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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    HISTORIA DE UNA MAESTRA (Josefina Aldecoa)

    Publicado el viernes, octubre 27, 2017

    Primera parte
    EL COMIENZO DEL SUEÑO


    Contar mi vida... No sé por dónde empezar. Una vida la recuerdas a saltos, a golpes. De repente te viene a la memoria un pasaje y se te ilumina la escena del recuerdo. Lo ves todo transparente, clarísimo y hasta parece que lo entiendes. Entiendes lo que está pasando allí aunque no lo entendieras cuando sucedió...

    Otras veces tratas de recordar hechos que fueron importantes, acontecimientos que marcaron tu vida y no logras recrearlos, sacarlos a la superficie... Si tienes paciencia y me escuchas y luego te las arreglas para ir poniendo orden en la baraja...

    Si tú te encargas de buscar explicaciones a tantas cosas que para mí están muy oscuras, entonces lo intentamos. Pero poco a poco, como me vaya saliendo. No me pidas que te cuente mi vida desde el principio y luego, todo seguido año tras año. No hay vida que se recuerde así...

    Para mí, por ejemplo está muy claro el día que di por terminada la carrera. Yo acababa de cumplir diecinueve años. Era un día de octubre de 1923. Lloviznaba. Desde muy temprano había contemplado por la ventana los árboles del parque cubiertos de una gasa tenue y abajo, al final de la ladera, un pozo de luz lechosa, como una nube o un ovillo de hilos enredados que flotaba sobre el suelo.

    Al levantar el sol, cuando sólo quedaran jirones de niebla enganchados en los rincones más sombríos, por la ciudad se extendería un clamor de sonidos mezclados; cascos de caballos, bocinas de automóviles, gritos de niños, voces de vendedores ambulantes.

    La ciudad era Oviedo y yo conocía sus amaneceres porque llevaba mucho tiempo viviendo allí, en la pensión de una familia que, como yo, procedía de un pueblo leonés situado en la línea de montañas que separa Asturias de la meseta.

    En Oviedo estudié tres cursos y ese día y a esa hora que tan bien recuerdo estaba llegando a una meta. A las diez de la mañana en la Escuela Normal, nos reuniríamos las compañeras. Recogeríamos libros, certificados; intercambiaríamos apuntes que nos iban a servir algún día para las oposiciones y nos despediríamos. Unas seguirían en la ciudad. Otras emprenderíamos el regreso a casa.

    A las diez, yo vería una vez más mi nombre escrito entre otros muchos:

    Gabriela López Pardo, Maestra... El fin de una etapa y el comienzo de un sueño


    Nunca olvidaré aquella mañana. Íbamos muy contentas por la calle todas las compañeras. Sólo una, Remedios, había suspendido, en junio y en septiembre, pero también ella estaba alegre porque de todos modos iba a casarse y decía:

    «Qué más da si antes o después lo tenía que dejar...»

    Íbamos hacia el centro de la ciudad y en esto vimos que la gente se agolpaba a los dos lados de la calle: «Ya vienen», decían. De puntillas, tratamos de ver lo que pasaba. A mí me dolía el cuello de tanto estirarme. Qué detalles tan tontos puede una recordar...

    —La boda —dijo Rosa, como si estuviera al tanto de lo que iba a suceder. Y efectivamente vimos un coche descubierto y engalanado que se aproximaba por la calle vacía. Los rumores descendieron. Todo el mundo se concentraba en la contemplación del espectáculo. Cuando el coche llegó a nuestra altura pudimos ver con claridad a la pareja.

    La novia iba sentada, erguida y arrogante. De vez en cuando recordaba que se esperaba su sonrisa y la esbozaba apenas. Era morena, delgada. Los ojos no expresaban sentimiento alguno pero observé que eran unos ojos grandes y luminosos. Una diadema le prendía en la frente el velo blanco que caía sobre los hombros y se deslizaba por la espalda. Con la mano derecha sujetaba un ramo de flores y me fijé en que los nudillos le blanqueaban de la fuerza con que lo apretaba. En la mano izquierda llevaba un guante puesto y el otro, vacío y desmayado, lo aferraba con el ramo.

    —Ella está triste —informó Rosa—. Dicen que su familia no la dejaba casarse...

    A mí me pareció que la novia no estaba triste; en todo caso nerviosa, deseando terminar cuanto antes el paseo para llegar a su casa o al Hotel o dondequiera que celebraran el banquete.

    En el instante en que nos sobrepasaban, me fijé en el novio. Un hombre joven, serio, con un bigote negro que le acentuaba el gesto firme. Un hombre vestido con uniforme de gala. Miraba por encima del montón de personas que le rodeaban y su mirada se perdía en un punto lejano, más allá de la calle. No sé por qué, pensé: «Parece que estuviera en otra parte.» Y cuando pasó el cortejo se lo dije a mis amigas.

    —Parece que él está en otra cosa. Como si estuviera en otra parte...

    Rosa insistía:

    —Ella está triste. A la familia, él no le parece bastante...

    En seguida nos fuimos cuesta arriba, por los caminos del Parque, y cuando nos despedíamos entre risas y gritos, los novios ya estaban olvidados y sólo nos quedaba la alegría de la nueva vida que íbamos a iniciar.

    Muchas veces he vuelto a recordar aquella boda. La reseña la leí a los pocos días en un periódico pero los nombres no me dijeron nada: «... han contraído matrimonio la Srta. Carmen Polo y Martínez—Valdés y el Teniente Coronel D. Francisco Franco Bahamonde...».

    Los nombres no me dijeron nada entonces. Años después los oiría por todas partes y, sin yo saberlo, marcarían para siempre mi destino.


    —Señora maestra, le advierto que la van a recibir a palos porque la maestra anterior los tenía muy abandonados...

    No supe qué contestar. El hombre comía con parsimonia. Cortaba un trocito de tocino con la navaja y lo extendía sobre una rebanada de pan. Parece que lo estoy viendo. Reseco, renegrido, bajo y fuerte. Venía a buscarme de parte del alcalde para llevarme al pueblo, perdido en la montaña, que haría la tercera de mis interinidades.

    Estaba sentado en un banco de la Plaza cuando el coche de línea se detuvo y de él bajamos los tres viajeros que quedamos para el final: un viajante de comercio con un maletín viejo y una capa sucia; un tratante de ganados con pelliza, faja y boina, y yo, con mi maleta de latón, la misma que mi padre había usado en sus escasos viajes. La que le acompañó en la guerra de Filipinas, en la de Cuba y en una excursión que hizo a Madrid a arreglar los papeles para trabajar en la oficina del ferrocarril.

    Yo no soy cobarde; entonces, menos. Pero las palabras del hombre me encogieron el ánimo. En medio de aquella Plaza vacía —¿estaban todos comiendo en sus casas?, ¿trabajaban en el campo?— sentí miedo.

    Me acordé de Rosa, mi compañera de curso: «Yo, si no me dan un pueblo cerca de casa, no voy», solía decir. «Prefiero quedarme y esperar...» «Esperar ¿a qué?», le decía yo. Pero ella insistía: «Esperar.» Es verdad que su padre era dueño de una fonda y allí tenía ella su medio de vida asegurado y hasta oportunidades de encontrar un novio conveniente. Como ella decía: «Nos interesa encontrar un novio conveniente...»

    La memoria selecciona. Archiva la versión de los hechos que hemos dado por buena y rechaza otras versiones posibles pero inquietantes.

    Yo creo que no me acuerdo nunca de la primera escuela que tuve como interina porque fracasé en ella. Fue un fracaso mío, personal, porque no supe, no pude en tan poco tiempo entrar de verdad en el pueblo. Trato de organizar los recuerdos y se me escurren, se me escapan entre los dedos como peces todavía vivos que se vuelven al agua al menor descuido.

    Era Tierra de Campos. Veo con claridad el pueblo apareciendo en el horizonte, la primera vez que llegué acompañada de mi padre. Habíamos andado varios kilómetros desde la Estación y de pronto en una revuelta del camino, en el regazo de dos colinas suaves, allí estaba el caserío pardo amarillento, la Iglesia, los dos árboles a la puerta del cementerio. Cada vez que me viene a la imaginación esa estampa me desazona: la soledad de los campos al atardecer, el color morado del cielo que amenazaba tormenta. Ya de ahí el recuerdo salta a la posada asentada al borde del camino que daba entrada al pueblo. Me veo encogida al extremo de un banco corrido, ante una mesa larga que compartía con los trajinantes. Eran hombres cansados del camino. Bebían del porrón y apenas hablaban. Dormían en el pajar y no eran hombres convenientes, como diría Rosa. Pero me miraban y yo sentía que detrás de aquellas miradas había hambre de tantas cosas, un hambre y un cansancio inmensos.

    En el rompecabezas no encajo unas piezas con otras. De la posada salto a la escuela. El primer día tenía preparado un discurso pero no me salió. Únicamente dije: «¿Quién sabe leer?» Y un niño menudito y rubiaco dijo: «Yo.» «¿Y los demás?», insistí. «Los demás no saben», contestó él. «Si supieran no estarían aquí...» «Dónde estarían?», pregunté estúpidamente. Y él sonrió lacónico y dijo: «Trabajando.»

    Me acuerdo de mis paseos por los caminos polvorientos. Llevaba un libro conmigo, me sentaba al borde de la cuneta y miraba la tierra ocre y roja que me rodeaba. Al caer el sol, el cielo se derrumbaba en malvas, rosas, oros y yo sentía unas ganas terribles de llorar.

    Nadie se me acercaba. Nadie se interesaba por lo que hacía. Sólo los niños acudían a su cita diaria. Yo trataba de atenderlos a todos. Hacía y deshacía grupos. Por edades, por tamaños, por inteligencias. Explicaba y repetía una y otra vez: «¿Entendéis?» Asentían con un tímido movimiento de cabeza y me escuchaban.

    En la fonda tenía un cuarto pequeño y encalado con una cama y una silla por todo amueblamiento. La cama tenía sábanas gruesas de hilo casero. El colchón era de arena de río. «Más limpio y menos duro que la paja que se clava en las costillas», me explicó la mesonera. Antes de acostarme acercaba la silla a la ventana y miraba hacia fuera. Las noches brillantes y limpias me traían olor a cereal, a humo, a pan cocido en hornos caseros. «¿Sería éste mi futuro?», me preguntaba. «¿Sería éste mi sueño?»


    Los niños progresaban. Una tercera parte ya leían a los dos meses de estar conmigo. «Estoy empezando a ser maestra», pensaba, «pero me falta mucho todavía.»

    Un día vino el Alcalde y me dijo: «Se tiene que ir. La semana que entra viene la propietaria.» Y me enseñó un papel de la inspección. Sólo había hablado con él dos veces: el día que llegué y me acompañó mi padre a saludarle y otro día que nunca olvidaré. Andaba yo paseando y me lo encuentro recogiendo los granos de trigo que habían quedado prisioneros en los rastrojos. Los arrancaba con la navaja y los iba metiendo en un saquito de lienzo. «Aprovecho el tiempo y me entretengo», me confesó. Yo sentí una opresión angustiosa en el pecho cuando pensé en los días que necesitaría para llenar el saquito. Era el rico del pueblo pero se inclinaba mil veces por no renunciar a un solo grano.

    Si tuviera que buscar una imagen para recordar aquel pueblo, elegiría ésta, la del viejo con el traje de pana gastada, el sombrero negro calado hasta las cejas, inclinado sobre la tierra.

    Y si poco me acuerdo de ese pueblo, menos del segundo.

    Era un pueblo de vino y empecé en septiembre. Los diez niños del primer día se convirtieron en tres en seguida. «¿Dónde están los otros?», pregunté. «Vendimiando», me contestaron. Empezaban a incorporarse a la escuela cuando me mandaron a casa. Dos meses escasos, ¿cómo me voy a acordar? Estuve una temporada esperando y al fin me dieron la tercera escuela. Esta me iba a durar. Nadie pide los pueblos perdidos en la montaña. A nadie le interesa enterrarse en la nieve. Así que para allá me fui con interés, con ilusión. Y mira por donde, cuando voy a tocar tierra firme, viene el hombre que me mandan como guía y me suelta aquello: «Señora maestra, le advierto que la van a recibir a palos...» El hombre comía y de vez en cuando echaba un trago de la bota de vino. «¿Quiere?», había sido su último ofrecimiento. Y señalaba el pan con tocino y la bota. Yo dije que no con la cabeza. Cuando terminó el almuerzo, limpió la navaja en el pan que le quedaba, la cerró de un golpe seco y envolvió el resto de comida en un trapo de limpieza dudosa. Lo colocó en el zurrón que colgaba a su espalda y trabó en él la correílla de la bota de vino. Luego dijo: «Vamos», y me señaló el caballo que permanecía atado a una de las columnas de piedra de la Plaza.

    No sé cómo, me encontré sentada en lo alto, la espalda erguida, las piernas colgando hacia un lado.

    —Así va bien, a mujeriegas —dijo una mujer salida de las sombras de la Plaza.

    El guía sujetó la maleta con una cuerda a mi lado. Yo me apoyé en ella y me sentí protegida por aquel cofre que guardaba mis tesoros, todo lo que me unía a mi casa, mi familia, mi mundo.

    El guía dijo: «Arre.» Y el caballo empezó a andar lentamente. Por las últimas callejas del pueblo sonaban los cascos: cloc, cloc, cloc. El guía corría entre los cantos desiguales del empedrado y me salpicaba el pañete de los zapatos nuevos. Por el camino en cuesta bajamos hasta un puente de madera que cruzaba un río estrecho de aguas turbulentas. Yo me agarré bien a la manta y me dije: «No me puedo caer.» Al vaivén de la marcha se me incrustaba en la cadera la esquina de la maleta y el dolor intermitente del golpeteo me daba ganas de llorar. Pero yo seguí pensando: «No me voy a caer y tampoco voy a llorar. Nadie me va a recibir a palos. Tengo todos mis papeles en regla. El Alcalde ha recibido el oficio comunicando mi llegada...»

    Al ritmo de la marcha, la indignación me subía a la garganta y ahogaba la angustia y la sensación de lejanía que me había invadido desde que contemplé el circo de montañas que rodeaba al pueblo grande.

    —Detrás de las primeras, las más altas, dando un rodeo, está su pueblo —me había dicho el conductor al ayudarme a bajar del autobús.

    Ahora, por un camino angosto, tropezando a cada momento, marchábamos los tres: el hombre que iba a pie, sujetando las riendas del caballo; el caballo acostumbrado con toda seguridad a cargas más pesadas y yo, pegada a mi maleta.

    Las peñas grises aparecían moteadas del verde que brotaba entre sus grietas. Por el cielo cruzó un águila, voló rauda sobre nuestras cabezas. Al avanzar, el paso se iba cerrando cada vez más hasta llegar a convertirse en un desfiladero. Un riachuelo discurría abajo, sus riberas eran minúsculas, apenas una breve pradera fileteando el curso del agua.

    —Truchas. Muy buenas —dijo mi acompañante.

    Y añadió al poco rato:

    —Esto en invierno no hay quien lo cruce. Fíjese ahora, en buen tiempo y estamos empezando el viaje como aquel que dice. En invierno y con nieve, meses aislados...


    Eran unos treinta. Me miraban inexpresivos, callados. En primera fila estaban los pequeños, sentados en el suelo. Detrás, en bancos con pupitres, los medianos. Y al fondo, de pie, los mayores. Treinta niños entre seis y catorce años, indicaba la lista que había encontrado sobre la mesa. Escuela unitaria, mixta, así rezaba mi destino. Yo les sonreí. «Soy la nueva maestra», dije, como si alguno lo ignorara, como si no hubieran estado el día antes acechando mi llegada. Recordaba al más alto, el del fondo. Parecía tener más de catorce años. Estaba medio subido a un árbol, cuando pasé ante él. Ahora me miraba en silencio. Le pregunté: «Eres el mayor, ¿verdad?» Negó con la cabeza y señaló a una niña más pequeña en apariencia.

    «¿Cómo te llamas?», insistí. «Genaro, el del molino», contestó. «Pero ¿cómo te apellidas?» Farfulló algo entre dientes. «Está bien, Genaro. Tú vas a ser mi ayudante.» No se movía y tuve que pedirle: «Ven a mi lado.» Salió de su fila, avanzó por el corto pasillo entre los bancos y la pared y se detuvo cerca de mí sin acercarse del todo.

    —La escuela está vieja y sucia —dije a todos— y la vamos a arreglar. No podemos trabajar en un lugar tan feo.

    Luego me dirigí a Genaro.

    —A la salida busca cal y una brocha y di a cuatro de los mayores que se queden con nosotros.

    Después pregunté cuántos sabían leer y escribir y sólo una pequeña parte levantaron la mano. Así que los dividí en grupos, puse cerca de mí a los más pequeños y les dije:

    —No podéis sentaros en el suelo. Mañana cada niño traerá una silla y una tablita para apoyar su cuaderno.

    Como ninguno tenía cuaderno, arranqué una hoja de mi Diario para apuntar: «Pedir al pueblo grande treinta cuadernos y treinta lapiceros.»

    Aquel mismo día, cuando la tarde caía y las montañas envolvían en sombras anticipadas el valle, se abrió la puerta de la cocina de María y allí estaba el Alcalde, malhumorado y hosco. Sin quitarse la gorra, sin pasar de la puerta, me señaló con la cachaba y dijo:

    —Aquí no ha venido usted a pintar la escuela. Aquí ha venido usted a tener a los chicos bien enseñados. Así que déjese de pinturas...

    Y se marchó. Me acerqué al umbral y le vi perderse por la calleja adelante. Una media luna pálida apareció entre dos montes. Por el río ladraron perros. Contestaban otros en el pueblo. Me parecían ladridos tristes, ululantes. Respiré hondo el aire fresco que venía a rachas cargado de olores campesinos, yerba seca de los pajares, abono, leche agria.

    Siempre que me pongo a recapacitar sobre aquellos pueblos de mi juventud lo primero que me viene a la memoria son los olores, los colores, las sensaciones más elementales. Aunque yo diga: pensaba esto o lo otro, seguro que no era así, seguro que eso me lo imagino yo ahora, al paso del tiempo. Pero de lo que sí estoy segura es de las sensaciones. Por eso cuando hablo de la visita del Alcalde vuelvo a sentir el olor y el frescor de aquella noche.


    En la Normal teníamos un profesor muy aficionado a las arengas. Ponía los ojos en blanco cuando nos hablaba de la importancia de nuestra función como educadoras.

    «La joya más preciosa carece de valor si la comparamos con un niño. La planta más hermosa es sólo una pincelada de verdor; la máquina más complicada es imperfecta al lado de ese pequeño ser que piensa, ríe y llora., Y ese ser maravilloso, ese hombre en potencia ante el cual se doblega la Naturaleza, os ha sido confiado, mejor dicho, os será confiado a vosotras...»

    Don Ernesto se llamaba, y parecía que su misión no era otra que la de insuflarnos el entusiasmo que nuestra profesión nos iba a exigir. Muchas veces me he acordado de él. He rememorado con amargura o con humor aquellas ampulosas afirmaciones suyas:

    «La patria, la sociedad, los padres, esperan de vosotras el milagro, la chispa que encienda la inteligencia y forje el carácter de esos futuros ciudadanos...»

    ¡Qué hubiera dicho él si hubiera visto el recibimiento que me hicieron el día que llegué al pueblo...!

    Ya de lejos, me había dicho mi acompañante: —Ahí a la vuelta, en cuanto doblemos esa loma...

    El valle era chiquito. Abajo, al borde del río había pocas casas. La mayoría trepaban por las laderas del monte, huyendo de las riadas, pensé yo, o queriendo protegerse de una invasión imaginaria. El caso es que el pueblo aparecía de pronto, y se venía encima sin aviso, sin señal alguna que anunciara su existencia.

    Entramos por la primera calleja que desembocaba en un cruce de calles mal trazadas, una especie de ensanchamiento en el centro del cual había una fuente.

    —Esta es la Plaza —dijo mi guía.

    Había gente. Hombres, mujeres y niños vestidos con ropas pardas iluminadas a veces por el rosa fuerte de un jersey o el verde violento de un pañuelo. Parecían reunidos, esperándome. Pero no daban muestras de relación alguna entre sí.

    No hablaban, no comentaban, no reían. Simplemente permanecían de pie, cerca unos de otros como buscando un mutuo apoyo para hacer más descansada la espera. Algunos chicos estaban encaramados en árboles raquíticos. Otros en tapias de piedra que protegían el huerto, el patio o la cuadra.

    Se destacó un hombre mayor, recio y sombrío y me dijo:

    —Yo soy el Alcalde y aquí estamos todos que los he llamado a concejo a ver quién la quiere meter en su casa.

    El guía me había ayudado a bajar del caballo y al poner pie a tierra se me doblaron las rodillas y casi me caigo después de las horas de tensión, subida a la grupa del animal. Me sentí ridícula al hacer aquella entrada tan poco airosa. Traté de sonreír.

    —Buenas tardes —dije al Alcalde—. Soy Gabriela López.

    El insistió:

    —A ver ahora que está aquí todo el gentío, quién se decide a tenerla...

    Parecía enfadado y más que ayuda era como si estuviera formulando un desafío. Como si dijera: A ver quién se atreve... Los demás callaban. Una vieja a mi lado me habló en voz baja:

    —Dice don Wenceslao... —fue lo único que pude entender.

    Me cogió de la mano y me sacó del grupo. Allí quedaron todos hostiles o indiferentes. El guía dio un grito:

    —A ver la maleta, quién la coge...

    La mujer se acercó a buscarla.

    —Raimunda, no tropieces —murmuró socarrón.

    Ella no contestó, pero le lanzó una mirada de odio. Entre charcos y piedras me fue conduciendo la mujer, cuesta arriba hasta un caserón que marcaba el final del camino.

    —Aquí vive don Wenceslao —dijo. Y me empujó suavemente hacia el portón de roble guarnecido de clavos. Sobre la puerta un escudo sencillo de piedra carcomida, distinguía y dignificaba la fachada.

    Detrás, el monte avanzaba sobre el pueblo en forma de bosque frondoso de escajos y hayas.


    Llevaba ya una semana en el pueblo cuando apareció el Cura en la puerta de la escuela. Los niños estaban en el recreo y corrieron a besarle la mano.

    —Buenos días, señor Cura —cantaron todos con la misma musiquilla. Genaro estaba dentro de la clase y me ayudaba a colocar los bancos alrededor de las paredes.
    —¿Qué hace usted, señora maestra? — preguntó el Cura. Y su cuerpo ocupó todo el umbral.
    —Ya ve, colocar los bancos contra la pared.
    —¿Y eso para qué, hija mía? — preguntó interesado.

    Yo me había acercado a él y él me extendió la mano, elevada, acercándola para que la besara. La aprisioné en el aire y la estreché con un movimiento forzado. El seguía mirando los bancos y el espacio vacío que había quedado en el centro de la habitación.

    —¿Qué va a hacer usted? — preguntó otra vez.

    Me quedé un poco indecisa ante el tono inquisitivo del visitante.

    —Voy a hacer teatro con los niños. Teatro y canciones. Vamos a representar un cuento...
    —Muchas modernidades trae usted para este pueblo —dijo el Cura sacudiendo la cabeza. Pero en seguida cambió de actitud y se volvió amable, casi zalamero—: Hoy me tocaba confesión en el pueblo de al lado y me dije: Habrá que ir a echar un vistazo a la señora maestra...

    Yo sonreí cortésmente.

    —¿Y cómo ha encontrado a estos mozos en Catecismo? — preguntó a continuación.
    —Los encuentro mal en casi todo —dije evasivamente.
    —Pues a ver si los mejora —dijo el Cura. Y el tono se había vuelto astuto y desconfiado.

    Se recogió el manteo y se lo echó al hombro. Con las dos manos se alzó un poco los bordes de la sotana para no arrastrarla por el barro y se fue poco a poco por la calle adelante.

    A las doce, cuando cerré la escuela para irme a comer vi el caballo del Cura atado junto a la casa del Alcalde.

    —Estarán comiendo —dijo Genaro que caminaba a mi lado—. Comen y se lo apañan todo juntos —continuó—. Ellos mandaron que usted no se quedara en casa de don Wenceslao...


    Mi padre tenía la cabeza muy clara y me había educado con libertad, pero también con prudencia. Mi madre era una mujer bondadosa, pero desdibujada. Dejó mi educación en manos de mi padre, a quien admiraba sin reservas. Yo todo lo que soy, o por lo menos lo que era entonces, se lo debo a mi padre. Era un modesto funcionario de ferrocarriles que consumía sus días tras una mesa de escritorio, dibujando con su perfecta caligrafía relaciones de mercancías, horarios de trenes, fechas de referencia. Y cuando llegaba a casa se encerraba a leer.

    Aún ahora que lo contemplo con la frialdad de los años pasados, valoro su pasión por el saber, el ansia por alcanzar fines nobles que proyectó en mí. «Dios no existe», me decía y le brillaban los ojos con el fervor del descubrimiento. «Dios no existe como lo ven los que creen en Él. Si hay una forma de divinidad está en todo lo que nos rodea: el mar y el monte y el hombre son Dios...» Mi madre escuchaba y guardaba silencio. Una noche les oí hablar. «Es una niña», decía mi madre, «y va a tener muchos disgustos con las ideas que le metes en la cabeza.»

    Solíamos pasear juntos por la carretera que salía del pueblo hacia el Norte. O subíamos a los montes cercanos por caminos que él conocía muy bien. Eran los mejores momentos, aquellos en que los dos solos hablábamos o hablaba él y yo escuchaba o interrumpía para que me aclarara alguna duda.

    A veces se quedaba pensativo, detenía su marcha y me miraba.

    «¿Tú crees que estoy loco?», me preguntaba. Yo me apresuraba a negar esa locura; le cogía de la mano y le sonreía. «Es muy difícil aceptar la incongruencia de la vida», me decía. «Por eso debes entender que haya gente que necesita religiones para dar respuesta a sus temores.» Yo no lo entendía bien entonces. Pero recibía el mensaje de mi padre: «Respeta a los demás, respeta y trata de comprender a los otros.»


    Traté de comprender que no debía quedarme a vivir en la casa de don Wenceslao pero no lo conseguí. Fue una imposición, un abuso de poder, una coacción. Acababa de entrar en la casa, empujada por la mujer que llevaba mi maleta, y ya se oía tras de nosotras un cloqueo de madreñas, repiqueteando sobre las piedras de la calle. «Pase, pase, adelante», me dijo Raimunda. Y me señalaba una puerta cerrada al fondo del portal. Fui hacia la puerta, la abrí y una sala luminosa y cálida apareció ante mis ojos. Las lámparas encendidas en varios puntos de la enorme habitación despedían un leve olor a petróleo quemado. Cerca de la chimenea encendida un anciano sentado en una butaca, más bien hundido en ella, me contemplaba. No hizo ademán de levantarse. «Acérquese», ordenó. Y su voz era firme y más joven que el cuerpo del que procedía. Me fui acercando y me extendió la mano. «Es usted una niña. ¡Vaya maestra!», dijo. Sostuvo mi mano entre las suyas por un instante. Luego me invitó a sentarme. «Nadie le quiere, ¿eh? La verdad es que no han tenido mucha suerte. La última maestra se pasaba la vida en su pueblo, no muy lejos de aquí...»

    Tenía unos ojos vivos que me examinaron con un par de giros rápidos, de arriba abajo, de derecha a izquierda.

    —¿Tú querrías quedarte con nosotros? La casa es grande y sobra sitio. Raimunda te la enseñará. No hay otra decente en este pueblo...

    En el portal se oían voces. Hablaban varias personas a la vez. A poco Raimunda entró sin llamar:

    —Don Wenceslao, dice el Alcalde que María la de la herrería se queda con ella. — Y me señalaba como si fuera un objeto en una subasta que ha encontrado, finalmente, comprador.
    —Ya entiendo —dijo el anciano—. Nadie quería pero al fin ha surgido un voluntario... Haga lo que quiera. Si no le van bien las cosas esta casa está abierta para usted...

    Cerró los ojos como dando por terminada la entrevista. Mi desconcierto iba en aumento. ¿Debía irme o quedarme? ¿Rechazaba el alojamiento o lo aceptaba sin discusión? Mi anfitrión no estaba dispuesto a intervenir. Me dejaba a solas con la decisión. Raimunda esperaba.

    —Está bien. Iré. Buenas noches.

    El anciano murmuró algo y con la mano hizo un gesto de despedida.

    No había sido una elección. Genaro tenía razón: ellos habían decidido por mí que no me quedara en la casa que se me ofrecía.

    —¿Y tú por qué crees que no querían? — pregunté a Genaro. Se quedó callado reflexionando. Buscaba las palabras porque no dudaba de lo que iba a decir sino de la forma de decirlo.
    —Yo creo que les parece pecado, quedarse allí usted sola con ese hombre.

    «Creo», me escribió mi padre «que lo hacen movidos por escrúpulos de moral. Son estrechos de mente e ignorantes, no lo olvides. Trata de que sus hijos se conviertan en algo diferente.»

    Como Genaro, mi padre opinaba que había razones éticas para impedir mi estancia en la casona de don Wenceslao. Era una forma de velar por mi buen nombre o un deseo de impedir que me convirtiera en un mal ejemplo. De todos modos, me parecía que aquellas razones tenían un punto de nobleza que no acababa de aceptar.

    La verdadera causa de aquella imposición la fui descubriendo poco a poco. Tenía que ver con la amplitud de espíritu de don Wenceslao y con el miedo a que, si yo la compartía, ambos nos convirtiéramos en una fuerza peligrosa en el pueblo; la fuerza de la inteligencia.

    Todos los días antes de acostarme, escribía a la luz de la vela mi Diario de Clase.

    «He dividido a los niños en tres grupos. Los que no saben ni las letras. Los que están torpes de lectura y escritura pero ya van sabiendo dominar estos mecanismos y por último los que leen y escriben con cierta soltura. Mientras unos trabajan en cálculo y los otros hacen ejercicios de lenguaje, los más atrasados trabajan directamente conmigo. Estoy empleando el método de la lectura por la escritura y me da buenos resultados.
    »Luego voy cambiando de actividad: enseño a contar a los últimos, hago leer en voz alta al grupo intermedio y los más adelantados escriben una redacción. Después del recreo, la última hora de la mañana hago una explicación para todos de temas muy elementales, un día de ciencias, otro de geografía, otro de historia.
    »El estado de ignorancia es tan general que empleo el mismo vocabulario y los mismos recursos para los tres grupos.
    »Nunca han oído estos niños una explicación sobre el lugar que ocupa la Tierra en el Universo, Europa en la Tierra, España en Europa. Creo que ni siquiera están seguros del punto de España en que se encuentran. Les entusiasma el descubrimiento de los movimientos de la Tierra, el paso del día a la noche, la marcha de las estaciones. He encargado a Lucas, el mandadero, el guía que me trajo, un globo terráqueo...»


    Por Genaro me mandó don Wenceslao un recado: que no comprara el globo, que él tenía uno y que en el pueblo grande tampoco iba a encontrarlo. Que pasara a recogerlo cuando quisiera...

    Era tarde y no pensé acercarme a la Casona, pero ya estaba María murmurando: «No son horas.» Y luego me indicó haciéndome sitio entre los pucheros.

    —Se prepare la cena, señora maestra.

    Acerqué a la brasa el cazuelo desportillado que me había prestado para la leche y en el tazón de loza fueron cayendo las rebanadas finas de la hogaza que para mi tenía apartada.

    —Hay miel —me había dicho—. Si quiere le aparto un pocillo para usted.

    Yo tenía mi pan, mi miel, mi plato, mi cuchara. Todo aparte. Pagaría por todo a la mujer que me había acogido y que me advirtió desde el principio: «Usted me pide lo que yo tenga y yo se lo voy poniendo aparte y le llevo la cuenta en mi cabeza de lo que me debe.»

    Al atardecer me afligía una sombra de angustia. Yo venía de un pueblo, estaba acostumbrada a la vida tranquila y limitada de los pueblos. Pero el mío tenía una carretera importante, pasaban gentes, automóviles, carros, caballerías. Había Estación de ferrocarril y cuatro trenes diarios, dos hacia arriba, hacia el Norte, y dos hacia abajo, hacia Castilla.

    Desde mi ventana yo veía pasar los trenes, los del día y los de la noche, y mi fantasía volaba tras el humo de la locomotora. Mi pueblo era alegre. Había un gran mercado todos los sábados. Venían las mujeres de los caseríos aislados en el monte. Traían pollos y conejos vivos, manojitos de cebollas, judías verdes, tomates. Los buhoneros, los ganaderos, los negociantes tomaban en la taberna de la estación su copa de orujo mañanero y se instalaban luego para el trato y el regateo y la venta que terminaba hacia el comienzo de la tarde.

    Yo tenia amigas, parientes, conocidos y en la calle me saludaban sin cesar, se detenían conmigo, me hacían preguntas, me contaban sucesos y rumores. Mi pueblo estaba vivo pero yo siempre había imaginado que lo dejaría, que mis estudios y mi carrera me servirían para ensanchar horizontes, me llevarían a lugares más amplios y mejores, no a esta tristeza del anochecer en un lugar perdido entre los montes.

    Trataba de hablar con María. Le hacía preguntas sobre el pueblo, sobre la gente, pero ella se resistía y sólo contestaba aquellas que exigían un si o un no concretos. Vivía sola, por eso me había aceptado. Era viuda del herrero y no tenía hijos. La herrería estaba en la misma casa. Tenía un yunque silencioso y un horno apagado. El yunque fue un día sonoro, y el hogar brillaría al rojo vivo. Pero María no sabía explicarme lo que había sido su vida y creo que tampoco era capaz de distinguir entre su soledad actual y la soledad de su hombre y ella, cuando dormían juntos y comían juntos y callaban juntos. Para subir a mi cuarto, por la noche, me daba una palmatoria con un cabo de vela. Yo quería una luz para leer pero nunca se lo dije. Con frecuencia encargaba velas a Lucas y era el momento en que María dejaba oír sus indescifrables murmullos, mezcla de gruñido animal y lenguaje humano propiamente dicho.

    «..., más que un entierro...», lograba descifrar yo. Y sabía que se refería a las velas.

    Entre la incapacidad de expresión oral y la poca necesidad de comunicación que tenían mis nuevos convecinos, transcurrían los días en un aislamiento parecido al de Robinsón Crusoe. Se me ocurrió que ése era un libro bueno para leer con los niños. Pero en seguida rechacé la idea y devolví el libro a don Wenceslao, mi proveedor. Porque me parecía imposible hacer llegar a mis alumnos la sensación de desgajamiento social que el náufrago literario había sentido al verse arrojado a la isla desierta. Sólo tratando de explicar mi propio destierro, acertaría a interesarles por una situación que tan lejana les era. Aunque ellos fueran, sin saberlo, auténticos robinsones en una tierra aislada de la civilización y del progreso.

    —Señora maestra, a ver si usted sabe qué le pasa a la niña, que cada vez la veo más ruin, que se me va a morir...

    La mujer plañía y se llevaba a los ojos secos un pañuelo de yerbas. Parecía una anciana, arrugada y sin dientes, y, sin embargo, la criatura que sostenía entre los brazos era suya. Me estaba esperando a la salida de la escuela y, ante mi estupor, me hacía una consulta médica. No supe qué decir pero miré a la niña que venía arrebujada en un mantón de lana negra. Era menuda y pálida y por su tamaño parecía tener muy pocos meses. «... la tengo siempre así, como dormida...»

    —Mejor el médico —murmuré.

    Y la mujer se revolvió furiosa.

    —El médico nos tiene abandonados. Siete pueblos a su cargo y al nuestro nunca le toca —dijo chillando.
    —¿Qué tiempo tiene la niña? — me encontré preguntando, atrapada en la farsa de mi sabiduría.
    —Seis meses —dijo la madre. Se había puesto seria y se concentraba para contestar con repentino interés.
    —¿Qué come? — pregunté invocando datos rudimentarios de mi libro de Puericultura.
    —Pecho —me contestó señalando la planicie de su tronco escuálido.
    —Tomaba pecho al principio, pero ahora ni eso. Ni fuerza para agarrarlo tiene...
    —Hambre —dije—. Yo creo que puede tener hambre.

    La palabra me pareció terrible. No era una acusación pero sonaba a tal y temí la reacción de la madre.

    —Cinco he criado con la misma leche —dijo la mujer—. Y todos han medrado que hasta el año no les daba más...

    Contestó en voz baja, pero no estaba ofendida. Se había apagado, desilusionada ante la escasez de mis conocimientos o decepcionada por la falta de ayuda.

    —¿Por qué no prueba a darle leche de vaca hervida y aclarada con agua? Poco a poco, a ver si la va tomando...

    Me volvió la espalda y se marchó con su niña sin contestarme. Le conté a María el encuentro y ella salió de su habitual silencio para decirme.

    —Ha criado a cinco, es verdad, pero se le han muerto ya tres.

    Hablaba con la misma indiferencia con que hablaría del ganado, con la misma frialdad.

    —Vende la leche, la poca que ordeña de la vaca —me dijo Genaro, cuando traté de saber algo más de la mujer.

    Y cuando llegué a don Wenceslao con mis preguntas, movió la cabeza con desaliento.

    —Ignorancia —dijo— y el abandono en el que viven. Sólo el veterinario viene de vez en cuando por la cuenta que le tiene. Cobra una iguala por los animales de cada vecino. Pero el médico no, el médico no cobra igualas y viene cuando puede. Se pasa la vida montado en el caballo, de pueblo en pueblo por esos riscos. ¿Qué quiere usted? De no ser algo muy grave...

    Un niño iba a morir y eso no era muy grave. ¿Hasta el propio don Wenceslao opinaba eso? Me dejó consternada y se dio cuenta.

    —No se desanime, mujer. La niña saldrá adelante. Ya lo verá...

    Lo vi. A los diez o doce días allí estaba la madre esperándome otra vez. Un esbozo de sonrisa se dibujaba en la boca desdentada.

    —Que si, que sí, que la ha recetado muy bien. Que ya come y se revuelve...

    Mi fama creció rápidamente y sin saber cómo, al mes de instalarme en la escuela, siempre había alguna mujer esperándome a la salida. Sus consultas eran variadas, no siempre de medicina. La mayor parte pude resolverlas con sentido común y buena voluntad. Se me ocurrió dar a la nueva situación una salida más eficaz. Fui a ver al Alcalde y le dije:

    —Si no le parece mal pensaba organizar clases de adultos. Las mujeres vienen muchas veces a hacerme consultas y me parece mejor que cuenten con una hora fija. Les iré preparando charlas sobre lo que más les pueda interesar...

    Su primitiva hostilidad no había desaparecido.

    —Y qué tienen que aprender las mujeres —dijo—. Tarea les sobra con atender la casa y los animales.

    No insistí. Estaba dispuesta a seguir adelante. El esperaba tener que rebatir mis argumentos y al ver que éstos no llegaban su reacción fue más suave.

    —Haga lo que quiera. Siempre se tiene que salir con la suya...

    Yo sabía que estaría informado de mi actuación y que si algo había en ella que no le gustara, me lo haría saber. De modo que un día a la semana, los jueves, reuní a las mujeres que quisieron venir. Empecé por la higiene doméstica. Al principio eran cuatro o cinco. Al cabo de un tiempo llegaron a diez.


    A finales de octubre el tiempo empeoró. Los cielos azules del otoño se cubrieron de nubes y un cierzo helado azotó los montes y los valles. El día de Todos los Santos amaneció nevado. Abrí el portillo y vi pasar gentes aisladas que se dirigían al cementerio. Algunos llevaban en la mano manojitos de flores malvas y rosadas, flores silvestres que hasta hacía poco tiempo resistían en las praderas altas de la montaña. O geranios rojos, cultivados en macetas de lata, en un rincón abrigado del portal. Las campanas tocaron a muerto.

    María se fue a la Iglesia con una vela. «Valdrá más que las flores», murmuró. Cerró la puerta al salir y desde fuera me dijo:

    —Quítese de ahí que va a coger un pasmo.

    Seguí su consejo y ajusté el portillo. La cocina estaba oscura y sólo las brasas del hogar difundían un leve resplandor, un parpadeo que se apagaba y se encendía al consumirse la leña lentamente.

    La amenaza del invierno ya estaba empezando a cumplirse. Se habían acabado los paseos a los bosques cercanos, la suavidad del sol de octubre que bruñe las hojas de los árboles. La primera nevada era el anuncio de muchos días grises, y era también el aislamiento definitivo. A veces, durante meses, ni las cartas llegaban al pueblo, inaccesible para los caballos y los hombres.

    La escuela sería mi único recurso. Por entonces, ya empezaba a sentir esa profunda e incomparable plenitud, que produce la entrega al propio oficio. Me sumergía en mi trabajo y el trabajo me estimulaba para emprender nuevos caminos. Cada día surgía un nuevo obstáculo y, a la vez, el reto de resolverlo. Los niños avanzaban, vibraban, aprendían. Y yo me sentía enardecida con los resultados de ese aprendizaje que era al mismo tiempo el mío.

    Nunca he vuelto a sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente de que podía llenar mi vida sólo con mi escuela. Cerraba la puerta tras de mí al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que juntos, íbamos a hacer, me trastornaban, me embriagaban. Leíamos, contábamos, jugábamos, pintábamos, nos asomábamos a mundos lejanos en el tiempo y el espacio; nos sumergíamos en mundos diminutos y cercanos que encerraban milagros naturales. Tras el descubrimiento de América, corría veloz el descubrimiento de la circulación de la sangre. Tras la solución de un problema aritmético, le reflexión sobre un poema. Y luego, por qué brillan las estrellas, por qué el hombre ha conseguido volar. Por qué, por qué...

    Yo me decía: No puede existir dedicación más hermosa que ésta. Compartir con los niños lo que yo sabía, despertar en ellos el deseo de averiguar por su cuenta las causas de los fenómenos, las razones de los hechos históricos. Ese era el milagro de una profesión que estaba empezando a vivir y que me mantenía contenta a pesar de la nieve y la cocina oscura, a pesar de lo poco que aparentemente me daban y lo mucho que yo tenía que dar. O quizás por eso mismo. Una exaltación juvenil me trastornaba y un aura de heroína me rodeaba ante mis ojos. Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí.


    El molino de Genaro estaba abajo, a la orilla del río. Una casita blanca unida a la aceña, que se veía desde la escuela. Un día pregunté al niño: «¿De dónde sacáis el trigo?»

    —Del mercado del valle —me contestó—. El trigo se compra a los del llano y se cambia por cosas de madera que hacemos en el invierno. Venga usted al molino y mi padre se lo explica.

    No me explicó mucho, pero la visita tuvo otro interés para mí. Al ver la casa de Genaro y al conocer al padre pude imaginar mejor lo que debía de ser su vida.

    En la única pieza habitable había un camastro, una mesa y un escaño. Allí vivían los dos hombres, solos desde la muerte de la madre.

    Genaro me quería obsequiar. Trajo un puñadito de arándanos y me los puso delante para que los probara.

    —Los cojo en la braña del Oso cuando voy con las cabras...

    El padre me pareció reservado, huraño. El niño parecía orgulloso de él, satisfecho de la facilidad con que cargaba los sacos de trigo.

    —Puede con mucho peso —me dijo.

    Había algo en Genaro que me había chocado desde el principio. En medio de la torpeza de expresión que mostraban mis alumnos sólo él hablaba con cierta fluidez. Conocía los nombres de las cosas, tenía un vocabulario aceptable, discurría con rapidez y agudeza y sabía contar historias.

    «En este pueblo», me encontré reflexionando, «sólo se puede conversar con Genaro y con don Wenceslao.»

    La asociación de los dos personajes me reveló un descubrimiento que me pareció fascinante. Los dos tenían la misma mirada, parecida manera de adelantar la barbilla para escuchar, la misma sonrisa.

    «Le imita», me dije. «Ha comprendido que don Wenceslao es la única persona digna de ser imitada...»


    —El que no sale a la raza se le mata —fue el críptico comentario de María cuando le confié mi impresión. Solía buscar ocasiones de dirigirme a ella para tratar de romper su lejanía.

    Yo estaba cogiendo el puchero de leche que se calentaba colgado de la plegancia.

    —No entiendo —dije. Y ella:
    —A buen entendedor...

    Casi dejo caer el tazón al suelo. Las preguntas se me agolpaban en los labios: «Pero ¿cómo, cuándo, dónde...?»

    —Ella trabajaba para él. El era un hombrón todavía. Todavía no se había sentado en el sillón que ahí se quedó clavado cuando ella murió y no se ha vuelto a levantar.
    —¿Y el marido, el padre de Genaro?
    —Se quedó con el niño. Tenía cuatro años cuando murió ella pero ni oír de dárselo al viejo. El viejo fue al molino y se encerraron a hablar y el otro no sé qué le diría pero el niño se quedó con él. Y con él sigue...
    —¿Lo sabe Genaro? — pregunté.

    María se encogió de hombros, agotada por el inusitado esfuerzo que había hecho. Se veía que la historia había despertado en ella la pasión de unos sucesos que conmovieron la vida del pueblo.

    —Si no lo sabe, se enterará cuando él se muera y herede. Porque eso sí, la herencia no se la quita nadie, según dicen...


    Habían pasado unos días desde mi visita al molino cuando me mandó recado el Alcalde: que fuera a su casa que estaba allí una señora Maestra que me quería conocer.

    Entre perpleja y curiosa, me dirigí al Ayuntamiento, una habitación con silla, mesa y una carpeta con pocos papeles. El resto era la vivienda del Alcalde.

    Atravesé el portal oscuro y llamé con los nudillos al portón. Abrió una vieja y me condujo sin palabras hasta el fondo de la casa. Allí, en un comedor húmedo, en torno a una mesa con restos de comida, estaban sentados el Alcalde y su mujer y otra persona, una mancha negra y gris, un cuerpo menudo vestido de luto y una cabeza con el pelo corto manchado de canas.

    Me quedé de pie, esperando, pero nadie me invitó a sentarme.

    —Aquí la tienes, Elisa, ésta es la nueva maestra.

    Elisa me miró con sus ojillos sepultados bajo una maraña de cejas blanquinegras.

    —Hola, muchacha —dijo—, ¿qué tal te va por el pueblo?
    —Bien —contesté.
    —Al principio te será difícil pero ya te irás acostumbrando. Los chicos son como animales pero hay que domarles. Y cuando no respondan, palo...

    No contesté. Seguían sin invitarme a tomar asiento y me contemplaban con indiferencia como si no acabaran de decidirse a tenerme en cuenta pero tampoco a despedirme.

    —Mi cuñada Elisa acaba de jubilarse y ha venido a visitarnos. Esta sí que ha sido buena maestra. En la escuela que estaba los chicos no se le movían. Y menudo respeto le tenían...

    Era el Alcalde quien hablaba y me dirigió una media sonrisa socarrona e impertinente de modo que no dudara que la alabanza de la vieja cuñada iba dirigida a criticarme a mí.

    —Si no me necesitan... —dije haciendo ademán de marcharme.

    En aquel momento se oyeron voces fuera y la vieja que me había abierto la puerta apareció en el umbral. A sus espaldas se dibujaba la figura de una mujer con un bulto en los brazos.

    —Se me murió la niña —gritó—. Se me murió —repitió dirigiéndose al Alcalde— y aquí la tienes. No me quisiste avisar al médico y ahora la entierras tú...

    Pero no soltaba el cuerpo inerte, lo mantenía agarrado con fuerza ante los tres comensales, que no se movieron ni articularon palabra.

    La mujer me vio y se dirigió a mí con el mismo tono violento y agudo.

    —Ya no me tomaba la leche. Parecía que sí, pero en seguida volvió a amurriarse...

    La cogí del brazo suavemente, la fui sacando afuera. Yo no quería mirar el cuerpo sin vida de la niña. La mujer insistió:

    —Ya no tomaba la leche. Parecía que sí, al principio, pero luego...

    La boca sin dientes de la madre se quedó abierta, sin emitir un sonido más. Me miraba en silencio, dolorida, y me pareció que me hacía una pregunta muda: ¿De qué me han servido tus consejos? Y además ¿quién eres tú para dar consejos?

    De una casa cercana salió una mujer que se acercó a nosotras.

    Un poco más lejos apareció otra y ya éramos un pequeño cortejo tras la madre con su liviana carga.

    Al llegar a casa, María comentó:

    —Ya le dije que ha enterrado a tres. Y ahora ésta. Pero seguirá teniendo más...


    A María le enseñé a hacer diferentes clases de punto: liso, con dibujos, con calados. Tenía una manos torpes. En los dedos ásperos se le enganchaba la lana retorcida, hilada por ella en las veladas del invierno. Lana blanca de oveja que utilizaban las mujeres para tejer calcetines, escarpines, chalecos. Pero no sabían tricotar. A los pocos días vinieron dos vecinas, igualmente desmañadas y entusiastas, y a medida que los días disminuían y las tardes sombrías del otoño se desplomaban sobre el pueblo, mi pequeño grupo de alumnas aumentaba: «Enseñe a las niñas», me decían, «que esto les va a valer más que las letras.» A Lucas tuve que encargarle varias agujas porque con las mías no era bastante. Y una tarde a la semana, en la escuela, inicié a las niñas mayores con una advertencia previa.

    —Las letras y los números y las lecciones que hacemos son más importantes, pero también tenéis que saber estas cosas.

    Los niños también querían aprender y no tuve inconveniente en enseñarles. A las pocas sesiones ya me llegó a través de Genaro la noticia: «Que dicen en la taberna que usted quiere hacer a los chicos, chicas, para que pierdan la fuerza y no trabajen en cosas de hombres...»

    Fueron desapareciendo los muchachos y me quedé solo con mis niñas. Aproveché la ocasión para hacerles ver que, a pesar de todo lo que oyeran, el hombre y la mujer no son diferentes por la inteligencia ni la habilidad, sino por la fisiología. Se me quedaban mirando con asombro convencidas como estaban de la absoluta superioridad de sus hombres, que lo mismo cazaban jabalíes, que arrancaban los árboles a hachazos. La fuerza física es una cosa, les expliqué. Pero hay otra fuerza que es la que nos hace discurrir y resolver situaciones difíciles...

    Estoy convencida de que lo entendían. Y aprendí una cosa más: que tan importantes eran esas lecciones como las otras, las oficiales, las obligadas por principio, porque todas guardaban relación entre sí, si pretendíamos educar de verdad a aquellos hombres y mujeres en ciernes.


    A través de Genaro, don Wenceslao me enviaba constantemente pequeños obsequios para la escuela. El niño debía de contarle nuestras luchas con la falta de material escolar, nuestro ingenio para resolver esas carencias.

    De vez en cuando, me invitaba a merendar. Raimunda nos servía chocolate y rebanadas de pan con mantequilla y la charla transcurría deliciosa hasta que se acercaba la hora de cenar. Yo me retiraba temprano porque temía las reticencias del Alcalde y los vecinos respecto a mi estancia en la casa de un hombre soltero.

    Como yo era muy joven, me parecía que el señor de la Casona era un verdadero anciano. Pero a pesar del sillón y su permanente afincamiento en él, don Wenceslao pasaba poco de los sesenta años. «Ya sé que su padre será más joven», me decía Raimunda, «pero si usted quisiera, hija, si usted quisiera, se quedaba de señora en esta casa. Déjese de chiquillos y de escuelas. De señora la quería ver yo aquí...»

    Yo me reía de los sueños de Raimunda que me parecían disparates de su rústica imaginación.

    Un día que el señor se retiró pronto, Raimunda me retuvo y me contó su historia que yo apenas había entresacado de nuestras conversaciones.

    Era así: Don Wenceslao venía de una familia del pueblo. Señores de horca y cuchillo, decía Raimunda, de cuando el pueblo era más importante que ahora y había ganados para vender en toda Castilla. «Si serían importantes que aquí ha dormido un Obispo en tiempos de la madre de don Wenceslao. El padre se había ido a Guinea llevado por no sé qué pariente lejano que tenía allí negocios y plantaciones de café. Cayó enfermo y no volvía y la madre llora que te llora y hasta que no mandó al hijo no paró. A don Wenceslao le había tenido interno en la capital y bien que lo había educado. Pues a Guinea lo mandó y cuando murió el padre, allá se quedó más años de los que ella pensaba, que no regresó hasta la muerte de ella. Para enterrarla vino y luego se quedó en la casa como perro sin amo, sin que nadie supiera si se volvía a las tierras aquellas o se quedaba aquí administrando el capital que tenía, que no era poco. Sólo en leña», se admiraba Raimunda, «los árboles que tiene esa familia... Y mira por donde se metió por medio la madre de Genaro, que era joven y guapa y mal casada porque con el marido no tenía hijos. Y se mete a servir aquí, que andaba aburrida en el molino y con poco que hacer... Y vino lo que vino, y pasó lo que pasó, aunque nadie lo puede demostrar... Pero usted dirá. De la noche a la mañana, ella aparece con la tripa y don Wenceslao más meloso que nadie con ella, que no trabaje, que venga otra y así fue el entrar yo por esa puerta...

    »Cuando yo llegué, la madre de Genaro se fue con el marido, arrepentida o no, pero temerosa desde luego, porque para mí que el marido le dijo o te vienes o te mato. Y ella se fue como si todo hubiera sido de ley y como si al final su hombre hubiera cumplido y eso es imposible porque uno de aquí que le conoce bien y que hizo con él la mili dice que se quedó inútil de una cornada que le dio en sus partes un toro cuando era zagal...»


    A veces don Wenceslao me contaba historias de Guinea. Me hablaba de aquellas tierras calurosas y un eco de melancolía le arrastraba la voz hacia selvas, mares, cielos redondos colmados de estrellas...

    —Qué tierra aquella, Gabriela. Si algún día, qué raro sería, pero si algún día cae por allí, recuerde la hacienda de los Peñalba en el continente, atravesando una buena parte del bosque Fang, allá tiene su casa que la lleva mi buen Francisco Gómez, mi encargado y amigo...

    Sólo un día renegó de Guinea. Estábamos charlando tranquilamente con nuestro chocolate por medio y una fuerte sacudida le conmovió. Se le cambió la cara que se le puso pálida y luego empezó a tiritar. Daba diente con diente y me dijo: «Llame a Raimunda, hija mía.» Ella entró y me hizo una señal como de que me fuera y me explicó luego: «Es el ataque de las fiebres esas que trajo de África. Se pone mal y mal hasta que le hacen efecto sus medicamentos, pero eso le envejece y le asusta, el ataque de la fiebre...»


    La escuela estaba limpia y arreglada. Además de pintar, habíamos colocado, en las cuatro esquinas, cuatro arbolitos del monte en unos cubos. Por la mañana los sacábamos al sol. Cuando empezaba a hacer frío los encerrábamos en la escuela y yo aprovechaba para explicarles la vida del reino vegetal, de la que ellos tenían conocimientos tan directos y tan poco científicos.

    Para nuestras clases de trabajos manuales llegaban con las cosas más inesperadas. Trozos de soga, clavos, cortezas de árbol blandas para tallar con sus navajas; juncos del río con los que hacer cestos. Me enseñaban y les enseñaba y el intercambio de habilidades se convertía en un juego.

    Decorábamos la clase con sus dibujos, con sus maderas, con los costureros que las niñas bordaban en el lienzo tejido por sus madres.

    Inicié lo que apenas me atrevía a llamar una biblioteca. Sobre un banco íbamos colocando los libros y periódicos que podíamos conseguir. Pocos, muy pocos, pero ya tenían su lugar especial en la clase. Me conmovía profundamente cuando uno de mis niños decía: ¿Puedo usar la Biblioteca? Y le veía revisar ávidamente el montoncito de papel impreso que era un tesoro y sobre todo un símbolo de otros tesoros lejanos y difíciles de alcanzar.

    Alguna tarde los llevaba de excursión. Pasado el pueblo, en lo alto de la peña más cercana había una pradera y desde allí se veía la cadena de montañas que se perdían en un horizonte neblinoso. Parecía imposible salir de aquella cordillera. Desde allí, desde lo alto, se hacía más evidente nuestro aislamiento. Al otro lado, la meseta prometía caminos despejados pero nosotros vivíamos encerrados en el circo de montañas, prisioneros de la geografía y la miseria.


    No me marché del pueblo por cobardía ni por cansancio.

    Fue un corte brusco, una decisión repentina tomada por mi padre cuando vino a verme y me encontró agotada, convaleciente de lo que debió de ser una pulmonía, aunque nadie la hubiera diagnosticado.

    Todo empezó después de las vacaciones de Navidad. Yo regresaba de casa de mis padres y había caído una gran nevada que tenía al pueblo incomunicado. Tocaron a concejo y un grupo de vecinos me fue a rescatar al pueblo grande. Las caballerías pasaban con dificultad por las hoces, así que sólo llevaron una para mí y los hombres marchaban unos detrás y otros delante del animal, protegiéndome y cuidando de que no nos despeñáramos. Nos costó horas llegar y al alcanzar el pueblo sólo se veían columnitas de humo porque las casas habían desaparecido cubiertas por la fuerte nevada. Entramos por el tejado a la casa de María y bajamos hasta el primer piso por unos escalones hechos en la nieve casi helada. Todas las casas estaban sometidas al mismo enterramiento invernal.

    Al día siguiente para ir a la escuela, los niños hicieron una cadena, cogidos de la mano, y tiraban de mí como un juego en el que todos patinábamos. Me habían regalado pieles de rebeco completas para mi cuarto y tiras de otras pieles de animales pequeños para que forrara con ellas las abarcas. Genaro me esperaba mustio y callado. «¿Qué pasa?», le pregunté. Y él: «Mi padre que está malo. Fue al monte y cayó rodando y se mancó la pierna y la espalda.»

    María regateaba el carburo. Me metía en la cama y tiritaba de frío aunque entraba forrada de jerséis de lana gruesa, con escarpines y una piedra envuelta en trapos que había calentado a la lumbre.

    Una noche que tembló el techo y las vigas de roble gimieron, creí que había llegado el fin, que nos hundiríamos sepultados en la nieve. Pero no fue así. Habían llega do las lluvias —agua de Galicia, sentenció María—; y la nieve se fue deshaciendo aunque quedaban neveros sólidos en la umbría de la montaña.

    Me fui a visitar a Genaro que no venía a la escuela ocupado en cuidar al padre y atender al molino y al ganado.

    Encontré al niño silencioso y remoto, como si se hubiera alejado de mí, como si estuviera viviendo una experiencia no compartida con nadie. Esta vez no me ofreció arándanos ni asiento. El padre yacía en el camastro y emitió un gruñido de agradecimiento. Me fui en seguida y Genaro se quedó en la puerta del molino. Me vio trepar torpemente pero no acudió en mi ayuda.

    Al llegar a casa sentí que tenía fiebre. Yo creo que aquello venía de antes, del día de mi llegada y el recorrido de horas a caballo, y entre la nieve. María me llevó a la cama leche caliente con miel y como tosía me puso cataplasmas y ungüentos que me abrasaron la piel.

    Al día siguiente vino Raimunda y me trajo coñac «de parte del amo». El coñac me hizo sentirme estimulada y fuerte y, por un momento, entre la fiebre y el alcohol me creí curada. Pero no fue así. La fiebre cada vez era más alta y pasé un tiempo, nunca sabré cuánto, medio inconsciente e incorporada a medias en la cama para no ahogarme.

    El primer día que tuve fuerzas para levantarme, cuando le anunciaba a María que pronto volvería, muy abrigada, a la escuela, se abrió la puerta y apareció mi padre avisado por no sé quién.

    —Ya hablé con el Alcalde —me dijo.

    Y me obligó a seguirle bien abrigada, sí, pero no a la escuela, sino al pueblo mayor desde donde regresaríamos a casa.

    No me despedí de Genaro ni de don Wenceslao. Sólo de María que se quedó a la puerta de su casa, mientras Lucas se colocaba a un lado y mi padre a otro del caballo que me transportaba. Por las últimas revueltas de la calleja aparecieron niños. Me miraban marchar pero ninguno dijo una palabra. Yo les decía adiós con la mano. Tan débil estaba que apenas podía sostenerme en la grupa. La maleta sujeta a mis espaldas me servía de apoyo y, también, se me clavaba en las costillas a cada paso del animal. La convalecencia fue larga. El médico me tenía sometida a un reposo exagerado. «Pero hay que evitar la tuberculosis, porque ya sabe usted, usted no ignora», le decía a mi padre, «que la tuberculosis es la muerte inevitable.»

    Cuando me dieron por curada ya era verano. En septiembre empecé a preparar oposiciones y durante un curso todo fue estudiar y estudiar bajo el cuidado amoroso y la vigilancia previsora de mis padres. Volví a Oviedo cuando llegó el momento. Me examiné y lo mismo que un día apareció mi nombre en la lista de final de carrera, también ahora lo vi brillar en otra lista: Gabriela López Pardo, Maestra en propiedad. Habían pasado pocos años entre las dos listas. Pero ya había llegado el momento de elegir, con todos los derechos, mi escuela.


    Los niños eran todos negros. La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban. Todos dijeron que estaba loca cuando la elegí. Yo tenía veinticuatro años y afán de aventuras. Si fuera hombre... pensaba. Un hombre es libre. Pero yo era mujer y estaba atada por mi juventud, por mis padres, por la falta de dinero, por la época. Era el año 1928. En la oposición había sacado un excelente número: la tercera entre cincuenta. Miré los mapas y el punto más lejano de la tierra al que podía llevarme mi carrera estaba allí, en la línea del Ecuador. Una franja pequeñísima de África, unas islas, un nombre que cruzaba sobre el mar y se adentraba en el continente: Guinea Ecuatorial. Aquél sería mi destino. Pensé en don Wenceslao: «Si algún día...», me había dicho y en seguida había rectificado: «Pero usted nunca va a caer por allí.» No puedo decir que me influyera el recuerdo del viejo amigo. Hasta su Guinea me parecía distinta de la que yo estaba eligiendo. Yo no iba a negociar ni a hacer fortuna. Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender, a buscar paisajes nuevos, nuevas experiencias, en un país que además de exótico era nuestro. Así que lo arreglé todo, desoí los consejos y los llantos familiares y me bajé hasta Cádiz para embarcar. Cádiz era el extremo sur, el final de mi mundo. De Cádiz arranqué un día de septiembre y atrás dejaba límites y ataduras. Y el recuerdo de una escuela perdida entre montañas.

    Cuando el barco zarpó yo veía la tierra alejarse desde el puente. No quería pensar en lo que abandonaba. Necesitaba la fuerza de los emigrantes, el valor de los conquistadores. Recordé el último consejo de mi padre, arrancado de una de sus lecturas:

    «La aventura puede ser loca, el aventurero no.» Y un respingo de emoción me asaltó mientras la costa española se desdibujaba a lo lejos.


    Con los embites de las olas, todo el barco crujía. Era un barco viejo y parecía que iba a partirse en dos a cada instante. Al tercer día estalló una tormenta que nos mantuvo encerrados durante doce horas en los camarotes, reducidos y sofocantes. En el mío había plazas para cuatro, pero íbamos sólo tres: la mujer de un empleado de telégrafos de Santa Isabel, que se pasaba el tiempo maldiciendo; su hija, una muchacha de mi edad que vomitaba a todas horas, y yo, que sufría y aguantaba con paciencia las inclemencias de la navegación.

    Macilentos y ajados avistamos un día la tierra de Guinea. Ya escaseaba el agua y la comida disminuía por momentos en cantidad y calidad. El calor nos quitaba el apetito y nadie hubiera osado protestar, desmadejados como andábamos todos, del puente al camarote; del salón aliviado con las hélices del ventilador que colgaba del techo, al comedor por el que discurrían sudorosos los camareros repartiendo té y café en pesados recipientes.

    El día antes de llegar a Santa Isabel me llamaron de primera y me entregaron un telegrama de la Delegación anunciándome que me esperaban en el muelle.

    Al clarear el día siguiente, vimos la costa, con grandes elevaciones, pero todavía faltaban unas horas para divisar Santa Isabel.

    Recuerdo la llegada. El puerto. Y a lo lejos el rumor de las voces que anunciaban el barco. El paso por el puente balanceante que me llevaba a tierra firme. La espera de mi baúl que no llegaba nunca. Me rodeaban mozos, negros harapientos que ofrecían sus servicios en un defectuoso castellano: Hola señora, hola mujer. Apareció un funcionario blanco y lacónico: «Señorita Gabriela López; sí, de la Delegación, sí, la acompaño, vámonos pronto...»

    Y luego la noche de insomnio en un Hotel de indescriptible suciedad. El calor, la gasa rota del mosquitero, el obsesivo girar de las aspas sobre mi cabeza; ruidos indescifrables arriba y abajo; la puerta sin cerrojo ni llave; un lavabo roto con un jarrón desportillado como único suministro de agua.

    Al fin el nuevo día y el mismo funcionario que me espera en el vestíbulo del Hotel y me conduce al puerto y al barco, alemán, que iba a llevarme a la última etapa de mi viaje.

    Apoyada en la cubierta, veía los contornos montañosos de la isla de Fernando Poo, los torrentes que se deslizan desde lo alto hasta el mar, la exuberancia forestal de la costa.

    A mi lado se había instalado un joven negro. Apoyaba, como yo, los brazos en la barandilla y miraba en silencio la costa. El cielo estaba gris azulado, el aire era sofocante pero yo me resistía a retirarme a la sombra no menos calurosa.

    —Hermosa isla —dijo el hombre sin dirigirse a mí, pero estábamos solos y tuve que darme por aludida.
    —Muy hermosa —contesté.

    Me miró de frente y sonrió con una sonrisa blanquísima que iluminó su rostro oscuro.

    Su español era suave y melodioso. Hablaba como una persona educada. Su lenguaje guardaba relación con el traje blanco, de corte europeo, y con su forma especial, reservada y cordial al mismo tiempo, de dirigirse a mí.

    —Soy médico —me dijo— y regreso a mi hospital. El continente es muy distinto a esto. — Y señalaba la isla brumosa y cercana. Cuando supo la razón de mi viaje volvió a sonreír—. La necesitamos —afirmó—. Necesitamos medicinas y escuelas. Pero sólo nos mandan hombres de negocios... Los niños la estarán esperando.


    Me esperaban. Todos eran negros y sonrieron. Sus sonrisas me devolvieron la esperanza. Aquélla era mi primera escuela en propiedad. Nunca la olvidaré. La tengo aquí, metida en la cabeza. Una choza de calabó, como todas las del poblado, con el techo de hojas de nipa entrelazadas sobre el armazón de bambú. Estaba un poco en alto, rodeada de un bosquecillo ralo de palmeras. Desde allí se veía el mar. Los niños negros me miraban sonrientes y desde ese primer momento supe que no me había equivocado.

    En noches de verano, cuando el calor no me deja dormir, cierro los ojos y me veo allí, bajo el techo de palma entretejida, tumbada en el chinchorro que se mueve despacio esperando la caricia del mar en la amanecida. Manuel se empeña en mover un abanico sobre mí. «Quieto, Manuel», le digo, «vete a dormir.» Se arrastra hasta la arena de la playa, desaparece en la pendiente que desciende brusca, hasta el agua. «Báñate», me dice todos los días, «báñate y saldrás del calor.» Manuel, mi criado, me cuida y pretende calmar, a su manera, mi desazón. Agua, de la barrica, bien fresquita... un poquito de coco...

    Pero el calor me aplasta. Un baño de vapor, una opresión en los pulmones que se resisten a filtrar el oxígeno. Mi casa era como todas: una cama de bambú, sin ropas ni almohada; un banco y una mesa también de bambú y canastos distribuidos por la choza en la que guardaba mi ropa y mis objetos personales.

    Pero mi lugar preferido era el chinchorro que colgaba a la entrada, bajo la sombra del tejado, que avanza y sobresale como un pequeño toldo vegetal.


    Empezábamos temprano. El frescor de la hora primerísima hacía soportable respirar. En seguida el aire se volvía denso, pastoso. Yo trataba de olvidarla dureza del clima, el traje de hilo empapado en sudor, la pesadez de mi cabeza. Y trabajaba.

    Ningún niño sabía español suficiente para seguir una explicación. Yo dibujaba en la pizarra las cosas con sus nombres e intentaba que ellos reconocieran las palabras cuando borraba los dibujos. Una pizarra grisácea y desconchada, apoyada en el suelo, era la única ayuda. Más adelante, de mi baúl salieron libros, cuadernos, lapiceros y mapas. Retrocedían. Era su manera de mostrar extrañeza y precaución. Luego se iban acercando y tocaban los nuevos objetos para comprobar su inocuidad.

    Aferraban los lapiceros con sus manos oscuras, las uñas rotas, las palmas rosadas y sucias. La aparición del color en el papel al presionar la mina del lápiz, producía en ellos exclamaciones de excitación. «Palmera verde», decía yo. Y señalaba la palmera y el color correspondiente. Comprendían rápidamente. Trataban de reproducir la imagen del árbol desmelenado, verde gris, verde tostado, verde. Palmera verde, mar azul, sol amarillo, sangre roja, blancos los dientes y la carne tersa del coco. Aprendían.

    Los días transcurrían bajo el peso del calor que me dejaba exhausta y me llevaba al final de la jornada hasta la hamaca de palmito que flotaba en el porche de mi cabaña.

    Cantábamos. Yo buscaba en el repertorio aprendido en la infancia y ampliado más tarde en la Normal. A través de las canciones trataba de explicarles el paso de las estaciones, el brillo de la nieve en el invierno, el largo viaje hacia la primavera que estalla un día en hierba y flores, el otoño que dora y enrojece los bosques. Sólo el verano los aproximaba a nosotros y al calor de nuestro sur lejano.

    Les enseñaba mis canciones y ellos me enseñaban las suyas.

    Bailaban y cantaban, atrás y adelante, adelante y atrás, con vigoroso ritmo. Me enseñaban los nombres de sus árboles, calabó, ceiba, ukola; de sus comidas, ñame, malanga, yuca; de sus animales y sus enseres.

    Pero yo no estaba allí para aprender su idioma, sino para enseñarles el mío que les correspondía por derecho propio, aunque todavía lo ignorasen.

    He contado muchas veces los recuerdos que me quedan de Guinea. Tantas, que llego a pensar si los transformo y los complico o, por el contrario, los simplifico demasiado. Cuando vivimos sin testigos que nos ayuden a recordar es difícil ser un buen notario. Levantamos actas confusas o contradictorias, según el poso que el tiempo haya dejado en los recodos de la memoria.

    Por eso, cada vez que la mía regresa a aquella tierra, me pregunto si reconstruyo de verdad los sucesos, si registro de modo fiable las sensaciones; es decir, si recuerdo o fabulo. He llegado a incorporar a mi historia las historias de Guinea. Parte de lo que fui después, empezó a nacer allí. Quizás altero anécdotas, fechas, nombres, pero algo más profundo permanece grabado en la médula del sentimiento. Algo que acaba echando raíces y ramas y se enmaraña a medida que el calor del recuerdo lo hace crecer.

    Cómo olvidar la lucha por la supervivencia de unos pueblos asediados por el hambre, la enfermedad, el miedo. Cómo olvidar a los niños.

    Mis esfuerzos por enseñarles ciencias o geografía o historia chocaban con una incomprensión que iba más allá del idioma. Eran despiertos pero no podían comprender la prehistoria. ¿Acaso no vivían en ella? ¿Hasta qué punto les añadiría felicidad el descubrimiento de los avances técnicos que invadían el mundo civilizado? Rachas de pesimismo me embargaban. Me parecía que había un desajuste entre los programas oficiales que hablaban de una cultura ajena y la necesidad de aprender cosas relacionadas con su medio ambiente, sus orígenes, su propia cultura. Yo trataba de armonizar ambos caminos: el que les llevaría al conocimiento de los hallazgos culturales del hombre y aquel otro que les ayudaría a conocerse mejor como pueblo y les prepararía para trabajar por su país.

    De todo esto tuve ocasión de hablar muchas veces con una persona que había entrado de modo casual en mi vida desde el día que llegué: Emile, el médico que conocí en el barco y que se convirtió en mi amigo, mi guía y mi interlocutor en aquella isla fascinante y angustiosa.

    En seguida pude observar que había muy pocas mujeres blancas, en aquella pequeña ciudad, un núcleo urbano que era el centro de los poblados cercanos.

    De modo que mi presencia no pasaba desapercibida. Mi traje de hilo crudo, mi sombrilla, mi manera de andar me identificaban desde lejos. Ahí va la maestra, debían de decir en su idioma los negros. Y los blancos que llegaban a hacer compras desde sus fincas. No era difícil reconocerme y no fue raro que me encontrase frente a mi compañero del barco.

    —¿Qué tal su escuela? — me preguntó sonriente, con aquella sonrisa distendida y anchísima.
    —Muy bien —le dije.

    Pero debió de observar mi cara de cansancio, mis ojeras, mi delgadez.

    El calor era tan intenso que no se podía estar de pie en la calle, así que me indicó con un gesto un edificio cuyo porche era soportado por cuatro columnas.

    —Pase. Trabajo aquí.

    Era un centro sanitario y en la oficina de entrada había dos hombres blancos ante una mesa llena de papeles que el ventilador desordenaba.

    —Hola —dijo uno de los hombres.

    Y Emile contestó:

    —Buenos días, doctor.

    Me hizo sentar y quiso saber si había resuelto de la mejor manera mi alojamiento y mi comida.

    El segundo hombre le miró con una sonrisa torcida.

    —Mal, muy mal —dijo—. Se niega a venir al «rancho» con nosotros. Se queda en el poblado...

    Era el Administrador del Hospital, uno de los personajes de quien me habían hablado al llegar. Emile estaba sorprendido.

    —No sabía nada porque llevo muchos días por las plantaciones. Pero mañana pasaré por su escuela y le diré si puede o no seguir viviendo allí.

    Al día siguiente me visitó como había prometido. Habló con los niños en aquella lengua incomprensible para mí, les miró los ojos y los dientes y buscó ganglios inflamados.

    —Están muy limpios —intervine yo—. Son limpios —rectifiqué. Y era verdad. Resplandecían cuando llegaban a la escuela. En contraste con otras facetas de su ignorancia, tenían una tendencia natural a la limpieza que yo reforzaba con mis consejos de higiene. Se lo explicaba a Emile mientras él visitaba mi choza y parecía que no me escuchaba.
    —Imposible que siga usted aquí —me dijo seriamente, casi ofendido—. No sé cómo se lo han permitido. No crea que ha venido a cumplir una misión sobrenatural. Usted viene a trabajar y necesita vivir en condiciones dignas...

    Traté de decirle que me parecía bien vivir como mis niños.

    —De ninguna manera —replicó—, usted carece de defensas para habitar un medio tan ajeno al suyo. Y necesita mucha salud para llevar adelante su tarea...

    De forma que al poco tiempo me vi instalada donde al principio me habían propuesto: en una habitación de una casa colonial con ventanas protegidas por mosquiteros, olor a desinfectante, ventiladores por todas partes y, en la planta baja, el comedor colectivo al que acudían los funcionarios de la metrópoli que también vivían allí.

    —Menos exótico —me dijo el primer día el Administrador del Hospital— pero más conveniente...

    Me miraba y sonreía, entre burlón y suficiente. Me pareció que mi presencia allí le disgustaba aunque era él quien la había propiciado.

    Me limité a asentir y me retiré a mi habitación.


    Cuando llegaron las vacaciones de Navidad, Emile me invitó a acompañarle a sus inspecciones sanitarias: las fincas estaban cerca de la ciudad pero generalmente había que llegar a ellas en bote porque los caminos eran malos y difíciles. Las plantaciones de cacao se extienden a lo largo de kilómetros. Al internarse por ellas se va siempre a la sombra de las grandes hojas del cacaotero y no se ve el horizonte más allá de unos pocos metros.

    Entre los cacaoteros también hay abundantes platanales, cocoteros, palmas de aceite, mangos y árboles maderables de gran tamaño:

    —La vida del bracero es muy dura —me explicó Emile—. Pero lo más grave es que sean atrapados por la enfermedad del sueño. Por eso les tomamos sangre cada tres meses para analizarla y controlar si han sido picados por la mosca tsé—tsé. Además necesitan la tarjeta de sanidad para seguir trabajando porque es una enfermedad muy contagiosa.

    Me presentaba a los dueños o administradores de las plantaciones, todos europeos, y ellos, entre amables y sorprendidos, me besaban la mano o me la apretaban con fuerza.

    Al regresar el primer día de nuestra excursión sanitaria, Emile despidió al practicante negro que nos había acompañado y me invitó a visitar su casa. Vivía con su madre, cerca del Hospital. La madre me recibió con extrañeza y miró a su hijo con un silencioso reproche. El me invitó a sentarme y me ofreció un refresco frutal y azucarado.

    —Dentro de pocos días —me dijo—, será vino pero aún es sólo una bebida refrescante...

    Me enseñó sus libros y una colección de revistas de viajes y el periódico El Sol que recibía de la Península. Charlamos bajo la mirada severa de la madre y el zumbido del ventilador que giraba en el techo.

    —Mi madre no cree en los blancos. Desconfía de ellos —aclaró al despedirnos.

    Nunca, antes, me había detenido a analizar el significado de la palabra racismo, pero no tardaría mucho tiempo en comprender que la reacción de la madre de mi amigo no era un hecho aislado y caprichoso sino la consecuencia de una realidad ampliamente extendida.


    El párroco me había hecho llamar y acudí a visitarle.

    —Hija mía —me dijo—, usted sabe que estos negros practican religiones salvajes. Nuestra misión ha sido siempre cristianizarlos. Hoy están muchos bautizados, sobre todo los que viven en las ciudades y sus cercanías, pero queda mucho por hacer. Ustedes, los maestros, tienen que ayudarnos...

    Se me quejó después de la persistencia de los negros en sus antiguas creencias y de la mezcla ingenua de los ritos cristianos con los suyos. Me pedía que, cercana la Navidad, acudiese a la Iglesia con los niños a rezar y a cantar villancicos. En un intento de convivencia tranquila, acepté su sugerencia, aunque estaba descansando en mis vacaciones y no veía clara mi obligación misionera.

    La noche del 24 asistí a la Misa del Gallo y me coloqué detrás de los niños que habían aprendido varios villancicos con facilidad y bastante entusiasmo. Cuando terminó el oficio religioso salí a la calle y en la oscuridad me tropecé con Emile. Me saludó efusivo y a continuación me invitó a seguirle.

    —Quiero que vea nuestra verdadera fiesta...

    Por toda la ciudad, recogida en torno a la bahía, resonaba la música de los negros. Los cánticos, los golpes obsesivos de los bongos, los bailes enfervorizados.

    Sólo ellos habitaban las calles. Seguían la fiesta comenzada en la Iglesia y la transformaban en algo exclusivamente suyo que brotaba al calor de la música y del alcohol fermentado de la palma. Por calles y callejas, el rumor penetraba en las casas de los blancos que celebraban dentro su propio júbilo ritual.

    Paseábamos silenciosos cerca del agua, por el puerto donde descansan los barcos, y los lanchones y el frenético fluir de la música nos rodeaba.

    —Todo esto es nuestro —dijo Emile—, nos pertenece y nadie puede quitárnoslo, pero nos destruirán si no salimos de la ignorancia y la esclavitud en que vivimos...

    Se había puesto triste y cuando me retiré a mi alojamiento, sus palabras volvían una y otra vez a mis oídos. Llevaba viviendo suficiente tiempo en la isla para comprender que sus problemas tenían mal arreglo. Nadie, que yo supiera, estaba interesado en resolverlo y pocos, entre ellos mismos, eran conscientes de las raíces de sus males.

    Cuando empujaba la puerta de mi cuarto para entrar en él, una sombra salió de la oscuridad del pasillo. Creí que era Manuel porque la sombra se movía con torpeza y pensé que estaba bajo los efectos de las bebidas de la fiesta.

    —Manuel —grité—. Manuel.

    Nadie contestó. Entré en mi cuarto y traté de correr el desvencijado cerrojillo que me protegía del exterior. Pero la sombra, de un empujón, abrió la puerta y me echó a un lado.

    —Manuel —volví a gritar asustada.

    No era Manuel. Su cara desencajada se acercó a la mía y pude distinguir, a la débil luz que se filtraba por la ventana, la cara blanca, las manos blancas, las oscuras palabras del Administrador del Hospital.

    Me abrazaba con fuerza y pretendía besarme, me escupía su aliento de borracho, murmurando con furia:

    —Si eres buena para el negro también lo serás para mí...

    Forcejeé como pude y traté de desembarazarme de él pero no lo conseguí y ya sentía su cuerpo sudoroso sobre el mío cuando pude gritar. Mi grito resonó por encima de la música, la fiesta, la ciudad negra. La puerta se abrió y ahora sí, era Manuel, Manuel que se quedó mudo e inmóvil en el umbral. Pero fue suficiente para que mi agresor reaccionara. Se alejó de mí y de un manotazo lanzó contra la pared a Manuel. Cuando desapareció me tumbé en la cama y me eché a llorar mientras Manuel cerraba la puerta y se retiraba escaleras abajo, respetando mi soledad y mi dolor.


    Los blancos vivíamos pendientes de la llegada de los barcos. La correspondencia, los víveres, los objetos de primera necesidad llegaban por mar. Generalmente eran barcos extranjeros: holandeses, ingleses, alemanes. Venían cargados de mercancías para las factorías de los europeos y regresaban cargados de cacao.

    «El mejor cacao del mundo», me decía Emile con su eterna sonrisa. Con la Navidad, los barcos y las lanchas que hacían el servicio a Santa Isabel habían depositado en nuestras manos regalos y mensajes de nuestras familias. Mi padre me escribía con frecuencia. Las cartas tardaban quince o veinte días, a veces un mes. Me contaba noticias de nuestro pueblo. Los amigos que enviaban recuerdos, las enfermedades, las bodas de los conocidos. Rara vez aludía al disgusto de mi madre por mi decisión de marchar a lugar tan lejano.

    Yo también escribía a mi padre. Le contaba cómo era la isla y le hacía descripciones minuciosas del mar, la selva, los volcanes apagados. Le enumeraba las plantas que crecían en los huertos familiares. Y los animales domésticos que se mezclaban con las personas en una convivencia ilimitada. Le hablaba mucho de los niños, le contaba mi forma de enseñar, las mil maneras que tenía de ingeniármelas para hacerme entender; los progresos que hacían en nuestro idioma. Le enviaba listas de libros que debía comprarme y el dinero para que los pagara. También les enviaba la mitad de mi sueldo cada mes. Nunca lo rechazaron. Yo sabía que lo necesitaban y la verdad es que a mí me sobraba el dinero, el doble del que se pagaba en la Península.

    No le hablé de mi amigo negro, ni del Administrador blanco ni del amargo final de mi Nochebuena.

    De esto tampoco quise hablarle con detalle a Emile porque temía su reacción, Pero no pude evitar aludir a ello. Estaba demasiado angustiada para guardar silencio. Así que opté por una solución intermedia y le hablé de un encuentro fortuito en la puerta de mi cuarto, de la borrachera del blanco, de cierta grosería en su actitud conmigo y del mal trato que había dado a Manuel.

    Como yo me temía, Emile se puso furioso. Su habitual sonrisa dejó paso a un ceño torvo.

    —Estoy seguro —dijo— de que no puede soportar nuestra amistad. Ninguno la aprueba pero él me odia y se niega a aceptar que soy un negro emancipado con un título en la mano...

    Me contó entonces cómo su padre había sido protegido por un alto funcionario francés de las Colonias, a quien había salvado la vida en circunstancias que no me aclaró, en la época de los tratados africanos entre Francia y España.

    —Yo estudié con los Padres aquí y luego me hice médico en Francia.

    Pero nunca renunció a su país. Le brillaban los ojos cuando hablaba de la belleza de su tierra, de la bondad de sus gentes y de las dificultades y miserias por las que atravesaban.


    Tardé varios días en volver al «rancho». Tomaba frutas en mi habitación y el fiel Manuel me subía tazas de café a todas horas.

    Cuando reanudé las comidas con mis compatriotas advertí en seguida que la actitud de mi agresor hacia el muchacho negro era intolerable. Le zahería con cualquier pretexto, le ponía nervioso con sus gritos y reproches, le pedía servicios que correspondían a su propio criado. Yo evitaba intervenir porque temía que en el fondo él estaba provocando mi reacción. Los demás ni siquiera se asombraban. Lo que un blanco dijera o hiciera con un negro era asunto de ese blanco. Se encogían de hombros y continuaban con la charla, la comida, la actividad momentáneamente interrumpida.

    Mi paciencia se vio premiada. No había pasado una semana cuando el Administrador desapareció de la ciudad.

    —Lo han trasladado —me informó Emile—. Lo han trasladado al continente.

    Nunca supe si su traslado había sido casual o si en él había intervenido la mano del médico negro que por esas fechas y a través de sus comentarios me había dado muestras de poseer influencia con personajes importantes de la isla.


    Cuando repaso lo vivido se me aparece como una serie de secuencias de una película. Lo que no se comparte no deja huella ni nostalgia. No se siente pesar por el bien perdido en soledad. Tampoco el dolor sufrido a solas sirve de referencia pesarosa.

    El tiempo que pasé en Guinea fue un tiempo de soledad. Era un mundo de hombres, la mayoría también solitarios. Un mundo duro de lucha y sacrificio para conseguir el único fin que parecía claro: el dinero. Plantadores, comerciantes, funcionarios, negociantes, todos llegaban a la Colonia dispuestos a regresar con dinero. Esta meta no implicaba necesariamente que los blancos coloniales fueran unos malvados. Pero sí suponía en ellos un comportamiento áspero, poco dado a valorar matices y a aceptar sensiblerías.

    Mi trato con la gente era muy limitado y se refería a lo estrictamente profesional. Visitas, invitaciones, todo venía marcado por el carácter oficialista de mi papel y mi puesto en la Colonia.

    El párroco me invitó un día, poco después de Navidad, a visitar la Misión, a tres horas de camino de nuestra ciudad. La Misión tenia unas cincuenta internas adultas que vivían con tres monjas y una hermosa Iglesia atendida por un sacerdote. Me cuesta trabajo identificarme con la innegable labor de las monjas. Las internas aprenden oficios; salen de su condición de analfabetas desnutridas y son educadas en la religión católica. Es verdad. Pero ya entonces creía yo más en la justicia que en la caridad. Respetaba la labor de las monjas pero no era mi labor. Mi sueño iba por otros rumbos. Educación, cultura, libertad de acción, de elección, de decisión. Y lo primero de todo, condiciones de vida dignas, alimentos, higiene, sanidad.

    —No pides casi nada... —me decía tristemente Emile—. El hambre de África no terminará nunca. África es la víctima del hombre blanco.

    No le contradecía pero observé que vivía en una perpetua exaltación. A veces pronunciaba frases amenazadoras cuyo significado último se me escapaba. Cuando le pedía aclaraciones a lo que acababa de decir, se volvía hermético. Me parece que luchaba entre el deseo de contarme algo importante y la reserva exigida por el contenido mismo de lo que me ocultaba.

    Los días pasaban y yo adquiría rutinas, costumbres, formas de convivencia. En una palabra, me adaptaba al medio. Me encontraba a mi misma repitiendo actitudes de los blancos de la Colonia. Creo que eran claves de supervivencia que yo imitaba inconscientemente: las comidas convenientes, las ropas convenientes, los refugios según la hora del día, las compras, las medicinas preventivas. Y al mismo tiempo me acercaba despacio a otras claves que parecían regir la vida de mis niños.

    Trataba de explicarles el ciclo vital de sus plantas, las consecuencias de su situación geográfica, la importancia del clima, la humedad y el calor. Todo les interesaba y a pesar de su escaso vocabulario daban muestras de entender lo fundamental.

    —Este es un país rico —les decía. Eso no lo entendían. Y yo no encontraba las palabras para transmitirles los conceptos más elementales de economía. «Más adelante», me decía.
    —Más adelante —le dije a Emile.
    —El día que lo entiendan —me contestó— tendrás que huir de aquí...


    En febrero las lluvias arrasaron la escuela. El techo de nipa falló a pesar de su inclinación, a pesar del amplio alero que protegía una zona alrededor del edificio. El agua se filtró con violencia a través de las fibras vegetales y su impetuoso fragor me impedía oír nuestras propias voces. Una tabla mal ajustada se vino abajo y arrastró toda la estructura del tejado. Los niños no tenían miedo. Me miraban con sus grandes ojos risueños y trataban de ayudarme a recoger mis papeles mojados, los objetos que la riada arrastraba dentro de la clase. «Lluvia, lluvia», repetían entusiasmados de su conocimiento de mi idioma.

    La sombrilla no me sirvió de nada. Empapada, chapoteando en el barro me fui acercando a mi vivienda. Por el camino me encontré a Manuel que venía a mi encuentro para ofrecerme ayuda y compañía. Descalzo, su delgado cuerpo adolescente brillaba con las gotas de lluvia cuando el sol, o mejor, la claridad de un sol oculto, fue dando paso a una calma engañosa.

    Mi padre me decía en una carta que había un español oriundo de nuestro pueblo y pariente de unos conocidos, que llevaba mucho tiempo en la isla. Se llamaba don Cipriano Sánchez y eso era todo lo que sabía de él. No tardó mucho tiempo en dar señales de vida. Un día, después de la comida, apareció en nuestro «rancho». Era de mediana estatura, delgado, ojos vivos y piel arrugada. Vestía de blanco y se quitó el sombrero de ala ancha. Se dirigió a mí y me preguntó:

    —¿Gabriela López? — El mismo se dio la respuesta—: Otra no hay, así que tiene que ser usted...

    Me dijo que podía disponer de él, que le pidiera ayuda, que fuera a visitarle a su factoría, que vivía cerca de allí, en la cuesta, sólo un poco más arriba.

    Cuando salió, los del grupo me dijeron que era rico e influyente, que tenía casas y fincas de cacao y que andaba tras de instalar un salto de agua para dar luz a su barrio, donde tenía las factorías, los talleres y las serrerías de madera.

    Algo en él me recordó a don Wenceslao. El cuerpo enjuto, los ojos oscuros o acaso el color de la piel ajada por el trópico. Desde que dejé el pueblo no había tenido noticias del viejo recluido en su casona. Hay en mí un instinto que he desarrollado toda mi vida: el instinto de no mirar atrás. Cada etapa cerrada se hundía en el pasado. Clausuraba lo vivido y no intentaba mantener lazos, indagar noticias sobre las personas que, pasajeramente, entraban en mi vida. Creo que en el fondo sentía miedo a dejar ataduras, miedo a aferrarme a lo que, de modo irremediable, pasaría a ser un capítulo de difícil repetición.

    No obstante, y contradiciendo lo que digo, escribí a don Wenceslao comunicándole mi intención de pedir una escuela en Guinea y de viajar allá. No me contestó.

    Tampoco me devolvieron la carta. O se perdió o le alcanzó en la bruma de su soledad y no sintió deseos de contestarme.

    La presencia de don Cipriano había reavivado el recuerdo del viejo amigo. También recordé el frío, el olor de aquellos campos, la brusquedad de María, el afecto de Genaro y su rostro sensible. Un ramalazo de melancolía me sacudió durante unos segundos. Sólo unos segundos. Lo que tardé en pedir otra taza de café, lo que tardé en sonreír a Manuel que me acercaba el azúcar. Como un ronroneo lejano me llegaba la conversación de mis compañeros de mesa que divagaban sobre la cuantía de una fortuna: la de don Cipriano Sánchez, mi visitante.


    Don John, don Heinrich, don Max, don Cipriano. Estaban todos sentados en sus mecedoras en la galería del club, el casino o comoquiera que se llamase aquel salón donde zumbaban tres grandes ventiladores que agitaban el aire y lo mantenían fresco.

    Eran plantadores, eran blancos, eran hombres. Y me habían invitado a comer a través de don Cipriano. El mismo se presentó en mi casa, llamó a mi criado que dormitaba en el portal y Manuel anunció su visita. Era una hora de calor y yo trataba de dormir bajo las aspas del abanico metálico.

    —Es usted la única mujer blanca con un puesto de trabajo decente. Queremos obsequiarla y presentarle nuestros respetos...

    Sorprendida y un poco confusa, había aceptado.

    «Los tiburones», fue el comentario de Emile cuando se lo dije. «Quieren tomarte medida y ver si puedes ser peligrosa o no...» Estaba acostumbrada a los comentarios sarcásticos del médico que siempre encerraban algún sentido oculto.

    En esta ocasión me molestaron. Vi en ellos una especie de resentimiento contra mi por haber aceptado la invitación. No dije nada, pero por primera vez empecé a preguntarme si mi amistad con aquel negro inteligente y rebelde no significaba una dependencia.

    —Un negro muy inteligente —dijo don Cipriano mientras cortaba cuidadosamente los filetes blanquecinos.

    El primer plato había consistido en huevos de tortuga, y el segundo, carne de la misma, con una guindilla muy picante del país.

    —Y levantisco —dijo don Heinrich—. Recuerden su relación con los braceros de Flores. ¿A qué iba allí?, ¿qué se le había perdido? Los braceros estaban contentos, eran buenos trabajadores, aunque torpes como todos los negros. Pero él ¿qué quería...? Y luego tiene el run—run de los franceses. Ellos no sueltan nada pero ¡cómo les gusta que los demás soltemos lo nuestro...!

    Hablaba un español duro, a pequeños ladridos ásperos que golpeaban los oídos de sus oyentes.

    No puedo recordar quién empezó a hablar de Emile. Casi seguro fue don Cipriano, el enlace, el enviado para que yo compareciera ante el tribunal blanco. Es muy posible que fuera él el primero en preguntar.

    —¿Y su amigo Emile? — intempestivamente, sin relación con la conversación que había girado en torno al clima, las comidas, la adaptación al trópico; temas todos convencionales en un primer encuentro entre europeos. Y de pronto el ataque, la insidiosa pregunta: ¿Y su amigo Emile?

    Antes de que tuviera tiempo de contestar: Bien. O preguntar a mi vez: ¿Qué quiere decir? ¿Por qué le interesan mis amigos?, ya había llegado la afirmación de don Cipriano sobre la inteligencia de Emile y, en seguida, la áspera relación de agravios del alemán.

    «Los tiburones», había dicho Emile. Pero no quise ceder al aparente acierto de su definición. Tiburones o no, sería yo quien debería decidirlo y comprobarlo.

    —Emile es un hombre muy inteligente, es verdad —dije, cuando pude intervenir—, inteligente y generoso y sensible. Vive pendiente de su gente y es natural. ¿Acaso nosotros los blancos no nos ayudamos, no nos sentimos cerca de la gente de nuestra raza?
    —Así debía ser siempre —dijo un holandés fornido y rubicundo que había centrado toda su atención en la comida hasta ese momento—. Así debía ser, pero no es. Los blancos estamos indefensos ante estos revolucionarios de color oscuro que son muchos y nos pueden masacrar si se lo proponen...

    Traté de disuadirle de sus opiniones.

    —Yo trabajo con negros —le dije— y puedo asegurarle que, son gente pacífica y no he tenido ocasión de advertir en ellos la menor hostilidad hacia los blancos...

    La discusión transcurría en términos amistosos. Se había convertido en un punto de interés común y se desarrollaba dentro de normas elementales de corrección y tolerancia.

    Fue el español el que irrumpió de pronto cortando en seco la conversación. Su voz cargada de indignación extendió por la sala un manto de acidez.

    —No nos vayamos por las ramas, Gabriela. Como compatriota y caballero tengo que ser sincero: usted no puede alternar como lo hace con un negro...

    Todos estaban de acuerdo, estoy segura. Habrían hablado del asunto largo y tendido y la encerrona había sido cuidadosamente preparada. Pero la forma, la brusquedad, el tono, dejaron en suspenso al resto de los comensales.

    —No es eso, señorita, no es exactamente eso —trató de intervenir el inglés.

    Pero yo lo entendía muy bien. Lágrimas de rabia trataban de salir de mis ojos y la voz se me apagaba en una tormenta de humillación. Cuando pude hablar traté de controlar mi voz para que brotara serena.

    —Señores —dije—, no son ustedes quiénes para velar por mi conducta...
    —Se equivoca —gritó don Cipriano—. Se equivoca —repitió bajando la voz—. Hay una prohibición que marcan las leyes. Ni un solo blanco casará con negro, ni mucho menos tendrá una blanca relación con un negro...

    Fue con. un negro con quien tropecé al salir del comedor.

    Venía con las copas de licor y la bandeja saltó por los aires al chocar conmigo. El negro me sujetó por los brazos para que no cayera. «Perdone, señorita», dijo. Y trataba de limpiarme la ropa con la servilleta.

    De un empujón le aparté y salí corriendo. Me pareció que en la mesa sonaban risas confusas. Pero en seguida percibí que no eran risas sino murmullos de sorpresa y reconvenciones al negro que, como siempre, sería declarado el único culpable.


    —Cuando pasen las lluvias subiremos a la montaña —dijo Emile. Trataba de animarme porque veía mi desaliento físico, la lucha contra un clima extenuante para mí—. La montaña es fresca y seca y te recordará el norte de tu país. Dicen que alguna vez se ha visto hasta escarcha.

    Pasó luego a contarme la belleza de aquellas tierras altas, olorosas de monte y hierbabuena, las hortalizas que allí cultivaban parecidas a las de España, los ganados variados que pacían en las praderas.

    —Iremos cuando llegue la Semana Santa —sugerí.

    Precisamente poco antes de empezar la Cuaresma, el párroco vino a la escuela para explicar a los niños el significado de la festividad.

    Rezó con ellos y los bendijo. Al despedirle, los niños daban palmadas a su alrededor, cantaban y reían y hacían en el aire la señal de la cruz. Parecían exaltados por una embriaguez litúrgica que iba más allá de las doctrinas.

    El Cura movió la cabeza.

    —No se puede con ellos —dijo—. En seguida se escapan a lo suyo. Como había prometido, el miércoles de ceniza llevé a los niños a la Iglesia.

    El Cura fue dejando manchas grises en las frentes oscuras. Y ellos parecían fascinados con el rito y la salmodia: «Polvo eres y en polvo te convertirás.» Al salir de la Iglesia los niños se miraban unos a otros sin atreverse a tocar el misterioso tatuaje.

    Recordé la primera vez que yo había escuchado esta terrorífica advertencia. Tenia diez años y el abuelo había muerto en un pueblo lejano. Mis padres me dejaron en casa de una amiga. Al día siguiente era miércoles de ceniza y nos llevaron a la Iglesia. No entendí la ceremonia pero a la salida la madre de mi amiga nos lo explicó muy bien: Cuando uno muere se convierte en ceniza, se hace polvo. Y el Cura nos recuerda que sólo somos eso, polvo, y cuando morimos volvemos al polvo para siempre...

    Fue sin duda la primera revelación inevitable de la muerte. Mi siguiente reflexión se centró en el abuelo, muerto ya y comenzando a regresar al polvo. Un terror infinito me trastornó. No pude dormir y al otro día cuando regresaron mis padres, lloré mucho tiempo en sus brazos.

    Pasados unos días, el Cura me envió recado por el sacristán: «Que la espero el Jueves Santo para los Oficios.»

    Hice un gesto de vago asentimiento. El jueves era el día que me esperaba la excursión de Emile. «No iré a los Oficios», pensé. No fui a los Oficios. Pero nunca subí a las praderas.


    Estábamos sentados en la tienda de Pedro Ibu, junto al tenderete en el que exhibía su oferta multicolor de artesanía: rionchilas pasadas por fibras vegetales, pulseras de pelo de elefante, pieles de serpientes, trozos de marfil tallado, pieles de mono, plumas de colores.

    Pedro Ibu era tranquilo, respetuoso, amable. Admiraba a Emile y se veía que entre ellos había otros lazos además de la amistad. De vez en cuando intercambiaban frases en su idioma que sonaban en mis oídos con acentos inquietantes.

    Volví a recordar la agresividad de don Cipriano y sus amigos. Miraba a Emile y me preguntaba si seria en verdad un rebelde activo, un luchador contra la metrópoli, enviado por los franceses para levantar a los negros contra nosotros.

    Pero ya Emile volvía a dirigirse a mi en su español dulce y arrastrado.

    —Iremos a la montaña...

    Faltaban pocos días para las fiestas y él seguía insistiendo en su excursión.

    Pedro sonreía; todo en él expresaba simpatía y dulzura.

    —Hermosa la montaña —dijo.

    Yo no contesté. Estaba sentada en el tronco hueco de un árbol y me pareció que el tronco se escurría debajo de mí. Traté de sujetarlo.

    —¿Qué te pasa? — dijo Emile.

    Lo miré y quise hablar, pero las palabras que resonaban en mi cerebro no salieron de mis labios.

    Como envueltas en algodón llegaron a mis oídos fragmentos de frases que se referían a mí: el calor... el cansancio... los mosquitos... Luego la oscuridad me rodeó por completo.

    Durante diez días y diez noches deliré en el Hospital. Cuando empecé a distinguir lo que me rodeaba, allí estaba Emile que se inclinaba sobre mí y me decía: «Ya pasó». Y Manuel que movía con suavidad el abanico de plumas sobre mi frente. Y la bata blanca de una enfermera negra. Al despertar de mi inconsciencia, una inmensa tristeza se apoderó de mí. O más bien era mi estado físico, tan deteriorado, el que producía la tristeza. Tardé mucho tiempo en mirarme al espejo, pero me recorría el cuerpo con las manos y encontraba las aristas de los huesos, el esqueleto dibujado bajo la piel, perfectamente palpable.

    —No ha sido lo peor —me dijo Emile, cuando pude escucharle—. Ninguna de las grandes fiebres, ninguna de las incurables. Pero ha sido suficiente... Tardarás mucho tiempo en recuperarte. Te explicaré el tratamiento para el viaje...


    Los papeles los arregló la Delegación, Emile me acompañó a Santa Isabel. Los porteadores subieron mi baúl al barco. En el muelle me crucé con don Cipriano que no me reconoció o evitó reconocerme. Emile me sujetaba al subir a bordo. No pude esperar en cubierta para decirle adiós. Me dejó tendida en la litera, ordenó mis cosas, puso en mi mano la próxima dosis de quinina y me besó en la frente.

    La travesía no fue mala. Por alguna consideración especial me adjudicaron un camarote de cuatro para mí sola. Me atendieron con cariño y tuve la sensación de estar recibiendo un trato deferente. La deferencia ¿venía de la Delegación? ¿Venía de Emile? Noches y días descansaba rendida en la litera. Mi debilidad hacía que nada me afectara demasiado, ni los movimientos del barco, ni el calor, ni el lento transcurrir del tiempo. En permanente duermevela, sólo una obsesión aparecía y desaparecía en las ondulaciones de mi cerebro.

    «Mi sueño no progresa. Mi sueño es un sueño maldito. Siempre estoy empezando el sueño...»


    Segunda parte
    EL SUEÑO


    La boda fue en la ermita del Santo Sendero. Yo llevaba un traje de seda negro, un ramito de violetas en las manos y en la cabeza una mantilla de blonda larga, de mi abuela. Ezequiel también iba de negro. Un traje de paño, muy justo, muy escaso. Le quedaban las mangas un poco cortas y yo veía sus manos protegidas por los puños blancos de la camisa y las mangas del traje, como volando, como en el aire. Los dos estábamos serios. Y también mis padres. Al lado de Ezequiel, la madrina, mi madre. A mi lado, mi padre, el padrino. El no tenía padres, ni hermanos, ni parientes cercanos. Por eso habíamos elegido a mis padres para los papeles principales.

    —No tengo a nadie —me dijo el día que me pidió que nos casáramos—. No tengo a nadie más que a ti.

    Muchas veces he dado vueltas a mi matrimonio y siempre he llegado a la conclusión de que aquella soledad de Ezequiel, aquel abandono en que vivía, habían sido decisivos para que yo le aceptara y le quisiera. Aún ahora, si vuelvo sobre aquellos años tan lejanos, tengo que confesar que amor, amor, lo que se dice amor, no había entre nosotros. Al menos por mi parte. Sin embargo nunca tuve la sensación de haberme equivocado. Me pareció en todo momento que mi elección había sido afortunada y que las cualidades de Ezequiel suplían con exceso los espejismos del enamoramiento que veía en otras parejas.

    Yo no sé si pensaba en todo eso mientras el Cura de mi pueblo nos echaba las bendiciones. Es probable que mis reflexiones tomaran otro rumbo: cuánto tiempo duraría la ceremonia, cuántos amigos se encontrarían entre la gente que había acudido a la Iglesia, cómo transcurriría aquella noche, tan temida y esperada, de nuestra boda.

    Cuando el Cura nos bendijo yo estaba pensando cómo nos arreglaríamos para cargar en las maletas tantas cosas que mi madre había ido acumulando para nosotros: ropas de cama, cacharros, alimentos, café, una botella de orujo con guindas, un estor de ganchillo hecho por ella, mañanitas de punto, un mantel largo bordeado de puntillas.

    Ezequiel me miró invitándome a salir. Entre la gente que se apiñaba en los escasos bancos de la ermita, vi caras amigas, caras conocidas y otras vagamente familiares.

    ¡Vivan los novios!, gritó alguien a la salida. Después supe que había sido el marido de Rosa, mi amiga de la Normal, que en su día había dado con un hombre aceptable y se había casado con él y vivía feliz con sus tres hijos en una ciudad de Castilla. Por lo demás, la gente se fue retirando con tranquilidad, una vez cumplidos los besos, los abrazos y las felicitaciones, y nos quedamos sólo los de casa para una comida sencilla y una despedida breve.

    Con las maletas cargadas en una carretilla, enfilamos hacia la Estación. Mi padre y yo delante; detrás Ezequiel con la carretilla y mi madre a su lado como en la Iglesia, hablando con él, aconsejándole sobre mí o sobre mi supuesta inhabilidad para las cosas del hogar.

    Mi padre estaba triste. Yo sé que le costaba separarse de mí. Muchas veces lo había hecho antes, pero sentía que esta separación era diferente. No por la distancia, que no era tanta, sino porque en mi vida había entrado otro hombre, que me influiría como él o más que él, que incluso trataría de arrebatarle el papel preferente que él tenia en mi vida.

    Traté de animarle.

    —Vendremos pronto. En verano, ya verás...

    Era el 1 de junio y el verano se anunciaba en las flores que brotaban por los huertos del pueblo, en las riberas del río, en las orillas de la carretera de nuestros paseos, en las laderas de los montes de nuestras excursiones infantiles.

    —Era el momento, padre —le dije—, no podía esperar más...

    Tenía veinticinco años y todas las chicas de mi edad, las amigas de la infancia, las compañeras de estudios se habían casado ya o habían aceptado quedarse solteras.

    —Yo nunca había pensado, pero...

    Nunca había pensado en casarme por casarme. Pero al conocer a Ezequiel me encontré considerando que, después de todo, eso era lo normal, casarse y tener algún hijo. Y que, además, no era incompatible con mi carrera ya que él también era maestro y precisamente por ahí, por la afinidad de intereses y entusiasmos, había empezado todo.


    Estaba yo corrigiendo cuadernos a la salida de las clases.

    Me había quedado en la escuela porque era cómodo tener alrededor todo lo que necesitaba empezando por los trabajos de los niños. Estaba embebida en mi tarea cuando llamaron a la puerta con los nudillos.

    —Pase —dije yo.

    Y en la puerta apareció él, Ezequiel, un chico de estatura mediana, muy moreno, ni guapo ni feo, pero de expresión muy atractiva, mirada inteligente, voz grave y agradable.

    —Soy Ezequiel García —me dijo—. Soy el maestro del pueblo de Arriba.

    Luego me dijo que sabia de mi llegada y que quería haberme venido a visitar antes, pero le fue imposible porque había tenido que marchar a su pueblo por la muerte repentina de su padre.

    Observé que vestía de luto, efectivamente. Un luto riguroso que iba desde el chaleco de punto que asomaba por la chaqueta abierta, hasta los calcetines de lana, con seguridad todo teñido, capaz todo de dejar en la piel huellas oscuras.

    Nos pusimos a hablar de aquellos pueblos, pueblos de vega rica, de huertos y ganado menor.

    —Pero la riqueza está mal distribuida —dijo Ezequiel—. Hambre no hay tanta como en otros sitios pero quisiera que viera la ignorancia en que viven, la suciedad, el abandono. Sobre todo allá arriba, que es mucha la diferencia entre la vega y el monte...

    Cuando le devolví la visita, después de una buena caminata monte arriba, me quedé perpleja. En la sala de la escuela, sombría y con ventanas pequeñas, al fondo, junto a la pizarra y la mesa del maestro, había una cama, cubierta con una manta parda. Al observar mi estupor se apresuró a confirmar lo que era evidente.

    —Sí, Gabriela, aquí duermo, aquí está todo lo que me pertenece...

    Señaló la maleta cerrada, colocada en una silla al lado del camastro, y, con un movimiento circular del brazo, abarcó los pupitres y los bancos de los niños.

    —Las comidas las hago en la taberna, pero dormir y vivir, aquí, en mi escuela...


    La víspera de la boda hacía calor. La primavera estaba a punto de abandonar su ciclo de humedad fecunda. Soles acariciadores, brotes tiernos darían paso al calor y el aroma del verano. De las tierras de Castilla llegaba ya un aire oloroso de trigos empezando a madurar, de amapolas fatigadas; un aire que anunciaba fuertes amenazas de sequía. Sentados bajo la parra de la huerta estábamos los cuatro, mis padres y Ezequiel y yo, silenciosos e inactivos, sumidos cada uno en los vericuetos de sus pensamientos. De modo inesperado, mi madre empezó a llorar. No se alteró un músculo de su cara.

    Las lágrimas fluían serenas, resbalaban por su rostro, se perdían en el cuello y ella no hacía movimiento alguno para limpiarlas. No dije nada que delatara ante los otros, quizás inadvertidos, la angustia de mi madre. Respeté su llanto y ella se sintió obligada a dar una explicación.

    —Lloro ahora para no tener que llorar mañana en la Iglesia —dijo.

    Se levantó y desapareció en el interior de la casa y me pareció que mi padre no aprobaba esa debilidad. Aprovechó la ausencia de mi madre para tratar asuntos que consideraba inaplazables.

    —No vuelvas a enviar un céntimo —me dijo—. No necesitamos nada. Y vosotros vais a necesitar muchas cosas.

    Ezequiel me miró porque ya antes habíamos hablado del asunto y cuando yo le dije: «Necesito mandarles una parte de mi sueldo», me había contestado: «Todo si quieres. Se supone que con el mío deberíamos vivir los dos.»

    Pero yo conocía a mi padre y sabía que no aceptaría un solo sacrificio mío en la nueva vida que Ezequiel y yo íbamos a iniciar.

    —Está bien —acepté—, pero en cualquier momento, si por alguna causa fuera necesario...

    Mi madre volvía ya, con los ojos secos y la sonrisa en los labios y nos anunció:

    —Vamos a cenar.

    El sol se ocultaba hacia Galicia y era rojo intenso.

    Cuando desapareció, el calor de la tarde se fue desvaneciendo. Un tren silbó a lo lejos pidiendo entrada en la Estación. La madreselva que trepaba hasta el balcón exhaló su perfume que se disolvió en el sosiego de la última noche de mayo.


    —Casados tenemos más derecho a vivienda —observó Ezequiel.

    Pero no fue tan fácil. En el pueblo de Ezequiel casas no había o no parecían disponibles para nosotros. En el mío tampoco encontré muchas facilidades. Yo estaba de huésped en una casa, pero la habitación no era adecuada para dos personas, ni por el tamaño, ni por los muebles, pocos y apiñados en los escasos metros del cuarto. Finalmente surgió una propuesta. La planta baja de una casa, mitad pajar, mitad cobertizo para herramientas y aperos de labranza.

    En poco tiempo la pintamos y la arreglamos. Con ayuda del carpintero, que era aficionado a la albañilería, construimos el hueco del hogar, la chimenea con su tiro y un medio tabique para separar el dormitorio del resto. Teníamos derecho a usar el pozo de la huerta para coger agua y la cuadra como retrete, según la costumbre.

    Cosí una cortina y la colgué de una barra a modo de puerta de dormitorio. Compramos una mesa y cuatro sillas al carpintero y en el pueblo mayor, que era cabeza de partido, los utensilios imprescindibles para cocinar y comer. Todo lo habíamos dejado dispuesto cuando nos fuimos para celebrar la boda.

    En eso andaba yo pensando cuando el tren se detuvo bruscamente y nos levantamos con esfuerzo. Los músculos los teníamos entumecidos de tantas horas sobre el asiento de madera sin apenas movernos para no molestar a los viajeros y para sujetar como podíamos los bultos que llevábamos.

    Ezequiel se bajó y yo le fui entregando el equipaje.

    Cuando el tren arrancó, allí nos quedamos, en el apeadero vacío, contemplando el voluminoso conjunto de maletas, capachos, cajas sujetas con cuerdas, que debíamos transportar.

    —Espérate aquí, que yo me acerco al pueblo a ver si encuentro a alguno con un carro... —musitó Ezequiel.

    Le vi marchar por el sendero polvoriento y una repentina congoja me apretó el pecho. Era el comienzo de nuestra vida juntos y me pareció que se extendía ante nosotros, erizada de obstáculos. La nostalgia inmediata de mi casa y mi familia me poseyó. Pero al instante la rechacé. No podía caer en la añoranza de un pasado del que sólo quedaban lazos entrañables con personas queridas. Mi horizonte estaba allí, al final del camino que Ezequiel recorría a grandes pasos en busca de ayuda.

    Al cabo de una hora regresó sonriente, montado en un burro.

    —Todo lo que he podido encontrar —dijo.

    Colocamos sobre los lomos del animal toda la impedimenta y nosotros emprendimos la marcha, uno a cada lado del paciente rucio.


    La primera vez que hablé a Ezequiel de Guinea todavía no éramos novios.

    —Guinea es como un sueño. A veces si me despierto en medio de la noche y me viene a la memoria algún suceso o alguna persona de esa tierra, tengo que hacer un gran esfuerzo para convencerme de que fue verdad lo que viví...

    Estábamos sentados en las almenas del castillo. Desde la altura se veía el río centelleando entre la carretera y el pueblo de mi escuela, Castrillo de Abajo. El de Ezequiel quedaba a nuestras espaldas, detrás del castillo en ruinas, y se llamaba Castrillo de Arriba.

    Los chopos se movían suavemente y las hojas doradas por el otoño resplandecían al sol. La tarde de octubre derramaba su serenidad por los campos.

    Ya éramos amigos y habíamos subido hasta lo alto del monte dando un paseo. La placidez de la hora y el lugar nos mantenían en silencio, absortos en la contemplación del paisaje.

    De forma inesperada, Ezequiel dijo:

    —Nunca hablas de Guinea. ¿Tan poco te acuerdas? ¿O lo recuerdas demasiado?

    Me sorprendió porque no había mostrado curiosidad cuando le dije que había estado allí y cómo había enfermado y me había visto obligada a regresar.

    Tardé unos segundos en contestarle y él me miraba expectante.

    —Guinea es como un sueño... —empecé a decir.

    Trataba de ser sincera. Siempre lo intentaba con Ezequiel. El me impulsaba a hablar. No directamente como ahora, sino en cualquier momento aunque no lo pretendiera. Era su forma atenta de escuchar o quizá sólo la confianza que despertó en mí desde aquella primera visita a mi escuela.

    Habíamos llegado a ser excelentes compañeros. Juntos planeábamos actividades para nuestros niños. Juntos organizábamos nuestras clases de adultos que se convirtieron en seguida en reuniones semanales a las que asistían gentes de los dos pueblos, cada domingo en una escuela.

    —Te das cuenta —decía Ezequiel— de cómo reaccionan cuando se les da la oportunidad...

    De nosotros hablábamos poco. Por eso me sorprendió el matiz inquisitivo que aparecía en la pregunta. ¿No te acuerdas de Guinea o te acuerdas demasiado...?

    —... Guinea es lo más interesante que me ha ocurrido hasta ahora... —dije. Y guardé silencio.

    Pareció conformarse, pero a poco empezó a hablar con una violencia extraña en él y su rostro, de ordinario relajado y tranquilo, se crispó de disgusto.

    —No sé cómo pudiste ir a Guinea a educar africanos cuando existen aquí tantas Guineas.

    Sin transición, empezó a hablarme de su vida.

    —... Muere mi madre, mueren mis hermanos siendo yo un niño todavía. ¿Y sabes por qué mueren? De hambre —dijo, sin esperar respuesta—, de hambre y de miseria. Mi padre era pastor pero no tenía rebaño. Todo era del amo. Las ovejas, la leche de las ovejas, las pieles de las ovejas... Para mi padre sólo las heladas, los sabañones, el mendrugo compartido con el perro del amo... Pero no está prohibido que se casen los pastores y tampoco que tengan hijos...

    Se calló de repente y cuando volvió a hablar le brillaban los ojos.

    —Tú no sabes la rabia que da el hambre...

    Luego se fue dulcificando. Recuperó la calma que le era habitual y quiso volver atrás, a la pregunta sobre Guinea que le había llevado a la insospechada reacción.

    —África irredenta —dijo—. Lo entiendo. Y seguro que hiciste bien. No me hagas caso. Creo que estoy empezando a tener celos de todo lo que te atañe. Por ejemplo, tengo celos del médico que te ayudó a ser más feliz o menos desgraciada allí...

    La sorpresa no me dejó hablar. Ezequiel golpeaba el muro con una rama de avellano que había recogido del suelo al pie del castillo. Era una vara fina y flexible y los golpes sonaban como latigazos al restallar sobre la piedra. El juego le ayudaba a no mirarme; le ocupaba y le distraía como a un niño tozudo que no quiere escuchar la reprimenda que le espera. No hubo reprimenda. Aunque tampoco supe cómo tranquilizar su desazón, remediar la debilidad y el desamparo que le atormentaban como a un niño. No supe qué decir. Pero en aquel momento comprendí que acabaría aceptando a Ezequiel y que él compartiría mi destino.

    Cuántas veces no me engañará la memoria. Cuántas cosas me inventaré a mi gusto... Pero yo me empeño en dar por seguro que aquella época fue la más feliz de mi existencia. Éramos jóvenes, me digo, y puede ser que lo que yo recuerdo como felicidad fuese tan sólo la plenitud de nuestros cuerpos, la facilidad para dormir y despertar, la resistencia de los músculos. Éramos jóvenes y el vigor físico nos enardecía, nos impulsaba a luchar por algo en lo que creíamos: la importancia y la trascendencia de nuestro trabajo.

    Soñábamos. En voz alta levantábamos torres de esperanza, proyectábamos puentes de fantasía. «Si algún día pudiéramos», «Si nos dejaran», «Si nos ayudaran».

    Hasta los reproches de algunos padres que no entendían nuestro afán de encender en los niños curiosidades y despertar su imaginación, hasta esas críticas agrias y mal intencionadas a veces, se convertían en estímulo para nosotros.

    «La próxima semana voy a hablar de este asunto en la clase de adultos...», decía Ezequiel. O bien decía yo: «No hablemos de ello, sigamos adelante tratando de interesar a los mayores en lo que estamos haciendo con los niños.»

    Ya antes de casarnos era el trabajo lo que creaba en nosotros nuevos lazos, ya era el trabajo compartido lo que iba construyendo unos cimientos para una relación que todavía no era más que amistad y camaradería.


    Desde el día del castillo y la declaración repentina de los celos de Ezequiel, había empezado entre nosotros lo que después llamaríamos el tiempo de las confesiones. La necesidad de volcar en el otro lo que hasta entonces había sido sólo nuestro, era una forma de entrega y un preludio de las que vendrían después. Nos quitábamos la palabra de la boca, apenas respetábamos los turnos, deseosos como estábamos de dar rienda suelta a nuestras confidencias.

    —Después de dos años dejé el Seminario. Me daba cuenta de que aquello no era lo mío, pero al mismo tiempo me costaba desilusionar al Cura de mi pueblo, que era quien me había metido allí, convencido como estaba, le dijo a mi padre, de que yo era un chico demasiado listo para quedarme de pastor...
    —... Probablemente yo no elegí ser maestra. Mi padre me inculcó el amor al trabajo, la disciplina y la exigencia y esos principios no sólo formaron mi carácter sino que resolvieron una necesidad urgente: la necesidad de ganarme la vida...
    —... Mi padre no quería porque siempre vio a los curas como amigos del amo. Pero poca elección tenia si quería mejorar mi destino...
    —...A los ojos de mi padre, la carrera de maestra reunía las características más favorables para una mujer: decencia, consideración social, nobleza de miras...
    —... De modo que empecé a dar lecciones en casa del Cura para completar las pocas horas de escuela que tenía a mis espaldas...
    —... Y otras dos fundamentales: era una carrera corta y barata...
    —... A los catorce años, con muchas horas de trabajo en el monte, me fui al Seminario...
    —... En resumen, yo fui maestra porque las condiciones económicas de mi familia así lo determinaron...
    —... Me gustaba estudiar y recordar lo aprendido, pero quería marcharme de allí. Así que me armé de valor y en las primeras vacaciones fui a hablar con don Gervasio, que así se llamaba el Cura, y le dije: Nunca le agradeceré bastante que me haya sacado de aquí para lo otro, para lo de ser Cura, pero...
    —... Lo que sí es cierto es que cuando niña ya andaba yo jugando con la idea de ser maestra. Tenía una maestra joven y alegre y muy paciente y los niños la adorábamos. No sé si la influencia de la maestra también pesó en mi ánimo junto a las opiniones de mi padre...
    —... Dejé el Seminario y me pasé a la Normal. Como pude, con becas y trabajos, fui pagándome los estudios. Fíjate que hasta anduve por las calles limpiándoles las botas a los señores...

    Hablábamos. Cuando las confesiones alcanzaron su final, estábamos listos para pensar en el futuro. Seriamente, con un punto de gravedad exagerada hablamos de matrimonio.

    Nuestro noviazgo fue el más puro y transparente, el más premeditado de los noviazgos. Por eso digo que pasión, pasión, si queremos entender el amor como pasión, de eso no hubo...


    Lo último que colocamos fue el espejo. Era redondo y tenía un marco de escayola dorada. Me lo habían regalado entre todas las amigas. Aquel espejo iba a reflejar mil veces mi cara desde entonces: caras tristes, alegres, temerosas, cansadas; con esa costumbre mía de pensar delante del espejo... El espejo todavía lo tengo pero ha ido perdiendo el azogue con el tiempo y la imagen aparece un poco borrosa, oscurecida por puntitos y manchas.

    Los restantes regalos, los obsequios de amigos y parientes y los que mi madre me hizo, los habíamos distribuido con esmero y paciencia. Al final la casa nos pareció hermosa.

    No hacía una hora que habíamos terminado de organizarla cuando ya teníamos en la puerta una comisión de niños de las dos escuelas con sus regalos: dos gallinas para mí y un cordero para Ezequiel. Las gallinas las dejamos en el portal hasta que Ezequiel construyó un gallinero detrás de la casa. El cordero, con una marca azul en el costado, se lo entregó Ezequiel al pastor con la advertencia de que lo cuidara bien, del mismo modo que él, dijo risueño, cuidaba y atendía a sus hijos...


    Amadeo, el carpintero, no tenía hijos, ni estaba casado. Pero nos ayudaba mucho y mostraba un interés insólito en la educación. Cada vez que surgía la ocasión venia a echarnos una mano. La puerta que no cierra: Amadeo. El banco que hace falta en el portal: Amadeo. Eso en casa. Y en la escuela: Amadeo, si pudieras hacernos un tablero alargado de quita y pon con unas borriquetas, para los trabajos manuales... Amadeo, guárdame las tablillas que no uses que las necesitamos...

    «Para la escuela lo que quiera», me decía, «lo que usted quiera o lo que necesite don Ezequiel... que no les cobro, que lo hago con gusto y yo no tengo necesidad ni me importa el dinero.» Le gustaba hablar. Se expresaba con claridad y sensatez.

    —Digo yo, señora maestra, que si todos supiéramos más de libros y menos de tabernas, nos engañarían menos y seríamos más felices...

    Me pedía el periódico. «El que recibe el Cura, no me gusta. Lo dice todo a su manera, pero ese que reciben ustedes me parece a mí más acertado y más a la medida de mis entendederas, quiero decir que le doy yo más la razón al suyo que al del Cura.»

    La educación y la justicia y la salvación de los hombres por el trabajo bien hecho y bien pagado eran conceptos que a él le gustaba discutir y desarrollar en las charlas que tenía con nosotros al caer la tarde, cuando nos visitaba algunos días. Y también en las clases de adultos, a las que fue el primero en asistir.

    Tenía un hermano en la ciudad y lo visitaba con cierta frecuencia. «Lo que quieran me lo encargan», solía decirnos cuando se iba a la carretera a esperar el camión de una tejera cercana que le permitía hacer el viaje gratis. Un día llegó, misterioso y exaltado.

    —Me he enterado en León —nos dijo— que se prepara una muy gorda. Que el Rey va a salir por los pies y que va a haber una revolución. Dice mi hermano que ha llegado el momento de hacer algo, que no podemos quedarnos todos quietos viéndolas venir. Que va llegando el tiempo de que hable el pueblo y se le escuche y nos den lo que es nuestro. Lo primero la educación, don Ezequiel, la educación y la cultura para ser capaces de sacar el país adelante...

    Ezequiel le escuchaba atentamente.

    —Ya lo sé, Amadeo. Ya leo los periódicos y veo que algo grande se avecina. Y me da a la vez alegría y miedo. Quiero que ocurra lo que tiene que ocurrir pero me asusta que no nos dejen llevarlo a cabo.

    Por la noche Ezequiel y yo volvimos a hablar de aquel asunto que traía a Amadeo preocupado.

    —No sé si nosotros llegaremos a verlo. Pero habrá que intentarlo todo si queremos que nuestros hijos lleguen a ser un día libres y, educados como los niños de Francia o Inglaterra...

    Las palabras de Ezequiel me conmovieron. Fue precisamente al oírlas cuando tuve por cierto que estaba embarazada, después de tres meses de dudas y esperanzas.


    El otoño vino suave y Ezequiel me obligaba a dar largos paseos. Tenía ideas muy naturalistas y decía que al embarazo le vienen bien el sol y el aire y la lluvia para que se vaya asentando el nuevo ser y se desarrolle con salud.

    Siempre me ha gustado pasear, de modo que si a veces me negaba no era por falta de ganas, sino por exceso de trabajo.

    Aparte de la escuela y la casa, la preparación del nacimiento se me venía encima: sabanitas, lana para tejer botitas y chaquetas, el agobio del espacio y los constantes cálculos; dónde ponemos la cuna, dónde estará más resguardada en invierno y más fresca en verano.

    La cuna ya la había empezado Amadeo. Ezequiel le ayudaba y me decía entusiasmado: Qué noble oficio, Gabriela. ¿Te das cuenta de que la cuna y la mesa y la cuchara y hasta el féretro salen de manos de Amadeo?

    Yo me daba cuenta, pero me parecía que la cuna de Amadeo y la ropa que yo trataba de hacer y los consejos de las mujeres que se unían en coro cada vez que me las encontraba, todo, resbalaba sobre mí, no me dejaba huella. No estaba triste ni contenta. Había caído en una indiferencia placentera y serena. El embarazo me alejaba del mundo exterior. Me encontraba escuchándome por dentro, observando el más mínimo cambio dentro de mi. Una punzada, un murmullo, un temblor, un pequeño dolor, una oleada de calor o de frío.

    Me sentía invadida por una red de pequeños canales que se comunicaban entre sí, que transmitían señales imprecisas a mi cerebro. Era una invasión pacífica y puramente física. Rara vez me encontraba pensando en aquel hijo del que todos hablaban. Mentiría si dijera que sentía otra cosa que la transformación de mi cuerpo. No he sido yo muy dada a las literaturas pero la verdad es que ni el sentimiento maternal anticipado, ni la ilusión de la nueva vida, ni el imaginarme cómo iba a ser aquel niño que se acercaba, me ocupaban el tiempo.

    Bastantes niños tenía a mi alrededor, bastantes caras risueñas; bastante atareada andaba, atendiendo ese preguntar insaciable que me ha llenado la vida.

    De modo que el otoño fue pasando con la alegría de la vendimia y los cestos de uvas que llenaban mi casa y los paseos hasta el castillo de nuestro noviazgo. Desde allí se veían los chopos del río, abajo, con el oro de las hojas brillando al sol y el rojizo creciente de los robles extendiéndose por las laderas del monte.

    Ezequiel me cogía por los hombros y me acercaba a su cuerpo, cuando nos sentábamos.

    —Tú no lo entiendes —me decía—. No entiendes el milagro que estoy viviendo, después de tanta soledad...


    En Navidades fuimos a ver a mis padres. Empezaba a nevar cuando el tren se detuvo y allí estaban ellos, esperándonos. Por un instante se desgarró la bruma que me protegía de todo, la corteza de blanda indiferencia que me arropaba como una crisálida. Las lágrimas asomaron a mis ojos y me abracé a los dos con una punzada de alegría dolorosa.

    Durante aquellos días busqué una ocasión para hablar con mi padre. Tenía que decirle cómo era Ezequiel, quería convencerle de que podía estar tranquilo por mí. Paseábamos por la carretera nevada hasta el pueblo cercano. El sol de diciembre nos quemaba levemente la cara.

    —Quiero mucho a Ezequiel —le dije— pero yo creo, lo he creído desde el principio, que es un afecto sereno y reposado lo que siento...

    Continué hablando largo rato. Necesitaba contarle que mi amor por Ezequiel no era una sacudida violenta, ni un arrebato incontrolado. Era un sentimiento confiado, tranquilo, que no alteraba el ritmo de mi pulso. Y su amor me rozaba la piel como una caricia, un ligero cosquilleo grato y confortable.

    —No te preocupes por la pasión —dijo mi padre—. La pasión puede llegar o no. Puede inundar tu vida y dar a tu existencia vaivenes insospechados. Puedes pasar del infierno a la gloria sin darte cuenta. Pero el amor es otra cosa. Hay muchas clases de amor. Yo creo que entre vosotros hay amor.

    Desde aquel día mi padre fue especialmente amistoso con Ezequiel.

    «Ya no tiene celos», pensé de modo absurdo. «Mis confidencias le han hecho ver que mi amor por Ezequiel no disminuirá nunca mi amor por él.»


    Los hijos de don Cosme, el rico del pueblo, se educaban en la capital. Las niñas en las Carmelitas, los niños en los Agustinos. «Quiero que tengan principios», nos dijo un día a Ezequiel y a mí. «Buenos principios.» No pretendía disculparse por no tenerlos en la escuela. Simplemente nos hacía confidentes de sus proyectos educativos. «Mano dura y buenos principios.»

    Cuando empezaba a anunciarse la primavera, llegó el Obispo a confirmar a los niños de los alrededores. Don Cosme organizó un buen banquete en su casa y nos invitó con otras personas que él consideraba importantes: el médico, el veterinario y por supuesto los curas de los pueblos vecinos.

    Don Cosme tenía viñas y bodegas. Vivía en mi pueblo pero se consideraba el dueño de la zona. Como él decía a Ezequiel: Es como si usted fuera maestro de aquí abajo porque aquí vive y además mis tierras están también arriba en el pueblo de usted, así que no sé a qué viene tanto pueblo de Arriba y de Abajo si los dos son míos...

    La visita del Obispo le llevó más lejos en la exposición de sus ideas. A la hora del café, los puros y las copas, levantó la suya en honor del Prelado y por primera vez le oímos pronunciar un discurso.

    —Señor Obispo, Ilustrísima persona, brindo aquí por su larga vida dedicada a la fe y a la propagación de la doctrina cristiana y ante los nubarrones que nos acechan y que van cubriendo la patria de amenazas, quiero decirle muy claro que aquí nos tiene y nos tendrá siempre en este pueblo para defender la religión de nuestros padres...

    Un poco sorprendida por el tono del brindis yo miré a Ezequiel y me pareció que él no quería mirarme. No se movía y tenía los ojos bajos, como si pensara en lo que estaba oyendo, como si se concentrara en lo que pensaba. El humo de los puros estaba empezando a marearme y en cuanto pude, me levanté y me escabullí sin despedirme y al llegar a casa me eché en la cama, sudorosa y exhausta. Ya por entonces se movía el niño en mi interior y cambiaba de sitio con frecuencia sobre todo de noche. Aquellas vagas muestras de actividad que observaba en los primeros meses, se habían convertido ahora en codazos, patadas, qué sé yo.

    Estaba cansada pero no me podía dormir y cuando Ezequiel llegó ya avanzada la tarde, me encontró a oscuras y se alarmó.

    —No habrá llegado el tiempo —dijo sobrecogido.

    Reí ante su temor y le tranquilizó mi risa.

    —Todavía falta un mes, no tengas miedo...

    Pero otro tiempo se acercaba, me dijo Ezequiel. Había estado con Amadeo después de la comida y le había dicho que era urgente que le acompañara a León, que allí se reunían cada día en casa de su hermano gentes muy enteradas de las cosas políticas, gentes que le querían conocer y que le iban a hablar de grandes cambios buenos y decisivos para todos, pero que requerían más que nunca la acción de nosotros, los maestros.

    —Teniendo en cuenta —me decía Ezequiel— que el treinta y dos por ciento de los mayores de diez años son analfabetos en este país nuestro.

    Las palabras de Ezequiel me llegaban de lejos, como un sonido agradable, pero no las seguía, no me inquietaban ni despertaban en mí interés alguno en aquel momento.

    Sólo como un relámpago fugaz me vino a la mente el recuerdo de unas frases en el brindis de don Cosme: «Ante las amenazas que cubren la patria...» ¿Tenían que ver aquellas amenazas con las reuniones de Amadeo? Al llegar a este punto me quedé dormida, hundida como estaba en el limbo de mi maternidad.


    Las clases de adultos seguían adelante. En los últimos meses era Ezequiel el único que se encargaba de ellas para evitarme un esfuerzo más.

    Había un espacio de tiempo dedicado a las clases propiamente dichas, clases de alfabetización, de cálculo, de nociones científicas o históricas y había otro espacio dedicado a la charla y discusión sobre temas cercanos, sociales y sanitarios o sobre acontecimientos de actualidad que Ezequiel les mostraba en los periódicos. Poco a poco, este segundo espacio fue creciendo ante la avidez de los alumnos por informarse de todo lo que sucedía lejos, en un mundo del que vivían aislados. Ezequiel se dejaba llevar del entusiasmo. «Ya saben hablar», me decía. «Han aprendido a expresar lo que piensan...»

    Yo frenaba su exaltación. «Tienes que seguir con las clases. Primero leer y aprender; luego ya vendrá lo demás.» Asentía, pero una creciente inquietud le desazonaba. «Sé que tienes razón. Pero ignoran sus derechos, sus necesidades, son fáciles de convencer por cualquiera, están en manos de quien mejor los sepa manejar. Yo no quiero hacer política; quiero sólo defenderles de la política...»

    Pronto iba a sufrir las consecuencias de sus excesos. Una visita del Inspector de Enseñanza le dejó estupefacto. Como un jarro de agua helada cayeron sobre sus fervorosos empeños las palabras del enviado: «Clases, las que usted quiera, ciencia la que usted quiera, pero mítines, de ninguna manera.»

    —Te han denunciado, Ezequiel —decía Amadeo, el carpintero—. Te ha denunciado algún malnacido de por aquí. O el Cura o don Cosme, vete a saber...


    Me puse de parto a las cinco de la tarde y las campanas empezaron a sonar a las ocho. Los dolores iban y venían siguiendo el ritmo de las contracciones y entre dolor y dolor yo me decía: ¿Pero qué campanas son ésas? ¿Pero qué boda o bautizo o santo? Ezequiel salió a buscar a la partera que era una mujer del pueblo, vieja y experta por demás. Yo oía gritos y voces y risas y las campanas sonando sin parar. Las campanas ¿por qué?, me preguntaba. Vino Ezequiel con la partera y me dijo: «Vuelvo corriendo que anda el sacristán con los mozos y los chicos y me parece que ha llegado lo que tenía que llegar...» Desapareció y me dejó con la comadre que se movía por la casa poniendo la caldera de agua a hervir, preparando toallas y sábanas. Y siempre aquel jolgorio que venía de fuera, de la Plaza, de la Iglesia. Los dolores se entrelazaban, seguidos, termina uno, empieza otro; los dolores se sucedían y yo mordiendo el pañuelo para no gritar. Los dolores me enloquecían. «Morirse no puede ser peor», decía yo, me lo decía a mí misma, mientras la comadrona murmuraba entre dientes algo sobre los hombres y lo poco que iba a durar el mundo si fueran ellos los que tuvieran que parir.

    En esto entró Ezequiel y se me vino a la cama y me cogió la mano entre las suyas, que temblaban, y me dijo: «Ha llegado, Gabriela, ya está aquí.» Y yo con el pañuelo entre los dientes, desencajada, desvariando de dolor, sin saber de qué estaba hablando, sin poder ocuparme de otra cosa que del dolor, más fuerte, más cercano, inmediato, ya sólo un único dolor interminable, sin pausa ni reposo, brutalmente extendido por mi cuerpo...

    «Viva la República», se oyó gritar fuera. Y en seguida: «Viva, viva...» Luego las campanas cesaron y en ese instante me arranqué el pañuelo y dejé escapar un grito que rodó libre, por las calles del pueblo.

    Dijo Ezequiel, me lo dijo después, que tras mi grito se había oído el grito del Cura increpando al sacristán: «¿Y tú quién eres para tocar las campanas, quién te dio permiso, quién te mandó?»

    Un tercer grito, más débil, más pequeño vino a unirse a los del Cura y el mío. Mi hija se abría camino en este mundo, se instalaba llorando en nuestras vidas. Faltaba poco para las doce de la noche de aquel día que nunca olvidaré. Era el 14 de abril del año 1931 y hacía diez meses y medio que nos habíamos casado.

    —Nunca he visto el mar —me dijo en una ocasión Ezequiel—. Ya ves, hasta la mili la hice en Castilla...

    Revelaciones de este tipo me hacían reflexionar sobre nuestras diferencias. Aunque los dos veníamos de familias modestas, había un grado de inferioridad, un matiz de precariedad en todo lo que tocaba a la suya. Más pobres, más desamparados, más desvalidos que nosotros, pensaba yo. Una ternura protectora me embargaba cada vez que descubría el esfuerzo que había significado para Ezequiel llegar hasta aquel pueblo, hasta aquella escuela con su cama y su maleta por toda posesión y su titulo de maestro por todo futuro.

    Ezequiel, que dedicaba una buena parte de su sueldo a comprar libros, que disfrutaba compartiendo con los niños lo que aprendía en ellos, no había visto nunca el mar.

    —Esto se va a arreglar —me dijo esperanzado a los pocos días de proclamarse la República—. Esto va a cambiar. Sostenía en las manos el periódico y leía: «Los maestros se adhieren entusiásticamente a la nueva República...» «Una de las reformas más urgentes que va a emprender la República es la reforma de la enseñanza...» «La dignificación de la figura del maestro será el primer paso de esta reforma...»

    Yo sostenía a la niña en brazos. Se acababa de quedar dormida y también a mí se me cerraban los ojos, falta de sueño como andaba desde su nacimiento.

    —Ha venido el Cura a ver cuándo queremos bautizar a la niña —dije de pronto.

    Ezequiel suspendió la lectura y se me quedó mirando sorprendido.

    —La niña no se va a bautizar nunca —dijo—. Yo se lo diré al Cura si vuelve a preguntarnos...

    Yo estaba convencida de que ésa era la respuesta que Ezequiel iba a darme y, también, la que yo deseaba que me diera. Pero una sombra de preocupación me envolvió. Era fácil adivinar que aquél sería el comienzo de una sorda guerra entre el Cura y las gentes que le apoyaban y nosotros, con los pocos vecinos que habían gritado, aquel día de abril, viva la República.

    —Todo va a cambiar quieran ellos o no —dijo Ezequiel—. Va a cambiar y nuestra hija crecerá en una tierra sin fanatismos ni injusticias...

    Le brillaban los ojos de la emoción. Para ocultar la mía, acaricié a la niña y dije:

    —Todo va a cambiar y algún día cogeremos a esta niña y a los niños de nuestras escuelas y nos iremos todos juntos, en un autobús grande, a ver el mar...


    Si yo quisiera explicar lo que era entonces para mí la política, no sabría. Yo creía en la cultura, en la educación, en la justicia. Amaba mi profesión y me entregaba a ella con afán. ¿Todo esto era política?

    En Ezequiel encontré la continuidad de lo que mi padre me había enseñado, la austeridad, la mística del trabajo, la inagotable entrega. ¿Era eso política?

    Ezequiel me leía fragmentos de discursos, artículos y noticias que tenían relación con la enseñanza. Yo apenas tenía tiempo para leerlos por mí misma, ocupada con la niña y con mis tareas habituales, pero al escuchar aquellas hermosas palabras, se me llenaban los ojos de lágrimas. «Es deber imperativo de las democracias el que todas las escuelas, desde la maternal a la Universidad, estén abiertas a todos los estudiantes en orden no a sus posibilidades económicas sino a su capacidad intelectual», decía un decreto publicado en la Gaceta.

    En un artículo se arengaba a los maestros: «La República se salvará por fin por la escuela. Tenemos ante nosotros una obra espléndida, magnífica. Manos pues a la obra.» ¿Era eso política? Al parecer lo era. No habían pasado quince días desde la proclamación de la República y ya teníamos a don Cosme en casa, ladino y conciliador. Venía a ver a la niña y a advertirnos de los peligros que iba a encerrar para nosotros el apoyo incondicional a la nueva República.

    —Dejarse de políticas. Las políticas que las hagan ellos en el Parlamento. Nosotros aquí, en el pueblo, paz y respeto para todos. — Y acto seguido—: Y no me diga, Gabriela, que con estas modas de la República no va usted a bautizar a la niña, que no me la va a dejar mora, tan preciosa como es la criatura...

    La suerte estaba echada. Fuera o no política, estaba claro que nuestras ideas estaban en total acuerdo con las que la República proclamaba a los cuatro vientos.

    «Tenemos el deber de llevar a las escuelas las ideas esenciales en que se apoya la República: libertad, autonomía, solidaridad, civilidad.»

    —A la sobrina de Amadeo le han puesto el nombre de Libertad —me dijo Ezequiel cuando nació la niña.
    —Está bien, allá ellos. Pero nuestra hija se va a llamar Juana como tu madre —le contesté yo.

    El guardó silencio y yo me irrité.

    —No empieces a engañarte con las palabras —le dije—. La libertad está ahí y hay que luchar por ella pero no empieces a conformarte con las palabras. Las palabras se gastan y pierden brillo. Los hechos no...

    La niña se llamó Juana y no fue bautizada. Después de la nuestra, habían nacido dos niños más y sus padres tampoco quisieron bautizarlos.

    —El Cura debe estar furioso —le comenté a Ezequiel—. Lo único que temo es que crea que es obra nuestra.

    Así que en la próxima clase de adultos Ezequiel lo dejó todo muy claro: que nosotros habíamos decidido libremente no bautizar a la niña, pero que ellos consideraran, también libremente, su decisión, porque no se trataba de alardear de nada que no hubiese sido firmemente meditado. Que no se trataba de ir en contra de nadie ni de provocar a nadie y menos aún de perder el respeto a los que no pensaban como nosotros.

    —Yo no pierdo el respeto a nadie —dijo uno de los padres rebeldes—. Ellos son los que me lo tienen perdido desde hace mucho. Yo no voy a la Iglesia porque no quiero y no bautizo a mi hijo porque no quiero. Pero no voy a disimular porque a ellos les moleste. ¿Disimulan ellos cuando bautizan a los suyos por si me molesta a mí?

    «Ellos» se había convertido en un vocablo cargado de misterios y suposiciones. Para los republicanos, «ellos» eran don Cosme y el Cura y los que compartían sus opiniones. A su vez «ellos» éramos nosotros para don Cosme y sus aliados.

    En los pueblos pequeños y alejados de las ciudades como los nuestros, las primeras reacciones frente a la República fueron el desconcierto y la desconfianza. En seguida la toma de posiciones se fue acentuando y se produjo una evidente división. Sin que nadie interviniese directamente, los vecinos se fueron agrupando en dos núcleos significativos, a favor unos y en contra otros del nuevo Gobierno.

    Corrían rumores, comentarios socarrones. Se lanzaban unos y otros frases intencionadas. Era un tanteo, un ensayo general, una maniobra de fogueo.

    —Don Cosme, vaya preparando las ovejas que me las voy a llevar un día de éstos —decía Pancho el pastor, que estaba en la casa desde la época del padre de don Cosme y mantenía con el amo unas relaciones de absoluta confianza.
    —Antes de que te las lleves tú, las enveneno —replicaba riendo don Cosme.
    —¿Y las viñas? — pinchaba el pastor.
    —Antes de que me las quiten, las quemo —contestaba don Cosme.

    Ya había desaparecido la broma. Se advertía un matiz de seriedad en la respuesta. Se vislumbraban ya las iras encendidas del desacuerdo.

    Un día en la pared de la Iglesia apareció un letrero escrito con carbón: «Abajo el clero.»

    Al terminar la Misa salió el Cura con el pelo blanco revuelto, la sotana mal abotonada y empuñando un cepillo de raíces, que dirigió con fuerza contra el muro. Las palabras se borraron, pero la mancha negra quedó allí, informe y amenazante.

    Los niños no eran ajenos al clima que empezaba a crearse en el pueblo. En la escuela fluían los comentarios, inocentes unas veces, intencionados otras.

    —Dice mi padre que la República quiere quitar las iglesias...
    —Será porque tu padre es el campanero y tiene miedo a quedarse sin oficio...
    —Peor es el tuyo que nunca lo ha tenido...

    Poníamos paz. Entre Ezequiel y yo habíamos preparado una lección ocasional sobre la República. Una lección histórica, llena de prudencia y moderación, en la que eludimos pronunciar una sola palabra de ataque a instituciones o personas.

    Los niños la escucharon en silencio y no preguntaron nada.

    Fue después, al discurrir de los días, cuando empezaron a surgir entre ellos las pullas, los pequeños ataques, las desavenencias que reflejaban las distintas posturas de sus padres. No obstante, poco a poco, una nueva normalidad se instaló en el pueblo. La calma presidía la vida del lugar. Aparentemente nada había cambiado a pesar de los continuos informes de la prensa.

    Reforma agraria, reforma sanitaria, reforma de la enseñanza. Las reformas discurrían por la tinta fresca, pero todavía no se veían señales de su realización.

    Entre el deslumbramiento por los cambios políticos del país y el desconcierto de nuestra nueva situación familiar, el tiempo fue pasando y sin darnos cuenta el verano se nos echó encima.

    Yo estaba deseando llegar a casa de mis padres para que conocieran a su nieta y para encontrar alivio a la crianza de Juana con la ayuda de mi madre.

    La víspera de las vacaciones un suceso vino a empañar nuestra alegría. Amadeo, el carpintero, nuestro amigo, fue asaltado una noche cuando volvía andando, solo, de visitar a unos parientes en un pueblo cercano. En la oscuridad no pudo reconocer a sus atacantes; aunque, decía él, «seguro que no eran de aquí».

    Le pegaron una buena paliza y dice que sólo una palabra pronunciaban: masón, masón, masón, mientras le golpeaban.


    La maternidad me colmaba de nuevas sensaciones. Lo mismo que en el embarazo mi cuerpo, replegado en sí mismo, se había aislado del mundo exterior, ahora, con la niña cerca de mi, creía percibir todas las vibraciones de la tierra. Me sentaba en el poyo del emparrado o debajo del enorme nogal que sombreaba la huerta de mis padres y las horas pasaban tranquilas.

    El menor movimiento de una mano, un parpadeo, un mohín de la niña, me trastornaba. Vivía entregada a aquel contacto cálido mientras el tiempo se escapaba dulcemente.

    Ezequiel se acercaba a nosotras y pretendía ilusionarme con los proyectos que le pasaban por la cabeza acerca del futuro de nuestra hija. Pero yo no lo entendía. Absorta en su cuidado no podía imaginar otro proyecto que el de su sueño, su próximo biberón o la mueca ¿de dolor? que a veces cruzaba por sus labios. Mi vida transcurría ajena a cualquier fenómeno que no fuera el de mi maternidad. Cuando la niña dormía en su cuna, yo me instalaba a su lado y sin darme cuenta me sentía caer en un letargo. Como si todavía no se hubiera resuelto la separación, el corte del cordón que nos unía, seguía yo prisionera del ritmo y la frecuencia de sus funciones vitales: dormía cuando ella dormía y me embargaba el dolor cuando ella, por la menor causa, lloraba.

    Fue un verano caluroso y espléndido. ¿El mejor de mi vida? Es difícil seleccionar en el recuerdo los momentos felices. Pero aquél fue sin duda el más hermoso y sereno de los veranos. Atrapada voluntariamente en mi papel de madre, prescindía de lo que me rodeaba, hasta el punto de aislarme de las conversaciones que mi padre y Ezequiel mantenían con frecuencia y de las que me llegaba como un lejano eco de dudas y esperanzas.

    Mi madre respetaba mis silencios. Nunca fue muy charlatana, pero ahora la percibía activa a mi alrededor, atendiendo a todas las complicaciones que nuestra presencia le creaba.

    En cuanto a mi padre, se daba cuenta de lo necesaria que era su compañía para Ezequiel. Los veía a los dos, torpes en su papel de hombres, innecesarios y ajenos a la complicidad espontánea de las mujeres. Por primera vez en mi vida prefería la cercanía de mi madre a la deseada y siempre añorada de mi padre. Pienso que él lo entendía y volcaba su interés en un Ezequiel abandonado y un poco receloso.

    Poco a poco, el verano fue pasando y se acercó el momento de partir. Me costaba trabajo arrancar de aquel delicioso refugio. Al despedirme de mi madre, me sentí más hija que nunca, desamparada y huérfana al separarme de ella. Cuando dejé a los dos en la Estación, uno al lado del otro, me pareció intuir los confusos eslabones que nos unían; la red de misteriosas ligazones, que nos encadenaban y que el nacimiento de mi hija había desvelado en mi.


    Cuando nació la niña, toda la casa se volvió cocina. La cortina que había separado nuestra cama del resto de la estancia, permaneció ya siempre corrida y así todo el espacio disponible quedaba a la vista, sin trabas ni estorbos. El calor del hogar y el olor de las comidas se extendía por la habitación.

    La cuna presidía nuestra vida. Los biberones iban y venían del agua hirviendo a la mesa en que se alineaban todos los utensilios de la niña. Yo no podía criarla y desde el primer momento aquel trabajo de limpieza y asepsia me tenía obsesionada.

    —«Échelo todo junto, que uno encima de otro alimenta más», me decían las mujeres del pueblo. Ellas ni siquiera lavaban el frasco y se limitaban a añadir nueva leche, sin rebajarla ni hervirla, y las botellas tenían un fondo de cuajada agria.

    Como madre primeriza todas me daban consejos y, a mi vez, aprovechaba yo para tratar de convencerlas de los principios imprescindibles de la higiene infantil.

    Algunas me decían que echaban en el biberón unas gotas de aguardiente para que el niño durmiera mejor. Otras le ponían adormidera para conseguir el mismo resultado. La ignorancia de aquellas mujeres me tenía descorazonada. Tan pronto como volví a ocuparme de las clases de adultos introduje, un día a la semana, charlas sobre el cuidado de los niños pequeños. Las jóvenes venían y mostraban interés. Las viejas se burlaban y aconsejaban a sus hijas que no me hicieran caso. «Toda la vida de Dios ha sido así», decían con un convencimiento tozudo.

    Nacían muchos niños, pero durante el primer año la mortandad era muy frecuente. Yo vivía en constante preocupación con las infecciones y encargué a Amadeo algún libro moderno sobre cuidados infantiles. Me trajo de León una cartilla sanitaria con el ABC de tales cuidados y compartí con las mujeres mis nuevos conocimientos.


    La ropa se lavaba en el río, como en mi pueblo. Yo conocía el río y la forma de lavar en él y allá me dirigía con mi balde de cinc aprovechando los momentos en que la niña no me necesitaba, al mediodía o a la tarde, según la época del año. No siempre coincidía con las otras mujeres que disponían de un horario más libre que el mío. No me importaba, porque el tiempo del lavado se convertía para ellas en una ocasión de chismorreo. Entre risas y susurros, las vidas ajenas burbujeaban en la espuma de la colada. Río abajo naufragaban reputaciones entre burlas maledicentes. Cuando esto ocurría en mi presencia volvía a casa desalentada. Ezequiel me animaba. «Contra esto también tenemos que luchar, contra ese rasero mezquino con el que quieren medir a todos.»

    En el río me enteré, sin quererlo, de adulterios tristísimos y de paternidades supuestas, de herencias amañadas y de viejos rencores trasladados de padres a hijos, de abuelos a nietos. Pero el río era hermoso y cuando estaba sola me recreaba en la paz del paisaje, el murmullo de la brisa entre los chopos, el discurrir tranquilo del agua, sólo apreciable en el temblor de la superficie. La percepción de la Naturaleza me despojaba de toda atadura presente. Me parecía que mi ser entero se deshacía de sus límites, sensible sólo a la atracción de la tierra impasible.


    Castrillo de Arriba, el pueblo de Ezequiel, era más pobre que el mío. Su escuela también era peor. Desmantelada y oscura, había hecho milagros para convertirla en un lugar habitable. Luego estaba la lucha con los padres más ignorantes por más abandonados a su miseria.

    —Hay tracoma, tuberculosis, bocio, ¿quieres más? — me decía al llegar a casa los días negros en que todo parecía convertirse en un largo camino sin final. Otros días llegaba alegre porque había conseguido vencer alguna resistencia, avanzar un poco en la dirección deseada.
    —Lo que ocurre es que nosotros no podemos resolver casi ninguno de los grandes problemas. El hambre y la enfermedad son asunto del Gobierno. Pero ¿cuándo van a empezar los republicanos a cumplir sus promesas?

    Mediaba febrero, con la escarcha brillando en las callejas del pueblo. El humo de los hogares se disolvía con dificultad en un cielo duro, de un azul blanquecino. Hacía daño respirar. Parecía que el aire estaba suspendido en capas heladas. Llegó Ezequiel con la cara amoratada, envuelto en la pelliza y la bufanda, golpeando los pies entumecidos de los kilómetros que recorría cada día, de casa a la escuela, arriba y abajo.

    —Hay novedades. — Más que novedades, instrucciones para poner en práctica lo que ya sabíamos: se acabó la religión en las escuelas.

    Y me enseñó la circular que acababa de recibir de la Inspección. «La escuela ha de ser laica. La escuela sobre todo ha de respetar la conciencia del niño. La escuela no puede ser dogmática ni puede ser sectaria...»

    Estábamos de acuerdo pero también sabíamos las dificultades que íbamos a encontrar. En primer lugar estaba el problema de los símbolos.

    «La escuela no ostentará símbolo alguno que implique confesionalidad, quedando igualmente suprimidas del horario y del programa escolares la enseñanza y la práctica confesionales.»

    Todo estaba muy claro. Pero se esperaba que fueran los maestros quieres dieran la primera batalla.

    —¿Te imaginas a don Cosme? — pregunté yo.
    —¿Y el Cura? — añadió Ezequiel. Era el mismo Cura para los dos pueblos y para los caseríos que se agrupaban en pequeños núcleos de familias por los montes cercanos.

    Guardamos silencio durante algún tiempo y luego Ezequiel dijo:

    —Lo haremos. Hablaré con el Alcalde para que toque a concejo, informaré a los vecinos.

    Estaba empezando a nevar. Los copos de nieve se aplastaban en el cristal con una violencia agresiva.


    No eran muchos. La mayoría, del pueblo de Abajo pero también se acercaron algunos de otros puntos del Ayuntamiento.

    El Alcalde tomó la palabra. Era un viejo reposado, respetuoso con las leyes y con las personas. Parecía violento y a la vez decidido.

    —... y nos hemos reunido aquí para haceros saber que de orden del Gobierno se va a proceder a quitar el Crucifijo de las escuelas...

    El silencio se extendía por la sala. Todos estaban en pie porque no había bancos ni sillas donde sentarse. Se veía el aliento de los asistentes convertido en nubecillas de vapor al contacto con la atmósfera gélida de la habitación.

    Cuando el Alcalde terminó su breve discurso Ezequiel tomó la palabra.

    —No es un ataque a vuestras creencias. No es un insulto ni un desprecio. Pero tenéis que entender que la escuela no puede ser un lugar para hacer fieles sino un lugar para aprender lo más posible, y llegar a ser hombres y mujeres cultos. Para aprender a ser buenos cristianos, tenéis la Iglesia, no lo olvidéis. La Iglesia Católica aquí y en otros lugares las Iglesias de otras religiones que también merecen respeto.

    El silencio era total. De pronto una vieja se echó a llorar.

    —Ya ni a Dios nos van a dejar a los pobres —dijo entre sollozos.

    Su marido le cogió la mano.

    —No llores, Maria —le decía—. Que no es eso, mujer, que ya verás como no es eso...

    Un hombre joven tomó la palabra.

    —Digo yo, don Ezequiel, si no sería bueno votar eso del Crucifijo, porque digo yo que así se sabe si estamos o no todos de acuerdo.

    El Alcalde intervino.

    —No hay nada que votar, Andrés, porque esto es una orden de arriba, no un capricho del maestro.

    El silencio se había roto y todos opinaban; en voz alta unos y otros en susurrados apartes cautelosos.

    Ezequiel se dirigió al Alcalde: «Espero instrucciones sobre la forma y la fecha en que se cumplirá lo anunciado. Yo explicaré a los niños...»

    —Usted no va a explicar nada a mi hijo porque no va a volver a esa escuela sin Cristo y sin moral... —dijo iracundo un vecino.
    —Pues mándalo a los frailes de León —apuntó otro risueño—. Gástate los duros y mételo allí interno.

    Unos pocos se acercaron a nosotros. Los conocíamos. Eran nuestros discípulos de las clases nocturnas. Pero no todos. También observamos que algunos de entre ellos se retiraban prudentemente, sin decidirse a mostrar su opinión.

    Por las calles nevadas se retiraron todos presurosos hacia sus casas. Al amor de la lumbre, crecería el rumor de las conversaciones.

    Regina, nuestra vecina, que se había quedado al cuidado de la niña, nos esperaba ansiosa de noticias.

    Era una mujer joven, que asistía a mis clases de adultos. Nunca olvidaré lo que supuso para mí aquella ayuda. No quiso mi dinero, que era escaso, pero todo el dinero del mundo no habría sido suficiente para pagar la amorosa atención que dedicaba a mi hija.

    Amadeo llegó más tarde y poco a poco fueron entrando con aire furtivo cuatro o cinco mozos. Hasta muy tarde permanecimos de charla. En torno a la lumbre baja del hogar, sentados hasta en el suelo, parecíamos un grupo clandestino preparando una acción o una batalla. Pero era una acción pacífica y una batalla incruenta.

    —No es la religión lo que les preocupa a algunos —decía Amadeo—. Lo que les preocupa es que ya no van a poder explotar a los demás con la cosa religiosa. — Tienen que comprender —decía Ezequiel— que la la moral es otra cosa; está por encima de las religiones. La moral es el resultado de aceptar la verdad y la justicia en todas partes del mundo. Porque la verdad y la justicia no tienen fronteras...

    Como el fuego se iba consumiendo, se fueron marchando en silencio, uno a uno, como habían venido, con su aire de conspiradores alegres.

    Antes de dormirme recordé que ni don Cosme ni por supuesto el Cura habían dado señales de vida. Al día siguiente Amadeo nos contó que hasta las doce de la noche hubo luz en la sala de don Cosme. Desde la calle se oían las voces de él y del Cura y de media docena más.

    Al quitar el Crucifijo de la pared lo hice con sencillez, sin alarde alguno de solemnidad. Lo guardé en el cajón de la mesa y empecé las clases del día.

    Acababa de pedir a los mayores sus comentarios sobre un párrafo del Quijote que habíamos leído, mientras los más pequeños copiaban el trabajo preparado en la pizarra, cuando se abrió la puerta. En el umbral apareció la figura conocida del sacristán.

    —¿Qué pasa, Joaco? — le pregunté.

    Era un hombre de escasa inteligencia, inútil para un trabajo concreto, pero buena persona y dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera.

    —Que dice el señor Cura que me dé el Crucifijo...

    La sorpresa me dejó muda un instante.

    —¿Y para qué quiere él el Crucifijo? — fue todo lo que se me ocurrió decir.
    —Para guardarlo bien, que usted le da mal trato —aseguró el torpe enviado.
    —Dile al señor Cura que el Crucifijo es de la escuela y aquí estará bien guardado hasta que me ordenen lo que he de hacer con él.

    Los niños se miraban entre sí y me miraban a mí conscientes de la embarazosa escena que el sacristán había provocado.

    —Que me lo dé le digo, que luego me la cargo yo —insistió Joaco.

    Fue el hijo de Regina, uno de los chicos mayores, quien resolvió la situación.

    —Vete, Joaco, y no interrumpas, que estamos estudiando.

    Joaco se fue con la boina entre las manos, como había venido, y me dejó la certeza de una nueva angustia. Me pareció que nuestras vidas iban a estar marcadas de ahora en adelante por el signo de la incomodidad. Señales de alarma se encenderían periódicamente obedeciendo a un plan. Era la reacción inevitable ante las transformaciones que iba a sufrir el país en algunas de las cuales nosotros, los maestros, estábamos comprometidos.


    Regina, la vecina que tanto me ayudaba, había tenido un hijo de soltera. Se había ido muy joven a servir al pueblo grande, el que era cabeza de partido. Y cuando volvió traía en los brazos al pequeño. La señora de la casa en que estaba era modista y Regina la ayudaba en todo lo que podía, así fue aprendiendo el oficio a la vez que fregaba y planchaba y cocinaba. Cuando llegó al pueblo con su hijo, abrió la casa vacía de sus padres —cuatro paredes sucias llenas de telarañas—, la limpió y la pintó y se instaló a vivir en ella. Al principio fue el blanco de la curiosidad del pueblo entero. Las aguas del río arrastraron, con la suciedad de la ropa, la acidez de las críticas. Poco a poco, a fuerza de trabajo y de constancia, Regina encontró su lugar. Cosía para quien se lo solicitaba. Cobraba unas monedas o recibía el pago en especies: huevos, chorizo, un saco de patatas. Cuando yo llegué al pueblo, la historia de Regina y su hijo se había sedimentado.

    El niño había crecido y era un chico grande dispuesto a abandonar la escuela para aprender un oficio. Fue Ezequiel quien le aconsejó: «Busca como puedas salir de aquí.» Y a su madre: «Piensa a ver de qué modo podrías ayudarle.» Entonces, sorprendentemente, Regina contestó sin vacilar:

    —Con su padre, le voy a mandar con su padre, que se ocupe de él, que va siendo hora al cabo de los años...

    Era la primera vez que hablaba de su padre, pero no fue la última. Llevada de la confianza y el afecto que nos teníamos, completó su historia.

    —El chico es hijo de un señor de dinero. Casado y sin familia. Quiso taparme la boca con unos billetes, pero yo no quise. «Espera, que ya llegará el día», le dije. Y ha llegado. Con una carta se lo voy a mandar.

    Escribió la carta, puso en el sobre el nombre, la dirección y otros detalles y mandó al chico al camión de la teja con Amadeo, que se había ofrecido a hablar con el conductor.

    —Que paso por allí, hombre. Que me paro y le indico al chico la Plaza, que es muy céntrica y fácil de encontrar...

    Regina se quedó llorando. Le caían las lágrimas sobre el traje que estaba cosiendo, color menta con un volante en el borde, para la hija del Alcalde.

    Desde que se quedó sola, Regina venia con frecuencia a nuestra casa. A última hora, cuando la luz de la tarde se desleía en las sombras, la ausencia del hijo lo llenaba todo.

    —Parece que la palpo, la soledad que me ha dejado —explicaba. Entonces, con cualquier pretexto venía y yo trataba de darle tareas.
    —Sujétame a la niña mientras hago la cena, Regina. Acércame la labor, quería consultarte...

    Ezequiel salía a veces hasta el taller de Amadeo, uno de los pocos hombres que no estaba a esa hora en la taberna.

    Al cabo de un rato aparecían los dos silenciosos o hablando casi siempre de lo mismo: España y la exaltada esperanza que la República había encendido en los españoles.

    La conversación seguía de puertas adentro. La luz de la lámpara de petróleo creaba una zona cálida, un círculo luminoso sobre la mesa, que invitaba a alargar la velada.

    —Hay que salir del candil y del petróleo —decía Amadeo—. ¿Te imaginas, Ezequiel, lo que sería tener aquí una radio?

    Pero la luz eléctrica llegaba sólo al último pueblo grande y de allí en adelante, hacia Galicia, la oscuridad y la miseria se extendían por los pueblos agazapados en valles y montes.


    Desde que me casé, todo en mi vida fue seriedad y trabajo. No es que antes hubiera desperdiciado el tiempo en frivolidades pero en los períodos de vacaciones salía con las amigas a pasear. Charlábamos y reíamos, nos confesábamos nuestros deseos más íntimos, nuestros deseos imposibles. Desde la aventura de Guinea yo cambié mucho.

    —Hija, parece que las fiebres te han alterado el carácter —decían mis amigas.

    No eran las fiebres. Pero sí un proceso febril de rememoración. De modo obsesivo volvían a mí los días y las personas de aquel mundo lejano. No me gustaba hablar de ello. Era ése un episodio que guardaba en celoso secreto. Las confidencias amistosas se detenían ahí, cambiaba de tema si surgía Guinea en alguna conversación y la curiosidad de mis amigas se fue debilitando a la vista de mi reserva.

    A fuerza de mantenerlo escondido, me parecía que no había sido cierto lo vivido. Evocaba mi escuela, los niños negros, el color de los mercados, el calor húmedo que exhalaba la selva, el gris azul del mar; las praderas que nunca alcancé. Emile aparecía sin cesar en mis ensoñaciones. Apenas me atrevía a nombrarle pero, en mi soledad, recreaba cada instante de nuestra amistad, reproducía los rasgos de su cara, la expresividad de sus gestos, su sonrisa.

    El día antes de mi boda, di un paseo con Rosa, mi amiga más querida, casada y feliz al parecer en su matrimonio.

    —¿Sabes en quién estoy pensando? — le pregunté

    Ella se rió y me dijo:

    —En Ezequiel, me imagino, y en la boda.
    —Pues no. Estoy pensando en Emile...

    Se me quedó mirando asustada.

    —No te cases —me dijo—. Estás a tiempo. No te puedes casar pensando en otro hombre, Gabriela.

    Me hubiera gustado tranquilizarla, pero no pude. A medida que hablaba era consciente de estar echando sobre los hombros de mi amiga el peso de una responsabilidad. Pero necesitaba ser sincera por una vez, sincera conmigo misma ante un testigo que me sirviera de referencia.

    —Emile ha sido el único hombre que hubiera abierto un camino distinto a mi vida. Era la libertad, la lejanía, la aventura, la fantasía. Pero yo no tenía fuerzas. No podía volver. Y al mismo tiempo, ¿quién me dice que él quería que yo volviera? Emile es la señal dudosa que te hace vacilar en un cruce de caminos. Seguramente elegí la dirección acertada.

    Rosa lloraba y yo la consolé, liberada por mi confesión de todos los fantasmas inmediatos.


    Con Ezequiel, la vida empezó a ser como yo suponía, seria, austera, entregada a la satisfacción del trabajo cumplido.

    El nacimiento de la niña completó el cuadro sereno de nuestro matrimonio. Sólo entonces vi aparecer en los ojos de Ezequiel la añoranza de lo no vivido.

    —Si esta niña pudiera viajar y estudiar fuera de España y llegar a hacer algo importante...

    Últimamente desde que las sacudidas políticas habían alterado la inmovilidad de los pueblos y un hervor de rumores se agitaba a nuestro alrededor, la añoranza se convirtió en decisión.

    —Esta niña no vivirá aquí, saldrá de los pueblos, estudiará en una ciudad lo más grande posible, Gabriela. En Madrid o en Barcelona se pueden hacer revoluciones. Aquí, no...

    Estaba cansado de enfrentarse cada día a una nueva muestra de la apatía de la gente atizada por los que abiertamente se habían convertido en nuestros enemigos.

    No obstante, las noticias sobre los maestros se multiplicaban.

    Parecía que la República iba a hacer de la enseñanza el corazón de su reforma.

    Una medida que nos reconfortó fue la necesaria subida de los sueldos del Magisterio. Nosotros, con dos sueldos, apenas podíamos vivir modestamente. ¿Cómo vivirán, nos preguntábamos, familias completas que dependen de un solo sueldo de maestro?

    La aspereza forzada de nuestras vidas no nos dolía, acostumbrados a ella desde que nacimos. Pero había algo que nos preocupaba más que el dinero: la falta de consideración social que sufría nuestra profesión. Sabíamos de compañeros que eran auténticos esclavos de los caciques de sus pueblos. Otros se convertían en criados distinguidos de unos padres que, en su ignorancia, les exigían dedicación absoluta a lo único que les interesaba: cuentas, cuentas y cuentas. Cualquier intento de hacer de la escuela un lugar atractivo era rechazado por los padres influyentes del lugar. Hacía falta una fuerza de voluntad y una seguridad en sí mismo extraordinaria para sacar adelante un programa estimulante en aquellas condiciones. Por eso los proyectos de revalorizar la profesión que la República proclamaba eran un bálsamo para una llaga que tanto nos había torturado.

    «Ahora sí», pensaba yo, «voy a tocar mi sueño con la mano.»

    Las nuevas esperanzas me llevaban a trabajar con afán. Para un concurso de trabajos del Ministerio, presentamos uno, de geografía, en el que desarrollábamos el proyecto de estudio de España sobre un mapa natural. Con plantas de verdad, montañas, ríos, los niños lo habían hecho a la sombra de un roble en la parte de atrás de la escuela. Estaban entusiasmados y cada día añadían un nuevo elemento para completarlo. Una mañana apareció destrozado. Una gran cruz de cal cubría toda la extensión del mapa. Los niños estaban desolados. Varios padres vinieron a visitarme a la escuela para decirme cuánto lo sentían.

    Desalentada, esperé la llegada de Ezequiel para contárselo.

    —No te extrañes —me dijo—, todo el mundo se quita la careta en estos momentos. Pero lo malo es que algunos sólo se atreven a quitársela en la oscuridad...

    Así pasaban los días con un sabor agridulce. Del Ministerio y de la Inspección recibíamos ayuda y aliento. Entre la gente del pueblo, algunos nos apoyaban abiertamente. Otros, por miedo o por convicción, se mantenían al margen o actuaban, como decía Ezequiel, desde la impunidad de lo oscuro.


    Un acontecimiento inesperado vino a alegrar nuestras vidas.

    Ya nos habían llegado noticias de una creación de la República que estaba teniendo mucho éxito por donde quiera que pasaba: las Misiones Pedagógicas. Un grupo de profesores y estudiantes de Madrid y otras ciudades que viajaban cargados de libros, películas, gramófonos y se instalaban por uno o varios días en los pueblos que más lo necesitaban para compartir con la gente una fiesta de cultura. Escritores, artistas, intelectuales, se sumaban a las Misiones día a día. Habíamos oído hablar de ello y ahora se nos anunciaba a través de la Inspección que el pueblo de Ezequiel había sido elegido para celebrar una Misión. También estaban invitados los vecinos de los pueblos cercanos.

    «Hay que hablar con el Alcalde, hay que buscar un local, hay que alojarles a ellos...»

    Ezequiel estaba nerviosísimo. Vacilaba entre la alegría y el temor a la responsabilidad que le correspondía. «Veremos si esta gente da facilidades. Verás cuando digamos de qué se trata.»

    Los temores de Ezequiel no carecían de fundamento. Pudimos comprobar que los ataques a cualquier actuación nuestra eran frecuentes y que se extendían también, indirectamente, a los que se consideraban nuestros amigos.

    Las tardes que compartíamos con Regina y Amadeo, se prolongaban a veces en cenas improvisadas a las que Regina aportaba alguno de sus guisos. Cuando se iban, oíamos cómo ellos continuaban hablando a la puerta de nuestra vecina. Un día Regina estaba muy triste. Había recibido carta de su hijo y éste le contaba cómo progresaba la relación con el padre. Parecía contento y Regina no pudo evitar la tristeza.

    —Era lo que yo quería para él, pero me parece que a este hijo lo voy a perder para siempre...

    Aquella noche cuando se despidieron de nosotros, no oímos conversaciones en la calle. No habían pasado dos días y todo el pueblo lo sabía.

    —Amadeo duerme con Regina. Claro, como a ella se le ha ido el hijo...


    Precisamente aquel domingo, en el sermón, el Cura arremetió contra Amadeo y Regina. Sin nombrarlos, todo el sermón giró en torno a los que viven amancebados y en pecado, «apoyados por las gentes sin Dios que nos envía el Gobierno para destruir lo más hermoso que tenemos: la fe y la moral de nuestros niños». Regina entró en nuestra casa temblando de ira y más tarde entró Amadeo acompañado de Ezequiel. Por primera vez hablaron claro del asunto.

    —No te preocupes, Regina. Si tú quieres, arreglo los papeles sin tardanza y nos casamos. Por lo civil, se entiende. No esperará el Cura que pisemos la Iglesia...

    Las alusiones del Cura no nos afectaron. Nuestra conciencia estaba tranquila. Y estábamos satisfechos de la manera en que se desarrollaba nuestro trabajo y nuestra vida en el pueblo. Vivíamos como campesinos. Como ellos cocinábamos en el hogar de leña a ras del suelo; como ellos comíamos cada día del año el cocido modesto de garbanzos, repollo, un chorizo, un trocito de tocino. Y sopas de ajo con huevo por la noche.

    Como ellos acarreábamos el agua en cántaros para los usos domésticos. Como ellas lavaba yo en las aguas del río, lo mismo en invierno que en verano, rompiendo a veces los hielos de la superficie para poder llegar al agua. Como ellos.

    Pero no cultivábamos nada y teníamos que comprar las patatas, la legumbre, el pan que nos cocían en sus hornos. Pan blanco y pan moreno. Grandes hogazas que se guardaban durante días y que iban estando más suaves a medida que pasaba el tiempo. No sembrábamos ni recogíamos otra cosa que una impalpable cosecha: los avances escolares de los niños. La mayoría lo entendían. Con mayor o menor finura captaban el trabajo que hacíamos. A su manera, lo agradecían. Pero sabíamos que al mismo tiempo estaban prisioneros de la influencia de otras fuerzas que discurrían como corrientes de agua oculta. Un rumor persistente que impregnaba sus raíces y del que se alimentaban sin saberlo. Por la taberna, por el río de las lavanderas, a la puerta de la Iglesia, circulaban los rumores y las amenazas encubiertas. «Nadie regala nada.» «Lo que da la República os lo van a quitar por otro lado.» «Os quedaréis sin tierras ni ganado.»

    Propietarios de su miseria, se aferraban a la cabra, a la vaca, al pañuelo de tierra, a la parte de leña que sacaban del monte comunal, al salario de temporada que les daban los más ricos cuando la recogida de las cosechas se echaba encima y no tenían manos suficientes con los criados fijos. La duda y el temor se adueñaban fácilmente de su ignorancia. «Os quitan vuestras costumbres.» «Os negarán hasta el descanso en sagrado.» «Dejarán a vuestros hijos sin moral ni leyes.»

    El runrún se volvía más profundo en la noche, cuando inclinaban las cabezas cansadas sobre la almohada y allí estaba, sonando el agua que fluía bajo tierra. Sólo escarbar un poco, brotaría como un surtidor: «¿Y tu qué crees, Juan o Basilio o Máximo? ¿Nos quitarán de veras lo que es nuestro? ¿Nos sacarán a los hijos de casa para llevarlos a trabajar para el Gobierno?»

    «No sé, María, Rosa, Genoveva. No sé, pero hay que estar al tanto, a ver qué pasa.» El sueño a veces era una pesadilla.


    Cuando circuló la noticia de que las Misiones Pedagógicas llegarían al pueblo de Ezequiel, el murmullo se convirtió en algarabía. Abiertamente, la gente preguntaba: ¿Qué vienen a hacer? ¿Es para el voto? ¿Cuánto nos van a sacar?

    Apoyados por los jóvenes de las clases de adultos tratamos de contrarrestar la campaña que se estaba extendiendo en contra de las Misiones. «Y de los maestros, tampoco os fiéis. A ésos los tienen a sus órdenes y enseñan a los niños para que no respeten a los padres ni a Dios y hasta la Patria les parece pequeña.» Ezequiel escribió al Inspector y le dio noticia del clima que algunos estaban creando.

    El Inspector ya no era el mismo que un día negara a Ezequiel derecho a tocar temas que no fueran estrictamente académicos. Se presentó en el pueblo y convocó en la escuela a los vecinos. Con discreción y prudencia habló a la gente.

    —No se trata de pediros dinero. Tampoco se trata de hacer propaganda política. Tenéis que entender que es un esfuerzo de la República apoyado por personas desinteresadas que dedican su tiempo libre a traeros una fiesta de cultura...

    Luego estuvo un rato hablando con Ezequiel.

    —Hay muchas reservas entre la gente que ha sido engañada tantas veces. Por otra parte es una actitud primitiva. Les domina el miedo a lo desconocido y eso es lo que explotan los que desean mantenerlos en la ignorancia...

    Ezequiel habló con los vecinos que voluntariamente se habían ofrecido a dar alojamiento a los misioneros; se concretó el horario de actuación; se acordó quién iba a prestar caballerías para trasladar el material de las Misiones al pueblo de Arriba y el Inspector se despidió dejándonos más tranquilos.

    El lugar elegido para la Misión fue una explanada delante de la escuela. Si llovía, había que habilitar el aula para niños y viejos y los demás quedarían fuera protegiéndose del agua como pudieran. La asistencia prevista era de unas doscientas personas como máximo si era aceptable el eco conseguido por nuestros emisarios en los pueblos y caseríos cercanos. Había expectación y curiosidad. El nerviosismo se extendía por el pueblo de Abajo. Regina me contaba que muchas madres habían llegado con encargos de arreglos para sus hijos.

    «Bájame esta cintura, mujer.» «Dale la vuelta al pantalón del padre, que de tanto crecer ya no le valen los suyos.»


    La mañana de junio amaneció radiante. El sol golpeaba con el vigor del verano y de la tierra ascendían aromas maduros.

    La fragancia de las flores se mezclaba con el olor al tomillo y el romero. Por la carretera vacía, la luz del sol arrancaba destellos de los guijarros clavados en el polvo.

    La carretera discurría paralela al río, pero había que cruzar un puente de piedra para salvar el agua. El río pertenecía al pueblo, lo circundaba y regaba sus tierras. Pero la carretera quedaba fuera del territorio, ajena y apartada. En realidad era un camino malo que se perdía al noroeste hasta enlazar con otro igualmente áspero en tierras de Galicia. Rara vez se veían automóviles circulando por ella. Todo lo más, camionetas que transportaban materiales de construcción o productos agrícolas de los pueblos próximos. Para ir a la ciudad había que coger el tren en un apeadero a varios kilómetros y transbordar después en una estación poco importante de la línea general.

    A la orilla de la carretera, se fueron formando grupos desde muy temprano. Primero los niños. Después algunos jóvenes. Los últimos las mujeres y los viejos. Los hombres no habían abandonado sus trabajos habituales y mostraban así, con forzada dignidad, su independencia. Yo estaba con Ezequiel al borde de la carretera. La hora prevista ya había pasado y no se adivinaba a nadie en la lejanía. Una mujer cerca de mí murmuró: «Aquí quién va a venir. Aquí no viene nadie...»

    Los niños se habían puesto a jugar. Corrían unos en pos de otros, se escondían, se cogían, reían y saltaban, dueños ya de la fiesta. Los viejos, ni protagonistas ni responsables, dejaban pasar el tiempo con indiferencia, vagamente conscientes de que nada podría ya cambiar el trazado de sus vidas.

    Un sordo zumbido detuvo el juego de los niños. Se oía lejano, como el inicio de una tormenta. «Ya vienen, ya se oye el motor...», gritaron.

    Una nube de polvo precedió al camión que apareció de pronto retumbando sobre las piedras del pavimento.

    Al llegar a nuestra altura se detuvo en seco. Encaramados en lo alto del camión, sobre el voluminoso cargamento, dos muchachas y un muchacho agitaban las manos saludándonos. De la cabina salieron tres personas más, el inspector y dos hombres de mediana edad. Nos adelantamos a saludarles. Los niños aplaudían y vitoreaban a los recién llegados. «Vivan los republicanos», gritó uno y todos le corearon. Los muchachos del camión descendían entre bromas y risas y se incorporaron al bullicioso grupo.

    —Bienvenidos —dijo Ezequiel—. Todo está preparado para subir allá arriba —dijo señalando el castillo—. El pueblo está al otro lado.

    Con ayuda de los chicos, los misioneros descargaban sus bártulos. Paquetes, bultos, cajas, cables.

    —Es para el cine. Nos van a echar cine... —dijo un niño.
    —Sin luz no hay cine —replicó otro.
    —Pero ha dicho la señora maestra que traen aparatos para hacer luz —insistió el primero.

    Los encargados del transporte llegaban con una mula y un caballo pero en seguida se vio que no era suficiente para cargar toda la impedimenta.

    —Pues usted verá, don Ezequiel —dijo el mozo que sujetaba a los animales—. Allá arriba no hay más y aquí abajo, pues usted verá...

    Ezequiel me miró y los dos pensamos lo mismo: «Don Cosme. Hay que acudir a don Cosme.» Sólo él tenía caballos de refresco. Los pocos que disponían de caballerías propias no estarían dispuestos a ceder su único animal siempre ocupado en los trabajos del campo.

    Mientras Ezequiel y el Inspector se dirigían a hacerla gestión cerca de don Cosme, el resto de los misioneros se acercaron a mí. Me preguntaban detalles de nuestros pueblos, de la escuela, del carácter y costumbres de las gentes. Las mujeres y los viejos nos rodeaban mientras hablábamos e intervenían cuando podían.

    «Oiga, ustedes podrían decir en Madrid lo de la luz» o «Que se acuerden que no tenemos médico en varias leguas a la redonda».

    Confusos sobre el verdadero sentido de la embajada, llamaban la atención de los visitantes sobre sus problemas.

    —No tenemos poderes para arreglar las cosas. Ojalá los tuviéramos —dijo el más alto, que también parecía el de más edad.

    El más joven me preguntó sobre los cultivos y los animales y el difícil equilibrio económico de estos pueblos.

    —Esta es la clave de sus problemas. Cambiar las condiciones económicas.

    Tomaba nota de todo y me dijo como justificándose:

    —Preparo un informe de todo lo que veo. Soy agrónomo...

    Nos dijeron sus nombres y apellidos, pero al hablar de ellos, tiempo después, siempre lo haríamos con aquella primera identidad: el alto y más viejo, el profesor; el joven y más bajo, el agrónomo. También los estudiantes quedaron grabados en nuestro recuerdo por los rasgos que los caracterizaban. De las dos muchachas una era pequeña y alegre. Se reía por todo. La otra era espigada y arrogante y más seria. Tenía una hermosa voz y unas manos ahusadas que movía con elegancia. Vestía un traje blanco, inmaculado a pesar del viaje en camión, y unos zapatos de lona, también blancos. Sus ojos brillaban con una chispa de ironía cada vez que los otros discutían por cualquier incidente. Parecía marcar una distancia entre ella y los que la rodeaban, pero no era así. Seguramente esa barrera invisible se derivaba de la gravedad natural de su porte, porque fue muy cordial durante todo el tiempo que estuvo entre nosotros. Se veía que ella era el alma de la Misión, la parte viva y atractiva, la que convertía su actuación en una entrega sin esfuerzo.

    El muchacho era protegido y mimado por sus compañeras. Llevaba gafas y un mechón de pelo le caía sobre la frente. La pequeña le trataba con cierta desfachatez.

    —Enrique, olvida el griego y echa una mano al altavoz... Enrique, mañana dices tú las poesías. La que mejor te sale es la de Lorca.

    Estuvieron dos días con nosotros y vivimos con ellos horas inolvidables. Ayudándoles en lo que podíamos, siguiendo con fervor el desarrollo del programa de actividades, unas para niños, otras para adultos, pero a las que asistían todos fascinados.

    Charlamos en las horas de descanso. Intercambiamos opiniones y experiencias, preguntamos y criticamos. Soñamos juntos embargados por una obsesión común: hacer del trabajo de todos la gran Misión que salvara a España del aislamiento y la ignorancia.

    Contra todo pronóstico, don Cosme había cedido dos caballos para el transporte del material.

    —Nos los dejó por reverencia al cargo administrativo —aseguraba Ezequiel—. Me gustaría que hubieras visto cómo se dirigió al Inspector y cómo le decía, plañidero: «Perdonen si no voy con ustedes, pero me cuesta tanto subir hasta allá arriba...»

    Respeto al cargo, deseo de agradar a los vecinos o cualquiera otra razón que le impulsara, el caso es que allá fueron, atravesando el pueblo de abajo y subiendo trabajosamente las cuestas del castillo, las cuatro bestias cargadas, rodeadas, espoleadas por la jubilosa partida de las gentes que acompañaban a los misioneros.

    —La idea es hermosa —reconoció Ezequiel—. Es emocionante y estas gentes no olvidarán lo que han vivido. Pero la esperanza se pierde si no llega pronto la confirmación de la esperanza...

    Ezequiel, temeroso, adelantaba siempre el desencanto. Pero fue muy hermoso y todavía hoy puedo reconstruir minuto a minuto el desarrollo de aquellas jornadas.

    Veo a los más pequeños absortos en el movimiento de los muñecos de guiñol. Veo a los viejos contemplando por vez primera las imágenes en movimiento. Escucho las preguntas de los chicos, más interesados en el misterio de la máquina que en el propio milagro de la película. ¿Cómo se puede? ¿Cómo funcionan los acumuladores? ¿Cómo se para? ¿Cómo se pone en marcha?

    Mundos desconocidos aparecían ante los ojos de los campesinos. Documentales de otros países, cine de humor, dibujos animados. La música popular conocida y amada y aquella otra que escribieron genios universales, todo era seguido en reverente silencio.

    La poesía de Juan Ramón, de Machado, la seguían con respeto y una extraña emoción. Los romances, como algo suyo, cercano y vivido: La loba parda, El conde Olinos, La doncella guerrera. De algunos conocían versiones diferentes como había comprobado con los niños en la escuela. Un viejo entusiasmado coreaba un estribillo: «Que los amores primeros son muy malos de olvidar...»

    Al principio se resistían. Los de Abajo fueron llegando en pequeños grupos. Los de Arriba salían poco a poco del sombrío interior de sus casas y se acercaban precavidos.

    El semicírculo se fue ensanchando. Primero eran tan sólo las filas más cercanas al tablado con los bancos de la escuela ocupados por los niños y detrás la gente sentada en sillas que habían arrastrado de sus casas. Luego fueron cerrándose las filas de pie, detrás de los sentados, una y otra fila hasta ocupar el espacio entero.

    La música sonaba en los gramófonos durante la espera. Coplas castellanas, gallegas, asturianas, coplas cercanas y reconocibles. Luego, cuando todos parecían bien situados cesó la música y una voz de mujer se elevó sobre la audiencia de cabezas morenas, pañuelos negros, boinas pardas. La voz de la muchacha arrogante se dejó oír y sus palabras lo ocuparon todo.

    «Es natural que queráis saber, antes de empezar, quiénes somos y a qué venimos. No tengáis miedo. No vamos a pediros nada. Al contrario; venimos a daros de balde algunas cosas. Somos una escuela ambulante y que quiere ir de pueblo en pueblo. Pero una escuela ambulante donde no hay libros ni matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas, donde no se necesita hacer novillos. Porque el Gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos ante todo a las aldeas, a las más pobres, a las más abandonadas y que vengamos a enseñaros algo, algo de lo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden y porque nadie, hasta ahora, ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros. Y nosotros quisiéramos alegraros, divertiros casi tanto como os alegran y os divierten los cómicos y titiriteros...»

    Las palabras resbalaban sobre las gentes apiñadas en torno al tablado. Un silencio total permitía apreciar la gravedad del contenido, la emoción quebrada en la voz de la muchacha que transmitía el mensaje.

    «... los mozos y los viejos de las ciudades, por modestas que sean, tienen ocasiones de seguir aprendiendo toda la vida y también divirtiéndose porque están en medio de otros hombres que saben más que ellos, porque sólo con oírlos y mirar se aprende, porque todo lo tienen a la mano, porque la instrucción y las diversiones se les entran sin quererlo por los ojos y oídos... Y como de esto se hallan privadas las aldeas, la República quiere ahora hacer una prueba, un ensayo, a ver si es posible empezar al menos a deshacer semejante injusticia.»

    Algunas cabezas asentían con leves movimientos. Otras se inclinaban hacia el suelo como queriendo recoger sin distraerse hasta la última palabra. Un niño lloró. La muchacha de la voz hermosa hizo una breve pausa. Se oía el canto de los pájaros en un árbol lejano. Una vieja aprovechó para decir: «Sólo con esto ya tenemos bastante. Con oír esto, y sobre todo con que hayan venido.» Nadie rió, nadie trató de hacer callar a la vieja. La buscaban con la mirada entre sorprendidos y aquiescentes. De nuevo, la voz se elevó:

    «Traemos en estampas luminosas los templos y catedrales antiguos, las estatuas, los cuadros que pintaron grandes artistas. Más adelante queremos traer un pequeño Museo de copias en lienzo de las grandes obras que están en los Museos...»

    Verso, teatro, música, la voz prometía, ofrecía, anunciaba el contenido de la fiesta. Y ya el público, receloso al principio, estaba ganado.

    «... Cuando todo español, no sólo sepa leer, que ya es bastante, sino tenga ansias de leer, de gozar y divertirse, sí, de divertirse leyendo, habrá una nueva España. Para eso la República ha empezado a repartir por todas partes libros y por eso también al marcharnos os dejaremos nosotros una pequeña biblioteca...»[1]

    Los aplausos torpes y suaves al principio, enérgicos en seguida, cerraron la fiesta. Algunos tenían los ojos llenos de lágrimas.

    —No siempre es así —nos dijo la muchacha que había leído la presentación—. Hay lugares más pobres y menos civilizados que éste. No se concentran, no nos siguen, no entienden nuestro vocabulario. Y se quejan sin cesar. Porque tienen razón para quejarse. Hambre y enfermedad y miseria es todo lo que han heredado de sus padres...

    Éramos doce, y la mayoría sentados en el suelo. Nuestra cocina se había convertido, a última hora, en el lugar de reunión de los misioneros.

    —La primera escuela que yo tuve —empezó a contar Ezequiel— fue en un pueblo perdido en la montaña. Enterraban a los muertos sin ataúd, envuelto el cuerpo en unos trapos. Todos los niños tosían. Las niñas vestían una especie de sayales negros y largos. No habían visto un automóvil, ni siquiera un carro...
    —Recuerdo una Misión, la primera en que yo estuve —dijo el profesor alto—. No podíamos acercarnos a la gente. Las mujeres corrían riendo, huían de nosotros. Los niños se escondían y nos tiraban piedras.
    —En el pueblo que digo —continuó Ezequiel— sólo comían patatas y judías y los días de fiesta un trozo de carne salada o tocino.

    «Recuerdo, vi, pude comprobar; hasta vergüenza me daba estar entre ellos; no hay derecho; no es justo; no es humano...»

    Nos quitábamos la palabra relatando los aspectos más dolientes de la miseria observada, palpada, de la impotencia ante la miseria.

    El estudiante de las gafas dijo espontáneamente:

    —No sé cómo pueden ustedes aguantarlo, todos los días...

    Se puso rojo por su comentario.

    —Quiero decir que es algo heroico y que todo me parecería poco para ustedes, los maestros...

    Se hizo un momento de silencio y yo fui recogiendo los restos de la mesa.

    —¿Les hago té de monte? — pregunté—. Porque aquí, café, rara vez.

    Todos dijeron que si, que el té de monte era una buena idea y avivé de rodillas la raquítica llama del hogar.

    —De todos modos —dije al levantarme—, hay mundos peores. Guinea por ejemplo...

    Hablé de Guinea y me escucharon con interés. Entonces, la muchacha seria habló por todos los demás.

    —Nosotros somos unos privilegiados. Vivimos en una ciudad, estudiamos, viajamos. Y venimos a los pueblos llenos de entusiasmo a hacer lo que creemos útil y justo. Yo creo en la justicia y la Misión es una ráfaga de justicia...

    Las palabras de la muchacha fueron seguidas de un breve silencio. Antes de que Ezequiel dijese algo, intervine yo.

    —Ustedes son unos privilegiados, pero son generosos y sinceros. Y tienen en sus manos el mejor de los privilegios: hacer partícipes a los demás de cosas que no se compran con dinero.

    Cuando vertí el té de nuestros montes en las tazas, los vasos y pocillos que pude reunir, la conversación siguió por otros derroteros. Ante nosotros desplegaron nuestros visitantes un calidoscopio de las actividades culturales que inundaban las ciudades. Conciertos, conferencias, teatros, exposiciones. Los jóvenes hablaron de la Universidad. El Inspector, del futuro de nuestra profesión.

    —Creo que con ustedes y muchos como ustedes...

    Proyectos y esperanzas. Siempre las esperanzas parpadeando con un temblor de ilusión y de miedo.

    —¿Nos dejarán? — preguntó el profesor mayor. Su pregunta quedó suspendida en el aire.

    Ya era avanzada la hora cuando se levantaron y salieron de nuestra casa acompañados por Ezequiel hacia sus alojamientos.

    —Lo que más me gustó fueron los versos.
    — Y a mí el cine.
    —Y a mí los muñecos del teatro.
    —Mi madre llegó a casa tan contenta que se olvidó de hacer la cena y mi padre la riñó.
    —Dice don Cosme que todo está muy bien, pero que nos van a subir los impuestos. Señora maestra, ¿qué son los impuestos?

    Los comentarios tardaron mucho tiempo en extinguirse. Se acordaban los niños y los mayores. A veces nos paraban en la calle o nos esperaban a la salida de la escuela para decirnos:

    —Estuvo muy bien y muy bonito todo. A ver si vuelven...

    Nos contaron que allá Arriba habían sacado de casa a un paralítico y lo habían llevado en angarillas a ver la actuación de los misioneros. Y que desde entonces había mejorado y se reía y quería comer y había salido de la infinita postración en que vivía.

    —Ya hablan de milagro —dijo Ezequiel—. ¡Y poco milagro fue oír en estos riscos la Pastoral de Beethoven!

    A los pocos días circulaban por los dos pueblos los préstamos de libros de la Biblioteca regalada por las Misiones.

    —Un milagro —repetíamos—. Aunque muchos se limiten a hojearlos, es un milagro.

    El milagro se convirtió en euforia cuando, al mes de su actuación en el pueblo, nos enviaron los misioneros el gramófono prometido con una selección de discos de música clásica, canciones regionales y cantos gregorianos. Los domingos por la tarde, después del Rosario, venían muchos a la escuela a oír música. También organizamos charlas en torno a los libros y lecturas en voz alta para los que no podían leer los pasajes más difíciles. El milagro llegó a arrancar un comentario zumbón al Cura.

    —A mí mientras no pongan la cultura a la hora del Rosario...

    El día que nuestra hija cumplió dos años, la República había conseguido despertar en muchas inteligencias el deseo de aprender, y en los maestros, el deseo de enseñar con más pasión que nunca.

    El sueño, nuestro sueño, parecía ampliarse en un horizonte de bienaventuranzas.


    —Desengáñate, no merece la pena quedarse aquí, con tan pocas oportunidades para todo —dijo un día Amadeo.

    Era otoño. Un otoño lluvioso y revuelto. Caían las hojas de los árboles a cada nueva embestida del viento. El suelo estaba cubierto de una alfombra dorada, verdeamarillenta, marrón. Se pudrían las hojas con la lluvia, y el sol, ausente, nos negaba el suave rescoldo de otros años. Las palabras de Amadeo anunciaban una desconsolada deserción.

    —Yo me marcho, te digo. Me marcho a la ciudad. Dice mi hermano que para trabajar en lo que hago, mejor allí. Y luego que la vida la deciden las ciudades. Poco podemos hacer desde este agujero...
    —Entiendo que te vayas, Amadeo, pero yo creo que la batalla es la misma en todas partes —dijo Ezequiel.
    —¿Y Regina? — pregunté yo.
    —Ella verá lo que decide. Lo mío está muy claro...

    Regina andaba triste y huidiza y fui yo quien forzó sus confidencias.

    —Ya me dijo Amadeo que se va...

    Me miró con un respingo de furia.

    —¿Y a mí qué? Si se va, que se vaya. Yo no tengo que ver con lo que él haga.

    Pero yo sabía que Regina iba a quedarse muy sola.

    —También antes estaba sola —me dijo—. La soledad es cosa de una, de lo que te va por dentro. Por dentro, todos andamos solos.

    Cuando llegó diciembre con su olor a leña quemada, los días se encogieron, aprisionados entre amaneceres perezosos y apresurados ocasos. Nos encerrábamos temprano en casa y cocíamos castañas para comerlas luego, al amor de la lumbre.

    Amadeo no hablaba de su marcha, pero emitía señales que anunciaban el progreso de sus planes. Primero fue el desmantelamiento del taller. Se acercó a casa y le ofreció a Ezequiel: «Quédate con lo que te parezca necesario que yo esto lo desmonto rápido.»

    Luego fue la venta de la casa. Por el pueblo se corría la voz «La casa de Amadeo, que la vende barata».

    Nadie pensaba en comprarla porque nadie tenía necesidad de ampliar su hogar; sólo las parejas de recién casados que no tenían dinero. Al fin pasó a manos de don Cosme.

    —Para almacén o para lo que me cuadre —había dicho.

    Vendió la casa y desarmó el taller, pero no fijaba la fecha de partir.

    Un día coincidieron los dos, Regina y él, en nuestra casa como tantas veces. Pero aquel día no pude más y me lancé a hablar, imprudente e indiscreta, como me dijo luego Ezequiel.

    —Ya va siendo hora —dije— de que nos diga Amadeo cuándo se marcha.

    Regina se acercó a la niña y le empezó a dar la cena con calma, como si el asunto no fuera con ella. Amadeo miraba, sombrío, el fuego del hogar.

    —En cuanto pasen las Navidades —dijo—. Que no quiero empezar aquí otro año. Ya me tiene mi hermano buscado un buen trabajo en León, y una vivienda decente.

    La niña tenía sueño y no quería cenar.

    —Come, mi vida —le decía Regina—. Come para que crezcas fuerte y no necesites que nadie te rija la vida. Come para ser una mujer de verdad.

    Amadeo recogió la flecha en el aire.

    —Una mujer de verdad no necesita ser esclava, pero tampoco una soberbia que no da su brazo a torcer.
    —Una mujer de verdad vive su vida sola sin que nadie la mande, hermosa mía —replicó Regina que mecía a la niña en sus brazos.

    La niña se echó a reír y observaba el enfado de Regina como sabiendo que no iba con ella.

    —Hasta la niña lo entiende, hasta una niña de dos años es capaz de entender que una mujer no debe seguir a un hombre cuando a él se le antoje...

    Se quedó abstraída un tiempo y luego continuó:

    —Además aquí tengo mi casa y mi trabajo y si un día mi hijo decide volver quiero que me encuentre donde me dejó. Y sola como me dejó...


    Regina no quería irse pero nosotros sí. Llevábamos bastante tiempo dándole vueltas a la idea de solicitar un traslado para que nos enviaran juntos a un mismo pueblo. Para Ezequiel cada vez era más duro hacer el camino de ida y vuelta hasta el pueblo de Arriba. No comía en casa y yo le preparaba una tartera con su comida para que la calentara en la estufa de la escuela. De madrugada, me levantaba sin hacer ruido, reavivaba el rescoldo del hogar y ponía a cocer el puchero. A veces me desvelaba y esperaba sin moverme el paso de las horas. Por la mañana desayunábamos juntos; luego colocaba en la tartera una parte del cocido y la envolvía en una servilleta grande, trabada con un nudo para que la llevara mejor. El día empezaba. Allá se iba Ezequiel en las mañanas heladas del invierno, con su pelliza y sus botas de becerro brillantes de grasa y sus calcetines de lana casera. Me quedaba mirándole hasta perderlo de vista. Su imagen se me quedaba prendida unos instantes: Ezequiel caminando ligero para llegar cuanto antes al final de su recorrido, la escuela en que le esperaban los niños cada día. Esa era nuestra elección y nuestra devoción. Pero empezaba a fatigarnos tanta dificultad añadida. ¿Por qué, nos preguntábamos, no podemos disfrutar juntos del tiempo libre a la hora de comer? ¿Por qué este continuo andar por atajos y veredas, arriba y abajo? Después de tres años, estábamos cansados. Así que Ezequiel se decidió a dar los pasos necesarios para conseguir nuestro propósito; dos escuelas en el mismo lugar.

    A finales de diciembre, el mismo día que Amadeo abandonó el pueblo, Ezequiel le acompañó a León para iniciar sus gestiones. Regina se quedó conmigo contemplando la marcha de los dos hombres. Estaba triste pero parecía tranquila, y, por última vez, me explicó sus razones para quedarse.

    —No puede ser, Gabriela. Yo quiero a Amadeo, pero si me fuera con él, todo terminaría mal. El se va a hacer su vida, a moverse, a luchar. Se meterá en políticas, seguro. A mí me tendría en casa, en un barrio de pobres, sin conocer a nadie, y yo tendría que empezar mi propia lucha, mi propio trabajo. Pero no quiero. El trabajo lo tengo aquí, aquí tengo mi casa, y a mi hijo cerca por si un día necesita volver...

    La primavera llegó con lluvias. Las borrascas entraban por el oeste una detrás de otra, empujadas por vendavales templados. Venían nubes grises y negras y al cruzar sobre los montes se convertían en una sola capa plomiza que se deshacía en gotas gruesas. El agua golpeaba con violencia. Por las callejas del pueblo corrían arroyos sucios que arrastraban palos, pedruscos, excrementos de oveja, mechones de lana enganchados en los escajos, mezclado todo en un mismo revoltijo. Luego, pasado el chaparrón el sol aparecía con el arco iris de las reconciliaciones. Aparecía el sol y empezaba a brillar mientras la lluvia se transformaba en una última cortina de hilillos diamantinos. Más tarde volvería el aguacero y una vez más el sol regresaría. Con la primavera llegó el anuncio de nuestro traslado. El duelo de luz y sombra se avenía bien con mi estado de ánimo que oscilaba entre la alegría del cambio cercano y la tristeza de la partida.

    En el Oficio recibido, se nos requería nuestra presencia hasta final de curso en el actual destino.

    Sentí de nuevo el dolor por el desgajamiento de una situación ya establecida. La sensación de ir dejando detrás fragmentos irrecuperables de mi vida. Esta vez el balance era distinto. La ligereza de mi equipaje se había transformado en una carga sólida y definitiva. La compañía de Ezequiel y de mi hija me confortaban. Con nosotros viajaba nuestra casa donde quiera que fuéramos. El hogar está en la cabeza, en el corazón o, como diría Regina, por todo el cuerpo. Nosotros tres éramos nuestro hogar y conducíamos nuestro destino. Yo veía mi sueño navegando hacia puertos seguros. No obstante una congoja inexplicable me asaltaba. Es la congoja de los adioses, me decía. La nostalgia de lo que queda atrás, vivido y agotado sin remedio.

    Cuando se acercó el verano organizamos una fiesta en una pradera, a mitad de camino entre los dos pueblos. Hubo cantos, romances, poesías y promesas de seguir adelante con los conciertos y la Biblioteca de los domingos.

    El día de la marcha hasta el Cura nos vino a decir adiós. El Cura y don Cosme y el Alcalde, entre los poderosos. Y una corte de niños, hombres y mujeres cargados de regalos. En un carro nos acercamos al apeadero de la Estación. Nos acompañaron algunos jóvenes y apenas podíamos colocar en el destartalado vagón los sacos de patatas, las gallinas, las frutas y las flores que los niños arrancaron del monte para nosotros. Al abrazar a Regina no pude contener las lágrimas. Juana también lloró, asustada por el tumulto de la despedida.

    Cuando el tren empezó a moverse traté de imaginar el verano que tenía por delante en la casa de mis padres. La seguridad de su afecto y sus cuidados me conmovieron y de nuevo tuve que hacer esfuerzos para contener el llanto.


    Tercera parte
    EL FINAL DEL SUEÑO


    La sirena sonaba como el lamento de un animal prehistórico.

    Eso me pareció la primera vez que la oí al llegar a Los Valles. Subíamos en el taxi que nos había recogido del coche de línea en la carretera general.

    —Algo pasa —dijo el chofer—. Porque no es hora...

    A partir de entonces el quejido periódico de la sirena iba a marcar el ritmo de nuestras vidas: amanecer, mediodía, atardecer, medianoche. Aquélla era su función de cronómetro. Pero el lamento irrumpía a veces de forma inesperada: era un mensaje urgente, una llamada enloquecida, fuera de hora.

    «Algo pasa.» En seguida entendimos ese aullido que anunciaba la tragedia. De las casas salía gente. Corría carretera arriba, hacia los pozos. Marchaban todos, agitados y silenciosos; no se miraban ni se reconocían. Al llegar a lo más alto, más allá del poblado y de la colonia de ingenieros, traspasada la barrera de acceso a un territorio vedado habitualmente, alguien orientaba los pasos temblorosos:
    «Ha sido en el 1, o en el 2, o en el 7...» En torno al pozo señalado se agrupaba la multitud. Las noticias tardaban en llegar. De algún lugar surgía una ambulancia destartalada. Un cordón de empleados cerraba el paso al pozo. Detrás, en apretado círculo, las familias de los mineros, mujeres, viejos, niños, esperaban. El paso del tiempo aumentaba la angustia. Los sollozos se propagaban de unos a otros, se entremezclaban y era un solo gemido colectivo, un llanto compartido, el ay larguísimo de las catástrofes.

    Al final estallaría la noticia: «Han sido tres... asfixiados... sepultados... la galería. Los demás van saliendo por el 8.»

    Todavía hoy, cuando oigo el lamento de una sirena, algo pasa, me digo, algo terrible, previsto y sin embargo sorprendente. Como aquel primer día cuando entramos en Los Valles; cuando el taxi se detuvo a la puerta de la que iba a ser nuestra casa; cuando el conductor apresurado arrebató de nuestra mano el dinero convenido y salió con su coche a toda marcha, advirtiendo de nuevo: «Algo pasa, porque no es hora...»


    Olía a carbón. Una película finísima cubría los objetos. Al principio no se veía pero al cabo de un tiempo se hacía evidente. Las manos se volvían sucias, la ropa ennegrecía y en la cara aparecían motas negras. El olor estaba allí, agrio y picante, penetraba por la nariz, se masticaba entre los dientes, se detenía en la garganta.

    —Es al principio —dijo Ezequiel—. Ya lo verás.

    El viaje había sido lento —tren a León, transbordo, coche de línea, taxi— a pesar de que no eran muchos los kilómetros que nos separaban del pueblo de mis padres. Las casas se extendían a los dos lados de la carretera que atravesaba el pueblo. Hacia la mitad estaban las Escuelas Nacionales. Unidas por un costado, una pared las separaba al dividir los patios de recreo. Las plantas bajas eran las aulas y en el primer piso estaban las viviendas. Para vivir elegimos el edificio de las niñas. La casa era de ladrillo sucio, y el piso era pequeño, pero nos pareció suficiente y con la comodidad de tener las escuelas allí mismo.

    Tenía dos dormitorios, un cuartito con balcón, retrete en el hueco de la escalera, agua corriente, cocina económica, luz. eléctrica. Recuerdo que me asomé al balcón aquel primer día y vi, del otro lado de la carretera, detrás de las hileras de casas, un trenecito negro que reptaba por una vía estrecha, al pie de la montaña. La montaña era oscura y no tenía vegetación. Un poco más arriba se prolongaba en otra, ya perforada por la mina. Ezequiel me llamó: «Baja», me dijo.

    Detrás de la casa había un minúsculo huerto con dos manzanos y un prado que exhibía la hierba mustia del verano. «Está muy bien, ¿verdad? Para que juegue la niña...»

    La hierba y las hojas de los frutales también estaban cubiertas por una capa de carbón que sólo al tacto era perceptible.


    De camión en camión, de pueblo en pueblo, nuestros enseres habían llegado antes que nosotros a Los Valles. Iban a porte pagado y en el envío habíamos escrito la dirección: Escuelas Nacionales. Los Valles. Pero las escuelas estaban cerradas y el transportista, que tenía otras cargas que repartir por el pueblo, lo dejó todo apilado delante de las escuelas. Marcelina lo vio, salió de casa, le gritó al hombre.

    —¿Pero usted adónde va? ¿Cómo deja aquí esto?

    El hombre ya arrancaba el motor. Le hizo un gesto con la mano y se fue dando tumbos carretera arriba. Marcelina cruzó la carretera, se dirigió al conjunto de bultos abandonados, dio vuelta en su torno, observó los colchones envueltos en mantas, los cabeceros de las camas atados con cuerdas, los cajones claveteados. Y vio pegado en cada bulto un papel con letra clara que decía: Escuelas Nacionales.

    «Yo en seguida supuse que era de los nuevos, porque los otros se lo llevaron todo, cada uno lo suyo. Lo que yo no sabía es que los nuevos eran matrimonio y yo decía: será del maestro o será de la maestra.»

    Marcelina se arregló el pañuelo, se estiró el delantal, asomó a su casa y dio una voz: «Ahora vuelvo.»

    Y se fue calle arriba hasta la Plaza. Entró en el Ayuntamiento y preguntó por el Alcalde.

    —Si está ocupado, que me den la llave de la escuela que hay que abrirla...

    «No me escuchaban, así que al escribiente le di una voz que la oyó hasta el Alcalde. Se asomó don Germán y al decirle lo que pasaba, movió la cabeza así como diciendo: qué desastre. Y dijo: Antolín, dale las llaves. Y ahí lo tienen todo, en el portal. Lo metí como pude con la ayuda de mi hijo mayor que otra cosa no sabe el pobre, pero cargar el peso y buena voluntad, lo que usted quiera...»

    Desde el principio me ayudó. Era menuda y enjuta, pero su energía parecía ilimitada. En poco tiempo nos contó su vida.

    —Yo vine aquí desde el pueblo que habrán encontrado antes de cruzar el puente, del otro lado del río. Mi familia siempre fue de campo. Por fiestas me cortejó un minero de Los Valles. En mi casa no querían. «El dinero de la mina reluce más que el nuestro, pero está maldito», me decían. A mí me gustó Joaquín y no hice caso a nadie. Me casé y me vine aquí pero con una condición: yo allá arriba, en el poblado, ni en broma, le dije a él. Yo aquí abajo, donde el pueblo viejo, que siempre fue de labradores. Tengo mi huerto que me da fréjoles, lechugas, cebollas. Tengo gallinas. Hago matanza de un par de cerdos al año, ¿qué mejor? Y él sube y baja y cuando llega, aquí me encuentra.

    Tres hijos, el mayor, diecisiete años, el segundo quince, diez el tercero.

    —El hijo mayor, una desgracia. Nos vino torcido, no andaba, no hablaba. Y ahí lo tienen que parece más crío que el pequeño. Dicen que fue un susto grande que tuve estando embarazada de él. Sonó la sirena y al oírla pensé: mi Joaquín. Salí corriendo y espera, espera, hasta que nos dijeron que no era el pozo suyo, que era un desprendimiento en el pozo nuevo, el que acababan de abrir... Después de aquél tuve otros sustos pero ya estaba hecha a ello como todas; con la esperanza de que no le tocara al mío y la resignación de que pudiera tocarle...

    Marcelina nos contó su vida y sólo nos hizo una pregunta: «¿Ustedes tienen hijos?» «Una niña», le dije, «que está con mis padres.» «Una niña, qué alegría.»

    Luego se puso a ayudar a Ezequiel que intentaba armar las camas.

    Esa noche nos quedamos allí. Hacía calor y el aire era denso, difícil de respirar. Una tormenta estalló en el cielo, al otro lado de los montes. Yo no podía dormir. El cansancio me aplastaba, pero la excitación del día me mantenía tensa.

    Me asomé al balcón y contemplé el pueblo dormido, la parte del pueblo que alcanzaba a divisar desde allí. A las doce sonó la sirena y por la calle pasaron dos hombres. Caminaban en silencio con su hatillo a la espalda. Al poco tiempo en la casa de Marcelina se deslizó una sombra y en seguida se encendió una luz. Un relámpago zigzagueó en la oscuridad. A los pocos segundos un trueno se desmoronó sobre el pueblo silencioso.

    Mañana nos marcharemos, pensé. Mañana regresaremos a las vacaciones, a la niña, a mis padres.

    El insomnio se poblaba de imágenes pasadas y presentes.

    Empezar de nuevo. Nuevos niños, nuevas gentes...

    —Los niños son igual en todas partes —decía Ezequiel—. Las escuelas son mejores y están juntas. Cambiamos el candil por la luz eléctrica y el agua de pozo por el agua corriente...
    —Pero cambiamos el aire puro por el carbón —repliqué yo.
    —Todo irá bien —afirmó Ezequiel. Y se quedó dormido.

    Al poco empezó a llover. La tierra olía a carbón mojado.

    A rachas se colaba otro olor, el del campo que desplegaba hacia la vega sus cultivos. Me volví a la cama y al frescor de la lluvia el sueño fue llegando, lentamente.


    El Alcalde resultó ser republicano.

    —Mi padre y mi abuelo también fueron alcaldes aunque las ideas de ellos poco tienen que ver con las mías. Pero en sus tiempos les respetaron porque no robaban ni amparaban injusticias. Eran hombres rectos...

    El Alcalde tenía barba blanca y vestía traje negro. «Desde que murió la mujer va de negro, de los zapatos al sombrero», nos contó Marcelina. «Ellos han sido siempre muy señores, muy vestidos, muy arreglados. Le llaman don Germán, como el padre y el abuelo, que hasta en eso se parecen, en el nombre.»

    Don Germán vivía con una hija soltera que me pareció mayor, por el pelo recogido y el cuerpo sin forma, como planchado por la edad. Después de los trámites del Ayuntamiento don Germán nos había dicho:

    —Pasen un momento a mi casa, ahí enfrente la tienen, al otro lado de la plaza.

    La hija nos condujo a la sala y nos invitó a sentarnos en un sofá tapizado de terciopelo rojo. Sobre él colgaba una acuarela: una bahía azul salpicada de barcos blancos.

    Un buró de caoba ocupaba el espacio entre dos balcones. Sobre el buró el retrato al óleo de una mujer joven, con un abanico en la mano. Era esbelta y el traje de seda gris dejaba ver los hombros desnudos.

    «La belga» me aclaró Marcelina. «Don Germán se casó con una belga hija de un ingeniero de la mina, muy rubia ella. La chica se le parece un poco aunque la madre era más alta, más mujer. Como buenas, allá se andan las dos porque la chica ¡qué ángel de muchacha!»

    La hija nos preguntó si queríamos tomar algo. «Una copita de jerez», dijo el padre. Y nos sirvió la copa en una bandeja ornada por un paño de encaje.

    La casa olía a cera. Relucía la mesa. Brillaban los cristales, protegidos sólo en parte por un estor de hilo bordado. Por las contraventanas entornadas se filtraba la luz de julio. La penumbra invitaba al silencio o a la conversación reposada. Un piano se apoyaba en la pared del fondo. Estaba cerrado y cubierto de retratos de diferentes tamaños y marcos.

    «Tocaba la madre, pero la chica también toca. En la Iglesia siempre es ella la que maneja el órgano. A ella le gusta la Iglesia, a la madre también le gustaba. Al padre no, pero recibe al Cura y tienen su buena amistad y sus buenas discusiones también que lo sé yo por la criada que tienen, sobrina de mi hermana por parte de padre.»

    En aquella primera visita, don Germán quería saber. Con hábiles preguntas fue conduciéndonos a donde deseaba llegar: quiénes éramos, cómo pensábamos, qué forma de educar y enseñar era la nuestra. Pareció satisfecho con su indagación.

    —Veo que son ustedes las personas que necesitamos. Inteligentes, abiertos de mente. Lo que necesitamos porque este pueblo no es nada fácil. Son dos mundos en uno, mina y agricultura, carbón y cultivo, progreso y atraso, todo en uno, ya lo irán viendo, ya lo irán entendiendo...

    La hija sonreía. Escuchaba al padre arrobada como si aquélla fuera la primera vez que le oía hablar.

    «Una santa, le digo. Y tiene historia. Algún día le contaré para que vea si tengo o no razón cuando le digo...»


    —Los mineros tienen sus escuelas —nos había explicado el Alcalde—. Las tienen arriba, en el poblado minero. Los maestros los paga la Compañía y eso, claro, los tiene supeditados a los intereses de la empresa. ¿Interesa Religión? Pues Religión. ¿Interesa disciplina? Pues disciplina.

    «Si, es verdad, los mineros tienen sus escuelas», nos confirmó Marcelina. «A las de ustedes, a las del Estado, van los más pobres, los hijos de los labradores, de los albañiles, los del barrio de abajo...»

    Para esas fechas ya estábamos instalados. Yo tenía en mi escuela cuarenta niñas, Ezequiel treinta y dos niños, todos entre los 6 y los 14 años.

    Por primera vez tuve a mi cargo sólo niñas. Se me hacía raro y, al principio, muy ingrato. Había observado en las escuelas anteriores, todas mixtas, que los niños eran más vivos, más rápidos en la comprensión, se interesaban más por todo y no tenían miedo a equivocarse. Las niñas ponían más atención, eran más constantes; trabajaban con paciencia y remataban con finura sus trabajos, pero eran más pasivas.

    —No son diferentes —le aseguraba a Ezequiel—. Pero respiran otro aire. Las preparan desde la cuna para ser mujeres lo más sumisas posible. Les da vergüenza intervenir, creen que no van a saber, ni poder...

    Por eso prefería tenerlos juntos. Me parecía que se estimulaban más, que las características de los unos ayudaban a completar los rasgos de las otras. Juntos, se desarrollaban mejor como personas. Ezequiel estaba de acuerdo y se desesperaba.

    «¿Cómo es posible», decía, «que se mantengan las estructuras tradicionales? ¿Para cuándo la coeducación?»
    «Y sobre todo, ¿no es absurdo que en los pueblos pequeños se permita la coeducación sólo porque no hay más que una escuela y en los grandes no?»

    Se lo preguntaba a sí mismo, me lo preguntaba a mí. También se lamentaba ante el Alcalde.

    —Seguiremos así por los siglos de los siglos, don t Germán.

    »¿Y todo por qué? Porque con la Iglesia hemos topado.

    Don Germán era ecuánime. Frenaba los arrebatos de Ezequiel.

    —Tiene usted razón, pero hace falta esperar un poco más. ¿No ha visto usted que ni en Francia pueden con esa escuela mixta que usted dice? Recuerde la batalla de hace poco tiempo en la Cámara Francesa.


    Hacía sólo un mes de nuestra llegada y en medio de las dificultades de adaptación ya estaba Ezequiel haciendo planes para iniciar cuanto antes las clases de adultos. Fue a ver a don Germán y le explicó su plan. Las clases se darían en la escuela de niños, reuniendo a hombres y mujeres, y nos turnaríamos nosotros para darlas. A don Germán le gustó el programa. Era el atardecer y al terminar la entrevista invitó a Ezequiel a que le esperase, mientras resolvía los últimos asuntos del día. Al salir le dijo:

    —¿Le importa a usted acompañarme en el paseo y así seguiremos hablando? Me lo aconseja el médico, pero además, me gusta pasear.

    Pronto, la pareja que formaban los dos fue familiar a los que circulaban por la Plaza: grande y fuerte don Germán, con su bastón en alto para reforzar una aseveración; más delgado y más bajo Ezequiel que agitaba nervioso las manos pidiendo siempre comprensión y justicia.

    Al anochecer, cuando Ezequiel llegaba a casa, la niña ya dormía. Yo preparaba la cena. La luz de la bombilla iluminaba la mesa en la que siempre había un libro abierto. Un libro arrastrado por mí para robar minutos a las tareas domésticas. «Mientras hierve la sopa, leo», me decía. «Mientras frío las patatas, leo. Mientras llega Ezequiel...»

    Ezequiel llegaba y me resumía la discusión, la charla que había tenido con don Germán. A veces traía un libro en la mano.

    —Me lo ha prestado don Germán. ¿No es una suerte —decía— haber ido a dar con este hombre? Tiene una estupenda biblioteca donde se encierra siempre que puede a leer. Es un hombre sensato, equilibrado, con buen criterio en todo...

    En este pueblo no había otro mejor para Alcalde, me había dicho Marcelina, anda a bien con