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  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación, el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo, y los recuadros LEER y DONAR. Esta opción está disponible sólo en las publicaciones; en Navega Directo, no.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    En esta sección no puedes ocultar los recuadros de OTROS TEMAS, S, LEER y DONAR.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 12 en 12.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

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    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EN EL CUENCO (John Varley)

    Publicado el lunes, octubre 23, 2017
    Nunca se les ocurra comprar nada en un banco de órganos de segunda mano. Y un buen consejo también: no se pertrechen para un viaje a Venus hasta que hayan llegado a Venus.

    Ahora lamento no haber esperado. Pero mientras estaba de compras en Coprates, unas pocas semanas antes de mis vacaciones, entré en aquella pequeña tienda, y me hablaron de aquel infraojo que tenían a un precio muy interesante. En aquel momento hubiera debido preguntarme qué hacía un infraojo en Marte.

    Piensen un poco en ello. Nadie lleva infraojos en Marte. Si uno desea ver por la noche, es mucho más barato comprarse un rastreascopio. De esa forma puedes quitártelo cuando sale el sol. De modo que aquel ojo debía de haber vuelto de Venus con un turista. Y no había forma de decir cuánto tiempo llevaba en aquel local hasta que aquel viejo tipo de palabras convincentes me lo metió bajo la nariz, diciendo que había pertenecido a una encantadora vieja institutriz que nunca… Oh, bueno. Probablemente habrán oído ustedes algo así antes.

    ¡Si tan sólo la maldita cosa se hubiera estropeado antes de abandonar Venusburg! Ya conocen ustedes Venusburg: una ciudad de humeantes pantanos y malos hoteles donde uno corre el peligro de ser embaucado mientras pasea por cualquier calle, puede perder una fortuna en las mesas de juego, comprar cualquier placer del universo conocido, cazar los monstruos prehistóricos que se revuelcan por las fétidas ciénagas que encuentras apenas salir de la ciudad. Entonces, deberían saber que tras la jornada laboral —cuando se apagan todos los holos y el lugar se convierte en una colmena ordinaria de domos plateados agrupándose en la oscuridad a una temperatura de cuatrocientos veinticinco grados y una presión suficiente como para darte sinusitis con tal sólo pensar en ella; cuando cierran todas las deslumbrantes tiendas para turistas— uno no encuentra ningún problema en hallar una de las muchas agencias en torno al espaciopuerto y someterse a una operación medicánica. Aceptan dinero marciano. La Solar Express Card es válida. Simplemente hay que entrar, ni siquiera te hacen esperar.

    Sin embargo…

    Había tomado el dirigible diario que parte de Venusburg unas pocas horas después de mi llegada, feliz como una almeja, mi infraojo trabajando maravillosamente. Cuando aterricé en Cui-Cui, empecé a tener los primeros atisbos de trastornos. Nada lo bastante importante como para preocuparse por ello; simplemente, un muy ligero velo en la visión periférica del lado derecho. No le di importancia. Tenía tres horas de estancia en Cui-Cui antes de que el dirigible partiera para Última Oportunidad. Deseaba echar un vistazo a mi alrededor. No tenía intención de malgastar mis pocas horas en una tienda de órganos haciendo reparar mi ojo. Si seguía causándome problemas cuando llegara a Última Oportunidad, entonces me ocuparía del problema.

    Cui-Cui era más de mi agrado que Venusburg. La sensación allí era de más naturalidad. En las calles de Venusburg uno tenía una posibilidad entre diez de encontrarse con un auténtico ser humano; todo lo demás es un holo puesto allí para dar un poco de sabor al ambiente y conseguir que las calles no parezcan tan vacías. Pronto me cansé de los petimetres de llamativos trajes que me salían por todas partes intentando venderme chicos y chicas de todas las edades. ¿Para qué? Intenten simplemente tocar a una de esas hermosas personas.

    En Cui-Cui, la relación estaba muy próxima al cincuenta por ciento. Y la atmósfera no era de decadente corrupción sino de esforzada frontera. Las calles estaban convincentemente embarradas, y las fachadas de madera de las casas habían sido construidas con buen gusto. No era que me gustaran demasiado los dragones de dieciocho patas y ojos pedunculados que constantemente aparecían por todas partes, pero comprendo que son un recuerdo al tipo que dio su nombre a la ciudad. Todo eso está bien, pero dudo de que al tipo en cuestión le hubiera gustado que una de esas malditas cosas caminara a su través como un tanque de doce toneladas hecho de impalpable polvo.

    Apenas tuve tiempo de «humedecer» mis pies en los «charcos» antes de que el dirigible estuviera listo para partir de nuevo. Y los problemas de mi ojo parecían haber desaparecido. Así que me embarqué para Última Oportunidad.

    Hubiera debido tener en cuenta el significado del nombre de la ciudad. Y tuve oportunidades para ello. Una vez allí, efectué mis últimas compras de pertrechos antes de adentrarme en la maleza. Tenía intención de dirigirme a un lugar donde no se encuentra una estación de aire en cada esquina, de modo que decidí que podía utilizar un porteador.

    Quizá ustedes no hayan visto nunca ninguno. Son la respuesta de la ciencia moderna a la mochila. O quizá a la reata de mulas, aunque en plena acción recuerdan más bien a los porteadores de los safaris (de ahí su nombre) de las viejas películas, avanzando estólidamente detrás del Cazador Blanco con los fardos de pertrechos sobre sus cabezas. La cosa consiste en un par de piernas metálicas exactamente igual de largas que las tuyas, con todo el equipo apilado encima, y un cordón umbilical conectando todo el conjunto a la parte inferior de tu columna vertebral. Todo ello te proporciona la posibilidad de vivir en la superficie durante cuatro semanas en vez de los cinco días que te permite tu pulmón venusiano.

    El médico que me vendió el mío me hizo tender allí sobre su mesa, la espalda abierta, para instalar los tubos que llevarían el aire de los depósitos del porteador a mi pulmón venusiano. Era una estupenda oportunidad de pedirle que le diera un vistazo a mi ojo. Probablemente lo hubiera hecho, puesto que mientras estaba efectuando las conexiones inspeccionó y comprobó mi pulmón sin cobrarme nada por ello. Quiso saber dónde lo había comprado, y le dije que en Marte. Se echó a reír y dijo que le parecía en correcto estado de funcionamiento. Me advirtió que nunca dejara que el nivel de oxígeno en el pulmón descendiera demasiado, que lo cargara siempre antes de abandonar un domo presurizado, incluso aunque saliera tan sólo por unos pocos minutos. Le aseguré que sabía todo eso y que iría con mucho cuidado. De modo que empalmó los nervios a la terminal mecánica en la parte inferior de mi espalda, y conectó el porteador a ella. Lo comprobó desde todos los ángulos, y me dijo que el trabajo estaba listo.

    Y no le pedí que le echara un vistazo a mi ojo. Simplemente no pensé en ello. Por aquel entonces aún no había salido a la superficie, y no había tenido ocasión de comprobarlo en pleno funcionamiento. Oh, las cosas tenían un aspecto un tanto diferente, incluso bajo luz visible. Había colores distintos y muy pocas sombras, y la imagen que obtenía del infraojo era mucho más imprecisa que la del otro ojo. Podía cerrar un ojo, luego el otro, y ver una auténtica diferencia. Pero no pensaba demasiado en ello.

    De modo que subí al dirigible al día siguiente para el vuelo semanal previsto a Lodestone, una ciudad minera situada en las proximidades del desierto Fahrenheit. Aunque la forma en que la gente era capaz de distinguir un desierto de cualquier otra cosa en Venus era algo que seguía siendo todavía un misterio para mí. Me irrité cuando descubrí que, aunque el dirigible iba tan sólo a la mitad de su capacidad, tenía que pagar dos billetes: uno por mí y el otro por mi porteador. Por unos instantes pensé en llevar aquella maldita cosa sobre mis rodillas, pero desistí tras un experimento de diez minutos en la sala de espera. Estaba llena de aristas vivas y de ángulos agudos, y el viaje iba a ser largo. Así que pagué. Pero el gasto extra hizo un gran agujero en mi presupuesto.

    A partir de Cui-Cui, las etapas eran más cortas y más difíciles. Cui-Cui se halla a dos mil kilómetros de Venusburg, y a otros mil de Lodestone. A partir de ahí el servicio de pasajeros es irregular. De todos modos, descubrí cómo definían los venusianos un desierto. Un desierto es un lugar no habitado todavía por seres humanos. Mientras siguiera siendo capaz de abordar un dirigible en servicio regular, todavía no era el desierto.

    De dirigible en dirigible, llegué a un pequeño lugar llamado Prosperidad; población: setenta y cinco seres humanos y una nutria. Creí que la nutria era un holo jugueteando en el estanque de la plaza central. El lugar no parecía lo suficientemente próspero como para permitirse el lujo de un auténtico estanque como aquél con auténtica agua. Pero lo era. Era una ciudad de paso donde acudían a aprovisionarse los prospectores. Comprendí que una ciudad como aquella podía desaparecer de la noche a la mañana si los prospectores se trasladaban a otro sitio. Los propietarios de las tiendas se limitarían a empacar sus cosas y se irían a donde fuera. La relación entre las cosas que uno ve en una ciudad fronteriza y lo que realmente son suele estar en un ciento a uno.

    Supe con considerable alivio que los únicos dirigibles que podía tomar desde Prosperidad se encaminaban precisamente en la dirección de donde yo había venido. No había ninguna comunicación con el otro lado. Me alegró saberlo, y que ya no me quedaba otra cosa que hacer más que contratar un guía y adentrarme en el desierto. Entonces mi ojo dejó de funcionar por completo.

    Recuerdo que me sentí irritado; no, más que irritado. Estaba realmente furioso. Pero todavía seguía considerándolo como un contratiempo, no como un desastre. Se trataba tan sólo de perder un poco de tiempo y gastar un poco más de dinero.

    Rápidamente me di cuenta de que las cosas eran muy distintas. Pregunté al vendedor de los billetes (se hallaba en un saloon-drugstore-galerías; no había estación en Prosperidad) dónde podía encontrar a alguien que me vendiera e instalara un infraojo. Se echó a reír.

    —No va a encontrar a nadie aquí, hermano —dijo—. Nunca hemos tenido a nadie que se dedique a esas cosas. Había un médico en Ellsworth, a tres paradas de aquí en el dirigible local, pero se trasladó a Venusburg hace un año. Lo más cerca que podrá encontrar algo es en Última Oportunidad.

    Aquello me sorprendió. Sabía que me estaba dirigiendo hacia las tierras muertas, pero nunca se me había ocurrido que existiera algún lugar en donde pudiera faltar algo tan básico como un médico. No vender servicios medicánicos era casi como no vender comida o aire. La gente podía morir realmente allí. Me pregunté si el gobierno planetario sabía algo de aquella escandalosa situación.

    Lo supiera o no, me di cuenta de que remitirle una carta airada al respecto no iba a servirme de nada. Estaba atrapado. Hice unos rápidos cálculos mentales, y pronto descubrí que el costo de volar de regreso a Última Oportunidad y comprar un nuevo ojo me dejaría sin el dinero suficiente para regresar a Prosperidad y volver luego de nuevo a Venusburg. Mis vacaciones iban a verse estropeadas simplemente por haber querido ahorrarme algo de dinero comprando un ojo usado.

    —¿Qué es lo que le ocurre a su ojo? —me preguntó el hombre.
    —¿Eh? Oh, no lo sé. Quiero decir, simplemente dejó de funcionar. Estoy ciego de él, ése es el problema. —Viendo la forma en que miraba mi ojo, me agarré a aquel clavo ardiendo—. Oiga, ¿no sabrá usted algo de infraojos, por casualidad?

    Agitó la cabeza y me sonrió desconsoladamente.

    —No. Sólo un poco de aquí y de allá. Estaba pensando si serían los músculos los que le estaban causando problemas; un mal rastreo o algo así…
    —No. La visión ha desaparecido por completo.
    —Lástima. Me da la impresión de que se trata de un nervio roto. No me atrevería a tocar jamás algo así. Entienda, a lo máximo que me atrevo es a algunas chapuzas. —Hizo chasquear su lengua con simpatía—. ¿Quiere usted ese billete de vuelta a Última Oportunidad?

    En aquel momento no sabía exactamente lo que quería. Llevaba dos años planeando aquel viaje. Estuve a punto de comprar el billete; luego me dije: qué diablos. Estaba allí, y al menos echaría una mirada al lugar antes de decidir qué hacer. Quizá hubiera alguien por allí que pudiera ayudarme. Me volví para preguntarle al empleado si conocía a alguien, pero me respondió antes de que yo pudiera decir nada.

    —No deseo darle demasiadas esperanzas —dijo, frotándose la barbilla con una enorme mano—. Según tengo entendido, no hay nada menos seguro que eso, pero…
    —Bien, ¿de qué se trata?
    —Bueno, hay una chica que vive por aquí y que está medio loca con todo lo relativo a la medicánica. Siempre está trasteando por ahí, haciendo cosas extrañas para la gente, arreglándose con lo que tiene; ya conoce usted el tipo. El problema es que sus métodos son más bien autodidactas, de modo que puede terminar usted peor de lo que había empezado.
    —No sé cómo —dije—. No funciona en absoluto; ¿qué puede hacer ella para que quede peor?

    Se alzó de hombros.

    —Eso es cosa suya. Probablemente la encontrará haraganeando por la plaza. Si no está allí, pregunte en los bares. Se llama Ascua. Lleva siempre a una nutría consigo, como si fuera un gatito. Pero la reconocerá apenas la vea.

    Encontrar a Ascua no fue ningún problema. Me limité a regresar a la plaza, y allí estaba, sentada en el borde de piedra de la fuente. Estaba agitando sus pies en el agua. Su nutria estaba jugando en un pequeño tobogán, y parecía inmensamente feliz de haber encontrado la única masa de agua al aire libre en un radio de un millar de kilómetros.

    —¿Eres Ascua? —pregunté, sentándome a su lado.

    Alzó la vista hacia mí, con una de esas inquietantes miradas que los venusianos saben dirigir a los extranjeros. Ello es debido a que poseen un ojo azul o marrón, mientras que el otro es completamente rojo, sin nada de blanco. Ese era también mi aspecto, pero yo no tenía por qué mirar a mis propios ojos.

    —¿Y qué si lo soy?

    Su edad aparente eran diez u once años. Tuve la sensación de que probablemente ésa era su auténtica edad. Pero puesto que se suponía que era hábil en medicánica, era posible que yo estuviera equivocado. Había trabajado un poco sobre sí misma, pero naturalmente no había forma alguna de decir hasta qué punto lo había hecho. En su mayor parte parecía tratarse de un trabajo cosmético. No tenía ni un solo pelo sobre la cabeza. Lo había reemplazado con un penacho de plumas que le caían constantemente sobre los ojos. Su cuero cabelludo había sido trasplantado a las pantorrillas y antebrazos, y el pelo allí era una larga cascada rubia. Por los contornos de su rostro estaba seguro de que su cráneo era una masa de ganchos de anclaje y masilla ósea a partir de la cual había modelado la infraestructura que le permitiera reflejar el rostro que deseaba llevar.

    —Me han dicho que sabes algo de medicánica. ¿Sabes?, este ojo ha…

    Se echó a reír.

    —No sé quién puede haberte contado eso. Sé todo lo que hay que saber sobre medicina. No soy ninguna chapucera. Vamos, Malibú.

    Hizo ademán de ponerse en pie, y la nutria nos miró al uno y a la otra. Creo que no sentía el menor deseo de abandonar el estanque.

    —Espera un momento. Lamentaría haber herido tus sentimientos. Puesto que no sé nada acerca de ti, admitiré que tienes que saber más al respecto que ninguna otra persona en la ciudad.

    Volvió a sentarse, y finalmente me sonrió.

    —Así que estás en problemas, ¿eh? Es o yo o nadie. Déjame adivinar: estás de vacaciones, eso resulta obvio. Y o bien el tiempo o bien el dinero te impiden regresar a Última Oportunidad para que te hagan una reparación profesional. —Me miró de arriba abajo—. Diría que se trata del dinero.
    —Acertaste. ¿Puedes ayudarme?
    —Eso depende.

    Se acercó más a mí y escrutó mi infraojo. Apoyó sus manos en mis mejillas para mantener mi cabeza quieta. Yo no podía hacer otra cosa que mirarla directamente al rostro. No había cicatrices visibles en él; al menos era lo bastante buena como para eso. Sus caninos superiores eran aproximadamente unos cinco milímetros más largos que el resto de sus dientes.

    —No te muevas. ¿Dónde compraste eso?
    —En Marte.
    —Lo imaginé. Es un Escrutatinieblas, fabricado por la Northern Bio. Un modelo barato; se lo venden principalmente a los turistas. Debe de tener unos diez o doce años de antigüedad.
    —¿Es el nervio? El tipo habló de…
    —No. —Se echó hacia atrás y siguió chapoteando con sus pies en el agua—. Es la retina. El lado derecho se ha desprendido y ha caído en la fóvea. Probablemente no fue bien instalada desde un principio. No hacen esas cosas para que duren más de un año.

    Suspiré y palmeé mis rodillas con ambas manos. Me puse en pie, le tendí la mano.

    —Bueno, supongo que será eso. Gracias por tu ayuda.

    Pareció sorprendida.

    —¿Adonde vas?
    —Vuelvo a Última Oportunidad, y luego a Marte, a querellarme contra un cierto banco de órganos. Hay leyes para ese tipo de cosas en Marte.
    —Aquí también. Pero ¿por qué volver? Yo te lo arreglaré.

    Estábamos en su taller, que era a la vez su dormitorio y su cocina. Era un simple domo sin ni siquiera un holo. Era relajante, tras todas aquellas casas estilo rancho que parecían estar de moda en Prosperidad. No quiero parecer chauvinista, y me doy cuenta de que los venusianos necesitan alguna especie de estímulo visual, viviendo como lo hacen en un desierto cubierto de nubes. Sin embargo, nunca me ha gustado esa tendencia a la ilusión. El vecino de Ascua vivía en una réplica perfecta del palacio de Versalles. Ella me dijo que cuando él desconectaba su generador holo sus auténticas posesiones hubieran cabido en una mochila. Incluido el generador holo.

    —¿Qué es lo que te ha traído a Venus?
    —Turismo.

    Me miró por el rabillo del ojo mientras restregaba mi rostro con un anestésico nervioso. Yo estaba tendido en el suelo, puesto que no había muebles en la habitación excepto unas cuantas mesas de trabajo.

    —Muy bien. Pero no acuden demasiados turistas hasta tan lejos. Si no es asunto mío, simplemente dímelo.
    —No es asunto tuyo.

    Se envaró en su asiento.

    —Muy bien. Arréglate tú mismo el ojo.

    Aguardó, con una semisonrisa en el rostro. Finalmente, yo también me vi forzado a sonreír. Volvió a su trabajo, seleccionando un instrumento en forma de cucharilla de un revuelto montón junto a sus rodillas.

    —Soy un geólogo aficionado —dije—. En realidad, un cazador de rocas. Trabajo en una oficina, y los fines de semana me voy al campo y busco por ahí. Creo que las rocas son una excusa para sacarme de mi medio ambiente habitual.

    Ella extrajo el ojo de su órbita y metió expertamente un dedo para soltar la conexión metálica que lo unía al nervio óptico. Alzó el globo ocular hacia la luz y observó sus lentes.

    —Puedes levantarte. Échate un poco de esto en la órbita y parpadea unas cuantas veces.

    Hice lo que me indicaba y la seguí a su banco de trabajo.

    Se sentó en un taburete y examinó el ojo más de cerca. Luego le clavó una jeringa y extrajo el humor acuoso, convirtiéndolo en algo parecido a un huevo de tortuga secado al sol. Lo abrió y empezó a hurgar cuidadosamente. Los largos cabellos de sus antebrazos no dejaban de molestarla en su trabajo, de modo que se los ató con unas bandas de caucho.

    —Un cazador de rocas —murmuró para sí misma—. Seguro que has venido aquí para echar una mirada a las joyas estallantes.
    —Exacto. Como he dicho, soy tan sólo un geólogo aficionado. Pero leí acerca de ellas, y vi una en una ocasión en una joyería en Pobos. De modo que ahorré un poco de dinero y vine a Venus para intentar descubrir una de ellas por mí mismo.
    —Eso no tendría que ser ningún problema. Son las gemas más fáciles de encontrar de todo el universo conocido. Una lástima. Porque la gente de ahí afuera espera hacerse rica con ellas. —Se alzó de hombros—. No es que no pueda sacarse algo de dinero con ellas. Pero no la fortuna que todo el mundo espera obtener. Curioso; son tan raras como acostumbraban a serlo los diamantes, más aún, no pueden ser duplicadas en el laboratorio como los diamantes. Oh, supongo que sí podrían fabricarse, pero de una forma terriblemente complicada.

    Estaba utilizando un pequeño utensilio para volver a fijar la retina desprendida en la superficie trasera del ojo.

    —Prosigue.
    —¿Eh?
    —¿Por qué no pueden hacerlas en el laboratorio?

    Se echó a reír.

    —Realmente eres un geólogo aficionado. Como he dicho, podrían, pero sería demasiado caro. En su composición entran un montón de elementos distintos. Una gran cantidad de aluminio, tengo entendido. Eso es lo que vuelve rojos a los rubíes, ¿no?
    —Sí.
    —Son las otras impurezas las que las hacen tan hermosas. Tienes que formarlas bajo altas presiones y temperaturas, y son tan inestables que generalmente estallan antes de que consigas la mezcla adecuada. Así que resulta mucho más barato ir ahí afuera y recogerlas.
    —Y el único lugar donde pueden recogerse es en medio del desierto Fahrenheit.
    —Exacto.

    Parecía haber terminado con su trabajo. Se levantó para examinar su obra con ojo crítico. Frunció el ceño, luego selló la incisión que había hecho y volvió a meter el líquido. Montó el ojo en un calibrador y lo apuntó con un láser, luego meneó la cabeza al leer algunas cifras en una pantalla junto al láser.

    —Funciona —dijo—. Pero te vendieron un buen trasto. El iris está hecho una porquería. Es una elipse, con una excentricidad de cero coma veinticuatro. Y empeorará con el tiempo. ¿Ves esa decoloración amarronada en el lado izquierdo? Es una descomposición progresiva del tejido muscular, con toxinas acumulándose en él. Y dentro de cuatro meses sufrirás cataratas.

    No sabía de qué estaba hablando, pero fruncí los labios mientras lo hacía.

    —Pero ¿cuánto tiempo durará?

    Me sonrió presuntuosamente.

    —¿Estás pidiendo una garantía de seis meses? Lo siento, no soy miembro de la Asociación Médica Venusiana. Pero aunque este compromiso no tiene nada de legal, creo que puedo asegurarte que funcionará al menos durante ese tiempo. Quizá.
    —Parece que no te comprometes mucho.
    —Es la práctica. Nosotros los futuros médicos siempre tenemos que ir con cuidado con respecto a las demandas judiciales. Tiéndete aquí y volveré a ponértelo.
    —Lo que me estaba preguntando es si será seguro pasar cuatro semanas en el desierto con este ojo —dije, mientras ella conectaba de nuevo el ojo y volvía a instalarlo en su órbita.
    —No —dijo rápidamente, y sentí una tremenda decepción—. No, con ningún ojo —añadió rápidamente—. No si vas solo.
    —Entiendo. Pero ¿crees que el ojo resistirá?
    —Oh, seguro. Quien no resistirá serás tú. Por eso vas a tomar al pie de la letra mi extraordinaria oferta de que me contrates como tu guía a través del desierto.

    Me eché a reír.

    —¿Estás hablando en serio? Lo siento, pero ésa va a ser una expedición solitaria. Así la planeé desde un principio. Porque para eso salgo a buscar rocas en primer lugar: para estar solo. —Saqué mi tarjeta de crédito del bolsillo—. Ahora, ¿cuánto te debo?

    No estaba escuchándome, sino que permanecía con la barbilla apoyada en la mano, con aire pensativo.

    —Sale ahí afuera para estar solo, ¿has oído eso, Malibú? —la nutria alzó la vista hacia ella desde el lugar donde se encontraba en el suelo—. Ahora considérame a mí, por ejemplo. A mí, que sé desde todos lados lo que es estar sola. Son las multitudes y las grandes ciudades lo que más añoro. ¿No crees, vieja compañera?

    La nutria siguió mirándola, obviamente dispuesta a asentir a cualquier cosa.

    —Supongo que sí —dije—. ¿Están bien cien marcos? Es más o menos la mitad de lo que me hubiera pedido un médico titulado pero, como ya te he dicho, voy un poco justo de dinero.
    —¿No vas a llevarme contigo como guía? ¿Es tu última palabra?
    —No. Es mi última palabra. Escucha, no se trata de ti, es simplemente que…
    —Lo sé. Deseas estar solo. No tienes que pagarme nada. Vamos, Malibú. —Se puso en pie y se dirigió hacia la puerta. Luego se volvió en redondo—. Nos veremos —dijo, y me hizo un guiño.

    No necesité mucho tiempo para comprender lo que significaba aquel guiño. Puedo ver lo obvio a la tercera o cuarta tentativa.

    El hecho era que Prosperidad se sentía considerablemente desconcertada por la presencia de un turista en sus calles. No había ni una sola agencia de alquileres ni un hotel en toda la ciudad. Había esperado algo así, pero no había imaginado que fuera tan difícil encontrar a alguien dispuesto a alquilarme su bicicielo particular si el precio era adecuado. Había estado reservando una buena cantidad de dinero en efectivo en previsión de unas exigencias exorbitantes por parte de la gente de allí a este respecto. Estaba seguro de que a la gente local le encantaría estafar un poco a un turista.

    Pero ésa no era su intención. Casi todo el mundo poseía una bicicielo y absolutamente ninguno de los que la poseían tenía la menor intención de alquilarla. Era una necesidad para todo aquel que trabajara fuera de la ciudad, lo cual era el caso de casi todo el mundo, y eran difíciles de conseguir. Los dirigibles de carga eran casi tan irregulares como el servicio de pasajeros. Todas las personas que rechazaron mi oferta me hicieron una útil sugerencia. Como he dicho, después de la cuarta o la quinta de tales sugerencias me hallé de nuevo en la plaza de la ciudad. Ella estaba sentada exactamente en el mismo sitio donde la había encontrado la primera vez, agitando sus pies en el agua. Malibú nunca parecía cansarse del tobogán.

    —Sí —dijo sin alzar la vista—. Resulta que tengo una bicicielo por alquilar.

    Me sentía exasperado, pero tenía que disimularlo. Me tenía acorralado por la proverbial espada contra la proverbial pared.

    —¿Acaso te pasas todo el día haraganeando por aquí? —pregunté—. La gente me dice que te pregunte a ti acerca de una bicicielo y me dice que te encontraré aquí, casi como si tú y esta fuente fueseis una sola cosa. ¿Qué más haces?

    Me clavó una altanera mirada.

    —Reparo ojos para turistas tontos. También efectúo intervenciones corporales para cualquiera de la ciudad a tan sólo el doble del precio que les costaría en Última Oportunidad. Y lo hago estupendamente bien también, aunque esos patanes sean los últimos en admitirlo. No dudo que el señor Lamara, el vendedor de billetes, te habrá contado escandalosas mentiras acerca de mis habilidades. Se sienten irritados de que yo saque ventaja del ahorro en dinero y tiempo que les representa no tener que acudir a Última Oportunidad y pagar únicamente precios hinchados en vez de los precios escandalosos que les cobro yo.

    Tuve que echarme a reír, aunque estaba seguro de que a mí también iba a cobrarme precios exorbitantes. Sabía emplear bien la técnica.

    —¿Cuántos años tienes?

    Hice la pregunta sin pretenderlo, luego casi me mordí la lengua. Lo último que desea una chica orgullosa e independiente es discutir su edad. Pero me sorprendió.

    —En tiempo meramente cronológico, once años terrestres. Eso representa un poco más de seis de vuestros años. En tiempo real, interno, por supuesto no tengo ninguna edad.
    —Por supuesto. Ahora, en lo relativo a esa bici…
    —Por supuesto. Pero no he respondido a tu anterior pregunta. Lo que haga además de permanecer sentada aquí es irrelevante, porque mientras estoy sentada aquí me dedico a contemplar la eternidad. Me sumerjo en mi ombligo, esperando llegar a conocer la auténtica profundidad del seno. En pocas palabras, realizo mis ejercicios yoga. —Miró pensativamente por encima del agua a su animalito de compañía—. Además, es el único estanque en un millar de kilómetros.

    Me sonrió y se dejó caer plana sobre el agua. La cortó como la hoja de un cuchillo y avanzó hacia la nutria, que empezó a lanzar una alegre sucesión de ladridos.

    Cuando salió cerca del centro del estanque, fuera del surtidor y las cascadas, la llamé.

    —¿Qué hay de la bici?

    Se llevó una mano formando copa a su oído, pese a que estaba tan sólo a quince metros de distancia.

    —¡Digo que qué hay de la bici!
    —No puedo oírte —gritó—. Tendrás que venir hasta aquí.

    Me metí en el estanque, gruñendo para mí mismo. Me estaba dando cuenta de que su precio incluía algo más que dinero.

    —No sé nadar —le advertí.
    —No te preocupes, en ningún lado es más profundo que aquí.

    El agua me llegaba hasta el pecho. Avancé forcejeando hasta allí, andando de puntillas, me agarré a una de las volutas de la fuente, me subí a ella, y me senté en el húmedo mármol venusiano con el agua chorreando de mis piernas.

    Ascua estaba sentada en el fondo del tobogán, agitando sus pies en el agua. El agua que se deslizaba en cascada por la roca trazaba un arco en torno a la corona de plumas de su cabeza. Perlas de agua se deslizaban y caían por ellas. Una vez más me hizo sonreír. Si pudiera venderse el encanto, sería rica. ¿De qué estoy hablando? Nadie vende nunca nada excepto encanto, de una forma u otra. Me dominé antes de que intentara venderme los polos norte y sur. En un abrir y cerrar de ojos fui capaz de verla de nuevo como la pilluela astuta y avariciosa que era.

    —Mil millones de marcos solares a la hora, ni un penique menos —dijo con aquella suave y pequeña boquita.

    Era inútil negociar algo como aquello.

    —¿Me has hecho venir hasta aquí para oír eso? Realmente, me has decepcionado. No te imaginaba capaz de tomar el pelo de esa manera. Creí que podíamos llegar a un acuerdo. Yo…
    —Bueno, si esa oferta no te resulta satisfactoria, probemos esta otra. Completamente gratis, excepto el oxígeno, la comida y el agua.

    Esperó, agitando el agua con los pies.

    Por supuesto, había un truco en todo aquello. En un destello intuitivo a escala realmente cósmica, una iluminación digna de un Einstein, vi el cebo. Ella se dio cuenta de que lo había captado, se dio cuenta también de que no me gustaba, y me sonrió con todos sus dientes. De modo que una vez más, y no iba a ser la última, me vi ante la alternativa: o estrangularla, o devolverle la sonrisa. Sonreí. No sé cómo, pero tenía esa rara habilidad de hacer que sus oponentes reaccionaran como si no estuviera apretándoles las clavijas.

    —¿Crees en el amor a primera vista? —le pregunté, esperando pillarla con la guardia baja.

    No hubo ninguna posibilidad.

    —Una estúpida sensiblería, a lo sumo —dijo—. No me has impresionado, señor…
    —Kiku.
    —Encantador. ¿Un nombre marciano?
    —Supongo que sí. Nunca pensé realmente en él. No soy rico, Ascua.
    —Por supuesto que no. No te hubieras puesto en mis manos si lo fueras.
    —Entonces ¿qué es lo que te atrae de mí? ¿Por qué estás tan decidida, a irte conmigo, cuando todo lo que te pido es que me alquiles tu bici? Si yo fuera tan irresistible, me hubiera dado cuenta.
    —Oh, no sé —dijo ella, alzando una de sus cejas—. Hay algo en ti que encuentro absolutamente fascinante. Incluso irresistible.

    Hizo ademán de desmayarse.

    —¿Puedes decirme lo que es?

    Meneó la cabeza.

    —Deja que sea mi pequeño secreto por el momento.

    Empezaba a sospechar que se sentía atraída por la configuración de mi cuello…, ideal para clavar sus dientes en él y chuparme toda la sangre. Decidí dejarlo correr. Quizá me contara más en los siguientes días. Porque al parecer iba a haber otros días, muchos de ellos.

    —¿Cuándo estarás lista para partir?
    —Preparé las cosas inmediatamente después de volver a ponerte el ojo. Podemos irnos ahora mismo.

    Venus es algo espectral. He pensado y pensado en ello, y ésa es la mejor forma en que puedo describirlo.

    Es espectral en parte debido a la forma en que lo ves. Tu ojo derecho —el que ve lo que llamamos luz visible— te muestra únicamente un pequeño círculo de luz que es iluminado por tu linterna manual. Ocasionalmente se capta un resplandeciente foco de metal en fusión allá a lo lejos, pero es lo bastante impreciso como para poder verlo con precisión. Tu infraojo atraviesa esas sombras y te proporciona una imagen borrosa de lo que hay más allá de la luz de tu linterna, pero la mayoría de las veces preferiría ser ciego.

    No hay ninguna forma de describir correctamente cómo afecta esa dicotomía a tu mente. Un ojo te dice que todo lo que hay más allá de un cierto punto son sombras, mientras el otro te muestra lo que hay en esas sombras. Ascua dice que al cabo de un tiempo tu cerebro puede mezclar las dos imágenes tan fácilmente como lo hace con la visión binocular. Yo nunca llegué a alcanzar ese punto. Durante toda mi estancia no dejé de intentar reconciliar las dos imágenes.

    No me gusta hallarme en el fondo de un cuenco de un millar de kilómetros de diámetro. Porque eso es lo que ves. No importa cuan alto subas o cuan lejos vayas, siempre sigues estando en el fondo de ese cuenco. Es algo que tiene que ver con la curvatura de los rayos luminosos en la densa atmósfera, si comprendo correctamente a Ascua.

    Luego, está el sol. Cuando llegué era de noche, lo cual significa que el sol era una aplastada elipse colgando justo encima del horizonte al este, por donde había surgido hacía no sé cuántas semanas. No me pidan que lo explique. Todo lo que sé es que el sol nunca se pone en Venus. Nunca, no importa donde estés. Se limita a hacerse cada vez más plano y más plano, y a la vez más ancho y más ancho, hasta que se aplasta definitivamente al norte o al sur, depende de donde uno esté, convirtiéndose en una línea plana y brillante de luz que es empujada hacia el oeste, donde empezará a surgir de nuevo al cabo de unas pocas semanas.

    Ascua dice que en el ecuador se convierte en un círculo perfecto durante una décima de segundo cuando se halla exactamente en la vertical. Como las luces de un colosal estadio. Todo eso ocurre por encima del borde del cuenco donde uno se halla, aproximadamente a unos diez grados por encima del horizonte teórico. Es otro efecto de la refracción.

    Uno no ve nada de eso con el ojo izquierdo. Como ya he dicho, las nubes retienen prácticamente toda la luz visible. Todo lo ves con el ojo derecho. El color en que lo ves lo he definido como infraazul.

    Todo está tranquilo. Empiezas a echar de menos el sonido de tu propia respiración, y si piensas demasiado en ello, terminas preguntándote por qué no estás respirando. Tú lo sabes, por supuesto, pero no tu metencéfalo, que es el que te proporciona la sensación. A él y a tu sistema nervioso autónomo no les importa que tu pulmón venusiano esté goteando oxígeno directamente a tu torrente sanguíneo; esos circuitos no están hechos para comprender las cosas; son primitivos y muy desconfiados de los progresos científicos. De modo que me sentía abrumado por una sensación de sofoco, que supongo debía de ser la venganza de mi médula espinal.

    También me sentía nervioso acerca de la temperatura y la presión. Era una tontería, lo sé. Marte me mataría del mismo modo sin un traje, y mucho más lenta y dolorosamente.

    Si mi traje fallaba aquí, dudaba que llegara a sentir nada. Era sólo la idea de esa increíble presión siendo mantenida a un milímetro de distancia de mi frágil piel por un campo de fuerza que, físicamente hablando, ni siquiera estaba allí. O al menos eso es lo que me dijo Ascua. Es probable que estuviera intentando tomarme el pelo. Quiero decir, las líneas de fuerza magnética no son tangibles, pero están ahí, ¿no?

    Aparté aquellos pensamientos de mi mente. Ascua estaba allí, y ella sabía acerca de todas esas cosas.

    Lo que ella no pudo explicarme adecuadamente fue por qué una bicicielo no tiene motor. Pensé mucho acerca de ello, sentado en el sillín y pedaleando como un condenado sin nada que ver excepto las plateadas nalgas de Ascua.

    Ella tenía una bici tándem, lo cual significa cuatro sillines; dos para nosotros y dos para nuestros porteadores. Me senté detrás de Ascua, y los porteadores se sentaron en dos sillines a nuestra derecha. Puesto que ellos reproducían los movimientos de nuestras piernas con exactamente la misma fuerza que aplicábamos nosotros, disponíamos de una bicicielo accionada por la energía de cuatro seres humanos.

    —Ni aunque me fuera la vida en ello puedo llegar a imaginar que sea tan difícil montar un motor en esta cosa y utilizar algo del excedente de energía de nuestros generadores —dije en nuestro primer día fuera.
    —No hay nada extraño en ello, perezoso —dijo ella sin volverse—. Acepta mi consejo como medico novato; esto es mucho mejor para ti. Si usas los músculos que llevas encima, te durarán mucho más. Te harán sentirte mucho más saludable y te mantendrán alejado de las garras de los codiciosos médicos. Lo sé. La mitad de mi trabajo consiste en rebanar grasa de culos adiposos y extirpar varices de piernas. Incluso aquí afuera, la gente no utiliza sus piernas más de veinte años antes de tenerlas listas para un cambio. Es una pura pérdida.
    —Creo que yo también hubiera debido cambiármelas antes de que nos fuéramos. Estoy hecho polvo. ¿No llevamos pedaleando ya todo un día?

    Hizo chasquear desaprobadoramente su lengua, pero accionó un control y empezó a soltar gas caliente del globo que colgaba sobre nuestras cabezas. Las paletas direccionales situadas a nuestros lados se inclinaron, e iniciamos una lenta espiral descendente hacia el suelo.

    Aterrizamos en el fondo del cuenco…, mi primera experiencia al respecto, puesto que todas mis anteriores visiones de Venus habían sido desde el aire, donde el espectáculo no es tan aparente. Me quedé allí parado, mirando y rascándome la cabeza, mientras Ascua montaba la tienda y deshinchaba del todo el globo.

    Los venusianos utilizan campos nulos prácticamente para todo. Antes que intentar elaborar una tecnología que pueda soportar las temperaturas y las presiones extremas, lo rodean todo con un campo nulo y se olvidan de ello. El globo en la bicicielo no era sino un campo estándar globular con una discontinuidad en el fondo para el calentador de aire. El cuerpo de la bicicielo estaba protegido con el mismo tipo de campo que llevábamos Ascua y yo, el tipo que envuelve las superficies a la distancia correspondiente, sin tocarlas. La tienda era un campo hemisférico con un suelo plano.

    Eso simplificaba un montón de cosas. Las esclusas de aire, por ejemplo. Lo que hacíamos era simplemente entrar en la tienda. Los campos de nuestros trajes se desvanecían cuando eran absorbidos por el de la tienda. Para salir, únicamente era necesario cruzar de nuevo la pared, y el traje volvía a formarse a tu alrededor.

    Me dejé caer en el suelo e intenté apagar mi linterna de mano. Para mi sorpresa, descubrí que no estaba hecha para ser apagada. Ascua conectó el fuego de acampada y se dio cuenta de mi desconcierto.

    —Sí, es un derroche —admitió—. Hay algo en los venusianos que les hace odiar el apagar la luz. No descubrirás un solo interruptor en todo el planeta. Puede que no te lo creas, pero me sentí tontamente sorprendida hace unos años, cuando oí hablar por primera vez de los interruptores de luz. Era una idea que nunca se me había ocurrido. ¿Te das cuenta de lo provinciana que soy?

    Aquello no sonaba propio de ella. Observé su rostro buscando indicios de lo que la había motivado a formular aquella afirmación, pero no pude descubrir nada. Estaba sentada frente al fuego de acampada con Malibú en su regazo, componiéndose sus plumas.

    Hice un gesto hacia el fuego, que era un maravillosamente ejecutado holo de un crepitante y chisporroteante fuego de leña con un quemador oculto en el centro de él.

    —¿No es un toque un poco excéntrico? ¿Por qué no has traído una casa exótica, como las de la ciudad?
    —Me gusta el fuego. No me gustan las casas ficticias.
    —¿Por qué no?

    Se alzó de hombros. Estaba pensando en otras cosas. Intenté otro enfoque.

    —¿A tu madre no le importa que te vayas al desierto con desconocidos?

    Me clavó una mirada que no pude interpretar.

    —¿Cómo quieres que lo sepa? No vivo con ella. Estoy emancipada. Creo que ella está en Venusburg.

    Obviamente acababa de tocar un punto delicado, así que fui cauteloso.

    —¿Choque de personalidades?

    Se alzó de nuevo de hombros, sin desear seguir por aquel camino.

    —No. Bueno, sí, en cierto sentido. Ella no quería emigrar de Venus. Yo deseaba irme y ella deseaba quedarse. Nuestros intereses no coincidían. Así que cada cual siguió su camino. Yo estoy siguiendo mi camino para conseguir un pasaje fuera del planeta.
    —¿Cuánto te falta todavía?
    —Menos de lo que puedes llegar a pensar.

    Parecía estar sopesando algo en su mente, como si me estuviera midiendo. Podía oír los engranajes rechinar y las campanillas de la caja registradora resonar mientras estudiaba mi rostro. Luego sentí que el encanto surgía de nuevo, como el parpadear de uno de esos inexistentes conmutadores de la luz.

    —Sí, estoy más cerca que nunca de abandonar Venus. Dentro de unas pocas semanas estaré lista. Tan pronto como volvamos con algunas joyas estallantes. Porque tú vas a adoptarme.

    Creo que ya estaba empezando a acostumbrarme a ella. No me sentí impresionado por aquello, aunque no era nada parecido a lo que había esperado oír. Había estado pensando vagamente en las joyas estallantes. Ella recogería algunas junto conmigo, las vendería, y con el dinero conseguido se compraría un billete para salir del planeta.

    Eso era estúpido, por supuesto. Ella no me necesitaba a mí para conseguir joyas estallantes. Ella era el guía, no yo, y aquélla era su bicicielo. Podía conseguir tantas joyas como deseara, y probablemente ya las tenía. Aquel proyecto tenía que tener algo que ver conmigo personalmente, como había comprendido allá en la ciudad y luego había olvidado. Había algo que deseaba de mí.

    —¿Por eso querías ir conmigo? ¿Es ésa la fatal atracción? No te comprendo.
    —Tu pasaporte. Estoy enamorada de tu pasaporte. En la línea señalada «nacionalidad» dice: «Marte». En la correspondiente a la edad dice, oh…, unos setenta y tres.

    Se había equivocado en un año, aunque conservo la apariencia de los treinta.

    —¿Y?
    —Y, mi querido Kiku, te hallas visitando un planeta que está adentrándose a tientas en la Edad de Piedra. Un planeta medieval, señor Kiku, que establece la mayoría de edad a los trece años…, una cifra caprichosa y arbitraria, estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo. Las leyes de este planeta afirman que algunos derechos de los ciudadanos libres les son negados a los ciudadanos menores de edad. Entre esos derechos están la libertad, la persecución de la felicidad, ¡y la posibilidad de salir de este maldito lugar!

    Me sorprendió con su furia, apareciendo tan bruscamente tras la fachada de su habitual y divertida locuacidad. Tenía los puños apretados. Malibú, sentada en su regazo, alzó tristemente la vista hacia su amiga, luego la volvió hacia mí.

    Pero volvió a alegrarse rápidamente y saltó en pie para preparar la cena. Se negó a responder a mis preguntas. El tema había quedado zanjado por aquel día.

    Al día siguiente estaba dispuesto a dar media vuelta. ¿Saben ustedes lo que es tener piernas de palo? Imagino que no; si les gusta eso —quiero decir el esfuerzo físico intenso—, probablemente serán de esos tipos saludables que se mantienen siempre en forma. Yo no estaba en forma, y tenía la sensación de que iba a morirme. Por un momento de pánico pensé que estaba muriéndome.

    Afortunadamente, Ascua había previsto todo aquello. Sabía que yo era un jinete de escritorio, y sabía también en qué malas condiciones físicas suelen estar los marcianos. Añadido al sedentario estilo de vida de la mayor parte de la gente moderna, nosotros los marcianos tenemos más problemas físicos que la mayoría debido a que la gravedad de Marte no nos presenta muchos desafíos, aunque lo intentemos denodadamente. Los músculos de mis piernas eran puros fideos.

    Me administró un masaje al viejo estilo y una inyección de un producto de última moda que eliminó todas las toxinas acumuladas. En una hora empecé a sentir un vacilante interés por el viaje. De modo que ella me sentó en la bici y empezamos a pedalear otra etapa del viaje.

    Aquí no hay ninguna forma de medir el paso del tiempo. El sol se hace más plano y más ancho, pero el proceso es demasiado largo para que uno pueda apreciarlo. En algún momento de aquel día cruzamos un tributario del río Reynoldswrap. Apareció como una línea brillante en mi ojo derecho, como un indolente y encostrado semiglaciar en mi izquierda. Aluminio fundido, me dijo ella. Malibú sabía de qué se trataba, y ladró lastimeramente para que nos detuviéramos y poder juguetear un poco. Ascua no se lo permitió.

    Uno no puede perderse en Venus, no si sigues pudiendo ver. El río había sido visible desde que abandonamos Prosperidad, aunque yo no había sabido de qué se trataba. Podíamos seguir viendo la ciudad detrás de nosotros y la hilera de montañas frente a nosotros, e incluso el desierto. Se hallaba a poca altura en la ladera del cuenco. Ascua dijo que eso significaba que nos quedaban todavía unos tres días de viaje para llegar a él. Se necesita práctica para juzgar las distancias. Ascua no dejaba de intentar mostrarme Venusburg, que se hallaba a varios miles de kilómetros detrás de nosotros. Decía que era fácilmente visible como un pequeño punto en un día claro. Yo nunca conseguí divisarlo.

    Hablamos mucho mientras pedaleábamos. No había ninguna otra cosa que hacer, y además era divertido hablar con ella. Me contó más detalles de su plan para abandonar Venus, y me llenó la cabeza con sus ingenuas ideas acerca del aspecto de los demás planetas.

    Se trataba de una sutil campaña de ventas. Empezamos con una defensa de su loco plan. En un determinado momento, se convirtió en una afirmación. Ella dio por sentado que yo iba a adoptarla y a llevarla a Marte conmigo. Casi llegué a creérmelo a medias.

    Al cuarto día empecé a observar que el cuenco iba haciéndose más alto delante de nosotros. No sabía qué era lo que causaba el fenómeno hasta que Ascua ordenó un alto y nos quedamos colgados allí en el aire. Nos enfrentábamos a una sólida línea de roca que ascendía en pendiente hasta un punto situado a unos cincuenta metros más arriba de donde nos encontrábamos.

    —¿Qué ocurre? —pregunté, agradeciendo el descanso.
    —Las montañas son más altas —dijo enfáticamente—. Vayamos hacia la derecha y veamos si podemos encontrar un paso.
    —¿Más altas? ¿De qué estás hablando?
    —Más altas. Ya sabes, más grandes, llegando hasta más arriba que la última vez que vine aquí, habiendo aumentado ligeramente su magnitud de elevación, habiendo ascendido…
    —Conozco la definición de altura —dije—. Pero ¿por qué? ¿Estás segura?
    —Naturalmente que estoy segura. El calentador de aire del globo está a tope; hemos subido tan alto como nos es posible. La última vez que pasé por aquí pude cruzarlas sin ningún problema. Pero hoy no.
    —¿Por qué?
    —Condensación. La topografía puede variar enormemente aquí. Algunos metales y rocas están en estado de fusión en Venus. Entran en ebullición en un día cálido y luego se condensan en las cimas de las montañas cuando desciende la temperatura. Luego se funden de nuevo cuando vuelve a hacer calor, y fluyen hacia los valles.
    —¿Quieres decir que me has traído aquí en mitad del invierno?

    Me lanzó una marchita mirada.

    —Tú eres quien vino en invierno. Además, es de noche, y ni siquiera es medianoche todavía. No creí que las montañas fueran tan altas antes de otra semana.
    —¿Podemos rodearlas?

    Observó críticamente la ladera.

    —Hay un paso permanente a unos quinientos kilómetros al este. Pero eso nos llevará otra semana. ¿Lo deseas?
    —¿Cuál es la alternativa?
    —Estacionar la bicicielo aquí y continuar a pie. El desierto se halla inmediatamente al otro lado. Con un poco de suerte veremos nuestras primeras joyas hoy.

    Me estaba dando cuenta de que conocía tremendamente poco Venus, y no estaba en condiciones de tomar ninguna buena decisión. Finalmente tuve que admitirme a mí mismo que era una suerte tener a Ascua conmigo para sacarme de problemas.

    —Está bien. Haremos lo que tú creas mejor.
    —Perfecto. Directamente a la izquierda, y aparcaremos.

    Trabamos la bicicielo con una larga cuerda de aleación de tungsteno. La razón de aquello, supe luego, era impedir que resultara enterrada en el caso de que se produjera más condensación mientras nosotros estábamos allí. Flotó al extremo del cable con sus calentadores a fondo. Y empezamos a trepar por la montaña.

    Cincuenta metros no parecen mucho. Y no lo son, al nivel del suelo. Pero inténtenlos subir alguna vez en una ladera de setenta y cinco grados. Afortunadamente para nosotros, Ascua había venido preparada con equipo alpino. Fue clavando pitones aquí y allá, y nos mantuvo unidos con cuerdas y poleas. Yo la seguía, yendo un poco detrás de su porteador. Era sorprendente ver aquella cosa avanzar tras ella en su ascensión, colocando sus pies exactamente en los mismos lugares en que lo había hecho ella. Detrás de mí, mi propio porteador estaba haciendo lo mismo con respecto a mí. Luego estaba Malibú, yendo arriba y abajo, retrocediendo para ver nuestro progreso, volviendo a la cima y parloteando acerca de lo que había al otro lado.

    No creo que un montañero experimentado tuviera muchos problemas para efectuar aquella ascensión. Personalmente, yo hubiera preferido dejarme deslizar montaña abajo y abandonar. Lo hubiera hecho, pero Ascua seguía tirando de mí hacia arriba. No creo haberme sentido nunca tan cansado como en el momento en que alcanzamos la cima y nos quedamos allí mirando al desierto.

    Ascua señaló delante de nosotros.

    —Ahí hay una de las joyas desarrollándose en estos momentos —dijo.
    —¿Dónde? —pregunté, no demasiado interesado.

    No podía ver nada.

    —Te la has perdido. Era más abajo. Nunca se forman a esta altura. No te preocupes, cada vez podrás ver más y más.

    Empezamos a bajar. No fue demasiado difícil. Ascua me mostró cómo hacerlo sentándose en un lugar liso y dejándose resbalar. Malibú estaba cerca de ella, por detrás, chillando alegremente mientras saltaba y rodaba por la deslizante superficie de roca. Vi a Ascua tropezar y dar una voltereta en el aire y caer de cabeza. Su traje ya se había puesto rígido. Continuó ladera abajo dando volteretas, congelada en una posición medio sentada.

    La seguí ladera abajo de la misma forma. No me hacía mucha gracia la idea de ir rebotando así, pero menos todavía me gustaba un lento y agotador descenso. Y no era demasiado malo. No sientes mucho una vez tu traje se congela a causa de un impacto. Se expande ligeramente alejándose de tu piel y se vuelve más duro que el metal, acolchándote de cualquier cosa menos de los golpes más fuertes, que pueden hacer que el cerebro golpee contra la caja craneana y te produzca heridas internas. Pero nunca fuimos tan aprisa como para que se presentara ese peligro.

    Ascua me ayudó en el fondo cuando mi traje se descongeló. Parecía como si el descenso le hubiera encantado. A mí no. Una de las volteretas parecía haberme golpeado ligeramente la espalda. No le dije nada al respecto, pero cuando eché a andar tras ella el dolor me hizo chirriar los dientes a cada paso.

    —¿Dónde vives en Marte? —me preguntó alegremente.
    —¿En? Oh, en Coprates. En la ladera norte del cañón.
    —Sí, ya sé. Háblame de allí. ¿Dónde vives exactamente? ¿Tienes un apartamento en la superficie, o estás metido bajo tierra? Me muero de ansias de conocer el lugar.

    Estaba agotando mis nervios. Quizá tan sólo fuera el dolor en la espalda.

    —¿Qué es lo que te hace pensar que vas a venir conmigo?
    —Por supuesto que voy a ir contigo. Tú dijiste, hace poco…
    —No dije nada acerca de eso. Si lo hubiera grabado podría probártelo. No, nuestras conversaciones durante estos últimos días han sido una serie de monólogos. Tú me hablabas de lo que te divertirías cuando llegáramos a Marte, y yo simplemente gruñía algo. Porque no tengo el valor, o no tenía el valor, de decirte lo atolondrado que era tu proyecto.

    Creo que finalmente conseguí que aquello la alanceara. Al menos, no dijo nada durante un rato. Estaba dándose cuenta de que había ido demasiado lejos y había vendido su botín de guerra antes de que la batalla hubiera sido ganada.

    —¿Qué hay de atolondrado en él? —preguntó finalmente.
    —Todo.
    —No, explícate mejor, cuéntamelo.
    —¿Qué te hace pensar que quiero una hija?

    Pareció aliviada.

    —Oh, no te preocupes por eso. No seré ningún problema para ti. Tan pronto como aterricemos, puedes presentar los papeles de la anulación. No me opondré. De hecho, puedo firmar un compromiso de aceptación de no oponerme a nada antes de que me adoptes. Esto es estrictamente un acuerdo comercial, Kiku. No tienes que preocuparte acerca de tener que convertirte en una madre para mí. No necesito ninguna. No…
    —¿Qué te hace pensar que es simplemente un acuerdo comercial para mí? —estallé—. Quizá esté anticuado. Quizá tenga ideas extrañas. Pero no entraré en una adopción de conveniencia. Ya tuve a mi propio hijo, y fui un buen padre. No te adoptaré simplemente para que puedas irte a Marte. Es mi última palabra.

    Ella estaba estudiando mi rostro. Creo que se dio cuenta de que pensaba realmente lo que decía.

    —Puedo ofrecerte veinte mil marcos.

    Tragué saliva.

    —¿Cómo has conseguido tal cantidad de dinero?
    —Te dije que he estado chupándoles la sangre a la buena gente de Prosperidad. ¿Cómo demonios puedo gastarme ese dinero aquí? He estado poniéndolo a un lado en previsión de una emergencia como ésta. Para poder enfrentarme a un insensible Neanderthal como tú con extrañas ideas acerca de lo correcto y lo incorrecto que…
    —Ya es suficiente.

    Me avergüenza confesarlo, pero me sentí tentado. Es desagradable descubrir que lo que siempre has considerado como escrúpulos morales de pronto resultan no ser tan importantes frente a un buen fajo de billetes. Pero me vi auxiliado por el dolor de espalda y el mal humor que éste me produjo.

    —Piensas que puedes comprarme. Bien, no estoy en venta. Creo que estás equivocada.
    —Entonces maldita sea, Kiku, vete al infierno.

    Pateó el suelo con los pies, y su porteador coreó su gesto. Iba a enviarme al diablo, pero una explosión nos interrumpió en el momento en que sus pies pateaban el suelo.

    Como he dicho, hasta entonces todo había estado en silencio. No hay nada de viento, ningún animal, casi nada que pueda producir algún ruido en Venus. Pero cuando se produce algún ruido, presten atención. Esa densa atmósfera es asesina. Creí que mi cabeza iba a estallar. Las olas de sonido golpearon contra nuestros trajes, haciendo que se pusieran parcialmente rígidos. Lo único que nos salvó de la sordera fue el milímetro de aire a baja presión entre el campo del traje y nuestros tímpanos. Amortiguo lo bastante el choque como para que sus consecuencias se limitaran a un breve zumbar en nuestros oídos.

    —¿Qué ha sido eso? —pregunté.

    Ascua se sentó en el suelo. Se sujetó la cabeza, indiferente a todo excepto a su propia decepción.

    —Una joya estallante —dijo—. Por ese lado.

    Señaló, y pude ver un débil resplandor aproximadamente a un kilómetro de distancia. Hubo docenas de pequeños puntos de luz —infraazul— desparramándose a partir del punto de la explosión.

    —¿Quieres decir que has desencadenado eso simplemente pateando el suelo?

    Se alzó de hombros.

    —Son inestables. Están llenas de nitroglicerina, o al menos eso es lo que todo el mundo supone.
    —Bueno, vayamos a recoger los pedazos.
    —Adelante, ve.

    Se reclinó blandamente contra mí. Y se quedó así, indiferente a todo lo que yo pudiera decirle. Cuando finalmente se puso en pie, los puntos luminosos habían desaparecido, se habían enfriado. Ya nunca los encontraríamos. No volvió a dirigirme la palabra mientras proseguíamos nuestro descenso hacia el valle. Durante todo el resto del día nos vimos acompañados por distantes explosiones.

    No hablamos mucho durante el día siguiente. Ella intentó varias veces reabrir las negociaciones, pero le hice saber muy claramente que mi decisión había sido tomada. Le hice notar que había alquilado su bicicielo y sus servicios de acuerdo con los términos que ella misma había establecido. Absolutamente gratis, había dicho, excepto los pertrechos, por los cuales había pagado lo necesario. No se había mencionado en ningún momento la adopción. En caso contrario, le aseguré, hubiera rechazado el trato del mismo modo que lo estaba haciendo ahora. Lo creí incluso.

    A partir de entonces, la mañana después de nuestra discusión, ella pareció desinteresarse completamente del viaje. Se limitó a quedarse sentada allí en la tienda mientras yo preparaba el desayuno. Cuando llegó el momento de partir, se enfurruñó y dijo que no estaba dispuesta a ir en busca de las joyas estallantes, que se quedaría allí a menos que diéramos media vuelta y regresáramos.

    Después que le recordé nuestro contrato verbal, se puso en pie reluctantemente. No le gustaba, pero era fiel a su palabra.

    Dedicarse a la caza de joyas estallantes resultó ser un buen anticlímax. Había tenido visiones de explorar el lugar durante días enteros. Luego, el excitante momento de encontrar una. ¡Eureka!, había gritado. La realidad no tenía nada que ver con eso. Así es como te dedicas a la caza de joyas estallantes: das un fuerte talonazo en el suelo, aguardas unos cuantos segundos, luego avanzas un poco y vuelves a dar otro talonazo. Cuando ves y oyes una explosión, caminas hacia el lugar donde se ha producido y recoges los fragmentos. Los encontrarás esparcidos por todas partes, brillando en la banda de los infrarrojos por el calor de la explosión. Es casi como si hubiera flechas de neón señalándolos. Una gran aventura.

    Cuando encontrábamos uno, lo recogíamos y lo metíamos en un enfriador montado en nuestros porteadores. Las joyas son formadas por la presión de la explosión, pero algunas partes de ellas son volátiles a las temperaturas de Venus. Esos elementos hierven y no te dejan al cabo de tres horas más que un polvo gris a menos que los enfríes convenientemente. No sé por qué duraban tanto tiempo. Cuando las recogíamos estaban considerablemente más calientes que el aire, de modo que hubieran debido fundirse de inmediato.

    Ascua dijo que era la impacción de su estructura cristalina lo que proporcionaba a las joyas su fuerza temporal para resistir a las temperaturas. Las cosas reaccionan de modo distinto a las temperaturas y presiones extremas de Venus. A medida que se enfriaban, su estructura se debilitaba y se producía una progresiva degradación. Por eso resultaba tan importante recogerlas tan pronto como fuera posible después de la explosión para obtener unas gemas sin taras.

    Pasamos todo el día dedicados a aquello. Finalmente hubimos recogido aproximadamente diez kilos de gemas, que iban del tamaño de un guisante al de una manzana.

    Me senté junto al fuego de campaña y las examiné aquella noche. Noche según mi reloj, al menos. Otra cosa que estaba empezando a echar de menos era el ciclo de veinticuatro horas de la noche y el día. Y también las lunas. Me hubiera alegrado considerablemente descubrir a Deimos o Phobos aquella noche. Pero el sol seguía aplastado allá contra el horizonte, avanzando lentamente hacia el norte, preparándose para su transición al cielo matutino.

    Las joyas eran hermosas, eso es algo que tengo que decir en su favor. Eran de un color rojo vinoso, teñidas de marrón. Pero cuando la luz incidía sobre ellas en un ángulo adecuado, no había forma de predecir cuál iba a ser su aspecto. Casi todas las gemas en bruto estaban recubiertas por una costra que enmascaraba todo su esplendor. Experimenté rascando algunas de ellas. Lo que aparecía debajo de aquella pátina era una superficie inconcreta que resplandecía incluso a la luz de una vela. Ascua me mostró cómo colgarlas de una cuerda y golpearlas. Entonces sonaban como campanillas, y de tanto en tanto una de ellas perdía todas las imperfecciones y surgía como un perfecto octaedro.

    Aquel día estaba cocinándome mi propia comida. Ascua había cocinado desde un principio, pero ya no parecía interesada en seguir adulándome.

    —Fui contratada como guía —señaló, con un veneno considerable en la voz—. El Webster define la palabra «guía» como…
    —Sé lo que es un guía.
    —… y no dice nada acerca de cocinar. ¿Quieres casarte conmigo?
    —No.

    La pregunta ni siquiera me sorprendió.

    —¿Las mismas razones?
    —Sí. No voy a entrar en un acuerdo como ése tan a la ligera. Además, eres demasiado joven.
    —La edad legal es de doce años. Tendré doce años dentro de una semana.
    —Sigues siendo demasiado joven. En Marte deberías tener catorce.
    —Vaya dogmatismo. No estarás bromeando, ¿verdad? ¿De veras que son catorce?

    Aquello era típico de su falta de información acerca del lugar donde quería ir tan desesperadamente. No sé dónde había obtenido todas aquellas ideas acerca de Marte. Finalmente, llegué a la conclusión de que se las había forjado soñando despierta.

    Comimos en silencio la comida que yo había preparado, jugueteando con nuestra colección de joyas. Estimé que había conseguido aproximadamente un millar de marcos en piedras en bruto. Y estaba empezando a sentirme cansado del ambiente venusiano. Decidí pasar otro día recolectando, y luego regresar en busca de nuestra bicicielo. Probablemente sería un alivio para los dos. Ascua podría empezar a preparar trampas para el siguiente turista estúpido que llegara a la ciudad, o incluso dirigirse a Venusburg e intentar una ampliación de su negocio.

    Cuando pensé en aquello, me pregunté por qué demonios ella seguiría aún allí. Si disponía del dinero suficiente para pagar el tremendo soborno que me había ofrecido, ¿por qué no se había trasladado a la ciudad, donde los turistas pululaban como moscas? Iba a preguntárselo, cuando ella se dirigió hacia mí y se sentó muy cerca.

    —¿Te gustaría hacer el amor? —preguntó.

    Ya había tenido suficientes propuestas. Me eché a reír, me puse en pie, y crucé la pared de la tienda.

    Una vez estuve fuera, lo lamenté. Mi espalda me dolía terriblemente, y demasiado tarde recordé que mi colchón hinchable no podía pasar a través de la pared de la tienda. Si intentaba sacarlo de alguna manera, ardería. Pero no podía regresar después de haber salido de aquel modo. Me sentí atrapado. Quizá no podía pensar correctamente debido al dolor de espalda; no lo sé. De todos modos, busqué un lugar que parecía lo bastante liso y me tendí en él. No puedo decir que fuera tan suave como había parecido.

    Me despertó una punzada de dolor. Sin siquiera intentarlo supe que si me movía un cuchillo se clavaría en mi espalda. Naturalmente, no me sentía en absoluto ansioso de intentarlo.

    Mi brazo descansaba sobre algo blando. Giré la cabeza —confirmando mis sospechas acerca del cuchillo— y vi que se trataba de Ascua. Estaba dormida, tendida boca arriba. Malibú se hallaba acurrucada junto a su brazo.

    Era una muñeca plateada, con la boca abierta y una expresión de relajada vulnerabilidad en el rostro. Sentí que una sonrisa florecía en mis labios, idéntica a aquellas que ella había sabido arrancarme allá abajo en Prosperidad. Me pregunté por qué la habría tratado tan mal. Al menos tenía la impresión aquella mañana de que la había tratado muy mal. De acuerdo, ella me había utilizado y me había engañado, y parecía dispuesta a seguir utilizándome de nuevo. Pero ¿por qué la había tratado mal? ¿Por qué la había hecho sufrir? No podía pensar en nada en aquel momento. Decidí pedirle disculpas cuando despertara e intentar empezar de nuevo. Quizá incluso pudiéramos llegar a alguna especie de acuerdo respecto al asunto de su adopción. Y mientras estaba en ello, ¿por qué no podía decidirme y pedirle que le echara una mirada a mi espalda? Ni siquiera se lo había mencionado, probablemente para no sentirme más en deuda con ella. Estaba seguro de que ella no aceptaría un pago en dinero. Querría cobrar en carne.

    Estaba a punto de despertarla, pero entonces se me ocurrió mirar hacia el otro lado. Había algo allí. Casi estuve a punto de no reconocer de qué se trataba.

    Estaba a unos tres metros de distancia, creciendo en la hendedura entre dos rocas. Era globular, de medio metro de diámetro, y brillaba con un débil color rojizo. Parecía como gelatina blanda.

    Era una joya estallante, antes de estallar.

    Tuve miedo de hablar, luego recordé que el hablar no podía afectar la atmósfera a mi alrededor y no podía desencadenar la explosión. Tenía un transmisor de radio en mi garganta y un receptor en mi oído. Así es como uno habla en Venus; subvocalizas, y la gente puede oírte.

    Moviéndome muy cautelosamente, me incliné sobre Ascua y le di unos suaves golpecitos en el hombro.

    Se despertó tranquilamente, se desperezó, e hizo ademán de levantarse.

    —No te muevas —dije, en lo que esperaba fuera un susurro.

    Es difícil conseguirlo cuando estás subvocalizando, pero deseaba darle la impresión de que algo iba mal.

    Ella se alertó, pero no se movió.

    —Mira a tu derecha —dije—. Muévete muy lentamente. No arañes el suelo ni nada parecido. No sé qué hacer.

    Miró, no dijo nada.

    —No eres tú el único, Kiku —susurró finalmente—. Éste es un caso del que nunca he oído hablar.
    —¿Cómo se ha producido?
    —Debe de haberse formado durante la noche. Nadie sabe mucho acerca de cómo se forman o cuánto tiempo necesitan para ello. Nadie ha estado nunca más cerca de quinientos metros de una. Siempre estallan antes de que uno pueda llegar más cerca. Incluso las vibraciones del propulsor de una bici la harán estallar antes de que llegues lo bastante cerca como para verla.
    —Entonces ¿qué debemos hacer?

    Me miró. Es difícil leer expresiones en un rostro reflectante, pero creo que estaba asustada. Sé que yo sí lo estaba.

    —Yo diría que sentarnos y quedarnos quietos.
    —¿Hasta qué punto es peligroso eso?
    —Hermano, no lo sé. Cuando ese monstruo reviente hará un buen «bang». Nuestros trajes nos protegerán de la mayor parte de ello. Pero la onda de choque nos levantará y nos acelerará muy rápidos. Ese tipo de seca aceleración puede causarnos algunas lesiones internas. Como mínimo diría que una buena contusión.

    Tragué saliva.

    —Entonces…
    —Limítate a quedarte sentado y quieto. Estoy pensando.

    De modo que eso fue lo que hice. Me quedé allí congelado, con un cuchillo ardiente clavado en algún lugar de mi espalda. Supe que llegaría un momento en que debería agitarme.

    La maldita cosa se estaba moviendo.

    Parpadeé, temeroso de frotarme los ojos, y miré de nuevo. No, no se estaba moviendo. No exteriormente, al menos. Era más bien como el movimiento que se puede ver en el interior de una célula viva bajo un microscopio. Flujos internos, intercambio de fluidos de acá para allá. Miré, y me sentí hipnotizado.

    Había mundos en la joya. Allí estaba el antiguo Barsoom de los relatos fantásticos de mi infancia; allí estaba la Tierra Media, con sus taciturnos castillos y sus bosques sensitivos. La joya era una ventana a algo inimaginable, un lugar donde no había preguntas ni emociones sino una enorme conciencia. Era un lugar oscuro y húmedo pero sin amenaza. Estaba creciendo, y sin embargo era ya completo desde que había iniciado su existencia. Era mayor que esa bola de caliente barro llamada Venus, y tenía sus raíces profundamente enterradas en el corazón del planeta. No había ningún rincón del universo que no pudiera alcanzar.

    Era consciente de mi presencia. Sentí su contacto y no experimenté ninguna sorpresa. Me examinó de pasada, pero se mostró totalmente desinteresada. No hice ninguna pregunta. Ella ya me conocía, siempre me había conocido.

    Sentí una abrumadora atracción. La cosa no estaba ejerciendo ninguna influencia sobre mí; la atracción era un anhelo dentro de mí mismo. Tendía hacia una realización que la joya poseía y que yo sabía que jamás iba a conseguir. La vida sería siempre una serie de misterios para mí. En cuanto a la joya, no era otra cosa que conciencia. La conciencia de todo.

    Aparté mis ojos en el último instante posible. Estaba cubierto de sudor, y sabía que iba a volver a mirar dentro de un momento. Aquello era la cosa más hermosa que jamás hubiera visto.

    —Kiku, escúchame.
    —¿Qué?

    Recordé a Ascua como si estuviera a una distancia inconmensurable.

    —Escucha. Despierta. No mires a esa cosa.
    —Ascua, ¿ves algo? ¿Sientes algo?
    —Veo algo. Yo… no quiero hablar de ello. No puedo hablar de ello. Despierta, Kiku, y no vuelvas a mirar.

    Tuve la impresión de que yo era ya una estatua de sal; así que ¿por qué no mirar atrás? Sabía que mi vida nunca volvería a ser como había sido. Era como una especie de conversión religiosa involuntaria, como si de repente supiera que el universo era algo para todos. El universo era una hermosa caja ribeteada de seda para mostrar la joya que acababa de tener ante mis ojos.

    —Kiku, esa cosa hubiera debido estallar ya. Nosotros no deberíamos estar ahora aquí. Me moví cuando desperté. En una ocasión intenté atrapar una antes de que estallara y logré llegar a quinientos metros de ella. Posaba mis pies en el suelo tan suavemente que parecía estar caminando sobre agua, y sin embargo estalló. De modo que esa cosa no puede estar aquí.
    —Estupendo —dije—. Pero ¿cómo encaja eso con el hecho de que está aquí?
    —De acuerdo, de acuerdo, está aquí. Pero no debe de estar terminada. No debe de tener todavía el suficiente nitro como para estallar. Quizá podamos escapar.

    Volví a mirar a la joya, luego aparté de nuevo la vista. Era como si mis ojos estuvieran clavados a ella mediante bandas elásticas; se estiraban lo bastante como para permitirme apartarlos, pero siempre tiraban de vuelta a ella.

    —No estoy seguro de desearlo.
    —Lo sé —susurró Ascua—. Yo…, resiste, no vuelvas a mirar. Tenemos que irnos.
    —Escucha —dije, mirándola con un esfuerzo de voluntad—. Quizá uno de nosotros pueda marcharse. Quizá los dos. Pero lo más importante es que tú no resultes herida. Si yo resulto herido, tú puedes curarme. Si tú resultas herida, lo más probable es que mueras; y si ambos resultamos heridos, los dos estaremos muertos.
    —Sí. ¿Y?
    —Yo soy quien está más cerca de la joya. Tú empieza a retroceder, y luego yo te seguiré. Te cubriré de lo más fuerte del estallido, si se produce. ¿Qué te parece?
    —No me gusta demasiado.

    Pero pensó en ello, y no encontró fallos en mi razonamiento. Creo que no le gustaba el ser protegida en vez de actuar como la heroína. Infantil, pero lógico. Demostró su madurez aceptando lo inevitable.

    —De acuerdo. Intentaré alejarme diez metros de ella. Te lo haré saber cuando llegue allí, y entonces puedes retroceder tú. Creo que podremos sobrevivir a diez metros de aquí.
    —Veinte.
    —Pero…, oh, de acuerdo. Veinte. Buena suerte, Kiku. Creo que te quiero. —Hizo una pausa—. ¿Kiku?
    —¿Qué ocurre? Ya deberías estar moviéndote. No sabemos cuanto tiempo más permanecerá estable.
    —Lo sé. Pero tengo que decirte esto. Mi ofrecimiento de la pasada noche, ese que te puso tan furioso…
    —¿Sí?
    —Bueno, no pretendía ser un soborno. Quiero decir, como los veinte mil marcos. Simplemente, yo…, bueno, todavía no sé mucho acerca de esas cosas. Supongo que no elegí el momento adecuado.
    —Sí, pero no te preocupes por eso. Muévete.

    Lo hizo, centímetro a centímetro. Fue una suerte que ninguno de los dos tuviera que preocuparse por retener el aliento. Creo que la tensión lo hubiera hecho insoportable.

    Miré de nuevo la joya. No podía evitarlo. Estaba ante el altar de una iglesia cósmica cuando la oí llamarme. No sé que clase de poder utilizó para alcanzarme allí donde yo me hallaba. Estaba llorando.

    —Kiku, por favor, escúchame.
    —¿Eh? Oh, ¿qué ocurre?

    Sollozó aliviada.

    —Oh, Cristo, llevo una hora llamándote. Por favor, ven. Aquí, ya me he alejado lo suficiente.

    Mi cabeza estaba llena de brumas.

    —Oh, Ascua, no hay prisa. Deseo echar otra mirada aún, tan sólo un minuto más. Espera.
    —¡No! Si no empiezas a retroceder ahora mismo, voy a regresar y te llevaré a rastras.
    —No puedes… Oh, de acuerdo. Ahora voy.

    La miré allí donde se hallaba, sentada sobre las rodillas. Malibú estaba a su lado. La pequeña nutria miraba en mi dirección. Le devolví la mirada y di un deslizante paso, resbalando sobre la espalda. Ahora no era momento de pensar en mi espalda.

    Retrocedí dos metros, luego tres. Tuve que pararme para descansar. Miré a la joya, luego de nuevo a Ascua. Era difícil decir cuál de las dos cosas me atraía más fuertemente. Creo que debí de alcanzar un punto de equilibrio. No podía moverme en ninguna de las dos direcciones.

    Entonces una pequeña flecha plateada se lanzó contra mí, corriendo tan rápido como le era posible. Llegó a mi lado, y siguió corriendo.

    —¡Malibú! —gritó Ascua.

    Me volví. La nutria parecía más feliz de lo que nunca la hubiera visto, incluso en el tobogán del estanque, en la ciudad. Saltó, directamente hacia la joya.

    Recuperar la conciencia fue un proceso muy gradual. No había ninguna línea divisoria entre los diversos estados de conciencia, por dos razones: estaba sordo, y estaba ciego. Así que no pude decir cuándo pasé de los sueños a la realidad; la mezcla era demasiado uniforme, no se apreciaba ningún cambio lo bastante nítido como para apreciarlo.

    No recuerdo haberme dado cuenta de que estaba sordo y ciego.

    No recuerdo haberme dado cuenta del lenguaje de signos con la mano que Ascua utilizó para hablarme. El primer momento racional que puedo recordar es cuando Ascua me hizo partícipe de sus planes para regresar a Prosperidad.

    Le dije que hiciera lo que creyera que era mejor, que el control estaba a su cargo. Me sentí desolado al darme cuenta de que no me hallaba allí donde creía hallarme. Había estado soñando con Barsoom. Tenía la impresión de haberme convertido en una joya estallante y estar aguardando en una especie de indiferente éxtasis el momento de la explosión.

    Ella trabajó en mi ojo izquierdo y consiguió restaurar algo de su visión. Podía ver brumosamente las cosas que estaban a un metro de mi rostro. Todo lo demás eran sombras. Al menos Ascua era capaz de escribir cosas en hojas de papel y mantenerlas ante mi rostro para que las viera. Eso hacía las cosas más rápidas. Supe que ella también estaba sorda. Y Malibú estaba muerta. O debía estarlo. La había puesto en el enfriador y creía que tal vez pudiera restaurarla cuando regresáramos. Si no, siempre podía fabricar otra nutria.

    Le dije lo de mi espalda. Se mostró impresionada cuando supo que me había hecho daño en el descenso de la montaña, pero tuvo el suficiente buen sentido para no censurarme por ello. No tuvo mucho trabajo para arreglarlo. Era tan sólo un disco astillado, me dijo.

    Sería tedioso describir nuestro viaje de regreso. Fue difícil, puesto que ninguno de los dos sabíamos mucho acerca de la ceguera. Pero conseguí adaptarme muy rápidamente. Ser llevado de la mano es bastante fácil, y después del primer día tropezaba tan sólo muy ocasionalmente. Al segundo día escalamos las montañas, y mi porteador empezó a fallar. Ascua lo desechó, y nos arreglamos únicamente con el suyo. Eso trajo sus problemas, ya que yo sólo podía conectármelo cuando estaba completamente inmóvil, puesto que el suyo estaba hecho para una persona mucho más baja. Si intentaba caminar con él, caía rápidamente detrás de mí y me hacía perder el equilibrio.

    Luego estuvo el problema de instalarme en la bicicielo y pedalear. No tenía nada que hacer excepto pedalear. Las conversaciones de nuestro viaje de ida me faltaban. Me faltaba la joya estallante. Me pregunté si alguna vez conseguiría recomponer mi vida sin ella.

    Pero los recuerdos se habían ido desvaneciendo cuando llegamos de vuelta a Prosperidad. No creo que la mente humana pueda contener realmente algo de tal magnitud. Al cabo de unas horas estaba desapareciendo lentamente de mí, del mismo modo que desaparece un sueño por la mañana al despertar. Me resultaba difícil recordar qué era lo que había sido tan sublime en la experiencia. En la actualidad no puedo hablar de ella más que en enigmas. No me quedan sino sombras. Me siento como una lombriz de tierra que hubiera visto una puesta de sol y no tuviera ningún lugar en su memoria donde guardar aquel recuerdo.

    Una vez en la ciudad fue asunto simple para Ascua restablecer nuestro oído. El único problema hasta entonces había sido que no llevaba tímpanos de repuesto en su maletín de primeros auxilios.

    —Fue una negligencia —me dijo—. Ahora que lo pienso, resulta obvio que la lesión más probable que pueda sufrir uno a causa del estallido de una joya sea un tímpano reventado. La verdad, no pensé en ello.
    —No te preocupes. Lo hiciste estupendamente.

    Me sonrió.

    —¿Sí, lo hice, de veras?

    La visión fue un problema más peliagudo. No disponía de ojos de recambio, y nadie en la ciudad estaba dispuesto a venderle uno de los suyos a ningún precio. Me dio uno de los suyos como medida temporal. Conservó su infraojo y se puso un parche sobre el otro. Aquello le daba un aspecto más bien feroz. Me dijo que me comprara otro en Venusburg, puesto que nuestro tipo sanguíneo no era muy compatible. Mi cuerpo terminaría rechazándolo en el término de unas tres semanas.

    Llegó el día de la partida semanal del dirigible a Última Oportunidad. Estábamos sentados en el taller de Ascua, el uno frente al otro, con las piernas cruzadas y el montón de joyas restallantes entre nosotros.

    Parecían horribles. Oh, no habían cambiado. Incluso las habíamos pulido hasta que brillaban tres veces más de lo que lo habían hecho allá en el fuego de acampada de nuestra tienda. Pero ahora podíamos verlas como los podridos, amarillentos y rotos fragmentos de huesos que eran. No habíamos dicho a nadie lo que habíamos visto allá en el desierto Fahrenheit. No había ninguna forma de comprobarlo, y toda nuestra experiencia había sido puramente subjetiva. Nada que pudiera resistir a un análisis de laboratorio. Éramos los únicos que conocíamos su auténtica naturaleza. Probablemente seguiríamos siendo siempre los únicos. ¿Qué podíamos decirles a los demás?

    —¿Qué crees que va a ocurrir? —pregunté.

    Me miró vivamente.

    —Creo que ya lo sabes.
    —Sí.

    Fueran lo que fuesen, fuera cual fuese la forma en que sobrevivían y se reproducían, lo único que sabíamos con seguridad era que no podían sobrevivir en un radio de un centenar de kilómetros de una ciudad. En un tiempo había habido joyas estallantes en el lugar mismo donde estábamos sentados ahora. Pero los humanos deben expandirse. Una vez más, no sabíamos qué era lo que estábamos destruyendo.

    No podía quedarme con las joyas. Me sentía como un devorador de cadáveres. Intenté dárselas a Ascua, pero ella tampoco las quería.

    —¿No deberíamos decírselo a alguien? —preguntó Ascua.
    —Seguro. Dile a quienquiera lo que quieras. Pero no esperes que la gente empiece a caminar de puntillas hasta que puedas probarles algo. Y quizá ni siquiera entonces.
    —Bueno, parece que yo sí que voy a andar de puntillas durante muchos años. Me siento absolutamente incapaz de dar una patada al suelo.

    Me sentí desconcertado.

    —¿Por qué? Estarás en Marte. No creo que las vibraciones puedan llegar hasta tan lejos.

    Se me quedó mirando.

    —¿Qué quieres decir?

    Hubo una breve confusión; luego me encontré disculpándome profusamente ante ella, y ella estaba riendo y diciéndome la clase de rata asquerosa que yo era, luego echándose atrás y diciéndome que podía gastarle aquel tipo de bromas cada vez que quisiera.

    Era un malentendido. Yo creía honestamente que le había hablado acerca de mi cambio de opinión mientras estaba sordo y ciego. Debió de haber sido algún sueño, porque ella no sabía nada, y había supuesto que mi respuesta era un «no» definitivo. No había hablado de adopción desde la explosión.

    —Me sentía incapaz de seguir atosigándote, después de lo que habías hecho por mí —dijo, conteniendo el aliento a causa de la excitación—. Te debo mucho, quizá la vida. Y te utilicé desvergonzadamente la primera vez que llegaste aquí.

    Lo negué, y le expliqué que había creído que ella no hablaba del asunto porque creía que ya estaba arreglado.

    —¿Cuándo cambiaste de opinión? —preguntó.

    Lo pensé.

    —Primero creí que era cuando tú te preocupaste tanto de mí cuando me sentía tan impotente. Ahora sin embargo puedo recordar cuándo fue. Fue poco después de que saliera de la tienda aquella última noche y me tendiera en el suelo.

    Ella no pudo encontrar nada que decir al respecto. Se limitó a mirarme con ojos radiantes. Empecé a preguntarme qué tipo de papeles iba a firmar cuando llegáramos a Venusburg: ¿un contrato de adopción, o de matrimonio?

    No me preocupaba. Son las incertidumbres como ésa las que hacen la vida interesante. Nos pusimos en pie al unísono, dejando el montón de joyas en el suelo. Caminando suavemente, nos dirigimos a toda prisa a tomar el dirigible.


    Fin