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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL ESPEJO DE LOS ESPÍAS (John Le Carré)

    Publicado el miércoles, noviembre 15, 2017

    A James Kennaway
    «No me importaría ser un peón, si por lo menos pudiera unirme al juego»
    Alice.


    Prólogo

    Algunos personajes de esta historia son desagradables. Es, por tanto, muy importante que subraye (lo que debí hacer en mi libro anterior) que ninguno de ellos, ningún club, ninguna organización, ninguno de los servicios de espionaje que he descrito aquí o en otro lugar, existe, ni, que yo sepa, ha existido jamás en la realidad.

    Doy las gracias a la Radio Society of Great Britain y a Mr. R. E. Molland, así como a la redacción de Aviation Week and Space Technology y a Mr. Ronald Coles, que me dieron valiosos consejos técnicos, y a mi secretaria, miss Elizabeth Tollinton, por su ayuda.

    Debo, sobre todo, dar las gracias a mi mujer por su incansable cooperación y a mi amigo James Kennaway, a quien dedico este libro, por sus generosos consejos.


    John le Carré

    Agios Nikolaos, Creta, mayo de 1964
    «Llevar una pesada carga, como una maleta o un gran baúl, antes de manipular, hace los músculos del antebrazo, de la muñeca y los dedos demasiado insensibles para poder emitir buenas señales Morse.»
    F. Tait, Manual completo de instrucción de Morse, Pitman.



    I. La misión de Taylor


    «Aquí yace un tonto que quiso sacudir el Este.»
    Kipling


    I


    La nieve cubría el terreno de aterrizaje.

    Había venido del Norte con la bruma, impulsada por el viento nocturno y olía a mar. Se quedaría allí todo el invierno, en una delgada capa sobre la tierra gris, como polvo brillante y helado; sin fundirse ni helarse, pero inmutable como un año sin estaciones. La bruma, caprichosa como el humo de los combates, quedaría suspendida por encima, engullendo el hangar, la cabina del radar, los aparatos. Luego los liberaría uno tras otro, descoloridos, como negras carroñas en medio de un desierto blanco.

    Era un paisaje sin profundidad, sin perspectiva ni sombra. La tierra era una misma cosa con el cielo. Las siluetas de los personajes y los edificios estaban congelados en el frío como cuerpos en el hielo.

    No había nada al otro lado del campo de aterrizaje. Ninguna casa, ninguna colina, ningún camino. Ni siquiera una valla o un árbol. Solamente el cielo gravitando sobre las dunas, y la niebla que se deshacía a oleadas sobre la fangosa costa del Báltico. En algún lugar, tierra adentro, había montañas.

    Un grupo de niños tocados con gorros de colegiales se había reunido tras un ancho vano de cristales, y charlaban en alemán. Algunos llevaban prendas de esquiar. Taylor, con un vaso en la mano enguantada, los miró taciturno. Un chiquillo se volvió y se quedó mirándolo, luego enrojeció y susurró algo a sus camaradas. Todos callaron.

    Para mirar su reloj, hizo un amplio ademán con el brazo, un poco para echar hacia atrás la manga de su abrigo y otro poco porque era su estilo. Quería que se dijera de él: es un oficial, buen regimiento, buen club, y anduvo por todas partes en la guerra.

    Las cuatro menos diez. El avión llevaba una hora de retraso. Pronto se verían obligados a decir algo por los altavoces. Se preguntaba lo que dirían: retraso a causa de la niebla, quizá; despegue demorado. Sin duda ni siquiera sabían —y no lo confesarían ciertamente— que el aparato se había apartado más de trescientos kilómetros de su ruta prevista y se hallaba al sur de Rostock. Vació el vaso y se volvió para dejarlo. Había que reconocer que algunos licores extranjeros, bebidos en su país de origen, no resultaban tan malos. Allí mismo, con dos horas que perder y un frío de diez grados bajo cero al otro lado de la ventana, podía haber recurrido a algo peor que aquel «Steinhäger». Cuando regresara lo pediría en el «Alias Club». Causaría sensación.

    El altavoz comenzó a zumbar; hubo un súbito estallido de ruidos, luego la voz se calló y volvió a hablar con intensidad normal. Los niños lo escucharon con atención. Primero el aviso en finés, luego en alemán y ahora en inglés. Los «Northern Air Services» lamentaban el retraso del vuelo dos—nueve—cero procedente de Düsseldorf. Ningún dato sobre la importancia ni motivos de este retraso. Probablemente ni ellos mismos sabían nada.

    Pero Taylor lo sabía. Se preguntaba qué sucedería si se acercaba, como el que no quiere la cosa, a aquella graciosa y pequeña azafata metida en su jaula de cristal y le decía de pronto: el dos—nueve—cero tardará un poco en llegar, jovencita; lo ha desviado una violenta borrasca procedente del Norte por encima del Báltico, rumbo al Hades. La muchacha no le creería, naturalmente, lo tomaría por loco. Se daría cuenta más tarde. Advertiría que era un personaje muy insólito, muy particular.

    Afuera comenzaba ya a anochecer. Ahora el sol era más claro que el cielo. Las pistas, despejadas, se destacaban como zanjas sobre la nieve, señaladas por la luz ambarina de las balizas. En los hangares más próximos las luces de neón lanzaban un resplandor pálido y cansado sobre los hombres y los aviones. La parte de terreno situada justamente frente a él se animó un instante barrida por el haz de un proyector que había sido encendido en la torre de control. Un coche de bomberos había dejado los talleres a la izquierda para reunirse con tres ambulancias aparcadas no lejos de la pista central. Simultáneamente encendieron sus luces azules giratorias, y permanecieron allí, lanzando pacientemente su señal parpadeante. Los niños, muy excitados, las señalaron con el dedo.

    La voz de la azafata se dejó oír de nuevo en el altavoz: sólo habían transcurrido unos minutos desde el anterior aviso. Una vez más los niños se callaron para escuchar. El vuelo dos—nueve—cero no llegaría antes de una hora. Se daría amplia información en cuanto fuera posible. En la voz de la azafata había algo a medio camino entre la sorpresa y la ansiedad, que pareció comunicarse a la media docena de personas sentadas al otro extremo de la sala de espera. Una anciana cambió unas palabras con su marido, se levantó, tomó su bolso y se reunió con el grupo de niños. Durante unos instantes miró estúpidamente el crepúsculo. No hallando en ello ningún consuelo, se volvió a Taylor y le preguntó en inglés:

    —¿Qué le ha sucedido al avión de Düsseldorf?

    Tenía el acento un poco ronco e indignado de una holandesa. Taylor movió la cabeza.

    —Debe de ser la nieve —respondió.

    Era un hombre despabilado, lo que estaba de acuerdo con su porte militar.

    Habiendo empujado la puerta de hojas batientes, Taylor descendió las escaleras hasta el vestíbulo de recepción. Cerca de la entrada principal reconoció el banderín amarillo de los «Northern Air Services». La chica del mostrador era muy bonita.

    —¿Qué le ha sucedido al vuelo de Düsseldorf?

    Poseía un estilo confidencial. Se decía que tenía buena mano para con las chicas.

    Ella sonrió encogiéndose de hombros.

    —Supongo que es la nieve. A menudo tenemos demoras en otoño.
    —¿Por qué no lo pregunta a la dirección? — sugirió él señalando con la barbilla el teléfono delante de ella.
    —Lo comunicarán por el altavoz —dijo la azafata— en cuanto lo sepan.
    —¿Quién es el patrón, preciosa?
    —¿Cómo dice?
    —¿Quién es el patrón, el comandante de a bordo?
    —El capitán Lansen.
    —Y, ¿sirve?

    La muchacha pareció extrañada.

    —El capitán Lansen es un piloto muy experto.

    Taylor la miró sonriendo y dijo:

    —En todo caso es un piloto con suerte, querida.

    Siempre se decía que el viejo Taylor se las sabía todas. Lo decían en el «Alias» los viernes por la noche.

    Lansen. Resultaba raro oír pronunciar un nombre como ése. Jamás nadie lo hacía tan sencillamente. Se preferían las perífrasis, los nombres encubiertos, todo, salvo el verdadero nombre: el chico Archie, nuestro amigo volador, el fulano de las fotos. Se utilizaba incluso el tortuoso conjunto de cifras y letras con el que se le conocía a uno sobre el papel. Pero nunca, en ningún caso, el verdadero nombre.

    Lansen. Leclerc le había mostrado una fotografía suya en Londres: treinta y cinco años, juvenil, rubio y de buena presencia. Todas aquellas azafatas debían de estar locas por él. Además, ellas sólo eran buenas para esto, carne de cañón para los pilotos. No tenían ojos para nadie más. Taylor metió rápidamente la mano derecha en el bolsillo de su abrigo, sólo para asegurarse de que el sobre continuaba allí. Era la primera vez que llevaba consigo una suma parecida. Cinco mil dólares por un solo vuelo. Mil setecientas libras sin impuestos, para perderse por encima del Báltico. Naturalmente, Lansen no hacía esto todos los días. Era un caso especial, había dicho Leclerc. Taylor se preguntaba qué haría aquella chica si él se inclinaba por encuna del mostrador para decirle quién era, si le enseñaba el dinero metido en aquel sobre. Jamás había estado con muchachas como aquélla; una verdadera hija del Norte, alta y joven.

    Subió las escaleras hacia el bar. El camarero empezaba a conocerle. Taylor señaló la botella de «Steinhäger» en medio del estante y dijo:

    —Sírvame otro, por favor. Es ése. La botella está justamente detrás de usted: un poco de su veneno local.
    —Es alemán —dijo el camarero.

    Taylor abrió su cartera y sacó un billete. En la funda de celofán había la fotografía de una niña de unos nueve años, con gafas y en los brazos una muñeca.

    —Mi hija —explicó al camarero, que tuvo una sonrisa insípida.

    Su voz cambiaba a menudo, como la de un viajante de comercio. Su manera de arrastrar las palabras se hacía aún más ultrajante cuando se dirigía a sus iguales, o se trataba de subrayar una distinción que no existía. O como ahora, cuando estaba nervioso.

    Tenía que admitirlo: estaba hasta las narices. Era una situación insensata para un hombre de su experiencia y de su edad encontrarse recogiendo informaciones y participando en las operaciones. Era un trabajo para esos cerdos del Circus, no para la gente de su servicio. Esto no tenía ninguna relación con lo que él estaba acostumbrado a hacer como correo; era como si estuviese en el limbo, a miles de kilómetros de ninguna parte. No comprendía cómo se les había ocurrido instalar un aeropuerto en un lugar como ése. Por lo general, le gustaban los viajes al extranjero: por ejemplo, una corta visita al viejo Jimmy Gorton en Hamburgo, o darse un garbeo por Madrid. Le sentaba bien separarse un poco de Joanie. Había hecho dos o tres veces la línea de Turquía, aunque, la verdad sea dicha, le reventaban los árabes. Pero hasta esto era un regalo en comparación con aquello: viaje en primera clase, maletas en el asiento de al lado y un pase de la OTAN en el bolsillo. Era un oficio que daba tono; tanto como el cuerpo diplomático, o poco menos. Pero esta vez era diferente y esto le hacía maldita la gracia.

    Leclerc le había dicho que era importante, y Taylor quería creerlo. Le habían dado un pasaporte con otro nombre. Malherbe. Se pronunciaba Mallaby, le dijeron. Sólo Dios sabía quién eligió aquel nombre. Taylor no llegaría ni siquiera a deletrearlo. Aquella mañana había hecho un garabato al firmar en el registro del hotel. Naturalmente, los gastos eran fabulosos: quince libras diarias de dietas y no se le pedía que las justificara. Había oído decir que en el Circus daban diecisiete. Podría hacerse un buen apaño con eso y comprar alguna cosa para Joanie. Pero ella preferiría sin duda el dinero.

    Claro está que la había puesto al corriente: no tenía que haberlo hecho, pero Leclerc no conocía a Joanie. Encendió un cigarrillo, lanzó una bocanada de humo y escondió el pitillo en el hueco de la mano, como un centinela que fuma montando la guardia. ¿Cómo diablos hubiese podido largarse a Escandinavia sin decirle nada a su mujer?

    Se preguntó qué hacían aquellos chiquillos con la nariz pegada a los cristales. Era extraordinario lo bien que se desenvolvían en una lengua extranjera. Consultó de nuevo su reloj, sin prestar apenas atención a la hora, y tanteó el sobre en el bolsillo. Sería mejor no tomar ninguna copa más: debía tener la cabeza clara. Intentó imaginar lo que Joanie estaría haciendo en aquel momento. Sin duda tumbada en un diván con una ginebra y alguna cosa más. ¡Qué pena que tuviera que trabajar todo el día!

    De pronto se dio cuenta de que todo se había hecho silencioso. El camarero, inmóvil, prestaba oído. La vieja pareja sentada a una mesa hacía lo mismo, los rostros estúpidos vueltos hacia la ventana de cristales. Oyó entonces muy claramente el ruido, el ruido de un avión, todavía lejano, pero que se acercaba al campo. Se dirigió rápidamente hacia el ventanal, y estaba a medio camino cuando oyó un nuevo aviso dado por el altavoz. Después de las primeras palabras en alemán, los niños, como un vuelo de palomas, se dispersaron hacia el vestíbulo de llegada. La gente sentada a las mesas se había levantado. Las mujeres recogían sus guantes y los hombres sus abrigos y sus carteras. Por último, el aviso en inglés: Lansen iba a aterrizar.

    Taylor miró en la noche. Ninguna señal del avión. Esperaba, y crecía su inquietud. Pensó que era como el fin del mundo, el fin del sangriento mundo que lo rodeaba. ¿Y si Lansen se estrellaba al aterrizar, y si se descubrían las cámaras? Lamentaba que no fuese otro el que tuviera la responsabilidad de la operación. Woodford. ¿Por qué Woodford no se había encargado de ello? ¿Por qué no habían enviado a Avery, el chico inteligente del colegio? El viento era cada vez más fuerte. Él hubiese jurado que era mucho más fuerte; no había más que mirar cómo soplaba sobre la nieve proyectándola en remolinos sobre la pista, cómo hacía danzar las llamas de las luces de situación, cómo levantaba en el horizonte blancas columnas que rechazaba con violencia, casi con odio. Una ráfaga golpeó bruscamente los cristales frente a él haciéndole retroceder, luego oyó el repiqueteo de los granos de hielo y el breve gemido del armazón de madera. Una vez más miró su reloj: se había hecho en él una costumbre.

    —Lansen no llegará nunca a tomar tierra en estas condiciones, jamás.

    Su corazón dejó de latir. Suavemente primero, luego ascendiendo rápidamente hasta el aullido, oyó las sirenas, las cuatro a la vez, que gemían sobre aquel terreno perdido, como el lamento de unos animales hambrientos. Luego… El avión debía de haberse incendiado. Habrá incendio a bordo e intentará aterrizar. Taylor se volvió, asustado, buscando alguien que pudiera informarle.

    El camarero estaba plantado cerca de él, secando un vaso y mirándolo a través del cristal.

    —¿Qué ocurre? — preguntó Taylor—. ¿Por qué las sirenas?
    —Funcionan siempre que hace mal tiempo —respondió el camarero—. Es el reglamento.
    —¿Por qué le dejan aterrizar? — volvió a preguntar Taylor—. ¿Por qué no lo envían a una pista más al Sur? Es muy pequeño esto. ¿Por qué no lo mandan a un aeropuerto más importante?

    El camarero sacudió la cabeza con aire indiferente.

    —No está tan mal —dijo, señalando la pista—. Además, viene con retraso. Tal vez no tenga gasolina.

    Oyeron al aparato volando bajo por encima del campo, sus luces parpadeaban por encima de los haces de los proyectores; sus faros barrieron la pista. El avión se posó sin tropiezo, y oyeron el rugido de los motores mientras rodaba lentamente hacia el lugar señalado por la torre de control.


    El bar se había quedado vacío. Taylor estaba solo. Pidió otra copa. Conocía sus consignas: quédese tranquilamente en el bar, le había dicho Leclerc; Lansen se encontrará con usted allí. Necesitará unos momentos para entregar la documentación del vuelo y desmontar sus cámaras. Taylor oyó a los niños que cantaban bajo dirigidos por una mujer. ¿Por qué diablos tenía que estar rodeado de mujeres y críos? ¿Acaso lo que hacía no era un trabajo de hombres, con cinco mil dólares en el bolsillo y un pasaporte falso?

    —Es el último vuelo por hoy —dijo el camarero—. Están prohibidos otros vuelos.
    —Lo sé —asintió Taylor—. El tiempo es malísimo, realmente malísimo.

    El camarero ordenó las botellas.

    —No había peligro —añadió con tono tranquilizador—. El capitán Lansen es un buen piloto.

    Vaciló, no sabiendo si debía dejar también en su sitio la botella de «Steinhäger».

    —Claro que no había ningún peligro —replicó Taylor—. ¿Quién ha hablado de peligro?
    —¿Va usted a tomar más?
    —No, pero sírvase usted. Vamos, sírvase uno.

    El camarero se sirvió de mala gana un vaso, luego tapó la botella.

    —Me pregunto cómo lo hacen —inquirió Taylor. Hablaba con tono conciliador, para ganarse la buena voluntad del camarero—. No se ve ni gota en un tiempo como éste, absolutamente nada. — Sonrió con suficiencia—. Está uno sentado en la cabina, y podría tener los ojos vendados, porque para lo que le sirven… Sé lo que es eso —precisó Taylor levantando las manos y como si las tuviese puestas en los mandos—. Sé de qué hablo… Y si la cosa se pone mal, esos tipos son los primeros que se la pegan. — Sacudió la cabeza—. No les envidio —declaró—. Se ganan bien su sueldo. Sobre todo en un trasto como ése. Están atados con cordeles, con cordeles.

    El camarero asintió vagamente, se bebió su trago, aclaró el vaso vacío, lo secó y lo puso en un estante bajo el mostrador. Luego comenzó a desabotonarse la chaqueta blanca.

    Taylor no se movió.

    —Bueno —dijo el camarero con sonrisa forzada—, hemos de irnos a casa.
    —¿Qué quiere decir con ese hemos? — preguntó Taylor abriendo mucho los ojos y volviendo la cabeza hacia atrás—. ¿Qué significa eso?

    Ahora que Lansen había aterrizado se sentía agresivo.

    —He de cerrar el bar.
    —Irnos, irnos… ¡Vaya una idea! Vamos, sírvame una copa más. Váyase usted a su casa si quiere. Imagínese que yo vivo en Londres. — Hablaba con tono de desafío, medio en serio y medio burlón, pero levantando la voz cada vez más—. Y puesto que a sus líneas aéreas no les sale de las narices llevarme a Londres ni a ninguna parte antes de mañana por la mañana, es un poco ridículo por su parte que me diga que me vaya. ¿No le parece a usted, amigo? — Seguía sonriendo, pero era la sonrisa fugitiva de un hombre nervioso que pierde la paciencia—. Y la próxima vez que le ofrezca una copa, amigo mío, le ruego que tenga la cortesía…

    Se abrió la puerta y entró Lansen.


    No era así como tenían que haber sucedido las cosas. Esto no correspondía en absoluto a la descripción que se le había hecho. «Quédese en el bar —le había dicho Leclerc—, instálese en la mesa del rincón, tómese una copa, ponga su abrigo y su sombrero en la otra silla como si esperase a alguien. Lansen se toma siempre una cerveza cuando llega. Le gusta mucho moverse en público. Es su estilo.» «Habrá gente por allí —había precisado Leclerc—. Es un lugar insignificante, pero siempre hay animación en los aeropuertos. Buscará un lugar donde sentarse, abiertamente y sin el menor disimulo se acercará a usted y le preguntará si la silla está libre. Usted dirá que la reservaba para un amigo, pero que ese amigo no ha venido. Lansen le preguntará si puede sentarse. Pedirá una cerveza y le preguntará: “¿Para un amigo o para una amiga?” Usted le responderá que no sea indiscreto, se echarán a reír los dos y comenzarán a charlar. Haga las dos preguntas: altura y velocidad. La Sección de Investigación tiene que saber necesariamente esos datos. Deje el dinero en el bolsillo de su abrigo. Él cogerá su abrigo y lo pondrá a su lado y actuará discretamente, sin disimulo: recogerá el sobre y dejará caer el rollo de la película en el bolsillo de su abrigo. Terminarán sus consumiciones, se estrecharán la mano y se acabó la cuestión. Al día siguiente, por la mañana tomará usted el avión de regreso a Londres.»

    Para Leclerc era muy sencillo.

    Lansen atravesó la sala desierta. Era un hombre joven, alto y robusto, llevaba impermeable azul y gorra de aviador. Lanzó una breve ojeada a Taylor y se dirigió por encima de su hombro al camarero:

    —Jens, dame una cerveza. — Se volvió a Taylor y le preguntó—: ¿Qué va usted a tomar?
    —Una de las especialidades de su país —dijo Taylor con pálida sonrisa.
    —Dele lo que quiera. Doble.

    El camarero se abrochó precipitadamente la chaqueta blanca, volvió a abrir el armario y sirvió una cerveza y un generoso «Steinhäger».

    —¿Trabaja usted para Leclerc? — preguntó Lansen.

    No le importó que hubieran podido oírle.

    —Sí. — Y añadió tímidamente demasiado tarde—: Para Leclerc y Compañía de Londres.

    Lansen tomó su bebida y se la llevó a la mesa más próxima. Le temblaba la mano. Se sentaron.

    —Entonces, explíqueme —dijo con tono furioso—. ¿Quién ha sido el cretino que me ha dado esas instrucciones?
    —No lo sé —respondió Taylor desconcertado—. Hasta ignoro cuáles son sus instrucciones. Yo no tengo la culpa. Me han enviado para que me hiciera cargo de la película. Eso es todo. Además, esta clase de cosas no son mi trabajo. Yo opero a la vista de la gente. Soy correo diplomático.

    Lansen se inclinó hacia delante y puso la mano sobre el brazo de Taylor. Taylor lo sintió temblar.

    —Yo también trabajo a la vista de la gente. Hasta hoy. Y en ese avión había niños. Veinticinco colegiales alemanes en vacaciones de invierno. Todo un cargamento de críos.
    —Sí —dijo Taylor con sonrisa forzada—. En efecto, el comité de recepción estaba en la sala de espera.
    —¿Qué buscamos? — preguntó Lansen—. Esto es lo que no comprendo. ¿Qué hay de apasionante en Rostock?
    —Ya le he dicho que no tengo idea de nada. — Y añadió, contrariamente a toda lógica—: Leclerc dijo que no era Rostock, sino la región al sur de la ciudad.
    —Ya sé, el triángulo sur: Kalkstadt, Langdorn y Wolken. No tiene usted necesidad de describirme la región. Taylor dirigió una mirada de inquietud al camarero.
    —Creo que no deberíamos hablar tan fuerte —dijo—. Ese tipo no me es muy simpático.

    Bebió un trago de «Steinhäger».

    Lansen hizo un ademán con la mano, como para enjugarse el rostro.

    —Se acabó —dijo—. No quiero seguir con esto. Se ha terminado. Esto estaba bien cuando uno podía seguir la ruta y fotografiar lo que pudiera haber en ella de interesante. Pero esta vez es demasiado, ¿comprende? Es demasiado.

    Hablaba con acento ronco y torpe, como si tuviera un defecto de expresión.

    —¿Tomó usted fotos? — preguntó Taylor.

    Lo importante era recoger la película y marcharse. Lansen se encogió de hombros, metió la mano en el bolsillo de su impermeable y, ante la mirada horrorizada de Taylor, sacó una pequeña caja metálica para película de treinta y cinco milímetros y se la dio por encima de la mesa.

    —¿Qué hay allí? — continuó Lansen—. ¿Qué buscaban en un lugar semejante? He pasado bajo las nubes, he dado la vuelta a todo el sector. No he visto la menor bomba atómica.
    —Todo lo que me han dicho es que se trata de algo importante. Algo muy importante. Y había que hacerlo, ¿comprende? No importaba que el avión no pudiera sobrevolar una región como ésa —dijo Taylor, repitiendo lo que alguien había dicho—. Era preciso que fuese un avión de línea, de una compañía aérea conocida, o no había manera. Era el único medio.
    —Sepa usted que me descubrieron en seguida. Dos «Migs». ¿De dónde venían? Esto es lo que yo quisiera saber. En cuanto los vi, me metí de cabeza en las nubes. Me siguieron. Lancé un mensaje pidiendo situación. Cuando salimos de las nubes, los tuve otra vez encima. Creí que me obligarían a descender, que me ordenarían aterrizar. Intenté desprenderme de la cámara, pero se me había atascado. Los chiquillos se pegaban a las ventanillas y hacían grandes ademanes a los «Migs». Nos escoltaron un momento y luego se largaron. Estaban muy cerca, muy cerca. Era condenadamente peligroso para los críos. — Aún no había tocado su cerveza—. ¿Qué querían entonces? — preguntó—. ¿Por qué no me obligaron a aterrizar?
    —Ya se lo he dicho: yo no tengo nada que ver con esto. No es mi trabajo habitual. Pero, sea lo que sea lo que busque Londres, allí abajo saben muy bien lo que hacen. — Parecía como si tratara de convencerse; tenía necesidad de creerlo—. No pierden el tiempo. Ni el suyo, amigo mío. Saben lo que quieren.

    Frunció las cejas como para subrayar que estaba convencido de ello, pero Lansen quizá no le había entendido.

    —Tampoco quieren correr riesgos inútiles —continuó Taylor—. Usted ha hecho un buen trabajo, Lansen. Cada uno de nosotros tiene que representar su papel… Correr el riesgo. Y todos lo hacemos. Yo lo hice durante la guerra, ¿sabe usted? Pero usted era entonces demasiado joven para recordarla. Y esto no ha cambiado: nos batimos por el mismo objetivo. — De pronto se acordó de las dos preguntas—. ¿A qué altura iba usted cuando tomó las fotos?
    —Depende. Por encima de Kalkstadt descendimos hasta mil ochocientos metros.
    —Kalkstadt es el lugar que les interesa más —dijo Taylor satisfecho—. Lo ha hecho usted muy bien, Lansen, muy bien. ¿Y cuál era la velocidad?
    —Doscientos… Doscientos cuarenta. Algo así. Pero abajo no había nada. Se lo aseguro. Nada. — Encendió un cigarrillo—. De todos modos, esto se acabó —repitió Lansen—. Me tiene sin cuidado la importancia del objetivo.

    Se levantó. Taylor hizo lo mismo. Metió la mano derecha en el bolsillo del abrigo. Bruscamente sintió la boca seca: el dinero, ¿dónde estaba el dinero?

    —Mire en el otro bolsillo —sugirió Lansen.

    Taylor le entregó el sobre.

    —¿Eso planteará problemas? Me refiero a la intervención de los «Migs».
    —Supongo que no —dijo Lansen encogiéndose de hombros—. Hasta ahora no me ha ocurrido. Por una vez me creerán; supondrán que ha sido a causa del mal tiempo. Me desvié cosa de media ruta. También pudo haber algo que fallara en el control de tierra. En la transmisión entre dos aeropuertos.
    —¿Y el oficial de vuelo? ¿Y el resto de la tripulación? ¿Qué creerán?
    —Eso es cosa mía —replicó Lansen—. Pero usted puede decir a Londres que esto se acabó.

    Taylor lo miró con inquietud.

    —Está usted nervioso. Es lógico después del mal trago.
    —¡Váyase al diablo! — murmuró Lansen—. ¡Váyase al condenado diablo!

    Giró sobre sus talones, dejó una moneda sobre el mostrador y salió del bar dando zancadas, metiéndose torpemente en el bolsillo del impermeable el grueso sobre amarillo que contenía el dinero.

    Al cabo de un momento Taylor le siguió. El camarero le vio empujar la puerta y desaparecer en la escalera.

    «Vaya un hombre antipático», se dijo.

    De todas maneras, nunca le gustaron los ingleses.


    Taylor decidió de pronto no tomar ningún taxi para dirigirse al hotel. Podría recorrer el trayecto a pie en diez minutos y economizar así algo de sus dietas. La empleada de la compañía aérea le dedicó un leve movimiento de cabeza cuando pasó ante ella para ganar la puerta principal. El vestíbulo de recepción estaba revestido de madera de teca. Vaharadas de aire caliente ascendían del suelo. Taylor salió a la calle. El frío mordía como el filo de una espada a través de sus ropas; como un veneno que adormece lentamente, se extendió con rapidez por su rostro desnudo e invadió su cuello y sus hombros. Taylor cambió de idea y se apresuró a buscar un taxi. Estaba ebrio. Se dio cuenta de pronto: el aire fresco provocó su embriaguez. En la estación no había ningún coche. Un viejo «Citroën» estaba aparcado a unos cincuenta metros, con el motor en marcha.

    «El cochino ése ha puesto la calefacción», se dijo Taylor, entrando de nuevo precipitadamente en el aeródromo.

    —Quisiera un taxi —dijo a la azafata—. ¿Sabe usted dónde podría encontrar uno?

    Esperaba con toda su alma tener un aspecto normal. Se había comportado como un loco bebiendo tanto. No debió haber aceptado el vaso que le ofreció Lansen.

    —Se han ido con los niños —dijo ella sacudiendo la cabeza—. Seis por coche. Era el último vuelo de hoy. En invierno no tenemos muchos taxis. — Sonrió—. El aeropuerto es muy pequeño.
    —¿Y ese coche viejo que está allí abajo en la carretera? ¿No es un taxi? — preguntó con la voz un poco pastosa.

    Ella se acercó a la puerta y miró afuera. Caminaba con un suave balanceo, sencilla, pero provocadora.

    —No veo ningún coche —dijo.

    Taylor miró por encima de su hombro.

    —Había un «Citroën» viejo. Con los faros encendidos. Ha debido marcharse. Me pregunto si hubiese podido…

    Maldita sea, el coche debió de pasar por delante y ni siquiera lo había oído desaparecer.

    —Los taxis son todos «Volvo» —dijo la chica—. Tal vez vuelva alguno después de haber dejado a los niños. ¿Por qué no bebe algo mientras espera?
    —El bar está cerrado —replicó Taylor—. El camarero se ha ido a su casa.
    —¿Se hospeda usted en el hotel del aeropuerto?
    —Sí, en el «Regina». La verdad es que tengo prisa. — Ahora empezaba a sentirse mejor—. Espero una llamada telefónica desde Londres.

    Ella, con mirada crítica, examinó su abrigo: era de tela impermeable, con un dibujo en forma de aguas.

    —Podría usted ir a pie —le sugirió ella—. Está a diez minutos. No tiene usted más que seguir la carretera. Pueden enviarle más tarde el equipaje.

    Taylor miró su reloj, con el mismo amplio ademán de siempre.

    —Mis maletas están ya en el hotel. He llegado esta mañana.

    Tenía ese rostro preocupado y ajado que está a punto de convertirse en una de esas caras anchas de music—hall, y, sin embargo, infinitamente triste. Un rostro de ojos más pálidos que la piel y cuyos rasgos convergen hacia las narices. Quizá porque tenía conciencia de ello, Taylor se había dejado crecer un pequeño bigote, como si lo hubiesen pintado en una fotografía, lo que daba a su semblante un aspecto muy confuso, sin lograr disimular lo que le faltaba. No era un hombre convincente; no porque fuera un canalla, sino porque no había sido dolado para engañar a su mundo. También tenía ciertos tics toscamente imitados de un original perdido; tal esa irritante costumbre que tienen los militares de arquear repentinamente la espalda, como si hubiese sido sorprendido en una postura inconveniente, o bien afectando movimientos de rodillas y codos que recordaban vagamente la equitación. Pero el sufrimiento confería a todo esto cierta dignidad, como si mantuviera erguido su cuerpo débil contra un viento cruel.

    —Si se da usted prisa —dijo ella—, ni siquiera tardará diez minutos.

    A Taylor le horrorizaba esperar. Imaginaba que las gentes que esperan son personas sin importancia: humilla que le vean a uno esperando. Frunció los labios, sacudió la cabeza y, con un «Buenas noches, señorita», de mal humor, salió bruscamente al aire helado.

    Taylor jamás había visto un cielo parecido. Sin límite, se curvaba hasta los campos cubiertos de nieve, rota su inmensidad en todas partes por cortinas de bruma en las que se congelaban las constelaciones y cernían la mancha amarilla de la media luna. Taylor estaba impresionado, como un hombre de tierra adentro que tiene miedo del mar. Un poco inseguro al andar, apresuró, sin embargo, el paso.

    Llevaría cinco minutos andando cuando le alcanzó el coche. No había acera para los peatones. Advirtió primero el resplandor de los faros, porque el ruido del motor lo ensordecía la nieve, y sólo vio una luz delante de él, sin advertir de dónde venía. Barría lentamente los campos nevados y por un momento creyó que era el faro del aeropuerto. Después vio su propia sombra achicarse en la carretera y hacerse la luz más viva y comprendió que sería un coche. Caminaba por la derecha, pisando con paso vivo la corteza verdehelada que bordeaba la calzada. Observó que la luz era curiosamente amarilla y se dijo que los faros funcionarían de acuerdo con el código de circulación francés. No estaba descontento de este pequeño trabajo de deducción; después de todo, su viejo cerebro no funcionaba tan mal.

    No miró por encima de su hombro, porque era un poco tímido y no quería dar la impresión de que estaba haciendo autostop. Pero, un poco tarde quizá, tuvo la idea de que yendo por la derecha iba por el lado malo de la carretera y que debía atravesarla.

    El coche lo embistió por detrás y le partió la columna vertebral. Durante un espantoso instante, Taylor estuvo en la postura clásica del hombre torturado: la cabeza y los hombros echados violentamente hacia atrás, crispados los dedos. No lanzó un grito. Hubiérase dicho que todo su cuerpo y toda su alma se habían concentrado en esa última expresión de sufrimiento, más elocuente en la muerte que todos los sonidos que había emitido en su vida. Es muy posible que el conductor del coche no se hubiese dado cuenta de lo que había hecho, que el choque del cuerpo contra la carrocería le hubiese parecido el ruido sordo de un mazacote de nieve chocando con el cubo de la rueda.

    El coche lo arrastró uno o dos metros, después lo proyectó a un lado, muerto, sobre la carretera desierta, silueta inmóvil y desarticulada al borde de la inmensa llanura. Su sombrero de fieltro yacía junto a él. Una brusca ráfaga se lo llevó sobre la nieve. Los jirones de su abrigo se agitaron al viento, tratando en vano de retener la pequeña caja de cinc, que rodó suavemente, para detenerse un momento al borde del helado ribazo antes de proseguir su carrera dando tumbos por la pendiente.


    II. La misión de Avery


    «Hay ciertas cosas que nadie debe preguntar a un blanco.»
    John Buchan, Mr. Standfast.


    II
    Preludio


    Eran las tres de la mañana.

    Avery colgó el teléfono, despertó a Sarah y le dijo:

    —Taylor ha muerto. Naturalmente, no debió decirlo.
    —¿Quién es Taylor?

    «Un pelma», pensó. Lo recordaba vagamente. Un melancólico pelma inglés de los que se encuentran en el muelle de Brighton.

    —Un tipo de la sección de correos —dijo—. Estuvo con ellos durante la guerra. Creo que bastante bueno.
    —Eso es lo que siempre dices. Para ti todos son bastante buenos. Entonces, ¿cómo ha muerto? Dime cómo ha muerto —repitió ella incorporándose en el lecho.
    —Leclerc espera averiguarlo.

    Le hubiese gustado que ella no le mirase mientras se vestía.

    —¿Y quiere que tú le hagas compañía mientras espera?
    —Quiere que vaya a la oficina. Me necesita. ¿Acaso tú no esperas a que me vuelva del otro lado y me duerma?
    —Te pregunto simplemente —dijo Sarah—. Siempre has tenido muchas consideraciones a Leclerc.
    —Taylor sabía dónde le apretaba el zapato. Leclerc está muy disgustado.

    Advertía todavía el acento de triunfo en la voz de Leclerc: «Venga en seguida, tome un taxi; vamos a revisar otra vez los expedientes.»

    —¿Sucede eso a menudo? ¿Ocurre con frecuencia que se muera la gente?

    Ella hablaba con tono de indignación, como si nadie le dijera nunca nada; como si ella fuera la única a quien le pareciese espantoso que Taylor hubiese muerto.

    —No debes decírselo a nadie —dijo Avery. Era una manera de poner una barrera entre los dos—. Ni siquiera debes decir que he salido de casa a medianoche. Taylor viajaba con nombre supuesto. Alguien tendrá que decírselo a su mujer —añadió, buscando sus lentes.

    Ella se levantó y se puso una bata.

    —Por Dios, deja de hablar como un cowboy. Las secretarias están al corriente; ¿por qué no pueden estarlo las esposas? ¿O solamente les dicen algo cuando su marido ha muerto? — preguntó ella dirigiéndose a la puerta.

    Era de mediana estatura y llevaba los cabellos largos, lo que contrastaba con su rostro severo, que expresaba cierta tensión, inquietud y descontento naciente, como si el día siguiente tuviera que ser peor. Se habían conocido en Oxford y ella había hecho más brillantes estudios que Avery. Pero, Dios sabía por qué, el matrimonio la hizo pueril; la dependencia se había convertido en una costumbre, y hubiérase dicho que había hecho donación a su marido de algo irremplazable y constantemente reclamaba su restitución. Su hijo era menos su proyección que su excusa: un muro para protegerse del mundo más que un medio de llegar a él.

    —¿Dónde vas? — preguntó Avery.

    Algunas veces ella hacía las cosas únicamente para contrariarle; por ejemplo, romper las entradas para un concierto.

    —Tenemos un hijo —contestó ella—. ¿Lo olvidaste?

    Él se dio cuenta entonces de que Anthony estaba llorando. Debieron de haberle despertado.

    —Telefonearé desde la oficina.

    Se dirigió hacia la puerta de la calle. Ella, en el momento de entrar en la habitación del niño, se volvió, y Avery supo que estaba pensando en que no se habían dado un beso.

    —Debiste haber continuado en la editorial —dijo ella.
    —Tampoco te gustaba demasiado.
    —¿Por qué no mandan un coche? — preguntó ella—. Dices que los tienen a montones.
    —Me está esperando en la esquina.
    —Pero, ¿por qué, Dios santo?
    —Por seguridad —respondió él.
    —¿Seguridad contra qué?
    —¿Tienes dinero? — preguntó él—. Me he quedado sin nada.
    —¿Para qué lo quieres?
    —Dinero, eso es todo. No puedo ir por ahí sin un penique en el bolsillo.

    Ella le dio diez chelines que tomó de su bolso. Él cerró rápidamente la puerta a sus espaldas y bajó las escaleras para llegar a la avenida del Príncipe de Gales.

    Pasó ante la ventana del entresuelo y adivinó sin mirar que la señora Yates lo observaba detrás de los visillos, como hacía con todo el mundo, día y noche, abrazada al gato para reconfortarse.

    Hacía un frío espantoso. El viento parecía silbar desde el río a través de la puerta. Inspeccionó la calle: estaba desierta. Hubiese debido telefonear a la estación de taxis de Clapham, pero quería abandonar rápidamente el piso. Además, le había dicho a Sarah que le estaba esperando un coche. Anduvo un centenar de metros en dirección de la central eléctrica, luego cambió de intención y retrocedió.

    Estaba soñoliento. Experimentaba la curiosa ilusión de que hasta en la calle oía sonar el teléfono. A cualquier hora había siempre un taxi por Albert Bridge: era la solución más segura. Volvió, pues, a pasar ante su casa y miró a la ventana de la habitación del niño: vio a Sarah mirando a la calle. Debió preguntarse dónde estaba el coche. Tenía a Anthony en brazos y él adivinó que ella estaría llorando porque no la había besado. Tardó media hora en encontrar un taxi para dirigirse a Blackfriars Road.

    Avery veía pasar las farolas calle arriba. Era muy joven y pertenecía a esa clase intermedia del inglés actual que ha de conciliar su licenciatura en Artes con unos orígenes modestos. Era alto y tenía la apariencia de un estudioso, la mirada lenta tras las gafas y maneras amablemente difusas que le valían el afecto de sus mayores. El movimiento del taxi lo reconfortó, como un niño al que se consuela meciéndolo.

    Llegó a St. George’s Circus, pasó ante el hospital y desembocó en Blackfriars Road. De pronto se encontró ante la casa, pero le dijo al taxista que lo dejara en la esquina siguiente, porque Leclerc le había recomendado prudencia.

    —Aquí —dijo—. Está bien.

    El Departamento estaba instalado en una villa siniestra y ennegrecida por el humo, con un extintor de incendios en el balcón. Hubiérase dicho que era una casa eternamente en venta. Nadie sabía por qué el Ministerio había hecho construir una tapia en torno. Tal vez para protegerla de la mirada de la gente, como las tapias que rodean los cementerios. O para proteger a la gente de la mirada de los muertos. Evidentemente no era por el jardín, porque allí no crecía nada sino hierba agostada en placas como el pelaje de un viejo perro callejero. La puerta de entrada estaba pintada de color verde oscuro. No la abrían jamás. Durante el día unas anónimas furgonetas del mismo color descendían de vez en cuando por la monda avenida, pero sus asuntos los trataban en la parte posterior de la casa. Los vecinos, cuando por azar la aludían, lo que no era frecuente, hablaban de la Casa del Ministerio, cosa que no era exacta porque el Departamento era una entidad aparte, cuyo dueño era el Ministerio. El edificio tenía ese aire de ruina controlada que caracteriza los locales gubernamentales en todo el mundo. Para los que trabajaban allí, su misterio era como el misterio de la maternidad y su supervivencia como el misterio de Inglaterra. La casa los envolvía en sus pliegues, los abrigaba, los protegía de manera casi maternal.

    También esto era cierto para Avery. Lo recordaba cuando la niebla se detenía a placer contra aquellos muros de estuco, o en verano, cuando el sol penetraba brevemente a través de las cortinas de ganchillo de su despacho, sin dejar ningún calor, sin revelar ningún secreto. Y lo recordaba en aquel amanecer de invierno, en el que la fachada de la casa estaba manchada de negro y los faroles hacían brillar las gotas de lluvia en las mugrientas ventanas. Pero cualquiera que fuese la forma en que lo recordaba no era aquél el lugar de su trabajo, sino donde vivía.

    Se metió por la avenida que daba a la parte posterior de la casa, tocó el timbre y esperó que Pine le abriese la puerta. Había luz en la ventana de Leclerc.

    Mostró el pase a Pine. Quizá los dos pensaron entonces en la guerra: a Avery le gustaba lo que ese ademán representaba para su imaginación, mientras que a Pine le bastaba solamente con recordar.

    —Hermosa luna, señor —dijo Pine.
    —Sí.

    Avery entró en el pasillo. Pine lo siguió, habiendo corrido el cerrojo de la puerta.

    —Hubo una época en que los muchachos maldecían una luna como ésta.
    —Sí —dijo Avery riendo.
    —¿Ha oído usted los resultados del Melbourne, señor? Bradley falló tres veces.
    —¡Diablo! — dijo Avery con tono cortés.

    El críquet le fastidiaba.

    Una bombilla azul brillaba en el techo, como la mariposa de un hospital Victoriano. Avery subió la escalera; tenía frío y se sentía incómodo. En alguna parte sonó un timbre. Era curioso que Sarah no hubiese oído el teléfono.

    Leclerc le esperaba.

    —Necesitamos un hombre —dijo.

    Hablaba maquinalmente, como alguien que acaba de despertarse. Una luz iluminaba la carpeta que había delante de él.

    Bajo, de ademanes suaves y afables, era limpio como un gato de buena casa, pulcro y recién afeitado. Llevaba cuellos duros de largas puntas, y usaba corbatas de tonos lisos, acaso porque sabía que una pretensión disimulada es siempre mejor que ninguna. Tenía los ojos oscuros y la mirada viva. Sonreía al hablar, pero sin manifestar ningún placer. Sus chaquetas estaban abiertas a los lados y se guardaba el pañuelo en la manga. Los viernes se calzaba los zapatos de ante, con lo cual proclamaba que se iba al campo los fines de semana. Nadie parecía saber dónde vivía. La habitación estaba en penumbra.

    —No podemos hacer otro vuelo como ése. Era el último; me lo previnieron en el Ministerio. Habrá que enviar un agente allí. He estado examinando las antiguas fichas, John. Hay un tal Leiser, un polaco. Lo hará él.
    —¿Qué le sucedió a Taylor? ¿Quién lo ha matado?

    Avery se acercó a la puerta y encendió la luz del techo. Los dos hombres se miraron con malestar.

    —Estoy desolado. Aún no me he despertado del todo —dijo Avery.

    Habían reanudado el hilo: proseguía la conversación.

    Leclerc fue el primero en hablar.

    —Le ha costado llegar, John —dijo—. ¿Tiene algún problema en casa?

    Carecía del don innato del mando.

    —No pude encontrar taxi. Llamé a la estación de Clapham, pero no me contestaron. Ni en Albert Bridge; allí tampoco.

    No le gustaba decepcionar a Leclerc.

    —Puede hacer una nota de gastos —dijo Leclerc con tono vacilante—; incluya también las llamadas telefónicas. ¿Está bien su esposa?
    —Ya le he dicho que no me contestó nadie. Ella está bien.
    —¿No está disgustada?
    —Claro que no.

    No volvieron a hablar de Sarah. Hubiérase dicho que ambos adoptaban la misma actitud frente a la mujer de Avery, como los niños que pueden compartir un juguete y ha dejado de interesarles.

    —Ya sé —dijo Leclerc— que tiene a su hijo para que le haga compañía.
    —Sí.

    Leclerc se sintió orgulloso de saber que era un niño, no una niña.

    Tomó un cigarrillo de la caja de plata que había sobre su mesa. Un día le dijo a Avery que era un regalo, un regalo que databa de la guerra. El hombre que se lo ofreció había muerto, y las circunstancias pertenecían al pasado. No tenía ninguna inscripción en la tapa. Decía que todavía hoy ignoraba en qué campo estuvo aquel hombre, y Avery se reía para complacerle.

    Tomó la carpeta que había sobre su mesa y la colocó justamente bajo la lámpara, como si dentro de ella hubiese algo que debía estudiar con toda atención.

    —John.

    Avery se acercó esforzándose en no tocar su hombro.

    —¿Qué me dice usted de una cabeza como ésta?
    —No lo sé. Es difícil juzgar por una foto. Es la cabeza de un muchacho, de cara redonda e inexpresiva, y largos cabellos rubios que caen sobre su nuca.
    —Leiser. Tiene buen aspecto, ¿no le parece? Naturalmente —añadió Leclerc—, esto era hace veinte años. Tenía una buena calificación entre nosotros. — A disgusto, dejó la fotografía, encendió el encendedor y lo acercó a su cigarrillo—. En todo caso —continuó con tono vivo—, diríase que allí hay un hueso. No tengo ni la menor idea de lo que le ha ocurrido a Taylor. El Consulado nos ha enviado un informe de rutina, y eso es todo. Parece que se trata de un accidente de coche. Algunos detalles, pero nada revelador. Ese tipo de explicación que se da a la familia. El Foreign Office nos envió el informe en cuanto llegó por teletipo. Sabían que era uno de nuestros pasaportes. — Tomó, a través de la mesa, una hoja de papel fino. Avery le echó una ojeada.
    —¿Malherbe? ¿Éste era el nombre con que viajaba Taylor?
    —Sí. Tendré que hacer venir uno o dos coches del parque móvil del Ministerio —dijo Leclerc—. Es ridículo que no tengamos nuestros coches. El Circus tiene toda una flota. Quizás esta vez me hagan caso en el Ministerio —añadió—. Quizás acaben por admitir que somos siempre un servicio en activo.
    —¿Recogió Taylor la película? — preguntó Avery—. ¿Sabemos si se la entregaron?
    —No tengo ningún inventario de sus cosas —respondió Leclerc con indignación—. De momento, la Policía finlandesa lo ha confiscado todo. Quizá la película se encuentre entre sus efectos. Se trata de una ciudad pequeña y supongo que cumplen la ley a rajatabla. — Con tono indiferente, tanto que Avery comprendió que era importante, añadió—: El Foreign Office teme que haya complicaciones.
    —¡Vaya! — dijo Avery maquinalmente.

    Era el estilo del Departamento: pasado de moda y sobrentendido.

    Leclerc lo miró fijamente a los ojos. Se animaba.

    —El encargado del Foreign Office ha hablado con el subsecretario hace cosa de media hora. Se niegan a mezclarse en el asunto. Dicen que somos un servicio clandestino y que tenemos que arreglamos como podamos. Es preciso que alguien vaya allí abajo como su pariente más próximo; es la solución que nos sugieren. Para reclamar el cuerpo y los objetos personales y repatriarlos. Quisiera enviarle a usted.

    Avery observó de pronto las fotografías que tapizaban la habitación, miembros del Departamento que habían hecho la guerra. Había dos hileras de seis, a uno y otro lado de la maqueta de un bombardero «Wellington» pasablemente cubierto de polvo, una maqueta pintada de negro y sin insignia. La mayor parte de las fotos habían sido tomadas en el exterior. Avery veía los hangares en segundo término y, entre los rostros jóvenes y sonrientes, los fuselajes de los aviones.

    En la parte inferior de las fotografías se encontraban las firmas, con la tinta ya parda y descolorida, unas firmes y bien trazadas, otras —sin duda las de los subalternos— pedantes y complicadas, como si sus autores hubieran llegado de manera anormal a la gloria. No había nombres, sino apodos tomados de las revistas infantiles: Jacko, Shorty Pit y Lucky Joe. El único uniforme era el Mae West; cabellos largos y la sonrisa radiante y un poco infantil. Hubiérase dicho que estaban contentos de dejarse fotografiar, como si estar reunidos fuera una ocasión de divertirse que acaso no se renovara nunca. Los que figuraban en primer plano estaban en cuclillas, como hombres habituados a estar así en las tórrelas de las ametralladoras, y los que estaban detrás apoyaban los brazos descuidadamente sobre los hombros de los compañeros. No se advertía el afecto, sino una buena voluntad espontánea que, al parecer, no sobreviviría a la guerra ni a las fotografías.

    Había una cara que figuraba en todas las fotografías, la de un hombre delgado, de mirada viva, con chaqueta de cuero forrado, especial para el frío, y pantalones de pana. No llevaba chaleco salvavidas y permanecía ligeramente apartado de los demás, como si fuera un poco mejor que ellos. Era algo más bajo que todos y de más edad. Tenía rasgos formados, y se advertía en él una voluntad de acción que faltaba en sus compañeros. Hubiera podido ser su profesor. Un día Avery miró aquella firma para ver si había cambiado en diecinueve años, pero Leclerc no había firmado con su nombre. Todavía se parecía mucho al de las fotos; tal vez la mandíbula un poco más desarrollada y el cabello un poco más escaso.

    —Pero eso sería una misión de operaciones —dijo Avery con tono vacilante.
    —Pues claro. Somos un servicio de operaciones, ya lo sabe usted. — Subrayó con un movimiento de cabeza aquella afirmación—: Tiene usted derecho a esta clase de dietas. No hará usted otra cosa que hacerse enviar los efectos de Taylor. Tendrá que traérselo todo, excepto la película, que enviará a una dirección en Helsinki. Ya se le darán instrucciones sobre este particular. A la vuelta me ayudará usted en lo de Leiser…
    —¿No podría encargarse el Circus? Quiero decir si no sería más sencillo para ellos…

    Una sonrisa se dibujó trabajosamente en el rostro de Leclerc.

    —Desgraciadamente, no hay caso. Hemos de ser nosotros, John: esta misión es de nuestra competencia. Es un objetivo militar. Evitaría nuestra responsabilidad si pudiera descargarme sobre el Circus. Pero su campo de actividades es político, exclusivamente político.

    Su pequeña mano acarició sus cabellos con un movimiento breve, conciso, tenso y controlado.

    —Es, pues, cosa nuestra. Por el momento, el Ministerio aprueba mi interpretación —expresión en la cual se complacía siempre—, pero si usted lo prefiere, puedo enviar a otro… Woodford o alguien de la vieja guardia. Supuse que esto le divertiría. Es una misión importante, algo nuevo para usted.
    —Claro está. Me gustaría mucho ir… Si me concede usted su confianza.

    La respuesta le gustó a Leclerc. Empujó hacia la mano de Leclerc una hoja de papel fino azul. Estaba llena de la escritura de Leclerc, una escritura redonda y un poco infantil. Había escrito «Provisional» arriba, en el ángulo, y lo había subrayado. En el margen, a la izquierda, sus iniciales, las cuatro letras, y debajo la referencia «No reservado».

    —Si lo lee atentamente —dijo—, verá que no declaramos expresamente que es usted el pariente más próximo; nos contentamos con citar el formulario llenado por Taylor. Es todo, lo que la gente del Foreign Office está dispuesta a hacer. Han aceptado enviar el mensaje al Consulado local, vía Helsinki.

    Avery leyó: «Del Departamento consular. Referencia: su comunicación por teletipo Malherbe. John Somerton Avery, titular del pasaporte británico núm…, hermanastro del fallecido, designado en el pasaporte de Malherbe como su más próximo pariente. Avery informado toma avión hoy para repatriar cuerpo y objetos personales. Vuelo 201 de la «NAS» vía Hamburgo. Llegada 18.20 hora local. Rogamos le proporcione ayuda y asistencia habituales.»

    —No conocía el número de su pasaporte —dijo Leclerc—. El avión parte a las tres de la tarde. Es una ciudad pequeña. Imagino que el cónsul le aguardará en el aeropuerto. Hay un vuelo desde Hamburgo cada dos días. Si tiene usted necesidad de ir a Helsinki, puede tomar el mismo avión para regresar.
    —¿Y no podría figurar como su hermano? — preguntó Avery tímidamente—. Hermanastro suena extraño.
    —No hay tiempo para preparar el pasaporte. El Foreign Office es muy quisquilloso en estas cuestiones, Hemos tenido muchas dificultades con lo de Taylor. — Había vuelto a concentrar su atención sobre el expediente—. Muchas dificultades. Comprenderá usted que tendría que llamarse también Malherbe. No creo que esto les gustara.

    Daba todas estas informaciones descuidadamente, sin aparentar prestarles atención.

    Hacía mucho frío en aquel despacho.

    —¿Y nuestro amigo escandinavo? — preguntó Avery. Leclerc lo miró sin comprender—. Lansen. ¿No debía ponerse en contacto con él?
    —Yo me ocupo de eso.

    Leclerc, a quien le horrorizaba que le hicieran preguntas, respondió prudentemente, como si corriera un riesgo al contestar.

    —¿Y la mujer de Taylor? — La palabra «viuda» le parecía pedante—. ¿Se ocupa usted de ella?
    —Pensé que sería lo primero que podríamos hacer usted y yo esta mañana. Su nombre no está en el listín. Y los teléfonos son tan poco claros…
    —¿Usted y yo? — preguntó Avery—. ¿Es necesario que vayamos los dos?
    —¿No es usted mi ayudante?

    El despacho estaba demasiado silencioso. Avery echaba de menos el rumor de la circulación y los timbres de los teléfonos. Durante el día había gente, idas y venidas de los ordenanzas y el zumbido del pequeño montacargas del archivo. Tenía la impresión de que estaba solo con Leclerc, que faltaba una tercera persona. Nadie lograba hacerle tan consciente de su actitud, nadie como él poseía la habilidad de desintegrar una conversación. Hubiese querido que Leclerc le hubiera dado algo más que leer.

    —¿Ha oído usted hablar de la mujer de Taylor? — preguntó Leclerc—. ¿Es una especie de persona segura?

    Viendo que Avery no comprendía, continuó:

    —Podría colocarnos en una situación embarazosa, ¿comprende usted? Si a ella le da por eso. Tendremos que ir con mucho cuidado.
    —¿Qué piensa usted decirle?
    —Improvisaremos sobre el terreno. Como hacíamos durante la guerra. No está al corriente de nada, ¿comprende? Ni siquiera sabía que estaba en el extranjero.
    —Quizá se lo dijera él.
    —Taylor no. Taylor era de los de antes. Tenía sus instrucciones y conocía las reglas del juego. Es preciso que ella tenga una pensión, es lo esencial. Servicio activo.

    Hizo con la mano otro vivo y pequeño ademán.

    —¿Y los demás? ¿Qué va usted a decirles?
    —Me reuniré esta mañana con los jefes de sección. Por lo que se refiere al resto del Departamento, diremos que se trata de un accidente.
    —Tal vez sea la verdad —sugirió Avery.

    Leclerc sonrió de nuevo; la barra de acero de una sonrisa, como en una tremenda tribulación.

    —En cualquier caso, habremos dicho la verdad, y tendremos más oportunidad de recuperar la película.

    La calle seguía silenciosa, sin tránsito. Avery tenía hambre. Leclerc echó una ojeada a su reloj.

    —Está usted examinando el informe de Gorton —dijo Avery.

    Leclerc sacudió la cabeza y rozó ligeramente un expediente, como quien repasa un álbum favorito.

    —Aquí no hay nada. Lo he mirado y remirado todo. Hice ampliar a todos los tamaños las demás fotografías. La gente de Haldane ha estado día y noche con ello. No hemos avanzado nada.

    Sarah tenía razón: ayudarle a esperar.

    Leclerc dijo, y esto pareció de pronto ser el motivo mismo de su conversación:

    —Le he preparado a usted una breve entrevista con George Smiley en el Circus después de la conferencia de esta mañana. ¿Ha oído usted hablar de él?
    —No —respondió Avery mintiendo.

    Era un terreno muy delicado.

    —Fue uno de sus mejores hombres. Para algunos, el característico estilo del Circus, lo mejor en su clase. Dimitió, ¿sabe usted?, pero volvió luego. Cuestión de conciencia. Uno no sabe nunca si está o no está en el ajo. Ahora está un poco al margen. Dicen que bebe demasiado. Smiley se encarga de la carpeta de Europa del Norte. Puede darle instrucciones sobre la manera de entregar la película. Nuestro propio servicio está desorganizado ahora y no tenemos otro remedio: el Foreign Office no quiere conocernos. Después de la muerte de Taylor no puedo permitir que se pasee usted con eso en el bolsillo. ¿Qué sabe usted del Circus?

    La pregunta pudo haber sido hecha sobre mujeres, con desconfianza, como a un viejo sin experiencia.

    —No mucho —dijo Avery—. Lo que dicen por ahí.

    Leclerc se levantó y se dirigió a la ventana.

    —Son tipos muy curiosos. Los hay notables, claro está. Smiley fue muy bueno. Pero es un tramposo —dijo de pronto—. Sé que hace extraño emplear esta palabra a propósito de un servicio hermano, John. Pero la mentira es para él una segunda naturaleza. La mitad de ellos no saben siquiera cuándo dicen la verdad. — Inclinaba la cabeza a un lado y a otro para observar lo que se movía en la calle a punto de despertar—. ¡Qué tiempo más asqueroso! Entre nosotros, durante la guerra, hubo rivalidades, ¿sabe usted?
    —He oído decir algo de eso.
    —Pero ahora se acabó. No les envidio. Tienen más dinero y más personal que nosotros. Hacen un trabajo más importante. Sin embargo, dudo de que sean más fuertes que nosotros. Nada, por ejemplo, se puede comparar a nuestra Sección de Investigaciones. Nada.

    Avery tuvo de pronto la impresión de que Leclerc acababa de revelarle algo muy íntimo, un matrimonio frustrado o un acto deshonroso, y que ahora todo iba bien.

    —Cuando usted vea a Smiley, tal vez le haga preguntas a propósito de la operación. Quiero que usted no le diga nada, ¿comprende?, sino que se va a Finlandia y que acaso tenga una película para su entrega inmediata a Londres. Si insiste, dele a entender que se trata de algo así como entrenamiento. Es todo lo que está usted autorizado a decir. Todo lo demás, el informe de Gorton, y las operaciones futuras, nada de todo eso les concierne lo más mínimo. Se trata solamente de entrenamiento.
    —Comprendo. Pero debe estar al corriente sobre lo de Taylor, porque si el F. O. lo sabe…
    —Eso corre de mi cuenta. Y no vaya usted a creer que el Circus tiene un monopolio para enviar agentes. Nosotros tenemos los mismos derechos. Pero no los usamos a la buena de Dios.

    Había restablecido su personalidad.

    Avery contemplaba la delgada espalda de Leclerc recortándose sobre el cielo que se iluminaba fuera. «Un hombre excluido —pensó—, un hombre sin tarjeta.»

    —¿No se podría encender el fuego? — preguntó, saliendo al pasillo, donde Pine tenía un armario para los trapos y las escobas.

    Había leña y periódicos atrasados. Volvió y se arrodilló delante de la chimenea. Conservó los mejores fragmentos de tizones apagados haciendo pasar las cenizas a través de la parrilla, como hacía en su casa en Navidad.

    —Me pregunto si fue realmente sensato hacer que se encontraran en el aeropuerto —dijo.
    —Era urgente. Según el informe de Jimmy Gorton, era muy urgente. Lo es todavía. No tenemos un momento que perder.

    Avery acercó una cerilla al periódico y se quedó mirando cómo ardía. Cuando la madera hubo prendido, el humo ascendió en suaves volutas a su rostro, haciéndole llorar los ojos tras los lentes.

    —¿Cómo pudieron entonces averiguar el destino de Lansen?
    —Era un vuelo regular. Habría tenido que pedir autorización previa.

    Avery añadió un poco de carbón al fuego, se incorporó y fue a lavarse las manos en el lavabo del rincón, y luego se las secó con el pañuelo.

    —Le pediré inmediatamente a Pine que ponga una toalla —dijo Leclerc—. No tienen mucho que hacer y la mitad de nuestras molestias vienen de esto.
    —No tiene importancia. — Avery se guardó en el bolsillo el pañuelo mojado. Tuvo una sensación de frío en el muslo—. Tal vez ahora cambien las cosas —añadió sin ironía.
    —Estoy pensando en decirle a Pine que me arme una cama aquí. Una especie de sala de operaciones —anunció Leclerc prudentemente, como si Avery pudiera privarle de este placer—. Podría usted llamarme aquí esta noche desde Finlandia. Si ha recuperado la película, diga sencillamente que el asunto marcha.
    —¿Y si no?
    —Diga que no marcha.
    —Se presta a confusión —objetó Avery—. Quiero decir, si la comunicación es mala. «Marcha» y «No marcha».
    —Entonces diga que a ellos no les interesa. Diga algo negativo. Ya sabe usted lo que quiero decir.

    Avery recogió el cubo vacío de carbón.

    —Se lo llevaré a Pine.

    Pasó al cuarto de los trastos. Un empleado de la «Air Force» estaba amodorrado cerca de los teléfonos. Avery se dirigió hacia la escalera.

    —El jefe quiere un poco de carbón, Pine.

    El portero se levantó. Se puso en posición de firmes como hacía siempre que se le dirigía la palabra, firme al lado de su lecho.

    —Lo siento, señor. No puedo dejar la puerta.
    —¡Por Dios, Pine! Ya la vigilaré yo. Allí arriba se hiela uno.

    Pine tomó el cubo, se abrochó la chaqueta del uniforme y desapareció en el pasillo. En esta ocasión no se puso a silbar.

    —Me ha dicho también que le arme una cama en el despacho —dijo cuando Pine volvió—. Dígaselo usted al ordenanza cuando se despierte. ¡Ah!, y una toalla. Es necesario que haya una toalla en el lavabo.
    —Bien, señor. Es agradable ver que el viejo Departamento se pone en marcha.
    —¿Dónde puede uno desayunarse por aquí? ¿Hay algún sitio cerca?
    —Está el «Cadenas» —repuso Pine con tono vacilante—, pero no sé si le convendrá al jefe, señor. — Sonrió—. En otros tiempos había la cantina. Bocadillo y trago.

    Eran las siete menos cuarto.

    —¿A qué hora abre el «Cadenas»?
    —No sabría decírselo, señor.
    —Dígame, ¿conoce usted al señor Taylor?

    Había estado a punto de decir «conocía».

    —¡Oh!, sí, señor.
    —¿Ha visto usted alguna vez a su mujer?
    —No, señor.
    —¿Cómo es? ¿No tiene usted idea? ¿No ha oído nunca hablar de ella?
    —Realmente no podría decírselo, señor. Ha sido un desdichado asunto, señor.

    Avery lo miró con estupor. Se dijo que Leclerc se lo habría dicho, y subió. Más tarde o más temprano tendría que telefonear a Sarah.


    III


    Se desayunaron en cualquier parte. Leclerc se negó a ir al «Cadenas» y echaron a andar interminablemente hasta que descubrieron otro café, peor que el «Cadenas» y más caro.

    —El caso es que no me acuerdo bien de él —dijo Leclerc—. Es realmente ridículo. Creo que es un buen operador de radio. En todo caso, lo había sido en otro tiempo.

    Avery creyó que le hablaba de Taylor.

    —¿Qué edad me dijo usted que tenía?
    —Cuarenta y algo más. Es una buena edad. Polaco de Dantzig. Ya sabe usted que todos hablan alemán. No son tan insensatos como los verdaderos eslavos. Después de la guerra anduvo a la deriva un par de años. Luego decidió cambiar de vida y compró un garaje. Ha debido de ganar bastante dinero.
    —Entonces, no creo que…
    —Vamos. Estará encantado, o debería estarlo.

    Leclerc pagó la cuenta y la guardó. Al dejar el restaurante, dijo algo acerca de los gastos y de las notas de gastos que se entregan en Contabilidad.

    —También puede usted pedir dietas para cualquier trabajo por la noche, ya lo sabe. O por horas suplementarias. — Descendían por la calle—. Se ha pedido su plaza en el avión. Carol telefoneó desde su casa. Sería conveniente que le dieran un adelanto sobre sus gastos, está el traslado de sus restos y todo eso. Parece que eso es caro. Sería mejor que los expidiera por avión. Nosotros mismos practicaremos aquí la autopsia.
    —Jamás he visto un cadáver —dijo Avery.

    Estaban en una esquina de Kennington, buscando un taxi. Una fábrica de gas al otro lado de la calle, nada en éste: esa clase de lugar donde podían estar esperando todo el día.

    —Es preciso que sea usted muy discreto, John, acerca de nuestro envío de un agente. Nadie debe saberlo, ni siquiera en el Departamento; absolutamente nadie. He pensado que se llame Mayfly.
    —Muy bien.
    —Es muy delicado. Hay que calcular el momento. Estoy seguro de que chocaremos con cierta oposición, tanto dentro como fuera del Departamento.
    —¿Qué nombre utilizaré para mí? — preguntó Avery—. Todavía no sé…

    Un taxi, con la bandera levantada, pasó por delante de ellos sin detenerse.

    —¡Cerdo! — exclamó Leclerc—. ¿Por quiénes nos habrá tomado?
    —Sin duda vive por aquí. Va hacia el West End. Sí —continuó—, qué nombre.
    —Viajará usted Con su nombre verdadero. No veo que esto pueda plantear ningún problema. También puede utilizar su dirección. Diga que es editor. Al fin y al cabo, lo ha sido. El cónsul le explicará lo que sea. ¿Qué cosa le preocupa?
    —¡Oh…! Simplemente los detalles.

    Leclerc sonrió, saliendo de su ensoñación.

    —Le diré una cosa, una cosa que usted descubriría, además, sin ayuda de nadie. No dé nunca informaciones espontáneamente. La gente no espera que usted se lo explique. Después de todo, ¿qué hay que explicar? El terreno está preparado: el cónsul habrá recibido nuestro teletipo. Enseñe su pasaporte, y en cuanto a lo demás, siga su propia inspiración.
    —Lo intentaré —dijo Avery.
    —Tendrá usted éxito —dijo Leclerc con convicción, y ambos cambiaron una tímida sonrisa.
    —El aeropuerto, ¿está lejos de la ciudad? — preguntó Avery.
    —A unos cinco kilómetros. Comunica con las principales estaciones de esquí. Dios sabe lo que hará el cónsul durantes todo el día.
    —¿Y Helsinki?
    —Ya se lo dije: unos ciento cincuenta kilómetros. Tal vez más.

    Avery propuso tomar el autobús, pero Leclerc no quería hacer cola, de manera que siguieron esperando en la esquina de la calle. Se puso a hablar de los coches oficiales.

    —Es absolutamente ridículo —dijo—. En otro tiempo tuvimos nuestro parque y ahora sólo tenemos dos furgonetas y los del Tesoro no nos permiten pagar horas extraordinarias a los chóferes. ¿Cómo quiere usted que dirija un Departamento en esas condiciones?

    Acabaron por irse a pie. Leclerc tenía la dirección en la cabeza; consideraba punto de honor acordarse de esta clase de cosas. Avery se sentía incómodo caminando mucho rato a su lado, porque Leclerc tenía que ajustar sus pasos a los más largos de su compañero. Avery intentaba tenerlo en cuenta, pero a veces lo olvidaba y Leclerc, a su lado, daba incómodas zancadas, tambaleándose a cada paso. Caía una lluvia fina. Seguía haciendo mucho frío.

    Había momentos en que Avery sentía por Leclerc una ternura profunda y protectora. Leclerc poseía ese don indefinible de crear un sentimiento de culpabilidad, como si cuando se estaba con él se remplazara mezquinamente a un amigo ido. Alguien había estado con él y había partido; acaso todo el mundo, una generación. Alguien creyó en él y luego lo desautorizó, y si Avery algunas veces encontraba execrables sus manejos demasiado evidentes, si podía detestar sus manías, como un niño detesta los tics de su padre, o de su madre, un instante más tarde corría para protegerlo, cuidadoso y profundamente consciente de su responsabilidad. Más allá de todas las vicisitudes de sus relaciones, experimentaba cierto reconocimiento ante la idea de que era Leclerc quien lo había hecho. Así había nacido ese sólido afecto que no existe sino entre los débiles; cada uno se convertía en el modelo que el otro trataba de imitar.

    —Será una buena cosa —dijo de pronto Leclerc— que usted tome parte en la operación Mayfly.
    —Me gustaría.
    —Cuando vuelva.

    Habían encontrado la dirección en el plano: 34 de Roxburgh Gardens. Estaba por Kennington High Street. La calle no tardó en adquirir un aspecto menos elegante ni las casas en estar más juntas. Las luces de los faroles ardían con una llama amarilla y plana como lunas de papel.

    —Durante la guerra nos cedieron un hotel para el personal.
    —Tal vez vuelvan a hacerlo —sugirió Avery.
    —Hace ya veinte años que no hacía una gestión como ésta.
    —¿Iba usted solo en esa época? — preguntó Avery, y lo lamentó en seguida.

    ¡Era tan fácil hacer daño a Leclerc!

    —En aquellos tiempos era más sencillo. Podíamos decir que habían muerto por la patria. No teníamos que dar detalles a nadie; ninguno los esperaba.

    «De manera que teníamos—», pensó Avery. Iría con otro, uno de aquellos rostros risueños de las fotografías.

    —Entonces morían pilotos todos los días. Hacíamos vuelos de reconocimiento, ¿sabe?, lo mismo que operaciones especiales… A veces me avergüenzo: ni siquiera recuerdo los nombres. Eran tan jóvenes…

    Una trágica procesión de rostros horrorizados cruzó la mente de Avery: madres y padres, novias y esposas, e intentó imaginar a Leclerc en medio de ellos, con su aire ingenuo, pero seguro de sí, como un político en el lugar de una catástrofe.

    Se detuvieron en lo alto de una cuesta. Era un lugar siniestro. La calle descendía entre una hilera de casas sucias y sin huecos. Por encima de ellas se elevaba un único inmueble de pisos: Roxburgh Gardens. Una teoría de luces brillaba hasta las barnizadas tejas, dividiendo y subdividiendo en células toda la estructura. Era una gran construcción, muy fea en su género, el principio de un mundo nuevo y, a sus pies, las sombrías ruinas del antiguo: casas vacilantes, de mugriento aspecto, ante las cuales se movían rostros tristes que pasaban bajo la lluvia como pecios en un puerto olvidado.

    Leclerc había crispado los débiles puños. Estaba perfectamente inmóvil.

    —¿Es esto? — preguntó—. ¿Aquí vivía Taylor?
    —¿Por qué no? Forma parte de un proyecto, de una nueva urbanización.

    Y entonces Avery comprendió. Leclerc estaba avergonzado. Taylor lo había decepcionado terriblemente. No era aquélla la sociedad que ambos estaban encargados de proteger, aquellos barrios miserables con sus torres de Babel. Era algo que carecía de lugar en el concepto que Leclerc se hacía de las cosas. Pensar que un colaborador de Leclerc iba y venía cada día desde el aliento y el hedor de semejante sitio al santuario del Departamento… ¿Es que no tenía ningún dinero ni pensión alguna? ¿Acaso no había hecho algunas economías, como hicieron los demás, sencillamente cien o doscientas libras, para poder salir de aquella estrechez?

    —Esto no es peor que Blackfriars Road —dijo maquinalmente Avery para confortarle.
    —Todo el mundo sabe que en otros tiempos estuvimos en Baker Street —replicó Leclerc.

    Se dirigieron rápidamente hacia el inmueble, pasando ante escaparates abarrotados de trajes viejos y estufas oxidadas, todo ese triste montón de cosas inútiles que sólo compran los pobres. Había una cerería donde vendían velas, todas amarillentas y cubiertas de polvo, como los restos de una tumba.

    —¿Qué número? — preguntó Leclerc.
    —Dijo usted el treinta y cuatro.

    Se metieron por entre unas pesadas columnas toscamente adornadas de mosaico, siguieron unas flechas de plástico marcadas con unos números de color de rosa y se deslizaron entre hileras de coches viejos y vacíos para llegar por último a una entrada de cemento, ante la cual se amontonaban cajas de botellas de leche. No había puerta, sino unos cuantos escalones cubiertos por una alfombra de caucho que chirriaba al pisarla. Olía a cocina y a ese jabón líquido que se utiliza en los lavabos de los ferrocarriles. En la pared de estuco un cartel pintado a mano recomendaba silencio. En alguna parte funcionaba un aparato de radio. Subieron los dos pisos y se detuvieron ante una puerta verde, cuya mitad superior estaba encristalada. El número 34 estaba atornillado encima con caracteres de baquelita blanca. Leclerc se quitó el sombrero para enjugarse el sudor que perlaba sus sienes. Lo mismo hubiese podido hacer disponiéndose a entrar en la iglesia. Estaba lloviendo mucho más de lo que creían: sus abrigos estaban empapados. Apretó el botón del timbre. Avery, de pronto, tuvo miedo. Miró a Leclerc, pensando: «Es usted quien debe hacerlo, a usted le corresponde advertirla.»

    La música parecía haber alcanzado mayor volumen. Prestaron oído, al acecho de un ruido nuevo, pero no oyeron nada.

    —¿Por qué le dieron el nombre de Malherbe? — preguntó Avery bruscamente.

    Leclerc llamó de nuevo, y entonces oyeron los dos al tiempo. Un gemido a medio camino entre el sollozo de un niño y la queja de un gato, una especie de suspiro metálico, ahogado. Leclerc retrocedió un paso y Avery empuñó el picaporte de bronce que estaba sobre el buzón y lo dejó caer con fuerza. El eco se disipó lentamente y oyeron en el piso pasos ligeros y vacilantes. Se descorrió un cerrojo y funcionó una cerradura. Después oyeron de nuevo, más fuerte y más claro, el mismo gemido monótono. La puerta se entreabrió y Avery vio una niñita débil y pálida que no tendría más de diez años. Llevaba lentes de montura de acero, como Anthony. Sostenía en brazos una muñeca de miembros rosados estúpidamente separados, con ojos pintados que miraban fijamente entre dos franjas de algodón en hilachas. La boca, pintarrajeada de rojo, estaba abierta de par en par, y su cabeza colgaba a un lado como si estuviera rota o muerta. Era lo que se llama una «muñeca parlante», pero ninguna criatura viva emitía jamás sonidos semejantes.

    —¿Dónde está tu madre? — preguntó Leclerc con tono agresivo, atemorizado.
    —Está trabajando —dijo la niña sacudiendo la cabeza.
    —¿Quién se ocupa de ti entonces?

    Ella hablaba lentamente, como si pensara cada cosa.

    —Mamá volverá a la hora del té. Yo no puedo abrir la puerta.
    —¿Dónde está ella? ¿Adónde ha ido?
    —A trabajar.
    —¿Y quién te prepara el almuerzo? — insistió Leclerc.
    —¿Cómo?
    —Que quién te hace la comida —terció Avery, rápido.
    —La, señora Bradley. Cuando termina el colegio.

    Avery se decidió a preguntarle:

    —¿Dónde está tu padre?

    La niña sonrió llevándose un dedo a los labios.

    —Se ha ido en avión —dijo—. A buscar dinero. Pero no debo decirlo. Es un secreto.

    Los dos hombres permanecieron silenciosos.

    —Me traerá un regalo —añadió.
    —¿De dónde? — preguntó Avery.
    —Del Polo Norte, pero es un secreto. — Seguía con la mano en el pestillo de la cerradura—. Allí vive Papá Noel.
    —Dile a tu madre que han venido unos señores —dijo Avery—. Del despacho de tu papá. Volveremos a la hora del té.
    —Es muy importante —añadió Leclerc.

    La niña pareció tranquilizarse cuando supo que ellos conocían a su padre.

    —Está en un avión —repitió.

    Avery buscó en su bolsillo y le dio dos medias coronas, el dinero de su taxi de aquella mañana. La niña cerró la puerta y los plantó en medio de aquella escalera, con el aparato de radio que tocaba una música soñadora.


    IV


    Se detuvieron en la calle, sin mirarse. Leclerc dijo:

    —¿Por qué le ha preguntado eso sobre su padre? — Y como Avery no respondiera, añadió incongruentemente—: No es un oficio que le guste a la gente.

    A veces Leclerc parecía no oír ni sentir. Se dejaba llevar, a la espera de un sonido, como un hombre que, después de haber aprendido las notas, se encuentra incapacitado para la música. Esto le ocasionaba una profunda tristeza, algo así como la consternación del hombre que ha sido traicionado.

    —Me temo que no voy a poder volver aquí con usted esta tarde —dijo Avery suavemente—. Tal vez Bruce Woodford pueda acompañarle.
    —Bruce no me sirve —y añadió—: ¿Estará usted en la oficina a la hora de la reunión, a las diez cuarenta y cinco?
    —Quizá me vea obligado a marcharme antes de terminar, para pasar por el Circus, y hacer mi maleta. Sarah no se encuentra muy bien. Me quedaré en el despacho todo el tiempo posible. Lamento haber hecho esa pregunta, lo lamento vivamente.
    —Quiero que nadie sepa nada. Es preciso que hable primero a su madre. Tal vez haya una explicación. Taylor era hombre de experiencia. Conocía su oficio.
    —No hablaré. Se lo prometo. Ni de Mayfly.
    —Es preciso que le hable a Haldane de Mayfly. Hará objeciones, estoy seguro. Sí, esto es lo que se llama… toda la operación. La llamaremos Mayfly.

    Esta idea le consoló.

    Volvieron apresuradamente al despacho, no para trabajar, sino para encontrar en él un refugio. Por el anonimato que ofrecía, y del cual empezaba ya a sentir la necesidad.

    Su despacho estaba al lado del de Leclerc. Había, sobre la puerta, un letrero que decía: «Ayudante del director.» Dos años atrás, Leclerc había sido invitado a los Estados Unidos y la mención databa de su regreso. En el Departamento se designaba a los colaboradores según la función que desempeñaban. Avery era conocido sencillamente con la denominación «Oficina privada». Aunque Leclerc modificara el título cada semana, él no podía nada contra la jerga del despacho.

    A las once menos cuarto Woodford entró en la estancia. Avery lo suponía: una breve conversación antes de que la reunión comenzase, unas palabras de pasada sobre un tema que no figuraba formalmente en el orden del día.

    —¿De qué se trata, John?

    Encendió la pipa, echó hacia atrás su gruesa cabeza y apagó la cerilla haciendo un amplio ademán con la mano. En otro tiempo había sido profesor; era un atleta.

    —¿Me lo dice usted a mí?
    —Pobre Taylor.
    —Precisamente.
    —No me gusta precipitar las cosas —dijo, sentándose en el borde de la mesa, muy atareado todavía con su pipa—. No quiero precipitar las cosas, John —repitió—. Pero, por trágica que sea la muerte de Taylor, hay otro problema que es preciso tomar en consideración. — Se guardó la lata del tabaco en el bolsillo de su chaqueta de tonos verdes y dijo secamente—. El archivo.
    —Jurisdicción de Haldane. Investigación.
    —No tengo nada contra el viejo Adrian. Conoce su oficio. Trabajamos juntos desde hace veinte años.

    «Lo que quiere decir que tú también conoces tu oficio», pensó Avery.

    Woodford tenía la manía de acercarse cuando hablaba; adelantaba su fuerte hombro contra uno como un caballo se frota contra una valla. Se inclinó hacia delante y miró gravemente a Avery. Parecía decir que él era un hombre muy sencillo sumido en un mar de dudas, una persona honrada que tenía que elegir entre la amistad y el deber. Su traje era de una tela peluda, demasiado gruesa para mostrar las arrugas que formaban remolinos como si fuera una manta, con botones de cuero de marcadas aristas.

    —John, el archivo es un desastre. Lo sabe usted tan bien como yo. No se registran los documentos que llegan, y los ficheros no están al día. — Sacudió la cabeza con aire desesperado—. Desde mediados de octubre nos falta una póliza de embarque. Se ha esfumado en el aire.
    —Adrian Haldane ofició ya sobre este particular —afirmó Avery—. Todos somos responsables, no solamente Adrian. Es cierto que se pierden las cosas, pero ésta es la primera desde abril. Bruce. No creo que sea una marca tan mala, cuando tantos expedientes pasan por nuestras manos. Siempre he creído que el archivo era uno de los servicios que funcionaba mejor. Los expedientes son impecables. Parece que nuestro índice de la sección de Investigación es único. Todo esto depende de Adrian, ¿verdad? Pero si tanto le preocupa, ¿por qué no le habla usted mismo?
    —No, no. No es tan importante —respondió Woodford magnánimo.

    Carol entró con el té. Woodford se sirvió el suyo en una enorme taza de loza, señalada con sus iniciales como un adorno de azúcar. Al dejar la tetera, Carol observó:

    —Wilf Taylor ha muerto.
    —Desde la una estoy aquí para ocuparme de eso —dijo Avery con descaro—. Hemos trabajado toda la noche.
    —El director está muy disgustado —dijo ella.
    —¿Qué aspecto tiene su mujer, Carol?

    Era una joven que se vestía muy bien, un poco más alta que Sarah.

    —Nadie la conoce.

    Salió y Woodford la siguió con los ojos. Se quitó la pipa de entre los dientes y sonrió. Avery presintió que iba a hacer una frase a propósito de dormir con Carol, y de pronto se hartó.

    —¿Fue su mujer quien hizo esa taza, Bruce? — preguntó con rapidez—. Parece que es una excelente ceramista.
    —También ha hecho la tetera —dijo Woodford.

    Empezó a hablar de las clases a que asistía y lo divertidas que eran, y cómo la moda de la cerámica se había extendido en Wimbledon, y que su mujer estaba encantada.

    Eran cerca de las once. Oyeron a los demás reunirse en el pasillo.

    —Será mejor ir a ver si está listo —dijo Avery—. Hace ocho horas que está trabajando como una muía.

    Woodford tomó su taza y bebió un trago de té.

    —Si tiene usted ocasión, John, háblele al jefe del asunto del archivo. No quiero plantear la cuestión delante de todo el mundo. Adrian se está saliendo del tiesto.
    —El director está muy ocupado en estos momentos, Bruce.
    —Claro.
    —Ya sabe usted que le molesta mezclarse en los asuntos de Haldane. — En el momento de abrir la puerta de su despacho, se volvió a Woodford y le preguntó—: ¿Recuerda usted a un tal Malherbe, que estuvo en el Departamento?

    Woodford se quedó de una pieza.

    —¡Caray, sí! Un tipo joven como usted. Fue durante la guerra. ¡Dios mío! — Y con tono grave, que no era habitual en él, continuó—: No mencione ese nombre delante del jefe. La muerte del joven Malherbe le impresionó mucho. Era uno de sus pilotos especiales. Los dos se apreciaban mucho.

    Durante el día el despacho de Leclerc no tenía ese aire tan siniestro de las habitaciones temporalmente ocupadas. Se tenía la impresión de que su ocupante lo había tomado precipitadamente, impulsado por la urgencia, sin saber cuánto tiempo iba a quedarse allí. Los mapas se amontonaban en la mesa de caballete, no tres o cuatro, sino docenas, algunos a gran escala para poder identificar las calles y las casas. Fragmentos de teletipo, pegados a tiras sobre papel de color de rosa, colgaban en haces de una pizarra, sujetados por una gruesa pinza, como galeradas que esperaban ser corregidas. En un rincón había un catre de tijera con una colcha. Una toalla limpia colgada junto al lavabo. La mesa era nueva, de acero gris, una mesa de modelo oficial. Las paredes estaban mugrientas. Aquí y allá, la pintura de color crema estaba desconchada y dejaba al descubierto una capa de color verde oscuro. Era una habitación pequeña y cuadrada, con lavabo y cortinas de las facilitadas por el Ministerio de Obras Públicas. Hubo una violenta discusión a propósito de las cortinas y a propósito de la asimilación del grado de Leclerc a determinado cargo de la típica burocracia estatal. Según creía Avery, aquélla fue la única ocasión en que Leclerc hizo un esfuerzo para luchar contra el desorden de la habitación. El fuego estaba casi apagado. A veces, cuando hacía mucho viento, el fuego se negaba a prender, y durante todo el día, desde su despacho contiguo, Avery oía caer el hollín de la chimenea.

    Avery los miró entrar: Woodford primero, después Sandford, Dennison y MacCulloch. Todos estaban enterados de lo ocurrido a Taylor. Era fácil imaginar la noticia circulando por todo el Departamento; no a base de grandes titulares, pero de todos modos era una noticia que causaría cierta sensación, que se acogería con placer, que pasaría de despacho en despacho y que rompería un poco la monotonía de la jornada: esto les proporcionaba un momento de optimismo, como si se tratara de una subida de sueldos. Observaron a Leclerc, lo observaron como los presos a su carcelero. Conocían por instinto sus costumbres y esperaban verle romper con ellas. No había empleado ni empleada del Departamento que ignorase que habían sido convocados en medio de la noche y que Leclerc dormía en su despacho.

    Se instalaron en torno a la mesa, dejando sus tazas ante ellos, ruidosamente, como niños en el refectorio. Leclerc presidía, los demás a su derecha e izquierda y en el extremo una silla vacía. Entró Haldane, y Avery, en cuanto lo vio, comprendió que la reunión sería una lucha de Leclerc contra Haldane. Mirando la silla vacía, el recién llegado dijo:

    —Veo que no tendré más remedio que sentarme en la corriente de aire.

    Avery se levantó, pero Haldane ya se había sentado.

    —No se moleste, Avery. De todas maneras soy un enfermo.

    Tosió como tosía todas las noches. Al parecer, ni siquiera el verano le era favorable: tosía en todas las estaciones.

    Los demás, incómodos, se miraron las manos. Woodford tomó una galleta. Haldane echó una ojeada al fuego.

    —¿Eso es todo lo que puede proporcionarnos el Ministerio de Obras Públicas? — preguntó.
    —Es la lluvia —explicó Avery—. La lluvia dificulta el tiraje. Pine ha hecho lo que ha podido, pero todo sigue igual.
    —Ya.

    Haldane era un hombre muy delgado, de largos dedos nerviosos; un hombre encerrado en sí mismo, de movimientos lentos, pero de rostro móvil. Comenzaba a quedarse calvo, y era seco, quisquilloso y frugal. Parecía considerarse por encima de todo y de todos, atento únicamente a su propio horario y no siguiendo sino sus propios consejos. Tenía la pasión de los crucigramas y era un entusiasta de las acuarelas del siglo xix.

    Carol entró con expedientes y mapas que dejó sobre la mesa de Leclerc, la cual, por contraste con el resto de la habitación, estaba limpia y ordenada. En un silencio embarazoso esperaron que ella hubiese salido. Cuando la puerta estuvo debidamente cerrada, Leclerc pasó una mano vacilante sobre sus cabellos castaños como si no los reconociese muy bien.

    —Han matado a Taylor. Ahora ya lo saben todos ustedes. Lo mataron la pasada noche en Finlandia, cuando viajaba con nombre supuesto. — Avery observó que no citaba el nombre de Malherbe—. No conocemos los detalles. Parece haber sido atropellado por un coche. He dicho a Carol que dijera que se trata de un accidente. ¿Está claro?
    —Sí —dijeron—; está muy claro.
    —Había ido a buscar una película que debía enviar… a un contacto… en Escandinavia. Ustedes ya saben lo que quiero decir. Normalmente, no utilizamos correo para las misiones de carácter operacional, pero esta vez era un caso distinto, algo completamente especial. Creo que Adrian será de mi parecer en este punto.

    Hizo un pequeño ademán con las manos abiertas, liberando las muñecas de las mangas, las palmas y los dedos juntos, verticalmente: parecía gozar por obtener el apoyo de Haldane.

    —¿Especial? — repitió Haldane lentamente. Tenía una voz frágil y seca que se parecía a él, una voz cultivada, sin énfasis y sin afectación, una voz envidiable—. Era diferente, sí. Tanto más cuanto que Taylor está muerto. Jamás hubiésemos debido utilizarlo, jamás —observó calmosamente—. Hemos infringido uno de los principios básicos de los trabajos de investigación. Nos hemos servido de un hombre que actuaba a la descubierta en una acción clandestina. Y no es que tengamos ahora una clandestinidad muy acusada…
    —¿Les parece que dejemos este juicio a nuestros superiores? — propuso Leclerc con tono falsamente humilde—. De todos modos convendrán ustedes que el Ministerio nos apremia cada día para que le proporcionemos resultados concretos. — Se volvió a los que estaban a su izquierda, y luego a los de su derecha, como si fueran accionistas en un consejo de administración—. Ya es tiempo de que ustedes conozcan todos los detalles. Compréndanme: se trata de un asunto que debe mantenerse rigurosamente secreto. Propongo que sólo sean puestos al corriente los jefes de las secciones. Hasta ahora. Adrian Haldane y uno o dos de sus colaboradores de la Investigación son los únicos que han sido informados. Así como John Avery, porque es mi ayudante. He de subrayar que nuestros colegas lo ignoran todo. Ahora hemos tomado otras disposiciones. La operación ha recibido el nombre clave de Mayfly. — Hablaba con voz seca, precisa—. Hay un expediente sobre la operación en curso que cada día, al final de la jornada, me será entregado personalmente, o se entregará a Carol si yo no estoy. Hay también un ejemplar de archivo. Éste es el sistema que utilizábamos durante la guerra y creo que todos ustedes lo conocen. Es el que adoptaremos en lo sucesivo. Yo añadiré el nombre de Carol a la lista de los colaboradores que pueden tener acceso a él.

    Woodford señaló a Avery con el tubo de su pipa, sacudiendo la cabeza. Eso no tenía ningún sentido para el joven John; John no conocía el sistema. Sandford, que estaba sentado junto a Avery, se lo explicó. El ejemplar de archivo se guardaba en el cuarto de los documentos cifrados. Estaba prohibido por el reglamento sacarlo de allí. Todos los nuevos documentos eran registrados en el expediente en cuanto quedaban listos. Y la lista de suscripción era la de las personas autorizadas a leer el expediente. No se permitían los alfileres; los papeles habían de estar cosidos. Los demás escuchaban con aire complaciente.

    Sandford era la Administración. Un hombre de aire paternal que llevaba lentes de montura de oro y llegaba a la oficina en motocicleta. Leclerc había protestado una vez, sin motivo particular, y él la aparcaba ahora en la calle, frente al hospital.

    —Ahora —dijo Leclerc—, por lo que se refiere a la operación…

    La fina línea de sus manos juntas cortaba en dos su rostro radiante. Sólo Haldane no le miraba: tenía los ojos fijos en la ventana. Afuera la lluvia caía suavemente sobre las casas como un chubasco de primavera en un valle sombrío.

    Leclerc se levantó de pronto y se dirigió a un mapa de Europa que había pegado en la pared. Tenía unas banderitas clavadas encima. Levantado el brazo y puesto de puntillas para alcanzar las regiones septentrionales, declaró:

    —Tenemos pequeños conflictos con los alemanes. — Hubo algunas risas—. En la región al sur de Rostock; una población llamada Kalkstadt, exactamente aquí. — Su dedo siguió la costa báltica del Schleswig—Holstein, continuó hacia el Este y se detuvo a cuatro o cinco kilómetros al sur de Rostock—. En resumen, tenemos tres indicios que dejan suponer (no puedo decir que demuestren) que se está montando ahí algo importante en materia de instalaciones militares.

    Se volvió para ponerse frente a ellos. Se quedaría ante el mapa y les explicaría la situación de todo eso, para demostrarles que tenía todos los hechos en la memoria y que no eran necesarios los papeles que había sobre la mesa.

    —La primera indicación nos llegó hace exactamente un mes, cuando recibimos un informe de nuestro representante en Hamburgo, Jimmy Gorton.

    Woodford sonrió: «¡Dios mío!, ¿de manera que el viejo Jimmy continuaba al pie del cañón?»

    —Un refugiado de la Alemania Oriental cruzó la frontera cerca de Lübeck: pasó el río a nado. Un empleado de ferrocarriles de Kalkstadt. Se presentó en nuestro Consulado y nos propuso vendernos información sobre una nueva base de cohetes instalada cerca de Rostock. Inútil decirles que en el Consulado lo mandaron al diantre. Como el Foreign Office no nos permite utilizar la valija diplomática, no se puede contar con ellos —añadió con una pálida sonrisa— para ayudarnos a comprar informaciones militares. — Un murmullo de aprobación acogió esta broma—. Sin embargo, por una casualidad afortunada, Gorton tuvo noticia de este asunto y luego se dirigió a Flensburg para tratar de ver a ese hombre.

    Woodford no pudo evitar la intervención: ¿Flensburg? ¿Acaso no era el mismo sitio en que en el año 41 localizaron unos submarinos alemanes? Flensburg fue un buen golpe.

    Leclerc dedicó a Woodford un pequeño e indulgente movimiento de cabeza, como si también a él le divirtiera ese recuerdo.

    —El infeliz se había dirigido a todos los organismos aliados de Alemania del Norte, pero nadie quiso escucharle. Jimmy Gorton charló con él. — Leclerc tenía una manera de contar las cosas que daba a entender que Gorton era el único hombre inteligente entre una multitud de imbéciles. Se dirigió a su mesa, tomó un cigarrillo de la caja de plata, lo encendió, tomó un expediente marcado con una gran cruz roja y lo dejó sin ruido sobre la mesa, delante de los demás—. Éste es el informe de Jimmy —dijo—. Es un trabajo de primera calidad. — El cigarrillo, entre sus dedos, parecía muy largo—. El desertor —añadió no se sabe por qué— se llamaba Fritsche.
    —¿Desertor? — preguntó Haldane—. Ese hombre es un simple refugiado sin importancia, un ferroviario. Por lo general no se suele hablar de deserción en casos como éste.
    —Es que no sólo es ferroviario —respondió Leclerc, a la defensiva—. Es un poco mecánico y otro poco fotógrafo.

    MacCulloch abrió el expediente y comenzó a hojearlo metódicamente. Sandford lo observaba a través de sus gafas, de montura de oro.

    —El día uno o el dos de setiembre (no lo sabemos exactamente, porque él no logra recordarlo) trabajaba su turno en el depósito de carbón de la estación de Kalkstadt. Como uno de sus camaradas estaba enfermo, lo sustituía y tenía que trabajar desde las seis hasta el mediodía, para volver a empezar a las cuatro y terminar a las diez de la noche. Cuando se presentó en el puesto había allí, a la entrada de la estación, una docena de vopos, la Policía popular de la Alemania Oriental. Estaba prohibido el tráfico de viajeros. Examinaron su documentación, consultando una lista, y le dijeron que no tenía que acercarse para nada a los depósitos del lado este —de la estación. Le dijeron —añadió Leclerc lentamente— que si pasaba por allá se exponía a que le pegaran un tiro.

    Este detalle les impresionó. Woodford consideró que era característico de los alemanes.

    —Nuestro hombre es un tipejo raro. Parece que discutió con ellos. Les dijo que era tan de fiar como cualquiera de ellos, que era un buen alemán y miembro del partido. Les mostró su carnet del sindicato, la foto de su mujer y Dios sabe qué cosas más. Claro está que esto no le sirvió de nada. Le dijeron que se limitara a respetar las consignas y a no aventurarse por donde estaban los tinglados. Pero debió de captarse su simpatía, porque cuando se preparaban la sopa a las diez le llamaron para ofrecerle un plato. Mientras se tomaba la sopa les preguntó qué sucedía. Eran desconfiados, pero él se dio cuenta de que estaban excitados. Entonces ocurrió algo. Algo muy importante. — Leclerc hizo una pausa y continuó—. Uno de los policías más jóvenes dijo que fuera lo que fuese lo que hubiera en los tinglados, bastaría para hacer desaparecer en dos horas a los norteamericanos de la Alemania Occidental. En ese momento entró el oficial y les ordenó que volvieran a su trabajo.

    Haldane comenzó a toser, una tos profunda y desesperada, como un eco en una vieja cripta.

    —El oficial —preguntó alguien— ¿era alemán o ruso?
    —Alemán. Éste es el punto más interesante. No había ningún ruso en aquellos lugares. Haldane intervino secamente:
    —El refugiado no vio ninguno. Es todo lo que sabemos. Seamos exactos.

    Volvió a toser. Resultaba muy irritante.

    —Como usted quiera. El caso es que volvió a su casa para almorzar. Estaba trastornado por haber tenido que soportar que le dieran órdenes en su propia estación unos mocosos que jugaban a soldados. Bebió algunos vasos de schnaps y se puso a pensar en el tinglado del Este… Adrian, si la tos le molesta… —Haldane sacudió la cabeza—. Recordó que el lado norte del tinglado estaba junto a un viejo depósito de material y que había en el tabique un sistema de ventilación a base de postigos. Se le ocurrió la idea de echar una ojeada para ver lo que había en aquel tinglado. Era como devolverles la jugada a los soldados.

    Woodford se echó a reír.

    —El caso es que luego decidió ir más lejos y fotografiar lo que hubiera.
    —Debía de estar loco —observó Haldane—. Considero que esta parte no se puede admitir.
    —Loco o cuerdo, es lo que decidió hacer. Estaba furioso porque no les había merecido confianza. Estimaba tener el derecho a saber lo que había en el tinglado. — Leclerc se tomó un descanso y se refugió en los detalles técnicos—. Tenía una cámara del modelo «Exa—Dos» réflex de objetivo único, fabricada en la Alemania Oriental. No es una gran máquina, ni siquiera buena, pero se le pueden adaptar todos los objetivos «Exakta». Naturalmente, no tiene toda la gama de velocidades de la «Exakta». — Miró con aire interrogador a los técnicos, Dennison y MacCulloch—. ¿Digo bien, señores? — preguntó—. Rectifíquenme si me equivoco. — Los dos rieron con una sonrisa hipócrita, porque no había nada que rectificar—. Tenía un buen objetivo de gran angular. La dificultad era la luz. No volvía a trabajar hasta las cuatro. En ese momento comenzaría a anochecer y habría menos luz en el tinglado. Tenía un rollo de película «Agfa» rápida que guardaba para una ocasión solemne, película de 27 Din. Decidió utilizarla.

    Se interrumpió, más para subrayar el efecto que para darle tiempo a hacer preguntas.

    —¿Por qué no esperó a la mañana siguiente? — preguntó Haldane.
    —En el informe —continuó Leclerc tranquilamente— encontrará usted una relación muy completa, redactada por Gorton, de la manera como el hombre se introdujo en el almacén del material, se subió a un barril de aceite y tomó sus fotografías a través de la boca de ventilación. No voy a repetir ahora todo eso. Utilizó la mayor abertura del diafragma, 2,8, variando las velocidades de un cuarto de segundo a dos segundos. Afortunado ejemplo de la minuciosidad alemana. — Nadie se rió—. Naturalmente, las velocidades estaban calculadas a salga lo que saliere. Había calculado un segundo como tiempo de exposición. Sólo las tres últimas fotografías muestran alguna cosa. Véanlas.

    Leclerc abrió el cajón de acero de su mesa y sacó de él un juego de fotografías de treinta por veintitrés centímetros. Sonreía levemente, como un hombre que ve su imagen en un espejo. Acercáronse todos, excepto Haldane y Avery, que ya las habían visto.

    Allí había algo, era evidente.

    Se podía verlo hasta de una ojeada, algo oculto en una sombra que parecía disiparse, pero mirando con atención, las tinieblas se cerraban y la forma desaparecía. Sin embargo, había algo: la forma confusa de un cañón, pero puntiagudo y demasiado largo para una cureña: se sospechaba la presencia de un automotor, el vago reflejo de lo que hubiera podido ser una plataforma.

    —Naturalmente, debieron camuflarlos —comentó Leclerc, observando con esperanza sus rostros, acechando una expresión de optimismo.

    Avery miró su reloj. Eran las once y veinte.

    —Tendré que marcharme pronto, señor —dijo. Todavía no había telefoneado a Sarah—. He de ver al contable para recoger mi billete de avión.
    —Quédese diez minutos más —rogó Leclerc.

    Haldane preguntó:

    —¿Dónde va?
    —A ocuparse de Taylor —repuso Leclerc—. Pero primero tiene que ir al Circus.
    —¿Cómo, ocuparse de él? Taylor está muerto.

    Hubo un silencio incómodo.

    —Usted sabe perfectamente que Taylor viajaba con nombre supuesto. Es preciso que alguien recupere sus efectos personales, encontrar la película. Avery se va como su más próximo pariente. El Ministerio ya ha dado su aprobación; no sabía que tuviera necesidad de la de ustedes.
    —¿Para reclamar el cuerpo?
    —Para recoger la película —replicó Leclerc molesto.
    —Ésa es una misión operacional. Avery no está entrenado.
    —Durante la guerra los hubo más jóvenes que él. Es lo suficientemente mayor para desenvolverse.
    —Pues Taylor no supo. ¿Qué hará cuando tenga la película? ¿La traerá metida en su neceser?
    —¿Les parece que dejemos las discusiones para más tarde? — propuso Leclerc, dirigiéndose una vez más a los otros, con una sonrisa paciente, como si considerase que no había que disgustar al viejo Adrian—. Esto era todo de lo que disponíamos hasta hace diez días. Entonces tuvimos la segunda indicación. La región en torno a Kalkstadt había sido declarada zona prohibida. — Hubo un murmullo de interés—. En un radio, en la medida en que nos fue posible establecerlo, de treinta kilómetros. Completamente aislado, cerrado a toda circulación. Se enviaron allí guardias de frontera. — Dirigió en torno a la mesa una mirada circular—. Informé entonces al ministro. No les puedo revelar a ustedes todos los detalles. Pero permítanme que les cite uno.

    Pronunció rápidamente la última frase, echándose hacia atrás los cortos mechones de cabellos grises que caían por encima de sus orejas.

    Se había olvidado a Haldane.

    —Lo que nos intrigó al principio —e hizo un movimiento con la cabeza en dirección a Haldane, ademán conciliador en un momento de victoria, pero Haldane se mostró indiferente— fue la ausencia de tropas soviéticas. Tienen unidades en Rostock, Witmar y Schwerin. — Su dedo iba señalando entre las banderas—. Pero ninguna, y esto ha sido confirmado por otros servicios, ninguna en los alrededores inmediatos a Kalkstadt. Si allí hay armas, armas de una extraordinaria potencia destructora, ¿por qué no hay tropas soviéticas?

    MacCulloch ofreció una explicación: ¿no podría haber técnicos soviéticos de paisano?

    —Lo considero poco probable. — Y sonrió con modestia—. En casos análogos en que se transportaban armas tácticas siempre identificamos, por lo menos, una unidad soviética. Además, hace cinco semanas, se vieron efectivamente tropas rusas en Gusweiler, un poco más al Sur. — Volvió al mapa—. Tenían reservado alojamiento para una noche en una taberna. Algunos llevaban las insignias de Artillería, otros no llevaban ninguna. Se dirigieron hacia el Sur muy temprano al día siguiente por la mañana. Podría deducirse que habían reunido algo, que lo habían dejado en su sitio correspondiente y que se habían marchado.

    Woodford comenzaba a ponerse nervioso. ¿Qué significaba todo eso?, preguntó. ¿Qué pensaban en el Ministerio? Woodford carecía de paciencia ante los enigmas.

    Leclerc volvió a adoptar su tono académico. Tenía algo de intimidador, como si los hechos fueran los hechos y no tuvieran réplica.

    —La sección de Investigación ha efectuado un magnífico trabajo. La longitud total del objeto que se distingue en estas fotografías, se puede calcular con bastante exactitud, es igual a la longitud de un cohete soviético de alcance medio. Según las informaciones de que disponemos actualmente —dijo golpeando ligeramente sobre el mapa con el puño, de tal modo que se balanceó un poco—, el Ministerio considera posible que nos encontremos ante misiles soviéticos bajo el control de los alemanes de la zona Este. La Investigación —se apresuró a añadir— no va tan lejos. Si la opinión del Ministerio se confirma, es decir, si tienen razón, nos encontraríamos —era su gran momento— ante una especie de nueva Cuba, pero con la diferencia —y se esforzó en adoptar un tono modesto, desprendido—, de ser más peligrosa.

    Ya eran suyos.

    —Fue entonces —explicó Leclerc— cuando el Ministerio creyó poder justificar la autorización de un vuelo. Como ustedes saben, desde hace cuatro años, el Departamento ha visto limitada su actividad a la obtención de fotografías aéreas sobre los itinerarios civiles o militares, exclusivamente ortodoxos. Y también para esto era precisa la autorización del Foreign Office. — Adoptó un aire soñador—. Es realmente una lástima. — Su mirada pareció buscar algo que no existía en la habitación. Los demás no apartaban de él los ojos, esperando que continuara—. Por una vez el Ministerio ha autorizado una excepción a esta regla, y tengo el placer de comunicarles que ha sido confiada a nuestro Departamento la tarea de dar forma a la operación. Hemos elegido el mejor piloto que pudimos encontrar en nuestras fichas: Lansen. — Alguien levantó los ojos sorprendido; jamás se utilizaban así los nombres de los agentes—. Mediante retribución, Lansen aceptó desviarse de la ruta en un vuelo de línea regular. Düsseldorf—Finlandia. Se envió a Taylor para que le entregara la película. Murió cerca del campo de aviación. Parece ser que se trata de un accidente de carretera.

    Afuera se oía el ruido de los coches que pasaban bajo la lluvia, como un estrujamiento de papel en el viento. El fuego se había apagado; no quedaba más que el humo, suspendido como un velo por encima de la mesa.

    Sandford había levantado la mano. ¿Qué clase de cohete era el que se había localizado?

    —Un «Sandal», de alcance medio. Investigación me ha dicho que lo mostraron al público por primera vez en la Plaza Roja en noviembre del sesenta y dos. Desde entonces ha adquirido cierta notoriedad: el cohete «Sandal» es el que los rusos instalaron en Cuba. El «Sandal» es también… —ojeada a Woodford— el descendiente directo de la V2 alemana de la última guerra.

    Fue a buscar otras fotografías en su mesa y las extendió sobre la del té.

    —He aquí una fotografía del cohete «Sandal» tomada por la sección de Investigación. Me han dicho que se distingue por lo que se llama una falda ancha —señaló la base del cohete— y por pequeñas aletas. Mide aproximadamente doce metros desde la base a la punta del cono. Si observan con atención la fotografía verán unos garfios de enganche (precisamente aquí) que mantienen en su sitio la cubierta protectora. Por una ironía del destino no existe fotografía del cohete «Sandal» bajo su cubierta. Quizá los americanos la posean, pero por el momento no me parece oportuno pedírsela. Woodford reaccionó en seguida.
    —Por supuesto que no —dijo.
    —El ministro consideraba que no debíamos alarmarlos prematuramente. Basta sugerir a los americanos la presencia de cohetes para que se produzca la reacción más espectacular. En un abrir y cerrar de ojos enviaría U2 por encima de Rostock. — Animado por las risas, Leclerc prosiguió—: El ministro ha subrayado otro punto que creo poder revelar a ustedes. El país más directamente amenazado por esos cohetes (tienen un alcance de mil trescientos kilómetros) podría muy bien ser el nuestro. No, evidentemente, los Estados Unidos. Desde el punto de vista político escogeríamos un mal momento para refugiarnos en el regazo de los americanos. Después de todo, como ha dicho el ministro, todavía tenemos uno o dos buenos dientes.

    Haldane dijo con tono sarcástico: «Encantador concepto», y Avery se volvió hacia él con toda la cólera que había reprimido.

    —Creo que usted podría decir algo mejor que eso —dijo.

    Y estuvo a punto de añadir: «Tenga un poco de consideración.»


    La mirada glacial de Haldane se detuvo un momento sobre Avery, luego lo dejó.

    Alguien preguntó qué era conveniente hacer en seguida, si Avery no encontraba la película de Taylor. ¿Y si la película no existía? ¿Se podría organizar otro vuelo?

    —No —respondió Leclerc—. Ni hablar de un nuevo vuelo. Resultaría demasiado expuesto. Habremos de pensar en otra cosa.

    No parecía inclinado a continuar, pero Haldane dijo:

    —¿Qué, por ejemplo?
    —Tal vez enviar allí a un agente. Ésta parece ser la única solución.
    —¿Nuestro Departamento? — preguntó Haldane, incrédulo—. ¿Enviar a un hombre allí? El Ministerio nos toleraría jamás cosa semejante. Sin duda quiere usted decir que lo solicitará del Circus.
    —Ya les he explicado la situación. En fin, Adrian, no me dirá usted que no podemos hacerlo nosotros mismos. — Dirigió en torno a la mesa una mirada suplicante—. Cada uno de nosotros, salvo el joven Avery, lleva en el oficio veinte años o más. Usted mismo ha olvidado más acerca de los agentes que la mitad de los agentes del Circus supieron jamás.
    —¡Bravo, bravo! — exclamó Woodford.
    —Mire su sección. Adrian; mire la Investigación. Por lo menos en media docena de ocasiones a lo largo de los últimos cinco años, los del Circus se dirigieron a usted, le pidieron consejo y utilizaron sus métodos y su talento. Día llegará en que harán lo mismo con respecto a los agentes. El Ministerio nos autorizó un vuelo. ¿Por qué no ha de autorizarnos un agente?
    —Habló usted de un tercer indicio. Yo no lo veo. ¿Cuál era?
    —La muerte de Taylor —dijo Leclerc.

    Avery se levantó, saludó a todos con la cabeza y se dirigió de puntillas hacia la puerta. Haldane lo miró irse.


    V


    Sobre su mesa había una nota de Carol: «Ha telefoneado su esposa.»

    Pasó a su despacho y la encontró sentada ante la máquina de escribir, pero no tecleaba.

    —No hablaría usted así del pobre Wilf Taylor —dijo ella—, si lo hubiese conocido mejor.
    —¿Hablar cómo? No he dicho de él ni una sola palabra.

    Creyó que debía consolarla porque, a veces, había entre ellos cierto contacto. Pensó que acaso ella estuviese esperando ahora algo semejante.

    Se inclinó hasta el momento en que sintió las puntas de sus cabellos rozarle la mejilla. Inclinó tanto la cabeza que sus sienes se tocaron y sintió que la piel de la joven se desplazaba ligeramente sobre el hueso. Permanecieron así un momento. Carol sentada muy erguida, mirando con fijeza ante sí, las manos abiertas a cada lado de la máquina de escribir, y Avery inclinado en una posición incómoda. Él pensó pasar la mano bajo su brazo para tocarle el pecho, pero no lo hizo. Ambos se apartaron suavemente, se separaron y se encontraron solos. Avery se incorporó.

    —Su mujer ha telefoneado —dijo ella—. Le dije que estaba usted en una reunión. Quiere hablarle urgentemente.
    —Gracias. Tengo que largarme.
    —John, ¿qué ocurre? ¿Qué es esa historia a propósito del Circus? ¿Qué está tramando Leclerc?
    —Creí que usted lo sabía. Dijo que iba a poner su nombre en la lista.
    —No me refiero a eso. ¿Por qué sigue mintiéndoles? Ha dictado una nota a Control a propósito de un ejercicio de entrenamiento y de su marcha de usted al extranjero. Pine ha traído el mensaje. Leclerc ha hecho un mundo a propósito de la pensión. Quiero decir la pensión de la señora Taylor. Busca precedentes y no sé cuántas cosas más. Hasta la solicitud de pensión es ultrasecreta. Está a punto de construir otro de sus castillos de naipes, lo sé, John. Por ejemplo, ¿quién es Leiser?
    —Oficialmente, no debe saberlo. Es un agente, un polaco.
    —¿Y trabaja para los del Circus?

    Ella cambió de táctica.

    —Y usted ¿por qué se va? Ésta es otra cosa que no comprendo. Además, ¿por qué Taylor fue allí? Si el Circus tiene sus propios correos en Finlandia, ¿por qué no hemos podido utilizarlos por las buenas? ¿Por qué haber enviado al pobre Taylor? Incluso ahora, los del F. O. podrían también arreglar las cosas. Estoy convencida. Pero no quiere darles la ocasión. Quiere que vaya usted.
    —No comprende usted las cosas —dijo Avery secamente.

    Fue a ver al contable, luego tomó un taxi hasta el Circus. Leclerc le había dicho que podía hacer una nota de gastos de todo eso. Estaba furioso porque Sarah había intentado dar con él en un momento semejante. Le había dicho que nunca le telefoneara al Departamento. Leclerc consideraba que era peligroso.


    —¿Qué estudió usted en Oxford? Porque estuvo en Oxford, ¿verdad? — preguntó Smiley ofreciéndole un cigarrillo, un cigarrillo más bien pocho de un paquete de diez.
    —Lenguas —dijo Avery, tanteando sus bolsillos en busca de las cerillas—. Alemán e italiano. — Y como Smiley no dijera nada, concretó—: Alemán principalmente.

    Smiley era un hombrecillo nervioso, de dedos más bien gruesos, y maneras furtivas y vagas que daban la impresión de que nunca se sentía cómodo. La verdad es que Avery había esperado hallarse ante cualquier clase de tipo, excepto con el que tenía delante.

    —Bien, bien. — Smiley asentía para sí mismo con la cabeza, un auténtico comentario privado—. Creo que se trata de un correo en Helsinki. Y usted va a recoger una película. Dentro de un ejercicio de entrenamiento.
    —Sí.
    —Es una petición en extremo muy poco frecuente. ¿Está usted seguro…? ¿Conoce usted el tamaño exacto de la película?
    —No.

    Hubo un largo silencio.

    —Debería usted conseguir esa información —dijo Smiley con tono caritativo—. Quiero decir que el correo pudo querer ocultar la película, ¿comprende?
    —Lo lamento.
    —Bueno, no tiene importancia.

    Avery se acordaba de Oxford, cuando leía sus ejercicios ante el profesor.

    —Tal vez —dijo Smiley pensativo— haya algo que pueda decirle a usted. Estoy seguro de que Leclerc ya lo sabe a través de Control. Queremos darle a usted toda la ayuda posible… Absolutamente toda la ayuda posible. Hubo una época —continuó pensativo, con ese tono curiosamente indeciso que parecía caracterizar todas sus conversaciones— en que nuestros servicios eran rivales. Esto me pareció siempre muy desagradable. Y me pregunto si no podría usted darme algunos datos, muy pocos… Control tiene un vivo deseo de ayudarle. Nos sentiríamos desolados si cometiéramos un error por ignorancia.
    —Se trata de un ejercicio de entrenamiento. De pontifical. Yo tampoco sé gran cosa.
    —Quisiéramos ayudarle —repitió sencillamente Smiley—. ¿Dónde se encuentra su objetivo, su objetivo ficticio?
    —Lo ignoro. En esto yo represento sólo un papel insignificante. Es un ejercicio de entrenamiento.
    —Si se trata de entrenamiento, ¿a qué viene un secreto tan grande?
    —Bueno… Alemania —concluyó Avery.
    —Gracias.

    Smiley parecía cohibido. Miró sus manos cruzadas sobre la mesa ante él. Preguntó a Avery si seguía lloviendo.

    Avery le respondió que desgraciadamente.

    —He sentido mucho lo de Taylor —dijo.

    Avery comentó que era un buen sujeto.

    —¿Sabe a qué hora tendrá usted la película? ¿Esta noche? ¿Mañana? Según creo, Leclerc suponía que esta noche.
    —No lo sé. Depende de cómo vayan las cosas. Por el momento no puedo decir nada.
    —No. — Hubo un largo silencio injustificado. Es como un viejo, se dijo Avery, olvida que no está sólo—. No, hay muchos imponderables. ¿Ya hizo usted antes este tipo de misiones?
    —Una o dos veces.

    De nuevo Smiley guardó silencio, sin parecer prestarle atención.

    —¿Cómo van los de Blackfriars Road? ¿Conoce usted a Haldane? — preguntó Smiley.

    Parecía tenerle sin cuidado la respuesta.

    —Ahora está en Investigación.
    —Naturalmente. Una inteligencia brillante. Sepa usted que el personal de Investigación, la de ustedes, goza de una reputación muy grande. Nosotros mismos les hemos consultado más de una vez. Haldane y yo habíamos sido condiscípulos en Oxford. Además, durante la guerra, trabajamos juntos algún tiempo. Estudiante de Humanidades. Después, nos hubiera gustado tenerlo aquí. Pero creo que los médicos estaban un poco preocupados por sus pulmones.
    —No he oído hablar de eso.
    —¿De veras? — Smiley frunció el ceño cómicamente sorprendido—. En Helsinki hay un hotel que se llama «Príncipe de Dinamarca». Frente a la estación principal. ¿Lo conoce tal vez?
    —No. Jamás estuve en Helsinki.
    —¡No me diga! — Smiley lo observó con inquietud—. Es una historia muy extraña. Dígame, ese Taylor… ¿También era cosa de entrenamiento?
    —No lo sé. Pero encontraré el hotel —dijo Avery con un matiz de impaciencia.
    —A la entrada venden revistas y postales. Sólo hay una entrada. — Hubiérase dicho que hablaba de la casa vecina—. Y flores. Creo que la mejor solución para usted sería ir a ese hotel en cuanto haya recibido la película. Pida a la florista que envíe una docena de rosas rojas a la señora Avery en el «Hotel Imperial» de Torquay. Quizá baste media docena. No hay necesidad de malgastar dinero, ¿verdad? Allí son caras las flores. Viaja usted con su propio nombre, ¿no es eso?
    —Sí.
    —¿Tiene usted alguna razón particular? No pretendo ser curioso —se apresuró a añadir—, pero la vida es tan corta… Quiero decir, antes de que se la soplen a uno.
    —Creo que se necesita mucho tiempo para conseguir un pasaporte falso. El Foreign Office…

    No debió haber contestado. Debió decirle que se cuidara de sus propios asuntos.

    —Perdóneme —dijo Smiley, frunciendo el ceño como dándose cuenta de que había cometido una falta de tacto—. Sepa, no obstante, que siempre puede dirigirse a nosotros. Quiero decir para el pasaporte. — Quería mostrarse amable—. No tiene usted sino que mandar flores. Al abandonar el hotel ponga su reloj en hora con el del vestíbulo. Media hora después regrese al hotel. Un chófer de taxi le reconocerá y le abrirá la puerta de su coche. Suba, dé una vuelta y entréguele la película. ¡Oh!, páguele, por favor. Solamente el precio de la carrera. ¡Es tan fácil olvidar los pequeños detalles! ¿De qué clase de entrenamiento se trata exactamente?
    —¿Y si no tengo la película?
    —En ese caso no haga nada. No vaya al hotel. No vaya ni siquiera a Helsinki. No se ocupe de nada.

    Avery se dijo que las instrucciones que le habían dado eran notablemente precisas.

    —Dígame, cuando estudiaba alemán, ¿estudió por casualidad los autores del siglo xvii? — preguntó Smiley con tono cordial, mientras Avery se levantaba para despedirse—. Gryphius. Lohenstein, esa gente…
    —Era un tema especial. Desgraciadamente no tuve ocasión de estudiarlo.
    —Especial —murmuró Smiley—. ¡Qué palabra tan ridícula! Creo que querían decir que no figuraba en el programa; es una noción totalmente impertinente.

    Cuando llegaron ante la puerta del despacho, dijo:

    —¿Lleva usted un portadocumentos, una cartera?
    —Sí.
    —Cuando tenga la película, métasela en el bolsillo —aconsejó—, y lleve la cartera en la mano. Si le siguen se inclinarán a vigilar la cartera. Es lo natural. Si usted se contenta con dejarla caer en alguna parte tal vez traten más bien de recuperarla. No creo que los finlandeses sean gente muy sofisticada. Claro está que esto que digo es un consejo que le doy de pasada, para su entrenamiento. Pero no se preocupe. A mi entender es un error fiarse demasiado de la técnica.

    Acompañó a Avery hasta la puerta y luego siguió andando pesadamente por el pasillo hasta el despacho de Control.


    Avery subió la escalera, preguntándose cómo reaccionaría Sarah. Después de todo lamentaba no haberle telefoneado, porque le horrorizaba encontrarla en la cocina y con los juguetes de Anthony esparcidos por la alfombra del salón. Nunca salía bien eso de presentarse de improviso en su casa. Ella se asustaba como si él hubiese cometido alguna acción espantosa.

    No tenía llave. Sarah estaba siempre en casa. Él no le conocía amistades de ninguna clase, nunca iba a tomar café a ningún sitio ni tampoco iba sola de tiendas. No parecía dotada para distraerse por su cuenta.

    Tocó el timbre y Avery oyó «mamá, mamá», y permaneció a la escucha de sus pasos. La cocina estaba al extremo del pasillo, pero esta vez llegó ella del dormitorio, silenciosamente, como si anduviera descalza.

    Abrió la puerta sin mirarlo. Llevaba un camisón de algodón y una chaqueta de punto.

    —¡Señor, pues no tardaste poco en venir! — dijo girando sobre sus talones y dirigiéndose con pasos vacilantes a la alcoba—. ¿Algo va mal? — le preguntó por encima del hombro—. ¿Han matado a otro?
    —¿Qué te ocurre, Sarah? ¿No te encuentras bien?

    Anthony corría por entre sus piernas, gritando porque su padre había vuelto. Sarah volvió a acostarse.

    —He telefoneado al médico. No sé qué puede ser eso —dijo, como si la enfermedad no tuviera nada que ver con ella.
    —¿Tienes fiebre?

    Había colocado en el suelo, a su alcance, una jofaina con agua fría y una toalla del cuarto de baño. Avery la retorció, la empapó y se la puso en la frente. Ella le dijo:

    —Tendrás que despabilarte. Sospecho que esto no será tan apasionante como el espionaje. ¿No vas a preguntarme qué marcha mal?
    —¿Cuándo vendrá el médico?
    —Tiene operaciones hasta las doce. Creo que vendrá en seguida.

    Avery se fue a la cocina y Anthony le siguió pisándole los talones. La vajilla del desayuno estaba todavía sobre la mesa. Telefoneó a su madre en Reigate y le pidió que viniera en seguida.

    Era casi la una cuando llegó el médico. Dictaminó fiebre. Tal vez el principio de una infección.

    Avery creyó que ella iba a echarse a llorar cuando le anunció que se iba de viaje. Acogió la noticia sin decir nada, reflexionó un momento y le aconsejó que fuera a hacerse la maleta.

    —¿Es importante? — preguntó de pronto.
    —Naturalmente. Mucho.
    —¿Para quién?
    —Para ti. Para mí. Creo que para todos nosotros.
    —¿Y para Leclerc?
    —Ya te lo he dicho. Para todos nosotros.

    Prometió a Anthony que le traería alguna cosa.

    —¿Dónde vas? — preguntó Anthony.
    —En avión.
    —¿A dónde?

    Iba a decir que se trataba de un secreto cuando se acordó de la hija de Taylor.

    Besó a Sarah, se llevó la maleta al vestíbulo, abrió la puerta y la dejó sobre el felpudo. Por indicación de Sarah había hecho colocar dos cerrojos en la puerta y habían de manejarse al unísono. Le oyó decir:

    —¿También es peligroso?
    —No lo sé. Sólo puedo decirte que es muy importante.
    —¿Estás realmente seguro?
    —Escucha —respondió él con tono desesperado—, ¿hasta dónde puedo creer que debo enterarme? No es una cuestión de política, ¿comprendes? Se trata de hechos. No me crees, ¿verdad? ¿No puedes decirme, por una sola vez en la vida, que estoy obrando como debo? — Entró en el dormitorio, llevado por su razonamiento. Ella tenía un libro de bolsillo ante los ojos y aparentaba estar leyendo—. Estamos obligados, ¿sabes?, estamos obligados a trazar un círculo en torno de nuestra vida privada. De nada sirve que estés preguntándome constantemente: «¿Estás seguro?» Es tanto como preguntarme si vamos a tener hijos, si debiéramos habernos casado. No tiene sentido.
    —¡Pobre John! — dijo ella dejando el libro para mirarle—. Servir lealmente sin tener fe. Es muy duro para ti.

    Dijo esto con una total ausencia de pasión, como si acabase de identificar una lacra social. El beso le pareció algo que traicionaba sus ideales.


    Haldane esperó a que el último de ellos hubiera dejado la habitación. Había llegado el último y se iría el último. Nunca se mezclaba con la multitud.

    —¿Por qué me hace eso? — preguntó Leclerc.

    Hablaba como un actor agotado después de la representación. Los mapas y las fotografías se amontonaban sobre la mesa, así como las tazas vacías y los ceniceros.

    Haldane no contestó.

    —¿Qué intenta probar, Adrian?
    —¿Qué ha dicho usted de enviar allí un hombre?

    Leclerc se acercó al lavabo y se llenó un vaso de agua.

    —No le preocupa Avery, ¿verdad? — preguntó.
    —Es joven. Empieza a fastidiarme ese niño culto.
    —Tengo seca la garganta de tanto hablar. ¿No quiere usted un poco? Le irá bien para la tos.
    —¿Qué edad tiene Gorton?

    Haldane aceptó el vaso, bebió largamente y lo devolvió.

    —Cincuenta.
    —Bastantes más. Tiene nuestra edad. Era de nuestra edad durante la guerra.
    —Estas cosas se olvidan. Sí, debe de tener cincuenta y cinco o cincuenta y seis.
    —¿Es de plantilla? — preguntó Haldane.

    Leclerc sacudió la cabeza.

    —No reúne los requisitos —dijo—. Dejó la carrera. Después de la guerra pasó a la Comisión de Control. Cuando aquello dejó de funcionar quiso quedarse en Alemania. Creo que su mujer es alemana. Vino a vernos y le firmamos un contrato. Nunca hubiéramos podido permitirnos fijarnos en él si no figuraba en la plantilla. — Bebió un trago de agua, delicadamente, como una jovencita—. Hace diez años disponíamos de diez hombres en activo. Hoy tenemos nueve. Ni siquiera tetemos correos propios, por no hablar de los clandestinos. Todos lo sabían esta mañana. ¿Por qué no dijeron nada?
    —¿Con qué frecuencia envía informes sobre los refugiados?
    —No veo todo lo que manda —dijo Leclerc encogiéndose de hombros—. Pero la gente de su sección debe saberlo, Haldane. Sin embargo, creo que el mercado se ha restringido bastante. Como han cerrado la frontera de Berlín…
    —Solamente me pasan los informes que tienen cierto interés. Éste debe de ser el primero que he visto procedente de Hamburgo, desde hace un año. Siempre creí que ese hombre tenía también otro trabajo.

    Leclerc movió la cabeza. Haldane preguntó:

    —¿Cuándo ha de ser renovado su contrato?
    —No lo sé. Realmente no sé nada.
    —Supongo que debe de estar muy preocupado. ¿Se le concederá alguna gratificación cuando se retire?
    —Se trata de un contrato para tres años. Nada de gratificaciones. Ni extras. Naturalmente, si lo necesitamos, puede continuar hasta después de haber cumplido los sesenta. Es la ventaja del interino.
    —¿Cuándo fue renovado su contrato por última vez?
    —Sería mejor preguntárselo a Carol. Tal vez fuera hace un par de años. O quizá más.
    —¿Habla usted de enviar un hombre allí? — preguntó Haldane.
    —Volveré a ver al ministro esta tarde.
    —Ya ha enviado usted a Avery. No debiera haberlo enviado, y usted lo sabe.
    —Alguien tenía que ir. ¿Pretende usted que pida ayuda al Circus?
    —Avery no era del todo conveniente —observó Haldane.

    La lluvia se deslizaba por los canalones y trazaba grises churretes en los cristales sucios. Parecía que Leclerc deseaba que Haldane hablase, pero Haldane no tenía nada que decir.

    —Todavía no sé lo que el ministro piensa de la muerte de Taylor Me lo preguntará esta tarde y le daré mi parecer. Claro está que todos estamos trabajando a ciegas. — Su voz recobró la anterior firmeza—. Pero tal vez me encargue, es casi una certidumbre, Adrian, tal vez me ordene que envíe un hombre.
    —¿Y bien?
    —Supongamos que yo le pido a usted que formemos una sección de operaciones, que procedamos a la investigación, preparemos papeles y equipo. Si yo le pido a usted encontrar el agente, entrenarlo y dirigirlo… ¿Lo hará usted?
    —¿Sin decírselo al Circus?
    —No en detalle. Podemos necesitar su ayuda de vez en cuando. Esto no quiere decir que nos veamos obligados a contarle la historia de pe a pa. Aquí entra la cuestión de seguridad: lo que necesiten saber.
    —Entonces, ¿sin el Circus?
    —¿Por qué no?

    Haldane movió la cabeza.

    —Parece que éste no es nuestro trabajo. No estamos equipados, eso es todo. Confíe el asunto al Circus y echémosle una mano por lo que se refiere a la cuestión militar. Confíe en alguien con experiencia, un tipo como Smiley o como Leamas…
    —Leamas murió.
    —Bueno, como Smiley entonces.
    —Smiley está acabado.

    Haldane enrojeció.

    —Entonces Guillam o cualquier otro. Un verdadero profesional. Hoy día tienen una buena cuadra. Vaya a ver a Control y deje que se encargue del asunto.
    —No —dijo Leclerc con tono firme, dejando el vaso sobre la mesa—. No, Adrian. Está usted en el Departamento desde hace tanto tiempo como yo y conoce nuestras consignas: Tomar todas las medidas necesarias (es lo que dicen las instrucciones), todas las medidas necesarias para recoger, analizar y verificar las informaciones militares en las regiones en que los recursos militares convencionales no lo permitan. — Iba marcando las palabras moviendo su pequeño puño—. ¿Cómo cree usted que conseguí la autorización para sobrevolar aquel área?
    —Bueno —concedió Haldane—. Tenemos nuestro código. Las cosas van a cambiar. Hoy se juega otro juego. En otro tiempo fuimos lo mejor de lo mejor: lanchas neumáticas para una noche sin luna; un avión enemigo capturado; emisoras de radio en territorio ocupado, y todo lo demás. Usted lo sabe tan bien como yo; lo hemos hecho juntos. Pero las cosas cambian. Ya no es la misma guerra, ya no se lucha de la misma forma. En el Ministerio lo saben perfectamente. Y no se fíe usted demasiado del Circus —añadió—; no cuente con el espíritu caritativo de esa gente.

    Cambiaron una mirada de sorpresa y hubo entre ellos un instante de breve complicidad. Leclerc afirmó con voz que apenas era un susurro:

    —Empezó con lo de las redes, ¿se acuerda? ¿Recuerda cómo el Circus se los fue tragando uno tras otro? El Ministerio decía: «Corremos el peligro de duplicar lo de Polonia, Leclerc. He decidido que Control se ocupe de Polonia.» ¿Cuándo fue eso? En julio del cuarenta y ocho. Y cada año ha sido lo mismo. ¿Por qué cree usted que protegen su sección de Investigación? No por sus magníficos expedientes. Nos han puesto allí donde querían que estuviéramos, ¿comprende? ¡Somos satélites! Servicios no operacionales. Es una manera de meternos en el cuarto de los trastos viejos. ¿Sabe usted cómo nos llaman hoy en White Hall? Los chicos del favor y la gracia.

    Hubo un largo silencio.

    —Yo soy un teórico —dijo Haldane—, no un hombre de acción.
    —Lo fue usted en otro tiempo. Adrian.
    —Entonces lo fuimos todos.
    —Conoce usted el objetivo. Conoce todo el expediente. Usted es el único. Utilice a quien quiera: Avery, Woodford, el que a usted le parezca.
    —Ya no estamos acostumbrados a la gente. Quiero decir que ya no sabemos utilizarla. — Haldane parecía ahora extrañamente poco seguro de sí mismo—. Soy la Investigación. Trabajo en los expedientes.
    —No hemos tenido nada mejor que darle a usted hasta ahora. ¿Cuánto hace de eso? Veinte años.
    —¿Sabe lo que representa una base de lanzamiento de cohetes? — preguntó Haldane—. ¿Se imagina usted el jaleo que supone? Necesitan rampas de lanzamiento, protectores, edificios de control, zanjas para cables; son imprescindibles refugios de hormigón para las cabezas explosivas, gigantescos remolques para las cisternas móviles de carburantes y oxidantes. Todo esto es previo a la instalación. Los cohetes no se los saca uno de la manga. Todo ese tinglado se mueve como una caravana de feriantes. Habríamos tenido antes otros indicios, o si no el Circus. En cuanto a la muerte de Taylor…
    —¡Por favor, Adrian! ¿Usted cree que la Investigación es un conjunto de verdades filosóficas inquebrantables? ¿Es que cada sacerdote tiene que demostrar que Cristo nació en Navidad? — Había inclinado hacia delante su pequeña cabeza, como si intentase arrancar de Haldane algo cuya presencia parecía advertir—. No es posible reducirlo todo a ecuaciones. Adrian. Nosotros no somos profesores, sino funcionarios. Hemos de considerar las cosas según se nos presentan. Tratamos con gentes, con situaciones.
    —Bien, hablemos de hechos: si atravesó el río a nado, ¿cómo protegió la película? ¿Cómo tomó realmente esas fotos? ¿Cómo no existe el menor indicio de que la cámara se moviera? Había bebido, estaba de puntillas. Recuerde usted que, según él, el tiempo de exposición era muy largo: eran poses. — Haldane parecía tener miedo, no de Leclerc, ni de la operación, sino de sí mismo—. ¿Por qué entregó gratuitamente a Gorton lo que antes había ofrecido a otros por dinero? ¿Por qué arriesgar la piel para fotografiar eso? He enviado a Gorton una lista de preguntas. Está buscando a ese hombre. — Su mirada se posó en la maqueta del bombardero y sobre los expedientes que llenaban la mesa de Leclerc—. Se acuerda usted de Peenemünde, ¿verdad? Usted cree que eso puede ser como Peenemünde.
    —No me ha dicho usted todavía lo que hará si me dan esas instrucciones.
    —No se las darán nunca. Jamás, jamás. — Hablaba con tono categórico, casi triunfante—. Estamos muertos, ¿no lo ha comprendido aún? Usted mismo lo ha dicho. Lo que ellos quieren es que continuemos durmiendo, no que vayamos a la guerra. — Se levantó—. De manera que esto no tiene importancia. En el fondo se trata de una discusión puramente académica. ¿Cree usted de veras que Control le ayudaría?
    —Han aceptado proporcionarnos un correo.
    —Sí, esto me parece muy extraño. Haldane se detuvo ante una fotografía cerca de la puerta.
    —Éste es Malherbe, ¿verdad? El muchacho que murió. ¿Por qué eligió usted ese nombre?
    —No lo sé. Me pasó por la cabeza. A veces la memoria nos juega esas pasadas.
    —No debió usted haber enviado a Avery. No podemos utilizarlo en una misión como ésa.
    —Consulté el fichero ayer noche. Tenemos al hombre para ese trabajo. Quiero decir el agente que enviar. — Enardecido, añadió—: Un experto operador de radio. Habla alemán, soltero.

    Haldane no decía nada.

    —¿Qué edad? — preguntó por último.
    —Cuarenta años. Un poco más tal vez.
    —Debió de haber sido muy joven.
    —Fue un golpe magnífico. Se dejó agarrar en Holanda y se escapó.
    —¿Cómo lo agarraron?

    Una pausa apenas perceptible.

    —No figura en el expediente.
    —¿Inteligente?
    —Parece muy apto.

    Un nuevo silencio.

    —También puede decirse de mí. Veremos lo que nos trae Avery.
    —Veremos lo que dice el Ministerio.

    Leclerc esperó a que el ruido de las toses hubiese desaparecido en el pasillo y entonces se puso el abrigo. Decidió ir a dar una vuelta, tomar un poco el aire antes de almorzar en su club. Pediría lo mejor que tuviesen. Se preguntó qué sería; con los años aquello había bajado bastante. Después de almorzar iría a ver a la viuda de Taylor. Luego, al Ministerio.


    Woodford dijo a su mujer, con quien estaba almorzando en «Gorringe’s»:

    —El joven Avery ha partido para su primera misión. Clarkie lo ha enviado. Seguramente saldrá con bien.
    —Quizá vaya también a hacerse matar —dijo ella malévolamente. El médico le había prohibido beber—. Después de esto no tendrás más remedio que organizar un baile. ¡Dios, será una fiesta por todo lo alto! ¡Vengan al baile de Black Friars! — Su labio inferior temblaba—. ¿Por qué los jóvenes son siempre tan extraordinariamente estupendos? Nosotros éramos jóvenes, ¿verdad? ¡Cristo, todavía lo somos! ¿Qué nos sucede? No podemos esperar a hacernos viejos, ¿verdad? No podemos…
    —Está bien, Babs —dijo él y temía que ella iba a llorar.


    VI
    Despegue


    Sentado en el avión, Avery recordaba el día en que Haldane no compareció en el despacho. Era precisamente un primero de mes, seguramente de julio, y Haldane no se presentó a trabajar. Avery lo supo cuando Woodford le llamó por el teléfono interior para prevenirle. Avery dijo que sin duda estaría enfermo o que lo habrían retenido asuntos personales. Pero Woodford se había mostrado categórico. Había estado en el despacho de Leclerc y mirado la relación de permisos; Haldane no empezaría sus vacaciones hasta agosto.

    —Telefonee a su casa, John, telefonee a su casa —le había dicho—. Hable con su mujer. Intente saber lo que le ha sucedido.

    Avery estaba tan estupefacto que no supo qué decir; los dos habían estado trabajando juntos desde hacía veinte años y sabía que Haldane era soltero.

    —Encuéntrelo donde sea —había insistido Woodford—. Vaya usted, se lo ordeno. Telefonee a su casa.

    Y él había llamado. Hubiera podido decirle a Woodford que lo hiciera él mismo, pero no tuvo valor. Le contestó la hermana de Haldane. Haldane estaba en cama con los pulmones enfermos. Le había negado a su hermana el número del teléfono del Departamento. La mirada de Avery se fijó distraídamente en el calendario que tenía delante y comprendió entonces por qué Woodford estaba tan agitado: era el principio de un trimestre. Haldane podía haber conseguido una nueva ocupación y abandonar el Departamento sin decir nada a Woodford. Uno o dos días más tarde, cuando volvió Haldane, Woodford se mostró extraordinariamente cordial con él, haciendo heroicamente oídos sordos a sus sarcasmos. Le estaba agradecido por haber vuelto. Durante algún tiempo después de esto, Avery tuvo miedo. Se había quebrantado su fe en el Departamento y se puso a examinar más atentamente el objeto en el que la había colocado.

    Observó que todos ellos se atribuían mutuamente cualidades legendarias; era una especie de conspiración en la que todos, salvo Haldane, participaban. Leclerc, por ejemplo, raras veces presentaba a Avery a alguien del Ministerio de que dependían, sin hacerle un poco de publicidad. «Avery es la más brillante de nuestras jóvenes estrellas.» O si se trataba de hombres de jerarquía y edad superior: «John es mi memoria. Pregúntenle a John.» Por la misma razón se perdonaban alegremente sus errores, porque no se atrevían a creer, en su propio interés, que en el Departamento había lugar para los imbéciles. Reconocían que encontraban allí un refugio lejos de las complejidades de la vida moderna, un lugar donde las fronteras existían todavía. Para quienes servían allí, el Departamento tenía un aspecto casi religioso. Como monjes, lo dotaban de una identidad mística, que no tenía relación alguna con el grupo de pecadores vacilantes que componían sus efectivos. Si con cinismo podían hablar entre ellos de sus cualidades respectivas, si podían alardear de cierto desprecio con respecto a sus preocupaciones jerárquicas, su fe en el Departamento ardía en una capilla aparte y le daban el nombre de patriotismo.

    Miraba el mar que se oscurecía a sus pies, la luz fría del sol cada vez más oblicua sobre las olas, y todos estos pensamientos le henchían de amor el corazón. Woodford, con su pipa y sus maneras sencillas, se integraba en esa secreta selección a la cual Avery pertenecía ahora. Y Haldane, Haldane sobre todo, con sus crucigramas y sus excentricidades, hallaba entre ellos su lugar: era intelectual, irreductible, irritante y altivo. Avery lamentaba haber sido brusco con Haldane. Consideraba a Dennison y MacCulloch como técnicos sin rival, hombres silenciosos que apenas hablaban en las reuniones, pero infatigables y que, a fin de cuentas, siempre tenían razón. Estaba muy agradecido a Leclerc, profundamente agradecido por haberle concedido el privilegio de conocer a esos hombres y de haberle confiado aquella misión apasionante. Le estaba agradecido por haberle dado la ocasión de progresar, de dejar las incertidumbres del pasado para adquirir experiencia y madurez, para hacerse un hombre igual que los demás, templado en el fuego de la guerra. Le estaba agradecido por la precisión de sus consignas, que imponían un orden a la anarquía de sus impulsos. Pensaba que cuando Anthony fuera mayor podría llevarlo, también él, por aquellos pasillos polvorientos para presentarle al viejo Pine, quien, con lágrimas en los ojos, se levantaría y estrecharía cordialmente la pequeña mano del niño.

    Era una escena en la cual Sarah no representaba ningún papel.

    Avery tanteó una punta del largo sobre que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Contenía su dinero: doscientas libras en un sobre azul con la corona gubernamental. Había oído contar que durante la guerra los agentes cosían estas cosas en el forro de sus trajes, y lamentaba que no le hubieran hecho lo mismo. Sabía que era pueril, y sonrió al advertir que se entregaba a tales ensoñaciones.

    Recordaba a Smiley, al Smiley de unas horas antes, y, vistas las cosas a distancia, Smiley le atemorizaba un poco. Y se acordó de la niña que les había abierto la puerta de la casa de Taylor. Un hombre debía endurecerse, no podía ser un sentimental.


    —Su marido ha hecho un excelente trabajo —decía Leclerc—. No puedo darle detalles, pero estoy convencido de que murió valerosamente.

    Ella tenía la boca manchada, desagradable. Leclerc no había visto nunca llorar a nadie de aquella forma; era como una herida que no quiere cerrarse.

    —¿Qué quiere decir con eso de que murió valerosamente? — dijo ella enjugándose los ojos—. Ya no estamos en guerra. Se acabaron ya todas esas grandes frases. Ha muerto —dijo— estúpidamente. — Y ocultó el rostro en el brazo doblado, sin fuerzas sobre la mesa del comedor, como un muñeco abandonado.

    La niña la miraba desde un rincón de la habitación.

    —Creo —dijo Leclerc— que usted me autorizará a solicitar una pensión. Déjelo en nuestras manos. Cuanto antes nos ocupemos de eso será mejor. Una pensión —dijo como si se tratara de una máxima del Departamento— puede cambiar mucho las cosas.


    El cónsul le esperaba junto con el funcionario de la Oficina de Inmigración. Avanzó sonriente, representando su papel.

    —¿Es usted Avery? — preguntó.

    Avery tenía ante sí un hombre alto, tocado con un sombrero de fieltro gris y vistiendo un abrigo oscuro; un hombre de aire severo y rostro colorado. Cambiaron un apretón de manos.

    —¿Es usted el cónsul británico, el señor Sutherland?
    —Cónsul de Su Majestad, en efecto —respondió con tono un poco seco—. No es exactamente lo mismo, como usted sabe. — Tenía acento escocés—. ¿Cómo ha sabido usted mi nombre?

    Juntos se dirigieron hacia la entrada principal. Todo era muy sencillo. Avery se fijó en la muchacha que estaba detrás del mostrador de recepción: rubia y muy bonita.

    —Es muy amable por su parte haber venido hasta aquí —dijo Avery.
    —Está apenas a cinco kilómetros de la ciudad —dijo, y ambos entraron en el coche—. Lo mataron justamente ahí, en la carretera —dijo Sutherland—. ¿Quiere usted ver el lugar?
    —No estará de más. Para contárselo a mi madre.

    Llevaba corbata negra.

    —Usted se llama Avery, ¿verdad?
    —Naturalmente. Ya vio usted mi pasaporte a la llegada.

    A Sutherland no le gustó la respuesta, y Avery lamentó haberla dado. El cónsul puso el motor en marcha. Iban a colocarse en medio de la calzada cuando un «Citroën» hizo una brusca maniobra y los adelantó.

    —¡Imbécil! — exclamó Sutherland—. Las carreteras están como pistas de hielo. Seguro que es uno de esos pilotos. No tiene ni idea de la velocidad que lleva.

    Pudieron ver una gorra de visera dibujándose detrás del parabrisas mientras el coche aceleraba en la larga carretera que atravesaba las dunas, proyectando detrás una pequeña nube de nieve.

    —¿De dónde viene usted? — preguntó el cónsul.
    —De Londres.

    Sutherland señaló discretamente con el dedo.

    —Ahí murió su hermano. En esa cuesta, al borde del talud. La Policía supone que el conductor estaría borracho. Aquí, ¿sabe usted?, son muy severos con la gente que conduce en estado de embriaguez.

    Había dicho esto como advertencia. Avery contemplaba la llana extensión de la campiña nevada a uno y otro lado de la carretera e imaginaba al inglés Taylor avanzando solo, penosamente, con los ojos llenos de lágrimas por el frío.

    —Iremos a la Comisaría en seguida —dijo Sutherland—. Nos esperan. Le darán toda clase de detalles. ¿Tiene reservada alguna habitación en la ciudad?
    —No.

    Cuando llegaron a lo alto de la cuesta, dijo con una forzada deferencia:

    —Si quiere usted apearse… Fue exactamente ahí.
    —No, gracias. Está bien.

    Sutherland aceleró un poco, como si quisiera dejar rápidamente aquel lugar.

    —Su hermano se dirigía a pie al hotel. El «Regina», que está aquí cerca. No había taxis. — Cuando descendían por el otro lado, Avery vio las luces de un hotel, situado en el valle—. Realmente no está lejos —observó Sutherland—. Hubiese tardado un cuarto de hora. Ni siquiera eso. ¿Dónde vive su madre?

    La pregunta pilló por sorpresa a Avery.

    —En Woodbridge, en Suffolk.

    Había allí elecciones parciales, y aunque no le interesaba nada la política fue el primer nombre que le vino a la memoria.

    —¿Por qué él no lo hizo constar?
    —Perdóneme, pero no le comprendo.
    —Como persona a quien informar en caso de accidente. ¿Por qué Malherbe no la hizo constar antes que a usted?

    Tal vez fuera una pregunta sin importancia. Quizá trataba sencillamente de hacer hablar a Avery porque no sabía qué decir. Sin embargo, era desagradable. Todavía estaba cansado del viaje, y lo único que deseaba era que le creyese, sin someterlo a todo ese interrogatorio. También se dio cuenta de que no había estudiado suficientemente los vínculos de parentesco existentes entre Taylor y él. ¿Qué habría dicho Leclerc por el teletipo? ¿Medio hermano o hermanastro? Intentó precipitadamente imaginar todo un conjunto de circunstancias familiares, muertes, nuevos matrimonios o abandonos, que le permitieran responder a la pregunta de Sutherland.

    —Éste es el hotel —dijo de pronto el cónsul, y añadió—: Naturalmente, es cosa que no me concierne. Estaba en su derecho de indicar el que quisiera.

    El resentimiento se había convertido en Sutherland en una manera de hablar, una filosofía. Se expresaba como si todo lo que dijera estuviese en contradicción con la opinión generalmente admitida.

    —Mi madre es muy anciana —respondió por fin Avery—. Se trataba de evitarle cualquier impresión. Debió de pensar en esto al cumplimentar su solicitud de pasaporte. Ha estado enferma. Padece del corazón y la operaron no hace mucho tiempo.

    Todo esto le parecía completamente pueril.

    —Ya.

    Habían llegado a las afueras de la ciudad.

    —Será necesaria la autopsia —dijo Sutherland—. Desgraciadamente, es de ley en este país en caso de muerte violenta.

    Leclerc se pondría furioso. Sutherland prosiguió:

    —Para nosotros, eso complica algo las formalidades. La Policía de la sección criminal conserva el cuerpo hasta que se ha efectuado la autopsia. Les he pedido que se dieran prisa, pero no se puede insistir demasiado.
    —Se lo agradezco. Pensaba llevarme los restos en avión. — Cuando dejaron la calle principal para dirigirse a la plaza del Mercado, Avery preguntó negligentemente, como si no le interesara de manera particular—: ¿Y sus efectos personales? Sería mejor que me los llevara, ¿verdad?
    —Dudo que la Policía se los entregue antes de haber obtenido el permiso del forense. Es él quien ordena la autopsia y concede la autorización. ¿Dejó testamento su hermano?
    —No tengo la menor idea.
    —¿No sabe si le ha nombrado a usted albacea?
    —No.

    Sutherland sonrió leve y pacientemente.

    —Considero que va usted un poco demasiado de prisa. Ser el pariente más próximo no significa ser también el albacea. Desgraciadamente, esto no le da a usted ningún derecho legal, salvo el de hacerse cargo del cadáver. — Se interrumpió para mirar por encima del asiento, al dar marcha atrás al coche—. Aun en el caso de que la Policía me entregue los efectos personales de su hermano no estoy autorizado para desprenderme de ellos sin previas instrucciones del Ministerio, y ellos —se apresuró a añadir, porque Avery iba a interrumpirle—, no me darán esa autorización antes de que se haya hecho público el testamento. Pero puedo entregarle un certificado de defunción —continuó con tono consolador, abriendo la portezuela—, si las compañías de seguros exigen unos. — Y miró a Avery de reojo, como si pensara en la posibilidad de que fuese su heredero—. Esto le costará cinco chelines para el registro consular y cinco más por ejemplar. ¿Qué me decía?
    —Nada.

    Subieron juntos las escaleras de la Comisaría.

    —Vamos a ver al inspector Peersen —explicó Sutherland—. Es muy amable. Y déjeme hacer a mí.
    —No faltaría más.
    —Me ha ayudado mucho en mis problemas de S. B. P.
    —¿Sus qué?
    —Súbditos británicos pobres. En verano tenemos uno cada día. Es muy desagradable. Por cierto, ¿bebía mucho su hermano? Han dado a entender que…
    —Es posible —dijo Avery—. Apenas le he visto en estos últimos años.

    Entraron en el edificio.


    Leclerc subía lentamente los anchos escalones del Ministerio. Levantábase éste entre los jardines de Whitehall y el Támesis. El portal era vasto y nuevo, flanqueado por esas esculturas fascistas que tanto gustan a las autoridades. Parcialmente modernizado, el edificio estaba guardado por sargentos con cinturón rojo y se enorgullecía de poseer dos escaleras mecánicas. La que descendía estaba llena porque eran las cinco y media.

    —Señor subsecretario —comenzó Leclerc con cierto apocamiento—, tendré que solicitar del señor ministro una autorización para volver a sobrevolar la zona.
    —Pierde usted el tiempo —le respondió su interlocutor con aire satisfecho—. Está muy preocupado a propósito del último vuelo. Y ha decidido que en lo sucesivo no se autorizará ninguno más.
    —¿Ni siquiera para un objetivo como ése?
    —Sobre todo para un objetivo como ése.

    El subsecretario rozó una de las esquinas de su cesta del correo, como un director de Banco palparía un estado de cuentas.

    —Habrá que pensar en otra cosa. Otra solución. ¿Es que no hay métodos sin dolor?
    —Ninguno. Creo que podríamos intentar provocar la defección de alguien que trabaje en la zona. Pero es una operación que exige tiempo. Octavillas, emisiones de propaganda, incentivos económicos. Esto iba bien durante la guerra. Habría que poner en contacto a mucha gente.
    —Todo esto me parece muy poco práctico.
    —Sí. Las cosas han cambiado.
    —¿Qué otros métodos hay, entonces? — insistió el subsecretario.

    Leclerc sonrió, como si no pidiera otra cosa que intentar ayudar al amigo, pero no se podían hacer milagros.

    —Utilizar un agente. Una operación a corto plazo. Ida y vuelta. Tal vez una semana, tirando largo.
    —¿A quién podría usted encontrar para una misión de ese tipo? — preguntó el subsecretario—. ¿Quién lo haría hoy?
    —¿Quién? Sí: el encargo no es fácil.

    El despacho del subsecretario era amplio y sombrío, con grandes estanterías de libros encuadernados. La modernización se había extendido también a su despacho, amueblado en estilo contemporáneo, pero se había quedado en eso. Tendrían que aguardar a su jubilación para poder continuar las reformas. En la chimenea de mármol ardía un radiador de gas. En una pared había colgado un cuadro que representaba una batalla naval. Oíase el zumbido de las barcazas deslizándose en la bruma que cubría el río. Reinaba una atmósfera extrañamente marítima.

    —Kalkstadt está muy cerca de la frontera —sugirió Leclerc—. No tendríamos necesidad de utilizar una línea comercial. Podríamos organizar un vuelo de entrenamiento y perdernos. Esto ya se ha hecho.
    —Precisamente —replicó el subsecretario, y añadió—: Ese hombre de su Departamento, el que ha muerto.
    —¿Taylor?
    —No me interesan los nombres. Lo mataron, ¿verdad?
    —No tenemos pruebas —dijo Leclerc.
    —Pero usted lo supone, ¿no es así?
    —Creo, señor subsecretario —dijo Leclerc con una paciente sonrisa—, que tanto usted como yo sabemos que es muy peligroso aventurar hipótesis cuando se trata de decidir una política. Yo pido otro vuelo más.

    Enrojeció el rostro del subsecretario.

    —Ya le he dicho que no hay que pensar en eso. ¡No! ¿Está claro? Hablábamos de otras soluciones.
    —Hay una solución que, a mi juicio, apenas concierne a mi Departamento. Es más bien cosa del Foreign Office.
    —¿Eh?
    —Hacer algunas insinuaciones a los diarios de Londres. Estimular la publicidad. Publicar algunas fotos.
    —¿Y después?
    —Vigilarlos. Vigilar lo que haga la diplomacia de Alemania Oriental y la de los soviéticos. Vigilar sus comunicaciones. Arrojar una piedra en su madriguera y aguardar a ver qué pasa.
    —Puedo decirle exactamente lo que pasaría. Una protesta de los norteamericanos, que resonaría por estos pasillos durante veinte años.
    —Es verdad. Había olvidado esto.
    —Pues tiene usted suerte. En fin, hablaba usted de enviar un agente.
    —Era sólo una idea. No hemos pensado en nadie.
    —Escuche —dijo el subsecretario con el tono categórico del hombre que está a punto de perder la paciencia—, la posición del ministro es muy sencilla. Le ha enviado usted un informe. Si es exacto, modifica toda nuestra política de defensa. De hecho se modifica todo. Personalmente detesto las informaciones sensacionalistas, y el ministro también. Ahora que usted ha levantado la liebre, lo menos que puede hacer es dispararle el tiro.
    —Si encuentro un hombre —dijo Leclerc—, no hay que olvidar la cuestión material: dinero, entrenamiento y equipo. Quizá contratar personal suplementario. Está también la cuestión del transporte. Mientras que otro vuelo…
    —¿Por qué se empeña usted en crear dificultades? Creía que su Departamento existía precisamente para ese género de operaciones.
    —Tenemos los expertos, señor subsecretario. Pero usted sabe que he reducido mis efectivos. Los he reducido mucho. Hemos renunciado a algunas de nuestras funciones. Seamos honrados: jamás he intentado girar hacia atrás las agujas del reloj. En el fondo —añadió con una leve sonrisa— nos hallamos en presencia de una situación un poco anacrónica.

    El subsecretario miró por la ventana las luces a lo largo del río.

    —Me parece muy actual —dijo—. Cohetes y todo eso. No creo en absoluto que el Ministerio la considere anacrónica.
    —No hablo del objetivo, sino de la manera de atacarlo: forzar el paso de la frontera. Es algo que se ha hecho muy poco desde la guerra. Se trata, es verdad, de una forma de guerra clandestina, la cual mi Departamento, por tradición, conoce muy bien. O, en todo caso, conocíamos.
    —¿A dónde quiere usted ir a parar?
    —Sólo pienso en voz alta, señor subsecretario. Me pregunto si el Circus no estaría mejor equipado para encargarse. Quizá debiera usted dirigirse a Control. Puedo prometerle el apoyo de mis especialistas de armamento.
    —¿Pretende usted decir que no piensa encargarse de ello?
    —No con la organización de que dispongo actualmente. Control puede. En la medida, claro está, en que el ministro no vea inconveniente en recurrir a otro Departamento. En realidad, a dos. No me daba cuenta de que tienen tanto interés en evitar la publicidad.
    —¿Por qué dos?
    —Control se creerá obligado a informar al Foreign Office. Es su deber. Tal como se lo digo. Y desde ese momento tendremos que aceptar que se mezclen en el asunto.
    —Si esa gente se entera —dijo el subsecretario con desprecio—, mañana se hablará en todos los clubes.
    —Existe ese peligro —admitió Leclerc—. Me pregunto también si el Circus tiene los especialistas militares que precisa. Una base de cohetes es una instalación complicada: rampas de lanzamiento, canalizaciones para los cables. Todo esto requiere un examen detenido y consideraciones apropiadas. Creo que Control y yo podríamos unir nuestras fuerzas.
    —Ni pensarlo. No puede decirse que ustedes se entiendan ni medio bien. Pero incluso si consiguiera esa cooperación esto sería contrario a su política. Nada monolítico.
    —Sí, claro. Por supuesto.
    —Bien. Supongamos que usted se encarga de la operación, supongamos que usted encuentra al hombre. ¿Qué representaría todo eso?
    —Créditos suplementarios. Recursos inmediatos. Reclutamiento de personal nuevo. Disponer de instalaciones de entrenamiento. Además, la protección del Ministerio: pases especiales y autorizaciones. — Luego, de nuevo, la puya sutil, de pasada—: Y cierta ayuda de Control. Podríamos obtenerla con un pretexto.

    Una sirena de niebla resonó lúgubremente sobre el río.

    —Si no hay otra solución…
    —Tal vez quiera usted someterla al Ministerio —sugirió Leclerc.

    Hubo una pausa y Leclerc continuó:

    —Considerando el aspecto práctico, nos harían falta alrededor de unas treinta mil libras.
    —¿Justificables en contabilidad?
    —En parte. Imagino que usted preferiría que le hiciera un esbozo de los detalles.
    —Salvo en lo que concierne al Tesoro. Le aconsejo que redacte una memoria referente a los gastos.
    —De acuerdo. Un esbozo aproximado.

    Hubo otro silencio.

    —Realmente no es una gran suma si se tiene en cuenta el riesgo —pensó en voz alta el subsecretario, como si deseara consolarse.
    —El riesgo posible. Desearíamos aclarar este punto. No pretendo estar convencido. Poseo solamente sospechas, sospechas muy graves. — No pudo evitar añadir—: El Circus pide dos veces más.
    —Entonces treinta mil libras y nuestra protección. ¿De acuerdo?
    —Y un hombre. Pero debo ser yo quien lo encuentre —dijo con una risita.

    El subsecretario dijo bruscamente:

    —Hay ciertos detalles que el Ministerio no querrá conocer. ¿Se da usted cuenta de eso?
    —Naturalmente. Imagino que será usted quien lleve todo el peso de la conversación.
    —Y yo imagino que será el ministro. Ha logrado usted preocuparlo bastante.

    Leclerc observó con cierta piedad.

    —Es verdad. No deberíamos haberle hecho esto a nuestro amo, al amo de nosotros dos, quiero decir.

    El subsecretario no parecía pensar que tuviese uno. Se levantaron.

    —A propósito —dijo Leclerc—, la pensión de la señora Taylor. He hecho una solicitud al Tesoro. Parece que el ministro deberá firmarla.
    —¿Por qué, señor?
    —Se trata de saber si fue asesinado en acto de servicio.

    El subsecretario se irguió adoptando una actitud glacial.

    —Es totalmente ridículo. Usted pide al Ministerio que confirme que Taylor ha sido asesinado.
    —Pido una pensión para su viuda —protestó Leclerc gravemente—. Era uno de mis mejores hombres.

    Naturalmente. Es lo que siempre se dice.

    El ministro ni siquiera levantó la vista cuando entraron.


    El inspector de Policía se levantó de su silla. Era un hombrecillo grueso, con el cuello bien afeitado. Vestía de paisano. Les estrechó la mano con aire de condolencia profesional, hizo que se sentaran en sus modernas butacas de brazos de madera de teca y les ofreció cigarrillos de una caja. No los aceptaron, encendió uno que había cogido e inmediatamente lo usó como prolongación de sus cortos dedos cuando hacía ademanes para subrayar sus frases, y como instrumento de dibujo para describir en el aire invadido por el humo los objetos de que hablaba. Frecuentemente rendía homenaje a la pena de Avery hundiendo la barbilla en el cuello y lanzando desde la sombra de sus bajas cejas unas miradas cargadas de compasión. Comenzó relatando las circunstancias del accidente, perdiéndose en detalles abrumadores, y vanagloriándose de los esfuerzos que había hecho la Policía para encontrar el coche; hizo frecuentes alusiones al interés que personalmente se había tomado en la investigación el jefe superior de la Policía, cuya anglofilia era legendaria, y expuso su convicción de que el culpable sería descubierto y castigado con toda la severidad de la ley finlandesa. Se extendió algún tiempo sobre su admiración por los ingleses y el afecto que sentía por la reina y por Sir Winston Churchill, los encantos de la neutralidad finlandesa y, por último, llegó a la cuestión del cuerpo de Taylor.

    Declaró con orgullo que la autopsia había sido minuciosa, y el forense había afirmado que las circunstancias del fallecimiento del señor Malherbe nada tenían de sospechosas, a pesar de la presencia en la sangre de una considerable cantidad de alcohol. El barman del aeropuerto había hablado de cinco vasos de «Steinhäger». El inspector se volvió a Sutherland.

    —¿Acaso desea ver a su hermano? — preguntó, considerando muy delicado, sin duda, hacer la pregunta directamente.

    Sutherland estaba en situación embarazosa.

    —El señor Avery es quien ha de decirlo —dijo, como si la cuestión estuviera más allá de su competencia.

    Los dos miraron a Avery.

    —No tengo ningún interés —dijo Avery.
    —Hay una dificultad a propósito de la identificación —dijo Peersen.
    —¿De la identificación? — dijo Avery—. ¿De mi hermano?
    —Ha visto usted su pasaporte —dijo Sutherland— antes de enviármelo a mí. ¿Qué dificultad es ésa?
    —Sí, sí —dijo el policía moviendo la cabeza—. Abrió un cajón y tomó un puñado de cartas, una cartera y fotografías. Se llamaba Malherbe —dijo. Hablaba con marcado acento norteamericano que, en cierto modo, le sentaba bien con el cigarro—. Su pasaporte estaba a nombre de Malherbe. Era un pasaporte auténtico, ¿verdad? — dijo Peersen, mirando a Sutherland.

    Durante un segundo Avery creyó advertir en el rostro preocupado de Sutherland cierta vacilación que lo honraba.

    —Naturalmente.

    Peersen comenzó a seleccionar las cartas, dejando algunas en un clasificador delante de él y volviendo a meter las otras en el cajón. De vez en cuando, al añadir una a la pila, murmuraba:

    —¡Ah!, en efecto —o bien—: Sí, sí.

    Avery sentía que el sudor resbalaba por su espalda. Sus manos crispadas estaban húmedas.

    —¿De manera que su hermano se llamaba Malherbe? — repitió, cuando hubo terminado de clasificar los papeles.
    —Claro está —dijo Avery con un afirmativo ademán de la cabeza.

    Peersen sonrió.

    —No tan claro —dijo el policía, apuntando con su cigarro y asintiendo con aire amistoso, como si quisiera subrayar un punto de la discusión—. Todos sus asuntos, sus cartas, sus ropas, su permiso de conducir, todo pertenecía al señor Taylor. ¿Conoce usted al señor Taylor?

    Un horrible pensamiento se apoderó del ánimo de Avery. El sobre, ¿qué debía hacer del sobre? ¿Ir al lavabo y destruirlo ahora antes de que fuese demasiado tarde? Pensó que esto no era tan sencillo: el sobre era rígido y brillante. Aun cuando lo rompiera, los fragmentos flotarían en la superficie. Se dio cuenta de que Peersen y Sutherland se miraban, esperando que él hablase, y él era incapaz de pensar en otra cosa que en el sobre que ahora se había hecho tan pesado en el bolsillo de su chaqueta.

    —No —logró decir—, no lo conozco. Mi hermano y yo… —¿Hermanastro o medio hermano?—, mi hermano y yo nos relacionábamos muy poco. Era mayor que yo. En realidad, tampoco habíamos crecido juntos. Trabajó siempre en muchas cosas y jamás logró estabilizarse en una. Quizás ese Taylor fuera uno de sus amigos… que…

    Avery se encogió de hombros esforzándose en insinuar que Malherbe vivo había sido también un misterio para él.

    —¿Qué edad tiene usted? — preguntó Peersen.

    Parecía haber menguado su respeto por el pariente afligido.

    —Treinta y dos años.
    —¿Y Malherbe? — preguntó el policía en el tono de la conversación—, ¿cuántos le llevaba a usted?

    Sutherland y Peersen habían visto su pasaporte y conocían su edad. Uno se acuerda de la edad de la gente que muere. Solamente Avery, su hermano, no tenía la menor idea de la edad del difunto.

    —Doce años —dijo al azar—. Mi hermano tenía cuarenta y cuatro años.

    ¿Por qué habría dicho tantos?

    —¿Sólo cuarenta y cuatro años? — Peersen frunció el ceño—. Entonces el pasaporte está equivocado. — Peersen se volvió a Sutherland, apuntó con el cigarro hacia la puerta que se hallaba en el otro extremo de la habitación y dijo alegremente, como si pusiera término a una vieja discusión entre amigos—: Ahora comprenderá usted por qué tengo un problema de identificación.

    Sutherland parecía furioso.

    —No estaría de más que el señor Avery examinara el cuerpo —sugirió Peersen—. Así podríamos estar seguros.
    —Inspector Peersen —dijo Sutherland—, la identidad del señor Malherbe ha sido establecida de acuerdo con su pasaporte. El Foreign Office de Londres ha verificado que el nombre del señor Avery había sido dado por el señor Malherbe como el de la persona a quien había que prevenir en caso de accidente. Me dice usted que no hay nada sospechoso en las circunstancias de su muerte. El procedimiento habitual consiste ahora, por lo que se refiere a usted, en confiarme la custodia de sus efectos en espera de que finalicen las formalidades en el Reino Unido. Sin duda el señor Avery puede hacerse cargo del cuerpo de su hermano.

    Peersen pareció reflexionar. Tomó del cajón metálico de su mesa el resto de los papeles de Taylor y los añadió a los que tenía delante. Telefoneó a alguien con quien tuvo una breve conversación en finés. Al cabo de unos minutos un ordenanza compareció con una vieja cartera de cuero y un inventario que Sutherland firmó.—Durante todo este tiempo ni Avery ni Sutherland cambiaron una palabra con el inspector.

    Peersen los acompañó hasta la escalinata. Sutherland insistió en llevar él mismo la cartera y los papeles. Subieron al coche. Avery esperaba que Sutherland dijera algo, pero el cónsul permaneció silencioso. Recorrieron así un trayecto de unos diez minutos. La ciudad estaba mal iluminada. Avery observó que habían derramado sal por la calzada para dejar expeditas dos vías. El centro y las bocas de las alcantarillas estaban todavía cubiertas de nieve. Los faroles eran de neón y daban una luz enfermiza que parecía encogerse ante las tinieblas circundantes. De vez en cuando, Avery observaba los cabrios de madera de algún tejado puntiagudo, el ruido metálico de un tranvía o el alto casco blanco de un agente.

    Y algunas veces miraba a hurtadillas por el cristal de atrás.


    VII


    Woodford se detuvo en el pasillo para encender su pipa y sonrió a los empleados que se marchaban ya. Era su hora mágica. La mañana era diferente. La tradición exigía que el personal subalterno llegara a las nueve y media y los jefes a las diez o diez y cuarto. Teóricamente, los veteranos del Departamento se quedaban hasta muy tarde por la noche para arreglar sus papeles. Decía Leclerc que un verdadero caballero jamás mira la hora. Esta costumbre databa de la guerra, en la que los oficiales pasaban las primeras horas de la mañana interrogando a los pilotos de reconocimiento al regreso de su misión, o las últimas horas de la tarde preparando la partida de un agente. En aquel tiempo el personal subalterno trabajaba por turnos, pero no los jefes, que llegaban y se iban según las exigencias de su servicio. La tradición tenía hoy otra utilidad. Había ahora días, e incluso semanas, en que Woodford y sus colegas apenas sabían cómo pasar el tiempo hasta las cinco y media, todos, salvo Haldane, que llevaba sobre sus encorvados hombros la reputación del Departamento en el terreno de la Investigación. El resto se dedicaba a la preparación de proyectos que jamás eran sometidos a la superioridad, se lanzaban puyas sin acrimonia sobre las vacaciones, las listas de permanencia y la calidad de sus muebles de despacho, concediendo una atención excesiva a los problemas del personal de su sección.

    Berry, el empleado encargado de la cifra, apareció en el pasillo y se agachó para ponerse en los pantalones los sujetadores para montar en bicicleta.

    —¿Cómo anda la señora, Berry? — preguntó Woodford.

    Siempre era preciso mantener el contacto.

    —Va tirando, gracias, señor. — Se incorporó y se pasó un peine por los cabellos—. Terrible lo de Wilf Taylor, señor.
    —Terrible. Era un buen elemento.
    —El señor Haldane se ha encerrado en el Registro, señor. Trabajará hasta tarde.
    —¿De veras? En estos días todos estamos sobrecargados de trabajo.
    —Y el jefe duerme aquí, señor —dijo Berry bajando la voz—. Estamos en plena crisis. Me han dicho que ha ido a ver al ministro. Se ha enviado un coche a buscarlo.
    —Buenas noches, Berry. Le han dicho demasiadas cosas —murmuró Woodford con tono satisfecho, alejándose por el pasillo.

    La luz del despacho de Haldane procedía de una lámpara graduable de trabajo. Proyectaba un corto haz muy intenso sobre el expediente que tenía delante, rozando también el perfil de su rostro y de sus manos.

    —Trabajando hasta tarde, ¿eh? — dijo Woodford.

    Haldane dejó un expediente en la cesta «Despáchese» y tomó otro.

    —Me pregunto cómo estará desenvolviéndose el joven Avery. Hará carrera ese muchacho. Parece que el jefe no ha vuelto todavía. Habrán tenido una sesión muy larga.

    Mientras hablaba, Woodford se instaló en la butaca de cuero. Era la de Haldane. Se sentaba en ella para hacer crucigramas después del almuerzo.

    —¿Cómo se las ha arreglado con la mujer de Taylor? — preguntó Woodford—. ¿Cómo se tomó ella la cosa? Haldane suspiró y dejó el expediente.
    —Él se lo dijo. Es todo lo que sé.
    —¿No sabe usted cómo se tomó ella las cosas? ¿No se lo dijo él?

    Woodford hablaba un poco más fuerte de lo necesario.

    Había adquirido esta costumbre desde que, en las discusiones con su mujer, quería ser él quien dijera la última palabra.

    —Realmente, no tengo la menor idea. Se fue solo, según creo. Leclerc prefiere reservarse para él estas cosas.
    —Creí que quizá con usted…

    Haldane movió la cabeza.

    —Avery solamente —murmuró.
    —Esta vez ha sido duro el golpe, ¿verdad, Adrian? O podría serlo.
    —Podría. Veremos —dijo suavemente Haldane.

    No siempre era desagradable con Woodford.

    —¿Nada de nuevo en el asunto Taylor?
    —El agregado aéreo en Helsinki ha encontrado a Lansen. Éste confirma que entregó a Taylor la película. Parece ser que los rusos lo interceptaron por encima de Kalkstadt. Dos «Mig». Le dieron la orden de que virase en redondo y lo dejaron partir.
    —¡Dios mío! — exclamó Woodford estúpidamente—. Es lo mejor que pudo haberle sucedido.
    —No del todo. Esto concuerda con lo que sabemos. Si declaran prohibida la zona, ¿por qué no patrullan por encima de ella? Sin duda han prohibido la región para efectuar maniobras y ejercicios al aire libre. ¿Por qué no obligaron a Lansen a aterrizar? Nada de esto permite sacar conclusión alguna.

    Apareció Leclerc en el umbral. En homenaje al Ministerio, llevaba un cuello limpio, y una corbata negra para dar el pésame a la viuda de Taylor.

    —He venido en coche —anunció—. Nos han dado uno del parque móvil del Ministerio. Prestado por tiempo indefinido. El ministro se sintió absolutamente desolado cuando se enteró de que no teníamos. Es un «Humber», con chófer, como el de Control. Parece que el chófer es un tipo muy seguro —miró a Haldane—. Adrian, he decidido formar una Sección Especial. Quiero que usted se haga cargo de ella. Momentáneamente confiaré a Sandford la Investigación. El cambio le sentará bien. — Una sonrisa se extendió por todo su rostro, como si no pudiera contenerse más tiempo. Estaba muy excitado—. Enviaremos allí a un hombre. El ministro ha concedido su autorización. Empezaremos a trabajar inmediatamente. Mañana a primera hora quiero ver a los jefes de sección. Bruce, le encargo a usted que se ponga en contacto con ellos. Hágase con los entrenadores más antiguos. El ministro acepta contratos de tres meses para el personal que tenemos temporal. Nada de extraordinarios, claro está. El programa habitual: radio, entrenamiento con objetivo, cifra, observaciones, combate cuerpo a cuerpo y falsa identidad. Adrian, necesitaremos una casa. Quizás Avery pueda ocuparse de esto cuando regrese. Yo voy a ponerme en contacto con Control para la documentación. Todos los falsificadores han pasado a él. Necesitamos informaciones sobre la frontera en la región de Lübeck. Relaciones de refugiados, detalles sobre los campos de minas y otros obstáculos —echó una ojeada a su reloj—. Adrian, ¿puedo tener con usted un cambio de impresiones?
    —Dígame una cosa —dijo Haldane—. ¿Qué sabe el Circus de todo esto?
    —Únicamente sólo lo que nosotros queramos decirle. ¿Por qué?
    —Saben que Taylor ha muerto. Todo Whitehall está enterado.
    —Es posible.
    —Saben que Avery ha ido a buscar una película a Finlandia. Han podido tener noticia del informe del centro de seguridad aérea sobre el aparato de Lansen. Tienen una manera de enterarse de las cosas…
    —¿Entonces?
    —Entonces, ¿acaso no depende esto de lo que nosotros le digamos? ¿No es así?
    —¿Acudirá usted a la reunión de mañana? — preguntó Leclerc con tono un poco patético.
    —Creo poseer lo esencial de mis instrucciones. Si no ve en ello inconveniente alguno, me gustaría hacer una o dos gestiones. Esta noche o tal vez mañana.
    —Perfecto —dijo Leclerc, desconcertado—. ¿Podemos ayudarle?
    —¿Podría utilizar su coche durante una hora?
    —Naturalmente. Quiero que lo utilicemos todos… Por nuestro interés común. ¿Adrian…? Esto es para usted. — Le entregó una tarjeta verde en una funda transparente—. El ministro lo ha firmado personalmente. — Dio a entender que, como si se tratara de una bendición papal, había grados de autenticidad en una rúbrica—. Entonces, ¿qué va usted a hacer, Adrian? ¿Aceptará usted esta misión?

    Hubiérase dicho que Haldane no le había entendido. Había abierto de nuevo el expediente y examinaba con curiosidad la fotografía de un joven polaco que había luchado contra los alemanes —veinte años antes. Era una cara joven, severa, sin humor. Lo que parecía interesarle no era vivir, sino sobrevivir.

    —¡Oh, Adrian! — exclamó Leclerc bruscamente aliviado—, usted ha pronunciado sus segundos votos.

    Haldane sonrió a pesar suyo, como si la frase hubiera evocado en su espíritu algo que creía haber olvidado.

    —Parece tener el don de la supervivencia —observó, señalando por último el expediente—. No es un hombre fácil de matar.
    —Como pariente más próximo —comenzó Sutherland—, tiene usted el derecho de expresar sus deseos con respecto al traslado de los restos de su hermano.
    —Bien.

    La casa de Sutherland era una construcción pequeña con un vano encristalado, tras el cual se alineaban las plantas en sus macetas. Sólo este detalle la distinguía de su modelo tal como se encuentran en la zona dormitorio de Aberdeen. Cuando descendían por la avenida, Avery vio tras la ventana a una mujer de cierta edad. Llevaba delantal y le quitaba el polvo a algo. Le recordó a la señora Yates y su gato.

    —Tengo un despacho al fondo —dijo Sutherland, como para demostrar que no todo en la casa estaba dedicado al lujo—. Le propongo que arreglemos ahora el resto de los detalles. No le retendré mucho tiempo… —Era tanto como decirle a Avery que no debía quedarse a cenar—. ¿Cómo ha pensado usted llevarlo a Inglaterra?

    Se sentaron uno a cada lado de la mesa. Tras la cabeza de Sutherland había colgada en la pared una acuarela que representaba unas colinas malva que se reflejaban en un loch de Escocia.

    —Me gustaría llevármelo en avión.
    —¿Sabe usted que es muy costoso este procedimiento?
    —De todos modos, me gustaría llevármelo en avión.
    —¿Para enterrarlo?
    —Claro.
    —No parece tan claro —replicó Sutherland con malestar—. Si su hermano —dijo estas palabras con cierto retintín, pero decidido a jugar el juego hasta el final—, si su hermano fuera incinerado, el transporte en avión sería muy diferente.
    —Comprendo. Discúlpeme.
    —En la ciudad hay una empresa de pompas fúnebres, «Barford and Company». Uno de los socios es inglés, casado con una sueca. Aquí vive una importante minoría sueca. Nosotros hacemos lo que podemos por ayudar a los miembros de la colonia británica. En estas circunstancias preferiría que usted regresara a Londres lo antes posible. Le propongo que me autorice a utilizar los servicios de «Barford».

    »En cuanto le haya enviado los restos, le entregaré el pasaporte de su hermano. Habrá que obtener un certificado médico concretando la causa del fallecimiento. Le pondré en relación con Peersen.

    —Bueno.
    —También será necesario un certificado de defunción extendido por las autoridades civiles. Todo funciona mejor si uno mismo se ocupa de esta clase de cosas. Si la cuestión de dinero tiene importancia para usted.

    Avery no dijo nada.

    —Cuando pueda disponer del vuelo conveniente, se ocupará del papeleo necesario. Según parece, esta clase de transporte se hace por lo general de noche. Además, las tarifas son menos elevadas y…
    —Me parece muy bien.
    —Bueno. «Barford» se preocupará de que el ataúd resulte perfectamente estanco. Tal vez sea de metal o de madera. Me entregará un documento acreditando que el ataúd no contiene sino el cuerpo, y el mismo cuerpo al que hace referencia el pasaporte y el certificado de defunción. Le digo esto para cuando se haga cargo de él en Londres. «Barford» despachará esto rápidamente. Yo me preocuparé. Está en muy buena armonía con las compañías aéreas. Cuanto antes…
    —Comprendo.
    —No estoy muy seguro. — Sutherland frunció el ceño como si Avery hubiera hablado de otra cosa—. Peersen se ha mostrado muy razonable. No quisiera poner a prueba su paciencia. «Barford» tiene un corresponsal en Londres… Es Londres, ¿verdad?
    —Sí, Londres.
    —Creo que habrá que pagar algo a cuenta. Puede usted dejarme el dinero y le extenderé un recibo. Por lo que se refiere a los efectos de su hermano, presumo que la persona que le ha enviado deseará que tome usted posesión de esas cartas, ¿verdad? — dijo, empujándolas hacia él a través de la mesa.
    —Había un rollo de película —murmuró Avery—, un rollo de película no revelada.

    Se metió las cartas en el bolsillo.

    Sutherland desdobló lentamente una copia del inventario que le había firmado al comisario de Policía, la colocó ante él y con el dedo fue recorriendo lentamente hacia abajo la columna de la izquierda. Lo hacía con desconfianza, como si comprobase las cifras de otro.

    —Aquí no dice nada de una película. ¿Había también una máquina fotográfica?
    —No.
    —¡Ah!

    Acompañó a Avery hasta la puerta.

    —Sería mejor que a quien le ha enviado le dijera que el pasaporte de Malherbe no era válido. El Foreign Office ha expedido una circular en la que figura cierta cantidad de números de pasaporte, una veintena. En ella figuraba el de su hermano. Ha debido de haber un error. Iba a señalarlo cuando recibí un teletipo del Foreign Office, autorizándole a usted a hacerse cargo de los efectos personales de Malherbe. — Soltó una risita. Estaba furioso—. Evidentemente, es absurdo. La gente del Foreign Office jamás hubiera hecho esto. No están calificados para hacerlo, a menos que tenga usted mucha influencia, y ése no es un documento que uno pueda procurarse de la noche a la mañana. ¿Dónde para usted? El «Regina» no está mal, se halla cerca del aeropuerto. Además, está apartado de la ciudad. Creo que podrá encontrar el camino. Sospecho que tiene usted buenas dietas.

    Avery se marchó rápidamente, llevándose en la memoria la imagen indeleble del rostro demacrado y amargo de Sutherland que se destacaba, furioso, contra las colinas de Escocia. Las casas de madera al borde de la carretera erguían sus siluetas vagamente blancas en la noche, como sombras en torno a una mesa de operaciones.


    En alguna parte no lejos de Charing Cross, en el sótano de una de esas sorprendentes casas del siglo xviii, entre Villiers Street y el Támesis, se encuentra un club cuyo nombre no figura en la puerta. Se llega a ella descendiendo por una escalera de piedra, que se curva paulatinamente. La barandilla, como las de madera del inmueble de Blackfriars Road, está pintada de verde oliva y requiere ser sustituida por otra.

    Los miembros constituyen una extraña selección. Algunos son militares, otros proceden de la enseñanza y aun del clero, otros también pertenecen a esa tierra de nadie que es la sociedad londinense que se extiende desde el corredor de apuestas al caballero, ofreciendo a quienes le rodean, y acaso también a ellos mismos, la imagen de un coraje sin motivo. Cuando hablan utilizan frases sobrentendidas y expresiones que quien posee el sentido del lenguaje sólo puede escuchar a distancia. Es un lugar lleno de viejos rostros y jóvenes cuerpos en el que las tensiones de la guerra han dado paso a las tensiones de la paz, donde se levanta la voz para ahogar el silencio y las copas para ahogar la soledad. Es el lugar donde se encuentran aquellos que buscan y no hallan sino a los que son como ellos y el consuelo de un sufrimiento compartido. Un lugar donde los ojos cansados de alegría no tienen horizonte que observar. Sin embargo, es su campo de batalla. Si el amor existe, lo encuentran allí, uno tras otro, como tímidos adolescentes, pensando constantemente en los demás.

    Un sitio, en suma, donde, desde la guerra, el público seguía siendo el mismo, salvo los profesores de universidades conocidas que, en estos últimos tiempos, ya no acudían allí.

    Es un establecimiento pequeño, regentado por un hombre delgado y seco a quien llaman el mayor Dell. Lleva bigote y una corbata con ángeles azules sobre fondo negro. Paga el primer vaso y los demás pagan los otros. Se llama «Alias Club», y Woodford pertenecía a él.

    Está abierto por la noche. Los socios llegan hacia las seis, apartándose complacidos de la multitud en movimiento, furtivos, pero decididos, como provincianos que acuden a un teatro de mala fama. Lo primero que se advierte en él es todo lo que le falta: ninguna copa de plata detrás del bar, ningún libro de visitantes ni lista de socios, ninguna insignia, ningún blasón y ningún título. Sólo en las paredes de ladrillo enjalbegado, algunas fotografías enmarcadas en un passe—partout, como las del despacho de Leclerc. Las caras son fofas, borrosas. Algunas proceden sin duda de una ampliación, tal vez de la foto del pasaporte, tomadas de frente, de manera que se vean, como es de ley, ambas orejas. Hay algunas fotos de mujer, seductoras algunas de ellas, con hombros altos y cuadrados y largos cabellos según la moda de durante la guerra. Los hombres visten toda clase de uniformes. Los franceses libres y los polacos se mezclan con sus camaradas británicos; algunos son aviadores. Entre las caras inglesas, una o dos, que han envejecido mucho, todavía asisten al club.

    Cuando Woodford entró, todo el mundo se volvió y el mayor Dell, encantado, ordenó que le sirvieran su pinta de cerveza. Un hombre de colorado rostro hablaba de un vuelo que en una ocasión había efectuado sobre Bélgica, pero dejó de hablar al comprobar que había perdido la atención de su auditorio.

    —Buenos días, Woodie —dijo alguien, sorprendido—. ¿Cómo anda la señora?
    —En plena forma —respondió Woodford con una cordial sonrisa—. En plena forma.

    Bebió un trago de cerveza e invitó a cigarrillos.

    —Woodie tiene aspecto misterioso esta noche —dijo el mayor Dell.
    —Busco a alguien. Todo esto es muy secreto.
    —Ya se ve —replicó el hombre carirrojo.

    Woodford miró hacia el bar y preguntó suavemente, con tono de misterio en la voz:

    —¿Qué hacía papá durante la guerra?

    Hubo un silencio de sorpresa. Todos bebieron un instante después.

    —Se ocupaba de mamá, naturalmente —dijo el mayor Dell con tono vacilante, y todos se echaron a reír.

    Woodford rió con ellos, formando parte de la conspiración, reviviendo el ritual olvidado a medias de la secreta y nocturna mesa de oficiales, en algún lugar de Inglaterra.

    —¿Y dónde fue eso? — interrogó con el mismo tono confidencial.
    —¡Debajo de su enorme sombrero! — respondieron dos o tres voces a la vez.

    Eran más alborotadores, más felices.

    —Había uno llamado Johnson —continuó precipitadamente Woodford—, Jack Johnson. Intento saber qué ha sido de él. Estuvo encargado del entrenamiento para las transmisiones por radio. Era un hombre muy fuerte. Estuvo primero en Bovungdon con Haldane hasta el día en que se le hizo venir a Oxford.
    —¡Jack Johnson! — exclamó el carirrojo, excitado—. ¿El operador de radio? Hace quince días le compré a Jack un aparato para mi coche: «Johnson el Buen Negocio», en Clapham Broadway, ése es él. Viene por aquí de vez en cuando. Es un entusiasta aficionado a la radio. Pequeñajo, no tiene pelos en la lengua.
    —Es él —dijo otro—. A los viejos del grupo les hace el veinte por ciento de descuento.
    —A mí no me lo hizo —dijo el carirrojo.
    —Es Jack. Vive en Clapham.

    Los otros asintieron: era él y tenía esa tienda en Clapham; el rey de los aficionados a la radio ya había hecho lo suyo antes de la guerra, cuando era todavía un crío. Sí, una tienda en la gran calle, que tenía desde hacía años y cuyas existencias debían de valer una fortuna. Le gustaba presentarse en el club por los alrededores de Navidad. Woodford, rojo de placer, invitó a todos.

    En el alboroto que se produjo, el mayor Dell cogió a Woodford del brazo y se lo llevó al otro extremo del bar.

    —Woodie, ¿es verdad lo que se dice a propósito del viejo Wilf Taylor? ¿Realmente se lo han cargado?

    Woodford asintió gravemente.

    —Cumplía una misión. Creemos que alguien se puso un poco nervioso.

    El mayor Dell era todo solicitud.

    —No les he dicho nada a los demás. No haría sino preocuparles. ¿Se ha hecho algo por su mujer?
    —El jefe está ocupándose de ello. Parece que la cosa se presenta bien.
    —Bien —dijo el mayor—, bien. — Bajó la cabeza y golpeó el brazo de Woodford con un ademán de consuelo—. No se lo diremos a los demás, ¿verdad?
    —Naturalmente.
    —Tenía una pequeña deuda. Nada demasiado importante. Le gustaba pasar bien los viernes por la tarde.

    El acento del mayor se deslizaba de vez en cuando, exactamente como un nudo de corbata.

    —Mándeles la nota. Nos ocuparemos de ella.
    —Tenía un crío, ¿verdad? ¿Una niña? — Volvieron hacia el bar—. ¿Qué edad tiene?
    —Unos ocho años. Quizá más.
    —Hablaba mucho de ella —dijo el mayor.
    —¡Eh, Bruce! — dijo alguien—, ¿cuándo vas a decidirte a volver a hacer algo a propósito de los boches? Los hay por todas partes. Llevé a mi mujer a Italia este verano… Estaba lleno de alemanes tan arrogantes como quieras.
    —Antes de lo que supones —dijo Woodford riendo—. Vamos a ver si conoces a éste. — La conversación cesó. Woodford ya no bromeaba. Estaba en la brecha—. Hay un especialista de combate cuerpo a cuerpo, se trata de un sargento: un galés. No con demasiada apariencia.
    —Diríase que es Sandy Low —sugirió el carirrojo.
    —Sandy, exactamente.

    Todos se volvieron con admiración a mirar al de la cara roja.

    —Veamos —continuó Woodford encantado—, ¿no estuvo en un colegio como monitor de boxeo?

    Los miró atentamente, sin decir nada y haciendo durar este placer porque todo esto era muy secreto.

    —¡Es Sandy, es Sandy!

    Woodford tomó nota con el mayor cuidado, porque la experiencia le había demostrado que tenía la tendencia de olvidar lo que confiaba a su memoria.

    Cuando se disponía a marcharse, el mayor le preguntó:

    —¿Cómo va Clarkie?
    —Está agotado —respondió Woodford—. Se mata trabajando, como siempre.
    —Se habla mucho de él, ya lo sabe. Me gustaría que viniera por aquí de vez en cuando. Esto también les gustaría a todos, ¿sabe usted? Les subiría la moral.
    —Dígame —continuó Woodford, cuando ya estaban cerca de la puerta—, ¿se acuerda usted de un tal Leiser? Fred Leiser, un polaco. Pertenecía al grupo. Estuvo en la acción de Holanda.
    —¿Vive todavía?
    —Sí.
    —Lo siento —dijo el mayor con un tono vago—. Los extranjeros ya no vienen. No sé por qué. Se lo preguntaré a los demás.

    Al cerrar la puerta tras de sí, Woodford salió a la noche de Londres. Miró en torno suyo, contento de lo que veía: su ciudad natal confiada a sus buenos cuidados. Se alejó lentamente, como un viejo atleta por una vieja pista.


    VIII


    Avery caminaba de prisa. Tenía miedo. No hay terror tan firme ni al mismo tiempo tan difícil de describir como el que obsesiona a un espía en país extranjero. La mirada de un taxista, la densidad de la multitud en la calle, la diversidad de uniformes —¿es un policía o un cartero?—, la oscuridad de las costumbres y del idioma y los mismos ruidos que constituían el mundo en el cual Avery había penetrado, todo contribuía a crear en él un estado de constante ansiedad que, como un dolor nervioso, hacíase virulento ahora que se encontraba solo. En un instante su espíritu oscilaba entre el pánico y el amor ciego, reaccionando con extraordinaria gratitud a una mirada o una palabra amables. Experimentaba un sentimiento de dependencia casi femenino hacia aquellos a quienes engañaba. Avery tenía desesperadamente necesidad de encontrar, entre los rostros indiferentes que le rodeaban, la absolución de una sonrisa confiada. Esto no le bastaba para decirse: no les haces daño, eres su protector. Y se movía en medio de ellos como un hombre acosado que busca la madriguera y el lugar cubierto.

    Tomó un taxi hasta el hotel, donde pidió una habitación con baño. Le rogaron que escribiera su nombre en el registro. La punta de su pluma tocaba ya el papel cuando vio, a menos de diez líneas más arriba, escrito con mano laboriosa, el nombre de Malherbe, cortado en el medio como si el que lo había escrito no supiera cómo se escribía. Leyó: dirección, Londres; profesión, mayor (retirado); destino, Londres. «Su última vanidad», pensó Avery, una falsa profesión, un falso rango, pero el insignificante inglés llamado Taylor había tenido su instante de gloria. ¿Por qué no coronel? ¿O almirante? ¿Por qué no atribuirse el título de par y una dirección en Park Lane? Hasta cuando soñaba, Taylor conocía sus limitaciones.

    —El mozo le subirá las maletas —dijo el conserje.
    —Perdóneme —dijo Avery excusándose sin razón, y firmó el registro mientras el hombre lo observaba con curiosidad.

    Dio una propina al mozo y advirtió, al hacerlo, que le había dado el equivalente de una moneda inglesa. Cerró la puerta de la habitación y se sentó un momento en la cama. Era una habitación concebida minuciosamente, pero fría y sin alma. Sobre la puerta había fijado un aviso en varios idiomas previniendo a los clientes contra los riesgos del robo, y otro junto al lecho que explicaba las desventajas económicas de no desayunarse en el hotel. Sobre la mesa, una revista de viajes y una biblia encuadernada en tela negra. Había un pequeño cuarto de baño muy limpio y una especie de armario con una sola percha. Había olvidado llevarse un libro. No creyó poder disponer de tiempo libre.

    Tenía frío y hambre. Decidió tomarse un baño. Abrió el grifo y se desnudó. Iba a meterse en la bañera cuando recordó las cartas de Taylor que llevaba en el bolsillo. Se puso una bata, se sentó en la cama y las examinó. Había una de su Banco acerca de su cuenta en descubierto, una de su madre, otra de un amigo que empezaba «Querido viejo Wilf», y las demás de una mujer. De pronto las cartas le dieron miedo: eran pruebas. Corría el riesgo de que le comprometieran. Decidió quemarlas todas. Había otro lavabo en la habitación. Reunió todos los papeles y les prendió fuego. En alguna parte había leído que ésta era la manera de proceder. Había una carta a nombre del socio del «Alias Club» llamado Taylor, y la quemó también. Luego deshizo las cenizas con los dedos y dejó correr el agua. El nivel subió rápidamente. El tapón metálico se maniobraba desde el lavabo por medio de una palanca colocada entre los grifos. Las cenizas, empapadas, lo habían bloqueado y el lavabo se atascó.

    Buscó un instrumento para pasarlo bajo el disco metálico del tapón. Lo intentó con su estilográfica, pero era demasiado gruesa, y entonces echó mano de su lima para las uñas. Después de varias tentativas consiguió empujar las cenizas en la cañería. El agua corrió, dejando una espesa mancha parda sobre el esmalte. Comenzó frotándola con las manos, y después con el cepillo, pero no desaparecía. El esmalte no se manchaba así como así. Eso debía de proceder de los papeles. Sin duda tendrían alquitrán o una cosa por el estilo. Se dirigió al cuarto de baño y buscó en vano un detergente.

    Al volver a la habitación advirtió que apestaba a papel quemado. Se precipitó a la ventana para abrirla. Una ráfaga de aire helado barrió sus brazos y sus piernas desnudas. Se ajustaba la bata cuando llamaron a la puerta. Petrificado de terror, con los ojos fijos en el tirador de la puerta, oyó llamar de nuevo, gritó que entraran y vio cómo el tirador giraba. Era el empleado de recepción.

    —¿El señor Avery?
    —Sí.
    —Discúlpeme. Necesitamos su pasaporte. Para la Policía.
    —¿La Policía?
    —Es la costumbre.

    Avery había retrocedido hasta el lavabo. Las cortinas se agitaban violentamente junto a la ventana abierta.

    —¿Puedo cerrar la ventana? — preguntó el hombre.
    —No me encontraba bien. Tenía necesidad de aire fresco.

    Encontró su pasaporte y se lo dio. Vio la mirada del empleado fija en el lavabo, sobre la mancha parda y los pequeños grumos de cenizas pegados todavía al esmalte.

    Deseó, como jamás hasta entonces lo había deseado, encontrarse en Inglaterra.


    La hilera de villas que limita Western Avenue es como una fila de tumbas de color rosa que se destacan sobre un fondo gris, la imagen arquitectónica de la Edad Media. Su uniformidad y la disciplina de personas que envejecen, que mueren sin violencia y que viven sin triunfar. Son casas que se han llevado a sus ocupantes, de quienes cambian a su antojo sin que ellas cambien. Los camiones de las conductoras se deslizan respetuosamente entre ellas, como coches fúnebres, llevándose discretamente a los muertos y trayendo a los vivos. De vez en cuando, un inquilino levanta la mano prodigando los potes de pintura sobre el maderaje, o sus esfuerzos en el jardín, pero nada de esto modifica la casa como tampoco las flores cambian la sala de un hospital, y el césped crece a su capricho, como la hierba sobre una tumba.

    Haldane despidió el coche y dejó la calle para dirigirse hacia South Park Gardens, una calle semicircular a cinco minutos de la alcaldía. Había una escuela, una estafeta de Correos, cuatro almacenes y un Banco. Caminaba un poco encorvado, sujetando una cartera con la débil mano. El campanario de la iglesia moderna se erguía por encima de las casas. Un reloj dio las siete. En una esquina de la calle había una abacería, con una fachada moderna y un autoservicio. Miró el nombre: «Smethwick». En el almacén, un joven con una blusa parda terminaba una pirámide de cereales. Haldane llamó en el cristal. El hombre movió la cabeza y añadió un paquete a la pirámide. Haldane llamó de nuevo, secamente. El tendero se dirigió a la puerta.

    —Estoy en mi derecho si no quiero venderle nada —gritó—, de manera que no hay por qué llamar a la puerta. — Al ver la cartera, preguntó—: ¿Es usted representante?

    Haldane metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y blandió algo tras la puerta de cristales: una tarjeta en una funda transparente. El tendero la miró. Luego, lentamente, descorrió el pestillo.

    —Quisiera hablar con usted particularmente —dijo Haldane, entrando.
    —Jamás los había visto como ése —observó el tendero, incómodo—. Creo que es auténtico.
    —Completamente auténtico. Se trata de una información de seguridad. Un hombre llamado Leiser, un polaco. Parece que trabajó aquí hace tiempo.
    —Iré a buscar a mi padre —dijo el tendero—. Yo era un crío entonces…
    —Ya veo —dijo Haldane, como si desaprobara su juventud.


    Era casi medianoche cuando telefoneó a Leclerc. Éste le respondió en seguida. Avery lo imaginaba sentado en su cama de hierro, con las sábanas de la «Air Force» sobre las rodillas y su pequeña cara atenta, ávida de noticias.

    —Es John —dijo prudentemente.
    —Sí, sí, ya sé quién es usted.

    No parecía contento de que Avery hubiese dicho su nombre.

    —El negocio, por desgracia, se ha ido al diantre. No les interesa… Absolutamente negativo. Sería mejor que avisara usted al hombre que he visto; el hombrecillo barrigón…, para decirle que aquí no tendremos necesidad de sus servicios.
    —Bueno. No importa.

    No parecía tener el menor interés.

    Avery no sabía qué decir, en absoluto. Sentía desesperadamente la necesidad de continuar hablando con Leclerc. Quería hablarle del desprecio de Sutherland y decirle que el pasaporte no era bueno.

    —La gente de aquí, las personas con quienes trato están muy preocupadas por este asunto.

    Esperaba.

    Hubiese querido llamarlo por su nombre, pero no sabía cómo: en el Departamento no se decía «señor»; a los viejos se les llamaba por el apellido y a los jóvenes por el nombre. No tenía etiqueta precisa para dirigirse a su superior. Se contentó con decir:

    —¿Está usted ahí todavía?

    Y Leclerc respondió:

    —Naturalmente. ¿Qué le preocupa? ¿Qué cosa va mal?

    Avery se dijo que hubiera podido llamarle «señor director», pero esto hubiese significado infringir los reglamentos de seguridad.

    —El representante aquí, el hombre encargado de nuestros intereses… Está al corriente —dijo—. Da la impresión de haberlo adivinado.
    —¿Concretó usted bien que era extremadamente confidencial?
    —Sí, naturalmente.

    ¿Cómo podría explicar nunca al personaje Sutherland?

    —Bueno. En estos momentos no tenemos por qué tener cuestiones con el Foreign Office. — Con tono distinto, Leclerc continuó—: Aquí todo va muy bien, muy bien. ¿Cuándo vuelve?
    —Es preciso que me ocupe de… de… recoger a nuestro amigo. Hay que llevar a cabo numerosas formalidades. No es tan fácil como se creía.
    —¿Cuándo habrá usted terminado?
    —Mañana.
    —Enviaré un coche a buscarle a Heathrow. En unas horas han ocurrido muchas cosas, muchas mejoras. Le necesitamos —añadió Leclerc, como se lanza un hueso—. Lo ha hecho usted muy bien, muy bien.
    —Me alegro.

    Esperaba dormirse aquella noche con un sueño pesado, pero al cabo tal vez de una hora se despertó con los sentidos alerta. Miró su reloj: la una y diez. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana e inspeccionó el paisaje nevado, marcado por las líneas más oscuras de la carretera que conducía al aeródromo. Creyó distinguir la pequeña prominencia donde Taylor había encontrado la muerte.

    Se sentía muy solo y tenía miedo. Su espíritu se había llenado de visiones confusas: el terrible rostro de Taylor, el rostro que había tenido que ver, vacío de sangre, con los ojos muy abiertos, como para comunicar un descubrimiento trascendental; la voz de Leclerc, vibrando de un optimismo frágil, grueso el comisario, mirándolo, mirándolo con afán, como si fuera algo que quisiera comprar y careciese de medios. Se dio cuenta de que soportaba mal la soledad. La soledad le entristecía, lo convertía en un sentimental. Por primera vez, desde que había abandonado el piso aquella mañana, se puso a pensar en Sarah y en Anthony. Cuando se acordó de su hijo, las lágrimas acudieron bruscamente a sus ojos fatigados y a sus lentes de montura de acero como miniaturas de grillos de forzado. Sentía el deseo de oír su voz, sentía necesidad de Sarah y del decorado familiar de su hogar. Tal vez pudiera telefonear a su casa, hablar con su suegra, pedir noticias. Pero, ¿y si ella estuviera enferma? Había tenido más que suficiente aquel día. Había gastado demasiada energía, miedo e inventiva. Había vivido una pesadilla: ahora no se hallaba en condiciones de telefonear. Volvió a acostarse.

    A pesar de todos sus esfuerzos, no conseguía dormirse. Sus párpados ardían y le pesaban, y su cuerpo estaba profundamente agotado, pero no lograba conciliar el sueño. Se levantó viento e hizo temblar las dobles ventanas. Unas veces tenía calor y otras frío. Se amodorró un momento para ser violentamente arrebatado de su sueño agitado por un rumor de sollozos: podía proceder de la habitación contigua, podía ser Anthony, o podía ser —porque no lo oía bien, sino que adivinaba a medias al despertarse la clase de ruido que era—, podía ser el llanto metálico de la muñeca de una niña.

    Y hubo un momento, poco antes del alba, que oyó ruido de pasos ante su habitación, los pasos de una sola persona en el pasillo, no imaginarios, sino bien reales. Estremecido de terror se quedó esperando que girase el tirador de la puerta o que uno de los hombres del inspector Peersen llamase sin miramientos. Aguzando el oído, hubiese jurado haber oído un crujido de tela, el rumor de una respiración ahogada, como un leve suspiro. Después silencio. Se quedó escuchando durante varios minutos, pero no oyó nada más.

    Encendió la luz, acercó la silla y buscó su estilográfica en la chaqueta. Estaba cerca del lavabo. De su cartera tomó una carpeta en cuero que Sarah le había regalado.

    Habiéndose instalado en la mesita cerca de la ventana, se puso a escribir una carta de amor a alguien que hubiese podido ser Carol. Por la mañana la destruyó, haciéndola fragmentos muy pequeños, la arrojó en el wáter y tiró de la cadena. Al hacerlo, vio algo blanco en el suelo. Era una fotografía de la hija de Taylor, que tenía en brazos una muñeca. Llevaba lentes, los mismos que Anthony. La foto debió de estar entre los papeles. Pensó destruirla, pero, sin saber por qué, se sintió incapaz. Se la metió en el bolsillo.


    IX
    Regreso


    Como Avery suponía, Leclerc esperaba en Heathrow, erguido y de puntillas, mirando ansiosamente por entre las cabezas de la gente que estaba aguardando. Dios sabe cómo, había tomado sus disposiciones con los aduaneros; habría hecho intervenir sin duda al Ministerio, y cuando vio a Avery avanzó por el vestíbulo y lo guió con aire de autoridad, como si estuviese acostumbrado a que le ahorrasen toda clase de formalidades.

    «He aquí la vida que llevamos —pensó Avery—: el mismo aeropuerto con diferente nombre, los mismos encuentros precipitados, culpables; vivimos fuera de los muros de la ciudad, y somos los monjes negros de una sombría casa de Lambeth.»

    Estaba desesperadamente cansado. Necesitaba a Sarah. Tenía el deseo de pedir perdón, de reconciliarse con ella, de hallar otro empleo y de volver a empezar; de jugar todavía con Anthony. Estaba avergonzado.

    —Quisiera hacer simplemente una llamada por teléfono. Sarah no estaba muy bien cuando me fui.
    —La hará desde el despacho —dijo Leclerc—. ¿Verdad que no le molesta? Dentro de una hora tendré una reunión con Haldane.

    Creyendo descubrir una falsa nota en la voz de Leclerc, Avery lo miró con expresión de desconfianza, pero su compañero había vuelto los ojos hacia el «Humber» negro que aguardaba en el parque de estacionamiento reservado a los coches oficiales. Leclerc dejó que el chófer le abriera la puerta. Hubo unos instantes de ridícula confusión hasta el momento en que Avery se sentó en el lado izquierdo, como aparentemente lo exige el protocolo. El chófer parecía estar cansado de esperar. Entre él y ellos no había separación.

    —Las cosas cambian —dijo Avery refiriéndose al coche.

    Leclerc bajó la cabeza con aire de inteligencia, como si esto fuera una novedad para él.

    —¿Cómo marcha todo? — preguntó, con el pensamiento en otro lugar.
    —Muy bien. No ha sucedido nada, ¿verdad? Me refiero a Sarah.
    —¿Por qué cree usted que haya tenido que suceder algo?
    —¿Blackfriars Road? — preguntó el chófer sin volver la cabeza, como hubiese podido exigir cierto sentido del respeto.
    —Al despacho, sí, por favor.
    —Me encontré con un verdadero lío en Finlandia —observó Avery brutalmente—. Los papeles de nuestro amigo…, los de Malherbe, no estaban en regla. El Foreign Office había anulado su pasaporte.
    —¿Malherbe? ¡Ah, sí! Quiere usted decir Taylor. Lo sabemos. Todo está ya arreglado. Simple manifestación de celo habitual. En realidad, Control está muy disgustado. Ha enviado sus excusas. Ahora tenemos un montón de gente de nuestra parte. No tiene usted idea, John. Usted será muy útil, John. Es usted el único que conoce el terreno. — Avery se preguntó qué era lo que conocía. Volvían a encontrarse. La misma intensidad, el mismo malestar físico, las mismas ausencias. Cuando Leclerc se volvió a él, Avery, durante un instante de locura, creyó que iba a ponerle una mano sobre la rodilla—. Ya veo que está usted muy fatigado, John. Sé lo que es esto. Pero eso no importa: ahora está usted con nosotros. Sepa que tengo buenas noticias para usted. Por fin el Ministerio se interesa por nosotros. Hemos de constituir una unidad especial de operaciones para montar la fase siguiente.
    —¿La fase siguiente?
    —Claro está que sí. El hombre de quien le hablé. No podemos dejar las cosas como están. Nosotros no nos contentamos con recoger informaciones. John: aclaramos la situación. He vuelto a dar vida a la Sección Especial. ¿Sabe usted lo que es esto?
    —Haldane la dirigió durante la guerra… Se trataba de formar…

    Leclerc le interrumpió precipitadamente a causa del chófer.

    —…De formar viajantes. Como va a dirigirla de nuevo, he decidido que usted vaya a trabajar con él. Ustedes son los dos mejores cerebros que tengo —añadió con una mirada de soslayo.

    Leclerc había cambiado. Había algo nuevo en su actitud, algo que era ya más que optimismo o esperanza. La última vez que lo vio Avery, le dio la impresión de que estaba luchando contra la adversidad. Ahora se advertía en él una lozanía, tenía en la vida una finalidad, algo completamente nuevo o muy antiguo.

    —¿Haldane ha aceptado?
    —Ya se lo he dicho. Trabaja día y noche. Olvida usted que Haldane es un profesional. Un verdadero técnico. Para un trabajo como éste es mejor los viejos. Con uno o dos jóvenes entre ellos.
    —Quisiera hablarle de toda la operación… —dijo Avery—. De Finlandia. Pasaré por su despacho después de haber telefoneado a Sarah.
    —Venga en seguida, y así le podré decir en qué punto nos encontramos.
    —Voy a llamar a Sarah primero. De nuevo Avery tuvo la insensata impresión de que Leclerc le impedía comunicarse con Sarah.
    —Ella está bien, ¿verdad?
    —Sí, a juzgar por lo que sé. ¿Por qué me pregunta usted eso? — Leclerc prosiguió con la misma amabilidad—: ¿Contento de haber vuelto, John?
    —Sí, claro.

    Se arrellanó en el asiento del coche. Leclerc, advirtiendo su hostilidad, lo dejó en paz un momento. Avery dedicó su atención al trayecto y a las casas rosa y saludables que desfilaban bajo la bruma.

    Leclerc continuó con aquel mismo tono que tenía durante las reuniones de trabajo:

    —Quiero que empiecen ustedes inmediatamente. Mañana, si es posible. Su despacho está dispuesto. Hay mucho que hacer. Ese hombre. Haldane lo meterá en seguida en faena. Tendremos ya noticias al llegar. En lo sucesivo usted dependerá de Adrian. Supongo que esto le gusta. Nuestros jefes están de acuerdo en proporcionarle un pase especial del Ministerio. De la misma clase que posee el Circus.

    Avery conocía perfectamente la manera de hablar de Leclerc. Había momentos, en que se expresaba únicamente por medio de indirectas alusiones, ofreciendo un material bruto que el consumidor, no el abastecedor, tenía que refinar.

    —Quisiera hablarle de todo el asunto. Cuando haya llamado a Sarah.
    —Bueno —respondió Leclerc amablemente—. Vaya luego a hablarme. Pero, ¿por qué no ahora? — Se volvió a Avery para mirarlo: parecía no tener volumen. Hubiérase dicho que era una luna con una sola cara—. Se ha desenvuelto usted muy bien —dijo generosamente— y espero que continúe haciéndolo. — Entraban ya en Londres—. Tenemos cierto apoyo del Circus —añadió—. Parece que están cargados de buena voluntad. Naturalmente, no tienen una vista de conjunto de la situación. El ministro se ha mostrado muy firme sobre este particular.

    Pasaron por delante de Lambeth Road, donde truena el dios de las batallas. El «Imperial War Museum» a un lado, las escuelas al otro y los hospitales en medio. Un cementerio rodeado de un enrejado como un campo de tenis. Imposible decir quién vivía allí. Las casas son demasiado numerosas y las escuelas demasiado grandes para los niños. Los hospitales tal vez estén completos, pero están corridas las cortinas. El polvo flota por todas partes, como el polvo de la guerra. Cubre las fachadas ahuecadas, ahoga el césped en los cementerios; ha ahuyentado a los habitantes, salvo aquellos que se arrastran por las sombrías esquinas como fantasmas de soldados, o esperan dormirse tras sus ventanas en las que brilla una luz amarilla. Es otra calle que la gente parece haber dejado con frecuencia. Los que han vuelto son muy raros, y han llevado algo del mundo vivo, según los viajes que hayan hecho. Uno, una punta de prado; otro, un fragmento de terraza estilo Regencia, un almacén o un vertedero, o una taberna con la muestra «Flores del Bosque».

    Es una calle llena de establecimientos dedicados a la fe. Uno está bajo la protección de Nuestra Señora del Consuelo, otro bajo la de la Iglesia Hermana. Todo lo que no es hospital, escuela, taberna o seminario, es muerte y su cuerpo no es sino polvo. Hay una tienda de juguetes con un cerrojo en la puerta. Avery se quedaba mirándola siempre que iba al despacho; los juguetes se oxidaban en las estanterías. El escaparate parecía más sucio que nunca; la parte baja del cristal estaba marcada con las huellas de los dedos de los niños. Había también un dentista estilo sacamuelas. Miró a través de los cristales del coche y se puso a contar las tiendas a medida que pasaban, preguntándose si volvería a verlas alguna vez como miembro del Departamento. Había almacenes con espinos delante de la puerta y fábricas que no producían nada. En una de ellas sonó un timbre, pero nadie lo oyó. Había una pared derrumbada con carteles pegados: «Usted será alguien en el ejército regular.» Giraron por Saint George’s Circus y se metieron en Blackfriars Road.

    Al acercarse a la casa, Avery advirtió que las cosas habían cambiado. Por un instante imaginó que hasta la hierba sobre la magra punta de césped era más compacta, que había hallado alguna vida durante su breve ausencia, y que los peldaños de cemento que conducían a la puerta, que hasta en pleno verano llegaban a parecer húmedos y sucios, mostrábanse ahora limpios y acogedores. Sabía, incluso antes de haber franqueado el umbral, que un nuevo espíritu soplaba sobre el Departamento.

    Esto había afectado hasta los miembros más simples del personal. Pine, impresionado sin duda por el coche negro oficial y por las súbitas idas y venidas de personas atareadas, tenía una expresión alerta y pimpante. Por una vez, nada dijo de la puntuación del críquet. La escalera estaba encerada.

    En el pasillo se cruzaron con Woodford. Tenía prisa. Llevaba bajo el brazo expedientes con etiquetas rojas.

    —¡Buenos días, John! ¿Buen aterrizaje? ¿Ha ido bien? — Realmente parecía contento de verlo—. ¿Ya está bien Sarah?
    —Se ha desenvuelto muy bien —se apresuró a decir Leclerc—. Tenía una misión difícil.
    —¡Ah, sí! El pobre Taylor. Necesitaremos de usted en la nueva sección. Su mujer tendrá que pasarse sin usted una o dos semanas.
    —¿Qué ha dicho sobre Sarah? — preguntó Avery.

    De pronto se sintió poseído por el miedo. Se precipitó en el pasillo. Leclerc le llamó, pero no hizo caso. Entró en su despacho y se detuvo en seco. Había un segundo teléfono sobre su mesa y una cama como la de Leclerc pegada a la pared. Junto al nuevo teléfono había una lista de teléfonos de urgencia. Los números que debían utilizarse durante la noche estaban marcados en rojo. Sobre la puerta había pegado un cartel a dos tintas que representaban una cabeza de hombre de perfil. A través del cráneo se podía leer la inscripción: «Guárdalo todo aquí», y sobre la boca: «No dejes salir nada por aquí.» Le bastó un instante para comprender que el cartel era un llamamiento a las reglas de seguridad y no una broma de mal gusto a propósito de Taylor. Descolgó el auricular y esperó. Entró Carol con un cesto de papeles para firmar.

    —¿Cómo ha ido todo? — preguntó—. El jefe parece muy contento.

    Se quedó esperando, muy cerca de él.

    —¡Imagínese! No traigo la película. No estaba entre sus cosas. Voy a presentar mi dimisión. Lo he decidido. ¡Maldita sea!, ¿qué le pasa a este teléfono?
    —Probablemente no saben que usted ha vuelto. Hay un comunicado de Contabilidad a propósito de su nota de taxis. Ponen dificultades.
    —¿De taxis?
    —De su casa a la oficina. La noche en que murió Taylor. Dicen que es demasiado.
    —Escuche, hágame el favor de despertar a los de la centralita. Deben de estar durmiendo.

    Fue Sarah quien respondió a la llamada.

    —¡Gracias a Dios! ¿Eres tú?

    Avery dijo que sí, que había llegado una hora antes.

    —Escucha, Sarah, estoy harto. Le voy a decir a Leclerc…

    Pero antes de que él pudiera terminar, ella estalló:

    —¡Dios mío! John, ¿qué has hecho? Hemos tenido aquí a la Policía, inspectores. Quieren hablarte a propósito de un cadáver que ha llegado al aeropuerto de Londres. Un tal Malherbe. Dicen que ha sido enviado desde Finlandia con pasaporte falso.

    Avery cerró los ojos. Sintió el deseo de colgar y apartó el auricular de su oreja, pero todavía oía la voz que decía:

    —John, John…
    —Parece que es tu hermano. Viene dirigido a ti, John. Un empresario de pompas fúnebres de Londres tiene la orden de encargarse de esto por tu cuenta. John, John, ¿me oyes?
    —Escucha —dijo él—, no te preocupes. Ahora me ocuparé de todo eso.
    —Les hablé de Taylor: era preciso.
    —¡Sarah!
    —¿Qué otra cosa podía hacer? Creían que yo era una criminal o Dios sabe qué. ¡No me creyeron, John! Me preguntaron dónde podían verte. Debí decirles que no lo sabía. Ni siquiera sabía en qué país estabas ni qué avión habías tomado. Estoy enferma, John, me encuentro muy mal. Tengo esta maldita gripe y olvidé tomarme la medicina. Vinieron en plena noche, dos. John, ¿por qué tenían que venir por la noche?
    —¿Qué les dijiste? ¡Dios mío! Sarah, ¿qué más les has dicho?
    —¡Me insultas! Soy yo quien debiera ponerte como un trapo, a ti y a tu condenada oficina. Les dije que habías ido para una misión secreta, que habías tenido que ir al extranjero por cosas del Departamento. John, ni siquiera sé cómo se llama eso. Les dije que te llamaron en plena noche y que te habías ido. Les expliqué que se trataba de un correo llamado Taylor.
    —Estás loca —exclamó Avery—, estás completamente loca. Te pedí que jamás dijeras nada a nadie.
    —Pero, John, ¡eran de la Policía! Se les podía decir. — Lloraba y él oía sus sollozos entre sus palabras—. John, te lo ruego, ven. ¡Tengo tanto miedo! Es preciso que dejes eso y vuelvas a la editorial. No me importa lo que hagas, pero…
    —No puedo. Es un asunto muy grave. Más importante de lo que puedes imaginar. Estoy desolado, Sarah: no puedo dejar en modo alguno el despacho. — Y añadió perversamente, lo cual era una mentira que siempre podría ser útil—: Quizá lo has echado a perder del todo.

    Hubo una larga pausa.

    —Sarah, tengo que ver todo esto. Te llamaré más tarde.

    Cuando por fin ella respondió, él observó en su voz la misma resignación con la cual le dijo que hiciera las maletas.

    —Te llevaste el talonario del Banco. No tengo dinero.

    Él le dijo que se lo mandaría.

    —Disponemos de un coche para estas cosas —añadió—, con chófer.

    Antes de colgar le oyó decir:

    —Creí que teníais muchos coches.

    Avery se precipitó a ver a Leclerc.

    Haldane estaba de pie detrás de la mesa, el abrigo empapado todavía de lluvia. Ambos estaban inclinados sobre un expediente cuyas hojas estaban un poco borrosas y rotas.

    —¡El cuerpo de Taylor! — declaró bruscamente—. Está en el aeropuerto de Londres. Han armado ustedes un bonito lío. Fueron a ver a Sarah. En plena noche.
    —¡Espere! — fue Haldane quien habló—. No tiene usted ningún motivo para entrar aquí como una tromba —dijo con tono furioso—. Espere. — Y volvió a enfrascarse en el expediente, sin prestar atención a Avery—. Absolutamente ninguna —murmuró, y continuó, dirigiéndose a Leclerc—: Según creo, Woodford ha logrado ya algunos resultados. Por lo que se refiere a la lucha cuerpo a cuerpo, ya vale. Ha oído hablar de un operador de radio, uno de los mejores. Lo recuerdo. El garaje se llama «King of Hearts». Es un negocio que marcha bien. Nos hemos informado en el Banco. Sin entrar en demasiados detalles, han cooperado bien. Es soltero, Tiene reputación entre las mujeres: el estilo polaco habitual. No le interesa la política, no se le conoce ningún violín de Ingres, ni deudas, ni nadie que tenga motivo de queja contra él. Parece como si viviera en otro mundo. Se le considera un buen mecánico. En cuanto a su personalidad… —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Qué se puede saber de nadie?
    —Pero, ¿qué dicen de él? ¡Por Dios santo!, no se pueden pasar quince años entre la gente sin dejar cierta impresión. Hubo un tendero, Smethwick, según creo recordar. Después de la guerra estuvo allí.

    Haldane se permitió sonreír.

    —Parece que fue un buen empleado, muy cortés. Todo el mundo dice que es cortés. La gente sólo se acuerda de una cosa: su manía de jugar con una pelota de tenis en el patio.
    —¿Le ha echado usted una ojeada al garaje?
    —En verdad que no. Ni siquiera me he acercado. Me propongo darme una vuelta por ahí esta tarde. No creo que podamos permitirnos la elección. Al fin y al cabo, ese hombre figura en nuestras fichas desde hace veinte años.
    —¿No se podría saber nada más?
    —El resto habría que hacerlo por mediación del Circus.
    —Entonces deje a John Avery poner a punto los detalles. — Leclerc parecía haber olvidado que Avery estaba en la habitación—. En cuanto al Circus, yo mismo me entenderé con ellos.

    Su atención fue atraída por un nuevo mapa que había en la pared, un plano de la ciudad de Kalkstadt, en el que figuraba la iglesia y la estación. Al lado había otro más antiguo de la Europa del Este. Las bases de cohetes cuya existencia ya había sido confirmada, figuraban en él, con respecto al lugar supuesto, al sur de Rostock. Las líneas de avituallamiento y el emplazamiento de los estados mayores, el orden de batalla de las armas de apoyo estaban indicados por finos hilos de lana sujetos por dos alfileres. Cierto número de ellos convergían sobre Kalkstadt.

    —Está bien, ¿verdad? Sanford lo hizo anoche —dijo Leclerc—. Sabe mucho de esta clase de cosas.

    Sobre la mesa de trabajo había un puntero nuevo de madera blanca parecido a un gigantesco pasacintas enhebrado con una lazada de galón de abogado. Había un teléfono nuevo, verde, más elegante que el de Avery, encima del cual había un cartel que decía: «Las conversaciones a través de este aparato no son seguras.» Durante un momento Haldane y Leclerc estudiaron el mapa, consultando de vez en cuando un montón de telegramas que Leclerc tenía en las manos como un coreuta tiene un salterio. Por último, Leclerc se volvió a Avery para decirle:

    —Ahora, John.

    Los dos aguardaron a que él dijera algo.

    Avery sintió que su cólera se disipaba. Hubiese querido agarrarse a ella, pero se le escapaba. Hubiera deseado gritar con indignación preguntándoles cómo se habían atrevido a mezclar a su mujer con todo aquello. Le habría gustado perder la calma, pero no podía. Sus ojos estaban fijos sobre el mapa.

    —Bien…
    —La Policía fue a ver a Sarah. La despertaron en plena noche. Dos hombres. Su madre estaba allí. Fueron a propósito del cuerpo en el aeropuerto: el cuerpo de Taylor. Sabían que el pasaporte era falso. Creían que ella estaba en el ajo. La despertaron —repitió implacablemente.
    —Sabemos todo eso. Está arreglado. Quise decírselo, pero no me dio usted tiempo. Dejaron salir el cuerpo.
    —Ha sido una equivocación haber metido a Sarah en esto.
    —¿Qué quiere usted decir? — preguntó Haldane levantando precipitadamente la cabeza.
    —No somos competentes para encargamos de esta clase de asuntos. — Esto no parecía muy pertinente—. No deberíamos ocuparnos de eso. Habríamos de confiárselo al Circus. A Smiley o a cualquier otro… A ellos les corresponde. No a nosotros. — Y continuó penosamente—: Ni siquiera creo en ese informe. Ni creo tampoco que sea verdad. No me sorprendería que ese refugiado no hubiese existido nunca, que Gorton lo haya inventado todo.
    —¿Nada más? — interrogó Haldane.

    Estaba furioso.

    —No tengo ningún deseo de que se me mezcle en eso. Quiero decir en la operación. No me gusta.

    Miró el mapa, después a Haldane y se rió luego un poco estúpidamente.

    —Mientras yo perseguía a un muerto, ustedes buscaban a un vivo. Es fácil aquí, en la fábrica de los sueños… Pero la gente de allí es de verdad, existe.

    Leclerc apoyó suavemente una mano en el brazo de Haldane, como para decirle que él mismo arreglaría aquello. No parecía en modo alguno desconcertado. Aparentaba incluso estar satisfecho de reconocer los síntomas que de antemano había pronosticado.

    —Váyase a su despacho, John. La tensión le ha agotado.
    —Pero, ¿qué voy a decirle a Sarah? — inquirió, desesperado.
    —Dígale que no la molestarán más. Dígale que ha sido un error… Cuéntele lo que quiera. Tómese algo caliente y esté aquí dentro de una hora. La comida que sirven en los aviones no vale para nada. Después, hablaremos del resto de su historia.

    Leclerc sonreía con la misma sonrisa limpia y suave que tenía en las fotografías en que figuraba entre los pilotos muertos. Avery estaba ya junto a la puerta cuando oyó pronunciar amablemente su nombre, con afecto. Se detuvo y se volvió. Leclerc levantó una mano de la mesa y con amplio ademán señaló la habitación en que se encontraban.

    —Voy a decirle una cosa John. Durante la guerra estuvimos en Baker Street. Tuvimos una bodega y el Ministerio hizo de ella una sala de operaciones de urgencia. Adrian y yo pasamos allí mucho tiempo. Realmente mucho tiempo. — Miró a Haldane—. ¿Recuerda usted cómo se balanceaba la lámpara de petróleo cuando caían las bombas? Teníamos que hacer frente a situaciones de las cuales sólo poseíamos un rumor como único elemento, nada más, John. Un indicio, y corríamos el riesgo. Se enviaba a un hombre, dos si era necesario. Y quizá no volverían. Acaso tampoco hubiese nada allí donde lo enviábamos. Rumores, una hipótesis, una intuición. Es fácil olvidar lo que es el informe: una cuestión de suerte y de reflexión. De vez en cuando una chiripa, de vez en cuando un golpe sensacional. A veces se da con una historia como ésa: puede ser muy importante o puede ser sólo una sombra. Puede proceder de un campesino de Flensburgo o de un preboste de palacio, pero uno se encuentra con una posibilidad de la cual no se atreve a prescindir. Uno recibe instrucciones: encuentre a un hombre, envíelo. Es lo que hacemos. Y muchos no volvían. Se les enviaba para disipar una duda, ¿comprende? Los enviábamos porque no sabíamos nada. Todos tenemos momentos así, John. No crea que sea siempre cosa fácil. — Tuvo una sonrisa llena de recuerdos—. A menudo sentíamos escrúpulos, como usted. Teníamos que superarlos. A esto lo llamábamos pronunciar los segundos votos. — Se sentó a medias en el borde de la mesa, dejando colgar una pierna—. Los segundos votos —repitió—. Compréndalo, John, si quiere esperar que las bombas caigan, que la gente muera en la calle… —Repentinamente se había vuelto grave, como si profesara su fe—. Ya sé que es mucho más duro en tiempo de paz. Esto exige valor. Un valor de otra clase.

    Avery inclinó la cabeza.

    —Perdóneme —dijo.

    Haldane lo observaba con disgusto.

    —Lo que quiere decir el director —intervino con tono ácido— es que si usted desea quedarse en el Departamento y hacer su trabajo, hágalo. Si desea cultivar todas sus emociones, váyase con ellas a otra parte y cultívelas en paz.

    Haldane hablaba como si hubiera tomado una decisión y considerase un insulto que Avery examinara otra, como si el peso de aquella casa no hubiese aplastado todavía a aquel hombre y su misma vida fuese una provocación.

    Avery volvió a oír la voz de Sarah y vio de nuevo las hileras de pequeñas casas sumidas en la lluvia. Intentó imaginar su vida en el Departamento. Y se dio cuenta de que era demasiado tarde, que siempre había sido demasiado tarde, porque él había ido allí a buscar al lado de ellos lo poco que le podían dar y ellos habían tomado lo poco que él poseía. Como un clérigo vacilante había creído que lo que su pequeño corazón contenía estaba bien resguardado en su santuario, y ahora se había ido. Miró a Leclerc y después a Haldane. Eran sus colegas. Prisioneros del silencio, trabajarían los tres hombro con hombro, rompiendo la árida tierra durante las cuatro estaciones, extraños uno para el otro, cada uno con la necesidad del otro, en el desierto de una fe perdida.

    —¿Oyó usted lo que le dije? — preguntó Haldane.
    —Usted no hizo la guerra, John —dijo Leclerc con bondad—. Usted no comprende cómo se siente agarrado uno en este tipo de engranaje. Usted no comprende lo que es el verdadero deber.
    —Lo sé —dijo Avery—. Estoy desolado. Me gustaría que me prestaran el coche durante una hora… para llevar algo a Sarah, si es posible.
    —Naturalmente.

    Se dio cuenta de que había olvidado el regalo para Anthony.

    —Estoy desolado —repitió.
    —Bien. — Leclerc abrió un cajón de la mesa y sacó un sobre. Con ademán indulgente se lo tendió a Avery—. Aquí tiene su pase, un pase franco especial del Ministerio. Se ha extendido a su nombre. Podría usted necesitarlo en las próximas semanas.
    —Gracias.
    —Abra el sobre.

    Era una gruesa tarjeta de cartón metida en un estuche de celofán, cartón verde, color que se difuminaba hacia la parte inferior. Su nombre estaba escrito con mayúsculas en máquina de escribir eléctrica: Mr. John Avery. El texto precisaba que el titular del pase estaba autorizado a investigar por cuenta del Ministerio. Había una firma con tinta roja.

    —Gracias.
    —Con esto —dijo Leclerc— usted no arriesga nada. Lo ha firmado el ministro. Utiliza tinta roja, ¿sabe? Es la tradición.

    Avery se dirigió a su despacho. Había momentos en que hacía frente a su propia imagen, como un hombre mira un valle desierto, y esta visión lo impulsaba hacia nuevas experiencias, como la desesperación nos impele a la extinción. A veces era como un hombre que huye, pero que corre hacia el enemigo, ansioso de sentir en su cuerpo a punto de desaparecer los golpes que han de demostrar su existencia, ansioso de imprimir en su melancólica conformidad la marca de una finalidad real, ansioso quizá, como Leclerc había insinuado, de abdicar su conciencia para descubrir a Dios.


    III. La misión de Leiser


    «Zambullirse como los nadadores en las ondas puras, contento de escapar de un mundo viejo, frío y cansado.»
    Rupert Brooke, 1914


    X
    Preludio


    El «Humber» dejó a Haldane en el garaje.

    —No espere. Tiene que llevar al señor Leclerc al Ministerio.

    Avanzó con paso inseguro por el asfaltado terreno de la gasolinera, pasó por delante de los amarillos surtidores de gasolina y los carteles publicitarios sacudidos por el viento. Era al anochecer y había lluvia en el aire. El garaje era pequeño pero estaba muy cuidado; una sala de exposición a un lado, el taller al otro y en medio una torre en la que vivía alguien. Todo en maderamen escandinavo y un gran hueco de cristales. Sobre la torre luces en forma de corazones, que cambiaban continuamente de color. De alguna parte llegaba el ruido de una taladradora eléctrica. Haldane entró en el despacho. Nadie. Olía a cuero. Tocó el timbre y le acometió un violento acceso de tos. A veces, cuando tosía, se apretaba el pecho con las manos, y su rostro traicionaba la docilidad de un hombre habituado al sufrimiento. En la pared colgaban calendarios con ilustraciones de muchachas ligeras de ropa, al lado de un pequeño cartel manuscrito que decía: «San Cristóbal y todos tus ángeles, te ruego que nos protejas de los accidentes de carretera. F. L.» Cerca de la ventana un canario saltaba nerviosamente en la jaula. Las primeras gotas de lluvia se aplastaron indiferentes contra los cristales. Entró un muchacho de unos dieciocho años, los dedos negros de grasa. Llevaba un mono con un corazón rojo cosido en el pecho sobre el bolsillo y encima una corona.

    —Buenas tarde —dijo Haldane—. Discúlpeme. Busco a un antiguo conocido, un amigo. Nos conocimos hace ya mucho tiempo. Un tal señor Leiser. Fred Leiser. Me preguntó si usted sabría…
    —Voy a buscarle —dijo el joven, y desapareció.

    Haldane esperó pacientemente, mirando los calendarios y preguntándose si los habría colgado allí el joven obrero o bien Leiser. La puerta se abrió por segunda vez. Era Leiser. Haldane lo reconoció por la fotografía. En realidad no había cambiado mucho. Los veinte años transcurridos no habían dejado en él marcas demasiado profundas, sino pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos y dos pliegues en torno a la boca. La luz difusa del techo no proyectaba sombra. Era un rostro que al principio no expresaba sino soledad. Su tinte era pálido.

    —¿Qué puedo hacer por usted? — preguntó Leiser.

    Parecía estar muy atento.

    —Buenas tardes. Me pregunto si me recuerda. Leiser lo miró, como si se le hubiese pedido que fijara un precio, mudo, pero desconfiado.
    —¿Está usted seguro de que soy yo a quien busca?
    —Sí.
    —Debe de hacer mucho tiempo —dijo por fin—. No suelo olvidar una cara.
    —Hace veinte años —dijo Haldane, tosiendo a modo de excusa.
    —Entonces, ¿fue durante la guerra?

    Era bajo y se mantenía muy erguido, no muy distinto de Leclerc en su contextura. Hubiera podido ser camarero de café. Llevaba las mangas un poco arremangadas, descubriendo los velludos antebrazos. Vestía una camisa blanca de buena calidad, con las iniciales bordadas sobre el bolsillo. Llevaba un sello de oro y era también de oro la pulsera de su reloj. Muy pulcro. Haldane observó que utilizaba un agua de colonia. Sus largos cabellos pardos eran abundantes, plantados bien rectos sobre la frente. Hinchándose un poco a los lados, estaban peinados hacia atrás. No usaba raya. Era un tipo marcadamente eslavo y en su manera de andar había cierto balanceo, cierta flojedad en las caderas y los hombros que traicionaba cierta costumbre del mar. Ahí se detenía bruscamente toda comparación con Leclerc. Era, sin duda, a pesar suyo, un hombre práctico, habilidoso en casa y sabiendo hacer arrancar un coche en tiempo frío. Trascendía cierta inocencia, aunque sin duda había viajado mucho. Llevaba una corbata escocesa.

    —¿De veras no se acuerda usted de mí? — insistió Haldane.

    Leiser miró sus mejillas hundidas, un poco jaspeadas de rojo, el cuerpo desgalichado y nervioso, las manos que se agitaban suavemente, y una expresión de dolorosa sorpresa pasó por su rostro, como si identificara los restos de un amigo.

    —¿Es usted el capitán Hawkins, ¿verdad?
    —Exactamente.
    —¡Dios mío! — exclamó Leiser sin hacer el menor ademán—. ¿Es, pues, usted quien me buscaba?
    —Buscábamos a alguien con su experiencia, un hombre como usted.
    —¿Para qué me necesita, mi capitán?

    No se había movido. Era muy difícil adivinar en qué estaba pensando. Miraba fijamente a Haldane.

    —Para llevar a cabo una misión, una sola.

    Leiser sonrió como si recordara todo eso. Con la cabeza señaló la ventana.

    —¿Allí abajo?

    Parecía hablar de algún lugar al otro lado de la lluvia.

    —Sí.
    —¿Y el regreso?
    —El procedimiento habitual. El agente tiene plena libertad de acción. Como en tiempo de guerra.

    Se metió las manos en los bolsillos y sacó cigarrillos y un encendedor. El canario se puso a cantar.

    —Como en tiempo de guerra. ¿Fuma usted? — Sacó un cigarrillo y lo encendió, protegiendo con las manos la llama como si hiciera un fuerte viento. Dejó caer la cerilla en el suelo: alguien la recogería—. ¡Dios mío! — repitió—. Veinte años. Yo era un crío en aquellos tiempos, sólo un crío.
    —Creo —dijo Haldane— que no se arrepiente usted de nada. ¿Y si fuéramos a beber algo?

    Dio a Leiser una tarjeta. Impresa recientemente. «Capitán A. Hawkins.» Al pie un número de teléfono.

    Leiser la leyó y se encogió de hombros.

    —Con mucho gusto —dijo sonriendo de nuevo, aunque con aire incrédulo esta vez—. Pero pierde usted el tiempo, mi capitán.
    —Quizá conozca usted a alguien. Un camarada de guerra que pudiera encargarse.
    —No conozco a mucha gente —respondió Leiser.

    Tomó de la percha la chaqueta y un impermeable de nylon azul marino. Pasó delante de Haldane y le abrió ceremoniosamente la puerta, como un hombre que aprecia la cortesía.

    Había una tasca al otro lado de la avenida. Llegaron a ella franqueando una pasarela. El tráfico del final de la tarde zumbaba debajo de ellos, y las gruesas gotas de lluvia parecían acompañarlo. Las vibraciones de los coches hacían temblar el puente. La taberna era del estilo Tudor, con cobres nuevos y una campana de barco cuidadosamente bruñida. Leiser pidió un «White Lady». Jamás bebía otra cosa, dijo:

    —Beber siempre la misma cosa, mi capitán, es lo que aconsejo. Así no hace daño.
    —Es preciso que sea alguien que conozca el oficio —observó Haldane. Se sentaron en un rincón cerca del fuego. Se les hubiera tomado por dos comerciantes discutiendo un negocio—. Es un trabajo muy importante. Pagan mucho más que durante la guerra. — Su sonrisa era muy pálida—. Ahora pagan muy bien.
    —A fin de cuentas, el dinero no es todo ahora, ¿verdad?

    Una frase un poco forzada, tomada de los ingleses.

    —Con frecuencia se han acordado de usted. Gente cuyos nombres ya habrá olvidado, si es que alguna vez los conoció. — Una sonrisa sin convicción distendió sus delgados labios, tal vez a causa de los años que hacía que no había mentido—. Dejó usted una viva impresión, Fred. Hay muy pocos tan fuertes como usted. Ni siquiera después de veinte años.
    —¿De manera que se acuerdan de mí? ¿Toda la pandilla? — Parecía encantado, pero intimidado también, como si no mereciera que lo recordaran—. Yo era un crío en aquellos tiempos —repitió—. ¿Quién queda todavía? ¿Quién?

    Haldane, sin dejar de observarle, dijo:

    —Ya se lo he dicho: seguimos jugando de acuerdo con las mismas reglas. Fred. Hay que decirlo, nada ha cambiado.
    —¡Dios santo! — declaró Leiser—. Nada ha cambiado. ¿De modo que el grupo sigue siendo tan importante?
    —Más importante —dijo Haldane pidiendo un nuevo «White Lady»—. ¿Le interesa la política?

    Leiser levantó suavemente la mano, muy cuidada, y la dejó caer.

    —Usted sabe cómo somos en Inglaterra —dijo.

    Sus palabras parecían surgir con cierta impertinencia que él valía tanto como Haldane.

    —Quiero decir en general —continuó Haldane. Tuvo un breve acceso de tos seca—. Después de todo, han puesto la mano en su país, ¿no es cierto? — Leiser permanecía silencioso—. ¿Qué ha pensado usted del asunto de Cuba, por ejemplo?

    Haldane no fumaba, pero había comprado cigarrillos en el bar, la marca que fumaba Leiser. Con dedos delgados y ágiles quitó el envoltorio de celofán y se los ofreció a través de la mesa. Sin esperar la respuesta, continuó:

    —Sólo en el asunto de Cuba, ¿comprende?, estaban enterados los americanos. Estaban al corriente. Por tanto, podían actuar. Naturalmente, hicieron sobrevueles. Pero no siempre se pueden hacer. — De nuevo sonrió ligeramente—. Me pregunto qué habrían hecho si no hubiesen procedido así.
    —Es verdad.

    Bajó la cabeza como un títere, pero Haldane ya no le miraba.

    —Pudo haberles ido mal la cosa —dijo Haldane bebiendo un trago de whisky—. A propósito, ¿está usted casado?

    Leiser sonrió, tendió la mano abierta y la inclinó rápidamente de izquierda a derecha, como si hiciera el ademán de volar.

    —Ni fu ni fa —dijo. Su corbata escocesa estaba sujeta a la camisa con un grueso alfiler de oro en forma de látigo destacándose sobre una cabeza de caballo. Esto producía un efecto muy extraño—. ¿Y usted, mi capitán?

    Haldane movió la cabeza.

    —No —observó Leiser, pensativo—, no.
    —Hubo otras ocasiones —continuó Haldane— en que se cometieron errores muy graves porque se careció de las informaciones necesarias o porque no se poseían las suficientes. Quiere decirle que ni siquiera nosotros podemos tener gentes por todas partes con carácter permanente.
    —Claro está —dijo Leiser, cortés.

    El bar se llenaba.

    —¿No conoce usted otro lugar donde pudiéramos hablar? — preguntó Haldane—. Podríamos cenar juntos y charlar de los viejos tiempos. ¿O tiene usted algún compromiso?

    La clase humilde cena temprano.

    Leiser consultó su reloj.

    —Estoy libre hasta las ocho —dijo—. Debería usted cuidarse esa tos, mi capitán. Puede ser peligrosa una tos como ésa.

    Su reloj era de oro, con la esfera negra y una ventanita que indicaba las fases de la luna.


    El subsecretario, que también tenía conciencia de la hora, estaba fastidiado por tener que demorarse tanto.

    —Creo haber concretado —decía Leclerc— que el Foreign Office ha inventado siempre un montón de historias cuando se trataba de proporcionamos pasaportes operacionales. Tomaron la costumbre de consultar al Circus cada vez. Carecemos de estatutos, ¿comprende usted?, y me es muy difícil insistir sobre estas cosas: ellos sólo tienen una idea muy vaga de la manera como trabajamos. Me pregunto si el mejor sistema no sería el de que mi Departamento hiciera pasar por su gabinete las solicitudes de pasaportes. Esto le evitaría a usted la molestia de dirigirse cada vez al Circus.
    —¿Qué entiende usted por historias?
    —Recordará usted que enviamos al pobre Taylor con nombre supuesto. El Foreign Office anuló su pasaporte operacional horas antes de su partida de Londres. Me temo que el Circus haya cometido una torpeza en el plan administrativo. El pasaporte que acompañaba al cuerpo, no era, por tanto, valedero cuando el cadáver llegó al territorio del Reino Unido. Esto nos ha causado una infinidad de complicaciones. Me he visto obligado a enviar a uno de mis mejores hombres para que arreglase todo eso —dijo mintiendo sin el menor pudor—. Estoy seguro de que si el señor ministro insiste. Control aceptará sin dificultades un nuevo acuerdo.

    El subsecretario señaló con el lápiz la puerta que conducía al despacho de su agregado de gabinete.

    —Vea eso con ellos. Solucione alguna cosa. Todo eso me parece enteramente estúpido. ¿Con quién trata usted en el Foreign Office?
    —Con De Lisle —dijo Leclerc con satisfacción—. Del Departamento General. Es el ayudante. Y en el Circus con Smiley.

    El subsecretario tomó nota de todo esto.

    —No se sabe nunca a quién dirigirse allí. Hacen demasiado misterio.
    —Además puedo tener contacto con el Circus para problemas de orden técnico: radio y este tipo de cosas. Por razones de seguridad, me propongo utilizar una cobertura: un programa de entrenamiento ficticio creo que seria lo mejor.
    —¿Una cobertura? ¡Ah!, ya sé, un embuste. Sí, ya me había hablado usted de eso.
    —Es una precaución, nada más.
    —Haga lo que le parezca.
    —He pensado que usted preferiría que el Circus no estuviera al corriente. Usted mismo lo dijo: nada monolítico. Parto de esta base.

    El subsecretario volvió a mirar el reloj que había colgado encima de la puerta.

    —Está de pésimo humor; jornada mala en el Yemen. Creo que también un poco esas elecciones complementarias de Woodbridge: ¡le preocupan tanto los votos marginales! Pero dígame, ¿cómo se presenta ese asunto? Quiero decir que esto ha sido una prueba demasiado dolorosa para él: ¿qué debe creer? — Hizo una pausa—. Esos alemanes me aterrorizan… Me decía usted que había encontrado alguien que se encargaría del asunto.

    Se dirigieron hacia el pasillo.

    —Hemos encontrado su rastro. Vamos a ponernos en contacto con él. Lo habremos hecho esta noche.

    El subsecretario frunció muy levemente la nariz, la mano en el tirador de la puerta del ministro. Era hombre de iglesia y le horrorizaba lo que no fuese regular.

    —¿Qué cosa impulsa a un hombre a aceptar una misión como ésa? Usted no, quiero decir él.

    Leclerc movió en silencio la cabeza, con cierto aire de complicidad.

    —Dios lo sabe. Hay algo que ni siquiera nosotros podemos comprender.
    —¿Qué clase de hombre es? ¿De qué medio? En términos generales.
    —Inteligente. Autodidacta. De origen polaco.
    —¡Ah! Ya veo —pareció aliviado—. Presentemos esto sin violencias, ¿quiere usted? No haga usted una pintura demasiado negra de la situación. Detesta el drama. Comprenda que no es necesario ser demasiado tonto para no ver el peligro.

    Entraron.


    Haldane y Leiser se instalaron en una mesa del rincón tímidamente, como dos amantes al fondo de un café. Era uno de esos restaurantes que para darse importancia tienen unas cuantas botellas de chianti vacías y no muchas cosas más. El establecimiento desaparecería mañana, o pasado mañana, y prácticamente nadie se daría cuenta, pero mientras era nuevo y estaba lleno de esperanza no resultaba mal del todo. Leiser pidió un bistec —lo que parecía ser su costumbre— y se lo comió con aire un poco enfático, los codos apretados contra el cuerpo.

    Al principio Haldane pareció no pensar en el motivo de su visita. Habló torpemente de la guerra y del Departamento; operaciones que casi había olvidado hasta aquella tarde en que refrescó su memoria leyendo los expedientes. Habló —y no había duda de que era preferible— de todos los que habían sobrevivido.

    Aludió a los cursos que Leiser había seguido. ¿Se interesaba todavía por la radio? A decir verdad, no. ¿Y en la lucha? La verdad es que no había tenido ocasión.

    —Recuerdo que tuvo usted uno o dos malos momentos durante la guerra —dijo Haldane—. ¿No tuvo usted problemas en Holanda?

    Se encontraban en el terreno de la vanidad y de los buenos tiempos pasados.

    Leiser movió un poco rígidamente la cabeza.

    —Tuve algunos problemas —confesó—. Era muy joven entonces.
    —¿Qué sucedió exactamente?

    Leiser miró a Haldane como si se preguntara quién lo había despertado y luego comenzó a hablar. Era uno de esos relatos de guerra que se han contado con variaciones desde el principio del conflicto, tan lejos de ese pequeño y cuidado restaurante como el hambre o la pobreza, y menos creíble a pesar de sus precisiones. Hubiérase dicho que era un relato de segunda mano. Habría podido ser una obra que él había oído por radio. Había sido hecho prisionero, se había escapado, vivió varios días sin provisiones, mató, le ofrecieron un refugio y se repatrió clandestinamente a Inglaterra. Narraba bien. Quizás era eso lo que la guerra significaba para él ahora, tal vez fuera verdad, pero como una viuda latina cuando cuenta las circunstancias de la muerte de su marido, la pasión había abandonado su corazón para animar su relato. Parecía hablar porque se lo habían pedido. Sus maneras, contrariamente a las de Leclerc, concebíanse menos para impresionar a los demás que para protegerse a sí mismo. Parecía un hombre muy cerrado en sí mismo, cuya elocución era vacilante; un hombre que había vivido mucho tiempo solo y que no se había adaptado a la sociedad. Era equilibrado, pero no audaz. Su acento era bueno, pero claramente extranjero. Le faltaba esa mala articulación, ese sentido de la elisión que se les escapa incluso a los más dotados imitadores. Poseía una voz familiarizada con el medio, pero no con el hogar.

    Haldane le escuchaba cortés. Cuando hubo terminado le preguntó:

    —¿Cómo le escogieron en primer lugar, lo sabe usted?

    El espacio entre los dos era muy grande.

    —Nunca me lo dijeron —respondió con un tono neutro, como si aquella pregunta no hubiera debido hacerse.
    —Evidentemente, es usted el hombre que necesitamos. Tiene usted la cultura alemana, ya sabe lo que quiero decir. Los conoce usted, ¿verdad? ¿Tiene experiencia de los alemanes?
    —Solamente de la guerra —dijo Leiser.

    Hablaron de la escuela de entrenamiento.

    —¿Cómo le va al gordo? George no sé cuántos. Un buen hombre triste.
    —Oh… Está bien, gracias.
    —Se casó con una muchacha muy bonita. — Esbozó una risa obscena, mientras levantaba el antebrazo derecho en ese ademán con que los árabes simbolizan las hazañas sexuales—. ¡Menuda! — exclamó echándose a reír—. Para nosotros, los pequeños, cualquier cosa es buena.

    Era una salida muy extraordinaria y que parecía ser lo que Haldane esperaba. Observó largo rato a Leiser. Hubo un largo silencio. Haldane se levantó lentamente. Parecía haberse enfurecido de pronto, enfurecido contra la sonrisa estúpida de Leiser y contra todo ese flirt miserable y sin interés, contra esas blasfemias absurdas y esa sórdida manera de convertir en motivo de irrisión a una persona de calidad.

    —Le ruego que no hable usted de esta manera. George Smiley es amigo mío.

    Llamó al mozo y pagó la cuenta, y después salió rápidamente del restaurante, dejando a Leiser solo y desconcertado, sosteniendo delicadamente con la mano su vaso de «White Lady», con la mirada fija en la puerta por la cual Haldane había desaparecido de manera tan brutal.

    Decidió marcharse y cruzó la pasarela lentamente, en medio de la noche y la lluvia, contemplando la doble hilera de faroles entre los cuales discurría el río del tráfico. Al otro lado de la calle estaba su garaje, con la hilera de bombas iluminadas, la torre coronada con su corazón de neón en bombillas de sesenta watios, rojas y verdes alternadas. Entró en el despacho brillantemente iluminado, dijo algo al joven operario y subió despacio la escalera del piso, del que llegaban las notas de una música ruidosa.

    Haldane esperó a que hubiese desaparecido y luego se apresuró a volver al restaurante para pedir un taxi.


    Había puesto en marcha el tocadiscos, y escuchaba música de baile sentada en su butaca, a punto de beber un trago.

    —¡Por fin! — dijo—. Llegas tarde. Me estoy muriendo de hambre.

    Él la besó.

    —Has cenado —dijo ella—. Hueles a comida.
    —Apenas, Bett. Me he visto obligado. Vino un hombre a verme y hemos tomado unas copas.
    —Embustero.
    —Vamos, Betty —dijo él sonriendo—. ¿No recuerdas que cenamos juntos?
    —¿Qué hombre?

    El piso estaba muy cuidado. Cortinas y alfombras con flores, superficies pulidas protegidas con tapetes de ganchillo. Todo estaba protegido: los vasos, las lámparas, los ceniceros; todo cuidadosamente amparado, como si Leiser sólo esperase brutales colisiones de la Naturaleza. Sentía debilidad por lo antiguo y ese gusto se reflejaba en el torneado de los muebles y en los hierros de los apliques de la luz. Tenía un espejo enmarcado con un listón dorado y un cuadro con marco de alabastro. Y un reloj moderno de pesas que giraban en una urna de cristal.

    Cuando abrió el mueble bar, una caja de música dejó oír una tonada.

    Se preparó cuidadosamente un «White Lady», como un hombre que se dispone a tomar una medicina. Ella lo observaba moviendo las caderas al compás de la música, sujetando el vaso como si fuera su pareja, y la pareja no fuese Leiser.

    —¿Qué hombre? — repitió.

    Él estaba cerca de la ventana, tieso como un soldado. El corazón luminoso del tejado iluminaba las casas, los arcos del puente y llenaba de reflejos luminosos la superficie mojada de la avenida. Al otro lado de las casas se levantaba la iglesia, como un cine con campanario, toda de ladrillos con espadañas para las campanas. Detrás de la iglesia, el cielo. Algunas veces se decía que la iglesia era todo lo que quedaba y el cielo de Londres estaba iluminado por el resplandor de una ciudad incendiada.

    —Vaya, estás condenadamente contento esta noche.

    Las campanas de la iglesia funcionaban con un carillón muy ampliado para ahogar el ruido del tráfico. Leiser vendía mucha gasolina el domingo. La lluvia caía con fuerza sobre la calzada. La veía atenuar los haces de los faros en el asfalto.

    —Ven, Fred, vamos a bailar.
    —Un minuto, Bett.
    —¿Qué diablos te pasa? Toma otra copa y no pienses más.

    Él oía los pies de ella arrastrarse sobre la alfombra al ritmo de la música, y el infatigable tintineo de su brazalete.

    —Baila, ¡maldita sea!

    Ella hablaba un poco embrolladamente, deteniéndose en la última sílaba de una frase más tiempo del normal. Era el mismo desencanto calculado con el que ella se entregaba, con aire desamorado, como si diese dinero, como si los hombres experimentaran todo el placer y las mujeres el sufrimiento.

    Paró el tocadiscos levantando el brazo sin precaución, de manera que la aguja rayó el disco.

    —Bueno, ¿qué pasa?
    —Nada, te digo. Hoy he tenido mucho trabajo, eso es todo. Luego vino ese tipo. Lo conocí hace tiempo.
    —Te lo pregunto: ¿quién? Una mujer, ¿verdad? Un pendejo.
    —No, Betty. Era un hombre.

    Se acercó a la ventana y dio a Leiser un golpecito con el codo.

    —¿Qué tiene de maravilloso este panorama? Un montón de pequeñas casas repugnantes. Siempre me has dicho que te daban horror. Y bien, ¿qué?
    —Pertenece a una gran compañía.
    —¿Y quieren contratarte?
    —Sí… Quieren hacerme una oferta.
    —¡Dios mío…! ¿Quién puede querer nada de un polaco?
    —Ellos —dijo con un tic imperceptible.
    —Ya sabes que alguien fue al Banco a pedir informes sobre ti. Se reunieron en el despacho del señor Dawnay. Tienes problemas, ¿eh?

    Él descolgó el abrigo de la joven y le ayudó a ponérselo, muy correctamente, con los codos bien separados del cuerpo.

    —Espero que no iremos a ese nuevo restaurante —dijo ella.
    —Se está bien allí, ¿verdad? Creí que te gustaba. Además se puede bailar, y a ti te gusta. ¿Dónde quieres ir, entonces?
    —¿Contigo? A cualquier parte donde haya un poco de vida, simplemente.

    La miró mientras le abría la puerta. Bruscamente le sonrió.

    —Bueno, Bett. Ésta es tu velada. Pon el coche en marcha mientras encargo una mesa. — Le dio las llaves—. Conozco un lugar estupendo.
    —¿Qué diablos te ha dado ahora?
    —Te dejo conducir. Vamos a hacer una verdadera salida. Se dirigió al teléfono.


    Eran cerca de las once cuando Haldane regresó al Departamento. Leclerc y Avery lo aguardaban. Carol tecleaba en la máquina en el despacho contiguo.

    —Creí que llegaría usted más pronto —dijo Leclerc.
    —Eso no marcha. Me dijo que no quería. Creo que sería mejor que probaran ustedes mismos el siguiente. He perdido la buena mano.

    Dijo esto tranquilamente y después se sentó. Ellos le miraron con aire incrédulo.

    —¿Le propuso usted dinero? — preguntó por fin Leclerc—. Podemos llegar hasta las cinco mil libras.
    —Naturalmente que le ofrecí dinero. Ya les dije que eso no le interesa, esto es todo. Es un hombre muy desagradable.
    —Lo siento —dijo sin concretar por qué.

    Se oía el tecleo regular de Carol. Leclerc dijo:

    —Entonces, ¿qué hacemos?
    —No tengo la menor idea. — Echó una ojeada a su reloj—. Supongo que debe de haber otros. Seguramente debe de haber otros.
    —No en nuestro fichero. No tan calificados. Están los belgas, los suecos y los franceses. Pero Leiser es el único que sabe alemán y posee la experiencia técnica. Sobre el papel, no hay otro.
    —Todavía es muy joven. ¿No es esto lo que usted quería decir?
    —Creo que convendría que fuese uno de edad. Nosotros no tenemos tiempo ni medios para formar a uno. Será mejor que lo pidamos al Circus. Nos sacarán de apuros.
    —No podemos hacer eso —dijo Avery.
    —¿Qué clase de hombre es ése? — preguntó Leclerc, que se negaba a perder la esperanza.
    —Muy ordinario, tipo eslavo. Bajo. Representa el Rittmeister. Muy desagradable. — Buscaba la minuta en el bolsillo—. Se viste como un corredor de apuestas. Pero esto deben de hacerlo todos. ¿Le doy esto a usted o a Contabilidad?
    —¿Seguro?
    —Me lo ha parecido.
    —¿Y le dijo usted que era urgente? ¿Le explicó que los aliados de otros tiempos no son los de hoy?
    —Prefiere los amigos de otros tiempos.

    Dejó la minuta sobre la mesa.

    —Y en cuanto al aspecto político… Algunos de esos exiliados son…
    —Hemos hablado de política. Él no es de ese tipo de exiliados. Se considera integrado, se ha naturalizado inglés. ¿Qué espera usted de él? ¿Que jure fidelidad a la casa real de Polonia?

    De nuevo miró su reloj.

    —No ha tenido usted nunca la intención de reclutarlo —exclamó Leclerc desesperado por la indiferencia de Haldane—. Está usted contento. Adrian. Lo veo en su cara. ¡Dios mío! ¿Y el Departamento? ¿No significa nada para usted? Ya no cree usted, se cisca en todo.
    —¿Quién de nosotros cree realmente? — preguntó Haldane con desprecio—. Usted mismo lo ha dicho: hacemos simplemente nuestro trabajo.
    —Yo creo —declaró Avery.

    Haldane iba a responder cuando comenzó a sonar el teléfono verde.

    —Debe de ser el Ministerio —dijo Leclerc—. ¿Qué les digo? — preguntó a Haldane, que lo estaba mirando. Descolgó el auricular, se lo llevó al oído y se lo pasó a Haldane—. Es la centralita. Me pregunto por qué diablos llaman por el verde. Preguntan por el capitán Hawkins. Es usted, ¿verdad?

    Haldane escuchó, impasible su rostro enjuto. Por último dijo:

    —Sí, eso creo. Encontraremos a alguien. Esto no creará problemas. Mañana a las once. Tenga la bondad de ser puntual. — Colgó. La luz del despacho de Leclerc parecía retirarse hacia las cortinas de la ventana. Afuera la lluvia caía sin cesar—. Era Leiser. Ha decidido aceptar. Quiere saber si le buscaremos a alguien que se ocupe de su garaje durante su ausencia.

    Leclerc lo miró estupefacto. Una cómica expresión de placer se dibujaba en su rostro.

    —Usted lo esperaba —exclamó. Le tendió su pequeña mano—. Discúlpeme, Adrian. Le he juzgado mal. Le felicito.
    —¿Por qué ha aceptado? — preguntó Avery excitado—. ¿Qué cosa le ha hecho cambiar de opinión?
    —¿Por qué los agentes hacen siempre algo? ¿Qué nos impulsa? — dijo Haldane volviendo a sentarse. Parecía viejo, pero intacto, como un hombre cuyos amigos han muerto—. ¿Por qué aceptan o rechazan, por qué mienten o dicen la verdad? ¿Por qué? — Comenzó a toser—. Posiblemente no tiene bastante trabajo. Están los alemanes. Y los detesta. Es lo que me ha dicho. No cuento con eso. Ha dicho también que no podía dejamos caer. En realidad, supongo que también se incluye él. — Se volvió a Leclerc y añadió—: Le dije: como en los tiempos de guerra. Es verdad, ¿no es eso?

    Pero Leclerc estaba llamando ya al Ministerio.

    Avery pasó al despacho de Carol y la encontró de pie.

    —¿Qué ocurre? — preguntó ella en seguida—. ¿A qué viene toda esa excitación?
    —Es Leiser. — Avery cerró la puerta tras él—. Ha aceptado.

    Abrió los brazos para abrazarla. Era la primera vez.

    —¿Por qué?
    —Por odio a los alemanes, dijo. A mi entender es por dinero.
    —¿Y es buena cosa?
    —Desde el momento que le pagamos más que los otros… —dijo Avery con una sonrisa.
    —¿No debería usted volver al lado de su mujer? — dijo ella bruscamente—. No creo que sea necesario que usted duerma aquí.
    —Estamos de operaciones.

    Avery regresó a su despacho. Ella no le dio las buenas noches.

    Leiser colgó el teléfono. De pronto se había quedado silencioso. Las luces del techo se apagaron, dejando la habitación a oscuras. Bajó rápidamente la escalera. Fruncía el ceño como si toda su energía mental se concentrara en la perspectiva de una segunda cena.


    XI


    Eligieron Oxford como habían hecho durante la guerra. La diversidad de nacionalidad y ocupaciones, las idas y venidas constantes de universitarios de visita y el anonimato que resultaba de ello, la proximidad del campo, todo convenía perfectamente a sus necesidades. Por la mañana del día que siguió al de la llamada telefónica de Leiser, Avery partió como explorador para encontrar una casa. Veinticuatro horas más tarde telefoneaba a Leclerc para anunciarle que había alquilado por un mes, al norte de la ciudad, una vasta construcción victoriana con cuatro dormitorios y jardines. Era muy cara. En el Departamento la llamaron la casa Mayfly y fue incluida en el apartado de gastos de desplazamiento.

    En cuanto Haldane tuvo de ello conocimiento, previno a Leiser. Por consejo de éste se convino que él diría que seguía un curso en los Midlands.

    —No dé detalles —le había dicho Haldane—. Hágase enviar su correspondencia a la lista de Correos, en Coventry. Nosotros se la recogeremos allí.

    Leiser estuvo encantado cuando supo que iba a ir a Oxford.

    Leclerc y Woodford habían buscado desesperadamente alguien para que se ocupara del garaje en ausencia de Leiser. Pensaron de pronto en MacCulloch. Leiser le dio un poder y pasó una corta mañana poniéndole al corriente de sus asuntos.

    —Nosotros le daremos a cambio una especie de garantía —dijo Haldane.
    —No la necesito —respondió Leiser gravemente, añadiendo—: Trabajo para caballeros.

    Cuando Leiser telefoneó para aceptar lo que se le pedía era viernes por la noche. El miércoles los preparativos habían avanzado lo suficiente para que Leclerc convocara una reunión de la Sección Especial para exponer sus proyectos. Avery y Haldane debían acompañar a Leiser a Oxford. Partirían los dos al día siguiente por la tarde, fecha en la que suponían que Haldane habría terminado el resumen de su programa. Leiser llegaría a Oxford uno o dos días más tarde, en cuanto hubiese dejado listos sus asuntos. Haldane habría de vigilar su entrenamiento, y Avery sería el ayudante de Haldane, Woodford se quedaría en Londres. Tendría sobre todo la tarea de consultar al Ministerio —y Sandford se encargaría de la Investigación— a fin de reunir la documentación sobre las características exteriores de los cohetes de alcance corto y medio. Cuando hubiese reunido todos esos datos partiría a su vez para Oxford.

    Leclerc se había mostrado infatigable. Acudía tanto al Ministerio para dar su informe sobre los progresos de la operación como al Tesoro para discutir el caso de la viuda de Taylor, como, con la ayuda de Woodford, buscar antiguos instructores de radio, fotografía y lucha.

    El tiempo que le quedaba, Leclerc lo dedicaba a Mayfly Cero: el momento en que Leiser había de ser infiltrado en Alemania Oriental. Al principio le pareció no tener ideas precisas sobre la manera como debía proceder. Hablaba vagamente de una operación marítima a partir de Dinamarca; una pequeña barca de pesca y un bote de caucho para evitar que el radar lo localizara. Examinó con Sandford los problemas del cruce clandestino de la frontera y telegrafió a Gorton para lograr informaciones sobre la región fronteriza de los alrededores de Lübeck. Incluso consultó con el Circus en términos muy vagos. Control resultó ser un colaborador extraordinario.

    Todo esto tuvo efecto en esa atmósfera de intensa actividad y optimismo que Avery había observado a su regreso. Incluso aquellos que debían ser mantenidos en la ignorancia de la operación habían sido ganados por esa atmósfera de crisis. El pequeño grupo que se reunía cada día a almorzar en torno a una mesa de un rincón del café «Cadenas» hervía de rumores e hipótesis. Decíase, por ejemplo, que un tal Johnson, instructor de radio, había sido reclutado por el Departamento. Contabilidad le había pagado y, lo que resultaba realmente sorprendente, le había pedido que hiciera un proyecto de contrato de tres meses para someterlo al Tesoro. ¿Quién, decían ellos, había oído hablar jamás de un contrato de tres meses? Johnson se había ocupado del paracaidismo en Francia durante la guerra; una muchacha que estaba entonces en el Departamento lo recordaba muy bien. Berry, el empleado de la Cifra, había preguntado al señor Woodford lo que Johnson debía hacer (Berry sería siempre un desvergonzado). El señor Woodford le respondió riendo que se ocupara de sus cosas, pero que se trataba de una operación, una operación extremadamente secreta que se montaba en Europa… En Europa del norte, y acaso le interesaría saber a Berry que el pobre Taylor no había muerto inútilmente.

    Había ahora incesantes idas y venidas de coches y mensajeros del Ministerio en la avenida. Pine hizo una solicitud y otro servicio gubernamental le envió un ayudante más joven, a quien trató con una soberana brutalidad. Por Dios sabe qué caminos se había enterado de que el objetivo era Alemania y esta noticia lo hacía diligente.

    Hasta entre los comerciantes del barrio se decía que la casa del Ministerio iba a cambiar de propietario. Citábanse compradores particulares y se ponían grandes esperanzas en la futura clientela. Se enviaban comidas a todas horas, las luces ardían día y noche, la puerta de delante, hasta entonces condenada por razones de seguridad, estaba abierta, y la figura de Leclerc, con sombrero hongo y cartera bajo el brazo entrando en su «Humber» negro, se convirtió en un espectáculo muy habitual en Blackfriars Road.

    Y Avery, como un herido que se niega a curar sus úlceras, dormía en su pequeño despacho, cuyas paredes acabaron por convertirse en los límites de su existencia. Envió una vez a Carol a comprar un regalo para Anthony. Ella volvió con un camión miniatura cargado de botellas de plástico. Se podían levantar las tapas y llenar de agua las botellas. Lo probaron una tarde y lo mandaron por el «Humber».


    Cuando todo estuvo dispuesto Haldane y Avery partieron en primera clase para Oxford, llevando una orden de misión dada por el Ministerio. Comieron en el tren, en una mesa que tenían para los dos solos. Haldane encargó media botella de vino y la bebió mientras terminaba los crucigramas del Times. Permanecieron un rato sentados en silencio, Haldane sumido en su problema, y Avery demasiado poco seguro de sí mismo para interrumpirle. Avery se fijó de pronto en la corbata de Haldane y sin pararse a reflexionar exclamó:

    —Vaya, no sabía que le interesase el críquet.
    —¿Esperaba usted que se lo dijera? — respondió Haldane—. Difícilmente podía llevarla en la oficina.
    —Perdóneme.

    Haldane lo miró con atención.

    —No debiera usted disculparse tanto —observó—. Ustedes dos tienen siempre esta tendencia.

    Se sirvió café y pidió coñac. Los camareros sólo estaban pendientes de Haldane.

    —¿Los dos?
    —Usted y Leiser. Él lo hace implícitamente.
    —Todo será diferente con Leiser, ¿verdad? — se apresuró a decir Avery—. Leiser es un profesional.
    —Leiser no es de los nuestros. No cometa nunca este error. Estuvimos en contacto con él hace mucho tiempo, eso es todo.
    —¿Cómo es? ¿Qué clase de hombre es?
    —Es un agente. Un hombre para ser utilizado, no conocido.

    Volvió a sus palabras cruzadas.

    —Tiene que ser leal —dijo Avery—. Si no, ¿por qué aceptaría?
    —Usted ya oyó lo que dijo el director: los segundos votos. A veces los primeros se toman de manera frívola.
    —¿Y los segundos?
    —¡Ah!, es diferente. Estamos aquí para ayudar a que los haga.
    —¿Pero por qué aceptó la primera vez?
    —Desconfío de los motivos. Desconfío de las palabras como lealtad. Y sobre todo —declaró Haldane— desconfío de los móviles. Enviamos un agente, y esto es todo. Usted lee el alemán, ¿verdad? Al principio esto era la hazaña.

    Poco antes de la llegada, Avery arriesgó una nueva pregunta.

    —¿Por qué el pasaporte había caducado?

    Cuando le dirigían la palabra, Haldane tenía cierta manera de inclinar la cabeza.

    —El Foreign Office tenía la costumbre de conceder una serie de números de pasaportes al Departamento por razones operacionales. El convenio se renovaba de año en año. Pero hace seis meses el Foreign Office dijo que no nos los entregaría sin consultar con el Circus. Parece ser que Leclerc no había utilizado suficientemente esta posibilidad, y Control hizo que se la suprimieran. El pasaporte de Taylor pertenecía a una serie antigua. Lo anularon tres días antes de su partida. No hubo tiempo de hacer nada. Nunca se hubiese dado cuenta nadie. El Circus procedió de la manera más tortuosa. — Hubo una pausa—. A decir verdad no comprendo bien a dónde quiere llegar Control.

    Tomaron un taxi hasta North Oxford y se apearon en la esquina de su calle. Mientras caminaban, Avery contemplaba las casas en la penumbra, descubriendo siluetas de cabellos grises que pasaban tras las ventanas iluminadas, butacas tapizadas de terciopelo y adornadas con encajes, biombos chinos, atriles para música y cuatro jugadores de bridge sentados como cortesanos encantados en un castillo. Era un mundo que había conocido antes, y por un momento se imaginó que pertenecía a él. Pero hacía ya mucho tiempo de esto.

    Pasaron la velada preparando la casa. Haldane declaró que Leiser debería tener la habitación del fondo, que daba al jardín, y ellos tomarían la que daba a la calle. Previamente había hecho enviar libros, una máquina de escribir e imponentes clasificadores. Desembaló todo esto y lo dispuso sobre la mesa del comedor en beneficio de la asistenta del propietario que acudiría todos los días.

    —A esta habitación la llamaremos gabinete de trabajo —dijo.

    En el salón instaló un magnetófono.

    Había varias cintas magnetofónicas que encerró en un armario, y añadió minuciosamente la llave a su llavero. Otros bultos aguardaban todavía en el vestíbulo: un proyector proporcionado por la Air Force, una pantalla y una maleta de tela verde cuidadosamente cerrada, con las esquinas de cuero.

    La casa era espaciosa y estaba bien conservada; los muebles eran de caoba con metalistería de cobre. Las paredes estaban llenas de retratos de una familia desconocida: esbozos en sepia, miniaturas, fotografías descoloridas por los años. Había pétalos de flores en un jarro sobre la alacena y una rama clavada en la pared. Había arañas en el techo, sin gracia, pero inofensivas. En un rincón, una mesa redonda; en otro, un amorcillo muy feo con la cara vuelta hacia la sombra. Toda la casa tenía un aire suavemente vetusto. Poseía, como el incienso, la cualidad de trascender una cortés pero inconsolable tristeza.

    Hacia medianoche terminaron de desembalar. Se sentaron en el salón. La repisa de la chimenea estaba sostenida por dos negros de ébano. La llama de la lámpara de gas jugaba con las cadenas de rosas doradas que ataban sus pesados tobillos. La chimenea era antigua, quizá del siglo xvii, tal vez del xix, en la que los negros habían sustituido brevemente a los lebreles como animales de sociedad decorativos. Estaban desnudos, como podría estarlo un perro, y encadenados con rosas de oro. Avery se sirvió un whisky y fue a acostarse, dejando a Haldane sumido en sus pensamientos.

    Su habitación era vasta y sombría. Encima del lecho había una pantalla de porcelana azul, había tapetes de encaje en las mesillas y un pequeño esmalte en el que se leía: «Dios bendiga esta casa.» Cerca de la ventana un cuadro representaba a un niño leyendo sus oraciones mientras su hermana se desayunaba en la cama.

    Permaneció despierto preguntándose cómo sería Leiser, y era como si esperase a una muchacha. Al otro lado del pasillo oía la tos solitaria de Haldane, incesante, como una máquina. No había cesado aún cuando Avery se durmió.


    Leclerc consideró que el club de Smiley era un lugar muy extraño; no había en él nada de lo que hubiera podido esperarse. Dos habitaciones en un semisótano y una docena de personas cenando en pequeñas mesitas instaladas ante una gran chimenea. Algunas caras le fueron vagamente familiares. Sin duda se trataba de gente del Circus.

    —No está mal esto. ¿Cómo se inscribe uno?
    —No se puede —dijo Smiley con tono de excusa. Enrojeció y añadió—: Quiero decir que no admiten nuevos socios. Es exactamente una generación… Algunos no volvieron de la guerra, ¿sabe usted?; otros murieron y otros se fueron al extranjero. ¿Qué quería usted decirme?
    —Fue usted muy bueno echándole una mano al joven Avery.
    —Sí… Sí, claro. En realidad, ¿cómo fue eso? Nunca tuve noticia.
    —Era una simple misión de entrenamiento. En resumen, no había película.
    —Lo lamento —se apresuró a decir Smiley, adoptando un tono de circunstancias, como si alguien hubiera muerto y él no se hubiese enterado.
    —En realidad no esperábamos que la hubiera. Fue una simple precaución. ¿Qué le dijo Avery exactamente? Era una preparación para uno o dos de los viejos… y algunos nuevos también. Es bueno hacerlo en invierno —explicó Leclerc—. Por Navidad, como usted sabe, la gente está de vacaciones.
    —Lo sé.

    Leclerc advirtió que el burdeos era excelente. Lamentaba no pertenecer a un club pequeño. El suyo había bajado mucho. Tenían problemas con el personal.

    —Sin duda sabrá usted —añadió Leclerc con tono muy oficial— que Control me ha ofrecido ayuda incondicional para estas sesiones de entrenamiento.
    —Sí, sí, evidentemente.
    —Mi ministro insistió mucho. Le gustó la idea de un puñado de agentes bien entrenados. Cuando se comenzó a discutir este proyecto, yo mismo fui a ver a Control. Luego Control fue a verme. Sin duda ya lo sabe usted.
    —Sí, Control se preguntaba…
    —Nos ha ayudado mucho. No crea usted que no le estoy agradecido. Se convenció (creo que será mejor que le dé una impresión de conjunto, su oficina se lo confirmará) de que para que este entrenamiento sea realmente eficaz debemos crear algo que se parezca lo más posible a un ambiente operacional. Lo que llamamos las condiciones de combate. — Sonrió indulgente—. Hemos elegido una región de Alemania Oriental. Es un campo siniestro que ellos no conocen, el lugar ideal para ejercicio de paso de la frontera y cosas de este tipo. Si es necesario, podemos pedir la ayuda del Ejército.
    —En efecto. Excelente idea.
    —Por elementales razones de seguridad estamos de acuerdo en que su despacho sólo sea puesto al corriente de los aspectos de este ejercicio para los cuales usted ha tenido la bondad de prestarnos ayuda.
    —Control me lo ha dicho —respondió Smiley—. Quiero hacer todo lo que pueda. Él no sabía que usted desempeñaba todavía este tipo de actividad. Se mostró encantado.
    —Tanto mejor —repuso lacónicamente Leclerc. Adelantó un poco los codos sobre la bien barnizada mesa—. He pensado que podría pedirle a usted sus recursos confidenciales. Oficiosamente, claro está. Un poco como ustedes, en otro tiempo, recurrieron a Adrian Haldane.
    —Naturalmente.
    —En primer lugar, documentos falsos. He examinado nuestra lista de falsificadores. Veo que Hyde y Fellowby se han pasado al Circus hace algunos años.
    —Sí. Se debió al cambio de orientación de las actividades de usted.
    —Redacté la descripción de un hombre a quien empleamos, que se suponía debía de residir en Magdeburgo y que necesitábamos para nuestro propósito. Es uno de los hombres que participarían en el entrenamiento. ¿Cree usted que podrían preparar papeles, carnets de identidad, del partido y demás? En fin, todo lo necesario.
    —Sería conveniente que ese hombre los firmara —dijo Smiley—. Aplicaríamos entonces el tampón sobre su firma. También necesitaríamos fotografías. Convendría, además, explicarle la manera de utilizar esos documentos. ¿No podría hacer Hyde esto con su agente?

    Leclerc vaciló un instante.

    —Naturalmente. Elegí un nombre falso. Se parece al suyo. Es una técnica que no nos parece mala.
    —Quizá no sea inútil del todo precisar —dijo Smiley frunciendo el ceño con una expresión un poco cómica—, puesto que se trata de un ejercicio tan elaborado, que los papeles no tengan sino un valor muy limitado. Quiero decir que una llamada telefónica a la municipalidad de Magdeburgo basta para que los mejores papeles del mundo no valgan nada.
    —Creo que lo sabemos. Si queremos enseñarles a asumir una falsa identidad, hay que someterlos a un interrogatorio… Ya lo ve usted.

    Smiley bebió un trago de burdeos.

    —Quisiera simplemente precisarle a usted este punto. Es tan fácil dejarse sugestionar por la técnica. No quisiera insinuarle… ¿Cómo funciona Haldane? Hizo estudios de letras, ¿sabe usted? Los hicimos juntos.
    —Adrian va bien.
    —Me gusta su Avery —dijo Smiley, cortésmente. Una mueca contrajo su pequeña cara hinchada—. ¿Se da usted cuenta —dijo gravemente— que el período barroco no figura en el curso de alemán? Consideran que es un tema especial.
    —Además está la cuestión de la emisora clandestina de radio. Apenas utilizamos ese tipo de aparatos después de la guerra. Parece que todo esto se ha complicado mucho más, con eso de la transmisión a velocidad acelerada, etcétera. Tenemos que vivir nuestra época.
    —Sí. Sí, creo que el mensaje es registrado en un magnetófono en miniatura y retransmitido en unos segundos. — Lanzó un suspiro—. Pero nadie nos ha dicho gran cosa de eso. Los técnicos ocultan celosamente su juego.
    —Es un método que se puede inculcar fácilmente a nuestros hombres… ¿Ponemos un mes?
    —¿Y utilizarlo en las condiciones operacionales? — preguntó Smiley asombrado—. ¿Inmediatamente después de un mes de entrenamiento?
    —Usted sabe que algunos poseen formación técnica. Gente que sabe de qué va la radio.

    Smiley observaba a Leclerc con incredulidad.

    —Discúlpeme. ¿Acaso él, o ellos —preguntó—, tendrían otras cosas que aprender durante el mes?
    —Para algunos se trata de un curso de repaso.
    —¡Ya!
    —¿Qué quiere usted decir?
    —Nada, nada —dijo Smiley con tono vago, y añadió—: No creo que nuestros técnicos estén muy dispuestos a separarse de esa clase de material, salvo…
    —¿Salvo para sus propias operaciones de entrenamiento?
    —Sí —dijo Smiley ruborizándose—. Sí, es lo que quería decir. Son muy difíciles, ¿sabe usted? Un poco celosos.

    Leclerc se calló, y golpeó ligeramente con el pie de su copa de vino la pulida superficie de la mesa. Sonrió de pronto y dijo como si acabara de apartar de sí sus melancólicos pensamientos:

    —Bueno. Nos contentaremos con una emisora convencional. ¿Acaso los métodos de descubrimiento de situación han mejorado también después de la guerra? ¿Interceptación, localización de una emisora clandestina?
    —Sí, mucho.
    —Habrá que tenerlo en cuenta. ¿Durante cuánto tiempo puede transmitir un hombre antes de que se le localice?
    —Tal vez dos o tres minutos. Depende. A menudo es cuestión de suerte. Depende de que estén a la escucha en ese momento. No se le puede pescar sino mientras transmita. La cuestión de frecuencia es también muy importante. Según me han dicho.
    —Durante la guerra —dijo Leclerc pensativo— dábamos varios cuarzos al agente. Cada uno vibraba según una frecuencia determinada. De vez en cuando cambiaba de cristal. Era, por lo general, un método bastante seguro. Podríamos aplicarlo de nuevo.
    —Sí, en efecto. Recuerdo eso. Pero tiene el inconveniente de tener que reajustar la regulación del aparato… A veces cambiar de bobina… Adaptar la antena.
    —Si un hombre está acostumbrado a una emisora antigua… ¿No me dirá usted que las interceptaciones son hoy mayores que lo fueron durante la guerra? Según dice usted, ¿se puede disponer de dos o tres minutos?
    —O menos —dijo Smiley observándolo—. Depende de muchas cosas… Suerte, condiciones de recepción, importancia del tráfico radio, densidad de la población…
    —Si cambiase de frecuencia cada dos minutos y medio de emisión, ¿sería suficiente?
    —Esto tiene el riesgo de ser lento. — Su cara triste y enfermiza estaba surcada por pliegues de preocupación—. ¿Está usted absolutamente seguro de que sólo se trata de un entrenamiento?
    —Por lo que yo recuerdo —insistió Leclerc, que seguía su idea—, esos cuarzos tienen el volumen de una pequeña caja de cerillas. Podríamos darles varios. Contamos con pocas emisiones. Tal vez tres o cuatro. ¿Le parece mala mi sugestión?
    —No es cosa de mi competencia.
    —¿Qué otra solución propone usted? Le pregunté a Control y me, dijo que me dirigiera a usted. Añadió que usted me ayudaría, que me encontraría el material. ¿Qué otra cosa puedo hacer? ¿Puedo hablar con los técnicos?
    —Lo siento. Control estaba efectivamente de acuerdo con lo que se refiere al aspecto técnico, para que le prestemos toda la ayuda posible, pero sin comprometer nuestro nuevo material. Quiero decir sin arriesgar comprometerlo. Después de todo no se trata sino de entrenamiento. Consideró que si usted no disponía de todos los recursos técnicos, debería…
    —¿Renunciar a ello?
    —No, no —protestó Smiley.

    Pero Leclerc le interrumpió.

    —Esas personas acabarían por ser utilizadas como objetivos militares —dijo furioso—. Puramente militares. Control acepta esto.
    —¡Oh, completamente! — Parecía haber renunciado—. Y si usted quiere una emisora convencional, podemos, efectivamente, encontrarle una.

    El camarero acudió con una botella de oporto. Leclerc miró a Smiley cómo servía un poco en su copa y luego empujar suavemente la botella a través de la mesa:

    —Es excelente, pero temo que no signifique poco menos que el fin. Cuando hayamos terminado ésta tendremos que beber de las más jóvenes. Veré a Control mañana por la mañana. Estoy seguro de que no formulará ninguna objeción. Me refiero a propósito de los papeles. Y de los cristales. Podríamos aconsejarle sobre las frecuencias, estoy seguro. Control ha insistido sobre eso.
    —Control ha sido muy amable —confesó Leclerc. Estaba un poco bebido—. Esto me sorprende a veces.


    XII


    Dos días más tarde Leiser llegó a Oxford. Le esperaban con impaciencia en el andén, Haldane escrutando los rostros en la multitud. Cosa extraña, fue Avery quien lo vio primero: una silueta inmóvil con abrigo de pelo de camello, en la ventanilla de un compartimiento vacío.

    —¿Es ése? — preguntó Avery.
    —Viaja en primera. Habrá pagado la diferencia. Haldane dijo esto como si se tratara de una humillación.

    Leiser bajó la ventanilla y tendió dos maletas de piel de cerdo concebidas para coche, un poco demasiado anaranjadas para ser de auténtica piel de cerdo. Se saludaron rápidamente y cambiaron un apretón de manos a la vista de todos. Avery quiso llevarle las maletas hasta el taxi, pero Leiser prefirió llevarlas él mismo, una maleta en cada mano, como era su obligación. Caminaba un poco delante de ellos, con los hombros bien erguidos, contemplando a la gente a medida que pasaba, algo aturdido entre aquella multitud. A cada paso se agitaban sus largos cabellos.

    Avery, observándolo, se sintió un poco turbado.

    Era un hombre, no una sombra. Un hombre de cuerpo vigoroso cuyos movimientos tenían una finalidad, pero eran éstos los que lo definían. Parecía a punto de ir a donde fuera. Le habían enrolado, y tenía ya las maneras bruscas y nerviosas de un hombre que pertenece al Ejército. No obstante, Avery tenía que admitir que ningún elemento considerado separadamente bastaba para explicar el enrolamiento de Leiser. No pertenecía al Departamento desde hacía mucho tiempo, pero conocía ya el fenómeno de la motivación orgánica, de las operaciones que carecían de génesis y de conclusión perceptibles, que formaban parte de una continuidad sin fin de actividades hasta el momento en que dejaban de tener ninguna identidad. Pero, al observar a aquel hombre que caminaba cerca de él, con paso vivo y alerta, convino en que, hasta entonces, habían cortejado ideas de manera incestuosa entre ellos. Ahora tenían en sus manos a un ser humano, y era aquel hombre.

    Subieron al taxi. Leiser el último porque insistió en ello. Era en plena tarde y se veía un cielo de pizarra tras los plátanos. Desde las chimeneas de North Oxford el humo ascendía en densas columnas, como la prueba de un virtuoso sacrificio. Las casas eran de una modesta nobleza; románticos cascarones arreglados cada uno según una leyenda diferente. Aquí torrecillas de Avalon, allí el enrejado esculpido de una pagoda, entre ellos los árboles en espaldera y el tendedero disimulado a medias, cuyas prendas colgadas parecían mariposas fuera de la estación. Las casas hallábanse situadas convenientemente en medio de su jardín; cortinas corridas, primero de tul y luego de brocado, como enaguas y faldas. Hubiérase creído una acuarela mala; los objetos oscuros muy marcados, el cielo gris y manchado en el crepúsculo, la pintura demasiado trabajada.

    Dejaron el taxi en una esquina de la calle. El olor del humus flotaba en el aire. Si había niños, no se les oía. Los tres hombres se acercaron hasta la verja. Leiser, mirando la casa, dejó en el suelo las maletas.

    —Está bien —dijo con tono satisfecho. Se volvió a Avery—. ¿Quién ha elegido la casa?
    —Yo.
    —Está bien —dijo él dándole un golpecito en el hombro—. Ha hecho usted un buen trabajo.

    Avery, encantado, sonrió y abrió la puerta. Leiser dejó pasar delante a los demás. Lo condujeron al primer piso y le mostraron su habitación. Seguía llevando sus maletas.

    —Las abriré más tarde —dijo—. Me gusta hacer esto como es debido.

    Visitó la casa examinándola con ojo crítico, tomando aquí y allá una porcelana para examinarla. Hubiérase creído que venía a hacer una oferta de compra de la propiedad.

    —Es agradable —comentó al fin—. Me gusta.
    —Tanto mejor —dijo Haldane, con aire de burlarse.

    Avery lo acompañó a la habitación con la intención de ayudarle.

    —¿Cómo se llama usted? — preguntó Leiser.

    Se encontraba más o gusto con Avery, más vulgar.

    —John.

    Cambiaron un nuevo apretón de manos.

    —Muy bien, John. ¿Cómo está usted? Encantado de conocerle. ¿Qué edad tiene usted?
    —Treinta y cuatro años —dijo mintiendo.
    —¡Dios mío! Me gustaría tenerlos. Usted ya ha hecho esta clase de cosas, ¿no es verdad?
    —Terminé una misión la semana pasada.
    —¿Qué tal le fue?
    —Bien.
    —Perfecto. ¿Dónde está su habitación?

    Avery se la mostró.

    —Dígame, ¿cómo se funciona aquí?
    —¿Qué quiere usted decir?
    —Que quién manda.
    —El capitán Hawkins.
    —¿Nadie más?
    —No. Yo estaré aquí.
    —¿Todo el tiempo?
    —Sí.

    Comenzó a deshacer sus maletas. Avery lo observaba. En la parte interior de la tapa había cepillos con el dorso de cuero, loción capilar, toda una serie de frasquitos de cosas para hombre, una máquina de afeitar eléctrica último modelo y corbatas, unas escocesas, otras de seda, adecuadas a sus costosas camisas. Avery descendió. Haldane le esperaba. Sonrió al verle.

    —¿Y bien?

    Avery se encogió de hombros con un ademán un poco forzado. Sentíase exaltado, pero incómodo.

    —Y usted —preguntó—, ¿qué piensa de él?
    —Apenas le conozco —dijo Haldane secamente. Tenía el arte de cortar en seco las conversaciones—. Quiero que usted esté siempre con él. Marche con él, tire con él y beba con él si es preciso. No debe estar solo.
    —¿Y su permiso?
    —Ya veremos. Mientras tanto haga lo que le digo. Verá usted que él se sentirá encantado de su compañía. Es un hombre muy solo. Y no olvide que es inglés: inglés hasta la médula. Algo más, que es muy importante: no le permita creer que hemos cambiado después de la guerra. El Departamento es exactamente tal como era. Es una ilusión que debe mantenerle.


    Comenzaron al día siguiente por la mañana. Terminado el desayuno, se reunieron en el salón y Haldane tomó la palabra.

    El entrenamiento se dividiría en dos períodos de quince días cada uno, con un breve descanso entre los dos. El primero sería un curso de repaso; en el segundo los viejos talentos recobrados deberían adaptarse a la tarea que había que hacer. Hasta el segundo periodo Leiser no conocería su nombre operacional, su falsa identidad y el carácter de su misión. Hasta entonces no se le revelaría ni la región donde se encontraba el objetivo ni los medios por los que penetraría en ella.

    Por lo que se refiere a las transmisiones, como en todos los demás aspectos de su entrenamiento, pasaría de lo general a lo particular. En el primer período se familiarizaría una vez más con la técnica de la cifra, los horarios y las modalidades de emisión. En el segundo, pasaría mucho tiempo emitiendo realmente en condiciones semioperacionales. El instructor llegaría durante aquella misma semana.

    Haldane explicó todo esto con una afectación de pedagogo, mientras Leiser escuchaba atentamente, moviendo de vez en cuando la cabeza con aire aprobador. A Avery le parecía raro que Haldane se esforzara tan poco en disimular su disgusto.

    —Durante el primer período, veremos lo que recuerda usted. Le prevengo que le haremos correr. Queremos que usted esté en forma. Se le entrenará en el manejo de armas ligeras, en la lucha libre, en ejercicios mentales y en los trucos del oficio. Intentaremos hacerle pasear por la tarde.
    —¿Con quién? ¿Irá John?
    —Sí, John le llevará. Deberá usted considerarlo como su consejero en todos los problemas de menor cuantía. Si hay algo que usted quiera discutir, si ha de quejarse de algo o si se siente inquieto, cuento con que nos lo diga a uno de nosotros.
    —Entendido.
    —Además, en términos generales, debo pedirle que no salga solo. Prefiero que John le acompañe si quiere usted ir al cine, comprar algo o entregarse a cualquier otra actividad que su horario le permita. Pero temo que no tenga usted apenas ocasión de divertirse.
    —No confío en ello —dijo Leiser—, ni lo necesito.

    Parecía querer decir que le tenía sin cuidado.

    —Cuando venga el instructor de radio no conocerá su apellido. Es una precaución habitual: respétela, por favor. La asistenta cree que tomamos parte en una reunión académica. No puedo imaginar siquiera que usted tenga ocasión de hablarle, pero si esto sucediera, recuerde lo que le he dicho. Si desea tener noticias de su asunto, le ruego que me consulte primero. No debe usted telefonear sin mi consentimiento. Habrá otros visitantes: fotógrafos, médicos, técnicos. Son los que podríamos llamar auxiliares y no están enterados de nada. La mayor parte cree que usted está aquí en el cuadro de un programa de entrenamiento más vasto. Recuérdelo.
    —Está bien —dijo Leiser.

    Haldane consultó su reloj.

    —Nuestra primera cita será a las diez. Vendrá a buscarnos un coche a la esquina de la calle. El chófer no es de los nuestros: ninguna conversación durante el trayecto, por favor. ¿No tiene usted otro traje? — preguntó—. Éste no es el más apropiado para tirar.
    —Tengo una chaqueta deportiva y unos pantalones de franela.
    —Me gustaría verle menos llamativo.

    Cuando subieron a cambiarse de ropa, Leiser sonrió ligeramente a Avery.

    —De los de verdad, ¿eh? Un viejo de los buenos.
    —Es muy fuerte —dijo Avery.
    —Claro. Dígame una cosa. ¿Tuvo usted siempre esta casa? ¿La utilizó para mucha gente?
    —No, es usted el primero —respondió Avery.
    —Escuche, ya sé que usted no puede decirme gran cosa. Y que el grupo sigue siendo como fue… Gente en todas partes… ¿La misma organización?
    —No creo que encuentre usted mucha diferencia. Imagino que nos hemos desarrollado un poco.
    —¿Hay muchos jóvenes como usted?
    —Lo siento, Fred. No puedo responderle.

    Leiser puso una mano en el hombro de Avery. Usaba sus manos a destajo.

    —Usted también es de los buenos —dijo—. No se incomode por mí. No hay de qué, ¿verdad, John?


    Se fueron a Abington. El Ministerio había tomado disposiciones con la base de paracaidistas. El instructor les esperaba.

    —¿Está usted más habituado a un arma que a otra?
    —«Browning» treinta y ocho automática, si le parece bien —dijo Leiser, como un niño que encarga algo en el colmado.
    —Hoy decimos el nueve milímetros. Usted sin duda ha debido de utilizar el «Mark Uno».

    Leiser esperaba al fondo de la galería mientras Avery ayudaba a poner en su sitio el blanco en forma de silueta humana a una distancia de diez metros y tapar con esparadrapo los agujeros anteriores.

    —Llámeme «monitor» —dijo el instructor, y se volvió a Avery—. ¿Quiere usted probar también, señor?
    —Sí —respondió precipitadamente Haldane—, tirarán los dos, monitor.

    Empezó Leiser. Avery permaneció cerca de Haldane mientras Leiser, con la ancha espalda vuelta hacia ellos, esperaba en la sala de tiro vacía, frente a la silueta, en contraplacado, de un soldado alemán. El blanco era negro, destacándose en el blanco y desconchado enlucido de las paredes. Encima de su estómago y en la ingle se había dibujado toscamente, con yeso, un corazón. Lo miraron. Leiser comenzó a sopesar la pistola, levantándola rápidamente al nivel de los ojos y bajándola luego lentamente, colocando el cargador vacío, quitándolo y volviendo a ponerlo. Por encima del hombro miró a Avery, y con la mano izquierda se apartó de la frente un mechón de cabellos castaños que amenazaba molestar su visualidad. Avery le sonrió animándolo; después dijo rápidamente a Haldane:

    —No acabo de comprender qué clase de tipo es ése.
    —¿Por qué? Es un polaco como todos.
    —¿De dónde viene? ¿De qué región de Polonia?
    —Ya ha leído usted su expediente. De Gdansk.
    —Es verdad.

    El instructor comenzó.

    —Vamos primero a ensayar con la pistola descargada y ambos ojos abiertos, mirando bien la mira, los pies separados ahora. Gracias. Está muy bien. Tranquilícese, siéntase cómodo. No es un movimiento de ejercicio. Es una posición de tiro. ¡Oh!, sí, ya hemos hecho esto, ya veo. Ahora haga dar vueltas al arma, apunte, pero sin utilizar el punto de mira. Bien. — El instructor cobró aliento, abrió una caja de madera y sacó cuatro cargadores—. Uno en la pistola y otro en la mano izquierda —dijo, dando los otros dos a Avery, que miraba fascinado a Leiser deslizar hábilmente un cargador lleno en la automática y empujar con el pulgar el seguro.
    —Ahora amartille, apuntando al suelo a tres metros delante de usted. Tome la posición de tiro, el brazo tendido. Apuntando, pero sin usar la mira. Vacíe un cargador en dos tiempos, y recuerde que no consideramos la pistola automática como un arma científica, sino más bien como un arma destinada a evitar el combate de cerca. Lentamente ahora, muy despacio.

    No había terminado aún cuando el salón resonó con el ruido de los disparos de Leiser: tiraba rápido, muy rígido, sosteniendo en la mano izquierda el cargador de repuesto como una granada, estirado el brazo a lo largo del cuerpo. Tiraba con furor, como un mudo que hubiese encontrado un medio de expresión. Avery experimentaba con una excitación creciente el furor y la finalidad de aquellos disparos. Dos tiros, dos más, o tres; luego una larga ráfaga, mientras le envolvía un poco de humo y el soldado de contraplacado temblaba y las narices de Avery se llenaban con el olor dulzón de la cordita.

    —Once sobre trece en el blanco —declaró el instructor—. Muy bien, realmente muy bien. La próxima vez en series de dos, y le ruego que espere a que yo le haya dado la orden de disparar. — Se volvió a Avery el subalterno, y propuso—: ¿Quiere probar, ahora, señor?

    Leiser se había acercado al blanco, y con sus finas manos tanteaba suavemente los agujeros dejados por las balas. El silencio se hizo de pronto opresivo. Leiser parecía perdido en sus meditaciones, palpando el contraplacado en un lado y en otro, pasando el dedo, con cierta expresión reflexiva, sobre la silueta del casco alemán, hasta el momento en que el instructor exclamó:

    —Venga. No disponemos de toda la jornada.

    Avery se plantó sobre la alfombra de gimnasia sopesando la pistola. Con la ayuda del instructor metió un cargador, apretando nerviosamente el otro en su mano izquierda. Haldane y Leiser lo miraban.

    Avery disparó. La pesada pistola martilleaba sus oídos con sus sordos disparos, y sintió estremecerse su joven corazón mientras la silueta oscilaba pasivamente bajo sus impactos.

    —¡Bien tirado, John, bien tirado!
    —Muy bien —dijo maquinalmente el instructor—. Excelente primera tentativa, señor. — Se volvió hacia Leiser—. ¿Le molestaría no gritar de esa manera?

    Reconocía a un extranjero en cuanto lo veía.

    —¿Cuántos blancos? — se apresuró a preguntar Avery, mientras el sargento y él examinaban el blanco, tanteando las perforaciones ennegrecidas que acribillaban el pecho y el vientre. ¿Cuántos, monitor?
    —Sería mejor que viniera usted conmigo, John —murmuró Leiser, agarrando a Avery de un hombro—. Me anima usted con su presencia.

    El instructor les hizo atravesar el terreno de maniobras hasta una construcción de ladrillo, en forma de teatro, sin ventana y muy alta en un extremo. Había muros que se entrecruzaban como a la entrada de los lavabos públicos.

    —Blancos movibles —dijo Haldane—, y el tiro en lo negro.

    A la hora del almuerzo pusieron en funcionamiento las cintas.

    Las cintas magnetofónicas debían desarrollarse como un tema musical a lo largo de las dos primeras semanas de su entrenamiento. Eran registros de viejos discos de gramófono. En uno había un tictac que recordaba el batir de un metrónomo. El conjunto formaba un temible juego de sociedad en el cual las cosas que había que recordar no estaban numeradas sino que se citaban de pasada, a menudo de manera indirecta, sobre un fondo de otros ruidos que distraían la atención; unas veces se contradecían en la conversación y otras se corregían o modificaban. Había tres voces principales, una de mujer y dos de hombre. También intervenían otras. Era la mujer quien les exasperaba.

    Tenía esa voz antiséptica que parecen acabar adquiriendo las azafatas. En el primer rollo leía listas, rápidamente, primero una lista de encargos: dos libras de esto, un kilo de aquello; sin venir a cuento se ponía a hablar de canicas de colores: tantas verdes, tantas ocre; luego fueron las armas: pistolas, torpedos, municiones de tal y tal calibre; después una fábrica con su superficie, sus cifras de producción, sus índices anuales y sus logros mensuales. En el segundo rollo, ella no había abandonado estos temas, pero otras voces la distraían y arrastraban la conversación por senderos inesperados.

    En tanto efectuaba estas relaciones, emprendía una discusión con la mujer del tendero a propósito de ciertas mercancías que no le gustaban: huevos que no eran frescos, el precio escandaloso de la mantequilla. Cuando el tendero en persona se esforzaba en actuar como mediador, era acusado de favoritismo; se hablaba de cupones y tarjetas de abastecimientos, de asignaciones suplementarias de azúcar para la preparación de confituras; se aludía a tesoros escondidos debajo del mostrador. El tendero elevaba la voz con aire furioso, pero se detenía cuando el niño intervenía para hablar de canicas. «Mamá, mamá, se me han caído las tres verdes, pero cuando quise recogerlas se me cayeron siete canicas negras; mamá, ¿por qué sólo me quedan ocho canicas negras?»

    La escena transcurría ahora en una taberna. De nuevo se oía a la mujer. Recitaba estadísticas de armamento; otras voces se unían a la suya. Se discutían cifras, se citaban nuevos objetivos, se hablaba de los viejos, las posibilidades de un arma —un arma que no se nombraba ni se describía— eran cínicamente puestas en duda y defendidas con calor.

    Sucesivamente, tras muy pocos minutos, una voz gritaba: «¡Break!» —hubiérase dicho que era un arbitro de boxeo— y Haldane paraba el magnetófono y hacía hablar a Leiser de fútbol o del tiempo, o le hacía leer en voz alta los artículos de los periódicos durante cinco minutos, que cronometraba con su reloj: el de la chimenea estaba roto. De nuevo se ponía en marcha el magnetófono y se oía una voz vagamente familiar que hablaba con el tono de un cura; una voz joven, vacilante y modesta, como la de Avery: «He aquí ahora las cuatro preguntas: sin tener en cuenta los huevos que no eran frescos, ¿cuántos ha comprado durante las tres últimas semanas? ¿Cuántas canicas hay en total? ¿Cuál era la producción total de cañones de fusil para los años 1937 y 1938? Por último, redacte en forma telegráfica informaciones a partir de las cuales se puede calcular la longitud de los cañones de fusil.»

    Leiser se precipitó en el despacho —daba la impresión de que conocía el juego— para escribir sus respuestas. En cuanto hubo abandonado la habitación, Avery dijo con tono acusador:

    —Era usted. Al final la voz era la suya.
    —¿De veras? — repuso Haldane.

    Hubiérase dicho que no lo sabía.

    Había también otras cintas, y éstas tenían el husmo de la muerte: pasos de alguien que corría por una escalera de madera; el chasquido de una puerta, el de un gatillo, y la voz de una mujer que preguntaba como si propusiera limón o crema: «¿Es el chasquido de una cerradura o el del seguro de una pistola?»

    Leiser vaciló.

    —Una cerradura —dijo—. Una cerradura, sencillamente.
    —Era una pistola —respondió Haldane—. Un nueve milímetros, «Browning» automática. El ruido del cargador al introducirse en la culata.

    Por la tarde, los dos, Leiser y Avery, fueron a dar el primer paseo, pasando por Port Meadow a través del campo. Fue Haldane quien lo ordenó. Caminaban de prisa, pisando las hierbas altas, el viento peleando con los cabellos de Leiser y haciéndolos revolear en alborotados mechones en torno a su cabeza. Hacía frío pero no llovía. Era un día claro y sin sol, en el que el cielo, por encima de los campos llenos, era más oscuro que la tierra.

    —Conoce usted los alrededores, ¿verdad? — preguntó Leiser—. ¿Usted estuvo aquí en el colegio?
    —Sí, aquí fui estudiante.
    —¿De qué materias?
    —Estudiaba lenguas. Sobre todo el alemán.

    Escalaron una barrera y se encontraron en una estrecha avenida.

    —¿Está usted casado? — preguntó Leiser.
    —Sí.
    —¿Hijos?
    —Uno.
    —Dígame una cosa, John. Cuando el capitán eligió mi ficha… ¿Qué sucedió?
    —¿Qué quiere decir?
    —¿Qué significa un fichero semejante? Debe de ser muy importante en una unidad como la nuestra.
    —Está en orden alfabético —dijo Avery con tono avergonzado—. Son fichas. ¿Por qué?
    —Dijo que los viejos se acordaban de mí. Parece que yo era el mejor. Pero, ¿quién se acordaba exactamente?
    —Todos. Hay un fichero especial para los mejores agentes. Prácticamente todo el mundo en el Departamento conocía a Fred Leiser. Hasta los nuevos. Con un pasado como el suyo, uno no se hace olvidar —añadió sonriendo—. Usted forma parte del mobiliario, Fred.
    —Dígame otra cosa, John. No quiero crear complicaciones, compréndalo, pero dígame… ¿Cree usted que no desentonaré en el interior?
    —¿En el interior?
    —En el Departamento, con los demás. Considero que es preciso haber nacido dentro, como el capitán.
    —Yo también lo temo, Fred.
    —¿Qué coches utilizan ustedes, John?
    —«Humber».
    —¿Hawk o Snipe?
    —Hawk.
    —¿El cuatro cilindros? El Snipe es mejor modelo, ¿sabe?
    —Hablo de medios de transporte no operacionales —dijo Avery—. Para las misiones poseemos una extensa gama de material.
    —¿Cómo la camioneta?
    —Así es.
    —En qué tiempo… ¿Cuánto tiempo se necesita para entrenarse? Usted, por ejemplo. Usted acaba de llegar de una misión. ¿Al cabo de qué tiempo le enviaron a ella?
    —Lo siento, Fred. No tengo derecho… Ni con usted.
    —No se preocupe. Déjelo.

    Pasaron ante una iglesia levantada sobre un otero que dominaba la ruta, rodearon un campo de labor y se encontraron, agotados y radiantes, en el acogedor ambiente de la casa Mayfly con el radiador de gas que hacía despedir reflejos de las rosas de oro.

    Por la noche utilizaron el proyector para la memoria visual: estaban en un coche y pasaban ante un taller de reparaciones; o bien en un tren que bordeaba un aeropuerto; o se les hacía dar un paseo a pie a través de una ciudad y de pronto se daban cuenta de que había reaparecido un vehículo o un rostro y que habían olvidado sus características. A veces una serie de objetos sin relación entre sí eran proyectados en rápida sucesión en la pantalla, y habían voces de fondo como en las cintas magnetofónicas, pero la conversación no tenía relación alguna con la película, si bien era necesario recurrir al sentido del oído como al de la vista y retener lo que cada uno tenía de valedero.

    Así terminó el primer día, y los días que siguieron habían de parecerse a él: días sin inquietud y apasionantes para los dos, días de sincero esfuerzo y de una amistad primero prudente que iba afirmándose a medida que los juegos de la infancia se convertían una vez más en armas de guerra.


    Para la lucha a manos libres habían alquilado cerca de Headington un pequeño gimnasio que ya habían utilizado durante la guerra. El instructor llegó en tren. Le llamaban sargento.

    —¿Llevará un cuchillo? No es por curiosidad —añadió respetuosamente.

    Tenía acento galés.

    —Depende de sus gustos —dijo Haldane, encogiéndose de hombros—. No queremos cargarle demasiado.
    —El cuchillo presenta muchas ventajas, mi capitán. — Leiser estaba todavía en el vestuario—. A condición de que sepa manejarlo. Los boches le tienen horror, verdadero horror. — Había llevado unos puñales que guardaba en una bolsa de cuero y los sacó como un viajante de comercio enseña sus muestras—. Nunca les ha gustado el frío del acero —explicó—. No es preciso que el cuchillo sea demasiado largo, mi capitán. Algo plano con una hoja cuyos dos bordes tengan filo. — Eligió uno y se lo mostró a Haldane—. A decir verdad apenas se puede mejorar este modelo.

    La hoja era ancha y plana como una hoja de laurel, el metal no brillaba, el mango tenía una estrangulación en el centro como un reloj de arena y estaba estriado para que no resbalara en la mano.

    Leiser se acercó a ellos, pasándose un peine por los cabellos.

    —Usted ya utilizó uno como éste, ¿verdad? Leiser miró el cuchillo y asintió. El sargento lo miró de pies a cabeza.
    —Le conozco. Me llamo Sandy Lowe. Soy galés.
    —Usted fue mi instructor durante la guerra.
    —¡Dios mío! — murmuró Lowe—, es verdad. ¿Sabe que no ha cambiado usted mucho? — Cambiaron una tímida sonrisa, no sabiendo si debían estrecharse la mano—. Vamos a ver de qué cosas se acuerda usted.

    Se dirigieron hacia la estera de paja trenzada que había en medio de la sala. Lowe lanzó el cuchillo a los pies de Leiser y éste lo recogió, gruñendo al inclinarse.

    Lowe llevaba una vieja chaqueta de mezclilla. Rápidamente dio un paso atrás, se la quitó y con el mismo movimiento se la enrolló en torno al antebrazo izquierdo, como un hombre que se dispone a combatir con un perro. Sacó su cuchillo y giró lentamente en torno de Leiser, apoyándose ya sobre un pie, ya sobre otro. Estaba inclinado hacia delante, el brazo protegido con la chaqueta desmayadamente presentada ante él, los dedos abiertos y la palma de la mano mirando al suelo. Agitaba el cuchillo ante él, mientras Leiser permanecía inmóvil, sin apartar los ojos del sargento. Durante unos momentos hicieron algunas fintas. En un instante dado Leiser se lanzó y Lowe saltó hacia atrás, dejando que el cuchillo cortara la tela de la chaqueta sobre su brazo. Luego Lowe flexionó las rodillas, como para atacar bajo la guardia de Leiser y éste saltó hacia atrás, pero demasiado lentamente sin duda, porque Lowe sacudió la cabeza gritando: «¡Alto!» y se irguió.

    —¿Recuerda esto? — Se señaló el estómago y el bajo vientre, apretando los brazos y los codos como para adelgazarse más—. Ofrezca siempre el blanco más pequeño posible.

    Hizo que Leiser envainara su cuchillo y le enseñó llaves, pasando el brazo izquierdo en torno al cuello de Leiser y amagando golpearle los riñones o el vientre. Luego pidió a Avery que se plantara en medio de la sala como un maniquí y los dos evolucionaron en torno de él gravemente, Lowe indicando los emplazamientos de la punta de su cuchillo mientras Leiser inclinaba la cabeza de vez en cuando con una sonrisa cuando recordaba el truco.

    —No ha hecho usted los molinetes lo bastante fuertes. Recuérdelo: el pulgar hacia arriba, la hoja paralela al suelo, el antebrazo tendido y la muñeca suelta. Que ni por un momento pueda fijar la vista en el cuchillo. Y la mano izquierda en guardia, tenga usted cuchillo o no lo tenga. Nunca es preciso ofrecer generosamente el cuerpo. Es lo que yo siempre le digo a mi hija.

    Todos se echaron a reír concienzudamente, menos Haldane.

    Después de esto le tocó el tumo a Avery. Lowe parecía necesitarlo. Se quitó los lentes y sujetó el cuchillo como Lowe le había enseñado, vacilando en la guardia, mientras Leiser saltaba en torno suyo, haciendo fintas y retrocediendo prestamente, el rostro lleno de sudor y sus ojillos brillantes de concentración. Durante todo este tiempo Avery sentía las profundas estrías del mango contra la carne de la palma de su mano, los calambres le atenazaban los muslos y las nalgas mientras se inclinaba hacia delante apoyándose en las puntas de los pies y sintiendo también la furiosa mirada de Leiser buscando la suya. Luego Leiser le hizo una zancadilla. Perdiendo el equilibrio sintió que le arrancaban el cuchillo de la mano. Se tambaleó hacia atrás, sintiendo sobre él todo el peso de Leiser y su mano apretándole el cuello de la camisa.

    Le ayudaron a levantarse, riendo, mientras Leiser le sacudía el polvo de sus ropas. Se guardaron los cuchillos mientras hacía cultura física. Avery también la hizo.

    Cuando terminaron, Lowe dijo:

    —Ahora una breve lucha a manos libres y ya está.

    Haldane miró a Leiser.

    —¿No es bastante ya?
    —¡Qué va!

    Lowe tomó a Avery del brazo y lo plantó en medio de la estera.

    —Siéntese usted en el banco —le dijo a Leiser—, mientras le enseño dos o tres trucos.

    Puso una mano en un hombro de Avery.

    —Con cuchillo o sin cuchillo, sólo hay cinco puntos que nos interesan. ¿Cuáles?
    —La ingle, los riñones, el vientre, el corazón y la garganta —repuso Leiser con tono cansado.
    —¿Cómo se le parte el cuello a un hombre?
    —No se le parte. Se le hace papilla la tráquea por delante.
    —¿Y un golpe en la nuca?
    —Nunca a manos libres. Ni sin armas.

    Se sujetaba la cabeza con ambas manos.

    —Bien. — Con la palma de la mano abierta se acercó lentamente a Avery—. La mano tendida y los dedos estirados, ¿no es así?
    —Así es —dijo Leiser.
    —¿Qué más recuerda usted?
    —La pata de tigre —dijo después de una pausa—. A los ojos.
    —No emplee jamás ese golpe —replicó secamente el sargento—. No para atacar. Queda uno completamente descubierto. Veamos ahora las presas de estrangulamiento. Siempre por detrás, ¿recuerda? Se echa hacia atrás la cabeza del adversario, así, con la mano en la garganta y se aprieta. — Lowe miró por encima de su hombro—. Mire aquí, por favor. No lo hago por mí… Bueno, venga. Si sabe todo esto, hágame una demostración.

    Leiser se levantó, agarró a Lowe por los brazos y durante un momento lucharon, esperando cada uno que el otro se descubriera. Luego Lowe cedió terreno, Leiser dio un traspié y la mano de Lowe le golpeó en la nuca proyectándolo hacia delante de tal manera que Leiser cayó de bruces sobre la estera.

    —Cae usted muy bien —dijo Lowe sonriendo.

    E inmediatamente Leiser volvió al ataque, torciendo salvajemente el brazo de Lowe y proyectándolo con tal violencia que el frágil cuerpo chocó contra la estera como un pájaro golpea el parabrisas de un coche.

    —¡No haga trampas! — declaró Leiser—. O le haré daño.
    —No se apoye nunca sobre el adversario —dijo secamente Lowe—. Y no se ponga nervioso en el gimnasio. Ahora usted, señor —le dijo a Avery—. Hágale hacer un poco de ejercicio.

    Avery se levantó, se quitó la chaqueta y esperó que Leiser se aproximara. Sintió que unos sólidos puños le atenazaban los brazos y de pronto se dio cuenta de la fragilidad de su cuerpo ante aquella fuerza de adulto. Intentó agarrar los antebrazos del adversario, pero sus manos no podían volverse. Luego trató de liberarse, pero Leiser sujetaba su presa. Sentía la cabeza de Leiser contra la suya y en las narices el olor del cosmético. Sentía la mejilla áspera de barba y húmeda de Leiser contra la suya y el calor un poco acre de aquel cuerpo delgado y tenso por el esfuerzo. Apoyando ambas manos sobre el pecho de Leiser se echó hacia atrás, poniendo toda su energía en un esfuerzo frenético para escapar del sofocante abrazo de su adversario. Al separarse en el esfuerzo se vieron, como si fuera por primera vez, por encima de sus brazos entrelazados. El rostro de Leiser, crispado por el esfuerzo, se suavizó con una sonrisa. Aflojó el abrazo.

    Lowe se acercó a Haldane.

    —Es extranjero, ¿verdad?
    —Polaco. ¿Qué le parece?
    —A mi entender, fue un duro luchador en sus tiempos. Nada fácil. Tiene excelente constitución. Y, en el fondo, está también en buena forma.
    —Bueno.
    —¿Y usted, mi capitán? ¿Cómo se encuentra? ¿Bien?
    —Sí, gracias.
    —Está bien. Veinte años. Es sorprendente. Los niños se hacen mayores en ese tiempo.
    —Yo no tengo.
    —Hablo de los míos.
    —¡Ah!
    —¿Ve usted alguna vez a los de antes, mi capitán? ¿Cómo va el señor Smiley?
    —Ya sabe usted que no he mantenido el contacto. No soy muy sociable. ¿Quiere usted que hagamos las cuentas?

    Lowe esperó, atentamente, mientras Haldane le pagaba: el dinero del viaje, sus honorarios, treinta y siete chelines seis peniques por el cuchillo, veintidós chelines por la vaina, una vaina plana y metálica con un resorte para que se pudiera soltar fácilmente. Lowe le extendió un recibo que firmó S. L. por razones de seguridad.

    —He comprado el puñal a precio de coste —explicó—. Es un convenio de mi club.

    Parecía muy orgulloso.


    Haldane entregó a Leiser una trinchera y unas botas Wellington y Avery se lo llevó a dar un paseo por el campo. Tomaron el autobús en Headington y se instalaron en la imperial.

    —¿Cómo han ido las cosas esta mañana? — preguntó Avery.
    —Creí que era para morirse de risa, eso es todo. Por si fuera poco, me derribó.
    —Le recordaba a usted, ¿no es cierto?
    —Claro. Pero entonces, ¿por qué quiso hacerme daño?
    —No tuvo la intención.
    —No importa, dejémoslo.

    Pero todavía estaba molesto.

    Descendieron en la terminal y comenzaron a pasear bajo la lluvia.

    —Como no era de los nuestros —dijo Avery—, a usted no le gustó.

    Leiser se echó a reír sin decir nada. La lluvia caía a lentas ráfagas a través de la calle desierta, chorreaba por sus rostros y aparecía ya en el cuello de su impermeable. Los dos caminaban contentos, olvidados de la lluvia o jugando con ella, chapoteando en los charcos más profundos, sin preocuparse de sus ropas.

    —John, ¿está contento el capitán?
    —Mucho. Dice que todo va admirablemente. Pronto comenzaremos el entrenamiento de radio, sólo los rudimentos. Esperamos mañana a Jack Johnson.
    —¿Sabe usted, John? Recuerdo todo eso, el tiro a pistola, el manejo del puñal. No lo había olvidado. — Sonrió—. El viejo P treinta y ocho.
    —Nueve milímetros ahora. Tira usted muy bien, Fred, muy bien. El capitán lo ha dicho.
    —¿Eso dijo, John?
    —Pues claro. Lo repitió en Londres. También en Londres están contentos. Tememos solamente que usted sea un poco demasiado…
    —¿Demasiado qué?
    —¡Oh!… Demasiado inglés.
    —No se preocupe, John —dijo Leiser riendo.


    Dedicaron una mañana a la cifra. Haldane actuaba como instructor. Había llevado unos trozos de tela de seda en los cuales estaba impreso un cifrado que sería el que Leiser debía utilizar, y un cuadro pegado en un cartón con la clave para cambiar las letras en cifras. Puso el cuadro detrás de la chimenea, colocándolo apoyado contra el reloj de mármol, y le dio clase, un poco como hubiera hecho Leclerc, pero sin afectación. Avery y Leiser estaban sentados a la mesa, con un lápiz en la mano, y bajo la vigilancia de Haldane convertían una frase tras otra en cifras impresas en el tejido para volver a traducir, por último, todo en letras. Era un procedimiento que exigía aplicación más que concentración, y quizá porque a Leiser le costaba tanto trabajo acabó éste por aburrirse y cometer faltas.

    —Vamos a hacer un ensayo cronometrado de veinte grupos, dijo Haldane —y de acuerdo con la hoja de papel que tenía en la mano se puso a dictar un mensaje de once palabras firmado Mayfly—. A partir de la semana próxima tendrá usted que prescindir del cuadro. Lo pondré en su habitación y se lo aprenderá de memoria. Puede empezar.

    Puso en marcha el cronómetro y se acercó a la ventana mientras los dos hombres trabajaban febrilmente, murmurando casi al unísono y entregándose a cálculos elementales sobre el bloc que tenían delante. Avery sentía la nerviosidad creciente que marcaba los gestos de Leiser, los suspiros y las imprecaciones que contenía, las rabiosas tachaduras; retrasándose deliberadamente, echó una ojeada por encima del brazo de su compañero para asegurarse de su adelanto y observó que el extremo del lápiz que Leiser apretaba en su pequeña mano estaba húmedo de sudor.


    Incluso en aquellos primeros días era evidente que Leiser consideraba a Haldane como un enfermo que se rebela contra su médico, como un pecador contra su director espiritual. Había algo de temible en aquel hombre que sacaba su fuerza de un cuerpo tan deshecho.

    Haldane no se concedía la menor atención. Apegábase obstinadamente a sus costumbres: nunca dejaba de hacer sus crucigramas. Le llevaron una caja de medias botellas de borgoña y se bebía una él solo en cada comida mientras ellos escuchaban las cintas magnetofónicas. Su retiro era tan completo que hubiera podido creerse que se rebelaba contra la proximidad de Leiser. Sin embargo, cuanto más huidizo se hacía Haldane con mayor seguridad atraía a Leiser. Éste, en virtud de algún sistema de valores que le era propio, lo había catalogado como el arquetipo del caballero británico, y todo lo que Haldane hacía o decía, a ojos de Leiser no lograba sino fortalecerlo en su papel.

    Haldane crecía en estatura. En Londres era un hombre que caminaba despacio, pasaba por los pasillos con pasos de pedante, como si buscara lugar donde afianzar los pies. Las mecanógrafas y las secretarias iban tras él con impaciencia, sin valor para dejarlo atrás. En Oxford ponía de manifiesto una agilidad que habría sorprendido a sus colegas de Londres. Su esquelético corpachón había recobrado vida y se mantenía muy erguido. Hasta su actitud generalmente ceñuda se convertía de pronto en la marca de su autoridad. No conservaba más que la tos, aquella tos desgarradora y demasiado violenta para un pecho tan estrecho, que provocaba manchas rojizas en sus chupadas mejillas y que despertaba en Leiser la inquietud muda de un discípulo por el maestro que admira.

    —¿El capitán está enfermo? — preguntó un día a Avery, recogiendo un número atrasado del Times de Haldane.
    —No dice nunca nada.
    —Creo que eso no debe hacerse. — El diario atrajo su atención de pronto. No estaba desplegado. Sólo se había resuelto el crucigrama, y en el margen, al lado, estaba garabateado el anagrama de una palabra de nueve letras. Se lo enseñó a Avery, estupefacto—. No lo lee —dijo—. Solamente hace el crucigrama.

    Aquella noche, cuando se fueron a dormir, Leiser se llevó furtivamente el diario, como si contuviera un secreto que se revelaría a su examen.

    Por lo que Avery podía juzgar. Haldane estaba satisfecho de los progresos de Leiser. La gran variedad de actividades a que se entregaba ahora Leiser les había permitido observarlo con mayor atención. Con esa implacable intuición de los débiles, descubrían sus fallos y medían sus fuerzas. A medida que ganaban su confianza se mostraba de una franqueza que desarmaba: le gustaba confiarse. Él era su criatura, les daba todo y ellos lo amontonaban como hacen los pobres. Se daba cuenta de que el Departamento había orientado su energía: como un hombre de apetito sexual poco común, Leiser había encontrado en su nuevo empleo un amor que podía manifestar prodigando sus dones. Comprendían que él experimentaba un placer hallándose a sus órdenes, y les daba a cambio su fuerza para agradecerles que le permitieran realizarse. Sabían quizá que ellos dos representaban para Leiser los dos polos de la autoridad absoluta: uno por la intransigencia con la cual él se conformaba a un sistema de valores que permanecían siempre extraños a Leiser, y el otro por su vulnerabilidad juvenil, por la dulzura aparente y la docilidad de su carácter.

    Le gustaba hablar con Avery. Le hablaba de las mujeres que había tenido o de la guerra. Suponía —y esto le molestaba a Avery más que cualquier otra cosa— que un hombre de treinta y cinco años, estuviera o no casado, llevaba una vida amorosa intensa y variada. Al final de la velada, cuando los dos se habían puesto sus abrigos y se iban precipitadamente a la taberna al extremo de la calle, ponía los codos sobre la pequeña mesa, inclinaba hacia delante su rostro brillante de animación y contaba minuciosamente sus hazañas, con la mejilla apoyada en una mano, apartando y juntando rápidamente sus delgados dedos, imitando inconscientemente los movimientos de sus labios. No era la vanidad lo que le impulsaba, sino la amistad. Estas traiciones y confesiones, verdaderas o inventadas, eran simplemente la marca de su intimidad. Nunca le habló de Betty.

    Avery llegó a conocer el rostro de Leiser con una precisión en la que la memoria no desempeñaba papel alguno. Observó cómo sus rasgos parecían modificarse según su humor, cómo, cuando estaba cansado, o deprimido, al final de una larga jornada, la piel de sus mejillas se tensaba hacia arriba más bien que hacia abajo; cómo las comisuras de sus ojos y de sus labios se crispaban de tal manera que adquiría en seguida una expresión más eslava y menos familiar.

    Con la frecuentación de la gente de su barrio o sus clientes, había adquirido ciertos giros de frases que, aunque desprovistos de todo significado, habían chocado a su oído de extranjero. Hablaba, por ejemplo, de «cierta medida de satisfacción», utilizando una construcción impersonal, porque ésta le parecía más digna. Había asimilado así toda clase de clisés. Expresiones como «no jorobes», «no pasarse de rosca», y «la soga va tras el caldero», le acudían constantemente a los labios, como si aspirase a un modo de vida que sólo comprendía de manera imperfecta y que eran las claves que le permitirían llegar a él. Observó Avery que algunas expresiones estaban pasadas de moda.

    Una o dos veces Avery tuvo la impresión de que a Haldane no le gustaba su intimidad con Leiser. En otros momentos parecía que Haldane desencadenaba en Avery emociones que no podía controlar. Una noche, a principios de la segunda semana, cuando Leiser procedía a ese largo arreglarse que precedía casi todos sus momentos de ocio, Avery preguntó a Haldane si no tenía ganas de salir.

    —¿Qué se ha imaginado usted? ¿Que tengo ganas de ir en peregrinación al altar de mi juventud?
    —Supuse que quizá tuviera usted amigos aquí, gente a quien todavía conoce.
    —Si éste fuera el caso, sería imprudente ir a verlos. Estoy aquí con otro nombre.
    —Discúlpeme. Por supuesto.
    —Además —dijo con sonrisa amarga—, no somos tan prolíficos en nuestras amistades.
    —¡Usted me dijo que estuviera siempre con él! — exclamó Avery.
    —Precisamente, y es lo que usted ha hecho. Cometería un error si me quejara. Lo hace usted admirablemente.
    —¿Qué hago?
    —Obedece.

    En ese momento llamaron a la puerta y Avery bajó para abrir. A la luz del farol distinguió la forma familiar de una camioneta del Departamento parada en la calle. Una pequeña silueta insignificante estaba de pie en el umbral. El hombre llevaba un traje pardo y un abrigo. Sus zapatos estaban muy limpios. Hubiese podido venir a leer el contador.

    —Me llamo Jack Johnson —dijo con tono vacilante—. Johnson Buenos Negocios soy yo.
    —Entre —dijo Avery.
    —Se está bien aquí, ¿verdad? El capitán Hawkins… y todo esto.

    Llevaba una maleta de cuero que dejó con precaución en el suelo como si contuviera todos sus bienes terrestres. Cerrando a medias su paraguas, lo sacudió con un ademán experto para escurrirlo, y luego lo dejó en el paragüero bajo su abrigo.

    —Me llamo John.

    Johnson le estrechó la mano cordialmente.

    —Encantado de conocerle. El jefe me ha hablado mucho de usted. Parece que es usted el porvenir del Departamento.

    Los dos se echaron a reír. Con aire conspirador, tomó a Avery del brazo.

    —Utiliza usted su verdadero nombre, ¿eh?
    —Sí.
    —¿Y el capitán?
    —Hawkins.
    —¿Cómo va Mayfly? ¿Qué tal marcha?
    —Bien. Muy bien.
    —Parece que es un verdadero don Juan.

    Mientras Johnson y Haldane discutían en el salón, Avery subió furtivamente al primer piso para prevenir a Leiser.

    —No hay salida, Fred. Jack ha llegado.
    —¿Quién es Jack?
    —Jack Johnson, el especialista de radio.
    —Creía que no empezaríamos hasta la semana próxima.
    —Esta semana sólo rudimentos para cogerle el tranquillo. Baje a saludarle.

    Se había puesto un traje oscuro y tenía en la mano la lima de las uñas.

    —¿De manera que no salimos?
    —Ya se lo he dicho. Esta tarde no es posible. Ha llegado Jack.

    Leiser bajó y cambió un breve e informal apretón de manos con Johnson, como si no le gustara la gente que llega tarde. Charlaron un poco forzadamente durante un cuarto de hora, hasta el momento en que Leiser, invocando su cansancio, subió a acostarse.


    Johnson hizo su primer informe.

    —Es lento —dijo—. Naturalmente, hace tiempo que no ha tocado un manipulador. Ni siquiera me atrevo a probarlo con una emisora antes de que sea un poco más rápido. Sé que han pasado veinte años, señor. No se puede exigir. Pero es lento, señor, realmente lento. — Hablaba articulando cuidadosamente, articulando sus frases como si le hablara a un niño—. El jefe dijo que todos nos vamos para Alemania, señor.
    —Sí.
    —Entonces habremos de conocernos mejor. Mayfly y yo —continuó—. Tendremos que estar juntos con frecuencia, señor, desde el momento en que empiece a hacerle trabajar en una emisora. Es como la escritura, ¿sabe?, es preciso habituarse a la caligrafía del otro. Además, están los horarios, horas de llamada y todo eso; las precauciones que hay que tomar para los cambios de frecuencia. Las medidas de seguridad. Hay mucho que aprender en quince días.
    —¿Las medidas de seguridad? — preguntó Avery.
    —Los errores deliberados, señor. Por ejemplo, una falta de ortografía en un grupo dado: una E en lugar de una A, o algo parecido. Si quiere anunciarnos que ha sido detenido y transmite bajo control, suprimirá ese error. — Se volvió a Haldane—. Ya conoce usted esto, mi capitán.
    —Se decía en Londres que habría que enseñarle la transmisión acelerada sobre banda. ¿Usted sabe si se desea hacerlo?
    —El jefe me habló de ello, en efecto, mi capitán. Pero parece que no es posible conseguir el material necesario. Debo decir, además, que no sé gran cosa de esta especialidad. Estas historias de transistores son posteriores a mi época. El jefe me dijo que era preciso atenerse a los métodos de antes, pero cambiar de frecuencia cada dos minutos y medio. Parece que los boches están ahora muy fuertes en eso de localizar con gonio.
    —¿Qué equipo han enviado? Me da la impresión de que es muy pesado.
    —Es el modelo que Mayfly utilizaba durante la guerra, un buen aparato. Los viejos B2 en su estuche estanco. Si sólo disponemos de dos semanas no habrá tiempo de hacer otra cosa. Además, todavía no está a punto.
    —¿Qué pesa eso?
    —Veintitrés o veinticuatro kilos, señor, todo comprendido. El modelo ordinario en maleta. El estuche estanco es lo que aumenta el peso, pero es indispensable si debe llevarlo en compañía. Sobre todo en esta época del año. — Vaciló—. Pero es muy lento su morse, señor.
    —Lo sé. ¿Cree usted poder hacerle encontrar un ritmo normal en tiempo determinado?
    —No puedo decirlo, señor. No sin haber visto antes lo que es capaz de dar con la emisora. No antes del segundo período, en que lo dejaré un poco más suelto. Por el momento voy a habituarlo simplemente al manipulador.
    —Gracias —dijo Haldane.


    XIII


    Al final de las dos primeras semanas de entrenamiento se le concedió un permiso de cuarenta y ocho horas. No lo había pedido y pareció sorprendido cuando se lo concedieron. En ningún caso debería dirigirse a su barrio. Podía haber ido a Londres el viernes, pero dijo que prefería tomar el tren del sábado. Podría volver el lunes por la mañana, pero dijo que eso no era seguro y que volvería quizá tarde el domingo. Precisaron que debería evitar toda clase de gente capaz de conocerle y, cosa extraña, esto más bien pareció complacerle.

    Avery, inquieto, fue a ver a Haldane.

    —No creo que debiéramos dejarlo suelto por las buenas. Usted le ha dicho que no podía volver a South Park, ni ver a los amigos, admitiendo que los tenga. No veo muy claro dónde puede ir.
    —¿Cree usted que podría sentirse solo?
    —Creo —dijo Avery enrojecido— que sólo tendrá un deseo: volver.
    —No podemos oponemos a ello.

    Se le dio dinero en billetes viejos de cinco y una libras. No quiso aceptarlos, pero Haldane insistió como si se tratara de una cuestión de principio. Se le propuso que alquilara una habitación, pero él dijo que no valía la pena. Haldane suponía que iría a Londres, al fin concluyó por ir, como si se tratara de una obligación.

    —Hay una mujer por medio —dijo Johnson con satisfacción.

    Partió en el tren del mediodía, llevándose una maleta de piel de cerdo y su abrigo de pelo de camello. El abrigo tenía un corte ligeramente militar y botones de cuero, pero ninguna persona de bien hubiera podido tomar a Leiser por un inglés de pies a cabeza.

    Dejó la maleta en la consigna de la estación de Paddington y se fue a pasear por Praed Street, porque no había ningún otro sitio donde ir. Anduvo durante media hora mirando escaparates. Era una tarde de sábado. Hombres de cierta edad, con sombrero hongo e impermeable, andorreaba entre las librerías pornográficas, y los chulos esperaban en las esquinas de la calle. Había muy poco tráfico: un ambiente de ocio sin esperanza llenaba la calle.

    En el cine club le exigieron la cotización de una libra y le dieron un carnet de socio con fecha atrasada para no infringir la ley. Ocupó un sitio entre siluetas fantasmales en una silla de cocina. La película era muy vieja; posiblemente llegó de Viena cuando comenzaron las persecuciones. Dos jóvenes, completamente desnudas, tomaban el té. La película era muda y ellas se contentaban con beber su té, cambiando un poco de posición al pasarse la taza. Si sobrevivieron a la guerra, tendrían ahora sesenta años. Se levantó para irse porque eran más de las cinco y media y ya estarían abiertas las tabernas. Al pasar ante la taquilla de la entrada el director le dijo:

    —Conozco una joven que le gusta divertirse. Es muy joven.
    —No, gracias.
    —Dos guineas y media. Le gustan los extranjeros. Puede hacerlo a la extranjera. A la francesa, si quiere.
    —¡Lárguese!
    —No me diga usted que me largue.
    —¡Lárguese! — repitió Leiser mirando a la taquilla con mirada súbitamente brillante—. La próxima vez que me proponga una mujer, que sea a la inglesa, ¿comprende?

    Afuera hacía bueno, el viento había cesado y la calle estaba vacía. Ahora la gente se divertía bajo techado.

    Detrás del mostrador, la mujer dijo:

    —¿Que le prepare ahora una mezcla? ¡Mire usted la gente que hay! Espere a que esto se calme un poco.
    —Es lo único que bebo.
    —Lo siento.

    Pidió un vermut con ginebra que se lo sirvieron tibio y sin guinda. El paseo le había fatigado. Se sentó en el banco a lo largo de la pared mirando a los jugadores de flechas. No hablaban, pero se entregaban a su juego con un ardor silencioso, como si en ellos hubiese arraigado profundamente el sentido de las tradiciones. Era como en el cine club. Uno de ellos estaba con una mujer y preguntaron a Leiser.

    —¿Quiere usted ser el cuarto?
    —Con mucho gusto —dijo, contento de que le dirigieran la palabra.

    Se levantó, pero entonces llegó un amigo de ellos, un tal Henry, y prefirieron a Henry. Leiser iba a protestar, pero, ¿para qué?


    Avery también había salido solo. Le dijo a Haldane que prefería pasear un poco, y a Johnson que se iba al cine. Avery tenía una manera de mentir que desafiaba las explicaciones racionales. Se encontró en lugares que había conocido antes: su colegio, las librerías, las tabernas, las bibliotecas. Era finales del trimestre. Flotaba en Oxford un perfume de Navidad, que la ciudad reconocía ceñudamente: se decoraban los escaparates con las guirnaldas del año anterior.

    Tomó por Banbury Road hasta la calle donde Sarah y él habían vivido el primer año de su matrimonio. Ninguna luz en el piso. Se detuvo delante, tratando de descubrir en la casa, en él mismo, un indicio de sentimiento, de afecto, de amor o de lo que hubiese podido justificar su matrimonio, pero no lo encontró, y se dijo que sin duda jamás lo hubo. Buscó desesperadamente, deseoso de encontrar el móvil que lo había impulsado en su juventud, pero no había ninguno. Contemplaba una casa vacía. Y se dio prisa en volver a casa, la que compartía con Leiser.

    —¿Buena película? — preguntó Johnson.
    —Buena.
    —Creí que se había ido a dar un paseo —dijo Haldane levantando la nariz de su crucigrama.
    —Cambié de idea.
    —Por cierto —continuó Haldane—. La pistola de Leiser. Parece preferir el treinta y ocho.
    —Sí, lo que hoy se llama un nueve milímetros.
    —Cuando vuelva será cuestión de que empiece a llevarla. Por todas partes, pero descargada, claro está. — Miró un instante a Johnson—. Sobre todo cuando comience los ejercicios de transmisión. Deberá llevarla siempre consigo. Lo que queremos es que sin su pistola se sienta perdido. He logrado que nos enviaran una. La encontrará usted en su habitación. Avery, con distintos modelos de correaje. Tenga la bondad de explicárselo.
    —¿No quiere hablarle usted mismo?
    —Hágalo. Usted se entiende muy bien con él.

    Subió a telefonear a Sarah. Se había marchado para instalarse con su madre. Fue una conversación muy formal.


    Leiser marcó el número de Betty, pero nadie le contestó.

    Aliviado, se metió en una pequeña joyería que había cerca de la estación, abierta los sábados por la tarde, y compró una carroza de oro con sus caballos para adaptarla a un brazalete. Le costó once libras, es decir, todo lo que le habían dado como dinero para gastos pequeños. Dijo que la enviaran a la dirección de Betty, en South Park. Añadió una nota en la que escribió: «Volveré dentro de dos semanas. Sé buena.» En un momento de aberración firmó F. Leiser, pero borró su firma y escribió: «Fred.»

    Paseó un poco, pensó un momento en buscarse una mujer, pero concluyó alquilando una habitación en un hotel cerca de la estación. Durmió mal a causa del ruido del tráfico. Al día siguiente por la mañana volvió a telefonear a Betty. Tampoco le contestaron. Colgó rápidamente. Hubiese podido esperar un poco. Se desayunó, salió y compró los diarios del domingo, luego volvió a su habitación y leyó las noticias de fútbol hasta la hora de comer. Por la tarde dio un paseo —se iba convirtiendo en costumbre—, callejeó sin rumbo fijo. Siguió el Támesis hasta Charing Cross y se encontró en un jardín público desierto sobre el que caía la lluvia. Las avenidas de asfalto estaban sembradas de hojas amarillas. Un anciano estaba sentado en el quiosco de música, solo. Llevaba un gabán negro y una cazadora de tela verde como la funda de una máscara de gas. Dormía o escuchaba música.

    Esperó toda la tarde para no decepcionar a Avery, luego tomó el primer tren para Oxford.


    Avery conocía una taberna detrás de Balliol donde se podía jugar al billar los domingos. A Johnson le gustaba el billar. Bebía «Guinness», y Avery whisky. Se reían con ganas. Había sido una semana dura. Johnson ganaba; jugaba sin arriesgarse, metódicamente, mientras que Avery intentaba las tacadas difíciles.

    —Gustosamente me cambiaría por Fred en este momento —dijo Johnson con ligera burla. Era su turno y una bola blanca cayó concienzudamente en su agujero—. Los polacos son mujeriegos: para un polaco todo es bueno. Sobre todo Fred, que es un verdadero tenorio. No hay más que verlo.
    —¿Y usted qué, Jack?
    —Cuando tengo ganas. Mire, en este momento no me disgustaría.

    Jugaron un rato más, perdido cada uno en una euforia alcohólica de sueños eróticos.

    —De todas maneras —dijo Johnson con aire satisfecho—, prefiero estar metido en mi piel que en la suya. ¿Y usted?
    —Eso creo.
    —Usted sabe —dijo Johnson enyesando el taco— que no debería hablarle así, ¿verdad? Usted ha ido al colegio y tal y cual. No somos de la misma clase, John. Bebió cada uno un trago, pensando los dos en Leiser.
    —¡Diantre! — exclamó Avery—. Hacemos la misma guerra, ¿no?
    —Es verdad.

    Johnson vertió en su vaso el resto de su botella de «Guinness». A pesar de sus precauciones derramó un poco sobre la mesa.

    —A la salud de Fred —dijo Avery.. — por Fred. Por su regreso al redil. Y buena suerte.
    —Buena suerte, Fred.
    —No sé cómo se las va a arreglar con el B2 —murmuró Johnson—. Se va a ver y desear.
    —Por Fred.
    —Por Fred. Es un tipo elegante. Dígame, ¿conoce usted a Woodford, el que me ha mandado aquí?
    —Por supuesto. Vendrá la semana que viene.
    —¿No conoce usted a su mujer, Babs? Ha sido un número, y nada arisca… ¡Dios mío! Habrá cambiado ahora. Pero de todos modos tiene un lindo pasado.
    —Es verdad.
    —Quien tuvo, retuvo —declaró Johnson.

    Bebieron y la broma se descarrió un poco.

    —Estuvo con ese tipo de la Administración, Jimmy Gorton. ¿Qué ha sido de él?
    —Está en Hamburgo. Se desenvuelve muy bien.

    Llegaron antes que Leiser. Haldane ya se había acostado.

    Era más de media noche cuando Leiser colgó su empapado abrigo de pelo de camello en una percha del vestíbulo, porque era hombre cuidadoso. Cruzó a paso de lobo el salón y encendió la luz. Su mirada se detuvo tiernamente en el pesado mobiliario, la alta cómoda de madera trabajada, con gruesos tiradores de cobre; el escritorio y el atril. Evocó con afecto las mujeres bonitas jugando al croquet, los opuestos caballeros que se iban a la guerra, los jóvenes desdeñosos con sombrero de paja, las jovencitas de Cheltenham; todo un largo pasado de incomodidades sin un soplo de pasión. El reloj sobre la chimenea era como un pabellón de mármol azul. Las agujas eran de oro, tan trabajadas, tan decoradas y de tan complicado dibujo que era preciso mirarlas dos veces antes de descubrir dónde estaban las puntas. No se habían movido desde su partida, tal vez desde su nacimiento, y esto no estaba mal para un viejo reloj.

    Tomó la maleta y subió. Haldane tosía, pero ninguna luz se filtraba a través de la puerta de su habitación. Llamó a la de Avery.

    —¿Está usted ahí, John?

    Al cabo de un momento lo oyó incorporarse en el lecho.

    —¿Se ha divertido usted, Fred?
    —Se hizo lo que se pudo.
    —¿La cuestión mujeres, bien?
    —Al pelo. Hasta mañana, John.
    —Hasta mañana. Buenas noches, Fred. ¡Ah, Fred…!
    —¿Qué, John?
    —Jack y yo nos hemos divertido mucho. Lástima que usted no hubiera estado con nosotros.
    —No se preocupe, John.

    Siguió lentamente el pasillo, contento de su lasitud, entró en su habitación, se quitó la chaqueta, encendió un cigarrillo y se dejó caer con gratitud en una butaca. Una butaca de orejas, profunda y confortable. Desde ella vio de pronto algo. En la pared estaba colgado un cuadro para la conversión de letras en cifras y debajo, sobre el lecho, en medio del edredón, había una vieja maleta de estilo europeo, de tela de color verde oscuro con cantoneras de cuero. Estaba abierta y dentro estaban alineadas dos cajas de acero gris. Se levantó y las contempló largo rato: las reconoció en seguida. Alargó la mano para tocarlas, tímidamente, como si corriera el riesgo de quemarse. Hizo girar los botones y se inclinó para leer las indicaciones bajo los mandos. Hubiera podido ser la emisora que tenía en Holanda: emisora y receptor en una caja, fuente de alimentación, manipulador y auriculares en la otra. Los cuarzos, una docena, en un saquito de seda de paracaídas, cerrado por un cordón verde. Tanteó con el dedo el manipulador: conservaba el recuerdo de algo más grande.

    Volvió a la butaca, con los ojos siempre fijos en la maleta. Se sentó rígido y sin los menores deseos de dormir, como un hombre que está velando a un muerto.

    Llegó tarde al desayuno. Haldane anunció:

    —Pasará usted todo el día con Johnson. Mañana y tarde.
    —¿Ningún paseo?

    Avery estaba entretenido comiéndose unos huevos.

    —Tal vez mañana. En lo sucesivo nos ocuparemos de la técnica. Me temo que los paseos quedarán en segundo lugar.


    Los lunes por la noche Control solía quedarse en Londres. Era, decía, el único momento en que podía encontrar una butaca en su club. Smiley sospechaba que lo único que pretendía era huir de su mujer.


    —Parece que se prospera en «Blackfriars[1] Road —dijo—. Leclerc se pasea en «Rolls Royce».
    —Es un «Humber» como tantos —replicó Smiley—. Procede del parque del Ministerio.
    —¿De veras? — preguntó Control arqueando las cejas—. Así los frailes negros van boyantes…


    XIV


    —¿De manera que usted conoce el aparato? — preguntó Johnson.

    —El B2.
    —Exacto. Su nombre oficial es Mark dos, modelo tercero. Funciona con corriente alterna o con batería de coche de seis voltios, pero usted utilizará la corriente del sector, ¿no es eso? Han indagado acerca de la corriente que encontrará donde vaya: es alterna. Con este aparato consume usted cincuenta y siete watios cuando transmita y veinticinco cuando reciba. Entonces, si usted se encuentra en cualquier sitio donde no haya sino corriente continua, tendrá que echar mano de una batería, ¿comprende?

    Leiser no se rió.

    —El cable de alimentación está provisto de adaptadores para todos los modelos de toma de corriente europeos.
    —Lo sé.

    Leiser miró cómo Johnson preparaba la emisora. Comenzó por conectar el emisor y el receptor a la fuente de alimentación por medio de clavijas de seis contactos, fijando las pinzas a los dos bornes. Habiendo hecho esto, con el aparato ya en condiciones de funcionamiento conectó el pequeño manipulador de morse al emisor y los auriculares al receptor.

    —El manipulador es más pequeño que el que utilizábamos durante la guerra —protestó Leiser—. Lo probé ayer noche. Constantemente me resbalaban los dedos. Johnson movió la cabeza.
    —Lo siento. Fred: tiene el mismo tamaño. Tal vez sus dedos hayan engordado.
    —Tal vez. Continuemos.

    Johnson sacó de otra caja un carrete de cable recubierto de material plástico y conectó un extremo en el casquillo de la toma de antena.

    —La mayor parte de sus cuarzos tienen una frecuencia aproximada de tres megaciclos, de manera que posiblemente no tendrá usted necesidad de cambiar su antena; si desenrolla buena parte de su antena, logrará una ventaja del ciento por ciento, Fred. Sobre todo por la noche. Ahora esté atento a la sintonización. Ya ha conectado la antena, la toma de tierra, el manipulador, los auriculares y la fuente de alimentación. Consulte su plan de emisión y vea a qué frecuencia trabaja. Ahora tome el cristal correspondiente, ¿no es así? — Tomó una pequeña cápsula de baquelita negra e introdujo los contactos en la toma—. Las clavijas así, ¿ve usted? ¿Me sigue? ¿Voy demasiado de prisa?
    —Le miro. No esté haciéndome preguntas todo el rato.
    —Gire ahora el botón de selección de los cuarzos en la posición de frecuencia fundamental para todos y elija la gama de manera que cubra la frecuencia. Si se encuentra usted en los tres megaciclos y medio, deberá manipular entre tres y cuatro, por ejemplo. Ahora conecte la bobina intercambiable, Fred, y tendrá una excelente cobertura.

    Leiser, con la cabeza apoyada en una mano, intentaba desesperadamente acordarse de la sucesión de ademanes tan naturales antes para él. Johnson operaba con el método de un hombre que ha hecho esto toda su vida. Su voz era suave y tranquila y poseía una gran paciencia, sus manos pasaban instintivamente de un botón a otro, sin esfuerzo alguno. No cesaba de monologar:

    —El botón ARE en A para el ajuste de sintonía; de este modo la placa y la antena se sintonizan sobre diez; ahora se puede dar el contacto, ¿verdad? — Señaló el cuadrante indicador—. Dispondrá usted de una lectura de trescientos aproximadamente, Fred. Ahora me detengo. Pongo mi selector de medidas en la posición tres y giro el botón de ajuste del AP hasta lograr la desviación máxima. Pongo ahora sobre seis…
    —¿Qué es el AP?
    —El amplificador de potencia, Fred. ¿No lo sabía?
    —Continúe.
    —Ahora muevo el botón de ajuste de la placa hasta alcanzar la desviación mínima… ¡Vea! Estoy a cien con el botón sobre dos, ¿ve usted? Ahora utilice el botón ARE sobre E (E para emitir, Fred) y esté dispuesto para regular la antena. Aquí…, apriete el manipulador. ¿Ve usted? Dispone usted de una lectura mayor porque tiene la corriente que pasa por la antena, ¿comprende?

    Procedió en silencio, con los ademanes rituales, al ajuste de la antena, hasta el momento en que el amperímetro se detuvo dócilmente sobre la cifra prevista.

    —¡Ya está! — declaró triunfalmente—. Ahora le toca a usted, Fred. Vaya, veo que le suda la mano. Tuvo usted un fin de semana muy movido, amigo mío. Un minuto, Fred.

    Dejó la habitación y volvió con un enorme salero que le sirvió para espolvorear de polvo de talco el rombo negro del manipulador.

    —A partir de ahora —dijo Johnson— dejará usted tranquilas a las mujeres, ¿eh, Fred?

    Leiser se miró las palmas de las manos: gotitas de sudor se reunían en los surcos.

    —No he dormido.
    —No me sorprende. — Golpeó afectuosamente la caja—. En lo sucesivo dormirá usted con ésta. Es la señora Fred y nada más, ¿entendido?

    Desconectó el aparato y esperó que Leiser comenzara. Con una lentitud infantil. Leiser comenzó penosamente a poner el equipo en condiciones de funcionamiento. Era preciso mucho tiempo.

    Día tras día Leiser y Johnson se sentaban ante la pequeña mesa de la habitación para transmitir sus mensajes. A veces Johnson se iba con la furgoneta y dejaba a Leiser solo. Así hablaban por radio hasta el amanecer. O bien Leiser partía con Avery —no le dejaban salir solo— y desde una casa que le habían prestado en Fairford transmitían sus mensajes, y enviaban y recibían en lenguaje normal trivialidades como simples aficionados de radio. Leiser cambiaba visiblemente. Se volvía nervioso e irritable, se quejaba a Haldane diciéndole que era complicado transmitir según una serie de frecuencias diferentes, que era difícil proceder constantemente con una nueva sintonía, que era una carrera contra reloj. Sus relaciones con Johnson carecían de elasticidad; Johnson no estaba allí desde el principio y. Dios sabía por qué, Leiser insistía en tratarlo como un extraño, negándose a dejarle alcanzar ese espíritu de camaradería que, según creía, existía entre Avery, Haldane y él.

    Durante un desayuno hubo una escena particularmente ridícula. Leiser levantó la tapa de un bote de mermelada, miró dentro y volviéndose a Avery le preguntó:

    —¿Es miel de abejas?

    Johnson se inclinó sobre la mesa, con el cuchillo en la mano y una rebanada de pan con mantequilla en la otra.

    —No se dice así, Fred. Se llama miel, simplemente.
    —Es lo que he dicho, miel. Miel de abejas.
    —Miel y nada más —repitió Johnson—. En Inglaterra se dice simplemente miel.

    Leiser cerró el bote con un lento ademán. Estaba pálido de cólera.

    —No es usted quien va a enseñarme a hablar.

    Haldane levantó la nariz de su diario.

    —Cálmese, Johnson. Puede decirse muy bien miel de abejas.

    La cortesía de Leiser tenía algo de servil y sus discusiones con Johnson eran disputas de escalera de servicio.

    A pesar de los incidentes de este género, como dos hombres que trabajan cada día en una misma empresa, acabaron poco a poco por compartir sus esperanzas, sus humores, sus crisis y sus desánimos. Si una lección había sido bien dada, la cena que seguía se desarrollaba en un ambiente alegre. Los dos hombres cambiaban observaciones de iniciados sobre el estado de la ionosfera, en un alcance obtenido a una frecuencia dada, o un capricho de la sintonización. Si las cosas no habían ido bien, no despegaban los labios o poco menos, y todo el mundo, excepto Haldane, tragaba rápidamente el contenido de su plato, no teniendo nada que decir. De vez en cuando Leiser preguntaba si podía dar un paseo con Avery, pero Haldane movía la cabeza diciendo que no había tiempo.

    Como las dos semanas tocaban a su término, la casa Mayfly recibió en varias ocasiones la visita de especialistas de tal o cuál cosa llegados de Londres. Vino también un instructor en fotografía, un hombre de alta estatura, de ojos hundidos, que enseñó a Leiser la manera de utilizar un aparato fotográfico en miniatura de objetivos intercambiables. Hubo también un médico, de aspecto benévolo y sin ninguna curiosidad, que durante varios minutos auscultó el corazón de Leiser. El Tesoro había insistido en ello, por la posibilidad de una pensión. Leiser declaró que no tenía familia, pero se dejó reconocer siquiera por satisfacer al Tesoro.

    Con el aumento de sus actividades, Leiser tuvo un gran consuelo con su pistola. Avery se la había dado cuando volvió de su permiso. Eligió un correaje para debajo de la axila (el corte de sus chaquetas disimulaba la bolsa que hacía) y a veces, después de una larga jornada, tomaba el arma y la palpaba, inspeccionando el cañón, levantándola y bajándola como en la sala de tiro.

    —No hay mejor —decía—. Ninguna de este tipo. Las pistolas que se hacen en el continente se las pueden guardar. Juguetes para mujeres, como sus coches. Créame, John, un treinta y ocho es lo mejor que hay.
    —Hoy se llama un nueve milímetros.

    Su antipatía por los intrusos se manifestó con una violencia inesperada con motivo de la visita de Hyde, un hombre del Circus. La mañana se había dado mal. Leiser había hecho ejercicios de radio cronometrados, cifrando y transmitiendo cuarenta grupos. Sus dos habitaciones estaban ahora conectadas por medio de un circuito interior. Así trabajaban con las puertas cerradas. Johnson le había enseñado cierto número de señales internacionales: QRJ, sus señales son demasiado débiles; QRQ, transmita más de prisa; QSD, su manipulación es incorrecta; QSM, repita el último mensaje; QSZ, transmita cada palabra dos veces; QRU, no tengo nada para usted. Leiser transmitía de manera cada vez más desigual y los comentarios de Johnson, expresados bajo esta forma misteriosa, aumentaban todavía su confusión, hasta el momento en que, lanzando una exclamación de cólera, cortó el contacto y descendió a buscar a Avery. Johnson le impidió el paso.

    —Eso no sirve para nada, Fred.
    —Déjeme en paz.
    —Escuche, Fred, lo hace usted todo equivocadamente. Le he dicho que dé el número de grupos antes de enviar el mensaje. Usted es incapaz de acordarse de algo.

    Iba a añadir alguna cosa cuando llamaron a la puerta. Era Hyde. Iba con un ayudante, un hombre grueso que chupaba pastillas para la tos.

    No utilizaron las cintas magnetofónicas durante el almuerzo. Sus huéspedes estaban sentados uno al lado del otro y comían con aire lúgubre como si tragaran el mismo alimento todos los días para lograr su ración de calorías. Hyde era un hombre flaco, de cara sombría y sin el menor sentido del humor, que a Avery le recordaba a Sutherland. Había venido para dar a Leiser una nueva identidad. Llevaba unos papeles para que los firmara, carnet de identidad, cartilla de racionamiento, permiso de conducir, pase para cierto sector de la zona fronteriza y una vieja camisa que llevaba en su cartera. Después del almuerzo, lo dejó todo sobre la mesa del salón mientras el fotógrafo instalaba su aparato.

    Hicieron que Leiser se pusiera la camisa y lo fotografiaron de frente, de manera que se le viesen ambas orejas, como era de rigor en los documentos de identidad alemanes; luego le hicieron firmar los diversos papeles. Parecían nerviosos.

    —Le llamaremos Freiser —dijo Hyde a modo de conclusión.
    —¿Freiser? Se parece a mi verdadero nombre.
    —Precisamente. Es lo que sus jefes quieren. Para las firmas y todo eso, para que no haya error. No estaría de más que se entrenara usted un poco firmando.
    —Me gustaría más que fuera diferente. Muy diferente.
    —Creo que tendremos que conformarnos con Freiser —dijo Hyde—. La decisión ha sido tomada a alto nivel.

    Hyde era de esos hombres que se amparan siempre detrás de una Misteriosa Autoridad.

    Hubo un incómodo silencio.

    —Quiero un nombre diferente. No me gusta el de Freiser y quiero que sea un nombre distinto.

    Tampoco le gustaba Hyde y no tardaría treinta segundos en decírselo.

    Haldane intervino.

    —Tiene usted que obedecer las consignas. El Departamento ha tomado esa decisión. No es cosa de modificarla ahora.

    Leiser estaba muy pálido.

    —Entonces que cambien las consignas. Quiero un nombre diferente, y se acabó. ¡Dios mío!, tampoco es una cosa del otro mundo. Es todo lo que pido: otro nombre, un nombre conveniente y no una especie de imitación del mío.
    —No comprendo —dijo Hyde—. Se trata sólo de entrenamiento, ¿verdad?
    —¡Usted no tiene por qué comprender! Cambie el nombre, y nada más. ¿Por qué diantre viene usted a darme órdenes?
    —Voy a telefonear a Londres —dijo Haldane, y subió.

    Esperaron con malestar su regreso.

    —¿Le parece bien el de Hartbeck? — preguntó Haldane con un leve matiz de sarcasmo en la voz.
    —Hartbeck —dijo Leiser sonriendo—. Está bien. — Apartó las manos en un ademán de excusa—. Hartbeck es perfecto.

    Leiser pasó diez minutos ensayando una firma; luego firmó los documentos, cada vez con un pequeño ademán, como si tuviera polvo en la mano. Hyde le dio un curso sobre lo que representaban esos distintos papeles. Esto llevó mucho tiempo. No había verdaderas cartillas de racionamiento en Alemania Oriental, dijo Hyde, pero existía un sistema de inscripción en los almacenes que proporcionaban un certificado. Explicó el principio de los permisos de circulación y las condiciones según las cuales los concedían; le habló largo rato de la obligación que Leiser tenía de presentar, sin que se lo pidieran, su carnet de identidad cuando compraba un billete de ferrocarril o paraba en un hotel. Leiser discutió con él y Haldane se esforzó en poner término a la reunión, pero Hyde no quiso oír nada. Cuando hubo terminado, saludó con la cabeza y se marchó con su fotógrafo, habiendo doblado la camisa y metiéndola en la cartera como si formase parte de su equipo.

    Aquella salida de Leiser pareció causar inquietud a Haldane. Telefoneó a Londres y pidió a Gladstone que examinara el expediente de Leiser y viera si hallaba huellas del nombre de Freiser. También ordenó investigaciones en todos los ficheros, pero sin éxito. Cuando Avery se aventuró a decir que Haldane concedía demasiada importancia a ese incidente, el otro movió la cabeza.

    —Esperamos que pronuncie sus segundos votos —dijo.

    Después de la visita de Hyde, Leiser tenía cada día verdaderas lecciones sobre su nueva identidad. Poco a poco Avery y Haldane reconstruyeron con una paciencia minuciosa los antecedentes del tal Hartbeck, lo que eran su trabajo, sus gustos y sus inclinaciones en la vida amorosa y en la elección de los amigos. Penetraron juntos en los rincones más oscuros de la imaginada existencia de ese hombre, le otorgaron talentos y cualidades que apenas poseía el propio Leiser.

    Woodford llegó con noticias del Departamento.

    —El director es extraordinario —dijo como si hablase de la forma como Leclerc luchaba contra una enfermedad—. Nos vamos a Lübeck dentro de una semana. Jimmy Gorton ha hecho una encuesta sobre la población fronteriza alemana: dice que se puede contar con ellos. Hemos señalado un lugar de paso y alquilado una granja en la linde de la ciudad. Ha dicho que somos un grupo de universitarios deseosos de gozar de un poco de calma y aire puro. — Woodford miró a Haldane con aire de conspirador—. El Departamento funciona magníficamente. Como un solo hombre. ¡Y qué magnífico espíritu, Adrian! Ya no se mira ahora el reloj. Ni se habla de rangos. Dennison, Sandford… formamos un equipo muy unido. ¡Si viera usted cómo Clarkie atosiga al Ministerio a propósito de la pensión del pobre Taylor! ¿Cómo va Mayfly? — añadió bajando la voz.
    —Muy bien. Está estudiando radio arriba.
    —¿No hay nuevos signos de nerviosidad? ¿Salidas como la del otro día?
    —Que yo sepa, no —respondió Haldane, como si de todas maneras no hubiese motivo para tener que enterarse.
    —¿Y no le pesa demasiado la abstinencia? A veces hace falta una mujer.

    Woodford había llevado los dibujos de los cohetes soviéticos. Habían sido realizados por los dibujantes del Ministerio partiendo de las fotografías que poseía la Sección de Investigación, ampliados a noventa por sesenta centímetros y montados sobre cartón. Algunos llevaban la mención «secreto». Las partes principales estaban marcadas con una flecha; la nomenclatura era extrañamente infantil: aleta, cono, depósito de carburante, potencia de arrastre. Junto a cada ingenio, una divertida y pequeña silueta como un pingüino, tocada con un casco de piloto, bajo la cual decía lo siguiente: «Talla de un hombre medio.» Woodford las colocó en torno de la habitación como si fueran sus obras. Avery y Haldane observaban en silencio.

    —Puede mirarlas después de almorzar —dijo Haldane—. Recójalas ahora.
    —He traído una película para documentarle sobre el lanzamiento de misiles, los transportes y algunos datos sobre la potencia destructiva. El director ha dicho que deberá tener una idea de lo que esos ingenios son capaces de hacer. Esto le hará trabajar de firme.
    —¡Oh!, ya lo hace —dijo Avery.

    Woodford recordó algo de pronto.

    —¡Ah!, y el pequeño Gladstone quiere hablarle. Ha dicho que era urgente… No sabía cómo reunirse con usted. Yo le he prometido que usted le telefonearía en cuanto tuviera un momento. Sin duda le pidió usted algunos datos a propósito de la operación Mayfly. Sobre la industria o las maniobras, ¿no? Bien, tiene la respuesta en Londres. Es un excelente suboficial el tipo ese. — Miró al techo—. ¿Cuándo baja Fred?
    —No quiero que usted le vea. Bruce —dijo secamente Haldane. Haldane no tenía la costumbre de llamar a la gente por su nombre—. Desgraciadamente tendrá usted que almorzar fuera de casa. Haga una nota de gastos.
    —De acuerdo.
    —Es por razones de seguridad. Los dibujos son muy elocuentes por sí solos. Sin duda sucederá lo mismo con las películas.

    Woodford se marchó profundamente humillado. Avery comprendió entonces que Haldane estaba decidido a mantener a Leiser en la ilusión de que en el seno del Departamento no había lugar para los imbéciles.

    Para el último día de entrenamiento Haldane había previsto toda una serie de ejercicios desde las diez de la mañana a las ocho de la noche, comprendiendo la observación visual en la ciudad, fotografía clandestina y audición de cintas magnetofónicas. Las informaciones que Leiser recogería en la jornada debían proporcionar la materia de un informe que cifraría y transmitiría por radio a Johnson en el transcurso de la velada. Durante la conferencia de la mañana reinó cierta hilaridad. Johnson dijo riendo que no se trataba de fotografiar por error al alguacil de Oxford. Leiser se echó a reír e incluso Haldane se permitió una leve sonrisa. Terminaba el trimestre: los alumnos iban a volver a sus casas.

    El ejercicio resultó un éxito. Johnson estaba encantado, Avery entusiasmado, Leiser manifiestamente contento. Habían efectuado dos emisiones impecables, dijo Johnson. Fred resultaba perfecto. A las ocho se encontraron para cenar, cada uno con su mejor traje. Se había preparado un menú especial. Se habló de una reunión anual para el futuro. Leiser tenía un aspecto muy elegante con su traje azul oscuro y su corbata de color azul pastel.

    Johnson estaba medianamente ebrio e insistió en bajar el transmisor de Leiser y brindar a la salud del aparato, llamándolo señora Hartbeck.

    Al día siguiente, un sábado, Avery y Haldane se fueron a Londres. Leiser había de quedarse en Oxford con Johnson hasta el instante en que todos partirían juntos para Alemania, el lunes. El domingo una camioneta de la Air Force iría a recoger el equipaje. Éste sería expedido por separado a la dirección de Gorton, en Hamburgo, así como el equipo básico de Johnson y enviado desde allí a la granja de los alrededores de Lübeck, de donde partiría la operación Mayfly. Antes de dejar la casa, Avery lanzó una última mirada en torno suyo, en parte por razones sentimentales y en parte también porque era él quien había firmado el contrato de arrendamiento y era el responsable del inventario.

    Haldane estuvo incómodo durante el viaje hasta Londres. Parecía temer todavía una imprevisible crisis de Leiser.


    XV


    Era sábado por la tarde. Sarah estaba en cama. Su madre había llegado a Londres.

    —Si alguna vez me necesitas —dijo él—, iré adonde tú estés.
    —Quieres decir cuando esté en la agonía —y añadió—: Haré lo mismo por ti, John. ¿Puedo ahora repetirte mi pregunta?
    —El lunes. Nos vamos en grupo.

    Eran como niños.

    —¿A qué región de Alemania?
    —A Alemania, Alemania Oriental. Para una conferencia.
    —¿Vas a buscar otros cadáveres?
    —¡Oh, por Dios, Sarah! ¿Crees que trato de ocultarte algo?
    —Sí, John —dijo ella con sencillez—. Creo que si estuvieras autorizado para hablarme, tu profesión no te interesaría. Tú tienes derechos que yo no tengo, esto es todo.
    —Todo lo que puedo decirte es que se trata de algo muy importante, de una operación de envergadura. Con agentes. Yo los he entrenado.
    —¿Quién dirige la operación?
    —Haldane.
    —¿El que te ha hecho confidencias sobre su mujer? Lo encuentro de muy mal gusto.
    —No fue él, sino Woodford. Haldane es muy diferente. Es muy raro. Tiene aires de profesor. Un hombre muy fuerte.
    —Pero, ¿no son fuertes todos? Woodford también es fuerte.

    La madre de Sarah compareció con el té.

    —¿Cuándo te levantas?
    —Seguramente el lunes. Depende de lo que diga el médico.
    —Necesita calma —dijo su madre—. Y después, salir.
    —Si crees que debes irte —continuó Sarah—, vete. Pero no…

    No terminó la frase y movió la cabeza. Hubiérase dicho que era una niña ahora.

    —Estás celosa. Estás celosa de mi profesión y del secreto con que trabajo. En realidad no querrías que creyese en mi trabajo.
    —Sí. Cree si puedes.

    Durante un instante evitaron mirarse.

    —Si no fuera por Anthony —declaró Sarah por último—, te dejaría.
    —¿Por qué? — preguntó Avery con un tono sin esperanza. Luego, viendo una salida—: No te detengas por Anthony.
    —No me hablas nunca, ni tampoco a Anthony. Apenas te conoce.
    —¿De qué quieres hablar?
    —¡Oh, Dios mío!
    —Tú sabes que no puedo hablar de mi trabajo. Ya te digo más cosas de las que debiera. Por eso te burlas siempre del Departamento, ¿verdad? No puedes comprender, no quieres. No te gusta que todo lo que haga sea secreto. Pero me desprecias cuando infrinjo el reglamento.
    —No empecemos.
    —No empiezo —dijo Avery—. Está decidido.
    —Quizás esta vez pienses en traerle un regalo a Anthony.
    —Le traje ese camión de lechero.

    Hubo un silencio.

    —Convendría que conocieras a Leclerc —dijo Avery—. Creo que deberías hablarle. Me lo ha propuesto siempre. Que venga un día a cenar… Acaso él te convenza.
    —¿De qué?

    Descubrió un hilo que colgaba de una costura de su camisón. Suspirando, tomó unas tijeras del cajón de la mesilla de noche y lo cortó.

    —Debiste sacarlo por detrás —dijo Avery—, Estropeas tus cosas haciendo esto.
    —¿Cómo son los agentes? — preguntó ella—. ¿Por qué tienen ese oficio?
    —En parte por fidelidad. Y supongo que también en parte por dinero.
    —¿Quieres decir que los compráis?
    —¡Oh, cállate!
    —¿Son ingleses?
    —Uno de ellos es inglés. No me hagas más preguntas, Sarah. No puedo responderte. — Inclinó la cabeza hacia ella—. No me preguntes nada más, querida.

    Le tomó la mano y ella le dejó hacer.

    —¿Todos son hombres?
    —Sí.

    Bruscamente, sin ninguna transición, sin lágrimas tampoco, pero muy de prisa, con compasión, como si se hubiesen terminado las palabras y hubiese sonado el instante de la elección, dijo:

    —John, quiero saber, necesito saber ahora, con quién te vas. Es una pregunta espantosa, no del todo inglesa, pero hay algo que no cesas de repetirme desde que tienes esta profesión. Me dices que la gente no importa, que tampoco importo yo, ni Anthony, ni los agentes. Me dices que encontraste tu vocación. Y te pregunto: ¿qué vocación? Ésta es la pregunta que nunca me contestaste. Por eso me evitas. ¿Eres un mártir, John? ¿Debo admirarte por lo que haces? ¿Haces sacrificios?

    Evitando su mirada, Avery respondió con un tono sin expresión:

    —No. Hago un trabajo. Soy un técnico; un engranaje en una máquina. ¿Quieres que te confiese que puedo creer en dos principios contradictorios al mismo tiempo? Quieres demostrarme que toda mi vida es una paradoja.
    —No. Has dicho lo que deseaba oírte decir. Es preciso que traces un círculo y no salgas de él. No es que creas en dos principios contradictorios, sino que no crees en nada. Es muy humilde por tu parte. ¿Crees realmente que vales tan poco?
    —Eres tú quien me minimiza. No te burles siempre de mí. Me empequeñeces en este momento.
    —John, te juro que no es eso lo que quiero. Cuando llegaste ayer por la noche, habría dicho que acababas de dejar un amor. La clase de amor que reconforta. Parecías tener el espíritu libre y en paz. Por un momento creí que habías encontrado una mujer. Por eso te pregunté si realmente era por eso, si todos eran hombres… Pensé que tenías una amante. Ahora me dices que no hay nada de eso y pareces tan orgulloso como si fuera verdad.

    Él esperó un momento y luego, con la misma sonrisa que dirigía a Leiser, le dijo:

    —Sarah, me decepcionas terriblemente. Cuando estuve en Oxford fui a ver la casa de Chandos Road, ¿te acuerdas? Tuvimos buenos momentos allí. ¿verdad? — Le apretó la mano—. Muy buenos momentos. Pensé, pensé en nuestro matrimonio y en ti. Y en Anthony. Te amo, Sarah, te amo. Por todo…, por la manera como educas a nuestro hijo. — Sonrió levemente—. A veces los dos sois tan vulnerables que hay momentos en que no os puedo distinguir a uno de otro.

    Como ella continuara silenciosa, prosiguió:

    —Pensé que si nos fuéramos a vivir al campo, si compráramos una casa… Ahora tengo una buena posición. Leclerc conseguirá que me hagan un préstamo. Anthony podría correr más. Se trataría sólo de aumentar nuestro radio de acción. Iríamos al teatro, como cuando estábamos en Oxford.
    —¿Iríamos? — dijo ella con tono ausente—. ¿Crees que podríamos ir al teatro si vivimos en el campo?
    —Pero, ¿no comprendes que el Departamento me confía ahora cosas de responsabilidad? Ahora tengo una buena posición. Hago un trabajo importante, ¿sabes, Sarah?

    Ella lo rechazó suavemente.

    —Mi madre nos ha invitado a que pasemos las Navidades en Reigate.
    —Perfecto. Escucha… En el despacho… Me deben algo ahora después de todo lo que he hecho. Me consideran en un plano de igualdad. Como un colega. Soy de los suyos.
    —Entonces, tienes responsabilidad, ¿no? Formas parte del equipo. En ese caso no se trata de sacrificio.

    Se encontraban en el punto de partida. Avery, que no se dio cuenta, continuó dulcemente:

    —Puedo decírselo, ¿verdad? ¿Puedo decirle que irás a cenar?
    —Te lo ruego, John —dijo ella secamente—. No intentes maniobrar como uno de tus agentes.


    Mientras tanto, Haldane, sentado a la mesa de su despacho, estudiaba el informe de Gladstone.

    En dos ocasiones había habido maniobras en la región de Kalkstadt: en 1952 y en 1960. La segunda vez los rusos habían simulado una ofensiva de infantería sobre Rostock apoyada por numerosos elementos blindados, pero sin el apoyo de la aviación. No se sabía gran cosa de las maniobras de 1952, excepto que un importante destacamento había ocupado la ciudad de Wolken. Se creía que estos soldados llevaban hombreras de color violeta. El informe apenas proporcionaba datos válidos. En las dos ocasiones la región había sido declarada zona prohibida. Esta prohibición se extendía hasta la costa septentrional. Venía luego una larga enumeración de las principales industrias de la región. Según ciertas informaciones —procedentes del Circus, que se negaba a revelar la fuente—, se construía una nueva refinería en una meseta al este de Wolken, con material procedente de Leipzig. Era posible, pero poco verosímil, que hubiese sido transportado por ferrocarril vía Kalkstadt. Ninguna señal de agitación política ni social, tampoco ningún incidente que pudiera justificar que la ciudad había sido declarada provisionalmente zona prohibida.

    En su cubeta se encontraba una nota del Archivo. Era una relación de los expedientes que había pedido, pero algunos estaban reservados a los suscriptores y debería consultarlos en la biblioteca.

    Bajó, manipuló en la combinación de la puerta blindada del Archivo General y buscó a tientas el conmutador. Acabó por avanzar en la oscuridad entre los anaqueles hasta llegar a la pequeña habitación sin ventana al fondo del edificio donde se guardaban los documentos secretos o de particular interés. La oscuridad era total. Encendió una cerilla y halló el interruptor. Sobre la mesa había dos pilas de expedientes: Mayfly, que estaba ahora en su tercer clasificador, con una lista de suscriptores pegada sobre el cartón y Falsos Informes (URSS y Alemania Oriental); una colección impecablemente ordenada de documentos y fotos clasificados en carpetas.

    Después de haber echado una breve ojeada a los expedientes Mayfly, se inclinó sobre las carpetas y descubrió, a medida que ojeaba las páginas, la misma deprimente colección de canallas, agentes dobles y desequilibrados que, en los cuatro puntos cardinales de la Tierra, y bajo los pretextos más diversos, habían intentado, a veces con éxito, embaucar a los servicios de información occidentales. Se encontraba hasta el cansancio la técnica eternamente igual: el atisbo de verdad cuidadosamente reconstituido, a partir de artículos de periódicos y de rumores; la continuidad, menos cuidadosamente concebida, que traicionaba el desprecio del falsario hacia su engañado, y por último el momento en que el falsario se dejaba arrastrar por su imaginación, el toque de impertinencia artística que ponía deliberadamente término a unas relaciones ya condenadas.

    En un expediente vio una etiqueta con las iniciales de Gladstone. Encima se podían leer estas palabras escritas con su caligrafía redonda y cuidada: «Podría interesarle.»

    Era un informe de refugiados sobre ensayos de tanques efectuados por los soviéticos en los alrededores de Gutsweiler. Figuraba en él la mención: «No se haga circular. Pura invención.» Había una larga justificación citando pasajes del informe, copiados casi palabra por palabra según un manual de instrucción militar soviético de 1949. El autor del informe parecía haber aumentado en una tercera parte todas las dimensiones y añadido algunos detalles de su cosecha. Había también seis fotografías, muy desvaídas, tomadas desde un tren utilizando teleobjetivo. Al dorso, MacCulloch había anotado cuidadosamente: «Pretende haber utilizado un aparato Exa—2 fabricado en Alemania Oriental. Chasis de mala calidad. Objetivo Exakta. Tiempo de pose largo. Negativos muy flojos a causa de las sacudidas del tren en marcha. Dudoso.» Nada de esto era ni siquiera concluyente. La misma marca de cámara fotográfica, nada más. Haldane cerró la puerta de los Archivos y se volvió a casa. Leclerc había dicho que su deber no era demostrar que Cristo había nacido el día de Navidad. «Más aún —pensó Haldane—, era cosa suya probar que Taylor había sido asesinado.»


    La mujer de Woodford vertió un poco de soda en su scotch. Por costumbre más que por gusto.

    —Dormir en el despacho, querido —dijo—. ¿De manera que tienes dietas operacionales?
    —Sí, por supuesto.
    —Bien, entonces no se trata de una conferencia, ¿verdad? Una conferencia no es operacional. A menos —añadió con sorna— que se celebre en el Kremlin.
    —Bueno, de acuerdo, no se trata de ninguna conferencia. Es una operación. Por eso disfruto de dietas especiales.

    Ella lo miró sin ternura. Era una mujer demacrada, que no había tenido hijos, y entornaba los ojos para evitar el humo del cigarrillo que tenía en los labios.

    —No hay nada de eso. Eres tú quien lo inventa todo. — Se echó a reír con una risa dura que sonaba a falso—. ¡Pobre estúpido! — dijo con su risa burlona—. ¿Cómo va el pequeño Clarkie? Le tienes miedo, ¿verdad? ¿Por qué no dices nada contra él? Jimmy Gorton lo hacía. Él sí que veía claro.
    —¡No me hables de Jimmy Gorton!
    —Jimmy es adorable.
    —¡Babs, te lo advierto!
    —¡Pobre Clarkie! ¿Te acuerdas —continuó soñadora— de aquella cena a que nos invitó en su club? El día en que se acordó que nos tocaba el tumo de ser sus huéspedes. Bistec, riñones y guisantes congelados. — Bebió un trago de whisky—. Y ginebra tibia. — De pronto se le ocurrió una idea—. Me pregunto si algún día conoció alguna mujer —dijo—. ¡Dios mío!, es el único hombre a propósito del cual no me hice jamás esta pregunta.

    Woodford volvió a terreno más seguro.

    —Bueno, no pasa nada.

    Se levantó sonriendo estúpidamente y fue a buscar cerillas sobre la mesa.

    —No vas a fumar aquí esa horrible pipa —dijo ella maquinalmente.
    —De modo que no pasa nada —repitió él con tono satisfecho, y encendió su pipa aspirando ruidosamente.
    —¡Dios mío, cuánto te detesto!
    —No importa —continuó él—, no importa. Tú lo has dicho, querida, yo no. No duermo en el despacho, de manera que todo va bien, ¿no? Y tampoco he ido a Oxford. Ni siquiera al Ministerio. No tengo coche que me acompañe a casa por las tardes.

    Ella se inclinó hacia delante y con voz súbitamente impaciente, inquietante, preguntó:

    —¿Qué diablo sucede? Tengo derecho a saberlo, ¿no es así? Soy tu mujer, ¿verdad? Se lo dices a esas putillas del despacho, ¿eh? ¡Pues dímelo a mí!
    —Haremos cruzar la frontera a un hombre —explicó Woodford. Era su momento de triunfo—. Estoy encargado de lo que ocurra en Londres durante esa operación. Estamos en plena crisis. Incluso hay peligro de guerra. Es un asunto muy delicado.

    La cerilla estaba apagada, pero él seguía sacudiéndola de arriba abajo con un amplio ademán del brazo, mirando a su mujer con un brillo de triunfo en el fondo de los ojos.

    —¡Embustero! — exclamó ella—. Eso cuéntaselo a los demás.


    En Oxford, la taberna de la esquina estaba vacía en sus tres cuartas partes. Tenían el bar para ellos solos. Leiser echaba jarabe en su «White Lady», mientras Johnson bebía la mejor cerveza a costa del Departamento.

    —Tiene usted que hacerlo tranquilamente, Fred —repetía con gentileza—. Este último ejercicio ha funcionado maravillosamente. Le oiremos, no se preocupe. No estará más que a ciento treinta kilómetros de la frontera. Es sencillísimo, en cuanto se acuerde de cómo tiene que hacerlo. Proceda con tranquilidad en la sintonización o nos hace la puñeta.
    —Lo recordaré. No se preocupe.
    —No piense usted que los boches le vayan a localizar. Usted no enviará cartas de amor, sino simplemente algunos grupos. Luego nueva indicación y cambio de frecuencia. No llegarán nunca a localizarle, no en el tiempo en que estará usted allí.
    —Llegarán ahora —dijo Leiser—. Tal vez hayan hecho progresos desde la guerra.
    —Habrá muchas clases de emisiones que se mezclarán con las de usted: las de los barcos en alta mar, las radios militares, los controles aéreos. Dios sabe. No son superhombres, Fred. Son como nosotros. No más astutos. No se preocupe.
    —No me preocupo. No me echaron mano durante la guerra. En todo caso poco tiempo.
    —Escuche, Fred, mire lo que le propongo. Otra ronda y nos vamos, y después un ratito con la señora Hartbeck. Y cuidado con la oscuridad.—Es tímida, ¿comprende usted? Que todo esté bien a punto en el momento preciso. Mañana, descanso. Al fin y al cabo, mañana es domingo, ¿no? — añadió con solicitud.
    —Tengo sueño. ¿No podría dormir un poco, Jack?
    —Mañana, Fred, podrá descansar. — Le dio un codazo en el costado—. Ahora está usted casado, Fred. No puede dormir siempre, ya lo sabe. Ha pronunciado los votos, como dicen.
    —Bueno, no hablemos más de esto, ¿le parece?

    Leiser parecía desesperado.

    —Lo siento, Fred.
    —¿Cuándo nos vamos a Londres?
    —El lunes, Fred.
    —¿Estará John?
    —Lo veremos en el aeropuerto. Con el capitán. Querían que tuviéramos tiempo de entrenarnos un poco más.

    Leiser asintió, golpeando ligeramente con el índice y el medio sobre la mesa, como si accionara el manipulador.

    —Dígame… ¿Por qué no ha dicho nada de esas chicas con quienes estuvo durante su fin de semana en Londres?

    Leiser movió la cabeza.

    —Vamos, paguemos a medias y hagamos una última partida de billar.

    Leiser sonrió tímidamente. Había olvidado su enfado.

    —Lo que yo he bebido es más caro que lo suyo, Jack. El «White Lady», vale más dinero. No se preocupe…

    Puso tiza al taco y echó los seis peniques en el contador.

    —Le hago la paz o doble. Por la última noche.
    —Escuche, Fred —dijo tranquilamente Johnson—, no busque siempre la moneda más grande, como, por ejemplo, meter la bola roja en el agujero de cien. Juegue las veinte y las cincuenta: esto hace tantos, ¿sabe usted? Ya lo verá.

    Leiser se enfureció de pronto. Dejó su taco en la taquera y cogió de la percha su abrigo de pelo de camello.

    —¿Qué ocurre, Fred? ¡Maldita sea! ¿Qué diablos le pasa ahora?
    —¡Por Dios santo, déjeme en paz! ¡Deje ya de conducirse como si yo fuera su prisionero! Voy a cumplir una misión, como todos lo hicimos durante la guerra. No espero una celda de condenado a muerte.


    Carol dejó el café sobre la mesa delante de Leclerc. Él la miró con rostro sonriente y le dio las gracias con tono cansado, pero con buena educación, como un niño al terminar una recepción.

    —Adrian Haldane se ha ido —observó Carol. Leclerc se inclinó de nuevo sobre su mapa—. He mirado en su despacho. Pudo haberse despedido.
    —No lo hace nunca —dijo Leclerc con orgullo.
    —¿Puedo ayudarle?

    Él movió la cabeza.

    —Nunca recuerdo cómo se convierten las yardas en metros.
    —Ni yo tampoco.
    —El Circus dice que ese barranco tiene doscientos metros de largo. Esto representa poco más o menos doscientas cincuenta yardas, ¿no es verdad?
    —Eso creo. Voy a buscar el manual.

    Volvió a su despacho y tomó de la estantería la tabla de equivalencias.

    —Un metro tiene treinta y nueve pulgadas coma treinta y siete —leyó ella—. Cien metros tienen ciento nueve yardas, trece pulgadas.

    Leclerc anotó las cifras.

    —Creo que deberíamos enviar un telegrama de confirmación a Gorton. Tómese primero su café y vuelva luego con el bloc.
    —No quiero café.
    —Envíelo con carácter normal, no es necesario levantar de la cama al viejo Jimmy. — Se pasó rápidamente la pequeña mano por los cabellos—. Uno. Vanguardia, Haldane, Avery, Johnson y Mayfly llegarán vuelo «BEA» número tantos, a tal hora, el nueve de diciembre. — Levantó los ojos—. Pida los detalles en Administración. Dos. Todos viajarán bajo su verdadera identidad y llegarán inmediatamente a Lübeck en tren. Por razones de seguridad no estará usted. Repito: no estará usted en el aeródromo para recibirlos, pero puede discretamente ponerse en contacto con Avery por teléfono en la base de Lübeck. No podemos decirle que se ponga en contacto con Adrian —observó con una risita—. No pueden soportarse… —y continuó con un tono más oficial—: Tres. La partida número dos llegará en vuelo por la mañana el diez de diciembre. Los verá usted en el aeropuerto para una breve reunión antes de que continúe la marcha hasta Lübeck. Cuatro. Su papel consistirá en proporcionar discretamente consejos y asistencia a todos los estadios, con objeto de llevar a buen fin la operación Mayfly.

    Carol se levantó.

    —¿John Avery ha de ir también? No ha visto a su pobre mujer desde hace semanas.
    —Riesgos de la guerra —respondió Leclerc sin mirarla—. ¿Cuánto tiempo emplea un hombre en recorrer doscientos veinte metros arrastrándose? — Murmuró algo—. ¡Ah, Carol! Añada una frase a este telegrama: «Cinco. Buena caza.» Al viejo Jimmy le gusta que se le anime un poco. Está allí abajo solo.

    Tomó un expediente del cesto del correo y examinó la cubierta con mirada crítica.

    —¡Ah! — dijo con una sonrisa calculada—. Debe ser el expediente húngaro. ¿No se encontró nunca con Arthur Fielden en Viena?
    —No.
    —Un hombre encantador. Su tipo. Uno de nuestros mejores elementos…, sabe de qué va. Bruce me ha dicho que ha enviado un excelente informe sobre los cambios de unidades en Budapest. Convendrá que le pida a Adrian que eche una ojeada a eso. En estos momentos tenemos una locura de trabajo.

    Abrió el expediente y se puso a leer.

    —¿Habló usted con Hyde? — preguntó Control.
    —Sí.
    —¿Qué le ha dicho? ¿Qué diantres han fabricado allí abajo?

    Smiley le ofreció un whisky con soda. Estaban en casa de Smiley, que vivía en Bywater Street. Control estaba sentado en la butaca preferida, muy cerca del fuego.

    —Dijo que parecían tener los nervios de la noche de bodas.
    —¡Hyde dijo eso! ¿Empleó esa expresión? ¡Qué extraordinario!
    —Han alquilado una casa en North Oxford. Allí sólo estaba ese agente, un polaco de unos cuarenta años, y querían que tuviera documentos de identidad a nombre de Freiser, mecánico de Magdeburgo. Querían también un salvoconducto para Rostock.
    —¿Quién había más?
    —Haldane y uno nuevo, Avery. Éste vino a verme a propósito del correo en Finlandia. Y un operador de radio, Jack Johnson. Lo tuvimos durante la guerra. Nadie más. A esto se resume su gran equipo de agentes.
    —¿Qué tramaban? ¿Y quién les ha dado todo ese dinero para el entrenamiento? Les hemos prestado material, ¿no es cierto?
    —Sí, un B2.
    —¿Qué es eso?
    —Una emisora del tiempo de la guerra —dijo Smiley con irritación—. Usted dijo que era todo lo que se les podía prestar. Eso y los cuarzos. ¿Por qué, además, los cuarzos?
    —Por caridad. Un B2, ¿verdad? ¡Bah! — dijo Control con visible alivio—. No irán muy lejos con eso, ¿verdad?
    —¿Va usted a su casa esta noche? — preguntó Smiley con impaciencia.
    —Creí que tal vez usted me ofrecería hospitalidad —sugirió Control—. Es tan molesto volver. La gente… cada vez me fastidia más.


    Leiser estaba sentado a la mesa y todavía tenía en la boca el sabor de los «White Lady». Miraba la esfera luminosa de su reloj y tenía la maleta abierta ante él. Eran las once y dieciocho. El segundero se acercaba a sacudidas a las doce. Manipuló JAJ, JAJ —«Recuerde, Fred, que me llamo Jack Johnson, ¿comprende?»—, luego pasó a la escucha y la respuesta de Johnson le llegó perfectamente clara.

    Tómese su tiempo, le había dicho Johnson, no se aturrulle. Estaremos a la escucha toda la noche. A la luz de una pequeña lámpara eléctrica contó los grupos cifrados. Tenía treinta y ocho. Apagó la lámpara y marcó un tres; luego, un ocho. Las cifras eran fáciles, pero resultaba largo. Tenía la mente muy despejada. Creía oír a Jack repetirle suavemente: usted es demasiado rápido en sus breves, Fred: un punto es el tercio de una raya, ¿lo ve? Es más largo de lo que usted cree. No pase tampoco demasiado de prisa los espacios, Fred: cinco puntos entre cada palabra, tres entre cada letra. El antebrazo, horizontal en la prolongación del manipulador; el codo, bien suelto. «Es como para la lucha con cuchillo», pensó con una leve sonrisa, y se puso a marcar. Los dedos ágiles, Fred, laxo, que la muñeca no se apoye en la mesa. Marcó los dos primeros grupos, con algunos fallos entre los espacios, pero no tantos como de costumbre. Después, el tercer grupo: la señal de seguridad. Marcó una S; luego la anuló y marcó los diez grupos siguientes, dirigiendo de vez en cuando una ojeada a la esfera del reloj. Al cabo de dos minutos y medio se detuvo, cogió la pequeña cápsula que contenía el cuarzo, descubrió con la punta de los dedos los dos polos, los enchufó y procedió minuciosamente al ajuste, girando los botones, encendiendo y apagando su linterna frente a la pequeña ventana en forma de media luna para ver temblar la lengua negra del indicador.

    Marcó el segundo indicativo. PRE, PRE; pasó inmediatamente a la escucha y oyó a Johnson QRK 4, su señal de que era legible. Comenzó a transmitir moviendo la mano lentamente, pero con método, mientras seguía con la mirada las letras alineadas en un orden incomprensible, hasta el momento en que, con un movimiento de cabeza que indicaba su satisfacción, recibió la respuesta de Johnson: «Mensaje recibido. QRU: no tengo nada para usted.»

    Cuando hubieron terminado, Leiser insistió en dar un pequeño paseo. Hacía un frío cruel. Por Walton Street llegaron hasta las puertas de Worcester, y luego, por Banbury Road, volvieron al respetable santuario de la casa de North Oxford, sumida en la sombra.


    XVI
    Despegue


    Era el mismo viento. El viento que se había ensañado sobre el cuerpo helado de Taylor, que abofeteó de lluvia los ennegrecidos muros de Blackfriars Road, el viento que azotaba la hierba de Port Meadow batía ahora contra los postigos de la granja.

    La granja olía a gato. No había alfombras. Las losas eran de piedra y estaban constantemente húmedas. Johnson encendió la estufa de cerámica de la entrada en cuanto llegaron, pero la humedad persistía sobre el suelo, concentrándose en las junturas como los restos de un ejército en derrota. No vieron jamás un gato mientras estuvieron allí, pero los olían en todas las habitaciones. Johnson dejó carne en conserva en el umbral de la puerta, y diez minutos después no quedó ni huella.

    Era una construcción de una planta, con un granero, toda de ladrillos y junto a un pequeño bosque, bajo un cielo inmenso, que recordaba Flandes; una larga construcción rectangular, flanqueada de establos en la parte abrigada. Estaba a tres kilómetros al norte de Lübeck. Leclerc había precisado que no debían poner los pies en la ciudad.

    Una escalera daba acceso al granero, y fue allí donde Johnson instaló la radio, tendiendo la antena entre dos vigas y haciendo pasar el hilo por un tragaluz para engancharlo a un olmo al borde de la carretera. En la casa llevaba zapatos de gimnasia proporcionados por el Ejército y un blazer con la insignia de su escuadrilla. Gorton había hecho que le entregaran provisiones del almacén de la NAAFI en Celle. El suelo de la cocina estaba cubierto de viejas cajas de cartón, acompañadas de una factura con la mención «Invitados de Mr. Gorton». Había dos botellas de ginebra y tres de whisky. Tenían dos habitaciones. Gorton les había mandado camas de campaña, dos por habitación, y lámparas con pantallas verdes de reglamento. Haldane estaba furioso.

    —Ha tenido que hablar con todos los servicios de la región —se lamentaba—. Whisky barato, avituallamiento proporcionado por la Intendencia, camas militares. Acabaremos descubriendo que ha requisado la casa. ¡Vaya una manera de montar una operación!

    La tarde tocaba a su fin cuando llegaron. Johnson, una vez hubo instalado su radio, se azacaneó en la cocina. Era un hombre de múltiples cualidades domésticas: cocinaba y lavaba la vajilla sin chistar, pisando sin ruido las baldosas con sus limpias suelas de caucho. Preparó picadillo de buey con huevos y les sirvió chocolate muy azucarado. Cenaron en el vestíbulo, ante la estufa. Fue Johnson, sobre todo, quien llevó la conversación. Leiser, muy silencioso, casi no comió nada.

    —¿Qué pasa, Fred? ¿No hay apetito?
    —Lo siento, Jack.
    —Ha comido usted demasiados caramelos en el avión, esto es lo que le pasa. — Johnson guiñó el ojo a Avery—. Me di cuenta de cómo miraba usted a la azafata. No debió hacerlo, Fred, ¿sabe?, le habrá roto el corazón. — Dirigió en torno suyo una mirada falsamente desaprobadora—. Realmente la inspeccionó de pies a cabeza, en todo detalle.

    Avery sonrió cortés. Haldane ni siquiera pareció haberle oído.

    A Leiser le preocupaba el claro de luna. Por tanto, después de cenar, en un pequeño grupo estremecido de frío, se plantaron en el umbral para examinar el cielo. Estaba extrañamente claro. Las nubes se movían como humo negro, tan bajas, que parecían mezclarse con las ramas agitadas por el viento del bosquecillo y lanzar su sombra sobre los campos grises que se extendían al otro lado.

    —Estará más oscura la frontera, Fred —dijo Avery—. Es una región diferente, con más valles.

    Haldane dijo que deberían acostarse temprano. Se bebieron un whisky y a las diez y cuarto se fueron a dormir, Johnson y Leiser en una habitación, Avery y Haldane en otra. Nadie había determinado este orden. Según parece, cada uno sabía dónde estaba su puesto.


    Era más de medianoche cuando Johnson entró en la habitación. Avery se despertó al crujido de sus suelas de goma.

    —John, ¿está usted despierto?

    Haldane se sentó en la cama.

    —Se trata de Fred. Está sentado a la entrada. Le dije que intentara dormir, mi capitán. Le he dado dos comprimidos, el somnífero que toma mi madre. Ni siquiera ha querido acostarse, y ahora se ha instalado en el vestíbulo.
    —Déjele tranquilo —dijo Haldane—. No tiene importancia. Ninguno de nosotros puede dormir con este condenado viento.

    Johnson volvió a su habitación. Debió de transcurrir una hora. Ningún rumor procedía de la entrada. Haldane dijo:

    —Sería conveniente que fuera usted a ver qué diantre está haciendo.

    Avery se puso el abrigo y salió al pasillo, pasando ante las citas de la Biblia bordadas en las puntas de la tapicería y ante un viejo grabado que representaba el puerto de Lübeck. Leiser estaba sentado en una silla, cerca de la estufa de mayólica.

    —Hola, Fred.

    Parecía viejo y cansado.

    —He de pasar cerca de aquí, ¿verdad?
    —A unos cinco kilómetros. El director nos dará instrucciones mañana por la mañana. Parece que esto no presenta ninguna dificultad. Le entregará todos los papeles necesarios. Por la tarde le enseñaremos el sitio. En Londres han hecho un enorme trabajo preparatorio.
    —En Londres —repitió Leiser, y de pronto—: Cumplí una misión en Holanda durante la guerra. Los holandeses eran buenos. Enviamos muchos agentes a Holanda. Mujeres. Todos elegidos. Usted era entonces demasiado joven.
    —He oído hablar de eso.
    —Los alemanes detuvieron a un operador de radio. Entre nosotros no lo supieron. Continuaron enviando nuevos agentes. Parece ser que no se podía hacer otra cosa. — Hablaba de prisa ahora—. Yo era un crío entonces. Ellos necesitaban de alguien para una misión breve. Se trataba de ir y volver. Andaban escasos de operadores de radio. Me dijeron que tanto peor si yo no hablaba holandés, que me esperarían en las líneas de paracaidismo. Yo no haría otra cosa que utilizar la emisora. Debía de haber una casa segura donde podría estar a cubierto. — Parecía muy lejano—. El avión llegó sin que nada diera señales de vida, ni un proyector, ni un obús de DCA, y salté. Cuando aterricé encontré personas que me esperaban: dos hombres y una mujer. Cambiamos unas palabras y me acompañaron a la carretera para coger las bicicletas. Ni tiempo para enterrar el paracaídas, ni siquiera se tomaron esa molestia. Llegamos a la casa y me dieron de comer. Después de cenar subimos a la habitación donde estaba la emisora. No había horario fijo: Londres estaba a la escucha constantemente en aquella época. Me dieron el texto de su mensaje: envié la señal… «Llama TYR, llama TYR», y luego el mensaje que tenía delante, veintiún grupos de cuatro letras.

    Se interrumpió.

    —¿Y qué más?
    —Seguían en el mensaje, ¿comprende? Querían saber en qué momento se situaba la señal que indicaba que todo iba bien. Era la novena letra, un cambio de golpe. Me dejaron terminar el mensaje y se me echaron encima, empezaron a golpearme. Surgieron hombres por todas partes.
    —Pero, ¿quiénes, Fred? ¿Quiénes eran ellos?
    —No se puede decir de buenas a primeras: no se sabe nunca. Nunca es tan sencillo.
    —Pero, ¡Dios mío!, ¿de quién era la culpa? ¿Quién hizo eso, Fred?
    —Pudo ser cualquiera. Nunca puede decirse. Ya lo ve.

    Pareció renunciar a contar.

    —Esa vez estaba usted solo. Nadie sabía nada. Nadie le esperaba.
    —No. Es verdad. — Tenía las manos crispadas sobre las rodillas. Allí estaba la pequeña silueta encogida contra el frío—. Durante la guerra era más fácil porque, hasta cuando las cosas iban mal, se decía que se ganaría. Incluso cuando uno era detenido se pensaba: «Vendrán a buscarme, algunos se dejarán caer con paracaídas y organizarán un comando.» Se sabía que no lo hacían nunca, ¿comprende?, pero, por lo menos, era algo en lo que se podía pensar. Todo lo que uno pretendía era que le dejasen pensar en eso. Pero usted sabe que esta guerra no la gana nadie.
    —Esto no se parece en nada, es verdad. Pero es más importante.
    —¿Qué harán ustedes si me detienen?
    —Se le hará volver. No se preocupe, Fred.
    —Sí, pero, ¿cómo?
    —Tenemos un servicio poderoso, Fred. Sucede un montón de cosas de las que usted no tiene ni idea. Tenemos contactos en todas partes. No es posible que tenga usted una idea de conjunto.
    —¿Y usted?
    —Incompleta, Fred. Sólo el director ve el todo. Ni siquiera el capitán puede verlo…
    —¿Cómo es el director?
    —Está desde hace tiempo. Le verá mañana. Es un hombre muy notable.
    —¿El capitán se entiende bien con él?
    —Por supuesto.
    —Nunca habla de él —dijo Leiser.
    —Ninguno de nosotros habla jamás de él.
    —Tengo esa chica. Trabaja en un Banco. Le dije que me iba de viaje. Si esto sale mal no quiero que se le diga lo que haya pasado. No es más que una chiquilla.
    —¿Cómo se llama?

    Leiser tuvo un instante de desconfianza.

    —Poco importa. Pero si aparece invente algo que contarle.
    —¿Qué cosa, Fred?
    —No se preocupe.

    Después de esto, Leiser ya no dijo nada más. Cuando llegó la mañana Avery entró en su habitación.

    —¿Qué sucede? — preguntó Haldane.
    —Lo metieron en un lío durante la guerra, en Holanda. Lo traicionaron.
    —Pero nos da una segunda oportunidad. Es muy agradable. Es lo que decían siempre —y añadió—: Leclerc llegará esta mañana.


    Su taxi llegó a las once. Apenas se detuvo. Leclerc se apeó. Llevaba un duffle coat, gruesos zapatos castaños para campo y una gorra. Parecía en plena forma.

    —¿Dónde está Mayfly?
    —Con Johnson —dijo Haldane.
    —¿Tienen ustedes una cama para mí?
    —Puede usted disponer de la de Mayfly cuando se haya marchado.

    A las once treinta Leclerc les hizo un resumen. Por la tarde inspeccionarían la frontera.

    El resumen tuvo efecto en el vestíbulo.

    Leiser llegó el último. Se plantó en el umbral y miró a Leclerc, que le sonrió como si se sintiera encantado de lo que veía. Eran casi de la misma estatura.

    —Señor director —dijo Avery—, le presento a Mayfly.

    Sin dejar de mirar a Leiser, Leclerc repuso:

    —Creo que puedo permitirme llamarle Fred. Buenos días.

    Avanzó y le estrechó la mano, los dos un poco afectados como dos personajes que salen de un barómetro.

    —Buenos días —dijo Leiser.
    —Espero que no le hayan hecho trabajar demasiado duro.
    —Estoy muy bien, señor.
    —Todos estamos muy impresionados —dijo Leclerc—. Ha hecho usted un notable trabajo.

    Hubiérase creído que se dirigía a sus electores.

    —Todavía no he empezado.
    —Considero que el entrenamiento representa las tres cuartas partes del combate. ¿No es así, Adrian?
    —Sí.

    Se sentaron. Leclerc estaba un poco retirado. En la pared había un mapa pegado. Por medios indefinibles —quizá sus mapas, tal vez la precisión de su lenguaje, acaso su severa actitud, que mezclaba de manera tan decisiva la decisión y la reserva— Leclerc evocaba el mismo ambiente nostálgico que se cernía sobre la reunión de Blackfriars Road un mes antes. Que hablase de cohetes, radio, cobertura, o del lugar por donde había que cruzar la frontera, poseía siempre ese don del ilusionista de hacer creer que conocía perfectamente el tema de que hablaba.

    —Su objetivo es Kalkstadt —dijo con una leve sonrisa—, famosa hasta ahora solamente por una pequeña iglesia del siglo xiv, de una belleza muy notable.

    Se echaron a reír, y Leiser también. Era estupendo: Leclerc, conocedor de iglesias antiguas.

    Se había llevado un mapa del lugar de paso, dibujado con tintas de diversos colores, y la frontera en rojo. Todo era muy sencillo. Dijo que en el lado oeste había una pequeña colina boscosa cubierta de retama y de brezos. Era paralela a la frontera hasta el lugar donde su extremo meridional se curvaba hacia el Este en una estrecha ramificación que se detenía a doscientos veinte metros de la frontera, justo frente a un mirador. Ese mirador se hallaba muy reculado con respecto a la línea de demarcación: al pie corría una cerca de espinos. Se había averiguado que sólo había una hilera de espinos y que estaban mal sujetos a los postes. Habían sido vistos guardias de Alemania Oriental destacarse para patrullar por la zona no prohibida que se extendía entre la línea de demarcación y la frontera propiamente dicha. Aquella tarde Leclerc indicaría los postes en cuestión. Dijo que Mayfly no debía preocuparse por tener que pasar tan cerca del mirador. La experiencia había demostrado que la atención de los guardias se concentraba en los puntos más distantes de la zona que se hallaba bajo su responsabilidad. La noche era ideal. Se preveía fuerte viento y no habría luna. Leclerc había fijado como hora de paso las dos treinta y cinco. La guardia se relevaba a media noche y cada tres horas. Era razonable suponer que los centinelas no estarían tan alertas al cabo de dos horas y media de guardia, como en el momento de comenzarla. El relevo, que debería llegar de un cuartel situado a cierta distancia al Norte, no se habría puesto todavía en camino.

    Leclerc prosiguió diciendo que se había estudiado cuidadosamente la posibilidad de que hubiese minas. Podían ver sobre el mapa —el pequeño índice de Leclerc seguía la línea verde de puntos partiendo del extremo de la colina que ponía una barrera en la frontera— que existía un antiguo sendero que seguía el camino que tomaría Leiser. Se habían visto guardias fronterizos que evitaban ese sendero y pasaban a unos diez metros al sur. Dijo Leclerc que habían deducido que el sendero estaba minado, lo que no sucedía con los alrededores, para permitir el paso de las patrullas. Leclerc sugirió que Leiser utilizara el camino trazado por los guardias fronterizos.

    Allí donde todo esto sería posible a lo largo de los doscientos y pico metros que separaban el pie de la colina del mirador, Leiser debería arrastrarse, manteniendo la cabeza por debajo de la altura de los brezos. Esto eliminaba el pequeño riesgo que pudiera correr de ser visto desde el mirador. Leclerc añadió que sin duda le consolaría saber que nunca habían visto a las patrullas patrullando por el lado oeste durante la noche. Los alemanes de la zona oriental parecían temer que se les escapara alguno de los guardias.

    Una vez franqueada la frontera, Leiser debería evitar todos los caminos. El campo era accidentado y un poco boscoso. Esto haría penosa la marcha, pero por eso mismo segura. Debería dirigirse hacia el Sur. La razón era muy sencilla. En el Sur la frontera formaba una línea oblicua hacia el Oeste a lo largo de unos diez kilómetros. Así, yendo hacia el Sur, Leiser se encontraría rápidamente a unos quince kilómetros de la frontera y escaparía antes de las patrullas que vigilaban la zona fronteriza. He aquí lo que aconsejaba Leclerc —sacó negligentemente una mano del bolsillo de su duffle coat y encendió un cigarrillo, consciente de ser el objeto de la atención de todos—: avanzar hacia el Este durante media hora y torcer luego hacia el Sur, dirigiéndose al lago de Marienhorst. En el extremo oriental del lago había un refugio para barcas que había sido abandonado. Allí podría tumbarse una hora y tomar algo. Quizá no le disgustara en ese momento la idea de beber un traguito —risas de alivio— y encontraría un poco de coñac en su mochila.

    Leclerc, cuando hacía una broma, tenía la costumbre de erguirse sobre sus talones para lanzar bien alto la frase que decía.

    —¿No podría ser ginebra? — preguntó Leiser—. Siempre bebo «White Lady».

    Hubo un momento de silencio, lleno de sorpresa.

    —No se trata de eso —dijo secamente Leclerc, con un tono que ponía de manifiesto que era él quien mandaba.

    Después de haber descansado llegaron a la ciudad de Marienhorst y se pusieron a buscar un medio de transporte con destino a Schwerin. A partir de entonces —añadió Leclerc, con desembarazo—, no tendrá sino que seguir su inspiración.

    —Tiene usted todos los papeles necesarios para un viaje de Magdeburgo a Rostock. Cuando llegue a Schwerin se encontrará en la ruta normal. No quiero insistir en decirle lo que concierne a su cobertura porque ya ha visto todo esto con el capitán. Usted se llama Fred Hartbeck y es un mecánico soltero de Magdeburgo a quien se ha ofrecido un empleo en los talleres de Construcciones Navales de la Cooperativa del Estado, en Rostock. — Sonrió en modo alguno desconcertado—. Estoy seguro de que ya ha estudiado esto cuidadosamente. Su vida sentimental, su salario, sus antecedentes médicos, su actuación durante la guerra y todo lo demás. Hay un detalle que podría añadir personalmente a este propósito. No dé nunca informaciones espontáneamente. La gente no espera que usted se explique. Si se ve usted acorralado siga su inspiración. Permanezca lo más cerca de la verdad posible. Una cobertura —declaró, citando una de sus máximas favoritas— jamás habrá de ser fabricada en todas sus piezas, sino ser una extensión de la verdad.

    Leiser sonrió para sus adentros, como si tuviera que lamentar que Leclerc no fuera más grande.

    Johnson trajo café de la cocina y Leclerc dijo «gracias, Jack» con tono vivo, como si todo esto fuera exactamente como tenía que ser.

    Leclerc pasó inmediatamente al problema del objetivo de Leiser. Le dio un resumen de las informaciones obtenidas, pareciendo dar a entender que no hacían sino confirmar las sospechas que él mismo alimentaba desde hacía tiempo. Empleaba un tono que Avery no le había conocido jamás: trataba de dar la impresión, tanto por medio de sus alusiones directas como de sus omisiones, de que su Departamento agrupaba hombres de una ciencia y habilidad notables, y que en el plan económico, en sus relaciones con los demás servicios y por lo que se refiere a la autoridad que se concedía a sus opiniones, gozaba de una especie de inmunidad de oráculo, aunque Leiser podía estar en su derecho de preguntarse por qué, si eso era verdad, tenía que arriesgar su vida.

    —Los cohetes están ahora en la región —dijo Leclerc—. El capitán ya le ha indicado qué indicios ha de buscar. Hemos de saber qué recogen, dónde se encuentran y, sobre todo, quién tiene el control.
    —Lo sé.
    —Habrá que poner en ejecución los trucos habituales. Los chismes de café, buscar a un viejo camarada del Ejército. En fin, ya lo sabe usted. Cuando lo haya conseguido, vuelva.

    Leiser asintió.

    —En Kalkstadt hay un hotel para obreros. — Desdobló un plano de la ciudad—. Aquí. Al lado de la iglesia. Lléguese ahí si puede. Podrá mezclarse con gente que participa en los trabajos.
    —Lo sé —repitió Leiser.

    Haldane se estremeció y lo miró con ansiedad.

    —Tal vez oiga hablar de un empleado de la estación llamado Fritsche. Nos ha proporcionado interesantes detalles de los cohetes, y luego desapareció. En fin, si tiene usted la ocasión, podría preguntar en la estación, decir que es amigo suyo…

    Hubo una pausa breve.

    —Se ha volatilizado —continuó Leclerc—, para ellos, no para nosotros. — Tenía ingenio además. Avery lo observaba con inquietud, esperando que continuara. Y acabó por decir precipitadamente—: Con toda intención he dejado aparte las cuestiones de comunicación —indicando con el tono que ya casi había terminado—. Imagino que usted ha estudiado esto con frecuencia.
    —No hay que preocuparse sobre esto —dijo Johnson—. Todos los horarios previstos son por la noche. Esto ofrece una gama de frecuencias muy simple. Durante la jornada tendrá las manos libres, señor. Hemos hecho ejercicios muy buenos, ¿verdad, Fred?
    —Sí, muy buenos.

    Hubiérase dicho que era un niño que daba las gracias por haber sido invitado.

    —Por lo que se refiere al regreso —dijo Leclerc—, operaremos como en tiempos de guerra. Ya no hay submarinos, Fred, no para este género de misión. Cuando regrese usted, deberá presentarse inmediatamente al Consulado o a la Embajada británica más próximos, dar su verdadero nombre y solicitar la repatriación. Se hará usted pasar por un súbdito británico en dificultades. Le aconsejo que vuelva por donde haya entrado. Si tiene usted problemas no se crea obligado a regresar inmediatamente al Oeste. Escóndase un momento. Lleva usted mucho dinero.

    Avery sabía que no olvidaría jamás aquella mañana, la forma en que estaban sentados a la mesa de la granja, como soldados encenagados tras sus tiendas de campaña, los rostros rígidos vueltos hacia Leclerc que, en un silencio de iglesia, leía la liturgia de su devoción, agitando su pequeña mano a través del mapa como un sacerdote cambia de sitio un cirio. Todos los que se encontraban en aquella habitación —Avery sobre todo— conocían la fatal desproporción que existía entre el sueño y la realidad, entre el móvil y la acción. Avery había hablado con la hija de Taylor, había balbuceado informes mentiras a Peersen y al cónsul; había oído aquellos temerosos pasos en el hotel y había regresado de un viaje de pesadilla para ver sus propias aventuras transformadas en imágenes del mundo de Leclerc. Sin embargo, Avery como Haldane escuchaban a Leclerc con la piedad de un agnóstico, estimando quizá que era así, en un universo limpio y mágico, como eso debía ser en realidad.

    —Discúlpeme —dijo Leiser.

    Miraba el plano de Kalkstadt. Parecía como si considerase los defectos de un motor. La estación, el hotel y la iglesia estaban marcados con color verde. En un encuadramiento, en la esquina inferior izquierda, estaban dibujados los tinglados de la estación y los almacenes.

    —Eso —dijo Leiser—, ¿es la iglesia?
    —Exactamente, Fred.
    —¿Por qué de cara al Norte? Las iglesias se construyen de Este a Oeste. Usted ha puesto la entrada en el lado este, donde debería encontrarse el altar.

    Haldane se inclinó, el índice de su mano derecha apoyado en sus labios.

    —Es un plano muy sumario —dijo Leclerc.

    Leiser se incorporó, atento y más rígido que nunca.

    —Comprendo. Discúlpeme.

    Una vez terminada la reunión, Leclerc se llevó aparte a Avery.

    —Algo más, John: no debe llevar pistola. Está completamente fuera de lugar. El ministro ha sido terminante. Si tiene usted la bondad de decir unas palabras…

    Avery lo miró con estupor.

    —¿Pistola, no?
    —Creo que podríamos autorizar el puñal. Podría servirle de cuchillo. Quiero decir que si algo sale mal podríamos decir que lo utilizaba como cuchillo.


    Después del almuerzo se fueron a inspeccionar la frontera: Gorton les había proporcionado un coche. Leclerc se llevó consigo las notas que había tomado según el informe del Circus sobre la frontera y la mantuvo sobre sus rodillas, como un plano desplegado.

    La parte más septentrional de la frontera que divide las dos mitades de Alemania es esencialmente una región de deprimente trivialidad. Sufrirán una decepción quienes esperen encontrar dientes de dragón y fortificaciones imponentes y pequeñas colinas invadidas de brezos y de bosque que crece por las buenas. A menudo las defensas del lado oriental se hallan instaladas tan detrás de la línea de demarcación que no se las distingue desde el Oeste: sólo una casamata avanzada, caminos hundidos, una granja abandonada, o muy de vez en cuando un mirador, excitan la imaginación.

    Por contraste, el lado occidental se adorna con toda la grotesca estatuaria de la impotencia política: una réplica en contraplacado de la Puerta de Brandeburgo, cuyos tornillos se oxidaban en su sitio, se erguía ridículamente en un campo yermo. Cartelones desmantelados por la intemperie proclamaban a través de un valle frases de propaganda que tenían más de quince años. Solamente la noche, cuando el haz de un proyector brota de la oscuridad y pasea su dedo vacilante sobre el otro lado de la tierra helada, oprime el corazón al cautivo agazapado como una liebre en el hueco de un surco y que espera surgir de su escondite para echar a correr, aterrorizado, hasta que cae.

    Siguieron un camino desnudo sobre la cresta de una colina y cada vez que pasaba el coche cerca de la frontera lo detenían y se apeaban. Leiser llevaba un impermeable y un sombrero. Hacía mucho frío. Leclerc llevaba su duffle coat y un bastón de caza. Dios sabía dónde se lo había procurado. La primera vez que se detuvieron, e incluso la segunda y la tercera, Leclerc declaró tranquilamente: «Aquí no.» Cuando volvieron a subir al coche por cuarta vez, dijo:

    —Es la próxima parada.

    Era el tipo de broma que gusta en el combate.

    Avery no hubiese reconocido el lugar según el mapa de Leclerc. La colina estaba allí, ciertamente, girando hacia la frontera y descendiendo luego en brusca pendiente hacia la llanura. Pero el paisaje detrás tenía forma de valle y había algo de bosque, con un horizonte bordeado de árboles, en el fondo de los cuales se veía con los prismáticos destacarse la silueta parda de un mirador de madera.

    —Ésos son los tres postes a la izquierda —dijo Leclerc.

    Al examinar el suelo, Avery distinguió aquí y allá la huella de un antiguo sendero.

    —Está minado. El sendero está minado en toda su longitud. Su territorio comienza al pie de la colina. — Leclerc se volvió a Leiser—: Partirá usted desde aquí. — Tendió el bastón—. Ganará la vertiente de la colina y se quedará ahí hasta la hora de la partida. Le traeremos temprano para que sus ojos se habitúen a la penumbra. Creo que deberíamos volver ahora. No es conveniente llamar la atención, ¿sabe?

    Se dirigieron a la granja cuando la lluvia comenzó a caer sobre el parabrisas, martilleando con ruido el techo del coche. Avery, sentado junto a Leclerc, estaba sumido en sus pensamientos. Se daba cuenta, con lo que él consideraba la indiferencia más completa, de que si su misión se había convertido en comedia, Leiser debía representar el mismo papel, pero en tragedia. Era testigo de una insensata carrera de relevos, en la cual cada corredor corría más de prisa y más tiempo que el anterior, para no llegar a ninguna parte, sino a su destrucción.

    —A propósito —dijo de pronto dirigiéndose a Leiser—, ¿no le parece que debería hacer algo por sus cabellos? No creo que allí tengan mucha variedad en lociones. Un detalle como éste puede ser peligroso.
    —No es necesario cortarlos —observó Haldane—. A los alemanes les gustan los cabellos largos. Bastará con que se los lave. Para quitar el cosmético. Bien observado, John. Le felicito.


    XVII


    La lluvia había cesado. Llegó la noche lentamente, luchando contra el viento. Estaban esperando sentados en torno a la mesa de la granja. Leiser estaba en su habitación. Johnson hizo té y se ocupó de su material. Nadie hablaba. Había terminado la representación de la comedia. Ni siquiera Leclerc, maestro en formulismos escolares, se preocupaba de disimularlo. Parecía disgustado por tener que esperar, como si estuviera invitado a la boda de un amigo que se había retrasado y a quien no quería. Habían caído en un estado de temor soñoliento, como hombres en un submarino, mientras la lámpara que había sobre sus cabezas se balanceaba suavemente. De vez en cuando enviaban a Johnson a la puerta para que observase la luna y les decía siempre que no había.

    —Los partes meteorológicos, excelentes —declaró Leclerc, alejándose hacia el granero para observar a Johnson.

    Avery, una vez a solas con Haldane, dijo precipitadamente:

    —Dice que el Ministerio no quiere pistolas. No debe llevarla.
    —¿Y qué cretino ha empezado por decirle que consultara al Ministerio? — preguntó Haldane, a quien la cólera ponía fuera de sí. Luego añadió—: Será conveniente que le prevenga usted. A usted le corresponde hacerlo.
    —¿Que prevenga a Leclerc?
    —No, idiota. A Leiser.

    Comieron un poco. Después, Avery y Haldane llevaron a Leiser a su habitación.

    —Debe usted vestirse —le dijeron.

    Hicieron que se desnudara y le quitaron, una tras otra, sus prendas de vestir calientes y caras: la chaqueta y el pantalón gris de la misma tela, la camisa de seda cruda, los zapatos negros sin punteras de hierro, los calcetines de nailon azul marino. Deshacía el nudo de su corbata escocesa cuando sus dedos descubrieron el alfiler de oro con la cabeza de caballo. Lo desprendió cuidadosamente y se lo entregó a Haldane.

    —¿Y esto?

    Haldane había llevado sobres para los objetos de valor. En uno de ellos metió el alfiler de corbata, lo cerró, escribió algo al dorso y lo arrojó sobre la cama.

    —¿Se ha lavado usted el pelo?
    —Sí.
    —Nos hemos preocupado de que el jabón fuera alemán. Por desgracia, creo que deberá usted buscarlo cuando esté allí. Parece que falta.
    —Bueno.

    Estaba sentado sobre la cama, enteramente desnudo, no llevando encima sino su reloj, inclinado hacia delante, con sus robustos brazos cruzados sobre sus muslos sin vello, su piel blanca jaspeada por el frío. Haldane abrió una maleta, de donde sacó un paquete de prendas de vestir y media docena de pares de zapatos.

    A medida que Leiser se iba poniendo todas aquellas cosas extrañas para él —el pantalón de sarga gruesa que tenía bolsillos por todas partes, flotaba en torno a sus tobillos y le apretaba la cintura. La chaqueta gris, vieja, gastada hasta la urdimbre, con manchas; los zapatos pardos, que tenían un raro brillo— parecía encogerse a sus ojos, volver a un estado anterior hasta entonces adivinado. Sus cabellos castaños, desengrasados por el champú, estaban estriados de gris y caían en lacios mechones. Levantó hacia Haldane y Avery una mirada tímida, como si acabara de revelar un secreto. Se le hubiera creído un campesino en compañía de sus amos.

    —¿Qué parezco?
    —Está perfecto —dijo Avery—. Es usted formidable, Fred.
    —¿Qué le parecería una corbata?
    —Una corbata lo estropearía todo.

    Se fue probando los zapatos, unos tras otros, calzándoselos trabajosamente sobre sus gruesos calcetines de lana.

    —Vienen de Polonia —dijo Haldane, entregándole otro par—. Los polacos los exportan a Alemania Oriental. Sería mejor que se llevara también éstos. No sabe si tendrá que andar mucho.

    Haldane fue a buscar a la habitación un pesado cofre de acero, que abrió.

    Comenzó sacando de él una cartera, una mala cartera de color pardo, que en el centro tenía una funda de celofán con el carnet de identidad de Leiser, sus huellas digitales y un sello. El carnet estaba abierto en el interior del estuche, aunque la fotografía de Leiser miraba hacia el exterior como desde una pequeña cárcel. Había también un salvoconducto y una oferta de empleo de los talleres de Construcciones Navales de la Cooperativa del Estado en Rostock. Haldane vació el contenido de uno de los departamentos de la cartera, luego volvió a colocar uno tras otro todos los papeles en su sitio, describiéndolos a medida que lo hacía.

    —Cartilla de racionamiento…, carnet de conducir…, carnet del partido. ¿Desde cuándo es usted miembro del partido?
    —Desde el cuarenta y siete.

    Metió en la cartera una fotografía de mujer, así como tres o cuatro cartas un poco amarillentas, algunas de las cuales estaban todavía metidas en su sobre.

    —Cartas de amor —explicó, en resumen.

    Había, además, un carnet sindical así como un recorte de un diario de Magdeburgo sobre las cifras de producción de una empresa de obras públicas de la región, una fotografía de la Puerta de Brandeburgo antes de la guerra y un certificado muy apañuscado de un antiguo patrono.

    —Aquí tiene su cartera —concluyó Haldane—. Salvo el dinero. El resto de su equipo está en su mochila. Las provisiones y todo lo demás.

    Ofreció a Leiser un fajo de billetes. Leiser se había quedado inmóvil, en la actitud dócil de un hombre que se dispone a cavar, con los brazos apenas separados del cuerpo y los pies no tocándose del todo. Aceptaba todo lo que le daba Haldane, colocándolo cuidadosamente y volviendo a la misma postura. Firmó un recibo por el dinero. Haldane echó una ojeada a la firma y metió el papel en una cartera de cuero negro que había dejado sobre una mesita.

    Le tocó ahora el tumo a los objetos diversos que Hartbeck debería llevar consigo normalmente: un llavero con su cadena —en él las llaves de la maleta—, un peine, un pañuelo de color caqui manchado de grasa y cincuenta gramos de sucedáneo de café liados en un trozo de periódico; un destornillador, un trozo de alambre y fragmentos de piezas metálicas recién torneadas: esa mezcolanza sin interés que se encuentra en los bolsillos de un obrero.

    —Lamento que no pueda llevar ese reloj —dijo Haldane.

    Leiser lo soltó y lo dejó caer en la palma de la mano de Haldane. Le entregaron uno de acero fabricado en Alemania Oriental, que puso cuidadosamente en hora con el despertador de viaje de Avery.

    Haldane retrocedió.

    —Vale. Ahora quédese ahí e inspeccione el contenido de sus bolsillos. Asegúrese de que cada cosa estaría en el lugar donde usted la pondría normalmente. No toque otra cosa sobre todo en la habitación.
    —Conozco la música —dijo Leiser, echando una ojeada a su reloj de oro que estaba sobre la mesa. Tomó su cuchillo y fijó la vaina negra en el cinturón de su pantalón—. ¿Y mi pistola?

    Haldane corrió en su habitación el cierre de su cartera y sonó como el pestillo de una puerta.

    —No la llevará usted —dijo Avery.
    —¿No hay pistola?
    —No es posible, Fred. Creen que es demasiado arriesgado.
    —¿Por qué?
    —Podría provocar una situación peligrosa. Me refiero al aspecto político. Enviar un hombre armado a Alemania Oriental… Temen un incidente.
    —¿Temen?

    Miró largamente a Avery, buscando con los ojos en su rostro amarillo y liso algo que no había en él. Se volvió a Haldane.

    —¿Es cierto eso?

    Haldane asintió.

    Extendió de pronto sus manos vacías ante él, en un ademán de terrible pobreza, con los dedos encogidos y apretados unos contra otros como para recoger la última gota de agua, los hombros temblorosos bajo la chaqueta de tejido basto y el rostro crispado en una expresión a la vez suplicante y enloquecida.

    —Pero, John, la pistola… No se puede enviar a un hombre sin pistola. Le ruego que me deje llevarla.
    —Lo siento, Fred.

    Con las manos todavía tendidas se volvió a Haldane.

    —¡Usted no sabe lo que hace!

    Leclerc había oído las voces. Apareció en el umbral. Haldane tenía un rostro de piedra. Leiser hubiera podido destrozarse los puños intentando enternecerlo. Su voz no era más que un murmullo:

    —¿Qué hace usted? ¡Dios mío! ¿Qué va usted a hacer? — Como si de pronto acabara de descubrir algo, exclamó—: Usted me detesta, ¿verdad? ¿Qué le he hecho yo? ¿Qué le he hecho, John? Somos camaradas, ¿no?

    La voz de Leclerc, cuando habló, parecía muy pura, como si quisiera deliberadamente señalar el abismo que los separaba.

    —¿Qué sucede?
    —Está enojado a causa de la pistola —dijo Haldane.
    —Desgraciadamente no podemos hacer nada. Esto no depende de nosotros. Usted sabe muy bien lo que pensamos, Fred. Usted lo sabe, por supuesto. Es una orden y nada más. ¿Ha olvidado usted cómo ocurre esto? — Añadió con afectación, como hombre que cumple con su deber y toma una decisión—: No puedo replicar a las órdenes que recibo. ¿Qué quiere usted que diga?

    Leiser sacudió la cabeza y dejó caer las manos a lo largo del cuerpo.

    —No tiene importancia —dijo Avery, mirándolo.
    —En ciertos aspectos, Fred, un cuchillo es preferible —añadió Leclerc con tono consolador—. Es más discreto.
    —Sí.

    Haldane tomó la muda de Leiser.

    —He de meter esto en la mochila —dijo y, mirando, al pasar, a Avery, se llevó a Leclerc.

    Leiser y Avery se miraron en silencio. Avery se sentía molesto al verlo tan disgustado. Fue Leiser quien se decidió a hablar.

    —Éramos los tres: el capitán, usted y yo. Estaba bien así. No se preocupe de los demás, John. No cuentan.
    —Es verdad, Fred.

    Leiser sonrió.

    —Ha sido la más bella semana que he conocido jamás, John. Es tonto, ¿no le parece? Se pasa uno todo el tiempo yendo detrás de las mujeres y son los hombres quienes cuentan. Nada más que los hombres.
    —Usted es uno de los nuestros, Fred. Lo ha sido siempre. Su ficha ha estado siempre allí. Usted era uno de los nuestros. No lo olvidamos.
    —¿A qué viene esto?
    —Son dos fichas prendidas juntas: una para una vez, la otra ahora. Están en el fichero… Se llama a esto la ficha activa. Su nombre es el primero. Usted es el primero. Usted es el mejor que hemos tenido.

    Lograba imaginarlo ahora: el fichero era algo que habían construido juntos.

    —Usted decía que estaba por orden alfabético —dijo bruscamente Leiser—. Usted dijo que había un fichero especial para los mejores agentes.
    —Están primero los asuntos importantes.
    —¿Y tienen ustedes hombres en todo el mundo?
    —En todas partes.

    Leiser frunció el ceño, como si se tratara de un problema personal, de una decisión que hubiera de tomar él solo. Su mirada recorrió lentamente la habitación desnuda y acabó posándose en las mangas de su basta chaqueta; luego, interminablemente, en Avery, hasta el momento en que asiéndolo de la muñeca, pero suavemente, más para tocarlo que para obligarle, murmuró:

    —Deme algo que pueda llevarme. Una cosa suya. Lo que sea.

    Avery buscó en sus bolsillos y sacó un pañuelo, moneda suelta y un trozo de cartón rozado que desdobló. Era la fotografía de la hija de Taylor.

    —¿Es suya esa cría? — Leiser contemplaba por encima del hombro de su compañero aquella carita en cuya nariz se apoyaban unas gafas, y su mano se cerró sobre la de Avery—. Me gustaría eso.

    Avery movió la cabeza. Leiser se metió la foto en su cartera y cogió su reloj de encima de la cama. Era de oro con una esfera negra para las fases de la luna.

    —Tómelo —dijo—. Quédeselo. Intentaba —continuó— acordarme de mi casa. Allí estaba la escuela. Un gran patio como el patio del cuartel en el que sólo había ventanas y cañerías de desagüe. Allí jugábamos a la pelota después del almuerzo. Había una verja y un camino que llevaba a la iglesia, y el río al otro lado… —Dibujaba la ciudad con las manos, poniendo ladrillos—. Íbamos los domingos, por la puerta de al lado, los niños detrás, ya sabe. — Sonrió triunfante—. Esa iglesia tenía la fachada al Norte —declaró—. Nada de al Este —y preguntó de pronto—: ¿desde cuándo está usted ahí, John?
    —¿En el grupo?
    —Sí.
    —Desde hace cuatro años.
    —¿Qué edad tiene usted entonces?
    —Veintiocho años. Más joven no admiten a uno.
    —Me dijo usted que tenía treinta y cuatro años.
    —Están esperándonos —dijo Avery.

    Habían llevado al vestíbulo la mochila y la maleta de tela verde con cantoneras de cuero. Se echó la mochila a la espalda y ajustó las correas, de modo que descansara bien alta en la espalda, como la cartera de un colegial alemán. Y cogió la maleta para sopesarla.

    —Se puede llevar —murmuró.
    —Es el mínimo —dijo Leclerc.

    Aunque nadie podía oírles, comenzaron a cuchichear. Uno tras otro subieron en el coche.

    Un apresurado apretón de manos y se alejó hacia la colina. Esta vez no hubo frases, ni siquiera de Leclerc. Hubiérase dicho que se habían despedido de él desde hacía mucho tiempo. La última imagen que tuvieron de él fue la de la mochila oscilando suavemente, mientras Leiser desaparecía en la noche. Él había tenido siempre una andadura muy rítmica.


    XVIII


    Leiser, tumbado entre los brezos, al lado de la colina, contemplaba la esfera luminosa de su reloj. Tenía que esperar diez minutos. El llavero colgaba de su cintura. Metió las llaves en el bolsillo y, al retirar la mano, sintió los eslabones deslizarse entre su pulgar y el índice, como las cuentas de un rosario. Se entretuvo un momento con ellos: el contacto le reconfortaba; volvía a su infancia. San Cristóbal y todos los santos, protegednos de los accidentes del camino.

    Ante él el terreno descendía en rápida pendiente, luego de manera más suave. Había visto; sabía. Pero ahora, mirando desde ese lado, no distinguía nada en las tinieblas a sus pies. ¿Y si lo que había abajo fuera un terreno pantanoso? Había llovido. El agua se había acumulado en el valle. Se imaginó luchando con el barro hasta la cintura, sujetando la maleta por encima de su cabeza y las balas escupiendo en torno suyo.

    Intentó descubrir el mirador en la colina de enfrente, pero si estaba allí se perdía en el fondo sombrío de los árboles.

    Siete minutos. Le habían dicho que no le preocupara ningún ruido, que el viento lo llevaría hacia el Sur. No oirían nada con un viento como aquél. «Corra a lo largo del camino, por la parte sur, es decir, a la derecha; siga el nuevo paso a través de los brezos; es estrecho, pero está despejado. Si se encuentra con alguien utilice su cuchillo, pero, por amor del cielo, no se acerque al sendero.»

    La mochila era pesada. Demasiado pesada. Como la maleta. Había discutido agriamente con Jack: «Es mejor no correr riesgos, Fred —había explicado Jack—. Esas emisoras pequeñas son delicadas como damiselas; son perfectas en un radio de acción de ochenta kilómetros y mudas como tapias a noventa. Es mejor tener un margen de seguridad, Fred, saber dónde se encuentra uno. Los que han arreglado este aparato son expertos, verdaderos expertos.»

    Un minuto más. Había puesto su reloj con el despertador de Avery.

    Tenía miedo. De pronto no podía pensar en otra cosa. Acaso era demasiado viejo, quizá ya había hecho lo suyo. Tal vez el entrenamiento lo había fatigado. Sentía el corazón latiéndole dentro del pecho. Su cuerpo no aguantaba más; ya carecía de fuerzas. Estaba allí tendido y se dirigía a Haldane: «¡Maldita sea! Mi capitán, ¿es que no ve que ya he pasado la edad? Mi viejo cascarón cruje por todas partes.» Esto es lo que les diría. Iba a quedarse allí cuando el minutero llegase al punto señalado, se quedaría allí, demasiado cargado para moverse. «Es mi corazón —les diría—. He tenido un ataque cardíaco, patrón. ¿No le dije nunca que tenía el corazón cansado? Me di cuenta cuando estaba tumbado entre los brezos.»

    Se levantó. Había que tentar la suerte.

    «Baje corriendo la colina, le habían dicho. Con el viento no oirán nada. Descienda corriendo la cuesta porque allí es donde usted corre el riesgo de que lo descubran. Vigilarán esa vertiente esperando ver una silueta. Corra cuanto pueda entre los brezos agitados por el viento, avance inclinado y todo saldrá bien. Cuando llegue a terreno plano deténgase para cobrar aliento y luego puede empezar a arrastrarse.»

    Corría como un loco. Tropezó y el peso de la mochila le hizo caer. Sintió que su rodilla le golpeaba la barbilla, y sintió también el dolor cuando se mordió la lengua. Luego se levantó y la maleza le hizo tambalearse. Casi se cayó sobre el sendero y esperó la llama de una mina que explotara. Bajó por la pendiente, el suelo se escabullía a sus pasos y la maleta oscilaba como un mal coche viejo. ¿Por qué no le habían dejado llevarse la pistola? El dolor se le agarraba al pecho como si fuera fuego, extendiéndose a sus costados y quemándole los pulmones. Contaba cada paso, experimentaba la sacudida de cada zancada frenada siempre por el peso de la mochila y la maleta. Avery había mentido. Había mentido en todo. «Convendría que vigilara esa tos, mi capitán. Debería ver a un médico. Es como tener alambre de espino en las entrañas.» El terreno se hacía plano. Leiser cayó otra vez y se quedó inmóvil en el suelo, jadeando como un animal, no sintiendo nada sino el miedo y el sudor que empapaba su camisa de lana.

    Apretó el rostro contra el suelo. Arqueó el cuerpo y deslizó una mano bajo su vientre para apretar la correa de su mochila.

    Comenzó a escalar, arrastrándose, la cuesta de la colina, ayudándose de los codos y las palmas de las manos, empujando la maleta ante él, consciente del bulto de la mochila sobre su espalda, que asomaba por encima de los brezos. El agua se filtraba a través de sus ropas y no tardó en resbalar por sus muslos y sus rodillas. El intenso olor del humus le llenaba las narices y pequeñas ramas se le enredaban en los cabellos. Hubiérase dicho que todo en la Naturaleza conspiraba para no dejarle avanzar. Levantó los ojos a lo alto de la colina y advirtió el mirador que se destacaba sobre la negra línea de árboles del horizonte. Ninguna luz brillaba en la torre de observación.

    Permaneció inmóvil. Estaba demasiado lejos: jamás podría arrastrarse hasta allí. Su reloj señalaba las tres menos cuarto. El relevo de la guardia llegaría del Norte. Se quitó la mochila y se la puso bajo el brazo como una carpeta de colegial. Tomó la maleta con la otra mano y comenzó a subir con precaución la cuesta, dejando a su izquierda el sendero, la mirada fija en la silueta esquelética del mirador, que se erguía de pronto ante él como la sombría osamenta de un monstruo.

    El viento silbaba ruidosamente sobre la cumbre. Justamente encima de él oía chocar las ramas en el arbolado y el largo chirrido de una ventana. La línea de alambre de espino no era sencilla, sino doble. Cuando tiró se desprendió de los postes. La apartó, la dejó en su sitio y contempló el bosque que se erguía ante él. Incluso en aquel instante de indecible terror en que el sudor le cegaba y las pulsaciones de su corazón dominaban el rumor del viento, experimentaba un sentimiento de total gratitud hacia Avery y Haldane, como si supiera que le habían engañado solamente por su bien.

    Vio luego al centinela, como la silueta en la sala de tiro, a menos de diez metros de él, volviéndole la espalda, plantado en medio del antiguo sendero, con el fusil en bandolera, el macizo cuerpo oscilando de derecha a izquierda, mientras pateaba el mojado suelo para no quedarse helado en su puesto. Advirtió el olor del tabaco —una vaharada que pasó en un segundo— y el del café, tibio como una manta. Dejó en tierra la mochila y la maleta y avanzó instintivamente hacia el guardia. Todo hubiera podido suceder como en el gimnasio de. Headington. Sintió en la mano las estrías del mango, hechas para que no se deslizara. El centinela era un hombre muy joven, con capote militar. A Leiser le sorprendió encontrarlo tan joven. Lo mató en seguida, de un solo golpe, con un breve ademán, no por destruir, sino por salvar. Con impaciencia porque tenía aún mucho camino que recorrer, y con indiferencia porque era sólo un detalle.


    —¿No ve nada? — repitió Haldane.
    —No —dijo Avery ofreciéndole los gemelos—. Acaba de entrar en la oscuridad.
    —¿Ve usted luz sobre el mirador? Encenderían si lo oyesen.
    —No. Buscaba a Leiser —respondió Avery.
    —Debió llamarlo Mayfly —protestó Leclerc tras ellos—. Johnson conoce ahora su nombre.
    —Lo olvidé, señor.
    —De todos modos, ha pasado —dijo Leclerc volviendo al coche.

    Regresaron todos sin cambiar una palabra.

    Al llegar a la granja, Avery sintió que una mano se posaba amistosamente en su hombro. Se volvió creyendo ver a Johnson, pero encontró tras él el rostro enjuto de Haldane, aunque tan cambiado, tan manifiestamente en paz, que parecía marcado con la tranquilidad juvenil de un hombre que ha sobrevivido de una larga enfermedad. El sufrimiento lo había abandonado totalmente.

    —No tengo la costumbre de prodigar elogios —dijo Haldane.
    —¿Cree usted que ha pasado sin obstáculos?
    —Lo ha hecho usted muy bien —dijo sonriendo.
    —Lo hubiéramos oído, ¿verdad? ¿Habríamos oído los disparos o visto los proyectores?
    —Ya no somos responsables de él. Bien jugado. — Bostezó—. Propongo que nos acostemos temprano. No tenemos nada más que hacer. Hasta mañana por la tarde, claro está. — Se detuvo en el umbral de la puerta y, sin volver la cabeza, observó—: ¿Sabe que esto no parece de veras? Durante la guerra no se hacían preguntas. Partían o se negaban. Pero, ¿por qué se ha ido él, Avery? Jane Austen decía que dinero o amor, que no había otra cosa en el mundo. Leiser no lo ha hecho por dinero.
    —Usted decía que nunca se podría saber. Lo dijo la noche en que él telefoneó.
    —Me dijo que le impulsaba el odio, el odio a los alemanes. Y no lo creo.
    —Sea como fuere, se ha ido. Creí que esto era todo lo que a usted le interesaba. Dijo usted que no tenía ninguna confianza en los móviles.
    —Sabemos que no hará esto por odio. Entonces, ¿qué es? En realidad, no lo habremos conocido nunca, ¿verdad? Usted sabe que está cerca del final, en su lecho de muerte. ¿En qué piensa él? Si muere ahora, esta noche, ¿qué pensamientos asaltarán su espíritu?
    —No debería usted hablar de este modo.
    —¡Ah! — Acabó por volverse a Avery y su rostro continuaba tan apacible—. Cuando lo encontramos era un hombre sin amor. ¿Sabe usted lo que es el amor? Se lo diré yo: es lo que todavía se puede traicionar. Nosotros mismos, en nuestra profesión, vivimos sin él. No forzamos a la gente a hacer cosas por nosotros. Les dejamos descubrir el amor. Y, naturalmente, es lo que le ha sucedido a Leiser. Se ha casado con nosotros por dinero, digámoslo así, y nosotros, por amor, lo hemos abandonado. Ha pronunciado sus segundos votos. Me pregunto cuándo.
    —¿Qué quiere usted decir, por dinero?
    —Quiero decir por lo que le hemos dado. Él nos ha dado el amor. A propósito, veo que tiene usted su reloj.
    —Se lo guardo.
    —¡Ah! Buenas noches. O mejor dicho, buenos días. — Sonrió levemente—. ¡Qué pronto se pierde el sentido del tiempo! — Luego añadió, como para sí mismo—: Y el Circus nos ha ayudado hasta el final. Es muy extraño. Me pregunto por qué.


    Leiser limpió cuidadosamente el cuchillo; estaba sucio y era necesario lavarlo. En el cobertizo para barcas comió sus provisiones y bebió el coñac que había en el frasco. «Después de haber hecho esto —había dicho Haldane— viva en el país. No puede usted pasearse con conservas de carne y coñac francés.» Abrió la puerta y salió a lavarse la cara y las manos en el agua del lago.

    El agua estaba muy tranquila en la oscuridad. Su superficie Usa era como una piel perfecta envuelta en flotantes velos de niebla gris. Veía las cañas a lo largo de la orilla. El viento, que se calmaba a la proximidad del alba, las rozaba al pasar por el agua. Por encima del lago se erguía la sombra de pequeñas colinas. Leiser se sentía tranquilo, descansado. Hasta el instante en que como un estremecimiento atravesaba su espíritu el recuerdo del joven guardia.

    Lanzó lo más lejos que pudo la lata vacía de carne y la botella de coñac y, cuando ambas tocaron el agua, se levantó del cañaveral una garza real que se elevó lánguidamente. Se inclinó, cogió una piedra plana y la hizo saltar sobre la superficie del lago. La oyó saltar tres veces antes de hundirse. Volvió al cobertizo, tomó su mochila y su maleta. Tenía dolorido el brazo derecho, sin duda a causa del peso de la maleta. En alguna parte el ganado comenzó a mugir.

    Partió en dirección este, siguiendo el camino que bordeaba el lago. Quería alejarse lo más posible antes de la mañana.

    Tuvo que atravesar media docena de aldeas. Estaban muertas, más silenciosas incluso que el camino porque ofrecían un momentáneo abrigo contra el viento que se levantaba. Observó de pronto que no había carteles indicadores ni construcciones nuevas. De allí procedía esa impresión de paz, la paz que nace de la ausencia de toda innovación. Esto hubiera podido pasar hace cincuenta o cien años. No había luces en las calles ni chillones carteles en los cafés y las tiendas. Eran las tinieblas de la indiferencia y esto le pareció reconfortante. Se hundía en ellas como un hombre se sumerge en el mar: esto le refrescaba y le reanimaba como el viento, hasta el momento en que volvía a acordarse del centinela. Pasó ante una granja. Una larga avenida la unía con el camino. Se detuvo. A medio camino entre la granja y la carretera había parada una motocicleta con un viejo impermeable sobre el sillín. No se veía a nadie.


    La estufa humeaba suavemente.

    —¿Cuándo dijo usted que sería su primera hora de transmisión? — preguntó Avery.

    Ya había hecho la pregunta.

    —Johnson ha dicho que a las veintidós horas veinte minutos. Empezaremos a buscar una hora antes.
    —Creo que tiene una frecuencia determinada —murmuró Leclerc, sin manifestar mucho interés.
    —Puede equivocarse de cuarzo al empezar. Esto sucede a veces con la fatiga. Lo más seguro es buscar utilizando diversas frecuencias.
    —Ahora debe de estar en la carretera.
    —¿Dónde está Haldane?
    —Durmiendo.
    —¿Cómo puede dormir en un momento como éste?
    —No tardará en amanecer.
    —¿No se puede hacer nada con ese fuego? — preguntó Leclerc—. Estoy seguro de que no puede humear de esta manera. Sacudió la cabeza como si se ahogara y dijo—: John, hay un informe muy interesante de Fielden. Sobre movimientos de tropas en Budapest. Quizá cuando usted haya vuelto a Londres…

    Perdió el hilo de su discurso y pareció inquieto.

    —Ya me habló usted de eso —dijo Avery amablemente.
    —¡Ah, sí! Será conveniente que usted le eche una ojeada.
    —Con mucho gusto. Parece muy interesante.
    —Sí, ¿verdad?
    —Mucho.
    —Sepa usted —dijo como si recordara algo de pronto— que no quieren de ninguna manera conceder una pensión a esa pobre mujer.


    Estaba sentado muy erguido en la motocicleta, los codos como apoyados sobre una mesa. La moto hacía un ruido terrible. Parecía llenar el alba de un estruendo que repercutía a través de los campos helados y despertar los gallineros. El impermeable tenía cosidas piezas de cuero en los hombros. Leiser saltaba en los baches de la carretera sin firme, flotando tras él el impermeable, cuyos extremos rozaban los darlos de la rueda trasera. Amaneció.

    Pronto tendría que comer. No comprendía por qué tenía apetito. Quizá fuera el ejercicio. Sí, debía de ser el ejercicio. Comería, pero en algún pueblo, ahora no. No en un café lleno de extraños. Tampoco en un café donde hubiese bebido el centinela.

    Continuaba corriendo. El hambre le atenazaba. Era incapaz de pensar en otra cosa. Su mano dio más gas, arrastrando hacia delante su cuerpo hambriento. Se metió en un camino que conducía a una granja y se detuvo. La casa era vieja y se desmoronaba en ruinas. El camino estaba invadido por los hierbajos y los carros habían hecho profundas marcas. Las vallas estaban rotas. Había un jardín en forma de terraza, antes cultivado en parte y ahora abandonado, como si no sirviese para nada.

    Ardía una luz en la ventana de la cocina. Leiser llamó a la puerta. Su mano temblaba aún a causa de las trepidaciones de la motocicleta. Nadie acudió. Llamó de nuevo y el ruido que hizo le asustó. Creyó ver una cara, hubiera podido ser la sombra de un guardia fronterizo, pasando ante la ventana antes de desplomarse, o bien el reflejo de una rama agitada por el viento.

    Volvió precipitadamente a la motocicleta dándose cuenta con terror de que su hambre no era hambre, sino desamparo. Había de tenderse en alguna parte y reposar. Se dijo; «Había olvidado el esfuerzo que esto representa.» Avanzó hasta el bosque, donde se tendió, con el rostro ardiente hundido entre los brezos.


    Era al anochecer. Aún había luz en los campos, pero la sombra invadía rápidamente el bosque donde estaba tendido, de tal manera que en un momento los troncos rojizos de los pinos se convirtieron en columnas negras.

    Se sacudió las hojas pegadas a su chaqueta y se ató de nuevo los zapatos. Le apretaban dolorosamente en el empeine. Nunca hubiese tenido ocasión de gastarlos. Comenzó a pensar: Bien se ciscan ellos, y recordó que nada colma jamás el abismo que separa al hombre que parte del que se queda atrás, los vivos de los muertos.

    Volvió a ajustarse las correas de su mochila y sintió de nuevo ese agudo dolor en los hombros cuando el cuero se apoyó otra vez sobre las viejas escoceduras. Recogió su maleta y atravesó el campo hasta la carretera donde había dejado la moto, a cinco kilómetros de Langdorn. El pueblo debía de estar detrás de la colina: el primero de los tres grupos de casas anunciados. Pronto encontraría el control de carretera; pronto podría comer.

    Avanzó lentamente, con la maleta sobre las rodillas y escrutando sin cesar la carretera mojada, abriendo mucho los ojos para advertir una hilera de luces rojas o un grupo de coches y vehículos. Al virar en un recodo vio a su izquierda una casa con un cartel publicitario detrás de una ventana, anunciando una marca de cerveza. Entró en el patio delantero; el ruido del motor hizo aparecer a un anciano en el umbral de la puerta. Leiser dejó la moto en su apoyo.

    —Quisiera una cerveza —dijo—, y salchichón. ¿Tiene usted?

    El anciano le hizo entrar, lo instaló en una mesa en el gran salón desde donde Leiser podía vigilar la moto. Le sirvió una botella de cerveza, unas rodajas de salchichón y una punta de pan negro. Luego se plantó ante su mesa para verlo comer.

    —¿A dónde va usted?

    La barba sombreaba su flaco rostro.

    —Al Norte.

    Leiser se sabía la papeleta.

    —¿De dónde viene?
    —¿Cuál es el próximo pueblo?
    —Langdorn.
    —¿Está lejos?
    —A cinco kilómetros.
    —¿Sabe dónde podría hospedarme?

    El anciano se encogió de hombros. Era un ademán que nada tenía de indiferencia ni de rechazamiento, sino de negación, como si lo rechazara todo y todo igualmente le rechazara.

    —¿Qué tal es la carretera? — preguntó Leiser.
    —Buena.
    —Me han dicho que hay un desvío.
    —Nada de desvío —replicó el anciano, como si un desvío pudiera ser una esperanza, un consuelo, la promesa de un poco de compañía, cualquier cosa susceptible de calentar el aire húmedo y frío o iluminar los rincones de la sala.
    —Usted es del Este —declaró el hombre—. Se le nota.
    —Mis padres —dijo Leiser—. ¿Tiene usted café?

    El anciano le sirvió café, muy negro y áspero, pero sin sabor.

    —Usted es de Wilmsdorf —continuó el viejo—. Lleva usted la matrícula de Wilmsdorf.
    —¿Hay mucho tráfico? — preguntó Leiser echando una ojeada a la puerta.

    El anciano movió la cabeza.

    —No es una carretera transitada, ¿eh? — El anciano seguía en silencio—. Tengo un amigo cerca de Kalkstadt.

    ¿Está lejos?

    —No. A cuarenta kilómetros. Han matado a un chico cerca de Wilmsdorf.
    —Tiene un café. Al norte de la ciudad. «El gato bebedor.» ¿Lo conoce usted?
    —No.
    —Ha habido jaleo allí abajo —dijo Leiser bajando la voz—. Un cisco. Con soldados de la guarnición. Rusos.
    —Váyase —dijo el anciano.

    Quiso pagar, pero sólo tenía un billete de cincuenta marcos.

    —Váyase —repitió el anciano. Leiser recogió la maleta y la mochila.
    —¡Viejo imbécil! — dijo brutalmente—. ¿Por quién me toma usted?
    —Usted es inocente o culpable, y las dos cosas son peligrosas. Váyase.

    No había control de carretera. Se encontró de pronto en el centro de Langdorn. Ya era de noche. Las únicas luces que iluminaban la calle mayor se filtraban a través de los postigos cerrados, alcanzando apenas el pavimento mojado. No había circulación. Estaba enloquecido por el ruido de su moto; parecía un trompetazo en plena plaza del mercado. Leiser pensó que durante la guerra la gente se acostaba temprano para tener calor. Tal vez lo hicieran siempre.

    Había llegado el momento de desembarazarse de la moto. Atravesó el pueblo, halló una iglesia abandonada y dejó la moto a la puerta de la sacristía. Volvió a la ciudad y se dirigió a la estación. El taquillero llevaba uniforme.

    —Uno sencillo para Kalkstadt.

    El empleado tendió la mano. Leiser sacó un billete de su cartera y se lo dio. El empleado lo sacudió con impaciencia. Durante un instante se hizo el vacío en la mente de Leiser: miraba estúpidamente los dedos que se agitaban ante él y el rostro desconfiado y furioso detrás de la ventanilla.

    El empleado gritó bruscamente:

    —¡Carnet de identidad! Leiser sonrió excusándose.
    —Estaba distraído —dijo abriendo la cartera para mostrar el carnet en su funda de celofán.
    —Sáquelo de la cartera —dijo el empleado.

    Leiser vio cómo lo examinaba a la luz de su lámpara.

    —¿Salvoconducto?
    —Sí, claro —dijo Leiser, entregándole el documento.
    —¿Por qué quiere usted ir a Kalkstadt si debe dirigirse a Rostock?
    —Nuestra cooperativa de Magdeburgo ha enviado material por ferrocarril a Kalkstadt. Turbinas y herramientas. Hay que instalarlas.
    —¿Cómo ha venido hasta aquí?
    —He hecho autostop.
    —Está prohibido.
    —En los tiempos que corremos hay que espabilarse.
    —¿En los tiempos que corremos? El hombre apretó su rostro contra el cristal mirando las manos de Leiser.
    —¿Qué diantre está usted manipulando? — preguntó sin amabilidad.
    —Una cadena, la cadena de un llavero.
    —De manera que hay que instalar ese material. Bueno. Le escucho.
    —Puedo hacer eso de paso. La gente de Kalkstadt está esperando desde hace seis semanas. La consignación se demoró.
    —¿Y qué?
    —Hemos hecho una investigación… En ferrocarriles.
    —¿Y?
    —No han contestado.
    —Tendrá que esperar una hora. El tren sale a las seis treinta. — Hubo una pausa—. Ya sabe usted la noticia. Han matado a un muchacho en Wilmsdorf. ¡Puercos!

    Le dio el cambio.

    No tenía donde ir. No se atrevía a dejar su equipaje en consigna. No tenía nada que hacer: se fue a pasear durante media hora y volvió a la estación. El tren llevaba retraso.


    —Los dos merecen toda clase de felicitaciones —dijo Leclerc, aprobador, con una inclinación de cabeza, refiriéndose a Haldane y Avery—. Y usted también, Johnson. Desde ahora ninguno de nosotros puede hacer nada más, ahora todo es cosa de Mayfly. — Sonrió de una manera particular mirando a Avery—. Usted, John, está muy callado. ¿Cree que este asunto ha enriquecido su experiencia? — añadió con una risita, como si apelara a los otros dos—. Espero que no lleguemos a tener en nuestras manos la responsabilidad de un divorcio. Es preciso que le devolvamos a su mujer.

    Estaba sentado en el borde de la mesa, con sus pequeñas manos cuidadosamente cruzadas sobre las rodillas. Como Avery no respondiera, dijo con vivacidad:

    —Carol me hizo una escena, ¿sabe usted, Adrian? Me reprochó romper un joven matrimonio.

    Haldane sonrió como si esta idea le pareciese divertida.

    —Estoy seguro de que no hay peligro —dijo.
    —Ha tenido también mucho éxito con Smiley. Habremos de procurar que no nos lo birlen.


    XIX


    Cuando el tren llegó a Kalkstadt, Leiser esperó a que los viajeros hubiesen despejado el andén. Un empleado de cierta edad se hacía cargo de los billetes. Parecía un buen hombre.

    —Busco a un amigo —dijo Leiser—. Un tal Fritsche. Trabaja aquí.

    El empleado frunció el ceño.

    —¿Fritsche?
    —Sí.
    —¿Qué nombre tiene?
    —No lo sé.
    —¿Qué edad entonces, más o menos?
    —Cuarenta años —dijo, al azar.
    —¿Fritsche aquí, en esta estación?
    —Sí. Tenía una casita cerca del río. Es soltero.
    —¿Una casa entera? ¿Y trabaja en esta estación?
    —Sí.

    El empleado movió la cabeza.

    —Jamás oí hablar de él. — Miró a Leiser—. ¿Está usted seguro? — preguntó.
    —Eso me dijo. — Pareció recordar un detalle—. Me escribió en noviembre… Se quejaba de que los vopos hubiesen cerrado la estación.
    —Está usted loco —dijo el ferroviario—. Buenas noches.
    —Buenas noches —respondió Leiser.

    Y al alejarse sintió la mirada del otro pesar constantemente sobre él.

    Había en la calle principal un hotelito con la muestra «La vieja campana». Esperó ante el escritorio del vestíbulo, pero no acudió nadie. Abrió una puerta y se encontró en una gran habitación cuyo fondo se hallaba sumido en la sombra. Una joven estaba sentada a una mesa ante un viejo tocadiscos. Apoyaba la cabeza sobre los brazos cruzados encima de la mesa, escuchando la música. Sólo una bombilla estaba encendida sobre ella. Cuando se paró el disco volvió a ponerlo, moviendo el brazo sin levantar la cabeza.

    —Deseo una habitación —dijo Leiser—. Vengo de Langdorn.

    En todos los rincones había pájaros disecados: garzas reales, faisanes y un martín pescador.

    —Deseo una habitación —repitió.

    Era música de baile, muy antigua.

    —Pídela en recepción.
    —No hay nadie.
    —De todos modos, no hay. No tienen la obligación de dártela. Hay un hotel cerca de la iglesia. Tendrás que ir allí.
    —¿Dónde está la iglesia?

    Con un suspiro teatral, paró el tocadiscos y Leiser comprendió que estaba contenta de tener alguien con quien hablar.

    —Fue bombardeada —explicó—. Pero se habla de ella todavía. No queda más que el campanario.

    Finalmente él dijo:

    —Sin duda tendrán aquí una cama, ¿no? Esto es muy grande.

    Dejó la mochila en un rincón y se sentó a la mesa junto a ella. Se pasó la mano por los cabellos secos y tupidos.

    —Pareces cansado —dijo la joven.

    Su pantalón azul estaba todavía manchado con el barro de la frontera.

    —He viajado durante todo el día. Esto cansa.

    Ella se levantó con un aire embarazado y se dirigió hacia el fondo de la sala, donde una escalera conducía al primer piso, hacia la luz. Llamó pero no acudió nadie.

    —¿«Steinhäger»? — preguntó ella desde la oscuridad.
    —Sí.

    Volvió con una botella y un vaso. Llevaba un impermeable, un viejo impermeable de color pardo, de corte militar, con hombreras y hombros cuadrados.

    —¿De dónde eres? — preguntó.
    —De Magdeburgo. Voy al Norte. He encontrado trabajo en Rostock. — ¿Cuántas veces debería repetir esto?— ¿Podría encontrar en este hotel una habitación donde pudiera estar solo?
    —Si quieres una…

    La luz era tan mala que al principio apenas la distinguió. Poco a poco ella fue animándose. Tendría alrededor de dieciocho años y era de fuerte constitución: una cara bonita, pero una piel desagradable. La misma edad que el guarda fronterizo. Tal vez un poco mayor.

    —¿Quién eres? — Ella no respondió—. ¿Qué haces?

    Tomó el vaso de Leiser y bebió mirándolo por encima del borde con aire de inteligencia, como si fuese una belleza. Lo dejó lentamente sin dejar de mirarlo y le tocó los cabellos. Parecía creer que sus ademanes tenían importancia. Leiser continuó:

    —¿Hace tiempo que estás aquí?
    —Dos años.
    —¿En qué trabajas?
    —En todo lo que se presenta.

    Dijo esto apresuradamente.

    —¿Hay mucho movimiento?
    —Está muerto. Nada de nada.
    —¿No hay hombres?
    —Alguna vez.
    —¿Tropas?

    Una pausa.

    —De vez en cuando. ¿No sabes que está prohibido preguntar esto?

    Leiser se sirvió de nuevo un vaso de «Steinhäger». Ella cogió el vaso y se puso a jugar con él.

    —¿Qué pasa en esta ciudad? — preguntó él—. He intentado venir desde hace seis semanas. No han querido dejarme entrar. Kalkstadt, Langdorn, Wolken… Me han dicho que todo estaba bloqueado. ¿Qué pasaba?

    Ella tecleó con la punta de los dedos en la mano de Leiser.

    —Nada está bloqueado.
    —Bueno —dijo Leiser riendo—. Pero te digo que no me han dejado acercarme. Había controles en las carreteras entre esta ciudad y Wolken.

    Pensaba: «Las ocho y veinte. Dos horas hasta la primera emisión prevista.»

    —Nada está bloqueado —y añadió de pronto—: Has venido del Oeste, por la carretera. Buscan a alguien como tú.

    Él se levantó para despedirse.

    —Será mejor que busque hotel.

    Dejó dinero sobre la mesa.

    La joven murmuró:

    —Tengo una habitación para mí. En un piso nuevo detrás de la Friedensplatz. Un inmueble para obreros. Eso les da igual. Haré todo lo que quieras.

    Leiser movió la cabeza. Tomó su equipaje y se dirigió hacia la puerta. Ella no le quitaba la vista de encima y él comprendió que sospechaba.

    —Hasta la vista —dijo.
    —No diré nada. Llévame.
    —He tomado un «Steinhäger» —murmuró Leiser—. Ni siquiera hemos hablado. No has dejado de tocar tu disco.

    Los dos tenían miedo.

    —Sí. No he dejado de tocar —dijo la muchacha.
    —¿Estás segura de que esto jamás ha sido bloqueado? ¿Langdorn, Wolken, Kalkstadt, desde hace seis semanas?
    —¿Por qué habrían de bloquear esto?
    —¿No sería por la misma estación?
    —¿Por la estación? — dijo ella—. No lo sé. Los alrededores fueron prohibidos tres días en noviembre. Nadie sabe por qué. Había unos cincuenta soldados rusos. Estaban acantonados en la ciudad. Hacia mediados de noviembre.
    —¿Unos cincuenta? ¿Con material?
    —Camiones. Había maniobras en el Norte. Bueno, dijeron eso. Quédate conmigo. Déjame que te acompañe. Iré donde sea.
    —¿De qué color eran las hombreras?
    —No me acuerdo.
    —¿De dónde venían?
    —Eran reclutas jóvenes. Algunos venían de Leningrado, dos hermanos.
    —¿Hacia dónde se fueron?
    —Hacia el Norte. Escucha, nadie sabrá nada nunca. Yo no hablo, no es mi manera de ser. Haré todo lo que tú quieras.
    —¿Hacia Rostock?
    —Dijeron que iban a Rostock. Me recomendaron que no dijese nada. El Partido vino a rodear todas las casas.

    Leiser inclinó la cabeza. Estaba bañado en sudor.

    —Hasta la vista —dijo.
    —¿Y mañana, mañana por la noche? Haré lo que tú quieras.
    —Tal vez. No digas nada a nadie, ¿comprendes?

    Ella movió la cabeza.

    —No lo diré —prometió—, porque me cisco en todo. Pregunta por el Hochhaus, detrás de la Friedenplatz. Apartamento diecinueve. Ve a la hora que quieras. Yo te abriré la puerta. Llama dos veces. Ellos saben que es para mí. No te cobraré. Ten cuidado —añadió—. Hay gente por todas partes. Mataron a un chico en Wilmsdorf.

    Él fue hasta la plaza del mercado, volviendo a ser quien era porque el tiempo apremiaba, y se puso a buscar el campanario de la iglesia y el hotel. Siluetas un poco comprimidas se cruzaron con él en la oscuridad. Algunos llevaban vestigios de prendas militares: gorros de lana y los largos capotes que llevaron durante la guerra. De vez en cuando entreveía su rostro a la pálida luz de un farol y buscaba en sus rasgos cerrados y hostiles las cualidades que detestaba. Se decía:

    «Puedes odiarlo… es bastante viejo», pero esto le dejaba indiferente.

    No eran nada. Quizás en otra ciudad, en otro lugar, se encontraría con ellos y los detestaría, pero no allí. Éstos eran viejos y no contaban. Eran pobres, como él, y estaban solos. El campanario estaba negro y vacío. Esto le recordó bruscamente el mirador de la frontera y el garaje después de las once, el momento en que había apuñalado al centinela: un crío, como él durante la guerra. Incluso más joven que Avery.


    —Debería de estar allí ahora —dijo Avery.
    —En efecto, John. Debería de estar, ¿no es así? Todavía falta una hora.

    Se miraron en silencio.

    —¿Conoce usted bien el «Alias Club»? — preguntó de pronto Johnson—. Al lado de Villiers Street. Muchos de los antiguos se encuentran allí. Cuando vuelva, debería pasarse una noche.
    —Con mucho gusto —dijo Avery—. Será un placer.
    —Es la época de Navidad —continuó Johnson—. Cuando me gusta ir. Hay una buena pandilla. Hasta uno o dos que van de uniforme.
    —Debe de estar bien.
    —En Año Nuevo celebran una velada a la que pueden asistir las mujeres. Podría usted ir con su esposa.
    —Perfecto.
    —O su amiguita —dijo Johnson con un guiño.
    —Para mí solamente existe Sarah —replicó Avery.

    Sonó el teléfono y Leclerc se levantó para contestar.


    XX
    Retorno


    Dejó en el suelo la mochila y la maleta y examinó las paredes. Había una toma de corriente cerca de la ventana. La puerta no se cerraba con llave, de manera que colocó delante una butaca. Se quitó los zapatos y se tendió en la cama. Recordaba los dedos de la muchacha y el movimiento nervioso de sus labios. Recordaba sus taimados ojos que le miraban en la sombra y se preguntaba cuánto tardaría en traicionarle.

    Se acordaba de Avery: recordaba la cordialidad y el señorío tan británicos de los principios de su camaradería. Recordaba su joven rostro brillante bajo la lluvia y la mirada tímida y llena de sorpresa que tenía cuando se limpiaba las gafas, y pensó: «Siempre debió de decir treinta y dos años. Soy yo quien entendió mal.»

    Miró el techo. En una hora instalaría la antena.

    La habitación era grande y desnuda, con un lavabo redondo en una esquina. Una sola cañería lo unía al suelo y esperaba que fuese una toma de tierra suficiente. Abrió el grifo y comprobó con alivio que el agua estaba fría. Desenvainó su cuchillo y raspó cuidadosamente la cañería en un lado. Jack había dicho que la toma de tierra era importante. A falta de otra mejor, le dijo, se desenrolla la toma de tierra sobre la alfombra, en zigzag, con la misma longitud de hilo que para la antena. Pero no había alfombra y habría que contentarse con la cañería. Ni alfombra ni postigos.

    Ante él había un armario macizo de puertas combadas. El establecimiento debió de ser en otro tiempo el primer hotel de la ciudad. Flotaba en el aire un olor de tabaco oriental y el hedor de los desinfectantes; las paredes eran de estuco gris; la humedad se había extendido en manchas oscuras, detenida aquí y allá por alguna misteriosa virtud interna de la casa, que había secado una especie de avenida que cruzaba el techo. En ciertos lugares el moho había desmoronado el yeso, dejando un islote de minúsculos hongos blancos. Además, el yeso se había contraído y se habían llenado las cavidades con una especie de pasta que formaba ríos blancos en los rincones de la habitación. La mirada de Leiser los seguía atentamente mientras acechaba el menor ruido procedente del exterior.

    Había en una pared un cuadro que representaba a unos trabajadores en un campo, conduciendo un caballo de labor. En el horizonte un tractor. Oyó la voz amable de Johnson hablándole de la antena: «En un interior la cosa resultaba una pejiguera, y esto ha de «ser en el interior. Ahora escuche: instálela en zigzag a través de la habitación, un cuarto de la longitud de onda y a unos treinta centímetros del techo. En grandes zigzags, Fred, y el hilo nunca paralelo a las vigas de hierro, a las conducciones de electricidad, etc. Y no lo doble sobre sí mismo, Fred, o la cagará usted.» Siempre la chirigota, el copulativo indirecto para ayudar a la memoria de los hombres simples.

    Leiser se dijo:

    «La sujetaré en el marco del cuadro y haré zigzags hasta el otro rincón. Puedo hundir un clavo en este yeso.» Buscó con la mirada un clavo o un alfiler y vio un gancho de bronce atornillado en una percha. Se levantó y desatornilló el mango de su navaja de afeitar. El paso de rosca giraba hacia la derecha y era una ingeniosa precaución, porque si alguien daba descuidadamente vueltas al mango hacia la izquierda iría en sentido contrario del paso de rosca. Sacó de la cavidad la bola de tejido de seda y se puso a alisarlo cuidadosamente sobre sus rodillas, con sus gruesos dedos. Encontró un lápiz en sus bolsillos y se puso a afilarlo, sin moverse del lecho porque no quería que se le cayese el trozo de tela. Por dos veces se le rompió la punta. Las virutas se acumulaban en el suelo a sus pies. Comenzó a escribir en su bloc, con letras mayúsculas, como un preso escribe a su mujer, y cada vez que ponía un punto trazaba un circulito en torno, como le habían enseñado hacía tiempo.

    Compuesto el mensaje hizo un trazo cada dos letras, y bajo cada compartimiento escribió el equivalente en cifras según la tabla que se había aprendido de memoria. A veces había de recurrir a un truco mnemotécnico, como una canción, para recordar los números. A veces los recordaba mal y tenía que borrar para volver a empezar. Cuando hubo terminado, dividió la línea de números en grupos de cuatro y luego convirtió cada uno de ellos en los grupos impresos en el tejido de seda. Después volvió a convertir las cifras en letras y escribió el resultado, dividiendo de nuevo el resultado en grupos de cuatro.

    El miedo, como un dolor antiguo, le atenazaba el vientre, y a cada ruido que imaginaba dirigía una inquieta mirada hacia la puerta y su mano se detenía en medio de la transcripción. Pero no oía sino los crujidos de una construcción vieja, como el rumor del viento en el aparejo de un barco.

    Examinó el mensaje terminado y se dio cuenta de que era demasiado largo y que si tuviese más práctica, si fuera más rápido, podría reducirlo, pero por el momento no veía la manera de hacerlo y sabía, como le repitieron tantas veces, que era mejor poner una o dos palabras de más que enviar un mensaje ambiguo. Tenía cuarenta y dos grupos.

    Apartó la mesa de la ventana y levantó la maleta. Eligió una llave de su llavero y la abrió, pidiendo al cielo que no se hubiese roto nada durante el viaje. Abrió las cajas que contenían el material de recambio y descubrió con dedos temblorosos el saco de seda atado con una cinta verde que contenía los cuarzos. Suelto el nudo, dejó los cuarzos sobre la arrugada tela de la colcha. Cada uno tenía una etiqueta escrita de puño y letra de Johnson y mencionaba primero la frecuencia y encima una sola cifra, precisando la posición en el plan de transmisión. Los colocó en orden, bien planos sobre la colcha. Los cuarzos era lo más frágil. Comprobó que la butaca bloqueaba bien la puerta. El tirador le resbaló en la mano. Recordó que durante la guerra le habían dado cuñas de acero. Volvió a la maleta, conectó el receptor y el transmisor a la fuente de alimentación. Introdujo el enchufe de los auriculares y desatornilló el manipulador de la tapa de una de las cajas de piezas de recambio. Fue entonces cuando vio la lista.

    En la cara interior de la tapa de la maleta había pegada una punta de papel engomado con media docena de grupos de letras y, al lado de cada uno, su traducción en morse. Era el código internacional para las fórmulas estándar, de las que ya no se acordaba.

    Cuando vio esas letras, escritas por la mano segura y aplicada de Jack, sus ojos se llenaron de lágrimas de gratitud.

    «Nunca me dijo —pensó—, nunca me dijo que había hecho esto.»

    Jack, en el fondo, era un gran tipo, y el capitán y el joven John: ¡qué equipo más formidable! Se podía vivir toda una vida sin encontrar tipos semejantes. Se tranquilizó, apoyando las manos bien planas sobre la mesa. Temblaba un poco, tal vez a causa del frío. Su camisa húmeda se le pegaba a los omoplatos, pero se sentía feliz. Echó una ojeada a la butaca ante la puerta y se dijo:

    «Cuando tenga los auriculares puestos no les oiré llegar», como no le había oído a él el guardia a causa del viento.

    Fijó inmediatamente la antena y la toma de tierra, atando la toma de tierra a la cañería del lavabo, pegando con pegamento plástico los dos hilos en la superficie que había raspado. De pie en la cama, desenrolló la antena en ocho zigzags a través de la habitación, como le había explicado Johnson, fijándola como pudo a las varillas de los visillos o al estuco. Cuando hubo terminado volvió al aparato y reguló el botón de longitudes de onda en la cuarta posición, porque sabía que todas las frecuencias se hallaban en la gama de tres megaciclos. Tomó del lecho el primer cuarzo y procedió a ajustar la emisora, murmurando a cada ademán:

    «Regular el selector de frecuencias de acuerdo con “valedero para todos los cuarzos”, conectar la bobina; regular sobre diez la placa y el control de antena.»

    Vaciló intentando recordar lo que venía después. Tenía un bloc en la mente. «AP… ¿No sabes lo que quiere decir AP?» Puso en tres el cuadrante para ver lo que daba el amplificador… El botón ARE sobre A para ajustar. De esto se acordaba. El botón en la posición seis para asegurarse de la corriente total…, ajuste de la sintonía de la placa para una lectura mínima.

    Pasó a E para emitir, apretó ligeramente el manipulador, hizo una lectura, manipuló el botón de control de la antena para obtener una cifra un poco más elevada, y de nuevo reguló rápidamente la placa. Renovó la operación hasta el momento en que, con inmenso alivio, vio a la aguja sumirse en el fondo blanco del cuadrante en semicírculo, lo que significaba que la emisora y la antena estaban bien ajustadas y podía hablar a John y a Jack.

    Volvió a sentarse con un gruñido de satisfacción, encendió un cigarrillo, lamentando que no fuese inglés, porque si entraba ahora no tendrían que preocuparse de la marca de cigarrillos que fumaba. Miró su reloj, y le dio cuerda hasta el tope, aterrorizado ante la idea de que pudiera pararse. Estaba puesto en hora con el de Avery y esta sencilla idea le reconfortaba. Como amantes separados, contemplaban la misma estrella.

    Faltaban tres minutos para la hora. Había desatornillado de la tapa el manipulador porque, fijo allí, no podía utilizarlo fácilmente. Jack le había dicho que eso no tenía importancia. Veíase obligado a tener en la mano la base del manipulador para que no le resbalara, pero Jack le había dicho que todas las radios tenían sus inconvenientes. Sin duda aquel manipulador era más pequeño que el que había utilizado durante la guerra; estaba seguro. Huellas de talco se habían adherido a la palanca. Apretó los codos contra los costados y se irguió. El tercer dedo de su mano derecha se inclinó sobre el manipulador. Mi primer indicativo es JAJ, se dijo, mi nombre es Johnson, me llama Jack. Es fácil de recordar. JA, John Avery; JJ, Jack Johnson. Después se puso a marcar. Un punto, tres rayas, punto raya, punto y tres rayas, y pensó:

    «Como en la casa de Holanda, pero esta vez no hay nadie conmigo.»
    «Repite dos veces, Fred, y luego paras.»— Pasó a la escucha, empujó la hoja de papel hacia el centro de la mesa y se dio cuenta de pronto que no tenía nada para escribir cuando respondiera Jack.

    Se levantó y buscó su bloc y su lápiz, el sudor le corría por la espalda. No los veía por ninguna parte. Se puso a gatas y tanteó la espesa capa de polvo debajo de la cama. Encontró el lápiz y buscó en vano el bloc. Al levantarse oyó un ruido en los auriculares. Volvió apresuradamente a la mesa, esforzándose en conservar en su sitio la hoja de papel para poder escribir en una esquina después de haber transmitido su mensaje.

    «QSA 3; le oigo regularmente bien», fue todo lo que dijeron.
    «Calma, muchacho, calma», murmuró.

    Se acomodó en su asiento, y pasó a emisión, miró su mensaje cifrado y marcó cuatro—dos, porque tenía cuarenta y dos grupos. Su mano estaba llena de sudor y polvo, y el brazo dolorido quizá de haber llevado la maleta.

    «Dispones de todo el tiempo que quieras —le había dicho Johnson—. Estaremos a la escucha; no se trata de un examen.»

    Sacó el pañuelo del bolsillo y se secó las manos. Estaba terriblemente cansado, su fatiga era como una desesperación física, como el instante de culpabilidad antes de hacer el amor. Grupos de cuatro letras, había dicho Johnson; piensa en grupos de cuatro letras, Fred. No tienes necesidad de hacerlo todo de golpe, Fred; un pequeño descanso en medio, si te parece; dos minutos y medio sobre la primera frecuencia, dos minutos y medio sobre la segunda; sólo se puede operar así. La señora Hartbeck esperará, estoy seguro. Subrayó con lápiz la novena letra porque ésta situaba la señal de seguridad. Era un detalle en el que prefería no pensar sino de pasada.

    Se apretó con las manos la cabeza, concentrándose tanto como era capaz, luego puso el dedo sobre el manipulador y comenzó a marcar. «La mano suelta, los dedos índice y medio en la parte superior de la palanca, el pulgar en el borde, sin apoyar la muñeca en la mesa, Fred, la respiración regular, Fred. Verás que esto ayuda a relajarse.»

    ¡Dios mío!, ¿por qué tenía la mano tan lenta? De pronto apartó los dedos del manipulador y se miró con aire impotente la palma abierta, después se pasó la mano izquierda por la frente para evitar que el sudor le cayera sobre los ojos, sintiendo el manipulador deslizarse sobre la mesa. Tenía la muñeca demasiado rígida: con esa mano había matado al guardia fronterizo. Constantemente se repetía: punto, punto, raya, luego una K, esto lo sabía siempre, un punto entre dos rayas… Sus labios deletreaban, pero su mano no le seguía, era una especie de tartamudeo que empeoraba a medida que hablaba, y en todo momento pensaba en el joven guardia, en todo momento. Quizás era más rápido de lo que creía. Perdía toda noción del tiempo; el sudor le corría por los ojos y no podía detenerlo. Seguía deletreando los puntos y las rayas, y sabía que Johnson estaría furioso, porque no debería pensar en puntos ni rayas, sino musicalmente, como los profesionales: di—da, da, pero no era Johnson quien había matado al centinela. Los latidos de su corazón eran más fuertes que las cansadas señales del manipulador: su mano parecía entorpecerse y, sin embargo, continuaba transmitiendo porque era la única cosa que podía hacer, la única cosa a la que podía agarrarse mientras su cuerpo cedía. Los esperaba ahora, deseaba que llegaran. «Llevadme, llevaos todo esto», acechando con impaciencia el rumor de pasos.

    Cuando por fin hubo terminado, volvió al lecho. Con una mirada sin interés vio los cuarzos sobre la colcha, esperando, alineados a partir de la izquierda, sobre el dorso, como centinelas muertos, como soldados.


    Avery miró su reloj. Las diez y cuarto.

    —Empezará dentro de cinco minutos —dijo.

    Leclerc anunció de pronto:

    —Llamaba Gorton. Ha recibido un telegrama del Ministerio. Parece que hay noticias para nosotros. Nos envían un correo.
    —¿Qué podrá ser? — preguntó Avery.
    —Creo que se trata del asunto de Hungría. El informe de Fielden. Es posible que me vea obligado a partir a Londres. — Sonrió con satisfacción—. Pero creo que ustedes pueden desenvolverse sin mí.

    Johnson, con los auriculares en las orejas, estaba sentado, inclinado hacia delante en una silla de madera de alto respaldo que se había llevado de la cocina. El receptor verde oscuro zumbaba suavemente al paso de la corriente. El cuadrante regulador, iluminado desde dentro, brillaba con una luz pálida en la penumbra del granero.

    Haldane y Avery estaban incómodamente instalados en un banco. Johnson tenía ante sí un lápiz y un bloc. Se quitó los auriculares y dijo a Leclerc, que estaba de pie delante de él:

    —Le repetiré el procedimiento a seguir, señor. Haré lo que pueda por decirle lo que pasa, y al mismo tiempo, para mayor seguridad, lo registraré en cinta magnetofónica.
    —Comprendo.

    Esperaban en silencio. De pronto —fue en un momento de absoluta magia— Johnson se irguió en su asiento, les hizo un breve ademán con la cabeza y puso en marcha el magnetófono. Sonrió y dejó de escuchar para transmitir.

    —Va bien, Fred —dijo en voz alta—. Le oigo perfectamente.
    —¡Ha llegado! — exclamó Leclerc—. Ha realizado su objetivo —sus ojos brillaban de excitación—. ¿Lo oye, John? ¿Lo oye?
    —¿Y si nos calláramos? — sugirió Haldane.
    —Ya lo tengo —dijo Johnson. Hablaba con tono reposado, tranquilo—. Cuarenta y ocho grupos.
    —¡Cuarenta y ocho grupos! — repitió Leclerc.

    Johnson estaba absolutamente inmóvil, tenía la cabeza un poco inclinada a un lado, toda la atención concentrada en lo que oía por los auriculares, el rostro impasible a la luz pálida.

    —Por favor, preferiría ahora el silencio.

    Durante quizá dos minutos, su mano corrió rápidamente sobre el bloc. De vez en cuando lanzaba un gruñido ininteligible, murmuraba una letra o sacudía la cabeza hasta el momento en que el mensaje pareció llegar más lentamente, se detenía el lápiz mientras escuchaba y no tardó en trazar separadamente cada letra con un cuidado infinito. Echó una ojeada al reloj.

    —Vamos, Fred, — dijo con tono apremiante—. Vamos, cambia; ya hace casi tres minutos.

    Pero el mensaje continuaba, letra por letra, y el rostro de Johnson adquiría una expresión de inquietud.

    —¿Qué diablos pasa? — preguntó Leclerc—. ¿Por qué no ha cambiado de frecuencia?

    Pero Johnson se limitó a decir:

    —¡Deja de transmitir, condenado Fred, deja de transmitir de una vez!

    Leclerc le tocó en el brazo con mano impaciente. Johnson se quitó un auricular.

    —¿Por qué no ha cambiado de frecuencia? ¿Por qué? — repitió.
    —¡Lo ha olvidado! ¡Y no lo olvidó jamás durante el entrenamiento! Sé que es lento, pero ¡maldita sea!
    —Seguía escribiendo maquinalmente—. Cinco minutos —murmuró—. ¡Cinco minutos, mierda! Pero cambia de frecuencia, en nombre de Dios.
    —¿No puede usted decírselo? — preguntó Leclerc.
    —Por supuesto que no. ¿Cómo quiere que lo haga? No puede transmitir y escuchar al mismo tiempo.

    Estaban sentados o de pie, fascinados y aterrados. Johnson se había vuelto hacia ellos, y su voz se hacía ahora suplicante.

    —Se lo dije; si no se lo repetí veinte veces no se lo dije ninguna. Lo que está haciendo es sencillamente un suicidio —miró su reloj—. Hace casi seis minutos que está transmitiendo, maldita sea. ¡Qué bestia, qué bestia!
    —¿Qué harán? — preguntó Haldane.
    —¿Si interceptan su mensaje? Llamar a otra estación, si el mensaje es largo. Hacer otra localización, y después no se trata sino de un simple problema de trigonometría. — Con un ademán desesperado golpeó sobre la mesa con la mano abierta, señalando el aparato como si estuviera humillándolo—. Un niño podría hacerlo. Con un simple compás. ¡Dios mío! Vamos, Fred, por Dios, ¡basta ya! — Escribió una serie de letras en un bloc y luego tiró el lápiz—. De todos modos —dijo— está grabado.

    Leclerc se volvió a Haldane.

    —Seguramente se puede hacer algo.
    —No hagan ruido —dijo Haldane.

    El mensaje se interrumpió. Rápidamente, Johnson indicó que lo había recibido bien, como quien está furioso. Rebobinó la cinta magnetofónica y comenzó a transcribirlo. Con la hoja de la cifra ante él trabajó sin detenerse durante quizás un cuarto de hora, haciendo de vez en cuando pequeñas adiciones sobre el borrador que tenía delante. Nadie hablaba. Cuando hubo terminado se levantó, con un movimiento casi olvidado de respeto.

    —Aquí está el mensaje: «Región Kalkstadt bloqueada tres días a mediados de noviembre, cuando cincuenta soldados unidad soviética no identificada acantonados ciudad. Ningún material especial. Según rumores, maniobras soviéticas más al Norte. Soldados movimiento sin duda sobre Rostock. Fritsche desconocido, repito desconocido, estación Kalkstadt. Ningún control carretera en carretera Kalkstadt» —y arrojó el papel sobre la mesa—. Después de esto —añadió— hay quince grupos de los que no entiendo nada. Creo que se ha armado un lío con la cifra.


    El sargento vopo en Rostock descolgó el teléfono. Era un hombre de cierta edad, canoso y pensativo. Escuchó un momento y luego marcó un número en otra línea.

    —Debe de ser un crío —dijo, marcando todavía—. ¿Qué frecuencia decía usted? — Se llevó el otro aparato al oído y habló rápidamente, repitiendo tres veces la frecuencia. Pasó luego al despacho contiguo—. Hablaremos con Witmar dentro de un minuto —dijo—. Están situándolo. ¿Lo oye usted todavía? — El cabo asintió. El sargento se llevó al oído un auricular—. No puede ser más que un aficionado —murmuró—. Infringiendo las disposiciones. Pero, ¿qué significa esto? Ningún agente en su sano juicio emitiría una señal como ésta. ¿Cuáles son las frecuencias más próximas? ¿Militares o civiles?
    —Las más próximas son las militares. Muy próximas, por cierto.
    —Es curioso —dijo el sargento—. Esto correspondería, ¿verdad? Lo hacían durante la guerra.

    El cabo contemplaba la cinta, que se enrollaba lentamente en su carrete.

    —Sigue transmitiendo. En grupos de cuatro.
    —¿De cuatro? — El sargento buscaba en su memoria algo que había sucedido hacía ya mucho tiempo—. Déjeme oír todavía. Escuche a ese cretino. Es lento como un niño.

    El ritmo del morse despertaba ecos en su recuerdo: los intervalos que carecían de nitidez, los puntos tan cortos que apenas eran clics. Hubiese jurado que conocía aquella mano… durante la guerra, en Noruega…, pero no era tan lento: jamás había oído nada tan lento. No, no era en Noruega, sino en Francia. O acaso fuese su imaginación. Sí, era su imaginación.

    —O un hombre viejo —dijo el cabo.

    Sonó el teléfono. El sargento escuchó un instante; después se precipitó corriendo, corriendo todo cuanto podía a la mesa de oficiales, al otro lado de la avenida asfaltada.

    El capitán ruso bebía cerveza; su guerrera estaba colgada del respaldo de una silla, y parecía aburrirse solemnemente.

    —¿Quería usted algo, sargento?

    Afectaba con gusto una actitud indiferente.

    —Ha llegado. El hombre de quien nos hablaron. El que mató al guardia fronterizo.

    El capitán dejó inmediatamente su jarra de cerveza.

    —¿Lo ha oído usted?
    —Hemos hecho una localización con gonio. Con Witmar. Transmite en grupos de cuatro. Lentamente. En la región de Kalkstadt. Con una frecuencia muy próxima a las nuestras. Sommer ha registrado su emisión.
    —¡Dios mío! — dijo entre dientes.

    El sargento frunció el ceño.

    —¿Qué busca? ¿Por qué lo han enviado aquí? — preguntó el sargento.

    El capitán se abrochó la chaqueta.

    —Comuníqueme con Leipzig. Quizás ellos sepan también esto.


    XXI


    Era muy tarde.

    El fuego ardía muy bien en la chimenea de Control, pero lo atizaba con la nerviosidad de una mujer irritada. Le horrorizaba trabajar de noche.

    —Le llaman del Ministerio —dijo furioso—. ¡Como si fuera una hora a propósito! ¿Por qué todo el mundo se agita de esta manera un jueves? Esto nos va a reventar el fin de semana. — Tiró el atizador y volvió a su despacho—. Un cretino habla de una majadería. Es extraordinario cómo la noche afecta a las personas. ¡Dios mío, qué horror siento por el teléfono!

    Había varios delante de él.

    Smiley le ofreció un cigarrillo y lo tomó sin mirarlo, como si no pudiera considerársele responsable de las acciones de sus brazos.

    —¿Qué Ministerio? — preguntó Smiley.
    —El de Leclerc. ¿No tiene usted ninguna idea de lo que pasa?
    —Sí —dijo Smiley—. ¿Usted no?
    —Leclerc es tan vulgar. Confieso que lo encuentro vulgar. Cree que le hacemos la competencia. ¿Qué podría hacer de su horrible pequeña milicia? Agentes miserables recogidos en toda Europa. Cree que pretendo absorberlo.
    —¿Acaso no es lo que usted hace? ¿Por qué anulamos ese pasaporte?
    —¡Qué tipo más estúpido! Estúpido y vulgar. ¿Cómo puede Haldane dejarse seducir por semejante personaje?
    —En otros tiempos tuvo una conciencia. Es como todos. Ha aprendido a soportarla.
    —¡Dios mío! ¿Es una pejiguera para mí?
    —¿Qué quiere el Ministerio? — preguntó bruscamente Smiley.

    Control blandió algunos papeles.

    —¿Ha visto usted estos mensajes de Berlín?
    —Han llegado hace una hora. Los americanos han hecho una localización. Grupos de cuatro; cifra en letras. Dicen que viene de la región de Kalkstadt.
    —¿Dónde diablo está eso?
    —Al sur de Rostock. La transmisión se prolongó durante seis minutos en la misma frecuencia. Hubiérase dicho que era un aficionado lanzando su primer mensaje. Con una vieja emisora de tiempos de la guerra: querían saber si nos pertenecía.
    —¿Y qué ha respondido usted? — preguntó Control inmediatamente.
    —Que no.
    —Así lo espero.
    —No parece preocuparle mucho —dijo Smiley. Control pareció evocar un antiguo recuerdo.
    —Parece que Leclerc está en Lübeck. El Ministerio le ha mandado llamar inmediatamente. He dicho que usted iría. Para no sé qué conferencia —y añadió con cierta expresión de convencimiento—: Es preciso que vaya usted, George. Hemos sido de una espantosa estupidez. Aparece en todos los periódicos alemanes, desde Königsberg a Brunswick. Todos hablan de conferencias de la paz, de sabotaje. — Con la barbilla señaló la batería de teléfonos—. El Ministerio también. ¡Dios mío, cómo detesto a los funcionarios!

    Smiley lo observaba con escepticismo.

    —Habríamos podido detenerlos —dijo—. Sabíamos demasiado.
    —Claro que hubiésemos podido —dijo Control tranquilamente—. ¿Y sabe usted por qué no lo hemos hecho? Por pura, por estúpida caridad cristiana. Les hemos dejado jugar a la guerra. Sería mejor que fuera usted ahora. Y Smiley…
    —¿Qué?
    —No sea demasiado desagradable. — Y añadió con su voz un poco simple—: De todos modos, les envidio que estén en Lübeck. Allí es donde está ese restaurante, ¿verdad? ¿Cómo se llama? Donde iba Thomas Mann con frecuencia. Es muy interesante.
    —Jamás estuvo allí —dijo Smiley—. El lugar que usted dice fue bombardeado.

    Smiley no se iba.

    —Me pregunto… —dijo—. Usted no me lo dirá nunca, ¿eh? Pero me pregunto…

    No miraba a Control.

    —Querido George, ¿qué le pasa a usted?
    —Se lo hemos proporcionado todo. El pasaporte que ha sido anulado…, un correo que no han necesitado…, una emisora de pacotilla…, papeles, informes sobre la frontera… ¿Quién ha dicho en Berlín de escuchar sus emisiones? ¿Quién les ha hablado sobre esas frecuencias? Le hemos proporcionado a Leclerc hasta los cuarzos, ¿verdad? ¿Era también, sencillamente, caridad cristiana? ¿Pura y estúpida caridad cristiana?

    Control estaba escandalizado.

    —¿Qué sugiere usted? Es de muy mal gusto. ¿Quién haría nunca una cosa semejante?

    Smiley se ponía el abrigo.

    —Buenas noches, George —dijo Control, y añadió con tono duro, como si ya estuviese harto de sensiblerías—: Váyase. Y salvaguarde la diferencia que nos separa: su país le necesita. Yo no tengo la culpa de que hayan tardado tanto tiempo en morir.


    Llegó el alba y Leiser no había dormido. Hubiese querido lavarse, pero no se atrevía a salir al pasillo. No se atrevía a moverse. Si le buscaban, sabía que debía irse normalmente, no precipitarse fuera del hotel antes de la mañana. Y jamás correr, decían siempre: caminar como un simple transeúnte. Podría irse a las seis: era demasiado tarde. Se frotó la barbilla con el dorso de la mano: la barba dura y rugosa dejó huellas en la piel morena.

    Tenía hambre y no sabía qué hacer, pero no iba a huir corriendo.

    Se volvió a medias sobre el lecho, sacó el cuchillo de la vaina de su cinturón y lo tuvo un momento ante los ojos. Se estremecía. Sentía en su frente el calor anormal de la fiebre que empezaba. Miró el cuchillo y se acordó de la amistosa conversación: pulgar encima, la hoja paralela al suelo, el antebrazo tendido.

    «Váyase —le había dicho el viejo—, usted es inocente o culpable y las dos cosas son peligrosas.»

    ¿Cómo manejar el cuchillo cuando la gente le hablaba de esta manera? ¿Cómo había hecho con el guardia fronterizo?

    Eran las seis. Se levantó. Tenía las piernas pesadas y entumecidas. Los hombros, doloridos todavía de haber llevado el peso de la mochila. Observó que sus ropas olían a pino y a humus. Se sacudió el barro medio seco que le quedaba en el pantalón y sobre el segundo par de zapatos.

    Bajó y buscó a alguien a quien pagar la nota. Los zapatos nuevos crujían en los escalones. Había una anciana con blusa blanca que limpiaba lentejas en una fuente, mientras hablaba a un gato.

    —¿Qué debo?
    —Llene la ficha —dijo desapacible—. Es lo primero que tiene que hacer. Debió hacerlo cuando llegó.
    —Discúlpeme.

    Ella se volvió a él, murmurando, pero sin atreverse a levantar la voz.

    —¿No sabe usted que está prohibido pasar la noche en una ciudad sin comunicar su presencia a la Policía? — Miró sus zapatos nuevos—. ¿O acaso es usted tan rico que considera que no debe tomarse ese trabajo?
    —Discúlpeme —repitió Leiser—. Deme la ficha y la llenaré. No soy rico.

    La mujer se calló y se puso a limpiar minuciosamente sus lentejas.

    —¿De dónde viene? — preguntó.
    —Del Este —dijo Leiser.

    Hubiese querido decir del Sur, de Magdeburgo, o del Oeste, es decir, de Wilmsdorf.

    —Debió usted presentarse ayer tarde. Es demasiado tarde ahora.
    —¿Qué le debo?
    —No puede usted pagar —respondió la mujer—. No importa. No llenó usted la ficha. ¿Qué dirá si le detienen?
    —Que he dormido con una mujer.
    —Afuera está nevando —dijo la vieja—. Tenga cuidado con sus bonitos zapatos.

    Duros copos de nieve caían tristemente en el viento, acumulándose en las rendijas entre los adoquines negros, deteniéndose en las paredes de las casas. Una nieve triste, inútil, que no tenía volumen. El campanario en ruinas se erguía como un diente negro en el cielo desagradable.

    Atravesó a Friedensplatz y vio un inmueble nuevo, pintado de amarillo, de seis o siete pisos, construido en medio de un solar inmenso, cerca de una parcelación. Ropa blanca colgada de las ventanas empolvada de nieve. La escalera olía a cocina y perfume ruso. El apartamento estaba en el tercer piso. Oyó llorar a un niño y un aparato de radio. Creyó por un momento que iba a dar media vuelta y marcharse, porque corría el riesgo de ocasionar molestias. Llamó dos veces, como le había dicho la chica. Ella abrió la puerta. Estaba medio dormida. Se había echado un impermeable encima de su camisón de algodón y lo apretaba en torno a su cuello a causa del frío glacial. Cuando ella le vio vaciló, no sabiendo qué hacer, como si fuera portador de malas noticias. Él no dijo nada y se contentó con quedarse plantado allí, moviendo la maleta suavemente colgando de su brazo. Ella le hizo un signo con la cabeza, y él la siguió por el pasillo hasta la habitación y dejó en un rincón la mochila y la maleta. Había carteles de viajes en las paredes, fotos de desiertos, palmares y un claro de luna en un mar tropical. Se acostaron y ella lo cubrió con su cuerpo macizo, temblando un poco porque tenía miedo.

    —Quiero dormir —dijo él—. Déjame dormir primero.

    El capitán ruso dijo:

    —Robó una motocicleta en Wilmsdorf y preguntó por Fritsche en la estación. ¿Qué va a hacer ahora?
    —Debe tener prevista una nueva transmisión. Esta noche —respondió el sargento—. Si tiene algo que decir.
    —¿A la misma hora?
    —Por supuesto que no. Ni con la misma frecuencia. Ni desde el mismo lugar. Tal vez vaya a Witmar, a Langdorn o a Wolken. Tal vez incluso a Rostock. A menos que se quede en la ciudad, pero en otro sitio. O bien que no retransmita.
    —¿En otro sitio? ¿Quién podría dar asilo a un espía?

    El sargento se encogió de hombros como si dijera que él mismo sería capaz de hacerlo. Picado, el capitán preguntó:

    —¿Cómo sabe usted que transmite desde una casa? ¿Por qué no desde un bosque o desde un campo? ¿Cómo puede usted estar tan seguro?
    —Se nota claramente. Tiene un potente aparato. No podría lograr semejante potencia con una batería, una batería que pueda llevarse a mano. Utiliza la corriente del sector.
    —Dé una batida por la ciudad —dijo el capitán—. Que registren todas las casas.
    —Lo quieren vivo. — El sargento se miró las manos—. Lo necesitamos vivo.
    —Entonces dígame lo que debemos hacer —continuó el capitán con impaciencia.
    —Asegúrese de que transmite. Es el primer punto. Y que no deje la ciudad. Es el segundo.
    —Bien. ¿Inmediatamente?
    —Hay que actuar con rapidez —observó el sargento.
    —Entonces…
    —Haga venir tropas a la ciudad. Todas las que pueda encontrar. — Lo antes posible. Blindados, infantería, lo mismo da. Mucho movimiento. Que se dé cuenta. Pero hágalo rápido.
    —Voy a irme pronto —dijo Leiser—. No me retengas. Dame café y me voy.
    —¿Café?
    —Tengo dinero —dijo Leiser, como si no tuviera más que esto—. Toma. Se levantó de la cama para sacar de su chaqueta un fajo, del que tomó un billete de cien marcos—. Quédatelo.

    Ella tomó la cartera y, con una risita, vació el contenido sobre el lecho. Ella tenía maneras de experta que no eran del todo normales, y el instinto rápido de las iletradas. Él la observaba con indiferencia, pasando los dedos sobre la línea de su hombro desnudo. Ella blandió una foto de mujer, una cabeza rubia y redonda.

    —¿Quién es? ¿Cómo se llama?
    —No existe —dijo él.

    Ella encontró las cartas y leyó una en voz alta, riéndose en las frases cariñosas.

    —¿Quién es? — insistió—. ¿Quién es?
    —Ya te he dicho que no existe.
    —Entonces, ¿puedo romperla?

    Tendió una carta ante él, cogiéndola con ambas manos, esperando verle protestar. Leiser no dijo nada. Ella comenzó a romperla sin apartar los ojos de él, y llegó más lejos, hasta romper la segunda y la tercera.

    Encontró la foto de una niña, una chiquilla con lentes, de ocho o nueve años quizá, y preguntó también:

    —¿Quién es? ¿Tu hija? ¿Existe?
    —No es nadie. La hija de alguien. Es una foto, nada más.

    Ella la rompió también, extendiendo los fragmentos sobre el lecho con un ademán teatral. Después se dejó caer sobre Leiser cubriéndole de besos el rostro y el cuello.

    —¿Y tú quién eres? ¿Cómo te llamas?

    Él quiso decírselo, pero ella lo rechazó.

    —¡No! — exclamó—. ¡No! — y bajó la voz—: Te quiero sin nada. Solo. Nada más que tú y yo. Inventaremos nuestros nombres, nuestras reglas. Nadie, absolutamente nadie, ni padre ni madre. Imprimiremos nuestros diarios, nuestros salvoconductos, nuestras cartillas de racionamiento —susurraba con los ojos brillantes—. Tú eres un espía —le dijo al oído—, un agente secreto. Llevas pistola.
    —Un cuchillo hace menos ruido —dijo él.

    La chica rió largo rato, hasta que vio de pronto las rozaduras de sus hombros. Las palpó con curiosidad, como un niño toca algo mortal.

    Salió, con una cesta al brazo, ciñéndose el impermeable en torno al cuello. Leiser se vistió después de haberse afeitado con agua fría, contemplando su rostro demacrado en el espejo que había sobre el lavabo y lo deformaba.

    Cuando ella volvió era casi mediodía y parecía inquieta.

    —La ciudad está llena de soldados. Y de camiones militares. ¿Qué se les habrá perdido aquí?
    —Tal vez buscan a alguien.
    —Están sentados por todas partes, bebiendo.
    —¿Qué clase de soldados?
    —No lo sé. Rusos. No sé cómo decírtelo.

    Él se dirigió hacia la puerta.

    —Volveré dentro de una hora.
    —No quieres quedarte conmigo.

    Lo sujetó del brazo, mirándolo, dispuesta a hacer una escena.

    —Volveré. Tal vez un poco tarde. Acaso esta noche. Pero si vuelvo…
    —¿Qué?
    —Será peligroso. Convendría que… hiciera algo aquí. Algo peligroso.

    Ella le dio en la cara un beso leve, estúpido.

    —Me gusta el peligro —dijo.
    —Dentro de cuatro horas —dijo Johnson—, si todavía vive.
    —Claro está que vivirá —dijo Avery, furioso—. ¿Por qué decir estas cosas?

    Haldane le interrumpió.

    —No sea estúpido, Avery. Es un término técnico. Hay agentes muertos o vivos. Esto no tiene nada que ver con su estado.

    Leclerc tamborileaba sobre la mesa.

    —Saldrá de ésta —dijo—. Fred tiene la vida dura. Es perro viejo. — La luz del día parecía haberlo reanimado. Miró el reloj—. Me pregunto qué pudo sucederle a ese correo.


    Leiser miraba a los soldados, entornando los ojos como quien sale de las tinieblas. Llenaban los cafés, contemplaban los escaparates y guiñaban los ojos a las chicas. Había camiones aparcados en la plaza, con las ruedas llenas de costras de barro rojo y una delgada película de nieve cubriendo el capó. Los contó: había nueve. Unos tenían gruesos ganchos en la trasera, para arrastrar el remolque; otros, una línea de caracteres cirílicos en sus portezuelas estropeadas, o la insignia de una unidad con su número. Vio las placas en los uniformes de los chóferes, el color de sus hombreras, y se dio cuenta de que pertenecían a unidades diferentes.

    Llegó a la calle Mayor, entró en un café y pidió de beber. Media docena de soldados estaban sentados tristemente a una mesa compartiendo tres botellas de cerveza. Leiser les sonrió. Hubiérase dicho el ánimo de una prostituta cansada. Levantó el puño, saludando a la manera soviética, y ellos le respondieron como si estuviera loco. Vació el vaso y volvió a la plaza. Un grupo de niños se había reunido en torno de los camiones y los chóferes no dejaban de decirles que se fueran.

    Dio una vuelta por la ciudad, entró en una docena de cafés, pero nadie quería hablarle porque era un extraño. En todas partes los soldados estaban sentados o formaban pequeños grupos, con expresión de descontento y ceñudos, como si los hubieran molestado sin motivo.

    Comió salchichón rociado con «Steinhäger» y se fue a la estación para ver si allí pasaba algo. Allí estaba el mismo empleado,, que esta vez lo observó sin desconfianza detrás de su ventanilla. Y Leiser comprendió, sin saber por qué, que había prevenido a la Policía.

    De regreso de la estación pasó ante un cine. Había muchachas agrupadas en torno a las fotos y se mezcló con ellas, aparentando mirar. Luego oyó el ruido, un zumbido metálico, irregular, que llenaba la calle de batahola y estruendo de motores, de metal y de guerra. Retrocedió hasta el vestíbulo, vio marcharse a las muchachas y a la cajera volver a su garita. Un anciano se santiguó; había perdido un ojo y llevaba el sombrero inclinado a un lado. Los carros atravesaron la ciudad; iban cargados de soldados armados con fusiles. Los cañones asomaban en las tórrelas, demasiado largos, blancos de nieve. Los miró al pasar y luego, rápidamente, atravesó la plaza.

    Ella lo vio entrar; llegaba sin aliento.

    —¿Qué hacen? — preguntó ella. Vio entonces su rostro—. Tienes miedo —murmuró, pero movió la cabeza—. Tienes miedo —repitió.
    —Fui yo quien mató al chico —dijo.

    Se acercó al lavabo y se miró la cara en el espejo con la atención sostenida de un hombre que acaban de condenar. Ella se acercó y enlazó sus brazos en torno a su pecho, apretándose contra su espalda. Él se volvió y la cogió con violencia, la estrechó torpemente y la rechazó a través de la habitación. Ella luchaba con la rabia de una muchacha atropellada por su padre, injuriándole, maldiciéndole, apretujándole ella también; el mundo se había incendiado y sólo ellos dos estaban vivos. Lloraban y reían juntos, cayendo, como amantes torpes, torpemente triunfantes, no reconociendo cada uno sino a sí mismo, concluyendo cada uno una existencia vivida a medias y olvidando por un instante aquella porquería de noche.


    Johnson se asomó a la ventana y tiró suavemente del hilo de antena para asegurarse de que continuaba fijo. Luego se puso a examinar su receptor como un piloto antes del vuelo, manipulando inútilmente los bornes y girando los botones. Leclerc lo observaba con admiración.

    —Johnson, fue un buen trabajo la última vez. Muy buen trabajo. Le debemos un voto de felicitación. Leclerc se le había iluminado el rostro, como si acabara de afeitarse. Parecía extrañamente frágil a la pálida luz—. Le propongo escuchar una vez más y regresar a Londres —rió levemente—. Tenemos mucho trabajo, ¿sabe usted? No es todavía el momento de pasar las vacaciones en el continente.

    Hubiérase dicho que Johnson no le había oído. Levantó la mano.

    —Treinta minutos —dijo—. No tardaré en pedirles un poco de silencio, señores. — Era como un prestidigitador en una velada infantil—. Fred es la puntualidad misma —observó con voz fuerte.

    Leclerc se volvió a Avery.

    —John, usted es uno de esos dichosos mortales que han visto acción en tiempo de paz.

    Parecía tener ganas de hablar.

    —Sí. Se lo agradezco mucho.
    —No hay de qué. Usted ha hecho un buen trabajo y todos lo sabemos. No se trata de gratitud. Usted ha conseguido algo muy raro en nuestro oficio. Me pregunto si sabe usted de qué se trata.

    Avery dijo que no.

    —Usted ha enviado Un agente que le ha parecido simpático. Generalmente, y Adrian no me contradecía sobre este particular, las relaciones entre un agente y quienes lo emplean están marcadas por la desconfianza. Lo primero es que siente resentimiento contra ellos porque no quiere que hagan el trabajo. Sospecha que tienen otros móviles, incapacidad, duplicidad. Pero no somos el Circus, John. No procedemos de esa manera.
    —No del todo —dijo Avery bajando la cabeza.
    —Usted hizo otra cosa, usted y Adrian. Me complace pensar que si en el futuro es de nuevo necesario, podremos utilizar la misma técnica, los mismos recursos, las mismas competencias; es decir, la combinación Avery—Haldane. Lo que quiero decir —dijo Leclerc levantando una mano y frotando suavemente con su pulgar y su índice la base de la nariz—, es que la experiencia que usted ha hecho ha sido en beneficio mutuo. Gracias.

    Haldane se acercó a la estufa y se calentó las manos, frotándoselas suavemente, como si desgranara espigas de trigo.

    —Ese asunto de Budapest —continuó Leclerc, levantando la voz, un poco por entusiasmo y quizás un poco para disipar la atmósfera de intimidad que amenazaba envolverlos— es una reorganización completa. Nada menos. Sus blindados, como sabe, se mueven hacia la frontera. El Ministerio habla de estrategia agresiva. Esto les interesa realmente mucho.
    —¿Más que la región Mayfly? — dijo Avery.
    —No, no —protestó Leclerc con tono ligero—. Todo esto forma parte de un mismo complejo, allí piensan en gran escala, ¿sabe usted?, un movimiento aquí, otro allí… Es preciso juntar todas las piezas.
    —Por supuesto —dijo suavemente Avery—. Nosotros no podemos verlo, ¿verdad? No podemos tener una impresión de conjunto. — Intentaba facilitarle las cosas a Leclerc—. Nos falta la perspectiva necesaria.
    —Cuando hayamos regresado a Londres —propuso Leclerc—, será conveniente que cene usted conmigo, John, su mujer y usted. Los dos. Hace ya tiempo que había pensado proponérselo. Iremos a mi club. Sirven buenas cenas en el «Ladies’ Room». A su mujer le gustará.
    —Ya me habló usted de esto. Se lo pregunté a Sarah. Estaremos encantados. Justamente en estos momentos mi suegra está en casa. Podrá ocuparse del niño.
    —Perfecto. No lo olvide.
    —Esté tranquilo.
    —¿Yo no estoy invitado? — preguntó Haldane tímidamente.
    —Naturalmente que sí, Adrian. Así seremos cuatro. Magnífico. — Cambió su voz—. Los propietarios de la casa de Oxford se han quejado. Pretenden que se la hemos dejado en un estado lastimoso.
    —¿En un estado lastimoso? — repitió Haldane, furioso.
    —Parece que hemos sobrecargado las instalaciones eléctricas. Hay bastantes hilos quemados. He dicho a Woodford que se ocupara de ello.
    —Deberíamos tener una casa para nosotros —dijo Avery—. Así no tendríamos problemas.
    —Eso creo yo también. Le he hablado al ministro. Un centro de entrenamiento es lo que necesitamos. Se ha mostrado entusiasmado. Ahora ya sabe usted que se muestra francamente partidario de este género de cosas. Tienen un nuevo criterio en el Ministerio. Hablan de OIE (Operaciones de Inmediato Esclarecimiento). Sugiere que busquemos una propiedad y la alquilemos por seis meses. Propone hablar al Tesoro de un arrendamiento.
    —¡Magnífico! — dijo Avery.
    —Podría ser muy útil. Conviene estar seguros de no…
    —Evidentemente.

    Hubo una corriente de aire; luego, el ruido de alguien que subía con cuidado la escalera. En el umbral del granero apareció la silueta de un hombre. Llevaba un suntuoso abrigo de mezclilla color pardo, con mangas un poco demasiado largas. Era Smiley.


    XXII


    Smiley inspeccionó la habitación y miró a Johnson con los auriculares puestos y moviendo los botones de su aparato; a Avery, que examinaba por encima del hombro de Haldane el plan de emisión; a Leclerc, firme como un soldado, el único que le había visto y que en su rostro, aunque vuelto hacia él, tenía una expresión vaga y lejana.

    —¿Qué viene usted a hacer aquí? — preguntó Leclerc, por último—. ¿Qué quiere usted de mí?
    —Estoy desolado. Me dijeron que viniera.
    —Nosotros también —dijo Haldane, sin moverse.

    Leclerc dijo con un tono que se parecía mucho al recelo:

    —Es mi operación, Smiley. No tenemos sitio aquí para ustedes.

    El rostro de Smiley no expresaba sino compasión. Nada había en su voz, sino esa terrible paciencia con la que se habla a los locos.

    —No me ha enviado Control —dijo—, sino el Ministerio. Me reclamaron, ¿comprende?, y Control me dejó partir. El Ministerio ha fletado un avión.
    —¿Por qué? — interrogó Haldane, casi divertido.

    Uno tras otro se movieron, despertando del mismo sueño. Johnson dejó cuidadosamente los auriculares sobre la mesa.

    —Bien —dijo Leclerc—. ¿Para qué le han enviado?
    —Me convocaron anoche. Logró hacer comprender que estaba tan sorprendido como ellos—. Sólo puedo admirar la operación, la manera como ustedes la han llevado, usted y Haldane. Todo partiendo de nada. Me mostraron los expedientes. Llevados minuciosamente… Ejemplar de Archivo. Ejemplar Operacional, las minutas selladas… Exactamente como durante la guerra. Le felicito… de veras.
    —¿Le han mostrado los expedientes? ¿Nuestros expedientes? — repitió Leclerc—. Esto quebranta las consignas de seguridad: interpenetración de los servicios. Ha cometido usted una falta, Smiley. ¡Tienen que estar locos! Adrian, ¿ha oído usted lo que acaba de decirme Smiley?
    —¿Hay una emisión de prueba esta noche, Johnson? — preguntó Smiley.
    —Sí, señor. A las veintiuna horas.
    —Estoy sorprendido, Adrian, de que usted haya encontrado los indicios demasiado concluyentes para una operación de esta envergadura.
    —Haldane no es el responsable —dijo secamente Leclerc—. Se trata de una decisión colectiva: nosotros por un lado y el Ministerio por otro. — Su voz cambió de tono—. Una vez haya pasado la hora de la emisión le preguntaré, Smiley, porque tengo derecho a saberlo, cómo y por qué razón ha visto usted esos expedientes.

    Era la voz que empleaba en sus reuniones, fuerte y clara. Por primera vez tenía un acento de dignidad.

    Smiley se dirigió hacia el centro de la habitación.

    —Ha ocurrido algo, algo que usted no podía saber. Leiser mató a un hombre en la frontera. Lo apuñaló al pasar, a tres kilómetros de aquí, en el lugar del cruce.
    —Es ridículo —dijo Haldane—. No tiene que ser necesariamente Leiser. Puede haber sido un refugiado que se pasaba al Oeste. Pudo haberlo hecho cualquiera.
    —Se han encontrado huellas que se dirigían hacia el Este. Huellas de sangre en el cobertizo de la orilla del lago. Lo publican todos los diarios alemanes. Lo anunciaron por radio ayer al mediodía.
    —No lo creo —dijo Leclerc—. No creo que haya hecho eso. Es una jugarreta de Control.
    —No —respondió tranquilamente Smiley—. Tienen que creerme. Es cierto.
    —Ellos mataron a Taylor —dijo Leclerc—. ¿Lo olvidó usted?
    —No, claro está —y continuó precipitadamente—: Su Ministerio informó al Foreign Office ayer por la tarde. Seguramente los alemanes lo detendrán, es lógico. Es una hipótesis que debemos considerar. Sus emisiones son lentas…, muy lentas. Todos los policías, todos los soldados de la región están tras sus huellas. Lo quieren vivo. Creemos que se va a montar un proceso espectacular, le arrancarán confesiones públicas, expondrán el material. Podría resultar muy embarazoso. No es necesario ser político para simpatizar con el Ministerio. Por tanto, la cuestión se plantea en saber qué se hace.
    —Johnson —dijo Leclerc—, no olvide la hora.

    Johnson volvió a ponerse el casco, pero sin convicción.

    Smiley parecía buscar otro interlocutor, pero nadie decía nada.

    Entonces repitió pesadamente:

    —La cuestión es saber qué hacer. No sé cómo decírselo: no somos políticos, pero se pueden ver los riesgos. Un grupo de ingleses en una granja a tres kilómetros del lugar donde se ha descubierto el cuerpo, haciéndose pasar por universitarios, con provisiones de la NAFI y una casa con un equipo de radio. ¿Comprende lo que quiero decir? Y usted —continuó— transmite con una sola frecuencia…, la frecuencia con la cual recibe Leiser. Podría, en efecto, haber un gran escándalo. Se puede imaginar que hasta los alemanes de la zona occidental se pondrán furiosos.

    Haldane intervino el primero.

    —¿Qué quiere usted decir?
    —Un avión militar está esperando en Hamburgo. Tienen dos horas para largarse todos ustedes. Vendrá un camión a recoger el material. Detrás de ustedes no debe quedar nada, ni siquiera un alfiler. Éstas son mis consignas.
    —¿Y el objetivo? — preguntó Leclerc—. ¿Han olvidado por qué estañaos aquí? Piden mucho, ¿sabe usted, Smiley?, mucho.
    —Sí —concedió Smiley—, el objetivo. Tendremos una reunión en Londres. Quizá podamos montar una operación combinada.
    —Es un objetivo militar. Quiero que mi Ministerio esté representado. Nada monolítico. Es una cuestión de principio, como usted sabe.
    —Por supuesto. Y será su operación.
    —Propongo que el resultado sea difundido por nuestros dos servicios: mi Ministerio podría conservar la autonomía en cuanto a la difusión que desea dar a esta operación. Imagino que esto— responderá a sus más evidentes objeciones. ¿Cómo ve usted esto?
    —Creo que Control aceptará el arreglo.

    Leclerc dijo con indiferencia, fijas todas las miradas en él:

    —¿Y la emisión? ¿Quién se encarga de la escucha? Como usted sabe, tenemos un agente desempeñando una misión.

    Lo que era un detalle menor.

    —Tendrá que arreglárselas solo.
    —Como en tiempos de guerra —dijo Leclerc, con orgullo—. Nosotros operamos como en tiempos de guerra. Él lo sabía. Ha sido bien entrenado.

    Parecía tranquilo. El asunto ya estaba liquidado.

    Avery, por primera vez, tomó la palabra.

    —No se le puede dejar allí abajo solo —dijo con una voz sin timbre.

    Leclerc intervino:

    —¿Conoce usted a Avery, mi ayudante?

    Esta vez nadie acudió en su ayuda.

    Smiley prosiguió, sin ocuparse de él:

    —A estas horas habrá sido detenido sin duda. Es cuestión de horas.
    —¡Le dejarán morir allí!

    Avery cobró valor.

    —Lo desautorizamos. No resulta muy bonito. Es como si ya le hubiesen atrapado, ¿comprende ahora?
    —¡Usted no puede hacer eso! — gritó Avery—. ¡No se le puede abandonar ni siquiera por no sé qué sórdida razón diplomática!

    Haldane, furioso, se volvió a Avery:

    —¡Si hay alguien que no debería decir nada es usted! Quería usted una fe, ¿no es eso? Quería usted un onceno mandamiento que satisficiese su alma de selección. — Señaló a Smiley y a Leclerc—. Pues bien, ya lo tiene: he aquí la ley que usted buscaba. Felicítese; la ha encontrado. Le enviamos allí porque necesitábamos hacerlo y lo abandonamos porque es preciso. Es la disciplina que usted admira. — Se volvió a Smiley—. También usted me parece despreciable. Nos abate e inmediatamente viene a predicar a los moribundos. Váyase. Somos técnicos, no poetas. ¡Lárguese!
    —Sí —dijo Smiley—. Usted es un excelente técnico, Adrian. La facultad de sufrir no existe en usted. Usted ha hecho de la técnica una manera de vivir… como una prostituta…, la técnica para remplazar al amor. — Vaciló—. Las banderitas… La nueva guerra sustituye a la antigua. Era todo eso, ¿no es verdad? Y luego ese hombre… Debió engañarle. Consuélese, Adrian. No estaba usted en forma.

    Se irguió y declaró:

    —Un polaco naturalizado inglés y antiguo condenado por delito común cruza la frontera y pasa a Alemania Oriental. No hay tratados de extradición. Los alemanes dirán que es un espía y exhibirán su material. Diremos que han sido ellos quienes han montado la cosa y que el equipo tiene veinticinco años. Me han dicho que su cobertura es que sigue un curso en Coventry. Es fácil probar que es falso: ese curso no existe. La conclusión es que él se proponía abandonar Inglaterra. Dejaremos entender que tenía deudas. Mantenía a una joven que trabajaba en un Banco. Todo esto liga muy bien. Quiero decir con el hecho de que haya antecedentes penales, porque debemos fabricarle unos… —Inclinó la cabeza—. Ya le digo que todo esto no está muy bien. En fin, en ese momento estaremos todos en Londres.
    —Entonces transmitirá y no le escuchará nadie —dijo Avery.
    —En cambio —replicó Smiley con tono amargo—, escucharán ellos.
    —Control también, no lo dudo, ¿no es verdad? — preguntó Haldane.
    —¡Basta! — exclamó de pronto Avery—. ¡Basta, por Dios! Si algo cuenta, si algo de verdad hay en todo esto, hay que escucharlo ahora. Aunque sólo sea por…
    —¿Por qué? — preguntó Haldane con tono burlón.
    —Por afecto. Sí, por afecto. No el suyo, Haldane, sino el mío. ¡Smiley tiene razón! Ustedes han hecho las cosas de manera que yo lo llevase a ejecutar esa misión. Yo se lo he traído, lo he salvaguardado en su casa, le he hecho bailar a la música de su puerca guerra. He tocado la flauta por él, y ahora ya no la toco. Es la última víctima de Peter Pan, Haldane, la última, el último amigo. El fin de la música.

    Haldane miró a Smiley.

    —Mis felicitaciones a Control —dijo—. Dele usted las gracias, ¿quiere? Agradézcale su ayuda, su ayuda técnica, Smiley, y su ánimo. Agradézcale habernos dado una cuerda donde colgamos. Agradézcale también habernos prodigado amables palabras y que haya sido usted quien nos haya traído las flores. Ha sido un trabajo muy fino.

    Pero Leclerc parecía impresionado por el aspecto sin fallo del razonamiento de Smiley.

    —No seamos duros con Smiley, Adrian. Hace su trabajo, y eso es todo. Es preciso que todos volvamos a Londres. Está aguardándonos el informe Fielden… Me gustaría enseñarle eso, Smiley. Movimientos de tropas en Hungría. Algo nuevo.
    —Me gustaría verlo —respondió Smiley cortésmente.
    —Él tiene razón, Avery —repitió Leclerc con un tono lleno de viveza—. Hay que ser un verdadero soldado. Azares de la guerra: jugar el juego. Consideremos que las cosas pasan como en tiempo de guerra. Discúlpeme, Smiley. Y me temo que también le debo excusas a Control. Creí que volvería a enfrentarnos la vieja rivalidad que existió entre nuestros servicios. Me he equivocado. — Inclinó la cabeza—. Tendremos que cenar juntos en Londres. Mi club no es de la categoría del suyo, lo sé, pero es tranquilo. La gente es agradable. Está muy bien. Será preciso que Haldane venga también. Adrian, le invito.

    Avery escapó, ocultando el rostro entre las manos.

    —Hay otro punto que quisiera discutir con usted, Adrian, permítame, Smiley, naturalmente usted es como si fuera de la familia, es la cuestión de los archivos. El sistema de clasificación está realmente pasado de moda. Bruce me habló de ello justamente antes de mi partida. La pobre Miss Courtney ya no puede con su alma. Desgraciadamente, creo que la única solución es hacer más copias de cada documento… Uno para el oficial encargado del asunto y dobles para que los demás estén al corriente. Hay un nuevo aparato que se puede comprar ahora, que hace fotocopias muy económicas, a tres peniques y medio el ejemplar. Me parece muy razonable para nuestra época… Tendré que hablar… al Ministerio… Saben lo que conviene. Quizá —se interrumpió—, quizá, Johnson, que hiciera usted menos ruido. Como usted sabe, estamos siempre en operaciones. — Hablaba como un hombre que conserva las apariencias, que tiene conciencia de la tradición.

    Johnson se había acercado a la ventana. Inclinado hacia fuera comenzaba a enrollar con su precisión habitual el hilo de la antena. Tenía un carrete en la mano izquierda, como si fuera un pescador. Lo hacía girar suavemente a medida que recuperaba hilo, como una anciana con la rueca. Avery sollozaba como un niño. Nadie hacía caso de él: tal vez no lloraba por Leiser, sino por sí mismo.


    XXIII


    La camioneta verde descendió lentamente por la calle. Atravesó la plaza de la estación donde se levantaba la fuente vacía. Sobre el techo, la pequeña antena circular giraba en un sentido y luego en otro, como una mano que tantea de adonde viene el viento. A cierta distancia la seguían dos camiones. La nieve se había asentado ya. Avanzaban sólo con las luces de posición, a veinte metros uno de otro, el segundo siguiendo las huellas del primero.

    El capitán estaba sentado en la parte de atrás de la camioneta, con un micrófono para poder hablar con el chófer. A su lado, el sargento se hallaba sumido en sus recuerdos. El cabo estaba acurrucado ante su receptor, girando constantemente un botón, mientras observaba la línea luminosa temblar en la pequeña pantalla.

    —La emisión se ha detenido —dijo de pronto.
    —¿Cuántos grupos ha registrado usted? — preguntó el sargento.
    —Una docena. La señal indicadora repetida varias veces y luego una parte del mensaje. No creo que le hayan respondido.
    —¿Cinco letras, o cuatro?
    —Siempre cuatro.
    —¿Anunció que había terminado?
    —No.
    —¿Qué frecuencia utilizaba?
    —Tres mil seiscientos cincuenta.
    —Continúe buscando en esas frecuencias. Doscientos a cada lado.
    —No hay nada.
    —De todos modos, continúe —dijo el sargento secamente—. En esa gama de frecuencias. Ha cambiado de cuarzo. Tardará unos minutos en sintonizarse a la nueva frecuencia.

    El operador se puso a girar lentamente el grueso botón central, observando la luz verde del ojo mágico, que se dilataba o comprimía cada vez que atravesaba la frecuencia de un transmisor.

    —Ahí está. Tres mil ochocientos setenta. La señal indicadora ha cambiado, pero es la misma marca. Más rápida que ayer, más clara.

    El magnetófono giraba de manera monótona junto a su codo.

    —Trabaja con varios cuarzos —dijo el sargento—. Como hacían durante la guerra. Es el mismo procedimiento.

    Estaba embarazado: un hombre de cierta edad enfrentado con su pasado.

    El cabo levantó lentamente la cabeza.

    —Es éste —dijo—. Cero. Lo tenemos encima. Los dos hombres descendieron sin ruido de la camioneta.
    —Esperen aquí —dijo el sargento al cabo—. Quédense a la escucha. Si la emisión se para, aunque sea un instante, díganle al chófer que apague y encienda los faros, ¿comprende?
    —Se lo diré.

    El cabo parecía asustado.

    —Si se para del todo, continúe buscando y avísenme.
    —Atención —dijo el capitán, apeándose.

    El sargento lo esperaba con impaciencia. Tras él se levantaba un inmenso inmueble en un solar enorme. A lo lejos, medio ocultas en la nieve que caía, se alineaban hileras de pequeñas casas. No se oía ningún ruido.

    —¿Cómo se llama eso? — preguntó el capitán.
    —Es un grupo de viviendas, viviendas obreras. Todavía no tiene nombre.
    —No, me refiero allí abajo.
    —No es nada. Sígame —dijo el sargento.

    Débiles luces brillaban en casi todas las ventanas. Había seis pisos. Una escalera de peldaños cubiertos de una espesa capa de hojas conducía al sótano. El sargento pasó delante, apuntando ante ellos el haz de su linterna sobre los muros de cemento. El capitán estuvo a punto de caer. La primera habitación era grande y sin ventilación, la mitad de ladrillos y la mitad de yeso sin enlucir. Al fondo, dos puertas de acero. En el techo, una única bombilla estaba encendida detrás de una reja metálica. El sargento no había apagado su lámpara y barría inútilmente con la luz todos los rincones.

    —¿Qué busca usted? — preguntó el capitán.

    Las puertas de acero estaban cerradas con llave.

    —Busque al portero —ordenó el sargento.

    El capitán subió corriendo la escalera y volvió con un viejo sin afeitar, que gruñía vagamente. Llevaba consigo un llavero con largas llaves, algunas de las cuales estaban oxidadas.

    —La cometida —dijo el sargento—. La de todo el inmueble. ¿Dónde está?

    El viejo eligió tres llaves. Presentó una en la cerradura, pero no entraba. Intentó la segunda; luego, la tercera.

    —¡Pronto, imbécil! — gritó el capitán.
    —No lo atolondre —dijo el sargento.

    La puerta se abrió. Se metieron en el pasillo; las linternas iluminaban el estuco. El portero blandía, sonriendo, una llave.

    —Siempre es la última —dijo.

    El sargento encontró lo que buscaba, oculto sobre la pared, detrás de la puerta: una caja cerrada con una pared de cristal. El capitán puso la mano en el interruptor general, y ya la había bajado hasta mitad cuando el otro lo apartó brutalmente.

    —¡No! Vaya arriba y avíseme cuando el chófer apague y encienda las luces.
    —¿Quién manda aquí? — protestó el capitán.
    —¡Haga lo que le digo!

    Había abierto la caja y suavemente sacó el primer fusible, parpadeando tras sus lentes: parecía un buen hombre muy preocupado de lo que hacía.

    Con precisos ademanes de cirujano, el sargento retiró el fusible prudentemente, como si temiese recibir una descarga eléctrica; luego lo puso inmediatamente en su sitio, volviendo los ojos hacia la silueta de encima de la escalera. Hizo lo mismo con el segundo y tampoco el capitán dijo nada. Afuera, los soldados, inmóviles, vigilaban las ventanas del inmueble. En una planta y luego en otra veían apagarse y encenderse las luces inmediatamente. El sargento quitó un cuarto fusible y esta vez oyó una voz procedente de lo alto de la escalera.

    —¡Los faros! Se han apagado los faros.
    —¡Chist! Pregunte al chófer a qué piso corresponde. Pero no haga ruido.
    —No nos oirían nunca con este viento —dijo el capitán, irritado.

    Volvió al cabo de un instante.

    —Dice el chófer que es el tercer piso. Las luces del tercero se han apagado y la transmisión cesó en el mismo momento. Se ha repetido ahora.
    —Haga rodear el inmueble —dijo el sargento—. Y tome cinco hombres para subir con nosotros. Está en el tercero.

    Sin ruido, como gatos, los vopos descendieron de los camiones con el fusil en la mano y avanzaron en guerrilla, pisando la delgada capa de nieve, que desaparecía bajo sus pasos. Unos se apostaron al pie del inmueble y otros un poco rezagados, observando las ventanas. Algunos llevaban casco, y su cuadrada silueta hacía pensar en la guerra. De vez en cuando se oía un clic: la primera bala, que se introducía suavemente en la recámara; era como un ligero ruido de granizo que se extingue poco a poco.


    Leiser soltó la antena y la enrolló en el carrete, atornilló el manipulador en la tapa, colocó los auriculares en su compartimiento y metió la tela de paracaídas dentro del mango de la navaja de afeitar.

    —Veinte años —murmuró blandiendo la navaja— y nunca encontraron mejor escondite.
    —¿Por qué haces eso?

    Ella estaba sentada con aire de satisfacción en el lecho, en camisón, envuelta en los pliegues del impermeable, como si con ello se reconfortara.

    —¿Con quien hablas? — preguntó.
    —Con nadie. Nadie ha escuchado.
    —Entonces, ¿por qué lo haces?

    Había que decir algo, y dijo:

    —Por tranquilidad.

    Se puso la chaqueta, se acercó a la ventana y miró afuera. La nieve cubría las casas, sobre las cuales soplaba el viento en rabiosas ráfagas. Echó una ojeada abajo, donde aguardaban unas siluetas.

    —¿Por tranquilidad de quién? — preguntó ella.
    —¿Verdad que se ha apagado la luz mientras yo hacía funcionar el emisor?
    —Sí.
    —Una breve interrupción, un segundo o dos, como un corte en el sector.
    —Sí.
    —Apaga otra vez. — No se movió—. Apaga la luz.
    —¿Por qué?
    —Me gusta contemplar la nieve.

    Ella apagó la luz y él apartó los raídos visillos. Afuera, la luna reflejaba un resplandor pálido en el cielo. Hallábanse en una especie de penumbra.

    —Me dijiste que ahora haríamos el amor —protestó ella.
    —Escucha: ¿cómo te llamas?

    Oyó el crujido del impermeable.

    —¿Cómo? — repitió con una voz sin dulzura.
    —Anna.
    —Escucha, Anna —continuó, acercándose al lecho—. Quiero casarme contigo. Cuando te encontré sentada allí, cuando te vi escuchando discos, me enamoré de ti, ¿comprendes? Soy ingeniero en Magdeburgo. Ya te lo he dicho, ¿recuerdas? ¿Me escuchas?

    La agarró por los brazos y la sacudió. Hablaba con tono apremiante.

    —Llévame contigo —dijo ella.
    —Bueno. Ya te he dicho que haremos el amor, que te llevaré a todos los lugares que has soñado, ¿entiendes? — Señaló los carteles pegados en la pared—. A las islas, a países de sol.
    —¿Por qué? — murmuró ella.
    —Te he inducido a venir aquí. Tú creíste que era para hacer el amor, pero saqué mi cuchillo y te amenacé con él. Te dije que si decías una palabra te mataría con ese cuchillo, como…, como conté que maté a ese joven soldado de la frontera, y lo hubiese hecho.
    —¿Por qué?
    —Porque era preciso que utilizara mi emisora. Necesitaba una casa, ¿comprendes? Un lugar donde pudiera montarla. No tenía ningún sitio donde ir. Entonces te embarqué y me serví de ti. Escucha: si te preguntan, tienes que decir esto.

    Ella se echó a reír. Tenía miedo. Estaba tendida sobre la cama, vacilante, invitándole a poseerla, como si fuera esto lo que él deseaba.

    —Si te interrogan, recuerda lo que te he dicho.
    —Hazme feliz. Te quiero.

    Le tendió los brazos y atrajo hacia sí su cabeza. Tenía los labios húmedos y fríos, demasiado delgados contra sus acerados dientes. Él se apartó, pero ella no lo soltó. Él aguzó el oído para percibir un sonido que dominase el viento, pero no oyó nada.

    —Charlemos un poco —dijo él—. ¿Te sientes sola, Anna? ¿No tienes a nadie?
    —¿Qué quieres decir?
    —Padres, un amigo, alguien.

    Ella movió la cabeza en la oscuridad.

    —A nadie más que a ti.
    —Escucha, atiéndeme, empieza por abrocharte el cuello. Quisiera hablarte primero. Voy a hablarte de Londres. Estoy seguro de que tienes ganas de saber cosas de Londres. Un día fui a pasearme por allí. Estaba lloviendo y había un tipo cerca del Támesis que dibujaba sobre la acera bajo la lluvia. ¿Te das cuentas? Dibujaba con tiza bajo la lluvia, y la lluvia iba borrándolo todo.
    —¡No es posible!
    —¿Sabes lo que dibujaba? Perros, casas, cosas así. Y la gente, Anna, ¡escucha!, la gente estaba de pie bajo la lluvia mirándolo.
    —Te deseo. Abrázame. Tengo miedo.
    —Escucha. ¿Tú sabes por qué fui a dar un paseo aquel día? Querían que le hiciera el amor a una chica. Me enviaron a Londres, y, en lugar de hacer eso, me paseé.

    Él veía vagamente que estaba observándolo, juzgándolo según un instinto que él no comprendía.

    —¿También tú estás solo?
    —Sí.
    —¿Por qué viniste?
    —Los ingleses están locos. Ese viejo tipo cerca del río. Figúrate que se imaginan que el Támesis es el río más grande del mundo. No es sino un riachuelo de aguas enfangadas que en algunos lugares casi se puede cruzar de un salto.
    —¿Qué es ese ruido? — preguntó ella de pronto—. ¡Conozco ese ruido! Es una pistola. ¡El chasquido de una pistola cuando se carga!

    Él la abrazó con fuerza para evitar que temblara.

    —Ha sido una puerta —dijo—. El pestillo de una puerta. Esta casa está hecha de cartón. ¿Cómo podría oírse nada con un viento semejante?

    Hubo ruido de pasos en el corredor. Ella se debatió, aterrorizada, y los faldones del impermeable batieron en torno de ella. Cuando ellos entraron, él estaba plantado a unos pasos de Anna, con el cuchillo apoyado en la garganta, el pulgar sobre la hoja y ésta paralela al suelo. Estaba muy erguido y su pequeño rostro se había vuelto hacia ella, ausente, tenso a causa de una disciplina interior, él también era un hombre que conservaba las apariencias y tenía conciencia de la tradición.


    La granja se hallaba sumida en la oscuridad, ciega y sorda, inmóvil tras los alerces agitados por el viento y el cielo por el que corrían las nubes.

    Habían dejado un postigo abierto, que golpeaba lentamente, sin ritmo, según la fuerza de la tormenta. La nieve se amontonaba como la ceniza antes de dispersarse. Ellos se habían ido, sin dejar tras de sí nada más que las huellas de los neumáticos en el barro que se endurecía, un trozo de hilo eléctrico y el martilleo incesante del viento del Norte.


    Fin



    [1] Blackfriars: frailes negros (N. del T.)