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  • ● Normal
  • FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL HOMBRE COMPLETO (John Brunner)

    Publicado el miércoles, octubre 25, 2017

    Libro Primero
    MOLEM

    Capítulo uno


    Tras el alumbramiento pusieron en una cama a la mujerona, deshecha por la angustia y el hambre, de tal manera que no sólo sobre su vacío vientre le colgaba la piel como un vestido viejo. A pesar de su amplia zona pelviana, había tenido un parto difícil; el doctor, con el rostro fatigado, la había juzgado en un estado bastante peor que otras que competían por un lugar en la sala del hospital, razón por la cual se le había destinado la cama. Pero ella no mostraba señal alguna de agradecimiento. Tampoco hubiese presentado ninguna de queja o resentimiento en el caso de haber sido tratada igual que la mayoría de las que pasaron por el quirófano aquel día, siendo luego instaladas para descansar durante tan sólo un par de horas, mientras se fregaba el suelo con una solución de cáustica, a falta de otro desinfectante, se quemaba el papel grueso de envolver que había cubierto la mesa operatoria, y se ponía otro nuevo, a falta también de ropa adecuada.

    La «crisis» se había estado gestando casi durante tanto tiempo como el feto, y había culminado una o dos semanas antes del nacimiento. Había dos cristales rotos en la ventana próxima al lecho de la parturienta, y los boquetes habían sido tapados con papel de periódico y esparadrapo. La mujer de la cama de la derecha tenía una herida de arma de fuego, y yacía mirando con ojos perplejos al techo. En una esquina de éste se mostraba la huella dejada por una lengua de humo grasiento, exactamente la misma sombra de bordes negros y pardos que hubiese dejado una vela, pero de sesenta centímetros de anchura.

    De la calle provenía un ruido perturbador y poco familiar. El mes pasado hubiese sido el fragor del tráfico y el zumbido de la gente andando a la luz del sol, un fondo predecible y consolador con vulgares asociaciones. Ahora era el ocasional voceo ronco, muy amplificado, pero borroso por la dirección del altavoz portátil, de manera que resultaba imposible decir más sino que se estaban dando órdenes. También se oía el alborotado rechinar de algún vehículo pesado; la agria mordedura de los silbatos de la policía, y el sordo bataneo de pies al unísono. De manera automática la mente se ponía en tensión, pensando si seguiría el tableteo de los disparos.

    Cosa de una hora después del parto, vino a la puerta de la sala una mujer uniformada de verde oliva. Llevaba el pelo cortado como un hombre y una reluciente pistolera marrón al cinto. Miró en derredor curiosamente y se marchó.

    Pasó otra hora, y apareció un viejo empujando un chirriante carrito de ruedas que portaba dos jarras, una conteniendo sopa aguada y la otra un aguachirle de café. También había pan. Una enfermera se apresuró a distribuir escudillas y cuencos con asa a las pacientes que estaban en condiciones de comer.

    Y un poco después apareció aún otra enfermera, con cara contraída y boca fruncida, en compañía del médico que había intervenido en el alumbramiento.

    Toda cama disponible estaba ocupada; sólo el hecho de que no hubiese más de ellas había hecho que quedase algún espacio de suelo entre paciente y paciente. De manera torpe, teniendo en ocasiones que andar de lado llegaron adonde estaba la nueva madre.

    —Usted... ejem. — El médico pareció cambiar de opinión de explicarse así, carraspeó, y adoptó un nuevo giro—. ¿Usted no ha visto aún a su criatura, señora...?
    —Señorita —dijo la mujer en la cama. Sus pestañas bajaron como persianas sobre sus inexpresivos ojos sin brillo. Su cabello suelto estaba enmarañado sobre la pringosa almohada—. Señorita Sarah Howson.
    —Ya. — El doctor no estaba seguro de haberlo comprendido, pero la observación llenó un silencio, aun cuando éste fuese subjetivo, pues estaba ocupado en realidad por el metálico sonido de escudillas y cuencos al ser recogidos tras la colación de las pacientes.

    La enfermera cuchicheó algo al médico, mostrándole un formulario fotocopiado, de líneas cuadriculadas y trazos pardos sobre papel verjurado.

    —Lamento el retraso, señorita Howson —dijo el doctor.— Pero las cosas marchan con dificultad de momento... ¿Ha escogido ya un nombre para el niño? — Y recapacitando, porque no estaba nunca seguro en las actuales circunstancias hasta donde se había deteriorado la rutina normal, añadió—. Le dijeron que tuvo un chico, ¿no es así?
    —Me parece que sí. Sí, alguien lo dijo. — La mujer movió su cabeza de uno a otro lado sobre la almohada, como tratando de buscar una imposible posición de comodidad.
    —Si ha elegido un nombre podemos inscribirlo en el registro de nacimiento —apuntó el médico.
    —Yo... —Ella se frotó la frente—. Yo creo... dígame, ¿es usted el doctor que estuvo conmigo? — Sus ojos se abrieron de nuevo, escudriñando la cara del médico—. Sí, es usted, la cosa fue mal, ¿no es así?
    —Pues sí, en efecto— convino el doctor.
    —¿Causó...? Quiero decir, ¿hay permanente...?
    —Oh, no, no hay daño permanente —atajó el doctor, esperando que su tono fuese tranquilizador, a pesar de su tremenda jaqueca, el agotamiento acumulado y el dolor de riñones. No estaba ya seguro de nada, al parecer —ni nadie lo estaba, por lo general— pero la costumbre era mostrarse tranquilizador.

    ¿Adonde se había ido todo? ¿De qué manera? El mundo seguro y tranquilo de pocas semanas atrás se había escindido y habían dicho «crisis» sin explicar nada. Para la mayoría de la gente ello no significaba nada en especial; era sólo que el autobús no aparecía en la parada regular o la electricidad fallaba mientras se estaba cocinando; y que había un lema inscrito con letras pintarrajeadas de rojo, defectuosamente embadurnadas sobre la acera; y que un monumento a un héroe muerto se había inclinado en su pedestal; y que los precios de los alimentos habían subido; y que la radio mugía viejos discos, y decía cada quince minutos que había que mantener la calma, que no pasaba nada.

    Para el doctor suponía feas heridas a sondear, producidas por fragmentos de piedras o astillas de cristal; suponía escasez de desinfectantes, antibióticos y hasta mantas; significaba concusión, heridas por arma de fuego y bombas incendiarias de fabricación casera arrojadas a través de las ventanas.

    Ahora estaban allí los hombres extrañamente uniformados, hablando una docena de idiomas en las esquinas de las calles y con sus armas de fuego prestas; había oficiales que venían preguntando sobre abastecimientos necesarios y sobrante de espacio para camas; había puestos de racionamiento de alimentos en las grandes intersecciones, y porciones medidas de nutrición básica, entregadas mediante la impresión de la huella dactilar de la mano izquierda con tinta indeleble para un día, a fin de impedir que el favorecido volviese hasta el siguiente... Como si la población se hubiese convertido de golpe en un hatajo mezclado de criminales y pordioseros.

    —¡Maldita sea! — dijo, la madre, moviendo de nuevo la cabeza sobre la almohada—. No esperaba haber salido de ésta. Y sin embargo, salí, ¿eh?

    La enfermera lanzó una acre ojeada al médico, quien se obligó a volver al presente. La idea era fijar el nombre en la mente de la mujer, desplazar la simple idea de «criatura», ofrecerle cierta especie de asidero cuando se viera forzada a enfrentarse con los hechos.

    —¿Ha escogido usted un nombre para su hijo? — preguntó en voz alta el médico.
    —¿Nombre? Pues... Gerald, me parece recordar. Quiero que se llame como su padre. — Comenzando a mostrar perplejidad, la mujer miró directamente al médico, y frunció el entrecejo—. ¿Qué es lo que pasa aquí, de todos modos? ¿Por qué no me lo ha traído todavía? ¿Es que algo anda mal?

    Al diablo con los circunloquios y con el artificio. El médico respondió lacónicamente:

    —Pues sí; lamento decirle que así es, en efecto.
    —¿Qué es? ¿Sin brazos, sin piernas?
    —No, nada tan deplorable, por fortuna. Hay una... una deformidad generalizada. Se podrá enmendar con el tiempo, desde luego; pero aún es demasiado pronto para afirmarlo, sin embargo...

    La mujer se le quedó mirando fijamente durante un largo rato. Luego prorrumpió en una áspera risita.

    —¡Bien, maldita sea! ¿No merecía ego el canalla? No quería casarse conmigo... Dijo que no había nada seguro en el mundo como para establecer planes de por vida... Así que, cuando me quedé embarazada, yo me decía que al menos tendría un hijo para mi vejez... Ja, ja... En vez de ello me ha salido un tullido al que tendré que mantener... —Prorrumpió de nuevo en su agria risita, que se quebró en un sordo gemido estremecedor.
    —¿Y qué hay del padre? — preguntó el doctor, tragando saliva para atajar la náusea. Formaba parte de la «crisis» también; pero no servía.
    —¿Él? — respondió la mujer—. Le mataron. Ya suponía que ese sería su fin, al ir a tomar parte en la lucha. ¡Oh, Dios, Dios!
    —Bien, le traeré ahora a su hijo, señorita Howson —dijo la enfermera.

    Al volver el médico al despacho anexo a la sala, se encontró a la mujer de cabello corto, que estaba esperándole. Se había despojado de la guerrera del uniforme poniéndola en un colgador mientras examinaba el registro de admisión al hospital. La insignia nacional de la hombrera decía ISRAEL. El médico pensó que aquella fémina no tenía aspecto de judía, con su nariz delgada como un escalpelo y sus penetrantes ojos azules.

    —Una mujer llamada Howson —dijo ella, alzando la vista.— Tenemos un expediente de un hombre llamado Gerald Pond, cuyo cadáver fue hallado cerca del depósito de agua que dinamitaron al comienzo del alzamiento. Se supone que tuvo una amiga llamada Howson.
    —Pudiera ser, en efecto —dijo el médico. Se dejó caer blandamente en una butaca—. La asistí precisamente en el parto de su hijo. Tullido.
    —¿Mucho?
    —Un hombro más alto que el otro, una pierna más corta que la otra, deformidad espinal... Un considerable estropicio, en fin. — El doctor vaciló—. Supongo que no estará usted pensando en interrogarla, ¡por amor del cielo! Las ha pasado moradas en el quirófano, y ahora ha de enfrentarse a la conmoción del hijo... ¡Es monstruoso!
    —¡No especule con algo que no he dicho! — dijo la israelí—. ¿Dónde está la mujer?
    —En la sala. Cama cuarta desde el final.
    —Me gustaría echarla un vistazo si no le importa.

    Se levantó, y el médico no hizo movimiento alguno para acompañarla. Esperó hasta que hubo salido de la habitación, fue luego tras la mesa ante la cual había estado ella sentada, y sacó de un cajón el último pitillo que tenía en su último paquete. Lo encendió y se sentó de nuevo en la butaca, antes de que ella volviera.

    —¿Va usted a detenerla? — preguntó ásperamente según entraba por la puerta.
    —No. — La israelí se sentó impulsivamente ante la mesa y escribió unas notas sobre la copia en papel carbón de una lista que estaba consultando—. No, ella no está implicada con los terroristas. Es casi tan apolítica como cualquiera puede serlo y sin embargo... Tenía miedo de quedarse sola... Debe tener, ¿qué edad... Cuarenta...? y no creía que ese hombre, Pond, tuviera la intención de hacer exactamente lo que decía. Él consideraba el sexo como un acto necesario y a ella como una provisión rutinaria. Ella se engatusaba pensando que podría desbaratar su obsesión por la revolución y el sabotaje, reduciéndole a... Campanas de boda, mobiliario a crédito, y todo eso... —Hizo un mohín—. ¿Es triste, no?
    —Probablemente también tiene un expediente sobre ella —dijo el médico, en tono sarcástico—. No creo que obtuviese tantos detalles sin previa reflexión, así, en el momento.
    —¿Huuum? Pues no, no tenemos expediente alguno sobre ella, y a mi parecer no merece la pena establecer uno.
    —¡Oh, maravilloso! — manifestó el médico—. Me alegra saber que no es tan estricta como aparenta.
    —Sabe perfectamente que no somos nosotros quienes armamos los líos —respondió la israelí—. Nos llaman solamente para zanjarlos.
    —¡Pues diablos! Si todo cuanto tengo que hacer es ir a la sala, mirar a alguien y decir que hay o no trastorno, es una lástima que usted no interviniera antes y no después de que ocurriese el lío.

    El doctor estaba muy fatigado y, además, muy resentido con aquellos extranjeros políglotas con la autoridad de la opinión mundial a sus espaldas; apenas sabía lo que estaba diciendo.

    Tampoco sabía lo que quería decir la israelí al responder:

    —No hay aún bastantes de nosotros, doctor. Todavía no.


    Capítulo dos


    Tres días después enviaron a Sarah Howson del hospital a casa, con la criatura, y también con papeles: una tarjeta de racionamiento de emergencia para la crianza maternal, un vale—resguardo de inspección médica, un cuadernito de cupones de recetas y otro vale para el servicio de pañales.

    Volvió a la estrecha y larga calle con su doble hilera de idénticas casas de tres pisos, fachadas revocadas con agrietado yeso amarillo, y las basuras apiladas en el arroyo debido a que la «crisis» había provocado el paro de los servicios municipales de recogida. Al día siguiente de su vuelta, un par de inmensos camiones pintados del mismo pardusco verde que los uniformes de los soldados, recorrieron gruñendo la calle. Uno de ellos parecía zampar la basura con unas mandíbulas sobre las cuales giraba un cepillo—escoba, semejante a un bigote sucio; el otro regaba el pavimento con un germicida de penetrante olor. El agua se seguía vendiendo todavía mediante las cartillas de racionamiento; podría tardarse aún meses en reparar el depósito que Gerald Pond y sus compañeros habían dinamitado tan eficazmente, y había poca lluvia en aquella época del año.

    Pasó la primera tarde de su retorno a casa limpiando sus dos habitaciones de todo cuanto pudiera recordarle a Gerald Pond... Ropa vieja, zapatos, cartas y libros sobre temas políticos. Conservó las novelas, no porque deseara leerlas sino porque eran vendibles. De no haberse estado quietecito el niño, de buena gana lo habría arrojado con el resto, y Gerald Howson hubiese así abandonado ignotamente el desconocido mundo.

    Pero era un chiquillo pasivo, entonces y siempre. El hambre podía hacerle prorrumpir en débil lloriqueo, pero su ruido no duraba, y aceptaba la incomodidad como un hecho inherente a la existencia, debido a que su deforme cuerpo se adaptaba simplemente a vivir de manera incómoda en él.

    Al atardecer del día en que Gerald cumplía su primera semana de existencia individual, bajaron la calle en un camión abierto cuatro soldados, con un oficial y el conductor. Éste detuvo el vehículo delante de la casa en la que se alojaba Sarah Howson, aparcándolo en un hueco entre dos coches, pero sin situarlo muy cerca del bordillo. La «crisis» había interrumpido también la distribución de gasolina; los coches que estaban allí no se habían movido en su mayoría durante quince días, y la gente había comenzado a tratarlos como pecios abandonados, arrancando sus neumáticos, abriendo las tapas de sus motores, y escribiendo inscripciones obscenas en sus carrocerías, valiéndose de cuchillas o clavos.

    Los vecinos de la calle, observando a través de sus ventanas con las cortinas cautelosamente corridas, vieron llegar a los soldados y sintieron un ramalazo de oscura alarma. Unos cuantos estaban seguros de haber hecho algo ilegal; a la crisis había seguido con confusa velocidad un mercado negro. Muchos más, a la deriva en el desconocido mar de circunstancias, temían haber podido infringir alguna orden impuesta por las fuerzas de pacificación, o haber ayudado inconscientemente a los terroristas. El hecho de la pacificación era novedoso, pero se había informado de ello en los periódicos y la TV, y afectaba a gente de piel oscura en lejanos países de junglas y desiertos.

    Dos de los soldados esperaban arrimados a la puerta de la casa. En sus brazaletes aparecía la inscripción PAKISTÁN y eran altos, de buena presencia, morenos, con amplias sonrisas brillantes, cuando cambiaban comentarios casuales. Pero también portaban armas.

    Los otros dos soldados y el oficial aporrearon el portal de la casa hasta que les abrieron. Subieron las escaleras acompañados del atemorizado casero, adonde estaban las dos habitaciones de Sarah Howson, volviendo a llamar a golpes.

    Al abrirse la puerta, y aparecer la desinflada mujer con su bata de casa, de rayón, atada a la cintura por un ancho ceñidor, el oficial se mostró cortés, y saludó cuadrándose y diciendo:

    —¿Señorita Sarah Howson?
    —Sí. Soy yo. ¿De qué se trata? — respondió ella. Sus ojos negros e inexpresivos escudriñaban el exterior militar, pareciendo buscar indicios de una humanidad interior.
    —Creo que fue usted anteriormente una... ah... Una íntima amiga de Gerald Pond. ¿Es así?
    —Sí. — Pareció encorvarse aún más, pero no hubo protesta alguna en el tono con que pronunció el resto de lo que tenía que decir—. Pero él ha muerto ya. Y de todos modos yo nunca me mezclé en esas cuestiones políticas.

    El oficial no hizo comentario alguno, limitándose a decir:

    —Bien, debo pedirle que nos acompañe, por favor. Es necesario que le hagamos algunas preguntas.
    —Está bien. — Se apartó apáticamente de la puerta —. Entre y haga el favor de esperar mientras me visto. ¿Va a llevar mucho tiempo?
    —Eso depende de usted, lo siento —manifestó el oficial encogiéndose de hombros.
    —Es a causa del pequeño, verá. — Arrastró los pies descalzos por el suelo—. ¿He de llevarlo conmigo o buscar a alguien que lo cuide durante un rato?

    El oficial frunció el entrecejo y consultó un papel que sacó del bolsillo.

    —Oh, está bien —respondió tras una pausa—. Creo que será mejor que se lo traiga con usted.

    Fueron a la Jefatura de Policía. Los peldaños de la magnífica escalinata estuvieron manchados de sangre, pero la habían quitado ya; todavía quedaban cicatrices de metralla, hoyuelos de balas y algunas ventanas permanecían destrozadas. La policía no era ya la responsable. Uniformados o no, sus miembros tenían que mostrar pases al entrar en el edificio, y los hombres armados que custodiaban la puerta presentaban en sus brazaletes la inscripción DINAMARCA. Sarah Howson los miró, y se volvió a preguntar, y lo había hecho muchas veces desde la muerte de Pond, cómo se había dejado convencer de que él y sus compañeros vencerían, cuando el mundo se hallaba dispuesto a actuar contra ellos.

    En el zaguán del edificio el oficial llamó a una mujer uniformada cuya blusa llevaba una insignia blanca con una cruz roja en vez de las marcas de identificación nacional. Era de voz agradable y sonriente, y Sarah Howson la dejó tomar en brazos el pequeño bulto envuelto en un chal que contenía a su hijo.

    La sonrisa se desvaneció en el instante en que las manos notaron a través de la envoltura la desviada espina dorsal y los hombros desproporcionados.

    —Su pequeño estará bien cuidado hasta que usted se vaya —dijo el oficial a Sarah—. Por aquí, por favor. — Señaló a un pasillo flanqueado por puertas.— Temo que será necesario esperar un rato.

    Llegaron a un despacho cuyas ventanas daban a una plaza frente al edificio. El sol vespertino lo iluminaba, poniendo pinceladas de naranja y oro sobre las paredes de pálido gris y el mobiliario pardo y verde oscuro.

    —Siéntese, por favor —dijo el oficial, yendo a un escritorio para tomar el receptor de comunicación interior. Marcó tres cifras, esperó, y luego dijo:
    —Señorita Kronstadt, por favor.

    Y tras una nueva pausa:

    —¡Oh, señorita Kronstadt! Tenemos un visitante de cierto interés. Uno de nuestros brillantes y jóvenes expertos sanitarios estuvo ayer en los incineradores municipales y reparó en un membrete de una carta que cayó de un camión al ser descargado. El nombre era Gerald Pond. Lo habíamos registrado como muerto, desde luego, por lo que no seguimos con ello hasta esta tarde, cuando descubrimos que había tenido una amiga que vivía aún en la misma dirección...

    Se detuvo, y miró al teléfono como si le hubiese mordido, añadiendo más bien lentamente:

    —¿Quiere decir que la mande a casa? ¿Está usted segura de que ella no...? ¡Maldita sea, lo siento, debería haberlo comprobado primero con usted, pero ni por un momento creí que usted la habría localizado tan rápidamente! Está bien, la llevaré a casa... ¿Qué?

    Escuchó. Sarah Howson sintió que un punto de interés dispersaba la bruma de su apatía, y pensó que prestando atención podría captar las palabras que provenían a través del teléfono:

    —No, téngala ahí unos minutos. Bajaré tan pronto como pueda. Quisiera tener otra oportunidad de verla, aunque dudo si podremos obtener más información de la que disponemos ya... Tenemos un expediente de doscientas páginas...

    El oficial colgó el receptor encogiéndose de hombros y abrió el bolsillo de su guerrera para extraer un paquete de curiosos cigarrillos con papel de franjas blancas y gris pálido. Ofreció uno a Sarah Howson y lo prendió con un encendedor fabricado con una cápsula vacía de bala.


    * * *

    Se abrió la puerta y entró a paso ligero la mujer... La misma israelí de cabello corto. Sarah Howson aplastó su pitillo en el cenicero y la miró.

    —La he visto a usted antes —dijo.
    —Así es. — Una rápida sonrisa—. Soy Elsa Kronstadt. Usted se encontraba en el Hospital cuando fui allí el otro día. — Se sentó en la esquina del escritorio, balanceando una pierna—. ¿Cómo está la criatura?

    Sarah Howson se encogió de hombros.

    —¿Ha sido bien tratada, después de todo? Quiero decir, ¿se la ha provisto del debido racionamiento y demás atenciones para el pequeño?
    —Así creo. No es que... —Se detuvo.
    —No es que los servicios de pañales y los cupones ayuden mucho al problema real —murmuró Elsa Kronstadt—. ¿No es eso lo que iba a decir?

    Sarah Howson asintió. Jugo distraídamente con la colilla de su pitillo. Contemplándola, Elsa Kronstadt comenzó a fruncir el entrecejo.

    —¿O era algo... sobre su abuelo? — dijo de pronto.
    —¿Qué? — respondió Sarah Howson, echando su cabeza hacia atrás—. ¿Qué pasa... con mi abuelo?

    La simpatía había desaparecido del rostro de la israelí, como si se hubiese apagado una luz tras sus ojos. Se puso en pie.

    —Eso fue lo malo —dijo—. Usted no era ninguna tímida doncella, ¿no es así? ¡Y sabía que, con su historia familiar, no debía tener hijos! ¡Emplear un embarazo como chantaje... Especialmente con un hombre como Pond, a quien le importaba todo un comino, excepto su propia pequeña e inocente ansia de poder! ¡Ach! — Su acusadora mirada barrió como el fuego de una ametralladora a la mujer mayor, y pateó en el suelo. El oficial pakistaní dirigía alternativamente una perpleja mirada de una a otra.
    —¡No, eso no es verdad! — tartamudeó Sarah Howson—. ¡Yo no... Yo...!
    —Bien, lo hecho, hecho está —suspiró Elsa Kronstadt, volviéndose—. Creo que cuanto puede hacer ahora es dedicarse al pequeño. Su herencia física puede ser de lo más desastrosa, pero sus dotes intelectuales podrían ser notables: hay en este aspecto un material de primera clase por parte de Pond, y usted tampoco estúpida. De mente tarda y egoísta, pero no estúpida.

    Al rostro de Sarah fue asomando una expresión hosca y resentida. Tras una pausa, dijo:

    —Está bien... dígame lo que debo hacer... para «dedicarme al pequeño». No soy ya tampoco una niña, no tengo dinero, ni una instrucción especial, ni marido. ¿Qué es lo que me queda? ¡Barrer pisos! ¡Limpiar platos!
    —Lo único que importa en estos momentos es atender a la criatura —respondió Elsa Kronstadt—, es quererla.
    —Oh, desde luego —replicó con un deje amargo Sarah Howson—. ¿No es eso de «carne de mi carne y sangre de mi sangre»? Vaya, no me largue sermones. No tuve más que charlas de Gerald, y se consiguió él sólito un tiro en la cabeza, y para mí un crío tullido al que cuidar. ¿Puedo marcharme? Ya he tenido bastante.

    Los penetrantes ojos azules se cerraron muy despacio, estrujó las pestañas, apretó los labios y la frente se frunció hasta el entrecejo de la aguda nariz.

    —Sí, puede irse. Hay demasiada gente como usted en el mundo para que podamos sanar la enfermedad de la humanidad de la noche a la mañana. Pero aun cuando no pueda querer de todo corazón al pequeño, señorita Howson, cuando menos puede recordar que hubo una época en que deseó una criatura, por una razón que no es probable que olvide.
    —Él me la recordará cada vez que lo mire —respondió brevemente Sarah, levantándose. El oficial tomó de nuevo el teléfono y marcó un número diferente.
    —Enfermera, haga el favor de llevar de nuevo al zaguán a la criatura de Sarah Howson.

    Una vez se marchó la maldispuesta madre, el oficial lanzó una mirada interrogadora a Elsa Kronstadt, diciendo a la vez:

    —¿Qué sucedió con su abuelo?
    —No importa —fue la malhumorada respuesta.— Tenemos un millón de problemas como el suyo. Desearía poder ocuparme de todos ellos, pero no puedo. — Y recuperando su vivacidad, añadió—. Cuando menos el gran problema tiene solución. Podríamos estar fuera de aquí dentro de un mes más.


    Capítulo tres


    Las cosas continuaron mal durante un tiempo. Las tiendas permanecían cerradas; esporádicos estallidos confirmaban que los desbaratados terroristas eran capaces todavía de asestar golpes a ciegas, como los niños en sus rabietas. Se produjeron algunos incendios, y el principal puente de la ciudad estuvo cerrado al tránsito durante dos días, como consecuencia de la explosión de una bomba plástica.

    Poco a poco se fue instaurando la calma. Sarah Howson no hizo intento alguno para registrar sus progresos. Veía las noticias de la televisión, al ser restaurado el programa, y escuchaba —como durante toda la crisis— las de la radio. A veces, captaba briznas de información: algunas sobre el nuevo gobierno, y otras sobre consejeros y empréstitos extranjeros y servicios de asistencia pública... Esto estaba más allá de su alcance. Veía negros titulares en periódicos tirados, cuando bajaba a la calle, y los leía sin comprenderlos. No había asociación alguna en su mente entre la llegada de expertos técnicos y el hecho de que tuviera agua disponible en el fregadero de la cocina, a voluntad, como en tiempos pasados, y no sólo durante dos horas por la mañana y otras dos al atardecer, como durante la «crisis». No había conexión que ella pudiera apreciar entre el nuevo gobierno y las latas de alimento preparado para la infancia, que se adquirían mediante cupones en la tienda de la esquina, etiquetadas en seis idiomas y portando también un colorinesco dibujo en servicio de los analfabetos.

    Todos convenían en que las cosas iban peor ahora. Mas de hecho, desde el punto de vista material, las cosas estaban ligeramente mejor. Lo que deprimía tanto a la gente, era una consideración subjetiva. Lo que había pasado, había sucedido aquí. Nosotros, nuestras familias, nuestro país, han quedado deshonrados a los ojos del mundo; el asesinato se efectuó en nuestras calles, hubo atrocidades con dinamita y actos de terrorismo aquí. Nosotros, nuestras familias, nuestra ciudad, nuestro país, se han cubierto de vergüenza y oprobio. Y la vergüenza y la autocondena se tornaba rápidamente en depresión y apatía.

    No había una auténtica depresión económica, y poco desempleo durante los años siguientes, pero parecía faltar algo del sabor de la vida. Las modas no cambiaban ya tan rápida y abigarradamente. Los vehículos no estaban ya decorados de formas deslumbrantes, sino que se habían vuelto funcionales y monótonos. La gente sentía oscuramente que el empleo por su parte del lujo era una traición a... a algo; por decirlo así, deseaban ser vistos en la concentración de la búsqueda de una nueva meta nacional, un símbolo del estatuto que los redimiese del fracaso experimentado a los ojos del mundo.

    La extravagancia se convirtió en muestra de irresponsabilidad social, en la divisa de la orla delincuente... el hombre con influencia, el estraperlista. Estos consideraban al promedio de la población —puritanos, trabajando duramente para escapar a un horrible recuerdo— como mastuerzos. Y los «mastuerzos» condenaban como parásitos a quienes se daban buena vida a bombo y platillo.

    Durante esta época, Sarah Howson anduvo como una sonámbula, acompasando su vida a los sucesos rutinarios. Durante algún tiempo hubo una especie de subsidio traducido en vales canjeables por determinados artículos, lo cual supuso lo estrictamente preciso para mantenerla a ella y al pequeño. No se preocupó en preguntarse sobre el particular, a pesar de que la cuestión era muy discutida por la gente corriente: por lo general lo condenaban, puesto que no se excluía de tal subsidio a mujeres tales como Sarah Howson, que había cometido el doble crimen de haber dado a luz a un hijo ilegítimo y haber estado liada con un conocido terrorista. Pero ella oía raramente estas discusiones, ni tampoco nadie le hablaba en la calle donde vivía.

    Al expirar el periodo del subsidio, encontró trabajo durante algún tiempo limpiando despachos y sirviendo en el mostrador de un bar. Los salarios eran bajos, parte del síndrome general contra la abundancia que había seguido a la catástrofe. Buscó sin gran éxito un empleo mejor pagado.

    Luego conoció a un viudo con un hijo de diez años y una hija, quien deseaba un ama de llaves, sin importarle su vástago ni tampoco su aspecto. Se trasladó a través de la ciudad a su apartamento situado en una manzana de casas de vecindad, y cuando menos se sintió asegurada contra la pobreza. Tenía un techo y una cama, comida, y algo de dinero para vestir al niño y comprar una botella de licor los sábados que tenía libres.

    El joven Gerald soportó sin protesta lo que le sucedía: el ser metido en una guardería mientras su madre trabajaba como mujer de la limpieza, o el ser dejado aparte, como un objeto inanimado, en el apartamento del viudo, cuando se trasladaron a él. En la guardería, naturalmente, habían cloqueado de manera compasiva sobre su enfermedad e indagado su historial médico, que era ya extenso. Mas no había nada a hacer, excepto ejercitar sus miembros y tratar de capacitarle para que los empleara de la mejor manera. Aprendió tarde a hablar, pero rápidamente; contemplando el mundo con brillantes ojos graves encajados en su rostro de idiota, progresó sin dificultad de los conceptos concretos a los abstractos, como si se hubiese demorado deliberadamente en hablar hasta haber examinado la cuestión a fondo.

    Pero por entonces no le siguieron llevando a la guardería, de forma que nadie con conocimientos especiales notó su prometedor desarrollo.

    El andar a gatas le dolía: lo hizo sólo durante un breve período, lloriqueando tras una breve excursión a cuatro patas como un perro con una espina clavada en una pezuña. Tenía ya cuatro años antes de que sus torpes miembros estuvieran lo suficientemente organizados como para ponerse en pie sin ayuda, pero había ya aprendido a andar en derredor de una habitación con la mano puesta en la pared o asiéndose a sillas y mesas. En cuanto pudo sostenerse sin caerse, pareció casi obligarse a sí mismo a acabar la tarea; bamboleándose sobre sus lentas y desiguales piernas, se plantó en medio de la habitación, cayó, se levantó sin quejarse, y probó de nuevo.

    Cojearía siempre, pero cuando menos al llegar a la época escolar podría andar en línea recta, efectuar una dificultosa carrera de veinte metros, y subir las escaleras con pies alternos, en vez de emplear ambos en cada peldaño.

    La actitud de su madre era de indiferencia. Allí estaba él... un hecho a ser soportado. Por lo tanto, no hubo por su parte ni alabanza ni aliento alguno cuando dominaba alguna tarea difícil, tal como la de las escaleras, sino sólo un encogimiento de hombros, de alivio al ver que no era totalmente inútil. El viudo le tomaba a veces en sus rodillas, le contaba cuentos, o respondía a sus preguntas, pero no mostraba ningún entusiasmo en la tarea. El viudo se excusaba a sí mismo diciendo que ya era demasiado viejo para interesarse mucho en chiquillos; después de todo, sus propios hijos estaban en edad de dejar el hogar, acaso de casarse. Pero a veces era más sincero, y confesaba que el niño le desasosegaba. Los ojos... quizá era eso: los ojos brillantes en el rostro demacrado. O quizá la construcción adulta de las frases que brotaban de la boca del niño en vacilante voz infantil.

    Cuando se sentía más tolerante que de costumbre con su hijo, Sarah Howson lo llevaba a recorrer tiendas con ella, aceptando desafiante los murmullos de falsa compasión que inevitablemente formaban un eco a su alrededor. Aquí, en esta parte de la ciudad, no era conocida como la amante de Gerald Pond. Pero sacar al chiquillo a pasear implicaba pasar la silla de ruedas plegable por la angosta y serpenteante escalera de la casa de vecindad, por lo que no lo hizo a menudo. Antes de contraer matrimonio, yendo a vivir a otra parte, la hija del viudo le llevó varias veces a un parque infantil, le puso en columpios y le mostró los animales que permanecían allí encerrados: un potrito, conejos, ardillas y varios animalitos de los matojos. Pero la última vez que lo hizo, él se quedó silencioso, contemplando fijamente la agilidad de los monos, y las lágrimas rodaron por sus mejillas.

    Había un aparato de TV en el apartamento, y aprendió pronto cómo encenderlo y cambiar los canales. Se pasaba gran parte del tiempo ante él, evidentemente sin entender apenas nada de lo que aparecía en la pantalla... y, si acaso lo comprendía, resultaba imposible estar seguro. Una cosa estaba clara aunque fuera sorprendente: antes de que empezara a acudir a la escuela, antes de que pudiera leer o escribir, podía confiársele que respondiera al teléfono, con la seguridad de que recogería un recado perfectamente, aunque incluyese un largo número de teléfono.


    * * *

    Había visto pocos libros antes de comenzar a ir al colegio. Ni su madre ni el viudo leían por gusto, aunque compraban el periódico todos los días. El hijo compraba revistas pornográficas y la hija revistas de modas de manera ocasional, aunque el ambiente estaba aún en contra de la elegancia excesiva, así como novelas románticas e historietas de amor.

    Sus primeros pasos hacia la lectura provinieron de la TV. Resolvió por sí mismo la idea sonido—a—símbolo, y la escuela únicamente le procuró los detalles... él tenía ya el esquema. Progresó tan rápido que la maestra a cuyo cargo estaba, fue a ver a su madre a las seis semanas de comenzado el curso. Era joven e idealista, y sumamente consciente del ambiente predominante en el país.

    Intentó persuadir a Sarah Howson de que su hijo prometía demasiado como para exponerle a los golpes y burlas de los demás en un colegio normal. El gobierno había instaurado recientemente cierto número de escuelas especiales, una de ellas en los suburbios de la ciudad, para muchachos que necesitasen un trato extraordinario.

    —¿Por qué no —preguntaba— solicitar su traslado?

    Sarah Howson estuvo tentada de hacerlo, aunque se le presentaba la visión de formularios a rellenar, solicitudes a dirigir, cartas a escribir, entrevistas y convocatorias, y se echaba a temblar. Inquirió si podría ser enviado a una escuela especial como interno.

    La maestra consultó los reglamentos, y halló la respuesta: No, no cuando el hogar se hallaba a menos de una hora de viaje por transporte público desde la más próxima de tales escuelas. (Excepto en los casos señalados en la cláusula X, sub—sección Y, párrafo Z... y así sucesivamente).

    Sarah Howson lo pensó. Y finalmente meneó la cabeza, diciendo:

    —¡Escuche! Usted es aún también bastante niña. Yo no. Puede ocurrirme cualquier cosa. Mi hombre no quiso ser responsable de Gerry, ¿no es así? ¡Ni su chico! No, Gerry tiene que aprender a cuidar de sí mismo. ¡Este es un mundo duro, por Dios! Si él es tan brillante como usted dice, saldrá. A mi parecer lo conseguirá más tarde o más temprano.

    Durante algún tiempo, sin embargo, tomó más interés en él: tenía vagas visiones de que después de todo no iba a ser inútil... un apoyo de su vejez, ganado decentemente en un trabajo de escritorio... Pero como su costumbre no estaba allí, el interés decayó rápidamente.

    A veces había disgustos. Las pullas y la mofa y en ocasiones la crueldad, y un día le obligaron a trepar a un árbol, azuzado por una pandilla de chicos, y cayó de una rama de más de un metro de altura, no resultando por fortuna más que magullado, pero lo bastante como para estar dolorido durante más de tres semanas. Al ver esto, Sarah Howson tuvo un súbito y aterrador recuerdo de su entrevista con la israelí, y lo ahuyentó firmemente.

    Hubo también la época en que no quiso ir al colegio, debido al tormento que tenía que soportar. Cuando le acompañaban para evitar que hiciera novillos, se negaba a cooperar en clase; pintaba monigotes en sus libros, o se quedaba mirando al techo, pretendiendo no oír cuando se le hablaba.

    Con el tiempo superó también eso. El ambiente de la ciudad y del país estaba cambiando. El trauma de la «crisis» estaba cejando, y un poco de disfrute no era ya sospechoso; los ringorrangos y la diversión volvían a estilarse. Desahogándose, la gente era más tolerante. Hizo sus primeros amigos a los trece años, aproximadamente al mismo tiempo en que los tenderos y amas de casa locales hallaron que estaba bien dispuesto a hacer recados o a dar de comer al gato cuando la familia estaba fuera... y podían confiársele tales tareas, y no como a otros chicos que lo mismo podían decidir irse a un cine con la pandilla.

    Estaba pensando en hacer una carrera cuando murió el viudo. Tenía ciertas vagas ideas de algún trabajo en el que su deformidad y otras peculiaridades recientemente descubiertas no fuesen incompatibles. Pero el viudo murió, y estaba en la edad legal de abandonar el colegio.

    Y su madre estaba enferma. Algunos meses antes se le había diagnosticado un cáncer inoperable, pero ya lo había sospechado ella desde los primeros síntomas. Antes de que estuviera lo bastante mal como para ser hospitalizada, él tenía de atenderla con aquellos raros trabajos que podía encontrar: haciendo cuentas para la gente, lavando vajilla en un cercano bar los sábados, y cosas por el estilo. Tenía poca esperanza en su futuro. Para cuando su madre falleció, dejándole solo a los diecisiete años —feo, torpe, y con un año perdido en la instrucción que él pensaba poder continuar en el colegio universitario, si lograba obtener una beca— estaba amargado.

    Encontró una habitación a un par de manzanas del antiguo apartamento, que había sido reclamado por la autoridad municipal de albergamiento para alojar en él a una familia con hijos. Y siguió como antes: con raros trabajos para atender a la subsistencia, con libros y revistas, con la TV cuando podía introducirse en algún hogar, y ocasionalmente con alguna película cuando había ahorrado lo suficiente para ir al cine.

    A los veinte años, Gerald Howson estaba convencido de que el mundo que había sido descuidado en su nacimiento, seguía siéndolo ahora, y se pasaba tanto tiempo como le era posible retirado de él a un universo privado, en el que no había nadie que se le quedase mirando fijamente, nadie que le gritara por su torpeza, nadie que lamentara su existencia porque su contrahecho cuerpo fuera una blasfemia contra la humanidad.


    Capítulo cuatro


    La muchacha que estaba en la taquilla del cine vecino le conocía de vista. Cuando llegaba cojeando para unirse a la cola, ella hacía una especie de cálculo mental, y antes de que él lo pidiese el billete estaba ya saliendo de la máquina registradora; una de las localidades más baratas, como siempre. Él lo agradecía, pues ahora prefería hablar más bien poco, dándose cuenta de la aflautada e inmadura calidad de su voz.

    Con el tiempo había podido disfrazar algunas pocas cosas de su persona. Naturalmente, su estatura no era una de ellas. Había cesado de crecer a los doce años, cuando apenas tenía un metro sesenta. Pero una vieja se había apiadado de él hacía un año; había sido anteriormente una experta costurera y trabajado en establecimientos de modas de calidad. Sacó sus viejas agujas y reformó una chaqueta que él había comprado, poniéndole almohadillas y ajustando hábilmente el colgante de la espalda, de manera que podía pasar inadvertido su defecto a un examen casual. También llevaba un talón más alto en el zapato de su pierna más corta. Ello no le impedía cojear, pues la pierna arrastraba aún ligeramente, pero le procuraba una postura mejor y parecía aminorar el interminable dolor de los músculos en la parte más estrecha de su espalda.

    Había usado la chaqueta casi cada día durante un año, y ya estaba deshilachándose. Lamentablemente la vieja costurera había muerto. Atravesó el vestíbulo del cine en dirección a la agradable oscuridad de la sala, lanzando ojeadas ocasionales a los anuncios de las paredes. La próxima semana se proyectaría la misma película a petición del público.

    Todavía estaban encendidas las luces de la sala, faltando escasos minutos para el comienzo de la proyección, y había mucha gente que comía cacahuetes y le clavó la mirada al dirigirse hacia la base de la gigantesca pantalla. Trató de hacerse el despistado.

    Las filas delanteras centrales estaban todas llenas de chiquillos de diez años. Giró a un pasillo lateral y fue a un asiento del extremo que estaba desocupado; tendría un mal ángulo de visión de la pantalla, pero no le quedaba otra elección, a no ser que prefiriese ir dando tropezones en los pies de otros espectadores y acaso pisándolos con su pierna más corta. Se sentó y miró a la blanca pantalla, con su mente llenándose como siempre de imágenes de fantasía. El simple ambiente de la sala parecía transportarle fuera de sí, incluso antes de que comenzara la película. Retales de conversaciones, imágenes, semblantes de contento y tristeza, todo fluctuaba ante sus ojos, aportando una sensación de tensa excitación. Algo del material en este mental espectáculo de variedades podía sobrecogerle por no conocido, pero siempre había supuesto que era debido a que lo que le circundaba provocaba una repetición de un recuerdo de otro modo olvidado. Había visto cientos de películas aquí; debían ser la fuente de las ideas que atestaban su mente.

    Y sin embargo..., tampoco era de todos modos una explicación demasiado satisfactoria.

    Un hombre vestido de oscuro vino dando zancadas por el pasillo principal, y giró bruscamente hacia el lugar en que estaba sentado Howson, yendo a ocupar la butaca situada diagonalmente frente a él, y arrojando un chaquetón sobre la contigua que estaba vacía. El hombre apartó la manga de su chaqueta y miró a su reloj antes de inclinarse en su asiento y volver su cabeza hacia la pantalla.

    Esos gestos o el hecho de que estaba bien trajeado, y por la apariencia debía haber ocupado una localidad de más precio, o algo no catalizable por la conciencia, atrajo la atención de Howson hacia él. Por alguna razón no definible, estaba seguro de que aquel hombre no había consultado su reloj simplemente para saber cuanto tiempo quedaba antes del comienzo de la sesión. El hombre no estaba... no exactamente nervioso, pero sí aguijoneado por algo, y ello no era ciertamente la perspectiva de una buena película.

    Su perplejidad fue cortada de golpe por el repentino oscurecimiento de la sala, y lo olvidó todo, excepto las inmensas imágenes en color que desfilaban por la pantalla. De noche y de día, sus sueños estaban poblados de películas, televisión y revistas; prefería las primeras porque los demás espectadores no se cuidaban de su presencia, y aunque la gente estaba bien dispuesta por lo general para permitirle contemplar las emisiones en sus aparatos domésticos, siempre había allí un tenso embarazo.

    Además, a cada respiración, parecía extraer el disfrute de los demás espectadores, añadiéndolo al propio.

    Primero, una conferencia de expediciones, Campos de recreo del planeta. La restallante música del oleaje en la playa Bondi, el zumbante ronquido de los vehículos de turbina cuando atravesaban la pista del Sahara, el susurrante crujido de los esquís en un declive alpino, y luego el gemido de las paletas cóncavas movidas a pulso sobre las azules aguas del Pacífico. Howson cerró los oídos al empalagoso cuchufletero comentador. Hizo su propio comentario, como si pudiese cambiar personajes como engranajes, escogiendo una disposición mental de encuadre duro y viril para admirar el casi desnudo de las muchachas de Bondi, una preocupada actitud casi femenina para los saltadores de esquís... pensamientos de conmiseración por un fallo, por las contusiones y magulladuras, los huesos rotos... Tuvo un movimiento de retroceso ante la caída de un árbol.

    Y así todo el tiempo. Pero los vehículos era lo que más persistía. Estar en la pista del Sahara, tirada a cordel en un trecho de doscientas millas, donde no había cojera alguna; el cristal fotoreactivo del techo se oscureció de manera automática contra el duro sol, el contador de la turbina aceleró a sus doscientas mil revoluciones, los equipos de hombres de piel oscura atareados con las barredoras de arena cada diez millas, los vislumbres de oasis como islas, en los cuales con agua y hierba dura y coníferos mutados, los hombres pugnaban por obtener tierra fértil..., un sueño a acariciar.

    Anuncios. Próximas atracciones. Su mente vagó, y su atención se centró brevemente en el hombre de traje oscuro que volvía a consultar su reloj, y lanzaba una mirada en derredor, como si esperase a alguien. ¿Alguna amiga? Quizá no. Howson dejó de ocuparse del problema al aparecer en la pantalla el título de la gran producción.

    Howson sabía poco de su padre; había aprendido muy pronto a tener tacto debido a que, por decirlo así, era un complemento de la instrucción que recibía en el colegio, así que briznas de información extraídas de aquí y de allá hubieron de ocupar el puesto de un directo interrogatorio a su madre. Apenas seguía sabiendo nada sobre la crisis política que se había gestado al mismo tiempo que él, y la secuela de sus peores efectos había ya pasado en el momento en que se dio cuenta de tales cosas como noticias y asuntos internacionales.

    Aún así, sentía algo especial sobre las películas de aquel género. No podía analizar lo que provocaba la reacción de los espectadores que las presenciaban, pero sí sabía que le gustaba la sensación; todos parecían estar cautamente cohibidos, como si estuviesen examinando una pierna rota a la que se hubiese quitado su entablillado, y estableciendo por la ausencia del esperado dolor que cobraría toda su fuerza, soportando ya el peso del cuerpo.

    En cierto modo, el paralelismo era exacto. El trauma de la «crisis» se había calmado de tal manera que pronto sería posible hablar a los niños sobre el particular, tratándola como si fuera historia. La experiencia había persuadido a quienes la recordaban claramente que no era el final de todo: la vida proseguía, el país era próspero otra vez, los niños iban creciendo y la preocupación se había demostrado innecesaria.

    Ahora las salas de cine estaban llenas cuando se proyectaba una película como la actual... y había muchas como ella, y Howson había visto varias. Absurdas, espectaculares, violentas, melodramáticas, siempre trataban del terrorismo o la prevención de la guerra en algún pintoresco rincón del mundo, y sus héroes eran los misteriosos y semi—comprendidos agentes de las Naciones Unidas que leían las mentes... los honorables espías, los telépatas.

    Aquí también el argumento era un romance. Un apuesto agente de elevada estatura y lector de la mente, encuentra a una muchacha rubia, alta, guapa, tristemente extraviada, lectora de la mente también, mantenida bajo hipnosis por un grupo fanático que intenta volar una estación nuclear, merced a su avidez de conquista. Los espectadores mas viejos se retorcieron un poco bajo el impacto de imágenes harto familiares: camiones de color verde oliva traqueteando por una carretera iluminada por la luna, soldados desplegándose sin prisa en torno a las principales intersecciones de una gran ciudad, un niño abandonado llorando al vagar por silenciosas callejuelas.

    Había evidentes intentos para establecer un paralelismo en ciertos puntos con la realidad. Había, por ejemplo, una maternal judía telépata que se asemejaba a la legendaria Elsa Kronstadt; en las filas delanteras muchachitas quinceañeras, que habían dejado a las manos de sus también jóvenes acompañantes explorar sus pechos de una manera demasiado íntima, se retorcían bajo la horrible, pero deliciosa idea, de que sus madres habrían de leer este recuerdo de ellas después... Horrible por el esperado alboroto que seguiría, y delicioso porque los padres eran de verdad en quienes se podía confiar.

    Y los muchachos se preguntaban si serían telepáticos y, aunque lo daban por seguro, si las chicas los querrían o no... y en poder y en dinero.

    En el ínterin, Howson. A él no le parecía especialmente penetrante percatarse que aquello no pudiera realmente suceder de esa manera; para él, aquella conversión en ficción se hallaba en el mismo pie de igualdad que el trucaje de una cámara, algo a ser tomado en sus propios límites, con su propia lógica artificial. Sus fantasías y lo que realmente le rodeaba eran demasiado dispares como para confundirse en su mente.

    Su desventaja genética le había, cuando menos, ahorrado cualquier obsesión sexual, y estaba vagamente agradecido por no tener anhelos intolerables, que su aspecto impedía cumplir. Pero sí sentía necesidad de ser aceptado, y convertía la mayoría de tales migajas de conversación como si le fuesen arrojadas a él.

    En consecuencia pensó sobre aquellos telépatas desde un punto de vista diferente: como personas situadas aparte por una anormalidad mental, más que física. Era lo suficientemente cínico como para haberse percatado que la admiración por los telépatas, provocada por aquella película, por otras semejantes, y por las noticias oficiales, era artificial. Los telépatas eran gente de otra parte, remota, maravillosa como la nieve sobre las distantes montañas. La idea de arrancar secretos de las mentes de otras personas atraía a los espectadores que le rodeaban, y por muy cuidadosamente que el diálogo y la acción orillaban el motivo, en el instante en que el corolario se presentaba por sí mismo —la idea de tener invadida la propia mente— se producía una violenta revulsión. La ambivalencia estaba omnipresente: de manera consciente uno podía saber que los telépatas estaban salvando vidas, preservando la cordura, apartando a países (como aquel) de la guerra... y sin embargo, ello no suponía diferencia para la alarma instintiva.

    Su existencia había sido inducida cuidadosamente en la conciencia pública, como suavemente metida con un calzador: los rumores permitidos adrede que corriesen hasta el extremo de lo absurdo, habían sido deshinchados por los tranquilos anuncios oficiales, tornados dignos de crédito por puro contraste; apacibles ceremonias constituían artículos para los boletines de noticias... tal o cual telépata trabajando para las Naciones Unidas fue condecorado hoy con la Orden más elevada de tal o cual país recientemente salvado de la guerra civil. En cuanto al ser real tras la imagen pública, se podía rebuscar indefinidamente, y acabar con no más que unos cuantos nombres, unas pocas fotografías borrosas, y alguna inexacta información de segunda mano.

    Había una política tras cada uno de los melodramas como aquella película. Howson estaba seguro de ello. Y por tal razón, se sentía envidioso. Sabía sin duda alguna que el impacto no atenuado de su anormalidad sobre la gente corriente, habría culminado en persecución, y acaso en pogromos. Pero debido a que los telépatas eran importantes, el impacto estaba amortiguado... y los recursos del mundo aplicados a ayudarles.

    Sintió dolorosamente el deseo de ser al menos un poco importante, de manera que su deformidad —no más extraordinaria que las peculiaridades mentales de un telépata— pudiese parecer menos catastrófica, un poco menos anormal.

    Su mente vagó desde la pantalla y fue prendida por el hombre de traje oscuro, que ya no estaba solo. Tenía la cabeza inclinada hacia otro hombre, que se había sentado a su lado, sin que Howson se hubiese dado cuenta, en la butaca en la que el primero había antes puesto su chaquetón. Rebuscando en su memoria, Howson se dio cuenta de que durante los pocos minutos pasados había visto balancearse dos veces la puerta del retrete de hombres. Tendió el oído con curiosidad, y de pronto sintió que estaba sudando, al captar frases murmuradas, que fue acoplando.

    —Embarcación en el río... dos de la madrugada, en el Muelle Negro... Al Garrote le va mucho personalmente en este lote... un buen medio millón de valor. Ya he dicho... poca diversión para La Serpiente, mantén a sus hombres ocupados en otra parte de la ciudad... ningún problema con la poli, comprado el sargento.

    Ambos hombres se dirigieron un gesto cómplice, entre mueca y sonrisa. El que había llegado el último se levantó y volvió al retrete de hombres; antes de que saliera para volver a su anterior asiento, el hombre del traje oscuro se había puesto el chaquetón en el brazo y se encaminaba a la salida de la sala. Howson se quedó helado. La oportunidad de ser importante se le ofrecía en el mismo momento en que lo había deseado.

    El Garrote... La Serpiente: sí, era cierto. Él no se había mezclado nunca en tales asuntos, pero no se podía vivir en aquel barrio bajo de la ciudad sin oír ocasionalmente aquellos nombres, y saber que eran jefes de bandas rivales. Se destrozaba un club, se rompía el escaparate de una tienda o se llevaba al hospital a un recalcitrante macarra desde una callejuela alineada con cubos de basura y regada con su sangre, y entonces se oía mencionar a «Garrote» Lister y a Horacio «Serpiente» Hampton. Y también sus coches eran admirados por una juventud entendida e inteligente, que decía: «El mejor medio para llegar arriba; yo también seguiré ese camino un día».

    De manera penosa, acompañado de una respiración lenta y cansada, Howson tomó la decisión crucial.


    Capítulo cinco


    La calle todavía se llamaba Gran Avenida, pero había sido uno de los focos del período de la crisis. Después, la gente la rehuyó, comenzando el declinar que había reducido a las calles próximas a una condición apenas superior a la de los barrios bajos. Aún así, estaba bien iluminada, los llamativos escaparates refulgían, y Howson la evitaba por lo general. Prefería el sitio oscuro de cada calle, y la noche al día.

    Ahora, con el corazón martilleando en su pecho, la afrontó. En su extremidad había un club y bar que servía de tapadera a la «Serpiente» para el impuesto y otros fines. No le servía de nada poner cara de circunstancias o que su rostro enfermizo tomará un cariz severo para el amenazador encuentro al que iba; un espejo en la puerta de una peluquería se lo dijo al pasar. Lo mejor que podía hacer era mostrar una expresión... bueno... casual.

    Al diablo con todo. Lo que importaba era lo que tenía que decir.

    Pasó una vez cojeando ante su destino, con la boca seca y las tripas tensas, deteniéndose unos cuantos metros más allá, equilibrando lentamente la respiración hasta adquirir cierto aspecto de auto—dominio. Y seguidamente se zambulló en el interior.

    El bar tenía adornos cromados, con espejos y luces de neón. La música brotaba estridente de altavoces situados en la parte alta de las paredes. En las mesas se bebía en parejas o tríos, aunque no había nadie en el mostrador, desde donde el encargado, acodado, ojeó al pequeño forastero de la cojera.

    —¿Qué será? — dijo.

    Howson no bebía; no había probado nunca el alcohol. Había visto borrachos haciendo eses, y se preguntaba por qué diablos alguien dotado con un dominio físico normal quiere echarlo por la borda. La sola idea de tener aún menos coordinación le llenó de disgusto. En cualquier caso, no le sobraba el dinero.

    —¿Está... uh... el señor Hampton aquí? — se limitó a decir.

    El encargado del mostrador separó sus codos del mismo, respondiendo:

    —¿Qué es lo que te pasa, «Torcido»? ¡Él no está para exhibirse en público!
    —Tengo algo que querrá oír —dijo Howson, maldiciendo mentalmente la aguda flauta que tenía por voz.
    —Él ya sabe todo lo que quiere saber —replicó secamente el barman—. Ahí tienes la puerta. Úsala.

    Tomó un paño húmedo y comenzó a limpiar huellas de cerveza del mostrador.

    Howson miró en derredor y se pasó la lengua por los labios. Los clientes habían decidido no mirarle ya. Animado por ello, fue a un lado del mostrador para hablar de nuevo al barman.

    —Se trata de un asunto del «Garrote» —murmuró.

    Su cuchicheo era mejor que su voz natural..., menos distinguible.

    —¿Desde cuándo te cuenta sus historias, el «Garrote»? — respondió hoscamente el barman. Pero pareció pensarlo mejor, y tras una pausa se encogió de hombros. Tendiendo la mano bajo el mostrador, pareció tentar algo... un zumbador, acaso. Al momento se abrió una puerta tras el mostrador y apareció un hombre de cabello negro aceitoso.
    —Este torcido —dijo el barman— quiere vender noticias sobre el «Garrote» al señor Hampton.

    El hombre de cabello aceitoso miró incrédulamente a Howson. Luego se encogió también de hombros, hizo un gesto, y la hoja plegadiza del mostrador se alzó para que Howson pasara cojeando.

    En la parte trasera estaba el almacén del bar. El de cabello aceitoso escoltó a Howson a través de él y de una puerta forrada de bayeta roja, luego atravesó un pasillo mal iluminado hasta otra puerta semejante. Y tras ella, se encontró en una habitación amueblada con cuatro canapés idénticos— de terciopelo rojo, y decorada con pilares dorados —y bonitas pinturas abstractas.

    —Espera aquí y no muevas un músculo —dijo el de cabello aceitoso, saliendo.

    Howson se sentó, muy tenso, en el borde de un canapé, moviendo de un lado a otro los ojos al intentar imaginarse lo que había detrás de donde había salido el hombre de pelo aceitoso. Le pareció haber oído un ruido como un piñoneo, y recordó una jugada de una de sus películas favoritas. Ruleta. El aire olía a ansiedad, y la suerte estaba echada.

    No tardó en volver el del cabello aceitoso, le hizo una seña con la cabeza, y esta vez le llevó a una especie de despacho, donde había un hombre delgado de pálidas manos presidiendo tras una mesa escritorio con varios teléfonos, un guardaespaldas de elevada estatura a cada lado de él. A la entrada de Howson cambiaron las expresiones de sus rostros, que de cautelosas se tornaron asombradas.

    Mirando al hombre tras la mesa, Howson pudo comprender por qué le llamaban «La Serpiente». Su simple aspecto era tortuoso; la astucia iluminaba las oscuras pupilas de sus ojos.

    Examinó a Howson durante un largo momento, y luego alzó una ceja en mudo interrogante al hombre del pelo aceitoso.

    —Este torcido quiere vender información sobre el «Garrote» —fue la explicación condensada—. Es todo lo que sé.
    —Hummm —«La Serpiente» se frotó la suave barbilla—. Y entra sin ser anunciado. Interesante. ¿Quién eres tú, torcido?

    La cosa no parecía ser tan desagradable como generalmente se pensaba; eso sólo era una etiqueta. Acaso un hombre al que llamaban «La Serpiente» era indiferente sobre tales asuntos. Howson carraspeó.

    —Me llamo Gerry Howson —dijo.— Hace una hora me encontraba en el cine. Había allí un tipo esperando que alguien fuese a un asiento vacío a su lado mientras se proyectaba la película. Cuchichearon los dos, y oí lo que decían.
    —Vaya, vaya —comentó «La Serpiente»—. ¿Síii?
    —Ahí es donde llegamos al precio —sugirió el del cabello aceitoso.
    —Cállate, «Argolla» —susurró «La Serpiente», mirando fijamente a Howson.
    —Una embarcación sube el río al Muelle Negro a las dos de la mañana. No sé seguro si será esta misma noche, pero creo que sí. Lleva género por valor de medio millón.

    Howson esperó, pensando demasiado tarde que el llamado «Argolla» probablemente tenía razón... Debía haber marcado un precio, por lo menos, o dado la noticia por partes. Luego recobró el equilibrio. No, había hecho bien diciéndolo todo de golpe. Se produjo un silencio total, espeso, hasta que «La Serpiente» dijo por fin tranquilamente:

    —Así es como él lo hace. ¿Has oído eso, «Argolla»? Bien, si lo has oído, ¿qué diablos haces ahí parado?

    «Argolla» tragó saliva de manera audible y cogió uno de los teléfonos de la mesa. Hubo otro silencio, durante el cual los dos guardaespaldas contemplaron con interés a Howson.

    —¿Es «Molleja»? — dijo «Argolla» en voz baja en el teléfono—. Aquí «Argolla». ¿Puedes hablar?... Llamada general. Tenemos un trabajo nocturno... Sí, OK. No más de dos horas. Cosa fácil.

    Colgó el receptor. «La Serpiente» estaba poniéndose en pie. El proceso parecía completado. Howson sintió una punzada de pánico, y dijo:

    —Ah... supongo que eso vale algo, ¿no?
    —Posiblemente. — «La Serpiente» le dirigió una soñolienta sonrisa—. Bien pronto lo sabremos, ¿no es así? Por el momento, lo que merece la pena es... oh, pongamos unos cuantos tragos, una buena comida y alguna compañía. ¿Me oyes, Lote?

    Uno de los jóvenes guardaespaldas asintió y dio unos pasos adelante.

    —Cuida de él. Puede ser valioso... o no; ya veremos. ¡Dingo!

    El otro guardaespaldas respondió:

    —Dice que se llama Gerry Howson. Apunta su dirección. Ve adonde vive y haz algunas preguntas. No emplees en eso más de un par de horas. Si hueles lo más mínimo... Si alguien dice que le ha visto en el mismo autobús con alguno de los del «Garrote»... ahueca y ven a prevenirme. Y da el bocinazo al paso si puedes encontrar a alguno de nuestros amigos de retén en la jefatura.

    Howson, luchando con el terror que le atenazaba, dijo roncamente:

    —Ese hombre del traje oscuro... dijo que compró al sargento, sea el que sea.
    —Asi lo haría. Tú no conoces a ninguno de esos hombres, ¿no es así? — añadió «La Serpiente», asaltado por la sospecha.
    —No, yo... uh... nunca los vi antes.
    —Mm—hm... Está bien. Lote, llévalo al cuarto azul y déjalo allí hasta que vuelva Dingo.

    Quien le llevó no se mostró desagradable, según le pareció a Howson; hizo bastantes sugerencias sobre que si las noticias que había traído eran ciertas, tendría una tajada en el monopolio de «La Serpiente» en algunos géneros ilegales o bien otra cosa... Howson no preguntó cuál era exactamente, aunque se imaginaba que podrían ser drogas. Su reacción de repugnancia contra el alcohol pasó a las drogas, y prefirió no seguir tal línea de pensamiento. Todo lo que le importaba era ser momentáneamente importante.

    Se sentó con su custodio en el Cuarto Azul —decorado con un techo azul de medianoche y gruesa alfombra también azul— y se dijo que era prudente por parte de «La Serpiente» asegurarse antes de actuar. Respondió deshilvanadamente a las preguntas.

    —¿Qué es lo que te pasó, torcido? — preguntó su acompañante—. ¿Herido en algún accidente?
    —De nacimiento —respondió Howson. Luego se le ocurrió que Lote estaba intentando hacerse el simpático, y añadió en tono de excusa—: No suelo hablar mucho de ello.
    —Mm—hah —bostezó el guardián, extendiendo las piernas— ¿Un trago? ¿O prefieres comida como dijo «La Serpiente»?
    —No bebo —dijo Howson. De nuevo sintió el raro impulso de explicarse—. No me resulta fácil andar estando sobrio, si comprende lo que quiero decir.

    Lote se le quedó mirando fijamente, y al cabo de un momento rió de manera estrepitosa.

    —Con tu problema, no creo que yo pudiera soltar un chiste así. Está bien, toma Coca—Cola o algo. Yo me las pirro por la ginebra.

    Pasaron lentas las horas, y la charla cesó después de que llegara la comida. El custodio propuso una partida de póker, se ofreció a enseñarle las reglas del juego, y cambió de parecer al ver que los torpes dedos de Howson no podían manejar lascarías. Embarazado, Howson sugirió ajedrez o damas, pero a su acompañante no le interesaban ninguno de los dos juegos.

    Eventualmente se abrió la puerta, y asomó la cabeza de Dingo.

    —¡Ea, muévete! — dijo a su compañero.— Hasta ahora el tipo parece limpio de polvo y paja. Vamos al Muelle Negro.

    Automáticamente, Howson se puso también en pie, pero Dingo le detuvo con un gesto seco.

    —¡Tú vas a esperar todavía, torcido! — le espetó—. El señor Hampton es un hombre difícil de satisfacer, y queda todavía un buen rato hasta las dos de la madrugada.

    Al quedarse solo, Howson sintió como si pasara una eternidad. Por fin, poco después de medianoche dormitó en su butaca. No tuvo idea del tiempo que había pasado cuando fue le despertó la puerta al abrirse de nuevo. Sus legañosos ojos se posaron en «La Serpiente», y en Pingo, «Argolla» y Lote siguiéndole. Al instante se percató de que su arriesgada empresa había tenido éxito.

    —Te ganaste la paga, torcido —dijo suavemente «La Serpiente»—. Seguro que sí. Lo cual deja sólo una pregunta por hacer.

    La mente de Howson, todavía brumosa por el sueño, se aprestó a tientas a ella. ¿Sería la de que cuánto quería? La suposición era errónea. «La Serpiente» prosiguió:

    —Y es ésta, ¿eres un político honrado?

    Howson emitió un sonido evasivo. De nuevo tenía la boca seca por la excitación. «La Serpiente» le miró cavilando durante largos segundos, y adoptó su decisión. Castañeteó los dedos en dirección a «Argolla».

    —¡Dale quinientos! — ordenó—. Y tú, torcido, escucha bien... recuerda que la mitad es para la próxima vez, si es que la hay. Tú, Lote, toma un coche y llévalo a casa.

    La conmoción de que le diesen más dinero del que jamás hubiera tenido junto en sus manos rompió la barrera que separaba las fantasías de Howson de la realidad; apenas absorbió las impresiones de la siguiente media hora —el coche y la vuelta a su alojamiento— debido a las enjambreantes visiones que colmaban su mente. No sólo la próxima vez, sino otra y otra, recogiendo noticias, siendo pagado, siendo (lo que era infinitamente más importante) alabado, y eventualmente considerado como válido.

    Eso era lo que para casi cualquiera hubiese sido una ambición menor; había hecho algo por alguien que no era trabajo fabricado, ofrecido por simpatía, pero original por sí y consigo mismo. Era un hito en la memoria, debido a que lo había considerado imposible, como el andar por la calle sin cojear.

    Era la mañana temprana de un martes. Su delirio y su esperanza fueron alimentados durante unos cuantos días por briznas de noticias y chismorreos; se informaba que había habido alguna especie de batalla, y que la policía había tenido pistas pero que estaba confusa en cuanto a los detalles. Era como si extrajese valor, como oxígeno, de la atmósfera de rumor y de tensión; pero por la Gran Avenida a plena luz del día, por en medio de la acera, en vez de arrimarse a las paredes, y pudo pasar por alto las miradas compasivas puesto que, en su interior, sabía lo que valía. Con lo que le pareció gran astucia cambió sus quinientos dólares, tras un largo viaje en autobús muy distante de su casa, por billetes pequeños que no provocarían comentarios; luego escondió la mayor parte en su habitación, y gastó sólo en un nuevo par de zapatos, con talones desiguales, y una chaqueta provista también del correspondiente almohadillado para sus deformes hombros.

    A pesar de todo, la noche del sábado su glorioso nuevo mundo cayó en fragmentos.


    Capítulo seis


    A primeras horas del atardecer, cogió cinco billetes de dólar del tesoro escondido en su habitación. Antes jamás había pensado en gastar tanto en una cana al aire; a menudo, después de pagar el alquiler de la habitación, no le quedaban más que cinco para toda una semana. Y entonces tenía que recurrir obligatoriamente a su recurso más odiado: limpiar los cubiertos de un restaurante cercano, para ganarse sobras de platos no deseados. La cubertería no se rompía al caer; las tazas y los vasos y los platos sí, por lo que el propietario no se los dejaba limpiar. Y saber que le daba aquel trabajo como un favor, dolía mucho.

    Esta noche, pensaba, iba al límite. Una película que no había visto; pastelillos, caramelos, helados, todas las golosinas infantiles en fin, que aún prefería a cualquier otra cosa. No obstante, todo eso podía despertar recelos. ¡Pero al diablo con lo que la gente pudiera pensar sobre un mozo de veinte años que comiera caramelos y helados!

    Hubiese deseado tener listos ya su chaqueta y zapatos nuevos, pero le habían dicho que los arreglos necesarios llevarían al menos diez días. Así pues, no quedaba más remedio que dar betún al ya deslustrado cuero y cepillar lo mejor posible las manchas de la ropa.

    Y luego, a la calle: una noche de sábado y con buen tiempo, algo como para hacerle sentirse medio normal, dentro de la marea de la gente corriente.

    En la estrecha calle había personas que le conocían, y que le miraban sin gesto de sorpresa, y acaso le dirigían un saludo... pero esta noche no, lo cual era bastante raro. Pero su mente estaba ocupada, y no consumió energía preguntándose por qué no le saludaban al pasar. Tenía la impresión de que estaban pensando sobre su persona, pero eso era absurdo, un derivado de su viva alegría.

    Sin embargo, la impresión no le abandonaba. Incluso cuando hubo afrontado las luces de la Gran Avenida y estaba moviéndose entre grupos de extraños, su mente se la estuvo ofreciendo renovada, como un repartidor de naipes de póker demostrando su habilidad en dar jugadas ganadoras una tras otra.

    Al principio la cosa le resultó divertida. Pero al cabo de un rato comenzó a irritarle. Cambió de parecer sobre ir al cine elegido... no el acostumbrado, que todavía estaba dando el mismo programa que ya había visto, sino a otro, para el que tenía que coger el autobús. El humor de la gente era bueno aquella noche, y alguien le había ayudado a subir al autobús, apartando a otras personas, pero ni aun eso mejoró su estado de ánimo. Todavía más, le suponía un molesto recalcamiento de su estado físico.

    Y finalmente, hora y media después de haber salido, se sintió tan desazonado que hubo de abandonar su plan. Y así, volvió de nuevo hacia casa, furioso consigo mismo, pensando que era falta de redaños lo que había estropeado su disfrute y decidido a convencerse que era una ilusión lo que le atormentaba.


    * * *

    Al aproximarse a la calle donde vivía, la sensación se hizo más intensa, a pesar de todos sus esfuerzos por negarla. Era como si estuviese siendo vigilado. En una ocasión se detuvo bruscamente, y giró en redondo, seguro de que los ojos de alguien estaban fijos en él. No había nadie en el lugar al que miró por reflejo; su vista estaba posada en una puerta cerrada. Mientras estaba aún perplejo, se abrió la puerta y salió una muchacha, deteniéndose un momento para mirar atrás y decir algo a alguna persona que estaba en el interior.

    Desde este momento, la sensación martilleó su cráneo. Siguió andando aturdidamente, e intentando rehuir la idea que había serpenteado de un rincón de su cerebro. Fracasó. La idea tomó forma en aporreantes palabras.

    Estoy volviéndome loco. Debo estar volviéndome loco.

    Dobló la esquina de su calle, y posó su mano sobre la pared de cemento, para afirmarse y absorber aire.


    * * *

    Y entonces lo supo.


    * * *

    Frente a él, parado ante su propia puerta, se encontraba un gran coche blanco que llevaba en su techo una señal luminosa y en su delantera el rótulo de POLICÍA. El conductor apoyaba indiferentemente su codo en la ventanilla bajada, y dos agentes uniformados se inclinaban a la vez a hablarle.

    Y él podía oírles. Estaban a cincuenta metros de distancia, y hablaban en tono apenas mayor que un cuchicheo, y él sabía cada palabra que decían, porque estaban tratando de su persona.

    —Está fuera... Normalmente va al cine... Puede estar haciendo algo para «La Serpiente»... Es improbable: nuevo en su personal, la cosa es que... Debe haber ido primero a ver a «La Serpiente»: «La Serpiente» no va pidiendo ayuda...

    Un terror mortal inundó la mente de Howson. Un coche dobló traqueteando la esquina y antes de que diese la vuelta huyó, perseguido por voces imposibles, como fantasmas.

    —Pregunten en el cine vecino... No merece la pena la molestia, ¿ no es así? A menos que alguien le haya dado el soplo, volverá de un momento a otro. Esperadle en su habitación, o llamad a ella a primera hora de la mañana...

    Apuntado a él... apuntado a mí, Gerald Howson: ¡como si las fuerzas de todo el mundo hubiesen sido asestadas a aquella ciudad el día de mi nacimiento!

    Pero ésa era tan sólo la mitad de la razón de su terror. La otra y peor mitad estaba compuesta del conocimiento que había adquirido. Era imposible que él pudiera haber oido lo que los policías estaban diciendo tan lejos. Sin embargo, sus palabras le habían llegado, y habían estado coloreadas por lo que no era exactamente un tono de voz, pero que no dejaba de ser individual: un tono de pensamiento. Uno de los tonos era malhumorado; su propietario tenía un rasgo de brutalidad, y apreciaba el poder que su uniforme implicaba. Consideraba una zurra. Dijeron tullido, así que... Él había sido el responsable de una muerte, de una lucha entre bandas, de un crimen. Así le sonó en la conversación.

    Howson no podía enfrentarse al choque en los términos sencillos de Soy un telépata. Se le presentó en la forma que había concebido contemplar la película sobre los telépatas: Soy anormal tanto mental como físicamente.

    ¿Había en realidad oído lo que el hombre de traje oscuro le estaba diciendo a su compañero de asiento? ¿O bien lo había captado ya entonces?

    No podía abordar esta cuestión. Estaba huyendo, cojeando de manera anónima entre la muchedumbre, deseando ir tan lejos y tan rápidamente como pudiera, incapaz de quedarse en la parada de un autobús, porque esperar sabiendo que era perseguido le resultaba intolerable. Se le empañaban los ojos, le dolían las piernas, bombeaba los pulmones esforzándose por absorber bocanadas de aire, y perdió todo contacto con un plan determinado. Moverse simplemente era lo máximo que lograba hacer.

    ¿Hacia que futuro estaba dando traspiés ahora? Cada edificio parecía atalayar infinitamente alto sobre su cabeza, formando infranqueables cañadas de las conocidas calles; cada coche, con los ojos de sus faros, parecía gruñirle como un perro acosador siguiéndole la pista; cada cruce presagiaba una colisión con el hado fatal, por lo que se sintió angustiado al no ver ya manzanas de casas en torno a cada sucesiva esquina. Le silbaban los oídos, sus músculos chillaban... y siguió su camino.

    Iba al azar; seguía tanto como le era posible la línea recta trazada por la calle donde estaba su alojamiento. Ello le llevó a través de un laberinto de horribles arterias residenciales, luego a través de un barrio de almacenes e industria ligera, donde los rótulos mencionaban fabricación de papel, de tejidos y de plásticos. Camiones tardíos enfilaban estas calles y se percató que los conductores se fijaban en él, y tuvo miedo, mas no pudo hacer nada para escapar a su vista.

    El barrio volvió a cambiar; ahora había pequeñas tiendas, bares y música estridente. Aparatos de televisión desarrollando sus programas en ventanas abiertas a un auditorio de planchas de vapor y lámparas fluorescentes. Siguió andando.

    Luego, bruscamente, aparecieron muros desnudos de cuatro metros de altura, de cemento gris y polvoriento ladrillo rojo. Se detuvo, pensando confusamente en la cárcel y torció al azar a la derecha. No tardó en darse cuenta adonde había llegado; estaba junto al gran río en el que el «Garrote» había tratado de escamotear su medio millón de género... o lo que fuese. Los rótulos le indicaban que era el Depósito del muelle principal este. Zona para mercancías sujetas a impuestos, y que no se permite la entrada sin autorización del inspector jefe de aduanas.

    La idea de autorización derivada de una «autoridad» se mezcló con las confusas imágenes de la policía que le perseguía. Cambió frenéticamente de dirección, y fue a parar a una tortuosa callejuela, al margen del muro carcelario. En toda su vida no había andado tanto ni tan duramente; el dolor de sus piernas era casi insoportable. Y allí había un tremendo silencio, no audible con los oídos, pero experimentado directamente: zonas enteras vacías de gente, cosa espantosa para Howson, el hijo de la ciudad, que no había dormido nunca a más de seis metros de otra persona.

    La callejuela se convirtió bruscamente en media. El muro de su izquierda se remataba y aparecía el suelo liso, acotado de alambrada dispuesta sobre estacas de madera. Miró con los ojos semiabiertos a través de la oscuridad pues había pocos faroles. La promesa del buen puerto le hizo señas de llamada: el vasto terreno era el emplazamiento de un almacén en parte demolido, cuya parte posterior se hallaba aún en pie. Colgado del alambre, embadurnado de mugre, había un rótulo de letras desteñidas por la intemperie: EN VENTA A COMPRADOR PARA LA COMPLETA DEMOLICIÓN.

    Fue rozando la alambrada como un animal husmeante, buscando un lugar de entrada. Lo halló donde al parecer la chiquillería había arrancado una estaca, dejándola a un lado. Sin cuidarse de que también él estaba embadurnándose de barro al arrastrarse por el boquete, se retorció bajo el alambre y siguió al abrigo de la ruina.

    Al ponerse al resguardo de la agrietada pared su agotamiento, conmoción y terror se mezclaron y una oleada de oscuridad le alivió.

    Su despertar fue espantoso también. Era la primera vez que veía, al hacerlo, sin abrir los ojos, y la primera vez que se veía a sí mismo.

    Se cerró el circuito de consciencia, y le asaltaron borrosas imágenes, en pugna con la evidencia de sus propios sentidos. Se sentía entumecido, yerto; sabía su peso y postura, tendido de espaldas en una pila de viejos sacos, y con la cabeza alzada un tanto por algo duro e inflexible. Simultáneamente percibió un pálido claror gris, y una forma desmañada y retorcida como la de un muñeco roto, con una cara fofa e inexpresiva... la suya propia, vista desde el exterior. Y mezclado con todo esto, se percataba de erróneas sensaciones físicas: de hombros nivelados, que nunca había tenido, y de algo pesado en su pecho, pero que bajaba y subía... ¿otra deformidad?

    De pronto comprendió, y gritó, y abrió sus ojos, y el terror le mostró cómo apartarse de un enlace mental indeseado. Se removió y encontró sus manos enzarzadas en una mata de grasiento cabello, a unos centímetros de él.

    Un gemido ahogado acompañó a su intento de toma de conciencia de lo que le rodeaba. No había caído de espaldas al pasar; seguramente no había caído sobre aquel lecho de fortuna: por lo tanto había sido puesto sobre él. Y aquella debía ser la persona responsable: aquella muchacha arrodillada a su lado, de rostro vulgar y basto, gruesos brazos y ojos dilatados por el susto.

    ¿Miedo de mí? ¡Nunca antes tuvo nadie miedo de mí!

    Pero al prepararse salvajemente a disfrutar de la sensación, descubrió que no podía. La sensación de miedo era como un mal olor en las ventanas de su nariz. Convulsivamente soltó la mata de pelo que había asido, y el miedo disminuyó. Se incorporó quedando sentado, y mirando a la muchacha inclinada sobre él.

    Parecía tener unos dieciséis o diecisiete años aunque no tenía arreglada la cara, que era la acostumbrada de esa edad. Era de complexión robusta, y estaba pobremente vestida con un abriguito gris sobre una bata de algodón; su ropa estaba limpia, pero tenía las manos embarradas.

    —¿Quién eres? — preguntó con lengua espesa Howson—. ¿Qué es lo que quieres?

    Ella no respondió. Tendió prestamente una mano a un lado y tomó una bolsita de papel, volviéndola de manera que él pudiese ver a través de su boca. En el interior había mendrugos de pan, un trozo de queso y dos magulladas manzanas. Desconcertado, Howson dirigió su mirada de los alimentos a la cara de la muchacha, preguntándose por qué ella le estaba haciendo gestos, moviendo sus gruesos labios en pantomima de comer, pero sin decir nada.

    —¡Oh Dios! — exclamó—. ¡Eres sordomuda!.

    Dejó caer la bolsa de comida y se puso en pie, con el cerebro bullente de incredulidad. Ella había captado su pensamiento, proyectado por su no adiestrada «voz» telepática, y la total extrañeza de la sensación había retorcido hasta en sus cimientos su cerebro ya mal equilibrado. Una vez más el nauseabundo olor a miedo tiñó la percepción de Howson, pero esta vez sabía lo que estaba sucediendo, y su desbordante oleada de compasión por un ser como él mismo, mutilado en un mundo desatento, la alcanzó también.

    De manera incontinente cayó de rodillas de nuevo, inclinando esta vez su cabeza hacia delante y comenzando a sollozar. Tendió la mano inseguro, y ella la asió con frenesí, salpicando una lágrima cálida y húmeda en los dedos.

    Otra primera época se registraba ahora en su vida. Formuló un deliberado mensaje lo mejor que pudo, y lo hizo pasar por el incomprensible canal recientemente abierto en su mente. Intentó decir No tengas miedo, y luego Gracias por haberme ayudado, y después Ya te acostumbrarás a cómo te hablo.

    Y esperando para ver si ella comprendía, se quedó mirando con fijeza a la coronilla de la cabeza de la muchacha, como si pudiese dibujarse allí el raro y temible futuro al que estaba condenado.


    Capítulo siete


    Al pensar en ello más tarde, vio que aquel primer simple intento de comunicación había comprometido por sí mismo su futuro. Su reacción instintiva brotaba de su desastroso y único ensayo de hacerse importante; había andado a la rebatiña con el pánico ante la oportunidad de transmitir noticias a «La Serpiente», sin más pensamiento de las consecuencias que un hombre muriendo de hambre que cae sobre un mendrugo rancio. Al llegar simultáneamente al reconocimiento de que era un telépata, el choque de la constatación de haberse convertido por definición en un delincuente —un cómplice del crimen, para ser precisos— la aguja de la brújula de sus intenciones había girado a través de un semicírculo. No deseaba nada tanto como volver a sumirse en la oscuridad, y la idea de ser un telépata le aterraba. Desafiado durante su fuga dominada por el terror por calles oscurecidas, hubiese jurado que jamás desearía emplear el don de que estaba dotado.

    ¡Valía tanto como declarar la intención de ser sordo para siempre! Los ojos podían mantenerse cerrados por un esfuerzo de la voluntad, pero aquello que se le había manifestado no era ni vista, ni oído, ni tacto; era incomparable, e inevitable.

    Al principio la sensación fue de vértigo. Extrajo del recuerdo frases olvidadas, en las cuales buscó guía y nueva confianza: de una lejana clase en el colegio, algo sobre «hombres caminando como árboles»... lo que era curiosamente significativo. Su problema estaba decuplicado por el mundo desconcertante y anormal en el cual había pasado su vida la muchacha, y paradójicamente estaba también simplificado porque cuanto más sabía sobre la desventaja que a ella le afectaba, tanto más llegaba a considerarse a sí mismo afortunado. Enfrentada a Howson como tullido, la gente podría aún ver que había una persona en el interior de su descalabrada envoltura. Pero la muchacha sordomuda no había logrado nunca transmitir más que deseos básicos, empleando el código digital, de manera que la gente la consideraba como una bestia.

    Su cerebro estaba intacto; la deficiencia se hallaba en los nervios que lo conectaban con el oído y en la forma de sus cuerdas bucales, que las tenía dispuestas en tal posición que jamás podrían vibrar correctamente, sino golpearse débilmente, produciendo un burbujeante gruñido. Sin embargo, a Howson le parecía que debió haber tenido asistencia. Él sabía de especiales tratamientos de adiestramiento, informado por los periódicos y por la TV. Tanteando, sospechó la razón de por qué no había sido así.

    Al principio, no consiguió sacar sentido alguno a las impresiones que captaba de la mente de la muchacha, debido a que ella no había desarrollado nunca el pensamiento verbal; empleaba la cinestética y los datos visuales en inmensos bloques entremezclados, como unas gachas agrias con piedras dentro. Mientras se esforzaba para lograr más que las primeras imperfectas ideas generales de nueva seguridad, ella permanecía sentada mirándole y llorando silenciosamente, aliviada en la soledad después de años intolerables, demasiado rendida como para preguntar sobre el modo de la comunicación entre ambos.

    Halló la pista al tratar de interpretar las cosas que la había «dicho». Él había «dicho»: No tengas miedo, y ella había traducido la idea en imágenes familiares, mitad recuerdos y mitad sensaciones físicas de calor y satisfacción que se retrotraían a experiencias infantiles de criatura de pecho. El había dicho: Gracias por haberme ayudado, y allí había imágenes de sus padres sonriendo. Éstas eran raras. Pugnó por perseguirlas, para hallar cómo había sido la vida de la chica.

    Había una peculiar doblez en las zonas que exploró a continuación. La mitad de la mente de la muchacha sabía cómo era realmente su padre: un obrero de los muelles, siempre sucio, a menudo borracho, con un humor de perros y una boca que se abría terriblemente, profiriendo algo que ella comparaba a un vómito invisible, pues nunca había oído una simple palabra hablada. Con gran sorpresa de Howson, ella se daba perfecta cuenta de la función del habla normal; pero sólo era el rabioso aullar de su padre lo que consideraba como tal.

    Pero al mismo tiempo que veía a su padre como era, mantenía una imagen idealizada suya, mezclada con las veces que se había vestido aseadamente para bodas y reuniones y las que se había mostrado cariñoso para con su hija, no considerándola como una carga inútil. Y esta imagen se hallaba además incrustada de muestras de una inmensa fantasía, de cuyos bordes se apartó Howson de manera reflexiva y en las profundidades de la cual la muchacha era una princesa expósita.

    A su madre apenas la recordaba; la había perdido en su infancia, y había sido reemplazada por una sucesión de mujeres de todas las edades, desde los veinte a los cincuenta años, que tuvieron una relación distante con la niña. Ellas iban y venían de la vivienda que tenía alquilada su padre de una manera que no podía sondear, debido a que no podía hablar para hacer las preguntas necesarias.

    Fuera de este trasfondo de suciedad, frustración y privación de cariño, ella había concebido una necesidad que Howson comprendió al instante, porque establecía un paralelismo con su propio deseo de importancia. Y aunque hubiera estallado en su misma cara, lo deseaba aún. Pero la muchacha anhelaba una llave del misterio del habla, la puerta de cristal que la separaba de todos. En un frenético intento de sustituir con cualquier otro lazo el que le faltaba, había desarrollado la costumbre de pasar todo su tiempo ayudando o trabajando para familias de la vecindad; una sonrisa de agradecimiento por cuidar de un niño, o una pequeña propina por un recado lo bastante sencillo para poder ser explicado por señas, eran su único sustento emotivo.

    Últimamente había necesitado de ese apoyo más que nunca; su padre se había emborrachado tanto que fue despedido de su trabajo hasta que se enmendara... cuando menos, así es como Howson interpretó los mal detallados recuerdos disponibles a su investigación. Como resultado de ello, había estado más violento y más malhumorado que nunca, y su hija tenía que permanecer fuera de casa para evitarle hasta que se durmiera. Al encontrar a Howson, cuando ella vino al semiarruinado almacén para abrigarse del viento, lo había ayudado automáticamente... poniéndole cómodo sobre la pila de viejos sacos, y yendo a buscar comida para él, con la esperanza de una pequeña muestra de gratitud.

    Alcanzó esta fase de su tanteante indagación, y notó que le dolía la cabeza. El ejercicio de su nueva facultad no era difícil en sí mismo; resultaba quizá como ver un cuadro por vez primera, cuando las formas y colores eran válidos para la visión sólo por la mirada, y lo que había de aprenderse era una serie de reglas para casarlas con los objetos sólidos ya conocidos, empleando una esclarecida labor de conjetura. Por otra parte, cansaba mucho concentrarse durante tanto tiempo. Comenzó a retirar contacto.

    Viendo su intención, la muchacha tendió su mano y asió la suya, con los ojos dilatados y suplicantes. Fulgurando en la mente, no manifestada en palabras, pero imposible de interpretar mal, era una llamada desesperada.

    El recuerdo del casi desastre, todavía a sólo pocas horas, estaba demasiado fresco para que Howson hubiese concebido cualquier nueva ambición. No tenía noción alguna de lo que deseaba hacer con su talento en desarrollo; emplearlo era procurarse una sensación excitante y espantosa de vértigo, como la de conducir un bólido por vez primera, y eso era cuanto podía pensar de momento sobre el asunto. Su instinto le seguía previniendo de que debía buscar la oscuridad por temor a las consecuencias.

    Sin embargo, allí estaba la oportunidad que ansiaba para ser importante ante cualquiera. Era cierto que ahora no se trataba de un ser cualquiera sino de una muchacha impedida, físicamente disminuida, en un conflicto semejante al suyo propio.

    Era demasiado pronto para decidir cuál de las dos corrientes opuestas iba a prevalecer, pero de momento no tenía de todos modos ningún plan alternativo para no acceder al deseo de la muchacha: ¡Quédate conmigo!

    Ella lanzó una risita de ronco e inhumano sonido, se dibujó en su rostro una tímida sonrisa, y tomó la olvidada bolsita con los alimentos para ponerla por fuerza en la mano de él y obligarle a comer.

    Transcurrió un tiempo incontable, que pareció llevarle adelante por simple inercia. Se hacían las cosas al acostumbrarse a una existencia fugitiva: de noche eran furtivas expediciones en busca de comida, cuando su don telepático le prevenía sobre la proximidad de alguien y había que escabullirse de su vista, y durante el día había tareas que por sí mismo no podría haberlas realizado.

    Oculto tras una pared baja del viejo almacén, comenzó a tomar forma un tosco colgadizo. Tan incontrastable como un perro, la muchacha trajo viejas planchas de madera y clavos roñosos y halló piedras para emplear como martillos. Era más fuerte que Howson, desde luego. Casi cualquiera era más fuerte que él.

    Nunca le dejó después de su encuentro original. Su padre era un jirón de niebla comparado con la presencia de Howson que podía comunicarse realmente con ella; la simple idea de una separación de más de unos minutos la aterrorizaba, implicando impermanente retorno a su antigua soledad. Al principio, él se preocupó de que alguien viniese a buscarla. Luego decidió que el riesgo era desdeñable y volvió su atención a sus propios problemas.

    Se pasó largas horas en silenciosa contemplación, con su mente empañada por la desgracia, pensando en todo el dinero que había tenido tan brevemente, que ahora estaba escondido en su vieja habitación, y que era imposible de recobrar; y en sus nuevos zapatos y chaqueta, que no se atrevía a ir a buscar. No sabía cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera aventurarse a andar por las calles. En una o dos ocasiones captó los dispersos pensamientos de un policía de patrulla, por lo que supo que aún estaba circulando una descripción de su persona.

    Aquella enteca existencia vegetal era cuanto le daba seguridad, al permitirla que se posesionara de él al cabo de pocos días. Ya que no podía escapar de ella físicamente, se evadía mentalmente, soñando de día a la manera antigua pero intentando encajar su nuevo don en el designio.

    Las películas sobre telépatas que había visto le procuraron un marco dispuesto a trabajar con él. Curioso, inquirió de la muchacha sobre su afición por el cine y la televisión, y encontró lo que esperaba... que los argumentos le interesaban poco, puesto que apenas podía seguirlos sin el diálogo, pero que el color y el encanto la obsesionaban.

    De manera experimental, extrayendo de las fantasías de hacía tiempo de la muchacha sobre un rico padre y una amantísima madre que irían a reclamar a su criatura antaño perdida y llevarla el don de la palabra, intentó esclarecer lo que se le había omitido a la chica por no haber oído nada. Y cuando se arrimaban ambos en el cobertizo abierto a las corrientes de aire, para entrar en calor, él construía inmensos dramas mentales, en los que aparecía de elevada estatura, erguido, apuesto, y ella de finos rasgos, bien formada, y encantadoramente ataviada.

    El real y cruel mundo comenzó a parecerle cada vez menos importante; lo poco que de él veía era más pardusco que nunca. Comenzó lentamente a sentir que si no volviesen a perseguirle sería feliz. Ocasionalmente recordaba que los telépatas eran bien tratados en aquel mundo, alabados y muy valorados. Pero no podía estar seguro de que no hubiese otras consecuencias presentándose a las autoridades. Consideró ir a la policía diciendo «¡Soy un telépata!» Y reconsiderándolo, aplazó el día. En el ínterin, había un mundo de sueños que atraía su interés y cada día se fueron haciendo esos sueños más brillantes y perfectos.

    Sí, todo el tiempo que pasaba ocultándose del mundo estaba recreándolo a su alrededor, contándose su propio mundo.


    * * *

    El hombre de las comunicaciones sujetó su casco al anillo que rodeaba su cuello, aislándose así del universo por todos los normales canales sensoriales. Ciego, sordo, ingrávido, suspendido, dejó de ser sellado en el compartimento estanco del columpiante satélite al contornear la espina dorsal de la Tierra y derivando ahora, sin necesidad de impulso energético, hacia el rojo resplandor de Marte. Empleaba técnicas yoga para relajarse, despejando su mente para el impacto de los mensajes provenientes de una distancia de diez millones de millas.

    (Una silenciosa pregunta, significando disposición a la recepción.)

    (Un sentido de excitación que no se atenuaba de día en día, implicando que la nave estaba funcionando perfectamente, y que por ende seguían siendo elevadas las esperanzas para el éxito de la misión.)

    Y luego:

    ...los hombres malignos se arrastraron ante el telépata que todo lo veía atravesando las paredes, cuando él desmembró las engañosas capas del condicionamiento hipnótico de la mente de...

    ¿QUIÉN ANDA AHÍ? ¿Están captando de Tierra un espectáculo de TV, por amor del cielo?

    ... la pobre muchacha prisionera en la sombría fortaleza donde ha de consumir su vida, sin hablar nunca a nadie...

    ¡Potencia, Dios mío, como siendo golpeado con una barra de hierro! ¿QUIÉN ERES?

    ... llorando ahora con gran alivio porque su perverso padre era sólo adoptivo y su rescatador...

    NAVE DE MARTE CORTA CORTA CORTA —habla más tarde— ésta es una fantasía de escapista, y su tendencia será un agrupamiento catapático antes de que sepamos dónde estamos y...

    ...sacándola de la prisión a un mundo brillante de resplandor de sol, sin miseria...

    ...y no podemos permitirnos perder una mente como ésa, ¡En nombre del cielo!, ¿podéis sentir el poder que tiene? ¡Es increíble!

    Desde la nave de Marte, teñido de conformidad:

    ¿Dónde está? ¿En tierra? ¿En qué ciudad y en qué calle?

    ¡En algún lugar sobre el hemisferio visible, creo! Hemos de encontrarle, antes deque...

    Y, en voz alta, cuando el hombre de las comunicaciones golpeaba en la pared de la cámara aislante:

    —¡Sacadme de aquí! ¡Pronto!


    Capítulo ocho


    Algo estaba sucediendo fuera, en el mundo real. Antes, la ciudad había sido entrecruzada por el rugido de los aviones, haciendo un continuo ruido ensordecedor al girar y cruzarse en nimbos paralelos sin desaparecer del alcance del oído, y ahora los helicópteros estaban zumbando justamente más allá del gris cobertor de nubes. Éstas vertían una fría lluvia sobre la parte de desparramados cascotes del derruido almacén, formando lagos en miniatura y riachuelos teñidos de rojo del polvo de los ladrillos. De cualquier modo, Howson no estaba interesado en el mundo exterior. Además, era un día de perros. Era mejor estar a cubierto y dejar vagar la imaginación.

    Sin embargo, y de manera singular, estaba resultando más complicado de lo que había imaginado perderse en sus fantasías. Inoportunas ideas le asaltaban espontáneamente, distrayéndole. Molesto, consideró evidentes explicaciones: hambre, frío, inconexas imágenes de la mente de la muchacha chocando con las suyas.

    Pero habían comido bien durante la noche, y la pequeña fogata sobre la que habían hecho una olla de guisado ardía aún y hacía agradable su tosco cobertizo. Y no había pregunta alguna de la mente de la muchacha discurriendo de consuno con la suya; era una audiencia increíblemente pasiva, contenta con borrarlo todo de su conocimiento, excepto las tentadoras visiones que Howson pudiera crear.

    No obstante, las distracciones continuaban, en el mismo borde déla conciencia, y eran tan lábiles que el acto de volver su atención a ellas las alteraba. Durante unos segundos podía parecer que estaba pensando: Esto es pueril; ¿por qué no voy y aprendo a emplear debidamente mis talentos? Luego, cuando intentaba borrar esto, y Pensaba: El medio presenta peligro; podría olvidar mi cuerpo, y morir de inanición mientras estuviera soñando. Y la enojada réplica: ¿Debería importarme?, era contestada a su vez: ¿sin conocer la intimidad de la amistad telepática?

    Jadeó y abrió los ojos, quedándose sentado de un tirón. Una punzada de dolor de los agarrotados músculos de la espalda siguió al movimiento. Junto a él, la muchacha gimió su queja al perder contacto.

    Él no la hizo caso, se puso torpemente en pie y se metió a través de las cortinas de sacos que formaban el umbral del cobertizo.

    Fuera la lluvia caía fina apenas lo bastante densa para velar los edificios circundantes, pero si lo bastante como para fijar la mirada arriba cuando lo intentó. El agua, sucia del humo de la ciudad y el polvo, se le metió en los ojos, cegándole. Además, a lo que estaba mirando se hallaba aún oculto tras las nubes.

    ¡Oculto! ¿Cómo podía ocultarse?

    Esta última perturbadora idea, que le había sacudido hasta los pies, no había sido ni suya propia ni de la muchacha. Tras su simple verbalización se hallaba capa tras capa de recordada experiencia, perteneciendo a un telépata con adiestramiento cabal y tremenda habilidad. No precisaba tener un previo conocimiento para sentirlo. El mensaje se identificaba ya por sí mismo.

    Así pues, habían venido a por él, que no podía correr y no había aprendido aún cómo obstruir sus proyecciones.

    El zumbido del helicóptero le majó los oídos, y la lluvia le punzó los ojos. Sin premeditación, se encontró dando traspiés a través del desigual suelo; una franja de viscoso barro trabó sus pies y se encontró tendido en un charco. Indiferente a la mojadura y a la suciedad, se puso de nuevo en pie, oyendo la informe voz como un gorgorito de la muchacha tras él, sintiendo que sus perseguidores le habían localizado ya sin duda y esperando que de un momento a otro las formas angulares de insectos, de los helicópteros, zumbarían a través del encapotado gris de las nubes y se le acercarían como buitres rodeando a un explorador perdido.

    ¡Y allí estaba ya uno de ellos! Jadeando y maldiciendo, dio la vuelta, resbalando y deslizándose y asiéndose a cualquier apoyo que pudiera impedirle otra caída de bruces. Una ráfaga de viento barrió su cabeza, sembrándola de aceleradas gotas de lluvia, como una perdigonada, al pasar el helicóptero sobre él, y se quedó quieto.

    La corriente de aire formaba una jaula en torno suyo, teniendo por barrotes las agujas de lluvia.

    La muchacha estaba chillando, tan cerca como podía; el desagradable sonido de sus quejidos se mezclaba confusamente con el bataneo del motor del helicóptero.

    telépata, ¿por qué tienes miedo?

    La silenciosa voz penetró en su cráneo como un frío viento depurador, aislando su conciencia a la vista del huracán de ruido y miedo. Estaba cargado de ánimo para aceptar lo que estaba sucediendo. Durante un momento se sintió demasiado sobrecogido para resistir a la intrusión; no era aquélla una idea tomada al azar por sí mismo de una mente pasiva, sino una deliberada proyección con la fuerza de años de mental disciplina tras de sí. Luego bajó a la vista el segundo helicóptero, y se sintió atenazado por el terror.

    ¡NO, NO, NO! ¡DEJADME SOLO!

    El pensamiento se proyectó sin punto de mira y el helicóptero, directamente sobre él, reaccionó como si hubiese sido alcanzado por una ráfaga de ametralladora. Bajó el morro, se retorció y se deslizó sobre el suelo, desnudo, sacudiéndose locamente cuando una de sus alas tendidas chocó con el muro del derruido almacén, girando el aparato en torno al punto de impacto. Cayó crujiendo ruidosamente, de costado, sus aspas se quebraron como palos secos y su motor se paró al instante.

    Incrédulo, Howson lo contempló aplastarse, apenas atreviéndose a aceptar que él hubiese sido el responsable. Sin embargo, sabía que lo era; había sentido la cegadora conmoción en la mente del piloto, desbaratándole todos sus reflejos. Además, había desplazado la voz mental del telépata al dirigirse a él, y había una sensación como de una contusión medio curada, allí donde se había formado el enlace entre ellos.

    En el mismo instante se dio también cuenta de que la mente de la muchacha había quedado desconectada y al mirar vio que la Sordomuda se había desplomado y yacía inconsciente en el barro.

    Le inundó la alegría por unos instantes. ¡Si podía hacer esto, Podía hacerlo todo! Que fuesen en su busca; los rechazaría con estallidos de resistencia mental hasta que hicieran lo que él quería y le dejasen solo.

    Y entonces sintió el dolor.

    Brotaba del casco destrozado del helicóptero en negras oleadas cegadoras, mas allá de todo control consciente, y estaba apuntado a Howson por la coexistente percatación de las víctimas de que era responsable. Jadeó, pensando que tenía rota su pierna, las costillas aplastadas, abierta la cabeza y sangraba por la hendidura producida por el filo de un agudo metal. Y en su mente sobrecogida se presentó, de nuevo, el telépata.

    Tú hiciste eso.

    ¡DEJADME SOLO!

    Y en esta ocasión, el helicóptero superviviente permaneció firme, trepidando sólo, pero sin abatirse, subsistiendo el enlace telepático, debido a que la furia de la proyección de Howson estaba atenuada por el dolor recibido. Comenzó de nuevo a moverse, con pasos vacilantes, a trompicones y haciendo eses, intentando vagamente esconderse en el derruido almacén, y tratando de formar contradicciones para responder a la acusación del telépata.

    ¡Dejadme solo! ¡No quiero ser importante! Cuando me mezclo con el mundo ocurren cosas malas (confusión de conceptos irradiados de eso: la policía esperando a una puerta, y el piloto del helicóptero manipulando convulsivamente sus mandos).

    Trepó un montón de ladrillos y cascotes de cemento, en dirección a una pared en la que el marco de media ventana formaba un boquete como una almena. La fría proyección del telépata continuó.

    Desperdicias tu talento en fantasías. No sabes cómo emplearlo. De ahí el desastre... como un bólido que nunca aprenderás a conducir.

    Y hábilmente asociadas con el mensaje había imágenes que hacían parecer al montón de cascotes como la carrocería de un coche destrozado, ardiendo contra la pared a la que se dirigía.

    Aturdido por el dolor, estremecido de pánico a causa de que la riqueza de su comunicación era tan casual y tan más allá de su propia competencia adiestrada, Howson llegó a la cúspide del montón de cascotes y se inclinó sobre la abertura de la media ventana. Había abajo un vacío de casi cuatro metros, en el cual había estado el nivel de los cimientos. Horrorizado, pensó en saltar abajo.

    Yo puedo protegerte del miedo y del dolor. Déjame.

    ¡NO, NO, NO! ¡DÉJAME SOLO!

    El contacto vaciló; el telépata parecía reunir su fuerza. «Dijo»:

    Está bien, mereces eso por ser un necio. ¡Estate quieto!

    Una especie de garra de hierro asió los centros motores del cerebro de Howson. Sus manos se aferraron al marco de la vieja ventana, sus pies hallaron un firme asentamiento en el antepecho, y no pudo moverse; el telépata había cogelado sus miembros. Ni Siquiera podía chillar su terror al descubrir que era posible.

    Luego aparecieron imágenes.

    Una puerta que daba a una callejuela. Chirriando al abrirse. Tras ella, la figura de un hombre esquelético, con los ojos inyectados en Sangre, las mejillas chupadas, arrastrándose sólo por la fuerza de una indómita voluntad. A través de la puerta podía verse que había dejado un rastro embarrado en una capa de polvo en el suelo.

    Y, a medias dentro y a medias fuera de la entrada, se desplomó. Pasó el tiempo y un niño que corría tras una pelota por la callejuela dio con él y se fue gritando en busca de auxilio.

    Vino un policía, y acomodó al hombre inanimado poniéndole su capote de almohada. Luego vino un médico con los asistentes de una ambulancia. Se observó el rastro en el polvo, y el policía y el médico entraron en el oscuro pasadizo, siguiendo la marcha del hombre.

    Y ahora una habitación alumbrada a través de sucias ventanas... un zaquizamí semejante a una pocilga conteniendo cuatro figuras más igualmente esqueléticas, una mujer y tres hombres, sobre cajas vacías de madera cubiertas de andrajos, incapaces de pensar o moverse y en sus rostros y manos...

    Howson sintió asqueado que el vómito le subía a la garganta, pero el firme asimiento mental se mantuvo consistente.

    En sus caras, en sus párpados, y en los pliegues de sus frentes y tras sus orejas, y en todas partes: polvo. Posado suave e inexorablemente, debido a que no podían moverse para quitarlo.

    Este fue un telépata —dijo el mensaje—. Se llamaba Vargas. También él prefirió perderse en fantasías destinadas a un auditorio admirativo. tanto él como su auditorio murieron.

    Howson lanzó un chillido. Lo logró. Forzó la tenaza que le Mantenía cautivo y se cimbreo, y supo en un instante de delirante terror, que había perdido su equilibrio y estaba dando tumbos... Su último pensamiento consciente fue el de una rama y una contusión que había durado semanas sin curar.


    * * *

    —Vas a ponerte perfectamente bien.

    Las palabras fueron pronunciadas en voz alta, y sutilmente reforzadas por una indicación mental de confianza en el futuro. Howson abrió los ojos viendo un sereno rostro ante él. Era un rostro más bien de buen aspecto, y dibujaba una sonrisa.

    Se pasó la lengua por los labios e intentó farfullar una respuesta, pero su mente iba por delante de su voz.

    —No te esfuerces por hablar. Yo soy el telépata... Me llamo Daniel Waldemar.

    Al percatarse de los vendajes de su cabeza y brazos, Howson transmitió una confusa pregunta. La respuesta fue:

    —¡Estás perfectamente! Te suministramos protombina cuando nos dimos cuenta de que sangrabas tanto. Todas las heridas están formando costra ya. — Y bruscamente, una conmutación con la telepatía—. Eres un milagro, ¿lo sabes? ¡Podrías haber muerto ya cien veces, de accidente!

    No había sido así, y por ende la indicación parecía fuera de propósito. Él perseguía una cuestión más importante.

    —¿Qué va a sucederme?

    La pregunta estaba teñida de miedo y de vagas imágenes de vivisección humana.

    —No temas —respondió en voz alta Waldemar, lentamente y recalcando sus palabras—. No se te puede hacer nada que no puedas comprender. ¡Nada! ¡De ahora en adelante, y para siempre, puedes saber en todo momento lo que alguien está haciendo, y por qué!
    —¡Des... de luego! — Howson sintió que una especie de sonrisa afloraba a su torcida cara, y ante esta tranquilizadora manifestación, Waldemar soltó una risita y se puso en pie.

    Te pondremos ahora en el helicóptero. Irás a alguna parte y se atenderán debidamente esas heridas. Ahora me voy.

    —Espera.

    Waldemar se detuvo, mostrando atención.

    —La muchacha. Es sordomuda. Yo era todo cuanto ella tenía... todo cuando importaba en su vida. Si me lleváis a mí, tenéis que llevarle a ella también. No es justo...

    Sorprendido, Waldemar plegó los labios. Hubo una momentánea sensación de escucha, como si hubiese hecho una investigación mental y quedado satisfecho.

    —Bueno, ¿por qué no? Es absurdo que alguien pueda ser dejado en tal estado en nuestros días. Su cerebro no está lesionado, lo cual significa que puede tener una voz artificial, oído artificial... ¿Por qué no? Bien, la llevaremos con nosotros.

    Howson cerró los ojos. Estaba seguro que la sugerencia le había sido inculcada en su mente por Waldemar, pero no le importó. Lo único que importaba ahora es que estaba contento con lo que había sucedido y que el futuro no le aterrorizaría más.

    Una risita mental le provino de Waldemar, y seguidamente se durmió.


    Libro Segundo
    AGITAT

    Capítulo nueve


    Howson se encontraba sentado con la mirada posada de manera desvaída sobre Ulan Bator, pensando hasta qué punto su condición se asemejaba a la suya propia. Podía percibir su temple colectivo; durante el resto de su vida se hallaría interminablemente sometido a una especie de clima emocional, la suma de las mentes individuales que le rodeaban.

    La ciudad había sido más bien descuidada y tenía un ambiente provinciano, a pesar de ser la capital de un país. La cambiante pauta del mundo —transporte, comercio, comunicaciones— la había incorporado apresuradamente a los tiempos modernos; ahora era un lugar de magníficas torres blancas y amplias avenidas y concurrían a ella viajeros de toda clase. En medio de la agitación del cambio los viejos no podían más que preguntar qué era lo que se había abatido y anhelar sin entusiasmo el pasado más sencillo.

    Así, también él había sido sorprendido por un cambio que no deseaba, y creía que únicamente lo podría aceptar si fuesen posibles otros cambios... los que él deseaba.

    No era que no hubiesen sido amables con él. Se habían tomado muchas molestias por su persona. Aparte de los inmensamente minuciosos reconocimientos médicos que sus especialistas le habían hecho —y aquel hospital de Ulan Bator era el principal centro terapéutico de la OMS* en toda Asia, con una proporcionada plantilla— había tales lujos menores que apabullaban. Como el Sillón en el que estaba sentado, sutilmente diseñado para acomodarle a él pues era más pequeño que lo acostumbrado, con el relleno especial que se acoplaba a sus deformidades. También la cama estaba diseñada para él, y el equipo del cuarto de baño adyacente, y todo lo que le rodeaba.

    Organización Mundial de la Salud

    Pero él no deseaba eso. Era lo mismo que ser ayudado a subir a un autobús atestado: un odioso recordatorio de su impedimento.

    Percibió un ligero golpear con los nudillos a la puerta, y automáticamente volvió su atención al presunto visitante... No, visitantes. Hasta entonces no había aceptado un adiestramiento formal en el empleo de su talento, pero había telépatas entrenados en la plantilla permanente del hospital, y simplemente el estar cerca de ellos había aumentado su dominio y sensibilidad. No podía dejar de admirarlos... ¿y quién podría? Pero hasta la fecha no había sabido nada de ellos que le reconciliara con ser lo que ellos no eran: un enano deformado.

    En voz alta, y telepáticamente a la vez, dijo:

    —Está bien, adelante.

    Pandit Singh fue el primero en entrar. Era un hombre corpulento, tirando a obeso, con una barba pulcramente peinada y agudos y brillantes ojos, que dirigía la terapia A... En otras palabras, responsable de todo el tratamiento neurológico y psicológico llevado a cabo en el hospital. La gente, incluyendo a Howson, le apreciaba; Howson había quedado impresionado por el hecho de que su simpatía estaba siempre teñida por la determinación de hacer algo si era posible. La compasión de demasiadas personas estaba fermentada por el alivio de que ellas eran cuando menos físicamente cabales.

    Le acompañaban Daniel Waldemar y un componente del equipo de neurólogos, una mujer llamada Cristina Bakwa, a la que ya había conocido antes Howson en uno de los muchos cuartos de examen a los que le habían llevado. No era hábil en disciplinar sus pensamientos verbalizados, los más fácilmente accesibles a una casual «mirada» telepática, y antes aún de que entrase en la habitación, Howson había sabido ya por ella la mayor parte de lo que Singh iba a decir.

    Sin embargo, indicó con breve gesto que tomaran asiento y giró su propio sillón sobre sus suaves ruedecillas para enfrentarse a Singh.

    —¡Buenos días, Gerry —dijo Singh—. Oí que su amiga vino a verle. ¿Cómo está? Hubiese querido hablar con ella, pero estuve demasiado ocupado.
    —Va quedando bien —respondió Howson. Y así era; la muchacha estaba comenzando a acostumbrarse a los cables tembladores que diestros cirujanos habían encajado en sus oídos, y las bioactivadas cuerdas plásticas bucales que habían reemplazado a las suyas. Existía la promesa de que entraría en posesión de una voz parlante, si bien vacilante, musical, una vez que hubiese completado el adiestramiento. Howson dio un manotazo a la envidia ante la infantil alegría de la muchacha, y añadió la pregunta sobre la cual sentía ya la respuesta.
    —¿Y qué hay de mi persona?

    Singh le miró fijamente y respondió:

    —Ya sabe usted que tenemos malas noticias que darle. No podría ocultar el hecho de ninguna manera.
    —Detállelo —dijo Howson obstinadamente.
    —Muy bien —suspiró Singh. Hizo un gesto a Cristina Bakwa, y ésta le dio una carpeta con papeles, que sacó de una cartera que llevaba. Escogiendo el pliego de la parte superior, continuó—. Para empezar, Gerry, hay la cuestión de su abuelo... el padre de su madre.
    —Murió mucho antes de que yo naciera —murmuró Howson.
    —Así es. ¿Le dijeron a usted alguna vez por qué murió tan joven?

    Howson denegó con la cabeza, respondiendo:

    —Me parece que a mi madre no le gustaba hablar sobre el particular, por lo que nunca la insté a que me lo contara...
    —Bien, ella debió haberlo sabido. Era lo que se llama un hemofílico... cuyo normal abastecimiento de enzima trómbico estaba ausente. Nunca debió haber tenido hijos. Pero lo hizo, y usted heredó la condición a través de su madre.
    —Ya te lo dije —intervino Daniel Waldemar—. Cuando te atábamos llevando a bordo del helicóptero..., ¿recuerdas? Te dije que te habíamos dado protrombina, que es un agente artificial coagulante. Tus rasguños y contusiones han tardado siempre mucho tiempo en curar, ¿no es así? Una fuerte hemorragia nasal, por ejemplo, te habría llevado al hospital para un mes, y muy posiblemente te hubiese matado. Tienes suerte de estar con vida.

    ¿Lo estoy? Howson llevó a su interlocutor a nivel telepático, pero su objeción era tan amarga, que Waldemar vaciló ostensiblemente.

    En voz alta, Howson replicó:

    —¿Y así qué? La protrombina obra en mí: las heridas que sufrí cuando me recogisteis han curado con bastante rapidez tras haberse formado las costras.

    Singh cambió una ojeada con su compañero. Antes de que pudiera hablar de nuevo, Howson había captado lo que estaba en la mente del corpulento indio.

    —¿No? — murmuró.
    —No. Lo siento, Gerry. En efecto esas heridas sanaron en apenas la mitad del tiempo que se esperaría en una persona saludable. Y algo mucho más serio que uno de esos cortes —digamos un hueso roto— probablemente no sanará en absoluto. Sin embargo y paradójicamente, eso es lo que hace de usted el más prometedor novato telépata que se nos ha presentado desde Elsa Kronstadt. Permítame que se lo explique con todo detalle.

    Sacó un papel de la carpeta de manera que Howson pudiera verlo. Era una amplia representación esquemática, en blanco y negro, de un cerebro humano. En la base de la corteza había marcado una pequeña flecha roja.

    —Usted ya ha captado probablemente la mayor parte de lo que voy a decirle —manifestó—. Como Daniel señaló cuando le encontró, usted ya no necesita dejar de comprender lo que se le ha hecho y por qué. Pero voy a pasarlo por alto, si no le importa, pues no siendo yo un telépata organizo mejor las palabras que ideas no expresadas verbalmente.

    Howson asintió, contemplando con dolorosa aflicción el dibujo.

    —La información se almacena en el cerebro más bien casualmente —prosiguió Singh—. Ya ve usted que hay mucha capacidad disponible. Pero existen ciertas zonas donde se concentran normalmente los datos particulares, y lo que llamamos «imagen corporal» —una especie de referencia— tipo de la condición del cuerpo se contiene aquí donde señala la flecha. Una gran cantidad de los datos requeridos para sanar se encuentra al nivel celular, naturalmente, pero en su caso falta este mecanismo... testimonio su hemofilia. Se puede enmendar eso mediante la ayuda de la estimulación artificial de su centro «imagen corporal», pero por esa paradoja que mencioné...

    ¡Cambió el dibujo por otro mostrando el cerebro desde abajo portando también una flecha roja indicadora.

    —...Aquí tenemos ahora un cerebro típico medio... como el mío o el de Cristina. La flecha roja apunta a un grupo de células llamadas el órgano de Funck. Es tan pequeño que su existencia no fue advertida hasta que se descubrieron a los primeros telépatas. En mi cerebro, por ejemplo, consiste aproximadamente en unas cien células, no muy diferentes de sus vecinas. Observe su emplazamiento.

    Extrajo de la cartera otro pliego, que era una gran transparencia de rayos X, el blancuzco trazado de un cráneo con mandíbula y vértebras del cuello.

    —Recordará usted que tomamos una radiografía de su cabeza, Gerry, tras haberle aplicado una substancia radio—opaca con selectivas... ah... células «coloreadas» en el órgano de Funck. Eche un vistazo al resultado.

    Howson dirigió una soñolienta mirada a la imagen.

    —Esta masa blancuzca de la base del cerebro —dijo Singh—, es su órgano de Funck. Es el mayor, casi en un veinte por ciento que cualquiera de los que jamás he visto. Potencialmente, posee la facultad telepática más poderosa del mundo, debido a que éste es el órgano que resuena con impulsos en otros sistemas nerviosos. Es usted capaz de contender con una cantidad de información que da vértigo a la mente.
    —Y ello me convirtió en un tullido —observó Howson.
    —Así es. — Lentamente, Singh dejó la radiografía a un lado—. Sí, Gerry, ello ocupa el espacio ocupado normalmente por la imagen corporal y, como resultado, no podemos hacer nada para enmendar su cuerpo. Cualquier operación lo suficientemente aportante para recomponerle, sería también lo bastante grande como para matarle.


    * * *

    —¿Bien, Daniel? — dijo Singh cuando volvieron a su despacho. El telépata, cuya especialidad era el descubrimiento y adiestramiento de nuevos miembros de su especie, meneó lentamente la cabeza.
    —No tiene razón alguna para cooperar —dijo. ¡Santo Dios!, ¿le censura usted por ello? ¡Piense en su estado! Su cara, cada vez que se mira al espejo... le reproduce la imagen de un niño idiota a punto de vomitar. ¿Qué compensación supone, tras veinte años de eso, convertirse en telépata? He captado cosas de su mente... —Se detuvo, tragando saliva con esfuerzo, y prosiguió—. ¡Considérelo! Fue alcanzado primero a escuchar desde órbita, por un comunicante espacial, de manera que potencialmente su «voz» es la más alta de la historia. Pero su voz real no ha hecho su cambio... sigue teniendo esa ridícula aflautada de castrado. Y por amor de Dios, nunca perdió sus dientes de leche; bien, con respecto a su hemofilia, pero piense lo que ello hizo a su psiquis. Le tarda tres meses en crecer el pelo suficiente para ir al barbero. Nunca ha comenzado a salirle la barba. En cuanto a la sexualidad, ha adquirido actitudes superficiales, pero sin experimentar jamás las emociones; Dios sabe lo que eso le producirá la primera vez que entre en contacto con alguien con un acusado problema sexual.
    —¿No podemos abordar eso?
    —Está fuera de causa —restalló Waldemar—. No puede usted desear seriamente el empeoramiento de su condición... y créame que la empeoraría, de tornarle sexualmente capaz mediante hormonas y dejándolo en su mal conformado cuerpo. Y tampoco estoy seguro de que tuviera usted éxito; su imagen corporal se halla tan distante de lo normal, que no me atrevo a suponer si pudiera o no responder a las hormonas.
    —Lo que yo estaba pensando era... —intervino Cristina Bawka, pero se interrumpió. Waldemar la lanzó una ojeada.
    —¿Estaba usted preguntándose si yo podría descomponer su mente y conjuntarla de nuevo, eh? ¿Para despejar esa terrible envidia que ha concebido en su amiga?
    —Pues sí —admitió la neurólogo, con gesto vago—. Veo por qué está tan resentido; quiero decir, que el dotarla a ella de habla y oído fue tan fácil, que inconscientemente debe sentirse incrédulo sobre que sea imposible ayudarle, y el propio hecho de que lo pusiera como condición para ir con usted, sugiere que ha adquirido un gran énfasis.
    —De acuerdo —convino Waldemar—. Sólo que... él es poderoso.
    —Pensé que usted había logrado dominarle cuando lo localizó.
    —Brevemente. No lo habría conseguido en absoluto de no haber estado él sufriendo terriblemente por la desgracia que había causado al hombre del helicóptero estrellado. Y rompió mi eventualidad de asimiento.
    —No, a sangre fría, él podría resistir cualquier intento de ingerencia en su mente, y no estoy seguro de que el telépata que lo intentase se mantuviera en sus cabales.

    Hubo un profundo silencio que fue roto por el zumbido de un teléfono colocado sobre el escritorio de Singh. Se movió pesadamente para bajar la palanquita de atención.

    —¿Sí?
    —El señor Hemmikaini desea verle, doctor Singh —informó una voz.
    —¡Oh, muy bien! Envíelo arriba —Singh volvió a mover el conmutador y lanzó una ojeada a sus compañeros—. Es uno de los ayudantes especiales de la secretaría general de las Naciones Unidas. Sospecho que tendré que ocuparme de lo que desea antes de perder todo mi tiempo pensando en Howson. Pero con el potencial que este representa...
    —Se podría desear —completó la frase, poniéndose en pie— que el resto del condenado mundo dejara de importunarnos durante unos cuantos días, permitiéndonos atravesar el muro de ese resentimiento. Alguien tendrá que descubrir alguna vez si nosotros los telépatas hemos causado más molestias de las que hemos ahorrado.

    Dirigió a Waldemar una torcida sonrisa y salió.


    Capítulo diez


    Hemmikaini era un hombrón de cara redonda con abundante cabello muy recortado y piel sumamente sonrosada. Tenía el aspecto de lo que era... un ejecutivo de éxito en su labor y consagrado a ella. Únicamente la naturaleza de sus tareas era insólita.

    Tras tender a Singh una mano de dedos regordetes y colocar su cartera negra en una esquina de la mesa, se dejó caer en un sillón retrepándose en él.

    —Bien, ya sabe usted por qué estoy aquí, doctor Singh. También sabe que el tiempo corre deprisa, por lo que no voy a perder nada de él en triviales cortesías. Tenemos un problema. Hemos llegado a conclusiones mediante ordenadores de que necesitamos alguien con los talentos del género que posee Elsa Kronstadt. Ergo, la necesitamos... ella es única. Sin embargo, nuestra solicitud para que se la relevara de sus servicios, hecha al director jefe de este establecimiento, fue contrarrestada por la sugerencia de que alguien debía venir a verlo y hablar con usted. ¿Por qué?

    Singh se acodó en su mesa, miró sus manos, y juntó meticulosamente las yemas de sus dedos tras lo cual, y sin levantar la cabeza, dijo:

    —En efecto, lo que usted desea saber es lo que posiblemente puede estar haciendo aquí, que nosotros consideramos más importante que la operación de pacificación de las Naciones Unidas.

    Hemmikaini parpadeó, y tras una pausa asintió:

    —Ya que usted lo expone tan a rajatabla, convengo en ello.

    Singh emitió un sonido indefinido y luego dijo:

    —¿Supongo que de nuevo se trata de África del Sur?
    —Buena suposición, si ha estado usted leyendo los periódicos. Pero haré una corrección. — Hemmikaini se inclinó hacia delante, con solemnidad—. No es precisamente «de nuevo en África del Sur», en ese tono de voz. Ya desde la emigración negra, cuando la mitad de la población laboral sudafricana salió del país, ha sido una espina clavada en nuestra carne... como lo fue antes, por Dios. Hemos vuelto una y otra vez a la limpieza tras cada sucesivo estallido de terrorismo y violencia, y creíamos haber resuelto finalmente el problema. Pero no ha sido así... del todo. Mas en esta ocasión queremos hacer lo que hemos estado esperando hacer desde que dispusimos de telépatas para ayudarnos.
    —Desean atajar la cosa antes de que se produzca —murmuró Singh.
    —Exactamente. Ya disponemos de bastantes datos. Makerakera ha estado allí durante tres meses, con todo el equipo de que podemos disponer. Pero el fin del plazo está demasiado próximo. Necesitamos a Elsa Kronstadt para dar la batida.

    Singh se levantó bruscamente y se fue a grandes zancadas a la ventana. Pulsando el conmutador de «transparencia completa», tendió la mirada sobre Ulan Bator y, de espaldas a Hemmikaini, dijo:

    —Siento decirle que no podrán tenerla.
    —¿Qué? — espetó Hemmikaini—. ¡Mire usted doctor Singh...! — Se detuvo al percatarse de la brusquedad de su tono, y añadió más cortésmente—. ¿Es ésa la respuesta de la doctora Kronstadt?
    —No tengo la menor idea. La solicitud no le ha sido ni siquiera entregada.
    —Entonces, ¿qué diablos quiere usted decir? — barbotó Hemmikaini, sin pretender permanecer en calma esta vez.
    —Usted debe haberse preguntado probablemente —respondió Singh— por qué Elsa dejó la Agencia de Pacificación de las Naciones Unidas, en la que virtualmente preconizaba las técnicas de control no violento, que subsiguientemente se habrían convertido en práctica normativa y corriente.
    —Sí, desde luego que si —restalló Hemmikaini.
    —¿Y...?
    —Bueno... pues creo que supuse que ella deseaba un cambio. ¡Trabajaba muy a menudo hasta el agotamiento, por Dios!
    —Más que hasta el agotamiento, señor Hemmikaini —replicó Singh volviéndose. La luz de la ventana destacó las mechas grises de su cabello y barba— Elsa Kronstadt es la cosa más próxima a una mujer muerta. — Los labios de vivo rosado de Hemmikaini se abrieron de par en par, pero de su boca no brotó sonido alguno.
    —De costumbre —dijo inexorablemente Singh— alguien tan indispensable como Elsa es examinado por médicos, psicólogos, Una horda de expertos en fin. Se produjo una sucesión de crisis hace pocos años —India, Indonesia, Portugal, Latvia, Guyana, en cadena —y tales precauciones fueron omitidas temporalmente. Después descubrimos un tumor maligno en el cerebro de Elsa. De haberlo percibido a tiempo, lo hubiésemos podido haber extirpado microquirúrgicamente; algo después, podríamos haber empleado la ultrasonda o haces electrónicos focales. Pero tal como sucedió todo no existe actualmente medio alguno de extirparlo, a menos de cirugía mayor bajo la corteza.
    —¡Oh, Dios! — exclamó Hemmikaini, sin mirar a Singh, pues probablemente no podía—. ¿Quiere usted decir que habrían de sajar a través de su órgano telepático, para extirparlo?
    —Exactamente.
    —¿Lo sabe ella?.
    —¿Ha intentado usted alguna vez ocultar un secreto a un telépata? Otro telépata puede lograrlo, y en el caso de Elsa no estoy seguro de si ha nacido alguien que pudiera evitarla, si ella estaba realmente decidida. Ella es capaz de manejar la personalidad total de otro ser humano o la «toma» de conciencia de una docena de manera simultánea.

    Singh volvió su mano en el aire, como si estuviera esparciendo un montón de polvo de la palma.

    —No la puede usted tener, señor Hemmikaini. Mientras se encuentre ella aquí podemos mantenerla con vida y ahorrar su energía. No es exactamente una inválida... vive una vida semejante a cualquier otro componente del equipo, pero sólo efectúa una clase de trabajo, y raramente.
    —¿A causa del esfuerzo?
    —Por supuesto.

    Hemmikaini se pasó la lengua por los labios.

    —¿Qué trabajo es el que hace?
    —¿Sabe usted lo que es un agrupamiento catapático? — preguntó a su vez Singh. Y ante el movimiento de cabeza de respuesta, añadió—. Es una palabra bastarda, acuñada de «catalepsia» y «telepático», desde luego. De cuando en cuando, un telépata torna a una personalidad inadecuada. Acaso aborda una tarea demasiado grande para él. O acaso no puede afrontar las responsabilidades inherentes a su talento. O tal vez encuentra al mundo generalmente insoportable. — Pensó brevemente en Howson, tullido, de infratamaño, y se apresuró a decir—. Prefiere retirarse a la huida y se compone un mundo de fantasía que es más tolerable. Bueno, todos hacen esto ocasionalmente. Sin embargo un telépata puede hacerlo en gran escala. Puede procurarse una audiencia... tanto como ocho personas si es poderoso... y llevarlas en su fuga con él. Las llamamos «personalidades reflexivas» pues reflejan y alimentan el ego del telépata. Y cuando sucede esto, se olvidan no sólo del mundo, sino hasta de sus cuerpos. No sienten hambre, o sed, o dolor. Y como puede suponer, no desean despertar.
    —¿No despiertan nunca? — preguntó Hemmikaini.
    —Oh, eventualmente. Pero ya puede verlo, el no sentir ni hambre ni sed no quiere decir que no existan. Después de cinco a siete días se produce un daño irreversible en el cerebro, y lo que finalmente los despierta es el descenso del poder del telépata hasta más abajo del nivel en el que puede mantener un enlace complejo. Y para entonces son ya esperanza pasada.
    —¿Qué tiene esto que ver con Elsa Kronstadt?
    —Incluso un telépata inadecuado es precioso —respondió Singh—. Hay una probabilidad de preservar un agrupamiento catapático, si se le halla a tiempo. Hay que irrumpir en el mundo de la fantasía y hacerlo aún menos tolerable que la realidad. Y Elsa es la única persona viva que puede lograrlo consistentemente. Así pues, ya ve usted, señor Hemmikaini —se permitió una fingida sonrisa— que tengo una respuesta a su pregunta: ¿qué puede ser posiblemente más importante como tarea para Elsa que un destino superior de pacificación en las Naciones Unidas? Ha salvado ya a casi dos docenas de telépatas para el futuro; colectivamente ellos han hecho mucho más de lo que ella podría haber hecho nunca.

    Hemmikaini permaneció silencioso durante unos instantes, y finalmente preguntó:

    —¿Cuánto le queda de vida?
    —Podría morir de agotamiento durante la próxima sesión terapéutica. O podría vivir cinco años. Es una suposición.

    Silencio de nuevo y seguidamente el hombre de las Naciones Unidas se movió poniéndose en pie.

    —Gracias por su explicación, doctor Singh —murmuró—. Supongo que habremos de apañárnoslas con nuestro segundo mejor.


    * * *

    Fue al caer el día que, movido por un inexplicable impulso, Singh fue al apartamento del ala este del hospital, en el que vivía Elsa Kronstadt. La encontró sentada ante una máquina de escribir, revoloteando sus magníficas manos alargadas como colibrís sobre las teclas, y el aire colmado del suave zumbido del motor eléctrico.

    —Entre, Pan —invitó—. Un momento y estoy con usted.

    Singh entró, cerrando la puerta tras sí. No pudo dejar de mirar a Elsa, pensando en cuanto había cambiado desde la primera vez que la viera. Su bella cabellera se había vuelto completamente cana, el enérgico rostro se hallaba surcado de arrugas, y el saludable atezado de su piel se estaba tornando de cerúlea palidez.

    —Sí, Pan, lo sé —dijo ella amablemente. Sacó el papel de su Maquina y se volvió para mirarle—. A veces me asusta... Y trato de exorcizar la idea, desde luego.
    —¿Qué quiere usted decir? — murmuró Singh.
    —He decidido escribir mi autobiografía —respondió ella. Una maliciosa sonrisa atravesó su rostro—. ¡Un seguro «best—seller» me dijeron! Oh, siéntese, Pan. No necesita ser ceremonioso conmigo, ¿no cree? Sobre todo porque yo le hice llamar.

    La sorpresa murió en el instante en que tomó forma en la mente de Singh. Lanzó una ahogada risita y se dirigió a una butaca. Elsa Kronstadt reclinó su codo en la suya y posó su barbilla en la palma de la mano.

    —Está usted preocupado, Pan —dijo, en brusca reversión a un tono serio—. Y está ensombreciendo hace días la casa. Es debido principalmente a ese novato que Daniel recogió, — ¡pobre muchacho!— pero esta mañana me di cuenta de que me había enredado en el asunto, por lo que pensé que debía tener una charla. Espero que aprecie mi espera hasta que no estuviera usted desocupado.
    —¿Necesitó realmente enviar a por mí, Elsa? — dijo Singh articulando lentamente las palabras, debido a que sabía que el pensamiento había surgido de una manera demasiado forzada en la conciencia como para ocultarlo.
    —Sí, Pan.— Sus palabras cayeron como piedras—. Esto va empeorando. Necesito economizar ya el empleo de mi telepatía; me canso muy pronto; y me vuelvo confusa. Ello me hace sentir muy vieja. Mire, me hubiese gustado casarme, tener hijos.

    Hubo un silencio y sin mirar al doctor Singh, prosiguió:

    —Creo que debiera haberlo intentado, a pesar de todo, si no hubiese visto interiormente el infierno que resulta ser un hijo no telépata de telépata. ¿Recuerda usted a Nola Grüning?
    —Sí —murmuró Singh.

    Nola Grüning se había casado... con un telépata, naturalmente; fue lo único cuerdo que hizo... y tuvo un hijo que no heredó la facultad de sus progenitores y se enganchó en un agrupamiento catapático, con brillantes fantasías de crianza, de las cuales Elsa hubo de separar una por una las personalidades reflexivas, dejando a Nola desesperanzadamente demente.

    —¡Vaya pues! — dijo Elsa con forzada animación—. Así que la autobiografía. Cuando menos puedo dejar palabras tras de mí. Y ahora, dígame lo que me llevó a su preocupación.

    Singh no se molestó en hablar, limitándose simplemente a forjar los hechos en su mente para que ella los inspeccionara.

    Elsa suspiró.

    —Tiene usted razón, desde luego —dijo—. Yo no podía afrontar una situación tan compleja... ni una más. Me hubiese hecho añicos. Es la frustración, ya lo ve. Usted aborda el gran problema, y aún deja una partida de ellos por resolver, acaso miles de pequeños problemas, y cada uno de ellos daña... Me acostumbré a ser capaz de resignarme. Yo... yo me he visto forzada a dimitir. — Se movió en su butaca, como ahuyentando un mal sueño—. Sin embargo, la gente se ha vuelto ciega y también insensata, desde el alba de la historia. ¡Yo sigo siendo humana, después de todo! A propósito, ¿está logrando Daniel algo con su novato?
    —Todavía no. Por eso es por lo que he estado irradiando preocupación, desde luego.
    —¡Qué maldita vergüenza! A veces pienso que fui increíblemente afortunada, a pesar de todo, Pan. Cuando menos tuve padres Inteligentes, una infancia sana, educación de primera clase... Suponiendo que la posterior aparición del don —nunca antes de los diecisiete años, lo más a menudo a los veinte— es una especie de seguridad natural contra ello, destruyendo una inmadura personalidad, reconozco que yo estaba tan bien equipada como pudiera haberlo estado. Pero con él es un verdadero lío, ¿no es así? Huérfano, tullido, hemofílico...
    —¿Tiene usted alguna idea que pudiera servir? — aventuró Singh.
    —¡Ha llegado usted tarde, Pan! — respondió Elsa, con estridente risa—. Daniel me preguntó hace una semana si podía ayudar.
    —¿Y puede?

    El rostro de Elsa se puso blanco como si se hubiese apagado una luz tras él, y respondió duramente:

    —No me atrevería, Pan. He contactado los bordes de su mente y me he desviado. En otro tiempo podría haberme arriesgado... hubiese contrapesado mi experiencia al poder desnudo que posee. Podría haberme asegurado contra él atemorizándolo. Pero soy ya demasiado vieja para contender con él ahora... y estoy demasiado enferma.
    —¿Qué va a ser de él entonces? ¿Lo perderemos? — preguntó Singh, con lengua espesa.
    —No puedo penetrar lo bastante en su personalidad para decírselo. Es evidente que dispone de la empatia en espera de ser destapada; y si así ocurre, será mi sucesor. Espero que se dé usted cuenta. En caso contrario, puede odiarse a sí mismo hasta la locura. No sé ahora lo que debemos hacer ahora para mantener el equilibrio, Pan. Ya le he dicho, no me atrevo a sondear tanto en su mente.


    Capítulo once


    No mucho después comenzaron a dejar solo a Howson, y esto también se convirtió —pues él era lo bastante sincero en admiro cuando tomaba firme conciencia de sí mismo— en fuente de resentimiento. La manera como analizaba sus sensaciones, su deseo de ser tratado como importante, se hallaba aún activo en su subconsciente; su postura de obstinada resistencia a los ruegos de Singh y a la persuasión telepática de Waldemar era satisfactoria de rebote, pues presentaba un medio de asegurar la continuación de su interés. En cuanto cediera y comenzara a cooperar, la mayoría de su entrenamiento lo efectuaría él mismo. Otro telépata únicamente podría apartarle de sendas extraviadas. Cada cual era único, y cada cual tenía que enseñarse a sí mismo.

    Desde luego, eso sólo era la mitad de la cuestión. La otra mitad le miraba desde el espejo.

    Era fácil de comprender. Otras cosas le desconcertaban un poco. La manera más bien cautelosa con que Waldemar trababa contacto con él le resultaba desconcertante mucho tiempo después de su llegada a Ulan Bator; no obstante, cierto día se deslizó la explicaron de Waldemar sobre el asunto. Temió que Howson pudiera volverse loco, y la posibilidad de un telépata demente con el poder de Howson era sombríamente espantosa.

    Más aterrador aún fue el descubrimiento que Howson hizo después de que la idea germinara en su propia mente: la idea de huir a la locura presentaba una horrible fascinación, ofreciendo la posibilidad de ejercer un poder desenfrenado, sin las cortapisas impuestas por el hecho de causar sufrimiento, que a su vez infectaría a él... como ya había experimentado el dolor de los hombres del helicóptero estrellado.

    Antes del incidente que distrajo la atención de todos sobre él, se había permitido mostrarse por el hospital, y había hallado suficientemente interesante el cojear por los corredores de manera ocasional, sin que los componentes de la plantilla se lo impidieran, pues habían recibido instrucciones de Singh de que no lo molestaran. Había sentido reiteradas punzadas de envidia, sin embargo, cada vez que contemplaba a un paciente camino de su restablecimiento, bien fuese de una dolencia mental o física, y ahora prefería quedarse sentado cavilando en su habitación, dejando vagar su mente. Esto no lo podía resistir; como lo había sabido cuando hizo su aparición el don por primera vez, no había medio más sencillo para ocluirlo que cerrando los ojos.

    Cuando se desplegaba al máximo de la sensibilidad, el hospital, y la ciudad más allá, se convertían en un caos de insensatez. Sin embargo, estaba desarrollando sus poderes de selección, y demostrándose a sí mismo que lo que hallaba lo había supuesto subconscientemente: la precisión era una función no tanto de alcance como de extraño «ruido» mental, y una cuidadosa concentración le permitiría captar una simple mente entre miles, de la misma manera que se puede seguir a un solo orador entre la algarabía de una animada reunión.

    Algunas personalidades eran muy fáciles de captar; florecían, como bolas de fuego contra un negro firmamento. Los telépatas del personal hospitalario eran naturalmente los elementos más fáciles de todos, pero se sentía renuente a establecer contacto con ellos; cuando así lo hacía, notaba una cordialidad básica, la cual sin embargo era desvaída, debido a que a ellos les parecía tan evidente que cualquier telépata desearía el don que él había recibido, que se sentían desconcertados y turbados por su depresión.

    En cualquier caso, todos menos uno de ellos estaban preocupados con su trabajo. La excepción era el poseedor de una mente que iluminaba un ala entera del hospital con una radiación tan brillante, que escudaba la personalidad tras ella. El había probado en torno a los bordes de la radiación, y sentido un aura de confiado poder que le dio que pensar y detenerse; luego, de manera inesperada, había sentido una perturbación en la personalidad, y el aura se oscureció y casi se desvaneció. Si se podía imaginar una estrella borrándose por desgaste, se podía comprender lo que había sucedido. Howson lo halló superior a él, y prefirió dirigir su atención a otra parte.

    Había preguntado de manera casual a quién pertenecía esa mente tan extraordinaria, y la respuesta fue que se trataba de la legendaria Elsa Kronstadt, en quien se basaba el personaje de una película que había contemplado en la ocasión del hombre del traje oscuro... lo cual hizo que se sintiera aún menos inclinado a importunarla.

    Estaban también los no telépatas que sobresalían. Singh era el más notable. Tenía una mente tan clara como el agua en reposo, en la cual podía zambullirse indefinidamente sin sondear los límites de su compasión.

    De nuevo, sin embargo, Howson había preferido no sumirse en la conciencia de Singh. Demasiadas cosas concernían a su propio estado y a la patente imposibilidad de sanar su deformidad. Escogió más bien tantear las mentes más corrientes... del personal y de los pacientes. Al principio, actuó con la mayor precaución; luego, a medida que se hacia más seguro de su destreza, se tornó también más intrépido, y se pasó largas horas en una contemplación que le atraía del mismo modo que ante lo hicieran las películas y la televisión. Éste era un espectáculo a tal punto más rico, que el aparato de TV que se hallaba en una esquina de su habitación no fue encendido después de la primera semana de estancia. El hospital contenía pacientes y personal de más de cincuenta nacionalidades. Sus idiomas, costumbres, esperanzas y temores, eran infinitamente fascinantes para él, y fue sólo cuando volvió a la realidad, embriagado con el deleite de compartir experiencia, tras un viaje a través de una docena de mentes, que se halló seriamente inclinado a convenir en los deseos de Singh y Waldemar. Sin embargo, todavía se mantenía indeciso. Había un grupo de pacientes en el hospital cuyas mentes no podía dejar pasar por alto, y que a veces eran responsables de su despertar en medio de la noche, empapado en sudor, víctima de indecibles terrores. Se trataba de los dementes, perdidos en su universo particular de lo ilógico, y naturalmente era entre ellos que se efectuaba la labor de los telépatas del personal hospitalario.

    En una ocasión, y sólo en una, «contempló» a un psiquiatra telépata cobrar ánimo para una sesión terapéutica. El paciente era un paranoide con una obsesiva ansiedad sexual, y el telépata estaba intentando localizar las experiencias enraizadas tras ella. Era una tarea demasiado grande para completarse mediante la telepatía, desde luego; una vez que hubiesen sido identificadas las experiencias habría hipnosis, abreacción de droga, y probablemente una regresión al coma, para llevar a un hombre a un encuentro con su pasado. De momento, sin embargo, su cerebro era un infierno de tormentos irracionales, y el telépata tenía que abrirse paso a través de ellos, al igual que un hombre atravesando una jungla atestada de monstruos.

    Howson no llegó con el telépata hasta ese punto. Pero se sintió más atemorizado que nunca.


    * * *

    Y luego estalló la crisis, y Howson, remiso a la cooperación, fue dejado a un lado mientras se efectuaban frenéticos intentos para la recuperación.

    Su imagen de lo que era la realidad subsistió durante largo tiempo más bien confusa. Hacía semanas que no se había molestado en leer un periódico ni en oír el boletín de noticias de la TV; de haberlo hecho, hubiese sabido inmediatamente que el «segundo mejor» de Hemmikaini no había realizado lo bastante bien su tarea como resultado de lo cual la crisis en África del Sur se había convertido en una sangrienta y vil sarracina.

    Mientras que Makerakera, el experto en agresión, sudaba frenéticamente para formar un equipo de quien pudiera quedar para unírsele —Choong de Hong Kong, Jenny Pender de Indiana, Estanislao Danqah de Acra, y algunos reclutas— el pequeño griego Pericles Phranakis volvía la espalda a la catástrofe y se iba por un sendero oculto a un país donde el éxito coronase sus esfuerzos con una corona de laurel.

    En Salisbury, Nairoby y Johannesburgo, las tropas descendieron del aire y, tras ellas, los hospitales móviles, los helicópteros de transporte, las latas y sacos y fardos de alimentación básica; y después, los juristas y los políticos (¿qué se hace con un hombre encarcelado o acusado de asesinato, cuando se derrumban los órganos del gobierno sometido a proceso?) Un gran y profundo silencio sucedió al tumulto, silencio que fue roto por el llanto de los niños.

    Entretanto, un estratoplano «Mach V» trasladó el caparazón de Pericles Phranakis a Ulan Bator, y los ordenadores dieron, por cierto resultado, que había que llevar a Elsa Kronstadt para contender con la crisis, y, en el caso de que ella no pudiese ir, habría que ir a ella.

    Howson captó imágenes dispersas de la fantasía de que estaba disfrutando Phranakis y se estremeció. Recordó intensamente sus propios ensueños, los cuales —según Daniel Waldemar, cuando menos— pudieran haberle tentado a entrar en agrupamiento catapático con la muchacha sordomuda. Pensando en lo primero de los tales, recordó el polvo en los ojos de Vargas y casi gimió en voz alta.

    Una singular sensación de aislamiento había resultado de la diversión de los pensamientos de cada cual con respecto a Phranakis, y traduciéndose en pánico debido a que estaba notando soledad —peor, por contraste, con el largo mes de corriente de preocupación sobre su persona, que había estado incubando— por lo que se apresuró a implicarse en los problemas que ocupaban las destacadas mentes que le rodeaban.

    No se aventuró de inmediato a verificar una incursión en el retraimiento de Elsa Kronstadt, pero notó su ansiedad. Vagamente percibió el hecho de que aun cuando Phranakis hubiese fracasado, él estaba considerado como el competidor más próximo que ella tenía en su especialidad original, la eliminación de la agresión; enfrentada a la tarea de irrumpir en su fantasía, ella se acobardaba. Desconcertado llevó su atención a otra parte, y halló a Phranakis formando una obsesión paranoide en primera fila de la mente colectiva del personal. Como una bandada de grajos siguiendo a un labrador, las personas que lo conocieron estaban accediendo, y las voces del muerto sobre el periódico, y en el registro, y en la película, hablaban como guía a Elsa Kronstadt. Cuando tuvo cinco años, hizo esto y aquello; con su primera novia, le gustaba hacer esto; durante su entrenamiento en telepatía, tenía dificultad con tal cosa.

    Como un escultor toma retazos de viejos metales para fundirlos en una obra de arte, Elsa Kronstadt seleccionaba ahora entre esos datos y creaba una imagen mental de Phranakis. Howson estaba fascinado; se hallaba tan absorto que no se dio cuenta cuando violó la conciencia de ella por primera vez. Ni tampoco se percató de que estaba «observándola», o bien ella estaba demasiado preocupada para importarle. Pensó en lo último, y sintió una punzada de culpabilidad ante su renuncia a explotar su propio talento, como ella estaba explotando el suyo.

    Sentado tan inmóvil como si fuese de piedra en el sillón especial más cómodo que cualquiera de los que antes usara, absorbió los métodos de autodisciplina con los cuales construía ella su vacilante confianza. Había vislumbres de pasados éxitos, que habrían parecido igualmente desanimadores, aunque acabaran en triunfo; había conceptos de estima propia, casi de engreimiento, alimentados deliberadamente para reforzar su determinación.

    Howson siguió todo esto con las mandíbulas apretadas de concentración. Aún así, cuando dejaba vagar su mente hacia Phranakis, se sentía agitado. ¿Cómo podría nadie, hasta la inaudita doctora Kronstadt, perturbar ya la acorazada fantasía en torno al ego de ese hombre?

    Olvidó que él era Gerald Howson. Olvidó que era un tullido, un enano, un hemofílico, un huérfano. Recordaba sólo que era un telépata, diestro en arrebatar hechos de cualquier mente que eligiera, si su propietario daba su permiso, y con desesperada ansia colmaba su conocimiento de lo que había de conducirle a este callejón sin salida.

    Phranakis: así era como él mismo se sentía antes de fugarse; aquél era el rostro que diariamente veía en su espejo; aquélla la madre que recordaba, el padre, los hermanos y hermanas; aquél el camino que le llevaba a Atenas y los desengaños de su temprana masculinidad, aquélla la habitación en la que recibió la primera conmoción del conocimiento de su verdadera identidad.

    África del Sur: ésta era la úlcera enconándose bajo la lisa superficie moderna; era el odio de la piel negra contra la de color claro, y era la codicia la que estallaba en violencia... Se represento mentalmente al gigante polinésico, Makerakera, caminando por una calle soleada y absorbiendo el odio como una cámara fotográfica; era uno de los raros telépatas receptores sin «voz» proyectiva alguna, como los fieles guardianes y legos analistas que él, Howson, había conocido allí en el hospital. Sabía de imágenes de largos pasillos, de habitaciones en las que se reunían hombres solemnes para planear su primer intento de dar un significado a la antigua trivialidad de las palabras hueras sobre el mejor momento de detener una guerra. Sentía la reacción de Phranakis cuando se daba cuenta de que su labor había fracasado: la veía como Némesis, el galardón del mirto, el infinito engreimiento que ofendía a los dioses de sus antepasados.

    Y miraba también en las mentes y vidas de aquéllos que Phranakis había llevado consigo. Llevado: éste era el aspecto realmente único del caso, y el que atemorizaba más a Elsa Kronstadt.

    Pues el poder de Phranakis era tal que no tenía necesidad de esperar a la buena voluntad de las personalidades reflexivas en su agrupamiento catapático. Había tomado simplemente posesión de ellas —cuatro de sus más próximos asociados no telepáticos— y las había arrastrado consigo a su irreal universo.

    Tan espantado y fascinado como un conejo ante una serpiente, Howson trazó el curso de los acontecimientos en su derredor. Muy abajo, donde se habían congregado, estaban llevando a Phranakis a la habitación en la que esperaba Elsa Kronstadt para hacer que batallara. El hospital parecía reconcentrarse, tensarse hasta que se produjera la aprehensión, sonando como la cuerda de un violín. Y Howson se ponía en tensión con él, perdido para el mundo, y atreviéndose apenas a respirar.


    Capítulo doce


    Por las sendas de su cerebro discurría un desfile. Mientras mozos y doncellas, enguirnaldados de flores, bailaban en su honor, los graves mayores se reunían en el templo de Palas Atenea. Allá preparaban la corona de laurel que ceñiría las sienes del campeón. A pesar de todas sus jactancias y su astucia, los bárbaros habían sido derrotados. La ciudad estaba a salvo; la civilización y la libertad sobrevivían, mientras que lejos de allí un tirano maldecía y ordenaba la ejecución de sus generales.

    Era una ciudad, ciertamente. Estaban allí, en un sentido, ancianos congregados a la presencia de su campeón. Pero Esculapio se hallaba más próximo en sus mentes que Atenea, y la corona que habían preparado para su cabeza era un ceñidor de metal ligero con conductores a un complejo encefalógrafo. No había ningún tirano, aparte del demonio del odio, pero eran decididamente bárbaros, aun cuando hubiesen pasado por civilizados, hasta que fueran batidos y desmoralizados. Habían conquistado a Pericles Phranakis, y se hallaban aún desafiando a las fuerzas enviadas contra ellos. Él se había negado a enfrentarse a este conocimiento, y ahora había olvidado.

    Con su atezada cara satisfecha, yacía en lo que básicamente se llama una cama pero que podía, de ser requerido ello, convertirse en una extensión de su cuerpo. Aparte de los instrumentos que registraban cada respuesta física —latido del corazón, respiración, ritmos cerebrales, presión de la sangre, y una docena más— llevaba unidos elaborados prostéticos. En estos momentos estaba siendo alimentado de manera artificial, mientras los demás artilugios permanecían inertes. Si el choque de la recuperación se mostrase tan violento como el del colapso, podría renunciar a todos los intentos de vivir. Y entonces el masajista del corazón, el oxigenador, y el riñon artificial combatirían contra la inhibición vagotónica, y mantendrían la vida en su cuerpo hasta que aceptara penosamente la frustración de su planeada huida del mundo.

    Al lado, Elsa Kronstadt se había situado en medio de un despliegue de instrumentos similar. En una silla junto a ella se encontraba un joven de rostro pálido y ansioso... un recientemente calificado como telépata receptivo, sirviéndola como su guardián de terapia. Una vez hubiera entrado ella en el mundo auto—glorificante de Phranakis, sería incapaz de comunicarse verbalmente con los nerviosos doctores que supervisaban el proceso. Por turnos este joven y otros tres «escucharían» la pugna, e informarían sobre todo lo que los doctores necesitaran saber.

    Uno por uno los técnicos, los especialistas y el telépata hicieron un ademán de asentimiento con la cabeza a Singh, quien se hallaba al pie del lecho de Elsa Kronstadt, recordando sus triunfos pasados y tratando de no prestar mucha atención a la masa de tejido cancerígeno que se extendía bajo su cerebro. Elsa parecía muy pequeña y vieja entre la maquinaria de la cama, y aunque no se lo había dicho directamente, él sabía que estaba asustada.

    —Ya estamos listos, Elsa —dijo en el tono más llano que pudo.

    Sin abrir los ojos, ella respondió:

    —Yo también. Ya pueden estarse tranquilos.

    Luego, y sin prevención ulterior, se dejó ir. Singh nunca había sido capaz de determinar cómo podía percibirlo, pero era inconfundible: en un segundo, ella estaba consciente y dándose cuenta de su cuerpo; y el siguiente era un caparazón, una concha, una simple envoltura, y se encontraba en otro universo.

    Mantuvo la mirada de sus ojos doloridos en la pálida cara del guardián, y se espantó al cabo de sólo un par de minutos al ver reflejado en ella un golpe de sorpresa. En el mismo instante Elsa se agitó, diciendo con voz lejana:

    —Resistente...

    La alarmada audiencia rezumó una tensión casi tangible. Ella se pasó la lengua por los labios y prosiguió:

    —Tengo ya la imagen de su fantasía. Es el gran héroe, defensor de Atenas, favorito de los dioses e ídolo del pueblo... ¡No puedo penetrar, Pan! No sin hacerme tan evidente que él convoque toda su voluntad para resistir.
    —Tómese tiempo —respondió tranquilizadoramente Singh—. Hay probablemente una oportunidad de formar un papel de cobertura en la fantasía. Puede llevar tiempo el desarrollarlo, pero se logrará.
    —Lo sé. — La voz era débil, casi fantasmal. Singh se preguntó cuanto de ella estaba realmente oyendo, por mucha experiencia telepática que tuviera. Los exangües labios no se movieron apenas—. Tiene un control fabuloso, Pan. Las esquizoides secundarias se hallan increíblemente contrastadas. Y él las ha obtenido de las reflexivas, tanto como de sí mismo.

    Singh se mordió el labio. Sólo soberbios poderes de autoengaño podían crear las personalidades esquizoides secundarias... entes desempeñando su papel en el drama cuyos pensamientos y reacciones eran únicamente observables, y no controlables, por el ego del telépata. Sin parecer marcar una pausa, no obstante, manifestó un nuevo consuelo, diciendo:

    —¡Eso debería hacerlo más fácil, seguramente! No estará sorprendido ante la presencia de un intruso.
    —¡No ha dejado espacio para los intrusos! — objetó con estridente voz Elsa—. Es como una flor que se despliega... es completa y todo cuanto tiene que hacer es extenderse y ser perfecta.

    Por muy desesperadamente que lo deseara, Singh no podía hallar ninguna réplica tranquilizadora a esa observación. Una fantasía tan elaborada debió haber sido la compañera de Phranakis, alimentada en su subconsciente, pulida y perfeccionada hasta poder devanarla como una película, sin ninguna de las vacilaciones o dudas que pudieran permitir una intervención del terapista, disfrazado como simple peón de ajedrez mental.

    Con voz espesa dijo:

    —Bien, tenga paciencia, Elsa. Cuando la situación parezca esperanzadora, perturbaremos el ritmo de su cerebro, permitiéndole a usted penetrar en él.

    No hubo respuesta alguna. ¿Por qué había de haberla? Otros terapistas de menos fuste habían recurrido a artificios tan toscos; Elsa Kronstadt nunca los había necesitado. Ya antes de que la tarea estuviera en marcha, hubo un acre olor de derrota en la habitación.

    Alicia a través del espejo: una vereda que siempre volvía a sí misma, por mucho que uno se esforzara en alcanzar la meta.

    Un concepto de la relatividad: el retorcimiento del propio espacio.

    Una imagen de una película de ficción científica: una barrera de fuerza resplandeciendo melancolía azul con brochazos de descargas.

    Un fragmento de leyenda: un muro de fuego mágico encerrando el paraje en el que una doncella encantada dormía durante siglos.

    Tan atemorizado se sentía por el misterio de lo que estaba sucediendo, que no podía arrancarse de él. Howson aprehendió éstas y otras imágenes mentales de quienes estaban dedicados al intento de curar a Phranakis. No eran más que pistas o indicios; eran las etiquetas personales que habían sido colgadas en el agrupamiento catapático por gentes que habían hallado intolerable los conceptos no etiquetados. Previamente, él había aceptado la explicación de Waldemar. No había pensado que la realidad pudiera estar tan más allá de la preconcepción, el sol junto a la luna, y el continente junto al mapa.

    Había probado las mentes de telépatas conscientes. Allí había hallado reflejado el mundo familiar, la ley gobernaba el curso de los acontecimientos, lo sólido era sólido, los sentidos murmuraban sus noticias sobre el estado del cuerpo. Pero Phranakis había cerrado y trabado cada puerta al mundo corriente, y aunque había ventanas —de un cristal dando al interior, por decirlo así— lo que sucedía tras ella era demencial.

    Sabiéndolo, Howson deseaba con todas sus fuerzas la voluntad de resistir tal tentación. Veía sus propias fantasías en paralelismo con las de Phranakis... las ideas del héroe, la organización de todo el ambiente circundante a su antojo, de forma que nada perturbase, nada contrariase, nada ofendiese al omnisciente maestro. Aquí, la humana apetencia del poder, atajada en telépatas conscientes por el detergente de otras personas sufriendo, podría hallar un horrible final. Los impulsos sado—masoquistas que Phranakis había detestado durante tanto tiempo, estaban trepando furtivamente de las sombras y coloreando la fantasía.

    Estaban abatiendo cautivos de la Acrópolis, para que el salvador de la ciudad pudiera disfrutar más de su triunfo con la música de sus chillidos...

    Bruscamente fue perturbado el suave curso de la acción. Fue como un terremoto: los edificios se estremecieron y derrumbaron, la gente corrió enloquecida, el firmamento se encapotó. Duró sólo un momento, pero el impacto fue vertiginoso. Quedó interrumpido el contacto de Howson y pasaron varios minutos antes de que pudiera restablecerlo.

    —Ella está dentro —informó el guardián terapista, con su rostro tornado por el esfuerzo en máscara inhumana.— Una cautiva condenada a la muerte. Intentando atraer la atención del ego del héroe.
    —Eso se amolda —dijo Singh asintiendo cavilosamente—. Encaja con los datos que tenemos sobre sus preferencias sexuales. ¿Hay alguna idea sobre el plan a largo plazo?
    —Fijado para breve distancia —respondió el guardián—. La idea es: atraerle a una situación sexual y confiar en la falta de control incoherente, para establecer el dominio... Consideradas tres secuencias principales... ¿las desea?
    —Si no se está desarrollando algo más interesante...
    —No. — El guardián marcó una pausa y tragó saliva—. Los cautivos siguen siendo arrojados desde la roca. Bien, o ella va a disponer de una cuchilla casi real —un cubierto de un banquete, acaso— y castrarlo públicamente, o le sumirá en un estupor de embriaguez y dispondrá un incendio en el templo, por lo cual deseaba el material de destrucción del Partenón, o comenzará a ir matando sucesivamente a los reflexivos y creará una revuelta de esclavos.

    Singh cerró los ojos. Después de todos sus años de labor como médico, aún era capaz de sentirse enfermo ante la sangre fría de los medios empleados por algunos de sus métodos y los de sus colegas. No se atrevía a pensar lo que la castración pública haría a Phranakis... pero se lo imaginaba. Si algo le podía aventar de su fuga, era precisamente esto. Todo el material de su vida sexual apuntaba a la necesidad de reasegurarse sobre su masculinidad. El mundo real no le había amenazado nunca con algo tan horrible como lo que Elsa le estaba preparando.

    Howson estaba siguiendo mejor ahora la evolución. Había descubierto la razón del «terremoto»... una especie de impulso eléctrico había sido aplicado al órgano de Funck de Phranakis, para efectuar una apertura a Elsa Kronstadt. Ahora era mucho más fácil fisgonear; ella establecía un eslabón con la conciencia normal. Con fascinado disgusto llegó a comprender sus planes y tuvo de esforzarse en recordar que a menos que algo brutal sacudiera su agradable sueño, Phranakis lo mismo, o mejor, estaba muerto, y junto a él los cuatro valiosos y trabajadores no telépatas cuya preciosa personalidad había hollado. En cierto sentido, merecía lo que estaba viniendo. Pero... ¿podría merecerlo alguien realmente?

    —Se está fatigando mucho —murmuró el guardián, como si Elsa pudiese oírle.

    Era absurdo: nada podía alcanzarla en esos momentos, excepto la violencia completa de otro telépata. Toda su energía había sido traspasada a la potencia de voluntad al alterar, sumarse y socavar el módulo de la fantasía de Phranakis.

    —¿Está próxima la crisis? — murmuró Singh.
    —Está reuniendo todos sus recursos. Intentando distraerle con imágenes sexuales mientras prepara la navaja... ¡Oh, Dios!

    Cada presente, y Howson en su habitación de arriba, se sobresaltaron ante la quejumbrosa exclamación. Rodándole los ojos de terror, sin ver sus alrededores, sólo el drama mental entre Elsa y Phranakis, el guardián jadeó la verdad.

    —¡Está debilitándose! ¡Está perdiendo dominio, y él está creando defensas por sí mismo... esquizoides, un ejército de ellos! ¡Se ha convertido en Cadmo y arrancado los dientes del dragón, y cientos de soldados están brotando del suelo!
    —¡Tráela de vuelta! — clamó Singh, aunque en el mismo momento supo que era ridículo.

    Alguien —no se ocupó en fijarse en quién— lo tradujo a palabras.

    —Si lo intenta usted y la despierta ahora, dejará la mitad de sí misma detrás. Y seguro que preferiría estar muerta que tullida.



    * * *

    Así es como sentía perderse...

    Elsa estaba muy fatigada. Resultaba casi un alivio sentir su imaginario yo maniatado, incapaz de luchar más. Había soldados en todo su derredor, gigantescos hombres de rostros atezados y rudas barbas, con corazas de bronce y cuero, extendiéndose como un bosque bajo el techo opaco de la sala de mármol. Había habido un banquete, y un millar de jaraneros... títeres, un marco humano a la gloria del amo que ella había intentado derrocar.

    ¿Pero había habido un banquete? Ya estaba insegura sobre donde acababa la ilusión; se hallaba empero el real dolor por el brutal asimiento en sus brazos, y ello le hacía difícil concentrarse. El mundo dio vueltas. Era una cautiva. Sí, un condenado enemigo, exonerado por clemencia, cogido en un acto de traición. Y su sentencia estaba fijada, sin apelación, por su presunta víctima.

    Muerte.

    ¡Justicia!, aprobó el rugido de mil voces, haciendo resonar su cráneo como el eco del techo de mármol. ¡Justicia!

    Bien, entonces... derrota. Pero no era tan extraño después de todo. En cierto modo, ella había sido derrotada cada vez que lo había intentado, pues ninguna sola tarea —una oleada de recuerdos la inundó—; ninguna sola tarea había nunca sido completada.


    Capítulo trece


    Con horror e incredulidad seguía Howson el declinar de aquel brillante resplandor de poder que ahora apenas podía llamarse Elsa Kronstadt. Era como ver apagarse las últimas chispas en una fogata inundada por la lluvia, sabiendo que los lobos esperaban en la esquina del campamento, al acecho del momento en que podrían penetrar impunemente.

    Estaba gritando en voz alta, con su ridícula vocecilla aflautada, repitiendo una y otra vez NO, NO, NO; las lágrimas corrían por sus mejillas, porque la mente de Elsa Kronstadt había sido tan maravillosa, tan clara y luminosa, como la imagen infantil de un ángel. Vándalos estaban destrozando los paneles de vidrios polícromos, arrojando basura a obras maestras de la pintura, arrastrando tapices y alfombras por el barro. Un loco despedazando a mordiscos la cabeza de una criatura. Cronos devorando a sus hijos, con la sangre chorreándole de la barbilla, y su ronca risa burlándose de las esperanzas humanas.

    Y de pronto, como un último palo seco crepitando en la llama, volvió la luz. Mostraba una vida entera, como una senda vista desde su final, con cada paso y alto del camino recorrido claramente visibles. Aturdido, espantado, Howson posó allí su mirada.

    La llama comenzó a apagarse. Había una sensación de infinito sentimiento... no de amargura, puesto que era imposible que los acontecimientos se hubiesen producido de otro modo. Suave resignación. Las brumas se tendieron sobre la senda, dejando sólo los fracasos como sombras grises en la lobreguez. Había tantos fracasos..., tantos, tantos y tantos... Y destacándose sobre todos, aquél: la criatura—símbolo del sino, maldita toda, la vida por la imprudencia de una apetencia de tirano, el egoísmo de una mujer que—no—debiera—haber—sido—madre, y el capricho de una cruel herencia.

    La criatura retorcida a la que yo no podía ayudar...

    Estaba ciego, y sin embargo se movía. Andaba. Corrió arrastrando sus cortas piernas, sacando como fuese de alguna parte la fuerza para abrir puertas y bajar por escaleras de caracol, y atravesar interminables pasillos que no podía ver a causa de las lágrimas que derramaban sus ojos sobre sus hundidas mejillas. Era sólo su cuerpo el que había recorrido aquel camino. Hubiese ido a cualquier parte.


    * * *

    —¡Oh, Dios mío! — dijo el guardián, poniéndose en pie como si una manaza le hubiese arrancado de la silla.

    Singh tendió un brazo para mantenerlo firme, con la desesperación ennegreciendo su mente.

    —¿Se ha ido ella? — preguntó.
    —¿De dónde viene eso? — gritó el guardián—. Dios mío, ¿de dónde viene? — Como un animal acosado dio vueltas en derredor, con sus ojos dilatados enloquecidos por el terror.
    —¿Qué? — vociferó Singh—. ¿Qué?

    El técnico que estaba examinando el trazo del encefalógrafo, lanzó una exclamación ahogada.

    —¡Doctor Singh! — restalló—. ¡Estoy obteniendo un ritmo superpuesto! Está pugnando por salir de fase... ¡y mire la amplitud!.
    —¡Su corazón se está recobrando! — manifestó otro técnico con tono incrédulo.

    Singh notó que su propio corazón daba una sacudida. No tenía ningún sentido estar pendiente del guardián en su actual estado de conmoción, fuese lo que fuese lo que lo había causado; por lo tanto, corrió a examinar el encefalógrafo.

    —¡Mire aquí! — El técnico posó un dedo sobre los zigzagueantes trazos—. Ahora se está suavizando yendo a la fase normal, pero cuando lo observé al principio estaba heterodineando tanto que pensé que ella estaba perdida.
    —¿Está Phranakis tomando el control de toda su mente?
    —¡Eso no puede ser! — dijo el técnico con vehemencia—. Conozco su trazo como... como su escritura. Y ésta no es suya.

    El aire pareció espesarse, tan rápidamente como hiela el agua superenfriada. Totalmente desorientados se miraron unos a otros en busca de una explicación.

    —No hay nada que podamos hacer —dijo Singh por fin—. Únicamente esperar.

    Lentos ademanes de asentimiento le respondieron. Y mientras estaban preparándose para soportar los últimos minutos cruciales, provino el ruido del pasillo exterior.

    Eran voces coléricas, que intentaban detener a alguien. Correr de pies, ligeros y apagados por el piso que absorbía el sonido. Y el sordo bataneo de puertas también insonorizadas, y un tenue chillido apenas audible.

    El guardián, conmocionado aún, dio dos pasos hacia la puerta, con movimiento espasmódico como un muñeco mal manipulado. Singh se volvió lentamente, preconcibió palabras sobre silencio y peligro apagándose al sentir la verdad, e intentó recordar qué esperanza quedaba.

    Luego se abrieron las puertas y entró el gigante, lloroso, cojeando, y de apenas un metro sesenta de altura.

    Allá estaba el niño, y yo deseé ayudarle, y tuve que decir esas pobres palabras racionalizantes sobre grandes y pequeños problemas... El doctor dijo, un hombro más alto que otro, una pierna más corta que otra..., vaya descalabro. Y más tarde encontré lo de su abuelo, sacándolo de la mente de la mujer: ella lo sabía, y tuvo a la criatura a pesar de ello, para emplearla como chantaje... ¡Grandes problemas! ¿Qué mayor problema podía haber? Y deseé ayudar, y toda mi vida ha sido así, porque hay tantas gentes enfermas y tristes, y yo puedo ayudar... podría ayudar... ¡MALDITO TUMOR EN MI CEREBRO! No es mayor que una bala, y como una bala me está matando antes de que esté dispuesta a morir.

    Esto fue lo que hizo que Howson se olvidase de sí mismo.

    Al principio, ella no comprendió el poder que súbitamente le había llegado. Era como convertirse en río torrencial, vasto y profundo y terrible. Era desapacible, porque era tan nuevo como una criatura, pero inflamaba.

    ¿Fuerza vital? No así... pero: ¡fuerza vital!

    ¿Derrota? ¿DERROTA?

    ¡No quedaba lugar alguno para ideas de muerte y derrota!

    Tan lenta y serenamente como había considerado la perspectiva de morir, comenzó a hacerse cargo de lo que se le había dado. No había resistencia alguna, y no dudó nunca de la fuente del poder: estaba demasiado acostumbrada a hallar extranjeros en su propia mente como para desperdiciar esfuerzo en descubrirlo. Las imágenes fatales metidas a la fuerza en ella por Phranakis, se desdibujaron, convirtiéndose en vagamente fantasmales; ella sintió el terror de él, y propuso de inmediato el suceso a consideración. Estaba un tanto atemorizada aún, pero ya tranquila.

    Buscando palancas con las cuales dirigir la fuerza, encontró enseguida un concepto familiar, y lo relacionó tan fuertemente a sus recientes preocupaciones conscientes que tuvo una sacudida.

    Madre—hijo: imágenes de parto, crianza, manutención, calor, amor. Hijo—madre: imágenes de orgullo reflejo, esperanza, gratitud, amor. Las formas estaban mal definidas, como si proviniesen de una fuente que conociera poco sobre tales cuestiones en la vida real. Un débil desconcierto atravesó su mente, y lo despejó. Con su conciencia despegada, supo que tenía que hacer uso del poder antes de quedar agotada y perder su asidero, y la primera —la única— necesidad era pugnar por liberarse del odio que Phranakis sentía por ella.

    —¡Está zafándose! — exclamó alguien.
    —Vi moverse sus párpados —murmuró Singh. Sentía una opresión en el pecho que no sabía a qué atribuir. Le dolían los ojos por la intensa fijeza de su mirada; toda su voluntad estaba aunada a la esperanza de que aquella vieja, querida y maravillosa amiga pudiera vivir. No le importaban los medios por los que se salvara. ¡Más tarde... más tarde!
    —¡Pero sólo está zafándose! — murmuró a su vez el técnico junto al encelógrafo—. Está llevando a Phranakis con ella... ¡no, esperen un segundo! — Se inclinó sobre el registro de Phranakis, como si pudiese ver a través del presente y leer lo que no aparecía aún registrado—. ¡Algo sucede, pero el cielo sabrá qué!

    Intimidado, aturdido, indeciso, el héroe sintió convertirse en ceniza su satisfacción. Hacía un momento estaba seguro y confiado; había desbaratado un ataque sobre... bueno, contra su vida, lo cual sonaba mejor que la verdad, que era espantosa para él. El último intento traicionero de los bárbaros para ajustar cuentas con él había sido frustrado. La mayor, la más gran ciudad de todos los tiempos, Atenas, la flor de la civilización, era suya, y sus ciudadanos estaban por completo a su disposición. ¡A través de los siglos lo recordarían a él, Pericles el Grande!

    Sin embargo, ahora sentía un irrazonable terror. Le parecía que estaba corriendo con rápidos e insensatos movimientos como un conejo asustado, con una espada en la mano, buscando a sus enemigos, retándolos histéricamente a que viniesen al claro. ¡Fuera de la sala de mármol, y bajo el arco azul del firmamento, rugiría su desafío hasta a los mismos dioses si fuese necesario!

    Echó la cabeza hacia atrás, llenó sus pulmones, y no pudo hablar. A su aterrorizada mirada pareció que el firmamento se escindía... como un manto acuchillado, y que se manifestaban todos los dioses.

    Deseó caer de bruces, enterrar su cabeza en el barro, negar aquello como había negado... ¿qué? ¡Algo terrible, pero no tan espantoso como esto! Se sentía paralizado. Gimiendo, hubo de mirar, y lo que vio le pareció ser la majestad de Zeus Tonante, quien alzaba su haz de rayos y lo asestaba al mortal que había pretendido usurpar el derecho divino.

    Pericles el Grande se convirtió en Pericles Phranakis. Y Pericles Phranakis se despertó como un chiquillo chillando por las pesadillas, y quienes estaban atentos a su cuerpo se precipitaron a impedir que volviese atrás.

    Y Zeus Tonante, vacío de toda energía en un solo, terrorífico soplo de dominio mental, cayó de bruces desmayado sobre el suelo.

    —¿Sabremos cómo lo hizo? — murmuró Daniel Waldemar, mirando con incrédulo espanto al contrahecho cuerpecillo que yacía tendido en un lecho del hospital.
    —El guardián estaba demasiado superado para seguirlo— respondió Singh. Suspiraba porque Howson recobrase la conciencia; sabía que nunca podría expresarle lo bastante su gratitud por haber ahorrado a Elsa la humillación de la muerte en la derrota, pero deseaba que el tullido lo viese cuando menos en su mente—. Hemos entresacado un poco. Fue el puro poder lo que obró al fin, naturalmente; él fue capaz de tomar todo lo que Phranakis ofrecía y convertirlo en una imagen hostil y odiosa. Creo que estaba murmurando algo sobre los dioses griegos cuando se despertó... quizás los vio al irrumpir Howson en su fantasía... No importa; pronto lo sabremos.
    —Lo que no comprendo es lo que le persuadió a él a prestar ayuda —dijo Waldemar—. Yo no he contactado a Elsa, desde luego; todavía se encuentra demasiado débil... ¿Lo sabe usted?
    —Sí, ella estuvo despierta el tiempo suficiente para decirme mientras le estaban quitando los prostéticos. — Singh hizo una pausa y se pasó la mano por la cara—. Parece ser que el padre de Howson fue Gerald Pond. ¿Le dice a usted esto algo?
    —¿El... el terrorista? ¿Ése? ¡Cómo, Elsa tuvo que ir a desembarazarse de él cuando estaba trabajando para el departamento de pacificación de las Naciones Unidas!
    —Exactamente. Y mientras ella estaba haciendo indagaciones de los supervivientes de la agresión que se encontraban allí en un hospital, conoció a la madre de Howson. Él había nacido precisamente cuatro horas antes... Nunca fue querido... ¿sabe esto? Su madre lo tuvo para chantajear a Pond y que se casara con ella. Nunca se ocupó ni le importó la criatura de otro modo. Y la gente que veía la cara de Howson por primera vez... se desazonaba. Así pues, nunca fue querido, excepto en una ocasión.
    —¿Elsa?
    —Sí. Ella nunca lo vio con sus propios ojos, por lo cual no lo desechó cuando cayó por aquí veinte años después. Ella lo veía a través de la mente de su madre, poco después de su nacimiento, y desde entonces siempre fue una especie de símbolo para ella, compendiando toda la frustración que siente por no poder ayudar a toda la gente que ama. Y pensó en él cuando esperaba su último momento.
    —El estaba observando —dijo Waldemar—. Todos nosotros lo estábamos. Cuando una fuerza telepática como la de Elsa se despliega por completo, no se la puede evitar. Pero yo no podía seguirla hacia la oscuridad. Así que fallé. Yo era tan... miserable, que tuve que apartar mi mente para no debilitar la suya.
    —Él no permaneció aparte y la salvó.
    —¿Será ella capaz de trabajar de nuevo?
    —No. Pero vivirá durante algún tiempo. De eso estoy seguro. Va a vivir lo bastante para enseñar a Howson todo lo que ella sabe.
    —Eso es mejor que tener hijos —dijo Waldemar—. Para nosotros, quiero decir. — Lanzó una ojeada a Singh—. ¿Sabe usted que les envidiamos?
    —Sí —murmuró Singh—. Y nosotros a ustedes.
    —¿Incluyendo a Howson?
    —No —respondió Singh—. No va a ser fácil para él. Puede hallar una compensación desarrollando su talento y explotándolo contra su resentimiento hacia la gente que pueda andar por la calle sin cojear y mirar a las demás personas a la cara.

    Waldemar le miró fijamente, y luego soltó una risita.

    —Eso es lo que iba a decirle —manifestó—. Pero si lo ha descubierto usted ya... bueno, con usted y Elsa para guiarlo, él sobrevivirá.
    —Hará mucho más que sobrevivir —respondió Singh.


    Libro Tercero
    MENS

    Capítulo catorce


    Debido a ser quien era había pedido una vez —y se lo habían dado— un avión privado para viajar a cualquier parte del mundo, pensando escapar a las acongojantes miradas y el cuchicheo de la gente vulgar. Pero puesto que él era lo que era, hasta la impresión revelada por el piloto al verle dolía, y dolía de muy mala manera. Llevó esta herida consigo durante poco tiempo, pues suspendió el viaje de inmediato y no volvió a pedir más el avión.

    Debido a que era como era, apenas podía estar solo. Lo mejor era estar allí, en el centro terápico de Ulan Bator, donde quienes le conocían habían superado sus primeras reacciones instintivas y, quienes no, podían suponer que era paciente como ellos.

    Había habido ciertos cambios en los últimos once años, pero él seguía siendo el mismo, aun cuando ahora portaba una etiqueta diferente. Era Gerald Howson, Doctor en psiquiatría, telépata curativo de primera clase, de la Organización Mundial de la Salud. Era una de las cien personas menos reemplazables de la Tierra. Eso era bueno. Ayudaba... un poco. Pero todavía continuaba siendo un hombrecillo, y su pierna se arrastraba aún cuando iba cojeando por los pasillos, y el mismo feo rostro le saludaba cada mañana en el espejo.

    Se había asido mucho tiempo a la esperanza. Había recordado a la muchacha sordomuda, dotada ya de habla y oído, y la manera como vino a agradecérselo —a él, Gerald Howson— con lágrimas en los ojos. Pero aquello no había durado. Las visitas se fueron espaciando hasta cesar por fin, y luego oyó que ella se había casado con un hombre de la ciudad en la que ambos habían nacido, y que tenían hijos.

    Mientras que él seguía siendo un horrible engendro.

    Había habido semi promesas... nuevas técnicas, nuevos procedimientos quirúrgicos. En una ocasión habían llegado tan lejos como para intentar practicarle un injerto de piel. Pero mucho antes de que se hubiesen unido los tejidos en lento desarrollo, y antes de que los vasos sanguíneos prendieran en el injerto, éste se había gangrenado y desprendido. Por mucho cuidado que se tomara, no podía añadir un codo a su estatura; era mejor emplear cualquier otro medio que compadecerse.

    Cuando los custodios de la conciencia se hallaban rebajados por el sueño, no había escapatoria en el caso de que las acechantes inquietudes del pasado intentasen volver.

    Tras un sueño tenebroso se despertó sobresaltado. ¡Aquélla no era la acostumbrada imaginería de sus pesadillas! Las tenía con bastante frecuencia como para reconocer sus raíces en la vida real, y nada de lo que le había sobrecogido correspondía a una experiencia directa.

    No abrió sus ojos. No venía al caso: la habitación estaba a oscuras, y de todos modos la fuente de la señal que le había atravesado el cerebro se hallaba a alguna distancia de allí, cubierta en parte por el «ruido» de gente soñando. El mensaje había brotado súbitamente, como un grito de una tranquila conversación. Y era un grito de terror.

    Respirando uniformemente, forzándose a permanecer relajado, intento identificar imágenes en el flujo mental. Elevadas montañas con cimas de nieve, caravanas serpenteando a través de valles, y las cadencias de un idioma que no entendía...

    Ya lo tengo... creo.

    Era aquella muchacha nepalesa de la Sala Cuatro, la novata telépata que habían encontrado demasiado tarde, después de que su ignorante y aterrorizada familia la lapidara considerándola embrujada. Todo quedó en un mal sueño.

    Bien, si tal era el caso, podía por su parte arreglar las cosas sin siquiera tener que abandonar su lecho. Se concentró para contactarla abiertamente y despejar su informe sueño. Un instante antes de revelarse se detuvo y sintió que se le fruncía el entrecejo.

    Aquél no era el Nepal actual. Ni siquiera un país tan aislado y montañoso como el de ella podía ser tan primitivo. ¿Costumbres feudales? ¿Magia? ¿Magia?

    Se incorporó quedando sentado y oprimió el botón del conmutador de la comunicación interior antes de darse cuenta. En espera de una respuesta, exploró más profundamente en las extraordinarias imágenes que le llegaban como un eco. Una sensación de dependencia y absoluto dominio; un talante de desafiadora arrogancia. Eso no era de la muchacha. Y lo menos característico de todo era la impresión de masculinidad coloreando los pensamientos. Como muchas personas de procedencia campesina, ella tenía rígidas preconcepciones de la masculinidad y femineidad; se había adaptado religiosamente a la norma social del hogar, a fin de evadirse de las peores consecuencias de su talento en agraz.

    Una voz cansada habló a través de la comunicación interior:

    —Aquí Schacht... médico de guardia. ¿Qué ocurre?
    —Aquí Gerry, Luis. Algo no marcha bien con la muchacha nepalesa de la Sala Cuatro... algo sucede, lo suficientemente malo como para despertarme.
    —¿Humm? — Una pregunta sin palabras, mientras Schacht repasaba el tablero de referencias de la Sala Cuatro—. No tengo aquí nada de ella. Según el indicador, duerme.
    —Lo que sea, no se origina en ella —dijo Howson. Estaba sudando; había una tremenda profundidad y complejidad en el fondo de lo que estaba captando, y cuanto más tanteaba en aquello, menos seguro estaba de sus explicaciones. Sin embargo, no tenía ninguna sugerencia mejor.
    —¿Tenemos sometidos a terapia a algunos paranoides masculinos chinos?
    —Sí, uno está experimentando coma y regresión en el mismo ala que la muchacha. — Schacht vaciló—. No se origina de ella, dijo usted. ¿Quiere decir que está captando los pensamientos de una mente insana?
    —Está captando a alguien, y el infierno está saliendo de ella. Examine al paranoide que mencionó. Podría ser él.

    Oyó expresarse la duda en su estridente voz.

    —Los indicadores de quimioterapia están en blanco también. Pensé que el ego estaba completamente envuelto en coma... fuera de alcance.
    —Tal vez se detuvo el suministro de deprimente. Compruébelo de todos modos.

    Una pausa, y luego un encogimiento de hombros.

    —Muy bien. Pero si no es el paranoide chino, ¿está usted seguro de que no puede ser la propia muchacha?
    —Segurísimo —declaró Howson—. ¡Apresúrese, Luis... por favor!
    —¿Gerry? Él está totalmente inconsciente. ¿Está usted seguro de que no es la propia muchacha... una esquizoide secundaria, acaso?

    Howson reprimió un impulso de mandarle al cuerno. Estaba seguro, pero no podía demostrar por qué empleando palabras.

    —Cuelgo —dijo resignadamente. ¡Tanto peor para su probabilidad de un descanso nocturno ininterrumpido!

    Manipuló la palanca que movía la cabecera de la cama colocándola en posición adaptada a su deformada espina dorsal, y se recostó contra su almohadillado, clavando la mirada en la oscuridad.

    Por primera vez tenía que extraer de la incipiente sucesión de conceptos telepáticos algunos indicios más de los que tenía. Masculinidad, nacionalidad asiática y disfrute de poder, eran características apenas únicas en aquella densamente poblada parte del planeta. Examinó cautamente los niveles más profundos. Cuando menos, se dijo para sí, aquello no daba la sensación de la emanación de una mente enferma. No era siquiera tan irracional como en la mayoría de otras personas, por lo demás sanas, sucedía durante su sueño.

    No. Un momento. Aquello debía estar equivocado. Se contuvo con un sobresalto. ¿No habían habido referencias en el primer contacto, cuando lo definió reflexivamente como magia?

    Más desconcertado a cada segundo, lo examinó más atentamente. Nada que hacer. Aparecía borroso por la incomprensión de la muchacha, y probablemente vuelto irreconocible. Tenía que tratar de encontrar la fuente originaria. Por una parte, no debería ser demasiado difícil: para alcanzar la conciencia de un novato durmiente la señal tenía que ser al par ajustada y poderosa. Mas por otra parte la tarea era inmensa. «Estrecha» podría significar en alguna parte de la ciudad, y en ella había un millón de habitantes.

    —¿Gerry? ¿Está usted ahí? — preguntó Schacht a través de la comunicación interior.
    —Cállese —respondió Howson—. Esto parece ser algo importante. Importante... y grave.

    Percibió manifestar a Schacht una incredulidad no expresada en palabras y no hizo caso de ello. Schacht, cuando menos, hacía un intento para dominar su instintiva repugnancia hacia los telépatas, y eso era mucho más de lo que algunas personas se tomaban la molestia de hacer.

    Dejó vagar su mente sobre la ciudad sumida en la noche, en la que un millón de cerebros hacían suspirar los sueños como el viento entre las elevadas altas torres, al atravesar las amplias y rectas calles. Era una conciencia cosmopolita, que había recalado allí procedente de todo el mundo y a veces desde mucho más lejos aún... de la Luna, o de Marte...

    Había terminado racionalizando su renuncia a viajar. ¿Por qué ir cuando todo venía a él? En la mente de este hombre, el recuerdo de un desierto; en la de aquél, una jungla; en este otro, espacio desnudo, tachonado de estrellas agudas como navajas.

    Pero no era una buena racionalización. Vivir retraído era ser un parásito y hasta un simbiótico podía tener poco decoro.

    Tiró de su curso de pensamiento para volver a dominarlo. Apenas había dormido una hora antes de despertar, y se sentía sumamente cansado. Sin embargo, había de acabar con lo comenzado, antes de que pudiese conciliar de nuevo el sueño.

    Y de pronto lo tuvo.

    —¿Ha conseguido ya algo? — pregunto Schacht, con creciente impaciencia.

    Howson apenas le oyó, pues estaba demasiado deprimido ante la constatación de lo que estaba sucediendo.

    —¡Gerry!
    —Estoy... estoy escuchando, Luis —respondió, sacando a la fuerza sus palabras—. Haría usted mejor en llamar a Pan y hacer que suba aquí, y también Deirdre. Y disponer una ambulancia y un coche.
    —¿Qué diablos ha hallado usted?
    —Está formándose otro agrupamiento catapático. Se encuentra en alguna parte de la ciudad; creo que podré averiguar el origen.

    Imágenes de poder absoluto sobre la ley natural así como sobre la mente humana, relegaron las palabras a segundo lugar en la atención de Howson.

    —¡Oh, maravilloso! — dijo mordazmente Schacht—. ¡Ésta es mi noche! ¡He tenido dos heridas de cuchillo, tres quemaduras, un accidente de coche y dos partos prematuros desde que empecé la guardia!

    Howson no le hizo el menor caso. Estaba devanando bajo la violencia de los acontecimientos que remolineaban en su mente. Debido a la falta de cualquier conexión con la realidad externa, aunque cargados con la plena fuerza de la conciencia —mientras que los sueños, aunque igualmente ilógicos, nunca lo estaban— no le prestaban ningún soporte ni palanca. Al pasarles revista a través de la mente intermediaria de la muchacha nepalesa (quien debió haber tomado un somnífero para salvarse de aquel bombardeo, recordó aturdidamente), no se había dado cuenta del poder que los inducía. Y lo peor de ello era aquella aura de perfecta calma teñida de... de divertimiento...

    Apeló a toda su fuerza de voluntad y se apartó del contacto temblando. Se había clavado las uñas profundamente en las palmas de las manos. ¿Por que debía sorprenderle aquello? Eso era lo que más temía en el mundo.

    En voz alta, y mentalmente a la vez, habló al desconocido telépata, poniendo todo su odio y cólera en una simple frase: ¡Maldito, sea quien seas!

    Seguro en fuga, persiguiendo una charra fantasía por sus propias razones particulares, el desconocido debió haber percibido la señal, y soltado una risita, invitando a Howson a estarse tranquilo si deseaba conservar la fortaleza de su cerebro... o bien la idea podía haber sido del mismo Howson. Estaba demasiado trastornado para poder decir cuál era de las dos cosas.

    Angustiado, se encaró con el inevitable futuro. Ningún telépata proyectivo era inútil, y a juzgar por sus señales corrientes, aquel hombre era excepcional entre las excepciones. No importaba la intolerable tensión que le hubiese obligado a abandonar la realidad; ellos querrían arrancarle a su fantasía. Apelarían a Howson, y debido a que eso era lo que él mejor hacía en el mundo, lo intentaría, y sería sublimemente aterrorizado y, acaso esta vez, hallado que...


    NO.


    La orden era para sí mismo, pero la dio como un ensordecido grito telepático, y por doquier en el hospital, otros telépatas, incluyendo a la muchacha nepalesa, reaccionaron con soñolienta sorpresa. A tientas tendió la mano al estante junto a la cama, donde tenía su provisión de medicamentos —era presa de tantos apuros como cualquier paciente del hospital— y halló el frasco de tranquilizante. Se tragó dos pastillas y se quedó quieto como una roca mientras obraban en su angustiada mente.

    Su respiración se hizo más fácil y normal. Cejó la tentación de volver de nuevo su atención a las deslumbrantes fantasías proyectadas por el desconocido, como si hubiese dominado el apremio de probar un diente cariado y le hubiese dolido. Cuando consideró que era capaz de moverse, salió torpemente de su cama y tomó su ropa, preparándose a ir en busca de su anónimo enemigo.


    Capítulo quince


    Saliendo del ascensor fue lentamente cojeando a través del vestíbulo del hospital, pasando ante la sala de urgencia con sus aparatos: cilindros de oxígeno sobre carretillas angulares, semejantes a mantis religiosas, proyectando sus toscas formas sobre la pared pintada de color crema; camillas con ruedas y sábanas pulcramente plegadas en su extremo; un aparato llamado corazón, otro denominado pulmón, y otro señalado como riñon, como si uno pudiera cogerlos, encajarlos y formar un hombre con ellos.

    ¿Con qué cerebro? ¿Con el mío? Preferiría más...

    Pero la puerta se había abierto, susurrando con el labio de caucho que besaba el suelo igualmente encauchutado, y Pandit Singh se hallaba allí, con jersey negro y pantalones grises, formando la luz un aura en su mata de pelo.

    —¡Gerry! ¿Qué pasa con ese agrupamiento catapático? ¿Se introdujo sin advertirlo? ¿De dónde proviene? ¿Y qué está usted haciendo aquí, de todos modos? ¿No está de guardia Luis Schacht?

    La escarcha de furia en las palabras no indicaba más cólera que la escarcha de gris mostraba edad en sus espesas cejas. Parecía inmutablemente joven... en el interior, que era lo que importaba. El ascenso de su antiguo puesto como jefe de la terapia A a director en jefe del hospital, no le había alterado lo más mínimo. Howson le había apreciado ya en su primer encuentro; ahora, tras sus largos años juntos, le quería como hubiese querido amar a su padre.

    En una ocasión había deseado que le despojaran de su don, que lo abolieran. Este deseo reincidía ocasionalmente, pero ahora quería no haber deseado ver desaparecer su don del mundo por Completo. Más bien, quisiera haberlo traspasado a Pandit Singh, Como hombre idóneo para sustentar tal poder.

    ¿Por qué yo? ¿Por que yo, el debilucho?

    Estaba espantosamente cansado. Pero su meliflua voz fue lo suficientemente firme al corregir las suposiciones de Singh.

    —Debería haber acudido enseguida, sin detenerse a pedir detalles a Luis, Pan. No es que se haya introducido un agrupamiento. Hay uno fuera, en la ciudad. La muchacha nepalesa captó algunas imágenes dispersas en su sueño —sucede justamente que el fraguado de la fantasía corresponde a sus propios antecedentes— y yo fui despertado por su miedo instintivo.
    —¡Ya! — dijo Singh dándose una palmada en la barbilla—. ¿Puede usted localizarlos para nosotros, o hemos de tener que buscar por nuestra parte?
    —Oh, puedo atraparlos ahora —confirmó Howson con acritud—. Por eso me vestí.

    Singh le contempló durante largos segundos. Luego, con uno de sus deslumbrantes estallidos de penetración, dijo:

    —Gerry, no es justo que no haya podido usted conciliar el sueño. ¿Es uno especialmente malo?

    Howson asintió con cautela.

    —Tiene un aspecto impropio, Pan. No ha obtenido las debidas armonías de... debilidad o escape. Tuve una impresión... ¿Cómo diablos la llamaría usted? ¡Sardónica! ¡Malvada! ¡Premeditada!

    La reacción mental de Singh fue grave. Sin embargo era en cierto modo consoladora también; traduciéndola en palabras, podía expresarse así: Si él está preocupado, su buena razón tiene, por lo que no puedo contradecirle. Pero él es el más grande; yo sé lo que él puede hacer.

    Howson intentó una pálida sonrisa. La puerta del vestíbulo volvió a abrirse, y entró a grandes zancadas Deirdre van Osterbeck, el sucesor de Singh como jefe de la terapia A, voluminoso como una nube preñada de tormenta, y embutido en un albornoz negriazulado, del que se destacaba una caraza redonda y pálida como la luna llena. Luis Schacht surgió del despacho de guardia nocturna, con aspecto irritable, para anunciar que el coche y la ambulancia estaban en camino.


    * * *

    —Habrá bastante con una, ¿cree usted? — añadió con una ojeada a Singh.

    La respuesta automática afloró a los labios de Singh: que nunca había habido un agrupamiento catapático consistente en más de ocho personas, por lo que una ambulancia grande y el coche de servicio bastarían. Pero Howson le detuvo, con silencioso gesto mental.

    —Disponga dos, Luis —dijo—. Temo que ese hombre esté quebrantando todas las reglas.

    Y para su fuero interno solamente, repitió: Temo...

    Imágenes fragmentarias atormentaron a Howson mientras el coche se lanzaba por la ancha carretera hacia el corazón de la ciudad. Le mostraban brillantes imposibles eventos, los cuales —si él lo permitía— podrían desplazar por siempre a la realidad. Lo silencioso de su vehículo, las oscuras fachadas de los edificios, las luces de la ciudad, y hasta la presencia de otras personas a su lado serían borrados, no teniendo violencia alguna. ¿Quién podría ser el desconocido? La sumersión de la memoria real era tan casi completa, que Howson temió que hubiera de sumirse muy, muy profundamente en el remolino mental antes de que pudiese hallar un indicio...

    —¡Gerry! — exclamó Singh. Howson se concentró. Sin darse cuenta, se había dejado llevar.
    —Lo siento —dijo sordamente—. Es tan fuerte... he de mantener volviendo mi atención al origen, debido a que estoy intentando localizarlo, y siempre que pienso en esa dirección... yo... Diga al conductor que gire a la derecha, de todos modos. Está ya muy cerca ahora...

    El coche se metió por un amplio bulevar flanqueado por edificios de muchos pisos. Los letreros de sus fachadas —rojos, verdes, azules— los identificaban a la mayoría como hoteles.

    —¿En uno de esos hoteles, cree usted? — sugirió Singh.
    —Muy probablemente —murmuró Howson, con palabras languidecidas por el cansancio.
    —¡Entonces aparte la mente del sujeto! — restalló Singh—. Podemos ir de uno a otro a cotejar las inscripciones recientes. Unos cuantos minutos de demora no supondrán diferencia alguna ahora.
    —¡Puedo hallarlos! — protestó Howson—. Un momento...
    —¡Le dije que apartase su mente del sujeto! Usted es demasiado valioso para usarlo como sabueso, ¿me oye? — Deliberadamente, Singh visualizo un perrazo de hocico baboso y husmeante, con las orejas caídas a tal punto sobre el suelo, que sus patas delanteras se enredaban en ellas. Howson capto la imagen y sonrió.
    —Usted gana.

    El coche se detuvo en la esquina. Singh abrió la portezuela, y Howson se dispuso a seguirle.

    —¡No es necesario que venga, Gerry! — objetó Singh.
    —Si no tengo algo para distraerme, puedo... uh... recaer en el sujeto —replicó Howson—. Voy a ir con usted.

    Siguió media hora de errabundeo por la acera y de vestíbulo en vestíbulo de hotel. Paredes de mármol y placas de gemas artificiales, extendidas pieles imitadas de animales e iluminados tanques de cristal y conteniendo agua teñida de verde, eran testigos de una sucesión de soñolientos recepcionistas nocturnos que alzaban sus cabezas para clavar una sorprendida mirada ante la intrusión de Howson y Singh, vacilando sobre mostrar las listas de sus libros—registro, y examinando la tarjeta de plena autorización de Singh, perteneciente a la Organización Mundial de la Salud, cediendo por fin renuentes.

    Seis hoteles, y nada para guiarles. Al salir del último de ellos, sin progreso ninguno que ofrecer a los ansiosos vigilantes del coche y de la ambulancia estacionados en el bordillo, Singh lanzó a Howson una penetrante ojeada.

    —¿Sigue teniendo apartado al sujeto, Howson?

    Howson le dirigió a su vez una entre mueca y sonrisa, casi culpable:

    —¡Qué bien me conoce usted, Singh! — replicó con forzada ligereza.
    —¡Bien, deténgalo! — dijo rudamente Singh—. Si nuestro hombre no estuviese condenadamente cerca, usted no me hubiese dejado nunca detener el coche, y no puedo pensar en un lugar más probable para albergar a un telépata de fuera de la ciudad, que un hotel de lujo. Probablemente lo encontraremos en el siguiente en que probemos.

    El siguiente estaba decorado en rimbombante estilo rococó chino, con inmensas columnas retorcidas y dragones rojos y negros laqueados en las paredes. El recepcionista nocturno era una gruesa mujer de media edad, quien mantuvo su mano posada sobre un timbre de alarma durante todo el tiempo que estaba hablando con ellos; estaba aterrorizada ante la idea de violación, idea que aparecía con nítida brillantez en su mente. Howson tuvo que sofocar una arcada de repugnancia ante el masoquismo que se hallaba subyacente en el consciente terror de la gorda china.

    Singh la persuadió que mostrara el registro de inscripciones, y barajó cosa de una docena de tarjetas de identidad antes de detenerse, mientras alegaba a sus labios una exclamación. Sacó la importante tarjeta de su casillero, y la mostró a Howson. El nombre estaba inscrito con resueltas letras: Hugo Choong.

    —¡Pero él es...! — comenzó Howson, deteniéndose ante el fruncimiento del entrecejo de Singh. Sin palabras, continuó—: ¡Pero él es un hombre importante, importantísimo!
    —Exacto. — Once años de estrecha asociación con Howson habían permitido a Singh verbalizar una comunicación no hablada, casi tan claramente como un telépata—. Un arbitrador asentado en Hong Kong. Controla la costa del Pacífico virtualmente con una mano. Es también terapista contratado ocasionalmente por la jefatura de las Naciones Unidas. ¿No lo conoce?

    No

    Ni yo tampoco. Pero estamos a punto de ello, ¿no es así?

    En su vida podría haber igualado Howson aquel cínico—burlón comentario. Sintió sólo consternación. ¿Qué estaba haciendo un arbitrador montando un agrupamiento catapático? Todos ellos eran escogidos entre los más estables, capaces, y superiormente entrenados telépatas; habían de estar como la mujer de César, más allá de cualquier soplo de sospecha, pues en el filo de la navaja de su auto—control descansaba la difícil paz del planeta.

    Si hasta un hombre como éste podía escoger la fuga sobre la realidad, ¿qué seguridad tenía él, el tullido que ni siquiera podía encararse a extraños sin ser lastimado?

    Singh estaba hablando animadamente a la recepcionista nocturna:

    —¿Cuál es la habitación del señor Choong, por favor? Voy a tener la necesidad de molestarle.
    —La habitación—salón de míster Choong —corrigió ariscamente la mujer—. Su grupo reservó nuestro ático esta tarde. Pero no creo que pueda dejarle a usted...
    —¿Su grupo... cuántos? — interrumpió Singh.
    —Diez en total. — Y de mala gana añadió—: señor.
    —Tenía usted razón sobre la necesidad de otra ambulancia, Gerry —gruñó Singh—. Está bien —añadió a la recepcionista—. Llame a un botones o a alguien que nos conduzca arriba... ¡y aprisa! Es cuestión de urgencia médica, ¿lo oye?

    Howson estaba contento por seguir el curso de los acontecimientos. No dijo nada al ir cojeando hacia el ascensor, siguiendo a un empleado que tenía un pijama y batín, y una cara de expresión asustada. Los asistentes de la ambulancia habían ido con sus camillas a los montacargas. Howson dejó todos estos menesteres a Singh; él estaba ocupado intentando domeñar al potro salvaje de sus pensamientos, que amenazaban con salirse de control cuando dejaba vagar su atención hacia las fantasías telepáticas que estaba elaborando Choong.

    No intente pensar en un caballo blanco...

    El ascensor se detuvo al nivel del ático. Singh se aprestó automáticamente a emplear la llave que le había dado la recepcionista, pero la puerta se abrió antes de que metiera aquélla en su cerradura. Y más allá...

    —Esto me recuerda —comentó Singh con horrible calma— la escena final de Hamlet.

    ¡Cadáveres por doquier! Sólo que... aún no cadáveres. Con palidez de cera, se hallaban sentados o permanecían inmóviles, en sillas, catres y cojines amontonados; nueve en círculo en torno al décimo... un hombre rechoncho de rasgos eurásicos, retrepado en un sillón almohadillado y vestido con una espléndida túnica de seda. A su lado, y como si en aquel momento se las hubiera quitado, se hallaban unas gafas con montura de carey. Era, por consiguiente, Hugo Choong.

    Los puños de Gerry se apretaron de manera ridícula. Como un muñeco mal ajustado, fue cojeando hacia el telépata sumido en trance, hendiendo el aire la violencia de su cólera.

    ¡Maldito seas, maldito seas, Maldito seas...!

    —¡Gerry! — las palabras de Singh asaetearon su cerebro—. ¡No puede usted alcanzarlo, de modo que no desperdicie el esfuerzo!

    La rabia de Howson se desinfló como un globo pinchado, se redujo a la nada, cediendo el paso a una cansada apatía. Hizo un amplio ademán y volvió la espalda.

    —Adonde él ha ido, no desea que nadie le alcance.
    —No estoy tan seguro —replicó Singh—. ¡Mire! — Dio unas zancadas sobre la mullida alfombra hacia el teléfono de pared, y señaló a algo que estaba sobre una mesita próxima a él. La desvaída mirada de Howson le siguió.
    —Aquí hay un interruptor horario en el teléfono, y está dispuesto para las ocho de mañana por la mañana. Y aquí hay un magnetófono. Veamos lo que dice. — Levantó el pequeño artilugio, encerrado en una cajita de magnífica laca, y descubrió que estaba conectado al teléfono por un hilo tan delgado como el de una telaraña. Oprimió el conmutador, y en el momento se oyó una voz firme diciendo:
    —Aquí Hugh Choong, en el ático. Buenos días. Por favor, no se alarmen ante este mensaje registrado que está sólo destinado a repetirse en el caso de que no lo capten del todo la primera vez. Por favor, tomen contacto con el director—jefe del Centro Terapéutico de la Organización Mundial de la Salud, doctor Pandit Singh. Infórmenle sobre mi identidad, y pídanle que venga a verme con uno de sus principales ayudantes. La puerta del ascensor abre automáticamente ésta, de manera que no tendrá dificultad en entrar. ¡Gracias!
    —¡Apagúelo! — dijo con enfurecida vehemencia Howson—. ¡Así que él lo ha preparado todo! ¡Lo mejor de la terapia, por ninguna razón válida! Y ahora, supongo... —Se detuvo, aunque sus labios se movieron.
    —¿Sí, Gerry? — preguntó presuroso Singh.
    —¡Ya sabe usted exactamente lo que yo iba a decir! — restalló Howson—. Ahora ha de ir alguien tras él, arrancarle por fuerza de su fuga, y perder tiempo y esfuerzo que debieran emplearse en alguien que lo necesita.
    —En lo que a mí respecta —dijo Singh en tono que no necesitaba teñir de reproche—, el hecho de que Hugo Choong esté aquí, en este estado, le convierte en una persona necesitada de terapia. ¿Estoy equivocado?

    Howson se sonrojó. Se mostró como dispuesto a contradecirle, pero antes de que tuviera la oportunidad de hablar, los asistentes de la ambulancia vinieron del montacargas, y la atención de Singh se trasladó a la supervisión de su trabajo.

    Howson se retiró a un rincón y miró con fijeza al cerúleo rostro sereno de Choong, mientras disponían su cuerpo sobre la camilla.

    —¡No, maldito seas! ¡Por eso es que hay tanto hedor de presunción despidiéndose en torno tuyo! ¡No podías haber necesitado tanta ayuda, puesto que has tomado tanto cuidado en asegurarte de conseguirla!

    ¡Y la quieres, maldito seas de nuevo! Me mandarán en pos de ti a esa tierra de nadie, a destruir tus sueños, a importunarte y perseguirte. Y yo asumiré la tarea, porque eso es todo cuanto tengo; mi destreza, que no tiene par en nadie en el mundo.

    Así pues, ¿quién vendrá tras de mía, a ayudarme, Choong? ¿Quién otro queda? ¡Vete al infierno, maldito!


    Capítulo dieciséis


    Su amargura e inquina estaban aún aumentando, acentuadas por su falta de sueño, cuando se concertó la conferencia especial para la tarde siguiente. Para un paciente ordinario, bastaba con una anotación en la agenda cotidiana normal; para algún otro, al servicio de las Naciones Unidas, suponía una línea múltiple telefónica para tratar del caso. Pero para Choong, los ejecutivos superiores llegaron en bandadas en el expreso Mach Cinco.

    Howson tomó asiento en la butaca que le estaba reservada a la derecha de Singh, tratando de pensar en cosas sin importancia: en el techo bajo de color verde mar, en el exquisito diseñado del mobiliario de madera de haya. Fracasó en su intento. Se daba demasiada buena cuenta de las culpables miradas curiosas de los forasteros, que expresaban tan claramente como una señal telepática: ¿El más grande telépata curativo del mundo? ¿Él?

    Apenas podía contenerse para espetarles en voz alta: «¿Qué diablos era lo que ustedes esperaban? ¿Un superhombre? ¿Un par de cuernos?»

    Afortunadamente, su atención había sido distraída por la llegada de copias de los informes de examen físico de Choong y sus compañeros. Ahora estaban obstinadamente sumidos en el minucioso cotejo de una maraña de detalles, esperando ahorrarse el formular más tarde preguntas ignorantes, apareciendo como unos bobos.

    Excepto uno, se dio cuenta de pronto. Lockspeiser, el corpulento canadiense de rostro rojizo y la calva en la coronilla, había cerrado y apartado a un lado su carpeta de papeles. Aquél era un acto sincero, de todos modos...

    —Dispénseme por mi franqueza, doctor Sing —dijo el canadiense—. Pero este asunto es para los médicos, y yo no lo soy. Yo soy un supuesto político práctico trabajando con la Comisión Coordinadora del Comercio, y mi interés por el doctor Choong se halla limitado al hecho de que se esperaba que arbitrase en la crisis de la que puede acaso usted haber tenido noticia... ese batiburrillo chino—indonesio. Fue una tarea endiablada el atemperar los humores de la gente hasta el punto de que aceptasen un arbitro externo, y quisieron a Choong o a ninguno más. Eso es lo que para mí cuenta. ¿Podemos dejar a un lado la jeringonza y extraer algunos hechos concretos?

    ¿Así pues, él había estado rehuyendo una tarea?... La idea fue singularmente consoladora para Howson. Sin embargo, durante sólo segundos. Singh alzó la cabeza.

    —¿Se le notificó que se requerían sus servicios?
    —No lo sé —gruñó Lockspeiser—. Yo lo previne a su oficina de Hong Kong, naturalmente. Usted es de allí, ¿no es eso? — añadió posando su mirada sobre el preocupado chino que estaba enfrente suyo, y que había sido presentado a la reunión como el señor Jeremías Ho.
    —Sí. Ah... —Su expresión era desdichada—. La respuesta a la pregunta del doctor Singh es negativa. No supimos del doctor Choong durante más de una semana.
    —¿Y no les preocupó eso? — pregunto incrédulamente Lockspeiser.
    —Diciéndolo de otro modo, no nos inquietamos por el doctor Choong. — El tono de Ho era de suave reproche—. Supusimos que estaba haciendo uno de sus acostumbrados viajes de estudios. Se ausenta a menudo para sondear la opinión pública, recogiendo datos y antecedentes que puedan ser útiles en el futuro. Sólo él puede decir lo que es importante para él.

    Singh lanzo una tosecilla cortés.

    —No creo que debamos proseguir por ahí. Ya hemos localizado a Choong; nuestra dificultad inmediata es llegar hasta él. Mejor será que nos concentremos en ello.
    —De acuerdo. — Quien lo dijo era la mujer muy dueña de sí, de cabello castaño rojizo, de una edad, probable, entre treinta y cinco y cuarenta años, vestida de negro y verde, y que se sentaba un poco aparte de su vecino Lockspeiser. Su condición era hasta el presente desconocida a Howson, y sentía curiosidad sobre ella. Estaba seguro de que era una telépata, pero cuando la hizo el automático cortés abordaje, se había topado con un bien disciplinado gesto mental equivalente a un encogimiento de hombros. Era, efectivamente, un desaire y le afectó.

    Singh, guiñó un ojo a la dama.

    —Gracias señorita Moreno. Ahora bien, comprendo de su parte que no sabe nada de importancia sobre los compañeros del doctor Choong. ¿Exacto?

    La señorita Moreno hizo un enfático ademán de asentimiento con la cabeza, añadiendo luego en confirmación:

    —Ninguno de ellos se ha presentado a nuestra atención previamente.
    —¿Nuestra atención? — dijo Howson. Todos los ojos se enfocaron hacia él, y se apartaron de nuevo al instante, excepto los de la señorita Moreno. Su respuesta fue rápida y casual.
    —Información Mundial, doctor Howson.

    Desde luego. Cuando falta un hombre que detenta la llave de la paz sobre una sexta parte del globo, ustedes esperan que corran tras él. Embarazado por su propia falta de perspicacia, y más turbado que nunca ante la negativa a reconocerle al nivel telepático, Howson murmuró algo sin concretar.

    Singh se apresuró a intervenir:

    —Todos ustedes han sido informados de lo que le ha sucedido a Choong, naturalmente. Lo que no podemos imaginarnos aún es por qué lo ha hecho. Estamos analizando los informes psicomédicos confidenciales que el señor Ho trajo de Hong Kong pero hasta llegar a una conclusión, sólo podemos conjeturar. Antes de hoy dije que la razón para constituir un agrupamiento catapático era la misma por la cual cualquier notelépata puede evadirse... escapar a una crisis insoportable en la vida real. No obstante, todos nuestros datos señalan que Choong se hallaba perfectamente encajado a su tarea, a su vida privada y a su talento... ¿Es así, señorita Moreno?
    —¿Tenemos que prolongar esta conferencia? — dijo de manera agria la interpelada. Howson se tensó. A pesar del cuidadoso dominio de la mujer, ella le estaba enviando una filtración de indiscutible alarma—. ¡Hay sólo una vía de acción abierta, y cuanto más pronto se la adopte, mejor!

    Lockspeiser dio una palmada sobre la mesa.

    —¡Estupendo! — exclamó—. ¿Quiere alguien decirme qué acción? Nunca me paré en este... en este asunto catapático antes de haber oído de Choong. A mí me parece que se halla bloqueado todo camino para alcanzarle... ¿no es así?
    —Lo que ha de hacerse es esto —dijo Howson en voz tan estridente y dura como un chillido—. Alguien ha de seguirlo en su fantasía. Alguien ha de arriesgar su propia cordura para determinar las leyes por las cuales opera su universo... para apartar de diez personalidades reales y Dios sabe cuántas esquizoides secundarias, el ego del telépata, para hacer tan inhabitable la fantasía que por puro disgusto desate él los lazos entre sí y los otros y vuelva a la percepción normal.

    Alzó los ojos para mirar directamente a los de la señorita Moreno, quien mantuvo firme su mirada cuando él terminó diciendo:

    —¡Y eso no es fácil!
    —¿Dije acaso que lo fuera? — Un leve tinte de rubor coloreó las oliváceas mejillas de ella.
    —Usted dijo que cuanto antes abordemos a Choong, tanto mejor —respondió Howson, parodiando una inclinación de invitación—. ¡Es usted bienvenida! Por primera, tendrá usted que conocer primero de memoria a su sujeto. De no ser así, él puede ocultársele tras una infinita sucesión de disfraces, hasta que se sienta usted demasiado enojada para imaginárselo, o demasiado cansada para importarle, o... o demasiado fascinada... —Tragó saliva y se pasó la lengua por los labios, mirando aún a la señorita Moreno, pero sin verla—. En segundo lugar, mientras el cuerpo mantiene sus reservas de energía, un intruso ha de deslizarse en él, o no entrar en absoluto. Si es torpe y se manifiesta con evidencia, topa con los recursos de los participantes, quienes niegan su existencia como niegan la de sus propios cuerpos. Esta vez hay diez en el agrupamiento, y puede usted apostar que Choong no ha invitado a badulaques y maricas para compartir sus sueños. Y en último lugar... —Si detuvo. Todos esperaron, haciéndose la pausa como un intervalo entre el rayo y el trueno.
    —Y en último lugar —repitió muy lentamente Howson—, Choong no es una inadecuada personalidad en fuga.

    Entonces, ¿por qué? ¿Por qué? ¿POR QUÉ?

    Tras esto, dejó seguir a los demás. Sólo quedaban por determinar cuestiones periféricas, y no importaba quién pedía el qué, pues todas eran predecibles.

    —¿No puede ser rebajada su resistencia... mediante drogas, acaso?
    —Mediante drogas no. A veces sirve de ayuda un choque eléctrico al órgano de Funck. Pero cualquier deprimente que empleásemos, afectaría a las funciones motoras —el corazón, el reflejo respiratorio— así como a los centros superiores implicados en la imaginación. No tenemos nada tan selectivo para el sistema nervioso.
    —Bueno... ¿corazón y pulmones prostéticos?
    —No sirve hasta que se haya roto el enlace telepático. Antes sí. Ello significaría mucha menos exigencia de sus cuerpos, y las funciones naturales podrían cesar para siempre.
    —¿Supone alguna diferencia la separación física?
    —Se emplean telépatas para comunicar con Marte. Espero que esto responda a su pregunta...

    Singh se estaba volviendo irritable; su mente no se hallaba en el interrogador, sino en el ausente Howson, preguntándose si estaría fisgando en alguna parte del edificio. Y lo estaba, naturalmente. Era algo que no podía resistir.

    Sintiendo la creciente impaciencia del director jefe, los otros cambiaron de parecer sobre hacer más preguntas, y Lockspeiser se fue derecho al grano.

    —¡Muy bien, doctor Singh! Todo esto puede reducirse a lo siguiente: ¿aceptará el señor Howson asumir la tarea, y cuáles son sus probabilidades de éxito en tiempo razonablemente breve?

    Ya desearía saberlo... Pero Singh oculto hábilmente este pensamiento, y acaso ni siquiera la señorita Moreno lo captó. En voz alta dijo:

    —En cuanto a asumir la tarea, estoy seguro de que querrá. En lo que respecta a conseguir el logro en un tiempo razonablemente breve, puedo manifestar que tiene un récord ininterrumpido de éxitos en sus casos precedentes, y pocas de sus curas llevaron más de cuarenta y ocho horas desde su comienzo. Observen que el terreno ha de preparadose, como ya lo indicó él; tiene que saber del paciente desde su nacimiento, antes de penetrar en su fantasía.

    Pero la señorita Moreno se quedó con la mirada clavada en Singh, y cuando la puerta se hubo cerrado tras Ho y Lockspeiser, dijo:

    —Si no le importa, voy a someterle de nuevo a esta pregunta. Es esencial que no andemos con tapujos en esta cuestión. ¿Está usted seguro que el doctor Howson volverá a traer a Choong?

    La mayor cólera que jamás le invadiera, asaltó a Pandit Singh, quien barbotó:

    —¡No se permita decir, o ni siquiera pensar eso! ¡Condenación! He trabajado con Gerry durante once años, y lo he visto desarrollarse desde un asustadizo y tímido adolescente hasta un capaz... diablos, un brillante, terapista. Su mente es tan aguda como un escalpelo. Yo sé eso, ¿y cómo es que usted no lo sabe? Pues usted misma es una telépata, ¿no es así?

    Hubo un momento helado. Con los ojos cerrados y balanceándose un poco en su butaca especial, Howson esperaba sentir a Singh oyendo la respuesta. No tenía por su parte ningún deseo de investigar la mente de la señorita Moreno, puesto que ella había previamente rehusado su contacto.

    —¿Cómo lo supo usted? — dijo ella—. Mi despacho tenía órdenes de no decírselo y me parece que puse bien de manifiesto a Howson que...
    —No necesitaba que me lo dijeran —replicó Singh, lanzando las palabras con impaciente gesto—. He visto más de doscientos telépatas, enfermos y sanos, entrenados y novatos. Sin embargo, espero aún una respuesta. ¿Cómo es que usted ignoraba que Gerry es el único hombre viviente que puede volver a traer a Choong?
    —Porque... —Hubo una pausa, impregnada del acopio de la potencia de voluntad hacia una decisión—. Porque Choong me espanta, si he de ser franca. Siempre desde que Vargas descubrió el eslabonamiento catapático, de la —no lo sé— frustración, desajuste... Oh omita eso. Desde entonces, de todos modos, ello ha supuesto una constante tentación para todos nosotros. Usted es probablemente una excepción, pero mucha gente imagina que el talento es absolutamente remunerador y satisfactorio. A pesar de toda la cuidadosa propaganda en contra, se tornan envidiosos. — Las palabras sonaban ahora más amargas—. Bien, un telépata puede frustrarse, o deprimirse, o perder ánimo. Y cualquiera de nosotros podría decir en todo momento ¡que arda si quiere el mundo! ¡Yo puedo hacer lo que quiero! Pero nos mantenemos. Pensamos: Son los débiles los que ceden... Pero Choong lo ha hecho ahora. ¿El un débil? ¿El? Jamás. Se puso en fuga al parecer simplemente por pura elección, en plena posesión de facultades. ¿Es a eso a donde voy yo a ir a parar? ¿O Howson? ¿O todos nosotros? He estado negándome a una relación con Gerry Howson, doctor. Sé que ello le está afectando. Pero ya ve... temo que si él halla que está tan tentado como yo, y si descubre que yo estoy tentada, habremos perdido no sólo a Choong, sino a él, y a mí también.

    Singht no tuvo respuesta alguna. Se limitó simplemente a inclinar su cabeza.


    * * *

    Así pues, ahí estaba la cuestión, en toda su desnudez: el miedo. Bruscamente, Howson no sintió ya antipatía por la señorita Moreno. Ella había expuesto bien el asunto. Únicamente que no se había sencillamente percatado de que a él le servía de más ayuda saber compartido su terror, que el pensar que fuese un producto de su penuria individual.

    ¿Cómo lo había expresado Marlowe por boca de Mefistófeles? ¿Algo sobre ser amable, para tener compañeros en la adversidad? No podía recordarlo. No importaba tampoco. Aplicando el principio, se sintió consolado.

    Su mano se tendió al conmutador de la comunicación interior. Una pausa, y luego habló Deirdre van Osterbeck.

    —¿Sí?
    —Aquí Gerry, Deirdre. Envíeme los antecedentes del caso Choong, por favor. Estoy dispuesto a comenzar a trabajar sobre él ahora mismo.


    Capítulo diecisiete


    Por lo general fiaba a la inspiración, cuando menos en parte, para rematar su logro. Muchas veces en el pasado había conseguido un rápido y drástico desbaratamiento de un agrupamiento catapático mediante la explotación de una debilidad revelada sólo en la misma fantasía, nunca admitida previamente por el telépata, ni siquiera a su analista, ni tampoco a su mujer... si la tenía, pues eran más bien escasos los telépatas que contraían matrimonio, en vista de la improbabilidad de tener hijos con el don que poseían.

    En esta ocasión, sin embargo, nada fue dejado para la improvisación de último momento, sino que empleó todos los artificios.

    Fueron primero las largas, larguísimas horas bajo el capirote... el artilugio muy ajustado que combinaba una pantalla de microfilm, un micrófono y circuitos de salida de locución audible. Empleó un suave estimulante para fijar en su cerebro los interminables hechos, y salió de cada sesión cojeando y sudando.

    Luego fueron las investigaciones directas. Le trajeron a todo aquel que pudieron encontrar, y que hubiera conocido estrechamente a Choong; antiguos camaradas de colegio, parientes, mayores, amigas de otro tiempo, colegas profesionales... en total más de doscientas mentes a bucear, escudriñar, cribar, y extraer indicios y conjeturas de ellas.

    Finalmente, le trajeron a la esposa de Choong.

    Nunca había deseado enfrentarse a ella. Había intentado decirse, así como a ella y a Singh, que no era necesario, que tenía ya acopiado suficiente material. Pero al fin hubo de aceptar la prueba, pues ella misma insistió. Deseaba volver a tener a su marido, y si en su memoria guardaba algo de utilidad para Howson, deseaba transmitírselo.

    Era una mujer pequeña, rechoncha, no muy atractiva, telépata receptiva de buena ejecutoria. Sus antepasados fueron en su mayoría polinesios, pero su tarea actual concernía principalmente al ajuste cultural en la Nueva Guinea, asentando el impacto de la tecnología moderna en gentes cuyos abuelos habían nacido en la Edad de Piedra. Había estado fuera trabajando durante más de tres meses, y no había esperado ver a su marido en otras seis semanas.

    Al efectuar con ella la primera prueba, Howson se convenció de inmediato de lo que hallaría. ¡Allí debía encontrarse a buen seguro, en alguna parte, la intolerable situación de la que estaba escapando Choong! Buscó las señales de tensión marital, probablemente sexual... y quedó desconcertado.

    No se encontraban allí. Sólo una perplejidad lastimada, una muda pregunta: ¿Por qué se fue sin mí?

    Y ella no conocía la respuesta, aunque hurgase en el caos de su subconsciencia. Según toda apariencia externa e interna, Choong era el mejor y más ajustado telépata con que jamás topara Howson, y su encaje a su esposa era tan bueno como a cualquier otra parte de su existencia.

    Agitado, resistió al creciente impulso de interrumpir sus preparativos. Sabía que Lockspeiser y Ho se estaban volviendo ansiosos; también que hasta Singh, cuya confianza en él era tremenda, había comenzado a preguntarse si aquellas minuciosas precauciones eran necesarias, o tan sólo suponían un intento de posponer la eventual terapia. Ni siquiera si la crisis chino—indonesia desembocara en la violencia, se atrevería a enfrentarse a Choong sin conocer minuciosamente sus puntos débiles.

    Y puesto que Choong no tenía ninguno mencionable, eso quedaba para sus compañeros.

    Aquí la tarea era infinitamente más fácil. Aunque ninguno de los nueve habría sucumbido espontáneamente a la fantasía escapista, habían requerido poca persuasión para unirse a Choong. En consecuencia, halló esperanzadoras indicaciones en sus registros psicológicos.

    Uno de ellos: deseo de poder reprimido, fantasías de rey y esclavo reveladas en análisis pocos años antes.

    Otro: Un historial de infancia con mentiras, pequeños hurtos y rotura de mobiliario.

    Una mujer: Tentativa de suicidio tras un desgraciado asunto amoroso.

    Soy un vampiro —pensó Howson, no por primera vez—. Aquí se halla gente sin saber lo que hacer, y desesperada ha intentado la fuga. Así pues, ¿qué hago yo? Intervengo en su miseria particular y convierto en insoportable hasta su escapatoria.

    —Dispóngalos, Deirdre. Bajo ahora mismo.
    —Bien. Estaremos listos para cuando llegue; he tenido personal en reserva durante todo el día.

    Howson desconectó la intercomunicación, se puso en pie y se desperezó. Hubiese deseado estirarse por completo, y tensar los mustiados músculos de su espalda que nunca había sobresalido. Pero el mero deseo era fútil. Debía haberlo sabido ya.

    Su mente zumbaba por la información que había recopilado en ella durante los días pasados, mientras iba cojeando a través de los pasillos hacia la habitación en la que esperaba su paciente. Era como ser perseguido por avispas.

    Además, estaba la memoria para guiar sus pasos. Tal vez era un error que nunca se hubiera movido de la habitación que le fue destinada al llegar. Acaso debiera haber ido a un apartamento en la ciudad. No hubiese estado ahora siguiendo el mismo camino que siguiera antes, cegado por las lágrimas, cuando Elsa Kronstadt llegó a las puertas de la muerte en su encuentro con Pericles Phranakis.

    ¿Era ésta su propia hora de crisis? También Elsa había tenido un récord intachable, hasta que (¿por qué se comparaba?) la debilitara el tumor del tamaño de una bala en su cerebro. Sus poderes físicos no eran peores de lo que siempre lo habían sido, mas no obstante su dominio había sido sutilmente socavado, precisamente por las razones que la señorita Moreno había confiado a Pandit Singh. Estaba embarcándose, espantado, en una empresa en la cual únicamente la más sublime confianza en su propia destreza podría sostenerle. Y no había allí ningún renuente novato dispuesto a acudir en su rescate a última hora.

    Vendrá eventualmente a la labor de equipo: habremos de tomar dos o tres proyectivos de menor grado, y acaso emplear la hipnosis para sojuzgar su ego individual, y poner a un telépata al mando y... ¡Pero si eso es casi una agrupación catapática!

    No, ésa no era la solución. Todavía no. No hasta que el proceso de asimilar telépatas a un mundo de gente corriente fuese completo. Y para entonces, acaso, no existiría la presión sobre los telépatas, que los inducía de todos modos a la fuga.

    Tal vez habría sólo casos como el de Choong...

    Entró en la habitación donde le esperaban y miró en derredor, asintiendo con la cabeza. No había efectuado un despeje preliminar de aquel presente —estaba preocupado con sus propias inquietudes— de manera que le sorprendió ver allí a la señorita Moreno. Miró a Singh de manera interrogadora.

    Ella le respondió directamente, antes de que Singh pudiese hablar.

    Me gustaría asistir a su labor, doctor Howson. ¡Me ha impresionado tanto lo que he sabido por el doctor Singh!

    —Bien, bien. — Howson habló en voz alta por reflejo; ¡qué cambio era aquél! La miró fijamente y la vio respingar, pero mantuvo su mente abierta. Era una nueva y vigorosa impresión la que recibió: estable, elástica, en ciertos aspectos comparable a la de Choong, pero con un componente acusadamente femenino.
    —Ya veo —dijo finalmente—. Es para impresionarme que no todos los telépatas han seguido el camino que Choong eligió. Más bien elemental. Quiero decir, que aquí estamos después de todo... Pero contemple cuanto quiera. Sólo que, suceda lo que suceda, no intente echar una mano.

    No esperó la respuesta, sino que se dirigió al lecho. Un atento enfermero se aprestó a ayudarle. Mas no era necesario; aquella era quizá la trigésima vez que había ocupado aquel sitio para tal tarea. Miró en derredor mientras eran dispuestos en su cuerpo los diferentes artilugios.

    Reflexionó que había habido pocos cambios desde que viera por primera vez aquella habitación. La experiencia había sugerido mejoras en el equipo; hubieron desarrollos en la tecnología médica, e ingenios superiores registradores, y aparatos prostéticos más perfeccionados habían reemplazado los de los tiempos de Elsa Kronstadt. Aparte de ello, la escena era la esencialmente idéntica a la de su introducción a su carrera.

    Miró a Singh, quien le dirigió una amplia sonrisa medio tragada por barba y bigote. Luego miro a Deirdre van Osterbeck, quien estaba demasiado ocupado comprobando los encefalógrafos como para darse cuenta. Y en ambas mentes percibió un conflicto entre esperanza y ansiedad.

    El guardián de terapia —un rechoncho joven de ojos oblicuos y fija sonrisa mecánica, llamado Pat Chang Mee— se instaló en su silla al lado de Howson. Había trabajado con éste dos veces antes, y un rápido escudriñamiento mental reveló que estaba sumamente confiado en el éxito.

    Y allá estaba Choong.

    —Listo —dijo brevemente Deirdre.

    Los técnicos le hicieron eco, indicando con la cabeza a Singh. En la parte trasera de la habitación, cerca de la puerta, Howson sintió a la señorita Moreno instalándose en un blando sillón; no la vio moverse, pues ya había cerrado los ojos.

    —Registro —dijo. Las imágenes fluyeron en el instante en que comenzó a relajarse hacia el contacto—. Estoy obteniendo el molde principal... la ciudad, las montañas... Informé invierno previamente. Se está desvaneciendo. Está dispuesta la escena para algún gran acontecimiento. Voy a intentar entrar yendo por la senda K del borde, la senda de comercio y viaje. Llegan caravanas a la ciudad y he detectado cuando menos un esquizoide secundario de orden muy elevado usando esto como fondo.

    Había probado a Choong cautelosamente una serie de veces, mientras estaba haciendo su acopio de información. Ahora, el mundo imaginario parecía familiar, casi acogedor. Se desvaneció el conocimiento del hospital, y hubo sólo...


    Capítulo dieciocho


    ...el movimiento de balanceo, como el de una pequeña embarcación en un mar agitado, y un olor diferente a cualquiera que hubiera sentido con anterioridad.

    Camellos. Abrió los ojos. La ilusión era absoluta pero no había esperado otra cosa. Estaba contendiendo, después de todo, con un brillante oponente.

    Gradualmente surgieron hechos. Él era..., él era Hao Sen, el mercenario, el guardián de la caravana, e iba negligentemente montado sobre su magnífico camello hembra, Luz de las Estrellas, por entre la abigarrada bandada de mercaderes y viajeros, a través de las puertas de la Ciudad del Tigre. El aire era incisivo y estimulante; el invierno casi había pasado ya, y ésta era la primera de las caravanas de primavera que desafiaba a los bandidos y cruzaba las montañas procedente del norte.

    Bandidos... El concepto aportó una sensación de cansancio y satisfacción, y recordó. Habían estado luchando; los bandidos habían tendido una emboscada. Las muestras aparecían por doquier en derredor suyo: aquel hombre estaba cojeando, y el otro tenía un vendaje ensangrentado ciñéndole la cabeza. Él mismo —tensó los músculos de su cuerpo— tenía sólo unas cuantas magulladuras, allá donde su coraza de placas de latón sobre el cuero había protegido el tajo de un alfanje. Pero habían obtenido una victoria total y aquel verano, según rumor general, el emperador alzaría un ejército y barrería para siempre a los bandidos de sus cerros.

    Bostezó cavernosamente tras su barba negra de forma de azada. Su mano se posó sobre el familiar pomo de su ancha espada, y apremió a su camello hacia la puerta de la ciudad.

    Los muros eran enormes y sólidos; las formas negras de los soldados los recorrían como muñecos. Sobre la misma puerta había una galería en la que estaban alineados escudos que portaban el estilizado emblema negro y amarillo de una cabeza de tigre. Se trataba de una protección mágica, un amuleto sabiamente escogido; la ciudad era impresionante y merecía que se le hubiese dado el nombre de la segunda bestia más poderosa del mundo. (¿Dónde había aprendido eso? ¿Quién le había dicho que los antiguos chinos consideraban así al tigre? Frunció el entrecejo por un momento, y luego hubo de someter aparte la pregunta para su consideración.)

    En ese momento el populacho estaba yendo por la calle interior de la puerta, alegre y ondulante en su andar, y algunos titiriteros en cabeza de la procesión daban volatines para corresponder a los saludos. Hao Sen lanzó una estrepitosa risotada ante sus zapatetas y cabriolas, lanzando miradas al paso a las muchachas de cara de luna, como cualquier soldado que hubiera pasado mucho tiempo sin mujeres.

    Había pelotones de guardias de la ciudad para dirigir la caravana y despejarle el camino; y había mercaderes de afiladas narices cerrando sus casas para bajar al mercado a efectuar sus transacciones. Había caza de clientes para los mesones y posadas locales, y había... oh, una multitud de gentes congregándose.

    Se vertieron en la gran plaza del mercado con el acompañamiento de gritos, triquitraques, y gongos de latón. Hao Sen cabalgaba constantemente a paso de paseo, recogiendo toda la información posible sobre lo que le rodeaba.

    Se sintió sacudido por su detalle. ¡Aquello era... fantástico!

    —¡Eh, tú! — Una sonora voz de bajo penetró en su ensoñación, y un oficial de la guardia de la ciudad espléndidamente ataviado de negro y amarillo, vino a grandes zancadas hacia él—. ¡Desmonta enseguida! ¡No se permite cabalgar en ninguna bestia a través del mercado!

    Hao Sen obedeció rezongando. Aquello era irritante, pero no se atrevió a formular objeción alguna: era demasiado pronto para empezar atrayendo la atención sobre su persona. Luz de las Estrellas expresó su opinión por un irrisorio plegamiento de su belfo superior, lo cual se traduce por algo entre los camellos, y él no pudo reprimir una torcida sonrisa.

    —¿Qué es lo que debo hacer con mi camello entonces? — preguntó.

    El oficial apuntó a corta distancia del camino por el que había venido.

    —Allí encontrarás posadas, con establos a tu gusto. De ser tú, me daría prisa, o estarán todas ocupadas cuando llegues.

    Poco tiempo después, a pie, y con su espada pegada a su costado, en su vaina de cuero y latón, volvió a la plaza del mercado. Se desarrollaba en ella ahora una escena de tremenda actividad; los cargamentos de los fardos que portaban las bestias de la caravana habían sido extendidos en torno a tres lados de la plaza, para que los examinaran los compradores, y habían brotado tenderetes por doquier en el centro: barberos importunaban a los ¡paseantes para ofrecerles el arreglo de sus cabellos y la limpieza de sus orejas y narices, encantadores, titiriteros y juglares estaban practicando sus habilidades, y se habían apostado músicos lanzando plañideras canciones con acompañamiento de vibrantes y gangosos instrumentos. Hao Sen vagó al azar entre la muchedumbre, con el ceño fruncido.

    El lado cuarto de la plaza, aquél que los mercaderes no podían disponer, se hallaba, sin embargo, bullidor. Frente a él había un vasto edificio con treinta tejados curvos de pagoda y una escalinata de unos cien peldaños que conducía a sus puertas principales. En ideogramas rojos y amarillos se hallaba trazada sobre su fachada esta inscripción: EL TEMPLO DE LOS CELESTIALES FAVORES.

    En los peldaños se encontraba una cuadrilla de obreros muy atareados en completar un estrado para un trono. Hao Sen los contempló. A juzgar por las llamativas colgaduras de seda que estaban poniendo en su obra, se preveía una visita del emperador.

    La suposición fue confirmada cuando reparó en un hombre corpulento trazando un circuito en la plaza, acompañado por guardias armados, y señalando artículos de especial naturaleza, para que los mercaderes los retirasen de sus existencias. Algunos de esos artículos eran recogidos por gruñidores jóvenes de blancas vestiduras tiznadas y llevados a hombros a través de la plaza, al pie de la monumental escalinata ante el templo.

    El emperador. Hao Sen meditó en la probabilidad de que el foco evidente de su atención era el gobernante real. Y se decidió en contra de la posibilidad; cuando menos una de las personalidades reflexivas implicadas en aquella soberbia ciudad imaginaria, había tenido fantasía de rey y esclavo, y el emperador sería probablemente más una personalidad subsidiaria que principal.

    Por otra parte, desde luego...

    Hao Sen cesó su curso de pensamiento con un sobresalto. Acababa de avistar a un domador de dragones entre dos colorinescos quioscos en la plaza.

    Se abrió paso a codazos hasta el espectáculo, no haciendo ningún caso a los protestatarios que apartaba y se detuvo enfrente del círculo de espectadores que rodeaban al domador y a su bestia, los cuales se mantenían a respetable distancia.

    Sin embargo, aquella bestia no tenía mucho de dragón. Parecía medio muerta de inanición, y apenas tres cuartas partes desarrollada; además, sus escamas estaban cubiertas por un moho semejante al de una enfermedad fungosa. Sin embargo, sus malignos dientes eran blancos y agudos, al mostrarlos en sus sordos gruñidos. El domador —un hombre gordo y atezado, probablemente un gitano del sur— estaba haciendo mover las patas a la bestia en una especie de desmañada danza, aguijoneándola con una vara puntiaguda de metal que a intervalos calentaba en un brasero.

    Hao Sen se estremeció al contemplar no ya la funesta amenaza en los ojos de la bestia, que prometía no resistir mucho tiempo tal trato, sino la importancia de la enfermedad que padecía.

    Mientras se hallaba reflexionando aún en las implicaciones, hubo un sonar de trompetas tras él y se volvió. Un desfile de soldados brillantemente uniformados penetraba a vivo paso militar en la plaza seguidos por hombres portando un palanquín de rica seda y raras maderas. Los oficiales aullaron órdenes para recabar el debido respeto al emperador, y, como un bosque talado de un solo tajo, todos los circunstantes en la plaza se postraron con la frente en el suelo, en homenaje imperial.

    Una vez dado el permiso para levantarse a la gente, el emperador se hallaba ya instalado en su trono rodeado por su séquito: mandarines con plumas de pavo real, servidores personales con abanicos simbólicos y oficiales de elevada graduación de su ejército. Hao Sen los escudriñó con interés. Su atención fue atraída casi al instante por un hombre de elevada estatura con magnífica vestidura de seda que se hallaba a la diestra del emperador, un tanto apartado del resto y al parecer no teniendo asistentes personales.

    Como fuera... esto olía bien. Hao Sen ignoraba la ceremonia que seguía, la presentación del jefe de la caravana y el despliegue de mercancías selectas ante el emperador, y examinó a aquel hombre. No había un manifiesto parecido, pero eso era apenas una evidencia. Considerando, después de todo, su propio cuerpo ahora. Interrumpió este pensamiento con una sacudida casi física y se preguntó si aún sería demasiado pronto para atraer la atención sobre su persona. Por otra parte, la perfección del detalle era una señal para la precaución; por otra, ello implicaba que los secundarios estaban excepcionalmente bien desarrollados. Él había llegado con el disfraz que había elegido, y hasta el momento no había ningún indicio de que se sospechara de su presencia...

    Tomó una decisión y se abrió paso entre la gente hasta la fila delantera de quienes habían dejado las atracciones de los prestidigitadores y saltimbanquis, trocándolas por el privilegio de ver al Emperador Celeste muy de cerca. Para entonces, el emperador había acabado su inspección de las mercancías del dueño de la caravana y se inclinaba hacia atrás en su trono, paseando una distraída mirada por la escena. Escasos momentos pasaron antes de que fijara su vista en Hao Sen y dijera algo al dueño de la Caravana.

    —¡Tenemos una gran deuda con él! — manifestó el dueño de la caravana—. El fue quien inspiró a nuestra guardia para repeler a los bandidos.
    —Haced que se adelante —dijo negligentemente el emperador.

    Un oficial se lo indicó a Hao Sen, quien fue obedientemente al pie de la escalinata, poniéndose allí de rodillas y humillando la frente. Una vez hubo cumplido el ritual, se puso en pie y permaneció con la mano posada en el pomo del arma que ceñía su costado y con los hombros echados hacía atrás.

    El emperador le examinó someramente.

    —Un buen luchador —dijo aprobatorio—. Pregúntale si tiene intención de unirse a mi ejército.
    —Celestial Señor, vuestro humilde servidor ha oído que el ejército partirá este verano en expedición contra los bandidos. Si se le concede el privilegio de unirse a la empresa, servirá con todo su corazón.
    —Bien, muy bien —dijo el emperador brevemente. Sus ojos se posaron un momento en la musculosa complexión de Hao Sen—. Tomad su nombre, uno de vosotros —añadió—. Y enviádmelo a palacio.

    Mecánicamente, Hao Sen cumplió con los requisitos solicitados por el oficial que vino a tomar su nombre y detalles de su experiencia. Era una precaución de mera rutina; si se veía reducido a desmantelar uno por uno a los reflexivos, ahora disponía de los antecedentes para tornar la fantasía de un rey y esclavo en algo enteramente menos gustoso. Pero estaba satisfecho de que el propio emperador fuese sólo un reflexivo.

    En ese caso, ¿era el gobernante aquel hombre de elevada estatura que se hallaba un tanto apartado? ¿O algún otro, no encajado en esta parte subsidiaria del drama?

    Una vez más, aplazó la decisión.

    El cortejo imperial había abandonado la plaza cuando se alzó el clamor.

    —¡El dragón! ¡El dragón!

    Giró en redondo, viendo una ola de catastrófico pánico irrumpir en el mercado como un maremoto en la boca de un río. Vendedores, compradores y entretenedores, todos se abalanzaron como impetuosa corriente fuera de la plaza, derribando quioscos y tenderetes, esparciendo y pisoteando mercancías y atropellando a viejos y niños en su frenética carrera. Hao Sen se quedó donde estaba, esperando una vista despejada.

    Cuando la tuvo, se estremeció de espanto. El dragón no era ya una bestia mansamente sumisa, sino la propia encarnación de la amenaza. Se hallaba con tres de sus pezuñas de agudas garras posadas sobre el cadáver de su dueño, rebanando su cara y convirtiéndola en sangrienta ruina.

    Se cansó de su juego e hizo una pausa, escudriñando sus amarillos ojos la gran plaza. Hao Sen había a medias esperado que comiera, pues la bestia debía haber sido mantenida hambrienta para debilitarla. Sin embargo su cabeza no bajó para morder el cadáver, y el corazón de Hao dio un brinco al percatarse de que la plaza, aparte de su persona, estaba ya completamente vacía.

    Debiera haber corrido también con los demás. Se había demorado demasiado. El más leve movimiento suyo atraería la atención de la bestia y estaba seguro de que ella podría atraparle por mucho que corriese. La razón por la que le habían hecho dejar su camello friera de la plaza fue como un golpe. Había empleado su truco favorito antes demasiado a menudo, y aquí había un oponente que lo empleaba también.

    El dragón comenzó a moverse deslizándose hacia él con sus ojos sin parpadear y tan brillantemente ardientes como los tizones del brasero que había volcado. Hao Sen lanzó una frenética mirada en derredor, buscando un arma. Vio el asta rota de una tienda al lado, y dio un brinco para cogerla. Y en el instante en que lo hacía, el dragón acometió.

    Hao blandió el asta de la tienda a la manera de una jabalina y la arrojó a la cara de la bestia. Más por suerte que por precisión en la puntería, la afilada madera dio en una de las franjas de escamas debilitadas por la enfermedad del moho. Apenas hizo un corte Visible, pero el dragón aulló de dolor, y, girando en redondo, volvió al ataque.

    La primera vez, Hao se apartó a un lado, sacando su espada de su vaina. La segunda, no pudo hurtarse por completo, pues la bestia enroscó astutamente su cola a media altura, de manera que le asestó un golpe en el hombro que lo envió rodando. Había sido como un mazazo, y el dragón debía pesar tanto o más que un hombre.

    Aterrizó entre un amasijo de cuerdas de un puesto de venta y la bestia se encontró lo bastante trabada para que Hao Sen pensara en una táctica para afrontar el siguiente zarpazo. Esta vez, en lugar de dar un salto aun lado, se echó violentamente hacia atrás tirando al mismo tiempo de la espada y hundiéndola en el bajo vientre del dragón.

    Torció la empuñadura con tal fuerza que casi se dislocó el tobillo, y el impacto hizo retumbar su cabeza al chocar con el pavimento. Con agudos chillidos de angustia, el dragón arañó con las patas traseras, y una triple línea de dolor indicó a Hao Sen donde los zarpazos penetraban en sus polainas.

    Alzó una pierna y con toda su fuerza asestó un patadón en la base de la cola de la bestia. Fue lo bastante doloroso para que ella le olvidase momentáneamente, mientras él atrasaba el cuello bajo el cuerpo de la bestia la cual intentaba arrancar la espada con los dientes. Muy lentamente, sangre negra se derramó sobre la empuñadura.

    Hao Sen rodó zafándose al instante. Consideró la posibilidad de sacarle los ojos al dragón, pero estaban protegidos por córneas huesudas y pensó que lo más probable era que perdiese los dedos en el empeño. Desesperadamente buscó un arma para reemplazar a la perdida espada y no vio ninguna. El dragón abandonó su vano tirar de la espada, lanzó un gruñido y brincó de nuevo.

    Llegó a él ladeado, debido a que la hoja insertada en su tripa debilitaba una de sus patas traseras; no obstante, curvó su gruesa cola hacia su cabeza, en lo que amenazaba con ser un golpe brutal. Jadeando, Hao Sen se asió a la cola con ambas manos... y comenzó a girar sobre sus talones.

    Durante un fantástico segundo pensó que la bestia estaba intentando asestarle un golpe con su cola. Luego, el peso de su brazo dio lugar a un tirón exterior. Cuatro veces, cinco... el mercado remolineó vertiginosamente; la sangre del dragón trazaba un círculo cada vez más amplio en el suelo. Él añadió un último esfuerzo de violencia al movimiento, tendiendo hacia arriba, y luego soltó la cola.

    Fue volando a través del quiosco del vendedor de cuerdas, sobre las monedas esparcidas del puesto de un cambista, y fue a caer, con la cabeza torcida, a un ángulo de la parte baja de la escalinata del templo.

    Hao Sen dejó pender sus doloridos brazos, jadeando. Miró al ya inerte dragón, y más allá, arriba a la escalinata, hallándose con la mirada del hombre de elevada estatura que había estado allí contemplando el suceso, apoyado en un cayado.


    Capítulo diecinueve


    —Buen combate —dijo el hombre del cayado en un tono cómplice que sugería que había asistido antes a unos cuantos.

    Hao Sen no respondió; el corazón le latía demasiado violenta y desacompasadamente. Todos sus planes se habían reducido a la nada. Era de lo más vulnerable.

    Su única esperanza residía en intentar mantener la ficción de que su disfraz era simplemente el efecto de la creación de una personalidad esquizoide secundaria en el curso general de la fantasía. Escupió en el polvo, se frotó ambas manos, y fue hacia el dragón para sacar la espada de su tripa.

    Una ojeada le mostró que el arma ya era inútil; la empuñadura estaba torcida en ángulo recto con la hoja. Maldiciendo, iba a tirarla a un lado, pero el hombre que se hallaba en la escalinata le dijo con tono imperioso:

    —¡Espera! Una espada que ha quitado la vida a un dragón no es arma a desechar tan a la ligera. Dámela.

    Hao Sen obedeció con renuencia. El hombre tomó la espada y la examinó atentamente; luego, murmurando algo que Hao no pudo captar —un encantamiento, probablemente— hizo un anillo con sus dedos pulgar e índice, y lo pasó a lo largo del cayado que llevaba. Mantuvo el anillo cerrado mientras ponía el cayado en la curva de su codo y asió la empuñadura de la espada con su mano libre. Luego pasó el anillo por la hoja.

    La sangre se cuajó y cayó, quedando el metal brillante. Y cuando llegó al lugar donde estaba torcido, primero tembló un poco y luego se enderezó como un resorte.

    —Soy el brujo Chu Lao —dijo el hombre de elevada estatura, con voz desenvuelta—. ¡Aquí tienes tu espada!

    Y un segundo después, se había ido.

    Hao Sen consideró fríamente los hechos tal como se presentaban. Producían una depresión total.

    Resultaba claro que a pesar de todos sus cuidadosos preparativos, había efectuado una suposición oculta y potencialmente fatal: la de que estaba contendiendo con un adversario semejante a los demás. Y no lo estaba. Se veía contra un hombre capaz de tomar tan cabales precauciones en la elaboración de sus fantasías, como en cualquier otro compartimento de su existencia. Aquella mancha de moho sobre el flanco del dragón debió ya haber sido bastante advertidora. Un detalle así era casi inconcebible a menos que fuese producto de la reacción de Hao Sen con su ambiente, o el dragón era un esquizoide secundario, y no uno construido.

    Él mismo había empleado aquella añagaza bastante a menudo; y había estado proyectando emplearla de nuevo cuando ideó al camello Luz de las Estrellas. Y bien fuese por conjetura o por presciencia, había inutilizado al punto este arma.

    Así pues, el dragón había sido un esquizoide secundario, con su propia personalidad «real». Y el dueño, el caudillo de la Ciudad del Tigre, no era el emperador, rodeado de boato y de adulación. Era Chu Lao, el brujo.

    ¡Brujo! Se estremeció. ¡No era extraño que los primeros soplos de su fantasía le hubiesen aportado la sugerencia de la magia!

    En verdad, recordaba de precedentes ocasiones en las cuales había estado la magia incorporada a una imagen universal. Mas luego había hallado ser simple grandiosidad pueril, presurosa y chapuceramente remendada, y falta de coherencia. Por otra parte, la magia practicada por Chu Lao sería consistente, rigurosa, regida por leyes cuidadosamente elaboradas; sería rígida e inflexible como una ciencia. Y Chu Lao conocía esas leyes. Y Hao Sen no.

    Abandonó por completo sus planes originales. No le servía ya el sutil socavamiento, la esgrima para lograr una oportunidad de apoderarse del dominio, que había sido su técnica favorita en el pasado. Emplear las armas forjadas por su enemigo, y luchar en un terreno escogido por él... era un camino seguro para el agotamiento y la derrota. Con pensamientos sombríos miro la espada que el brujo había recompuesto para él.

    A toda costa debía evitar la derrota. Ser batido una vez, sería una irrevocable sentencia de condena.

    Sin embargo, y como fuera, debía operar aún dentro de la norma impuesta por su oponente; trastocar de manera demasiado drástica las hipótesis básicas crearía una probabilidad de que la relación mental fuese rota, y podría hallarse vagando él mismo en un mundo de fantasía de su propia creación, en el cual tuviese la ilusión de creer que había logrado realmente el éxito, mientras que toda la oposición que había vencido consistía en hombres de paja...

    Tomó su decisión. La fuerza bruta era la única probabilidad que tenía ahora. Así pues, que fuese por la fuerza.

    Bajaron de los cerros con un intento determinado en filas ordenadas; no eran una horda bárbara aquellos bandidos, sino un ejército bien conjuntado por la disciplina, convertido por ella en una simple máquina eficaz. Cuando se hallaban aún a millas de la Ciudad del Tigre, el destello del sol mañanero en sus escudos y Cascos prendió la atención de los guardianes de la ciudad, y al momento hubo muchas idas y venidas por las murallas.

    Cabalgando desenvueltamente sobre su camello a la cabeza de su ejército Hao Sen sonrió para sus adentros. Su lanza con su punta cruel estaba en su funda, cruzada al majestuoso cuello de Luz de las Estrellas, y su espada envainada le golpeaba ligeramente el costado.

    ¡Que hicieran alharacas ellos! Les serviría de poco. Lo que él les tenía reservado bastaba para trastornar a toda la gente de la Ciudad del Tigre, incluyendo al arrogante Chu Lao.

    Durante más de una hora los bandidos siguieron descendiendo en silencio de los cerros, excepto por el percutir de los timbales que marcaba el paso. No hicieron intento alguno de llegar a un tiro de arco de la ciudad, sino que siguieron la circunferencia de un círculo y la rodearon. Animales de carga portadores de maleza, carros con aparatos de asedio desmontados y gran cantidad de provisiones abonaban a una conclusión evidente: estaban decididos a sitiar la ciudad antes de que el emperador pudiese equipar a su ejército y proveerle del adecuado forraje para sus animales, en la campaña planeada contra ellos.

    Complacido, Hao Sen examinó su labor. Había escogido para sí Un puesto de relativa importancia menor, a la cabeza de un destacamento de camelleros, y el ostensible jefe de los bandidos disfrutaba de todos los lujos que una horda como aquella podía permitir: una inmensa yurta de viaje suntuosa con magníficas pieles y colorida alfombra turca sobre un carro de cuatro ruedas tirado por diez bueyes. En torno al carro zumbaba un continuo enjambre de oficiales, mensajeros y esclavos.

    El ejército hizo alto. Desde las murallas de la ciudad eran visibles los jefes de la fuerza defensora. Al cabo de un rato, éstos se congregaron en la galería sobre la puerta principal, opuesta al lugar en que se había estacionado el carro del jefe.

    Un heraldo bajó a comenzar los preliminares de rigor, pidiendo la rendición de la ciudad sin resistencia. La respuesta fue digna, pero negativa. Fue seguida por una lluvia de flechas, y el heraldo se apresuró a cabalgar rápidamente a sus líneas.

    Bastante razonable. Hao Sen contempló agacharse a los defensores al ser devuelta la descarga. Luego hubo un intervalo puntuado sólo por deshilvanados disparos, mientras mensajeros transmitían información sobre las defensas.

    Parecía que la puerta principal era el único punto vulnerable. En consecuencia, los arqueros mantuvieron bajas las cabezas de los defensores, mientras que eran arrastradas cargas de maleza y calderos de pez hacia las pesadas puertas de madera que cerraban la ciudad. Varios hombres cayeron, pero la labor iba por buen camino cuando fue bruscamente abandonada. Los atacantes se retiraron y los sorprendidos defensores se aprovecharon de la situación. Cautelosamente se asomaron tras los escudos negros y amarillos de cabeza de tigre, para ver qué era lo que había cambiado el designio de los bandidos.

    No tardó en aparecer la respuesta. El cielo se estaba encapotando rápidamente e iban cayendo ya algunas gotas de agua. Ningún fuego, por intenso que fuese, podría sobrevivir para quemar la puerta ante el aguacero que amenazaba.

    Hao Sen miró con los ojos entornados hacia la galería sobre la puerta. ¡Seguramente era... sí, en verdad! Era el brujo Chu Lao, con pardo manto cuyo color se fundía casi con el muro de piedra tras él, con la vista clavada en las preñadas nubes que se aproximaban. Había sido apelada su magia para defender la ciudad, y hasta entonces parecía tener la sartén por el mango. Hao Sen Sonrió de nuevo de manera lobuna, y los atacantes pasaron a la Acción.

    Las pieles y llamativos colgajos del «carro del jefe» se apartaron revelando que cubrían sólo un ligero marco de bambú con suficiente espacio para que entrase un hombre, esperar como si hablase al jefe, y volverse para retirarse. Aparte de ello, todo el vagón era un artefacto incendiario, lleno de yesca, pez y cántaros de aceite.

    Ahora fustigaron a los dos únicos bueyes que no habían sido desuncidos. Las asustadas bestias mugieron y el vagón rodó. A los ¿Hez metros, se precipitaron a él hombres con espadas, manejando las cuales dieron suelta a los bueyes, y el carro prosiguió rodando por sí mismo por el camino en declive hacia la puerta, con traquetreo de sus ruedas de madera amenazando convertirse en astillas.

    Hao Sen esperó tenso. Los defensores habían visto lo que estaba sucediendo, y andaban en frenética rebatiña para salir de la galería ¿obre la puerta. Otros diez metros...

    Las flechas incendiarias silbaron tras el carro; la segunda y tercera dieron justamente en los trapos empapados de combustible en la parte trasera de la pila inflamable y brotaron llamas de veinte metros, coronadas por lamedores cúmulos de humo. El carro fue a empotrarse violentamente contra la puerta con un crujido estrepitoso de planchas desplomándose, y enseguida aquello se convirtió en un infierno de alaridos entre las llamas y el humo.

    Hasta entonces, bien. ¿Pero había sido cogido Chu Lao de improviso?

    Al parecer no, pues la lluvia se vertió a torrentes al cabo de sólo pocos minutos de vacilación. Al morir humo y llamas, pudo verse que había sido abierto un gran boquete en la puerta. Otro carro incendiario se estaba preparando en lo alto del declive para Seguir al primero cuando se abrió la puerta y los defensores se precipitaron afuera en una carga.

    Era un acto tan ilógico que Hao Sen se quedó sobrecogido. La mejor estrategia de la Ciudad del Tigre debería haber sido, sin lugar a dudas, desgastar a los atacantes... O cuando menos él lo había pensado así. Durante un momento discutió su propio plan y luego los guardias de la ciudad, tanto montados como a pie, salieron como impetuoso torrente, con muchos alaridos y blandir de espadas, no quedando tiempo para inquirir sobre el segundo mejor curso de la acción.

    La lucha se fue extendiendo gradualmente en torno a la ciudad. Era una dura contienda. Al cabo de un rato, Hao Sen divisó una gran bandera de seda que era portada fuera de la puerta, y transfirió su mando a un oficial que sospechaba ser uno de sus esquizoides secundarios. La bandera aquella llevaba un tigre bordado, y debía pertenecer al emperador.

    ¡No! ¡Espera!

    Una súbita percepción interior, tan cegadora como el rayo, atravesó la serena mente de Hao Sen. Aquella bandera no podía ser la del emperador, pues el símbolo imperial era el dragón, la más poderosa de todas las bestias. Así pues, el tigre debía estar reservado a Chu Lao, puesto que era su ciudad —la Ciudad del Tigre— y la magia operaba allí de acuerdo a reglas estrictas, un ejemplo de lo cual había visto cuando Chu Lao le dijo que un arma que había matado a un dragón merecía la pena conservarse...

    ¡Y el tigre era tan sólo la segunda bestia más poderosa!

    Hao Sen aguijoneó a Luz de las Estrellas, mientras su mente iba a la carrera, intentando abrirse paso al lugar en que había sido alzada la llamativa bandera del tigre.

    Había una violenta refriega en torno suyo, de manera que pasó un rato antes de que pudiera llegar a un lugar desde el cual pudiera divisar si verdaderamente había salido Chu Lao a inspeccionar la batalla o no. Por tres veces hubo de emplear su pica para apartar a un soldado y la tercera vez no pudo sujetarla; extrañado, porque el hecho implicaba que estaba mucho más cansado de lo que creía, absorbió su atención en su persona y asió la espada violentamente.

    En el mismo instante que vio al brujo bajo su bandera, el brujo le vio a él, y al momento también formaron los guardias para cerrarle el paso. Esperando que la atención de Chu Lao estuviera distraída se echó a un lado de su silla de montar y Luz de las Estrellas se alzó sobre sus patas traseras, moviendo como aspas de molino las delanteras. Los guardias escaparon corriendo.

    El camello tuvo sin embargo sólo un instante de respiro pues recibió un tajo en las patas delanteras, en el momento en que tocaba el suelo con ellas. Hao Sen no hizo caso de sus agonizantes gemidos y siguió adelante, trazando con su espada un arco mortal. Dos veces hicieron resonar su casco fulgurantes golpes en él asestados; por dos veces sintió embotada la punta de su espada y la zafó de manera que significaba que había hendido la carne limpiamente. Durante un tremendo momento, un brazo desmembrado pareció intentar asirle la barba.

    Finalmente llegó al círculo del terreno encantado que rodeaba al brujo.

    —¡Chu Lao! — vociferó—. ¡Chu Lao!

    El brujo, asombrado, le miró con fijeza... más no era sólo de asombro la expresión de su mirada. En ella había también... un divertimiento sardónico.

    Hao Sen se abalanzó, al grito de:

    —¡Chu Lao, nombro a tu ciudad!

    Todos los participantes en la batalla parecieron perder ánimo para proseguir la contienda. Como asaltado por una premonición, Chu Lao vaciló.

    —¡La ciudad es la Ciudad del Tigre! ¡Ese tigre es tu ciudad! ¡Y el tigre es menos poderoso que el dragón!

    No pudo ver cómo sucedió, pero donde se había asentado la ciudad se hallaba ahora un felino de piel franjeada y verdes ojos, agazapado y gruñendo, con sus garras distendidas y de una dimensión que sobrepasaba cuanto imaginarse pudiera.

    —¡Mi tigre! — gritó Chu Lao—. ¡Sí, es mi tigre!
    —¡Y esta espada ha bebido la sangre de un dragón! — gritó a su vez Hao Sen—. ¡Esta espada es mi dragón!

    Hizo un molinete con ella en torno a su cabeza, hendiendo centelleante el aire; al abatirse, se transformó en cuatro gigantescas patas que sostenían un cuerpo de cabeza espinosa, que alzó al par que meneaba su monstruosa cola, mientras que sus abiertas mandíbulas rugían en desafío al tigre.

    Se alzó luego la bestia sobre sus cuartos traseros, y su zarpazo añadió franjas de sangre a la piel del tigre. Mordió y ríos de sangre mancharon y empaparon la tierra. En vano el tigre asestó sus zarpazos a las impenetrables escamas. No tenía probabilidad alguna. En pocos momentos fue abatido, con un enorme porrazo que pareció conmover el mundo. Todo se escindió y, con ello, Hao Sen.

    Durante un instante vio los ejércitos rivales, el suelo ensangrentado, los muertos y agonizantes, y...

    Y todo pasó y ya era Howson otra vez, y no Hao Sen, y estaba colmado de indecible terror, debido a la manera como había vencido.


    Capítulo veinte


    Se encontraba en pie al extremo de la cama en la que habían colocado a Choong para recobrarse, en espera de que se despertara. Entre tanto no podía rehuir sus pensamientos: Creo que la señorita Moreno lo sabía: de todos modos, ella se marchó tan rápidamente, antes de que yo despejara mi agotamiento... Y Pan lo sabe, pero puedo confiar en él, después de las veces que hemos trabajado juntos.

    Pandit Singh, desde luego, no tenía la menor sospecha de la terrible verdad que le había aparecido a Howson. Andaba por allí irradiando paternal orgullo, y todos los componentes de las Naciones Unidas —Lockspeiser y Ho y los demás— se sentían en el deber de excusarse por haber dudado de él, en primer lugar, y Howson sentía principalmente un sordo dolor semejante a la jaqueca.

    Su triunfo había sido una farsa. Todo aquel asunto se había montado como un juego de bolos para él, y le habían dado un ilimitado número de bolas.

    Y allí estaba Choong, que le había tratado como un juguete, que estaba felizmente casado y era físicamente completo, y el mundo era tan groseramente injusto que no sabía cuánto tiempo podría resistirlo...

    Choong se agitó, y fue como si una luz gigantesca se hubiese encendido en la habitación; todo se destacó en brillantes formas tridimensionales comparadas a las que habían sido de oscuro pardo. Era su percepción que despertaba. Únicamente otro telépata hubiese notado que había una diferencia.

    Se abrieron sus ojos. Hubo un momento en blanco y luego dijo:

    —Me parece conocerle...

    —Sí, me conoce, soy Gerald Howson. — Empleó deliberadamente palabras; estaba cerrando cada compartimento que podía de su quebrantada mente—. Me ha puesto bien en ridículo, ¿no es así? ¡Bueno, desearía saber por qué!

    Hubo otro momento en blanco, durante el cual Choong ordenó sus pensamientos con una rapidez que impresionó a Howson a pesar de su preconcebido enojo.

    —Así que usted trató mi... ah... caso —dijo Choong, con torcida sonrisa—. Lo siento. No pensaba que fuera necesario molestarle. Debería haberme sido asignado un novato. Me parece que puse completamente de manifiesto que no estaba en fuga, y que me mostraría deseoso de ser devuelto.

    Howson se sofocó casi antes de poder replicar. Cuando lo hizo fue con tal arrebato de furia, que empleó la proyección en vez de palabras.

    —¿Cómo puede ser usted tan indolentemente egoísta? ¿Es que no le importa la desazón y molestia que ha causado? ¿No le importa el engorro y el perjuicio causados a mí personalmente? ¿Y qué hay del tiempo que desperdicié... tiempo que podría haber destinado a alguien que tuviese una verdadera necesidad?

    Choong lanzó una exclamación y se llevó la mano a la cabeza. Se abrió la puerta de la habitación y asomó una enfermera para preguntar qué sucedía. Recuperándose, Choong la despidió con un ademán y con suspicaz mirada a Howson condescendió.

    —¡Usted tiene algún poder en su persona! — dijo—. ¿No le importa seguir hablando? Siento mi mente más bien... ah... magullada por sus anteriores tácticas de choque.

    Howson permaneció hoscamente silencioso.

    —¿No se le ocurrió sinceramente que yo no querría resistir? — prosiguió Choong—. ¡Sí, ya veo que fue así, hasta el último momento! Lo encuentro asombroso, si me dispensa expresarme así. Usted debió haber llegado a la conclusión de que el único motivo por el cual un telépata desearía formar un agrupamiento catapático era la fuga; nunca le asaltó la idea de que yo deseara simplemente ejercer mi talento para el propio deleite.
    —No se recree —murmuró Howson—. Yo sabía que nunca le hubiese arrastrado de no haber cooperado.
    —No, me parece que no da usted en el clavo. — Choong manipuló la cabecera de la cama y se puso en posición más cómoda para mirar a Howson—. Diablos, Howson, no censuraría usted a un hombre con dotes físicas por emplearlas en el deporte. Sin embargo, me parece que tiene un prejuicio contra la idea de que la telepatía pueda usarse como un placer. ¿Por qué? ¡Usted tiene un talento fabuloso! Y no estoy en modo alguno seguro de que no me hubiese usted devuelto aun cuando me hubiese resistido; la repentina inspiración final fue brillante, y me cogió absolutamente por sorpresa. ¿No saca usted nunca alguna diversión de su don? Por ejemplo, mi mujer y yo nos enlazamos mentalmente antes de acostarnos; yo sueño mucho más vividamente que ella y me gusta que comparta mis sueños.
    —Yo no estoy casado —dijo Howson con voz queda. Choong destello una descortés mirada en su mente, brevemente vulnerable por la fuerza de su emoción. Al volver a hablar, fue con un cambio de actitud.
    —Lo siento. Fue una falta de tacto de mí parte. Pero...
    —Yo... —Howson sintió un asomo de perplejidad. ¿Por qué necesitaba justificarse de pronto con aquel hombre que le había puesto en tal aprieto? Pero lo hizo. Y así dijo claudicante—. Lo he hecho también. Con una muchacha sordomuda que conocí.
    —¡Pues entonces! Y debe disfrutar de su tarea hasta cierto punto. Si no por otra razón, porque ella constituye un cambio a un personaje duro y elástico, capaz de gran esfuerzo físico.
    —Pues... pues sí. A veces siento temor de emplear más tiempo del necesario en una cura, corriendo así el riesgo de desbordar mis limitaciones —Howson se enjugó los labios.
    —Eso suena peligroso —manifestó juiciosamente Choong—. Mi opinión es que si usted se permite extraer más placer de su talento, no sería usted tentado... ah... a tomar para sí las fantasías de otras personas.
    —¿Qué está usted sugiriendo? — preguntó Howson—. ¿Que forme yo mismo un agrupamiento catapático? ¿Cómo podría atreverme a hacerlo? ¡Aún en el caso de aceptar su indiferente actitud hacia ellos! Vargas, y polvo en sus párpados... Yo no tendría mucho incentivo para volver a la realidad, ¿no es así? ¿Y en quién podría confiar para que lo hiciera? He demolido todos los subterfugios y todos los puntos débiles. Y por encima de eso, si alguien lograse volver a traerme, ¿qué sucedería a la confianza en mi propia destreza?

    La enfermera volvió a abrir la puerta.

    —¡Doctor Howson! Mensaje del doctor Van Osterbeck: ¡No debe usted contrarrestar su labor fatigando demasiado al doctor Choong!

    Howson hizo un vago ademán y volvió a cojear. Tras él, el doctor Choong habló por última vez.

    —El que una fuga que me conviene a mí o algún otro no le convenga a usted, Howson, no quiere decir que no exista ninguna para usted. Usted es un individuo único. Halle su camino. ¡Debe de haber uno!



    * * *

    Howson no estaba completamente seguro de si Choong había hablado físicamente aquellas últimas palabras, o bien introduciéndolas telepáticamente en su mente con la consumada habilidad de un psiquiatra de primera clase implantando una sugerencia en un paciente. Hace unos días, Howson había sido el médico encargado; y en un momento había visto invertidos los papeles.

    Excepto que Choong no había sido nunca realmente el paciente que Howson creyó que fuese.

    Había ordenado ya a su asistente personal que le hiciera sus maletas. Y ahora se encontró vacilando ante el despacho de Pandit Singh. ¿Sería capaz de explicar lo que sentía, lo que deseaba? ¿Sabía efectivamente él mismo lo que quería?

    Se revistió de fortaleza, y entró. ¡A buen seguro que cualquier cosa sería mejor que su presente dilema!

    Singh no levantó la cabeza del montón de papeles que tenía ante él, sino que simplemente hizo un ademán en dirección a una silla, diciendo:

    —Siéntese Gerry; un momento. ¡Ah... ya está! — Estampó una firma rápida en el documento de la parte superior del montón, y lo arrojó a la bandeja de recogida.

    Luego, retrepándose en su butaca, dijo:

    —De acuerdo, Gerry. Usted necesita unas vacaciones.

    No por primera vez, ni por centésima, Howson se halló preguntándose si el mismo Singh tenía facultades embrionarias telepáticas. Sonrojándose, dijo:

    —¿Qué...?
    —¡Oh, Gerry, por Dios! — Singh lanzó una cordial risita—. Me dijeron que estaba usted haciendo las maletas. Al oírlo, calculé que ya eran seis años desde la última vez que tuvo un descanso. Ello era en parte mí culpa: me he acostumbrado a apoyarme en usted. Pero no ha parecido mostrarse tan satisfecho como debiera con su éxito en el caso de Choong y mi deducción ha sido que necesita usted unas vacaciones. Y me alegra que usted convenga conmigo en ello.

    Howson quedó silencioso durante un largo momento, y luego dijo:

    —Pan, temo que esté usted equivocado.
    —¿No estará usted...? — La sospecha de que Howson estuviese planeando una partida permanente asaltó la aterrada mente de Singh.
    —¡Ohhhh! — Howson cortó exasperado la errónea sospecha, con telepática corrección, y prosiguió en voz alta—. El caso de Choong no fue un éxito para mí, Pan. Él deseaba ser devuelto. De no haber cooperado, o cuando menos no resistido con cierta seriedad, yo habría sido derrotado.
    —¡Gerry, no comprendo!
    —¿No? Ni yo tampoco lo comprendí al principio —convino amargamente Howson— Y Pan no se lo hubiese dicho a usted, supongo, puesto que yo le previne que no lo hiciera mientras no tuviese yo una probabilidad de acostumbrarme a la idea. Todos los telépatas cuyos sueños he desbaratado previamente eran las inadecuadas personalidades que pretendían ser, quebrantadas por la bronca aspereza del mundo. A ellas puedo atacar y atrapar. Choong, en plena posesión y dominio de sus facultades, en un mundo de su propio discurrir, y operando a su personal antojo y albedrío podría haberme aplastado como a una molesta mosca... Y no lo hizo. Tuvo el sentido de ver que iba a tener que ayudar a quienquiera fuese tras él como una precaución contra el demasiado disfrute de su absoluto poder. Así pues, siguió series de reglas fácilmente deducibles. En particular, cuando empleó las reglas fundamentales de James Frazer de semejante—a—semejante y parte—a—todo. Lo cogí por sorpresa cuando me percaté súbitamente de ello durante el encuentro crucial, y... bueno, no importan los detalles. Baste decir que es la única cosa que me agrada, y no me satisface, porque fue una inspiración afortunada, y no el resultado de un planeamiento y una previsión... ¡Pan, él ha perforado mi confianza! He tenido que admitir algo que le he ocultado a usted y a mí mismo durante años. ¡Tengo envidia de las personas que pueden fugarse! ¿Por que no? ¡Míreme! Y estoy espantado por tener envidia. ¡No hay nadie que conozca que pudiese arrancarme a la fantasía! A menos que haga yo algo para ayudarme. Estoy dispuesto a penetrar en el universo de algún paciente y hallarlo tan a mi gusto que no desee volver. No tengo los arrestos para penetrar de la manera que Choong lo hizo. Pero bien pudiera no tener los arrestos para cortar por lo sano un... un viaje a alguna fantasía especialmente atractiva.

    Singh estaba con la mirada fija en la mesa, y dijo:

    —¿Debo comprender que tiene usted algo en su mente que puede ayudarle?
    —Pues yo... no estoy seguro. — El sudor brotaba ahora en las manos y cara de Howson—. Todo lo que he decidido hasta ahora es ausentarme por algún tiempo. Solo. No de la manera que acostumbraba a hacerlo cuando llegué aquí, con alguien para vigilarme y atenderme en el caso de que me lastimara o se burlasen de mí los chiquillos, sino solo. Acaso me vaya a escalar rocas en el Cáucaso; o bien a hacer deporte acuático en Playa Bondi. Pero... maldita sea, Pan, ya cuidé de mí mismo, más o menos, durante veinte años, antes de ser descubierto y traído aquí. Si puedo volver a aprender tanto como eso, puedo hallarme sobre la pista de una respuesta a mis problemas.
    —Comprendo —dijo Singh, dando vueltas a la pluma entre sus cortos y diestros dedos—. Así pues, ¿entiendo que no va a hacer usted algo tan estúpido como echar por la borda su protrombina?
    —¡Difícilmente! La independencia tiene sus límites. Pero la dependencia los tiene también. Lo que deseo es hacer algo por mí mismo, eso es todo.
    —¿Qué es lo que se propone hacer entonces?
    —Enviar a buscar un coche, trasladarme al aeropuerto, y tomar un avión hacia alguna parte. Estaré de vuelta en... pongamos un par de meses. ¿Se ocupará usted de que tenga dinero?
    —Desde luego.
    —Entonces... —Howson se quedó indeciso—. Bien, esto parece ser todo, ¿no es así?
    —Me lo imagino —respondió Singh, levantándose, dando la vuelta a su mesa y tendiendo la mano—. Buena suerte, Gerry. Espero que encuentre usted lo que desea.

    Y bruscamente, no estaba contemplando ya a Howson. Se hallaba ante un hombre de tez olivácea y cuadrada barba negra, de estatura aún más elevada que la suya, y vestido con un traje bárbaro en su mayor parte de cuero tachonado de empañado latón. Una inmensa espada colgaba de su cinto. Era un individuo musculoso y de buena presencia, irradiando salud y felicidad.

    El extranjero cambió y se fundió; se redujo, hasta una estatura de apenas un metro sesenta, e imberbe y algo deforme... hasta convertirse, en efecto, en Gerald Howson.

    —Eso es lo que deseo —dijo Howson con tenue voz—. Sin embargo, eso es lo que no me va a servir de nada. Adiós Pan. Y gracias.


    Capítulo veintiuno


    Se informó en el aeropuerto sobre vuelos a su ciudad natal y casi le chocó recordar que allí había estado antaño su hogar.

    ¡Hogar! ¿Cuánto tiempo hacía que había pensado en él como tal? Durante años, su «hogar» había supuesto su apartamento en el centro de terapia, con todo a la hechura de sus necesidades especiales —hasta los servicios sanitarios— en el contiguo cuarto de baño de manera que el sillón que tenía para los visitantes, de tamaño normal, parecía un intruso.

    Sin embargo, alguna parte suya no había concordado nunca con este cambio de perspectiva. Tal vez su viaje estaba motivado en realidad para ir en busca de lo que había dejado atrás.

    ¿Le recordaría y le reconocería la gente? Él no había cambiado mucho, pero estaba bien vestido y no iba raído, bien alimentado en lugar de descarnado por las privaciones... acaso era un cambio suficiente como para que la gente se rascase la frente buscando algún recuerdo semidesvanecido.

    Una singular e impetuosa excitación comenzó a prenderle cuando su coche rodó a través de las familiares calles hasta el barrio en el que había pasado la mayor parte de su infancia. En un impulso dijo al conductor que se detuviera y lo despidió. Había dejado la mayor parte de su equipaje en la consigna del aeropuerto, llevándose consigo sólo un pequeño maletín que podía manejar fácilmente. Deseaba tomarse con tranquilidad esta parte del viaje, a pie, para que el impacto de los antiguos recuerdos, ya casi borrados, se fuese hilvanando en su mente al hallarse sobre el terreno.

    El hecho principal a registrar era que su antiguo hogar había desaparecido.

    Se quedó en la esquina de una calle mirando al rimero apilado de apartamentos baratos que habían suplantado a las conejeras de alquiler que había conocido. La misma especie de pandillas callejeras pasaron ante él; los mismos vehículos zumbadores rodaron por allá; los mismos autobuses atestados recorrieron traqueteantes la calle. Pero el antiguo edificio no estaba allí.

    Sintió una inesperada punzada de nostalgia. Nunca se hubiese imaginado que pudiera lamentar la desaparición de un lugar que le había dado tan poco que agradecer y querer. Cambió de mano su maletín y siguió adelante, cojeando. Mientras iba andando notó que le clavaban la mirada y un chiquillo le lanzó jocosamente una palabrota obscena escapando riendo a continuación. Pero como ya sabía por qué hacían tales cosas, no sintió resentimiento alguno.

    Una manzana de casas más allá, recordó, había un bar con un comedor, donde había hecho extraños trabajos durante la enfermedad de su madre. El camino pasaba por el colegio al que asistió. Fue pues en aquella dirección, estableciendo comparaciones mentales mientras andaba.

    El ambiente era distinto de lo que recordaba. Tenía una sensación de algo semejante a la tranquilidad, contrastando con la frenética modernidad de Ulan Bator y su cosmopolita afluencia de forasteros. Tal vez éste era el último efecto de la crisis a cuya sombra naciera. La definición más concreta que podía hacer en una sola palabra, era «depurado». Aunque no había en ello ningún pesar aparente.

    Encontró más bien agradable la sensación y deseó haber vuelto antes.

    El bar—comedor había cambiado en disposición y decorado, pero aún subsistía. Tenía un aspecto más próspero que en los antiguos tiempos. Había taburetes elevados ante el mostrador, pero se dirigió a una mesa ganándose una mueca del ocioso barman, aunque si lo hizo así fue porque consideraba muy difícil encaramarse a un taburete de aquéllos.

    —¿Qué será? — dijo el barman.

    Tenía hambre tras el viaje y respondió:

    —Carne con patatas fritas y una lata de cerveza.

    Mientras estaba esperando que llegara el encargo de la cocina, el barman examinó con curiosidad a su visitante. Era obvio el porqué, pero Howson esperó hasta que se manifestara abiertamente.

    —Aquí tiene lo pedido, pequeño —dijo el barman de manera amistosa, poniendo el plato y el vaso sobre la mesa de Howson—. ¡Eh, oiga... creo haberle visto a usted por aquí hace algún tiempo! ¿No es así?

    Debían haber pasado unos doce años desde que Howson se marchase, pero era bien posible que su interpelador lo recordase.

    —Puede ser —convino cautamente Howson—. ¿Está en este establecimiento aún Carlos Birberger?
    —Humm. ¿Es usted amigo suyo?
    —Solía serlo —respondió Howson vacilando—. Si está dentro quizá quiera salir a charlar un rato conmigo.
    —Se lo preguntaré —respondió atentamente el barman.

    Hubo un intercambio de voces y seguidamente Birberger en persona, más viejo y gordo, pero por lo demás invariable, apareció a echar un vistazo. Reparó en Howson y se detuvo en seco, con su mente en un calidoscopio de asombro.

    Se recobró rápidamente, y atravesó la estancia con aire jovial.

    —¡Dios de Dios! ¡El chico de Sarah Howson! ¡Bueno, bueno, no esperaba verte más por aquí después de todo lo que oímos sobre ti! ¡Vaya, te van bien las cosas, eh!
    —Pues muy bien —respondió Howson—. ¿No quiere sentarse?
    —¿Uh? ¡Oh, claro! — Birberger apartó una silla de la mesa y confió a ella con cuidado su adiposa humanidad. Luego, acodando ambos brazos sobre la mesa, se inclinó hacia delante—. Sabemos de ti algunas veces por los periódicos, ¿sabes? Debe ser un trabajo estupendo el que estás haciendo. Debo admitir que nunca esperé que irías a parar donde estás. Vaya... ha pasado mucho tiempo desde que estuviste aquí, ¿eh? ¡Diez años!
    —Once —respondió sosegadamente Howson.
    —¿Tanto? ¡Bien, bien! — divagó Birberber. Hubo un leve temblequeo en su voz y a Howson le asaltó súbitamente una extraña constatación: ¡Maldita sea, el hombre está asustado!
    —Uh... ¿algún motivo especial para haber vuelto? — tanteó torpemente Birberger—. ¿O sólo a echar un vistazo a los viejos lugares?
    —Más bien a echar un vistazo a los viejos amigos —corrigió Howson.

    Tomó un sorbo de cerveza y añadió:

    —Usted es el primero que he encontrado desde que bajé del avión hará cosa de una o dos horas
    —Vaya, está bien que me cuentes como viejo amigo —dijo Birberger, animándosele el rostro—. ¿Sabes? A menudo he pensado en los días en que te empleaba para ayudar aquí. Recuerdo que tenías un apetito tan grande para ser tan... —Hubiese añadido «tan enano», pero se detuvo a tiempo y lo enmendó diciendo—. ¡Uh, tan joven!

    Volvió a retreparse en su silla.

    —Mira, me gusta pensar que me las apañaba para echarte una mano de cuando en cuando. Con tu madre enferma, y todo eso...

    Howson podía ver los filtros coloreados de rosa que acudían a su memoria. Ocultó una sonrisa. Carlos Birberger había sido un patrón irritable, duro de pelar, dado a echar despiadadas broncas a sus empleados... especialmente a Gerry Howson.

    —Bueno, no importaba. — Asintió como conviniendo en ello, y el desasosiego impreso en la cara de Birberger se acentuó aún más.
    —Mira, te voy a decir algo —dijo el gordo—. Conservo todavía todos los recortes de periódicos sobre cómo te encontraron. Creo que podré encontrarlos y enseñártelos. ¡Espera!

    Se puso en pie y desapareció en las habitaciones traseras, volviendo al cabo de pocos minutos con un polvoriento álbum, que intentó en vano limpiar antes de volver a sentarse.

    —¡Aquí están! — dijo abriéndolo y moviéndolo de manera que Howson pudiera leer los amarillentos recortes que contenía.

    Howson dejó a un lado su cuchillo y tenedor, y hojeó con curiosidad el álbum. No se había percatado de que hubiese creado tal efervescencia en la ciudad el descubrimiento de un telépata. Había artículos de fondo de todos los principales periódicos locales, algunos de ellos con fotografías de Daniel Waldemar y otros componentes del personal técnico de las Naciones Unidas.

    Había llegado a la última página y estaba a punto de devolver el álbum dando las gracias cuando vaciló. El recorte final parecía ser completamente inexplicable; era una simple nota informando sobre el casamiento de la señorita Mary Hall y el señor Esteban Williams, y su fecha era aproximadamente de unos dos años después de su partida.

    —Y éste —preguntó señalándolo con el dedo— ¿se halla relacionado con el resto?

    Birberger tendió la cabeza para examinarlo y luego frunció el entrecejo.

    —Vaya, si está ahí debe ser por alguna razón. Debe tener que ver algo con... ¡Santo Dios, ya lo recuerdo! — Fijó una asombrada mirada en Howson—. ¿No conoces el nombre? ¡Hubiese pensado que tú precisamente entre todos...!

    Howson devolvió la mirada, de manera inexpresiva. Y de pronto lo supo.

    Cerró los ojos; el impacto era casi físico. En tono seco dijo:

    —No... no, nunca supe su nombre. Ella era sordomuda, por lo que, ya lo ve, no pudo decírmelo. Y después de que obtuvo el habla y el oído, sólo vino a verme unas pocas veces.
    —¿No te escribió nunca? — preguntó Birberger, volviendo atrás las hojas del álbum—. ¿Después de todo lo que hiciste por ella? De veras que me sorprende. Sí, aquí lo tenemos: «Un avión de Ulan Bator trajo hoy a la muchacha sordomuda de dieciocho años a la que protegió el telépata novato Gerry Howson. Manifestó a los periodistas en el aeropuerto de la ciudad, que la operación para dotarla de habla y oído artificial había sido un completo éxito, y que todo cuanto deseaba ella ahora era la oportunidad de llevar una vida tranquila y normal.» ¡Mira!

    A la primera ojeada debió haberla dejado de ver, puesto que también lo deseaba, se dijo Howson. La fotografía del periódico no era mala. Allá estaba ella, en pie ante la portezuela del avión: elegantemente vestida, en verdad, y maquillada y con el pelo bien peinado, pero reconocible la muchacha que él conoció.

    —¿Hay alguna probabilidad de saber dónde vive? — Hizo la pregunta sin percatarse, pero se dio cuenta de que era inevitable, mientras que Birberger se rascaba la barbilla, considerando el problema.
    —¡Veamos el listín telefónico! — dijo, de una manera un tanto apresurada, como si sintiera grandes deseos de que Howson siguiera su camino.

    Había varias docenas de Williams, pero sólo uno de nombre Esteban.

    —Nogaleda Oeste —dijo—. ¿Dónde está esto?
    —Es un nuevo barrio construido después de que te marchaste, creo. Hay un gran desarrollo al exterior de la ciudad. Un autobús número diecinueve lleva directamente...

    Birberger apenas podía ocultar los enormes deseos de ver la espalda de su visitante.

    Por lo tanto, Howson, desalentado, lo dejó a sus anchas tras pagar su comida y tomar su maletín. Birberger lo acompañó a la puerta e insistió en estrechar su mano, tratándola con sumo cuidado como si tocase algo raro y frágil. Pero su invitación a volver tan pronto como fuese posible no fue muy definida, sonando más bien a hueca.

    En un impulso, Howson le preguntó:

    —Diga, señor Birberger. ¿Cuál es su idea sobre la clase de trabajo que hago ahora?

    Desconcertado, el gordinflón improvisó:

    —Pues, pues... miras en las mentes de la gente que anda mal de la cabeza, y dices lo que va mal con ellas. Y las enderezas. ¿No es así?
    —Así es en efecto —respondió un tanto secamente Howson—. No se preocupe, sin embargo... no estoy mirando en su mente. Después de todo, usted no anda mal de la cabeza, ¿no es eso?

    La simiente de la más peculiar especie de duda estuvo germinando en la mente de Birberger mientras Howson iba cojeando por la calle en dirección a la parada de un autobús número diecinueve.

    Cuan singulares son las diferentes reacciones de la gente con respecto a los telépatas...

    Howson contemplaba a los ocupantes del autobús sentado en un asiento individual próximo al conductor. No había examinado aquel problema durante años; en el centro de terapia de la Organización Mundial de la Salud había estado aislado de él, debido a que los telépatas se habían convertido en parte totalmente aceptada de la plantilla regular.

    Ocasionalmente, aunque no tan a menudo como hubiese deseado, ingresaban reclutas, y él asistía a su desarrollo. Cada cual era único, y por consiguiente cada cual respondía de distinta manera al saber de su talento. Algunos eran como niños con un nuevo juguete; otros, como miembros de una familia en la Alemania nazi, que acabara de descubrir que tenía sangre judía y pretendiera por ende que ello no suponía diferencia alguna.

    Se estaba haciendo más fácil aceptar el don otorgado. Los años de propaganda cuidadosamente ideada habían surtido algún efecto. Pero los telépatas eran tan escasos que todavía constituían un grupo minoritario y eso, más que el acondicionamiento del público, había sido su salvación... cuando menos en lo que a Howson se trataba. Una exigua fracción de la población había realmente topado a alguien con el poder; en consecuencia, aun cuando la mayoría de la gente tenía opiniones («No dudo de que efectúan un magnífico trabajo; pero no me gustaría que nadie hurgase en mi mente... Quiero decir que ésa es la definitiva invasión del terreno privado»), pocos eran los que habían adoptado actitudes permanentes.

    —¡Nogaleda del Oeste, amigo! — dijo el conductor, aminorando la marcha del autobús. Estaba intentando dominar sus reacciones cargadas de prevención ante la facha de Howson, y por ello éste le enviaba una onda proyectiva de cálida gratitud. Eso iluminaba la mente del hombre, como con brillante fuego de artificio, y así se quedó silbando una alegre tonada al seguir con su autobús.

    Howson lanzó una amarga risita. ¡Si siempre fuese así, cuan fáciles serían las cosas!


    Capítulo veintidós


    El nuevo barrio era limpio, aireado, espacioso, con pequeñas casas dispuestas entre brillantes céspedes verdes. La chiquillería que iba camino de la escuela al hogar, corría y reía por los senderos. Pensó dolorosamente en las angostas y feas calles de su propia infancia y reprimió una absurda envidia. Avivando el paso lo más que pudo, siguió los rótulos indicadores en dirección a la casa de Williams.

    Sí, allá estaba el nombre sobre el buzón de la correspondencia: E. WILLIAMS. Alargó la mano y apretó el timbre de la puerta, la cual se abrió al cabo de un rato, o mejor dicho se entreabrió con cautela y trabada por la cadena de seguridad, y una niña de unos siete años miró a través de la rendija.

    —¿Qué desea usted? — dijo tímidamente.
    —¿Está en casa la señora Williams?
    —Mamita no está en casa —respondió la chiquilla con su voz más autoritaria—. Lo siento muchísimo.
    —¿Volverá pronto? Soy un antiguo amigo suyo, y desearía...
    —¿Qué es eso, Julita? — preguntó una voz de muchacho que no estaba a la vista.
    —Hay aquí un hombre que quiere ver a mamita —explicó la chiquilla, y un repiqueteo de zapatos anunció la bajada de su hermano por las escaleras. Al cabo de un momento, otro par de ojos se hallaban escudriñando al visitante. El muchacho pareció alarmado ante el aspecto de Howson, y no pudo ocultarlo, pero como evidentemente había sido educado a ser cortés abrió la puerta con una invitación a entrar y esperar.
    —Mamá ha ido a ver a la vecina de al lado, la señora Olling —dijo—. No tardará mucho.

    Howson le dio las gracias y entró cojeando en el vestíbulo, a la vez que oía un cuchicheo detrás suyo... Quejándose la pequeña Julita de que no debían haber dejado entrar a un extraño en la casa, y replicando despectivamente su hermanito que el recién llegado no era más grande que él y que por lo tanto no veía en qué podía ser peligroso.

    Tímidamente, los chiquillos siguieron a Howson a la antesala y se sentaron en un sofá opuesto al sillón que él había ocupado, indecisos sobre lo que podían conversar o no con el desconocido.

    —Acaso vuestra madre os ha hablado ya de mí —se aventuró a manifestar—. Me llamo Gerry... Gerry Howson. Conocí a vuestra madre cuando era... eh... antes de que conociera a vuestro padre. Tú eres Julita, ¿no es así? ¿Y...?
    —Y yo soy Roberto —dijo el chico—. Bueno... ¿vive usted cerca de aquí, señor Howson?
    —No. Vivo en Ulan Bator. Soy médico en el gran hospital que hay allí.
    —¡Un médico! — Esto comenzaba a derretir la timidez de Julita. Se inclinó hacia delante con excitación—. ¡Oh, cuando yo sea mayor, seré enfermera!
    —¿Y tú Roberto? ¿Quieres ser médico?
    —Pues no —dijo el muchachito, más bien despectivamente—. Quiero ser un piloto de Marte o un capitán de submarino. — Luego enmendó su tono y con una gravedad exactamente imitada a algún estirado adulto, añadió—: No obstante, estoy seguro de que el trabajo de un médico es muy interesante.
    —Señor Howson —dijo Julita con expresión de perplejidad—, si es usted médico, ¿cómo tiene una pierna mala? ¿No podría haberla compuesto?
    —¡Julita! — exclamó Roberto, horrorizado—. ¡Ya sabes que no se deben decir esas cosas a las personas!

    El muchacho estaba creciendo, pensó Howson divertido.

    —No tiene importancia —declaró—. No, Julita, no puedo arreglarla. Nací con ella, y ya no se puede hacer nada. Además, no soy de esa clase de médico. Yo... —Recopiló la imperfecta e ingenua descripción de Birberger sobre su tarea, y terminó diciendo—: Miro en las mentes enfermas de las personas, y digo lo que anda mal en ellas.

    Los modales de adulto de Robertito desaparecieron en una oleada de sorpresa.

    —¿Quiere usted decir que es un médico de locos? — preguntó.
    —Bien, veamos —replicó Howson, con un asomo de sonrisa—. No me parece que «locos» sea una palabra muy bonita. Las personas que acuden a mi hospital son muy semejantes a cualquiera, sólo que necesitan ayuda del médico porque la vida se les ha complicado demasiado.

    Los chiquillos no replicaron a su exposición, pero su escepticismo se mostraba bien a las claras. Howson suspiró.

    —¿Qué os parece si os cuento una historia sobre mi trabajo? — sugirió—. Solía contarlas a vuestra madre y le gustaban.
    —Depende de la historia —respondió cautamente Robertito.

    Julita había permanecido con los ojos dilatados de asombro desde la revelación de Howson de que era un «médico de locos». Ahora habló en apoyo de su hermanito.

    —No creo que nos gustara una historia sobre locos —manifestó con aire de duda.
    —Es muy emocionante —prometió Howson con calma—. Mucho más que ser un hombre del espacio o un capitán submarinista, os lo aseguro. Tengo un trabajo maravilloso. — Encontró tiempo para preguntarse cuándo se había percatado por fin de qué forma y manera tan convencida hacía esta declaración, antes de proseguir—: Suponeos que os cuente de esa persona que vino a mi hospital...

    La técnica le volvió como si la hubiese empleado el día anterior, en vez de once años atrás. Amablemente proyectó la sugerencia a los niños de que cerraran los ojos, lo mismo que hizo hacía ya tanto tiempo con la muchacha sordomuda cuya mente estaba cerrada a todo cuanto no fuesen puras imágenes brillantes y ricas impresiones sensoriales.

    Primero... Una sala de hospital: eficacia, confianza, benignidad. Lindas enfermeras... Julita podía ser una de ellas, tranquilizando a un paciente cuyo rostro reflejaba gratitud.

    Ahora... Una ojeada al interior de la mente del paciente. Pesadilla: pero no la de un niño, que hubiese sido demasiado terrorífica para ellos. Una pesadilla de adulto, más bien..., demasiado compleja como para que la pudiesen reconocer no más que en su naturaleza superficial.

    Y luego... Imágenes nítidas y bien definidas: el paciente corriendo por los pasillos de su propia mente perseguido por monstruos de su subconsciente; corriendo en busca de ayuda y no hallándola hasta que la presencia del medico sugería nueva confianza y consuelo. Luego los atormentadores horrores contenidos en su caza; armándose con armas que podían crear simplemente con el pensamiento, el paciente y el doctor juntos los intimidaban, los rechazaban, los arrinconaban... y ya no estaban.

    Era un compuesto de media docena de casos que había tratado como novato, sencillo, vigoroso y excitante, sin ser demasiado espantoso. Una vez hecho ello, Howson rompió el eslabón y sugirió que abriesen de nuevo los ojos.

    —¡Válgame Dios! — exclamó Robertito con un nuevo respeto considerable—. ¡No sabía que fuera una cosa así!

    Julita estaba a punto de confirmar la reacción de su hermanito, cuando al lanzar una ojeada a través de la puerta entreabierta al vestíbulo se puso en pie de un salto.

    —¡Ahí viene mamita! — exclamó—. Mami, aquí hay alguien que quiere verte. ¡Nos ha contado una historia estupenda, como las que tú nos sueles contar!

    Mary Williams abrió la puerta del todo y vio a Howson. Su cara, más bien basta, pero denotando más personalidad y hábilmente maquillada, marcó una expresión petrificada con la mirada fija. A través de los labios que apenas se movieron, dijo:

    —Ha sido magnífico de su parte. Y ahora ya podéis iros a jugar, para que yo pueda hablar con el señor Howson.

    Los chiquillos se fueron obedientemente hacia la puerta, y mientras lo hacían, Julita dijo por encima del hombro:

    —¿Nos contará usted más historias otra vez, por favor?
    —Si os gustan... —prometió Howson, sonriendo, y cuando los dos pequeños se marcharon dijo a Mary—. ¡Tienes dos magníficos pequeños!

    Ella pasó por alto la observación y con su rostro frío aún como el hielo y sin expresión, dijo:

    —Bien, Gerry. Así es que has venido a importunarme, ¿no es eso?

    Howson se quedó absolutamente asombrado durante unos segundos y al no ampliar ella su pasmosa observación, se puso en pie.

    —Vine a ver cómo te iban las cosas —restalló—. Si a eso le llamas importunarte me voy ahora mismo.

    Con la misma ira tomó su maletín, esperando que ella abriese la puerta para irse con la música a otra parte. Pero en vez de facilitarle la salida se detuvo y rompió a llorar.

    —¡Mary! — exclamó y casi enseguida añadió—: ¡Bueno, es la primera vez que te llamo por tu nombre! Y los dos nos conocíamos bien el uno al otro, ¿no es así?

    Dominando ella sus sollozos, le hizo un gesto para que volviera a sentarse.

    —Lo siento —dijo con voz débil. Resultaba pasmoso ver lo bien que había aprendido a emplear sus cuerdas vocales artificiales: a menos que se examinara atentamente la cicatriz de su garganta, resultaba imposible notar que hubiesen sido insertadas por mano de hombre.
    —Es que me cogió de sorpresa, creo —añadió—. Es... es muy amable de tu parte haber venido a visitarme, Gerry.
    —¿Pero qué quisiste manifestar al decir que venía a importunarte?
    —¿No es evidente? — respondió ella yendo al sitio en donde había estado sentada Julita, y haciendo con la mano un amplio ademán en torno a la habitación, la casa y el barrio entero—. Ahora que has venido, ¿qué has encontrado? Un ama de casa corriente con un par de corrientes criaturas y un tipo bastante decente por esposo. En cualquier parte que vayas podrás encontrar un millón de personas como yo. Sólo que...

    Se enjugó los ojos con un pañuelo y se sentó, cruzando las piernas.

    —Sólo que volver a verte me ha recordado lo que yo iba a ser... Por eso dejé de visitarte.
    —Creo que lo comprendo —dijo débilmente Howson. Un frío peso le estaba oprimiendo la boca del estómago—. Pero nunca sospeché que hubiese nada que fuera mal. ¡Parecías tan feliz!
    —Oh, creo que ni siquiera yo misma lo sospeché, — desvió la mirada de él, posándola sobre las paredes pintadas al pastel—. Me di cuenta después de volver. Recordarás cómo —en las historias que acostumbrabas a contarme— yo siempre era bella, y solicitada, y podía oír y hablar como cualquier otra. — Lanzó una risa estridente—. ¡Pues bien, la única parte que resultó verdad era la de «como cualquier otra»! Pensé haberlo superado... hasta que atravesé esa puerta y te vi sentado ahí. Ello me recordó que en vez de ser la... la princesa de los cuentos de hadas, soy pura y simplemente Mary Williams, el ama de casa del barrio de Nogaleda del Oeste, y que nunca seré nada más.

    Hubo un momentáneo silencio, durante el cual Howson no pudo pensar en nada que decir.

    —Y naturalmente he tenido envidia de ti —prosiguió en tono uniforme—. Mientras que yo me sumía en esta anónima existencia, tú te hacías importante y famoso...
    —Supongo que no querrás creerme —dijo Howson muy despacio— si te dijera que a veces siento que enviaría a paseo fama, importancia y todo, por el privilegio de poder mirar de frente a los ojos a otro hombre y caminar por la calle sin cojear.

    Con voz extraña ella dijo:

    —Sí, Gerry, me parece que te creo. Oí que no habían podido hacer nada... con tu pierna, quiero decir. Y con lo demás. Lo siento.

    Un pensamiento la asaltó e irguió el cuerpo.

    —Gerry, ¿no habrás estado contando a Julita y Robertito las mismas historias que a mí? Nunca te perdonaré si los has inculcado la misma clase de descontento.
    —He aprendido mucho en once años —dijo con amargura—. No tienes por qué preocuparte. Únicamente les conté cosas de mi trabajo en Ulan Bator y Julita dijo que de todos modos quiere ser enfermera. No creo haberlos dejado descontentos.
    —A mí me dejó —murmuró Mary—. Recuerdo mucho más vividamente las historias que me contabas que el espantoso lugar en que estábamos viviendo. Las historias son más... más definidas. Mientras que el mundo real se ha descolorido en una mancha gris.

    No había replicado todavía Howson cuando se oyeron pasos en el vestíbulo y el ruido de los chiquillos corriendo. Se oyó una voz de hombre saludándoles cariñosamente.

    —Ahí está Esteban —dijo Mary con acento descorazonado—. Yo desearía...

    Howson no oyó lo que ella desearía, ya que en aquel mismo momento entró Williams en la habitación y se detuvo sorprendido al verle allí.

    —¡Vaya... buenas tardes! — dijo confuso, mientras sus ojos hacían furiosas preguntas a su mujer.
    —Esteban, te presento a... creo que podría llamarte doctor, ¿no es asi, Gerry?, el doctor Gerry Howson, de Ulan Bator. Fue amigo mío antes de conocerte.

    Visiblemente Williams no pudo ocultar en su expresión la idea de que la elección de amistades de su mujer debió haber sido muy peculiar pero, no obstante, tendió su mano y Howson se levantó para tomarla.

    —Gerry es psiquiatra —explicó Mary a continuación, y Howson meneó la cabeza preguntándose por qué no había hablado de él antes su marido.
    —No exactamente psiquiatra. En realidad soy un telépata curativo en el centro de terapia de allí... la sede en Asia de la Organización Mundial de la Salud.
    —¡Telépata! — Esta información chocó sobremanera a Williams—. ¡Vaya pues, cuan... eh... interesante! Nunca conocí antes a uno de su especialidad. Ni nunca lo deseé particularmente —glosó en silencio su mente.

    Se produjo una pausa que Mary intentó colmar diciendo con voz animada:

    —Espero que te quedes a cenar con nosotros, Gerry. — Pero tras estas palabras pudo leer la desesperada ansiedad—: Di que no, por favor: nunca le hablé de ti y creo que yo no podría soportar tu presencia recordándome, recordándome...

    Howson miró teatralmente su reloj y respondió mintiendo a su vez:

    —Ya me gustaría. Pero no dispongo de mucho tiempo y he de ver aún a varias amistades antiguas. Me es imposible por esta vez.

    Tomó su maleta y se despidió. En el umbral de la puerta se volvió para mirar a Mary.

    —Excúsame con los chiquillos por no haberme podido quedar y contarles otra historia, ¿quieres? — le dijo—. Y... intenta no odiarme.
    —Lo prometo —dijo Mary con pálida sonrisa.
    —¡Y trata también de no compadecerme! — acabó él con brusca violencia, volviéndole la espalda.

    Hubiese querido pasar como una ráfaga huracanada por el sendero de la casa, en vez de ir renqueando ridículamente como un muñeco estropeado.


    Capítulo veintitrés


    La esperanza había subsistido durante muchos años en su mente: la de que la muchacha sordomuda que tan buena había sido para él no sufriese permanentemente por su causa. Había creído que, de haber alguien, él había logrado asegurar fundamentalmente la felicidad de una persona.

    Había evitado el objetar a la suposición. ¿Por qué? ¿Acaso debido a que subconscientemente se daba cuenta de la verdad?

    El encuentro había removido su personalidad hasta sus cimientos. Durante un rato, mientras iba cojeando hacia la arteria que bordeaba el barrio del Nogal del Oeste, se sintió inclinado a dar por terminado su viaje sin deseos de enfrentarse más a tales revelaciones. Pero eso era precisamente lo que él no debía hacer; por muy único en que su talento le hubiese convertido, seguía siendo un ser humano, y había venido a la búsqueda del complemento, de la consumación de esa humanidad.

    Suspiró, puso su maletín sobre la acera y miró a ambos lados a lo largo de la calle. Un taxi estaba dando la vuelta tras haber depositado a un hombre vestido de oscuro que al parecer volvía a casa del trabajo. Hizo una seña al conductor, preguntándose al par adonde le diría ahora que le llevase.

    El vehículo siguió adelante dejándole atrás. Con súbito enojo, Howson se dispuso a lanzar un grito mental tras él, pero en el último momento se dio cuenta de que el conductor le había confundido con un chiquillo agitando la mano y se contentó con sugerir que el hombre pensara en él de nuevo.

    El coche frenó, volvió a dar la vuelta y se dirigió adonde él estaba. El conductor, un hombre rechoncho, de ojos de expresión humorística, se fijó en el aspecto de Howson y se encogió de hombros, diciendo:

    —Lo siento, amigo... estaba soñando, supongo. Pierdo así un montón de carreras... ¿Adonde vamos?
    —A la Gran Avenida —dijo brevemente Howson, subiendo torpemente al interior del taxi.

    Ahora el nombre era ridículo. El proceso de desintegración que había comenzado en la época del nacimiento de Howson, y se hallaba en camino cuando salió de Ulan Bator, había llegado casi a su consumación. Una extensión de cuatro bloques al extremo norte de la avenida estaban siendo demolidos y se disponía la misma para asentamiento de viviendas según el proyecto; más allá, como desalentadas ante la amenaza de extinción, las tiendas habían cerrado sus ojos tras grandes y llamativos rótulos: ¡LO VENDEMOS TODO! ¡SALDO TOTAL POR LIQUIDACIÓN ¡APROVECHAD LA OCASIÓN!

    Un viento vespertino impelía papeles chafados y nubes de polvo por el arroyo y las pocas personas que transitaban tenían un aspecto tristón.

    Allá estaba la sala de cine en la que había concebido su primer y desastroso intento de alcanzar importancia, funcionando aún, pero ya sucia y descuidada. Y más allá algo enteramente nuevo: un edificio hermoso y limpio con un discreto rótulo en letras de bronce en su puerta principal.

    UNIVERSIDAD CENTRAL. FACULTAD DE CIENCIA PURA Y APLICADA.


    —¡Conductor! — dijo—. ¡Vaya despacio por allí!, ¿quiere?

    Atendiendo con un golpe de freno, el conductor miró por encima de su hombro.

    —Es algo diferente, ¿no es así? — comentó—. Es la «Fundación Drake». Un gran espacio de terreno donado a la Universidad hace unos pocos años. El edificio albergará a dos mil estudiantes cuando esté terminado... aulas, despachos, dormitorios...

    Bien, no cabía duda de que aquella era una mejora. Pero una vez más, Howson sintió la extraña punzada de nostalgia ante la desaparición de un lugar que jamás hubiese pensado volvería a ver.

    —¿Está funcionando ya? — preguntó.
    —Oh, sí... desde el pasado otoño. Instalaron a los estudiantes en habitaciones por todo este barrio de manera que no tuviesen que esperar a que los dormitorios de la Universidad estuviesen listos.

    Mucho, mucho tiempo atrás, el joven Gerry Howson había soñado con acudir a la universidad para estudiar alguna carrera... Ahogó el recuerdo con un esfuerzo. Aún si hubiese ido más lejos de lo que lo había hecho hacia su meta, su don se habría manifestado y desarrollado más pronto o más tarde, y todo lo demás hubiera sido relegado a un segundo lugar. No hubiese llegado a donde estaba por el mismo camino, pero eventualmente habría sido obligado a ir allí.

    —¿Sigue existiendo un bar más adelante, a la derecha? — preguntó—. ¿Uno que dirigía un tipo llamado Horace Hampton?
    —¿«La Serpiente»? — El conductor giró en redondo su cabeza—. ¡Debe usted haber estado mucho tiempo fuera, amigo! ¡Recuerdo a «La Serpiente», pero muy lejanamente! Bien... eh... hace diez años me parece, vinieron algunos teps de las Naciones Unidas, intervinieron en la bulla y limpiaron a los trapisondistas. A «La Serpiente» le echaron cinco años con rehabilitación forzosa por complicidad e incitación al asesinato y luego oí que iba a unirse a no sé qué cuerpo de las Naciones Unidas y que hace bien su cometido.

    Teps = telépatas. Howson asintió. No recordaba haber oído antes aquella abreviatura, o apodo, que le sorprendió, pues era muy evidente. En cuanto a las noticias sobre «La Serpiente» Hampton, era menos extraño que no conociera esto. Aquélla era, después de todo, una ciudad que el nuevo mundo pasaba por alto. Un reforzamiento de la ley, de tono menor, era minúsculo comparado con las grandes tareas que los... teps habían emprendido aquí.

    —Pero su bar sigue funcionando —dijo el conductor—. Se le puede divisar allí... Pero no sé quién lo lleva ahora.
    —Hay un hotel enfrente —dijo Howson—. Lléveme allí.

    Tras inscribirse en el hotel y tras dejar dispuesto que le trajesen el resto de su equipaje del aeropuerto, comió en solitario y reflexionó lo que había descubierto hasta el momento. Se sintió desalentado. ¿Cómo era posible que hubiera tenido que esperar once años para ser capaz de volver al sitio donde había pasado su adolescencia? Parecía una suposición presuntuosa, y le molestaba.

    Ahora era un extraño, un forastero. Tenía que aceptar este hecho.

    Tras la comida abandonó el hotel y recorrió la calle adonde había estado el bar de Hampton, que estaba más desaseado y peor iluminado délo que recordaba, con sus espejos manchados por las moscas y su piso gastado por muchos pies. ¿Estarían como antes las habitaciones traseras... la azul en la que había pasado aquellas ansiosas horas con Lote, por ejemplo? ¿Importaba? Había dispuesto su mente a mirar las cosas no como habían sido, sino como ahora eran. Se dirigió a una mesa de la esquina de la parte posterior del bar, pidió una cerveza y se quedó sentado contemplándola tristemente.

    La imagen del rostro de Mary se mantenía entre él y el mundo circundante. Habría de pasar mucho tiempo antes de que se ajustara a lo que ella le había confesado. «¿Por qué —le había preguntado Hugo Choong, en efecto— se siente usted culpable en emplear su habilidad para su propio disfrute?»

    Y él pudo haber contestado: «Porque cuando lo hice fui pagado con el conocimiento subconsciente de haber creado sufrimiento.»

    ¡Pobre Mary... Pobre princesa de cuento de hadas!

    Otras cosas se iban aclarando también en su mente. Carlos Birberger había estado ansioso por convencerse de que había tendido una mano de ayuda a Howson; bien, ¿cuánto de la propia insistencia de Howson en permanecer años en el hospital de Ulan Bator era debida a un deseo de ver en deuda con su persona, agradecidos, a tantos pacientes como fuese posible? ¿Había estado de hecho influenciado por la necesidad de atraerse su admiración y gratitud, como había buscado la admiración y gratitud de Mary hacía once años?

    Disgustado, cortó el curso del pensamiento. Un autoanálisis como aquél podía proseguir indefinidamente y no llegar nunca a parte alguna. Indiscutiblemente había efectuado una enorme cantidad de buen trabajo... a condición tan sólo de que pudiera restaurar la confianza en sí mismo. Hasta ahora había logrado destruir algunas ilusiones de defensiva propia; claro es que si eran ilusiones meramente, habían de ser de todos modos frágiles, pero ellas habían ayudado a sostener en el pasado, de manera que ahora estaba haciendo su situación peor en vez de mejorarla.

    ¿Y adonde después de aquí? ¿Qué hago luego?

    Levantó su vaso de cerveza y sorbió un trago pensando en la primera vez que había ido allí y las palabras que había intercambiado con Lote sobre sus motivos para no beber. Había sabido a través de las mentes de bien asentados colegas, por qué le gustaba beber a la gente y se detuvo allí, con la experimentada habilidad de imitarlas. También había visto a muchos pacientes beber en exceso, y prefirió no ser atrapado en la misma falacia.

    Poniendo de nuevo el vaso sobre la mesa, se dio cuenta de voces alzadas en la mesa de la esquina opuesta a la suya. Un grupo de dos jóvenes, vestidos con desaliño y sin afeitar hacía un par de días, y una muchacha sencilla de bella cabellera y vestido informe, estaban enzarzados en una discusión acalorada. Cuando menos lo estaban uno de los hombres y la muchacha, mientras que el otro parecía estar escuchando con aire divertido.

    —¿Pero es que no lo ves? — tronó la muchacha, dando sobre la mesa una palmada tan fuerte que los vasos del trío se tambalearon—. Ignoras las lecciones de todo el siglo pasado con el fin de rebajar cosas que han sido hechas veinte veces mejor de lo que lograrás hacerlas jamás.
    —¡Debes estar ciega, sorda, muda y retrasada mental para decir una cosa así! — restalló en respuesta su oponente—. ¡Una de tus faltas más condenables, y has cometido muchas, es efectuar generalizaciones disparatadas, al buen tuntún y vacías! Cualquiera con un gramo de inteligencia...
    —Dispensadme los dos —dijo con suavidad el joven oyente, divertido—. Volveré cuando haya menos ruido por aquí.
    —¡Vete a paseo! — le espetó la muchacha, mientras él tomaba su vaso y cruzaba la sala en dirección a la mesa de Howson. Éste se irguió instintivamente pero el llegado no reveló reacción alguna ante su aspecto.
    —¿No le importa que me siente aquí un poco? No podré encajar una palabra de refilón antes de que se calmen y puesto que ninguno de los dos sabe realmente de lo que están hablando... ¿Un pitillo?

    Howson estuvo a punto de rehusar —fumar era desusado en el centro de terapia, hasta con el tabaco actualmente disponible que estaba exento de agentes carcinógenos— cuando se le ocurrió que el joven estaba siendo sumamente cortés. No podía saber que Howson era más de lo que su mentecato rostro sugería, y sin embargo se le había dirigido con perfecto aplomo.

    Así pues, aceptó el pitillo dando las gracias.

    —¿De qué están discutiendo ahí? — se aventuró a preguntar, mientras se inclinaba para aplicar su pitillo a la cerilla encendida que el otro le ofrecía.
    —Charma —le respondió el interpelado— insiste en que Jay está haciendo un trabajo incompetente y deficiente. Y tiene razón. Sin embargo, está equivocada de medio a medio en sostener que él está repitiendo simplemente lo que se ha hecho ya cientos de veces. Él debe tener alguna estupenda idea original; lo que sucede es que no es lo bastante bueno para enfrentarse con ella como es debido. Y él cree que sí. Por lo tanto... están en desacuerdo.
    —¿Sucede eso a menudo?
    —¡Sí, la cosa anda así todo el tiempo! — respondió el joven con tono afligido.
    —¿Y qué clase de trabajo es ése?
    —Oh, es un poco difícil de definir. Creo que podría llamar a eso inconstantes líquidos. Charma se refiere a ellos como fuegos de artificio húmedos, y aunque supongo que ella acierta en algo, esto no le complace exactamente a Jay. La dificultad principal es que él debería ser un químico e hidrodinamicista tanto como un tipo con vista para un efecto relampagueante pero desgraciadamente no lo es, por lo que no puede explotar las muy auténticas posibilidades de su técnica.

    Su nuevo conocido, juzgó Howson, debía tener aproximadamente veintidós o veintitrés años. Era de estatura mediana, rollizo, de buen parecer, revuelto cabello negro y gruesas gafas. Llevaba una camisa desteñida, abierta en el cuello, pantalones negros con ligeras manchas en las rodillas y sandalias. En su muñeca portaba un enorme reloj de pulsera y una hilera de estilográficas y lápices sujetos en el bolsillo de su camisa.

    —¿Son ustedes estudiantes? — sugirió Howson, recordando la proximidad de la universidad.
    —Ya no. Quedamos un tanto insatisfechos con los programas académicos, y puesto que sus confeccionadores estaban igualmente menos que contentos con nosotros, convinimos en dejar de molestarnos mutuamente. ¿Otro vaso?
    —No, permítame —dijo Howson, haciendo una señal al camarero, pagando acto seguido con el primer billete de un fajo cuya vista hizo que su contertulio plegara la boca con simulado espanto.
    —Siempre me causa un placer aceptar un vaso del rico —dijo solemnemente—. Eso significa que estoy aportando mi humilde contribución hacia la redistribución de la riqueza.
    —Sírvales también a aquellos dos —dijo Howson, indicando a Jay y Charma—. Ah... ¿ cuál es su dedicación particular?
    —Compongo. Muy mal. ¿Y la suya?
    —Soy médico —respondió Howson, tras un momento de vacilación.
    —Nunca lo hubiese supuesto. Deberíamos presentarle a Brian, acaso... un embriosociólogo conocido nuestro, que es un determinista fanático. Intenta establecer que las profesiones y oficios pueden estar correlacionados con los tipos físicos. Mire, alguien como usted está calculado para echar por la borda cualquier trabajo que haga para la subsistencia... una especie de salvaje inconstante. ¡Vaya, ha logrado usted calmarlos! — añadió ladeándose en su silla para enfrentarse a Jay y Charma.

    Howson siguió su movimiento. Charma estaba levantando en su dirección su vaso llenado de nuevo.

    —¿De parte suya? — dijo—. ¡Gracias! — Y con el mismo ímpetu bebió con tragos sedientos. Lo cual no era de extrañar después de su griterío.
    —¡Rudi! — dijo Jay, mirando su reloj de pulsera—. Creo que ya es hora de que nos vayamos a casa de Clara. ¿Te parece que caigamos por allá?
    —Buena idea —dijo el nuevo amigo de Howson—. Mira, este tipo es médico. Deberíamos decírselo a Brian y ver como le sienta su cara, ¿no?
    —No te lo creería nunca —dijo Charma, apurando el resto del contenido de su vaso.
    —Y aun si lo creyese —añadió Jay— dispone ya de más excepciones especiales que de casos acordes en su sistema.
    —Deberíamos probar de todos modos —insistió Rudi—. ¿Va a ir a casa de Clara esta noche?
    —¿Es que sabes si alguna vez dejó de faltar a una reunión? — replicó Jay.
    —¡Muy bien! — Rudi se volvió a Howson—. Eso es, si no tiene usted que hacer nada. Lo siento, me parece que he estado haciendo planes para usted... ¿eh...?
    —Gerry —completó Howson—. Bueno, pues en verdad que...

    Pues en verdad me gustaría ir a esa reunión. Si quiero aprender a enfrentarme a la gente tengo que empezar con personas como éstas... iconoclastas, que mandan a paseo los prejuicios, deseosos de aceptarme aun cuando sólo sea porque salgo de lo corriente.

    —A Clara no le importará un invitado más —se apresuró a manifestar Rudi, interpretando mal su vacilación—. Bien, nos llevaremos un par de paquetes de latas de cerveza y todo irá sobre ruedas.
    —En ese caso —dijo Howson, levantándose— lo más probable es que vaya.

    En el umbral, y en espera de que Jay y Rudi sacaran los paquetones de cerveza a través de la exigua puerta, sugirió:

    —¿Tomamos un taxi?

    Jay lanzó una estrepitosa carcajada, dando un codazo a la puerta para cerrarla.

    —Jay, eres un redomado canalla sin educación —dijo Rudi severamente—. Sólo porque tienes unas piernas largas y revientas de vitaminas, crees que todo el mundo comparte tu pasión por los pies lastimados. Pero como yo soy como se debe, me cabe saber que Gerry tiene una talega de dinero contante y sonante que basta y sobra para comprarnos un coche para el viaje. ¡Charma, sal del arroyo y levántate la falda!


    Capítulo veinticuatro


    Howson estaba presa de una excitación, tan violentamente contrastada con su depresión anterior, que tenía que examinar y analizar sus reacciones para su propia paz mental. De otro modo, hubiese perdido mucho de su placer en una preocupación subconsciente.

    ¿Qué era lo que tanto le había afectado? Para cuando el taxi se detuvo había consumado una explicación válida.

    De entrada, nunca había dado con esta clase de gente. Lo cual no era de extrañar. Uno de los primeros beneficios de un mejorado nivel de vida, como ya se había dado cuenta de manera superficial, es posponer la edad en la cual se congelan para siempre las opiniones de una persona. Alguien, obligado por la pobreza a evitar el desgaste de energía y tiempo en el empleo de la ampliación de su horizonte, pues las necesita simplemente para subsistir, adopta las actitudes, ya confeccionadas, de su ambiente. Por eso era que los estudiantes constituían la columna vertebral de tantos movimientos revolucionarios, por ejemplo.

    Sistemas de vida mejorados no habían causado un gran impacto en su existencia anterior. Al morir su madre, hacía quince años, los efectos se hallaban aún filtrándose en descenso a su nivel.

    Pero diez minutos con Rudi y sus amigos le habían informado que aquello era algo con lo que deseaba emparejarse y que tenía una oportunidad que trataría de no desperdiciar.

    Cuando Rudi tomó su maletín y le tendió una mano para que saliese del taxi, no hizo objeción alguna. No era para recordarle su estado. Cuando menos no en esta ocasión, y en esta compañía.

    Al trepar en el ascensor mal iluminado de la casa de apartamentos a la que habían ido, se halló preguntándose si gentes que no habían aceptado las actitudes convencionales con respecto a los tullidos, se mostrarían también tan libres de prejuicios sobre los telépatas. Pero no se sintió inclinado a descubrirlo inmediatamente. Esta era también una cuestión demasiado delicada; haría mejor en aplazarla por un tiempo.

    No obstante, el despego vino a entibiar su oleada de impetuoso entusiasmo al cabo de cosa de una hora de hallarse en la reunión. Las condiciones del local eran parcas —un sofá—cama, con una minúscula cocina adyacente y un retrete común en el rellano— y allí había una multitud de gente amontonada. Al parecer no estaba Brian, el hombre al que había ido a conocer, pero sí gran número de otros estudiantes de la universidad.

    Durante los primeros minutos fue mostrado como algo similar a una pega para los trabajos de Brian. Sin embargo luego, y tras una rápida serie de presentaciones, los tres que le habían llevado se enzarzaron en conversación con otros viejos amigos y lo dejaron para que hiciera lo que quisiera.

    Se encontró entonces con dos desventajas: su estatura hacía difícil que hablara con alguna otra persona, a menos que ésta estuviera sentada y él de pie, y había tan poco espacio en la habitación que muchos no podían sentarse sino en el suelo; además, su voz era débil y difícil de seguir la mayoría de las veces, y había un tremendo ruido que combatir... de otras voces alzadas en violento desacuerdo, chocar de vasos y copas y botellas, y hasta alguien que tocaba un teclado electrónico sin importarle quién le escuchara.

    Estaba comenzando a sentirse perdido y desplazado, cuando se fijó en que alguien había dejado libres algunos centímetros cuadrados en el sofa—cama junto a la pared. Se apresuró a sentarse, antes de perder la oportunidad; alguien se acerco a él en ese momento y le sirvió un refresco, tras lo cual nadie le prestó atención durante un rato.

    Se ocupó en fisgar telepáticamente algunas conversaciones: era descortés, pero demasiado interesante para perder la oportunidad. Resultaba evidente que la nueva rama de la universidad era muy buena y que la instrucción debía ser de superior calidad. Hasta los bien adaptados telépatas entre los estudiantes que se habían asociado en Ulan Bator no hubiesen desplegado tal sutileza en el empleo de su intelecto.

    Desde luego, la comparación era apenas justa. Todos los estudiantes telépatas que había conocido se hallaban superados en número por los estudiantes que había en aquella habitación.


    Grupo A (los catalogó en el curso de un breve examen): dos muchachas vestidas de amarillo, al parecer hermanas, y un hombre de unos veinticinco años; tema del debate, la religión como necesidad de la evolución social humana.

    Grupo B: Jay, a quien conocía, un muchacho de largos cabellos que no había llegado aún a la veintena, otro con un ligero tartamudeo al expresar sus argumentos, y una muchacha sin gran atractivo y pelo con flequillo; tema, una revista para la cual se estaba persuadiendo a Jay que hiciera el diseño.

    Grupo C: una bella muchacha de veinte años y un hombre de jersey rojo; tema, el uno y el otro. Howson sintió una sacudida de envidia y desvió con firmeza la atención.

    Grupo D: cuatro hombres de voces muy fuertes que se hallaban junto al que tocaba el órgano electrónico; tema, suscitado por el instrumento, la influencia de nuevos sistemas musicales en la tarea de los músicos contemporáneos. Uno del grupo persistía en hablar sobre su propia obra y los otros se esforzaban por apartarle de ello. (¿Dónde estaba Rudi, a todo esto? Ah, sí; dando la vuelta a la habitación sirviendo bebidas.)

    Grupo E: dos muchachas, una ligeramente embriagada, y dos hombres; tema, las opiniones de las muchachas ebrias sobre la poesía moderna.

    Grupo F: tres hombres, dos con camisas de cuello abierto y el otro con jersey; tema, la imposibilidad de vivir conforme a los propios ideales en la vida moderna.


    Y así sucesivamente. Howson estaba coqueteando peligrosamente con la idea de unirse a una de aquellas conversaciones (cualquiera del Grupo C) por medios telepáticos, cuando se dio cuenta de que la sugerencia provenía probablemente de su última bebida y se contuvo con un suspiro. Mirando en torno con su vista física, se fijó en que una muchacha se había sentado a su lado mientras estaba distraído y estaba ahora mirándole con expresión divertida. Era joven y más bien atractiva, a pesar de llevar una blusa rebeca marrón que desentonaba horriblemente con el verde de sus ojos.

    —Buenas noches —dijo con burlona formalidad—. Me presento. Soy su anfitriona.

    Howson dio un bote.

    —¡Lo siento! — comenzó—. Rudi y Jay insistieron en que viniese...
    —Oh, es bienvenido —respondió ella, ahuyentando la excusa con un ademán de la mano—. Soy quien debe pedir perdón por haber dejado abandonado a un invitado durante tanto tiempo. Pero es porque no he tenido ni un momento libre. ¿Se está divirtiendo?
    —Enormemente, gracias.
    —Pensé que así era, tras esa máscara de no participación. ¿Que estaba usted haciendo... bebiendo en la atmósfera?
    —Realmente estaba pensando en la cantidad de impresionante y vivida discusión que hay.
    —A chorros, ¿no es así? En cualquier reunión como ésta la gente sueña una docena de maravillosos planes para cambiar el mundo y nunca los ponen en práctica. Nos deberíamos preocupar de que haya sucedido así durante siglos y que sea probable siga sucediendo. Sería una buena idea tomar nota de algunos de los planes y publicarlos... hacerlos llegar a alguien que pudiera utilizarlos... —Desenfocó su mirada, como si estudiase una futura posibilidad—. Podría suponer un descubrimiento. Pero éste probablemente es también sólo otro de esos mismos planes que se desvanecen.
    —¿Es usted escritora? — barruntó Howson.
    —Potencial. ¿Se lo dijo alguien?
    —No. Pero tiene usted buen número de gente creadora aquí.

    La muchacha (su nombre debía ser Clara, puesto que era la anfitriona) le ofreció un pitillo. Rehusó, pero tomó otro prendiéndolo para encender con él el de ella. ¿De dónde había sacado este truco? Nunca lo había hecho antes en su vida. De alguna película, tal vez de... de...

    Con un sobresalto recordó que estaba en la misma ciudad en que había visto aquella película.

    —No, yo sufro de una insatisfacción congénita con las palabras —estaba diciendo Clara—. Quiero decir... diablos, que si una trata de explorar por entero sólo la poca gente que se reúne aquí durante las horas que dura la reunión, se concluye por topar con un indomeñable monstruo. ¿Cuánto tiempo dura, por ejemplo, Ulises... dieciocho horas, no es así? Y todavía no está uno seguro de hallarse comunicando con su auditorio. Lo que me gustaría es una técnica que capacitara a un indio americano precolombino a comprender a una china del siglo veinte. ¡Y entonces, hermano... hubiese sido escritora!

    Soltó una risita ante lo grandioso de su ambición, y cambió de tema.

    —¿Y qué es de usted? ¿A qué se dedica?
    —Soy médico —respondió Howson tras considerar y abandonar la idea de sondearla sobre las posibilidades de la telepatía como solución para la comunicación que ella había propuesto—. En realidad, Rudi quiso que viniera para conocer a alguien que intenta correlacionar los tipos físicos con oficios y profesiones. Brian... creo se llama.
    —Oh, sí. Rudi está siempre intentando deshincharlo. Me imagino que necesitará efectuar algunas acrobacias mentales para encajarle a usted en el sistema, ¿no es así?
    —No lo sé. Todavía no le he sido presentado.
    —¡Bien, eso es muy de Rudi! ¡Lastima, Brian ha estado aquí casi toda la tarde... ¡Oh, esperemos que se acuerde y más pronto o más tarde les presente! ¿Le importa? ¿O prefiere dejarlo e irse?

    Howson denegó con la cabeza y dijo luego:

    —Lo estoy pasando bien aquí.

    Alguien le dio una palmada en el brazo y sostuvo una botella sobre el vaso ya vacío de Howson, que él cubrió con la palma de su mano para indicar que rehusaba, volviendo a ponerlo en una mesita próxima. Durante un rato hubo un sociable silencio entre ambos, mientras que el bullicio de las conversaciones y la música se desparramaba en torno, como los vientos rodeando el vórtice de un huracán.


    Capítulo veinticinco


    Finalmente, y puesto que Clara no mostraba un deseo inmediato de moverse de allí, la lanzó una ojeada.

    —¿Quién y qué es exactamente Rudi? — preguntó.

    Estaba más bien interesado en él que en los otros dos que había conocido aquella tarde en el bar. No había invadido la mente del joven, desde luego; un simple barrido telepático le hubiese dicho cuanto deseaba saber pero rehuyó la idea como rehuía invadir el retiro mental de cualquiera sin ser invitado a ello, o bien por necesidad. Sin embargo, hasta por las muestras externas, Rudi le parecía tener una personalidad más profunda y madura, menos superficial que sus amigos.

    —¿Rudi? — Clara exhaló humo por las ventanas de la nariz—. Rudi Allef es su nombre completo. Es medio israelí. Vino aquí con una beca de las Naciones Unidas. Estaba haciendo, bueno, yo creo que estaba haciendo un buen trabajo. Por desgracia no era el trabajo que se suponía había de hacer para calificarse para la beca concedida. Por lo tanto se la suspendieron. Así Jay y Charma Horne...
    —¿Jay y Charma Horne? ¿Hermano y hermana?

    Clara le miró con fijeza.

    —¿Quién le dio tal extraordinaria idea? Están casados.

    —¿Casados?

    —Sí, ¿por qué no habrían de estarlo?

    Howson se recuperó y se encogió de hombros, lo que no hizo muy bien por motivos relacionados con la curvatura de su espina dorsal.

    —Pues... sólo debido a la manera en que estaban discutiendo cuando los conocí. Lo siento, prosiga.
    —Ah—h—h... sí. Así Jay y Charma, estando un poco locos como cabría esperar por haberse casado dadas las circunstancias, andan empatados en simpatía y no encuentran la vida demasiado fácil. Pero usted estaba preguntando sobre Rudi, y no sobre los Horne. Rudi es... bueno, un problema.
    —Es raro que diga usted eso —observó Howson, desconcertado—. Evidentemente, usted lo conoce mejor que yo, pero yo diría que parece una persona bien equilibrada e integrada.
    —Produce ciertamente esa impresión —respondió Clara mirando hacia donde se encontraba el objeto de su conversación, sentado en el suelo, cerca del intérprete del teclado electrónico—. Quizá uno de estos días, si se mantiene representando su papel durante bastante tiempo, llegará a convencerse de que en efecto es así. De otro modo sufrirá un grave colapso y no servirá de mucho, ni para sí, ni para cualquiera, por largo, larguísimo tiempo.

    Momentáneamente inseguro de si estaban hablando sobre la misma persona Howson se quedó mirando fijamente a Clara, y preguntó:

    —¿Ha dado señales de desquiciamiento?

    Ella pareció arrancar su pensamiento de alguna parte, y sacudió levemente la cabeza.

    —Oh, si sabe usted donde poner la atención... por mi parte debo circular y atender a mis invitados, creo. Hasta luego.

    Apenas se hubo puesto en pie cuando vaciló y añadió:

    —No quisiera ser descortés, pero usted parece ser también un pequeño problema. ¿No es así?

    Howson la miró tan directamente a los ojos como pudo y respondió:

    —Ya que parece tan apta en descubrir los problemas de los demás puede también ocuparse del suyo.

    Ella se sonrojó.

    —Lo merezco —admitió, marchándose en ese mismo instante. Tras lo cual, se percató Howson, seguía sin saber mucho sobre Rudi Allef.

    Pero en aquel momento el propio Rudi recordó la bomba que había deseado colocar bajo la teoría sociológica de Brian, y poniéndose en pie arrancó a éste de la discusión en que estaba enzarzado, y lo presentó a Howson. Más que nunca, al observar la ávida expectación de Rudi, Howson se sintió tentado a lanzar una rápida ojeada... sólo asomarse, al interior de aquella bien formada cabeza.

    ¿Y si lo hacía, y procedía inadvertidamente a desplegar un conocimiento de Rudi que posiblemente no habría obtenido corrientemente en el curso de tan breve conocimiento...? Howson se percató de súbito cómo debía sentirse un mulato «pasando» por un lugar en donde tales cosas importan, y la habitación se tornó fría.

    No había conocido esta sensación antes. Él era un enano tullido; muy bien, todas aquellas personas lo daban por consabido de manera desafiante. Pero aún allí habría quienes le considerasen como extraño. Acaso, cuando les llegase el momento de descubrir quién era realmente (y ese momento llegaría de manera inevitable, estuviese o no entre ellos), se encogerían de hombros y mantendrían su despreocupación. O quizá no.

    ¿Tal vez antes de comprometerse, y en pura autodefensa, debería sondear sus opiniones? ¡Podía hacerlo en este momento!

    Luego se dio cuenta de que había dejado de atender a algo que se le decía y reflexivamente extrajo las palabras de la mente de Rudi. Estaba a media respuesta antes de percatarse de lo que había hecho, y la habitación se tornó más fría aún. Estaba tan acostumbrado a hallarse entre gente para la que no era secreto alguno su talento, que había adquirido muchas costumbres automáticas como ésta. El choque le hizo vacilar en su respuesta, pero se recobró con bastante presteza para ocultar su alarma.

    La ojeada en el interior de la mente de Rudi hacía aún más tentadora la idea de ahondarla más, pero se dijo cautelosamente: No es mi paciente, ni un colega profesional. Puedo haber ido ya demasiado lejos; no iré más allá.

    Se obligó a concentrarse en la conversación. Brian, a quien no apreciaba en absoluto, estaba despejando su desabrido talante y volviendo a sus antiguos y cómodos dogmas.

    —Después de todo —estaba diciendo—, personas como el doctor Howson, aquí presente, están expuestas a ser excepciones en cualquier sitio donde se quiera encajarlas. Quiero decir, que son como intentar predecir el próximo átomo que ha de desintegrarse en un trozo de uranio. Se sabe que ha de estallar uno de ellos, pero no puede decirse cuál. De la misma manera, se sabe que el doctor Howson ha de encajar en alguna parte, pero no puede predecirse dónde sin poseer cierto número de datos adicionales...

    Siguió con su perorata mientras que la mente de Howson captó una breve frase y la dio vueltas y más vueltas: «El doctor Howson ha de encajar en alguna parte».

    Fue mucho más tarde cuando Clara volvió a sentarse cerca de él. La habitación estaba mucho menos atestada; algunos se habían ido a sus casas y otros, al parecer, habían decidido acampar en las escaleras.

    —¡Oh, ese Rudi! — dijo en tono de engorro mezclado con un tolerante y largo soportar—. Ahí está en la cocina haciendo payasadas. Desde luego, nunca se supondría al verle. Está haciendo imitaciones de los profesores de la universidad y media docena de idiotas se las están riendo.
    —Si no se supusiese al verle, ¿cómo se sabría? — dijo Howson con brusquedad. Luego se le ocurrió una posibilidad y se refrenó—. Lo siento. Probablemente usted lo conoce muy bien.
    —Si usted cree que es mi —bueno, seamos corteses y digamos mi «amigo íntimo»— está usted equivocado —replicó Clara con voz fría, teñida de leve reproche—. De hecho, apenas lo conocí más que de vista hasta que terminó esa beca hace poco. — Hizo una pausa, pareciendo perpleja—. Pensando en ello, probablemente yo no debería ser tan...

    Howson compartió su perplejidad. Había llegado a la conclusión exacta. Clara le acababa de desengañar; aun cuando no concordasen todos los hechos era la explicación más evidente. Pero si no era ésa la verdad, ¿qué...?

    Varias personas salieron de la cocina, riendo a carcajadas, rodeando a Rudi y dándole palmadas en la espalda. Howson escudriñó el moreno y agradable rostro. No, no revelaba la menor sombra de desdichada payasada que Clara pretendió.

    Mientras sus compañeros se despedían, reduciendo el número de asistentes a cosa de una docena, Rudi tomó una botella que tenía a mano y, sin fijarse en su contenido, volvió a la cocina. Howson supuso que tenía que reunirse allí con alguien. Miró en torno a la habitación, intentando ignorar a la muchacha y al hombre de jersey encarnado, cuya conversación había progresado según la muestra anterior de mutuo interés.

    —Usted parece, como dije antes —observó Clara al volver a su lado tras asistir a la partida de invitados—, usted parece tener, ser, un problema. Sí, ya he llegado a una conclusión sobre este punto. Y lo que es peor, he tenido que descartar todas las razones sencillas. Después de todo no puede estar tan malamente impedido, puesto que es médico. ¿Es exacta mi conjetura?

    Sus verdes ojos eran muy penetrantes. Howson sintió una punzada en su nuca, que no tenía nada que ver con referencia a su deformidad.

    —¿Somete usted a todos sus invitados a un detallado interrogatorio? — dijo, intentando expresarse con volubilidad.
    —Sólo a los no invitados que me intrigan —respondió ella imperturbablemente—. Como usted, por ejemplo.

    Howson suspendió durante breves segundos su intención de responder. Le había asaltado la idea de una posibilidad, pero era tan improbable que se sentía literalmente asustado de formulársela siquiera a sí mismo. Se hallaba aún debatiendo la cuestión cuando...

    El choque casi dio con él en el suelo. Su intensidad le cegó por completo; ardió en el interior de su cráneo como un incendio. Sabía lo que era, desde luego. Antes incluso de recobrar sus sentidos se encontró gritando:

    —¡En la cocina! ¡Es Rudi!

    Todos los circunstantes miraron en derredor con turbado asombro. Y Howson se dio cuenta de que no había habido un sonido o ruido.

    Todos los presentes fijaron sus miradas en él excepto Clara que, con la cara blanca, estaba ya abriendo la puerta de la cocina. Él pensó que no podía haber llegado allí tan rápidamente en respuesta a su grito de prevención. No, no podía haberlo hecho. Y eso significaba...

    Clara lanzó un chillido.

    Maldiciendo a su remiso cuerpo, Howson pugnó por acercarse adonde ya una docena de personas estupefactas se hallaban mirando a través de la puerta de la cocina en medio de un fluir de horrorizadas exclamaciones. Sus voces eran incoherentes, y sus mentes estaban nubladas por la conmoción. No importaba. Howson sabía muy bien lo que había sucedido.

    La voz de Brian, el pretendido sociólogo, se elevó autoritaria por encima del clamor.

    —¡No lo toquéis! Que acuda ese pequeño... Es médico. Y que alguien telefonee pidiendo una ambulancia. Clara, ¿hay aquí un teléfono?
    —Abajo en el sótano —respondió la muchacha con voz quebrada, pero dominada.

    En el ínterin, Howson se arrastró durante cinco segundos que le parecieron una hora. Soy médico —estaba pensando—. Sé de lesiones de cerebelo. Y de malas conformaciones y desajustes y psicosis del interior. ¿Pero de qué diablos sirve esto a un tipo que está dejando escapar su vida sobre el duro suelo de una cocina?

    Todos se apartaron para dejarle paso y por primera vez miró con mirada física a algo que le era demasiado familiar. Rudi se había hecho, precisa y literalmente, el hara—kiri (¿por qué? Una atormentadora sugerencia de explicación rondó justamente más allá del alcance mental de Howson) con un simple cuchillo sacado de un cajón.

    Ahora que estaba inconsciente resultaba más fácil interceptar la cegadora señal de dolor de su mente. Pero subsistía el dolor de su propia invalidez. ¡Aquella gente... aquella gente... estaba esperando su consejo y guía!

    Con dificultad encontró un hilo de voz para decir:

    —¿Ha ido alguien a pedir una ambulancia?

    Un coro le aseguró que alguien lo había hecho.

    —Bien, entonces hagan el favor de salir y cierren la puerta. Estén tan callados como puedan. Y mejor aún, vayanse del apartamento... la policía puede querer también... ¡oh, que explote la policía! ¡Vayanse a casa!

    Clara se estaba moviendo para unirse a los demás, pero frunció el entrecejo y no dijo nada al oírle. Cerrando tímidamente la puerta volvió a su lado.

    —¿Sabe usted algo sobre esto? — dijo ceñudo.
    —N—no. Pero haré lo que usted diga. ¿Hay algo que podamos hacer?
    —Habrá muerto en unos cinco minutos a menos que hagamos algo —rió Howson sin humor—. Y el sarcasmo es que no soy doctor en medicina. Nunca en mi vida he curado un dedo cortado... excepto alguno mío.


    Capítulo veintiséis


    Al final de un silencio eterno que duró el lapso de tres latidos del corazón, ella absorbió las palabras y fue capaz de reaccionar. Comprendiendo los conceptos se dijo para sí, con sombría desesperación: ¡Oh, Dios..., pobre, estúpido Rudi! Y en voz alta, y con más vehemencia, añadió:

    —¿Por qué dijo usted entonces que era médico, si no lo es?
    —Es que lo soy, pero de cierto género. Y las cosas no van en absoluto tan mal como usted se está imaginando. ¿Sabe usted que es una telépata receptiva?
    —¿Una qué?

    Llegando al tope de la conmoción de ver a Rudi empapado en su charco de sangre y alcohol no digerido, la información resultó al principio sin sentido a Clara. Howson percibió un escudo de incomprensión y negativa subconsciente, y lo golpeó.

    —Estoy diciéndole que usted puede leer las mentes de las personas. Y sucede que mi doctorado es en telepatía curativa. ¿Lo comprende? ¡Bien! Y ahora, hay una persona en esta habitación que sabe —quizá— lo que Rudi Allef necesita para ser curado. Y esa persona es Rudi Allef mismo.

    Ella intentó interrumpirle pero él se precipitó, abandonando el empleo de lentas palabras, y lanzando en su lugar bloques enteros de conceptos asociados directamente a su mente.

    Muy dentro del cerebro de Rudi, como en el de toda persona corriente, hay lo que llamamos imagen corporal..., un plan maestro que el cuerpo emplea para sus reparaciones principales. Voy tras él. Tiene usted que recibir instrucciones mías y seguirlas, porque mis manos son demasiado torpes para un trabajo delicado. No trate de pensar por usted misma... ¡adelante!

    ¡ADELANTE!

    Y a la par, Howson se introdujo profundamente en la desfalleciente mente de Rudi y tomó el control de las manos de Clara.

    Ésta pugnó, pero intentó lealmente superar su instintiva resistencia, y en un minuto pudo volver los hombros de Rudi de manera que ambos pudieron ver el corte de su vientre.

    La visión la conmocionó tanto que Howson perdió momentáneamente su control; empleó unos valiosos segundos en tranquilizar a Clara y luego continuó su exploración de la imagen del cuerpo de Rudi.

    Eran tantos sus nervios afectados por el daño y el dolor, que al principio no pudo distinguir entre ellos. Redujo su sensibilidad, mas ello sólo dio por resultado una vaga mancha confusa.

    Se sentó en una silla, cobró fortaleza, y comenzó de nuevo.

    Esta vez fue como si los nervios estuviesen transmitiéndole directamente la agonía de su propio cuerpo yaciendo lacerado y devastado. Pero nada de esto debía ser retransmitido a Clara, pues ello la haría incapaz de ayudarle. Tenía que absorber y dominar el dolor en sí mismo...

    Bien, ya. ¿Por dónde empiezo? Detener el flujo de sangre antes de que la actividad del cerebro desaparezca por completo. Algo... ¿Pinzas? ¿Pinzas de pelo? ¿No empleaban generalmente las mujeres eso para recogerse el pelo?

    Clara tenía algunas en un cuenco que estaba sólo a unos centímetros de su hombro. Las cogió y comenzó frenéticamente a sujetar los extremos abiertos de los principales vasos sanguíneos. Disminuyó el debilitamiento de la mente, subsistiendo constante un irreducible goteo.

    Está bien. Vuelva a introducir los intestinos desplazados.

    Cubiertas de sangre, las manos de Clara asieron las gris—azuladas tripas vivientes y las colocaron delicadamente en su sitio; empujó los desgarrados mésentenos y los colocó rudamente en su lugar. Con cada acción se produjo una reducción del dolor y estropicio que repercutían lacerantes en Howson. Y para cuando Clara hubo completado la reposición de los órganos vitales, pudo ser capaz de abrir los ojos. No se había dado cuenta de que los tuviera cerrados.

    —Una aguja corriente e hilo —dijo roncamente, aprestando ambas cosas ella, y dejando huellas sangrientas de sus manos en la mesa, en el picaporte, en todas partes—. Cosa las paredes del estómago —dirigió él, y haciéndolo ella, de manera defectuosa según las normas quirúrgicas, pero bastante bien—. Ahora la propia piel; y ahora, lávese las manos, lave la piel, y tome un trozo de paño limpio para vendarla...

    La mente de Rudi destelló al volver a recobrar la consciencia durante un instante, inesperadamente; Howson apretó con fuerza sus dientes y redujo el ego al olvido. Un tratamiento tosco y rudo, pero se había causado ya tanto daño a la personalidad de Rudi, que un poco más no supondría gran diferencia.

    Lo que importaba era que el tenue parpadeo de vida prosiguiera y durase hasta una transfusión de sangre; entonces podrían reparar debidamente el destrozo. Entretanto, Howson había realizado cuanto se podía pedir: supervivencia.

    Había llevado exactamente cinco minutos.

    Ahora llegaría la ambulancia y vendría la policía con sus preguntas. No recordaba si un intento de suicidio seguía siendo un delito en esta ciudad; tenía una vaga idea de que en algunos lugares subsistía la antigua actitud cristiana...

    Clara, después de haber dejado la aguja y el hilo se quedó mirando a su trabajo manual.

    —¿Por qué intentó suicidarse? — dijo con acento de enojo, y Howson meneó la cabeza. Se sentía tan cansado como si hubiese caminado mil millas, pero no debía dejar traslucir su fatiga.
    —No intentó suicidarse —respondió—. Fue un accidente. Fue una estupidez, pero no un intento de suicidio. Parte de una broma que fue demasiado lejos.

    Ella percibió en su mente lo que había tras esta explicación y asintió sin necesidad de que Howson la ampliara, pero él tuvo que explicarlo cuando llegó la ambulancia, y luego cuando vino la policía, y después de todo aquello quedó tan agotado que se sentó en la silla más próxima y se quedó dormido.


    Capítulo veintisiete


    Al despertarse, estuvo largo rato perplejo sobre dónde podría estar. Se hallaba tendido entre sábanas, con una almohada cómodamente colocada bajo su cabeza. Pero aquella cama no tenía el ligero e ingenioso dispositivo de que estaba dotada la suya de Ulan Bator, y que favorecía y acoplaba tan sutilmente a su espalda. Además, la luz se reflejaba de mala manera en el techo demasiado alto...

    Se despertó del todo y se volvió de costado, viendo que Clara se encontraba envuelta en una manta de cuadros a la escocesa, dormitando en la única butaca de la habitación.

    Ella notó cómo él se despertaba y parpadeó, abriendo los ojos. Durante unos instantes no dijo nada. Luego sonrió.

    —¿Se encuentra bien? — preguntó trivialmente—. Se durmió tan profundamente, que ni siquiera se dio cuenta cuando le puse en la cama.
    —¿Que usted qué?
    —¿Es que esperaba que le pusiera en el suelo? — respondió ella, poniéndose en pie, despojándose de su manta, y desperezándose. Llevaba puesta la misma ropa que vestía durante la reunión.
    —¡Hubiese estado muy bien donde me quedé dormido!
    —¡Oh, cállese! — respondió ella, casi con enojo—. ¡Por Cristo, merecía la cama mucho más que yo! No quiero discutir sobre ello, de todos modos. ¿Se siente capaz de desayunar?

    Howson se incorporó, quedando sentado. Vio que ella le había quitado los zapatos y la chaqueta, pero le había dejado vestido, por lo que, apartando sus sábanas, posó los pies en el suelo.

    —Pues, ejem... creo que sí.

    Clara trajo cereales y café, abrió una lata de mermelada, y ambos se sentaron en la esquina de la deshecha cama.

    —Lo que quisiera saber —dijo ella al cabo de un rato— es cómo se las apañó usted para embaucar a todo el mundo con esa farsante historia del accidente.

    Howson gruñó.

    —Si hay algo que un telépata proyectivo puede hacer de manera convincente, es contar una mentira. Yo puedo hacer creer a un hombre corriente, y sin ninguna dificultad, que el sol se encuentra apagado al mediodía. Realmente yo debería haber impreso la misma idea en el subsconsciente de todos los que estaban aquí, para que la historia fuera más consistente, en vez de ordenarles actuar. Pero estaba tan preocupado porque su presencia me distrajera... ¡Oh, qué diablos! En realidad, ninguno de ellos le vio hacerlo. — Dejó a un lado el plato sobre el que había estado comiendo, y añadió—. Le debía haber preguntado antes. ¿Cómo se siente sabiendo que es telépata?

    Los verdes ojos tuvieron un destello de incertidumbre.

    —¿Entontes lo dijo de verdad? Yo traté de... de recibir algo de usted la noche pasada, cuando se marchó la policía, y no sucedió nada, por lo que supuse que únicamente lo había inventado para acrecentar mi confianza.
    —Estaba, probablemente, demasiado cansada. Desde luego que lo dije de verdad. Dígame algo: ¿Cómo supo usted lo que había hecho Rudi?
    —¡Pues... porque chilló!
    —No profirió el menor sonido. Bien podría haber sido un samurai auténtico. Si hubiese chillado, todos los que estaban en la habitación le habrían oído. Sólo usted y yo sabíamos lo sucedido tras la puerta cerrada de la cocina, y eso quiere decir que es una telépata receptiva. Yo ya había empezado a sospechar que podría serlo; me sorprende que no se lo hubiese preguntado.

    Ella terminó de comer y encendió un pitillo.

    —¡Oh, esto es todo tan... perturbador! Quiero decir, que siempre pensé en los telépatas como personas... —ya sabe— aparte.
    —Lo son —confirmó Howson, con serena severidad.
    —Y yo no sabía siquiera que había... ¿cómo los llama usted?... receptivos.
    —En realidad, parece ser que son más bien raros. Sospecho que hay muchos más de los que sabemos. Quiero decir, que se puede distinguir fácilmente a un telépata proyectivo, si es razonablemente potente y sin ningún entrenamiento; resaltan como una sirena de alarma. Para mí —rió entre dientes— que alcanzan a oír de un satélite orbitando a seis mil millas. ¿Pero cómo reconocer a un receptivo a menos que ocurra algo positivo para identificarle, a él o a ella...? — Se recostó contra la pared—. Sin embargo, en su caso, puede darlo por confirmado. Mire, usted tiene aproximadamente la edad habitual para que se manifieste el talento; el mío surgió cuando tenia veinte años, y es típico. Así, pues, ¿qué es lo que va a hacer?
    —No tengo la menor idea —respondió ella, pareciendo más bien atemorizada—. Ni siquiera he pensado cómo iba a decírselo a mi familia.
    —Ése es un problema que yo no tuve que afrontar —admitió Howson—. ¿Tienen acaso prejuicios?
    —No lo sé. Quiero decir, no lo sé sobre este caso particular. — Un pensamiento la asaltó—. Oiga, ¿y, de todos modos, qué es lo que hacen los telépatas receptivos? ¿No se hallan muy limitados en la elección de trabajo?
    —En comparación con los proyectivos, me parece que sí —convino Howson en tono juicioso—. Pero un telépata es una persona muy especial, y en modo alguno se halla agotada la demanda de sus servicios. Puedo comentarle unas cuantas de las ocupaciones habituales. La mayoría de los receptivos que conozco son diagnosticadores psiquiátricos y vigilantes de terapia...
    —¿Son qué?

    Howson explicó en qué consistía cada labor, y añadió:

    —Tenemos a Olaf Marks, que es un genio de la descubierta. Le gustan los chiquillos, por lo que le dieron la misión de explorar a los más sobresalientes en la fase pre—verbal. Luego está Makerakera de quien ya habrá oído hablar usted; está reconocido por las Naciones Unidas como una autoridad en la agresión, y que se pasa el tiempo yendo de una crisis virtual a otra, identificando agravios, y enmendándolos. Oh, no se preocupe sobre la limitación en su elección de carrera; somos casi únicos para buscar y elegir.

    Ella lanzó una risa nerviosa.

    —¡Resulta divertido oírle decir «nosotros», sabiendo que me incluye! Sin embargo, lo que dijo antes es bastante tranquilizador y se lo agradezco con toda sinceridad.
    —No se lo he dicho para tranquilizarla. Se lo digo simplemente. Aparte de cualquier otra cosa, usted no sería feliz haciendo algo que no explotara su talento una vez que se encuentre completamente desarrollado. No le estoy diciendo que ser telépata no plantee sus propios problemas, bien lo sabe Dios... —Howson suspiró—. Tuvo usted razón sobre mí ayer noche, como debió haberlo supuesto.
    —¿Más... más telepatía?
    —¿Qué opina usted?

    Ella se levantó y comenzó a apartar las cosas del desayuno sin responder. Tras un intervalo de silencio, dijo:

    —¿Qué hay de Rudi, Gerry? ¿Tuvo la oportunidad de descubrir el motivo de su acto?
    —No. Uno ha de aprender a no invadir el terreno privado de otra persona. Tienes que hacerlo así, o la vida no merecería la pena ser vivida. Y mientras estábamos nosotros componiéndola, naturalmente, yo no podía perder tiempo. Usted tenía una probabilidad mucho mejor de descubrir por qué lo hizo.

    Ella respondió tras un desvalido gesto.

    —Todo cuanto podría decir es que él estaba... bien, viviendo una mentira, como se dice de manera coloquial. Haciéndolo bien, pero... —Hizo otro gesto para completar su aserto—. Gerry, ¿qué está haciendo aquí, de todos modos? Usted es de Ulan Bator, ¿no es así?
    —Sí... ahora. Pero nací aquí.
    —¿Está visitando a antiguos conocidos?
    —Vi a un par. Fue un fracaso. No, busco más a conocidos nuevos que a antiguos. Se trata en parte de unas vacaciones, y en parte de un viaje de autodescubrimiento... Algún día sabrá lo que quiero decir.

    Ella aceptó la suposición y, sonriendo débilmente, dijo:

    —Así pues, ¿qué debería hacer ahora, volviendo a mis propias preocupaciones?
    —Oficialmente, debería ir a la sede local de la Organización Mundial de la Salud, y hacer las pruebas de aptitud. Entonces la enviarían por avión a Ulan Bator, o a Canberra, o quizás a Hong Kong, para el debido adiestramiento. Pero yo le aconsejaría que se tome tiempo para acostumbrarse a la perspectiva, antes de presentarse.
    —Parece usted tremendamente seguro de que me presentaré, aunque si le pidiese que no hablara a nadie de mí, me parece que accedería de buen grado.
    —Desde luego. Sólo al cabo de un tiempo se sentirá insatisfecha de su propia torpeza. Se sentirá frustrada con cosas que no sabe cómo manejar. Y un día dirá: «¡Al diablo con todo!», y querrá informarse sobre cómo emplear su don en plenitud. Mire, no fueron telépatas quienes elaboraron las técnicas; fueron corrientes psicólogos, que no pueden proyectar una impresión más que ir en bicicleta a la luna. Y ahora, yo deseo que haga algo por mí. Vaya al teléfono y llame al hospital que llevaron a Rudi... es el General. Probablemente estará todavía sedado. Pregunte si podemos... oh, lo siento. ¿Está ocupada esta mañana?

    Ella denegó con la cabeza.

    —Entonces, pregunte si nosotros —si usted desea venir— podemos verle. Diga que soy Gerald Howson, doctor en psiquiatría, de Ulan Bator. Todos se apresurarán a hacer que vaya.
    —¿Por qué se preocupa entonces de llamar primero?

    Howson la miró con fijeza.

    —Deseo que tengan la oportunidad de saber que soy un enano que arrastra una pierna, en vez de un fornido superhombre —respondió sosegadamente—. Duele menos así.

    Clara se mordió el labio.

    —Fue una falta de tacto de mi parte —dijo.
    —Sí —dijo Howson, poniéndose en pie—. Bien, voy a lavarme mientras hace esa llamada.


    Capítulo veintiocho


    Rudi Allef yacía tendido en el lecho del hospital, dotado de un dispositivo para mantener en su debida posición su herido vientre. No estaba inconsciente, aunque percibía principalmente el dolor. Los sedantes que le habían proporcionado lo habían reducido al de una fuerte jaqueca, y le permitían por breves momentos apartarlo de su mente y pensar con coherencia; sin embargo, la mayor parte del tiempo no parecía merecer la pena el simple esfuerzo.

    Cuando Howson fue a su lado estaba inmóvil, con los ojos fuertemente cerrados.

    El ambiente y aspecto de aquel lugar eran muy semejantes a los que estaba acostumbrado en Ulan Bator, según le pareció a Howson. Lo que le recordaba que en realidad era un forastero, era la ostentosa deferencia con la que él, un doctor en psiquiatría de Ulan Bator, era tratado. Casi la mitad del personal había intentado acompañarle a la sala en que estaba Rudi pero, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se mostró enérgico, y se negó a permitir que nadie fuese con él excepto el cirujano que había operado a Rudi y la enfermera—jefe. Y Clara, naturalmente.

    Pudo notar que ella se sentía incómoda. Ahora que tenía conciencia de su don, era más idónea a recibir impresiones, y aún no había aprendido a concentrarse en un hospital en la corriente subterránea de curación y convalecencia que discurría bajo las siempre presentes sensaciones de dolor y sufrimiento. Y, en recuerdo de sus propios comienzos, la inculcó mentalmente confianza en sí misma.

    Entraron en la sala. Había corrida una pantalla de protección en torno a la cama en que yacía Rudi con un tubo de caucho sujeto a su brazo; se estaba terminando la última de las transfusiones de sangre para reponer la que había perdido.

    La enfermera apartó las cortinas que hacían de pantalla, dejó entrar a los visitantes, y las corrió de nuevo. Había ya una silla dispuesta para Howson junto al lecho; torpemente, debido a que era de gran tamaño, se instaló en ella y fisgó en la mente de Rudi, diciendo mientras tanto, en palabras, al cirujano:

    —¿En qué estado se encontraba cuando lo operó usted?
    —Grave —respondió la cirujano, pues era de hecho una erecta mujer de cuarenta años—. Hubiese muerto de no haber sido por los primeros auxilios que le prestó. Fue una suerte que se encontrara allí... aunque yo desconocía que hubiera de telépatas curativos que tuvieran una carrera médica completa.
    —Nunca ejercí —respondió Howson. Y repitió lo que ya le dijera a Clara—. Jamás hice algo más que vendar un corte en un dedo.

    Pudo percibir el resentimiento tomando consistencia en ella mientras pronunciaba esas palabras, expresado de esta manera: «Este pequeño tullido no sólo posee poderes superiores, sino que puede hacer mi trabajo sin entrenamiento, sin molestia, y encima jactarse sobre su éxito...»

    —No es un pensamiento muy justo —dijo suavemente Howson—. ¡Lo siento, pero ha de saber que no es así!

    Clara, que había estado escuchando perpleja, interrumpió de manera inesperada.

    —¡Debería haber visto lo que le costó! Lo que debió sufrir en todo el proceso...

    ¡Clara! — El simple pensamiento de advertencia cortó las apresuradas palabras de ella.

    —Está bien —dijo Howson en voz alta—. ¿Puedo tener silencio, por favor?


    * * *

    Rudi...

    La figura de la cama se movió muy levemente. Fue la única muestra visible de su reacción. Pero en el interior de su cabeza estaba respondiendo.

    ¿Qué es lo que quiere, canalla intruso?

    Salvé su vida, Rudi.

    ¿Para que? ¿Para, sufrir así? Me condenó a esto cuando se interpuso y detuvo lo que quería hacer.

    Howson respiró profundamente. Ya había dicho a Clara que un telépata proyectivo podía decir convincentemente una mentira; ahora reunió todas sus reservas para demostrar el corolario, que podía decir convincentemente la verdad.

    Lo sé, Rudi. Puedo sentir ese dolor tan agudamente como usted, ¿ recuerda? Me doy perfecta cuenta de lo que le he hecho. Ahora debo darle algo en compensación: felicidad, o satisfacción, lo que desee que le procure. De no ser así, ¿cómo me trataría mi conciencia?

    La mente entera estaba implicada. Tras la proyección verbalizada, suavemente, automáticamente, Howson sustentó un reflejo del sufrimiento de Rudi, filtrado a través de su propia mente e impreso con su propia personalidad.

    Un débil revoloteo de incredulidad:

    Pero usted no es nada para mí. Somos extraños, y hoy podríamos haber estado a mil millas de distancia.

    Nadie es nada para uno de nosotros. Y tras esto, debido a que era muy complicado expresarlo en palabras, Howson se hizo sentir conscientemente que por lo general formaba parte de sí mismo el que nunca diera un pensamiento... la compartida cualidad de la existencia de un telépata, la necesidad y el hambre y el anhelo que eran todas las corrientes necesidades y hambres y anhelos individuales multiplicadas por mil, como en una sala de espejos reflejos redoblándose y redoblándose hacia el infinito.

    Por ello un telépata se convertía en un pacificador, o en telépata curativo, o en arbitro de disputas... ayudando a las personas a ser más felices o mejores o con más plenitud. Por ello era también que había ansiado contar espléndidas y encantadoras historias telepáticas a la muchacha sordomuda que ahora conocía como Mary Williams, y por lo que se había sentido tan amargamente desilusionado al saber que el placer se había convertido en una ofrenda griega.

    Era por ello también (aunque la gente vulgar se mostraba siempre suspicaz ante tal aserción, a menos que se les hubiese mostrado la verdad por alguien como Howson), que nunca había habido un telépata que fuese antisocial, que se convirtiese en patrón, amo o gobernante criminal, o en general de un ejército. Ningún telépata podía ocupar el puesto de Chaka Zulú, y ordenar a sus hordas que hiciesen un recorrido de devastamiento, asolándolo todo, en la dirección en que lanzara su lanza; ningún telépata podría enviar a seres humanos, prójimos suyos, a una cámara de gas, o aniquilarlos en una guerra atómica. Eran demasiado humanos como para haberse desprendido de todo deseo de poder; pero, para gozarlo, tenían de tomar el camino del aislamiento de la locura; en el mundo real, sufrían con las penas y dolores de sus víctimas, y no extraían goce alguno de la crueldad.

    Ésta era también la desnuda verdad.


    * * *

    Los ojos de Rudi parpadearon abriéndose, y miró al mentecato rostro que ocultaba la aguda mente. La pasada noche, cuando se conocieron, había ignorado la convencional reacción ante la pequeña estatura, deformidad, y aspecto de lo menos idóneo a la predisposición favorable, de Howson... pero debido al principio de que ignoraba las convenciones que exigían las reacciones. Era medio israelí; acaso su pueblo tenía un legado de prejuicios convencionales lo suficientemente abundante como para que durasen hasta la eternidad... y todos dirigidos contra ellos. Así, por analogía, se apartaría a un lado para evitar ofender a un negro. Y así lo harían millones de personas; sólo que la mayoría de ellas, si habían dejado de aprender la lógica del prejuicio, habían aprendido la lógica del propio interés, y se conformaban a ella. Rudi no.

    Cedió ahora a la presión del dolor; era difícil sumirse en la bruma del desespero. A Howson le resultaba muy duro seguirle, pero tenía que hacerlo... y lo había hecho a menudo en el pasado.

    ¿Por qué hizo usted eso, Rudi?

    Un complejo cuadro de descontento con el trabajo que se había propuesto hacer; con la acogida que había tenido; con la incapacidad de otras personas para comprender lo que estaba haciendo. Añádase a esto: dificultades monetarias a causa de la suspensión de su beca; problemas emotivos a nivel personal... necesitaba el cariño y aceptación de una mujer, de la que pudiera comprender sus necesidades; él era de buen parecer y agradable, pero eso no bastaba para constituir el auténtico compañero. Había probado muchas y la última había sido cruel. Y la máscara que se había puesto para protegerse contra el escrutinio del mundo había demostrado su ruina; las personas que no podían penetrarle, y por lo tanto no tenían la menor idea del torbellino de pesar hirviendo en su cerebro, habían estado faltas de tacto, sido ariscas, abriendo antiguas llagas sin darse cuenta.

    Por todo eso, había tomado un cuchillo en su mano pensando acerca de cuánto le gustaría el olvido.

    Pero Howson podía ver tras la máscara, y por ende no fue arisco ni falso de tacto; comprendió las necesidades, los anhelos de Rudi, y podía ayudarle y aconsejarle. Rechazó las superficialidades, como moneda falsa, con impaciente gesto mental, y fue directo al factor que había ocupado el lugar principal a través del amargo análisis de Rudi de sus razones para el suicidio: su trabajo.

    ¿Qué trabajo es éste?

    Caos, mezclado con esforzada pugna. Tras todo ello, muy en lo profundo, había una necesidad de crear y dar a luz. Howson lo halló asombrosamente femenino, muy reminiscente de ciertos impulsos apremiantes que había conocido en el hondo subconsciente de simples mujeres frustradas. De ello brotaban varias consecuencias; las vio presentadas al punto, mas había de verbalizarlas sucesivamente.

    Aunque femenino, aquel impulso era también muy humano. Tenía subproductos que simplemente anotó y registró como referencia... tal como la razón por la cual la creatividad de Rudi le producía angustia (su profundo subconsciente lo veía como un parto, y éste produce dolor), y la razón por la cual eligió el suicidio mediante el harakiri (representaba el alumbramiento mediante la cesárea, en la identificación referencia al nivel de su mente).

    Pero el subconsciente profundo de Rudi únicamente podía informar a la indagadora mente inquisitorial por qué necesitaba crear; no explicaba la naturaleza de la actividad creadora, y la manera en que la conciencia la abordaba. Howson se echó hacia atrás, aturdido por un momento al descubrir su propio cuerpo entumecido y rígido. No era de extrañar; aquella silla era un pobre sustitutivo para el lecho especial sobre el que trabajaba por lo general. Sin embargo, no importaba.

    —Hay demasiado dolor —dijo brevemente a la cirujano—. ¿No le perjudicaría una inyección local en la pared del estómago?

    Enfocó luego su atención especial, y vió que la enfermera había levantado ya las sábanas de la cama y se disponía a aplicar una inyección. La miró inexpresivamente. Luego, asaltado por un súbito destello, se volvió a Clara, que se hallaba con la cara muy pálida y sus manos apoyadas en la barra del pie de la cama. Ella leyó la pregunta antes de que él pudiera pronunciarla, y asintió.

    —Me habló usted sobre vigilantes de terapia. Así, yo... eh... pedí ya que se le diese la anestesia.

    Howson sintió una profunda oleada de aprecio y gratitud; no la atajó, sino que la proyectó, y Clara le sonrojó azorada.

    ¿Cómo se siente usted?

    —¡Oh, Gerry... es magnífico, pero algo absolutamente aterrorizador también!

    Howson vaciló. Luego, como si confesara un grave error de juicio, dijo en palabras:

    —Mire, podría haber estado equivocado esta mañana. Acaso usted no debiera pedir a nadie que le enseñase cómo emplear debidamente su don.

    La enfermera y la cirujano cambiaron desconcertadas ojeadas, ante aquella inesperada observación.

    —Pero —respondió Clara asombrada—. ¡Pero si usted me está enseñando! ¡Me está enseñando todo el tiempo!


    Capítulo veintinueve


    Howson se hallaba aún meditando, cuando la enfermera tocó suavemente el vendado abdomen de Rudi, quien no pestañeó.

    —La local está produciendo efecto, doctor Howson —dijo quedamente.
    —Magnífico. — Con un esfuerzo, Howson volvió a la tarea.

    ¡Rudi!

    ¿Sí? Una pura nota consciente de interrogación, mezclada con aquiescencia y voluntad dispuesta a cooperar ahora que había sentido el poder del telépata.

    Y Howson se aprestó a hallar claridad y orden en algo que no estaba claro ni para el propio Rudi.

    Brotando de su fundamental impulso creador estaban las razones por las cuales su talento no desembocaba en escribir, pintar, esculpir, o cualquier otra actividad en la que el creador estuviera divorciado de su audiencia. Rudi no estaba nunca del todo satisfecho cuando proyectaba algo, y dejaba a otras personas, cualesquiera que fuesen, que lo apreciaran. La apreciación alimentaba y renovaba su deseo de crear, como un autor se alimenta de un «buen auditorio» y se eleva a nuevas alturas interpretativas.

    Y sin embargo, de nuevo, actuar sería inadecuado para Rudi porque era algo interpretativo. Así era el ballet; así la mayoría de cualquier otra forma de arte en la cual hubiera la audiencia directa con el público que Rudi ansiaba... aun cuando hubiese sido un polemista de primera clase, suscitando espléndidos discursos improvisados. (Howson hubo de pasar por el tamiz una docena de tales capacidades y explicaciones, antes de llegar a una clara imagen de lo que realmente estaba tratando de hacer Rudi).

    Esencialmente, pensó, era la música lo que más le atraía. Y...

    Y Howson se encontró a sí mismo en la cima de un vertiginoso declive, perdió su asidero, y se fue de bruces, resbalando y deslizándose en una vasta e inexplorada jungla de experiencias sensoriales entrelazadas.

    La mente de Rudi estaba casi tan lejos de lo corriente como la de Howson, pero en distinta dirección. Los sentidos e interpretaciones de Rudi se entrecruzaban y se intercambiaban. Howson tenía experiencia de mentes con limitada audiovisión —las de personas a las que los sonidos musicales evocaban colores o imágenes asociadas— pero comparado a lo que sucedía en la mente de Rudi, eso era pueril.

    (En cierta ocasión, hacía mucho tiempo, había visto una película antigua de dibujos animados de Disney; lo había disfrutado y se había quedado deseando que se realizasen más intentos para combinar sonido e imagen de manera semejante. Ahora estaba descubriendo lo que podría ser la combinación en el más elevado nivel.)

    Como un nadador forcejeando en un río torrencial, Howson pugnó intensamente para hallar solidez en su rugidora corriente de memoria. Las imágenes se presentaban ellas mismas: una voz—terciopelo—las zarpas de un gato arañando—púrpura—fruta madura... la sirena de un buque—niebla—acero—grisamarillento—frío—inseguridad—sensación de pérdida y de vacío—un acorde corriente en la bemol sonado en un piano—infancia—madera—negro y blanco superpuestos con oro brillante—odio—algoardiendo—presión en torno a la frente—vergüenza—rigidez en las muñecas—fluidez—redondez...

    No había virtualmente fin alguno a esto. Howson se retrepó un tanto en su silla y probó de nuevo.

    Estaba caminando a través de un bosque de helechos de treinta metros de altura, con animales gigantescos y ululantes; se sentía más bien cansado, como si hubiese andado un largo camino, y el sol era extremadamente caliente. Pero llegó a un río azul y se convirtió en un témpano moviéndose a sacudidas en una suave corriente, fundiéndose lentamente en el agua en torno. El agua se sumió por un precipicio; el dolor de chocar en roca tras roca en el largo descenso era en cierto modo satisfactorio y colmador, puesto que él se encontraba en pie detrás, contemplando la blanca espuma fluyente al caer, y había una solidez que estaba siendo desgastada cuando el agua erosionaba las subyacentes rocas y la espuma se difundía ampliamente y lejos bajo una sensación de calor y rubescencia no vista pero imaginada (¿infrarrojo?), como si estuviese en un mundo sin aire con un sol rojo, un gigantesco sol bermejo, trepando sobre el horizonte, para convertirse en algo escurridizo y cuadrúpedo sobre una interminable llanura negra que se hallaba sólo a pocos metros a través y en torno, y en la cual desaforados gigantes iban a sus menesteres con quedas pisadas y quedas voces...

    Sólo que todo el tiempo estaba oyendo una orquesta.

    Howson se sentía muy fatigado. Alguien le estaba dando suaves golpecitos en las mejillas con una toalla empapada con agua helada. Abrió los ojos y vio que se encontraba aún en la silla, sentado junto a la cama de Rudi.

    —¿Está bien? — preguntó ansiosamente Clara, mirando por encima del hombro de la enfermera que estaba manejando la toalla mojada—. ¿Se... se asustó...?
    —¿Cuánto tiempo estuve ausente? — preguntó Howson con la voz ronca.
    —Aproximadamente unas tres horas —dijo la cirujano, consultando su reloj.
    —Menos de lo que yo pensaba; de todos modos, hicieron bien en devolverme. — Howson se puso cuidadosamente en pie y dio unos pasos para aliviar las agujetas de sus piernas. Lanzó una ojeada a Clara.

    ¿Qué dedujo de esto?

    No lo sé aún... Había mucho miedo.

    El suyo propio. Howson frunció el entrecejo. Algo no quería presentarse con claridad a la conciencia... algo que él había sentido en el caos de la imaginería mental de Rudi. Sin embargo, no servía de nada precipitar las cosas. En voz alta dijo a la cirujano:

    —Gracias por haberme dejado examinarlo. Espero que no le haya supuesto a él un esfuerzo muy grande. ¿Quiere usted comprobar si lo soportó bien, y decirme cuándo cree que será capaz de someterse a una terapia a escala total?
    —¿Se propone tratarlo aquí? — dijo la cirujano. Se hallaba indecisa, como violentada entre el halago que suponía que un telépata curativo de tanta fama deseara trabajar allí, y el fastidio por la intrusión de un ajeno a aquel centro. El halago ganó; Howson lo impuso amablemente.

    Seguidamente examinó detenida y rápidamente a Rudi.

    —Pulso firme; presión sanguínea no demasiado mala; ritmo respiratorio excelente... —La cirujano abrió un párpado del paciente y aplicó la luz de una lamparita en la pupila—. Sí, doctor Howson —añadió—, parece haberlo soportado bien. Se encontrará lo suficientemente fuerte para que usted intervenga... bien, en el mejor de los casos, dentro de una semana a diez días.

    Howson reprimió su desilusión. Deseaba entendérselas con la fascinante mente de Rudi lo antes posible. ¿Cómo podría contenerse durante toda una semana tras el atormentador vislumbre de las riquezas que había en aquel almacén mental?

    Bien, eso requeriría que se cuidase de ello.

    Clara y él hallaron un restaurante próximo al hospital y se instalaron en él para comer y tomar varias tazas de café, mientras él entresacaba sus recuerdos de la mente de Rudi, los ponía en claro y ordenaba para examinarlos. Pero la prolongada tensión comenzaba a nublar su percepción, por lo que al final volvieron a las palabras.

    —Pobre Rudi —dijo Clara, con aire ausente y removiendo el contenido de su taza de café—. No es de extrañar que se sintiera tan fracasado... ¿Cómo podrá jamás esperar comunicarse con una audiencia?
    —Oh, sé que él reconoce que nadie comparte precisamente su asociación de una sensación con otra. En un sentido, un telépata sería su único auditorio ideal. Pero conscientemente se sentiría satisfecho si pudiese crear un pasable facsímil objetivo de sus imágenes mentales, al cual su auditorio pudiera añadir sus propias asociaciones. Lo que no puede reconciliar es el hecho de que, mientras que nadie puede efectuar proezas de entrecruzada conexión mental en tan gran escala, nadie ha visto nunca siquiera aproximadamente adonde conducía eso.
    —¿Hasta usted?
    —Hasta yo. Expresándolo en términos concretos. Usted ha mencionado su choque con las autoridades universitarias. Yo deduzco que estaba haciendo una composición experimental de alguna clase, aunque no de la que las autoridades esperaban. ¿Es así?

    Clara asintió, y añadió:

    —¡Algo de todo eso era realmente fantástico, sobrenatural! Pero ellos debieran haberlo tolerado. Lo malo vino cuando recabó el apoyo de Jay Horne. Entonces él empezó, como dijeron, a interferir en el propio trabajo de Jay, que es mucho más accesible, y le previnieron de que no dispusiera para sí de tanto tiempo de Jay. Esto fue lo que armó el zipizape y condujo a la cancelación de la beca. Cuando menos, así me lo dijo Charma; la conozco hace más tiempo que a Jay.
    —Ya. Así pues, la cosa va de todos modos de esta manera: Rudi engendra un trabajo experimental, cuya lógica es la de sus propias asociaciones y no de los sonidos orquestales. Habría estado satisfecho hasta con la más mínima comprensión por parte del oyente; en vez de eso, su auditorio escucha únicamente los mismos sonidos de siempre, relegando así a la finalidad total del trabajo. Las esperanzas de Rudi menguan. Se siente más y más abandonado, desamparado, aun cuando deliberadamente restringe la serie y alcance de asociaciones en las cuales basa su música, y mientras más se aproxima a lo convencional, va sintiendo también que está abandonando lo que desea —más bien, necesita— ejecutar... Y si recaba el apoyo de Jay, se debe a que ha llegado al mínimo absoluto soportable. Descartando todas las demás contrarreferencias sensoriales tales como las que él mismo experimenta, piensa que puede también transmitir simples imágenes de dolor y movimiento; mejor esto que nada. ¿Es así? No tengo muy definido el trabajo de Jay excepto por la descripción que Rudi hizo, pero me da la sensación que no lo tenía en demasiada consideración.
    —Sin embargo, considera mucho esa labor. Es a Jay a quien no estima de manera elevada, que no es lo mismo.
    —¡Humm! — Howson se rascó la barbilla—. Pero la principal dificultad que va en contra de todo intento de integrar a la música con las impresiones visuales es que el mecanismo, la maquinaria, resulta costosa, complicada y es generalmente inadecuada. Lo que se necesita es un instrumento tan sencillo y flexible como un piano, que combine los recursos de un órgano de color con los de una ilimitada biblioteca de películas.

    Clara le miró fijamente y dijo:

    —¿Sabe que ésas son casi exactamente las mismas palabras que Charma empleó en cierta ocasión, cuando las cosas fueron yendo a peor entre Rudi y Jay?
    —No me sorprende. Probablemente eran las palabras que el mismo Rudi empleaba. — Howson clavó su mirada en el vacío—. Clara, vayamos a visitar a los Horne. Hay cosas que necesito conocer antes de intentar una terapia para Rudi.
    —¿No dijo que estaba de vacaciones? — le recordó tímidamente Clara.
    —Un componente del hospital de Ulan Bator me preguntó por qué no empleaba mi talento para mi propia satisfacción —respondió Howson, con un atisbo de amargor—. Así pues, eso es lo que me propongo hacer. No puedo negar que espero ver más adelante a Rudi Allef agradecerme todo cuanto he hecho por él. Sólo que primero he de hallar algo que yo pueda hacer por él. Vamonos.


    Capítulo treinta


    Jay y Charma vivían en un apartamento de dos habitaciones en el último piso de una casa antigua, no lejos de la Gran Avenida. El aire estaba lleno de polvo proveniente de las tareas de demolición que se estaban haciendo cerca de allí. Al llegar los visitantes, Charma estaba intentando contender con el adicional trabajo casero que ello motivaba, bajo las vehementes quejas de Jay sobre el desorden de sus preciosos enseres. Howson y Clara intercambiaron miradas, pues notaron los ánimos excitados ya desde fuera de la puerta.

    Sin embargo, llamaron con los nudillos. Les abrieron la puerta y fueron invitados a entrar y, después de que Charma hubo dispuesto un par de sillas y sacado un pote de café de una cocinilla de desvencijado aspecto, Howson notó que podía detectar cierta armonía de actitud entre la pareja, y que se hallaba subyacente y apuntalaba su superficial desacuerdo externo. Eso le desconcertó, pero evidentemente era una disposición manejable.

    Reprimió el deseo de probar más lejos y manifestó el propósito de su visita. No fue hasta que casi hubo terminado que se percató de que ni Jay ni Charma sabían quien era él realmente. Lo explicó, preguntándose cuál sería su reacción.

    —¡Voto, al chápiro! — exclamó Jay, con sus suaves ojos azules dilatados por el asombro—. ¡Para que luego se diga de los ángeles custodios! ¡Cuando pienso donde se encontraría ahora el pobre Rudi, de no haber sido por usted! Gracias, doctor Howson. Creo que merecía la pena. Él va hacia alguna parte... aunque lo que hace me crispe los nervios.
    —Llámeme Gerry —dijo Howson, aliviado enormemente ante la presta aceptación que mostraba Jay—. De todos modos, vine esperando saber algo de lo que usted y Rudi habían estado haciendo juntos.
    —No hay inconveniente alguno. Charma, cielito, ¿si despejaras el piano y sacaras eso que estuvimos mirando ayer? Yo conectaré los chismes.

    A un lado de la pequeña y atestada habitación había un aporreado piano vertical; Howson no había reparado en él debido a la maraña de artilugios eléctricos y otros que del mismo colgaban. Una vez lo hubo despejado Charma, vio que no era en absoluto un piano corriente: tenía dos teclados adicionales, uno gobernando un simulador de órgano, y controlando el otro una batería de tiras de registros, cada una de ellas con mando de toque separado.

    —Es para los efectos especiales —explicó Jay mientras iba de extremo a extremo de la habitación manipulando conmutadores—. Rudi es el mismo diablo para disponerlo todo así. Y ahora, aquí está mi juguetito particular. — Y quitó la tapa de plástico de una gran caja de cristal semejante a un acuario, en el fondo de la cual relucía débilmente un charco de fluido luminiscente. A cada lado del tanque brillaba una hilera de luces de colores.
    —Apagad las luces —dijo Jay, ocupando su puesto ante un panel de alambres de controles eléctricos. Se hizo la oscuridad al correr Charma las cortinas de la ventana, y, a través del espectral verde del líquido luminoso, Howson la vio sentarse ante el piano.
    —Contemplen el tanque —dijo brevemente Jay—. Y ahora, cielito..., uno, dos, tres.

    Una sucesión de intervalos irregulares a través del teclado, acabando en repique de campanillas en crescendo seguido de decrescendo en una de las teclas, y comenzaron a trazarse formas en el tanque de cristal: multicolores y correspondiendo vagamente, y al azar, a la música. Al cabo de algunos segundos se fueron haciendo más definidas, y formas precisas acompañaron a fuertes acordes.

    En intensa contemplación, Howson pensó haber detectado una somera y retorcida semejanza a ciertas cosas que había visto en la mente de Rudi, ¡pero cuan elemental era este expediente comparado a los volúmenes de asociación vividos y de mucho alcance que allí había percibido!

    Cesó la música.

    —Hasta aquí es adonde hemos llegado con esto —dijo Jay fríamente—. Descorre las cortinas...

    Y cuando Charma dio la luz, miró a Howson, alzando una ceja en signo de interrogación.

    —Es ingenioso —dijo Howson—. Pero demasiado limitado para un tratamiento realmente ambicioso.

    Jay pareció encantado.

    —Eso es precisamente lo que he estado diciendo. He hecho casi todo lo que Rudi me dijo que hiciera, debido a que él es un artista creador y yo un pensador. Pero me ha quitado una enorme cantidad de tiempo, y no parece que hayamos sido muy afortunados colaboradores. Si viene a la otra habitación le mostraré lo que estoy haciendo por mi parte.

    En la habitación adyacente había docenas de tanques de cristal alineados en estantes, algunos de ellos polvorientos, y todos ellos oscuros y poco atrayentes. Jay cogió un enchufe encajándolo en un cable suelto.

    —Mis «fuegos artificiales mojados», como mi querida mujercita insiste en llamarlos —murmuró—. Fíjese... éste es el último.

    Conectó el cable a una entrada extraña bajo uno de los tanques de mayor tamaño. Se encendió una débil luz, que se abrillantó tras una pausa, comenzando a atravesar el tanque un flujo de burbujas opalescentes en zigzagueante formación. Dardos de verde, amarillo y azul se desplazaban a través del tanque en series irregulares de graciosas curvaturas; luego una forma cuadrada de brillante rojo brotó de un punto hasta llenar casi la parte del tanque más próxima a los espectadores, desvaneciéndose luego, y persistiendo las graciosas curvas vagarosas.

    —Nunca se repite —dijo Jay pensativamente—. Es como un calidoscopio... en efecto, creo que es lo que más se le parece.
    —Es algo mucho más logrado de lo que ha estado usted haciendo con Rudi —dijo Howson—. Pero su alcance no es tan grande.

    Jay conectó otro de los tanques, que era más oscuro... rojo oscuro, azul medianoche y púrpura con tornasol de intenso oro y raros fulgores de blanco. Sus ojos se fijaron en el tanque y asintió con la cabeza, diciendo:

    —Y ahora esto es lo que intento hacer. Ando tras algo muy simple: quiero fundir el movimiento y el color en una... bueno, en una bella combinación. O en una fea, si hace al caso. ¡Como ésta! — Apretó un interruptor y se iluminó un tercer tanque... de vacilante movimiento, y de bruscos cambios de color, disolviéndose frecuentemente la forma gris amarillenta en fangoso pardo y malsano aceituna.
    —Pero ya lo ve —continuó—. Sé tras lo que voy. A veces he tenido la impresión de que Rudi no. Quiero decir, si hubiese seguido sus instrucciones al pie de la letra, consumiendo horas en un simple efecto, para luego mandarlo a paseo porque no era exactamente lo que él deseaba.
    —No me sorprende —dijo cavilante Howson—. Las impresiones sensoriales de Rudi están tan entrelazadas que dudo que pueda visualizar nada debidamente. Oye un acorde en su piano, e inmediatamente lo enlaza con... oh, digamos con el sabor y textura de una rebanada de pan, el color de un cielo tormentoso, y el olor del agua estancada, junto con una sensación física de ansiedad y pinchazos en el brazo izquierdo. Todo ello entrelazado aún con otras ideas. Y como resultado..., ¡caos! Probablemente no puede diferenciar los diferentes aspectos; no puede separar el color del cielo con el del verde hierbajo sobre el agua o el rubio y moreno del pan. Los mezcla todos. Pero ningún otro podría posiblemente tomarlos simultáneamente y efectuar la misma asociación que él consigue.
    —Excepto usted —dijo Clara.
    —Sí —convino Howson, fijando su mirada en la de ella—. Excepto yo. O bien otro telépata... Jay, ¿cuáles son los recursos de ese artilugio de la habitación en que acabamos de estar?
    —Aparte de los límites evidentes impuestos en la velocidad de respuesta —y su pequeño tamaño, desde luego— casi inagotable. Hemos trabajado en él, a troche y moche, casi durante un año. Por el momento se halla programado para un dispositivo particular, pero también puede ser gobernado de manera manual.
    —Ya... Bien. ¿Me permite pensar un momento? — Howson se acodó en un estante vacío y cerró los ojos, sabiendo que Jay y Charma supondrían que estaba pensando para sí mismo. Pero de hecho...

    ¡Clara! Dígame algo, ¿quiere? ¿Por qué se tomó tanto interés por Rudi, si apenas lo conocía?

    Porque... —Una sensación de embarazo e incertidumbre—. Creo que estaba preocupada por él...

    Sea sincera conmigo. Es más que eso, ¿no es así? Lo encontraba atractivo, ¿no es verdad?

    Sí... sí.

    De hecho, le hubiese gustado conocerle mucho mejor. Y la idea de que pudiera acabar por enamorarse de él cruzó por su mente, ¿no es eso?

    ¡Es un entrometido!

    Pero en el sentimiento mentalmente expresado no había una molestia o enojo auténticos; era evidente que encontraba la idea muy aceptable.

    Howson hizo una mueca gatuna y abriendo los ojos miró de soslayo a Jay.

    —¿Dispone de tiempo para hacer funcionar un poco más a ese aparato suyo? — preguntó, y al notar una momentánea vacilación en Jay, se apresuró a añadir—. Mire, ello va a sacarle a usted de su callejón sin salida con Rudi. Estoy de acuerdo en que él va a alguna parte. Si tiene la oportunidad y los medios, Rudi podría crear lo que supone un nuevo canal de expresión artística. No sucederá de la noche a la mañana desde luego; llevará tiempo y el suficiente interés público como para hacer disponibles los recursos de forma que pueda integrar vista, sonido, olor, y acaso una imaginería más compleja. Sin embargo, lo que ahora necesita, principalmente, es esperanza. Y creo saber cómo podemos dársela.


    * * *

    ¡Rudi!

    Howson notó contraerse un poco la mente, y luego recordar. La cura estaba progresando bien; Howson sintió una punzada de envidia ante la saludable normalidad de las funciones corporales de Rudi. Él no podría jamás haber soportado una herida la décima parte tan grave de la que el joven había recibido y de la que se estaba reponiendo tan rápidamente.

    Habían trasladado a Rudi a una habitación insonorizada, y se encontraban todos allí: Jay, Charma y Clara, con una enfermera de pie al lado. Howson renovó amablemente su abordaje.

    Rudi, piense en su música.

    Como si se hubiesen abierto las compuertas de un río, una oleada de sonido imaginado se vertió en la doliente conciencia de Rudi. Howson pugnó por canalizarla y controlarla. Y cuando logró el mínimo dominio necesario, hizo una seña a Clara.

    Se encendió el tanque de cristal —cuyo traslado a la habitación había precisado cuatro hombres. Clara, con tensa expresión en su rostro, manipuló los mandos, y Howson sugirió a Rudi que abriese los ojos. Lo hizo y vio...

    Jay y Charma, desde luego, no podían oír la música que latía, bullía y barboteaba en ardiente remolinear en la mente de Rudi. Pero Howson sí, y también Clara, y eso era lo que importaba.

    Habían pasado la semana experimentando, mejorando y probando; la velocidad de respuesta del tanque era ya fenomenal, y Jay había improvisado nuevos y más sencillos mandos para hacer al artilugio tan flexible y recto como un junco. Y Clara...

    Howson se había preguntado algunas veces en el curso del tiempo que habían empleado juntos, si en efecto ella era sólo un sujeto dispuesto, o si él mismo era un extraordinario instructor en telepatía, pues Clara estaba leyendo las fantásticas proyecciones mentales de Rudi, cribándolas y extrayendo su esencia, y convirtiéndolas en imágenes visuales, casi con tanta rapidez como Rudi podía pensarlas.

    Un espantado asombro se puso de manifiesto en la cara de Rudi al reparar en el tanque. Jay y Charma, que no podían oír la música a la que Clara estaba respondiendo, se hallaban casi tan pasmados. Y Howson sintió no caber en sí de contento.

    Se formaron montañas en el tanque, distorsionadas como si se las mirase desde abajo, de color azul—púrpura y abrumadoras, en sus cimas se agolpaban las brumas, y una avalancha se precipitaba fragorosa a un valle rodeado por blancas espumas de nieve, cuando un distante y melancólico tema de trompa se disolvió en la mente de Rudi en un cataclismo de sonidos orquestales y de cientos de ruidos antimusicales. El tanque se tornó borroso; un penacho de humo brotó de uno de los cables conductores, y Jay dio un brinco adelante con una exclamación.

    La sesión había terminado.

    Esperando que el corte no hubiese colapsado el placer mostrado por Rudi, Howson se volvió hacia el lecho. Su esperanza había sido colmada. Rudi estaba pugnando por incorporarse, con la cara radiante.

    Howson atajó su incoherente farfullar de gracias con una consideración tranquilizadora.

    —No necesita darme las gracias —dijo con una desviada sonrisa—. ¡Puedo decir que está complacido! Fue un estúpido en pensar en abandonar cuando el éxito se hallaba a su alcance, ¿no cree?
    —¡Pero no lo estaba! — protestó Rudi—. De no haber sido por usted... y Clara, desde luego... Pero... maldita sea... esto no es el éxito, si he de fiar en su ayuda.
    —¿Fiar en mi? — replicó Howson, sinceramente asombrado—. Oh, supongo que cree que yo estaba proyectando sus imágenes a Clara—. Sucintamente explicó la situación real y el alivio se puso de manifiesto en el rostro de Rudi, aunque se desvaneció al volverse a Clara.
    —Clara, ¿qué piensas de esto? ¡Por Dios que no vas a querer actuar como intérprete mío indefinidamente!
    —Me gustaría hacerlo durante algún tiempo —respondió ella tímidamente—. Pero esto no tendrá de hacerse siempre de esta manera. Gerry dice que el trabajo que podemos hacer juntos excitará a la gente lo bastante como para mostrarles lo que persigues, y dejarte trabajar con una orquesta completa. Y tú puedes aprender a usar por ti mismo este artefacto; Jay lo hizo tan sencillo, que a mí sólo me llevó unas pocas horas en cogerle el truco. Y eventualmente...

    Apeló sin palabras a Howson, quien respondió proyectando el futuro que se representaba para el trabajo de Rudi, directamente en su mente.

    Era una amplia sala, en la oscuridad. En su extremo brillaban luces sobre atriles de música, y se oía un rumoreo y templado de instrumentos. El silencio fue interrumpido por la obertura de la composición de Rudi. La oscuridad fue interrumpida por la creación en una inmensa copia del tanque de Jay, con sus correspondientes imágenes vividas, fluidas, pictóricas. Podía sentirse la respuesta en el auditorio, la plena correspondencia haciéndose casi tangible, y a su vez la brillantez de las imágenes nutrida en el agradecimiento que evocaban.

    Howson acabó su intervención y vio a Rudi con los ojos cerrados y las manos asiendo el cobertor de la cama. Howson se puso en pie e hizo una seña a sus compañeros, saliendo todos furtivamente de la habitación, dejando a Rudi con la visión de su ambición colmada.


    * * *

    Sentados más tarde en el apartamento de Jay y Charma, celebraban su éxito con champán.

    —¿No... no exageró en absoluto, no es así, Gerry? — preguntó tímidamente Clara, tras una docena de brindis.
    —No mucho. Oh, un poco, quizás; quiero decir, que la especie de aclamación universal que le prometí podría llegar a producirse en los veinte años próximos. Pero opino que habrá de hacerlo, pues Rudi tiene unas dotes tan sobresalientes en su especialidad, como las de usted y las mías en la nuestra. Lo siento —añadió, en atención a Jay y Charma—, pero no me gustaría que sonara a engreimiento.

    Jay se encogió de hombros.

    —No niego —dijo— que me gustaría tener algún talento especial, como ustedes dos; pero, qué diablos, debe ocasionar también mucha congoja. A mi me parece que obtendré éxito en mi pequeña medida, y dudo que vaya a tener las frustraciones y fracasos que tanto ustedes como Rudi puedan sufrir.
    —Me alegra que lo tome así —manifestó pensativamente Howson—. Y... mire, he estado prestando cierta consideración al asunto, y creo que podría abrirle un mercado para el suministro de tantos artefactos de luz como pueda construir. Poseen una cierta fascinación... Supóngase que le recomiende a usted a mi director—jefe y le interese la idea de emplearlos en lugar de los corrientes artilugios y tanques de peces tropicales que usamos en las salas de enfermedades mentales... en especial para los chiquillos autistas. No pensaría usted que eso le desplazaría de su arte, ¿no es así?
    —¡Por Dios que no! — respondió Jay, mirándole fijamente—. ¿Qué es lo que cree que pretendo ser... un segundo Miguel Ángel? Soy un magnífico decorador de interiores, eso es todo.
    —Y aun cuando pretendiese ser un genio —añadió Charma con ceño burlonamente fingido—, ya le curaría yo bien pronto de su desvarío. Un millón de gracias, Gerry; yo había prácticamente; abandonado la esperanza de sacar algo de esos fuegos artificiales mojados suyos. — Y mirando luego directamente a Howson, añadió—: ¿Y usted? ¿Qué es lo que ha sacado de todo esto? No sería justo que se fuese de vacío.
    —¿Yo? — respondió Howson, riendo entre dientes—. He obtenido precisamente casi todo. El simple hecho de que estuviera durante años sin darme cuenta de ello, no me deja menos complacido. Verá... Bien, Rudi, por decirlo así, ha dado ya su primera representación pública. Creo que por mi parte podría seguir y dar la mía.

    Había estado con la vista puesta en este momento; verdaderamente, había sido difícil contenerse durante tanto tiempo. Despejó con suavidad su mente y comenzó a contar una historia.

    ¿Cómo podía haber estado tan ciego? ¿Cómo podía haber dejado de percatarse de que la solución de su problema estaba ante sus mismas narices?

    Él —Gerry Howson— tenía más poder tras su voz telepática que cualquiera lo hubiese tenido jamás, incluyendo a Elsa Kronstadt. Así pues, ¿por qué había de encerrarse, y con él a su audiencia, en un agrupamiento catapático para impedir que el mundo exterior interrumpiese el flujo de tal disfrutable fantasía? Todo cuanto necesitaba era un grado de concentración tan profundo como un ser efectuaba por propio acuerdo cuando era arrastrado y arrebatado por una acción brillante, o una gran música.

    Además, estaba tan desilusionado de la realidad, que necesitaba ocultarse de ella. Lo que anhelaba no era el ejercicio de un poder desembridado, o cualquiera de las otras impracticables apetencias que un telépata había de reprimir para que no se desbocaran. Deseaba la aceptación. Deseaba borrar la herencia de veinte años durante los cuales sólo fue un enano con una pierna que se arrastraba, y la gente le juzgaba únicamente por su deforme aspecto. En fin, reduciéndolo a lo más sencillo, deseaba hacer amigos en el mundo que tan hostil le había sido.

    Y podía.

    Conjuró una simple fantasía, un cuento de hadas, con paisajes, sonidos, aromas, sensaciones táctiles, emociones... todo ello extraído del vasto almacén de la memoria real e irreal de la que había sido provisto por su íntimo conocimiento de tantas mentes junto a la suya propia. Era tan sólo una prueba, desde luego. Un día habría algo más. Pero, por ahora, ya era bastante.

    Su auditorio volvió lentamente al presente, con ojos brillantes, y supo que había ganado la partida.

    ¿Y ahora?

    Acaso un viaje alrededor del mundo para añadir un conocimiento de la realidad a su conocimiento de los sueños, y pesadillas, y fantasías de otras gentes, extrayendo aquí y allá un poco de las conciencias de asiáticos, europeos, americanos, australianos... Todo el mundo se hallaba abierto a él ahora.

    Sonrió, y se sirvió más champaña.


    Capítulo treintaiuno


    Como de costumbre el estadio estaba atestado, no cabía nadie más en las gradas. Sólo en contadas ocasiones Gerald Howson invitaba a la gente a oírle «pensar en voz alta», lo que aseguraba que todas las localidades se agotaran a poco de anunciarse el acto; pero él no permitía que ello supusiera impedimento alguno a su trabajo en el centro de terapia de Ulan Bator. Sin embargo, siempre que tenía la oportunidad, notificaba a alguna ciudad que dispusiera de una sala o instalación deportiva de suficiente capacidad para poder acomodar a las ingentes cantidades de personas que acudirían de mil millas a la redonda. En el lapso de dos años, su fama se había extendido y cimentado en cada continente.

    Esta noche se había enfrentado con su auditorio más numeroso hasta la fecha... casi cincuenta mil seres que iban desfilando melancólicamente por las puertas de salida, al par que Howson estaba recibiendo —y no haciendo caso en gran parte— la inevitable oleada de felicitaciones de distinguidos oyentes. Como siempre, negaba que estaba fatigado tras sus esfuerzos; quizá explicaba como apostilla a su actuación que hacía aquello, en parte, para descansar y refrescarse un poco tras un duro período de trabajo. Nunca se sentía tan relajado y feliz como después de una de estas raras apariciones en público.

    Esa noche había revoloteado de idea en idea, ora contando a sus oyentes sobre su trabajo, ora de los pensamientos de una persona normal dichosa, en India, en Venezuela, en Italia, y en muchos otros lugares donde había recopilado su material. Había sido una ejecución de virtuoso; a menudo improvisaba sobre las reacciones de los componentes del auditorio, dejando a quienes se sentían solitarios e infelices, orgullosos por haber sido señalados. Y siempre, si había alguien acosado por un problema intolerable, encontraba a algún otro, generalmente un funcionario influyente, a quien sugería que algo había de hacerse para enmendar las cosas.

    ¡Elsa! ¡Elsa! ¡De haber topado con esto, no habrías muerto tan abrumada por el pesar!


    * * *

    —Gerry —dijo quedamente Pandit Singh a través del rumor de voces—. Gerry, hay alguien aquí a quien debería ver.

    Hola, Rudi. Ya sabía que estaba aquí. Déme sólo una oportunidad para zafarme de estos tales y cuales.

    Una sugerencia silenciosa de que los espectadores habían de marcharse, y quedó libre para estrechar la mano de Rudi. Clara estaba con él, y la saludó afectuosamente.

    ¿Cómo se encuentra?

    ¡Estupendamente! En adelante me verá usted mucho. Voy a empezar a entrenarme como guardián de terapia en Ulan Bator el mes que viene.

    ¡Encantado!

    —¡Hola, Gerry! — dijo Rudi, sin percatarse de aquel intercambio mental. Parecía más bien embarazado—. Estuvo usted magnífico.
    —Lo sé —respondió Howson, sonriendo. Rudi apenas podía reconocer en él a la misma persona, a tal extremo le había transfigurado su seguridad en sí mismo—. ¿Cuándo va a unirse a mí en esto del espectáculo?
    —Voy a dar mi primera representación dentro de pocas semanas. Principalmente vine a invitarle a y asegurarme de que asistiría. Si no puede, lo aplazaré. Estoy decidido a que no me falte en el estreno.
    —¡Enhorabuena! Puede estar seguro de que allí estaré... con permiso de las emergencias.

    Rudi miró de soslayo a Pandit Singh, y un leve rubor coloreó sus mejillas.

    —Gerry... he estado hablando con el doctor Singh de usted, y he descubierto mucho sobre su... eh... su incapacidad. Yo no sé mucho ni de medicina ni de telepatía, pero me parece que concuerdo con la idea de que no es una cosa tan disparatada como yo pensaba. Ah... tal como lo comprendí, el conflicto reside en que alguna parte de su cerebro que debería proveer al buen estado y mantenimiento de su cuerpo, ha sido sacrificada a su órgano telepático.
    —Poco más o menos —confirmó Howson. Escudriñó penetrantemente la cara de Rudi, pero la evidente tensión que expresaba, le impidió pronunciar sus siguientes palabras. Sintió en su propia mente un marcado presentimiento.
    —Bien, lo que yo estaba pensando era... —dijo Rudi— que si puede transferir prácticamente todo de la mente de otra persona a la suya propia, ¿no podría tomar prestada la parte necesaria de mi mente para reemplazar lo que usted no ha tenido? — Las últimas palabras fueron pronunciadas a la carrera, y Rudi pareció esperanzado y excitado a la par—. Mire, yo se lo debo todo, incluyendo mi vida, y me gustaría hacer algo igualmente valioso en compensación.

    El mundo estaba girando vertiginosamente en torno a Howson. Se quedó mirando con fijeza a Pandit Singh, inquiriendo si podría hacerse tal cosa.

    —Apenas he tenido una oportunidad para pensar en ello —respondió Singh—. Pero a primera vista, no veo razón alguna por la que no pudiera intentarlo. Eso significaría que su aspecto físico tendería hacia el del señor Allef, pero también abrigaríamos la esperanza de poder operar a conciencia y tratar de procurarle una probabilidad de sanar con normalidad. Podría suponer hasta que aumentase de estatura. Ya he prevenido al señor Allef, de todas las maneras posible, que ello significaría yacer en la cama de un hospital durante el tiempo que fuese necesario, imposibilitado para hacer nada y soportando tanto sufrimiento como si él mismo hubiera sido operado, y ello sin una segura promesa de éxito...
    —Y yo sigo insistiendo en que se me permita hacerlo —dijo con firmeza Rudi.

    Howson cerró los ojos. No podía hacer nada sino aceptar, desde luego, pero hasta cuando pronunció unas palabras de agradecimiento sintió que era innecesario. El que viese o no su ilusión colmada, el que la operación tuviese éxito o no, era lo que menos importaba. Pues en el momento en que Rudi hizo su oferta, él, Gerald Howson, se había convertido en un hombre completo.


    Fin