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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL MISTERIO DE LA CASA ROJA (A. A. Milne)

    Publicado el viernes, noviembre 24, 2017

    CAPÍTULO PRIMERO
    LA SEÑORA STEVENS TIENE MIEDO


    La Casa Roja dormitaba en el pesado calor de una tarde veraniega. Sólo se oía el zumbido indolente de las abejas en los cuadros de flores y el gracioso arrullo de las palomas en la cima de los olmos. Desde los lejanos campos llegaba, empero, el suavísimo ronroneo de una segadora, esa canción campestre, sedante si las hay, que acrecienta el placer de la tregua que nos hemos concedido, por contraste con el esfuerzo de los que allá trabajan…

    Era la hora en que aun aquellos cuya función consiste en servir a los otros pueden reservarse al fin algunos momentos para sí mismos. En el office, Audrey Stevens, la bonita camarera, adornaba su mejor sombrero, charlando entretanto con su tía, la señora Stevens, cocinera y, sobre todo, ama de llaves, en casa de un solterón, el señor Marc Ablett.

    —¿Es por Joe? — preguntó apaciblemente la señora Stevens, mirando el sombrero.

    Audrey asintió con la cabeza y quitó un alfiler de su boca para clavarlo en un buen sitio del sombrero antes de explicar:

    —¡Le gusta tanto el rosa!
    —Tampoco a mí me desagrada —repuso su tía—. Ya ves que Joe Turner no es el único.
    —Es un color que no le sienta a todos —dijo Audrey, manteniendo el sombrero al extremo de su braza a fin de apreciarlo mejor—. Tiene elegancia, ¿no?
    —Oh, te queda a las maravillas. También a mí me habría quedado muy bien, cuando tenía tu edad. Ahora resultaría demasiado llamativo, desde luego; lo cual no impide que la toilette me siente mejor que a muchas personas, créeme, y jamás he sido de esas que pretenden ser lo que no son. Si tengo cincuenta y cinco años, digo sencillamente mi edad y no me ando con tapujos.
    —¿Con que cincuenta y cinco años, tía?
    —Lo dije por vía de ejemplo —replicó la señora Stevens con la mayor dignidad.

    Audrey enhebró una aguja y luego, antes de empezar a coser, extendió la mano para examinar escrupulosamente el estado de sus uñas.

    —Extraño, este caso del hermano del señor Marc. ¡Figúrate! ¡No haberlo visto durante quince años! Rió con un poco de afectación y continuó:
    —…Me pregunto qué sería de mí si tuviere que estar quince años sin ver a Joe…
    —Según te lo he referido toda la tarde —dijo la tía—, en los cinco años que llevo aquí jamás oí hablar de un hermano. Lo juraría ante quienquiera que fuese, así tuviera que morir mañana mismo. No hubo la menor alusión a un hermano en todo el tiempo que llevo en esta casa.
    —Casi me caigo cuando los oí hablar de eso esta mañana, en el desayuno. No asistí al comienzo de la conversación, por supuesto, pero todos se ocupaban del tema, al entrar yo. ¿Qué les llevaba en ese momento? ¿Leche caliente? Quizás fuesen más bien las tostadas. En fin, lo cierto es que hablaban todos, y he aquí que el señor Marc se vuelve hacia mí y me dice (ya conoces su aire en esto casos): "Audrey, mi hermano debe venir a verme esta tarde. Lo espero a eso de las tres". Así dijo. "Bien, señor", le respondí con calma, pero nunca en mi vida me había sentido tan sorprendida. Jamás me había pasado por la imaginación que pudiera tener un hermano. "Mi hermano de Australia", agregó; sí, es verdad, me olvidaba de esto. ¡De Australia!
    —Oh, quizá sea cierto que estaba en Australia —declaró la señora Stevens sentenciosamente—. Acerca de eso nada puedo decir, porque no conozco el país; pero sí puedo afirmar una cosa, y es que jamás se ha presentado aquí, al menos desde que yo estoy, hace de esto cinco años.
    —Claro, tía, si lleva quince años sin reaparecer. Oí al señor Marc que le decía al señor Cayley: "Quince años", en respuesta a la pregunta del señor Cayley respecto a cuándo había estado su hermano por última vez en Inglaterra. El señor Cayley estaba al tanto de su existencia; le oí decírselo al señor Beverley; pero ignoraba cuánto hacía que había desaparecido del país. Así que ya ves. Fue por eso que le preguntó al señor Marc.
    —Por lo que hace a quince años, Audrey, no digo nada. Sólo puedo hablar de lo que sé, y de esto ha hecho cinco años en Pentecostés. Pero podría jurar que no ha puesto los pies en la casa desde la Pentecostés de cinco años atrás. Si durante ese tiempo estuvo en Australia, como dices, no hay duda que sus razones tendría para ello.
    —¿Qué razones? — inquirió Audrey cándidamente.
    —Poco importa qué razones. Hablando como lo haría tu madre, cuyo sitio junto a ti ocupo desde que la perdiste, sólo puedo decirte esto, Audrey: cuando un caballero parte para Australia, sus razones tiene, y cuando permanece quince años en aquel país, como lo dice el señor Marc y como yo misma lo sé por lo que respecta a estos últimos cinco años, es que sus motivos le asisten, y una joven discreta no debe preguntar cuáles son.
    —Habrá tenido dificultades, supongo —replicó Audrey, con indiferencia—. Dijeron en el desayuno que había llevado una existencia muy agitada. Deudas… Me alegro mucho que Joe no sea así. Tiene quince libras en la Caja de Ahorros, ¿no te lo conté?

    La conversación acerca de Joe Turner se detuvo aquí. El llamado de una campanilla hizo incorporarse a Audrey, convertida de nuevo en la joven criada cuidadosa que no olvida ajustarse la cofia al pasar delante del espejo.

    —Es en la puerta de entrada —dijo—. Debe ser él. "Hágalo pasar a mi escritorio", me ha encargado el señor Marc. Sin duda no quiere que los otros señores y las damas lo vean; de cualquier manera, todos se fueron a jugar al golf. Me pregunto si se irá a quedar aquí. Quizá haya traído de Australia montones de oro. Me gustaría informarme bien acerca de Australia, porque si realmente basta ir allá para encontrar oro, ¡bueno!, no digo que Joe y yo…
    —¡Vamos, vamos, apúrate, Audrey!
    —Sí, sí, tiíta enseguida vuelvo.

    Salió.

    Al visitante que acabara de recorrer la avenida de acceso bajo el tórrido sol de agosto la puerta abierta de la Casa Roja revelaba un asilo deliciosamente acogedor, cuya sola vista refrescaba. Era una ancha construcción con techo bajo, vigas de encina, paredes de marfilina blancura y ventanas protegidas por cortinas azules. Puertas distribuidas a derecha e izquierda conducían a las diversas dependencias de la vivienda; mas, frente a vosotros, así que acabáis de entrar, otras ventanas hay que se abren sobre un cuadrado de césped, de suerte que entre estas dos filas de ventanas abiertas que se miran unas a otras, el poco de aire que la pesadez de la atmósfera canicular permitía, circulaba agradablemente. Una escalera de anchos y bajos peldaños ascendía a lo largo de la pared de la derecha, y girando hacia la izquierda, os conduce a una galería desde la que podéis ganar directamente vuestra habitación; esto, naturalmente, en el caso en que os hayan autorizado a permanecer hasta el día siguiente. En cuanto al señor Robert Ablett, sus intenciones a este respecto eran aún desconocidas.

    Cuando Audrey atravesaba el hall, no pudo reprimir Un estremecimiento al percibir bruscamente al señor Cayley, que discretamente sentado delante de una de las ventanas de la fachada, leía. A decir verdad, no había ninguna razón para que no estuviese en aquel sitio, por cierto que más fresco que el campo de golf en un día tan sofocante. Pero durante toda aquella primera parte de la tarde la casa había respirado una atmósfera tal de soledad —como si todos sus huéspedes hubieran partido o, solución más razonable aún, hubieran subido a sus habitaciones para dormir la siesta—, que Audrey quedó muy sorprendido de encontrar al primo de su patrón: el señor Cayley. Al verlo, dejó escapar una ligera exclamación, enrojeció y dijo:

    —Oh, perdóneme señor, no lo había visto.

    Por toda respuesta, alzó él los ojos de su libro y le dirigió una sonrisa. Fue una sonrisa verdaderamente cordial, por más que el rostro en sí mismo conservara su entera fealdad.

    "Qué hombre, este señor Cayley", pensó Audrey, prosiguiendo su camino, "es cosa de preguntarse qué sería del señor sin él. Si tuviesen, por ejemplo, que reembarcar al hermano para Australia, no habría más que el señor Cayley para encargarse de la diligencia".

    "De modo que era el señor Robert", volvió a decirse Audrey, abriendo la puerta al visitante.

    Contó después a su tía que en cualquier parte lo hubiera reconocido por el hermano del señor Marc. Pero hubiera dicho lo mismo aunque el aspecto del visitante hubiese sido completamente distinto, y la verdad es que se sorprendió no poco.

    Cuando se conocía al refinado hombrecillo que era Marc, con su impecable barbita cortada en punta y sus bigotes cuidadosamente rizados, con sus ojos tan penetrantes, cuya viva mirada pasaba de uno a otro de sus compañeros, para recibir tan pronto una sonrisa de aprobación, cuando acababa de intervenir en la conversación, tan pronto una señal animadora cuando aguardaba el momento de retomar la palabra… Qué semejanza podía haber entre Marc y aquel rústico colonial mal vestido, que miraba a Audrey con aire agresivo, refunfuñando:

    —Vengo a ver al señor Marc Ablett.

    Estas palabras resonaron como una amenaza. La camarera, disipada su primera emoción, le dirigió una sonrisa conciliadora. Siempre tenía sonrisas a disposición de todo el mundo.

    —Sí, señor, lo espera. Si el señor quiere molestarse en pasar…
    —Oh, ¿sabe usted quién soy?
    —¿El señor Robert Ablett?
    —Sí. ¿De manera que me espera? Se pondrá contento de verme…
    —Si el señor quiere pasar por aquí… —dijo Audrey.

    Dirigiéndose hacia la segunda puerta de la izquierda, la abrió, empezando a anunciar: "El señor Robert Ab…"; pero no concluyó, pues la pieza estaba vacía… Entonces, volviéndose al hombre que la seguía, le dijo:

    —Si el señor tiene a bien tomar asiento, voy a buscar al señor. Estoy segura que no ha salido, porque me anunció que vendría usted esta tarde.
    —¡Oh!

    Inspeccionó todo con una mirada circular.

    —¿Cómo llaman a esta pieza?
    —El escritorio, señor.
    —¿El escritorio?
    —Sí, es aquí donde trabaja el señor.
    —¿Que trabaja? Vaya con la novedad. No sabía que nunca intentara hacer algo con sus diez dedos desde que nació.
    —Es aquí donde escribe, señor —precisó Audrey con dignidad.

    El hecho de que el señor Marc "escribiese", por más que nadie hubiera sabido nunca acerca de qué, era un motivo de orgullo para todo el personal doméstico.

    —No estoy bastante bien vestido para que me introduzcan en el salón, ¿eh?
    —Voy a avisarle de su llegada —dijo Audrey, apresurándose a cortar.

    Cerró la puerta y lo dejó solo.

    ¡Cuántas cosas que referir a su tía! Su espíritu se abismó en la minuciosa recapitulación de cada una de las palabras que le había él dirigido y que le había respondido ella. "No bien lo vi, me dije…"

    Pero lo más premioso era dar con su patrón. Atravesó el hall para echar una ojeada en la biblioteca, volvió sobre sus pasos vacilando y por último resolvió ir a informarse con Cayley.

    —Perdone, señor —le preguntó respetuosamente a media voz—, ¿podría decirme dónde está el señor Marc? Llegó el señor Robert.
    —¿Qué? — dijo Cayley, apartando sus ojos del libro—. ¿Qué? Audrey repitió su pregunta.
    —No sé. ¿No estará en el escritorio? Fue al Templo después del almuerzo. No creo haberlo visto después.
    —Gracias, señor; voy a ver al Templo.

    Cayley reanudó su lectura.

    El Templo era un pabellón de ladrillos situado en el jardín, a trescientas yardas detrás de la casa. Marc meditaba allí a menudo antes de aislarse en su "escritorio" para anotar sus pensamientos, pensamientos que no debían ser de un valor extraordinario; con más frecuencia eran expresados oralmente en la mesa que consignados en un papel, y con más frecuencia destinados a permanecer inéditos que a gozar de los honores de la publicidad. Contrariaba al dueño de la Casa Roja que los visitantes irrumpieran con desenvoltura en el Templo, como si lo hubiese hecho construir para que sirviera de refugio en los flirteos o para salón de fumar. Le ocurrió un día presentarse allí en el momento en que dos de sus huéspedes acababan de iniciar un partido de pelota. Marc se había limitado a preguntarles, en un tono que no era habitual en él, si no podrían hallar otro sitio para sus juegos. No agregó una palabra de reproche, pero los delincuentes nunca volvieron a ser invitados a la Casa Roja.

    Audrey fue lentamente hasta el Templo, miró al interior y regresó sin mucha prisa. Trabajo perdido. Quizá el patrón estuviera arriba, en su cuarto. El pensamiento de la camarera se movía con mayor rapidez que sus piernas. "No lo bastante bien vestido como para introducirlo en el salón…" "Vaya, tía, ¿admitirías en tu salón a alguien que llegara con un pañuelo rojo en torno del cuello, enormes zapatos polvorientos y…? ¡Oigan!, alguien está cazando conejos… Nada le agrada tanto a mi buena tía como un conejito sazonado con cebollas… ¡Qué calor! De seguro que no desdeñaría ella una taza de té… Es muy probable que el señor Robert no pase la noche aquí… No ha traído equipaje. Desde luego, el señor Marc podría facilitarle lo necesario, porque tiene ropa como para seis… En cualquier parte lo habría reconocido como el hermano del señor Marc".

    Volvió a entrar en la casa. Cuando atravesaba el office para salir de nuevo al hall, la puerta se abrió bruscamente para dar paso a una cara despavorida.

    —¿Es usted, Aud…? — exclamó Elsie, otra de las camareras, que añadió enseguida, volviéndose al interior:
    —…Sí, es Audrey.
    —¡Entra pronto! — gritó la señora Stevens.
    —¿Qué ocurre? — inquirió Audrey mirándolas desde la puerta.
    —Oh, querida, tuve miedo por ti. ¿Dónde estabas?
    —Fui hasta el Templo.
    —¿No oíste nada?
    —Oír, ¿qué?
    —Golpes y explosiones, y cosas terribles…
    —Oh —respondió Audrey, tranquilizándose—, uno de esos que cazaba conejos. Precisamente me decía yo, al regresar: "Mi tiíta cometería locuras por saborear un buen conejo, y no me sorprendía que…"
    —¡Conejos! — replicó la tía, despreciativa—. Pero si era en el interior de la casa, criatura…
    —Sí, ahí, cerquita —confirmó Elsie—. Enseguida le dije a la señora Stevens —¿no es cierto, señora Stevens?— que era en la casa. Se lo dije enseguida.

    Audrey interrogó a su tía, luego a Elsie, antes de preguntar con voz ahogada:

    —¿Creen que haya traído un revólver?
    —¿Quién? — interrogó vivamente Elsie.
    —Ese hermano que llegó de Australia. Apenas lo ví me dije: "Vaya, pues tienes un aire muy poco tranquilizador". Eso me dije al instante, Elsie, aun antes de que me hubiera hablado. ¡Y mal educado!

    Se volvió hacia su tía:

    —¡Sí, de veras, palabra de honor!
    —Recordarás, Audrey, que no he cesado de repetir que era preciso desconfiar de las personas que vienen así de Australia.

    La señora Stevens se desplomó sobre una silla, jadeante.

    —…Ahora, ¡no saldría de esta pieza ni por cien mil libras!
    —Oh, señora Stevens —protestó Elsie, que sentía duramente cuan indispensables le hubieran sido cinco chelines más para adquirir un par de zapatos nuevos—, yo no exigiría tanto, pero…
    —¡Oigan! — exclamó la señora Stevens, que se había erguido, temblorosa.

    Escucharon ansiosas. Las dos jóvenes se habían aproximado instintivamente a la cocinera. Alguien sacudía una puerta, descargando sobre ella furiosos puntapiés.

    —…¡Oigan!

    Audrey y Elsie cambiaron una mirada de aprensión. Oyeron después una voz de hombre, imperiosa, irritada, que gritaba:

    —¡Abre la puerta! ¡Abre! ¡Abre, te digo!
    —¡No abran! — exclamó la señora Stevens, en el colmo del terror, como si la puerta en cuestión hubiera sido la de su office—. Audrey, Elsie, ¡no lo dejen entrar!
    —¡Abre esta puerta! — continuó la voz.

    La señora Stevens le hizo eco, murmurando:

    —Nos van a degollar a todos en nuestras camas…

    Aterradas, las dos muchachas se estrecharon contra ella, y, un brazo en derredor del cuello de cada una de sus compañeras, en cuya protectora la convirtiera el azar, permaneció sentada, esperando…


    II
    EL SEÑOR GILLINGHAM DESCIENDE ANTES DE SU ESTACIÓN DE DESTINO


    ¿Marc era fastidioso o no? Es una cuestión de punto de vista pero la justicia exige aclarar inmediatamente que jamás fatigaba a sus compañeros refiriéndoles sus recuerdos de juventud. Empero, circulaban historias. Siempre existe alguien que está al tanto. Sabíase de cierto, por propia confesión de Marc, que era hijo de un cura, de campaña. Contábase que muy niño aún, se había atraído la simpatía, y luego la protección, de una rica solterona de la vecindad, que asumió todos los gastos de su educación en el colegio y más tarde en la Universidad. Por la época en que abandonó Cambridge, su padre había muerto, dejando algunas deudas como advertencia a su familia, y la reputación de un orador de brevísimos sermones, como ejemplo para su sucesor. Pero la advertencia no pareció ser más eficaz que el ejemplo. Marc se trasladó a Londres, donde, a despecho de algunos subsidios enviados por su bienhechora, todos estaban de acuerdo en reconocer que debió trabar conocimiento con diversos prestamistas. Suponíase, tanto por parte de su protectora como de otras personas que procuraron informarse, que "escribía"; pero la naturaleza de sus escritos, fuera de las cartas en que solicitaba plazo a sus acreedores, nunca pudo averiguarse. Sin embargo, frecuentaba asiduamente los teatros y los music—halls, quizá en la intención de dar algún día a luz en el Spectator un artículo decisivo acerca de la decadencia de la literatura inglesa contemporánea.

    Por fortuna (si nos colocamos en el punto de vista de Marc), su protectora murió en el curso de su tercer año de permanencia en Londres y le dejó todo el dinero que hasta entonces echara tan de menos. Fue a partir de ese instante que su vida perdió su carácter legendario y penetró en el dominio histórico. Arregla sus cuentas con sus acreedores, abandona sus juramentos familiares a quienes quieran prolongar después de él la tradición y se convierte a su vez en un protector. Concedió su patronazgo a las artes. No fueron sólo los usureros quienes descubrieron que Marc Ablett había cesado de escribir por el dinero, sino también los editores, que se vieron ofrecer generosas subvenciones acompañadas de almuerzos gratuitos, de que beneficiáronse de vez en cuando, por la publicación de algún folleto o la celebración de contratos en que el autor cargaba con todos los gastos y renunciaba a toda participación. Los jóvenes pintores de porvenir y los poetas tuvieron asiento en sus comidas y hasta condujo en gira a una compañía teatral, gira en cuyo transcurso desempeñó un papel del repertorio.

    No era, propiamente hablando, lo que mucha gente llama un snob. El snob ha sido definido un poco sumariamente "como un hombre que admira perdidamente la nobleza" y, de un modo más preciso, como "un adorador mezquino de las cosas mezquinas", lo cual, entre paréntesis, de ser exacta la primera definición, no sería muy amable para nuestra aristocracia. Marc tenía incontestablemente su modo de querer brillar; mas, prefería la sociedad de un director de teatro a la de un conde y con mayor gusto habría hablado de su amistad con Dante (si la cronología no hubiese constituido un obstáculo insuperable), que de su amistad con un duque. Llamadle snob, si queréis, pero no de la especie más peligrosa; un parásito, pero aferrado a los faldones del arte, no de la sociedad mundana; un advenedizo, pero de los que procuran acercarse al Parnaso, en vez de exhibirse en los sitios de placer a la moda.

    Su protección no se detenía en las artes. Extendíase también a Mateo Cayley, un primito de trece años tan desprovisto de recursos como lo había sido Marc antes de hallar una generosa benefactora. Envió a su primo al colegio, luego a Cambridge. Al principio, esta liberal decisión la fue ciertamente dictada por consideraciones asaz desinteresadas: no permanecer deudor para con la Providencia de los beneficios de que lo había ésta colmado, acumular para el Cielo un tesoro de méritos que le serían tenidos más tarde en cuenta. Pero, a medida que el joven avanzaba en edad, Marc principió a fundar las previsiones del porvenir en sus propios intereses antes que en los de su primo y a decirse que un Mateo Cayley convenientemente educado merced a sus cuidados, podría convertirse en un instrumento útil para un hombre de su posición, un hombre a quien mil futilezas de amor propio dejaban poco tiempo para dedicar a sus negocios.

    Cayley, de veintitrés años entonces, fue así encargado de los intereses de su primo. Marc acababa de efectuar la adquisición de la Casa Roja y de una vasta extensión de tierras en derredor. Cayley asumió la dirección del personal. Sus funciones eran múltiples: no era exclusivamente un secretario, ni un administrador, ni un consejero técnico, sino un poco de todo eso a la vez. Marc descansaba en él, y antes que llamarlo Mateo, prefería darle el nombre más familiar de "Cay". Sentía que Cay pertenecía a esa clase de hombres con quienes se puede contar por completo: un robusto mocetón, bien plantado, enemigo de palabras inútiles, el auxiliar ideal para una persona cuya pasión era justamente discurrir a todo trapo.

    A los veintiocho años, Cayley no parecía más joven que su protector, que tenía cuarenta. Recibíase mucho, con intermitencias, en la Casa Roja, y las preferencias de Marc —llamadlas tontería o vanidad, como queráis—, iban hacia los huéspedes que no estaban en condiciones de devolverle su hospitalidad. Pongámonos en contacto con los que descendieron esa mañana al comedor para participar en aquel desayuno de que Audrey Stevens, la camarera, ya nos dio noticias. El primero en aparecer fue el mayor Rumbold, alto, taciturno, de bigote y cabellos grises, vestido con un Norfolk y un pantalón de franela, que vivía de una pensión de retiro y escribía para los diarios artículos de historia natural. Inspeccionó los platos expuestos sobre el aparador, escogió tras madura reflexión los huevos con jamón y principió a consumirlos. Continuaba con un chorizo cuando llegó Bill Beverley, un joven de rostro abierto y simpático, en traje de sport.

    —Buen día, mayor —dijo al entrar—. ¿Cómo va su gota esta mañana?
    —No es la gota —respondió el mayor secamente.
    —Bueno, sus pequeños tropiezos de salud. El mayor remitió un gruñido.
    —Siempre he hecho cuestión de honor el mostrarme particularmente amable en el breakfast —continuó Bill, adjudicándose una generosa porción de porridge—. ¡Es tan común en las personas la falta de urbanidad! Por eso me he informado de lo que le concierne; pero, si es un secreto, me guardaré de insistir. ¿Café? — preguntó, sirviéndose a sí mismo una taza.
    —No, gracias, nunca bebo antes del fin de la comida.
    —Perfectamente, mayor, lo hice por pura cortesía… Se sentó al otro lado de la mesa antes de continuar:
    —…Hermoso día para nuestra partida de golf. Va a hacer un calor de todos los diablos, pero justamente en estos casos es que Betty y yo ganamos. Al quinto hoyo, su vieja herida, ya sabe usted, esa que recibió en aquella escaramuza de las Indias, en el 43, principiará a molestarlo; al octavo, su hígado, minado durante años por las especias coloniales, caerá en polvo; al duodécimo…
    —¡Cállese, so estúpido!
    —No, de veras que no hacía más que advertirle. ¡Ah!, buen día, señorita Norris. Me ocupaba en predecirle al mayor la suerte que lo aguarda con usted esta mañana. ¿Me permite ayudarla, o prefiere servirse usted misma?
    —Por favor, no se moleste —respondió la señorita Norris—, me serviré yo. Buen día, mayor —añadió con una gentil sonrisa.

    El mayor inclinó la cabeza, respondiendo:

    —Buen día, va a hacer mucho calor…
    —Como iba precisamente a explicarle —comenzó Bill—, es justamente con temperaturas como ésta que… Ah, he aquí a Betty. Eh, buen día, Cayley.

    Betty Caladine y Cayley habían hecho su entrada juntos. Betty, en la primavera de sus dieciocho años, era la hija de la señora Jean Calladine, viuda del pintor. Esta última, encargada por Marc de hacer los honores de la casa a sus invitados, llenaba perfectamente sus funciones de huésped. En cuanto a Ruth Norris, tomaba tan a lo serio su papel de actriz como de jugadora de golf.

    —A propósito —dijo Cayley, apartando los ojos de su correspondencia—, el coche pasará a buscarlos a las diez y media. Almorzarán allá y volverán enseguida. ¿Les conviene?
    —No veo por qué no hemos de hacer dos partidas —insistió Bill.
    —Demasiado calor por la tarde —cortó el mayor—. Mejor es que regresemos a tomar aquí el té confortablemente.

    Marc entró. Llegaba generalmente el último. Saludó a sus huéspedes y se sentó ante una taza de té acompañada de algunas tostadas. Los otros pusiéronse a charlar a media voz mientras despachaba él su correspondencia.

    —¡ Pues vaya!…

    Todos los rostros se volvieron instintivamente hacia Marc, que acababa de dejar escapar aquella súbita exclamación. Se recobró al punto:

    —…Discúlpeme, señorita Norris; perdón, Betty. La señorita Norris sonrió con indulgencia.
    —… Cay —prosiguió Marc, blandiendo una carta—, ¿imaginas de quién proviene esta misiva?

    Cayley, desde el otro extremo de la mesa, respondió con un encogimiento de hombros. ¿Cómo hubiera podido adivinar?

    —De Robert — explicó Marc.
    —¿Robert? Ah, bueno.

    Cayley no era hombre de sorprenderse fácilmente.

    —La verdad que es muy sencillo eso de responder así. "Ah, bueno" —replicó Marc, sin disimular su mal humor—. Llega aquí esta tarde.
    —Lo creía en Australia.
    —Yo también, por supuesto.

    Luego, dirigiéndose a Rumbold, inquirió:

    —¿Tiene usted hermanos, mayor?
    —No.
    —Bueno, siga mi consejo: no los tenga nunca.
    —No es muy probable ahora —se contentó con responder el mayor.

    Bill se echó a reír; mientras la señorita Norris preguntaba cortésmente:

    —Pero, ¿tenía usted un hermano, señor Ablett? Marc precisó en tono pesaroso:
    —Sí, tengo uno. Si regresan temprano esta tarde, lo verán. Sus primeras palabras serán probablemente para pedirles que le presten cinco libras. Cuídense de ello.

    Un vago malestar pesó sobre los convidados. Para disimularlo, Bill se chanceó:

    —Yo también tengo un hermano, pero soy yo quien le pide dinero. Entonces hace usted como Robert —dijo Marc.
    —¿Cuándo vino a Inglaterra por última vez? — preguntó Cayley.
    —Debe hacer unos quince años, sí, más o menos. Naturalmente, tú no eras entonces más que un niño.
    —En efecto, recuerdo haberlo visto una vez, cuando tenía yo diez años. Pero no sabía si reapareció desde entonces.
    —No, al menos que yo sepa.

    Visiblemente contrariado aún, Marc reanudó la lectura de su carta.

    —Personalmente —intervino Bill—, opino que la familia es un gran error de la naturaleza.
    —Pero —observó Betty, no sin cierta audacia—, debe ser tan divertido tener un pariente fastidioso, secretos de familia…

    Marc alzó hasta ella unos ojos severos.

    —Si encuentra usted eso divertido, Betty, será para mí un gran placer regalarle el personaje. Si siempre es el mismo, aquél que se expresaba en las escasas cartas que a veces he recibido de él… En fin, Cay lo sabe bien…

    Cayley aprobó:

    —Lo que sé, sobre todo, es que más valía no hacer nunca preguntas a su respecto.

    Esta observación pareció formulada a título de simple comprobación, pero también podía ser un discreto aviso dirigido a las personas demasiado curiosas que hubiesen deseado ahondar en el interrogatorio, o un modo discreto de sugerir al dueño de casa que sería peligroso hablar con demasiada libertad en presencia de extraños. Así fue que se apresuraron de común acuerdo a abandonar aquel tema escabroso para trasladar la conversación a las perspectivas más risueñas del match entre cuatro, que se preparaba. La señora Calladine debía utilizar el coche en unión de los jugadores para ir a almorzar por su parte en casa de una antigua amiga cuyo domicilio quedaba cerca del campo de golf, mientras Marc y Cayley, retenidos por sus asuntos, permanecerían en la vivienda. Sus "asuntos" iban aparentemente a complicarse con la vuelta de aquel hermano pródigo. Pero no era esto una razón para que los otros hallasen menos placer en la práctica de su deporte favorito.


    * * *

    En el preciso instante en que el mayor, por razones todavía desconocidas, marraba su salida del decimosexto hoyo, y en que Marc y su primo despachaban sus asuntos en la Casa Roja, un seductor caballero de nombre Antonio Gillingham entregaba su boleto al empleado de la estación de Woodham, preguntándole por el camino de la ciudad. Provisto de los deseados informes, confió su valija al jefe de estación y se alejó sin prisa. Como su papel en este relato será muy importante, haremos su descripción antes de arrojarlo en las aventuras que lo esperan. Detengámoslo, pues, en la cumbre de la colina, con un pretexto cualquiera, y observémoslo, de cerca. Un detalle nos llamará desde el primer momento la atención: tiene menos aire de sufrir nuestro examen que de hacernos sufrir el suyo. En su cara de rasgos regulares, enteramente afeitada, una cara franca de marino, dos ojos grises parecen absorber cada uno de los detalles característicos de vuestra persona. A los extraños, esa mirada parece al pronto un poco inquietante, hasta el momento en que perciben que bien que continúa brillando intensamente, el pensamiento de su propietario se halla ocupado a menudo en otra parte, como si hubiera dejado sus ojos de centinela mientras su espíritu ha tomado otra dirección. Es bastante frecuente en ciertas personas, cuando, por ejemplo, hablan con alguien procurando escuchar en otro lado otra conversación; pero sus ojos los traicionan. Los de Antonio jamás lo traicionan.

    Esos ojos tan vivos han visto una gran porción del mundo, por más que nunca haya sido él marino. Cuando a la edad de veintiún años entró en posesión de una renta legada por su madre, cuatrocientas libras anuales, el anciano señor Gillingham, padre, interrumpió un instante su lectura de El Diario de los Ganaderos para preguntarles cuáles eran sus intenciones.

    —Ver el mundo —respondió simplemente Antonio.
    —Entonces, escríbeme unas líneas desde América, o en fin, desde el sitio donde estés.
    —Prometido —afirmó Antonio.

    Y el viejo Gillingham volvió a sumirse en su lectura. Antonio no era para él más que un chicuelo, menos interesante para su padre, en última instancia, que los vástagos de algunas otras familias, de la familia de Champion Birket particularmente. Champion Birket era el más magnífico toro de Hereford que jamás hubiera salido de sus harás.

    Antonio, por otra parte, no se proponía en absoluto ir más allá de Londres. Ver el mundo no era para él ver países, sino ejemplares de humanidad, y verlos desde tantos ángulos diferentes como le fuera posible. Los casos a estudiar en Londres son innumerables para quien sepa observarlos. Antonio recurrió, para verlos mejor, a los puntos de vista mas variados y aún los más extraños: al del criado, del repórter, del mozo de café, del comisionista… Con la independencia que le aseguraban sus cuatrocientas libras anuales de renta, cada una de las nuevas perspectivas que así se le ofrecían lo llenaba de júbilo. No conservaba nunca mucho tiempo el mismo empleo y, contrariamente a todos los usos establecidos entre servidores y patrón, solía separarse de este último diciéndole con exactitud lo que pensaba de él. Jamás le era difícil hallar después otra ocupación. A falta de experiencia o de buenas referencias, se recomendaba por el atractivo de su personalidad y por un ardor semejante al que hubiera puesto en ganar una apuesta deportiva. No pedía ningún salario por el primer mes, pero salario doble por el segundo si quedaban satisfechos de sus servicios. Siempre obtenía su doble mensualidad.

    Antonio Gillingham tenía treinta años. Había escogido Woodham para pasar sus vacaciones porque el sonriente aspecto de la estación le había gustado. Su boleto le daba derecho a un recorrido más largo, pero estaba habituado en estas cosas a no escuchar más que a su fantasía: ¿por qué no descender en Woodham, puesto que aquel lugar lo sedujo?

    La patrona del George Hotel lo acogió con solicitud y prometió que su marido iría por la tarde en busca de los equipajes.

    —¿Supongo que querrá almorzar, señor?
    —Sí, pero no se moleste por mí. ¿Tiene preparado algún plato frío?
    —¿Le agradaría un poco de carne asada? — preguntó la hotelera, como si pudiendo escoger entre un centenar de viandas, ofreciese lo mejor.
    —Encantado. Con un jarro de cerveza, hágame el favor.

    Cuando estaba concluyendo de almorzar, vino el propietario a pedirle instrucciones para el equipaje. Antonio pidió otra cerveza y se apresuró a entablar conversación, diciendo:

    —Debe ser muy agradable tener una posada en la campaña.

    Estaba pensando que ya era tiempo para él de lanzarse a un nuevo oficio.

    —¿Agradable? Nos permite ganar nuestra vida, a veces un poco más de lo estrictamente necesario.
    —Debiera usted retirarse —continuó Antonio, con la mayor seriedad.
    —Es muy curioso lo que acaba usted de decirme — dijo el hotelero sonriendo—. Hace justo veinticuatro horas que otro señor, que venía de la Casa Roja, me hizo la misma reflexión. Me ofreció tomar mi sitio y encargarse de todo.

    Dejó escapar una risilla seca que interrumpió la pregunta de Antonio:

    —¿Dice usted la Casa Roja? ¿No la Casa Roja, de Stanton?
    —Pues sí, señor, precisamente. Stanton es la estación vecina de Woodham. La Casa Roja está a cosa de una milla de aquí. Es en lo del señor Marc Ablett.

    Antonio sacó una carta de su bolsillo. Llevaba como dirección del expedidor: "La Casa Roja, estación Stanton", y como firma: "Bill".

    —Este bueno de Bill, siempre fiel —murmuró, hablándose a sí mismo.

    Antonio había encontrado a Bill Beverley dos años antes, en un comercio de tabaco. Gillingham se hallaba de un lado del mostrador y Beverley del otro. Algo debió atraer la atención de Antonio, quizá la juventud y la fresca tez de Bill. Sea lo que fuese, mientras esperaba el momento de indicarle la dirección a que debían ser enviados los cigarrillos que pedía, recordó haber sido presentado en otro tiempo, en el transcurso de un paseo campestre, a una tía de Beverley. Algo más tarde, la casualidad los puso frente a frente en un restaurante: ambos estaban de frac, pero el uso que uno y otro hacía de su servilleta, era muy diferente y Antonio se mostró el más cumplido de los dos. Sin embargo, Bill continuó interesándole. Por ello, poco después, aprovechando una de sus frecuentes vacaciones entre dos empleos, obtuvo de un amigo en común una presentación en regla. Beverley quedó al principio un tanto molesto cuando le recordó el otro las circunstancias de sus precedentes encuentros, pero pronto se disipó su confusión y no tardaron en ser íntimos amigos. Empero, Bill, cada vez que tenía que escribirle, nunca empezaba su carta de otro modo que con esta simple y expresiva fórmula: "Mi querido loco…"

    Antonio adoptó inmediatamente la decisión de ir tan pronto hubiese terminado su almuerzo, a la Casa Roja, para visitar a Bill. Luego de inspeccionar rápidamente el cuarto que le ofrecían, y que sin parecerse en nada a esas poéticas habitaciones de posadas rústicas, impregnadas de efluvios de alhucemas, que suelen describirse en las novelas, era lo bastante limpio y confortable, partió a través del campo.

    En el momento de desembocar en la avenida que dominaba la vieja fachada de ladrillos rojos de la casa, oíase el indolente murmullo de las abejas en los cuadros de flores, el gracioso arrullo de las palomas en la copa de los olmos y, más lejos, el suave ronroneo de una segadora, esa canción campestre, sedante si las hay… mientras que en el hall un hombre sacudía y golpeaba furiosamente una puerta cerrada con llave, chillando: "¡Abre esta puerta! ¡Abre! ¡Abre, te digo!"

    —Buen día —dijo Antonio, apareciendo muy sorprendido.


    III
    DOS HOMBRES Y UN CADÁVER


    Cayley se volvió con brusquedad.

    —¿Puedo ayudarlo? — preguntó cortésmente Antonio.
    —Ha ocurrido algo —dijo Cayley, cuya respiración era jadeante—. He oído un disparo… al menos, el ruido ha resonado como un disparo. Estaba en la biblioteca, no he podido darme cuenta… Y la puerta está cerrada con llave.

    Tornó a sacudir el pestillo de la puerta, a hacerlo girar ruidosamente, gritando:

    —¡Abre la puerta! Vamos, Marc, ¿qué significa esto? ¡Abre!
    —No hay duda que la han cerrado voluntariamente —observó Antonio—. Entonces, ¿por qué habría de bastar, para que la abran, que lo pida usted?

    Cayley lo miró, estupefacto; luego se volvió hacia la puerta.

    —Habrá que hundirla —dijo, aplicando el hombro—. Ayúdeme.
    —¿Por qué no prueba la ventana? — preguntó Antonio.

    En el rostro de Cayley se pintó una verdadera expresión de estupor.

    —La ventana… la ventana…
    —Una ventana es mucho más fácil de forzar —explicó Antonio, sonriendo.

    Muy sereno, perfectamente dueño de sí, se apoyaba en su bastón, de pie en medio del hall, pensando sin la menor duda que hacían mucho alboroto por nada. Verdad es que no había oído el disparo, al menos lo bastante distinto para haberlo advertido.

    —La ventana… Sí, en efecto. ¡ Si seré tonto! — balbuceó Cayley.

    Apartó a Antonio y salió corriendo. Antonio lo siguió. Sin disminuir el ritmo, recorrieron la fachada de la casa, tomaron una avenida a la izquierda y giraron otra vez a la izquierda. De pronto Cayley se detuvo en seco, diciendo:

    —Es aquí.

    Habían llegado a la ventana de la pieza cuya puerta tenía la llave echada. Una puerta ventana que daba al césped de atrás de la casa. En esos momentos aquella puerta ventana estaba cerrada. Un poco aturdido a su pesar por lo novelesco de una aventura tan imprevista, Antonio no trató de contener la oleada de curiosidad que lo impulsaba a seguir el ejemplo de Cayley, y aplicó, él también, su rostro al vidrio. Preguntábase seriamente, por primera vez, si verdaderamente se había hecho un disparo de revólver en aquella misteriosa habitación cerrada. La escena mientras permaneciera al otro lado de una puerta inaccesible, ¡le había parecido tan absurdamente melodramática! ¿Un tiro de revólver? Entonces, ¿por qué no habría otros dos… en dirección a los tarambanas que pegaban indiscretamente sus narices contra los vidrios?

    —Oh, Dios mío, ¿puede ver? — dijo Cayley, cuya voz temblaba—. ¡Mire, allí!

    Un instante después, Antonio vio también. Un hombre yacía sobre el piso, al otro extremo de la pieza, dándoles la espalda. ¿Un hombre? ¿O el cadáver de un hombre?

    —¿Quién es? — preguntó Antonio. El otro respondió en un murmullo:
    —No lo sé.
    —Tenemos que entrar y examinarlo de cerca —prosiguió Antonio, observando rápidamente la ventana—. Creo que si se apoyase usted con todo su peso sobre la juntura, se abriría. También podríamos, a puntapiés, hacer caer los vidrios al interior.

    Sin responder, Cayley ejerció presión con todas sus fuerzas en el sitio indicado. La ventana cedió y penetraron en el escritorio. Cayley fue derecho al cadáver y se arrodilló a su vera. Por un momento pareció vacilar; luego, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, asió el cuerpo por un hombro y lo volvió a medias.

    —¡Gracias a Dios! — se limitó a murmurar, dejándolo caer de nuevo.
    —¿Quién es? — preguntó Antonio.
    —Robert Ablett.
    —¡Oh!

    Antonio añadió para sí más que para su compañero:

    —…Pues yo creía que se llamaba Marc.
    —Marc Ablett vive aquí, en efecto. Éste es Robert, su hermano… ¡ Temí tanto que fuese Marc!.—¿Marc estaba también en el escritorio?
    —Sí —respondió maquinalmente Cayley.

    Pero, como si hubiese comprendido un poco tardíamente que aquella pregunta estaba fuera de lugar viniendo de un desconocido, se recobró al punto:

    —¿Quién es usted?

    Antonio permanecía junto a la puerta cerrada, tratando de hacer girar el picaporte.

    —Supongo que habrá guardado la llave en su bolsillo —dijo, regresando junto al cuerpo.
    —¿Quién?

    Antonio se encogió de hombros.

    —El que hizo esto.

    Señaló con un gesto al hombre extendido en el piso.

    —…¿Está muerto?

    Sin responder, Cayley dijo simplemente:

    —Ayúdeme.

    Con un violento esfuerzo sobre sus nervios, que el espanto paralizaba, volvieron el cadáver de espaldas y lo examinaron. Robert Ablett había recibido una bala entre los dos ojos. Añadiéndose al horror de este espectáculo, Antonio sintió ascender a su corazón un sentimiento de piedad hacia su compañero y un brusco remordimiento por la ligereza con que al principio tratara aquel caso. Por lo general, nos sentimos inclinados a imaginar que tales cosas no pueden ocurrir más que a los otros, y por eso se nos hace difícil creer cuando es a nosotros mismos que nos ocurre.

    —¿Lo conocía usted mucho? — inquirió tranquilamente Antonio. Su interrogación significaba más bien:
    —…¿Le era usted muy afecto?
    —Muy poco. Marc es mi primo. Quiero decir que de los dos hermanos era Marc a quien yo más conocía.
    —¿Su primo?
    —Sí.

    Vaciló, después continuó:

    —…¿Está muerto? Creo que sí. Quiere usted… ¿Sabe usted lo que hay que hacer en un caso como éste? Lo mejor sería sin duda ir a buscar agua.

    Frente a la puerta cerrada con llave se abría otra puerta que conducía, como Antonio debía verificarlo después, a un pasillo que a su vez daba acceso a otras dos piezas. Cayley se internó en el pasillo y abrió la puerta de la derecha. La puerta del escritorio por la cual había salido quedó abierta. La que daba término al pasillo, en su otro extremo, estaba cerrada. Antonio, arrodillado junto al cuerpo, seguía a Cayley con los ojos. Después que hubo éste desaparecido, su mirada permaneció clavada sobre la desnuda pared del corredor, clavada con absoluta inconsciencia, porque una ola de simpatía hacia su nuevo amigo absorbía su espíritu.

    —Maldita la utilidad que un poco de agua puede prestarle a un cadáver —se decía—; pero la ilusión de hacer algo, aun cuando según toda evidencia ya no queda nada por hacer, procura, sin embargo, cierto alivio.

    Cayley volvió al escritorio, sosteniendo en una mano una esponja y en la otra un pañuelo. Tras de mirar a Antonio, que lo animó con una seña, murmuró algunas palabras y, arrodillado, principió a lavar la cara del muerto. Cuando la hubo cubierto con el pañuelo, Antonio no pudo retener un ligero suspiro, un suspiro de alivio.

    Después volvieron a hallarse de pie, uno frente al otro, y se miraron.

    —Si puedo serle de alguna utilidad —dijo Antonio— estoy a su disposición.
    —Es usted muy amable. Sí, habrá cosas que hacer: la policía, el médico, ¿qué sé yo? Pero no quiero abusar de su bondad y he de pedirles disculpas por haberlo ya molestado tanto.
    —Había venido para ver a Beverley. Es uno de mis antiguos amigos.
    —Se fue a jugar al golf; pero no tardará en regresar. Pareció él mismo conmovido por lo que acababa de decir:
    —…Sí, no tardarán todos en regresar.
    —Me quedaré si puedo ayudarlo.
    —Sí, se lo ruego. Vea, hay señoras. Será penoso. Si no le es molesto…

    Vaciló antes de dirigir a Antonio una sonrisita tímida, enternecedora de parte de aquel hombre de tan vigorosa contextura que parecía destinado a no tener que contar nunca sino consigo mismo.

    —…Nada más que su apoyo moral, ¿comprende? Ya será mucho.
    —Es muy natural.

    Antonio le devolvió su sonrisa, y, para animarlo, precisó en tono más firme:

    —Bueno, ante todo, creo mi deber aconsejarle que telefonee a la policía.
    —¡La policía! ¿Cómo? Ah, sí… supongo…
    —Fijó en su compañero una mirada interrogativa. Antonio habló sin rodeos:
    —Veamos, es preciso encarar de frente la situación ¿señor…?
    —Cayley. Soy el primo de Marc Ablett. Vivo aquí con él.
    —Yo me llamo Gillingham. Discúlpeme, debí presentarme antes. Bueno, señor Cayley, de nada nos servirá disimular ahora la gravedad de la situación. Un hombre ha sido asesinado aquí. Es preciso que alguien lo haya muerto.
    —Pudo matarse él mismo —balbuceó Cayley.
    —Podría, sí, pero no ha ocurrido; o si lo hizo, no por eso dejaba de haber alguien con él en el escritorio, y ese alguien ya no está aquí y ha partido llevándose el revólver. De modo que la policía algo tendrá que decir acerca del asunto, ¿no le parece?

    Cayley permaneció mudo, con los ojos clavados en el suelo.

    —Oh, sé muy bien lo que piensa, y créame que siento por usted la más viva simpatía. Pero ya no somos unos niños. Reflexione: si su primo Marc Ablett estaba en el escritorio con este… con este hombre, entonces, evidentemente…
    —¿Quién le ha dicho que estaba? — exclamó Cayley, alzando la cabeza con un movimiento brusco.
    —Pero, usted mismo, hace un momento.
    —Yo estaba en la biblioteca. Marc entró aquí. Muy bien pudo salir. No sé nada. Cualquier otro pudo haber entrado.
    —Desde luego —respondió Antonio con tanta paciencia como si se dirigiera a un niño—. Usted, claro, conoce a su primo; yo no. Considerémoslo como no habiendo desempeñado ningún papel en este suceso. No por ello queda menos en pie que alguien estaba en esta pieza cuando el hombre fue asesinado, y que la policía, naturalmente, querrá saber quién era. No cree usted que…

    Su mirada se posó en el teléfono.

    —…¿O prefiere que yo me encargue?

    Cayley, encogiéndose de hombros, se acercó al aparato.

    —Me permitiría… ¿Podría techar una ojeada por aquí? — preguntó Antonio, señalando la puerta abierta.
    —Cómo no.

    Cayley se sentó delante del teléfono.

    —Discúlpeme, señor Gillingham. Estoy tan vinculado con Marc, y de tan antiguo… Pero es evidente, tiene usted toda la razón…

    Y descolgó el receptor.


    * * *

    Supongamos que deseosos de visitar el escritorio por primera vez, entrásemos, viniendo del hall, por aquella puerta cerrada ahora con llave, pero que, bajo el influjo de una varita mágica, se abriese expresamente para nosotros. Al transponer el umbral, la pieza se extiende, en toda su longitud, a nuestra derecha y a nuestra izquierda o, más exactamente, sólo a la derecha, porque tenemos la pared de la izquierda casi al alcance de la mano; justo enfrente de nosotros atravesando por consiguiente el escritorio en su anchura, se halla a unos quince pies aquella otra puerta por la cual, hace algunos minutos, Cayley ha salido y vuelto después. En la pared de la derecha, alejada de nosotros unos treinta pies, se abre la puerta ventana. Cruzando el escritorio para salir por la puerta opuesta, desembocamos en un pasillo que conduce a dos habitaciones. Una a la derecha, aquella en que entró Cayley, representa menos de la mitad de la longitud del "escritorio"; es una piecita cuadrada que debió servir en algún tiempo de dormitorio. El lecho ya no está; pero queda un lavatorio en un rincón con canillas de agua fría y caliente, sillas, un armario una cómoda. La ventana está orientada exactamente en el mismo sentido que la puerta ventana del escritorio. Pero, si nos asomamos a la ventana del dormitorio, advertimos que inmediatamente a la derecha la vista aparece completamente bloqueada por la pared exterior del escritorio, que, más larga, sobresale alrededor de quince pies sobre el césped.

    La pieza que está frente al dormitorio es un cuarto de baño. Las tres habitaciones reunidas forman en conjunto un departamentito completo, utilizado quizá, en tiempo del precedente propietario, por algún inválido que no podía subir la escalera pero que Marc no había ocupado, salvo en lo que concierne a la pieza. Por otra parte, jamás se acostaba en la planta baja.

    Antonio echó una ojeada al cuarto de baño, después continuó su recorrido visitando la habitación a la que Cayley se había dirigido un rato antes. La ventana estaba abierta. Se aproximó para admirar el bien cuidado césped que se extendía ante él, y la apacible perspectiva del parque, en último plano. Sentíase verdaderamente apenado por el propietario de todas aquellas cosas hermosas, que se hallaba brutalmente mezclado a un tan horrible caso.

    "Cayley cree que es él quien mató a su hermano, pensó Antonio. Es evidente. Esto explica por qué perdió tanto tiempo golpeando esa puerta. ¿Por qué motivo, si no, se habría obstinado en romper aquella cerradura cuando le era tan fácil forzar una ventana? Desde luego, puede sencillamente que haya perdido la cabeza. Por otra parte, podría… Pues sí, bien podría haber hecho eso para proporcionar a su primo una probabilidad de huir. Lo mismo que cuando se trató de llamar a la policía y… otra porción de cosas. Así, por ejemplo, ¿por qué recorrimos semejante distancia en derredor de la casa para alcanzar la ventana? Por cierto que hay una salida por atrás, a la que se podía llegar atravesando el hall. Tendré que examinar esto más tarde."

    Antonio, como se ve, había conservado plena lucidez de espíritu. En el exterior, un paso resonó en el pasillo y volviéndose, percibió a Cayley que venía.

    Lo miró con atención un breve instante, haciéndose a sí mismo una pregunta, una pregunta asaz extraña en verdad: se preguntó por qué la puerta estaba abierta, o más bien, no exactamente por qué la puerta estaba abierta, lo que podía explicarse muy fácilmente, sino por qué había esperado él que estuviese cerrada. No recordaba haberla cerrado, pero no quedó por ello menos sorprendido de verla ahora abierta, con Cayley en el umbral, disponiéndose a entrar. Un trabajo inconsciente efectuado en su cerebro le había dado la impresión de que la cosa era sorprendente. ¿Por qué?

    Relegó provisoriamente aquella impresión a un rincón de su espíritu; la respuesta vendría más tarde. Poseía una memoria de maravillosa fidelidad. Cada una de sus sensaciones visuales o auditivas parecía registrar en su cerebro una impresión correspondiente, a menudo sin que él mismo tuviera conciencia de ello y esos clisés fotográficos permanecían siempre a su alcance, prontos a resurgir no bien los necesitase.

    Cayley vino a juntársele a la ventana.

    —He telefoneado —dijo—; van a enviar un inspector de Middleston, y la policía local de Stanton vendrá con un doctor. Henos ahora aquí en pleno —añadió, encogiéndose de hombros.
    —¿A qué distancia se encuentra Middleston?

    Era la estación para la cual Antonio había tomado boleto esa mañana misma, hacía unas seis horas apenas. ¡Cuan inverosímiles parecían esos acontecimientos!

    —¿A unas veinte millas? No tardarán en regresar.
    —¿Beverley y los otros?
    —Sí. Me parece que querrán abandonar la casa enseguida.
    —Valdría mucho más.
    —Cierto.

    Tras de un instante de silencio, Cayley preguntó:

    —¿Vive usted cerca de aquí?
    —Me he hospedado en el George Hotel, en Woodham.
    —Si está usted solo, me agradaría que viniera a alojarse aquí. Vea usted —continuó, como bajo el imperio de una creciente angustia—, será preciso que esté usted aquí para el sumario y… lo demás. Si me permite que le ofrezca la hospitalidad de mi primo en su… Quiero decir, si él no… si realmente ha…

    Antonio se apresuró a acudir en su ayuda, expresándole su agradecimiento y su aceptación.

    —…Perfectamente. Quizá Beverley se quede también, puesto que es uno de sus amigos. Es un excelente muchacho.

    Después de lo que Cayley había dicho y más aún de lo que había vacilado en decir, Antonio se sintió confirmado en su primera opinión de que Marc debió ser el último en ver a su hermano vivo. Pero no deducía de ello que Marc fuese un asesino. Los revólveres pueden dispararse accidentalmente y, cuando así ocurre, las personas emprenden la fuga perdiendo la cabeza a la sola idea de que podría no darse crédito a su versión del drama. Sin embargo, cuando esas personas han desaparecido, inocentes o culpables, no puede uno menos que preguntarse qué camino han tomado.

    —Supongo que no es por aquí —dijo en alta voz Antonio, inclinado sobre la ventana.
    —¿Qué? — preguntó duramente Cayley.
    —Bueno, el desconocido, o quien sea —respondió Antonio—. El asesino, o, si lo prefiere, el hombre que cerró la puerta con llave después que Robert Ablett fue muerto.
    —Me pregunto…
    —Vea. ¿Cómo habría podido salir de otro modo? No ha pasado por la ventana de la pieza vecina puesto que estaba cerrada.
    —¿No es verdaderamente extraño?
    —Sí, a mí también me pareció muy extraño en el primer momento; pero…

    Señaló la pared que formaba saliente, a la derecha:

    —…Fíjese: saliendo por aquí, se está protegido de todo el resto de la casa y se desemboca cerca del bosquecillo. Al contrario, pasando por la puerta ventana, la cosa es mucho más visible. Aquí usted está completamente fuera de la vista de toda esa parte de la casa, al oeste, casi al noroeste, donde se hallan la cocina y sus dependencias. Oh, ciertamente que, quienquiera que fuese, conocía el sitio, y no podía escoger nada mejor que salir por esta ventana. Se ha encontrado directamente en la espesura.

    Cayley lo miró con mayor atención.

    —Me parece, señor Gillingham, que para venir aquí por primera vez, conoce usted bastante bien la casa.
    —Oh —respondió Antonio riendo— he observado ciertas cosas. Nací observador, ¿sabe usted? Pero, ¿no tengo razón en lo que he dicho acerca de los motivos por que prefirió esta salida?
    —Sí, creo que tiene usted razón. Cayley miró del lado del bosquecillo:
    —…Ahora, ¿querrá usted sin duda ir a hacer observaciones allá?
    —Creo que podemos dejar ese rincón a la policía —contestó suavemente Antonio—. Es más bien… En fin, no es tan urgente.

    Un suspiro partió del pecho de Cayley, como si su respiración, interrumpida un instante en espera de la respuesta, recobrase su curso normal.

    —Gracias, señor Gillingham.


    IV
    EL HERMANO DE AUSTRALIA


    Los invitados de la Casa Roja estaban autorizados a hacer todo lo que les acomodaba, a condición de no transponer los límites de lo razonable; pero sólo Marc era el juez del carácter razonable o irrazonable de una ocupación y una vez que ellos mismos (o más a menudo Marc) habían trazado el programa de la jornada, debía éste ser puntualmente ejecutado. La señora Calladine, que conocía aquella pequeña manía de su huésped, se mostró así asaz refractaria a la sugestión de Bill, que proponía jugar una segunda partida por la tarde y no volver tranquilamente sino después de haber tomado el té. Los otros golfistas, desde luego, no deseaban otra cosa, pero la señora Calladine, sin mencionar explícitamente el descontento que experimentaría Marc, insistió enérgicamente en que habiéndose comprometido a estar de regreso a las cuatro, a esa hora debían volver.

    —Vea, con sinceridad, no creo que Marc necesite mucho de nosotros —dijo el mayor.

    Como había jugado muy mal por la mañana, quería aprovechar la tarde para demostrar que era capaz de desempeñarse mejor.

    —… Con ese hermano que le llega de Australia, se sentirá muy satisfecho de no tener que ocuparse de nosotros.
    —Es mi opinión —apoyó Bill—. Y a usted, señorita Norris, ¿le desagradaría jugar otra partida?

    La señorita Norris echó una mirada interrogadora a la señora Calladine.

    —Por supuesto, querida señora, si desea usted regresar, no insistiremos para retenerla aquí. Y luego, esto no puede ser divertido para usted, que no juega.
    —Justo una partida de nueve hoyos, mamá —rogó Betty.

    Bill se apresuró a apoyar su solicitud, añadiendo impulsivamente:

    —Es cierto, señora Calladine, el coche podría llevarla; anuncie que hemos resuelto jugar otra partida y el chófer volverá a buscarnos un poco más tarde.
    —La verdad es que hace aquí mucho más fresco de lo que yo hubiera creído —terció el mayor.

    La señora Calladine cedió. También ella, sentada en el umbral de la casilla de los jugadores, gozaba deliciosamente del fresco, y, en efecto, decíase, no le disgustaría a Marc verse libre de ellos por el momento. Concedió, pues, los nueve hoyos. El match se terminó sin que ninguno de los dos bandos hubiera podido triunfar del otro, y, como cada cual había jugado mucho mejor que por la mañana emprendieron todos muy satisfechos el camino de la Casa Roja.

    —Vaya —se dijo Bill, cuando la morada apareció a la vista—, ¿pues no es mi viejo Tony?

    Parado delante de la fachada, Antonio los esperaba. Bill agitó la mano, Antonio le respondió. Apenas se detuvo el coche, Bill, que estaba sentado al lado del chófer, saltó a tierra y le dio jubilosamente la bienvenida.

    —Buenas tardes, mi querido loco, ¡qué agradable sorpresa! ¿Viniste a quedarte aquí o… en fin, por alguna feliz casualidad?

    Lo asaltó una súbita idea.

    —…Al menos, no irás a hacerte pasar por el hermano de Australia perdido hace tanto tiempo, por el hermano de Marc Ablett. Te conozco lo bastante para saber que serías perfectamente capaz de ello.

    Estalló en una franca risa de muchacho.

    —Buenas tardes, Bill —respondió tranquilamente Antonio—. Haz el favor de presentarme. Tendré después por desgracia que participarte una mala noticia.

    Repentinamente calmado, Bill hizo las presentaciones. Como el mayor y la señora Calladine, aun sentados en el auto, eran los más próximos a él, fue a ellos que se dirigió Antonio con voz sorda:

    —Lamento verme obligado a causarles una desagradabilísima emoción: Robert Ablett, el hermano del señor Marc Ablett, ha sido muerto aquí mismo, en la casa.
    —¡Dios mío! — ¿Cómo? ¡Pero es espantoso! — exclamó el mayor.
    —¿Quiere usted decir que acaban de matarlo, apenas llegado? — preguntó la señora Calladine.
    —Hace unas dos horas.

    Se volvió a medias hacia Beverley:

    —Tuve la idea de pasar por aquí, para verte, Bill, y llegué justo después del… después de la muerte. El señor Cayley y yo encontramos el cadáver. Como el señor Cayley está muy ocupado en este momento… hay policías, médicos y mucha gente en la casa… me encargó que los pusiera al corriente. Cree que sin duda preferirán ustedes, ahora que sus distracciones han sido interrumpidas por tan trágicas circunstancias, partir lo antes posible. Les dirigió una sonrisa de excusa y prosiguió:
    —…Perdón, expreso mal mi pensamiento. Lo que quiero decir, por supuesto, es que cada uno de ustedes no debe aconsejarse sino de sus propios sentimientos y adoptar con entera libertad las disposiciones que le convengan, sobre todo en lo que concierne al coche, que está a disposición de ustedes para conducirlos al tren que elijan. Me dicen que hay uno esta noche, que podrían ustedes tomar si lo desean.

    Boquiabierto, Bill continuaba clavando en Antonio una mirada de estupefacción. No encontraba en su vocabulario, para expresar lo que hubiera querido, otras palabras que las ya empleadas por el mayor. Betty se inclinó hacia la señorita Norris y le preguntó con voz espantada:

    —¿Quién fue muerto?

    La señorita Norris, que instintivamente había adoptado un aire tan trágico como en el escenario, cuando un mensajero venía a anunciarle la muerte de un camarada, se recogió antes de contestarle. La señora Calladine recobró con bastante prontitud su calma.

    —Nuestra presencia corre riesgo de tornarse muy molesta —dijo, lo comprendo perfectamente. Pero, porque un acontecimiento tan terrible haya ocurrido aquí, no debemos contentarnos con partir de este modo sin ver siquiera a Marc. Es con él que debernos combinar lo que conviene hacer. Es indispensable que sepa hasta qué punto lo acompaña toda nuestra simpatía. Quizá, también, nos…
    —El mayor y yo —dijo Bill—, podríamos sin duda prestar algunos servicios. ¿No es lo que quería usted decir, señora Calladine?
    —¿Dónde está Marc? — preguntó bruscamente el mayor, mirando a Antonio recto en los ojos.

    Antonio no se inmutó y, por toda respuesta, lo miró a su vez de frente.

    Entonces el mayor, inclinándose hacia la señora Calladine, le dijo suavemente:

    —Creo que haría usted mejor en conducir a Betty de vuelta a Londres esta misma noche. Asintió su compañera.
    —De acuerdo. ¿Vendrá usted con nosotros, Ruth?
    —Los acompañaré —agregó Bill, con aire resignado.

    No comprendía aún perfectamente lo que ocurría y, como había proyectado pasar todavía una semana en la Casa Roja, no sabía muy bien, ahora que todo había cambiado, dónde se refugiaría en Londres. Pero, puesto que era hacia Londres que todos sus compañeros parecían querer dirigirse… En todo caso de aquí a entonces hallaría sin duda una ocasión de conversar a solas con Antonio. Éste le explicaría…

    —Cayley te pide que te quedes, Bill. En cuanto a usted, mayor Rumbold, debía partir mañana, de todas maneras, ¿no?
    —Sí. Acompañaré a la señora Calladine.
    —El señor Cayley me ha encargado instarlo a que no vacile en dar usted mismo sus órdenes tanto para el coche como para toda comunicación telegráfica o telefónica que pueda serle útil.

    Después de una nueva sonrisa, añadió:

    —…Discúlpeme si asumo iniciativas que normalmente no debieran incumbirme. Sólo el azar me ha puesto a disposición del señor Cayley justo en el momento en que precisaba ayuda…

    Saludó y volvió a entrar en la casa.

    —¡¡Así es la vida! — profirió la señorita Norris en su más dramático tono.

    En el instante en que Antonio tornaba al hall, el inspector enviado de Middleston lo atravesaba para ir a reunirse con Cayley en la biblioteca. Se detuvo este último e hizo señas a Antonio:

    —Un momento, inspector, por favor. He aquí al señor Gillingham. Sería mejor que nos acompañara. Luego, dirigiéndose a Antonio:
    —…Le presento al inspector Birch. El señor Gillingham y yo hemos hallado juntos el cuerpo, inspector.
    —Ah, comprendo. Entremos… Vamos a poner un poco más de orden en los detalles del caso. Mi primer cuidado, señor Gillingham, es siempre saber exactamente, en cada situación, dónde estoy.
    —Es lo que todos deseamos.
    —Oh oh —exclamó el inspector, mirando a Antonio con mayor interés—. Entonces, en el caso que nos ocupa, ¿cree usted saber dónde estamos?
    —Sé, al menos, dónde estaré yo dentro de un momento.
    —¿Y dónde, si me hace el favor?
    —En el banquillo del inspector Birch —replicó Antonio sonriendo. El inspector rió de buena gana.
    —Lo molestaré únicamente en la medida de lo indispensable. Sígame haga el favor.

    Entraron en la biblioteca. El inspector se sentó delante de una mesa, y Cayley se ubicó junto a él, en una silla. Antonio se repantigó en un buen sillón y así instalado, aguardó el interrogatorio.

    —Comencemos por la víctima —continuó el inspector—. ¿Su nombre, decía usted, es Robert Ablett? Sacó de su bolsillo su libreta de notas.
    —Sí, hermano de Marc Ablett, que vive aquí.
    —¡Ah! — y comenzó a afilar un lápiz—. ¿Vive usted en la casa?
    —Oh, no.

    Antonio, que no conocía nada de Robert Ablett, escuchó con vivo interés las explicaciones que a ese respecto suministró Cayley.

    —Ah, lo habían obligado a expatriarse como indeseable… ¿Qué tenían que reprocharle?
    —No sé muy bien. Yo no tenía en ese entonces más que doce años, edad en que se nos prohibe formular preguntas.
    —Preguntas fastidiosas, al menos.
    —Exactamente.
    —De modo que no ha llegado usted a saber si era simplemente un indeseable o… ¿si tenían cosas más serias que reprocharle?
    —No.

    Cayley completó su pensamiento:

    —…El viejo Ablett era clérigo. Puede ocurrir que un clérigo juzgue severamente una falta que parecería trivial al común de los mortales.
    —Es muy posible, señor Cayley —dijo el inspector sonriendo—. En todo caso, ¿preferían saberlo en Australia?
    —Sí.
    —¿Marc Ablett no hablaba jamás de él?
    —Casi nunca. Tenía vergüenza y… estaba visiblemente satisfecho dé que el otro estuviese en Australia.
    —¿Le escribía algunas veces a Marc?
    —Muy pocas. Quizá lo hizo tres o cuatro veces en el curso de los últimos cinco años.
    —¿Pedidos de dinero?
    —Es más que probable. No creo que Marc le haya jamás respondido. Que yo sepa, nunca le envió dinero.
    —Ahora, ¿su opinión personal, señor Cayley? ¿Piensa usted que Marc se haya mostrado injusto hacia su hermano exageradamente duro a su respecto, sin razón plausible?
    —Aun de niños, jamás experimentaron ninguna simpatía, ningún afecto el uno por el otro. Ignoro de quién fue la culpa, o si fue de ambos.
    —Pero, ¿Marc hubiera podido ayudarlo un poco?
    —Tengo entendido —dijo Cayley—, que Robert había pasado toda su vida solicitando ayuda de todos lados. El inspector hizo una señal de asentimiento:
    —Conozco esa clase de hombres. Ahora, volvamos a los acontecimientos de esta mañana. Esa carta que recibió Marc, ¿la vio usted?
    —No enseguida. Me la mostró después.
    —¿Llevaba una dirección?
    —No. Era una media hoja de papel… un papel bastante sucio.
    —¿Dónde está ahora?
    —No sé. En el bolsillo de Marc, supongo.
    —Ah, bueno… ya nos ocuparemos después. ¿Puede recordar el texto de la misiva?
    —Hasta donde me acuerdo, era algo así:

    "Marc:

    Tu afectísimo hermano irá a verte mañana, después de haber atravesado expresamente la distancia que te separa, de Australia. Te lo advierto para que puedas ocultar tu sorpresa, aunque no, así lo espero, tu alegría. Aguárdalo a eso de las tres."

    El inspector sacó copia del texto con el mayor cuidado.

    —¿Se fijó usted en la estampilla?
    —La carta venía de Londres.
    —¿Y cuál fue la actitud de Marc?
    —De fastidio, de disgusto. Cayley vacilaba.
    —¿De aprensión?
    —No exactamente, o, si quiere usted, la aprensión de un encuentro desagradable, pero no de consecuencias molestas para él mismo.
    —¿Quiere usted decir que no parecía esperar violencias, extorsión o algo parecido?
    —No tenía aspecto, no.
    —Bien. ¿Robert llegó, dice usted, a eso de las tres?
    —Sí, por ahí.
    —¿Qué personas se hallaban en la casa en ese momento?
    —Marc y yo y algunos criados, ignoro cuáles. Por otra parte, de seguro se ocupará usted de interrogarlos directamente…
    —Así lo haré, con su permiso. ¿Ningún amigo, ningún huésped?
    —Habían partido a jugar al golf, por todo el día —explicó Cayley—. Oh, a propósito, perdone que lo interrumpa un momento, ¿necesita verlos? La estada aquí ya no será muy alegre para ellos, naturalmente. Por eso les he sugerido…

    Se volvió hacia Antonio, que le confirmó con una señal de cabeza que todo se había arreglado según sus deseos.

    —…Supongo que querrán volver a Londres esta noche. No verá usted inconveniente en ello, espero.
    —Me dará usted sus nombres y direcciones para el caso que necesite comunicarme con ellos.
    —Por supuesto. Uno de ellos se quedará aquí. Podrá usted verlo más tarde, si desea; recién volvían del campo de golf en el momento en que atravesábamos el hall.
    —Perfectamente, señor Cayley. Ahora, volvamos a las tres. ¿Dónde se hallaba usted cuando llegó Robert?

    Cayley explicó que estaba sentado en el hall y que Audrey lo había abordado para preguntarle dónde se encontraba su patrón; le respondió él que la última vez que lo había visto, se dirigía al Templo.

    —…Partió ella, y yo continué mi libro. Un paso en la escalera me hizo alzar los ojos; percibí a Marc que descendía. Entró en el escritorio y reanudé mi lectura. Fui un momento a la biblioteca para buscar una referencia en otro libro y allí me encontraba todavía cuando oí una detonación, o al menos un ruido violento… No estaba seguro que fuese una detonación. Permanecí inmóvil, con el oído alerta. Luego me encaminé suavemente a echar una ojeada a la puerta. Regresé, vacilé un momento, usted comprenderá, y me decidí por último a entrar en el escritorio para asegurarme de que no había ocurrido nada de malo. Fue al intentar abrirla que descubrí que la puerta estaba cerrada con llave. Entonces sentí miedo, descargué puntapiés contra la puerta, grité y… en esos precisos momentos es que llegó el señor Gillingham.

    Continuó explicando cómo habían hallado el cuerpo.

    El inspector lo miró sonriendo.

    —Está bien, señor Cayley. Por supuesto, tendrá usted que volver sobre ciertos puntos de su deposición para completar algunos detalles. Hablemos ahora del señor Marc. Creía usted que estaba en el Templo. ¿Habría podido regresar y subir después a su cuarto sin ser visto por usted?
    —Hay escaleras de servicio. Pero no recurre ordinariamente a ellas. Por otra parte, yo no pasé toda la tarde en el hall. Muy bien pudo haber subido sin que yo lo viera.
    —¿De modo que no se sorprendió usted al verlo descender?
    —Oh, en absoluto.
    —¿Y al pasar dijo algo?
    —Dijo: "¿Robert está aquí?" o algo parecido. Supongo que había oído el timbre, o las voces en el hall.
    —¿En qué dirección se abre la ventana de su cuarto? ¿Habría podido ver a su hermano llegar por la avenida de acceso?
    —Sí, habría podido verlo.
    —Bien, ¿y después?
    —Entonces, le dije: "Sí"; tuvo como un encogimiento de hombros y me recomendó: "No te alejes demasiado, que podría necesitarte". Luego, entró.
    —Según usted ¿qué significaba esa recomendación?
    —Oh, me consulta mucho. En cierto modo, soy para él su consejero oficioso.
    —¿Se trataba de una entrevista de negocios más bien que de un encuentro fraternal?
    —Estoy seguro que así lo consideraba.
    —¿Al cabo de cuánto tiempo oyó usted la detonación?
    —Fue muy rápido: dos minutos, quizá.

    El inspector completó sus notas; permaneció pensativo, luego, volviéndose bruscamente hacia Cayley, le preguntó a boca de jarro:

    —¿Cómo explica usted la muerte de Robert? Cayley se encogió de hombros.
    —Probablemente dispone usted de más experiencia que yo en esta clase de asuntos. Es su profesión. Yo no podría hablar sino como profano y como amigo de Marc.
    —Con todo…
    —Bueno, pienso que Robert vino aquí con la premeditada intención de provocar un escándalo, trayendo consigo un revólver que sacó enseguida. Marc debió tratar de arrancárselo. Hubo sin duda una corta lucha y el disparo partió. Viéndose con un arma en la mano y un hombre muerto a sus pies, Marc perdió la cabeza. Su única idea ha sido salvarse. Cerró la puerta con llave casi instintivamente y, cuando me oyó golpear, huyó por la ventana.
    —En efecto, eso parece bastante razonable. ¿Qué dice usted, señor Gillingham?
    —Que nunca es bueno perder la cabeza —respondió.

    Antonio, abandonando su sillón para acercarse a ellos.

    —En fin, comprenderá usted lo que yo quería decir: mi hipótesis explicaría ciertas cosas.
    —Oh, evidentemente. Toda otra explicación complicaría mucho más las cosas.
    —¿Tendría usted otra explicación que ofrecernos?
    —¿Yo?, no.
    —¿Y hay algún punto acerca del cual desearía rectificar las declaraciones del señor Cayley? ¿Algún detalle que hubiera él olvidado, concerniente a lo que ocurrió después de su llegada?
    —No, su relato me ha parecido muy preciso.
    —Hablemos un poco de usted, ahora. ¿No vive en esta casa si mal no he comprendido?

    Antonio expuso en virtud de qué serie de circunstancias se hallaba allí.

    —Bien. ¿Oyó usted el disparo?

    Antonio inclinó la cabeza a un lado, como para escuchar.

    —Sí, justo al llegar a la vista de la casa. No percibí la impresión en el momento, pero ahora lo recuerdo.
    —¿Dónde estaba usted, exactamente?
    —Subía por la avenida. Iba a alcanzar la casa.
    —¿Nadie salió de la habitación por la puerta grande, después de la detonación?

    Antonio cerró los ojos y se concentró antes de responder.

    —No, nadie.
    —¿Está seguro?
    —Absolutamente seguro —confirmó Antonio en tono resuelto, como sorprendido de que hubieran podido suponer un error de su parte.
    —Gracias. Si necesito de usted, ¿lo encontraré en la posada?
    —El señor Gillingham habitará aquí hasta después del sumario —explicó Cayley.
    —Bien. Y ahora, los criados…


    V
    EL SEÑOR GILLINGHAM ELIGE UNA NUEVA PROFESIÓN


    Mientras Cayley se acercaba a la campanilla, Antonio se levantó, despidiéndose del inspector, y se dirigió hacia la puerta.

    —¿Supongo que ya no me necesitará?
    —No, gracias, señor Gillingham. ¿No se aleja, naturalmente?
    —Claro que no. El inspector vaciló.
    —Creo, señor Cayley, que sería preferible que yo pudiera conversar sin testigos con los sirvientes. Ya sabe cómo son: cuanta más gente hay en su derredor, más se aturden. Llegaré más fácilmente a arrancarles la verdad si estoy solo frente a cada uno.
    —Desde luego. Me preparaba, precisamente, a rogarle que me excusase. Me desagradaría que pareciese que descuido a mis huéspedes, por más que el señor Gillingham haya consentido tan amablemente…

    Concluyó su frase con una sonrisa en dirección a Antonio, que lo esperaba cerca de la puerta.

    —Ah, a propósito de sus huéspedes —continuó el inspector—, ¿no me dijo usted que uno de ellos permanecería aquí? ¿No era el señor Beverley el amigo del señor Gillingham?
    —Sí, ¿quiere verlo?
    —Después, si puedo.
    —Voy a prevenirles. Si necesita de mí, para lo que fuere, estaré en el piso superior en una pieza donde trabajo. Cualquiera de los sirvientes puede indicarle el camino. Ah, Audrey, el inspector Birch quisiera hacerle algunas preguntas.
    —Bien, señor —respondió Audrey en un tono ceremonioso que no obstaba para que en el fondo se sintiese sumamente turbada.

    Un eco de los últimos acontecimientos había resonado, naturalmente, en el office, y Audrey no se había dado punto de reposo refiriendo a cada uno lo que había dicho el hermano del señor Marc y lo que ella misma había respondido. Desde luego, algunos detalles quedaban por precisar, pero ciertos puntos importantes se daban ya como definitivamente sabidos: por ejemplo, que el hermano del señor Marc se había matado; que el señor Marc se había volatilizado, y que Audrey, al abrirle a aquél la puerta, enseguida advirtió a qué inquietante clase de individuo pertenecía. No omitió tampoco transmitirle enseguida la observación a la señora Stevens y ésta no había cesado de declarar que cuando los hombres parten así para Australia, es que tienen sus razones…

    Elsie estaba de acuerdo con ambas, pero tenía una contribución suplementaria que aportar por su propia cuenta: había positivamente oído al señor Marc, en el escritorio, amenazar a su hermano.

    La segunda camarera había intentado poner en duda aquella declaración:

    —¿Quiere usted decir que era el señor Robert quien amenazaba?

    Mientras dormía una siestita en su pieza, la había despertado sobresaltada un gran ruido, una especie de sordo estallido.

    —Pues no, era la voz del señor Marc —mantenía firmemente Elsie.
    —¿Implorando gracia, entonces? — intervino con fuego la hija de la cocinera, que escuchaba a la puerta y a quien las otras hicieron comprender sin más tardanza que no le correspondía tomar parte en la deliberación. Pero, ¡es tan penoso escuchar en silencio cuando tan bien se sabe, por la lectura de los folletines, cómo suelen pasar las cosas en tales casos!
    —Tendré que enseñarle a esta chica indiscreta a guardar su lugar —había proclamado la señora Stevens—. Continúe, Elsie.
    —Pues bien, dijo… Lo oí con mis propios oídos, que decía: "Ahora me ha llegado la vez", y pronunciaba estas palabras con aire de triunfo.
    —Me parece que exagera usted calificando de amenaza esa frase…

    Sin embargo, Audrey se acordó del relato de Elsie cuando se halló en presencia del inspector Birch. Aportó su propio testimonio con la soltura de quien lo sabe a conciencia por haberlo repetido ya veinte veces. El inspector la interrogó y volvió a interrogarla con gran minuciosidad. En varias ocasiones se sintió tentado de hacerle notar: "Lo que dijo usted al visitante no tiene ningún interés para mí". Pero se contuvo, pensando que era preciso pasar por ahí para saber exactamente de qué manera el visitante se había presentado. Audrey sentíase infinitamente halagada de las miradas y las palabras que le prodigaba el policía, pero parecía éste haberse hecho desde largo tiempo una idea exacta de lo insignificante de los informes que estaba ella en condiciones de darle.

    —En suma, ¿no ha visto usted al señor Marc?
    —No, señor, debió regresar antes que yo lo buscase y subir a su cuarto, o más probablemente entrar de nuevo por la puerta principal mientras yo salía por atrás.
    —Bien. Creo que es todo lo que quería preguntarle. Le agradezco mucho. Ahora, los otros criados…

    Elsie oyó al señor Marc y al señor Robert que hablaban —continuó Audrey, presurosa— Decía… Quiero decir, el señor Marc…

    —Más vale que sea Elsie misma quien me cuente lo que ha oído. Y esa Elsie, ¿quién es?
    —Una de las camareras. ¿Hay que mandársela, señor?
    —Sí, hágame el favor.

    Elsie se alegró tanto más de aquella convocatoria cuanto que estaba en tren de recibir de parte de la señora Stevens una avalancha de reproches relativos a su conducta en el curso de la tarde. Pensó que habían escogido muy bien el momento de llamarla. De oír a la señora Stevens, el crimen cometido aquel mismo día en el escritorio no era nada comparado con el doble crimen imputable a la infortunada Elsie, que sólo demasiado tarde comprendió que hubiera hecho mejor en no decir palabra de su presencia en el hall después del almuerzo. Pero era tan incapaz de callar la verdad como perspicaz la señora Stevens para descubrirla. Demasiado sabia la pobre chica, sin embargo, que nada tenía que hacer a semejante hora en la escalera principal. Qué pobre excusa explicar que salía del cuarto de la señorita Norris situado cerca de lo alto de la escalera, y que no había atribuido importancia a su acto puesto que no había nadie en el hall… El aplastante argumento permanecía en pie: ¿qué tenía ella que hacer en el cuarto de la señorita Norris? En vano habría invocado circunstancias atenuantes:

    —No hice más que entrar para devolver una revista.
    —¿Prestada por la señorita Norris? — preguntaría enseguida la voz acusadora.
    —¿Prestada? No, no exactamente.
    —¡Realmente, Elsie, semejantes cosas en una casa decente!

    ¿Qué habría ganado la culpable con precisar en su defensa que una nueva novela de su autor favorito estaba anunciada en la tapa, con una imagen representando al bandido rompiéndose el cuello contra las rocas?

    —Así concluirás tú también, hija, si no quieres ser más seria —terminaría la señora Stevens en su más firme tono.

    Por fortuna, no era cuestión de confesar todos sus crímenes al inspector Birch. Todo lo que podía interesarle era que al pasar por el hall había oído ella voces provenientes del escritorio.

    —Entonces, ¿se detuvo usted para escuchar?
    —De ningún modo —replicó Elsie en tono de dignidad ofendida. Decididamente, ¡nadie la comprendería jamás!
    —Cruzaba simplemente el hall, como habría podido hacerlo usted mismo, sin suponer que tuvieran secretos que decirse. Desde luego, no me taponé los oídos, como sin duda hubiera debido hacerlo.

    Dejó oír algunos suspiros, anunciadores de una crisis de lágrimas.

    —Vamos, vamos —intervino el inspector, procurando calmarla del mejor modo posible—, no quise insinuar en absoluto…
    —Todos son muy injustos conmigo —sollozó Elsie—. Cuando veo a ese pobre muerto acostado allá… Bueno, pues si fuera yo quien hubiera muerto, ahora lamentaría haberme hablado tan duramente como lo han hecho hoy…
    —Pero no, no es razonable de su parte. Al contrario, vamos a estar orgullosos de usted. No me sorprendería que su testimonio adquiriese una importancia considerable. En suma, ¿qué es exactamente lo que oyó usted? Trate de recordar las palabras precisas.
    —Algo a propósito de trabajar en un pasaje —respondió Elsie.
    —¿Quién decía eso?
    —El señor Robert.
    —¿Cómo supo usted que era el señor Robert? ¿Había oído ante su voz?
    —No llegaré a decir que podía reconocer al señor Robert; pero, ¿no le parece?, como no era ni el señor Marc, ni el señor Cayley, ni ninguno de los otros señores, y como la señorita Stevens había hecho entrar al señor Robert en el escritorio no hacía aún cinco minutos…
    —Perfectamente —interrumpió el inspector—. Era el señor Robert, muy probablemente. ¿Trabajar en un pasaje?
    —Es lo que comprendí, señor.
    —Trabajar para pagar su pasaje, quizá. ¿Cree usted que podía ser eso?
    —Oh, sí, eso precisamente —confirmó vivamente Elsie.
    —Sin duda; trabajó a bordo del buque para cubrir los gastos de la travesía. ¿Y después?
    —Entonces, el señor Marc dijo muy fuerte, con una especie de acento de triunfo: "Ahora me ha llegado la vez: ¡espera un poco!"
    —¿De triunfo?
    —Sí, como para decir que al presente el momento favorable había llegado al fin para él.
    —¿Es todo lo que oyó usted?
    —Es todo, señor, porque no me detuve para escuchar; pasaba justamente por el hall como podía haberlo hecho en cualquier otro momento.
    —Bien. Es muy importante, Elsie. Le agradezco.

    No olvidó el dirigirle su más amable sonrisa antes de retirarse y, muy tranquilizada, tornó a la cocina. Poco le importaban ahora las descorteses observaciones de la señora Stevens o de otros.

    Entretanto, Antonio había emprendido algunas investigaciones por su cuenta. Un punto, en particular, continuaba intrigándolo. Se trasladó por el hall a la delantera de la casa y allí, de pie cerca de la puerta abierta, consideró la avenida de acceso. Cayley y él habían dado, corriendo, la vuelta de la casa por la izquierda; ciertamente, hubiera sido más corto tomar por la derecha. La puerta de entrada no estaba en medio del edificio, sino casi en la esquina. Pero quizá, a la derecha, estuviese el camino obstruido por un obstáculo, una pared… Se dirigió de aquel lado, halló un sendero que contorneaba la casa y llegó a la vista de la ventana del escritorio. ¡Muy sencillo, y casi dos veces más corto que por la izquierda! Avanzó todavía unos pasos y se encontró, apenas dejada atrás la ventana con los vidrios rotos, delante de una puerta que abrió sin esfuerzo. Daba a un corredor. Aquel corredor se terminaba por otra puerta que no opuso más resistencia que la precedente y que lo condujo derecho al hall.

    "Con toda evidencia, pensó, este camino es el más corto de los tres: atravesar el hall, salir por detrás, volver a la izquierda, y ya está. En vez de esto, es siguiendo el más largo que dimos la vuelta a la casa. ¿Por qué? ¿Era para dar a Marc más tiempo de escapar? Sólo que, en este caso, ¿por qué correr? Y luego, ¿cómo Cayley habría podido saber en ese momento que era Marc quien intentaba salvarse? Si adivinaba, o, digamos, más bien, si temía, que el uno hubiera muerto al otro, era mucho más probable que fuese Robert quien había matado a Marc. En realidad, bien reconoció después que tal era su pensamiento, puesto que sus primeras palabras, tan pronto volvió el cuerpo, fueron: "¡Gracias a Dios! ¡Temí que fuera Marc!" ¿Por qué, entonces, había querido procurar a Robert la posibilidad de huir y, una vez más, si su propósito era ganar tiempo, por qué correr?"

    Antonio fue a sentarse detrás de la casa, en un banco del césped, no lejos de la ventana del escritorio.

    —"Veamos, reflexionó, tratemos de penetrar muy minuciosamente en el estado de espíritu de Cayley y preguntémonos qué puede darnos ese estudio. Cayley está sentado en el hall, cuando introducen a Robert en el escritorio. La camarera sale en busca de Marc, y Cayley reanuda la lectura de su libro. Marc desciende la escalera, ruega a Cayley que permanezca cerca para el caso de que lo necesite y va a reunirse con su hermano. ¿Cuáles son las eventualidades que puede prever Cayley en ese instante? Puede que no recurran a él; puede que lo llamen para solicitarle consejo, a propósito del pago de las deudas de Robert, por ejemplo, o del mejor medio de asegurar su retorno a Australia; no es imposible que su fuerza muscular sea puesta a contribución para expulsar por la violencia a un Robert demasiado intratable. Permanece pues, ahí, sentado, algunos instantes, luego pasa a la biblioteca. ¿Por qué no? Todavía se mantiene lo bastante cerca como para intervenir al primer llamado. De pronto, oye un disparo. Y una detonación de revólver es lo último que se espera oír en una casa de campo. Es natural que en el primer instante no haya comprendido exactamente de qué se trataba. Escucha. No oye más nada. Quizá no fuera un disparo. Transcurren algunos segundos. Retorna a la puerta de la biblioteca. Ahora, aquel profundo silencio lo inquieta. ¿Era una detonación? ¡Es absurdo, verdaderamente! Empero, no habría ningún inconveniente en entreabrir la puerta del escritorio, bajo un pretexto cualquiera, simplemente para tranquilizarse. Ensaya. La puerta está cerrada con llave. ¿Cuáles son al presente sus emociones? La inquietud, la incertidumbre. Algo ocurre de anormal. Por inverosímil que parezca, quizá fuese, a pesar de todo, un disparo. Y helo aquí golpeando la puerta y llamando a Marc. No hay respuesta. ¿Inquietud? Sí, ciertamente. Pero, ¿inquietud por la seguridad de quién? De Marc, sin duda alguna. Robert no es para él más que un extraño; Marc, su amigo íntimo. La carta de Robert recibida por la mañana es la de un hombre muy mal dispuesto. Robert tiene un carácter violento; Marc es un hombre de refinada civilización. Si una querella se ha producido entre ambos, es Robert quien ha matado a Marc. Sacude la puerta con renovado furor.

    "Desde luego, a Antonio, que se ha presentado inopinadamente, la conducta de Cayley ha parecido absurda. Pero, ¡qué!, en el primer momento, Cayley perdió la cabeza. Eso hubiera podido ocurrirle a cualquiera. Por otra parte, tan pronto como Antonio le sugirió la idea de la ventana, Cayley comprendió que era lo único que quedaba por hacer y le mostró el camino. El camino más largo…

    "¿Por qué razón? ¿Para permitir al asesino alejarse? Si había pensado que Marc era el asesino, sí, quizá; pero debe, al contrario, estar convencido que es Robert. A menos que él mismo no quiera ocultar algo, no puede dejar de pensar eso. Además, esta idea concuerda con la palabra que pronuncia al comprobar que el cadáver es el de Robert: "¡Temí que fuese Marc!" No tenía ninguna razón, entonces, de querer perder tiempo. Al contrario, una fuerza instintiva debía normalmente impulsarlo a precipitarse en el cuarto por las vías más rápidas, para prender a Robert. A pesar de ello, adopta el circuito más largo en derredor de la casa. ¿Por qué? Y todavía, ¿por qué correr?

    "Se podría sostener, naturalmente, que Cayley no era más que un poltrón, que no sentía mucha prisa por acercarse al revólver de Robert y que procuraba a la vez dar la impresión de la más espontánea prisa. Sería una explicación. Pero, obligaría a admitir que Cayley era un cobarde. ¿Lo era, realmente? En todo caso, fue el primero en aplicar animosamente su rostro a los vidrios. No, hacía falta una respuesta mejor que aquélla."

    Permaneció sentado, tan sumido en sus reflexiones, que su pipa, que había olvidado encender, siguió fría entre sus dedos. Tenía todavía una o dos ideas en el fondo de su cerebro, dispuestas, si las evocaba, a dejarse examinar; pero no juzgó favorable el momento para hacerlas comparecer. Les llegaría más tarde el turno, cuando las necesitase.

    De pronto, encendió su pipa y se echó a reír.

    "¡Yo, que buscaba una nueva ocupación! Pues ya la encontré! ¡Antonio Gillingham, detective privado! No suena mal. Comienzo hoy mismo…"

    Piénsese lo que se quiera de los títulos de Antonio para esta nueva profesión, debe reconocerse que estaba dotado de un espíritu vivo y claro, y este espíritu le mostraba que era él actualmente la única persona de la casa que se hallaba absolutamente libre de todo prejuicio para emprender la búsqueda de la verdad. El inspector había llegado en el momento en que se comprobaba la muerte de un hombre y la desaparición de otro. Era muy probable, sin duda, que el desaparecido hubiese asesinado al otro. Pero era más que muy probable, casi cierto, que, para el inspector, la solución aquella muy probable sería considerada la única verdadera como punto inicial de sus indagaciones; tras de lo cual, no se sentiría dispuesto a encarar sin prevenciones otra explicación. En cuanto a los otros, Cayley, los invitados, los criados, ya tenían todos sus posturas adoptadas, o en favor de Marc o quizá contra Marc. Tenían motivos diversos para sostenerse o combatirse. De acuerdo a las conversaciones de la mañana, de acuerdo a lo que sabían de Robert, eran todos presa de opiniones preconcebidas. Ninguno de ellos estaba en condiciones de considerar aquel caso con espíritu enteramente imparcial. Antonio, podía. De Marc no sabía nada, y tampoco de Robert. Lo había visto muerto antes mismo de saber su nombre, se había enterado de que una tragedia acababa de ocurrir antes de ser informado de que un hombre había desaparecido. Las primeras impresiones, que adquieren después una importancia decisiva, las había recibido de hechos escuetos; estaban fundadas en el testimonio directo de sus sentidos, no sobre sus emociones o las percepciones de otros testigos. Su situación para descubrir la verdad debía ser mucho mejor que la del inspector.

    Quizá Antonio, al formularse a sí mismo esta animadora conclusión, no se mostraba muy justo con respecto al calificado representante de la autoridad. Desde luego Birch estaba dispuesto a creer que Marc había matado a su hermano (testimonio de Audrey); Marc había regresado para entrevistarse con él (testimonio de Cayley); los habían oído hablar (testimonio de Elsie) hubo un disparo (testimonio general); al entrar en la pieza, habían descubierto el cuerpo (testimonio de Cayley y de Gillingham), y Marc permanecía invisible. En apariencia, pues, Marc había matado a su hermano, o accidentalmente, como lo creía Cayley, o voluntariamente, como tendía a hacerlo creer la declaración de Elsie. No existía ningún interés en buscar para tal problema una solución difícil cuando la solución fácil no presentaba ninguna falla. Pero desde otro punto de vista, Birch hubiera preferido la solución difícil, por más brillante para su propio prestigio. El "sensacional" arresto de uno de los habitantes de la casa lo hubiera hecho más feliz que una vulgar persecución de Marc a través del campo. Era preciso encontrar a Marc, inocente o culpable. Mas, no por ello quedaba menos en pie que otras soluciones podían ser también consideradas…

    No hubiera carecido de interés para Antonio saber que mientras se entregaba a sus reflexiones y regocijábase de su superioridad sobre un inspector trabado por ciertas prevenciones, ese mismo inspector acariciaba sin repugnancia la idea de una eventual relación a establecer entre el caso que lo ocupaba y la brusca aparición en la casa de un tal Gillingham. ¿Era realmente por efecto de una simple coincidencia que éste había surgido así en medio del drama? Las respuestas de Beverley, interrogado respecto a su amigo, fueron por demás sorprendentes. ¿Un comisionista de ventas de tabaco? ¿Un mozo de café? Curioso personaje, aquel señor Gillingham… A no perderlo de vista.


    VI
    ¿EN EL EXTERIOR O EN EL INTERIOR?


    Los huéspedes se habían despedido de Cayley, cada uno a su manera. El mayor, con brusquedad y sencillez: "Si me necesita, a sus órdenes. Todo lo que dependa de mí… hasta la vista"; Betty, silenciosamente simpática, con mil sentimientos que el temor impedía expresar, en sus grandes ojos; la señora Calladine, asegurando que le faltaban las palabras, mientras vertía un torrente de ellas la señorita Norris combinando tan variadas intenciones en un amplio gesto de desesperación, que el uniforme agradecimiento dirigido a cada uno por Cayley hubiese podido ser interpretado, en lo que a ella se refería, como la expresión de gratitud de un espectador después de una representación teatral.

    Bill los había acompañado hasta el coche. Luego de haber participado en los adioses y estrechado la mano de Betty con particular solicitud, fue a reunirse con Antonio en el banco del césped.

    —Bueno, pues vaya un extraño caso —dijo, sentándose junto a él.
    —Muy extraño, William.
    —¡Y tú llegaste justo para caer en medio!
    —Exactamente —respondió Antonio.
    —Lo que hará que puedas serme útil. Circulan diversos rumores; hay misterios, y ese buen inspector, en vez de responder a las preguntas que le hice acerca del crimen, acerca de lo ocurrido, buscaba por todos los medios volver la conversación a las circunstancias en que te había conocido y otros detalles igualmente inútiles. Pero cuéntame, ¿cómo ocurrió el drama?

    Antonio le refirió con la brevedad posible lo que acababa de decir al inspector, subrayando Bill su relato con algunas exclamaciones.

    —Todo esto va a hacer ruido. Pero me pregunto para qué me quieren en verdad… A los otros los han despedido con toda urgencia, excepto a mí, y heme aquí mezclado en el caso por ese inspector, como si yo estuviese particularmente al tanto… Antonio lo calmó con una sonrisa.
    —Oh, no tienes por qué atormentarte. Era natural que Birch quisiera ver a uno de ustedes para saber qué habían hecho durante todo el día; y Cayley, sabiendo que me conocías, tuvo la gentil idea de que podrías quedarte a acompañarme. Y luego… nada más.
    —¡ Te quedarás aquí! — exclamó Bill, encantado—. ¡ Entonces, viejo, espléndido!
    —¿Esto te consuela de la partida de ciertas personas? Bill enrojeció y murmuró:
    —Oh, de todos modos volveré a verle la semana próxima.
    —Te felicito: una bonita mirada, un traje gris que me gustó; una mujer seria y agradable.
    —¡Pero no, estúpido, me estás hablando de su madre!
    —¡Oh, perdóname. En todo caso, Bill, te necesito más que ella en este momento. De modo que haz un pequeño esfuerzo para quedarte conmigo.
    —¿En serio? — preguntó Bill, lisonjeado. Sentía una gran admiración por Antonio y estaba muy orgulloso de su amistad.
    —Sí; mira, pronto ocurrirán aquí importantes acontecimientos.
    —¿El sumario y las consecuencias?
    —Quizá otra cosa antes. Hola, he aquí a Cayley.

    Caminando hacia ellos a través del césped, se dibujaba, en efecto, una vigorosa silueta de anchos hombros, dominada por una cara cuidadosamente afeitada, pero demasiado maciza y de una fealdad demasiado interesante para que pudiera pasar inadvertida.

    —No ha tenido suerte este pobre Cayley —observó Bill—. ¿Crees que debo expresarle mi pesar, mi simpatía? Corre riesgo de parecer tan mezquino en circunstancias tan excepcionales…
    —En tu lugar, yo me dispensaría.

    Cayley los saludó con un ademán y permaneció un momento de pie junto a ellos.

    —Podemos hacerle sitio —dijo Bill, levantándose.
    —Oh, no se moleste, gracias. Continuó, dirigiéndose a Antonio:
    —…Vine a decirles que la cocinera ha perdido la cabeza, naturalmente; lo que hará que no comamos antes de las ocho y media. ¿Dónde mando recoger sus equipajes?
    —Me parece que lo mejor sería que Bill y yo fuésemos enseguida, paseando, hasta la posada, para ocuparnos de eso.
    —El coche podría ir a buscarlos en cuanto regrese de la estación.
    —Es usted muy amable, pero es preciso que yo vaya de todos modos para empaquetar mis efectos y pagar mi cuenta. Por otra parte, el tiempo está delicioso esta noche para un paseo, si Bill no ve inconveniente.
    —No pido otra cosa.
    —Entonces, deje su valija allá; el chófer la traerá un poco más tarde.
    —Mil gracias.

    Habiendo dicho todo lo útil que tenía que decir, Cayley permaneció allí, un poco embarazado, no decidiéndose ni a quedarse ni a alejarse. Antonio se preguntaba si sentiría deseos de hablar de los sucesos de la tarde o si era, por el contrario, éste el único tema que procuraba evitar; para romper el silencio le preguntó como al descuido si el inspector se había ido. Cayley hizo un signo afirmativo, luego explicó bruscamente:

    —Pide una orden de arresto contra Marc.

    Bill profirió el vago murmullo de simpatía que exigían las conveniencias y Antonio observó, encogiéndose de hombros:

    —No podía obrar de otro modo, ¿no es cierto? No por ello ha de seguirse que… En fin, eso no significa nada. Quieren, naturalmente, tenerlo a su disposición, inocente o culpable.
    —¿Qué cree usted que sea, señor Gillingham? — preguntó Cayley, observándolo atentamente.
    —¿Marc? ¡Pero es absurdo! — exclamó Bill con impetuosidad.
    —Bill se muestra leal hacia su amigo, señor Cayley, ya lo ve.
    —Mientras que usted, en este asunto, no tiene deberes de lealtad para con nadie.
    —Exacto. Por eso mismo correría riesgo de ser demasiado franco.

    Bill se había instalado en el césped. Cayley se dejó caer pesadamente en el sitio que aquél ocupara sobre el banco y permaneció allí, los codos en las rodillas, el mentón entre las manos, los ojos clavados en el suelo. Dijo al fin:

    —Necesito precisamente que sea usted franco. Por mi parte, no puedo ser imparcial cuando Marc aparece comprometido. Por eso es que quisiera conocer su impresión respecto a la interpretación que he sugerido, la impresión de una persona como usted, que no tiene prevenciones ni en un sentido ni en el otro.
    —¿Su interpretación?
    —Si Marc mató a su hermano, eso debió ser puramente accidental, como ya le expuse al inspector.
    —Quiere decir —intervino Bill, que alzó hacia ellos los ojos con interés—, que Robert, revólver en mano, quiso extorsionarlo, que hubo un principio de lucha y que el revólver se disparó; Marc perdió entonces la cabeza y huyó. ¿Es así?
    —Exactamente.
    —Me parece muy verosímil.

    Se volvió hacia Antonio:

    —…¿Ve usted algún defecto en esta explicación? Es la más natural cuando se conoce a Marc.

    Antonio extrajo una bocanada de su pipa antes de responder lentamente:

    —Supongo que tiene usted razón. Sin embargo, hay un detalle que me preocupa un poco.
    —¿Cuál?

    Bill y Cayley habían hecho la pregunta juntos.

    —La llave.
    —¿La llave? — interrogó Bill.

    Cayley alzó la cabeza.

    —¿Cómo? ¿Qué llave?
    —Oh, quizá no tenga importancia; me pregunto solamente… Admitamos que Robert haya sido muerto como dice usted y que Marc, enloquecido, sólo haya pensado en huir antes que nadie pudiera verlo. En ese caso, en efecto, aseguraría la puerta y se guardaría la llave en el bolsillo, maquinalmente, justo para ganar un instante.
    —Este es el sentido de mi sugestión.
    —Me parece muy natural —apoyó Bill—. De esas cosas que se hacen sin siquiera pensar. Y si se desea escapar, ese acto aumenta nuestras probabilidades.
    —Con una condición, sin embargo: que la llave se encuentre ahí. Pero, ¿supongamos que no lo esté?

    Esta suposición, emitida en el tono de una comprobación ya casi verificada, hizo trastabillar a los dos interlocutores de Antonio.

    —¿Qué quiere usted decir? — inquirió Cayley.
    —Todo estriba en saber dónde las personas ponen sus llaves. En los dormitorios, interesa poder cerrar la puerta en previsión del caso de que alguien tenga la idea de entrar en el momento en que no se ha puesto uno más que los calcetines. Fíjense en las piezas de cualquier casa y hallarán las llaves del lado de adentro, al alcance de la mano, para que se pueda cerrar en un segundo. En la planta baja, por el contrario, nadie tiene deseos de encerrarse, y, en verdad, nadie lo hace nunca. Bill, por ejemplo, nunca ha experimentado la necesidad de aislarse en el comedor, a solas con una botella de aguardiente, detrás de una puerta herméticamente cerrada. Por otra parte, todas las mujeres, las criadas en particular, sienten un terror pánico por los ladrones, y si un ladrón entra por la ventana, quieren que su actividad quede limitada a una sola pieza. Colocan así las llaves en el exterior de las puertas, y les dan una doble vuelta antes de subir a acostarse.
    —¿Quieres decir —repuso Bill—, que la llave se hallaba del lado de afuera cuando entró Marc?
    —Eso me pregunto.
    —¿Se fijó usted alguna vez en la posición de las llaves en las otras piezas: la sala de billar, la biblioteca, etc? — preguntó Cayley.
    —Recién se me ocurre pensar en ello. Pero usted, que vive aquí, ¿no ha observado nada al respecto? Cayley reflexionó, con la cabeza inclinada.
    —Mi respuesta puede parecerle absurda. No, jamás. Se volvió hacia Bill:…¿Y usted?
    —¡Dios mío, no! Nunca me dio por ocuparme de semejante cosa.
    —No lo dudo —continuó Antonio, riendo—. En todo caso, echaremos una ojeada al entrar. Si las otras llaves están fuera, concluiremos que también ésta lo estaba y el asunto se hace entonces más interesante.

    Cayley no respondió. Bill, que mordisqueaba una brizna de hierba, se interrumpió para preguntar:

    —¿Y por qué introduciría eso tanta diferencia?
    —Lo que ocurrió se haría más difícil de comprender. Retomemos la hipótesis del accidente y veamos a dónde nos conduce. ¿Podría todavía ser cuestión de hacer girar maquinalmente la llave? Para eso, habría sido necesario que abriese la puerta, por consiguiente, que mostrase su cara a todo aquel que pudiera hallarse en el hall… a su primo, por ejemplo, de quien se separó dos minutos antes. Un hombre en el estado de ánimo de Marc, horrorizado de que pudieran verlo junto a un cadáver, ¿iría a correr semejante riesgo?
    —No iba a tener miedo de mí —dijo Cayley.
    —Entonces, ¿por qué no lo llamó? Lo sabía muy cerca. Le hubiera dado usted un consejo, y bien sabe Dios que lo necesitaba. Pero toda la hipótesis reposa en esto: tenía miedo de usted y de todo el mundo y su idea fija era salir solo del escritorio antes de su entrada o" de la de los criados. Si la llave estaba en el interior, probablemente la habría hecho girar para cerrar la puerta; si estaba en el exterior, se habría cuidado de tocarla.
    —Sí, creo que tienes razón —concedió Bill, pensativo—, a menos que al entrar no haya tomado consigo la llave para cerrar enseguida la puerta.
    —Exacto. Pero, en tal caso, sería preciso imaginar una hipótesis enteramente nueva.
    —¿Quieres decir que eso torna su conducta más premeditada?
    —Sí, desde luego. Pero, sobre todo, nos haría considerar entonces a Marc como un verdadero idiota. Supongamos por un momento que en virtud de imperiosas razones que ignoramos en absoluto, hubiera resuelto librarse de su hermano. ¿Qué habrías hecho en su lugar? ¿Matarlo sin más ni más, y huir?… Pues no. ¡Eso equivaldría prácticamente al suicidio, el suicidio de un loco! De querer desembarazarte de un hermano indeseable, obrarías un poco más hábilmente: comenzarías por tratarlo amistosamente para no dejar que sospechase, y una vez que lo hubieses matado, darías a su muerte todas las apariencias de un accidente, o de un suicidio, o de un crimen cometido por otro. ¿No es así que obrarías?
    —¿Tu idea es que querrías al menos estar seguro, si así puede decirse, de salvar tu dinero?
    —Precisamente hablamos del caso en que para matar deliberadamente, comenzarías… ¡por encerrarte con llave!

    Cayley había guardado silencio, absorto al parecer en aquel nuevo problema. Sin alzar los ojos del suelo, dijo al fin:

    —Me atengo a mi opinión de un accidente a raíz del cual Marc perdió la cabeza y huyó.
    —Pero, ¿y la lave? — insistió Bill.
    —Nada ha probado aún que las llaves estén del lado de afuera. No concuerdo con el señor Gillingham cuando dice que las llaves de la planta baja están en el exterior. A veces lo están sin duda; pero me parece que vamos a poder comprobar que éstas de aquí están en el interior.
    —Oh, en ese caso, su primera teoría vuelve a ser excelente. Como a menudo he visto las llaves fuera, me hice la pregunta. Eso es todo. Me ha rogado usted que me mostrara enteramente franco, ¿no?, y que le dijera lo que pensaba. Pero debe tener usted razón y seguramente, como dice, las hallaremos en el interior.
    —Y aun cuando la llave esté en el exterior —replicó Cayley, que se obstinaba—, continuaré creyendo en un accidente: Marc habría podido tomar la llave al llegar, previendo que la entrevista iba a ser borrascosa y deseoso de que no lo interrumpieran.
    —Pero justamente le pidió a usted que se quedase cerca para el caso que lo necesitara. Entonces, ¿por qué privarlo de los medios de entrar? Además, estoy convencido de que si un hombre ha de sostener una entrevista tormentosa con un pariente amenazador, lo último que haría es encerrarse por el interior con él. Más bien sentiría deseos de abrir todas las puertas y decirle: "¡Lárguese inmediatamente!"

    Cayley permanecía silencioso, pero el pliegue de su boca señalaba obstinación. Antonio le sonrió a manera de excusa y se levantó:

    —¿Vienes, Bill? Ya es tiempo de partir. Tendió la mano a su amigo para ayudarlo a levantarse. Luego, volviéndose hacia Cayley, le dijo:
    —Perdone si he dejado a mis pensamientos tomar un curso demasiado libre. Consideraba la cuestión únicamente como simple espectador, como un problema abstracto en que para nada entra en juego la felicidad de uno de mis amigos.
    —Completamente de acuerdo, señor Gillingham —dijo Cayley, levantándose también—. Soy yo, al contrario, quien debe rogarle que lo perdone… ¿Va directamente a la posada en busca de sus equipajes?
    —Sí —respondió Antonio.

    De una ojeada midió la altura del sol sobre el horizonte, bajó después la vista hacia el parque que se extendía en derredor de la casa, y, señalando al sud:

    —Es en esa dirección, ¿no? ¿Se puede llegar al pueblo desde aquí o habrá que tomar un camino?
    —Yo te indicaré, viejo —dijo Bill.
    —Sí, Bill le indicará. El parque se extiende casi hasta el pueblo. Enviaré el coche dentro de una media hora.
    —Gracias.

    Cayley hizo una última señal de adiós y se volvió hacia la casa.

    Antonio tomó el brazo de Bill y ambos se alejaron en la dirección opuesta.


    VII
    RETRATO DE UN CABALLERO


    Marcharon algunos instantes en silencio, hasta que la casa y el jardín quedaron lejos a sus espaldas. Delante y a su derecha, el parque descendía al principio, luego volvía a alzarse lentamente, pareciendo querer aislarlos del resto del mundo; a la izquierda, una espesa hilera de árboles los separaba del camino principal.

    —¿Has venido a menudo por aquí? — preguntó bruscamente Antonio.
    —Sí, una docena de veces.
    —Quiero decir justo aquí donde estamos. ¿O pasabas todo tu tiempo encerrado, jugando al billar?
    —Dios mío, no.
    —Tantas personas poseen espléndidos parques y descuidan todas las ocasiones de aprovecharlos, mientras que el pobre diablo que pasa por el camino polvoriento envidia su felicidad, imaginándose que tales paraísos han de ofrecer la más deliciosa de las existencias.

    Señaló la derecha.

    —¿Fuiste alguna vez por ahí?

    Bill disimuló su turbación con una risita.

    —Casi nunca. Generalmente he seguido este camino porque es el más corto para dirigirse a la ciudad.
    —Ah… Bueno, háblame de Marc.
    —¿Respecto a qué?
    —Dime sobre él lo que se te ocurra; por ejemplo, cómo recibe a sus invitados; qué género de vida se hace en su casa, etc. No te preocupes de las convenciones de la cortesía y refiéreme sin ambages lo que piensas de él; si te agradaba la Casa Roja; cuántos pequeños rozamientos se produjeron esta semana en el grupo de los invitados; cuáles son tus relaciones con Cayley y otros detalles por el estilo.

    Bill lo miró, intrigado:

    —¿Tendrías por casualidad la pretensión de querer jugar al perfecto detective?
    —A fe, que necesitaba una nueva profesión —respondió Antonio, sonriendo.
    —De veras que la cosa es chusca.

    Bill, un poco confuso, rectificó enseguida:

    —…No debí decir esto cuando hay un muerto en la casa y ayer todavía era yo el invitado de alguien que…

    Se interrumpió, sin hallar para concluir su frase más que esta exclamación:

    —¡Dios mío, qué triste asunto!
    —Bueno —dijo Antonio—, continúa. ¿Marc?…
    —¿Lo que pienso?
    —Sí.

    Bill no sabía bien como traducir en palabras claras impresiones que nunca habían adquirido en su espíritu formas precisas. Viendo su vacilación, Antonio lo animó:

    —Debí prevenirte que nada de lo que digas está destinado a un reportaje. De modo que no te preocupes si se deslizan algunos barbarismos; dime lo que quieras y como te venga en gana decirlo. Vamos, te pondré en camino: ¿qué prefieres: un fin de semana aquí o en casa de los Barrington, por ejemplo?
    —Oh, eso depende.
    —Supongamos que ella esté presente en ambos casos.
    —¡Imbécil! — exclamó Bill, descargándole un codazo. Prosiguió:
    —Naturalmente, es un poco difícil de decir. La verdad es que aquí reciben maravillosamente. No conozco ninguna casa donde el confort sea tan estrictamente observado. Dormitorios, comidas, bebidas, cigarros… En fin, hasta el menor detalle. ¡Y se ocupan de ti con un cuidado!
    —¿De veras?
    —Oh, sí, la pura verdad…

    Repitió lentamente estas últimas palabras como si le sugiriesen alguna nueva idea.

    —…Se ocupan incesantemente de ti. Esto precisamente es lo que caracteriza a Marc. Una de sus pequeñas manías… una de sus debilidades: ocuparse de ti.
    —¿Arreglar las cosas en tu lugar?
    —Sí. La casa es deliciosa llena de distracciones. Hay a tu disposición toda clase de juegos, todos los deportes imaginables y, como te digo, el trato es admirable. Mas, a pesar de todo esto, Antonio, se tiene siempre un poco la impresión… la impresión, si así puede decirse, de estar sometido a un orden riguroso. Estás obligado a hacer lo que te dicen.
    —¿Cómo?
    —Bueno, Marc se desvive por regentear. Arregla cada cosa y ya está convenido que sus huéspedes deben conformarse a los planes por él establecidos. Yo, por ejemplo, tenía el otro día que jugar un partido individual con Betty —con la señorita Calladine— antes del té. Tiene mucha habilidad en el tenis y me había apostado que me batiría sin que yo le diese ventaja. Soy un poco irregular como jugador. Marc nos vio salir con nuestras raquetas y quiso saber qué íbamos a hacer. Por su parte, había preparado para nosotros un pequeño torneo, después del té, con las ventajas estatuidas por él, los reglamentos minuciosamente inscriptos por anticipado en negro sobre blanco, los premios ya preparados, unos premios muy bonitos, por otra parte. Había hecho cortar y marcar expresamente el césped. Por supuesto, Betty y yo no teníamos inconveniente alguno en participar en el torneo y no pedíamos sino jugar después del té una nueva partida con la ventaja que Marc le había asignado. A pesar de ello…

    Bill se detuvo, encogiéndose de hombros.

    —¿No fue posible?
    —No, porque perjudicaba su torneo. Supongo que, en su opinión, nuestro match previo podía, por lo menos, atenuar un poco la impresión que esperaba habría de producir su plan. De modo que no pudimos ir a jugar. Arriesgábamos demasiado —añadió Bill, riendo.
    —¿Quieres decir que no los hubiera invitado más?
    —Probablemente. En fin, no estoy seguro. Al menos lo habría hecho por algún tiempo.
    —¿De veras, Bill?
    —Oh, sí, era increíblemente susceptible. Esa señorita Norris, que viste un momento, ahora está perdida. Apostaría cualquier cosa a que no vuelve a poner los pies aquí.
    —¿Por qué?
    —Ya verás —explicó Bill, riendo a su pesar—. Todos estamos comprometidos en el caso, al menos Betty y yo. Pretenden que visita la casa un fantasma: el de Lady Anne Patten. ¿Este nombre no te dice algo?
    —No.
    —Marc nos habló de eso una noche, en la comida. Afirmó que no creía en los fantasmas, pero que la idea de tener uno en la casa le divertía. Me parece que deseaba convencernos de que la cosa era seria, y, sin embargo, quedó contrariado al advertir que Betty y la señora Calladine creían por anticipado en los aparecidos. Un hombre extraño, como ves. En fin, sea lo que fuese, lo cierto es que la señorita Norris que es actriz —¡y hay que ver qué actriz!— se disfrazó de fantasma y se entregó a toda clase de fantasías y el pobre Marc se llevó un susto terrible; por un momento naturalmente.
    —¿Y los otros?
    —Betty y yo estábamos al corriente. Insistí mucho ante la señorita Norris diciéndole que iba a cometer una tontería. Conocía yo a Marc… La señora Calladine no estaba allí; Betty había preferido alejarse. En cuanto al mayor no sé qué sería necesario para asustarlo.
    —¿Dónde apareció el fantasma?
    —En el terreno del juego de bolos. Parece que es su sitio predilecto. Estábamos ahí al claro de luna entreteniéndonos en hacer como que lo esperábamos. ¿Conoces el cuadro de césped?
    —No.
    —Te lo mostraré después de comer.
    —Con mucho gusto. ¿Marc quedó muy enojado?
    —Oh sí. Anduvo enfurruñado un día entero.
    —¿Les guardaba rencor a todos?
    —Nos trataba de mal modo.
    —¿Y esta mañana?
    —No, se había recobrado. Como suele pasarle. Es bastan te niño. Sí, Antonio, en más de un aspecto obra como un chiquillo. Pero esta mañana se mostró muy bien.
    —¿Y ayer?
    —Ayer, muy bien, lo mismo. Todos nos decíamos que nunca lo habíamos visto tan en sus cabales.
    —¿Es accesible, generalmente?
    —No es un compañero desagradable, a condición de saberlo llevar. Es vanidoso y pueril, como ya te dije, y compenetrado de su importancia, pero entretenido en su género y…

    Confuso, Bill se detuvo bruscamente.

    —…La verdad, que voy demasiado lejos. Está mal de mi parte hablar tan libremente de un hombre que me ofrece tan generosa hospitalidad.
    —No consideres las cosas desde ese ángulo. Piensa en él como en un posible asesino, contra quien se tramita una orden de arresto.
    —Pero no, es absurdo.
    —Los hechos son hechos, Bill.
    —Insisto en que no pudo cometer el crimen. No sería capaz de asesinar a nadie. Puede parecer cómica la explicación, pero… no tiene talla para semejante acto. Hay en él manías y defectos, como en todos, pero no en tal proporción.
    —Se puede matar a alguien en un acceso de cólera por motivos completamente pueriles.

    Bill emitió un gruñido de asentimiento, pero no quedó convencido en lo que se refería a Marc:

    —¿Él? No puedo creerlo capaz; de matar deliberadamente, quiero decir…
    —Suponiendo que haya habido un accidente, como lo sostiene Cayley, ¿sería hombre de perder la cabeza al punto de huir?

    Bill reflexionó un momento.

    —Sí, es capaz. Casi huyó a la vista del fantasma. Evidentemente, la cosa es distinta.
    —No tal. En ambos casos, se trata de obedecer a un impulso instintivo, antes que a su razón.

    Habían abandonado el terreno descubierto para seguir a través de los árboles un sendero demasiado estrecho para que dos personas pudiesen marchar cómodamente de frente. Antonio pasó atrás y la conversación se reanudó cuando traspuesta la linde, se hallaron en el camino principal. Descendía éste suavemente hacia el caserío de Woodham, un grupo de techos rojos reunidos bajo la protección de una torre gris de iglesia que emergía de entre la verdura.

    —Ahora —Continuó Antonio, acelerando el paso—, ¿y Cayley?
    —¿Cayley? ¿Qué es lo que te interesa respecto a Cayley?
    —Quisiera representármelo. Gracias a tu excelente descripción, me he formado una idea bastante exacta de Marc. Hablemos del carácter de Cayley, Cayley visto desde adentro.

    Bill dejó oír una risilla de embarazada satisfacción y protestó que nada tenía de común con esos brillantes novelistas que analizan las almas.

    —Además —agregó—, con Marc es fácil, mientras que con Cayley… Es uno de esos hombres pesados y poco expansivos, cuyo estado de espíritu cuesta definir. Marc se entrega sin rodeos; pero él… ese mocetón tan feo, de mandíbulas macizas…
    —Mujeres hay a quienes no desagrada esta clase de fealdad.
    —Es verdad. Entre nosotros, conozco aquí mismo una que parece gustar bastante de él: una linda chica de Jallands.

    Designó un punto hacia la izquierda.

    —…Un poco más abajo, por allá.
    —Jallands, ¿qué es eso?
    —Supongo que originariamente fue una granja cuyo propietario se llamaba Jallands. Hoy es una casa de campo que pertenece a la viuda de Norbuy. Marc y Cayley iban con frecuencia juntos a visitarla. La señorita Norbury, la hija, vino a jugar aquí al tenis una o dos veces. Parecía, preferir a Cayley a todos los otros. Pero Cayley no tenía apenas tiempo para esa clase de ocupaciones.
    —¿Qué clase de ocupaciones?
    —Los paseos sentimentales en cuyo transcurso suele preguntarse a una bonita joven qué género de teatros prefiere. Casi siempre tenía" él otra cosa que hacer.
    —¿Marc lo tenía muy ocupado?
    —Sí. Marc no se sentía Verdaderamente feliz sino después de haberle encargado que le hiciese algo. Sin su ayuda, habría quedado totalmente perdido, desamparado. Y lo más curioso es que también Cayley parecía desorientado sin Marc.
    —¿Lo quería, en el fondo?
    —Sí, creo que sí, como se ama a alguien a quien se siente placer en proteger. Le conocía mejor que nadie: su vanidad, su egoísmo, sus manías de artistas aficionado y todo lo demás; pero le agradaba ocuparse de él y sabía cómo había que tratarlo.
    —¿En qué términos estaba con los huéspedes? ¿Contigo, con la señorita Norris y los otros invitados?
    —Nos trataba con estricta cortesía y lo más a menudo se mostraba silencioso. Siempre muy reservado. Lo veíamos poco, fuera de las comidas. Nosotros estábamos en la caza para distraernos y… él no.
    —¿Estaba presente la noche de la aparición del fantasma?
    —No. Oí a Marc llamarlo en cuanto entró en la casa. Creo que Cayley halagó su amor propio para calmarlo y le explicó que no debía conceder importancia a las bromas femeninas… Ah, ya hemos llegado.

    Entraron en la posada, y mientras Bill se dirigía galantemente a la posadera, Antonio subió a su cuarto. Los paquetes que declaró tener que hacer no debían ser muy importantes, pues apenas añadió algunos cepillos al contenido de su valija y hubo echado una rápida ojeada para asegurarse que nada había desaparecido, volvió a descender casi enseguida para arreglar su cuenta. Había resuelto conservar su pieza algunos días aun, en parte para evitarle al hotelero y a su mujer la decepción de perder tan bruscamente al locatario, en parte previendo el caso de que una prolongación de su estada en la Casa Roja se hiciese demasiado delicada; porque tomaba muy en serio sus funciones de detective (sin desconocer de ninguna manera el partido a sacar de su lado divertido), lo mismo que con cada una de las nuevas profesiones que adoptaba. Comprendía que momento habría de llegar, después del sumario, por ejemplo, en que le sería imposible, a menos de renunciar a la actitud independiente que había escogido frente a los últimos acontecimientos, permanecer en la Casa Roja como un simple amigo de Bill, aprovechando la hospitalidad de Marc o de Cayley. Actualmente su presencia se justificaba por su calidad de testigo indispensable, y, mientras se hallase a ese título, Cayley no podía impedirle mantener los ojos abiertos de par en par. Pero, si luego del sumario, había aún faena para un par de ojos independientes y perspicaces, debería entonces continuar sus indagaciones, costara lo que costase, ya fuese junto a Cayley y con su aprobación, ya desde otro observatorio situado en las proximidades, el George Hotel, por ejemplo, cuyo propietario era absolutamente neutral en el caso.

    Para Antonio, una cosa, al menos, era segura: Cayley estaba más informado de lo que quería demostrar; dicho de otro modo, sabía ciertas cosas, pero no quería que otros se dieran cuenta que las sabía. Antonio era precisamente uno de esos "otros", y si se empeñaba en descubrir en qué consistían esos secretos que Cayley entendía reservarse, no era de esperarse que alentara éste sus esfuerzos. Antonio tendría siempre el recurso del "George" después del sumario.

    ¿Cuál era la verdad? No necesariamente deshonrosa para Cayley, por más que ocultase algo. Todo lo que podía decirse contra él, por el momento, era que había tomado el camino más largo para llegar al escritorio cerrado con llave… y esto no concordaba con lo que había declarado al inspector. Pero concordaba con la idea de que no había desempeñado más que un papel de cómplice y que habría querido, en tanto simulaba una gran prisa, dar a su primo el máximo de tiempo para escapar. Podía esta solución no ser la verdadera; al menos, era admisible. La teoría que había presentado Cayley al inspector era, en cambio, inadmisible.

    Sea lo que fuere, un día o dos transcurrirían con el sumario. Antonio aprovecharía este tiempo, como así también su posición extremadamente favorable en el interior mismo de la Casa Roja, para aclarar esas turbadoras preguntas. El coche los esperaba a la puerta. Trepó con Bill; el hotelero colocó sus equipajes al lado del chófer y emprendieron el camino de regreso.


    VIII
    "¿ME SIGUES, WATSON?"


    El cuarto de Antonio tenía vista al parque, detrás de la casa. Los postigos no estaban aún cerrados cuando principió a vestirse para la comida. En varias ocasiones, interrumpió su tocado para echar a la ventana una mirada distraída, tan pronto sonriente como frunciendo el ceño, únicamente enfrascado, a decir verdad, en sus reflexiones acerca de los extraños acontecimientos de aquel día. Sentado en mangas de camisa sobre su lecho, peinaba con un movimiento maquinal sus espesos cabellos negros pensando en otra cosa, cuando un llamado de Bill a través de la puerta, seguido de su entrada, lo volvió a la realidad.

    —Vamos, viejo, apúrate, tengo hambre… Antonio cesó de cepillarse y lo miró, preocupado.
    —¿Dónde está Marc? — preguntó.
    —¿Marc? ¿Quieres decir Cayley? Antonio rectificó con una risita:
    —Cierto, quise decir Cayley. ¿Bajó? No tardaré más que un segundo, Bill.

    Se levantó y principió a vestirse rápidamente.

    —A propósito —dijo Bill, tomando sobre el lecho el sitio que su amigo acababa de abandonar—, tu idea respecto a las llaves no vale absolutamente nada.
    —Ah, ¿por qué?
    —Acabo de dar expresamente una vuelta por abajo. La llave de la biblioteca está fuera, pero todas las otras están en el interior.
    —Sí, ya sé.
    —¿Cómo? ¡Diablo de hombre! Creía que no habías pensado en ello.
    —Pues sí, Bill — respondió Antonio con el tono de quien se excusa humildemente.
    —Vaya, vaya, esperaba tanto que te hubieras olvidado… En todo caso, esta comprobación derriba completamente su teoría.
    —Jamás tuve una teoría. Dije sencillamente que si las llaves estaban fuera, eso implicaría probablemente también que lo mismo sería con la llave del escritorio y que entonces la hipótesis de Cayley hacíase inaceptable.
    —Sí, pero como no es el caso, no estamos más avanzados. Las unas están fuera, las otras dentro, y seguimos en lo mismo. Esto se hace mucho menos apasionante. Por tu modo de exponer la cuestión, hoy, en el césped, me dejé seducir por la idea de la llave colocada fuera, que Marc había tomado consigo al entrar…
    —Esto promete ponerse bastante apasionante —dijo con suavidad Antonio, transfiriendo su pipa y su tabaco al bolsillo de su smoking.
    —…Descendamos, heme aquí preparado.

    Cayley los esperaba en el hall. Preguntó cortésmente a sus huéspedes si no carecían de nada en sus cuartos, y los tres se ensarzaron en una conversación relativa a las moradas en general y a la Casa Roja en particular.

    —Tenía usted toda la razón acerca de las llaves —intervino Bill, en cuanto pudo aprovechar un momento de silencio.

    Menos circunspecto que los otros dos, sin duda porque era el más joven, no podía soportar permanecer mudo acerca de un tema que constituía, a decir verdad, la gran preocupación de todos.

    —¿Las llaves? — preguntó Cayley, sin parecer comprender.
    —Nos preguntábamos si estaban fuera o dentro.
    —Ah, sí.

    Paseó una mirada circular sobre las diferentes puertas del hall, luego sonrió amistosamente a Antonio:

    —Parece que los dos tenemos razón, señor Gillingham. Así que no podemos inferir nada.
    —No, en efecto —dijo Antonio, encogiéndose de hombros—. Oh, me limité a plantear la cuestión, Pensé que ofrecía algún interés.
    —Sí, sin duda. Pero de todas maneras no me habría usted convencido, como no me ha convencido el testimonio de Elsie.
    —¿Elsie? — preguntó Bill con curiosidad. También Antonio lo interrogó con los ojos, no sabiendo quién era Elsie. Cayley explicó:
    —Una de las camareras. ¿No oyeron hablar de lo que declaró al inspector? Evidentemente, como lo he dicho a Birch, las muchachas de esta clase son propensas a imaginarse toda clase de cosas. Pero, aun así, pareció tomar el relato bastante en serio.
    —¿Qué dijo? — insistió Bill.

    Cayley les repitió lo que Elsie pretendía haber oído a través de la puerta del escritorio, por la tarde.

    —En ese momento estaba usted en la biblioteca —murmuró Antonio—; pudo atravesar el hall sin que usted la oyese.
    —No tengo ninguna razón para dudar que haya estado ahí y que realmente haya oído voces, quizá hasta las palabras que refiere. Pero…

    Se detuvo, para continuar luego en tono de impaciencia:

    —…Un accidente, les digo. Estoy seguro que el acontecimiento ha sido puramente accidental. ¿Para qué hablar como si Marc fuese un asesino?

    La comida fue anunciada en ese momento y, cuando entraban, dijo todavía:

    —¿Por qué perder tiempo en comentarios, cuando se llegará fatalmente a esa conclusión?
    —Sí, ¿por qué? — repitió Antonio, y con gran desencanto de Bill, se habló de literatura y de política durante toda la comida.

    Apenas encendidos sus cigarros, Cayley se excusó, invocando sus numerosas ocupaciones, de lo cual a nadie se le ocurrió asombrarse. Bill cuidaría de su amigo. No deseaba otra cosa. Ofreció a Antonio batirlo al billar o a los cientos, mostrarle el jardín al claro de luna, o que señalara él mismo la distracción que fuese de su agrado.

    —No sabes hasta qué punto agradezco al Cielo el haberte enviado aquí —le confió en tono conmovido—; jamás habría soportado permanecer solo.
    —Salgamos, ¿quieres? — propuso Antonio—; hace tanto calor… Indícame un sitio donde podamos sentarnos, lejos de la casa. Quiero hablarte.
    —Con mucho gusto. ¿Qué dirías del terreno de bochas?
    —En efecto. Me habías prometido mostrármelo. ¿Y estaremos al abrigo de oídos indiscretos?
    —El escondrijo ideal para las confidencias. Ya verás.

    Saliendo por la puerta principal, se internaron hacia la derecha por la avenida. Era por el otro costado que Antonio, viniendo de Woodham por la tarde, había abordado la casa. El camino que acababan de tomar conducía, por el contrario, al extremo opuesto del parque, sobre la ruta de Stanton, pequeña ciudad distante unas tres millas. Atravesaron una barrera y una casilla de jardinero que señalaban los límites de lo que los tasadores llamaban "los terrenos de esparcimiento contiguos a la habitación". Luego el parque propiamente dicho se abrió ante ellos.

    —¿Estás seguro que vas a encontrar un cuadro de césped por aquí? — preguntó Antonio.

    El parque, apacible, se expendía a ambos lados de la senda bajo el claro de luna, desenvolviendo hasta donde alcanzaba la vista la uniformidad de su superficie, que un espejismo parecía hacer retroceder, más plana cada vez a medida que avanzaban.

    —Curioso, ¿no? — dijo Bill—. Un curioso emplazamiento para un terreno de bochas. Supongo que lo han dejado ahí porque estaba desde tiempos muy antiguos.
    —¿Que lo dejaron dónde?… ¡Oh!

    Era allí, en efecto. Sin ir hasta el camino que formaba un codo a su derecha, continuaron recto, siguieron una veintena de yardas por un sendero apenas abierto en la espesa hierba y se hallaron frente al sitio que buscaban: un campito a bajo nivel, que rodeaba completamente una zanja de unos diez pies de ancho y seis de profundidad, salvo en un costado, al que se llegaba por el sendero y algunos peldaños herbosos. Un gran banco de madera estaba destinado a servir de asiento a los espectadores.

    —La verdad que está bien oculto —dijo Antonio—. ¿Dónde guardan las bochas?
    —En una cabaña, ahí, al lado.

    Costearon la zanja y llegaron a una pequeña construcción de madera establecida en un hueco de la pared.

    —¡No está mal para una linda vista! — bromeó Antonio.
    —Pero nadie se sienta ahí —respondió Bill riendo—. Su único objeto es preservar las cosas do la lluvia.
    —Concluyamos de dar la vuelta por el terreno —insistió Antonio—; convendría asegurarse de que nadie se ocultó en la zanja.

    Luego se sentaron en el banco.

    —Ahora —dijo Bill—, henos aquí solos. Veamos, di.

    Antonio permaneció un momento todavía sumido en sus reflexiones. Después extrajo una última bocanada de su pipa, se volvió hacia su amigo y le preguntó:

    —¿Te sientes dispuesto a convertirte en mi Watson?
    —¿Tu Watson?
    —Sí, ya sabes: el compañero, el confidente de Sherlock Holmes. "¿Me sigues, Watson?" ¿Estás dispuesto a oírme demostrarte con toda una retahíla de argumentos complicados las cosas más evidentes, a formularme toda clase de preguntas inútiles, a suministrarme ocasión de espetarte embustes, a hacer por ti mismo brillantes descubrimientos dos o tres días después que yo, y así sucesivamente? Todo esto, aunque en apariencia no conduzca a nada, es sumamente provechoso.
    —¿Dudas de mi entusiasta aceptación? — respondió Bill, al que esta nueva perspectiva encantaba.

    Como Antonio guardara silencio, continuó alegremente, por el placer de hablar:

    —…Las huellas de fresas que advierto en tu pechera me permiten concluir que tuviste fresas de postre… Holmes, ¡ eres un hombre sorprendente!… Basta de bromas. Conoces mi método: ¿dónde está el tabaco? No puede estar sino en la pantufla persa… ¿Crees que pueda abandonar a mi clientela durante toda una semana? No, ¿no es cierto? Pues bien, sí, puedo perfectamente.

    Antonio, que se había puesto de nuevo a fumar, sonrió de buena gana; pero en vano aguardó Bill su respuesta. Después de dos minutos de silencio, continuó éste con voz firme:

    —…Bueno, Holmes, mi papel me obliga a preguntarte cuáles son tus conclusiones y, en particular, qué sospechas…

    Antonio se resolvió por último.

    —¿Recuerdas una de las preguntas embarazosas que Sherlock Holmes formuló a Watson? Se trataba del número de escalones a subir para llegar al departamento de Baker Street. El pobre Watson los había subido y bajado un millar de veces, pero nunca había pensado en contarlos, mientras que Holmes los contó y sabía que eran diecisiete. Aquí parecía residir la diferencia entre la observación y la no observación. Watson debió confesarse vencido una vez más y Holmes se le antojó más sorprendente que nunca. Pues bien, siempre he creído que en esa ocasión era Holmes quien se mostró ridículo y Watson quien dio pruebas de sentido común. ¿Qué interés puede haber en atiborrarse el cerebro con hechos tan insignificantes? Si necesitas conocer en cualquier momento el número de peldaños de tu escalera, siempre tienes el recurso de llamar por teléfono a tu portera para preguntarle. Yo he subido y bajado miles de veces la escalera del club, pero si quisieras que te dijese inmediatamente cuántos peldaños hay, te respondería que no lo sé. ¿Y tú?
    —¿Yo? Ni lo sospecho.
    —Empero, si te empeñas en que te suministre la indicación precisa —continuó Antonio con tan inesperado acento que su compañero lo miró sorprendido—, podría hacerlo sin tomarme el trabajo de telefonear al portero.

    Bill se preguntaba qué tendrían que ver todas estas consideraciones acerca de la escalera del club; pero sintió que era su deber declarar que necesitaba a toda costa el número exacto de los peldaños.

    —Espera —dijo Antonio—. Voy a decírtelo. Cerró los ojos y comenzó lentamente:
    —…Subo por la calle Saint James. Llego al club. Dejo atrás las ventanas del salón de fumar. Uno, dos, tres, cuatro pasos. Heme aquí en los peldaños. Giro. Comienzo a trepar… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Un rellano… Siete, ocho, nueve. Otro rellano… diez, once… Ahí está, once, y entro: "Buen día, Rogers; otra tarde hermosa…"

    Con un ligero sobresalto reabrió los ojos y volvió a tomar posesión del paisaje que lo rodeaba. Luego, volviéndose hacia Bill:

    —…Once, ya ves. Cuéntalos la próxima vez que vayas. Once… y ahora, confío olvidarlos. Bill estaba vivamente interesado.
    —Pero, ¡si es extraordinario! Explícame.
    —Casi no puede explicarse. ¿Es una particularidad de mi visión o un automatismo del cerebro? Tengo una curiosa facultad para registrar muchas cosas inconscientemente. Tú conoces ese juego que consiste en mirar durante tres minutos una bandeja llena de objetos menudos, y después, con la espalda vuelta, tratar de hacer una lista lo más completa posible. Esto exige un enorme esfuerzo de concentración a las personas ordinarias si no quieren cometer errores u omisiones. En cuanto a mí, por extraño que parezca, lo consigo sin siquiera tomarme el trabajo de concentrar mi atención. Quiero decir que mis ojos se encargan de la tarea, sin que mi cerebro tome conscientemente parte alguna. Podría, por ejemplo, mirar la bandeja y discutir de golf contigo al mismo tiempo sin que ello impidiera que mi lista fuese exacta.
    —Debe ser una cualidad inapreciable para un detective aficionado. Hubieras debido abrazar antes esta carrera.
    —En efecto, es bastante útil, y bastante sorprendente también para los que no están al corriente. ¿Quieres que la aprovechemos para tomar a Cayley desprevenido?
    —¿De qué modo?
    —Bueno, preguntémosle…

    Un fulgor de malicia cruzó por la mirada que echó a Bill.

    —…Preguntémosle qué pensaba hacer con la llave del escritorio.

    Bill no comprendió de inmediato.

    —¿La llave del escritorio? ¿Por qué? No querrás decir… ¡Señor! ¿Crees que Cayley…? ¿Pero Marc, entonces?
    —Ignoro dónde está Marc. Es otra cuestión que habrá que resolver a su tiempo; pero estoy seguro que no fue él quien se llevó la llave del escritorio, porque ha sido Cayley que la tomó.
    —¿Estás seguro?
    —En absoluto.
    —Por favor —declaró Bill en tono de cómica súplica—, no vayas a contarme que ves hasta en los bolsillos de las personas, que tus mágicos dones…

    Antonio se echó a reír y negó con ardor.

    —Entonces, ¿cómo sabes?
    —Eres un excelente Watson, Bill. Desempeñas tu papel con toda naturalidad. A decir verdad, el mío consistiría en no explicar nada antes del último capítulo; pero siempre he encontrado este procedimiento desleal. Oye, pues. Desde luego, no afirmo que Cayley tenga en este momento la llave en su bolsillo, pero sé que la tuvo. Sé que cuando yo llegué esta tarde, acababa de cerrar la puerta y "apoderarse de la llave.
    —¿Quieres decir que lo viste en el momento, pero que no lo has recordado, sino después, al reconstruir la escena en tu memoria por el procedimiento que hace un instante me explicabas?
    —No, no es eso lo que vi, sino otra cosa: vi la llave de la sala de billar.
    —¿Dónde?
    —¿En el exterior? Pero si acabamos de comprobar que estaba en el interior…
    —Precisamente.
    —¿Quién pudo cambiarla de lado?
    —Cayley, evidentemente.
    —Pero…
    —Remontémonos a esta tarde. No recuerdo haber prestado atención de momento a la llave del billar; debo haberlo hecho sin darme cuenta. Al ver a Cayley golpear tan duramente a la puerta, sin duda me pregunté, en la penumbra de mi subconciencia, si no serviría la llave de la puerta vecina. Algo así debió ocurrir en mi interior. Más tarde, sentado solo en el banco en que viniste a reunírteme, reviví en espíritu toda la escena, y allí, delante mío, vi con toda claridad la llave del billar fuera. Empecé entonces a preguntarme si la llave del escritorio no estaba también afuera. A la llegada de Cayley, les participé mi idea, que pareció interesarles a los dos, y hasta mostró Cayley una cierta excitación que no era enteramente normal… Oh, un matiz, que sin duda tú no advertiste.
    —¡Es posible!
    —Esto no probaba todavía nada y mi historia misma de la llave, tampoco, pues cualquiera que hubiera sido la colocación de las otras llaves, Marc podría haber experimentado de vez en cuando la necesidad de encerrarse en una pieza reservada a sus trabajos personales. Pero magnifiqué la cosa, afecté atribuirle una enorme importancia y, luego de haber hecho nacer una viva inquietud en el espíritu de Cayley, le anuncié que lo libraríamos de nuestra presencia durante una hora, que íbamos a dejarlo solo en la casa para que hiciese lo que le viniera en ganas. Tal como yo lo esperaba, no resistió a la tentación; cambió de lado las llaves y, con ese gesto, se traicionó.
    —Pero la llave de la biblioteca, que ha quedado fuera, ¿por qué no la cambió también?
    —No es tan tonto. Primero, el inspector había entrado en la biblioteca y no era imposible que hubiese notado la colocación de la llave. Después…

    Antonio vaciló.

    —¿Después?
    —Esto, lo adivino únicamente: me imagino que Cayley debió quedar trastornado por ese problema de las llaves que surgía de improviso. Se dio cuenta bruscamente que había cometido una imprudencia. Pero le faltaba tiempo para examinar la cosa bajo todos sus aspectos. Le pareció preferible no atarse las manos definitivamente por la comprobación de que las llaves estaban todas en el interior o en el exterior. Más valía permanecer en la vaguedad. La impresión era el medio más seguro.
    —Sí, comprendo —dijo Bill lentamente.

    Pero su pensamiento estaba en otra parte. La personalidad de Cayley acababa de plantearle un terrible interrogante. En fin, Cayley no era más que un hombre ordinario, como él mismo. A veces habían bromeado, a pesar de que Cayley no era inclinado, en general, a las chanzas. Se había sentado a la mesa junto a él, lo había tenido como compañero en el tenis; le había facilitado tabaco, en ocasiones sus palos de golf. Y he aquí que Antonio ya no veía en él… un hombre ordinario, ante todo, sino un hombre que ocultaba un espantoso secreto, quizá… un asesino. Oh, no, era imposible, ¡un asesino, no! Absurdo sencillamente absurdo. Desde que jugaron al tenis juntos…

    —Vamos, Watson —continuó de pronto Antonio—, a ti te toca ahora hablar.
    —Oye, Antonio, ¿pretendes…?
    —Pretendo, ¿qué?
    —Respecto a Cayley.
    —No pretendo sino lo que te he dicho, Bill.
    —¿Y a dónde nos conduce eso, exactamente?
    —Simplemente a esto: Robert Ablett ha muerto en el escritorio esta tarde y Cayley sabe con exactitud cómo ha muerto. Eso todo. No se sigue que Cayley lo haya matado.
    —No, no, por supuesto, no se sigue… —repitió Bill con un suspiro de alivio—. Sólo quiere proteger a Marc, ¿no?
    —Está por verse.
    —¿No es la explicación más simple?
    —Es la más simple si por amistad hacia Cayley tú intentas particularmente limitar su papel en el caso. Pero yo no soy su amigo.
    —¿En qué no es simple, dime?
    —Veamos primero tu explicación; te daré después otra más simple. ¡Vamos! Solamente no olvides, para empezar, que la llave está en el lado exterior de la puerta.
    —Bien. Esto no me inquieta. Marc entra para ver a su hermano; disputan; todo ocurre como lo dice Cayley. Cayley oye la detonación y, para dar a Marc el tiempo de huir, echa llave a la puerta, guarda la llave en su bolsillo y representa después una comedia para hacer creer que es Marc quien ha cerrado y que él mismo no puede entrar. ¿Qué dices?
    —¡Lastimoso, Watson, lastimoso!
    —¿Por qué?
    —¿Cómo Cayley podía saber que fue Marc quien mató a Robert, y no a la inversa?
    —Sí, es verdad —murmuró Bill, desconcertado.
    —Entonces —prosiguió Antonio tras de reflexionar un momento—, di que Cayley comenzó por entrar en la pieza y vio a Robert en el suelo.
    —¿Y luego?
    —A eso vamos. ¿Piensas que haya podido decirle a Marc: "¡Qué deliciosa tarde!" O si no: "¿Tienes un pañuelo para prestarme?" ¿No le habrá preguntado más bien: "¿Qué ha pasado?"
    —Sin duda que sí —concedió Bill a regañadientes.
    —¿Y qué le responde Marc?
    —Le explica que el revólver se disparó accidentalmente mientras luchaban.
    —Entonces, Cayley no halla nada mejor para protegerlo que… ¿Qué medio encuentra, Bill? Lo anima a hacer la cosa más insensata que un hombre pudiera hacer, recurrir a la fuga, que es la más peligrosa de las confesiones de culpabilidad. La explicación es insostenible, reconócelo.

    Bill buscó otra cosa.

    —Bueno —continuó resignado—, supongamos que Marc haya confiado a Cayley que acababa de matar a su hermano.
    —Esto ya es mejor, Bill. No tenias alejarte de la tesis del accidente. En suma, tu nueva teoría conduce a lo siguiente: Marc confiesa a Cayley que ha matado a Robert voluntariamente, y Cayley, a despecho del falso testimonio que habrá de suministrar bajo juramento ante la justicia, a despecho de todos los riesgos que pueden resultar para él mismo, decide ayudar a Marc a huir. ¿Está bien?

    Bill hizo una señal de asentimiento.

    —…Ahora, quisiera formularte dos preguntas. Primero, ¿es posible, como lo subrayé antes de comer, que un hombre cometa deliberadamente un crimen tan tonto, un crimen que equivale a ponerse a sí mismo la cuerda al cuello? Segundo, si Cayley resolvió llegar hasta el perjurio por Marc —lo que ahora está obligado a hacer de todos modos—, ¿no sería más sencillo para él declarar que no había abandonado el escritorio y que fue testigo de la muerte accidental de Robert?

    Bill pesó con cuidado los argumentos de su amigo y se vio obligado a confesar:

    —En efecto, mi explicación no sirve. Pero, al menos, hazme conocer la tuya.

    Antonio no le respondió. Sus pensamientos acababan de tomar otra dirección.


    IX
    LA SORPRESA DE UN JUEGO DE CROCKET


    —¿Qué tienes? — preguntó vivamente Bill. Antonio lo miró con los ojos dilatados por una súbita inspiración.

    —…Acaba de ocurrírsete algo inesperado. ¿Qué puede ser?

    Antonio rió.

    —Mi querido Watson, te vuelves muy perspicaz. Pero, ya que no se te puede ocultar nada, me hacía algunas preguntas respecto a ese fantasma de que me has hablado. Tengo la impresión…
    —¡Cómo! ¿No era más que eso? — repuso Bill, profundamente decepcionado—. ¿Qué quieres que el fantasma haga en todo esto?
    —No lo sé — respondió Antonio, disculpándose—. Ignoro lo que tenga relación o no con el misterio que desearíamos aclarar. Busco. Pero tú mismo no me habrías conducido aquí de no haber deseado que ese espectro retuviese un instante mi atención. Fue aquí que apareció, ¿no?
    —Sí.
    —¿Cómo?
    —Pues… como aparecen todos los fantasmas, sin previo aviso. Uno advierte de pronto que están ahí…
    —¿Una aparición que se produjo súbitamente en terreno descubierto?
    —Era preciso que tuviese lugar aquí, en el sitio mismo en que, según se cuenta, siempre se manifestaron las apariciones de la verdadera aparecida, Lady Anne.
    —Dejemos a Lady Anne tranquila. Sin duda nada es imposible a un fantasma auténtico. Pero, ¿la señorita Norris? ¿Cómo pudo simular una aparición en semejantes circunstancias?

    Bill permaneció boquiabierto, y luego tartamudeó:

    —Yo… no sé. No se nos ocurrió pensar en eso.
    —¿La habrían visto desde lejos, supongo, si hubiese tomado el camino por el que hemos venido?
    —Seguro.
    —Entonces, toda la combinación habría fracasado; hubieran tenido tiempo sobrado de reconocerla por el andar.

    Bill sentía ahora despertarse en él un creciente interés.

    —Es extraño, en efecto, Tony; ninguno de nosotros tuvo esta idea.
    —¿Estás seguro que no había atravesado el parque mientras ustedes miraban hacia otro lado?
    —Completamente seguro, porque Betty y yo, que estábamos prevenidos, la acechábamos con la intención de ponernos otra vez a jugar con la espalda vuelta justo en el momento de su llegada.
    —¿Jugabas con la señorita Calladine?
    —En efecto, ¿Cómo lo sabes?
    —Acostumbro a practicar el arte de las deducciones fulmíneas… ¿Entonces, bruscamente, la vieron?
    —Sí, viniendo a través del césped, de ese lado. Señalaba el borde opuesto, el más próximo a la casa.
    —¿No habría podido estar escondida en la zanja, en… cómo le llaman a esa trinchera que rodea el terreno?
    —Marc le da nombres pomposos para sugerir ideas de fortalezas. Entre nosotros, decimos simplemente la zanja. No, imposible: Betty estuvo conmigo antes que los otros y dimos la vuelta. La habríamos visto.
    —Es preciso entonces que se haya ocultado en la cabaña.
    —Tampoco; entramos para tomar las bochas y no estaba.
    —¡Ah!
    —Evidentemente, es bastante extraordinario —dijo Bill, después de un instante de reflexión— pero, en el fondo, ¿qué importancia puede tener esto? Ninguna relación, en todo caso, con la muerte de Robert.
    —¿Estás seguro?
    —¿Cómo? Crees… —preguntó Bill, cuya curiosidad crecía.
    —No sé. Ignoro si las dos series de hechos son independientes o no; pero la señorita Norris aparece relacionada con una de ellas y es cosa de preguntarse…

    Su frase no se concluyó.

    —La señorita Norris…
    —Existía entre ustedes, en cierto modo, una solidaridad que hace que si alguna cosa inexplicable ocurre a alguno de ustedes uno o dos días antes que otro acontecimiento aun más inexplicable sobrevenga a toda la casa, no puede uno menos de… de ponerse alerta.

    Era una razón bastante plausible, pero no la que Antonio estuvo a punto de dar.

    —Comprendo; pero, ¿y qué más? Antonio sacudió las cenizas de su pipa y continuó lentamente:
    —Es preciso que hallemos por qué camino la señorita Norris pudo venir de la casa. Bill se irguió, ávido de saberlo todo.
    —¡Dios mío! ¿Quieres decir que habría un pasaje secreto?
    —Un pasaje oculto, en todo caso; es necesario que exista uno.
    —¡Cómo sería de divertido! Adoro los pasajes secretos. ¡Imagínate! Yo, que jugaba al golf, esta tarde todavía, como el más prosaico de los hombres… La vida está llena de maravillosas sorpresas. Los pasajes secretos, ¡qué encanto!

    Descendieron a la zanja. Si existía una vía subterránea que condujese a la Casa Roja, la boca debía hallarse probablemente del lado más cercano a la vivienda. El sitio más indicado para empezar las investigaciones parecía ser la cabaña donde se guardaban las bochas; el interior estaba limpio y despejado, como todo lo que pertenecía a Marc. Hallaron dos cajas de croquet. La tapa de una de ellas estaba abierta, como si las bochas, mazos y arcos, aunque perfectamente en orden, acabaran de ser usados. Una caja de bochas, una pequeña segadora, un rodillo, nada faltaba. El fondo de aquel pequeño cobertizo estaba ocupado por un banco sobre el cual podían los jugadores descansar cuando llovía.

    Antonio probó con golpecitos la resonancia de la pared del fondo.

    —Aquí es donde debía principiar el pasaje. Sin embargo, no da impresión de sonar a hueco.
    —Nada prueba que comience aquí —dijo Bill, que encorvado bajo un techo demasiado bajo para su elevada estatura, daba vueltas por el reducto golpeando los otros tabiques.
    —Habría al menos una razón para buscarlo aquí —dijo Antonio—, y es que su descubrimiento nos evitaría el trabajo de buscarlo por otro lado. ¿Supongo que Marc no los dejaba jugar al croquet sobre su trozo de césped?
    —Hubo un período en que nos animó muy poco, pero este año había recobrado el gusto por el juego. No hay verdaderamente ningún otro sitio para jugar al croquet. Personalmente, detesto este juego. En cuanto a Marc, no le gustaba jugar a las bochas, pero se complacía en llamar a este césped el terreno de las bochas porque hacía efecto delante de los visitantes.
    —Me gusta oírte hablar de Marc —le dijo Antonio riendo— eres un retratista incomparable.

    Se llevó la mano a su bolsillo para buscar su pipa y su tabaco; pero, sin concluir el gesto, se inmovilizó repentinamente en una actitud de extrema atención. Con la cabeza inclinada, el oído alerta, permaneció así un momento, un dedo levantado para recomendar silencio a su compañero.

    —¿Qué hay? — murmuró Bill.

    Antonio le hizo señas de callarse y tornó a escuchar. Con las mayores precauciones, se arrodilló para aplicar su oído a tierra. Después se levantó, sacudió rápidamente el polvo de sus ropas, se acercó a Bill y le cuchicheó el oído:

    —Un ruido de pasos. Alguien viene. Cuando yo empiece a hablar, respóndeme.

    Bill hizo que sí con la cabeza. Antonio le dio en el hombro una palmadita animadora y avanzó con paso firme hacia la caja de bochas, silbando alegremente. Sacó las bochas, dejó caer una de ellas con estrépito sobre el piso y dijo luego a su amigo:

    —Después de todo, Bill, creo que no tengo muchos deseos de jugar esta noche.
    —Entonces, ¿por qué dijiste que querías jugar una partida? — refunfuñó Bill.

    Antonio le dirigió una sonrisa de felicitación, continuando:

    —Es verdad, me sentía tentado cuando te lo dije; pero ya no.
    —Entonces, ¿qué vamos a hacer?
    —Conversar, si quieres.
    —Con mucho gusto —dijo Bill calurosamente.
    —He visto un banco en el césped. Llevemos el material hasta ahí para el caso en que quisiéramos jugar a pesar de todo.
    —Con mucho gusto — repitió Bill, satisfecho de esta palabra, que le evitaba comprometerse antes de saber cuál habría de ser su papel en el diálogo.

    Mientras atravesaban el césped, Antonio dejó caer las bochas y sacó su pipa, preguntando en voz alta:

    —¿Tienes una cerilla?

    Aprovechando el segundo durante el cual se inclinaba para tomar fuego, murmuró:

    —…Alguien va a escucharnos. Desenvuelve la tesis de Cayley. Recobró enseguida su voz ordinaria para añadir:
    —No son muy famosas tus cerillas, Bill. Sentáronse en el banco.
    —¡Qué deliciosa noche! — exclamó Antonio.
    —Maravillosa, en verdad.
    —¿Dónde podrá estar ahora el pobre Marc?
    —Es un caso tan extraño…
    —Tú eres de la opinión de Cayley. Crees en un accidente.
    —Sí, porque conoces a Marc.
    —¡Hum!

    Antonio extrajo de su bolsillo un lápiz y una hoja de papel y escribió sobre su rodilla mientras continuaba hablando, explicando que pensaba que Marc había matado a su hermano en un acceso de cólera, que Cayley lo sabía o, por lo menos, lo sospechaba, y que había querido dar a su primo la posibilidad de escaparse.

    —…Nota bien, Bill, que encuentro que tiene razón. Es lo que cualesquiera de nosotros habría hecho en su lugar. En esto no cambiaré de opinión pero hay uno o dos detalles que me hacen creer que Marc mató a su hermano de otro modo que por accidente…
    —¿Un asesinato, entonces?
    —Un homicidio, más bien, sin premeditación. Puedo, por otra parte, equivocarme.
    —¿En qué fundas tu opinión? ¿Es a causa de las llaves?
    —Oh, mi opinión concerniente a las llaves está descartada. Era, es verdad, una brillante idea que se me ocurrió, y tú te hubieras visto obligado a darme la razón si todas las llaves hubiesen estado afuera.

    Habiendo concluido de escribir, le pasó el papel a Bill. Las letras, cuidadosamente trazadas, se destacaban al claro de la luna con una nitidez perfecta, y no le costó a Bill esfuerzo leer lo que sigue: "Continúa hablando como si estuviese yo todavía junto a ti. Pasados uno o dos minutos, vuélvete como si yo estuviera sentado en la hierba a tus espaldas, pero sin dejar de hablar".

    —Sé que no estás de acuerdo conmigo —prosiguió Antonio, mientras su amigo leía—; pero verás que soy yo quien tiene razón.

    Bill lo miró, entusiasmado, e hizo señas de haber comprendido bien. El placer de la aventura había alejado de su espíritu el golf, Betty, todo lo que componía su universo habitual. Sólo contaba el instante presente: ¡era la verdadera vida!

    Comenzó animosamente:

    —Toda la cuestión, entiéndeme bien, consiste en que conozco a Marc, y puedo decirte que Marc…

    Ya Antonio había abandonado el banco y se había dejado deslizar suavemente en la zanja para seguirla con prudencia hasta las cercanías de la cabaña. Los ruidos de pasos que había oído parecían venir del subsuelo de la pequeña construcción: debía haber una trampa en el piso. El recién llegado, quienquiera que fuese, percibiría seguramente sus voces y se sentiría sin duda tentado de escuchar lo que decían. Si se contentaba, para tal propósito, con entreabrir la trampa sin mostrarse, Antonio descubriría la entrada sin correr ningún riesgo. Pero Antonio esperaba algo mejor aún: cuando Bill se volviera para hablar a su interlocutor, supuestamente ubicado detrás del banco, el misterioso auditor, según toda probabilidad, experimentaría la necesidad de asomar la cabeza por la trampa para continuar siguiendo la conversación, y entonces nuestro héroe tendría una oportunidad única de identificarlo; si, en fin, se arriesgaba a salir completamente de su escondrijo para espiarlos, quedaría convencido, puesto que Bill hablaba por encima del respaldo del banco, que Antonio estaba sentado en tierra detrás del asiento, balanceando sus piernas en la zanja.

    Antonio recorrió rápidamente, pero sin el menor ruido, la mitad de la longitud del césped hasta el primer ángulo, lo contorneó con mil precauciones, y luego siguió el terreno en su anchura hasta el segundo ángulo. Desde allí, podía aún oír a Bill que invocaba su conocimiento del carácter de Marc para demostrar que esto y aquello no habían podido producirse sino de esta y aquella manera. Satisfecho de su alumno, no pudo menos que sonreír. Bill era decididamente un gran conspirador. ¡Valía cien, Watsons! Próximo a la segunda vuelta, disminuyó el ritmo de su avance e hizo las últimas yardas arrastrándose sobre las manos y las rodillas. Con el vientre a tierra ahora, ganando espacio pulgada por pulgada, arriesgó su cabeza más allá de la esquina, casi al ras del suelo. La cabaña no estaba más que a dos o tres pasos, a la izquierda, del otro costado de la zanja. Su mirada abarcaba casi completamente el interior, donde todo parecía haber quedado tal como lo dejara con Bill algunos momentos antes: las cajas de bochas, la máquina de cortar césped, el rodillo, la caja de croquet abierta, la…

    —¡Misericordia! — exclamó Antonio, en un murmullo imperceptible— ¡ esta vez, está claro!…

    La tapa de la segunda caja de croquet también estaba abierta de par en par.

    Bill se obstinaba en los raciocinios que repetía por vigésima vez; su voz hacíase menos perceptible. Sin embargo, algunas palabras llegaban todavía hasta Antonio: "Ya ves lo que quiero decir; no hay duda que si Cayley…"

    Y he aquí que de la segunda caja surgió la negra cabeza de Cayley… Antonio sintió deseos de lanzar una exclamación. Todo se hacía luminoso, deslumbrador. Por un momento permaneció allí, dilatados los ojos de estupefacción, fascinado por aquella pelota de croquet de un nuevo género que emergía tan dramáticamente de la caja. Pero casi enseguida, aunque a su pesar, se preparó a batirse en retirada. Nada habría ganado y quizá perdido mucho, si tardaba en hacerlo, pues, Bill principiaba a dar muestras de agotamiento.

    Todo lo aprisa que pudo sin hacer ruido. Antonio se deslizó en derredor de la zanja y volvió, a colocarse detrás de su amigo. Luego se levantó bostezando, se desperezó y declaró negligentemente:

    —Bueno, no te tomes tanto trabajo, mi viejo Bill. Debes tener razón. Tú conoces a Marc; yo nunca lo he visto; de aquí proviene toda la diferencia. ¿Jugamos una partida o nos vamos a acostar?

    No sabiendo en qué sentido debía responder, Bill buscó una inspiración en el rostro de su amigo y debió hallarla, porque replicó sin embarazo:

    —Podríamos jugar una partida, si quieres.
    —Vamos —dijo Antonio.

    Pero Bill estaba demasiado excitado para dedicar la menor atención al juego; Antonio, en cambio, jugó con la mayor seriedad durante diez minutos, pareciendo no tener ninguna otra preocupación que la de ganar. Anunció después que se iba a acostar.

    La mirada de Bill reflejaba la más viva curiosidad.

    —Es cierto, Antonio —dijo riendo—. Podrás hablar todo lo que quieras una vez que hayamos vuelto las bochas a su sitio.

    Regresaron juntos a la cabaña, y mientras Bill guardaba el material, Antonio procuró alzar la tapa de la segunda caja de croquet. Como lo esperara, estaba cerrada con llave.

    —En fin —dijo Bill, mientras tornaban a la casa—, vas a poder contarme. Me muero de ganas de saber. ¿Quién era?
    —Cayley.
    —¡Dios!… ¿Es posible? ¿Dónde estaba?
    —En el interior de una de las cajas de croquet.
    —No te burles de mí, hazme el favor.
    —Es la pura verdad, Bill. Le refirió lo que había visto.
    —¿Por qué no ir enseguida a explorar? — preguntó Bill, decepcionado—. Ardo de deseos de comenzar. ¿Por qué esperar?
    —Mañana. Por el momento, no tardaremos en ver a Cayley volver por aquí, supongo. Por otra parte, preferiría entrar en el pasaje por la otra extremidad, si es posible. No creo que podamos introducirnos por este lado sin traicionarnos. ¿Qué te decía? Ahí viene Cayley. Acababan, en efecto, de percibirlo, marchando a su encuentro a lo largo del camino. Cuando estuvieron más cerca, le dirigieron algunos gestos de bienvenida, a los que respondió.
    —Me preguntaba dónde estaban —dijo, abordándolos—; pensé que debían haber encaminado de este lado su paseo. Olvidan que es hora de dormir.
    —A eso íbamos —dijo Antonio. Y Bill añadió:
    —Hemos jugado a las bochas y charlado, y… jugado a las bochas. La noche está deliciosamente fresca, ¿no?

    Mientras se dirigían los tres hacia la casa, Bill dejó a Antonio el cuidado de proseguir solo la conversación. Tenía, por su parte, demasiada necesidad de reflexionar. Un punto le parecía ahora fuera de duda: Cayley era un miserable. Jamás había vivido Bill hasta entonces en la intimidad de un bribón, y reprochaba a Cayley haber engañado así a sus amigos y traicionado su confianza. El mundo, pensaba, está verdaderamente poblado de personas curiosas… muchas de las cuales guardan secretos. Así, Tony, la primera vez que lo encontró en un comercio de tabacos, ¿no lo habrían tomado buenamente por un auténtico comisionista? ¿Y Cayley? ¿Quién hubiera creído que no fuese un hombre como los otros? ¿Y Marc? ¡Al diablo, Marc! ¿Se podía, en tales condiciones, estar nunca seguro de lo que fuese nadie? ¿Y Robert? Él, era diferente. Todo el mundo lo había considerado siempre como un individuo inquietante. En fin, ¿qué pito podría tocar la señorita Norris en todo este embrollo?

    ¿Cuál era el papel de la señorita Norris? Tal era también la pregunta que Antonio ya se había formulado por la tarde y que volvía a su espíritu ahora que creía haber hallado la respuesta. Fue un poco más tarde, bien extendido en su lecho, que reunió sus ideas y trató de poner un poco de orden en su obscuridad, a Ja luz de los últimos acontecimientos de la velada.

    Desde luego era natural que Cayley hubiera deseado desembarazarse de sus huéspedes lo antes posible después del descubrimiento de la tragedia; era tan necesario a la tranquilidad de aquéllos como a la suya propia. Pero había estado demasiado pronto en sugerir la idea y más aún en hacerla ejecutar. No había perdido un instante para expedirlos. Por cierto que a él le incumbía imponer una decisión si se hacía indispensable, pero nada le impedía principiar por remitirse a la discreción de cada uno; de hecho, no les había dejado la menor libertad. Así, cuando la señorita Norris había hablado de no tomar el tren sino después de comer, con la evidente esperanza de sufrir antes de partir un interrogatorio sensacional por algún detective reputado, la había animado delicadamente, pero del modo más firme, a acompañar a los otros en el primer tren. Antonio habría pensado, más bien, que Cayley, en medio del drama que acababa de abatirse sobre la casa, sería igualmente indiferente a la presencia o la ausencia de la actriz algunas horas más. Pero había ocurrido lo contrario; Antonio, como era natural, dedujo que Cayley atribuía una gran importancia a su partida. ¿Por qué? La cuestión no pudo ser resuelta de inmediato en su espíritu; pero lo había incitado a interesarse en la señorita Norris y a prestar particular atención a la historia de su disfraz de fantasma que Bill le refiriera al azar. Había querido entonces saber un poco más acerca de ella y de su papel en la Casa Roja. Por una pura coincidencia, parecía, los acontecimientos se habían encargado de satisfacer plenamente su curiosidad: la señorita Norris fue despedida a toda prisa porque conocía la existencia del pasaje secreto. De modo que el pasaje se relacionaba con el misterio de la muerte de Robert. La señorita Norris lo había utilizado para llevar a efecto su fantástica aparición.

    ¿Lo había descubierto ella sola? ¿Marc se lo había mostrado un día, sin sospechar que lo emplearía para jugarle una mala pasada? ¿O bien, sería Cayley, quien, participando en la superchería, se lo habría enseñado para hacer que su aparición en el césped fuese aun más inexplicable y sobrenatural? Sea lo que fuere, estaba ella al corriente del pasaje secreto; era preciso alejarla lo más pronto posible. Si se quedaba, podía hablar y, hablando, hacer inocentemente alusión a lo que sabía. Esto, Cayley no lo quería a ningún precio. ¿Qué decir, sino que el pasaje, o aun la simple mención de su existencia, era susceptible de suministrar un hilo conductor de la mayor importancia?

    —Me pregunto si Marc está oculto —pensó Antonio antes de dormirse.


    X
    EL SEÑOR GILLINGHAM DICE INSENSATECES


    A la mañana siguiente, Antonio estaba de excelente humor cuando descendió al comedor. Cayley, llegado antes que él, interrumpió la lectura de su correspondencia para saludarlo.

    —¿Sin noticias del señor Ablett… de Marc? — preguntó Antonio, sirviéndose una taza de café.
    —No. El inspector quiere dragar el lago esta tarde.
    —Ah, ¿hay un lago?

    Una sonrisa casi imperceptible asomó al rostro de Cayley y desapareció enseguida.

    —A la verdad, es en realidad un estanque, que aquí llaman "el lago".

    "Este «llaman» no puede referirse sino a Marc", pensó Antonio, antes de añadir en alta voz:

    —¿Qué espera hallar la policía?
    —Birch imagina que Marc…

    Cayley concluyó con un encogimiento de hombros.

    —¿Que Marc pudo ir ahí a ahogarse, al comprender que no podía huir y que su tentativa de fuga ya lo había comprometido irremisiblemente?
    —Sí, eso supone —respondió lentamente Cayley.
    —Yo habría, pensado más bien que habiendo asumido tales riesgos, hubiera al menos querido correr su suerte hasta el fin. Después de todo, tenía un revólver; siempre le quedaba el recurso de recurrir a él si estaba absolutamente decidido a no dejarse arrestar. Pero, ¿no habría podido tomar un tren para Londres antes que la policía se pusiera en movimiento?
    —Habría podido. Justamente había uno. En Woodham, naturalmente, lo hubieran identificado. Pero le bastaba combinar un plan para partir por Stanton, donde era menos conocido. Sin embargo, el inspector ha hecho investigar por allá: nadie parece haberlo visto.
    —Se concluirá seguramente por hallar personas que dirán que lo han visto. Jamás se produce una desaparición sin que una docena de personas vengan a jurar que hallaron al desaparecido en una docena de sitios diferentes a la misma hora.

    Cayley sonrió, respondiendo:

    —Sí, es la pura verdad. En todo caso, el inspector quiere dragar el estanque, como primera medida: Y añadió sentenciosamente:
    —…En todas las novelas policiales que he leído, su primera preocupación es siempre comenzar por dragar los estanques.
    —¿Es profundo?
    —Bastante —dijo Cayley, levantándose.

    A punto de abrir la puerta, se volvió hacia Antonio:

    —Lamento mucho haberme visto obligado a retenerlo aquí de una manera tan imprevista; pero no será más que hasta mañana. El sumario está fijado para mañana por la tarde. Distráigase como quiera hasta entonces. Beverley lo ayudará.
    —No se preocupe por mí. Todo irá bien. Gracias.

    Antonio continuó su desayuno. Quizá fuera exacto que los inspectores pensaban siempre en dragar los estanques; pero la verdadera cuestión era, sobre todo, ésta: ¿le agradaría a Cayley, en ciertas circunstancias, que la policía dragase los estanques? ¿Estaba inquieto por el resultado, o indiferente? No parecía inquieto, pero no le era difícil ocultar sus verdaderos sentimientos tras su pesada y maciza cara… Era muy raro que el verdadero Cayley se revelase bajo aquella máscara impenetrable: a lo sumo, a veces, un fulgor de interés un poco acentuado pero, esta mañana, no se podía verdaderamente adivinar nada. Tal vez estuviese seguro de que el estanque no tenía ningún secreto que revelar… Bill entró ruidosamente. Su semblante, en el que se leía como en un libro abierto, reflejaba una viva excitación.

    —Bueno —preguntó, sentándose a la mesa—, ¿qué vamos a hacer esta mañana?
    —No hablar tan alto, para comenzar —repuso Antonio.

    Bill, asustado, miró el derredor. ¿Estaría Cayley oculto bajo la mesa? Después de la noche última, no había que asombrarse de nada.

    —¿Está…? — interrogó, enarcando las cejas.
    —No, pero es innecesario gritar. No olvides, mi querido William, que siempre se debe, al hablar, fiscalizar la modulación de la voz con una lenta contracción de los músculos abdominales. Se evita así esas sonoras voces de pecho que han traicionado tantos secretos. En otros términos… alcánzame las tostadas.
    —Pareces rebosante de salud esta mañana.
    —Lo estoy, en efecto, al punto que Cayley lo observó. Me dijo: "Si no tuviera otra cosa que hacer, iría contigo a recolectar avellanas y muguetes. Danzaríamos con ardor sobre las hojas del moral y brincaríamos en medio de los fuegos fatuos. Pero las aguas del Jordán me rodean por todas partes y el inspector Birch acudirá a segar la fuente con su red de pescar. Mi amigo William Beverley vendrá a acompañarte. Buena suerte para todos los cazadores de avellanas". Se retiró entre bastidores… Escena segunda: entrada de William Beverley.
    —¿Suele ocurrirte esto a la hora del desayuno?
    —Casi siempre. Declara que quiere comer. Salida de William Beverley. Fin de la escena segunda.
    —Una insolación, supongo —diagnosticó Bill meneando tristemente la cabeza.
    —Es el sol, la luna y las estrellas, conjugando su acción sobre un estómago vacío. ¿Tienes algunas nociones de las estrellas, Beverley? ¿Sabes algo, por ejemplo, del Cinturón de Orion? ¿Y por qué no habría también una constelación llamada el Cinturón de Beverley? ¿O una novela? Así se expresaba masticando. Regreso del señor Beverley, que surge de una trampa…
    —¡Habla de trampas!
    —No —dijo Antonio, levantándose—. Los unos hablan de Alejandro y los otros de Hércules, pero nadie habla de… ¿Cuál es la palabra latina que significa trampa? Mensa, una mesa… podrían hallar una palabra derivada de ésta… Vamos, señor Beverley, hasta la vista —añadió, retirándose, no sin dar a su amigo, de paso una cordial palmada en el hombro—. Cayley me aseguró que tú ibas a distraerme pero hasta ahora no me has hecho reír una sola vez. Ensaya en cuanto hayas terminado tu desayuno, y, por favor, busca un medio de sed más ameno. Pero no te apresures: concede a las mandíbulas superiores tiempo de cumplir su trabajo…

    Pronunciando estas palabras, Gillingham se retiró a sus habitaciones. Bill continuó su comida con aire absorto. No sabía que Cayley estaba fumando un cigarrillo del otro lado de la ventana, justo detrás de él. ¿Escuchaba? ¿Podía oír? En todo caso, Antonio, que lo había visto se cuidó de correr el menor riesgo.

    Bill, que nada comprendió de toda aquella comedia, prosiguió su desayuno diciéndose que Antonio era un curioso muchacho y preguntándose si los sorprendentes acontecimientos de la víspera no habían sido un sueño más que una realidad.

    Antonio subió a su cuarto en busca de su pipa. Halló a una camarera y se excusó cortésmente por interrumpirla en su trabajo; luego se acordó:

    —¿No será usted Elsie, por casualidad? — le preguntó dirigiéndole una amable sonrisa.

    Intimidada, pero llena de orgullo, le respondió ella enseguida:

    —Sí, señor, soy yo.
    —No abrigaba ninguna duda respecto a las razones que le valían tal notoriedad.
    —Es usted, ¿no?, que oyó al señor Marc ayer. Espero que el inspector la haya tratado con delicadeza.
    —Sí gracias, señor.
    —"Ahora me ha llegado la vez; espera un poco" — murmuró Antonio.
    —Sí, señor, esas fueron las palabras que oí, dichas con impertinencia, como queriendo decir que, realmente, le había llegado la vez.
    —Me pregunto…
    —Es la verdad, señor, exactamente lo que he oído. Antonio la miró meneando la cabeza.
    —Sí… Me pregunto por qué.
    —¿Por qué? ¿Respecto a qué señor?
    —Oh, a propósito de una porción de cosas, Elsie… ¿Fue por el azar que estuvo usted ahí en ese momento?

    Elsie enrojeció. Pesaban aún sobre su corazón los reproches de la señora Stevens.

    —Completamente por azar, señor. Habitualmente paso por otra escalera.
    —Naturalmente.

    Antonio había encontrado su pipa y se preparó a descender. Elsie lo retuvo:

    —Perdón, señor, ¿va a haber un sumario?
    —Sí; mañana, creo.
    —¿Tendré que testimoniar de nuevo?
    —Por supuesto, pero no tiene por qué asustarse.
    —Oí bien las palabras, señor; no he dicho más que la verdad.
    —No lo dudo. ¿Quién pretende que no es la verdad?
    —Ciertas personas: la señora Stevens y los otros.
    —Es que tienen envidia —concluyó Antonio sonriendo.

    Estaba contento de haber hablado con aquella muchacha, porque la importancia de su testimonio le había llamado la atención desde el principio. El inspector, sobre todo, debió atribuir a Marc, en vista de ello, una actitud de amenaza hacia su hermano. Para Antonio, su significado era diferente. Era el único testimonio digno de le que probaba que Marc se había trasladado realmente al escritorio antes del crimen.

    En suma, ¿quién había visto la entrada de Marc? Nadie, salvo Cayley; pero si Cayley había falseado la verdad respecto a las llaves, ¿por qué no habría hecho otro tanto en lo que concernía a la entrada de Marc en el escritorio? Evidentemente, el testimonio de Cayley, en conjunto era sospechoso. Debía haber en él algo de verdad; pero en sus declaraciones, esta verdad se mezclaba con falsedades subordinadas a sus fines personales. ¿En qué consistían estos fines? Antonio lo ignoraba aún. ¿Proteger a Marc? ¿Protegerse a sí mismo? ¿Traicionar a Marc? Una de estas tres hipótesis debía ser la verdadera; pero, puesto que su testimonio nada tenía de objetivo ni desinteresado, hacíase imposible colocarlo en el mismo plano que el de un testigo imparcial y digno de fe, como parecía ser Elsie.

    Las declaraciones de Elsie parecían establecer de modo decisivo que Marc se había trasladado al escritorio para ver a su hermano; Elsie los había oído hablar; Cayley y Antonio habían hallado el cuerpo casi enseguida… y el inspector se preparaba a dragar el estanque.

    Desde luego, el testimonio de la camarera no probaba más que la simple presencia de Marc en la pieza. "Ahora me ha llegado mi vez. ¡Espera!" Estas palabras no significaban una amenaza inmediata, sino más bien una amenaza para lo porvenir. Si Marc había matado enseguida a su hermano, era necesario que fuese por accidente, como consecuencia de una lucha provocada, por ejemplo, por aquel "tono impertinente". A nadie se le ocurriría decirle "Espera", a un hombre a quien va a matar al instante mismo. "Espera", significa: "Dejemos pasar un poco de tiempo y ya verás lo que te ocurrirá". El propietario de la Casa Roja estaba harto de las exigencias, del chantaje de su hermano. Ahora era él quien le dictaría la ley: que Robert esperase un poco y vería. La conversación sorprendida por Elsie podía significar algo así; no podía significar un asesinato, en todo caso el asesinato de Robert por Marc.

    —"Es extraño —pensó Antonio— la única solución evidente es tan fácil y, no obstante, tan falsa! Tengo un centenar de ideas en la cabeza y no consigo formar un todo coherente; pero no nos olvidemos de esta tarde: eso hará la ciento una.

    Encontró a Bill en el hall, y le propuso un paseo. Bill no deseaba otra cosa.

    —¿Dónde quieres ir?
    —No tengo preferencias. Muéstrame el parque.
    —Como gustes.

    Una vez alejados de la casa, Antonio continuó:

    —Mi viejo Watson, haces mal en hablar tan alto en las habitaciones. Había un oyente del otro lado de la ventana, justo detrás de ti, durante todo nuestro desayuno.
    —Oh, ¿de veras?, no sabía —dijo Bill, enrojeciendo—. ¡ Me siento confundido! ¿Fue por eso por lo que te lanzaste a divagar?
    —Sí, en parte, y en parte también porque me sentía particularmente bien esta mañana. Vamos a tener un día muy ocupado.
    —¿De veras? ¿Qué vamos a hacer?
    —Van a dragar el estanque… perdón: el lago. ¿De qué lado está?
    —En la dirección en que caminamos. ¿Quieres verlo?
    —Podemos echarle un vistazo. ¿Te paseas a menudo por los alrededores de ese lago, en tiempo ordinario?
    —Oh, no, no hay nada interesante por ahí.
    —¿Nunca te bañas en él?
    —¡Gracias! Sus aguas son muy sucias.
    —Sí… Es el mismo camino que tomamos ayer para ir al pueblo, ¿no?
    —Exacto, pero ahora vamos a doblar un poco más a la derecha. ¿Por qué ese dragado?
    —Marc.
    —Oh —exclamó Bill,, turbado.

    Guardó silencio un momento; después el pensamiento de las apasionantes horas que se preparaban le hizo olvidar su emoción, y preguntó ávidamente:

    —Dime, ¿cuándo vamos a explorar ese pasaje?
    —No podemos hacer gran cosa mientras Cayley esté en la casa.
    —¿Y por qué no esta tarde, mientras registran el estanque? Él irá ciertamente. Antonio sacudió la cabeza.
    —Pienso hacer otra cosa esta tarde; naturalmente, es posible que dispongamos de tiempo para ambas.
    —¿Hace falta que Cayley esté ausente para esa otra cosa?
    —Sí, también.
    —¿Es algo palpitante, todavía?
    —No sé. Puede ser muy interesante. Quizá me sería posible hacerlo en otro momento, pero será mejor a las tres; he reservado especialmente este momento.
    —¡ Cómo será de entretenido!… Tendrás necesidad de mí, ¿no?
    —Por supuesto. Sólo, Bill, una vez más, que no hables de nada en el interior de la casa, a menos que yo asuma la iniciativa. Es el deber de un buen Watson.
    —No lo haré más Tony; te juro que no lo haré más…

    Llegados al estanque, al "lago" de Marc, dieron vuelta silenciosos en su derredor. Cuando volvieron a su punto de partida, Antonio se sentó en el césped y tornó a encender su pipa. Bill siguió su ejemplo.

    —Marc no está ahí —dijo Antonio.
    —No, sin duda. Pero no veo cómo sabes que no está.
    —No lo sé, lo adivino —repuso vivamente Antonio—. Es mucho más fácil descerrajarse un tiro que ahogarse. Por otra parte, si Marc hubiera querido emplear el agua para matarse, en el deseo de que no hallasen su cuerpo, habría llenado de gruesas piedras sus bolsillos. Y no hay piedras voluminosas sino al borde del agua, donde su substracción habría dejado señales. Como no he visto por ninguna parte huellas de este género, podemos desechar la hipótesis y… Y después, no hablemos más de este estanque; ya habrá tiempo de hacerlo esta tarde. Bill, ¿dónde comienza el pasaje secreto?
    —He aquí, justamente, lo que debemos descubrir.
    —Mira, mi idea es ésta.

    Explicó las razones por las cuales pensaba que el secreto del pasaje guardaba relación con el secreto de la muerte de Robert. Después continuó:

    —…Mi teoría es que Marc descubrió el pasaje hace un año, aproximadamente, cuando fue presa de una pasión por el croquet. El pasaje conducía al piso de la cabaña, y es probablemente Cayley quien tuvo la idea de cubrir la trampa con una caja de croquet para disimularla más completamente. Ya sabes, una vez que has descubierto un secreto, siempre te parece que va a saltar a los ojos del primer venido. Me imagino qué feliz debía sentirse Marc de poseer un secreto para él solo; con Cayley, naturalmente, pero Cayley no contaba. Debieron divertirse en grande cuando hubieron puesto la caja y vieron a sus amigos circular en derredor sin sospechar la existencia del escondrijo. Después, cuando la señorita Norris forjó el proyecto de disfrazarse de fantasma, Cayley la puso al corriente. Debió comenzar por decirle que jamás podría ella atravesar el parque hasta el terreno de bochas sin ser reconocida. Es sin duda en ese momento que habrá dado a entender que existía un medio de llevar a bien su plan y que, de una manera o de otra, su interlocutora le habrá arrancado el secreto.
    —Pero habría sido necesario que todo esto ocurriera en los dos o tres días que precedieron a la llegada de Robert.
    —Necesariamente. No pretendo que el pasaje haya sido primitivamente asociado a algún mal designio.

    "Tres días antes, no representaba para Marc más que un medio de saborear un poco de romanticismo y de aventura. Ni siquiera sabía todavía que Robert debía venir. Sólo más tarde el pasaje fue utilizado en relación con Robert. Quizá Marc lo haya aprovechado para huir; quizá esté oculto en él. Entonces, la única persona susceptible de traicionarlo habría sido la señorita Norris; traicionarlo con toda inocencia, desde luego, pues nada sabe del papel del pasaje en este asunto.

    —De modo que era más prudente librarse de ella.
    —Sin duda alguna.
    —Pero, oye, Tony, ¿por qué devanarnos los sesos para adivinar dónde comienza el pasaje? Siempre podemos entrar por la otra extremidad, cerca del terreno de césped.
    —Ya yo sé, pero en este caso nos veríamos obligados a desenmascarar abiertamente nuestras baterías y forzar la cerradura de la caja, lo que Cayley advertiría enseguida. Mira, Bill, si no conseguimos de aquí a uno o dos días aclarar este misterio por nuestros propios medios, daremos parte a la policía de lo que ya sabemos, y serán ellos entonces quienes explorarán el pasaje sin nosotros. Pero no quiero todavía llegar a esto.
    —Oh, no, por favor.
    —Más vale que continuemos secretamente nuestras pesquisas mientras podamos. Es el único medio. Sonrió y añadió:
    —…¡Y el más divertido!
    —Infinitamente más —confirmó Bill con una amplia sonrisa.
    —Volvamos, pues, a lo que estábamos discutiendo: ¿dónde puede comenzar el pasaje secreto?


    XI
    EL REVERENDO TEODORO USSHER


    —Hay una verdad de la que debemos compenetrarnos inmediatamente —explicó Antonio—: y es que si no hallamos la entrada con facilidad, ya no la encontraremos de ningún modo.

    —¿Quieres decir que ya no tendremos tiempo?
    —No tiempo ni ocasiones favorables, lo que en el fondo es un consuelo para un perezoso como yo.
    —Pero así se hace mucho más difícil, si las circunstancias necesarias a nuestras pesquisas son de reunión tan complicada…
    —Más difícil de hallar, sí; pero tanto más fácil de buscar. Suponte que el pasaje comience en el dormitorio de Cayley. De antemano sabemos que para nosotros no puede comenzar ahí.
    —¡No lo sabemos en absoluto! — protestó Bill.
    —Lo sabemos en relación a las posibilidades de investigación de que disponemos. No nos es posible buscar huellas en el dormitorio de Cayley y sondear el fondo de sus armarios. Por tanto, si nos quedan probabilidades de descubrir la entrada, debemos sentar en principio que no es ahí donde se encuentra.
    —Ah, comprendo.

    Bill masticó una brizna de hierba, meditando, antes de continuar:

    —…De todos modos, el pasaje no comenzaría en uno de los pisos altos, ¿no te parece?
    —No, probablemente. Ya ves que progresamos.
    —Puedes eliminar la cocina y todo el lado vecino —siguió Bill tras nueva reflexión—, porque no podemos ir allí.
    —De acuerdo. Y también los sótanos, si hay.
    —Después de esto no nos queda gran cosa.
    —No, en efecto. Por supuesto, no tenemos más que una probabilidad de éxito, sobre cien. Lo que necesitamos es preguntarnos cuál sería el sitio más probable, entre los varios a donde podemos conducir nuestras pesquisas en paz y seguridad.
    —Se reduce a las piezas de la planta baja: el comedor, la biblioteca, el hall, el billar y el escritorio.
    —Sí, es todo.
    —¿Las mayores probabilidades no estarán por el escritorio?
    —Sí, salvo un punto.
    —¿Cuál?
    —El escritorio no está en buen lugar de la casa: han debido tratar de no prolongar inútilmente el subterráneo. ¿Por qué empezar por hacerlo pasar bajo el edificio?
    —Es cierto. Entonces el comedor, o la biblioteca.
    —Sí, la biblioteca, de preferencia; quiero decir en relación a nuestras comodidades. Siempre hay criados que van y vienen por el comedor: apenas tendríamos posibilidades de explorar convenientemente. Y luego, hay otra cosa que no debemos olvidar: Marc guardó el secreto durante un año. ¿Habría podido tomar durante todo ese tiempo las precauciones necesarias en un comedor? ¿La señorita Norris habría podido, con su disfraz, abrir una puerta secreta justo después de la comida, sin ser vista? No ha debido exponer su combinación hasta ese punto. Impaciente, Bill se levantó:
    —Vamos enseguida a examinar la biblioteca. Si aparece Cayley, fingiremos buscar un libro.

    Antonio se levantó lentamente, lo tomó del brazo y se dirigió con él hacia la casa.

    Aparte de toda cuestión del pasaje, la biblioteca era verdaderamente digna de una visita. Cuando Antonio concurría a casa de alguien la simple vista de los estantes cargados de libros constituía para él una tentación irresistible. Apenas llegado, ya estaba ocupado en recorrer los títulos para ver qué libros leía el propietario o, más probablemente, guardaba sin leerlos por el aire de dignidad que su sola presencia confería a la casa. En todo tiempo, Marc se había enorgullecido de su biblioteca. Había acumulado las más variadas obras: las unas herederas de su padre o de su bienhechora; otras, que había comprado porque le interesaban o porque, sin interesarle, tenían por autores a personas que le placía patrocinar; otras, todavía, porque había querido de ellas ejemplares suntuosamente encuadernados, mitad porque producían gran efecto en sus estantes, mitad porque eran de esas que todo hombre cultivado debe poseer. Ediciones antiguas o recientes, obras caras y publicaciones a bajo precio, había allí para todos los gustos.

    —¿Qué género prefieres, Bill? — preguntó Antonio, echando una primera ojeada de conjunto—. ¿O bien, estás constantemente ocupado en jugar al billar?
    —Me ha ocurrido a veces abrir Badminton —respondió Bill—; está allí, en aquel rincón. Con un gesto señaló el sitio.
    —Por aquí, dices —insistió Antonio, que ya lo buscaba.
    —Sí.

    Se rectificó enseguida:

    —…Oh, no, ya no está ahí. Ahora está allí a la derecha. Marc hizo sufrir a su biblioteca un cambio importante, hace cosa de un año. Nos refirió que este trabajo le había costado más de una semana. ¡Tiene tan formidable cantidad de libros!
    —He aquí una indicación interesante —observó Antonio, sentándose para llenar otra vez su pipa.

    No era exagerado hablar de una "cantidad formidable" de volúmenes. Las cuatro paredes estaban literalmente cubiertas de ellos, de arriba abajo, con la sola excepción de la puerta y de las dos ventanas que persistían en prodigar su aire y su luz, aun al visitante más iletrado. Desesperado, Bill tenía la impresión que buscar en tal sitio la abertura de un pasaje secreto equivalía a querer descubrir una aguja en un pajar.

    —Tendremos que bajar todos estos malditos libros —gimió—, uno por uno, antes de estar seguros de que no hemos pasado de lado.
    —En todo caso —respondió Antonio—, si los descendemos uno por uno, nadie nos podrá atribuir designios sospechosos. Después de todo, ¿para qué iríamos a una biblioteca si no es para escoger libros?
    —Sí, ¡pero hay tantos!

    La pipa de Antonio tiraba ahora de un modo satisfactorio. Se incorporó y marchó sin prisa hacia la extremidad de la pared que daba frente a la puerta, diciendo:

    —Veamos un poco si hay realmente tantos como dices. Ah, he aquí tu Badminton. ¿Lo lees a menudo, decías?
    —Pues… cuando me ocurre, por azar, leer alguna cosa.
    —Sí…

    Inspeccionó los compartimientos de arriba abajo.

    —…Aquí Deportes y Viajes, principalmente. Adoro los libros de viajes, ¿Y tú?
    —Son generalmente muy aburridores.
    —Todos no son de tu opinión —repuso Antonio en tono de reproche, pasando al panel siguiente— El Drama, los Dramaturgos de la Restauración. La mayoría pertenece al género teatral, los que tendería a probar que hay todavía lectores que saben apreciarlos. Shaw, Wilde, Robertson… Siempre me ha gustado leer piezas de teatro, Bill; es un gusto bastante poco difundido, quizá, pero reservado a los espíritus superiores. Continuemos.
    —Oye, disponemos de muy poco tiempo —hizo notar Bill, que se inquietaba.
    —Por eso, en efecto, no perderemos un instante… Poesía. ¿Quién habla todavía de poemas, hoy en día? Bill, ¿cuándo leíste por última vez el Paraíso Perdido?
    —¡Si nunca lo he leído!
    —Lo sospechaba, ¿Y cuándo oíste por última vez la lectura de La Excursión, hecha en alta voz por la señorita Calladine?
    —En efecto, Betty —la señorita Calladine— tiene una pasión por… ¿cómo se llama el autor?
    —Poco importa su nombre. Ya has dicho bastante. Sigamos. Se aproximó al siguiente compartimiento.
    —…Biografía. Oh, ¡qué cantidad! Soy un gran amante de la biografía. ¿Eres miembro del Johnson Club, Bill? Memorias de las Cortes de numerosos soberanos. Estoy seguro que la señorita Calladine lee esto. Hay muchas biografías tan interesantes como una novela; es indiscutible, e inútil, pues, que nos retardemos.

    Llegado a la serie de compartimientos vecinos, dejó escapar un brusco silbido.

    —¡He aquí! ¡He aquí!
    —He aquí, ¿qué? — preguntó Bill, de bastante mal humor.
    —Calma, Bill. Ha llegado el momento de contener a la multitud. El instante es decisivo: los Sermones. Tan cierto como que estamos aquí: los Sermones. ¿El padre de Marc era clérigo, o reunió esto por placer personal?
    —Su padre era pastor, creo; sí, tengo seguridad de ello.
    —Ah, entonces éstos son los libros de su padre, Algunas horas en el Infinito. Tendré que pedirle esto a mi librero, cuando regrese. La Oveja descarriada. Meditaciones de Jones acerca de la Santa Trinidad. Las Epístolas de San Pablo explicadas. Oh, Bill, ¡nos quemamos! El estrecho sendero reservado a los Elegidos, compilación de sermones por el reverendo Teodoro Ussher. ¡Henos aquí en pleno!
    —Oye, Antonio, ¿qué tienes?

    William, me siento transportado por la inspiración. Ven en mi ayuda.

    Tomó las obras del reverendo Teodoro Ussher, las contempló un momento con una sonrisa embelesada, se las alargó después a Bill:

    —…Ten un segundo, ¿quieres? Bill tomó dócilmente el volumen.
    —…Ahora devuélmelo, abre la puerta del hall y escucha si se oye a Cayley por los alrededores. Si está, no tendrás más que gritarme: "¡Alo!"

    Bill salió vivamente, escuchó y regresó diciendo que todo iba bien.

    —Perfectamente.

    Antonio sacó de nuevo el libro del estante:

    —Tenme otra vez este pobre Ussher, pero tómalo con la mano izquierda, de esta manera. Con la mano derecha empuñarás fuertemente el compartimiento, como voy a mostrarte. Ahora, cuando diga "tira", tirarás progresivamente, ¿comprendes?

    Bill hizo seña que sí, con aire radiante. Antonio colocó su mano en el espacio que dejara el enorme Ussher y tocó con el dedo el fondo del compartimiento; después ordenó:

    —¡Tira! Bill tiró.
    —… Prosigue ahora el mismo esfuerzo de tracción… un momento de paciencia… no demasiado fuerte, sin embargo…

    Sus ágiles dedos reanudaron enseguida, contra la pared, un trabajo invisible… De súbito, todo el panel, de arriba abajo, giró suavemente y se abrió ante ellos…

    —¡Santo Dios! — exclamó Bill, tan estupefacto que su mano soltó presa.

    Antonio volvió a cerrar el panel, tomó el volumen de las manos de Bill y lo colocó otra vez en su sitio. Luego, tomando a Bill por el brazo, lo condujo al sofá y lo hizo sentar de un empujón. Entonces, de pie, delante de él, se inclinó gravemente:

    —¡Juego de niños, Watson! ¡Un verdadero juego de niños!
    —Cómo diablos has podido…

    Antonio manifestó su alegría con una franca risa, sentándose junto a él.

    —Sería en verdad inferirte un insulto explicártelo — añadió, aplicando a su amigo una vigorosa palmada en la rodilla—. Tú me haces la pregunta porque un Watson está hecho para preguntar. Es muy gentil de tu parte, rindo homenaje a tus cualidades profesionales.
    —Te pido seriamente que me expliques, Tony.
    —Ah, mi querido Bill…

    Fumó algunos instantes en silencio y después continuó:

    —…Recuerda lo que te decía poco ha: un secreto no es tal más que hasta el momento en que se lo descubre. En cuanto lo has hallado, te preguntas cómo el primer venido pudo pasar junto a él sin descubrirlo también, y cómo es posible que haya permanecido tanto tiempo secreto. El pasaje existe desde hace años, poniendo en comunicación la biblioteca con la cabaña del terreno de bochas. Un día Marc lo descubrió y al instante le pareció que todo el mundo iba a descubrirlo. Disimuló entonces el otro extremo, cubriéndolo con una caja de croquet, y éste… ¿haciendo qué, Bill?

    Pero Bill, ateniéndose modestamente al papel de Watson, interrogó:

    —¿Haciendo qué? Continúa.
    —Evidentemente, procediendo a una distribución de sus libros. Un día, en que simplemente quiso tomar la Vida de Nelson o Tres hombres en un bote (1), o cualquier otro libro que se hallaba al alcance de su mano, dio inesperadamente con el secreto. Se dijo, como es natural, que cualquier otro podía, lo mismo que él, tener la idea de buscar la Vida de Nelson o Tres hombres en un bote. No menos naturalmente concluyó que, para que el secreto quedara guardado, era necesario que nadie jamás sintiera deseos de tocar ese compartimiento. Cuando tú me dijiste que toda la Biblioteca había sido cambiada hace un año, justo en el momento en que el croquet recobró preferencias, y la caja instalada allá, no tardé en adivinar por qué. No tenía entonces sino que buscar los libros más aburridores, aquéllos que nadie lee jamás. Con toda evidencia, la colección de sermones de un clérigo de mediados de la época victoriana representa el ideal del género.
    —Sí, comprendo. Pero, ¿cómo estabas tan seguro del sitio exacto entre toda la colección?
    —Era preciso que Marc se sirviese él mismo de un libro para fijar el sitio. Pensé que el humorístico pensamiento que consistía en colocar el estrecho sendero reservado a los Elegidos justo delante de la entrada del pasaje debió seducirlo. Aparentemente ocurrió así.

    Bill meneó varias veces la cabeza, reflexionando profundamente.

    —Sí, está perfectamente claro —dijo al fin—. ¡Eres endiabladamente inteligente, Tony! Antonio se echó a reír.
    —Parece que me lisonjeas, lo que sería peligroso para mí, pero delicioso al menos.
    —Entonces, ¿vienes? — preguntó Bill, levantándose.
    —Ir, ¿a dónde?
    —Pues a explorar el pasaje. Antonio hizo que no con la cabeza.
    —¿Por qué dices siempre que no?
    —¿Qué esperas hallar?
    —No lo sé. Pero, ¿no decías tú mismo que podríamos descubrir alguna cosa que nos ayudaría?
    —Suponte que hallemos a Marc —prosiguió tranquilamente Antonio.
    —Oh, ¿piensas realmente que esté?


    (1) Famosa obra humorística del escritor inglés Jerome K. Jerome. (Publicada en la Serie Azul de esta Biblioteca) (N. del E.)


    —Supongamos.
    —En ese caso, habríamos alcanzado pleno éxito.

    Antonio atravesó toda la pieza hasta la chimenea y sacudió las cenizas de su pipa; después se volvió hacia Bill y lo miró gravemente, sin hablar. Por fin se decidió.

    —¿Qué le dirías?
    —¿Cómo? ¿A quién?
    —A Marc. ¿Piensas arrestarlo o ayudarlo a huir?
    —Yo… yo… en efecto, yo… —tartamudeó Bill—. En fin, no sé.
    —Precisamente, primero hemos de decidir lo que haremos. ¿Es también tu parecer?

    Bill no respondió. Profundamente turbado, recorría nerviosamente la pieza, el ceño fruncido, deteniéndose de vez en cuando ante la abertura recientemente descubierta, como tratando de adivinar qué ocultaba el misterioso subterráneo. ¿Qué partido adoptaría si la necesidad lo obligaba a escoger? ¿El de Marc o el de la ley? Prosiguió Antonio, como si hubiera seguido punto por punto los pensamientos de su amigo:

    —…Ya ves que no bastaría, si tropezásemos con él, abrumarlo con exclamaciones de alegría o de sorpresa.

    Bill alzó los ojos, parpadeando, mientras Antonio continuaba:

    —…¿O bien, le dirías: "He aquí mi amigo, el señor Gillingham, que está instalado en su casa de usted y que acaba justamente de jugar un partido en su terreno de bochas"?
    —Sí, es difícil. No sé qué le diríamos. La verdad es que me había olvidado completamente de Marc.

    Se acercó a la ventana, bajo la cual se extendía el césped. Un jardinero se ocupaba en nivelar las orillas. ¿Por qué habría de descuidarse esta faena por el hecho de que hubiese desaparecido el dueño de casa? El día se anunciaba tan caluroso como el precedente. Era cierto, sí, que había olvidado completamente a Marc; pero, ¿cómo pensar en él como en un asesino en fuga, como en un culpable que se substraía a la justicia, cuando cada cosa y las ocupaciones de cada cual seguían como la víspera, cuando el sol continuaba brillando exactamente lo mismo que cuando subieron al coche para ir hasta el golf, veinticuatro horas antes? ¿Cómo substraerse a la impresión de que no se trataba de una tragedia auténtica, sino de un ameno juego de detectives en que se complacía con Antonio? Bill se volvió hacia su amigo:

    —Con todo Antonio, tú querías hallar ese pasaje y ahora ya lo has encontrado. ¿No quieres absolutamente entrar?

    Antonio lo tomó del brazo.

    —Vamos a dar una vuelta por afuera. De todos modos, no podríamos entrar ahora. Sería demasiado peligroso, con Cayley en los alrededores. Experimento los mismos sentimientos que tú; pero, al mismo tiempo, siento un poco de miedo. ¿Miedo de qué? No lo sé. Ocurra lo que ocurra, tú deseas continuar, ¿no?
    —Sí —respondió Bill con firmeza—; debemos hacerlo.
    —Exploraremos, pues, el pasaje esta tarde, si encontramos un momento favorable; si no, ensayaremos esta noche.

    Atravesaron el hall y salieron bajo un sol de fuego.

    —¿Piensas realmente que descubriremos a Marc soterrado en su escondrijo? — preguntó Bill.
    —Es posible —respondió Antonio—; o Marc, o… Se detuvo en seco, murmurando:
    —Me resisto a encarar esta idea… Todavía no… ¡Sería demasiado horrible!


    XII
    UNA SOMBRA EN LA PARED


    En el curso de las veinte horas a su disposición, el inspector Birch había desplegado una gran actividad. Había telegrafiado a Londres una filiación detallada de Marc y del traje de franela marrón que vestía la última vez que lo habían visto. Se había entregado a una investigación en Stanton para saber si un hombre respondiendo a tal y cual filiación no fue sorprendido partiendo en el tren de las 4 h. 20. Por más que los testimonios que había recogido fuesen bastante poco concluyentes, no autorizaban a desechar la hipótesis de que Marc hubiera tomado, en efecto, aquel tren y hubiese llegado a Londres antes que la policía, avisada, pudiera detenerlo. Además, su desaparición había coincidido con un día de feria en Stanton, y como en tales ocasiones los forasteros afluían a la población, era asaz improbable que la partida de Marc por el tren de las 4 h. 20 o la llegada de Robert por el de las 2 h. 10, hubiese sido objeto de particular atención. Como le había dicho Antonio a Cayley, nunca falta quien suministre a la policía un relato tan detallista como bien imaginado de las idas y venidas de la persona buscada. En lo que respecta a Robert, su llegada por el tren de las 2 h. 10 parecía más o menos segura; pero sería muy difícil obtener acerca de él informes más completos antes del sumario. Todo lo que se sabía en el pueblo donde se criara con Marc, confirmaba las declaraciones de Cayley: se había mostrado un mal hijo. Lo habían enviado a toda prisa a Australia y nunca desde entonces volvió a la población. El hermano menor, beneficiado con una cuantiosa herencia, se había organizado una cómoda existencia, mientras el primogénito permanecía pobre y exilado. Pero, ¿había entre ellos motivos de querella más profundos? Se ignoraba, y el inspector pensó que continuaría ignorándose muy probablemente hasta el momento en que Marc fuese arrestado. Lo más importante, lo más urgente también, era hallar a Marc. El dragado del estanque podía no suministrar ninguna nueva indicación acerca del desaparecido, pero la operación tendría al menos la ventaja de dar al día siguiente al tribunal la impresión de que el inspector Birch se dedicaba con celo a su tarea. Con que se sacara a la superficie el revólver utilizado por el asesino, ya estimaría compensado su trabajo. "El inspector Birch ha puesto en manos de los jueces el arma del crimen". ¡Qué magnífica primera plana para los diarios locales!

    Fue así que muy satisfecho de su idea, se dirigió el policía al estanque donde sus hombres ya habían dado comienzo a la tarea. Encontró a Gillingham y a Beverley, y su excelente humor se manifestó en la cordialidad con que los saludó, iniciando enseguida con ellos una amable charla.

    —Buen día, señores —comenzó, sonriendo—. Apuesto a que han venido a ayudarme.
    —No veo cómo podríamos serle útiles —dijo Antonio, que sonreía también.
    —Vengan, si gustan.

    Antonio se estremeció ligeramente.

    —No, no, ya nos dirá usted después lo que haya encontrado. A propósito; espero que el dueño del George Hotel no le haya dado un informe demasiado malo de mí.

    Sorprendido, el inspector lo miró.

    —¿Cómo es que está usted al corriente? Antonio se inclinó respetuosamente ante él:
    —Porque he adivinado que es usted uno de los más eminentes representantes de la policía británica. El inspector se echó a reír:
    —Puedo decirle que los resultados de mi investigación no le han sido en absoluto desfavorables, sino al contrario. Pero comprenderá que era mi deber informarme.
    —En efecto. Le deseamos buena suerte, por más que no creo que encuentre usted gran cosa en ese estanque; está muy alejado del camino que tomaría naturalmente un fugitivo.
    —Es exactamente lo que hice notar al señor Cayley cuando llamó mi atención sobre el estanque. En todo caso, la búsqueda, aun infructuosa, no ofrece ningún inconveniente, y, en esta clase de asuntos, lo más inesperado es lo que se revela finalmente como lo más probable.
    —Tiene mucha razón inspector. Pero no queremos retenerlo. Buenas tardes.
    —Buenas tardes —repitió Bill..
    —Hasta la vista, señores.

    Silencioso, inmóvil Antonio lo miró alejarse. Tanto se prolongó su meditación que Bill, impacientado, concluyó por sacudirlo del brazo, preguntándole con cierto mal humor la razón de su actitud.

    Antonio meneó lentamente la cabeza antes de responder.

    —No sé; verdaderamente, no sé. Lo que estoy pensando sería tan diabólico… No se puede llevar fríamente el cinismo hasta ese punto.
    —¿Qué?

    Sin responder, Antonio lo condujo otra vez al banco en el cual estaban instalados antes de la llegada del inspector. Se sentó y se tomó la cabeza entre las manos.

    —Oh, espero que encuentren algo; sinceramente, lo espero.
    —¿En el estanque?
    —Sí.
    —Pero, ¿qué?
    —No importa qué, Bill, cualquier cosa. Bill lo juzgó fastidioso.
    —De veras, Tony, eres insoportable. No debieras tomar siempre ese aire tan misterioso. ¿Qué te ha ocurrido de pronto?

    Antonio, sorprendido, levantó los ojos hacia él.

    —Pero, ¿no has oído lo que dijo?
    —¿Acerca de qué?
    —Que la idea de dragar el estanque provenía de Cayley.
    —¡Sí, comprendo!

    La curiosidad de Bill se despertó.

    —…¿Quieres decir que debió ocultar ahí alguna cosa, algún indicio destinado a lanzar a la policía en una falsa dirección?
    —Quiero creerlo —dijo Antonio gravemente—, pero temo que… No concluyó.
    —¿Temes qué?
    —Que no haya nada oculto, que…
    —Vamos, continúa.
    —¿Cuál es el escondite más seguro para disimular un objeto muy importante?
    —Aquel en que nadie vaya a buscar.
    —Hay uno mejor todavía que éste.
    —¿Cuál?
    —Aquel en que todo el mundo ya haya buscado.
    —¡Cielos! ¿Quieres decir que una vez dragado el estanque, Cayley ocultará en él alguna cosa?
    —Sí, lo temo.
    —¿Y por qué eso te impresiona tanto?
    —Porque pienso que será algo muy importante, algo que no podría hacerse desaparecer fácilmente en ninguna otra parte.
    —En fin, ¿qué? — preguntó ávidamente Bill. Antonio sacudió la cabeza.
    —No, no quiero considerarlo por el momento. Esperemos. Veamos qué encuentra el inspector. No es imposible que descubra algún objeto, no sé qué, algo que Cayley haya arrojado para que se descubra. Si no, esto probará que Cayley se prepara a hacer desaparecer el objeto esta noche.
    —Pero, ¿qué? — insistió Bill.
    —Lo que sea, Bill, ya lo verás, porque allí estaremos.
    —¿Lo iremos a vigilar?
    —Sí, si el inspector no encuentra nada.
    —Perfectamente —dijo Bill.

    Si era preciso elegir entre Cayley y la ley, su partido estaba tomado. Hasta la tragedia de la víspera, había estado siempre en buenos términos con uno y otro de los primos, sin llegar empero, a la intimidad. Entre los dos, quizá prefería en verdad el carácter del taciturno y sólido Cayley al género superficial, inconstante de Marc. Sin duda, hasta donde Bill podía darse cuenta, las cualidades de Cayley eran tal vez especialmente negativas; pero aunque su mérito no hubiera consistido más que en no dejar transparentar las debilidades que su naturaleza podía comportar, ya era mucho para un hombre cuya esencial función consistía en recibir (y a la vez en ser él mismo recibido con carácter de permanencia) en una casa donde había sin cesar invitados. Los aspectos débiles de Marc, al contrario, eran tan visibles, que Bill no ignoraba ninguno; se revelaban al primer contacto. Sin embargo, mientras que la perspectiva de tener que definir su posición frente a Marc, lo había embargado esa misma mañana, no vacilaba esta vez en colocarse deliberadamente del lado de la ley contra Cayley. Marc, después de todo,, nunca le había hecho nada, en tanto que Cayley los había ofendido de un modo imperdonable ocultándose para sorprender una conversación privada entre Tony y él. ¡ Qué Cayley fuese ahorcado, si la ley lo exigía! Antonio consultó su reloj y se levantó.

    —Ven —dijo—, es hora de ponernos a la tarea de que te hablé.
    —¿El pasaje? — preguntó Bill, lleno de ardor.
    —No, la otra cosa de que he dicho que debía ocuparme esta tarde.
    —Sí, en efecto, ¿qué es?

    Sin responder, Antonio lo condujo a la casa y lo arrastró hasta el escritorio. Eran las tres, y fue a las tres, exactamente, la víspera, cuando Antonio y Cayley habían hallado el cadáver. Algunos minutos después de las tres, mirando por la ventana del cuarto contiguo, se había sentido súbitamente tan sorprendido de ver la puerta abierta y a Cayley en el umbral. Se había preguntado vagamente, en aquel momento, por qué esperó que la puerta estuviera cerrada; pero le faltaba tiempo para profundizar la cuestión y se había prometido volver sobre ello en cuanto se presentara la ocasión. Quizá el hecho no tuviese ningún sentido; quizá, de tenerlo, hubiera podido precisarlo visitando el escritorio por la mañana; pero se había dicho que tendría más probabilidades de reconstituir sus impresiones de la víspera haciendo una nueva experiencia en condiciones todo lo semejante posibles. Por eso había resuelto presentarse de nuevo en el escritorio justo a las tres. Cuando entró seguido de Bill, experimentó una vivísima emoción al no ver ya acostado allí, entre las dos puertas, el cuerpo de Robert. Sólo una mancha negra revelaba aún el sitio en que había reposado la cabeza del muerto. Antonio se arrodilló, como se había arrodillado veinticuatro horas antes.

    —Quiero recomenzarlo todo desde el principio —dijo—. Tú representarás a Cayley. Cayley comenzó por decir que iba a buscar agua. Recuerdo haber pensado que el agua no sería de ninguna utilidad para un muerto, pero que para él constituiría una satisfacción hacer algo en vez de permanecer inactivo. Regresó con una esponja mojada y un pañuelo. Supongo que habrá tomado el pañuelo de un cajón de la cómoda. ¡Espera!

    Se levantó y pasó a la habitación vecina. Arrojó una mirada circular, abrió algunos cajones y, luego de haber cerrado cuidadosamente todas las puertas, volvió al escritorio.

    —…La esponja está todavía allí, y hay dos pañuelos en el primer cajón de la cómoda, a la derecha. Ahora, Bill, haz como si fueses Cayley. Acabas de manifestar la intención de ir a buscar agua y te pones en pie.

    Bill, que se había arrodillado un instante junto a su amigo, tuvo la clara impresión de que aquella comedia era un poco siniestra, pero se levantó dócilmente y partió. Antonio, como lo hiciera con Cayley el día antes, lo siguió con los ojos. Bill dobló hacia el cuarto de la derecha, abrió el cajón, tomó un pañuelo, mojó la esponja y regresó.

    —¿Y qué? — preguntó.

    Antonio meneó la cabeza, diciendo:

    —No, es del todo diferente. Primero, has hecho un ruido del diablo mientras que ayer no oí nada.
    —Quizá no escucharías en ese momento…
    —No, cierto; pero no por eso hubiera dejado de oír si algo hubiera habido que se oyese, y lo recordaría después.
    —Cayley pudo cerrar la puerta detrás de él.
    —Espera.

    Cerró los ojos, los mantuvo herméticamente en aquella actitud aplicando las manos e hizo un violento esfuerzo para concentrarse. La impresión que procuraba reproducir no era ya auditiva, sino visual. Esforzábase desesperadamente en apresar aquella fugitiva imagen entrevista la víspera en un relámpago… Cayley se le apareció, levantándose, abriendo la puerta de comunicación del escritorio, dejándola abierta, atravesando el corredor, doblando a la derecha, abriendo la puerta del cuarto, entrando, y luego… ¿Qué habían visto sus ojos después de eso? ¿Cómo obtener que tornaran a ver la misma cosa, una sola vez? De súbito brincó, el rostro iluminado, gritando:

    —¡Ya estoy! ¡Lo encontré!
    —¿Qué?
    —La sombra en la pared. Era la sombra en la pared lo que yo miraba. ¡Oh, idiota! ¡Qué tonto soy!

    Bill abrió tamaños ojos sin comprender.

    Antonio lo tomó del brazo y señaló con el dedo la pared del corredor:

    —…Mira ahí esa mancha de sol: es porque dejaste la puerta del cuarto abierta. El sol que entra por la ventana viene a herir la pared. Ahora voy a cerrar la puerta. Observa. Fíjate cómo se desplaza la sombra. Es exactamente lo que yo vi: la sombra que se deslizaba mientras cerraba la puerta a sus espaldas. Bill, vas a entrar y a cerrar la puerta detrás de ti, con naturalidad.

    Bill salió. Antonio, arrodillado, esperó ansiosamente. Pero, casi enseguida, exclamó:

    —¡No, bien sabía yo que no fue eso!
    —¿Qué hubo? — le preguntó Bill, que regresaba.
    —Era fácil de prever: entró el sol, luego vino la sombra, todo en un solo movimiento.
    —Y ayer, ¿qué ocurrió?
    —Ayer, el sol quedó; después la sombra no volvió sino muy lentamente y no hubo ruido alguno de puerta que se cierra.

    Bill le echó una mirada de susto:

    —¡Dios! ¿Es posible? ¿Quieres decir que Cayley cerró la puerta después, como a consecuencia de una reflexión tardía, y muy suavemente para que no lo oyeses?
    —Así es —repuso Antonio—. Eso explica mi sorpresa de hallar más tarde la puerta abierta a mis espaldas cuando entré en el cuarto. ¿Sabes cómo se cierran ciertas puertas provistas de un resorte?
    —¿Como en las casas de esos ancianos que viven pendientes de las corrientes de aire?
    —Sí. Al partir progresan imperceptiblemente; luego giran muy lentamente. Es de esta misma manera que la sombra se desplazaba e, inconscientemente, debí asociar su deslizamiento a la idea del movimiento de esa clase de puertas.

    Se enderezó y continuó, quitando de una manotada el polvo que le quedara en las rodillas:

    —…Ahora, Bill, para estar completamente seguro, entra y cierra la puerta del mismo modo, como se hace una cosa de que se ha acordado uno después, y con mucha suavidad; que no se oiga ningún ruido.

    Bill hizo lo que le pedían, pero volvió a pasar enseguida curiosamente la cabeza para saber el resultado.

    —…Era esto —declaró Antonio con una convicción profunda—; exactamente lo que vi ayer.

    Dejó el escritorio para ir a reunirse con Bill en el cuartito.

    —Ahora —dijo—, trataremos de descubrir lo que hacía Cayley aquí, y por qué eran necesarias tantas precauciones para que no lo oyera su amigo Gillingham…


    XIII
    LA VENTANA ABIERTA


    La primera idea de Antonio fue que Cayley debió querer ocultar un objeto, quizá un objeto comprometedor que habría hallado junto al cuerpo. Pero no, era absurdo. Con el poco tiempo de que disponía, no podía hacer otra cosa que arrojarlo en un cajón, donde habría estado mucho más expuesto a ser descubierto por Antonio que si lo hubiera guardado sencillamente en su bolsillo. En todo caso, lo habría retirado después para colocarlo en un lugar más seguro. Y entonces, ¿a qué tornarse el trabajo de cerrar la puerta?

    Bill abrió uno de los cajones de la cómoda y examinó el contenido, preguntando:

    —¿Crees tú que valga la pena registrar los otros? Antonio miraba por encima de su hombro:
    —¿Por qué guardaba tanta ropa en esta pieza? ¿Solía venir aquí para cambiarse?
    —Pero, mi pobre Tony, tenía más ropa blanca y trajes que nadie en el mundo. Supongo que conservaba todo eso para el caso de que tuviera necesidad algún día. Cuando tú o yo abandonamos Londres para ir al campo, llevamos nuestros efectos en una valija. Es lo que Marc nunca hacía. En su departamento de Londres, tenía en duplicado el mismo vestuario que aquí; era su manía: coleccionar las prendas de vestir. Si hubiese tenido una media docena de casas, cada una habría estado provista de un surtido completo para la ciudad y el campo.
    —Sí.
    —Evidentemente, cuando trabajaba en su escritorio, podía serle útil tener aquí al alcance de la mano un pañuelo o un saco más confortable, sin tomarse la molestia de subir a buscarlos.
    —Seguramente.

    Mientras hablaba, Antonio recorría la pieza. Avistó, cerca del lavatorio, un canasto de ropa sucia, cuya tapa levantó.

    —…Se diría que han venido aquí recientemente para cambiarse de cuello. Bill se acercó. Un cuello yacía en el fondo del canasto.
    —En efecto, habrá notado que el que llevaba le molestaba, o que estaba un poco sucio. Marc era increíblemente minucioso, sabes.

    Antonio se inclinó para recoger el cuello, que examinó cuidadosamente antes de observar:

    —Entonces es que le molestaba, porque difícilmente podría estar más limpio. Lo dejó caer y continuó:
    —…Esto prueba al menos que venía aquí algunas veces.
    —Sí, bastante a menudo.
    —Bien. Pero Cayley, ¿qué podía hacer aquí con tanto misterio?
    —¿Por qué, sobre todo, tenía necesidad de cerrar así la puerta? — preguntó Bill, a su vez—. Es lo que no comprendo, porque, de todos modos, tú no habrías podido verlo.
    —No, pero habría podido oírlo. Iba a hacer algo cuyo ruido yo no debía percibir.
    —¡Dios! No hay duda que era eso —dijo Bill, que ardía en deseos de saber más. Pero fue Antonio que le preguntó:
    —Bill, ¿qué podría ser?

    La frente de Bill se plegó enérgicamente, pero ninguna inspiración acudió:

    —Oh, respiremos un instante —exclamó, exhausto por el esfuerzo cerebral que acababa de hacer.

    Fue a la ventana, la abrió y miró fuera. Luego, como un recuerdo acudiera bruscamente a su memoria, se volvió hacia Antonio para preguntarle:

    —¿No crees que convendría echar un vistazo al estanque, para asegurarnos de que siguen allí? Porque…

    La vista del rostro de Antonio, resplandeciente, transfigurado, detuvo en seco su explicación.

    —Oh —exclamó Antonio—. ¡Oh, yo, el más incalificable de los imbéciles! ¡Oh, tú, Bill, el más excelente de los Watson, el más benigno de los salvadores, que salva hasta a este asno que se llama Gillingham!
    —Pero, ¿qué te pasa?
    —¡La ventana! ¡La ventana! — exclamó Antonio, tendiendo las dos manos para señalarlas aún más vigorosamente.

    Bill se volvió hacia la ventana, esperando casi oírle decirle alguna cosa. Como la ventana permaneciera muda, trasladó su mirada sobre Antonio, que le dio en dos palabras la explicación:

    —Quería a toda costa abrir la ventana.
    —¿Quién?
    —Cayley.

    Vuelto a la serenidad, prosiguió pausadamente:

    —…Fue para abrir la ventana que entró aquí. Fue para que no lo oyera yo, que atrajo la puerta detrás de él; y yo la encontré, enseguida, como él quería exactamente que yo la encontrase. Dije, al entrar: "Esta ventana está abierta. El maravilloso talento de observación de que estoy dotado me indica que el asesino debió escaparse por esta ventana". "¿Cree usted?", me respondió Cayley, abriendo tamaños ojos. "Sí, confirmé solemnemente, es indudable." "Tiene usted sin duda razón", me concedió al fin. ¡Oh, cernícalo sin nombre!

    Varias cosas se explicaban ahora, entre ellas la que más lo había preocupado desde el principio, Trató de colocarse, con el pensamiento, en el lugar de Cayley, aquel hombre que Antonio veía entonces por primera vez y que golpeaba la puerta, tronando: "¡Ábreme! "¡Ábreme!" ¿Qué había ocurrido en el escritorio? ¿Quién era el asesino? Cayley lo sabía; sabía que Marc no estaba en el interior y que no había huido por la ventana. Pero el plan de Cayley, el de Marc, quizá, si los dos primos obraban en connivencia, exigía que todos admitiesen aquella explicación de su desaparición. Y he aquí que, mientras aporreaba aquella puerta con la llave echada (que guardaba en su bolsillo), debió recordar (¡qué sacudida para sus nervios!), que había cometido un error de primera magnitud: ¡había olvidado dejar una ventana abierta!

    Aquello había comenzado probablemente por una duda lacerante: "¿La ventana del escritorio está abierta?… Sí, seguramente lo está. Pero, si a pesar de todo no estuviera abierta…" ¿Disponía aún de tiempo ahora para hacer funcionar la cerradura, deslizarse en el interior, reparar su olvido y volver a salir sin ser visto? No, los criados podían llegar de un momento a otro; era demasiado arriesgado; podía inclusive serle fatal, si era descubierto. Pero los criados son unos tontos, y ya se las compondría para ganar la ventana mientras hicieran ellos aspavientos en derredor del cadáver, sin fijarse en él. Era el mejor partido. En aquel preciso instante, ¡súbita aparición de Antonio! No era menuda complicación y he aquí, encima, que Antonio sugería casi inmediatamente ir a forzar una ventana. Pero lo que quería Cayley, sobre todo, era evitar que la atención recayera sobre las ventanas. Nada de extraño tenía que la sugestión lo hubiera aturdido.

    Otro punto largo tiempo obscuro se aclaraba. Antonio comprendió al fin por qué habían tomado el camino más largo para dar vuelta a la casa y corrido, sin embargo. Era la última probabilidad que le quedaba a Cayley: adelantarse a Antonio, alcanzar él primero la ventana y obtener por un medio cualquiera que Antonio la hallase abierta cuando se le reuniera. Aunque esta solución fuera imposible, quería de todos modos ser el primero en llegar, así no fuese más que para adquirir una certidumbre. Quizá, después de todo, estuviese abierta. Era preciso superar a Antonio en velocidad y darse cuenta antes que él. Si estaba cerrada, cerrada sin remisión, dispondría al menos de algunos segundos de tregua, algunos segundos para imaginar otro plan y tratar de evitar la catástrofe que le amenazaba tan súbitamente.

    Por eso había corrido con todas sus fuerzas. Pero Antonio no se dejó distanciar: habían derribado la ventana juntos, penetrado juntos en el escritorio. Empero, p