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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL ESPEJO DE LOS ESPÍAS (John Le Carré)

    Publicado el miércoles, noviembre 15, 2017

    A James Kennaway
    «No me importaría ser un peón, si por lo menos pudiera unirme al juego»
    Alice.


    Prólogo

    Algunos personajes de esta historia son desagradables. Es, por tanto, muy importante que subraye (lo que debí hacer en mi libro anterior) que ninguno de ellos, ningún club, ninguna organización, ninguno de los servicios de espionaje que he descrito aquí o en otro lugar, existe, ni, que yo sepa, ha existido jamás en la realidad.

    Doy las gracias a la Radio Society of Great Britain y a Mr. R. E. Molland, así como a la redacción de Aviation Week and Space Technology y a Mr. Ronald Coles, que me dieron valiosos consejos técnicos, y a mi secretaria, miss Elizabeth Tollinton, por su ayuda.

    Debo, sobre todo, dar las gracias a mi mujer por su incansable cooperación y a mi amigo James Kennaway, a quien dedico este libro, por sus generosos consejos.


    John le Carré

    Agios Nikolaos, Creta, mayo de 1964
    «Llevar una pesada carga, como una maleta o un gran baúl, antes de manipular, hace los músculos del antebrazo, de la muñeca y los dedos demasiado insensibles para poder emitir buenas señales Morse.»
    F. Tait, Manual completo de instrucción de Morse, Pitman.



    I. La misión de Taylor


    «Aquí yace un tonto que quiso sacudir el Este.»
    Kipling


    I


    La nieve cubría el terreno de aterrizaje.

    Había venido del Norte con la bruma, impulsada por el viento nocturno y olía a mar. Se quedaría allí todo el invierno, en una delgada capa sobre la tierra gris, como polvo brillante y helado; sin fundirse ni helarse, pero inmutable como un año sin estaciones. La bruma, caprichosa como el humo de los combates, quedaría suspendida por encima, engullendo el hangar, la cabina del radar, los aparatos. Luego los liberaría uno tras otro, descoloridos, como negras carroñas en medio de un desierto blanco.

    Era un paisaje sin profundidad, sin perspectiva ni sombra. La tierra era una misma cosa con el cielo. Las siluetas de los personajes y los edificios estaban congelados en el frío como cuerpos en el hielo.

    No había nada al otro lado del campo de aterrizaje. Ninguna casa, ninguna colina, ningún camino. Ni siquiera una valla o un árbol. Solamente el cielo gravitando sobre las dunas, y la niebla que se deshacía a oleadas sobre la fangosa costa del Báltico. En algún lugar, tierra adentro, había montañas.

    Un grupo de niños tocados con gorros de colegiales se había reunido tras un ancho vano de cristales, y charlaban en alemán. Algunos llevaban prendas de esquiar. Taylor, con un vaso en la mano enguantada, los miró taciturno. Un chiquillo se volvió y se quedó mirándolo, luego enrojeció y susurró algo a sus camaradas. Todos callaron.

    Para mirar su reloj, hizo un amplio ademán con el brazo, un poco para echar hacia atrás la manga de su abrigo y otro poco porque era su estilo. Quería que se dijera de él: es un oficial, buen regimiento, buen club, y anduvo por todas partes en la guerra.

    Las cuatro menos diez. El avión llevaba una hora de retraso. Pronto se verían obligados a decir algo por los altavoces. Se preguntaba lo que dirían: retraso a causa de la niebla, quizá; despegue demorado. Sin duda ni siquiera sabían —y no lo confesarían ciertamente— que el aparato se había apartado más de trescientos kilómetros de su ruta prevista y se hallaba al sur de Rostock. Vació el vaso y se volvió para dejarlo. Había que reconocer que algunos licores extranjeros, bebidos en su país de origen, no resultaban tan malos. Allí mismo, con dos horas que perder y un frío de diez grados bajo cero al otro lado de la ventana, podía haber recurrido a algo peor que aquel «Steinhäger». Cuando regresara lo pediría en el «Alias Club». Causaría sensación.

    El altavoz comenzó a zumbar; hubo un súbito estallido de ruidos, luego la voz se calló y volvió a hablar con intensidad normal. Los niños lo escucharon con atención. Primero el aviso en finés, luego en alemán y ahora en inglés. Los «Northern Air Services» lamentaban el retraso del vuelo dos—nueve—cero procedente de Düsseldorf. Ningún dato sobre la importancia ni motivos de este retraso. Probablemente ni ellos mismos sabían nada.

    Pero Taylor lo sabía. Se preguntaba qué sucedería si se acercaba, como el que no quiere la cosa, a aquella graciosa y pequeña azafata metida en su jaula de cristal y le decía de pronto: el dos—nueve—cero tardará un poco en llegar, jovencita; lo ha desviado una violenta borrasca procedente del Norte por encima del Báltico, rumbo al Hades. La muchacha no le creería, naturalmente, lo tomaría por loco. Se daría cuenta más tarde. Advertiría que era un personaje muy insólito, muy particular.

    Afuera comenzaba ya a anochecer. Ahora el sol era más claro que el cielo. Las pistas, despejadas, se destacaban como zanjas sobre la nieve, señaladas por la luz ambarina de las balizas. En los hangares más próximos las luces de neón lanzaban un resplandor pálido y cansado sobre los hombres y los aviones. La parte de terreno situada justamente frente a él se animó un instante barrida por el haz de un proyector que había sido encendido en la torre de control. Un coche de bomberos había dejado los talleres a la izquierda para reunirse con tres ambulancias aparcadas no lejos de la pista central. Simultáneamente encendieron sus luces azules giratorias, y permanecieron allí, lanzando pacientemente su señal parpadeante. Los niños, muy excitados, las señalaron con el dedo.

    La voz de la azafata se dejó oír de nuevo en el altavoz: sólo habían transcurrido unos minutos desde el anterior aviso. Una vez más los niños se callaron para escuchar. El vuelo dos—nueve—cero no llegaría antes de una hora. Se daría amplia información en cuanto fuera posible. En la voz de la azafata había algo a medio camino entre la sorpresa y la ansiedad, que pareció comunicarse a la media docena de personas sentadas al otro extremo de la sala de espera. Una anciana cambió unas palabras con su marido, se levantó, tomó su bolso y se reunió con el grupo de niños. Durante unos instantes miró estúpidamente el crepúsculo. No hallando en ello ningún consuelo, se volvió a Taylor y le preguntó en inglés:

    —¿Qué le ha sucedido al avión de Düsseldorf?

    Tenía el acento un poco ronco e indignado de una holandesa. Taylor movió la cabeza.

    —Debe de ser la nieve —respondió.

    Era un hombre despabilado, lo que estaba de acuerdo con su porte militar.

    Habiendo empujado la puerta de hojas batientes, Taylor descendió las escaleras hasta el vestíbulo de recepción. Cerca de la entrada principal reconoció el banderín amarillo de los «Northern Air Services». La chica del mostrador era muy bonita.

    —¿Qué le ha sucedido al vuelo de Düsseldorf?

    Poseía un estilo confidencial. Se decía que tenía buena mano para con las chicas.

    Ella sonrió encogiéndose de hombros.

    —Supongo que es la nieve. A menudo tenemos demoras en otoño.
    —¿Por qué no lo pregunta a la dirección? — sugirió él señalando con la barbilla el teléfono delante de ella.
    —Lo comunicarán por el altavoz —dijo la azafata— en cuanto lo sepan.
    —¿Quién es el patrón, preciosa?
    —¿Cómo dice?
    —¿Quién es el patrón, el comandante de a bordo?
    —El capitán Lansen.
    —Y, ¿sirve?

    La muchacha pareció extrañada.

    —El capitán Lansen es un piloto muy experto.

    Taylor la miró sonriendo y dijo:

    —En todo caso es un piloto con suerte, querida.

    Siempre se decía que el viejo Taylor se las sabía todas. Lo decían en el «Alias» los viernes por la noche.

    Lansen. Resultaba raro oír pronunciar un nombre como ése. Jamás nadie lo hacía tan sencillamente. Se preferían las perífrasis, los nombres encubiertos, todo, salvo el verdadero nombre: el chico Archie, nuestro amigo volador, el fulano de las fotos. Se utilizaba incluso el tortuoso conjunto de cifras y letras con el que se le conocía a uno sobre el papel. Pero nunca, en ningún caso, el verdadero nombre.

    Lansen. Leclerc le había mostrado una fotografía suya en Londres: treinta y cinco años, juvenil, rubio y de buena presencia. Todas aquellas azafatas debían de estar locas por él. Además, ellas sólo eran buenas para esto, carne de cañón para los pilotos. No tenían ojos para nadie más. Taylor metió rápidamente la mano derecha en el bolsillo de su abrigo, sólo para asegurarse de que el sobre continuaba allí. Era la primera vez que llevaba consigo una suma parecida. Cinco mil dólares por un solo vuelo. Mil setecientas libras sin impuestos, para perderse por encima del Báltico. Naturalmente, Lansen no hacía esto todos los días. Era un caso especial, había dicho Leclerc. Taylor se preguntaba qué haría aquella chica si él se inclinaba por encuna del mostrador para decirle quién era, si le enseñaba el dinero metido en aquel sobre. Jamás había estado con muchachas como aquélla; una verdadera hija del Norte, alta y joven.

    Subió las escaleras hacia el bar. El camarero empezaba a conocerle. Taylor señaló la botella de «Steinhäger» en medio del estante y dijo:

    —Sírvame otro, por favor. Es ése. La botella está justamente detrás de usted: un poco de su veneno local.
    —Es alemán —dijo el camarero.

    Taylor abrió su cartera y sacó un billete. En la funda de celofán había la fotografía de una niña de unos nueve años, con gafas y en los brazos una muñeca.

    —Mi hija —explicó al camarero, que tuvo una sonrisa insípida.

    Su voz cambiaba a menudo, como la de un viajante de comercio. Su manera de arrastrar las palabras se hacía aún más ultrajante cuando se dirigía a sus iguales, o se trataba de subrayar una distinción que no existía. O como ahora, cuando estaba nervioso.

    Tenía que admitirlo: estaba hasta las narices. Era una situación insensata para un hombre de su experiencia y de su edad encontrarse recogiendo informaciones y participando en las operaciones. Era un trabajo para esos cerdos del Circus, no para la gente de su servicio. Esto no tenía ninguna relación con lo que él estaba acostumbrado a hacer como correo; era como si estuviese en el limbo, a miles de kilómetros de ninguna parte. No comprendía cómo se les había ocurrido instalar un aeropuerto en un lugar como ése. Por lo general, le gustaban los viajes al extranjero: por ejemplo, una corta visita al viejo Jimmy Gorton en Hamburgo, o darse un garbeo por Madrid. Le sentaba bien separarse un poco de Joanie. Había hecho dos o tres veces la línea de Turquía, aunque, la verdad sea dicha, le reventaban los árabes. Pero hasta esto era un regalo en comparación con aquello: viaje en primera clase, maletas en el asiento de al lado y un pase de la OTAN en el bolsillo. Era un oficio que daba tono; tanto como el cuerpo diplomático, o poco menos. Pero esta vez era diferente y esto le hacía maldita la gracia.

    Leclerc le había dicho que era importante, y Taylor quería creerlo. Le habían dado un pasaporte con otro nombre. Malherbe. Se pronunciaba Mallaby, le dijeron. Sólo Dios sabía quién eligió aquel nombre. Taylor no llegaría ni siquiera a deletrearlo. Aquella mañana había hecho un garabato al firmar en el registro del hotel. Naturalmente, los gastos eran fabulosos: quince libras diarias de dietas y no se le pedía que las justificara. Había oído decir que en el Circus daban diecisiete. Podría hacerse un buen apaño con eso y comprar alguna cosa para Joanie. Pero ella preferiría sin duda el dinero.

    Claro está que la había puesto al corriente: no tenía que haberlo hecho, pero Leclerc no conocía a Joanie. Encendió un cigarrillo, lanzó una bocanada de humo y escondió el pitillo en el hueco de la mano, como un centinela que fuma montando la guardia. ¿Cómo diablos hubiese podido largarse a Escandinavia sin decirle nada a su mujer?

    Se preguntó qué hacían aquellos chiquillos con la nariz pegada a los cristales. Era extraordinario lo bien que se desenvolvían en una lengua extranjera. Consultó de nuevo su reloj, sin prestar apenas atención a la hora, y tanteó el sobre en el bolsillo. Sería mejor no tomar ninguna copa más: debía tener la cabeza clara. Intentó imaginar lo que Joanie estaría haciendo en aquel momento. Sin duda tumbada en un diván con una ginebra y alguna cosa más. ¡Qué pena que tuviera que trabajar todo el día!

    De pronto se dio cuenta de que todo se había hecho silencioso. El camarero, inmóvil, prestaba oído. La vieja pareja sentada a una mesa hacía lo mismo, los rostros estúpidos vueltos hacia la ventana de cristales. Oyó entonces muy claramente el ruido, el ruido de un avión, todavía lejano, pero que se acercaba al campo. Se dirigió rápidamente hacia el ventanal, y estaba a medio camino cuando oyó un nuevo aviso dado por el altavoz. Después de las primeras palabras en alemán, los niños, como un vuelo de palomas, se dispersaron hacia el vestíbulo de llegada. La gente sentada a las mesas se había levantado. Las mujeres recogían sus guantes y los hombres sus abrigos y sus carteras. Por último, el aviso en inglés: Lansen iba a aterrizar.

    Taylor miró en la noche. Ninguna señal del avión. Esperaba, y crecía su inquietud. Pensó que era como el fin del mundo, el fin del sangriento mundo que lo rodeaba. ¿Y si Lansen se estrellaba al aterrizar, y si se descubrían las cámaras? Lamentaba que no fuese otro el que tuviera la responsabilidad de la operación. Woodford. ¿Por qué Woodford no se había encargado de ello? ¿Por qué no habían enviado a Avery, el chico inteligente del colegio? El viento era cada vez más fuerte. Él hubiese jurado que era mucho más fuerte; no había más que mirar cómo soplaba sobre la nieve proyectándola en remolinos sobre la pista, cómo hacía danzar las llamas de las luces de situación, cómo levantaba en el horizonte blancas columnas que rechazaba con violencia, casi con odio. Una ráfaga golpeó bruscamente los cristales frente a él haciéndole retroceder, luego oyó el repiqueteo de los granos de hielo y el breve gemido del armazón de madera. Una vez más miró su reloj: se había hecho en él una costumbre.

    —Lansen no llegará nunca a tomar tierra en estas condiciones, jamás.

    Su corazón dejó de latir. Suavemente primero, luego ascendiendo rápidamente hasta el aullido, oyó las sirenas, las cuatro a la vez, que gemían sobre aquel terreno perdido, como el lamento de unos animales hambrientos. Luego… El avión debía de haberse incendiado. Habrá incendio a bordo e intentará aterrizar. Taylor se volvió, asustado, buscando alguien que pudiera informarle.

    El camarero estaba plantado cerca de él, secando un vaso y mirándolo a través del cristal.

    —¿Qué ocurre? — preguntó Taylor—. ¿Por qué las sirenas?
    —Funcionan siempre que hace mal tiempo —respondió el camarero—. Es el reglamento.
    —¿Por qué le dejan aterrizar? — volvió a preguntar Taylor—. ¿Por qué no lo envían a una pista más al Sur? Es muy pequeño esto. ¿Por qué no lo mandan a un aeropuerto más importante?

    El camarero sacudió la cabeza con aire indiferente.

    —No está tan mal —dijo, señalando la pista—. Además, viene con retraso. Tal vez no tenga gasolina.

    Oyeron al aparato volando bajo por encima del campo, sus luces parpadeaban por encima de los haces de los proyectores; sus faros barrieron la pista. El avión se posó sin tropiezo, y oyeron el rugido de los motores mientras rodaba lentamente hacia el lugar señalado por la torre de control.


    El bar se había quedado vacío. Taylor estaba solo. Pidió otra copa. Conocía sus consignas: quédese tranquilamente en el bar, le había dicho Leclerc; Lansen se encontrará con usted allí. Necesitará unos momentos para entregar la documentación del vuelo y desmontar sus cámaras. Taylor oyó a los niños que cantaban bajo dirigidos por una mujer. ¿Por qué diablos tenía que estar rodeado de mujeres y críos? ¿Acaso lo que hacía no era un trabajo de hombres, con cinco mil dólares en el bolsillo y un pasaporte falso?

    —Es el último vuelo por hoy —dijo el camarero—. Están prohibidos otros vuelos.
    —Lo sé —asintió Taylor—. El tiempo es malísimo, realmente malísimo.

    El camarero ordenó las botellas.

    —No había peligro —añadió con tono tranquilizador—. El capitán Lansen es un buen piloto.

    Vaciló, no sabiendo si debía dejar también en su sitio la botella de «Steinhäger».

    —Claro que no había ningún peligro —replicó Taylor—. ¿Quién ha hablado de peligro?
    —¿Va usted a tomar más?
    —No, pero sírvase usted. Vamos, sírvase uno.

    El camarero se sirvió de mala gana un vaso, luego tapó la botella.

    —Me pregunto cómo lo hacen —inquirió Taylor. Hablaba con tono conciliador, para ganarse la buena voluntad del camarero—. No se ve ni gota en un tiempo como éste, absolutamente nada. — Sonrió con suficiencia—. Está uno sentado en la cabina, y podría tener los ojos vendados, porque para lo que le sirven… Sé lo que es eso —precisó Taylor levantando las manos y como si las tuviese puestas en los mandos—. Sé de qué hablo… Y si la cosa se pone mal, esos tipos son los primeros que se la pegan. — Sacudió la cabeza—. No les envidio —declaró—. Se ganan bien su sueldo. Sobre todo en un trasto como ése. Están atados con cordeles, con cordeles.

    El camarero asintió vagamente, se bebió su trago, aclaró el vaso vacío, lo secó y lo puso en un estante bajo el mostrador. Luego comenzó a desabotonarse la chaqueta blanca.

    Taylor no se movió.

    —Bueno —dijo el camarero con sonrisa forzada—, hemos de irnos a casa.
    —¿Qué quiere decir con ese hemos? — preguntó Taylor abriendo mucho los ojos y volviendo la cabeza hacia atrás—. ¿Qué significa eso?

    Ahora que Lansen había aterrizado se sentía agresivo.

    —He de cerrar el bar.
    —Irnos, irnos… ¡Vaya una idea! Vamos, sírvame una copa más. Váyase usted a su casa si quiere. Imagínese que yo vivo en Londres. — Hablaba con tono de desafío, medio en serio y medio burlón, pero levantando la voz cada vez más—. Y puesto que a sus líneas aéreas no les sale de las narices llevarme a Londres ni a ninguna parte antes de mañana por la mañana, es un poco ridículo por su parte que me diga que me vaya. ¿No le parece a usted, amigo? — Seguía sonriendo, pero era la sonrisa fugitiva de un hombre nervioso que pierde la paciencia—. Y la próxima vez que le ofrezca una copa, amigo mío, le ruego que tenga la cortesía…

    Se abrió la puerta y entró Lansen.


    No era así como tenían que haber sucedido las cosas. Esto no correspondía en absoluto a la descripción que se le había hecho. «Quédese en el bar —le había dicho Leclerc—, instálese en la mesa del rincón, tómese una copa, ponga su abrigo y su sombrero en la otra silla como si esperase a alguien. Lansen se toma siempre una cerveza cuando llega. Le gusta mucho moverse en público. Es su estilo.» «Habrá gente por allí —había precisado Leclerc—. Es un lugar insignificante, pero siempre hay animación en los aeropuertos. Buscará un lugar donde sentarse, abiertamente y sin el menor disimulo se acercará a usted y le preguntará si la silla está libre. Usted dirá que la reservaba para un amigo, pero que ese amigo no ha venido. Lansen le preguntará si puede sentarse. Pedirá una cerveza y le preguntará: “¿Para un amigo o para una amiga?” Usted le responderá que no sea indiscreto, se echarán a reír los dos y comenzarán a charlar. Haga las dos preguntas: altura y velocidad. La Sección de Investigación tiene que saber necesariamente esos datos. Deje el dinero en el bolsillo de su abrigo. Él cogerá su abrigo y lo pondrá a su lado y actuará discretamente, sin disimulo: recogerá el sobre y dejará caer el rollo de la película en el bolsillo de su abrigo. Terminarán sus consumiciones, se estrecharán la mano y se acabó la cuestión. Al día siguiente, por la mañana tomará usted el avión de regreso a Londres.»

    Para Leclerc era muy sencillo.

    Lansen atravesó la sala desierta. Era un hombre joven, alto y robusto, llevaba impermeable azul y gorra de aviador. Lanzó una breve ojeada a Taylor y se dirigió por encima de su hombro al camarero:

    —Jens, dame una cerveza. — Se volvió a Taylor y le preguntó—: ¿Qué va usted a tomar?
    —Una de las especialidades de su país —dijo Taylor con pálida sonrisa.
    —Dele lo que quiera. Doble.

    El camarero se abrochó precipitadamente la chaqueta blanca, volvió a abrir el armario y sirvió una cerveza y un generoso «Steinhäger».

    —¿Trabaja usted para Leclerc? — preguntó Lansen.

    No le importó que hubieran podido oírle.

    —Sí. — Y añadió tímidamente demasiado tarde—: Para Leclerc y Compañía de Londres.

    Lansen tomó su bebida y se la llevó a la mesa más próxima. Le temblaba la mano. Se sentaron.

    —Entonces, explíqueme —dijo con tono furioso—. ¿Quién ha sido el cretino que me ha dado esas instrucciones?
    —No lo sé —respondió Taylor desconcertado—. Hasta ignoro cuáles son sus instrucciones. Yo no tengo la culpa. Me han enviado para que me hiciera cargo de la película. Eso es todo. Además, esta clase de cosas no son mi trabajo. Yo opero a la vista de la gente. Soy correo diplomático.

    Lansen se inclinó hacia delante y puso la mano sobre el brazo de Taylor. Taylor lo sintió temblar.

    —Yo también trabajo a la vista de la gente. Hasta hoy. Y en ese avión había niños. Veinticinco colegiales alemanes en vacaciones de invierno. Todo un cargamento de críos.
    —Sí —dijo Taylor con sonrisa forzada—. En efecto, el comité de recepción estaba en la sala de espera.
    —¿Qué buscamos? — preguntó Lansen—. Esto es lo que no comprendo. ¿Qué hay de apasionante en Rostock?
    —Ya le he dicho que no tengo idea de nada. — Y añadió, contrariamente a toda lógica—: Leclerc dijo que no era Rostock, sino la región al sur de la ciudad.
    —Ya sé, el triángulo sur: Kalkstadt, Langdorn y Wolken. No tiene usted necesidad de describirme la región. Taylor dirigió una mirada de inquietud al camarero.
    —Creo que no deberíamos hablar tan fuerte —dijo—. Ese tipo no me es muy simpático.

    Bebió un trago de «Steinhäger».

    Lansen hizo un ademán con la mano, como para enjugarse el rostro.

    —Se acabó —dijo—. No quiero seguir con esto. Se ha terminado. Esto estaba bien cuando uno podía seguir la ruta y fotografiar lo que pudiera haber en ella de interesante. Pero esta vez es demasiado, ¿comprende? Es demasiado.

    Hablaba con acento ronco y torpe, como si tuviera un defecto de expresión.

    —¿Tomó usted fotos? — preguntó Taylor.

    Lo importante era recoger la película y marcharse. Lansen se encogió de hombros, metió la mano en el bolsillo de su impermeable y, ante la mirada horrorizada de Taylor, sacó una pequeña caja metálica para película de treinta y cinco milímetros y se la dio por encima de la mesa.

    —¿Qué hay allí? — continuó Lansen—. ¿Qué buscaban en un lugar semejante? He pasado bajo las nubes, he dado la vuelta a todo el sector. No he visto la menor bomba atómica.
    —Todo lo que me han dicho es que se trata de algo importante. Algo muy importante. Y había que hacerlo, ¿comprende? No importaba que el avión no pudiera sobrevolar una región como ésa —dijo Taylor, repitiendo lo que alguien había dicho—. Era preciso que fuese un avión de línea, de una compañía aérea conocida, o no había manera. Era el único medio.
    —Sepa usted que me descubrieron en seguida. Dos «Migs». ¿De dónde venían? Esto es lo que yo quisiera saber. En cuanto los vi, me metí de cabeza en las nubes. Me siguieron. Lancé un mensaje pidiendo situación. Cuando salimos de las nubes, los tuve otra vez encima. Creí que me obligarían a descender, que me ordenarían aterrizar. Intenté desprenderme de la cámara, pero se me había atascado. Los chiquillos se pegaban a las ventanillas y hacían grandes ademanes a los «Migs». Nos escoltaron un momento y luego se largaron. Estaban muy cerca, muy cerca. Era condenadamente peligroso para los críos. — Aún no había tocado su cerveza—. ¿Qué querían entonces? — preguntó—. ¿Por qué no me obligaron a aterrizar?
    —Ya se lo he dicho: yo no tengo nada que ver con esto. No es mi trabajo habitual. Pero, sea lo que sea lo que busque Londres, allí abajo saben muy bien lo que hacen. — Parecía como si tratara de convencerse; tenía necesidad de creerlo—. No pierden el tiempo. Ni el suyo, amigo mío. Saben lo que quieren.

    Frunció las cejas como para subrayar que estaba convencido de ello, pero Lansen quizá no le había entendido.

    —Tampoco quieren correr riesgos inútiles —continuó Taylor—. Usted ha hecho un buen trabajo, Lansen. Cada uno de nosotros tiene que representar su papel… Correr el riesgo. Y todos lo hacemos. Yo lo hice durante la guerra, ¿sabe usted? Pero usted era entonces demasiado joven para recordarla. Y esto no ha cambiado: nos batimos por el mismo objetivo. — De pronto se acordó de las dos preguntas—. ¿A qué altura iba usted cuando tomó las fotos?
    —Depende. Por encima de Kalkstadt descendimos hasta mil ochocientos metros.
    —Kalkstadt es el lugar que les interesa más —dijo Taylor satisfecho—. Lo ha hecho usted muy bien, Lansen, muy bien. ¿Y cuál era la velocidad?
    —Doscientos… Doscientos cuarenta. Algo así. Pero abajo no había nada. Se lo aseguro. Nada. — Encendió un cigarrillo—. De todos modos, esto se acabó —repitió Lansen—. Me tiene sin cuidado la importancia del objetivo.

    Se levantó. Taylor hizo lo mismo. Metió la mano derecha en el bolsillo del abrigo. Bruscamente sintió la boca seca: el dinero, ¿dónde estaba el dinero?

    —Mire en el otro bolsillo —sugirió Lansen.

    Taylor le entregó el sobre.

    —¿Eso planteará problemas? Me refiero a la intervención de los «Migs».
    —Supongo que no —dijo Lansen encogiéndose de hombros—. Hasta ahora no me ha ocurrido. Por una vez me creerán; supondrán que ha sido a causa del mal tiempo. Me desvié cosa de media ruta. También pudo haber algo que fallara en el control de tierra. En la transmisión entre dos aeropuertos.
    —¿Y el oficial de vuelo? ¿Y el resto de la tripulación? ¿Qué creerán?
    —Eso es cosa mía —replicó Lansen—. Pero usted puede decir a Londres que esto se acabó.

    Taylor lo miró con inquietud.

    —Está usted nervioso. Es lógico después del mal trago.
    —¡Váyase al diablo! — murmuró Lansen—. ¡Váyase al condenado diablo!

    Giró sobre sus talones, dejó una moneda sobre el mostrador y salió del bar dando zancadas, metiéndose torpemente en el bolsillo del impermeable el grueso sobre amarillo que contenía el dinero.

    Al cabo de un momento Taylor le siguió. El camarero le vio empujar la puerta y desaparecer en la escalera.

    «Vaya un hombre antipático», se dijo.

    De todas maneras, nunca le gustaron los ingleses.


    Taylor decidió de pronto no tomar ningún taxi para dirigirse al hotel. Podría recorrer el trayecto a pie en diez minutos y economizar así algo de sus dietas. La empleada de la compañía aérea le dedicó un leve movimiento de cabeza cuando pasó ante ella para ganar la puerta principal. El vestíbulo de recepción estaba revestido de madera de teca. Vaharadas de aire caliente ascendían del suelo. Taylor salió a la calle. El frío mordía como el filo de una espada a través de sus ropas; como un veneno que adormece lentamente, se extendió con rapidez por su rostro desnudo e invadió su cuello y sus hombros. Taylor cambió de idea y se apresuró a buscar un taxi. Estaba ebrio. Se dio cuenta de pronto: el aire fresco provocó su embriaguez. En la estación no había ningún coche. Un viejo «Citroën» estaba aparcado a unos cincuenta metros, con el motor en marcha.

    «El cochino ése ha puesto la calefacción», se dijo Taylor, entrando de nuevo precipitadamente en el aeródromo.

    —Quisiera un taxi —dijo a la azafata—. ¿Sabe usted dónde podría encontrar uno?

    Esperaba con toda su alma tener un aspecto normal. Se había comportado como un loco bebiendo tanto. No debió haber aceptado el vaso que le ofreció Lansen.

    —Se han ido con los niños —dijo ella sacudiendo la cabeza—. Seis por coche. Era el último vuelo de hoy. En invierno no tenemos muchos taxis. — Sonrió—. El aeropuerto es muy pequeño.
    —¿Y ese coche viejo que está allí abajo en la carretera? ¿No es un taxi? — preguntó con la voz un poco pastosa.

    Ella se acercó a la puerta y miró afuera. Caminaba con un suave balanceo, sencilla, pero provocadora.

    —No veo ningún coche —dijo.

    Taylor miró por encima de su hombro.

    —Había un «Citroën» viejo. Con los faros encendidos. Ha debido marcharse. Me pregunto si hubiese podido…

    Maldita sea, el coche debió de pasar por delante y ni siquiera lo había oído desaparecer.

    —Los taxis son todos «Volvo» —dijo la chica—. Tal vez vuelva alguno después de haber dejado a los niños. ¿Por qué no bebe algo mientras espera?
    —El bar está cerrado —replicó Taylor—. El camarero se ha ido a su casa.
    —¿Se hospeda usted en el hotel del aeropuerto?
    —Sí, en el «Regina». La verdad es que tengo prisa. — Ahora empezaba a sentirse mejor—. Espero una llamada telefónica desde Londres.

    Ella, con mirada crítica, examinó su abrigo: era de tela impermeable, con un dibujo en forma de aguas.

    —Podría usted ir a pie —le sugirió ella—. Está a diez minutos. No tiene usted más que seguir la carretera. Pueden enviarle más tarde el equipaje.

    Taylor miró su reloj, con el mismo amplio ademán de siempre.

    —Mis maletas están ya en el hotel. He llegado esta mañana.

    Tenía ese rostro preocupado y ajado que está a punto de convertirse en una de esas caras anchas de music—hall, y, sin embargo, infinitamente triste. Un rostro de ojos más pálidos que la piel y cuyos rasgos convergen hacia las narices. Quizá porque tenía conciencia de ello, Taylor se había dejado crecer un pequeño bigote, como si lo hubiesen pintado en una fotografía, lo que daba a su semblante un aspecto muy confuso, sin lograr disimular lo que le faltaba. No era un hombre convincente; no porque fuera un canalla, sino porque no había sido dolado para engañar a su mundo. También tenía ciertos tics toscamente imitados de un original perdido; tal esa irritante costumbre que tienen los militares de arquear repentinamente la espalda, como si hubiese sido sorprendido en una postura inconveniente, o bien afectando movimientos de rodillas y codos que recordaban vagamente la equitación. Pero el sufrimiento confería a todo esto cierta dignidad, como si mantuviera erguido su cuerpo débil contra un viento cruel.

    —Si se da usted prisa —dijo ella—, ni siquiera tardará diez minutos.

    A Taylor le horrorizaba esperar. Imaginaba que las gentes que esperan son personas sin importancia: humilla que le vean a uno esperando. Frunció los labios, sacudió la cabeza y, con un «Buenas noches, señorita», de mal humor, salió bruscamente al aire helado.

    Taylor jamás había visto un cielo parecido. Sin límite, se curvaba hasta los campos cubiertos de nieve, rota su inmensidad en todas partes por cortinas de bruma en las que se congelaban las constelaciones y cernían la mancha amarilla de la media luna. Taylor estaba impresionado, como un hombre de tierra adentro que tiene miedo del mar. Un poco inseguro al andar, apresuró, sin embargo, el paso.

    Llevaría cinco minutos andando cuando le alcanzó el coche. No había acera para los peatones. Advirtió primero el resplandor de los faros, porque el ruido del motor lo ensordecía la nieve, y sólo vio una luz delante de él, sin advertir de dónde venía. Barría lentamente los campos nevados y por un momento creyó que era el faro del aeropuerto. Después vio su propia sombra achicarse en la carretera y hacerse la luz más viva y comprendió que sería un coche. Caminaba por la derecha, pisando con paso vivo la corteza verdehelada que bordeaba la calzada. Observó que la luz era curiosamente amarilla y se dijo que los faros funcionarían de acuerdo con el código de circulación francés. No estaba descontento de este pequeño trabajo de deducción; después de todo, su viejo cerebro no funcionaba tan mal.

    No miró por encima de su hombro, porque era un poco tímido y no quería dar la impresión de que estaba haciendo autostop. Pero, un poco tarde quizá, tuvo la idea de que yendo por la derecha iba por el lado malo de la carretera y que debía atravesarla.

    El coche lo embistió por detrás y le partió la columna vertebral. Durante un espantoso instante, Taylor estuvo en la postura clásica del hombre torturado: la cabeza y los hombros echados violentamente hacia atrás, crispados los dedos. No lanzó un grito. Hubiérase dicho que todo su cuerpo y toda su alma se habían concentrado en esa última expresión de sufrimiento, más elocuente en la muerte que todos los sonidos que había emitido en su vida. Es muy posible que el conductor del coche no se hubiese dado cuenta de lo que había hecho, que el choque del cuerpo contra la carrocería le hubiese parecido el ruido sordo de un mazacote de nieve chocando con el cubo de la rueda.

    El coche lo arrastró uno o dos metros, después lo proyectó a un lado, muerto, sobre la carretera desierta, silueta inmóvil y desarticulada al borde de la inmensa llanura. Su sombrero de fieltro yacía junto a él. Una brusca ráfaga se lo llevó sobre la nieve. Los jirones de su abrigo se agitaron al viento, tratando en vano de retener la pequeña caja de cinc, que rodó suavemente, para detenerse un momento al borde del helado ribazo antes de proseguir su carrera dando tumbos por la pendiente.


    II. La misión de Avery


    «Hay ciertas cosas que nadie debe preguntar a un blanco.»
    John Buchan, Mr. Standfast.


    II
    Preludio


    Eran las tres de la mañana.

    Avery colgó el teléfono, despertó a Sarah y le dijo:

    —Taylor ha muerto. Naturalmente, no debió decirlo.
    —¿Quién es Taylor?

    «Un pelma», pensó. Lo recordaba vagamente. Un melancólico pelma inglés de los que se encuentran en el muelle de Brighton.

    —Un tipo de la sección de correos —dijo—. Estuvo con ellos durante la guerra. Creo que bastante bueno.
    —Eso es lo que siempre dices. Para ti todos son bastante buenos. Entonces, ¿cómo ha muerto? Dime cómo ha muerto —repitió ella incorporándose en el lecho.
    —Leclerc espera averiguarlo.

    Le hubiese gustado que ella no le mirase mientras se vestía.

    —¿Y quiere que tú le hagas compañía mientras espera?
    —Quiere que vaya a la oficina. Me necesita. ¿Acaso tú no esperas a que me vuelva del otro lado y me duerma?
    —Te pregunto simplemente —dijo Sarah—. Siempre has tenido muchas consideraciones a Leclerc.
    —Taylor sabía dónde le apretaba el zapato. Leclerc está muy disgustado.

    Advertía todavía el acento de triunfo en la voz de Leclerc: «Venga en seguida, tome un taxi; vamos a revisar otra vez los expedientes.»

    —¿Sucede eso a menudo? ¿Ocurre con frecuencia que se muera la gente?

    Ella hablaba con tono de indignación, como si nadie le dijera nunca nada; como si ella fuera la única a quien le pareciese espantoso que Taylor hubiese muerto.

    —No debes decírselo a nadie —dijo Avery. Era una manera de poner una barrera entre los dos—. Ni siquiera debes decir que he salido de casa a medianoche. Taylor viajaba con nombre supuesto. Alguien tendrá que decírselo a su mujer —añadió, buscando sus lentes.

    Ella se levantó y se puso una bata.

    —Por Dios, deja de hablar como un cowboy. Las secretarias están al corriente; ¿por qué no pueden estarlo las esposas? ¿O solamente les dicen algo cuando su marido ha muerto? — preguntó ella dirigiéndose a la puerta.

    Era de mediana estatura y llevaba los cabellos largos, lo que contrastaba con su rostro severo, que expresaba cierta tensión, inquietud y descontento naciente, como si el día siguiente tuviera que ser peor. Se habían conocido en Oxford y ella había hecho más brillantes estudios que Avery. Pero, Dios sabía por qué, el matrimonio la hizo pueril; la dependencia se había convertido en una costumbre, y hubiérase dicho que había hecho donación a su marido de algo irremplazable y constantemente reclamaba su restitución. Su hijo era menos su proyección que su excusa: un muro para protegerse del mundo más que un medio de llegar a él.

    —¿Dónde vas? — preguntó Avery.

    Algunas veces ella hacía las cosas únicamente para contrariarle; por ejemplo, romper las entradas para un concierto.

    —Tenemos un hijo —contestó ella—. ¿Lo olvidaste?

    Él se dio cuenta entonces de que Anthony estaba llorando. Debieron de haberle despertado.

    —Telefonearé desde la oficina.

    Se dirigió hacia la puerta de la calle. Ella, en el momento de entrar en la habitación del niño, se volvió, y Avery supo que estaba pensando en que no se habían dado un beso.

    —Debiste haber continuado en la editorial —dijo ella.
    —Tampoco te gustaba demasiado.
    —¿Por qué no mandan un coche? — preguntó ella—. Dices que los tienen a montones.
    —Me está esperando en la esquina.
    —Pero, ¿por qué, Dios santo?
    —Por seguridad —respondió él.
    —¿Seguridad contra qué?
    —¿Tienes dinero? — preguntó él—. Me he quedado sin nada.
    —¿Para qué lo quieres?
    —Dinero, eso es todo. No puedo ir por ahí sin un penique en el bolsillo.

    Ella le dio diez chelines que tomó de su bolso. Él cerró rápidamente la puerta a sus espaldas y bajó las escaleras para llegar a la avenida del Príncipe de Gales.

    Pasó ante la ventana del entresuelo y adivinó sin mirar que la señora Yates lo observaba detrás de los visillos, como hacía con todo el mundo, día y noche, abrazada al gato para reconfortarse.

    Hacía un frío espantoso. El viento parecía silbar desde el río a través de la puerta. Inspeccionó la calle: estaba desierta. Hubiese debido telefonear a la estación de taxis de Clapham, pero quería abandonar rápidamente el piso. Además, le había dicho a Sarah que le estaba esperando un coche. Anduvo un centenar de metros en dirección de la central eléctrica, luego cambió de intención y retrocedió.

    Estaba soñoliento. Experimentaba la curiosa ilusión de que hasta en la calle oía sonar el teléfono. A cualquier hora había siempre un taxi por Albert Bridge: era la solución más segura. Volvió, pues, a pasar ante su casa y miró a la ventana de la habitación del niño: vio a Sarah mirando a la calle. Debió preguntarse dónde estaba el coche. Tenía a Anthony en brazos y él adivinó que ella estaría llorando porque no la había besado. Tardó media hora en encontrar un taxi para dirigirse a Blackfriars Road.

    Avery veía pasar las farolas calle arriba. Era muy joven y pertenecía a esa clase intermedia del inglés actual que ha de conciliar su licenciatura en Artes con unos orígenes modestos. Era alto y tenía la apariencia de un estudioso, la mirada lenta tras las gafas y maneras amablemente difusas que le valían el afecto de sus mayores. El movimiento del taxi lo reconfortó, como un niño al que se consuela meciéndolo.

    Llegó a St. George’s Circus, pasó ante el hospital y desembocó en Blackfriars Road. De pronto se encontró ante la casa, pero le dijo al taxista que lo dejara en la esquina siguiente, porque Leclerc le había recomendado prudencia.

    —Aquí —dijo—. Está bien.

    El Departamento estaba instalado en una villa siniestra y ennegrecida por el humo, con un extintor de incendios en el balcón. Hubiérase dicho que era una casa eternamente en venta. Nadie sabía por qué el Ministerio había hecho construir una tapia en torno. Tal vez para protegerla de la mirada de la gente, como las tapias que rodean los cementerios. O para proteger a la gente de la mirada de los muertos. Evidentemente no era por el jardín, porque allí no crecía nada sino hierba agostada en placas como el pelaje de un viejo perro callejero. La puerta de entrada estaba pintada de color verde oscuro. No la abrían jamás. Durante el día unas anónimas furgonetas del mismo color descendían de vez en cuando por la monda avenida, pero sus asuntos los trataban en la parte posterior de la casa. Los vecinos, cuando por azar la aludían, lo que no era frecuente, hablaban de la Casa del Ministerio, cosa que no era exacta porque el Departamento era una entidad aparte, cuyo dueño era el Ministerio. El edificio tenía ese aire de ruina controlada que caracteriza los locales gubernamentales en todo el mundo. Para los que trabajaban allí, su misterio era como el misterio de la maternidad y su supervivencia como el misterio de Inglaterra. La casa los envolvía en sus pliegues, los abrigaba, los protegía de manera casi maternal.

    También esto era cierto para Avery. Lo recordaba cuando la niebla se detenía a placer contra aquellos muros de estuco, o en verano, cuando el sol penetraba brevemente a través de las cortinas de ganchillo de su despacho, sin dejar ningún calor, sin revelar ningún secreto. Y lo recordaba en aquel amanecer de invierno, en el que la fachada de la casa estaba manchada de negro y los faroles hacían brillar las gotas de lluvia en las mugrientas ventanas. Pero cualquiera que fuese la forma en que lo recordaba no era aquél el lugar de su trabajo, sino donde vivía.

    Se metió por la avenida que daba a la parte posterior de la casa, tocó el timbre y esperó que Pine le abriese la puerta. Había luz en la ventana de Leclerc.

    Mostró el pase a Pine. Quizá los dos pensaron entonces en la guerra: a Avery le gustaba lo que ese ademán representaba para su imaginación, mientras que a Pine le bastaba solamente con recordar.

    —Hermosa luna, señor —dijo Pine.
    —Sí.

    Avery entró en el pasillo. Pine lo siguió, habiendo corrido el cerrojo de la puerta.

    —Hubo una época en que los muchachos maldecían una luna como ésta.
    —Sí —dijo Avery riendo.
    —¿Ha oído usted los resultados del Melbourne, señor? Bradley falló tres veces.
    —¡Diablo! — dijo Avery con tono cortés.

    El críquet le fastidiaba.

    Una bombilla azul brillaba en el techo, como la mariposa de un hospital Victoriano. Avery subió la escalera; tenía frío y se sentía incómodo. En alguna parte sonó un timbre. Era curioso que Sarah no hubiese oído el teléfono.

    Leclerc le esperaba.

    —Necesitamos un hombre —dijo.

    Hablaba maquinalmente, como alguien que acaba de despertarse. Una luz iluminaba la carpeta que había delante de él.

    Bajo, de ademanes suaves y afables, era limpio como un gato de buena casa, pulcro y recién afeitado. Llevaba cuellos duros de largas puntas, y usaba corbatas de tonos lisos, acaso porque sabía que una pretensión disimulada es siempre mejor que ninguna. Tenía los ojos oscuros y la mirada viva. Sonreía al hablar, pero sin manifestar ningún placer. Sus chaquetas estaban abiertas a los lados y se guardaba el pañuelo en la manga. Los viernes se calzaba los zapatos de ante, con lo cual proclamaba que se iba al campo los fines de semana. Nadie parecía saber dónde vivía. La habitación estaba en penumbra.

    —No podemos hacer otro vuelo como ése. Era el último; me lo previnieron en el Ministerio. Habrá que enviar un agente allí. He estado examinando las antiguas fichas, John. Hay un tal Leiser, un polaco. Lo hará él.
    —¿Qué le sucedió a Taylor? ¿Quién lo ha matado?

    Avery se acercó a la puerta y encendió la luz del techo. Los dos hombres se miraron con malestar.

    —Estoy desolado. Aún no me he despertado del todo —dijo Avery.

    Habían reanudado el hilo: proseguía la conversación.

    Leclerc fue el primero en hablar.

    —Le ha costado llegar, John —dijo—. ¿Tiene algún problema en casa?

    Carecía del don innato del mando.

    —No pude encontrar taxi. Llamé a la estación de Clapham, pero no me contestaron. Ni en Albert Bridge; allí tampoco.

    No le gustaba decepcionar a Leclerc.

    —Puede hacer una nota de gastos —dijo Leclerc con tono vacilante—; incluya también las llamadas telefónicas. ¿Está bien su esposa?
    —Ya le he dicho que no me contestó nadie. Ella está bien.
    —¿No está disgustada?
    —Claro que no.

    No volvieron a hablar de Sarah. Hubiérase dicho que ambos adoptaban la misma actitud frente a la mujer de Avery, como los niños que pueden compartir un juguete y ha dejado de interesarles.

    —Ya sé —dijo Leclerc— que tiene a su hijo para que le haga compañía.
    —Sí.

    Leclerc se sintió orgulloso de saber que era un niño, no una niña.

    Tomó un cigarrillo de la caja de plata que había sobre su mesa. Un día le dijo a Avery que era un regalo, un regalo que databa de la guerra. El hombre que se lo ofreció había muerto, y las circunstancias pertenecían al pasado. No tenía ninguna inscripción en la tapa. Decía que todavía hoy ignoraba en qué campo estuvo aquel hombre, y Avery se reía para complacerle.

    Tomó la carpeta que había sobre su mesa y la colocó justamente bajo la lámpara, como si dentro de ella hubiese algo que debía estudiar con toda atención.

    —John.

    Avery se acercó esforzándose en no tocar su hombro.

    —¿Qué me dice usted de una cabeza como ésta?
    —No lo sé. Es difícil juzgar por una foto. Es la cabeza de un muchacho, de cara redonda e inexpresiva, y largos cabellos rubios que caen sobre su nuca.
    —Leiser. Tiene buen aspecto, ¿no le parece? Naturalmente —añadió Leclerc—, esto era hace veinte años. Tenía una buena calificación entre nosotros. — A disgusto, dejó la fotografía, encendió el encendedor y lo acercó a su cigarrillo—. En todo caso —continuó con tono vivo—, diríase que allí hay un hueso. No tengo ni la menor idea de lo que le ha ocurrido a Taylor. El Consulado nos ha enviado un informe de rutina, y eso es todo. Parece que se trata de un accidente de coche. Algunos detalles, pero nada revelador. Ese tipo de explicación que se da a la familia. El Foreign Office nos envió el informe en cuanto llegó por teletipo. Sabían que era uno de nuestros pasaportes. — Tomó, a través de la mesa, una hoja de papel fino. Avery le echó una ojeada.
    —¿Malherbe? ¿Éste era el nombre con que viajaba Taylor?
    —Sí. Tendré que hacer venir uno o dos coches del parque móvil del Ministerio —dijo Leclerc—. Es ridículo que no tengamos nuestros coches. El Circus tiene toda una flota. Quizás esta vez me hagan caso en el Ministerio —añadió—. Quizás acaben por admitir que somos siempre un servicio en activo.
    —¿Recogió Taylor la película? — preguntó Avery—. ¿Sabemos si se la entregaron?
    —No tengo ningún inventario de sus cosas —respondió Leclerc con indignación—. De momento, la Policía finlandesa lo ha confiscado todo. Quizá la película se encuentre entre sus efectos. Se trata de una ciudad pequeña y supongo que cumplen la ley a rajatabla. — Con tono indiferente, tanto que Avery comprendió que era importante, añadió—: El Foreign Office teme que haya complicaciones.
    —¡Vaya! — dijo Avery maquinalmente.

    Era el estilo del Departamento: pasado de moda y sobrentendido.

    Leclerc lo miró fijamente a los ojos. Se animaba.

    —El encargado del Foreign Office ha hablado con el subsecretario hace cosa de media hora. Se niegan a mezclarse en el asunto. Dicen que somos un servicio clandestino y que tenemos que arreglamos como podamos. Es preciso que alguien vaya allí abajo como su pariente más próximo; es la solución que nos sugieren. Para reclamar el cuerpo y los objetos personales y repatriarlos. Quisiera enviarle a usted.

    Avery observó de pronto las fotografías que tapizaban la habitación, miembros del Departamento que habían hecho la guerra. Había dos hileras de seis, a uno y otro lado de la maqueta de un bombardero «Wellington» pasablemente cubierto de polvo, una maqueta pintada de negro y sin insignia. La mayor parte de las fotos habían sido tomadas en el exterior. Avery veía los hangares en segundo término y, entre los rostros jóvenes y sonrientes, los fuselajes de los aviones.

    En la parte inferior de las fotografías se encontraban las firmas, con la tinta ya parda y descolorida, unas firmes y bien trazadas, otras —sin duda las de los subalternos— pedantes y complicadas, como si sus autores hubieran llegado de manera anormal a la gloria. No había nombres, sino apodos tomados de las revistas infantiles: Jacko, Shorty Pit y Lucky Joe. El único uniforme era el Mae West; cabellos largos y la sonrisa radiante y un poco infantil. Hubiérase dicho que estaban contentos de dejarse fotografiar, como si estar reunidos fuera una ocasión de divertirse que acaso no se renovara nunca. Los que figuraban en primer plano estaban en cuclillas, como hombres habituados a estar así en las tórrelas de las ametralladoras, y los que estaban detrás apoyaban los brazos descuidadamente sobre los hombros de los compañeros. No se advertía el afecto, sino una buena voluntad espontánea que, al parecer, no sobreviviría a la guerra ni a las fotografías.

    Había una cara que figuraba en todas las fotografías, la de un hombre delgado, de mirada viva, con chaqueta de cuero forrado, especial para el frío, y pantalones de pana. No llevaba chaleco salvavidas y permanecía ligeramente apartado de los demás, como si fuera un poco mejor que ellos. Era algo más bajo que todos y de más edad. Tenía rasgos formados, y se advertía en él una voluntad de acción que faltaba en sus compañeros. Hubiera podido ser su profesor. Un día Avery miró aquella firma para ver si había cambiado en diecinueve años, pero Leclerc no había firmado con su nombre. Todavía se parecía mucho al de las fotos; tal vez la mandíbula un poco más desarrollada y el cabello un poco más escaso.

    —Pero eso sería una misión de operaciones —dijo Avery con tono vacilante.
    —Pues claro. Somos un servicio de operaciones, ya lo sabe usted. — Subrayó con un movimiento de cabeza aquella afirmación—: Tiene usted derecho a esta clase de dietas. No hará usted otra cosa que hacerse enviar los efectos de Taylor. Tendrá que traérselo todo, excepto la película, que enviará a una dirección en Helsinki. Ya se le darán instrucciones sobre este particular. A la vuelta me ayudará usted en lo de Leiser…
    —¿No podría encargarse el Circus? Quiero decir si no sería más sencillo para ellos…

    Una sonrisa se dibujó trabajosamente en el rostro de Leclerc.

    —Desgraciadamente, no hay caso. Hemos de ser nosotros, John: esta misión es de nuestra competencia. Es un objetivo militar. Evitaría nuestra responsabilidad si pudiera descargarme sobre el Circus. Pero su campo de actividades es político, exclusivamente político.

    Su pequeña mano acarició sus cabellos con un movimiento breve, conciso, tenso y controlado.

    —Es, pues, cosa nuestra. Por el momento, el Ministerio aprueba mi interpretación —expresión en la cual se complacía siempre—, pero si usted lo prefiere, puedo enviar a otro… Woodford o alguien de la vieja guardia. Supuse que esto le divertiría. Es una misión importante, algo nuevo para usted.
    —Claro está. Me gustaría mucho ir… Si me concede usted su confianza.

    La respuesta le gustó a Leclerc. Empujó hacia la mano de Leclerc una hoja de papel fino azul. Estaba llena de la escritura de Leclerc, una escritura redonda y un poco infantil. Había escrito «Provisional» arriba, en el ángulo, y lo había subrayado. En el margen, a la izquierda, sus iniciales, las cuatro letras, y debajo la referencia «No reservado».

    —Si lo lee atentamente —dijo—, verá que no declaramos expresamente que es usted el pariente más próximo; nos contentamos con citar el formulario llenado por Taylor. Es todo, lo que la gente del Foreign Office está dispuesta a hacer. Han aceptado enviar el mensaje al Consulado local, vía Helsinki.

    Avery leyó: «Del Departamento consular. Referencia: su comunicación por teletipo Malherbe. John Somerton Avery, titular del pasaporte británico núm…, hermanastro del fallecido, designado en el pasaporte de Malherbe como su más próximo pariente. Avery informado toma avión hoy para repatriar cuerpo y objetos personales. Vuelo 201 de la «NAS» vía Hamburgo. Llegada 18.20 hora local. Rogamos le proporcione ayuda y asistencia habituales.»

    —No conocía el número de su pasaporte —dijo Leclerc—. El avión parte a las tres de la tarde. Es una ciudad pequeña. Imagino que el cónsul le aguardará en el aeropuerto. Hay un vuelo desde Hamburgo cada dos días. Si tiene usted necesidad de ir a Helsinki, puede tomar el mismo avión para regresar.
    —¿Y no podría figurar como su hermano? — preguntó Avery tímidamente—. Hermanastro suena extraño.
    —No hay tiempo para preparar el pasaporte. El Foreign Office es muy quisquilloso en estas cuestiones, Hemos tenido muchas dificultades con lo de Taylor. — Había vuelto a concentrar su atención sobre el expediente—. Muchas dificultades. Comprenderá usted que tendría que llamarse también Malherbe. No creo que esto les gustara.

    Daba todas estas informaciones descuidadamente, sin aparentar prestarles atención.

    Hacía mucho frío en aquel despacho.

    —¿Y nuestro amigo escandinavo? — preguntó Avery. Leclerc lo miró sin comprender—. Lansen. ¿No debía ponerse en contacto con él?
    —Yo me ocupo de eso.

    Leclerc, a quien le horrorizaba que le hicieran preguntas, respondió prudentemente, como si corriera un riesgo al contestar.

    —¿Y la mujer de Taylor? — La palabra «viuda» le parecía pedante—. ¿Se ocupa usted de ella?
    —Pensé que sería lo primero que podríamos hacer usted y yo esta mañana. Su nombre no está en el listín. Y los teléfonos son tan poco claros…
    —¿Usted y yo? — preguntó Avery—. ¿Es necesario que vayamos los dos?
    —¿No es usted mi ayudante?

    El despacho estaba demasiado silencioso. Avery echaba de menos el rumor de la circulación y los timbres de los teléfonos. Durante el día había gente, idas y venidas de los ordenanzas y el zumbido del pequeño montacargas del archivo. Tenía la impresión de que estaba solo con Leclerc, que faltaba una tercera persona. Nadie lograba hacerle tan consciente de su actitud, nadie como él poseía la habilidad de desintegrar una conversación. Hubiese querido que Leclerc le hubiera dado algo más que leer.

    —¿Ha oído usted hablar de la mujer de Taylor? — preguntó Leclerc—. ¿Es una especie de persona segura?

    Viendo que Avery no comprendía, continuó:

    —Podría colocarnos en una situación embarazosa, ¿comprende usted? Si a ella le da por eso. Tendremos que ir con mucho cuidado.
    —¿Qué piensa usted decirle?
    —Improvisaremos sobre el terreno. Como hacíamos durante la guerra. No está al corriente de nada, ¿comprende? Ni siquiera sabía que estaba en el extranjero.
    —Quizá se lo dijera él.
    —Taylor no. Taylor era de los de antes. Tenía sus instrucciones y conocía las reglas del juego. Es preciso que ella tenga una pensión, es lo esencial. Servicio activo.

    Hizo con la mano otro vivo y pequeño ademán.

    —¿Y los demás? ¿Qué va usted a decirles?
    —Me reuniré esta mañana con los jefes de sección. Por lo que se refiere al resto del Departamento, diremos que se trata de un accidente.
    —Tal vez sea la verdad —sugirió Avery.

    Leclerc sonrió de nuevo; la barra de acero de una sonrisa, como en una tremenda tribulación.

    —En cualquier caso, habremos dicho la verdad, y tendremos más oportunidad de recuperar la película.

    La calle seguía silenciosa, sin tránsito. Avery tenía hambre. Leclerc echó una ojeada a su reloj.

    —Está usted examinando el informe de Gorton —dijo Avery.

    Leclerc sacudió la cabeza y rozó ligeramente un expediente, como quien repasa un álbum favorito.

    —Aquí no hay nada. Lo he mirado y remirado todo. Hice ampliar a todos los tamaños las demás fotografías. La gente de Haldane ha estado día y noche con ello. No hemos avanzado nada.

    Sarah tenía razón: ayudarle a esperar.

    Leclerc dijo, y esto pareció de pronto ser el motivo mismo de su conversación:

    —Le he preparado a usted una breve entrevista con George Smiley en el Circus después de la conferencia de esta mañana. ¿Ha oído usted hablar de él?
    —No —respondió Avery mintiendo.

    Era un terreno muy delicado.

    —Fue uno de sus mejores hombres. Para algunos, el característico estilo del Circus, lo mejor en su clase. Dimitió, ¿sabe usted?, pero volvió luego. Cuestión de conciencia. Uno no sabe nunca si está o no está en el ajo. Ahora está un poco al margen. Dicen que bebe demasiado. Smiley se encarga de la carpeta de Europa del Norte. Puede darle instrucciones sobre la manera de entregar la película. Nuestro propio servicio está desorganizado ahora y no tenemos otro remedio: el Foreign Office no quiere conocernos. Después de la muerte de Taylor no puedo permitir que se pasee usted con eso en el bolsillo. ¿Qué sabe usted del Circus?

    La pregunta pudo haber sido hecha sobre mujeres, con desconfianza, como a un viejo sin experiencia.

    —No mucho —dijo Avery—. Lo que dicen por ahí.

    Leclerc se levantó y se dirigió a la ventana.

    —Son tipos muy curiosos. Los hay notables, claro está. Smiley fue muy bueno. Pero es un tramposo —dijo de pronto—. Sé que hace extraño emplear esta palabra a propósito de un servicio hermano, John. Pero la mentira es para él una segunda naturaleza. La mitad de ellos no saben siquiera cuándo dicen la verdad. — Inclinaba la cabeza a un lado y a otro para observar lo que se movía en la calle a punto de despertar—. ¡Qué tiempo más asqueroso! Entre nosotros, durante la guerra, hubo rivalidades, ¿sabe usted?
    —He oído decir algo de eso.
    —Pero ahora se acabó. No les envidio. Tienen más dinero y más personal que nosotros. Hacen un trabajo más importante. Sin embargo, dudo de que sean más fuertes que nosotros. Nada, por ejemplo, se puede comparar a nuestra Sección de Investigaciones. Nada.

    Avery tuvo de pronto la impresión de que Leclerc acababa de revelarle algo muy íntimo, un matrimonio frustrado o un acto deshonroso, y que ahora todo iba bien.

    —Cuando usted vea a Smiley, tal vez le haga preguntas a propósito de la operación. Quiero que usted no le diga nada, ¿comprende?, sino que se va a Finlandia y que acaso tenga una película para su entrega inmediata a Londres. Si insiste, dele a entender que se trata de algo así como entrenamiento. Es todo lo que está usted autorizado a decir. Todo lo demás, el informe de Gorton, y las operaciones futuras, nada de todo eso les concierne lo más mínimo. Se trata solamente de entrenamiento.
    —Comprendo. Pero debe estar al corriente sobre lo de Taylor, porque si el F. O. lo sabe…
    —Eso corre de mi cuenta. Y no vaya usted a creer que el Circus tiene un monopolio para enviar agentes. Nosotros tenemos los mismos derechos. Pero no los usamos a la buena de Dios.

    Había restablecido su personalidad.

    Avery contemplaba la delgada espalda de Leclerc recortándose sobre el cielo que se iluminaba fuera. «Un hombre excluido —pensó—, un hombre sin tarjeta.»

    —¿No se podría encender el fuego? — preguntó, saliendo al pasillo, donde Pine tenía un armario para los trapos y las escobas.

    Había leña y periódicos atrasados. Volvió y se arrodilló delante de la chimenea. Conservó los mejores fragmentos de tizones apagados haciendo pasar las cenizas a través de la parrilla, como hacía en su casa en Navidad.

    —Me pregunto si fue realmente sensato hacer que se encontraran en el aeropuerto —dijo.
    —Era urgente. Según el informe de Jimmy Gorton, era muy urgente. Lo es todavía. No tenemos un momento que perder.

    Avery acercó una cerilla al periódico y se quedó mirando cómo ardía. Cuando la madera hubo prendido, el humo ascendió en suaves volutas a su rostro, haciéndole llorar los ojos tras los lentes.

    —¿Cómo pudieron entonces averiguar el destino de Lansen?
    —Era un vuelo regular. Habría tenido que pedir autorización previa.

    Avery añadió un poco de carbón al fuego, se incorporó y fue a lavarse las manos en el lavabo del rincón, y luego se las secó con el pañuelo.

    —Le pediré inmediatamente a Pine que ponga una toalla —dijo Leclerc—. No tienen mucho que hacer y la mitad de nuestras molestias vienen de esto.
    —No tiene importancia. — Avery se guardó en el bolsillo el pañuelo mojado. Tuvo una sensación de frío en el muslo—. Tal vez ahora cambien las cosas —añadió sin ironía.
    —Estoy pensando en decirle a Pine que me arme una cama aquí. Una especie de sala de operaciones —anunció Leclerc prudentemente, como si Avery pudiera privarle de este placer—. Podría usted llamarme aquí esta noche desde Finlandia. Si ha recuperado la película, diga sencillamente que el asunto marcha.
    —¿Y si no?
    —Diga que no marcha.
    —Se presta a confusión —objetó Avery—. Quiero decir, si la comunicación es mala. «Marcha» y «No marcha».
    —Entonces diga que a ellos no les interesa. Diga algo negativo. Ya sabe usted lo que quiero decir.

    Avery recogió el cubo vacío de carbón.

    —Se lo llevaré a Pine.

    Pasó al cuarto de los trastos. Un empleado de la «Air Force» estaba amodorrado cerca de los teléfonos. Avery se dirigió hacia la escalera.

    —El jefe quiere un poco de carbón, Pine.

    El portero se levantó. Se puso en posición de firmes como hacía siempre que se le dirigía la palabra, firme al lado de su lecho.

    —Lo siento, señor. No puedo dejar la puerta.
    —¡Por Dios, Pine! Ya la vigilaré yo. Allí arriba se hiela uno.

    Pine tomó el cubo, se abrochó la chaqueta del uniforme y desapareció en el pasillo. En esta ocasión no se puso a silbar.

    —Me ha dicho también que le arme una cama en el despacho —dijo cuando Pine volvió—. Dígaselo usted al ordenanza cuando se despierte. ¡Ah!, y una toalla. Es necesario que haya una toalla en el lavabo.
    —Bien, señor. Es agradable ver que el viejo Departamento se pone en marcha.
    —¿Dónde puede uno desayunarse por aquí? ¿Hay algún sitio cerca?
    —Está el «Cadenas» —repuso Pine con tono vacilante—, pero no sé si le convendrá al jefe, señor. — Sonrió—. En otros tiempos había la cantina. Bocadillo y trago.

    Eran las siete menos cuarto.

    —¿A qué hora abre el «Cadenas»?
    —No sabría decírselo, señor.
    —Dígame, ¿conoce usted al señor Taylor?

    Había estado a punto de decir «conocía».

    —¡Oh!, sí, señor.
    —¿Ha visto usted alguna vez a su mujer?
    —No, señor.
    —¿Cómo es? ¿No tiene usted idea? ¿No ha oído nunca hablar de ella?
    —Realmente no podría decírselo, señor. Ha sido un desdichado asunto, señor.

    Avery lo miró con estupor. Se dijo que Leclerc se lo habría dicho, y subió. Más tarde o más temprano tendría que telefonear a Sarah.


    III


    Se desayunaron en cualquier parte. Leclerc se negó a ir al «Cadenas» y echaron a andar interminablemente hasta que descubrieron otro café, peor que el «Cadenas» y más caro.

    —El caso es que no me acuerdo bien de él —dijo Leclerc—. Es realmente ridículo. Creo que es un buen operador de radio. En todo caso, lo había sido en otro tiempo.

    Avery creyó que le hablaba de Taylor.

    —¿Qué edad me dijo usted que tenía?
    —Cuarenta y algo más. Es una buena edad. Polaco de Dantzig. Ya sabe usted que todos hablan alemán. No son tan insensatos como los verdaderos eslavos. Después de la guerra anduvo a la deriva un par de años. Luego decidió cambiar de vida y compró un garaje. Ha debido de ganar bastante dinero.
    —Entonces, no creo que…
    —Vamos. Estará encantado, o debería estarlo.

    Leclerc pagó la cuenta y la guardó. Al dejar el restaurante, dijo algo acerca de los gastos y de las notas de gastos que se entregan en Contabilidad.

    —También puede usted pedir dietas para cualquier trabajo por la noche, ya lo sabe. O por horas suplementarias. — Descendían por la calle—. Se ha pedido su plaza en el avión. Carol telefoneó desde su casa. Sería conveniente que le dieran un adelanto sobre sus gastos, está el traslado de sus restos y todo eso. Parece que eso es caro. Sería mejor que los expidiera por avión. Nosotros mismos practicaremos aquí la autopsia.
    —Jamás he visto un cadáver —dijo Avery.

    Estaban en una esquina de Kennington, buscando un taxi. Una fábrica de gas al otro lado de la calle, nada en éste: esa clase de lugar donde podían estar esperando todo el día.

    —Es preciso que sea usted muy discreto, John, acerca de nuestro envío de un agente. Nadie debe saberlo, ni siquiera en el Departamento; absolutamente nadie. He pensado que se llame Mayfly.
    —Muy bien.
    —Es muy delicado. Hay que calcular el momento. Estoy seguro de que chocaremos con cierta oposición, tanto dentro como fuera del Departamento.
    —¿Qué nombre utilizaré para mí? — preguntó Avery—. Todavía no sé…

    Un taxi, con la bandera levantada, pasó por delante de ellos sin detenerse.

    —¡Cerdo! — exclamó Leclerc—. ¿Por quiénes nos habrá tomado?
    —Sin duda vive por aquí. Va hacia el West End. Sí —continuó—, qué nombre.
    —Viajará usted Con su nombre verdadero. No veo que esto pueda plantear ningún problema. También puede utilizar su dirección. Diga que es editor. Al fin y al cabo, lo ha sido. El cónsul le explicará lo que sea. ¿Qué cosa le preocupa?
    —¡Oh…! Simplemente los detalles.

    Leclerc sonrió, saliendo de su ensoñación.

    —Le diré una cosa, una cosa que usted descubriría, además, sin ayuda de nadie. No dé nunca informaciones espontáneamente. La gente no espera que usted se lo explique. Después de todo, ¿qué hay que explicar? El terreno está preparado: el cónsul habrá recibido nuestro teletipo. Enseñe su pasaporte, y en cuanto a lo demás, siga su propia inspiración.
    —Lo intentaré —dijo Avery.
    —Tendrá usted éxito —dijo Leclerc con convicción, y ambos cambiaron una tímida sonrisa.
    —El aeropuerto, ¿está lejos de la ciudad? — preguntó Avery.
    —A unos cinco kilómetros. Comunica con las principales estaciones de esquí. Dios sabe lo que hará el cónsul durantes todo el día.
    —¿Y Helsinki?
    —Ya se lo dije: unos ciento cincuenta kilómetros. Tal vez más.

    Avery propuso tomar el autobús, pero Leclerc no quería hacer cola, de manera que siguieron esperando en la esquina de la calle. Se puso a hablar de los coches oficiales.

    —Es absolutamente ridículo —dijo—. En otro tiempo tuvimos nuestro parque y ahora sólo tenemos dos furgonetas y los del Tesoro no nos permiten pagar horas extraordinarias a los chóferes. ¿Cómo quiere usted que dirija un Departamento en esas condiciones?

    Acabaron por irse a pie. Leclerc tenía la dirección en la cabeza; consideraba punto de honor acordarse de esta clase de cosas. Avery se sentía incómodo caminando mucho rato a su lado, porque Leclerc tenía que ajustar sus pasos a los más largos de su compañero. Avery intentaba tenerlo en cuenta, pero a veces lo olvidaba y Leclerc, a su lado, daba incómodas zancadas, tambaleándose a cada paso. Caía una lluvia fina. Seguía haciendo mucho frío.

    Había momentos en que Avery sentía por Leclerc una ternura profunda y protectora. Leclerc poseía ese don indefinible de crear un sentimiento de culpabilidad, como si cuando se estaba con él se remplazara mezquinamente a un amigo ido. Alguien había estado con él y había partido; acaso todo el mundo, una generación. Alguien creyó en él y luego lo desautorizó, y si Avery algunas veces encontraba execrables sus manejos demasiado evidentes, si podía detestar sus manías, como un niño detesta los tics de su padre, o de su madre, un instante más tarde corría para protegerlo, cuidadoso y profundamente consciente de su responsabilidad. Más allá de todas las vicisitudes de sus relaciones, experimentaba cierto reconocimiento ante la idea de que era Leclerc quien lo había hecho. Así había nacido ese sólido afecto que no existe sino entre los débiles; cada uno se convertía en el modelo que el otro trataba de imitar.

    —Será una buena cosa —dijo de pronto Leclerc— que usted tome parte en la operación Mayfly.
    —Me gustaría.
    —Cuando vuelva.

    Habían encontrado la dirección en el plano: 34 de Roxburgh Gardens. Estaba por Kennington High Street. La calle no tardó en adquirir un aspecto menos elegante ni las casas en estar más juntas. Las luces de los faroles ardían con una llama amarilla y plana como lunas de papel.

    —Durante la guerra nos cedieron un hotel para el personal.
    —Tal vez vuelvan a hacerlo —sugirió Avery.
    —Hace ya veinte años que no hacía una gestión como ésta.
    —¿Iba usted solo en esa época? — preguntó Avery, y lo lamentó en seguida.

    ¡Era tan fácil hacer daño a Leclerc!

    —En aquellos tiempos era más sencillo. Podíamos decir que habían muerto por la patria. No teníamos que dar detalles a nadie; ninguno los esperaba.

    «De manera que teníamos—», pensó Avery. Iría con otro, uno de aquellos rostros risueños de las fotografías.

    —Entonces morían pilotos todos los días. Hacíamos vuelos de reconocimiento, ¿sabe?, lo mismo que operaciones especiales… A veces me avergüenzo: ni siquiera recuerdo los nombres. Eran tan jóvenes…

    Una trágica procesión de rostros horrorizados cruzó la mente de Avery: madres y padres, novias y esposas, e intentó imaginar a Leclerc en medio de ellos, con su aire ingenuo, pero seguro de sí, como un político en el lugar de una catástrofe.

    Se detuvieron en lo alto de una cuesta. Era un lugar siniestro. La calle descendía entre una hilera de casas sucias y sin huecos. Por encima de ellas se elevaba un único inmueble de pisos: Roxburgh Gardens. Una teoría de luces brillaba hasta las barnizadas tejas, dividiendo y subdividiendo en células toda la estructura. Era una gran construcción, muy fea en su género, el principio de un mundo nuevo y, a sus pies, las sombrías ruinas del antiguo: casas vacilantes, de mugriento aspecto, ante las cuales se movían rostros tristes que pasaban bajo la lluvia como pecios en un puerto olvidado.

    Leclerc había crispado los débiles puños. Estaba perfectamente inmóvil.

    —¿Es esto? — preguntó—. ¿Aquí vivía Taylor?
    —¿Por qué no? Forma parte de un proyecto, de una nueva urbanización.

    Y entonces Avery comprendió. Leclerc estaba avergonzado. Taylor lo había decepcionado terriblemente. No era aquélla la sociedad que ambos estaban encargados de proteger, aquellos barrios miserables con sus torres de Babel. Era algo que carecía de lugar en el concepto que Leclerc se hacía de las cosas. Pensar que un colaborador de Leclerc iba y venía cada día desde el aliento y el hedor de semejante sitio al santuario del Departamento… ¿Es que no tenía ningún dinero ni pensión alguna? ¿Acaso no había hecho algunas economías, como hicieron los demás, sencillamente cien o doscientas libras, para poder salir de aquella estrechez?

    —Esto no es peor que Blackfriars Road —dijo maquinalmente Avery para confortarle.
    —Todo el mundo sabe que en otros tiempos estuvimos en Baker Street —replicó Leclerc.

    Se dirigieron rápidamente hacia el inmueble, pasando ante escaparates abarrotados de trajes viejos y estufas oxidadas, todo ese triste montón de cosas inútiles que sólo compran los pobres. Había una cerería donde vendían velas, todas amarillentas y cubiertas de polvo, como los restos de una tumba.

    —¿Qué número? — preguntó Leclerc.
    —Dijo usted el treinta y cuatro.

    Se metieron por entre unas pesadas columnas toscamente adornadas de mosaico, siguieron unas flechas de plástico marcadas con unos números de color de rosa y se deslizaron entre hileras de coches viejos y vacíos para llegar por último a una entrada de cemento, ante la cual se amontonaban cajas de botellas de leche. No había puerta, sino unos cuantos escalones cubiertos por una alfombra de caucho que chirriaba al pisarla. Olía a cocina y a ese jabón líquido que se utiliza en los lavabos de los ferrocarriles. En la pared de estuco un cartel pintado a mano recomendaba silencio. En alguna parte funcionaba un aparato de radio. Subieron los dos pisos y se detuvieron ante una puerta verde, cuya mitad superior estaba encristalada. El número 34 estaba atornillado encima con caracteres de baquelita blanca. Leclerc se quitó el sombrero para enjugarse el sudor que perlaba sus sienes. Lo mismo hubiese podido hacer disponiéndose a entrar en la iglesia. Estaba lloviendo mucho más de lo que creían: sus abrigos estaban empapados. Apretó el botón del timbre. Avery, de pronto, tuvo miedo. Miró a Leclerc, pensando: «Es usted quien debe hacerlo, a usted le corresponde advertirla.»

    La música parecía haber alcanzado mayor volumen. Prestaron oído, al acecho de un ruido nuevo, pero no oyeron nada.

    —¿Por qué le dieron el nombre de Malherbe? — preguntó Avery bruscamente.

    Leclerc llamó de nuevo, y entonces oyeron los dos al tiempo. Un gemido a medio camino entre el sollozo de un niño y la queja de un gato, una especie de suspiro metálico, ahogado. Leclerc retrocedió un paso y Avery empuñó el picaporte de bronce que estaba sobre el buzón y lo dejó caer con fuerza. El eco se disipó lentamente y oyeron en el piso pasos ligeros y vacilantes. Se descorrió un cerrojo y funcionó una cerradura. Después oyeron de nuevo, más fuerte y más claro, el mismo gemido monótono. La puerta se entreabrió y Avery vio una niñita débil y pálida que no tendría más de diez años. Llevaba lentes de montura de acero, como Anthony. Sostenía en brazos una muñeca de miembros rosados estúpidamente separados, con ojos pintados que miraban fijamente entre dos franjas de algodón en hilachas. La boca, pintarrajeada de rojo, estaba abierta de par en par, y su cabeza colgaba a un lado como si estuviera rota o muerta. Era lo que se llama una «muñeca parlante», pero ninguna criatura viva emitía jamás sonidos semejantes.

    —¿Dónde está tu madre? — preguntó Leclerc con tono agresivo, atemorizado.
    —Está trabajando —dijo la niña sacudiendo la cabeza.
    —¿Quién se ocupa de ti entonces?

    Ella hablaba lentamente, como si pensara cada cosa.

    —Mamá volverá a la hora del té. Yo no puedo abrir la puerta.
    —¿Dónde está ella? ¿Adónde ha ido?
    —A trabajar.
    —¿Y quién te prepara el almuerzo? — insistió Leclerc.
    —¿Cómo?
    —Que quién te hace la comida —terció Avery, rápido.
    —La, señora Bradley. Cuando termina el colegio.

    Avery se decidió a preguntarle:

    —¿Dónde está tu padre?

    La niña sonrió llevándose un dedo a los labios.

    —Se ha ido en avión —dijo—. A buscar dinero. Pero no debo decirlo. Es un secreto.

    Los dos hombres permanecieron silenciosos.

    —Me traerá un regalo —añadió.
    —¿De dónde? — preguntó Avery.
    —Del Polo Norte, pero es un secreto. — Seguía con la mano en el pestillo de la cerradura—. Allí vive Papá Noel.
    —Dile a tu madre que han venido unos señores —dijo Avery—. Del despacho de tu papá. Volveremos a la hora del té.
    —Es muy importante —añadió Leclerc.

    La niña pareció tranquilizarse cuando supo que ellos conocían a su padre.

    —Está en un avión —repitió.

    Avery buscó en su bolsillo y le dio dos medias coronas, el dinero de su taxi de aquella mañana. La niña cerró la puerta y los plantó en medio de aquella escalera, con el aparato de radio que tocaba una música soñadora.


    IV


    Se detuvieron en la calle, sin mirarse. Leclerc dijo:

    —¿Por qué le ha preguntado eso sobre su padre? — Y como Avery no respondiera, añadió incongruentemente—: No es un oficio que le guste a la gente.

    A veces Leclerc parecía no oír ni sentir. Se dejaba llevar, a la espera de un sonido, como un hombre que, después de haber aprendido las notas, se encuentra incapacitado para la música. Esto le ocasionaba una profunda tristeza, algo así como la consternación del hombre que ha sido traicionado.

    —Me temo que no voy a poder volver aquí con usted esta tarde —dijo Avery suavemente—. Tal vez Bruce Woodford pueda acompañarle.
    —Bruce no me sirve —y añadió—: ¿Estará usted en la oficina a la hora de la reunión, a las diez cuarenta y cinco?
    —Quizá me vea obligado a marcharme antes de terminar, para pasar por el Circus, y hacer mi maleta. Sarah no se encuentra muy bien. Me quedaré en el despacho todo el tiempo posible. Lamento haber hecho esa pregunta, lo lamento vivamente.
    —Quiero que nadie sepa nada. Es preciso que hable primero a su madre. Tal vez haya una explicación. Taylor era hombre de experiencia. Conocía su oficio.
    —No hablaré. Se lo prometo. Ni de Mayfly.
    —Es preciso que le hable a Haldane de Mayfly. Hará objeciones, estoy seguro. Sí, esto es lo que se llama… toda la operación. La llamaremos Mayfly.

    Esta idea le consoló.

    Volvieron apresuradamente al despacho, no para trabajar, sino para encontrar en él un refugio. Por el anonimato que ofrecía, y del cual empezaba ya a sentir la necesidad.

    Su despacho estaba al lado del de Leclerc. Había, sobre la puerta, un letrero que decía: «Ayudante del director.» Dos años atrás, Leclerc había sido invitado a los Estados Unidos y la mención databa de su regreso. En el Departamento se designaba a los colaboradores según la función que desempeñaban. Avery era conocido sencillamente con la denominación «Oficina privada». Aunque Leclerc modificara el título cada semana, él no podía nada contra la jerga del despacho.

    A las once menos cuarto Woodford entró en la estancia. Avery lo suponía: una breve conversación antes de que la reunión comenzase, unas palabras de pasada sobre un tema que no figuraba formalmente en el orden del día.

    —¿De qué se trata, John?

    Encendió la pipa, echó hacia atrás su gruesa cabeza y apagó la cerilla haciendo un amplio ademán con la mano. En otro tiempo había sido profesor; era un atleta.

    —¿Me lo dice usted a mí?
    —Pobre Taylor.
    —Precisamente.
    —No me gusta precipitar las cosas —dijo, sentándose en el borde de la mesa, muy atareado todavía con su pipa—. No quiero precipitar las cosas, John —repitió—. Pero, por trágica que sea la muerte de Taylor, hay otro problema que es preciso tomar en consideración. — Se guardó la lata del tabaco en el bolsillo de su chaqueta de tonos verdes y dijo secamente—. El archivo.
    —Jurisdicción de Haldane. Investigación.
    —No tengo nada contra el viejo Adrian. Conoce su oficio. Trabajamos juntos desde hace veinte años.

    «Lo que quiere decir que tú también conoces tu oficio», pensó Avery.

    Woodford tenía la manía de acercarse cuando hablaba; adelantaba su fuerte hombro contra uno como un caballo se frota contra una valla. Se inclinó hacia delante y miró gravemente a Avery. Parecía decir que él era un hombre muy sencillo sumido en un mar de dudas, una persona honrada que tenía que elegir entre la amistad y el deber. Su traje era de una tela peluda, demasiado gruesa para mostrar las arrugas que formaban remolinos como si fuera una manta, con botones de cuero de marcadas aristas.

    —John, el archivo es un desastre. Lo sabe usted tan bien como yo. No se registran los documentos que llegan, y los ficheros no están al día. — Sacudió la cabeza con aire desesperado—. Desde mediados de octubre nos falta una póliza de embarque. Se ha esfumado en el aire.
    —Adrian Haldane ofició ya sobre este particular —afirmó Avery—. Todos somos responsables, no solamente Adrian. Es cierto que se pierden las cosas, pero ésta es la primera desde abril. Bruce. No creo que sea una marca tan mala, cuando tantos expedientes pasan por nuestras manos. Siempre he creído que el archivo era uno de los servicios que funcionaba mejor. Los expedientes son impecables. Parece que nuestro índice de la sección de Investigación es único. Todo esto depende de Adrian, ¿verdad? Pero si tanto le preocupa, ¿por qué no le habla usted mismo?
    —No, no. No es tan importante —respondió Woodford magnánimo.

    Carol entró con el té. Woodford se sirvió el suyo en una enorme taza de loza, señalada con sus iniciales como un adorno de azúcar. Al dejar la tetera, Carol observó:

    —Wilf Taylor ha muerto.
    —Desde la una estoy aquí para ocuparme de eso —dijo Avery con descaro—. Hemos trabajado toda la noche.
    —El director está muy disgustado —dijo ella.
    —¿Qué aspecto tiene su mujer, Carol?

    Era una joven que se vestía muy bien, un poco más alta que Sarah.

    —Nadie la conoce.

    Salió y Woodford la siguió con los ojos. Se quitó la pipa de entre los dientes y sonrió. Avery presintió que iba a hacer una frase a propósito de dormir con Carol, y de pronto se hartó.

    —¿Fue su mujer quien hizo esa taza, Bruce? — preguntó con rapidez—. Parece que es una excelente ceramista.
    —También ha hecho la tetera —dijo Woodford.

    Empezó a hablar de las clases a que asistía y lo divertidas que eran, y cómo la moda de la cerámica se había extendido en Wimbledon, y que su mujer estaba encantada.

    Eran cerca de las once. Oyeron a los demás reunirse en el pasillo.

    —Será mejor ir a ver si está listo —dijo Avery—. Hace ocho horas que está trabajando como una muía.

    Woodford tomó su taza y bebió un trago de té.

    —Si tiene usted ocasión, John, háblele al jefe del asunto del archivo. No quiero plantear la cuestión delante de todo el mundo. Adrian se está saliendo del tiesto.
    —El director está muy ocupado en estos momentos, Bruce.
    —Claro.
    —Ya sabe usted que le molesta mezclarse en los asuntos de Haldane. — En el momento de abrir la puerta de su despacho, se volvió a Woodford y le preguntó—: ¿Recuerda usted a un tal Malherbe, que estuvo en el Departamento?

    Woodford se quedó de una pieza.

    —¡Caray, sí! Un tipo joven como usted. Fue durante la guerra. ¡Dios mío! — Y con tono grave, que no era habitual en él, continuó—: No mencione ese nombre delante del jefe. La muerte del joven Malherbe le impresionó mucho. Era uno de sus pilotos especiales. Los dos se apreciaban mucho.

    Durante el día el despacho de Leclerc no tenía ese aire tan siniestro de las habitaciones temporalmente ocupadas. Se tenía la impresión de que su ocupante lo había tomado precipitadamente, impulsado por la urgencia, sin saber cuánto tiempo iba a quedarse allí. Los mapas se amontonaban en la mesa de caballete, no tres o cuatro, sino docenas, algunos a gran escala para poder identificar las calles y las casas. Fragmentos de teletipo, pegados a tiras sobre papel de color de rosa, colgaban en haces de una pizarra, sujetados por una gruesa pinza, como galeradas que esperaban ser corregidas. En un rincón había un catre de tijera con una colcha. Una toalla limpia colgada junto al lavabo. La mesa era nueva, de acero gris, una mesa de modelo oficial. Las paredes estaban mugrientas. Aquí y allá, la pintura de color crema estaba desconchada y dejaba al descubierto una capa de color verde oscuro. Era una habitación pequeña y cuadrada, con lavabo y cortinas de las facilitadas por el Ministerio de Obras Públicas. Hubo una violenta discusión a propósito de las cortinas y a propósito de la asimilación del grado de Leclerc a determinado cargo de la típica burocracia estatal. Según creía Avery, aquélla fue la única ocasión en que Leclerc hizo un esfuerzo para luchar contra el desorden de la habitación. El fuego estaba casi apagado. A veces, cuando hacía mucho viento, el fuego se negaba a prender, y durante todo el día, desde su despacho contiguo, Avery oía caer el hollín de la chimenea.

    Avery los miró entrar: Woodford primero, después Sandford, Dennison y MacCulloch. Todos estaban enterados de lo ocurrido a Taylor. Era fácil imaginar la noticia circulando por todo el Departamento; no a base de grandes titulares, pero de todos modos era una noticia que causaría cierta sensación, que se acogería con placer, que pasaría de despacho en despacho y que rompería un poco la monotonía de la jornada: esto les proporcionaba un momento de optimismo, como si se tratara de una subida de sueldos. Observaron a Leclerc, lo observaron como los presos a su carcelero. Conocían por instinto sus costumbres y esperaban verle romper con ellas. No había empleado ni empleada del Departamento que ignorase que habían sido convocados en medio de la noche y que Leclerc dormía en su despacho.

    Se instalaron en torno a la mesa, dejando sus tazas ante ellos, ruidosamente, como niños en el refectorio. Leclerc presidía, los demás a su derecha e izquierda y en el extremo una silla vacía. Entró Haldane, y Avery, en cuanto lo vio, comprendió que la reunión sería una lucha de Leclerc contra Haldane. Mirando la silla vacía, el recién llegado dijo:

    —Veo que no tendré más remedio que sentarme en la corriente de aire.

    Avery se levantó, pero Haldane ya se había sentado.

    —No se moleste, Avery. De todas maneras soy un enfermo.

    Tosió como tosía todas las noches. Al parecer, ni siquiera el verano le era favorable: tosía en todas las estaciones.

    Los demás, incómodos, se miraron las manos. Woodford tomó una galleta. Haldane echó una ojeada al fuego.

    —¿Eso es todo lo que puede proporcionarnos el Ministerio de Obras Públicas? — preguntó.
    —Es la lluvia —explicó Avery—. La lluvia dificulta el tiraje. Pine ha hecho lo que ha podido, pero todo sigue igual.
    —Ya.

    Haldane era un hombre muy delgado, de largos dedos nerviosos; un hombre encerrado en sí mismo, de movimientos lentos, pero de rostro móvil. Comenzaba a quedarse calvo, y era seco, quisquilloso y frugal. Parecía considerarse por encima de todo y de todos, atento únicamente a su propio horario y no siguiendo sino sus propios consejos. Tenía la pasión de los crucigramas y era un entusiasta de las acuarelas del siglo xix.

    Carol entró con expedientes y mapas que dejó sobre la mesa de Leclerc, la cual, por contraste con el resto de la habitación, estaba limpia y ordenada. En un silencio embarazoso esperaron que ella hubiese salido. Cuando la puerta estuvo debidamente cerrada, Leclerc pasó una mano vacilante sobre sus cabellos castaños como si no los reconociese muy bien.

    —Han matado a Taylor. Ahora ya lo saben todos ustedes. Lo mataron la pasada noche en Finlandia, cuando viajaba con nombre supuesto. — Avery observó que no citaba el nombre de Malherbe—. No conocemos los detalles. Parece haber sido atropellado por un coche. He dicho a Carol que dijera que se trata de un accidente. ¿Está claro?
    —Sí —dijeron—; está muy claro.
    —Había ido a buscar una película que debía enviar… a un contacto… en Escandinavia. Ustedes ya saben lo que quiero decir. Normalmente, no utilizamos correo para las misiones de carácter operacional, pero esta vez era un caso distinto, algo completamente especial. Creo que Adrian será de mi parecer en este punto.

    Hizo un pequeño ademán con las manos abiertas, liberando las muñecas de las mangas, las palmas y los dedos juntos, verticalmente: parecía gozar por obtener el apoyo de Haldane.

    —¿Especial? — repitió Haldane lentamente. Tenía una voz frágil y seca que se parecía a él, una voz cultivada, sin énfasis y sin afectación, una voz envidiable—. Era diferente, sí. Tanto más cuanto que Taylor está muerto. Jamás hubiésemos debido utilizarlo, jamás —observó calmosamente—. Hemos infringido uno de los principios básicos de los trabajos de investigación. Nos hemos servido de un hombre que actuaba a la descubierta en una acción clandestina. Y no es que tengamos ahora una clandestinidad muy acusada…
    —¿Les parece que dejemos este juicio a nuestros superiores? — propuso Leclerc con tono falsamente humilde—. De todos modos convendrán ustedes que el Ministerio nos apremia cada día para que le proporcionemos resultados concretos. — Se volvió a los que estaban a su izquierda, y luego a los de su derecha, como si fueran accionistas en un consejo de administración—. Ya es tiempo de que ustedes conozcan todos los detalles. Compréndanme: se trata de un asunto que debe mantenerse rigurosamente secreto. Propongo que sólo sean puestos al corriente los jefes de las secciones. Hasta ahora. Adrian Haldane y uno o dos de sus colaboradores de la Investigación son los únicos que han sido informados. Así como John Avery, porque es mi ayudante. He de subrayar que nuestros colegas lo ignoran todo. Ahora hemos tomado otras disposiciones. La operación ha recibido el nombre clave de Mayfly. — Hablaba con voz seca, precisa—. Hay un expediente sobre la operación en curso que cada día, al final de la jornada, me será entregado personalmente, o se entregará a Carol si yo no estoy. Hay también un ejemplar de archivo. Éste es el sistema que utilizábamos durante la guerra y creo que todos ustedes lo conocen. Es el que adoptaremos en lo sucesivo. Yo añadiré el nombre de Carol a la lista de los colaboradores que pueden tener acceso a él.

    Woodford señaló a Avery con el tubo de su pipa, sacudiendo la cabeza. Eso no tenía ningún sentido para el joven John; John no conocía el sistema. Sandford, que estaba sentado junto a Avery, se lo explicó. El ejemplar de archivo se guardaba en el cuarto de los documentos cifrados. Estaba prohibido por el reglamento sacarlo de allí. Todos los nuevos documentos eran registrados en el expediente en cuanto quedaban listos. Y la lista de suscripción era la de las personas autorizadas a leer el expediente. No se permitían los alfileres; los papeles habían de estar cosidos. Los demás escuchaban con aire complaciente.

    Sandford era la Administración. Un hombre de aire paternal que llevaba lentes de montura de oro y llegaba a la oficina en motocicleta. Leclerc había protestado una vez, sin motivo particular, y él la aparcaba ahora en la calle, frente al hospital.

    —Ahora —dijo Leclerc—, por lo que se refiere a la operación…

    La fina línea de sus manos juntas cortaba en dos su rostro radiante. Sólo Haldane no le miraba: tenía los ojos fijos en la ventana. Afuera la lluvia caía suavemente sobre las casas como un chubasco de primavera en un valle sombrío.

    Leclerc se levantó de pronto y se dirigió a un mapa de Europa que había pegado en la pared. Tenía unas banderitas clavadas encima. Levantado el brazo y puesto de puntillas para alcanzar las regiones septentrionales, declaró:

    —Tenemos pequeños conflictos con los alemanes. — Hubo algunas risas—. En la región al sur de Rostock; una población llamada Kalkstadt, exactamente aquí. — Su dedo siguió la costa báltica del Schleswig—Holstein, continuó hacia el Este y se detuvo a cuatro o cinco kilómetros al sur de Rostock—. En resumen, tenemos tres indicios que dejan suponer (no puedo decir que demuestren) que se está montando ahí algo importante en materia de instalaciones militares.

    Se volvió para ponerse frente a ellos. Se quedaría ante el mapa y les explicaría la situación de todo eso, para demostrarles que tenía todos los hechos en la memoria y que no eran necesarios los papeles que había sobre la mesa.

    —La primera indicación nos llegó hace exactamente un mes, cuando recibimos un informe de nuestro representante en Hamburgo, Jimmy Gorton.

    Woodford sonrió: «¡Dios mío!, ¿de manera que el viejo Jimmy continuaba al pie del cañón?»

    —Un refugiado de la Alemania Oriental cruzó la frontera cerca de Lübeck: pasó el río a nado. Un empleado de ferrocarriles de Kalkstadt. Se presentó en nuestro Consulado y nos propuso vendernos información sobre una nueva base de cohetes instalada cerca de Rostock. Inútil decirles que en el Consulado lo mandaron al diantre. Como el Foreign Office no nos permite utilizar la valija diplomática, no se puede contar con ellos —añadió con una pálida sonrisa— para ayudarnos a comprar informaciones militares. — Un murmullo de aprobación acogió esta broma—. Sin embargo, por una casualidad afortunada, Gorton tuvo noticia de este asunto y luego se dirigió a Flensburg para tratar de ver a ese hombre.

    Woodford no pudo evitar la intervención: ¿Flensburg? ¿Acaso no era el mismo sitio en que en el año 41 localizaron unos submarinos alemanes? Flensburg fue un buen golpe.

    Leclerc dedicó a Woodford un pequeño e indulgente movimiento de cabeza, como si también a él le divirtiera ese recuerdo.

    —El infeliz se había dirigido a todos los organismos aliados de Alemania del Norte, pero nadie quiso escucharle. Jimmy Gorton charló con él. — Leclerc tenía una manera de contar las cosas que daba a entender que Gorton era el único hombre inteligente entre una multitud de imbéciles. Se dirigió a su mesa, tomó un cigarrillo de la caja de plata, lo encendió, tomó un expediente marcado con una gran cruz roja y lo dejó sin ruido sobre la mesa, delante de los demás—. Éste es el informe de Jimmy —dijo—. Es un trabajo de primera calidad. — El cigarrillo, entre sus dedos, parecía muy largo—. El desertor —añadió no se sabe por qué— se llamaba Fritsche.
    —¿Desertor? — preguntó Haldane—. Ese hombre es un simple refugiado sin importancia, un ferroviario. Por lo general no se suele hablar de deserción en casos como éste.
    —Es que no sólo es ferroviario —respondió Leclerc, a la defensiva—. Es un poco mecánico y otro poco fotógrafo.

    MacCulloch abrió el expediente y comenzó a hojearlo metódicamente. Sandford lo observaba a través de sus gafas, de montura de oro.

    —El día uno o el dos de setiembre (no lo sabemos exactamente, porque él no logra recordarlo) trabajaba su turno en el depósito de carbón de la estación de Kalkstadt. Como uno de sus camaradas estaba enfermo, lo sustituía y tenía que trabajar desde las seis hasta el mediodía, para volver a empezar a las cuatro y terminar a las diez de la noche. Cuando se presentó en el puesto había allí, a la entrada de la estación, una docena de vopos, la Policía popular de la Alemania Oriental. Estaba prohibido el tráfico de viajeros. Examinaron su documentación, consultando una lista, y le dijeron que no tenía que acercarse para nada a los depósitos del lado este —de la estación. Le dijeron —añadió Leclerc lentamente— que si pasaba por allá se exponía a que le pegaran un tiro.

    Este detalle les impresionó. Woodford consideró que era característico de los alemanes.

    —Nuestro hombre es un tipejo raro. Parece que discutió con ellos. Les dijo que era tan de fiar como cualquiera de ellos, que era un buen alemán y miembro del partido. Les mostró su carnet del sindicato, la foto de su mujer y Dios sabe qué cosas más. Claro está que esto no le sirvió de nada. Le dijeron que se limitara a respetar las consignas y a no aventurarse por donde estaban los tinglados. Pero debió de captarse su simpatía, porque cuando se preparaban la sopa a las diez le llamaron para ofrecerle un plato. Mientras se tomaba la sopa les preguntó qué sucedía. Eran desconfiados, pero él se dio cuenta de que estaban excitados. Entonces ocurrió algo. Algo muy importante. — Leclerc hizo una pausa y continuó—. Uno de los policías más jóvenes dijo que fuera lo que fuese lo que hubiera en los tinglados, bastaría para hacer desaparecer en dos horas a los norteamericanos de la Alemania Occidental. En ese momento entró el oficial y les ordenó que volvieran a su trabajo.

    Haldane comenzó a toser, una tos profunda y desesperada, como un eco en una vieja cripta.

    —El oficial —preguntó alguien— ¿era alemán o ruso?
    —Alemán. Éste es el punto más interesante. No había ningún ruso en aquellos lugares. Haldane intervino secamente:
    —El refugiado no vio ninguno. Es todo lo que sabemos. Seamos exactos.

    Volvió a toser. Resultaba muy irritante.

    —Como usted quiera. El caso es que volvió a su casa para almorzar. Estaba trastornado por haber tenido que soportar que le dieran órdenes en su propia estación unos mocosos que jugaban a soldados. Bebió algunos vasos de schnaps y se puso a pensar en el tinglado del Este… Adrian, si la tos le molesta… —Haldane sacudió la cabeza—. Recordó que el lado norte del tinglado estaba junto a un viejo depósito de material y que había en el tabique un sistema de ventilación a base de postigos. Se le ocurrió la idea de echar una ojeada para ver lo que había en aquel tinglado. Era como devolverles la jugada a los soldados.

    Woodford se echó a reír.

    —El caso es que luego decidió ir más lejos y fotografiar lo que hubiera.
    —Debía de estar loco —observó Haldane—. Considero que esta parte no se puede admitir.
    —Loco o cuerdo, es lo que decidió hacer. Estaba furioso porque no les había merecido confianza. Estimaba tener el derecho a saber lo que había en el tinglado. — Leclerc se tomó un descanso y se refugió en los detalles técnicos—. Tenía una cámara del modelo «Exa—Dos» réflex de objetivo único, fabricada en la Alemania Oriental. No es una gran máquina, ni siquiera buena, pero se le pueden adaptar todos los objetivos «Exakta». Naturalmente, no tiene toda la gama de velocidades de la «Exakta». — Miró con aire interrogador a los técnicos, Dennison y MacCulloch—. ¿Digo bien, señores? — preguntó—. Rectifíquenme si me equivoco. — Los dos rieron con una sonrisa hipócrita, porque no había nada que rectificar—. Tenía un buen objetivo de gran angular. La dificultad era la luz. No volvía a trabajar hasta las cuatro. En ese momento comenzaría a anochecer y habría menos luz en el tinglado. Tenía un rollo de película «Agfa» rápida que guardaba para una ocasión solemne, película de 27 Din. Decidió utilizarla.

    Se interrumpió, más para subrayar el efecto que para darle tiempo a hacer preguntas.

    —¿Por qué no esperó a la mañana siguiente? — preguntó Haldane.
    —En el informe —continuó Leclerc tranquilamente— encontrará usted una relación muy completa, redactada por Gorton, de la manera como el hombre se introdujo en el almacén del material, se subió a un barril de aceite y tomó sus fotografías a través de la boca de ventilación. No voy a repetir ahora todo eso. Utilizó la mayor abertura del diafragma, 2,8, variando las velocidades de un cuarto de segundo a dos segundos. Afortunado ejemplo de la minuciosidad alemana. — Nadie se rió—. Naturalmente, las velocidades estaban calculadas a salga lo que saliere. Había calculado un segundo como tiempo de exposición. Sólo las tres últimas fotografías muestran alguna cosa. Véanlas.

    Leclerc abrió el cajón de acero de su mesa y sacó de él un juego de fotografías de treinta por veintitrés centímetros. Sonreía levemente, como un hombre que ve su imagen en un espejo. Acercáronse todos, excepto Haldane y Avery, que ya las habían visto.

    Allí había algo, era evidente.

    Se podía verlo hasta de una ojeada, algo oculto en una sombra que parecía disiparse, pero mirando con atención, las tinieblas se cerraban y la forma desaparecía. Sin embargo, había algo: la forma confusa de un cañón, pero puntiagudo y demasiado largo para una cureña: se sospechaba la presencia de un automotor, el vago reflejo de lo que hubiera podido ser una plataforma.

    —Naturalmente, debieron camuflarlos —comentó Leclerc, observando con esperanza sus rostros, acechando una expresión de optimismo.

    Avery miró su reloj. Eran las once y veinte.

    —Tendré que marcharme pronto, señor —dijo. Todavía no había telefoneado a Sarah—. He de ver al contable para recoger mi billete de avión.
    —Quédese diez minutos más —rogó Leclerc.

    Haldane preguntó:

    —¿Dónde va?
    —A ocuparse de Taylor —repuso Leclerc—. Pero primero tiene que ir al Circus.
    —¿Cómo, ocuparse de él? Taylor está muerto.

    Hubo un silencio incómodo.

    —Usted sabe perfectamente que Taylor viajaba con nombre supuesto. Es preciso que alguien recupere sus efectos personales, encontrar la película. Avery se va como su más próximo pariente. El Ministerio ya ha dado su aprobación; no sabía que tuviera necesidad de la de ustedes.
    —¿Para reclamar el cuerpo?
    —Para recoger la película —replicó Leclerc molesto.
    —Ésa es una misión operacional. Avery no está entrenado.
    —Durante la guerra los hubo más jóvenes que él. Es lo suficientemente mayor para desenvolverse.
    —Pues Taylor no supo. ¿Qué hará cuando tenga la película? ¿La traerá metida en su neceser?
    —¿Les parece que dejemos las discusiones para más tarde? — propuso Leclerc, dirigiéndose una vez más a los otros, con una sonrisa paciente, como si considerase que no había que disgustar al viejo Adrian—. Esto era todo de lo que disponíamos hasta hace diez días. Entonces tuvimos la segunda indicación. La región en torno a Kalkstadt había sido declarada zona prohibida. — Hubo un murmullo de interés—. En un radio, en la medida en que nos fue posible establecerlo, de treinta kilómetros. Completamente aislado, cerrado a toda circulación. Se enviaron allí guardias de frontera. — Dirigió en torno a la mesa una mirada circular—. Informé entonces al ministro. No les puedo revelar a ustedes todos los detalles. Pero permítanme que les cite uno.

    Pronunció rápidamente la última frase, echándose hacia atrás los cortos mechones de cabellos grises que caían por encima de sus orejas.

    Se había olvidado a Haldane.

    —Lo que nos intrigó al principio —e hizo un movimiento con la cabeza en dirección a Haldane, ademán conciliador en un momento de victoria, pero Haldane se mostró indiferente— fue la ausencia de tropas soviéticas. Tienen unidades en Rostock, Witmar y Schwerin. — Su dedo iba señalando entre las banderas—. Pero ninguna, y esto ha sido confirmado por otros servicios, ninguna en los alrededores inmediatos a Kalkstadt. Si allí hay armas, armas de una extraordinaria potencia destructora, ¿por qué no hay tropas soviéticas?

    MacCulloch ofreció una explicación: ¿no podría haber técnicos soviéticos de paisano?

    —Lo considero poco probable. — Y sonrió con modestia—. En casos análogos en que se transportaban armas tácticas siempre identificamos, por lo menos, una unidad soviética. Además, hace cinco semanas, se vieron efectivamente tropas rusas en Gusweiler, un poco más al Sur. — Volvió al mapa—. Tenían reservado alojamiento para una noche en una taberna. Algunos llevaban las insignias de Artillería, otros no llevaban ninguna. Se dirigieron hacia el Sur muy temprano al día siguiente por la mañana. Podría deducirse que habían reunido algo, que lo habían dejado en su sitio correspondiente y que se habían marchado.

    Woodford comenzaba a ponerse nervioso. ¿Qué significaba todo eso?, preguntó. ¿Qué pensaban en el Ministerio? Woodford carecía de paciencia ante los enigmas.

    Leclerc volvió a adoptar su tono académico. Tenía algo de intimidador, como si los hechos fueran los hechos y no tuvieran réplica.

    —La sección de Investigación ha efectuado un magnífico trabajo. La longitud total del objeto que se distingue en estas fotografías, se puede calcular con bastante exactitud, es igual a la longitud de un cohete soviético de alcance medio. Según las informaciones de que disponemos actualmente —dijo golpeando ligeramente sobre el mapa con el puño, de tal modo que se balanceó un poco—, el Ministerio considera posible que nos encontremos ante misiles soviéticos bajo el control de los alemanes de la zona Este. La Investigación —se apresuró a añadir— no va tan lejos. Si la opinión del Ministerio se confirma, es decir, si tienen razón, nos encontraríamos —era su gran momento— ante una especie de nueva Cuba, pero con la diferencia —y se esforzó en adoptar un tono modesto, desprendido—, de ser más peligrosa.

    Ya eran suyos.

    —Fue entonces —explicó Leclerc— cuando el Ministerio creyó poder justificar la autorización de un vuelo. Como ustedes saben, desde hace cuatro años, el Departamento ha visto limitada su actividad a la obtención de fotografías aéreas sobre los itinerarios civiles o militares, exclusivamente ortodoxos. Y también para esto era precisa la autorización del Foreign Office. — Adoptó un aire soñador—. Es realmente una lástima. — Su mirada pareció buscar algo que no existía en la habitación. Los demás no apartaban de él los ojos, esperando que continuara—. Por una vez el Ministerio ha autorizado una excepción a esta regla, y tengo el placer de comunicarles que ha sido confiada a nuestro Departamento la tarea de dar forma a la operación. Hemos elegido el mejor piloto que pudimos encontrar en nuestras fichas: Lansen. — Alguien levantó los ojos sorprendido; jamás se utilizaban así los nombres de los agentes—. Mediante retribución, Lansen aceptó desviarse de la ruta en un vuelo de línea regular. Düsseldorf—Finlandia. Se envió a Taylor para que le entregara la película. Murió cerca del campo de aviación. Parece ser que se trata de un accidente de carretera.

    Afuera se oía el ruido de los coches que pasaban bajo la lluvia, como un estrujamiento de papel en el viento. El fuego se había apagado; no quedaba más que el humo, suspendido como un velo por encima de la mesa.

    Sandford había levantado la mano. ¿Qué clase de cohete era el que se había localizado?

    —Un «Sandal», de alcance medio. Investigación me ha dicho que lo mostraron al público por primera vez en la Plaza Roja en noviembre del sesenta y dos. Desde entonces ha adquirido cierta notoriedad: el cohete «Sandal» es el que los rusos instalaron en Cuba. El «Sandal» es también… —ojeada a Woodford— el descendiente directo de la V2 alemana de la última guerra.

    Fue a buscar otras fotografías en su mesa y las extendió sobre la del té.

    —He aquí una fotografía del cohete «Sandal» tomada por la sección de Investigación. Me han dicho que se distingue por lo que se llama una falda ancha —señaló la base del cohete— y por pequeñas aletas. Mide aproximadamente doce metros desde la base a la punta del cono. Si observan con atención la fotografía verán unos garfios de enganche (precisamente aquí) que mantienen en su sitio la cubierta protectora. Por una ironía del destino no existe fotografía del cohete «Sandal» bajo su cubierta. Quizá los americanos la posean, pero por el momento no me parece oportuno pedírsela. Woodford reaccionó en seguida.
    —Por supuesto que no —dijo.
    —El ministro consideraba que no debíamos alarmarlos prematuramente. Basta sugerir a los americanos la presencia de cohetes para que se produzca la reacción más espectacular. En un abrir y cerrar de ojos enviaría U2 por encima de Rostock. — Animado por las risas, Leclerc prosiguió—: El ministro ha subrayado otro punto que creo poder revelar a ustedes. El país más directamente amenazado por esos cohetes (tienen un alcance de mil trescientos kilómetros) podría muy bien ser el nuestro. No, evidentemente, los Estados Unidos. Desde el punto de vista político escogeríamos un mal momento para refugiarnos en el regazo de los americanos. Después de todo, como ha dicho el ministro, todavía tenemos uno o dos buenos dientes.

    Haldane dijo con tono sarcástico: «Encantador concepto», y Avery se volvió hacia él con toda la cólera que había reprimido.

    —Creo que usted podría decir algo mejor que eso —dijo.

    Y estuvo a punto de añadir: «Tenga un poco de consideración.»


    La mirada glacial de Haldane se detuvo un momento sobre Avery, luego lo dejó.

    Alguien preguntó qué era conveniente hacer en seguida, si Avery no encontraba la película de Taylor. ¿Y si la película no existía? ¿Se podría organizar otro vuelo?

    —No —respondió Leclerc—. Ni hablar de un nuevo vuelo. Resultaría demasiado expuesto. Habremos de pensar en otra cosa.

    No parecía inclinado a continuar, pero Haldane dijo:

    —¿Qué, por ejemplo?
    —Tal vez enviar allí a un agente. Ésta parece ser la única solución.
    —¿Nuestro Departamento? — preguntó Haldane, incrédulo—. ¿Enviar a un hombre allí? El Ministerio nos toleraría jamás cosa semejante. Sin duda quiere usted decir que lo solicitará del Circus.
    —Ya les he explicado la situación. En fin, Adrian, no me dirá usted que no podemos hacerlo nosotros mismos. — Dirigió en torno a la mesa una mirada suplicante—. Cada uno de nosotros, salvo el joven Avery, lleva en el oficio veinte años o más. Usted mismo ha olvidado más acerca de los agentes que la mitad de los agentes del Circus supieron jamás.
    —¡Bravo, bravo! — exclamó Woodford.
    —Mire su sección. Adrian; mire la Investigación. Por lo menos en media docena de ocasiones a lo largo de los últimos cinco años, los del Circus se dirigieron a usted, le pidieron consejo y utilizaron sus métodos y su talento. Día llegará en que harán lo mismo con respecto a los agentes. El Ministerio nos autorizó un vuelo. ¿Por qué no ha de autorizarnos un agente?
    —Habló usted de un tercer indicio. Yo no lo veo. ¿Cuál era?
    —La muerte de Taylor —dijo Leclerc.

    Avery se levantó, saludó a todos con la cabeza y se dirigió de puntillas hacia la puerta. Haldane lo miró irse.


    V


    Sobre su mesa había una nota de Carol: «Ha telefoneado su esposa.»

    Pasó a su despacho y la encontró sentada ante la máquina de escribir, pero no tecleaba.

    —No hablaría usted así del pobre Wilf Taylor —dijo ella—, si lo hubiese conocido mejor.
    —¿Hablar cómo? No he dicho de él ni una sola palabra.

    Creyó que debía consolarla porque, a veces, había entre ellos cierto contacto. Pensó que acaso ella estuviese esperando ahora algo semejante.

    Se inclinó hasta el momento en que sintió las puntas de sus cabellos rozarle la mejilla. Inclinó tanto la cabeza que sus sienes se tocaron y sintió que la piel de la joven se desplazaba ligeramente sobre el hueso. Permanecieron así un momento. Carol sentada muy erguida, mirando con fijeza ante sí, las manos abiertas a cada lado de la máquina de escribir, y Avery inclinado en una posición incómoda. Él pensó pasar la mano bajo su brazo para tocarle el pecho, pero no lo hizo. Ambos se apartaron suavemente, se separaron y se encontraron solos. Avery se incorporó.

    —Su mujer ha telefoneado —dijo ella—. Le dije que estaba usted en una reunión. Quiere hablarle urgentemente.
    —Gracias. Tengo que largarme.
    —John, ¿qué ocurre? ¿Qué es esa historia a propósito del Circus? ¿Qué está tramando Leclerc?
    —Creí que usted lo sabía. Dijo que iba a poner su nombre en la lista.
    —No me refiero a eso. ¿Por qué sigue mintiéndoles? Ha dictado una nota a Control a propósito de un ejercicio de entrenamiento y de su marcha de usted al extranjero. Pine ha traído el mensaje. Leclerc ha hecho un mundo a propósito de la pensión. Quiero decir la pensión de la señora Taylor. Busca precedentes y no sé cuántas cosas más. Hasta la solicitud de pensión es ultrasecreta. Está a punto de construir otro de sus castillos de naipes, lo sé, John. Por ejemplo, ¿quién es Leiser?
    —Oficialmente, no debe saberlo. Es un agente, un polaco.
    —¿Y trabaja para los del Circus?

    Ella cambió de táctica.

    —Y usted ¿por qué se va? Ésta es otra cosa que no comprendo. Además, ¿por qué Taylor fue allí? Si el Circus tiene sus propios correos en Finlandia, ¿por qué no hemos podido utilizarlos por las buenas? ¿Por qué haber enviado al pobre Taylor? Incluso ahora, los del F. O. podrían también arreglar las cosas. Estoy convencida. Pero no quiere darles la ocasión. Quiere que vaya usted.
    —No comprende usted las cosas —dijo Avery secamente.

    Fue a ver al contable, luego tomó un taxi hasta el Circus. Leclerc le había dicho que podía hacer una nota de gastos de todo eso. Estaba furioso porque Sarah había intentado dar con él en un momento semejante. Le había dicho que nunca le telefoneara al Departamento. Leclerc consideraba que era peligroso.


    —¿Qué estudió usted en Oxford? Porque estuvo en Oxford, ¿verdad? — preguntó Smiley ofreciéndole un cigarrillo, un cigarrillo más bien pocho de un paquete de diez.
    —Lenguas —dijo Avery, tanteando sus bolsillos en busca de las cerillas—. Alemán e italiano. — Y como Smiley no dijera nada, concretó—: Alemán principalmente.

    Smiley era un hombrecillo nervioso, de dedos más bien gruesos, y maneras furtivas y vagas que daban la impresión de que nunca se sentía cómodo. La verdad es que Avery había esperado hallarse ante cualquier clase de tipo, excepto con el que tenía delante.

    —Bien, bien. — Smiley asentía para sí mismo con la cabeza, un auténtico comentario privado—. Creo que se trata de un correo en Helsinki. Y usted va a recoger una película. Dentro de un ejercicio de entrenamiento.
    —Sí.
    —Es una petición en extremo muy poco frecuente. ¿Está usted seguro…? ¿Conoce usted el tamaño exacto de la película?
    —No.

    Hubo un largo silencio.

    —Debería usted conseguir esa información —dijo Smiley con tono caritativo—. Quiero decir que el correo pudo querer ocultar la película, ¿comprende?
    —Lo lamento.
    —Bueno, no tiene importancia.

    Avery se acordaba de Oxford, cuando leía sus ejercicios ante el profesor.

    —Tal vez —dijo Smiley pensativo— haya algo que pueda decirle a usted. Estoy seguro de que Leclerc ya lo sabe a través de Control. Queremos darle a usted toda la ayuda posible… Absolutamente toda la ayuda posible. Hubo una época —continuó pensativo, con ese tono curiosamente indeciso que parecía caracterizar todas sus conversaciones— en que nuestros servicios eran rivales. Esto me pareció siempre muy desagradable. Y me pregunto si no podría usted darme algunos datos, muy pocos… Control tiene un vivo deseo de ayudarle. Nos sentiríamos desolados si cometiéramos un error por ignorancia.
    —Se trata de un ejercicio de entrenamiento. De pontifical. Yo tampoco sé gran cosa.
    —Quisiéramos ayudarle —repitió sencillamente Smiley—. ¿Dónde se encuentra su objetivo, su objetivo ficticio?
    —Lo ignoro. En esto yo represento sólo un papel insignificante. Es un ejercicio de entrenamiento.
    —Si se trata de entrenamiento, ¿a qué viene un secreto tan grande?
    —Bueno… Alemania —concluyó Avery.
    —Gracias.

    Smiley parecía cohibido. Miró sus manos cruzadas sobre la mesa ante él. Preguntó a Avery si seguía lloviendo.

    Avery le respondió que desgraciadamente.

    —He sentido mucho lo de Taylor —dijo.

    Avery comentó que era un buen sujeto.

    —¿Sabe a qué hora tendrá usted la película? ¿Esta noche? ¿Mañana? Según creo, Leclerc suponía que esta noche.
    —No lo sé. Depende de cómo vayan las cosas. Por el momento no puedo decir nada.
    —No. — Hubo un largo silencio injustificado. Es como un viejo, se dijo Avery, olvida que no está sólo—. No, hay muchos imponderables. ¿Ya hizo usted antes este tipo de misiones?
    —Una o dos veces.

    De nuevo Smiley guardó silencio, sin parecer prestarle atención.

    —¿Cómo van los de Blackfriars Road? ¿Conoce usted a Haldane? — preguntó Smiley.

    Parecía tenerle sin cuidado la respuesta.

    —Ahora está en Investigación.
    —Naturalmente. Una inteligencia brillante. Sepa usted que el personal de Investigación, la de ustedes, goza de una reputación muy grande. Nosotros mismos les hemos consultado más de una vez. Haldane y yo habíamos sido condiscípulos en Oxford. Además, durante la guerra, trabajamos juntos algún tiempo. Estudiante de Humanidades. Después, nos hubiera gustado tenerlo aquí. Pero creo que los médicos estaban un poco preocupados por sus pulmones.
    —No he oído hablar de eso.
    —¿De veras? — Smiley frunció el ceño cómicamente sorprendido—. En Helsinki hay un hotel que se llama «Príncipe de Dinamarca». Frente a la estación principal. ¿Lo conoce tal vez?
    —No. Jamás estuve en Helsinki.
    —¡No me diga! — Smiley lo observó con inquietud—. Es una historia muy extraña. Dígame, ese Taylor… ¿También era cosa de entrenamiento?
    —No lo sé. Pero encontraré el hotel —dijo Avery con un matiz de impaciencia.
    —A la entrada venden revistas y postales. Sólo hay una entrada. — Hubiérase dicho que hablaba de la casa vecina—. Y flores. Creo que la mejor solución para usted sería ir a ese hotel en cuanto haya recibido la película. Pida a la florista que envíe una docena de rosas rojas a la señora Avery en el «Hotel Imperial» de Torquay. Quizá baste media docena. No hay necesidad de malgastar dinero, ¿verdad? Allí son caras las flores. Viaja usted con su propio nombre, ¿no es eso?
    —Sí.
    —¿Tiene usted alguna razón particular? No pretendo ser curioso —se apresuró a añadir—, pero la vida es tan corta… Quiero decir, antes de que se la soplen a uno.
    —Creo que se necesita mucho tiempo para conseguir un pasaporte falso. El Foreign Office…

    No debió haber contestado. Debió decirle que se cuidara de sus propios asuntos.

    —Perdóneme —dijo Smiley, frunciendo el ceño como dándose cuenta de que había cometido una falta de tacto—. Sepa, no obstante, que siempre puede dirigirse a nosotros. Quiero decir para el pasaporte. — Quería mostrarse amable—. No tiene usted sino que mandar flores. Al abandonar el hotel ponga su reloj en hora con el del vestíbulo. Media hora después regrese al hotel. Un chófer de taxi le reconocerá y le abrirá la puerta de su coche. Suba, dé una vuelta y entréguele la película. ¡Oh!, páguele, por favor. Solamente el precio de la carrera. ¡Es tan fácil olvidar los pequeños detalles! ¿De qué clase de entrenamiento se trata exactamente?
    —¿Y si no tengo la película?
    —En ese caso no haga nada. No vaya al hotel. No vaya ni siquiera a Helsinki. No se ocupe de nada.

    Avery se dijo que las instrucciones que le habían dado eran notablemente precisas.

    —Dígame, cuando estudiaba alemán, ¿estudió por casualidad los autores del siglo xvii? — preguntó Smiley con tono cordial, mientras Avery se levantaba para despedirse—. Gryphius. Lohenstein, esa gente…
    —Era un tema especial. Desgraciadamente no tuve ocasión de estudiarlo.
    —Especial —murmuró Smiley—. ¡Qué palabra tan ridícula! Creo que querían decir que no figuraba en el programa; es una noción totalmente impertinente.

    Cuando llegaron ante la puerta del despacho, dijo:

    —¿Lleva usted un portadocumentos, una cartera?
    —Sí.
    —Cuando tenga la película, métasela en el bolsillo —aconsejó—, y lleve la cartera en la mano. Si le siguen se inclinarán a vigilar la cartera. Es lo natural. Si usted se contenta con dejarla caer en alguna parte tal vez traten más bien de recuperarla. No creo que los finlandeses sean gente muy sofisticada. Claro está que esto que digo es un consejo que le doy de pasada, para su entrenamiento. Pero no se preocupe. A mi entender es un error fiarse demasiado de la técnica.

    Acompañó a Avery hasta la puerta y luego siguió andando pesadamente por el pasillo hasta el despacho de Control.


    Avery subió la escalera, preguntándose cómo reaccionaría Sarah. Después de todo lamentaba no haberle telefoneado, porque le horrorizaba encontrarla en la cocina y con los juguetes de Anthony esparcidos por la alfombra del salón. Nunca salía bien eso de presentarse de improviso en su casa. Ella se asustaba como si él hubiese cometido alguna acción espantosa.

    No tenía llave. Sarah estaba siempre en casa. Él no le conocía amistades de ninguna clase, nunca iba a tomar café a ningún sitio ni tampoco iba sola de tiendas. No parecía dotada para distraerse por su cuenta.

    Tocó el timbre y Avery oyó «mamá, mamá», y permaneció a la escucha de sus pasos. La cocina estaba al extremo del pasillo, pero esta vez llegó ella del dormitorio, silenciosamente, como si anduviera descalza.

    Abrió la puerta sin mirarlo. Llevaba un camisón de algodón y una chaqueta de punto.

    —¡Señor, pues no tardaste poco en venir! — dijo girando sobre sus talones y dirigiéndose con pasos vacilantes a la alcoba—. ¿Algo va mal? — le preguntó por encima del hombro—. ¿Han matado a otro?
    —¿Qué te ocurre, Sarah? ¿No te encuentras bien?

    Anthony corría por entre sus piernas, gritando porque su padre había vuelto. Sarah volvió a acostarse.

    —He telefoneado al médico. No sé qué puede ser eso —dijo, como si la enfermedad no tuviera nada que ver con ella.
    —¿Tienes fiebre?

    Había colocado en el suelo, a su alcance, una jofaina con agua fría y una toalla del cuarto de baño. Avery la retorció, la empapó y se la puso en la frente. Ella le dijo:

    —Tendrás que despabilarte. Sospecho que esto no será tan apasionante como el espionaje. ¿No vas a preguntarme qué marcha mal?
    —¿Cuándo vendrá el médico?
    —Tiene operaciones hasta las doce. Creo que vendrá en seguida.

    Avery se fue a la cocina y Anthony le siguió pisándole los talones. La vajilla del desayuno estaba todavía sobre la mesa. Telefoneó a su madre en Reigate y le pidió que viniera en seguida.

    Era casi la una cuando llegó el médico. Dictaminó fiebre. Tal vez el principio de una infección.

    Avery creyó que ella iba a echarse a llorar cuando le anunció que se iba de viaje. Acogió la noticia sin decir nada, reflexionó un momento y le aconsejó que fuera a hacerse la maleta.

    —¿Es importante? — preguntó de pronto.
    —Naturalmente. Mucho.
    —¿Para quién?
    —Para ti. Para mí. Creo que para todos nosotros.
    —¿Y para Leclerc?
    —Ya te lo he dicho. Para todos nosotros.

    Prometió a Anthony que le traería alguna cosa.

    —¿Dónde vas? — preguntó Anthony.
    —En avión.
    —¿A dónde?

    Iba a decir que se trataba de un secreto cuando se acordó de la hija de Taylor.

    Besó a Sarah, se llevó la maleta al vestíbulo, abrió la puerta y la dejó sobre el felpudo. Por indicación de Sarah había hecho colocar dos cerrojos en la puerta y habían de manejarse al unísono. Le oyó decir:

    —¿También es peligroso?
    —No lo sé. Sólo puedo decirte que es muy importante.
    —¿Estás realmente seguro?
    —Escucha —respondió él con tono desesperado—, ¿hasta dónde puedo creer que debo enterarme? No es una cuestión de política, ¿comprendes? Se trata de hechos. No me crees, ¿verdad? ¿No puedes decirme, por una sola vez en la vida, que estoy obrando como debo? — Entró en el dormitorio, llevado por su razonamiento. Ella tenía un libro de bolsillo ante los ojos y aparentaba estar leyendo—. Estamos obligados, ¿sabes?, estamos obligados a trazar un círculo en torno de nuestra vida privada. De nada sirve que estés preguntándome constantemente: «¿Estás seguro?» Es tanto como preguntarme si vamos a tener hijos, si debiéramos habernos casado. No tiene sentido.
    —¡Pobre John! — dijo ella dejando el libro para mirarle—. Servir lealmente sin tener fe. Es muy duro para ti.

    Dijo esto con una total ausencia de pasión, como si acabase de identificar una lacra social. El beso le pareció algo que traicionaba sus ideales.


    Haldane esperó a que el último de ellos hubiera dejado la habitación. Había llegado el último y se iría el último. Nunca se mezclaba con la multitud.

    —¿Por qué me hace eso? — preguntó Leclerc.

    Hablaba como un actor agotado después de la representación. Los mapas y las fotografías se amontonaban sobre la mesa, así como las tazas vacías y los ceniceros.

    Haldane no contestó.

    —¿Qué intenta probar, Adrian?
    —¿Qué ha dicho usted de enviar allí un hombre?

    Leclerc se acercó al lavabo y se llenó un vaso de agua.

    —No le preocupa Avery, ¿verdad? — preguntó.
    —Es joven. Empieza a fastidiarme ese niño culto.
    —Tengo seca la garganta de tanto hablar. ¿No quiere usted un poco? Le irá bien para la tos.
    —¿Qué edad tiene Gorton?

    Haldane aceptó el vaso, bebió largamente y lo devolvió.

    —Cincuenta.
    —Bastantes más. Tiene nuestra edad. Era de nuestra edad durante la guerra.
    —Estas cosas se olvidan. Sí, debe de tener cincuenta y cinco o cincuenta y seis.
    —¿Es de plantilla? — preguntó Haldane.

    Leclerc sacudió la cabeza.

    —No reúne los requisitos —dijo—. Dejó la carrera. Después de la guerra pasó a la Comisión de Control. Cuando aquello dejó de funcionar quiso quedarse en Alemania. Creo que su mujer es alemana. Vino a vernos y le firmamos un contrato. Nunca hubiéramos podido permitirnos fijarnos en él si no figuraba en la plantilla. — Bebió un trago de agua, delicadamente, como una jovencita—. Hace diez años disponíamos de diez hombres en activo. Hoy tenemos nueve. Ni siquiera tetemos correos propios, por no hablar de los clandestinos. Todos lo sabían esta mañana. ¿Por qué no dijeron nada?
    —¿Con qué frecuencia envía informes sobre los refugiados?
    —No veo todo lo que manda —dijo Leclerc encogiéndose de hombros—. Pero la gente de su sección debe saberlo, Haldane. Sin embargo, creo que el mercado se ha restringido bastante. Como han cerrado la frontera de Berlín…
    —Solamente me pasan los informes que tienen cierto interés. Éste debe de ser el primero que he visto procedente de Hamburgo, desde hace un año. Siempre creí que ese hombre tenía también otro trabajo.

    Leclerc movió la cabeza. Haldane preguntó:

    —¿Cuándo ha de ser renovado su contrato?
    —No lo sé. Realmente no sé nada.
    —Supongo que debe de estar muy preocupado. ¿Se le concederá alguna gratificación cuando se retire?
    —Se trata de un contrato para tres años. Nada de gratificaciones. Ni extras. Naturalmente, si lo necesitamos, puede continuar hasta después de haber cumplido los sesenta. Es la ventaja del interino.
    —¿Cuándo fue renovado su contrato por última vez?
    —Sería mejor preguntárselo a Carol. Tal vez fuera hace un par de años. O quizá más.
    —¿Habla usted de enviar un hombre allí? — preguntó Haldane.
    —Volveré a ver al ministro esta tarde.
    —Ya ha enviado usted a Avery. No debiera haberlo enviado, y usted lo sabe.
    —Alguien tenía que ir. ¿Pretende usted que pida ayuda al Circus?
    —Avery no era del todo conveniente —observó Haldane.

    La lluvia se deslizaba por los canalones y trazaba grises churretes en los cristales sucios. Parecía que Leclerc deseaba que Haldane hablase, pero Haldane no tenía nada que decir.

    —Todavía no sé lo que el ministro piensa de la muerte de Taylor Me lo preguntará esta tarde y le daré mi parecer. Claro está que todos estamos trabajando a ciegas. — Su voz recobró la anterior firmeza—. Pero tal vez me encargue, es casi una certidumbre, Adrian, tal vez me ordene que envíe un hombre.
    —¿Y bien?
    —Supongamos que yo le pido a usted que formemos una sección de operaciones, que procedamos a la investigación, preparemos papeles y equipo. Si yo le pido a usted encontrar el agente, entrenarlo y dirigirlo… ¿Lo hará usted?
    —¿Sin decírselo al Circus?
    —No en detalle. Podemos necesitar su ayuda de vez en cuando. Esto no quiere decir que nos veamos obligados a contarle la historia de pe a pa. Aquí entra la cuestión de seguridad: lo que necesiten saber.
    —Entonces, ¿sin el Circus?
    —¿Por qué no?

    Haldane movió la cabeza.

    —Parece que éste no es nuestro trabajo. No estamos equipados, eso es todo. Confíe el asunto al Circus y echémosle una mano por lo que se refiere a la cuestión militar. Confíe en alguien con experiencia, un tipo como Smiley o como Leamas…
    —Leamas murió.
    —Bueno, como Smiley entonces.
    —Smiley está acabado.

    Haldane enrojeció.

    —Entonces Guillam o cualquier otro. Un verdadero profesional. Hoy día tienen una buena cuadra. Vaya a ver a Control y deje que se encargue del asunto.
    —No —dijo Leclerc con tono firme, dejando el vaso sobre la mesa—. No, Adrian. Está usted en el Departamento desde hace tanto tiempo como yo y conoce nuestras consignas: Tomar todas las medidas necesarias (es lo que dicen las instrucciones), todas las medidas necesarias para recoger, analizar y verificar las informaciones militares en las regiones en que los recursos militares convencionales no lo permitan. — Iba marcando las palabras moviendo su pequeño puño—. ¿Cómo cree usted que conseguí la autorización para sobrevolar aquel área?
    —Bueno —concedió Haldane—. Tenemos nuestro código. Las cosas van a cambiar. Hoy se juega otro juego. En otro tiempo fuimos lo mejor de lo mejor: lanchas neumáticas para una noche sin luna; un avión enemigo capturado; emisoras de radio en territorio ocupado, y todo lo demás. Usted lo sabe tan bien como yo; lo hemos hecho juntos. Pero las cosas cambian. Ya no es la misma guerra, ya no se lucha de la misma forma. En el Ministerio lo saben perfectamente. Y no se fíe usted demasiado del Circus —añadió—; no cuente con el espíritu caritativo de esa gente.

    Cambiaron una mirada de sorpresa y hubo entre ellos un instante de breve complicidad. Leclerc afirmó con voz que apenas era un susurro:

    —Empezó con lo de las redes, ¿se acuerda? ¿Recuerda cómo el Circus se los fue tragando uno tras otro? El Ministerio decía: «Corremos el peligro de duplicar lo de Polonia, Leclerc. He decidido que Control se ocupe de Polonia.» ¿Cuándo fue eso? En julio del cuarenta y ocho. Y cada año ha sido lo mismo. ¿Por qué cree usted que protegen su sección de Investigación? No por sus magníficos expedientes. Nos han puesto allí donde querían que estuviéramos, ¿comprende? ¡Somos satélites! Servicios no operacionales. Es una manera de meternos en el cuarto de los trastos viejos. ¿Sabe usted cómo nos llaman hoy en White Hall? Los chicos del favor y la gracia.

    Hubo un largo silencio.

    —Yo soy un teórico —dijo Haldane—, no un hombre de acción.
    —Lo fue usted en otro tiempo. Adrian.
    —Entonces lo fuimos todos.
    —Conoce usted el objetivo. Conoce todo el expediente. Usted es el único. Utilice a quien quiera: Avery, Woodford, el que a usted le parezca.
    —Ya no estamos acostumbrados a la gente. Quiero decir que ya no sabemos utilizarla. — Haldane parecía ahora extrañamente poco seguro de sí mismo—. Soy la Investigación. Trabajo en los expedientes.
    —No hemos tenido nada mejor que darle a usted hasta ahora. ¿Cuánto hace de eso? Veinte años.
    —¿Sabe lo que representa una base de lanzamiento de cohetes? — preguntó Haldane—. ¿Se imagina usted el jaleo que supone? Necesitan rampas de lanzamiento, protectores, edificios de control, zanjas para cables; son imprescindibles refugios de hormigón para las cabezas explosivas, gigantescos remolques para las cisternas móviles de carburantes y oxidantes. Todo esto es previo a la instalación. Los cohetes no se los saca uno de la manga. Todo ese tinglado se mueve como una caravana de feriantes. Habríamos tenido antes otros indicios, o si no el Circus. En cuanto a la muerte de Taylor…
    —¡Por favor, Adrian! ¿Usted cree que la Investigación es un conjunto de verdades filosóficas inquebrantables? ¿Es que cada sacerdote tiene que demostrar que Cristo nació en Navidad? — Había inclinado hacia delante su pequeña cabeza, como si intentase arrancar de Haldane algo cuya presencia parecía advertir—. No es posible reducirlo todo a ecuaciones. Adrian. Nosotros no somos profesores, sino funcionarios. Hemos de considerar las cosas según se nos presentan. Tratamos con gentes, con situaciones.
    —Bien, hablemos de hechos: si atravesó el río a nado, ¿cómo protegió la película? ¿Cómo tomó realmente esas fotos? ¿Cómo no existe el menor indicio de que la cámara se moviera? Había bebido, estaba de puntillas. Recuerde usted que, según él, el tiempo de exposición era muy largo: eran poses. — Haldane parecía tener miedo, no de Leclerc, ni de la operación, sino de sí mismo—. ¿Por qué entregó gratuitamente a Gorton lo que antes había ofrecido a otros por dinero? ¿Por qué arriesgar la piel para fotografiar eso? He enviado a Gorton una lista de preguntas. Está buscando a ese hombre. — Su mirada se posó en la maqueta del bombardero y sobre los expedientes que llenaban la mesa de Leclerc—. Se acuerda usted de Peenemünde, ¿verdad? Usted cree que eso puede ser como Peenemünde.
    —No me ha dicho usted todavía lo que hará si me dan esas instrucciones.
    —No se las darán nunca. Jamás, jamás. — Hablaba con tono categórico, casi triunfante—. Estamos muertos, ¿no lo ha comprendido aún? Usted mismo lo ha dicho. Lo que ellos quieren es que continuemos durmiendo, no que vayamos a la guerra. — Se levantó—. De manera que esto no tiene importancia. En el fondo se trata de una discusión puramente académica. ¿Cree usted de veras que Control le ayudaría?
    —Han aceptado proporcionarnos un correo.
    —Sí, esto me parece muy extraño. Haldane se detuvo ante una fotografía cerca de la puerta.
    —Éste es Malherbe, ¿verdad? El muchacho que murió. ¿Por qué eligió usted ese nombre?
    —No lo sé. Me pasó por la cabeza. A veces la memoria nos juega esas pasadas.
    —No debió usted haber enviado a Avery. No podemos utilizarlo en una misión como ésa.
    —Consulté el fichero ayer noche. Tenemos al hombre para ese trabajo. Quiero decir el agente que enviar. — Enardecido, añadió—: Un experto operador de radio. Habla alemán, soltero.

    Haldane no decía nada.

    —¿Qué edad? — preguntó por último.
    —Cuarenta años. Un poco más tal vez.
    —Debió de haber sido muy joven.
    —Fue un golpe magnífico. Se dejó agarrar en Holanda y se escapó.
    —¿Cómo lo agarraron?

    Una pausa apenas perceptible.

    —No figura en el expediente.
    —¿Inteligente?
    —Parece muy apto.

    Un nuevo silencio.

    —También puede decirse de mí. Veremos lo que nos trae Avery.
    —Veremos lo que dice el Ministerio.

    Leclerc esperó a que el ruido de las toses hubiese desaparecido en el pasillo y entonces se puso el abrigo. Decidió ir a dar una vuelta, tomar un poco el aire antes de almorzar en su club. Pediría lo mejor que tuviesen. Se preguntó qué sería; con los años aquello había bajado bastante. Después de almorzar iría a ver a la viuda de Taylor. Luego, al Ministerio.


    Woodford dijo a su mujer, con quien estaba almorzando en «Gorringe’s»:

    —El joven Avery ha partido para su primera misión. Clarkie lo ha enviado. Seguramente saldrá con bien.
    —Quizá vaya también a hacerse matar —dijo ella malévolamente. El médico le había prohibido beber—. Después de esto no tendrás más remedio que organizar un baile. ¡Dios, será una fiesta por todo lo alto! ¡Vengan al baile de Black Friars! — Su labio inferior temblaba—. ¿Por qué los jóvenes son siempre tan extraordinariamente estupendos? Nosotros éramos jóvenes, ¿verdad? ¡Cristo, todavía lo somos! ¿Qué nos sucede? No podemos esperar a hacernos viejos, ¿verdad? No podemos…
    —Está bien, Babs —dijo él y temía que ella iba a llorar.


    VI
    Despegue


    Sentado en el avión, Avery recordaba el día en que Haldane no compareció en el despacho. Era precisamente un primero de mes, seguramente de julio, y Haldane no se presentó a trabajar. Avery lo supo cuando Woodford le llamó por el teléfono interior para prevenirle. Avery dijo que sin duda estaría enfermo o que lo habrían retenido asuntos personales. Pero Woodford se había mostrado categórico. Había estado en el despacho de Leclerc y mirado la relación de permisos; Haldane no empezaría sus vacaciones hasta agosto.

    —Telefonee a su casa, John, telefonee a su casa —le había dicho—. Hable con su mujer. Intente saber lo que le ha sucedido.

    Avery estaba tan estupefacto que no supo qué decir; los dos habían estado trabajando juntos desde hacía veinte años y sabía que Haldane era soltero.

    —Encuéntrelo donde sea —había insistido Woodford—. Vaya usted, se lo ordeno. Telefonee a su casa.

    Y él había llamado. Hubiera podido decirle a Woodford que lo hiciera él mismo, pero no tuvo valor. Le contestó la hermana de Haldane. Haldane estaba en cama con los pulmones enfermos. Le había negado a su hermana el número del teléfono del Departamento. La mirada de Avery se fijó distraídamente en el calendario que tenía delante y comprendió entonces por qué Woodford estaba tan agitado: era el principio de un trimestre. Haldane podía haber conseguido una nueva ocupación y abandonar el Departamento sin decir nada a Woodford. Uno o dos días más tarde, cuando volvió Haldane, Woodford se mostró extraordinariamente cordial con él, haciendo heroicamente oídos sordos a sus sarcasmos. Le estaba agradecido por haber vuelto. Durante algún tiempo después de esto, Avery tuvo miedo. Se había quebrantado su fe en el Departamento y se puso a examinar más atentamente el objeto en el que la había colocado.

    Observó que todos ellos se atribuían mutuamente cualidades legendarias; era una especie de conspiración en la que todos, salvo Haldane, participaban. Leclerc, por ejemplo, raras veces presentaba a Avery a alguien del Ministerio de que dependían, sin hacerle un poco de publicidad. «Avery es la más brillante de nuestras jóvenes estrellas.» O si se trataba de hombres de jerarquía y edad superior: «John es mi memoria. Pregúntenle a John.» Por la misma razón se perdonaban alegremente sus errores, porque no se atrevían a creer, en su propio interés, que en el Departamento había lugar para los imbéciles. Reconocían que encontraban allí un refugio lejos de las complejidades de la vida moderna, un lugar donde las fronteras existían todavía. Para quienes servían allí, el Departamento tenía un aspecto casi religioso. Como monjes, lo dotaban de una identidad mística, que no tenía relación alguna con el grupo de pecadores vacilantes que componían sus efectivos. Si con cinismo podían hablar entre ellos de sus cualidades respectivas, si podían alardear de cierto desprecio con respecto a sus preocupaciones jerárquicas, su fe en el Departamento ardía en una capilla aparte y le daban el nombre de patriotismo.

    Miraba el mar que se oscurecía a sus pies, la luz fría del sol cada vez más oblicua sobre las olas, y todos estos pensamientos le henchían de amor el corazón. Woodford, con su pipa y sus maneras sencillas, se integraba en esa secreta selección a la cual Avery pertenecía ahora. Y Haldane, Haldane sobre todo, con sus crucigramas y sus excentricidades, hallaba entre ellos su lugar: era intelectual, irreductible, irritante y altivo. Avery lamentaba haber sido brusco con Haldane. Consideraba a Dennison y MacCulloch como técnicos sin rival, hombres silenciosos que apenas hablaban en las reuniones, pero infatigables y que, a fin de cuentas, siempre tenían razón. Estaba muy agradecido a Leclerc, profundamente agradecido por haberle concedido el privilegio de conocer a esos hombres y de haberle confiado aquella misión apasionante. Le estaba agradecido por haberle dado la ocasión de progresar, de dejar las incertidumbres del pasado para adquirir experiencia y madurez, para hacerse un hombre igual que los demás, templado en el fuego de la guerra. Le estaba agradecido por la precisión de sus consignas, que imponían un orden a la anarquía de sus impulsos. Pensaba que cuando Anthony fuera mayor podría llevarlo, también él, por aquellos pasillos polvorientos para presentarle al viejo Pine, quien, con lágrimas en los ojos, se levantaría y estrecharía cordialmente la pequeña mano del niño.

    Era una escena en la cual Sarah no representaba ningún papel.

    Avery tanteó una punta del largo sobre que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Contenía su dinero: doscientas libras en un sobre azul con la corona gubernamental. Había oído contar que durante la guerra los agentes cosían estas cosas en el forro de sus trajes, y lamentaba que no le hubieran hecho lo mismo. Sabía que era pueril, y sonrió al advertir que se entregaba a tales ensoñaciones.

    Recordaba a Smiley, al Smiley de unas horas antes, y, vistas las cosas a distancia, Smiley le atemorizaba un poco. Y se acordó de la niña que les había abierto la puerta de la casa de Taylor. Un hombre debía endurecerse, no podía ser un sentimental.


    —Su marido ha hecho un excelente trabajo —decía Leclerc—. No puedo darle detalles, pero estoy convencido de que murió valerosamente.

    Ella tenía la boca manchada, desagradable. Leclerc no había visto nunca llorar a nadie de aquella forma; era como una herida que no quiere cerrarse.

    —¿Qué quiere decir con eso de que murió valerosamente? — dijo ella enjugándose los ojos—. Ya no estamos en guerra. Se acabaron ya todas esas grandes frases. Ha muerto —dijo— estúpidamente. — Y ocultó el rostro en el brazo doblado, sin fuerzas sobre la mesa del comedor, como un muñeco abandonado.

    La niña la miraba desde un rincón de la habitación.

    —Creo —dijo Leclerc— que usted me autorizará a solicitar una pensión. Déjelo en nuestras manos. Cuanto antes nos ocupemos de eso será mejor. Una pensión —dijo como si se tratara de una máxima del Departamento— puede cambiar mucho las cosas.


    El cónsul le esperaba junto con el funcionario de la Oficina de Inmigración. Avanzó sonriente, representando su papel.

    —¿Es usted Avery? — preguntó.

    Avery tenía ante sí un hombre alto, tocado con un sombrero de fieltro gris y vistiendo un abrigo oscuro; un hombre de aire severo y rostro colorado. Cambiaron un apretón de manos.

    —¿Es usted el cónsul británico, el señor Sutherland?
    —Cónsul de Su Majestad, en efecto —respondió con tono un poco seco—. No es exactamente lo mismo, como usted sabe. — Tenía acento escocés—. ¿Cómo ha sabido usted mi nombre?

    Juntos se dirigieron hacia la entrada principal. Todo era muy sencillo. Avery se fijó en la muchacha que estaba detrás del mostrador de recepción: rubia y muy bonita.

    —Es muy amable por su parte haber venido hasta aquí —dijo Avery.
    —Está apenas a cinco kilómetros de la ciudad —dijo, y ambos entraron en el coche—. Lo mataron justamente ahí, en la carretera —dijo Sutherland—. ¿Quiere usted ver el lugar?
    —No estará de más. Para contárselo a mi madre.

    Llevaba corbata negra.

    —Usted se llama Avery, ¿verdad?
    —Naturalmente. Ya vio usted mi pasaporte a la llegada.

    A Sutherland no le gustó la respuesta, y Avery lamentó haberla dado. El cónsul puso el motor en marcha. Iban a colocarse en medio de la calzada cuando un «Citroën» hizo una brusca maniobra y los adelantó.

    —¡Imbécil! — exclamó Sutherland—. Las carreteras están como pistas de hielo. Seguro que es uno de esos pilotos. No tiene ni idea de la velocidad que lleva.

    Pudieron ver una gorra de visera dibujándose detrás del parabrisas mientras el coche aceleraba en la larga carretera que atravesaba las dunas, proyectando detrás una pequeña nube de nieve.

    —¿De dónde viene usted? — preguntó el cónsul.
    —De Londres.

    Sutherland señaló discretamente con el dedo.

    —Ahí murió su hermano. En esa cuesta, al borde del talud. La Policía supone que el conductor estaría borracho. Aquí, ¿sabe usted?, son muy severos con la gente que conduce en estado de embriaguez.

    Había dicho esto como advertencia. Avery contemplaba la llana extensión de la campiña nevada a uno y otro lado de la carretera e imaginaba al inglés Taylor avanzando solo, penosamente, con los ojos llenos de lágrimas por el frío.

    —Iremos a la Comisaría en seguida —dijo Sutherland—. Nos esperan. Le darán toda clase de detalles. ¿Tiene reservada alguna habitación en la ciudad?
    —No.

    Cuando llegaron a lo alto de la cuesta, dijo con una forzada deferencia:

    —Si quiere usted apearse… Fue exactamente ahí.
    —No, gracias. Está bien.

    Sutherland aceleró un poco, como si quisiera dejar rápidamente aquel lugar.

    —Su hermano se dirigía a pie al hotel. El «Regina», que está aquí cerca. No había taxis. — Cuando descendían por el otro lado, Avery vio las luces de un hotel, situado en el valle—. Realmente no está lejos —observó Sutherland—. Hubiese tardado un cuarto de hora. Ni siquiera eso. ¿Dónde vive su madre?

    La pregunta pilló por sorpresa a Avery.

    —En Woodbridge, en Suffolk.

    Había allí elecciones parciales, y aunque no le interesaba nada la política fue el primer nombre que le vino a la memoria.

    —¿Por qué él no lo hizo constar?
    —Perdóneme, pero no le comprendo.
    —Como persona a quien informar en caso de accidente. ¿Por qué Malherbe no la hizo constar antes que a usted?

    Tal vez fuera una pregunta sin importancia. Quizá trataba sencillamente de hacer hablar a Avery porque no sabía qué decir. Sin embargo, era desagradable. Todavía estaba cansado del viaje, y lo único que deseaba era que le creyese, sin someterlo a todo ese interrogatorio. También se dio cuenta de que no había estudiado suficientemente los vínculos de parentesco existentes entre Taylor y él. ¿Qué habría dicho Leclerc por el teletipo? ¿Medio hermano o hermanastro? Intentó precipitadamente imaginar todo un conjunto de circunstancias familiares, muertes, nuevos matrimonios o abandonos, que le permitieran responder a la pregunta de Sutherland.

    —Éste es el hotel —dijo de pronto el cónsul, y añadió—: Naturalmente, es cosa que no me concierne. Estaba en su derecho de indicar el que quisiera.

    El resentimiento se había convertido en Sutherland en una manera de hablar, una filosofía. Se expresaba como si todo lo que dijera estuviese en contradicción con la opinión generalmente admitida.

    —Mi madre es muy anciana —respondió por fin Avery—. Se trataba de evitarle cualquier impresión. Debió de pensar en esto al cumplimentar su solicitud de pasaporte. Ha estado enferma. Padece del corazón y la operaron no hace mucho tiempo.

    Todo esto le parecía completamente pueril.

    —Ya.

    Habían llegado a las afueras de la ciudad.

    —Será necesaria la autopsia —dijo Sutherland—. Desgraciadamente, es de ley en este país en caso de muerte violenta.

    Leclerc se pondría furioso. Sutherland prosiguió:

    —Para nosotros, eso complica algo las formalidades. La Policía de la sección criminal conserva el cuerpo hasta que se ha efectuado la autopsia. Les he pedido que se dieran prisa, pero no se puede insistir demasiado.
    —Se lo agradezco. Pensaba llevarme los restos en avión. — Cuando dejaron la calle principal para dirigirse a la plaza del Mercado, Avery preguntó negligentemente, como si no le interesara de manera particular—: ¿Y sus efectos personales? Sería mejor que me los llevara, ¿verdad?
    —Dudo que la Policía se los entregue antes de haber obtenido el permiso del forense. Es él quien ordena la autopsia y concede la autorización. ¿Dejó testamento su hermano?
    —No tengo la menor idea.
    —¿No sabe si le ha nombrado a usted albacea?
    —No.

    Sutherland sonrió leve y pacientemente.

    —Considero que va usted un poco demasiado de prisa. Ser el pariente más próximo no significa ser también el albacea. Desgraciadamente, esto no le da a usted ningún derecho legal, salvo el de hacerse cargo del cadáver. — Se interrumpió para mirar por encima del asiento, al dar marcha atrás al coche—. Aun en el caso de que la Policía me entregue los efectos personales de su hermano no estoy autorizado para desprenderme de ellos sin previas instrucciones del Ministerio, y ellos —se apresuró a añadir, porque Avery iba a interrumpirle—, no me darán esa autorización antes de que se haya hecho público el testamento. Pero puedo entregarle un certificado de defunción —continuó con tono consolador, abriendo la portezuela—, si las compañías de seguros exigen unos. — Y miró a Avery de reojo, como si pensara en la posibilidad de que fuese su heredero—. Esto le costará cinco chelines para el registro consular y cinco más por ejemplar. ¿Qué me decía?
    —Nada.

    Subieron juntos las escaleras de la Comisaría.

    —Vamos a ver al inspector Peersen —explicó Sutherland—. Es muy amable. Y déjeme hacer a mí.
    —No faltaría más.
    —Me ha ayudado mucho en mis problemas de S. B. P.
    —¿Sus qué?
    —Súbditos británicos pobres. En verano tenemos uno cada día. Es muy desagradable. Por cierto, ¿bebía mucho su hermano? Han dado a entender que…
    —Es posible —dijo Avery—. Apenas le he visto en estos últimos años.

    Entraron en el edificio.


    Leclerc subía lentamente los anchos escalones del Ministerio. Levantábase éste entre los jardines de Whitehall y el Támesis. El portal era vasto y nuevo, flanqueado por esas esculturas fascistas que tanto gustan a las autoridades. Parcialmente modernizado, el edificio estaba guardado por sargentos con cinturón rojo y se enorgullecía de poseer dos escaleras mecánicas. La que descendía estaba llena porque eran las cinco y media.

    —Señor subsecretario —comenzó Leclerc con cierto apocamiento—, tendré que solicitar del señor ministro una autorización para volver a sobrevolar la zona.
    —Pierde usted el tiempo —le respondió su interlocutor con aire satisfecho—. Está muy preocupado a propósito del último vuelo. Y ha decidido que en lo sucesivo no se autorizará ninguno más.
    —¿Ni siquiera para un objetivo como ése?
    —Sobre todo para un objetivo como ése.

    El subsecretario rozó una de las esquinas de su cesta del correo, como un director de Banco palparía un estado de cuentas.

    —Habrá que pensar en otra cosa. Otra solución. ¿Es que no hay métodos sin dolor?
    —Ninguno. Creo que podríamos intentar provocar la defección de alguien que trabaje en la zona. Pero es una operación que exige tiempo. Octavillas, emisiones de propaganda, incentivos económicos. Esto iba bien durante la guerra. Habría que poner en contacto a mucha gente.
    —Todo esto me parece muy poco práctico.
    —Sí. Las cosas han cambiado.
    —¿Qué otros métodos hay, entonces? — insistió el subsecretario.

    Leclerc sonrió, como si no pidiera otra cosa que intentar ayudar al amigo, pero no se podían hacer milagros.

    —Utilizar un agente. Una operación a corto plazo. Ida y vuelta. Tal vez una semana, tirando largo.
    —¿A quién podría usted encontrar para una misión de ese tipo? — preguntó el subsecretario—. ¿Quién lo haría hoy?
    —¿Quién? Sí: el encargo no es fácil.

    El despacho del subsecretario era amplio y sombrío, con grandes estanterías de libros encuadernados. La modernización se había extendido también a su despacho, amueblado en estilo contemporáneo, pero se había quedado en eso. Tendrían que aguardar a su jubilación para poder continuar las reformas. En la chimenea de mármol ardía un radiador de gas. En una pared había colgado un cuadro que representaba una batalla naval. Oíase el zumbido de las barcazas deslizándose en la bruma que cubría el río. Reinaba una atmósfera extrañamente marítima.

    —Kalkstadt está muy cerca de la frontera —sugirió Leclerc—. No tendríamos necesidad de utilizar una línea comercial. Podríamos organizar un vuelo de entrenamiento y perdernos. Esto ya se ha hecho.
    —Precisamente —replicó el subsecretario, y añadió—: Ese hombre de su Departamento, el que ha muerto.
    —¿Taylor?
    —No me interesan los nombres. Lo mataron, ¿verdad?
    —No tenemos pruebas —dijo Leclerc.
    —Pero usted lo supone, ¿no es así?
    —Creo, señor subsecretario —dijo Leclerc con una paciente sonrisa—, que tanto usted como yo sabemos que es muy peligroso aventurar hipótesis cuando se trata de decidir una política. Yo pido otro vuelo más.

    Enrojeció el rostro del subsecretario.

    —Ya le he dicho que no hay que pensar en eso. ¡No! ¿Está claro? Hablábamos de otras soluciones.
    —Hay una solución que, a mi juicio, apenas concierne a mi Departamento. Es más bien cosa del Foreign Office.
    —¿Eh?
    —Hacer algunas insinuaciones a los diarios de Londres. Estimular la publicidad. Publicar algunas fotos.
    —¿Y después?
    —Vigilarlos. Vigilar lo que haga la diplomacia de Alemania Oriental y la de los soviéticos. Vigilar sus comunicaciones. Arrojar una piedra en su madriguera y aguardar a ver qué pasa.
    —Puedo decirle exactamente lo que pasaría. Una protesta de los norteamericanos, que resonaría por estos pasillos durante veinte años.
    —Es verdad. Había olvidado esto.
    —Pues tiene usted suerte. En fin, hablaba usted de enviar un agente.
    —Era sólo una idea. No hemos pensado en nadie.
    —Escuche —dijo el subsecretario con el tono categórico del hombre que está a punto de perder la paciencia—, la posición del ministro es muy sencilla. Le ha enviado usted un informe. Si es exacto, modifica toda nuestra política de defensa. De hecho se modifica todo. Personalmente detesto las informaciones sensacionalistas, y el ministro también. Ahora que usted ha levantado la liebre, lo menos que puede hacer es dispararle el tiro.
    —Si encuentro un hombre —dijo Leclerc—, no hay que olvidar la cuestión material: dinero, entrenamiento y equipo. Quizá contratar personal suplementario. Está también la cuestión del transporte. Mientras que otro vuelo…
    —¿Por qué se empeña usted en crear dificultades? Creía que su Departamento existía precisamente para ese género de operaciones.
    —Tenemos los expertos, señor subsecretario. Pero usted sabe que he reducido mis efectivos. Los he reducido mucho. Hemos renunciado a algunas de nuestras funciones. Seamos honrados: jamás he intentado girar hacia atrás las agujas del reloj. En el fondo —añadió con una leve sonrisa— nos hallamos en presencia de una situación un poco anacrónica.

    El subsecretario miró por la ventana las luces a lo largo del río.

    —Me parece muy actual —dijo—. Cohetes y todo eso. No creo en absoluto que el Ministerio la considere anacrónica.
    —No hablo del objetivo, sino de la manera de atacarlo: forzar el paso de la frontera. Es algo que se ha hecho muy poco desde la guerra. Se trata, es verdad, de una forma de guerra clandestina, la cual mi Departamento, por tradición, conoce muy bien. O, en todo caso, conocíamos.
    —¿A dónde quiere usted ir a parar?
    —Sólo pienso en voz alta, señor subsecretario. Me pregunto si el Circus no estaría mejor equipado para encargarse. Quizá debiera usted dirigirse a Control. Puedo prometerle el apoyo de mis especialistas de armamento.
    —¿Pretende usted decir que no piensa encargarse de ello?
    —No con la organización de que dispongo actualmente. Control puede. En la medida, claro está, en que el ministro no vea inconveniente en recurrir a otro Departamento. En realidad, a dos. No me daba cuenta de que tienen tanto interés en evitar la publicidad.
    —¿Por qué dos?
    —Control se creerá obligado a informar al Foreign Office. Es su deber. Tal como se lo digo. Y desde ese momento tendremos que aceptar que se mezclen en el asunto.
    —Si esa gente se entera —dijo el subsecretario con desprecio—, mañana se hablará en todos los clubes.
    —Existe ese peligro —admitió Leclerc—. Me pregunto también si el Circus tiene los especialistas militares que precisa. Una base de cohetes es una instalación complicada: rampas de lanzamiento, canalizaciones para los cables. Todo esto requiere un examen detenido y consideraciones apropiadas. Creo que Control y yo podríamos unir nuestras fuerzas.
    —Ni pensarlo. No puede decirse que ustedes se entiendan ni medio bien. Pero incluso si consiguiera esa cooperación esto sería contrario a su política. Nada monolítico.
    —Sí, claro. Por supuesto.
    —Bien. Supongamos que usted se encarga de la operación, supongamos que usted encuentra al hombre. ¿Qué representaría todo eso?
    —Créditos suplementarios. Recursos inmediatos. Reclutamiento de personal nuevo. Disponer de instalaciones de entrenamiento. Además, la protección del Ministerio: pases especiales y autorizaciones. — Luego, de nuevo, la puya sutil, de pasada—: Y cierta ayuda de Control. Podríamos obtenerla con un pretexto.

    Una sirena de niebla resonó lúgubremente sobre el río.

    —Si no hay otra solución…
    —Tal vez quiera usted someterla al Ministerio —sugirió Leclerc.

    Hubo una pausa y Leclerc continuó:

    —Considerando el aspecto práctico, nos harían falta alrededor de unas treinta mil libras.
    —¿Justificables en contabilidad?
    —En parte. Imagino que usted preferiría que le hiciera un esbozo de los detalles.
    —Salvo en lo que concierne al Tesoro. Le aconsejo que redacte una memoria referente a los gastos.
    —De acuerdo. Un esbozo aproximado.

    Hubo otro silencio.

    —Realmente no es una gran suma si se tiene en cuenta el riesgo —pensó en voz alta el subsecretario, como si deseara consolarse.
    —El riesgo posible. Desearíamos aclarar este punto. No pretendo estar convencido. Poseo solamente sospechas, sospechas muy graves. — No pudo evitar añadir—: El Circus pide dos veces más.
    —Entonces treinta mil libras y nuestra protección. ¿De acuerdo?
    —Y un hombre. Pero debo ser yo quien lo encuentre —dijo con una risita.

    El subsecretario dijo bruscamente:

    —Hay ciertos detalles que el Ministerio no querrá conocer. ¿Se da usted cuenta de eso?
    —Naturalmente. Imagino que será usted quien lleve todo el peso de la conversación.
    —Y yo imagino que será el ministro. Ha logrado usted preocuparlo bastante.

    Leclerc observó con cierta piedad.

    —Es verdad. No deberíamos haberle hecho esto a nuestro amo, al amo de nosotros dos, quiero decir.

    El subsecretario no parecía pensar que tuviese uno. Se levantaron.

    —A propósito —dijo Leclerc—, la pensión de la señora Taylor. He hecho una solicitud al Tesoro. Parece que el ministro deberá firmarla.
    —¿Por qué, señor?
    —Se trata de saber si fue asesinado en acto de servicio.

    El subsecretario se irguió adoptando una actitud glacial.

    —Es totalmente ridículo. Usted pide al Ministerio que confirme que Taylor ha sido asesinado.
    —Pido una pensión para su viuda —protestó Leclerc gravemente—. Era uno de mis mejores hombres.

    Naturalmente. Es lo que siempre se dice.

    El ministro ni siquiera levantó la vista cuando entraron.


    El inspector de Policía se levantó de su silla. Era un hombrecillo grueso, con el cuello bien afeitado. Vestía de paisano. Les estrechó la mano con aire de condolencia profesional, hizo que se sentaran en sus modernas butacas de brazos de madera de teca y les ofreció cigarrillos de una caja. No los aceptaron, encendió uno que había cogido e inmediatamente lo usó como prolongación de sus cortos dedos cuando hacía ademanes para subrayar sus frases, y como instrumento de dibujo para describir en el aire invadido por el humo los objetos de que hablaba. Frecuentemente rendía homenaje a la pena de Avery hundiendo la barbilla en el cuello y lanzando desde la sombra de sus bajas cejas unas miradas cargadas de compasión. Comenzó relatando las circunstancias del accidente, perdiéndose en detalles abrumadores, y vanagloriándose de los esfuerzos que había hecho la Policía para encontrar el coche; hizo frecuentes alusiones al interés que personalmente se había tomado en la investigación el jefe superior de la Policía, cuya anglofilia era legendaria, y expuso su convicción de que el culpable sería descubierto y castigado con toda la severidad de la ley finlandesa. Se extendió algún tiempo sobre su admiración por los ingleses y el afecto que sentía por la reina y por Sir Winston Churchill, los encantos de la neutralidad finlandesa y, por último, llegó a la cuestión del cuerpo de Taylor.

    Declaró con orgullo que la autopsia había sido minuciosa, y el forense había afirmado que las circunstancias del fallecimiento del señor Malherbe nada tenían de sospechosas, a pesar de la presencia en la sangre de una considerable cantidad de alcohol. El barman del aeropuerto había hablado de cinco vasos de «Steinhäger». El inspector se volvió a Sutherland.

    —¿Acaso desea ver a su hermano? — preguntó, considerando muy delicado, sin duda, hacer la pregunta directamente.

    Sutherland estaba en situación embarazosa.

    —El señor Avery es quien ha de decirlo —dijo, como si la cuestión estuviera más allá de su competencia.

    Los dos miraron a Avery.

    —No tengo ningún interés —dijo Avery.
    —Hay una dificultad a propósito de la identificación —dijo Peersen.
    —¿De la identificación? — dijo Avery—. ¿De mi hermano?
    —Ha visto usted su pasaporte —dijo Sutherland— antes de enviármelo a mí. ¿Qué dificultad es ésa?
    —Sí, sí —dijo el policía moviendo la cabeza—. Abrió un cajón y tomó un puñado de cartas, una cartera y fotografías. Se llamaba Malherbe —dijo. Hablaba con marcado acento norteamericano que, en cierto modo, le sentaba bien con el cigarro—. Su pasaporte estaba a nombre de Malherbe. Era un pasaporte auténtico, ¿verdad? — dijo Peersen, mirando a Sutherland.

    Durante un segundo Avery creyó advertir en el rostro preocupado de Sutherland cierta vacilación que lo honraba.

    —Naturalmente.

    Peersen comenzó a seleccionar las cartas, dejando algunas en un clasificador delante de él y volviendo a meter las otras en el cajón. De vez en cuando, al añadir una a la pila, murmuraba:

    —¡Ah!, en efecto —o bien—: Sí, sí.

    Avery sentía que el sudor resbalaba por su espalda. Sus manos crispadas estaban húmedas.

    —¿De manera que su hermano se llamaba Malherbe? — repitió, cuando hubo terminado de clasificar los papeles.
    —Claro está —dijo Avery con un afirmativo ademán de la cabeza.

    Peersen sonrió.

    —No tan claro —dijo el policía, apuntando con su cigarro y asintiendo con aire amistoso, como si quisiera subrayar un punto de la discusión—. Todos sus asuntos, sus cartas, sus ropas, su permiso de conducir, todo pertenecía al señor Taylor. ¿Conoce usted al señor Taylor?

    Un horrible pensamiento se apoderó del ánimo de Avery. El sobre, ¿qué debía hacer del sobre? ¿Ir al lavabo y destruirlo ahora antes de que fuese demasiado tarde? Pensó que esto no era tan sencillo: el sobre era rígido y brillante. Aun cuando lo rompiera, los fragmentos flotarían en la superficie. Se dio cuenta de que Peersen y Sutherland se miraban, esperando que él hablase, y él era incapaz de pensar en otra cosa que en el sobre que ahora se había hecho tan pesado en el bolsillo de su chaqueta.

    —No —logró decir—, no lo conozco. Mi hermano y yo… —¿Hermanastro o medio hermano?—, mi hermano y yo nos relacionábamos muy poco. Era mayor que yo. En realidad, tampoco habíamos crecido juntos. Trabajó siempre en muchas cosas y jamás logró estabilizarse en una. Quizás ese Taylor fuera uno de sus amigos… que…

    Avery se encogió de hombros esforzándose en insinuar que Malherbe vivo había sido también un misterio para él.

    —¿Qué edad tiene usted? — preguntó Peersen.

    Parecía haber menguado su respeto por el pariente afligido.

    —Treinta y dos años.
    —¿Y Malherbe? — preguntó el policía en el tono de la conversación—, ¿cuántos le llevaba a usted?

    Sutherland y Peersen habían visto su pasaporte y conocían su edad. Uno se acuerda de la edad de la gente que muere. Solamente Avery, su hermano, no tenía la menor idea de la edad del difunto.

    —Doce años —dijo al azar—. Mi hermano tenía cuarenta y cuatro años.

    ¿Por qué habría dicho tantos?

    —¿Sólo cuarenta y cuatro años? — Peersen frunció el ceño—. Entonces el pasaporte está equivocado. — Peersen se volvió a Sutherland, apuntó con el cigarro hacia la puerta que se hallaba en el otro extremo de la habitación y dijo alegremente, como si pusiera término a una vieja discusión entre amigos—: Ahora comprenderá usted por qué tengo un problema de identificación.

    Sutherland parecía furioso.

    —No estaría de más que el señor Avery examinara el cuerpo —sugirió Peersen—. Así podríamos estar seguros.
    —Inspector Peersen —dijo Sutherland—, la identidad del señor Malherbe ha sido establecida de acuerdo con su pasaporte. El Foreign Office de Londres ha verificado que el nombre del señor Avery había sido dado por el señor Malherbe como el de la persona a quien había que prevenir en caso de accidente. Me dice usted que no hay nada sospechoso en las circunstancias de su muerte. El procedimiento habitual consiste ahora, por lo que se refiere a usted, en confiarme la custodia de sus efectos en espera de que finalicen las formalidades en el Reino Unido. Sin duda el señor Avery puede hacerse cargo del cuerpo de su hermano.

    Peersen pareció reflexionar. Tomó del cajón metálico de su mesa el resto de los papeles de Taylor y los añadió a los que tenía delante. Telefoneó a alguien con quien tuvo una breve conversación en finés. Al cabo de unos minutos un ordenanza compareció con una vieja cartera de cuero y un inventario que Sutherland firmó.—Durante todo este tiempo ni Avery ni Sutherland cambiaron una palabra con el inspector.

    Peersen los acompañó hasta la escalinata. Sutherland insistió en llevar él mismo la cartera y los papeles. Subieron al coche. Avery esperaba que Sutherland dijera algo, pero el cónsul permaneció silencioso. Recorrieron así un trayecto de unos diez minutos. La ciudad estaba mal iluminada. Avery observó que habían derramado sal por la calzada para dejar expeditas dos vías. El centro y las bocas de las alcantarillas estaban todavía cubiertas de nieve. Los faroles eran de neón y daban una luz enfermiza que parecía encogerse ante las tinieblas circundantes. De vez en cuando, Avery observaba los cabrios de madera de algún tejado puntiagudo, el ruido metálico de un tranvía o el alto casco blanco de un agente.

    Y algunas veces miraba a hurtadillas por el cristal de atrás.


    VII


    Woodford se detuvo en el pasillo para encender su pipa y sonrió a los empleados que se marchaban ya. Era su hora mágica. La mañana era diferente. La tradición exigía que el personal subalterno llegara a las nueve y media y los jefes a las diez o diez y cuarto. Teóricamente, los veteranos del Departamento se quedaban hasta muy tarde por la noche para arreglar sus papeles. Decía Leclerc que un verdadero caballero jamás mira la hora. Esta costumbre databa de la guerra, en la que los oficiales pasaban las primeras horas de la mañana interrogando a los pilotos de reconocimiento al regreso de su misión, o las últimas horas de la tarde preparando la partida de un agente. En aquel tiempo el personal subalterno trabajaba por turnos, pero no los jefes, que llegaban y se iban según las exigencias de su servicio. La tradición tenía hoy otra utilidad. Había ahora días, e incluso semanas, en que Woodford y sus colegas apenas sabían cómo pasar el tiempo hasta las cinco y media, todos, salvo Haldane, que llevaba sobre sus encorvados hombros la reputación del Departamento en el terreno de la Investigación. El resto se dedicaba a la preparación de proyectos que jamás eran sometidos a la superioridad, se lanzaban puyas sin acrimonia sobre las vacaciones, las listas de permanencia y la calidad de sus muebles de despacho, concediendo una atención excesiva a los problemas del personal de su sección.

    Berry, el empleado encargado de la cifra, apareció en el pasillo y se agachó para ponerse en los pantalones los sujetadores para montar en bicicleta.

    —¿Cómo anda la señora, Berry? — preguntó Woodford.

    Siempre era preciso mantener el contacto.

    —Va tirando, gracias, señor. — Se incorporó y se pasó un peine por los cabellos—. Terrible lo de Wilf Taylor, señor.
    —Terrible. Era un buen elemento.
    —El señor Haldane se ha encerrado en el Registro, señor. Trabajará hasta tarde.
    —¿De veras? En estos días todos estamos sobrecargados de trabajo.
    —Y el jefe duerme aquí, señor —dijo Berry bajando la voz—. Estamos en plena crisis. Me han dicho que ha ido a ver al ministro. Se ha enviado un coche a buscarlo.
    —Buenas noches, Berry. Le han dicho demasiadas cosas —murmuró Woodford con tono satisfecho, alejándose por el pasillo.

    La luz del despacho de Haldane procedía de una lámpara graduable de trabajo. Proyectaba un corto haz muy intenso sobre el expediente que tenía delante, rozando también el perfil de su rostro y de sus manos.

    —Trabajando hasta tarde, ¿eh? — dijo Woodford.

    Haldane dejó un expediente en la cesta «Despáchese» y tomó otro.

    —Me pregunto cómo estará desenvolviéndose el joven Avery. Hará carrera ese muchacho. Parece que el jefe no ha vuelto todavía. Habrán tenido una sesión muy larga.

    Mientras hablaba, Woodford se instaló en la butaca de cuero. Era la de Haldane. Se sentaba en ella para hacer crucigramas después del almuerzo.

    —¿Cómo se las ha arreglado con la mujer de Taylor? — preguntó Woodford—. ¿Cómo se tomó ella la cosa? Haldane suspiró y dejó el expediente.
    —Él se lo dijo. Es todo lo que sé.
    —¿No sabe usted cómo se tomó ella las cosas? ¿No se lo dijo él?

    Woodford hablaba un poco más fuerte de lo necesario.

    Había adquirido esta costumbre desde que, en las discusiones con su mujer, quería ser él quien dijera la última palabra.

    —Realmente, no tengo la menor idea. Se fue solo, según creo. Leclerc prefiere reservarse para él estas cosas.
    —Creí que quizá con usted…

    Haldane movió la cabeza.

    —Avery solamente —murmuró.
    —Esta vez ha sido duro el golpe, ¿verdad, Adrian? O podría serlo.
    —Podría. Veremos —dijo suavemente Haldane.

    No siempre era desagradable con Woodford.

    —¿Nada de nuevo en el asunto Taylor?
    —El agregado aéreo en Helsinki ha encontrado a Lansen. Éste confirma que entregó a Taylor la película. Parece ser que los rusos lo interceptaron por encima de Kalkstadt. Dos «Mig». Le dieron la orden de que virase en redondo y lo dejaron partir.
    —¡Dios mío! — exclamó Woodford estúpidamente—. Es lo mejor que pudo haberle sucedido.
    —No del todo. Esto concuerda con lo que sabemos. Si declaran prohibida la zona, ¿por qué no patrullan por encima de ella? Sin duda han prohibido la región para efectuar maniobras y ejercicios al aire libre. ¿Por qué no obligaron a Lansen a aterrizar? Nada de esto permite sacar conclusión alguna.

    Apareció Leclerc en el umbral. En homenaje al Ministerio, llevaba un cuello limpio, y una corbata negra para dar el pésame a la viuda de Taylor.

    —He venido en coche —anunció—. Nos han dado uno del parque móvil del Ministerio. Prestado por tiempo indefinido. El ministro se sintió absolutamente desolado cuando se enteró de que no teníamos. Es un «Humber», con chófer, como el de Control. Parece que el chófer es un tipo muy seguro —miró a Haldane—. Adrian, he decidido formar una Sección Especial. Quiero que usted se haga cargo de ella. Momentáneamente confiaré a Sandford la Investigación. El cambio le sentará bien. — Una sonrisa se extendió por todo su rostro, como si no pudiera contenerse más tiempo. Estaba muy excitado—. Enviaremos allí a un hombre. El ministro ha concedido su autorización. Empezaremos a trabajar inmediatamente. Mañana a primera hora quiero ver a los jefes de sección. Bruce, le encargo a usted que se ponga en contacto con ellos. Hágase con los entrenadores más antiguos. El ministro acepta contratos de tres meses para el personal que tenemos temporal. Nada de extraordinarios, claro está. El programa habitual: radio, entrenamiento con objetivo, cifra, observaciones, combate cuerpo a cuerpo y falsa identidad. Adrian, necesitaremos una casa. Quizás Avery pueda ocuparse de esto cuando regrese. Yo voy a ponerme en contacto con Control para la documentación. Todos los falsificadores han pasado a él. Necesitamos informaciones sobre la frontera en la región de Lübeck. Relaciones de refugiados, detalles sobre los campos de minas y otros obstáculos —echó una ojeada a su reloj—. Adrian, ¿puedo tener con usted un cambio de impresiones?
    —Dígame una cosa —dijo Haldane—. ¿Qué sabe el Circus de todo esto?
    —Únicamente sólo lo que nosotros queramos decirle. ¿Por qué?
    —Saben que Taylor ha muerto. Todo Whitehall está enterado.
    —Es posible.
    —Saben que Avery ha ido a buscar una película a Finlandia. Han podido tener noticia del informe del centro de seguridad aérea sobre el aparato de Lansen. Tienen una manera de enterarse de las cosas…
    —¿Entonces?
    —Entonces, ¿acaso no depende esto de lo que nosotros le digamos? ¿No es así?
    —¿Acudirá usted a la reunión de mañana? — preguntó Leclerc con tono un poco patético.
    —Creo poseer lo esencial de mis instrucciones. Si no ve en ello inconveniente alguno, me gustaría hacer una o dos gestiones. Esta noche o tal vez mañana.
    —Perfecto —dijo Leclerc, desconcertado—. ¿Podemos ayudarle?
    —¿Podría utilizar su coche durante una hora?
    —Naturalmente. Quiero que lo utilicemos todos… Por nuestro interés común. ¿Adrian…? Esto es para usted. — Le entregó una tarjeta verde en una funda transparente—. El ministro lo ha firmado personalmente. — Dio a entender que, como si se tratara de una bendición papal, había grados de autenticidad en una rúbrica—. Entonces, ¿qué va usted a hacer, Adrian? ¿Aceptará usted esta misión?

    Hubiérase dicho que Haldane no le había entendido. Había abierto de nuevo el expediente y examinaba con curiosidad la fotografía de un joven polaco que había luchado contra los alemanes —veinte años antes. Era una cara joven, severa, sin humor. Lo que parecía interesarle no era vivir, sino sobrevivir.

    —¡Oh, Adrian! — exclamó Leclerc bruscamente aliviado—, usted ha pronunciado sus segundos votos.

    Haldane sonrió a pesar suyo, como si la frase hubiera evocado en su espíritu algo que creía haber olvidado.

    —Parece tener el don de la supervivencia —observó, señalando por último el expediente—. No es un hombre fácil de matar.
    —Como pariente más próximo —comenzó Sutherland—, tiene usted el derecho de expresar sus deseos con respecto al traslado de los restos de su hermano.
    —Bien.

    La casa de Sutherland era una construcción pequeña con un vano encristalado, tras el cual se alineaban las plantas en sus macetas. Sólo este detalle la distinguía de su modelo tal como se encuentran en la zona dormitorio de Aberdeen. Cuando descendían por la avenida, Avery vio tras la ventana a una mujer de cierta edad. Llevaba delantal y le quitaba el polvo a algo. Le recordó a la señora Yates y su gato.

    —Tengo un despacho al fondo —dijo Sutherland, como para demostrar que no todo en la casa estaba dedicado al lujo—. Le propongo que arreglemos ahora el resto de los detalles. No le retendré mucho tiempo… —Era tanto como decirle a Avery que no debía quedarse a cenar—. ¿Cómo ha pensado usted llevarlo a Inglaterra?

    Se sentaron uno a cada lado de la mesa. Tras la cabeza de Sutherland había colgada en la pared una acuarela que representaba unas colinas malva que se reflejaban en un loch de Escocia.

    —Me gustaría llevármelo en avión.
    —¿Sabe usted que es muy costoso este procedimiento?
    —De todos modos, me gustaría llevármelo en avión.
    —¿Para enterrarlo?
    —Claro.
    —No parece tan claro —replicó Sutherland con malestar—. Si su hermano —dijo estas palabras con cierto retintín, pero decidido a jugar el juego hasta el final—, si su hermano fuera incinerado, el transporte en avión sería muy diferente.
    —Comprendo. Discúlpeme.
    —En la ciudad hay una empresa de pompas fúnebres, «Barford and Company». Uno de los socios es inglés, casado con una sueca. Aquí vive una importante minoría sueca. Nosotros hacemos lo que podemos por ayudar a los miembros de la colonia británica. En estas circunstancias preferiría que usted regresara a Londres lo antes posible. Le propongo que me autorice a utilizar los servicios de «Barford».

    »En cuanto le haya enviado los restos, le entregaré el pasaporte de su hermano. Habrá que obtener un certificado médico concretando la causa del fallecimiento. Le pondré en relación con Peersen.

    —Bueno.
    —También será necesario un certificado de defunción extendido por las autoridades civiles. Todo funciona mejor si uno mismo se ocupa de esta clase de cosas. Si la cuestión de dinero tiene importancia para usted.

    Avery no dijo nada.

    —Cuando pueda disponer del vuelo conveniente, se ocupará del papeleo necesario. Según parece, esta clase de transporte se hace por lo general de noche. Además, las tarifas son menos elevadas y…
    —Me parece muy bien.
    —Bueno. «Barford» se preocupará de que el ataúd resulte perfectamente estanco. Tal vez sea de metal o de madera. Me entregará un documento acreditando que el ataúd no contiene sino el cuerpo, y el mismo cuerpo al que hace referencia el pasaporte y el certificado de defunción. Le digo esto para cuando se haga cargo de él en Londres. «Barford» despachará esto rápidamente. Yo me preocuparé. Está en muy buena armonía con las compañías aéreas. Cuanto antes…
    —Comprendo.
    —No estoy muy seguro. — Sutherland frunció el ceño como si Avery hubiera hablado de otra cosa—. Peersen se ha mostrado muy razonable. No quisiera poner a prueba su paciencia. «Barford» tiene un corresponsal en Londres… Es Londres, ¿verdad?
    —Sí, Londres.
    —Creo que habrá que pagar algo a cuenta. Puede usted dejarme el dinero y le extenderé un recibo. Por lo que se refiere a los efectos de su hermano, presumo que la persona que le ha enviado deseará que tome usted posesión de esas cartas, ¿verdad? — dijo, empujándolas hacia él a través de la mesa.
    —Había un rollo de película —murmuró Avery—, un rollo de película no revelada.

    Se metió las cartas en el bolsillo.

    Sutherland desdobló lentamente una copia del inventario que le había firmado al comisario de Policía, la colocó ante él y con el dedo fue recorriendo lentamente hacia abajo la columna de la izquierda. Lo hacía con desconfianza, como si comprobase las cifras de otro.

    —Aquí no dice nada de una película. ¿Había también una máquina fotográfica?
    —No.
    —¡Ah!

    Acompañó a Avery hasta la puerta.

    —Sería mejor que a quien le ha enviado le dijera que el pasaporte de Malherbe no era válido. El Foreign Office ha expedido una circular en la que figura cierta cantidad de números de pasaporte, una veintena. En ella figuraba el de su hermano. Ha debido de haber un error. Iba a señalarlo cuando recibí un teletipo del Foreign Office, autorizándole a usted a hacerse cargo de los efectos personales de Malherbe. — Soltó una risita. Estaba furioso—. Evidentemente, es absurdo. La gente del Foreign Office jamás hubiera hecho esto. No están calificados para hacerlo, a menos que tenga usted mucha influencia, y ése no es un documento que uno pueda procurarse de la noche a la mañana. ¿Dónde para usted? El «Regina» no está mal, se halla cerca del aeropuerto. Además, está apartado de la ciudad. Creo que podrá encontrar el camino. Sospecho que tiene usted buenas dietas.

    Avery se marchó rápidamente, llevándose en la memoria la imagen indeleble del rostro demacrado y amargo de Sutherland que se destacaba, furioso, contra las colinas de Escocia. Las casas de madera al borde de la carretera erguían sus siluetas vagamente blancas en la noche, como sombras en torno a una mesa de operaciones.


    En alguna parte no lejos de Charing Cross, en el sótano de una de esas sorprendentes casas del siglo xviii, entre Villiers Street y el Támesis, se encuentra un club cuyo nombre no figura en la puerta. Se llega a ella descendiendo por una escalera de piedra, que se curva paulatinamente. La barandilla, como las de madera del inmueble de Blackfriars Road, está pintada de verde oliva y requiere ser sustituida por otra.

    Los miembros constituyen una extraña selección. Algunos son militares, otros proceden de la enseñanza y aun del clero, otros también pertenecen a esa tierra de nadie que es la sociedad londinense que se extiende desde el corredor de apuestas al caballero, ofreciendo a quienes le rodean, y acaso también a ellos mismos, la imagen de un coraje sin motivo. Cuando hablan utilizan frases sobrentendidas y expresiones que quien posee el sentido del lenguaje sólo puede escuchar a distancia. Es un lugar lleno de viejos rostros y jóvenes cuerpos en el que las tensiones de la guerra han dado paso a las tensiones de la paz, donde se levanta la voz para ahogar el silencio y las copas para ahogar la soledad. Es el lugar donde se encuentran aquellos que buscan y no hallan sino a los que son como ellos y el consuelo de un sufrimiento compartido. Un lugar donde los ojos cansados de alegría no tienen horizonte que observar. Sin embargo, es su campo de batalla. Si el amor existe, lo encuentran allí, uno tras otro, como tímidos adolescentes, pensando constantemente en los demás.

    Un sitio, en suma, donde, desde la guerra, el público seguía siendo el mismo, salvo los profesores de universidades conocidas que, en estos últimos tiempos, ya no acudían allí.

    Es un establecimiento pequeño, regentado por un hombre delgado y seco a quien llaman el mayor Dell. Lleva bigote y una corbata con ángeles azules sobre fondo negro. Paga el primer vaso y los demás pagan los otros. Se llama «Alias Club», y Woodford pertenecía a él.

    Está abierto por la noche. Los socios llegan hacia las seis, apartándose complacidos de la multitud en movimiento, furtivos, pero decididos, como provincianos que acuden a un teatro de mala fama. Lo primero que se advierte en él es todo lo que le falta: ninguna copa de plata detrás del bar, ningún libro de visitantes ni lista de socios, ninguna insignia, ningún blasón y ningún título. Sólo en las paredes de ladrillo enjalbegado, algunas fotografías enmarcadas en un passe—partout, como las del despacho de Leclerc. Las caras son fofas, borrosas. Algunas proceden sin duda de una ampliación, tal vez de la foto del pasaporte, tomadas de frente, de manera que se vean, como es de ley, ambas orejas. Hay algunas fotos de mujer, seductoras algunas de ellas, con hombros altos y cuadrados y largos cabellos según la moda de durante la guerra. Los hombres visten toda clase de uniformes. Los franceses libres y los polacos se mezclan con sus camaradas británicos; algunos son aviadores. Entre las caras inglesas, una o dos, que han envejecido mucho, todavía asisten al club.

    Cuando Woodford entró, todo el mundo se volvió y el mayor Dell, encantado, ordenó que le sirvieran su pinta de cerveza. Un hombre de colorado rostro hablaba de un vuelo que en una ocasión había efectuado sobre Bélgica, pero dejó de hablar al comprobar que había perdido la atención de su auditorio.

    —Buenos días, Woodie —dijo alguien, sorprendido—. ¿Cómo anda la señora?
    —En plena forma —respondió Woodford con una cordial sonrisa—. En plena forma.

    Bebió un trago de cerveza e invitó a cigarrillos.

    —Woodie tiene aspecto misterioso esta noche —dijo el mayor Dell.
    —Busco a alguien. Todo esto es muy secreto.
    —Ya se ve —replicó el hombre carirrojo.

    Woodford miró hacia el bar y preguntó suavemente, con tono de misterio en la voz:

    —¿Qué hacía papá durante la guerra?

    Hubo un silencio de sorpresa. Todos bebieron un instante después.

    —Se ocupaba de mamá, naturalmente —dijo el mayor Dell con tono vacilante, y todos se echaron a reír.

    Woodford rió con ellos, formando parte de la conspiración, reviviendo el ritual olvidado a medias de la secreta y nocturna mesa de oficiales, en algún lugar de Inglaterra.

    —¿Y dónde fue eso? — interrogó con el mismo tono confidencial.
    —¡Debajo de su enorme sombrero! — respondieron dos o tres voces a la vez.

    Eran más alborotadores, más felices.

    —Había uno llamado Johnson —continuó precipitadamente Woodford—, Jack Johnson. Intento saber qué ha sido de él. Estuvo encargado del entrenamiento para las transmisiones por radio. Era un hombre muy fuerte. Estuvo primero en Bovungdon con Haldane hasta el día en que se le hizo venir a Oxford.
    —¡Jack Johnson! — exclamó el carirrojo, excitado—. ¿El operador de radio? Hace quince días le compré a Jack un aparato para mi coche: «Johnson el Buen Negocio», en Clapham Broadway, ése es él. Viene por aquí de vez en cuando. Es un entusiasta aficionado a la radio. Pequeñajo, no tiene pelos en la lengua.
    —Es él —dijo otro—. A los viejos del grupo les hace el veinte por ciento de descuento.
    —A mí no me lo hizo —dijo el carirrojo.
    —Es Jack. Vive en Clapham.

    Los otros asintieron: era él y tenía esa tienda en Clapham; el rey de los aficionados a la radio ya había hecho lo suyo antes de la guerra, cuando era todavía un crío. Sí, una tienda en la gran calle, que tenía desde hacía años y cuyas existencias debían de valer una fortuna. Le gustaba presentarse en el club por los alrededores de Navidad. Woodford, rojo de placer, invitó a todos.

    En el alboroto que se produjo, el mayor Dell cogió a Woodford del brazo y se lo llevó al otro extremo del bar.

    —Woodie, ¿es verdad lo que se dice a propósito del viejo Wilf Taylor? ¿Realmente se lo han cargado?

    Woodford asintió gravemente.

    —Cumplía una misión. Creemos que alguien se puso un poco nervioso.

    El mayor Dell era todo solicitud.

    —No les he dicho nada a los demás. No haría sino preocuparles. ¿Se ha hecho algo por su mujer?
    —El jefe está ocupándose de ello. Parece que la cosa se presenta bien.
    —Bien —dijo el mayor—, bien. — Bajó la cabeza y golpeó el brazo de Woodford con un ademán de consuelo—. No se lo diremos a los demás, ¿verdad?
    —Naturalmente.
    —Tenía una pequeña deuda. Nada demasiado importante. Le gustaba pasar bien los viernes por la tarde.

    El acento del mayor se deslizaba de vez en cuando, exactamente como un nudo de corbata.

    —Mándeles la nota. Nos ocuparemos de ella.
    —Tenía un crío, ¿verdad? ¿Una niña? — Volvieron hacia el bar—. ¿Qué edad tiene?
    —Unos ocho años. Quizá más.
    —Hablaba mucho de ella —dijo el mayor.
    —¡Eh, Bruce! — dijo alguien—, ¿cuándo vas a decidirte a volver a hacer algo a propósito de los boches? Los hay por todas partes. Llevé a mi mujer a Italia este verano… Estaba lleno de alemanes tan arrogantes como quieras.
    —Antes de lo que supones —dijo Woodford riendo—. Vamos a ver si conoces a éste. — La conversación cesó. Woodford ya no bromeaba. Estaba en la brecha—. Hay un especialista de combate cuerpo a cuerpo, se trata de un sargento: un galés. No con demasiada apariencia.
    —Diríase que es Sandy Low —sugirió el carirrojo.
    —Sandy, exactamente.

    Todos se volvieron con admiración a mirar al de la cara roja.

    —Veamos —continuó Woodford encantado—, ¿no estuvo en un colegio como monitor de boxeo?

    Los miró atentamente, sin decir nada y haciendo durar este placer porque todo esto era muy secreto.

    —¡Es Sandy, es Sandy!

    Woodford tomó nota con el mayor cuidado, porque la experiencia le había demostrado que tenía la tendencia de olvidar lo que confiaba a su memoria.

    Cuando se disponía a marcharse, el mayor le preguntó:

    —¿Cómo va Clarkie?
    —Está agotado —respondió Woodford—. Se mata trabajando, como siempre.
    —Se habla mucho de él, ya lo sabe. Me gustaría que viniera por aquí de vez en cuando. Esto también les gustaría a todos, ¿sabe usted? Les subiría la moral.
    —Dígame —continuó Woodford, cuando ya estaban cerca de la puerta—, ¿se acuerda usted de un tal Leiser? Fred Leiser, un polaco. Pertenecía al grupo. Estuvo en la acción de Holanda.
    —¿Vive todavía?
    —Sí.
    —Lo siento —dijo el mayor con un tono vago—. Los extranjeros ya no vienen. No sé por qué. Se lo preguntaré a los demás.

    Al cerrar la puerta tras de sí, Woodford salió a la noche de Londres. Miró en torno suyo, contento de lo que veía: su ciudad natal confiada a sus buenos cuidados. Se alejó lentamente, como un viejo atleta por una vieja pista.


    VIII


    Avery caminaba de prisa. Tenía miedo. No hay terror tan firme ni al mismo tiempo tan difícil de describir como el que obsesiona a un espía en país extranjero. La mirada de un taxista, la densidad de la multitud en la calle, la diversidad de uniformes —¿es un policía o un cartero?—, la oscuridad de las costumbres y del idioma y los mismos ruidos que constituían el mundo en el cual Avery había penetrado, todo contribuía a crear en él un estado de constante ansiedad que, como un dolor nervioso, hacíase virulento ahora que se encontraba solo. En un instante su espíritu oscilaba entre el pánico y el amor ciego, reaccionando con extraordinaria gratitud a una mirada o una palabra amables. Experimentaba un sentimiento de dependencia casi femenino hacia aquellos a quienes engañaba. Avery tenía desesperadamente necesidad de encontrar, entre los rostros indiferentes que le rodeaban, la absolución de una sonrisa confiada. Esto no le bastaba para decirse: no les haces daño, eres su protector. Y se movía en medio de ellos como un hombre acosado que busca la madriguera y el lugar cubierto.

    Tomó un taxi hasta el hotel, donde pidió una habitación con baño. Le rogaron que escribiera su nombre en el registro. La punta de su pluma tocaba ya el papel cuando vio, a menos de diez líneas más arriba, escrito con mano laboriosa, el nombre de Malherbe, cortado en el medio como si el que lo había escrito no supiera cómo se escribía. Leyó: dirección, Londres; profesión, mayor (retirado); destino, Londres. «Su última vanidad», pensó Avery, una falsa profesión, un falso rango, pero el insignificante inglés llamado Taylor había tenido su instante de gloria. ¿Por qué no coronel? ¿O almirante? ¿Por qué no atribuirse el título de par y una dirección en Park Lane? Hasta cuando soñaba, Taylor conocía sus limitaciones.

    —El mozo le subirá las maletas —dijo el conserje.
    —Perdóneme —dijo Avery excusándose sin razón, y firmó el registro mientras el hombre lo observaba con curiosidad.

    Dio una propina al mozo y advirtió, al hacerlo, que le había dado el equivalente de una moneda inglesa. Cerró la puerta de la habitación y se sentó un momento en la cama. Era una habitación concebida minuciosamente, pero fría y sin alma. Sobre la puerta había fijado un aviso en varios idiomas previniendo a los clientes contra los riesgos del robo, y otro junto al lecho que explicaba las desventajas económicas de no desayunarse en el hotel. Sobre la mesa, una revista de viajes y una biblia encuadernada en tela negra. Había un pequeño cuarto de baño muy limpio y una especie de armario con una sola percha. Había olvidado llevarse un libro. No creyó poder disponer de tiempo libre.

    Tenía frío y hambre. Decidió tomarse un baño. Abrió el grifo y se desnudó. Iba a meterse en la bañera cuando recordó las cartas de Taylor que llevaba en el bolsillo. Se puso una bata, se sentó en la cama y las examinó. Había una de su Banco acerca de su cuenta en descubierto, una de su madre, otra de un amigo que empezaba «Querido viejo Wilf», y las demás de una mujer. De pronto las cartas le dieron miedo: eran pruebas. Corría el riesgo de que le comprometieran. Decidió quemarlas todas. Había otro lavabo en la habitación. Reunió todos los papeles y les prendió fuego. En alguna parte había leído que ésta era la manera de proceder. Había una carta a nombre del socio del «Alias Club» llamado Taylor, y la quemó también. Luego deshizo las cenizas con los dedos y dejó correr el agua. El nivel subió rápidamente. El tapón metálico se maniobraba desde el lavabo por medio de una palanca colocada entre los grifos. Las cenizas, empapadas, lo habían bloqueado y el lavabo se atascó.

    Buscó un instrumento para pasarlo bajo el disco metálico del tapón. Lo intentó con su estilográfica, pero era demasiado gruesa, y entonces echó mano de su lima para las uñas. Después de varias tentativas consiguió empujar las cenizas en la cañería. El agua corrió, dejando una espesa mancha parda sobre el esmalte. Comenzó frotándola con las manos, y después con el cepillo, pero no desaparecía. El esmalte no se manchaba así como así. Eso debía de proceder de los papeles. Sin duda tendrían alquitrán o una cosa por el estilo. Se dirigió al cuarto de baño y buscó en vano un detergente.

    Al volver a la habitación advirtió que apestaba a papel quemado. Se precipitó a la ventana para abrirla. Una ráfaga de aire helado barrió sus brazos y sus piernas desnudas. Se ajustaba la bata cuando llamaron a la puerta. Petrificado de terror, con los ojos fijos en el tirador de la puerta, oyó llamar de nuevo, gritó que entraran y vio cómo el tirador giraba. Era el empleado de recepción.

    —¿El señor Avery?
    —Sí.
    —Discúlpeme. Necesitamos su pasaporte. Para la Policía.
    —¿La Policía?
    —Es la costumbre.

    Avery había retrocedido hasta el lavabo. Las cortinas se agitaban violentamente junto a la ventana abierta.

    —¿Puedo cerrar la ventana? — preguntó el hombre.
    —No me encontraba bien. Tenía necesidad de aire fresco.

    Encontró su pasaporte y se lo dio. Vio la mirada del empleado fija en el lavabo, sobre la mancha parda y los pequeños grumos de cenizas pegados todavía al esmalte.

    Deseó, como jamás hasta entonces lo había deseado, encontrarse en Inglaterra.


    La hilera de villas que limita Western Avenue es como una fila de tumbas de color rosa que se destacan sobre un fondo gris, la imagen arquitectónica de la Edad Media. Su uniformidad y la disciplina de personas que envejecen, que mueren sin violencia y que viven sin triunfar. Son casas que se han llevado a sus ocupantes, de quienes cambian a su antojo sin que ellas cambien. Los camiones de las conductoras se deslizan respetuosamente entre ellas, como coches fúnebres, llevándose discretamente a los muertos y trayendo a los vivos. De vez en cuando, un inquilino levanta la mano prodigando los potes de pintura sobre el maderaje, o sus esfuerzos en el jardín, pero nada de esto modifica la casa como tampoco las flores cambian la sala de un hospital, y el césped crece a su capricho, como la hierba sobre una tumba.

    Haldane despidió el coche y dejó la calle para dirigirse hacia South Park Gardens, una calle semicircular a cinco minutos de la alcaldía. Había una escuela, una estafeta de Correos, cuatro almacenes y un Banco. Caminaba un poco encorvado, sujetando una cartera con la débil mano. El campanario de la iglesia moderna se erguía por encima de las casas. Un reloj dio las siete. En una esquina de la calle había una abacería, con una fachada moderna y un autoservicio. Miró el nombre: «Smethwick». En el almacén, un joven con una blusa parda terminaba una pirámide de cereales. Haldane llamó en el cristal. El hombre movió la cabeza y añadió un paquete a la pirámide. Haldane llamó de nuevo, secamente. El tendero se dirigió a la puerta.

    —Estoy en mi derecho si no quiero venderle nada —gritó—, de manera que no hay por qué llamar a la puerta. — Al ver la cartera, preguntó—: ¿Es usted representante?

    Haldane metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y blandió algo tras la puerta de cristales: una tarjeta en una funda transparente. El tendero la miró. Luego, lentamente, descorrió el pestillo.

    —Quisiera hablar con usted particularmente —dijo Haldane, entrando.
    —Jamás los había visto como ése —observó el tendero, incómodo—. Creo que es auténtico.
    —Completamente auténtico. Se trata de una información de seguridad. Un hombre llamado Leiser, un polaco. Parece que trabajó aquí hace tiempo.
    —Iré a buscar a mi padre —dijo el tendero—. Yo era un crío entonces…
    —Ya veo —dijo Haldane, como si desaprobara su juventud.


    Era casi medianoche cuando telefoneó a Leclerc. Éste le respondió en seguida. Avery lo imaginaba sentado en su cama de hierro, con las sábanas de la «Air Force» sobre las rodillas y su pequeña cara atenta, ávida de noticias.

    —Es John —dijo prudentemente.
    —Sí, sí, ya sé quién es usted.

    No parecía contento de que Avery hubiese dicho su nombre.

    —El negocio, por desgracia, se ha ido al diantre. No les interesa… Absolutamente negativo. Sería mejor que avisara usted al hombre que he visto; el hombrecillo barrigón…, para decirle que aquí no tendremos necesidad de sus servicios.
    —Bueno. No importa.

    No parecía tener el menor interés.

    Avery no sabía qué decir, en absoluto. Sentía desesperadamente la necesidad de continuar hablando con Leclerc. Quería hablarle del desprecio de Sutherland y decirle que el pasaporte no era bueno.

    —La gente de aquí, las personas con quienes trato están muy preocupadas por este asunto.

    Esperaba.

    Hubiese querido llamarlo por su nombre, pero no sabía cómo: en el Departamento no se decía «señor»; a los viejos se les llamaba por el apellido y a los jóvenes por el nombre. No tenía etiqueta precisa para dirigirse a su superior. Se contentó con decir:

    —¿Está usted ahí todavía?

    Y Leclerc respondió:

    —Naturalmente. ¿Qué le preocupa? ¿Qué cosa va mal?

    Avery se dijo que hubiera podido llamarle «señor director», pero esto hubiese significado infringir los reglamentos de seguridad.

    —El representante aquí, el hombre encargado de nuestros intereses… Está al corriente —dijo—. Da la impresión de haberlo adivinado.
    —¿Concretó usted bien que era extremadamente confidencial?
    —Sí, naturalmente.

    ¿Cómo podría explicar nunca al personaje Sutherland?

    —Bueno. En estos momentos no tenemos por qué tener cuestiones con el Foreign Office. — Con tono distinto, Leclerc continuó—: Aquí todo va muy bien, muy bien. ¿Cuándo vuelve?
    —Es preciso que me ocupe de… de… recoger a nuestro amigo. Hay que llevar a cabo numerosas formalidades. No es tan fácil como se creía.
    —¿Cuándo habrá usted terminado?
    —Mañana.
    —Enviaré un coche a buscarle a Heathrow. En unas horas han ocurrido muchas cosas, muchas mejoras. Le necesitamos —añadió Leclerc, como se lanza un hueso—. Lo ha hecho usted muy bien, muy bien.
    —Me alegro.

    Esperaba dormirse aquella noche con un sueño pesado, pero al cabo tal vez de una hora se despertó con los sentidos alerta. Miró su reloj: la una y diez. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana e inspeccionó el paisaje nevado, marcado por las líneas más oscuras de la carretera que conducía al aeródromo. Creyó distinguir la pequeña prominencia donde Taylor había encontrado la muerte.

    Se sentía muy solo y tenía miedo. Su espíritu se había llenado de visiones confusas: el terrible rostro de Taylor, el rostro que había tenido que ver, vacío de sangre, con los ojos muy abiertos, como para comunicar un descubrimiento trascendental; la voz de Leclerc, vibrando de un optimismo frágil, grueso el comisario, mirándolo, mirándolo con afán, como si fuera algo que quisiera comprar y careciese de medios. Se dio cuenta de que soportaba mal la soledad. La soledad le entristecía, lo convertía en un sentimental. Por primera vez, desde que había abandonado el piso aquella mañana, se puso a pensar en Sarah y en Anthony. Cuando se acordó de su hijo, las lágrimas acudieron bruscamente a sus ojos fatigados y a sus lentes de montura de acero como miniaturas de grillos de forzado. Sentía el deseo de oír su voz, sentía necesidad de Sarah y del decorado familiar de su hogar. Tal vez pudiera telefonear a su casa, hablar con su suegra, pedir noticias. Pero, ¿y si ella estuviera enferma? Había tenido más que suficiente aquel día. Había gastado demasiada energía, miedo e inventiva. Había vivido una pesadilla: ahora no se hallaba en condiciones de telefonear. Volvió a acostarse.

    A pesar de todos sus esfuerzos, no conseguía dormirse. Sus párpados ardían y le pesaban, y su cuerpo estaba profundamente agotado, pero no lograba conciliar el sueño. Se levantó viento e hizo temblar las dobles ventanas. Unas veces tenía calor y otras frío. Se amodorró un momento para ser violentamente arrebatado de su sueño agitado por un rumor de sollozos: podía proceder de la habitación contigua, podía ser Anthony, o podía ser —porque no lo oía bien, sino que adivinaba a medias al despertarse la clase de ruido que era—, podía ser el llanto metálico de la muñeca de una niña.

    Y hubo un momento, poco antes del alba, que oyó ruido de pasos ante su habitación, los pasos de una sola persona en el pasillo, no imaginarios, sino bien reales. Estremecido de terror se quedó esperando que girase el tirador de la puerta o que uno de los hombres del inspector Peersen llamase sin miramientos. Aguzando el oído, hubiese jurado haber oído un crujido de tela, el rumor de una respiración ahogada, como un leve suspiro. Después silencio. Se quedó escuchando durante varios minutos, pero no oyó nada más.

    Encendió la luz, acercó la silla y buscó su estilográfica en la chaqueta. Estaba cerca del lavabo. De su cartera tomó una carpeta en cuero que Sarah le había regalado.

    Habiéndose instalado en la mesita cerca de la ventana, se puso a escribir una carta de amor a alguien que hubiese podido ser Carol. Por la mañana la destruyó, haciéndola fragmentos muy pequeños, la arrojó en el wáter y tiró de la cadena. Al hacerlo, vio algo blanco en el suelo. Era una fotografía de la hija de Taylor, que tenía en brazos una muñeca. Llevaba lentes, los mismos que Anthony. La foto debió de estar entre los papeles. Pensó destruirla, pero, sin saber por qué, se sintió incapaz. Se la metió en el bolsillo.


    IX
    Regreso


    Como Avery suponía, Leclerc esperaba en Heathrow, erguido y de puntillas, mirando ansiosamente por entre las cabezas de la gente que estaba aguardando. Dios sabe cómo, había tomado sus disposiciones con los aduaneros; habría hecho intervenir sin duda al Ministerio, y cuando vio a Avery avanzó por el vestíbulo y lo guió con aire de autoridad, como si estuviese acostumbrado a que le ahorrasen toda clase de formalidades.

    «He aquí la vida que llevamos —pensó Avery—: el mismo aeropuerto con diferente nombre, los mismos encuentros precipitados, culpables; vivimos fuera de los muros de la ciudad, y somos los monjes negros de una sombría casa de Lambeth.»

    Estaba desesperadamente cansado. Necesitaba a Sarah. Tenía el deseo de pedir perdón, de reconciliarse con ella, de hallar otro empleo y de volver a empezar; de jugar todavía con Anthony. Estaba avergonzado.

    —Quisiera hacer simplemente una llamada por teléfono. Sarah no estaba muy bien cuando me fui.
    —La hará desde el despacho —dijo Leclerc—. ¿Verdad que no le molesta? Dentro de una hora tendré una reunión con Haldane.

    Creyendo descubrir una falsa nota en la voz de Leclerc, Avery lo miró con expresión de desconfianza, pero su compañero había vuelto los ojos hacia el «Humber» negro que aguardaba en el parque de estacionamiento reservado a los coches oficiales. Leclerc dejó que el chófer le abriera la puerta. Hubo unos instantes de ridícula confusión hasta el momento en que Avery se sentó en el lado izquierdo, como aparentemente lo exige el protocolo. El chófer parecía estar cansado de esperar. Entre él y ellos no había separación.

    —Las cosas cambian —dijo Avery refiriéndose al coche.

    Leclerc bajó la cabeza con aire de inteligencia, como si esto fuera una novedad para él.

    —¿Cómo marcha todo? — preguntó, con el pensamiento en otro lugar.
    —Muy bien. No ha sucedido nada, ¿verdad? Me refiero a Sarah.
    —¿Por qué cree usted que haya tenido que suceder algo?
    —¿Blackfriars Road? — preguntó el chófer sin volver la cabeza, como hubiese podido exigir cierto sentido del respeto.
    —Al despacho, sí, por favor.
    —Me encontré con un verdadero lío en Finlandia —observó Avery brutalmente—. Los papeles de nuestro amigo…, los de Malherbe, no estaban en regla. El Foreign Office había anulado su pasaporte.
    —¿Malherbe? ¡Ah, sí! Quiere usted decir Taylor. Lo sabemos. Todo está ya arreglado. Simple manifestación de celo habitual. En realidad, Control está muy disgustado. Ha enviado sus excusas. Ahora tenemos un montón de gente de nuestra parte. No tiene usted idea, John. Usted será muy útil, John. Es usted el único que conoce el terreno. — Avery se preguntó qué era lo que conocía. Volvían a encontrarse. La misma intensidad, el mismo malestar físico, las mismas ausencias. Cuando Leclerc se volvió a él, Avery, durante un instante de locura, creyó que iba a ponerle una mano sobre la rodilla—. Ya veo que está usted muy fatigado, John. Sé lo que es esto. Pero eso no importa: ahora está usted con nosotros. Sepa que tengo buenas noticias para usted. Por fin el Ministerio se interesa por nosotros. Hemos de constituir una unidad especial de operaciones para montar la fase siguiente.
    —¿La fase siguiente?
    —Claro está que sí. El hombre de quien le hablé. No podemos dejar las cosas como están. Nosotros no nos contentamos con recoger informaciones. John: aclaramos la situación. He vuelto a dar vida a la Sección Especial. ¿Sabe usted lo que es esto?
    —Haldane la dirigió durante la guerra… Se trataba de formar…

    Leclerc le interrumpió precipitadamente a causa del chófer.

    —…De formar viajantes. Como va a dirigirla de nuevo, he decidido que usted vaya a trabajar con él. Ustedes son los dos mejores cerebros que tengo —añadió con una mirada de soslayo.

    Leclerc había cambiado. Había algo nuevo en su actitud, algo que era ya más que optimismo o esperanza. La última vez que lo vio Avery, le dio la impresión de que estaba luchando contra la adversidad. Ahora se advertía en él una lozanía, tenía en la vida una finalidad, algo completamente nuevo o muy antiguo.

    —¿Haldane ha aceptado?
    —Ya se lo he dicho. Trabaja día y noche. Olvida usted que Haldane es un profesional. Un verdadero técnico. Para un trabajo como éste es mejor los viejos. Con uno o dos jóvenes entre ellos.
    —Quisiera hablarle de toda la operación… —dijo Avery—. De Finlandia. Pasaré por su despacho después de haber telefoneado a Sarah.
    —Venga en seguida, y así le podré decir en qué punto nos encontramos.
    —Voy a llamar a Sarah primero. De nuevo Avery tuvo la insensata impresión de que Leclerc le impedía comunicarse con Sarah.
    —Ella está bien, ¿verdad?
    —Sí, a juzgar por lo que sé. ¿Por qué me pregunta usted eso? — Leclerc prosiguió con la misma amabilidad—: ¿Contento de haber vuelto, John?
    —Sí, claro.

    Se arrellanó en el asiento del coche. Leclerc, advirtiendo su hostilidad, lo dejó en paz un momento. Avery dedicó su atención al trayecto y a las casas rosa y saludables que desfilaban bajo la bruma.

    Leclerc continuó con aquel mismo tono que tenía durante las reuniones de trabajo:

    —Quiero que empiecen ustedes inmediatamente. Mañana, si es posible. Su despacho está dispuesto. Hay mucho que hacer. Ese hombre. Haldane lo meterá en seguida en faena. Tendremos ya noticias al llegar. En lo sucesivo usted dependerá de Adrian. Supongo que esto le gusta. Nuestros jefes están de acuerdo en proporcionarle un pase especial del Ministerio. De la misma clase que posee el Circus.

    Avery conocía perfectamente la manera de hablar de Leclerc. Había momentos, en que se expresaba únicamente por medio de indirectas alusiones, ofreciendo un material bruto que el consumidor, no el abastecedor, tenía que refinar.

    —Quisiera hablarle de todo el asunto. Cuando haya llamado a Sarah.
    —Bueno —respondió Leclerc amablemente—. Vaya luego a hablarme. Pero, ¿por qué no ahora? — Se volvió a Avery para mirarlo: parecía no tener volumen. Hubiérase dicho que era una luna con una sola cara—. Se ha desenvuelto usted muy bien —dijo generosamente— y espero que continúe haciéndolo. — Entraban ya en Londres—. Tenemos cierto apoyo del Circus —añadió—. Parece que están cargados de buena voluntad. Naturalmente, no tienen una vista de conjunto de la situación. El ministro se ha mostrado muy firme sobre este particular.

    Pasaron por delante de Lambeth Road, donde truena el dios de las batallas. El «Imperial War Museum» a un lado, las escuelas al otro y los hospitales en medio. Un cementerio rodeado de un enrejado como un campo de tenis. Imposible decir quién vivía allí. Las casas son demasiado numerosas y las escuelas demasiado grandes para los niños. Los hospitales tal vez estén completos, pero están corridas las cortinas. El polvo flota por todas partes, como el polvo de la guerra. Cubre las fachadas ahuecadas, ahoga el césped en los cementerios; ha ahuyentado a los habitantes, salvo aquellos que se arrastran por las sombrías esquinas como fantasmas de soldados, o esperan dormirse tras sus ventanas en las que brilla una luz amarilla. Es otra calle que la gente parece haber dejado con frecuencia. Los que han vuelto son muy raros, y han llevado algo del mundo vivo, según los viajes que hayan hecho. Uno, una punta de prado; otro, un fragmento de terraza estilo Regencia, un almacén o un vertedero, o una taberna con la muestra «Flores del Bosque».

    Es una calle llena de establecimientos dedicados a la fe. Uno está bajo la protección de Nuestra Señora del Consuelo, otro bajo la de la Iglesia Hermana. Todo lo que no es hospital, escuela, taberna o seminario, es muerte y su cuerpo no es sino polvo. Hay una tienda de juguetes con un cerrojo en la puerta. Avery se quedaba mirándola siempre que iba al despacho; los juguetes se oxidaban en las estanterías. El escaparate parecía más sucio que nunca; la parte baja del cristal estaba marcada con las huellas de los dedos de los niños. Había también un dentista estilo sacamuelas. Miró a través de los cristales del coche y se puso a contar las tiendas a medida que pasaban, preguntándose si volvería a verlas alguna vez como miembro del Departamento. Había almacenes con espinos delante de la puerta y fábricas que no producían nada. En una de ellas sonó un timbre, pero nadie lo oyó. Había una pared derrumbada con carteles pegados: «Usted será alguien en el ejército regular.» Giraron por Saint George’s Circus y se metieron en Blackfriars Road.

    Al acercarse a la casa, Avery advirtió que las cosas habían cambiado. Por un instante imaginó que hasta la hierba sobre la magra punta de césped era más compacta, que había hallado alguna vida durante su breve ausencia, y que los peldaños de cemento que conducían a la puerta, que hasta en pleno verano llegaban a parecer húmedos y sucios, mostrábanse ahora limpios y acogedores. Sabía, incluso antes de haber franqueado el umbral, que un nuevo espíritu soplaba sobre el Departamento.

    Esto había afectado hasta los miembros más simples del personal. Pine, impresionado sin duda por el coche negro oficial y por las súbitas idas y venidas de personas atareadas, tenía una expresión alerta y pimpante. Por una vez, nada dijo de la puntuación del críquet. La escalera estaba encerada.

    En el pasillo se cruzaron con Woodford. Tenía prisa. Llevaba bajo el brazo expedientes con etiquetas rojas.

    —¡Buenos días, John! ¿Buen aterrizaje? ¿Ha ido bien? — Realmente parecía contento de verlo—. ¿Ya está bien Sarah?
    —Se ha desenvuelto muy bien —se apresuró a decir Leclerc—. Tenía una misión difícil.
    —¡Ah, sí! El pobre Taylor. Necesitaremos de usted en la nueva sección. Su mujer tendrá que pasarse sin usted una o dos semanas.
    —¿Qué ha dicho sobre Sarah? — preguntó Avery.

    De pronto se sintió poseído por el miedo. Se precipitó en el pasillo. Leclerc le llamó, pero no hizo caso. Entró en su despacho y se detuvo en seco. Había un segundo teléfono sobre su mesa y una cama como la de Leclerc pegada a la pared. Junto al nuevo teléfono había una lista de teléfonos de urgencia. Los números que debían utilizarse durante la noche estaban marcados en rojo. Sobre la puerta había pegado un cartel a dos tintas que representaban una cabeza de hombre de perfil. A través del cráneo se podía leer la inscripción: «Guárdalo todo aquí», y sobre la boca: «No dejes salir nada por aquí.» Le bastó un instante para comprender que el cartel era un llamamiento a las reglas de seguridad y no una broma de mal gusto a propósito de Taylor. Descolgó el auricular y esperó. Entró Carol con un cesto de papeles para firmar.

    —¿Cómo ha ido todo? — preguntó—. El jefe parece muy contento.

    Se quedó esperando, muy cerca de él.

    —¡Imagínese! No traigo la película. No estaba entre sus cosas. Voy a presentar mi dimisión. Lo he decidido. ¡Maldita sea!, ¿qué le pasa a este teléfono?
    —Probablemente no saben que usted ha vuelto. Hay un comunicado de Contabilidad a propósito de su nota de taxis. Ponen dificultades.
    —¿De taxis?
    —De su casa a la oficina. La noche en que murió Taylor. Dicen que es demasiado.
    —Escuche, hágame el favor de despertar a los de la centralita. Deben de estar durmiendo.

    Fue Sarah quien respondió a la llamada.

    —¡Gracias a Dios! ¿Eres tú?

    Avery dijo que sí, que había llegado una hora antes.

    —Escucha, Sarah, estoy harto. Le voy a decir a Leclerc…

    Pero antes de que él pudiera terminar, ella estalló:

    —¡Dios mío! John, ¿qué has hecho? Hemos tenido aquí a la Policía, inspectores. Quieren hablarte a propósito de un cadáver que ha llegado al aeropuerto de Londres. Un tal Malherbe. Dicen que ha sido enviado desde Finlandia con pasaporte falso.

    Avery cerró los ojos. Sintió el deseo de colgar y apartó el auricular de su oreja, pero todavía oía la voz que decía:

    —John, John…
    —Parece que es tu hermano. Viene dirigido a ti, John. Un empresario de pompas fúnebres de Londres tiene la orden de encargarse de esto por tu cuenta. John, John, ¿me oyes?
    —Escucha —dijo él—, no te preocupes. Ahora me ocuparé de todo eso.
    —Les hablé de Taylor: era preciso.
    —¡Sarah!
    —¿Qué otra cosa podía hacer? Creían que yo era una criminal o Dios sabe qué. ¡No me creyeron, John! Me preguntaron dónde podían verte. Debí decirles que no lo sabía. Ni siquiera sabía en qué país estabas ni qué avión habías tomado. Estoy enferma, John, me encuentro muy mal. Tengo esta maldita gripe y olvidé tomarme la medicina. Vinieron en plena noche, dos. John, ¿por qué tenían que venir por la noche?
    —¿Qué les dijiste? ¡Dios mío! Sarah, ¿qué más les has dicho?
    —¡Me insultas! Soy yo quien debiera ponerte como un trapo, a ti y a tu condenada oficina. Les dije que habías ido para una misión secreta, que habías tenido que ir al extranjero por cosas del Departamento. John, ni siquiera sé cómo se llama eso. Les dije que te llamaron en plena noche y que te habías ido. Les expliqué que se trataba de un correo llamado Taylor.
    —Estás loca —exclamó Avery—, estás completamente loca. Te pedí que jamás dijeras nada a nadie.
    —Pero, John, ¡eran de la Policía! Se les podía decir. — Lloraba y él oía sus sollozos entre sus palabras—. John, te lo ruego, ven. ¡Tengo tanto miedo! Es preciso que dejes eso y vuelvas a la editorial. No me importa lo que hagas, pero…
    —No puedo. Es un asunto muy grave. Más importante de lo que puedes imaginar. Estoy desolado, Sarah: no puedo dejar en modo alguno el despacho. — Y añadió perversamente, lo cual era una mentira que siempre podría ser útil—: Quizá lo has echado a perder del todo.

    Hubo una larga pausa.

    —Sarah, tengo que ver todo esto. Te llamaré más tarde.

    Cuando por fin ella respondió, él observó en su voz la misma resignación con la cual le dijo que hiciera las maletas.

    —Te llevaste el talonario del Banco. No tengo dinero.

    Él le dijo que se lo mandaría.

    —Disponemos de un coche para estas cosas —añadió—, con chófer.

    Antes de colgar le oyó decir:

    —Creí que teníais muchos coches.

    Avery se precipitó a ver a Leclerc.

    Haldane estaba de pie detrás de la mesa, el abrigo empapado todavía de lluvia. Ambos estaban inclinados sobre un expediente cuyas hojas estaban un poco borrosas y rotas.

    —¡El cuerpo de Taylor! — declaró bruscamente—. Está en el aeropuerto de Londres. Han armado ustedes un bonito lío. Fueron a ver a Sarah. En plena noche.
    —¡Espere! — fue Haldane quien habló—. No tiene usted ningún motivo para entrar aquí como una tromba —dijo con tono furioso—. Espere. — Y volvió a enfrascarse en el expediente, sin prestar atención a Avery—. Absolutamente ninguna —murmuró, y continuó, dirigiéndose a Leclerc—: Según creo, Woodford ha logrado ya algunos resultados. Por lo que se refiere a la lucha cuerpo a cuerpo, ya vale. Ha oído hablar de un operador de radio, uno de los mejores. Lo recuerdo. El garaje se llama «King of Hearts». Es un negocio que marcha bien. Nos hemos informado en el Banco. Sin entrar en demasiados detalles, han cooperado bien. Es soltero, Tiene reputación entre las mujeres: el estilo polaco habitual. No le interesa la política, no se le conoce ningún violín de Ingres, ni deudas, ni nadie que tenga motivo de queja contra él. Parece como si viviera en otro mundo. Se le considera un buen mecánico. En cuanto a su personalidad… —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Qué se puede saber de nadie?
    —Pero, ¿qué dicen de él? ¡Por Dios santo!, no se pueden pasar quince años entre la gen