —Te hipnotizó entonces.

    Solum meneó la cabeza lentamente.

    Zena entendió que el robo de los cristales no había tenido para él ninguna importancia. Pero ahora era distinto. El punto de vista de Solum había cambiado, y drásticamente.

    —Oh, cómo me gustaría que pudieses hablar.

    Solum movió ansiosamente, en pequeños círculos, la mano derecha.

    —Oh, sí, ¡claro! —estalló Zena. Corrió cojeando hasta el gastado escritorio donde había dejado la cartera. Encontró el lapicero. No tenía otro papel que la libreta de cheques—. Toma, Solum. Rápido. ¡Cuéntame!

    Las manazas envolvieron la pluma, ocultando completamente el estrecho papel. Solum escribió con rapidez, mientras ella se retorcía impacientemente las manos.

    Al fin Solum le dio a Zena el papel. Su escritura era delicada, casi microscópica, nítida como letra impresa. Solum había escrito, concisamente:

    C. odia a la gente. Yo también. No tanto. C. quería ayuda, lo ayudé. C. quería que Horty lo ayudara a hacer daño a más gente. No me importaba. Seguí ayudando. La gente nunca me quiso.

    Soy humano, un poco. Horty no es humano. Pero cuando Havana se moría, quiso que Kiddo cantara. Horty le leyó el pensamiento. No había tiempo. Pero Horty no se salvó. Hizo la voz de Kiddo. Cantó para Havana. Demasiado tarde.

    Llegó C. Horty había ayudado a que Havana muriese feliz. Pero no le servía de nada a Horty. Horty lo sabía, y sin embargo lo hizo. Horty es amor. C. es odio. Horty es más humano que yo. Estoy avergonzado. Tú hiciste a Horty. Y yo te ayudo.

    Zena leyó, con ojos cada vez más brillantes.

    —Havana ha muerto, entonces.

    Solum hizo el ademán de retorcerse la cabeza, se señaló el cuello, y castañeteó ruidosamente los dedos. Sacudió el puño señalando la feria.

    —Sí, lo mató el Caníbal… ¿Cómo te enteraste de la canción?

    Solum se tocó la frente.

    —Oh. Has leído el pensamiento de Bunny y de esa muchacha, Kay.

    Zena se sentó en la cama, apretándose los nudillos contra las mejillas. Piensa, piensa… Oh, qué no daría ella por un consejo, una palabra acerca de aquellas raras criaturas. El Caníbal, loco, inhumano, seguramente un retorcido producto cristalino. Debía de haber algún modo de detenerlo. Si ella pudiera comunicarse con algún cristal y le preguntara qué hacer. Si ella dispusiese de ese intermediario, ese intérprete que el Caníbal había estado buscando todos esos años…

    ¡El intermediario!

    —Estoy ciega. ¡Completamente ciega y estúpida! —jadeó.

    En todos esos años había impedido que Horty se acercase a los cristales. El Caníbal no lo usaría así contra los hombres. Pero Horty era lo que era; era exactamente lo que el Caníbal quería, el ser que podía hablar con los cristales. ¡Y los cristales sabían sin duda cómo destruir sus propias creaciones!

    ¿Pero le dirían los cristales algo semejante?

    No sería necesario, decidió instantáneamente. Bastaría con que Horty entendiera el extraño mecanismo mental de los cristales, y sabría en seguida cómo hacerlo.

    ¡Si pudiera decírselo! Horty era rápido para aprender y lerdo para pensar, pues la memoria eidética es ajena al pensamiento metódico. En algún momento a él también se le ocurriría lo mismo, pero por ese entonces quizá fuese el esclavo tullido del Caníbal. ¿Qué haría? ¿Escribirle una nota? Quizá ni siquiera estuviese consciente. Si ella pudiera transmitirle pensamientos…

    —Solum —dijo urgentemente—, ¿puedes… hablar aquí —Zena se tocó la frente— tan bien como oír?

    Solum sacudió la cabeza. Pero tomó el cheque escrito y señaló una palabra.

    —Horty. ¿Puedes hablarle a Horty?

    Solum sacudió la cabeza y luego movió la mano de la frente hacia adelante, varias veces.

    —Oh —dijo Zena—. No puedes proyectar tus pensamientos, pero Horty podría leerlos, si quisiera.

    Solum movió afirmativamente la cabeza.

    —Perfecto —dijo ella.

    Respiró profundamente. Sabía al fin qué debía hacer. Aunque el coste… No, no importaba.

    —Llévame a la feria, Solum. Me llevarás a la fuerza. Pareceré asustada, y furiosa. Busca a Horty. Sabrás cómo hacerlo. Búscalo y piensa: Pregunta a los cristales cómo matar a las criaturas soñadas. Descúbrelo en los cristales. ¿Entendiste, Solum?

    El muro se había alzado mucho tiempo atrás, cuando Horty concluyó que las perentorias llamadas nocturnas no eran para él sino para Zena. Cogito, ergo sum. Nada había movido el muro, una vez erigido, hasta que Zena sugirió que intentase entrar en la hipnotizada mente de Bunny. El muro se había derrumbado entonces, y así estaba cuando localizó la casa rodante donde habían encerrado a Kay, y alcanzó a descubrir el último deseo del agonizante Havana. La mente sensitiva estaba pues abierta y sin defensas cuando llegó el Caníbal. El Caníbal lanzó su entrenado acero de odio, y Horty cayó envuelto en llamas de dolor.

    Estaba, en verdad, totalmente inconsciente. No vio a Solum, que sostenía a Kay, cuando iba a caer desmayada, y se la ponía bajo el largo brazo mientras extendía el otro y alzaba del suelo la figurita de Bunny, de rostro dulce y corazón tierno, que se revolvía, luchaba y escupía. No advirtió que lo llevaban a la gran casa rodante de Monetre, ni la llegada tambaleante de un tembloroso, arrebatado Armand Bluett. No notó que Monetre dominaba rápida e hipnóticamente a la histérica Bunny, ni oyó la voz inexpresiva de la enana que informaba del paradero de Zena, ni cómo Monetre ordenaba imperiosamente a Solum que corriera al hotel. No oyó tampoco que Monetre rechazaba secamente a Bluett.

    —No los necesito, ni a usted, ni a la chica. Hágase a un lado.

    Horty no vio que Kay se precipitaba de pronto hacia la puerta, ni el cruel puñetazo de Armando Bluett que la envió al rincón.

    —Yo te necesito, querida —gruñó el juez—, y no te perderé otra vez.

    Pero la desaparición del mundo común reveló otro. No era un mundo raro; los dos habían coexistido siempre. Horty llegó a ver sólo porque el mundo común se había retirado.

    No había nada allí que pudiese aliviar las tinieblas de la inconsciencia. Horty se sentía inmunizado contra el asombro y la curiosidad. Estaba en un mundo de sensaciones e impresiones que iban y venían, donde había placer en unirse a pensamientos abstractos, excitación al pasar de un difícil problema a otro; y donde era fascinante concentrarse en distantes y esotéricas construcciones. Horty sentía alrededor, y claramente, la presencia de entidades; no había relación entre ellas, excepto algún raro acercamiento y, en la lejanía, alguna pareja excepcional. Estas entidades se desarrollaban por sí mismas, cada una según sus preferencias. Había una sensación de permanencia, de vida tan larga que no contaba la muerte, salvo como fin estético. Aquí no había hambre, persecuciones, cooperación, o miedo, y las entidades ignoraban las bases mismas de la común existencia humana. Acostumbrado desde la infancia a aceptar y creer, Horty no hacía preguntas ni comparaciones, no se sentía intrigado ni perplejo.

    Sintió al fin la fuerza que lo había derribado; se acercaba otra vez tentativamente, pero ahora no como un arma, sino más bien como una aguja. La rechazó sin esfuerzo, pero se movió para recuperarse más pronto. Se libraría de esa molestia.

    Abrió los ojos y vio a Monetre sentado al escritorio. Horty yacía en un largo sofá, con la cabeza apoyada en un ángulo del respaldo. El Caníbal miraba, y esperaba.

    Horty cerró los ojos, suspiró, y movió las mandíbulas, como un hombre que despierta.

    —Horty. —La voz del Caníbal era suave y amable—. Mi querido muchacho. He esperado tanto este momento. Se inicia una importante obra común.

    Horty abrió una vez los ojos y miró alrededor. Bluett lo observaba con una estremecida mezcla de miedo y furia. Kay Hallowell estaba acurrucada en el rincón más alejado de la puerta. Bunny, en cuclillas, colgaba flojamente del brazo de Kay, y miraba el cuarto con ojos inexpresivos.

    —Horty —insistía el Caníbal. Horty lo miró otra vez. Bloqueó sin esfuerzo la fuerza hipnótica que emitía el Caníbal. La voz melosa continuó, apaciguadora—. Estás en tu casa al fin. Y yo estoy aquí para ayudarte. Tu lugar está entre nosotros. Te entiendo, Horty. Sé lo que quieres. Te haré feliz. Te mostraré la grandeza. Te protegeré. Y me ayudarás. —El Caníbal sonrió—. ¿No quieres, Horty?
    —Váyase al diablo —dijo Horty.

    La reacción fue instantánea: una flecha de odio afilada como una navaja, aguzada como una aguja. Horty la rechazó, y esperó.

    Los ojos del Caníbal se achicaron. Elevó las cejas.

    —Más fuerte que lo esperado. Bien. Prefiero que seas fuerte. Vas a trabajar conmigo, ya sabes.

    Horty sacudió la cabeza, indiferente. Otra vez, y dos veces más, el Caníbal lo golpeó, con intervalos irregulares. Si la defensa de Horty hubiese sido un contraataque, como en un asalto de esgrima o un match de boxeo, el Caníbal lo hubiera alcanzado. Pero la defensa era un muro.

    El Caníbal se echó hacia atrás. Aquellos ataques parecían agotarlo.

    —Muy bien —murmuró—. Antes te aplastaremos un poco.

    Los dedos del Caníbal tamborilearon perezosamente sobre la mesa.

    Pasó un largo rato. Horty advirtió por vez primera que estaba paralizado. Podía respirar con bastante facilidad, y mover trabajosamente la cabeza. Pero los brazos y las piernas le parecían de plomo. Sentía además un vago dolor en la nuca. Sin duda, una hábil inyección espinal.

    Kay se movió silenciosamente en su rincón. Bunny la miró con aquella misma mirada vacía en la cara redonda y dulce. Bluett frotó incómodamente los pies en el suelo.

    Alguien abrió la puerta de un codazo. Entró Solum, trayendo la figura inanimada de Zena. Horty trató de moverse, inútilmente. El Caníbal sonrió, insinuante, y señaló con un movimiento de cabeza.

    —Al rincón, con todos los inútiles —dijo—. Quizá podamos usarla más tarde. ¿Y si le sacáramos un buen pedazo? ¿Qué diría nuestro amigo?

    Solum sonrió como si se le hiciese agua la boca.

    —Por supuesto —dijo el Caníbal pensativamente—, Zena no es muy grande. Iremos despacio. Un poco por vez. —Hablaba en un tono indiferente, pero clavando los ojos en el rostro de Horty—. Mi viejo Solum, nuestro amigo Horty está demasiado despierto. ¿Si lo atontaras un poco? Con el borde de la mano en un lado del cuello, justo en la base del cráneo. Como te he enseñado, ya sabes.

    Solum se acercó. Puso una mano en el hombro de Horty, y apuntó cuidadosamente con la otra. La mano que se apoyaba en el hombro apretaba ligeramente, una y otra vez. Solum miraba a Horty con ojos llameantes. Horty observaba al Caníbal. Sabía que el golpe mayor vendría de allí.

    La mano de Solum cayó. Una fracción de segundo antes que golpeara el cuello, la onda mental de Monetre se estrelló contra el muro de Horty. Horty sintió una leve sorpresa; Solum había contenido el golpe. Alzó rápidamente los ojos. El gigante, de espaldas al Caníbal, se tocaba la frente, movía ansiosamente los labios. Horty se encogió de hombros. No había tiempo para hacerse preguntas ociosas… Oyó gemir a Zena.

    —¡No me dejas ver, Solum! —Solum se apartó de mala gana—. Te daré en seguida otra oportunidad —dijo el Caníbal. Abrió un cajón del escritorio y sacó dos pequeños objetos—. Horty, ¿los conoces?

    Horty gruñó y asintió. Eran los ojos de Junky. El Caníbal emitió una risita.

    —Si los aplasto, morirás. Ya lo sabes, supongo.
    —No le serviré de mucho entonces, me parece.
    —Es verdad. Pero ya ves que no me faltan argumentos. —Ceremoniosamente, el Caníbal encendió una lamparita de alcohol—. No tengo por qué destruirlos. Las criaturas nacidas de un cristal reaccionan maravillosamente con el fuego. Contigo será dos veces mejor. —Y añadió en otro tono—: Oh, Horty, mi muchacho, mi querido muchacho, no me obligues a jugar así contigo.
    —Adelante —gruñó Horty.

    La voz del Caníbal fue ahora como un latigazo.

    —Otra vez, Solum.

    Solum se dobló. Horty vislumbró el rostro ávido de Armand, que se pasaba la lengua por los labios húmedos. El golpe fue más fuerte esta vez, aunque no tanto como Horty esperaba. La cabeza se le dobló y le cayó hacia atrás. Cerró los ojos. El Caníbal no lanzó esta vez ninguna descarga. Esperaba, tal vez, que Horty gastara sus municiones, mientras él ahorraba las suyas.

    —¡Demasiado fuerte, idiota!

    La voz de Kay gimoteó en un rincón:

    —Oh, basta, basta…
    —Ah. —El Caníbal se volvió haciendo crujir la silla—. La señorita Hallowell. ¿Qué hará este joven por usted? Tráigala, Bluett.

    El juez obedeció.

    —Déjeme un pedazo, Pierre —dijo con una risita.
    —Haré como me parezca —replicó el Caníbal.
    —Muy bien, muy bien —dijo el juez retrocediendo a su rincón.

    Kay se quedó junto al escritorio, temblando, pero muy erguida.

    —Rendirá usted cuentas a la policía —amenazó.
    —De la policía se encargará el juez. Siéntese, querida. —Kay no se movió y Monetre lanzó un rugido—: ¡Siéntese! —Kay dio un salto y se dejó caer en la silla, al extremo del largo escritorio. El Caníbal estiró la mano y le aferró la muñeca, acercándola a él—. El juez me dice que le gusta a usted cortarse los dedos.
    —No sé de qué habla. Déjeme…

    Mientras tanto Solum estaba de rodillas junto a Horty, moviéndole la cabeza, abofeteándolo. Horty, enteramente consciente, no se resistía. Kay gritó.

    —Qué feria hermosamente ruidosa tenemos —sonrió el Caníbal—. Es inútil, señorita Hallowell.

    Sacó del cajón un par de pesadas tijeras. Kay gritó otra vez. El Caníbal dejó las tijeras y alzó la lámpara, rozando ligeramente los cristales con la punta de la llama. Por una extraordinaria y afortunada coincidencia, o quizá por algo más sutil que la buena fortuna, en ese preciso instante Horty lanzó una rápida mirada a través de las pestañas. Cuando la pálida llama tocó los cristales, echó la cabeza hacia atrás, se le crispó el rostro…

    Pero fingía. No había sentido nada.

    Miró a Zena. El alma entera parecía asomarse al rostro tenso, queriendo decirle algo…

    Abrió la mente. El Caníbal vio los ojos abiertos y le lanzó otra de aquellas terribles descargas. Horty cerró la mente justo a tiempo; una parte de los impulsos entró sacudiéndolo de pies a cabeza.

    Horty reconoció entonces, por vez primera, su incapacidad. Zena quería decirle algo, y él no entendía. Hizo un desesperado esfuerzo. Si dispusiese de un segundo… Pero si recibía otro golpe, estaba perdido. Había algo más, algo que se refería a… ¡Solum! La mano que le tocaba el hombro, los ojos brillantes, donde parecía estallar algo inexpresado…

    —Golpéalo, Solum.

    El Caníbal recogió las tijeras. Kay gritó.

    Y otra vez Solum se inclinó sobre él; otra vez la mano le apretó secretamente, urgentemente, el hombro. Horty miró al hombre verde a los ojos y se abrió al mensaje.

    Pregunta a los cristales. Pregunta a los cristales cómo matar a las criaturas soñadas. Descúbrelo en los cristales.

    —¿Qué esperas, Solum?

    Kay gritó y gritó. Horty cerró los ojos y la mente. Cristales… no los cristales sobre la mesa. Todos los cristales que vivían en… en…

    La dura mano de Solum le golpeó el cuello. Dejó que el golpe lo hundiera, más y más abajo, en aquel mundo oscuro de sensaciones fugitivas y estructurales. Se detuvo al fin, y movió con rapidez la mente, buscando. Sólo encontró una indiferencia total y majestuosa. Pero no había sin embargo ninguna barrera. Lo que él quería estaba allí; sólo tenía que entenderlo. No lo ayudarían, pero tampoco le pondrían obstáculos.

    Reconocía ahora que el mundo de los cristales no era más inabordable que el otro. Era sólo… distinto. Los cristales eran abstracciones de ego que se bastaban a sí mismas, que seguían sus propios gustos, vivían sus vidas totalmente ajenas, y pensaban con una lógica y una escala de valores incomprensibles para un ser humano.

    Horty algo podía entender, ya que no había en él ideas preconcebidas. Pero se había formado demasiado sólidamente en un molde humano para confundirse totalmente con esos seres impensables. Entendió casi en seguida que la teoría de Monetre era en parte verdadera, y en parte falsa, como la teoría convencional de que en el núcleo de un átomo hay partículas planetarias. La creación de seres vivos tenía un propósito, pero este propósito no podía explicarse en términos humanos. Horty vio que esa función no tenía para los cristales ninguna importancia. Los cristales ejercían esa función, pero les era tan poco útil como el apéndice al hombre. Y el destino de las criaturas creadas les importaba tan poco como le importa al hombre el destino de una exhalada molécula de CO2.

    No obstante, el mecanismo de esta creación estaba allí, ante Horty. No podía entender su propósito, pero sí su funcionamiento. Horty abrió su mente eidética y receptiva y aprendió… cosas. Dos cosas. Una tenía relación con los ojos de Junky, y la otra…

    Era algo que debía hacerse. Era como detener una roca que cae desde lo alto de una montaña echando a rodar otra en el camino. Era como quitarle las escobillas a un motor eléctrico, como cortarle los tendones de las patas a un caballo que corre. Era algo que se hacía con la mente, y requería un tremendo esfuerzo. Una particular orden de detención a una particular forma de vida.

    Horty entendió, y se retiró. Los curiosos egos de alrededor no le hacían caso, o lo ignoraban. Salió a la luz. Emergió, y por primera vez se sintió realmente asombrado. El cuello le dolía por el golpe de Solum, y en ese momento la mano del gigante rebotaba… El mismo grito que había empezado a oír al iniciar el descenso, concluía ahora en un gemido. Bunny miraba aún con un lento y pesado parpadeo; Zena yacía acurrucada con la misma expresión torturada en el rostro triangular.

    El Caníbal le lanzó su golpe. Horty lo hizo a un lado y se rió.

    Pierre Monetre se incorporó, con la cara negra de rabia. La muñeca de Kay le resbaló entre los dedos. Kay se precipitó hacia la puerta. Armand Bluett le cerró el paso. La muchacha retrocedió, fue al rincón de Zena, y se dejó caer, sollozando.

    Horty sabía ahora qué hacer; había aprendido algo. Lo probó mentalmente, y supo que no era fácil. Había que concentrar, apuntar, disparar. Replegó la mente sobre sí misma, e inició la tarea.

    —No debías haberte reído de mí —dijo el Caníbal roncamente.

    Recogió los dos cristales y los dejó caer en una bandeja de metal. Se inclinó luego sobre la lámpara de alcohol, y ajustó minuciosamente la llama.

    Horty seguía en su trabajo. Pero una parte de su mente hacía otra cosa. Puedes matar a las criaturas de los cristales, decía. El Caníbal, sí, pero… puedes matar a otros. ¿Qué otros? ¿Moppet? ¿La serpiente de dos cabezas? ¿Gogol? ¿Solum?

    Solum, el feo Solum, el prisionero mudo, que a último momento se había vuelto contra el Caníbal, y los había ayudado. Había traído el mensaje de Zena, y era su propia sentencia de muerte.

    Horty miró al gigante, que retrocedía ahora, brillándole aún ansiosamente los ojos, sin saber que Horty había leído la orden del mensaje, y pocos segundos antes la había cumplido. Pobre, atrapada, lastimada criatura…

    Pero era un mensaje de Zena, y Zena había sido siempre su árbitro y su guía. Zena, sin duda, había tenido en cuenta el coste, y había decidido. Quizá era mejor así. Quizá Solum, de algún modo inimaginable, podría gozar al fin de una paz que la vida le había negado.

    La extraña fuerza creció en el interior de Horty. Su polimórfico metabolismo se vació del todo en el arsenal de la mente. Sintió que la fuerza se le retiraba de las manos, de las piernas.

    —¿Te hace cosquillas? —se burló el Caníbal.

    Acarició con la llama los cristales centelleantes. Horty, rígido, esperaba, sintiendo que ya no podía dominar aquella fuerza creciente, una fuerza que se liberaría a sí misma, de pronto, cuando alcanzara su punto crítico.

    Miró el rostro encendido y furioso del Caníbal.

    —Me pregunto —dijo el Caníbal— cómo se repartirá el trabajo en una pareja. —Bajó la llama, como un escalpelo, y atravesó un cristal—. ¿Y esto…?

    Ocurrió entonces. Horty mismo no lo esperaba. Aquello que había aprendido en los cristales, estalló en él. No hubo sonido. Sólo un monstruoso fulgor azulado, pero en el interior de su cabeza. Cuando el fulgor se extinguió, Horty no veía. Oyó un grito apagado, la caída de un cuerpo. Luego, lentamente, unas rodillas, una cadera, una cabeza, otro cuerpo. Horty se abandonó al dolor. Su mente, adentro, era como un campo devastado por un llameante huracán, ennegrecido y humeante, moteado de fuegos que se extinguían poco a poco…

    La oscuridad lo envolvió lentamente, abriéndose aquí y allá en algunos luminosos puntos de color. Empezó a ver. Se echó hacia atrás, agotado.

    Solum había caído al piso, junto a Horty. Kay Hallowell se apoyaba en la pared, con las manos sobre la cara. Zena se apoyaba en Kay, con los ojos cerrados. Bunny seguía sentada en el piso, con los ojos muy abiertos, balanceándose lentamente. Cerca de la puerta, Armand Bluett yacía de espaldas, muy tieso. Aun inconsciente, este imbécil parece un victoriano acorsetado, pensó Horty. Miró el escritorio.

    Pálido y tembloroso, pero todavía en pie, el Caníbal dijo:

    —Me parece que te equivocaste.

    Horty lo miró oscuramente.

    —Pensé que con tus cualidades —continuó el Caníbal— podrías distinguir un cristalino de un ser humano.

    Nunca pensé en eso, lloró silenciosamente Horty. ¿Cuándo aprenderé a dudar? Zena siempre dudó por mí.

    —Me decepcionas. He tenido siempre la misma dificultad. Pero mi promedio es bastante alto. Los descubro ocho veces de cada diez. Admitiré, sin embargo, que eso me sorprende. —Señaló con el pulgar a Armand Bluett—. Oh, bueno, otro ataque cardíaco en la feria. Muerto, un cristalino es igual a un humano. Sobre todo si no sabes qué buscar. —Y con uno de aquellos alarmantes cambios de voz, el Caníbal continuó—: Has querido matarme… —Se acercó a Horty y miró a Solum—. Tendré que aprender a pasármelas sin el viejo Solum. Es una lástima. Me era muy útil. —Pateó distraídamente el largo cuerpo, y girando rápidamente sobre sí mismo dio a Horty una bofetada en la boca—. Harás dos veces lo que él hacía, ¡y te gustará! —gritó—. ¡Saltarás cuando te hable!

    El Caníbal se frotó las manos.

    —Oh—h—h…

    Era Kay. Se había movido, y la cabeza de Zena colgaba ahora flojamente. Kay frotó las manitas de la enana.

    —No pierda el tiempo —dijo el Caníbal negligentemente—. Está muerta.

    Horty sintió un cosquilleo en las puntas de los dedos, y sobre todo en los muñones. Está muerta. Está muerta.

    El Caníbal cogió un cristal del escritorio y lo hizo saltar en la mano mirando a Zena.

    —Encantadora criatura —dijo—. Traicionera, como una serpiente, por supuesto, pero hermosa. Me gustaría saber dónde encontró el cristal su modelo. Una verdadera obra de arte. —Se frotó otra vez las manos—. Nada molestará ya nuestra futura tarea, ¿eh, Horty? —Se sentó, acariciando el cristal—. Descansa, muchacho, descansa. Fue una verdadera explosión.

    Me gustaría aprender el truco. ¿Crees que yo podría? No, te lo dejaré a ti. Me parece algo bastante agotador.

    Horty tendió los músculos, sin moverse. Estaba recuperándose poco a poco, pero no le servía de mucho. La droga lo hubiera retenido aunque tuviese una fuerza dos veces mayor que la normal.

    Está muerta. Está muerta. Zena hubiese querido ser una criatura humana común… Bueno, todos los fenómenos desean lo mismo, pero especialmente Zena, pues no había en ella nada de humano. Por eso no había permitido nunca que él, Horty, le leyese la mente. No quería que nadie lo supiera. Deseaba tanto ser humana. Y ella debía de haberlo sabido. Debía de haber sabido lo que ocurriría cuando envió el mensaje con Solum. Sabía que ella moriría también. Era más humana, al fin y al cabo, que ninguna otra mujer.

    Me moveré ahora, pensó Horty.

    —Te dejaré sin comer ni beber hasta que te mueras —dijo el Caníbal amablemente—, o por lo menos hasta que te debilites, y yo pueda entrar en tu cerebro y barrer esas tontas ideas de independencia. Me perteneces, y de varios modos. —Acarició tiernamente los dos cristales—. ¡No se mueva! —rugió volviéndose hacia Kay Hallowell, que había empezado a incorporarse. Kay, agotada, se dejó caer otra vez. Monetre se acercó a ella—. Bueno, ¿qué podríamos hacer ahora con usted?

    Horty cerró los ojos y trató de pensar. ¿Qué droga había utilizado Monetre? Algún derivado de la cocaína sin duda: la benzocaína, la monocaína… Horty sintió un vértigo, el anuncio de una náusea. ¿Qué sustancia podía producir este efecto? ¿A qué correspondían estos síntomas? En el fondo de su mente hojeó con rapidez un diccionario farmacológico.

    Piensa.

    Una docena de drogas, por lo menos, podía producir ese efecto. Pero Monetre había elegido, sin duda, alguna que respondiera exactamente a sus deseos, y había deseado algo más de inmovilidad. Había deseado, también, un estímulo psíquico.

    Sí. El viejo producto, el clorhidrato de cocaína. Antídoto… la epinefrina.

    Ahora tendré que transformarme en una farmacia, pensó sombríamente. Epinefrina…

    ¡Adrenalina! Algo bastante parecido… y fácil de conseguir en aquellas circunstancias. Sólo tenía que abrir los ojos y mirar al Caníbal. Apretó los labios. El vértigo desapareció. El corazón empezó a batirle con fuerza. Se dominó. El cuerpo se preparaba. Sintió un hormigueo en los pies, insoportable.

    —Podría sufrir un ataque cardíaco, también —le decía pensativamente el Caníbal a Kay—. Un poco de curare… no. Basta el juez por hoy.

    Observando la espalda de Monetre, Horty flexionó las manos, apretó los codos contra las costillas hasta que le crujieron los músculos pectorales. Intentó incorporarse, una vez, dos veces… Perdió casi la conciencia, pero la idea de libertad, y el odio, lo sostuvieron. Se levantó cerrando los puños, tratando de silenciar la agitada respiración.

    —Bueno, ya encontraremos un modo de librarnos de usted —dijo el Caníbal volviendo a su escritorio, hablándole por encima del hombro a la joven aterrorizada—. Y pronto… ¡Eh!

    El Caníbal se encontró cara a cara con Horty.

    Sacó la mano y la cerró sobre los cristales.

    —Un paso más —jadeó— y los aplasto. Te derrumbarás como un saco de patatas podridas. ¡No te muevas!
    —¿Zena ha muerto, realmente?
    —Muerta, sin remedio, hijo mío. Lo siento. Siento que haya sido tan rápido, quiero decir. Merecía un tratamiento más artístico. ¡No te muevas! —Apretó los cristales en la mano, uno contra otro, como un par de nueces—. Será mejor que vuelvas al sofá y te sientes cómodamente. —Los ojos de los dos hombres se encontraron. Una, dos veces, el Caníbal envió a Horty su odio acerado. Horty no parpadeó—. Magnífica defensa —dijo el Caníbal admirativamente—. ¡Ahora, siéntate!

    Los dedos del Caníbal apretaron los cristales.

    —Conozco un modo de matar a seres humanos, también —dijo Horty adelantándose.

    El Caníbal retrocedió. Horty bordeó el escritorio y siguió avanzando.

    —Tú lo has querido —jadeó el Caníbal.

    Cerró la mano huesuda. Se oyó un débil crujido.

    —Lo llamo el modo de Havana —dijo Horty con voz pastosa—, en recuerdo de un amigo.

    El Caníbal se aplastaba ahora contra la pared, los ojos redondos, el rostro pálido. Observó con la boca abierta el único cristal intacto que aún tenía en la mano: como nueces, sólo uno se había roto. Lanzó un grito de pájaro, dejó caer el cristal, y lo aplastó con el talón. Horty le aferró la cabeza. Se la torció. Cayeron juntos. Horty rodeó con las piernas el pecho del Caníbal, y le torció otra vez la cabeza. Se oyó un ruido, como un atado de fideos secos que se rompe en dos, y el cuerpo del Caníbal se aflojó entre las manos de Horty.

    Las tinieblas cayeron en capas sobre Horty. Se alejó arrastrándose de la inerte figura, y se encontró mirando el rostro de Bunny. Bunny miraba hacia abajo, a otro lado, con una expresión que no era indiferente, ni tensa. Sonreía mostrando los dientes, el cuello tieso y los músculos tirantes. La dulce Bunny… miraba al Caníbal muerto, y se reía.

    Horty no se movió. Se sentía cansado, tan cansado… Aun respirar era demasiado esfuerzo. Alzó la barbilla para que el aire le penetrara más fácilmente en la garganta. La almohada era tan blanda, tan tibia… Una cabellera suave como una pluma le caía sobre la cara rozándole delicadamente los párpados cerrados. No, no era una almohada; un brazo redondo le sostenía la cabeza. Sintió un aliento perfumado. Ella era grande ahora, una verdadera mujer, lo que siempre había querido ser. Le besó los labios.

    —Zee. Zee grande —murmuró.
    —Kay. Es Kay, querido, pobre querido…

    Horty abrió los ojos y se quedó mirándola, como un niño asombrado y fatigado.

    —Todo está bien. Todo está bien ahora —dijo ella quedamente—. Soy Kay Hallowell. Todo está bien.
    —Kay.

    Horty se sentó. Allí estaba Armand Bluett, muerto. Allí estaba el Caníbal, muerto. Allí estaba… estaba… Horty gimió roncamente y se incorporó, tambaleándose. Corrió a la pared, recogió a Zena, y la puso suavemente sobre la mesa. Sobraba espacio… Horty le besó el pelo. Le juntó las manos y la llamó en voz baja, dos veces, como si Zena estuviese escondida por allí cerca, jugando con él.

    —Horty…

    Horty no se movió. De espaldas a Kay dijo inexpresivamente.

    —Kay…, ¿a dónde ha ido Bunny?
    —Fue a ver a Havana, Horty…
    —Ve con ella un rato. Ve. Ve…

    Kay titubeó, y al fin se fue, corriendo.

    Horty oyó un quejido, pero no con los oídos, sino en el interior de la cabeza. Alzó los ojos, y vio la silenciosa figura de Solum. El quejido se alzó otra vez en Horty.

    —Pensé que habías muerto —dijo Horty de pronto, sorprendido.

    Pensé que habías muerto fue la silenciosa y asombrada réplica. El Caníbal destrozó tus cristales.

    —Se habían separado de mí. Hace años. Soy un ser completo ahora…, terminado. Lo soy desde los once. Acabo de descubrirlo, cuando me pediste que… hablara con los cristales. No lo sabía. Tampoco Zena. Durante años, Zena… ¡Oh, Zee, Zee! —Pasó un rato y al fin Horty alzó los ojos y miró al hombre verde—. ¿Y tú?

    No soy un cristalino, Horty. Soy humano. Pero recibo los pensamientos ajenos. Me golpeaste de un modo terrible. No me asombra que tú y el Caníbal me creyerais muerto. Yo mismo lo creí un rato. Pero Zena…

    Miraron juntos el torturado cuerpecito, sin comunicarse sus pensamientos.

    —¿Qué haremos con el juez? —preguntó Horty al cabo de un rato.

    Ya es de noche. Lo dejaré cerca de la carretera. Será un ataque cardíaco.

    —¿Y el Caníbal?

    El pantano. Me ocuparé de él después de medianoche.

    —Eres una gran ayuda, Solum. Me siento un poco… perdido. Lo estaría realmente si no hubiese sido por ti.

    No me des las gracias. No soy bastante inteligente como para imaginar algo parecido. Zena lo hizo todo. Me dijo exactamente que hacer. Sabía que iba a ocurrir. Sabía también que yo era humano. Lo sabía todo. Lo hizo todo.

    —Sí, Solum, sí… ¿Y qué haremos con la muchacha? Kay.

    Oh. No sé.

    —Me parece que es mejor que vuelva a Eltonville, donde trabajaba. Desearía que lo olvidara todo.

    Puede olvidarlo.

    —Puede… Oh, por supuesto, yo lo lograría. Solum, ella…

    Ya sé. Te quiere, como si fueses un ser humano. Piensa que lo eres. No entiende nada.

    —Sí. Desearía… No importa. Pero no, no quiero. No es de mi… mi especie. Solum…, Zena… me quería.

    Sí. Oh, sí… ¿Y qué vas a hacer?

    —¿Yo? No sé. Irme, imagino. Tocar la guitarra en alguna parte.

    ¿Y qué querría ella que hicieses?

    —Yo…

    El Caníbal hizo mucho daño. Zena quería detenerlo. Bueno, lo has detenido. Pero pienso que ella querría que reparases un poco de ese daño. Todo a lo largo de nuestra ruta, Horty. Ántrax en Kentucky, hierbas venenosas en las praderas de Wisconsin, serpientes en Arizona, poliomielitis y fiebres en los Alleghanys. Y hasta creó moscas tsetse en la Florida con sus infernales cristales. Sé donde están algunos, pero tú podrías encontrar el resto mejor que yo.

    —Dios mío, y hay mutaciones en esos gérmenes y esas serpientes.

    ¿Y bien?

    —Era diez centímetros más alto…, manos largas, cara afilada… ¿Por qué no, Solum? Puedo interpretar este papel durante un tiempo, por lo menos hasta que Pierre Monetre se retire, cediéndole el puesto a Sam Horton. Solum, te felicito.

    No. Zena me dijo que te lo sugiriera, si no se te ocurría.

    —Zena… Oh, Zee, Zee… Solum, si no te importa, me gustaría quedarme solo un rato.

    Sí, me llevaré esta carroña. Bluett primero. Lo arrastraré hasta la tienda de primeros auxilios. Nadie le pregunta nada al viejo Solum.

    Horty acarició el pelo de Zena. Miró alrededor y clavó los ojos en el cadáver del Caníbal. Se acercó a él bruscamente y lo puso boca abajo.

    —No me gusta que me miren así —murmuró.

    Se sentó junto al escritorio donde yacía el cuerpo de Zena. Acercó la silla, cruzó los brazos, y apoyó la cara sobre ellos. No tocó a Zena, ni siquiera la miró. Pero estaba con ella, cerca, cerca. Dulcemente, le habló con el lenguaje de otro tiempo, como si ella estuviese todavía viva.

    —¿Zee? ¿Duele, Zee? Parece que te doliera. ¿Recuerdas la historia del gato en la alfombra, Zee? Es una alfombra suave, ves, y el gatito hunde las garras y r—r—rasca. Va de un lado a otro y mau—u—úlla. Y al fin se deja caer aplastándose en la alfombra. Y si tú le levantas una pata con el dedo, es una pata blanda, ¡puf!, cae otra vez en la alfombra gruesa y suave. Y si piensas bastante en el gatito hasta que lo ves, lo ves todo, hasta la piel un poco erizada, y hasta esa línea rosada a un lado, pues el gatito está demasiado cansado para cerrar totalmente la boca… bueno, entonces ya no te puede doler.

    «Bueno, ahora…
    «Te duele ser distinta de los demás, ¿no es así, Zee? Me pregunto si sabrás cuánto hay de esto en todos. La gente rara, los enanos, lo sienten más. Y tú más que nadie. Ahora entiendo, ahora entiendo por qué tú deseabas ser grande. Pretendías ser humana, y tenías la pena humana de no ser grande. De ese modo te ocultabas a ti misma que no había en ti nada de humano. Y por eso mismo intentaste hacer de mí el mejor ejemplo de criatura humana que podías imaginar. Pues tenías que ser hermosamente humana tú misma para hacer todo eso por la humanidad. Pienso que tú creías, creías realmente, que eras humana. Hasta hoy, que enfrentaste la realidad.
    «La enfrentaste, y te alcanzó la muerte.
    «Estás llena de música, risas, y lágrimas, y pasión, como una mujer humana. Sabes participar, sabes vivir con alguien.
    «Zena, Zena, qué sueño realmente hermoso soñó el cristal que te hizo.
    « ¿Por qué no terminó el sueño?
    «¿Por qué no terminan lo que empiezan? ¿Por qué estos esbozos que nunca llegan a ser pinturas, estos acordes sin resolver, estas piezas interrumpidas en el segundo acto?
    «¡Espera! Calla, Zee, no hables…
    «¿Todos los esbozos deben concluir en pinturas? ¿Habrá que componer una sinfonía con todos los temas? Espera, Zee… Se me ha ocurrido algo muy importante.
    «Es algo que viene de ti. ¿Recuerdas todo lo que me enseñaste…, los libros, la música, los cuadros? Cuando dejé la feria conocía Tchaikovsky y Django Reinhardt; conocía Tom Jones y 1984. Ya fuera de la feria descubrí otras cosas, nuevas bellezas. Conocí a Bartok y a Gian Cario Menotti, La ciencia y el juicio y El jardín del Plynck. ¿Entiendes, querida? Nuevas bellezas… cosas que no había pensado.
    «Zena, no sé si es muy o poco importante en la vida de los cristales, pero tienen un arte. Cuando son jóvenes, prueban su habilidad copiando. Y cuando se acoplan —si se trata realmente de acoplamiento hacen algo nuevo. En vez de copiar, se unen a un ser vivo, y célula por célula lo transforman en belleza inventada.
    «Voy a mostrarles una nueva belleza. Voy a indicarles una nueva dirección…, algo que nunca soñaron.

    Horty se incorporó y fue a la puerta. Cerró las celosías y echó el cerrojo. Volvió al escritorio, se sentó y buscó en los cajones. Del más bajo de la izquierda sacó una pesada caja de roble, la abrió con las llaves del Caníbal, y sacó las bandejas de cristales. Los examinó cuidadosamente a la luz de la lámpara de mesa. Sin prestar atención a los marbetes, los reunió en un montón junto al cuerpo de Zena, y se tomó la cabeza entre las manos. Todo estaba en sombras, salvo el círculo de la lámpara del escritorio. Las cortinas de las ventanas ovaladas dejaban entrar apenas las luces de la feria.

    Horty se inclinó hacia adelante y besó el codo suave y frío de Zena.

    —No te muevas —murmuró—. Volveré pronto, querida.

    Inclinó la cabeza y cerró los ojos, y dejó que se le oscureciera la mente. Olvidó que estaba en la casa rodante, y pareció desprenderse de sí mismo, y fue como un viajero en las tinieblas.

    Otra vez un nuevo sentido reemplazó al de la vista, y otra vez advirtió a su alrededor las Presencias. Pero ahora no había grupos, salvo una, no, tres parejas distantes. Todos los demás eran núcleos solitarios, aislados, que nada compartían, y cada uno perseguía su propia, compleja y esotérica línea de pensamiento… No, no pensamiento, sino algo parecido. Horty sintió claramente las diferencias que separaban a aquellas criaturas. Una era grandeza concentrada, dignidad, y paz. Otra era dinámica y altanera, y otra ocultaba celosamente series de ideas curiosas y secretas que fascinaron a Horty, aunque él sabía que nunca las entendería.

    Lo más raro sin embargo era esto: que él, un extraño, no lo fuera entre ellas. En la tierra, un extraño que entra en un club, en un teatro, en una piscina, no puede olvidar que no pertenece a un grupo. Pero Horty no sentía nada similar. Aunque no sentía tampoco que lo aceptaran. O lo ignoraran. Notaba que advertían su presencia. Sabían que él los observaba. Podía sentirlo. Nadie sin embargo, no importaba cuánto se quedase, intentaría comunicarse con él… estaba seguro. Y nadie lo evitaría.

    Y de pronto, entendió. Todos los seres terrestres obedecen a una orden: sobrevive. Una mente humana no puede concebir otra base de vida.

    Pero sí los cristales, y una muy diferente.

    Horty la entendió, aunque no del todo. Era algo tan simple como el «sobrevive», pero tan ajeno a la vez a todo lo que había oído o leído que se le escapaba. No obstante, le bastaba ese indicio para saber que juzgarían su mensaje complejo e intrigante.

    Así que… les habló. No hay palabra para expresar lo que dijo. No empleó palabras. Lo que debía decir brotó de él en un instante. Con todos los pensamientos que habían dormido en él durante veinte años, con libros y música, con miedos y alegrías y asombros, con aspiraciones y motivos, el rayo del mensaje atravesó los cristales.

    El mensaje hablaba de los blancos y perfectos dientes de Zena y su voz musical. Del día que había hecho despedir a Huddie, y de la curva de su mejilla, y la profunda expresión de sus ojos. Hablaba del cuerpo de Zena y citaba mil formas humanas que señalaban su belleza. Hablaba del canto elocuente de su guitarra de niña, de su voz generosa, y los peligros que ella había enfrentado para defender esa forma de vida que un cristal le había negado al crearlo. Describía su desnudez sin artificios; resucitaba las lágrimas que ella trataba siempre de ocultar, las lágrimas negadas con un arpegio de risa. Hablaba del dolor de Zena, de su muerte.

    El mensaje implicaba a la humanidad, con una nueva ley: La moral de la supervivencia debe referirse ante todo a la especie, luego al grupo, y en tercer término al individuo. Todo bien y todo mal, todo sistema ético, todo progreso dependía de este orden. Si el individuo sobrevive a expensas del grupo, peligra la especie. El grupo que intenta sobrevivir a expensas de la especie, se suicida. Ésa era la esencia del bien y del mal, y la fuente de justicia de todos los hombres.

    Y en cuanto a Zena, la excluida… Había dado su vida por una casta extraña, y en nombre de la ética más noble. Los términos de «justicia» y «misericordia» eran quizá relativos. Pero nada podía negar que la muerte de Zena, luego de haberse ganado el derecho a sobrevivir, fuese, desde el punto de vista de la estética, un error.

    Y esto, brevemente, entorpecido por imprecisas palabras, describe la frase única del mensaje de Horty.

    Horty esperó.

    Nada. Ninguna respuesta. Ninguna señal de reconocimiento… Nada.

    Horty volvió. Sintió el escritorio bajo los brazos, el brazo bajo la cara. Alzó la cabeza y parpadeó a la luz. Movió las piernas. Ningún entumecimiento. Algún día debería investigar la anómala percepción del tiempo en aquella atmósfera extraña.

    En ese mismo instante, se sintió golpeado por la derrota.

    Lloró, roncamente, y extendió los brazos hacia Zena. Inmóvil, muerta. La tocó. Rígida. La sonrisa torcida, resultado del daño que el Caníbal había infligido a sus centros motores, se había acentuado. Zena parecía a la vez valiente, triste, y abrumada por el remordimiento. Horty sintió un fuego en los ojos.

    —Cavas una fosa —susurró—, echas esto, y lo cubres de tierra. Y luego, ¿qué diablos haces con el resto de tu vida?

    Sintió que había alguien a la puerta. Sacó el pañuelo y se enjugó los ojos. Le quemaban aún. Apagó la lámpara del escritorio y fue hacia la puerta. Solum.

    Horty salió, cerró la puerta, y se sentó en el escalón.

    ¿Tan mal?

    —Así es —le dijo Horty—. Hasta ahora no había creído realmente en su muerte. —Esperó un momento, y añadió con rudeza—. Conversa, Solum.

    Perdimos a un tercio de nuestros fenómenos. Todos los que estaban a unos cincuenta metros de aquí.

    —Que descansen en paz. —Horty alzó los ojos hacia el hombre verde—. Lo decía de veras, Solum. No era sólo una frase.

    Ya lo sé.

    Un silencio.

    —No me sentía así desde que me echaron de la escuela. Por comer hormigas.

    ¿Y por qué hacías eso?

    —Pregúntaselo a mis cristales. Provocan al operar una tremenda deficiencia de ácido fórmico. No sé por qué.

    Horty olió el aire.

    —Me parece que huelo hormigas. —Se inclinó. Olió otra vez—. ¿Tienes una cerilla?

    Solum le alcanzó un encendedor llameante.

    —Ya me parecía —dijo Horty—. Estamos sobre un hormiguero. —Tomó un poco de tierra y la movió en la palma de la mano—. Hormigas negras. Las rojas son mucho mejores.

    Lentamente, casi de mala gana, volvió la mano y dejó caer la tierra. Se sacudió la mano.

    Vamos a la cantina, Horty.

    —Sí. —Horty se incorporó. En su rostro asomaba una creciente perplejidad—. No, Solum. Tú ve adelante. Tengo algo que hacer.

    Solum sacudió tristemente la cabeza y se alejó. Horty entró en la casa rodante, y fue hacia la pared donde el Caníbal tenía el laboratorio.

    —Debe de haber algo… —murmuró encendiendo la luz—. Muriático, sulfúrico, nítrico, acético… Ah, aquí está. —Tomó la botella de ácido fórmico y la abrió. Buscó un algodón, lo mojó en el ácido, y lo tocó con la lengua—. Esto hace bien —murmuró—. ¿Pero qué pasa ahora? ¿Todo vuelve a empezar?

    Alzó otra vez el algodón.

    —¡Qué bien huele! ¿Qué es? ¿Puedes darme un poco?

    Horty se mordió violentamente la lengua y giró sobre sí mismo.

    Zena salió a la luz, bostezando.

    —En qué lugar más raro me fui a dormir… ¡Horty! ¿Qué pasa? ¿Lloras?
    —¿Yo? Nunca —dijo Horty.

    Alzó en brazos a Zena y sollozó. Zena le acarició la cabeza oliendo el ácido.

    Más tarde, cuando Horty se hubo tranquilizado, y Zena tuvo también su algodón, ella preguntó:

    —¿Qué ha ocurrido, Horty?
    —Tengo mucho que contarte —dijo Horty dulcemente—. La mayor parte se refiere a una niñita que era una extraña indeseable hasta que salvó un país. Luego aparece un comité internacional que se encarga de arreglarle los papeles, a ella y a su marido. Es toda una historia. Realmente artística…


    17


    FRAGMENTO DE UNA CARTA:…en el hospital, descansando. Mi pequeño Bobby, supongo que la tensión me derribó. No recuerdo nada. Me dicen que salí de la tienda una tarde y me encontraron ambulando cuatro días después. No me pasó nada, realmente nada, Bob. Es raro recordar… un agujero en tu vida. Pero lo soporto muy bien.

    Pero he aquí algunas buenas noticias. El viejo Bluett de los dedos largos murió en la feria de repente, de un ataque al corazón.

    Mi trabajo en Hartford me está esperando. Y oye… ¿recuerdas aquella disparatada historia del guitarrista que me prestó trescientos dólares? Dejó una nota en Hartford para mí. Dice que acaba de heredar dos millones y que me guarde los trescientos. No sé qué hacer. Nadie sabe dónde está ni nada sobre él. Ha dejado la ciudad para siempre. Un vecino me dijo que tiene dos hijitas. Por lo menos lo vieron irse con dos niñas. Así que puse el dinero en el banco, junto con el legado de papá.

    De modo que no te preocupes. No te preocupes por mí, sobre todo. En cuanto a esos cuatro días, no dejaron en mí ninguna huella. Bueno, sólo un pequeño moretón en una mejilla, pero no es nada. Fueron probablemente días buenos. A veces, al despertar, tengo la impresión —casi puedo tocarla— de que alguna vez, en otro tiempo, quise a alguien que era muy, muy bueno. Sí, estás riéndote de mí…


    Fin